© Libro N° 11201.
Diego De Almagro.
Ballesteros, Manuel. Emancipación. Mayo 13 de 2023
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Diego De Almagro. Manuel Ballesteros
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
DIEGO DE ALMAGRO
Manuel Ballesteros
Diego De
Almagro
Manuel
Ballesteros
CONTENIDO
Introducción
I. Un
manchego humilde
II.
Asociación de descubridores
III.
Apoyo de la corona
IV.
Tercer viaje de descubrimiento
V. El
rescate de un rey
VI.
Actividades colonizadoras
VII.
Primer conflicto entre Almagro y Pizarro
VIII. La
reacción incaica
IX.
Expedición de Almagro a Chile.
X.
Antesala de la guerra civil
XI. La
guerra que el emperador no pudo evitar
XII.
Prisión y muerte de un manchego ilustre.
Bibliografía
Cronología
Introducción
Almagro,
el futuro mariscal Diego de Almagro, es uno de los hombres que hicieron América;
uno de los héroes tradicionales de la Conquista. Conquistador
del Perú, con su socio y amigo —y en cierto modo jefe— Francisco Pizarro, fue
uno de los artífices de la llamada gesta perulera. Diego de Almagro no es
Hernán Cortés, ni Francisco Pizarro, ni siquiera Pedro de Alvarado, pero
tampoco es —como parece a muchos— simplemente el segundo de
Pizarro, como comprobaremos al adentrarnos en su biografía. Su humilde origen
no impidió que los poderosos lo consideraran un hombre de excepción y que el
César Carlos le concediera títulos, privilegios y, ¡nada menos!, la dirección
de la conquista de la Nueva Toledo.
Oscuro en
sus comienzos, durante años lleva una vida gris disciplinada, como soldado a
las órdenes de otros jefes, pero llegado por su tenacidad a una posición
preeminente, fue largo en dádivas —así como amante del boato— y mostró gran
generosidad con sus amigos, a quienes arrastró a seguirle por el entusiasmo y
fuerza que emanaban de su persona.
Puede
decirse que su suerte nunca fue buena y cuando ésta le sonrió —sin haberla
esperado— o no supo aprovecharla, o su modestia, por un lado, y su ambición,
por otro, le impidieron elegir el momento oportuno para aprovecharla. Sin que
nadie le postergara, se convirtió realmente en un segundón durante largo
tiempo; cuando tuvo la plena responsabilidad de las empresas a él encomendadas,
o no tuvo beneficio para sí mismo, o lo utilizó en el de la causa común de la
hueste capitaneada por Pizarro.
No
obstante estos claroscuros, puede afirmarse que la conquista del imperio de los
incas no hubiera sido realizable sin la tenaz perseverancia del incansable
aprovisionador, del que garantizó siempre la retaguardia y fortaleció el
prestigio de los suyos. Nacido humilde y sin porvenir, lo logra en las Indias,
y en ellas casi simultáneamente la gloria y la desgracia. Hombre sin suerte
indudablemente, pero afortunado en el recuerdo que ha dejado en la memoria de
España.
Capítulo
I
Un manchego humilde
Contenido:
§. Sus
orígenes
§. Breve experiencia en Toledo.
§. Sevilla y camino de las Indias
§. Primeras experiencias americanas
§. De cómo se llegó a la busca del Birú.
§. Fundación de Panamá y primeras exploraciones.
§. La expedición de Andagoya.
§. Sus
orígenes
No existen noticias ciertas o fiables sobre un largo período de la vida de
Almagro, durante algo más de cuarenta años, previos a los brillos de la
Conquista. Esta ausencia de datos se extiende a su nacimiento y realmente sólo
su propio testimonio sitúa su origen en la villa de Almagro. Pedro Pizarro,
próximo a él en el tiempo, afirma que nunca se le halló deudo (pariente): decía
que era de Almagro. Cieza de León, que estuvo largo tiempo en el Perú,
cuando Diego de Almagro estaba aún en la memoria de todos, cree, por su parte,
que había nacido en Aldea del Rey, población dependiente de Almagro en la
comarca de Almodóvar. Del Busto (historiador peruano) sitúa su cuna en la villa
de Almagro, aunque afirma que su madre lo crió secretamente en Aldea del Rey,
por su condición de hijo ilegítimo, testimonios que —en cualquier caso— nos
sitúan con cierta precisión en esta zona manchega.
Sin que
pueda parecer una digresión, conviene aquí reflexionar sobre el significado de
la bastardía en la época. A fines del siglo XV, se apuntaba una crisis de
hombres, porque los hijos de los nobles y de la burguesía adinerada se
reblandecían en la muelle vida de riquezas, y muchos pensaron que quizá era
conveniente volver a la vieja fórmula de los bastardos de Borgoña:
los vástagos legítimos se adormecían en la vida propia de la preeminencia de
sus familias, en tanto que los hijos bastardos tenían que forjarse su propio
destino, habiendo contribuido esta situación a la grandeza de Borgoña y de
Flandes. Los hijos bastardos eran, a la postre, la sangre plebeya dando fuerza
a las clases aristocráticas. Diego de Almagro, como también Francisco Pizarro,
era hijo ilegítimo. Eran los humildes bastardos de Castilla, que
lograrían la grandeza de los hechos de la Conquista.
En cuanto
a la familia de Almagro, sí existen documentos —si bien testimoniales—
afirmando que era hijo de Juan de Montenegro, copero del maestre de Calatrava,
y de Elvira Gutiérrez, mujer de humilde extracción, pero ilegítimo. Sin duda
por ello no pudo tomar el apellido de su padre y hubo de añadir a su nombre,
como tantos otros bastardos, el de su lugar de nacimiento.
Su
condición de ilegítimo, unida a su humilde origen, le proporcionó una infancia
dura y desgraciada, carente de lazos familiares o afectivos. En efecto, su
madre lo dio a criar a una tal Sancha López del Peral, si bien su padre lo
halló más adelante, cuando contaba cuatro años, llevándolo consigo a la villa
de Almagro. La muerte de Juan de Montenegro y el hecho de que su madre,
entretanto, se hubiera desposado con un tal Celino, estableciéndose en Ciudad
Real, motivaron el que este huérfano sin fortuna fuera entregado a su tío
materno, Hernán Gutiérrez, hombre duro y despótico, de quien se afirma
encerraba a su sobrino en ocasiones en una jaula o le encadenaba los pies.
Tanta
crudeza, impropia incluso del rigor educativo de la época, provocó que el
muchacho huyera en busca de su madre a Ciudad Real, donde hubo de sufrir la
cruel decepción de ser recibido por ésta de mala gana y a escondidas de su
marido. Parece le dio entonces algo de dinero y algunos alimentos,
diciéndole: Toma fijo e no me des más pasión e vete e ayúdete Dios a tu
ventura, sin que el documento nos permita reconocer ninguna otra
circunstancia. Su desventurado nacimiento y su infancia marcada por el desarraigo
y la pobreza, debieron pesar grandemente en su ánimo y tal vez determinar en
gran medida su ambición posterior y su deseo —casi obsesivo— de obtener del
Emperador, primero carta de hidalguía y después nombramientos y prebendas. En
cualquier caso —y como afirma, otra vez, Cieza de León— nació de tan
bajos padres que se puede decir de él principiar y acabar en él su linaje.
Conocidos
ya el lugar en que vio la luz y los pocos datos que hacen referencia a su
familia y linaje —o ausencia del mismo— resta por determinar el año de su
nacimiento. De nuevo hemos de basamos en su propio testimonio, al carecer de
documento alguno que precise la fecha, si bien la versión más extendida es que
nació en 1480. En efecto, en abril de 1530, con ocasión del juicio de
residencia de Pedro de los Ríos, declara tener cincuenta años, poco más
o menos, lo que nos sitúa en ese año de 1480, o el de 1479, o 1481. Sin
embargo, posteriormente —en 6 de junio de 1538— dice tener más de cincuenta
años, lo que nos lleva a 1486, sin que esta contradicción deba extrañarnos:
como ha probado el erudito francés Marcus, a más de ser una circunstancia que
se produce en gran número de sus coetáneos, la gente entonces y aun muy
posteriormente no sabía exactamente su propia edad.
§. Breve
experiencia en Toledo
Nos encontramos con un Diego de Almagro ya mozo, que ha sido maltratado por su
tío materno o, en cualquier caso, ha sufrido las duras labores campesinas
propias de su tierra y condición —tierra sin árboles ni agua (de ahí los
molinos de viento) y condición humilde— viéndose empujado a huir. Hallándose no
lejos de la corte, determina encaminar sus pasos hacia ésta en busca de mejor
fortuna o, cuando menos, de una situación menos sórdida y carente de futuro. Ya
en Toledo no debió serle fácil encontrar amo, dada su condición de campesino
ignorante y de pobre apariencia: en efecto, su físico debía ser ya el mismo que
conocieron quienes nos lo retratan en su etapa de Indias: sin duda recio, pero
pequeño, enjuto, desmedrado y —en general— poco grato a la vista. Halló, al
fin, en la casa del licenciado Luis de Polanco, uno de los cuatro alcaldes de
Corte de los Reyes Católicos, a quien servir como criado. Probablemente hubiera
continuado y tal vez terminado sus días en este humilde empleo, de no ser por
alguna nueva circunstancia que —una vez más— le obligó a huir, abandonando
Toledo. Noticias vagas hablan de una reyerta habida con otro mancebo, en la que
debió matarle o herirle gravemente, viéndose obligado a eludir la persecución
de la justicia.
§.
Sevilla y camino de las Indias
Marchó, bien por su deseo de escapar o, más probablemente, seducido por la
atracción de una ciudad como Sevilla, hervidero entonces de todo género de
varones inquietos, atraídos por la aventura de las Indias y —desde la
organización de la Casa de la Contratación en 1503— vivero de burocracia y
especulación, pero al mismo tiempo deslumbrante puerto colonial y mundial,
adonde acudían los propietarios a efectuar la venta de sus vinos, aceites y
demás productos, y donde las casas de comercio más relevantes de toda Europa
tenían sus representantes.
Tal vez
le llegaron noticias de los preparativos que se efectuaban para la gran
expedición hacia las Indias que el Rey Católico había encomendado al ya viejo
Pedrarias Dávila, conocido como El Gran Justador, quien se disponía
a hacerse cargo de su gobernación en Castilla del Oro —Panamá— y que tanto
había de influir, como veremos, en acontecimientos que afectarían negativamente
a Almagro, una vez en Panamá. Sea como fuere, es el hecho que se embarca en dicha
expedición el 11 de abril de 1514, junto con muchos otros que, como Bernál Díaz
del Castillo, habrían de encontrar en las Indias fortuna, fama y un lugar en la
Historia. Si tomamos como fecha de nacimiento la de 1480, tenía Almagro
entonces treinta y cuatro años. Se daban en él ya entonces las cualidades más
características de los descubridores y conquistadores: audacia, ambición,
perseverancia y vigor.
§.
Primeras experiencias americanas.
Su pobre apariencia y humilde origen debieron crear en él un deseo de
sobresalir, que se haría notorio muchos años más adelante. Sabedor de
pertenecer a una categoría social que sólo podía encumbrarse en el combate,
Almagro inició su andadura como soldado, destacando en esta profesión por su
acreditado valor, su dedicación y entrega, su hombría y su resistencia física,
cobrando fama de excelente rodelero o soldado de a pie que utilizaba para su
defensa la rodela o escudo delgado y redondo. Una crónica relata que era
muy buen soldado y tan gran peón que por los montes muy espesos seguía a un
indio sólo por el rastro, que aunque le llevase una legua de ventaja, lo tomaba.
Siguiendo los dictados del gobernador de Castilla del Oro, con quien había
embarcado en Sevilla hacia las Indias, y militando con distintos capitanes,
combate a los indios del istmo panameño —abierto ya el camino hacia el Pacífico
por Vasco Núñez de Balboa en 1513—, mucho más hostiles que los indígenas
antillanos. Así, destaca y cosecha alguna fortuna, según confirman las
crónicas: Dióse tan buen recabdo, que allegó dinero y esclavos e indios
que le sirviesen.
Hasta
alcanzar posición holgada, a base de gran esfuerzo, como soldado primero y con
un constante e ingrato trabajo rutinario en las plantaciones y minas, con
indios de servicio, después, transcurre gran parte de la vida de Almagro, cuya
suerte en las húmedas florestas centroamericanas hubiera sido tan oscura como
la de tantos otros soldados, convertidos en colonos, que continuaron en las
primitivas instalaciones de la costa del Caribe. Puede decirse que —hasta 1524—
estos largos años de la vida de Almagro, desdé su nacimiento en 1480, carecen
de todo relieve y que sólo a partir de esa fecha comienza su verdadera vida:
los hechos que le harían merecedor de ocupar un destacado lugar entre las
grandes figuras de la conquista de América. Pero antes de conocerlos, conviene
determinar los acontecimientos que dieron lugar a los mismos.
§. De
cómo se llegó a la busca del Birú
Para situar debidamente la gestación de las exploraciones que conducen hasta el
descubrimiento del Perú es necesario retroceder unos años. La penetración en la
América continental por vía terrestre vino determinada por la ruta elegida por
Colón en 1492. En efecto, en la noche del 6 de octubre de ese año, en el que
había de cambiar la faz del mundo conocido, Martín Alonso Pinzón aconsejó al
Almirante que sería bien, navegar a la cuarta Oeste a la parte del
Sudoeste. Él día 12 avistaban Guanahaní, bastante próximos al istmo que les
hubiera abierto el paso al Pacífico y sus costas, pero naturalmente ajenos a
esta posibilidad. Hasta que un nuevo impulso explorador llevó a Vasco Núñez de
Balboa a avistar y atravesar el istmo centroamericano, procedente de la costa
del Caribe, hallando de este modo un nuevo mar, al que bautizó como Mar del
Sur, no se hizo posible el traslado de las actividades descubridoras
castellanas a las costas del Pacífico, paso decisivo para la expansión
continental. La penetración por la costa del Caribe colombiano hubiera supuesto
un retraso de varios lustros, como lo demostraría años más adelante la llegada
de Gonzalo Jiménez de Quesada al altiplano andino, a Bogotá, cuando ya estaban
los castellanos —entre ellos Almagro— asentados en el Perú.
§.
Fundación de Panamá y primeras exploraciones
Con el descubrimiento del istmo panameño la expansión hacia el sur quedaba
libre. La férrea decisión de Pedrarias, violentando las protestas de muchos, de
fundar un nuevo centro de actividades en las costas descubiertas por Vasco
Núñez de Balboa, cristalizó en la fundación —en 1519— de una ciudad en el
Pacífico a la que se bautizó con el nombre de Panamá y que había de convertirse
en el centro de actividades descubridoras de gran alcance y, por tanto, en el
punto de partida que permitiría a oscuros soldados, como Almagro, uncirse a una
de las más altas empresas de las Indias.
Ya Vasco
Núñez, cuando realiza su descubrimiento, iba movido por haber llegado hasta él
noticias vagas de un importante imperio, el Birú, tan poderoso que
su fama llegaba hasta los indios del Caribe, quienes afirmaban que se podía
llegar hasta él por unas aguas que se hallaban a Poniente. Aun cuando pudiera
pensarse que los indios estaban ansiosos de librarse de los castellanos, y que
por esta razón los empujaban a tierras distantes de las suyas, cuando Pedrarias
decide fundar Panamá, como vimos, sin duda pensaba que había algo de verdad en
estos relatos sobre un fabuloso imperio, con ejércitos potentes y grandes
ciudades, con embarcaciones movidas a remo y vela y abundancia de oro. Por ello
decidió que era lo acertado llegar a aquellas fabulosas tierras por mar, y de
ahí la fundación de Panamá en la costa. En efecto, Pedrarias, ahora con más de
sesenta años, se sentía doblemente tentado por el ignoto nombre del Birú,
cuyo nombre había sido uno de los primeros en conocer, ya que no sólo
ambicionaba ser gobernador único —tras haberse desembarazado aviesamente de
Núñez de Balboa—, sino también alcanzar la fama de descubridor, como adelantado
de la Mar del Sur.
§. La
expedición de Andagoya
Incapacitado por su edad para llevar a cabo personalmente la expedición
marítima hacia el sur, determina conceder los permisos oportunos al prestigioso
navegante vasco Pascual de Andagoya y éste, en 1522, se adentra hasta la
comarca de Cochama, al sur del golfo de San Miguel, ocupada por otros indígenas
de la misma lengua —cuevas— quienes solicitan su protección contra los indios
del Birú, que asediaban y saqueaban sus aldeas. A los seis días de navegación y
acompañado por los indios de Cochama, llega hasta una fortaleza principal, ya
en las tierras del cacique Birú, a quien derrotan y someten, no sin antes
vencer su resistencia. Andagoya recibe entonces de los indios noticias más
concretas de un fabuloso imperio situado más hacia el sur, de sus riquezas
—consistentes para ellos más en sus industrias y manufacturas que en el oro— y,
ansiosos de poseerlas, proponen aliarse a Andagoya para conquistarlas. Este
accede y después escribiría: … en esta provincia —de Birú— supe y hallé relación,
ansí de los señores como de mercaderes e intérpretes que ellos tenían, de toda
la costa de todo lo que después se ha visto hasta el Cuzco. Efectivamente,
Andagoya había estado a las puertas del fabuloso imperio de los incas, tan
poderoso y desarrollado como el por aquel tiempo sometido por Cortés, el
imperio de los aztecas. No hizo, sin embargo, más que entreabrir las puertas
del Perú, ya que una desgraciada caída en el agua —que le impidió montar a
caballo y le mantuvo imposibilitado durante meses— le decidió a regresar a
Panamá, impulsado también por la prudencia ante la perspectiva de enfrentarse
con sus escasas fuerzas a los indios del sur, de cuyo poder guerrero le habían
hablado con temor y respeto las gentes de Birú.
Capítulo
II
Asociación de descubridores
Contenido:
§.
Amistad con Pizarro y constitución de la sociedad.
§. Pedrarias
§.Primeras incursiones.
§. Almagro, capitán.
§. Nueva expedición en busca del Pirú
§. Primer contacto con los súbditos del Inca
§. Primeros reveses y fracaso de Almagro en Panamá.
§. La fe de Almagro y la tenacidad de Pizarro
§. Expedición de los «trece de la fama»
§.
Amistad con Pizarro y constitución de la sociedad
Llegados al punto de las primeras exploraciones, es obligado introducir a
Francisco Pizarro. Este había de tener tanta y tan decisiva influencia en la
vida y los hechos de Almagro, que casi nunca ha sido presentada su figura sin
asociarla a la de Pizarro, corriendo parejas sus aventuras, triunfos y
desgracias, y llegando a decir de ambos Fernández de Oviedo que eran un
alma en dos cuerpos.
Existían
entre ambos múltiples afinidades, siendo Pizarro también bastardo, del capitán
Gonzalo Pizarro, ambos de humildísima condición por vía materna, teniendo en
común también el transcurso de una infancia en la pobreza, ocupado el padre de
Pizarro en las guerras de Granada y Navarra, sin tiempo para sus bastardos. La
personalidad de Pizarro era también en muchos aspectos —según el retrato que de
él nos hace Gómara como hombre grosero, robusto, animoso, valiente y
honrado— similar a la de Almagro. No es de extrañar, por tanto, que naciera
entre ellos profunda e íntima amistad y que en 1522, siendo, ya ambos vecinos
ricos y respetables de Panamá, esta amistad que databa ya de varios años se
consolidara y les llevara a asociarse.
Ya en
1519 habían asistido ambos a la fundación de Panamá y de entonces debía datar
su asociación, ya que consta de Almagro que
en el
repartimiento de los caciques e indios, como buen poblador, ovo unos indios,
los quales, con otros de Francisco Picarro, se metieron en compañía: e fueron
ambos tan buenos compañeros e tan avenidos, y en tanta amistad e conformidad,
que ninguna cosa de hacienda, ni indios, ni esclavos, ni minas en que sacaban
oro con su gente, ni ganados avía entre ellos sino común, e no más del uno que
del otro, mucho mejor que entre hermanos.
Esta
sociedad de colonos habría de consolidarse y trocar sus fines por los más
arriesgados del descubrimiento y conquista del Levante, nombre que
entonces se daba a las tierras donde se hallaba el Perú, dada la dirección que
había tomado la expedición de Andagoya, en ruta hacia el Sur, que derivaba
hacia el Este en un comienzo. La idea nació en la mente de Pizarro, que había
colaborado tiempo atrás con Vasco Núñez de Balboa en las exploraciones del
istmo panameño y que sin duda meditaba sobre aquel lejano imperio, de cuyas
riquezas y civilización se tenían cada vez mayor cúmulo de noticias. Pizarro no
tenía secretos para su amigo y compañero Diego de Almagro, cuyas dotes de
organizador —previsor y con visión precisa de las circunstancias— y facultades
para el reclutamiento de tropa podían ser preciosas para la empresa. Almagro
—ambicioso y presto siempre a la acción— aceptó con entusiasmo, determinando
ambos dar parte de sus conversaciones —para resolver el problema de la
necesaria financiación— a Hernando de Luque, hombre adinerado como señor del
repartimiento de Taboga. Este clérigo, de origen sevillano, maestrescuela de la
catedral o iglesia mayor de Panamá, se avino encantado a engrosar la sociedad,
aportando a ella cierta cantidad de dinero y —por su amistad e influencia con
Pedrarias— la oferta de mediar con el gobernador.
Los tres
constituyen así esta sociedad que —en términos modernos— quedaría formada por
el presbítero como socio capitalista y los dos soldados como socios
industriales. Pizarro sería el conductor de la empresa, como persona más
capacitada; Hernando de Luque (a quien pronto cambiaron las gentes su apellido
por el de Loco, por su vinculación a una empresa aparentemente
descabellada) el financiero, y Diego de Almagro el intendente y reclutador de
la tropa. Era una sociedad cuyos socios aparecían unidos por tan estrechos
vínculos que Gómara escribe:
Juraron
todos tres de no apartar compañía por gestos ni reveses que les viniesen, y de
partir igualmente la ganancia, riquezas y tierras que descubriesen y
adquiriesen todos juntos y cada uno por sí.
§.
Pedrarias
Restaban sólo los oportunos permisos del gobernador y —mediando Luque— las
conversaciones con Pedrarias pronto se vieron coronadas por el éxito. Como era
notorio, Pedrarias siempre deseó llevar a cabo la empresa de adentrarse hacia
el Sur y, desde que Pascual de Andagoya renunciara, por sus dolencias, a las
exploraciones, las aspiraciones quedaron truncadas. Pedrarias buscó
posteriormente quien se hiciese cargo de la ambiciosa empresa y creyó encontrar
la persona adecuada en un tal Juan de Basurto, pero la muerte de éste impidió
una vez más que fuera acometida.
Cuando
Hernando de Luque le notificó el acuerdo de las tres personas para navegar y
explorar hacia el Sur, siendo el impulsor y conductor de la empresa Francisco
Pizarro, cuya lealtad y falta de ambiciones materiales conocía Pedrarias, el
desconfiado gobernador, que ya no contaba con sus dos mejores capitanes —Vasco
Núñez de Balboa y Francisco Hernández de Córdoba—, a quienes había hecho
ejecutar, puede decirse que saltó de alegría: era una nueva posibilidad de
llevar a cabo sus proyectos, y con un hombre de toda confianza como Pizarro.
Ultimados
ya los preparativos y formada lo que comenzaba a llamarse la Armada del
Levante, escribía Pedrarias al Rey desde Panamá, en abril de 1525, dando
noticia de estos hechos:
Al
levante por la Mar del Sur tengo enviada otra armada como le he escrito a V. M.
a descobrir, con el Capitán Pizarro, mi teniente de Levante, con muy buena
gente y buenos aderezos… me han ayudado con sus haciendas el reverendo Padre
Don Fernando de Luque, maestrescuela, y el dicho Capitán Pizarro y Diego de
Almagro.
En estas
breves líneas el receloso y viejo gobernador presentaba sucintamente a quienes
habían de ser los auténticos protagonistas de los hechos que conducirían al
descubrimiento del Perú y quienes, sin saberlo, acababan de repartirse uno de
los más grandes y ricos imperios de la tierra.
§.
Primeras incursiones
Hechos los aprestos para comenzar la expedición, los tres socios acuerdan no
exponer todos sus hombres y recursos en un solo viaje. Determinan que salga
primero Pizarro, siguiéndole al poco tiempo Almagro para prestarle ayuda en
caso necesario, y continuar luego juntos hasta las tierras prometidas por la
fama. Parte, pues, Pizarro el 14 de noviembre del 1524 con un navío y dos
canoas, algo más de cien soldados y algunos perros de guerra, aunque al parecer
sin caballos, y queda Almagro a la espera de salir más adelante.
Esta
primera expedición de Francisco Pizarro no pudo resultar más desalentadora.
Navegó con fuertes vientos hacia el Sur hasta que, pasado un tiempo prudencial,
decidió hacer un desembarco de aprovisionamiento, en lo que denominaron Puerto
de las Piñas, pues no hallaron otra cosa que piñales, sin descubrir habitantes
ni alimentos. Siguiendo su navegación a lo largo de la costa desembarcaron de
nuevo, en el poblado del Cacique de las Piedras, aparentemente abandonado. Pero
al caer la noche los españoles fueron sorprendidos por un ataque encarnizado de
los indios, que consiguieron matar a algunos soldados y herir a Pizarro —que
había dirigido personalmente la defensa— hasta siete veces con puntas de saeta,
obligando a la tropa a huir hacia el navío, llevando consigo al malherido
Pizarro. Se alejaron prestamente con intención de regresar a Panamá, pero
recalaron finalmente en el pueblo de Chochama, no lejos de las islas de las
Perlas; Pizarro no quiso llegarse hasta Panamá por el temor a que se desbandase
la tropa.
En esta
primera incursión, apenas salieron de las costas tropicales de la actual
Colombia, habiendo padecido el hambre y los ataques de los indios, para
regresar finalmente casi al mismo punto de partida sin provecho alguno. Desde
allí envía Pizarro al tesorero Nicolás de Rivera con el encargo de informar a
Almagro. Era preciso hablar de nuevo con el gobernador, a fin de convencerle
para que les hiciera llegar más ayuda y permitiera arreglar el barco, que había
quedado bastante maltrecho por la navegación.
Ignorante
Almagro de estos acontecimientos y en cumplimiento de las instrucciones
recibidas y acordadas antes de lo salida de Pizarro, se había puesto ya en
camino —hacia marzo de 1525— con el segundo barco que a tal fin tenían
preparado y con setenta hombres. Almagro navegó hacia el Sur en busco de su
capitán y compañero. En este empeño atravesó por los mismos o mayores
penalidades que Pizarro, encontrándose también con el belicoso Cacique de las
Piedras, en el pueblo que los soldados de Pizarro habían bautizado como Pueblo
Quemado —tal vez por haberlo incendiado ante su huida—, enzarzándose en
encarnizada lucha con estos indios, ya avezados en la lucha contra los blancos,
tras haber obligado a los hombres de Pizarro a retirarse, como hemos visto.
Esta
refriega a punto estuvo de costarle la vida a Diego de Almagro, quien perdió un
ojo por herida de flecha y ya en el suelo —rodeado por los indios y en trance
de ser tomado prisionero— fue rescatado en último instancia por Juan Roldán y
su esclavo negro, y trasladado luego al navío, donde todos tomaron refugio. De
este modo perdió Almagro un ojo —que luciría después en su escudo Juan Roldán—
como primera de las desgracias que habían de acongojarlo durante su
desventurada vida.
§.
Almagro, capitán
Tras buscar infructuosamente a Pizarro, decide Almagro regresar a Panamá, pero
en las islas de las Perlas sabe que su capitán está en Chochamo. Allí se
dirige, y en la playa se abrazan los dos amigos, heridos y maltrechos. A pesar
de sus heridas y de los infortunios, ambos soldados —que ya habían encontrado
muestras de oro y pedrería— acuerdan no desistir de la arriesgada empresa.
Mermados sus fuerzas y conocida la belicosidad de los indios, tras la doble
experiencia sufrida con el Cacique de las Piedras, resultaba imprescindible
recabar más ayuda a Panamá. Pizarro, temeroso de que Pedrarias le niegue
licencia para continuar, encomienda la gestión de Almagro.
En la
capital de Castilla del Oro, nombre inicial que tuvo Tierra Firme, encuentra
Almagro a un irascible Pedrarias, quien —conocido el fracaso de la expedición—
se muestra desengañado de la empresa del Levante y determinado a poner fin a la
misma. Sólo la mediación de Luque pudo salvar la situación, si bien el
gobernador condicionó su permiso al nombramiento de un segundo capitán. Almagro
se apresuró a presentarse como candidato, y hay quien opina que éste pudo ser
el comienzo del distanciamiento entre los dos socios, ya que Almagro alcanzó
esta capitanía mediante una gestión personal, consiguiendo —en ausencia de
Pizarro— paridad de mando con éste. De hecho, algunos soldados murmuraban,
acusándole de haber alcanzado el cargo con malicia y deslealtad para su
compañero. Ya en Chochama, Almagro se justificaría ante Pizarro, explicando que
se había visto obligado a aceptar su nombramiento, en evitación de que fuese
nombrado un extraño, con posible perjuicio para la sociedad por ellos
constituida con tantos afanes. Pizarro —a pesar de los rumores de deslealtad—
desechó las maledicencias y aceptó sin recelo alguno la capitanía de Almagro.
§. Nueva
expedición en busca del Pirú
A pesar de la primera oposición de Pedrarias, Almagro tuvo éxito finalmente en
la gestión a él encomendada. De Luque consiguió nueva financiación, consistente
en 20.000 pesos de oro, seguramente procedentes del tesorero Gaspar de
Espinosa, quien —como funcionario del Rey— no podía abiertamente invertir en
este género de empresas. Por otra parte, y no sin dificultades, consiguieron
reclutar 160 hombres, lo que sin duda supuso un gran éxito, considerando que el
gran número de muertos en las expediciones anteriores (ciento treinta) había
restado entusiasmos.
Asistimos
entonces a una nueva consolidación de la sociedad, ya que Pizarro —sabedor de
que Pedrarias se dispone a salir rumbo a Nicaragua y libre, por tanto, de
temores— resuelve volver a Panamá para apoyar las gestiones de Almagro. Era el
año de 1526. Con el nombramiento de Almagro como capitán y la nueva aportación
de dinero, se imponía una formalización de la sociedad, firmándose en 10 de
marzo de aquel 1526 la escritura de recepción del dinero de Luque (en realidad
recibido de Espinosa bajo cuerda) por parte de los dos capitanes. Con los
20.000 pesos adquirieron dos navíos, que habían de ser gobernados por el piloto
Bartolomé Ruiz, marino de Palos, haciéndose los dos capitanes de nuevo a la mar
con los hombres reclutados y algunos caballos.
Tras
penosa navegación llegaron a la altura del río San Juan, último punto que
tocara el vizcaíno Pascual de Andagoya, donde tomaron tierra y —aunque algo
animados porque encontraron oro— hubieron de hacer frente a tal cúmulo de
adversidades, que muchos temieron no sobrevivir a estos durísimos preliminares
de la conquista del Perú. Habían tomado tierra —según describe Gómara—
en una
costa anegada, llena de ríos y manglares, y tan lluviosa, que casi nunca
escampaba.
Acuciados
por el hambre, habiendo agotado ya las reservas de trigo y de tubérculos, se
internaron en busca de alimento, cuando les acosaron gran número de indios, que
les asaetearon y ocasionaron cuantiosas bajas.
Con sus
escasas huestes hambrientas y exhaustas por la lluvia, el calor, los mosquitos
y el infernal acoso de los indios, decide Pizarro, que seguía siendo el jefe
principal, pese a la capitanía de Almagro, quedarse allí hasta reponer la
gente. Envía entonces uno de los barcos con el piloto Bartolomé Ruiz para
continuar reconociendo la costa hacia el Sur, mientras en el otro, con las
muestras de oro conseguidas, mandaba a Almagro a Panamá en busca de renovado
apoyo.
La
gestión de Almagro en Panamá había de resultar, una vez más, provechosa.
Afortunadamente para la empresa, el gobernador Pedrarias, que —como vimos— ya
se había mostrado remiso a renovar su apoyo a la aventura de
la exploración del Levante, retirándose a Nicaragua, había sido sustituido por
Pedro de los Ríos. Almagro —mediante la usual intermediación de Luque—
convenció al nuevo gobernador del éxito de la expedición y obtuvo de él las
licencias necesarias para el reclutamiento de nueva gente. Consiguió Almagro en
esta ocasión reclutar cuarenta nuevos voluntarios y, con ellos y algunos
víveres, salió de nuevo al encuentro de Pizarro, en 8 de enero de 1527.
§. Primer
contacto con los súbditos del Inca
Pero después de reunirse con Pizarro en el río de San Juan, llegó también
Bartolomé Ruiz. Retornaba de su exploración hacia el Sur, con prometedores
informes, ya que había tomado contacto con los primeros mercaderes indios
civilizados: los súbditos del Inca. Les había encontrado en una balsa con
velamen de tipo latino y le dijeron que procedían de la ciudad de Tumbez. Traía
consigo Ruiz tres de estos indios, a fin de que aprendieran el castellano y
pudieran dar noticias de su país, así como servirles de intérpretes en el
futuro. Fueron estos nativos bautizados con los nombres de Francisco, Fernando
y Felipe, que los soldados pronto transformaron cariñosamente en los
diminutivos Francisquillo, Fernandillo y Felipillo, como era costumbre
castellana con los indios.
Bartolomé
Ruiz había ido costeando y apreciando que se trataba de una región rica,
cultivada, con ciudades de casas de piedra, donde parecían reinar el orden y la
prosperidad. Animados los hombres de Pizarro con estas noticias y satisfechos
también los venidos con Almagro, decidió Pizarro continuar avanzando hacia el
Sur, por la ruta del piloto Ruiz.
§.
Primeros reveses y fracaso de Almagro en Panamá
Llegados los dos navíos a la aldea de Atacames y apenas efectuado el
desembarco, tuvo lugar un durísimo enfrentamiento con los indios, que a duras
penas pudieron ser dispersados por la artillería del griego Pedro de Candía.
Pero más que por esta batalla, la aldea de Atacames había de ser recordada por
haberse producido en ella el primer enfrentamiento de Pizarro con Almagro. En
efecto, los soldados estaban descontentos por el trato despótico y agresivo de
Almagro, lo que —unido a sus muchas penalidades y a lo inhóspito del lugar—
hizo que se quejaran a Pizarro, solicitando de éste el regreso a Panamá. La
reacción de Almagro —hombre acostumbrado a sufrir estoicamente como soldado—
fue violenta, insultando a los soldados y tachándolos de cobardes y no aptos
para la lucha. Salió Pizarro en defensa de sus hombres y sólo la intervención
del piloto Ruiz y de Ribera el Viejo, aplacando a ambos, impidió se enfrentaran
con la espada.
