© Libro N° 11158.
El Pensamiento Económico Neomarxista. Guerrero,
Diego Jiménez. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
El Pensamiento Económico Neomarxista. Diego Guerrero Jiménez
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Guerrero Jiménez
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL PENSAMIENTO ECONÓMICO NEOMARXISTA
Diego Guerrero Jiménez
El
Pensamiento Económico Neomarxista
Diego
Guerrero Jiménez
1.
Introducción
La idea
de pensamiento «neomarxista» implica siempre una novedad respecto de algún
«marxismo» anterior que sirve de referente. En el pensamiento económico el
neomarxismo significa, antes que nada, un conjunto de aportaciones centradas en
las tesis del capitalismo monopolista, el subdesarrollo y el intercambio
desigual. Las figuras centrales son muchas, pero el núcleo del neomarxismo se
asocia mayoritariamente con las figuras de Baran y Sweezy (apartados
3 y 4). Hay un pensamiento económico neomarxista en sentido más amplio:
mencionaremos la concepción que tiene Schumpeter del
neomarxismo, la idea del marxismo «keynesiano» (y kaleckiano), y las de varias
corrientes que intentan compatibilizar las ideas marxistas con las procedentes
de otras escuelas; más allá del marxismo keynesiano: las corrientes
regulacionista, radical, sraffiana y el marxismo analítico (apartado 2).
2.
Diversos significados secundarios del neomarxismo
La
concepción «cronológica»
Citemos
en primer lugar la interpretación más bien «cronológica» o «generacional»
implícita en la Historia del análisis económico de J.
Schumpeter. Para Schumpeter los neomarxistas son los
marxistas de la segunda generación, es decir, los que escriben tras la muerte
de Engels (1895), en especial en las primeras décadas del
Siglo XX, y para «ejemplificar» lo dicho señala que los autores más importantes
de esta corriente son los de la generación citada: Rosa Luxemburg,
Rudolf Hilferding, Otto Bauer y Heinrich Cunow, a los que añade, de una
generación posterior, Henryk Grossman y Fritz
Sternberg (Schumpeter 1954, páginas 962-963). Para Schumpeter,
las obras de estos autores «apuntan a un objetivo que todos los
neomarxistas comparten a pesar de sus violentas polémicas. Como identificaban,
según el auténtico espíritu marxista, el pensamiento y la acción, la teoría y
la política, les interesaban principalmente las partes del sistema marxista que
tienen o parecen tener importancia directa para la táctica socialista, durante
lo que esos autores creen, la última fase —fase “imperialista”— del
capitalismo. Por eso no les interesaba gran cosa la dialéctica hegeliana, ni la
teoría del valor-trabajo, ni la cuestión de si es o no es posible transformar
los valores de Marx en “precios de producción”, sin alterar la
suma total de plusvalía. Les interesaba, en cambio, mucho el “imperialismo”[1] y
el problema del hundimiento o crisis general del capitalismo y, por lo tanto,
la teoría de la acumulación, de la crisis y de la pauperización» (ibídem,
páginas 963-4).
Para Schumpeter,
tras el neomarxismo se produce un «renacimiento marxista» que intenta, por una
parte, «revitalizar precisamente la economía pura de Marx, sumando
así sus fuerzas a las de los neomarxistas supervivientes» de la época anterior,
y por otra parte intenta «keynesificar a Marx o […] marxistizar a Keynes»
(ibídem, páginas 966-7).
El
marxismo keynesiano
Una
segunda concepción del neomarxismo ve en él una efectiva renovación (para bien
o para mal) de los contenidos del marxismo, posición que va mucho más allá del
ámbito puramente económico, desde la sociología a la estética y desde la teoría
política al psicoanálisis[2]. En el
ámbito económico se suele ver una renovación así en el «marxismo keynesiano»,
que, para muchos, es un fructífero neomarxismo basado en la fusión de las
mejores aportaciones de ambas corrientes. Algunos keynesianos presentaron
a Marx como un buen complemento de las teorías keynesianas.
Éste es, especialmente, el caso de Joan Robinson, quien, a pesar de
rechazar la teoría del valor de Marx y su teoría de la
tendencia descendente de la tasa de ganancia, se alinea con Kalecki en
su apreciación global de la obra de Marx, lo que la lleva a afirmar
que «el método de Marx proporciona la base del análisis de la demanda efectiva
», y que «los economistas académicos, debido a su desprecio por Marx, han
malgastado mucho tiempo en redescubrir dicho análisis por ellos mismos» (Robinson,
1941, página 240). Otros keynesianos radicales han seguido a Robinson,
casi sin excepción, y son considerados habitualmente como los formuladores de
una forma keynesiana de marxismo. Es el caso de Paul Sweezy o Maurice
Dobb, quienes pueden ser considerados como un tipo de críticos de Keynes que
«no negaron los postulados analíticos centrales de la Teoría
General, a saber, que la causa principal de las crisis económicas era
una demanda efectiva insuficiente, y que la política fiscal podía arreglar las
cosas (al menos en principio)» (Howard y King 1992, página 102).
La
crítica de este marxismo keynesiano, sin duda hoy en día mayoritario[3] dentro
del marxismo teórico y sobre todo político, se ha ligado sobre todo con el
principal discípulo de Grossman, Paul Mattick, y
discípulos de éste como Mario Cogoy, pero se extiende bastante más
allá de esta escuela. Los argumentos son varios.
