© Libro N° 11159.
Un Resumen Completo De El Capital De Marx. Guerrero,
Diego. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
Un Resumen Completo De El Capital De Marx. Por Diego Guerrero
Versión Original: © Un Resumen Completo De El Capital De Marx.
Por Diego Guerrero
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
UN RESUMEN COMPLETO DE EL CAPITAL DE MARX
Diego Guerrero
Un
Resumen Completo De El Capital De Marx
Diego
Guerrero
Laberinto http://laberinto.uma.es
Introducción:
EL CAMINO HACIA EL CAPITAL: UNA
PERIODIZACIÓN
El resumen que hace Rosdolsky en
el primer capítulo de su magnum opus (Rosdolsky, 1968, cap. 1: “Cómo nacieron
los Grundrisse”) sigue siendo muy adecuado para seguir el recorrido hecho por
Marx en su tarea, que le llevó décadas, de estudio de la economía política,
especialmente si el lector no siente la necesidad de ampliar su información
hasta leer un libro completo sobre el tema (como es el todavía muy adecuado
libro de Mandel, 1967). Sin embargo, por su mayor actualización, por
representar una vía intermedia ante el citado dilema, y debido también al cuasi
universal desconocimiento en español de la excelente obra de Draper (1985/86),
me voy a permitir ajustar el contenido de esta introducción a lo que no va a
ser sino una traducción del epígrafe que, con el mismo título, recoge Draper
como apéndice de su Enciclopedia (1985, vol. I, pp. 292-7), ampliado para tener
en cuenta algunas de las cosas más revelantes que comenta él mismo en los otros
dos volúmenes de su obra, a partir de las remisiones que a ellas se hace en
este Apéndice. Por tanto, dividiré el recorrido en los mismos quince pasos que
señala Draper, y que son los siguientes.
1. El periodo de París: 1844 y principios de 1845
Marx reside en París desde
finales de octubre de 1843 hasta febrero de 1845. Entre octubre y noviembre de
1843, Engels escribió un importante artículo sobre economía política que tuvo
un gran impacto en Marx: es el célebre Umrisse –conocido en inglés por
Outlines, y en español como el Esbozo (o delineación) de una crítica de la
economía política–, publicado, firmado (lo que no siempre ocurría), en los
Deutsch-Französische Jahrbücher (DFJ, Anuarios Franco-alemanes), en febrero de
1844. Aunque es interesante observar que mucho más tarde, en 1884, Engels se
opuso a que se tradujera ese artículo al ruso, por considerarlo viejo y por
estar demasiado lleno de errores, la verdad es que ese trabajo fue uno de los
principales estímulos para que Marx empezara a leer y extractar a los
economistas ingleses (aunque en París lo hizo sobre todo en francés), como
James Mill (Éléments d’économie politique), Lauderdale, McCulloch, Ricardo,
Smith; y a otros de distintas épocas como Jenofonte, Buret, Destutt de Tracy,
List, Osiander, Say, Schüz, Skarbek, así como una colección editada por Daire
en 1843, que incluía trabajos de Law y de Boisguillebert. [Según Karl Marx
Chronik, Moscú 1934, Marx también leyó entonces a Pecqueur, Schulz y Sismondi;
y según Draper, en 1844-7, a Cherbuliez, Sismondi, Cantillon, Child] .
Por esa época, Marx estaba
leyendo al mismo tiempo los cuatro volúmenes de las memorias de René Levasseur,
un antiguo miembro de la Convención, de las que Marx extractó pasajes sobre las
luchas entre los montagnards y los girondinos, ya que lo que estaba estudiando
por entonces, fundamentalmente, era la Revolución Francesa, hasta el punto de
planear escribir una historia de la Convención. Pero al empezar a preparar los
DFJ, recibió, como director, los dos artículos de Engels que aparecieron en el
número de febrero (el número doble, único que se publicó): el citado “Esbozo” y
una crítica de un libro de Carlyle, Past and Present, que también se publicó en
ese número, junto a los dos artículos de Marx sobre la Cuestión judía y sobre
la Introducción a la crítica de Hegel.
Entre marzo y junio de 1844,
redacta los extractos del libro de Mill, que será su primera “obra” económica.
Entre abril y mayo redacta el primero de los célebres Manuscritos de París,
dejando el conjunto inacabado hacia finales de agosto. Entre septiembre y
noviembre, escribe, con Engels, La sagrada familia. Justo por esa época
comienza también la correspondencia entre Marx y Engels: en octubre, en su
primera carta, Engels le habla a Marx de la necesidad de hacer trabajo de
propaganda en Alemania, incidiendo muy especialmente en temas de Teoría, y ya
le reclama que acabe su proyectado libro sobre economía política. En diciembre
de 1844 y enero de 1845, vuelve Marx al estudio de la economía, hasta su
expulsión de París el 3 de febrero de 1845. En enero tiene la idea de escribir
una crítica de la obra de su compatriota List, y negocia con H. Leske, un
editor de Darmstadt que estaba entonces de visita en París, la publicación de
este libro. Engels seguía urgiéndole a terminar su “Economía”, como iba a
seguir haciéndolo, tantas veces, durante décadas. El 1 de febrero, firma Marx
un
1
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Marx http://laberinto.uma.es
contrato con Leske para publicar
la Crítica de la política y la economía política1, en dos volúmenes (por
cierto, en julio de 1845, ya en Bruselas, éste le anticipa 1500 francos en
concepto de adelanto por los derechos del libro). Al día siguiente se entrevista
Marx con Étienne Cabet, y el 3 es expulsado de París (la orden la había
recibido el 11 de enero).
En Bruselas, desde febrero a
diciembre de 1845, y en su viaje a Manchester (en julio y agosto), Marx llenó
diez cuadernos con notas de economía. Como señala Draper, forman tres grupos:
el primero, de Bruselas, antes del viaje, con extractos de Chamborant, Louis
Say, Sismondi, Villeneuve-Bargemont, Buret, Senior, Ferrier, Fix, Laborde,
Noreau de Jonnès, Ramón de la Sagra y Trioe. En los tres cuadernos escritos en
Manchester encontramos extractos de Cooper, Edmonds, Gilbart, Jarrolt, Sadler,
Tooke, Anderson, Browning, D’Avenant, Misselden, Petty, Cobbett, North, Senior
y Thompson. Y en los dos últimos cuadernos, a la vuelta de su primer viaje
inglés: Aikin, Atkinson, Carlyle, Defoe, Eden, Gisborne, McCulloch, Stuart
Mill, Wade, Hildich, Greg, Hope y Morse.
2. El primer periodo de Bruselas: de 1845 a comienzos de 1847
Marx residió en Bruselas desde
febrero de 1845 a marzo de 1848, y la división que hace Draper de esta estancia
en dos periodos se basa tan sólo en el hecho de que en 1847 (y principios de
1848) cambia un poco su atención hacia asuntos económicos más concretos, como
veremos.
En marzo de 1845, escribe, aunque
no acaba, una crítica de la economía política de Friedrich List (su libro El
sistema nacional de economía política), pensada al parecer para el proyecto de
Püttmann: Rheinische Jahrbücher. Por la misma época, concibe con Engels y Hess
un proyecto para publicar en la editorial de Leske una serie (“Biblioteca”,
como la llamaron) de grandes obras de autores socialistas y comunistas, pero
Leske desestima la idea. De hecho, Engels ya había traducido una de Fourier,
llamada De trois unités externes, más bien como resumen y paráfrasis de la
misma.
A finales de mayo de 1845, Engels
publicó en Leipzig su Condición de la clase obrera en Inglaterra (que tuvo una
segunda edición en 1848), que ejerció también una influencia decisiva sobre
Marx, aunque a veces se pase esto por alto. A mediados de julio, parte con
Engels a Londres y Manchester. Su idea es entrar en contacto con el movimiento
obrero inglés (allí conocerá a Harney, el líder cartista) y con obreros
alemanes como Schapper y Moll; pero, asimismo, estudiar economía política y la
situación inglesa en las bibliotecas de este país. En este periodo, conoce a
los socialistas ricardianos (Thomas Edmonds, William Thompson). A fines de
agosto vuelve a Bruselas, donde sigue leyendo economía hasta que, en noviembre,
vuelve a interrumpir este trabajo para escribir, con Engels, La ideología
alemana. En octubre de 1845, planea escribir con Engels un trabajo sobre la
cuestión arancelaria y los debates entre proteccionistas y librecambistas, y
presentan el proyecto al editor Campe.
En julio de 1846, después de
varias reclamaciones, Leske le pide a Marx la devolución del anticipo monetario
que le había hecho si no entregaba inmediatamente la prometida obra de
economía; y Marx le responde que le entregará el primer volumen a fines de
noviembre (en febrero de 1847, ante la falta de cumplimiento de este
compromiso, se produce la ruptura definitiva entre ambos). En realidad sólo
vuelve Marx a la economía a partir de septiembre de 1846, y hasta fines de ese
año (aunque en la Ideología alemana, donde sólo se trata de economía de pasada,
ya aparece como defensor de la teoría del valor-trabajo, en contra de lo que
había sido su posición inicial). En diciembre de 1847 Marx leyó el libro de
Proudhon (La filosofía de la miseria), y decide responderle directamente con su
Miseria de la Filosofía. Otras lecturas económicas de Marx en este periodo
fueron Owen, Bray, Parkinson y Quesnay, von Gülich y MacPherson.
1 Tiene
interés citar aquí a Rosdolsky, que señala cómo todo este recorrido de Marx
hacia su Economía se puede resumir en tres grandes fases intelectuales de su
vida. La segunda es precisamente ésta en la que estamos, cuando su plan era
hacer una crítica de la economía a la vez que de la política. Había dejado
atrás, por consiguiente, la primera etapa, en la que la crítica era mucho más
ambiciosa en lo extensivo, pues “comprendía también una crítica del derecho, de
la moral, y sobre todo de la filosofía”; pero todavía no había pasado a la tercera
y definitiva, en la que Marx “abandonó su plan anterior de incluir también una
‘crítica de la política’ en su obra, en la medida en que ahora [se refiere a
finales de 1851] quería limitarse a un ‘ajuste de cuentas’ con la economía
anterior y los sistemas socialistas” (Rosdolsky, 1968, p. 30).
2
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3. El segundo periodo de Bruselas: de 1847 a comienzos de 1848
Ahora los proyectos de Marx en
este campo son más específicos que antes: en primer lugar, su polémica con
Proudhon, centrada en cuestiones económicas; posteriormente, el congreso de
economistas sobre libre comercio que tiene lugar en septiembre de 1847; finalmente,
sus proyectados artículos sobre Salarios y sobre Trabajo asalariado y capital.
A lo largo de la primera mitad
del año 1847, Marx escribe su ya citada Miseria de la Filosofía, que termina en
junio y se publica inmediatamente en Bruselas (en julio). Poco después, se
celebra en Bruselas, entre el 16 y el 18 de septiembre de 1847, un Congreso
Internacional de Economistas, que contará con la participación de Marx y
Engels. Marx preparó una intervención para este Congreso, pero, llegado el
momento, se le impidió hablar. Entonces, se decidió a escribir un texto a
partir de las notas que había preparado para esta frustrada intervención oral,
y lo publicó finalmente (aunque, al parecer, sólo parcialmente y en francés) en
el Atelier Démocratique, de Bruselas: “Los proteccionistas, los librecambistas
y la clase obrera”. Más tarde, y ya en forma íntegra, lo publicaría en panfleto
con el título de Discours sur la question du libre échange (febrero de 1848, en
francés; más tarde, también en 1848, en alemán, editado por su amigo J.
Weydemeyer), que había sido el título dado a una conferencia que impartió el 8
de enero de 1848 ante la Asociación Democrática de Bruselas, la cual, por
cierto, votó inmediatamente su publicación.
A finales de diciembre de 1847,
Marx ofreció nuevas charlas o conferencias sobre economía en la Asociación de
Trabajadores Alemanes de Bruselas. En febrero de 1848, las preparó con
intención de publicarlas como un artículo llamado “Salarios” (con el editor
Callewaert, de Bruselas), pero el estallido de la revolución abortó este
proyecto. Posteriormente, en abril de 1849, y en cinco números sucesivos de la
Neue Rheinische Zeitung [NRZ: Nueva Gaceta Renana, Colonia] apareció este
escrito con el nombre de Trabajo asalariado y capital, aunque no en forma
completa. Muchos años más tarde, en 1880, se publicaría como panfleto en
Breslau, sin el cocimiento de Marx, y de nuevo en 1884 con un prefacio breve de
Engels.
4. Colonia: 1849
Al declinar la revolución de
1848-49, empieza Marx a comprometerse, además de con su trabajo como director
de la NRZ, con el movimiento obrero de Colonia, en especial con el trabajo
educativo de la Asociación de Trabajadores de Colonia (en realidad, radicada en
el municipio de Mülheim, que hoy es parte de la ciudad de Colonia). A mediados
de febrero, Schapper anuncia que habrá una serie de charlas quincenales libres,
por parte de Marx, Engels y él mismo, sobre diversos “temas sociales”. En
abril, Marx las prepara para su publicación en la NRZ: de ello aparecen cinco
entregas, pero se interrumpe la publicación debido a que Marx ha de salir
entonces de viaje hacia el noroeste de Alemania (Hamburgo, Bremen, etc.), tanto
para llevar a cabo una serie de contactos políticos como para intentar recaudar
dinero para la propia NRZ. Aunque este periódico anuncia en sus páginas su
continuación futura, ésta no se produce realmente, como es bien sabido.
5. El periodo de la NRZ-Revue, en Londres: de 1849 a septiembre de
1850
Marx llega a Londres en agosto de
1849 y empieza a trabajar en la fundación de una nueva revista, que se llamaría
esta vez la NRZ- Revue, y cuyo primer número se publicó en marzo de 1850. Desde
noviembre de 1849 a septiembre de 1850 (con algunas interrupciones), dio
charlas sobre economía política y sobre las ideas del Manifiesto comunista en
la GWEA [German Workers Educational Association], pero no consiguió encontrar
tiempo suficiente para ponerlas por escrito. Al mismo tiempo,
3
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Marx http://laberinto.uma.es
preparó unos cursos más
intensivos para activistas de la Liga Comunista, que impartió en su propia casa
del Soho.
A partir de 1850, Marx retoma sus
lecturas y escritos sobre economía en la Biblioteca del Museo Británico (tras
obtener su carnet en junio), sobre todo por haber llegado a la conclusión de
que el final de la crisis económica había acarreado el fin de la situación
revolucionaria. Piensa entonces que, así como la crisis de 1847 estaba detrás
del estallido de 1848, la vuelta a la prosperidad estaba condicionando el
retorno de la reacción política típica de aquel momento. En el Museo, se
adentra Marx en un estudio sistemático de la historia económica de la década
anterior, la historia de los precios y del sistema bancario, y de las crisis en
Inglaterra y en Europa. Asimismo, estudia muy concienzudamente los archivos de
los anuarios del Economist.
Finalmente, en septiembre de 1850
se cierra una etapa, con la escisión de la Liga de los Comunistas y el fin de
la NRZ-Revue (por cierto, que ese mismo mes debió de dejar embarazada a Helene
Demuth, ya que Frederick nació el 23-6 -1851). El 17 de septiembre, Marx,
Engels y 10 seguidores presentan su dimisión a la GWEA, cuya mayoría apoyaba a
Willich y Schapper, así como del Comité para los refugiados en el que también
había estado trabajando Marx. La suspensión de la revista le permite leer a.
6. Los cuadernos de 1850-53.
Este periodo abarca hasta el
comienzo de la guerra de Crimea. En este periodo de 1851, se conocen al detalle
las lecturas que realizó Marx en la Biblioteca del Museo Británico, mes a mes.
Este trabajo no se interrumpió hasta el golpe de estado de Luis Napoleón
Bonaparte en Francia, y el resultado del mismo son unos 14 cuadernos que llenó
en ese tiempo, aunque no tenía entonces ningún editor a la vista. Comenzó a
estudiar la cuestión de la renta de la tierra (en enero), y la teoría del
dinero (en febrero), centrándose en ambos casos en Ricardo. En abril, le
escribe muy optimista a Engels que terminará todo en cinco semanas, y Engels le
responde que “por fin, pues ya se estaba arrastrando todo demasiado tiempo”.
Marx le pide a Freiligrath y Daniels que le busquen un editor. Contactado al
mismo tiempo, el editor Cotta rechaza la idea. Ya a fines de junio, le dice
Marx a Weydemeyer que aún necesitará dos meses más, porque el tema se le
ramifica continuamente; y Draper comenta que esto no extraña en absoluto, si uno
se fija, por ejemplo, en que en julio le pide a su amigo Richard Reinhardt, el
secretario particular de Heine, en París, que le envíe un libro que necesitaba
para su trabajo ¡sobre la Economía política de los romanos! En noviembre no
acepta la propuesta de un editor de Frankfurt, Löwenthal (defendida por Engels,
que al parecer lo que deseaba era que publicara algo cuanto antes), para
publicar algo diferente de lo que él tenía pensado. En diciembre, Lassalle
propone montar una compañía por acciones en Alemania para financiar la
publicación de la obra. Los autores que Marx leyó en 1851 son muchas decenas.
El golpe de estado de Bonaparte
ocupó a Marx con su “18 Brumario” hasta marzo de 1852. Y a partir de agosto de
1852 empieza su colaboración con el periódico estadounidense New York Daily
Tribune (NYDT), que le sirve por un tiempo como una buena fuente de ingresos
pero que lo mantendrá ocupado con temas de los más diversos, y en la mayoría de
los casos completamente ajenos a la economía. Mientras tanto, en enero de 1852,
Marx le pide a Weydemeyer que busque un editor en Estados Unidos. En marzo, el
editor Wigand, de Leipzig, también rechaza una nueva propuesta. En agosto quien
se niega es Brockhaus, de la misma ciudad. Por último, en diciembre, Marx se
convence de que el proceso de Colonia contra los comunistas anula ya toda
posibilidad de encontrar un editor para su libro de economía. En abril de 1853
parece abandonar de facto sus estudios de economía, y al desencadenarse en
septiembre la Guerra de Crimea parece que, por el momento, ya no piensa en
retomarlos.
4
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7. Mediados de los cincuenta: 1854-57
En estos años, el principal foco
de atención de los artículos periodísticos de Marx (el NYDT y ahora también el
Neue Oder Zeitung, vía Lassalle) son la Guerra de Crimea, las luchas entre las
grandes potencias y las crisis políticas en Europa (por ejemplo, de esta época
son sus lecturas y escritos sobre la historia de España, a partir de trabajos
de Jovellanos, Toreno, Flórez Estrada, etc.). Una parte de éste se refiere a
cuestiones económicas. También trabaja en economía política; en especial, un
breve folleto titulado “Dinero, crédito, crisis”, con referencias cruzadas a
sus cuadernos de lecturas de Tooke, Thornton, Mill, Fullarton, etc.). De este
trabajo, que luego usaría en los Grundrisse y en El capital, dicen los editores
de OME 22 lo siguiente: “Sobre las diferentes teorías acerca del curso
cambiario reunió Marx un material extraordinariamente rico, examinado y juzgado
críticamente por él en un borrador que lleva por título: Geldwesen,
Kreditwesen, Krisen, redactado aproximadamente entre noviembre de 1854 y enero
de 1855” (p. 181, en el apartado sobre “Dinero como medida de los valores y
criterio de los precios. Crítica de las teorías de la unidad de medida del
dinero”).
A fines de 1856 y durante 1857,
con el surgimiento de una nueva crisis económica, Marx presta mucha atención a
esto. En noviembre publica en el NYDT un artículo sobre la crisis financiera, y
otro sobre el Crédit Mobilier; y en diciembre, otro sobre la crisis europea.
Además, por esa época, y precisamente como consecuencia de la crisis, este
periódico le reduce al 50% los honorarios que hasta entonces le venía pagando
por sus colaboraciones.
8. Los cuadernos de los Grundrisse: 1857-58
Al referirse uno a ‘los
Grundrisse’, debe tener en cuenta la distinción entre el manuscrito que ha
recibido ese título y el volumen publicado que los hizo accesibles.
Refiriéndose a la edición alemana de 1953, señala Draper que la sección
principal de ese volumen (páginas 1-764) contiene el manuscrito que puede
llamarse propiamente los Grundrisse, que se divide en dos partes muy desiguales
en tamaño. La primera parte (pp. 1-31) es el manuscrito conocido como la
Introducción (Einleitung). Y la segunda parte es un manuscrito encontrado en
siete cuadernos (I a VII) que se agrupa en sólo dos capítulos, uno sobre el
dinero y otro sobre el capital. La sección de los Grundrisse propiamente dichos
se publicó en 1939-41 en Moscú, en dos volúmenes, en una edición rarísima en
Occidente, de la cual escribió Rosdolsky en su prólogo que en 1948 “el autor de
este trabajo tuvo la fortuna de poder ver uno de los entonces rarísimos
ejemplares de los Grundrisse (...)”; y aclara en nota al pie: “Hasta ese
momento sólo existían en el mundo occidental unos 3 ó 4 ejemplares de la obra,
editada por primera vez en Moscú en 1939. El bibliotecario de la biblioteca
Jos. Buttinger de Nueva York, O. Bauer, puso a mi disposición, con la mayor
generosidad, uno de dichos ejemplares, por lo cual le manifiesto aquí mi más
sincera gratitud” (1968, p. 11).
El resto del volumen de 1953 (que
coincide con el segundo volumen de la edición de Moscú) es un suplemento
formado por seis documentos diferentes, que suman más de 200 páginas. Podemos
nombrarlos tal como aparecen en la edición española de Manuel Sacristán (OME,
nº 22), citados como “Apéndices”: 1) “Extractos de la teoría del dinero de
Ricardo (diciembre de 1850)”, pp. 285-301; 2) “Apuntes y extractos sobre el
sistema de Ricardo (marzo-abril de 1851)”, pp. 303-369; 3) “De los manuscritos
de 1857/58”, pp. 371-395; 4) Fragmento del texto primitivo de la Contribución a
la Crítica de la Economía Política (1858)”, pp. 397-481; 5) “Reseñas de mis
propios cuadernos de 1857-58” (1859)”, pp. 485-499; 6) “Proyecto de 1869”, pp.
501-509.
Merece la pena citar aquí a otro
gran estudioso de los Grundrisse, Enrique Dussel, que escribe que esta obra es
“esencial” para entender a Marx: “Y decimos ‘esencial’ en el sentido de que en
los Grundrisse el lector no advertido será conducido por Marx mismo, con su
propia mano de pedagogo, a
5
Resumen completo de El Capital de
Marx http://laberinto.uma.es
sus descubrimientos centrales,
fundamentales, con sus propias palabras, conceptos, categorías, y en el orden
que él mismo fue descubriendo en su ‘laboratorio’ teórico” (Dussel, 1985, p.
11)2.
Por otra parte, debo citar aquí
el reciente y sugerente libro de Toni Negri, a pesar de no compartir bastantes
de las cosas que en él se dicen sobre cómo interpretar esta obra, y cómo el
conjunto de la obra de Marx (Negri, 1998). Ya el subtítulo del libro –“Cuaderno
de trabajo sobre los Grundrisse”– nos aconseja a mencionarlo aquí, aunque la
pregunta central que en él se plantea –“¿Marx más allá de Marx? ¿Los Grundrisse
más allá de El capital?”– pueda ser engañosa; o a pesar de que ciertas tesis
que en él se plantean, como la de que “en los Grundrisse, el marxismo es una
teoría antieconómica”, no nos convenzan en absoluto.3
9. La primera Crítica de la Economía Política, CCPE: 1858-59
Éste es el primer libro que
publica Marx sobre economía política: Contribución a la crítica de la economía
política (#M181), a partir de los manuscritos de los Grundrisse, que, en cuanto
tales, interrumpe en mayo o junio. La Contribución la comenzó en agosto de
1858, y la publicó en junio de 1859 (en Berlín, en una edición de 1000 copias),
y se presenta públicamente como el primer volumen, o la primera parte de un
trabajo más amplio que va a tratar sobre el capital. Contiene tan sólo dos
capítulos (sobre mercancías y dinero), sin tocar la cuestión del capital, que
se deja para el siguiente volumen (llamado en el epígrafe 10 CCPE II). De
hecho, en enero de 1859 Marx le escribe a Engels una carta donde, tras
advertirle “que se agarre”, explica que, a pesar del título del manuscrito que
ha mandado a Duncker, el editor (“El capital en general”), “estos fascículos no
contienen nada sobre el capital” sino tan sólo sobre los dos capítulos
mencionados4.
Cuando finalmente se publica,
Marx se queja (en carta a Lassalle) de la “conspiración de silencio” que la
prensa alemana había levantado contra su libro. Y su mujer, en carta a Engels,
le revela en diciembre que el relativamente escaso eco encontrado por el libro
había destruido las “secretas esperanzas” que habían puesto en él. Draper
señala que hubo muchas reseñas y comentarios en los periódicos alemanes de los
Estados Unidos; sin embargo, Marx teme que el libro sea “excesivamente teórico
para el público de clase obrera de los Estados Unidos”. También se publicó en
ese país el prefacio, que ya en junio había aparecido casi entero en Das Volk.
En septiembre de 1859, le escribe Marx a Lassalle que está pensando en escribir
el resto del libro en inglés, para que atraiga una atención mayor de la que ha
conseguido la Contribución. Un año más tarde, vuelve a escribirle, comentando
que el libro estaba provocando un revuelo en Rusia, y que su próximo libro va a
ser más “popular” hasta cierto punto.
Por último, digamos que en el
otoño de 1859, Marx dio clases privadas, basándose en el libro publicado, a un
reducido grupo de 20 ó 30 trabajadores, incluidos algunos antiguos miembros de
la Liga de los Comunistas.
2 Tampoco
está de más recordar sus palabras sobre cómo leer a Marx y a los marxistas:
“Frecuentemente, y en especial en América Latina, muchos estudiantes,
profesionales, militantes intentan penetrar el pensamiento de Marx, en un afán
de poseer un marco teórico para su acción política o sus investigaciones. Lo
que les acontece es que se enfrentan a ‘manuales’ –como los de Politzer o Marta
Harnecker, que han cumplido una gran función– que, en realidad, los conducen a
ciertas ‘interpretaciones’ del pensar de Marx, pero no a Marx mismo.” (ibidem).
3 No
puedo estar de acuerdo con afirmaciones como la siguiente: “Ahora bien,
supongamos que nos hallamos inmersos en una fase de crisis del funcionamiento
material de la ley del valor [en realidad, en el libro de Negri no se supone
nada así; más bien, se da por descontado que la teoría laboral del valor no es
válida como la expuso Marx]. Nuestro método marxista, materialista y
dialéctico, deberá cambiar de acuerdo con las modificaciones producidas (...)
¿Los Grundrisse más allá de El Capital? Quizá. Lo que es cierto es que la
teoría del plusvalor, dado su carácter central, elimina toda pretensión
científica de centralización y de dominio concebida desde el interior de la
teoría del valor. Que la teoría del plusvalor multiplica el antagonismo en el
terreno de la microfísica del poder. Que la teoría dela composición de clase
refunda el problema del poder en una perspectiva que no es la de la unidad,
sino la de la multiplicidad, la de las necesidades, la de la libertad.” (ibid.,
p. 28).
4 El
libro llevaba, tras el título, la indicación Erstes Heft (primera parte), y en
el interior, tras el prefacio, una página hablaba de “Libro I: Sobre el
capital”, cuyo contenido eran los dos capítulos citados sobre mercancías y
dinero.
6
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10. El primer periodo de CCPE II:
de 1859 a mediados de 1861
Tras la publicación de la CCEP,
se pone Marx a trabajar en lo que había concebido como el segundo volumen de
ese trabajo. Este plan lo siguió manteniendo hasta diciembre de 1862, cuando
cambió la idea inicial, justo en la época en que su mujer estaba en París y
había contactado, entre otros, a Élie Reclus, que quiere llevar a cabo la
traducción al francés. Hay una posible confusión numérica: dado que el volumen
de 1859 tenía dos capítulos, CCEP II podría llamarse el tercer capítulo (o
parte).
El año de 1860 está dominado por
el trabajo que realiza Marx a causa del asunto Vogt, el agente bonapartista que
lo había calumniado. Al principio lo intenta por la vía legal, y dado que los
Tribunales no aceptan la demanda, se entrega a la redacción de un libro, Herr
Vogt, que publica en diciembre de ese año. Esto le supuso (a pesar de que le
escribía a Engels que, si se sentaba de una vez en serio, tendría terminado el
trabajo en seis semanas) una clara interrupción en su trabajo sobre economía,
que por aquella época todavía concebía como un tercer capítulo sobre el
“capital en general”, que constituiría el final del libro I (del que ya había
publicado la Contribución), y que era sólo el Primero de los seis libros que
componían su Proyecto. En cuanto al contenido de este trabajo, seguía
haciéndolo en la Biblioteca del British Museum, y en esta época se centró en
gran medida en los informes de los inspectores fabriles ingleses, aunque sin
olvidar a los autores clásicos y otros economistas.
Desde agosto de 1861 hasta julio
de 1863 Marx retoma en serio su trabajo de economía. El resultado de este
trabajo, que Draper califica de “continuo y a veces lento”, es un gran
manuscrito de 23 cuadernos que conservan el mismo título aún que su libro de
1859. Por esa época comienza a preocuparse ya por encontrar un editor
(Brockhaus, que no se compromete hasta ver el manuscrito).
11. Los cuadernos de 1861-63: de
mediados de 1861 a mediados de 1863
En una carta de 10 de junio de
1861, Marx le comunica a Engels que “una semana antes” se ha puesto a trabajar
en serio la Economía. Este trabajo llena el segundo periodo de CCPE II, con un
solapamiento. En septiembre investiga la “transformación del dinero en
capital”; de octubre a diciembre, la cuestión de la plusvalía absoluta y
relativa; y en diciembre le escribe a Engels que, aunque avanza lentamente,
tiene el firme propósito de hacerlo esta vez más popular, sin que el “método”
se note tanto. Según Draper, en
1862 se produce la “transición”
decisiva hacia el nuevo título de El capital. Marx progresa mucho ese año. En
enero (o abril) comienza con todo el material histórico que luego constituirá
las Teorías sobre la plusvalía, y que lo mantienen ocupado hasta noviembre.
Arranca desde mediados del siglo XVII. Sin embargo, entre mayo y agosto se
ocupa principalmente de la cuestión de la renta de la tierra, y le escribe a
Engels en junio que ya ha entendido cuál es el problema con la teoría de la
renta de Ricardo. Trabaja también en la cuestión de la composición orgánica del
capital, y por esa época le escribe a Engels que está pasando página sobre
muchos aspectos antiguos de sus teorías. Según MEW, en esos meses es también
cuando descubre la cuestión de la igualación de la tasa de ganancia y los
precios de producción. En septiembre, trabaja sobre la acumulación de capital y
la crisis económica. A final de año, se ocupa de la tasa de ganancia, las
relaciones entre plusvalor y ganancia, y del capital mercantil y monetario.
Completa los cuadernos V a XVIII,
y sólo a finales de 1862 abandona definitivamente el plan de CCPE y decide
empezar otra vez con un nuevo trabajo que se llamaría El capital (esto lo
aclara por primera vez en una carta a Kugelmann del 28 de diciembre, donde dice
que se trata de un trabajo independiente más de que de una continuación del
anterior). Aunque continúa trabajando en los mismos cuadernos por otro medio
año más, hasta mediados de 1863, el plan es ahora distinto. Sólo entonces
comienza Marx una nueva serie de cuadernos, que veremos en el epígrafe 12. En
la primera mitad de 1863, Marx piensa que está terminando ya la redacción de El
capital, pero se encuentra en agosto con que tiene que volver a empezar de
nuevo para hacerlo más “popular”. Esta nueva fase se prolongará hasta finales
de 1865, periodo en el que redacta los manuscritos de donde procede realmente
el material publicado como El capital.
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Marx http://laberinto.uma.es
Aparte de eso, a mediados de 1863
comienza el manuscrito que titula “Resultados del proceso inmediato de
producción”, en el que trabaja hasta fines de 1866 y que, aunque sin terminar,
hoy es conocido como “Capítulo sexto, inédito, de El capital”.
12. El capital indiferenciado:
cuadernos de 1863-65
En enero de 1863, termina Marx la
redacción del cuerpo principal (no la totalidad) de las teorías sobre la
plusvalía, que concibe como la parte histórico-crítica del conjunto de la obra.
Traza un plan para las partes I y III (que luego serían los libros I y III) de
El capital. En la primera parte, se abordan los procesos de producción de
capital, y en el III los problemas del capital y la ganancia. A finales de mes,
trabajando sobre la cuestión de la maquinaria, vuelve a sus antiguos cuadernos
con extractos de la historia de la tecnología, le plantea a Engels diferentes
cuestiones sobre la maquinaria automática en las fábricas de algodón, y asiste
a una clase sobre tecnología para trabajadores a cargo del Profesor Robert
Willig, del Instituto Geológico.
En agosto de 1863, Marx aborda
algunos temas que no estaban suficientemente desarrollados en los cuadernos de
1861-3, en especial la circulación del capital, o las formas del plusvalor (que
serán importantes para los libros II y III de El capital). De estos cuadernos y
de los de 1861-3, saldrán, en primer lugar, el primer volumen de El capital;
más tarde, Engels sacará de ellos los volúmenes 2 y 3; y Kautsky, más tarde,
las Teorías de la plusvalía. El periodo termina cuando Marx comienza con su
redacción final del libro I para su publicación.
En 1864 continúa trabajando sobre
el manuscrito, pero interrumpiéndose varias veces por enfermedad. En 1865
sucede lo mismo, y a finales de este año acaba lo que considera el manuscrito
de los tres primeros libros. De este material y de los manuscritos de 1861-63
sacará Engels el material que usó para la edición de los libros II y III,
mientras que el libro I lo trabajó Marx posteriormente.
En mayo y junio de 1865 se
produce, en el consejo General de la Internacional, el debate de Marx con
Weston –que defendía que las luchas sindicales por elevar los salarios no
servían para nada e incluso eran normalmente contraproducentes–. El consejo quiere
publicar ambas posiciones, aunque no se lleva a cabo esto. La posición de Marx
queda reflejada más tarde en su folleto Salario, precio y ganancia.
En octubre, Marx recibe una
oferta de Bismarck, por el conducto de un antiguo lassalleano, Lothar Bucher,
proponiéndole artículos mensuales de economía para la Preussische
Staats-Anzeiger. Marx rechaza la oferta tajantemente.
13. Volumen 1 de El capital:
1866-67
Marx comienza el borrador final
del volumen I en enero o febrero de 1866, trabajando por el día en el Museo y
redactando por la noche. Continúa con esta tarea a lo largo del año, entre
interrupciones por enfermedad (y por exceso de trabajo en las épocas en que lo
puede hacer) y problemas económicos. Le comenta a Engels que los problemas no
se refieren a cuestiones teóricas sino a las “condiciones físicas y burguesas
de la economía”. Le escribe a Engels desde la cama (enfermo con carbunclos) que
algunos científicos, en especial agroquímicos, son más importantes para el tema
que “todos los economistas juntos”. En noviembre, envía por fin el primer
montón de páginas manuscritas al editor, Meissner.
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En enero de 1867, Marx trabaja
aún en el capítulo sobre la Ley general de la acumulación capitalista. En abril
viaja a Hamburgo para llevarle personalmente el manuscrito a Meissner, se aloja
en casa de Kugelmann y se interesa por buscar un editor de la obra al francés.
Kugelmann lo convence de la necesidad de hacer una versión más didáctica del
tema de la forma de valor, y eso hará Marx para la segunda edición del libro I.
Pero al recibir las galeradas, manda parte a Engels y le pregunta su opinión
sobre un suplemento sobre esa exposición más popular de la forma de valor.
Escribe el suplemento “siendo dialéctico a este respecto también”, y con la
idea de que el lector no dialéctico pueda entender la teoría básica. Se lo
envía al editor en julio, y poco después le manda también el prólogo. En agosto
recibe las galeradas definitivas, las corrige y le escribe a Engels que sólo su
ayuda ha hecho posible terminar la tarea. Inmediatamente comienza a trabajar en
el volumen II.
El libro I se publica el 14 de
septiembre de 1867 (mil ejemplares), y para entonces ya habían aparecido varias
reseñas en Zukunft, el Stuttgart Beobachter y el Bee-Hive. Marx planea mandar
notas críticas sobre el libro también en la prensa burguesa.
14. El capital tras su publicación: consecuencias inmediatas (desde
finales de 1867 a mediados de 1870)
La fecha final elegida para este
periodo es parcialmente arbitraria: coincide con el estallido de la guerra
franco-prusiana. Pero tiene sentido debido al agudo cambio de atención que
supone en los intereses de Marx. Al principio del periodo, Marx viaja a
Manchester para tratar personalmente con Engels su plan de publicación de
críticas sobre El capital.
Engels comienza a trabajar en
diversas recensiones y publicidad de distinto tipo para El capital, pero los
dos amigos no pueden evitar de nuevo la conspiración de silencio. Dühring
publica un comentario a principios de 1868, que a Marx le parece “decente” pero
lleno de errores. Engels le escribe en mayo a Marx (cuando preparaba una
recensión para una revista comtiana, la Fortnightly Review) que “es difícil
poner en claro el método dialéctico para el lector inglés de la revista...”
Dietzgen escribe otra reseña en cuatro partes para el Demo Wochenblatt. En
septiembre, en el Congreso de la Internacional, en Bruselas, Lessner explica
extractos de la cuestión de la maquinaria en El capital. Y en ese mismo mes,
Engels dice que es muy necesario un resumen breve del contenido de El capital
para trabajadores, y Marx le propone a Engels que lo escriba. El editor ruso
Polyakov planea una edición de El capital en ruso.
Ruge se muestra entusiasta sobre
el contenido de El capital, y Marx se entera de ello indirectamente. Un
profesor alemán le escribe que su libro le ha convencido por completo pero que
él y otros colegas tienen que callar a ese respecto debido a sus cargos.
Entonces Marx dice que ya no es sólo la conspiración de silencio lo que daña
las ventas del libro, sino también la “cobardía de los mandarines de la
profesión”. Meissner aún no ha cubierto los costes.
Marx sigue trabajando en los
volumen II y III, pero cada vez son más esporádicos o limitados a nuevas
lecturas.
15. Marx y El capital: últimos
años: desde mediados de 1870 a 1883
Dejando a un lado las
traducciones y planes para ediciones en lenguas extranjeras, veremos los
resúmenes del libro I de El capital y el trabajo de Marx en los libros I y II.
En 1873 aparece el primer resumen
de El capital (vol, I), a cargo de J. Most. En 1875, a petición de Liebknecht,
Marx y Engels trabajan en la corrección, revisión y condensación del resumen de
Most, pero
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Marx estipula que no debe figurar
su nombre. En 1876 se publica en Chemnitz la segunda edición del resumen de
Most. En diciembre de 1877, el Labor Standard de Nueva York comienza a publicar
una traducción inglesa (hecha por Weydemeyer) del resumen de Most. En agosto de
1878 se publica una edición inglesa del resumen de Most en folleto sin firma.
En julio de 1879, Marx escribe a
Carlo Cafiero que está de acuerdo, en líneas generales, con el nuevo resumen
que este autor italiano ha hecho de El capital, publicado en Milán. En 1880,
apoya el proyecto de un resumen en holandés por parte de Nieuwenhuis, aunque no
puede revisar el mismo el resultado porque no conoce la lengua. Este texto se
publica en 1881. En 1882, G. Deville realiza el resumen en francés y lo discute
parcialmente con Marx en un viaje de éste a París.
En cuanto al trabajo en los
libros II y III, Marx comienza a recibir libros y artículo en ruso de Danielson
desde junio de 1871. Poco después le dice que va a estudiar las formas de
tenencia de la tierra en Rusia para los siguientes volúmenes de El capital.
Estudia a autores antiguos y contemporáneos, fisiología y fertilidad de las
plantas, agroquímica... En 1876 tienen aún tiempo para leer la reseña de
Laveleye en la Revue de deux mondes, y criticar la “idiotez de nuestros
pensadores burgueses”. En 1877 prepara el manuscrito final del capítulo primero
del libro II. En 1878 es informado por Kovalevsky del debate en la prensa rusa
sobre El capital. En 1879 le explica a Danielson por qué algunos problemas
teóricos retrasan la continuación del El capital. Es falso que Marx propusiera
a Darwin dedicarle el libro II, y Draper aquí se equivoca: la información
actual es presenta muy claramente por Wheen (1999).
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RESUMEN DE EL CAPITAL DE MARX:
LOS TRES LIBROS
Lo que hoy en día se conoce como
El capital se compone de un total de 17 secciones que se distribuyen así entre
los tres libros (el primero, publicado por Marx, en 1867; el II y el III,
editados por Engels, tras la muerte de Marx, en 1885 y 1894, respectivamente):
Libro I: EL PROCESO DE PRODUCCIÓN
DEL CAPITAL
Sección Primera: Mercancía y
dinero
Sección Segunda: La
transformación del dinero en capital
Sección Tercera: La producción
del plusvalor absoluto
Sección Cuarta: La producción del
plusvalor relativo
Sección Quinta: La producción del
plusvalor absoluto y del relativo
Sección Sexta: El salario
Sección Séptima: El proceso de
acumulación del capital
Libro II: EL PROCESO DE
CIRCULACIÓN DEL CAPITAL
Sección Primera: Las metamorfosis
del capital y el ciclo de las mismas
Sección Segunda: La rotación del
capital.
Sección Tercera: La reproducción
y circulación del capital social global
Libro III: EL PROCESO GLOBAL DE
LA PRODUCCIÓN CAPITALISTA
Sección Primera: La
transformación del plusvalor en ganancia y de la tasa de plusvalor en tasa de
ganancia
Sección Segunda: La
transformación de la ganancia en ganancia media
Sección Tercera: Ley de la baja
tendencial de la tasa de ganancia
Sección Cuarta: Transformación de
capital mercantil y de capital dinerario en capital dedicado al tráfico de
mercancías y al tráfico de dinero (capital comercial).
Sección Quinta: Escisión de la
ganancia en interés y ganancia empresarial. El capital que devenga interés.
Sección Sexta: Transformación de
la plusganancia en renta de la tierra.
Sección Séptima: Los réditos y
sus fuentes.
En este resumen tomaremos las 17
secciones como la unidad más adecuada al tamaño del mismo, y encabezaremos los
distintos epígrafes que componen las secciones con unas pocas palabras en
negrilla que incluyen el número y el título de los capítulos originales.
Digamos, por último, antes de
empezar con la lectura propiamente dicha, que imitaremos la propuesta que hace
Enrique Dussel en su comentario a los Grundrisse, el manuscrito de Marx que
sirvió de preparación para El capital:
“Unas aclaraciones externas con
respecto al texto que sigue. Recomendamos al lector seguir el adecuado orden en
la lectura. En primer lugar, leer un parágrafo de esta obra (por ejemplo, el
1.1). De inmediato, y en segundo lugar, leer en los Grundrisse [aquí debemos
sustituir ese título por El capital] las páginas correspondientes escritas por
Marx mismo. En tercer lugar, volver nuevamente a nuestro parágrafo para retener
el asunto.” (Dussel, 1985, p. 26).
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Resumen completo de El Capital de
Marx http://laberinto.uma.es
Libro I: EL PROCESO DE PRODUCCIÓN
DEL CAPITAL
Sección Primera: Mercancía y
dinero
El libro I de El capital se
compone de siete secciones, que tratan, respectivamente, de la mercancía y el
dinero, la transformación del dinero en capital, el plusvalor absoluto, el
relativo, la relación entre ambos, el salario y la acumulación de capital. La
primera sección se compone, a su vez, de tres capítulos, el primero de los
cuales –titulado “La mercancía”– fue señalado muchas veces por Marx como el más
importante y difícil de toda la obra. Ésta es la razón de que, por nuestra
parte también, hayamos hecho del resumen de este capítulo el más largo de todo
el libro. Los otros dos tratan sobre el proceso del intercambio y sobre el
dinero.
I. La mercancía. En este primer
capítulo, el punto de partida es el siguiente: puesto que la sociedad moderna,
actual, capitalista, toda la riqueza aparece en forma de un montón o cúmulo de
mercancías, el análisis debe empezar también con la mercancía. Lo más
importante de la mercancía es su carácter dual o doble, su naturaleza
bifacética, que llega a desarrollar una antítesis interna que más tarde se
expresará, en la circulación mercantil, como una antítesis externa. La
mercancía es, por una parte, una simple cosa, y por otra parte una cosa que
tiene precio. Ser cosa –o bien, u objeto exterior– es lo mismo que tener “valor
de uso”, es decir, consiste en su cualidad o conjunto de propiedades naturales
que se manifiestan en su utilidad, aunque dichas propiedades “naturales” no
dejen de estar determinadas históricamente. Por otra parte, su precio no es
sino una forma de tener “valor de cambio”, algo que presenta una dimensión
cuantitativa inmediata, que se puede y debe medir (aunque esas medidas se
desarrollen también de forma históricamente cambiante).
Por tanto, el valor de uso de la
mercancía es la “corteza natural” de la mercancía, su “cuerpo”; debería ser el
objeto de una disciplina especial, la merceología, y constituye la riqueza
material o el “contenido material de la riqueza”. Por su parte, el valor de
cambio de la mercancía parece una contradicción (contradictio in adiecto, dice
Marx) porque en realidad lo que se ve es que la mercancía no tiene uno sino
múltiples valores de cambio. En efecto, cuando se dice que una unidad de la
mercancía X equivale a una cantidad a de la mercancía Y, o a una cantidad b de
la mercancía Z, etc., salta a la vista que todos estos valores de cambio no son
sino “formas” de un contenido diferenciable, expresiones de un algo que es
común, que es igual, algo de la misma magnitud presente a la vez en las dos
cosas que se comparan en cada caso. Pero ese algo no puede ser una propiedad
corpórea o sensible de la mercancía en cuanto cosa, porque todas las
propiedades de este tipo que caracterizan a los distintos bienes sólo sirven
para distinguirlos entre sí, no para igualarlos. Por consiguiente, si
abstraemos de los diferentes valores de uso todas esas propiedades, y no
dejamos ni un ápice o átomo del valor de uso, a las mercancías sólo les puede
quedar una cosa en común: la propiedad de ser todas ellas producto del trabajo.
