© Libro N° 11196.
La Mano Muerta. Collins,
Wilkie. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
The Dead Hand, Wilkie Collins (1824-1889)
Versión Original: © La Mano Muerta. Wilkie Collins
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Wilkie Collins
La Mano
Muerta
Wilkie
Collins
Cuando el
presente siglo diecinueve era muchos años más joven de lo que es ahora, cierto
amigo mío llamado Arthur Holliday llegó a la ciudad de Doncaster justo en plena
semana de las carreras, o en otras palabras, a mediados de septiembre. Era uno
de estos jóvenes caballeros atolondrados, perdonavidas, afectuosos y
parlanchines que poseen el don de la familiaridad en sumo grado, trepando por
la vida descuidadamente, haciendo amigos por doquiera que vayan. Su padre era
un rico fabricante y había comprado una propiedad en el Condado lo
suficientemente grande como para causar la envidia de todos los caballeros bien
nacidos del contorno. Arthur era su único hijo, futuro propietario de la finca
y la gran empresa a la muerte de su padre; en vida de éste, no le faltaba
dinero ni nadie le pedía cuentas. Será rumor o difamación, como prefiráis, pero
se decía que el anciano caballero fue bastante alocado en su juventud y que, a
diferencia de muchos padres, no le parecía mal que su hijo siguiese el mismo
camino. Puede ser cierto o no. Personalmente sólo conocí a Mr. Holliday entrado
en años y por entonces era el más tranquilo y respetable caballero que jamás
conociera.
Bien,
como iba diciendo, un mes de setiembre el joven Arthur llega a Doncaster,
habiendo decidido de repente, dado su carácter casquivano, ir a las carreras.
Solo llegó a la ciudad hasta el atardecer y enseguida fue a procurarse cena y
cama en el mejor hotel. Estaban dispuestos a darle cena, pero todos rieron en
cuanto mencionó la cama. En Doncaster, en la semana de las carreras, los
visitantes que no han reservado alojamiento suelen pasar la noche en sus
carruajes a la puerta de la posada. Yo mismo he visto forasteros poco
afortunados, durmiendo bajo los portales. Incluso siendo rico, las
probabilidades de Arthur de encontrar alojamiento eran también dudosas (visto
que no había escrito con antelación para reservarlo). Probó el segundo hotel, y
el tercero, y después dos de las posadas, obteniendo siempre la misma
respuesta. No quedaba un solo alojamiento para la noche. Todo el dinero de sus
bolsillos no le procuraría una cama en Doncaster durante la semana de las
carreras.
Para un
joven del temperamento de Arthur, la novedad de ser echado a la calle como un
vulgar vagabundo de cada casa donde pidió habitación, se presentaba como una
experiencia nueva y divertida. Siguió cargado con su maleta, pidiendo una cama
en todos los lugares posibles que pudo encontrar en Doncaster, hasta que se
halló en las afueras de la ciudad. Para entonces, el último resplandor del
crepúsculo se había desvanecido, la luna asomaba empañada en niebla, el viento
era frío, las nubes se amontonaban pesadamente y, ¡la perspectiva era que
pronto iba a llover! Ante el mal cariz de la noche se derrumbaron las buenas
intenciones del joven Holliday. Empezó a contemplar su situación desde un punto
de vista más serio que divertido, y buscó a su alrededor alguna otra posada,
ansioso por su difícil alojamiento nocturno. Los suburbios de la ciudad hacia
donde se había desviado no estaban iluminados y no podía ver gran cosa de las
casas por las que pasaba, excepto que cada vez eran más pequeñas y sucias
cuanto más se alejaba. Al final de la ventilada calle por la que ahora
transitaba, brillaba el torpe destello de una lámpara de aceite, la débil y
solitaria luz luchando inútilmente con la neblinosa oscuridad de su entorno.
Decidió llegar hasta la luz y entonces, si no había allí nada parecido a una
posada, volver al centro de la ciudad e intentar asegurarse al menos una silla
para pasar la noche en uno de los principales hoteles.
Cuando
llegó cerca de la luz, oyó voces y acercándose vio que ésta iluminaba la
entrada de un patio estrecho en cuya pared estaba pintada en un desteñido color
carne una larga mano señalando con un flaco dedo índice esta inscripción:
LOS DOS
PETIRROJOS.
Sin
dudarlo, Arthur entró en el patio para ver lo que Los dos petirrojos podían
hacer por él. Cuatro o cinco hombres estaban de pie al lado de la puerta, al
final del patio, de cara a la entrada de la calle. Los hombres escuchaban a
otro individuo, mejor vestido que los demás, contando a su audiencia algo en
voz baja que parecía interesarles mucho. Al entrar en el patio, Arthur fue
adelantado por un forastero con una mochila en la mano, que evidentemente
dejaba la casa:
-No -dijo
el hombre de la mochila, dándose la vuelta y dirigiéndose animadamente hacia un
hombre gordo, calvo, de aspecto astuto, con un sucio delantal blanco, que le
había seguido por el pasillo-, no, señor posadero, no me asusto fácilmente por
fruslerías; pero no me importa confesar que no puedo soportar esto. Al oír
estas palabras, el joven Holliday pensó que al forastero le habían pedido un
precio exorbitante por una cama en Los dos petirrojos y que no quería o podía
pagarlo. En cuanto se dio la vuelta, Arthur, muy seguro de sus bolsillos
llenos, se dirigió apresuradamente, por miedo de que otro viajero sorprendido
por la noche se le anticipase, al astuto posadero del sucio delantal y la
cabeza pelada.
-Si tiene
una cama para alquilar -le dijo-, y este caballero que se ha ido no le paga su
precio, yo lo haré.
