© Libro N° 11190.
A Propósito De La Humildad. Fernández
Tresguerres, Alfonso. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
A Propósito De La Humildad. Alfonso Fernández Tresguerres
Versión Original: © A Propósito De La Humildad. Alfonso Fernández
Tresguerres
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Alfonso Fernández Tresguerres
A
Propósito De La Humildad
Alfonso
Fernández Tresguerres
Determinar
lo que sea la humildad nos obliga a diferenciarla
del orgullo y la soberbia, de la vanidad y la jactancia,
mas también de la hipocresía y la abyección
Espinosa
le negó un lugar en el reino de las virtudes, relegándola al ámbito de las
pasiones, porque: «La humildad no es virtud, es decir, no surge de la razón»,
sino que es una forma de tristeza; en concreto, la «tristeza acompañada de la
idea de nuestra debilidad». Mas es preciso matizar, pues si bien es cierto que
hay un modo vicioso y triste de humildad, también lo es que existe una forma
virtuosa y lúdica de ser humilde.
1
Descartes,
y más tarde Kant (no digo que hayan sido los únicos), distinguieron con toda
precisión ambos tipos de humildad: la viciosa y la virtuosa. Ocupémonos ahora
de la segunda (volveremos más adelante a la primera).
Según
Descartes: «La humildad virtuosa consiste únicamente en que, al reflexionar
sobre la imperfección de nuestra naturaleza y sobre las faltas que podamos
haber cometido en otro tiempo o que somos capaces de cometer, no menores que
las que puedan cometer otros, no nos creemos superiores a nadie». Y en opinión
de Kant, la humildad auténtica, frente a la falsa humildad o humilitas
spuria, es un rasgo distintivo del individuo virtuoso y de auténtica
valía: «Las personas de verdadero mérito –leemos en las Lecciones de
ética– no son ni soberbias ni fatuas, sino humildes, porque su idea sobre
el verdadero valor es tan elevada que no pueden satisfacerla ni igualarse a
ella, y son conscientes en todo momento de la distancia que les separa de ese
ideal». Así entendida, la humildad no es sino una forma específica de
conciencia y de lucidez, consistente en el reconocimiento de nuestras propias
limitaciones e insuficiencias, o, como quiere Hume, «una insatisfacción con
nosotros mismos a causa de algún defecto o debilidad».
En
consecuencia, el individuo humilde parece contraponerse de inmediato al
vanidoso, mas también al soberbio y al orgulloso. Pero una vez más se hace
obligado hilar fino, porque esos tres tipos de temperamentos no son idénticos,
sin más, o equivalentes entre sí; al contrario: puede que se hallen tan
alejados unos de otros tanto o más de lo que lo están del humilde.
Comenzando
por el orgullo, si hemos de entender, como piensa Hume, que «consiste en una
determinada satisfacción con nosotros mismos a causa de algún talento o
posesión de que disfrutamos», no resulta inmediatamente obvio que se trate de
algo intrínsecamente malo o perverso: uno podría sentirse orgulloso, por
ejemplo, de sus amigos, y con ello antes podría de relieve la excelencia de
éstos que la propia ruindad, porque el orgullo no sería en ese caso más que una
forma de agradecimiento y de amistad. Y aun en el supuesto de que la
satisfacción tuviese su origen en uno mismo, tampoco se alcanza a ver por qué
un sentimiento tal habría de ser considerado automáticamente como vicioso:
quien se sienta plenamente pagado de sí mismo es, sin duda alguna, un imbécil,
pero muy duro le ha de resultar vivir consigo mismo a quien no experimente la
menor satisfacción de sí ni encuentre en él razón alguna donde asentar su
autoestima. Una vida en la que uno no halle ningún motivo para sentirse
orgulloso de algo ni para sentirse orgulloso ante alguien, no merece la pena
ser vivida. Y si el orgullo toma la forma de la aspiración a la
autosuficiencia, de no rebajarse ni humillarse, cualquiera que sean los
beneficios que se obtengan a cambio, de no aceptar, tampoco, la lástima, la
compasión ni la limosna, entonces no es un vicio sino un ideal de vida tan
noble como cualquier otro y más que muchos (el ideal de Epicuro, mas también el
de los estoicos).