— En
primer lugar, el origen de la tendencia a la crisis no es el subconsumo ni
ningún otro problema de realización del valor de las mercancías producidas por
el capital. El problema es que los beneficios obtenidos por los capitalistas en
su conjunto son insuficientes porque el plustrabajo que se extrae a los
trabajadores no basta para rentabilizar un volumen de capital que crece más
rápidamente que las ganancias, debido al progreso técnico ahorrador de trabajo,
típico del capitalismo. Se trata, pues, de un problema que surge en el ámbito
de la producción, y no en los de realización o distribución de capital. En su
crítica a Joseph Gillman (1957), que comparte y en parte
anticipa las ideas de Baran y Sweezy, Mattick condena
la idea de la «superabundancia de la plusvalía», una plusvalía que «no puede
ser realizada como capital nuevo y tampoco puede ser realizada
en forma de consumo a causa del antagónico sistema de distribución capitalista»
(Mattick, 1969, página 94).
— En
segundo lugar, lo que Mattick y otros economistas marxistas
critican de los planteamientos contrarios es la idea de que la superación de la
crisis está al alcance de las políticas expansivas de tipo keynesiano; para
ellos la intervención estatal no puede hacer nada frente a un problema de
rentabilidad que va íntimamente ligado a las tendencias estructurales de la
acumulación y la sobreacumulación de capital, problemas que tienen su origen en
la forma capitalista adoptada por el cambio técnico y, en último término, en la
ley del valor descubierta por Marx.[4]
Por
último, es posible identificar a otros grupos de autores que cabría etiquetar
como neomarxistas en un sentido aún más vago e indeterminado, y para muchos muy
discutible. Lo que tienen en común todos ellos es que, aun manteniendo alguna
conexión con el marxismo, van más allá en varias direcciones, y siempre en el
sentido de considerarse herederos al mismo tiempo de otras ideas, ya sean
institucionalistas, historicistas, radicales o incluso neoclásicas. Nos estamos
refiriendo a los regulacionistas, los radicales, los sraffianos y los marxistas
analíticos[5].
3. El
capitalismo monopolista
Vistos
los significados aproximativos del concepto neomarxista del apartado anterior,
podemos adentrarnos ahora en su significado más cabal. En este sentido, «el
enfoque neomarxista hunde sus raíces en el debate sobre el imperialismo
que agitó los círculos marxistas durante la década de 1920 tras la publicación
de los libros de Lenin sobre el desarrollo del capitalismo en
Rusia, en 1899, y sobre todo sobre el Imperialismo, en
1917» (Boillot, 1988, página 430). En el Imperialismo Lenin plantea
por una parte la cuestión de la definición del imperialismo como la «fase
monopolista» del capitalismo, y por otra parte la tesis de que las colonias y
los países menos desarrollados no pueden desarrollarse si no se emancipan del
orden económico mundial capitalista. Ésta es la doble tesis que adoptarán
muchos marxistas leninistas, tanto en el Este como en el Oeste, y que empiezan
a defender en Estados Unidos desde los años cuarenta autores como Paul
Sweezy y Paul Baran, así como la escuela que surge
entonces en torno a la Monthly Review, impulsada por el
propio Sweezy. Por esta razón a Baran y Sweezy se
les considera en muchos ámbitos los fundadores del neomarxismo y, en cierta
medida, de la escuela de la dependencia, identificándose el neomarxismo como
una «revisión del marxismo clásico» definida por tres rasgos
fundamentales: i) la idea de que el capitalismo ha cambiado
desde la aparición de los monopolios; ii) la tesis de que el
subdesarrollo no es un estado de cosas sino el resultado de un proceso por el
que el capitalismo penetra como un virus que desagrega las capacidades de
desarrollo y produce subdesarrollo; iii) la convicción de que
el socialismo sigue siendo el horizonte que se presenta como única alternativa
a estas tendencias (Boillot, 1988, página 430).
El
problema es que, a este respecto, las tesis de Lenin, luego
adoptadas por tantos seguidores, difieren completamente de las de Marx.
Para éste, es «en los comienzos de la industria […] cuando la
competencia era limitada y, por lo tanto, existían precios de monopolios
en todas las industrias», de forma que «el excedente del precio de mercado
sobre el precio real era aquí constante» (Marx, 1857, II, página 330). Esta
contraposición entre las tesis de Lenin y Marx es
captada por los mejores estudiosos de Marx. Por ejemplo, Mandel muestra
cómo para éste, tras sus primeras ideas juveniles en sentido contrario,
el «natural price va siendo cada vez más la regla, mientras el
precio de monopolio que se separa fuertemente de ese natural
price va siendo cada vez más la excepción» (Mandel, 1967, páginas
46-47). Incluso los propios Baran y Sweezy son
perfectamente conscientes de que Marx, «como los economistas
clásicos antes que él», consideró los monopolios «no como elementos esenciales
del capitalismo sino más bien como un remanente del pasado feudal y
mercantilista», razón por la cual «Marx anticipó el derrumbe del capitalismo
[…] dentro del sistema en su fase competitiva» (Baran y Sweezy, 1966, páginas
9-10).