Pero el
descontento ya había prendido entre los soldados, sometidos a inmensas fatigas
y al constante ataque de los indios. Ante esta situación, proclive a un
movimiento sedicioso, y no encontrándose Pizarro preparado para una más
prolongada penetración en tierra firme, decidió recalar en la isla del Gallo,
no lejos de Panamá, y —permaneciendo allí con los enfermos y más débiles—
enviar de nuevo Almagro a Panamá, para recabar allí, de nuevo, aliento y apoyo,
haciéndole portador del oro recogido. Para evitar que el navío restante pudiera
ser tomado por los sediciosos, envió después a Bartolomé Ruiz también a Panamá,
so pretexto de que el barco necesitaba carenarse.
No había
de tener éxito, en esta ocasión, la gestión de Almagro y su resultado, además,
no pudo ser más descorazonados. Por más que él mismo y su mediador, Hernando de
Luque, se hacían lenguas de las excelencias del Pirú, el
gobernador, Pedro de los Ríos, recibía muy otras noticias de los hombres que
habían regresado con Almagro, quienes hablaban de las calamidades de la
expedición, la ferocidad de los indios y la tiranía de los capitanes. Para
colmo, se las ingeniaron para hacer llegar a la esposa del gobernador, doña
Catalina de Saavedra, un escrito en un ovillo de lana, en el que se relataban
los padecimientos sufridos con esta coplilla:
Pues,
señor gobernador,
mírelo bien por entero,
que halla va el recogedor
y acá queda el carnicero
Lo cierto
es que Almagro volvía —una vez más— a recoger hombres para la
aventura del Pirú y que, si bien era una exageración tachar a
Pizarro de carnicero, el hecho es que ya habían perecido casi dos
centenares de hombres en el empeño de conquistar el fabuloso —hasta entonces
sólo una fábula— imperio del sur.
Pedro de
los Ríos —poco propicio a Pizarro—, movido por estas informaciones negativas y
enfurecido por la coplilla, determinó poner fin a lo que —a sus ojos— aparecía
como una costosa y descabellada aventura. Sus medidas no pudieron ser más
drásticas: prohibió a Almagro el reclutamiento de más hombres y a Luque la
recaudación de fondos, embargando además el barco. Cuando a fines de agosto de
1527 llegaba Bartolomé Ruiz con la segunda embarcación para proceder a su
reparación, se le impidió también efectuarla, prohibiéndole regresar al
encuentro de Pizarro.
§. La fe
de Almagro y la tenacidad de Pizarro.
El gobernador se mantuvo firme en su decisión y —desoyendo los ruegos de
Almagro y Luque— desautorizó todo intento de proseguir. Para evitar cualquier
empeño de Pizarro en la prosecución de las exploraciones, envió con dos navíos
a un capitán de su confianza —el cordobés Pedro Tafur— para recoger a los de la
isla del Gallo, imponiendo grandes penas a quienes osaran hacer intención de
retenerlos, conocedor sin duda de la férrea tenacidad de Pizarro. Almagro y Luque
—mostrando con ello confianza ilimitada en la empresa— hicieron llegar un
mensaje secreto a Pizarro, instándole a que no cejara, aunque reventara. Tafur
partió, portador de tan ingratas noticias, el 14 de septiembre de 1527,
quedando Almagro retenido contra su voluntad en Panamá, aunque albergando la
secreta esperanza de que Pizarro resistiese el embate.
Llegado
Tafur a la isla del Gallo, fue recibido con gran regocijo por los soldados, que
creyeron llegada al fin la hora de regresar a Panamá. Pizarro, dolorido y
sereno, trazó con su espada un raya en la playa. Más allá —dijo— ha de
encontrarse la riqueza y la gloria. Invitó a que con él la traspasaran quienes
tuvieran la decisión de seguirle. Trece hombres —los que luego fueron llamados
los trece de la fama— se le unieron. Bartolomé Ruiz también la cruzó e hizo
intención de seguirle, pero Pizarro juzgó más prudente hacerle regresar a
Panamá, con el encargo de dialogar con el gobernador en su nombre.
Partió,
pues, Tafur con los hombres que no quisieron permanecer al lado de Pizarro,
quedando éstos en la isla del Gallo, si bien lo inhóspito del lugar y lo falto
de alimentos les hicieron trasladarse a la cercana isla de la Gorgona, donde
abundaba la caza. Podemos imaginar la alegría de Almagro y Luque cuando
comprobaron, al regreso de las naves de Tafur y de Ruiz, que Pizarro había
superado lo que parecía el fin de la empresa. Es indudable que la decisión de
los trece de la fama posibilito el descubrimiento efectivo del Perú y su
posterior conquista.
Pedro de
los Ríos desaprobó la gestión de Tafur y le reprendió por su blandura, pero
finalmente hubo de ceder o los ruegos de Almagro y Luque. El gobernador, en
efecto, se vio obligado por la postura de Pizarro a socorrerle, enviando una
nueva embarcación, dando orden a Bartolomé Ruiz de regresar con los hombres de
Pizarro y de no tardar más de seis meses en hacerlo. Este plazo de seis meses
suponía un permiso implícito para seguir explorando.
§.
Expedición de los «trece de la fama»
Bartolomé Ruiz llego a la isla de la Gorgona en marzo de 1528, cuando los robinsones voluntarios
se encontraban en una situación límite, y el mismo Pizarro comenzaba a
desanimarse. Las noticias que portaba Bartolomé Ruiz no eran buenas, pero, al
menos, permitían a Pizarro seguir adelante, aprovechando el navío y el plazo
concedidos por el gobernador. Se tomó consejo y la decisión de Pizarro fue
continuar la navegación hacia el Sur, dejando en la Gorgona a los más débiles
—Peralta, Trujillo y Páez— con gran parte de las provisiones llegadas de Panamá
y los indios que tenían de servicio, menos los de Tumbez, que habían de servir
de intérpretes a los expedicionarios.
Tras
veinte días de navegación llegaron a la isla que bautizaron como de Santa
Clara, donde se aprovisionaron de leña y agua, para continuar en dirección Sur,
hasta que toparon con una balsa indígena y luego con otras cuatro con guerreros
de Tumbez, que dijeron iban a enfrentarse con los indios de la isla de Puná.
Tomaron estas balsas con los indios que en ellas iban, cuidando de explicarles
que no era su intención llevarles como prisioneros, sino ir en su compañía
hasta Tumbez. Esta política de aproximación pacífica había de dar excelentes
resultados en este primer contacto con los indios peruanos. Así, llegados a
Tumbez, quiso Pizarro que el primer desembarco se produjera sin violencia, para
lo cual envió al soldado Alonso Molina con presentes.
Molina
regresó contando tantas maravillas de la ciudad, que Pizarro dudó de su
veracidad y envió al griego Pedro de Candía para comprobar las noticias de
Molina. Pedro de Candía regresó aún más maravillado, con presentes de maíz,
pescado y fruta, confirmando lo narrado por Molina y haciendo alabanzas de lo
visto.
Dijo que
vio cántaros de plata y estar labrando a muchos plateros; y que por algunas
paredes del templo había planchas de oro y plata; y que las mujeres que
llamaban «del Sol», que eran muy hermosas.
Intuyendo
Pizarro que se hallaban en el pórtico de un auténtico imperio —y dado el escaso
tiempo concedido por el gobernador—, decidió continuar sin dilación la
singladura hacia el Sur, llegando al puerto de Paita, a la Punta Aguja y
finalmente a Santa, nueve grados al sur del Ecuador. En todas partes recibieron
muestras de amistad y les dispensaron tan gran acogida, que las peticiones de
soldados españoles para quedarse fueron multiplicándose, hasta el punto de que
permanecieron definitivamente en aquellas tierras los soldados Bocanegra, Ginés
y luego Alonso de Molina en Tumbez, cuando volvieron a pasar por este puerto.
Los
hallazgos de estos descubridores les animaban a continuar la exploración, pero
se hallaban exhaustos, la nave estaba en malas condiciones y la prudencia hacía
que Pizarro se urgiese a sí mismo a retornar a Panamá. Regresaron, por ello,
sin detenerse ni en Puná ni en Santa Elena, haciéndolo sólo en la isla de la
Gorgona para recoger a los que allí habían quedado, salvo el soldado Trujillo,
que había perecido.
El
regreso triunfal de los expedicionarios constituyó en Panamá una auténtica
apoteosis y puso fin a los días de tremenda incertidumbre, que consumían a
Almagro durante su larga espera en Panamá. Había transcurrido ya todo el año
1528. La tenacidad de los socios se había visto altamente recompensada y el
futuro de la empresa no podía ser más prometedor. El balance de lo descubierto
—250 leguas de costa— era realmente muy importante desde el punto de vista
geográfico. Además, estos descubrimientos revelaban —contando los meridianos
hasta las costas del Atlántico— que se hallaban frente a unas tierras
dilatadísimas, de cuyas riquezas tenían por fin noticias ciertas.
Capítulo
III
Apoyo de la corona
Contenido:
§. La
negativa de Pedro de los Ríos.
§. Viaje a España de Pizarro y compás de espera para Almagro
§. Capitulaciones y primeras desavenencias.
§. Regreso de Pizarro y reconciliación
§. Conflicto de Almagro con los Pizarro.
§. La
negativa de Pedro de los Ríos
Las nuevas de los expedicionarios, como hemos visto, no podían ser más
halagüeñas y los tres socios —más animosos que nunca— acudieron al gobernador
en demanda de renovado apoyo, cantando las alabanzas del maravilloso imperio
del Pirú, de sus amplias calzadas, de sus casas y fortalezas de
piedra, sus mercados, sus riquezas e incluso de sus bellas mujeres.
Pedro de
los Ríos, a pesar de las fehacientes noticias, y aun reconociendo que ellos
tenían las licencias que les autorizaban a continuar el descubrimiento, no se
retractó de su postura anterior y se opuso firmemente a conceder su apoyo a una
empresa que ya había costado tantas vidas, argumentando que —de seguir
adelante— la empresa acabaría despoblando Panamá. Si querían continuar, que lo
consiguiesen del mismo Rey. Los tres asociados pensaron que el Gobernador
posiblemente tenía razón y que ya no bastarían las fuerzas de Panamá para
proseguir el descubrimiento, y penetración en un imperio poderoso y dilatado.
Después
de meditarlo y discutirlo ampliamente, se reunieron para elegir el procurador
que había de representar sus intereses ante el rey. Renunciaron a que el
licenciado Corral —que iba a España— les representara, por entender que no
bastarían las gestiones de terceras personas, y pronto Almagro votó porque lo
hiciera Pizarro, no deseando Luque abandonar su puesto eclesiástico y
argumentando Almagro que con su ojo perdido y su desmedrada figura poco habría
de conseguir en la corte. Se decidió entonces que marchara Pizarro.
Insistió
juiciosamente Luque, hasta el final, en que marcharan juntos los dos capitanes,
con frase que reproduce Herrera:
Pluga a
Dios, hijos, que no os hurtéis la bendición (es decir, la suerte), que yo al
menos holgaría que fuerades a lo menos entrambos.
Advirtió
también a Almagro de que luego no se arrepintiese, pues era hombre propicio a
retractarse, pero Almagro insistió en la procuración de Pizarro, e incluso
consiguió el dinero para su viaje —mil ducados— con su garantía personal y por
préstamo de amigos suios, como relata la crónica de Estete.
§. Viaje
a España de Pizarro y compás de espera para Almagro
Determinado, como queda visto, el viaje de Pizarro, se ultimaron los
preparativos y partió llevando consigo al griego Candía, para que relatara
directamente lo observado por él en Tumbez, algunas ovejas traídas
del Perú —pues tal era el nombre que dieron a las llamas andinas— en la última
expedición, muestras de las finas labores de lana y los indios hallados por
Bartolomé Ruiz en la balsa procedente de Tumbez, que tan buen servicio habían
prestado como intérpretes.
Habíase
acordado previamente por los socios que Almagro quedaba voluntariamente en
segundo lugar y que Pizarro solicitaría para sí la gobernación, el obispado
para Luque y el alguacilado mayor para Bartolomé Ruiz, si el rey accedía a
otorgar capitulaciones para la empresa, solicitando Almagro se le procurase el
cargo de Adelantado de las nuevas tierras por descubrir.
Mientras
Pizarro marchaba a la Corte, Almagro no permaneció inactivo. Pensaba
ciertamente —con gran confianza en la base segura de los descubrimientos
hechos— que el éxito coronaría las gestiones de su socio, pero no ignoraba las
dificultades que éste podría encontrar para el reclutamiento de un número
suficiente de hombres y la necesidad de ir preparando un contingente adicional
que pudiera completar el que Pizarro pudiera traer. Conocía Almagro que las
gentes que estaban con Pedrarias no hallaban en la nueva tierra la fortuna que
habían esperado, y que la ocasión era buena para intentar allí el reclutamiento
de voluntarios.
Reunió
Almagro algunos fondos con este fin y envió a Nicolás de Rivera y al piloto
Ruiz a Nicaragua, con las mantas y ovejas peruanas, a fin de
convencer y animar a los posibles voluntarios. No contaba, sin embargo, la
previsión de Almagro con la enemistad latente (habiendo quedado excluido desde
sus inicios de la sociedad primera constituida para el descubrimiento) del gobernador
Pedrarias. Nicolás de Rivera llevó a cabo una excelente labor de reclutamiento
y —según relata Herrera— levantó el ánimo a muchos, para ir a
enriquecerse, y se desasosegaron. Entre los interesados se encontraban los
vecinos más ricos, como Hernán Ponce, Hernando Soto y Francisco Compañón, que
contaban además con barcos propios en astilleros.
Intervino
entonces Pedrarias, quien trató por todos los medios de desacreditar a los dos
capitanes y a sus enviados, intentando, además, alentar a los más entusiastas
—Hernán Ponce y Hernando de Soto— para que organizasen la expedición por su
cuenta. Desalentados y ofendidos Ruiz y Rivera por tal actitud y alarmados por
las posibles consecuencias de la misma, decidieron regresar rápidamente a
Panamá, si bien antes trataron de secreto con Hernán Ponce para que
alguno de los tres fuese a Panamá, a esperar a que el capitán Pizarro volviese
con sus provisiones de Castilla, para concertarse con él y obtuvieron
de él la promesa de que nada intentarían en relación con el Perú en tanto no
volviera Pizarro. Pretendió aún Pedrarias embargar el navío, enviando para ello
a un alguacil, pero no lo consiguió y los dos llegaron sin más contratiempos a
Panamá. Sólo restaba entonces disponerse a una larga y tensa espera hasta el
regreso de Pizarro, temiendo en todo momento que Pedrarias se les adelantara,
con una expedición que consiguiera antes que ellos la conquista del imperio
peruano
§.
Capitulaciones y primeras desavenencias.
Por fin llegaron los primeros informes. Pizarro, que había firmado
capitulaciones con la emperatriz Isabel, en nombre de Carlos V, en 26 de junio
de 1529, en Toledo, se retrasó posteriormente por acudir a Extremadura a ver a
los suyos, pensando que entre sus allegados podría encontrar mejor que en
ningún otro sitio quien le acompañara y fuera fiel en la dura empresa
descubridora. Consciente de la impaciencia de sus socios, envió por delante uno
de los barcos con quince o veinte soldados, portadores de una copia de las
capitulaciones obtenidas.
Antes de
seguir adelante, es preciso especificar qué se entendía entonces por capitulación.
Aunque no todos los historiadores del Derecho están de acuerdo, puede
simplificarse diciendo que las capitulaciones eran una especie de contrato
entre el rey y un particular, hecho por capítulos y de ahí su nombre. El rey
tenía la soberanía de las Indias —aunque esto se estaba cuestionando
precisamente en aquel tiempo— y podía conceder permiso a una persona particular
para explorar y poblar, palabra que equivalía a conquistar,
nuevos territorios.
Se
marcaban las obligaciones que el particular contraía con la Corona en cuanto a
pertrechos, hombres, y en general, a aspectos materiales de la empresa, y la
Corona otorgaba nombramientos y establecía sueldos (generalmente a pagar de las
rentas de la propia tierra a conquistar y gobernar). En ocasiones, la Corona
ayudaba a la empresa en varias formas, ya fuera aportando dinero o concediendo
ayudas y franquicias. Normalmente el particular no cumplía estrictamente las
condiciones, ya que la administración no era demasiado severa, pero los
nombramientos y prebendas solían quedar firmes.
Veamos,
pues, lo obtenido por Pizarro en las capitulaciones de 1529, que iban a
ocasionar profundo malestar en el ánimo de Almagro antes del regreso de Pizarro
a Panamá. La capitulación se iniciaba, como deseaba Pizarro, con una
delimitación territorial de la licencia para continuar el descubrimiento, que
asombra por su exactitud, ya que abarcaba desde el pueblo dicho
Temumpala hasta Chincha, que podían ser las dichas doscientas leguas, poco más
o menos, lo que resultaba ser un exacto cálculo de la verdadera distancia,
y nos hace pensar en mayores conocimientos por parte de Pizarro.
A Pizarro
se le daban los títulos de gobernador y capitán general deste distrito,
con el sueldo correspondiente —725.000 maravedíes— y los de adelantado y
alguacil mayor, también a perpetuidad. Hernando de Luque conseguía el obispado
—provisional nombramiento mientras llegaban las bulas pontificias—, tan ansiado
por él; a Bartolomé Ruiz se le otorgaba el título oficial de piloto de la Mar
del Sur y la escribanía de las ciudad de Tumbez, para cuando su hijo fuera
mayor de edad; ninguno de los valientes de la isla del Gallo —los trece
de la fama— era olvidado, obteniendo los que eran plebeyos la hidalguía y
los que ya eran hidalgos la espuela dorada, título previo al nombramiento de
caballero. El griego Pedro de Candía era nombrado capitán de la artillería de
la nueva hueste.
Como
vemos, hasta aquí Pizarro cumplía con lo estipulado, e incluso se conseguía más
de lo que era de esperar, habiendo obtenido para él y los suyos un trato muy
favorable. A Diego de Almagro, sin embargo, no se le daba el nombramiento de
adelantado como —según Cieza de León— habían estipulado previamente los socios,
habiéndolo reclamado Pizarro para sí mismo, sino la tenencia de Tumbez, con
50.000 maravedíes de salario y 200.000 para ayuda de costas, así como la
concesión de hidalguía y el reconocimiento del hijo que había tenido con Ana
Martínez, muger soltera siendo él también soltero. Como apunta
Sáenz de Santa María,
Pizarro o
era tonto o ingenuo si creyó que Almagro se iba a satisfacer con la «tenencia»
de una fortaleza inexistente, o con una hidalguía circunscrita a Indias.
En
efecto, llegada a Panamá la copia de las capitulaciones, como dicho va, las
prebendas obtenidas levantaron el ánimo de todos los participantes en la
empresa, que veían consolidados sus anhelos, pero enfriaron también el ánimo de
Almagro, que se sintió engañado al conocer que no se le había conseguido el
adelantamiento como había quedado acordado y se quejó amargamente a Luque de
que se le hubiera postergado de tal manera. Es cierto que la sociedad reconocía
paridad absoluta a todos los socios en lo económico, pero en realidad su papel
de segundón quedaba aún disminuido.
Tan
irritado llegó a estar Almagro, que dio a entender públicamente que nada quería
saber del descubrimiento a partir de ese momento, retirándose ostensiblemente a
las minas, sin querer siquiera participar económicamente, ni había de
gastar más de lo gastado, lo que provocó el que Luque tuviera que buscar
dinero prestado para pagar los fletes de los que vinieron por delante de
Pizarro. Ante el peligro que esto suponía para el derrumbamiento de toda la
empresa antes de la llegada de Pizarro, Nicolás de Rivera lo visitó, instándole
a que no la abandonara en momentos tan importantes, y convenciéndole de la
honestidad de Pizarro y de su propia importancia para el éxito del
descubrimiento. Argumentó que el Capitán Pizarro es persona honrada,
que dará todo lo que posee a sus compañeros, en especial a vos, a quien tanto
debe, y sin quien no puede llevarse adelante la empresa.
Estos
argumentos convencieron a Almagro —siempre dispuesto a comprender, aunque
alimentando rencores que surgirían más adelante—. Volvió a ser el hombre de
acción de siempre y puso de nuevo en marcha los preparativos para que todo
estuviese dispuesto al tiempo del regreso de Pizarro. Envió carpinteros a
cortar madera al río Lagartos para reparar las naves, que estaban muy
maltrechas de los viajes pasados. Trató cortésmente a los castellanos que
habían venido, a quienes antes había ignorado, y se preocupó de que estuvieran
atendidos debidamente. La empresa se había salvado momentáneamente, pero
quedaban sembrados los vientos que habían de traer futuras tempestades.
§.
Regreso de Pizarro y reconciliación
Mientras esto acontecía en Panamá, Pizarro —que se había trasladado a Trujillo
una vez obtenidas las capitulaciones de Carlos V y del Consejo de Indias— se
había reunido con sus familiares, aparte de por las naturales razones ya
expuestas, para conseguir con su concurso incrementar el reclutamiento de
hombres en Extremadura, ya que, si bien había obtenido de la Corona como ayuda
a la organización 25 caballos y 25 yeguas de Jamaica, así como trescientos mil
maravedíes para municiones y doscientos ducados para adquisiciones y
transportes, también se había comprometido a regresar a las Indias en el
término de seis meses y con doscientos cincuenta hombres, los ciento i
cinquenta Naturales de estos Reinos i otras partes no prohibidas; i los otros
ciento, de las Islas i Tierra Firme del Mar Océano.
Para
entender lo anterior, conviene interpretar el concepto de familia en
el concepto español rural de entonces. Casi todos son parientes en los lugares
largo tiempo habitados por las mismas estirpes, llegándose a un parentesco
general que, en el caso concreto de los Pizarro, le proporcionaba a Francisco
hermanos por parte de padre y hermanos por parte de madre. Por encima de las
muchas irregularidades que habían dado lugar a tan múltiples nacimientos,
existía la relación de parentesco y el propio Francisco Pizarro había vivido
con sus abuelos paternos, pese a lo anormal de su nacimiento.
En
Extremadura halla Pizarro a sus hermanos Hernando, Juan y Gonzalo y a su medio
hermano —por parte de madre— Francisco Martín de Alcántara, que le habría de
ser fiel hasta la misma muerte. Contó enseguida con la adhesión de los suyos,
pero no tuvo en cuenta que le habían de ser gravemente penosos, al entrar
necesariamente en conflicto los compromisos con los lejanos socios y el natural
deseo de intervenir en la empresa y en organizarla de sus hermanos.
El tiempo
apremiaba ya —al contar Pizarro con un plazo limitado de seis meses para su
regreso—, las semanas pasaban con velocidad desesperante, sin visos de que se
pudieran reclutar a tiempo los ciento cincuenta hombres del cupo acordado,
aunque en Cáceres, ya camino de Sevilla, se habían incrementado algo las
huestes de Pizarro. Era preciso encontrar, además, el dinero necesario para
preparar barcos y vituallas. En vista del lapso del tiempo —y como ya vimos—
envía en noviembre de aquel año de 1529 un barco con veinte soldados, con las
noticias de todo lo conseguido y copia de las capitulaciones.
Iniciado
ya el año de 1530, el plazo expiraba y aún no había conseguido la recluta de
gente a que se había comprometido, contando en total con ciento veinticinco
voluntarios, número que ya no pudo incrementar. En efecto, el 18 de enero llega
una orden del Consejo de Indias para que la Casa de Contratación mandase
oficiales a visitar los tres navíos de Francisco Pizarro. Ante el riesgo
inminente de que se abortase la empresa por haber incumplido su compromiso, se
vio obligado a embarcar con un —navío más lento, y encomendó a Hernando Pizarro
y a Candía convenciesen a los oficiales de que había partido con el número de
hombres necesarios para completar el cupo, y que ellos habían de unírsele
posteriormente en la Gomera, lo que tuvieron que creer los delegados oficiales.
Llegado
Pizarro a Nombre de Dios, fue recibido con abrazos y euforia por su amigo
Almagro, pero sabemos que éste se encontraba dolido por su postergación y pidió
por ello explicaciones. Pizarro le hizo ver que le había sido imposible
conseguirle el adelantamiento, por haberse negado la Corona a concederlo sin el
título de gobernador, no osando dar un mismo oficio a dos personas, y porque de
no aceptar un título con el otro se corría el riesgo de que invistiesen con
ambos a un tercero. Añadió que la Tierra del Perú era tan grande que
daba en ella para todos, cuanto más que, pues su intento había sido, y era, de
que lo mandase todo como propio… Se aplacó así Almagro, que nunca puso
en duda la sinceridad de su amigo y socio.
§.
Conflicto de Almagro con los Pizarro
El regreso de Pizarro a Panamá, cubierto de honores y rodeado de sus hermanos,
debió causar gran disgusto en el ánimo de Almagro, a pesar de la reciente
colaboración. En efecto, Almagro, simple soldado, veía a su hermano de armas
nombrado gobernador y capitán general. La presencia de los hermanos Pizarro, en
especial de Hernando, hombre soberbio, alto y grueso, que se condujo desde el
primer momento con los aires y autoridad de un jefe, sin serlo, en nada
contribuyeron a aplacar el ánimo herido de Almagro. Este se vengaba regateando
a los Pizarro los medios para la empresa e incluso para su manutención,
dándoles para comer —según Cieza de León— nada más que tortillas de maíz, como
a los negros y esclavos, llegándose así, por la prepotencia de uno y los
recelos de otro, a una enconada y permanente enemistad, rivalidad que había de
provocar el derramamiento de más sangre española que en las luchas posteriores
con los indios.
Las
intromisiones injustificadas de Hernando llegaron a ser tan gravosas, que
Almagro pensó de nuevo en separarse definitivamente de la sociedad, e incluso
llegó a ponerse en contacto con el contable Alonso de Cáceres y con Álvaro de
Guijo para realizar por su cuenta una expedición. Conocidos estos hechos por
Gaspar de Espinosa —al que hemos visto actuando desde un comienzo—, se alarmó
mucho por los intereses que en la empresa tenía, comprendiendo que era
gravísimo para la expedición el que los dirigentes se dividieran, porque
entonces los voluntarios reclutados con tanto esfuerzo abandonarían. Por estas
razones, decidió mediar entre los dos socios, o, por mejor decir, entre pizarristas y almagristas,
pues estos partidos comienzan a perfilarse ya, aun antes de haber dado comienzo
a la empresa.
Su
mediación entre Almagro y Pizarro consiguió apaciguarles, no sin antes obtener
de Pizarro la promesa formal de que no pediría al Rey ninguna merced, ni para
él ni para sus hermanos, en tanto no hubiera conseguido para Almagro
una
gobernación desde donde se acaba la de Pizarro; y que todo el oro y plata,
piedras, repartimientos, naborías, esclavos, con otros cualesquier bienes o
haciendas fuesen de ellos dos y del electo obispo Luque.
Conviene
aquí comentar que Pizarro se avino a esta nueva capitulación por haberse
producido un hecho que hacía imprescindible una reconciliación inmediata con
Almagro. Este nuevo hecho era la llegada —producto de las anteriores gestiones
de Rivera y Ruiz en Nicaragua— de Hernán Ponce y de Hernando de Soto, con dos
navíos y hombres, lo que consolidó definitivamente la hueste que había para ir
al Perú. Concertó con ellos Pizarro que le cedieran los navíos, pagando los
fletes, a cambio de nombrar a Hernando de Soto capitán y teniente de gobernador
en el pueblo más principal que se poblase, y a Hernán Ponce uno de los mayores
repartimientos.
Capítulo
IV
Tercer viaje de descubrimiento
Contenido:
§.
Almagro en Panamá, mientras Pizarro llega al Perú.
§. Primeros factores de la expedición.
§. El Tahuantinsuyu.
§. Primeras noticias del Inca Atahualpa
§. Derrota de Huáscar y preparativos de Pizarro y Atahualpa
§. Cajamarca: derrota y prisión de Atahualpa
§.
Almagro en Panamá, mientras Pizarro llega al Perú.
Tras estos acontecimientos, todo parecía listo y era preciso partir. Se
reunieron los socios y acordaron que Diego de Almagro quedase en
Panamá, a recoger la gente que acudía de Nicaragua y de otras partes, y a
proveer otras cosas que faltaban. El gobernador partiría primero y
esperaría en la isla de las Perlas a que se le reuniesen el resto de los
voluntarios. Se llevaron las banderas a la iglesia de la Merced, comulgaron
todos el 28 de diciembre de 1530 y a fines de enero de 1531 Almagro los veía
partir hacia la isla de las Perlas y las tierras del sur.
Ya es
conocida la labor de Almagro como aprovisionador en las primeras expediciones,
y no debe extrañarnos que de nuevo se le encomendara una misión que ya había
llevado a cabo con éxito en anteriores ocasiones. En este caso, sin embargo,
influyó el hecho de embarcarse con Pizarro sus hermanos. El odio que —como
vimos— sentía Almagro por Hernando Pizarro le obligaba a rehuirle y esto pudo
contribuir a que no deseara participar en esta tercera expedición, salvo como
aprovisionador y organizador desde la retaguardia.
Según Del
Busto Duthurburu, existía otra razón para explicar su permanencia en Panamá.
Almagro, según este autor, sufría de una dolencia vergonzante: tenía mal de
bubas (tumores venéreos). Preferiría por ello permanecer en su casa de Panamá
con sus dos hijos mestizos, habidos de Ana Martínez —que, como vimos, había
sido legitimada en las capitulaciones— y de otra india llamada Mencía. En
cualquier caso, es indudable que su actuación en este tercer viaje fue
definitiva y que, sin su concurso, recabando los fondos necesarios y reclutando
gente incesantemente, no hubiera podido llevarse a cabo la conquista.
§.
Primeros factores de la expedición
Salió Pizarro de Panamá, como queda visto, a fines de enero del año de 1531, en
tres navíos con 180 hombres y 27 caballos, lo que ciertamente era muy poco para
intentar someter a un imperio que podía alzar en armas a un ejército de más de
60.000 guerreros, aunque realmente los españoles no lo sabían. Tras el primer
paso, habitual ya, por la isla de las Perlas, continuaron más lejos que en las
ocasiones anteriores, hasta la bahía de San Mateo, donde efectuaron un breve desembarco,
continuando hasta Coaque (o Quaque), pueblo principal, que los nativos con su
cacique abandonaron ante la actitud de los españoles, que de modo brutal se
aplicaban a la busca del botín. Es evidente que la nueva expedición —como
comenta Sáenz de Santa María— no tiene el carácter amigable de la
primera: van a la conquista y al negocio.
Desde
luego, acumularon un gran botín en oro, pedrería y esmeraldas, que Pizarro
determinó enviar a Panamá y Nicaragua para estimular a sus gentes. La mayor
parte del oro tomado en Coaque fue enviado a Panamá en dos navíos, con carta a
sus socios y amigos avisando
se diesen
prisa a venir porque tenía gran noticia de la tierra de adelante y que la
mandaba un señor sólo muy poderoso.
El resto
del oro fue enviado en la otra nave a Nicaragua, a cargo de un tal Bartolomé
Aguilar.
En Coaque
permanecieron siete meses —al decir de Herrera— sufriendo las penalidades de un
clima y de una enfermedad que acabó con la vida de muchos. Afortunadamente y
cuando ya estaban por mudarse a otro lugar, obligados por las enfermedades y la
falta de alimentos, avistaron un navío en el que primero pensaron que vendría
Almagro, y que resultó venía de Nicaragua, con veintiséis hombres de a caballo
y treinta peones, al mando de Sebastián de Belalcázar.
Todos
reunidos, acordó Pizarro continuar explorando a lo largo de la costa, y pasando
por el cabo de Pascio (Passaos) y por la bahía de los Caraques —sufriendo por
falta de agua dulce— llegaron hasta Puerto Viejo, conviviendo pacíficamente con
los indios durante estas jornadas.
Puerto
Viejo, que en lugar de cacique tenía una cacica, era región rica en productos y
con abundante pesca. Fueron los españoles bien atendidos por la cacica y
decidieron descansar y reponer fuerzas, permaneciendo allí por espacio de dos
meses. Con renovadas fuerzas, partieron a la isla de Puná, a sólo dos leguas de
Tumbez, su primer destino en Tierra Firme.
En Puná
comenzaron los contratiempos con los indios, cuyo cacique —Tumbala— les animó a
que desembarcaran, procurando para ello incluso las balsas. Tratábase, sin
embargo, de un ardid para acabar con los castellanos, propósito que estuvieron
a punto de conseguir. En Puná quiso Pizarro congraciarse con los de Tumbez
—enemigos, como se recordará, de los puneños— liberando a seiscientos
prisioneros que tenían los isleños de la gente de Tumbez y permitiendo a los de
Tumbez que desolaran los campos y haciendas de Puná. Esto irritó aún más a los
puneños, que atacaban continuamente a los castellanos, y que no fueron nunca
sometidos totalmente, ya que se acogían a los pantanos y lugares inaccesibles.
Es por
estas fechas cuando el carácter de Hernando Pizarro comienza a dar muestras de
soberbia y a crear problemas, produciéndose una dura disputa entre él y el
tesorero Alonso Riquelme, quien incluso se separó de la expedición y estuvo
dispuesto a regresar a España a dar cuenta al Rey de cosas de su
servicio. Hubo de enviar Pizarro a Alonso de Badajoz, quien lo alcanzó y lo
trajo, consiguiendo Pizarro que se reconciliara con su hermano Hernando.
También
por aquel tiempo llegaron nuevos hombres y caballos de Nicaragua, al mando de
Hernando de Soto, a quien animara —como se recordará— la promesa de Pizarro de
una tenencia general. Habíale dado ésta a su hermano Hernando con anterioridad,
lo que desanimó a Soto, quien tuvo, sin embargo, que disimular su disgusto y
conformarse con el nombramiento de capitán.
Engrosado
el cuerpo expedicionario español con los refuerzos de Nicaragua, pensó Pizarro
abandonar definitivamente la isla de Puná, donde continuaban las escaramuzas y
rebeldía de los indios. Era ya el mes de marzo de 1532 y nada se sabía de una
posible incorporación de Almagro, quien continuaba limitando su colaboración a
la provisión de fondos y coordinación de los nuevos apoyos de Nicaragua.
