© Libro N° 11161.
Neutrino. Close,
Frank. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
Neutrino. Frank Close
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
NEUTRINO
Frank Close
Neutrino
Frank
Close
CONTENIDO
Prólogo
1. Una
solución desesperada
2. Ver lo
invisible
3. Ganar
la lotería
4. ¿Sigue
brillando el sol?
5.
¿Cuántos neutrinos solares?
6.
Ciencia subterránea
7. Uno,
dos, tres
8. Más
neutrinos ausentes
9. «Soy
tan feliz que me pondría a bailar»
10.
Neutrinos extragalácticos
11.
Recapitulación
Ray Davis
Con rayos
X, que penetran mucho más que la luz ordinaria, puede mirarse dentro de la
mano. Con neutrinos, que penetran mucho más incluso que los rayos X, puede
mirarse dentro del Sol.
Ceremonia
de entrega del Premio Nobel, 2002
Ray Davis
fue la primera persona que miró dentro del corazón de una estrella. Lo hizo
capturando neutrinos, partículas fantasmales que se producen en el centro del
Sol y salen despedidas hacia el espacio. Mientras usted lee esto, miles de
millones de ellos están atravesando sus ojos sin ser vistos, casi a la
velocidad de la luz.
Los
neutrinos están más cerca de no ser nada que ninguna otra cosa que conozcamos,
y son tan elusivos que son prácticamente invisibles. Cuando Davis empezó a
buscar neutrinos solares, en 1960, muchos pensaron que estaba intentando lo
imposible. Casi resultó serlo: tendrían que pasar cuarenta años antes de que se
demostrara que tenía razón, lo cual le valió el Premio Nobel de Física en 2002,
a la edad de ochenta y siete años.
La
longevidad es una gran baza en el oficio de los neutrinos. No todos serían tan
afortunados.
Prólogo
En junio
de 2006, el periódico The Guardian me pidió que escribiera el
obituario de Ray Davis. Me sentí sorprendido y honrado cuando, al año
siguiente, dicho obituario ganó el premio al «mejor escrito sobre ciencia en un
contexto no científico». Estoy seguro de que una de las razones de aquel éxito
es que, en cierto modo, el relato de la extraordinaria carrera de Davis se
escribió solo.
Un
obituario se centra necesariamente en una persona, pero la aventura de los
neutrinos solares afectó las vidas de varias personas más, de científicos que
dedicaron la totalidad de sus carreras a perseguir esta presa tan elusiva, solo
para perder la oportunidad de recibir un Premio Nobel por ironías del destino,
mala suerte o, más trágicamente, por haber muerto ya. Porque esta búsqueda duró
medio siglo, y Davis ganó su Premio Nobel a la edad de ochenta y siete años. De
todos ellos, el personaje más trágico quizá sea el genio Bruno Pontecorvo.
Aunque cuando empecé a escribir Neutrino esperaba que fuera la
historia de Ray Davis, descubrí que Pontecorvo parecía estar ahí, entre
bambalinas, con tanta frecuencia que esta historia se convirtió también en la
suya. También es la historia de John Bahcall, el colaborador de Davis de toda
la vida, a quien, para sorpresa de muchos, no se le incluyó en el Premio Nobel.
Así que, con toda humildad, dedico este libro a la memoria de estos tres
grandes científicos, cuyas propias vidas atestiguaron en qué consiste realmente
la ciencia, y demostraron la afirmación de Thomas Edison de que el genio es «un
1 % de inspiración y un 99 % de transpiración».
Tengo una
deuda particular con cuatro de mis colegas, cuyas propias carreras se han
centrado en los neutrinos, por aportar algunos de sus propios recuerdos, y por
corregir algunas de mis ideas equivocadas. Si no lo he logrado, la culpa no es
suya sino mía. Se trata de Nick Jelley, Peter Litchfield, Don Perkins y Jack
Steinberger.
Frank
Close
Oxford, octubre de 2009
Capítulo
1
Una solución desesperada
Contenido:
§.
Radiactividad
§. Alfa, beta, gamma
§. E = mc2
§. Pauli y el neutrino
De todas
las cosas que componen el universo, la más común y la más rara son los
neutrinos. Capaces de atravesar la Tierra como una bala atravesaría un banco de
niebla, son tan elusivos que medio siglo después de su descubrimiento todavía
sabemos menos sobre ellos que sobre cualquier otro tipo de materia que hayamos
visto nunca.
Algunos
de estos invisibles fuegos fatuos provienen del suelo que hay bajo nuestros
pies, pues los emite la radiactividad natural de las rocas, y otros son el
resultado de la radiactividad de nuestros propios cuerpos, pero la mayoría de
ellos nacieron en el corazón del Sol, hace menos de diez minutos. En solo unos
pocos segundos, el Sol ha emitido una cantidad de neutrinos mayor que el número
de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas del mundo, y mayor
que el número de átomos que hay en todos los seres humanos que han existido.
Son inofensivos: la vida ha evolucionado bajo esa lluvia de neutrinos.
Los
neutrinos pueden pasar a través del Sol casi con tanta facilidad como a través
de la Tierra. Pocos segundos después de nacer en el corazón del Sol, esas
hordas han salido por la superficie, y han huido al espacio. Si tuviéramos ojos
para ver los neutrinos, la noche sería tan brillante como el día: los neutrinos
del Sol brillan sobre nuestras cabezas por el día y desde debajo de nuestras
camas por la noche, y lo hacen con la misma intensidad.
No solo
el Sol, sino también cada una de las estrellas visibles a simple vista, y otras
incontables que vemos con los telescopios más potentes, están llenando el vacío
con neutrinos. Allá fuera, en el espacio, lejos del Sol y las estrellas,
inundan el universo.
Incluso
usted los está produciendo. Las trazas de radiactividad del potasio y del
calcio de sus huesos y dientes producen neutrinos. Así pues, mientras usted lee
esto, está irradiando el universo.
En
conjunto, hay más neutrinos que partículas de cualquier otro tipo conocido, y
ciertamente muchos más que los electrones y protones que componen las estrellas
y toda la materia visible, lo que nos incluye a usted y a mí. En un tiempo se
creyó que no tenían masa y que viajaban a la velocidad de la luz; hoy sabemos
que tienen una pequeña masa, pero tan diminuta que nadie la ha medido todavía.
Todo lo que sabemos es que, si dispusiéramos de unas supuestas balanzas
subatómicas, necesitaríamos por lo menos cien mil neutrinos para igualar un
solo electrón. Incluso así, y debido a su amplia cantidad, puede que, juntos,
superen la masa de toda la materia visible del universo.
Los
neutrinos del Sol que lo estaban atravesando cuando usted empezó a leer esto ya
estarán viajando hacia Marte y más allá. Dentro de unas horas cruzarán las
lejanas fronteras del sistema solar con rumbo al cosmos sin límites. Si usted
fuera un neutrino, tendría muchas posibilidades de ser inmortal, y de no
tropezar con ningún átomo en miles de millones de años.
Si le
preguntara a un neutrino de las profundidades del espacio sobre su historia, es
probable que resultara ser tan viejo como el universo. Los neutrinos que
nacieron en el Sol y las estrellas, aunque numerosos, son casi unos recién
llegados. La mayoría son restos fósiles del Big Bang, y llevan
trece mil millones de años viajando a través del espacio, sin que nadie los
haya visto.
Los
neutrinos están pasando a través de nuestro universo como meros espectadores,
como si no estuviéramos aquí. Son tan esquivos que el simple hecho de que
conozcamos su existencia es extraordinario. ¿Cómo se revelaron estos
fantasmales e invisibles pedazos de la nada? ¿Por qué los necesita la
naturaleza? ¿Para qué sirven?
La
naturaleza esconde muy bien sus secretos, pero hay pistas; es cuestión de estar
preparados para percibirlas y trabajar con ellas. Hace cinco mil millones de
años, cuando se solidificó el cóctel de elementos químicos de una supernova y
formó las rocas de la Tierra recién nacida, en el interior de esta quedaron
atrapados átomos radiactivos. La radiactividad se produce cuando los núcleos de
los átomos se transforman de manera espontánea: el granito no es el mismo para
siempre. Desde que la Tierra existe, los átomos de uranio y torio de su corteza
se han ido transformando en elementos más ligeros, descendiendo por la tabla
periódica hasta convertirse en átomos estables de plomo. Y en este cronómetro
natural de la radiactividad nacen los neutrinos. Aquí es donde empieza nuestra
historia.
§.
Radiactividad
El azar desempeña un papel importante en la ciencia, pero para ganar los
premios más brillantes no basta con estar en el lugar adecuado en el momento
oportuno: además, hay que saber reconocer los dones de la fortuna. Si Röntgen
no hubiera mirado por el rabillo del ojo mientras cerraba la puerta de su
laboratorio a oscuras en noviembre de 1895, o si no hubiera vuelto a pensar en
la luz trémula que había captado su atención durante un instante, no habría
descubierto los rayos X. Röntgen descubrió que cuando un flujo de electrones
chocaba contra un cristal podía producir unos misteriosos rayos capaces de
penetrar la materia sólida, como por ejemplo la piel. Este extraño fenómeno,
que permitía ver huesos rotos como sombras en una emulsión fotográfica, fue el
inicio de la ciencia moderna de los átomos, e inspiró los trabajos que llevaron
al descubrimiento de la radiactividad.
Aquí
también intervino la suerte. La novedad de los rayos X revistió un carácter
sensacional, y estos fueron el centro de atención cuando la Academia Francesa
de Ciencias se reunió el 20 de enero de 1896. En aquella reunión se encontraba
Henri Becquerel, quien había conservado el interés de su padre por la
fosforescencia, la capacidad de algunas sustancias de brillar tras ser
expuestas a la luz, lo que equivale a almacenar radiación. Nadie tenía una idea
clara de lo que eran los rayos X, pero se discutió largo y tendido acerca de si
estaban relacionados con la fosforescencia que se apreciaba en el cristal del
aparato de Röntgen. Becquerel se dio cuenta inmediatamente de que era un enigma
hecho a su medida. Tenía algunos cristales fosforescentes que había preparado
con su padre unos años antes, por lo que se propuso ver si alguno de ellos
emitía rayos X. La muestra era un compuesto que contenía potasio, azufre y
uranio.
Ese fue
su primer golpe de suerte. El elemento uranio acabó resultando crucial.
Puso la
sustancia fosforescente encima de una placa fotográfica, envuelta en papel para
protegerla de la luz, y las dejó al sol. La luz del Sol cedió energía al
material fosforescente pero no a las placas, así que al revelarlas se
entusiasmó al ver una imagen borrosa. Cuando colocó una pieza de metal entre el
material y la placa, la silueta de la pieza quedó delimitada con claridad. Su
reacción inmediata fue suponer que la luz solar había estimulado la emisión de
rayos X, los cuales habían penetrado el papel, pero no el metal: de ahí la
sombra.
Fue en
este punto donde la suerte intervino de nuevo. Llegó el tiempo típico de
invierno y, a finales de febrero, París estuvo nublada durante varios días. Sin
luz solar, Becquerel no podía dar energía a su muestra. Iba a ser imposible
inducir la fosforescencia y, por consiguiente, los rayos X, o eso creía él.
Guardó la muestra en un armario esperando un día soleado que no llegaba. Por
fin se rindió, y el día 1 de marzo, cansado de esperar, decidió revelar la
placa igualmente. Según el testimonio del hijo de Becquerel, Henri quedó
estupefacto al darse cuenta de que las imágenes de las siluetas eran incluso
más claras que las que obtuviera antes bajo la luz del Sol.[1]
Fuera lo
que fuera la radiación, no necesitaba la luz solar. Había aparecido de manera
espontánea, sin ninguna estimulación previa. Esto era completamente nuevo. Los
rayos X de Röntgen se producían porque una corriente eléctrica proporcionaba
energía al cristal. La fosforescencia, porque la luz solar les cedía energía a
ciertos materiales. La radiación de Becquerel parecía ser un fenómeno gratuito.
Becquerel
había tenido dos golpes de suerte: había usado uranio, que emite radiación sin
estimulación previa, y los días oscuros habían sacado a relucir,
metafóricamente, el fenómeno. Un tercer golpe de suerte fue no caer en el error
de suponer que el oscurecimiento se debía a unas placas de mala calidad. Por
supuesto que eso era posible, e incluso probable, por lo que el uso de la pieza
de metal fue clave: su silueta demostraba que unos genuinos rayos llegaban
desde arriba, y que la imagen de la fotografía no era ningún defecto interno.
Esto, por lo menos, no fue suerte, sino un ejemplo de uso meticuloso de la
ciencia cuyo resultado fue el descubrimiento de la radiactividad por Henri
Becquerel.
Sin
embargo, no fue él quien la denominó así (eso llegaría más tarde, con Marie y
Pierre Curie), y tampoco tenía ni idea de lo que era. En realidad, la mayoría
le hizo caso omiso.
Durante
los años anteriores habían aparecido varios fenómenos extraños, como la
fluorescencia y los rayos X, así que un nuevo tipo de radiación no parecía un
hecho demasiado especial. Esta, sin embargo, iba a revelarse como
trascendental.
§. Alfa,
beta, gamma
En muchas historias detectivescas, el crimen supuestamente perfecto se resuelve
siguiendo alguna pista muy sutil dejada en el lugar de los hechos. Becquerel
había hallado un simple borrón en una placa fotográfica, algo tan modesto que
muy bien podría haberle hecho caso omiso, pero iba a resultar que, con ese
insignificante soplo de radiactividad, la Naturaleza había revelado el camino
hacia los secretos de la creación. Por supuesto, ni Becquerel ni nadie más lo
sabía o incluso lo sospechaba en aquel momento. Todo lo que tenía era una
imagen nebulosa, y el desafío inmediato estribaba en entender su significado.
Marie y
Pierre Curie siguieron la pista de la fuente de radiación separando elementos
en la pecblenda, una sustancia radiactiva, averiguando qué muestras eran más
radiactivas, y refinándolas de manera selectiva hasta que la concentración de
radiación aumentó. Como resultado, Marie descubrió un nuevo elemento, el
polonio, que era altamente radiactivo. Y mejor aún, también descubrió el radio.
Por si hubiera existido alguna controversia sobre la realidad de los fenómenos
radiactivos, esta se desvaneció ante el descubrimiento del radio. El radio es
tan radiactivo que, al sostenerlo en la mano, se nota el calor que desprende.
Este calor demuestra que la radiactividad libera energía de la sustancia de
manera espontánea, día tras día. Marie Curie ignoraba, de una manera un tanto
ingenua, las implicaciones de ese poder.
Pasarían
años antes de que se conocieran los efectos de la radiación en el cuerpo
humano, y entonces ya era demasiado tarde: Curie ya mostraba síntomas de haber
enfermado por la radiación.
El
descubrimiento del radio tuvo dos consecuencias importantes. En primer lugar,
demostró que la radiactividad, tal como la denominaron los Curie, no se limita
al uranio: es una propiedad de la naturaleza por la cual algunos elementos
pueden emitir energía de manera espontánea y sin estimulación previa. En
segundo lugar, la ciencia ya no tenía que limitarse a estudiar borrones en
placas fotográficas, porque la radiactividad del radio era tan potente que sus
efectos podían sentirse, medirse y analizarse. Ahora la ciencia podía avanzar a
su escrupulosa manera.
La
persona que identificó la naturaleza de la radiación y empezó a aprovecharla
fue, casi en solitario, Ernest Rutherford. En 1895, como estudiante en su Nueva
Zelanda natal, había descubierto cómo detectar ondas de radio varios años antes
que Marconi[2].
Rutherford quedó segundo en el concurso para un puesto académico conmemorativo
de la Exposición de 1851 y que daba a los recién titulados la posibilidad de
continuar sus estudios en el extranjero. Por suerte para él, en lo que acabaría
siendo un instante fundacional y decisivo en la historia de la ciencia, el
ganador de aquel año, J. C. Maclaurin, decidió quedarse en Nueva Zelanda por
motivos familiares. Así que el premio fue para Rutherford, quien en septiembre
de 1895 llegó debidamente a Cambridge con la intención de estudiar las ondas de
radio. Estos eran sus planes, pero Röntgen acababa de descubrir los rayos X, y
Becquerel no había tardado en seguirlo con su descubrimiento de la
radiactividad. J. J. Thomson, jefe del grupo, quien a su vez estaba a punto de
descubrir el electrón, le sugirió a Rutherford que investigase acerca de esas
nuevas radiaciones. Más o menos al mismo tiempo en que se tomó aquella
decisión, lord Kelvin, quien por aquel entonces era el científico de
referencia, expresó su célebre opinión de que la radio «no tenía futuro».
Así pues,
Rutherford se dispuso a desentrañar el intrincado interior del átomo, y le dejó
a Marconi la tarea de demostrar que lord Kelvin se equivocaba. Si Rutherford
hubiera ocupado el puesto de Marconi en la historia de la radio, quizá serían
otros nombres los que habrían quedado unidos a la secuencia de descubrimientos
sobre la naturaleza de la radiactividad, el núcleo atómico, la transmutación de
los elementos y el poder que reside en el interior del átomo. Todos ellos han
quedado asociados a Rutherford. Su primera contribución a esta nueva ciencia
estribó en demostrar que la radiactividad ocultaba más sorpresas de las que
nadie esperaba. Para empezar, se presentaba en tres formas diferentes.
Una fina
lámina de papel es suficiente para detener parte de la radiación casi de
inmediato. Parte de ella, porque queda una radiación más penetrante que solo
desaparece de manera gradual. Rutherford reveló las distintas formas con
sorprendente simplicidad, cubriendo el uranio con finas láminas de aluminio, y
añadiendo otras progresivamente. Con las primeras tres láminas halló que la
intensidad de la radiación se desvanecía de manera gradual: si la capa de
aluminio era más gruesa, penetraba menos radiación. Sin embargo, al añadir más
capas, la radiación parecía mantener su intensidad, para disminuir de manera
gradual solo después de añadir varias láminas más. Se dio cuenta de que tenía
que haber «por lo menos dos tipos distintos de radiación, uno rápidamente
absorbido, que por conveniencia será denominado radiación alfa, y otro de un
tipo más penetrante, que será denominado radiación beta». Más tarde descubrió
una tercera forma, a la cual, como era debido, llamó radiación gamma.
Hoy
sabemos que estas tres formas de radiación las causan tres fuerzas diferentes.
Estas son, respectivamente, las fuerzas fuerte, débil y electromagnética. Si
les sumamos la gravedad, tenemos las cuatro fuerzas fundamentales de la
naturaleza, que unen los átomos y la materia, y controlan el funcionamiento del
universo. Es extraordinario que Rutherford distinguiera unas de otras en sus
más tempranos experimentos atómicos.
Nombrar
las cosas da la ilusión de entenderlas, pero no es más que clasificarlas. No
obstante, es un primer paso importante, que inspira preguntas como la
siguiente: ¿qué causa las diferentes propiedades asociadas a los distintos
nombres? Las diferencias acabaron resultando literalmente visibles cuando
Charles Wilson puso una fuente radiactiva dentro de una «cámara de niebla». En
el vapor sobresaturado de la cámara, las partículas con carga eléctrica y en
movimiento dejan rastros efímeros. Wilson los describió como «pequeños rizos y
mechones de nube». La radiación alfa dejaba trazas gruesas, y las trazas beta
eran más finas y ralas, mientras que los rayos gamma no dejaban trazas, pero se
revelaban al chocar con los electrones de los átomos y poner a estos en
movimiento. Los campos magnéticos curvaban las trayectorias, demostrando que
las radiaciones alfa y beta, respectivamente, consistían en partículas dotadas
de cargas positiva y negativa, mientras que la ausencia de trazas de rayos
gamma se debía a que estas no tienen carga eléctrica. Rutherford exclamó que
«por fin tenemos un telescopio para mirar dentro del átomo».
Las
partículas alfa resultaron ser relativamente masivas y, según sabemos ahora,
son componentes de los núcleos atómicos. Consisten en dos protones y dos
neutrones estrechamente unidos, y se emiten cuando las fuerzas fuertes que
mantienen unido al núcleo atómico son perturbadas. Cuando esto ocurre, el
núcleo de gran tamaño de un elemento pesado puede transformarse de manera
espontánea en uno más pequeño y algo más ligero, expulsando la partícula alfa.
Al tener carga positiva, dicha partícula puede atraer dos electrones con carga
negativa y formar un átomo de helio. Ahora sabemos que el helio gaseoso que se
ha encontrado en algunas rocas de la Tierra es el resultado de tales
transformaciones nucleares.
Figura 1.
Estelas de partículas en una cámara de niebla. © N. Feather/Science Photo
Library.
Rutherford
adquiriría fama más tarde por el descubrimiento del núcleo atómico, usando
partículas alfa para sondear el átomo[3]. La
radiación beta consiste en electrones, pero estos no son los ya existentes en
el átomo, sino unos que se han creado[4] a
partir de la energía liberada en la transformación nuclear. Este fenómeno es
algo parecido a la alquimia[5]. Los
rayos gamma son partículas de luz, pero esta no pertenece al arco iris, pues
sus longitudes de onda son mucho más cortas que las de la luz visible. Así
pues, se habían identificado tres variedades de radiación, pero nadie
sospechaba que la de tipo beta llevaba consigo un invitado sorpresa.
§. E = mc2
En el siglo XVII, Isaac Newton se dio cuenta de la importancia de la energía.
Si empujamos algo en ausencia de fricción, empezará a moverse. Si seguimos
empujando, acelerará. Newton definió la energía del movimiento, la energía
cinética, como proporcional a la magnitud de la fuerza de empuje y a la
distancia a lo largo de la cual es empujado el objeto. También era consciente
de que la energía podía manifestarse de diferentes maneras. Un cuerpo en lo
alto de un acantilado tiene energía potencial; es decir, el potencial para
adquirir energía cinética si se cae. La energía potencial es proporcional a la
altura sobre cierto nivel de referencia: cuanta más altura, más energía
potencial. La aceleración de la caída, por efecto de la gravedad, aumenta la
energía cinética a la vez que disminuye la potencial, ya que la suma es
constante. Esto es un ejemplo simple de conservación de la energía, y de la
transformación de un tipo de energía en otro; en este caso, de potencial en
cinética.
La
energía puede redistribuirse de muchas otras maneras. En el siglo XIX maduró la
termodinámica, que es la ciencia del calor y el movimiento. La energía en forma
de calor se puede convertir en energía cinética. El funcionamiento de la
máquina de vapor se basa en este principio. Cuando el agua hierve, se convierte
en vapor y se expande. Si la expansión se produce en un cilindro cerrado cuyo
extremo es un pistón móvil, la presión del vapor puede mover dicho pistón. Si
este está unido a una vara, que a su vez está conectada a una rueda, con el
punto de conexión lejos de su centro, tendremos como resultado que la rueda
girará. De este modo, el vapor puede impulsar trenes de cientos de toneladas, a
velocidades superiores a los cien kilómetros por hora.
En el
motor de vapor, como sucede con otros incontables ejemplos, la energía pasa de
una forma a otra, pero en total se conserva. Este es el primer principio de la
termodinámica, sobre el que se basan industrias enteras. Es una de las leyes
naturales más profundas y de mayor alcance.
En 1905,
coincidiendo con el entusiasmo acerca de la radiactividad, pero sin relación
directa con él, Albert Einstein anunció su teoría de la relatividad especial.
Su ecuación más famosa, E = mc2, implica una profunda conexión entre
energía y masa: la masa (m) y la energía (E) pueden convertirse la una en la
otra según un factor gobernado por la velocidad de la luz (c). La ecuación de
Einstein expresaba una nueva y profunda manera de almacenar y transferir
energía, pero también en este caso se conserva la energía total.
La
radiactividad es un ejemplo de aplicación de E = mc2. Cuando la
materia que hay en el núcleo de un átomo se reorganiza de manera espontánea, de
repente se libera la energía que un momento antes estaba atrapada como parte de
la masa original. Puede emitirse como rayos gamma, manifestarse como energía
cinética al salir despedidos los pedazos del anterior núcleo (como sucede con
la radiación alfa), o convertirse en materia, como le pasa a la radiación beta.
En cuanto
a las radiaciones alfa y gamma, las cantidades de energía cuadraban. Sin
embargo, en el caso de la radiación beta parecían no encajar. La conservación
de energía comportaba un determinado valor para la única partícula emitida con
cada desintegración de un núcleo radiactivo. Eso era lo que se observaba con
las radiaciones alfa y gamma, pero en 1914 James Chadwick descubrió que la
energía de la radiación beta cambiaba de una medida a la siguiente. En vez de
ser siempre la misma, la energía de los electrones salientes se encontraba
dentro de un intervalo continuo, que oscilaba entre un valor casi nulo y uno
máximo.
Niels
Bohr, que ya había propuesto el modelo del átomo como electrones «orbitando»
alrededor del núcleo central de Rutherford, apoyó con su autoridad una idea
radical: que la energía no se conservaba en la desintegración beta.
Esto iba
en contra de varios siglos de observaciones, y fue un acto de desesperación. El
teórico austríaco Wolfgang Pauli rechazó dicha explicación, y ofreció otra en
su lugar. Aventuró que la partícula beta estaba acompañada de una «radiación
adicional muy penetrante que consiste en que hay nuevas partículas neutras».
Ante tal eventualidad, la energía se conserva, pero no la lleva enteramente una
sola partícula, sino que la comparten dos de ellas. Según la teoría de Pauli,
la partícula visible, la beta, a veces se llevaba toda la energía disponible
sin dejarle ninguna a su compañera neutra invisible, y en otras ocasiones la
invisible se llevaba parte de la energía, con lo que le quedaba menos a la
partícula beta. Como resultado, la energía de la partícula beta visible podía
estar en cualquier punto de un intervalo, en lugar de estar limitada a un único
valor.
Esa idea
suena a conservadora, y encajaba con los hechos, pero en aquel momento no fue
recibida con mucho más entusiasmo que la propuesta de Bohr. El motivo estribaba
en que se oponía a la visión imperante sobre la naturaleza de los átomos. Por
entonces, el rico tapiz de la naturaleza parecía estar compuesto por solo dos
partículas: electrones y protones. Esta simplicidad fundamental prometía una
hermosa unificación en el corazón de la materia, mientras que el hecho de
introducir una tercera partícula, sin más motivo que resolver un rompecabezas
esotérico, le parecía injustificado a muchos.
§. Pauli
y el neutrino
Pauli nació en Viena en 1900 y destacó por su pensamiento preclaro. Con
diecinueve años escribió el mejor libro de texto sobre la teoría de la
relatividad especial, que, casi un siglo después, sigue siendo un clásico. A
los veintidós años tenía un doctorado y estaba trabajando en los fundamentos de
la nueva mecánica cuántica, motivo por el que, tiempo después, recibió el
Premio Nobel.
Pauli era
también notorio por sus comentarios ácidos sobre el trabajo de otros
científicos. Una vez descalificó una idea tan vaga que no se podía contrastar,
y por lo tanto carente de utilidad alguna para la ciencia, con el comentario de
que no estaba «ni siquiera equivocada». Lo irónico es que esta misma crítica se
podría haber esgrimido contra la solución que propuso al misterio de la energía
que desaparece en la desintegración beta: después de abogar por la existencia
de una partícula invisible, incluso se apostó una caja de botellas de champán a
que nadie sería capaz de detectar esa quimera.
Una vez
los experimentos de Rutherford habían demostrado que los núcleos atómicos están
hechos de partículas constituyentes, la impresión general era que estas
consistían en protones y electrones. Así lo creía el mismo Rutherford. El
protón era el núcleo masivo en el corazón del átomo más simple, el de
hidrógeno, pero se dio cuenta de que las masas de los núcleos de elementos más
pesados solo se podían explicar si había, además, alguna partícula neutra de
masa similar a la del protón. Rutherford la llamó «neutrón». Imaginó que el
neutrón consistía en un protón y un electrón que, de algún modo, estaban
estrechamente unidos.
Dicha
idea quedó desmontada en 1927, al descubrirse que el electrón y el protón giran
sobre sí mismos, y lo hacen siempre a la misma velocidad. El físico Paul Dirac
no tardó en ofrecer una explicación teórica de este fenómeno: era consecuencia
de la mecánica cuántica y la relatividad[6]. Lo que
también se hizo evidente fue que un neutrón no podía ser una combinación de
ambos. El motivo tenía que ver con lo que se conocía como la «anomalía del
nitrógeno».
Se habían
medido las velocidades a las que varios núcleos atómicos giran sobre sí mismos,
y estas demostraban que el núcleo de nitrógeno debe contener un número par de
constituyentes rotatorios. La química indicaba que un átomo de nitrógeno
contiene siete electrones, de modo que su núcleo debe tener siete protones para
equilibrar la carga eléctrica. Si eso fuera todo, un núcleo de nitrógeno solo
habría tenido la mitad de la masa que tiene en realidad, por lo que se
necesitaban siete neutrones. Si los neutrones eran individuales, como los
protones, entonces 7 + 7 = 14, y se cumpliría la regla de los números pares.
Pero si cada neutrón era en realidad un par, el número total de constituyentes
sería 21, que es un número impar. La imagen de Rutherford, un protón y un
electrón combinados, simplemente no encajaba con los hechos.
Aquí es
donde Wolfgang Pauli entra en el relato, al inventar una nueva partícula neutra
que, como pensó al principio, podía resolver dos misterios por el precio de una
sola partícula.
Pauli
realizó su propuesta en una carta del 4 de diciembre de 1930, cuyo principal
propósito era disculparse por no poder asistir a un congreso sobre
radiactividad en Tubinga porque «soy indispensable aquí en Zúrich para un baile
la noche del 6 al 7 de diciembre». Además de los aspectos sociales, muy
esbozados, la carta muestra la naturaleza radical de su propuesta y, a la vez,
los conocimientos de aquella época. También ilustra entre líneas la manera en
que la ciencia puede avanzar mediante una mezcla de genialidad y confusión.
Pauli
empezó con el problema de física nuclear según el cual las propiedades del
núcleo de nitrógeno no encajaban bien con la idea de que los núcleos solo están
hechos de protones. (A decir verdad, este problema no se limitaba al nitrógeno,
pues surgió una anomalía similar con el litio). Pauli se dio cuenta de que todo
se resolvería si se abandonaba el modelo de Rutherford de la combinación
protón-electrón y el objeto neutro se consideraba como una sola partícula,
idéntica al protón en todos los aspectos excepto por su neutralidad eléctrica.
Afirmó que «existen en el núcleo partículas eléctricamente neutras a las que
llamaré neutrones». Las describió como unas partículas parecidas a los
protones, pero sin carga eléctrica, y añadió que «difieren de los cuantos de
luz en que no viajan a la velocidad de la luz». El neutrón, dotado de masa y
compañero eléctricamente neutro del protón, no tardó en ser descubierto. Lo
hizo en 1932 James Chadwick, quien en 1914 también descubriría el
comportamiento anómalo de la energía en las desintegraciones beta. Es un
constituyente esencial de todos los núcleos (excepto el de hidrógeno, que suele
consistir en un único protón). Lo que llamamos isótopos son núcleos con un
número dado de protones, lo cual determina el elemento químico, pero con
distintos números de neutrones. Así, el uranio 235 y el 238 contienen 92
protones en cada núcleo, y por eso se trata de núcleos de uranio, pero tienen
143 y 146 neutrones respectivamente, con un total de 235 o 238 constituyentes.
Hoy en día, al neutrón se le reconoce un papel central en la física nuclear.
Hasta
aquí no hay ningún problema respecto al núcleo. Sin embargo, Pauli también
afirmó que este mismo neutrón se producía junto al electrón en la
desintegración beta. El neutrón moderno es idéntico a su primera propuesta, un
constituyente del núcleo atómico. Pero no se trata del misterioso invitado de
la desintegración beta, la partícula que ahora llamamos neutrino. No obstante,
en 1930 Pauli no sabía nada de esto y llamaba neutrones a ambos, como en la
cita que viene a continuación[7] (en
sus mismas palabras, pero con «neutrón» entre corchetes cuando se refiere a la
partícula que acabaría conociéndose como neutrino):
El
espectro beta continuo se volvería comprensible con la suposición de que en la
desintegración beta se emite un [neutrón] además del electrón, de tal modo que
la suma de las energías del [neutrón] y del electrón es constante. […] Estoy de
acuerdo en que mi solución podría parecer increíble porque esos [neutrones] ya
se deberían haber visto si existen realmente. Pero solo con osadía se puede
ganar. […] cada solución de este problema debe ser discutida. Luego, queridas
personas radiactivas, miren y juzguen.
Hans
Geiger, quien había trabajado con Rutherford en el descubrimiento del núcleo
atómico, asistió a aquella reunión. Se dio cuenta de que la solución de Pauli
al balance energético de la desintegración beta podía funcionar, y le escribió
una carta. Años después, Pauli rememoró su emoción al recibirla, pero no parece
que en aquel momento le diera mucha importancia, pues no ha sobrevivido ninguna
copia de la carta de Geiger[8]. Es
posible que su entusiasmo disminuyera cuando se dio cuenta de que las
partículas neutras implicadas en la desintegración beta no podían ser las
mismas de su hipótesis sobre los constituyentes nucleares, los neutrones. Las
masas nucleares necesitaban una partícula neutra cuya masa fuera igual, o por
lo menos muy similar, a la del protón, y que Chadwick estaba a punto de
descubrir. Sin embargo, la explicación de Pauli de la desintegración beta
requería una partícula neutra que no tuviera ninguna masa en absoluto, o a lo
sumo una insignificante.
Pauli
insistió en su idea, y vio las respuestas de otros científicos. Les gustaba a
pocos, y las opiniones iban de «simplemente equivocada» a «loca»[9]. Fue en
octubre de 1931, en un congreso en Roma donde habló con Enrico Fermi, cuando
las cosas empezaron a encajar.
Según
relató Pauli posteriormente, Fermi enseguida «no tardó en expresar un vivo
interés por mi idea». Niels Bohr no estaba tan impresionado. A él no le iba lo
de inventar nuevas partículas para resolver problemas fundamentales. Había
visto las sutiles maneras en que los balances energéticos podían acabar
cuadrando en la física atómica, y por lo tanto no veía ninguna razón por la que
la conservación de la energía pudiera no ser válida en el mundo todavía más
extraño de la física nuclear. Fermi y Pauli discutieron acerca de esto, pero no
les gustó. Bohr parecía aceptar alegremente que la carga eléctrica se
conservaba en los procesos nucleares, así que ¿por qué no iba a hacerlo la
energía? A Fermi le parecía que la idea de Pauli tenía más sentido.
Cuando,
en 1932, James Chadwick descubrió que existe realmente un neutrón en el núcleo,
pero con una masa grande, fue una buena y una mala noticia. La buena noticia
era que Pauli tenía razón, por lo menos respecto al neutrón en el núcleo. La
mala noticia era que no podía ser también la partícula ligera que él quería
para explicar la desintegración beta. Sin embargo, la aparición del neutrón
había incrementado el número de partículas atómicas en un 50 %, y la idea
de inventar una nueva partícula ya no se parecía tanto a una herejía.
Una vez
que Chadwick había descubierto el nuevo y genuino componente nuclear, Pauli
dejó de llamar neutrón a la partícula con la que resolvía el rompecabezas de la
desintegración beta. Esta implica una partícula neutra ligera, como sugería
Pauli, pero dicha partícula no existía previamente en el núcleo más de lo que
un ladrido existe previamente en un perro. Pauli abandonó el término «neutrón»
a su debido tiempo, pero no tenía ninguna alternativa en especial. En cambio,
Fermi sí la tenía. Para distinguir la partícula neutra ligera que había
propuesto Pauli del neutrón masivo, la llamó «pequeño neutrón» o, en
italiano, neutrino.
Capítulo
2
Ver lo invisible
Contenido:
§. La
teoría de Fermi
§. El neutrino empieza a volverse real
En 1911,
el industrial belga Ernest Solvay invitó a veinte de los físicos más
importantes del mundo a un congreso en Bruselas. Fue el primero de los
«Congresos Solvay», que se harían famosos por el singular papel que
desempeñaron para marcar el rumbo de la ciencia a lo largo del siglo XX. En
1927 y 1930 se abordó la mecánica cuántica, que acababa de aparecer y aportaba
las ecuaciones largamente buscadas para explicar el comportamiento de los
electrones de los átomos. La intención era que el congreso de 1933 se centrara
en la aplicación de la mecánica cuántica a la química. No obstante, un aluvión
de hallazgos inesperados obligó a cambiar los planes a última hora. Pauli había
postulado la existencia del neutrino en 1930. En 1932 se descubrieron el
neutrón y el primer ejemplo de antimateria: el análogo positivo del electrón,
llamado positrón. Los experimentos con el primer «colisionador de átomos»
habían demostrado que el núcleo atómico tenía una estructura rica y compleja,
que podía ser alterada por acción humana, y también por la radiactividad
espontánea. En 1933, Irene Joliot-Curie, hija de Marie Curie, y su marido
Frédéric Joliot demostraron que, en tales fenómenos de «radiactividad
artificial», las desintegraciones beta podían dar lugar al positrón de carga
positiva con tanta facilidad como al familiar electrón de carga negativa. Como
resultado, dos docenas de los principales físicos del mundo se reunieron en el
Congreso Solvay durante la semana del 22 al 29 de octubre de 1933, pero no lo
hicieron para hablar de química cuántica sino de una nueva ciencia: la física
nuclear. Entre los invitados se hallaban Einstein, por supuesto, así como
Rutherford, el padre de la física nuclear, y Marie Curie, que padecía una
enfermedad terminal a causa de la radiación. También se encontraban presentes
Pauli, Fermi y Bohr. A partir de conversaciones que se produjeron entre los
tres últimos durante el congreso empezó a madurarse la idea del neutrino como
un concepto científico riguroso. Fue sobre todo Fermi quien aclaró dudas como
resultado de lo que había aprendido durante aquella semana. La inspiración le
llegó cuando Frédéric Joliot describió su descubrimiento de que las
desintegraciones beta podían producirse de dos maneras distintas. Todo el mundo
había puesto en práctica hasta entonces las emisiones de rayos negativos, que
consistían en los bien conocidos electrones, pero Joliot demostró que habían
hallado algunos casos en los que se producía el nuevo positrón. Aparte de la
aparición de un positrón positivo en lugar de un electrón negativo, el resto
parecía ser bastante similar.
Fermi
sobresalía a la hora de formarse imágenes mentales. Joliot le inspiró la
visualización del núcleo formado por protones y neutrones, los cuales podían
cambiar su naturaleza mediante la desintegración beta. Se dio cuenta de que
esto implicaba una profunda simetría. Si un neutrón se transformaba en un
protón, entonces la carga eléctrica total quedaría equilibrada por la emisión
de un electrón con carga negativa, la familiar partícula beta. Pero ¿por qué no
imaginar también que, en las circunstancias adecuadas, un protón de un núcleo
pudiera convertirse en un neutrón? En este caso, la carga eléctrica quedaría
equilibrada por un rayo beta con carga positiva: el positrón. Para Fermi, los
protagonistas de esos procesos nucleares eran el neutrón, el protón y las
partículas beta, ya fueran electrones o positrones. Solo importaba que se
conservara la carga eléctrica.
Esa fue
solo la primera de sus inspiraciones. Todo encajaría con la llegada de nuevas
noticias.
