© Libro N° 11157.
Karl Marx Y El Libro I De El Capital (1867).
Guerrero, Diego. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
Karl Marx Y El Libro I De El Capital (1867).
Diego Guerrero
Versión Original: © Karl Marx Y El Libro I De El Capital (1867).
Diego Guerrero
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
KARL MARX Y EL LIBRO I DE
EL CAPITAL
(1867)
Diego Guerrero
Karl Marx
Y El Libro I De El Capital (1867)
Diego
Guerrero
KARL MARX Y EL LIBRO I DE EL CAPITAL (1867)
Diego Guerrero1
MARX, UNO
Y TRINO
Según su
partida de nacimiento, el futuro Herr Docktor en Filosofía Carolo Henrico Marx,
hijo de Enrique y Enriqueta2, se llamaba Carl, no Karl, y así era como
lo seguía llamando su madre3 en las cartas que le mandaba a la
universidad. Por su parte, el ya maduro Karl Marx fue un enorme científico
alemán con una muy sólida formación filosófica y, además, probablemente el
revolucionario anticapitalista más influyente de la historia. La conjunción de
todo ello más singularidades notables de su biografía personal hacen que en
Marx se den una serie de contradicciones objetivas y subjetivas de gran
relevancia; si aquí lo llamamos «uno y trino» (como hacen los católicos con
Dios), no es para hacer de Marx un Dios4, ni para escribir una
hagiografía más5, sino para llamar la atención sobre las tres cosas, en
principio muy distintas, que fue simultáneamente en todas las etapas de su vida
madura. Por eso, antes de reseñar cronológicamente su biografía, mantendremos
el foco fijo sobre el mes de octubre de 1864 como ilustración de este hecho: el
uso plural, triple y contradictorio que hacía Marx de su tiempo (y de su casa).
La
Primera Internacional y el revolucionario
En 1864
comienza la historia de la Primera Internacional6. En el célebre mitin
público celebrado en Londres, en la sala St. Martin’s Hall, el 28 de septiembre
de 1864, en el que se resolvió crear la Primera Internacional, Marx ya estaba
en la tribuna, aunque todo el rato en silencio7. En realidad, él no
había participado en la organización de este evento «ni tenía relación directa
con los organizadores del mitin» (NMH, 286), en el que se habían implicado
grupos de trabajadores de los sindicatos británicos y de exiliados extranjeros
en Londres; pero fue invitado a asistir por quien luego sería el secretario de
la organización: William Randal Cremer8. Como había ocurrido otras
veces, el prestigio cosechado por Marx en su anterior actividad política
comunista y revolucionaria bastaba9 para que distintas
organizaciones, y en este caso la AIT, reclamaran su presencia y sobre todo su
participación en la redacción de programas, estatutos y declaraciones públicas
de todo tipo; no en vano, Marx había sido el autor del Manifiesto
comunista, esa auténtica joya de la literatura política10 y «el
más grande de todos los folletos socialistas»11.
Con el
objetivo de redactar una declaración programática pública, el Comité
«provisional» de la AIT creó inmediatamente un subcomité de 9 miembros entre
los que se encontraba Marx. Se sabe que, por enfermedad, en concreto a causa de
una nueva crisis de esa «forunculosis»12 que lo persiguió durante
dos décadas13, Marx no pudo estar presente en las primeras reuniones de
ambos órganos, donde se barajaron otras propuestas de tendencia oweniana
(Weston) y mazziniana (el comandante Luigi Wolff, secretario de Mazzini), que
se pronunciaban por declaraciones más «sentimentales» que otra cosa, rechazando
la lucha de clases y anteponiendo la cuestión nacional a todas las demás, o
defendían «una especie de gobierno central» de la clase obrera europea (NMH,
287). Marx propuso que este subcomité se reuniera en su propia casa, recién
estrenada, y, en efecto, la primera reunión se celebró allí el 20 de octubre de
1864 14, seguida por otra el 27 de octubre donde presentó el
borrador programático que había redactado como dos documentos paralelos que
venían a sustituir los embrollados textos presentados anteriormente: un
«Manifiesto Inaugural»15 y unos «Estatutos provisionales», que
fueron ambos aprobados para su elevación al Comité provisional de la
Internacional (el futuro Consejo General), que, a su vez, los adoptó por
unanimidad en la reunión del 1 de noviembre16, empezando por la famosa
primera frase de los Estatutos donde se declara expresamente, por primera vez
en la historia, el principio de la «autoemancipación» obrera17:
«Considerando:
Que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos (…)»
Las dos
reuniones reseñadas –que sólo eran la continuación y el precedente de otras
numerosas reuniones de tipo político celebradas en esta y otras casas de Marx–
se llevaron a cabo en su famoso y espacioso despacho18, que Paul
Lafargue, su yerno, describía como un «histórico» gabinete de trabajo que
estaba «situado en el primer piso» de la casa e «inundado de luz gracias a una
amplia ventana que daba al parque»19.
La casa y
la vida privada
Se ha
dicho que Marx, «el gran enemigo de la burguesía tenía una vida privada
rotundamente burguesa», y eso fue así efectivamente; sin embargo, «ser burgués
significaba tener propiedades, ingresos y seguridad» y «Marx no los tenía»
(Sperber 2013: 452-453). Veamos.
A su
llegada al exilio de Londres en 1849, la familia Marx vivió en el Soho, entre
1850 y 1856, en condiciones muy modestas20 y tristes21. En
1856, dos pequeñas herencias22 les permitieron abandonar sus
habitaciones en el Soho y alquilar una casa23 por 36 libras anuales
(9, Grafton Terrace), que en un principio les pareció «un castillo de cuento de
hadas» (Giroud 1992: 149), en un barrio (Hampstead Heath) del que ya no se
moverían hasta el final de sus vidas, y en el que ocuparon, sucesivamente, tres
viviendas distintas: esta de Grafton Terrace (entre octubre de 1856 y marzo de
1864), otra «considerablemente más grande» en el periodo 1864-1875 (Modena
Villas, alquilada sin muebles por 65 libras anuales)24, y una tercera,
más pequeña que la anterior, donde vivieron de marzo de 1875 a 1883, una vez
independizadas las tres hijas de Marx25.
En 1864
se produjo el cambio más espectacular de todos, ya que dos herencias26 de
Marx le permitieron alquilar en Modena Villas una «espaciosa» y «confortable»27 casa
que encantó a toda la familia y de la que Jenny, la mujer de Marx, llegó a
decir que era «un verdadero palacio y, a mi modo de ver, una casa demasiado
grande y cara»28. Una reciente biógrafa de los Marx la considera una
«gran mansión»29, mientras que el internacionalista español José Mesa,
que la llama «casita», la describía como «una quinta modestamente amueblada,
sin más aparato que el que reclama la respectability británica, a la cual todo
se sacrifica en Inglaterra»30. En cualquier caso, en esta casa fue donde
Marx «escribió El capital y dirigió los asuntos de la Primera Internacional»
(Padover, 193).
Pues
bien, seguramente fue esta misma «respectability» –que era mucha
«respectability»31– la que llevó a los Marx a organizar el 12 de octubre
de 1864 –es decir, a mitad de camino entre la fundación de la Internacional y
las dos primeras reuniones del subcomité en su casa– un baile32 para
unas 50 personas: era una manera de compensar a sus hijas, quienes, habiendo
sido educadas en un selecto «seminario de señoritas» de South Hampstead (donde
se aprendía francés, italiano, baile, declamación, piano y música) en el que
conocieron a amigas y compañeras más ricas, y habiendo sido invitadas por ellas
en varias ocasiones, podían por fin «corresponder», como era de esperar en
cualquier respetable familia burguesa. En la tarjeta de invitación al citado
baile se leía:
El Dr.
Marx y Frau Jenny Marx, de soltera von Westphalen,
tienen el
placer de invitarle a un baile que tendrá lugar en su residencia
del
número 1 de Modena Villas, Maitland Park,
Haverstock
Hill, London NW,
el 12 de
octubre de 1864.33
Quizás,
una parte de esta «respetabilidad» tenga que ver con la personalidad de Jenny
Marx34, a quien su marido adoraba; pero en realidad Karl, que siempre
vivió como un caballero burgués35 de gustos más bien aristocráticos36,
estaba muy de acuerdo con esos planteamientos37. Es verdad que, como
ejemplo de lo dicho, Jenny no trató nunca de tú al íntimo amigo de Marx,
Friedrich Engels, seguramente porque le reprochaba moralmente su convivencia,
sin estar casados, con la pelirroja obrera irlandesa Mary Burns (y luego con su
hermana Lizzy38). Pero a Karl se le podría acusar de ser más presa aun
de la respetabilidad burguesa –aunque algunos hablen de una precavida actitud
«exigida» por el respeto debido a su propia personalidad política–, pues fue
precisamente él quien, más allá de la ocultación del hijo (Frederick, o Freddy)
que tuvo con la criada o ama de llaves de la casa, Helene (o Helena) Demuth39,
para no poner en peligro su matrimonio, se desentendió por completo de él40,
una vez que Engels aceptó la responsabilidad de reconocer privadamente su
(falsa) paternidad41, y de hacerse cargo del niño, económicamente
hablando42.
Pero lo
más contradictorio –aunque algo parecido les ocurrió a un numerosísimo grupo de
revolucionarios de la época, empezando por los anarquistas Bakunin y Kropotkin,
hijos de grandes terratenientes, y siguiendo con una mayoría de nombres de
extracción burguesa43, entre quienes los «proletarios» como Blanqui o
Proudhon eran la excepción– era la dependencia económica de la familia Marx, no
sólo de las varias herencias recibidas durante su vida, sino sobre todo del
dinero que les donó generosamente Engels a lo largo de toda su vida44,
quien a su vez lo obtenía principalmente45, como no podía ser de otra
manera en quien era el copropietario de una fábrica textil en Manchester (Ermen
& Engels), del plustrabajo (y plusvalor) –esa realidad que Marx estudió con
tanta profundidad en El capital– extraído a sus numerosos
asalariados. Marx, además, fue un gastoso y un manirroto46 durante
toda su vida47, desde su época de estudiante48 hasta el
final, aunque ciertamente también era muy generoso cada vez que contaba con dinero
(por ejemplo, en 1848 financió la compra de rifles para una incursión militar
en la Alemania revolucionaria49 así como buena parte del coste del
nuevo periódico revolucionario que dirigió, la Nueva Gaceta Renana50;
también puso su bolsa a disposición de amigos necesitados, como en la época de
su casamiento).
El
científico
Ante la
tumba de Marx, Engels dijo la verdad al afirmar que Marx había sido y «era,
ante todo, un revolucionario»; pero no se olvidó de añadir que fue también un
«hombre de ciencia» y, en su opinión, «el más grande pensador de nuestros días»51,
confirmando así lo que había escrito cinco años antes: que Marx fue el «hombre
que dio por vez primera una base científica al socialismo, y por tanto a todo
el movimiento obrero de nuestros días»52. Pero aunque conocemos bien la
interconexión existente entre la teoría y la práctica de Marx, lo que nos
interesa ahora es su labor teórica propiamente dicha, que podemos analizar,
teórica e hipotéticamente, como si fuera independiente de su vertiente práctica
y política. Nos interesa aquí la actividad teórica de Marx desde un punto de
vista «académico», conscientes de que «trabajar la obra de Marx separándola de
la intención comunista de su autor no tiene sentido marxista, aunque pueda
tenerlo político-conservador o académico» (Sacristán 2003: 181); es decir,
queremos usar el «punto de vista de la teoría de la ciencia»53, desde el
cual «hay que negar que haya ciencia burguesa, o socialista, etc.», puesto que,
desde ese punto de vista, «no hay más que ciencia o pseudociencia» (Sacristán
2003: 277). Pues bien, desde este punto de vista, Marx fue «conquistado por la
ciencia ‘pura'» a partir de cierto momento; y aun más: se percibe en él –
aunque la «ciencia no es necesariamente ciencia formalizada» ni matemáticas– un
«desplazamiento hacia lo formalizable» (Sacristán 2003: 157, 184).
En este
sentido, lo más importante es que Marx «en sus investigaciones científicas
ponía por encima de todo los intereses de la ciencia, y consideraba su deber de
científico y de revolucionario proletario el conocimiento de la verdad»
(Vygodski 1976: 52). Lo que equivale a afirmar que, para Marx, la «ciencia es
metaparadigmática en el sentido de proyecto de investigación desinteresada»
(Sacristán 2004: 194), porque, en efecto, «la primera convicción de su
sociología de la ciencia es que la ciencia verdadera consiste en conocimiento
desinteresado, o, como dice en el libro I de El capital, conocimiento sin más
interés que ‘el pensamiento desinteresado'» (Sacristán 1983: 365-6).