-¿Lo
hará, señor? -preguntó el posadero de un modo meditabundo y dudoso.
-Dígame
su precio -insistió el joven Holliday, pensando que la duda del posadero
provenía de algún rústico recelo hacia él-. Dígame su precio y le daré el
dinero en seguida, si quiere.
-¿Está
dispuesto a darme cinco chelines? -preguntó el posadero, restregándose la
papada y mirando pensativamente al cielo sobre su cabeza.
Arthur
casi se le rio en la cara; pero pensando que era prudente controlarse, ofreció
los cinco chelines con la mayor seriedad que le fue posible. El posadero tendió
la mano, pero repentinamente la retiró.
-Usted
actúa justamente -dijo-, y antes de tomar su dinero, haré lo mismo con usted.
Mire, las cosas están así. Por cinco chelines puede tener una cama para usted
solo, pero sólo puede tener la mitad de la habitación en donde se halla.
¿Entiende lo que quiero decir, joven?
-Naturalmente
-contestó Arthur algo irritado-. ¿Quiere decir que es una habitación doble y
que una de las camas ya está ocupada?
El
posadero asintió con la cabeza y restregó de nuevo su papada más fuerte que
antes. Arthur dudó y mecánicamente descendió uno o dos escalones hacia la
puerta. La idea de dormir en una misma habitación con un perfecto desconocido,
no le resultaba una perspectiva muy agradable. Estuvo tentado de guardar los
cinco chelines en el bolsillo y salir a la calle otra vez.
-¿Sí o
no? -inquirió el posadero-. Decídase cuanto antes, porque hay mucha gente
además de usted que quiere una cama esta noche en Doncaster.
Arthur
miró hacia el patio, oyendo la fuerte lluvia repiquetear en la calle. Pensó que
haría una o dos preguntas antes de decidir, imprudentemente, dejar Los dos
petirrojos.
-¿Qué
clase de hombre ocupa la otra cama? -preguntó-. ¿Es un caballero? Quiero
decir... ¿es una persona tranquila y educada?
-El
hombre más tranquilo que jamás me he cruzado -dijo el posadero, frotando
furtivamente sus gordezuelas manos una sobre otra-. Tan sobrio como un juez y
tan regular en sus costumbres como un reloj. No hace ni diez minutos que han
sonado las nueve y ya está en cama. No sé si ésta es la idea que usted tiene de
un hombre tranquilo, pero puedo decirle que lo es mucho más de la que yo tengo.
-¿Usted
cree que duerme? -preguntó Arthur.
-Sé que
duerme -contestó el posadero-, y lo que es más, se ha ido tan deprisa que le
garantizo que no le despertará. Por aquí, señor -dijo el posadero hablando por
encima del joven Holliday, como si se dirigiese a un nuevo huésped que se
acercase a la casa.
-Aquí
tiene -dijo Arthur, decidido a adelantarse al forastero, quien quiera que
fuese-. Tomo la cama.
Le dio
los cinco chelines al posadero, quien asintió con la cabeza, guardó
cuidadosamente el dinero en el bolsillo de su chaleco y encendió una vela.
-Suba y
vea la habitación -le dijo al nuevo huésped de Los dos petirrojos, señalándole
el eamino hacia la escalera, bastante ágil, considerando lo gordo que estaba.
Subieron
al segundo piso de la casa. El posadero entreabrió una puerta frente al
rellano, entonces se detuvo y se giró hacia Arthur.
-Tenga en
cuenta que es un trato tan justo por mi parte como por la suya -dijo-. Usted me
da cinco chelines y yo a cambio le doy una cama limpia y cómoda; le garantizo,
de antemano, que no será interrumpido o molestado por el hombre que duerme en
su misma habitación.
Habiendo
dicho estas palabras, miró fijamente por un momento a la cara del joven
Holliday y entonces le hizo pasar a la habitación. Era más grande y limpia de
lo que Arthur esperaba. Las dos camas estaban paralelas, con una separación de
unos dos metros entre las mismas. Eran de la misma medida y ambas tenían las
mismas cortinas blancas, que se podían correr, si era necesario, a su
alrededor. La cama ocupada era la que estaba más cerca de la ventana. Las
cortinas estaban corridas a su alrededor, excepto una parte en un extremo, en
el lado de la cama más alejado de la ventana. Arthur vio los pies del hombre
que dormía, levantando un pequeño y puntiagudo montón en las escasas ropas,
como si estuviera echado sobre su espalda. Tomó la vela y avanzó suavemente para
correr la cortina, se detuvo a medio camino y escuchó por un momento; luego se
volvió hacia el posadero.
-Es un
durmiente muy silencioso -dijo Arthur.
-Sí -dijo
el posadero-, muy silencioso.
El joven
Holliday avanzó con la vela en la mano y miró al hombre cautamente.
-¡Qué
pálido está! -comentó.
-Sí
-afirmó el posadero-, bastante pálido, ¿no?
Arthur
miró al hombre más de cerca. Las sábanas estaban subidas hasta su barbilla y
yacían perfectamente inmóviles sobre su pecho. Sorprendido y vagamente asustado
al ver aquello, Arthur se inclinó más sobre el extraño, miró sus cenicientos
labios partidos, escuchó reteniendo la respiración por un instante, miró otra
vez la extraña cara inanimada, los inmóviles labios y el pecho. Se volvió hacia
el posadero con sus propias mejillas tan pálidas por el momento como las
hundidas mejillas del hombre de la cama.
-Venga
aquí -susurró, sin aliento-. ¡Venga aquí, por Dios! Este hombre no duerme, está
muerto.