Pauli se
había dado cuenta de que podía haber una manera de saber si un neutrino ligero
acompañaba la emisión de una partícula beta con carga eléctrica. Si el espectro
de energía de los rayos beta podía medirse con mucha precisión, podría
descubrirse si sus energías continuaban hasta un máximo, y entonces se
detenían, o si seguían de manera indefinida. Bohr creía que la conservación de
la energía solo era cierta al establecer un promedio sobre un gran número de
casos, y se violaba en los eventos individuales. Por consiguiente, el espectro
de las energías de las partículas beta podía extenderse sin fin[10]. En
cambio, si el espectro de energía se interrumpía de manera abrupta para cierta
cantidad finita, eso reivindicaría a Pauli. Se tuvo en cuenta su sugerencia de
que los físicos midieran el espectro de energía con sumo cuidado en el extremo
de altas energías, para determinar si continuaba con suavidad o se detenía de
repente. Los resultados se anunciaron en el congreso: lo cierto era que había
un claro límite superior al espectro.
A Pauli
esto le sonaba a música celestial, y lo convenció de que su idea de que existía
un tercer invitado invisible a la fiesta era correcta. En la discusión que
siguió, se levantó y anunció su idea del neutrino:
Su masa
no puede ser muy superior a la del electrón. Para distinguirlos de los
neutrones masivos, el señor Fermi ha propuesto llamarlos «neutrinos». Es
posible que la masa propia de los neutrinos sea cero […] Me parece plausible
que los neutrinos tengan espín ½ […] No sabemos nada de la interacción de los
neutrinos con las otras partículas de materia o con los fotones.
Ya estaba
todo a punto para que Fermi formulara su teoría de la desintegración beta en la
que el neutrino de Pauli desempeñaría un papel fundamental.
§. La
teoría de Fermi
Fermi empezó con ella nada más volver del Congreso Solvay. Para desarrollar su
idea tuvo en cuenta todo lo que Pauli había propuesto, junto a lo que había
aprendido en el congreso: el papel del neutrón y del protón, la convicción de
que realmente había un neutrino en la desintegración beta, y también la nueva
teoría de la electrodinámica cuántica. Supuso que la energía y la cantidad de
movimiento se conservaban en la desintegración beta, y que la rotación —el
momento angular o espín— también se conservaba.
Las
partículas tienen un momento angular intrínseco: el espín. La teoría cuántica
demuestra que este solo puede adquirir ciertos valores que son múltiplos, o
bien impares o bien pares, de una unidad básica. Por razones históricas, dicha
unidad básica del espín se conoce como ½, de modo que los múltiplos impares son
mitades de números enteros, y los múltiplos pares son números enteros.
Actualmente, las partículas del primer tipo se llaman «fermiones», por Enrico
Fermi, y las del segundo, «bosones», por el físico teórico indio Satyendra
Bose. Los protagonistas de nuestra historia serán los fermiones.
El protón
es un fermión de espín ½. La anomalía del espín del núcleo de nitrógeno había
impulsado a Pauli a postular la existencia del neutrón, cuyo espín también es
½, para obtener el espín total correcto de dicho núcleo. El electrón también
tiene espín ½, un hecho que se deduce de los espectros atómicos y del modo en
que los átomos responden a los campos magnéticos.
En
mecánica cuántica, las reglas del espín dicen que dos mitades hacen un todo
pero que, para obtener otra mitad, se necesitan tres. Así pues, la
desintegración beta de un neutrón en un protón y un electrón no puede ser todo:
el neutrón inicial tiene espín ½, de modo que cuando se desintegra debe
aparecer una cantidad impar de partículas de espín ½. Era, pues, necesario que
el protón y el electrón estuvieran acompañados por una tercera partícula, de
espín ½ y sin carga eléctrica: el neutrino.
Fermi
había identificado a los protagonistas de la obra. Entonces hizo la primera
tentativa de averiguar cuál era el argumento. Su idea se basó también en la
observación de que el neutrón parece un protón sin carga eléctrica, y supuso
que el neutrino guarda una relación parecida con el electrón.
Figura 2.
El modelo de Fermi de la desintegración beta. En el modelo de Fermi, un neutrón
representado por n0 se convierte en un protón p+, un
electrón e−, y un neutrino ν0 en un mismo punto del
espacio. Los superíndices denotan la carga eléctrica que tiene cada partícula
si tomamos como referencia la carga del protón, y el signo indica si es
negativa o positiva.
Entonces
usó este paralelismo entre el electrón y el neutrino, y entre el protón y el
neutrón, junto a la nueva y exitosa teoría sobre la luz y las partículas con
carga eléctrica —la electrodinámica cuántica— como base para su teoría de la
desintegración beta. Supuso que las cuatro partículas podían ocupar
momentáneamente un mismo punto del espacio y el tiempo. Con arreglo a su
esquema, un neutrón podía transformarse de manera espontánea en un protón, y
emitir un electrón (la partícula beta) y un neutrino (la partícula fantasma).
En la
actualidad sabemos que esto no es todo, pues hay una pequeña diferencia entre
el lugar donde el neutrón se convierte en protón, y la ubicación donde la
energía y la carga eléctrica liberadas se rematerializan como un electrón y un
neutrino. No obstante, esta diferencia es más pequeña que el tamaño de un
neutrón. En tiempos de Fermi no era posible distinguir el tamaño de un núcleo
entero, y menos aún los de un neutrón o un protón individual. De hecho, el
modelo de Fermi era tan bueno que incluso hoy en día sigue siendo la
introducción estándar a la teoría de la desintegración beta para los
estudiantes de la carrera de Física.
Partiendo
de esa teoría, Fermi pudo determinar qué aspecto debería tener el espectro de
energía de los electrones que se producen en las desintegraciones beta. Todo
resultó ser tal como se había descubierto en los experimentos, incluso la
interrupción en el extremo de altas energías. Todo junto implicaba que la masa
del neutrino podía ser, a lo sumo, una fracción diminuta de la del electrón, y
que podía ser incluso nula. Se hicieron medidas incluso más cuidadosas, y al
compararlas con la teoría de Fermi demostraron que el neutrino gira a la misma
velocidad que el neutrón, el protón y el electrón. Todo lo que Fermi había
supuesto estaba resultando cierto.
A pesar
de dichos éxitos, muchos físicos no creían en la existencia real del neutrino.
Faltaba un neutrino libre que fuera absorbido por algo, que afectara a la
materia preexistente, chocara con ella y provocase algún cambio, de modo que
revelara su propia existencia. Cuando Fermi publicó su artículo en 1934, se
puso de manifiesto la falta generalizada de entusiasmo respecto al neutrino.
Envió el
artículo, titulado «Teoría tentativa de los rayos beta», a la revista
científica más importante en lengua inglesa, Nature. El editor
rechazó una de las obras capitales de Fermi en el campo de la física teórica,
pues había recibido informaciones de que el manuscrito contenía «especulaciones
demasiado alejadas de la realidad para interesar al lector». Medio siglo
después, los editores admitieron que esta había sido su peor metedura de pata.
Al final el artículo fue publicado en italiano por Nuovo Cimento, y
poco después en alemán por Zeitschrift für Physik, pero no apareció
en inglés.
Lo que
Fermi hizo con su teoría fue tomarse en serio la idea del neutrino, y hacer una
propuesta basada en el recién descubierto neutrón y las leyes de la mecánica
cuántica. Estas permitían que un neutrón de un núcleo se convirtiera de manera
espontánea en un protón, y emitiera un electrón (la partícula beta) y un
neutrino. Cierto es que era especulativo, y quizás imposible de comprobar, como
Pauli había aventurado, pero ¿«demasiado alejado de la realidad» y sin
«interés»? Ciertamente no.
Fermi
quedó tan agotado con estas vicisitudes que decidió pasarse de la física
teórica a la experimental «durante un tiempo»[11]. Resultó
que los experimentos se convirtieron en un proyecto muy absorbente que lo
mantendría ocupado durante muchos años, y a la larga conduciría a los
científicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strasseman, y a la de origen austríaco
Lise Meitner, a descubrir la fisión del uranio, con todo lo que eso
conllevaría. Sin embargo, la teoría de Fermi no cayó en el olvido y acabó
abriendo el camino para que la hipótesis de Pauli sobre el neutrino fuera
científicamente comprobada.
§. El
neutrino empieza a volverse real
La hipótesis de Fermi de que los cuatro protagonistas podían encontrarse e
intercambiar sus identidades en un punto hacía algo más que describir la
desintegración beta: la teoría implicaba que un neutrino podía chocar contra un
neutrón y convertirlo en un protón y un electrón; es decir, como una
desintegración beta, pero al revés. De repente, con la teoría de Fermi, el
neutrino había dejado de ser una especie de abreviatura de «energía perdida»,
que en el fondo era todo a lo que la idea de Pauli se reducía hasta entonces.
Si el neutrino existe realmente, lleva aquella energía consigo hasta que choca
contra algo. La teoría de Fermi había abierto la posibilidad de que el neutrino
fuera revelado.
Así como
se detecta al protagonista de El hombre invisible de H. G.
Wells al abrirse paso entre la multitud, del mismo modo el fantasmal neutrino
de la teoría de Fermi podía chocar con un núcleo atómico, obtener carga
eléctrica y convertirse en un electrón visible. Al observar el objeto que
recibe el impacto, y desconocer la presencia del neutrino, se podría
interpretar el movimiento brusco de la diana o la aparición de un electrón de
alta velocidad como una sorprendente creación espontánea de energía; es decir,
lo opuesto a la misteriosa pérdida de energía en la desintegración beta. Si
ambas energías coincidieran con precisión, la explicación natural sería que
Pauli y Fermi habían acertado: un agente invisible, creado en la desintegración
beta, transportaría energía a través del espacio hasta que el portador fuera
destruido y su energía transferida, como el testigo en una carrera de relevos a
escala subatómica.
Hasta
aquí, todo bien. Sin embargo, muchas buenas ideas perecen tan pronto como se
entra en detalles. La teoría de Fermi no solo decía que un neutrino podía
adquirir carga eléctrica y darse a conocer al chocar con materia, sino que
también predecía en qué circunstancias lo haría, y con qué probabilidad. Aquí
fue donde empezaron las dificultades.
En 1934
había suficientes datos sobre desintegraciones beta en varios elementos para
que la teoría de Fermi pudiera dictar la probabilidad aproximada de que un
neutrino, un electrón, un neutrón y un protón intercambiaran sus identidades en
un mismo punto. Resultó ser insignificante[12]. Hans
Bethe y Rudolf Peierls, dos de los mejores físicos teóricos de las nuevas
generaciones, se dieron cuenta de que con dicha información y la teoría de
Fermi podían calcular la probabilidad de interacción entre los neutrinos y la
materia, un fenómeno que podía interceptar un neutrino en pleno vuelo, y
revelarlo[13]. Las
esperanzas de que la idea de Fermi llevara al descubrimiento del neutrino
duraron poco. Bethe y Peierls hallaron que la probabilidad de que los neutrinos
se dieran a conocer de este modo eran minúsculas. Su cálculo implicaba que un
neutrino producido en una desintegración beta podía atravesar toda la Tierra
sin interrupción «como una bala a través de un banco de niebla».
A la
interacción entre un neutrino y la materia se la llamó «fuerza débil», pues se
había visto que un neutrino tenía una probabilidad insignificante de
interactuar con ninguna otra cosa. Al ser eléctricamente neutro, el neutrino no
responde a las fuerzas electromagnéticas que mantienen unidas a las moléculas.
Tampoco siente las fuerzas fuertes que sujetan a los núcleos atómicos. Solo
siente la gravedad y la fuerza débil. La probabilidad de que un neutrino se
diera a conocer chocando contra un núcleo en algún material era tan pequeña que
la opinión general coincidía con la conclusión de Bethe y Peierls: «No hay
ningún modo posible, en la práctica, de observar al neutrino».
Si
cualquier otro que no fuera Pauli hubiera propuesto la existencia de una
partícula que fuese invisible a todos los efectos, revelada solo por la
«aparente» violación de la conservación de la energía en un misterioso proceso
nuclear, el mismo Pauli podría haber rechazado la idea por no estar «ni
siquiera equivocada», como hizo en su célebre crítica. Quizá su apuesta de una
caja de champán contra la posibilidad de que el neutrino fuera detectado, lo
que se convirtió en un comentario autocrítico, lo ayudó a eludir tales
descalificaciones. Cada vez daba más la impresión de que Pauli se había
inventado un pedazo de nada que desaparecía antes de que nos diéramos cuenta, y
que incluso si se rodease el lugar con los muros de una prisión de plomo macizo
de un año-luz de grosor, los neutrinos tendrían ocasión de escapar. El neutrino
parecía la pesadilla de un físico teórico, una bonita idea destinada a
permanecer fuera del alcance de la experimentación por los siglos de los
siglos. En cualquier caso, se acabó olvidando la cuestión acerca de si alguna
vez podría sacarse al neutrino de su madriguera y demostrar que era real, pues
los físicos se vieron implicados en la Segunda Guerra Mundial. La fisión
nuclear, el resultado de la desesperación de Fermi tras su intento fallido de
publicar en Nature, llenaba sus radares figurados. La apuesta de
Pauli quedó sin responder durante más de un cuarto de siglo.
Capítulo
3
Ganar la lotería
Contenido:
§. Bruno
Pontecorvo
§. Llega Ray Davis
§. Proyecto Poltergeist
Cuando
Enrico Fermi dejó de teorizar sobre los neutrinos en 1934 y empezó a
experimentar con los neutrones, uno de sus colaboradores era un joven llamado
Bruno Pontecorvo. Al bombardear núcleos atómicos de varios elementos con
neutrones, Fermi esperaba obtener nuevas variedades de núcleos, o incluso de
elementos. Los productos de sus experimentos eran invariablemente radiactivos,
y al medir dicha radiactividad Fermi esperaba distinguir las nuevas sustancias
de las ya conocidas y familiares. Durante el curso de estos experimentos
Pontecorvo, que acababa de obtener el título y se enfrentaba a su primera
investigación verdadera, se dio cuenta de que la cantidad de radiación parecía
variar cuando movía la muestra en su recipiente. Fermi quedó intrigado, pensó en
ello durante un día, y formuló las ideas que conducirían a la fisión nuclear,
la capacidad de los neutrones para subdividir los núcleos de elementos pesados
y liberar enormes cantidades de energía en ciertas circunstancias[14]. Diez
años después, dichas ideas resultaron fundamentales para el desarrollo de la
bomba atómica, y veinte años después fueron la semilla de la energía nuclear.
Fermi ganó el Premio Nobel, y Pontecorvo hizo una fortuna con su parte de las
patentes.
La
biografía que escribió Laura Fermi de su marido revela no solo la brillantez de
los jóvenes científicos italianos, sino también las presiones sociales y
políticas que recibían en el feudo de Mussolini. Describe cómo Fermi recibió
permiso para salir de Italia y recoger su Premio Nobel en Estocolmo, pero ya no
regresó. Se fue a Estados Unidos, donde desempeñó un papel fundamental en el
desarrollo de la bomba atómica. Laura Fermi escribió su biografía en 1954.
Cuando la leí unos veinte años más tarde, me quedé impresionado por la historia
de la desaparición de Pontecorvo.
Pontecorvo,
que se había mudado a París en 1936 para trabajar con los Joliot-Curie, no pudo
regresar a la Italia fascista a causa de su origen judío. Se quedó en París y,
al producirse la invasión nazi, huyó a Estados Unidos. Sus fuertes creencias
socialistas pudieron ser la razón por la que no lo invitaron a incorporarse al
Proyecto Manhattan, y en 1943 emigró a Canadá, donde trabajó en el laboratorio
Chalk River de Ontario. Allí tuvo la idea que definió la historia de los
neutrinos durante el resto del siglo XX. Enseguida hablaremos de ello, pero lo
que lo convirtió en un caso único fue lo que sucedió a continuación.
En 1948
adquirió la ciudadanía británica y se mudó al laboratorio Harwell en el Reino
Unido. En la posguerra, los científicos atómicos estaban desarrollando la bomba
de hidrógeno. El Telón de Acero había caído sobre Europa, y Klaus Fuchs, que
trabajaba en Harwell, fue desenmascarado como el «espía atómico». Muchos
intelectuales, Fuchs entre ellos, se habían convertido en socialistas como
reacción al auge del fascismo en la década de 1930, aunque en general esto no
implicaba que compartieran los resultados de sus trabajos con el régimen
soviético. Pero Fuchs sí lo hizo.
En
Estados Unidos, J. Robert Oppenheimer, una figura irrepetible como líder de los
equipos aliados que habían construido la primera bomba atómica, fue destituido
por sus opiniones políticas, y el senador Joe McCarthy llevó a cabo su notoria
caza de brujas contra los «rojos escondidos bajo la cama». El
desenmascaramiento de Fuchs aumentó la paranoia también en el Reino Unido. En
medio de este clima febril, Bruno Pontecorvo desapareció.
El 21 de
octubre de 1950, los periódicos llevaban la noticia, con especulaciones de que
había cruzado el Telón de Acero porque tenía la policía en los talones. El 6 de
noviembre, el ministro británico Strauss declaró en la Cámara de los Comunes
que pese a la ausencia de «pruebas concluyentes sobre su paradero, [hay] pocas
dudas de que está en Rusia». En apariencia no había pruebas. Tres años después,
Laura Fermi, una de las amistades más antiguas de Pontecorvo, escribió: «Han
pasado ya más de tres años desde la desaparición de los Pontecorvo. No se ha
oído ni una palabra de ellos. Nadie los ha visto».
Y así
parecía seguir la cosa veinte años después, cuando leí dichas palabras en 1969.
Imagínense mi sorpresa entonces cuando, unos días más tarde, vi un artículo
sobre neutrinos en la revista científica Physics Letters, escrito
por un tal Bruno Pontecorvo, cuya dirección era el Instituto de Investigación
Nuclear, o JINR, en Dubna, cerca de Moscú. «¿Se habrá dado cuenta alguien?», me
pregunté. Claro que sí, y desde hacía tiempo. Había ganado el Premio Stalin en
1953, e incluso había dado una conferencia de prensa en 1955, en la que explicó
los motivos de su partida.
Premio
Stalin, sí, pero no ganó el Premio Nobel. Como murió en 1993, ya no lo ganará,
pero otros nueve científicos ya lo han hecho, como resultado de sus ideas, y
otros podrían hacerlo todavía. A lo largo de nuestra historia, Pontecorvo
siempre estará allí, entre bambalinas, a menudo con un papel fundamental y,
pese a ello, sin llegar nunca realmente al panteón de los inmortales. Como
veremos, su «exilio» autoimpuesto en la Unión Soviética impidió que se
reconociera la paternidad de algunas de sus ideas. Su primera intervención fue
como ayudante, y coincidió con la aparición de la teoría de Fermi sobre el
papel del neutrino en las desintegraciones beta. Realizó su primera
contribución personal a la historia del neutrino en 1946, al encontrar un modo
de capturar un neutrino y demostrar su realidad física.
Todo lo
que Bethe y Peierls habían deducido de la teoría de Fermi para el neutrino
individual que se produce durante una desintegración beta era correcto: la
probabilidad de que se detectara era minúscula. Pero era una afirmación sobre
una probabilidad, y Pontecorvo se dio cuenta de que «minúsculo» no es lo mismo
que «nada». En 1946, mientras trabajaba en el laboratorio Chalk River de
Canadá, escribió un informe que sería fundamental. La creencia generalizada
antes de que escribiera su artículo era que detectar un neutrino resultaba
imposible. Según la opinión de Pontecorvo, esto parecía «demasiado drástico».
Creía que con «instalaciones experimentales modernas» quizá podría conseguirse.
Luego esbozó sus ideas sobre cómo hacerlo. Imagine que usted mismo es un
neutrino, y que la probabilidad minúscula es la de ganar la lotería nacional.
Yo no la he ganado nunca, y es probable que usted tampoco lo haya hecho. Si los
lectores de este libro fueran suficientemente numerosos, podría haber algún
afortunado ganador entre ellos, pero para que hubiera algún ganador del premio
gordo, este libro tendría que estar varias semanas en el primer puesto de la
lista de los más vendidos, lo cual es, por desgracia, poco probable. Pero la
idea es clara: aunque ni usted ni yo tengamos muchas probabilidades de ganar el
primer premio de la lotería nacional, si una cantidad lo bastante grande de
personas compra un número, alguna de ellas tendrá suerte. Lo mismo ocurre con
los neutrinos: un neutrino individual emitido en una desintegración beta podría
recorrer el universo conocido sin interrupción, pero si usted estuviera al lado
de una fuente poderosa que emitiera billones de ellos cada segundo, en alguna
que otra ocasión uno o dos podrían quedar atrapados en la red atómica.
El radio
era la fuente de radiación beta más poderosa conocida, pero incluso en grandes
cantidades el número de neutrinos sería tan pequeño que no habría esperanzas de
capturar alguno. Se necesitaba una fuente de neutrinos enormemente más poderosa
si iba a haber alguna posibilidad de detectar uno de ellos.
Pontecorvo
había puesto a Fermi sobre la pista del desarrollo de la energía nuclear, y
estaba trabajando en un laboratorio nuclear. No es ninguna sorpresa que se
diera cuenta de que producir energía nuclear en un reactor de uranio también
debería producir unos diez mil billones de neutrinos cada segundo, y que, con
la emisión de una cantidad tan enorme de neutrinos, sería posible capturar unos
cuantos a base de paciencia y usando un detector adecuado. Luego resumió sus
ideas sobre cómo podría hacerse.
Según la
teoría de Fermi, cuando un neutrino choca contra un núcleo tienen que suceder
dos cosas. En primer lugar, el neutrino adquiere carga eléctrica y se convierte
en un electrón. Sin embargo, detectar este electrón sería imposible: hay
electrones en todas partes, y sería difícil distinguir uno que hubiera sido
expulsado de un átomo de otro creado por un neutrino. Pontecorvo confiaba en
una segunda consecuencia de la teoría de Fermi: al chocar un neutrino contra la
materia, la aparición de un electrón con carga negativa sería contrarrestada
por un incremento de la carga positiva del núcleo atómico receptor del impacto.
Al
incrementarse en una unidad la carga positiva del núcleo, este sería capaz de
atraer al electrón con carga negativa. El resultado sería la aparición de un
átomo de otro elemento, el siguiente en la tabla periódica. La idea de
Pontecorvo era que, si dicho átomo era radiactivo, sería posible detectar su
presencia al desintegrarse.
A
continuación, enumeró las condiciones necesarias. El material usado para
detectar los neutrinos no podía ser muy caro, pues se necesitarían grandes
cantidades. El núcleo atómico producido por la colisión tenía que ser
radiactivo, pero no demasiado para que no desapareciera antes de que, por así
decirlo, se pudiera encontrar la aguja en el pajar. Además, tenía que ser fácil
encontrarla si se quería tener alguna posibilidad de éxito.
Dichas
condiciones indicaban qué material o sustancia sería mejor. Pontecorvo se dio
cuenta de que, si se utilizaba un líquido, y el elemento creado por la colisión
del neutrino era químicamente inerte, como el helio, el kriptón o el argón, no
habría peligro de que se produjera una reacción química, y podría extraerse por
simple ebullición. El argón resultaba adecuado como elemento inerte, y el cloro
está a su lado en la tabla periódica.
Su idea
era usar un gran tanque de cloro, presente en algo barato y fácil de obtener
como es el líquido de limpieza. Si un neutrino choca con el núcleo de un átomo
de cloro, este se transforma en un átomo de argón. Dicho átomo es radiactivo y
se desintegra, con lo que emite una radiación que se puede detectar con
instrumentos adecuados. Si el tanque de cloro fuera lo suficientemente grande
—cientos de toneladas de líquido limpiador podrían ser la solución—, habría
alguna posibilidad de ganar la lotería: algunos neutrinos colisionarían, y se
produciría argón radiactivo. Los átomos de argón serían como balizas de radio
que anunciaran las colisiones de neutrinos. Esta fue la inspiración de
Pontecorvo. Todo lo que necesitaba era alguien con suficiente fe para ponerla
en práctica.
§. Llega
Ray Davis
Ray Davis nació en Washington, D. C. en 1914, y se interesó por la química
porque su padre le compraba productos para hacer experimentos en el sótano de
su casa. Familiarizado, en todos los sentidos, con la química, la estudió en la
Universidad de Yale y obtuvo su doctorado en 1942. Durante los tres años
siguientes colaboró en la campaña de guerra probando armas químicas. Con el
armisticio entró en la Comisión de Energía Atómica para trabajar en
radioquímica, la química de los materiales radiactivos. Estaba acumulando, por
azar, una experiencia que pronto contribuiría a forjar su destino.
En 1948
entró en el Laboratorio Nacional de Brookhaven, en Long Island, en Nueva York,
que estaba dedicado a encontrar usos pacíficos para la energía atómica. Lo
primero que hizo al llegar fue hablar con el responsable del departamento de
química para saber lo que iba a hacer. Años después, en la ceremonia de entrega
del Premio Nobel, rememoró así aquel encuentro: «Para mi sorpresa y
satisfacción, recibí el consejo de ir a la biblioteca, leer un poco y escoger
mi propio proyecto, lo que fuese que me atrajera». Así empezó una larga carrera
«haciendo justo lo que quería y cobrando por ello».
En una
revista de la biblioteca descubrió un nuevo artículo sobre los neutrinos[15]. Algunas
cosas resultaban obvias de inmediato: se sabía muy poco, era un terreno muy
abierto, y era muy rico en problemas. El instante crucial y revelador para
Davis llegó al leer la descripción del artículo de Pontecorvo, que proponía una
manera de detectar el neutrino y era adecuada para expertos en radioquímica. El
rumbo del resto de la vida de Davis quedó marcado en aquel momento.
Pontecorvo
proponía que la señal sería la conversión del cloro en argón. Davis sabía que
el argón era un gas inerte, fácil de separar químicamente de una gran cantidad
de solución con cloro. Los átomos de argón producidos de este modo serían
radiactivos, se desintegrarían con una vida media de treinta y cinco años y se
convertirían de nuevo en cloro. Davis sabía cómo detectar la radiactividad
porque esta ioniza las moléculas de gas, y da lugar a señales eléctricas[16].
A Davis
le parecía demasiado fácil para ser verdad. Y acabó resultando así, pero no por
culpa de él ni de Pontecorvo.
Brookhaven
tenía un modesto reactor propio en sus instalaciones, para realizar pruebas y
experimentos. Junto a él, Davis preparó un tanque con cuatro mil litros de
tetracloruro de carbono y esperó a que se acumulara argón en cantidad
suficiente. Luego analizó los resultados y no halló nada más que las
consecuencias de impactos de rayos cósmicos. Las señales que se habían obtenido
no eran mayores cuando el reactor estaba funcionando que cuando no lo estaba.
Así pues, en 1955 construyó un detector más grande y lo llevó al recién
inaugurado reactor nuclear de Savannah River, en Carolina del Sur.
Ahí el
resultado fue el mismo: nada. Lo que nadie sabía entonces era que las
reacciones nucleares no estaban produciendo neutrinos en primer lugar, sino
antineutrinos[17]. Así
como el electrón tiene un gemelo de antimateria, el positrón, y el protón tiene
su reflejo en el antiprotón, del mismo modo todos los tipos de materia tienen
su equivalente de antimateria. Los neutrinos y los antineutrinos son como los
gemelos Tweedledee y Tweedledum de Alicia en el País de las Maravillas.
El cloro sería adecuado para detectar neutrinos, pero para detectar
antineutrinos se necesitarían tanques llenos de anticloro. Más tarde se vería
que este fracaso era, en cierto modo, un triunfo: Davis había demostrado de
manera implícita que los neutrinos y los antineutrinos son diferentes. Pero por
aquel entonces nadie había demostrado que el neutrino existiera, y a Davis lo
invadió el desaliento por no ver nada.
La idea
de Pontecorvo era acertada. Un tanque de cloro sería un modo ideal de capturar
neutrinos, y si los reactores hubieran emitido grandes cantidades de ellos,
seguramente Davis habría descubierto el neutrino en 1955. Cabe imaginar que si
hubiera tenido un tanque de anticloro podría haber descubierto el antineutrino
de verdad, pero la antimateria en grandes cantidades pertenece al ámbito de la
ciencia ficción[18]. Por
suerte hay otras formas de capturar un antineutrino, pero Davis tendría que
esperar a que apareciera una fuente de neutrinos para que su detector con cloro
quedara justificado.
§.
Proyecto Poltergeist
Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, Fred Reines entró en el Proyecto
Manhattan en Los Álamos. En 1944 se convirtió en jefe de grupo en la división
de física teórica del laboratorio, y después en jefe de la Operación
Greenhouse, que consistía en realizar experimentos de la Comisión de Energía
Atómica en el atolón de Eniwetok. Trabajó con los resultados de las pruebas de
bombas nucleares que se hicieron allí, en el atolón de Bikini, y en el campo de
pruebas de Nevada. Sus principales esfuerzos se centraron en entender los
efectos de las explosiones nucleares.
La idea
de buscar indicios del neutrino se le había ocurrido tras leer el artículo
teórico de Pontecorvo en 1947, pero no le surgió la oportunidad de llevarlo a
la práctica y no se dedicó a ello. Fue en 1951, durante un año sabático y
mientras meditaba a qué campo de la física podría dedicarse en los años
siguientes, cuando retomó la idea. Después recordó que se había «trasladado a
un despacho vacío y austero, mirando un cuaderno en blanco durante varios meses
en busca de una cuestión con sentido, que valiera el trabajo de una vida»[19]. Su
única inspiración le vino de su experiencia con explosiones atómicas. Las
bombas atómicas liberan una gran cantidad de neutrones, y cuando estos se
desintegran producen neutrinos (o, como sabemos ahora, antineutrinos). Esto
ofrecía la posibilidad de que, salidos de entre esas hordas, algunos
«neutrinos» se dieran a conocer, aunque fuera de manera esporádica.
Realizó
algunos cálculos aproximados y decidió que todo lo que necesitaba era un
pequeño detector, de un metro cúbico de tamaño, más o menos. Lo que realmente
necesitaba era un experto para consultar.
Durante
el verano de 1951, Enrico Fermi visitó Los Álamos. Reines se dio cuenta de que
el tener a aquel gran hombre trabajando solamente a unos cuantos despachos de
distancia era una oportunidad demasiado buena como para perdérsela, así que
reunió valor y fue a preguntarle sobre la detección de neutrinos. Fermi estuvo
de acuerdo en que lo mejor era usar una bomba como fuente. Reines pensó que «de
momento, bien», y entonces reconoció su problema: no tenía ni idea de cómo
construir un detector adecuado. Fermi pensó en ello y le confesó que él tampoco
la tenía. Desanimado, Reines se olvidó del asunto hasta que tuvo una charla
casual con Clyde Cowan.
Cowan y
él iban en un vuelo a Princeton, pero el avión se quedó en Kansas City por
problemas con el motor. Paseando por el aeropuerto, empezaron a hablar sobre
cuál podría ser el experimento más difícil de toda la física. Cowan sugirió un
problema de física atómica[20], pero
creían que otros ya habrían empezado a trabajar en él. Entonces Reines sugirió
que deberían centrarse en el neutrino, a lo que Cowan respondió de inmediato:
«¡Qué gran idea!».
Aunque
una explosión nuclear puede ser una gran fuente de neutrinos, presenta
problemas. La idea de tener un detector muy sensible a cien metros de la
explosión más violenta jamás provocada por el ser humano resultaba algo
extraña. No obstante, ambos habían trabajado con bombas, y estaban seguros de
que podían proteger el detector poniéndolo bajo tierra. El director de Los
Álamos les dio permiso para trabajar en ello.
Hacer
explotar una bomba atómica es un acontecimiento único e irrepetible, de modo
que sería fundamental asegurarse de que lo tenían todo bajo control. En
particular, Hans Bethe preguntó si podían estar seguros de que podrían
distinguir un verdadero neutrino de otras radiaciones emitidas por la bomba,
como los rayos gamma y los neutrones. Al intentar responder a esta cuestión se
dieron cuenta, en septiembre de 1952, de que había una manera mejor de hacer el
experimento. La energía nuclear controlada, en forma de un reactor nuclear,
funcionaría igual de bien como fuente.
Un
reactor nuclear emitiría, en principio, diez billones de neutrinos por
centímetro cuadrado cada segundo, lo que debería ser suficiente. Después Reines
dijo que se preguntaba por qué les había costado tanto llegar a «esta
conclusión ahora obvia, y cómo se les había escapado a otros». No temían que
les robaran la primicia porque «la detección de neutrinos no era una actividad
popular en 1952». El 4 de octubre le escribieron a Enrico Fermi explicándole
que «hasta la semana pasada no se nos había ocurrido que podíamos hacer [el
experimento] en un reactor nuclear», y pidiéndole sus comentarios. Quedó
obviamente sorprendido, pues respondió enseguida. Estaba de acuerdo en que
sería mucho más simple, y también comentó, con gran sensatez, que un
experimento en un reactor «tendría la gran ventaja de que la medición podría
repetirse toda la cantidad necesaria de veces».
Los
(anti)neutrinos de un reactor pueden inducir un proceso conocido como
«desintegración beta inversa», en la cual un antineutrino choca con un protón,
y lo convierte en un neutrón, a la vez que un positrón, que es la versión en
antimateria del electrón, se lleva la carga eléctrica del protón. Cowan y
Reines no eran conscientes de la sutil distinción entre neutrino y antineutrino
—que entonces todavía no se conocía—, pero sabían que, si los «neutrinos»
existían, por la conservación de la carga eléctrica los productos del proceso
debían ser un neutrón y un positrón. Esto sería suficiente para que su plan
funcionara. Tuvieron más suerte o más inspiración que Davis: decídalo el
lector.
En 1953
construyeron un pequeño prototipo de detector en los talleres de Hanford
Engineering, en el estado de Washington. Lo llamaron Proyecto Poltergeist, es
decir «espíritu burlón», por la naturaleza fantasmal y esquiva de los
neutrinos. Aquel mismo año tuvieron los primeros indicios de una señal[21], pero la
emoción no duró mucho porque continuaban observando señales… ¡incluso cuando el
reactor estaba apagado! Estaban viviendo la misma frustración que había vivido
Davis, aunque en aquel momento ninguno de ellos estaba al corriente de los
esfuerzos de sus rivales.
Cowan y
Reines se dieron cuenta de que en Hanford su experimento no podía protegerse de
los rayos cósmicos, y las colisiones de estos con los átomos en su detector
daban señales parecidas a las que estaban buscando. Aunque tenían la impresión
de haber identificado un neutrino libre, necesitaban un experimento mejor para
llegar a una conclusión más definitiva. En este punto, su historia mantiene
curiosos paralelismos con la de Davis, pues en 1955 ellos también construyeron
una versión más grande del detector y se lo llevaron a Savannah River. Allí
pudieron situarlo a doce metros bajo tierra, bien protegido de los rayos
cósmicos, pero a solo once metros del centro del reactor.
La idea
de Poltergeist era detectar dos emisiones distintas de rayos gamma, una luz que
va mucho más allá del espectro visible. Estas emisiones debían producirse con
una diferencia de cinco microsegundos en el caso de que se capturase un
(anti)neutrino. La consecuencia inmediata de un evento de tales características
sería la aparición de un positrón y un neutrón. El positrón quedaría aniquilado
casi instantáneamente con un electrón, pues los electrones están por todas
partes. Esto produciría dos rayos gamma. La segunda emisión llegaría cuando el
neutrón fuera capturado por el núcleo de un átomo de cadmio en tanques de
cloruro de cadmio. Para capturar el neutrón tendrían que frenarlo sucesivas
colisiones, lo que llevaría unos cinco microsegundos. De ahí la diferencia
entre ambas emisiones de rayos gamma.
Y esto
fue exactamente lo que ocurrió. El fondo de rayos cósmicos era mínimo, y quedó
superado por la radiación del reactor. En el verano de 1956, Poltergeist
registró emisiones de rayos gamma separadas por 5,5 microsegundos. El 14 de
junio, Cowan y Reines le enviaron un telegrama a Pauli en el que le anunciaban
que finalmente habían hallado el neutrino cuya existencia él había postulado un
cuarto de siglo antes. La noticia dio la vuelta al mundo. Uno de mis primeros
recuerdos sobre física es de aquel año, al oír, en la radio, que el neutrino
había sido descubierto.
Años más
tarde, Reines le recordó a Bethe su afirmación de 1934, junto a Peierls, de que
«en la práctica, no hay manera posible de observar un neutrino». Con una
sonrisa, Bethe respondió: «Bueno, no debería usted creer todo lo que lee en las
revistas»[22].
Después
del descubrimiento, Reines dedicó toda su carrera a comprender las propiedades
y las interacciones de los neutrinos. En 1995 recibió el Premio Nobel por los
descubrimientos que había efectuado a lo largo de cuarenta años. Pero Cowan
había muerto en 1974, y a muchos les pareció que el reconocimiento por aquel
descubrimiento tendría que haber llegado años antes. Sin embargo, ganaron la
caja de champán que Pauli había apostado hacía tanto tiempo. Ray Davis y
Pontecorvo tendrían que esperar.
Capítulo
4
¿Sigue brillando el sol?
Contenido:
§. Gran
bola de fuego
§. Una nueva fuente de energía
§. El sol nuclear
Ni
siquiera durante los días más nublados dudamos de que el Sol sigue ahí. Cuando
preguntamos si sigue brillando el Sol queremos saber si todavía se lo puede ver
entre las nubes, no si ha desaparecido para siempre. Pero en la década de 1970
algunos científicos se plantearon durante un tiempo la posibilidad de que se
hubiera agotado el combustible del Sol, de que el astro rey estuviera en las
últimas, y que hubiera empezado la crisis energética definitiva.
La luz
del Sol tarda solo ocho minutos en llegar a la Tierra, así que su radiante
superficie demuestra que por lo menos sus capas exteriores estaban brillando
hace muy poco. La temperatura de esta luminosa región visible del Sol es de
unos 6000 grados, más caliente que un alto horno, aunque no muchísimo más. Tan
deslumbrante intensidad oculta su interior a la vista.
Los
orígenes de esta luz se hallan a gran profundidad. La energía del núcleo rebota
durante miles de siglos antes de llegar a la superficie. Lo que se puede ver
hoy es el resultado final de unas reacciones que se produjeron hace más de cien
mil años. Si el corazón del Sol ya está agotado, podría pasar algún tiempo
antes de que viéramos disminuir su intensidad. Y esto es lo que empezó a
preocupar a los científicos hace entre treinta y cuarenta años.
Estas son
algunas de las ideas que se propusieron. En 1973, Andrew Prentice sugirió que
el Sol había agotado su combustible, dejando un núcleo de helio. En 1975, Fred
Hoyle sugirió que su núcleo contenía muchos elementos pesados que habían
sobrevivido al Big Bang y habían atraído un halo de hidrógeno
durante la formación del sistema solar, hace cinco mil millones de años. Y ese
mismo año, otro grupo de teóricos sugirió que había un agujero negro en el
centro del Sol[23]. En 1980
escribí un artículo sobre este asunto en la revista científica Nature,
y lo titulé «¿Sigue brillando el Sol?»[24]. Esto
captó la atención del que por aquel entonces era el programa estrella de la BBC
sobre ciencia, Tomorrow’s World («El mundo del mañana»), y se
habló de ello en todo el mundo.
¿A qué se
debía tanto alboroto? ¿Por qué brilla el Sol? ¿Y qué tienen que ver los
neutrinos con todo esto?
§. Gran
bola de fuego
Saber cómo se las ha arreglado el Sol para producir tanta energía día tras día
desde que la Tierra existe es una de las cuestiones más antiguas de la ciencia.
Charles Darwin incluso empezó a dudar de su obra El origen de las
especies, porque ni la física ni la química de hace ciento cincuenta años
podían explicar cómo habían durado el Sol y la Tierra tanto tiempo como
requerían la geología y su teoría de la evolución. La explicación definitiva no
nos ha llegado hasta el siglo XXI.