RECORRIDO
CRONOLÓGICO POR LA VIDA Y OBRA DE MARX
Hasta
aquí, hemos conocido a un Karl Marx trino, o tridimensional, que, al mismo
tiempo que celebraba en su casa multitudinarios bailes y fiestas (sin privarse
de bailar él mismo), así como decisivas reuniones de la Primera Internacional,
se encerraba en su despacho cada vez que podía, para avanzar al mejor ritmo
posible en los diversos borradores y manuscritos de su obra principal: El
capital. A continuación, para conocer mejor a nuestro personaje,
completaremos lo ya dicho en el epígrafe 1 con un breve recorrido cronológico
por los principales puntos de su trayectoria vital.
Por
consejo de su padre, abogado, Karl Marx empezó a estudiar Derecho54 en
la Universidad de Bonn en el curso 1835-36 55, pero pasó a la
Universidad de Berlín al año siguiente, donde se desinteresó por el Derecho,
dejó prácticamente de asistir a clase56 y empezó a estudiar
Filosofía por su cuenta. En Berlín estudió la carrera y allí escribió y terminó
su tesis doctoral57, que le permitió obtener, en abril de 1841, su
título de Doctor en filosofía por la Universidad de Jena58 (in
absentia). En el ámbito universitario berlinés se encontró cómodo junto a
colegas y profesores pertenecientes a la llamada Izquierda Hegeliana, y pensó
en un primer momento en seguir la carrera docente, tras las huellas en
particular de su principal mentor, Bruno Bauer. Pero al acentuarse el carácter
reaccionario del régimen prusiano59, que expulsó a muchos profesores
críticos, incluido el propio Bauer, Karl prefirió buscarse una alternativa en
el mundo del periodismo. Los principales periódicos en los que trabajó a lo
largo de su vida estuvieron siempre en la oposición política al régimen
imperante; durante su juventud fue director de varios de ellos, como la Gaceta
Renana de Colonia (de octubre de 1842 a marzo de 1843), los
Anales francoalemanes60 (París, febrero de 1844, junto a Arnold
Ruge), la Nueva Gaceta Renana (en la Colonia revolucionaria de
1848-49) o la Nueva Gaceta Renana: Revista político-económica (1850,
dirigida desde Londres e impresa en Hamburgo); pero también trabajó para
el New York Daily Tribune (NYDT), el diario más grande y más
influyente entonces de los Estados Unidos, de tendencia fourierista, para quien
fue uno de los corresponsales europeos durante el periodo 1852-1862 61.
Esta profesión lo inmiscuyó desde el principio en la actividad política y le
hizo interesarse inmediatamente por los problemas económicos, influido por el
contacto con los intereses materiales de los viticultores del Mosela y de los
campesinos implicados en el robo de leña en los bosques comunales, y por un
artículo temprano que Federico Engels publicó en la Gaceta:
el Esbozo de crítica de la economía política. En los Anales
parisinos, publicó Marx en 1844 dos artículos importantes: uno que había
comenzado a redactar durante su luna de miel (1843) en Kreuznach62 (o
Bad Kreuznach): Sobre la cuestión judía63; y otro,
llamado Introducción a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel,
que suele confundirse con el otro manuscrito de Kreuznach, de título muy
similar64. También en París escribió la obra más importante de esta
época: los Manuscritos económico-filosóficos o Manuscritos
de París (verano de 1844)65, extraídos de los mismos cuadernos
de donde procede también un texto «Sobre James Mill«; aparte de esto,
escribió también en 1844 un artículo conocido hoy como Anti-Ruge66.
Como
fruto de su colaboración con Engels, escribió en Bruselas, en donde había
tenido que exiliarse tras 16 meses en París (en febrero de 1845), dos obras
importantes: La Sagrada familia67 (a principios de
184568) y la Ideología alemana (1846). Esta última obra, que
puede interpretarse como una recapitulación de todo lo escrito por Marx en los
dos años anteriores, arranca de la idea de que no es la conciencia la que
determina la vida sino la vida la que determina la conciencia69, y
concibe la ideología como «falsa conciencia» (Kolakowski 1976: 159). Marx
escribe que una consideración objetiva de la historia muestra cómo la división
del trabajo, que conduce a la propiedad privada, creó la desigualdad social, la
lucha de clases y el surgimiento de estructuras políticas que dominan al pueblo
en vez de servirlo (McLellan 2000: 141-2). La concepción materialista de la
historia de este libro es superior a la del famoso prefacio de la Contribución
a la crítica de la economía política (1859)70, mostrando un Marx que
no es un «determinista económico» simplista ni cree que los elementos no
económicos sean secundarios y derivados. Para Marx, el cambio técnico era una
condición necesaria pero no suficiente del cambio social. El uso por Marx en
este texto de diferentes términos, como «determinar», «condicionar» o
«corresponder a», aconseja ser prudentes y pensar que lo que pretendía con ello
es «proporcionar una serie de conceptos estructurales flexibles a través de los
cuales interpretar el desarrollo de las sociedades actuales y pasadas»
(McLellan 2000: 142).
En
Bruselas, Marx publicó en 1847 La miseria de la filosofía, una
crítica de una obra de Proudhon llamada Filosofía de la miseria71.
Mientras tanto, seguía en contacto, como en París, con grupos de obreros
socialistas y seguía igualmente estudiando el socialismo y el comunismo. Al
entrar en contacto el Comité de correspondencia comunista de Bruselas72,
fundado por Engels y él, con la Liga Comunista (Londres), y luego ingresar en
ella, que hasta entonces se llamaba Liga de los Justos, esta encargó a Marx y Engels
redactar un nuevo programa. Marx escribió en enero de 1848 el Manifiesto
comunista73, que fue publicado por la Liga, anónimamente, en
febrero, justo cuando comenzaban los primeros disturbios de la «revolución de
febrero» en París, que hizo huir al rey Luis Felipe y proclamarse la II
República. Antes, en enero de 1848, impartió una conferencia ante la Asociación
Democrática de Bruselas, luego publicada como Discurso sobre el
librecambio, donde defendía este frente al proteccionismo, por ser un
factor impulsor de las contradicciones de la sociedad burguesa. En marzo,
recibió el mismo día la orden de expulsión por parte del gobierno belga y la
invitación del ministro francés Ferdinand Flocon al «bravo y leal Marx» para
volver a Francia, que «te abre sus puertas, a ti y a todos los que luchan por
la santa causa, la causa fraternal de todos los pueblos» (McLellan 1973: 220).
En París y Bruselas, los exiliados alemanes empiezan a preparar su vuelta a
Alemania (incluida una Legión Alemana armada), donde había comenzado también la
revolución, y Marx funda en Colonia un diario, la Nueva Gaceta Renana,
con un consejo de redacción en manos de la Liga, que resistió un año (del 15 de
junio de 1848 a mayo de 1849)74 hasta que, expulsado de Alemania,
se vio obligado a volver a París, de donde fue expulsado nuevamente, y tuvo que
exiliarse definitivamente en Londres desde agosto de 1849. En varios números de
este diario publicó en abril de 1849 unas conferencias dadas en el Club de
trabajadores de Bruselas con el título de Trabajo asalariado y capital,
donde aparece por primera vez la tesis de la depauperación relativa de los
trabajadores, distinta de la depauperación absoluta.
En
1850 75, desde Londres, él y Engels comienzan a publicar en
Hamburgo una nueva revista llamada Nueva Gaceta del Rin: Revista
político-económica, de la que aparecerán seis números hasta noviembre, en
donde incluyó La lucha de clases en Francia, 1848-1850 76.
Pero tras su primer verano en Londres, se convenció en el Museo Británico de
que la base económica era crucial para el éxito o fracaso de un movimiento
revolucionario: Marx pensaba que la revolución de 1848-50 había fracasado,
mientras que otro sector de la Liga no lo veía así, siendo esta diferencia el
origen de una escisión que supuso el fin de la Liga Comunista. Marx pensaba
ahora que «una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva
crisis»77, y por eso dice McLellan que «fue al descubrimiento de las
raíces económicas de esta crisis a lo que Marx dedicó el resto de su vida»
(McLellan 2000: 242).
Tras
haber tenido cuatro hijos con su mujer (Jenny en 1844 en París, Laura en 1845
en Bruselas, Edgar en 1846 en Bruselas, Guido en 1850 en Londres), el año 1851
ve el nacimiento de otra hija de Jenny (Franziska) y del hijo de Helene Demuth
(Frederick o Freddy). En 1852, publica Marx el Dieciocho Brumario78 de
Luis Bonaparte79, escribe con Engels el folleto Los grandes hombres del
exilio y propone la disolución de la Liga Comunista. También comienzan sus
publicaciones en el New York Daily Tribune80, al principio
traducidas al inglés (y a veces incluso escritas) por Engels, hasta que el
propio Marx pudo soltarse en esa lengua. En 1855 nace su hija Eleanor (Leonor,
en español), conocida como Tussy81, y muere, a los ocho años, su hijo
Edgar. En octubre de 1856, tras morir un tío holandés y la madre de Jenny, la
familia se instala en el número 9 (hoy 46) de Grafton Terrace (hasta 1864). En
1857, revitalizado su entusiasmo por la crisis económica de ese año, Marx
escribe una Introducción general82 (que no se
publicará hasta 1903) a su proyectado libro sobre economía política –y en
particular a los Grundrisse–, y diversos artículos, con Engels,
para la New American Cyclopedia de Nueva York. En 1858, tras la
redacción de un largo manuscrito llamado Grundrisse83 (1857-58,
publicado en 1941 e inaccesible hasta 1953), comienza a escribir su Contribución
a la crítica de la economía política, cuya primera parte84 se
publicará en junio de 1859, incluido el célebre prefacio que se suele
identificar como el locus classicus del materialismo histórico85. En
1860 trabajó y publicó en Londres su Herr Vogt86, y en
1861-62 se interrumpió su colaboración en el NYDT.
En
1862-63 redacta las Teorías sobre la plusvalía87 y en
1864 se mudan a otra casa mejor (1, Modena Villas) en el mismo barrio, a
doscientos metros, en donde vivirán hasta 1875.
En 1865
escribe Salario, precio y ganancia, resultado de una conferencia
impartida en el Consejo General de la Internacional. El 14 de septiembre de
1867 se publica en Hamburgo el libro I de El capital. En 1868 se
casa su hija Laura con Paul Lafargue, y Engels, que deja su trabajo en
Manchester y vende su participación en Ermen & Engels, se compromete a
entregar a los Marx anualidades de 350 libras88 como ayuda
financiera permanente89. En 1869 comienza a estudiar ruso, se afilia a
la Land and Labour League y da una famosa conferencia en Hanóver Sobre
los Sindicatos donde muestra su confianza en ellos, su importancia y
su potencial. En 1870, Engels se muda a Londres para el resto de su vida, y en
1871 escribe Marx La guerra civil en Francia90, y organiza
la ayuda financiera para los refugiados de la Comuna en Londres.
En 1872
escribe el prólogo a la segunda edición alemana del Manifiesto
comunista, prepara con Engels una circular anti-Bakunin91 de la
Internacional: Divisiones ficticias en la Internacional, y acude al
Congreso de La Haya, donde logra frenar el intento bakuniniano de apoderarse de
la organización, en un enfrentamiento que terminará con la disolución de la
Internacional en 1876 (Congreso de Filadelfia) tras aprobarse en La Haya la
propuesta de Marx de traspasar el Consejo General desde Londres a Nueva York.
Su hija Jenny se casa con el socialista francés Charles Longuet. También en
1872, corrige y comienza a publicar los primeros fascículos de la versión
francesa del libro I de El capital, traducido por Joseph Roy y
editado por Maurice La Châtre, que se completará en 1875; se publica la primera
traducción rusa de El capital, que es un éxito comercial (900
copias vendidas en seis semanas); se publica la primera parte de la segunda
edición alemana de El capital, cuya segunda parte aparece en 1873,
con un epílogo. En 1874 publica en el Der Volksstaat de Leipzig las Revelaciones
sobre el juicio de los comunistas de Colonia, publicadas como folleto en
1875, año en el que escribe su Crítica del Programa de Gotha92 (no
publicada hasta 1891). En 1877 escribe el capítulo 10 del Anti-Dühring de
Engels y una famosa carta-respuesta al populista ruso Mijailovsky, asegurando
que su concepción [de Marx] no es una «fórmula» abstracta que permita conocer
de antemano si Rusia puede saltarse en su desarrollo la etapa capitalista. En
1879, junto a Engels, redacta una «carta circular» al partido criticando la
posición de ciertos intelectuales (entre ellos, el joven Bernstein), el
quietismo del partido y su apartamiento de la lucha de clases y la revolución.
