© Libro N° 11189.
¿Es Posible Demostrar La Teoría Laboral Del Valor? Guerrero
Jiménez, Diego. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
¿Es Posible Demostrar La Teoría Laboral Del Valor? Diego Guerrero Jiménez
Versión Original: © ¿Es Posible Demostrar La Teoría Laboral Del
Valor? Diego Guerrero Jiménez
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
¿ES POSIBLE DEMOSTRAR LA TEORÍA LABORAL DEL VALOR?
Diego Guerrero Jiménez
¿Es
Posible Demostrar La Teoría Laboral Del Valor?
Diego
Guerrero Jiménez
Se
defiende que Marx no sólo ofreció una teoría laboral del valor
sino que también logró demostrarla
Introducción
Es bien
conocido que en la obra de Marx existe una teoría laboral del valor, pero se
sabe peor que se encuentra en ella, además, un intento de demostración de dicha
teoría. El autor de este breve trabajo está convencido de que se trata de un
intento conseguido, pero debe ser el lector quien juzgue si él también está de
acuerdo con esta conclusión o no. Dividiremos la exposición en dos partes. En
la primera se repasarán los tres pasos que, a mi juicio, implica la
demostración; y en la segunda se retrocederá hacia consideraciones adicionales,
que tienen que ver con algunas de las conexiones que la demostración anterior
ha de presentar necesariamente con el resto del pensamiento de Marx.
1. Una
demostración en tres pasos
Se ha
debatido mucho (véanse, por ejemplo, Sacristán 1980, o Fernández Liria, 1998)
si el lenguaje «hegeliano» de Marx, en particular en El capital, lo
perjudicó o benefició a la hora de conferir fuerza científica a sus argumentos.{1} Yo
no estoy seguro de esto, pero sí lo estoy de que no hay ninguna razón para
descartar la lectura de este autor por ese motivo, salvo que uno sea, no un
científico, sino un científico positivista de los más romos. Sin embargo, creo
que puede ser conveniente «traducir» algunas de las ideas de Marx, al menos las
implicadas en su demostración, a un lenguaje más corriente que no ponga por sí
mismo obstáculos adicionales para llegar a debatir el fondo de la cuestión.
Esto es especialmente importante hoy, cuando no sólo los alumnos leen poco,
sino que ocurre otro tanto con sus profesores, demasiado ocupados en ver la
televisión y quizás en hablar por sus teléfonos móviles.
La
demostración que hace Marx de la validez de la teoría laboral del valor –fíjese
el lector que no digo «su» teoría del valor, porque nada le pertenece a nadie
(en exclusiva al menos), en particular en el terreno de la ciencia– puede
presentarse en tres pasos consecutivos.
Primer
paso. Los bienes y servicios que están en los mercados son cosas y
tienen precio. Esto es lo que en la época clásica se expresaba diciendo que las
mercancías tienen al mismo tiempo «valor de uso» y «valor de cambio». Pero Marx
dice que esta dualidad no es pacífica, sino que plantea muchos problemas (por
ejemplo, la lleva hasta convertirla en uno de los elementos de su teoría de las
crisis económicas y del ciclo industrial, pero esta cuestión no podemos
tratarla aquí{2}). Cada
tipo de mercancía específico (supongamos que haya, por ejemplo, dos millones de
tipos diferentes) se distingue de todos los demás, por definición (ya que, en
la medida en que no fuera así, no estaríamos ante dos tipos distintos de
mercancías, sino ante dos especímenes de un mismo tipo). Por tanto, esto hace
posible escribir:
x1 ≠
x2 ≠ x3 ≠ ··· (1)
(donde
cada xi indica un tipo distinto de mercancía). Pero
al mismo tiempo las mercancías están en el mercado –lo cual es un hecho
(fenómeno) totalmente real–, y esto, de alguna manera, iguala entre sí
realmente a estos dos millones de tipos diferentes de mercancías, haciendo
posible ponerlas a todas en una relación mutua –asimismo completamente real–
que podemos expresar por medio de una segunda fórmula. Si ahora escribimos
mayúsculas para designar el valor de cambio de las mercancías (Xi es
el valor de xi, para todo i), tenemos entonces:
a1·X1 =
a2·X2 = a3·X3 = ··· (2)
(en la
que estos ai aparecen, de momento, como simples
coeficientes numéricos). Si ahora escribimos lo anterior en términos más
generales, podemos comprobar que de la ecuación (2) derivamos la conclusión de
que, en términos puramente cuantitativos, tiene que ser:
Xij =
aji (3),
(donde el
doble subíndice significa el cociente de las correspondientes variables
nombradas con un solo subíndice, en el orden precisamente señalado; así, Xij =
Xi/Xj, y a su vez aji = aj/ai).
Por consiguiente, el primer paso de nuestra demostración consiste en algo tan
sencillo como el reconocimiento de que el mercado iguala de hecho determinadas
cantidades de mercancías distintas mediante sus precios (o valores de cambio).
Así, por ejemplo: Xi = aji·Xj podría
querer decir que un piano equivale a 10 guitarras, si ésos fueran los
subíndices reservados para estos dos tipos de mercancías (en cuyo caso, xi =
piano, xj = guitarra, Xi = valor de cambio del
piano, Xj = valor de cambio de la guitarra , y aji =
10).
En
realidad, muchos economistas no entienden esto porque, conforme a su costumbre,
no tienen (suficientemente) en cuenta el análisis dimensional que tanto
preocupa a físicos y matemáticos (véase, por ejemplo, la bibliografía que en
este campo cita Tapia, 2004; o la más específica que, al tratar la cuestión del
valor, menciona Ganssmann, 1988; o incluso la crítica que de sus colegas
economistas, empezando por los famosos Cobb y Douglas, hace Bródy, 1970). Si lo
tuvieran, se darían cuenta de que lo que ellos llaman un «precio relativo» (por
ejemplo, Xij = Xi/Xj) es, desde luego,
una variable adimensional, pero que eso no quiere decir que la cifra resultante
sea indiferente a la propiedad específica que en ambas casos se está midiendo
(y comparando) cuando se expresa esa específica relación mediante el precio o
valor relativo.
Podemos
tener dos mercancías cuyo valor relativo sea 2 (en términos de peso), 3 (en
términos de volumen), 4 (en términos de altura ), 1.5 (en términos de anchura),
&c., y sin embargo 1.8 en términos del trabajo necesario para producirlas.
Si no se quiere admitir que son las cantidades físicas de trabajo las que
regulan las cantidades físicas de valores y precios relativos, entonces hay que
proponer alguna otra propiedad; en caso contrario, la teoría que se pretenda
levantar sobre esta base siempre será una teoría del valor incompleta (véase
más sobre esto en el apéndice 4). Pues bien, sea cual sea la base de estos
valores de cambio, es evidente que el valor de cambio de una mercancía siempre
se expresará en unidades físicas de la otra por cada unidad de la
primera, y, por tanto, escribir (3) no es sino escribir:
Xi =
aji · Xj, (o bien: Xj = aij ·
Xi) (3').
Para un
análisis dimensional correcto, esto tiene perfecto sentido, ya que un piano que
valga en el mercado tanto como 10 guitarras, puede escribirse como:
Valor de
cambio de 1 piano, Xi
(medido en unidades de guitarras / piano, e.d., en g/p)
= 10 (aji)
(escalar aparentemente adimensional que en realidad tiene la unidad [g/p]/[p/g])
· x
valor de cambio de 1 guitarra (medido en pianos / guitarra, o p/g)
= 10 g/p (guitarras / piano)
Segundo
paso. Hay sólo dos posibilidades de interpretar estos coeficientes que
hemos escrito como aji.
A) O bien
se dice que cada uno de los aij tiene el valor que tienen
(«valor» entendido aquí como «magnitud») simplemente «...porque sí» [En
realidad, esta es la posición, no sólo de los economistas neoclásicos, sino de
todos cuantos se oponen a la teoría laboral del valor, porque en la actualidad
no hay ningún autor o corriente que ofrezca una alternativa «sustantiva», es
decir, que llegue a identificar qué propiedad alternativa está en la base de la
comparación que realizan constantemente los mercados reales].
B) O bien
se reconoce que cada una de esas magnitudes representa el valor
(mercantil) relativo del par de mercancías que se pone en relación
porque «no puede ser de otra manera». Es decir: porque ésa es la
relación numérica exacta determinada por el cociente real de las cantidades
realmente existentes de una cierta, específica, determinada, propiedad concreta
que está presente en esa medida en cada una de las dos mercancías comparadas en
el mercado (aunque esto lo hagamos aquí, de momento, partiendo del supuesto
de que ignoramos de qué propiedad se trata; es decir, lo postulamos, de
momento, con entera independencia de a qué hecho, o razón o causa o propiedad,
haya que atribuir la magnitud de ese específico «valor relativo».
Por
consiguiente, todos los economistas, sin excepción, tienen que hacer frente a
este dilema. O bien han de responder, a la pregunta por el valor de las
mercancías, que «No sabe / No contesta»; o bien han de decir de qué propiedad
física (de los muchos millones que existen) estamos hablando cuando nos
referimos a los intercambios reales de mercado. Pero lo que diferencia a esta
segunda posición de la primera es que, ahora, en todo caso debe
reconocerse que el valor (comercial) relativo tiene que ser el cociente
de dos valores (mercantiles) absolutos, sea lo que sea lo que queramos
o podamos entender por esto más adelante.
Por
consiguiente, reforcemos nuestra conclusión con un segundo ejemplo. Si
suponemos ahora que la mercancía de tipo 1 son sillas (determinado tipo de
sillas), y la de tipo 2 son mesas (determinada clase de mesas), y que en el
mercado todo el mundo puede obtener la información (real) de que se cambian de
hecho cinco sillas de este tipo por cada unidad de mesa, tenemos
que concluir, a partir de nuestras sencillas ecuaciones, que su precio
relativo es 5 (a21 = 5) porque X12 =
5; es decir porque hay algo en ellas, alguna propiedad real, en la
exacta proporción normal de 5 a 1. Es decir: si una mesa contiene
cinco veces el valor de una silla –de forma que a2/a1 =
5 en este caso–, entonces en el mercado se impone una ley práctica y
real –al menos mientras el sistema funcione sobre la base de las
fuerzas de mercado– que hace preciso entregar cinco sillas a cambio de cada
mesa. Repitamos que se trata de un hecho puro y duro: la realidad
mercantil exige que esto sea así. Y de acuerdo: nada hemos dicho,
hasta el momento, de trabajo ni de cantidades de trabajo.
Tercer
paso. Marx pensaba que la hipótesis de que los valores son «cantidades
de trabajo igual» (simplemente, trabajo humano sin distinciones cualitativas)
tiene muchos argumentos a su favor. Voy a intentar agrupar estos argumentos en
tres grupos, y les daré, provisionalmente, los nombres de: a) «empírico», b)
«lógico», y c) «teórico-histórico» (o «crítico»), respectivamente [Simplemente,
porque ésta es mi manera habitual de explicar en clase, cada año, lo que, a mi
juicio, constituye el triple criterio que es necesario utilizar, de forma
universal, para contrastar si una afirmación del tipo que sea está condenada a
quedarse en el mundo de las opiniones valorativas y subjetivas, o puede
pretender, por el contrario, ingresar en el mucho más reducido espacio de la
objetividad científica (intersubjetiva)].
a)
El argumento empírico tiene que ver, naturalmente, con los
hechos, con lo fáctico; y ya se sabe, una vez superada la ingenuidad típica de
la adolescencia, lo difícil que es ponerse de acuerdo en cuáles sean los
hechos, por así decir, «observables». Hay una cita muy conocida de Marx que se
refiere a esto (véase el Apéndice 1), y afirma que «hasta un niño sabe...»