Los
antiguos egipcios pensaban que el Sol era una bola de fuego. Esta era una
extrapolación natural a partir de su limitada experiencia, aunque no parece que
tuvieran ninguna opinión acerca de cuál era su combustible. En el siglo V a.
C., el filósofo griego Anaxágoras fue el primero en proponer una teoría.
Las
«estrellas fugaces» son pedazos de roca que han entrado en la atmósfera
terrestre a una velocidad de varios kilómetros por segundo. La fricción los
pone al rojo vivo mientras caen, y algunos son lo bastante grandes como para
que sus restos lleguen al suelo en forma de meteoritos. Hace dos mil quinientos
años, Anaxágoras encontró uno recién caído. Era metálico, y tan caliente
todavía que Anaxágoras supuso que provenía del Sol. Esto le dio una repentina
inspiración: el Sol tenía que estar hecho de hierro al rojo vivo. Esa fue la
teoría comúnmente aceptada durante casi dos milenios.
Esta
imagen tan simple del Sol empezó a generar las primeras dudas hace apenas
doscientos años.
Llegó la
Revolución Industrial y, con ella, una comprensión cada vez mayor de la
termodinámica y del significado de la conservación de la energía. Para mantener
los altos hornos en funcionamiento, había que aportar combustible de manera
continuada. Si se dejaba a su aire, el hierro fundido de las acerías se
enfriaba con rapidez, por lo que los científicos eran conscientes de que ni
siquiera el Sol podría mantenerse caliente para siempre. Fue en este mismo
período de tiempo cuando los descubrimientos geológicos, por un lado, y la
llegada de la teoría de la evolución de Darwin, por otro, apuntaron a una idea
común: la edad de la Tierra tenía que ser de cientos de millones de años, y no
de miles de años. Pero las leyes físicas conocidas no permitían explicar cómo
podía el Sol brillar desde hace tanto tiempo.
Hacia
1850 John Waterstone, un maestro de escuela, demostró que la energía de las
reacciones químicas solo podría haber alimentado el Sol desde la Edad de
Piedra, hace unos diez mil años. Como el Sol había existido mucho más tiempo,
tenía que estar actuando otra fuente de energía. El único posible candidato
conocido por aquel entonces era la fuerza de la gravedad. Los materiales, por
ejemplo, rocosos, que cayeran bajo la fuerza de gravedad del Sol, ganarían
velocidad. Al chocar con el Sol y detenerse, la energía de movimiento se
convertiría en calor, de modo parecido al calentamiento de los frenos y los
neumáticos de un coche cuando se detiene bruscamente. Waterstone sugirió que
algunos meteoritos procedentes del espacio caían al Sol, lo que producía calor
y daba energía al horno solar.
Después
de formular esta ingeniosa idea, hizo los cálculos y se dio cuenta de que la
cantidad de meteoritos no era suficiente. Así que refinó la idea, y propuso que
el Sol mismo se contraía bajo su propio peso, y producía calor. En 1853 dio una
charla al respecto en la reunión anual de la Asociación Británica para el
Avance de la Ciencia. William Thomson era uno de los oyentes, y quedó
claramente impresionado. Thomson desarrolló la idea en su forma más precisa, y
descubrió que ni siquiera en tal supuesto le salían las cuentas. Incluso
consideró la posibilidad de que el Sol consumiera los planetas uno tras otro,
pero esto tampoco bastaba. Aun capturando Mercurio y Venus, esto solo le daría
energía para un centenar de años, y consumir todos los planetas no le daría más
que tres mil años de vida.
En 1860,
Thomson retomó una vez más la idea del Sol menguante, y estudió cómo podría
colapsarse produciendo calor durante el período de tiempo más largo posible[25]. En
1862, en un artículo aparecido en Macmillan’s Journal, Thomson
llegó a la conclusión de que la edad del Sol a duras penas podía ser «mayor de
cien millones de años».
Un Sol
con una vida finita implicaba a la vez un futuro apocalipsis y un límite a la
historia, lo que acarrearía consecuencias para las teorías de Darwin y los
geólogos, que se estaban planteando escalas de tiempo más largas. En la
reedición de El origen de las especies, Darwin eliminó toda
referencia a escalas de tiempo. Ya en 1869 había quedado tan impresionado por
el análisis de Thomson que le había escrito a Alfred Russel Wallace,
codescubridor de la selección natural, que las implicaciones que el trabajo de
Thomson tendría para establecer cuál era la edad del mundo «son desde hace un
tiempo una de mis preocupaciones más dolorosas».
Años más
tarde, en 1897, Thomson (entonces ya lord Kelvin) refinó sus cálculos y anunció
que la edad más probable del Sol y de la Tierra era de unos veinticinco
millones de años, lo cual empeoraba aún más la paradoja. Así, la evolución, la
geología y la física estaban en conflicto a menos que, como añadió de manera
profética, «haya fuentes actualmente desconocidas para nosotros en el gran
almacén de la creación».
Al hacer
estos cálculos, supuso de manera implícita que la materia es similar en el Sol
y en la Tierra. Así, resulta irónico que, en 1897, otro Thomson (J. J. Thomson,
sin parentesco con el anterior) hubiera descubierto que los átomos tienen una
estructura interna, pues contienen electrones. Esto significaba que los átomos
podrían ser diferentes en el calor abrasador del Sol que en la Tierra. También
era posible que siguieran nuevas leyes a su vez. Además, el descubrimiento de
la radiactividad por Becquerel, el año anterior, indicaba que en la naturaleza
se podía producir energía radiante de manera espontánea, por medios todavía sin
identificar. Pero parece que, en aquel momento, ni lord Kelvin ni nadie más
pensó en dichas posibilidades para resolver las paradojas.
§. Una
nueva fuente de energía
Aunque Becquerel había descubierto la radiactividad, al principio nadie la
consideró algo especialmente importante. Durante las últimas décadas del siglo
XIX había aparecido un amplio abanico de radiaciones extrañas, como la
fluorescencia y los rayos X, de modo que los «rayos de Becquerel» parecían ser
otra radiación más que añadir a la lista. Solo a raíz de los trabajos de Ernest
Rutherford se comprendieron en su plenitud las implicaciones de la energía
latente en el átomo, de las cuales la radiactividad era solo una parte. El
nombre de Rutherford quedará asociado para siempre al desentrañamiento de la
estructura del átomo. Prácticamente el único aspecto en el que se equivocó en
los siguientes treinta años fue en su juicio según el cual si alguien pensaba
que había energía útil dentro del núcleo atómico es que tenía la cabeza en las
nubes. En realidad, la energía nuclear es el origen de los días soleados.
Cada uno
a su manera, todos los descubrimientos de Rutherford iban a conducir al
neutrino. El más inmediato para nuestro relato es su primer resultado:
desentrañar la naturaleza de la radiactividad.
Como
hemos visto, Rutherford identificó distintas formas de radiactividad. La forma
alfa consistía en partículas que resultaron ser núcleos de átomos de helio.
Esto explicaba una misteriosa observación: el hallazgo de trazas de gas de
helio en minerales que contenían uranio.
La
radiactividad tenía la misma potencia en lo más profundo de oscuras minas que a
plena luz del día, lo cual demostraba que la energía debía proceder del
interior de los propios átomos. Rutherford también había descubierto que, en
los fenómenos radiactivos, unos elementos podían convertirse en otros. Al
relacionar todo esto, tuvo la revelación esencial: la emisión continua de
energía en el fenómeno de la radiactividad proviene de los cambios en la
estructura interna de los átomos. En primer lugar, Rutherford demostró que
cuantas más partículas alfa se emitían, mayor era la energía radiada. La
radiactividad natural está presente por doquier tanto en el aire como en las
rocas que hay bajo nuestros pies. La idea de que la radiactividad podía
calentar la Tierra empezó a afianzarse tras el descubrimiento del radio. El
radio se mantiene caliente de modo natural y sigue emitiendo calor sin
enfriarse hasta alcanzar la temperatura ambiente. Aquí se hallaba la primera
pista de que los cálculos de lord Kelvin sobre la edad de la Tierra, basados en
la termodinámica, podían ser incompletos.
Rutherford
se dio cuenta de que la emisión continua de calor por parte del radio era el
indicio de la existencia de una nueva fuente de energía, y de que la paradoja
de Kelvin podía evitarse. En mayo de 1904 lo anunció en una charla en la Royal
Institution. En la sombría sala, Rutherford vio a lord Kelvin entre el público
y pensó que tendría dificultades cuando llegara a la última parte de su charla,
que trataba sobre la edad de la Tierra, un asunto respecto al cual tenían
puntos de vista radicalmente diferentes. Para alivio de Rutherford, lord Kelvin
se durmió hasta el momento decisivo, y entonces, según recordó Rutherford más
tarde, «vi al viejo zorro incorporarse, abrir un ojo y echarme una torva
mirada». Pero la inspiración llegó justo a tiempo, y Rutherford anunció que
Kelvin había limitado la edad de la Tierra «suponiendo que no se descubriera
ninguna nueva fuente de energía. Esta profética aseveración se refiere a lo que
estamos discutiendo esta noche: ¡el radio! El anciano me sonrió»[26].
Kelvin
había supuesto que el planeta no es más que un cuerpo que se enfría, pero el
argumento de Rutherford estribaba en que la radiactividad proporciona calor
dentro de la Tierra, de manera continuada. Como el planeta tiene esta fuente de
energía interna, su edad puede ser mucho mayor que la que había calculado
Kelvin. A fecha de hoy hemos conseguido medir con sumo cuidado el ritmo al que
los elementos, como el uranio, se desintegran radiactivamente. Resulta que la
mitad de una muestra de uranio tarda unos cuatro mil quinientos millones de
años en desintegrarse[27]. Si
medimos los ritmos correspondientes a otros elementos, y comparamos las
abundancias relativas en los minerales, es posible determinar el tiempo que ha
transcurrido desde la formación de la muestra original. Esto sitúa la edad de
la Tierra en unos cuatro mil quinientos millones de años, que es un resultado
acorde con los indicios geológicos y evolutivos. También se han encontrado
meteoritos con edades cercanas a los cinco mil millones de años. Todo esto
encaja con la idea de que el sistema solar empezó a existir hace unos cinco mil
millones de años, y de que el Sol brilla desde entonces.
Aunque el
calor de la radiactividad explica la edad de la Tierra, y esta nueva fuente
sugiere una manera de que el Sol obtenga energía, todavía falta mucho para
resolver exactamente el problema de cómo lo consigue.
§. El sol
nuclear
Como los elementos radiactivos pueden emitir energía continuamente, la primera
suposición natural era que el Sol estaba hecho de materiales radiactivos. En
1903, William Wilson, un astrónomo inglés, calculó que unos pocos gramos de
radio por metro cúbico del Sol serían suficientes para explicar su potencia.
Ahí estaba la primera demostración de que la energía solar y la radiactividad
podían estar relacionadas, y la cantidad de sustancia necesaria como fuente de
energía era razonable. Sin embargo, esta idea se descartó rápidamente al no
hallarse indicios de la existencia de radio en el espectro solar. Fuera lo que
fuera responsable de la energía solar, no era el radio.
El
elemento más célebre que se ha asociado a la luz del Sol es el helio. El helio
recibió este nombre por Helios, el dios del Sol, pues se había descubierto en
el espectro de la atmósfera solar y está claramente presente en el Sol. No
obstante, el helio no es radiactivo, aunque la radiactividad lo produce, pues
las partículas alfa son núcleos de átomos de helio. Esto estimuló la idea de
que el helio podía ser el residuo, o las cenizas, del proceso principal de
producción de energía en el Sol. Sin embargo, había un problema: en el espectro
solar no había indicios de ninguno de los elementos radiactivos conocidos por
emitir partículas alfa. Sea cual sea el origen del helio en el Sol, no es la
radiactividad, como sucede en la Tierra.
El
principal avance llegó dos años después, cuando la teoría de la relatividad de
Einstein apareció con su famosa ecuación «E = mc2», cuya
consecuencia es que todas las formas de materia tienen energía latente.
Einstein puso de relieve que, si un cuerpo emite una cantidad E de energía, su
masa m se reduce en una cantidad E/c2, donde c es la velocidad de la
luz. En 1913, Rutherford, que había descubierto el núcleo que se halla en el
corazón de cada átomo, comentó que, a las enormes temperaturas del Sol, los
elementos que en la Tierra parecían estables podrían comportarse de modo muy
diferente, y cambiar de un tipo a otro. Al hacerlo, parte de su masa podía
convertirse en energía radiante, por lo que, en consecuencia, la masa del Sol
disminuiría a lo largo de los eones. Esto no es tan sorprendente como parece.
Las reacciones nucleares que transforman los elementos dan mucha energía a partir
de una diminuta cantidad de materia, porque la velocidad de la luz, la c en E =
mc2, es muy grande. Si solo el 1 % de la masa del Sol se
transformara en energía, este podría brillar durante un billón de años. Había
nacido la idea de que el Sol es un horno nuclear, pero tendrían que pasar
varios años para que se encontrara la explicación de cómo funciona realmente.
La teoría
moderna sobre la luz solar empezó en 1920, con una revelación de sir Arthur
Eddington, profesor de astronomía en Cambridge. Como acabamos de ver,
Rutherford ya había sugerido que a grandes temperaturas podían producirse
transformaciones entre elementos que en la Tierra consideramos estables. Aunque
no lo dijo de manera explícita, esto abría la posibilidad de que el helio del
Sol fuera el resultado de una reacción nuclear desconocida en la Tierra. Y en
esto estribaba la propuesta de Eddington: el Sol genera calor y luz
transformando hidrógeno en helio.
Tuvo la
idea a partir de un descubrimiento que su colega Francis Aston había realizado
en el laboratorio Cavendish. Aston había descubierto que la masa de un átomo de
helio es una cientoveinteava parte inferior a la masa de cuatro átomos de
hidrógeno. Esto fue lo que le dio la pista a Eddington. ¿Podía ser el helio que
se había descubierto en la atmósfera solar el residuo de la transformación del
elemento más simple de todos, el hidrógeno, del cual está hecho el Sol? Cada
vez que cuatro protones —los núcleos de los átomos de hidrógeno— se unen en el
interior del Sol, pueden dar lugar a un átomo de helio y «la parte en ciento
veinte» de masa que se pierde se convierte en energía radiante. Es la E = mc2 de
Einstein en acción.
Las
preguntas obvias son dos: ¿por qué no ocurre esto en la Tierra? Y ¿qué tiene el
Sol de especial?
Hay una
propiedad fundamental de la electricidad según la cual las partículas con carga
eléctrica del mismo signo se repelen. Todos los protones tienen carga eléctrica
positiva, de modo que se resisten a unirse. Para obligar a dos protones a
juntarse y dar lugar a la semilla de un átomo de helio, debe superarse esta
fuerza repulsiva. A temperaturas terrestres, los protones son prácticamente
estacionarios y no tienen oportunidad de chocar unos con otros. Como resultado,
a bajas temperaturas el hidrógeno no se fusiona de modo natural para producir
helio.
Las
estrellas, como el Sol, son muy distintas a la Tierra. Su estabilidad es fruto
del equilibrio entre la tendencia de la estrella a colapsarse bajo su propio
peso y la violenta energía térmica que hay en su interior. Se calculó que la
temperatura en el centro del Sol tenía que ser de unos catorce millones de
grados para poder explicar su estabilidad, tamaño, masa y brillo. A tales
temperaturas, los protones se mueven con gran rapidez, y pueden acercarse lo
suficiente como para unirse, o fusionarse, antes de que la repulsión eléctrica
los frene y los separe. Así, en el centro del Sol, los protones pueden juntarse
unos con otros y transformarse en helio.
Eddington
había sugerido cómo produce energía el Sol, pero sin dar detalles. La teoría
completa no llegó hasta 1939, cuando Hans Bethe publicó el artículo «Producción
de energía en las estrellas»[28].
Según la
leyenda, Bethe resolvió el problema durante un viaje en tren desde Washington,
D. C. hasta Cornell, al norte de Nueva York. Físicos y astrónomos se habían
reunido en Washington para discutir cómo producen energía las estrellas. Bethe
era un joven físico nuclear, y ya un experto en transformaciones nucleares,
pero hasta que asistió a esa conferencia no se dio cuenta del interés en la
energía estelar y de la opinión general de que las reacciones nucleares tenían
que estar implicadas. El reto consistía en encontrar ejemplos de
transformaciones nucleares que produjeran suficiente energía como para mantener
la emisión del Sol, pero no tan rápido como para que el Sol se autodestruyera.
Por lo tanto, el objetivo era encontrar las reacciones con el comportamiento
justo, ni demasiado calientes ni demasiado frías: justo las adecuadas para
mantener el horno ardiendo de manera estable a catorce millones de grados.
Figura 3.
El ciclo CNO. El ciclo CNO (carbono, nitrógeno y oxígeno) es el proceso
dominante de producción de energía en las estrellas con más masa que el Sol. El
resultado es la fusión de cuatro núcleos de hidrógeno (protones) para formar un
núcleo de helio, denotado por He. Los núcleos de los elementos que intervienen
se denotan mediante los símbolos H, He, C, N, O. Los superíndices denotan el
número total de constituyentes (protones y neutrones) y los subíndices el
número de protones. La letra γ (gamma) denota un fotón, y ν un neutrino. Este
proceso solo produce neutrinos de energía relativamente baja. Las líneas
onduladas ilustran la emisión de energía en forma de fotones y neutrinos por
parte de la estrella. Los círculos negros representan protones, y los círculos
blancos, neutrones.
Dotado de
la confianza de los jóvenes, Bethe pensó que este debía de ser un problema
fácil de resolver dada su experiencia en física nuclear. Así pues, se puso el
reto de lograrlo en el viaje en tren de vuelta a casa, preferiblemente antes de
que anunciaran la hora de comer. Logró descubrir el ciclo CNO[29],
bastante diferente de lo que había sugerido Eddington. «CNO» significa
«carbono, nitrógeno y oxígeno», y el ciclo se produce cuando los protones de
una estrella que contiene carbono lo convierten primero en nitrógeno, luego en
oxígeno, y luego de nuevo en carbono, debido a la emisión de helio (véase la
figura 3). Era una bonita teoría: se producían energía y helio. Helio, el
elemento que se había descubierto en Helios, el Sol. Parecía perfecto.
En un
vagón de tren, con lápiz y papel, Bethe había resuelto una parte importante del
enigma de cómo funcionan las estrellas. Mientras una estrella tenga carbono
como catalizador, los protones sueltos pueden transformarse en helio y energía,
dejando el carbono disponible para estimular nuevas fusiones. Esto estaba muy
bien, pero llevaba a la pregunta: ¿de dónde salía el carbono? Su teoría
explicaba cómo podían brillar las estrellas más calientes que el Sol, y
aproximadamente un 50 % mayores, pero pronto se dio cuenta de que ese
modelo no era aplicable al Sol, más pequeño y frío, y donde, según sabemos
ahora, el carbono es escaso. Tenía que intervenir otro proceso.
Figura 4.
La reacción en cadena protón-protón (pp) en el Sol. Dos protones representados
por p se fusionan y dan lugar a un deuterón (que consiste en un neutrón, el
círculo blanco, y un protón, el círculo negro) junto a un positrón (e+) y un
neutrino. En (b) otro protón choca con el deuterón, y lo convierte en helio-3 y
un fotón. En (c) vemos la consecuencia de dos de estos procesos: dos núcleos de
helio-3 se combinan y dan lugar a uno de helio-4 y dos protones.
En la
Universidad de Cornell, Bethe decidió estudiar el problema sistemáticamente,
trabajando con toda la tabla periódica de los elementos si fuera necesario. Por
suerte no tuvo que hacerlo, dado que halló la solución nada más empezar con el
elemento más simple de todos: el hidrógeno. Al hacerlo había redescubierto la
idea de Eddington, pero desarrollando sus consecuencias y convirtiéndola en una
descripción cuantitativa que podía comprobarse por medios científicos.
A
temperaturas de millones de grados, como en el centro del Sol u otras
estrellas, se separan los componentes de los átomos de hidrógeno: electrones y
protones. Cuando los protones chocan unos con otros hay la posibilidad de que
ocurran reacciones nucleares de fusión. Lo que ha dado en llamarse «cadena pp»
(de protón-protón) empieza con una colisión entre dos protones en la que se
fusionan formando un deuterón (un protón ligado a un neutrón), un positrón y un
neutrino[30]. El
deuterón se encuentra rodeado de protones, y captura uno casi inmediatamente.
El trío resultante es un núcleo de helio-3, que consiste en dos protones y un
neutrón. Por último, cuando dos núcleos de helio-3 colisionan, dan lugar a la
forma estable del helio, el helio-4, y emiten dos protones. El resultado neto
es que los cuatro protones del principio se han convertido en un único núcleo
de helio-4, y emiten energía en forma de positrones, fotones y neutrinos (véase
la figura 4). Mientras que el ciclo «CNO» necesita temperaturas por encima de
los veinte millones de grados para ser efectivo, la cadena pp funciona a quince
millones de grados, como en el corazón de nuestro Sol.
Los
positrones y los electrones se aniquilan entre ellos emitiendo rayos gamma,
partículas de luz que están mucho más allá del espectro visible. Las partículas
con carga eléctrica son como una barrera para los fotones: los capturan, toman
parte de su energía, y los emiten de nuevo. Estos fotones tardan centenares de
miles de años en llegar rebotando hasta la superficie, donde emergen en forma
de luz visible para nuestros ojos. Los neutrinos salen de inmediato y sin
impedimentos, y llegan a la Tierra en poco más de ocho minutos. Por lo menos,
esto es lo que debía suceder si la teoría de Bethe sobre la luz del Sol era
correcta. Los números cuadraban, y tenía sentido en términos físicos, pero solo
los experimentos podrían decir si era realmente correcta.
En
experimentos realizados en la Tierra hemos visto cómo se comportan los
protones. Cuando dos de ellos colisionan a velocidades parecidas a las de las
partículas en un gas a catorce millones de grados, resulta que pueden acercarse
lo suficiente como para fusionarse. Aun así, es muy improbable: solo en uno de
cada diez mil trillones de encuentros, aproximadamente, dos protones se
fusionan para dar lugar a un deuterón, lo que inicia una cadena pp. En otras
palabras, si usted fuera un protón en el Sol, después de cinco mil millones de
años la probabilidad de que hubiera encontrado un compañero y se hubiera
fusionado con él sería de un 50 %. Sin duda es una probabilidad muy
pequeña, pero hay muchos protones en el Sol. Unos cinco millones de toneladas
de masa, en forma de protones, se convierten en helio cada segundo, y la
energía liberada da calor a la Tierra y luz visible a través del espacio
interestelar. Esa lentitud es una buena noticia, porque ha permitido que el Sol
brillara durante el tiempo suficiente para que los procesos evolutivos dieran
lugar a la vida inteligente en nuestro planeta. Resuelve el interrogante de
cómo el Sol ha podido brillar durante tanto tiempo, y encaja con la edad de
cinco mil millones de años de la Tierra y el sistema solar.
Así,
gracias a la genialidad de Bethe se habían descubierto procesos nucleares que
podían producir calor al ritmo adecuado para explicar el Sol tal como lo vemos,
y también para producir helio como residuo. Conocemos el tamaño del Sol, y su
masa, y vemos su luz. Los cálculos cuadraban. Su explicación encajaba con los
hechos conocidos, que es el primer requisito crítico, pero todavía comportaba
la siguiente pregunta: ¿es esto lo que realmente ocurre en el Sol? La hipótesis
tenía otras importantes consecuencias que nadie había comprobado hasta
entonces: la teoría de Bethe de la fusión nuclear en la cadena pp implica que
se producen neutrinos.
Sin
embargo, cuando propuso la idea en 1939, el neutrino mismo no era más que un
producto de la imaginación de los físicos teóricos. Las reacciones a la teoría
de Fermi habían demostrado ((véase “La teoría de Fermi” en el Capítulo 2) que
el neutrino se veía como algo «alejado de la realidad» o incluso «sin interés».
Los cálculos del propio Bethe con Peierls en 1934 habían demostrado que el
neutrino, suponiendo que existiera, tenía una probabilidad tan pequeña de
chocar contra algo que sería casi con toda seguridad inobservable. Esta
continuaba siendo la visión imperante hasta la publicación del artículo de
Pontecorvo de 1946.
Esta
podría ser la explicación de que el artículo de Bethe no mencionara la
posibilidad de comprobar la teoría detectando neutrinos del Sol. Hubo que
esperar hasta la aparición de las ideas de Pontecorvo y el descubrimiento del
neutrino[31] en
1956 para que empezara a afianzarse la posibilidad de comprobar la idea de
Bethe mediante la búsqueda de neutrinos solares.
Capítulo
5
¿Cuántos neutrinos solares?
Contenido:
§.
Primeras ideas
§. Un atisbo de esperanza
§. Llega John Bahcall
Nunca
llegamos a tener más que una visión superficial del Sol, pues estamos cegados
por la luz ante lo que sucede cientos de miles de kilómetros adentro, en el
corazón de su horno nuclear. Pero si Bethe estaba en lo cierto, los neutrinos
estarían saliendo sin interrupción. Si pudiéramos capturar neutrinos del Sol,
estaríamos mirando realmente dentro del corazón de una estrella. Esto fue lo
que inspiró a Ray Davis.
Para
conseguir encontrar algo, es útil en primer lugar tener alguna idea de lo que
se está buscando. ¿Cuánta energía tiene un neutrino individual? Así sabríamos
qué tipo de detector funcionaría mejor. ¿Es el Sol muy brillante en términos de
neutrinos, o más bien tenue? Esto determinaría la potencia y el tamaño que
debería tener el aparato. ¿Podrían los neutrinos solares ser tan tenues que
resultaran imposibles de detectar? Tener respuestas a estas preguntas sería
crucial. Así explicado, podría dar la impresión de que la teoría de Bethe sobre
el Sol daba lugar a un plan claro y organizado para el diseño de un detector y,
finalmente, para ver los neutrinos solares. En realidad, la situación era muy
distinta. De hecho, nadie pensó demasiado en ello.
La idea
de Bethe, que la fusión nuclear es la base para la producción de energía en las
estrellas, había aparecido por primera vez entre 1938 y 1939, cinco años
después de que Pauli y Fermi presentaran su teoría de la desintegración beta,
la cual incluía el neutrino. Aunque la teoría de Bethe implicaba que el Sol no
solo debería estar produciendo calor sino también enormes cantidades de
neutrinos, ninguno de los primeros artículos sobre la fusión nuclear en las
estrellas mencionaba la posibilidad de detectarlos para comprobar la idea. El
artículo de Bruno Pontecorvo de 1946, que había inspirado el intento fallido de
Ray Davis de capturar neutrinos procedentes de un reactor, solo mencionaba el
Sol en dos frases. Recuérdese que su principal argumento era que el cloro podía
ser un buen detector de neutrinos, siempre que hubiera grandes cantidades de
neutrinos y se tuviera suficiente cloro.
Aunque
Pontecorvo solo había mencionado el Sol de paso, y el artículo que había
suscitado el interés de Davis en primer lugar también incluía la idea solo
brevemente, aun así, había captado su atención. Incluso durante su primer
intento de capturar neutrinos del reactor de Brookhaven, se dio cuenta también
de que su aparato podría capturar neutrinos solares… si el ciclo CNO era
importante.
El cloro
solo es un detector efectivo si el neutrino tiene energía suficiente como para
inducir la reacción[32] que
proporciona el indicio crucial transformando átomos de cloro en argón. Según la
teoría de Bethe, la cadena pp es la más importante de las que se producen en el
Sol, mientras que el ciclo CNO solo predomina en estrellas mayores. Por
desgracia, el proceso de fusión pp emite neutrinos cuyas energías no llegan a
la mitad de la requerida para afectar al cloro. A efectos prácticos, un tanque
de cloro es ciego a ellos. Sin embargo, cuando Ray Davis se interesó por
primera vez en el reto, los astrofísicos todavía estaban debatiendo si el ciclo
CNO podía desempeñar algún papel importante en el Sol. En este ciclo, la
producción de nitrógeno-13 y oxígeno-15 daba lugar a neutrinos dotados de
energía suficiente como para dar una señal en el detector de cloro.
También
le preocupaba el ruido de fondo, efectos aleatorios que podían perturbar el
cloro de un modo parecido a los neutrinos y dar falsas señales: no siempre que
suena una alarma hay realmente un ladrón. Por esta razón, en 1955, Davis
enterró su detector de cuatro mil litros a seis metros de profundidad para
reducir el ruido de fondo debido a los rayos cósmicos. Como vimos en la “LLEGA
RAY DAVIS” (Cap. 3), su intento de capturar neutrinos del reactor no podía
tener éxito, porque un reactor emite grandes cantidades de antineutrinos.
Por lo menos se había predicho que el Sol emitía neutrinos verdaderos, de modo
que esta vez podía albergar esperanzas de éxito.
Por
desgracia, en esto no tuvo mejor suerte. Tras varias semanas era cada vez más
evidente que no había hallado ningún indicio de neutrinos del Sol. En su
informe anunció que, si la energía del Sol provenía del ciclo CNO, entonces su
fracaso a la hora de detectar neutrinos significaba que el ritmo de emisión
tenía que ser bastante pequeño. En consecuencia, o bien la idea de los
neutrinos solares estaba equivocada o bien el ciclo CNO no era importante.
Su
descarte del ciclo CNO mediante el experimento no suscitó demasiado interés
porque, por aquel entonces, los astrofísicos se habían convencido de que el Sol
obtenía la energía principalmente de la cadena pp y no del ciclo CNO. Un
revisor de su artículo lo criticó por varios motivos. En primer lugar, como
entonces (en 1955) no había indicios ni siquiera de que el neutrino existiera,
el fracaso de Davis en su intento de detectarlos no afectaba demasiado a
nuestros conocimientos sobre el Sol. En segundo lugar, incluso si se producían
de este modo, el experimento de Davis no tenía sensibilidad suficiente como
para detectarlos, pues de todos modos el ciclo CNO es insignificante en el Sol.
Se comparó su tarea con la de alguien que intentara alcanzar la Luna con la
mano extendida desde lo alto de una montaña, y al fracasar llegara a la
conclusión de que la Luna está a más de tres metros de la cima[33]. En
pocas palabras: nada apasionante.
§. Un
atisbo de esperanza
En 1958 se produjo un dramático descubrimiento sobre los procesos nucleares
que, según creía Bethe, proporcionaban energía al Sol.
En la
cadena pp que produce helio, la fase final da lugar a helio-4, tras la colisión
de dos núcleos de helio-3. Si en todo el Sol no hubiera nada más que protones,
esto sería todo. Sin embargo, el Sol lleva cinco mil millones de años haciendo
esto, de modo que también tiene mucho helio-4. En este mismo momento, el ciclo
pp está produciendo helio-3, y cabe la posibilidad de que, en lugar de
encontrarse con más helio-3 recién creado, choque con antiguo helio-4. Cuando
esto ocurre, el helio-3 y el helio-4 se combinan y dan lugar a un núcleo,
formado por siete constituyentes, cuatro protones y tres neutrones; es decir,
el núcleo de berilio-7.
Bethe se
había dado cuenta de que esta producción de berilio entraba dentro de lo
posible, pero era raro que se diera. Entonces, en el encuentro anual de la
Sociedad Americana de Física en Nueva York, hubo noticias. En un experimento
realizado en el Laboratorio de Investigación Naval, unos científicos habían
logrado fusionar estos dos núcleos, helio-3 y helio-4, y habían descubierto que
era mil veces más fácil de lo que nadie había sospechado. Esto significaba que
su fusión se producía en el Sol con mil veces más frecuencia de lo que se
pensaba hasta entonces.
Figura 5.
Producción de helio, a través de berilio, boro y neutrinos. El proceso de la
figura 4 ocurre un 85 % de las veces. Casi todo el 15 % restante se debe a la
combinación de helio-3 y helio-4 dando lugar a un núcleo de berilio-7 junto a
un fotón (a). El berilio-7 contiene cuatro protones y tres neutrones. En (b),
el berilio-7 puede capturar un electrón, convirtiéndose en litio-7 (tres
protones y cuatro neutrones) y un neutrino (con una energía inferior a 0,9
MeV). En (c), el litio se combina con un protón y da lugar a dos núcleos de
helio-4. Hay una probabilidad muy pequeña (un 0,01 % o 1 de cada 10 000) de que
el berilio-7 se combine con un protón dando boro-8 (cinco protones y tres
neutrones), que se desintegra y se convierte en berilio-8, y emite un positrón
y un neutrino (d). Este neutrino puede tener una energía tan alta como 15 MeV,
y son estos neutrinos de energía relativamente alta los que podía detectar el
experimento de Davis. Por último (e), el berilio-8 se subdivide en dos núcleos
de helio-4. Los círculos negros representan protones, y los círculos blancos,
neutrones.
Willy
Fowler, uno de los más destacados astrofísicos, había acudido allí desde el
Caltech de Los Ángeles. El anuncio le recordó algo que Bethe le había comentado
una vez: si se producía berilio-7, este podía chocar con un protón solar, y
fusionarse para producir boro-8. Lo emocionante del asunto estribaba en que,
cuando esto sucediera, se emitiría un neutrino con energía superior a la
necesaria para activar un detector de cloro. Los resultados del Laboratorio
Naval implicaban que los núcleos de berilio-7 se producían con mucha más
frecuencia de lo que Bethe había pensado y, tal como observó Fowler, los
neutrinos también. De repente, se había presentado una tentadora posibilidad de
detectar los neutrinos solares. Fowler le escribió a Davis de inmediato, y le
dijo que en realidad el Sol podía estar emitiendo neutrinos en cantidades
suficientes como para que los capturase un detector de cloro.
Cuando
Davis tuvo noticia de ello, su experimento en el reactor de Savannah ya estaba
en marcha. No cabía duda de que se estaban produciendo átomos de argón —señal
de la existencia de neutrinos—, pero las cantidades se ajustaban con
obstinación a las que se habían previsto en el caso de que hubiera
interacciones con los rayos cósmicos. El experimento no era suficientemente
sensible para distinguir los posibles neutrinos solares de aquel ruido de fondo
indeseado. Era como si Davis intentara averiguar si había empezado a llover
desde debajo de una cascada: si había «gotas» de neutrinos solares, estos se
perdían en la cascada cósmica. Si iba a lograr algo mejor que su fracaso de
1955, tendría que reducir el efecto de los rayos cósmicos. Un científico lo
resumió sucintamente[34]: así
como los astrónomos suben a la cima de las montañas para alejarse de las luces
de la ciudad, el experimento de Davis tendría que adentrarse a gran profundidad
en el subsuelo para evitar los efectos de las auroras boreales.
La mina
de piedra caliza de Barberton, en Ohio, tiene una profundidad de setecientos
metros. Inspirado por la noticia de que la producción de berilio-7 era grande,
a finales de 1959 Davis y un colega, John Calvin, instalaron el tanque del
experimento de Savannah en la mina y empezaron a tomar medidas. Buscaban
neutrinos emitidos al combinarse el berilio-7 con un protón y dar berilio-8.
Acababan de empezar cuando llegaron malas noticias: mientras que los
experimentos de física nuclear habían demostrado que la producción de berilio-7
era fácil, el siguiente paso decisivo, la combinación con un protón para dar
berilio-8, resultó ser difícil. El pesimismo generado por dichas noticias se
acentuó porque esta vez Davis tampoco consiguió ver ningún indicio convincente
de los neutrinos solares.
Detectar
neutrinos emitidos por los reactores nucleares aquí en la Tierra ya había sido
bastante difícil. Hacia 1960 estaba quedando de lo más claro que buscar
neutrinos solares iba a ser una tarea ardua en el mejor de los casos, si no
imposible. Fred Reines, quien junto a Clyde Cowan había obtenido las primeras
detecciones de neutrinos de reactores nucleares, escribió un artículo[35] ese
año, en el que llegaba a la conclusión de que la búsqueda de neutrinos solares
tal vez no tuviera éxito «ni siquiera con detectores de miles, ni con cientos
de miles de litros de C2Cl4 [tetracloroetileno o
líquido de limpieza]», y que tal esfuerzo en condiciones adversas «tiende a
disuadir a los experimentadores de realizar el intento».
En esta
fase, Davis estaba profundamente implicado en su búsqueda, en todos los
sentidos del término: setecientos metros de profundidad podrían no ser
suficientes, y cuatro mil litros eran ciertamente demasiado pocos. Si Reines
tenía razón, Davis estaba persiguiendo un fantasma. Durante esa deprimente
época, Willy Fowler recibió, para su evaluación, un artículo de un joven físico
teórico llamado John Bahcall. Como resultado de este encuentro fortuito,
Bahcall y Davis se vieron empujados a una búsqueda que los absorbió durante el
resto de sus vidas.
§. Llega
John Bahcall
John Bahcall nunca había esperado convertirse en científico. Nacido en Luisiana
en 1934, lo que más le interesaba en el instituto era jugar al tenis, hasta que
en el último curso descubrió que tenía un talento de naturaleza académica: el
debate. En 1952, él y un colega suyo ganaron la competición nacional de debates
de la educación secundaria estadounidense, a consecuencia de lo cual se
matriculó en la universidad estatal para estudiar Filosofía. En aquel momento
su ambición era convertirse en rabino.
Al
terminar el primer año académico se apuntó a un curso de verano, en la
Universidad de California en Berkeley, y le encantó. Se las arregló para
matricularse en Berkeley como estudiante a tiempo completo. Aún le interesaba
la filosofía, pero para licenciarse era necesario un curso de ciencias. Fue así
como se enamoró de la física.
Durante
sus estudios de Filosofía había leído a Bertrand Russell. El comentario de
Russell sobre la insignificancia de los humanos en el universo inspiró el
interés de Bahcall por la astronomía. Sin embargo, su carrera solo lo llevó a
ese campo debido a una serie de azares.
En 1960
estaba en la Universidad de Indiana asistiendo a clases sobre la teoría de la
interacción débil[36], la
fuerza que controla la desintegración beta y el comportamiento de los
neutrinos. Dicha teoría se había establecido en 1934, a raíz del incomprendido
artículo de Fermi. Para profundizar en su comprensión de la desintegración
beta, Bahcall se planteaba problemas a sí mismo. Uno de ellos era la
desintegración beta inversa, en la cual se capturaría un electrón y se
liberaría un neutrino. Las lecciones al uso trataban sobre la captura de
electrones de sus órbitas en los átomos. Como ejercicio para comprobar que
entendía los principios, Bahcall calculó qué sucedería si en un primer momento
los electrones se estuvieran moviendo libremente en lugar de estar atrapados
dentro de los átomos.
Un día,
mientras almorzaba con el astrónomo Marshall Wrubel, este le preguntó en qué
trabajaba. Bahcall le habló de sus cálculos, pero expresó su decepción, pues al
sustituir valores en las ecuaciones que había deducido le parecía que nada de
lo calculado se podría medir jamás. Ese era el problema de los neutrinos:
resultaban fascinantes desde el punto de vista teórico, pero desde el
experimental sus efectos estaban en el límite de lo detectable, o incluso más
allá.
Entonces
Wrubel hizo el comentario que iba a determinar el resto de la vida de Bahcall:
tal vez lo que sucediera dentro de las estrellas fuese la captura de electrones
en movimiento libre. Wrubel sugirió que quizá fuera allí donde podría albergar
alguna esperanza de que sus ideas dieran fruto. El lugar donde empezar, añadió,
era el artículo clásico de Margaret y Geoffrey Burbidge, Fred Hoyle y Willy
Fowler, que explicaba cómo se forman los elementos en las estrellas, y se
consideraba la biblia de la astrofísica nuclear.