Como
consecuencia del agravamiento de las diversas enfermedades que arrastraba desde
mucho tiempo atrás, en especial el hígado, los pulmones y la forunculosis, que
le impiden trabajar, durante las décadas de 1870 y 1880 ha de tomar baños en
diversas ciudades inglesas y extranjeras, especialmente Karlsbad en 1874-76 (la
actual Karlovy Vary, en la República Checa). En el periodo 1878-1882, Marx
ocupa más tiempo que nunca con sus Manuscritos matemáticos,
comenzados en la década de los sesenta y no publicados hasta 1968 en Moscú: se
trata de veintitantos cuadernos rellenos de notas y críticas de los libros
leídos (desde Newton y Leibniz a manuales modernos), junto a una historia
resumida del cálculo diferencial93. En 1880 escribe unos comentarios sobre el
manual de economía del profesor alemán y «socialista de cátedra» Adolph Wagner94,
donde resume su concepción del valor, y también del hombre como «ser
condicionado por sus actividades prácticas». A principios de 1881 escribe una
meditada –y según algunos «ambivalente»– respuesta a la populista rusa Vera
Zasúlich, sobre la cuestión de si es posible un desarrollo socialista a partir
de la comuna campesina tradicional rusa (el mir), y en diciembre muere su
esposa Jenny Marx de cáncer de hígado. En 1882 visita a su hija Jenny
Marx-Longuet en Francia y viaja en busca de buen tiempo, primero él solo a
Argel, Niza, Montecarlo y Cannes, y luego, con su hija Laura, a Lausana y Vevey
(Suiza). En enero de 1883 muere su hija Jenny de cáncer de vesícula, y, enfermo
ya de cáncer de pulmón, muere el 14 de marzo de 1883. Sus hijas Leonor95 y
Laura (esta, junto a Lafargue) se suicidan, respectivamente, en 1898 y 1911.
DE MARX A
EL CAPITAL
Marx y el
marxismo
Para
entender el libro I de El capital, de cuya publicación se cumplen
ahora 150 años, creemos necesario hacer varias aclaraciones previas que se
imponen cada vez que se trata de Marx y de su obra. En primer lugar, nos parece
imprescindible distinguir tajantemente entre Marx y el marxismo96, pues,
entre otras cosas, el marxismo «se ha convertido en una gigantesca burla
filosófica contra el hombre que lo creó» (Alan Ryan, en Berlin, 10). Nótese que
esta tarea no consiste en «preguntarse quién es un ‘verdadero’ marxista en el
mundo moderno», ni en saber «quiénes son los marxistas ‘más verdaderos'»
(Kolakowski 1976: 15); se trata de reflexionar sobre por qué el estudio directo
de Marx nos merece mucho más respeto que su estudio mediado por las obras de
autores marxistas, y por qué es mejor y más fructífero estudiar a Marx que a
los marxistas97 (por mucho que estos sean más recientes y
supuestamente más próximos a nosotros). Aunque el origen de nuestra posición
tiene que ver con nuestra experiencia acerca de la teoría laboral del valor
(TLV) –una vez comprobado que la mayoría de los marxistas niegan, critican o al
menos se desentienden de la misma, y también que algunos no marxistas sí la
apoyan–, la realidad es que la distinción entre el marxismo y Marx es obligatoria
en casi todos los demás campos también. De todas formas, es posible que estas
diferencias en el campo marxiano-marxista no sean un caso excepcional, pues
parece que «es un hecho conocido, del que la historia de la civilización no
registra excepción alguna, que todas las ideas importantes se ven sometidas a
división y diferenciación a medida que aumenta su influencia» (Kolakowski 1976:
15); pero no por ello deja de tener razón Rubel cuando afirma que «la obra de
Marx exige una lectura aparte, sin las aportaciones de los discípulos, incluido
Engels» (en Rubel 2003: 16).
Algunos
estudiosos captan diferencias entre Marx y marxismo, pero las interpretan como
diferencias entre Marx y ciertos marxistas (por ejemplo, Kautsky98 o
Engels99); otros, sorprendidos por tantas discrepancias100, se
caracterizan por un «querer volver a Marx» (Ruiz Sanjuán 2014: 144); y,
finalmente, una minoría pretende «rescatar a Marx del marxismo» (Fernández
Liria y Alegre 2010: 29) o «liberar la obra de Marx de los avatares del
marxismo» (Manale 2003: 13), tras comprobar que Marx fue un «crítico del marxismo»101 y
que nunca «pretendi[ó] fundar una cosa llamada marxismo» (Fernández Buey 2004:
15). En lo queda de artículo, el estudio de Marx y El capital se desentenderá,
pues, del marxismo, y supondremos que «lo único que hay es (…) un cierto libro
inacabado que se titula Das Kapital» (Martínez Marzoa 1983,¡: 29).
La
«economía» de Marx: del materialismo a las matemáticas102
Para una
mayoría de marxistas, la teoría económica de Marx es una aplicación de una
teoría más general –el materialismo o materialismo histórico o concepción
materialista de la historia– al campo de la economía; en nuestra opinión, no es
así, pues la «economía» de Marx es una teoría específica de la sociedad
capitalista desarrollada. No estamos sugiriendo que haya una discontinuidad, ni
mucho menos un corte, una coupure à la Althusser, entre el joven Marx y el
maduro; al contrario, nos parece verdad que «Marx aplicó su básica teoría de la
deshumanización a los fenómenos de la producción e intercambio», de forma que
en buena medida todas sus obras económicas «son versiones cada vez más
elaboradas del mismo pensamiento» (Kolakowski 1976: 264)103.
Por otra
parte, también es verdad que «la economía de Marx no puede separarse de su
sociología, su política o su historia», y que, en ese sentido, el primer
volumen de El capital «no es tan puramente económico como se
suele creer» (McLellan 2000: 376). Tampoco negamos que muchas ideas de El
capital están enmarcadas en su concepción de la historia; pero en
cambio sí ponemos reparos a la afirmación de que «más de la mitad del libro es
una aplicación sumamente legible de la concepción materialista de la historia
al capitalismo británico de su época» (ibídem). También nos plantea problemas
la afirmación de que «en sus obras de los años cuarenta Marx y Engels hicieron
un macroanálisis de la producción social (…) A continuación, obviamente, Marx
debía acometer la argumentación económica de la concepción materialista de la
historia (…) Este problema requería un microanálisis de la producción
capitalista (…)» (Vygodski 1976: 30).
La clave
está en qué entendemos por «concepción materialista de la historia»104,
pues, si se entiende lo normal, coincidimos con que «Marx no sustenta en
absoluto la llamada ‘concepción materialista de la historia'» (Martínez Marzoa,
98). Para empezar, Marx fue también un crítico del materialismo105,
precisamente por conocer muy bien el materialismo clásico (Demócrito y Epicuro,
por ejemplo), el materialismo francés del siglo XVIII o el materialismo de
Feuerbach. En un sentido muy elemental, está claro que era antiidealista, y
prefería ser materialista que idealista a la hora de analizar cualquier
fenómeno social (y no sólo histórico); pero el materialismo de Marx se
caracteriza por ser un materialismo activo, no contemplativo. En su primera
tesis sobre Feuerbach escribió que «el defecto fundamental de todo el
materialismo anterior –incluido el de Feuerbach– es que sólo concibe las cosas,
la realidad, la sensibilidad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero
no como actividad sensible humana, no como práctica; de ahí que el lado activo
fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo
de un modo abstracto (…)» (Marx 1845: 35). Por eso, su materialismo pretende
desarrollar ese «lado activo» desde un punto de vista concreto y empírico: un
materialismo basado en la práctica, en los hechos, y, más exactamente, en la
actividad, en los actos de los individuos humanos reales, empezando por la
producción de su vida: el trabajo.
Lo
importante es comprender que esta preocupación filosófica por el materialismo
va dando paso a un creciente abordaje de lo que llamará la «economía», y ello
con un espíritu cada vez más científicomatemático: se desentiende del
materialismo (Fernández Liria 1998: 20) y «se aparta cada vez más de una
temática filosófica digamos ‘general’ o ‘convencional’, para ocuparse en lo que
él llama ‘la crítica de la economía política'», de forma que, sin dejar de
hacer filosofía, Marx define su economía, o el estudio de «la sociedad
moderna», como algo «específico» y no como aplicación de ninguna filosofía
previa; más específicamente, «esa sociedad aparece como una estructura
económica» y «el concepto mismo de estructura económica se genera, para Marx,
en el análisis de la sociedad moderna» (Martínez Marzoa 1983: 20, 98).
El
materialismo de Marx se nos ha transformado, pues, en una nueva actitud y
actividad científica y filosófica que, en ambos casos, implican una nueva
actitud y actividad matemática, ya que ahora entenderemos por «materiales» en
primer lugar los hechos matematizables. Que Marx sea científico y filósofo a la
vez no plantea ningún problema, dado que fue «en realidad un original
metafísico autor de su propia ciencia positiva; o dicho al revés, un científico
en el que se dio la circunstancia, nada frecuente, de ser el autor de su
metafísica, de su visión general y explícita de la realidad» (Sacristán, 1983,
364-5). Lassalle veía a Marx, en la época de los Grundrisse, como
«un Hegel convertido en economista, un Ricardo convertido en socialista» –y
McLellan agrega: «una síntesis entre Ricardo y Hegel» (McLellan 2000: 375,
379)–; y «su objetivo era, al ejemplo de Smith y de Ricardo, fundar la
‘fisiología de la sociedad burguesa'», aunque fuera desde una perspectiva
diferente (Rubel 2003: 82). Igualmente, Sacristán afirma, a pesar de que «Marx
es más hegeliano que ricardiano», que «la influencia epistemológica de Ricardo
y, en general, de los economistas ingleses ha obrado probablemente más en la
llegada de Marx a la ciencia normal de su época, al justo aprecio de la
empiria, a la adquisición de hábitos analíticos, etc.» (Sacristán 1983: 343-
344).
Marx
compartía, pues, la idea de lo que se llama hoy «materialismo científico», y
asume que «la ciencia positiva realiza el principio del materialismo a través
de una metodología analítico-reductiva» que «tiende incluso a obviar conceptos
con contenido cualitativo, para limitarse en lo esencial al manejo de
relaciones cuantitativas, o al menos, materialmente vacías» (Sacristán 2003:
151; 2004: 35). Y decir «cuantitativo» equivale a decir «matemático», pues los
hechos materiales en que consiste la «economía» de Marx pueden cuantificarse
con exactitud matemática: el tipo de hechos en que se cumple esa «ley
económica» es el de «los hechos que llamamos ‘materiales’, entendiendo por
tales aquellos hechos ‘que pueden ser constatados con la exactitud de las ciencias
de la naturaleza'», como la producción, los precios o los salarios (Martínez
Marzoa 1983: 60).
Por
tanto, Marx usó plenamente, junto al método hegeliano (con el que simplemente
«coquetea»), el método «normal» de la ciencia tanto para «localizar los hechos
de un campo de investigación y enlazarlos entre sí» (Sacristán 1983: 324-5)
como para construir modelos. Pero no sólo eso: pensaba, con Kant, que «una
ciencia sólo está desarrollada cuando alcanza el punto en que puede hacer uso
de las matemáticas», y, por ello, tras aplicar este criterio a la economía,
consiguió hacer una serie de aportaciones «matemáticas» muy importantes
(véanse, por ejemplo, Samuelson 1971: 399; Morishima 1974: 621; Bródy 1970: 93,
65-66; Smolinski 1973: 1201; Godelier 1966: 136; Fisher 1897; Witt-Hansen 1977;
Sacristán 2004: 354).
El
capital y sus libros
Hemos
visto que en octubre de 1864 Marx estaba trabajando intensamente en El
capital, cuyo primer volumen sería publicado tres años más tarde. Más
específicamente, estaba trabajando en el Manuscrito económico de
1864-65, un manuscrito que no se ha publicado como tal hasta 1992 en alemán
(y 2015 en inglés), y que contiene la última redacción de los tres libros
de El capital antes de la redacción final del texto definitivo
del libro I publicado en Hamburgo en 1867. Este manuscrito estuvo listo a
finales de 1865 (Draper 1985/86, I: 123) y consistía en un borrador completo de
los tres libros de El capital: el borrador del libro I jamás se ha
encontrado; el del libro II fue publicado en 1988 en la Sección II de la MEGA
(volumen 4.1.); y el del libro III fue editado por Müller y sus coautores en
1992 (MEGA, Sección II, volumen 4.2) (vid. Müller et al., 2002). Este último,
del que aún no existe versión española, ha sido traducido al inglés en 2015 por
Ben Fowkes, en una edición llevada a cabo por Fred Moseley.