La libre
competencia de capitales
La
competencia realmente existente es, para Marx, la libre competencia
de los capitales. Aunque no podemos extendernos aquí[6], esto no
tiene nada que ver con el modelo de competencia perfecta de los manuales
neoclásicos, pero tampoco tiene que ver con los modelos de competencia
imperfecta (en particular, el monopolio) de esos mismos manuales. Ni monopolio
ni oligopolio ni competencia imperfecta ni ninguno otro de esos modelos suponen
alternativa teórica real alguna a la competencia perfecta, porque todos ellos
comparten con el modelo de referencia los supuestos económicos básicos,
fundamentalmente la suposición de que la técnica usada en la producción es
idéntica para todos los que compiten en cada rama productiva[7].
Sin
embargo, la mayoría de los marxistas no siguen a Marx en esta
concepción sino que defienden otra cosa. No tienen ninguna teoría de la
competencia, sino que se han dejado arrastrar por la simple ideología
antimonopolista y la caricatura del monopolio como representación del mal.
El
monopolio según los marxistas
Como
decimos, los marxistas, empezando por Engels[8], Hilferding y Lenin,
abandonan la idea de Marx y la sustituyen por otra muy
distinta. Hilferding dedica la tercera parte de su libro
(1910) a la cuestión de «El capital financiero y la limitación de la libre
competencia», pero ya desde la introducción retoma la idea de Engels acerca
de la «sustitución» progresiva de la competencia por el monopolio, que él
transforma en la «abolición» de la primera[9]. Hilferding inicia
así la larga tradición que hasta hoy pretende distinguir entre un capitalismo
decimonónico, supuestamente de libre competencia, y un nuevo capitalismo del
Siglo XX, dominado por los monopolios. Para él:
«Cuando
las asociaciones monopolistas eliminan la competencia eliminan con ella el
único medio con que pueden realizar una ley objetiva de precios. El
precio deja de ser una magnitud determinada objetivamente; se
convierte en un problema de cálculo para los que lo determinan voluntaria y
conscientemente; en lugar de un resultado se convierte en un supuesto; en
vez de algo objetivo pasa a ser algo subjetivo; en lugar de algo
innecesario e independiente de la voluntad y la conciencia de los
participantes se convierte en una cosa arbitraria y casual» (Hilferding,
1910, página 251; énfasis añadido).
Hilferding es
consciente de lo lejos que ha llevado su apuesta contra la teoría del valor
de Marx, hasta el punto de que «la realización de la teoría
marxista de la concentración, la asociación monopolista, parece convertirse así
en la eliminación de la teoría marxista del valor» (ibídem).
También Lenin escribe
sin verse obligado a demostrar nada, ya que para él concentración y monopolio
parecen una misma y única cosa por definición. Lenin se remite
a bastantes autores que habían hablado antes de esta tendencia, y usa y abusa
del argumento de autoridad. Por ejemplo, le basta con una cita de Hermann
Levy, en su obra Monopolios, cárteles y trusts, para
concluir que «en el país del librecambio, Inglaterra, la concentración
conduce también al monopolio» (ibídem, página 386). Pero es
muy significativo que escriba que «los economistas publican montañas de libros
en los cuales describen las distintas manifestaciones del monopolio y siguen
declarando a coro que “el marxismo ha sido refutado”» (ibídem, página 387). Así
demuestra que para los economistas estaba clara la relación inversa, y no
directa, entre monopolio y teoría de Marx.
La
aportación de Baran y Sweezy
En
su Teoría del desarrollo capitalista (1942), Sweezy combinó
una teoría de la sobreacumulación para explicar las crisis cíclicas con una
teoría subconsumista que pretendía explicar la tendencia al estancamiento
secular, inspirada esta última en el célebre modelo de Otto Bauer,
que en buena medida es un antecedente del de Harrod. Sweezy creía
que la depresión era un problema crónico para el capitalismo y el punto hacia
el que éste tenderá, a no ser que aparezcan ciertas tendencias
contrarrestantes, como el consumo improductivo y la creación de demanda por
parte del Estado. Sin embargo, como el capitalismo ha entrado en una nueva
fase, la monopolista, aparece un nuevo problema, y es que los monopolistas
invertirán menos que los capitalistas de la época competitiva[10], con lo
que reaparecen así las tendencias estancacionistas que nacen de la
insuficiencia de demanda efectiva.
A
diferencia de otros marxistas como Preobrazhenski y Moszkowska,
que habían llegado antes que él a las mismas conclusiones, las ideas
de Sweezy revelan la influencia de la teoría burguesa
contemporánea, en especial de E. Chamberlin y su competencia
monopolística, y de Joan Robinson, que compartía con Chamberlin la
idea de que las empresas operan, en el equilibrio, con un exceso de capacidad
instalada.
Por su
parte, Baran se había formado en las ideas marxistas tanto en
su Rusia natal (donde trabajó con Preobrazhenski) como en Alemania,
donde colaboró con Friedrich Pollock en la Escuela de Frankfurt y
en donde comenzó a preguntarse por la racionalidad del capitalismo como
forma social y no solo en términos estrictamente económicos. Como algunos han
señalado, esta última influencia se mostraría decisiva para que el marxismo
estadounidense dirigiera su «atención a las dimensiones cultural e ideológica
del trabajo, la educación y la vida familiar» (Howard y King, 1992, página
114). Pero la principal aportación de Baran es el concepto de «excedente
económico», idea central de su libro The Political Economy of
Growth (1957).