No cabe,
en consecuencia, mostrarse de acuerdo con Descartes cuando afirma que el
orgullo es siempre vicioso. Otra cosa es que el orgullo traspase los límites
que le hemos asignado y se convierta en una estimación excesiva (e infundada)
de uno mismo, acompañada, con frecuencia, de un sentimiento injustificado de
superioridad sobre los demás, quienes no serán otra cosa que objeto de
desprecio. Pero esto tiene más que ver con la soberbia que con el orgullo (y
aun con los delirios paranóicos, según hasta dónde alcance esa hipertrofia
del yo). Pero el soberbio se halla muy alejado del orgulloso; entre
otras cosas, porque la soberbia (seguramente también la vanidad) supone una
perdida de la capacidad de autocrítica lindante con la estupidez. Pero es que,
además, el orgulloso ni menosprecia a los demás ni aspira a dominarlos (como le
sucede al soberbio) ni tampoco a obtener su admiración o reconocimiento
(obsesiones del vanidoso); si acaso, a lo que aspira (aspiración tal vez
igualmente vana e imposible) es a pasarse perfectamente sin su presencia ni
auxilio. El soberbio y el vanidoso necesitan un público, sin
el cual no son nada; un público al que dominar o al que
impresionar, al que hacer objeto de su desprecio o del que ser adulados; sin
los demás están perdidos, y por eso su vicio (la soberbia o la vanidad) los
convierten en esclavos del prójimo. Por el contrario, el orgulloso si algo
desea es no apoyarse más que en sí mismo; si a algún exceso le conduce su
temperamento es tal vez a ignorar a los demás, y, por lo mismo, acaso dé poco,
pero no pide nada. En cierto modo, su ideal de vida se mueve en dirección
opuesta a la del soberbio y la del vanidoso: estos van desde sí mismos hacia
los demás, su existencia no tiene sentido más que en la plaza pública, porque
la esencia de su vida estriba en mostrarse y representarse a sí mismos; el
orgulloso desea, en cambio, retornar desde los demás hacia sí. En el límite, lo
extremado de su carácter, lo cariñosamente risible (al menos para mí, que no
estoy ocultando mi simpatía por estos tipos humanos), lo sorprendente, en suma,
es que puede intentar mantenerse a flote tirando de sus propios pelos, como
hacia el barón de Munchausen.
Kant ha
visto y expresado con toda claridad todo esto que, a mi vez, estoy torpemente
intentando decir. Permítaseme, pues, apoyarme en sus palabras, y discúlpeseme,
asimismo, lo excesivo de la cita: «El orgulloso –escribe Kant– no infravalora a
los demás, sino que tan sólo pretende poseer ciertos méritos en razón de los
cuales no se doblegará ni humillará ante los otros, creyendo poseer un valor
determinado del que no abdicará ante los demás. Este tipo de orgullo es
legítimo y razonable siempre que no se traspasen ciertos límites, mas en cuanto
alguien pretenda esgrimir ante los demás la posesión de semejante valor, nos
encontramos ante el orgullo propiamente dicho, que es un comportamiento
vicioso.» Pero obsérvese que eso que Kant denomina orgullo propiamente
dicho no es otra cosa que la soberbia; por eso, a reglón seguido
continuará diciendo: «La soberbia no consiste en arrogarse un valor y una
estima en términos de igualdad con los otros, sino en la pretensión de detentar
una estima más alta y un valor más preeminente en relación con uno mismo, así
como en hacer gala de un menosprecio respecto a cuanto atañe a los demás. La
soberbia es tan odiosa como ridícula, ya que se trata de una valoración
enteramente subjetiva». Y todo esto le lleva a Kant a concluir que: «Todo
soberbio está algo chiflado, obsesionado como está porque se le reconozca su
ansiada superioridad, cuando lo único que consigue realmente es convertirse en
objeto de desprecio.» Pues eso.