...que sin trabajo la sociedad no puede reproducirse. Como esto, por sí solo,
no es suficiente y hasta puede resultar problemático después de un siglo largo
de propaganda contraria; y como, asimismo, resultan todavía poco familiares los
argumentos empíricos actualizados{3} que
se pueden encontrar en la literatura contemporánea sobre esta materia, lo mejor
es remitir al lector a literatura especializada sobre este punto (véanse, por
ejemplo, Guerrero, 2000, 2003b).
b)
El argumento lógico lo extrae Marx de la obra de Aristóteles,
y a mi juicio está perfectamente resumido por Martínez Marzoa (1983). Muchos
marxistas no lo han entendido bien, al menos de forma completa, y por eso
fracasaron desde el principio en sus debates al respecto con autores
partidarios de otras teorías o críticos de las ideas de Marx (por ejemplo, éste
fue el caso de Hilferding en relación con Böhm-Bawerk). El argumento es muy
simple, y dice así. Puesto que el valor permite igualar todas las
mercancías (ojo: no se dice: «muchas», o «casi todas», sino todas,
absolutamente todas; los dos millones de que hemos hablado más arriba), tiene
que consistir en una propiedad que:
1) esté
presente en todas ellas, y que reúna además dos rasgos adicionales:
2) ser
objetivamente cuantificable, y
3) ser
ajena a, o estar abstraída de, el valor de uso objetivo (es decir, el habitual,
o habituales, desde el momento de la concepción y fabricación del producto que
sirve de base) de la mercancías; es decir, ser independiente, y no parte, de
dicho valor de uso, ya que cada valor de uso específico distingue a cada
mercancía de las demás (y, a la vez, agrupa en un solo subconjunto homogéneo a
los distintos especímenes de cada tipo en el interior de esa categoría).
Si el
lector lo piensa desprejuiciadamente, se dará cuenta de que lo único que reúne
simultáneamente estas tres exigencias es la propiedad (a la vez física y social, por
más que a algunos les cueste entender esto), presente en todas las mercancías
(aquí hay que hacer una salvedad que se dejará para el Apéndice 2) de ser
cada una de ellas, ya se traten de bienes o servicios, el producto o resultado
de una cierta cantidad física de trabajo humano directo, o sea:
1. una
determinada porción del trabajo total del que dispone la sociedad humana en
cada momento y contexto social (pero véanse los matices que se añaden en el
epígrafe II de este trabajo);
2. una
cantidad (física) precisa de tiempo de trabajo (socialmente determinado en
términos abstractos, es decir, como simple trabajo humano, como puro gasto de
cerebro y energía corporal de los miembros de la especie, como escribe Marx)
que se realiza siempre, necesariamente, con la asistencia (técnica) de los
resultados materiales previos ya obtenidos en el pasado (resultado de otros
procesos de trabajo directo anteriores) y con la ayuda también de ciertas cosas
que, precisamente por haber sido puestas por la Naturaleza exterior a la
sociedad humana y su actividad, no tienen valor. El conjunto de los dos tipos
de «cosas» (producidas o no) utilizadas por quienes llevan a cabo el trabajo
directo –o ponen en acto su «potencia laboral», o «fuerza de trabajo»– forma
los llamados «medios de producción».
Comprobemos
ahora que esta propiedad de «ser resultado de trabajo humano simple (en cierta
cantidad mínima necesaria) cristalizado» reúne las tres condiciones necesarias
y suficientes para ser identificada como la «materia» del valor; y, al mismo
tiempo, que no existe ninguna otra propiedad o cosa (ni física ni social) que
pueda hacer otro tanto.
1. Es
cierto que muchas propiedades están presentes en muchas mercancías. Algunas
otras, puede pensarse que lo están en todas las mercancías (por ejemplo, la
utilidad, que es un presupuesto del valor, aunque un presupuesto cualitativo
que nadie ha dicho nunca cómo se pueda medir): pero no son cuantificables.
Nadie ha explicado nunca con el menor rigor cómo se mide la utilidad, salvo los
manuales neoclásicos que, sin el menor pudor, aseguran que se mide en dinero (y
lo hacen sólo mientras los estudiantes sigue en proceso de «maduración
neoclásica», porque una vez llegados al punto preciso, se procede a contarles
que lo de la utilidad es como los cuentos de la cigüeña o de los Reyes Magos
que se cuentan a los niños; una vez madurado, el economista ya no necesita
propiedad alguna, y los valores son los que son... simplemente porque sí). Pero
esto es un truco que no vale, como ya sabían y saben los propios neoclásicos, y
no se puede pretender que una cosa vale cinco euros porque tiene una utilidad
de cinco euros. Salvo que se esté ante un auditorio de analfabetos funcionales,
esto no cuela ni colará nunca.
En
cambio, la cantidad física de trabajo directo es, a pesar de las apariencias y
de los obstáculos ideológicos e inerciales desarrollados por los colegas
economistas, una propiedad física absoluta y perfectamente cuantificable,
pues se mide con un reloj como absolutamente cualquier otra cantidad
temporal. Mucha gente se ha confundido en este punto por la añagaza de
algunos críticos que sacan a relucir aquí, para despistar, la cuestión de la
mayor o menor complejidad del trabajo (el famoso «trabajo heterogéneo»). Si
esta gente hubiera leído a Marx con detenimiento y atención, si hubieran tenido
por objeto aprender la verdad, y no medrar (activamente) o subsistir
(pasivamente) en la Academia, se habría dado cuenta, no sólo que para este
autor habría sido tan sencillo disolver este tipo de objeciones como se
disolvían los azucarillos en agua con aguardiente, sino –lo que es mucho más
importante– que este autor tuvo el mérito insuperado de haber aportado más que
nadie a la teoría del valor.
No hace
falta poner ejemplos de otras especies animales. Ni siquiera se requiere buscar
los antecedentes de autores marxistas. Sólo basta con leer la prensa, los
informes empresariales y demás documentación exudada por la práctica real de
los negocios. Si se dice que una empresa cuenta con 200.000 trabajadores; si se
afirma que fueron ayer a la huelga medio millón; si se da rango de estadística
oficial a la tasa de desempleo (cociente del número de los desempleados
dividido por la población activa)..., todo eso ocurre porque los agentes
económicos (prácticos y teóricos) dan por hecho que el trabajo
concreto heterogéneo se puede medir también, y con la misma exactitud, como
trabajo abstracto y homogéneo. No lo querrán reconocer porque, como sujetos que
son, están ideológicamente determinados por algo más que por su buena voluntad.
Aceptarán a regañadientes la lógica implícita en el argumento, pero no les
quedará más remedio porque se trata de un simple hecho.
En
realidad, la dificultad de muchos para aceptar un argumento así tiene que ver
con un mito que se nos trasmite a todos ya desde la más tierna escuela. Se nos
enseña que no se pueden sumar naranjas con manzanas, y esto es falso: sí que se
puede. Lo que no se puede es decir: «cinco naranjas más tres manzanas = 8
naranjas (u 8 manzanas)». Esto último sí es falso. Pero, en cambio, es muy
cierto que cinco naranjas y tres manzanas suman 8 unidades de fruta.
Igualmente: sería falso decir que ocho frutas y 2 hortalizas suman 10 frutas (o
10 hortalizas); pero no lo sería decir que suman diez unidades (de cierto tipo)
de alimentos, por ejemplo. Y así sucesivamente. Volvamos al argumento, pero con
más detalle. Si me interesa medir la propiedad peso, por
ejemplo, que puede ser por completo independiente de otras propiedades típicas
de las manzanas o de las naranjas (por ejemplo, las calorías o la vitamina C
que contienen), no hay inconveniente alguno en poner todas las frutas juntas en
la misma balanza y concluir que, a pesar de ser heterogéneas entre sí, el total
del peso reunido –en este caso práctico la propiedad que nos interesa medir
sería el peso– asciende a dos kilos. No es óbice ninguno que cada naranja sea
distinta de cada manzana (de hecho, no hay dos naranjas iguales, ni dos
manzanas, &c.) para que la medida del peso total pueda ser exacta y
perfectamente válida.
Pues
bien, por la misma razón, el que el trabajo de un dentista y el de un carnicero
sean distintos no es óbice alguno para que ambos sigan siendo parte del trabajo
total que la sociedad humana, como unidad objetiva y activa, necesita realizar
para su reproducción.
Alguien
podría objetar algo así como que la propiedad peso es «homogénea», mientras que
el trabajo, no. Entonces es que no está entendiendo la cuestión. Veamos.
Midamos ahora las calorías totales que encierra una hipotética cesta con diez
frutas: ¿acaso hay algún problema para sumar el total calórico de nuestra
cesta, por mucho que el número de calorías de cada naranja pueda, por término
medio, ser menor que el de cada manzana? Por tanto, da igual que la propiedad
que elijamos en nuestro proceso de abstracción –y los matemáticos y los
científicos saben tan bien como los filósofos que medir es abstraer, y que no
se puede medir, como por otra parte pensar, sin hacer abstracciones (léase a
Ganssmann, 1988)– esté repartida más o menos «equitativamente» entre los
diferentes especímenes concretos que la poseen; lo que cuenta es que esté
presente, en mayor o menor medida, en todos ellos (o en medida cero: nada se
opone a esta posibilidad, como también ocurre en el caso que nos ocupa).
Si
cogemos ahora una cesta mucho más amplia de frutas, con cientos de tipos
diferentes de ellas, cada una de las cuales podría tener un cociente de
vitamina C por cada 100 gramos completamente diferente del de los demás tipos,
no es ningún argumento serio decir que no se puede saber el total de vitamina C
de nuestra nueva cesta «porque un kiwi tiene más vitamina C que una naranja y
mucho más que un plátano». ¿Y qué? Precisamente, si podemos calcular cuánta
vitamina C hay en total es porque conocemos la proporción corriente entre la
cantidad de esa propiedad que contiene cada tipo de fruta diferente que
comparemos. Lo mismo con el trabajo. A los lectores apresurados de Marx, y a la
mayoría de los que hablan de este autor sin haberlo leído siquiera «en diagonal»
–y no me refiero a leer cada página de sus libros «en diagonal», sino a leer
por fuera, en el anaquel de una biblioteca empolvada, el título de sus obras
mirados rápidamente en diagonal–, les parece que el que cada tipo de trabajo
concreto sea distinto impide medir la cantidad de trabajo total en abstracto.
Pues
bien, sepan estos miopes lectores que para Marx lo más importante de toda su
obra era precisamente el «carácter dual del trabajo», que él descubrió. Porque
hasta él nadie se había dado cuenta de que los trabajos concretos y distintos
podían sumarse en horas de trabajo común humano, trabajo simple, trabajo
abstraído de cualidad, trabajo humano como trabajo de la especie, como la
actividad primordial de los humanos. No sólo él se dio cuenta de eso, sino que
lo reivindicó cientos de veces en sus escritos y en su correspondencia. Y parta
quien no quiera enterarse, citémosles sólo un par de obras para que comprueben
que los que estudian a Marx en serio lo comprenden perfectamente (véanse
Vigodski, 1976, y Bródy, 1970).