Pensó
Pizarro que en Tumbez acabaría la animosidad de los indios y el continuo
guerrear con éstos, diciéndose que llegaba a tierra de amigos
y adonde
creyó serían bien hospedados y proveídos; porque hasta entonces los de Tumbez
debían mucho a los españoles y los españoles no nada a ellos.
Los de
Tumbez incluso —a solicitud de Pizarro— prepararon y entregaron a los
castellanos las balsas para facilitar el paso al continente. Fueron de nuevo
los hombres de Pizarro víctimas de una traición y a punto estuvieron de perecer
en el desembarco, mojados e incapaces como se encontraban, de no aparecer
Hernando Pizarro providencialmente con la gente de a caballo, que había
desembarcado al otro lodo del pueblo.
Consiguió
Pizarro que el cacique del lugar se viera finalmente obligado a solicitar la
paz, pero comprendió que era necesario proseguir con mayor cautelo. Dejó, por
ello, una guarnición de cincuenta hombres en Tumbez para proteger su
retaguardia, antes de continuar hasta Poechos y luego a Tangarara, donde le
pareció oportuno fundar la primera ciudad, que llamó de San Miguel y que
—trasladada luego a Piura— tomó el nombre clásico de San Miguel de Piura.
§. El
Tahuantinsuyu
Pero antes de adentrarnos en lo acontecido a Pizarro durante esta etapa del
descubrimiento, y paro mejor comprenderlo, conviene conocer, siquiera
brevemente, el Tahuantinsuyo —nombre quechua del imperio incaico—, inmenso
imperio que comprendía, aproximadamente, los territorios de las actuales
repúblicas de Ecuador, Perú, Bolivia, con penetración hacia el Norte por
Colombia y hacia el sur por la comarca de Chile y Tucumán en la Argentina. Dos
pueblos de la misma raza, quechuas y aymarás, se repartían el territorio, y sus
luchas forman los albores de la historia peruana. El primer inca fue Manco
Cápac, señor del Cuzco y la tribu quechua, más inteligente y valerosa, apoyaba
su gobierno, constituyéndose en clase dominante. Esto sucedía en época que
debió corresponder, aunque es impreciso, con la Baja Edad Media europea.
Manco
Cápac es el fundador de una dinastía conquistadora y bien organizada, que
llevaba su autoridad hasta los límites extremos del inmenso imperio, mediante
una red de caminos, con sus posadas y fortalezas, no sin analogías con el
imperio romano. Manco Cápac había sustituido el totemismo por el culto al Sol,
y Cuzco, la ciudad dominadora y capital del imperio, era una ciudad
perfectamente estructurada, en cuyos palacios se acumulaban ingentes tesoros.
El último
señor del Tahuantinsuyo, Huayna Cápac, que aun debió conocer la llegada de los
españoles, cometió la torpeza de disponer a su muerte, en 1525, de una parte de
su imperio, la comarca de Quito, en favor de su hijo bastardo Atahualpa, en
perjuicio de su hijo legítimo Huáscar, si empleamos la terminología europea.
Este último no consistió en la división del imperio y envió sus huestes contra
Atahualpa, que fue vencido y hecho prisionero, aunque consiguió pronto escapar.
Ya en libertad, reunió un gran ejército en las comarcas del norte del imperio,
con el cual fue contra su hermano. En esta guerra dio pruebas de gran valor y
sagacidad —haciendo uso de ambas cualidades posteriormente contra los hombres
de Pizarro, como luego veremos— que acabaron proporcionándole la victoria sobre
su hermano Huáscar. Atahualpa quedó dueño entonces de todo el Tahuantinsuyo.
Antes de
que esto último sucediese, en plena guerra civil entre los quiteños partidarios
de Atahualpa y los pueblos huascaristas, llegó a Tumbez Francisco Pizarro,
destinado a cambiar la historia del imperio. Pizarro, cuando tuvo noticias de
estos hechos, debió pensar que la ocasión era propicia para un golpe de mano,
al estilo del de Cortés en México. Pero no adelantemos acontecimientos.
§.
Primeras noticias del Inca Atahualpa
La cautela impuesta por los acontecimientos de Puná y Tumbez hacía lentísimo el
avance de los españoles y —si Pizarro decide en alguna ocasión dividir la
tropa— se esperan los contingentes unos a otros al llegar a los sitios
acordados. Siguiendo esta táctica de tanteo cauteloso, envió Pizarro a Hernando
de Soto con cuarenta hombres para que averiguara lo que había en la sierra
cercana: las poblaciones, la actitud de los indios y el modo de vivir dé la
gente.
Hernando
de Soto se internó en la sierra y llegó al pueblo de Caxas, primer poblado
andino que conocían, donde encontraron fuertes edificios de piedra, rebaños de
llamas y buenas muestras de oro. Allí tuvieron también el primer contacto con
un ejército dependiente de Atahualpa, quien —como vimos— se encontraba inmerso
en feroz guerra civil contra su hermano Huáscar. En Caxas encontraron los
hombres de Soto la primera evidencia de la crueldad de Atahualpa, que había
hecho terribles justicias con los partidarios de Huáscar; por todos los cerros
cercanos se encontraban los cuerpos colgados de indios que no se le habían
sometido voluntariamente.
Es
también en Caxas donde se reciben noticias concretas de la guerra civil entre
los herederos de Huayna Cápac, tras un altercado entre Soto y un capitán de
Atahualpa. Abrió Soto un convento de macamonas, o
vírgenes del Sol, entregándolas a sus hombres, lo que motivó la justa
indignación del capitán inca. Enterado Pizarro por un mensajero de la actitud
soberbia del indio, aconseja a Soto se muestre humilde e intente traerlo
consigo, lo que Soto hizo. Por este capitán de Atahualpa conocieron el estado
de cosas, cómo Huayna Cápac, emperador de los incas cuando ellos llegaron,
había muerto, y cómo el Perú se encontraba dividido por la guerra entre dos
bandos irreconciliables.
Hernando
de Soto regresó con minuciosas noticias sobre los pueblos de la sierra, la
riqueza de la tierra, la cantidad de oro que habían encontrado y cómo —por los
pueblos visitados de Caxas y Guacabamba— pasaba
el gran
camino de los incas, que venía de Cuzco a Quito, por cuatrocientas leguas, con
la maravillosa calzada de piedra, tan ancha que seis caballos, sin tocarse,
iban a la par.
La
llegada de Soto con estas noticias levantó considerablemente la moral de los
hombres, que venían desengañados por no haber encontrado en Tumbez los tesoros
que tan elocuentemente había ponderado el griego Candía, y convenció
definitivamente a Pizarro de que valía la pena realizar un esfuerzo definitivo
para adentrarse en lo que ya sabía era un extensísimo imperio, prometedor de
incalculables riquezas.
El
gobernador, al que habían llegado rumores fidedignos de que Almagro seguramente
se disponía a intentar algo por su cuenta, decide reunir todo el oro que pudo
conseguir para enviárselo a Almagro, con los navíos que tenía en Paita,
instándole a que abandonara cualquier otro proyecto y a que se le uniera lo
antes posible. Simultáneamente envió presentes para Atahualpa al indio que
viniera con Soto, en lo que fue la primera de varias embajadas entre el
gobernador y el caudillo inca.
§.
Derrota de Huáscar y preparativos de Pizarro y Atahualpa
Desde la llegada de los españoles a Puná, había tenido Atahualpa noticia de
todos sus movimientos cada día, e incluso cada hora. Los relatos que le
llegaban describían a los españoles como una banda de facinerosos holgazanes,
que en lugar de trabajar para su subsistencia se hacían mantener, que saqueaban
cuanto hallaban a su paso, violaban a sus mujeres y se burlaban de sus
creencias y del culto al Sol. Desde que Atahualpa supo de ellos, había determinado
exterminarlos en cuanto tuviera ocasión propicia. Pero, conocedor de su escaso
número, estaba entonces más preocupado por la guerra contra su hermano Huáscar.
Con ánimo
de asestar el golpe definitivo a éste, se hizo fuerte en Caxamalca —Cajamarca—
y envió a sus mejores capitanes contra las fuerzas de Huáscar en Cuzco.
Huáscar, entretanto, había reunido también a todo su ejército en el valle de
Xauxa, (Jauja). En este lugar había de librarse la batalla entre los dos
poderosos ejércitos. La batalla fue terriblemente encarnizada y se resolvió en
favor de Atahualpa, aunque con un saldo escalofriante:
Los
muertos de ambas partes fueron, a lo que ellos dicen, más de cuarenta mil
hombres, y algunos afirman pasar este número de setenta,
según
crónica de Cieza de León. Posteriormente y llegado hasta el campamento de
Atahualpa con engaños, fue hecho prisionero Huáscar y —tras ser sometido a todo
tipo de vejaciones— se vio obligado a disolver su ejército para salvar la vida.
Tras la
batalla de Jauja, se encontró Atahualpa con las manos libres para ocuparse de
exterminar a los extranjeros. Hombre frío y sereno, decide hacerse fuerte cerca
de Cajamarca, tranquilo en su campamento y rodeado de cincuenta mil guerreros,
sin hostigar a los españoles, ni impedir en modo alguno su avance; antes al
contrario, envía emisarios con presentes y embajadas de buena voluntad. Quería
esperarles en Cajamarca, degollar a todos, desollarlos para hacer trofeos de
sus pieles y descuartizarlos.
Pizarro,
aun intuyendo las aviesas intenciones de Atahualpa, decide jugarse el todo por
el todo y sale de San Miguel, en busca de Atahualpa, el 24 de septiembre de
1532. Llevaba 102 infantes y 62 jinetes. El viaje, cruzando ríos y escalando
altas montañas, fue sobrehumano. Llegados al pie de la sierra, descansaron
durante un día. Desde allí, y tras penosísima subida que efectuó Pizarro en
vanguardia, con cuarenta de a caballo y sesenta de a pie, se instalaron
brevemente en la cima, con un frío intenso, y al poco tiempo decidieron
continuar la marcha.
Recibieron
en las jornadas siguientes varios emisarios del inca, con renovadas muestras de
cortesía, llamas como presente y como ofrecimiento por parte de Atahualpa de
aprovisionarlos durante el camino, así como noticias sobre el favorable
resultado de la guerra civil a favor de Atahualpa y la prisión de Huáscar.
Desconfiando de tantas protestas de amistad, esperó Pizarro a que regresara un
indio de Piura que había enviado, a su vez, con presentes para Atahualpa y para
conocer la verdadera posición de éste. El relato de este indio aclaró
suficientemente la situación: Cajamarca había sido abandonada y el inca había
acampado con su ejército fuera de la ciudad. Pizarro comprendió que su entrada
en Cajamarca suponía el introducirse conscientemente en una trampa.
§.
Cajamarca: derrota y prisión de Atahualpa
En la tarde del 15 de noviembre de 1532, entraba el gobernador en la desierta
Cajamarca. Situó Pizarro a su tropa, emplazando breve artillería en la parte
alta de la fortaleza, y envió a Hernando de Soto, con veinte caballos y
acompañado del intérprete Felipillo, a cumplimentar al inca Atahualpa en su
campamento. Este, haciendo valer su dignidad de soberano, hizo esperar largo
rato a Soto, lo que intranquilizó a Pizarro —temiendo que Soto y sus hombres
hubieran sido muertos por el inca— y envió a su hermano Hernando para averiguar
lo ocurrido, y para cubrir las espaldas de Hernando de Soto.
La
actitud airada e intimidatoria de Hernando Pizarro hizo salir finalmente al
inca, que llevaba varias horas haciendo esperar a Soto, quien —tomando a
Hernando por el jefe principal— bebió con él en vasos de oro, haciéndolo luego
con Soto en vasos de plata. Percatándose entonces Hernando Pizarro del error,
le hizo ver que eran iguales y le manifestó el deseo del jefe de la tropa
castellana de invitarle a comer al día siguiente, para darle cuenta de
las causas por que había ido a aquella tierra. Atahualpa aceptó ir con ese
fin a Cajamarca al día siguiente.
A pesar
de las mutuas cortesías, ambos jefes al día siguiente habrían de librar un
combate decisivo. Los españoles pasaron la noche en vela, y Pizarro les expuso
su plan, única esperanza de salir airosos frente a un ejército mucho más
numeroso, y que consistía en apoderarse de la persona del inca. Repartió a los
sesenta caballos en tres capitanías, y apostó en las bocacalles que daban a la
plaza a los infantes, dando orden de que se mantuvieran ocultos hasta que
disparase la artillería.
El 16 de
noviembre por la tarde comenzó a desplegarse el enorme cortejo del inca, con
suma lentitud. Llegó éste a la plaza de Cajamarca en litera sobre andas de
madera recubiertas de oro, acompañado de mil indios con unas a modo de libreas,
precedido por un escuadrón de ocho mil hombres y flanqueado por otros tantos.
Pizarro, como tantos otros conquistadores en similares situaciones críticas,
tuvo presente el fondo jurídico de la empresa y procedió a efectuar el requerimiento.
Era preciso, mediante un intérprete, dar a conocer al jefe indígena los
fundamentos de la fe católica, exhortándole a permitir su predicación,
previniéndole que, de no aceptar, se le obligaría a ello por las armas.
Se acercó
con este fin a la litera del inca el dominico fray Vicente de Valverde, quien
comenzó su perorata en este sentido, ayudado por el intérprete Felipillo. Este,
con su rudimentario español, más hecho al rudo lenguaje de los soldados que a
las sutilezas teológicas del dominico, debió hacer llegar a los oídos del inca
el más disparatado galimatías. Fatigado éste por situación tan absurda, arrojó
con ira la Biblia que el fraile le presentaba. Dio entonces al gobernador la
señal acordada y tronaron los cañones, en tanto que evolucionaban los jinetes
irrumpiendo como un torbellino en la plaza y salían los infantes armados de las
bocacalles, cercando a los indios de vanguardia.
En la
terrible confusión que siguió, Pizarro, con veinte hombres escogidos, se acercó
a la litera, apoderándose de la persona de Atahualpa.
No hubo
batalla propiamente dicha, sino que gran número de indios fueron acuchillados
sin siquiera sacar las armas que tenían ocultas bajo sus ropas, huyendo
despavoridos y atropellando mortalmente a los más débiles en su desbandada
enloquecida. No murió ningún español, ni se perdió un solo caballo. De esta
manera dramática y fugaz acabaron conviniéndose los españoles en los árbitros
del destino de todo un imperio.
Capítulo
V
El rescate de un rey
Contenido:
§. El
rescate o tributo.
§. La espera de Almagro y su viaje.
§. Ordenes secretas de Atahualpa, reunión del tesoro y muerte de Huáscar.
§. Reparto del tesoro.
§. Viaje de Hernando Pizarro a España y muerte de Atahualpa
§. El
rescate o tributo.
Terminada la desbandada y prisionero ya Atahualpa en uno de los grandes
galpones de Cajamarca, juzgó éste llegado su último momento. Preguntó a
Pizarro si le avían de matar, a lo que contestó que no usaba de
esos procedimientos bárbaros. Mientras este diálogo tenía lugar en el interior
de la fortaleza, los españoles recogían el botín de la refriega, que fue
incalculable y que Hernando Pizarro calculó en 40.000 castellanos de oro y
5.000 marcos de plata.
Viendo
Atahualpa la codicia de oro de aquellos hombres, que se sobreponía al temor de
la muerte, ofreció a Pizarro llenar la cámara en que se encontraba, de 22 pies
de largo y 17 de ancho, de piezas de oro y de plata. Interpretan los más este
ofrecimiento como un rescate que, una vez satisfecho, le valdría a cambio la
libertad. En realidad fue más una promesa hecha ante el temor inmediato de la
muerte, y una manera sutil de prolongarse la vida, que un compromiso formal de
rescate a cambio de la misma, compromiso que —por otro parte— nunca manifestó
Pizarro.
En
cualquier caso, la idea de Pizarro —siguiendo el modelo y ejemplo de Hernán
Cortés— era al de gobernar por medio del jefe natural, el inca, y de hecho le
trataba con extrema cortesía, le sentaba a su mesa y guardaba con él la debida
reverencia a la dignidad real que ostentaba, hasta el punto de permitirle
recibiera a quien el mismo autorizase. Este fue, seguramente, un grave error de
Pizarro, ya que el astuto utilizó esta libertad de comunicación para seguir
impartiendo órdenes que habrían de afectar gravemente a esta etapa del
descubrimiento.
El plan
de Atahualpa era, desde luego, el exterminio de los españoles, pero necesitaba
tiempo para reorganizar sus fuerzas. El ejército del inca estaba desconcertado,
pero no había desaparecido, sino que había sido retirado por sus propios jefes,
que permanecían a las órdenes de su soberano o, que se entendía con ellos por
medio de los que le visitaban. Con el cebo del rescate conseguía ganar el
tiempo necesario para determinar lo que había de hacer con Huáscar —temiendo se
convirtiera en el nuevo emperador con el apoyo de los españoles— y para acosar
por todos los medios a los invasores. Es indudable que utilizaba las visitas
autorizadas para continuar de hecho al frente de sus partidarios e impartir las
órdenes conducentes a la eliminación de Huáscar y el hostigamiento a los
invasores.
Entretanto,
los castellanos, acompañados de los emisarios indios de Atahualpa, continuaban
moviéndose por todo el país, recogiendo los tesoros con que habían de llenar la
famosa cámara. Había informado el inca que los españoles podían hacerse con un
gran tesoro en el estuario de Pachacamaj, en las costas, y que para ayudar a
ello había enviado allí a uno de sus principales generales, de nombre
Chalcuchima. Conocida la fama de las riquezas que albergaba el santuario,
determinó Pizarro enviar allí a su hermano Hernando, con la doble finalidad de
hacerse cargo de los tesoros que albergaba Pachacamaj y para conocer las
actividades del general Chalcuchima, del que ya tenía información de que era el
principal agente para organizar los ejércitos por orden de Atahualpa.
Partió
Hernando Pizarro el 6 de enero de 1533, con veinte hombres, para cubrir un
durísimo recorrido de doscientas leguas, en el que invertiría al pie de
cuatro meses, según manifestaría posteriormente el soldado Luis de Maza. A
los pocos días de salir envió a su hermano parte del botín recogido,
informándole de que hallaba rastros de los ejércitos que supuestamente se
estaban organizando.
Llegado a
Pachacamaj, consiguió reunir —entre lo aportado por los caciques de la región y
lo encontrado por él directamente en el santuario— 80.000 castellanos de oro y
4.000 marcos de plata. No encontró allí, sin embargo, a Chalcuchima, si bien
recibió un mensajero de éste comunicándole que se reuniría con él en el camino
de Cajamarca. No cumplió Chalcuchima ni ésta ni posteriores promesas de
encuentro, por lo que Hernando —hombre colérico y decidido— se dispuso a copar
a las fuerzas del jefe inca, lo que consiguió en Pombo, no lejos de Jauja, el
11 de marzo de 1533. Allí cercó a la vanguardia de Chalcuchima, que portaba 150
arrobas de oro. Se disculpó el general, arguyendo que le parecía poco y que
había esperado reunir más antes de regresar a Cajamarca.
El 25 de
mayo de ese mismo año de 1533 entraba Hernando Pizarro triunfalmente en
Cajamarca, presentándose a su hermano, orgulloso, no sólo del cuantioso botín
que traía consigo, sino también por haber conseguido traer —prácticamente
prisionero— al más importante de los generales de Atahualpa, al que
obedecía la mayor parte de la gente, más que al mismo Atahualpa. La alegría
de Hernando Pizarro pronto se vio oscurecida por la noticia de que Almagro ya
se había unido a la expedición y se encontraba en Cajamarca.
§. La
espera de Almagro y su viaje.
Largos meses —y sabido es que el tiempo es más largo cuando se espera— fue
consumiendo Almagro en la incertidumbre, entre la esperanza y el desasosiego,
sin la menor noticia de los expedicionarios, sin saber si habían logrado poner
pie en el fabuloso imperio que ya se anunciaba como cierto, o si habían sido
dominados por la fuerza de los guerreros de aquél, sin duda poderoso. No dudaba
de la pericia y del valor de Pizarro, pero siempre existía la duda de que se
encontrara aislado en situación apurada.
Así
transcurre todo el año de 1531 y dos tercios del de 1532, no habiendo recibido
noticias desde la llegada del barco de Hernán Ponce que —como recordamos— había
sido enviado de regreso por Pizarro con el oro de Cuaque.
Esta
angustiosa espera, sin noticias de su socio, unida a las viejas rencillas y
recelos ocasionados por las capitulaciones, había decidido a Almagro a poblar por
su cuenta, intención que —como se recordará— fue conocida por Pizarro, a través
de los refuerzos que llegaban de Nicaragua, pasando por Panamá. Llegó ello
también al conocimiento de las autoridades en Panamá, que naturalmente apoyaban
la expedición de Pizarro, como gobernador nombrado por el rey. Así, en octubre
de 1532, cuando Pizarro se encontraba camino de Cajamarca, el Cabildo de Panamá
citó a Almagro y le conminó a jurar sobre un ara consagrada que partiría en
auxilio de su socio, según estaba convenido.
Ante
estas presiones —y desistiendo de hacer nada por su cuenta— Almagro va en busca
de Pizarro tras allegar 153 voluntarios, con 50 caballos y armamentos. Parte en
dos naves: una de dos gavias que construyó al efecto, y la de Hernán Ponce que
le llegara de Cuaque. Con ellos iba el piloto Bartolomé Ruiz, buen conocedor de
aquellas costas.
En la
bahía de San Mateo se les unió una nave venida de Nicaragua al mando de
Francisco Godoy. Envióle Almagro a decir que, puesto que él era socio de
Pizarro e iba a socorrerle, que juntaran sus fuerzas, pasando Godoy a prestarle
obediencia. No pareció éste muy conforme, pero finalmente se avino.
Determinaron que Almagro fuera con sus hombres por tierra, mientras Godoy
continuaba por mar.
En
Passaos y en la Punta de Santa Elena tuvieron noticias más bien vagas de las
gentes de Pizarro, pero finalmente, en Tumbez, se conocieran los éxitos de la
expedición, la fundación de la ciudad de San Miguel y la derrota y apresamiento
del inca. Volvió este navío a comunicarle las excelentes noticias a Almagro,
alcanzándole antes de llegar a Puerto Viejo. Llegó muy oportunamente, porque
los hombres de Almagro habían sufrido lo indecible, atravesando ríos y
ciénagas, faltos de mantenimiento y enfermos, siendo causa de que murieran más
de treinta de ellos, y ya pensaban en regresar a Panamá.
Comunicadas
las nuevas al mariscal —nombre y título que correspondían a Almagro, de acuerdo
con las capitulaciones—, se entera éste de las portentosas noticias del éxito
de la penetración de Pizarro y los suyos en las tierras del inca: fundación de
San Miguel, avance por el camino real del Inka, recepción y regalos
por parte de Atahualpa, hijo de Huayna-Cápac —el inca que era emperador cuando
llegaron los españoles por primera vez a aquellas tierras—, que había vencido
en una cruenta guerra a su hermano Huáscar, prisionero de sus generales.
Supo
también de la llegada de los españoles a una ciudad, en la sierra, llamada
Caxamalca (Cajamarca), donde el inca Atahualpa los había visitado, aunque con
intención de sorprenderlos, cayendo él prisionero gracias a la audacia de
Pizarro. Pero la mejor noticia fue la de que el rey prisionero había prometido
como rescate llenar de metales preciosos la habitación donde estaba preso y
que, por aquellos días, ya se había reunido un fabuloso tesoro, recogido por
castellanos y por indios en todos los puntos, incluso alejados, de aquel
increíble y riquísimo imperio.
Almagro
envió entonces a su secretorio, Rodrigo Pérez, a entrevistarse con Pizarro,
anunciándole su llegada. Cuál no sería el asombro de Almagro cuando —regresado
ya su secretario— recibió la visita de Pero Sancho y Diego de Agüero, enviados
por Pizarro, preguntando si era cierto o no que pensaba fundar por su cuento,
sin hacer caso de los compromisos contraídos. Se indignó Almagro y preguntó
cómo podía Pizarro haber pensado tal cosa. Agüero y Sancho se lo explicaron:
había sido su propio secretario, Rodrigo Pérez, el que había llevado este
chisme. La palabra chisme hemos de repetirlo aún muchas veces,
pues fue enfermedad endémica de esta conquista, produciendo infinitos males. En
efecto, Rodrigo Pérez había comunicado al gobernador que Almagro había venido a
poblar por cuenta propia, indisponiéndole así con su camarada. La traición era
tan flagrante, que Almagro ordenó proceso a Pérez, ajusticiándolo a
continuación: Lo ahorcó de la antena del navío, lo que a
todos no pareció mal este castigo (Herrera). Era esta la
primera sangre española que se derramaba en el Perú por obra de los mismos
españoles. Desgraciadamente, no sería la última.
No
podemos conocer las verdaderas intenciones de Almagro. El cronista Cieza de
León relata que algunos de los que hoy son vivos, quieren decir que Almagro
tuvo propósito de no acudir con el socorro a Pizarro, sino meterse hacia el
Norte a ocupar lo de Quito, y enviar al Rey a pedir en gobernación.
Para
Almagro desde luego estaban claras las intenciones de su socio, que con Agüero
y Sancho había enviado cartas avisando cómo había preso a Atabalipa, de quien
esperaban grandes tesoros; que se diese prisa a andar, porque en todo tenían
partes. Tranquilizado Almagro con estas cartas, se ponía poco después en
movimiento, comprendiendo que, si había que decidir la suerte y dirección
ulterior de la campaña, él debía estar presente, como parte principalísima que
era de la empresa.
Sale
Almagro de San Miguel y se encamina a Cajamarca a encontrarse con su socio,
pasando por Tangara, donde habían quedado los oficiales del rey. En las
cercanías de Cajamarca salió Pizarro a recibirle, abrazándose ambos con la
vieja amistad y afecto. Ya entonces —y según algunas crónicas— tenían
el uno del otro sospecha y algún rencor secreto de enemistad, manada de
ambición. Los oficiales del rey, encargados de cobrar los quintos
reales no son ajenos —al seguir su propia política estrictamente
económica— a la complicada relación entre Pizarro y Almagro, como consecuencia
de la cual se van perfilando dos bandos opuestos.
Atahualpa
supo que Almagro, el capitán que venía, era igual a Pizarro en el mando, y
quiso conocerle, para ganarse también su favor. Almagro visitó a
Atahualpa y haciéndole gran reverencia, le besó las manos y holgó con
él. Reunidos los dos socios en Cajamarca para llevar a cabo juntos la
futura empresa, se cerraba el primer capítulo de la conquista. Pero aún quedaba
mucho por hacer.
§.
Ordenes secretas de Atahualpa, reunión del tesoro y muerte de Huáscar
Los meses anteriores a la llegada de Almagro habían sido de alegría, pero
también de inquietud. De alegría al comprobar que llegaban nuevas embajadas de
indios para completar el tesoro prometido, y de inquietud porque se sabía que
ejércitos regulares incaicos se movían por las serranías cercanas.
Atahualpa
había mandado que para su cumplimiento —el de la promesa de llenar de oro la
famosa habitación— se llevase con toda brevedad a Caxamalca todo el oro y plata
que hubiere, y que en ninguna manera se imaginase tratar de guerra con los
castellanos, con los cuales no convenía sino la paz, y que fuesen respetados, y
obedecidos como su Persona. Pero, como veremos, estas órdenes conocidas se
complementaban con otras secretas, en las que daba instrucciones a sus
generales y oficiales para que no revelaran los lugares donde había más
riquezas y —escondiendo parte de éstas— entregaran sólo lo necesario para
completar el tesoro.
Fuera o
no la intención de Atahualpa ganar tiempo, lo cierto es que había transcurrido
ya el plazo de cuarenta días acordado y el tesoro aún no se había completado.
Decide entonces Pizarro —de común acuerdo con Atahualpa— enviar a tres
españoles al Cuzco para activar la recogida de tesoros, dando Atahualpa
instrucciones de que se les entregaran. Salen así, en 15 de febrero, hacia la
antigua capital incaica Martín Bueno, Juan de Zárate y Pedro de Moguer, con
instrucciones de no maltratar en ningún caso a los indios.
Simultáneamente
seguían llegando nuevas remesas de toda clase de tesoros de oro y plata, en
forma de ídolos, vasijas, estatuas, muebles recubiertos de planchas de oro,
etc., a cuya fundición procedían los españoles. Es entonces —en medio de esta
constante y fabulosa acumulación de tesoros— cuando llegó a Cajamarca Almagro y
su gente, el 14 de abril de 1533.
EL Cuzco
era, sin duda, el lugar que más tesoros reunía y hacia allí partieron los tres
emisarios de Pizarro. Fueron agasajados por los indios durante todo el camino
—evidentemente, obedeciendo instrucciones de Atahualpa— y, llegados a Jauja,
recibieron de Chalcochima siete cargas de oro y otras siete de plata, que
enviaron con un negro a Cajamarca.
En Cuzco
hallaron los castellanos a otro general de Atahualpa —de nombre Quizquiz (o
Quis-Quis) —, que se opuso a que los castellanos visitaran la ciudad
libremente, aunque les entregó gran cantidad de oro. Había Quis-Quis saqueado
Cuzco al derrotar y aprisionar allí a Huáscar, pero no se había atrevido a
desmantelar el templo del Cosicancha (patio de oro), y quedaban en él grandes
tesoros. A pesar de ello —y al decir de los partidarios de Huáscar— faltaba
mucho oro, y se echaba la culpa de su desaparición a Chalcuchima. Los españoles
estaban convencidos de que a él se debía la ocultación y así —cuando fue, como
vimos, conducido a Cajamarca por Hernando Pizarro— se le llevó a presencia de
Atahualpa para que éste le obligara a revelar el escondrijo. Sólo mediante
tortura admitió Chalcuchima —si le quitaban de delante a Atahualpa— que había
dado orden a Quis-Quis de que ocultara el oro, quedando de esta manera en
evidencia que era Atahualpa quien le había prohibido hablar.
Pero las
órdenes secretas de Atahualpa no se circunscribían a la ocultación de tesoros a
los castellanos. Tras la derrota de Huáscar en Jauja, había sido éste hecho
prisionero por Chalcuchima y Quis-Quis, que cometieron terribles crueldades con
los huascaristas y pasaron a cuchillo a treinta hermanos del inca. Si duda
también se le hubiera dado muerte, pero aconteció entonces la derrota y prisión
de Atahualpa.
Conocida
por Pizarro la prisión de Huáscar, interrogó sobre ello a Atahualpa, y sobre
las intenciones que tenía sobre su regio hermano. Había simulado Atahualpa
condolerse por el aprisionamiento de su hermano, pero lo cierto es que al poco
tiempo los generales de Atahualpa dieron muerte a Huáscar y lo arrojaron al
río, sin darle sepultura. ¿Quién es el responsable de esta muerte? Casi todas
las versiones coinciden en afirmar que su muerte obedeció a órdenes secretas de
Atahualpa, que despachó luego mensajero a Chellicuchuma que matasen
luego a Huáscar. Vemos, pues, cómo Atahualpa —desde su prisión, en la que
era objeto de las atenciones propias de un rey— seguía gobernando sobre sus
súbditos.
§.
Reparto del tesoro
Los increíbles tesoros acumulados —muchos de los cuales constituirían hoy
inapreciables piezas de arte para los museos— aparecerían entonces a los ojos
de los castellanos como muestras bárbaras de cultos idólatras y su único
destino era el horno de fundición. A esta labor de fundición se dedicaron con
ahínco los españoles, con el concurso de los hábiles fundidores indígenas, con
tanto rendimiento que en un solo día se llegaron a fundir barras por valor de
80.000 pesos.
Había
llegado el mes de mayo de aquel año de 1533, y juzgó Pizarro que era ya urgente
enviar algo a España. El 23 de aquel mismo mes llegaba uno de los enviados al
Cuzco y el día 13 de junio los otros dos, con un enorme cortejo de indios que
traían en angarillas voluminosos cántaros llenos de oro y plata, así como
grandes planchas de oro. Consideró entonces Pizarro que el tesoro había sido
reunido totalmente y se dispuso a realizar el reparto.
Repartir
el tesoro con equidad constituía un difícil problema, ya que había varios
grupos y con méritos distintos: los almagristas —venidos tardíamente con el
mariscal— argumentaban que sin su presencia la situación de los castellanos se
hubiera debilitado y que sólo con su llegada se había podido reunir el botín
sin dificultades; los que habían venido de San Miguel —que habían subido a la
sierra ante el inminente reparto— argüían del mismo modo; los méritos de
quienes habían derrotado y hecho preso al inca eran claros y recientes, y los
que habían ido por montañas y valles, buscando y recogiendo el oro, ponderaban
y engrandecían sus muchos padecimientos y enormes trabajos.
Pizarro,
que temía graves desavenencias como consecuencia del reparto, utilizó la
autoridad de su cargo y toda su habilidad para zanjar las disputas tomando una
decisión terminante: se separaron —como regalo al rey— 100.000 pesos, 20.000
para los que habían venido con Almagro y el resto —para sí mismo y para los
demás— según los méritos de cada uno, diferenciando a los de a caballo y a los
de a pie. En total, deducidos los derechos de quilatador, fundidor,
marcador y costas que la compañía ha hecho, se repartieron un millón
trescientos veintiséis mil pesos y al emperador le correspondieron, de sus
quintos del oro, doscientos setenta y dos mil pesos.
§. Viaje
de Hernando Pizarro a España y muerte de Atahualpa
Pizarro estaba intranquilo pensando que un súbito revés podía poner en peligro
todo lo conseguido, y quiso enviar a España cuanto antes la inmensa suma que
suponía el quinto real. Para el envío del regalo (y las muestras de
la enorme riqueza del mundo que se comenzaba a conquistar) designó Pizarro a su
hermano Hernando, permitiendo que le acompañaran todos lo que quisieran
regresar a la patria.
Quiso
también Almagro aprovechar el viaje de Hernando para encomendarle le procurase
del emperador su nombramiento de gobernador y adelantado de la tierra por
descubrir, desde donde terminaba la gobernación de Pizarro, dando poder
bastante a Hernando Pizarro para que lo negociase, y prometiéndole más de
veinte mil ducados por el trabajo. Aunque Hernando se comprometió a conseguirle
el adelantamiento, no confió Almagro plenamente en él, y rogó en secreto a
Cristóbal de Mena que, si viese que Hernando no lo hacía bien, le transmitiera
su deseo en la corte, informando a los señores del Consejo Real.