El
problema con este concepto es que no es uno sino varios (véase Stanfield 1973):
el «planeado», el «efectivo» y el «potencial»[11]. El
concepto de excedente potencial es crucial por dos razones; primero porque es
un instrumento útil para el análisis crítico de la sociedad actual, que muestra
que el producto y el nivel de vida serían mayores, y el desempleo menor, si no
fuera por el despilfarro característico del capitalismo monopolista de los
países desarrollados; y, en segundo lugar, porque dicho concepto permite lo que
cree una nueva y mejor formulación de la teoría subconsumista, ya que, en su
opinión, aunque los beneficios y ahorros reales pueden no haber aumentado en el
tiempo como proporción de la renta nacional, sus magnitudes potenciales sí lo
han hecho. Precisamente, la brecha entre ambos significa que el excedente es
absorbido por el exceso de capacidad y por el consumo improductivo. El
creciente despilfarro es por tanto la prueba más evidente de las tesis del
subconsumismo, pues sin él el estancamiento y la crisis serían evidentes.
Con los
materiales elaborados por Sweezy y Baran en
sus respectivos libros —el subconsumo y el análisis de la empresa
monopolista por parte del primero, y el excedente potencial y los límites de la
intervención estatal debidos a Baran—, solo le quedaba al libro de
ambos, El capital monopolista (1966), un ingrediente para que
su teoría quedara completa: la «ley del excedente creciente». Sin embargo, en
este caso el excedente aparece como un cuarto concepto, igual a «la diferencia
entre lo que una sociedad produce y el coste de producirlo». Dicha ley —una ley
que «invita inmediatamente a compararla con la clásica ley marxista de la
tendencia a la disminución de la tasa de utilidad» (tasa de ganancia)—, afirma
que «hay una tendencia fuerte y sistemática del excedente a subir en términos
absolutos y en proporción al producto total» (Baran y Sweezy, 1966, página 67).
Baran y Sweezy toman
como punto de partida a la gran empresa o «corporación gigante» y señalan que
la relación entre ellas es de competencia, pero no competencia en los precios
sino de otro tipo, basada en la colusión tácita entre ellas. Pese a las
diversas formas de colusión (por ejemplo el liderazgo de precios analizado
por Arthur R. Burns) siguen existiendo armas competitivas distintas
del precio y nuevas formas de competencia, como son la diferenciación y la
innovación de productos o los costes de venta, «una clase de competencia […]
que […] en ningún sentido es incompatible con la permanencia de las ganancias
monopolistas y su continuo incremento a lo largo del tiempo» (ibídem, página
63).
Baran y Sweezy dedican
cuatro capítulos sucesivos a las distintas formas de absorción del excedente.
La primera es el consumo y la inversión de los capitalistas, y las otras tres
caen bajo el epígrafe general del despilfarro, a saber, las campañas de venta,
el gobierno civil y el militarismo e imperialismo. Precisamente, lo más
novedoso cae bajo la etiqueta del despilfarro, empezando por las campañas de
ventas. Esta idea sirve en realidad de eslabón intermedio entre los teóricos de
la escuela de Frankfurt de las décadas de los años treinta y cuarenta, con su
énfasis original en el papel de la publicidad en la sociedad moderna, y el
reciente esfuerzo de autores como Toni Negri y otros de los
años ochenta y noventa que insisten nuevamente sobre ideas muy similares. Sin
embargo, la publicidad tiene tal capacidad «autoabsorbente» de excedente que se
ha convertido en un «antídoto poderoso para la tendencia del capitalismo monopolista
a hundirse en un estado de depresión crónica» (ibídem, páginas 103, 108).
En cuanto
al papel del Estado, «lo que el Gobierno absorbe se suma al excedente privado,
no se resta de éste»; por eso, hay que rechazar «la idea ampliamente aceptada
de que fuertes intereses privados se oponen a esta tendencia. No es solo la
viabilidad del sistema como un todo lo que depende de su continuación, sino
también el bienestar individual de una gran mayoría de sus miembros. La gran
pregunta, por lo tanto, no es si habrá cada vez más gastos del Gobierno, sino
en qué se gastará» (ibídem, páginas 122-123). Y a este respecto añaden su
opinión de que el país haría bien en pasar del Estado en el que entró en 1929
—cuando «este país se ha vuelto un “Estado de bienestar”»— al de un «auténtico
Estado de bienestar», que sustituya gastos armamentistas por gastos civiles y
prestaciones sociales (ibídem, páginas 124-5).
En cuanto
al gasto militar, tras recordar que la política anticomunista y la «hostilidad
capitalista a la existencia de un sistema socialista mundial rival» hacen
necesario «mantener esta enorme maquinaria militar» (ibídem, páginas 143,
153), Baran y Sweezy reclaman el precedente
de Veblen, quien, «más que ningún otro científico social, apreció
la importancia de esta función social del militarismo », y supo comprender cómo
«los intereses comerciales incitan a una política nacional agresiva y los
hombres de negocio la dirigen. Tal política es tanto bélica como patriótica. El
valor cultural directo de una política comercial bélica es inequívoco. Forma
una disposición conservadora en la población […]» (ibídem, página 167).
4.