-Lo ha
averiguado antes de lo que esperaba -dijo el posadero, sosegadamente-. Sí, está
muerto, seguro. Ha muerto hoy, a las cinco en punto.
-¿Cómo ha
muerto? ¿Quién es? -preguntó Arthur, titubeando ante la audaz frialdad de la
respuesta.
-En
cuanto a quién es -continuó el posadero-, no sé de él más que usted. Aquí están
sus libros, cartas y cosas, selladas en este sobre marrón para la encuesta del
juez que se celebrará mañana o pasado. La semana que ha vivido aquí ha estado
casi siempre dentro como si estuviera enfermo. Mi chica le subió el té hoy a
las cinco y cuando lo estaba tomando cayó en un desmayo o ataque, o una mezcla
de ambas cosas, por lo que sé. No pudimos reanimarle y el doctor dijo que
estaba muerto. Y aquí está. La encuesta del juez se hará lo antes posible y
esto es todo lo que sé.
Arthur
mantuvo la vela cerca de los labios del hombre. La inmóvil llama ardía hacia
arriba regularmente. Hubo un momento de silencio; la lluvia golpeaba
monótonamente contra los vidrios de las ventanas.
-Si no
tiene nada más que decirme -continuó el posadero-, supongo que me puedo ir. ¿No
querrá sus cinco chelines de vuelta, verdad? Aquí está la cama que le prometí,
limpia y cómoda. Aquí está el hombre que le garanticé que no le molestaría,
silencioso para siempre en este mundo. Si tiene miedo de quedarse solo con él
no es asunto mío. He mantenido mi parte del trato y pienso guardar el dinero.
Yo no soy de Yorkshire, joven caballero, pero he vivido lo bastante en estos
lugares para agudizar mi ingenio y me pregunto si la próxima vez que venga aquí
encontrará el modo de avivar el suyo. Con estas palabras el posadero se volvió
hacia la puerta, riendo para sí suavemente, muy satisfecho de su propia
malicia.
Para
entonces, Arthur, asustado y sobresaltado como estaba, se iba recobrando para
sentirse indignado por el engaño de que había sido objeto y también por la
insolente manera con que el posadero exteriorizaba su regocijo por ello.
-No se
ría -le dijo, cortante-, hasta que sepa que puede reírse de mí. No tendrá los
cinco chelines por nada. Me quedo la cama.
-¿Lo
hará? -dijo el posadero-. Entonces le deseo un buen descanso. Con esta breve
despedida salió y cerró la puerta tras sí.
¡Un buen
descanso! Apenas dichas estas palabras, en cuanto se cerró la puerta, Arthur se
arrepintió de las palabras que se le acababan de escapar. Aunque no fuese muy
sensible ni le faltase el coraje moral y psíquico, la presencia del muerto
produjo instantáneamente un escalofriante efecto en su mente en cuanto se quedó
solo en la habitación. Estaba obligado, por sus precipitadas palabras, a
permanecer allí hasta la mañana siguiente. A un hombre más viejo no le hubiesen
importado nada las palabras, y hubiese actuado sin referirse a ellas, con
sentido común. Pero Arthur era demasiado joven para rechazar el ridículo ante
sus inferiores, demasiado joven para pasar por ver humillada su propia
jactancia, así que no podía negarse a la prueba: tenía que pasar la noche en el
mismo cuarto que el muerto.
«Sólo son
unas pocas horas -pensó para sí-, me puedo ir en seguida por la mañana.»
Mientras
este pensamiento cruzaba su mente estaba mirando la cama ocupada, y el bulto de
los pies llamó su atención. Se adelantó y corrió las cortinas, absteniéndose al
hacerlo de mirar la cara del muerto, intentando no grabar una impresión funesta
en su mente. Corrió las cortinas con suavidad y suspiró involuntariamente al
hacerlo. «Pobre hombre -pensó, casi tan tristemente como si lo hubiese
conocido-. ¡Ah! pobre hombre.» Fue hacia la ventana. La noche era oscura y no
se veía nada. La lluvia continuaba golpeteando fuertemente los cristales.
Dedujo al oírlo que la ventana daba a la parte trasera de la casa ya que
delante quedaba resguardada por el patio y los edificios superiores. Siguió de
pie ante la ventana, escuchando con alivio el ruido monótono de la lluvia, que
era algo vivo que le acompañaba. Mientras seguía allí oyó sonar las campanas de
una iglesia lejana: eran las diez. ¡Sólo las diez! ¿Cómo iba a pasar las horas
hasta que la casa despertase por la mañana?
En otras
circunstancias habría bajado al bar, pedido una bebida, charlando y riendo con
la gente allí reunida, tan familiarmente como si se conocieran de toda la vida.
Pero detestaba la sola idea de pasar el rato de este modo. La situación en que
se había colocado le estaba alterando profundamente. Hasta ahora su vida había
sido la de un joven frívolo y despreocupado, sin problemas ni pruebas que
afrontar. No había perdido a nadie que amase o amigo que apreciase. Hasta esta
noche, ni siquiera en pensamiento, se había topado con la muerte. Dio varias
vueltas por la habitación y se detuvo. En sus oídos resonó el ruido que hacían
sus botas en el suelo pobremente alfombrado. Dudó un poco y acabó por
quitárselas y caminar hacia un lado y otro silenciosamente. Había abandonado ya
todo deseo de dormir o descansar. La idea de echarse en la cama desocupada le
hizo imaginarse una espantosa mímica de la postura del muerto. ¿Quién era?