Ahora bien, el trabajo que es
común a todas las mercancías es el trabajo humano indiferenciado, el trabajo
abstractamente humano. Por tanto, la sustancia que se manifiesta en los valores
de cambio es algo distinto del valor de cambio: es el valor de la mercancía. Y
el valor de cada mercancía, este valor mercantil que subyace a los valores de
cambio, es una sustancia social, la cristalización de esa sustancia social
común. No es por tanto una sustancia natural sino supranatural, abstracta o
suprasensible, y hace de cada mercancía no la mera cosa que es sino también una
gelatina homogénea de trabajo, una crisálida social general con una objetividad
espectral.
Pero en esta sustancia generadora
de valor lo esencial es lo cuantitativo: la magnitud de su valor. Y esta
magnitud viene determinada por la cantidad de trabajo, que a su vez se mide por
la duración o tiempo de trabajo, en las unidades habituales de tiempo (día,
hora, año, etc.). Sin embargo, no es cualquier trabajo lo que se mide, sino el
trabajo “de la misma fuerza humana de trabajo”, el trabajo requerido por cada
mercancía como parte del “conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad”, de
forma que cada fuerza de trabajo individual se toma sólo con el carácter de una
“fuerza de trabajo social media”, que opera exclusivamente con “el tiempo de
trabajo socialmente necesario” en cada caso. Por consiguiente, la creciente
fuerza productiva de cada trabajo concreto tendrá como consecuencia que la
magnitud de valor de la mercancía resultante sea decreciente.
Es muy importante entender que
todo lo anterior significa que, absolutamente siempre, cada mercancía se toma
como simple “ejemplar medio de su clase”, así como el trabajo que se gasta en
ella, de forma que si un tejedor manual de telas continuara trabajando
manualmente mientras que el resto de los productores de tela lo hicieran
mecánicamente, por medio de una máquina que modifica el proceso social
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de producción, o modo de
producción de la mercancía, ocurriría lo siguiente: este productor continuaría
necesitando x horas por unidad de tela, pero la sociedad, que ahora usa telares
de vapor, sólo requeriría x/2 horas, de forma que también la mercancía de este
productor individual pasará a contener sólo el trabajo gastado en x/2 horas.
Si bien la dualidad de la
mercancía es muy importante, Marx señala que era esencialmente conocida por los
economistas que le precedieron (aunque debe tenerse en cuenta que, desde
Aristóteles a Adam Smith y Ricardo, todos ellos distinguieron entre valor de
uso y valor de cambio, pero ninguno, como él, entre valor de uso y valor). Sin
embargo, Marx reivindica enérgicamente haber sido él el primero, en la historia
de la economía política, en aclarar además la dualidad contenida en el trabajo
representado en la mercancía, aspecto tan importante que para él constituye el
eje sobre el que gira toda la economía.
El trabajo que crea la mercancía
es ante todo “trabajo útil”, una actividad productiva específica condicionada
por la división social del trabajo tal como ha sido desarrollada
históricamente. Esta actividad específica nos muestra el cómo y el qué del trabajo,
es lo que los ingleses llaman work, y es lo que, junto a la tierra (es decir,
la naturaleza), crea la riqueza que contiene todo lo producido. Marx se remite
aquí a William Petty para reivindicar su famoso dicho de que la riqueza tiene
“un padre” y “una madre”: la hand del trabajador (el trabajo) y la land (tierra
o naturaleza que se trabaja). Pero el trabajo es a la vez labour, es decir
trabajo humano del que nos interesa saber sobre todo su cantidad, el cuánto. En
este segundo sentido, el trabajo es tan sólo gasto de fuerza de trabajo humana,
gasto productivo de cerebro, músculo, mano, órganos sensibles... humanos. No es
trabajo específico de sastre o de tejedor, sino “trabajo humano puro y simple”.
Marx insiste en este trabajo a
partir de la siguiente analogía fundamental. De igual forma que un mismo hombre
puede trabajar al mismo tiempo como sastre y como tejedor, repartiendo su
tiempo de trabajo entre los dos tipos de tareas, otro tanto ocurre con el
“hombre social” cuando la sociedad desarrolla las condiciones para esta
transformación. En la sociedad moderna, capitalista, cuando la evolución de la
demanda exige que el organismo social en su conjunto transfiera trabajo humano
desde la labor de tejer a la de sastrería, o a la inversa, ocurre como en el
caso del individuo anteriormente señalado. Por consiguiente, el trabajo
resultante es también trabajo humano en general, o indiferenciado, cierta
cantidad del trabajo medio simple que puede realizar cualquier hombre común y
corriente en cuanto actividad normal de la vida. Y es precisamente este trabajo
simple el único cuya cantidad le va a interesar a Marx en todo El capital, como
él mismo se encarga de advertir aquí expresamente.
Por supuesto, no todos los
trabajos son simples, también hay trabajo calificado o complejo, pero éste
queda reducido a trabajo simple cuando lo que importa es medir la cantidad de
trabajo. En esos términos, el trabajo complejo sólo es trabajo simple “potenciado,
o mejor multiplicado”, y la reducción se produce constantemente por medio de un
proceso social que, no por quedar a las espaldas de los productores, deja de
ser menos real. Por consiguiente, Marx es muy claro aquí porque quiere evitar
cualquier posible confusión: el trabajo del sastre o el trabajo del tejedor
sólo son sustancia del valor chaqueta o del valor lienzo en tanto que ambos
poseen la misma cualidad: la de ser simple trabajo humano, y consistir en puro
gasto fisiológico del organismo de los hombres sociales.
Este carácter bifacético del
trabajo es de fundamental importancia para entender, además, lo siguiente: es
bien posible, por no decir necesario, que aumente la riqueza material que se
crea con el trabajo y que al mismo tiempo disminuya la magnitud de valor creado
por él. Esto es así porque dada cierta cantidad, x, de trabajo, ésta siempre
será responsable, como hemos dicho, de la creación de la misma cantidad de
valor. Sin embargo, la mayor o menor productividad del trabajo útil y concreto
en el que se manifiesta el trabajo humano puede hacer aumentar o disminuir el
volumen de valores de uso por unidad de tiempo que resultan del proceso de la
producción.
Tras el carácter doble de la
mercancía y del trabajo mismo, Marx pasa a una tercera cuestión central de este
capítulo I: la forma de valor, o el valor de cambio, a la que dedica la parte
más extensa de su exposición (de hecho, en la edición de siglo XXI se incluye
como apéndice al libro I la primera versión, no publicada en su momento,
redactada por Marx sobre la “forma de valor”). Aquí también se muestra el autor
orgulloso de su propia aportación, e indica haber sido él el descubridor de la
génesis de la forma dinero a partir del análisis de la forma de valor. Este
análisis consiste precisamente en su desarrollo, que, como dirá más tarde,
coincide precisamente con el propio “desarrollo de la forma mercancía”. En el
desarrollo de la forma de valor, Marx escoge cuatro fases, y por esa razón
divide en cuatro apartados el largo epígrafe que dedica a la misma, a saber:
las formas “simple”, “total”, “general “y “de dinero”.
13
Resumen completo de El Capital de
Marx http://laberinto.uma.es
A. La forma simple o singular de
valor contiene, en realidad, todo el secreto. Esta forma es simplemente:
x A = y B (1)
Las dos mercancías que se igualan
así no desempeñan el mismo papel, sino que A tiene un papel activo, mientras
que B interpreta un papel pasivo. Más en particular, la forma de valor tiene
dos ingredientes: la “forma relativa” (A) y la “forma de equivalente” (B). Pero
estos ingredientes son en realidad extremos excluyentes y contrapuestos, son
dos “polos” de la misma expresión de valor. Por eso, se analizan sucesivamente,
por separado, antes de volverlos a reunir en un análisis de conjunto.
En la forma relativa de valor,
hay que distinguir su “contenido” de su “carácter cuantitativo” determinado, y
Marx señala que hay que proceder empezando por el primero, y no, como sucede
habitualmente, a la inversa. El contenido de esta forma de valor es
sencillamente A = B, que es el “fundamento” de la ecuación (1), o ecuación de
valor. Esto quiere decir que la dualidad intrínseca, entre el valor de uso y el
valor, se manifiesta ahora como una antítesis externa: la figura del valor de
uso A manifiesta su valor por medio de otra mercancía, la B, que figura aquí
sólo como valor, o “espejo de valor”, de A. Esto tiene la mayor importancia
para Marx. Ya que no se trata sólo de la creación de valor por medio del
trabajo. Es verdad que el trabajo humano crea valor, pero no es valor, dice
Marx. Para expresar el valor como gelatina de trabajo humano, hay que
expresarlo en cuanto objetividad, es decir, en una cosa distinta. Por tanto, B
es, en la relación de valor que representa A = B, un valor, mientras que fuera
de dicha relación, cuando se considera a B por sí misma, esa cosa es
simplemente, como en todas las mercancía, “portadora de valor”.
Por eso es tan importante esto:
en la relación de valor, en la “equiparación” de A con B, en su relación de
intercambio, se va más allá de la pura abstracción de valor. Como hemos dicho,
B es valor, y en cuanto valor A es igual a B, tiene su mismo aspecto, por lo
que adopta de esta forma una forma distinta de su forma natural: su forma de
valor. Esta forma relativa o relacional quiere decir que el cuerpo de B hace de
espejo de valor de A, de la misma forma que Pablo puede ser para Pedro tan sólo
la “forma en que se manifiesta el genus hombre” para él.
Pero, además del contenido, está
el “carácter determinado cuantitativo” de la ecuación de valor, pues la forma
de valor no sólo expresa “valor en general” sino una determinada magnitud o
cuantía del mismo. Esto quiere decir que el valor relativo puede variar aunque
su valor (su contenido en trabajo humano) siga siendo el mismo; o bien lo
contrario: que el valor relativo puede mantenerse igual a pesar de haberse
modificado el valor que subyace al valor relativo.
En cuanto a la forma de
equivalente, sucede lo contrario: no contiene ninguna determinación
cuantitativa del valor. Para Marx, su función es triple:
1) El valor de uso se convierte en la forma de manifestación de su
contrario: el valor. Para entenderlo mejor, recurre a una nueva analogía: el
trozo de hierro que se utiliza como pesa en la “relación ponderal” (de peso).
Aunque su cuerpo férreo tiene, por sí mismo, peso, y además un cierto peso, en
cuanto polo de la relación ponderal esta pesa de hierro sólo es “figura de la
pesantez”, y en toda la relación viene ya presupuesto que las dos cosas que se
comparan tienen peso.
2) El trabajo concreto se convierte en la forma de manifestación de
su contrario: el trabajo abstractamente humano.
3) El trabajo privado se convierte en la forma de manifestación de
su contrario: trabajo bajo forma directamente social.
Y una vez considerados los dos
polos de la forma simple o singular de valor (se entenderá luego mejor por qué
liga Marx el adjetivo “simple” a la forma relativa, mientras que “singular” se
vincula a la forma de equivalente), pasa a considerar la forma en su conjunto.
Primero, para rendir homenaje al genio de Aristóteles, que supo ver que en esta
forma se contiene la igualdad de las cosas que se comparan, aunque señalando al
mismo tiempo la raíz de la limitación del análisis del griego en este punto.
Aristóteles no pudo llegar a descubrir el contenido del valor a partir de su
análisis de la forma de valor porque su contexto social se lo impedía. Para que
este descubrimiento hubiera sido posible, habría hecho
14
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falta que la Grecia clásica
conociera algo que sólo se ha conocido en la sociedad capitalista moderna: la
conversión de todos los hombres en “poseedores de mercancía” y su igualación
por medio de las leyes de la mercancía. Hubiera hecho falta, no la desigualdad
humana y de las fuerzas de trabajo que existía en la sociedad esclavista de su
época, sino la igualdad humana actual que genera el capitalismo, hasta hacer de
ella una verdad con el carácter de un auténtico “prejuicio popular”.
B. La forma total o desplegada de
valor se expresa en una fórmula mercantil modificada:
z A = u B = v C = w D = x E =
etc. (2)
Marx llama ahora a la forma
relativa (z A) “forma relativa desplegada”, y considera que la forma de
equivalente (el resto de la fórmula) se descompone en tantas “formas
particulares de equivalente” como miembros aparecen en la ecuación, razón por
la cual considera que esta forma total es siempre incompleta y deficiente, y
necesita su “inversión” en la forma C que estudiaremos a continuación. Una
particularidad de esta forma B es que, según Marx, hace obvio que es la
magnitud de valor la que regula las relaciones de intercambio, y no al revés,
puesto que ahora la pluralidad de valores de cambio de A aparecen todos
directamente en esta fórmula. Por consiguiente, si invertimos la B obtendremos
la C.
C. La forma general de valor es
general sencillamente porque es simple y común (unitaria):
Cada uno de los miembros de la
izquierda son ahora una “forma relativa social general (o unitaria)”,
y todos se expresan en lo que es
el “equivalente general” (la mercancía A, cuya forma relativa propia, en caso
de que necesitáramos expresarla, sería la forma B, a diferencia de lo que
ocurre con las demás mercancías). Marx aprovecha aquí para recordar que el
desarrollo histórico de la forma de equivalente es un resultado del desarrollo
histórico de la forma relativa de valor, y que en la medida en que ambas se
desarrollan se desarrolla asimismo la antítesis que expresan. Por consiguiente,
es posible ahora conectar cada una de esas formas con su momento histórico
correspondiente: la forma A se corresponde con el momento en que los
intercambios son fortuitos, ocasionales, excepcionales; la forma B sucede
cuando se ha vuelto habitual el intercambio de algún tipo particular de
mercancía, por ejemplo, las reses; mientras que cuando domina la forma C
podríamos decir que “la tarea de darse una forma de valor” se convierte en una
obra común, y no en un asunto privado, del mundo de las mercancías.
La forma C requiere, por tanto,
que la relación social se haga omnilateral, o multilateral, que se convierta en
una “forma socialmente vigente”. Por tanto, sólo cuando la forma equivalente se
circunscribe a una clase específica de mercancía, adquiere esta forma su
consistencia objetiva”, su “vigencia social general”, y se ponen las
condiciones para que esta forma se desarrolle, a su vez, en dirección a la
siguiente (la D), y para que la mercancía que hace de equivalente general
“devenga mercancía dinero”, es decir, funcione realmente como dinero.
D. La forma de dinero, cuyo
germen existe ya realmente en la forma A, no es sino una modificación de la
anterior:
Por esta razón, estamos ahora
ante una variación que, a diferencia de las dos anteriores, no es
esencial, sino de grado, motivada
por la práctica social y consuetudinaria que hace que una mercancía específica
–por ejemplo, el oro– que antes fue, como todas, sólo un equivalente singular y
particular, haya pasado a convertirse en un equivalente realmente general.
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En la fórmula anterior, se pueden
sustituir las dos onzas de oro por cualquiera de sus denominaciones monetarias
nacionales, por ejemplo, la libra esterlina, de forma que ya no resulta
misterio alguno la comprensión de la forma de precio. La forma de precio
adoptada por el valor de una mercancía (por ejemplo, v C = 2 £) será, pues, la
forma relativa simple de esa mercancía (expresada) en la mercancía dineraria.
Una vez acabado el repaso a las
diferentes formas de valor, y antes de pasar a los otros dos capítulos que
componen esta primera sección de El capital –y que en realidad pueden
entenderse como una explicación más detallada de esta “forma de dinero” que nos
acaba de aparecer–, Marx hace una interesante digresión por uno de sus temas
favoritos, al que volverá más tarde una y otra vez: “el carácter fetichista de
la mercancía, y su secreto”.
Este carácter fetiche de la
mercancía –“fetichista”, “fantasmal”, “enigmático”, “fantasmagórico”,
“misterioso”, “mágico”, “místico”, “fantástico”, “ilusorio”, “neblinoso”...,
son algunos de los adjetivos que aplica al referirse a esto– se reduce esencialmente
a algo que no es difícil entender: basándose en la apariencia, los mercaderes,
hombres prácticos, y los economistas, sus teóricos o sicofantes, conceden un
carácter social a lo que sólo es lo natural de la mercancía (por ejemplo,
llaman capital a lo que sólo es un medio de producción); y, a la inversa, toman
por natural lo que no es sino su lado social y nada natural (por ejemplo, el
hecho de que la mercancía tenga precio lo toman como una propiedad natural más
de la cosa mercancía). El famoso fetichismo se reduce por tanto a este doble
quid pro quo, que surge, no del cuerpo de la mercancía, que es fácil de
comprender, sino de su forma, su propia forma mercantil, debido a la “peculiar
índole social del trabajo que las produce”, es decir, debido a que los trabajos
privados e independientes que las producen sólo se vuelven sociales, parte del
todo a que realmente pertenecen, por medio del intercambio y el mercado.
La escisión de la mercancía en
cosa y valor sólo se produce auténticamente cuando, ya en su producción, el
producto del trabajo se convierte en mercancía, y el trabajo privado en
doblemente social: ha de cumplir su parte en la división social del trabajo
como algo natural, y ha de materializarse en una mercancía que pueda realizar
su valor. Los productores no saben lo segundo; o más precisamente, no saben que
al equiparar en el mercado sus productos heterogéneos están reduciendo a
trabajo humano homogéneo sus trabajos específicos, pero lo hacen, y este
carácter particular de ser valor lo conciben como algo universal. Sin embargo,
un repaso de las distintas formas posibles de sociedad nos convencerá de lo
específico de la forma mercantil.
En una sociedad donde la sociedad
se reduce a un solo individuo –la economía de Robinsón Crusoe– también existe
la necesidad de distribuir el trabajo social entre las distintas necesidades
que debe cubrir esta sociedad, pero aquí las relaciones entre Robinsón y las
cosas son “sencillas y transparentes”, por lo que el trabajo total se
distribuirá directamente como algo social. Igualmente, en la sociedad medieval
europea, también la particularidad de los diferentes trabajos naturales
individuales es compatible con su distribución social directa, de forma que las
relaciones de las personas como productores se identifican con las relaciones
sociales de tipo personal en que consiste el feudalismo. Otro tanto sucede con
el trabajo colectivo de la familia en la forma productiva basada en la
producción familiar: el gasto de cada trabajo individual está determinado
socialmente de forma directa como parte del conjunto natural del trabajo social
de la unidad familiar. Y lo mismo sucederá, en cuarto lugar, con el cuarto caso
alternativo analizado: en la sociedad colectiva global o asociación de hombres
libres, la distribución planificada del trabajo social será al mismo tiempo la
distribución de los trabajos cualitativamente determinados de cada uno.
Por el contrario, en la
producción mercantil de tipo capitalista –pues Marx considera que las formas de
producción mercantil anteriores al capitalismo sólo desempeñaron un papel
subordinado en el contexto de su correspondiente modo de producción dominante
(antiguo, asiático, etc.)–, aparece en la conciencia burguesa el precio de las
mercancías como una necesidad natural porque “la apariencia objetiva de las
determinaciones sociales del trabajo” se les presenta sólo como la apariencia
de una realidad pero sin la comprensión de esa realidad misma –y por cierto, su
actitud respecto a las formas sociales anteriores es la misma que la de las
religiones respecto a las demás religiones: la propia es verdadera porque es
natural, las otras son falsas porque son artificiales–, por lo que es imposible
que se planteen correctamente la pregunta crucial: ¿por qué? Más en concreto:
¿por qué en el capitalismo adopta la producción la forma mercantil o de valor?
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Al no entender eso, los
economistas piensan que el valor es un atributo de las cosas, mientras que el
valor de uso les parece un atributo del hombre (la utilidad les parece algo que
implica al individuo que consume) que no depende tanto de sus propiedades como
cosas; es decir: todo justo al revés.
II. El proceso del intercambio. Cada vez que Marx habla de personas o
de individuos en el plano teórico, se trata siempre de personificaciones de las
relaciones económicas reales, o máscaras (figuras) de las categorías económicas
propiamente dichas. Así ocurrirá en sucesivas secciones de El capital con el
capitalista y el asalariado, y asimismo sucede con las primeras personas que
nos aparecen en el relato: los poseedores de mercancías. Éstos se definen como
personas que han de reconocerse entre sí como propietarios privados que
voluntariamente establecen entre ellos una relación jurídica voluntaria. Pero
esta relación presupone una relación económica según la cual las mercancías que
intercambian son para ellos no-valores-de-uso, mientras que son valores de uso
para los no-poseedores (por eso quieren ambas partes cambiarlas de lugar). Por
tanto, las mercancías deben realizarse como valores antes de que puedan
realizarse como valores de uso.
Esto es así porque,
históricamente, en la misma medida en que los productos se convierten en
mercancías, se está produciendo la escisión completa, se está completando el
desdoblamiento de la mercancía: en mercancía, por una parte, y dinero por otra.
Marx señala que existió primero un intercambio directo de productos, que, más
que por la relación M-M, debería representarse como P-P. En ésta, la fórmula no
es todavía x A = y B, sino tan sólo x valor de uso A = y valor de uso B, y la
proporción cuantitativa en que se cambian es fortuita. Sólo cuando la
repetición convierte a este intercambio en un proceso social regular, esta
proporción pasa a depender de su producción, convirtiéndose así en valor. Pero
el otro paso, el paso de la fórmula M-M a la forma más actual de M-D-M se hace
con la intermediación de M-M-M, en la cual el papel central lo ocupa la
mercancía que ya está convirtiéndose en dinero pero aún no es dinero
propiamente dicho, ya sean los artículos de cambio más importantes provenientes
del exterior, ya sean los principales objetos que constituyen la propiedad
local enajenable (nunca la tierra). Poco a poco, ciertas propiedades naturales
de algunas mercancías –como la calidad uniforme y la divisibilidad de los
metales preciosos– hacen que el oro se convierta por doquier en esa mercancía
general.
El equivalente general tiene tan
poca determinación cuantitativa como cualquier otro equivalente. Como el valor
no lo confiere el intercambio sino la producción, el valor del oro se determina
exactamente igual que en el resto de las mercancías, y sólo puede expresar su
magnitud de valor por medio de otras mercancías diferentes, como ocurre
siempre. Por tanto, el enigma que encierra el “fetiche del dinero” no es más
que el enigma que ya encerraba el “fetiche de la mercancía”.
III. El dinero, o la circulación de mercancías. En este tercer
capítulo, Marx desarrolla el análisis del dinero a través del repaso de las
distintas funciones que desempeña en la economía mercantil, y del carácter o
aspecto específico con que interviene el dinero al llevar a cabo cada una de
esas funciones. El primer epígrafe se dedica a la función fundamental de medida
de los valores, y ya desde entonces queda establecido el supuesto general de
que a partir de ahora la mercancía dineraria es el oro, y que por tanto la
forma de valor será siempre este dinero áureo, salvo que expresamente se diga
lo contrario. Una vez asentado dicho supuesto, y como ya vimos, el oro se
convierte en la forma de manifestación necesaria de la medida del valor que es
inmanente a las mercancías: el tiempo de trabajo. Pero como toda forma de
valor, la forma oro también es una forma “ideal o figurada”, de forma que los
valores se transforman en cantidades de “oro figurado”, magnitudes de la misma
“denominación”; así que el cuerpo material del oro no se requiere realmente
para desempeñar esta primera función del dinero.
Ahora bien, la función de patrón
de los precios es algo muy diferente: si la función de medida del valor la
desempeñaba el oro como “encarnación social del trabajo humano”, y por tanto
como algo que puede tener un valor variable, el patrón de los precios lo ejerce
como “peso metálico fijo”, como medida exacta de esa cantidad particular de
oro. Esto exige fijar un determinado peso en oro como la unidad de medida de
ese patrón, y esta segunda función no se ve afectada por el cambio en el valor
del oro. La confusión entre ambas funciones es mayor aun en inglés ya que, como
señala Marx, a la primera función se le llama en esta lengua measure of value,
y a la segunda standard of value.
En el análisis de la forma de
precio hay que tener en cuenta seguidamente la circunstancia histórica de que
las denominaciones de las monedas pasan de ser inicialmente denominaciones
directamente
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“ponderales” (o sea, obtenidas a
partir de la propiedad “peso” del oro) para pasar luego, por diversas razones
históricas, a divorciarse crecientemente de esa práctica inicial, y convertirse
en simples denominaciones “dinerarias” o “de cuenta”, en cuyo nombre ya no
queda apenas rastro de la propia relación de valor. El precio es actualmente
sólo esta denominación dineraria del trabajo objetivado en la mercancía.
Hay que tener en cuenta,
entonces, que la forma de precio no sólo admite una “incongruencia
cuantitativa”, o divergencia, con la magnitud del propio valor, sino que
permite también una “contradicción cualitativa”. Esto último significa que
algunas cosas que no tienen valor, como la tierra virgen y demás bienes
naturales, es decir, los bienes puestos directamente por la naturaleza sin
intervención humana, pueden “tener formalmente precio sin tener valor”, con lo
que la forma de precio es aquí puramente “imaginaria”.
La tercera función del dinero
tiene que ver con la metamorfosis de las mercancías y es su función como medio
de circulación. Se trata de que en el proceso M-D-M se asiste a “dos
metamorfosis contrapuestas”: primero se vende una mercancía por dinero, y después
se usa dinero para una nueva compra, con lo que el lema adecuado para la
operación conjunta podría ser “vender para comprar”. El primer paso, la venta,
exige que el estómago del mercado sea capaz de absorber la cantidad total que
los vendedores pretenden convertir en dinero –que de hecho cuenta como un
“artículo único” del que las piezas individuales son sólo “partes alícuotas”–;
pero si no es así sucede lo mismo que en el caso de que los productores
individuales gastan más tiempo de trabajo del socialmente necesario: ha habido
un exceso de producción. Por consiguiente, la necesaria transformación del
producto del trabajo en dinero hace conscientes a los productores de mercancías
de que su comportamiento privado como productores independientes no elimina su
dependencia respecto de un sistema global de producción que funciona con
independencia de sus voluntades individuales.
Pero si se analiza M-D-M se
observa que la primera metamorfosis (M-D), por ejemplo lienzo que se cambia por
dinero, es a su vez la segunda metamorfosis, contrapuesta, de otra mercancía
(salvo que el propietario de dinero lo haya obtenido directamente de la
producción de oro): por ejemplo, de la venta de trigo. Asimismo, la
metamorfosis final (D- M, por ejemplo, el vendedor de lienzo usa el dinero para
comprar una biblia) es una suma de primeras metamorfosis de otras mercancías.
Esto significa que las dos metamorfosis del “ciclo de una mercancía” (en
nuestro caso, el lienzo) constituyen a la vez metamorfosis parciales de otras
dos mercancías (el trigo y la biblia), es decir, que el ciclo de cada mercancía
“se enreda” necesariamente con los ciclos de otras mercancías en el seno del
proceso conjunto de la circulación mercantil. Así que es verdad que nadie puede
vender sin que otro compre, pero “nadie necesita comprar inmediatamente por el
solo hecho de haber vendido”: precisamente por esto la circulación de mercancías
supera las barreras y límites que se oponían a la mera circulación de
productos, pero al mismo tiempo, al escindir la venta y la compra, acarrea la
“posibilidad de una crisis”.
Por el contrario, no existe el
“ciclo del dinero”, sino su curso, su constante alejamiento respecto a su punto
de partida, aunque permanentemente instalado en la esfera de la circulación.
Pero aunque el movimiento del dinero sólo expresa la circulación de mercancías,
ésta se presenta invertida, “como mero resultado del movimiento dinerario”.
Para poner en claro esta inversión hay que desvelar cuánto dinero exige la
esfera de la circulación. Aquí Marx recurre, sin escribirla, a la ecuación del
dinero: P · Q = M · V. Los precios (P) no subieron en Europa tras la
explotación de los nuevos yacimientos americanos (siglos XVI-XVIII) debido a
que aumentara la cantidad de oro (M), sino que en primer lugar los precios
subieron porque bajó el valor del oro (como consecuencia del aumento de
productividad) y, después, la masa de medios de circulación aumentó “en
proporción directa al precio de las mercancías”. Por tanto, la auténtica
relación de estas dos variables con las otras dos (Q, cantidad física del
producto social, y V, la velocidad media de circulación del dinero) se expresa
en la dependencia de M respecto de (P·Q)/V; de forma que, si se supone dada V,
cualquier masa de mercancías (Q) exige tanto más dinero (D) cuanto mayor sea su
precio (P). Esta “ley” se puede expresar también diciendo que la inversa –es
decir, la idea de que los precios de las mercancías están determinados por la
masa de los medios de circulación– es una “ilusión”, una ilusión basada en la
doble confusión de que en el proceso de circulación entran las mercancías sin
precio y el dinero sin valor.
De esta tercera función del
dinero surge su figura monetaria: su apariencia como “moneda”, es decir, como
pieza áurea acuñada por el Estado nacional, su uniforme nacional que la
distingue en la esfera de la circulación interna, frente a su figura de oro en
lingotes característica del dinero que circula en el “mercado mundial”. Como
las monedas se gastan, siempre está latente la posibilidad de sustituir el
dinero
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metálico por “signos” o
“símbolos” de dinero (de valor, es decir del oro al que representan), ya se
trate de la propia moneda fraccionaria en otros metales menos nobles (plata,
cobre), ya de “papel moneda estatal de curso forzoso”. Éste último no se debe
confundir con los billetes de banco, ni con el dinero crediticio en general,
que exige ya unas condiciones capitalistas más desarrolladas que la simple
circulación mercantil que se considera en este capítulo III: si éste surge de
la función del dinero como medio de pago, aún no estudiada, el papel moneda del
Estado surge de su función como medio de circulación, y sólo requiere su
“vigencia socialmente objetiva”, otorgada por el “curso forzoso estatal”,
aunque sólo en la esfera de la circulación interna.
Pero cuando la circulación de
mercancías se interrumpe, se inmoviliza asimismo el curso del dinero, que deja
de ser moneda para convertirse en dinero. El dinero como fin en sí mismo
constituye el tesoro; y su busca por el atesorador, el “atesoramiento”. Esta
búsqueda tiene sentido porque, si la mercancía tiene valor de uso y es el
elemento base de la riqueza material, el dinero es valor y por tanto el medio
de la “riqueza social” de su poseedor, ya que con él puede acceder a todos los
elementos de la primera. Aunque el dinero está siempre limitado en cantidad,
cualitativamente es ilimitado, y es esta carencia de límites lo que hace que el
atesorador “sacrifique al fetiche del oro sus apetitos carnales”. Esta cuarta
función del dinero como tesoro también hace posible que la circulación cuente
con un colchón de seguridad que permite que la masa de dinero necesaria para la
circulación refluya y afluya constantemente de, y a, la misma en caso de
necesidad.
La quinta función del dinero –y
la segunda del dinero como dinero, ya que las tres primeras son más bien
funciones del dinero como mercancía específica– es la de servir de medio de
pago. Al separarse cronológicamente la venta de la mercancía de su realización
en el precio (mediante el sistema de compra a plazos), el vendedor se convierte
en acreedor del comprador (su deudor) . El comprador se convierte en deudor
porque realiza la segunda metamorfosis de la mercancía antes que la primera, es
decir, “antes de haber transformado la mercancía en dinero, vuelve a convertir
el dinero en mercancía”. Y aunque la autonomización de esta función permite la
cancelación y compensación de numerosos pagos (en cuyo caso el dinero sólo
funciona idealmente), los pagos efectivamente realizados sí que suponen trabajo
social materializado. La contradicción que estalla en la fase de “crisis
dineraria” de las crisis de producción y comerciales provoca una hambruna o
hambre de dinero efectivo. Asimismo, el dinero crediticio surge de esta
función, pues los propios certificados de deuda circulan como medio de
transferir los propios créditos. Por último, con el desarrollo de la sociedad
burguesa, tiende a desaparecer el atesoramiento como forma autónoma, y a la vez
se desarrolla el atesoramiento en la forma de “fondo de reserva constituido por
medios de pago”.
Finalmente, sólo en el mercado
mundial el dinero funciona como dinero mundial, es decir, en forma de lingotes,
como la mercancía oro que realmente es.
Sección Segunda: La
transformación del dinero en capital
IV. Transformación del dinero en
capital. En esta sección, que se compone de un único capítulo, el cuarto, Marx
arranca de la afirmación de que la circulación de mercancías es el punto de
partida del capital, pero por eso mismo el capital es algo más que la simple
circulación de mercancías. Dicho de otra manera: el “dinero en cuanto dinero” y
el “dinero en cuanto capital” se distinguen por su distinta forma de
circulación. La forma que corresponde al capital es D-M-D, es decir, la inversa
de la ya conocida y, por tanto, ésta podría resumirse bajo el lema de “comprar
para vender”. Ahora bien, este proceso sería “absurdo y fútil”, por ejemplo en
comparación con el atesoramiento, si no se consiguiera una cantidad de dinero
mayor al final que al principio. Por tanto, en realidad estamos ante el ciclo
D-M-D’. Si en M-D-M el dinero corría y se alejaba de su punto inicial, en
D-M-D’ sucede lo contrario: refluye siempre a su punto de partida, y en este
ciclo el “motivo impulsor y su objetivo determinante es el valor de cambio
mismo”. Esto significa que D’ = D + ∆D, y este incremento de dinero es el
plusvalor. Asimismo, este nuevo movimiento es lo que transforma al dinero en
capital.
Por consiguiente, el objetivo ya
no es externo (como era el consumo en M-D-M), sino que ahora el proceso no
tiene término: puede que 100 libras se conviertan en 110, pero 110 sigue siendo
una cantidad limitada, y lo que distingue al capital del tesoro es que el
primero siempre quiere “valorizar su valor” porque tiende a la riqueza absoluta
por medio de su crecimiento cuantitativo siempre renovado. Como vehículo
consciente de este movimiento, el poseedor de dinero se convierte en
“capitalista”, que identifica así su fin subjetivo con el contenido objetivo de
la circulación de capital, y vuelve así en “racional” la
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irracionalidad del atesorador.
Pero el auténtico sujeto es el valor, que no hace sino pasar alternativamente
por las formas de dinero y mercancía. De esta forma el valor se vuelve valor en
proceso, o dinero en proceso, es decir, se convierte en capital, y ello sucede
en todas las clases de capital que encierra su fórmula general, D-M-D’:
industrial, comercial y “capital que rinde interés”.
Pero lo que caracteriza a la
circulación de capital no es la inversión que se produce respecto a M-D-M, sino
el plusvalor que se obtiene. Éste no tiene su origen en la circulación, ya que
ésta, mediante las metamorfosis del intercambio, sólo produce un cambio formal
de la mercancía, pero no en su magnitud de valor. Es verdad que el comprador
gana utilidad al cambiar su dinero por la mercancía, pero el vendedor no la
vendería si el dinero no fuera para él de mayor utilidad. El intercambio de
equivalentes es lo que supondremos siempre en la circulación, y no un aumento
del valor, que no se produce por mucho que aumente la utilidad de las dos
partes que participan en el intercambio. Por consiguiente, tanto el capital
comercial como el que rinde interés son formas “derivadas” y al mismo tiempo
“anteriores” a la forma básica del capital, que es el capital productivo. En
efecto, el plusvalor nace de la producción, ya que el poseedor de mercancías
puede “crear valores por medio de su trabajo, pero no valores que se autovaloricen”.
El secreto está en la compra y la venta de fuerza de trabajo, que a la vez que
un intercambio mercantil encierra otro tipo de intercambio. Pero veámoslo en
detalle.
El cambio en la magnitud de valor
no puede operarse en el dinero mismo. Tampoco en el segundo acto de
circulación. Tiene que operarse por tanto en la mercancía que se compra, pero
no en su valor sino en su valor de uso, es decir, en su consumo. Tiene que
tratarse de una mercancía que posea el especial valor de uso de ser fuente de
valor, y esa mercancía específica es la (capacidad o) fuerza de trabajo, es
decir, el conjunto de facultades físicas y mentales que existen en la
personalidad de un ser humano. Pero se deben dar ciertas condiciones,
históricas y no naturales, para que esta fuerza de trabajo se haya convertido
en una mercancía y el propietario del dinero pueda encontrar en el mercado al
“obrero o trabajador libre”. Este obrero debe ser libre o estar liberado en un
doble sentido: debe disponer de su fuerza de trabajo como mercancía propia, y
al mismo tiempo debe carecer de otras mercancías que él mismo pudiera vender
para ganarse la vida o para gastar en ellas su fuerza de trabajo.
Pero esta mercancía tiene un
valor, como las demás, y se determina por las mismas leyes, es decir, por el
tiempo de trabajo necesario para su reproducción. Pero como la fuerza de
trabajo sólo existe en el “individuo vivo”, y sólo pervive en el tiempo si éste
puede asegurar la “procreación” de su descendencia, la reproducción de la
fuerza de trabajo consiste en la reproducción del trabajador y su descendencia.
Su valor es, por consiguiente, el valor de los medios necesarios para la
familia, es decir, de los medios de consumo con que satisface ésta sus
necesidades naturales (en el sentido histórico, es decir, de forma cambiante en
el tiempo, pero en cuantía dada para cada sociedad y momento determinados),
incluyendo las normas de salud y de formación o educación que se requieran en
cada caso. Se trata de una media diaria, que puede calcularse mediante la
fórmula:
Esta fuerza de trabajo puede
reproducirse transitoriamente con una cantidad inferior de bienes de consumo,
pero sólo se reproducirá entonces de forma “atrofiada” –y en los ejemplos
históricos de la sección III, Marx dedicará muchas páginas a ilustrar la experiencia
histórica inglesa de esta reproducción atrofiada real de la fuerza de trabajo,
que sin embargo no puede sostenerse a largo plazo–.
Como en todas las demás
mercancías, su valor se determina, pues, antes de entrar en la circulación –
aunque sea el obrero el que “adelanta” en este caso, o abre crédito al
capitalista, ya que éste sólo le paga el salario al terminar el periodo
contratado–, pero su valor de uso sólo reside en la exteriorización posterior
de esa fuerza. Una vez comprada, la mercancía pertenece, como todas y por
completo, al capitalista, y éste la consume. Pero el proceso de su consumo es
al mismo tiempo el proceso de producción de la mercancía y del plusvalor, que
se lleva a cabo fuera de la esfera de la circulación y el mercado. Tenemos por
tanto delante no a simples poseedores de mercancías, sino a dos nuevos actores
de nuestro drama: el capitalista y su obrero, protagonistas de la circulación
de capital. Estamos ya en condiciones de abordar la sección tercera.
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Sección Tercera: Producción del
plusvalor absoluto
En esta sección, compuesta por
cinco capítulos, se comienza por la distinción clave entre “Proceso de trabajo
y proceso de valorización” (cap. 5), y su consecuencia, la distinción entre
“Capital constante y capital variable” (cap. 6); y se termina con la cuestión
de la medida de la plusvalía (cap. 7: “La tasa de plusvalor”, cap. 9: “Tasa y
masa de plusvalor”), que no puede pensarse sin relacionarla con la cuestión de
“La Jornada laboral” (el largo capítulo 8, compuesto por casi cien páginas de
ilustraciones reales que sirven de apoyo a la exposición de esta cuestión).
V. Proceso de trabajo y proceso
de valorización. El vendedor de la fuerza de trabajo es también quien trabaja,
pero no debe confundirse la capacidad de trabajar con el trabajo mismo (como
tampoco se confunden la capacidad de digerir con la digestión misma): la
primera sólo existe en potencia (potentia), pero la segunda existe de forma
efectiva (actu), ya que consiste en la “fuerza de trabajo que se pone en
movimiento a sí misma, obrero”. Por tanto, el proceso de consumo de la fuerza
de trabajo en la producción es dos cosas a la vez; igual que la mercancía y el
trabajo mismo, como vimos en el capítulo I, tienen una naturaleza también dual.
Por una parte, es un proceso
“natural” entre el hombre y la naturaleza –un metabolismo o transformación en
el que el primero transforma a la segunda y, al mismo tiempo, se transforma a
sí mismo– que, si se reserva el trabajo para la especie animal humana, podemos
llamar “proceso de trabajo”. Los elementos simples (o “abstractos”) de este
proceso laboral, analizado “cualitativamente”, son la actividad orientada a un
fin –que es el trabajo mismo–, junto al “objeto de trabajo” (los bienes
naturales vírgenes, que una vez trabajados se convierten en “materias primas”
de los procesos de producción) y los “medios de trabajo”, que sirven de
vehículo y ayuda a la acción del trabajo sobre el objeto del mismo
(fundamentalmente, los instrumentos de trabajo). Franklin da tanta importancia
a éstos últimos que define al hombre como toolmaking animal (animal que fabrica
instrumentos), y Marx se muestra de acuerdo ya que, en efecto, lo que
diferencia una época de las demás no es lo que se hace sino cómo se hace. Tanto
el objeto como los medios son las condiciones o factores objetivos (o
materiales) de la producción –y en esa medida ambos constituyen los “medios de
producción”–, mientras que la fuerza de trabajo es su factor subjetivo (o
personal). Y el resultado conjunto de esta actividad –que por eso mismo
llamaremos “trabajo productivo”– es el producto o valor de uso de la mercancía.
A su vez, estos productos pueden
reingresar (como condiciones de existencia) en un nuevo proceso de producción
en forma de materias primas o auxiliares, o de productos semielaborados o
intermedios, o de nuevos instrumentos de trabajo. Pero en todos estos casos, la
única manera de conservar y realizar su valor de uso es arrojarlos a la
producción “en contacto con el trabajo vivo”. O sea, consumirlos
productivamente mediante el trabajo. Hay que tener en cuenta, además, que este
proceso de trabajo natural se lleva a cabo, en el capitalismo, bajo el control
del capitalista, y en un contexto en que todo le pertenece a éste, Sin embargo,
en cuanto tal proceso natural, tanto antes como después de que el capitalista
pudiera transformar el modo mismo de producción, lo único que ocurre es que el
capitalista “ha incorporado la actividad laboral misma, como fermento vivo, a
los elementos muertos que componen el producto”.
Pero, en segundo lugar, el
proceso es al mismo tiempo un “proceso de valorización”, y como tal debe
analizarse desde el punto de vista “cuantitativo”. En primer lugar porque ahora
sólo se producen valores de uso en la medida en que éstos son los “sustratos
materiales” o “portadores materiales” del valor. Es decir, lo que quiere el
capitalista es producir una mercancía y que, además, su valor sea superior al
de las mercancías que usa en su producción. Es decir, quiere el plusvalor. Si
hablamos de mercancías, su proceso de producción es a la vez proceso laboral y
proceso de “formación de valor”; si hablamos de mercancías capitalistas, es a
la vez proceso laboral y proceso de “valorización”.
Tenemos ya los dos componentes
del proceso de producción global capitalista. Pero si, desde el punto de vista
del valor de uso, se pueden considerar los diversos procesos particulares de
trabajo como “fases sucesivas del mismo proceso laboral”, en el que unos
trabajos son más pretéritos que otros, desde el punto de vista del valor, todos
esos trabajos son “idénticos” porque constituyen “partes del mismo valor
global”. Así, en el proceso de producción de hilado, por ejemplo, tanto
cultivar el algodón, como hacer husos, como asimismo hilar, sólo difieren entre
sí “en lo cuantitativo”, y lo que interesa es contar y sumar el total como
simple trabajo social medio, ya que sólo cuenta como formador de valor el
trabajo socialmente necesario. Esto es extremadamente importante, ya que
cualquier medio de producción –por
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ejemplo, la materia prima– sólo
cuenta, en el proceso de valorización, como materia que “absorbe determinada
cantidad de trabajo” vivo, sin que tenga importancia alguna si esa materia es
mayor o menor, pues sólo se tiene en cuenta de cuánta materialización o
concreción de trabajo social estamos hablando en cada caso (es decir, como
cuánto trabajo cuenta cada medio de producción). Es decir, las mercancías que
ingresan al proceso de trabajo no cuentan como “factores materiales”, sino como
“cantidades determinadas de trabajo objetivado”.
Para que se entiendan bien todas
estas determinaciones, Marx analiza a continuación el proceso de formación de
valor a través de dos supuestos sucesivos: primero, suponiendo que no se genera
plusvalor; después, suponiendo que sí. Si el valor del producto fuera sólo
igual al del capital adelantado –el dinero con que paga los medios de
producción (instrumentos y objeto de trabajo) y la suma que paga los salarios
que sirven a los obreros para comprar sus bienes de consumo–, no habría nada
parecido al plusvalor, por mucho que el capitalista, o los profesores de
economía política que aquél paga para ello, traten de convencernos de que hay
que remunerar su sedicente “servicio”, ya sea en forma de “abstinencia”,
“renuncia”, o “trabajo propio” –no el de su “overlooker [capataz] y su manager
[gerente]”, que son los que en realidad trabajan–.
Pero para entender de dónde nace
el plusvalor hay que partir de la diferencia entre el trabajo pretérito
“encerrado en la fuerza de trabajo” y el “trabajo vivo que ésta puede
ejecutar”, o sea entre su “costo de mantenimiento” y su propio “rendimiento”. Esta
diferencia es tenida muy en cuenta por el capitalista cuando adquiere fuerza de
trabajo, por mucho que el vendedor de la misma no capte completamente que
“realiza su valor de cambio y enajena su valor de uso”. Si el mantenimiento de
la mercancía sólo cuesta media jornada de trabajo, pero el rendimiento es la
jornada completa, eso no es “en absoluto una injusticia” contra el vendedor,
dice Marx, sino una “suerte extraordinaria” para el comprador (el capitalista),
que se aprovecha de que el proceso laboral se prolongue más allá del coste de
reproducción de la fuerza de trabajo. El dinero se ha transformado en capital
sin que se haya infringido ninguna de las leyes del intercambio de las
mercancías.