Subdesarrollo e intercambio desigual
Subdesarrollo
Hasta la
década de los años veinte la mayoría de los marxistas pensaban que el
desarrollo de las economías ricas y su impacto sobre el resto del mundo
fomentaba el desarrollo económico a escala mundial. Esto podía afirmarse tanto
de Marx y Engels como de Kautsky,
Luxemburg, Hilferding, Lenin, Bujarin y Trotski, que se
habrían negado a sustituir la explotación de los asalariados por la idea de una
«explotación de unos países por otros». Sin embargo, tras la Segunda Guerra
Mundial aparecen una serie de teorías basadas en el argumento de que el atraso
de los países coloniales y menos desarrollados era «resultado de un proceso de
subdesarrollo» por el que las economías avanzadas habían distorsionado la
estructura económica de las áreas atrasadas, impidiendo así su desarrollo. Si
bien había antecedentes en puntos concretos de la teoría, «la responsabilidad
de que se comenzara a revisar las teorías establecidas del imperialismo recae
sobre Paul Baran», ya a comienzos de la década de los años cincuenta, cuando
formuló por primera vez una teoría económica completa del subdesarrollo que
«explicaba por qué el desarrollo fuera del baluarte del capitalismo avanzado
era imposible sin la intervención de una revolución socialista» (Howard y King,
1992, página 168). En opinión de Howard y King,
«Baran puede reclamar un lugar en las teorías marxistas modernas del
imperialismo, análogo al que desempeñó Hilferding a comienzos de siglo»,
pues Gunder Frank, Wallerstein y otros, como los
teóricos de la dependencia, apenas añadieron algunas ideas al cuerpo general de
esa teoría (ibídem). Pero Baran no culpaba del subdesarrollo a
las rigideces estructurales de los países subdesarrollados ni al deterioro de
los términos del intercambio entre el centro y la periferia (Prebisch),
sino que señaló que el subdesarrollo era resultado de la propia naturaleza
intrínseca del capitalismo, lo que le llevó a repudiar al reformismo y a
afirmar que solo una revolución socialista podría solucionar el problema del
subdesarrollo.
Para Baran el
estancamiento económico se debe o bien a que el excedente es insuficiente, o
bien a que es suficiente pero se despilfarra en consumo improductivo. Por
tanto, la diferente y divergente historia económica del centro y la periferia
se debe a la división del excedente mundial entre las diferentes regiones y a
la manera en que se usa en su interior. Para Baran el neoimperialismo
poscolonial continúa drenando excedente de los países excoloniales sobre todo
gracias a la repatriación de beneficios por las inversiones en el exterior. La
pobreza de los países del Tercer Mundo se debe a sus relaciones con el mundo
occidental, y el contacto entre ambos produce subdesarrollo porque los países
capitalistas desarrollados tienen un gran incentivo y poder suficiente para
bloquear el crecimiento de los menos desarrollados[12], creando
relaciones de dependencia mediante las cuales el retraso se hace rentable
mediante las exportaciones de capital y el comercio. En términos de Harry
Magdoff (1969), esto se debe a que en los países atrasados la tasa de
plusvalor es más alta y la composición orgánica de capital más baja, por lo que
la tasa de ganancia es superior.
Teóricos
del desarrollo como André Gunder Frank o Theotonio Dos
Santos suplementaron las ideas de Baran. Frank,
en su obra Capitalismo y subdesarrollo en América Latina (1967),
revisó algunas de las tesis de Baran en el contexto de una
nueva perspectiva que pretendía generalizar el tratamiento dado por éste al
colonialismo y al capital monopolista. Este cambio de perspectiva lo llevó a
definir el capitalismo en términos de relaciones de intercambio: se trata de la
producción para el mercado (en vez de producción para uso directo), con
independencia de que se emplee para ello trabajo asalariado, esclavo o de otro
tipo; por tanto, América Latina es capitalista desde el Siglo XVI[13].
La teoría
del sistema mundial de Immanuel Wallerstein (1979) se basa en
la concepción del capitalismo como un sistema de intercambio desarrollado
por Gunder Frank, pero en su opinión la jerarquía capitalista es
triple, en el sentido de que entre el centro y la periferia existe una
semiperiferia. Siguiendo a Braudel, Wallerstein usa
un enfoque de muy largo plazo, en el que se observa además una sustitución
progresiva del análisis del subdesarrollo y la dependencia, por el de una
interdependencia general entre todos los elementos de la economía mundial. A
diferencia de Baran y Frank, Wallerstein piensa
que el papel del Estado propio es absolutamente crucial, de manera que la
independencia política es un requisito previo para superar el subdesarrollo.
Tampoco comparte con ellos la significación otorgada a la vía soviética (pues
para él la URSS es un capitalismo de Estado donde aún rige la ley del valor,
debido a las presiones militares y a la competencia económica mundial),
insistiendo en que es imposible que un país aislado tenga poder suficiente como
para romper con el sistema capitalista mundial. Lo que representan las
revoluciones soviética y china son «movimientos antisistémicos», que triunfarán
en los próximos dos siglos, una vez que las contradicciones del capitalismo
permitan la unificación de las fuerzas antisistémicas a escala mundial. Solo si
se reconoce que el capitalismo es un sistema mundial puede apreciarse que el
proletariado del que hablaba Marx ha pasado a significar los
oprimidos y explotados en general.
Intercambio
desigual
La idea
del intercambio desigual es anterior al libro de Emmanuel (1969)
y es lógicamente independiente de cualquier tendencia en los términos de
intercambio. Para ello, basta con usar la teoría laboral del valor de Marx (quien
por cierto había desarrollado su teoría de la explotación basándose en el
intercambio de equivalentes entre capitalistas y asalariados): si la
composición orgánica de capital es superior en los países desarrollados que en
los subdesarrollados, los precios de producción serán superiores a los valores
en el primer caso, e inferiores en el segundo, lo que significaría una
transferencia de valor (y plusvalor) desde la periferia al centro del sistema.
