© Libro N° 11195.
El Hombre Más Peligroso Del Mundo. San
Miguel Hevia, José Ramón. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
El Hombre Más Peligroso Del Mundo. José Ramón San Miguel Hevia
Versión Original: © El Hombre Más Peligroso Del Mundo. José Ramón
San Miguel Hevia
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL HOMBRE MÁS PELIGROSO DEL
MUNDO
José Ramón San Miguel Hevia
El Hombre
Más Peligroso Del Mundo
José
Ramón San Miguel Hevia
Las
hazañas de Arquímedes, el hombre más peligroso del mundo
1
Corría el
año veintitrés del segundo de los Tolomeos, cuando una nave que hacía el camino
de Siracusa a Alejandría, dejando atrás la isla de Fáros con sus dos bahías de
Eunolpos al sur y de los Piratas al norte, remontaba el dique construido por
los ingenieros griegos y entraba solemnemente en el Gran Puerto, desde donde se
podía contemplar todo el gigantesco panorama de la metrópoli. Quienes visitaban
por primera vez Alejandría, aunque viniesen de las ciudades más ilustres y de
la misma Atenas, sentían inevitablemente ante sus palacios, sus anchas avenidas
trazadas a cordel y sus edificios adornados por columnatas y pórticos, la
admiración y la envidia de un pobre provinciano ante la gran ciudad.
Por lo
demás los viajeros estaban ya preparados para aquel espectáculo desde que la
nave había entrado en el Mar Egipcio. Aquella noche, todavía a una enorme
distancia, habían visto a través del limpio aire del Mediterráneo, la llama que
ardía continuamente sobre la columna de más de cien metros de altura edificada
en la isla de Faros, para garantizar la seguridad de la navegación y para
convertir a Alejandría en el punto de referencia y el centro de toda la
actividad comercial y turística del mundo griego. Los dos creadores de aquella
maravilla fueron el mismo rey Tolomeo segundo Filadelfos y el ingeniero
Sistrato de Cnido.
De todas
formas la construcción del Faro y de la ciudad hubiera sido imposible sin un
período de paz y de estabilidad bien aseguradas, infinitamente más duradero que
la misma Edad de oro de Pericles. El mayor estratega de Alejandro, Tolomeo, se
había fijado en aquel lugar privilegiado, aislado por el desierto a oriente y
occidente de todos los otros imperios y de cualquier tentación de expansión
territorial. Además los etesios impedían el ataque por mar de las potencias de
Grecia y de Asia Menor, en un momento en que sólo se conocía la navegación a
favor del viento. Así que el primer rey Lágida pudo emplear las finanzas de
Egipto en una colosal empresa de obras públicas, creando, con la ayuda del
arquitecto Dinócrates y del filósofo Demetrio Falereo el urbanismo y el primer
núcleo científico de Alejandría.
2
Una
lujosísima lancha, adornada con la enseña de Tolomeo segundo y ocupada por un
delegado real y por Calímaco, entonces director de la Biblioteca, salió al
encuentro de la nave, varada en la zona este del Gran Puerto. Un correo había
avisado hacía ya unos meses de la visita de un ciudadano de Siracusa, pariente
del tirano Hierón, que solicitaba profesar estudios de matemáticas y física en
el Museum. La semejanza de aquel ilustre desconocido con su antepasado Dión
servía de tarjeta de presentación para que el faraón ilustrado y los escolares
herederos de la Academia y del Liceo le abriesen sin ninguna reserva las
puertas de su sancta sanctorum. Su parecido sería total si la filosofía y la
ciencia le ayudasen a desafiar con la guerra a poderes aparentemente
invencibles.
Los
ocupantes de la lancha real eran portadores de una invitación del mismo Tolomeo
II, para que Arquímedes de Siracusa asistiese a la comida mensual donde daría a
conocer al nuevo escolar a los filólogos y científicos del Museum. Por supuesto
que dispondría de una de las más de cien habitaciones del centro de estudios,
aunque una rígida ordenanza limitaba el número de alumnos internos, para que
sólo una élite de investigadores mantuviese el prestigio y la excelencia de la
escuela palatina. El delegado del rey tuvo buen cuidado en recordar al recién
llegado que todas esas atenciones no eran gracia sino obligación, en vista de
las inmejorables relaciones presentes y futuras de las cortes de Egipto y
Sicilia.