El
problema bien podría radicar en esta curiosa afición lectora (mejor, no
lectora) recién señalada, pero también puede residir en otra inclinación de las
muchas que hay siempre à la mode. La de fingir que se es más
científico porque uno sabe calificar airosamente de «metafísico» todo lo que no
le parece a él, arbitrariamente, suficientemente científico.
Pero
volvamos a nuestras medidas. Hace un tiempo tampoco se sabía cuánta vitamina C
había en los kiwis o en los plátanos. Pero la actitud seria de los científicos
que descubrieron esta vitamina seguro que les habría permitido deducirla a
partir de su teoría de la vitamina C. Descubrieron que la naturaleza mostraba
en este caso una relación normal permanente que podríamos llamar k/p (de
kiwi / plátano) completamente exacta, sin que el hecho de que casi el 100% de
los comedores de ambos tipos de frutas (los agentes prácticos de las
actividades que son objeto ahora de nuestra reflexión) desconocieran entonces,
como desconocen ahora, al comer, qué cantidad de vitamina están ingiriendo en
cada caso.
Pues
bien, lo único que demuestra quien no sabe a cuánto tiempo de trabajo humano
general equivale una hora de trabajo concreto de tipo C, o una hora del tipo D,
E, &c. (una de éstas podría ser la suya propia), es que forma parte de esa
inmensa mayoría de agentes económicos que lo desconocemos casi todo de los
aparentes misterios de nuestra práctica social. Pero esto no significa que la
correspondiente proporción (que en este caso podríamos llamar c/d,
por ejemplo) no sea tan regular y tan científica como la antes
señalada, k/p. Si ustedes no saben que Marx tiene el mérito de
haber descubierto la cientificidad de estos tipos de relación mercantil (los
cocientes c/d, c/e, d/e, &c.), atribuyendo la
capacidad real, material, para determinarla cuantitativamente a la «naturaleza
de la sociedad capitalista» (como, por otra parte, otros atribuyeron en el caso
de la vitamina C esa capacidad de determinación cuantitativa de la relación k/p a
la «naturaleza de la Naturaleza con mayúsculas»), tranquilícense: yo tampoco sé
a quién corresponde el mérito del descubrimiento de la vitamina C (pero podría
aprenderlo leyendo suficientemente{4}).
2.
Vayamos con el segundo rasgo atribuible a la propiedad común de las mercancías.
Supongamos que alguien eligiera una propiedad presente en muchas mercancías
(por ejemplo, el peso, el volumen, la brillantez, o
cualquiera otra equivalente), pero al mismo tiempo parte integrante de su valor
de uso (esto sólo quiere decir: parte de la materialidad de las mercancías en
cuanto cosas). Aparte de que muchas mercancías no tienen peso, &c. –si
alguien lo duda, pregúntese: ¿cuál es el peso del servicio que me vende, por
ejemplo, la sala de cine cuando compro una entrada? ¿Será el peso de la
entrada, el de la cinta de la película, el de la máquina de proyección, el de
la butaca donde me siento, o quizás el peso del acomodador o del operador de la
cabina de proyección...?–. O bien o no tienen volumen, o brillantez, o
superficie, o radiactividad...; lo importante es ver que ninguna de estas
propiedades cuantificables están presentes en absolutamente todas las
mercancías a la vez. Salvo el trabajo. Por eso los alérgicos «antilaborales» se
debaten necesariamente entre los dos polos del siguiente dilema que para ellos
resulta molestamente primaveral: «¿hemos de quedarnos con una propiedad
cuantificable (por ejemplo, el peso) pero que no está universalmente presente
en las mercancías, o debemos quedarnos con una propiedad omnipresente, como la
utilidad, pero que es absolutamente incuantificable por cualquier método más
acá de lo paranormal?». El tonto de Hilferding no supo darse cuenta de que sólo
tenía que haberle dicho eso a Böhm-Bawerk para callarle la boca.
3. Y
vayamos con el tercer rasgo citado. Estos científicos en realidad anticuados
que sin embargo se creen modernos –por eso, en mi pueblo, a éstos los llaman
«modelnos»–, aquejados, como están en general, de «filosofobia» aguda –en
especial, los más graves, que deberían estar intensivamente vigilados, o
cuidados, en el contagioso pabellón de los «metafisífobos»–, deberían medicarse
antes de seguir leyendo (o quizás antes de haber empezado a leer todo lo
anterior). No hay nada, distinto del trabajo directo, que esté presente en
todos los actos singulares de producción, sin excepción. Ni el hierro, ni la
energía no humana, ni nada de nada. Ya sé que con las técnicas actuales y la
inversa de Leontief, es posible calcular la cantidad directa o indirectamente necesaria
para producir una unidad de cualquiera de las n mercancías
sectoriales en que hayamos dividido previamente la correspondiente
tabla-matriz. Pero esto es puro artificio sofístico. ¿Qué interés tiene, por
ejemplo, si dispusiéramos de la información de base para una desagregación
suficientemente amplia, conocer cuántas «cárceles» hacen falta, directa o
indirectamente, para obtener una unidad de «servicios de obispo»? ¿O cuántos
obispos se requieren directa o indirectamente para construir una cárcel? [Si
alguien piensa que estoy sugiriendo sibilinamente alguna relación entre los
obispos y la ilegalidad, debe quedar claro que ni por lo más mínimo:
simplemente cámbiese el sector, y sustitúyase el sector «cárceles» por el de
«servicios de prostitución», por ejemplo, que es una actividad completamente
legal, al menos en nuestro país, como todo el mundo sabe, y quedará resuelto el
problema].
No digo
que no tengan interés estos cálculos, pero seguramente encontremos otros muchos
cálculos de mayor relevancia práctica o interés social. Para demostrar que el
cálculo socialmente más relevante para todo el que se interese por las teorías
del valor y de los precios es el de las cantidades de trabajo social que se
requieren para las distintas producciones de bienes de consumo y de producción,
basta con recordar que en todos los tipos de productos y servicios mercantiles
siempre hay trabajo directo presente, lo cual no se puede predicar de ninguna
otra cosa en absoluto. Además, se pueden emplear argumentos adicionales, pero
esto nos sitúa ya en el segundo apartado de este trabajo, y nos permite
conectar las reflexiones anteriores con otras de carácter más general, como ya
se adelantó. Pero, antes, tenemos que referirnos brevemente al tercer tipo de
argumento anunciado: el argumento teórico-histórico.
c)
El argumento teórico-histórico, o crítico, es en
general la simple contrastación analítica y polémica de cada teoría, real o
supuesta, con las demás (por ejemplo, es el tipo de argumentos que encontramos
en la obra de Marx conocida por Teorías de la plusvalía, aparte
de esparcidos por todo El capital). En nuestro caso, podríamos
limitarnos a recordar que en realidad no existe ninguna otra teoría alternativa
del valor con pretensiones de completitud (véanse más argumentos contra la
utilidad marginal o la oferta y la demanda en Guerrero, 1995). Lo que hay son
intentos temporales históricamente abortados (por ejemplo, la utilidad marginal
«cardinal» u «ordinal», pero sólo hasta que el propio Samuelson desarrollara su
teoría de la «preferencia revelada» por el consumidor: véase Samuelson{5}, 1938);
críticas parciales o generales contra la teoría laboral (y una literatura
secundaria extremadamente amplia en este campo{6});
enunciaciones que se limitan al campo de los manuales introductorios de
economía, y que se presentan como simples y burdas «aproximaciones» para que el
lector poco avezado se familiarice con estas cuestiones, a la espera de que
llegue el momento –que en la práctica no llega nunca– de profundizar en el
problema; y poco más... O bien, está la actitud, poco precavida y mal
reflexionada en el fondo, de quienes se contentan con saber calcular los
precios a partir de ciertos datos, y piensan que sólo por eso ya disponen de
una teoría del valor suficiente. Esta actitud podría compararse a la de quien,
teniendo en su poder, una tarjetita impresa, o cualquier otro documento que
recogiera información sobre la cantidad de vitamina C que se contiene en cada
tipo de fruta corriente, pretendiera convencer a los demás de que ya tiene
resuelta la teoría química y biológica de esta vitamina.
Otra
variante es la actitud, en el presente bastante extendida por no decir casi
omnipresente, de quienes niegan en realidad la necesidad de una teoría del
valor que explique los precios «normales». Como, según ellos, no hay tal cosa,
sino tan sólo una infinitud de precios presentes y futuros (para infinitos
puntos del tiempo) de cada una de las infinitas variantes de todos los tipos de
mercancías existentes, se conforman con decir que el problema está teóricamente
resuelto prácticamente con sólo mirar al mercado (los mercados) y comprobar que
hay, efectivamente, muchos precios y que cambian continuamente. Para ellos
(véase, por ejemplo, Debreu 1955, y toda la literatura que arranca de esta
referencia), basta con decir que los precios son números para tener «resuelta»
la teoría del valor, pues lo único que hacen es asignar o «asociar» un número a
cada uno de estos tipos concebibles de mercancías, para luego, en este
contexto, explicar ciertas propiedades estáticas y dinámicas de estos
juguetones conjuntos de números. Ni que decir tiene que la distancia que existe
entre este tipo de ejercicio teórico, y el ejercicio práctico cotidiano que los
agentes económicos reales del capitalismo fáctico llevan a cabo todos los días,
no es la simple distancia que exige el uso de cualquier modelo con el que se
pretenda una aproximación a la realidad, sino algo que se parece mucho más a un
abismo absolutamente insalvable. Los precios reales que nos deben
interesar en primer lugar son un conjunto de números mucho más
reducido que el cuasi infinito conjunto de números que cabe en las teorías de
estos autores.
2. La
teoría del valor, como encrucijada en las reflexiones de lo social
Creo que
ha quedado claro que para el autor de estas líneas es más importante el
espíritu que la letra de lo que forma la obra de Marx. Claro que la propia
letra también es importante cuando hay realmente un espíritu detrás de la
letra, como ocurre en este caso; pero no en otros, pues muchos autores parecen
tener tan sólo, tras su letra, un alma en pena, pero desde luego ningún
espíritu, y esto es algo mucho más triste y penoso.
Pues
bien, como no quiero entrar en eso que se llama el materialismo histórico, la
dialéctica, &c., porque son terrenos muy resbaladizos{7} y
no me he traído los zapatos adecuados, me limitaré a exponer cómo veo yo la
relación entre lo expuesto en el apartado anterior y otras ideas más generales
sobre la realidad y la sociedad que a mi parecer están en Marx. No me parece
descabellado afirmar que se pueden encontrar en este autor reflexiones que se
refieren, cuando menos, a cinco planos distintos de la realidad: 1) el
universo; 2) la sociedad humana; 3) la sociedad de clases; 4) la sociedad
mercantil; 5) la sociedad capitalista. Intentar un sencillo esquema para
conectar los cinco planos entre sí, me parece que puede servir para consolidar
y «completar» la teoría laboral del valor a la que se ha venido haciendo
referencia desde el principio. Uno de los méritos principales de un esquema de
este tipo puede residir en su sencillez y manejabilidad, porque para exponerlo
de forma compleja y a la vez elegante no hay nada mejor que recurrir al propio
Marx, auque en este caso habría que buscar los elementos de su exposición muy
esparcidos por todo lo ancho de su extensa obra.