Cuando
Bahcall leyó el artículo vio que Fowler había elaborado una tabla a modo de
apéndice, en la que enumeraba las propiedades características de los núcleos
atómicos implicados en la formación de los elementos más pesados. Varias de
ellas implicaban la existencia de desintegraciones beta. Eran importantes por
ser las más lentas, y como tales establecían las escalas de tiempo según las
cuales los elementos más ligeros se unían para formar otros más pesados. Fowler
había supuesto que los ritmos eran iguales que los medidos en el laboratorio,
pero los cálculos que había hecho Bahcall le habían demostrado que los ritmos
de captura de los electrones que se movían libremente (como en las estrellas)
eran diferentes de los que estaban atrapados en orbitales atómicos (como en la
Tierra). En resumen: una de las suposiciones básicas de aquel artículo
fundacional estaba equivocada.
La
consecuencia era que la probabilidad de que un electrón fuera capturado en las
frescas condiciones de laboratorio en la Tierra y en el plasma de una estrella
no tenían por qué ser iguales. Aunque los efectos de la enorme temperatura del
Sol podían simularse en el laboratorio hasta cierto punto, haciendo colisionar
los núcleos atómicos relevantes a energías correspondientes a aquellas
temperaturas, no podía hacerse lo mismo con la enorme densidad del centro del
Sol, que es catorce veces la del plomo. No obstante, la mecánica cuántica puede
usarse para calcular sus efectos. Esto es lo que había hecho Bahcall.
Escribió
un breve artículo donde indicaba que los ritmos de los procesos de
desintegración beta en las estrellas serían diferentes de los que estaban
usando los astrofísicos. Lo sometió a la consideración de Physical
Review, donde apareció debidamente[37]. Para su
sorpresa, y antes de que el artículo fuera publicado, recibió una carta al
respecto de Willy Fowler en persona. Como Bahcall no había enviado ningún
ejemplar a nadie más que al editor, esto solo podía significar una cosa: le
habían pedido a Fowler que evaluara el artículo. No era ninguna sorpresa que
Fowler fuera la elección natural: al fin y al cabo, había sido su tabla la que
había inspirado la investigación de Bahcall. La sorpresa era que la carta le
ofrecía un puesto para trabajar con Fowler en Caltech.
Fowler
había actuado de manera decisiva. Además de atraer a Bahcall a Caltech había
escrito otra carta; en este caso, a Ray Davis.
Recuérdese
que, en la búsqueda de neutrinos solares, el entusiasmo suscitado por el
descubrimiento de que el berilio-7 era mil veces más fácil de producir de lo
que se creía hasta entonces había quedado enfriado por el resultado
experimental de que resultaría difícil dar el siguiente paso, en el cual un
protón chocaba con el berilio-7 y lo transformaba en berilio-8 emitiendo el
neutrón decisivo. No obstante, a la luz del artículo de Bahcall, podía haber
dudas sobre si las medidas experimentales que implicaban la utilización de
berilio y protones en el laboratorio implicarían necesariamente tan malas
noticias respecto a la producción de neutrinos en el Sol. Sin embargo, los
cálculos de Bahcall no habían incluido este caso en particular.
Cuando
Fowler vio el artículo de Bahcall y se dio cuenta de su relevancia, le escribió
a Davis que había «un tipo en Indiana» que sabía calcular cómo funciona la
física nuclear en el Sol. De este modo, en febrero de 1962 Davis le escribió
una carta histórica a Bahcall en la que le preguntaba sobre aquel proceso en
concreto. Bahcall empezó a hacer cálculos.
En 1963
había completado su primer intento. No daba muchos ánimos. Los números de
Bahcall demostraban que existía una diferencia entre lo que se había medido en
la Tierra y lo que debería pasar en el Sol, pero incluso cuando esto se tenía
en cuenta resultaba que un tanque de cuatro mil litros solo capturaría un
neutrino cada cien días; es decir, menos de un puñado en un año. Tampoco
animaba a la construcción de un dispositivo experimental más grande, pues
incluso con cuatrocientos mil litros solo se capturaría un neutrino al día. En
líneas generales, a los astrónomos no les interesaba lo que se consideraba un
experimento caro de todos modos, y que, además, no parecía tener muchas
posibilidades de detectar realmente los neutrinos solares.
Davis era
diferente, y estaba ansioso por construir un dispositivo con cuatrocientos mil
litros. En primer lugar, su experiencia con el dispositivo de cuatro mil litros
en la mina de Barberton le hacía confiar en que un incremento según un factor
de cien era factible. También tenía la sensación de que un tanque de aquel
tamaño podía funcionar con eficiencia: Davis se había formado como químico y
estaba seguro de que sería capaz de extraer incluso los muy escasos átomos de
argón que «delatarían» a los neutrinos solares. Además, creía que podría hacer
el tanque lo suficientemente resistente a las filtraciones como para evitar la
contaminación por argón del aire y los alrededores. Esta protección sería
fundamental si tenía que estar seguro de que un simple puñado de aquellos
átomos se había producido realmente dentro de su aparato.
Parecía
que el principal problema podrían ser los rayos cósmicos que llegaran hasta el
dispositivo experimental, produjeran argón cuando colisionaran y fueran
confundidos con los neutrinos. Para solucionarlo, Davis y Bahcall llegaron a la
conclusión de que la tarea debía realizarse por lo menos a 1220 metros bajo
tierra. ¿Dónde iban a encontrar una caverna adecuada, con la profundidad y el
tamaño suficientes? Incluso si hubiera alguna que reuniese estas
características, ¿sería adecuada en la práctica para realizar un experimento
científico? En 1963, tal empresa se consideraba un riesgo enorme. Pocos
pensaban que pudiera tener éxito.
A pesar
de todo, Davis y un colega, Blair Munhofen, empezaron a buscar minas profundas
en Estados Unidos. ¿Cómo se podía hacer tal cosa en los tiempos anteriores a
Google? Pues consultando a la Oficina Nacional de Minas, la cual recomendó dos
que parecían cumplir sus requisitos: la mina de cobre de Anaconda en Butte, en
Montana, y la mina de oro de Homestake en Lead, en Dakota del Sur.
Cuando
Davis y Munhofen visitaron las minas para echar un vistazo por sí mismos, se
encontraron con buenas y malas noticias. Los propietarios de la mina de
Anaconda deseaban que se usara y propusieron un precio razonable a cambio de
una cavidad cilíndrica rodeada de cemento a 1280 metros de profundidad. Por
desgracia la caverna era demasiado pequeña. La mina de Homestake parecía más
prometedora: el tamaño no era ningún problema. A 1480 metros de profundidad
podía abrirse una cavidad lo suficientemente grande como para albergar un
dispositivo de cuatrocientos mil litros, un volumen del tamaño de una piscina
olímpica. De momento, bien. Sin embargo, los costes estimados de la excavación
en Homestake eran muy grandes, por lo que decidieron continuar la búsqueda de
un lugar adecuado.
Encontraron
la mina de Sunshine en Kellogg, en Idaho. Esta mina de plata tenía una
profundidad de 1640 metros, la roca era lo bastante fuerte para la excavación
y, por fin, los costes parecían razonables. Aunque no había dinero para su
propuesta, ni siquiera una promesa formal de ninguna agencia para la
financiación, por lo menos sabían que había un lugar donde podía llevarse a
cabo un experimento con cuatrocientos mil litros.
Capítulo
6
Ciencia subterránea
Contenido:
§.
Empieza el trabajo
§. ¿Cuántas SNU?
§. La «mejora de la piscina»
En la
década de 1960, el Instituto Niels Bohr de Copenhague era uno de los
principales centros de física nuclear del mundo. Entre los miembros del
profesorado figuraban Aage Bohr, hijo de Niels, y Ben Mottelson, que estaban en
la cima de su capacidad creativa, construyendo su teoría de la estructura
nuclear por la que ganarían el Premio Nobel en 1975 (compartido con el
estadounidense James Rainwater). En el verano de 1963, Bahcall visitó el
Instituto para dar una charla sobre sus cálculos. Y lo que sucedió a
continuación lo cambiaría todo.
Empezó
con un repaso de la física nuclear que interviene en la fusión solar y mostró
sus cálculos del número de neutrinos que deberían producirse. Los expertos que
lo escuchaban estaban de acuerdo con lo que oían. Luego pasó a hablar de cómo
debían detectarse los neutrinos, y describió su absorción por el cloro y la
transformación de este en argón. Fue en este punto donde Ben Mottelson notó
algo.
Se dio
cuenta de que Bahcall había calculado el ritmo de conversión suponiendo que el
neutrino convertía el cloro directamente en argón. Esto podía ocurrir en
realidad, pero lo que Mottelson había visto era que los neutrinos solares
tenían energía suficiente como para que el núcleo de argón resultante tuviera
más energía interna que la que suele tener en su «estado fundamental». Era
suficiente para que el núcleo estuviera en un estado «excitado» en el que un
neutrón del cloro se transforma simplemente en un protón sin la
reestructuración necesaria para formar el estado fundamental. Después, el
estado excitado podía revertir al estado normal, al emitir el exceso de energía
como un rayo gamma. A Mottelson le parecía que esto en realidad podría ser más
fácil que el proceso en el que Bahcall se había centrado.
«¿Ha
comprobado esto?», inquirió Mottelson. Bahcall admitió que aquella posibilidad
no se le había ocurrido.
Era una
idea intrigante. Bahcall se puso a trabajar para ver qué efecto podía tener, y
la respuesta resultó ser todo lo que había estado esperando: era veinte veces
más fácil que el cloro capturara neutrinos de ese modo. La consecuencia era que
el detector de Davis capturaría neutrinos veinte veces más rápido de lo que se
creía hasta entonces. Mientras que los cálculos de Bahcall habían predicho que
Davis capturaría un solo neutrino a la semana, de repente cabía la posibilidad
de que se capturara un puñado cada día. Aunque todavía era un número pequeño,
empezó a dar una fascinante esperanza de éxito. Volvía el optimismo.
En
noviembre de 1963 presentaron sus ideas sobre la viabilidad de un detector de
cloro de cuatrocientos mil litros para neutrinos solares en un congreso
internacional sobre evolución estelar celebrado en el Instituto para Estudios
Espaciales en Nueva York. La acogida fue tan discreta que ni se mencionaron sus
ideas en el discurso de clausura. Nada desalentados, y seguros de que habían
dado con un experimento realista, fueron al Laboratorio Nacional Brookhaven
para convencer a su director, Maurice Goldhaber, de que destinara parte del
presupuesto científico del laboratorio a apoyar el proyecto. Para tener alguna
posibilidad de éxito, dada la falta de entusiasmo por parte de la comunidad
astrofísica, decidieron plantear su petición de modo que se ajustara a los
intereses de Goldhaber.
Davis
sabía que Goldhaber, un distinguido físico nuclear, era escéptico acerca de la
capacidad de los astrónomos para «decir algo correcto sobre algo interesante[38]», de
modo que no había mucho que ganar poniendo el énfasis en la relación del
experimento con el Sol. Bahcall, sin embargo, era joven, estaba entusiasmado y
«lleno de cálculos que he hecho sobre el Sol». Davis le explicó que Goldhaber
desconfiaba de los astrofísicos, y dijo que tenían que estar de acuerdo sobre
la táctica. Insistió en que confiara en él, lo dejara hablar sobre el
experimento, y limitara sus comentarios a la física nuclear, al mayor ritmo de
captura de neutrinos, y cómo esa idea podía ponerse a prueba en Brookhaven. Con
cierta resistencia, Bahcall aceptó.
Como
Davis había esperado, a Goldhaber le interesaron mucho las ideas relacionadas
con la física nuclear y, de hecho, también aprobó el experimento de los
neutrinos solares. Al fin y al cabo, Davis y Bahcall se habían atrevido a
mencionar esa motivación. Lo que habían dicho era que si el experimento
demostraba que el ritmo de captura de neutrinos solares era diferente del que
había predicho la teoría, eso confirmaría la convicción de Goldhaber de que los
astrofísicos «no sabían realmente de qué hablaban».
Para
fortalecer todavía más su defensa del experimento completo, escribieron un
artículo cada uno: Davis, sobre el experimento propuesto, y Bahcall, sobre la
teoría que lo apoyaba. Sus artículos aparecieron uno detrás de otro en el Physical
Review Letters del 16 de marzo de 1964. El artículo de Davis informaba
sobre los resultados de las pruebas con el detector de cuatro mil litros, que
consistía en dos tanques separados de dos mil litros cada uno, situados en la
mina de piedra caliza setecientos metros por debajo de Barberton, en Ohio.
Impresionaba lo cuidadoso del experimento. Como la señal de neutrinos solares
sería a lo sumo un puñado de átomos de argón, y como el aire mismo contiene ese
elemento, habían empezado purgando los tanques con gas de helio para eliminar
cualquier traza de argón.
Tras
dieciocho días de funcionamiento comprobaron si había indicios de argón
radiactivo. La buena noticia era que tenían algunos, pero demasiado pocos para
decir con seguridad si la causa de las trazas eran los neutrinos solares,
alguna otra actividad de fondo, o incluso si habían quedado residuos tras la
purga de aire inicial. No obstante, el hecho de que pudieran medir cantidades
tan pequeñas, justo en el límite de lo que permitía distinguir una señal del
ruido de fondo, demostraba que en principio la idea era viable. Calcularon que
cuatrocientos mil litros de líquido bastarían para mejorar la señal con
relación al ruido. Sin embargo, para que el experimento resultara práctico,
tendría que estar a una profundidad mucho mayor, quizá 1370 metros bajo la superficie,
en cuyo caso estimaban que nueve de cada diez átomos de argón radiactivo se
deberían a los neutrinos solares.
Por lo
menos sabían de una ubicación adecuada, la mina de Sunshine. Lo que necesitaban
era la financiación. También necesitaban convencer a otros de que realmente
podían llevar a cabo la tarea con éxito.
Bruno
Pontecorvo celebró un seminario especial en Leningrado para informar sobre los
artículos de Davis y Bahcall. Había mucho interés, pero tiempo después
Pontecorvo dijo que él era la única persona presente que creía que el
experimento tendría éxito. Hubo una publicidad más amplia, que no todos
apreciaron, cortesía de un artículo en la revista Time. Aunque hoy
en día la ciencia tiene mucha presencia en los medios de comunicación, y los
científicos siempre están a punto para dar publicidad a su trabajo, en 1964
esto no estaba tan bien visto. Sin embargo, la publicidad en Time tuvo
ventajas inesperadas, pues ayudó a difundir su búsqueda de una mina adecuada y
a conseguir un tanque adecuado para su detector. Davis dijo después que «esa
gente del tanque nos tomó más en serio tras el artículo de Time[39]».
Goldhaber
tuvo que quedar convencido, porque el dinero para el experimento salió del
presupuesto para química de Brookhaven. Jamás se envió ninguna propuesta formal
a las agencias federales de financiación[40].
§. Empieza
el trabajo
Por fin tenían fondos, pero de repente no había mina. La previsión de instalar
el experimento en la mina de Sunshine falló. La mina de Homestake estaba
disponible, pero era demasiado cara. En esto los ayudó la publicidad de Time.
Se le pidió a la administración de la mina de Homestake que reconsiderara el
proyecto, y esta ofreció un presupuesto menor: la excavación podía hacerse por
125 000 dólares, y los trabajos podían empezar la primavera de 1965. También se
contaba con una ventaja añadida: la cavidad era mayor que en Sunshine.
La
excavación de la roca empezó en mayo de 1965, y la caverna estaba lista en
agosto. Davis y Blair Munhofen, un colega suyo que había llevado la mayor parte
de las negociaciones con la mina, bajaron por el pozo con sus anfitriones, la
oscuridad rota solo por las linternas de los cascos de seguridad de los
mineros. Los guiaron al interior de la caverna y empezaron a echar un vistazo a
su alrededor con esas linternas cuando de repente se encendieron las luces e
iluminaron el vacío. Miraron la enorme estancia, de diez metros de ancho por
veinte de largo, con un techo diez metros por encima de ellos, alambradas en
las paredes, pedestales de hormigón en el suelo como soporte para el tanque, y
un monorraíl para la grúa en el techo. La gente de Homestake y los científicos
estaban todos muy satisfechos. Ahora el reto era construir el tanque y bajarlo
por el pozo.
La
Chicago Bridge and Iron Company (CBI, Compañía de Hierro y Puentes de Chicago)
construyó el tanque. Para la escala de los experimentos que habían sido la
norma por aquel entonces, los científicos pensaron que se trataba de algo
grande. La gente de CBI, en cambio, lo encontró muy pequeño, y más tarde
dijeron que normalmente no se habrían interesado en construir lo que
consideraban un pequeño tanque convencional, pero que «estaban intrigados por
los objetivos del proyecto y la ubicación poco usual[41]». Otra
característica del tanque era que debía estar completamente sellado para evitar
cualquier filtración de aire, y por lo tanto de argón, hacia el interior. Esto
era algo que dominaban en CBI: ya habían construido cámaras espaciales para la
NASA. El recipiente quedó completado en 1966, y su interior se limpió a
conciencia mediante chorros de arena y se restregó con disolvente. Comprobaron
su radiactividad para estimar cuántas conversiones a argón podrían ocurrir
debido a la radiactividad natural del aparato. Por fin todo estaba a punto para
llenar el tanque.
Los
cuatrocientos mil litros de líquido limpiador tenían que comprarse, trasladarse
a las instalaciones y bajarse a 1,6 kilómetros bajo tierra. Diez vagones de
tren llenos de la sustancia se trasladaron desde la Frontier Chemical Company
en Wichita, en Kansas, hasta la instalación de Dakota. Entonces se introdujo el
líquido en tanques diseñados ex profeso, con una capacidad de 2500 litros cada
uno, que podían pasar por el pozo y por los raíles subterráneos de la mina, y
ser izados por la grúa. Se tardó varias horas en cargar, transportar y vaciar
cada tanque individual. Los 150 viajes duraron cinco semanas, con la ayuda del
operario de la grúa de Homestake y cinco científicos. Una vez completada esta
fase, se practicó una serie de purgas para eliminar cualquier traza de aire, no
solo del aire que ya había estado presente en el tanque, sino también del que
estaba disuelto en el cloro mismo.
Hacia el
final del verano de 1966 el experimento estaba a punto para empezar. El coste
total era de 600 000 dólares o, como lo describió Davis cuando se lo
preguntaron en un congreso: «Diez minutos de publicidad en televisión». Habían
pasado veinte años desde que Pontecorvo propusiera por primera vez la
utilización del cloro para detectar neutrinos. Habían transcurrido ya siete
años desde el primer intento fallido de Davis. Pero nadie esperaba que pasaran
treinta años más antes de que se comprendiera plenamente el significado de lo
que estaban a punto de hacer.
§. ¿Cuántas
SNU?
Con el experimento instalado, y a punto de empezar, la pregunta era la
siguiente: ¿cuántos neutrinos esperaban encontrar? Bahcall había ido mejorando
la precisión de sus cálculos durante los cuatro años que había estado implicado
en la búsqueda. Estos incorporaban todo lo que sabía sobre el funcionamiento
del Sol y las varias reacciones nucleares que se supone que le dan energía. A
partir de todo esto, calculó la energía y el número de neutrinos que el Sol
emite cada segundo.
Dichos
neutrinos se esparcen por todo el espacio de modo que ese aluvión irradia la
Tierra de manera permanente. Teniendo esto en cuenta, llegó a la conclusión de
que 66 000 millones de neutrinos solares atraviesan un centímetro cuadrado
(aproximadamente el tamaño del ojo) cada segundo. Este es el número total, pero
pueden generarse de varias formas distintas. Como resultado, no todos tienen la
misma energía. La cuestión de a cuántos de ellos sería sensible su detector
basado en el cloro resultaría crucial para el experimento de Davis.
Según los
cálculos de Bahcall, 60 000 millones se originan en las reacciones de fusión
primarias por las que núcleos de hidrógeno —protones— se combinan en una serie
de pasos para formar helio-4. La gran mayoría tendría demasiada poca energía,
por sí solos, para activar el cloro en el detector de Davis, así que no tenía
ninguna posibilidad de capturarlos. Sin embargo, otros procesos producen
neutrinos, pues no todas las reacciones nucleares acaban dando helio-4. Como
muestra la figura 5 de “UN ATISBO DE ESPERANZA” (Cap. 5), se necesitan varios
pasos para llegar al helio-4, y por el camino pueden producirse colisiones que
dan lugar a distintos resultados. Por ejemplo, en un paso intermedio se genera
helio-3. Y, como hemos visto, es posible que un núcleo de helio-3 choque con un
núcleo de helio-4 producido con anterioridad.
Esta
fusión de helio-3 y helio-4 da lugar a berilio-7, y también produce un
neutrino. Bahcall estimó que se forman de ese modo unos cinco mil millones de
los 66 000 millones que atraviesan el ojo del lector cada segundo. Pero esto
tampoco es todo. La mitad del Sol consiste todavía en protones libres, y el
berilio-7 puede combinarse a su vez con uno de ellos para dar boro-8. En este
caso también se emite un neutrino, y, lo que es más, con energía suficiente
para ser registrado si fuera a chocar con un átomo de cloro en el detector de
Davis.
Esta es
la buena noticia. Por desgracia, esa reacción crítica es rara: como ya hemos
dicho, de cada diez mil millones de neutrinos solares, solo un millón —una
diezmilésima del total— provienen de esa fase tardía. Por lo tanto, el detector
de Davis sería ciego a todos los neutrinos excepto a esos pocos.
Así que,
en el mejor de los casos, Davis no podría ver sino el más tenue vislumbre del
espectro completo de los neutrinos solares. Y para empeorar las cosas, casi
todos ellos atravesarían la Tierra entera, y ya no digamos su detector, sin
perturbar nada. ¿Cuántos neutrinos solares podía aspirar a capturar Davis?
Bahcall introdujo estos factores en sus fórmulas para obtener la respuesta
definitiva. Expresó el resultado en «SNU», pronunciado «esníu», de solar-neutrino-unit o
unidad de neutrinos solares. Como esto se ha convertido en parte de la
terminología estándar de la física moderna, vale la pena dedicar un momento a
explicar qué significa y por qué lo inventó.
A partir
de la teoría de Fermi de la desintegración beta, es posible calcular la
probabilidad de que un neutrino choque con un átomo individual, dándose a
conocer. Como ya dijimos, el número es tan pequeño que se creyó que no sería
bueno para nada. Bahcall usó la teoría[42] para
calcular que en el caso de un neutrino generado conjuntamente con boro-8 la
probabilidad de que chocara con un átomo individual de cloro-37 era solo de uno
entre diez, seguido de 36 ceros cada segundo, o 10−36. En otras
palabras, esto significa que un átomo de cloro-37 tendría que esperar tantos
segundos como uno y 36 ceros, es decir, unos diez mil millones de veces el
tiempo transcurrido desde el Big Bang, antes de tener una
probabilidad del 50 % de capturar uno de esos neutrinos. Es obvio que se
necesitaba una manera de contar más amena. En lugar de decir un trabalenguas
como «uno de cada diez a la menos 36 por segundo», se ha convertido en
costumbre referirse a este ritmo de captura como «1 SNU».
Sin duda
es un número pequeño, pero, por fortuna, la naturaleza también nos da algunos
números grandes que pueden amplificarlo. La materia en grandes cantidades
contiene billones y billones de átomos, cada uno de los cuales tiene esa
pequeña probabilidad. Un poco multiplicado por mucho puede ser medible, y en
cuatrocientos mil litros de líquido limpiador hay muchos átomos de cloro-37:
más o menos dos seguido de treinta ceros, o 2 × 1030, en total. Así
que el tiempo de espera medio para una captura individual por un átomo
cualquiera en algún lugar dentro del tanque, si el ritmo de captura es de 1
SNU, sería solo de medio millón de segundos aproximadamente, o seis días.
Luego, tomando el número de SNU que había predicho Bahcall se obtiene el número
de capturas en seis días.
Para
calcular el número, Bahcall usó los mejores modelos del interior del Sol,
introdujo datos sobre varias reacciones nucleares que se habían medido en
experimentos en la Tierra, e incluyó el mecanismo de captura que Mottelson
había sugerido para el cloro. Tras combinarlo todo anunció la respuesta: el
ritmo sería de 7,5 SNU con un margen de error de hasta 3 SNU hacia arriba o
hacia abajo[43].
Alrededor de un 80 % de este ritmo esperado se debería a los neutrinos
producidos en la desintegración del boro-8 radiactivo, el cual, según Bethe
había predicho mucho antes, se formaría mediante la captura por el berilio-7 de
un protón de los que constituyen la principal fuente de energía del Sol. Con su
experimento, Davis esperaba detectar los neutrinos producidos en ese proceso.
En 1968,
dos años después de haber empezado el experimento, Davis estaba preparado para
anunciar sus primeros resultados: si estaba viendo neutrinos solares en
absoluto, las cantidades eran, con mucho, demasiado pequeñas. Suponiendo que el
experimento estaba funcionando correctamente, estaba obteniendo un valor que
era a lo sumo de 3 SNU. Si los cálculos de Bahcall también eran correctos,
había algún problema en alguna parte.
Por un
lado, el experimento de Davis era el único en el que se afirmaba haber
descubierto neutrinos solares. Este era un logro singular, pero no consiguió
mucho impacto porque los valores demasiado bajos hicieron que muchos se
cuestionaran la fiabilidad de la investigación entera. ¿Cuán seguro podía estar
Davis de que lo que estaba midiendo eran neutrinos solares? ¿Cuán bien sellado
estaba su detector? ¿Podía el argón entrar desde el exterior, o formarse de
otro modo? ¿Podía Davis convencer a los escépticos de que realmente era capaz
de medir cantidades tan pequeñas en tamaña acumulación de átomos?
Willy
Fowler había desafiado a Davis al respecto: inyecte 500 átomos de argón-37
radiactivo en el tanque, mézclelo y luego extráigalos todos. Davis lo hizo, y
extrajo cada uno de ellos.
Algunos
estaban convencidos de que el experimento hacía realmente lo que se pretendía,
pero discrepaban sobre el significado de todo ello. Los que no se dedicaban
principalmente a la astrofísica dijeron que si los datos de Davis demostraban
que el Sol en realidad emitía menos neutrinos que los que había predicho el
modelo estándar del Sol, entonces aquello era el fin de dicho modelo. Muchos
sostenían la misma opinión de Goldhaber, quien al final había aceptado
suscribir el experimento, de que en líneas generales los astrofísicos no sabían
de qué estaban hablando. Estos, por su parte, insistían en que sí lo sabían, y
que era otra cosa la que fallaba. Quizá los datos, que no eran muy abundantes,
nos estaban engañando: lance una moneda al aire unas cuantas veces y podría
salir cara cada vez por pura casualidad, pero si continúa haciéndolo tras
varios intentos, esto probablemente significa que tiene una moneda de dos
caras. Para afrontar este reto sería necesario mejorar la eficiencia del
detector y continuar reuniendo datos.
El tamaño
del aparato ya estaba fijado, y la recuperación del argón y el análisis químico
eran prácticamente perfectos, así que no había mucho margen de maniobra. Se
sabía que el fondo de rayos cósmicos era pequeño, pero la señal de los
neutrinos solares también estaba resultando pequeña, de modo que el efecto
relativo del ruido de fondo en realidad era grande. La principal posibilidad de
mejora sería reducir todavía más el ruido de fondo, de una u otra manera.
Incluso a una profundidad de 1,6 kilómetros, cada semana los rayos cósmicos
generaban dos átomos de argón-37 en el tanque, y, para que el experimento fuera
convincente, esto tendría que reducirse a uno cada mes, como mucho. Esa era la
respuesta, pero la pregunta era la siguiente: ¿cómo podía hacerse?
§. La
«mejora de la piscina»
Estaban en una situación fascinante y frustrante a la vez: podrían ser los
primeros seres humanos que hubieran mirado en el interior de una estrella, pero
eran incapaces de convencer a nadie de que habían tenido éxito. Su «cámara» no
era, ni por asomo, lo bastante buena. Tenían que encontrar la manera de
eliminar el ruido de fondo para que la débil señal destacara.
Discutieron
varias ideas en las pausas para tomar el café, durante el almuerzo y después
del trabajo en la piscina de Caltech. Una tarde, mientras estaban ahí
relajándose, tuvieron un golpe de suerte. El astrónomo Gordon Garmine los vio y
fue a hablar con ellos. Les contó que había oído lo del experimento con cloro,
y lo de sus problemas con el ruido de fondo, y se preguntaba si podría ser de
ayuda un truco que se usaba en su oficio. Se basaba en algo que los expertos en
electrónica llaman «discriminación del tiempo de subida de un pulso». Aunque
parezcan sacadas de un complicado manual, esas palabras describen exactamente
el fenómeno.
En
ciertos tipos de detector, los pulsos eléctricos tardan tiempo en subir hasta
un máximo. Cuando se capturan electrones, como por ejemplo en los eventos
inducidos por los neutrinos, el pulso sube muy rápidamente hasta su máximo.
Esto difiere bastante de los pulsos de crecimiento lento que causan los rayos
cósmicos. Parecía el modo ideal de filtrar los eventos de fondo indeseados.
Pero ¿podía hacerse?
Los
técnicos de Brookhaven a quienes había consultado Davis dijeron que la idea
funcionaba en muchos casos, en los que se permitía distinguir los fenómenos
rápidos de los lentos, pero las circunstancias particulares en las que Davis
estaba interesado resultaban más difíciles. En efecto, los pulsos provocados
por neutrinos crecerían muy rápido, mientras que los correspondientes al fondo
lo harían un poco menos rápido o, en otras palabras, no lo bastante lento como
para distinguirlos en la práctica. Por lo menos, no con los amplificadores
disponibles entonces. Los expertos en electrónica de Brookhaven habían tardado
un año en desarrollar dispositivos suficientemente rápidos para realizar la
tarea. En 1970, con los nuevos amplificadores instalados, Davis pudo reducir
los eventos de fondo a uno por mes. Siempre se refería a este desarrollo
crítico como la «mejora de la piscina».
Esto
condujo a un breve período de cierto pánico. En noviembre de 1971, Davis
telefoneó a Bahcall para explicarle que después de dos meses no se había
encontrado ni una sola señal de un neutrino en los experimentos más recientes,
incluyendo los instrumentos nuevos y más sensibles. ¡Esto dejaba la horrible
posibilidad de que el experimento estuviera a punto de revelar que no llegaba
ningún neutrino! Al final resultó que se trataba de una fluctuación
estadística, como cuando el rojo sale varias veces seguidas en la ruleta
mientras se está apostando una y otra vez por el negro. Los neutrinos solares
continuaron llegando, pero todavía eran demasiado pocos.
También
hubo mejoras en la teoría. Las diversas reacciones nucleares que dan energía al
Sol se estaban midiendo en los laboratorios con mayor precisión que antes, y la
introducción de esos datos mejorados en los cálculos de Bahcall aumentó la
confianza en sus predicciones. En 1972, después de que Davis hubiera acumulado
cuatro años más de datos con un detector continuamente mejorado, Bruno
Pontecorvo le escribió a Bahcall: «¡Comienza a ser realmente interesante! Sería
bonito si todo esto acaba con algo inesperado desde el punto de vista de [los
neutrinos]. Por desgracia, no será fácil demostrar esto ni siquiera si la
naturaleza funciona de ese modo».
Entre
1968 y 1988, muy poca gente estuvo trabajando en el campo de los neutrinos
solares. El experimento de Davis con cloro fue el único que registró datos
durante esas dos décadas. Bahcall resumió la situación de manera harto
elocuente durante un homenaje a Ray Davis: «Todas las personas, físicos
teóricos o experimentales, que trabajaban de manera estable en el campo de los
neutrinos solares podían sentarse (y a menudo se sentaban) cómodamente en el
asiento delantero del coche de Ray Davis»[44].
Bahcall
había actualizado y refinado sus cálculos, y se atenía a sus números. Davis
continuó mejorando su experimento. En 1978, una década de desacuerdo entre los
resultados del experimento de Davis y las predicciones del modelo estándar del
Sol había conducido a un callejón sin salida. Aquel año se celebró un congreso
científico en Brookhaven para decidir qué hacer a continuación. Estaba claro
que se necesitaba un nuevo experimento, que a ser posible detectara neutrinos
directamente del proceso primario de fusión protón-protón, en lugar de las
cantidades relativamente menores que se originaban en el boro-8 y que Davis
había estado detectando.
En
general, los físicos conocían aquella situación como el problema de los
neutrinos solares, y (por expresarlo con una metáfora) lo guardaron en un cajón
esperando a que alguien encontrara la causa del aparente error y la saga
pudiera tirarse a la papelera de los errores científicos. No obstante, a medida
que una cantidad cada vez mayor de científicos continuaban examinando el
trabajo de Bahcall y Davis, se fortalecía el consenso de que el aparato parecía
funcionar como debía, y de que los cálculos estaban bien formulados.
Si había
dudas por algo, era por la extremada sensibilidad de los cálculos de Bahcall a
la hipotética temperatura en el centro del Sol. Resultaba un valor proporcional
a dicha temperatura multiplicada por sí misma veinticinco veces. Un cambio de
un 1 % en la temperatura implicaría un cambio de un 30 % en el resultado.
Una reducción del 10 % en la temperatura podía explicar el déficit, y fue
esto lo que dio lugar a la repetida frase «¿Sigue brillando el Sol?». Como
vimos en el Capítulo 4, varias ideas nuevas sugerían que quizás el Sol había
dejado de funcionar, y que se acercaba una verdadera crisis energética[45].
Se prestó
relativamente poca atención a la posibilidad de que el Sol fuera inocente y que
los culpables fueran los neutrinos. ¿Podían haber desaparecido en ruta? Una
idea alocada era que existen más dimensiones aparte de las tres dimensiones
espaciales que percibimos, de modo que en su viaje de 150 millones de
kilómetros los neutrinos tienen una posibilidad de escapar a algún tipo de
universo paralelo, y desaparecer de nuestra vista. Las discusiones continuaron
durante veinte años. Es, pues, irónico que Bruno Pontecorvo hubiera propuesto
la solución en 1968 tan pronto como aparecieron los primeros resultados de
Davis. No estaba interesado principalmente en el Sol. En cambio, se centró en
los neutrinos. Poco después de que Cowan y Reines demostraran que el neutrino
existía, otros científicos habían empezado a observar cosas nada frecuentes
acerca de él. Y esas fueron las cosas que Pontecorvo aprovechó en su nueva
contribución fundamental a la historia del neutrino.
Capítulo
7
Uno, dos, tres
Contenido:
§. ¿Quién
ha pedido esto?
§. Jack Steinberger
§. Historia de dos neutrinos
§. Leon Lederman y Mel Schwartz
§. «Post scriptum»: tres neutrinos
Mientras
Ray Davis atravesaba grandes dificultades para detectar neutrinos del Sol, los
experimentos con neutrinos terrestres habían resultado tener un éxito muy
destacable. Con arreglo a la teoría de Fermi, los neutrinos no siempre son
elusivos. El que los neutrinos pasen a través de la Tierra «con la misma
facilidad con que una bala pasa a través de un banco de niebla» es cierto
cuando solo tienen energías pequeñas, como cuando los producen la
desintegración beta o el Sol, pero si tienen energías muy altas, existen muchas
más posibilidades de que choquen con la materia y se den a conocer. Una vez
comprendido esto, los neutrinos estaban a punto de entrar en la corriente
mayoritaria de la ciencia.
La idea
de que la probabilidad de interacción de un neutrino aumenta con la energía
estaba implícita en el artículo de Bethe y Peierls de 1934, y sus implicaciones
quedaron establecidas por Mel Schwartz en Estados Unidos en 1960. Esto sucedió
un año después de la aparición de un artículo fundamental de Pontecorvo, quien
también había reparado en la posibilidad de usar haces de neutrinos a altas
energías. Aunque importante, esa no era la razón principal por la que el
artículo de Pontecorvo se hizo tan famoso. Contenía otra revelación, tan
profunda que cambió la percepción de los neutrinos y condujo al «modelo
estándar» moderno de las partículas y las fuerzas. Había topado con una verdad
profunda y de gran alcance: no todos los neutrinos son iguales, algunos son más
iguales que otros.
Como ya
hemos visto, por aquel entonces Pontecorvo estaba instalado en la Unión
Soviética. Como resultado, su artículo apareció en una revista soviética y, al
estar escrito en ruso, permaneció ignorado en Occidente hasta que se tradujo al
inglés. Después hablaremos de las consecuencias de eso. Pero antes, veamos cómo
estaban las cosas en 1959, preparando el escenario para los triunfos de
Pontecorvo, y su tragedia.
§. ¿Quién
ha pedido esto?
En la década de 1940, las piezas fundamentales de los átomos se habían
identificado como el electrón, el protón y el neutrón. El neutrino, años antes
de su observación directa, se comparaba con un electrón, pero sin carga
eléctrica ni masa, y de identidad dudosa. En general, la materia parecía bien
ordenada, constituida por esas pocas partículas, aunque las leyes que
gobernaban su comportamiento todavía se estaban investigando. Entonces, la
radiación cósmica salió de la nada —en cierto sentido, literalmente— y reveló
la existencia de nuevas partículas.
Una de
ellas era el pión, π. Por lo menos, su existencia había sido predicha como
solución a la paradoja de que los núcleos atómicos existen, a pesar de que los
protones que los constituyen se repelen eléctricamente unos a otros. La causa
de la estabilidad nuclear es que cuando los nucleones (neutrones y protones)
están muy cerca, sienten una fuerza atractiva muy fuerte, que supera cualquier
repulsión eléctrica.
Según la
teoría cuántica, cuando los protones o neutrones colisionan a altas energías,
un efecto de esta fuerza nuclear es convertir parte de la energía en una
partícula efímera: el pión, π.
Hasta
aquí, todo bien. No obstante, los rayos cósmicos también revelaron que
interviene otro actor en el reparto de la naturaleza. Se trata del muón, μ, el
cual no parecía ser otra cosa que una versión más pesada del electrón, una idea
que Pontecorvo fue de los primeros en articular[46]. La
exclamación del físico Isidor Rabi, «¿Quién ha pedido esto?», se hizo famosa, y
pasarían treinta años antes de que empezara a surgir siquiera un principio de
respuesta. El muón no tenía ningún lugar obvio entre los elementos de la
materia conocidos en la Tierra. Tanto el muón como el pión emiten neutrinos al
desintegrarse, aunque esto no se supo hasta años después de su descubrimiento.
Es
irónico que el muón se descubriera antes (en 1937), y que en un primer momento
se pensara que era el pión que se había predicho. De hecho, es la progenie de
un pión.
El primer
indicio de que la partícula no era el pión fue que no mostraba ninguna fuerte
tendencia a enlazarse con el núcleo atómico. Como lo que justificaba el hecho
de predecir el pión era su papel al mantener unidos los núcleos de los átomos,
la aparente falta de interés de la partícula candidata no tenía sentido, a
menos que, al fin y al cabo, no fuera el pión. Algunos físicos teóricos
japoneses y estadounidenses ya habían planteado la posibilidad de que en
realidad hubiera dos partículas: la que ya se había descubierto, a la que ahora
llamamos muón, y el pión nuclear, que todavía estaba por descubrir. Esto
ocurría en el período de tiempo que acabó desembocando en el descubrimiento del
pión en 1947. Ese mismo año, Pontecorvo presentó argumentos muy convincentes de
que el muón no era el intermediario nuclear, sino que se trataba de una versión
pesada del electrón.
Para
ello, demostró que su comportamiento en los átomos y núcleos o cerca de ellos
se parecía más al de un electrón que al de algo relacionado con el núcleo.
Sugirió que el monstruo aparecía en reacciones análogas a la desintegración
beta. Ahí estaban los primeros indicios de que el muón es como un electrón
pesado, y no el pión nuclear cuya existencia se había predicho.