Tenemos como resultado neto de
nuestro análisis que todo esto ocurre a la vez dentro y fuera de la esfera de
la circulación. La transformación del dinero en capital significa, por tanto,
que la formación de valor se ha “prolongado” más allá del punto clave y su
proceso simple se ha convertido en proceso de valorización. Para finalizar el
capítulo, Marx recuerda que, así como en la unidad de proceso de trabajo y de
formación de valor teníamos la producción mercantil, como unidad de trabajo y
valorización tenemos la “forma capitalista” de la producción de mercancías.
VI. Capital constante y capital
variable. Acabamos de ver que no todos los elementos o factores del proceso
laboral se comportan igual de cara a la valorización. El obrero adiciona una
determinada cantidad de trabajo y, al mismo tiempo, con esa misma actividad,
consigue que el valor de los medios de producción se conserven por medio de su
transferencia desde su cuerpo al de la mercancía. Esta dualidad surge de la
propia dualidad del trabajo mismo. Por decirlo así, con su trabajo concreto
(cualitativo) conserva el valor de los medios de producción, y con su trabajo
abstracto (cuantitativo) crea el valor nuevo. Sólo que no trabaja dos veces: su
trabajo tiene las dos dimensiones simultáneamente. Por consiguiente, si un
invento multiplica la fuerza productiva del trabajo, éste adicionará ahora la
misma cantidad de valor nuevo pero transferirá mucho más valor desde los medios
de producción. Con un modo de producción dado, en cambio, la conservación y
transferencia de valor será proporcional a su agregado.
La transferencia de valor desde
los medios de producción al producto sólo es posible en la medida en que ellos
mismos pierden su propio valor. Y esto puede ocurrir de golpe, como en el caso
de las materias primas o auxiliares, o la energía usada; o bien por partes,
fraccionadamente, mediante el desgaste progresivo de los medios de trabajo.
Pero ningún medio de producción puede transferir al producto más valor del que
él mismo tiene. Es más: si se trata de medios de producción que son bienes
naturales (la tierra, el viento, el agua, etc.), no transfieren valor alguno ya
que ellos mismos no tienen valor. Por su parte, el obrero no puede crear valor
nuevo ni añadir trabajo nuevo sin conservar al mismo tiempo valores antiguos.
Éste es su “don natural”. El trabajo consigue que el valor de los medios de
producción “reaparezca” en el valor del producto (aunque no lo reproduzca
realmente), pero al mismo tiempo reproduce realmente el valor gastado en la
compra de fuerza de trabajo, que se remplaza con valor nuevo.
Al prolongar la creación de valor
más allá del valor de la fuerza de trabajo, el plusvalor es el excedente de
valor del producto por encima del valor de los factores consumidos en la
producción, pero
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todo el excedente es creado por
el trabajo. Vemos ahora que la parte del capital adelantado que se transforma
en medios de producción no modifica su valor; de ahí su nombre de capital
constante. Por el contrario, la parte que se gasta en comprar fuerza de trabajo
sí que la modifica, y por eso la llamamos capital variable. Debe tenerse en
cuenta que el capital constante, a pesar de su nombre, no excluye que sus
elementos puedan cambiar de valor: dichos cambios tendrán su origen en cambios
en el modo de producción de dichos elementos (objetos y medios de trabajo),
pero en cuanto tales son independientes del proceso de valorización del
producto, que es lo que estamos considerando aquí (a pesar de que dichos
cambios puedan generar un “efecto retroactivo”, es decir, que retroactúen sobre
el valor mismo del producto que se considera).
VII. La tasa de plusvalor. Hemos
obtenido en el capítulo anterior que, si llamamos C al capital total
adelantado, sus dos componentes son el capital constante (c) y el capital
variable (v). Pero en realidad los medios de trabajo duran más de un ciclo de producción,
por lo que debemos computar más bien el capital “consumido” a lo largo de un
único ciclo de producción. De acuerdo con lo dicho, tenemos entonces un capital
inicial C = c + v, y un capital final de C’ = c + v + p, donde el plusvalor
(pv) es simplemente una consecuencia del cambio de valor que se efectúa con v:
v + p = v + ∆v. Sin embargo, esto último queda oscurecido como consecuencia del
hecho de que al crecer el capital variable aumenta simultáneamente el capital
global adelantado. Para aclarar las consecuencias de este oscurecimiento, hay
que proceder, en consecuencia, a un doble análisis: 1) en primer lugar, al
análisis “puro” del proceso de valorización (en el que supondremos que el
capital constante es cero, para no enturbiar el análisis); 2) en segundo lugar,
el análisis completo, en el que se tendrán en cuenta las modificaciones
exigidas por la presencia de un capital constante distinto de cero.
Este doble análisis tiene una
importancia realmente crucial, ya que la “tasa de ganancia” (p / [c+v]), que
constituye gran parte de lo que se desarrolla en el libro III de El capital,
coincide en realidad con la tasa de plusvalor (p/v) cuando c = 0. Sin embargo,
la no coincidencia en el análisis subsecuente es lo que motiva que haya que
analizar en el libro III, las modificaciones obtenidas respecto a las primeras
conclusiones derivadas del análisis “puro”. Dada la importancia que tiene todo
esto, no estará de más recordar las dos analogías a las que se refiere Marx
para justificar este proceder (plenamente de acuerdo, por lo demás, con el
sentido general de las tareas científicas). Se refiere en primer lugar a las
matemáticas, y su argumento equivale aquí a lo siguiente. Puesto que la
derivada de una suma donde uno de los sumandos es constante es independiente de
ese sumando, podemos analizar mejor la derivada respecto a x de, digamos, (a +
3x)’ = 3, si nos olvidamos del elemento constante (a) y nos centramos en el
variable (3x, cuya derivada coincide con la del paréntesis anterior: 3). Su
segundo ejemplo se refiere a la química, y se entiende por sí solo, con lo que
nos limitaremos aquí a citar: “La circunstancia, sin embargo, de que para
efectuar un proceso químico se requieran retortas y otros recipientes, no obsta
para que en el análisis hagamos abstracción de las retortas”.
Por consiguiente, para el
análisis puro de la valorización –y Marx ofrece aquí una definición exacta de
la creación de valor como “conversión de fuerza de trabajo en trabajo”–, la
naturaleza de la “materia a la que debe fijarse la fuerza líquida creadora de
valor”, es decir, la naturaleza de los medios de producción, es tan indiferente
como su valor: sólo cuenta la masa de dichos medios, porque es esa masa la que
absorbe más o menos trabajo y, por tanto, más o menos valor nuevo creado. Como
esto es así, en nuestro análisis puro haremos el capital constante igual a
cero. Por consiguiente, si la valorización la expresamos en términos
“relativos” o “proporcionales”, tendremos que la tasa de plusvalor se escribe
p/v. Si llamamos tiempo de trabajo necesario a la parte de la jornada laboral
en que se reproduce el valor de la fuerza de trabajo, y al resto de la jornada
la denominamos tiempo de plustrabajo, obtenemos, por una parte, que p/v =
plustrabajo/trabajo necesario, y, por otra, que el plusvalor sólo es el “coágulo”
u “objetivación” de tiempo de plustrabajo. Pues bien: es la forma en que se
expolia ese plustrabajo en cada tipo de sociedad lo que distingue entre sí a
las diversas formaciones sociales o socio-económicas. Al mismo tiempo, vemos
que la tasa de plusvalor es la expresión exacta del “grado de explotación de la
fuerza de trabajo”.
Es interesante señalar que, en
una nota a la segunda edición del libro I, Marx incluye un cálculo de la tasa
de plusvalor real obtenida gracias a la información de “un fabricante de
Manchester” que no es otro que Federico Engels. La tasa en la fabricación
textil del ejemplo asciende al 153.8%, mientras que en un segundo ejemplo,
referido a la producción agrícola inglesa, obtiene un 100.3%.
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A continuación, dedica Marx un
epígrafe a la “Representación del valor del producto en partes proporcionales
del producto mismo”, y a una aplicación de esta idea que llama “La última hora
de Senior”. La idea en sí es muy sencilla: si la producción de 20 kilos de
hilado contiene un valor de 30 chelines, descompuesto en c = 24, v = 3, p = 3,
esto significa que los 20 kilos se descomponen en la misma proporción, de forma
que corresponden 16 kilos a c, 2 a v y 2 a p (o sea, 80%, 10% y 10%
respectivamente). Y esto, afirma Marx, “es algo tan sencillo como importante”.
Por lo demás, puede servir para desmontar los argumentos de los capitalistas y
sus representantes teóricos, como el inglés Nassau Senior, que defienden la
imposibilidad de rebajar la jornada laboral en una hora porque es precisamente
esa última hora de la jornada laboral la que contiene la ganancia del
capitalista. Sencillamente, esto es falso. Si fuera verdad que en una jornada
de 10 horas se reproducen los valores de c (8 horas), v (1 hora) y p (1 hora),
esto no significaría que la rebaja a 9 horas elimina la ganancia. Los obreros
trabajan sólo dos horas en este ejemplo, una para ellos mismos, la otra para su
patrón (tasa de plusvalor del 100%), pero “el producto de valor” de 10 horas de
trabajo de hilar es igual al “valor que alcanza el producto” de 2 horas de
hilar; y, por tanto, el “producto de valor” de 5 horas, igual al “valor del
producto” de una hora. Por consiguiente, si la jornada se recortara a 9 horas,
la tasa de plusvalor bajaría de (5/5 =) 100% al 80% (= 4/5), pero no
desaparecería; igualmente, si se prolongara una hora no se duplicaría, sino que
subiría al 120% (= 6/5).
Por consiguiente, el
“plusproducto” así obtenido no debe medirse en relación con el resto del
producto total, sino con la parte del producto sólo en que se representa el
trabajo necesario.
VIII. La jornada laboral. Se
parte de que la fuerza de trabajo se vende y se compra siempre a su valor. Con
ello, definimos la “parte necesaria de la jornada laboral”, de la que sólo
sabemos que será siempre una “fracción” de la jornada total. Pero no sabemos a
cuánto ascenderá la prolongación de la misma por encima de su parte necesaria:
Es decir, la jornada laboral es
“determinable, pero en sí y para sí indeterminada”, pues de la naturaleza del
intercambio mercantil no se desprende ningún límite para ésta. Si la
prolongación bc fuera cero, estaríamos ante un “límite mínimo”; pero en la sociedad
capitalista éste será necesariamente mayor, ya que la parte necesaria es sólo
una fracción de la total. Existe también un “límite máximo”, ya que la jornada
nunca podrá superar la barrera “física” de las 24 horas, aunque por supuesto se
alcanzarán antes sus barreras “morales”. La explicación de esta última barrera
exige partir de una idea clara: el capital es “trabajo muerto” y sólo se
reanima, como los vampiros, al “chupar trabajo vivo”. Por tanto, procurará
siempre extender al máximo posible esa prolongación. Ahora bien, una cosa es la
“utilización” de la fuerza de trabajo, y otra muy diferente su “expoliación”.
Si se sobreexplotara al trabajador, de forma que se consumiera su capacidad
laboral –en principio apta para durar 30 años– en tan sólo 10, su reproducción
no sería normal sino atrofiada. Esto ayuda al obrero en su lucha “en torno a
los límites de la jornada laboral”, que es lo que ha constituido,
históricamente, el núcleo de la regulación pública, estatal, de la jornada.
El resto de este capítulo lo
forma una nutrida serie de ejemplos de las luchas reales habidas en torno a
esta regulación, que prueban siempre la “hambruna de plustrabajo” mostrada por
la clase capitalista, pero que Marx comienza a distinguir en primer lugar de la
situación previa al capitalismo, donde también existía plustrabajo –en todas
las sociedades de clase, la diferencia misma de clases se basa en la
expropiación del plustrabajo de la clase más numerosa por la (más) pequeña
clase dominante–. Que “el capital no ha inventado el plustrabajo” lo muestra
primero con el ejemplo del boyardo, el señor feudal ruso que explota al
campesino valaco (de los valles del bajo Danubio) o moldavo. Pero en este caso
tenemos una separación “espacial”, ya que el trabajo necesario y el plustrabajo
tienen lugar en espacios físicamente diferentes; por eso, a pesar de lo mucho
que insiste Marx en las mañas que usan los propietarios para aumentar al máximo
la explotación, calcula la tasa de explotación de estos valacos en un 67%
(inferior a la capitalista).
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A continuación señala cómo las
leyes fabriles inglesas no son sino una “limitación coactiva” de la hambruna
capitalista, mucho más aguda que la precapitalista, y manifestada en efectos no
deseados por los capitalistas como clase, cuya “rapacidad” –aquí evidente
porque “los átomos de tiempo son los elementos de la ganancia”– se manifiesta
indirectamente en fenómenos como “las epidemias periódicas”, o la “estatura
decreciente de los soldados” en los países capitalistas de la época. El resto
de los epígrafes de este capítulo (más de setenta páginas) se divide en los
siguientes títulos: “Ramos industriales ingleses sin limitaciones legales a la
explotación”, “Trabajo diurno y nocturno: el sistema de relevos”, y tres más
dedicados a “La lucha por la jornada normal de trabajo”, que a su vez tratan,
sucesivamente, de las “leyes coercitivas para la prolongación de la jornada
laboral de mediados del siglo XIV a fines del XVII”, la “limitación legal
coercitiva del tiempo de trabajo” en la legislación fabril inglesa de
1833-1864, y la “repercusión de la legislación fabril inglesa en otros países”.
Se trata de una lectura muy útil y complementaria de la reflexión teórica que
estamos comentando, pero que no es necesario resumir aquí, salvo algunos
apuntes como excepción.
Por ejemplo, las luchas inglesas
muestran cómo siempre se ha visto al obrero como “puro tiempo de trabajo”, y se
han considerado “pamplinas” cosas como el tiempo para la “educación” y el
“desenvolvimiento intelectual”. O cómo la prolongación “antinatural” de la
jornada laboral, al acortar la vida del obrero artificialmente, hace necesario
un “remplazo más rápido” de las fuerzas desgastadas. Cómo, antes de la
legislación tendente a recortar la jornada, existieron muchos intentos legales
por extenderla, ya que los obreros del periodo de transición –recién expulsados
del marco no asalariado en que se ganaban tradicionalmente la vida hasta
entonces– se conformaban con trabajar 5, 4 o 3 días de la semana (en vez de los
6 posibles), una vez obtenida su subsistencia normal. Cómo lo que un economista
recomendaba en 1770 –“casas del terror” para hospedar y obligar a trabajos
forzados a los pobres– se quedó corto en la práctica, pues la “fábrica”
capitalista era tal que “esta vez lo ideal resultó pálido comparado con lo
real”. O cómo hay que analizar las leyes inglesas sobre el trabajo de adultos,
niños y mujeres, de 1833, 1844, 1847, 1850, 1853, etc., tanto generales como
específicas para determinados sectores, cuando en esa “guerra civil” entre el
trabajo y el capital uno se coloca inequívocamente del lado del trabajo.
IX. Tasa y masa de plusvalor. En
este breve capítulo, Marx muestra las relaciones cuantitativas entre la tasa y
la masa de plusvalor, explicando las posibilidades de variación (aumento o
disminución) de unas y otras magnitudes en las que descompone la “masa del
plusvalor” (P):
(donde p y v son el plusvalor y
el capital variable diarios; V, la suma total de capital variable; t’ y t, el
plustrabajo y el trabajo necesario diarios; f el valor de una fuerza de trabajo
media; y n el número de obreros utilizados). Marx insiste sobre todo en que no
se puede suplir el crecimiento de n o V por medio de un aumento constante de p’
(= p/v) pues esto presenta “límites infranqueables”. Y también en que – algo en
verdad importante– “el trabajo que el capital total de una sociedad pone en movimiento
día por día, puede considerarse como una jornada laboral única” de la sociedad.
Asimismo, es importante la clarificación de qué debemos entender por un
capitalista, y no un simple “pequeño patrón”, que es sólo una figura “híbrida”
entre el capitalista y el obrero: debe tener un nivel de vida suficientemente
superior a un obrero común y ser capaz de reconvertir en capital una parte
importante del plusvalor obtenido, y todo ello “sin participar directamente en
el proceso de producción”.
Como el capital tiene el “mando”
sobre el trabajo, e impone a éste una “relación coactiva”, se convierte en el
mejor “productor de laboriosidad ajena” y “succionador de plustrabajo”, sobre
todo, como
25
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veremos más adelante, cuando
cambie el modo de producción técnicamente considerado, y sustituya la situación
en que es el obrero el que emplea los medios de producción por su contraria, en
la que “son los medios de producción los que emplean al obrero”.
Sección Cuarta: La producción del
plusvalor relativo
Las secciones cuarta y quinta del
libro I tienen que ver con el plusvalor relativo, pero mientras la IV presenta
este plusvalor por oposición al plusvalor absoluto, la V presenta a ambos
conjuntamente. La sección contiene cuatro capítulos, el primero dedicado al
“Concepto del plusvalor relativo” (cap. X), y los tres siguientes a los
distintos “procedimientos particulares” para su obtención: “Cooperación” (cap.
XI), “División del trabajo y manufactura” (Cap. XII), y “Maquinaria y gran
industria” (el larguísimo capítulo XIII).
El plusvalor relativo tiene que
ver con el hecho de que la fracción no pagada del trabajo puede aumentar
incluso si la jornada laboral se mantiene constante. Así, podemos representar
esquemáticamente esta posibilidad advirtiendo de que, con ac constante, el
plusvalor aumentaría disminuyendo el valor de la fuerza de trabajo (el trabajo
necesario), es decir, desplazando el segmento ab hacia la izquierda (hasta
ab’):
Esto no se consigue normalmente
reduciendo el salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo – aunque
también esto puede darse en la práctica–, sino por medio de un aumento de la
“fuerza productiva”, o productividad, del trabajo; que a su vez se consigue
revolucionando el modo de producción en cuanto tal (es decir, desde el punto de
visa técnico, en cuanto proceso laboral). El aumento de la productividad
necesario para ello ha de darse en los sectores que producen los elementos del
capital variable (abaratamiento directo del consumo obrero) o del constante (en
la proporción en que el abaratamiento de éste repercute a su vez en medios de
consumo más baratos), ya que si se tratara de los bienes que entran sólo en el
consumo de los capitalistas no tendría ningún efecto de este tipo. Cuando una
mejora productiva así abarata un elemento del capital, su valor “individual” –y
este término es sólo una forma de hablar, ya que en puridad el valor “real” de
la mercancía siempre es su valor “social”– baja en relación con su valor
social; y esta diferencia constituye para él un “plusvalor extra”, que existirá
incluso si suponemos que el precio de venta individual se eleva por encima de
ese valor individual (pero por debajo del valor y el precio social). Esto
significa al mismo tiempo que este trabajo cuya fuerza productiva es
excepcional opera como “trabajo potenciado”, es decir, genera más valor por
unidad de tiempo que el trabajo social medio. Esto hace que, en un primer
momento, el capitalista que usa el nuevo modo o método de producción, reciba
una fracción mayor de la jornada del obrero como plusvalor. Pero al
generalizarse el nuevo método –la competencia se impone a todos los productores
del sector como la necesidad de hacer eso, como “ley coactiva”–, el plusvalor
extra desaparece.
El valor de las mercancías, y por
tanto también el de la fuerza de trabajo, evolucionará en razón inversa al
aumento de la productividad, mientras que el plusvalor relativo lo hará, por
tanto, en razón directa. Esto significa que la tendencia intrínseca del capital
es al abaratamiento de la mercancía y, por su medio, al abaratamiento del
obrero. Por consiguiente, no debe interpretarse la “economización de trabajo”
implicada por la creciente productividad como si tuviera por objeto la
reducción de la jornada laboral: en el capitalismo, el único objeto es la
disminución del tiempo necesario del obrero mismo; por eso, a veces se alcanza
este resultado sin la mediación del abaratamiento de la mercancía.
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XI. Cooperación. Para entender
mejor la industria capitalista moderna –que Marx llama “gran industria” y
define como “industria mecanizada” o “maquinizada”– hay que distinguirla
adecuadamente de sus dos precedente inmediatos: la industria “gremial” (el “taller
del maestro artesano”) y la industria “manufacturera”. Entre estas dos últimas
no sólo hay un cambio cuantitativo –que lo hay, ya que la manufactura amplía el
volumen y la escala de la producción, y pone así la base para la producción
capitalista que, desde el principio exige un número grande de obreros–, sino
cualitativo. Y ello por dos razones. Esto se debe, en primer lugar, a que, al
aumentar el número de trabajadores, se facilita que la “magnitud media” que es
el trabajo social se obtenga como “promedio de muchas y diversas magnitudes
individuales”, de forma que ahora la “jornada laboral conjunta” dividida por el
número de obreros es “en sí y para sí una jornada de trabajo social medio”, y
las divergencias individuales quedan ahora reducidas a simples “errores”
estadísticos. La jornada individual es ahora realmente una parte alícuota (por
ejemplo, un doceavo) de la jornada conjunta. Y para el productor individual la
“ley de la valorización” sólo existe realmente cuando pone en movimiento desde
el principio este trabajo social medio. En segundo lugar, los medios de
producción se consumen ahora colectivamente –es decir, se convierten en
condiciones de trabajo “social”, o condiciones “sociales” de trabajo–, de forma
que estas economías de escala permiten rebajar el consumo de capital constante
por unidad de producto y, por tanto, el valor unitario de las mercancías.
Marx da aquí una definición: “la
forma del trabajo de muchos que, en el mismo lugar y en equipo, trabajan
planificadamente en el mismo proceso de producción o en procesos de producción
conexos, se denomina cooperación”. Este conjunto, que coopera simultáneamente
en una “operación indivisa”, en realidad “crea” una nueva fuerza productiva,
que es la “fuerza de masas”, que surge de la “fusión” de fuerzas y la emulación
características del hombre como animal “social” –por otra parte, el capital
paga las fuerzas de trabajo individuales que componen el “obrero social”, pero
no esta fuerza “social” del “organismo laborante” combinado, de la que se
apropia gratuitamente–. Este “obrero colectivo”, o “combinado”, o
“cooperativo”, logra acelerar las fases por las que pasa el proceso de
producción –ya sea eliminando interrupciones, ya simultaneando varias de ellas
en el tiempo– y, con ello, permite que cada obrero se despoje de sus “trabas
individuales” y desarrolle su capacidad laboral “en cuanto parte de un género”.
Por supuesto, ello exige que la magnitud del capital que contrata a esos
obreros aumente, de forma que la “concentración de masas mayores de medios de
producción en manos de los capitalistas individuales” se convierte en condición
“material” (y no sólo “formal”) para la cooperación de los asalariados.
La cooperación de muchos exige
ahora una “dirección”, un “mando” –como en el caso de una orquesta–, y su
sometimiento a la valorización capitalista genera una “resistencia” mayor por
parte de esta masa de trabajadores, que debe ahora “controlarse” y “doblegarse”
por el capital. Su dirección es por tanto “dual”: no sólo “planifica” la
actividad, sino que la somete a su “autoridad despótica”, y para esto se vale
de un “ejército” de oficiales (managers) y suboficiales (capataces) que
contribuye a asegurar el “mando supremo” del capital. Pero esta fuerza “social”
aparece como fuerza productiva del capital, como forma “específica” del proceso
“capitalista” de producción, que permite dar, frente a los “trabajadores
independientes” y los “pequeños patrones”, un primer paso hacia la subsunción
“real” del trabajo bajo el capital.
Si bien esto es así, debe tenerse
en cuenta que, “en su figura simple” –es decir, en cuanto a su contenido de
“producción en gran escala”–, esta cooperación “simple” existe en todas las
formas sociales precapitalistas (pueblos cazadores, Egipto clásico, etc.), así
como, dentro del capitalismo, en los “comienzos aún artesanales de la
manufactura” y en la “agricultura en gran escala” del periodo manufacturero.
XII. División del trabajo y
manufactura. Más allá de la cooperación simple tenemos la “cooperación fundada
en la división del trabajo”, típica de la manufactura, o “periodo
manufacturero” del capitalismo (desde mediados del siglo XVI al último tercio
del XVIII). La manufactura surge de dos maneras. La primera, reuniendo en un
taller, bajo el mando de un capitalista, a trabajadores pertenecientes a
“oficios artesanales diversos e independientes”, como, por ejemplo, en la
manufactura de coches y carrozas. Un cambio esencial es el proceso de
“unilateralización” del trabajo, por el que los antiguos artesanos pierden poco
a poco su capacidad de realizar su antiguo trabajo en toda su amplitud, y se
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convierten en simples “obreros
parciales” que forman parte de la nueva asociación. Se trata, por tanto, de la
“combinación de oficios artesanales autónomos que pierden su autonomía”. La
segunda forma sigue el camino inverso (por ejemplo, en la producción de
agujas): muchos artesanos que producen lo mismo o algo similar son utilizados
simultáneamente por un mismo capital en un mismo taller, aunque sigan
trabajando en principio a la manera artesanal (haciendo la mercancía íntegra),
hasta que poco a poco se origina su “disgregación” o división sistemática del
trabajo dentro de esa cooperación. En ambos casos, se trata de un “mecanismo de
producción cuyos órganos son hombres” (no medios objetivos), y en ambos la base
técnica sigue siendo artesanal, una base “estrecha” que depende de la
“destreza” o “virtuosismo” individuales (la “índole semiartística de su
labor”).
Este mecanismo vivo de la
manufactura –el obrero colectivo– aumenta la productividad respecto a la
artesanía independiente: se cierran los “poros” de la jornada laboral
individual que necesitaba interrumpirse al pasar de una actividad a la
siguiente; se incrementa la intensidad del trabajo; y se consigue aumentar,
gracias a la creciente “perfección de las herramientas” de trabajo (por su
mayor “diferenciación” y “especialización”, que las simplifica, mejora y
multiplica, y pone así la base material de las futuras máquinas), la
productividad laboral.
La manufactura puede organizarse
de dos formas fundamentales: como manufactura “heterogénea”, basada en el
“ensamblamiento” (por ejemplo, en el caso de la industria relojera), y como
manufactura “orgánica”, o secuencial (secuencia de procesos consecutivos, como
en la fabricación de agujas de coser). En ambos casos, sigue siendo necesario
transportar continuamente el artículo de unas manos a otras y de un proceso a
otro –y esto sólo se superará con la gran industria–, pero ahora la
“interconexión” o “interdependencia directa” de la producción hace que cada
obrero “ocupe directamente” al siguiente, por lo que el mecanismo de la
manufactura “obliga a cada individuo a no emplear para su función más que el
tiempo necesario”, que es la base “técnica” del incremento de la intensidad de
trabajo. Esto es nuevamente un cambio “cualitativo” (la subdivisión creciente
de las tareas) y a la vez “cuantitativo” (las proporciones exactas adecuadas
para formar grupos de trabajo, tanto “individuales”, como grupos de “talleres” en
una misma manufactura, y grupos o “combinaciones” de diversas manufacturas). De
aquí surge el periodo manufacturero, ya basado en el “principio consciente” de
la “reducción del tiempo de trabajo”.
Si el periodo artesanal nos legó
cuatro grandes inventos –brújula, pólvora, imprenta y reloj automático; todos
ellos sucesores del molino hidráulico que nos dejó el Imperio Romano–, la
herencia del periodo manufacturero es su “maquinaria específica”: el obrero
colectivo mismo, obligado ya, por la interconexión del mecanismo total, a
“funcionar con la regularidad inherente a la pieza de una máquina”. A
diferencia del periodo de la industria artesanal gremial, el grado de
adiestramiento necesario baja en muchos casos –los obreros “calificados” no
requieren tanto tiempo de formación como los artesanos– o incluso desaparece
–caso de los “obreros no calificados”–, y surge la “jerarquía” o “separación”
entre ambos tipos de fuerzas de trabajo, con la consiguiente “escala de
salarios” diferentes. En todos los casos, esta “desvalorización” de la fuerza
de trabajo es un medio para la mayor valorización del capital.
No se debe confundir la división
“manufacturera” del trabajo (en el taller) con su división “social” (la que
existe fuera del taller, ya sea en sectores, ramas o esferas de actividad,
divisiones por razones fisiológicas, debidas a la separación entre la ciudad y
el campo, etc.). La diferencia no es sólo de grado sino esencial: mientras que
la segunda hace, por ejemplo, que el ganadero, el curtidor o el zapatero se
relacionen como productores de “mercancías” distintas (piel, cuero curtido,
zapato), los obreros parciales de la manufactura no producen mercancía alguna,
y sólo su producto colectivo se transforma en mercancía. Si en la segunda
dominan la anarquía de la producción y la competencia, en la primera rige el
plan y la autoridad. Pero se trata de diferencias (Marx desarrolla varias de
ellas adicionales) que sólo son así en el capitalismo, ya que en otras formas
sociales anteriores o posteriores puede ser al revés, y estar la división
social planificada, mientras la manufacturera puede estar muy limitada (gremios)
o podría no existir. La división manufacturera es, pues, una creación
típicamente capitalista.
El carácter capitalista de la
manufacturera se expresa también en el aumento del “mínimo” de capital
necesario para operar como capitalista individual, como consecuencia de exigir
la división manufacturera,
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técnicamente, un número creciente
de obreros y, por consiguiente, un volumen creciente de capital variable y
constante para emplearlos. Además, la unilateralidad del trabajo parcial del
obrero ya no le permite vender su fuerza de trabajo fuera de la “concatenación”
que existe en el taller del capitalista, del cual se ha convertido en mero
“accesorio”. Esto transforma la cooperación basada en la división manufacturera
del trabajo, de algo espontáneo y natural, en forma “consciente, planificada y
sistemática” del modo capitalista de producción, que busca la “mutilación” del
obrero individual y, por esa vía, logra el “medio para una explotación
civilizada y refinada” del trabajo. Como el mecanismo colectivo es subjetivo, y
no posee aún el “esqueleto objetivo” que caracterizará después a la gran
industria, el capital debe luchar contra la insubordinación e indisciplina de
los obreros. Pero uno de sus resultados más importantes fue el “taller para la
producción de los propios instrumentos de trabajo..., aparatos mecánicos y
máquinas”. De esta forma, al desarrollarse, su propia base técnica artesanal
“entró en contradicción con las necesidades de producción generadas por ella
misma”. Caen las barreras que existían para el desarrollo de la industria
mecanizada.
XIII. Maquinaria y gran
industria. (Los diez epígrafes en que se divide este capítulo serán señalados
con simples números arábigos, sin título aparte).
1. Si en la manufactura la revolución del modo de producción se
basaba en la fuerza de trabajo, en la gran industria se basará en el medio de
trabajo, que se transforma ahora de “herramienta” en “máquina”. Entre ambas hay
una diferencia esencial, por lo que no es correcto verlas simplemente, a la
herramienta como una “máquina simple”, o a la máquina como “una herramienta
compleja”. También es incorrecto poner el énfasis en el primero de lo elementos
que componen la “maquinaria desarrollada”, a saber: el “mecanismo motor”, el de
“transmisión” y la “máquina-herramienta” (o máquina de trabajo). El importante
es el tercero de ellos, pues se trata de un mecanismo que, una vez que se lo
pone en marcha, “ejecuta con sus herramientas las mismas operaciones que antes
efectuaba el obrero con herramientas análogas”. Como el número de herramientas
de la máquina ha superado la “barrera orgánica” que limitaba la simple
herramienta del obrero, es ahora cuando se hace realmente necesaria la
“revolución industrial”. No es, por tanto, la máquina de vapor (inventada a
finales del siglo XVII) la responsable de ésta, sino que “fue, a la inversa, la
creación de las máquinas-herramientas lo que hizo necesaria la máquina de vapor
revolucionada”.
Ahora bien, la máquina –y la
fábrica no es sino el “taller fundado en el empleo de la máquina”– se puede
presentar de diversas formas. En primer lugar, está la máquina como “elemento
simple” de la producción mecanizada. En segundo lugar, la máquina que ya
requiere un mecanismo motor más voluminoso y una fuerza motriz más poderosa que
la humana. El propio inventor de la máquina de vapor de efecto doble, James
Watt, al presentarla como “agente general de la gran industria”, y no como un
invento para fines especiales, nos da la clave de este paso: “ahora una máquina
motriz podía accionar muchas máquinas de trabajo”. Por tanto, en tercer lugar,
se hace necesario distinguir dos cosas diferentes: la simple “cooperación de
muchas máquinas similares” y el “sistema de máquinas”. En el primer caso,
simplemente reaparece la cooperación simple pero ahora “como conglomeración
espacial de máquinas-herramientas” homogéneas, como órganos homogéneos de un
mismo mecanismo motor (por ejemplo, la tejeduría). Por contra, el sistema de
máquinas hace que el objeto de trabajo recorra “una serie conexa de procesos
graduales y diversos, ejecutados por una cadena de máquinas heterogéneas pero
complementarias entre sí”, es decir, máquinas “específicas” constituidas ahora
en “órganos particulares” del sistema (por ejemplo, la hilandería).
El sistema de máquinas es ahora
un “autómata”, tanto más perfecto cuanto más “continuo” sea su proceso total. Y
en cuanto puede ejecutar “sin el concurso humano” –o requiriendo sólo la
“asistencia ulterior” de éste– todos los movimientos necesarios para elaborar
la materia prima, tenemos ya el “sistema automático de máquinas”, como en la
“moderna fábrica de papel”.
Ya hemos dicho que mientras la
propia producción de máquinas fue simplemente manufacturera, el desarrollo de
la gran industria estuvo entorpecido por esto; posteriormente, la producción
mecanizada entró en conflicto con esta base artesanal, y sólo mediante la
“producción de máquinas (máquinas-
29
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herramientas y motores) por medio
de máquinas” –es decir, mediante la creación de su base técnica adecuada– fue
posible obtener los productos más acabados de la gran industria (la “moderna
prensa de imprimir”, por ejemplo) . Esta última revolución en el modo de
producción tenía que trastocar la producción en todas las esferas particulares,
así como en las “condiciones generales”, de la producción: los “medios de
comunicación y de transporte” (ferrocarril, vapores fluviales y transoceánicos,
telégrafo) adaptados a la gran industrial y su mercado: el mercado mundial.
Sólo en cuanto maquinaria, el
medio de trabajo remplaza la fuerza humana por las fuerzas naturales, la rutina
por las ciencias naturales, y la organización puramente subjetiva del proceso
social de trabajo por “un organismo de producción totalmente objetivo” que el
obrero encuentra como condición “preexistente y acabada”. Sólo ahora el
carácter cooperativo del proceso de trabajo es una necesidad técnica impuesta
por el propio medio de trabajo.
2. Una vez analizado este “desarrollo de la maquinaria”, se trata de
ver cómo transfiere su valor al producto. La máquina, como la herramienta, no
crea ningún valor pero transfiere su valor a lo producido: como todo medio de
trabajo, ingresa “íntegramente” en el proceso de trabajo (su uso), pero sólo
parcial o “fraccionadamente” en el de valorización (su desgaste); pero la
diferencia entre uso y desgaste se eleva ahora a un “máximo” debido a la mayor
duración de la vida útil de la maquinaria. Por tanto, una vez contados sus
“costos diarios medios”, que ahora son una cantidad “ínfima” o “mínima” de
valor, la fuerza productiva de la máquina opera, como ocurría con las fuerzas
naturales (tierra virgen, viento, etc.) de forma gratuita. Y una vez dada esta
proporción diaria, la magnitud de valor transferida dependerá de la magnitud de
valor de la propia máquina. El análisis empírico muestra que, cuando se
producen máquinas por medio de máquinas, se reduce el valor de la mercancía en
relación con otros modos de producción, y en particular “el componente de valor
debido al medio de trabajo aumenta relativamente, pero en términos absolutos
decrece”.
Como medio para el abaratamiento
del producto, el “límite” para su uso lo fija que “cueste menos trabajo que el
trabajo que desplaza su empleo”; pero como medio específicamente “capitalista”,
el límite es inferior debido a que sólo una parte del trabajo requerido es
trabajo pago. Esto explica por qué máquinas que se inventan en algunos países
no se usan en ellos pero sí en otros donde los salarios son más elevados (por
ejemplo, en Estados Unidos, respecto de Inglaterra, igual que los ingleses
usaban en el siglo XVIII máquinas francesas, y los holandeses en el XVI y XVII
máquinas alemanas). O por qué es en otros países distintos donde se manifiestan
sus efectos, como la “superabundancia de trabajo”.
3. Esto da paso al análisis de los otros efectos de la industria
mecanizada –y en particular, del “sistema de máquinas” de la “fábrica”– sobre
el obrero. Al hacer prescindible la fuerza muscular subjetiva, la máquina
permite usar la mano de obra “femenina e infantil” que no permitía la industria
gremial, y, por tanto, al distribuir entre toda la familia el trabajo total,
permite la “desvalorización” de la fuerza de trabajo –aunque, por otra parte,
al sustituir por mercancías los trabajos que exigía el antiguo consumo
familiar, aumenta los costes de reproducción de la familia–. Esto significa
“ampliar el material humano de explotación” así como el grado de dicha
explotación, además de otros efectos subordinados, como son: convertir al varón
adulto, en muchos casos, en simple “tratante de esclavos” respecto del resto
del trabajo familiar; aumentar la mortalidad infantil; degradar moral e
intelectualmente a los nuevos tipos de trabajadores; o quebrar “la resistencia
que en la manufactura ofrecía aún el obrero varón al despotismo del capital”.
Por otra parte, la máquina
permite prolongar la jornada laboral. Ello es así porque su desgaste no depende
sólo de su uso (o no uso, en ocasiones), sino que en condiciones capitalistas
hay también un “desgaste moral” por el que la máquina pierde valor si algún
competidor empieza a utilizar una “mejor”: esta amenaza de desvalorización
impulsa a reproducir el valor de la máquina en el menor tiempo posible, “y
cuanto más prolongada sea la jornada más breve será dicho periodo”. Al mismo
tiempo, al hacer descender el valor individual por debajo del social, o
convertir el trabajo en trabajo potenciado, esto proporciona plusvalor extra a
quien produce con máquinas antes de su generalización. Sin embargo, el
resultado general de este impulso será la “contradicción inmanente” que
significa que, de los dos factores que explican la magnitud de plusvalor
generada por un capital dado, cada uno apunte en una dirección
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contraria (aumenta el grado de
explotación, pero disminuye el número de obreros que puede contratar cada
capital); y significa también el impulso a superar esa contradicción mediante
el aumento de la jornada laboral.
En tercer lugar, si la jornada
legal fue una reacción contra el plusvalor absoluto por simple prolongación de
la jornada, ahora la propia jornada legal limitada se convierte en un estímulo
para la intensificación del trabajo como medio de superar y “resarcirse” de esa
limitación. La intensidad acrecentada (por ejemplo, mediante el aumento de la
velocidad de la máquina, o mediante la ampliación de la “escala de la
maquinaria que debe vigilar el mismo obrero”) significa “mayor gasto de trabajo
en el mismo tiempo” (mayor “condensación” o densidad del trabajo), de forma que
diez horas de trabajo más intenso pueden contener ahora más trabajo y valor que
12 horas de trabajo normal. Por esa razón, es la propia intensificación del
trabajo la fuerza que empuja con más poder a favor de una nueva reducción de la
jornada laboral.
4. La fábrica –la fábrica automática– no es sólo su “cuerpo” sino
que en su forma más desarrollada se presenta como “el conjunto de la fábrica” o
“sistema fabril”. Se trata de un “autómata” que es a la vez un “autócrata”,
donde el virtuosismo y la destreza en el trabajo se han transferido ya desde el
obrero a la máquina y, de esta forma, se ha abolido la división manufacturera
del trabajo, se ha remplazado la jerarquía de los obreros especializados por
“la equiparación o nivelación de los trabajos”, pero donde la “división”
reaparece ahora como “distribución de obreros entre las máquinas
especializadas”. Esta distribución o asignación no es, sin embargo,
“permanente” o consolidada en cuanto resultado de la propia máquina, pero se
convierte, debido a su uso capitalista, en la “especialidad vitalicia de servir
a una máquina parcial” que tiene cada obrero, que consuma de esta manera su
desvalimiento y su “tortura” de Sísifo moderno, por la que la máquina no lo
libera de trabajo sino tan sólo de “contenido a su trabajo”. No sólo son ahora
las condiciones de trabajo las que emplean al obrero –y no al revés–, sino que
la subordinación técnica de éste en la marcha de la máquina se redobla en su
sometimiento a la “disciplina cuartelaria” (capataces, supervisores, obreros)
impuesta por el “régimen fabril” y expresada en el “código fabril” de su
“legislador privado”, el capitalista.
5. En este régimen es, pues, esencial la lucha entre el obrero y la
máquina, que históricamente es tan antigua, sin embargo, como el propio
capitalismo. Tras recordar varios precedentes anteriores al movimiento
“ludista”, y éste mismo, aclara Marx que “se requirió tiempo y experiencia
antes que el obrero distinguiera entre la maquinaria y su empleo capitalista”.
La máquina capitalista “compite” con el obrero porque la autovalorización del
capital por medio de ella es proporcional al número de obreros “cuyas
condiciones de existencia aniquila” la máquina. De esta manera, el medio de
trabajo “asesina” al trabajador, lo convierte en “superfluo”, y especialmente a
los obreros expulsados de los modos de producción aún no mecanizados. Por
último, el capital se acostumbra a usar la máquina como “potencia hostil al
obrero”, como arma para “reprimir” revueltas y huelgas, etc.
6. La falsa “teoría de la compensación” de los economistas clásicos,
según la cual toda maquinaria “libera” el capital adecuado para dar empleo a
los mismos obreros desplazados por su uso, debe rechazarse porque, en vez de
liberación, lo que hay es su contrario: “sujeción” de ese capital bajo una
forma distinta, por lo que deja de ser variable y se convierte en constante. El
capital que antes se pagaba como salario representa ahora, bajo la figura de la
máquina, 1) el valor de los medios de producción de la máquina; 2) los salarios
de esos obreros; 3) el plusvalor de su capitalista. Por tanto, tampoco se
liberan los medios de subsistencia de aquellos trabajadores; simplemente se
hace que la demanda dirigida a ese tipo de mercancías disminuya, y se desplace
hacia otro tipo de demanda. Es cierto que aumentará la ocupación en los ramos
que produzcan máquinas, pero no habrá compensación puesto que, si la producción
mecanizada es más barata, ello exige que el tiempo total de trabajo empleado en
la producción de máquinas sea inferior que el tiempo de trabajo que realizaban
los obreros desplazados. La producción mecanizada aumenta la diversidad
productiva, impulsa la división social del trabajo, abre nuevos campos de
trabajo”, y eleva relativamente, no sólo la producción de medios de producción,
sino también, al aumentar la parte no pagada del trabajo, la producción de
bienes de lujo. Por último, el enorme incremento de la productividad permite
elevar el empleo de los “trabajadores improductivos” y de las clases “domésticas”.
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7. Repulsión y atracción de obreros al desarrollarse la industria
maquinizada. El progreso del modo de producción basado en la máquina desplaza
en primer lugar obreros “artesanos” y “manufactureros” (es decir,
precapitalistas), por ser éstos menos productivos. En esta fase de transición
hacia el capitalismo puro que es la Revolución Industrial –ese “periodo inicial
fermental y de turbulencia” en que la maquinaria se introduce por vez primera–,
la composición global del capital da un salto; pero es compatible, con ese
aumento, un aumento absoluto de los obreros, en la medida en que se sustituyen
esas formas pretéritas de trabajo. También es posible que tras la elevación de
la composición sobrevengan “lapsos de reposo” o estancamiento en su evolución.
Pero en su “madurez”, cuando la producción de máquinas mediante máquinas es la
norma, la capacidad de expansión es una capacidad “súbita”, “a saltos”, que
sólo se enfrenta a las barreras de la materia prima y del mercado, y hace
aparecer una “nueva división internacional del trabajo” que divide al mundo en
dos partes: el “campo de la producción agrícola” y el “campo de la producción
industrial por excelencia”.
Esta capacidad de expansión y su
dependencia del mercado mundial generan con toda claridad las cinco fases del
ciclo industrial, cuyo “flujo y reflujo” consta de “animación mediana,
prosperidad, sobreproducción, crisis y estancamiento”, haciendo así más “insegura
e inestable” la situación vital del obrero. La lucha competitiva entre las
diferentes naciones estimula la reducción del salario por debajo del valor de
la fuerza de trabajo, y estas “vicisitudes” del obrero quedan bien reflejadas
en el caso de la industria algodonera: tras analizar en detalle su evolución en
un siglo, se puede concluir que, mientras en el periodo 1770-1815 sólo hay
“cinco años de crisis y estancamiento”, pues Inglaterra ejercía entonces un
“monopolio mundial”, el segundo periodo, de 48 años (1815-1863), en que
compiten con la industria inglesa las de otros países europeos y también de
América y Asia, encontramos “28 años de depresión y estancamiento”.
8. Revolución operada por la gran industria en la manufactura, la
artesanía y la industria domiciliaria. Marx comienza recordando el famoso
ejemplo por el que Adam Smith explicaba cómo se multiplicaba (hasta 48.000
agujas diarias con sólo diez hombres) la productividad del trabajo en la
manufactura de “agujas de coser” que analiza en La riqueza de las naciones.
Dice Marx que, 90 años después, “una mujer o una muchacha” vigila máquinas que
pueden producir “600.000” de esas agujas. Esto le permite recordar que, salvo
excepciones, las industrias han pasado por el régimen artesanal, primero, por
el manufacturero, después, y han terminado, finalmente, como gran producción
industrial Además, siempre que era posible, eso fue de la mano con la
utilización del “trabajo barato” de niños y mujeres, lo cual se aplicó asimismo
a la industria domiciliaria, ahora convertida “en el departamento exterior de
la fábrica, de la manufactura o de la gran tienda”, que ha sufrido una
explotación superior y “más desvergonzada” debido a la “disgregación” de estos
obreros, “dispersos por las grandes ciudades y por la campaña”, lo que hace que
disminuya su “capacidad de resistencia”.