1 y 2.
Los dos primeros de los cinco puntos señalados pueden exponerse conjuntamente.
Si concebimos el universo como todo lo que hay, en primer lugar subdividimos
este conjunto en dos subconjuntos disjuntos: la sociedad humana y el resto. Yo
creo que esto equivale a lo que, de forma más elegante, podríamos llamar la
adopción de un punto de vista antropológico (y antropológico
no quiere decir antropocéntrico, salvo en el sentido circunstancial de que
elegimos aquí voluntariamente a la sociedad humana como línea fronteriza para
empezar a analizar el universo; eso se hace porque nuestro objetivo último en
este caso es enlazar con una teoría del valor que tiene que ver con los humanos
y su actividad; si estuviéramos interesados en alguna sociedad particular de
insectos, podríamos adoptar un punto de vista entomológico, pero tampoco esto
querría decir necesariamente entomocéntrico; más, sobre esto, en la interesante
cita que se recoge en el Apéndice 3).
Es
importante darse cuenta de una cosa. En el universo en su conjunto no tiene
sentido hablar de excedente: nada entra y sale del universo; la cantidad de
materia-energía que hay en él es constante, no se crea ni se destruye, sólo se
transforma. Sin embargo, esto no impide definir un excedente en nuestro plano
2, no en el 1, precisamente porque situarnos en este segundo plano significa,
por definición, elegir el tipo de energía más característico y fundamental para
nuestro objeto de estudio: la energía humana, tanto en un sentido «potencial»
(la fuerza de trabajo) como «cinético» (el trabajo efectivo). Si «aislamos» a
la sociedad humana (la aislamos sólo en un sentido científico, para enfocar
sobre su realidad con especial y primaria atención, tomando, por tanto, al
resto del universo como su complemento), parece prudente centrarse en el
conjunto de la actividad de esta específica sociedad animal que llamamos humana
(como deberíamos hacer igualmente si eligiéramos otra especie animal para
nuestro estudio). Si adoptamos un enfoque reproductivo, temporal, podemos decir
que esta sociedad humana puede reproducirse a un nivel constante o a un nivel
creciente, pero en ambos casos estará reproduciéndose, y esa actividad de
producción y a la vez reproducción podemos llamarla con toda justicia el
trabajo humano (o simplemente «el trabajo»). Por tanto, en el análisis de la
sociedad humana y de su reproducción, vemos que el principio activo es la
propia actividad de los miembros de la especie, su trabajo; y como dicha actividad
tiene que empezar por garantizar los medios de su reproducción y
reproducibilidad constantes (medios de consumo y medios de producción), diremos
que la práctica o praxis humana consiste primariamente en trabajo.
¿Cómo
podemos definir entonces un excedente en este contexto y condiciones? Pues
sencillamente en términos del crecimiento o no de esta
sociedad. Si la sociedad trabaja lo suficiente para mantenerse en un estado
estacionario, todo el trabajo lo consideraremos en principio «necesario». Si
trabaja más, y así hace posible el crecimiento de la propia especie, el plus que
se obtiene en este caso, respecto a la situación anterior, nos permite hablar
ya de plustrabajo.
3. Ahora
bien. Lo anterior tiene que ser matizado si damos entrada a la posibilidad de
una división de la sociedad en clases. En una sociedad de clases, no hace falta
que haya crecimiento para demostrar la existencia de plustrabajo. En una
situación así –que ha sido y es lo normal en la historia humana, por otra
parte–, es posible que una parte de la sociedad se separe de la actividad
típica de la propia especie y logre autoexcluirse del trabajo directo propio.
En este caso, puede esta fracción social vivir a costa exclusivamente (o
también parcialmente) del trabajo ajeno, por medio de cualquier fórmula
práctica que le permita a ella la apropiación particular y efectiva del
plustrabajo realizado por la fracción restante, mayoritaria, de la sociedad,
que sí lleva a cabo entonces el trabajo social en su conjunto.
Por
tanto, tenemos ahora una definición rigurosa del excedente: lo que
obtiene la sociedad humana como resultado del trabajo que lleva a cabo por
encima del mínimo necesario para reproducir a sus productores en un estado
estacionario (ya sea financiando a una clase no trabajadora, ya financiando el
crecimiento social global). Esta concepción concuerda con el materialismo de
Marx, que, como recordará quien haya leído sus Tesis sobre
Feuerbach (aunque dudo que lo recuerde quien sólo haya oído hablar de
ellas), es tan crítico con el idealismo como con el materialismo vulgar o
unilateralmente «objetivista». Lo que los economistas no saben, porque de estas
cosas no suelen tener ni idea, es que esa rama de críticos de la teoría laboral
del valor que quieren hacerse pasar por super-científicos materialistas y, por
ello, evitan la referencia a la teoría laboral, y prefieren hablar en términos
de excedentes físicos, en realidad están poniendo en bandeja su parecido con el
objeto de la crítica de Marx en las Tesis sobre Feuerbach. Es
decir, que estos materialistas romos no han comprendido que lo que necesitamos
es un materialismo subjetivo para quitarles a los idealistas el monopolio de lo
subjetivo, monopolio del que han disfrutado desde hace siglos precisamente
porque el materialismo subdesarrollado anterior a Marx se quedaba sólo en el
terreno de lo objetivo.
Si estos
materialistas vulgares no fueran en realidad discípulos de los «socialistas de
cátedra», en vez de ser discípulos de Marx –sin ellos saberlo, claro, y a pesar
de lo mucho que corrieran delante de los grises en la época en que el marxismo
estaba de moda–, podrían comprender lo que aquí se está diciendo. Y
comprenderían además que no hay nada más físico y objetivo que el tiempo y su
cantidad (incluido el tiempo de trabajo); nada más cuantificable que el trabajo
humano real que se desarrolla en el tiempo humano real; nada más material que
la reproducción que la sociedad humana tiene que empezar haciendo por medio del
trabajo material de producción de las cosas que sirven para consumir y
producir; y nada más hortera que olvidar que si las mercancías producen
mercancías por medio de mercancías es porque la actividad práctica humana se ha
convertido en la mercancía de todas las mercancías, es decir, en la mercancía
que hace posible que la producción de mercancías por medio de mercancías la use
el capital como simple medio para apropiarse del plustrabajo de los que estamos
en el otro polo.
4 y 5.
Marx observó que la sociedad de clases que más interés presentaba en su época
era la contemporánea, que, al mismo tiempo que mercantil, era y es capitalista.
Seguimos estando en la misma situación básica, y por eso nos interesa
doblemente su análisis. En realidad, decir sociedad mercantil o sociedad
capitalista equivale a una misma cosa; pues, si bien mercado y capital son
cosas distintas, el mercado sólo ha alcanzado la extensión necesaria para que
podamos hablar de que la sociedad entera es mercantil cuando al mismo tiempo
estamos en una sociedad que ya es capitalista. A pesar de que esta diferencia
histórica termina, pues, en una confluencia completa, a Marx le pareció
aconsejable mantener la separación en términos analíticos. Por eso, distingue en El
capital entre la «circulación simple de mercancías», que tuvo lugar en
muchos modos de producción anteriores al actual, y la circulación del capital
–o circulación de las mercancías como capital, es decir, de las mercancías en
cuanto parte del capital–, que sólo se ha dado en la moderna sociedad burguesa
o capitalista.
Marx
analiza la relación capitalista que define la esencia del capital en dos pasos.
En el libro I de El capital analiza lo que llama «el capital
en general», es decir la relación polar que sustenta a la sociedad capitalista:
la relación entre capitalistas y asalariados. Desde este punto de vista, todo
el capital aparece como un todo, y unido frente al otro polo de la relación,
que es la clase obrera. Marx explica que la producción «capitalista» es dual:
es, por una parte, producción de cosas; pero, en segundo lugar y sobre todo,
«producción de cosas como medio de producir plusvalor». En este doble producir
consiste la producción de mercancías por parte del capital, y el precio de
éstas se realiza sólo en la circulación, proceso, que junto al «doble» proceso
de producción, constituye la unidad del proceso global del capital.
Como Marx
observa que los economistas clásicos comprendieron bien la teoría laboral del
valor, pero no tenían muy clara la separación entre lo que es la producción
humana en cuanto tal, en sentido universal, y la forma específica que esa
producción puede adoptar particularmente en cada tipo histórico de sociedad
organizada, en mi opinión hizo bien en «hegelianizar» el discurso típico de la
economía, pues no en vano el análisis histórico recibió un gran impulso con la
manera en la que un autor como Hegel desarrolló la dialéctica. Pero parece que
esta hegelianización del lenguaje económico volvió un poco locos a los
economistas, en parte porque no entendían de estas cosas, y en parte porque en
Marx se usaba dentro de una obra cuyo contenido no les gustaba por razones
ideológicas.
El caso
es que para explicar estas diferencias en forma que pudiera ser entendida por
los economistas, Marx argumentó así:
1) las
mercancías toman su valor de las cantidades de trabajo, como ya sabían los
clásicos;
2) ocurre
exactamente lo mismo con la mercancía «fuerza de trabajo», aunque esto no lo
sabían bien los clásicos, entre otras cosas porque no distinguían adecuadamente
entre trabajo y fuerza de trabajo; en cuanto se distingue con rigor entre ambas
cosas, se deriva inmediatamente la teoría de la explotación correcta;
3) en
cuanto a la circulación de las mercancías, la existencia o no de plusvalor en
su interior no cambia nada respecto a la forma en que circulaban las mercancías
en la circulación «simple»;
4) antes
de seguir adelante, podemos entonces ver que, una vez que el plusvalor está
rigurosamente definido, en el valor de cada mercancía se distinguen tres
componentes: los famosos c, v, y pv, en
cuya definición no necesitamos detenernos ahora;
y 5) lo
importante es ver –y esto se explica en el libro III de El capital–
que, al pasar a considerar el capital de forma más concreta, es decir, no sólo
ya como una unidad frente al polo obrero, sino como una realidad plural en sí
misma, formada por múltiples unidades individuales (o singulares) de capital
que compiten entre sí, además de cooperar frente a los trabajadores, las cosas
cambian.
Esta
competencia hace (véase Guerrero, 2003a) que los capitales sólo consideren
«normal» una situación en la que, por término medio, el capital invertido en
cada sector dé aproximadamente la misma rentabilidad que cualquier otro capital
invertido en otro sector distinto (digamos, que obtenga, por ejemplo, 20 euros
por cada 100 invertidos, al menos como media de varios años; porque si no fuera
así, los capitales afluirían sistemáticamente hacia los sectores más rentables,
y huirían de forma persistente de los sectores con rentabilidad por debajo de
la media). Por tanto, una vez que se tiene en cuenta esta «ley» de la
competencia, las mercancías que vende cada capitalista ya no son mercancías que
circulan en «circulación simple», sino que se convierten en mercancías que
materializan fracciones del capital global, y, en cuanto tales, deben aspirar a
la misma rentabilidad media que cualquier otra fracción mercantil de ese
capital total. Es decir, deben circular de forma acorde a las leyes de la
«circulación del capital», lo cual obliga a que el plusvalor global se tenga
que repartir de otra manera entre los propietarios de los capitales
individuales.