¿Cuál era su pasado? Debía de haber sido pobre o no hubiese pasado por un lugar
como Los dos petirrojos; probablemente estuviese debilitado por una larga
enfermedad o no hubiese muerto como describió el posadero. Pobre, enfermo,
solitario, muerto en un lugar extraño, muerto, tan sólo con un forastero para
apiadarse de él. Una triste historia; verdaderamente, mirándolo bien, una
historia muy triste. Mientras estas ideas pasaban por su cabeza, se había
detenido al lado de la ventana que estaba cerca de la cama con las cortinas
corridas.
Primero
miró como ausente; después se dio cuenta de que sus ojos estaban fijos en la
cama; entonces le poseyó un perverso deseo de hacer lo que hasta ahora había
evitado: mirar al muerto. Tendió sus manos hacia las cortinas, pero dándose
cuenta giró rápidamente y anduvo hacia la chimenea, para ver lo que había sobre
la repisa e intentar de este modo dejar de obsesionarse por el muerto. Encima
de la chimenea había un tintero con un poco de tinta en ei recipiente, dos
toscas porcelanas de lo más vulgares, una sucia tarjeta, repujada con una serie
de acertijos impresos en todas direcciones y en varios colores. Tomó la tarjeta
y fue a leerla en la mesa donde estaba la vela, sentándose resueltamente de
espaldas a la cama tapada. Empezó a leer el primer acertijo, el segundo, el
tercero, siguiendo la primera esquina; le dio la vuelta con impaciencia para
mirar la otra cara. Antes de empezar a leerla el sonido de la campana de la
iglesia le interrumpió. Las once.
Había
pasado una hora en la habitación del muerto. Miró de nuevo la tarjeta. Era
difícil ver las letras a causa de la poca luz que le había dejado el posadero
-una vela de sebo- con un par de anticuadas pantallas de acero. Hasta ahora su
mente había estado demasiado ocupada para pensar en ello. Había dejado la mecha
de la vela hasta que había pasado la llama y ardía con una extraña forma de
tejadillo, en el tope del cual iban cayendo pedacitos de algodón carbonizados
en pequeños copos. Arregló la mecha, la luz brilló directamente y la habitación
resultó menos oscura. De nuevo volvió a los acertijos, leyéndolos terca y
resueltamente, ahora en una esquina, ahora en otra. A pesar de todos sus
esfuerzos no podía fijar su atención. Siguió mecánicamente en su ocupación sin
entender lo que leía. Era como si una sombra de la cama se interpusiese entre
su mente y las alegres letras, una sombra que nada podía disipar. Al fin
abandonó el esfuerzo, tiró la tarjeta con impaciencia y volvió a su paseo suave
por la habitación. ¡El muerto, el muerto, el muerto oculto en la cama! De nuevo
la persistente idea obsesionándole.
¡Oculto!
¿Era sólo el cuerpo que yacía allí o era que aquel cuerpo estaba oculto, lo que
le preocupaba? Se detuvo ante la ventana, oyendo de nuevo el golpeteo de la
lluvia, atisbando hacia la negra oscuridad. ¡Todavía el muerto! La oscuridad le
obligó a volver en sí e hizo trabajar su memoria, reviviendo con una vívida y
penosa claridad la impresión que tuvo cuando vio el cuerpo por primera vez. De
pronto, le pareció que aquella cara se levantaba en medio de la oscuridad,
encarándosele a través de la ventana, con su pálida blancura, la terrible y
sombría línea de luz entre los imperfectamente cerrados párpados, más abiertos
que antes, los labios separándose más y más, las facciones creciendo y
moviéndose, hasta que parecieron llenar la ventana y acallar la lluvia y apagar
la noche. El sonido de una voz gritando desde el inicio de la escalera le
sustrajo repentinamente del sueño de su perturbada fantasía. Reconoció la voz
del posadero.
-Cierra a
las doce, Ben -le oyó decir-; me voy a dormir.
Enjugó el
sudor de su frente, razonó consigo mismo por un rato y resolvió librar su mente
de la horrible fealdad que aún persistía, obligándose a afrontar, aunque sólo
fuese por un momento, la solemne realidad. Sin permitirse un momento de duda,
separó las cortinas a los pies de la cama y miró. Allí estaba, apoyada en la
almohada, la cara blanca, triste, tranquila, con su terrible misterio de
quietud. ¡Ningún movimiento, ningún cambio! Lo miró un instante antes de correr
las cortinas de nuevo, pero este momento le calmó, le devolvió en mente y
cuerpo a sí mismo. Volvió a su anterior ocupación de andar arriba y abajo de la
habitación, perseverando esta vez, hasta que el reloj sonó de nuevo. Las doce.
Mientras
se apagaba el eco de las campanadas, le siguió abajo el confuso ruido de los
bebedores que se marchaban. El próximo ruido después de un corto silencio, fue
el de los cerrojos al cerrar la puerta y el de los postigos detrás de la
posada. Luego siguió el silencio y ya no fue turbado por nada. Ahora estaba
solo, absoluta, desesperadamente solo con el hombre muerto, hasta la próxima
mañana. Tenía que arreglar la mecha de nuevo. Iba a hacerlo, pero de repente
miró con atención a la vela, luego detrás, sobre su hombro, a la cama tapada, y
de nuevo la vela. La habían cambiado por primera vez para mostrarle el camino
por la escalera y casi la tercera parte se había consumido. Pasada otra hora se
quedaría a oscuras, a menos que llamase en seguida al hombre que había cerrado
la posada, para pedirle una vela nueva. Su mente se había visto muy afectada
desde que entró en la habitación y su absurdo miedo de quedar en ridículo y que
se pusiese en duda su coraje seguía influyéndole. Se demoró, indeciso, alrededor
de la mesa, esperando hasta convencerse para abrir la puerta y llamar desde el
rellano al hombre que había cerrado la posada. En su actual estado de ánimo,
tan dubitativo, era una especie de descanso ganar unos pocos instantes
ocupándose en la fútil ocupación de reanimar la llama. Su mano temblaba un poco
cuando aprctó la mecha, que cerró un poco demasiado abajo. En un instante la
vela se apagó y la habitación quedó sumida en una total oscuridad.