Asimismo, mediante ejemplos
reales, Marx trae a colación diversos casos de manufactura y de industria
domiciliaria “modernas”, así como de “una abigarrada maraña de formas de
transición” hacia la gran industria. Tanto en las primeras (imprentas, talleres
de encuadernación, tejares, sastrerías), como en las segundas (clavos,
confección de puntillas y paja trenzada, encaje de bolillos), como en las
terceras (producción de indumentaria) se trata de ver cómo los capitalistas
“economizan las condiciones de trabajo” de los obreros y desarrollan el
“martirologio de los productores”: falta de aire, espacio, salud, educación...,
y exceso de enfermedades, degradación y competencia..., sería un resumen
suficiente de ese repaso. Al que habría que unir una característica específica:
en ellas se combinan “todas las monstruosidades del sistema fabril pero no los
aspectos positivos de su desarrollo”, todo ello acelerado y reforzado por la
competencia social que supone el efecto de las leyes fabriles.
9. Legislación fabril. (Cláusulas sanitarias y educacionales.) Su
generalización en Inglaterra. Marx se detiene aquí a observar la distancia
existente entre la letra de las leyes fabriles, que proclaman “la enseñanza
elemental, como condición obligatoria del trabajo”, y la realidad capitalista
inglesa. Pero al mismo tiempo aprovecha para reivindicar el papel de Robert
Owen, que supo ver que del sistema fabril “brota el germen de la educación del
futuro, que combina para todos los niños, a partir de cierta edad, el trabajo
productivo con la educación y la gimnasia”, y ello porque este sistema de mitad
trabajo y mitad escuela “convierte a cada una de las dos ocupaciones en
descanso y esparcimiento con respecto a la otra”. Por otra parte, el principio
de la gran industria es lo que creó “la ciencia modernísima de la tecnología”,
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pero esto no sirve sino para
recordar la “contradicción absoluta” entre su base técnica, continuamente
revolucionaria, y su uso capitalista, que implica “el cambio de trabajo, la
fluidez de la función, la movilidad omnifacética del obrero” convertidos en
“hecatombe” de la clase obrera, “despilfarro” de fuerza de trabajo y “anarquía
social”.
10. Gran industria y agricultura. En la agricultura, la máquina no
produce los “perjuicios físicos” que sí provoca en el obrero fabril, pero
también convierte a los obreros agrícolas en supernumerarios, sin resistencia
(por su mayor dispersión). En esta esfera, la gran industria es más
revolucionaria que en ninguna, pues transforma al campesino, el “baluarte de la
vieja sociedad”, en asalariado. Por último, en ella no sólo “se esquilma” al
obrero sino también el suelo, es decir, “los dos manantiales de toda riqueza:
la tierra y el trabajador”.
Sección Quinta: La producción del
plusvalor absoluto y del relativo
XIV. Plusvalor absoluto y
relativo. Son tres los capítulos que componen esta sección. En el primero se
procede a un repaso de las formas específicas de obtención del plusvalor
relativo. Pues bien: así como la mano y el cerebro forman un conjunto “natural”,
el proceso laboral también los unifica hasta que finalmente uno y otro se
separan en una “antítesis radical”. No obstante, el producto es ahora
plenamente “social”, no individual, y ello obliga a modificar la concepción del
“trabajo productivo” (la actividad que opera con los medios y el objeto de
trabajo): para trabajar productivamente, “ya no es necesario hacerlo directa y
personalmente; basta con ser órgano del obrero global, con ejecutar cualquiera
de sus funciones particulares”; por tanto, la definición sigue siendo válida,
“pero ya no es aplicable a cada uno de sus miembros, tomado singularmente”.
Pero al mismo tiempo que esto amplía la esfera del trabajo productivo, por otra
parte la restringe porque ya no basta con producir cosas, sino que hay que producir
“plusvalor para el capitalista”, hay que producir “directamente capital” o
“servir a la autovalorización del capital”.
En las secciones anteriores, se
presentaron ambas formas de plusvalor como correspondientes a épocas distintas
y sucesivas. Esto es correcto porque la producción de plusvalor absoluto sólo
presupone la “subsunción formal” del trabajo en el capital –es decir, la
conversión del obrero en asalariado–, ya que los procesos reales que le sirven
de soporte son comunes a cualquier forma de explotación del trabajo “sin
intervención del capital”. Por el contrario, la producción de plusvalor
relativo presupone “un modo de producción específicamente capitalista”, surgido
sobre el fundamento de la subsunción formal, pero evolucionado hasta
convertirse en subsunción real. Por otra parte, no debe olvidarse que el
plusvalor relativo es absoluto, y el absoluto es relativo.
A la pregunta de si existe una
“base natural del plusvalor”, hay que responder que la “benignidad” de las
condiciones naturales del hombre se limita a brindar “la posibilidad”, pero
nunca la “realidad”, del plustrabajo (lo que concede es, en realidad, “tiempo
libre”). No es el clima tropical la patria del capital, sino la zona templada
porque no es la “fertilidad absoluta” del suelo, sino su “diferenciación, la
diversidad de sus productos naturales”, lo que constituye el fundamento natural
de la división social del trabajo. Es esa diversidad lo que surte el efecto de
que en países diferentes “la misma masa de trabajo satisfaga diferentes masas
de necesidades” y, por tanto, que el tiempo de trabajo necesario sea diferente.
XV. Cambio de magnitudes en el
precio de la fuerza de trabajo y en el plusvalor. Este capítulo se desarrolla a
partir del doble supuesto siguiente: 1) las mercancías se venden a su valor; 2)
el precio de la fuerza de trabajo puede subir, pero no bajar, por debajo del
valor de la fuerza de trabajo. A partir de ahí, se analizan las magnitudes
relativas del plusvalor y del precio de la fuerza de trabajo a partir de las
distintas posibilidades de cambio de sus tres factores condicionantes: la
duración, la intensidad y la productividad de la jornada laboral. Marx analiza
primero el caso en que los dos primeros factores son fijos y el tercero
variable; y después los tres casos en que: el segundo es variable; en que el
variable es el
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primero; y el caso de variaciones
simultáneas en los tres factores. Se detiene sobre todo en el primer caso, para
el que Ricardo ya descubrió las tres leyes siguientes: 1ª: “Una jornada dada
siempre se representa en el mismo producto de valor”; 2ª: el valor de la fuerza
y del plusvalor “varían siempre en sentido opuesto”; 3ª: la variación del
plusvalor es siempre consecuencia, nunca causa, de un cambio en el valor de la
fuerza de trabajo. Sin embargo, el análisis de Ricardo, según Marx, presenta
dos defectos: presenta las condiciones capitalistas como si fueran universales,
y no analiza por separado y de forma pura el plusvalor, por lo que confunde las
leyes de éste con las de la ganancia.
Tras reconocer el papel de
Ricardo, Marx reclama su propia aportación: el salario real puede aumentar al
mismo tiempo que la tasa de plusvalor, ya que ello sólo exige que el precio de
la fuerza de trabajo disminuya como proporción del producto de valor. Pero si
al mismo tiempo baja el valor de las mercancías de consumo obrero, puede
aumentar la masa de éstas que es capaz de comprar un menor precio de la fuerza
de trabajo. Teniendo en cuenta el segundo supuesto del que arranca este
capítulo, en ese último caso estaríamos, pues, ante: un valor de la fuerza de
trabajo (en términos absolutos) constante, pero descendente en cuanto
proporción; una tasa creciente de plusvalor; y un aumento del salario real.
Por último, en las “variaciones
simultáneas” de los tres factores, elige Marx dos casos de especial
“importancia”: a) “fuerza productiva decreciente del trabajo y prolongación
simultánea de la jornada laboral” (ejemplificado en el caso del encarecimiento
de los productos agrarios por “esterilidad creciente del suelo”); y b) la
“intensidad y fuerza productiva del trabajo crecientes y reducción simultánea
de la jornada laboral”. Una vez analizado eso, nos recuerda cómo también habrá
plustrabajo en la sociedad postcapitalista: “Una vez dadas la intensidad y la
fuerza productiva del trabajo, la parte necesaria de la jornada social de
trabajo para la producción material será tanto más corta, y tanta más larga la
parte de tiempo conquistada para la libre actividad intelectual y social de los
individuos, cuanto más uniformemente se distribuya el trabajo entre todos los
miembros aptos de la sociedad”.
XVI. Diversas fórmulas para la
tasa de plusvalor. Este breve capítulo parece destinado sólo a recordar que la
forma correcta de dicha tasa es p/v o t’/t (con el mismo significado de los
símbolos que los aplicados en el capítulo IX), y que es incorrecto suponer que
p/(v+p) o t’/(t+t’) pueden dar un resultado equivalente, aunque sí sea cierto
que dichas fórmulas “pueden siempre reconvertirse” en las correctas.
Sección Sexta: El salario
XVII. Transformación del valor
(o, en su caso, del precio) de la fuerza de trabajo en salario. En este
capítulo, Marx trata de deshacer dos equívocos. El primero, aclarando desde el
principio que no se trata nunca del “valor del trabajo” (expresión absurda
porque el trabajo “es la sustancia y la medida inmanente de los valores, pero
él mismo no tiene valor ninguno”) cuando se habla del “valor de la fuerza de
trabajo”. Y el segundo, que puede pasar desapercibido si se piensa que el
salario es sólo el precio de la fuerza de trabajo, lo trata así.
Comienza recordando que el valor
de una mercancía es la “forma objetiva del trabajo social gastado en la
producción de la misma”, para enseguida aclarar que no se trata de la cantidad
de trabajo “efectivamente objetivado” en ella, sino la “cantidad de trabajo
vivo necesario para su producción”. Así, si gracias a diversas invenciones una
mercancía se puede producir en la mitad de tiempo que antes (digamos, en seis
horas en lugar de en tres), “también el valor de la mercancía ya producida se
reduce a la mitad”. A continuación, se hace una reflexión sobre los precios
(valores expresados en dinero), recordando que ya para los clásicos estaba
claro que una cosa es el “precio natural” (o precio “necesario” en los
fisiócratas), y otra los precios “accidentales”, que son las “oscilaciones de
los precios del mercado” por encima o por debajo de los primeros, y que, en su
magnitud “media, promedial”, coinciden con los primeros. Pero, en tercer lugar,
tenemos aquí el salario, que no es sino la “forma transmutada” del valor y
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el precio de la fuerza de
trabajo, una forma “irracional” que “borra toda huella de división” de la
jornada laboral entre trabajo pago e impago, y en la que todo aparece como
trabajo pago. Así, por ejemplo, si el trabajo necesario es la mitad de la jornada
(6 de 12 horas), el “valor del trabajo” (o su precio, el salario) aparecería
como el doble del valor de la fuerza de trabajo (o su precio). Sobre esta forma
de manifestación “se fundan” las nociones “jurídicas” (o mistificadas,
ilusorias, apologéticas) del obrero y del capitalista.
XVIII (El salario por tiempo) y
XIX (El pago a destajo). Ambos capítulos analizan sucesivamente las dos formas
básicas del salario. La distinción entre el valor de la fuerza de trabajo y la
masa de los medios de subsistencia aparece pues, una vez trasmutada, como una
nueva pareja: el salario “nominal” y el salario “real”. El primero es la
expresión monetaria del precio del trabajo, que se obtiene dividiendo el valor
diario de la fuerza de trabajo por el número de horas que componen la jornada
laboral: el “precio de la hora” se convierte, así, en la unidad de medida del
salario por tiempo. Este precio podría caer, por tanto, por debajo de su nivel
normal si se prolongara la jornada más allá de su magnitud habitual. En segundo
lugar, el salario o pago a destajo no es sino una forma trasmutada del salario
por tiempo. Es tan irracional como ésta, pero ya no expresa ninguna relación de
valor. Sin embargo, le brinda al capitalista una medida rigurosa y precisa de
la intensidad del trabajo –además de contribuir a aumentar la intensidad misma
y la duración de la jornada, ya que esto va en interés inmediato del propio
obrero–, y de hacer posibles nuevas funciones del destajo: volver superflua en
la práctica gran parte de la vigilancia del trabajo, como ocurre en la industria
domiciliaria moderna; poder usar auxiliares del obrero, dando paso así a la
explotación de otros obreros por el obrero. De todo ello se desprende que esta
forma es “la más adecuada al modo de producción capitalista”, por ser una
palanca para alargar la jornada e, indirectamente, rebajar el salario.
XX. Diversidad nacional de los salarios. Por último, este capítulo
afirma que dicha diversidad vendrá determinada, en primer lugar, por la
diversidad de los valores nacionales de la fuerza de trabajo (a su vez, basados
en diferencias en el volumen de las necesidades vitales y de su precio, costos
de la educación, etc.); por la longitud relativa de las diversas jornadas
nacionales; por los diferentes niveles nacionales de intensidad media –que no
coinciden, y deben por tanto convertirse en jornadas de intensidad “media del
trabajo universal”–; por los diferentes niveles nacionales de productividad del
trabajo, que se computan como más intensos cuando son mayores; y, por último,
por los diferentes niveles nacionales de precios (y de salarios nominales, pero
inversamente las tasas de plusvalor), tanto mayores cuanto más desarrollado sea
un país. Por tanto, allí donde los salarios monetarios son más elevados, por
ejemplo en Inglaterra, suelen ser más bajos los salarios “en proporción al
producto”. Pero eso no quiere decir que los salarios sean estrictamente
proporcionales a la productividad, como pretende Carey, ya que hay que tener en
cuenta todos los factores señalados, y no uno sólo.
Sección Séptima: El proceso de
acumulación del capital
Antes de comenzar esta sección,
que es la última del libro I de El capital, hay ya una remisión a los
siguientes libros que componen la obra. Por una parte, el proceso de
acumulación de capital “supone su proceso de circulación”, y esto sólo se
estudia en el libro II. Por otra parte, el plusvalor “se escinde” en varias
partes (ganancia, interés, margen comercial, renta de la tierra, etc.) y estas
“formas trasmutadas” del mismo se estudian en el libro III. Pero Marx dice que,
antes de cambiar de libro, hay que estudiar la acumulación “en términos
abstractos”, es decir, como mera fase del proceso inmediato de la producción.
Esta sección consta de cinco capítulos. En el XXI se estudia la “reproducción
simple”, en el XXII la “transformación del plusvalor en capital”, en el XXIII
la “ley general de la acumulación capitalista”, en el XXIV la “llamada
acumulación originaria”, y en el XXV “la teoría moderna de la colonización”.
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XXI. Reproducción simple. Todo
proceso social de producción es al mismo tiempo un proceso “continuo”, es
decir, un proceso de “reproducción”: esa continuidad es la esencia de la
reproducción. Y la forma capitalista del proceso de reproducción hace que la
reproducción se convierta en simple medio de “reproducir como capital el valor
adelantado”. La mera continuidad –o “reiteración” o “repetición”– del proceso
le imprime características nuevas, y en cuanto incremento “periódico”, el
plusvalor asume la forma de “rédito” del capital. Asimismo, el capital variable
aparece ahora como la forma histórica particular del “fondo de medios de
subsistencia” (medios de consumo), o “fondo de trabajo”, que el trabajador
requiere (universalmente) para su reproducción, y que ahora –cuando se
considera el proceso capitalista de producción “en la fluencia constante de su
renovación”, en su “fluencia interconexa” o “interdependencia”– el trabajador
“adelanta” al capitalista, pues lo produce antes de ser pagado con su equivalente.
Otra característica importante es que el valor del capital adelantado
“desaparece” por completo, una vez dividido por el número de años en que se
consume por el capitalista –es decir, por el número de “periodos de
reproducción” de ese capital–, por más que éste lo interprete al revés y piense
que conserva su capital y consume plusvalor.
Por tanto, la continuidad del
proceso –la reproducción “simple”– permite ver la importante realidad de que
todo capital no es sino “plusvalor capitalizado” (o “capital acumulado”), es
decir, todo capital se convierte, tarde o temprano, en “valor apropiado sin
equivalente” y concreción material de trabajo impago. Los medios de producción
son ahora “medios de valorización”; el obrero sale de la producción tal como
entra: como fuente personal de la riqueza, como productor de la “riqueza
objetiva como capital”, pero empobrecido y reproducido –en definitiva,
“perpetuado”– como asalariado; y su producto no sólo se transforma en mercancía
sino en capital. La reproducción hace que la diferencia entre el consumo
individual y el consumo productivo desaparezca hasta cierto punto, en la medida
en que los medios de consumo del obrero se convierten ahora en “meros medios de
consumo de un medio de producción”, y el propio obrero se convierte en el
“medio de producción más indispensable” para el capitalista.
Asimismo, al comprar fuerza de
trabajo el capitalista “mata dos pájaros de un tiro”: valoriza su capital al
convertir una parte en capital variable, y al mismo tiempo reconvierte los
medios de subsistencia en “nuevos obreros”, de forma que “la clase obrera,
también cuando está fuera del proceso laboral directo, es un accesorio del
capital”, un “accesorio móvil de la fábrica”, un “esclavo” sujeto a su
propietario por “hilos invisibles”, en vez de por cadenas. El proceso
capitalista reproduce así, constantemente la “escisión entre fuerza de trabajo
y condiciones de trabajo”, es decir, las “condiciones de explotación” del
obrero, que es continuamente arrojado al mercado como “vendedor de su fuerza de
trabajo” y como alguien que “en realidad pertenece al capitalista aun antes” de
venderse a él. Reproduce la relación capitalista misma: “por un lado el
capitalista, por la otra el asalariado”.
XXII. La transformación de
plusvalor en capital . Esta transformación, su empleo o reconversión en
capital, es la “acumulación” de capital. Este proceso se da en una escala
“ampliada” (o “progresiva”) que, en primer lugar, convierte las leyes de la
propiedad en leyes de la “apropiación capitalista”. Veamos. El plusvalor es
transformable en capital sólo porque el plusproducto contiene ya los elementos
materiales del nuevo capital. Pero “el pluscapital nº 1”, que es ya simple
plusvalor capitalizado, “reitera” la compra de fuerza de trabajo con una parte
de ese pluscapital, y lo mismo ocurre con el “pluscapital nº 2” generado por el
nuevo ciclo; hasta que, finalmente, “todo el valor de capital adelantado se
transforma en plusvalor capitalizado”. Por consiguiente, bajo la “apariencia”
de una relación de intercambio entre capitalista y obrero, se ve ahora su
contenido: “el capitalista cambia sin cesar una parte del trabajo ajeno ya
objetivado, del que se apropia constantemente sin equivalente, por una cantidad
cada vez mayor de trabajo vivo ajeno”. Por tanto, la propiedad del capitalista
aparece ahora como “el derecho a apropiarse de trabajo ajeno impago”, y se
manifiesta para el obrero como “la imposibilidad de apropiarse de su propio
producto”. Donde aparentemente había “identidad” entre propiedad y trabajo, lo
que hay realmente es una “escisión”.
Los economistas clásicos,
empezando por Smith y Ricardo, convierten “erróneamente” todo el plusvalor
capitalizado en “mera conversión del mismo en fuerza de trabajo”, como si sólo
existiera capital variable, cuando en realidad se distribuye entre éste y el
nuevo capital constante. Pero peor aun es el dogma de la economía vulgar: la
“teoría de la abstinencia” (Senior y otros). En realidad el plusvalor ni se
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consume íntegramente (como en el
capítulo XXI) ni se acumula totalmente (como en este capítulo hasta aquí): una
parte se consume como “rédito”, y la otra se acumula como capital. Como
“capital personificado”, o “fanático de la valorización”, el capitalista
constriñe a la humanidad a “producir por producir”, poniendo así las bases de
una formación social “superior”. Además, la competencia, que se le impone como
“ley coercitiva externa”, lo obliga a “expandir continuamente su capital para
conservarlo”. Ambos impulsos le presentan su propio consumo como si fuera “un
robo”, pero por otra parte se ve empujado al consumo y al disfrute de su
riqueza: dos almas hay en su pecho, y una quiere divorciarse de la otra, se da
en él un “conflicto fáustico entre el afán de acumular y el de disfrutar”. Se
impone finalmente el primero, el imperativo de acumular; por eso, para los
clásicos “el proletario sólo era una máquina destinada a producir plusvalor”,
pero asimismo el capitalista no es sino otra “máquina dedicada a la transformación
de ese plusvalor en pluscapital”. Sin embargo, los economistas burgueses
quieren sacar provecho de esta “abstinencia” del disfrute sin caer en la cuenta
de que “todo acto humano” puede concebirse como “abstinencia del acto
contrario” (posteriormente, cita Marx a MacCulloch, que “patentó su ‘salario
del trabajo pretérito’ mucho antes que Senior obtuviera la patente
correspondiente al ‘salario de la abstinencia’”).
A continuación se examinan las
“circunstancias que, independientemente de la división proporcional del
plusvalor en capital y rédito, determinan el volumen de la acumulación”. La
primera de ellas es el grado de explotación de la fuerza de trabajo. Marx
arranca de lo siguiente: aunque en la teoría se supone que el precio de la
fuerza de trabajo coincide con su valor, en la práctica hay una tendencia a
hacerlo caer por debajo de éste, ya que, si los capitalistas critican su propio
consumo, no pueden menos que considerar “superfluidades” muchos de los
elementos que integran el consumo obrero, por lo que su objetivo y “misión
histórica” es, por ejemplo en Inglaterra, “rebajar el salario inglés al nivel
del francés” –de hecho, citando al Times, puntualiza: “No los salarios continentales,
oh no, sino los salarios chinos: he ahí el objetivo que actualmente se ha
fijado el capital”–. La segunda es la creciente productividad del trabajo, que
permite aumentar la masa de bienes que entran en la parte consumida del
plusvalor aunque no se modifique la tasa de plusvalor (y aunque aumente también
el salario real). La tercera es el incremento de la “magnitud del capital
adelantado” –y, aunque la magnitud esté dada, la fuerza de trabajo, la ciencia
y la “tierra” (es decir, todos los bienes “naturales”) son “potencias elásticas
del capital” que dan a éste un margen de actividad independiente de su
magnitud. Y, por último, la “diferencia creciente entre el capital empleado y
el consumido”.
Finalmente, se analiza en este
capítulo el “llamado fondo de trabajo”. Marx atribuye la supuesta “fijeza” de
este fondo a Jeremy Bentham, Malthus y otros autores que lo usaron con
finalidades “apologéticas”. De esa manera, lo convertían en una parte especial
de la riqueza social. Pero Marx arguye que lo que es constante, en el sentido
de técnicamente dada en cada momento, es la “masa de trabajo vivo” que ha de
poner en movimiento los elementos del capital constante, pero “no el número de
obreros que se requiere para poner en acción” esa masa de trabajo, ni tampoco
el precio de su fuerza de trabajo. El objetivo de esta falsa teoría era
argumentar que los obreros debían quedar al margen de la distribución de la
producción social, salvo en situaciones excepcionalmente favorables.
XXIII. La ley general de la
acumulación capitalista. Este capítulo es de importancia decisiva. En él se
investiga “la influencia del acrecentamiento del capital sobre la suerte de la
clase obrera”, y se afirma que el factor más importante en esto es la “composición
del capital” y sus cambios. Esta composición puede concebirse como una relación
“técnica” –la composición técnica–, o como una relación de valor – composición
en valor–, pero Marx utiliza un tercer concepto para referirse a la
“correlación” que hay entre ambas, de forma que denomina a la segunda, “en
tanto se determina” por la primera y refleja sus variaciones, “composición
orgánica del capital”, que es de la que se tratará aquí salvo advertencia
expresa.
Ya hemos visto que la acumulación
de capital es crecimiento del capital en un polo, pero es “aumento del
proletariado” en el otro polo. Los clásicos erraban al suponer que todo el
nuevo capital era capital variable, pero tenían clara la importancia del trabajo
para “la riqueza de las naciones”, así como la naturaleza “polar” de la
relación capitalista; y discutían, a partir de ahí, cuál era su mejor
situación, desde su punto de vista. Si Bellers decía que “el trabajo de los
pobres es la mina de los ricos”; Mandeville
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Resumen completo de El Capital de
Marx http://laberinto.uma.es
escribió sobre la necesidad de un
“salario moderado”, así como que “la riqueza más segura consiste en una
multitud de pobres laboriosos (...) es necesario que la gran mayoría siga
siendo tan ignorante como pobre”; Eden pensaba que “lo que conviene a los pobres
no es una situación abyecta o servil, sino una relación de dependencia aliviada
y liberal”; y todo ello sin que se le escapara a Linguet que “el espíritu de
las leyes” de Montesquieu no es sino “la propiedad”.
Las condiciones más favorables de
la acumulación suponen una composición orgánica inalterada, pues en ese caso
cabe la posibilidad –y finalmente se da la necesidad– de que la “demanda de
obreros supere su oferta” y de que los salarios aumenten. En ese caso, la
“dependencia” de los obreros sólo aumenta “en extensión”, y su fondo de consumo
aumenta, por lo que “sus cadenas de oro” pueden estar menos tirantes. Sin
embargo, la reproducción seguirá teniendo a este polo como polo obrero, y
enfrente al capital, con independencia de cuál sea el salario. A lo más que
puede llegar el trabajo impago es a una “merma”, pero ésta no puede poner “en
peligro seriamente” el carácter capitalista de la producción, porque, una de
dos: o bien esto no impide que la acumulación siga creciendo, o bien el alza
salarial “perjudica” esta expansión, y entonces la reacción –el freno mismo de
la acumulación– hace que bajen los salarios y por tanto que desaparezcan las
causas de ese freno. Son los movimientos de la acumulación los que se reflejan,
pues, en la masa de fuerza de trabajo, y mientras que los primeros son la
variable “independiente”, la magnitud del salario es la variable “dependiente,
no a la inversa”.
Por tanto, la ley de la
acumulación capitalista “excluye toda mengua en el grado de explotación” que
pueda amenazar seriamente la relación capitalista, de forma que le ocurre al
obrero lo que al hombre con su religión: si éste se deja dominar “por las obras
de su propio cerebro”, el asalariado lo está “por las obras de su propia mano”.
Pero el proceso avanza más allá
de la fase anterior, en la que suponía una composición técnica constante, y
convierte a los incrementos de “productividad” en la palanca más poderosa de la
acumulación. El grado creciente de esta productividad se expresa en la cantidad
aumentada de “medios de producción” (maquinaria como “condición”, materias
primas y auxiliares como “consecuencia”) que un obrero transforma en producto
por unidad de tiempo, es decir, en la disminución del factor subjetivo del
proceso laboral en relación con el objetivo. Y “de manera aproximada” y
reducida, este aumento de la composición técnica hace subir también la
composición en valor del capital (en menor proporción, puesto que bajará
también el valor de los elementos individuales del capital constante, y se
economizará su uso). Esto significa una acumulación “acelerada” del capital,
que sirve para desarrollar a su vez el modo de producción específicamente
capitalista.
Por una parte, cada capital
individual crece, y esto significa la concentración del capital, pero ésta está
limitada por el crecimiento de la riqueza social y por el incremento simultáneo
del número de los capitalistas, que se repelen entre sí. Pero contra este
“fraccionamiento” opera una fuerza de “atracción” que es la centralización del
capital –ya sea por “anexión” (hoy, absorción) o por “fusión”–, es decir, la
concentración de capitales “ya formados”, o redistribución del capital global a
partir de la “expropiación del capitalista por el capitalista”, más
específicamente del grande por el pequeño, o, con más exactitud aun, de los
menos competitivos y productivos por los que lo son más. La “competencia” y “el
crédito” se convierten en las dos palancas más poderosas de la centralización,
la cual, junto al instrumento de las “sociedades por acciones”, que permite
concentrar “medios dispersos por la superficie de la sociedad”, sirve para
completar la obra de la acumulación y elevar aun más la escala de operación del
capital. Pero, como consecuencia de la creciente composición del capital, todo
este capital “suplementario” atrae cada vez a menos obreros, a la vez que el
capital antiguo repele más y más obreros antes ocupados: esto es la
“sobrepoblación relativa” típicamente capitalista.
Esta sobrepoblación, o “ejército
industrial de reserva”, al igual que el modo de producción específicamente
capitalista, crecen más deprisa que la propia acumulación de capital. Ahora los
periodos, o “intervalos”, de estancamiento de la composición de capital “se
acortan”, y la sobrepoblación relativa, que aumenta debido a esta “ley de la
población peculiar” al modo capitalista de producción, se convierte en una
nueva palanca de la acumulación. Y no sólo eso: se convierte en una
“necesidad”, una “condición de existencia” del propio capitalismo, que, en su
ciclo “decenal” –de “diez u once años”, dice en otra
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ocasión– de “animación media,
producción a toda marcha, crisis y estancamiento”, es decir, ante la necesidad
de hacer frente a expansiones y contracciones “súbitas”, debe superar las
barreras naturales del simple crecimiento demográfico, pues éste es más
limitado y más lento –se requieren “16 ó 18 años” para llevar al mercado a una
nueva generación de trabajadores–, y ello exige el colchón de seguridad que
para el capital supone este ejército de reserva. Esta “liberación de obreros” o
sobrepoblación relativa es más rápida aun que el cambio técnico, ya que el
capital no sólo pone la demanda de obreros sino que también consigue, mediante
este ejército, incrementar su oferta; y, de esta manera, aumenta la competencia
entre los trabajadores, que, a la vez aunque sucesivamente, sufren del “ocio
forzoso” del desempleo y del “exceso de trabajo” cuando están ocupados.
Sin embargo, la proporción entre
el ejército “activo” y “de reserva” de trabajadores es variable, y depende del
ciclo económico, no de un simple ciclo demográfico presuntamente regulado
(según Malthus y otros) por el nivel del salario, que es un “dogma”, que el uso
“bélico” de la maquinaria por parte de los capitalistas se encarga de desmentir
por sí mismo. Y esta “ficción” de la apologética económica es fruto de la
confusión de la ley general con las oscilaciones “locales” –es decir,
sectoriales– del mercado de trabajo, que obedecen a su vez a los movimientos
redistributivos del capital de una a otra esfera. En cuanto al mercado global,
pues, “los dados están trucados” porque el capital opera en “ambos lados” –
oferta y demanda– a la vez, de forma que, de esta manera, la ley de la oferta y
la demanda “completa” el despotismo del capital. Y los economistas, o
“sicofantes” del capitalista, se encargan de predicar que los sindicatos, que
intentan paliar los efectos negativos de esa ley, van contra el libre juego de
dicha ley.
La sobrepoblación relativa adopta
tres formas de existencia principales: “fluctuante, latente y estancada”. La
fluctuante es la típica de la industria y hace que aumente la ocupación
femenina y que el obrero de edad mediana se convierta enseguida en “desgastado
y caduco”, que deba ser remplazado por personal más joven. La latente es típica
de la agricultura, y consiste en ese exceso de población rural “siempre a punto
de convertirse” en proletariado urbano o manufacturero. La estancada la forma
el empleo “irregular” de lo que hoy llamaríamos la economía “negra o
sumergida”, y que entonces era sobre todo la “industria domiciliaria”: se
caracteriza por unas condiciones de vida “por debajo del nivel medio normal”.
Junto a estas tres capas –o por debajo– se encuentra el “sedimento” inferior
que forman los “pobres”, o esfera del “pauperismo”, a su vez compuesto por tres
categorías: los que pueden aún trabajar; los incapacitados para ello (viejos,
mutilados, degradados, etc.); y los “huérfanos e hijos de indigentes”, todo
ello aparte del lumpenproletariado propiamente dicho (vagabundos, delincuentes,
prostitutas). Con el incremento de la riqueza capitalista, aumenta no sólo la
proporción del proletariado que integra el ejército laboral de reserva y el
pauperismo, sino la “miseria” y “precariedad” de estas capas: ésta es la “ley
general, absoluta”, de la acumulación capitalista. Esta “acumulación de
miseria” que acompaña, pues, a la de riqueza, en el otro polo, y es
independiente de que el salario sea alto o bajo, muestra un carácter
“antagónico”, ya mostrado por los mismos economistas (Ortes, Townsend, Storch,
Sismondi, Destutt de Tracy).
A continuación, dedica Marx más
de ochenta páginas a “ilustrar” esta última ley a partir de numerosos datos
extraídos de la experiencia real de la Inglaterra e Irlanda de su época, sin
olvidar que economistas y políticos, como el liberal Gladstone, tampoco olvidan
tratar de demostrar lo contrario –que “los pobres, en todo caso, se han vuelto
menos pobres”–, y que “las estadísticas oficiales se convierten en un índice
cada vez más engañoso” para este fin. A continuación, pasa revista detallada a
las capas “mal remuneradas” de la industria (algodoneros, etc.), comparando las
deficiencias de su dieta con el consumo “excesivo” y “dilapidador” de los
ricos, sus condiciones de vivienda y alquiler, de acceso a la beneficencia; a
la población “nómada” (drenaje, ferrocarril...); a la “aristocracia” obrera
(siderúrgicos, astilleros...); al proletariado agrícola, que ha caído tan bajo
desde la edad de oro del siglo XIV y “ha empeorado de manera extraordinaria”
(aquí el detalle alcanza a una “docena de condados” por separado, y además se
analiza exhaustivamente el sistema de “cuadrillas”, concebido para enriquecer a
“los grandes arrendatarios”); ...y, por último, el caso irlandés, que, tras la
hambruna de 1846, la emigración y la enorme caída demográfica –pero no de la riqueza
ni de la producción, y donde la sobrepoblación relativa “hoy es tan grande como
antes de 1846”–, se ha convertido en simple “distrito agrícola de Inglaterra”.
39
Resumen completo de El Capital de
Marx http://laberinto.uma.es
XXIV. La llamada acumulación
originaria. Este capítulo, penúltimo del libro I, se compone de siete
epígrafes. En realidad –de acuerdo con la interpretación que hace de este punto
el marxólogo francés Maximilien Rubel, y que explicaremos más tarde–, el séptimo
epígrafe debería consistir en lo que aparece en realidad como capítulo XXV,
dedicado a la “Teoría moderna de la colonización”. Éste, que es una
continuación de lo que se explica en el epígrafe 6, debería intercambiar su
posición con el último epígrafe del capítulo XXIV, de forma que el libro I
terminaría con la “Tendencia histórica de la acumulación capitalista”.
El capítulo comienza con “el
secreto de la acumulación originaria” (o “primitiva” o “previa”, es decir:
anterior a la acumulación capitalista propiamente dicha). El origen de la
escisión o polarización que presupone la relación capitalista no es el que cuentan
los “optimistas” economistas, que sólo ven el “idilio” del derecho y el
trabajo, sino la “violencia” de la historia real: es decir, “la conquista, el
sojuzgamiento y el homicidio motivado por el robo”, que sirven de base a la
“escisión entre productor y medios de producción”. Aunque se trata con esto de
la “prehistoria” del capital propiamente dicho, está claro que lo que se
analiza aquí es “la era capitalista” en Europa occidental, que data del siglo
XVI (y se dio “esporádicamente” en los siglos XIV y XV). Se trata de una serie
de procesos históricos de naturaleza también “dual” que cubren “toda la
historia del desarrollo de la moderna sociedad burguesa”, tal como surgió de la
estructura de la sociedad feudal, e implican la liberación del trabajo respecto
de la servidumbre feudal y de la coerción gremial, y su liberación también
respecto a sus antiguos medios de producción.
El fundamento de todo el proceso
es la “expropiación” del campesino o “productor rural” (en su triple forma de
campesino independiente, asalariado y siervo de la gleba) al que se le
“despoja” de la tierra, que se analiza en su forma clásica (en Inglaterra,
aunque hay indicaciones menores sobre los casos francés, alemán o italiano). Su
“preludio” fue la disolución de las mesnadas feudales, y su acto principal
consistió en la “expulsión violenta” de los campesinos de la tierra. Varios
factores influyeron aquí: 1) el florecimiento de la manufactura de lana
flamenca empujó a la transformación de la tierra de labor en pastos, dando
lugar a la situación descrita por Tomás Moro en su Utopía, en la que “las
ovejas devoran a los hombres”; 2) la Reforma permitió la expoliación colosal de
los bienes eclesiásticos, suprimió monasterios y arrojó a sus moradores al
proletariado; 3) la restauración de los Estuardos permitió que los
terratenientes abolieran el régimen feudal y reivindicaran la propiedad
moderna, lo que se favoreció con el “robo de tierras fiscales” (bienes de la
corona), de la que también se aprovecharon los capitalistas burgueses; 4) las
propias leyes “para el cercamiento de la tierra comunal” permitieron que los
campesinos independientes (yeomen) fueran expulsados y remplazados por pequeños
arrendatarios; 5) por último, el “despejamiento de las fincas”, por el que
simplemente se expulsaba y desarraigaba a los campesinos, se destruían e
incendiaban sus aldeas –sólo la duquesa de Sutherland se apropió de esta manera
de más de tres mil kilómetros cuadrados de tierra–, y se usaba la tierra
primero para pastos y luego para cotos de caza; esto último lo describe Marx
como “la transformación usurpatoria, practicada con el terrorismo más
despiadado, de la propiedad feudal y clánica en propiedad privada moderna”, un
cambio basado en un derecho tal que “con el mismo derecho” un rey de Inglaterra
podría arrogarse el derecho de echar sus súbditos al mar.
Esto se consigue además con una
“legislación sanguinaria” contra los expropiados, quienes, al no poder ser
absorbidos rápidamente por la manufactura, no podían adaptarse rápidamente a su
situación y tenían que convertirse en “mendigos, ladrones y vagabundos”. Pues
bien, se dictaron leyes desde el siglo XVI contra la “vagancia”, en las que se
encerraba, marcaba, convertía en esclavo y ejecutaba a estos “vagos”; de forma
que, mediante una legislación “terrorista y grotesca”, y a fuerza de latigazos,
hierros candentes y tormentos, esta población expropiada fue obligada a
someterse a la “disciplina” que requería el sistema de trabajo asalariado.
Esto le merece una reflexión de
largo alcance a Marx. Una vez que la clase trabajadora, “por educación,
tradición y hábito, reconoce las exigencias del modo capitalista de producción
como leyes naturales, evidentes por sí mismas”, ya no hace falta la coerción,
porque las “leyes naturales de la producción”, es decir, la “dependencia del
capital” y el hambre, se encargan de disciplinar al obrero por sí mismas, y la
violencia directa sólo se usa “excepcionalmente”. Pero “durante la génesis
histórica” de este modo de producción, la burguesía “necesita y usa el poder
del estado” para “regular” el salario,
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“prolongar” la jornada laboral y
mantener al trabajador en esa “dependencia”. Y esto no sólo ocurrió en el
campo: también en las ciudades hubo que usar el estado para desafiar la
organización gremial, prolongar la jornada, aumentar el número de trabajadores
permitidos, impedir las coaliciones obreras, etc.
En cuanto a la génesis del
“arrendatario capitalista”, el antiguo bailío se convierte primero en
arrendatario libre a quien provee el propietario, luego en aparcero o medianero
de éste, y finalmente en arrendatario propiamente dicho. Se va enriquecido, primero,
por la inflación que siguió a la desvalorización del oro como consecuencia del
descubrimiento y conquista de América, que le permitió ganar tanto frente a los
trabajadores como frente a los propietarios (contratos de alquiler fijo por 99
años). Y, después, fue él quien se benefició de la “revolución agrícola” y de
la creación del “mercado interno” para el capital industrial, de forma que el
arrendatario puede vender ahora como mercancía lo que antes sólo se consumía
como medios directos de subsistencia, lo cual se lleva a su apogeo con la gran
industria mecanizada. Por su parte, el capitalista industrial nace del “pequeño
capitalista” –que a su vez procedía de los maestros y artesanos independientes
de la industria gremial, e incluso de algunos asalariados– y del capital
usurario y comercial que ya existía en el régimen feudal. Pero se desarrolla a
partir del siglo XVII gracias al “sistema colonial”, “la deuda pública y el
moderno sistema impositivo” y “el “sistema proteccionista”, que son todos métodos
que “recurren al poder del estado, a la violencia organizada y concentrada de
la sociedad, para fomentar como en un invernadero el proceso de transformación
del modo de producción feudal en modo de producción capitalista”.
Tantos esfuerzos hicieron falta
para “asistir al parto” de las leyes “eternas” capitalistas, ironiza Marx, para
obtener ese producto “artificial” de la historia moderna que es la polaridad
capital-asalariados: el capital viene al mundo “chorreando sangre y lodo por
todos los poros, desde la cabeza a los pies”.
XXV. La teoría moderna de la
colonización. Saltamos el último epígrafe para insertar primero lo que aparece
como capítulo XXV en el texto: la crítica de la teoría de la colonización, de
Wakefield. La razón es que, como ha afirmado Rubel, parece que Marx invirtió
conscientemente el orden natural de su discurso para salvar más fácilmente la
mano de la censura, acostumbrado como estaba a estas prácticas desde su época
de periodista. Consiguió así que los censores vieran que el libro terminaba
como empezaba, con la misma dificultad de comprensión, y que, de esta forma,
pasara más desapercibida la “tendencia histórica de la acumulación
capitalista”, en la que se retomaban, e incluso se citaban expresamente, las
expectativas revolucionarias del Manifiesto Comunista. La idea del capítulo
sobre la colonización es que la experiencia de los Estados Unidos le puede
servir a cualquiera, lo mismo que a Wakefield, para aprender que el capital es
una “relación social”, y por ello las condiciones coloniales son en principio las
opuestas a las de la expropiación que posibilita el desarrollo capitalista, ya
que “la esencia de una colonia libre” es que en ella “la mayor parte del suelo
es todavía propiedad del pueblo”. Como no se da la escisión, el obrero puede
apropiarse de una parte importante del producto y convertirse fácilmente en
capitalista. Y esta indisciplina es lo que molesta a Wakefield. Sencillamente:
el modo de producción y acumulación, y la propiedad privada capitalista
“presuponen el aniquilamiento de la propiedad privada que se funda en el
trabajo propio”, o sea, la expropiación del trabajador.
Conclusión del libro I de El
capital: la Tendencia histórica de la acumulación capitalista. Hemos visto que
la acumulación originaria se resuelve precisamente en la “disolución de la
propiedad privada fundada en el trabajo propio”. La “pequeña industria” del
artesano y del campesino, al desarrollarse, genera los medios materiales “de su
propia destrucción”, y su propiedad es desplazada por la propiedad capitalista.
Pero asimismo el capital, al
“socializar” el trabajo y los medios de producción, al centralizarse él mismo,
expropia permanentemente a muchos capitalistas por parte de unos pocos, y a la
vez “disciplina, une y organiza” a la clase obrera, cuya rebeldía aumenta. La
centralización de los medios de trabajo y la socialización del trabajo alcanzan
también un punto en que se vuelven “incompatibles” con su corteza capitalista.
Tenemos ahora la “negación de la negación”: no se restaura la propiedad
privada, sino “la
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Resumen completo de El Capital de
Marx http://laberinto.uma.es
propiedad individual, pero sobre
la base de la conquista alcanzada por la era capitalista: la cooperación y la
propiedad común de la tierra y de los medios de producción producidos por el
trabajo mismo”. Esta segunda transformación será más sencilla que la primera
porque sólo se trata ahora de la “expropiación de unos pocos usurpadores por la
masa del pueblo”.
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Libro II: EL PROCESO DE
CIRCULACIÓN DEL CAPITAL
Antes de nada, hay que tener muy
en cuenta la advertencia que hace Marx nada más empezar este II Libro: en todo
él se supone siempre que las mercancías se venden a su valor y, en segundo
lugar, que no hay variaciones en el valor de las diferentes mercancías. Por
otra parte, el Libro está compuesto por tres secciones. En la primera se
analizan las metamorfosis del capital y el ciclo de las mismas. En la 2ª
sección se trata de la rotación del capital. Y en la Sección Tercera, de la
reproducción y circulación del capital social global.
Sección Primera: Las metamorfosis
del capital y el ciclo de las mismas
La primera sección de este libro
se compone de seis capítulos: los tres primeros se refieren a cada uno de los
tres ciclos del capital (dinerario, productivo, mercantil), el cuarto revisa
las tres figuras en conjunto, y los capítulo 5 y 6 se dedican al tiempo y a los
costes de la circulación, respectivamente.
I. El ciclo del capital
dinerario. Puede decirse que, desde cierto punto de vista, este ciclo,
D-M...P...M’-D’, ya se estudió en el libro I. En su primera “fase”, tenemos la
circulación D-M, que nos interesa por su contenido material, es decir, en
cuanto la M son, por una parte, medios de producción
(MP) y, por otra, fuerza de
trabajo (FT); por tanto, tenemos ,
aunque junto a la relación cualitativa tenemos también una relación
cuantitativa, una determinada proporción en la que se tienen que presentar los
dos componentes, material y personal, de la producción. En esta fase, el
“factor característico” es D-FT, por ser ésa la “condición esencial” para que
el valor adelantado se transforme realmente en capital. Lo característico del
capitalismo es que la fuerza de trabajo aparezca como mercancía, y ello sólo
ocurre porque FT ya está en estado de “separación” respecto de sus medios de
producción; es decir, porque se suponen ya acontecidos los procesos históricos
que configuran esa especial “distribución” capitalista (no la distribución del
producto, sino la citada “separación”) y, por tanto, que la circulación de
mercancías es ya dominante, lo cual exige la producción capitalista ya
desarrollada. Por eso el ciclo del capital dinerario presupone ya la forma del
ciclo del capital productivo.