Después
de desembarcar en el muelle oriental, Arquímedes dejó a sus hombres de
confianza el cuidado de su instalación y solicitó cortésmente a sus
acompañantes que le permitiesen descubrir por sí mismo en estos días previos a
su presentación los prodigios de una urbe tan descomunal como Alejandría.
Calímaco, que desde el primer momento había simpatizado con el recién llegado,
se reveló como un guía excepcional, porque después de mostrar el plano general
de la ciudad y la disposición de sus edificios más nobles, tuvo el buen gusto
de retirarse, pretextando sus urgentes tareas de bibliotecario y dejando a su
huésped en plena libertad para examinar su nueva residencia.
3
Arquímedes
comprobó que el plano de Alejandría era muy sencillo, sobre todo para un
espíritu geométrico como el suyo, pues reproducía a gran escala los proyectos
urbanísticos de Mileto o los que él mismo había tenido ocasión de contemplar en
Turios, al sur de Italia. Dos ejes matrices se cortaban en perpendicular, la
anchísima Avenida Central, en sentido longitudinal, de Este a Oeste, y la Calle
Canópica, que corría de Norte a Sur. Las demás calles y avenidas eran paralelas
a este centro de coordenadas, y el resultado era una urbanización cuadriculada,
como las casillas de un gigantesco tablero.
El
científico de Siracusa sentía que en aquella majestuosa urbanización faltaba
algo fundamental para un griego, algo que tenían todas las ciudades que él
había visitado, incluso las dominadas por una oligarquía o por un tirano. La
presencia de los palacios y de los edificios públicos no dejaban sitio para un
espacio de libertad, donde los ciudadanos discutiesen interminablemente de los
asuntos más diversos, dando las soluciones más disparatadas. La enorme
extensión de Alejandría, su población innumerable y su edificación recta,
cerrada y homogénea, convertían la plaza pública, el ágora, en algo inútil e
imposible.
La
Avenida Central separaba los barrios de Neápolis y el meridional de Rhacotis,
habitado por una abundante colonia judía, y a su vez la calle Canópica dejaba
al Oeste el otro distrito de Brucrion, residencia de los reyes y de la
aristocracia macedonia. Aquí se concentraban, alrededor de la tumba de
Alejandro, los edificios públicos más ilustres: el Gimnasio, el Tribunal de
Justicia, (porque también los jueces populares habían desaparecido de la nueva
metrópolis), el Hipódromo y lo que más le interesaba a Arquímedes, el Museum y
la gran Biblioteca, paredaños con el palacio de los monarcas egipcios.
4
Cinco
días después el propio Faraón Tolomeo II asistió a la comida en común, que los
alumnos internos del Museum celebraban, cumpliendo los sueños de Platón, que
aspiraba a convertir los filósofos en reyes y los reyes en filósofos. Para
Arquímedes este acto fue como el reconocimiento oficial de su condición de
miembro del colegio de científicos alejandrinos, pero ya antes había tenido
ocasión de tratar de cerca a una serie de insignes matemáticos, astrónomos,
médicos, historiadores y filólogos. Todos ellos le habían puesto al corriente
de la historia y estructura de aquel singular centro de estudios.
Sus
primeros promotores, Demetrio de Falero y el primer rey Lágida habían sido,
igual que Alejandro, discípulos de Aristóteles. Una generación después el
sucesor en el trono había tomado de preceptor a Estratón, que también fue
alumno y después escoliarca del Liceo. Con estos antecedentes nada tenía de
extraordinario que el plan inicial del Museum persiguiese los mismos objetivos
científicos de la escuela madre y hasta conservase , a gran escala su
arquitectura.
Alrededor
de un inmenso patio central, que servía de perpetuo punto de encuentro de todos
los escolares, el primer Tolomeo había planeado un edificio porticado, donde
las habitaciones de los residentes se completaban con la estancia para las
comidas, un enorme teatro para conferencias, una sala de disección y un
espléndido observatorio astronómico, todo ello rodeado por un jardín botánico,
con plantas tan numerosas como diversas. Todavía Tolomeo Segundo había ceñido
este conjunto, con un parque zoológico, dispuesto con tal arte que los animales
cautivos disfrutaban de amplia libertad de movimientos, y sin ningún peligro
podían ser estudiados por los científicos y admirados desde fuera de los muros
del Museum por la gente común.