Partió
Hernando Pizarro con los viejos y enfermos y, recogiendo también a los de San
Miguel, llegó a Panamá, donde por primera vez vieron directamente los
resultados del descubrimiento del Perú. Las gentes de Panamá quedaron
maravilladas y muchos pensaron en llevar mercaderías al Perú, donde las huestes
de Pizarro —que tenían gran abundancia de oro, pero no en qué gastarlo— habían
hecho que las cosas tuvieran los precios más extravagantes. Tal cantidad de oro
pasó por Panamá, que solamente por partir barras de plata y de oro,
quedó rico extrañamente un herrero.
La
partida de Hernando Pizarro contribuyó, indirectamente, a la muerte de
Atahualpa, ya que él siempre había defendido que los rumores que hablaban de
que Atahualpa organizaba secretamente un ejército para ir contra los
castellanos eran falsos, defendiendo en todo momento las buenas intenciones del
inca.
Ciertamente
eran frecuentes las noticias de los malos propósitos del inca en relación con
los españoles y el mismo Pizarro daba algún crédito a las mismas, porque envió
a Hernando de Soto hasta el río de Levante para que averiguara la veracidad de
estos hechos. El propio cacique de Cajamarca aseguró que —por orden del inca—
se acercaba su general Rumiñaui con un ejército, que se retiró también por
órdenes suyas tan pronto descubrió que sus intenciones eran conocidas. Esto se
confirmaba también por otras versiones, como la de Estete, quien dice
taxativamente que
comenzóse
a certificar entre los indios que él —el inca— había mandado venir gran
multitud de gente sobre nosotros. Esta nueva se fue cundiendo tanto, que se
tomó información de muchos señores de la tierra que todos a una dijeron verdad,
que él mandaba sobre nosotros para que le salvasen.
Los
hechos son, en cualquier caso, confusos y aún contradictorios.
La
expedición de Hernando de Soto al río de Levante, para ver si encontraba
movimiento de tropas, no halló nada. Por otra parte, que los indios estaban en
pie de guerra parece indicarlo el que los españoles encontraron tropas en el
camino hasta el Cuzco, como veremos.
Las
noticias sobre las traidoras intenciones del Inca eran alentadas por el odio
que los indios tenían contra Atahualpa, y en particular los yanaconas,
que sembraban nuevas falsas, y daban a entender a los intérpretes que
se movían alborotos, e inquietudes para el desasosiego de los Castellanos.
Los propios intérpretes contribuían a incrementar las noticias alarmantes, y en
especial Felipillo, por razones poco honorables. Herrera lo relata de este
modo: … Dicen que Atahualpa tenía muchas y muy buenas señoras de
concubinas, y que Felipe la lengua —intérprete— se enamoró de
una de ellas, y que no atreviéndose a conseguirla, por el respeto del Inga, le
pareció que le sucedería su designio con su muerte, y que tuvo sus pláticas con
los Yanaconas, que estaban en el exército castellano, y con
los indios enemigos de Atahualpa, y que los unos por la enemistad, y los otros
por la libertad, lo publicaron y así lo afirmaron.
El
nerviosismo y la incertidumbre sobre su propia seguridad crecía entre los
castellanos en Cajamarca, quienes empezaron a pensar que la única manera de
terminar con esta zozobra era dar muerte al inca. Pizarro, a quien repugnaba la
idea de dar muerte a Atahualpa, envió —como vimos— a Hernando de Soto a
cerciorarse de si había o no movimiento de tropas o preparativos de guerra
entre los indios. Pensó también en dar la dignidad de inca a Topa Hualpa,
hermano de Atahualpa, desposeyendo al prisionero, pero estimó que no era
solución suficiente.
Finalmente
y forzado por la presión que todos ejercían en el mismo sentido, se vio
obligado a abrir un proceso contra Atahualpa, sin esperar al regreso de
Hernando de Soto, quien —como se recordará— no encontró indicios que acusaran
al Inca lo que tal vez hubiera salvado la vida de éste.
En la
marcha del proceso se argumentaron las crueldades de Atahualpa con los indios,
las justicias terribles que había mandado hacer con los
partidarios de su hermano Huáscar, el asesinato de éste —que nadie dudaba había
sido ejecutado por orden suya— y todas las confirmaciones de las órdenes que,
en secreto, impartía contra los españoles.
Pizarro
se resistía a la ejecución de Atahualpa. Almagro, sin embargo, era quien más
insistía en su muerte, apoyado por los oficiales reales. Estos —en testimonio
de Trujillo— requirieron al gobernador que matase a Atabalipa, porque
si él vivía el Rey perdería mucha cantidad de moneda, añadiendo luego por
ser indio tan velicoso. Pizarro se vio así obligado por una razón a la que
en modo alguno podía hurtarse: el servicio del rey.
Todos
eran contrarios a Atahualpa, salvo Pizarro, que no contaba con argumentos
suficientes para evitar la sentencia. Así se llega a la decisión de darle
muerte, sentencia que no tuvo inconveniente en firmar el padre Valverde, que
había conducido el proceso, y con esto se pronunció la sentencia para
que fuese quemado. El mismo padre Valverde instó a Atahualpa a que entrase
en la religión cristiana, a lo que accedió el inca para evitar la terrible
muerte por fuego. Por esto no le quemaron vivo, sino que se mandó que
le ahogasen, lo que se hizo.
El cuerpo
de Atahualpa permaneció en la plaza toda la noche, velado por una guardia de
soldados españoles, ante los lamentos desgarradores de las mujeres del muerto.
Pizarro tomó las medidas oportunas para que la noticia fuera difundida y al
mismo tiempo prodigó a Atahualpa las exequias propias de su dignidad de
monarca, asistiendo a las ceremonias fúnebres todos los españoles.
Las
consecuencias de la muerte de Atahualpa fueron diversas. Por una parte, los
partidarios de Almagro habían visto sus deseos cumplidos; todos los españoles
con este ajusticiamiento se veían embarcados por igual en los acontecimientos
que subsiguieran; chalcuchima, con la natural alegría por su parte, salía de la
cárcel; los caciques de los pueblos cercanos quedaron anonadados por el poder
de estos extranjeros, que podían dar muerte a su señor casi divino. Sin duda,
el único que no se sentía en absoluto satisfecho era Francisco Pizarro.
Otra
consecuencia de la muerte de Atahualpa fue que —al difundirse la noticia,
siguiendo las instrucciones de Pizarro— la fama de la muerte de este
Príncipe —según relato de Herrera— pasó volando por todos los
Reinos de su Imperio, y se detuvieron muchas cargas de Oro, que de diversas
partes acudían al mandamiento del Inga. Así pues, los oficiales del rey,
que habían querido proteger los intereses del monarca, obtuvieron efectos
contraproducentes desde el primer momento.
Capítulo
VI
Actividades colonizadoras
Contenido:
§. El
nuevo Inca.
§. Camino de Cuzco.
§. Resistencia inca y entrada en Cuzco
§. Expedición de Belalcázar a Quito.
§. Expedición de Pedro de Alvarado.
§. Éxito de Almagro como negociador.
§. Fundación de la Ciudad de los Reyes y partida de Almagro a Cuzco
§. El
nuevo Inca
Desaparecido Atahualpa, era preciso buscarle sucesor. Esto era importante para
hacer posible la acertada política de que la soberanía española entrara por la
vía de un pacto de sumisión con el rey indio, pero también porque un imperio
organizado de colosales dimensiones no se podía dejar abandonado a la anarquía,
y ya sabía Pizarro lo endeble que era en algunos territorios la obediencia a
los cuzqueños.
Decidió
Pizarro recabar consejo de los nobles incas reunidos en Cajamarca. Siendo los
que allí se encontraban partidarios de Atahualpa y no de Huáscar, no dudaron en
que la elección debía recaer sobre un pariente del inca ajusticiado y el
señalado fue Toparca o Tupac-Hualpa. Se hicieron enseguida las ceremonias
propias del Perú, y el inca fue investido de tal dignidad con la bola roja,
propia de su rango, participando Pizarro en las ceremonias y haciéndole entrega
de un real estandarte, al tiempo que pactaba con él una relación de amistad y
vasallaje al rey de España.
§. Camino
de Cuzco
La muerte de Atahualpa y el nombramiento del nuevo inca parecían —al creer de
los españoles— cerrar definitivamente una etapa en el proceso de dominación de
aquellas tierras.
Aunque
asentado en Cajamarca, Pizarro comprendía que la ciudad no era en modo alguno
el centro del imperio incaico y que era preciso trasladarse a Cuzco, la antigua
capital del imperio de Huayna-Cápac, donde además permanecía intacto todo el
ejército indio. Decidió partir, por tanto, hacia Cuzco, no sin antes tomar
medidas para dejar protegida su retaguardia.
Quiso,
ante todo, conocer Pizarro la llegada de cualquier nuevo contingente español y
—como quiera que la entrada natural en el Perú desde Panamá era por San Miguel—
determinó enviar allí a persona de su confianza. Ausente su hermano Hernando,
en quien más confiaba, necesitando a Hernando de Soto para el avance militar
hacia Cuzco, y no pudiendo encomendar esta gestión propia de un subalterno a
Almagro, no quedó otro que reuniera mayores condiciones en su opinión que
Sebastián de Belalcázar.
Esta
decisión entrañaba un peligro que Pizarro era imposible pudiera prever. Con
Belalcázar partió el piloto Juan Fernández, quien —disgustado— abandonó Perú
dirigiéndose a Guatemala. Allí habría de traicionar a Pizarro, poniéndose a las
órdenes de Pedro de Alvarado, e induciéndole a cambiar sus proyectos de
dirigirse a la Especiería, encaminando su armada —por consejo de
Juan Fernández— hacia Perú. Este cambio en sus proyectos ocasionaría graves
conflictos en el Perú.
Una vez
encomendada la protección de San Miguel a Sebastián de Belalcázar, partió
Pizarro de Cajamarca, después de haber estado siete meses en aquella
hermosísima tierra. La hueste marchaba bien organizada, a pesar de que los
castellanos consideraban la marcha hacia Cuzco más bien como un paseo,
llevando con ellos al recién nombrado inca. Pasaron por Andamarca —donde había
sido asesinado Huáscar— y continuaron su avance sin encontrar resistencia,
observando los destrozos ocasionados por la guerra entre Atahualapa y Huáscar.
Llegaron así hasta el valle de Jauja.
Como
Diego de Agüero hubiera encomiado las riquezas de la ciudad de Jauja, decidió
Pizarro enviar a Almagro con otros capitanes a que prepararán el camino. Tuvo
Almagro allí la primera escaramuza con indios desde que partieron de Cajamarca.
Llegados a Jauja, los indios quisieron oponer nueva resistencia, pero ésta fue
deshecha sin dificultades por Hernando de Soto.
Maravillado
Pizarro por la belleza de Jauja, pensó en fundar allí una ciudad castellana,
centro de la nueva gobernación, para lo cual designó al tesorero Riquelme,
mientras la columna —con Hernando de Soto en la vanguardia— continuaba
adelante. Mientras Hernando de Soto continuaba hacia Vilcas, moría el inca
Tupac Hualpa. Quedaba como único inca de categoría junto a los españoles el
general Chalcuchima, del que Pizarro tenía sospechas y cuya muerte concluiría
por ordenar.
§.
Resistencia inca y entrada en Cuzco
Llegó Soto hasta Vilcas, donde tenían noticias de que le esperaba el ejército
de Quis-Quis —que desde Cuzco organizaba la resistencia— para presentarle
batalla, pero el ejército de éste había salido para un chaco o cacería. No
tuvieron los castellanos la prudencia de esperar al regreso de los indios,
tomando posesión en cuanto llegaron de todo lo que había en Vilcas. Ya de
noche, cayeron sobre ellos por sorpresa los indios, que, tras enconada batalla,
en la que muere uno de los caballos, obligaron a los españoles a encerrarse en
la plaza de Vilcas. Esta derrota se completó al día siguiente, en que los
indios volvieron al ataque. Para comprar su salvación hubieron
de devolver los españoles las mujeres y bagajes que habían tomado. Supieron
entonces los indios, por primera vez, que los caballos eran vulnerables y que
los españoles podían ser derrotados por la fuerza del número.
Tuvo
entonces Soto la tentación, con la aprobación de quienes le acompañaban, de
continuar sin esperar la llegada de Pizarro. Esta decisión les condujo al borde
de la catástrofe. Llegados a Vilcaconga, encontraron que los indios se habían
fortificado, cavando hoyos para impedir el avance de los caballos. Desertaron
de entre los indios trescientos, que no estaban conformes con los soldados de
Atahualpa, y que ofrecieron su ayuda a los castellanos. Soto, creyéndoles
espías, los hizo mutilar y devolver a su campamento.
El error
de Soto pudo costar la vida a todos, pues al día siguiente —ya en Vilaconga—
arremetieron contra ellos los indios, haciendo estragos entre los españoles.
Murieron ese día cinco españoles y quedaron heridos diecisiete, además de
perder un caballo y una yegua. Los indios que más daño causaron fueron aquellos
trescientos que querían venir en paz. Llegó así la noche, que presagiaba el fin
de las huestes de Soto al día siguiente.
En esta
ocasión comienza el protagonismo conquistador de Almagro. Veamos: Sólo salvó a
los hombres de Hernando de Soto de una muerte cierta la providencial llegada de
Almagro, que había sido enviado por Pizarro, al tener éste noticia de la
audacia de la vanguardia. Avanzó Almagro con una veintena de hombres, haciendo
que el trompeta Alconchel hiciera sonar su instrumento, para anunciar a Soto la
llegada de refuerzos. Al oírlo, los indios creyeron que llegaba un gran
contingente, y abandonaron silenciosamente el cerco.
Aquella
resistencia en Viracocha demostró a Pizarro la intención de Quis-Quis de
oponerse por todos los medios a la entrada de los españoles en Cuzco. En las
jornadas siguientes se pasó al campo cristiano el cacique Chilche. Pizarro fue
informado por el cacique Chilche de que, como heredero de Huayna-Cápac, era el
nuevo inca y poco después —antes de la entrada en Cuzco— se procedió a su coronación,
para establecer en la antigua capital del imperio los pactos con el señor de la
Tierra, fundamentalmente para obtener la obediencia de los naturales.
Poco
antes de llegar a Cuzco, en la fortaleza de Sacsa-Huamán, hicieron los indios
un último y desesperado esfuerzo por resistir, aunque inútilmente, ya que —como
resultado de la larga guerra civil— cundía entre ellos la desunión. La
defección de Manco contribuyó también a minar su moral, y finalmente Quis-Quis
dio la orden de abandonar Cuzco, no sin antes saquear, devastar e incendiar la
ciudad.
Después,
todos los conquistadores, con su impedimenta, entraban en Cuzco. Al poco tiempo
habían reunido un enorme botín de plata, oro, joyas, ricos vestidos, plumas,
etc., que constituyó una suma inmensa. Tocó a cada uno de los cuatrocientos
ochenta hombres que ya componían la hueste unos 4.000 pesos por cabeza, lo que
suponía un total de cerca de dos millones de pesos. Los indios de
acompañamiento también tuvieron su parte en el botín, si bien no en oro y
plata, sino en los ricos despojos de las casas y palacios de la que había sido
la capital del más importante imperio indígena de América.
Se
decide, después de instalados los castellanos en el Cuzco, ir ocupando toda la
tierra, apenas segura en manos de la conquista. Los indios estaban revueltos.
Rumiñaui, camino de Quito con el cadáver de Atahualpa, había asesinado a gran
parte de la nobleza incaica que lo acompañaba y Quis-Quis reorganizaba sus
fuerzas en los cerros vecinos, dispuesto a resistir a los españoles hasta el
final.
§.
Expedición de Belalcázar a Quito
Sebastián de Belalcázar había sido enviado a San Miguel por Pizarro, siendo su
misión principal —aparte de la general de defender la tierra de cualquier
ataque de los indios— la de agrupar a las gentes venidas de otras partes de las
Indias y, al mismo tiempo, servirles de barrera.
Tuvo
Pizarro noticia, por informes de Gabriel de Rojas que no dejaban lugar a dudas,
de que había llegado de Nicaragua a Perú Pedro de Alvarado, con un buen golpe
de gente, y de que era su intención poblar por su cuenta Quito y la parte más
septentrional del dominio de los incas. Pizarro resolvió, como veremos, que
Almagro fuera al encuentro de Alvarado. Mas para actuar inmediatamente e
impedir que Alvarado, desembarcado más al Norte, se dirigiera hacia Quito y lo
ocupase antes que sus tropas, Pizarro acordó enviar desde San Miguel a
Sebastián de Belalcázar —con las gentes venidas de Panamá, que iban entrando
normalmente en la hueste de Pizarro— para ganar por la mano al entrometido
Alvarado.
Belalcázar
partió hacia Quito, animado porque le llegaban noticias de que existían
riquezas que los quechuas, aún dominantes en el norte, habían guardado, y
porque también quería gloria de haber conquistado nuevas tierras.
Al lucido cortejo que llevaba Belalcázar, se le unieron los indios cañaris,
duramente tratados por los incas en su aún reciente conquista de aquellas
tierras.
La
expedición de este caudillo fue mucho más dura que las habidas hasta entonces,
ya que el avance supuso un continuo batallar contra los ejércitos incas, más
poderosos que nunca. En efecto, Quis-Quis se había unido —con las tropas
salvadas de Cuzco— a Rumiñaui, con lo que el ejército indio se fortalecía
notabilísimamente. En más de una ocasión pasó la hueste española por
situaciones críticas, pese a estar constituida por doscientos hombres con
buenos caballos, y mal lo hubiera pasado de no ser por la alianza de los
cañaris.
Tras
varias derrotas en batallas contra los españoles, la defensa de Quito era ya
casi imposible para Rumiñaui, entre otras cosas porque se había hecho impopular
con sus crueldades y nadie acudió a ayudarle. Así, mientras los incas se
retiraban con sus efectivos militares, entraron pacíficamente en Quito los
españoles. Belalcázar envió a sus capitanes, con gran parte de la tropa, a
perseguir a Rumiñaui. Pero la huida de los indios había obedecido a una táctica
y —enterados de que en Quito quedaba poca gente— volvieron a caer con su
ejército sobre la ciudad. Una vez más, la fidelidad de los indios cañaris salvó
a los españoles, pues les avisaron a tiempo del peligro en que se hallaban. Los
hombres de Belalcázar, reorganizándose a tiempo, derrotaron al ejército de
Rumiñaui, apoderándose de gran botín. Así concluía la campaña de Quito.
§.
Expedición de Pedro de Alvarado
Entretanto, Diego de Almagro se había trasladado desde Cuzco a la costa y desde
allí envió aviso a Belalcázar de que se le uniera, para poder hacer frente a la
inmediata intromisión de la hueste que traía Alvarado, de la que ya se tenía
noticia.
Por
primera vez, desde que los castellanos entraban en el Perú, Diego de Almagro
iba a hacerse cargo de una misión en la que él sólo había de decidir, y ocasión
ciertamente muy espinosa, ya que no se trataba de ocupar o poblar la
tierra, o de luchar contra los indios que se resistían, sino de enfrentarse a
un contingente de compatriotas, tan avezados como ellos en los combates,
veteranos de las Indias, si bien no acostumbrados todavía a la guerra en las
enormes alturas de la sierra andina.
Almagro
se había dirigido a Jauja, donde se encontraba Gabriel de Rojas, que había
resistido los ataques del ejército de Quis-Quis —ya muy mermado—, al que había
logrado alejar. Por Gabriel de Rojas supo de la llegada e intenciones de
Alvarado, que a los ojos de todos procedía ilegalmente. Entonces envió recado a
Belalcázar de que se le uniera, bajando a San Miguel para ir a su encuentro. En
San Miguel llamó a Nicolás de Rivera, dándole orden de que, cuando avistara al
piloto Juan Fernández, lo apresara y ahorcara, puesto que él había sido el
causante de la llegada de Alvarado con sus barcos, y cerca de quinientos
hombres e indios de Guatemala.
Como no
encuentra a Sebastián de Belalcázar en San Miguel, hallándose éste todavía en
Quito, se pone en camino hacia el norte, para unirse a él o —en el mal caso de
que se hubiera unido a la hueste de Alvarado— impedir cualquier segregación de
la gobernación concedida a Pizarro, su amigo, socio y gobernador por
disposición real. En toda esta campaña, Almagro dio amplias muestras de
talento, astucia y valor. Llegado a Quito, comprobó la lealtad de Belalcázar y
ambos se dispusieron a confrontar sus derechos con los que pudiera alegar
Alvarado.
Por toda
la América descubierta se extendía la fama de las riquezas del Perú y del
fabuloso rescate del inca. Esta fama hizo que acudieran al imperio de Atahualpa
tantos españoles que se despoblaban Panamá, Nicaragua, Guatemala, Cartagena y
las islas. Acudió también el adelantado Pedro de Alvarado, conquistador de
Guatemala y uno de los más insignes españoles que pasaron a América, el cual se
embarcó en Nicaragua el 18 de enero de 1534. Se había hecho a la mar con una
armada de doce velas, llevando 436 españoles, de ellos 274 caballeros, 100
ballesteros y el resto de espada y rodela, como lo fuera Almagro en sus
humildes comienzos en Indias.
Tras
larga navegación por el Pacífico, guiados por el conocimiento que de la ruta
tenía Juan Fernández, habían desembarcado en las costas actuales del Ecuador.
Largo sería relatar las mil penalidades que pasó la hueste del adelantado de
Guatemala, que perdió muchos hombres —en ocasiones por las terribles hambres
padecidas—, viendo morir a infinidad de indios guatemaltecos, no habituados a
la dureza del clima serrano de los Andes. Así atravesaron nevados y
desfiladeros, atacados frecuentemente por los indios, pero siempre adelante,
queriendo llegar a Quito antes que lo pudieran hacer los hombres de Pizarro.
Es
extraordinario y asombroso que, aunque las distancias eran enormes (y lo siguen
siendo con los medios modernos de comunicación), las noticias pasaban de un
lugar a otro con vertiginosa rapidez, y —que realmente Alvarado tuviera muy
pronto noticias de la presencia de los españoles del gobernador. Estas noticias
se vieron finalmente confirmadas cuando llegó al camino real del inca y
vio las huellas de herraduras de los hombres de Pizarro.
Después
de cambiarse mensajes corteses y que representantes de una y otra hueste
dialogaran sobre las soluciones a tomar, comprendieron ambos jefes que era
necesaria una entrevista personal. Alvarado sabía que no podría alcanzar una
posesión duradera de la tierra por la fuerza y Almagro ya había leído la carta
que le llegara con Diego de Alvarado y que en su parte principal decía:
Con la
orden que tengo del emperador de descubrir nuevas tierras en el Mar del Sur, he
gastado mucho de mi dinero en la Armada y Ejército, con el fin de salir de mi
gobernación y entrar en aquellas tierras que cayesen fuera de los límites de la
gobernación del adelantado don Francisco Pizarro, sin propósito de darle enojo
ni lugar a disensiones. Voy camino de Riobamba, donde tendré honor y placer de
tratar personalmente de estos asuntos…
Comprendió
Almagro que esta disposición por parte de Alvarado de respetar la legalidad
favorecía sus deseos de tratar con él sobre el plano de sus respectivos
derechos. Por esto, para fortalecer los suyos ordenó que se hiciera
inmediatamente una fundación en Riobamba, con las formalidades de rigor, para
alegar primera posesión. Envió entonces embajadores al adelantado,
dándole
por su parte la enhorabuena de su venida, certificándole que había sentido
mucho los grandes trabajos y peligros que Su Señoría había pasado por las
nieves y desde que salió de Guatimala; y que tenía creído que habiendo servido
siempre al Emperador, que no haría otra cosa de lo que había escrito; pues le
constaba que don Francisco Pizarro, su compañero, era Gobernador de la mayor
parte del reino y por días aguardaba que el rey le enviase a él provisión de
gobernador de lo de adelante.
§. Éxito
de Almagro como negociador
Los enviados de Almagro encontraron a Alvarado camino de Riobamba y le hicieron
entrega de la carta. Siguiendo instrucciones de Almagro, propalaron las
noticias de los grandes tesoros hallados en Cuzco y Quito y que estas riquezas
no estaban aún repartidas. Estas cosas alteraron de tal modo el ánimo de las
gentes de Alvarado, que ya no veían la hora de unirse a la hueste del mariscal
para compartir el botín. La intención de Almagro era clara: los enviados tenían
la doble misión de apaciguar al adelantado y de dividir a su gente, por si
llegara el caso de tener que acudir a las armas para dilucidar el pleito.
Almagro,
que sabía que el derecho estaba de su parte, pero la fuerza la tenía Alvarado,
no permitió que el ejército de éste entrara en Riobamba, consintiendo sólo en
que se acercara el adelantado con algunos caballeros. En la entrevista personal
entre los dos capitanes, Alvarado —que comprendía el riesgo de que gran parte
de su gente se pasase a la hueste de Almagro, gracias a la habilidad de éste—
ya no pretendió hacer valer sus derechos, sino que insistió solamente en los
gestos realizados.
Reconoció
Almagro lo que Alvarado había puesto en la organización de la empresa, y
comprendió que la solución mejor era aprovechar que tanta gente venida al Perú
permaneciese en la tierra, resarciendo al adelantado de los gastos efectuados.
Se llegó así al acuerdo de que Alvarado regresara a Guatemala con el pago de
100.000 pesos, aunque sometiendo este acuerdo a su aprobación por parte de
Pizarro.
En estas
gestiones mostró Almagro sus grandes dotes de negociador, de contemporizador y,
al mismo tiempo, de energía, y al mismo tiempo, de energía, ya que en el curso
de las negociaciones no permitió que las gentes de Alvarado, muy superiores en
número a las suyas, entraran en Riobamba. Para evitar, además, todo peligro que
pudiera provenir de la hueste venida de Guatemala, ordenó a Belalcázar —de
quien no esperaba ningún intento de separación— que se quedara con gran parte
de los hombres de Alvarado, con plenos poderes para poblar en la región norte,
que llamaron provincias equinocciales.
Con
Belalcázar a cargo de los territorios del norte, deseando ir afirmando las
fundaciones, envió a Pacheco a que fundara Puerto Viejo, y con el resto de la
gente se llegó a San Miguel, fundando en el trayecto la ciudad de Trujillo,
marchando a la cita que había acordado con Pizarro, no sin antes enviarle a
Pachacamaj noticia —con Agüero y Moscoso— del desarrollo de los acontecimientos
y de todo lo tratado con Alvarado, pendiente de su ratificación.
Pizarro,
entretanto, deseoso de hacer una fundación que estuviera cercana al mar y al
mismo tiempo segura, dejó en Cuzco a su hermano Juan a cargo de esa plaza y,
pasando por Jauja, llegó a Pachacamaj. Allí le encontraron los dos enviados de
Almagro, Agüero y Moscoso, quienes le dieron cuenta de lo acordado por los dos
capitanes y cómo ambos querían verle para ratificar lo pactado. No faltó quien
le dijera —por el clima de chismes que se había creado en las huestes desde el
comienzo— que los dos se habían confabulado y que venían con el ánimo de
quitarle la gobernación. Pizarro no se dejó llevar por estos infundios y esperó
a que los sucesos se aclararan por sí mismos. Y llegaron Almagro y Alvarado.
Habiendo
aprobado Pizarro los acuerdos de Riobamba, hubo entre los conquistadores
fiestas y regalos. Cumplió Pizarro con la palabra dada en su nombre por Almagro
y —satisfecho a Alvarado el pago de lo pactado— se volvió éste a Guatemala con
su dinero, aunque mermado, ya que en el camino había jugado con Almagro y éste
le había ganado grandes cantidades, lo que nos hace ver uno de los ángulos
negativos de la personalidad de Almagro. Alvarado regresaba a su gobernación
conducido por el piloto Juan Fernández, que había pedido perdón a Pizarro y
había sido indultado por éste de la orden dada de que fuera ajusticiado por
traidor. Todos estos acontecimientos se desarrollaron a fines de 1534, y así se
lo comunicaba Pizarro a Carlos V, en carta de 1 de enero de 1535, y poco
después lo haría también el propio Pedro de Alvarado, en 17 de mayo de 1536.
§.
Fundación de la Ciudad de los Reyes y partida de Almagro a Cuzco.
Pizarro, cerrado ya este nuevo capítulo de la conquista del Perú, deseaba dejar
de guerrear y dedicarse a organizar aquella tierra y a consolidar lo ya
descubierto y fundado. Se dio por satisfecho de que Belalcázar quedara con la
gobernación de Quito, en las provincias equinocciales y,
aunque sabía que su hermano Juan era prudente y buen gobernante en Cuzco, pensó
en la habilidad desplegada por el mariscal en las negociaciones con Alvarado y
en la necesidad de darle una recompensa en aquellos momentos.
Para que
esta distinción fuera hecha con la debida solemnidad, se renovó entonces la
antigua sociedad, pero ya sólo entre Pizarro y Almagro. Por este nuevo contrato
se nombraba gobernador del Cuzco, en representación de Pizarro, a Diego de
Almagro, con licencia para hacer nuevas exploraciones, con las conquistas que
hubiera que realizar, especialmente en el territorio de los chiriguanos,
belicosas tribus a las que los propios incas no habían logrado dominar,
corriendo los gastos a medias, así como los beneficios que se derivaran.
Mientras
partía el Mariscal para su gobernación, quedaba Pizarro en la costa, donde sus
capitanes buscaban lugar a propósito para fundar la ciudad que Pizarro quería
como capital de su gobernación, ya que Jauja no reunía buenas condiciones
estratégicas. Todos los informes coincidían en afirmar que el valle del Rimac,
a quatro leguas de Pacbacamaj, al Norte, mejoraba las condiciones
de Jauja. Se trasladó Pizarro, para comprobar personalmente los informes y
—confirmados éstos— el día 6 de enero de 1535, fiesta de los Reyes Magos, se
decidió a favor del valle de Rimac (Lima). En 13 del mismo mes, acordó Pizarro
que allí se instalase la capital de su gobernación. El 18 de enero recibieron
los habitantes de Jauja orden de trasladarse a Lima, llamada ya Ciudad
de los Reyes, en conmemoración del día en que se había decidido su
fundación.
Capítulo
VII
Primer conflicto entre Almagro y Pizarro
Contenido:
§.
Resultados del viaje de Hernando a España.
§. Incidentes en Cuzco.
§. Nuevas capitulaciones.
§. Preparativos de la expedición a Chile.
Con su
pequeña hueste, en la que se contaban los parientes de Alvarado, con los que
había hecho buena amistad en su camino de Riobamba a Pachacamaj, y algunos
voluntarios más, iniciaba el mariscal su ascenso de la sierra, en dirección a
Cuzco, donde iba a gobernar en nombre de Pizarro. Debía ir
meditando que, si en lo económico había entre los dos universal
sociedad, en la realidad política él era un subordinado del gobernador.
Debían también inquietarle los resultados de la gestión que había encomendado a
Hernando Pizarro, y a sus propios representantes, en España. ¿Habría sido
Hernando fiel a su compromiso o, por el contrario, habría dificultado que se le
concediera una nueva gobernación, desde los límites meridionales de la de su
socio y amigo?
§.
Resultados del viaje de Hernando a España.
Cuando Pizarro llegó a Sevilla, a principios de enero de 1534, traía para el
rey 155.300 pesos de oro y 500.400 macos de plata, 38 vasijas de oro y 48 de
plata y un ídolo de oro del tamaño de un niño de dos años. Para particulares
traía 499.000 pesos de oro y 54.000 marcos de plata, en barras, planchas y
pedazos. Jamás se había visto en España un tesoro semejante, y le había sido
destinado a Hernando el poder mostrar la riqueza legendaria que había
conquistado su hermano.
Pero a
Hernando no le interesaban los tesoros de particulares sino los que traía para
el rey, tesoros que fueron descargados en el muelle de Sevilla, y llevados a la
Casa de Contratación. Sólo le restaba la anhelada entrevista con el emperador,
que tuvo lugar en Calatayud, al regreso de Carlos V de unas Cortes en Aragón.
En la
entrevista fue relatando Hernando los padecimientos sufridos y los grandes
merecimientos de él y de sus hermanos. Todo el relato iba aderezado con
habilidad con las notas exactas del tesoro traído y la presentación del regalo
que le hacían los conquistadores. Todo esto, como es natural, agradó
extraordinariamente al rey, que quedó así predispuesto a recibir con buen ánimo
las peticiones que Hernando llevaba de parte de su hermano.
Las
gestiones de Hernando dieron pronto fruto, como consecuencia de su habilidad y
de la magnanimidad real. Seguramente trató de oscurecer la labor de Almagro, y
Cieza de León relata
que
Hernando Pizarro se estaba en su propósito, deseando que no le diesen a Almagro
ninguna gobernación… mas fue servido de que Almagro gobernase doscientas leguas
de costa delante de lo que Pizarro gobernaba, pues tanto trabajo hizo para que
se descubriese el Perú.
Esto, sin
duda, se debió a las gestiones de los procuradores de Almagro, Cristóbal de
Mena y Juan de Sosa, pero conociendo Pizarro esta determinación del rey, y por
ganar lo que Almagro le prometió, realizó entonces Hernando la petición de una
gobernación para Almagro y ponderó también sus servicios. Las doscientas leguas
más de tierra concedidas al mariscal habían de ser en línea de este-oeste y
norte-sur, desde donde concluyera la gobernación de la Nueva Castilla —nombre
oficial del Perú— con el título para la nueva tierra de Nueva Toledo.
De esta
nueva tierra, a descubrir y conquistar, se hacía gobernador a Diego de Almagro,
con el título de adelantado y con facultad, después de sus días, de
designar al sucesor que quisiera. Ya sabemos que Almagro había salido hacia su
gobernación con poderes de Pizarro y sin conocer los resultados de las
gestiones de Hernando Pizarro en España.
Carlos V
concedía a Pizarro el título de marqués de la Conquista, aumentándole en
setenta leguas su gobernación, y concediéndole una serie de prerrogativas que
le convertían prácticamente en su virrey. Se le concedía —como a Almagro— la
gracia extraordinaria de poder designar su propio sucesor. Tampoco se olvidó de
sí mismo Hernando, consiguiendo del soberano capitulaciones para llevar nueva
gente al Perú y que él fuese cabo de ellos, entregándole —además—
treinta cédulas en blanco para que las entregara a las personas que le
pareciera conveniente. Carlos V —como última concesión a Hernando— autorizaba a
que la armada estuviera mandada por él y que de ella fuese general.