La segunda fase es la producción:
“...P...”, donde los puntos suspensivos significan que se suspende o interrumpe
la circulación. El capital dinerario se ha transformado en capital productivo,
y entonces adopta una “forma en especie” bajo la cual no puede circular, sino
que tiene que ingresar en el consumo, en este caso “consumo productivo”. Al
mismo tiempo, el proceso de producción se transforma en una “función del
capital”, y éste lo convierte, gracias al perfeccionamiento de la técnica y de
la organización del trabajo, en el medio para revolucionar la estructura
económica de la sociedad. A la vez, el producto no es sólo mercancía, sino
mercancía “fecundada con plusvalor”.
La tercera fase es M’-D’, y en su
forma mercantil el capital tiene que cumplir “función de mercancía”. M’ expresa
una “relación de valor”, en cuanto M’ = M + m, es decir, en cuanto expresa la
composición de su valor como “formado por valor de capital y plusvalor”, para
cada uno de los cuales M’-D’ es diferente, ya que, mientras éste significa la
primera circulación para m (que nació en ...P...), no es en cambio la primera
para el valor de capital M, que simplemente “retorna” a –o se reconvierte en
dinero para– el capitalista. M’ y D’ son sólo dos formas distintas, mercantil y
dineraria, del “valor de capital valorizado”.
Resumiendo, la forma
“desarrollada” del capital dinerario se presenta como:
que en el caso particular de la
producción de material dinerario, es decir, de oro, se convierte en:
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Analizando el ciclo globalmente,
el resultado principal consiste, pues, en que el cambio de valor “pertenece
exclusivamente” a la metamorfosis “real” del capital, que es ...P..., frente a
las dos metamorfosis “meramente formales” en que consiste la circulación. Al
mismo tiempo, en cada una de las tres fases, podemos decir que el valor del
capital se encuentra en una “figura” distinta, a la que corresponde una
“función” diferente y especial, que debe realizar antes de poder pasar a la
siguiente fase. Por su parte, el capital que realiza este ciclo es el capital
“industrial” (en el sentido teórico), es decir, el de cualquier rama de la
producción “explotada en forma capitalista”, ya se trate de una rama que
produzca “productos objetivos nuevos”, ya que el efecto útil consista en
simples “cambios de ubicación” o en la “existencia modificada espacialmente”
(transporte, correos; en cuyo caso tendríamos la misma fórmula que en la
producción de oro), o incluso “servicios” (en los que la producción y el
consumo coinciden en el tiempo y lugar, al menos en comparación con los bienes
tangibles). Por último, el capital dinerario y el capital mercantil, anteriores
históricamente al capital industrial, en cuanto “ramos especiales de los
negocios”, se convierten ahora en simples “formas funcionales que el capital
industrial ora adopta, ora abandona, dentro de la circulación”.
Comparando este ciclo del capital
dinerario (también llamado “forma I”) con los que se estudian en capítulos
posteriores (“formas II y III”), lo característico aquí es que, en él, la
producción aparece como simple “medio para la valorización” y el enriquecimiento
–y por tanto, el plusvalor aparece como “el alfa y omega” del proceso–: es por
tanto la figura del proceso de valorización y acumulación.
II. El ciclo del capital productivo es P...M’-D’-M...P, y comparado
con el anterior es la figura de la “reproducción” (en vez de la valorización),
“reproducción periódica del plusvalor”, razón por la cual se adelantan aquí (en
forma resumida) algunos de los resultados de la sección tercera. Aquí, todo el
proceso de circulación (doble) aparece como interrupción de la producción, y a
la vez aparece en la forma opuesta a como aparecía en el ciclo de D (es decir,
en la forma de la circulación mercantil simple: M-D-M, en vez de D-M-D). En la
reproducción simple, la circulación de M’ “se separa totalmente” en M-D-M y
m-d-m, pues mientras que la primera vuelve a ingresar en el movimiento del
capital, la segunda sólo pertenecerá a la “circulación del rédito” del capitalista
(su dinero como dinero para gastar, consumir, no para adelantar nuevo capital).
La forma desarrollada de este ciclo o forma II es por tanto:
En la reproducción ampliada, hay
que formar un capital dinerario latente antes de que el capitalista pueda
ampliar la escala de su producción, ya que, como se vio en el libro I, la
condición para la conservación del capital es el aumento de su capital constante.
Supongamos que se acumula todo el plusvalor. La fórmula debería ser P...P’, en
vez de P...P, donde P’ expresa ahora, no que se produjo
plusvalor, sino que el plusvalor
producido “se capitalizó”, es decir, que se acumuló capital. La P, o P’, final
expresa no el proceso de producción sino “la existencia renovada del capital
industrial” en su forma de capital productivo. Pero esta acumulación implica
también la “acumulación de dinero”, la formación de un “tesoro” temporal,
dinero temporalmente retirado de la circulación, destinado a financiar la
reposición del capital fijo. Se trata de un fondo de acumulación de dinero –o
capital dinerario “latente”– que sirve como “fondo de reserva”.
III. El ciclo del capital mercantil tiene como fórmula general
M’-D’-M...P...M’ (o M’’ si hay reproducción ampliada), y se caracteriza por que
aquí la circulación “inicia el ciclo”, de forma que M’ se presenta no sólo como
producto sino también como “supuesto de los dos ciclos anteriores” (incluso
cuando el ciclo se repite a la misma escala, ya que M’ se presenta como M + m).
Su rasgo distintivo (de esta forma III, por contraposición a las dos
anteriores) es que sólo ahora aparece el “valor valorizado de capital” como
punto de partida. Además, aparece como punto de transición y punto final, y
“por eso está siempre presente”. Por otra parte, M’...M’ presupone, dentro de
su desenvolvimiento, otro capital industrial en la forma M, por lo que esta
forma III puede considerarse también, aparte de individual, como la forma en
que se mueve “el capital global de la clase capitalista”, un movimiento en el
que cada capital individual sólo es una fracción del total “entrelazada” con
las demás. Esta forma también permite ver que la reproducción ampliada sólo es
posible cuando el plusproducto ya contiene los elementos materiales del
“capital productivo adicional”; por eso, Quesnay atinó al plantear de esta
forma su Tableau Économique.
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IV. Las “tres figuras del proceso
cíclico” pueden representarse, pues, llamando Cc a la circulación, como:
I) D-M...P...M’-D’
II) P...Cc...P
III) Cc...P (M’)
Común a las tres es la
valorización como objetivo, y que el proceso global aparezca como la unidad de
los procesos de producción y circulación. Pero en realidad cada capital
industrial individual “se encuentra al mismo tiempo en los tres ciclos” porque
los tres se verifican continuamente “uno al lado del otro”. Aunque la
“sucesión” de las partes está condicionada por su “yuxtaposición” (la división
del capital), ésta es a la vez resultado de aquélla. Por eso, todo
estancamiento de la primera “desordena” la segunda. Por otra parte, cada fase
no sólo trae la siguiente “sino que al mismo tiempo la excluye”, el proceso
cíclico es “interrupción permanente”. Todo esto tiene un significado
importante: el capital, como valor que se valoriza, no sólo es una relación de
clases, sino también “un movimiento, un proceso cíclico”, y por eso no se lo
puede concebir “como cosa estática”. Es algo que pasa por distintas fases
sucesivas, no “coexistentes”, que ocurre en sucesión “temporal”, y sólo puede
ser, por tanto, capital si se mantiene en ellas idéntico a sí mismo y se
compara consigo mismo.
El proceso sólo discurre “con
total normalidad” cuando las relaciones de valor son constantes –algo que en la
realidad no sucede, pero que suponemos aquí, en la teoría–. Los cambios en el
valor provocan “perturbaciones” y exigen aumentar el capital dinerario dedicado
a hacerles frente y tener en cuenta los procesos de “liberación” o “fijación”
de capital que las mismas producen. Otro rasgo de la realidad es que el proceso
del capital industrial puro “se entrecruza” de hecho, en su forma de capital
dinerario o mercantil, con los “modos sociales de producción más diversos”
(esclavitud, entidades comunitarias, producción estatal, cazadores...), que lo
condicionan a pesar de que la tendencia del primero sea la conversión de todo
en mercancía. Otra simplificación que excluye elementos reales en este libro II
es la consideración exclusiva del dinero “metálico”, dejando de lado el dinero
crediticio y el fiduciario. Haciendo caso omiso del crédito, es importante ver,
por último, que el capitalista no sólo debe acumular reservas de dinero para
hacer frente a las oscilaciones de precios y a la necesidad de incorporar los
adelantos técnicos a su equipo, sino para formar “tesoros”.
Esto es especialmente importante
por lo siguiente: cada capitalista ofrece más de lo que demanda, pues D’ es
superior a D; en reproducción simple, la diferencia se compensa con la demanda
que hace él mismo con su rédito (como consumidor privado, no como capitalista);
pero presuponer la reproducción simple equivale a no presuponer el capitalismo
real, donde el objetivo no es el consumo sino la acumulación y el
enriquecimiento. Por ello, una parte se acumula y esto exige la formación
previa de tesoros. Pues bien, “mientras dura el atesoramiento, la demanda del
capitalista no aumenta” y el dinero está inmovilizado. Esto, que tiene una gran
importancia, se analizará con detalle en la sección III.
V. El tiempo de circulación. El
tiempo global que requiere el transcurso del ciclo completo –lo que en la
sección II se llama “tiempo de rotación”– es, pues, la suma del “tiempo de
producción” (que incluye el “tiempo de trabajo”) y del “de circulación”, que se
excluyen mutuamente. La diferencia (el exceso) entre el tiempo de producción y
de trabajo se debe a que no todo el tiempo en que el capital permanece en la
esfera de la producción está de hecho en el proceso laboral: en las propias
“pausas” del proceso de trabajo (interrupciones nocturnas, por ejemplo), o en
aquellos “intervalos en los que se abandona el objeto de trabajo a la acción de
procesos físicos” (fermentación, secado, maduración, etc.) que operan sin
intervención de trabajo humano, intervalos en los que el capital productivo
está sólo “latente” o “en barbecho”. En estas interrupciones e intervalos no se
crea valor ni plusvalor porque los medios de producción no absorben mientras
tanto ni trabajo ni plustrabajo: por eso la tendencia es a acortar en lo
posible el exceso citado. Asimismo, “durante su tiempo de circulación el
capital no funciona como capital productivo”, y por ende no produce valor ni
plusvalor: ese tiempo de circulación “limita” su tiempo de producción (aunque
los economistas conciban esta influencia negativa como “positiva”, debido a las
apariencias).
Aunque, en el caso de la
producción mercantil, los “agentes de la circulación” sean tan necesarios como
los de la producción, ello no autoriza a confundirlos (los primeros deben ser
pagados por los segundos), ni tampoco a confundir las funciones del capital
mercantil y dinerario con las del productivo. El tiempo de circulación está
formado por el tiempo de compra (D-M) y el tiempo de venta (M-D, que es más
importante y normalmente más difícil).
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VI. Los costos de circulación. En
este capítulo se distingue entre los costos de circulación “propiamente
dichos”, los costos “de conservación” y los “de transporte”. Entre los primeros
se cuentan, primero, “el tiempo de compra y de venta”, o sea, la parte del
tiempo que el capitalista dedica a los negocios mientras “compra y vende, se
mueve en el mercado”, se pone de acuerdo con otros capitalistas, etc. Este
tiempo, dedicado a la pura metamorfosis formal de las mercancías y el dinero,
no crea ningún valor, ni cuando lo consumía el propio capitalista ni cuando ese
tiempo lo consumen comerciantes especializados o sus asalariados; lo más que
pueden conseguir éstos es acortar ese tiempo respecto del que sería si no
hubiera habido lugar a esa especialización de tareas (ésta es su utilidad).
Pero se trata siempre de una “función improductiva” del proceso de
reproducción, y es por tanto parte de los gastos “varios” (o “generales”) de la
producción, que hay que pagar con “una parte del capital variable” que implica un
desembolso adicional, como si se tratara de una máquina que sirviera para esa
función.
También es un costo del primer
tipo el tiempo (vivo y objetivado) gastado en la “contabilidad” de tipo
capitalista, es decir, incluidos la determinación o “cálculo” de los precios de
las mercancías y el “cobro y pago” de dinero (función de bancos y cajeros), que
son también una reducción del tiempo potencial de producción, aunque tiendan a
ser una parte decreciente del total con la socialización del trabajo. En tercer
lugar, también son costes de circulación los de mantener determinadas
mercancías –el dinero– sólo en la esfera de la circulación. Se trata de un
producto que no es ni bien de consumo ni un bien de producción –aunque se
asimila a los segundos en la sección III–, y por tanto los costes a él
asociados sólo surgen de la forma social mercantil o capitalista de la
producción. Todos estos costes de circulación puros se deben reponer “a
expensas del plusproducto”.
En cuanto a los costes de
conservación y de transporte, son ya “de otra naturaleza”. En los de
conservación, hay que distinguir entre la “formación de acopio en general” y el
“acopio de mercancías propiamente dicho” (y no hacer como, por ejemplo, Adam Smith,
que confunde la “forma del acopio” con el acopio mismo) . El primer acopio se
refiere al intervalo que va de la producción de la mercancía (en cuanto
producto) a su consumo (ya sea improductivo o productivo, según se trate de un
medio de consumo o de producción). Esto requiere trabajo (vivo u objetivado)
para almacenamiento, protección contra el deterioro, etc. Pero las necesidades
aumentadas de acopio de capital mercantil, productivo o dinerario, debido a
causas puramente capitalistas (inseguridad en los suministros, demoras en la
realización, “estancamiento de la circulación” y demás “formas involuntarias”
del acopio), hacen que esta forma del acopio sea también un costo de
circulación “pura”. Por último, para los costes de transporte (y clasificación,
embalaje, etc.) también hay que tener en cuenta que la circulación se puede
producir sin “movimiento físico” y, a la inversa, puede haber desplazamientos
sin circulación. Lo que sirve para mover el “título de propiedad” es trabajo
que no crea valor; pero el trabajo de transporte propiamente dicho es trabajo
de producción, un “ramo autónomo” de la producción, como otro cualquiera,
aunque se caracterice por ser una “continuación” de la producción “dentro del
proceso de circulación”.
Sección Segunda: La rotación del
capital.
Esta sección es la que más
páginas ocupa, y más capítulos (concretamente, 11: del VII al XVII), dentro del
libro II.
VII. Tiempo de rotación y número
de rotaciones. Este breve capítulo, de transición, en realidad repasa algunas
ideas de la sección anterior. Por ejemplo: el “tiempo de rotación” (tr)
comprende todo el ciclo de un capital, desde su “adelanto” hasta su “retorno”
–es decir, su valorización y recuperación–, y es por tanto igual a la suma del
tiempo de producción y del tiempo de circulación. En cuanto a las tres formas
del ciclo, la III (del capital mercantil) no se puede usar para el análisis de
la rotación; las otras dos son más adecuadas, especialmente la I para el
análisis del plusvalor, y la II para el del producto. Ahora bien: lo nuevo es
que el ciclo, en cuanto “periodo” o “proceso periódico”, no como acto aislado
sino como repetición, es la “rotación”. Para analizar ésta ya no usamos la
jornada laboral, sino el “año”. Si a éste lo llamamos TR, entonces el “número
de rotaciones” es n = TR/tr.
VIII. Capital fijo y capital
circulante. Los “medios de trabajo”, debido a su función, nunca abandonan la
esfera de la producción. Por eso, parte del capital adelantado está “fijada”
ahí: en cada elemento de este capital “fijo”, su valor va disminuyendo a medida
que transcurre su vida útil y va transfiriendo valor al producto en cuya
producción participa. El capital que no está fijo de esta manera,
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sino que es “fluido”, es el
capital “circulante”, y su valor entra íntegramente, de golpe, en el producto
(por ejemplo, la materia prima), incluso en los casos en que su valor de uso no
entra “materialmente” en el producto mismo (por ejemplo, alguna “materia
auxiliar”, energética, que sirve para hacer funcionar un medio de trabajo).
Esta diferencia, “fijo / circulante”, no debe confundirse con la distinción
“constante / variable” estudiada en el libro I: la nueva diferencia sólo tiene
que ver con “el modo peculiar en que circula el valor” de los diferentes medios
de producción, modo que depende de la índole particular de su “función”. Sólo
los medios de trabajo (puros, o asimilados: por ejemplo, las “condiciones
generales de trabajo”, como los locales en que se lleva a cabo la producción)
son capital fijo; y los demás (los “objetos de trabajo”: materia prima, materia
auxiliar, productos semielaborados, ...o terminados: por ejemplo, una máquina
para su fabricante, no para su usuario) son capital circulante. Es la función,
no su movilidad o inmovilidad físicas, lo que les da ese carácter; así, el
ganado para engorde es materia prima, y el ganado de labor es medio de trabajo.
La parte del valor del capital
productivo –ya que sólo éste puede dividirse en fijo y circulante– que se
desembolsa en fuerza de trabajo es también capital circulante, sin que ello
signifique que la propia fuerza de trabajo, o sus medios de subsistencia, lo
sean. Por otra parte, como la máquina –y cualquier otro medio de trabajo– se
desgasta poco a poco a lo largo de años, hay que ir acumulando un “fondo de
reserva” de dinero para cuando llegue el momento de reponerla en especie (in
natura). Este desgaste no sólo se produce por su uso –o su no uso, en ciertos
casos–, sino que cubre también el desgaste “moral” debido a la competencia (en
particular, las crisis obligan a la renovación prematura de estos medios de
trabajo). El fondo dinerario de reserva sirve tanto para “ampliar el negocio”
como para introducir una “máquina perfeccionada”; es decir, para una
reproducción ampliada tanto de tipo “extensivo” (se amplía el “campo de
producción”) como “intensivo” (se aumenta la eficacia del medio de producción).
El mantenimiento de estos equipos, su limpieza, las reparaciones o arreglos de
desperfectos, y otros gastos varios generales de este tipo, calculados sobre
una base media o promedial en el espacio y en el tiempo, también deben
computarse entre los costes del producto, aunque no sean parte estricta del
“fondo de amortización” que requiere el desgaste antes citado.
IX. La rotación global del
capital adelantado. Ciclos de rotación. Esta rotación global es la rotación
media de sus diversas partes constitutivas (los elementos del capital fijo y
circulante, con su velocidad específica de rotación cada uno). Para reducirlas
todas a una forma “homogénea”, hay que usar el ciclo I (D...D’), y no el II (P
...P). El capital que rota en un año –o capital “rotado”– puede no coincidir –y
en general no lo hará– con el capital “adelantado”. Por tanto, la rotación “del
valor” se separa de la reproducción “real”, o tiempo real de rotación de sus
elementos constitutivos, aunque sigue habiendo un fundamento “material” de la
primera, como demuestran las crisis industriales decenales, ligadas a la
reposición física concentrada en el tiempo de muchos equipos de larga duración.
Por último, la ganancia debe calcularse en relación con el periodo medio de
rotación de todo el capital.
X y XI. Teorías sobre el capital
fijo y el circulante. Los fisiócratas y Adam Smith (X). Ricardo (XI). Estos dos
capítulos, juntos, forman un interludio de 50 páginas dedicado al repaso de las
doctrinas económicas sobre esta cuestión. Sin embargo, a diferencia de las
Teorías de la plusvalía, es aquí el análisis sistemático, y no el histórico, el
que domina, y, por ello, las referencias a estos autores sirven a su vez para
reforzar y completar las ideas desarrolladas en los capítulos precedentes, y
para adelantar las que se va a desarrollar en los siguientes.
Marx considera que, en este
terreno, Smith dio un paso atrás respecto a las ideas de los fisiócratas (en
particular, Quesnay), quienes, más que de “capital” (salvo en Turgot), hablaron
de “adelantos” (o “avances”). Los fisiócratas comenzaron distinguiendo entre
los adelantos “originarios” (o sea, en capital fijo) y los “anuales” (en
capital circulante) que hace el arrendatario capitalista. Smith se limita a
generalizar las categorías, que ellos usaron sólo para la agricultura, a la
“industria” (o sea, al capital productivo en general), pero su exposición es
“muy inferior”. El principal problema es que Smith confunde el capital
circulante con lo que Marx llama el “capital de circulación” (la suma del
capital mercantil y el dinerario), y Marx dedica muchas páginas a demostrar los
sinsentidos y limitaciones a los que da lugar esta confusión (y de paso
aprovecha para ilustrar otros defectos del análisis smithiano). El origen de la
confusión está en la falta de separación suficiente para ver que la diferencia fijo/circulante
no tiene que ver con la “figura” que el elemento del capital tiene “en cuanto
cosa”, sino con su “función”. Esto lleva a Smith, por ejemplo, a no incluir la
compra de fuerza de trabajo dentro del capital circulante; a olvidar que sólo
puede ser fijo o circulante el capital productivo; etc. Y esto ha hecho que
casi toda la
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tradición lo haya seguido, no
sólo al sustituir la distinción decisiva y “determinación esencial”
(constante/variable) por la “secundaria” (fijo/circulante), sino en ligar esta
concepción con la doctrina errónea del fondo de trabajo como una “magnitud dada”.
A Ricardo le agradece Marx,
implícitamente, que sólo se ocupe del problema en relación con aspectos de la
cuestión del valor que en El capital se relegan al libro III. Pero señala los
problemas de su análisis, que identifica (correctamente) capital fijo con
medios de trabajo, y capital circulante (falsamente) con “capital desembolsado
en trabajo” (también Stuart Mill). Esto lo lleva a dejar fuera el capital
constante circulante (que no aparece en ninguno de los polos), pero también, al
igual que Barton o Ramsay, a confundir la determinación principal con la
secundaria, sobre la base de que ninguno de ellos entendió que la creación de
valor no es más que la “fuerza de trabajo en actividad”, o “trabajo que se está
objetivando”.
XII a XIV. Periodo de trabajo,
tiempo de producción, tiempo de circulación. La distinción fijo/circulante no
tiene nada que ver con la “duración” mayor o menor de los procesos de
producción, o con que el producto tenga una naturaleza “discreta” (por ejemplo,
el hilado, cuyo proceso comienza diariamente) o “continua” (una locomotora que
insume tres meses). Esto sólo significa diferencias en el tiempo (y velocidad)
de rotación, o de reflujo, condicionadas por la duración del “periodo de
trabajo”, que es el número de “jornadas laborales conexas” que se requieren
para terminar una unidad de cada tipo de mercancía específica. En todos los
casos, el valor se va depositando en el producto “por capas”, pero éste es
“producto sin terminar”, y no mercancía, hasta que está terminado. Parece que
la tendencia histórica, conforme se desarrolla la producción social, es al
aumento de este periodo de trabajo medio, pues aunque las circunstancias que
aumentan la productividad tienden, por una parte, a acortarlo, por otra exigen
desembolsos crecientes de capital fijo.
Ya vimos que la naturaleza del
producto puede interrumpir o “suspender” la duración del periodo laboral en
muchos casos, debido a procesos o modificaciones “físicas, químicas,
fisiológicas”, que el mismo puede exigir. (La divergencia entre tiempo de trabajo
y tiempo de producción fue en su momento, precisamente, la base material para
la unificación de las actividades industriales rurales y agrícolas.) El mosto
necesita reposar; los productos de la alfarería, o las hormas de madera para el
calzado, necesitan secarse; las pieles, curtirse...; y nada cambia porque en
parte estos procesos “se entrecrucen o imbriquen”. En el valor hay que sumar
todo el gasto de trabajo, por pequeño que sea, y tanto vivo como objetivado,
ocasionado por ese exceso del tiempo de producción sobre el laboral (por tanto,
ya se use “productiva” o “improductivamente” para estos fines).
En el tiempo de circulación
cuenta mucho el “tiempo de venta”, que a su vez en parte se determina por la
“distancia” –o “periodo migratorio”– que va desde el lugar de producción al de
mercado. El desarrollo de los medios de comunicación y transporte (el aumento
del peso de éstos en la producción global) tiene mucho que decir al respecto,
para acortar ese tiempo, pero la “mundialización” de los mercados opera en
sentido contrario. En cuanto al “tiempo de compra”, siempre hará falta, más
allá de las fluctuaciones de este periodo, un capital que funcione
permanentemente como dinerario y pueda afrontar los gastos de ese periodo.
XV. Efecto del tiempo de rotación
sobre la magnitud del adelanto de capital. En este capítulo y en el siguiente,
que suman unas 80 páginas, se analiza la influencia del tiempo de rotación
sobre la valorización del capital, valiéndose de un ejemplo numérico en el que
el tiempo de producción y trabajo son 9 semanas; el tiempo de circulación, 3
semanas (12 semanas, por tanto, el tiempo de rotación); y el desembolso semanal
asciende a 100 libras (900 en total). Puesto que la producción “se paraliza”
durante 3 semanas, sólo se puede asegurar su continuidad de dos maneras: o bien
reduciendo su escala, de forma que las 900 libras basten para cubrir producción
y circulación, o bien “mediante un capital circulante suplementario” que
permita la continuidad de la producción a partir de la décima semana. Tras
comparar este ejemplo con otros dos (en los que: tiempo de producción y
circulación coinciden, en el segundo; o el primero es menor que el segundo,
como en el tercer ejemplo), concluye Marx que lo normal es que los movimientos
del capital originario y del suplementario “se entrecrucen” ya desde el segundo
periodo de rotación, haciendo así posible la “sucesión ininterrumpida de los
periodos de trabajo” y el funcionamiento constante, como capital productivo, de
una parte igual del capital anticipado. Se crea así la apariencia de que se ha
“esfumado” el tiempo de circulación, y se olvida lo principal: que en rigor
sólo una parte del capital puede funcionar en el proceso de producción (como
capital productivo), mientras otra fracción debe encontrarse “siempre en el
periodo de circulación” (como capital dinerario o mercantil).
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A continuación se analizan los
tres casos posibles, sus resultados y el efecto que sobre el conjunto tienen
los cambios de precio. 1) Si ambos periodos (producción y circulación) son
iguales, los capitales originario (I) y adicional (II) –que pueden analizarse
como si fueran autónomos e independientes– se alternan, sin superponerse. Si se
suponen 51 semanas en el año, el I rotará 52/3 veces, y el II, que sólo empieza
a rotar a partir de la cuarta semana y media, 51/6 veces: esto da una media de
55/12 x 900 = 4.875 libras, una vez promediado el total a un “año de rotación
unitario”. 2) Si el periodo de trabajo es mayor que el de circulación (por
ejemplo, 6 y 3 semanas, respectivamente), los capitales se entrecruzan y al
mismo tiempo se produce una “liberación” de capital (al final de cada periodo
de trabajo, e igual al capital II): aquí el capital I rota 52/3 veces, y el II,
que es sólo de la mitad de tamaño que I, rota 5 veces, con una media ponderada
de 54/9 x 900 = 4.900 libras. 3) Si el periodo de trabajo es menor que el de
circulación (por ejemplo, 3 y 6 semanas, respectivamente), se requerirán tres
capitales de 300, que rotarán 52/3, 51/3 y 5 veces, lo que da un total de 51/3
x 900 = 4.800 libras. Aquí también se da la liberación de capital si el periodo
de circulación no es un múltiplo del laboral.
Al resumir los resultados, Marx
resalta que “la liberación de capital constituye necesariamente la regla”, y la
mera alternancia, la excepción. Por tanto, una parte “considerable” del capital
liberado –como mínimo igual al capital variable, y como máximo su totalidad–
estará siempre “bajo la forma de capital en disponibilidad”, una forma del
capital dinerario, y será tan importante como el que, por otra parte, libera
“el reflujo paulatino del capital fijo”. Ambos serán un fundamento del sistema
crediticio. Sin embargo, aquí introduce Engels una nota en la que matiza lo
anterior con las siguientes palabras: “Los resultados inseguros de este
fatigoso, interminable calcular han inducido a Marx a atribuir una inmerecida
gravitación” a la cuestión de la liberación de capital, que es, para Engels,
“de poca relevancia”, ya que “tanto da que una parte de este dinero refluido
sea o no excedentaria con respecto al periodo laboral en curso, y en qué medida
lo sea”. Para Engels, lo fundamental es que una parte considerable del capital
industrial “ha de existir siempre bajo la forma de dinero”, y una porción aun
mayor debe revestir “temporariamente” dicha forma. Por último, en el epígrafe
dedicado a los efectos de un cambio de precio, Marx distingue el supuesto de un
cambio del precio en los materiales (por ejemplo, una baja vuelve “superflua”
una fracción del capital anterior, y ésta quedaría, como en el caso de una
rebaja en el periodo de circulación, “a la búsqueda de inversión”, es decir,
como “un nuevo componente del mercado dinerario”) de un cambio en el precio del
propio producto, que tendría un “efecto retroactivo”, como elemento de
producción, en otros procesos de producción.
XVI. La rotación del capital
variable. Aquí, antes de analizar eso, tanto desde el punto de vista del
capital individual como social, se dedica un epígrafe a la “tasa anual del
plusvalor”, para mostrar lo siguiente. Si un capital circulante, A, de 500 libras,
rota en 5 semanas, en un año (de 50 semanas, suponemos) rotará 10 veces.
Supongamos que todo el circulante es capital variable, y que el plusvalor es el
100% de éste. Entonces, A crea un plusvalor de 5.000, mientras que otro capital
variable, el B, de 5.000 libras, que sólo rota una vez al año, crea el mismo
plusvalor. La tasa anual de plusvalor será de 1.000% en el primer caso, y de
100% en el segundo, y sin embargo el capital variable semanal es de 100 libras
en ambos casos (se explota la misma cantidad de fuerza de trabajo): ¿cómo es
posible esto? Se crea la apariencia de que la circulación también afecta a la
explotación. Pero la solución real es sencilla: los capitales variables
“utilizados” –y “efectivamente actuantes”– en el proceso de trabajo son los
mismos en A y en B, pero los capitales variables “adelantados” son
absolutamente desiguales. La “ley de la producción de plusvalor” consiste en
que, a igual tasa del plusvalor, “masas iguales de capital variable actuante
generan masas iguales de plusvalor”. Lo que ocurre es que el capital adelantado
por A es sólo 5 veces mayor que el que se emplea “de manera continua”, mientras
que el de B es 50 veces mayor. Por tanto, si PV’ es la tasa anual de plusvalor,
y pv’ la tasa efectiva, tenemos PV’ = pv’·n, donde n es el número de
rotaciones5.
Lo anterior puede verse también
atendiendo a la rotación del capital variable individual. En A, lo que se gasta
en salarios son 5.000 libras, aunque se haga “paulatinamente”: es decir, cuando
se consume, o gasta, el primer capital de 500 (a las 5 semanas), hay que
“reponerlo” con otro “recién producido”. En cambio, en B, el “producto de
valor” que repone el capital variable adelantado y agrega plusvalor “no reviste
la forma” bajo la que puede circular de nuevo como capital productivo, porque
su “forma de valor” (su forma dineraria) no se ha renovado hasta el final del
año. Por tanto, la conversión “más
5 Téngase
en cuenta que se produce aquí un cambio en la notación utilizada, ya que en el
libro I se llama p (y no pv) al plusvalor, y p’ (no pv’) a la tasa de
plusvalor. Veremos que en el libro III se mantendrá la nueva notación
introducida en el libro II.
49
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temprana o más tardía” en dinero
es “indiferente” en sí misma para la producción de plusvalor, pero “modifica la
magnitud del capital dinerario” que hay que adelantar, y por esta vía influye
en la tasa anual de plusvalor. Por otra parte, desde el punto de vista
“social”, tenemos: en A, lo que el obrero retira de la circulación al gastar su
salario es a la vez “la forma dineraria del producto de valor” creado por él;
pero no ocurre lo mismo en B: aquí el obrero entrega dinero al vendedor de su
cesta de consumo, pero “no una mercancía” que podría comprar dicho vendedor.
Por último, dos comentarios adicionales. Por una parte, está la “contradicción”
típica capitalista que supone que los obreros “como compradores de mercancías
son importantes para el mercado”, pero como vendedores la sociedad capitalista
tiende a “reducirlos al mínimo de precio”. En segundo lugar, la duración del
periodo de rotación global depende sobre todo del periodo laboral, que a su vez
depende de las condiciones “materiales” de la producción, ya decididas “en las
diversas inversiones de capital” mismas que se materializan en el equipo de las
empresas.
XVII. La circulación del
plusvalor. Por tanto, en A y en B se produce el mismo plusvalor en los mismos
lapsos, pero no se realiza el mismo plusvalor: se trata por tanto de la
“frecuencia” de esta realización. El caso A muestra cómo también una parte del capital
adelantado originariamente puede ser puro plusvalor capitalizado, y no sólo el
capital acumulado. Ya en el capítulo XV emparejó Marx esta cuestión con la del
capital fijo: en ambos casos, antes de la acumulación “efectiva” se hace
preciso acumular dinero como capitales dinerarios “latentes”, capital “en
ciernes” (in spe), siendo la forma más simple de éste el “tesoro” (ya consista
en oro, signos de valor, o títulos). A continuación se pasa a la reproducción
–ya sea simple o ampliada–, adelantándose así a lo que se desarrolla en la
sección tercera. También en la primera será preciso que una parte del plusvalor
esté constantemente en dinero. Y Marx se pregunta de nuevo por el origen del
dinero que permite reconvertir el plusvalor en capital (cuestión ésta diferente
de la del origen del plusvalor), en relación con el hecho de que los
capitalistas como conjunto de productores “vuelcan en la circulación” más
capital mercantil del que retiran (o sea, más oferta que demanda) como capital
productivo. Según Marx, ni siquiera Tooke ha sabido resolver este problema.
Para empezar, el problema
coincide con el más “general” de saber de dónde procede el dinero que se
requiere para “hacer circular la masa mercantil” de un país, y es independiente
de que dicha masa contenga o no (o contenga más o menos) plusvalor, pues la
variación de la tasa de plusvalor no afecta a la “masa de dinero en
circulación”. Por ejemplo, si desciende, lo que ocurre es que aumentará la
demanda de productos “necesarios” y disminuirá la de “suntuarios”, de forma que
el capital social se redistribuirá o reequilibrará entre los sectores
(asimismo, aumentará el precio de los productos donde “predomina el capital
variable”, pero bajará el de los ramos donde suceda lo contrario). También es
falso que un aumento salarial vaya necesariamente seguido por un aumento de los
precios por parte de los capitalistas: si esto estuviera a su alcance, lo
estaría siempre. Esta confusión se debe a que, al analizar las relaciones entre
cantidad de dinero y nivel de los precios, se confunde el efecto con la causa.
Como ya escribiera Marx en el capítulo II, es la propia clase capitalista la
que lanza el dinero necesario para realizar el exceso de oferta, pero no como
capital sino como rédito (como “medio de compra para su consumo individual”).
Pero entran aquí en juego los capitalistas que producen oro, ya que si los
demás “succionan” de la circulación más dinero del que arrojan a ella, lo
contrario ocurre con este sector de la “producción áurea” (da igual que lo
supongamos nacional o extranjero).
Por otra parte, la reproducción
ampliada no altera la cosa, ya que el dinero adicional que se requiere para la
acumulación lo vuelcan los capitalistas como capital dinerario, no como rédito.
El dinero suplementario procede de donde siempre: debe obtenerse o
“economizando en más alto grado la masa dineraria circulante”, o bien “haciendo
pasar dinero de la forma tesáurica a la forma circulante”. En ambos casos, se
reduciría así la “gravosa partida” –la “quita”, la llama más tarde– que
significa el dinero para la producción social (que deja, por su causa, de
producir una parte de sus medios de producción y consumo potenciales); por eso,
el sistema crediticio, al hacerlo posible, contribuye a aumentar directamente
la “riqueza capitalista”.
Sección Tercera: La reproducción
y circulación del capital social global
XVIII. Introducción. Esta última
sección del libro II se abre con una “introducción” sobre el objeto de la
investigación y, nuevamente, sobre el papel del capital dinerario. En la
primera se recuerda que el proceso de reproducción del capital, o ciclo global
de su rotación, abarca tanto el “proceso directo de producción” (que es a la
vez proceso de trabajo y de valorización) como las dos fases de la circulación.
Se
50
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enfatiza que cada capital
“singular” o individual –los únicos que se analizaron en las secciones I y II–
debe entenderse sólo como una “fracción autonomizada” del capital social
global. Y que, por tanto, en la sección III se analiza su circulación en cuanto
“partes” de este último. En cuanto a lo segundo, se trata brevemente aquí, a
pesar de ser su lugar el “final de esta sección”, de nuevos recordatorios. Por
ejemplo, que la escala de la producción no depende sólo del volumen del capital
dinerario en funciones, ya que hay factores como los naturales, la velocidad de
circulación, o los adelantos científicos, que también condicionan dicha escala.
El aumento de la productividad, al aumentar la “masa” de productos en que se
materializa una determinada cantidad de valor nuevo, es muy importante aquí, ya
que aumenta así, también, la masa de medios de producción que sirven a la
reproducción ampliada. Asimismo, la duración del periodo de producción –y su
tendencia a largo plazo– es esencial y trasciende su influencia más allá de su
repercusión específica en el modo de producción capitalista.
XIX. Exposiciones anteriores
acerca del mismo objeto. Nuevamente, son los fisiócratas y Smith los que van a
ocupar aquí lo esencial de esta exposición “comparada”, aunque se haga también
mención muy breve, en un tercer epígrafe, a los “continuadores”. Y nuevamente,
se elogia a Quesnay y a sus compañeros por ofrecernos la “primera exposición
sistemática de la producción capitalista”, cuyo carácter capitalista
demuestran, indirectamente, sus críticos no capitalistas (Linguet y Mably, por
el lado socialista; o los “defensores de la pequeña propiedad libre de la
tierra”, por otra parte). Pero inmediatamente se pasa a ilustrar el “paso
atrás” que supone Adam Smith, al que se analiza en detalle otra vez. Vuelve
Marx a atacar el “dogma” de Smith: que cada mercancía, y por tanto también el
“producto anual total”, se descompone sólo en rentas (v+pv), de forma que sólo
aparece el elemento c a través de un rodeo, como diferencia entre el ingreso
“bruto” y el “neto”.
Sin embargo, lo esencial ya
estaba dicho en los capítulos X y XI de la sección anterior, por lo que no hace
falta volver a insistir aquí, salvo para recordar con qué énfasis repite Marx:
1) las limitaciones que presenta el análisis de Smith (por ejemplo: sus
“demostraciones” sólo consisten en “repetir la misma afirmación”); 2) que su
error se resume en equiparar “el valor del producto del año” con el “producto
del valor anual”, lo que descansa a su vez en el desconocimiento del carácter
“dual” del trabajo, ya que si el segundo es resultado del trabajo “útil”
gastado en el año, el primero representa todo el trabajo humano (directo o
indirecto) en forma de “fuerza de trabajo gastada”, es decir, de “trabajo,
prescindiendo aquí del carácter útil particular de este trabajo”; 3) por otra
parte, no distingue bien entre capital y rédito: por ejemplo, la fuerza de
trabajo es “mercancía”, pero no capital, en manos del obrero; pero en realidad
dicha fuerza “funciona dos veces”, primero como mercancía, en la venta del obrero
al capitalista, y en segundo lugar como “capital”, en cuanto funciona, en poder
del capitalista, para la producción; 4) por último, no es lo mismo hablar de
tres “partes constitutivas” del valor mercantil, que ver cómo “se resuelve”
éste en tres partes.
En cuanto a los continuadores, se
dice que Ricardo “reproduce casi literalmente” la teoría de Adam Smith; las
únicas diferencias son que elimina la renta de la tierra como parte
constitutiva del valor, y que toma éste como el prius, o sea, la suma de valor
como punto de partida de sus partes. Por otra parte, tanto Sismondi como Mill
no han contribuido nada a esta teoría; y en cuanto a Barton, Ramsay y
Cherbuliez, “fracasan” en su intento de ir más allá de Smith, al no comprender
tampoco las diferencias entre la pareja circulante/fijo y la pareja
constante/variable.
XX. Reproducción simple. Este capítulo, no sólo es el más largo de toda
la sección y de todo el libro II en realidad (unas 120 páginas), sino que se
compone nada menos que de trece epígrafes diferentes. Lo primero es el
“planteamiento del problema”: desde el punto de vista social, el producto anual
incluye dos cosas: la parte que repone capital y las que corresponden al “fondo
de consumo”; o, dicho de otra manera, lo que se produce para el consumo
“productivo” y para el improductivo (“individual”). Al mismo tiempo, hay que
reproducir a las clases obrera y capitalista, así como el carácter capitalista
de todo el proceso global. O sea, se trata de analizar la figura III (M’...M’)
en sus partes; o “el proceso de consumo mediado por la circulación”, tanto en
cuanto “valor” como en cuanto “materia” (esto último era indiferente en las
secciones I y II, donde se trataba sólo de capitales individuales, pero ya no).
Aunque, dentro del capitalismo, la reproducción simple es una abstracción, o
suposición, en muchos sentidos “peregrina”, debe verse con todo como un
elemento integrante, o “factor real” de todo proceso de acumulación de capital.
51
Resumen completo de El Capital de
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En la producción social hay dos
“sectores”: el que produce “medios de producción” (I: destinados al consumo
productivo) y el que produce “medios de consumo” (II: destinados al consumo
individual). En ambos, el capital es c+v, y el valor del producto c+v+pv (se
supone provisionalmente que no existe la parte de desgaste de capital fijo en
cuanto éste no se repone en el año). A partir de aquí se usará el siguiente
ejemplo numérico (para un valor global de 9.000):
I) 4.000c + 1.000v + 1.000pv = 6.000 en medios de producción
II) 2.000c + 500v + 500pv = 3.000 en medios de consumo
A continuación se analiza, en
tres epígrafes (3, 4, 6), el intercambio entre los dos sectores (o sea, I(v+pv)
por IIc); luego, el intercambio dentro del sector II; y por último el que se da
dentro de I; y en medio se incluye un epígrafe (el 5) sobre la mediación de
todo por la circulación dineraria. Si se mira al ejemplo, el primero es lo que
llama Marx el “gran intercambio”. No debe pensarse que se trata de un
intercambio en especie entre los dos sectores, sino de una conversión recíproca
“mediante una circulación dineraria” (en concreto, una circulación de
mercancías por importe de 4.000 libras, con una circulación de dinero de
2.000), y en donde siempre suponemos “ciertas reservas de dinero”, tanto para
gastos de capital como de rédito. En particular, los 1.000v que los
capitalistas de I pagan a sus obreros, éstos los convierten en medios de
consumo de II por valor de 1.000, y con ese dinero los capitalistas de II
pueden comprar 1.000 en medios de producción a I. Si ahora suponemos que los
capitalistas de ambas sectores adelantan la mitad –aunque el porcentaje aquí es
lo de menos– del resto que hace falta para que el intercambio se complete, el
resultado es que los capitalistas se compran finalmente entre sí otras 1.000
libras de los productos del sector contrario. Resultado global, entonces:
I(v+pv) ha de ser igual que IIc.
Seguidamente, se analiza el
intercambio dentro de II, y en particular entre los medios de subsistencia (es
decir, de consumo) necesarios y los suntuarios, es decir, entre los dos
“subsectores” (a y b, respectivamente, en que Marx divide II). Se supone que
tanto en a como en b los capitalistas compran bienes de consumo de los dos
tipos en la misma proporción (por ejemplo, 3/5 de tipo a, y 2/5 de tipo b). Si
los 500v + 500pv del sector II los dividimos en “a) 400v + 400pv” y “b) 100v +
100pv”, eso significa que los capitalistas de a tendrán que gastar el 40% de
400 (es decir, 160) en bienes de tipo b; y los de b, el 60% de 100 (es decir,
60) en bienes de tipo a. Por su parte, los obreros de a gastan el salario que
reciben
(400) en su propio subsector, y los de b lo gastan (100) en el a.
Se debe intercambiar, entre los dos subsectores, un total de 160 de cada uno
(160 que compran los capitalistas de a por 100+60 que compran los trabajadores
y capitalistas de b).
O sea, se trata de un fenómeno
“análogo” al intercambio entre I(v+pv) y IIc. Y esto implica dos cosas:
1) la existencia y reproducción de la parte de la clase obrera
ocupada en IIb se ve “condicionada por el derroche de la clase capitalista”, y
esto nos recuerda que, en la medida en que la reproducción simple forma parte
real de la ampliada, también el motivo de ésta, la producción por la producción
misma, “va acompañado del móvil del enriquecimiento”, típico de la primera, que
al mismo tiempo “se le contrapone”; y 2) decir que las crisis provienen de “la
carencia de consumidores solventes” es una “tautología cabal”, por mucho que se
la quiera revestir de profundidad afirmando que la clase obrera recibe una
parte del producto total que es “demasiado exigua”; o argumentando que la
crisis se remediaría “no bien recibiera aquélla una fracción mayor”. Marx no sólo
se opone a estas afirmaciones –típicas por cierto del pensamiento de Keynes y
de los keynesianos de izquierda (y kaleckianos) en el siglo XX–, sino que
argumenta en contra diciendo que “bastará con observar” que la experiencia
histórica demuestra que las crisis vienen preparadas por un periodo en el que
los salarios suben en términos absolutos y relativos, pero “esta prosperidad
relativa” de la clase obrera sólo puede ser “momentánea” y a la vez “anuncio”
de la crisis.
Tras repasar de nuevo la
“mediación de los intercambios por la circulación dineraria”, se llega a la
cuestión del “capital constante del sector I”, que es “todo sencillez”, ya que
todo el producto mercantil de I “se compone de medios de producción”, y se
asiste sólo, aquí, a un consumo de una parte del producto in natura. Es decir,
que meramente “reingresa directamente” en su propia esfera o “cambia de
ubicación”, mediante “intercambios recíprocos”, hacia otras esferas del mismo
sector de medios de producción. A continuación, se analizan tanto el “capital
variable y plusvalor” como “el capital constante” en los dos sectores. Lo más
importante aquí es que, bajo la reproducción simple, “el valor global de los
medios de consumo producidos anualmente es igual al producto anual de valor”.