Lo más
importante de estas nuevas publicaciones es que han hecho posible comparar el
manuscrito original de Marx del libro III (el único borrador que existe de
dicho libro) con la versión publicada por Engels en 1894, comparación que han
venido haciendo diversos autores alemanes desde 1992, a la que se suma ahora la
de Moseley. Este recuerda que durante mucho tiempo era una incógnita entre los
estudiosos marxistas en qué medida había cambiado Engels el manuscrito de Marx,
y si existían diferencias significativas entre las dos versiones; pues bien,
tras discutir las diferencias entre ambos textos capítulo a capítulo, Moseley
concluye: 1º) que, a pesar de que la edición de Engels está mejor organizada,
dando la impresión de estar más terminada y ser más completa de como era
realmente, su reorganización no cambió la estructura lógica general del
manuscrito de Marx; y 2º) que no existen cambios significativos en las dos
secciones más importantes del libro III: la segunda, sobre los precios de
producción y el «problema de la transformación», y la tercera, sobre la teoría
de la tendencia descendente de la tasa de ganancia. Ambas secciones, que son
las más importantes del libro III, estaban ya casi acabadas en el manuscrito de
Marx, y no experimentaron muchos cambios en la versión publicada por Engels106.
No vamos
a abordar aquí, de todos modos, el largo «recorrido» de Marx hacia El
capital (vid. El anexo I de Guerrero, 2008), pero sí recordar algunos
de sus principales momentos. Cuando escribía los Grundrisse (1857-58),
Marx concebía su «economía» dividida en seis volúmenes, el primero de los
cuales iba a llamarse El capital. La Contribución a la
crítica de la economía política (1859) fue la primera parte de ese
primer volumen, pero la segunda parte no se terminó porque todo el primer
volumen previsto se estaba convirtiendo en una nueva unidad conceptual dividida
ahora en cuatro libros (los 4 libros de El capital). El primer
trabajo posterior a la Contribución fue el manuscrito de
1861-63, de donde Kautsky extrajo las Teorías sobre la plusvalía o
volumen IV de El capital, que él mismo publicó entre 1905 y 1910.
Entre 1863 y 1865, Marx trabajó en los tres libros de El capital:
el III lo escribió antes de la redacción del I; el II, antes y después de la
redacción del I; y, tras publicar el libro I (1867), no pudo terminar los
libros II y III, que Engels «terminó» (editó) y publicó en 1885 y 1894
respectivamente. El conjunto de los cuatro libros de El capital hoy
ya publicados debería haber tenido su continuación en cinco volúmenes
adicionales que vendrían después de El capital pero que nunca
fueron comenzados realmente: Propiedad de la tierra, Trabajo asalariado,
Estado, Libre comercio, Mercado mundial (McLellan 1973: 533).
Pues
bien, son muchos los autores no marxistas, biógrafos incluidos, que han alabado
este libro y a su autor con la misma fuerza que los marxistas (por ejemplo
Engels, quien afirmó que «somos lo que somos por obra de él [Marx]; sin él,
estaríamos aún hundidos en un cenagal de confusión»: Berlin, 197). A Isaiah
Berlin, por ejemplo, le parecía que para Marx el viejo orden capitalista «se
desmoronaba patentemente ante sus ojos, e hizo más que ningún otro hombre para
acelerar el proceso, procurando acortar la agonía que precede al fin» (Berlin
1939: 41). Este resultado único fue en gran medida fruto de este libro, que su
autor consideraba el más terrible misil jamás lanzado a la cabeza de la
burguesía; pero Berlin no se queda atrás y escribe que El capital
«En su
totalidad constituye la acusación más formidable y fundada jamás lanzada contra
todo un orden social, contra sus gobernantes, sus ideólogos, los que lo apoyan,
sus instrumentos conscientes e inconscientes, contra todos aquellos cuyas vidas
están enlazadas en su supervivencia. Lanzó este ataque contra la sociedad
burguesa en un momento en que esta había alcanzado la cúspide de su prosperidad
(…)» (ibídem).
Aunque El
capital es «una amalgama original de teoría económica, historia,
sociología y propaganda que no encaja en ninguna de las categorías aceptadas»,
el propio «Marx lo consideraba primariamente un tratado de ciencia económica»
(Berlin 1939: 197), y por tanto «a menudo un libro lento y pesado, la obra de
un profesor, no de un luchador» (Gabriel 2011: 448). En cuanto al volumen
publicado en vida de Marx (libro I, 1867), este se preocupó mucho por que su
libro fuera lo más popular posible y así estuviera al alcance de la clase
obrera, a quien iba dirigido: «He dado el carácter más popular posible a lo que
se refiere más concretamente al análisis de la sustancia y la magnitud del
valor»; aun así, «los comienzos son siempre difíciles, y esto rige para todas
las ciencias», por lo que «la comprensión del primer capítulo, y en especial de
la parte dedicada al análisis de la mercancía, presentará, por tanto, la
dificultad mayor.» (Marx 1867: 43; Wheen 1999, 286)
Aunque
«Engels se quedó asombrado de que Marx hubiese sido capaz de explicar la teoría
económica de manera fácil y con un lenguaje sencillo», el libro no resultaba
fácil para nadie y «era difícil de digerir incluso para los intelectuales»
(Gabriel 2011: 444, 447); por ejemplo, William Morris, que era no sólo
socialista y comunista sino también marxista, exclamó, al enfrentarse a la
experiencia, que «estaba desesperado por la confusión de mi cerebro» (Wheen
1999: 287). Se entiende que «el mero peso físico del libro, por no mencionar
sus fórmulas matemáticas107, sus múltiples lenguajes, sus eruditas
referencias literarias108 y filosóficas, y su teorización
abstracta, lo hacían casi inaccesible», y además «daba también la sensación de
que El capital era en realidad dos libros», debido al «extenso
uso que hacía Marx de las notas a pie de página» (Gabriel 2011: 447). Por su
parte, McLellan señala tres razones por las que el comienzo de El
capital era particularmente difícil: 1) por el «molde» o hechura
hegeliana de todo el libro, 2) porque los primeros nueve capítulos, a
diferencia del resto109, son de naturaleza teórica y muy abstractos, y
3) porque los conceptos que usa Marx eran conocidos por los economistas de su
época pero luego fueron abandonados por las escuelas ortodoxas de la economía
(por ejemplo, para los marginalistas no existe un concepto de valor diferente
del de precio). No sorprende, entonces, que algunos potenciales lectores
pidieran consejo a Marx sobre cómo facilitar la lectura del libro, pero sólo
conocemos dos consejos del autor: a la mujer de su amigo Ludwig Kugelmann,
Gertrud, le aconsejó que empezara leyendo los capítulos sobre «La jornada de
trabajo» (cap. 8), «La maquinaria y la industria moderna» (cap. 13) y «La
acumulación capitalista» (caps. 23 y 24) (McLellan 1973: 400); por otra parte,
como introducción a la lectura de El capital, aconsejó leer primero
la Filosofía de la miseria y el Manifiesto
comunista (McLellan 2000: 143).
A pesar
de las dificultades, Marx estaba convencido de que el proletariado terminaría
leyendo110 y apropiándose del libro que Engels llamaba «la biblia
de los trabajadores» (Blumenberg 1972: 165; Attali 2005: 329)111. Engels
escribió que «en cuanto al triunfo definitivo de las tesis expuestas en
el Manifiesto, Marx confiaba exclusivamente en el desarrollo
intelectual de la clase obrera, tal como deriva necesariamente de su acción
conjunta y de su discusión» (Prólogo a la 4ª edición de Marx y Engels, 1848, 115;
Rubel 2003: 25); sin duda, Marx confiaba en las mismas fuerzas para el triunfo
de las ideas de El capital112. Por eso, aunque «repetía constantemente
que se necesitarían años, si no décadas, para educar y preparar113 a
los trabajadores para que tomasen las riendas del poder», también «esperaba que
estos mismos trabajadores no sólo absorbiesen y entendiesen El capital, sino
que lo hiciesen rápidamente» (Gabriel 2011: 447). Con El capital –decía
ese «estudioso partisano»114 que fue su autor (Carmichael 1968:
226)–, «espero obtener, para nuestro partido, una victoria en el campo
científico»115 y «asestar a la burguesía, en el plano teórico, un
golpe del que no volverá a rehacerse»116. Pero «la tarea de preparar a
los obreros para la revolución era para él una tarea científica» (Berlin 1939:
144).
¿Qué es
lo más importante del libro publicado por Marx? En una carta a Engels de 24 de
agosto de 1867, ya en imprenta el libro, escribe Marx lo siguiente: «Los
mejores puntos de mi libro son: 1) El doble carácter del trabajo, según que sea
expresado en valor de uso o en valor de cambio (toda la comprensión de los
hechos depende de esto, se subraya de inmediato en el primer capítulo); 2) El
tratamiento de la plusvalía independientemente de sus formas particulares,
beneficio, interés, renta del suelo, etcétera. Esto aparecerá especialmente en
el segundo volumen. El tratamiento de las formas particulares por la economía
clásica, que siempre las mezcla con la forma general, es un buen revoltijo.»117 (vid.
Bértolo 2017: 537).
En cuanto
al primer punto, Marx se queja de que, siendo «lo mejor» de su libro, sin
embargo «ha escapado a la atención de todos los economistas, sin excepción, que
si la mercancía es algo dual –valor de uso y valor de cambio–, entonces el
trabajo incorporado a la mercancía debe ser también de carácter dual (…) De
hecho, aquí se encierra todo el secreto de la concepción crítica» (Bródy 1970:
67). Como dice Vygodski, esta «idea de la naturaleza doble del trabajo»118 aparece
ya en el capítulo primero y «constituye el contenido fundamental de la teoría
marxista del valor»; y, aunque algunos economistas «estuvieron muy cerca»,
nadie ha comprendido que esta teoría «se diferencia radicalmente de la teoría
del valor-trabajo desarrollada por los precursores de Marx, los economistas
burgueses clásicos» (Vygodski 1976: 39-40; Kolakowski 1976: 266, 273ss).
En cuanto
al segundo punto, Marx colocó en el frontispicio de sus Teorías sobre
la plusvalía la siguiente «Observación general»: «Todos los
economistas participan del error de examinar la plusvalía, no como tal, en su
forma pura, sino en las formas especiales de ganancia y renta. Los errores
teóricos que por fuerza deben surgir de ello se muestran más en detalle en el
capítulo III119, en el análisis de la forma muy modificada que la
plusvalía adopta como ganancia» (Marx 1861-63, I: 33). Enfatizando la importancia
que tiene esta observación marxiana, Sacristán escribe que el análisis de la
plusvalía, «forma general» transformada en las «formas particulares,
transformadas, de beneficio y renta de la tierra», siguiendo «leyes muy
peculiares descubiertas por Marx» [expresión de Engels], es «pura ciencia
(teoría) positiva» (Sacristán 2004: 257-8).
La Teoría
laboral del valor
Aunque
algunos piensan que la gran aportación de Marx es su teoría del plusvalor o de
la explotación120, acabamos de ver que, para Marx, lo principal era la
cuestión del valor (de la que deriva la del plusvalor). Marx opina que sólo hay
una teoría del valor que pueda explicar el precio de las mercancías (incluido
el de la mercancía fuerza de trabajo): la que se basa en la cantidad de trabajo
socialmente necesario; junto a esta primera teoría (1ª), mencionaremos otras
dos, difundidas más tarde (2ª y 3ª), que en realidad no explican nada.
1ª. El
valor nuevo lo crea el trabajo, no el mero paso del tiempo (como creen los
neoclásicos) ni el uso de mercancías para producir mercancías (como creen los
sraffianos y, en general, los neofisiócratas). Igualmente, el pluscapital o
plusvalor lo crea el plustrabajo, y no la productividad del capital monetario o
de las mercancías. Increíblemente, nadie presta atención hoy en día al capítulo
20 de los Principios de Ricardo (1817), dedicado explícita y completamente a la
cuestión «Riqueza y valor: sus propiedades distintivas». En él, Ricardo explica
que una cosa es la riqueza (conjunto de valores de uso) y otra muy distinta el
valor de esa riqueza; y critica frontalmente a Say por no hacer esta
distinción, generando así uno de los mayores «errores de la economía política».
No sorprende, por tanto, que casi nadie distinga entre «factores productivos de
riqueza» y «factores productivos de valor», excepto gente como Ricardo y Marx,
pero también Petty y Cournot121. Para la TLV (que también Cournot
defendía, a la vez que desechaba la utilidad y la escasez), todos los factores
productivos contribuyen a producir la riqueza pero sólo el trabajo crea el
valor de esa riqueza.