En la
actualidad sabemos que cuando los rayos cósmicos chocan con los átomos de la
alta atmósfera, se produce un torrente de piones. Lo cierto es que Cecil
Powell, de la Universidad de Bristol, descubrió el pión en febrero de 1947
mientras estudiaba los rayos cósmicos. En los residuos que provienen de esas
colisiones, el pión es la partícula primaria (y por dicha propiedad de ser
«primaria» se la llamó π, la letra griega equivalente a p). Lo que
da lugar al muón es su desintegración en aproximadamente una centésima de
microsegundo.
La fuerza
que destruye el pión, y causa su desintegración, ahora se conoce como fuerza
«débil». Su nombre refleja que es más débil que la fuerza electromagnética, la
cual mantiene los electrones en su danza atómica, y que la fuerza fuerte, que
mantiene unidos los protones y los neutrones en el núcleo atómico. Aparte de la
cuarta fuerza fundamental, la gravedad, la fuerza débil es la menos fuerte[47]. También
es la más difícil de estudiar.
La
mayoría de las veces, la desintegración de un pión con carga eléctrica da lugar
a un neutrino junto a un muón con la misma carga eléctrica que el pión
progenitor. El muón también es inestable, y cuando se desintegra da lugar a un
electrón[48] y a
energía en forma de radiación, sin carga eléctrica.
Figura 6.
Neutrinos producidos en la desintegración de piones y muones. (a) Un pión se
desintegra dando un muón y un neutrino. (b) Cuando un muón (denotado por μ) se
desintegra en forma de un electrón, tienen (b) que aparecer también dos
neutrinos (en realidad un neutrino, ν, y un antineutrino, ν).
El pión y
el muón eran relativamente fáciles de producir y estudiar en el laboratorio, y
pronto se descubrió que el muón tiene una rotación intrínseca o espín de valor
½, como un electrón o un neutrino, mientras que el pión no lo tiene. Esto
también encaja con la idea de que cuando un pión se desintegra, el espín
semientero del muón es contrarrestado por una rotación contraria de un neutrino
de espín semientero. En el caso de la desintegración del muón, sin embargo, no
hay cambio en el espín: el muón tiene espín ½, igual que el electrón en el que
se transforma. En todos los aspectos, es como si el muón fuera una versión más
pesada del electrón, que simplemente radia energía y queda reducido a un
electrón otra vez. Si eso fuera todo, la desintegración de un muón tendría que
dar lugar a un electrón y un fotón de luz según la reacción: μ→ e + γ. Sin
embargo, un joven físico llamado Jack Steinberger estaba a punto de demostrar
que este no es el caso. Al hacerlo, desveló un gran misterio.
§. Jack
Steinberger
Jack Steinberger nació en Bad Kissingen (Franconia) en 1921. Su padre, Ludwig,
era uno de los ocho[49] hijos
de un comerciante rural de ganado vacuno, que también era profesor de religión
en la pequeña comunidad judía. Su madre, que pudo disfrutar de un nivel de
educación poco usual en aquella época, redondeaba las escasas ganancias de la
familia dando clases de inglés y francés, principalmente a los turistas que
sostenían la economía de los balnearios. Alemania estaba en plena depresión
posterior a la Primera Guerra Mundial.
Después
de que los nazis tomaran el poder, organizaciones benéficas de judíos
americanos ofrecieron hogares a trescientos niños alemanes refugiados. El padre
de Steinberger pudo solicitar uno para Jack y su hermano mayor. Llegaron a
Nueva York por la Navidad de 1934. El propietario de una empresa de correduría
de cereales de la Cámara de Comercio de Chicago alojó a Jack en su casa, le
procuró estudios secundarios, y también hizo posible que los padres y el
hermano menor de Jack emigraran a Estados Unidos en 1938, con lo que huyeron
del Holocausto.
Durante
dos años estudió ingeniería química en el Instituto Armour de Tecnología (que
ahora es el Instituto de Tecnología de Illinois), pero eran los tiempos
difíciles de la depresión, y se acabó su beca. Tenía que trabajar para
contribuir a los ingresos familiares, así que solo podía estudiar química por
las tardes en la Universidad de Chicago. Al año siguiente, con la ayuda de una
beca de la universidad, pudo asistir de nuevo a clases diurnas, y en 1942
obtuvo un título medio en química.
Como
había empezado la Segunda Guerra Mundial, se alistó en el ejército, donde tuvo
lugar su primera introducción intensiva a la física. Después de pasarse algunos
meses estudiando la teoría de las ondas electromagnéticas en un curso especial
para personal militar en la Universidad de Chicago, lo enviaron al laboratorio
de radiación del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts). Dicho
laboratorio estaba trabajando en el desarrollo de miras para bombarderos
basadas en el radar. Lo asignaron al grupo de antenas. Los dos años que pasó
allí le dieron la oportunidad de asistir a algunos cursos básicos de física.
Tras la
rendición japonesa, continuó sus estudios en la Universidad de Chicago. Allí le
inspiraron los cursos de Enrico Fermi, que recuerda como «joyas de simplicidad
y claridad». Entre sus compañeros de estudios estaban los futuros premios Nobel
C. N. Yang y T. D. Lee, así como varios físicos más que realizaron notables
contribuciones en su campo. «Había una maravillosa colaboración, y creo que
aprendí tanto de [ellos] como de los profesores», rememoró Steinberger en su
propio discurso de aceptación del Premio Nobel.
Quería
hacer una tesis sobre física teórica, y Fermi se la dirigió. Esto fue durante
el interregno en el que el pión había sido predicho, pero no hallado todavía.
El muón había sido hallado, pero no predicho. Y la creencia de que el muón era
de hecho el pión empezaba a desmoronarse. Pontecorvo acababa de proponer que
aquella partícula, que ahora llamamos el muón, parecía una versión más masiva
del electrón, y que a todos los efectos era un electrón que contenía mucha más
energía. Los experimentos demostraban que cuando un muón se desintegraba daba
un electrón, y liberaba energía en alguna forma invisible. Si fuera cierto que
un muón es simplemente un electrón pesado, entonces tendría que poder
desprenderse, de aquella energía en forma de luz, un rayo gamma. Sin embargo,
no parecía que ocurriera esto. Si hubiera ocurrido, los experimentos que
estudiaban qué sucedía cuando los muones se detienen en la materia y se
desintegran tendrían que haber hallado cuatro o cinco veces más electrones de
los que realmente se estaban viendo. Algo fallaba.
Fermi se
lo explicó a Steinberger, y sugirió que el aparente déficit podía darse si en
algunas ocasiones el electrón tenía menos energía de la que el experimento
permitía detectar. En tal caso, la desintegración no quedaría registrada. Si un
muón se desintegra y da un electrón y un único fotón, la energía de ese
electrón está fijada. Steinberger y Fermi se dieron cuenta de que, si el
electrón iba acompañado de dos partículas, lo que daba un total de tres, la
energía del electrón podía pertenecer a cierto intervalo de valores, algunos de
los cuales no se habrían detectado en el experimento original. Incluso mejor,
Steinberger sugirió una manera de comprobar esa idea por medios experimentales.
Fermi
estaba intrigado y, como nadie parecía preparado para acometer el experimento,
le sugirió a Steinberger que lo hiciera él mismo. Así lo hizo. Tardó menos de
un año, entre su concepción y su conclusión en el verano de 1948. Y confirmó su
conjetura: el muón se desintegra y da un electrón acompañado por otras dos
partículas, no una sola.
Esto
demostraba que cuando se desintegra un muón, sean cuales sean los productos de
la desintegración, no se trata simplemente de un electrón y un fotón[50]. Las dos
partículas «ausentes», tomadas de manera conjunta, deben tener carga eléctrica
nula, muy poca masa o ninguna, y sus espines combinados tienen que cancelarse
el uno al otro. Podrían haber sido fotones, pero en este caso no había razón
alguna para que se necesitaran dos cuando con uno habría sido suficiente e
incluso más fácil. Alguna ley tenía que estar impidiendo que el muón se
convirtiera en un electrón limitándose a liberar energía en forma de fotones.
La radiación invisible no podía ser de fotones. Todo cuadraba con la idea de
que consistía en dos neutrinos, los cuales estaban escapando a la detección.
En cierto
modo, se estaba retomando la sugerencia original de Pauli sobre el neutrino,
como un agente que permitía explicar la energía «desaparecida» en la
desintegración beta. Para unos oídos modernos, la sugerencia de que la
desintegración de un muón produce dos neutrinos podría parecer obvia. En 1948,
cuando todavía faltaban ocho años para demostrar de manera irrefutable la
realidad del neutrino, estaba lejos de ser evidente.
En 1956
los físicos teóricos T. D. Lee y C. N. Yang indicaron que los procesos
controlados por la fuerza débil podrían ser distintos de su imagen reflejada,
una propiedad que se llamó «violación de la paridad». Esto no tardó en
confirmarse a raíz de los experimentos con la desintegración beta (de núcleos
de cobalto) y con la desintegración de muones, que condujeron a la concesión
del Premio Nobel a Lee y Yang en 1957. La causa de las desintegraciones de
piones cargados también era la fuerza débil. Si la violación de la paridad
estaba presente en ese caso, entonces por cada 9999 piones que se desintegraran
en forma de un muón y un neutrino, uno debería desintegrarse en forma de un
electrón (o positrón) y un neutrino; de hecho, como en la desintegración beta
«tradicional». En 1958, Steinberger y algunos colaboradores demostraron que
cuando los piones con carga positiva que provenían de un acelerador eran
detenidos por los protones en un tanque de hidrógeno líquido, los rastros de
burbujas resultantes permitían distinguir las desintegraciones que daban muones
de las que daban positrones. Encontraron más de cincuenta mil ejemplos de
desintegraciones que daban muones, y seis ejemplos claros de positrones: una
relación consistente con la esperada si se estaba violando la paridad.
Así pues,
el «catálogo» de desintegraciones beta se estaba ampliando. Las
desintegraciones tradicionales de partículas nucleares producían electrones (o
positrones) y neutrinos. Una vez de cada diez mil, el pión también se
desintegraba así, pero la mayor parte de veces lo hacía en forma de un muón y
un neutrino. Bruno Pontecorvo empezó a preguntarse lo siguiente: los neutrinos
que se producen cuando un pión se desintegra dando un muón ¿son los mismos que
se emiten en las desintegraciones beta convencionales? Una vez más, Pontecorvo
estaba haciendo la pregunta adecuada con una anticipación asombrosa.
§. Historia
de dos neutrinos
En 1958, la teoría de Fermi de la desintegración beta estaba bien establecida,
hasta cierto punto. Ya se había descubierto el neutrino, y el ritmo al que
Cowan y Reines detectaban neutrinos en su experimento encajaba bastante bien
con lo que Fermi había esperado. El fenómeno de la violación de la paridad
requería que se revisaran algunos detalles matemáticos, pero las ideas básicas
eran las mismas. La teoría de Fermi implicaba que la probabilidad de que los
neutrinos interactuaran aumentaba con la energía. Esto sería una buena noticia
para los experimentos en los aceleradores, pero también tenía consecuencias
absurdas. Si nos imaginábamos haciendo experimentos con energías extremadamente
altas, más allá de las posibilidades técnicas en 1958 pero posibles en
principio algún día, la teoría implicaba que algunas cosas podían suceder con
una probabilidad mayor que el cien por cien.
Esto era
ilógico. La solución era abandonar la idea de Fermi de que todas las partículas
implicadas se encontraban en un mismo punto. Las fuerzas electromagnéticas eran
transmitidas por unos agentes, los fotones, y así empezó a afianzarse la idea
de que quizá la fuerza débil también tuviera un agente, un bosón W (de weak,
o sea, «débil» en inglés[51]).
Mientras que esto evitaría el absurdo, G. Feinberg indicó que tenía una
consecuencia relativa a la desintegración del muón. Un muón se desintegra dando
un electrón y dos neutrinos por la acción intermediaria de un bosón W. Las
leyes de la mecánica cuántica implican que se puede prescindir de los
neutrinos, y que el muón puede desintegrarse en forma de un electrón y un
fotón, aproximadamente una de cada diez mil veces. Sin embargo, por aquel
entonces se habían registrado más de cien millones de ejemplos de
desintegraciones de muones y en ninguno aparecía esa modalidad de un electrón y
un fotón.
Feinberg
indicó, sin embargo, que en su razonamiento se daba por supuesto que el
neutrino asociado con el muón y el emparejado con el electrón (véase la figura
7) eran iguales. Aquí estaba la primera sugerencia de que en realidad dichos
neutrinos podían ser diferentes. Al margen de esto, Pontecorvo lo articuló en
su forma más limpia, y examinó todas las pruebas, sugirió comprobaciones
experimentales e indicó que, teniendo en cuenta las energías cada vez mayores
de los aceleradores, tales experimentos podrían ser viables en un futuro
próximo si se usaban haces de neutrinos. Como ya hemos comentado, Pontecorvo
vivía en Moscú, por lo que escribió su artículo en ruso y lo publicó en
la Revista Soviética de Física en 1959. Su trabajo no se dio a
conocer en Occidente hasta que apareció traducido al inglés en 1960.
A
Pontecorvo le fascinaba el hecho de que el muón no se desintegre en forma de un
electrón y un fotón. Olvídese la cuestión de si ocurre una vez de cada diez
mil. Para él, la paradoja era mucho más cruda: ¿por qué no sucedía casi de
continuo? Liberar un fotón tenía que ser mucho más fácil que ser destruido por
la fuerza débil. Se dio cuenta de que, si no sucedía así, tenía que ser porque
algo se lo prohibía. Después de haber sido el primero en argumentar que el muón
era un pariente del electrón, ahora Pontecorvo era el primero en proponer que
el muón no consiste simplemente en un electrón pesado, sino que tiene alguna
propiedad especial que le da la «muonicidad». Hoy en día lo llamamos «sabor»,
pero continúa siendo un misterio saber en qué consiste exactamente.
Pontecorvo
tomó esa idea y exploró sus implicaciones más amplias: si un muón y un electrón
tienen distinto sabor, ¿por qué no iban a tenerlo también los neutrinos? Vio
que esto daba lugar a una bonita simetría entre las partículas: un electrón y
su neutrino acompañante forman una pareja, mientras que el muón y su neutrino
acompañante forman otra. Se adoptaron los términos «neutrino electrónico» y
«neutrino muónico», respectivamente. En la notación abreviada de la física de
partículas se escriben «νe» y «νμ», pero utilizando la
letra griega ν, no una v curvada.
Figura 7.
El bosón W y las desintegraciones de muones. El bosón W es el agente
intermediario en la desintegración del muón, μ, en forma de un electrón y un
par de neutrinos, ν y ν (mostrados en la fig. [a]). Si estos dos neutrinos
fueran del mismo tipo, sería posible que un muón se convirtiera en un electrón
y un fotón, cortesía del bosón W y de un neutrino que estarían momentáneamente
presentes en un paso intermedio, mostrado en (b).
Primero
demostró que, si la «electronicidad» y la «muonicidad» se preservaran en la
naturaleza, esto prohibiría que un muón se desintegrara en forma de un electrón
y un fotón. Luego enumeró algunas maneras de comprobar la idea. La más
dramática era que un neutrino, además de tener energía, de algún modo tenía
memoria con respecto a su origen. Por consiguiente, si se produce un neutrino
junto a un electrón o un muón, más tarde, cuando choque con la materia y
adquiera carga eléctrica, su energía tiene que materializarse como un electrón
o un muón, respectivamente.
Esta idea
estaba clara, pero como la propiedad más singular de los neutrinos había sido
su resistencia a dejarse ver siquiera, cualquier esperanza de efectuar
mediciones muy detalladas respecto a si se convertían en electrones o muones
parecía estar muy lejos de conseguirse en la práctica. Aquí es donde Pontecorvo
hizo su segundo comentario importante: los ritmos a los que interactuaban los
neutrinos aumentaban cuando lo hacía la energía, lo cual significaba que podían
volverse detectables siempre que, de algún modo, pudieran conseguirse neutrinos
de alta energía. Esto le dio una inspiración: sugirió que los nuevos
aceleradores de alta energía serían el lugar adecuado para hacer el
experimento.
Su idea
era producir grandes cantidades de piones de alta energía haciendo colisionar
un haz de protones de alta energía contra un objetivo. Los piones se
desintegran en forma de muones y neutrinos, que continúan volando en la misma
dirección del haz original. Un escudo de acero absorberá los muones, pero será
casi transparente para los neutrinos. Varios metros más allá se necesita otro
gran objetivo como detector. Los neutrinos tendrán una alta energía, por lo que
existirá una probabilidad razonable de que algún neutrino choque de manera
ocasional con un átomo en el detector y se dé a conocer. Si todos los neutrinos
son iguales, las cantidades producidas de electrones y muones serán similares.
En cambio, si solo aparecen muones, entonces los neutrinos tienen una
identidad: los neutrinos electrónicos difieren de los muónicos.
Como
estaba en la Unión Soviética, Pontecorvo carecía de posibilidades de realizar
el experimento, pues por aquel entonces las instalaciones de allí eran
inferiores a las occidentales. Hacia 1960 el experimento ya era posible en
Brookhaven, en Estados Unidos, y en el CERN de Ginebra, pero en Dubna, el
laboratorio cercano a Moscú, no lo era. A Pontecorvo no se le permitió cruzar
el Telón de Acero hasta la década de 1980. Aquel premio lo ganarían otros.
§. Leon
Lederman y Mel Schwartz
En la década de 1950, en el Departamento de Física de la Universidad de
Columbia, los viernes era tradición discutir los problemas más recientes de la
especialidad durante un almuerzo con comida china. El viernes 4 de febrero de
1957, T. D. Lee pidió el menú y luego anunció que en los experimentos con
núcleos de cobalto empezaba a parecer que se violaba la paridad en la
interacción débil. Cuando iban por el penúltimo plato empezó a formarse una
idea en la mente de Leon Lederman[52].
Lederman
había nacido y crecido en Nueva York, y en aquel momento estaba en Columbia,
donde era miembro del profesorado. Había estado haciendo experimentos con
piones y muones en el Laboratorio Nevis, en el cercano Irvington-on-Hudson, en
particular midiendo la desintegración del pión cargado en forma de un muón y un
neutrino. Esto lo causaba la interacción débil, y de repente se dio cuenta de
que ahí había una manera mucho más fácil de buscar casos de violación de la
paridad que la lenta desintegración beta nuclear.
En Nevis,
un haz de protones chocaba contra un objetivo y producía intensos haces de
piones. A medida que los piones atravesaban la estancia, aproximadamente un
2.0 % de ellos se desintegraban y daban un muón y un neutrino, los cuales
continuaban en la misma dirección en la que habían estado moviéndose sus
progenitores. El pión no tiene espín, de modo que el neutrino y el muón tenían
que girar en sentidos opuestos para que los momentos angulares se cancelaran.
Pero si se viola la paridad, el neutrino sin masa solo gira en un sentido
(tradicionalmente conocido como de mano izquierda), lo que también limitaría el
espín del muón a una única orientación. La cuestión era la siguiente: ¿cómo
medir la dirección de ese muón giratorio?
Gracias a
una propiedad de la naturaleza según la cual el muón también se desintegra por
la interacción débil, y produce un electrón y dos neutrinos. Todo lo que se
necesitaría sería detener los muones y ver en qué direcciones emergían los
electrones. Si se violaba la paridad, la tendencia del muón a girar en un solo
sentido provocaría que salieran más electrones en la dirección en la que se
movían previamente los muones, hacia delante, que, en la dirección opuesta,
hacia atrás. Nada más terminar su trabajo en la universidad por la tarde,
Lederman se apresuró a llegar al Laboratorio Nevis, donde les dijo a sus
estudiantes que modificaran el experimento que habían estado haciendo, para
comprobar su idea. Mientras cenaba rápido habló por teléfono con un colega,
Dick Garwin, y lo invitó a que fuera a colaborar con ellos. Hacia las ocho de
la tarde estaban trabajando intensamente rediseñando el experimento. Poco
después de medianoche comenzaron a tomar medidas, y empezaron a aparecer
algunos indicios fascinantes que sugerían que iban por el buen camino. Por
desgracia, el acelerador ya estaba reservado para otros experimentos, y
tuvieron que hacer una pausa, y dedicar el día siguiente a comprobar y mejorar
el aparato. El lunes estaban listos para continuar, pero los equipos de
mantenimiento del acelerador tenían problemas. No pudieron empezar en serio
hasta el anochecer del lunes. Garwin cogió el turno de noche. A las tres de la
madrugada del martes, una llamada telefónica despertó a Lederman: «Será mejor
que vengas. Lo hemos logrado». Hacia las seis de la mañana no había duda:
estaban viendo un efecto enorme, pues iban hacia delante más del doble de los
electrones que iban hacia atrás. No solo se violaba la paridad, sino que era
completamente destruida. Ahora le tocaba a Lederman despertar a alguien: T. D.
Lee. Hacia las siete de la mañana estaban recibiendo llamadas de colegas de la
Universidad de Columbia que ya sabían la noticia y, hacia el final del día,
físicos de varias partes del mundo, como Ginebra y Moscú, estaban repitiendo el
experimento y verificándolo por sí mismos. Lederman anunció los resultados a
una audiencia de unas dos mil personas en la reunión anual de la Sociedad
Americana de Física, en Nueva York, el 6 de febrero de 1957.
Como ya
hemos visto, al año siguiente Steinberger midió la poco frecuente
desintegración de un pión en forma de un neutrino y un electrón: la
desintegración beta «normal». Ya no cabía duda de que esas desintegraciones
implicaban a la desintegración débil, y de que las partículas fantasmales
ausentes eran neutrinos. Lederman y Steinberger no tardaron en unirse a Mel
Schwartz, antiguo alumno de Steinberger y por aquel entonces profesor asistente
en Columbia, en la colaboración que iba a reescribir la terminología de los
neutrinos. En este caso la historia también empieza en uno de los famosos
almuerzos de Columbia. En noviembre de 1959, T. D. Lee estaba pensando en las
consecuencias paradójicas de la teoría de Fermi para el comportamiento de las
interacciones débiles a altas energías, y encabezaba una discusión sobre el
modo de comprobarla experimentalmente. Sería difícil de estudiar porque cuando
las partículas colisionan a altas energías, los efectos de las fuerzas
electromagnética y fuerte tienden a ocultar los de la fuerza débil.
Más
tarde, Mel Schwartz rememoró que «la idea me vino aquella noche, tumbado en la
cama. Era increíblemente simple. Todo lo que debía hacerse era usar neutrinos»[53]. La idea
era que la producción de piones, seguida por sus desintegraciones, podría
producir neutrinos en cantidad suficiente para usarlos en experimentos.
Resumió
aquellas ideas en un breve artículo que fue publicado en 1960. Y solo entonces
apareció la traducción al inglés del artículo de Pontecorvo. Al final de su
artículo, Schwartz hizo referencia al «artículo relacionado que acaba de
aparecer» que había escrito Pontecorvo, y agradeció a Lee y Yang el que
subrayaran la importancia de las interacciones de los neutrinos de alta
energía.
Al hablar
de «artículo relacionado» se refería a la mención que hacía Pontecorvo de que
el camino a seguir era el estudio de los neutrinos de alta energía. Sus ideas,
más profundas, sobre los dos «sabores» distintos del neutrino no estaban en el
artículo de Schwartz. No obstante, al mismo tiempo, Lee y Yang también habían
estado pensando en qué podía aprenderse de aquellos experimentos. En el verano
de 1960 habían llegado a la misma conclusión a la que, sin ellos saberlo, había
llegado Pontecorvo: la ausencia de la desintegración de un muón como un
electrón y un fotón podía ser la pista clave para demostrar que el neutrino
muónico y el neutrino electrónico eran diferentes. Esto se convirtió en el
objetivo a conseguir.
Pero la
cuestión era la siguiente: ¿cómo hacerlo? Aunque no existía ningún acelerador
con suficiente potencia para producir un haz de neutrinos lo bastante intenso
para el experimento, en Brookhaven estaba a punto de completarse el nuevo AGS (Alternating
Gradient Synchrotron o Sincrotrón de Gradiente Alterno). Leon Lederman
calculó que el experimento podía hacerse allí, y convenció a Schwartz de que
podía funcionar[54]. Un
equipo de siete miembros se puso manos a la obra: Schwartz, Steinberger,
Lederman y cuatro estudiantes y posdoctorados.
Usaron el
acelerador de Brookhaven y dispararon sus intensos haces de protones contra
objetivos de berilio. Esto producía grandes cantidades de piones, que se
desintegraban rápidamente como muones y neutrinos. Una barrera de acero de
trece metros de grosor, construida con las placas de un viejo barco de guerra,
filtraba los muones. Los neutrinos la atravesaban limpiamente, y algo más lejos
se encontraban con diez toneladas de aluminio. Durante un período de diez días,
más de cien billones de neutrinos pasaron a través de ella, de los cuales solo
51 se dieron a conocer al chocar con el aluminio y adquirir carga eléctrica. No
obstante, cada una de estas 51 colisiones dio como resultado un muón. Ninguna
dio lugar a un electrón. El trío de científicos había demostrado que los
neutrinos muónicos y los neutrinos electrónicos tienen identidades distintas[55].
Tres
décadas después, en 1988, Lederman, Steinberger y Schwartz compartieron el
Premio Nobel de Física. Su trabajo había establecido que es posible producir
haces de neutrinos de alta energía y usarlos para sondear las interacciones
débiles, y en los años que mediaron habían investigado las interacciones
débiles de varios modos con esas técnicas. Su descubrimiento de que los
neutrinos muónicos y los neutrinos electrónicos son distintos se convirtió en
uno de los fundamentos del modelo estándar moderno de la física de partículas.
Es
posible que Schwartz se perdiera la oportunidad de ganar un segundo Premio
Nobel. En 1971 estaba usando un dispositivo experimental similar en el Centro
del Acelerador Lineal de Stanford (Stanford Linear Accelerator Center, SLAC) de
California. Halló cinco casos poco usuales en los que aparentemente los
neutrinos habían interactuado con el objetivo, pero sin que el resultado fuera
un muón. En retrospectiva, parece probable que estuviera observando por primera
vez las interacciones de «corriente neutra», en las que un neutrino rebota en
el objetivo sin adquirir carga eléctrica.
En 1971,
la administración del SLAC tenía otras prioridades. Algunos experimentos
realizados allí acababan de revelar indicios de que los protones y los
neutrones no son partículas puntuales, sino que están hechas de constituyentes
más fundamentales, que hoy conocemos como quarks. Dado que esto parecía muy
probable, pero no se entendía del todo, en el SLAC se le dedicó la mayor parte
de los esfuerzos. Dicha cuestión también valdría un Premio Nobel. A la
desesperada, Schwartz intentó conseguir financiación de la Fundación Nacional
para la Ciencia, pero sin éxito. Por aquel entonces yo estaba en el SLAC, y
recuerdo que Schwartz insistía una y otra vez en que había descubierto algo
completamente nuevo, y que estaba muy frustrado por no poder seguirle la pista.
Más tarde dejó la física de partículas y fundó Digital Pathways, una empresa de
informática.
Las
«corrientes neutras» acabarían descubriéndose en el año 1973 en la
colaboración Gargamelle en el CERN. Esto confirmaba las
teorías que unían las fuerzas electromagnética y débil, las cuales se habían
inspirado en parte por el descubrimiento de los dos tipos de neutrino. En su
discurso de aceptación del Premio Nobel, Schwartz subrayó en un alarde de
generosidad que muchas de las ideas de Pontecorvo, a las que había llegado por
su cuenta, eran las mismas que las de Schwartz, Steinberger y Lederman, y dijo:
«Su contribución general al campo de la física de neutrinos fue ciertamente de
la mayor importancia»[56].
§. «Post
scriptum»: tres neutrinos
En 1976 se descubrió una forma todavía más pesada del electrón, conocida como
tau, τ. Por aquel entonces ya había aparecido el «modelo estándar» de la física
de partículas, el cual predice que cada variedad de leptón cargado (electrón o
partícula similar) tiene un compañero neutro. Así que era necesario un tercer
tipo de neutrino, asociado con la partícula tau, para completar la historia.
Si
encontrar el νe y el νμ había sido difícil,
detectar el ντ lo era más todavía. Al adquirir carga, el
neutrino tauónico se convertirá en una partícula tau, pero esta última es muy
masiva, más del doble que el protón, de modo que, para empezar, necesita
neutrinos de alta energía. La partícula tau es inestable, y se desintegra en
menos de una milésima de millonésima de segundo, y da un muón o electrón y
otras partículas. Todo esto la hace difícil de identificar, incluso cuando está
presente. En la década de 1990 se habían hallado indicios indirectos de la
existencia del neutrino tauónico en el CERN, mediante el gran colisionador de
electrones y positrones llamado LEP (Large Electron Positron Collider),
pero la observación directa no se consiguió hasta el año 2000 mediante el
experimento DONUT (Direct Observation of Nu-Tau) en el Fermilab de
Chicago.
El
descubrimiento de la partícula tau en 1976 había sido completamente inesperado,
y le valió el Premio Nobel a Martin Perl. Indicó el camino a seguir para
encontrar su neutrino acompañante, y anticipó su descubrimiento, aunque este
fuera difícil. Tal vez la consecuencia más profunda sea que treinta años
después del descubrimiento de la partícula tau cabía reivindicar una vez más el
artículo de Pontecorvo de 1959 que identificaba el «sabor» como una propiedad
especial, y les atribuía un «carné de identidad» a los neutrinos.
Los
experimentos en el LEP también demostraron que los ligeros neutrinos no tienen
más que tres tipos. Esto implica que no tienen más compañeros con carga aparte
del electrón, el muón y la partícula tau. En el modelo estándar de la física de
partículas, el protón, el neutrón y el pión están formados por «quarks», y los
seis leptones están acompañados por seis variedades (o sabores) de quarks.
Todos ellos han sido también identificados en experimentos realizados a lo
largo de medio siglo. Así que el humilde y misterioso neutrino, con sus tres
variedades, nos ha permitido delimitar los tipos de materia que usa la
naturaleza. Esta es la primera vez en la historia en que se ha encontrado un
límite al número de partículas fundamentales.
¿Por qué
hay tres sabores de neutrino? Nadie lo sabe todavía. Sin embargo, con otra de
sus intuiciones fundamentales, Pontecorvo iba a demostrar que el hecho de que
haya más de uno desempeña un papel importante en el misterio de los neutrinos
solares.
Capítulo
8
Más neutrinos ausentes
Contenido:
§. Todo
el galio del mundo
§. Neutrinografía del sol
§. Neutrinos ausentes por todas partes
§. Todo
el galio del mundo
En 1978, los datos del experimento de Davis en la mina de Homestake estaban
mejorando y haciéndose más precisos. El conflicto entre lo que se estaba
midiendo y lo que se esperaba encontrar se hacía más profundo.
El ritmo
medido de producción de neutrinos solares en el raro proceso que se podía
detectar se estaba estabilizando alrededor de 2,2 SNU, con una incertidumbre de
0,4 SNU en uno u otro sentido: el total tenía que encontrarse entre 1,8 y 2,6
o, con una probabilidad mucho menor, fuera de ese intervalo. Esos cálculos
teóricos de Bahcall para esa cantidad también se habían agudizado, y en 1980 el
valor de su predicción era de 7,5 SNU, con una incertidumbre de 1,5. La teoría
básica no había cambiado en realidad. Más bien, lo que había aumentado la
confianza de Bahcall en sus números fue la mejora en los datos sobre procesos
nucleares fundamentales.
Incluso
interpretando el resultado de Homestake al alza, 2,6 SNU, y creyendo que la
estimación de Bahcall de lo que debería hallarse podía ser tan baja como 6 SNU,
era difícil evitar la conclusión de que Davis estaba detectando una cantidad de
neutrinos inferior a la mitad de la esperada.
Persistían
las dudas sobre hasta qué punto esta discrepancia era realmente significativa.
La razón de tal incertidumbre era que Davis solo estaba observando neutrinos
producidos en una reacción poco frecuente de la que se dan uno o dos casos por
cada diez mil fusiones pp iniciales. El ritmo total de producción de esos
neutrinos particulares depende mucho de los ritmos individuales de los diversos
procesos nucleares implicados en el ciclo pp. Aunque los datos sobre estos
habían mejorado sensiblemente como resultado del estímulo planteado por la
búsqueda de Davis, y a su vez habían permitido que Bahcall precisara sus
predicciones, había una clara necesidad de realizar un nuevo experimento para
descubrir si el problema estaba en la teoría del Sol, o en los neutrinos.
Esto se
convirtió en uno de los temas de un congreso sobre neutrinos que se celebró en
Hungría en 1974. Bruno Pontecorvo anunció que él y tres colegas suyos tenían
planes para la excavación de un túnel de cuatro kilómetros bajo el Cáucaso,
como ubicación para un laboratorio dedicado a los neutrinos. Esto incluiría un
detector basado en cloro con casi dos millones de litros de líquido, unas cinco
veces la capacidad del de Homestake, el cual se esperaba que pudiera confirmar
los resultados de Davis, y también mejorar la sensibilidad.
Figura 8.
La reacción de fusión protón-protón (pp) en el Sol.
Aunque
esto pudiera ser útil, no llegaría hasta el corazón del asunto, lo que
requeriría la detección de neutrinos producidos por el proceso de fusión pp
básico y dominante. El problema era que las energías de los neutrinos que
provienen de esta reacción primaria son demasiado pequeñas para que el cloro
reaccione. En fecha tan temprana como 1964, y pensando en el primer intento
fallido de Davis, Bahcall había comentado[57] que
si el nuevo experimento de Davis no conseguía ver neutrinos entonces valdría la
pena una búsqueda dedicada a los neutrinos de baja energía provenientes de la
cadena pp primaria. Davis sí veía neutrinos, pero nunca los suficientes.
Una
ventaja de tales datos, desde un punto de vista teórico, era que resultaba
posible predecir la cantidad de esos neutrinos primarios simplemente a partir
de la luminosidad visible del Sol: no era necesario conocer con detalle los
ritmos de las reacciones nucleares que habían sido un engorro hasta entonces.
Esta era la buena noticia. El problema era que para detectar esos neutrinos de
baja energía se necesitaba un dispositivo experimental con galio en lugar de
cloro. Un experimento exitoso con galio sería enormemente caro, y un motivo no
precisamente menor para ello era que, para funcionar en la práctica,
necesitaría unas tres veces más galio del que se producía cada año en el mundo.
Davis y
Bahcall ya habían dedicado la mayor parte de las dos últimas décadas a cazar
neutrinos solares, así que estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario
para resolver la cuestión. Si ello les obligaba a construir un detector que
contuviera todo el galio del mundo, por lo menos tenían que intentarlo.
Para
tener alguna posibilidad necesitaban reunir apoyos. Un artículo en Physical
Review Letters, firmado por varios colegas que eran físicos experimentales,
describió las ventajas de un detector de galio, argumentando que sería sensible
a los neutrinos producidos por la reacción pp fundamental, y que sería capaz de
distinguir entre las diversas explicaciones del problema de los neutrinos
solares. Si conseguían construir un detector con galio, su sensibilidad,
comparada con lo que habían logrado hasta entonces, prometía ser considerable.
Bahcall había calculado que en el detector de Davis el ritmo de captura de
neutrinos solares sería de 8 SNU, de los cuales 1,2 provendrían del berilio-7,
6,2 del boro-8, y el resto de su muy variado «bufé» de otros procesos
nucleares. En el caso del detector de galio se podía esperar que el ritmo de
captura fuera tan enorme como 132 SNU. La razón principal es que el detector de
galio es sensible a neutrinos de energía mucho más baja, que el cloro no
captura. Esto incluye el muy importante caso de los neutrinos provenientes del
proceso de fusión pp básico, que según lo esperado aportaría por sí solo 74 SNU
y era el motivo principal para usar galio. Pero también se eleva el ritmo para
los neutrinos producidos por otras fases de la cadena de reacciones solares.
Mientras que la sensibilidad a los neutrinos del berilio-7 y el boro-8 había
sido solo de 7,5 SNU en el detector de Davis, Bahcall estimó que un experimento
con galio aumentaría ese ritmo hasta 50 SNU. Con galio podrían tener acceso a
todo el espectro de neutrinos y, lo que es más, con una buena intensidad. Si se
podía montar un experimento con galio, seguramente se encontrarían las
respuestas.
Durante
los cinco años siguientes la propuesta fue examinada por varios comités que
actuaban en nombre del Departamento de Energía de Estados Unidos, el cual
financiaba el Laboratorio Brookhaven y buena parte de la investigación en
física. Todos los informes eran igualmente favorables. La política no lo fue.
Los
físicos decían que el experimento tenía un inmenso potencial para comprender la
naturaleza fundamental del Sol, y que estaba claro que debía financiarse. Pero
después decían que el dinero tenía que salir del presupuesto de astronomía
antes que del de física. Los astrónomos también consideraban que la física del
experimento era excelente… ¡pero recomendaban que lo pagaran los físicos! Las
secciones de física nuclear y de física de partículas del Departamento de
Energía no podían conseguir que sus respectivos miembros se pusieran de acuerdo
acerca de la responsabilidad financiera.
Como el
Departamento de Energía no podía lograr que nadie pagara, Davis y Bahcall se
dirigieron a la Fundación Nacional para la Ciencia (NSF, National Science
Foundation). En este caso había un inconveniente inmediato: Davis trabajaba en
el Laboratorio Nacional de Brookhaven pero, por una cuestión de criterios, la
NSF no apoya propuestas de investigación provenientes de laboratorios, como el
Brookhaven, que ya están financiados directamente por el Departamento de
Energía. A la desesperada, Bahcall, que estaba adscrito al Instituto de
Estudios Avanzados de Princeton, fue nombrado investigador principal, de modo
que con su dirección de la universidad se pudiera hacer una solicitud a la NSF.
Así pues, también en este caso el trámite había topado con un conflicto acerca
de quién debía firmar.
El final
de esta larga historia es que en Estados Unidos jamás se financió ningún gran
experimento con galio. Se consiguió realizar una prueba piloto con más o menos
una tonelada de galio, que demostró la viabilidad de la técnica. Parte de las
ideas y del equipamiento que se desarrollaron en este estudio preliminar
acabarían usándose en un experimento a gran escala, «GALLium EXperiment»,
conocido como GALLEX, que implicaba a científicos europeos y se localizó en
Italia central, bajo la montaña Gran Sasso.
En la
Unión Soviética las actitudes eran muy diferentes. Moissey Markov, jefe de
física nuclear en la Academia Rusa de Ciencias, estaba tan entusiasmado que
ayudó a poner en práctica el plan de Pontecorvo de 1974, estableciendo el
observatorio de neutrinos Baksan bajo las montañas del Cáucaso en Rusia. Y lo
más importante, Markov negoció con éxito que los físicos rusos pudieran usar
sesenta toneladas de galio, sin cargo alguno, mientras durara su experimento.
Esto condujo a una colaboración entre Rusia y Estados Unidos conocida como SAGE
(«Soviet American Gallium Experiment» o «Experimento con Galio
Soviético-Estadounidense»). Sin embargo, cuando empezó la colaboración, la
Unión Soviética ya no existía, y el experimento pasó a llamarse «Experimento
con Galio Ruso-Estadounidense», aunque prudentemente no se cambió el acrónimo
SAGE[58].
Las
sesenta toneladas que se destinaron a SAGE representaban todo el suministro
mundial de galio en aquella época. Se necesitarían otros dos años para producir
treinta toneladas más, que se destinaron a GALLEX. Así pues, en la década de
1990 el escenario estaba preparado para que dos experimentos, usando detectores
de galio, buscaran el primer atisbo de los neutrinos fundamentales que produce
la principal fuente de energía del Sol, la cadena pp.