Por otra parte, el “enigma” de por qué el producto de valor de toda la jornada
laboral puede resolverse en v+pv, si 2/3 de esa jornada se gasta en medios de
producción, se explica sencillamente así: 2/3 del valor de producto II son, en
cuanto valor, “el producto de 2/3 de una jornada laboral social transcurrida
con anterioridad a este año”. Sólo en cuanto valor de uso, es la suma del
producto I y II producto del trabajo concreto de este año. Pero en
52
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cuanto valor, el producto global
contiene “tres jornadas laborales sociales de un año”, cada una de las cuales
se expresa en 3.000; en I, 4/3; y en II, 2/3, de jornadas laborales
transcurrieron “antes” del proceso de producción cuyo producto se está analizando.
Toda la dificultad se supera, pues, comparando adecuadamente los “componentes
de valor” y los “componentes materiales” del producto social.
A continuación efectúa Marx una
nueva “ojeada retrospectiva a Adam Smith, Storch y Ramsay”, en la que en
realidad aprovecha para recordar una vez más “el daño infligido” por Smith al
“soterrar la diferencia” entre las parejas de capital fijo y circulante, por
una parte, y de capital constante y variable, por otra. Luego, hay un largo
epígrafe en el que se vuelve a insistir en las diferencias entre “capital y
rédito: capital variable y salario”, es decir: el capital variable funciona
como capital en manos del capitalista, y como rédito en manos del asalariado,
del mismo modo que, para éste, su fuerza de trabajo no es su “capital” sino
simplemente su “patrimonio”. O más exactamente: no es que el capital variable
se convierta luego en rédito para alguien (el obrero), sino que todo el tiempo
es el capitalista el que “retiene en sus manos” el capital variable: primero,
como “capital dinerario”, luego como “elemento de su capital productivo” (en el
proceso de trabajo), después como “parte del valor de su capital mercantil”, y
finalmente como dinero otra vez. Lo que se convierte en rédito del obrero es
sólo el “valor, transformado en dinero” de la fuerza de trabajo de éste.
Y nuevamente se vuelve a la
cuestión de la “reposición del capital fijo”, que no puede tratarse como “mero
intercambio recíproco, no mediado”, sino como un fenómeno en el que “el dinero
desempeña aquí un papel específico”. Por eso, se vuelve a distinguir la
reposición “en forma dineraria” de la parte correspondiente al desgaste anual,
de la cuestión de la reposición del “capital fijo in natura”. En la primera,
surge la “dificultad” de que, en el intercambio de I(v+pv) por IIc, el valor de
I(v+pv) no puede intercambiarse íntegramente ya que una parte “debe
precipitarse siempre en dinero” para hacer frente al desgaste citado. Por
tanto, con el resto, digamos 1.800 de las 2.000, sólo se puede comprar 1.800 en
medios de consumo: ¿de dónde sale entonces el dinero que hace falta para
comprar las 200 restantes de II? Se trata de un problema que “hasta ahora los
economistas no han examinado en absoluto”, por lo que hay que analizar las
diversas “soluciones posibles”, y ello exige un proceso nada sencillo. En primer
lugar se descarta que este dinero sea “adelantado por I”, ya que lo excluye la
“ley” de que cualquier dinero adelantado en la circulación debe retornar a su
punto de partida. Con lo cual queda sólo la hipótesis, “en apariencia aun más
absurda, de que sea el propio II” quien lo adelante. Pero se trata de un
absurdo sólo “aparente”.
Hace falta dividir el sector II
en dos subsectores porque, como se verá al final, lo que ocurre es que el
dinero refluye también a II, “pero no a las mismas manos”, sino
redistribuyéndose desde “una parte de la misma a otra”: 1) el primer subsector
lo forman los capitalistas que deben reponer, este año, capital fijo in natura:
ellos necesitan dinero para poder comprar; 2) el segundo, los capitalistas que
atesoran dinero para el desgaste. El primer subsector compra los nuevos
elementos del capital fijo, y, con ese dinero, el sector I compra, a su vez,
medios de consumo al segundo subsector de II. Esto exige, como condición
previa, “que este componente fijo del capital constante II” (o sea el renovado
en el subsector I) sea “igual al desgaste anual del otro componente fijo del
capital constante II” (el subsector II). Por eso, ahora se analiza lo que
ocurre si no son iguales: si el primer componente es mayor, habrá un excedente
de dinero, y al final será necesario importar; si, al contrario, el primero es
menor, habrá un déficit de dinero, que se cubrirá con exportaciones.
Surge de aquí la posibilidad de
una “crisis”, una crisis “de producción”, pese a que se trata de la
reproducción simple (en escala invariada). Si aumenta (respecto al año
anterior) la fracción del capital fijo que hay que reponer en especie,
disminuye consecuentemente (respecto al año anterior igualmente) la fracción
que simplemente se desgasta. Pero esto tiene dos consecuencias: 1) en I, si una
parte del producto de este año, la que forman los elementos del capital fijo,
debe ser mayor para atender esa demanda, la otra parte, la de capital
circulante debe ser menor; y no se entiende bien cómo puede disminuir si la
producción de II sigue siendo la misma, y por tanto seguirá necesitando los
mismos insumos de materias primas, etc. 2) Si, con esa demanda de nuevos
equipos fijos, llega más dinero a I, por otra parte la “masa mercantil de IIc,
portadora de la reposición del valor correspondiente al desgaste”, disminuirá
en proporción, y con ella el dinero con el que podría contar I para reponer una
parte de Ipv. Por consiguiente, habrá crisis siempre que no se parta del
supuesto de “una proporción constante entre el capital fijo que se extingue” y
el que “sigue operando en su forma natural”, desproporción que se manifiesta,
para los economistas, en un “desequilibrio en la producción de capital fijo y
capital circulante”.
53
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El penúltimo epígrafe de este
larguísimo capítulo se dedica a la “reproducción del material dinerario” (el
oro, que es, como los metales en general, parte del sector I), y arranca con
una renovación de la dificultad que ni siquiera Tooke resolvió, y que ya se vio
en la sección anterior. La dificultad surge porque en la circulación nunca
“vemos” al capitalista “cuando vuelca dinero” para consumir el plusvalor (su
rédito); y porque parece que con ese dinero “paga” su plusproducto, que en
realidad “nada le cuesta”. La solución del problema es que mientras los demás
capitalistas “retiran de la circulación más dinero” del que arrojan a ella, los
capitalistas del sector que produce oro “no hacen más que volcar dinero” nuevo
en la circulación. Finalmente, se dedica un epígrafe a “la teoría de la
reproducción, según Destutt de Tracy”, que toma Marx como ejemplo de
“ofuscación lógica”. En realidad, es más una crítica de la concepción que tiene
este autor sobre el origen de las “ganancias”, que él busca en la circulación,
que una exposición de teoría de la reproducción alguna.
XXI. Acumulación y reproducción
ampliada. Se hacen dos supuestos iniciales: 1) que todo el plusvalor se
acumula, y que esa suma es suficiente para la expansión del capital en
funciones o para instalar una nueva empresa industrial (cosa que no siempre es cierta,
porque se requiere más tiempo); 2) que ya antes de la acumulación “se ha
verificado una producción en escala ampliada”, es decir, que ésta tiene que
existir “potencialmente” –“en sus elementos” materiales– antes de que puede
hacerse efectiva, y esta posibilidad misma “existe sin necesidad de dinero”,
que, en sí mismo, no es un elemento de la reproducción real. Veremos,
sucesivamente, la acumulación en el sector I (donde se analiza el atesoramiento
y luego el capital constante y el variable “adicionales”); luego, en el II; y,
sobre todo, una “presentación esquemática de la acumulación”.
Tras recordar Marx que el
atesoramiento no es producción, y que el dinero que hay en una sociedad es una
cantidad mayor que la parte que aparece “inmersa en la circulación activa” –que
es, a su vez, una fracción variable de acuerdo con las circunstancias–, pasa en
primer lugar al capital constante. No se puede pasar de la reproducción simple
a la ampliada si la producción del sector I no aumenta la proporción de los
elementos que destina a I (y disminuye, por tanto, los que van a parar a II);
lo cual se facilita por ser una parte de su producción válida para ambos
destinos. Esto significa que, en realidad, “dentro de la reproducción simple se
produce el sustrato material de la reproducción ampliada”. Pero no basta con
que los capitalistas A, A’, A’’, etc., del sector I aumenten la producción;
hace falta que otros capitalistas –B, B’, B’’, etc.– hagan funcionar el
plusproducto de los primeros “efectivamente como capital constante adicional”.
Respecto al capital variable, se hace el supuesto de que “la parte del capital
dinerario recién formado a la que es posible transformar en capital variable
siempre encuentra, preexistiéndola, la fuerza de trabajo”.
Pero la acumulación en el sector
II exige que los B, B’, B’’, etc., pertenezcan a II, y también que una parte de
las ventas de I a II sean “unilaterales”, es decir, que se vuelva “invendible”
una parte “de las mercancías de B (II)”, entorpeciendo así la reproducción. Por
tanto, tenemos: “subconsumo” en I, desde el punto de vista de II, y
“sobreproducción relativa” en II; y al mismo tiempo “capital dinerario
excedentario en I y déficit en la reproducción de II”.
La presentación de los esquemas
de la reproducción ampliada contiene varias partes. En primer lugar, un par de
ejemplos preliminares para evidenciar que la escala ampliada “no tiene nada que
ver” con la magnitud absoluta del producto, sino, más bien, con un
“ordenamiento diferente” del mismo, una “determinación funcional distinta” de
sus elementos, lo cual equivale a una producción “practicada con mayor
inversión”. Por tanto, no es la cantidad, sino la determinación cualitativa de
los elementos, lo que importa. A continuación, un epígrafe titulado “primer
ejemplo”, en que se compara el esquema de la reproducción simple:
I. 4.000c + 1.000v + 1.000pv = 6.000
II. 2.000c + 500v + 500pv = 3.000,
que suma 9.000, con el
correspondiente a la reproducción ampliada en su estado inicial (que también
suma 9.000):
I. 4.000c + 1.000v + 1.000pv = 6.000
II. 1.500c + 750v + 750pv = 3.000.
En primer lugar, aquí tenemos
1.500 IIc < 2.000 I(v+pv), y no 2.000 IIc = 2.000 I(v+pv), donde lo que
importa es el distinto signo. Si reordenamos el último esquema, a efectos de la
acumulación, suponiendo
54
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que se acumula la mitad del
plusvalor y que el capital nuevo tiene la misma composición que el originario,
tendremos:
I. 4.400c + 1.100v + 500pv (FC) = 6.000
II. 1.600c + 800v + 600pv (FC) = 3.000.
(donde FC significa “fondo de
consumo”). Esto deriva: 1) de que la mitad de 1.000pv se acumula, y lo hace en
la proporción 4:1 en nuevo c y nuevo v; 2) lo anterior significa que la parte
del producto I que se convierte en réditos que habrán de cambiarse por II ha
subido a 1.600(v+pv), y por tanto se requieren 1.600 en IIc, o sea, un
incremento de 100; y, para respetar la proporción entre c:v, se requieren ahora
50 más de v, con lo que el incremento total de capital en II (150) tendrá que
salir de una disminución de 150 en pv. A continuación, si se opera la
acumulación “real” tendremos:
I. 4.400c + 1.100v + 1.100pv = 6.600
II. 1.600c + 800v + 800pv = 3.200 (Total, 9.800).
En una segunda tanda, agrupando
los dos pasos en uno, tendríamos:
I. 4.840c + 1.210v + 1.210pv = 7.260
II. 1.760c + 880v + 880pv = 3.520 (Total, 10.780);
y así sucesivamente. En el
“segundo ejemplo”, lo único que cambia es que se supone una nueva composición o
relación c:v igual a 5 (en vez de = 4), y esto obliga a modificar todas las
cifras. Por último, como conclusión general para la acumulación, resulta que
ahora lo que hay que tener en cuenta, ante todo, es su “tasa”. De modo que
I(v+pv) puede ahora no ser igual a IIc; pero tendremos siempre, llamando 1/x a
la fracción del plusvalor que se acumula, que Iv+(pv/x) “será siempre menor que
II(c+pv)”, y además “precisamente menor en la parte de IIpv que la propia clase
de los capitalistas II tiene que consumir sea como fuere”, lo que quiere decir
que Iv+(pv/x) = II c+(pv/x).
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Libro III: EL PROCESO GLOBAL DE
LA PRODUCCIÓN CAPITALISTA
El libro Tercero se compone de
siete secciones que pueden distribuirse en tres grupos diferentes. Las dos
primeras tratan, respectivamente, de la transformación del plusvalor en
ganancia, y la transformación de la ganancia en ganancia media. La sección III
analiza los distintos aspectos de la ley de la baja tendencial de la tasa de
ganancia. Por último, las secciones IV a VII tratan, sucesivamente, del capital
comercial, el que “devenga interés”, la renta de la tierra y los réditos.
Sección Primera: La
transformación del plusvalor en ganancia y de la tasa de plusvalor en tasa de
ganancia
Si bien en los libros I y II se
trató del proceso de producción y del proceso de circulación del capital, ya se
han hecho algunas “reflexiones generales” sobre la unidad de ambos procesos en
el proceso global de la producción capitalista. En el libro III se trata más
bien de las “formas concretas” que surgen de este último en su movimiento
“real”. Esto significa pasar del “capital en general” (como relación que lo
“enfrenta” polarmente con el trabajo asalariado) a “la acción recíproca de los
diversos capitales entre sí” (el “capital con el capital”, o “relación consigo
mismo”), para de esta manera ir aproximándose a la realidad aparente, en la que
aparecen los “múltiples capitales” y su “competencia” mutua, tal como se
refleja en la conciencia de los propios “agentes de la producción”.
I. Precio de costo y ganancia. Un
primer paso en esta dirección lo constituye el “precio de costo” (pc), que es
sólo “lo que le cuesta la mercancía al capitalista” (es decir, pc = c+v, el
trabajo pagado) y no lo que “realmente cuesta su producción”, que es su valor o
“precio de coste verdadero” (c+v+pv, o pc + pv, es decir, todo el trabajo, sea
pagado o no). El primero es el gasto “de capital”, el segundo es el gasto “de
trabajo”. Los dos componentes del precio de costo “aparecen” como pago de
elementos que son “materialmente diferentes”; pero la forma de precio de costo
no revela que son también “funcionalmente diferentes”, ya que uno de ellos sólo
hace que su valor “retorne”, mientras que el otro “crea” nuevo valor. Por
tanto, el plusvalor aparece como un excedente por encima del precio de costo,
como (c+v) + pv –y el capitalista tiende a considerar el precio de costo como
el verdadero “valor intrínseco”–, más que como lo que es: c + (v+pv); y así
“parece” provenir por igual de sus diversos elementos de valor, por lo que en
realidad se convierte en “ganancia” (g ), con el valor = pc + g. Tenemos pues,
la ganancia, que “es lo mismo que el plusvalor”, como forma “mistificada” de
éste; al igual que en el libro I se vio cómo el salario era sólo la forma
mistificada del valor de la fuerza de trabajo. El plusvalor parece surgir de la
propia venta, y el capitalista cae en la “ilusión” de verlo como “excedente por
encima del precio de costo”, como igualmente les parece así a un Torrens o un
Proudhon.
II. La tasa de ganancia. Puesto que el plusvalor se transforma en
ganancia, la tasa de plusvalor (pv/v) se ha de transformar en tasa de ganancia
(pv/C, con C = c+v), ya que, aunque la ganancia del capitalista proviene de que
“tiene para vender algo por lo cual no ha pagado nada”, esto queda aquí
“encubierto”, y para él sólo aparece como un excedente “por encima del capital
global adelantado”, que procede de la circulación. Y esto es tanto más “real”
para él cuanto que en la competencia es en donde se “realiza” su ganancia. Por
eso los economistas atribuyen al capital en cuanto “cosa”, y con independencia
de su “relación social con el trabajo”, su cualidad de ser fuente “autónoma”
del plusvalor. Esto es sólo un paso más en el proceso de “inversión de sujeto y
objeto” que ya se manifestaba en la producción (véase el libro I), por el que
las fuerzas productivas “subjetivas” del trabajo se presentan y aparecen como
“fuerzas productivas del capital”. Pero sin la tasa de plusvalor no se puede
entender la tasa de ganancia, porque no existe una “relación interna y
necesaria” entre (c+v) y pv, ya que el valor de los medios de producción es
“totalmente indiferente” en el proceso de valorización (en éste sólo cuenta la
“relación técnica” entre los medios de producción, como cantidad física, y la
cantidad física de trabajo vivo que pueden absorber). Se verá que esta
inversión, típica de la realidad de los fenómenos, irá creciendo aun más a
medida que sigamos progresando; y así, en la sección II, la ganancia parecerá,
además, como cuantitativamente diferente del plusvalor.
III. Relación entre la tasa de ganancia y la tasa de plusvalor. Aquí,
nos advierte Marx, se entra en un “terreno puramente matemático”; y, para
empezar, se supone que el valor del dinero, la rotación y
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todos los factores que
intervienen en la tasa de plusvalor están dados. Puesto que pv’ = pv/v, y g’ =
pv/(c+v) = pv/C, la relación entre la magnitud de ambas tasas es exactamente
equivalente a la relación entre el capital variable y total: g’:pv’ = v:C, de
donde se deduce en primer lugar que g’ siempre es menor que pv’. Sin embargo,
antes de pasar al análisis matemático de las diversas posibilidades que surgen,
se insiste en la “relación orgánica” que hay entre el capital variable y la
valorización, según la cual: 1) lo que importa “en primera instancia” no es el
valor del capital variable, sino su valor como “índice del trabajo global que
pone en movimiento”; 2) a la inversa, en el capital constante sólo cuenta
entonces el valor global de sus elementos, y no su precio individual y su
cantidad. [Esto será la base para la definición de la composición del capital
en dos instancias: en la primera, tenemos la composición orgánica como el
cociente C/(v+pv); en la segunda, la composición en valor como la relación C/v.]
Dicho eso, Marx analiza ampliamente las relaciones entre pv’ y g’, primero
suponiendo pv’ constante (con varios casos, según se supongan variables v, C o
ambas), y luego pv’ variable (con v/C constante o variable), para sacar dos
conclusiones principales: 1) una g’ decreciente, creciente o constante, puede
corresponder a una pv’ “en ascenso o disminución” o “invariable”; y 2) g’
resulta determinada “por dos factores principales: la tasa de plusvalor y la
composición de valor del capital” (dado que g’ = pv/C = pv’/(C/v).
IV. Influencia de la rotación
sobre la tasa de ganancia . Engels recuerda aquí que, debido al tiempo que
exige la rotación del capital, no es posible que todo él esté en la producción,
sino que una parte ha de estar “en barbecho” (como capital dinerario o
mercantil). Por supuesto, si se acorta el tiempo de producción debido al
“progreso de la industria” (por inventos y cosas así), o el de circulación
–gracias a las “mejores comunicaciones”, donde se ha producido una revolución
“sólo comparable” a la revolución industrial “de la segunda mitad del XVIII”–,
la tasa de ganancia “deberá aumentar”, ya que entre ella y el tiempo de
rotación existe una “relación inversa”. Al mismo tiempo, recordando que la tasa
anual de plusvalor era PV’ = pv’·n, se obtiene una tasa anual de ganancia =
pv’·n·v / C. Tras un ejemplo de cómo se calcula el número de rotaciones del
capital circulante (constante y variable), se convierte una pv’ de 154% en una
PV’ de 1308%.
V. Economía en el empleo del
capital constante. En este capítulo y en el siguiente analiza Marx los cambios
que afectan a la tasa de ganancia en segunda instancia, partiendo del supuesto
–a fin de evitar “complicaciones inútiles”– de que la masa y la tasa de
plusvalor están dadas. Puede haber, en primer lugar, “economías en las
condiciones de producción”, es decir, en el “empleo del capital constante”,
ligadas a la producción en gran escala típica capitalista, es decir, a la
“concentración de los medios de producción” y a su aplicación masiva; o bien,
debido a la “reconversión de deyecciones y desechos de la producción”, que
también es resultado del trabajo social a gran escala. En ambos casos,
aumentará la tasa de ganancia. En segundo lugar, puede aumentar la rentabilidad
en una rama como consecuencia del desarrollo de la productividad del trabajo
“en otras ramas” (en “talleres ajenos”, no en los “propios”): se trata de
economías no en el empleo sino en la propia producción del capital constante,
que abaratan sus elementos (en términos absolutos o relativos), y por tanto su
“onerosidad” para los capitalistas que los compran. Pero en ninguno de los dos
casos se trata de una relación orgánica, porque no afecta a la relación del
“obrero con el capitalista”; y ello a pesar de que la búsqueda del
abaratamiento, que en el capitalismo se convierte en “avidez furiosa” de
ganancia, pueda conllevar incluso la “dilapidación de la vida y salud del
obrero”, ya que la “tacañería” capitalista es enormemente “derrochadora” con el
“material humano”.
Tras estas “consideraciones
generales”, se dedican cuatro epígrafes específicos a desarrollar este punto.
En primer lugar, se analiza el “ahorro en las condiciones de trabajo a expensas
de los obreros”, donde salta a la vista la “omisión de los desembolsos más
necesarios” –con el beneplácito de los jueces de paz, “ellos mismos fabricantes
o amigos de éstos”– para evitar accidentes y enfermedades, así como otros
exponentes de la falta de “justicia sanitaria” predominante. En segundo lugar,
la “economía en la generación y transmisión de fuerza motriz y en materia de
construcciones”, así como en la “maquinaria de trabajo”. En tercer lugar, el
“aprovechamiento de las deyecciones en la producción” y en el consumo (por
ejemplo, en la agricultura), es decir: bien su reutilización, bien su reducción
por medio de mejores máquinas. Por último, “economías mediante inventos”, sobre
todo una vez que la experiencia del trabajo colectivo permite aprovechar
plenamente sus ventajas a los empresarios “posteriores”, después de que los
pioneros, en muchos casos, “quiebren”.
VI y VII. Influencia de los
cambios de precios. En el capítulo VI se analiza, en dos apartados, la
influencia de esos cambios, primero sobre el capital circulante y luego sobre
el fijo, con un tercer apartado que recoge una “ilustración general: la crisis
algodonera de 1861-65”. Y en el capítulo VII sólo
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se añaden ciertas
“consideraciones complementarias”. En el primer caso se trata sobre todo de la
materia prima: si su precio baja en d, la tasa de ganancia aumentará porque
tendremos ahora pv/(C-d). Esto significa que se afecta más al valor del
producto que con el capital fijo; un aumento de su precio puede llegar a
“cercenar o inhibir todo el proceso de reproducción”; de ahí, la importancia
también para los países industriales de los aranceles a la importación de estas
materias. El desarrollo capitalista hace que el valor de la materia prima forme
un componente “constantemente en aumento” del valor del producto; y este
incremento será superior que el descenso de la parte que representa el desgaste
de capital fijo, de forma que tendremos un aumento de la fracción c/(c+v+pv) y
el descenso correspondiente de la fracción complementaria: (v+pv)/(c+v+pv).
En relación con el capital fijo,
su aumento de valor o su desvalorización significan, respectivamente,
“vinculación o liberación de capital”. La vinculación consiste en que
“determinadas proporciones dadas” de c+v+pv deben ser reconvertidas en los
elementos de c+v si la producción “ha de seguir en su antigua escala”; mientras
que la liberación significa que una parte de lo que hasta ahora se tenía que
reconvertir en c+v queda “disponible y excedentario” en esas mismas
condiciones. Por tanto, la primera significa un aumento, y la segunda una
disminución, del cociente (c+v)/(c+v+pv). Una subida (descenso) del precio de
la materia prima (por ejemplo, el algodón) se comunica al precio del producto
(por ejemplo, el hilo de algodón) debido a que el tiempo de trabajo que hay en
éste ahora “se convierte, retroactivamente, en la expresión de más tiempo de
trabajo”, y por tanto aumenta C (lo que cuenta es el trabajo “socialmente”
necesario, por lo que las condiciones de producción pueden volverse diferentes
de las “originarias” debido a estas influencias indirectas). Ello puede ocurrir
de la noche a la mañana, ocasionando “violentas oscilaciones” (subidas seguidas
de súbitos colapsos) y “catástrofes” y “convulsiones” en la reproducción
(especialmente, en el caso de las materias primas “orgánicas”, como las
agrícolas, vegetales y animales, a las que podríamos sumar hoy el petróleo, en
cuyo caso también la demanda crece “más rápidamente que su oferta”); tanto más
frecuentes cuanto más se consolide la tendencia capitalista a la
“sobreproducción relativa de maquinaria” (frente a la “subproducción” relativa
de estas materias primas) y más se dé la “alternancia constantemente repetida
entre un encarecimiento relativo y la posterior desvalorización”. El “mayor
ejemplo” de esto se ve en la “interrupción del proceso productivo por escasez y
encarecimiento de la materia prima” en el caso de la Guerra Civil
norteamericana (1861-64) y la llamada cotton famine (escasez de algodón) a que
dio lugar.
En cambio, la parte del precio
que repone el desgaste del capital fijo sólo entra “idealmente” en el cómputo
mientras la maquinaria sigue funcionando. En cualquier caso, tanto para el
capital circulante como para el fijo, hay que distinguir una vez más la
tendencia “orgánica”, que tiene que ver con la relación técnica entre trabajo
vivo y objetivado, de las “oscilaciones” de la tasa de ganancia que son
“independientes” de los “componentes orgánicos” del capital.
Sección Segunda: La
transformación de la ganancia en ganancia media
VIII. Diferente composición de
los capitales en diversos ramos de la producción, y consiguiente diferencia
entre las tasas de ganancia. Ya demostró Adam Smith que las tasas de plusvalor
en las diferentes esferas de producción tienden a “nivelarse” (que no es tanto
como igualarse). Aunque los salarios del trabajo simple y del complejo sean
diferentes, también lo será el plusvalor que crean, de forma que dicha
nivelación será cada vez mayor con el desarrollo capitalista. Dejamos de lado
las diferencias “internacionales” porque el objetivo aquí es la formación de
una tasa de ganancia “nacional”, o “general dentro de un país”. Analizaremos
sólo la diferente composición “orgánica” (es decir, el factor más importante de
la composición en valor) y la diferente rotación de los capitales de las
distintas esferas en su valor normal (no fortuito).
La composición “técnica” del
capital es el fundamento de la primera, y es simplemente la relación entre
medios de producción y trabajo vivo. Siendo esta relación la misma, la relación
en valor puede ser distinta porque en una esfera se use hierro y en otra cobre
(como medio de producción). Por tanto, a la composición en valor, “en tanto
resulta determinada por su composición técnica y la refleja, la denominamos la
composición orgánica del capital”. Es decir, si, en la relación en valor (C/v),
se toma v como “mero” índice de “determinada cantidad de fuerza de trabajo” –o
“masa de trabajo vivo”, es decir: como índice “no sólo del trabajo contenido en
el mismo” sino también del “plustrabajo”–, tenemos la composición orgánica (que
por tanto se mide como C/(v+pv)). Lo importante es ver que capitales de igual
magnitud generan “ganancias desiguales” debido a su diferente composición, ya
que un capital de 100 generará un plusvalor de 90 si es = 10v+90 v, y sólo de
10 si = 90 c+10v (con pv’ = 100% en ambos casos).
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Por su parte, las diferencias de
rotación y las diferencias entre la composición del capital en términos de
capital fijo o circulante no afectan para nada, “en sí y para sí”, a la tasa de
ganancia, aunque, históricamente, el desarrollo del capital fijo “expresa” una
producción en mayor escala y por tanto un predominio del capital constante.
IX. Formación de una tasa general
de ganancia (tasa media de ganancia) y transformación de los valores
mercantiles en precios de producción. Como la composición orgánica es una
relación de valor, no sólo depende de la relación técnica sino también del precio
de los medios de producción. Para simplificar, supongamos primero que todo el
capital fijo rota en un año (lo que equivale a suponer que sólo hay capital
circulante), y levantemos luego ese supuesto. Si en la tabla siguiente
imaginamos que los cinco capitales son “diversas secciones” de un capital
“único”, se obtiene sin dificultad la tasa de ganancia media (el 22%) en la que
se refleja la tasa de plusvalor común del 100%.
_____________________________________________________________________________________
Capitales c consumido precio plusvalor valor g’
precio de desviación
de costo producción precio-valor
_____________________________________________________________________________________
I) 80c + 20v 50 70 20 90 20% 92 + 2
II) 70c + 30v 51 81 30 111 30% 103 - 8
III) 60c + 40v 51 91 40 131 40% 113 -18
IV) 85c + 15v 40 55 15 70 15% 77 + 7
V) 95c + 5v 10 15 5 20 5% 37 +17
_____________________________________________________________________________________
390c+110v – – 110 – – – Total
_____________________________________________________________________________________
78c+ 22v – – 22 – 22% – Promedio
_____________________________________________________________________________________
Los “precios de producción” son
simplemente los precios que se originan “extrayendo el promedio de las diversas
tasas de ganancia” y agregándolo a los precios de costo. Son por tanto una
“forma trasmutada del valor”. Pero esta tasa “media” de ganancia se desarrolla
“a partir del valor de la mercancía”, y luego las diferentes tasas sectoriales
son “niveladas por la competencia”. Por tanto, cada capital retira el valor del
capital que ha consumido, pero no “rescata” el plusvalor o ganancia producido,
sino una cantidad pro rata, o proporcional, al capital global invertido, una
“parte alícuota” de éste, una “enésima ava parte” de ese total, igual que si
fueran “meros accionistas de una sociedad por acciones”. Por tanto, mientras su
precio de costo es específico, su ganancia es un simple promedio. El precio
global de las mercancías, su suma, es “igual” a su valor global, pero no ocurre
igual con los precios y valores individuales.
Por tanto, como en c también
entran los precios de sus insumos, éstos no serán ya exactamente proporcionales
al trabajo que contienen (es decir, no serán sus valores sino sus precios de
producción, de manera que los precios de costo ahora tienen esta “significación
modificada”). De forma que la ley se impone como tendencia dominante sólo de
manera “intrincada y aproximada”, como un promedio de “perpetuas oscilaciones
que jamás pueden inmovilizarse”; y es posible por consiguiente “un error”
(aunque se trate de un error “pasado”, una premisa, un resultado, y el
capitalista sea indiferente a eso de cara a su producción). No obstante, será
cierto que el precio de producción será mayor, menor o igual que el valor, en
función de que la composición en valor del capital del sector sea mayor
(“alta”), menor (“baja”) o igual (“media”) a la media de la economía. Pero ya
no es (y si lo es, será una “casualidad”) la suma de trabajo pago e impago de
la mercancía, sino del trabajo pago “más una cantidad determinada de trabajo
impago” (= pc + pc·g’, es decir, pc(1+g’)).
A pesar de esta modificación
“cuantitativa” –obsérvese que, hasta ahora, el cambio entre plusvalor y
ganancia era sólo “cualitativo”–, la ley del valor se cumple igual, como lo
refleja el hecho de que los precios de producción sólo pueden variar, en último
término, como consecuencia de cambios en el valor de las mercancías. Y eso
ocurre tanto si éstos se trasmiten a través de una modificación de la tasa
media de ganancia – “obra muy tardía de una serie de oscilaciones”, que
requieren “mucho tiempo” y no cambia todos los días, porque los movimientos en
las distintas esferas se “compensan” y “neutralizan” recíprocamente–, como si
lo hacen a través de un cambio en el precio de costo. Se ha desvelado entonces
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la conexión entre la “apariencia”
de estos precios y su “determinación interna” por los valores; y cómo la
ganancia que entra en los primeros está “mediada por la explotación global del
trabajo por parte del capital global”. De esta manera se comprende por qué a
cada capitalista un “mayor empleo de trabajo inanimado” (su capital constante,
que obtiene de la circulación) le parece una “operación totalmente correcta”
que, no sólo no compromete la tasa media de ganancia, sino que aparece para él
como la “fuente” de una mayor rentabilidad.
X. Nivelación de la tasa general
de ganancia por la competencia. Precios de mercado y valores de mercado.
Plusganancia. Ya vimos en el capítulo anterior que la suma de las ganancias
coincide con la suma de los plusvalores, y que la competencia simplemente
redistribuye o nivela ese total entre las distintas esferas, de acuerdo con el
capital invertido en cada sector. En los capitales de composición “media”, el
precio coincidirá “aproximadamente” con el valor, y la tasa general de ganancia
tiene que coincidir con la tasa de estos capitales medios. Nada cambia si
suponemos que, por cualquier motivo, algunos capitales de algunas esferas “no
están sometidos al proceso nivelador”. Lo importante es ver que la tasa media
se impone como tasa “general”. Si fueran los trabajadores los que produjeran
con sus propios medios, y aun así produjeran mercancías, en este sistema no
habría una tendencia a la igualación de las rentabilidades sectoriales, porque
la “diversidad” de tasas les sería “indiferente”. Pero, en el capitalismo, las
mercancías no son simples mercancías sino “producto de capitales”, y es esto lo
que hace que cada uno de ellos exija una “participación en la masa global del
plusvalor” proporcional a la magnitud de su capital. Por tanto, los valores
deben estudiarse antes que los precios de producción, no sólo porque son un
prius lógico o “teórico”, sino también desde un punto de vista “histórico” (no
se da la nivelación con los “campesinos propietarios” o los “artesanos”, y los
valores sólo exigen que el intercambio deje de ser puramente “casual u
ocasional”).
Por otra parte, el “valor de
mercado” es el valor medio social en una esfera (ya se trate de su valor o de
su precio de producción); pero dentro de ella puede haber valores
“individuales” que no coincidan con aquél. Sin embargo, el “precio de mercado”
sólo puede ser “uno”, “uniforme”, para cada tipo de mercancía, debido a la
competencia; y lo normal será que coincida con el precio al que puede obtenerla
el productor que está en las condiciones de producción medias. La presión
competitiva tiene que forzar a los diversos vendedores del mismo producto a que
entre todos saquen al mercado la cantidad que se demanda; si el valor baja
(sube), se amplían (se contraen) en promedio las “necesidades sociales”, por
supuesto entendiendo siempre por éstas las “necesidades con capacidad de pago”,
que son las únicas que cuentan en el capitalismo (es decir, tal como están
socialmente “condicionadas” por la “relación recíproca entre las diversas
clases”, y “principalmente” por la tasa de plusvalor). Aun así, podemos distinguir
tres casos. En primer lugar, si el “grueso” de mercancías de un sector se
produce en condiciones sociales “normales”, podemos suponer que se compensan y
anulan las que lo hacen en condiciones extraordinarias (mejores y peores,
respectivamente). Pero se pueden dar otras dos situaciones: si las que se
producen en peores condiciones dan “la tónica”, los restantes productores
obtendrían un valor individual inferior al valor de mercado (superior, si la
tónica la dan los mejores).
En la realidad, aquí intervienen
las condiciones de demanda por medio de la competencia entre los compradores.
Si la cantidad ofrecida es mayor o menor que la demandada, habrá “divergencias
del precio de mercado con respecto al valor de mercado”; de forma que si se
produce demasiado poco, éste vendrá regulado por el valor de quien produce en
peores condiciones, y si se produce en exceso, por el de quien produce en las
mejores condiciones. La “parte de la sociedad” a la que corresponde emplear su
trabajo en producir esas mercancías tiene que “obtener un equivalente” mediante
el trabajo social que representan sus mercancías. Y si esta parte aplica
demasiado trabajo en relación con lo que reclama la sociedad, el exceso
relativo de mercancías de ese tipo provocará que sean quienes producen en
mejores condiciones los que regulen (a la baja) el precio en esas condiciones,
y que se “malvendan” o no se vendan las de los otros productores. Si, al
contrario, aplican demasiado poco trabajo, lo regularán (al alza) los productores
“peores”. Por otra parte, la cantidad demandada no es fija, sino “elástica y
oscilante”, de forma que si baja el precio aparece una “mayor ‘necesidad
social’” (tanto de los consumidores individuales como productivos), ya que esta
“necesidad de mercancías representada en el mercado –o sea la demanda– difiere
cuantitativamente de la necesidad social real”.
Pero cuando demanda y oferta
coinciden, “se anulan mutuamente” y dejan de explicar “nada”. Es entonces
cuando se comprueba que el intercambio de las mercancías “a su valor” es lo
racional, y el contenido de su “equilibrio” de mercado; sin que esto quiera
decir que coincidan normalmente la oferta y la demanda cada día (aunque sí lo
harán “si se considera el conjunto en un lapso mayor o menor”, como
60
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“promedio”). Por tanto, la
relación entre oferta y demanda sólo explica en realidad “las divergencias” de
los precios respecto a los valores, pero a su vez son éstos los que “determinan
la oferta y la demanda”. Y esos valores vienen dados por la “cantidad global de
trabajo social que se emplea para la masa global” de cada tipo de mercancía,
cuando ésta corresponde a las “necesidades sociales solventes”. Además, el
valor es importante porque el dinero sólo puede desarrollarse conceptualmente
“a partir de este fundamento”, aparte de que el precio, como concepto, sólo es
el valor “en forma dineraria”.
Por tanto, la oferta y la demanda
ya “suponen la transformación del valor en valor de mercado”, y si se analizan
sobre una base capitalista ya suponen la forma precio de producción de éste y
por tanto el trabajo asalariado, que es indiferente al “carácter específico” de
su trabajo y “puede dejarse lanzar de una esfera de la producción a otra” según
las necesidades oscilantes del capital. La nivelación es por consiguiente tanto
más rápida cuanto más móviles sean el capital y la fuerza de trabajo, y cuanto
más desarrollado esté el sistema crediticio. Obstáculos a esa nivelación son la
existencia de “pequeños campesinos” y otras esferas no capitalistas de la
producción que “se interpolan” entre las empresas capitalistas. Pero en cada
esfera capitalista, los capitales constituyen una verdadera “cofradía
francmasónica” frente a la totalidad de la clase obrera, y todos están
interesados en aumentar el grado de explotación del “trabajo total por el
capital global”. El precio de producción no es sino el precio “necesario” de
los fisiócratas, el “natural” de Smith, o el precio o coste de producción de
Ricardo, que no es sino la condición, “a la larga”, de “la oferta”, o de la
reproducción de cada mercancía.
XI y XII. Efectos de las
oscilaciones generales del salario sobre los precios de producción.
Consideraciones complementarias. El breve capítulo XI demuestra, por medio de
un ejemplo numérico, que un aumento salarial que rebaje la tasa de plusvalor
deja “inalterado” el precio de producción de las mercancías con composición
media –y deja inalterada la suma total de precios de producción–, mientras que
lo eleva (lo baja) en el caso de la mercancía con composición baja (alta). Con
la disminución del salario, ocurre justo lo contrario. En cuanto a los
“complementos” de que habla Marx, dos son, en mi opinión, los más importantes.
Dice, por una parte, que un precio de producción puede cambiar aunque no cambie
el valor que está en su base, pero en ese caso habrá cambiado necesariamente el
valor de otras mercancías. Es decir: si la tasa media no cambia, sólo puede
cambiar el precio si ha cambiado el valor. En segundo lugar, la igualación
tendencial de las tasas de ganancia en los diferentes sectores no es tan rápida
como para que sea inmediata, sino que sólo se produce “en cierto ciclo de
años”, por lo que el capital “pronto aprende a contar con esta experiencia”.
Sección Tercera: Ley de la baja
tendencial de la tasa de ganancia
XIII. La ley en cuanto tal. El
punto de partida es un ejemplo numérico en el que se muestra que a una misma
tasa de plusvalor (por ejemplo, de 100%) le corresponde una tasa de ganancia
cada vez menor a medida que se hace aumentar la composición orgánica del
capital. En el ejemplo, con un v = 100, la tasa de ganancia que corresponde a
un capital constante de 100, 200, 300 y 400 sería, respectivamente, de 50%,
33.3%, 25% y 20%. En realidad, las composiciones en valor del ejemplo se toman
como índices de la composición orgánica, y por tanto la evolución significa que
el “mismo número de obreros” pone en movimiento “una masa constantemente
creciente de medios de trabajo”, que es lo que de hecho ocurre en la realidad,
y no sólo en el ejemplo (es decir, la serie “hipotética” refleja la “tendencia
real”). Este crecimiento de la composición orgánica sólo es una “expresión” del
aumento de la productividad social del trabajo. Y, por tanto, aunque la tasa de
plusvalor aumente –y hasta tal punto tiene que aumentar que, en el capítulo
siguiente, se recuerda que la simultaneidad de ambas tendencias hace “absurdo”
explicar la baja de g’ a partir de un “aumento en la tasa del salario”–, lo
anterior se manifiesta, a su vez, como un descenso de la tasa de ganancia (ya
que el numerador crece más lentamente que el denominador en la expresión g’ =
pv’/cvc, donde cvc significa composición en valor del capital); aunque Marx
anuncia ya que dicho descenso no es “absoluto” sino más bien una “tendencia
hacia una baja progresiva”, y dice que dicho descenso se concibe antes de
cualquier “escisión” de la ganancia en sus partes componentes. La dimensión
diacrónica de la ley se complementa con una dimensión sincrónica: a los países
más desarrollados les corresponderá una tasa de ganancia más baja que a los
menos desarrollados, aunque esta ley general puede desaparecer, y “revertirse”
en ciertos casos, por causas que afectan a la tasa de plusvalor de forma no
orgánica. Aunque la ley parece “muy sencilla”, la economía política no la ha
descubierto hasta ahora.
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Esta ley significa en primer
lugar que cualquier “capital social medio” (de 100) se ha de usar cada vez más
de forma que se empleen, relativamente, más medios de trabajo y menos trabajo
vivo, por lo que éste podrá absorber “cada vez menos plustrabajo”. Pero la ley
no es “absoluta sino relativa”; es decir, no impide que las cantidades
absolutas de trabajo y plustrabajo crezcan. Éstas no solo “pueden”, sino que
“deben” aumentar de hecho, “al margen de fluctuaciones transitorias”, dado que
cualquier valor dado se traducirá ahora por más valores de uso; y, por tanto,
una masa creciente de medios de producción tenderá a absorber más trabajo vivo
que antes (lo que por otra parte se convierte en un nuevo punto de partida para
la repetición del proceso, puesto que la acumulación acelerada, sobre esta
base, significa un nuevo aumento de la productividad).
Por tanto, la ley implica una
doble tendencia “simultánea”: “una masa absoluta de ganancias en aumento y una
tasa de ganancia en disminución”. O sea: como dice Marx, se trata de una ley
“bifacética”, que produce los dos efectos por “las mismas causas”, aunque se
trate de una “contradicción aparente” (sólo aparente, ya que el capital social
global tiene que aumentar por la misma razón). Es decir, por la misma razón, la
ley también significa, en tercer lugar, requerimientos crecientes de capital
para poner en movimiento la misma cantidad de fuerza de trabajo; y, por tanto,
una tendencia a que el capital crezca más deprisa que la población activa, es
decir, una sobrepoblación obrera permanente (o población “relativamente
supernumeraria”). De hecho, para que la masa de ganancia aumente, el capital
debe aumentar más deprisa y “en mayor proporción de lo que disminuya la tasa de
ganancia”. Dicho de otra manera, el “efecto dual” de esta ley sólo puede
representarse en un crecimiento del capital global “más veloz” que la
progresión a la baja de g’, lo que sólo significa que las mismas causas
“estimulan la acumulación” y la formación de capital adicional en forma de una
“acumulación acelerada del capital”. Por consiguiente, y según hemos visto, es
“superficial” y “erróneo” ver la disminución de g’ como “consecuencia” del
aumento del capital. Es algo similar, e igual de “tosco”, que ver en la
ganancia un simple margen que se añadiera arbitrariamente por encima del valor
de las mercancías.
Pero la ley también se manifiesta
en una “baja” del precio de las mercancías y, a la vez, en un aumento de la
parte que representa el plusvalor en ese precio (aumento de pv/(c+v+pv)); o
sea, un “aumento relativo” de la ganancia que contiene éste (sin embargo, ese
aumento de la parte de pv coincide con un descenso mayor de la parte de v y un
descenso igual de (v+pv); por tanto, con un aumento mayor de la parte de c,
como ya vimos). Contradice por tanto la idea popular de que el margen de
ganancia se rebaja voluntariamente y se compensa con un volumen vendido mayor
(masa mercantil creciente), lo cual procede del concepto de J. Steuart de
“ganancia sobre la enajenación”, que deriva a su vez de la concepción del
capital comercial.
XIV. Causas contrarrestantes . La
dificultad no está, para Marx, en explicar por qué baja g’, sino “por qué esa
baja no es mayor o más rápida”. La razón es que, en efecto, operan influencias
que interfieren y anulan sus efectos, dejándola en una “baja tendencial”, de
forma que sólo se manifiestan “de forma contundente” bajo determinadas
circunstancias y “en el curso de periodos prolongados”. Estas
“contratendencias” son: 1) en primer lugar, la “elevación del grado de
explotación del trabajo”: aunque se puede aumentar la duración o la intensidad
de la jornada laboral por medio de métodos que aumentan la composición
orgánica, también se puede obtener sin su mediación, como por ejemplo, mediante
una mayor “velocidad de la maquinaria” o cualquier otra vía para aumentar la
producción sin aumentar el capital. Por su parte, el aumento del plusvalor
relativo podría también contar aquí, aunque debe tenerse en cuenta que se
consigue normalmente por medio de un incremento de la composición orgánica del
capital, que a su vez se opone a sus efectos. 2) En segundo lugar, cita Marx la
“reducción del salario por debajo de su valor”, que se conceptúa como una causa
muy importante en la realidad, pero se deja fuera del análisis teórico, como
otras cosas, por no corresponder al “análisis general del capital”. 3) Lo
tercero es el “abaratamiento de los elementos del capital constante”, y a este
respecto se recuerda lo dicho en la sección primera sobre las razones de que la
composición en valor no crezca tan rápidamente como la técnica (la
“desvalorización” del capital constante). 4) En cuarto lugar, la
“sobrepoblación relativa” permite que afluya constantemente gente hacia nuevos
“ramos” de la producción que, o bien son refractarios a la mecanización, o en
cualquier caso usan más trabajo vivo que ninguno. 5) En quinto lugar, el
“comercio exterior” puede abaratar tanto los elementos de c como de v, y la
inversión en el extranjero, en especial en las “colonias”, puede arrojar una
mayor rentabilidad. 6) Por último, se trata del “aumento del capital
accionario”, que permite dejar fuera de la nivelación a muchos ahorradores que
se conforman con un “dividendo” inferior al que sería necesario para lo
contrario.