Satisfecho
con el resultado de sus gestiones, se fue a recibir la admiración de los suyos
para Extremadura. La llegada de Hernando a su tierra ocasionó enorme
entusiasmo: todo el mundo quería ir al Perú y muchos vendieron sus haciendas
para hacerlo. Con todo ello se dispuso a regresar rápidamente, llegando sin
incidentes a Nombre de Dios. Desde allí fue al encuentro de su hermano, con el
que finalmente se encontró en Lima, dándole cuenta del éxito de su viaje.
§.
Incidentes en Cuzco.
Pizarro no había circunscrito su actividad fundadora a Lima. Él sabía que
cuando Almagro vino del norte, había fundado una ciudad en las cercanías de la
costa y quería inspeccionar el lugar y —si era bueno— darle definitiva
fundación y nombre, lo que hizo, denominándola Trujillo. En esto estaba cuando
le vinieron noticias de que ya se conocían los resultados del viaje de su
hermano Hernando a España y que el portador de estas noticias, un tal
Cazalleja, proclamaba que se concedía una nueva gobernación a Almagro, de
Chincha para adelante, y que él llevaba provisiones que lo
demostraban.
Mandó,
entonces, Pizarro llamar a Cazalleja para que le contara las provisiones, pero
éstas resultaron ser solamente unos traslados —copias— que entregaran a
Cazalleja los comisionados de Almagro, Cristóbal de Mena y Sosa, para que se
los hiciera llegar al mariscal cuanto antes. Dijo también Cazalleja que los
originales de las provisiones los traía Hernando Pizarro.
Supo así
Pizarro que su socio había conseguido su deseo largo tiempo acariciado y que el
rey concedía a Almagro una gobernación doscientas leguas hacia el sur, desde el
punto en que terminaba la suya propia. Aconsejó Pizarro discreción, temiendo
que estas noticias pudieran dar pie a malas interpretaciones. Pero no pudo
evitar que uno de los vecinos de Trujillo, Diego Agüero, sin que mediara
permiso u orden del gobernador, se lanzara cerros arriba, en busca del
mariscal, para comunicarle las estupendas nuevas y pedirle albricias,
que le dio el mariscal, por un montante de 7.000 castellanos.
Pizarro,
entretanto, comprendió que —al darse una nueva gobernación a Almagro— el
mariscal ya no quería ser gobernador en Cuzco en su nombre, al haberse
convertido en un jefe, como él, aunque de tierras aún no exploradas. Consideró,
por todo ello, prudente revocar el nombramiento de Almagro, extendiéndolo a
nombre de su hermano Juan, si bien dejando en pie la autorización dada a
Almagro para que explorara la tierra de los chiriguanos. Estos papeles fueron
enviados inmediatamente a Cuzco, para que llegaran antes de que lo hiciera el
mariscal. Pensó Pizarro que con esta medida marcaba un compás de espera, que
permitiera la llegada de su hermano Hernando, para conocer exactamente las
mercedes hechas a Almagro.
No le
dieron la razón los hechos. Almagro llegó a Cuzco pensando que —con las
provisiones llegadas de España— tan gobernador era él como Pizarro y no era
necesario que utilizara los poderes de Pizarro para actuar como su delegado.
Entraba en Cuzco más inclinado a mandar que a obedecer, como
gobernador en propiedad.
Sus
títulos se basaban, sin embargo, solamente en el mensaje verbal de Agüero y
carecían de valor para los demás, al no tener sostén escrito. Sus amigos
aconsejaron a Almagro que se hiciera cuanto antes con las provisiones, aunque
fueran solamente copias y, con la intención de que trajeran consigo a
Cazalleja, envió a Vasco de Guevara y algunos de a caballo en dirección a
Trujillo.
Los
ánimos estaban excitados, especialmente el de Juan Pizarro, que se había visto
desposeído de su gobernación sin que se le exhibiera orden alguna, y la
decisión de Pizarro fue mal interpretada. El acto lógico de enviar a buscar a
Cazalleja se tomó por otra cosa y se pensó que la salida de Vasco de Guevara
era para matar a Pizarro, por lo que quisieron los pizarristas (ya
surge el nombre de uno de los bandos que protagonizaron la guerra civil) enviar
gente tras los pasos de Guevara.
Hernando
de Soto, con la vara de la justicia en la mano, quiso apaciguar a los Pizarro,
que le acusaron de parcialidad a favor de Almagro, y después a Almagro, pero a
punto lo alancea Juan Pizarro, y están cerca de matarse unos a otros. Cuando
por fin se serenaron los ánimos, se impuso la cordura de Hernando de Soto,
quien ordenó a los Pizarro y al mariscal que no salieran de sus casas, para
evitar nuevos escándalos.
Decidió
entonces Almagro, mostrando aún su lealtad a Pizarro, enviar a Luis de Moscoso
a Lima, donde creía se encontraba su socio, para ponerle al corriente de lo
acontecido y para que mediara en las diferencias habidas con sus hermanos,
poniendo fin a la difícil situación. Pizarro había tenido ya noticia de los
altercados por un fraile procedente de Cuzco y —gravemente preocupado— había
emprendido el largo y durísimo camino. Cuando lo encontró Moscoso, le
tranquilizó afirmando que había exageración en lo que habían contado.
Desgraciadamente, llegó una carta de Pedro Carrasco desde Cuzco
diciéndole que no hallaría vivos a sus hermanos, si con brevedad no
llegaba.
Alarmado
definitivamente, se dio cuenta de que, si se precipitaba en llegar a Cuzco,
podría ser él mismo parte del desconcierto, no queriendo en ningún momento
perder la dignidad de que estaba investido por el propio rey. Decidió actuar
prudentemente y enviar por delante al propio Moscoso y a su secretario, Picado,
para que le informaran de la verdadera situación en Cuzco. Estos comisionados
regresaron dándole cuenta de que, aunque la situación era difícil, nada grave
había acontecido aún. Continuó Pizarro su camino y, al llegar a Abancay, punto
divisorio entre los caminos de la sierra y de la costa, encontró a Pedro
Pizarro y Alonso de Mesa, quienes le confirmaron que se había impuesto el
sentido común y reinaba la calma, aunque tensa.
Llegado
Pizarro a Cuzco, sin cambiarse del traje de camino, buscó un sitio neutral —la
iglesia— y ordenó a su secretario que buscara a Almagro y le rogara que se
reuniera con él allí, lo que éste hizo inmediatamente, abrazándose, al verse,
con todo afecto, los dos viejos camaradas. Tras la larga conversación entre
ambos, quedó Pizarro convencido de que Almagro había actuado con prepotencia y
muy poca discreción, pero también de que la situación la habían provocado sus
hermanos, aunque fueran guiados por el interés de protegerle.
§. Nuevas
capitulaciones.
Los buenos oficios de las gentes de recto sentido, como el licenciado Caldera y
el clérigo Loaysa, consiguieron que se renovara la buena intención de la
sociedad y la confianza entre los socios, haciendo ver lo grave que sería para
el Perú el dar pie a una división entre los españoles en aquellos momentos.
Emocionados los socios, se abrazaron nuevamente y juraron no volver a dar lugar
a la discordia entre sí. Para dar solemnidad al juramento, lo quisieron hacer
en la iglesia —como ya lo hicieran en Panamá— con celebración de la santa misa
y comulgando juntos.
Llegando
al pater noster, dijeron que,
renunciando
la Ley, que dispone acerca de los juramentos, prometían y juraban, en presencia
de Dios Nuestro Señor, ante cuyo acatamiento estaban, de guardar y cumplir sin
ninguna cautela lo contenido en unos capítulos que allí se leyeron; suplicando
a su Divina Majestad que, a cualquiera de ellos que fuese en contrario de lo
acordado, con todo rigor de justicia, permitiese la perdición de su alma, y mal
acabamiento de su vida, fama y honra y hacienda, como quebrantador de su fe, la
cual el uno al otro se daban, y de él recibiesen tan justa venganza…
Los
acontecimientos posteriores convertirían este juramento en un triste y
dramático augurio.
Los
capítulos se firmaron el día 12 de junio de 1535, pero no parece que dejaran
zanjada la cuestión. En ellos se repetían —como en ocasiones anteriores— las
promesas de mutua lealtad y se volvía a indicar que todos los gastos y
beneficios serían comunes. Sin embargo, bajo el exterior de concordia, se
perfilaban ya el descontento y la división. Los Pizarro achacaban a su hermano
excesiva debilidad en su trato para con Almagro. Los almagristas (ya
podían comenzar a llamarse así) hacían jactancia del poder que conferían al
mariscal las copias que había traído Cazalleja (mandado aprisionar por Pizarro,
como castigo a su actuación imprudente). Llegaban a decir que en las doscientas
leguas de la nueva gobernación estaba incluido el Cuzco. Esto sería la semilla de
las nuevas discordias.
Incluso
entre los indios se adoptaban posturas en favor de uno u otro bando. El propio
inca Manco, asustado por Felipillo, que le hizo temer la ira de Pizarro y los
suyos, corrió a refugiarse en casa de Almagro, mientras los partidarios de
Pizarro saqueaban la suya. Tal vez en este hecho estuvo el origen de la
posterior conducta de Manco, atacando a los de Pizarro siempre que Almagro se
hallaba ausente.
§.
Preparativos de la expedición a Chile.
Ante esta situación, comprendió Almagro —animado también a ello por Pizarro—
que lo mejor era partir hacia su nueva gobernación, a la que se había dado el
nombre de Nueva Toledo, aunque a los nuevos territorios se los denominaba
como Chile. Lo que más animaba al mariscal eran las noticias que
los indios del Perú daban de las grandes riquezas de Chile, de donde decían que
venían gran parte de las grandes riquezas de plata y oro que, por cierto, los
estaban debiendo desde que estallara la guerra civil, de la que había salido
vencedor Atahualpa.
Por otra
parte, era preciso conquistar más tierra para saciar la codicia de los soldados
que iban acudiendo y que lo encontraban todo repartido, que en aquellos
principios —escribe el inca Garcilaso—, a cualquier español,
por pobre que fuera, le parecía poco todo el Perú junto para él solo.
Decidió Almagro animarlos por adelantado, pensando, además, que muchos no
tenían dinero para pertrecharse. Por ello mandó sacar de su casa más de ciento
ochenta cargas de plata y veinte de oro, que se distribuyeron como adelanto
sobre los beneficios que se obtuvieran de la campaña.
Se
manifiesta entonces uno de los rasgos más característicos de la personalidad de
Almagro. Almagro y Pizarro tenían mucho en común, pero también eran de muy
diversa condición. Pizarro además tenía las características de un gran señor:
era leal y confiaba plenamente —hasta el exceso— en la lealtad de los demás y
era muy generoso, pero ponía en sus dádivas gran discreción. Almagro, tal vez
por su humildísimo origen, era desconfiado y receloso; en cuanto a sus dádivas,
las hacía siempre de modo espectacular, con gran presunción. De esto hay nueva
prueba en la última petición de Almagro antes de partir hacia Chile: quiso
dejar una buena dotación a su hijo —para el que tenía previsto un matrimonio
conveniente— y, como ya no disponía de dinero suficiente en metálico, le pidió
prestados a Francisco Pizarro 100.000 castellanos, a lo que éste accedió
inmediatamente, sin concederle mayor importancia, marchando emisarios de
Almagro a Lima para recibirlos.
Quiso
Almagro completar la expedición con la compañía de indios que le sirvieran no
sólo para su protección, sino también para dar más viso de legitimidad a la
exacción de tributos en las nuevas tierras, y para ello pidió al Manco Inca,
que le designase personas principales y autorizadas, concediéndole éste la
compañía del gran sacerdote, Villac-Umu, y de su propio hermano, Paullu-Tupac.
Ambos habrían de ser de inestimable valor para Almagro en su expedición.
Faltaba
aún asunto tan importante como el de dilucidar quién habría de ser el segundo
mando en la expedición de Chile. Hernando de Soto, al que los pizarristas
habían acusado de parcialero a favor suyo, tenía gran
confianza en ser designado lugarteniente, y lo mismo pensaba Rodrigo Orgóñez,
hombre valeroso y experimentado, veterano de las guerras de Italia.
Seguramente, por la brillantez de este último, que compensaba mejor el ánimo oscuro,
y hasta tímido, de Almagro, se decidió por Orgóñez. Hernando de Soto,
desilusionado por su marginación, después de tantos servicios prestados, se
marchó poco después del Perú a buscar fortuna en tierras muy lejanas, al norte
de la Nueva España (México).
Las
grandes dotes organizadoras de Almagro, demostradas en la preparación de las
varias expediciones exploratorias iniciales, se ponían una vez más de
manifiesto, consiguiendo allegar un ejército de más de medio millar de hombres,
número increíble, dadas las circunstancias.
Así,
instigado por Pizarro que preveía posibles conflictos, a pesar de la amistad y
confianza, y deseaba verlo lejos de su gobernación, y alentado también por el
Manco Inca, quien le hablaba de las inmensas riquezas de Chile, para dividir a
los españoles y tener algunas esperanzas de rebelión, se vio Almagro impelido a
partir.
Había
invertido toda su fortuna en la empresa, llegando incluso a endeudarse, y tenía
puestas todas sus esperanzas en su propia gobernación —designada por el rey— de
tierras totalmente desconocidas.
Capítulo
VIII
La reacción incaica
Contenido:
§.
Prolegómenos.
§. Huida de Manco.
§. Cerco de Cuzco.
§. El levantamiento en Lima y resto del Perú.
§. Expedición de castigo de Alvarado.
§.
Prolegómenos.
La salida de Almagro con su gente para Chile dio fin a las inquietudes de los
pizarristas, que se habían visto al borde de una guerra civil, y —tanto en
Cuzco, como en Lima— todo parecía augurar los días más tranquilos de una
colonia. Pero la paz que se anunciaba con la salida de Almagro estaba amenazada
por el mismo hecho de su partida, ya que quedaba el Perú prácticamente
desguarnecido, con un reducido número de españoles, sólo aparentemente
gobernado por éstos, en medio de una masa de indios aún no sometida.
Los
indios —salvo los sometidos por los dominadores incas, a los que de un modo
genérico llamaban yanaconas los españoles— no aceptaban la
presencia en sus tierras de los extranjeros, ni estaban dispuestos a renunciar
a su libertad sin luchas. Los quechuas no se habían sometido a un destino de
conquistados y —tras haber sido designado inca por Pizarro— Manco continuaba
siendo su legítimo soberano. Ya habían tratado de mantener su independencia con
los ejércitos mandados por Chalcuchima, Rumiñaui y Quis-Quis.
El jefe
natural seguía siendo Manco que, residiendo en Cuzco, era a ojos de los suyos
como el continuador de la dignidad incaica. Manco comenzó la astuta y tenaz
preparación de un levantamiento y, al enviar con la expedición de Almagro a su
hermano y a Villac-Umu, obedecía ya a sus designios de aunar voluntades en las
provincias. Manco debió utilizar los antiguos cauces gubernativos —que no
habían desaparecido ni con la guerra civil, ni con la conquista— para enviar
emisarios a las provincias de Condesuyo, Collasuyo y Chinchasuyo, lo que
explica la coordinación del posterior levantamiento.
§. Huida
de Manco
Para organizar los preparativos de la rebelión —de cuya trama tenían ya algunas
noticias los Pizarro por información de los fieles yanaconas— era
preciso para Manco salir de Cuzco. Por dos veces iba Manco a intentarlo. Había
aprendido de la experiencia de Atahualpa y además necesitaba aparecer libre a
los ojos de los suyos. En la primera ocasión salió hacia los Andes, acompañado
de sus mujeres y criados, por la noche. Los yanaconas dieron
aviso a Juan Pizarro y éste envió en persecución de Manco a su hermano Gonzalo
con algunos capitanes. Dieron los españoles con el lugar donde se ocultaba el
inca y le hicieron prisionero. Manco justificó su salida explicando que no
huía, sino que iba en pos de Almagro, hacia Chile, habiendo sido llamado por
éste a través de mensajeros.
Juan
Pizarro ordenó que se reintegrara Manco a su sede y, tratándole con cortesía,
regresó con su prisionero a Cuzco. Allí se encontró el inca con la desagradable
sorpresa de que los yanaconas habían saqueado sus propiedades
en su ausencia. Fue tal su disgusto que decidió evadirse nuevamente, buscando
refugio en las sierras cercanas, pero de nuevo se le encontró y le hizo
regresar a Cuzco Juan Pizarro, que en esta ocasión decidió meterle en prisión y
poner a ella buena guardia.
Era
explicable este afán de Juan Pizarro en mantener a Manco en Cuzco, ya que con
él fuera de Cuzco los españoles podrían estar sometidos a una amenaza
constante, constituyendo —además— su presencia entre los españoles una cierta
salvaguardia de seguridad. La importancia de mantener preso a Manco nos la
explica claramente Pedro Pizarro:
Y si en
esta coyuntura este indio no se prendiera, los españoles que estaban en el
Cuzco, todos muriéramos, a causa de que la mayor parte de los cristianos habían
salido a ver los indios de sus encomiendas.
La
prisión de Manco, sin embargo, no impedía que los resultados de la conspiración
brotaran simultáneamente, tanto en la sierra como poniendo en peligro a los
españoles de la costa. En el pueblo que le había sido encomendado es asesinado
Pedro Mártir de Moguer, sin que la salida de Gonzalo Pizarro desde Cuzco para
castigar a los culpables diera ningún resultado, al refugiarse éstos en un
peñón inaccesible. En Jauja se subleva un tío de Manco —Tizo—, de la familia
real incaica, que ataca también las encomiendas y huye a los Andes cuando
Francisco Pizarro envía contra él al capitán Cervantes.
Por
entonces habían llegado al Perú los poderes para Almagro, en los que el rey
delimitaba claramente las gobernaciones que correspondían a Pizarro y Almagro,
siendo su portador el obispo de Panamá, el dominico fray Tomás de Berlanga, con
instrucciones de que Juan de Rada se lo hiciera llegar a Almagro. Se supo
entonces de la próxima venida de Hernando, terminadas ya sus gestiones en
España.
Pero
Pizarro, comprendiendo que toda la sublevación de los indios emanaba de Cuzco,
decide esperar la llegada de su hermano Hernando y —una vez llegado éste—
proceder a su nombramiento como teniente de gobernador y justicia mayor de
Cuzco, haciéndole entrega a él —y no a Rada— de los despachos originales en
favor de Almagro. Perseguía Pizarro el doble propósito de tener en la plaza de
Cuzco a un hombre fuerte y de su confianza, que controlara a Manco, así como
prevenir de este modo cualquier intento por parte de Rada y otros almagristas
de hacer regresar a Almagro y proclamarle gobernador con los despachos
recibidos.
Entretanto
llegó a Cuzco —ya hemos visto con qué celeridad se transmitían las noticias— la
nueva de la próxima llegada de Hernando, y el inca Manco rogó a Juan Pizarro
que le dejara libre porque Hernando Pizarro no lo hallase preso.
Este deseo se vio satisfecho con la llegada de Hernando, que lo mandó soltar,
en un intento de apaciguar a los indios con una política de conciliación. Manco
se mostró humilde y amistoso con Hernando, al tiempo que comenzaba a informarle
sobre grandes tesoros ocultos pertenecientes a su padre, Huayna Cápac.
Hernando
fue pronto víctima de la astucia del inca y le mostró gran amistad a
fin de pedirle algún oro para su Magestad, o para sí mismo, lo que permitió
a Manco idear un cebo que había de conducirle a la libertad. Según relata
Herrera,
dixo a
Hernando Pizarro que quería ir por una estatua de su padre, de oro y plata,
para presentarla, que dijeron que Pizarro le había pedido, la cual estaba
cuatro leguas del Cusco.
Lo cierto
es que Hernando le permitió salir, con dos castellanos y un intérprete, hacia
Yucay y es allí donde Manco alcanza lo que venía preparando desde la salida de
Almagro hacia Chile, es decir, el levantamiento. La ocasión, desde luego, era
propicia, con los castellanos divididos —habiendo marchado a Chile la mayor
parte de ellos— mientras en las ciudades sólo quedaban unos cuantos, que además
iban y venían a las lejanas aldeas donde tenían sus repartimientos.
Cuando
Hernando comprendió que había sido víctima de un engaño, salió inmediatamente
en busca del fugitivo. Por el camino encontró a los dos españoles que habían
acompañado a Manco, que debían ser vigilados, ya que —tan pronto dan cuenta de
que la escapatoria tenía fines rebeldes— se inician las hostilidades y son
atacados por multitud de indios desde las lomas cercanas, haciendo retroceder a
Hernando hasta Cuzco: … Y siempre le fueron cargando infinitos indios,
hasta encerrarlo en la ciudad. La gran sublevación había comenzado
simultáneamente en todo el país.
§. Cerco
de Cuzco
El ejército incaico estaba construido, en efecto, por millares de guerreros y,
aunque las cifras de los cronistas varían, no debían ser mucho menos de
doscientos mil los que había puesto Manco en pie de guerra. Según Herrera, eran
doscientos mil los atacantes, en tanto que los defensores eran ciento y
sesenta castellanos, hasta mil naturales, que peleaban en su compañía, que
muchos eran yanaconas.
El
objetivo principal y primero del levantamiento era Cuzco, como santuario y
capital del antiguo imperio, y por ello Cuzco sería el escenario de los más
duros enfrentamientos. Al comienzo —antes de que la situación se agravara como
vamos a ver— Hernando intentó alejar a los indios con frecuentes salidas, en
una de las cuales pereció Francisco Mejía, pero pronto esta táctica no fue
suficiente para contenerles y se hicieron con la fortaleza que dominaba la
ciudad.
Por la
parte de Carmenga —relata Titu Cusi Yupanqui—, que es hacia Chinchaisuyo,
entraron Coriatao y Cuillas, y Taypi y otros muchos… Por la parte del
Condesuyo, que es hacia Cachicachi, entraron Huamán Quilcana y Cusi Guallpa y
otros muchos… Por la parte del Collasuyo entraron Llicllic y otros muchos
capitanes, con grandísima suma de gente, la mayor cantidad que se halló en este
cerco. Por la parte de Andesuyo entraron Auta-Allca y Ronpa Yupanqui, y otros
muchos, los cuales acabaron de cerrar el cerco que a los españoles pusieron.
Vemos,
pues, que existía un gran ejército incaico y que la distribución de las tropas
no era casual, apareciendo en el ataque organizado según las provincias de que
había constado el antiguo imperio. Por su parte, Hernando Pizarro había
organizado su pequeño ejército en tres cuerpos, al mando de su hermano Gonzalo,
de Gabriel de Rojas y de Hernando Ponce de León, teniendo que mantenerse en
alerta día y noche. Esta situación habría de durar seis meses, hasta el regreso
de Almagro.
El asedio
fue durísimo, sin que pudiera romperse con los impetuosos ataques de caballería
que organizaba Hernando para mantener activa a su tropa, reducida a la gran
plaza de Cuzco. La valentía y desesperación de los españoles les permitió tomar
los accesos de la fortaleza, lo que llevó a los indios a reaccionar prendiendo
fuego a la ciudad, que —por tener todas las casas techos de paja— ardió como
una tea. Sitiados en la plaza, sin dormir, ahumados por el incendio y en
constante lucha, los españoles aún pudieron tomar el resto de la fortaleza,
acción en la que perdió la vida Juan Pizarro. Se plantearon muchas veces
abandonar Cuzco y buscar el apoyo de los otros españoles, pero siempre
prevaleció la opinión de los más valientes y la disciplina, decidiendo quedarse
allí, sin huir vergonzosamente, en opinión de la mayoría.
Sin
noticias de lo que sucedía a los demás españoles, desperdigados por el país,
propuso Hernando preparar un destacamento en busca de refuerzos y llegó a
disponerse un piquete de quince hombres, pero comprendieron que esto
debilitaría sus ya escasas fuerzas y que era necesario mantener la cohesión
hasta que llegaran auxilios de Lima. Contribuyó a hacerles desistir la
recepción de un regalo por parte de los indios, consistente en
sacos llenos de cabezas castellanas. Sólo podían venir socorros de la Ciudad de
los Reyes y, por ello, cada semana salían seis de a caballo, a correr
el campo, y a saber, si parecía algún socorro de los Reies.
Consiguieran
los españoles, con una salida de setenta caballeros al mando de Gabriel de
Rojas, recoger hasta dos mil cabezas de ganado, ya que el hambre era uno de los
mayores padecimientos de los sitiados, y —tras este respiro— decide Hernando
perseguir a Manco en su propio refugio. Para ello organizó una hueste con la
casi totalidad de los caballeros —unos ochenta— y algunos infantes, dejando al
mando de la ciudad a Gabriel de Rojas. Pero, aunque salieron con gran sigilo
para sorprender a Manco, éste estaba apercibido, encontrándose, además,
protegido en un lugar muy fortificado de muralla y de un río con buenas
trincheras. Hubo de desistir Hernando, que sólo confiaba en la ventaja de la
sorpresa, teniendo que retirarse a Cuzco y, perseguido incesantemente por los
indios, encerrarse de nuevo en la ciudad.
El
levantamiento del cerco de Cuzco llegaría más adelante, pero aparejado de males
enlazados con la vieja disputa de los límites de la gobernación concedida a
Diego de Almagro.
§. El
levantamiento en Lima y resto del Perú
La angustiosa situación de Hernando Pizarro en Cuzco hubiera sido muy otra de
haber recibido refuerzos de Lima y otras regiones del Perú. Pero precisamente
esta contingencia había sido cuidadosamente prevista por Manco, que desde sus
comienzos organizó la sublevación para que estallase simultáneamente en todos
los asentamientos castellanos y de este modo inmovilizar a todos los
contingentes dispersos. De no haberlo organizado tan acertadamente y haberse
limitado a sitiar Cuzco, los castellanos de la costa hubieran acudido en
defensa de los sitiados inmediatamente y el fracaso habría acompañado a los
indios desde el principio.
Pizarro
se había visto sitiado en Lima al mismo tiempo que su hermano Hernando lo era
en Cuzco y, aunque al principio dirigió algunas salidas audaces para romper el
asedio, pronto se dio cuenta de que se las había con un numeroso y bien
disciplinado ejército, capitaneado por el general de Manco, Tizo-Yupanqui. La
ventaja —en relación con su hermano Hernando— era la de contar con una salida
abierta al mar.
Por ello,
sus primeras medidas para organizar un plan general de defensa fueron las de
reagrupar a todos los contingentes de españoles dispersos y utilizar esta libre
comunicación por mar, que aún le quedaba. Herrera nos dice que
quando
don Francisco Pizarro se vio sitiado en la ciudad de los Reyes, como de todas
partes acudían avisos de muerte de castellanos y de otras tales desgracias,
visto el levantamiento, que era general, y que del Cuzco no tenían ningún
aviso… avisó del estado en que se hallaba a don Femando Cortés a Nueva España,
a la Audiencia Española, a Tierra Firme, Guatemala y Nicaragua, encareciendo el
peligro, pidiendo breve socorro.
Para
reagrupar a todos los capitanes bajo sus órdenes, escribió a Alonso de
Alvarado, que se hallaba en territorio de los Chachapoyas, a Sebastián de
Belalcázar, que estaba en Quito, a Garcilaso en Buenaventura y a Juan Porcel,
ocupado entonces en la conquista de los Pacamarus (Bracamoros). Mandándoles
que con toda brevedad se viniesen a la ciudad de los Reies, para que,
juntándose todos, resistiesen a los indios. Conociendo que la revuelta era
general y sin noticias de Cuzco, imaginó Pizarro que la situación allí sería
similar y en todo momento tuvo también la idea de ayudar a sus hermanos. Para
reforzar la guarnición de Cuzco había enviado a Mogroviejo y luego a Gonzalo de
Tapia y Alonso de Gaete con más gente. También envió a Diego de Agüero con
otros soldados, pero todas estas expediciones fueron aniquiladas por los
indios, que mataron, entre otros españoles, a Juan de Espinosa, hijo del
licenciado que tanto habría puesto en la empresa del Perú y que aún había de
pagar este alto precio.
Garcilaso
da cuenta de que de esta manera murieron en aquel camino —de Lima a Cuzco— en
diversos pasos, quatrocientos y setenta españoles, los doscientos y cincuenta
de a caballo y los doscientos y veinte de a pie. Además de los españoles
muertos en estos intentos de apoyar a los defensores de Cuzco, también fueron
muchos los que cayeron sorprendidos en sus haciendas y repartimientos, ya que
se resistían a obedecer las órdenes de evacuación que les había enviado
Pizarro, sintiéndose ya arraigados en su nueva tierra. A Trujillo y San Miguel
había enviado Pizarro su hermano Francisco Martín de Alcántara, con la orden de
que fueran despobladas, encontrándose en ambos casos con la negativa de sus
habitantes a evacuar sus haciendas, contentándose con enviar sus mujeres a
Tierra Firme, a Panamá.
En Lima,
ciudad en la que tantas ilusiones tenía puestas Pizarro, nombró capitán general
de la gente de guerra para la defensa de la ciudad misma a Pedro de Lerma, que
avía venido poco avía con mucha gente y que era muy honrado capitán y diestro
de la guerra de los indios. Mostró Lerma ser muy competente y, aunque pasaron
varios meses con escasez de alimentos, con mortandad grande a causa de las
constantes batallas y escaramuzas para alejar a los indios, logró abrir brecha
entre las masas sitiadoras. Con batidas de caballería en los llanos, a los que
los indios de la sierra estaban poco acostumbrados, consiguió que los
sitiadores se retiraran, siendo además venido el tiempo de la cosecha, de cuya
recolección sabían los indios que dependía su vida, volviéndose para sus
chacras.
§.
Expedición de castigo de Alvarado.
Como se recordará, Alonso de Alvarado, que se hallaba en la región de los
Chachapoyas, había sido requerido para venir en apoyo de Lima. Acudió éste
prontamente a la llamada, trasladándose enseguida a Trujillo y de allí a Lima,
adonde llegó cuando la ciudad se encontraba prácticamente libre de asedio.
Había
recibido Pizarro noticias ciertas de la situación desesperada de sus hermanos
en Cuzco y juzgó providencial la llegada de Alvarado para enviar el apoyo que
hasta ese momento no había conseguido prestarles. Con la gente de Alvarado y la
suya que juzgó conveniente, sin dejar a la Ciudad de los Reyes indefensa,
acordó enviarle a Cuzco, aunque también con la misión de pacificar las tierras
que atravesara.
De la
expedición de Alvarado da una completa visión el resumen que de la misma hace
Zárate: Lo envió con trescientos españoles de a pie y de a caballo, que fue
talando y conquistando la tierra. Y cuatro leguas de Pachacama tuvo una seria
batalla con los indios, a los cuales desbarató, y mató muchos dellos, y
prosiguió su camino la vía de Cuzco. Y adelante, al pasar de un despoblado,
padesció gran trabajo, porque se le murieron más de quinientos indios de
servicio de sed, y si los de a caballo no corrieran, y con vasijas llenas de
agua volvieren a socorrer a los de a pie, créese que todos perescieran, según
estaban fatigados. Y yendo así conquistando, le alcanzó en la provincia de
Jauja Gómez de Tordoya, natural de Villanueva de Barcarota, con otros doscientos
de a pie y de a caballo, que tras él envió (Pizarro). Y con todos quinientos
hombres Alonso de Alvarado caminó hasta la puente de Lumichaca, donde lo
cercaron los indios por todas partes, y hubo con ellos batalla, en que los
venció y mató muchos dellos, y de ahí adelante siempre fueron peleando (los
indios) con él hasta la puente de Abancay.
Esta
larga detención en Jauja, que tal vez cambió el curso de los futuros
acontecimientos en el Perú, se debió a las instrucciones que a Alvarado le
diera su amigo, y secretario de Francisco Pizarro, Picado. La intervención de
Picado había determinado que Alvarado capitanease esta expedición, que
originalmente se había pensado encomendar a Pedro de Lerma. El mucho tiempo
empleado en Jauja —la detención había de durar cinco meses— queda explicado en
palabras de Herrera: … Y tomando por ocasión que D. Francisco Pizarro le
mandaba (a Alvarado) que fuese pacificando las tierras de los indios, por donde
pasaba, se detuvo más tiempo de lo que conviniera, sosegando unos lugares, que
su amigo, Antonio Picado, tenía encomendados en Jauja.
Este
tiempo era precioso porque como llegase Juan de Espinosa con las provisiones
(originales) de Gobernador para el Adelantado Almagro, tomólas Juan de Rada, su
mayordomo, y llevóselas a Chile… Estas provisiones, como veremos, habían de
determinar el regreso de Almagro. Si Alvarado no se hubiese detenido tanto
tiempo en Jauja, el curso de los acontecimientos habría sido muy distinto.
Tras la
sublevación incaica, la tierra estaba ya pacificada y los indios había depuesto
las armas, pero el balance era trágico. Cieza de León dice que mataron también
los indios, en el término que hay del Cuzco a Qitu, más de setecientos
españoles, a los cuales daban muertes muy crueles. En esta cifra coincide
también el padre Blas Valera.
Capítulo
IX
Expedición de Almagro a Chile.
Contenido:
§. Las
dotes organizadoras de Almagro.
§. Del Cuzco a los Andes.
§. Primeras hostilidades y represalias.
§. Copiapó. La justicia de Almagro.
§. Aconcagua. La traición de Felipillo y nuevos refuerzos.
§. Reunión de capitanes.
§. El regreso.
§. Las
dotes organizadoras de Almagro.
Como se recordará, Almagro había conseguido reunir un numeroso —considerando la
población española del Perú entonces— ejército de cerca de quinientos hombres,
a los que se había preocupado de pertrechar convenientemente, adelantando
dinero para ello a los que no lo tenían propio e invirtiendo en ello toda su
fortuna. Designado ya —como vimos— el teniente general de Almagro en la persona
de Rodrigo Orgóñez, en detrimento de Hernando de Soto, había que determinar la
composición de los núcleos expedicionarios y sus misiones concretas, ya que
Almagro juzgó sabiamente que era conveniente dividir el ejército, enviándolo
por distintos itinerarios, para evitar problemas de abastecimientos. Ya hemos
visto con qué frecuencia el hambre constituía el mayor padecimiento a que se
veían sometidos los conquistadores.
Considerando
insuficiente su hueste para la conquista de un territorio extensísimo y
seguramente hostil, Almagro encargó a Orgóñez que permaneciera en Cuzco,
reclutando a todos los hombres que pudiera conseguir, y se le uniera
posteriormente. Con gran cantidad de dinero, envió con el mismo encargo —pero
para llevarlo a cabo en la Ciudad de los Reyes— a Ruy Díaz, Juan de Rada y
Rodrigo de Benavides, encargados también de organizar el transporte de esta
tropa por mar, en tres navíos propiedad de Almagro. Envió en vanguardia para
recoger víveres a Juan de Saavedra con cien jinetes, debiendo todos reunirse en
Copiapó, ya en territorio de Chile.
