© Libro N° 11194.
La Alianza Derrida-Habermas. Fernández
Leost, José Andrés. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
La Alianza Derrida-Habermas. José Andrés Fernández Leost
Versión Original: © La Alianza Derrida-Habermas. José Andrés
Fernández Leost
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://nodulo.org/ec/2004/n024p24.htm
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
Portada
E.O. de Imagen original:
https://m.media-amazon.com/images/I/5193Gfcdb7L.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
José Andrés Fernández Leost
La
Alianza Derrida-Habermas
José
Andrés Fernández Leost
En torno
al libro La filosofía en una época de terror. Diálogos con Habermas y
Derrida, de Giovanna Borradori, Taurus, Madrid 2003
El
conflicto iraquí y el inicio de las hostilidades en marzo de 2003 desató como
es bien sabido un debate en torno al papel que le corresponde a Europa como
actor internacional; concretamente acerca de la voz hacia la que debería o no
tender en lo sucesivo en lo tocante a su política exterior. La cuestión de la
identidad europea, más allá del patente fracaso que entonces manifestó, no dejó
de concitar una división de opiniones que enfrentaba de un lado a quienes
defendían, junto con el prerrequisito de la unidad europea, la necesidad de una
voz común en materia de defensa, contra aquellos que abogaban por el
mantenimiento de la soberanía nacional –reservando para cada país la
titularidad de sus competencias básicas, y conteniendo así en parte la erosión
de la realidad y concepto del Estado–. Reproducir las líneas del debate, sus
puntos esenciales, así como las contradicciones internas que abrigan en su seno
(¿cómo es posible que Francia se alce como cabeza de la UE siendo el país más
soberanista de cuantos la integran?, ¿hasta qué punto la defensa de la
pervivencia, operatividad y actualidad del Estado nación se refleja en países
cuya política, más que preocuparse por las dependencias económicas que van
reforzándose en relación a las empresas multinacionales, parece limitarse a la
estricta y al cabo mínima articulación de su Estado como Estado gendarme?),
merecería un texto y unas ambiciones que desbordarían con creces nuestro
objetivo. En la presente reseña nos ceñimos al comentario de un libro que reúne
dos de los discursos del lado más europeísta y pos-nacional de tales
posiciones, en aras de revisar los planteamientos de quienes a finales de la
primavera del 2003 divulgaron un artículo –en el Frankfurter Allgemeine y Liberation, recogido
en España por el diario El País– titulado Europa: en
defensa de una política exterior común, defendiendo la tesis de que
«Europa se ofrece como un sistema de 'gobierno más allá del Estado nacional'
que podría servir de modelo en una constelación posnacional», en un doble
propósito a nuestro juicio de 1) dar por sentada la realidad de la unidad
europea, para 2) postularlo, a partir del supuesto éxito de su interna
«pacificación de diferencias de clases por el Estado social» como modelo a
seguir en el desarrollo de un futuro orden internacional –bajo los auspicios de
la ONU por supuesto–, dando así por consiguiente «un nuevo impulso a la
esperanza kantiana de una política interior mundial».{1} Acotemos
no obstante ahora nuestro análisis al libro de referencia.
Giovanna
Borradori nos propone en La filosofía en una época de terror una
discusión en torno al alcance del 11-S –de su problemática conceptual y de sus
repercusiones no sólo en el ámbito abstracto de la filosofía política, sino
también en el tablero real de las relaciones internacionales– a través de dos
entrevistas con quienes usualmente se presentan como dos de las figuras mayores
dentro del panorama filosófico europeo: Jürgen Habermas y Jacques Derrida.
Merece resaltarse por de pronto la conveniencia de recurrir a estas dos figuras
de la filosofía mundial, no tanto aquí (que también) por la autoridad que les
proporcionan sus anchas trayectorias respectivas en el mundo académico, cuanto
por la tradición europeísta de la que se reclaman y en la que están inmersos,
aquella precisamente que Borradori retoma a fin de entrelazar sus discursos.
Efectivamente, ha de subrayarse la atracción que quepa suscitar un libro como
el presente al reunir por vez primera a estas dos acreditadas voces al hilo de
un mismo motivo, el del terrorismo internacional, cuya compleja carga
conceptual apela a un análisis de índole filosófico –aun, en este caso, con un
sesgo de raigambre más bien idealista–, que Borradori se encarga de presentar
con una excepcional agilidad expositiva, y el esfuerzo añadido de intersectar
las tesis de Habermas y Derrida en base a su común preocupación por los temas
nodales de la Ilustración –definida está en función de una época de la historia
occidental, pero ante todo, a partir de una orientación intelectual ligada a un
determinado número de textos clave–: la justicia y la libertad.