5
Unos días
después, Calímaco invitó a Arquímedes a visitar la gran Biblioteca y se
ofreció, una vez más, a ser su guía, agradeciendo así la generosa remesa de
libros, sobre todo de los pitagóricos de Siracusa, que el científico siciliano
había traído con él. Antes de entrar en el colosal edificio, el bibliotecario
jefe le explicó cómo su núcleo inicial había sido la primera librería del
Liceo, que Tolomeo II trasladó desde el Museum hasta su nueva y definitiva
residencia.
Le
describió después la arquitectura del edificio, compuesto por diez grandes
salas que imitaban la figura del mundo en círculos concéntricos. La sala
central era como el alma y la mente de la biblioteca, porque en ella el
director general y los responsables de las cuatro secciones - matemáticas,
astronomía, medicina y literatura –se reunían diariamente para determinar los
criterios de clasificación y las estrategias para aumentar los fondos
bibliográficos. La estancia se abría a cuatro grandes sectores circulares, que
hacían las funciones de editorial, pues en ellas trescientos sesenta amanuenses
en grupos de noventa, copiaban los manuscritos traídos a Alejandría desde todas
las partes del mundo civilizado –griegos, caldeos o egipcios–. Otros cuatro
sectores todavía más amplios constituían la biblioteca propiamente dicha,
mientras que una inmensa corona rodeaba todo el conjunto y era la sala de
lectura de los científicos del Museum y de cuantos estudiosos se reunían en la
ciudad de forma más o menos estable.
Pero
cuando entraron en la sala de lectura de la biblioteca por la puerta que
comunicaba con el Museum hubo algo que sorprendió a Arquímedes por encima de
aquella historia y aquellas maravillas y se dio cuenta, pasado poco tiempo, de
que era el silencio. Otra vez recordó el ágora de las ciudades de Grecia y
Sicilia, comprobando que era inevitablemente ruidosa, porque no se podía
imaginar sin las interminables discusiones a viva voz de infinitos grupos de
ciudadanos, hablando de todo lo humano y lo divino por sucesivas preguntas y
respuestas. Con la claridad y precisión de pensamiento que después admirarían
todos los griegos, intuyó que los razonamientos escritos en el papel habían de
ser definitivos e indiscutibles, basarse en unos principios evidentes, y concluir
también por vía de necesidad, en verdades derivadas. Y se dio cuenta también de
que los hombres más potentes y los más peligrosos del mundo no eran ya los
oradores que movían con sus palabras ciudades enteras, sino quienes eran
capaces de estar solos con un libro, cerrados en una habitación.
6
Durante
los quince años siguientes a esta revelación Arquímedes permaneció en
Alejandría, (aunque hacía viajes ocasionales a su ciudad natal de Siracusa), y
así pudo estudiar los métodos de los grandes científicos de la Biblioteca y del
Museum. El maestro de todos ellos era desde luego el viejo Euclides, que logró
componer su geometría, partiendo de unos escasos enunciados elementales y
deduciendo desde ellos con necesidad lógica una serie infinita de teoremas,
hasta completar sus trece libros.
Arquímedes
releyó atentamente sus Elementos y se dio cuenta de que las
exigencias de Euclides limitaban la geometría a un estudio de las líneas rectas
y circulares dentro de un tablero definido por paralelas y perpendiculares, y
de que su sistema no era original, pues prolongaba los esfuerzos que los
matemáticos habían realizado durante más de dos siglos. Pero los principios del
maestro eran sumamente sencillos, sus razonamientos mucho más elegantes y el
cuerpo de su ciencia acabado y perfecto, y así podía tomarse por su forma
lógica como modelo insustituible de cualquier conocimiento escrito, que
caminase desde nociones comunes hasta proposiciones contenidas
indiscutiblemente en ellas.
También
la óptica de Euclides estaba construida sobre unos primeros principios tan
simples como ricos en consecuencias y ello era tanto más de agradecer cuanto
que no trataba de una pura construcción matemática, sino de una parte de la
física. Arquímedes, dejando de lado las hipótesis relativas al origen de la luz
en el ojo, respetaba el axioma de que sus rayos caminan siempre en línea recta,
y combinándolo con las propiedades de las distintas superficies geométricas,
deducía por vía de razonamiento necesario su comportamiento en espejos rectos,
circulares o parabólicos.