La
impresión que la ausencia de luz produjo instantáneamente en su mente fue de
angustia por la cama tapada, angustia que no tenía una forma precisa, pero que
era lo bastante fuerte, en su vaguedad, para dejarlo pegado a la silla, hacer
latir más rápido su corazón y dejarlo escuchando intensamente. Ningún sonido en
la habitación, sino el ruido de la lluvia contra la ventana, más alto y
violento ahora. Todavía la vaga angustia, el inexplicable miedo lo poseía y
mantenía en la silla. Puso la maleta encima de la mesa, sacó la llave de un
bolsillo, la abrió y buscó su caja-escritorio donde sabía que había una caja de
cerillas. Cuando tuvo una cerilla entre sus dedos esperó antes de frotarla en
la tosca mesa de madera, escuchando intensamente de nuevo, sin saber por qué.
Seguía sin haber otro ruido en la habitación que el persistente e incesante
repiqueteo de la lluvia. Encendió la vela de nuevo sin más demora y en el
instante de encenderla, el primer objeto que vio en la habitación fue la cama
tapada. Justo antes de que se acabara la luz había mirado en aquella dirección
y no había observado ningún cambio, ningún desarreglo en los pliegues de las
cortinas ajustadamente corridas. Cuando ahora miró hacia la cama, vio colgando
por un lado de ésta una mano larga y blanca. Yacía perfectamente inmóvil a
mitad de aquel lado de la cama, donde se unían la cortina de la cabecera y la
de los pies. No se veía nada más. Las colgantes cortinas ocultaban todo menos
la larga mano blanca. Se la quedó mirando, incapaz de moverse, incapaz de
llamar, no sintiendo nada, no sabiendo nada, todas sus facultades sumándose y
perdiéndose, excepto la vista.
Nunca
pudo explicar por cuanto tiempo mantuvo este primer pánico. Pudo haber sido un
instante. Pudieron ser muchos minutos. Cómo llegó a la cama, si fue corriendo o
lentamente, cómo consiguió descorrer las cortinas y mirar dentro, nunca lo ha
recordado ni lo recordará mientras viva. Bástenos saber que sí llegó hasta la
cama y miró detrás de las cortinas. El hombre se había movido. Uno de sus
brazos estaba fuera de las sábanas; su cara había girado un poco en la
almohada; sus párpados estaban muy abiertos. Sin embargo, a pesar del cambio de
posición y expresión, la cara seguía perfectamente inmutable. La palidez y
quietud de la muerte aparecían en su inmovilidad. Una mirada mostró esto a
Arthur, una mirada antes de que volase sin resuello hacia la puerta y alarmase
a toda la casa. El hombre a quien el posadero llamara Ben fue el primero en
aparecer por la escalera. En tres palabras, Arthur le contó lo que ocurría y le
mandó a buscar al médico más próximo. Yo, que os cuento esta historia, estaba
por entonces en casa de un amigo médico, ejerciendo en Doncaster y cuidando de
sus pacientes durante su visita a Londres; y yo, por aquel tiempo, era el
médico más próximo a la posada. Me mandaron a llamar cuando el forastero se
puso enfermo por la tarde, pero no estaba en casa y buscaron en otro sitio.
Cuando el hombre de Los dos petirrojos llamó al timbre, de noche, estaba
pensando en acostarme.
Naturalmente,
no creí una palabra de la historia acerca «del hombre muerto que ha vuelto a la
vida de nuevo». Sin embargo, me calé el sombrero, cogí uno o dos frascos de
medicina estimulante y corrí hacia la posada, no esperando encontrar nada más
extraordinario que un paciente con un ataque. Mi sorpresa al averiguar que el
hombre me había contado la verdad, fue tal, si no igual, que mi sorpresa al
encontrarme cara a cara con Arthur Holliday tan pronto como entré en el
dormitorio. No había tiempo entonces para dar o pedir explicaciones. Nos
estrechamos la mano asombrados, y ordené que todos, menos Arthur, salieran de
la habitación y me precipité hacia la cama. El fuego de la cocina aún no se
había apagado. Había mucha agua caliente y franela. Con esto, mis medicinas y
toda la ayuda que Arthur pudo darme bajo mi dirección, arranqué al hombre
literalmente de las puertas de la muerte. En menos de una hora desde mi
llegada, estaba vivo y hablando en la cama donde había yacido esperando la
encuesta del juez. Naturalmente, me preguntaron qué le había pasado, y podría
deleitarles, en respuesta, con largas teorías, llenas de lo que los niños
llaman palabras difíciles.
Prefiero
contar, sin embargo, que en este caso causa y efecto no podían juntarse
satisfactoriamente en una teoría. Hay misterios de la vida humana y sus
condiciones de los que la ciencia no ha comprendido aún nada; les confieso
cándidamente que al devolver a aquel hombre a la existencia estaba, moralmente
hablando, dando palos de ciego en la oscuridad. Sé (por el testimonio del
médico que le atendió por la tarde) que la maquinaria vital, hasta donde pueden
apreciar nuestros sentidos, se había, en este caso, parado indudablemente;
también estoy seguro (ya que lo recobró) que el principio vital no se había
extinguido. Cuando añado que había sufrido una larga y complicada enfermedad y
que todo su sistema nervioso estaba completamente trastornado, os he contado
todo lo que realmente sé de la condición física de mi paciente muerto-vivo en
Los dos petirrojos.