La
estructura del libro la organiza Borradori a partir de las dos entrevistas que
le sirven de atractores en torno a las que hace gravitar los dos ensayos que
preceden a cada una de ellas, como asimismo el prefacio en el que se encarga de
justificar la necesidad que, ante el 11-S, cabe exigir a la filosofía en cuanto
disciplina íntimamente vinculada a la historia y, por ende, comprometida a dar
respuesta en relación a los acontecimientos que en ella se suceden. Quizá la
autora recaiga en ciertas simplificaciones a la hora de exponer las relaciones
que entre la filosofía y la historia han venido produciéndose desde Platón
hasta nuestros días; tal recorrido le servirá en todo caso para aplicar sus
conclusiones –la responsabilidad de la filosofía ante los traumas de su época–
en los dos filósofos que ha reunido para la ocasión; personas –recuerda–
marcadas bajo fenómenos propios del siglo XX –el totalitarismo y el
colonialismo–, de cuya experiencia partieron en el momento de desarrollar sus
discursos: Habermas, a fin de procurar una reubicación alemana ante su pasado,
colaborando en la cristalización del concepto (o doctrina) del Verfassungspatriotismus o
«patriotismo constitucional» acuñado por Dolf Sternberger; Derrida procurando
advertir del peligro derivado de los usos irreflexivos del lenguaje, estudiando
para ello la multiplicidad de narrativas históricas (y culturales y
lingüísticas) que contienen los conceptos y, al cabo, deconstruyéndolos.
A
continuación Borradori abre paso a las dos entrevistas en sí, las cuales se
verán acompañadas por sendos comentarios explicativos, equilibrando las
implicaciones de un género, el de entrevistas, cuya frescura no deja de
contener un cierto componente de imprecisión.
El ensayo
sobre Habermas, Reconstruir el terrorismo, reelabora la teoría
de la acción comunicativa del alemán, recurriendo a una suerte de biografía
intelectual centrada en los conceptos principales que jalonan su obra, para
aplicarlos a las respuestas que Habermas da a la autora en el decurso de la entrevista.
Así, el terrorismo, al igual que la violencia, se considerará como una
distorsión del lenguaje que no hace sino obstaculizar el ideal regulativo que
propone continuamente Habermas, y que insiste en la necesidad de articular un
intercambio comunicativo racional que, partiendo de la premisa kantiana del uso
público de la razón, desemboca en un enfoque discursivo de la ética y de la
filosofía política. De ahí que la noción de discurso sustituya con el tiempo a
la de esfera pública en la obra habermasiana. El objetivo de una pragmática
universal orientada por dicha normatividad, sería, según Habermas, parte del
proyecto aún inconcluso de la modernidad (léase: de la Ilustración), en cuyo
seno cabría aspirar al fin emancipatorio de la humanidad. De esta forma el
ámbito del «mundo de la vida» lograría resistir al embate de la razón
instrumental (o de la acción estratégica) propio de los sistemas políticos y
económicos, pero también de un terrorismo que, si acaso empeñado en vulnerar
sin objeto la dinámica de los sistemas complejos, no estaría en ningún caso
informado por los compromisos que exige la comunicación –la racionalidad y la
pretensión de validez–, y cuyo rechazo a cualquier tipo de auto-reflexión le vedaría
el acceso a una mentalidad moderna caracterizada por la asimilación –tolerante–
de disonancias cognitivas. Y si bien tampoco el discurso organizado desde EEUU
apunte hacia los requisitos necesarios que una situación de dialogo simétrico
exigiría, tal como la intencionalidad de una construcción de confianza (acaso
propiciada de cara al Tercer Mundo a partir de una domesticación del
capitalismo sin fronteras), la oportunidad de su teoría en un escenario
atravesado por la equivocidad de la expresión de «guerra al terrorismo» no
sería, en su opinión, menor. En la entrevista con Borradori, se tocan además
temáticas que emplazan al diálogo con Derrida, tales como la naturaleza del
Derecho Internacional; la aspiración a un Estado cosmopolita (dando por obsoleta
la efectividad del concepto de Estado nación, en línea con sus planteamientos
pos-nacionales); el evasivo significado del concepto de terrorismo; o el
alcance de la noción de tolerancia.