Según
Marx, la fórmula general del capital es << D – M (mmpp, ft) …P… M’ – D’
>>, es decir, el capitalista adelanta un capital (dinero) D para comprar
mercancías (M) en forma de medios de producción (mmpp) y fuerza de trabajo
(ft), combina ambos en un proceso de producción (…P…) y obtiene un producto
mercantil de mayor valor que M (M’ > M), producto que, al ser vendido, se
convierte en una cantidad de dinero superior al capital inicial (D’ > D). Si
esto lo convertimos en una fórmula expresada exclusivamente en términos de
valor, llamando K al capital inicial, c al capital constante (valor de los mmpp
comprados), v al capital variable (valor de la ft comprada), «…T…» al proceso
de trabajo, y va al valor añadido, y haciendo K’ = K + ΔK, tenemos:
K – M (c,
v) …T… M’ (c, va) – K’ (K + ΔK) (1)
Si
partimos del principio del intercambio de equivalentes (es decir, K = M y M’ =
K’) y observamos que el valor de las cosas no aumenta por sí solo (ni siquiera
cuando los mmpp se integran en el producto, y su valor en el valor de este),
entonces M’ > M, y el valor ha de crearse necesariamente en y durante el
proceso de trabajo, «…T…»; pero como c = c, tiene que ser que va > v, y la
diferencia «(va – v)» tiene que ser = ΔK. El pluscapital ΔK sólo puede tener su
origen en que va > v, es decir, en que el valor añadido por el trabajo es
superior al valor de la propia fuerza de trabajo. De aquí se deduce que el
hecho de que el trabajo cree valor nuevo implica que el pluscapital se debe al
plustrabajo, e implica, por ende, que existe explotación del trabajo por el
capital.
2ª. La
teoría utilitarista del valor de los neoclásicos se basa en la utilidad
marginal del consumidor, y en esto no podemos entrar ahora122. Pero sí
podemos decir que, a la vista de la ecuación (1), estos autores la rechazarían
por completo, sustituyéndola por la ecuación (2):
K – M
(m1, m2) …Tiempo… M’ (m1, m2 m3) – K’ (K + ΔK) (2)
Lo que
hace crecer al capital, haciendo que (m1 + m2) se convierta en (m1 + m2 + m3)
es el simple paso del tiempo, como de hecho parece ocurrir con cualquier activo
financiero. No sólo no es necesario el trabajo sino tampoco la producción: es
como si viviéramos en un mundo de bancos con banqueros (que se apropian de m3)
pero sin bancarios (pues no se necesita trabajo).
3ª. El
pluscapital de los neofisiócratas es el plusproducto (no vinculado
necesariamente al plustrabajo), o, mejor dicho, el valor del plusproducto, que
resulta de multiplicar el plusproducto en sí (físico) por los precios de las
mercancías que lo componen. Fred Moseley echa de menos el dinero en esta
concepción; por eso escribe que la fórmula que la describe debería ser:
M …P… M’
(3);
pero nos
parece más completa y representativa la ecuación (4), donde, al igual que
hicimos más arriba, señalamos dentro de un paréntesis los componentes de M y
M’:
M (coste)
…Producción… M’ (coste· (1 + r)) (4)
En este
caso, no es que el trabajo esté ausente, sino que, al interpretarse el trabajo
(más que la fuerza de trabajo) como una mercancía más, esta forma con las demás
mercancías el «coste de producción». Ahora bien, el plusvalor no necesita ser
explicado ni deducido, basta con ser supuesto y presupuesto: como partimos de
matrices insumo-producto no negativas y «productivas» (es decir, los insumos, o
costes, sólo son una fracción del producto), está claro que estas contienen un
autovalor positivo (del cual es función la tasa de ganancia, r) al que vendrá
asociado el correspondiente vector de precios. Nada de lo anterior es falso,
pero no se comprende bien por qué tienen necesidad de desligar la producción
del trabajo, y el plusproducto del plustrabajo.
EL
CAPÍTULO 1º DE EL CAPITAL
Antes de
decidirnos por el capítulo 1 para ilustrar los ciento cincuenta años de El
capital, estuvimos considerando la alternativa del capítulo 23 («La ley
general de la acumulación capitalista»123) como buena representación del
libro I, por la importancia del tema que trata y por su contenido dinámico.
Para McLellan, el 23 es «el capítulo más hermoso del libro», donde ocurre que
«el capitalista, siendo presa de un ‘conflicto fáustico entre la pasión por la
acumulación y el deseo de goce’, se veía obligado a crear un ‘ejército
industrial de reserva’ o una vasta balsa de trabajadores temporalmente
desempleados para servir a las fluctuaciones del mercado» (McLellan 1973: 402).
Pero el
capítulo 1 contiene lo esencial de la teoría laboral del valor (TLV), que, como
sabemos, es la base de toda la construcción marxiana. Esta TLV tiene como tesis
principal que los precios de las mercancías normales124 vienen
determinados por las cantidades respectivas de trabajo necesarias para
producirlas y reproducirlas en condiciones sociales y técnicas medias. Todas
las mercancías –entendida siempre cada una como un «ejemplar medio de su
clase»–, son valores de uso, o cosas útiles; pero, al mismo tiempo, el cuerpo
de dichas mercancías es portador de una propiedad fantasmal, no evidente, que
es el valor de cambio. El observador superficial identifica el precio con la
cosa, es decir, cree que su precio es algo innato en la mercancía, intrínseco a
ella, sin darse cuenta de que el precio existe solamente en el seno de unas
relaciones sociales determinadas (no otras) que son las que separan a los
capitalistas de los trabajadores, así como a los trabajadores de cada unidad
productiva (empresa) de los de todas las demás: en este contexto, la relación
social entre los individuos aislados tiene que expresarse por medio de una
relación entre mercancías. Pero un análisis más detenido permite ir más allá de
esto y resumir el contenido de este epígrafe 4 en los siguientes 13 puntos125:
1º. La
dualidad. Hemos dicho que en la mercancía hay una dualidad entre valor de uso y
valor de cambio. Pero el valor de cambio no es en realidad más que una forma de
expresión del valor, que es la propiedad, que tienen todas las mercancías en
común, de ser el resultado directo del trabajo que las produce. La única
propiedad que no las distingue sino que las iguala126 (por tanto,
que no puede ser inherente al valor de uso), que es omnipresente en todos los
bienes (y también en todos los servicios), y que además es cuantificable127,
es la de ser el resultado directo de un proceso de trabajo que las iguala como
un quantum determinado de trabajo coagulado128 en cada una de
ellas. Pero si hay una dualidad de la mercancía, también hay una dualidad del
trabajo, y, aquí, este trabajo no es el trabajo concreto (work) que desarrollan
los trabajadores en el ejercicio de su especialización, sino el trabajo abstracto129 (labour)
que una específica existencia social humana pone en el interior de cada trabajo
concreto130. Aunque muchos economistas tienen dificultades para ver qué
cosa es el trabajo abstracto, en realidad no se trata de algo muy diferente de
la abstracción implícita e inconsciente que ellos mismos realizan (y en
realidad todo el mundo) cuando hablan, por ejemplo, de la existencia de 6
millones de parados o de una población activa de 24 millones de trabajadores,
etc.; todas estas cantidades, perfectamente válidas en cuanto sumas de algo
homogéneo (trabajo abstracto, en definitiva), son a la vez «sumas» de n tipos
completamente heterogéneos de trabajadores concretos.
2º. La
magnitud del valor de cada mercancía se cuantifica como cierto número de horas
(tiempo) de trabajo socialmente necesario, y ello tanto en un sentido técnico
(que se estudia en el libro I de El capital) como en un sentido social (que se
desarrolla más completamente en el libro III), que relaciona la cantidad
producida socialmente de cada mercancía con la cantidad demandada por la
población como el valor de uso social que cubre sus necesidades131.
3º. La
forma de valor. El valor tiene un contenido o sustancia (el trabajo), pero
también una «forma» que es el valor de cambio. Veamos las distintas formas de
valor. 1) En su forma simple, una mercancía equivalente (B) expresa mediante
cierta cantidad de su valor de uso el valor de una primera mercancía (A);
vistas como mercancías independientes, A y B son sólo «portadoras de valor»,
pero en la relación A = B, B es algo más: B es valor132. 2) Al igual que
ocurre con este primer equivalente, puede haber numerosas (n) mercancías que
sirvan simultáneamente de equivalentes de A: esta es la forma desplegada del
valor. 3) Pero, de igual forma que una mercancía cualquiera puede expresar su
valor en el valor de uso de otras n mercancías distintas, también es posible
expresar el valor de estas n mercancías en cierta cantidad de valor de uso de
A: esta es la forma general de valor. 4) Lo que ocurre es que, en último
término, la contradicción o antítesis interna (dualidad intrínseca) que existe
entre el valor de uso y el valor de una mercancía se exterioriza
(exteriorización que ya existía en la forma simple) como contradicción o
antítesis externa entre el valor de las n mercancías y el valor de uso de una
única mercancía especial, el dinero, que queda separada de las demás y se
convierte en el medio de expresión necesario de los valores mercantiles; esta
es, pues, la cuarta forma de valor: la forma de dinero. Esto significa que los
valores tienen que expresarse necesariamente en dinero, que no es sino la forma
monetaria del valor. Por esa razón, Marx se refiere siempre a los valores como
una cierta cantidad de libras, etc.
4º.
Fetichismo. El carácter fetiche de la mercancía –»fetichista», «fantasmal»,
«fantasmagórico», «enigmático», «misterioso», «mágico», «místico»,
«fantástico», «ilusorio», «neblinoso»…, son los adjetivos que usa Marx– se
reduce esencialmente a algo simple: basándose en la apariencia133, los
mercaderes, hombres prácticos, y los economistas, sus teóricos o sicofantes,
conceden carácter social a lo que sólo es lo natural de la mercancía (por
ejemplo, llaman capital a lo que sólo es un medio de producción); y, a la
inversa, toman por natural lo que no es sino su lado social y nada natural (por
ejemplo, que la mercancía tenga precio se considera una propiedad natural más
de la cosa-mercancía). El famoso «fetichismo» se reduce por tanto a este doble
quid pro quo, que surge, no del cuerpo de la mercancía, que es fácil de
comprender, sino de su forma, su propia forma mercantil, debido a la «peculiar
índole social del trabajo que las produce», es decir, debido a que los trabajos
privados e independientes que las producen sólo se vuelven sociales (parte del
todo al que realmente pertenecen) por medio del intercambio y el mercado.
5º.
Dejando de lado el proceso del intercambio (cap. 2) y las funciones del dinero
(cap. 3), veamos la transformación del dinero en capital. En un primer momento,
los productos se cambian como simples valores de uso, P – P, siendo «fortuita»
la proporción cuantitativa en que lo hacen. Sólo cuando la repetición convierte
este intercambio en un proceso social regular, esta proporción pasa a depender
de su producción, convirtiéndose así en valor. El trueque bilateral entre dos
mercancías, M – M, da paso a un trueque multilateral, M – M – M, en el que el
papel central lo ocupa la mercancía que está convirtiéndose ya en dinero pero
aún no lo es134. Las propiedades naturales de ciertas mercancías –como
la calidad uniforme y la divisibilidad de los metales preciosos– hacen que el
oro adquiera poco a poco un papel creciente, hasta convertirse finalmente en la
mercancía general y medio universal de intercambio y de pago. Y como el valor
no lo confiere el intercambio sino la producción, el valor del oro se determina
exactamente igual que el de las demás mercancías. Por tanto, M – M – M se
transforma en M – D – M, fórmula cuyo lema es «vender para comprar». Pero junto
a este uso del «dinero en cuanto dinero» aparece el «dinero en cuanto capital»:
como la fórmula D – M – D es imposible, pues se trataría de un proceso «absurdo
y fútil», ha de ser D – M – D’, es decir, un proceso de «comprar para vender»
que termina con una cantidad de dinero mayor que al principio (D’ = (D + ΔD)
> D), donde ΔD es un plusvalor (pluscapital), siendo el movimiento que lo
genera lo que transforma desde principio al dinero en capital.