Para que
se entienda bien. Si el capital se considera como una unidad, frente a otra
unidad que es el conjunto obrero (es decir, el conjunto de los asalariados), la
explotación del segundo por el primero genera una masa de plusvalor que no hace
falta explicar aquí más que con lo siguiente. La masa obrera necesita consumir
lo que consume para ser reproducida en el tiempo (nuevamente, estamos hablando
de la cantidad que resulta como media de varios años normales), pero esa misma
masa obrera es capaz de producir eso que consume en sólo una fracción del
tiempo total que ella misma trabaja. Como no es consciente de este secreto de
la explotación, lo sigue haciendo así año tras año (pero eso es otra cuestión).
Como desde este primer punto de vista –el capital como un todo versus los
obreros como otro todo–, lo que cuenta es la tasa de explotación global de
éstos (por ejemplo, si la citada fracción es del 50%, la tasa de plusvalor
global será del 100%), entonces es correcto suponer, como primera aproximación,
y tal como hizo Marx, que cada trabajador trabaja
la mitad de su jornada laboral para sí mismo y la otra mitad para su patrón.
Pues bien, lo que hace el libro III de El capital es explicar
que este supuesto debe modificarse necesariamente cuando se tiene en cuenta que
el capital es en realidad múltiple, y no uno, porque la competencia impulsa
hacia esas rentabilidades tendencialmente iguales (entre sectores) de las que
hemos hablado.
La manera
más sencilla que se me ocurre de explicar esto de forma matemática y rigurosa,
es decir que al doble punto de vista señalado –capital como un todo, capital
pluralizado– le corresponden dos magnitudes de valor mercantil diferentes para
cada mercancía, donde esta diferencia cuantitativa{8} sólo
se explica como resultado del proceder analítico típico de la ciencia (el
método de aproximaciones sucesivas): la primera, más abstracta; la segunda, más
concreta. En honor a que se corresponden más o menos con los libros I y III
de El capital respectivamente, podríamos emplear dos tipos
distintos de coeficientes numéricos y llamarlos, respectivamente, c1 y
c3. Por tanto, todo el misterio de los debates sobre la
«transformación» se resuelve al comprender que necesitamos dos tipos de
valores: primero los Xij, y luego los Xij*; los primeros
son los valores de las «mercancías en cuanto mercancías», y los segundos, los
valores de las «mercancías en cuanto fracciones del capital». Si llamamos lij a
las cantidades de trabajo relativas que se requieren para producir una unidad
de i comparada con una unidad de j (es decir,
siendo li el trabajo requerido para i, y lj el
requerido para j, lij = li/lj),
Marx dice en el libro I que los valores (absolutos y relativos) de las
mercancías son:
Xi =
c1i·li (4)
Xij = lij (4'),
mientras
que en el libro III dice que son:
Xi* =
c3i·li (5)
Xij* = c3ij·lij (5').
Pero no
lo dice porque se contradiga, sino porque realiza primero una primera
aproximación (las ecuaciones 4 y 4'), que se corresponde con el primer estadio
de su análisis (la sociedad capitalista como simple sociedad mercantil), y
luego da un paso más, para mostrar que, en realidad, hay que usar las
ecuaciones 5 y 5' cuando el análisis desciende hasta el análisis más concreto
(la sociedad capitalista como sociedad no sólo mercantil, sino capitalista).
Sólo
falta, pues, explicar el significado de los tres coeficientes: c1i,
c3i, c3ij, empezando por recordar que (4') tan sólo
quiere decir que el valor relativo de las mercancías i y j equivale
a las cantidades relativas de trabajo que hay en ellas. En la ecuación (4)
aparece el coeficiente c1i, que significa la relación (cociente) que
hay entre el valor (valor en el sentido del libro I) de una unidad de i y
el valor de una unidad de dinero. Por otra parte, c3ij = c3i/c3j,
donde cada uno de los c3 sectoriales significa la relación que
existe entre la «composición en valor del capital verticalmente integrado» (que
designaremos por q) utilizado en la producción de la mercancía de
ese sector y la correspondiente composición para la media de la economía. Por
tanto:
c3i =
qi / q*,
c3j = qj / q*,
y c3ij = qi / qj.
El
significado de la «composición en valor del capital verticalmente integrado» se
explica con más detalle en Guerrero (2000), pero se puede resumir muy
fácilmente. Si la composición en valor del capital es la relación (en valor)
entre el capital constante y el capital variable que se emplea (en cada sector,
empresa, o unidad cualquiera..., pero aquí lo empleamos sólo en términos
sectoriales), la cvc verticalmente integrada sólo significa
que sumamos, al capital «directamente» necesario, todo el que se requiere de
forma indirecta, es decir, que hay que emplear en los procesos de producción
que se necesitan para obtener cada uno de los insumos utilizados en el proceso
«directo» específico considerado.
Por
consiguiente, Marx no sólo explicó cómo y en qué dirección debían desviarse los
X* de los X, sino que anticipó que el quantum de la desviación
está determinado por la magnitud de la diferencia relativa entre las
composiciones de los diferentes capitales productores de los distintos tipos de
mercancía.
Y ya sólo
nos restan por hacer dos comentarios finales:
1. Esto
no se quiere reconocer por razones ideológicas (pues no es difícil comprobar
que a la mayoría de los economistas se les paga –ya sea vía mercado, ya vía
Estado, ese matrimonio aparentemente tan mal avenido pero tan amoroso en la
práctica–, para que contribuyan a convencer a la gente de que el capitalismo
debe durar lo más posible). Si se reconociera que la auténtica teoría del valor
y de los precios es una teoría que lleva directamente a la explotación del
trabajo asalariado por el capital, y no sólo eso, sino a la conclusión,
igualmente fundada, de que todo el capital sólo es de hecho trabajo no pagado y
previamente expropiado a su ejecutor, el mundo sería distinto de como es.
2. En mi
opinión, la manera más fructífera de analizar las relaciones entre los Xi y
los Xi* es siguiendo la línea que, partiendo de Marx, han
desarrollado Rubin, 1923, Bródy, 1970, y Martínez Marzoa, 1983 (véase una
explicación de este punto de vista en Guerrero, 2002). Insistir en el hecho
secundario de si las desviaciones entre ambos tipos de valores son mayores o
menores es, a mi juicio, un desenfoque del planteamiento correcto (por ejemplo,
el desenfoque que predomina entre los partidarios de una interpretación de la
teoría laboral que ha dado en llamarse el Temporal Single System:
véase por ejemplo, Freeman y Carchedi, 1994). De lo que se trata en realidad es
de explicar el porqué y la cuantía de esas desviaciones –Marx reconocía que
podría llegar a ser infinita, como en el caso de los bienes que tienen precio
sin valor (véase el Apéndice 2)–. Y eso desde luego se encuentra ya en Marx.
Los economistas tendrán que reconocerlo algún día.
Apéndice
1: El hecho del valor como relación real, fáctica, en la sociedad capitalista
El
argumento empírico de Marx se entiende mejor después de leer un largo pasaje de
una famosa carta suya a Kugelmann (2). Y todavía mejor, si se hace preceder
este pasaje de unas breves líneas de la misma época, en otra carta dirigida a
Engels (1). Por tanto, aquí van las dos citas:
(1)
«Mientras los señores economistas discuten dogmáticamente ([sobre la renta del
suelo]...) tenemos aquí una lucha real de vida o muerte entre el agricultor y
el terrateniente (...) Sólo sustituyendo los dogmas en controversia por los
hechos en conflicto y las contradicciones reales que forman su fundamento
oculto, podemos transformar la economía política en una ciencia positiva.»
(Carta de Marx a Engels, 10-X-1868, en Marx y Engels, 1974, pág. 209).
(2) «En
cuanto al Zentralblatt, el autor del artículo me hace la
máxima concesión al admitir que, quien entienda algo por valor, debe aceptar
las conclusiones que yo extraigo. El desgraciado no sabe que, aun cuando en mi
libro no hubiera un capítulo sobre el valor, el análisis de las relaciones
reales hecho por mí contendría la prueba y la demostración de la relación real
de valor. El disparate acerca de que es necesario probar el concepto de valor
proviene de una completa ignorancia del tema y del método científico. Hasta un
niño sabe que un país que dejase de trabajar, no digo durante un año, sino por
unas pocas semanas, se moriría. Cualquier niño sabe también que la cantidad de
producto correspondiente a las diversas necesidades requiere masas diferentes y
cuantitativamente determinadas del trabajo total de la sociedad. Un hecho
evidente es el de que no pueda eliminarse esta necesidad de distribuir el
trabajo social en proporciones definidas mediante la forma
particular de la producción social, sino que sólo puede cambiar la
forma que toma. No se puede eliminar ninguna ley natural. Lo que puede
variar con el cambio de las circunstancias históricas, es la forma en
que operan esas leyes. Y la forma en que opera esa división del trabajo en una
división de la sociedad en que la interconexión del trabajo social se
manifiesta en el intercambio privado de cada uno de los
productos del trabajo, es precisamente el valor de cambio de
esos productos.
La ciencia consiste precisamente en elaborar cómo opera la ley
del valor. De modo que si se quisiera 'explicar' en el comienzo mismo todos los
fenómenos que aparentemente contradicen esa ley, debiera darse la ciencia antes de
la ciencia{9}. El
error de Ricardo es precisamente que en su primer capítulo sobre el valor toma
como dadas todas las posibles categorías que deben todavía desarrollarse, a fin
de probar su conformidad con la ley del valor.
En cambio, como usted supuso correctamente, la historia de la teoría demuestra
por cierto que el concepto de la relación de valor ha sido siempre el
mismo, así fuese más o menos claro y rodeado de ilusiones o
científicamente preciso. Puesto que el proceso del pensamiento nace de las
condiciones, puesto que es él mismo un proceso natural, el
pensamiento que realmente comprende debe ser siempre el mismo y sólo puede
variar gradualmente de acuerdo con la madurez del desarrollo, incluyendo la del
órgano mediante el cual se piensa. Todo lo demás es cháchara.
El economista vulgar no tiene la más leve idea de que las relaciones reales y
cotidianas del intercambio no necesitan ser directamente idénticas a las
magnitudes del valor. Lo característico de la sociedad burguesa consiste
precisamente en esto, en que a priori no hay una regulación
consciente, social de la producción. Lo racional y lo necesario se producen en
la naturaleza sólo como un término medio que opera ciegamente. Y entonces el
economista vulgar cree haber hecho un gran descubrimiento cuando proclama con
orgullo, en lugar de revelar la interconexión, que en apariencia las cosas
parecen diferentes. En realidad, alardea de que se atiene a la apariencia y la
toma por la última palabra. Siendo así, ¿por qué debe haber ciencia? Pero la
cuestión tiene también otro fundamento. Cuando se comprende la conexión entre
las cosas, toda creencia teórica en la necesidad permanente de las condiciones
existentes se derrumba antes de su colapso práctico. En este caso, por
consiguiente, está en el interés de las clases dominantes perpetuar esta huera
confusión. ¿Y para qué otro fin se les paga a estos charlatanes serviles que no
saben proclamar otra cosa científica que la de que en economía política no se
debe pensar?