Pero lo
que venimos diciendo (y lo que dice Kant) lleva a pensar que tan lejos como se
encuentra la soberbia del orgullo, así de próxima se halla a la vanidad. No
parece posible ser soberbio sin una alta carga de vanidad, ni ser vanidoso sin
incurrir en algún momento en la soberbia. No quiero decir, sin embargo, que
soberbia y vanidad sean lo mismo, porque la vanidad tiene también (como el
orgullo o la soberbia) sus rasgos distintivos propios.
El
vanidoso, como el soberbio, posee, ciertamente, una estimación excesiva de sí
mismo, amparada en un elevado concepto de sus méritos o de sus capacidades,
pero lo que le caracteriza frente a aquél es que, antes que dominar, lo que
sobre todo ansía es ser admirado y adulado, ser objeto de una consideración
excesiva y beneficiario de alabanzas sin cuento (quizá también ser envidiado).
Por eso, como el soberbio, depende de los demás hasta el punto de ser su
esclavo. Yo no sé si, como sospecha A. Smith, en el fondo no es más que un
farsante que no se halla en absoluto convencido de la supuesta superioridad que
manifiesta y que lo que busca en realidad es que los demás le vean mejor de lo
que él mismo se ve. En este caso la vanidad operaría como un mecanismo compensatorio
de un sentimiento de inferioridad, es decir, constituiría un rasgo neurótico. Y
seguramente así es en ocasiones. Al menos resulta indudable que en determinados
trastornos de la personalidad (el histriónico o el narcisista, por ejemplo), la
vanidad (y algunos de sus parientes cercanos, como la mitomanía o la
pseudología) tiene una presencia innegable. El vanidoso, como el histriónico,
alardea de lo que no posee, y como el narcisista se cree merecedor de un trato
especial. Ahora bien, considero excesivo recluir a la vanidad en el ámbito de
la psicopatología, porque lo cierto es que hay vanidosos que lo son de veras,
quiero decir que existen individuos lo suficientemente estúpidos como para
considerarse excelentes.
Aristóteles,
que entiende que la vanidad es el vicio por exceso de la magnanimidad,
considera que «los vanidosos son necios e ignorantes de sí mismos, y esto es
manifiesto -añade-. Pues sin ser dignos emprenden empresas honrosas y después
quedan mal. Y se adornan con ropas, aderezos y cosas semejantes, y desean que
su buena fortuna sea conocida de todos, y hablan de ella creyendo que así serán
honrados». El vanidoso es también, según Aristóteles, esencialmente
jactancioso, pues «pretende reputación en cosas que no le pertenecen». Y, en
suma, «se juzga a sí mismo digno de grandes cosas siendo indigno».
J. Swift,
en cambio, interpreta la vanidad (irónicamente) como una forma de humildad:
«Ser vanidoso –afirma– es más una señal de humildad que de orgullo. Los
vanidosos se regocijan explicando los honores que les han sido concedidos, los
grandes personajes con los que se han codeado y otras cosas por el estilo,
mediante lo cual confiesan palmariamente que esos honores estaban por encima de
sus merecimientos, ya que sus amigos no se los creerían si no se los hubiera
explicado. Mientras que el hombre verdaderamente orgulloso considera que los
más altos honores están por debajo de sus méritos y consecuentemente desdeña
vanagloriarse de ellos. Yo, por lo tanto –concluye–, tengo como máxima que
quien aspire a tener el carácter de un hombre orgulloso debería ocultar su
vanidad.»
