© Libro N° 11191.
De La Destrucción Y La Reconstrucción. Rodríguez
Genovés, Fernando. Emancipación. Mayo 6 de
2023
Título original: ©
De La Destrucción Y La Reconstrucción. Fernando Rodríguez Genovés
Versión Original: © De La Destrucción Y La Reconstrucción.
Fernando Rodríguez Genovés
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
DE LA DESTRUCCIÓN Y LA
RECONSTRUCCIÓN
Fernando Rodríguez Genovés
De La
Destrucción Y La Reconstrucción
Fernando
Rodríguez Genovés
Una
meditación a partir de la lectura del libro de W. G. Sebald, Sobre la
historia natural de la destrucción, junto a la crónica de un viaje a
Múnich y un apunte final sobre la reconstrucción en Irak
Seamos
claros con nosotros mismos: no es mérito nuestro que aún sigamos con vida; no
hemos conquistado con nuestras propias fuerzas las nuevas condiciones que abren
nuevas oportunidades en medio de la espantosa destrucción. No nos concedamos
ninguna legitimidad que no nos corresponda. (Karl Jaspers, El problema
de la culpa)
1
La fuerza
de la memoria y la vivacidad de las imágenes conforman el gran poder creativo
del arte y la literatura. Por decirlo así, en pocas palabras, cabría argüir que
la memoria les provee de la materia con la que operan, mientras que la
imaginación les proporciona la forma con la que convierten el contenido bruto
en una experiencia estética, o sea, en un objeto, literalmente, conformado en
términos artísticos. Sucede de esta manera un hecho prodigioso, aunque nada
anormal, que modela nuestras sensaciones: el arte y la literatura logran captar
la belleza que se guarda tras los hechos más dramáticos y terribles. No por
mera pose, sino merced a una tremenda intuición, es por lo que escribió Rilke
este famoso adagio: «Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos
soportar.» Cuando un recuerdo se siente como demasiado doloroso o se encuentra
demasiado próximo en la existencia de los individuos, a menudo ni siquiera se
permite su exposición o narración. Simplemente se oculta en el fondo del alma,
se eleva a la categoría de tabú o se convierte en materia reservada.
En su
vívido ensayo Sobre la historia general de la destrucción (1999),{1} el
escritor
En unas
conferencias celebradas en 1997 en Zúrich, que sirven de punto de partida a
este libro, Sebald se pregunta por el motivo de esta amnesia, la cual, de
entrada, ya implica la directa omisión de un pasado que se quiere así borrar
sin reservas. Con las casas y los edificios abatidos por los bombardeos, el
alma de los alemanes también se les cayó a los pies. No se trata sólo de que la
mayoría no llegase a comprender lo que había ocurrido y por qué. Es que ni
siquiera se mostraron dispuestos a describirlo y relatarlo. Los cronistas y los
literatos se secaron, y sólo unos pocos, muy pocos, fueron capaces de
sobreponerse a la adversidad y dar cuenta de lo que allí tuvo lugar, antes,
durante y después del desastre y la destrucción. Este silencio de quienes son
–o deben ser– por profesión y vocación los artífices de la palabra movía a la
primera interrogación: ¿por qué tan pocos escritores alemanes se atrevieron a
narrar el paisaje y las consecuencias de la batalla? Pero había, otras, acaso
demasiadas, preguntas: ¿por qué hubo tantos alemanes que quisieron pasar de
largo sobre su propia historia, que necesitaron pasar página a la mayor
velocidad de sí mismos y no hacerse cargo de todo lo que les había pasado? ¿Por
qué para muchos todavía volver la vista atrás se experimenta como una vuelta
atrás? ¿Por qué no se sienten plenamente culpables de la gran infamia cometida,
pero tampoco quieren percibirse como víctimas? Cuando la tormenta pasó, se
enterraron a los muertos y se buscó a los desaparecidos. A todos ellos se les
quiso identificar. Pero, ¿por qué los supervivientes no quisieron ser
identificados y, como antes, como cuando todo empezó, miraron para otro lado?
¿Han recobrado ya la moral de la mirada y el sentido de la perspectiva?
Ahora, en
la hora de la derrota, los ojos de los vencidos apuntan a sus pies y no
descubren más que los zapatos alemanes rotos. Tuvo que ir Victor Gollancz, el
otoño de 1946, desde el Reino Unido hasta la zona descalzada, de Hamburgo,
Dusseldorf y la cuenca del Ruhr, bajo administración inglesa, con la misión de
realizar unos reportajes periodísticos, para que tengamos noticia acerca de la
miseria de las condiciones de vida de los alemanes de entonces; por ejemplo, de
cómo la mayoría iba medio descalza, con los zapatos quebrantados. This
Misery of Boots se titula el libro que escribe al efecto, ilustrado
con unas significativas imágenes de los calzados de los alemanes que ponen
literalmente al descubierto sus vergüenzas.
Sólo la
Royal Aire Force arrojó un millón de bombas sobre el territorio alemán; de las
131 ciudades bombardeadas, algunas quedaron casi totalmente destruidas; unos
600.000 civiles forman la siniestra nómina de víctimas de la guerra aérea; tres
millones y medio de viviendas fueron devastadas; al terminar la guerra había
siete millones y medio personas sin hogar; a cada habitante de Colonia le
correspondieron 31, 4 metros cúbicos de escombros, y a los de Dresde 42, 8:
«pero qué significaba realmente todo ello no lo sabemos.» (pp. 13 y 14). Este
paisaje lunar se produjo a lo largo de tres años y fue reconstruido de nuevo en
apenas un lustro. Tamaña precipitación revela la voluntad de poner en orden
todo aquel páramo fantasmal sin dar tiempo a recapacitar sobre sus causas.