Pero esto es satis supraque [más que suficiente]. De todas
maneras esto demuestra en qué se han convertido estos sacerdotes de la
burguesía cuando los obreros e incluso los industriales y comerciantes
entienden mi libro, mientras que esos 'escribas' se quejan de que exijo
demasiado de su inteligencia.» (Carta a Kugelmann, 11-VII-1868, en Marx y
Engels, 1973, págs. 206-207).
Apéndice
2: Los precios de los bienes no producidos, según la teoría laboral del valor
En el
esquema teórico de Marx, sólo tienen valor las cosas que se han producido con
parte del esfuerzo humano. Lo que la sociedad humana se encuentra en la
naturaleza que la rodea desde el momento mismo de su aparición sobre la tierra
no tiene valor porque no ha sido producido por el trabajo humano. Por esa
razón, los recursos naturales –todo lo que en la terminología clásica se llama
la «tierra», a la que corresponde la «renta de la tierra», como categoría
distributiva distinta de los salarios y los beneficios– pueden llegar a tener
precio (valor de cambio), pero no tienen valor. Las razones de que esto sea así
se explican brevemente más abajo. Digamos antes que, precisamente por la misma
razón, las fuerzas naturales (la energía del viento, del sol, &c.) se usan
por parte de los capitalistas de forma gratuita, ya que, de no haber sido
apropiadas por alguien capaz de exigir una renta por su uso, están a la libre
disposición del dueño de la fuerza de trabajo que está en condiciones de
trabajar realmente en condiciones capitalistas (es decir, del patrón que la ha
comprado y no de su poseedor natural).
Nos
limitaremos aquí, puesto que no está publicado en español, a reproducir un
apartado de Guerrero (2003) titulado: «La tierra y otros recursos no
reproducibles», y que dice así:
«Por
último, la cuestión de la 'renta de la tierra' requiere un tratamiento especial
dentro de la teoría del valor, de la competencia y de la distribución (Bina,
1985). Los recursos productivos apropiados privadamente y sólo limitadamente
reproducibles de forma industrial permiten a sus propietarios participar en la
distribución del plusvalor generado por los trabajadores del sector productivo
simplemente porque dichos propietarios están en condiciones de exigir a los
capitalistas productivos una participación en el plusvalor total, tanto mayor
cuanto mayor sea la presión de la demanda sobre la oferta rígidamente limitada
de esos recursos. Marx (1894) escribió que 'la circunstancia de que la renta
capitalizada de la tierra se presente como precio o valor de la tierra, y que
por ello la tierra se compre y se venda como cualquier otra mercancía, les
sirve a algunos apologistas como justificación de la propiedad de la tierra, ya
que el comprador ha pagado por ella –como por cualquier otra mercancía- un
equivalente (...) Ese mismo justificativo serviría entonces para la esclavitud,
ya que para el esclavista, que ha pagado los esclavos en efectivo, el producto
de su trabajo sólo representa el interés del capital invertido en su compra'.
Marx critica a Ricardo (1817) por analizar exclusivamente la renta diferencial.
Para él, en cambio, junto a aquélla existe también la 'renta absoluta'. Ésta se
la apropia cualquier terrateniente siempre que la demanda de la mercancía
producida con la participación de esa tierra (o recurso de oferta limitada, en
general) eleva su precio por encima de cero. La renta absoluta se debe a la
simple existencia del 'monopolio de la propiedad de la tierra', y esta
'barrera' a la libre circulación del capital –que constituye, como se dijo, el
caso general en la teoría de la competencia– 'persiste inclusive allí donde la
renta desaparece en cuanto renta diferencial'. Por el contrario, la 'renta
diferencial' beneficia especialmente a los propietarios de las tierras (y
recursos) que están en una situación relativa más ventajosa que la de sus
compañeros terratenientes, ya sea porque son de mejor calidad (tierras más
fértiles en el caso de la agricultura, mejor clima cuando se trata de tierras
para uso turístico...); o más cercanas del lugar de transformación o venta del
producto (ya se trate de un bien o de un servicio) en cuyo proceso de
producción (agrario, industrial o terciario) interviene el recurso en cuestión;
o de más fácil explotación (en el caso de las minas y yacimientos subterráneos
o marinos, del suelo urbano...), &c. De esta forma, los propietarios de los
mejores especímenes de cada uno de esos recursos (relativamente irreproducibles
en condiciones técnicamente normales) hacen posible la producción a un coste
global inferior al que se incluye en el precio normal y pueden apropiarse, así,
de la diferencia.
Lo dicho en el párrafo anterior se aplica a la llamada 'renta diferencial de
tipo I'. Pero Marx también habla de una 'renta diferencial de tipo II', que se
produce como consecuencia de una inversión adicional de capital en una misma
superficie de tierra ya dada, manteniéndose constantes la productividad
diferencial de dicha tierra respecto a las demás, así como el precio regulador
de la mercancía que se produce con la participación de las citadas tierras.
Por consiguiente, en el caso de la tierra y demás recursos no reproducibles,
son las condiciones de las unidades productivas menos eficientes
las que regulan el precio de los productos en que entran como insumo dichos
recursos, a diferencia de lo que ocurre con los 'capitales reguladores' de los
sectores industriales normales. Así, en los sectores maduros, los capitales
reguladores suelen coincidir con los que disfrutan de las condiciones técnicas
medias del sector; mientras que en los sectores de tecnología más avanzada, y
sobre todo que están en rápida evolución (o 'revolución': piénsese en la
industria de ordenadores personales durante los 80 y 90, por ejemplo), son las
unidades productivas más eficientes las que fijan los precios normales que
regulan los precios efectivos.»
Apéndice
3: Una diferencia entre la sociedad humana y otras sociedades animales
En una
carta a Lavrov (12/17-XI-1875), Engels{10} se
expresa así:
«La
diferencia esencial entre las sociedades humanas y animales está en que los
animales, como máximo, reúnen objetos, mientras que los
hombres los producen. Basta con esta diferencia capital para
hacer imposible la transposición pura y simple a las sociedades humanas de unas
leyes que son válidas para las sociedades animales (...) la producción humana
alcanza, por tanto, en un determinado estadio, un nivel tal que no sólo
satisface las necesidades indispensables a la vida, sino que crea productos de
lujo, si bien, al principio, están reservados a una minoría. La lucha por la
vida, si, por un instante, queremos conceder algún valor a esa categoría, se
transforma en un combate por los goces, no ya sólo por los medios de existencia, sino
por medios de desarrollo, por medios de desarrollo producidos
socialmente. Y en este plano, las categorías tomadas del reino animal
no son ya utilizables. Pero si, lo que sucede actualmente, la producción, en su
forma capitalista, produce una cantidad de medios de existencia y de desarrollo
mucho mayor de lo que la sociedad capitalista puede consumir, porque aleja
artificialmente a la gran masa de los productores reales de esos medios de
existencia, se ve obligada a aumentar continuamente esa producción ya
desproporcionada para ella, y si, por consiguiente, periódicamente, cada diez
años, viene a destruir no sólo una masa de productos, sino también de fuerzas
productivas, ¿qué sentido tienen entonces todos los discursos sobre la 'lucha
por la vida'? La lucha por la vida no puede consistir entonces más que en esto:
la clase productora se hace con la dirección de la producción y de la
distribución a la clase a la que correspondía esa tarea y que se ha hecho
incapaz de asumirla, y en eso consiste precisamente la revolución socialista.»
(en Marx y Engels, 1974, págs. 213-214).
En
realidad, esto concuerda plenamente con lo que el propio Marx escribió y editó
personalmente en el volumen primero de El capital, que es un
texto aun más claro y preciso a este respecto, una maravillosa exposición, en
realidad, de su finísimo materialismo:
«Concebimos
el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al
hombre. Una araña ejecuta operaciones que recuerdan las del tejedor, y
una abeja avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más
de un maestro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro
albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su
cabeza antes de construirla en la cera. Al consumarse el proceso de trabajo
surge un resultado que antes del comienzo de aquél ya existía en la imaginación
del obrero, o sea idealmente [y añado yo, ad
notam de los materialistas toscos que tanto abundan: en el
materialismo de Marx hay perfecta cabida para lo ideal. DG]. El obrero no
sólo efectúa un cambio de forma de lo natural; en lo material,
al propio tiempo, efectiviza su propio objetivo, objetivo que
él sabe que determina, como una ley, el modo y manera de su
accionar y al que tiene que subordinar su voluntad. Y esta subordinación no es
un acto aislado. Además de esforzar los órganos que trabajan, se requiere del
obrero, durante todo el transcurso del trabajo, la voluntad orientada a
un fin, la cual se manifiesta como atención (...) Los
elementos simples del proceso laboral son la actividad orientada a un
fin –o sea el trabajo mismo–, su objeto y sus medios. La tierra (la
cual, económicamente hablando, incluye también el agua), en el
estado originario en el que proporciona al hombre víveres, medios de
subsistencia ya listos para el consumo, existe sin intervención de aquél como
el objeto general del trabajo humano. Todas las cosas que el
trabajo se limita a desligar de su conexión directa con la tierra son objetos
de trabajo preexistentes en la naturaleza (...) De esta suerte lo natural mismo
se convierte en órgano de su actividad, en órgano que el
obrero añade a sus propios órganos corporales, prolongando así, a despecho de
la Biblia, su primer arsenal de medios de trabajo (...) El uso y la creación de
medios de trabajo, aunque en germen se presenten en ciertas especies animales,
caracterizan el proceso específicamente humano de trabajo, y
de ahí que Franklin defina al hombre como 'a toolmaking animal', un
animal que fabrica herramientas (...) Lo que diferencia unas épocas de otras no
es lo que se hace, sino cómo, con qué medios
de trabajo se hace (...) Entre los medios de trabajo mismos, aquellos cuya
índole es mecánica, y a cuyo conjunto de le puede
denominar el sistema óseo y muscular de la producción, revelan
características mucho más definitorias de una época de producción social que
los medios de trabajo que sólo sirven como recipientes del objeto de trabajo
(...) y a los que podríamos llamar (...) sistema vascular de la
producción (...) En el proceso laboral, pues, la
actividad del hombre, a través del medio de trabajo, efectúa una modificación
del objeto de trabajo procurada de antemano. El proceso se extingue en el producto. Su
producto es un valor de uso, un material de la naturaleza
adaptado a las necesidades humanas mediante un cambio de forma. El trabajo se
ha amalgamado a su objeto. Se ha objetivado, y el objeto ha sido elaborado. Lo
que en el trabajador aparecía bajo la forma de movimiento, aparece ahora en el
producto como atributo en reposo, bajo la forma del ser. El obrero hiló, y su
producto es un hilado.» (Marx, 1867, págs. 216-9; todas las cursivas le
pertenecen a él: DG).