La
observación de Swift nos remite de nuevo a la sospecha de A. Smith, acerca de
que el vanidoso no cree realmente en la superioridad de la que alardea. Pero,
como decía antes, a mí me parece que vanidosos auténticos también los hay,
vanidosos sin más, sin traumas ocultos que la vanidad enmascara ni sentimientos
de inferioridad que compensar, vanidosos en estado puro, tontos de una sola
pieza, enterizos. Y yo creo que a éstos (y también a los soberbios) es a los
que verdaderamente se opone la humildad, y no tanto a los orgullosos, porque el
individuo auténticamente orgulloso ni se considera a sí mismo por encima del
prójimo ni entiende que cualquier honor se encuentra por debajo de su valía:
sencillamente, ni le importa demasiado el prójimo ni le interesan en exceso los
honores que éste puede dispensarle. Lo que le delata en su relación con los
demás no es tanto el menosprecio y el afán de dominio (como al soberbio) ni la
presunción y el deseo de halagos (como al vanidoso), sino la indiferencia, y en
el límite, el desdén. Pero esto no es incompatible (creo yo) con un cierto
reconocimiento de las propias insuficiencias y debilidades. Y esto, y no otra
cosa, es, en sentido estricto, la humildad. Porque la humildad, adecuadamente
entendida (la humildad virtuosa), no es sino una modalidad de la ironía
(Aristóteles estaría de acuerdo. Supongo que Sócrates también): aquélla que,
haciéndonos a nosotros mismos objeto de un inteligente ejercicio irónico, nos
impide caer en la fatuidad, al tiempo que nos libra de la estupidez de tomarnos
demasiado en serio. Ser humilde es una manera de burlarnos cariñosamente de
nosotros mismos. Y por eso, no es una forma de tristeza (como pensaba
Espinosa), sino de regocijo. Pero no es fácil. Decía Emerson que: «Es muy
difícil ser lo suficientemente humilde para ser buena persona.» Yo más bien
creo que es muy difícil ser lo suficientemente inteligente para ser humilde.
2
Mas
existe también, según decíamos, una forma viciosa de humildad. En una de sus
manifestaciones viene a identificarse con la pusilanimidad; en la otra, con la
hipocresía.
El
pusilánime es aquel individuo en el que su humildad llega al extremo de
constituirse en una ausencia completa de confianza en sí mismo, privándole de
toda audacia y fuerza de ánimo, y, en último término, a subestimarse y a vivir
en permanente estado de abatimiento y abyección (consistente ésta en «estimarse
a sí mismo menos de lo justo por tristeza», según Espinosa).
Aristóteles
entiende la pusilanimidad como el vicio por defecto de la magnanimidad,
contraponiéndola, de este modo, a la vanidad. El pusilánime es aquel individuo
que siempre se considera indigno de menos de lo que merece, con lo que, además
de poner de manifiesto una falta de conocimiento de sí mismo, se priva de
aquello a lo que tiene pleno derecho, lo que en modo alguno es una virtud, sino
un defecto, y más aún: una necedad, porque, como señala Aristóteles, «el que no
actúa de acuerdo con su mérito es necio y ningún hombre excelente es necio ni
insensato».
Al
pusilánime le sobra timidez e inseguridad, derrotado de antemano, lo milagroso
es que pudiera llegar a alcanzar alguno de los objetivos que se propone, y eso
suponiendo que disponga de la suficiente fuerza de ánimo para marcarse alguno.
Se trata, en verdad, de un carácter bien triste, máxime teniendo en cuenta que,
junto con aquello a lo que legítimamente podría aspirar, pierde también la
consideración y el respeto de los demás: se esfuerza tanto en mostrarse abyecto
que, finalmente, los otros lo tienen por tal. De este modo, el pusilánime acaba
por descubrir que aquello de que «el que se humilla será ensalzado» (principio
rector del hipócrita), no funciona en su caso, porque lo cierto es que en él se
cumple más bien lo contrario, a saber: que «el que se humilla será humillado».
Lo que, por otra parte, no deja de ser consecuencia más lógica y justa: si te
empeñas en parecer despreciable, acabarás por serlo de veras.