Sobre los escombros crecían de prisa la hierba y los matojos, y como éstos
llevaban a las raíces, había que rebanarlos y aplanar la superficie.
Así pues,
la destrucción total no parece el horroroso final de una aberración colectiva,
sino, por decirlo así, el primer peldaño de una eficaz reconstrucción. (pp. 15
y 16).
Segunda
circunstancia: sólo desde la lejanía se ha podido llegar a divisar y referir
alguna sombra de aquel desastre que se encontraba ante sus mismas narices.
Sebald no
es historiador, ni pretende trazar un relato sociológico y político de la
situación, y menos todavía una evaluación moral de los hechos. Sebald es un
narrador, un escritor que se vale del mejor instrumento del oficio: su
capacidad para contar lo que ha sucedido y describir imágenes con las que poner
de relieve el significado profundo de lo que pasa ante nuestros ojos y no se
ve, o se ha visto a medias. Para ello se vale de su feraz escritura así como de
testimonios prestados por otros escritores, de aquellos pocos que, como
Heinrich Böll, Hermann Kasack, Hans Erich Nossack y Peter de Mendaelssohn, sí
tuvieron el valor de escribir sobre la destrucción. Asimismo, se sirve de
documentos gráficos, de fotografías en blanco y negro –«con un tratamiento
deliberadamente low tech»{3}– que se
integran en el texto, sin aportarle color, pero sí relieve y gran fuerza
expresiva. Con palabras y fotos se escribe todo un texto testimonial como éste
que comentamos, vívido y sincero, negro sobre blanco.
La mano
del escritor es fijada y dirigida por su particular mirada. En realidad, el
escritor ve cuando los demás sólo miran o miran de soslayo. A menudo, sólo
miran y ven quienes vienen de fuera.
Stig
Dagerman, que en el otoño de 1946 informaba desde Alemania para la
revista Expressen, escribe desde Hamburgo que viajando en
tren, a velocidad normal, estuvo contemplando durante un cuarto de hora un
paisaje lunar entre Haselbrook y Landwehr y no vio un solo ser humano en
aquella inmensa zona incontrolada, quizá el campo de ruinas más horrible de
toda Europa. El tren, escribe Dagerman, como todos los trenes de Alemania,
estaba muy lleno, pero nadie miraba afuera. Y a él lo reconocieron como
extranjero porque lo hacía. (pp. 39 y 40).
Hay más
imágenes representadas en el libro que valen como millones de palabras y miles
de tratados, Por ejemplo, esta que sigue: «Nossack cuenta cómo, al volver a
Hamburgo unos días después del ataque, vio a una mujer que en una casa, ‘que se
alzaba sola e intacta en medio del desierto de escombros', estaba limpiando las
ventanas.» (p. 51)
Hay, en
suma, bastantes ejemplos de imágenes pintadas con gran intensidad, que hablan
por sí solas, tanto como para llenar el profundo vacío silencioso de los que
callan. Para mostrar la devastación general: «Ratas y moscas dominaban la
ciudad. [...], escribe Nossack» (pp. 45 y 46). Para subrayar la necesidad
anormal de volver a la regularidad y la costumbre como si nada hubiera pasado:
«Un observador inglés recuerda una función de ópera en la misma ciudad,
inmediatamente después del armisticio.» (p. 53). Para pintar una ciudad donde
los edificios han sido derribados y se extiende una fantasmal planicie: «El sol
pesa sobre la ciudad, porque apenas hay sombra.» (p. 75).
2
Meditando
sobre estos misterios del silencio y la ausencia en Alemania, rememoré mi
estancia en la ciudad de Múnich durante la primavera de 2003, durante la cual,
y con mi particular mirada extranjera en tierra bávara, tuve en todo momento la
impresión de que se seguía ocultando mucho de lo que allí y por allí había
pasado. Como tengo costumbre el poner por escrito las impresiones de mis viajes
y travesías, busqué entre mis carpetas la huella de aquella crónica con el fin
de rememorarla y contrastarlas con las que ahora había adquirido gracias a la
lectura del libro de Sebald. Esto que ahora transcribo a continuación es lo que
encontré en una de ellas:
Múnich,
año 2003
I
En el origen fue la cerveza
El centro
de Múnich se encuentra rodeado por un anillo, que es el señor de las rondas,
el Ring, custodiada por puertas que uno acomete con la
esperanza de que se conviertan en bocas de la verdad, sea la de Isartor, al
sudeste, o la Karlstor, en el lado opuesto. ¿Por dónde
comenzar la andada? Tal vez sea mejor comenzar por el principio. Y el origen de
la ciudad de Múnich se encuentra próximo a la Isartorplatz, como
ésta lo está del río Isar. A través de la Zweibrückenstrasse se
llega al Ludwigsbrücke, el puente de una antigua discordia que
dio lugar, el primer lugar, a Múnich. En 1158, Enrique el León decide sustituir
el puente entonces presente, propiedad del obispo de Friburgo, por uno propio,
de manera que la plataforma de la Iglesia pasó a ser Salztrasse, o
ruta de la sal, haciendo con ello fama, fortuna y futuro. Estos sucesos se
produjeron bajo la mirada atenta de los monjes (münchen) benedictinos
que allí se habían afincado desde antaño y dieron el beneplácito, y el nombre,
al nuevo bautismo urbano, que supuso también una fáctica confirmación.