Pero no
me resisto a prolongar un poco más esta cita extraída del capítulo V de El
capital, titulado «Proceso de trabajo y proceso de valorización»:
«El
trabajo consume sus elementos materiales, su objeto y sus medios, los devora; y
es también, por consiguiente, proceso de consumo. Ese consumo
productivo se distingue, pues, del consumo individual en
que el último consume los productos en cuanto medios de subsistencia del individuo
vivo, y el primero en cuanto medios de subsistencia del trabajo, de la
fuerza de trabajo de ese individuo puesta en acción. El producto del consumidor
individual es, por tanto, el consumidor mismo; el resultado del
consumo productivo es un producto que se distingue del
consumidor (...) El proceso de trabajo, tal como lo hemos
presentado en sus elementos simples y abstractos, es una
actividad orientada a un fin, el de la producción de valores de uso,
apropiación de lo natural para las necesidades humanas, condición general del
metabolismo entre el hombre y la naturaleza, eterna condición natural de la
vida humana y por tanto independiente de toda forma de esa vida, y común, por
el contrario, a todas sus formas de sociedad. No entendimos necesario, por
ello, presentar al trabajador en la relación con los demás trabajadores.
Bastaba con exponer al hombre y su trabajo de una parte; a la naturaleza y sus
materiales, de la otra.» (ibid., págs. 222-223).
Apéndice
4: Sobre cómo definir el excedente social
Marx
tenía un gran aprecio por algunos de los materialistas a los que había
criticado. Pero quizás tuviera más aprecio que por ninguno por Ludwig
Feuerbach, que no sólo fue un filósofo inteligente, sino un consecuente
socialista, afiliado incluso, en los últimos años de su vida, al partido alemán
de los «eisenachianos» (el Sozialdemokratische Arbeiterpartei; véase Draper
1985/86). Igualmente, debemos reconocer en el presente que muchos de quienes he
llamado en el texto «materialistas toscos» son buenos materialistas, serios
científicos e incluso bravos socialistas, nada de lo cual los exime
necesariamente de estar equivocados. Puesto que no puedo mostrar aquí un
ejemplo concreto de la polémica escrita que mi texto ha suscitado en un
corresponsal que no autoriza a publicar su nombre ni sus palabras, sólo
transcribiré las palabras que yo mismo escribí en respuesta directa a las
suyas. Son éstas:
El autor
(...) piensa que el «excedente físico» es un concepto inequívoco. Se equivoca.
Explicaré por qué mediante un ejemplo en dos pasos:
Primer paso. Supongamos que una capa de pintura convenientemente aplicada o,
mejor, una simple varita mágica, hace crecer el tamaño de una silla por el
simple efecto de la voluntad de su poseedor. ¿Cómo mediríamos la magnitud del
«excedente» generado en este crecimiento? Imposible de saber hasta que no
especifiquemos la propiedad física particular que nos interesa, por razones
teóricas y/o prácticas, y en la cuál basar la concreta realidad «excedentaria»
a la que nos estamos refiriendo. La silla puede haberse duplicado de peso,
podría hacer crecido de volumen en un 250%, o de altura en un 180%, su
composición estrictamente de madera puede haber aumentado en un 195%, y así
sucesivamente... Con tiempo y ganas suficientes, podríamos generar una lista de
distintas tasas de variación de diferentes cantidades físicas potencialmente
relevantes con n elementos, donde n puede
tomar un valor tan grande como pacientemente desee el lector.
Segundo paso. En la práctica, cuando pasamos del mundo de los cuentos
infantiles y de las películas de dudoso gusto a la fea realidad del
capitalismo, las cosas cambian. En esta realidad, un elemento de esos n elementos
citados es particularmente importante. Y lo es porque, en la historia de la
humanidad, resulta que el mecanismo de mercado capitalista funciona e impone
unos precios que hay que sufrir, lo queramos o no. Son tan reales estos precios
que no hay prácticamente nadie que no haya experimentado en carne viva sus
dolorosísimos efectos. Pues bien, en esta triste realidad, a las sillas sólo se
las puede hacer crecer por medio de trabajo humano, usando dicho trabajo humano
dentro del contexto de la racionalidad social que corresponde a cada momento
histórico. La capacidad productiva alcanzada en cada momento por la fuerza
humana de trabajo varía continuamente, pero siempre consiste en esto: 1)
trabajo directo presente; 2) la ayuda de los resultados de otro trabajo humano
anterior (los medios de producción que la gente llama vulgarmente «capital»);
3) la ayuda de materias y fuerzas naturales que se apropian los humanos sin
necesidad de trabajo.
Por esta razón, la teoría laboral del valor de Marx entronca con la línea de
economistas que proviene de Petty y Ricardo. Porque Petty ya sabía que la riqueza tiene
dos padres: hand and land; es decir, el trabajo y
todos los medios, naturales o no, que usa éste en la producción. Pero desde
David Ricardo la Economía sabe distinguir perfectamente entre valor y riqueza
(véase Ricardo, 1817, Cap. 20). Ricardo ponía ejemplos textiles; hoy podemos
añadir ejemplos informáticos; pero todo sigue siendo igual de claro que antes.
Si el esfuerzo humano total para reproducir normalmente un ordenador medio –que
encima es más potente, veloz, capaz, &c., de lo que era antes– disminuye en
el tiempo, gracias al progreso técnico (humano), su valor disminuye
aunque la riqueza que representa haya aumentado. El capítulo
de Ricardo se llama precisamente: «Riqueza y valor: sus propiedades
distintivas». Esta dualidad entre el valor de cambio (precio) y el valor
(trabajo humano) la conocían muchos buenos economistas (véase, por ejemplo,
Cournot, 1838, el gran precursor del marginalismo), pero Marx la comprendió
mejor que nadie, precisamente porque estaba mejor situado que ninguno gracias a
su preparación hegeliana no superada. Y la prolongó, como hemos visto, por
medio de la dualidad entre el trabajo concreto y el trabajo abstracto, que
algunos se permiten descalificar como simplemente «metafísica».
Pues bien, aunque muchos se empeñen en no reconocer que esto es así, el mercado
computa (indirectamente) las cantidades físicas de trabajo humano total que
requiere la sociedad capitalista para reproducir cada tipo de mercancía, y por
eso los precios (relativos) de mercado no reflejan una relación de cambio
física cualquiera (entre cada par de mercancías), sino precisa y exactamente la
relación que entre ellas existe como consecuencia de ser ambas resultado de
determinadas cantidades globales de trabajo humano (abstracto).
Supongamos, para acabar, que hacer aumentar la silla del ejemplo inicial en los
porcentajes antes señalados de peso, volumen, &c., no sólo se considere
algo socialmente útil (presupuesto necesario del valor y del valor
del cambio, y razón por la cual Marx arranca su obra diciendo que la mercancía
ya es en sí un valor de uso), sino que en concreto requiera hoy de
la sociedad humana un 50% más de trabajo que la silla sin crecer. Pues bien, el
mercado reflejará esto haciendo subir su precio en un 50%. Evidentemente,
estamos hablando de una ley científica, no de un juego, y hay que aplicar todas
las advertencias metódicas –que no es preciso recordar aquí ahora– que vienen
al caso y deben practicar quienes se preocupan de esa forma específica de
trabajo humano que es la actividad científica.
Asimismo, dejo de lado la modificación cuantitativa que supone pasar de los
valores Xij a los Xij*. Marx también trató esta
«transformación» científicamente (aunque los métodos actuales, en especial los
instrumentos matemáticos, pueden mejorar sin duda el procedimiento que él mismo
utilizó). Pero desde luego a él nunca se le ocurriría inscribir su nombre en el
Registro de «aspirantes a magos», en el que abundan quienes consideran la dicha
transformación como una especialidad en el hermoso arte del birlibirloque. Y a
quienes alguna vez se les ocurrió (véase Samuelson, 1970) que el principal
instrumento de trabajo que se necesita para trabajar en ese circo es la goma de
borrar, hay que decirles que, aparte de todo lo que han tenido que practicar
ellos mismos con esa goma (Samuelson pasó de considerar a Marx como un
«posricardiano menor» a dedicarle una veintena de artículos científicos en los
que ha tenido que ir matizando, una y otra vez, afirmaciones anteriores), se
consuelen de otra manera. Porque los productos de papelería no serán suficientes
para acabar con el legado científico de Marx.
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Notas
{1} En
realidad, la idea de Sacristán está bastante matizada. Escribe: «La motivación
metafísica ha sido fecunda para la ciencia de Marx. El equívoco metodológico de
nuestro autor, que consiste en tomar por método en sentido formal una actitud
(la dialéctica) y por teoría científica la visión de un objetivo de
conocimiento (la 'totalidad concreta'), se debe a la versión hegeliana de una
aspiración antigua: el deseo de conocimiento científico de lo concreto o
individual, en ruptura con la regla clásica según la cual no hay
ciencia de lo particular (...) Es inconsistente el intento de despojar
a Marx de su herencia hegeliana para verle como científico. Desde luego que en
su trabajo propio cada cultivador del legado de Marx puede hacer de su capa un
sayo (...) Pero Marx mismo, para el que quiera retratarlo y no hacer de él un
supercientífico infalible, ha sido en realidad un original metafísico autor de
su propia ciencia positiva; o dicho al revés, un científico en el que se dio la
circunstancia, nada frecuente, de ser el autor de su metafísica, de su visión
general y explícita de la realidad. No de todos los metafísicos se puede decir
eso ni de todos los científicos (...)» (1980, págs. 364-5). En cuanto a Liria,
escribe: «Se ha apuntado cómo, respecto a la historia, y contra Hegel, Marx ha
desenvuelto su investigación en el horizonte de la 'oposición real' en el que
la física trabaja la complejidad del acontecer efectivo (...) La historia puede
y debe ser investigada al modo físico y, en efecto, siempre es posible encontrar
en toda formación social una 'base material', una 'estructura económica', en el
sentido de algo 'que puede ser estudiado con la exactitud de la física
matemática' (Marx, Shriften, I: 373). Pero lo que hemos
mostrado en los capítulos anteriores es que este proyecto ha tenido que ser
violentamente arrancado del sistema hegeliano (...) Al anular el lugar que
Hegel había reservado a la apertura histórica como reconciliación de Dios con
todas las aspiraciones de la naturaleza, Marx (...) no ha podido impedir que se
abriera a sus espaldas un género de legalidad que en absoluto compete a la
ciencia natural. De allí que, mientras su investigación histórica se perfilaba
en el horizonte de la física matemática como cualquier otra investigación
natural, un trabajo paralelo de las exigencias de la razón práctica atravesara
toda su obra esforzándose con intensidad en una suerte de compromiso
revolucionario muy difícil de ensamblar con precisión. En efecto, es patente
que el propio Marx ha vacilado muchas veces a la hora de entender este
compromiso entre lo teórico y lo práctico, desde el famoso desatino de
las Tesis sobre Feuerbach, hasta las múltiples recaídas en
posturas hegelianas que salpican toda su obra; es de este aspecto confuso de su
producción de donde se ha obtenido el filón de textos que permitieron a varias
generaciones de marxistas trazar una línea de continuidad entre Hegel y Marx,
elaborando fantásticas teorías sobre la necesidad natural del curso histórico,
en el que el sacrificio de millones de seres humanos acabó finalmente por ser
entendido como un mero aspecto físico tangencial. Asimismo, se ha podido
ridiculizar a un marxismo que pretendía predecir la historia como se predice un
eclipse, pero que, al tiempo, había considerado necesario crear un partido
político para producirlo.» (Fernández Liria, 1998, págs. 315-6).