En cuanto
a indios de acompañamiento, sabemos que Paullu-Tupac, el hermano del inca y el
Villac Umu, gran sacerdote del Templo del Sol, eran realmente la embajada diplomática enviada
por Almagro, acompañada de tres soldados castellanos, para dar cuenta a los
indios hasta entonces sometidos a los Incas de los cambios habidos,
apercibiéndoles para acoger y dar vasallaje a los nuevos soberanos. Esta
vanguardia tenía instrucciones de esperar a Almagro a doscientas leguas de
Cuzco.
El 3 de
julio de 1535 se ponía en marcha Almagro, deteniéndose primero en Moína ocho
días, para seguir rápidamente adelante, lo que hizo con tal brevedad que pronto
alcanzó a Saavedra. Le llegaron por entonces noticias de que los originales de
las concesiones reales ya estaban en el Perú, y estuvo indeciso si volver o no,
para reconocer la delimitación de las tierras concedidas por la Corona, pero al
meditarlo mejor, pensó que había embarcado ya a demasiada gente y expuesto
también demasiado capital como para retraer una vez más la marcha hacia su
gobernación.
En esta
expedición de Chile, cuyo descubrimiento hay que asignar en el haber de Diego
de Almagro, se pone de manifiesto el enorme tesón y la voluntad inquebrantable
de que daba a cada momento pruebas, pues —pese a tener, si los cálculos de los
historiadores son exactos, cincuenta y cinco años— es siempre el más
resistente, el que va delante, el que cuando los otros desfallecen los anima a
seguir. Terrible prueba esperaba a los españoles que la empresa del mariscal
había enrolado, pues se adentraban en un país desconocido, sólo guiados por el
señuelo de sus enormes riquezas. No dudaban de ellas, porque los mismos indios
más preeminentes les acompañaban, y se hablaba de los grandes tributos que de
aquellas tierras siempre recibían los incas.
Una de
las precauciones que tomó Almagro antes de salir de Cuzco fue la de informarse
de las características de la tierra que iba a explorar y para ello había
enviado a los mejores guías de que dispuso. Las informaciones que recibió le
permitieron saber que se trataba de territorios muy poblados, pero de muy
difícil acceso. Para llegar a ellos era preciso atravesar primero sierras
ásperas y valles profundos, con nieves en invierno y avalanchas de agua
producto de los deshielos en el verano.
Los
castellanos se habían habituado ya al cambio de las estaciones, al revés de lo
que sucedía en el mundo europeo del que procedían. Los meses de mayo a
septiembre eran el invierno, seco y soleado, pero con las corrientes de los
ríos engrosadas por los caudales procedentes de los altos. Los otros meses eran
lluviosos, acumulando nieves en los lugares más altos, por encima de los 3.500
y de los 5.000 metros sobre el nivel del mar. Sabía Almagro del frío, de la
nieve y de la carencia de alimentos o de agua en ciertas zonas.
En este
medio duro y tremendo iba a desarrollar Almagro su empresa andina, su verdadera
gesta de descubridor, de ampliador de las fronteras del imperio que se estaba
formando. Sólo su tenacidad, la confianza casi ilimitada en su férrea voluntad
y su ambicioso carácter podían impulsarse, a su ya avanzada edad, a una gesta
que presentaba dificultades casi insalvables.
§. Del
Cuzco a los Andes.
Tras la última y breve detención en Moína, se puso el contingente de Almagro en
camino, a través de la rica provincia del Collao, donde tuvieron abundancia de
ganado. El ejército español iba pertrechado para una larga exploración
colonizadora, por lo que acarreaban gran impedimenta en tremendos y pesados
fardos, que transportaban a hombros los indios, que habrían huido ante este
trato esclavizante de no ir atados con cuerdas y conducidos en largas sartas,
vigilados por los fieles yanaconas. Este trato y los abusos —que,
según los cronistas, fueron grandes— hubieron de ser tolerados por Almagro, o
corregidos sólo con sanciones leves, ante el temor de que, imponiendo mayor
disciplina, los más indecisos abandonaran la empresa.
Era el
mes de agosto de un durísimo invierno austral, con un frío intensísimo, lo que
obligó a Almagro a detenerse durante un mes, para evitar que el numeroso
acompañamiento indio —que algunos cronistas cifran en 15.000— y el ganado que
transportaban pereciera de frío. Estaba Almagro cerca de las zonas mineras de
Porco, Castrolareina y Potosí, que ya habían sido exploradas por los incas,
pero que no interesaron a Almagro, del que dice un historiador, con
razón, que no era buscador de oro, sino un explorador. Quizá si se
hubiera detenido allí Almagro con los suyos y hubiera fundado ciudades junto a
los yacimientos, su fortuna personal, su autoridad y hasta su fama se habrían
consolidado. Pero no quiso Almagro detenerse a poblar, ni disminuir en ese
momento el ejército, afirmando que aquella era poca tierra para tanta
gente honrada. En los diez años siguientes, desde la sierra de Cuzco, los
españoles ascenderían al Titicaca y se esparcirían por la actual Bolivia, que
entonces se llamó Alto Perú. Pero diez años en aquellos tiempos
vertiginosos eran como un siglo, y Almagro soñaba con un segundo Cajamarca, con
los grandes botines y las ciudades populosas y monumentales como Cuzco. Y
siguió adelante.
Habíase
ya reunido el ejército de Almagro con la avanzada de Saavedra y, transcurrido
un mes de espera, decidió Almagro reanudar la marcha, enviando de nuevo a
Saavedra por delante, con instrucciones de llegarse hasta Tupiza, donde
esperaban los dos embajadores del inca. Llegado Almagro a la región del lago
Aullagas, se detuvo para hacer acopio de alimento durante diez días, sabedor de
que iba a enfrentarse a una región despoblada y carente de agua y alimentos,
hasta llegar a la región de Chincha. Fueron jornadas duras, pero su esfuerzo se
vio recompensado con la llegada a Tupiza, capital del territorio de Chincha a
fines de octubre de 1535.
La
estancia en Tupiza, que duró dos meses, levantó el ánimo de todos, incluso de
los que no querían alejarse de los sitios que tenían ya ocupados, pues allí
esperaban Paulo Tupac y el Villac Umu, junto con Juan de Saavedra, que había
ido por delante, con el tributo en oro que los súbditos chilenos no habían
enviado al Inca, en espera de conocer el resultado de la guerra entre Atahualpa
y Huáscar. Mucho era lo adeudado, y así se recogieron noventa mil pesos, según
Herrera, o ciento cincuenta mil, según Gómara.
Durante
este tiempo se dio lugar a que creciera la cosecha y, una vez recogida,
constituyera avituallamiento suficiente para las largas y duras jornadas que se
avecinaban. También se dio lugar a que llegara la retaguardia que, cargada con
toda la impedimenta, había tenido grandes dificultades para llegar hasta Tupiza
a causa de la nieve. Se fabricaron también clavos y herraduras para los
caballos con el cobre de que allí disponían.
A pesar
de esta halagüeña situación, en Tupiza se planteó por primera vez la
posibilidad de regresar. A ello contribuían varios factores. Los tres
castellanos que habían acompañado a Paulo Tupac y a Villac Inca, junto con
otros dos que a ellos se unieron, habían decidido continuar explorando con
ánimo de averiguar lo que el nuevo territorio les deparaba y notificárselo a
Almagro, aunque iniciaron esta descubierta sin permiso del mariscal. Pagaron
cara su temeridad, pues los indios —viendo que eran pocos— decidieron matarlos.
Sólo dos consiguieron escapar y regresar a Tupiza, donde dieron cuenta a
Almagro de la actitud belicosa de los indios de Chile, que seguramente sólo
habían respetado a los españoles por la alta dignidad de los incas que les
acompañaban. De otro lado, los indígenas que visitaban a Almagro sólo le daban
noticia de territorios miserables y de difícil acceso, pero él las atribuía al
natural deseo de los indígenas de que no siguiera adelante.
Pero lo
que más pesaba en su ánimo eran las cartas que había recibido de Cuzco, en las
que se relataba con todo detalle la llegada del obispo de Panamá con los
poderes del rey y en las que sus amigos le instaban a volver para defender sus
derechos. Momento de gran duda para Almagro: ¿Debía atender a sus intereses
personales o proseguir su expedición, a la que ya había arrastrado a tanta
gente? Dado que la concesión de una nueva gobernación para él era segura, lo de
los límites podía esperar. Le parecía más importante consolidar la posesión de
estas tierras, de cuya gobernación estaba seguro, que encerrarse en discusiones
de leguleyos y, hombre de acción ante todo, decidió continuar la empresa que
había comenzado. Creía ciegamente en las riquezas que la expedición le iba a
deparar y estaba determinado a enriquecer a los caballeros que le habían
acompañado y depositado en él su confianza.
§.
Primeras hostilidades y represalias.
Todavía en Tupiza, en una de las noches de esta larga espera hasta la crecida
de los maíces, desaparecieron todos los indios quechuas que le habían
acompañado, con el gran sacerdote Villac Umu a la cabeza, sin que todos los
esfuerzos por encontrarles produjeran resultado. Almagro ignoraba la razón de
esta huida, pero la explicación era clara. Como queda visto, Manco Inca, el
nombrado por el propio Pizarro Inca del Perú, planeaba una general sublevación
y la designación que había hecho en la persona de su tío —el Villac Umu— para
acompañar a los españoles, era una parte del proyecto. Había que encaminar a un
contingente fuerte de españoles lejos de los lugares donde iba a tener lugar la
sublevación y por ello había contribuido a alentar el deseo de Almagro de
dirigirse hacia el sur. Manco contaba con que el Villac pasara el Collao para
juntar y organizar a la gente necesaria para la campaña de rebelión y posterior
destrucción de los españoles.
Pero
Almagro ignoraba todo esto. Quizá debió imaginar la formidable sublevación que
se fraguaba en Perú y tomar las medidas oportunas para prevenirla,
retrocediendo con su hueste o, al menos, prescindiendo de parte de ella. Pero,
una vez tomada su decisión de continuar, ya no le preocupaba lo que pudiera
acontecer en el Perú o, por lo menos, no hasta el punto de alterar su marcha.
Tenía puestos sus ojos en el territorio de Chile y por ello las medidas que
tomó, tras la defección de los quechuas y lo que ello suponía como síntoma de
una inminente rebelión, fueron encaminadas al apaciguamiento de las tierras
próximas por las que había de pasar.
Con esta
finalidad quiso castigar a los indios que habían atacado al grupo de españoles
que tan imprudentemente se habían adelantado separándose del séquito de los
altos dignatarios incas. Mandó al efecto a un grupo de setenta españoles al
mando del capitán Salcedo, pero éste encontró a los indios prevenidos y
fuertemente fortificados, por lo que se limitó a mantenerlos rodeados, en tanto
comunicaba esta situación a Almagro. Este envió enseguida refuerzos al mando de
Francisco de Chaves, pero éste fue sorprendido por los belicosos jujuys, que
hicieron una matanza entre los indios yanaconas y huyeron a
unos riscos, inaccesibles para la caballería.
Ya no
existía razón alguna para esperar más tiempo en Tupiza y Almagro decide
continuar. Ya se había recogido la cosecha, se habían herrado los caballos y el
tiempo era propicio. Almagro parte para reunirse con la vanguardia de Salcedo y
Chaves, dejando a cargo de Franco Noguerol de Ulloa el cuidado de la
retaguardia, que venía en su seguimiento desde Cuzco. Emisarios de esta
retaguardia trajeron la noticia de que se había iniciado el levantamiento, pero
Almagro no comprendió que su reincorporación a Cuzco podría haber sofocado la
revuelta, y continuó hasta el valle de Jujuy, encontrando enorme resistencia
entre los habitantes, que se aprovecharon de las ventajas del terreno para
hostigar constantemente a la tropa española. El duro camino le condujo hasta Salta,
donde el número de bajas era ya importante. Los combates eran continuos y el
propio mariscal tomaba parte en primera línea, exponiendo incluso
peligrosamente su vida, como cuando una flecha tocó directamente en el corazón
de su caballo, que cayó fulminado, arrastrándole a él consigo. De no haber
acudido rápidamente sus soldados, Almagro habría quedado preso, que es como
decir muerto, ya que los indios no perdonaban nunca a los prisioneros.
Así
llegaron a Chicoana, último lugar antes de adentrarse en la cordillera de los
Andes meridionales. Durante su estancia en Tupiza, Almagro había tenido que
tomar una difícil decisión en cuanto al camino hacia el sur. Había sido
informado de que existían dos posibilidades: un primer camino, a través de
Tarapacá y Atacama, se extendía por un desierto carente de agua y con
temperaturas extremas de frío y calor. El segundo no parecía presentar
dificultades al principio, pero exigía el paso de los Andes luego, afrontando
las peligrosas inundaciones provocadas por el deshielo. Almagro, calibrados
pros y contras, había elegido el segundo: el de los Andes.
Chicoana
era el último lugar antes de internarse en la cordillera meridional, y también
el postrer sitio donde los españoles podían abastecerse de maíz. En Chicoana
permanecieron dos meses, bien provistos y aun sobrados de alimentos, hasta el
punto de enviar provisiones a la retaguardia que había quedado a cargo de
Nogueral. Pero con esta necesaria espera había llegado el deshielo y con ello
las grandes inundaciones.
Las
llamas se tumbaban en el suelo, mojándose los víveres, y se negaban a seguir
adelante. Los yanaconas, o indios de servicio, huyeron entonces y
quedaron solos los españoles, teniendo que acarrear por sí mismos los víveres.
Como consecuencia, tuvieron que abandonar cargas de maíz —aun previendo que
ello podía suponer su muerte por hambre—, incapaces de transportarlas en los
caballos y sobre sus pesadas armaduras de guerra que, por otra parte, les eran
imprescindibles dado el continuo acoso a que eran sometidos por los indios.
Todo el acopio de provisiones que previsoramente hiciera Almagro en Chicoana no
había servido para nada. Ahora que estaban a punto de enfrentarse a la parte
más dura de la expedición, incluyendo el difícil paso de una cordillera hostil,
se encontraban con una total carencia de alimentos, teniendo que alimentarse de
raíces y algarrobas. Al padecimiento del hambre se unían las constantes
escaramuzas con los indios hostiles. En esta crítica situación, habiendo muerto
muchos y debilitados los demás, se enfrentaban al paso de los Andes.
Tras
breve arenga de Almagro, y distribuidos los escasísimos víveres que aún
quedaban de modo equitativo, comenzaron a escalar la cordillera, adelantándose
Almagro con veinte españoles de a caballo. Atravesó los Andes, por el punto
elegido, con una altura media de cuatro mil metros, sin medio alguno de
sustento y con un frío intensísimo, acrecentado por el viento implacable de
aquellas alturas desoladas. El grueso del ejército que avanzaba detrás
lentamente sufrió indecibles padecimientos. Al pasar por el puerto que
denominaron de las Tres Cruces, a 4.500 metros, la mortandad de indios y
negros, así como de caballos, fue enorme: en estas durísimas jornadas, hasta
llegar a Copiapó, los españoles perdieron más de setenta caballos, que les eran
imprescindibles para la guerra y para el transporte.
Pese al
sufrimiento, continuaban avanzando. Debilitados por el hambre, casi no podían
andar, pero tampoco podían detenerse a descuartizar los caballos para su
manutención, porque el detenerse significaba la congelación y la muerte. Meses
después, expediciones sucesivas pudieron aprovechar la carne congelada de los
caballos y vieron con espanto a algunos cadáveres que se mantenían en pie, en
la actitud en que les había sorprendido la muerte. Millares de indios
perecieron y los españoles, pese a su mayor resistencia, sufrieron
mutilaciones. Años después, en Cuzco, contaba Jerónimo Costilla, que había
formado parte de la expedición, que
se le
pegaron los dedos de los pies a la bota de tal suerte, que cuando lo
descalzaron a la noche, le arrancaron los dedos, sin que él lo sintiese ni lo
echase de ver hasta el otro día, que halló sus pies sin dedos…
§.
Copiapó. La justicia de Almagro.
En el fértil valle de Copiapó descansaron y repusieron sus fuerzas los
exhaustos expedicionarios y es aquí también donde Almagro da muestras de lo
acertado de sus rápidas decisiones, cuando la situación las exige. Almagro fue
siempre partidario de suscitar y mantener las buenas relaciones entre los
españoles y los indios, castigando incluso a sus propios hombres cuando los
abusos con los indios lo requerían. Pero esta cordialidad hacia los indios no
le impide tomar durísimas y rápidas represalias contra ellos cuando su sentido
de la justicia se lo exige.
A lo
largo de todo el penosísimo itinerario desde Tupiza no había olvidado la muerte
de los tres españoles que —tras acompañar a Villac Umu y a Paulo Tupac— se
habían adelantado, perdiendo luego la vida a manos de los indios. En ningún
momento había pensado dejar impunes a los culpables de su muerte, no sólo por
el hecho de que las víctimas formaran parte de su hueste, sino también por la
necesidad política de mostrar a los indios que la absoluta superioridad
española se mostraba con ejemplaridad.
Los dos
españoles que habían conseguido huir de aquella emboscada dieron por hecho que
los restantes habían sido asesinados por los indios jujuy. Pero en Copiapó el
intérprete Felipillo, que tan destacado papel había tenido en el proceso de
Atahualpa, informó a Almagro de que los españoles desaparecidos habían sido
asesinados en Coquimba. Almagro partió para Coquimba de inmediato, a pesar de
la necesidad que tenían todos de descanso y las posibilidades que para ello
ofrecía Copiapó. En el trayecto hasta Coquimba, la gente huía llevándose
consigo todos los víveres, sometiendo al hambre a los españoles.
Era
preciso, pues, un castigo ejemplar, no sólo para castigar la muerte de los tres
españoles, sino también para hacer desistir a los indios de su actitud. Dio
Almagro entonces en perseguir a los indios en los cerros y apresó poco menos de
un centenar, entre los que escogió a los tres principales responsables y a
otros veintisiete complicados. Sin querer oír descargo alguno, dio orden de que
fuesen quemados en la plaza de Coquimbo, en presencia de los indios
principales. Era, desde luego, un castigo cruel, pero en aquellas
circunstancias lo exigía la implacable ley de la guerra y de la supervivencia.
§.
Aconcagua. La traición de Felipillo y nuevos refuerzos.
Hecha justicia de este modo perentorio, abandonó Almagro Coquimbo con el
ejército más recuperado de los anteriores padecimientos. Los valles por donde
iban avanzando eran excelentes, tanto de fertilidad como de clima, protegidos
por las dos cadenas paralelas, que impedían la llegada de los vientos fríos del
Pacifico, abrigados también de las inclemencias de los Andes. No encontraron,
sin embargo, grandes ciudades ni núcleos urbanos como los del Perú.
Llegaron
hasta la parte más poblada del valle del Aconcagua, que les iba a deparar una
sorpresa. Iba a ser ésta la obra de un español huido, aunque no perseguido.
Calvo de Barrientos, soldado de Pizarro, había incurrido en la justicia de
éste, en Jauja, habiéndosele imputado un robo. Para ejemplo de los demás, el
gobernador mandó cortarle las dos orejas, y el desorejado, como le
llamaron sus compañeros, prefirió exiliarse a la vergüenza constante de su
mutilación. Solo, con una audacia y atrevimiento singulares, se había internado
en las tierras de Chile dependientes de los incas, y luego más al sur,
alejándose más de seiscientas leguas, a través de toda clase de penalidades,
hasta hallar refugio en el valle de Aconcagua, ganándose el respeto de los
indios y la confianza del cacique —o curaca— de Aconcagua. Al saber
de la llegada de los españoles, asesoró discretamente al jefe indio de la
valentía de sus compatriotas y de la fuerza de su ira si eran atacados o
traicionados, aconsejando le fuere enviada a Almagro una embajada, lo que
acordaron hacer los indios.
La lucida
embajada —dentro de la costumbre indígena y de la modestia de sus medios— iba
con el curaca al frente, y llevaba presentes, en especial
alimentos, al jefe español. Su llegada coincidió con las hogueras de castigo de
los asesinos de los tres soldados españoles, lo que contribuyó a confirmarles
lo que Barrientos les había relatado sobre la energía justiciera de los
castellanos y les inclinó a una mejor disposición para recibirlo, lo que indica
lo acertado de la cruel decisión de Almagro. Aunque habían oído hablar mucho de
los caballos, de los arcabuces —los tubos del trueno— y de las
armaduras, la impresión de potencia que recibieron del aspecto de los
caballeros fue inmensa, disponiéndose a prestar de buena gana su auxilio en
aquello que se les pedía, y que era más propio de seres humanos de que dioses:
comida.
Agrupados
en Aconcagua todos los componentes de la expedición —la vanguardia de Saavedra
y de Almagro, con el grueso de la retaguardia— descansaron en aquel lugar amigo
—aunque sólo fuera por el temor— hasta que, el 25 de mayo de 1536, llegaron
noticias de un nuevo contingente de españoles. De las tres naves que —como se
recordará— había recibido Ruy Díaz encargo de armar, sólo una pudo llegar —muy
maltrecha— hasta las costas cercanas al lugar donde se hallaba Almagro. La
navegación en el norte de Chile era muy distinta a la del Perú —con fuertes y
constantes corrientes contrarias— y hasta casi cuarenta años después —en 1574—
no se descubriría, por el piloto Juan Fernández, el modo de hacer la navegación
más rápida, de modo que las previsiones de Almagro no habían podido cumplirse.
Sólo una
nave pudo llegar —la San Pedro— pero su arribo fue providencial y
levantó el ánimo de todos los españoles, además de impresionar grandemente a
los indios. Con esta embarcación llegaban bastimentos de boca, nuevas armas y
hierro para las herraduras, además de ropa, que era ya absolutamente
imprescindible para los expedicionarios, tras las inundaciones, guerras y
tremendas calamidades de los Andes. Los caballos, por otra parte, sólo
disponían de herradura con clavos de cobre. Se montaron, pues, las forjas, se
hicieron nuevas herraduras, se repararon las armas y se dispuso todo para
avanzar hacia el sur.
Con los
recién llegados, les venía una noticia aún más preciada para Almagro: en otra
de las naves, que sólo pudo llegar hasta Chincha, venía su hijo, Diego de
Almagro —el Mozo— en compañía de Ruy Díaz. Mientras el piloto Alonso de
Quintero regresaba a Lima para reparar la nave, Ruy Díaz venía por tierra con
el joven Diego y el resto de la gente que había desembarcado en Chincha.
Asombra
la rapidez con que todo se hacía entre los expedicionarios, o la prisa de
Almagro en organizar su gente para disponerse a la marcha. Apenas nueve días
después —el 4 de junio— ya estaba todo dispuesto y pronto atravesaban uno de
los puertos transversales, sufriendo las inclemencias de un invierno duro, con
acompañamiento de lluvias torrenciales y de nieve, hasta llegar al valle de
Petorca.
Predispuestas
por Barrientos, las gentes de Aconcagua ofrecieron grandes agasajos a los
españoles a su llegada, correspondiéndoles Almagro con la entrega de joyas —no
vidrios coloreados, sino auténticas joyas— y otros presentes. Sin embargo,
terminados ya los festejos y antes del amanecer, los españoles se vieron
sorprendidos por la desaparición de todos los indios con sus jefes. Esto no era
nuevo —ya había sucedido en Huasco y en Coquimbo— y los españoles estaban
preparados para evitarlo. Las guardias y centinelas estaban alerta y pudieron
detener a algunos fugitivos, por los que se supo la verdad. A las prevenciones
de Barrientos, que tan útiles les habían sido, alguien había opuesto otras
ideas e introducido en las mentes de los indios de Aconcagua nuevos temores.
¿Quién podía ser esta persona? No hubo tardanza en averiguarlo: el intérprete
Felipillo.
Aquellas
regiones por las que iban pasando habían estado sujetas a la soberanía, al
menos nominal, de los Incas, y pagaban su correspondiente tributo, como ya
sabía Almagro. Esto quiere decir que conocían la lengua quechua y podían
entender lo que Felipillo tuviera a bien contarles. Este les había informado de
la crueldad de los españoles durante la conquista del Perú, de que su intención
verdadera era matar a los indios. Les había informado también de que a los
caballos podía fácilmente dárseles muerte y les aconsejó que abandonaran a
aquellos a quienes habían recibido como amigos, quitándoles la manutención en
su huida.
Cuando
supo Almagro todo esto, ordenó la rápida captura de Felipillo. Este,
aterrorizado y creyendo que con ello podría comprar, al menos, su vida,
confesó. Pero el mariscal fue implacable y ordenó su inmediata ejecución, lo
que mostró a los indígenas la capacidad de conocimiento de las tretas indias
que tenían los españoles y la celeridad de sus justicias. Poco a poco retornó
la normalidad, los indios fueron regresando a sus hogares y, con sabiduría,
Almagro no ejerció sobre ellos ninguna represalia, lo que granjearía, de allí
en adelante, una sincera amistad de las gentes de Aconcagua hacia los
españoles. Amistad teñida de respeto y de temor.
Las
exploraciones subsiguientes no depararon noticias nuevas. La tierra seguía
siendo buena para fundar ciudades y para la agricultura, pero no ofrecía las
riquezas en oro prometidas por las gentes del Cuzco y cantadas por el Villac
Umu y sus acompañantes. A sus cincuenta y seis años, Almagro no podía ni quería
comenzar una colonización de agricultores y ganaderos. Quizá también pensaba en
el desencanto de los suyos —a los que tanto prometiera cuando abrió banderín de
enganche— y las consecuencias que este desencanto podría traer. Comenzó
entonces a abrirse paso en su pensamiento la idea del regreso.
Pero,
antes de tomar cualquier decisión, era preciso tantear la tierra hasta sus
confines, hasta adquirir la certeza de que allí no se encontraban los tesoros
prometidos. Los informes que recibía de los indios más notables eran
desalentadores: la tierra era más pobre cuanto más avanzaba hacia el sur,
llegando a ser inhabitable e improductiva y desde luego sin ningún vestigio de
oro. Pero aún temía Almagro que aquellos informes fueran malintencionados o
exagerados y debía, por lo tanto, cerciorarse por sí mismo. Así lo hubiera
hecho, de no tener noticia de la próxima llegada de Ruy Díaz con su hijo y
ciento diez hombres.
Ordenó
entonces que saliera en su lugar Gómez de Alvarado con 70 jinetes y 20
infantes, mientras él se dirigía a la costa para conocer el estado del barco
que había traído a Ruy Díaz. Algunos pensaron que el puerto era la actual
Valparaíso, bautizado así por un español en recuerdo de su lugar de nacimiento.
La impresión que tuvo Almagro del estado del barco fue desastrosa, tal era su
condición, pues hacía agua por todos sitios y estaba cargado de broma,
o adherencias marinas muy difíciles de quitar, que retrasaban la navegación.
Ordenó entonces que se calafatease, para lo cual —a falta de brea— hubo que
utilizar las ropas de los indios y sebo de las ovejas, es decir de las llamas.
Reparado de este modo precario, se le dotó con una tripulación de sesenta hombres
y un capitán, con instrucciones de bordear el litoral hasta llegar al estrecho
de Magallanes.
Mientras
se realizaban estas exploraciones por tierra y mar, su espíritu inquieto le
llevó a explorar personalmente los valles cercanos a Aconcagua, hallando sólo
míseras rancherías de indios y algunos lavaderos de oro, donde se preparaba el
tributo que periódicamente habían de remitir al inca del Perú. Eran tan pobres
estos lavaderos, que su producción, caso de haberse organizado una explotación
a gran escala, no hubiera resultado rentable aun con la mano de obra gratuita
de los indios.
Esta
impresión de primera mano fue confirmada por Gómez de Alvarado a su regreso,
coincidiendo también con los informes de los indígenas. Había recorrido
Alvarado 150 leguas (unos 750 kilómetros) durante tres meses, asegurando haber
llegado a cien leguas del estrecho de Magallanes, sin conocer otra cosa que
tierras paupérrimas y miserables habitantes, que se pensó eran caníbales, tanta
era su falta de alimento. Almagro ya conocía el norte, del cual venía, y había
hecho explorar el sur. Limitado al oeste por el mar, sólo restaba explorar el
este con la esperanza de encontrar las riquezas esperadas al otro lado de la
sierra. A pesar de que la época no era favorable, ordenó que un destacamento
intentara el paso de los montes. Pero éste tuvo que regresar a las pocas
jornadas, porque el terreno estaba cubierto totalmente de nieve, sin un solo
camino, hundiéndose los caballos hasta la cincha en el blanco manto que cubría
las laderas. Nada, nada por ningún sitio y ninguna otra posibilidad de avance.
De este
modo se impuso la necesidad de pensar definitivamente en el regreso: volver sus
ojos al Perú, del que había partido lleno de esperanza, y reclamar la
delimitación de su gobierno. No sabía Almagro que alimentando estas ilusiones
estaba preparando el camino para mayores penalidades, y para su triste fin.
§.
Reunión de capitanes
Una relativa alegría o compensación a tan desdichada certidumbre iba a ser la
llegada de Ruy Díaz con su hijo el Mozo, como le llamaban los
españoles. Habían desembarcado en el puerto de Chincha y por la costa,
atravesando salitrones desiertos, ardientes bajo un sol implacable durante el
día y gélidos, bajo una bruma untuosa, durante la noche, habían franqueado la
distancia que les separaba de Aconcagua. Nueva preocupación del mariscal, al
ver llegar refuerzos para una empresa que ya no los necesitaba, y a cuyas
gentes habría que decirles que desandarán el camino y que su esfuerzo por
llegar hasta el real castellano no había tenido objeto.
Habían
llegado ya a Copiapó las huestes de Orgóñez y Rada y allí se reunió Almagro con
sus capitanes. Con gran alivio de Almagro, se mostraron también partidarios de
regresar al Perú, manifestando además gran entusiasmo por la idea. Tan pronto
cundió entre la tropa la noticia de un posible regreso al Perú, al que todos
veían como tierra de promisión —ya que sabían no había de faltar ni el
bienestar, ni la posibilidad de enriquecer— el entusiasmo creció.
En esta
reunión quiso también Almagro que sus dos capitanes le contaran con todo
detalle el resultado de sus gestiones: Juan de Rada, como encargado en Lima de
reunir hombres y de representar sus intereses ante los Pizarro, en especial la
recepción de los documentos originales de su designación como gobernador de la
Nueva Toledo, y Orgóñez, como reclutador de hombres para la expedición en el
Cuzco. No habían sido sus penalidades menores que las de Almagro.
Orgóñez
había salido del Cuzco casi un año antes —en octubre de 1535— y había sufrido
en su viaje las mismas dificultades que Almagro, agravadas por la falta de
alimentos. Los indios ya se habían sublevado y era imposible aprovisionarse
normalmente. Sin embargo, ni los hielos (a Orgóñez se le cayeron las uñas de
los dedos y se le heló la piel de las manos), ni las hostilidades constantes de
los indios pudieron detenerles en su progresión hacia el sur, pues querían
llegar a tiempo para incorporarse al grueso y prestarle ayuda, si le fuera
necesaria.
Juan de
Rada había sufrido lo mismo, y en ocasiones tuvo que enviar petición de
socorro, para no perecer, a la columna de Orgóñez. Y Orgóñez había enviado
socorro, pero no sin que antes la columna de Rada hubiera estado a punto de
perecer de inanición y tuvieran que comer la carne congelada de los caballos
que cinco meses antes habían muerto allí, cuando atravesaron ese mismo puerto
los ejércitos del adelantado. Pero Rada traía noticias, que era lo que más le
interesaba a Almagro.
Rada le
contó cómo en noviembre de 1535, mientras él estaba aún en Lima, había
regresado de España Hernando Pizarro y había publicado que traía consigo los
despachos originales. Se los pidió Rada, pero Hernando se fue dilatando en la
entrega, en tanto no se tomaban decisiones sobre Cuzco. Por fin Hernando había
sido designado gobernador del Cuzco, en nombre de su hermano Francisco, momento
en el que entregó los documentos a Juan de Rada, para que los hiciera llegar a
Almagro. Estas noticias fueron comentadas por el mariscal con sus capitanes y
todos estuvieron de acuerdo —como hemos visto— en que había que regresar, no
sólo porque nada les retenía en Chile, cuyas riquezas habían sido pura
fantasía, sino porque urgía que Almagro tomara posesión de su gobierno, cuya
capital, por los cálculos que ellos hacían, no podía ser otra que la ciudad del
Cuzco.
Había en
Almagro otra razón para desear tomar posesión del gobierno, aparte de los
naturales incentivos de ver cumplida una vieja ilusión, y era la de legar a su
hijo el Mozo una situación que podría reclamar después de su
muerte. Decidióse, pues, el regreso, pero quedaba por tomar la difícil decisión
de por dónde efectuarlo.
Ya
conocían las dificultades, prácticamente insuperables, del paso por los Andes.
En cuanto al camino del desierto, que había sido recorrido por Ruy Díaz en su
viaje desde Chincha, suponía atravesar arenales ilimitados, sin víveres y sin
agua para aplacar la sed producida por un sol abrasador. En palabras de
Fernández de Oviedo, cualquiera de estos dos caminos parecía imposible
cosa andarle e quedar con la vida. Después de mucho deliberar con sus
capitanes y de rogar a Dios les iluminase para elegir el mejor de los caminos,
Almagro optó por el camino costero.
§. El
regreso.
Una vez decidido el camino de la costa —es decir, el de los grandes y secos
desiertos— se puso de manifiesto la gran capacidad organizadora de Almagro, que
le colocan a la altura de los más grandes exploradores. Un grupo de hombres
habría acabado con la escasísima agua que los escasos regatos —jagueys— podrían
ofrecer, por lo que era aconsejable formar grupos menores, de seis y ocho
hombres, durmiendo en el lugar que los precedentes hubieran dejado. Se hizo
provisión abundante de agua en todas las vasijas disponibles, fabricando odres
con piel de guanaco, para que ahondaran los cauces de los jagueys y permitieran
la formación de pozos, o reservas de agua.
Pero
había un peligro: destacamentos pequeños de seis y ocho hombres podían ser
presa fácil de los indios hostiles y había que buscar una protección contra
ellos. A fin de que despeje el camino y para contener a los indios alzados en
el Perú, ordenó Almagro al capitán Francisco Nogueral de Ulloa que se embarcase
en la San Pedro —la nave reparada que había llegado a
Valparaíso— y remontase la costa hasta Atacama, donde, con los ochenta hombres
que le acompañaban, formaría una especie de barrera que impidiera a los indios
adentrarse en el desierto y atacar a los destacamentos castellanos. La
vanguardia de Almagro se reuniría con Nogueral en Atacama y esperarían al
grueso del ejército allí.