Bautizaron la villa con cerveza bendita.
Los
monjes bávaros de entonces ya sabían amoldarse bastante bien a las nuevas
circunstancias, como sabían, desde tiempo atrás, producir brava cerveza, que
será desde entonces una de las enseñas de la ciudad. Un siglo antes, en la
actual Freising los monjes benedictinos del monasterio de Weihenstephan recibieron
la autorización arzobispal para hacer cerveza, estableciendo a continuación la
primera fábrica del mundo de este líquido espumoso que alimenta el alma bávara
e inflama sus cabezas categóricas y sus estómagos rotundos. En esta región se
localiza el mayor número de cervecerías del mundo por número de habitantes, y
éstos, los muy bávaros, se precian de ser los mayores consumidores de cerveza
que existen y han existido jamás. Todo esto se lo toman como algo natural, con
un saludable orgullo que no se les sube a la cabeza; incluso se sienten
halagados cuando se les hace el cumplimiento. Y no es que sean modestos; son
buenos bebedores.
Los
monjes no sólo dieron nombre a la ciudad. Además les proporcionaron alegría
líquida por los siglos de los siglos, así como sus propias denominaciones que
han otorgado desde entonces categoría de origen a gran número de marcas de
cerveza: Paulaner, Franziskaner, Augustiner, etcétera. Las cervecerías de
Múnich cumplen, entonces, la misión de proporcionar diversión y chispa a sus
hombres y mujeres, pues unos y otras beben y viven con igual holgura. A la
menor ocasión, montan centros de reunión, sea en terrazas al aire libre, sea en
antros y salones de grandes medidas, y algunos de varios pisos (como la Hofbraühaus),
donde ofician el festival de la cerveza. Allí celebran, en efecto, fiestas
diarias y festividades extraordinarias, como la Octoberfest, la
gran fiesta bávara que santifican cada año en septiembre, no en octubre, como
el nombre podría dar a entender la leyenda. No deberíamos, empero,
denominar banquetes a estas celebraciones, ya que de coloquio
o de simposio, al estilo griego clásico, tienen poco. Los festejos bávaros de
la cerveza constituyen francas francachelas, bulliciosas congregaciones de
oficiantes postrados ante largas mesas comunitarias de madera, quienes levantan
al cielo con poderosa devoción tremendos cálices de líquido milagroso, entonando
sin descanso épicos himnos a la alegría.
Hay
cervezas de todas las clases, fuertes y menos fuertes, amargas y menos amargas,
recias y menos recias. Algunas se hacen muy corpóreas y nutritivas gracias al
prodigio del sacramento de la pagana cena que se renueva a diario, en las que
se fusionan generosas dosis de alcohol y cebada: se las denomina pan
líquido. Esta clase de cerveza fuerte o starkbier empezaron
a producirla en el siglo XVII los monjes de Paulaner con el fin de hacer más
llevadera la Cuaresma; bendecido el fruto del paraíso por las autoridades
eclesiásticas, todavía se celebra hoy el Festival de la Cerveza Fuerte, durante
las tres semanas que preceden a la Pascua. El resultado, con todo, no debe
llamar a error; aquello será pan líquido, pero no se bebe
solo, a secas, diríamos: el pan tierno, sólido, de trigo, de horno, los pretsels o
rosquillas saladas, las salchichas de todos los colores y sabores, las coles,
los codillos de cerdo y los más variados frutos de la tierra regada con el
sudor del trabajo surten y decoran primorosamente, y por poco tiempo, las mesas
colmadas de relieves como elevadas mesetas.
Se llenan
con tanto ardor las cervecerías de Múnich que en algunas ocasiones enervan los
espíritus, dan el susto, y algún putsch. En 1923, Adolf Hitler,
hastiado de tanta República de Weimar y de tanta debilidad como demostraban los
alemanes de entonces, y al mando de sus huestes, toma posesión de la
taberna Bürgerbraükeller, quita la palabra a los diletantes
políticos que allí platicaban a la concurrencia y proclama un nuevo gobierno
nacional, con sede en Múnich, que lanza como un arpón al corazón de Alemania, y
del orbe entero. Con anterioridad, el guía del nazismo ya había ensayado sus
dotes de orador frenético y espumajoso al fundar su partido en la «catedral de
la cerveza», la Hofbraühaus, en 1920, y organizar sucesivos y
broncos mítines en los que volaban más las sillas y las jarras de cerveza sobre
las cabezas de los concurrentes que las ideas. La asonada no llegó a triunfar
finalmente, todavía. Hitler, Ludendorff, Göering, Streicher y otros dirigentes
nazis fueron detenidos y alojados en la prisión de Landsberg. Allí,
el Führer, elevado sobre la colina de la patria, se siente inspirado y dicta
las lecciones del Mein Kampf a su secretario, y de paso a toda
la humanidad. Desde ese instante, las cosas han cambiado en Alemania y Baviera
una barbaridad, pero todavía hoy, al pasar ante una cervecería muniquesa, es
difícil reprimir un leve espasmo. Y no precisamente por tener hambre o sed de
cochinillo y cerveza.