6º. La
fórmula D – M – D’ corresponde tanto al capital financiero y mercantil como al
industrial, pero en este último caso se ha de llevar a cabo un proceso de
producción entre dos procesos sucesivos de intercambio basados en el principio
del intercambio de equivalentes, lo que convierte la fórmula anterior en una
más desarrollada: D – M (MMPP + FT) …P… M’ – D’. El capitalista emplea su
dinero o capital-dinero (D) en la compra de medios de producción y fuerza de
trabajo135 (M), reúne ambas condiciones de trabajo en un proceso de
producción determinado (…P…) y obtiene un producto mercantil de un valor
superior al de todas las mercancías compradas (M’ > M), valor que se
convierte, si M’ es adecuadamente transformada en dinero (D’), en un capital
que incluye ahora un pluscapital, lo que permite reinvertir una parte del mismo
para reiniciar el proceso a una escala superior. Marx demuestra que el origen
de ese pluscapital o plusvalor es el plustrabajo, lo que se debe a lo
siguiente; el capitalista gasta su dinero de dos formas: por una parte compra
medios de producción con una parte de su capital que es constante, y por otra
compra la fuerza de trabajo de los obreros con la otra parte de su capital que
es capital variable; y es variable porque el pago de los salarios permite que
la fuerza de trabajo comprada por el capital desarrolle para su dueño, el
capitalista, una cantidad de horas de trabajo (es decir, de valor nuevo o valor
añadido) superior a las horas necesarias para reproducir el valor de dicha
fuerza de trabajo (es decir, el valor de la cesta efectiva de consumo del
trabajador). Que exista esta mercancía especial que permite, al ser consumida136,
crear más valor de lo que cuesta no es una «injusticia»: es una suerte137 para
el capitalista que, de esta manera, se apropia gratuitamente de una parte del
trabajo realizado (la fracción que supera al trabajo necesario y suficiente
para la reproducción del obrero), lo que constituye la explotación del trabajo
por el capital.
7º. El
valor total de la mercancía se compone, pues, de tres componentes: capital
constante (c), capital variable (v) y plusvalor (pv). Visto a escala global, el
valor de la producción total de bienes y servicios es la suma del valor añadido
o producto final (o renta producida en forma de salarios y beneficios) más la
producción intermedia (o consumo intermedio). La correspondencia entre la TLV y
las igualdades contables de la Contabilidad nacional oficial es, a este
respecto, completa.
8º. La
jornada de trabajo queda así dividida en dos partes: trabajo necesario y
plustrabajo; y el valor creado queda repartido entre capital variable (v) y
plusvalor (pv). Cuando estos dos se ponen en relación, obtenemos el cociente
pv/v, que es la tasa de plusvalor, tasa que expresa el grado de explotación del
trabajo. Este grado de explotación tiende a aumentar con el tiempo, ya sea
porque se aumenta el plusvalor absoluto al incrementarse la duración o la
intensidad de la jornada laboral o, lo que es más probable, porque se aumenta
la productividad social del trabajo gracias a la mecanización progresiva de la
producción social en su conjunto, dando lugar a un aumento del plusvalor
relativo. Aunque la tasa de plusvalor refleja la auténtica relación entre el
plusvalor y el trabajo, es habitual que se preste atención también a la tasa de
ganancia, r, que es una transformación de la primera: el cociente entre el
plusvalor y el capital total: pv/(c + v). Esta última tasa desempeña un papel
muy importante en el libro III de El capital, en forma de lo que Marx llamó la
«ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia».
9º. El
aumento de la productividad social del trabajo tiene su origen en la
entronización de la máquina en el seno del proceso de producción, que da lugar
a la revolución industrial. El modo técnico de producir cambia al pasar de la
industria artesanal (gremial) y manufacturera138 a la gran
industria (mecanizada o maquinizada), caracterizada por la sustitución del
taller por la fábrica (incluida la fábrica automática y el sistema fabril). La
máquina se apropia de la destreza del obrero139, destreza que pasa a ser
ahora una función de su propio cuerpo mecánico. La cooperación simple del
trabajo y la fundada en la división del trabajo se convierten ahora en una
cooperación entre máquinas (ya sea entre muchas máquinas similares, ya mediante
un «sistema de máquinas»140 o un «sistema automático de máquinas»141),
y el incremento de la productividad se debe a la mejora de las tres partes en
que consiste toda maquinaria: el mecanismo motor, gracias a la máquina de
vapor, aumenta su potencia más allá de los límites de la fuerza orgánica del
obrero; el mecanismo de transmisión se adapta a dichos cambios; y la
máquina-herramienta, o máquina de trabajo, sustituye a las herramientas del
artesano y el manufacturero, siendo ella misma la que emplea ahora las
herramientas. A esto se suma el paso que hay entre producir máquinas
artesanalmente y producir máquinas por medio de máquinas. A la subsunción
formal del obrero al capital –su sometimiento al contrato laboral142, a
los vaivenes del mercado de trabajo, y al representante y a la disciplina
impuestos por el propietario– se le une ahora su subsunción real, es decir, el
sometimiento a la autoridad y el ritmo de la máquina y, por tanto, del
capitalista a través de la máquina.
10º. La
mecanización es indispensable para que el capitalista luche adecuadamente
contra sus obreros y sus competidores. Aparte de lo ya dicho, la máquina, al
sustituir mano de obra de forma creciente, ayuda a crear un desempleo y un
ejército industrial de reserva que presionan a la baja el nivel medio de los
salarios, operando así nuevamente al servicio del capitalista. Al mismo tiempo,
la mecanización supone una capitalización creciente, pero es el origen de un
aumento de productividad que se manifiesta en una disminución del coste
unitario del producto y, por tanto, de su precio, lo que constituye el arma
fundamental en la batalla competitiva. De esta forma, se desplaza a los
competidores no mecanizados en el mercado interno, permitiendo ganar cuota de mercado;
pero también se desplaza en el mercado mundial a los países donde el modo de
producción burgués aún no ha sido implantado.
11º. La
simple continuidad del proceso capitalista –la reproducción «simple»– permite
ver que todo capital no es sino «plusvalor capitalizado» (o «capital
acumulado»), es decir, todo capital se convierte, tarde o temprano, en «valor
apropiado sin equivalente» y concreción material de trabajo impago. Asimismo,
al comprar fuerza de trabajo el capitalista mata dos pájaros de un tiro:
valoriza su capital convirtiendo una parte en capital variable, y al mismo
tiempo reconvierte los medios de subsistencia en nuevos obreros, de forma que
«la clase obrera, también cuando está fuera del proceso laboral directo, es un
accesorio del capital», un «accesorio móvil de la fábrica», un «esclavo» sujeto
a su propietario por «hilos invisibles», en vez de por cadenas. El proceso
capitalista reproduce así, constantemente, la «escisión entre fuerza de trabajo
y condiciones de trabajo», es decir, las «condiciones de explotación» del
obrero, que se ve continuamente arrojado al mercado como vendedor de su fuerza
de trabajo y como alguien que «en realidad pertenece al capitalista aun antes»
de venderse a él. Reproduce la relación capitalista misma: «por un lado el
capitalista, por la otra el asalariado», y la reproduce a escala creciente.
12º. La
ley general de la acumulación capitalista. La acumulación hace que crezca el
capital en un polo de la relación capitalista y que crezca el proletariado en
el polo opuesto, pero la suerte que este corre depende sobre todo de los
cambios en la composición orgánica del capital (coc, o cociente c/v)143, es
decir, del aumento (caso b) o no (caso a) de la cantidad de medios de
producción que un obrero transforma en producto por unidad de tiempo.
(a) Para
el obrero, las condiciones más favorables de la acumulación se dan con una coc
inalterada, pues entonces es posible que la demanda de obreros supere su oferta
y que los salarios aumenten, en cuyo caso pueden ocurrir dos cosas: que esta
alza salarial no impida que la acumulación continúe, o bien que sí la impida, o
la perjudique, en cuyo caso el capital reaccionará frenando la acumulación: de
este modo, bajarán los salarios, desapareciendo así la causa del problema. Los
movimientos de la acumulación son, pues, la variable independiente, y la
magnitud del salario la dependiente (no a la inversa), pero la ley de la
acumulación capitalista excluye toda mengua en el grado de explotación que
pueda amenazar seriamente la relación capitalista.
(b) Pero
la palanca más poderosa de la acumulación consiste en el aumento de la
composición del capital, pues el aumento de la productividad consiguiente
significa la expulsión de mano de obra ya empleada y una más lenta atracción de
nuevos obreros, de lo que resulta una «ley de la población» peculiar al
capitalismo: la «sobrepoblación relativa», o creación de un ejército industrial
de reserva (eir) que sirve de colchón de seguridad frente a expansiones y
contracciones súbitas de la producción. Como este eir crece más deprisa que la
propia acumulación de capital y el cambio técnico, se convierte en una nueva
palanca de la acumulación144 y al mismo tiempo en una necesidad o
condición de existencia del sistema, que en su ciclo económico pasa por las
fases de «animación media, producción a toda marcha, crisis y estancamiento».
De esta manera, el capital no sólo establece la demanda de obreros sino
también, mediante el eir, una oferta creciente de estos, lo que aumenta la
competencia entre los trabajadores, hace bajar sus salarios y los obliga unas
veces al «ocio forzoso» del desempleo, y otras veces (cuando están ocupados) al
«exceso de trabajo».
Por
tanto, la proporción entre el ejército «activo» de trabajadores y el de reserva
(eir) depende del ciclo económico, no demográfico, y la sobrepoblación relativa
adopta cinco variantes: 1) la fluctuante, típica de la industria, hace que
aumente el empleo femenino y que el obrero se desgaste antes y deba ser
reemplazado por otro más joven; 2 la latente, típica de la agricultura, que es
ese exceso de población rural siempre a punto de convertirse en proletariado
urbano o manufacturero; 3 la estancada, que es sobre todo el empleo irregular
de la economía negra o sumergida145; 4 la esfera del pauperismo, que
afecta a tres categorías de pobres: los que aún pueden trabajar, los
incapacitados (viejos, mutilados, degradados, etc.) y los «huérfanos e hijos de
indigentes»; 5 el lumpenproletariado propiamente dicho: vagabundos, delincuentes,
prostitutas.
En
resumen: con el incremento de la riqueza capitalista, aumenta no sólo el
proletariado y la fracción de este que pertenece al eir y al pauperismo, sino
la «miseria» y «precariedad» de todo el conjunto: esta es la «ley general,
absoluta», de la acumulación capitalista. Esta «acumulación de miseria»146,
que acompaña a la de riqueza en el otro polo147, no sólo es
independiente de que el salario sea alto o bajo sino que muestra el carácter
«antagónico» que señalan los economistas clásicos148.
13º. La
acumulación originaria del capital. La acumulación de capital presupone la
producción capitalista, pero esta requiere, la primera vez, una acumulación
«previa» (Smith) u «originaria» (Marx), una génesis histórica que no es tanto
la acumulación física de capital o de dinero, sino un largo proceso histórico
que escinde o divide lo que hasta ese momento era un conjunto o entidad social
única, a saber, la unidad básica familiar que explotaba la tierra antes del
capitalismo: se trata de «un proceso de escisión entre los trabajadores y las
condiciones de trabajo». En el siglo XVIII y antes de él, la inmensa mayoría de
la población rural estaba formada por campesinos libres149 y a la
vez propietarios sólo de una pequeña explotación agraria (y ganadera e
industrial) en la que toda la familia trabajaba a la vez con sus manos y sus
medios de producción. De esa forma, medios de producción y fuerza de trabajo
formaban una unidad en el campesino típico. Pues bien, la acumulación
originaria del capital es precisamente la separación de eso que estaba unido,
de forma que finalmente la fuerza de trabajo y el trabajo quedaron separados de
los medios de producción: quedó la fuerza de trabajo por un lado (en manos de
unos campesinos y excampesinos que habían perdido su propiedad) y los medios de
producción por otro (en manos de los capitalistas que habían comprado o
expropiado esas tierras a los campesinos). Buena parte de estos campesinos
expropiados quedaron durante mucho tiempo desempleados o reducidos a
ocupaciones marginales hasta que pasaron a integrar bandas de vagabundos,
bandoleros y otras similares, que intentaban ganarse la vida fuera del mercado
de trabajo (en el campo en su mayor parte); pero finalmente se vieron obligados
a claudicar150 y convertirse en asalariados, ya fuera en la propia
agricultura, o bien en la industria, el transporte (ferrocarril) o en otros
servicios. Este nuevo proletariado surge, pues, de una doble liberación del
trabajo: 1) respecto de la servidumbre feudal y la coerción gremial, que han
desaparecido; 2) pero también respecto a sus antiguos medios de producción, que
han perdido.
Ejemplificados
por la metáfora de Tomás Moro en su Utopía, en la que «las ovejas devoran a los
hombres», existieron toda una serie de métodos violentos151 para la
expropiación terrible y dificultosa de las masas populares, o «prehistoria del
capital». De esta forma, la propiedad privada construida a fuerza de trabajo
propio es desplazada por la propiedad privada capitalista, mas esta «primera
negación» viene seguida por la «negación de la negación», que restaura la
propiedad individual, pero sobre el fundamento de la conquista alcanzada por la
era capitalista: la cooperación de trabajadores libres y su propiedad colectiva
sobre la tierra y sobre los medios de producción. La producción de miseria
ligada a la acumulación capitalista va acompañada por la creciente rebeldía de
la clase obrera, dispuesta a convertir la propiedad privada capitalista en
propiedad social; este proceso será mucho más rápido y sencillo que el parto de
las «leyes naturales eternas» del capitalismo: si en este se trataba de la
expropiación de la masa del pueblo por unos pocos usurpadores, ahora se tratará
de la usurpación de unos pocos usurpadores por la masa del pueblo152.