Pero,
coincidiendo incluso con los primeros preparativos, estaba naciendo una nueva
manera de detectar neutrinos solares, una que revolucionaría la disciplina y
crearía una nueva rama de la ciencia: la astronomía de neutrinos.
§. Neutrinografía
del sol
A principios de la década de 1980, el experimento de Davis con cloro en la mina
de Homestake era todavía el único que buscaba neutrinos solares. A causa de la
dificultad del experimento, y su dependencia de la técnica radioquímica, muchos
físicos seguían insatisfechos. Era cierto que durante veinte años nadie había
encontrado errores ni en el experimento ni en los cálculos —Bahcall era siempre
muy firme al respecto—, pero los cálculos eran complicados, implicaban la
creación de largos códigos informáticos, y aunque Bahcall siempre daba
respuesta a las preguntas que le hacían, existía cierta preocupación por si
podía haber algún error en los programas. Bahcall era visto por muchos como «el
tipo que calculó mal el flujo de neutrinos del Sol»[59].
Lo que se
necesitaba era una manera de capturar los neutrinos de uno en uno sobre la
marcha, en lugar de ir acumulando datos durante un mes para sacar
conclusiones a posteriori, como era el caso del detector
radioquímico de Davis. Los científicos que trabajaban en la mina de Kamioka, en
Japón, se dieron cuenta de que podían hacerlo, y otros científicos, que
trabajaban en el experimento IMB[60] bajo
el lago Erie, descubrieron por accidente que ellos también podían.
En ambos
experimentos se habían estado buscando indicios de que los protones se
desintegran, porque algunas teorías que intentaban unificar las fuerzas de la
naturaleza implicaban que esto debía ocurrir de manera ocasional. La
estabilidad de la materia demuestra que si ello ocurre es extremadamente
infrecuente. La vida media de un protón sería muchas muchas veces mayor que la
edad del universo observable. Para tener alguna posibilidad de observar el
fenómeno, habían construido enormes tanques de agua ultrapura rodeados de miles
de tubos fotomultiplicadores o PMT (photo-multiplier tube) para capturar
partículas producidas por la desintegración de los protones. Los
fotomultiplicadores funcionan como bombillas, pero al revés. Cuando la
corriente eléctrica pasa por una bombilla, esta da luz. Cuando la luz entra en
un fotomultiplicador, su energía se convierte en una corriente eléctrica, que
se puede enviar a un ordenador para registrar el suceso. ¿De dónde vendría la
luz en esos tanques de agua situados a gran profundidad bajo tierra? Esperaban
que la respuesta fueran las partículas moviéndose a través del agua a
velocidades superlumínicas.
Esto
necesita una explicación, pues ¿acaso no es imposible moverse más rápido que la
luz? Eso es cierto en el vacío, pero la luz se ralentiza cuando pasa a través
de materiales como el cristal o el agua. Por lo tanto, es posible que algunas
partículas cargadas, como los electrones, puedan moverse a través del agua a
una velocidad superior a la que tiene la luz en el agua (aunque, por supuesto,
a una velocidad menor que la de la luz en el vacío, que es un límite
fundamental de la naturaleza). Cuando esto ocurre, se rompe la «barrera de la
luz» de un modo parecido al de los aviones cuando rompen la barrera del sonido,
y se emite un cono de luz de color azul pálido en la dirección de movimiento de
la partícula. Esto se conoce como «radiación de Cerenkov», así llamada por el
científico ruso Pável Cerenkov, cuyos experimentos condujeron a la comprensión
del fenómeno[61]. Cuando
el cono de luz llega a las paredes del tanque de agua, lo detectan los
fotomultiplicadores con arreglo a una configuración parecida a un anillo cuyo
tamaño y forma se reconstruyen mediante ordenador. A partir de ello es posible
obtener la energía de la partícula original y su dirección de movimiento.
El
interés por la desintegración del protón venía de un experimento erróneo, el
cual había hecho pensar que en mil toneladas de material podía desintegrarse un
protón cada día. Si eso hubiera sido cierto, habría sido posible detectarlo
siempre y cuando se pudiera eliminar el fondo de rayos cósmicos. Esto provocó
una fiebre por la construcción de dispositivos experimentales en minas
profundas y túneles bajo las montañas.
Figura 9.
Neutrinografía del Sol. El Sol tal como se «ve» cuando se detectan sus
neutrinos. Cortesía de Robert Svoboda, Universidad de California, en Davis.
Pero
había un problema: los rayos cósmicos chocan con los átomos de la alta
atmósfera, y emiten neutrinos que penetran en la tierra. Estos podían activar
los detectores a un ritmo parecido al de las esperadas desintegraciones de
protones. Abdus Salam, Premio Nobel y entusiasta físico teórico que creía
firmemente en la desintegración de los protones, escribió un artículo en el que
sugirió la posibilidad de eliminar los neutrinos atmosféricos realizando un
experimento en la Luna. Cuando Don Perkins, un destacado investigador
experimental de los neutrinos y no muy respetuoso con los teóricos, evaluó el
artículo de Salam comentó que si él y otros físicos teóricos querían ir a la
Luna, ¿por qué no iban a hacerlo? «Cuantos más, mejor»[62].
Tuvo que
transcurrir algún tiempo para esclarecer por fin que, si los protones se
desintegran, el fenómeno es tan infrecuente que tiene que resultar invisible.
Como esta desafortunada revelación hacía inútiles para su propósito original
aquellos enormes detectores subterráneos, los equipos de experimentadores
empezaron a estudiar los neutrinos que antes habían sido el ruido de fondo no
deseado. Escoger ese rumbo no necesitó mucha inspiración: no se podía hacer
mucho más con aquellos carísimos mastodontes.
La
técnica de detección basada en el agua podía usarse para hallar neutrinos, pero
requería algunas modificaciones. Los experimentos originales se habían diseñado
para identificar desintegraciones de protones, pero cualesquiera partículas
resultantes de la desintegración de un protón tendrían mucha más energía que un
neutrino solar. Al no haber encontrado ninguna señal de desintegraciones de
protones, y conscientes de la preocupación cada vez mayor con respecto al
problema de los neutrinos solares, los miembros del equipo de Kamioka adaptaron
los detectores para que fueran sensibles a dichos neutrinos de baja energía.
Por
casualidad, los científicos estaban yendo a tropezar con los verdaderos
descubrimientos.
Los
neutrinos provenientes de la reacción del boro-8 en el Sol, los que estaba
estudiando Davis, tienen energía suficiente como para hacer retroceder una
partícula cargada, como un electrón en el agua, en la misma dirección de
movimiento del neutrino, cual bola de billar dando de lleno en otra.
Entonces
el cono de la radiación de Cerenkov, que resulta del movimiento superlumínico
del electrón a través del agua, es detectado por los fotomultiplicadores que
rodean el tanque. La figura resultante tiene forma de anillo, y su tamaño varía
con la velocidad del electrón, que a su vez depende de la energía que cede el
neutrino original. Así, esos «detectores Cerenkov de agua» no solo tenían la
posibilidad de detectar neutrinos, sino también la de medir su energía y la
dirección de donde venían. Además, podían registrar en qué instante se producía
el fenómeno.
La
potencia de este detector estaba en el hecho de conocer toda la información
sobre el neutrino: su energía, cuándo impactó, y de dónde venía. En particular
podía confirmarse si venían del Sol, y no de alguna otra fuente como la
radiactividad ambiental. De hecho, lo que habían construido era un telescopio
de neutrinos, una nueva ventana al universo.
Como
resultado, pudieron hacerle una «neutrinografía» al Sol. En esta imagen, el Sol
parece mucho mayor de lo que vemos con nuestros ojos. Esto se debe a que en las
observaciones de neutrinos la precisión en la dirección es peor que en la
observación óptica. La astrofísica de neutrinos todavía está en su infancia. En
el futuro, las imágenes del Sol y otros objetos astronómicos se volverán mucho
más definidas.
El equipo
de la mina de Kamioka completó las revisiones del detector Kamiokande[63] a
finales de 1986. Entonces tuvieron un golpe de suerte. El 23 de febrero de
1987, sin aviso previo alguno, pudo verse aparecer en el cielo austral una
supernova en la Gran Nube de Magallanes, una galaxia satélite de la Vía Láctea.
Una ráfaga de neutrinos de aquella explosión había estado viajando a través del
espacio durante ciento setenta mil años, y aquel día cruzó la Tierra durante
unos quince segundos. Esto se explicará en el capítulo 10, pero de momento
basta decir que tanto Kamiokande como los experimentos IMB detectaron un puñado
de neutrinos de la supernova. Esta fue la primera vez, y hasta ahora la única,
en que se detectaron neutrinos causados por un fenómeno de este tipo. Es
irónico que se detectaran e identificaran neutrinos de una supernova, y nada
menos que una exterior a nuestra galaxia, cuando todavía se estaba debatiendo
sobre el misterio de los neutrinos solares. Tras este acontecimiento único, en
IMB continuaron buscando indicios de desintegraciones de protones, mientras que
en Kamiokande decidieron centrarse en el nuevo campo de la astronomía de
neutrinos.
§. Neutrinos
ausentes por todas partes
De 1987 a 1995, Kamiokande detectó neutrinos solares. La luz de Cerenkov solo
se medía con claridad si los electrones tenían energías por lo menos cinco
veces superiores a las que podía registrar el detector de Davis. Esto
significaba que solo estaban detectando los neutrinos solares de energía
relativamente alta procedentes de la reacción del boro-8, pero con mucho más
detalle del que había podido conseguir Davis. En particular, podían medir la
cantidad de energía que tenía cada neutrino. Los resultados demostraban que la
cantidad de neutrinos que llegaban del Sol disminuía al aumentar su energía,
como debía ocurrir si provenían del boro-8, tal como había predicho Bahcall.
Por fin algo del modelo solar encajaba con lo que se estaba observando. Sin
embargo, la cantidad total se negaba obstinadamente a cuadrar, y seguía
llegando más o menos a la mitad de lo que se había predicho.
Primero
Davis, y luego Kamiokande: los escasos neutrinos que se producían al final del
ciclo pp eran demasiado pocos. Ahora eso estaba claro. A pesar de todo, quedaba
sin responder la cuestión de si eso era aplicable también a los neutrinos
dominantes, los de menor energía producidos en la fase temprana del ciclo de
fusión solar. Eso era lo que estaban a punto de investigar los experimentos
SAGE y GALLEX, usando galio en sus detectores.
SAGE
empezó primero, pues había tenido el monopolio mundial del galio, y GALLEX se
puso en marcha en 1991. En el año 2000, SAGE había hecho cerca de cien
mediciones del flujo de neutrinos solares a lo largo de un período de diez
años. Los modelos solares predecían que deberían ver una gran cantidad de
neutrinos, alrededor de 130 SNU. Cuando se reunieron todos los datos, tanto
SAGE como GALLEX hallaron la misma respuesta: la cantidad era solo de unos 70 u
80 SNU. De modo que, una vez más, el déficit en los neutrinos solares era de un
50 %. Los resultados reivindicaban a Davis: parecía que, para cualquier
energía, la cantidad de neutrinos detectada solo era la mitad de la que habían
predicho los modelos del Sol.
Fuera
cual fuera el motivo, no se debía a ningún fallo del equipo de Davis: dos
experimentos independientes estaban lanzando el mismo mensaje. Tampoco parecía
que el culpable fuera el Sol. Por aquel entonces, los astrónomos habían
efectuado muchas mediciones de la superficie solar, las cuales demostraban cómo
vibra el Sol, y a su vez daban información muy importante sobre el interior de
este. Esos datos de «heliosismología», el equivalente solar del estudio de los
terremotos, confirmaban cada vez más que las suposiciones de Bahcall sobre el
funcionamiento interno del Sol eran correctas. Se acumulaban los indicios de
que el neutrino era el principal sospechoso.
En 1996,
tras un año de reconstrucción, Kamiokande estaba otra vez listo para funcionar.
Con diez veces más agua y fotomultiplicadores que antes, se lo llamó
SuperKamiokande, o SuperK para abreviar. Si todavía quedaba alguna duda de que
los neutrinos eran la clave de los misterios, SuperK iba a despejarla. La
astronomía de neutrinos podía detectar neutrinos no solo del Sol, o de una
supernova, sino también de la atmósfera. Los rayos cósmicos que inciden en la
alta atmósfera provocan chorros de neutrinos, y SuperK empezó a detectarlos.
Aunque las mediciones de neutrinos solares habían resultado sorprendentes, esto
no era nada en comparación con lo que SuperK estaba a punto de descubrir cuando
empezara a observar los neutrinos atmosféricos.
Capítulo
9
«Soy tan feliz que me pondría a bailar»
Contenido:
§.
Neutrinos atmosféricos
§. Neutrinos oscilantes
§. SNO
Los
neutrinos se producen en muchas circunstancias. La mayoría de los que pasan
cerca de nosotros han nacido en el Sol o en la tierra bajo nuestros pies.
Además, muchos de ellos vienen de los rayos cósmicos.
Muy por
encima de nuestras cabezas, partículas más pequeñas que los átomos llueven del
cielo. Son el resultado de antiguas explosiones de estrellas. Los campos
eléctricos y magnéticos permean el espacio interestelar, y azotan dichas
partículas moviéndolas con violencia. Algunas de esas partículas tienen
energías mucho mayores que las que podemos reproducir mediante los experimentos
que se realizan en la Tierra. En nuestro movimiento a través del cosmos, los
rayos cósmicos están chocando continuamente con nosotros.
La
violencia de esas colisiones rompe los átomos del aire, los desmenuza y crea
chorros de partículas secundarias que se mueven casi a la velocidad de la luz y
en la misma dirección que sus progenitores. El aire o la tierra absorben la
inmensa mayoría de los rayos cósmicos, que no penetran nunca hasta las
profundas cavidades subterráneas donde los aguardan los detectores de
neutrinos. No obstante, dichos rayos contienen piones y muones, muchos de los
cuales se desintegran antes de ser absorbidos. Como resultado producen
neutrinos, los cuales llegan a los detectores porque, de hecho, las rocas de en
medio son tan transparentes para ellos como para los neutrinos solares.
Figura
10. Un neutrino electrónico y dos neutrinos muónicos. Véase también la figura
6. Un pión con carga positiva (π+) se desintegra y da un muón con carga
positiva (μ+) y un neutrino. Este es un neutrino muónico, denotado por νμ. A su
vez, el muón se desintegra en forma de un positrón, un antineutrino muónico
denotado por νμ, y un neutrino electrónico, νe. Por lo tanto, los productos
finales de la desintegración del pión contienen dos neutrinos del tipo muónico
por cada uno del tipo electrónico.
He aquí
dos importantes diferencias entre los neutrinos procedentes de rayos cósmicos
que chocan con la atmósfera y los que nos llegan del Sol. En primer lugar, las
energías de los neutrinos «atmosféricos» son entre decenas y varios centenares
de veces mayores que las de sus parientes solares. En segundo lugar, mientras
que el Sol produce neutrinos electrónicos, νe, los restos de rayos
cósmicos producen sobre todo la variedad muónica, νμ. Los
experimentos realizados a lo largo de varios años en laboratorios como el CERN
han demostrado cómo se comportan las partículas cósmicas, y a partir de ello ha
quedado claro que el contenido en neutrinos de los restos cósmicos sería de un
neutrino electrónico por cada dos de tipo muónico, siendo estos un νμ y
un antineutrino, denotado νμ[64].
Una
característica fundamental de los detectores basados en el agua es que, además
de registrar la energía de un neutrino y de dónde viene, también pueden indicar
qué tipo de neutrino han capturado. Cuando un neutrino choca contra un átomo
adquiere carga eléctrica, y se convierte o bien en un muón o bien en un
electrón, con carga negativa o positiva[65]. Como
hemos visto en la “Neutrinografía del sol” (Cap. 8), esta partícula cargada
pasa a través del agua, y emite la radiación de Cerenkov que detectan los
fotomultiplicadores. Los muones son unas doscientas veces más pesados que los
electrones y avanzan con facilidad, moviéndose en líneas rectas, mientras que
los ligeros electrones suelen desviarse de su camino. Cuando esto ocurre,
radian energía, que da lugar a más electrones y positrones. Así pues, un
electrón individual genera un chorro de partículas cargadas, que se ensancha de
modo difuso en torno a la dirección original de su neutrino progenitor. La
radiación de Cerenkov resultante se comporta de manera distinta según el tipo
de partícula. En el caso de los muones, la figura obtenida a partir de los
fotomultiplicadores es un anillo bien definido, mientras que en el de los
electrones, dispersados hacia aquí y hacia allá, el anillo es más difuso. La
forma del anillo, y los tiempos de llegada precisos de la radiación de Cerenkov
a los fotomultiplicadores, revelan la dirección y la energía del neutrino
incidente, así como su tipo.
A
mediados de la década de 1980 hubo indicios, tanto en IMB como en Kamiokande,
de que la razón entre la cantidad de neutrinos muónicos y la de neutrinos
electrónicos procedentes de las colisiones en la atmósfera era más próxima a
uno que al valor esperado de dos. Lo llamaron «anomalía de los neutrinos
atmosféricos». Empezaron a crecer las especulaciones de que la causa de dicha
anomalía en el experimento de Davis podían ser los neutrinos, y no la
astrofísica del Sol. Nadie podía estar seguro de si la anomalía de los
neutrinos atmosféricos indicaba que había demasiados νe o
demasiado pocos νμ, o si era alguna peculiaridad del método de
detección. Esto es lo que había motivado las mejoras en Kamioka que
convirtieron el Kamiokande en el SuperK.
El SuperK
era mayor que su predecesor, y los fotomultiplicadores de su superficie
ocupaban casi media hectárea. Sus instrumentos electrónicos estaban
especialmente ajustados para obtener la máxima información sobre los neutrinos.
Era posible decir si habían llegado del cielo, unos veinte kilómetros sobre el
cielo de Japón, o del otro lado de la Tierra tras viajar 13 000 kilómetros a
través del planeta y entrar por la parte inferior del tanque. Podían medir las
direcciones de los neutrinos lo bastante bien como para decir en qué parte del
globo terráqueo se habían originado.
El nuevo
detector capturó muchos más neutrinos muónicos que antes. Había una cantidad
mayor de datos, y estos demostraban que las cantidades de neutrinos muónicos y
de neutrinos electrónicos acababan siendo comparables porque los neutrinos
muónicos estaban desapareciendo. Esto era interesante, pero los datos revelaban
un hecho incluso más destacable: el déficit era mayor en el caso de los
neutrinos que llegaban a través de la Tierra que en el de los que venían de
arriba. Cuantos más datos acumulaba el SuperK, más claro se hacía el mensaje.
Todo encajaba con la idea de que los rayos cósmicos realmente producían los
tipos muónico y electrónico en una razón de dos a uno, pero que cuanto más
lejos viajaban los neutrinos muónicos, más probable era que desaparecieran.
Todos
pensaron de inmediato en el problema de Davis con los neutrinos electrónicos
del Sol. ¿Podía ser que los neutrinos desaparecieran en pleno vuelo? ¿Y no solo
los neutrinos muónicos, como en el caso de la anomalía atmosférica, sino
también los neutrinos electrónicos? A fin de cuentas, habían viajado 150
millones de kilómetros desde el Sol, y si era posible que los neutrinos
atmosféricos hicieran un truco para desaparecer, los neutrinos solares tendrían
tiempo de sobra para hacer algo parecido. Por primera vez, incluso los
escépticos empezaron a aceptar que, al fin y al cabo, los resultados de Davis
podrían ser correctos. El Sol se comporta como debe. Son los neutrinos los que
hacen cosas extrañas. La nueva pregunta era la siguiente: si los neutrinos desaparecen,
¿qué ocurre con ellos?
§. Neutrinos
oscilantes
Medio siglo después de que Pauli propusiera por primera vez su «solución
desesperada», los experimentos habían demostrado no solo que el neutrino
existe, sino también que se presenta en tres tipos distintos. Esta intensa y
continua búsqueda de neutrinos había ido en paralelo con el problema de los
neutrinos solares, el cual, lejos de resignarse a morir, seguía vivo todavía.
Como hemos visto, el experimento de Davis se volvió más preciso, y los datos
indicaban una vez más que había un déficit de neutrinos solares, por lo menos
tal como los detectaba su dispositivo experimental.
Si
tenemos en cuenta el tiempo y los recursos invertidos, y la cantidad de
científicos que sudaron tinta acerca de esta cuestión en la década de 1990, es
irónico que dos décadas antes, un año tras el primer y tentativo anuncio de
Davis, se hubiera hallado la respuesta, y que no se tomase en consideración.
Pisando los talones a la demostración experimental (efectuada en 1962) de que
el neutrino electrónico y el neutrino muónico son distintos, Bruno Pontecorvo y
su colega Vladímir Gribov, en Rusia, y Maki, Nakagawa y Sakata en Japón[66] habían
descubierto que la existencia de más de un tipo de neutrino ofrecía una posible
solución al problema de los neutrinos solares.
El Sol
produce neutrinos del tipo electrónico, νe. El detector basado en
cloro solo registra la llegada de neutrinos de ese tipo. Si no ha ocurrido nada
por el camino que haya transformado el νe en alguna otra cosa,
el recuento del detector de Davis, aquí en la Tierra, indica qué cantidad de νe se
creó en el Sol hace menos de diez minutos. Sin embargo, en 1962 se había
determinado la existencia de otro tipo de neutrino, el que tiene afinidad con
el muón, νμ. Esto condujo a una pregunta intrigante.
Schwartz,
Steinberger y Lederman habían demostrado que los neutrinos recordaban su origen
en recorridos de decenas de metros, pero ¿y si esta memoria fallaba a escalas
mayores? Unos pocos nanosegundos cruzando el laboratorio son una nimiedad. Los
neutrinos que vienen del Sol llevan viajando casi diez minutos, un tiempo más
de mil millones de veces mayor. ¿Podría un νe nacido en el Sol
cambiar su naturaleza de algún modo, y transformarse en un νμ durante
su travesía por el espacio?
Si el
neutrino electrónico cambiara de identidad de esa manera, pasaría de largo del
detector de Davis como si nada. A efectos prácticos, habría desaparecido sin
dejar rastro[67]. Solo
los neutrinos electrónicos que hubieran sobrevivido intactos al viaje caerían
en la trampa de Davis y serían contados. Esto podría explicar la discrepancia
entre las 2 a 3 SNU que registró Davis y las 6 que había calculado Bahcall.
La idea
de que los neutrinos padecieran algún tipo de trastorno de personalidad, y que
una vez emitidos por el Sol pudieran cambiar de identidad durante el viaje, iba
en contra de todo lo que decían los libros de texto. Según la teoría estándar
de la física de partículas, era imposible. O, por lo menos, era imposible si,
como creía todo el mundo, los neutrinos no tenían masa y viajaban por el
espacio a la velocidad de la luz. Mucho antes de que Davis descubriera el
déficit de los neutrinos solares, Pontecorvo había visto que las leyes de la
mecánica cuántica permitían que los neutrinos oscilaran entre un estado y otro.
Pero ello solo era posible si tenían algo de masa. Esta no tenía por qué ser
grande. De hecho, podría ser (y probablemente sea) casi insignificante, incluso
miles de veces más pequeña que la masa de un electrón. Tras el anuncio de Davis
de 1968, al año siguiente, Gribov y Pontecorvo publicaron su teoría, basada en
la hipótesis de que hay dos tipos de neutrino, con masas distintas[68].
En la
mecánica cuántica, la certidumbre es sustituida por la probabilidad, que sube y
baja como una onda. La longitud de onda depende de la velocidad y la masa de la
partícula. Así, las ondas de dos partículas con la misma energía, pero con
masas ligeramente distintas, tendrán longitudes de onda algo diferentes. La
rareza del mundo cuántico es todavía más profunda porque permite que el
neutrino electrónico, producido por el Sol, sea un híbrido de neutrinos con dos
masas distintas. En el viaje a través del espacio, las ondas cuánticas
asociadas a esos dos estados se balancean a ritmos diferentes.
A todos
los efectos hay dos ondas, de distintas longitudes de onda, que viajan juntas e
interfieren la una con la otra mientras avanzan. Así como dos ondas sonoras de
frecuencias ligeramente distintas se mezclan y dan lugar a una pulsación de
intensidad junto a la nota media, del mismo modo las ondas cuánticas asociadas
a dos neutrinos de masas ligeramente distintas pueden dar lugar a un altibajo
en la intensidad. El resultado es que, a lo largo del viaje, las dos ondas solo
encajan de manera ocasional en la forma precisa con la que empezaron. Solo en
esos puntos su combinación representa un neutrino electrónico. En el resto, a
causa de la oscilación, hallamos presente una mezcla de neutrino electrónico y
neutrino muónico. Cuando algo como, por ejemplo, un átomo de cloro en un tanque
situado 1400 metros bajo las colinas de Dakota se interpone e interrumpe el
flujo, la onda cuántica se convierte milagrosamente en un νe o
un νμ. Es imposible saber cuál será. Todo lo que implica la teoría
cuántica es una probabilidad de hallar lo uno o lo otro. A efectos prácticos,
si se repite la medición una cantidad suficiente de veces, se obtendría (en
promedio) un 50 % de neutrinos electrónicos y un 50 % de neutrinos
muónicos, aproximadamente.
Este
fenómeno recuerda al dibujo de Escher, Metamorfosis, en el que, a
lo largo de la imagen, se ve un animal transformándose en otro de manera
gradual. Pongamos un ejemplo. Imagínese algún extraño híbrido capaz de
metamorfosearse entre perro y gato. El perro sale de casa y camina por la
calle, y se transforma en gato sobre la marcha. Cuando va por la mitad de la
fachada la transformación se ha completado. El antiguo perro (que ahora es un
gato) continúa caminando y metamorfoseándose. Al llegar al final de la fachada
vuelve a ser un perro una vez más. Si usted se cruza con el perro-gato, lo que
vea dependerá de la distancia a la que se encuentre del extremo de la fachada.
Ahora
suponga que usted no se fija en perros-gatos, sino solo en cosas que son o bien
lo uno o bien lo otro: o bien un perro o bien un gato. Si usted está cerca del
principio o del final de la fachada, probablemente lo interpretará como un
perro. Si está cerca del punto medio, seguramente lo verá como un gato. Si solo
tiene ojos para los perros, y no para los gatos, podría sacar la conclusión de
que las características perrunas han desaparecido por el camino.
Esto es
lo que ocurre con los neutrinos. En esta analogía, el neutrino electrónico es
el perro, y el neutrino muónico el gato. El Sol había emitido un perro, y el
detector de Davis era una trampa para perros. Según esta teoría, al Sol no le
pasaba nada raro. Los neutrinos eran los culpables. La medición tentativa que
hizo Davis de un aparente déficit de neutrinos solares se podía comprender.
Todo lo que tenía que hacerse era abandonar el modelo estándar de la física de
partículas, que incluía la suposición de que los neutrinos no tienen masa y
viajan a la velocidad de la luz. No era nada sorprendente que pocos estuvieran
dispuestos a hacer tal cosa, y que en general la idea se viera como poco más
que una curiosidad matemática.
Sin
embargo, no todo el mundo había pasado por alto la idea de las oscilaciones de
neutrinos. Para que estas se produjeran, no podían carecer de masa todos los
neutrinos. El que la tuvieran no violaba ningún principio sagrado, y Murray
Gell-Mann, uno de los físicos teóricos más influyentes del siglo XX, incluso
expresó la opinión de que lo que la Naturaleza no prohíba, ocurrirá. Con la
llegada de la anomalía de los neutrinos atmosféricos, y los datos cada vez
mejores de Davis sobre los neutrinos solares, la gente empezó a preguntarse si
los neutrinos podrían tener masa en realidad, aunque esta fuera casi
insignificante comparada con la de todas las demás partículas materiales.
En la
teoría original de Pontecorvo, los neutrinos electrónicos creados en el centro
del Sol podían convertirse en neutrinos muónicos, o incluso neutrinos de tipo
tau, que eran invisibles en el experimento de Davis. No obstante, si los
modelos solares eran correctos, y el experimento de Davis también lo era,
entonces un porcentaje grande de neutrinos electrónicos tendrían que haber
oscilado hacia alguna de las otras formas. Para hacerlo, los neutrinos tendrían
que ser tan ambivalentes que llamarlos neutrinos electrónicos y neutrinos
muónicos sería retorcido. Esa fue una de las razones por las que la idea de
Pontecorvo fue tan desdeñada.
Las
opiniones empezaron a cambiar cuando tres físicos teóricos descubrieron una
nueva consecuencia de la idea de la oscilación. Se lo llamó efecto MSW, por sus
iniciales. Un estadounidense, Lincoln Wolfenstein, en 1978, y dos rusos,
Stanislav Mikheyev y Alexei Smirnov, en 1985, habían descubierto que, al pasar
los neutrinos a través de las capas del Sol, la presencia de materia podía
amplificar la probabilidad de que los neutrinos oscilaran, lo que supondría que
sus masas se hallaran en cierto intervalo. Como resultado de esta probabilidad
más alta, la confusión inicial de los neutrinos con respecto a sus identidades
no era necesariamente muy grande. Durante su viaje hacia la superficie del Sol,
incluso una pequeña confusión podía convertirse en una grave crisis de
identidad a causa de la presencia de materia.
Movidos
en gran parte por la elegancia de la teoría, hacia 1990 los físicos empezaron a
tomarse en serio la idea de las oscilaciones de los neutrinos. El
descubrimiento de la anomalía de los neutrinos atmosféricos había empezado a
despuntar allá por 1985, pero esta no quedó bien establecida hasta 1993, cuando
los primeros resultados del SuperK demostraron que cuanto más lejos viajaban
los neutrinos mayor probabilidad tenían de desaparecer.
En 1998,
el equipo de SuperK pudo anunciar que el déficit no solo variaba según la
distancia sino también según la energía de los neutrinos atmosféricos. Si era
cierto que sus identidades oscilaban, entonces, con arreglo a la teoría de la
relatividad, las oscilaciones deberían ser más rápidas para los neutrinos de
menor energía, y esto fue exactamente lo que los datos indicaron. Todo encajaba
con la hipótesis de que los neutrinos oscilaban.
Aunque
hubiera costado treinta años, Pontecorvo había sido reivindicado. ¿Resolvería
también esto el problema de los neutrinos solares? ¿Podían Davis y Bahcall
estar ambos en lo cierto después de todo?
§. SNO
El Observatorio de Neutrinos Sudbury (SNO, Sudbury Neutrino Observatory),
ubicado en Ontario, en Canadá, fue diseñado para resolver el problema de los
neutrinos solares de una vez por todas. Observaba una franja particular de
neutrinos de alta energía, como había hecho Davis. Solo eran aproximadamente un
0,01 % del total, pero su mayor energía les daba una mayor probabilidad de
interactuar. Sin embargo, el SNO abriría una nueva posibilidad: medir neutrinos
no solo del tipo electrónico, sino también de todos los tipos. En un primer
momento esto implicaría establecer una comparación entre los resultados del SNO
y los del SuperK. Si en el momento de llegar a la Tierra los neutrinos del Sol
se habían convertido realmente en los de tipo muónico o tau, el SNO podría
demostrarlo.
Para que
el experimento funcionara de la manera adecuada, el detector SNO tenía que ser
tan grande como un edificio de diez plantas. Su peculiaridad estribaba en sus
mil toneladas de agua pesada, que en lugar de hidrógeno contiene deuterio, que
tiene un protón y un neutrón en el núcleo. Dicha agua fue prestada por Atomic
Energy of Canada, Ltd., y llenaba un contenedor de plástico acrílico de 12
metros de diámetro. A su vez, este estaba rodeado por una esfera geodésica con
un diámetro de 18 metros y diez mil sensores de luz repartidos por su
superficie. El aparato entero estaba situado en el interior de una cavidad,
llena de agua ordinaria ultrapura, de 34 metros de altura y 22 metros de ancho,
y colocado a dos kilómetros bajo el suelo en una antigua mina de níquel en
Sudbury, en Ontario. Incluso una simple cucharadita de polvo dentro del aparato
lo habría inutilizado.
Cuando
empezaron las mediciones en 1999, el SNO llevaba un coste acumulado de 73
millones de dólares canadienses y diez años de construcción. ¡El coste incluía
la cuota de un dólar pagada a la compañía de energía atómica canadiense por el
préstamo del agua pesada, valorada en trescientos millones de dólares! La
astronomía de neutrinos se estaba convirtiendo en ciencia a gran escala. El
detector del SNO podía captar neutrinos electrónicos de modo parecido a como lo
hacía el de SuperK. Las colisiones de neutrinos electrónicos producen
electrones que emiten radiación de Cerenkov, luz azul, al moverse a través del
agua. Igual que en el SuperK, la intensidad de la luz depende de la energía del
electrón, a partir de la cual se puede determinar el intervalo de energías de
los neutrinos entrantes. El SNO interceptaba unos diez neutrinos cada día.
Los
primeros resultados se anunciaron el 18 de julio de 2001. Se presentaron como
«la solución a un misterio de treinta años de antigüedad: el enigma de los
neutrinos solares desaparecidos».
El flujo
de neutrinos de tipo electrónico resultó ser de 1,75 millones por centímetro
cuadrado cada segundo. Entonces Art McDonald, el líder del equipo del SNO,
anunció que habían hecho algo nuevo. El detector SuperK de Japón también había
medido neutrinos electrónicos en condiciones similares, pero además tenía
cierta sensibilidad a los neutrinos de tipo muónico o de tipo tau. Al combinar
los resultados del SNO y del SuperK fue posible estimar no solo cuántos
neutrinos electrónicos habían llegado a la Tierra, sino también cuántos había
de cada tipo de neutrino. SuperK había medido un flujo total de 2,32 millones
de neutrinos por centímetro cuadrado cada segundo. La diferencia se debe a que
el muestreo de SuperK también incluía algunos neutrinos de tipo muónico o de
tipo tau.
Esto ya
bastaba para demostrar que algunos de los neutrinos electrónicos tenían que
estar cambiando a otros tipos durante su viaje desde el Sol. El nuevo reto era
determinar cuántos neutrinos muónicos o de tipo tau estaba interceptando SuperK
en total. Una vez hechos todos los cálculos, el resultado combinado de SNO y
SuperK demostró que el flujo total de neutrinos, de todos los tipos, era de
5,44 millones por centímetro cuadrado cada segundo, con un margen de error de
aproximadamente un 20 % hacia arriba o hacia abajo. Esta cantidad encajaba
con la que había predicho Bahcall.
Así, en
el año 2001, otros cuatro experimentos habían confirmado ya el déficit de
neutrinos solares que Davis había sido el primero en observar. SAGE y GALLEX
veían la reducción en el caso de los neutrinos de baja energía, y la
combinación del SuperK con los primeros resultados del SNO demostró que el
déficit se debía a que los neutrinos de tipo electrónico solo eran
aproximadamente un tercio del total. La consecuencia era que los neutrinos
electrónicos cambian a los otros tipos de neutrino, los cuales, a su vez,
pueden cambiar de un tipo a otro. A lo largo de los 150 millones de kilómetros
que separan el Sol de la Tierra, la distribución de neutrinos se queda en una
mezcla más o menos homogénea de los tres tipos. Los neutrinos no registrados no
habían desaparecido en absoluto: habían cambiado, por el camino, a formas que
eran simplemente mucho más difíciles de detectar.
Este era
un resultado fundamental, pero quedaba un punto débil: la conclusión se basaba
en la combinación de datos de dos experimentos bastante diferentes. Lo ideal
sería que un único experimento pudiera proporcionar toda la información. Esto
es lo que el equipo del SNO se propuso hacer a continuación. Durante 2002 y
2003 reunieron más datos, que fortalecieron sus resultados y los hicieron más
precisos. Con una astuta modificación, utilizaron el agua pesada de tal modo
que permitía detectar todos los tipos de neutrinos presentes en el SNO, por lo
que no sería necesario hacer comparaciones con datos de otros experimentos.
Como dijo irónicamente un miembro del SNO: «Este no hará aguas».
Esta era
la propuesta original de Herb Chen. En el agua pesada, en lugar de átomos de
hidrógeno hay átomos de hidrógeno pesado, o deuterio, cuyo núcleo consiste en
un protón y un neutrón. Los neutrinos tenían energía suficiente para partir el
núcleo de deuterio en dos, liberando su neutrón y su protón individuales. Lo
que saliera dependería de qué tipo de neutrino había chocado con el núcleo. Un
neutrino electrónico podía adquirir carga, transformarse en un electrón y
convertir el neutrón en un protón: el resultado de la colisión serían un
electrón y dos protones. Los neutrinos muónicos o de tipo tau no podían hacer
esto. Sin embargo, sí podían rebotar en el protón o el neutrón, algo que el
neutrino electrónico también podía hacer. El choque expulsaría al neutrón o al
protón del deuterio, pero por lo demás no habría alteraciones. Si comparaba la
cantidad de casos de esta última categoría con el recuento de casos en los que
salían dos protones, el SNO podía medir el flujo de todos los tipos de
neutrino, y además determinar cuál era la proporción de neutrinos electrónicos.
Por desgracia, Herb Chen murió de leucemia en 1987, de modo que no vivió para
ver el resultado de su inspirada idea.
Una
mejora fundamental tuvo lugar en el verano de 2002, cuando añadieron dos
toneladas de sal de mesa de alta pureza, cloruro sódico, a las mil toneladas de
agua pesada en el corazón del detector. El cloro de la sal aumentaba la
probabilidad de interceptar neutrinos y la capacidad de distinguir entre los
diferentes tipos.
En un
informe provisional, en 2002, anunciaron que los resultados obtenidos
exclusivamente en el SNO ya eran lo bastante buenos como para poder afirmar,
con una seguridad del 99,999 %, que los neutrinos del Sol cambian de un
tipo a otro antes de llegar a la Tierra. Por último, el 7 de septiembre de 2003
anunciaron los resultados definitivos. El número de neutrinos de tipo
electrónico era el mismo que habían encontrado antes: 1,75 millones por
centímetro cuadrado cada segundo. Por lo que respecta a la cantidad total, esta
resultó ser de 5,21 millones. Esto encajaba con el resultado anterior, que
había combinado las mediciones del SNO y del SuperK. También era más preciso:
la cantidad de neutrinos electrónicos está cerca de un tercio del total.
Por fin
las conclusiones estaban claras. En primer lugar, quedaba claro que, durante
treinta años, Davis había estado midiendo correctamente la cantidad de
neutrinos solares que todavía son neutrinos electrónicos cuando alcanzan la
Tierra. En segundo lugar, algo muy emocionante para los astrofísicos, estaba la
confirmación de que el cálculo de Bahcall de la producción de neutrinos solares
era correcto. Bahcall comentó que los valores eran tan próximos que estaban
«embarazosamente cerca».
Durante
tres décadas, la gente había dudado de él. De repente se había demostrado que
Bahcall, quien, como mencionamos antes, dijo que lo consideraban «el tipo que
calculó mal el flujo de neutrinos del Sol», había estado en lo cierto desde el
principio. Más tarde lo comparó con ser una persona a la que se ha acusado por
error de algún crimen atroz, hasta que una prueba de ADN demuestra que no es
culpable: «Así era exactamente como me sentía». Al saber la noticia, respondió
con espontaneidad: «Soy tan feliz que me pondría a bailar».
Los
cálculos exitosos de Bahcall demostraban que las cantidades de neutrinos
dependen de las temperaturas en el corazón del Sol, multiplicadas por sí mismas
25 veces. El resultado de todo esto era que la medición del flujo de neutrinos
es un termómetro muy sensible para el horno de fusión nuclear del Sol. Es
realmente extraordinario que detectar un destello de luz en el fondo de una
mina muy profunda permita medir la temperatura que hace en el corazón del Sol.