II
Alemanes y muy bávaros
Tienen
buena fama los muniqueses, y los bávaros en general, de constituir entre ellos
una comunidad alegre y distendida, abierta y comunicativa, dada al buen vivir,
muy especialmente cuando se les compara con el resto de alemanes del norte y
del este. Y no anda errada del todo esta percepción. Múnich se ha ganado la
nombradía de ciudad compacta, elegante y eficiente, a base de esfuerzo y
dedicación, y no poca concentración. También de ser algo excéntrica en el
conjunto germánico; como cosa excéntrica es indiscutiblemente el que la mayoría
de sus habitantes sean católicos en la patria de Lutero. Sí, son alemanes, y
tienen la tranquilidad de serlo, pero más que nada, por encima de todo, son
bávaros federados y contribuyentes; bávaros a fin de cuentas.
Hoy
Múnich, capital de Baviera, puede alardear de ser una ciudad moderna con todos
los servicios que proporciona una sociedad desarrollada. Su población supera el
millón de habitantes, aunque se mantiene en unos límites demográficos prudentes
que le permiten armonizar la cantidad de gente con la calidad de vida
individual. Dispone de Universidades de prestigio que superan los 100.000
estudiantes. Más de 40 museos, algunos tan notorios como las Alte y Neue
Pinakothek, la Glyptothek, el Paläontologisches o
el Reich der Kristalle, todos ellos en el Barrio de los
Museos, en la zona noroeste de la ciudad, entre el Alter Botanischer
Garden, próximo a la Karlsplatz y la Schellingstrasse, arteria
que conduce a las proximidades de la Universidad. Asimismo en la Prinzregenstrasse se
alzan majestuosos la Haus der Kunst y el Bayerisches
Nationalmuseum. En el extremo este, erigido sobre una isla del río Isar, se
halla el Deustsches Museum, centro –gris, mazacote y un tanto
bunkerizado– dedicado a la ciencia y la tecnología; todo ello sin citar las
múltiples galerías y colecciones particulares o de motivos específicos, sea el
museo BMW, sea Siemensforum, sea el Museo Judío.
Hay, en
fin, en Múnich muchas iglesias barrocas, exuberantes mercados callejeros,
palacios, jardines, bellas estatuas y fuentes públicas, teatros y tiendas de
lujo en abundancia; todo un alarde de cultura y prosperidad. Y más de mil
cervecerías, repartidas por todo el país, que también es cultura próspera y
rica. Dispone de parques memorables, como el Englischer Garden, que
compiten sin complejo con el Central Park neoyorquino o
el Hyde Park londinense, aunque el muniqués llega a ser
todavía más «inglés» que éste, y no sólo por llevar nombre propio tan
inequívoco sino por su disposición como parque natural, antiguo coto de caza,
bosque salvaje y campechano espacio desbordante de lagos, cascadas y agua
corriente. Se puede enorgullecer sin duda de contar con distinguidas avenidas,
como la Maximilianstrasse, no menos elegante que la vía Mazzini de
Milán o la calle Parizká de Praga, que trascurre desde la
plaza Max Joseph hasta el término del Ring y enlaza con el puente de
Maximilian, y, dejando éste atrás, con el Maximilianeum, enorme
mole donde actualmente se congrega el Parlamento bávaro. La calle Maximilian no
es demasiado larga, pero su recorrido resulta muy agradecido, la marcha por sus
aceras, apacible y la mirada que la atraviesa, golosa: aquí, descubrimos la
solera del hotel Kemspinski, allá, las galerías neogóticas que acogen las
tiendas de Armani y Hermés, más allá, en fin, el sofisticado (aunque algo
ruidoso) café Roma, donde se reúne la gente joven y guapa de Múnich.
III
Memoria quemada
Múnich
tiene de todo para asegurarse una estancia agradable y distendida, recoleta y
tranquila, y se le antoja al visitante que instalarse allí para residir una
temporada puede que no sea una idea alocada. En especial, el centro de Múnich,
delimitado por el Ring, llama la atención justamente porque en él nada nos
sobresalta. Los edificios no superan las cinco plantas y la armonización de
estilos y su mantenimiento es impecable. Chispea el bullicio juvenil y alegría
por sus calles, pero no se perciben tribus desarrapadas y alborotadoras, al
margen de los grupos de aficionados del Bayern, que organizan sus broncas
falanges cada jornada futbolística. No hay mendicidad en las vías públicas, ni
venta callejera no controlada, ni espontáneos vendedores de flores, pañuelos de
papel o baratijas diversas que asaltan a los comensales y viandantes de la
mayoría de ciudades de Europa y del mundo. Aquí no.