Emmanuel atribuía
el intercambio desigual, no a las diferencias en la composición orgánica del
capital, sino a la enorme y creciente brecha entre los salarios reales de
los países ricos y pobres. Para él, en un contexto no monopolista sino
competitivo (contra Baran, Frank, etcétera), la
movilidad internacional de capital permitía la igualación de las tasas de
ganancia, mientras que los salarios y las tasas de explotación (debido a la
relativa inmovilidad del trabajo) seguían siendo desiguales entre los países
desarrollados y subdesarrollados, de forma que esto originaba una gran
desigualdad en el valor de la fuerza de trabajo y una gran desviación entre los
valores-trabajo y los precios de producción (y de mercado), haciendo posibles
las transferencias de valor de los países pobres a los ricos. Al igual que su
discípulo Samir Amin (1973), Emmanuel piensa
que el intercambio desigual sirve para mantener y acrecentar las diferencias
salariales, siendo éste un proceso de tipo acumulativo. Varias conclusiones
importantes derivan del análisis de Emmanuel. En primer lugar, al
rechazar la concepción leninista del imperialismo como fase
monopolista del capitalismo, lo hace señalando que «todos los
imperialismos son, en último término, de carácter mercantil», por lo que sus
altos beneficios no se deben a la inversión extranjera sino al comercio
internacional. En segundo lugar, Emmanuel piensa que, si los
salarios son elevados, ni la dependencia ni la especialización agrícola impiden
a un país desarrollarse, como lo demuestran los casos de Canadá (país
dependiente de Estados Unidos) y de Australia, Nueva Zelanda y Dinamarca
(grandes productores agrícolas). En tercer lugar, pensaba que «los trabajadores
de los países adelantados participaban de la explotación de los países
atrasados» y sacaba además «la conclusión, extremadamente pesimista, de que se
había roto la solidaridad de clase mundial y se asistía a la desintegración del
proletariado internacional, ya que en los países adelantados no existiría lucha
de clases en el sentido marxista del término, sino reparto del botín»
(Astarita, 2009, páginas 110-111).
Entre los
críticos de Emmanuel citemos en primer lugar a Charles
Bettelheim (1972), para quien la pobreza del Tercer Mundo se debía al
bajo nivel de desarrollo de sus fuerzas productivas[14],
mientras que las diferencias salariales no eran la causa del subdesarrollo sino
su resultado. Por otra parte, Emmanuel parece desconocer el
problema de la reducción del trabajo complejo a simple, así como de la
definición correcta del trabajo socialmente necesario[15]; es
decir, cuando trabajadores de diferente cualificación trabajan a diferentes
intensidades sobre cantidades muy diferentes de máquinas y materias primas, no
puede decirse que sus trabajos sean equivalentes, sino que x horas
de trabajo de los trabajadores de un país puede equivaler a 2x, 3x, etcétera,
horas de trabajo en el otro país.
5.
Conclusiones
El
pensamiento económico neomarxista es muy diferente del pensamiento de Marx,
y desde el punto de vista de éste habría que considerarlo como una vuelta
atrás, hacia posiciones que ya él criticara en su día. El marxismo keynesiano
recuerda el planteamiento general sobre el Estado de Arnold Ruge,
al que el joven Marx se opuso tajantemente (véase Marx, 1843);
y en cuanto a las posibilidades de hacer frente a la crisis económica mediante
la intervención estatal, las posiciones de Marx están más
cerca de Mattick y otros críticos del marxismo keynesiano que
de éste último. Lo mismo podría decirse del marxismo regulacionista, radical,
sraffiano o analítico: si sus seguidores creen mejorar el arsenal analítico
marxiano con materiales procedentes de corrientes posteriores a Marx,
y en esa medida superiores, lo menos que cabe hacer es preguntarles por el
origen de muchas de las ideas centrales de esas escuelas; se vería entonces que
muchas de esas ideas pueden encontrarse en institucionalistas antiguos
como Richard Jones, en los socialistas utópicos premarxistas, en el
propio Ricardo, etcétera. En cualquier caso, lo importante no es la
mayor o menor cantidad de ideas de origen dispar que se entremezclan en un
sistema teórico determinado, sino su orden y jerarquía, es decir, cuáles se
toman como base y esqueleto de la teoría, y cuáles como revestimiento y
apéndices. Está claro que tomar ideas de Marx para completar
sistemas teóricos incompatibles con ellas es lo contrario de lo que él se
propuso: la metabolización de ideas de otros, que Marx practicó
toda la vida, tiene que integrarse en un auténtico «sistema» para no
convertirse en un contradictorio eclecticismo de elementos dispares como los
señalados.