Sin duda,
es preferible ser soberbio o vanidoso, porque ser pusilánime no es defecto
menor que éstos ni debilidad de carácter más nimia, y es, en cambio, cosa mucho
más triste y dolorosa. Al soberbio o al vanidoso siempre les queda la esperanza
de encontrar alguien que crea en su excelencia (porque siempre hay alguien
dispuesto a creer cualquier cosa). La desgracia del pusilánime estriba, empero,
en que todos le creen, porque la gente puede dudar más o menos de la supuesta
superioridad que manifiestas o de la que haces gala, pero creerá a pies
juntillas en tu inferioridad a poco que tus maneras inseguras le permitan
deducirla. Hay que convencer a los demás de nuestras virtudes, pero de nuestros
defectos se convencen solos.
Yo creo
que acierta Aristóteles al considerar a la pusilanimidad peor y más opuesta a
la virtud (a la magnanimidad) que la vanidad. Y acierta también A. Smith cuando
observa que quien se subestima es más infeliz y desgraciado que el soberbio o
el vanidoso, con el agravante de que se encuentra también más expuesto al
desprecio del prójimo.
Sucede,
sin embargo, que, en ocasiones, el pusilánime no es tal, sino que sólo lo
aparenta, y entonces ya no nos encontramos ante un individuo presa de una
humildad insana o una timidez enfermiza, sino ante un hipócrita. En palabras de
Kant, esa falsa humildad «consiste en renunciar a toda pretensión de tener
algún valor en sí mismo, persuadidos de lograr precisamente con ello un valor
escondido».
Ciertamente,
el hipócrita es ante todo un fingidor. No es casual que «hipocresía» venga
de hypokrisia, cuyo significado era el de la interpretación de
un papel teatral. Y, en efecto, el hipócrita es ante todo un actor, alguien que
finge sin cesar, que finge sentimientos o emociones, cualidades o virtudes.
Necesita, por tanto, un público ante el que exhibirse (lo mismo que el soberbio
y el vanidoso). En esto se parece al histriónico, del que le diferencian, no
obstante, dos cosas: por una parte, al histriónico sus gestos teatrales le
delatan, en tanto que el hipócrita es más sutil; por otro, la fabulación de
aquél (riqueza, poder, fama, amor, &c.) va encaminada a presentarlo como un
individuo superior; en cambio el hipócrita fabula (y finge) justamente en la
dirección contraria: en la dirección, precisamente, de la humildad. Simula
sentimientos que no posee y virtudes que desconoce, pero el compendio de todos
esos sentimientos es el de pequeñez, y el compendio de todas esas virtudes, la
humildad. Y a veces, borrachos de falsedad, llevan hasta tal extremo su
simulación de insignificancia, por ejemplo, negando poseer (como observa
Aristóteles) cualidades tan insignificantes y manifiestas, que acaban por
descubrirse y desvelar su juego.
Esa
necesidad fundamental de un público que le observe, como digo, le aproxima,
asimismo, al soberbio y al vanidoso, pero los móviles del hipócrita son con
mucho más miserables, porque a aquéllos les basta, quizá, con que los demás se
sientan impresionados por su grandeza o por su excelencia, buscan, en el fondo,
admiración, pero el hipócrita persigue siempre un beneficio: a veces nada menos
que el Reino de los Cielos («El que se humilla será ensalzado»: ¿puede alguien
imaginar lema mejor para la hipocresía). El hipócrita no desdeña ser admirado,
pero lo que en verdad quiere es ser recompensado. Y conoce en cada caso, con
entera claridad, la recompensa que busca. Por eso no vive engañado, sino que
vive para engañar. Como observa Kant: «El hipócrita simula que sus motivos e
intenciones son irreprochables, aun cuando sabe que son dignos de censura.»
Mas no se
interprete lo anterior como un intento de apología del soberbio y del vanidoso
frente al hipócrita, porque con harta frecuencia los tres son un solo, y a
ellos suele unirse, también con mucha frecuencia, el pusilánime, porque la
abyección no es sino una de las máscaras extremas que suele adoptar la
hipocresía: «mientras que los que tienen un espíritu más abierto y generoso no
cambian de humor por las prosperidades o adversidades que les ocurran –escribe
Descartes–, quienes lo tienen débil y adyecto están a merced de la fortuna, y
la prosperidad los hace vanagloriarse tanto como humildes los vuelve la
adversidad. Incluso podemos observar a menudo que se rebajan vergonzosamente
ante aquellos de quienes esperan algún beneficio o temen algún mal y que, al
mismo tiempo, se yerguen insolentemente por encima de aquellos de los cuales no
esperan ni temen nada». También Maquiavelo sospechaba algo similar: «Es
connatural a los hombres soberbios y viles –afirma– ser en la prosperidad
insolentes y en la adversidad abyectos y humildes».