En el
corazón de la moderna y cosmopolita Múnich apenas puede uno cruzarse con
habitantes que no sean de raza aria, de pura cepa, a prueba de tirantes de
cuero y cabelleras rubias blondas; es preciso alejarse a las zonas del
extrarradio, o al barrio universitario de Schwabing, para toparse cara a cara
con la multiculturalidad y la diversidad de rostros y jetas, para apreciar las
delicias turcas o armenias o africanas, los contrastes, los puestos callejeros
ruidosos, y para observar, en fin, algún papel arrugado o monda de fruta
alfombrando las calles. En esta barriada heterogénea y revuelta ya es posible
encontrar tiendas y restaurantes de otras partes del mundo; aparte del eje
Alemania e Italia, claro está. Y es que, en efecto, Múnich disfruta del privilegio
de poseer cientos de cervecerías típicamente bávaras, pero dispone de pocos
cafés, salones de té y cafeterías (esto no es Viena, aunque guarden entre sí
más de una semejanza formal y arquitectónica), de escasos restaurantes
franceses; aunque, eso sí, hay multitud de locales de comida italiana. ¡Ah,
Italia está aquí muy presente en Múnich! Italia e vicina i catolica,
veramente, ma... ¡Tantas logias arquitectónicas y tantas
fachadas de edificios de aire florentino, como el del exquisito hotel Opera en
el que me hospedé durante mi estancia en Múnich! ¡Tantos muniqueses que
entienden y hablan el italiano con naturalidad! ¡Tantos visitantes del lado de
los Apeninos! ¡Esos arcos del triunfo y de la victoria de reminiscencia
augusta!
En estas
divagaciones me perdía yo la tarde que bajaba por la Leopoldstrasse en
dirección a la Odeonplatz. Entre una y otra dirección se desliza la
magna Ludwigstrasse, la arteria que atraviesa la zona
universitaria y alberga la Ludwig-Maximilians-Universität, la
neorrománica Ludwigskirche y la Bayerische
Staatsbibliothek. En la Biblioteca Nacional bávara, cuyas escaleras de
acceso está sabiamente decorada con estatuas en honor a Tucídides, Homero,
Aristóteles e Hipócrates, penetré por la atracción que siento hacia los lugares
que contienen sosiego y libros. Como la hora de cerrar estaba próxima y no
disponía del carné de estudiante o usuario de las salas, me conformé con subir
las respetables escalinatas de entrada y deambular por sus corredores y salas adyacentes,
hasta que alcancé el área de recepción que conduce a las salas de lectura. Allí
me acerqué a observar unas vitrinas que contenían libros chamuscados, abrasados
y algunos casi pulverizados. Y allí me hallé ante una pequeña exposición que
conmemoraba los bombardeos británicos que golpearon la ciudad de Múnich en
marzo de 1943, durante la II Guerra Mundial. Junto a la parrillada de
volúmenes, sendos mostradores exhibían fotografías de la Biblioteca antes
y después de los ataques aéreos, imágenes que mostraban la edificación
profanada, en llamas y después su esqueleto seco como un tronco exánime y sin
sabia.
Ciertamente,
los muniqueses no olvidan algunos holocaustos. Una cosa es la alegría cervecera
y la caridad católica, y otra no recordar lo que fueron y lo que les han dejado
ser o no ser, hacer o no hacer.
No era la
primera recordación que veía de los bombardeos sobre la ciudad durante la
segunda gran guerra del siglo XX. Al visitar la iglesia de San Miguel, próxima
a la Marienplatz, el núcleo central de la villa, unos paneles
a la entrada me daban la bienvenida al templo y me repasaban la historia: el
templo, antes y después de los bombardeos. Asimismo, en los
artefactos giratorios que sujetan las postales turísticas de la ciudad,
plantadas en museos y calles, junto a las típicas estampas del Ayuntamiento (el
Viejo y el Nuevo), de la Frauenkirche, con las características
cúpulas bulbiformes, o sea, en forma de cebollones, y de individuos corpulentos
atacando platos de codillo con coles a discreción y empuñando enormes jarras de
cerveza, no faltan las que recuerdan los efectos de la acción aliada sobre la
ciudad: fotos en blanco y negro, o color sepia, oscuras y luctuosas. Pero,
apenas veía referencias de las causas de aquella catástrofe ni de otros
holocaustos y otras destrucciones.
La causa
mayor e infame fue, como se sabe, el ascenso de Hitler al poder y el
desencadenamiento de su política de Holocausto judío y de expansionismo
militarista. En Múnich uno se halla en la cuna del nazismo. Aquí se constituyó
el partido nazi; aquí se encontraba el Führer como en su propia casa; Múnich
apoyó su causa y su lucha en todo momento; aquí, a pocos kilómetros del Centro,
se halla Dachau, el primer campo de concentración habilitado por el Tercer
Reich para la eliminación de judíos y otras víctimas de su ideología, recinto
infernal inaugurado por Hitler a los 50 días de llegar al poder. A la entrada
del campo, un monumento en recuerdo de aquella infamia reza: «Nunca jamás».
Esto se menciona en Dachau, pero en Múnich se recuerdan sobre todo los bombardeos
aliados sobre la ciudad. Tenía que saber más sobre el particular, sobre esta
demostración de memoria selectiva. De modo que acudí al Museo de la Ciudad, con
el fin de intentar averiguar cómo se ven a sí mismos los muniqueses.