7
Arquímedes
tenía una curiosidad universal, y lo mismo investigaba las matemáticas que la
física celeste, la óptica o la mecánica, pero sus construcciones seguían
siempre un esquema común, partiendo de unos principios sumamente sencillos que
daban razón de todas las infinitas variantes, incluso de las aparentemente más
irregulares. Por ello rechazaba la complicadísima astronomía de la Academia y
del Liceo con sus decenas de esferas no concéntricas, y suspiraba por tener un
sistema astral tan simple que se pudiera representar en un planetarium con los
movimientos circulares y las distancias de los astros. Su primer mapa estaba
inspirado en las ideas de los pitagóricos y de sus paisanos de Siracusa,
Hicetas y Ecfanto, y se basaba en el axioma de que los cuerpos giraban de Oeste
a Este con una velocidad directamente proporcional a su proximidad a la Tierra.
Los
científicos del Museum contemplaron admirados en su observatorio astronómico la
construcción de Arquímedes, que desde este único principio, por lo demás muy
lógico, era capaz de explicar todos los misterios del cielo. Así que la Tierra
completaba su giro –por muy increíble que ello pareciese– en veinticuatro
horas, produciendo un movimiento aparente de todo el resto del cielo en
dirección opuesta Oeste-Este, la Luna tardaba un mes en su ciclo, el Sol un
año, y los demás planetas todavía más, mientras que la esfera de las estrellas
fijas era estacionaria. Un ingenioso sistema de automatismo realizaba los
movimientos circulares con velocidades medidas con toda exactitud.
Cuando se
recibieron en Alejandría en medio de una gran controversia los libros de
Aristarco de Samos, Arquímedes no pudo resistir a la tentación de construir un
segundo planetarium, sobre un axioma distinto pero igualmente lógico, que el
cuerpo de menor dimensión gira en torno al más grande, más concretamente que la
Tierra y los demás planetas tienen por centro al Sol, en tiempos y distancias
bien determinadas. Los círculos más estrechos eran el de Mercurio y Venus,
después venía el de la Tierra, y los cuerpos más lejanos, Marte, Júpiter y
Saturno. Arquímedes añadió un toque de humor al mapa haciendo que todos estos
cuerpos rotasen en torno a su eje, de tal forma que sus eventuales habitantes,
al ver moverse al resto del cielo alrededor, se considerarían el centro del
Universo.
8
Cuando
Arquímedes llevaba ya diez años en la corte de Tolomeo II hizo uno de sus
viajes a Siracusa, que había experimentado un cambio en su paisaje urbano,
gracias a la política de obras públicas de su tío. El rey Hierón fue vencido
por los romanos poco después de su llegada al trono, y tuvo la suficiente
prudencia para asegurar la paz, aliándose con la gran ciudad del norte a la que
además proporcionaba trigo en abundancia. Al parecer quería también mantener
buenas relaciones diplomáticas con Alejandría, pues con ocasión de la estancia
de su sobrino le hizo llamar al palacio y le entregó una espléndida corona de
oro con el encargo de que la hiciese llegar al faraón, acompañándola de un
certificado de autenticidad.
Arquímedes
se retiró a su casa, decidido a averiguar, aplicando el razonamiento necesario
de la ciencia, que la corona era efectivamente oro puro. Siguiendo otra vez su
método, y caminando de lo más simple a lo más complejo, buscó un cuerpo que
tuviese un volumen fácilmente calculable al estar limitado por superficies
planas, y que fuese patrón de medida a todo otro cuerpo por muy irregular que
se imaginase. Unos días después, al entrar en los baños públicos de Siracusa,
se dio cuenta de que el agua era ese elemento mágico, pues su volumen podía
medirse con exactitud geométrica, y además era equivalente al del sólido que la
desplazaba.
Mientras
esperaba una nave que hiciese el trayecto hasta Alejandría guardaba celosamente
el regalo de Hierón en su casa, y allí se encaminó, decidido a garantizar
científicamente su autenticidad. Llenando de agua una enorme palangana, de
forma que llegaba hasta sus bordes, metió allí sucesivamente dos masas de oro y
plata de peso equivalente al de la corona, y midió la cantidad de líquido que
rebosaba en uno y otro caso, comprobando satisfecho que en el caso de la plata,
como él esperaba, era claramente mayor. Pero le esperaba una verdadera
sorpresa, porque cuando hizo lo mismo con la corona vio que desplazaba un
volumen de agua intermedio, y por consiguiente su materia era una aleación y no
el oro puro que el rey le había asegurado.