{2} Citemos
solamente un pasaje de las Teorías de la plusvalía, en el que
Marx se las tiene que ver con los argumentos de un discípulo de Ricardo. Al
respecto comenta, después de que este ricardiano anónimo cite a Ricardo [«No
puede acumularse en un país cantidad alguna de capitales que no sea posible
emplear de manera productiva (...)»]: «Aquí Ricardo identifica
'en forma productiva' y 'en forma provechosa', en tanto que precisamente el
hecho de que en la producción capitalista sólo lo 'provechoso' sea 'productivo'
constituye la diferencia entre ello y la producción absoluta, así como su
limitación. Para producir 'de manera productiva', la producción debe llevarse a
cabo de tal manera que la masa de los productores quede excluida de la demanda
de una parte del producto. La producción debe efectuarse en oposición a una
clase cuyo consumo no guarda relación con su producción, ya que precisamente la
ganancia del capital consiste en el excedente de su producción por encima de su
consumo. Por otro lado, la producción debe efectuarse para las clases que
producen sin consumir. No basta con dar al sobreproducto la simple forma en la
cual se convierte en objeto de demanda de estas clases. Por otro lado, el
propio capitalista, si desea acumular, no debe consumir tanta proporción de sus
propios productos, en la medida en que son bienes de consumo, como los que
produce. De lo contrario no puede acumular. Por eso Malthus se opone a las
clases capitalistas, cuya tarea no es la acumulación, sino el gasto. Y en tanto
que por un lado se suponen todas estas contradicciones, por el otro se supone
que la producción avanza sin fricciones, tal como si estas contradicciones no
existieran. La compra se divorcia de la venta, la mercancía del dinero, el
valor de uso del valor de cambio. Sin embargo, se da por supuesto que esta
separación no existe, sino que hay trueque. El consumo y la producción se
separan; [hay] productores que no consumen y consumidores que no producen. Se
da por supuesto que el consumo y la producción son idénticos. El capitalista
produce, de manera directa, valor de cambio para aumentar su ganancia, y no con
vistas al consumo. Se supone que produce de modo directo, con vistas al consumo
y sólo para él. [Si se] supone que las contradicciones que existen en la
producción burguesa –y que en rigor se reconcilian mediante un proceso de
adaptación que, sin embargo, al mismo tiempo se manifiesta como crisis, fusión
violenta de factores inconexos que actúan con independencia los unos de los
otros, y sin embargo están correlacionados–, si se supone que las
contradicciones que existen en la producción burguesa no existen en verdad, es
evidente que dichas contradicciones no pueden entrar en juego. En cada
industria, cada uno de los capitalistas produce en proporción a su capital,
no importa cuáles fueren las necesidades de la sociedad, y, en especial, no
importa cuál sea la oferta de los capitalistas competidores en la misma
industria. Se supone que produce como si cumpliese pedidos hechos por la
sociedad (... Por otra parte,) este ricardiano, que sigue el ejemplo de
Ricardo, reconoce en forma correcta las crisis que resultan de los repentinos
cambios en los canales del comercio. Así ocurrió en Inglaterra después de la
guerra de 1815. Y por consiguiente, cuando estalla una crisis, todos los
economistas posteriores declaran que la causa más evidente de
la crisis de que se trata es la única causa posible de todas las crisis. El
autor también admite que el sistema de crédito puede ser una causa de crisis
(como si el propio sistema de crédito no surgiera de la dificultad de emplear
capital 'en forma productiva', es decir, 'de manera provechosa'). Los ingleses,
por ejemplo, se ven obligados a prestar sus capitales a otros países con el fin
de crear un mercado para sus mercancías. La sobreproducción, el sistema de
crédito, &c., son medios con los cuales la producción capitalista trata de
derribar sus propias barreras y producir por encima de sus propios límites. La
producción capitalista, por un lado, tiene esa fuerza impulsora; por el otro, sólo
tolera una producción concorde con el empleo provechoso del capital existente.
De ahí surgen las crisis, que al mismo tiempo la empujan adelante y más allá
[de sus propios límites], y la obliga a calzarse botas de siete leguas para
llegar a un desarrollo de las fuerzas productivas que sólo puede lograrse con
suma lentitud, dentro de sus propios límites.» (Marx, 1862-3, vol. III, págs.
101-2).
{3} Digo
actualizados, porque en la época de Marx nadie concebía, evidentemente, los
precios y los valores de las mercancías como los elementos de unos
«autovectores» ligados a determinados «autovalores» de ciertas matrices de
insumo-producto..., entre otras cosas porque era absolutamente imposible, ya
que entonces nada de este instrumental actual estaba todavía en uso (al menos,
entre los economistas).
{4} Agradezco
a Pepe Tapia muchas cosas en relación con este artículo, pero también la
deliciosa anécdota que me hizo llegar, nada más leer mi primer borrador, sobre
el descubridor de la vitamina C: «Por cierto que te gustará esta anécdota sobre
el descubridor de la vitamina C. 'Discovery', someone once remarked, 'consists
of seeing what no one has seen'. The Nobel Prize-winning chemist Albert
Szent-Gyorgi disagreed. 'Discovery', he remarked, 'consists of seeing what
everybody has seen, and thinking what nobody has thought' [Alguien señaló una
vez que 'el descubrimiento consiste en ver lo que nadie ha visto'. El premio
Nobel de Química Albert Szent-Gyorgi no estaba de acuerdo, y decía: 'El
descubrimiento consiste en ver lo que ve todo el mundo, y pensar lo que nadie
ha pensado'].
{5} No
puedo pasar por alto este hecho, muy significativo, para los que se interesan
por la sociología de la ciencia. ¿Por qué sigue Samuelson, siete décadas
después, explicando a los lectores de su celebérrimo manual que la utilidad es
el punto de partida de la teoría del valor, si él ya demostró que no era así?
Razones puramente ideológicas, sin duda, compartidas por casi toda la
profesión.
{6} Campo
en el que es muy importante distinguir entre los «marxistas» (hoy, en su
mayoría, desconocedores o ajenos de la teoría laboral), los «excedentistas»
del Surplus approach (en general, «fisicalistas» romos al
borde de un ataque de nervios cuando oyen a los primeros hablar del carácter
«social» de las propiedades de las mercancías, que ellos preferirían ver
convertidas en puramente físico-científico-positivas), y los partidarios de la
teoría laboral del valor (véase Guerrero, 2002).
{7} Por
poner un ejemplo, me limitaré a mencionar el interesante repaso que hace Tony
Burns de la cuestión de las relaciones entre el materialismo griego clásico y
el del joven Marx. Burns se desmarca de la posición de Kline y de Rockmore, que
defienden que Marx nunca fue un materialista a lo largo de su vida intelectual,
y reclama con fuerza el punto de vista de que Marx se alejó tanto del idealismo
como del materialismo extremos que reducen la mente y el cuerpo a una unidad;
según Burns, lo que hace Marx es seguir a Aristóteles en una especie de tercera
vía según la cual el individuo humano es una unidad de ambas cosas en el
interior de una tercera, posición inspirada en Feuerbach y en particular en la
«síntesis» que realiza este autor «entre la filosofía 'dialéctica' alemana de
Hegel y el 'materialismo' francés del siglo XVIII» (Burns, 2000, pág. 34). Es
interesante señalar que ni siquiera el informadísimo trabajo de Draper, que sí
recoge el trabajo del joven Marx en los años 1840 y 1841, en el que resumió y extractó
sus lecturas de De Anima de Aristóteles, recoge lo que Burns,
siguiendo a Meikle (1985) señala al pie de su artículo: que existe una
traducción manuscrita de Marx (al alemán) de esta obra aristotélica que él leyó
en latín, traducción que se encuentra en Amsterdam y que, a pesar de no estar
recogida tampoco en la edición inglesa de la Obra Completa de Marx y Engels,
fue la primera edición al alemán de esa importante obra de Aristóteles (ibid.,
pág. 4). Al parecer, a Marx le impresionó tanto este trabajo que estuvo a punto
de realizar su Tesis Doctoral sobre el mismo, en vez del que hoy conocemos
sobre Demócrito y Epicuro.
{8} Es
muy curioso lo hegelianos que se vuelven algunos economistas que por lo general
se muestran bastante refractarios a cualquier tipo de inclinación filosófica.
Por ejemplo, a pesar de que Bortkiewicz (1906/7 y 1907) sabía muy bien que los
valores del libro I de El capital y los precios de producción
del libro III tenían la misma naturaleza, y por tanto la misma «dimensión»
física (unidades), muchos de los que han cultivado la tradición crítica de la
teoría laboral se han empeñado en el hegelianismo y en la dialéctica más
extremos, al estilo de Samuelson, que insiste en que lo que en realidad no es,
como hemos visto, sino una diferencia cuantitativa supone, para él, una
diferencia cualitativa de tal calibre que en realidad permite separar dos
mundos completamente diferentes: el mundo de lo que él llama «los valores
marxianos», y el que bautiza como el de los «precios competitivos».
{9} Esta
frase es de especial importancia para entender el comentario final del texto de
nuestro artículo. Normalmente, se interpreta la «transformación» de valores en
precios de producción como un proceso real, es decir, que ocurre en la realidad
capitalista. No es así. Ni los valores ni los precios de producción son precios
reales. Los únicos precios reales son los precios efectivos; los otros dos son
constructos mentales que necesitamos los que nos ocupamos de cuestiones de
Teoría para entender sistemáticamente (científicamente) el funcionamiento de la
realidad. Por cierto, estos precios efectivos se desvían tanto de los valores
(nuestros Xi) como de los precios de producción (nuestros Xi*).
{10} Es
importante precisar que aquí estamos tratando de Marx y no de Engels. Lo que
dice Marzoa a este respecto es doblemente relevante. En primer lugar, la razón
que nos permite insertar aquí este texto de Engels: «Engels siguió con atención
y entusiasmo la elaboración de Das Capital, conoció bien el
detalle y el contenido material de la obra (...)»; pero Marzoa también tiene
razón en lo siguiente –que hace imprescindible mirar con mucha cautela todo lo
que procede de la pluma de Engels cuando se trata de expresar las ideas y
teorías de Marx–: «(...) pero, de hecho, en su propio trabajo literario, siguió
[Engels] bajo el concepto de una 'filosofía' genérica, de carácter
convencional, 'filosofía' que él atribuye a Marx, porque, en efecto, se nutre
de aspectos de los escritos de juventud, pero pretendiendo dar una salida de
tinte 'científico', vagamente positivista, al caudal problemático allí
contenido. El resultado (las obras de Engels antes citadas [se refiere a las
que cita así: «La subversión de la ciencia por el Sr. Eugen Dühring»,
«Dialéctica de la naturaleza», «El origen de la familia, la propiedad privada y
el Estado» o «Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana»])
presenta tal falta de rigor que no tiene sentido ocuparse de él en un trabajo
de filosofía. Sin embargo, tal resultado es el origen d todo el aparato
pseudofilosófico conocido como 'materialismo histórico' y 'materialismo
dialéctico', el cual pretende constituir la parte 'general' y 'filosófica' de
lo que se llama 'marxismo'.» (Martínez Marzoa, 1983, pág. 21).


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