El Stadtmuseum completa
un conjunto de seis edificios de gran carácter situados en St-Jacobs-Platz, zona
muy próxima al Viktualienmarkt, el gran mercado de la
alimentación al aire libre y radiografía del estómago de la villa, que en estas
tierras significa la víscera más cercana al alma. Si el mercado de vituallas,
muy físicas y poco virtuales, representa el ir y venir de la vida presente de
sus habitantes, el Museo de la Ciudad recoge su pasado y osamenta, casi diría
que su fundamento y sus fuentes. La organización del recinto es impecable y su
contenido riquísimo. Las esculturas de madera talladas en el Renacimiento por
Erasmus Grasser, representando figuras danzantes en las posiciones más
inverosímiles y gentiles, suponen un verdadero tesoro artístico y un placer
para los sentidos. En las plantas superiores se exponen unas cuidadas
reproducciones, en diversos estilos y periodos, del interior de las viviendas
muniquesas, colecciones de vestidos e instrumentos musicales, así como un
espléndido muestrario de muñecos y marionetas que hace resucitar las ferias y
teatrillos del pasado de la villa. La primera planta se dedica a trazar una
panorámica de la historia de Múnich, con maquetas, fotografías y hasta cuadros
originales de sus vistas. Llama poderosamente la atención la gran documentación
que se recoge de las ruinas de la ciudad tras la II Guerra Mundial. Más de dos
terceras partes de la ciudad resultó muy dañada por los bombardeos, y la
reconstrucción ha sido minuciosa e inmortalizada por fotografías que enseñan el
antes y el después, y también (algo poco corriente en esta clase de
museos, y aun en las pinturas) por cuadros que detallan los momentos de la
reparación, con las grúas volando por los aires y las construcciones
descalabradas poniéndose a punto. Hay vistas aéreas y de detalle que ponen de
manifiesto el daño causado por las fuerzas aliadas a la ciudad y a sus
habitantes, pero nada más que un panel huérfano informa de que por la historia
de Múnich pasó Hitler y el nazismo; y se trata, con todo, de algunas
instantáneas de desfiles y de edificios característicos del Partido y sus
órganos de poder. No se ve ni una foto de los judíos muniqueses, vivos o
muertos, ni sobre la persecución antisemita ni del Holocausto.
IV
Pasar de largo
En Múnich
ha habido un gran esfuerzo de recuperación urbanística, pero no estoy muy
seguro que le haya acompañado otro celo semejante en ocuparse sobre lo que
aconteció allí durante la primera mitad del siglo XX. La ciudad no quiere
recordar ciertas cosas, pero este empeño no siempre puede asegurarse. Han
derruido algunos edificios muy representativos y simbólicos de la etapa nazi,
pero todavía se perpetúan algunas zonas oscuras difícilmente suprimibles.
En Königsplatz resuenan todavía los discursos del Führer, los
taconazos y las firmes pisadas que han dejado un eco y una huella indelebles en
la Humanidad. Hitler estaba hechizado por esta explanada, custodiada por
monumentales templos clásicos, el actual Staatliche Antikensammlungen frente
a la Glyptothek enmarcando el Propyläen, edificio
neoclásico inspirado en el Propileo de Atenas que servía de escenario fastuoso
a Hitler para organizar las grandes paradas y las concentraciones a mayor
gloria del III Reich. Hoy la Glyptothek alberga una
valiosísima colección de arte y escultura antigua, y su presencia, bajo la
influencia inmortal de personajes como Platón y Marco Aurelio, que allí se han
quedado de piedra al sentir la atmósfera cercana, aporta un necesario
contrapunto de serenidad al entorno. Visité el lugar varias veces durante mi
estancia en Múnich, por la mañana, por la tarde y en el anochecer, y en todo
momento comprobé que aquel foro constituye hoy un solar verdaderamente
desolado, el tránsito de personas es mínimo y el tráfico de vehículos, veloz,
como queriendo batirse en retirada y dejar atrás aquel espacio cuanto antes.
Pero si aquello significa una huida, no es posible pasar de largo. Pues, aquí,
el olvido rápidamente se convierte en laguna.
Mas, no
se preocupe el visitante, Múnich tiene en la actualidad muchas cosas que
ofrecer. De ella puede llevarse muchos otros souvenirs y
volverse a casa con imágenes más calidas, con jarras de cerveza, con exquisita
porcelana y un sombrero emplumado. Depende de lo que allí haya percibido.
Primavera,
2003
3
un
secreto que unió entre sí a los alemanes en los años posteriores a la guerra y
los sigue uniendo más de lo que cualquier objetivo positivo, por ejemplo la
puesta en práctica de la democracia, pudo unirlos nunca. (p. 22).
Tras las
conferencias de Zúrich de 1997, suficientemente divulgadas por los medios de
comunicación suizos y alemanes, Sebald recibe un buen número de cartas que
manifiestan variados sentimientos y juicios sobre el contenido y alcance de sus
palabras. Una de ellas le llena de especial sorpresa y aun de estupor. Viene de
Darmstadt y llega a sus manos a través de la redacción del Neue Zürcher.
La escribe un tal Sr. H, quien le transmite una tesis inquietante: la campaña
aérea sobre Alemania, había sido concebida por EE UU y los Aliados no sólo con
el fin de destruir sus ciudades sino, sobre todo, para aniquilar su identidad,
si bien todo ello no constituía más que un peldaño para preparar la invasión
cultural del país germano y su americanización total. No acabando ahí la cosa,
había también una mano pérfida que movía todos los hilos de la confabulación:
«Esta estrategia deliberada, sigue diciendo la carta de Darmstadt, fue ideada
por los judíos que vivían en el extranjero» (p. 106). He aquí el eco de un odio
prejuicioso y vil que, procediendo de la noche más oscura, no se decide a
claudicar, ni a darse por vencido; una reverberación tenebrosa que tiene su
máxima expresión en el ardor de los llamados Protocolos de los Sabios de Sión{4}, y que pone de
manifiesto el delirio y el estilo característicos de la doctrina fomentada por
los dirigentes nazis, y que ha marcado tanto a los que estaban y están dentro
de Alemania como a los que estaban y están fuera. Sus efectos siguen
verificándose hoy en la americanofobia, la judeofobia y la liberalfobia.