Cuando
«volvió en sí», como se dice, era algo sorprendente de mirar, con su cara
descolorida, sus hundidas mejillas, sus extraviados ojos negros y su largo
cabello negro. La primera pregunta que me hizo sobre su persona, cuando pudo
hablar, me hizo sospechar que me hallaba ante un hombre de mi profesión. Le
mencioné esta conjetura y me confirmó que estaba en lo cierto. Dijo que venía
de París, donde trabajó en un hospital; que recientemente había regresado a
Inglaterra, para dirigirse a Edimburgo para continuar sus estudios; que se
había puesto enfermo durante el viaje y que se había detenido en Doncaster para
descansar y recuperarse. No añadió una palabra ni siquiera sobre su nombre, y
naturalmente, no le pregunté nada al respecto. Sólo le pregunté, cuando dejó de
hablar, qué especialidad pensaba cursar.
-Cualquiera
-dijo amargamente- que dé de comer a un pobre.
Ante
esto, Arthur, que hasta ahora lo observaba en silenciosa curiosidad, prorrumpió
impetuosamente en su usual modo humorístico: -Mi querido muchacho (todo el
mundo era «mi querido muchacho» para Arthur), ahora que ha vuelto a la vida, no
empiece siendo pesimista en sus proyectos. Le diré que puedo ayudarle y si yo
no puedo, sé que mi padre puede. El estudiante de medicina lo miró fijamente.
-Gracias
-dijo con frialdad-. ¿Puedo preguntarle quién es su padre? -añadió.
-Es bien
conocido en esta parte del país -contestó Arthur-. Es un importante fabricante
y su nombre es Holliday.
Mi mano
estaba sobre la muñeca del hombre durante esta breve conversación. -En el
momento en que fue pronunciado el nombre de Holliday, sentí acelerarse el pulso
bajo mis dedos, detenerse, seguir de golpe y latir luego por un instante o dos,
con febrilidad.
-¿Cómo ha
venido usted aquí? -preguntó el forastero, rápido, excitado, casi
apasionadamente.
Arthur le
explicó brevemente lo sucedido desde que alquilara la cama en la posada.
-Estoy en
deuda entonces con el hijo de Mr. Holliday, por la ayuda que me ha salvado la
vida -dijo el estudiante de medicina, hablando consigo mismo, con un raro
sarcasmo en su voz-. Venga aquí.
Mientras
hablaba, tendió su larga, blanca y huesuda mano derecha.
-Con todo
mi corazón -dijo Arthur, estrechando la mano cordialmente-. Puedo confesarlo
ahora -continuó, riendo-, sobre mi honor, casi pierdo el juicio del miedo.
El
forastero no parecía escuchar. Sus fieros ojos negros miraban fijamente la cara
de Arthur y sus largos dedos huesudos aferraban su mano. El joven Holliday, por
su parte, devolvió la mirada, asombrado y perplejo por el raro lenguaje y modos
del estudiante de medicina. Las dos caras estaban juntas; miré a ambos y para
mi sorpresa quedé impresionado por el parecido entre ellos, no en las facciones
o complexión, sino en la expresión. Debió de ser un fuerte parecido o yo no lo
hubiese notado, ya que soy muy lento para darme cuenta de los parecidos.
-Me ha
salvado la vida -dijo el forastero, sin dejar de mirar fijamente a la cara de
Arthur, apretando aún su mano-. Si hubiese sido mi propio hermano, no habría
hecho más.
Puso un
gran énfasis en estas tres palabras: «mi propio hermano» y su cara cambió de
aspecto cuando lo dijo; un cambio que no podría describir.
-Espero
que aún podré ayudarle -dijo Arthur-. Hablaré con mi padre en cuanto llegue a
casa.
-Parece
estar orgulloso de su padre y quererlo mucho -dijo el estudiante de medicina-.
¿Supongo que él también está orgulloso de usted?
-Naturalmente
que lo está -contestó Arthur riendo-. ¿Hay algo maravilloso en ello? ¿No está
su padre orgulloso...?
Repentinamente,
el forastero soltó la mano de Holliday y volvió la cara.
-Perdone
-dijo Arthur-. Espero no haberle herido involuntariamente: ¿No habrá perdido a
su padre?
-No puedo
perder lo que nunca he tenido -respondió el estudiante con una risa sarcástica.
-¡Lo que
nunca ha tenido!
El
forastero repentinamente tomó la mano de Arthur y le miró de nuevo a la cara
fijamente.
-Sí
-dijo, repitiendo la risa amarga-. Ha traído de nuevo al mundo a un pobre
diablo que nada tiene que hacer en él. ¿Le sorprende? Tengo el gusto de
contarle lo que generalmente otros en mi situación guardan en secreto. No tengo
nombre ni padre. ¡La caritativa ley de la sociedad me dice que soy el hijo de
nadie! Pregúntele a su padre si también será el mío, y ayúdeme a encontrar un
camino en esta vida mía sin apellido.