Suena la hora de la propiedad capitalista, y «los expropiadores son
expropiados».
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NOTAS
1
diego.guerrero@cps.ucm.es
2
Heinrich Marx y su medio holandesa esposa Henriette Pressburg (apellido
proveniente de Bratislava, capital de Eslovaquia, parte de Hungría entonces,
desde donde emigraron sus ancestros a Holanda), eran judíos descendientes de
familias de rabinos desde varios siglos atrás (rabino de Tréveris fue, por
ejemplo, el padre de Heinrich, y «prácticamente todos los rabinos de Tréveris
desde el siglo XVII fueron antepasados de Marx»: Padover 1980: 1980 207ss) que
se convirtieron al protestantismo en una ciudad muy mayoritariamente católica
(el 93% de la población). Tréveris no era una ciudad cualquiera, sino la ciudad
más antigua y más romanizada (la «segunda Roma») de Alemania (NMH 1927: 15;
Wheen 1999: 16), una capital importante del Imperio romano de Occidente en la
que residieron muchos emperadores romanos (Padover 1980: 13), que se convirtió
luego en arzobispado y sede de unos Príncipes Electores que gobernaron la
ciudad hasta la época de la dominación francesa de esta parte renana de Prusia
(1794-1815), que hizo de ella «la región sobre la que más había influido el espíritu
de la revolución francesa» (Vranicki 1971: 35).
3 No
sabemos si su padre lo llamaba indistintamente Carl o Karl –por ejemplo: «Tus
cuentas, querido Karl, están hechas à la Carl» (Sperber 2013: 55)–, o bien
usaba Carl para referirse a la infancia de Karl, usando aquí el doble nombre
como premonición de lo que luego serían los problemas de gestión del dinero del
Marx maduro. Pero ya en 1837 le escribía su padre: «Como si de oro fuese, mi
señorito hijo dispone de casi 700 táleros por año, contraviniendo todo acuerdo
y usanza, siendo así que el más rico no gasta más de 500» (McLellan 1973: 44).
4 La hija
de su amigo Kugelmann escribió: «Mi padre pensaba que Marx se parecía a Zeus, y
mucha gente opinaba lo mismo» (Attali 2005: 315). Quizás por eso le envió
Kugelmann a Marx un regalo desde Alemania, «un enorme busto de Zeus», que este
colocó en una esquina de su despacho (Gabriel 2011: 455).
5 Como se
puede encontrar en diversas biografías de Marx, desde la de Mehring (1918), que
lo es moderadamente, a la de Ivanov (sin fecha). La de NMH, considerada
«menchevique», «evita tanto la hagiografía como la demonología» (Alan Ryan, en
Berlin, 15).
6 Se
trata de la International Working Men’s Association (IWMA), conocida en España
como AIT (Asociación Internacional de Trabajadores).
7 NMH,
286. La reunión estuvo presidida por el profesor de Historia del University
College Edward Spencer Beesly, un comtiano no socialista que ni siquiera se
afilió a la Asociación pero que fue toda su vida un sincero defensor de los
derechos de los trabajadores (Berlin, 187).
8 Cremer
era albañil y secretario de la Unión de Albañiles, y, aparte de secretario
general de la AIT (1864-66), fue, mucho más tarde, premio Nobel de la paz
(1903) y caballero (Sir) (1907), una vez convertido en el «modelo mismo de
reformista-pacifista» y en «firme opositor al partido laborista» (Marx y Engels
1973: 139; Draper 1985/86, III: 49).
9 En 1865
Marx es elegido para el consejo editorial del Workmen’s Advocate, órgano de la
Internacional, en 1866 «secretario corresponsal» para Alemania, en 1868
«archivero» de la Internacional y en 1871 secretario corresponsal para Rusia. A
pesar de pertenecer al Consejo General, Marx no desempeñaba ningún puesto
ejecutivo, pero «de hecho se convierte en el líder de la organización gracias a
su dominio intelectual sobre los dirigentes y a la confianza puesta en él por
el bloque de los sindicalistas británicos y de la mayoría de los miembros
continentales del Consejo general» (Draper 1985/86, I: 122-123).
10 Según
Umberto Eco, «se trata de un texto formidable que alterna tonos apocalípticos e
ironía, eslóganes eficaces y explicaciones claras, y que –si realmente la
sociedad capitalista quiere vengarse de los fastidios que estas no muy
numerosas páginas le han causado– debería ser religiosamente analizado hoy en
las escuelas para publicistas», Eco (1998).
11
(Berlin 1939: 146). El mismo Berlin añade que «si su autor no hubiera escrito
nada más, el documento le habría asegurado perdurable fama» (ibid., 150).
12 Desde
1863 padeció una enfermedad grave de la piel que ha sido descrita de muchas
maneras similares pero no enteramente coincidentes: unos hablan de forúnculos
(McLellan 1973: 389; Wheen 1992: 270), otros de carbunco o carbunclos, de
ántrax (Giroud 1992), de erupciones (Padover 1980: 159), abscesos o, más
recientemente, de «Hidradenitis suppurativa» (Sperber 337). Se trataba de una
enfermedad casi permanente (Rubel 2003: 39), que Marx consideraba una
enfermedad «verdaderamente proletaria» y una «purulencia diabólica»(McLellan
1973: 389).
13 En
este caso concreto, se trataba de un «virulento carbunclo en el pene» y en el
pecho (Padover 1980: 223).
14
(Draper 1985/86, I: 121).
15 En
esta «obra maestra de moderación» (Gabriel 2011: 411), Marx hace «una especie
de repaso de la fortuna de las clases trabajadoras desde 1845″, que comienza
así: ‘Trabajadores, es un hecho indiscutible que la miseria de las masas
trabajadoras no ha disminuido entre 1848 y 1864 (…)'», y a continuación expone
la debilidad del movimiento obrero desde 1848 y presenta con toda claridad su
tesis de la depauperación relativa (McLellan 2000: 575).
16 El
propio Marx narra estos hechos en una carta a Engels del 4 de noviembre de 1864
(vid. Marx y Engels 1973: 138-141).
17 Por
eso, este manifiesto «es, después del Manifiesto comunista, el documento más
notable del movimiento socialista» (Berlin 1939: 188).
18 Existe
una famosa fotografía de su reproducción en el Museo Marx-Engels de Moscú
(Ivanov s.f.: 192ss; NMH 1927: 144ss).
19 Vid.
Enzensberger (1973: 235); McLellan (1973: 408); NMH (1927: 144).
20 Aunque
las descripciones de la última de sus viviendas en el Soho (28, Dean Street)
varían según el autor, nos quedamos con la siguiente: «un apartamento de un
segundo piso que inicialmente tenía dos habitaciones hasta que Marx alquiló una
tercera como estudio. (…) La pequeña era un pequeño dormitorio y la otra (4,5
por 5,5 metros) una gran sala de estar con tres ventanas que daban a la calle»
(McLellan 1973: 306). La vivienda tenía además «un pequeño baño y un fregadero
con agua corriente» (Padover 1980: 160). Anteriormente, habían vivido incluso
en una casa con «una sola y sórdida habitación», pero aun así «las condiciones
de existencia de los Marx no eran peores que las de los obreros» (Giroud 1992:
114-115). En cualquier caso, en esta época del Soho, cuando «apenas podía
alimentar a sus propios hijos», se empeñaba «en tener a su servicio a un
secretario, el joven filólogo alemán Wilhelm Pieper, aunque Jenny Marx estaba
deseando hacer el trabajo» (Wheen 1999: 167). El problema era que «Marx pensaba
que no era apropiado para una persona de su posición no tener un secretario
particular», lo mismo que pasaría más tarde con «las vacaciones anuales en la
playa, las clases de piano para los niños y todos estos costosos ajilimójilis
que acarrea la respetabilidad. (…) se negaba a aceptar una forma de vida
‘subproletaria’, como él decía» (Wheen 1999: 169).
21 Tres
hijos pequeños del matrimonio murieron sucesivamente allí, en 1850, 1852, 1855.
22 De la
madre (120 libras) y de un tío escocés de Jenny (150 libras), por un total de
270 libras (McLellan 1973: 305; Blumenberg 1972: 115).
23 Wheen
la describe como una «casa de cuatro pisos sin amueblar» en una calle que «no
estaba pavimentada ni tenía alumbrado público», en un barrio «bárbaro» y en
cuya «proximidad todo era una inmensa y embarrada obra», con un «jardín
trasero» de «unos metros cuadrados de hierba y grava» (Wheen 1999: 202-3).
Jenny se alegra de «la espaciosa mansarda para las maletas» (Giroud 1992: 149)
y McLellan señala que «era un edificio estrecho, abalconado, de tres plantas y
sótano, lo que en total sumaba ocho habitaciones» (Mclellan 1973: 305); «desde
1857 tuvieron una segunda sirvienta, Marianne, la hermana menor de Helene
Demuth, quien permaneció hasta su muerte en 1862» (McLellan 1973: 376).
24 La
dirección postal era «1, Modena Villas», hasta que en 1868 cambió a: «1,
Maitland Park Road» (McLellan 1973: 407-8).
25 Se
mudaron al número 41 de Maitland Park Road (o Crescent), N. W. (Padover 1980:
373). Wheen señala que, en marzo de 1875, al casarse las dos hijas e instalarse
en otros lugares de Hampstead, se desplazaron sólo 100 metros, dentro de la
misma calle, a «una casa adosada de cuatro pisos que era algo más pequeña y
mucho más barata» que la de Modena Villas (Wheen 1999: 329): «estaba adosada a
otras dos casas, una a cada lado», pero seguía siendo «grande comparada con la
casa de Grafton Terrace» (Gabriel 2011: 570).
26 De su
madre y de su amigo y camarada Wilhelm Wolff, conocido como Lupus, a quien Marx
dedicó el primer volumen de El capital. Entre ambas sumaron unas 1.500 libras,
o sea, seis veces más que las herencias de 1856. «En julio de 1865 Marx le
confesó a Engels que todo el dinero que había heredado el año anterior de su
madre y de Lupus se había volatilizado» (Gabriel 2011: 421).
27
Padover (1980: 192); quien añade que la casa tenía tres pisos, «con un pequeño
jardín detrás y un parque delante» y con «una chimenea en cada habitación»
(ibídem).
28
McLellan (1973: 408). Wheen señala que esta casa estaba «a todo un mundo [de
Grafton Terrace] en cuanto a estilo y categoría: el tipo de residencia
preferida de prósperos médicos y abogados, con un gran jardín, un ‘hermoso
invernadero’ y suficiente espacio para que las niñas tuvieran cada una su
propio cuarto» (más «tres perros, dos gatos, dos pájaros») (Wheen 1999:
243-244). Jenny Marx escribió: «Tuvimos la suerte de encontrar una casa bonita
y saludable, que amueblamos cómodamente y con cierta elegancia. En Pascua de
1864 nos trasladamos a esta nueva casa de habitaciones alegres y soleadas.» (J.
Marx 1865: 143) No hay que olvidar, sin embargo, que entonces «la hospitalidad
de los Marx es más generosa que nunca», y «estaba abierta a todos los camaradas»
(Giroud 1992: 178-179).
29
(Gabriel 2011: 288ss).
30 Mesa,
que fue el primero que publicó en español una parte del libro I de El capital
(la sección II), apostillaba que «se ve bien que el doctor, que pasa por rico,
no emplea todas sus rentas, ni mucho menos, en la satisfacción de goces
personales, y que consagra, no sólo su tiempo, sino una parte de su caudal, al
servicio de sus opiniones» (Mesa 1872). En una reciente y amplia recopilación
de breves textos de Marx en español, se narra la mudanza a esta vivienda
diciendo que la familia Marx «se muda a unas habitaciones mejores» (Bértolo,
2017: 873).
31
Escribe Jenny: «Ahora aparentamos respetabilidad y nos dirigimos, con la cabeza
alta, hacia el aburguesamiento. (…) Había que romper con el pasado (…) Por los
niños hemos adoptado una vida normal al estilo de la clase media. No podíamos
seguir viviendo como bohemios. Pero tengo la impresión de estar en el exilio
(…)» (Giroud 1992: 150-151).
32 La
propia Jenny cuenta: «El 12 de octubre dimos el primer baile en nuestra nueva
casa, al que siguieron varias otras fiestas» (J. Marx 1865: 143); el baile «fue
seguido de otras recepciones más modestas» (Giroud 1992: 177), como una «fiesta
anual» el 22 de marzo de 1866 (Gabriel 2011: 428).