En cuanto
a las tesis del capitalismo monopolista, del subdesarrollo y del intercambio
desigual, Marx no defendió ninguna de ellas. Para Marx el
capitalismo monopolista era el primero surgido históricamente, correspondiente
a la época semifeudal y mercantilista; y el capitalismo competitivo, el
capitalismo de su época y posterior, el que correspondía a lo que él llamaba la
«gran industria». Cuando se analiza la teoría de la competencia de Marx hay
que llegar a la conclusión de que, según ella, la teoría laboral del valor está
más vigente cada día y, entre otras cosas, las grandes empresas cada vez más
sometidas a su imperio y a la rivalidad de todas las demás empresas. Marx no
creía en el intercambio desigual sino que partía como supuesto general del
intercambio de equivalentes; y si eso era lo que ocurría con carácter general
entre los capitalistas y los asalariados cuando éstos vendían su fuerza de
trabajo, otro tanto cabe decir de los intercambios entre las dos partes que
realizan el comercio capitalista. Puede que haya casos aislados de obtención de
excedente por medio del cambio, pero la ley del valor impone la igualdad
general entre el valor de las mercancías que se intercambian. Lo anterior no
quiere decir que Marx negara el desarrollo desigual, pero
dicho desarrollo desigual tenía su origen en la ventaja absoluta (que no
relativa) que obtenían ciertos productores en relación con sus competidores,
gracias a la mejor técnica utilizada en sus procesos productivos. A su vez, la
base técnica de la industria tiene su origen en el desigual desarrollo y ritmo
del progreso científico. No hay razón, en el capitalismo, para que ninguna
empresa ayude a las demás, sean del propio país o no, ni para que traspasen
gratuitamente su poder científico y su tecnología; pero la competencia obliga a
todas ellas a emplear todas las armas, incluidas la búsqueda del aumento de
productividad en países con menores salarios para conseguir costes productivos
más bajos. El desarrollo desigual significa al mismo tiempo un desarrollo absoluto
de las fuerzas productivas de los países del Sur, compatible con un desarrollo
aún más rápido en los países del Norte. La expansión de las relaciones y formas
capitalistas puede desarrollar al resto del mundo, pero al mismo tiempo
hacerles perder la carrera competitiva con el Norte de forma progresiva.
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NOTAS
[1] Dos
populares introducciones a las teorías marxistas del imperialismo son BREWER
(1990) y, en español, VIDAL VILLA (1976).
[2] Representativas
de esto último son, por ejemplo, todas las versiones del neomarxismo —también
conocido en este sentido como «marxismo occidental»— centradas en las
aportaciones de la escuela de Frankfurt, especialmente su Teoría crítica, pero
también en las de otros marxistas políticos y filósofos como Gramsci, Lukács o
Althusser.
[3] Maurice
Andreu escribe en 1980, en el posfacio a la edición francesa del célebre libro
de JOSEPH GILLMAN (1957), otro marxista keynesiano, que el predominio de esta
corriente dentro del marxismo es tan grande que «la historia reciente del
marxismo puede considerarse en general como la de un “desvío por Keynes”»
(ANDREU, 1980, página 193).
[4] Estos
críticos se oponen también a Kalecki, para quien los gastos de los capitalistas
(la suma de su consumo y de la inversión privada) son los que determinan sus
beneficios. Al olvidar lo que ocurre en el terreno de la producción, los
kaleckianos tienden a olvidar que también es cierto lo contrario y, por tanto,
que si no se puede producir una cantidad suficiente de plusvalor, los planes de
inversión de los capitalistas no pueden llevarse a cabo. Cuando las ideas de
Kalecki y las de algunos seguidores de Keynes se unen a las de Sraffa, dan
lugar al llamado «keynesianismo de izquierda» (por ejemplo, el típico de muchos
de los economistas de Cambridge, UK, desde los años sesenta). Y son ideas
similares a este marxismo keynesiano-kaleckiano de izquierdas las que llevaron
a Schumpeter, ya en los años cincuenta, a entrever lo que pasaría años después
con la «nueva izquierda» y el movimiento radical de los Estados Unidos: «La
doctrina de Marx impresiona al estudiante inglés o norteamericano de economía
como algo nuevo y tonificante, que difiere de la materia habitual y le amplía
el horizonte. La energía de esta impresión se puede luego consumir en emociones
sin valor científico, pero también puede resultar productiva. En cualquier
caso, la influencia de Marx se tiene que enumerar entre los factores de la
situación científica de nuestros días» (SCHUMPETER 1954, página 967).
[5] Un
primer grupo estaría formado por los regulacionistas, autocalificados a veces
como una cuarta corriente al lado de la neoclásica, la keynesiana o la
marxista, frente a las cuales el regulacionismo representaría la herencia «de
tres heterodoxias: el marxismo, el keynesianismo y el institucionalismo»
(BASLÉ, LIPIETZ et al., 1988, página 483). La economía radical
norteamericana, aunque muy influida por Baran, Sweezy y la Monthly
Review, y a pesar de ser considerada a veces la versión transatlántica
del regulacionismo francés y europeo, supone realmente un paso más allá, en el
sentido de que se limita a reivindicar, en la mayoría de los casos, una vuelta
a la «economía política» por oposición a la economics de los
neoclásicos (BEHR et al., 1971, página 343). Un tercer grupo
es el de los sraffianos que consideran la obra de Sraffa como una superación de
la economía neoclásica al mismo tiempo que de la teoría del valor de Marx (por
ejemplo, STEEDMAN, 1977). Por último, cabe citar a los marxistas «analíticos»,
también llamados marxistas «neoclásicos» o marxistas «de la elección racional».
Algunos de sus integrantes defienden su actividad como una «combinación de
metodología neoclásica y calendario de investigación marxista» (ROEMER, 1986,
página 150) cuyo precedente último se encontraría en Oscar Lange, pero ello no
les impide criticar al marxismo hasta el punto de considerar que «en la
actualidad, la economía marxista, con pocas excepciones, está intelectualmente
muerta» (ELSTER, 1986, página 64).