Pero
antes de adentrarse en el desierto, o partir para la costa, Almagro tuvo un
gesto, que era para sus soldados como la compensación de todos sus
padecimientos y un premio a su constancia y fidelidad, así como un modo de
renovar el ánimo para seguir a su jefe. Como se recordará, antes de emprender
la campaña de Chile, Almagro había repartido grandes sumas de dinero a algunos
de sus hombres —ciento ochenta mil ducados en total— para que pudieran
equiparse adecuadamente. Pues bien, los reunió a todos y en su presencia fue
rompiendo uno por uno los documentos y escrituras en que constaban las deudas y
adelantos, añadiendo al terminar de romper la escritura de cada uno:
No creáis
que por esto dejaré de daros a vos y a mis amigos lo que me quede, porque nunca
deseé dineros ni hacienda sino para darlos. Acertadamente comenta López de
Gómara que se trataba de una liberalidad de príncipe más que de soldado; pero
cuando murió, no tuvo quién le pusiese un paño en su degolladero.
Con este
gesto —mejor que cualquier arenga— y habiéndose previsto hasta el más mínimo
detalle, la expedición se puso en marcha. Iba delante, formando la vanguardia,
Rodrigo Orgóñez y cerrando la retaguardia, con el resto, Diego de Almagro. Se
dio tanta prisa la tropa, que atravesaron el desierto en pocos días,
reuniéndose con Nogueral de Ulloa en el poblado de Atacama. Ya estaban a las
puertas del Collao, ya estaban en el Perú. Pero si grandes habían sido las
dificultades que hasta entonces les había presentado la naturaleza, mayores las
iban a oponer los hombres.
Hallaron
a Tarapacá sublevada, como resultado del general levantamiento que secretamente
había organizado Manco. No sólo no hallaban bastimentos y alimentación, sino
que tenían nuevamente que combatir contra los indios. Almagro estaba decidido a
seguir adelante, como siempre, pero la sublevación india se lo dificultaba. El
descanso de dieciocho días que se permitieron en Atacama había repuesto sus
fuerzas. Como no había perdido ni un solo hombre (aunque sí muchos caballos) en
la difícil travesía de los desiertos, su fuerza era considerable. Al llegar a
los primeros poblados tuvieron muestras de la importancia del levantamiento
incaico, ya que hallaron gran número de españoles asesinados y descuartizados.
Almagro dio orden de que fueran enterrados cristianamente y continuó hasta
Arequipa, donde entraba a comienzos del año 1537.
Así
terminaba la expedición a Chile. Había facilitado, con la salida de Almagro, el
levantamiento de los indios. El abandono de esta empresa y regreso de Almagro
evitó que la pérdida del Perú se consumara. Comenzaba un nuevo y azaroso
capítulo —el último— en la vida de Almagro.
Capítulo
X
Antesala de la guerra civil
Contenido:
§.
Regreso de Almagro.
§. Toma de Cuzco y prisión de Hernando.
§. Almagro en Cuzco.
§. Reacción de Francisco de Pizarro.
§. La «rota» de Abancay.
§. Negociaciones.
§.
Regreso de Almagro
Llegados los expedicionarios a Arequipa, que está a setenta leguas del
Cuzco, adonde fueron bien recibidos, y descansaron algunos días, Almagro
supo del sitio a que estaba siendo sometida la ciudad y del terrible aprieto en
que se hallaban los Pizarro. Cuzco —como queda visto— había sido
sitiada por el rebelde Manco, que estuvo a punto de conquistarla, llegando los
españoles a poseer nada más que la plaza Mayor, aunque fue tanto su tesón y valentía
que Manco hubo de desistir. Las pérdidas en el Cuzco habían sido cuantiosas y
sensibles —Juan Pizarro era uno de los muertos—, pero mayores aún eran las
producidas en los poblados menores, en el valle de Yucay y hasta la costa.
Hasta setecientos españoles fueron asesinados, los unos en sus repartimientos,
los otros cuando iban de camino o formaban parte de pequeños destacamentos. El
gobernador, desde Lima, había intentado enviar socorros a la sierra, pero
también tenía que defenderse en la costa, por lo que había enviado peticiones
de socorro a Panamá y otros lugares. Alonso de Alvarado —como vimos— había
salido para la sierra con un fuerte destacamento, ya que Pizarro temía —y con
razón— por la vida de sus hermanos.
Tras
estas circunstancias, cuando Hernando Pizarro ha conseguido en última instancia
salvar la ciudad, aunque no levantar el cerco a que estaba sometida, llega
Almagro a las cercanías de Cuzco. Conocidos estos hechos por Almagro, concibe
un plan que pone inmediatamente en práctica: Almagro sabe que es Manco quien
dirige el levantamiento y decide intimarle para que levante el cerco, buscar
ser mediador entre los contendientes y así recabar la jurisdicción sobre Cuzco.
Para
llevar a cabo este plan, escribe a Manco una larga carta —que han conservado
los cronistas— en que lo trata de hermano y a Paulo Tupac
de hijo, afeándole la acción que está realizando contra los
castellanos, si bien dice reconocer los abusos que con sus bienes y con sus
mujeres han hecho las gentes de Hernando Pizarro. Le asegura que el Cuzco
pertenece a su gobernación, concedida por el rey a su persona, y que cuando
entre en la ciudad hará castigo de los que le habían robado y maltratado.
Manco vio
en la llegada de un contingente nuevo de castellanos (que contaba con
quinientos hombres y no con los dos mil que le mencionaba Almagro en su carta)
un grave peligro para su ejército, pero también una posibilidad. Comprende que
no puede seguir cercando Cuzco y levanta el asedio, pero no se aleja demasiado,
enviando seguridades a Almagro de que es su amigo, de que el levantamiento ha
sido por causa de los abusos a que había sido sometido por parte de los
hermanos de Pizarro —queriendo limitar el hecho al asedio de la ciudad, cuando
la sublevación y los asesinatos habían sido por doquier— y que desea verlo
personalmente en Urcos. Pero retenía a Ruy Díaz y a los otros emisarios de
Almagro, sin decir que quedaban como rehenes, pero en efecto como tales.
Hernando
y los españoles del Cuzco —que ya sabían de la llegada del contingente de
Alvarado desde Jauja— respiraron con alivio al ver que se levantaba el cerco,
pero no quedaron tranquilos, porque le llegaron noticias —ya dijimos que éstas
volaban en el Perú— de los tratos que había entre el adelantado (título que él
daba a Almagro) y Manco. Sospechó enseguida que podía haber una alianza entre
los dos y que esta amistad entre los de Chile —como ya se
designaba a los que venían con Almagro— y el inca sublevado significaba que el
mariscal se sentía dueño del Cuzco —como había sucedido antes de que saliera
para su expedición al sur— y actuaba como señor legítimo, en nombre del rey, de
aquellas tierras.
Guiado
por esta intuición, envió un mensajero mulato a Manco con una carta, en que le
pedía no hiciera paz con Don Diego de Almagro, porque no era el señor,
sino con Francisco Pizarro, único legítimo señor del Perú, por el rey de
España. Manco —que siguió el juego de dividir a los castellanos, con mucha
habilidad— estuvo a punto de cortar la mano al emisario, para devolverlo a
Hernando, pero la intervención de Ruy Díaz y de sus compañeros redujo la pena a
la mutilación de un dedo de aquel mensajero mentiroso, lo que ya
era indicio suficiente para Hernando de la actitud del jefe.
Simultáneamente
Almagro y Hernando Pizarro harán diversas gestiones, el primero para asegurarse
la adhesión de los indios a su bando y tratar de asegurarse la gobernación del
Cuzco, y el segundo para conocer, sin lugar a dudas, las ideas del mariscal a este
respecto. Almagro marchó a entrevistarse con Manco, dejando en Urcos a
Saavedra, hombre discreto y valiente, que sabía le sería fiel, con doscientos
cincuenta hombres. Entretanto, Hernando reunió a los principales de la ciudad
para determinar qué había de hacerse. En la reunión, a la que asistieron
Gabriel de Rojas, Gonzalo Pizarro, Hernán Ponce de León, Alonso Riquelme y
Pedro de los Ríos, se acordó que saliera Hernando a entrevistarse con Saavedra
—como representante de Almagro— con un buen contingente de gente, pero sin
dejar desguarnecido el Cuzco.
En esta
salida de Almagro quedaron bien claras las intenciones de Manco, ya que desde
el primer momento dirigió a los indios contra sus hombres:
Los
indios de guerra todas las veces que se topaban con españoles (de la tropa de
Hernando Pizarro, se entiende), les amenazaban diciendo que venía el Adelantado
muy enojado, que era su amigo y que los había de matar a todos.
Saavedra,
alertado por los indios de que se aproximaba Hernando, tomó medidas de
precaución, dando el mando de la infantería a Cristóbal Ponce de León y
enviando a Cristóbal de Sosa y a Alonso con un mensaje para Hernando,
comunicándole a que dexasen la ciudad del Cuzco. Sin embargo, el
encuentro entre estos emisarios de Saavedra con Hernando Pizarro transcurrió en
medio de las mismas fórmulas de cortesía que habían usado los castellanos de
Almagro y los de Alvarado cuando la incursión de éste en tierras de Quito.
Las
cortesías, sin embargo, eran sólo la fórmula exterior, porque en lo interior
cada una de las partes iba a defender sus puntos de vista, sin ánimo de ceder
ni un ápice. Ambos argumentaban —y ambos con corazón— que las divisiones contra
los indios iban en deservicio de Su Majestad el Rey y en este
sentido Hernando llegó más lejos: Propuso Hernando Pizarro el
deservicio que a Dios, y al Rey, resultaba de aquéllas divisiones, haciendo
gran cargo a Juan de Saavedra de que no lo remediase, con juntarse con él, y
entrase con su gente en el Cuzco. Por lo cual le hizo grandes ofrecimientos,
tentando a Saavedra para que traicionara a su jefe. No aceptó Saavedra este
ofrecimiento, ni cedió a los argumentos de Hernando, oponiendo otros
idénticos: Que para la conservación de lo adquirido (por los
españoles en el Perú), convenía la unión de todos. Y que pues el Cuzco
era más claro que el sol, que perteneció a Almagro, se le dexasen, y que este
negocio se pusiese en práctica, para dar a ello buen medio.
Al no
haber entendimiento, Hernando se volvió al Cuzco y envió emisarios a Alonso de
Alvarado, que estaba cerca de Abancay, para saber cuál sería su actitud y si le
prestaría su apoyo. No llegaron estos emisarios a entrevistarse con Alvarado,
ya que fueron sorprendidos por el almagrista Francisco de Chaves, que los hizo
a todos prisioneros, llevándolos ante Almagro. Manco, que se consideraba aliado
de Almagro contra los hombres de Hernando, reclamó estos prisioneros para sí,
pero Almagro no se los entregó. Esto provocó la ira de Manco, que llegó a
enviar parte de su ejército contra Almagro. Desistió enseguida, pero desde ese
momento hizo más severa la prisión en que tenía como rehenes a Ruy Díaz y a sus
compañeros.
Almagro
decidió, en vista de tanto titubeo e inseguridad, llegarse hasta Cuzco. Cuando
estaba ya a media legua de la ciudad, y conociendo que no todos en Cuzco
estaban contentos con el gobierno de Hernando, ideó un procedimiento nuevo para
poder hacer suyo el Cuzco, sin lucha ni derramamiento de sangre: envió un
mensaje al Cabildo conminándole a que se le entregase la ciudad y se
reconociera que entraba en la gobernación que le había concedido el rey, porque
no suponía ninguna ruptura de la sociedad que tenía Pizarro, requiriéndoles a
que
obedezcan
aquella provisión real de su Magestad, de cómo le da la gobernación después de
las trescientas leguas del gobernador su hermano y compañero.
El
requerimiento dejó asombrados a los regidores del Cabildo, quienes —sin negar
la autenticidad de los reales documentos— observaron que en ellos se hablaba de
tierras, pero no se mencionaba al Cuzco para nada y que, por lo tanto, hasta
que no se delimitara el territorio por meridianos, ellos no podían decidir
nada. Por otra parte, los emisarios de Almagro —Aldana y Guevara— expusieron
los deseos de paz del mariscal, a lo que Hernando mandó contestar que Almagro
podía entrar en Cuzco pacíficamente cuando quisiera y allí discutirían el
problema, dando orden incluso de que se le enviaran alimentos al adelantado.
Esta
actitud de Hernando, lejos de tranquilizar a Almagro, le inquietó y puso más
sobre aviso. Temiendo una añagaza por parte de Hernando, avisó a Saavedra que
se uniera con él, advirtiéndole tuviera cuidado porque no le sucediera
alguna desgracia, pues conocía las mañas de Hernando Pizarro. Reunidos en
las Salinas —Cachipampa, que quiere decir campo de sal en idioma quechua— se
aproximaron más al Cuzco, llegando tan cerca de la plaza de armas, que
asentaron sus reales donde luego se edificaría el convento de San Francisco.
§. Toma
de Cuzco y prisión de Hernando.
La actitud de Almagro, no aceptando su invitación para entrar amistosamente en
Cuzco y su presencia a las puertas de la ciudad, dieron a entender a Hernando
que las intenciones de Almagro eran hostiles y que no entraba en su ánimo
negociación alguna sobre el Cuzco. Ya había Hernando Pizarro permitido a los
habitantes del Cuzco que se retiraran a descansar porque muy cansados
estaban de andar armados días y noches, sin dormir, pero ante la actitud de
Almagro mandó fortificar la ciudad y demoler los puentes de acceso. En su casa
colocó arcabuces encabalgados con soportes y mantuvo una guardia.
Pero de
nada le sirvieron estas precauciones, ni llegaron a demolerse los puentes,
pues, sigilosamente, los almagristas —ya podemos llamarlos
así—, aprovechando la oscuridad nocturna, a media noche, entraron en la ciudad
e impidieron el acceso de refuerzos a la casa de Hernando, rodeando ésta.
Rodrigo Orgóñez, sin disparar un tiro, se hizo con la defensa de arcabuces que
había montado Hernando e intimó a éste a rendirse. Hernando, con sus
partidarios, estaba dispuesto a vender cara su vida antes que rendirse y no
cesaba de disparar, aun cuando, de los catorce defensores, uno estaba muerto y
ocho malheridos. Pero como la techumbre de su casa, que había sido de un orejón importante
(orejones llamaron los españoles a los indios de la nobleza), tenía
la techumbre de paja, como todas las de los incas, le prendieron fuego los
almagristas y Hernando hubo de rendirse.
§.
Almagro en Cuzco.
a había conseguido Almagro lo que tanto había soñado y ansiado: ser el señor
del Cuzco. Había aprisionado a los Pizarro, a los que no quiso ni ver, templando
en parte la ira, que es un hervor de sangre que se allega al corazón, en
frase del historiador Herrera. Ordenó que fueran encerrados en el templo del
Sol o Coricancha, donde luego se elevaría —y se eleva— el convento de los
dominicos. A los pocos días los envió a una cárcel más estrecha, la Caxana,
donde les puso grillos para mayor seguridad. Todo esto sucedía en el mes de
abril de 1537.
Una
pequeña reflexión merece esta serie de hechos. Los castellanos del Cuzco
acababan de sufrir un duro asedio, en el que estuvieron todos a punto de
perecer. Almagro y los suyos venían de unas jornadas en las que habían pasado
por las más duras y agotadoras pruebas. Ambos tenían motivos para desear el
descanso y paz que necesitaban. Sin embargo, el amor propio, la inagotable
energía de aquellas gentes, no se daba reposo: recorrían cientos de leguas de,
la áspera y seca sierra peruana para informarse, para tomar posiciones, para
reclamar, para pleitear —con licenciados en leyes de por medio— exhibiendo
papeles reales, hablando en nombre de derechos y prioridades e iniciando
acciones violentas contra sus propios compatriotas, cuando aún tenían levantada
la tierra, con todos sus habitantes desordenados y hostiles.
Si
meditamos sobre estos hechos, sobre la anterior historia incaica, de perpetuas
guerras y muertes sangrientas e incluso en las posteriores guerras que
conturbaron el comienzo de la colonia —las famosas guerras civiles del
Perú—, la sangrienta sublevación del cruel Gabriel Condorcanqui y el
reguero de sangre que dejaron entonces —en el siglo XVIII— uno y otro bando,
cabe preguntarse si el enrarecimiento del ambiente, a más de tres mil
quinientos metros de altura sobre el nivel del mar, no tendría algo que ver con
esta exaltación de los ánimos, con esta distorsión de la más elemental
prudencia, con este afán de entrar en acción, de echar mano de la violencia
como única solución de los problemas.
Ahora,
con el almirante dueño de la ciudad, la soldadesca almagrista saqueaba las
casas de los pizarristas más destacados: Tomábannos nuestras haciendas
y caballos, dice dolorido Pedro Pizarro. Así amanecieron, con gran estupor,
las gentes del Cuzco, que se veían sorprendidos por un cambio de gobernador y
de situación toda en la que no habían participado y del que no habían tenido
noticia.
Era
imprescindible para Almagro legalizar cuanto antes esta situación irregular;
dar una base jurídica a lo que había conseguido por la fuerza de las armas. Por
ello,
pidió a
los Regidores, que luego se juntasen y, examinadas las provisiones reales que
tenía, las obedecieran y cumpliesen, y aunque, como se ha dicho, había en el
Regimiento diversidad de pareceres, por excusar inconvenientes, cuerdamente se
acomodaron al tiempo. En efecto, Almagro se hizo jurar del Cabildo por
gobernador de aquella ciudad y de cien leguas de término, conforme a la
provisión de su Magestad.
Esta
medida, a todas luces forzada, sólo conseguía posponer lo que ya parecía
conducir a una guerra civil inevitable entre pizarristas y almagristas,
aunque seguramente Almagro creía obrar rectamente, de acuerdo con las
capitulaciones a él concedidas, y en espera de llegar a un acuerdo definitivo
con su socio y amigo, Francisco Pizarro.
Pero para
conseguir una pacificación más sólida de la ciudad no bastaba con esta medida,
ya que aún quedaban en la ciudad todos los pizarristas con su ejército. Buscó
entonces el mariscal a un pizarrista respetado por todos para darle la vara de
alcalde. El nombramiento recayó en Gabriel de Rojas, porque era hombre
de gran crédito y autoridad y, aunque éste al principio se negó, por
su fidelidad a los Pizarro, finalmente no tuvo más remedio que aceptar, como
único medio de ir pacificando los ánimos, y porque lo hizo a ruego de
los del Cuzco… porque juzgaban que mejor que otro miraría el provecho de la
ciudad.
En cuanto
a los indios, la transitoria alianza con Manco había quedado invalidada cuando
éste atacó a Almagro, a raíz del incidente de los prisioneros pizarristas que
Almagro se negó a entregarle. Continuando con la política de los castellanos de
tener un jefe indígena que fuera rey de los indios, Almagro
hizo y
dio la borla del Imperio a Paulo, porque su hermano Mango Inca, visto lo que
había hecho, se fue huyendo con mucha gente de guerra, a unas muy ásperas
montañas, que llaman los Andes.
Sólo le
quedaba una duda al adelantado, que era saber cuál sería la actitud de Alonso
de Alvarado, que venía hacia el Cuzco con una fuerza de quinientos hombres y se
hallaba cerca de Apurimac. Pero no sería Almagro el que se puso en contacto con
él, sino Orgóñez, quien, enterado de la presencia de Alvarado en Apurimac, con
Pedro de Lerma y otros capitanes, le envió una carta dándole su versión de lo
acontecido en el Cuzco y encareciéndole aceptara la legalidad de la gobernación
de Almagro en Cuzco. Esta carta le fue entregada a Pedro de Lerma, quien, como
se recordará, había sido destituido por Pizarro en favor de Alvarado. Su rencor
hacia Pizarro hizo que diera a conocer el contenido de la carta entre las
gentes de Alvarado e inclinara a muchos a favor de Almagro.
Alvarado,
entretanto, había recibido otra versión de los hechos de Cuzco, mediante una
carta secreta de Hernando Pizarro en la que daba
cuenta de
su prisión, encareciéndole mucho la constancia y fe que convenía que tuviese en
no desamparar a su hermano.
Reunió
entonces Alvarado a sus capitanes y determinaron enviar esta carta al
Gobernador, respondiéndole a Almagro que no tomarían ninguna decisión hasta
conocer la respuesta de Francisco Pizarro desde la Ciudad de los Reyes.
Envió
entonces Almagro a sus parientes —Diego de Alvarado y Gómez de Alvarado—
pensando que por ser de su linaje tendrían mayor influencia sobre él,
ofreciéndole su amistad, así como mercedes y gratificaciones. Pero Alonso de
Alvarado, aunque recibió con gran alegría a sus parientes, a los que no veía
desde hacía mucho tiempo, estaba decidido a mantener su fidelidad a Pizarro
—incrementada desde que les había puesto al frente de la tropa en perjuicio de
Pedro de Lerma— y decidió retener como prisioneros a los enviados de Almagro.
§.
Reacción de Francisco de Pizarro.
Cuando llegó a sus manos la carta que le enviara Alonso de Alvarado, se dirigía
Pizarro hacia el Cuzco con más de setecientos hombres de a pie y de a caballo,
para socorrer a sus hermanos contra los indios, porque ninguna cosa
sabía del regreso de Don Diego de Almagro. La carta preocupó grandemente a
Pizarro, quien se dio cuenta de su error al no ceder a que el obispo de Tierra
Firme, que había llegado hacía más de un año —en 31 de mayo de 1536—, se
reuniera con él y con Almagro para estudiar las capitulaciones con pilotos y
cartógrafos. Ahora se daba cuenta de que, al impedir al obispo Tomás de
Berlanga que se reuniera con Pizarro, había dado pie a que Almagro se
encontrara desengañado e interpretara mala intención en el retraso de la
entrega de las provisiones originales.
Pero ya
era tarde para corregir el efecto que hubieran podido producir estos hechos y
para enfrentarse a ellos tomó medidas jurídicas, sin olvidar las militares.
Hizo una probanza en los Reyes sobre el territorio conquistado y ordenó se
hiciese una Información sobre los límites, escribiendo también
una carta al obispo Berlanga. Por otra parte, informó a sus hombres sobre lo
acontecido en el Cuzco y a todos pesaba la violencia usada por el
Adelantado y de la prisión de sus hermanos. A la carta de Alonso de Alvarado
contesta dándole las gracias e informándole que piensa resolver el asunto, pero
que es importante que entretanto no ceda su puesto.
§. La
«rota» de Abancay
Pero ya Alonso de Alvarado —como vimos— se había negado a las pretensiones de
Almagro y había retenido a los otros Alvarado —emisarios de Almagro— como
prisioneros. Previendo un ataque de Almagro, se fortificaba en el puente de
Abancay, ordenando a Juan Pérez de Guevara que lo defendiese con gran parte de
la infantería, mientras Juan de Rojas defendía el único vado cercano. Lo que no
pudo evitar Alvarado fue que Pedro de Lerma fuera convenciendo a muchos para
que se pasasen al bando almagrista.
Con todo,
a pesar de estas tensiones, no podía decirse que había comenzado ya una guerra
entre los dos bandos. Se estaban haciendo tanteo, midiendo fuerzas, afirmando
derechos, pero no se había llegado aún a hechos irremediables. Almagro esperaba
el regreso de sus emisarios, sin hacer caso a Orgóñez, quien aconsejaba
vehementemente que se diese muerte a los Pizarro que estaban prisioneros. En
vista de la tardanza de los Alvarado, decidió Almagro salir a su encuentro al
mando de un destacamento, pero a los tres días tuvo que regresar
precipitadamente a Cuzco, ante las noticias —que luego resultaron erróneas— de
que Alvarado marchaba con su gente sobre Cuzco.
En vista
de que seguía sin noticias de los enviados, salió de nuevo Almagro, teniendo la
fortuna de que uno de sus hombres —Francisco de Chaves— consiguiera hacer
prisioneros a treinta pizarristas en una emboscada, sin derramamiento de
sangre. Bien es verdad que muchos de ellos ya iban apalabrados o gobernados por
Pedro de Lerma. Esta pérdida de gente que se inclinaba en favor de Almagro,
debilitaba sobremanera a Alvarado, quien finalmente comprendió que se trataba
de una conjura urdida por Pedro de Lerma y decidió prenderle. Pero Pedro de
Lerma, avisado a tiempo, huyó de noche con todos sus amigos.
Todo se
volvía a favor de Almagro en Abancay. Entre la gente de Alvarado la gran
mayoría estaba ya a favor del mariscal. Este ordenó a Orgóñez que dirigiera las
operaciones para atravesar el vado, aunque pronto se supo que
los
conjurados con Pedro de Lerma guardaban el paso. Los cuales se le dieron, y aún
los animaban para que pasasen sin miedo.
En el
bando pizarrista Pérez de Guevara se defendió valerosamente, a pesar de que
contaba con pocas fuerzas y entre ellas se encontraban muchos conjurados.
Cuando cayó herido, ya nada pudo evitar la derrota de Alonso de Alvarado sin
muerte ni herida de ninguna de las partes —salvo la de Guevara—, sólo
Rodrigo de Orgóñez pagó por todos, que una piedra que vino desbandada, sin
saberse quién la tiró, le quebró los dientes. Se puso Orgóñez tan fuera de
sí que hubiera dado muerte a Alvarado —aunque se le rindió— de no llegar
Almagro a tiempo de evitarlo.
Esta fue
la rota —derrota— de Abancay, primera batalla de las guerras
civiles, en la cual, afortunadamente, no había todavía ningún muerto, salvo
algún caído en las escaramuzas precedentes. Aunque Almagro tomó personalmente
parte en esta batalla, el hombre del día había sido indudablemente Rodrigo
Orgóñez, que aprovechó este prestigio y la confianza que en él tenía el
mariscal para proponer en el consejo que siguió a la batalla las más duras
medidas: que se nombrara gobernador del Cuzco —en nombre del mariscal— a Diego
de Alvarado y que éste saliera para el Cuzco con orden de ajusticiar a los
Pizarro y a Alonso de Alvarado, cortándoles la cabeza. Llegó aún más lejos
Orgóñez, quien propuso —con la exaltación de la victoria— que se reuniese todo
el ejército para marchar contra Lima y hacer prisionero a Francisco Pizarro.
Almagro accedió en un principio a todo lo que le proponía su lugarteniente,
pero el buen sentido de Diego y de Gómez de Alvarado, que conversaron
largamente con él por la noche, logró convencerle de lo desatinado de estas
medidas y las revocó, con gran disgusto por parte de Orgóñez.
Todo esto
había sucedido los días 12 y 13 de julio de 1537.
§.
Negociaciones
Almagro vuelve al Cuzco, sin hacer caso de la instancia de Orgóñez de atacar al
gobernador en Lima, y espera las reacciones de éste ante los hechos consumados
de su victoria de Abancay, que al mismo tiempo constituía la primera derrota de
las armas pizarristas. No ignoraba que Francisco Pizarro haría todo lo posible
en favor de la libertad de sus hermanos. Esta era el arma más fuerte que podía
esgrimir el mariscal frente a su antiguo socio y camarada.
Pizarro
había deliberado en Lima con sus capitanes, quienes le aconsejaron que enviara
una embajada a Almagro para pedirle explicaciones y para rogarle liberara a los
hermanos del gobernador. Nicolás de Rivera —a quien se encomendó esta delicada
misión— habló con Almagro, pero no logró convencerle de que liberara a los
prisioneros. Conocido por Pizarro el fracaso de este primer acercamiento, al
tiempo que recibía noticias de la rota de Abancay, reunió de
nuevo consejo para determinar las medidas que era preciso tomar, desconociendo
aún si Almagro actuaba ya en franca rebelión o incluso si entraría en sus
intenciones el atacar la Ciudad de los Reyes.
Como
quiera que todos sabían que los dos socios se habían entendido siempre, incluso
en los momentos de mayor tensión, aconsejaron que se estudiaran las provisiones
de Almagro y que Pizarro hiciera lo posible por encontrarse con su socio y
amigo. Para ello envió a Gaspar de Espinosa, al licenciado De la Gama, a Diego
de Fuentemayor y al factor Suárez de Carvajal. Debían estudiar con Almagro la
delimitación de las gobernaciones de ambos y hacer todo lo posible por
conseguir la libertad de los Pizarro. Llegaron el 18 de agosto.
Almagro
se mantuvo incólume en su postura, pero accedió al fin a que de nuevo el obispo
de Panamá estudiara el asunto y que, entretanto, se dividiera el territorio
entre los dos. En medio de estas conversaciones, de un mal súbito,
fallecía el licenciado Espinosa. Almagro no accedió a soltar a los prisioneros
y despidió a los comisionados de Pizarro con su contrapropuesta, esperando que
Pizarro le diera contestación, ofreciendo marchar hacia la costa para celebrar
una entrevista personal con el gobernador. Orgóñez, a lo largo de estas
entrevistas, seguía insistiendo en que Almagro no debía mostrar debilidad y
que convenía acabar con todos y marchar contra la Ciudad de los Reyes.
Capítulo
XI
La guerra que el emperador no pudo evitar
Contenido:
§.
Preparativos de Pizarro.
§.La entrevista de Mala.
§. Preparativos de la batalla
§. Batalla de Las Salinas
§.
Preparativos de Pizarro
Mientras esperaba en Lima el regreso de sus comisionados desde Cuzco, quiso
Pizarro preparar la ciudad para la defensa, temeroso de la actitud de los
almagristas. Tomó medidas, tanto para asegurar la disciplina en esos momentos
críticos, como para atraerse la voluntad de la tropa. Para garantizar lo
primero,
dio una
compañía de arcabuceros a Pedro de Vergara, otra de picas a Pedro de Castro, y
otra de ballesteros a Juan Pérez. Y por maese de campo confirmó a Pedro de
Valdivia, sargento mayor a Villalba, alférez general a Jerónimo de Aliaga. En
cuanto a lo segundo, con el nombramiento de estos oficios se comenzó a dar
dinero a los soldados.
Ordenó
también Pizarro que se construyesen trincheras para la artillería y se
fabricasen nuevas armas y pólvora. Para incrementar su ejército, mandó reunir a
toda la gente útil de Trujillo, aunque éstos prefirieron hacer un último
intento para evitar la guerra, entrevistándose con el gobernador y —según
relato de Borregón—
rogándole
mirase que tenía partida la hostia con Almagro, y que toda la tierra era de por
medio, y pues su Magestad daba a Almagro también gobernación, que se
concertasen, y tomase cada uno lo suyo.
Vemos en
estas palabras el desconcierto de aquellos castellanos, que personalizaban la
disputa en Pizarro y Almagro, como si Pizarro quisiera negarle su gobernación a
Almagro, cuando el verdadero origen del problema radicaba en saber si la ciudad
de Cuzco caía o no en los límites la gobernación de Almagro.
Mientras
se efectuaban estos preparativos bélicos en la ciudad de Lima, llegaban de
Cuzco los enviados de Pizarro —con la baja del licenciado Espinosa— comunicando
a Pizarro la oferta de Almagro de entrevistarse en la Ciudad de los Reyes.
§.La
entrevista de Mala
Para salir al encuentro de Pizarro organizó Almagro una fuerte tropa de
quinientos cincuenta hombres y, llevando a Hernando Pizarro consigo bien
custodiado —pues no se fiaba de quienes quedaban en el Cuzco—, salió hacia la
costa, encomendando la hacienda real al tesorero Riquelme.
Hacía
bien Almagro en no fiarse de los que quedaban en Cuzco, ya que apenas salido de
allí Almagro, los pizarristas que quedaban, capitaneados por Lorenzo de Aldana,
sorprendieron a Gabriel de Rojas —que, como recordamos, había sido nombrado
alcalde— y, aprisionándolo, le quitaron las llaves de la prisión y pusieron en
libertad a Gonzalo Pizarro y a Alonso de Alvarado, que inmediatamente se
pusieron en camino hacia la costa, por ruta diferente que la de Almagro para no
topar con él. Con esta acción de los pizarristas en Cuzco, se multiplicaron los
que bajaban a Lima con quejas sobre los almagristas, confirmando a Pizarro en
la idea de que sólo violencia e injusticia había por parte de Almagro.
Entretanto,
Almagro continuaba su viaje hacia la costa. Llegado al valle de Chincha —y para
ejercer un acto de soberanía y dar señales de autoridad— decide fundar en ese
valle el pueblo de Almagro, con toda la solemnidad acostumbrada y nombramiento
de los principales cargos. Aunque insistía Orgóñez en que lo más expeditivo era
dar muerte a Hernando y, sin más, enfrentarse a Francisco Pizarro, Almagro se
resistía y decidió por último enviar unos apoderados a Pizarro, para que se
designasen por cada parte terceros que decidiesen lo que había
de hacerse, hasta que el obispo de Panamá hiciera la demarcación. Almagro, por
su parte, designaba como apoderados a Alonso Enríquez y a Diego Núñez de
Mercado, que salieron enseguida para Lima o Ciudad de los Reyes, acompañados de
otras personas, entre ellos el padre Segovia.
El 10 de
agosto de aquel movido 1537, Pizarro salía de Lima, porque no quiso que los
enviados de Almagro entraran en Lima, con el riesgo de que intentaran promover
alguna conjura. Aunque supo con desagrado que Almagro había fundado en ese
valle un pueblo con su nombre, se entrevistó con los apoderados de Almagro y
accedió al acuerdo entre terceros, designando como delegados suyos
a Francisco de Chaves y a Fray Juan de Olías, provincial de los dominicos.
Tuvieron
lugar entonces muchos encuentros, conversaciones y opiniones, pero hacia el
logro de la paz —según el creer de todos—, si bien Almagro no soltaba a
Hernando (como le pedía el gobernador), ni le daba muerte (como aconsejaba
Orgóñez), ni lo enviaba preso a Castilla (como le aconsejaban los más
prudentes) para que allá se sustanciaran la acusaciones de usurpación, abuso de
los indígenas, violación de la paz, etc.
Transcurrieron
meses hasta el 10 de octubre, en que determinaron los representantes de cada
partido nombrar juez árbitro que decidiera, eligiéndose a fray Francisco de
Bobadilla, hombre que gozaba de buen crédito, aunque algunos —entre ellos
Orgóñez— le consideraban más inclinado a favor de Pizarro. Por la intervención
de este fraile se acordó que hubiera una entrevista entre los dos gobernadores
en Mala, donde se estudiarían los papeles originales de cada uno. Sólo iría
cada uno acompañado de doce caballeros desarmados, jurando todos pleito
homenaje de que no usarían de armas ni de engaños mientras durasen los tratos.