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XV. Desarrollo de las
contradicciones internas de la ley. Este capítulo esencial, que las más de las
veces se deja incomprensiblemente de lado, comienza recordando la idea
fundamental del capítulo XIII: que la baja de la rentabilidad y la “acumulación
acelerada” sólo son “diferentes expresiones del mismo proceso”. Por una parte,
la acumulación acelera el descenso de g’; pero, por otra, la baja de g’
“acelera” la concentración y centralización del capital, expropiando así a los
últimos productores directos no capitalistas (es decir, elevando la “escisión”
originaria a una segunda potencia, mediante la “descapitalización” de muchos) y
volviendo “más lenta la formación de nuevos capitales autónomos”. Como ya veía
Ricardo, perplejo –dice Marx–, la misma acumulación se convierte entonces en
una barrera: sólo falta añadir que esta limitación demuestra que el modo de
producción capitalista no puede ser absoluto sino “transitorio” o “relativo”.
La “creación” de plusvalor no tiene más obstáculos que la población obrera y su
grado de explotación –el objetivo de la producción capitalista es este
plusvalor, nunca el disfrute de los medios de consumo–.
Pero su “realización” requiere
condiciones adicionales más limitadas o estrictas, ya que, no sólo tiene que
ver con la “proporcionalidad” entre las ramas de la producción y con la
“capacidad de consumo” de una sociedad basada en unas relaciones de distribución
“antagónicas”, sino que además está limitada por el propio “impulso de
acumular” y la necesidad consiguiente de “expandir constantemente el mercado”.
Todo esto significa que se trata de superar la “contradicción interna”
ampliando el “campo externo” de la producción. Por ello, se hace avanzar la
corriente del capital, no en relación con el nivel de g’, sino con la “pujanza
que ya posee” ese capital, es decir, en proporción a su propio volumen ya
acumulado. Esto provocaría, a la larga, el “colapso” del sistema si no operase,
junto a esta fuerza centrípeta primaria, el “efecto descentralizador” de las
fuerzas contrarrestantes.
Tenemos por tanto un conflicto
entre “expansión de la producción” y “valorización”, o sea, los dos componentes
del proceso directo de producción que se estudiaron en el libro I, y que
suponen algo mucho más importante que un mero problema en la circulación. El
desarrollo de la productividad social del trabajo acarrea, pues, dos cosas
antagónicas: el aumento de la magnitud de las fuerzas productivas ya
producidas, y la relativa exigüidad del trabajo vivo en cada capital. Ambos
movimientos corren parejos como “manifestaciones de una misma ley”, pero
influyen “en sentido opuesto” sobre g’; el primero elevando p’, el segundo
disminuyendo el número de obreros. Ahora bien: hay que tener en cuenta que la
compensación de lo segundo por medio de lo primero se enfrenta a “límites
insuperables”; por tanto, puede obstaculizar la baja de g’ pero “no anularla”
en ningún caso. Además, cada factor se enfrenta a los otros no en una “calma
yuxtaposición”, sino implicando una “contradicción”; las fuerzas impulsoras
antagónicas “operan a la vez unas contra otras”. Y esto se manifiesta “ora de
manera yuxtapuesta en el espacio, ora de manera más sucesiva en el tiempo”,
pero siempre tiene que desahogarse “periódicamente mediante crisis”, que no son
sino “soluciones violentas momentáneas” de las contradicciones existentes.
La forma más general de esta
contradicción es, pues, la siguiente. El modo capitalista de producción implica
una tendencia al “desarrollo absoluto de las fuerzas productivas”. Pero, como
apunta a la “valorización” más rápida y “acelerada” posible, el “método”
empleado contradice en la práctica esa tendencia, ya que el mismo incluye la
baja de g’, pero también la desvalorización periódica del capital ya existente
para contener esa baja. Todo lo cual “perturba” la circulación y la
reproducción del capital y provoca necesariamente paralizaciones y “crisis del
proceso de producción”. Por tanto, el capital tiende constantemente a “superar
los límites” que le son inmanentes, pero sólo lo consigue por medios que
vuelven a levantar de nuevo “esos mismos límites”, sólo que ahora en escala
ampliada.
De forma, que “el verdadero
límite”, el auténtico problema, es el “propio capital”. O sea: que su
autovalorización sea el punto de partida y llegada de todo el proceso; que la
producción sea sólo “producción para el capital”, y no a la inversa. Por tanto,
nada menos que los límites (expropiación, empobrecimiento...) entran siempre en
contradicción con los métodos de producción; y el medio (desarrollo de la
productividad), con el objetivo limitado de este sistema (la valorización).
Por otra parte, lo anterior se
refleja en el absurdo de que haya, a la vez, “exceso de capital con exceso de
población”. Al aumentar el umbral mínimo de inversión, los “pequeños capitales
fragmentarios”, tras arriesgarse en la “aventura” (especulación, estafas,
crisis y demás manifestaciones de la “plétora del capital”), terminan en manos
de los capitales centralizados. Pero la “sobreproducción absoluta de capital”
(la caída a cero de la inversión, o al menos el cese del crecimiento del
volumen absoluto de plusvalor) por parte de éstos se verificará con una nueva
baja “intensa y repentina” de g’, motivada ahora por la subida salarial, que a
su vez es una respuesta a la excesiva tasa de crecimiento del capital. La
sobreproducción absoluta de capital significa que lo que acompaña ahora a la
baja de g’ es, no ya la subida, sino la caída de
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pv. Se abre entonces una nueva
fase, más intensa aun, en la “lucha competitiva”, y los rivales se resisten a
desvalorizar al ritmo en que lo requeriría su interés común y colectivo (ya que
la “cofradía práctica” de la clase capitalista funciona relativamente bien sólo
cuando se puede repartir adecuadamente el “botín colectivo”; pero cuando
aparecen las pérdidas, y la pérdida es inevitable para la clase, la lucha se
convierte en una lucha entre “hermanos enemigos”, y aparece el antagonismo
entre “el interés de cada capitalista individual y el de la clase”, lo cual
exige, como única solución posible, “aniquilar” todo el capital adicional, o al
menos una parte de éste). Esta aniquilación es en parte aniquilación de la
“sustancia material” misma del capital, como consecuencia de su auténtica
“paralización funcional”. Pero la destrucción “principal” atañe sobre todo a
los “valores de capital”, incluidas la desvalorización de los títulos y la
caída de precios del capital mercantil y productivo; de forma que se interrumpe
así, “en cien puntos” distintos, la cadena global de las obligaciones de pago,
con el consiguiente “colapso del sistema crediticio” en su conjunto, y con las
“violentas y agudas crisis” que acompañan entonces a todo el proceso de
reproducción.
Ahora bien. De esta manera se
consigue que comiencen a operar “otras fuerzas impulsoras”: por ejemplo, el
creciente desempleo obligará a muchos a “tolerar una rebaja” del salario; o la
crisis impulsará a usar “nuevas máquinas” y nuevos métodos de trabajo; aparte
de que la propia desvalorización masiva contribuirá también a elevar ahora g’.
Se vuelve por tanto a una situación que permitirá volver a recorrer, por
completo, todo “el mismo círculo vicioso” de antes, pero en escala “ampliada”
esta vez. Al mismo tiempo, no se debe perder de vista que la sobreproducción
absoluta de capital no es nunca sobreproducción absoluta de medios de
producción. Es tan sólo sobreproducción de medios de producción en cuanto
“funcionan como capital”, es decir, de medios que “puedan actuar como capital”
y “explotar trabajo con un grado de explotación dado”. No es que se produzca
demasiado. ¡Al contrario: se producen “demasiado pocos” medios de subsistencia
para “satisfacer decente y humanamente al grueso de la población”! Y no se producen
demasiados medios de producción. ¡Al contrario: por una parte, se produce
demasiada población incapaz de trabajar, o sólo capaz de hacerlo en condiciones
miserables, “dentro de un modo miserable de producción”; y, por otra, “no se
producen suficientes medios de producción como para que toda la población capaz
de trabajar pueda hacerlo”! Y a la vez, se produce “periódicamente” un exceso
de medios de producción capaz de explotar “obreros a determinada tasa de
ganancia”.
La limitación del modo
capitalista de producción se manifiesta, pues, en que el desarrollo de las
fuerzas productivas genera una ley que “en cierto punto” se opone con la mayor
hostilidad al desarrollo ulterior de las mismas, y sólo se puede superar esa ley
mediante “crisis”. Y, asimismo, en que sea la ganancia la que decide si
“expandir o restringir” la producción, en vez de venir determinado ese punto a
partir de la relación “entre la producción y las necesidades sociales”.
Por último, añade Marx
“consideraciones complementarias” de notable interés. En primer lugar, un
ejemplo que demuestra que “para el capital” la ley del incremento de la fuerza
productiva “no tiene validez incondicionada”, ya que sólo si se economiza “en la
parte paga del trabajo vivo” se introduce una nueva máquina superior; pero
nunca si se economiza trabajo vivo “en general”, cosa que para el capitalista
es en sí mismo “una estupidez”. Se tiene aquí la evidencia de un freno al
desarrollo de la productividad social. Por otra parte, otra causa por la que g’
no baja más rápidamente es que parte de la producción se expande “sobre la base
del antiguo método de producción”, igual que hay sectores (por ejemplo, la
agricultura) en la que el descenso relativo del trabajo vivo se ve acompañado
no por un aumento absoluto del mismo sino por una disminución absoluta. En
tercer lugar, es verdad que los nuevos métodos de producción no se emplearán
“voluntariamente”, por mucho que aumenten la explotación, si el método conlleva
una baja neta en la rentabilidad. Pero la ganancia extraordinaria que se
obtiene al innovar impulsa a ello primero al que innova en primer lugar; luego,
al segundo, etc.; y sólo cuando la competencia ha “generalizado” el método
suficientemente, convirtiéndolo en la nueva “ley general”, es entonces cuando
la innovación y consiguiente inversión se manifiestan de pronto como excesiva
para muchos, y se inicia necesariamente la caída general de g’ con total
independencia de la “voluntad del capitalista” o capitalistas individuales que
se involucraron en el proceso.
Sección Cuarta: Transformación de
capital mercantil y de capital dinerario en capital dedicado al tráfico de
mercancías y al tráfico de dinero (capital comercial).
XVI. El capital dedicado al
tráfico de mercancías. Aquí se trata del primero de los dos tipos de capital
comercial o “de comercio”, lo cual no debe confundirse con el capital
“mercantil” que se analizó en el libro II. Tampoco se debe confundir con las funciones
“reales” que desempeña el capital invertido
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en la industria del “transporte,
conservación y distribución de mercancías”, que no son sino “procesos de
producción que persisten dentro del proceso de circulación”. Se trata, pues,
del comercio de mercancías “en forma pura”; o de la función del capital
comercial en cuanto “comerciante”, el cual, una vez independizado y
autonomizado respecto del productor, realiza las operaciones que siempre “deben
realizarse para transformar el capital mercantil del productor en dinero”. En
este sentido, lo que se analiza aquí coincide con el capital mercantil que se
ha de transformar en dinero, pero este M-D del productor se transforma en el
D-M-D’ del comerciante, y ésta es una “valorización especial”, llevada a cabo
por un “agente diferente” que surge de la división social del trabajo y que,
como capital “mercantil actuante”, “adelanta” su propio capital dinerario (en
realidad, una parte siempre estará en forma de capital dinerario, y la otra en
forma de capital mercantil), que sustituye la antigua “reserva dineraria” del
capital industrial para ese fin. El D-M del capital comercial es al mismo
tiempo el M-D del capitalista industrial –para quien el proceso de metamorfosis
resulta ahora “abreviado”–, pero sólo el M-D del primero, esa “segunda venta”,
es la efectiva realización en dinero del capital mercantil.
Aun así, el capital que requiere
la sociedad en su conjunto, para este fin, es ahora “menor” que el que se
requeriría si el industrial estuviera personalmente “a cargo de la parte
comercial de su empresa”, por lo que el capital mercantil en cuanto tal rota
ahora “más rápidamente”. A pesar de eso, el desarrollo de la producción
capitalista puede exigir una magnitud absoluta mayor. Como capital que actúa
“dentro de la esfera de la circulación”, no tiene nada que ver con la creación
o modificación de valor, sino que “constituye una limitación a la creación de
valor”; de forma que sus gastos son “costos necesarios para realizar el valor
de la mercancía”, para transformarlo de mercancía en dinero, o viceversa.
XVII. La ganancia comercial. Por
tanto, el capital dedicado al tráfico de mercancías, despojado de funciones
productivas como el “almacenamiento, transporte, distribución,
fraccionamiento”, tal como aparece con más claridad en el “comercio mayorista”,
no crea valor ni plusvalor, pero sí debe participar en la “ganancia anual
media”, o “nivelación del plusvalor” para convertirse en la ganancia media. No
se apodera de esta parte mediante un “recargo” sobre el valor –que es sólo una
apariencia–, sino mediante la apropiación de una parte de ese valor ya creado y
que él sólo ayuda a realizar. De forma que, si el comerciante aporta 10 más al
capital de 90 adelantado por el industrial, el 20% (por ejemplo) de la tasa de
ganancia bruta de éste (una ganancia de 18) se convierte ahora en un 18% para
ambos, con lo que para el capitalista que explota directamente parece “menor de
lo que es en realidad”. O sea: el precio de producción al cual vende el
industrial al comerciante es menor que el precio de producción “real”, que
ahora está formado por pc + g + gc (donde gc es la ganancia comercial). Y este
margen corresponde al capital total (variable y constante) que se adelanta para
la compra y la venta, el “cálculo”, la “contabilidad, los mercados, la
correspondencia”, y demás costos de circulación “puros” adicionales. Todos
ellos pueden ser realizados también por “agentes comerciales directos del
capitalista productivo”, como compradores, vendedores o viajantes, en cuyo caso
el capitalista industrial será “su propio comerciante” y les pagará a esos
empleados, en realidad, “una parte de la ganancia” (ya sea como salario o como
participación en la ganancia).
Los “asalariados comerciales” del
comerciante son por tanto parte de su capital variable, pero sus ganancias no
son plusvalor creado por esos asalariados –que no lo producen, aunque sí
realicen “trabajo impago” para él y creen para él “apropiación de”, o
“participación en”, el plusvalor–, sino parte del plusvalor de los trabajadores
productivos del industrial que el comerciante no paga a éste, pero éste “le
transfiere”. Ahora bien, la concentración en el “taller comercial”, como algo
diferente de la “oficina” (comercial) de la empresa industrial, no sólo es
grande sino “anterior” a la del taller industrial. Su ([K + B (mías) + b (v)
](1+g)) disminuye socialmente. El problema es v (1+g), que se parece al capital
constante. Su salario es superior al salario medio porque es “trabajo
calificado”, pero tiende a disminuir en relación con esa media y se desvaloriza
relativamente, como consecuencia de la “generalización de la instrucción
pública” y de la mayor “competencia” entre estos trabajadores.
XVIII. La rotación del capital
comercial. Los precios. En este capítulo se ofrecen tres afirmaciones
fundamentales. En primer lugar, la magnitud de la ganancia comercial no depende
de la masa de mercancías que hace rotar sino de la “magnitud del capital dinerario”
adelantado para mediar esa rotación. En segundo lugar, la velocidad de rotación
del capital comercial influye decisivamente en los precios, y parece cargar un
recargo tanto mayor cuanto menor sea el número de rotaciones. La razón es que
una masa de ganancia dada (en función de la tasa general y del capital
comercial adelantado) supone, por ejemplo, un margen del 15% si esa ganancia
sólo rota una vez, pero sólo un margen del 3% si rota cinco veces al año. Esto
conduce al “prejuicio popular” del monopolio, pero en realidad es sólo una
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cuestión técnica, y precisamente
la diferencia en el margen viene exigida por la igualdad (tendencial) en las
tasas de ganancia sectoriales. En tercer lugar, sólo se pueden comprender los
márgenes y tasas de ganancia reales si “los límites del valor y del plusvalor
están dados”. En caso contrario, no hay manera de explicar por qué “la
competencia reduce la tasa general” a un “15% en lugar del 1.500%”; a lo sumo
podría “reducirla a un nivel”, pero sin posibilidad de “determinar ese propio
nivel”.
XIX. El capital dedicado al
tráfico de dinero. Una parte del capital global se separa y autonomiza del
capital industrial y del dedicado al tráfico de mercancías para llevar a cabo
las “operaciones”, funciones, o “movimientos puramente técnicos”, que efectúa
el dinero en la circulación. Las operaciones de “pago”, “cobro”, “cálculos de
balance”, “actos de compensación”, “conservación del tesoro”, “manejo de
cuentas corrientes”..., son también un “costo de circulación” y no un trabajo
que crea valor –su ganancia es una “deducción del plusvalor”–; y también se lo
abrevia socialmente cuando lo lleva a cabo un tipo “específico de agentes”. Las
formas más antiguas del “comercio dinerario” son el “negocio cambiario” y el
comercio de lingotes, y tienen que ver con las funciones del dinero como moneda
nacional y mundial respectivamente. El dinero como “tesoro” (fondo de reserva y
capital en barbecho) se ahorra mediante el desarrollo de este comercio
dinerario, y este desarrollo llega al máximo al dedicarse a comerciar con el
“crédito”, aunque en esta sección no se tiene en cuenta el crédito sino el
comercio dinerario “en forma pura”. Para este capital, no existe ninguna de las
formas particulares de la circulación, aunque podemos decir que se lleva a cabo
D-D’, que no se refiere aquí a los “factores materiales” de la metamorfosis,
sino sólo a sus “factores técnicos”. Igualmente, una parte de esta función la
llevan a cabo, sin división del trabajo, los propios industriales y
comerciantes.
XX. Consideraciones históricas sobre el capital comercial. Es absurdo
considerar a los dos tipos de capital comercial como un “tipo particular de
capital industrial”, “rama” o “esfera particular de inversión”, pues todo
capital industrial desempeña también esas funciones. La apariencia contraria
está influida por la tendencia “apologética” a presentar producción y
producción capitalista como si fueran la misma cosa.
El capital comercial es de hecho
más antiguo que el modo capitalista de producción. Es incluso un supuesto
histórico de éste, en cuanto sirve de medio para “concentrar el patrimonio
dinerario”, y en cuanto la producción capitalista es producción “para el
comercio”. Pero su desarrollo “autónomo” es inversamente proporcional al
desarrollo general de la sociedad, como se ve en el “comercio intermediario” de
ciertos pueblos comerciantes (venecianos, genoveses, holandeses), que se basan,
no en el “intercambio de equivalentes”, sino en el “comprar barato para vender
caro” y en el “saqueo”. Por eso, en los primeros estadios de la sociedad
capitalista sucede al revés que ahora: es el comercio el que domina a la
industria. El comercio, por una parte, tiene una acción “disolvente” sobre los
modos de producción en los que se inserta, pero su efecto sobre éstos depende
de la “firmeza y estructura interna” de los mismos. Por eso, en la antigüedad,
dio lugar a la economía esclavista, y sólo en la era moderna, cuando el “mercado
mundial” constituye la base desde el principio, nos da el modo capitalista de
producción. Los primeros teóricos del modo de producción moderno –los
mercantilistas– sólo analizaron, pues, el fenómeno “superficial” de la
circulación; pero la ciencia económica moderna requiere pasar de la circulación
al análisis del “proceso de producción”.
Sección Quinta: Escisión de la
ganancia en interés y ganancia empresarial. El capital que devenga interés.
XXI. El capital que devenga
interés. Ya sabemos que el capital obtiene la ganancia media tanto si está
invertido “industrialmente” como “comercialmente”. Este valor de uso que tiene
el dinero como “capital potencial”, o medio para la producción de ganancia, lo
convierte por otra parte en una mercancía sui generis, específica. El “capital
como capital” se convierte en una nueva mercancía, y se la vende de un modo
peculiar: se presta capital. En este caso, se duplica el desembolso y el
reflujo, de forma que tenemos: D-D-M-D’-D’. En el “movimiento real”, el capital
sólo aparecía como capital en la producción, en la explotación de la fuerza de
trabajo. Pero el carácter específico de este “capital que devenga interés” (que
quizás podría traducirse más sencillamente como “capital a interés”) es que se
trata de un préstamo de capital (sólo se tratará aquí el caso de capital
dinerario “propiamente dicho”, pero podría instrumentarse también como préstamo
de otro capital fijo o circulante).
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Si en los otros casos se entrega
la propiedad del objeto vendido, pero nunca el valor –que el capitalista
industrial conserva siempre en sus manos–, obsérvese que aquí se entrega a la
vez el valor de uso y el valor. Y con esta cesión (sin equivalente a cambio) se
inicia, pero sin tener nada que ver con ésta, el proceso “real” de reproducción
del capital. Por eso, el retorno aparece ahora como una “forma exterior”, como
un “reintegro” separado del valor prestado. El prestamista, A, entrega el
dinero; pero sólo B, el prestatario, lo convierte realmente en capital, y
precisamente esto último es el “supuesto” del préstamo de dinero como capital.
Por tanto, lo peculiar es ahora que el valor y el valor de uso (la ganancia) de
esta mercancía, el capital, “no sólo se conservan, sino que se incrementan”.
Por ello se paga un precio, que es el “interés”, que no es sino la parte de la
ganancia que corresponde al prestamista, pero que aparece bajo la forma
“irracional” del “precio” del capital dinerario. No obstante, el valor del
dinero (o las mercancías) prestado como capital no se determina por su valor en
cuanto dinero (o mercancías), sino por “la cantidad de plusvalor que producen
para su poseedor”. Y la consiguiente división de la ganancia entre el interés y
el resto se lleva a cabo simplemente por “la oferta y la demanda”, por la
competencia; ya que esta división es algo “arbitrario” –“casual”, puramente
“empírico”, “fortuito”– para lo cual no existe ninguna “ley” ni de la cual se
pueda hablar de una tasa “natural” del interés.
XXII. División de la ganancia.
Tipo de interés. Tasa “natural” del interés. El “límite máximo” del interés es
la propia ganancia (una vez descontados los “salarios de supervisión”, que se
explican luego), mientras que el límite mínimo es “absolutamente indeterminable”.
Esto hace que el nivel del tipo de interés sea “inversamente proporcional” al
nivel del desarrollo industrial, y que venga “regulado” por la tasa general de
ganancia, pero sólo en cuanto máximo, sin que la proporcionalidad inversa sea
estricta. El tipo de interés (i) alcanza su “máximo” durante las crisis
industriales, pero existe también una tendencia a la baja de i “independiente”
de las fluctuaciones de g: primero, porque cada vez hay más gente, los
“rentistas”, que pueden “vivir de los intereses” de capitales acumulados por
sus antepasados; y, en segundo lugar, por el desarrollo y concentración
crecientes del sistema crediticio, que en ambos casos presiona i a la baja.
Téngase en cuenta que, a diferencia de g, que es “relativamente constante” y
sólo “cambia a la larga” y como resultado de un movimiento de “nivelación” de
muchas tasas “particulares”, i es más bien “constantemente fluctuante”, y ello
como resultado de una contraposición “global”, y sin posibilidades de
nivelación, en el “mercado dinerario”, de la masa de “todo el capital
prestable” frente a toda la “masa de capital funcionante” (como capital
industrial “colectivo, en sí, de la clase”). Resulta, pues, de todo ello una
“tasa de mercado del interés” directa e inmediatamente determinada por la
“relación entre oferta y demanda”, entre “prestamistas y prestatarios”.
XXIII. El interés y la ganancia
empresarial. El interés lo crea por tanto la competencia entre “ambas
variedades de capitalistas”, y la división puramente “cuantitativa” de la
ganancia se transforma además en una división “cualitativa”, que “enfrenta realmente”
entre sí a ambos tipos de capitalista (el interés “es una relación entre dos
capitalistas”). Tenemos ahora al capital “en cuanto propiedad”, y frente a él
al capital “en cuanto función”. En contraposición o “antítesis” al interés, el
resto de la ganancia es ahora la “ganancia empresarial”. Y ésta “aparece” –sólo
lo parece, pero la impresión viene reforzada por el hecho de que en realidad lo
prestado puede usarse también como rédito, es decir, para el consumo– como
resultado de la propia “actividad” del capitalista “activo” (industrial o
comerciante), “en contraste con la inactividad” del prestamista, que en cambio
parece nacer sin que haya necesidad de un empleo productivo del capital. La
ganancia empresarial “se le presenta” pues al empresario como resultado de sus
funciones no como propietario sino como “trabajador” (pero “trabajador como
capitalista, es decir, como explotador”); como si fuera un “salario de
supervisión”, y todo esto hace olvidar que se trata en realidad de dos partes
del mismo plusvalor. Además, como las dos partes parecen venir “de dos fuentes
esencialmente diferentes”, la división también surge cuando el empleador de
capital trabaja con su “capital propio”. Sin embargo, debe advertirse que si
todo el capital se hallara en manos de los industriales, no habría interés ni
i. También el interés es anterior al modo capitalista de producción.
Por otra parte, el trabajo de
“supervisión y dirección” es también dual: en la parte en que deberá efectuarse
siempre en cualquier modo de producción, es “productivo”, pero en cuanto sólo
es necesario por basarse en el “antagonismo entre el trabajador y el
propietario”, no lo es, sino que sólo es una “relación de dominación y
servidumbre”, aunque aparezca amalgamada con la otra función. Este trabajo de
los modernos “managers” asalariados, trabajo “calificado” por cierto, está hoy
“deambulando por las calles” y su salario se reduce relativamente cada vez más.
De hecho, las cooperativas demuestran que el capitalista, en cuanto
“funcionario” de la producción, es “superfluo”. Este salario “administrativo”
de los
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directores industriales y
comerciales –una clase ya “numerosa”– aparece “separado” de la ganancia no sólo
en las cooperativas sino también en las sociedades anónimas, donde el “salario
del director” es una parte más del capital variable. Sólo que aparece aquí una
nueva “estafa” a cuenta de toda “una serie de consejeros de administración y
supervisión” para quienes en realidad estas funciones sólo son “un mero
pretexto para esquilmar a los accionistas” y enriquecerse.
XXIV. Enajenación de la relación
de capital bajo la forma del capital que devenga interés. En esta forma, la
relación de capital adquiere su forma “más enajenada y fetichista”, pues todo
aparece borrado en D-D’, con D’ = D + D·i. El capital aparece como la fuente
“misteriosa y autogeneradora” del interés, como una “cosa” o un “atributo” que
recae de por sí en una cosa, como un “fetiche automático” de una cosa, el
dinero, consigo misma, de la misma forma que es atributo del “peral producir
peras”. Esto es, pues, el colmo de la “cosificación” o “inversión” de las
relaciones de producción. El capital, como un “autómata” que crece en la
progresión “geométrica” del interés compuesto: s = c (1+i)n, hace olvidar que
el valor sólo se conserva “en contacto con el trabajo vivo”, y le permite decir
a Price que “un penique, colocado a un interés compuesto de un 5% cuando nació
nuestro Redentor, ya habría aumentado al presente a una suma mayor que la
contenida en 150 millones de Tierras, todas de oro macizo”.
XXV y XXVI. Crédito y capital
ficticio. (XXVI). La acumulación del capital dinerario y su influencia sobre el
tipo de interés. En este análisis, Marx deja de lado el crédito “público”, y
analiza sólo las otras dos ramas del sistema crediticio: el crédito “comercial”
(centrado en las “letras de cambio” como representación del dinero comercial) y
el “bancario” (los billetes de banco, que originalmente no son sino letras del
banco contra sí mismo y al portador). El primero surge de la función del dinero
como medio de pago en la relación entre productores y comerciantes. El segundo,
de la administración centralizada y especializada, por parte de los bancos, del
capital que devenga interés. A partir de aquí, gran parte del texto de esta
larguísima Sección V –que comprende por sí sola más de 350 páginas–, consiste
en meros extractos comentados de diferentes obras de Economía monetaria y
bancaria de la época, o incluso de informes de gobernadores del Banco de
Inglaterra y otros banqueros librados en comisiones parlamentarias y de otro
tipo. Se ve claramente que esta parte de El capital está mucho menos acabada
que las demás, y que el material finalmente editado por Engels proviene casi
directamente de los cuadernos preparados años atrás por Marx, pero que aún
están sin elaborar suficientemente para su ordenada redacción y edición [Por
consiguiente, sólo mencionaremos aquí los comentarios de Marx que se refieren a
su discusión de los principios del Currency Principle y de sus críticos, pero
eludiremos el resumen de otras ideas fáciles que en la actualidad son fáciles
de encontrar en cualquier manual al uso de Economía financiera].
En cuanto al capítulo XXVI, se
citan en él las declaraciones de Norman y Lord Overstone (Samuel Jones Loyd),
dos de los principales banqueros partidarios del principio de la currency. Y
Engels, como editor del libro, “se permite interpolar aquí una observación” que
en realidad es un buen reflejo de lo que sería la posición de los capitalistas
industriales frente a la de los banqueros, ya que explica que la opinión la
extrae de su propia experiencia como fabricante: “Y puesto que especialmente el
señor Loyd-Overstone sólo en casos rarísimos solía adelantar sus fondos sin
cobertura alguna (fue banquero de mi firma en Manchester), resulta igualmente
claro que sus bellas descripciones de las masas de capital que los generosos
banqueros adelantan a los fabricantes carentes de capital, son un tremendo
embuste”.
XXVII. El papel del crédito en la
producción capitalista. En este capítulo se resumen, según
Engels, las observaciones que
Marx ha hecho sobre el sistema crediticio “hasta el presente”:
1) su mediación necesaria en la nivelación de la tasa de ganancia;
2) su contribución a la “reducción de los costos de circulación”: se
economiza, así, dinero al omitírselo en muchas de las transacciones reales, al
acelerarse su circulación o al sustituirlo por papel, y a la vez se acelera la
metamorfosis mercantil mediante el crédito;
3) el efecto de las sociedades por acciones sobre cuatro cosas a su
vez: a) la expansión de la escala de la producción; b) el carácter “social”,
más que privado, de estas empresas; c) la transformación del capitalista activo
en mero “administrador de capital ajeno”, enfrentado a “todos los individuos
realmente activos en la producción, desde el director hasta el último
jornalero”, que es el punto de “transición” necesario para la reconversión del
capital en “propiedad de los productores”; y d) los dividendos que
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pagan estas empresas, que sólo
son “un mero interés” que no participa en la nivelación de la tasa general de
ganancia, y por tanto actúa como una de las contratendencias que “detienen” la
baja de g; y que a la vez en parte “constituye la abolición” del modo
capitalista de producción dentro de sus propios límites, y es una nueva
transición hacia una “nueva forma de producción”;
4) el capitalista puede ahora disponer, gracias a la centralización
de fondos que permite el crédito, del “trabajo social” y arriesgar así, no “su
propiedad”, sino una “propiedad social”, con lo que la expropiación se extiende
aquí hasta los propios “pequeños y medianos capitalistas”. Por último, se
resaltan las “características bifacéticas” del sistema crediticio, que, por una
parte, contribuye al desarrollo material de las fuerzas productivas, pero al
mismo tiempo “acelera” los “estallidos violentos”, las crisis y los “elementos
de disolución” del antiguo modo de producción.
XXVIII. Medios de circulación y
capital. Concepción de Tooke y Fullarton. Estos críticos del principio de la
currency están, según Marx, intelectualmente por encima de sus criticados, pero
no por ello dejan de mezclar los diferentes aspectos del medio de circulación,
en cuanto “dinero”, “capital dinerario en general” y “capital que devenga
interés”. En el primer caso, el dinero simplemente funciona como “moneda”, como
en el consumo de rédito, aunque al mismo tiempo reponga capital para el
vendedor de la mercancía comprada con rédito. En el segundo caso, ya es
adelantado como capital por el comprador. En ambos casos, funciona como “medio
de circulación”. Pero esta diferencia –entre la forma dineraria del rédito y la
forma dineraria del capital–, estos autores la conciben como diferencia entre
“circulación” (o circulante: currency) y “capital”. Además confunden lo
anterior con otros dos problemas: el de la cantidad de dinero que circula
conjuntamente, y el de la proporción en que se llevan a cabo las dos funciones.
Tooke hace la diferencia desde el punto de vista del banquero que emite sus
propios billetes: en cuanto tal, este circulante se distingue de su capital
(tanto propio como ajeno: los depósitos). En relación con la “masa circulante”,
lo dicho en el libro I es de plena aplicación aquí. Y en cuanto a las
proporciones: en “tiempos de prosperidad”, aumenta la parte que sirve para
gastar rédito (“circulación nº 1”), y la circulación de dinero aparece
“colmada”. Los reflujos reales son rápidos y su apariencia persiste cuando los
reflujos puramente “crediticios” empiezan a tomar el relevo de los primeros.
Pero en tiempos de crisis, sucede al contrario: la circulación nº 1 “se
contrae”, y en cambio en la “nº 2”, al disminuir el crédito, “aumenta la
necesidad de préstamos de dinero”.
Fullarton ve esto como una
diferencia entre demanda de “medios de circulación adicionales” y demanda de
“capital a préstamo”. Pero esto no es correcto: no es que en periodos de
estancamiento la segunda crezca, sino que es más “difícil”; y por consiguiente
el crédito se vuelve “escaso”. Otra paradoja la ve Fullarton en que pueda
disminuir el monto de billetes en circulación cuando al mismo tiempo aumentan
las securities (letras y otras formas de crédito), pero esto se explica “muy
simplemente” teniendo en cuenta que el banco puede conceder crédito por medios
puramente contables, abriéndole al cliente A un “crédito en sus libros”, de
forma que éste disponga de él mediante cheques, que luego se compensarán con
cheques de otros bancos en la clearing house. La conclusión es que el crédito
puede aumentar aunque “permanezca constante o disminuya el volumen global de
los medios de circulación”. En cuanto a la controversia sobre si en tiempos de
“estrechez” lo que falta es capital o es dinero, es obvio para Marx que lo que
sobra es capital mercantil (invendible) y a la vez faltan medios de pago
(dinero).
XXIX. Partes constitutivas del
capital bancario. El activo de los bancos se compone, por una parte, de la
“reserva dineraria” –es decir, el “dinero en efectivo, oro o billetes”– y, por
otra, de “títulos y obligaciones”, ya sean éstos letras o títulos públicos. En
cuanto al pasivo, están el capital “invertido por el propio banquero” y el
“capital prestado” o “depósitos” (además de los billetes de emisión propia en
el caso de los bancos autorizados a ello). Por otra parte, ahora cualquier
rédito “aparece” como el “interés de un capital” de una determinada magnitud,
aunque realmente no provenga de un capital, como ocurre en el caso de la deuda
pública o del salario. El capital que recibe intereses de esa deuda pública es
un capital “ficticio” –un “déficit” que aparece como capital– ya que ha sido
consumido o gastado ya por el Estado (aparte de que ese dinero nunca estuvo
destinado a ser gastado como capital). Y es ficticio por mucho que se
multipliquen las transacciones que se realice con esos títulos. Lo que ocurre
es que este capital ficticio se forma mediante “capitalización” de las rentas
regulares futuras esperadas.
Por tanto, dado que el capital no
existe “de dos maneras” simultáneamente, también los títulos privados (es
decir, todo lo que hoy llamaríamos “activos financieros” por contraposición a
los “activos reales”) son capital ficticio (o “imaginario”, o “inexistente”,
como también escribe Marx), y como tal no
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se puede sumar al otro capital –a
la “riqueza de la nación”– como capital adicional, en la medida en que estén ya
contabilizadas las aportaciones de los activos reales que ellos mismos
representan (los títulos son sólo “réplicas de papel del capital real”). Su
valor de mercado no se calcula, pues, como el del capital “real”, sino que es
en parte “especulativo”, pues, como “rendimiento capitalizado” que es,
dependerá de las “entradas esperadas, calculadas por anticipado”. Y estas
“pompas de jabón” crecen y por supuesto “estallan”. Pero lo anterior significa
que la mayor parte del activo bancario es puramente “ficticio” en el sentido
antes señalado, y además “constantemente cambiante” o volátil. Por tanto, “el
banking department podría quebrar, como en 1847, aunque en el issue department”
haya una cantidad enorme de reservas respaldando los billetes en circulación.
La mayor parte de estos activos y pasivos bancarios, diríamos hoy, son sólo
activos financieros (riqueza y deuda al mismo tiempo), pero no constituyen
auténtica riqueza neta del país.
XXX-XXXI-XXXII. Capital dinerario
y capital real. Según Marx, sólo hay dos problemas difíciles aquí. En primer
lugar, ¿es siempre la “plétora”, o “sobreoferta”, de capital dinerario
prestable un indicio de exceso de capital real (productivo y mercantil)? Y
segundo: ¿es su “estrechez” reflejo de una escasez real de capital, o bien de
una escasez de medios de circulación? Esas réplicas del capital real que son
los títulos pueden “cotizar”, y de hecho tienden a subir de valor como
consecuencia de la baja tendencial de i (reflejo a su vez de la baja de g), por
lo que este “patrimonio imaginario” de dinero alcanza proporciones siempre
crecientes. Son otras tantas formas de prestar dinero, pero no son el dinero
que se precisa obtener tanto en el crédito comercial como en el bancario.
Prescindiendo de éste en primer lugar, las letras se conceden con una mano y se
reciben con otra, y su “saldamiento” dependerá del reflujo de capital o de su
“fluidez de reproducción” (proceso de producción y consumo). Pero el sistema crediticio
no elimina la necesidad de pagos “en efectivo” (salarios, impuestos, etc.).
Este crédito comercial crece con el propio capital industrial, y lo que se
presta en él es parte del capital que está en una fase de su proceso de
reproducción, y no “capital ocioso”. El máximo de crédito equivale aquí a la
“ocupación más plena del capital industrial”. En cuanto se produce una
“paralización”, aparecen excedentes de capital industrial, mercantil, fijo; y
el crédito se contrae por ese mismo atasco, por la disminución de la confianza
y porque disminuye la propia demanda de crédito comercial. Se vuelve difícil.
En la crisis, este capital se vuelve “ocioso” porque hay un exceso de capital
productivo. El crédito bancario (o dinerario “propiamente dicho”) no cambia
nada de lo anterior, y por eso tanto Overstone como Tooke creían que los
negocios eran muy sólidos “justamente un mes antes de que estallara la crisis”
de agosto de 1857.
Por tanto, no todo aumento de
capital prestable indica una ampliación de la reproducción verdadera. Puede
darse uno que sólo sea el síntoma de que antiguos tesoros se están convirtiendo
en créditos gracias a la “difusión del sistema bancario”. Pero la coincidencia
en la abundancia de capital prestable y a la vez real se da en dos momentos
diferentes del ciclo. Por una parte, “después de la crisis”, cuando comienza la
mejoría y la confianza, y el tipo de interés está “bajo” pero “por encima del
mínimo” (basta entonces el crédito comercial casi por sí solo). Por otra parte,
cuando i “alcanza su nivel promedio”, en el término medio entre el mínimo y el
máximo del ciclo. Por el contrario, al “comienzo” del ciclo coinciden “bajo
tipo de interés” y “contracción”; y al “término” del mismo coinciden los altos
tipos de interés con la superabundancia de capital industrial. Y, por supuesto,
ningún tipo de legislación bancaria puede “eliminar” la crisis.
Pero la cuestión de las
relaciones entre capital prestable y capital real exige distinguir entre la
transformación de “dinero en capital de préstamo”, y la de “capital o rédito en
dinero” que se transforma en capital prestable. En relación a la primera, Marx
insiste en que en la primera fase (de las 4) el “excedente” de capital
prestable es exactamente lo contrario de una expresión de la acumulación de
capital; mientras que en la segunda coinciden, “pero no es su causa”. Por otra
parte, la masa de capital prestable no sólo no coincide con la masa del dinero
circulante sino que no depende de ésta, ya que en los países desarrollados está
en forma de “depósitos”. En relación con lo segundo, se puede dar un “aflujo
extraordinario” de oro, como por ejemplo sucedió en 1852-53, debido a las
“nuevas minas de oro australianas y californianas”. Por todo ello, una plétora
de capital dinerario en cuanto tal “no expresa necesariamente una
sobreproducción”, y sólo significa que el “dinero se precipita como dinero
prestable”. Y hay que tener en cuenta, además, que aunque todo capital pasa por
la forma dineraria o de capital dinerario, no por ello se convierte en capital
dinerario prestable. Por último, en época de crisis, el capital que se demanda
es fundamentalmente dinero “para pagar” (y no dinero “para comprar”, como en
los periodos de expansión y reanimación). Y esta demanda para pago es (si los
comerciantes y productores ofrecen buenas garantías) simple demanda “de
dinero”; y sólo se transforma en demanda de “capital dinerario” en caso
contrario.
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XXXIII. El medio de circulación
bajo el sistema crediticio. Aunque el “gran regulador” de la velocidad de
circulación del dinero es el crédito, éste no cambia lo principal: la masa de
dinero sigue “determinada por los precios”, con o sin billetes. No son los
bancos emisores los que regulan la masa de billetes “circulantes”, sino que
ésta depende, como la de letras, de las “necesidades del comercio”; de forma
que cada billete superfluo retorna de inmediato a su emisor. De los billetes en
manos del público, una “parte” circula realmente, pero la otra está
“desocupada”, como reserva en los bancos. La proporción entre ambas “varía
constantemente”, y si aumenta la segunda parte eso significa que “abunda el
dinero”, mientras que en caso contrario “escasea”. El tipo de interés no
depende de la cantidad del dinero circulante, sino de la evolución de la citada
proporción durante el ciclo. En la crisis, la circulación de letras “se
paraliza” precisamente porque a nadie le sirven entonces las simples “promesas
de pago”. La emisión de billetes más allá de su “respaldo” real –el “tesoro
metálico” que yace en las bóvedas del banco emisor– es capital “ficticio”. Por
otra parte, en tiempos de “gran estrechez”, el Banco de Inglaterra tiene poder
para “determinar” el i de equilibrio. El sistema crediticio otorga así a “esta
banda parasitaria”, esta “clase parasitaria” que nada tiene que ver con la
producción, un “fabuloso poder”.
XXXIV. El principio de la
currency y la legislación bancaria inglesa de 1844. Este capítulo, elaborado
básicamente por Engels, incluye bastantes pasajes de la Contribución a la
crítica de la economía política, de Marx (1859), y comienza reconociendo a Ricardo
la paternidad de la idea de que, aunque el valor del dinero se determina por el
“trabajo objetivado” en su producción, eso será así “sólo mientras” conserve
una proporción correcta con las mercancías puestas en el mercado. La
depreciación que se daría en caso contrario es, según Marx, uno de los
principales “inventos de Ricardo” que Overstone puso a su servicio por medio de
la legislación bancaria de Sir Robert Peel promulgada en 1844 y 1845”. El
objetivo principal y real de estas leyes era “la elevación del tipo de
interés”, y para ello se dividió al Banco de Inglaterra en un “departamento de
emisión de billetes” y un “departamento bancario”; y su funcionamiento se basó
en la “circulación ideal de papel overstoniana”. Supuestamente, esto permitiría
seguir las leyes de la “circulación metálica”, destinadas a “imposibilitar las
crisis a perpetuidad”, a pesar de que (a lo que llama Marx) el “ditirambo” de
Overstone ante la comisión parlamentaria en julio de 1844 “le respondió la
antistrofa del 12 de noviembre”, por la cual el “gobierno suspendía la
milagrosa ley de 1844 a fin de salvar lo que aún quedaba por salvar”. Algo
parecido creía también el “ecléctico” Stuart Mill, que afirmaba, tan sólo
cuatro meses antes (junio de 1857) de que “estallara la crisis”, que esta ley
“contuvo la sobreespeculación”. Tras recordar que los principales críticos del
principio de la currency fueron Tooke, Wilson y Fullarton, Marx argumenta con
estadísticas que la evolución de los precios es “totalmente independiente del
flujo y reflujo áureos y del tipo de interés”, aunque entre estos últimos sí
exista una “estrecha vinculación”. De hecho, la relación directa entre la masa
de oro monetario circulante y el nivel de los precios mercantiles es sólo una
“vieja patraña”, porque “de hecho” la reducción de la cantidad de oro “sólo
acrecienta el tipo de interés”.
XXXV. Los metales preciosos y el
tipo de cambio. La afluencia de oro a un país alimenta la “reserva metálica de
los bancos”, pero hay que tener en cuenta que no existe una correspondencia
“exacta”, ya que también una parte es “absorbida por la circulación interna” y
otra se dedica al “empleo suntuario del oro y la plata”. Además, dicha reserva
no es lo único que “regula la magnitud del tesoro metálico”, pues también puede
crecer “por mera paralización de las operaciones internas y externas”. La
importación de oro se produce principalmente en dos momentos del ciclo: “en la
primera fase del tipo bajo de interés que sigue a la crisis”, y en aquella fase
en que “aumenta pero aún no ha alcanzado su nivel medio”. Pero el
“perfeccionado sistema crediticio y bancario” genera una “hipersensibilidad” de
todo el organismo económico a estas fluctuaciones cíclicas. No bien “se
conmueve el crédito”, entonces toda riqueza real “debe transformarse súbita y
efectivamente en dinero”. En cuanto a la balanza de pagos y los tipos de
cambio, en realidad no sólo cuenta el comercio: también hay que tener en cuenta
la “exportación de capital” del país, así como los reflujos de “ulteriores
réditos anuales”. Todo ello hace que aunque el oro quede en muy segundo plano
cuando se analiza el capital en general, de hecho se convierta en el “capital
par excellence” en cuanto se trata del sistema bancario. Por eso, ironiza
nuestro autor, el sistema monetarista es “esencialmente católico”, y el
crediticio “protestante”. Pero, así como el protestantismo “no se emancipa de
los fundamentos del catolicismo”, tampoco lo puede hacer el sistema crediticio
en relación con “su base, el sistema monetarista”.