Arthur me
miró más perplejo que nunca. Le indiqué con una seña que no comentase nada al
respecto y de nuevo puse mis dedos en su muñeca. No. A pesar de la
extraordinaria confesión que acababa de hacer no estaba, como yo suponía,
empeorando. Su pulso era ahora regular y su piel húmeda y fresca. No había
ningún síntoma de fiebre. En vista de que ninguno de nosotros le contestaba, se
volvió hacia mí y empezó a comentar la extraña naturaleza de su caso,
pidiéndome consejo sobre el tratamiento médico que debía seguir. Le dije que
debía considerar cuidadosamente su enfermedad y que más tarde le mandaría una
receta. Me pidió que lo hiciese en seguida, ya que seguramente dejaría
Doncaster pronto por la mañana antes de que yo despertase. Era inútil
explicarle lo absurdo y loco de tal modo de actuar. Me escuchó educada y
pacientemente pero se mantuvo firme, sin dar ninguna razón o explicación, y me
repitió que si quería darle la oportunidad de ver mi receta, debería hacerla en
seguida. Oyendo esto, Arthur ofreció prestarnos su escribanía portátil que
llevaba consigo y trayéndola a la cama sacó el papel de la caja en su modo
descuidado. Con el papel cayeron sobre la cama un paquete de sellos y una
pequeña acuarela de un paisaje. El estudiante de medicina tomó el dibujo y lo
miró. Sus ojos se fijaron en las iniciales claramente cifradas en una esquina.
Se sobresaltó y tembló; su pálida cara se puso aún más blanca; volvió sus
fieros ojos hacia Arthur y lo atravesaron.
-Un
bonito dibujo -dijo en un raro y tranquilo tono de voz.
-¡Ah, y
hecho por una chica muy guapa! -dijo Arthur-. ¡Oh, una chica muy guapa! Me
gustaría que no fuese un paisaje, sino un retrato suyo.
-¿La
admira mucho?
Arthur,
medio en broma, medio en serio, se besó la mano como respuesta.
-Amor a
primera vista -dijo el joven Holliday, guardando el dibujo-. Pero el asunto no
marcha bien. Es la historia de siempre. Está monopolizada, como de costumbre;
ligada por un precipitado compromiso con un hombre pobre que nunca parece
conseguir el dinero suficiente para casarse con ella. Tuve suerte de saberlo a
tiempo, o seguramente hubiese arriesgado una declaración cuando me dio este
dibujo. Tenga, doctor, pluma, tinta y papel, listos para usted.
-¿Cuándo
le dio este dibujo? ¿Se lo dio? ¿Se lo dio?
Repitió
estas palabras despacio para sí y de pronto cerró los ojos. Una súbita mueca
pasó por su cara y vi una de sus manos agarrar las sábanas y estrujarlas con
fuerza. Pensé que volvería a enfermar y pedí que no hubiese más charla. Abrió
los ojos cuando hablé, los fijó interrogadoramente de nuevo sobre Arthur y dijo
clara y distintamente:
-Usted la
quiere y ella le quiere; el pobre hombre puede apartarse de su camino. ¿Puede
decir que, pensándolo bien, no le dará su persona como le ha dado el dibujo?
Antes de
que el joven Holliday pudiese contestar, se volvió hacia mí y dijo en un
susurro:
-Respecto
a la receta... A partir de entonces, aunque habló con Arthur, no volvió a
mirarle.
Cuando
hube escrito la receta, la miró y aprobó, sorprendiéndonos a ambos con un
«Buenas noches» brusco. Me ofrecí para quedarme, pero negó con la cabeza.
Arthur ofreció también quedarse y con su cara vuelta, dijo:
-No.
Comprendiendo
que yo no cedería, aceptó que se quedase el camarero de la posada.
-Gracias
a los dos -dijo, cuando nos pusimos de pie para irnos-. Tengo que pedirles un
último favor, no a usted, doctor, porque confío en su discreción profesional,
sino a Mr. Holliday.
Cuando
habló, sus ojos aún estaban fijos en mí y nunca más se volvió hacia Arthur.
-Suplico
a Mr. Holliday que no mencione a nadie, y menos aún a su padre, los sucesos
ocurridos y las palabras dichas en esta habitación. Le ruego que me entierre en
su memoria como si para él estuviese enterrado en la tumba. No puedo darle mis
razones para pedirle algo tan extraño. Sólo puedo implorarle que lo cumpla.
Su voz
falló por primera vez y escondió la cara en la almohada. Arthur, completamente
confundido, le dio su palabra. Inmediatamente después me llevé al joven
Holliday a casa de mi amigo, pensando regresar a la posada y ver de nuevo al
estudiante antes de que partiese. Volví a la posada a las ocho en punto,
absteniéndome a propósito de despertar a Arthur, que descansaba de la
excitación de la pasada noche en uno de los sofás del salón de la casa de mi
amigo. En cuanto estuve solo en mi dormitorio, tuve una sospecha, lo que me
hizo decidir a que Arthur y el joven estudiante a quien había salvado la vida
no se viesen nunca más, si yo podía evitarlo. Ya he contado ciertas habladurías
escandalosas que sabía respecto a la juventud del padre de Arthur. Cuando, en
mi cama, pensaba en lo ocurrido en la posada: el cambio en el pulso del
estudiante cuando se mencionó el nombre de Holliday; el parecido que había
notado entre la expresión de su cara y la de Arthur; el énfasis que puso en las
tres palabras «mi propio hermano»; su incomprensible aceptación de su propia
ilegitimidad; mientras pensaba en estas cosas, las informaciones antes
mencionadas irrumpieron de pronto en mi mente y se enlazaron como una cadena en
mis anteriores reflexiones. Algo me susurró: «Mejor será que estos dos jóvenes
no vuelvan a verse». Lo sentía antes de dormirme; lo sentí cuando desperté; y
como os he dicho, fui solo a la posada a la mañana siguiente.