[6] Véase
GUERRERO (2003) y el epígrafe 4 de GUERRERO (2007), titulado «La competencia,
según Marx». Véase asimismo la II parte de WEEKS (2009), titulada «La
libre competencia de capitales, según Marx».
[7] Como
ya decía un autor dieciochesco citado por Marx en El capital,«si mi
vecino, haciendo mucho con poco trabajo, puede vender barato, tengo que
darme maña para vender tan barato como él. De este modo, todo arte, oficio o
máquina que trabaja con la labor de menos brazos, y por consiguiente más
barato, engendra en otros una especie de necesidad y emulación o de usar el
mismo arte, oficio o máquina, o de inventar algo similar para que todos
estén en el mismo nivel y nadie pueda vender a precio más bajo que el de su
vecino» (The Advantages of the East-India Trade to England, Londres,
1720; citado en MARX, 1867, página 387).
[8] En
contraste con Marx, Engels, al editar el tercer volumen de El
Capital (1894), introduce en el capítulo sobre el «papel del crédito
en la producción capitalista» los siguientes comentarios: «Desde que Marx
escribiera lo anterior, se han desarrollado, como es sabido, nuevas formas
de la actividad industrial que constituyen la segunda y tercera potencias de la
sociedad por acciones […] Las consecuencias son una sobreproducción
general crónica, una depresión de precios, un descenso de las ganancias y hasta
su total eliminación; en suma, que la libertad de competencia, tan
ensalzada desde antiguo, ya agotó sus argumentos y debe anunciar ella misma su
manifiesta y escandalosa bancarrota. Y lo hace por el
procedimiento de que en todos los países, los grandes industriales de un ramo
determinado se juntan en un cártel destinado a regular la producción […]
En algunos casos aislados hasta llegaron a formarse, por momentos, cárteles
internacionales […] Entonces se llegó a concentrar la producción total de
un ramo determinado de la actividad […] en una sola gran sociedad por
acciones, de dirección unitaria […] El United Alkali Trust […] ha puesto
toda la producción británica de álcali en manos de una única firma
comercial […] De este modo, en este ramo, que constituye el fundamento de
toda la industria química, se ha sustituido en Inglaterra la competencia por
el monopolio, adelantando en el sentido más satisfactorio posible los
trabajos tendientes a una futura expropiación por parte de la sociedad global,
por parte de la nación» (en MARX, 1894, páginas 564-565).
[9] «Las
páginas siguientes son el intento de comprender científicamente las
manifestaciones económicas de la evolución más reciente del capitalismo (…) la
característica del capitalismo “moderno” la constituyen aquellos procesos de
concentración que se manifiestan, por una parte, en la “abolición de la libre
competencia” mediante la formación de cárteles y trusts, y,
por otra, en una relación cada vez más estrecha entre el capital bancario y el
industrial. Esta relación, precisamente, es la causa de que el capital, como
más adelante se expondrá, tome la forma de capital financiero, que constituye
su manifestación más abstracta y suprema» (HILFERDING, 1910, página 3).
[10] Ideas
similares pueden encontrarse en el economista «burgués» A. R. BURNS (1936,
páginas 241-272).
[11] El
excedente planeado, que no guarda relación con el concepto
marxiano de plusvalor, es la diferencia entre la producción óptima en una
economía socialista y su consumo óptimo, donde el óptimo se define en términos
de lo así determinado por una «comunidad guiada por la razón y la ciencia»
(BARAN, 1957, página 156). El excedente efectivo es la
diferencia entre el producto efectivo y el consumo efectivo (en el
capitalismo), que equivale al ahorro y es inferior al plusvalor (ibíd., página
132). Y el excedente potencial es «la diferencia entre
el output que podría obtenerse en un entorno natural y
tecnológicamente dado con los recursos productivos disponibles, y lo que podría
considerarse el consumo esencial» (ibíd., páginas 133-134). Que éste es un
concepto híbrido, semicapitalista y semisocialista a la vez, lo prueba que
el excedente potencial esté compuesto, aparte de por el consumo de la
clase superior, por el output que se pierde por tres razones
distintas: el empleo de trabajadores improductivos, la organización
«irracional y despilfarradora» del aparato productivo existente y la
inadecuada estructura de la demanda agregada.
[12] La
idea, contraria a la tesis del bloqueo, de que muchos países atrasados sí se
habían industrializado, fue introducida por B. Warren en 1973. Véase,
sobre todo, WARREN (1980).
[13] Además,
hay un único mercado mundial, de forma que cada actividad capitalista es parte
de la división global del trabajo. Por otra parte, para Frank el monopolio
es una característica del capitalismo desde su origen, y a pesar de las
diferencias existentes en casi cinco siglos de evolución lo que ha habido
realmente es una «continuidad en el cambio», pero no una alteración en la
estructura subyacente: se trata de un juego de suma cero al estilo
mercantilista, de forma que el desarrollo (de unos) y el subdesarrollo (de
otros) son estrictamente complementarios. Por último, Frank localizaba
ciertas periferias en el interior del capitalismo desarrollado, lo que
facilitaba la identificación entre los oprimidos y marginados del Primer
mundo con los del Tercero.
[14] Críticas
similares se encuentran, en distinta forma, en ALTHUSSER (1965), BRENNER (1977)
y COHEN (1978).
[15] Una
crítica de la posición de Emmanuel, así como la de Mandel y Amin, desde el
punto de vista de la teoría laboral del valor, se encuentra en SHAIKH
(2009).


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