Nos es
raro, desde luego, que soberbio y vanidoso se muestren humildes (incluso hasta
la abyección) cuando les conviene, y en esto consiste esencialmente la
hipocresía. Con justicia observa Espinosa que «quienes se creen ser sumamente
abyectos y humildes, son las más de las veces sumamente ambiciosos y
vanidosos».
La falsa
humildad no suele ser, pues, más que la máscara hipócrita tras la cual se
ocultan muchas veces la soberbia y la vanidad, mas también la jactancia y casi
siempre el interés, porque el juego miserable de esa mentira se despliega
siempre con algún objetivo: conseguir el halago o el reconocimiento, el perdón
o el poder. Una vez más, el duque de la Rochefoucauld acierta cuando
diagnostica que: «A menudo la humildad no es más que un sumisión fingida de la
que nos servimos para someter a los demás.»
Sin duda,
la vanidad y la soberbia son vicios bien deplorables (la pusilanimidad, por su
parte, no es sino una debilidad de carácter que sólo a su dueño perjudica),
pero sobre ellos reina la hipocresía, porque ésta suele ser el punto en el que
convergen confluyen las maldades todas, ya que, como observa Feijoo, no hay
maldad que no busque disimularse y refugiarse tras la mirada ladina del
hipócrita, con lo que, al cabo, la hipocresía es miseria e impostura
trascendente (extensible) al conjunto entero de los vicios: «Es en el Mundo
mucho mayor el número de los hipócritas de lo que comúnmente se piensa
–afirma Feijoo–. No hay
vicio tan transcendente. Todos los malos son hipócritas. Parece paradoja. ¿No
hay hombres (me dirás), que hacen gala del vicio? Respondo, que sí; pero no de
todo vicio. Descubren aquella parte del alma que no pueden esconder, y con la
jactancia se defienden de la confusión. Ponen corona al vicio, porque no
desautorice la persona. Aunque es peor la maldad arrogante que la tímida, esta
es despreciada, aquella temida. Una pasión muy dominante rompe todos los
reparos de la cautela, y en esta situación, no pudiendo el delincuente evitar
con el disimulo el odio, procura granjear con la soberbia el medio. Es esta una
nueva hipocresía, con que desmiente su propia conciencia. Feo es el delito a
sus ojos, y quiere con la gala que le viste, deslumbrar los ajenos. Para que el
común no insulte al que es conocido por malo, no hay otro arbitrio, que sacar
al público la culpa armada de osadía.»
Es claro
que lo óptimo sería un justo reconocimiento de nuestras capacidades y de
nuestras insuficiencias, de nuestras virtudes y defectos, pero toda vez que tal
objetividad es poco menos que utópica, yo quisiera hallarme lejos de la vanidad
y la soberbia (no tanto para ser bueno como para no ser tonto), pero más lejos
aún de la hipocresía. Y, sobremanera, no desearía caer en la debilidad de la
abyección, porque con ésta (cuando es sincera) no eres menos tonto, y sí eres,
por el contrario, más infeliz. Tenemos pocas cosas, a parte de a nosotros
mismos, como para permitirnos el lujo de subestimarnos. Y como (según creo) lo
contrario de esta humildad insana es el orgullo (a ella es a quien realmente se
opone, no a la humildad virtuosa o irónica), si hemos de pecar de algo, que sea
de orgullosos, porque yo al menos estoy de acuerdo con A. Smith cuando sostiene
que: «En casi todas las circunstancias, en cualquier aspecto, es mejor ser un
poco demasiado orgulloso que un poco demasiado humilde.»


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