En un
primer momento Arquímedes quiso devolver la corona a Hierón para no ser la
causa de un grave conflicto diplomático, si por un azar Tolomeo descubría el
engaño. Pero después, conociendo el celo de los monarcas alejandrinos por la
ciencia y la admiración que su descubrimiento produciría, decidió que sería
mucho mejor contar la verdad sólo un poco cambiada. Envolvió la corona
cuidadosamente, acompañándola de una historia novelada, en la que el rey de
Siracusa le planteaba un problema, y junto a ella envió un pequeño tratado,
titulado «Sobre los cuerpos flotantes», en el que daba su solución científica,
ofreciéndolo a la gran Biblioteca. Desde entonces las relaciones entre
Alejandría y Siracusa fueron inmejorables y la fama de Arquímedes todavía
creció más en las dos ciudades.
9
Arquímedes
volvió con el sorprendente regalo a Alejandría, permaneciendo allí hasta un
poco después de la muerte de Tolomeo II, al año treinta y siete de su reinado.
Su sucesor tenía el mismo nombre y la misma afición por la cultura literaria y
científica, y para sustituir a Calímaco como director general de la Biblioteca
escogió a un matemático, Eratóstenes, al que hizo venir de Atenas. Entre el
pensador siciliano y el alejandrino se estableció pronto una corriente de
confianza y amistad, que se mantuvo todo el tiempo en que Arquímedes permaneció
en Alejandría, estudiando la posibilidad de representar aritméticamente la
totalidad infinitamente grande del cosmos y la razón infinitesimal de los
números irracionales.
Como de
costumbre, Arquímedes estableció un principio sumamente sencillo, que le había
de servir de andamio para construir sobre él la solución del problema
planteado. Renunciando a un número capaz de medir definitivamente esas
realidades –algo inexistente e impensable– se dedicó a construir una numeración
potencialmente infinita, que le permitiese acercarse a la medida de esas
realidades tanto como quisiese. El esfuerzo parecía condenado al fracaso, tanto
más cuanto que la tosca aritmética de los griegos sólo era capaz de representar
el número 99.999.999, y eso después de agotar el alfabeto, completándolo con la
complicada ayuda de índices y subíndices. El matemático de Siracusa salvó
elegantemente esta dificultad, tomando los cien millones como unidad de segundo
orden y ampliando indefinidamente el orbe de la aritmética, mediante un sistema
de exponentes. Incluso tuvo el humor de poner a prueba su descubrimiento,
calculando la cantidad de granos de arena que el universo podía contener.
Arquímedes
se dio cuenta de que ya estaba en posesión del aparato conceptual necesario
para emprender la hazaña de medir el área del círculo, algo que no habían
conseguido los más ilustres matemáticos de Grecia. No podía representar la
relación de la circunferencia al diámetro por un número exacto, pero sí podía
en cambio acercarse a su valor tanto como quisiese, aunque esta vez la
aproximación indefinida se operaba en el mundo de lo infinitamente pequeño.
Después de limitar el círculo por sucesivas parejas de polígonos inscritos y
circunscritos y completar su medición por una serie de cálculos numéricos,
llegó a la conclusión de que ese número inconmensurable estaba entre 3,1408 y
3,1429, que multiplicado por el diámetro daba la longitud de la circunferencia
y así mismo multiplicado por el cuadrado del radio permitía conocer el área
circular.
10
Cuando
Arquímedes volvió definitivamente a Siracusa, se dedicó a construir, siguiendo
el proceso lógico de los alejandrinos, una física que definiese las leyes de
equilibrio de los cuerpos, según cual fuese su peso y su distancia a un centro
común de gravedad. Estableció siete postulados tan evidentes como sencillos y
ricos en consecuencias, sobre todo los tres primeros : cuando dos pesos iguales
están a igual distancia se equilibran, cuando están a distancia desigual se
inclinan hacia el peso que está a mayor distancia, y finalmente, cuando son
desiguales y guardan una distancia igual se inclinan hacia el peso mayor.