Gonzalo
Pizarro, sin que su hermano tuviera conocimiento de ello, había ido
secretamente hasta las proximidades de Mala con un fuerte destacamento y con
intención de hacerse con el mariscal. Ignorando esto ambos interlocutores, tuvo
lugar la entrevista. Por primera vez no hubo muestras de afecto entre los dos
amigos, pues, si bien Almagro se dirigió afectuoso hacia el gobernador, éste se
limitó a llevarse la mano a la celada y a hacer una fría reverencia. En este
momento fue avisado Almagro de la trampa que le quería tender Gonzalo Pizarro,
comunicándoselo Francisco Godoy, quien había preparado un caballo para el
mariscal en el lugar donde se celebraba la entrevista. Salió Almagro
abruptamente, salvando con ello su libertad, aunque había dejado instrucciones
a Orgóñez —que había quedado en Chincha— de que, si algo le sucedía, diera
muerte inmediatamente a Hernando.
Pizarro
quedó sorprendido y envió al propio Godoy en seguimiento suyo, dándole toda
clase de garantías para que regresara a Mala, a lo que sé negó Almagro.
Finalmente —y aunque hubo de ser a través de representantes— se llegó a una
acuerdo el 24 de noviembre en Limahuana. Por este acuerdo Hernando quedaría
libre, Almagro retendría el Cuzco hasta que el rey dispusiera en firme y en
veinte días se desharían los dos ejércitos. Al firmarse los acuerdos se
depositaba una fianza de 200.000 escudos —100.000 para el rey y otros tantos
para el que se mantuviera obediente— y se prestaba en los dos ejércitos pleito
homenaje de caballeros, que constituiría la mayor seguridad de que cada una y
todas las partes del convenio serían cumplidas. Almagro, en efecto, puso en libertad
a Hernando, tomándole el pleito homenaje, pasando éste a reunirse con su
hermano. Parecía resuelto temporalmente el conflicto, pero los ánimos estaban
ya demasiado exaltados y la amistad entre los dos gobernadores rota de modo
irreconciliable.
Estos
hechos suscitan un nuevo comentario. Un escritor ha dicho que cuando el español
pasaba a las Indias se convertía en un hombre nuevo. Lo que acabamos de narrar
es la palmaria contradicción de esta idea: el español que pasaba a las Indias
llevaba consigo todo el bagaje de sus prejuicios, de sus formas y de sus
formulismos. Es más: esto es tan cierto en el orden individual como en el
colectivo. Los hombres de Pizarro y Almagro tenían sus huestes —pizarristas y
almagristas—, se integraban gustosamente en la rivalidad, porque —como
extremeños que eran en su mayoría— estaban habituados, desde generaciones, a
las guerras y luchas señoriales, que los Reyes Católicos, apenas cincuenta años
antes, habían erradicado de aquellas tierras de frontera. Los cambios de
postura, la inversión de fidelidades, el tomar cualquier pretexto para renovar
hostilidades —típico de estas luchas intestinas— eran características y hábitos
que se reproducirían en las Indias casi inmediatamente.
Cuando
Pizarro regresó a Lima desde Limahuana, tuvo noticia de que Pero Ansúrez, al
que enviara a España en los momentos de gran peligro de una sublevación
indígena, había regresado y que, aparte de traer a 100 hombres con él, traía
órdenes del emperador —que la reina había firmado en 13 de noviembre de 1536,
más de un año antes— para que cada gobernador se limitase a explorar en sus
territorios, y no se entremetiese en los de sus vecinos. Estas
órdenes iban por igual para Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Pedro de
Mendoza, cuya gobernación, aunque iniciada por el Atlántico, limitaba al
Occidente —al menos en el mapa— con las de los otros dos gobernadores. Acertadísima
intuición la del emperador al dictar estas órdenes, aunque el retraso en
conocerse había de producir el efecto contrario al previsto por el rey.
Pizarro
entendió que esta orden real dejaba sin efecto el pleito homenaje, ya que
existía una nueva situación de facta: que Almagro se había entremetido en
Cuzco, gobernación que no le correspondía, con lo cual todo volvía a la raíz y
origen del conflicto. Meditó Pizarro que, por encima de todo acuerdo entre
súbditos, estaba la voluntad real y así mandó comunicar a Almagro
que no
tenía por firmes las Capitulaciones… que por tanto mirase lo que convenía
hacer, porque aunque habían jurado, les convenía obedecer a unas Provisiones
Reales que habían llegado, y que cumpliéndoles, como el Rey lo mandaba,
quedaban libres de los juramentos.
Almagro
contestó en los mismos términos: que el Cuzco estaba en su gobernación, pero
que, aunque no lo estuviere, habían firmado una capitulación, con el juramento
de un pleito homenaje de cumplirla, de que se le entregaba Cuzco mientras se
delimitaban las gobernaciones. Y añadía una protesta terminante: que si algo
pasaba, que no se le acusara a él —Almagro— de haber hecho o promovido la
guerra. Lo cierto es que la guerra estaba ya determinada.
§.
Preliminares de la batalla.
Los Pizarro se armaron y reclutaron gente —aunque pobladores de Quito,
Trujillo, Jauja y otros lugares le pidieran a Pizarro que los licenciara y que
no promoviera la guerra—, se nombró superintendente y gobernador de Cuzco a
Hernando Pizarro y a Gonzalo capitán de la tropa, mudándose todos los
nombramientos anteriores, con el fin de que los que se hacían cargo de los
mandos no estuvieran sujetos por el juramento del pleito homenaje.
Almagro,
por su parte, dividido su ejército para mayor seguridad, encaminaba a los suyos
hacia el Cuzco —ciudad origen de la discordia y auténtica obsesión de Almagro y
de sus seguidores— deseando entrar lo antes posible en la ciudad y
fortificando, sobre la marcha, los pasos más importantes. Como llevaba a
Pulo-Tupac consigo, contaba con la colaboración de los indios, que
acumulaban galgas —piedras— en lo alto de los desfiladeros
para arrojarlas sobre el enemigo si avanzaba por allí.
Pizarro,
que se sentía ya cansado y descorazonado por este enfrentamiento con el que
había sido siempre su amigo, decidió poner al frente de sus tropas a Gonzalo,
su hermano. Pero Hernando había persuadido secretamente a todos de que le
votasen y consiguió que convenciesen al gobernador para que le confiase a él el
mando. Finalmente Gonzalo Pizarro iba con el título de capitán general y
Hernando con el de superintendente, gobernador y cabeza de aquel ejército.
Rodrigo
Orgóñez, que se iba retirando prudentemente por la sierra, propuso un proyecto
audaz: abandonar la sierra y caer sobre Lima, aprisionando al gobernador, lo
que no sólo pondría muchos triunfos en sus manos, sino que además les
permitiría, por la posesión de un puerto, poner en conocimiento del rey todas
las anomalías sucedidas, los juramentos falsos, los abusos de los Pizarro con
los indios y, en fin, todas las quejas que figuraban en el proceso que se le
había abierto a Hernando en Cuzco, y que había quedado en suspenso —pero no
cancelado— cuando se le puso en libertad, en virtud del acuerdo de Limahuana.
Pero eran
opuestos a esta idea Gómez de Alvarado, Francisco de Chaves y Vasco de Guevara,
cuyo criterio prevaleció. La idea fue desechada y los almagristas continuaron
hacia el interior, para ofrecer en Cuzco resistencia a los pizarristas,
corriendo así hacia su perdición, su derrota y su muerte. En el camino enfermó
el mariscal, hasta el punto de temer por su vida, pero una corta estancia en un
valle abrigado le devolvió el apetito y las ganas de vivir. Allí tuvieron más
noticias del avance de Hernando y se volvió a dudar de la conveniencia de dar o
no el golpe audaz de Lima, o marchar al Cuzco, decidiéndose nuevamente esto
último.
Hernando,
en efecto, avanzaba con ochocientos hombres de a pie y de a caballo, por Nazca,
camino de la sierra. Su intención era ir zigzagueando para despistar a Almagro
y que no le intentara cortar el puente del río Acha, por donde quería aparecer
a sólo diez leguas del Cuzco. Con esta táctica llegó Hernando hasta la
provincia de Aymaraes, donde logró aprisionar a un almagrista, llamado Lora,
por el cual supo que ya estaban todos los almagristas encerrados en Cuzco.
La
noticia era cierta. Aunque la mayoría de los hombres sufrían el soroche —mal
de altura—, era tanta la impaciencia de Almagro por encerrarse en Cuzco, que
apenas sintió unos escuchas en los caminos y un mínimo retén de cinco hombres
defendiendo el puente del Acha. Establecidos por fin en Cuzco, Almagro y
Orgóñez se dispusieron a organizar la defensa. Como primera medida —y para
evitar cualquier deslealtad en la ciudad— mandaron aprisionar a aquellos
hombres que más se habían distinguido anteriormente como partidarios de
Pizarro, ordenando la muerte —para escarmiento— de Villegas, que intentó huir
para sumarse al ejército de Hernando.
Este se
aproximaba rápidamente a Cuzco, sin prestar atención a los consejos de
Alvarado, que le recomendaba mayor prudencia, reprochándole Hernando la
excesiva parsimonia con que había avanzado la última vez hasta Abancay. La
noticia de este rápido avance, que ya había dejado atrás Nazca y los Aymaraes
para acercarse a diez leguas de la ciudad, y que el ejército pizarrista contaba
con una nueva fuerza de ochocientos hombres, llegaba a la ciudad de Cuzco y
promovía un consejo de guerra.
Para
entonces el propio mariscal, muy enfermo y débil, deseaba más la paz que la
guerra y así le dijo a Orgóñez que el rey sería mejor servido si se llegaba a
una solución pacífica del pleito. Pero en el punto al que habían llegado las
cosas, razón tenía Orgóñez cuando aseguraba que los requerimientos
pasados no habían aprovechado y sólo quedaba una solución: combatir.
Reunido
el consejo de guerra, los más prudentes estimaban que la mejor táctica era la
de cerrar las calles de acceso con artillería, con lo cual podrían resistir a
cualquier ejército, por numeroso que fuera. Pero Orgóñez quería dilucidarlo
todo en una batalla en campo abierto, a lo que también le inclinaba un reto que
le había lanzado Hernando —por medio de un emisario— indicándole que sobre la
armadura llevaría un juboncillo anaranjado, y que le enviaba aquel
aviso para que si él o cualquier otro le quisiese buscar, le hallase por las
señas. Así consiguió Hernando la batalla en campo abierto, que le convenía
más que el asalto a una ciudad fortificada.
§.
Batalla de Las Salinas
Salió la tropa de Almagro, a las órdenes de Orgóñez, con unos quinientos
hombres, de los que unos doscientos eran de caballería. El mariscal, enfermo,
hubo de quedarse con Noguerol de Ulloa, que también se encontraba doliente, al
cuidado de los prisioneros. Orgóñez, que tanto se había distinguido en otras
campañas, iba a conducir a los suyos al desastre. Debió situarse en lugar
abierto donde su caballería —superior a la de Hernando— hubiera podido combatir
mejor. Pero al llegar a Cachipampa —campo de la sal, en quechua— o de Las
Salinas, dispuso su tropa a la espera de la de su enemigo, encerrándole junto a
un riachuelo. Paulo-Tupac, que seguía considerándose aliado de Almagro, quien
le había otorgado su alta dignidad incaica, salió también con Orgóñez
acompañado de una milicia de seis mil indios.
A última
hora, Almagro decidió salir al campo de batalla, como había hecho en las
ocasiones anteriores, aunque tuvieron que llevarle en una silla de mano, para
dar ánimos a los suyos. Era la semana de dolores anterior a la Semana Santa
de 1538.
Hernando
Pizarro organizó su hueste casi del mismo modo que Orgóñez, y a la mañana del 6
de abril, víspera del Domingo de Ramos, comenzó la batalla. Pedro de Lerma
buscó y halló con la vista a Hernando Pizarro, y arremetió contra él, pero
aunque hizo arrodillar a su caballo de una embestida, tuvo peor fortuna que
Hernando, quien, hiriéndolo malamente en una pierna, consiguió
derribarlo.
Orgóñez,
que era tan buscado por los pizarristas como los almagristas buscaban a
Hernando, fue rodeado y, aunque luchó denodadamente, tuvo que rendirse. En el
momento en que iba a entregar su espada a un caballero, lo derribó por detrás
un criado de Hernando, como quien iba Instruido por su amo —según
los cronistas— y lo degolló inmediatamente. Durante la batalla, que duró dos
horas, muchos almagristas se pasaron al campo enemigo, lo que precipitó la
derrota. Muerto Orgóñez, ya nada quedaba por hacer y se declaró la
victoria por los Pizarros, dice escuetamente Herrero.
La
victoria se manchó con crueldad innecesaria, ya que los pizarristas que habían
sido víctimas de la derrota de Abancay, queriendo tomarse el desquite,
remataban a los heridos o acuchillaban a los que huían, y así cayó Ruy Díaz, al
que un amigo llevaba en el anca del caballo, y el mismo Pedro de Lerma —ya
malherido— fue rematado.
Esta
batalla tuvo como fondo el ulular de los indios, que veían satisfechos cómo se
destruían entre sí los españoles. ¿Qué parte habían tomado los seis mil indios
que Paulo-Tupac había llevado como acompañantes de Almagro? Si hubieran
intervenido, es posible que la suene de la batalla de Las Salinas hubiera sido
diferente. Pero se mantuvieron como espectadores, esperando. Al final se
lanzaron al campo de batalla para despojar a los muertos de sus vestiduras,
botas, cotas y cascos. Esta codicia fue la que salvó a todos los españoles —de
los dos bandos—, pues todos habían quedado muy maltrechos después de dos horas
de bregar unos contra otros.
Si los
indios no se hubieran entregado al saqueo, sino que ordenadamente —como parece
que tenían concertado— hubieran arremetido contra los españoles, a buen seguro
que hubieran recuperado la capital de su antiguo imperio. Reunido este botín y
todos sus bienes, se encaminaron a la sierra de Vilcabamba, donde permanecerían
mucho después de que los primeros conquistadores hubieran muerto, hasta tiempos
del virrey Toledo, gobernados por la misma dinastía a la que habían permanecido
los últimos incas.
Capítulo
XII
Prisión y muerte de un manchego ilustre.
Contenido:
§.
Política de pacificación de Hernando
§. Muerte de Diego de Almagro.
§. Balance de una vida.
Había
concluido la batalla al tiempo que caía una intensa lluvia, con un trágico
balance de muertos por ambos bandos, aunque las pérdidas de los almagristas
habían sido mucho mayores que las de los pizarristas, pues murieron en el bando
de Almagro los capitanes Moscoso, Salinas y Hernando de Alvarado, y hasta
doscientos hombres, en tanto que Hernando sólo contaba veinticinco o veintiséis
bajas.
Demasiado
tarde llegaba Valverde, que había sido proclamado obispo de Cuzco, por marzo de
1538, a poner paz en aquella tierra que había antes ayudado a conquistar.
Pizarro recibía en Lima con alegría la noticia de la victoria de los suyos,
pero muy empañada por la amargura de que su disputa con Almagro hubiera tenido
que resolverse por la fuerza de las armas y a costa de la muerte de tantos
compatriotas.
Almagro,
ante la mala fortuna de sus armas y antes de finalizada la batalla, se retiró
con algunos caballeros a la fortaleza de Cuzco, tal vez para hacerse fuertes
allí o para resistir a las primeras violencias vengativas de Hernando, que
tanto odio albergaba contra él. Pero se lo impidió Alonso de Alvarado, que lo
hizo prisionero y lo llevó a encerrar en el mismo cubículo donde él había
tenido preso a Hernando.
Tras
apresar a aquellos que más se habían distinguido como capitanes de Almagro
—como medida de seguridad—, entre los que se contaban Diego y Gómez de
Alvarado, Juan de Saavedra, Gabriel de Rojas, Juan Ortiz de Zárate y muchos
otros, Hernando mandó comunicación por medio de chasquis —correos
indios— a su hermano Francisco de todo lo ocurrido. No están conformes los
cronistas de si hubo o no saqueo de las propiedades de los almagristas en el
Cuzco, pues así como Pedro Pizarro —familiar de los vencedores— dice que no,
otros afirman que sí hubo despojo. Sí se dio una muestra de mezquina venganza
al colocar Hernando Pizarro la cabeza de Orgóñez en lo alto de un palo, en
mitad de la plaza. Tremenda represalia post mortem, ya que Rodrigo
Orgóñez había sido muerto en batalla y no juzgado y condenado en juicio, por lo
que no podía ser infamado.
Una vez
anunciada su victoria al gobernador, Hernando se dedicó a la difícil tarea de
organizar la ciudad tras esta breve pero cruenta guerra. Tenía que complacer a
los vencedores, pero no podía tampoco desagraviar en exceso a los vencidos para
evitar un posible motín. A todos daba largas con la excusa de que aguardaba a
su hermano. La situación en el Cuzco, conviviendo vencedores y vencidos, con un
numeroso ejército forzosamente ocioso, era extraordinariamente inestable y
hasta peligrosa, por lo cual Hernando fue dando licencia a muchos capitanes
para que organizaran grupos de exploración, o simplemente regresaran a las
ciudades de las que eran vecinos.
§.
Política de pacificación de Hernando
El primero en pedir licencia y obtenerla de Hernando fue Alonso de Alvarado,
quien quería regresar a su gobernación de Chachapoyas. Hernando le solicitó
llevase consigo a Almagro el Mozo para entregárselo al
gobernador, su hermano, porque quiso apartarlo de la presencia de los
soldados de su padre. Partió también Pedro de Candía, el artillero griego
de las primeras expediciones, con una fuerza de trescientos hombres, para
explorar el territorio de Ambaya, al otro lado de los Andes. Los Mesa,
canarios, partieron hacia el Collao. Hernando, dándoles licencia para partir,
descongestionaba la ciudad de ociosos. Los que no eran afectos a Hernando
tuvieron también puente de plata cuando solicitaron partir.
¿Qué
esperaba Hernando teniendo prisionero a Almagro y habiéndoselo comunicado a su
hermano, el gobernador? En primer lugar, buscaba dar forma legal a todo,
presentando a los derrotados almagristas como transgresores de la ley y como
traidores a los intereses de la Corona. Por otra parte, no le llegaban
instrucciones concretas de Lima acerca de lo que había de hacer con su
prisionero. Y la situación era difícil para tomar una decisión por su cuenta.
Si enviaba a Almagro a Lima, era posible que sus partidarios, desperdigados por
la sierra, consiguieran libertarlo. Hernando se debatía en dudas y —para ir
ganando tiempo— ordenó abrir proceso a Almagro.
Una vez
abierto el proceso, acudieron numerosas personas —como ocurre siempre— a ayudar
al vencedor con sus testimonios. Los escribanos no daban abasto a
escribir las declaraciones y, al poco tiempo, el montón de los pliegos llegaba
a la cintura de un hombre. Cuando estaba en ello, le llegaron noticias
alarmantes que confirmaban en cierto modo sus suspicacias y temores de que
partidarios de Almagro se disponían a liberarlo. Estas noticias eran que,
habiendo fracasado Pedro de Candía en su expedición, se había reunido con
gentes de Almagro en el Collao y se dirigía con una bien organizada tropa hacia
el Cuzco, siendo su intención tomarlo, liberar al mariscal y matar a Hernando.
En estas
referencias había de verdad y de falso, producto de la fluctuante actitud,
rencillas y temores de las gentes. Lo cierto es que Candía no sabía nada, pues
era dormido —como dicen los papeles de la época— o de poco
entendimiento, pero los que habían animado a que se acercara al Cuzco, sí
tenían las intenciones de que tuvo noticia Hernando. Hernando, que posiblemente
habría esperado a la llegada de su hermano Francisco antes de tomar decisiones
definitivas en cuanto a la prisión de Almagro, se vio obligado a acelerar los
trámites del proceso. Juzgó que, si salía del Cuzco para aprisionar a los
amotinados de Candía,
estaba
cierto que los que estaban en la ciudad, moverían para sacarle de la prisión.
La acción
de Gonzalo de Mesa, que era quien movía a la gente de Candía hacia Cuzco,
determinó la muerte de Almagro. Así, Garcilaso dice que
a los
principios no tuvo Hernando Pizarro intención de matarle, sino de enviarle a
España, con la información contra él hecha. Mas como se vio que se tomaba a mal
su prisión, y que muy al descubierto decían que lo habían de soltar… oyendo
estas cosas Hernando Pizarro, y sabiendo en particular que uno de sus
capitanes, llamado Gonzalo de Mesa, que le había servido como capitán de su
artillería… trataba de salir con sus amigos al camino, y soltar a Almagro
cuando lo llevasen preso, se precipitó y determinó de matar a Don Diego, por
parecerle que quitándole de en medio, se acabarían aquellas pasiones.
Almagro,
entretanto, pidió varias veces que lo visitara Hernando, pero éste sólo fue en
una ocasión, en la que Almagro le reprochó su situación, recordándole que
cuando él estuvo preso en el mismo sitio, su condición y trato habían sido
mejores. Hernando le dejó entender que se estaba sustanciando el proceso hasta
que llegara el gobernador, o hubiera que mandarlo a Lima. Pero en su fuero
interno —como hemos visto— ya sabía que Almagro estaba condenado a la última
pena.
Los
cargos, finalmente, fueron los mismos de siempre: que se había apoderado de una
ciudad que no le pertenecía, que había atacado a Alonso de Alvarado en Abancay
—sin que éste le hubiera hecho agresión alguna—, lo que había sido causa de
muertes, etc. Se olvidaba en los cargos —y subsiguiente sentencia— que todo
aquello había sido absuelto y olvidado en Limahuana, cuando se había llegado a
un acuerdo entre las dos partes, prestando pleito de homenaje con juramento de
cumplirlo.
Almagro
fue condenado a muerte.
Dada
sentencia de muerte contra el Adelantado Don Diego de Almagro, mandó Hernando
Pizarro que un fraile lo fuese a decir.
Al
conocer Almagro la decisión de su enemigo y juez, pidió verle nuevamente, a lo
que accedió Hernando, lo que dio lugar a una tensa y violenta entrevista, en la
que el mariscal le recordó todo lo que los Pizarro le debían, desde el comienzo
de su amistad y sociedad, y cómo él había sido prácticamente el escabel sobre
el que se habían alzado hasta la posición que entonces tenían. Le recordó
también el trato que le había dado cuando lo tuvo prisionero y pudo haberle
dado la misma pena en el proceso que se le abrió.
Pero
Hernando no se conmovió, ni cambió un ápice su decisión, aconsejándole que —ya
que era cristiano— se encomendara a Dios y se confesara. Vio en ello una
posibilidad, un último resquicio para salvar su vida el acongojado ánimo de
Diego de Almagro, negándose a confesar, pensando no se atreverían a matarlo sin
confesión, e insistiendo en que se enviara su proceso al rey, para que éste
decidiera si era o no culpable. Pero, viendo que de nada le valía esta gracia,
decidió hacer testamento.
Almagro,
que había sido siempre generoso, incluso demasiado liberal con sus bienes, no
faltaba a su costumbre en el testamento. Ya que el rey le había dado licencia
para designar sucesor en la gobernación, se la dejaba a su hijo, encargando
como administrador, hasta la mayoría de edad de éste, a Diego de Alvarado.
Nombró heredero universal de sus bienes al rey, si bien, calculando que habría
mucha fortuna en la liquidación de la sociedad que tenía con Pizarro, rogaba a
Su Majestad que hiciera gracia de todo ello a su hijo.
§. Muerte
de Diego de Almagro
Hernando decidió que la muerte de Almagro se llevara a cabo en secreto,
temeroso de una reacción popular, y ordenó que se le diera garrote en la propia
cárcel, sacando luego su cuerpo hasta la plaza, mientras el pregonero iba
gritando:
¡Esta es
la justicia que manda hacer Su Majestad, y Hernando Pizarro en su nombre, a
este hombre, por alborotador de estos Reinos, y porque entró en la ciudad del
Cuzco con banderas tendidas, y se hizo recebir por fuerza, prendiendo a la
Justicia, y porque fue a la puente de Abancay, y dio batalla a Alonso de
Alvarado, y le prendió, y a otros, y ha hecho delitos y dado muertes…!
Tal y
como era costumbre con los juzgados y condenados a muerte, fue degollado en la
plaza, aunque ya muerto.
Era
notorio que aquél había sido un proceso político y no jurídico, ocasionado por
las rencillas de bandería y la disputa de las jurisdicciones limítrofes, que
habían de desencadenar aquella tragedia. Tras amortajar el cuerpo de Almagro en
casa de Hernán Ponce de León, fue llevado a enterrar al convento de la merced,
acompañando Hernando el cuerpo de su enemigo en el cortejo fúnebre.
Francisco
Pizarro, mientas Almagro estaba preso, decidió pasar al Cuzco —como se
recordará— para hacerse cargo él mismo de la situación allí y determinar lo que
había de hacerse con Almagro. Estaba en Jauja, descansando de las jornadas que
le habían traído desde Lima, cuando llegó la escolta que traía a Almagro el
Mozo, al que recibió con gran cariño y pruebas de afecto, pues lo disputaba
como sobrino suyo, ordenando que lo llevaran a su propia casa y encomendando
que lo trataran —a él y a Gómez de Alvarado, que lo acompañaba— de modo que
no hallasen de menos su persona.
Cuando se
iba a partir para el Cuzco, se le acercó a despedirse el Mozo de Almagro y le
dijo —llorando como un niño que casi era—: Señor, acordaos de la antigua
amistad que tuvisteis con mi padre, no permitáis que contra él se haga nada
deshonroso, ni que se le quite la vida, pues aunque vuestro hermano pregona que
no lo hará, el convencimiento general es que le dará muerte. A ello,
visiblemente emocionado, como testifican escritos de testigos presenciales, le
contestó el gobernador: No temas, hijo mío, no tengas cuidado. Tu padre vivirá
y yo volveré a tener con él la antigua amistad.
Los
hechos que ya conocemos impidieron que estas últimas palabras de Francisco
Pizarro pudieran cumplirse, como él mismo iba a saber muy pronto. Al llegar al
puente de Abancay, que tan importante papel jugó en todos estos
acontecimientos, oyó sonidos de trompeta, tocando victoria y se alarmó,
creyendo que se trataba de nuevas alteraciones. No se serenó su ánimo al saber
que no había tal, sino que su hermano Hernando había ejecutado a Almagro en el
Cuzco. Se inmutó ante la noticia con profundo dolor y emoción. Paró el caballo
y bajó la vista al suelo, procurando disimular la tremenda emoción que sentía.
Mayor fue su padecimiento cuando supo el modo como se había llevado a cabo la
muerte del que fuera su compañero, socio, amigó y camarada en la empresa de abrir
el camino al Perú.
§.
Balance de una vida.
Cincuenta y ocho años tenía Almagro cuando fue ajusticiado. Pero realmente su
vida había sido mucho más corta. No cuentan en ella los años oscuros, sino
aquellos en que hizo algo trascendente, y aquellos corren desde 1524 a 1538.
Catorce años intensísimos, en los cuales había organizado —demostrando dotes
para ello— tres armadas, había efectuado varios viajes por la costa, había
arriesgado todos sus bienes, había batallado en las costas —perdiendo un ojo— y
en las sierras de miles de metros de altura, había atravesado desiertos y
ganado batallas a su amigo y gobernador. Pero se había perdido por su ambición
de poseer Cuzco y por su debilidad frente a la intriga.
El
epitafio que le dedica Antonio de Herrera y Tordesillas, al escribir su muerte,
setenta años después, es patético en su cruda sencillez:
Hombre de
cuerpo pequeño, feo rostro, especialmente después que perdió un ojo en la
guerra… fue natural de Aldea del Rey, y de muy humildes padres.
En estas
breves palabras se encierra todo lo que fue Diego de Almagro. Salido de la
nada, gracias a su tesón, es uno de los pocos que puede hacerse cargo en Panamá
de la arriesgada aventura de ir al Levante. Desde el planteamiento
inicial, Almagro fue el oscuro de la infraestructura indispensable. Sin
embargo, llegado el momento, compartía con los demás los sufrimientos y las
fatigas, con una resistencia física de mocetón extremeño, con un ánimo
decidido, impaciente y valeroso, de hombre de vanguardia. Pero tímido,
irresoluto ante los consejos de los demás, hallando en sus segundos, y muy en
particular en Rodrigo de Orgóñez en la etapa final, el complemento que
necesitaba para encontrar la dureza que las circunstancias de tiempo y lugar
exigían entonces.
De muy
humildes padres, pudo alcanzar la hidalguía que le concediera el
rey y comportarse como caballero, con la cortesía de los señores, en sus
entrevistas con Pedro de Alvarado, en el encuentro para evitar su intromisión
en Quito, en sus tratos con licenciados y frailes, en los momentos de prestar
juramento de pleitos homenajes. Señorial en el manejo del dinero y de los
bienes terrenales, como cuando repartía las riquezas legítimamente adquiridas
en el reparto de los botines, bien para animar a las gentes —como en el momento
de partir a Chile— o bien para alentarles con gran serenidad, como demostró al
romper los pagarés al regreso de aquella desgraciada expedición.
De ánimo
acerado, que no le permite cejar en ningún momento, ni cuando enfermo abandona
a los suyos, haciéndose llevar en una silla al combate de Las Salinas, para
darles ánimos.
Pertenecía
a aquel género excepcional de los que nacieron en Castilla, que face a
sus hombres y los desface.
Bibliografía
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Zárate, Agustín de, 1944, Historia del
Descubrimiento y Conquista del Perú, Lima.
Cronología
|
Año |
Orellana |
América |
España |
Europa |
|
1480 |
Nacimiento. |
Culturas Indígenas. |
RR. CC. Cortes de
Toledo. |
Iván III de Moscú se
auto-designa zar. |
|
1514 |
Embarca para las Indias. |
Vasco Núñez, designado adelantado de la Mar del Sur |
Regencia del Rey Católico |
Los portugueses, en China. |
|
1519 |
Residente en el istmo. |
Fundación de Panamá. |
Cortés inicia la
conquista de México. |
Muere Maximiliano y
queda el trono imperial vacante. |
|
1522 |
Se asocia con Pizarro y Luque. |
Penetración española en Centroamérica, así como en Sudamérica. Alvar
Núñez explora en Norteamérica |
Guerras contra Francia. Batalla de Bicoca. |
Los franceses son expulsados de Milán. |
|
1525 |
Salida de Pizarro y
espera de Almagro, que le sigue. |
Llegada de la segunda
expedición de franciscanos a México. |
Creación del Consejo de
Indias. |
24 de febrero, batalla
de Pavía y prisión de Francisco I de Francia. |
|
1526 |
Nombramiento de Almagro como capitán, y 10 de marzo, escritura de la
sociedad. |
Exploraciones de Cabeza de Vaca entre el Mississippi y el California. |
14 de enero, tratado de Madrid con Francisco I |
Luchas confesionales. Dieta de Spira. |
|
1527 |
8 de enero, sale en
busca de Pizarro. |
Penetraciones por Santa
Marta y Venezuela. |
Segunda guerra con
Francia. |
«Sacco di Roma» por las
tropas imperiales. |
|
1528 |
Espera tensa en Panamá, en tanto Pizarro pasa a España para ver al
rey. |
Los Welser adquieren la gobernación de Venezuela. |
Carlos V en Toledo. Llega Hernán Cortés a España. |
Muerte de Durero en Nüremberg. |
|
1529 |
Junio, Pizarro firma las
capitulaciones en Toledo. Almagro, en Panamá. |
22 de abril,
establecimiento de línea demarcatoria con Portugal en el Pacífico |
Carlos V, en las Cortes
de Monzón. Tratado de Barcelona. |
Paz de Cambray y segunda
dieta de Spira |
|
1530 |
Diferencias entre Almagro y Pizarro, y avenencia |
Intentos de colonización de los Fugger en las costas occidentales de
Sudamérica. |
Carlos V en Bolonia para la coronación imperial. |
Liga de Smalkalda (31 dic. |
|
1531 |
Salida de Pizarro para
el Perú y Almagro prepara la expedición de retaguardia. |
Crisis en la
colonización de Venezuela. |
Carlos V reafirma su
postura católica. |
La iglesia inglesa se
separa de Roma. |
|
1532 |
Presionado por el Cabildo, Almagro sale con la expedición de ayuda,
camino del Perú. |
Muerte de fray Tomás Ortiz, que iba a informar sobre la situación de
Venezuela. |
Carlos V hace la paz con los protestantes |
Los turcos llegan a Hungría. |
|
1533 |
14 de abril, llegada de
Almagro a Cajamarca y reparto del rescate |
Fundación de Cartagena
de Indias por Pedro de Heredia. |
Carlos V y la emperatriz
Isabel están en el reino de Aragón. |
El rey de Francia se
alía con los turcos. |
|
1534 |
Almagro, ya mariscal, arregla los tratos con Pedro de Alvarado. |
Exploraciones en la costa septentrional sudamericana. |
Fundación de la Compañía de Jesús. |
Enrique VIII de Inglaterra promulga las Actas de Supremacía. M. Ángel
comienza a pintar El juicio final. |
|
1535 |
Almagro, en Cuzco
mientras Hernando Pizarro consigue concesiones para él, en España. Firma de
capitulaciones con Pizarro (el 12 de junio), y sale para Chile. |
Se crea el virreinato de
Nueva España (México). |
Campañas de Carlos V
contra los berberiscos y conquista de La Goleta. |
Es ejecutado Tomás Moro
en Inglaterra. |
|
1536 |
Exploraciones en Chile y llegada de nueva gente, con su hijo. |
Exploraciones en la actual Colombia por Jiménez de Quesada. |
Carlos V invade la Provenza en la tercera guerra con Francia. |
Calvino, en Ginebra y muerte de Erasmo en Basilea. |
|
1537 |
Abril. Almagro aprisiona
en Cuzco a los hermanos Pizarro. Reunión en Mala con Pizarro. |
Conquista del territorio
de los muiscas por Jiménez de Quesada. |
Guerra con Francia. |
Los turcos avanzan hacia
Austria, desde Hungría. |
|
1538 |
Batalla de las Salinas, prisión de Almagro por Hernando Pizarro y
ejecución de Almagro. |
Jiménez de Quesada continúa la conquista de la sabana de Bacatá. |
Tregua de Niza. |
Las flotas italianas y españolas llegan a los Dardanelos, y Fernando
de Austria es nombrado Protector de Hungría. |
F I N


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