Bahcall y
Davis habían sido reivindicados. Ese fue el momento en el que una nueva
ciencia, la «astronomía de neutrinos», empezó a convertirse en una posibilidad
real. La astronomía de neutrinos había empezado con la búsqueda de neutrinos
solares y se había convertido en una ciencia cuantitativa con los experimentos
de SuperK y SNO. Antes de que se resolviera el misterio de los neutrinos
solares, los neutrinos procedentes de más allá de nuestra galaxia habían tenido
también sus diez segundos de fama por una cuestión de pura suerte. Así se
demostraría el potencial para nuevos descubrimientos que la astronomía de
neutrinos podría ofrecer.
§.
Capítulo 10
Neutrinos extragalácticos
Contenido:
§.
Supernova
§. Neutrinos oscilantes
§. Minos
§. Neutrinos de «regreso al futuro»
§. Supernova
¿Dónde estaba usted a las 7:30 (horario de Greenwich) del 23 de febrero de
1987? Yo estaba desayunando cuando, sin que lo supiera, una ráfaga de neutrinos
pasó a través de mis copos de maíz. Siempre estamos inmersos en el flujo de
neutrinos solares, pero la súbita ráfaga de aquella mañana de febrero era algo
distinto. Era un fogonazo de una estrella moribunda, situada a 170 000 años luz
de distancia en la Gran Nube de Magallanes, o LMC (Large Magellanic Cloud),
una galaxia satélite de la nuestra, visible en los cielos australes. Durante
más de veinticinco años, los astrofísicos habían creído que el colapso
gravitatorio de una supernova es una fuente abundante de neutrinos. De hecho,
argumentaban que el brillante destello de luz, la habitual manifestación de una
supernova que puede superar brevemente el brillo de una galaxia entera, es solo
una pequeña parte del drama. Por poderosa que sea esta intensa radiación
electromagnética, la luz visible, las ondas de radio, los rayos X y los rayos
gamma juntos no llegan al 1 % del total. La mayor parte de la energía
radiada por una supernova se la llevan los neutrinos.
Estos
eran invisibles en el pasado, pero no ahora que tenemos telescopios de
neutrinos. La novedad interesante era que en este caso, por primera vez,
detectamos neutrinos procedentes de fuera de nuestra galaxia, lo que demuestra
que la teoría sobre las supernovas es correcta: cuando las estrellas se
colapsan expulsan su energía en forma de neutrinos, hasta 1059, cien
mil trillones de trillones de trillones de ellos en total.
El hecho
mismo de que los neutrinos de esta supernova fueran detectados fue una
afortunada coincidencia, y no podría haberse planeado. La última supernova
visible a simple vista data de 1604, y se llevaba más de tres siglos sin ver
ninguna hasta que esta se hizo famosa en 1987.
En
realidad, los violentos hechos tuvieron lugar en la Gran Nube de Magallanes
hace 170 000 años. Un destello de luz y una onda expansiva de neutrinos
surgieron de los escombros. Avanzando dieciocho millones de kilómetros cada
minuto, se alejaron rápidamente del lugar, abandonaron la Gran Nube de
Magallanes y se adentraron en el espacio intergaláctico. Su cita de 1987
todavía estaba muy lejos en el futuro.
A gran
distancia por delante estaba la Vía Láctea, en un brazo de la cual, en el
pequeño planeta Tierra, la vida humana había avanzado hasta la Edad de Piedra.
La cáscara de radiación se expandió durante más de 165 000 años. Por aquel
entonces en la Tierra, aún a 3000 años luz de distancia, los pueblos
mediterráneos empezaban a tener conciencia de los cielos y estaban inventando
la ciencia. Hacia 1930 sus descendientes estaban empezando a sospechar que los
procesos radiactivos generan neutrinos, aunque se dudaba que pudieran
detectarse alguna vez.
Mientras
tanto, la onda expansiva de la estrella colapsada se acercaba a la Tierra a
través de los cielos australes. Estaba a treinta y un años luz de la Tierra
cuando Clyde Cowan y Fred Reines demostraron astutamente que los neutrinos
existían. La onda expansiva estaba aún a veintitrés años luz cuando Ray Davis
puso en marcha su detector de neutrinos solares en la mina de Homestake. Aunque
era capaz de detectar neutrinos que llegaban del Sol, habría sido casi ciego a
los de una supernova. No obstante, cuando los neutrinos que se aproximaban
estaban a solo un año luz de distancia, solo una parte por los 170 000 de su
recorrido, científicos estadounidenses y japoneses acababan de finalizar la
construcción de enormes tanques subterráneos de agua pura, diseñados para
buscar indicios de que los protones se desintegran.
El
detector japonés, Kamiokande, el antecesor del SuperK, contenía tres mil
toneladas de agua pura. Algo parecido se hallaba a seiscientos metros bajo el
lecho del lago Erie en Ohio, donde un equipo del campus de Irvine de la
Universidad de California, la Universidad de Michigan y el Laboratorio Nacional
de Brookhaven, llamado IMB (por Irvine, Michigan y Brookhaven), también buscaba
desintegraciones de protones con un tanque de siete mil toneladas de agua.
Aunque
ninguno de estos experimentos detectó desintegraciones de protones, ambos
resultaron ser sensibles a neutrinos con más energía que los del Sol. Lo que
nadie sabía era que un caparazón de dichas partículas se estaba aproximando a
la velocidad de la luz[69]. Los 1059 neutrinos
que habían salido hacía 170 000 años se habían distribuido por la superficie de
una esfera de 170 000 años luz de radio, lo bastante grande para contener la
galaxia entera. El grosor del caparazón era aproximadamente diez veces la
distancia que hay de la Tierra a la Luna, pues los neutrinos habían necesitado
unos cuantos segundos para ir saliendo de la estrella colapsada, cuya densidad
era como la de un enorme núcleo atómico. Si se calcula la densidad de 1059 neutrinos
repartidos por la superficie de un caparazón de 340 000 años luz de diámetro,
resulta que el flujo correspondiente es similar al que recibimos continuamente
del Sol. Si se tiene en cuenta la intensidad del flujo de neutrinos solares, y
que estos han nacido a solo ocho minutos luz y no a 170 000 años luz, uno
empieza a hacerse una idea de lo verdaderamente extraordinaria que debe de ser
la explosión de una supernova. Resulta todavía más impresionante que cada
neutrino de la supernova pueda tener entre diez y cien veces más energía que un
neutrino solar común.
Por fin,
el 23 de febrero de 1987, alcanzaron la Tierra, la atravesaron, y siguieron su
camino hacia los cielos boreales. En cuestión de segundos, mil billones de
neutrinos pasaron a través del IMB, una cantidad similar a través del
Kamiokande y, podemos estar seguros, a través de la mina de Homestake y también
de otros laboratorios. Sin embargo, solo el IMB y el Kamiokande eran sensibles
a ellos. De entre todas esas hordas, solo ocho llevaban suficiente energía para
que el IMB los detectara, y en el Kamiokande se captaron once[70]. Dichos
detectores de Japón y Estados Unidos estaban en el hemisferio norte, mientras
que la Gran Nube de Magallanes solo es visible en los cielos australes. Los
neutrinos de la supernova habían pasado a través de la Tierra y habían entrado
en los detectores desde abajo.
Una de
las grandes ventajas del IMB y el Kamiokande era que se podían medir tanto la
dirección como la energía de los neutrinos. Aunque la mayoría de los que llegan
del Sol tienen menos de 1 MeV de energía cada uno[71], y
mientras que los de energía más alta a los que era sensible el experimento con
cloro de Davis en Homestake tenían a lo sumo 14 MeV, los que se detectaron de
la supernova estaban en el intervalo de 10 a 50 MeV. Los once del Kamiokande
estaban en el intervalo de 10 a 20 MeV, mientras que el IMB, que no era
sensible a esas energías relativamente «bajas», registró ocho de entre 20 y 50
MeV cada uno.
La
cantidad de información que los científicos pudieron deducir de esos escasos
eventos es extraordinaria. En primer lugar, la energía. Las cantidades
realmente detectadas no eran sino una diminuta fracción de los billones que
habrían pasado a través del detector. A su vez, esos detectores ocupaban una
minúscula parcela en la superficie de la vasta esfera de la onda expansiva en
aquel momento. Si se tiene en cuenta todo esto, puede hacerse una estimación de
la energía total que los neutrinos se llevaron de la supernova. Resultó ser
aproximadamente una décima parte de la energía total que contiene el Sol, es
decir, una décima parte de su mc2 y con un
destacable ajuste a las predicciones de las teorías sobre explosiones de
supernovas. Según dichas teorías, la energía también se radia como luz y en
elementos químicos de nueva formación. Además, todavía hay mucha energía
atrapada en la mc2 de la compacta estrella de
neutrones que queda tras la explosión. En total, uno empieza a hacerse una idea
de lo poderosa que tiene que ser la explosión de una estrella.
El
descubrimiento de que las energías de los neutrinos de la supernova eran mucho
mayores que las de los neutrinos solares demostró de inmediato que la
temperatura en el interior de la estrella antes de su colapso era
proporcionalmente mayor. Resultó una estimación de unos cuarenta mil millones
de grados, lo cual encajaba también con las predicciones teóricas. Así pues, la
energía, la duración de la ráfaga de neutrinos y la cantidad de estos
concordaban con la hipótesis de que la supernova era el resultado del colapso
de una estrella bajo su propio peso.
El hecho
de que la ráfaga durara unos diez segundos era muy significativo. Si el origen
de los neutrinos hubiera sido el fallecimiento de un tenue objeto estelar, todo
habría terminado en una milésima de segundo. Sin embargo, el que los neutrinos
tardaran varios segundos en escapar de la superficie de un objeto era de
esperar en el caso de que este fuera tan denso como un núcleo atómico. Todo
ello sugería la formación de una estrella de neutrones. Los astrofísicos
teóricos sospechaban que las explosiones de supernova se producían así, pero
era la primera vez que se encontraban pruebas directas de ello.
Al
detectar ese fogonazo momentáneo de neutrinos, los humanos habían echado su
primera ojeada al funcionamiento de una supernova. Al hacerlo, confirmaron todo
lo que hasta entonces solo había sido teoría: una supernova se produce cuando
una estrella se colapsa, y forma una estrella de neutrones. Durante el proceso
se forma una mezcla de elementos de la tabla periódica, incluidos los
necesarios para sembrar futuras formas de vida. Esto es lo más cerca que hemos
llegado hasta ahora de confirmar la creencia según la cual estamos hechos de
polvo de estrellas o, si es usted menos romántico, de los productos de un
reactor nuclear extinto.
Como
estas observaciones confirmaron las predicciones teóricas de que la mayor parte
de la energía que se produce en las supernovas es emitida en forma de una
inmensa ráfaga de neutrinos, los laboratorios de neutrinos del mundo están
esperando la próxima con impaciencia. El objetivo será medir no solo cantidades
y energías, sino también los tipos de sabores que lleguen a la Tierra. Cuando
la estrella se colapsa, la densidad en su núcleo alcanza los 1014 g/cm3:
cien billones de gramos en cada centímetro cúbico. Es tan alta que los protones
y los electrones se combinan y forman un neutrón, y se libera un neutrino
electrónico.
Esta es
la primera de las dos maneras independientes en que se crean los neutrinos en
una supernova. El núcleo de neutrones resultante tiene una temperatura de más
de cien mil millones de grados, y esta energía térmica se disipa mediante el
segundo mecanismo: la formación de pares neutrino-antineutrino de todos los
sabores. Según las predicciones, esta segunda manera es la fuente más intensa
de neutrinos de una supernova. Una medición precisa de la fracción
correspondiente a cada sabor podría servir para determinar la importancia
relativa de la primera fase (que produce neutrinos electrónicos) y de la
segunda, que produce neutrinos de todos los tipos.
Figura
11. Las estrellas de neutrones y los neutrinos se crean conjuntamente. La
historia empezó con el modelo de Fermi de la desintegración del neutrón (la
figura 2 repetida aquí como fig. a). Cuando se crea una estrella de neutrones,
se da una variante de este mismo proceso básico. En una estrella densa, los
electrones y los protones son comprimidos tan fuertemente que se unen. Un
electrón y un protón dan lugar a un neutrón y un neutrino (fig. b). Los
neutrones forman la estrella de neutrones, y los neutrinos son radiados hacia
el espacio. Los superíndices indican las cargas eléctricas.
§. Neutrinos
oscilantes
La «astronomía de neutrinos» había empezado con la primera detección por Davis
de los neutrinos solares, aunque se habían necesitado más de treinta años para
que todo el mundo se convenciera. La llegada del SuperK, con sus
neutrinografías del Sol, y su detección de neutrinos de la atmósfera y de una
supernova, estableció la astronomía de neutrinos como una nueva rama de la
ciencia. Esto abría la emocionante posibilidad de que la captura de neutrinos
de objetos astronómicos más distantes permitiera explorar tarde o temprano el
universo a gran escala de una manera nueva y única.
Desde un
punto de vista pragmático, si los neutrinos iban a utilizarse para investigar
las interioridades de objetos celestes exóticos, como supernovas y explosiones
de rayos gamma, sería imperativo entender los neutrinos mismos, porque si algo
había quedado meridianamente claro era que los neutrinos cambian de naturaleza
en su camino desde el Sol. Es cierto que los neutrinos electrónicos
desaparecen, pero ¿acaban convirtiéndose en los del tipo muónico, los del tipo
tau, o en una mezcla de ambos? He aquí la nueva pregunta. Una consecuencia de
lo más radical era que si los neutrinos oscilan realmente, tal como Gribov y
Pontecorvo habían sugerido hacía tiempo, esto significaría que no podrían
carecer todos de masa. Los neutrinos con masa se saldrían del modelo estándar
de las partículas, que necesitaría una revisión.
Con el
problema de los neutrinos solares por fin resuelto, empezaron a surgir nuevas y
profundas preguntas. ¿Cuán rápidas son las oscilaciones? Cuando un tipo de
neutrino desaparece, ¿cuál se crea? Para que la astronomía de neutrinos se
convierta en una ciencia cuantitativa, antes tendrán que entenderse las
oscilaciones de neutrinos.
Cuando
Cowan y Reines detectaron el (anti)neutrino por primera vez, para capturar
algunos tenían que estar cerca del reactor nuclear que los emitía. Hoy, con
enormes detectores bajo el suelo, es posible captar los antineutrinos que
emiten los reactores situados a varios kilómetros de distancia. Eso está bien
si quieren estudiarse los neutrinos de los reactores, pero estos pueden ser un
ruido de fondo molesto si en realidad se está interesado en estudiar los
neutrinos procedentes de otra parte. En un experimento de la década de 1990,
para hacer una medición de neutrinos de mucha sensibilidad, se necesitaba saber
cuántos de ellos provendrían de una central de energía nuclear cercana. No fue
fácil averiguarlo.
Al llamar
al encargado del gabinete de prensa y preguntar cuántos antineutrinos producía
la central de energía, se hizo un silencio. Tal vez ajeno por completo a la
existencia del antineutrino, y preocupado por las continuas protestas de los
ecologistas contra la presencia de una central nuclear en la localidad, la
respuesta del encargado llegó abruptamente: «¡Ninguno!».
Entonces
el científico le explicó que es inevitable que un reactor nuclear produzca
antineutrinos a la vez que energía. Por lo tanto, si no había antineutrinos
entonces tampoco estaba produciendo energía. Así pues, ¿por qué estaba la
compañía facturando por la electricidad? O bien la compañía estaba cometiendo
un fraude o bien la respuesta «ninguno» no podía ser correcta. El encargado de
prensa prometió comprobarlo y devolver la llamada.
Algo más
tarde sonó el teléfono del despacho del científico. Era el encargado de prensa.
«Tiene razón —dijo—, sí producimos antineutrinos —y a continuación le dio una
cifra, aunque añadió en voz muy alta—: ¡Pero ninguno escapa!».
A menos que la central hubiera encontrado el santo grial de cómo capturar todos
y cada uno de los neutrinos, eso era un disparate, pero por lo menos los
científicos tenían la cifra que necesitaban. De aquí salió una idea astuta:
¿por qué no usar los reactores como fuente de antineutrinos en un experimento…
para estudiar antineutrinos? La idea era que si se los detectaba lejos de su
origen, y se comparaba cuántos habían llegado con cuántos habían salido, se
podría saber si habían oscilado de una variedad a otra por el camino.
Eso es lo
que hicieron los científicos japoneses en fechas recientes. Usaron un detector
en la mina de Kamioka para medir energías de antineutrinos. Se llama KamLAND,
de Kamioka Liquid Scintillator Neutrino Detector («Detector de Neutrinos de
Centelleador Líquido de Kamioka»), y solo es sensible a los antineutrinos de
tipo electrónico, que es la forma que producen las centrales de energía
nuclear. En función de la dirección de donde llegaba cada antineutrino, podían
determinar de cuál de las 53 centrales nucleares de Japón provenía[72].
Comparando las cantidades que llegaban con las que salían de las centrales,
hallaron que la intensidad no disminuía de manera uniforme con la distancia
recorrida. En cambio, dependía a la vez de la distancia y de la energía, y de
tal modo que disminuía y luego volvía a aumentar. La clave resultó estar ahí.
Cuanta
más energía tiene un antineutrino, más cerca está de moverse a la velocidad de
la luz. La distancia recorrida dividida por la energía es una medida del tiempo
que lleva viajando el antineutrino. Resultó que la disminución y el aumento
dependían de la duración del viaje. Tenía todas las características de una
oscilación.
KamLAND
está a más de cien kilómetros de algunos reactores, y el resultado fue que
desaparecía un promedio del 40 % de la cantidad esperada de antineutrinos.
Se han realizado varios experimentos situados aproximadamente a un kilómetro de
un reactor, pero en estos no se han hallado indicios de oscilación. Tanto en
las Árdenas como en Palo Verde (en Arizona), los resultados concordaban: un
kilómetro no es suficiente para que un neutrino cambie sus características de
modo medible.
KamLAND
demostró que los neutrinos oscilan, pero todavía no sabemos lo suficiente para
decir qué tipo de neutrino se transforma y en qué se transforma.
No
obstante, empieza a ser posible averiguar algo de las masas de los neutrinos.
Las matemáticas de las oscilaciones dan una medida de las diferencias entre los
cuadrados de las masas. El resultado es una cantidad muy pequeña, unos 10−5 eV2.
¿Qué significa esto para sus verdaderas masas? Bueno, eso depende de cuán
grande sea una de ellas. Si alguno no tiene masa, entonces otro debe tener una
masa de solo 10−2 eV aproximadamente. En comparación, la masa
de un electrón está cerca de medio millón de electronvoltios[73]. En
cambio, si ambos están cerca de 1 eV cada uno, sus masas solo pueden diferir en
10−5 eV.
De todos
modos, una cosa es segura: algunos tipos de neutrino tienen que poseer masa. Es
posible que todos ellos la tengan, pero los valores son extremadamente
diminutos, incluso a la escala del ligero electrón. Por qué sus masas son tan
parecidas, y a pesar de todo no idénticas, es uno de los principales
rompecabezas que ojalá resuelvan las generaciones futuras.
§. Minos
Entre los lagos y bosques del norte de Minnesota, cerca del municipio de
Soudan, hay una mina de hierro de principios del siglo XX, que seguía una veta
extremadamente pura de mineral de magnetita a unos ochocientos metros bajo
tierra. En la década de 1950 la extracción de mineral ya no resultaba rentable,
por lo que los propietarios, US Steel, le cedieron la mina al estado de
Minnesota, que ahora la administra como un parque donde pueden hacerse visitas
turísticas a las instalaciones subterráneas. A principios de la década de 1980,
unos físicos de la Universidad de Minnesota, que buscaban indicios de
desintegraciones de protones, se dieron cuenta de que aquel sería un sitio
ideal para instalar un detector subterráneo. De propina, también podía registrar
neutrinos producidos por las colisiones de rayos cósmicos en la atmósfera.
Junto a
algunos colegas estadounidenses e ingleses, construyeron un dispositivo
experimental en una cavidad excavada en el nivel más bajo de la mina. La
novedad era que su funcionamiento se basaba en un principio completamente
distinto del de los detectores de agua. Las partículas cargadas que producían
las interacciones de neutrinos se detectaban a través de los electrones que
liberaban de un gas noble, el argón. No hallaron ningún indicio de protones
inestables, pero su detección de neutrinos atmosféricos, los producidos por los
rayos cósmicos al incidir en la alta atmósfera, confirmaba los informes del
experimento de Kamiokande de que estos exhibían un déficit de neutrinos
muónicos. Ello demostraba que el efecto era real, y no se trataba de una
peculiaridad de la técnica de detección basada en el agua.
A finales
de la década de 1980, Maury Goodman observó que, al hallarse a una distancia de
735 kilómetros del complejo del acelerador del Fermilab cerca de Chicago, la
mina de Soudan daba la oportunidad de efectuar mediciones sistemáticas de las
oscilaciones de neutrinos. El problema de los neutrinos atmosféricos es que los
físicos no tienen ningún control sobre su producción. Debe aceptarse lo que da
la fortuna, y se intenta modelar cómo se producen los neutrinos a partir de un
conocimiento previo de los rayos cósmicos y de los procesos de interacción. En
cambio, si los neutrinos se producen en un acelerador, entonces pueden
prepararse con arreglo a ciertas condiciones, lo que permite seleccionar
neutrinos muónicos o electrónicos, y con energías específicas.
En primer
lugar, el acelerador produce protones de alta energía, que se dirigen contra un
objetivo de carbono. Esto produce grandes cantidades de piones cargados
eléctricamente, que se enfocan en un haz paralelo y se envían a lo largo de un
túnel al vacío donde se desintegran y dan neutrinos muónicos. Al final del
túnel, la pared de roca filtra todas las partículas cargadas, y tan solo deja
un haz de neutrinos.
Apuntando
el túnel hacia la mina de Soudan, el haz pasaría a través del detector que ya
estaba allí, y podrían estudiarse las interacciones de neutrinos para ver si
realmente habían desaparecido algunos de ellos. A causa de la curvatura de la
Tierra, el haz tenía que dirigirse hacia abajo según un ángulo de unos tres
grados. Así, la trayectoria del haz de neutrinos pasa de lleno a través de la
corteza terrestre.
A partir
de los resultados de Kamiokande y de Soudan se esperaba que, si el déficit de
neutrinos se debía a las oscilaciones, los neutrinos muónicos oscilarían y se
convertirían en neutrinos de tipo tau. Como los neutrinos muónicos producen
muones cuando interactúan, y los neutrinos de tipo tau producen partículas tau,
un detector que aislara muones podría comprobar si habían desaparecido
neutrinos muónicos. Debido a un golpe de suerte, 735 kilómetros eran la
distancia justa para que se produjera un máximo en las oscilaciones previstas
de un haz emitido desde el Fermilab.
Como
ocurre siempre en los experimentos con neutrinos, el problema estribaba en que
casi todos ellos pasarían a través de la Tierra y del detector sin interactuar.
Por aquel entonces, los aceleradores del Fermilab no podían producir ningún haz
de neutrinos lo bastante intenso como para llevar a cabo su experimento. No
obstante, en el laboratorio se estaba construyendo un nuevo acelerador, y su
suministrador de partículas, conocido como inyector principal, sería lo
suficientemente potente como para producir un haz de neutrinos que fuera de
utilidad en Soudan. En 1995 empezaba la construcción del nuevo acelerador, y
una colaboración de físicos, incluyendo los grupos originales que habían puesto
en marcha el laboratorio subterráneo de Soudan, estaba planeando el experimento
MINOS (Main Injector Neutrino Oscillation Search, «Búsqueda de Oscilaciones de
Neutrinos del Inyector Principal»).
En una
cavidad nueva y más grande de la mina de Soudan se construyó un enorme detector
de cinco mil toneladas. Utilizaba otro método de detección más. Las partículas
cargadas pasaban a través de plástico, al que se habían añadido pequeñas
cantidades de productos químicos especiales, y emitían destellos de luz
(centelleos). Estos centelleos pueden captarse y enviarse a unos fototubos
similares en principio a los usados para detectar la luz de Cerenkov en los
detectores de agua. Modelando el plástico como tiras estrechas, intercaladas
entre placas de acero, puede seguirse la trayectoria de las partículas cargadas
a través del detector y, magnetizando las placas de acero, la curvatura de las
trayectorias, y por lo tanto la energía de las partículas producidas, puede
medirse. Con toda esta información, pueden reconstruirse los detalles de la
interacción del neutrino, y en particular su energía. Luego, tanto la distancia
recorrida (los 735 kilómetros que lo separan del Fermilab) como la energía del
neutrino son conocidas. Un detector muy similar (pero más pequeño) se construyó
también en el Fermilab, así que si se comparaba la distribución de energía de
los neutrinos medida en el Fermilab con la medida en Soudan, podía medirse de
qué modo el déficit, fuera el que fuera, dependía de la energía de los
neutrinos. Si, como se esperaba, exhibía una pauta de oscilación, esta mediría
la diferencia de masa entre los neutrinos producidos y los resultantes de dicha
oscilación.
A
principios de 2005, el acelerador, el haz de neutrinos y los dos detectores
estaban a punto, y empezó el experimento. En Soudan se registraron dos o tres
interacciones a la semana debidas a neutrinos procedentes del haz y, tras un
año de funcionamiento, se observaba un claro déficit de neutrinos. El
experimento todavía está funcionando, y da resultados cada vez más precisos. Se
espera que tarde o temprano permita averiguar si los neutrinos muónicos se
transforman en neutrinos electrónicos y también neutrinos de tipo tau, y además
si los antineutrinos oscilan igual que los neutrinos. Incluso cabe la
posibilidad de que se encuentren diferencias fundamentales entre los neutrinos
y los antineutrinos. Tal descubrimiento podría arrojar luz sobre la cuestión de
cómo es posible que nuestro mundo dominado por la materia surgiera del universo
simétrico de materia-antimateria producido por el Big Bang[74].
§. Neutrinos
de «regreso al futuro»
La investigación de los neutrinos solares había experimentado un cambio
drástico desde que Davis empezó a hacerlo. Hacia 1990, el objetivo principal se
había convertido en comprender los neutrinos mismos. Cuando Davis empezó su
búsqueda, su equipo consistía en solo un puñado de científicos e ingenieros. Un
experimento típico implica en la actualidad a más de cien físicos, en una
colaboración internacional. Casi todos los experimentos usan la electrónica y
no la radioquímica. Aunque Davis halló en promedio un neutrino a la semana, y
no sabía nada de su energía excepto que tenía la suficiente, por lo menos, para
ser detectado, los experimentos electrónicos registran miles de eventos cada
año, junto a mediciones de sus energías, e incluso las direcciones de
procedencia. Como vimos en “Neutrinografía del sol” (Cap. 8), incluso es
posible mostrar una imagen del Sol brillando con «luz de neutrinos».
El mayor
desafío para la investigación de los neutrinos solares sigue siendo el de
detectar los neutrinos de energía más baja que se producen en las reacciones de
fusión primarias. Con energías tan bajas, tienen muy pocas probabilidades de
interactuar, pero abarcan más del 99 % del flujo solar total. Las
predicciones de la astrofísica sobre los neutrinos solares son de lo más
precisas con respecto a las energías más bajas, que están por debajo de 1 MeV.
El detector del SNO, basado en el agua pesada, continuó estudiando el Sol hasta
2006, cuando expiró el préstamo por diez años de la AECL. Todavía existe parte
del aparato y, en lugar de agua pesada, se usará un líquido orgánico, el cual
emite destellos de luz cuando lo atraviesan partículas cargadas. Estos destellos
serán más brillantes que en el caso del agua pesada. Una consecuencia será que
el SNO, en su nueva fase, podrá detectar neutrinos con energías más bajas que
antes. Esto podría empezar a enseñarnos algo sobre el proceso primario y
dominante de producción de energía solar, a partir de los protones como fuente
básica de dicha energía.
También
cabe la esperanza de que, al acumular más datos, nos resulte posible ver si los
flujos cambian del día a la noche. Por la noche los neutrinos tienen que pasar
a través de toda la Tierra, en lugar de hacerlo solo un par de kilómetros, como
sucede de día. Se predice que este efecto MSW de la Tierra sea pequeño, así que
será un reto.
La
posibilidad de examinar en profundidad el espacio mediante las inmensas
cantidades de neutrinos que llenan el vacío es una meta emocionante. Los
astrofísicos creen que las explosiones de rayos gamma, que han dejado perplejos
a los astrónomos, están acompañadas de hordas de neutrinos. Se predice que
estos tengan energías superiores a cien billones de electronvoltios, es decir
por lo menos diez veces mayores que las energías que pueden obtenerse para los
haces primarios en el acelerador más potente del mundo, el LHC del CERN. Para
capturar algunos de esos neutrinos procedentes de la galaxia, e incluso más
allá, se necesitan enormes detectores subterráneos.
La
astronomía de neutrinos ha abandonado los laboratorios situados en cavidades
subterráneas y, para capturar las más elusivas partículas, ahora utiliza
características naturales de la Tierra como detectores. Esos nuevos telescopios
de neutrinos son subacuáticos y están en el mar Mediterráneo y en el lago
Baikal, en Rusia. También los hay bajo el hielo de la Antártida. Ocupan un
kilómetro cuadrado, y tienen nombres tan románticos como AMANDA y ICECUBE.
AMANDA
significa Antarctic Muon And Neutrino Detector Array («Alineación de Detectores
de Muones y Neutrinos de la Antártida»). Está enterrada bajo un kilómetro de
hielo y trata de detectar neutrinos cósmicos de alta energía procedentes de
nuestra galaxia o de otras. Además de los neutrinos solares, hay neutrinos
viajando por el universo que son restos del Big Bang, y también
inmensas cantidades producidas por colosales explosiones estelares.
Por
supuesto hay neutrinos en cantidades enormes ahí fuera, pero su flujo es
relativamente poco intenso en el momento de llegar aquí. La captura de
neutrinos solares ha requerido detectores con miles de toneladas de material.
Es probable que el flujo de neutrinos de las partes lejanas de nuestra galaxia
y de más allá sea tan tenue con relación al flujo de neutrinos solares como la
luz de las estrellas con respecto a la luz del día. Para tener alguna
posibilidad de capturarlos se necesitan detectores que contengan más de un
kilómetro cúbico de materia. Es obvio que resulta imposible construir algo así
en un laboratorio, pero la ingeniosa solución ha sido usar el hielo de la
Antártida como un detector natural.
Cuando
los neutrinos de los rayos cósmicos chocan con los átomos del hielo, pueden
producirse muones. A su vez, al pasar a través del hielo, estos generan
radiación de Cerenkov, tenues destellos de luz azul. Todo lo que se necesita es
detectarlos.
El hielo
de la Antártida no es como el hielo que estamos acostumbrados a ver en un frío
día de invierno. En la Antártida, la nieve ha caído sobre el hielo durante un
tiempo mucho más largo que el de los registros históricos. A un kilómetro bajo
la superficie actual, la nieve cayó hace diez mil años, poco después de la
última glaciación. La presión es tan grande que ahí abajo todas las burbujas de
aire han sido expulsadas, y el resultado es un hielo tan puro que los destellos
de luz, producidos por los neutrinos, pueden viajar centenares de metros sin
perder intensidad. Se han hecho descender tubos fotomultiplicadores por pozos
abiertos en el hielo mediante un taladro especial que lo derrite con chorros de
agua caliente. Al volver a helarse, fija en su sitio al detector, que está
unido a un largo cable. A partir de entonces no deja de registrar datos. Una
alineación de esos detectores espera los destellos de luz indicativos que
señalan un neutrino. El sistema es tan sensible que registra regularmente neutrinos
atmosféricos de todas partes alrededor del globo. Algunos provienen
directamente de una zona situada sobre la Antártida, mientras que otros han
recorrido todo el camino a través de la Tierra, desde el Polo Norte.
Ideas
similares se están desarrollando en el hemisferio norte, pero usando agua en
lugar de hielo. Desde 1998 ha habido un detector relativamente pequeño, con un
área de unos cuantos miles de metros cuadrados, bajo el lago de agua dulce más
profundo del mundo, el lago Baikal, en Siberia. No obstante, se necesitan
detectores más grandes para hacer mediciones verdaderamente sensibles. Se está
construyendo una gran alineación de fototubos en profundas fosas naturales del
mar Mediterráneo. ANTARES significa Astronomy with a Neutrino Telescope and
Abyss environmental RESearch («Astronomía con un Telescopio de Neutrinos e
Investigación del Medio Abisal»), y es un detector en fase de construcción ante
la costa sur de Francia, cerca de Toulon. Otro detector, NESTOR, estará en las
regiones más profundas del mar Mediterráneo, al sureste del Peloponeso, en
Grecia.
El núcleo
galáctico de la Vía Láctea está completamente oscurecido por gas denso y
numerosos objetos brillantes. Sin embargo, es posible que los neutrinos
producidos en el núcleo galáctico sean detectables mediante telescopios
terrestres de neutrinos en la próxima década.
El
objetivo estriba en saber qué hay en el universo que no podamos ver mediante
luz visible u ondas electromagnéticas de cualquier longitud de onda. El reto
será desarrollar los instrumentos adecuados para detectar esos neutrinos, medir
sus energías e identificar de dónde han venido. Si las explosiones de rayos
gamma se pueden ver mediante neutrinos, estaremos detectando neutrinos que
llevan miles de millones de años viajando por el espacio. Así como el viaje de
diez minutos de los neutrinos solares es inmenso en la escala de los
nanosegundos del laboratorio, a su vez los tiempos de viaje de los neutrinos
cósmicos son respectivamente más inmensos todavía.
El viaje
desde las regiones más distantes del universo, a lo largo de escalas de tiempo
tan inmensas, podría revelar propiedades exóticas de los neutrinos. Es posible
que interactúen con la radiación cósmica de fondo procedente del Big
Bang. Podrían estarnos esperando sorpresas que resulten ser incluso más
sensacionales que cualquier cosa que haya ocurrido hasta ahora.
Capítulo
11
Recapitulación
Contenido:
§. El
«más difícil todavía» de Reines
§. Koshiba en Japón
§. Davis y Bahcall
§. Bruno Pontecorvo
§. Crepúsculo
Ocho
décadas después de que Pauli exclamara que había hecho «algo terrible», al
admitir que había «postulado la existencia de una partícula que no se puede
detectar», la astronomía de neutrinos está a punto de permitirnos mirar en el
interior de lejanas galaxias, y hallar ecos del Big Bang. Han
ocurrido muchas cosas desde aquel instante fundacional en que Pauli ideó el
neutrino. La primera fase de nuestra historia duró veintiséis años, hasta el
día de junio de 1956 en que Clyde Cowan y Fred Reines decidieron que se sentían
suficientemente seguros como para decirle a Pauli que por fin habían demostrado
que tenía razón.
Le
enviaron un telegrama, que recibió mientras asistía a un congreso en el CERN.
Interrumpió la reunión para leérselo a los presentes. «Nos alegra informarle de
que definitivamente hemos detectado neutrinos. El [ritmo al que los detectamos]
encaja con [lo que] se esperaba». Pauli y sus colegas consumieron una caja de
champán para celebrarlo[75]. Pauli
pagó por el champán que se había apostado años antes, y también envió una
agradecida respuesta, dándoles las gracias por la noticia, y añadiendo el
comentario: «Todo llega al que sabe esperar».
Resulta
que ese comentario resume toda la historia de los neutrinos, y las distintas
fortunas de los héroes de nuestro relato.
§. El
«más difícil todavía» de reines
Como dijo concisamente un destacado físico, Luis Álvarez, una vez descubierto
el neutrino: «¿Cómo logras un “más difícil todavía”?». Si alguien esperaba un
Premio Nobel por ese descubrimiento, tendría que esperar. Reines marcó un «más
difícil todavía» al continuar su búsqueda «para hacer la medición más difícil
posible». La probabilidad de que un neutrino interactúe con algo es pequeña, y
la teoría implicaba que su probabilidad de interacción con un electrón es la
más pequeña de todas. Reines pasó veinte años intentando efectuar esa medición,
haciendo experimentos cada vez más precisos. Finalmente lo logró, y cuatro
décadas después, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, dijo que había
sido la probabilidad de interacción más pequeña de cualquier proceso jamás
medido.
Sin
embargo, no había dedicado veinte años solamente a esto. Su principal actividad
a partir de 1960 había sido la búsqueda de neutrinos producidos de modo natural
por los rayos cósmicos. Las colisiones entre los rayos cósmicos y la atmósfera
producen muchos piones, que se desintegran en forma de muones y neutrinos.
Desintegraciones del mismo tipo, producidas en aceleradores, fueron las que
inspiraron a Steinberger, Schwartz y Lederman en 1960. Esto intrigó a Reines,
quien se dio cuenta de que los piones cósmicos tienen que producir chorros de
neutrinos. El reto era cómo detectarlos.
Tras
progresar en paralelo a Davis en 1950, cuando ambos buscaban neutrinos en el
reactor de Savannah River, sus carreras volvían a seguir un curso similar.
Davis bajó a 1,6 kilómetros de profundidad en Dakota del Sur en busca de
neutrinos del Sol, a la vez que Reines construía un dispositivo experimental a
3,2 kilómetros bajo tierra en una mina de oro de Johannesburgo en busca de
neutrinos de los chorros cósmicos. El 23 de febrero de 1965 Reines detectó el
primer neutrino «natural». Hasta esa fecha, los únicos neutrinos registrados se
habían producido en reactores o aceleradores.
Los
experimentos subterráneos de Reines que detectaban neutrinos cósmicos se
convirtieron en su principal foco de interés. Era uno de los principales
investigadores del IMB (véase SUPERNOVA en Cap. 10) cuando en 1987 llegaron los
primeros neutrinos de una supernova. Los datos no solo demostraron que nuestras
teorías sobre las supernovas eran correctas, sino que también revelaron algunas
cosas sobre los neutrinos. Los resultados implicaban que solo hay tres tipos de
neutrinos: el tipo electrónico, el tipo muónico y el tipo tau. En los
experimentos de 1990 realizados en el CERN, que no guardaban ninguna relación
con las supernovas, también se demostró que el número de tipos es tres[76]. Esa
observación también encaja con la cosmología teórica, que puede explicar las
abundancias relativas de los elementos químicos ligeros en el universo a gran
escala si se supone que del Big Bang salieron tres tipos de
neutrino. Así pues, en 1995 se había establecido la existencia de tres tipos de
neutrino, y la astronomía de neutrinos, dedicada al Sol y las explosiones de
supernova, había nacido como disciplina científica.
Ese año,
treinta y nueve después de demostrar la existencia de «la más diminuta cantidad
de algo real jamás imaginada por un ser humano», y a la edad de setenta y siete
años, Reines recibió el Premio Nobel. El galardón reconocía su trabajo de una
vida con los neutrinos: su descubrimiento, la determinación de sus propiedades,
y la inspiración del nacimiento de la astronomía de neutrinos. Su discurso de
aceptación[77] fue
extremadamente elogioso para quien había colaborado con él una vez: «Clyde
Cowan fue un colega de igual a igual. Lamento que no viviera lo suficiente para
compartir conmigo este honor».
§. Koshiba
en Japón
Para Masatoshi Koshiba, la espera fue de otro tipo. Nació en Tokio en 1926,
estudió física en la universidad de la misma ciudad, y se licenció en 1951. Fue
a Estados Unidos para hacer su doctorado, en la Universidad de Rochester, se
pasó tres años como investigador asociado en la Universidad de Chicago, entre
1955 y 1958, y luego regresó a Japón. Consagró su vida a la física nuclear y de
partículas experimental, y ascendió de manera gradual hasta obtener el puesto
de profesor en la Universidad de Tokio en 1970. Solo cuando estaba cerca de los
sesenta años y de la jubilación se incorporó al proyecto que le daría renombre:
inspirado por los intentos de Davis de detectar neutrinos solares, Koshiba
dirigió el grupo que construyó el primer observatorio de neutrinos solares
plenamente equipado.