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XXXVI. Condiciones
precapitalistas. Se examina aquí el capital que devenga interés en su “forma
antigua, el capital usurario”, que también pertenece, como el capital
comercial, a las “formas antediluvianas del capital”. Sus dos formas típicas
eran “la usura por préstamo de dinero a nobles dilapidadores, fundamentalmente
a terratenientes”, y la usura “al pequeño productor”; y ambas dieron lugar a la
“ruina” de los primeros y la “expoliación” de los segundos. Por eso, el capital
usurario “causa la miseria” del modo de producción al que se aplica y
“paraliza” sus fuerzas productivas. Así, operó “socavando y destruyendo la
riqueza y la propiedad antiguas y feudales”. En cambio, no puede hacer otro
tanto en el modo capitalista de producción porque las condiciones de producción
y los productores “ya están separados”. A pesar de la “aversión popular” contra
la usura, ésta cumple una función “revolucionaria” como “uno de los medios de
formación” del nuevo modo de producción, y es, “frente a la riqueza consumidora”,
un proceso de “surgimiento de capital” que media, junto al capital comercial,
un patrimonio dinerario “independiente de la propiedad de la tierra”.
Sin embargo, el capital usurario
posee “el modo de explotación” del capital sin su modo de producción –es decir:
junto al comercio, ambos “explotan un modo de producción dado, pero no lo
crean, se comportan exteriormente respecto al mismo”–. Por eso, el desarrollo
del sistema crediticio se lleva en realidad a cabo como “reacción contra la
usura” –y por eso vemos a sir Josiah Child, el “padre de la banca privada
normal inglesa” y de la “especulación bursátil”, declamar en contra del
“monopolio de los usureros” y “en nombre de la libertad de comercio”; o por eso
lanzaron “alaridos de rabia” contra el Banco de Inglaterra “todos los orfebres
y prestamistas pignoraticios”–; lo que nada más significaba la adaptación y
“subordinación” del capital que devenga interés a las “condiciones y
necesidades” del modo capitalista de producción. Por tanto, el prestatario se
ha convertido ahora en una figura completamente distinta, al que se concede
crédito fundamentalmente en su “carácter de capitalista potencial”.
Sección Sexta: Transformación de
la plusganancia en renta de la tierra
XXXVII. Introducción. El punto de
partida aquí es el supuesto de que el arrendatario capitalista de la
agricultura se comporta igual que el gran fabricante industrial; por tanto,
supondremos que el modo capitalista de producción, y sus condiciones, dominan
en todas las esferas: “libre competencia de los capitales, transferibilidad de
los mismos de una esfera de la producción a otra, igual nivel de la ganancia
media, etc.”. La forma “moderna” de propiedad de la tierra –y aquí incluimos
“el agua, etc., en la medida en que tenga un propietario”– se transforma al
contacto con la inversión de capital en la agricultura. Por eso, habla Marx de
la renta sólo “en países de producción capitalista desarrollada”. Pero todo
esto es válido tanto para los productos de origen vegetal y animal (por
ejemplo, el trigo, etc.), como para los de la minería o para los que resultan
de “la utilización del suelo como terreno para la construcción”. La propiedad
presupone el “monopolio de ciertas personas sobre determinadas porciones del
planeta”, y aquí nos ocuparemos de la “valorización de este monopolio” sobre
una “base capitalista”, es decir, una vez que el nuevo modo de producción, que
se encuentra originalmente la propiedad de la tierra en una forma que no se
adapta a él, toma posesión de la misma. Ahora, la “racionalización de la
agricultura” por parte del capitalista arrendatario, y la “reducción de la
propiedad de la tierra ad absurdum”, son los grandes méritos del modo
capitalista de producción. Los agricultores son ahora “asalariados”. Y la
“renta de la tierra” (o “del suelo”) es la forma en que se valoriza esta
propiedad: lo que paga el arrendatario al propietario “por el uso de la tierra
en cuanto tal” (aparte del posible interés por el capital eventualmente
incorporado por éste a la misma; aunque en la práctica, todo cuanto paga el
arrendatario aparece como “arriendo”, como “tasa” o “tributo” por el uso del
monopolio citado). Por cierto, que James Anderson, agrónomo y arrendatario él
mismo, es el verdadero descubridor de la teoría moderna de la renta.
A diferencia de otras formas de
propiedad, la de la tierra se presenta como “nociva” y “superflua” incluso
desde el punto de vista del modo capitalista de producción. La renta puede
confundirse con el interés debido a que “la renta capitalizada de la tierra se
presenta como precio o valor de la tierra”. Pero justificar la propiedad de la
tierra por su coste de adquisición para su dueño sería como justificar la
esclavitud por la misma razón. Por eso, liberales como John Bright se oponen a
ella y se muestran conscientes de que, en su denuncia, “se me acusará de
comunismo”. No debe olvidarse que originalmente el trabajo industrial y el
agrícola está unidos, “no se hallan separados entre sí”. Pero la tierra es como
el resto de las cosas “que no tienen un valor intrínseco”, porque “no son el
producto del trabajo” o, cuando menos, “no pueden ser reproducidas mediante el
trabajo, como las antigüedades, las obras de arte de
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determinados maestros, etc.”;
razón por la cual también a estos objetos se puede y debe aplicar la teoría de
la renta de la tierra.
Los tres principales errores que
deben evitarse en relación con la renta de la tierra son: 1) la confusión entre
las distintas formas de renta que corresponden a diversas fases de desarrollo
de la producción; 2) el olvido de que toda renta es plusvalor, producto de
plustrabajo; 3) y la no consideración de que su monto “no está determinado en
modo alguno por la intervención de su receptor”, sino por el desarrollo del
trabajo social, del mercado para el producto de la tierra, y por tanto por el
crecimiento de la población no agrícola y su demanda. Por tanto, lo “propio”
del capitalismo es que “éste reduzca de continuo la población consagrada a la
agricultura en proporción”, ya que aquí “disminuye de manera absoluta el
capital variable que se requiere para la explotación de una porción determinada
de terreno”. Asimismo, “se desarrolla la capacidad de la propiedad de la tierra
de interceptar [más abajo compara Marx esta interceptación del terrateniente,
convertido a su vez en capitalista, con el “capital que hoza en esos pies
cuadrados como un cerdo entre las papas”] una parte creciente” del plusvalor, y
por tanto de “acrecentar el valor de su renta y el propio precio de la tierra”.
Por último se incluye en este
capítulo una afirmación de alcance para toda la obra de Marx: “Ningún
productor, tanto industrial como agrícola, considerado aisladamente, produce
valor o mercancía. Su producto sólo se convierte en valor y mercancía en determinado
contexto social. En primer lugar, en tanto aparezca como una manifestación de
trabajo social, es decir en tanto su propio tiempo de trabajo aparezca como una
parte del tiempo de trabajo social en general; en segundo lugar, ese carácter
social de su trabajo se presenta como un carácter social impreso a su producto,
en su carácter de dinero y en su intercambiabilidad general, determinada por el
precio.”
XXXVIII. La renta diferencial:
Consideraciones generales. Partiendo de que los productos agrícolas o mineros
se venden a sus precios de producción (es decir, suponemos que el “precio de
mercado”, con sus oscilaciones, viene regulado por el precio “medio”, “precio
regulador de mercado” o “precio de producción de mercado”), la primera pregunta
es cómo puede “desarrollarse una renta” en ese supuesto. Para explicarlo,
compara Marx los efectos, sobre la producción de una rama, del uso (habitual)
de máquinas de vapor, con el uso excepcional por parte de algún productor de,
por ejemplo, una “caída de agua natural”. Éste obtendrá una plusganancia debido
a que su capital funciona “bajo condiciones excepcionalmente favorables”. ¿Por
qué? En primer lugar, una fuerza natural “no es producto del trabajo, y por
ende no tiene valor”, no le “cuesta” nada. Pero Marx no olvida que también
quien usa la máquina aprovecha fuerzas naturales gratuitas (aunque en menor
proporción: la capacidad del agua “de transformarse en vapor (...) la
elasticidad del vapor, etc.”). Por tanto, tiene que haber algo más: “deben
intervenir otras circunstancias modificadoras”. En efecto: en el caso general,
cuando un capital industrial logra una superioridad productiva, “la reducción
del precio de costo y la plusganancia” derivan aquí “de la manera en la cual se
invierte el capital operante”, emanan “del propio capital (lo cual comprende el
trabajo...)”. Pero en el caso que analizamos, no emana del capital ni del
trabajo, sino “de la mayor fuerza productiva natural del trabajo, vinculada a
la utilización de una fuerza natural”, fuerza que es “monopolizable” y
“monopolizada”, y que “sólo se encuentra de una manera local en la naturaleza”,
ligada a “determinadas condiciones naturales de determinadas partes del suelo”,
hasta el punto de que nada cambiaría si “el propio capitalista fuese el
propietario de la caída de agua”.
Por tanto, es ésta una renta
“diferencial”, pero la fuerza natural “no es la fuente de la plusganancia”
porque “el valor de uso en general es el portador del valor del cambio, pero no
su causa”. Por consiguiente, la propiedad de la tierra no crea esta parte de
valor que es el renta, sino que sólo “capacita al terrateniente” para lograr
que “la plusganancia abandone los bolsillos del fabricante y vaya a parar a los
suyos”. La renta capitalizada y convertida en el precio de este recurso natural
no entra en el precio de producción general de la mercancía sino sólo en el
precio de costo individual de este fabricante. Por eso, si los fabricantes que
usan máquinas consiguieran usar una nueva que les permitiera también a ellos
producir con esos mismos costos, “desaparecería la plusganancia” de la que
hemos hablado “y con ella la renta, y por ende el precio de la caída de agua”.
XXXIX. Primera forma de la renta
diferencial (Renta diferencial I). Lo primero que hace Marx aquí es suscribir,
en cuanto a esta RD I, la afirmación de Ricardo de que “la renta es siempre la
diferencia entre el producto obtenido mediante el empleo de dos cantidades
iguales de capital y trabajo”, aunque hubiese debido agregar: “en una misma
cantidad de terreno”. De hecho, también es cierto que “todo cuanto haga
disminuir la desigualdad en el producto (...) tiende a disminuir la renta” (RD
I). Y Marx
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señala también que no se trata
sólo de las causas “generales (fertilidad y ubicación)” del suelo, sino que
también cuentan la “distribución impositiva”, las que nacen del “diferente
desarrollo” en diversas partes del país, o la desigualdad en la que se “distribuye
el capital entre los arrendatarios”. Pero dicho eso, pasa a resaltar “las
particularidades” de su propio desarrollo “a diferencia del de Ricardo”, lo
cual exige llevar el orden siguiente. En primer lugar, trata las diferencias o
“resultados desiguales” nacidos de “cantidades iguales de capital aplicadas a
tierras diferentes de igual extensión”. Hay dos causas generales de estas
diferencias: la fertilidad y la ubicación (esencial ésta en las colonias). La
diferente “fertilidad natural” depende básicamente de diferencias “en la
composición química de la superficie”, que es a su vez una fertilidad
“económica”, en la medida en que viene condicionada por el nivel de la “fuerza
productiva del trabajo” en la agricultura, lo cual exige presuponer cierto nivel
dado de “desarrollo de la agricultura”. Si suponemos que, como resultado de una
determinada secuencia histórica, en el presente existen cuatro tipos diferentes
de suelo, y que el precio de un quintal de trigo son 3 libras (= 60 chelines),
puede resumirse así esta información en el cuadro I.
Cuadro I (precio unitario = 60
chelines)
_____________________________________________________________________________________
Tipos de Producto Producto Capital (K) Ganancia (G) Renta (R)
suelo en quintales en
chelines desembolsado en Q en
ch. en Q en
ch.
(Q) (ch)
_____________________________________________________________________________________
A 1 60 50 1/6 10 – –
B 2 120 50 11/6 70 1 60
C 3 180 50 21/6 130 2 120
D 4 240 50 31/6 190 3 180
_____________________________________________________________________________________
Total 10 600 6 360
_____________________________________________________________________________________
Marx aclara que la secuencia
histórica que ha resultado en este cuadro puede darse de hecho en sentido
“descendente” (ojo: llama así al paso de D a A) o “ascendente” (de A a D), y
por tanto también “de manera alternada”. En el primer caso, pudo ser que el
precio subiera desde 15 a 60 chelines: cuando no bastan los 4 quintales que
producía la tierra D se necesita que entre a producir también la C, luego la B,
etc. En este caso, con el precio “aumentaría la renta y disminuiría la tasa de
ganancia”. Pero es importante, para entender esto, que Marx está razonando como
si a la situación del cuadro 1 se hubiera llegado a través de los tres pasos
intermedios siguientes (que representamos aquí como I’’’, I’’ y I’,
respectivamente y por ese orden, pero que no aparecen expresamente en El
capital):
Cuadro I’’’ (precio unitario =
15)
_____________________________________________________________________________________
Tipos de Producto Producto Capital (K) Ganancia (G) Renta (R)
suelo en quintales en
chelines desembolsado en Q en
ch. en Q en
ch.
(Q) (ch)
_____________________________________________________________________________________
D (y total) 4 60 50 2/3
10 – –
_____________________________________________________________________________________
Cuadro I’’ (precio unitario = 20)
_____________________________________________________________________________________
Tipos de Producto Producto Capital (K) Ganancia (G) Renta (R)
suelo en quintales en
chelines desembolsado en Q en
ch. en Q en
ch.
(Q) (ch)
_____________________________________________________________________________________
C 3 60 50 1/2 10 – –
D 4 80 50 11/2 30 1 20
_____________________________________________________________________________________
Total 7 140 1 20
_____________________________________________________________________________________
Cuadro I’ (precio unitario = 30)
_____________________________________________________________________________________
Tipos de Producto Producto Capital (K) Ganancia (G) Renta (R)
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Laberinto
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suelo en quintales en
chelines desembolsado en Q en
ch. en Q en
ch.
(Q) (ch)
_____________________________________________________________________________________
B 2 60 50 1/3 10 – –
C 3 90 50 11/3 40 1 30
D 4 120 50 21/3 70 2 60
_____________________________________________________________________________________
Total 10 270 3 90
_____________________________________________________________________________________
Puede comprobarse que la tasa de
ganancia neta en conjunto (definida aquí como = (G -R)/Q) pasa de coincidir, en
I’’’, con la del arrendatario de D (es decir, 1/6 = (2/3)/4); a ser luego 1/7
en I’’ (= 1 (=½ + ½) / 7 (4+3)); luego, 1/9 en I’ (= 1 (=1/3 + 1/3 + 1/3) / 9
(=4+3+2)); y, finalmente, 1/15 en I (= 2/3 (=1/6 + 1/6 + 1/6 + 1/6) / 10 (=
4+3+2+1)).
A continuación Marx analiza la
secuencia inversa; luego añade nuevos cuadros en los que en vez de 4 tierras,
aparece un número mayor, y toda una casuística numérica de la que podemos
prescindir aquí, salvo para añadir que en todos los casos puede formarse la
renta diferencial. Pero lo importante es acabar con el supuesto erróneo que
domina el análisis de Ricardo (y Malthus y West): “que presupone necesariamente
un avance hacia suelos cada vez peores, o una fertilidad constantemente
decreciente de la agricultura”. Es decir, para Marx, lo único que se requiere
para RD I es “la desigualdad de los tipos de suelo”, ya sea esa desigualdad
dinámicamente constante, creciente o decreciente.
Otro aspecto general importante
es que el valor de mercado de los productos del suelo “se halla situado siempre
por encima del precio global de producción de la masa de productos”. En el
cuadro I, por ejemplo, el segundo suma 240 chelines, mientras que el primero
asciende a 600 (por tanto, cada quintal se vende a 60, que es un 250% del
precio de producción de 24). Otro es la influencia de la “proporción” que
guardan entre sí las cantidades de las distintas tierras, en primer lugar, y la
de las calidades relativas de las mismas, en segundo lugar: esta incidencia es,
sin embargo, de sentido contrario en ambos casos. Asimismo, Marx define la
“tasa media de renta” como el cociente entre la renta total obtenida y el
capital global empleado; y muestra con detalle que la misma puede aumentar o
disminuir, como asimismo puede hacerlo “el nivel relativo de la renta media por
acre”, que no debe confundirse con la citada tasa. Por último se añaden algunas
afirmaciones más: 1) el precio del suelo no cultivado de cada calidad está
determinado por el precio de las tierras cultivadas de la misma calidad y
ubicación equivalente (pues en ambos casos lo establecen las rentas “futuras”
esperadas para cada unidad de superficie); 2) el avance hacia suelos de peor
calidad sólo puede resultar de un aumento en los precios, es decir, será en
cualquier modo de producción un resultado del aumento de la “necesidad”; 3) sin
embargo, la extensión del cultivo a superficies de terreno mayores no presupone
este aumento de precios, pues “también en la agricultura se verifica
constantemente” la sobreproducción relativa, que “de por sí es idéntica a la
acumulación”.
XL. Segunda forma de la renta
diferencial (Renta diferencial II). Hasta aquí se ha considerado el paso a
cultivos más “extensivos” del suelo; ahora (en RD II) se analiza la
“intensificación” del cultivo, o empleo de mayor cantidad de capital por unidad
de superficie. Las plusganancias y sus tasas se forman igual en ambos casos,
pero no ocurre lo mismo con su transformación en rentas del suelo. Ahora se
estudia esta RD II, pero sobre la base histórica de la existencia de la RD I.
Hay que tener en cuenta ahora las diferencias en la distribución de capital y
en la capacidad de crédito de los diversos arrendatarios. El que los pequeños
campesinos desarrollen en sus parcelas mucha cantidad de trabajo permite a los
arrendatarios, que explotan las suyas mediante asalariados, apropiarse de una
parte de la plusganancia. No obstante esto, se verá que RD II “coincide
intrínsecamente” con RD I, a la vez que la presupone. Sin embargo, la
combinación de ambas puede llegar a ser “complicadísima”, y esto es otro factor
de error en Ricardo, que lo trata “en forma totalmente unilateral y como una
cuestión sencilla”, analizando un solo caso (el caso en que la productividad
decreciente del capital posterior conduce a un aumento del precio de
producción, un descenso de la tasa de ganancia y una RD más elevada). Pero Marx
señala “otros tres casos posibles” de combinaciones de ambos tipos de renta,
cuyo análisis lo lleva a “una diferencia esencial” entre RD I y RD II. Esto se
analiza en los tres capítulos siguientes.
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XLI, XLII, XLIII. [Los tres casos
de] la renta diferencial II: 1) Precio de producción constante;
2) decreciente; 3) creciente. Resultados. Marx desarrolla este
análisis a lo largo de 60 páginas repletas de cuadros, números y detalles.
En el caso 1, son posibles varios
subcasos: a) que el capital suplementario invertido en B, C o D produzca lo
mismo que el invertido en A (en cuyo caso no hay efectos sobre la renta); b)
que en cada tipo de suelo se obtenga un producto suplementario, pero éstos sean
“proporcionales a su magnitud”; c) que el aumento no lo sea “en proporción”,
sino “con una tasa decreciente” (en este caso, la tasa de plusganancia
disminuye, pero su magnitud absoluta aumenta, al igual que ocurría en la
sección tercera de este libro III); d) ídem, pero con una tasa “creciente”.
El caso 2 comprende otros tres
subcasos, según que el precio de producción descienda con una productividad
constante, a la baja o al alza.
En el tercer caso, finalmente, el
texto está íntegramente redactado por Engels (con 24 nuevos cuadros incluidos);
y en ese capítulo, antes de que Marx pase a exponer los “resultados generales”
de la RD, sólo aparece este apunte (casi mnemotécnico, por así decir): “Los
rubros bajo los cuales debe tratarse la renta son los siguientes: A) Renta
diferencial (concepto..., RD I..., RD II..., influencia de esta renta sobre la
tasa de ganancia), B) Renta absoluta, C) Precio de la tierra, D)
Consideraciones finales”. Y en efecto, éste es el orden seguido hasta ahora y
el que se usará en lo sucesivo. En cuanto a los resultados, señala varios,
destacando los siguientes: 1) Mientras los capitales suplementarios generen
“plusproductividad” (aunque sea decreciente), “aumenta la renta absoluta en
grano y en dinero por acre, aunque disminuya relativamente, en proporción al
capital adelantado”; 2) si esa plusproductividad es cero, no se alteran los
niveles de plusganancia ni de renta; si, por último, la plusproductividad es negativa,
estas inversiones acercarán progresivamente “el precio medio individual del
producto global del suelo mejor al precio de producción general”, de forma que
“cada vez entra una parte mayor de lo que constituyó la plusganancia o la renta
en la formación de la ganancia media”.
XLIV. La renta diferencial
también en el suelo peor cultivado. Se analizan aquí tres posibilidades de que
pase a generar renta diferencial incluso la llamada tierra A, que hasta ahora
se suponía que era la tierra que no la generaba. Pero al final tenemos el mismo
resultado siempre: “es el precio de producción medio individual del quarter [lo
que en nuestro resumen he venido llamando hasta aquí “quintal”: DG] en la
producción global (o el desembolso global del capital) lo que decide”.
XLV. La renta absoluta (RA).
Hasta ahora se ha supuesto que el suelo de peor calidad no abona renta. Debe
observarse, primero, que las leyes de la RD son independientes de este
supuesto. Pero en segundo lugar, añade Marx que no es cierto que el precio de
producción del producto de la tierra A (que llamaremos P) sea el precio
regulador final; más bien será P + r (donde r, que será en general distinta de
cero, es la renta que abona el suelo A). Todo lo que se dirá a continuación
sobre la RA no elimina sin embargo las leyes de la RD estudiadas, y por tanto
las magnitudes de RD (I y II) en cada caso serán las mismas que antes.
Obsérvese que el monopolio de la propiedad de la tierra ya estaba presupuesto
en la RD; pero la propiedad de la tierra “en cuanto barrera persiste inclusive
allí donde la renta desaparece en cuanto renta diferencial”. Por tanto, la mera
“propiedad jurídica” del sujeto no crea una renta para el propietario del
suelo, pero “sí le da poder de sustraer su tierra a la explotación hasta tanto
las condiciones económicas permitan una valorización de la misma que arroje un
excedente para él”; sin olvidar que esto sucede tanto en la agricultura, como
en “edificaciones, etc.”.
De lo anterior se desprende que
el precio de estos productos es un “precio monopólico en el sentido corriente
del término”, y que la renta se ingresa “a la manera de un impuesto”; por tanto
este impuesto ingresa en el precio del producto “como un elemento independiente
de su valor”. Por tanto, aunque el precio de estos productos sea superior a su
precio de producción (P + r), todavía podrían seguir siendo inferiores a su
valor (en ciertos casos), si se diera el caso de que el precio de producción
estuviera por debajo del valor (ocurre en los sectores con una composición del
capital inferior a la media). Por tanto, si esto sucede en la agricultura –pues
no se ha desarrollado tanto hasta ahora, en los países avanzados, como la
industria propiamente dicha–, este “exceso”, r, no basta para explicar por sí
mismo la existencia de una RA. Siempre se ha supuesto que “no hay barrera
alguna, o a lo sumo alguna barrera accidental y temporaria, que impida a la
competencia de los capitales” reducir los valores a los precios de producción.
Pero si sucede lo contrario y el capital se topa con “un poder ajeno” –como, en
este caso, la propiedad de
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la tierra, que no permite “nuevas
inversiones” sin percibir “un gravamen”–, a P se sumará una r que podrá ser
mayor o menor que la diferencia entre P y el valor, dependiendo “por completo
del estado de la oferta y la demanda”. En cualquier caso, los productos
agrícolas siempre se venden a un precio monopólico, es decir, “no nivelado” al
precio de producción, lo contrario que “ocurre con los precios industriales”.
Por tanto, en este caso “el encarecimiento del producto no es causa de la
renta, sino que la renta es causa del encarecimiento del producto”.
Por lo demás, las dos formas de
renta estudiadas, RD y RA, son “las únicas normales”; y fuera de ellas, la
renta sólo puede basarse en un “precio monopólico propiamente dicho”, que sólo
viene determinado por “las necesidades y la solvencia de los compradores”.
Asimismo, si la composición del capital en la agricultura fuera la misma, o
mayor, que en la industria, “desaparecería” esta RA en el sentido expuesto (es
decir, como algo que es a la vez diferente de RD y del precio monopólico puro).
Por otra parte, como en la agricultura y la minería, “no se trata sólo de la
productividad social, sino también de la productividad natural del trabajo”, el
aumento de la productividad social podría aquí sólo, o ni siquiera, compensar
una disminución en su productividad natural. Por último, la renta agrícola, en
cuanto RA o precio monopólico, sólo puede ser “pequeña”, y su causa está en la
no nivelación que introduce la propiedad de la tierra. En cambio, en la minería
(o “industria extractiva”), donde predomina necesariamente la baja composición
de capital, debido a que en ella la materia prima “se halla ausente por
completo”, esta RA “desempeña un papel más importante”; y “se requieren
condiciones de mercado favorables en grado sumo para que las mercancías se
vendan a su valor” (éste es el caso en la renta de “pesquerías, canteras,
bosques naturales, etc.”).
XLVI. Renta de solares, Renta
minera. Precio de la tierra. Se trata aquí de generalizar lo que, en caso
contrario, podría parecer como un fenómeno sólo agrícola. Por eso escribe Marx
expresamente que “en todas partes donde las fuerzas naturales sean monopolizables
y le aseguren al industrial que las emplea una plusganancia”, el propietario de
esos recursos interceptará esta plusganancia al “capital actuante”. Por
ejemplo, en “la tierra con fines de edificación” la influencia preponderante es
“la ubicación”, como ocurre en la “viticultura” y en “los solares de las
grandes ciudades”; y otros rasgos característicos son: 1) la “total pasividad”
del propietario; 2) el “predominio del precio monopolista”; 3) “la más
desvergonzada explotación de la miseria” (pues la miseria es para los
alquileres, escribe Marx adelantándose siglo y medio a nuestra época, “una
fuente más lucrativa de lo que jamás lo fueron para España las minas de
Potosí”); y 4) el “poder descomunal que confiere esa propiedad de la tierra
cuando, unida en unas mismas manos con el capital industrial”, permite que una
parte de la sociedad le reclame a la otra “un tributo a cambio del derecho de
habitar la tierra”.
El incremento de la población y
el desarrollo del capital fijo son factores que impulsan el aumento de esta
“renta edilicia”. Y todo esto hace que Marx “suene” especialmente contemporáneo
en estos pasajes: “En las ciudades en rápido progreso, en especial allí donde
la edificación se practica, como en Londres [sustitúyase este toponímico por el
de Madrid, por ejemplo, y tendremos a un Marx asombrosamente cercano], a la
manera fabril, es la renta del suelo y no el propio edificio lo que constituye
el objeto básico propiamente dicho de la especulación inmobiliaria”.
Tras repetir a continuación que
la “renta minera propiamente dicha” se determina exactamente igual que la
agrícola, insiste Marx en que hay que distinguir los casos en que “existe un
precio monopólico de los productos” o bien “del mismo suelo”. Por ejemplo, un
vino que sólo pueda producirse en cantidades muy exiguas (en relación con la
demanda solvente que para él exista) tiene en sí mismo un precio monopolista;
en este caso, es el precio monopolista el que “crea la renta”. El caso
contrario se produciría, por ejemplo, “si los cereales se vendiesen no sólo por
encima de su precio de producción, sino por encima de su valor”. Por su parte,
la renta capitalizada, o precio del suelo, hace que éste pueda ser vendido como
cualquier otro artículo comercial. A quien ha comprado la tierra, esta renta le
parecerá el “interés” que genera su capital, lo mismo que “a un esclavista que
ha comprado un negro”. En ambos casos, el título debe existir antes de
vendérselo, y lo que lo crea “han sido las condiciones de producción”. Por eso,
“desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la
propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan
absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni
siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades
contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus
poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como boni patres
familias [buenos padres de familia], a las generaciones venideras”.
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Por último, analiza Marx las
relaciones entre las variaciones de la renta del suelo y del precio de éste
para concluir que “no es posible deducir sin más de un aumento del precio de la
tierra, un aumento de la renta, ni que de un aumento de la renta, que siempre
trae aparejado un aumento del precio de la tierra, pueda concluirse sin más un
aumento de los productos agrícolas”.
XLVII. Génesis de la renta
capitalista de la tierra. Marx se pregunta aquí por el problema del origen de
esa parte adicional que el capitalista debe pagar al terrateniente “después” de
que los primeros se han repartido ya el plusvalor global de acuerdo con su
capital respectivo (después de haber “nivelado” la ganancia): ¿de dónde surge
este excedente por encima de la ganancia media? Hay que partir de que Petty,
Cantillon y otros autores de la época feudal tendían a identificar la renta
como la forma general del plusvalor; para ellos, no existía, pues, este
problema. Los fisiócratas enfatizaron un punto “correcto”: que toda producción
de plusvalor se basa en “la productividad del trabajo agrícola”; pero, ojo:
esto no es cierto por que el trabajo industrial no sea productivo, sino en el
sentido de que “una productividad del trabajo agrícola que exceda las
necesidades individuales del trabajador es la base de toda sociedad”. Y tras
introducir algunas ideas más sobre esto, en este capítulo pasa Marx a analizar
la transformación de la “renta en trabajo” en “renta en productos”, y de ésta
en “renta en dinero”, para acabar analizando el régimen de aparcería de la
tierra.
Con respecto a la renta en
trabajo, dice Marx que es la forma originaria del plusvalor y coincide con él;
y que en este caso es algo “visible y palpable”. Para hacer “posible” la renta,
el productor directo debe “poseer suficiente fuerza de trabajo” y “las
condiciones naturales de su trabajo”. Pero esta posibilidad no crea la renta,
sino que ésta se debe sólo a la “coerción” que obliga al trabajo a comportarse
de determinada manera y que “convierte la posibilidad en realidad”. La
transformación de la primera en una “renta en productos” no altera “en
absoluto” la esencia de la renta; simplemente supone un nivel cultural
superior, a la vez que una menor separación, en el tiempo y el espacio, de la
parte de trabajo que el productor dedica para sí mismo y para el terrateniente.
En cuanto a la renta “en dinero”, es en primer lugar una “mera trasmutación
formal”; pero en realidad modifica “el carácter de todo el modo de producción”,
ya que ahora, aunque la base siga siendo la de siempre, se vuelven decisivos “la
relación de los costos de producción” y “el excedente”. Pero ésta es la última
forma de la renta y, a la vez, la forma de su “disolución”, porque ya no es
prácticamente lo mismo que la ganancia, como antes, sino un excedente por
encima de ella. Este capítulo acaba con un estudio de esa “forma de transición”
que existe históricamente entre la forma “originaria” de la renta y la “renta
capitalista”, y que se llama la “aparcería” o “medianería”.
Sección Séptima: Los réditos y
sus fuentes
En esta última sección de El
capital, Marx parece sentir la necesidad de volver a ofrecer una visión de
conjunto de mucho de lo expuesto a lo largo de su libro. Resaltemos,
simplemente, que esta perspectiva, que lo hace pasar del análisis de detalle al
esfuerzo de visión general y de conjunto –véase un esfuerzo parecido de
síntesis en los manuscritos de 1863, publicados con el nombre de “Capítulo
sexto (inédito) de El capital”–, hace especialmente valiosas algunas de las
reflexiones y conclusiones que incluye su autor en los capítulos que restan.
XLVIII. La fórmula trinitaria.
Con esta expresión, Marx se burla del dogma cuasirreligioso de la supuesta
“trinidad” de factores creadores de valor. La fórmula “capital-ganancia,
suelo-renta de la tierra, trabajo-salario” (o mejor aun, si se sustituye ganancia
por interés, para que quede “afortunadamente eliminada la ganancia” que aún
recuerda algo al plusvalor), le parece tan coherente como unir los “aranceles
notariales, las remolachas y la música” (es decir: se trata de “una
incongruencia uniforme y simétrica”). Pero el capital no es una cosa, ni son
los medios de producción en cuanto tales, sino la relación social que hace de
éstos algo “monopolizado por determinada parte de la sociedad” y que presupone,
por tanto, cierta forma específica de antagonismo. Por otra parte, y puesto que
todo el valor es trabajo –recuérdese la definición de Marx: es la
transformación de la fuerza de trabajo en trabajo–, el plusvalor, una parte del
primero, “no puede ser tierra”. En cuanto al trabajo sin más, “eximido de toda
sociedad”, sólo es una mala abstracción. Lo que deberían decir estos
trinitarios es que tanto el trabajo asalariado como el capital y la renta de la
tierra son “formas sociales históricamente determinadas”; y, más
específicamente: “la una lo es del trabajo, la otra del globo terráqueo
monopolizado, y ambas, por cierto, son formas correspondientes al capital y
pertenecientes a la misma formación económico-social”.
78
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Decir, en cambio, que “la tierra”
(o los otros dos) “actúa como agente de producción en la creación de un valor
de uso, de un producto material, del trigo”, sí sería correcto, pero sin que
esto tenga “nada que ver con la producción del valor del trigo”. Los
economistas vulgares que defienden esta trinidad ni siquiera se dan cuenta de
que, al decir capital-interés, dicen el “absurdo” de “un valor desigual a sí
mismo”, ya que es “imposible que 100 táleros sean 110 táleros”. Y no hace falta
añadir, a lo ya señalado en el libro I, que la irracionalidad de la expresión
“precio del trabajo” es tan grande como la de hablar de “logaritmos amarillos”.
Por otra parte, se encuentran en
este capítulo hermosos ejemplos de algunas de las tesis más conocidas de Marx.
Por ejemplo, que producir es tanto producir “las condiciones materiales de
existencia de la vida humana” como reproducir, a la vez, las relaciones
sociales que se generan con ello; y que precisamente “la totalidad de esas
relaciones con la naturaleza y entre sí” es “la sociedad, considerada según su
estructura económica”. O que el plustrabajo sigue siendo plustrabajo y trabajo
“forzado” también en la sociedad burguesa, por mucho que en ella “aparezca como
resultado de un libre convenio contractual”, y por mucho que no se deje de
reconocer que “uno de los aspectos civilizadores del capital” es que se
“arranque ese plustrabajo” en condiciones “más favorables para el desarrollo de
las fuerzas productivas” que las de las sociedades esclavista, servil, etc. (y
tampoco esta dimensión debe olvidarse). Además, esto conducirá a una nueva fase
en que la coerción misma desaparecerá, gracias a que se crearán así “las
condiciones materiales y el germen” de las relaciones que harán posible ligar
el plustrabajo de la sociedad con una “mayor reducción del tiempo dedicado al
trabajo material en general”, pues la “reducción de la jornada laboral es la
condición básica” para todo ello. En cierto sentido, la producción para la
satisfacción de necesidades seguirá siendo aún el reino de la necesidad, y no
de la libertad, que sólo puede aparecer “más allá de la esfera de la producción
material propiamente dicha”; pero, por otra parte, “la libertad en este terreno
sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados,
regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su
control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego”, y
también, en que “lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas y bajo las
condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana”.
Hemos visto que el terrateniente
extrae del capitalista una parte del plusvalor que éste extrae del obrero. Si
el capitalista funciona como “una perenne máquina extractora de plustrabajo”,
el suelo es un “perenne imán” que le succiona al primero una parte del mismo.
Pero, como se vio en el libro I, el trabajo solo es el “formador de valor”; y
que haya una distribución posterior de dicho valor, entre los distintos
preceptores de rentas, no cambia esto para nada. El que los capitalistas y los
economistas no puedan entender nada de lo anterior se debe a que se dejan
llevar por las apariencias que brillan en la superficie del mundo de la
economía, entre las que Marx señala varias. 1) El primer factor en este proceso
de “distorsión” o “encantamiento” sucede en el propio “proceso directo de
producción”, pues ya se vio que, en él, las “conexiones sociales del trabajo
aparecen en el proceso laboral directo como desplazadas del trabajo al
capital”, que ya así empieza a volverse un “ente místico”. 2) Luego se interpone
el “proceso de circulación”, debido a la doble influencia de dos
circunstancias: las “ganancias sobre la enajenación” y el “tiempo de
circulación”, que parecen incidir sobre la creación de valor. 3) En tercer
lugar, también influye “el proceso real de producción como unidad” de los dos
anteriores: esto se manifiesta en la transformación del plusvalor en ganancia,
de la tasa de plusvalor en tasa de ganancia, y de los valores en precios de
producción; con todo ello, la influencia del trabajo en los precios sólo se
produce a través de su “movimiento” y no directamente en su magnitud, pues
además se realiza una ganancia que es “divergente” de la ganancia media, por
varias razones, y entre ellas porque “se ubica la renta de la tierra como
límite de la ganancia media”.
En la mistificación trinitaria se
amalgaman sin sentido “relaciones materiales de producción con su determinación
histórico-social”. Y precisamente es un mérito de la economía clásica el haber
disuelto, aunque sólo “parcialmente”, esta “religión de la vida cotidiana”;
sólo parcialmente, porque estos autores siguen prisioneros de contradicciones e
inconsecuencias, aunque vayan más allá de la simple “traducción didáctica” que
llevan a cabo los economistas vulgares de los intereses de la burguesía. Estas
mistificaciones no eran tan grandes en formas económicas precapitalistas, pues
en ellas sólo se veía afectado el ámbito limitado del dinero y del capital a
interés.
XLIX. Para el análisis del
proceso de producción. Al analizar el capital social global, no cuenta la
distinción entre valores y precios de producción, por lo que aquí Marx
prescinde de ella y se ocupa sólo de la siguiente dificultad. Si suponemos que
no hay acumulación y que, por tanto, todos los réditos se
79
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consumen, la dificultad es doble:
1) el valor en el que se consumen los réditos incluye una parte de capital
constante (C), que no es un
rédito: ¿cómo es posible que s + g + r (salario + ganancia + renta) pueda
comprar s + g + r + C?; o, dicho
de otra manera: “¿quién ha de pagar, y con qué?”; 2) además, todo el C que se
consume en la producción hay que reponerlo in natura y en valor: ¿quién ejecuta
el trabajo que se necesita para reponer ese valor? Todo lo cual sirve para
volver a repasar el dogma de Smith y los esquemas de la reproducción. Y para
concluir que el origen del problema es múltiple. Por una parte, no se comprende
la “relación fundamental entre capital constante y variable”; por otra, que el
trabajo, además de crear valor, “conserva el antiguo valor en forma nueva”.
Tercero: no se comprende la conexión del proceso de reproducción global. Por
último, que no “se modifica la ley del valor” por el hecho de que los precios
de producción diverjan de los valores, aunque se pueda comprender cuál es el
origen de este quidproquo que genera la apariencia de que el valor procede de
sus componentes (como “suma” de los mismos).
En cuanto a la solución positiva
del problema, hay que empezar reconociendo que “una parte del valor del
producto” no es “ningún producto de ese trabajo nuevo agregado, sino capital
constante preexistente y consumido”; que la parte de los productos en que se
representa esa parte de valor “tampoco se transforma en rédito sino que repone
in natura los medios de producción; y que la parte de valor nuevo agregado “no
se consume in natura como rédito, sino que repone el capital constante en otra
esfera”. O dicho de otra manera: lo que se transforma en capital no es la
ganancia en cuanto tal, sino que sólo se quiere decir con ello “que el
plusvalor y el plusproducto no son consumidos individualmente como rédito por
el capitalista”.
L. La apariencia de la
competencia . Prescindiendo ahora de la parte C, de lo que se trata es de
distinguir otra cosa: es correcto decir que el valor nuevo “se resuelve”
siempre en salario, ganancia y renta (o que éstos son “partes” de aquél), pero
sería “falso” decirlo a la inversa: “que el salario, la tasa de ganancia y la
tasa de renta forman elementos constitutivos autónomos de valor”. Por tanto, la
magnitud del total es previa e “independiente de su descomposición”. Tampoco la
transformación de valor en precio modifica nada a este respecto, pues “el
recargo del 20%” que, por ejemplo, constituye la tasa de ganancia –y esto,
siendo fundamental, no suele ser comprendido ni siquiera por los excedentistas
modernos que insisten en las teorías clásicas objetivas del valor– “está
determinado a su vez por el plusvalor que genera el capital social global y por
su proporción con el valor del capital, y por eso es del 20% y no del 10 o del
100” (énfasis mío: DG). A su vez los precios de mercado pueden oscilar por encima
o por debajo de estos precios de producción, pero los “límites relativamente
estrechos de las divergencias” son “sorprendentemente” pequeños, limitándose a
la RD y la RA, los precios monopólicos, etc. Por tanto, “la competencia sólo
puede nivelar desigualdades en la tasa de ganancia”, pero para nivelarlas la
“ganancia debe existir ya como elemento del precio mercantil”; es decir, “la
competencia no la crea”. Y por dos veces más, vuelve Marx a preguntar por qué
esa ganancia es del 20% en concreto, y no del 10% o del 100% o de cualquier
otra cuantía; y por qué el precio es 10, 20 ó 100, etc. Además, aunque se hable
de un “recargo”, hay que explicar por qué ese recargo es de esa magnitud, y no
de otra. Sin embargo, la actitud de los economistas puede resumirse así: “la
competencia debe encargarse de explicar todas las faltas de lógica en que
incurren los economistas, mientras que, por el contrario, son los economistas
los que tendrían que explicar la competencia”.
Los economistas ven ciertas
conexiones y recurren a la simple experiencia, pero “lo que no muestra la
experiencia es la causa oculta de esa conexión”; o bien no entienden que “la
causa puede presentarse como efecto, y el efecto como causa”. El secreto último
de por qué lo que es una simple descomposición del valor entre partes aparece,
o se representa, como una adición, estriba en esto: la reproducción del sistema
es constante, y esto hace que “sus presupuestos” aparezcan como “sus
resultados”.
LI. Relaciones de distribución y
relaciones de producción. Hay al respecto varias posiciones. Para la concepción
habitual, las relaciones de distribución aparecen simplemente como “naturales”.
Para un segundo punto de vista, más evolucionado, por ejemplo el de Stuart
Mill, hay que hacer una distinción: las relaciones de distribución son
“históricas”, pero en este caso lo que parece “natural” son las relaciones de
producción. Sin embargo, para Marx, hay que criticar, no una, sino las dos
posiciones anteriores, partiendo de lo siguiente: que ambos tipos de relaciones
son “históricas”, y que finalmente “las relaciones de distribución son
esencialmente idénticas a esas relaciones de producción”, porque son sólo su
“reverso”. El mero hecho de que exista capital ya presupone a su vez “una
distribución: la expropiación a los obreros de las condiciones de trabajo”, y
su concentración y propiedad exclusiva en la clase
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capitalista. Pero el propio
“capital” significa a su vez dos cosas: 1) “que ser mercancía es el carácter
dominante y determinante de su producto”; 2) que la producción de plusvalor es
“el objetivo directo y motivo determinante de la producción”, y sólo esto
conlleva la tendencia acuciante a reducir el trabajo necesario a un mínimo.
Por tanto, el trabajo asalariado
no es el determinante del valor directamente, sino “en la medida en que sólo
sobre esta base la producción mercantil se convierte en la forma general de la
producción”; ahora bien, en la determinación del valor, de lo que se trata es
del “tiempo social del trabajo en general, de la cantidad de trabajo que tiene
a su disposición la sociedad en general y cuya absorción relativa por los
diferentes productos determina, en cierta medida el respectivo peso social de
éstos”. Todo el problema procede de confundir e identificar el proceso de
producción “social” con el proceso “simple de trabajo, tal cual debiera
ejecutarlo también un hombre anormalmente aislado”. Esto impide comprender el
“conflicto entre el desarrollo material de la producción y su forma social”.
Impide incluso comprender que precios y producciones funcionan como lo que los
matemáticos contemporáneos llaman un problema dual, y que “todo el proceso de
producción capitalista, además, está regulado por los precios de los
productos”. Y que a su vez –y esto lo ha desarrollado Rubin mejor que nadie a
partir de Marx– “los precios de producción reguladores están regulados por la
nivelación de la tasa de ganancia y la distribución del capital,
correspondiente a ella, en las diferentes esferas de la producción social”.
Esto significa, por tanto, que la ganancia no es un factor principal “de la
distribución”, sino “de la producción misma” (énfasis mío: DG), y ello “como
factor de distribución de los capitales y del trabajo mismo en las diferentes
esferas de la producción” (es decir, lo que modernamente se llama “el mecanismo
de asignación económica”).
XLII. Las clases. Es bien
conocido que el manuscrito de Marx se interrumpe a los pocos párrafos de
iniciar este capítulo 52 y último de El capital. En él, tras afirmar Marx que
las tres clases principales señaladas por los economistas clásicos –asalariados,
capitalistas y terratenientes– no se articulan de forma pura “ni siquiera en
Inglaterra”, se hace una pregunta que deja al lector con una tremenda
curiosidad de seguir más allá. Escribe: “La próxima pregunta a responder es
ésta: ¿qué forma una clase?”. ¿Por qué son las tres citadas las “tres grandes
clases sociales” (tres, pero reducidas por él a dos, en realidad, en el modelo
teórico que se incluye en El capital)? Piense el lector en todo lo que ha sido
dicho a lo largo de este libro y encontrará realmente la respuesta; y, si no la
respuesta completa, al menos el camino correcto hacia donde dirigir la mirada y
la introspección en la búsqueda de esas respuestas.
Laberinto
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