Perdí mi
última oportunidad de ver de nuevo a mi paciente sin nombre. Hacía una hora que
se había marchado cuando pregunté por él. Ya os he dicho todo lo que sé sobre
el hombre a quien devolví la vida en la habitación doble de la posada de
Doncaster. Lo que voy a añadir son meras deducciones y conjeturas; hablando
claro, no son hechos concretos. Primero os diré que el estudiante de medicina
estuvo increíblemente en lo cierto adivinando que era muy probable que Arthur
se casara con la joven que le diera la acuarela del paisaje. La boda tuvo lugar
un año después de los acontecimientos que acabo de relatar. La joven pareja
vino a vivir en el vecindario donde yo estaba establecido. Estuve presente en
la boda y quedé muy sorprendido de que Arthur, ni antes ni después de la boda,
quisiera hablarme del anterior compromiso de su novia. Sólo se refirió a ello
una vez en que estábamos a solas, contándome en aquella ocasión que su esposa
había hecho todo a lo que el honor y el deber la obligaba, y que el compromiso se
rompió con la entera aprobación de sus padres. Nunca supe nada más sobre esto.
El nuevo matrimonio Holliday vivió feliz durante tres años. Al cabo de este
tiempo se declararon síntomas de una seria enfermedad en Mrs. Holliday.
Resultó
ser una larga y lenta enfermedad sin esperanza. Yo la atendí siempre. Habíamos
sido grandes amigos cuando no estaba enferma y lo fuimos más estrechamente en
su dolencia. Mantuvimos largas e interesantes conversaciones durante los
períodos en que parecía recuperarse. Puedo contaros brevemente el contenido de
una de estas conversaciones, dejándoos deducir lo que os plazca. La entrevista
a que me refiero ocurrió poco antes de su muerte. Llamé como de costumbre, la
encontré sola y comprendí al ver sus ojos que había estado llorando. Al
principio sólo me contó que estaba moralmente deprimida, pero poco a poco se
volvió más comunicativa y me contó que había estado releyendo unas cartas
antiguas, dirigidas a ella antes de que conociera a Arthur, por el hombre con
quien había estado comprometida en matrimonio. Le pregunté cómo se había roto
el compromiso. Me contestó que no se había roto, sino muerto de un modo
misterioso. La persona con quien estaba comprometida -su primer amor-, era muy
pobre y no había posibilidades inmediatas de casarse. Tenía mi misma profesión
y había marchado al extranjero para ampliar sus estudios.
Habían
mantenido una correspondencia regular hasta que, como creía, había regresado a
Inglaterra. Desde aquel momento no supo nada más de él. Tenía un temperamento
sensible y susceptible y ella temía haber hecho o dicho algo inadvertidamente
que le hubiese podido ofender. De cualquier modo, no le escribió más y después
de esperar un año, se casó con Arthur. Le pregunté cuándo había sucedido
aquello y averigüé que las cartas habían cesado exactamente por las mismas
fechas en que fui llamado para atender al misterioso paciente de la posada Los
dos petirrojos. Quince días después de esta conversación, ella murió. Al correr
del tiempo Arthur se casó de nuevo. En los últimos años ha residido casi
siempre en Londres y le he visto raramente. Tengo que pasar sobre algunos años
antes de llegar a una conclusión acerca de esta interrumpida narración. Y aún
al llegar al final, lo que tengo que deciros llamará vuestra atención unos
breves minutos. Una lluviosa tarde de otoño, cuando todavía practicaba la
medicina en el medio rural, estaba sentado, solo, pensando en un caso a mi
cuidado que me tenía perplejo, cuando llamaron a la puerta de mi habitación.
-Entre
-grité, mirando con curiosidad para ver quién me buscaba. Después de un breve
instante se movió el picaporte y apareció una mano larga, blanca y huesuda,
empujando lentamente la puerta sobre una arruga de la alfombra que no permitía
abrirla libremente.
Detrás de
la mano apareció un hombre cuya cara me causó inmediatamente una extraña
sensación. Había algo familiar en su aspecto y también algo que sugería un
cambio. Se presentó tranquilamente como Mr. Lorn; traía unas excelentes
referencias profesionales y me propuso ocupar el por entonces vacante puesto de
asistente mío. Mientras hablaba me di cuenta de que no lo hacíamos como
desconocidos y que aunque yo parecía asombrado de verle, él no lo estaba en
absoluto. Tuve en la punta de la lengua decirle que me parecía que ya nos
habíamos conocido antes. Pero algo en su cara y algo en mi propia impresión -no
puedo decir qué- me impidió decírselo, y sintiéndome atraído hacia él, lo
acepté sin dudarlo para el puesto. Aceptó la propuesta y se quedó aquel mismo
día. Desde el principio nos llevamos como viejos amigos, pero, durante todo el
tiempo que estuvo en mi casa nunca me hizo una confidencia sobre su pasado y no
me acerqué nunca al tópico prohibido más que por insinuaciones que
resueltamente no quiso entender. Creo desde hace tiempo que mi paciente de la
posada pudiera ser un hijo ilegítimo del viejo Mr. Holliday y que también
pudiera ser el hombre comprometido con la primera esposa de Arthur. Y ahora se
me ocurre otra idea: que Mr. Lorn es la única persona en este mundo que podría
aclararme ambas dudas.
Se quedó
conmigo hasta que me trasladé a Londres a probar fortuna allí por segunda vez,
y entonces él siguió su camino y yo el mío, y no nos hemos vuelto a ver. Ya
nada puedo añadir. Puedo estar en lo cierto en mis conjeturas o tal vez estar
equivocado. Todo lo que sé es que cuando llegaba tarde por las noches, en
aquellos días en el campo, y encontraba a mi ayudante dormido y lo despertaba,
me solía mirar como el forastero de Doncaster lo hizo cuando se levantó de la
cama aquella noche memorable.
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Wilkie
Collins (1824-1889)


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