A partir
de aquí Arquímedes deducía por razonamiento hasta quince proposiciones, sobre
todo dos, la tercera y la sexta que serían decisivas. Una de ellas enunciaba
una posibilidad : pesos desiguales a distancias desiguales pueden equilibrarse
cuando el peso mayor está a menor distancia. La otra medía con toda precisión y
rigor esa posibilidad : dos cuerpos se equilibran a distancias recíprocamente
proporcionales a sus pesos. En un primer momento el matemático de Siracusa
jugaba con palancas de brazos rígidos, con la consiguiente limitación que ello
significaba, pero a pesar de todo consiguió construir una catapulta, con un
brazo larguísimo que ponía en equilibrio una enorme roca con el peso leve ve de
un niño.
Además de
esto, Arquímedes encontró una aplicación a este descubrimiento, tan original
como heterodoxa. En su correspondencia con Eratóstenes extendía las leyes del
equilibrio de los cuerpos pesados a figuras geométricas. Los sistemas de líneas
rectas se comportan en un experimento imaginario como palancas rígidas en un
espacio homogéneo. Todo esto le pareció muy apropiado para descubrir que un
problema tenía determinada solución y para proponérsela a su corresponsal.
Efectivamente, después de este primer paso, ya se disponía del punto de partida
y la conclusión y sólo faltaba enlazarlas con necesidad lógica, produciendo un
razonamiento rigurosamente matemático y una auténtica demostración.
11
De todas
formas, en aquellos momentos decisivos de su carrera científica, Arquímedes
estaba inquieto y hasta tardaba en conciliar el sueño, porque sentía que había
pasado por alto un detalle tan evidente y tan sencillo que se escapaba a
cualquier investigación. Cuando una tarde vio a su esclavo llegar del pozo con
gigantesco caldero lleno de agua, le preguntó si le había costado mucho trabajo
subirla desde una profundidad de varios pies , y quedó muy sorprendido cuando
le contestaron que eso era juego de niños si se contaba con una cuerda lo
suficientemente larga y flexible.
Claro que
mucho más sorprendido quedó el servidor, a pesar de haber contemplado más de
una vez las excentricidades de su amo, cuando Arquímedes dio un salto, llegó
hasta él abrazándole como si se hubiera vuelto loco, y sin más explicaciones
salió por las calles de Siracusa, parando a los estupefactos ciudadanos que
encontraba a su paso y gritando una palabra totalmente ininteligible para
todos: «Lo encontré.» Después volvió a su casa, vació el cubo, llevándolo al
fondo del pozo y llenándolo de oro, alargó mediante un sistema de ruedas la
longitud de la cuerda y finalmente extrajo el pesadísimo metal sin ninguna
dificultad, como si se tratase de una pluma de ave.
Después
calculó el esfuerzo que había empleado, equivalente aproximadamente a un
kilogramo, pesó con cuidado la cantidad de metal que había subido, midió la
longitud de la cuerda desde el fondo del pozo hasta su punto de apoyo y la
comparó con la otra longitud mucho mayor que recorría todo el aparejo formado
por una cantidad indefinida de ruedas, y finalmente comprobó que la relación de
los pesos coincidía, igual que en el caso de la palanca rígida, con la inversa
de la distancia de los dos segmentos de cuerda a su centro de gravedad.
12
En el año
540 de la fundación de Roma los seiscientos senadores que formaban la clave de
arco de la República, estaban reunidos en el sobrio hemiciclo, dispuestos a
escuchar los informes de Marcelo, tres veces cónsul, recién llegado de Siracusa
donde dirigía en compañía de Apio la campaña contra la ciudad. Algo grave tenía
que haber sucedido para que el general abandonase siquiera fuera temporalmente
su ofensiva para poner al corriente de los hechos a la suprema institución de
la ciudad. Se hizo el silencio cuando Marcelo ocupó la tribuna y tomó la
palabra con la gravedad y el laconismo propios de un soldado romano.
—Antes de
describir la marcha del asedio a Siracusa debo recordarles, venerables
ciudadanos, la situación en Italia después que Aníbal obtuvo su victoria de
Cannas, produciendo la descomposición de la confederación romana y haciendo que
muchas ciudades se aliasen con los cartagineses. Afortunadamente para nosotros,
el general no aprovechó aquel momento de grave desmoralización colectiva,
atacando la Ciudad con un golpe decisivo. Esto nos permitió contraatacar,
tomando sus bases en la península ibérica, dejando fuera del conflicto a su
potencial aliado Filipo V de Macedonia, y neutralizando a sus fuerzas en
Italia, siendo yo cónsul por segunda vez y contando con la ayuda de Fabio
Máximo.