Efectivamente,
el método de análisis desarrollado por Derrida, definido como intervención
dirigida a desestabilizar las prioridades estructurales de cada discurso
particular mediante una serie de pasos que acaban por sacar a la luz las
relaciones jerárquicas que quedan ocultas por la opacidad de los conceptos, nos
mostrará como éste se distancia respecto de Habermas al revelarse mucho más
escrupuloso en cuanto al uso de ciertas nociones –por ejemplo, la misma de
tolerancia– sospechosas de arrastrar tradiciones que regeneran los problemas
que pretenden desactivarse. Borradori titulará su ensayo esta vez Deconstruir
el terrorismo, y en él nos proporcionará las claves de su extensa
entrevista con Derrida, de las que cabe mencionar la primordialidad que concede
a un proceso de carácter biológico aplicable a los efectos del 11-S en el orden
internacional: la crisis de auto-inmunidad, esto es, una crisis en el mecanismo
duplicado de auto-protección tendente a debilitar el organismo de que se trate,
y que, en relación al 11-S, vale remontarlo al imaginario de la «guerra fría» y
proyectarlo a un sombrío futuro de terrorismo virtual. Junto con ello, se hará
especial hincapié sobre la ambigua cuestión de las fronteras conceptuales,
señalando aquellos límites en los que los conceptos, subsumidos usualmente en
estrategias y relaciones de fuerza heredadas, contienen una referencia
imposible de alcanzar –la que nos lleva por ejemplo de la tolerancia como
hospitalidad condicionada a la hospitalidad incondicionada–, pero que nos es
imprescindible en nuestra aspiración de justicia, concepto este por cierto que,
junto con el de perdón, el de tolerancia, o el de democracia, excede –según
Derrida– de cualquier corsé históricamente asignado, empezando por el jurídico.
Precisamente
en estas aspiraciones situadas en los límites de la posibilidad –que no por
ello dejan de ser igualmente reales, siempre según tal autor, sirviéndonos de
hecho como criterios para valorar nuestra época asfixiada de tecno-ciencia– ve
Borradori la línea que conecta a Derrida con Habermas, y le sitúa bajo la
perspectiva de la Ilustración. En todo caso su diálogo con el francés resulta
especialmente frondoso, riquísimo en matices –deteniéndose en detallismos
etimológicos deslumbrantes; deconstruyendo sucesivamente un concepto tras otro:
acontecimiento, impresión, religión, responsabilidad, &c.–, pero por ello
más complicado de seguir, acumulando algunas de sus nociones tal barroquismo
que acaso limiten su comprensión neta en una primera lectura. Sobre todo
teniendo en cuenta que acaso lo más relevante a efectos de la cuestión troncal
sea la oportunidad concedida a Europa como depositaria de ese horizonte
imposible y esperanzador –«ilustrado» para Borradori: más moderno aún que
posmoderno– de estar dispuesto en todo momento a la visita (no invitación) de
lo «completamente otro».
Hasta
aquí una primera visita a una línea europeísta que sin embargo nos deja serias
dudas acerca de la capacidad de edificar, por encima de la moneda única, un
aparato socio-político homogéneo y cohesionado, y en el que por lo demás parece
darse por solucionada (y nada más lejos de la realidad) la cuestión de un
Ejercito común supuestamente distanciado de la OTAN, olvido no menor por cuanto
el dilema entre los atlantistas frente a los no atlantistas parece reflejar con
más nitidez que ningún otro el estado actual de la cuestión.
Nota
{1} No
deja de resultar curioso como con todo se pretende presentar tal propuesta más
allá de todo «eurocentrismo» según –entendemos– la capacidad de distancia
reflexiva que con respecto a su historia plagada de ambiciones imperiales y
aventuras coloniales poseen las potencias europeas. ¿Puede haber algo más
eurocéntrico (dejando aparte la ambigüedad del concepto y, es más, la
perspectiva absoluta o metafísica –«perspectiva cero»– que supone el anhelo
alimentado por la «ilusión etnológica» de liberarse de todo etnocentrismo
–véase: Etnología y Utopía, págs. 32 y sigs.– que la
posibilidad de concepción de dicha «distancia reflexiva»?
Al margen
de estas consideraciones, mas entroncando plenamente con la línea del artículo,
no queremos dejar de subrayar el guiño de uno de sus firmantes, en su discurso
en la entrega de los premios Príncipe de Asturias de octubre de 2003, a los
herederos del legado krausista, cuando se refiere a la influencia de ese
«fracasado profesor» en España, quien se «anticipó mucho a su tiempo con
exaltadas ideas sobre el Estado mundial y la confederación de la Humanidad,
sobre un orden jurídico global y sobre la transformación de las relaciones
internacionales en una política interior mundial».


Publicar un comentario