Tuvo tres
aplicaciones diferentes: aquella para la que fue diseñado, una que se produjo
por casualidad, y otra completamente inesperada. La primera fue su capacidad
para tomar neutrinografías del Sol, que confirmaron los resultados de Davis y,
junto al SNO, resolvieron el problema de los neutrinos solares. La segunda fue
pura buena suerte cuando, solo dos meses después de la puesta en marcha, oyeron
que se había visto una supernova en los cielos australes. La energía de cada
(anti)neutrino de una supernova es mucho mayor que la de un neutrino solar, lo
que los hace más fáciles de detectar. Como el detector ya era capaz de detectar
neutrinos solares, comprobaron los datos y les resultó fácil encontrar las
señales de los neutrinos de la supernova.
En tercer
lugar, obtuvieron una propina inesperada al detectar neutrinos procedentes de
los rayos cósmicos. Como las distintas pautas de la radiación de Cerenkov
permitían distinguir los electrones de los muones, podían saber si estaban
detectando señales de neutrinos de tipo electrónico o de tipo muónico.
Esperaban ver dos de tipo muónico por cada uno de tipo electrónico, pero se
encontraron con que había menos neutrinos muónicos de los esperados. Podían
distinguir los neutrinos que venían de una zona situada sobre Japón, tras un
recorrido de no más de veinte kilómetros, de los que llegaban horizontalmente
después de haber viajado unos mil kilómetros, y de los que llegaban desde
abajo, tras cruzar toda la Tierra en una travesía de trece mil kilómetros. Los
neutrinos que llegaban de más lejos tenían una proporción menor del tipo
muónico. Así pues, en el SuperK podían afirmar que habían sido los primeros en
hallar indicios claros de que los neutrinos tienen masa[78]. Esto
podía explicar por qué Davis había encontrado menos neutrinos solares de los
que él y Bahcall esperaban, y encajaba con otra de las ideas de Pontecorvo: que
los neutrinos pueden oscilar.
Entre las
muchas ironías que ha producido la historia de los neutrinos, la aventura de
los neutrinos atmosféricos y la contribución de Koshiba bien merecen un
comentario aparte[79]. Los
primeros experimentos para detectar neutrinos atmosféricos datan de 1963, y en
aquel caso dichos neutrinos eran el resultado inesperado de la medición,
efectuada por Fred Reines y otros, de la penetración de los rayos cósmicos
(principalmente muones) a través del suelo. A pesar de que por aquel entonces
el equipo japonés, y también Pontecorvo y Gribov, habían predicho las
oscilaciones de neutrinos, nadie estaba lo bastante interesado en ello como
para instalar grandes detectores de neutrinos bajo tierra. En cambio, todos los
esfuerzos se destinaron a realizar experimentos que usaban los haces de
neutrinos mucho más intensos que se empezaban a producir en los aceleradores[80]. Sin
embargo, los veinte años de búsqueda de oscilaciones de neutrinos en los
aceleradores acabaron en fracaso.
De hecho,
por aquel entonces algunos científicos habían propuesto que se instalaran
detectores a varios kilómetros de distancia de los aceleradores, una idea que
se retomó después (véase el capítulo 10), pero la administración del CERN
canceló los planes originales. Una propuesta para situar un detector en el lado
más alejado de las montañas de Jura, para detectar neutrinos procedentes del
CERN, se consideró excesivamente delicada en un momento en que el CERN estaba
intentando conseguir apoyo para su gran colisionador de electrones y positrones
(LEP), un acelerador subterráneo de 27 kilómetros. En apariencia, la inquietud
de la administración se debía a que, si la gente se enteraba de que los
neutrinos podían atravesar un macizo montañoso, la opinión pública podría
empezar a preocuparse de lo que pudiera pasarles a los seres humanos. Explicar
que los neutrinos son inocuos sería una tarea «educativa» extra a la que habría
que recurrir durante las delicadas negociaciones. La política ganó, y los
cazadores de oscilaciones del CERN perdieron.
Ya era la
década de 1980 y, como vimos en el capítulo 10, los intentos fallidos de
detectar desintegraciones de protones no dejaron a los experimentos
subterráneos otra opción que estudiar los neutrinos atmosféricos. Y por ese
motivo Koshiba empezó a defender la idea del SuperK.
En 1990,
cinco experimentos realizados en Estados Unidos, Europa y Japón estaban
detectando la anomalía en las cantidades relativas de neutrinos atmosféricos de
los tipos muónico y electrónico. La ironía es que no se le daba crédito. En
1992, en el principal congreso internacional de física de partículas, celebrado
en Dallas, la persona que explicó los progresos en aquel campo resumió las
razones por las que podía dudarse de que la supuesta anomalía fuera real[81].
La
observación de las oscilaciones de los neutrinos atmosféricos en la Tierra se
debe en parte a la naturaleza única de nuestro planeta. El campo magnético
terrestre determina el comportamiento de los rayos cósmicos incidentes y, por
lo tanto, de las energías de los neutrinos y de la intensidad de su flujo. Por
suerte, el radio de la Tierra, que determina la distancia que recorren los
neutrinos de un lado a otro, es el que más se ajusta al ritmo de oscilación de
los neutrinos de esa energía y esa masa. Además, la densidad de la Tierra es lo
bastante pequeña como para que solo uno de cada mil neutrinos se perdiera al
atravesar el planeta en sentido diametral. Fue todo cuestión de suerte.
La
detección de las oscilaciones de los neutrinos atmosféricos fue un afortunado
efecto colateral de una búsqueda fallida de desintegraciones de protones, y de
la extraordinaria precisión que podían proporcionar los grandes detectores
llenos de agua pura. La inspiración del SuperK fue el legado de Koshiba, aunque
ya se había jubilado cuando se hallaron los indicios clave. Koshiba compartió
el Premio Nobel con Davis en 2002 por sus «contribuciones precursoras a la
astrofísica [de neutrinos]». Con setenta y seis años, Koshiba era casi un
joven.
§. Davis
y Bahcall
Ray Davis, que había sobrevivido hasta la edad de ochenta y siete años, recibió
con gratitud un Premio Nobel enormemente justificado. Había intentado mirar en
el interior del Sol, y había dedicado toda su carrera a un logro que finalmente
llegó.
Su
colaborador durante mucho tiempo, John Bahcall, también había consagrado toda
su carrera a una misma búsqueda. Fueron su artículo y el de Davis, publicados
consecutivamente en Physical Review Letters en 1964, los que
pusieron en marcha la aventura. Cuando Davis y Koshiba compartieron el Premio
Nobel por su trabajo experimental, no se incluyó a Bahcall. Se especuló que si
él y Davis hubieran escrito un único artículo en colaboración, en lugar de dos
individuales, el resultado podría haber sido distinto. Sin embargo, esto parece
improbable: el comité del Premio Nobel había citado ambos artículos en sus
notas técnicas, así que no cabía ninguna posibilidad de que Bahcall hubiera
pasado desapercibido. El premio reconocía los principales y definitivos actos de
experimentación que habían creado una nueva rama de la ciencia: la astronomía
de neutrinos. Los cálculos de Bahcall del flujo de neutrinos solares, sin los
cuales quizá nada de esto habría empezado, eran por supuesto de singular
importancia en la historia de la ciencia del siglo XX, pero, por lo menos según
la opinión del comité del Premio Nobel, estaban en otro plano cualitativo.
A pesar
de todo, en los meses anteriores al anuncio del premio, habían abundado las
especulaciones de que, ahora que todo había encajado limpiamente, aquel sería
el año en que el Premio Nobel reconocería la tarea de los cazadores de
neutrinos. Muchos físicos especulaban con que el nombre de Bahcall estaría en
la lista de los principales candidatos, y quedaron sumamente sorprendidos
cuando no se lo incluyó. Al pedírsele una respuesta ante el anuncio de los
premios, dijo generosamente que eran muy merecidos, y que le complacía ser
«mencionado en esa distinguida compañía».
John
Bahcall no ganará nunca el premio, pues murió en 2005, con solo setenta años.
Había sobrevivido lo bastante como para ver confirmado el trabajo de su vida, y
será recordado durante mucho tiempo por su espontáneo comentario del año 2001,
cuando se anunciaron los resultados del experimento del SNO que les daban la
razón a él y a Davis: «Soy tan feliz que me pondría a bailar».
Si los
neutrinos no hubieran oscilado, entonces es probable que Davis hubiera medido
la misma cantidad de SNU calculada por Bahcall en los primeros años de
búsqueda. El curso de la historia podría haber sido muy distinto. Si tuvo que
pasar tanto tiempo fue porque los neutrinos llevan carnés de identidad, y
pueden intercambiarlos de manera subrepticia cuando se les da la ocasión. Ambos
hechos fueron anticipados por Bruno Pontecorvo. Ciertamente, toda la
trayectoria de la física de neutrinos había llevado el sello teórico de
Pontecorvo durante más de medio siglo.
§. Bruno
Pontecorvo
Uno de los placeres que da el escribir un libro es que la trama no siempre se
desarrolla como uno esperaba. En un primer momento me había inspirado en la
singular dedicación de Ray Davis a la búsqueda de los neutrinos solares, que
culminó en su Premio Nobel. No había previsto que la identidad del personaje
central de la trama acabaría siendo la de Bruno Pontecorvo. Era en Pontecorvo,
no menos que en Clyde Cowan y John Bahcall, en quien estaba pensando cuando
preparé el desarrollo narrativo con la frase: «La longevidad es una gran baza
en el oficio de los neutrinos. No todos serían tan afortunados».
En 1934,
el joven Bruno Pontecorvo había notado que la radiactividad se comportaba de un
modo extraño en el experimento de Fermi. Este siguió la pista que le había dado
Pontecorvo, y ganó el Premio Nobel. Una de las consecuencias a largo plazo de
todo esto fue el desarrollo de los reactores nucleares, que producen la intensa
emisión de neutrinos que Cowan y Reines utilizaron para su descubrimiento.
La
entrada de Pontecorvo en la historia de los neutrinos llegó en 1946, con su
temprana argumentación con respecto a las ventajas del uso del cloro como
detector de neutrinos. Fue esa idea la que impulsó a Davis a una búsqueda que
duró el resto de su vida.
La
propuesta de Pontecorvo de utilizar el cloro como un medio ideal para capturar
neutrinos era correcta. El problema estribaba en que los reactores producen
antineutrinos, para los que dicha técnica no es aplicable. Así pues, el
descubrimiento del neutrino por Cowan y Reines le debía poco a Pontecorvo. Si
se hubiera dado el caso de que los reactores emitieran neutrinos en lugar de
antineutrinos, o de que los neutrinos y los antineutrinos se comportaran igual,
entonces sin duda Davis habría hecho el descubrimiento, y él y Pontecorvo
probablemente habrían compartido el Premio Nobel por ello. Esa no fue más que
la primera oportunidad de ganar un Premio Nobel que la fortuna se conjuraba
para negarle.
Donde la
idea de Pontecorvo dio frutos fue en la búsqueda de neutrinos solares. El Sol
sí produce neutrinos, pero no antineutrinos. Davis fue la primera persona que
miró al interior de una estrella, y lo hizo mediante la idea de Pontecorvo. Sin
embargo, la gente tardó cerca de treinta años en convencerse de que Davis tenía
razón. Hoy sabemos por qué costó tanto: los neutrinos electrónicos oscilan, por
lo que se transformaban durante su recorrido desde el Sol, y escapaban a la
trampa de Davis.
Pontecorvo
incluso había anticipado por qué los neutrinos solares tenían ese mal
comportamiento. Fue el primero en suscitar la cuestión de si los neutrinos
electrónicos y los neutrinos muónicos son distintos, demostró cómo resolver
dicha cuestión mediante experimentos y, cuando se averiguó que eran distintos,
incluso sugirió que las oscilaciones podrían ser la causa del déficit en el
experimento de los neutrinos solares de Davis.
No solo
Pontecorvo tenía razón también en eso, sino que además la historia de sus
revelaciones está llena de ironías. Si las oscilaciones de neutrinos no
hubieran existido, Pontecorvo habría tenido razón la primera vez (por su idea
del cloro como detector) y Davis habría capturado los neutrinos solares al
ritmo previsto. En este caso la ironía estriba en que Pontecorvo tuvo razón más
de una vez. Las oscilaciones de neutrinos diluyeron la señal de Davis hasta el
punto de que sus resultados se pusieron en duda durante casi treinta años. La
sugerencia de Pontecorvo de que las oscilaciones de neutrinos eran las
responsables fue desdeñada casi por completo. Esto no empezó a aclararse hasta
1998, y solo en 2001 quedó firmemente establecido.
La
hipótesis de las oscilaciones de los neutrinos era una consecuencia de su
anterior idea según la cual los neutrinos producidos en asociación con
electrones eran de algún modo distintos a los producidos junto a muones. En
este caso, Pontecorvo fue un espectador cuando Lederman, Steinberger y Schwartz
ganaron el Premio Nobel por haber efectuado este mismo descubrimiento de manera
independiente, y valiéndose de los mismos medios que él había sugerido.
Pontecorvo perdió la oportunidad porque, en un momento decisivo de la historia
de los neutrinos, había decidido vivir tras el Telón de Acero. Sus artículos
fundamentales aparecieron originalmente en ruso, y no fueron leídos en
Occidente. En la Unión Soviética las instalaciones experimentales no eran las
adecuadas para que pudiera hacer realidad sus sueños, y las autoridades le
denegaron el permiso para viajar a los países occidentales, donde habría podido
añadir un Premio Nobel al premio que recibió de Moscú, el Premio Stalin.
De todas
sus ideas, quizá la de más alcance sea su inspiración de 1959 según la cual los
neutrinos electrónicos y los neutrinos muónicos son distintos. Esto condujo al
modelo estándar moderno de la física de partículas, y a la hipótesis de que los
epónimos neutrinos electrónicos y muónicos podían intercambiar sus identidades
según una oscilación, siempre y cuando tuvieran algo de masa. Esta idea fue
desarrollándose a lo largo de varios años hasta alcanzar su madurez en 1967, un
año entero antes de que Davis descubriera la anomalía de los neutrinos solares.
Algunos años más tarde, mientras miraba una vieja edición de una revista
científica, me topé con el artículo de Pontecorvo y «descubrí» que estaba en
Moscú.
Quizá sea
este artículo, más que ningún otro, el que resume el triunfo y la tragedia de
la carrera científica de Pontecorvo. A causa de las oscilaciones de neutrinos
los neutrinos del Sol quedaban diluidos antes de llegar al tanque de cloro. Si
no hubiera sido así, entonces Davis habría detectado el flujo en toda su
intensidad en 1964 y habría recibido los honores de inmediato, junto a
Pontecorvo: una segunda oportunidad de compartir un Premio Nobel. En cambio,
por aquel entonces las oscilaciones de neutrinos resultarían ser una maldición.
Ray Davis tuvo que pasarse treinta años intentando averiguar por qué parecían
estar ausentes tantos neutrinos del Sol. Esto no quedó aclarado hasta el cambio
de siglo, y acabó conduciendo a su Premio Nobel, obtenido en 2002, a la edad de
ochenta y siete años. Pontecorvo, en cambio, había muerto en 1993, sin saber
qué grandes verdades había sacado a la luz.
Nunca vio
firmemente establecido el fenómeno de la oscilación de neutrinos, ni el modo en
que se usa hoy en día para medir las más sutiles características de esas
entidades fantasmales. En la actualidad, dichos experimentos prometen
mostrarnos cómo ha evolucionado el universo material hasta adquirir su forma
presente, con la posibilidad real de que los neutrinos guarden el secreto de
por qué hay un exceso de materia en el universo a gran escala. Las oscilaciones
de neutrinos están bien confirmadas, y nos arrojan indicios de que hay nuevos
fenómenos físicos esperando ser descubiertos, pero solo si hacemos experimentos
a energías que no se han visto desde el Big Bang. El LHC del CERN
empezará a revelar algunos de estos nuevos fenómenos a lo largo de la próxima
década. Sin embargo, sean cuales sean las sorpresas que nos aguardan, ninguno
de los héroes principales de este relato estará ahí para construir sobre las
nuevas visiones.
Bruno
Pontecorvo «abrió los ojos a todos con sus originales inspiraciones»[82]. Pocos
científicos han sido tan ricos en ideas de gran alcance sin que les llegara su
parte del Premio Nobel.
§. Crepúsculo
Esta ha sido la historia del Sol no menos que la del neutrino. Davis y Bahcall
empezaron con la intención de que los neutrinos revelaran algo del Sol, pero,
en cambio, el Sol reveló algo sobre los neutrinos. A lo largo de todo este
relato, lo que la gente se propuso lograr no coincidió jamás con lo que iban a
encontrarse.
En el
siglo XIX, la cuestión de cómo brilla el Sol hizo que la geología y la
evolución entraran rápidamente en conflicto. Los físicos teóricos más
destacados de aquella época dieron una respuesta equivocada tras otra: sobre la
fuente de energía del Sol, sobre la edad de la Tierra, y con respecto a las
consecuencias que tendría en otras ramas de la ciencia. Lo hacían tan bien como
podían, dados los conocimientos de que disponían entonces. Con los beneficios
que nos da todo lo que sabemos ahora podemos decir, en retrospectiva, que el
calor y la longevidad del Sol revelaron que hay más cosas en el Cielo y la
Tierra de las que sospechaba su filosofía del siglo XIX.
Ni la
llegada de la teoría de la relatividad especial de Einstein ni las mediciones
muy precisas de las masas de los átomos de hidrógeno y helio tenían nada que
ver con esta historia, o así se creyó al principio. No obstante, a mediados del
siglo XX había quedado claro que desempeñaban un papel decisivo en la trama.
Dichos
logros permitieron a los astrofísicos determinar cómo brillan las estrellas. Se
pudo demostrar que las estrellas son reactores de fusión nuclear en el cielo,
que las explosiones de supernovas dan lugar a estrellas de neutrones, y que la
estrella más próxima a nosotros, el Sol, obtiene la energía de la fusión del
hidrógeno. Al principio, todo esto era mera teoría, basada en la observación
remota y en los resultados de experimentos realizados en laboratorios del
planeta Tierra. A finales del siglo XX, una vez se hubo establecido la
existencia del neutrino, se hizo posible detectar neutrinos de las estrellas y
averiguar directamente qué sucedía dentro de ellas. Bastó con una veintena de
neutrinos de una supernova, repartidos a lo largo de unos cuantos segundos, y
cuyas energías se midieron mediante destellos de luz en una cavidad
subterránea, para demostrar que una supernova está mucho más caliente que el
Sol, y que da lugar a una densa estrella de neutrones. Esto sucede tal como lo
habían predicho los astrofísicos, y para mí es quizá la más extraordinaria
sinergia[83] de
toda la ciencia pura.
El Sol
está lo bastante próximo como para que los neutrinos nos permitieran hacer
mediciones muy precisas de lo más profundo de su núcleo. En este caso, los
neutrinos volvieron a indicar que la teoría es correcta. Las energías reales de
los neutrinos se ajustaban a las predicciones, igual que sus cantidades excepto
por un factor de dos o tres. Dado que se habrían podido hallar neutrinos con
valores cientos de veces mayores, o incluso no hallarse ninguno en absoluto, el
hecho de que los resultados estuvieran tan cerca era extraordinario. En la
actualidad, cuando las oscilaciones se toman en cuenta, el ajuste es muy bueno.
Igual que había ocurrido con las mediciones de las masas de los átomos de
hidrógeno y helio unas décadas antes, una vez más se hacía evidente la
importancia de la precisión en las mediciones.
El
resultado de décadas de investigación es que ahora estamos seguros de que las
reacciones nucleares que producen neutrinos son las mismas que hacen que el Sol
brille. Esto cierra el debate científico más amplio sobre la edad de la Tierra,
y sobre el origen de la energía del Sol, que empezó con Darwin y lord Kelvin a
mediados del siglo XIX. El hecho de que las cantidades se midieran con
suficiente precisión permitió revelar no solo el funcionamiento del Sol, sino
también los inesperados misterios de los neutrinos.
La etapa
de encontrarles explicaciones duró medio siglo. Ahora los neutrinos se están
convirtiendo en instrumentos para la investigación cuantitativa de fenómenos
cósmicos muy lejanos en el espacio y el tiempo. No solo nos permitirán ver en
el interior de estrellas distantes, sino también que una nueva iniciativa está
cerrando el círculo. La radiactividad natural de la Tierra ayudó a demostrar
que su edad es de miles de millones de años, y no de millones, y menos aún de
miles. Esa misma radiactividad libera neutrinos. Ahora, detectando esos
«geoneutrinos», será posible mirar a gran profundidad en el interior del núcleo
de nuestro propio planeta.
Nadie se
imaginaba nada de esto cuando Becquerel descubrió la radiactividad, cuando
Pauli postuló el neutrino, y ni siquiera cuando Reines y Cowan lo atraparon
finalmente. La larga marcha para resolver el misterio de los neutrinos solares
ha creado nuevas ramas de la ciencia: la astronomía de neutrinos y la geofísica
de neutrinos. Y el hecho de que resulta que los neutrinos tienen masa, después
de todo, nos está dando pistas sobre un reino de teorías físicas aún por
descubrir.
La última
palabra es para John Bahcall. Resume la historia de esta ciencia, y también
podría aplicarse al mismo Bahcall y a Davis, a Cowan y a Reines, y, en el caso
más doloroso, a Pontecorvo: «Si usted puede medir algo con suficiente
precisión, tiene una posibilidad de descubrir algo importante. La historia de
la astronomía demuestra que muy probablemente lo que usted descubra no será lo
que estaba buscando». Luego añadió, con su típica modestia: «La suerte ayuda».
Notas:
[1] Citado
en Pais, A., Inward Bound, Oxford, Oxford University Press, 1986.
[2] Debo
hacer un inciso para mencionar a Oliver Lodge. Este produjo y detectó ondas
electromagnéticas en 1888, antes que Hertz, pero en lugar de comunicarlo
públicamente se fue de vacaciones. Hertz fue el primero en publicar resultados,
y su nombre estará asociado para siempre a dichas ondas. En 1894, en la reunión
de la British Association en Oxford, Lodge hizo una demostración de la
transmisión de señales, nada más y nada menos que en código Morse, a lo largo
de una distancia de cincuenta metros. Posteriormente admitió que no le había
visto ninguna aplicación práctica al fenómeno, por lo que no acertó a darse
cuenta del potencial de la comunicación inalámbrica.
[3] Esa
historia se explica en mi libro Lucifer’s Legacy, Oxford, Oxford
University Press, 2000.
[4] Dmitri
Ivanenko fue el primero en proponer la idea de que los electrones se crean en
la desintegración beta, igual que los fotones se crean en las transiciones
atómicas, por lo que no «preexistirían» en un átomo.
[5] En
teoría, la física nuclear justifica el sueño de los alquimistas, es decir, la
transformación de los elementos químicos, pues la composición del núcleo
atómico determina las características químicas del átomo. No obstante,
transformar cantidades significativas de metal en oro no resultaría viable hoy
en día, y mucho menos rentable. (N. del t.)
[6] Véase
mi libro Antimatter para una explicación de esto. Para leer un
relato de la vida de Dirac, véase The Strangest Man, de G. Farmelo.
[7] La
carta de Pauli y sus impresiones personales de esa historia pueden encontrarse
en su artículo técnico aparecido en Winter, Klaus (ed.), Neutrino
Physics, Cambridge University Press, 1989.
[8] Wolfgang
Pauli, en Winter, Klaus (ed.), Neutrino Physics, Cambridge
Monographs on Particle Physics, Nuclear Physics and Cosmology, 1989, p. 14,
donde Pauli da las gracias a «la señora Meitner, por guardar una copia de esa
carta y dejármela».
[9] Farmelo,
G., The Strangest Man, p. 195.
[10] Pauli
se dio cuenta de que la hipótesis de Bohr implicaría una distribución de
Poisson, característica de efectos estadísticos.
[11] Citado
por Laura Fermi en Átomos en mi familia: Mi vida con Enrico Fermi.
Fermi tenía un don extraordinario tanto para la teoría como para la
experimentación. Un ejemplo es lo que ocurrió cuando se hizo explotar la
primera bomba atómica en el desierto de Nuevo México. Fermi, junto a otros de
los más grandes científicos de la época, estaba escondido en un búnker a varios
kilómetros de la deflagración. Mientras todos quedaban asombrados por lo que
vieron, y se hacía famosa la referencia de Robert Oppenheimer al Bhagavad
Gita («Ahora me he convertido en la muerte, la destructora de
mundos»), Fermi echó unos pedazos de papel al aire, justo al pasar la onda
expansiva. Esta los arrastró y, a partir de la distancia que recorrieron, Fermi
calculó la potencia de la bomba. Su resultado no fue muy distinto del que
dieron después los cálculos técnicos.
[12] Suele
expresarse mediante la «constante de Fermi», que es aproximadamente una
milésima por ciento en unidades del inverso del cuadrado de la masa del protón.
[13] Bethe,
H. y R. Peierls, Nature, vol. 133, p. 532 (1934). Bethe y Fierz
fueron los primeros en calcular la probabilidad a partir de la teoría de Fermi
y hallaron un valor muy pequeño. Entonces Bethe y Peierls usaron principios
generales para relacionar la probabilidad de la desintegración beta con la
probabilidad de que un neutrino interaccionara con la materia. Sus resultados
demostraron que depende de la energía pero que resulta siempre insignificante a
las energías relevantes en los procesos de interés por aquel entonces.
[14] No
es relevante aquí, pero, por si acaso se lo está preguntando, esto es lo que
estaba sucediendo. Resulta que los neutrones lentos tienen una probabilidad de
interacción enormemente mayor que los rápidos. Si, de camino hacia el lugar
donde se suponía que debían realizar su función, los neutrones de la fuente de
Fermi se topaban con materia y se ralentizaban, esto incrementaba la
radioactividad que causaban después. Los materiales con muchos átomos de
hidrógeno, como el agua o la cera de parafina, son los más efectivos para
frenar neutrones (una consecuencia de que los neutrones y los protones tengan
la misma masa). Este truco de ralentizar los neutrones e incrementar su
potencia se convirtió en una importante característica del funcionamiento de
los reactores nucleares.
[15] Crane,
R. H., Reviews of Modern Physics, 1948.
[16] Este
es el principio en el que se basa el contador proporcional, el cual contiene un
gas y es la versión moderna del contador Geiger.
[17] La
desintegración n → p + e− implica una partícula de materia al
principio y dos al final, de modo que para cuadrar las cuentas se requiere un
antineutrino en los productos de la desintegración.
[18] La
antimateria, en la realidad y en la ficción, es el tema de mi libro: Close,
Frank, Antimatter, Oxford, 2009.
[19] Reines,
F., discurso de aceptación del Premio Nobel.
[20] Dicho
problema consistía en medir las propiedades del positronio, en el cual un
electrón está unido a un positrón. Al tratarse de materia y antimateria, el
electrón y el positrón se aniquilan de modo que el positronio dura menos de una
millonésima de segundo. Véase Close, Frank, Antimatter, op. cit.
[21] Reines,
F. y C. L. Cowan, Jr., Physical Review, vol. 90, p. 492 y vol. 92,
p. 830 (1953).
[22] Tal
como lo rememoró Fred Reines en su discurso de aceptación del Premio Nobel.
[23] Prentice,
A., Mon. Not. Royal Astronomical Society, vol. 163, p. 331 (1973);
Hoyle, F., Astrophys. J. Letters, vol. 197, p. L127; Clayton, D. et
al., Astrophys. J., vol. 201, p. 489 (1975).
[24]Nature, vol.
284, p. 507.
[25] Waterstone
también había pensado en el colapso. El relato entero está en el libro de
Gribbin, John, Blinded by the Light («Cegados por la luz»).
[26] Citado
en Wilson, D., Rutherford: Simple Genius, p. 206, Londres, Hodder
and Stoughton, 1983.
[27] Los
dos principales isótopos del uranio, U-238 y U-235, tienen vidas medias de 4500
millones de años y 700 millones de años, respectivamente.
[28] Entre
la idea de Eddington de 1920 y el trabajo de Bethe de 1939, el científico galés
Robert Atkinson y el holandés Fritz Houtermans habían usado en 1929 las masas
medidas de los elementos ligeros, junto a E = mc2, y predicho que
podían liberarse grandes cantidades de energía mediante la fusión de núcleos de
elementos ligeros.
[29] Su
artículo, publicado en 1939 en Physical Review Letters (vol.
55, p. 434), fue recibido por el editor en septiembre de 1938. Ese mismo año,
el alemán Carl von Weizsäcker también había reparado, por su cuenta, en la
posibilidad del ciclo CNO.
[30] Al
haberse convertido uno de los protones en un neutrón, un positrón y un
neutrino, como en la forma de desintegración beta descubierta por Joliot y
descrita por la teoría de Fermi.
[31] En
realidad, el antineutrino.
[32] Las
energías de las partículas elementales suelen expresarse en electronvoltios,
eV. Es la energía que ganaría un electrón al ser acelerado por una batería de
un voltio. La cantidad de energía liberada en un átomo individual en una
reacción química es habitualmente un poco menor. En los procesos nucleares se
intercambian miles (keV) o millones (MeV) de electronvoltios. Un neutrino
necesita por lo menos 860 keV para transformar un átomo de cloro y convertirlo
en la forma radioactiva de argón que Davis podía detectar. Solo uno de cada
diez mil neutrinos del Sol tiene esa cantidad de energía.
[33] Citado
en Bahcall, J. N. y R. Davis, «The evolution of neutrino astronomy», en Essays
in Nuclear Astrophysics, Cambridge University Press, 1982, pp. 243-285.
[34] Art
McDonald, jefe de la colaboración SNO (véase el capítulo 9), usó esta analogía
en una conferencia de prensa en 2001.
[35] Reines,
F., Ann. Rev. Nucl. Science, vol. 10, p. 25.
[36] En
el capítulo 7 veremos que en 1960 la interacción débil había empezado a
adquirir un papel destacado en la física.
[37] Bahcall,
J., Physical Review, vol. 126, p. 1143, 1962.
[38] Bahcall
y Davis, 1982, op. cit.
[39] Citado
por Bahcall y Davis, 1982, op. cit.
[40] Bahcall
y Davis, 1982, op. cit.
[41] Bahcall
y Davis, 1982, op. cit., p. 10.
[42] De
hecho, la teoría de Fermi se había refinado tras el descubrimiento de que la
simetría especular, la «paridad», no se da en los procesos que implican la
presencia de neutrinos, como se describe en el capítulo 7. En sus cálculos,
Bahcall usó correctamente esta versión sofisticada de la teoría.
[43] Este
resultado demostró ser consistente, porque en los siguientes veinte años, a
medida que Bahcall y otros refinaban sus cálculos, las predicciones nunca
cayeron fuera de ese intervalo. En 1980 había quedado establecido el mismo
valor de 7,5 SNU, pero con la incertidumbre muy reducida, hasta 1,5 SNU (véase
el capítulo 8).
[44] Bahcall,
J., «Ray Davis: The Scientist and the Man», Nuclear Physics, vol. B
(Proc. Suppl.) 48, pp. 281-283, 1996.
[45] A.
Prentice, citado por Bahcall y Davis, 1982, op. cit.
[46] Pontecorvo,
B., Physical Review, vol. 72, p. 246, 1947.
[47] La
fuerza entre dos partículas debida a la gravedad es muy débil. El hecho de que
la fuerza gravitatoria entre todos los átomos de un cuerpo grande se suma es lo
que la hace dominante en la materia en grandes cantidades, tal como ocurre a la
escala de las manzanas que caen o de las órbitas de los planetas.
[48] En
caso de que tenga carga negativa. El muón con carga positiva produce un
positrón.
[49] J.
Steinberger, según comunicación personal. Esto difiere de su autobiografía en
el sitio web de la Fundación Nobel, que habla de doce:
http://nobelprize.org/nobel_prizes/physics/laureates/1988/steinberger-autobio.html,
tal como figuraba al acceder a ella el 28 de marzo de 2010.
[50] O,
si lo hace, entonces lo hace tan raramente que resulta inobservable. Incluso
hoy, en más de cien mil millones de desintegraciones de muones que se han
registrado, no se ha hallado ni un solo caso de μ → e− + γ.
[51] Esto
quedó confirmado en 1983 cuando se descubrió el bosón W en el CERN. Dicha
historia se explica en Close, Frank, Michael Marten y Christine Sutton, The
Particle Odissey, Oxford, Oxford University Press, 2002, y Close,
Frank, Particle Physics: A Very Short Introduction, Oxford, Oxford
University Press, 2004.
[52] El
relato entero está en Lederman, L. y D. Teresi, The God Particle,
Houghton, 1993, pp. 256-273.
[53] M.
Schwartz, explicando sus recuerdos en la ceremonia del Premio Nobel, 1988.
[54] Los
recuerdos difieren al respecto. En su discurso de aceptación del Premio Nobel,
Schwartz, de manera algo ambigua, relató: «Aquella tarde me vino la idea clave.
Quizá [cantidades suficientes de] neutrinos podían producirse [para usarlos] en
un experimento. Un rápido cálculo que cabía en el reverso de un sobre indicó la
viabilidad de hacer esto en alguno u otro de los aceleradores que estaban
siendo construidos o planeados por aquel entonces. Llamé a T. D. Lee a su casa
para darle la noticia […] Al día siguiente, los planes para el experimento
empezaron en serio». Lederman escribe lo siguiente en The God Particle (p.
290): «De algún modo, Schwartz se había convencido de que ningún acelerador
existente era suficientemente poderoso para generar un haz de neutrinos lo
bastante intenso, pero yo no estaba de acuerdo […] Hice los cálculos y me
convencí, y luego convencí a Schwartz, de que el experimento era, en realidad,
factible».
[55] Danby,
G. et al., Physical Review Letters, vol. 9, p. 36, 1962.
[56] M.
Schwartz, discurso de aceptación del Premio Nobel, 1988.
[57] Bahcall,
J., Physics Letters, vol. 13, p. 332, 1964.
[58] Se
trata de un juego de palabras intraducible, pues «Experimento de Galio
Ruso-Estadounidense» en inglés sería Russian American Gallium
Experiment, cuyo acrónimo es RAGE («furia»), un término poco oportuno dada
la delicada situación política que se creó tras la desaparición de la Unión
Soviética. En cambio, SAGE significa «sabio», que tiene connotaciones más
positivas. (N. del t.)
[59] J.
Bahcall, citado en la página web del programa de televisión Nova de
la cadena PBS. Entrevista: «Hunting neutrinos» («Cazando neutrinos»),
disponible en inglés en:
http://www.pbs.org/wgbh/nova/physics/solar-neutrinos.html.
[60] IMB
hacía referencia a las universidades de Irvine (California) y de Michigan,
además del Laboratorio Nacional de Brookhaven, las tres instituciones
colaboradoras. Fred Reines era el participante más destacado de Irvine.
[61] Los
Curie fueron los primeros en observar la radiación de Cerenkov, hacia
principios del siglo XX, y el primero que la estudió fue el científico francés
L. Mallet en 1926. Sin embargo, este no pudo identificar su naturaleza, así que
la historia, y el comité del Premio Nobel, le otorgaron los honores a Cerenkov.
[62] Don
Perkins, carta a FEC, 19 de mayo de 2009.
[63] Kamiokande
significaba «Kamioka Nucleon Decay Experiment» («Experimento de Desintegración
de Nucleones de Kamioka»).
[64] Entre
las partículas resultantes iniciales hay varios piones, π, con una ligera
mayoría de los que tienen carga positiva, π+. Dicha carga es un
«recuerdo» del núcleo con carga positiva que ha contribuido a su emisión.
Cuando el π+ se desintegra, casi siempre produce un muón con
carga positiva y un neutrino muónico. A su vez, el muón se desintegra y da
lugar a un positrón, un neutrino electrónico y un antineutrino muónico.
[65] Por
supuesto, en este último caso se trataría de un antielectrón o positrón. (N.
del t.)
[66] Maki,
Nakagawa y Sakata, Prog. Theor. Phys., vol. 28, p. 870, 1962.
[67] Los
neutrinos muónicos solo pueden convertirse en muones si tienen suficiente
energía. Esto puede ocurrir en el caso de los neutrinos que producen los rayos
cósmicos de alta energía, pero los del Sol tienen una energía demasiado
pequeña. Por lo tanto, los neutrinos solares que se han metamorfoseado en la
variedad muónica son invisibles a efectos prácticos.
[68] Por
aquel entonces solo se conocían dos variedades. Su idea se generaliza de
inmediato al caso de tres.
[69] Ahora
se sabe que los neutrinos tienen una pequeña masa, por lo que en realidad
viajaban algo por debajo de la velocidad de la luz, pero la diferencia es
menospreciable.
[70] De
hecho, eran antineutrinos.
[71] Como
recordatorio, 1 MeV = un millón de electronvoltios, o aproximadamente una
décima de billonésima de un julio (J).
[72] Téngase
en cuenta que el texto de la edición original inglesa de este libro se escribió
antes del desastre nuclear de Fukushima del 11 de marzo de 2011. Desde
entonces, el uso de la energía nuclear en Japón se ha reducido de manera
drástica. (N. del t.)
[73] Un
electronvoltio, o eV, en realidad es una unidad de energía. En física, los
términos «masa» y «energía» son intercambiables. Están relacionados por E = mc2,
donde c es la velocidad de la luz.
[74] Véase Antimatter,
Oxford, Oxford University Press, 2009.
[75] Tal
como lo relató F. Reines en el discurso de aceptación del Premio Nobel, en
Ekspong, G. (ed.), Nobel Lectures 1991-1995, Singapur, World
Scientific, 1997, p. 251.
[76] Los
detalles están en Lucifer’s Legacy, op. cit.
[77] F.
Reines, discurso de aceptación del Premio Nobel, http://
nobelprize.org/nobel_prizes/physics/laureates/1995/reines-lecture.html.
[78] La
«desaparición» de los neutrinos muónicos podía deberse a desintegraciones o a
que se transformaban, u oscilaban. Para hallar indicios claros de esto último
sería necesario detectar aquello en lo que se hubieran transformado. Una
pérdida de intensidad del flujo de neutrinos podía deberse a cualquiera de esas
dos posibilidades, pero ambas requerían que el neutrino muónico tuviera masa.
[79] Basado
en una carta de Don Perkins al autor, del 19 de mayo de 2009.
[80] Véase
la historia de Schwartz, Steinberger y Lederman en el capítulo 7.
[81] Robertson,
Hamish, Proceedings of International Conference on High Energy Physics,
Dallas, 1992, American Institute of Physics, 1993.
[82] Bahcall
y Davis, 1982, op. cit.
[83] Según
el diccionario de la RAE, sinergia es la «acción de dos o más
causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales».
Recuérdese que si la observación de la supernova hubiera sido anterior a la
puesta en marcha de los detectores IMB y Kamiokande, en lugar de unos pocos
meses posterior, entonces ni esa observación astronómica fortuita ni los nuevos
detectores habrían ejercido un impacto tan inmediato e importante en la
ciencia. El autor también puede referirse al hecho de que, con la detección de
los neutrinos de la supernova, la física experimental, la física de partículas
y la astrofísica quedaban mutua y simultáneamente fortalecidas, en un
destacable ejemplo de la unidad de la ciencia. (N. del t.)


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