—Era
preciso completar esta labor de aislamiento ocupando Siracusa, que primero con
Hierónimo y después de su asesinato con Hipócrates había tomado partido por
Aníbal , a la vista de sus victorias. Como saben de sobra, venerables
ciudadanos, el resto de la isla está en poder de nuestros enemigos, y su
cercanía a Cartago la convierten en una temible base de operaciones y en una
potencial ayuda a sus ejércitos de Italia. En tales circunstancias este senado
me hizo el honor de atacar a la capital de Sicilia, tantas veces escenario de
una batalla naval.
13
—Faltaría
a mi honor de romano y a la veneración que debo a esta asamblea si mintiese,
diciendo que esta primera parte de la campaña ha sido un éxito y que ya tenemos
a Siracusa, como quien dice, en el puño. El ataque naval, venerables
ciudadanos, ha sido sencillamente un desastre, acompañado de tan extrañas
circunstancias que los soldados no se atreven a acercarse por mar a Siracusa,
convencidos de que está protegida por los dioses inmortales.
—Cuando
nos acercábamos a la ciudad, confiados en el formidable aparejo de nuestras
naves, vimos precipitarse sobre ellas desde los arrecifes de la fortaleza de
Ortigia, una roca de tal magnitud que ni siquiera diez centurias podrían
arrastrarla, cuanto menos lanzarla al aire con aquella espantosa velocidad. Por
segunda y tercera vez llovieron sobre nosotros esos peñascos, con tan mala
fortuna que uno de ellos dio en el puente de mando de mi nave, destrozando la
sambuca y obligándome a huir a mar abierta con grave daño de mi dignidad de
romano.
—Pero
este fue sólo el principio de los horrores, pues cuando unos imprudentes
soldados se acercaron demasiado a las murallas, vieron salir de ellas unos
maderos terminados en una gigantesca ganzúa, que agarrando a la nave por la
proa la levantaron a gran altura, haciéndola caer una y otra vez sobre el mar y
sobre las rocas, estrellando a la tripulación o expulsándola por los aires. Y
lo que fue más horrible de todo, en lo alto de la muralla apareció una figura,
semejante a un dragón, que a través de sus dos ojos enviaba unos rayos de luz,
de tal intensidad que quemaban fácilmente el aparejo de madera de las
embarcaciones.
14
—Hube de
enfrentarme entonces con un motín de mis soldados, que juzgaron una impiedad
hacer guerra a los dioses, pero afortunadamente yo sabía por mis amigos de
Siracusa quién es esa extraña divinidad. Ha estudiado en Alejandría
adelantándose a todos los sabios de aquella ciudad y estableciendo una nueva
ciencia gracias a la cual con pesos o esfuerzos pequeños y con la mano de un
solo hombre es posible desplazar enormes masas –y en nuestro caso eran peñascos
o naves– con velocidad increíble. Por otra parte, sus estudios de óptica le
permitieron construir espejos, capaces de proyectar los rayos de sol sobre un
solo punto, aumentando sin medida el calor y abrasando cualquier naturaleza
combustible.
—Me costó
mucho trabajo convencerles para que no desertasen y sólo lo conseguí
prometiéndoles que mantendría las naves a distancia prudente y que no volvería
a atacar Siracusa, a la que desde entonces tengo sitiada por mar y tierra para
que se rinda por hambre. El asedio será largo, venerables ciudadanos, y durará
mucho más que mi año de consulado, por lo cual es el senado quien debe tomar en
su momento la decisión oportuna. En todo caso puedo asegurar que también por
esta parte está aislado Aníbal, y que la ciudad difícilmente resistirá más de
dos años.
—Una cosa
quiero pedir a este senado, pues yo ya día mis hombres sobre este particular
órdenes tajantes. Si Roma quiere seguir poniendo la ciencia al servicio del
poder, es preciso respetar la vida de ese individuo, por muchos que hayan sido
las desgracias que sus artificios han causado en nuestros soldados. Seremos
infinitamente grandes si logramos la ayuda del hombre más peligroso del mundo.


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