Es
alarmante comprobar cómo estos y parejos prejuicios, delirantes y fóbicos, han
llegado tan campantes hasta nuestros días, publicitándose de manera desinhibida
y abierta, obscenamente desnuda o hipócritamente revestida de discursos
entrelazados que pretenden justificarse con otros fines aparentemente inocuos,
incluso progresistas y benéficos para la humanidad. Algunas observaciones que
se han podido escuchar a propósito del libro de Sebald y algunas reseñas que
han aparecido en revistas culturales a raíz de la publicación en español,
alimentan la impresión de que el Dr. H sigue espiritualmente vivo y contagiando
a muchos su particular interpretación de estos hechos luctuosos: a saber, que
los verdaderos culpables de la destrucción de las ciudades
alemanas no fueron la doctrina del nazismo y los propios alemanes al
engendrarlo, por omisión o por su participación voluntaria en la
dominación, sino los americanos y los aliados que fueron los que
comandaron los bombarderos criminales y quienes lanzaron las bombas sobre la
población civil, inocente e indefensa. Ayer, las ciudades de Alemania, en la
guerra contra el nazismo; hoy las ciudades y villorrios de Afganistán e Irak,
en la presente guerra contra el terrorismo islamista: según la Propaganda
heredera de la doctrina del Dr. H, estos espacios urbanos son comparables, pues
conforman, junto a sus habitantes, la nómina de damnificados por la acción del
imperialismo de siempre y de la inefable conjura judeo-masónica de costumbre.
He aquí,
de nuevo, la vieja transferencia de los roles de verdugo y víctima, que no me
voy a molestar en desmenuzar en este breve ensayo sobre la destrucción. Me
interesa, en cambio, señalar ahora que la manifestación de la turbación ante la
destrucción no constituye un motivo suficiente para condenar
indiscriminadamente la iniciativa bélica a la que vaya asociada. Ésta no es,
desde luego, la postura de Sebald, pero sí la que en nuestros días se ha
renovado en muchas de las campañas propagandísticas en contra de la
intervención aliada en Afganistán e Irak (y, general, de oposición a toda
acción contraterrorista y de freno a las tiranías). En especial, resulta muy
sospechoso el énfasis que ponen países y grupos de presión de los más diversos,
con Francia ¡y Alemania! a la cabeza, en el sentido de que se devuelva cuanto
antes la soberanía al pueblo iraquí (una reclamación engañosa, porque el pueblo
iraquí nunca ha disfrutado antes de soberanía política: se
trata de que ahora pueda disfrutar de ella), que las tropas de
intervención aliada se retiren sin dilación y que se proceda inmediatamente a
la reconstrucción del país.
Nuevamente
aparecen las prisas de algunos por cerrar una herida abierta sin estudiar la
parte dañada y sin saber con certeza por qué fue dañada. Francia y Rusia,
especialmente, desean en el fondo una vuelta al statu quo de
Irak anterior al inicio de la campaña militar, y, aunque no siempre expresan su
propósito con tal franqueza (ni estratégicamente pueden hacerlo desde la
detención de Sadam Husein, de ahí su desconcierto, no exento de inocultable
malestar, ante este hecho), en esa dirección mueven sus piezas políticas y
diplomáticas. Sus negocios con el régimen baasista eran prósperos y
prometedores, y ahora EE UU y los aliados les han marginado en la
reconstrucción. Con este hecho pierden poder y prebendas, pero, sobre todo, el
control de la reconstrucción. Y a la diplomacia alemana, ¿qué oscura motivación
o pertinaz remembranza impulsa su actitud de comparsa en esta representación
que deberían ya conocer y dar por superada?
La
reconstrucción apresurada se concibe como la puesta en marcha de unas obras de
rehabilitación urbana y moral con el fin de tapar agujeros y así volver a
empezar. Y, de paso, para poner en evidencia el mal trabajo realizado por
anteriores operarios. En el presente, el marchamo europeo necesita anteponerse
al americano, sea a propósito de Irak, de la industria cultural, de la
aeronáutica y de los viajes espaciales a Marte. La reconstrucción, por tanto,
debe de pasar lo antes posible al control de las Naciones Unidas (cuya actual
composición favorece la actuación de Francia y de los países no democráticos, o
dictatoriales y tiránicos sin más) para que todo pueda hacerse con la mayor
rapidez. En ese escenario, EE UU –junto al Reino Unido, España y el resto de la
coalición que acabó con el régimen de Sadam Husein (es decir, que fraguó la
destrucción)– quedaría desplazado, por franceses, rusos y alemanes, amén de
denigrado: ¡oh, qué lejos quedaría así Stalingrado!
Esa
embriagadora visión de destrucción coincide con el hecho de que también los
bombardeos aéreos realmente pioneros –Guernica, Varsovia, Belgrado, Rótterdam–
se debieron a los alemanes. Y si pensamos en las noches de los incendios de
Colonia, Hamburgo y Dresde, tenemos que recordar también que ya en agosto de
1942, cuando la vanguardia del Sexto Ejército había llegado al Volga y no pocos
soñaban con establecerse después de la guerra en un jardín de cerezos en una
finca junto al tranquilo Don, la ciudad de Stalingrado, que en aquella época,
como luego Dresde, rebosaba de fugitivos, fue bombardeada por mil doscientos
aviones y que, durante ese ataque, que entusiasmó a las tropas alemanas que
estaban en la otra orilla, 40.000 personas perdieron la vida. (p. 112).
La II
Guerra Mundial finaliza en el año 1945 con la victoria de los aliados y la
derrota del Eje. Hasta el año 1952 Japón no ve restablecida su soberanía
política. Alemania, por su parte, sólo la recobrará en parte en 1954: la
República Federal de Alemania ve reconocida la soberanía plena a raíz de los
acuerdos de París en el mes de octubre; los habitantes de la RDA deberán
esperar algún tiempo más para conseguirlo. Al despuntar la primavera de 2003,
las fuerzas expedicionarias comandadas por EE UU inician la campaña para
derrocar el régimen de Sadam Husein. La campaña militar dura unas pocas semanas
y los efectos de la destrucción del país como resultado de la
misma son mínimos, los cuales, de cualquier forma, no permiten la menor
comparación con los producidos en Alemania. El dictador iraquí es detenido en
diciembre de ese mismo año. En el momento presente, comienzos del año 2004,
Irak recupera paulatinamente la normalidad y comienza el establecimiento de
instituciones democráticas para poder recuperarse por sí sólo de décadas de
opresión. Pero Occidente no debe dejar solos a los iraquíes; como no dejó a los
alemanes tras la liberación, sino que les ayudó hasta poder reinsertarse a la
comunidad internacional tras su paso en falso. Con todo, Alemania era un país
occidental veterano, había sido nación democrática, y de las más avanzadas del
mundo, hasta que su delirio le llevó al desastre. Si Alemania (y Japón)
necesitó el tiempo necesario para la reconstrucción definitiva, ¿por qué se le
niega a Irak (y a otras naciones nacientes para la democracia) que lo precisa
en mayores dosis?
Aún es
posible rectificar errores, antes de llegar demasiado tarde a la cordura y al
sentido político bien ordenados (es decir, dentro del modelo civilizatorio
democrático occidental) y de que los daños sean ya irreversibles. El filósofo
francés André Glucksmann ha resumido bien esta situación en su artículo «Un
soplo de libertad»{5}: «los
dirigentes contrarios a la guerra de París y Berlín intentan hacer olvidar su
triste balance. Han logrado dividir de forma duradera a la Comunidad Europea,
paralizar la OTAN y dejar a la ONU fuera de juego.» Una buena oportunidad para
que estos países recobren el buen juicio y recuperen las posiciones
diplomáticas y estratégicas perdidas se presenta en el mes de junio de 2004 con
la conmemoración del 60º aniversario del desembarco aliado en Normandía. ¿Será
simple y seca «conmemoración» o sincera y convencida «celebración»? Añade
Glucksmann:
El
canciller alemán está invitado a la ceremonia ¡Por fin! ¡Bravo! Su presencia
dará carácter definitivo a una verdad fundamental: el 6 de junio de 1944, las
tropas estadounidenses, inglesas y canadienses no invadieron, sino
que liberaron Europa. En retrospectiva, el pueblo alemán
reconoce que no fue ocupado, sino emancipado de
una dictadura totalitaria.
¿Tan
férreos son sus intereses económicos y políticos y tan tercos su amor propio y
su orgullo nacional que impedirán de nuevo la corrección de su infamante
doctrina, que ha considerado hasta la fecha a las tropas aliadas en Irak como
de «invasión» y de «ocupación», en lugar de –lo que sería lo justo y
cabal de nuevo– como fuerzas de «liberación» y de «emancipación».
La
reconstrucción acelerada en la Alemania de posguerra y las palabras tenebrosas
del Dr. H encubrían oscuros sentimientos y turbias pasiones. Exigir hoy –con
tapujos, pero sin disimulo– una imprecisa restauración de la soberanía iraquí,
la reconstrucción de Irak, cuando no se ha cumplido todavía un año de su
liberación y cuando el terrorismo y la propaganda de la americanofobia, la
judeofobia y la liberalfobia dificultan notoriamente la tarea aliada y de las
incipientes instituciones nacionales para su normalización, no deja de ser un
turbio ejercicio de cinismo político, por no hablar de fechoría de caracteres
históricos.
Notas
{1} Traducción
española de Miguel Sáenz en Anagrama, Barcelona, 2003.
{2} Véase
entrevista a Sebald en El Cultural, 2 de enero de 2002.
{3} Ídem, p.
8.
{4} «esa
falsificación seudodocumental puesta en circulación en la Rusia zarista, según
la cual una intervención judía se esfuerza por conseguir el dominio mundial y,
mediante sus manipulaciones conspiradoras, precipita a pueblos enteros a su
perdición.» (p. 108).
{5} Suplemento Domingo del
diario madrileño El País, 25 de enero de 2004.


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