33 «Aquel
baile tenía que ser lo suficientemente magnífico y lo suficientemente
espléndido para compensar todos los años que las niñas habían tenido que
aislarse de la sociedad por temor a que sus amigos descubriesen que su ‘doctor’
padre era un revolucionario y que su vida transcurría en medio de una miserable
pobreza. Los salones del piso de arriba fueron despejados para hacer sitio para
los músicos y la pista de baile, y en el piso de abajo se dispuso una mesa
llena a rebosar de bandejas de comida.
(…) A
Marx le encantaba y las amigas de sus hijas eran sus parejas de baile
favoritas. Jenny, que era una experta juzgando este tipo de actos, declaró que
aquel había sido ‘maravilloso’ y ‘un auténtico éxito'» (Gabriel 2011: 414-415).
Véase también Giroud (1992: 177).
34 Jenny
no olvidaba mencionar su apellido de soltera, su aristocrático von Westphalen,
ni incluir en sus tarjetas de visita su título de baronesa (Padover 1980: 271;
Giroud 1992: 175), título creado justo un siglo antes (1764) para su abuelo,
por los servicios prestados como secretario privado del Duque de Brunswick
(Sperber 2013: 59) y jefe del Estado Mayor del archiduque» (NMH 1927: 39).
Jenny era hermanastra de Ferdinand von Westphalen, quien fue ministro del
Interior del gobierno prusiano (1850-58), llegando a ser el hombre fuerte del
gobierno en la época más reaccionaria de dicho régimen. En cualquier caso, «la
respetabilidad le gustaba mucho, al igual que a Marx» (Payne 1975: 31), quien
escribió a Engels una vez que Jenny estaba enferma «por causas más bien
burguesas que físicas» (McLellan 1973: 311).
35 Se
trataba de algo más que de vestir «con levita, chistera y monóculo» (Payne
1975: 30): «al propio Marx le gustaba dar la impresión a los visitantes, en
especial a los extranjeros, de que vivía en confortables condiciones burguesas»
(Blumenberg 1972: 121). «Toda su [de Marx y Jenny] concepción y modo de vida
eran mucho más burgueses [que si fueran bohemios], y por eso mismo la pobreza
burguesa los golpeaba con especial dureza» (ibídem).
36 A la
pregunta (en uno de esos cuestionarios a la moda, en casa de sus parientes
holandeses), Marx responde así a la pregunta sobre su definición de la
felicidad: «Château Margaux 1848» (Attali 2005: 292-3; es verdad que en la
ocasión más conocida la respuesta fue «la lucha»: McLellan 1973: 526). Gertrud
Kugelmann le comentó una vez que no «lo veo a usted en una sociedad
igualitaria, pues tiene gustos y costumbres completamente aristocráticos», a lo
que contestó él: «yo, tampoco; ese tiempo llegará, pero nosotros ya nos
habremos ido» (Padover 1980: 201-202).
37 De
hecho, ambos eran «esencialmente burgueses en sus costumbres» (Padover 1980:
279).
38
Gabriel (2011: 608 + XII). Wheen (1999: 151), habla de un «ménage à trois».
39 La
primera referencia pública al hijo ilegítimo de Marx la hizo Blumenberg en
1962, aunque Carver niega toda credibilidad a la historia oficial (Wheen 1999:
160-161; Carver 1989).
40 Para
uno de sus biógrafos, «Marx no se empequeñece en absoluto como consecuencia de
esto, al igual que Dickens, modelo de respetabilidad burguesa, no pierde nada
al conocerse su doble vida amorosa, o Beethoven no queda disminuido por el
hecho de que tuviera una hija con una de sus admiradoras. ¡Que nos proteja el
cielo de semejante estrechez de miras! También Marx se engrandece cuando
entendemos los conflictos que lo rodeaban, que habrían destruido a
personalidades más débiles mucho más rápidamente» (Blumenberg 1972, 126). Sin
embargo, «lo chocante es que Marx no pensara en darle una educación, una
instrucción»; al parecer, sólo «quería olvidarlo, negarlo, enterrarlo» (Giroud
1992: 130).
41
«Engels aceptó su papel de villano» pero «nunca dará su apellido al niño y se
negará a verlo» (Giroud 1992: 126). Freddy «fue criado lejos de su madre y de
la familia Marx, (…) Lenchen [Helene], Jenny y Marx habían llegado a un acuerdo
tácito: su interdependencia era demasiado grande para que la destrozara un
simple embarazo. El acuerdo hizo que sus vidas fueran más tolerables, pero no
cicatrizó las heridas ni acabó con los rumores (…)» (Gabriel 2011: 295).
42
Freddy, que tenía la edad de la tercera hija de los Marx, Tussy, visitaba a su
madre en casa de los Marx casi clandestinamente, sin que las hijas supieran de
quién se trataba; y, tras la muerte de Karl Marx, cuando Helene pasó a ejercer
sus funciones de ama de llaves en casa de Engels (hasta que murió en 1890),
parece que Freddy la visitaba entrando siempre por la puerta de servicio.
Por
documentos nuevos de la década de 1990, se sabe hoy que «en su edad adulta,
Freddy Demuth sabía el verdadero nombre de su padre» (Sperber 2013: 257). No se
olvide, sin embargo, que Helene –quien al parecer tenía gran ascendiente
político sobre el cabeza de familia (Giroud 1992: 127)– fue enterrada (1890) en
la misma tumba que Karl (1883), Jenny (1881) y su primer nieto (Harry Longuet),
fallecido una semana después de su abuelo. La decisión de poner una placa con
los cuatro nombres fue de Engels y Tussy (en 1891), y la de enterrar allí las
cenizas de esta se tomó en la década de 1950 por parte del Partido Comunista
británico, que levantó también el monumento a los Marx (a Karl) que puede verse
en el cementerio de Highgate (Padover 1980, 307).
43 El
internacionalista anarquista español Anselmo Lorenzo se refería así a los
asistentes a la Conferencia de Londres de 1871: «Pocos trabajadores, o, si se
prefiere determinar bien el concepto, pocos éramos los asalariados asistentes a
aquella asamblea, siendo los más burgueses (ciudadanos de la clase media, como
lo define la Academia), y éstos llevaban allí la dirección y la voz (…)»
(Lorenzo 1974: 179; Enzensberger 1973: 297).
44 Según
cálculos de Riazánov, la suma total de estas ayudas ascendió a unas 7.500
libras (150.000 marcos) (Blumenberg 1972: 114), sin contar las 5.000 libras que
legó a cada una de las hijas de Marx al morir Engels (su patrimonio era
entonces de 30.000 libras, el equivalente a 4,8 millones de dólares actuales)
(Gabriel 2011: 699). Engels mantenía dos viviendas en Manchester, una
«respetable» (burguesa) y otra que compartía con su compañera; y tenía gustos
similares a los de Marx, como la buena bebida, la buena mesa…, a lo que añadía
su pasión por la caza a caballo, para lo que contaba con su propio animal. En
1869 vendió su participación en la empresa y se compró una casa en Londres
(cerca de la de Marx, en el 122 de Regent’s Park Road) que le permitió verse
con Marx diariamente y que fue donde vivió hasta su muerte (1895) (Padover
1980: 194). Por su parte, Laura Marx y Paul Lafargue, con el dinero recibido de
la herencia de Engels, se compraron una casa a 30 kilómetros al sur de París
(Draveil) que «tenía treinta habitaciones, un pabellón, una sala de billar, un
estudio y un jardín de invierno, así como jardines, un huerto, cien aves de
corral y docenas de conejos y ovejas» (Gabriel 2011, 701).
45 Antes
de ser socio capitalista de la empresa (lo que ocurrió en 1864, cuando heredó
10.000 libras de su padre (Padover 1980: 193), y también mientras lo fue,
parece que Engels trabajaba como viajante, contable y gestor de la empresa.
46 «Karl
gastaba dinero desenfrenadamente» a pesar de que su padre le recordaba: «sabes
muy bien que no soy rico» (Padover 1980: 29). En los primeros años londinenses,
gracias a sus artículos para el NYDT y otros medios, sus ingresos habrían «sido
una renta suficiente de haber sido cuidadosamente manejad[os]», pero «Marx era
incapaz de semejante gobierno. (…) Lo que no ayudó financieramente y redujo la
moral de la familia fue la necesidad de guardar las apariencias» (McLellan
1973: 304). También Sperber habla del «despilfarro de Karl y su mala
administración del dinero» (Sperber 2013: 290).
47 Uno de
los primeros biógrafos de Marx, especializado en una lectura psicológica del
personaje, escribió lo siguiente: «Es bien conocido que las personas con
desórdenes digestivos (…) son propensas a los desórdenes de la vida afectiva»,
y «las personas con desórdenes metabólicos (…) padecen un desorden del
metabolismo económico» (Rühle 1928: 379-80 y 383). En su opinión, los problemas
económicos de Marx tenían su origen en el «sentimiento de inferioridad» (376)
que le producía la conciencia de su enfermedad, y en especial sus padecimientos
de hígado, que consideraba una enfermedad hereditaria en su familia. Según
Rühle, Marx, además de hipocondríaco (380), era un «neurótico» (388) y un
«arrogante» (381), afirmación en la que coinciden Payne, que lo considera un
«petulante hasta el final» (Payne 1975: 21), y sobre todo Sacristán, para quien
«era un endiosado insoportable», y por razones parecidas a las que da Rühle:
porque «había sufrido y se había esforzado tanto» (Sacristán 2003: 187). La
conclusión final de Rühle es que, aunque fue un «genio (393), «el más grande
genio» del proletariado (397), «en el mundo de la realidad concreta, Marx
fracasó» (383).
48 E
incluso antes, pues siempre fue un niño mimado y consentido (Sperber 2013: 69),
un «señorito» (McLellan 1973: 44).
49 Según
Payne (1975: 27), se gastó en rifles y otras armas 5.000 francos en oro de los
6.000 que recibió de la última parte de la herencia de su padre. Vid. también
Wheen (1999: 119), e Ivanov (s.f: 68).
50
(Ivanov s.f.: 77).
51 Engels
(1883). Pronunciado en inglés (17-3-1883), este discurso se publicó en alemán
(Sozialdemokrat). La polémica sobre si Marx fue más un científico que un
revolucionario, o más un socialista que un filósofo, ha estado muy presente en
la historia de las ideas, pero no entraremos aquí en ese debate. Es curioso
que, jugando con sus hijas, a lo que luego se llamó un «cuestionario Proust», a
la pregunta de cuál era su «héroe favorito», contestara con dos: un
revolucionario, Espartaco, y un científico: Kepler (McLellan 1973: 526; Wheen
1999: 354); para McLellan, «su figura favorita era Espartaco, ‘el más noble
camarada producido por toda la historia clásica (…) un auténtico representante
del antiguo proletariado'» (McLellan 1973: 377).
52 Engels
(1878).
53 «Marx
defendía que su enfoque de la economía era el de un científico, y no el de un
agitador como Weitling o un utópico como Proudhon»; pensaba que podía
estudiarse «con la precisión de la ciencia natural», comportándose «sólo como
un científico que describe escrupulosamente las fuerzas y realidades tal y como
se manifiestan sin más» (Padover 1980: 179).
54
Estudios de «Jurisprudencia y ciencias camerales», según los describe Mehring
(1918: 19).
55 «El
primer año de Marx en la universidad estuvo regado de alcohol» (Gabriel
2011:79).
56
«Durante tres semestres no asistió a ninguna clase» (NMH 1927: 52).
57 En su
Tesis sobre la Diferencia de la Filosofía de la naturaleza en Demócrito y en
Epicuro, Marx está aún «casi por completo dentro de los límites del pensamiento
jovenhegeliano» (Kolakowski 1976: 110), pero, al contrario que Hegel, toma
partido por Epicuro porque este, «frente al determinismo absoluto, admite el
azar y la libertad» (Vranicki 1971: 38). «En contra del determinismo estricto
de Demócrito, Marx se muestra partidario del principio epicúreo de la libertad
de la conciencia y de la posibilidad, para el hombre, de actuar sobre la
naturaleza» (Rubel 1972: 15; McLellan 1973: 49).
58 Mucho
más liberal que la clerical Universidad de Berlín (Padover 1980: 57).
59
Federico Guillermo IV sucedió a su padre Federico Guillermo III en 1840, pero,
pese a las esperanzas puestas en él, se negó a conceder una nueva Constitución
y terminó aplicando una política cada vez más cerrada a las aspiraciones
democráticas de la burguesía.
60 Que, a
pesar de su título, iba a ser una revista mensual. Sin embargo, sólo se publicó
un número (del volumen de un libro). Esta revista surgió de un intercambio de
cartas entre Ruge, Marx, Bakunin y Feuerbach (McLellan 2000: 43).
61 Marx
incorporó a estos artículos buena parte del material que usaba en sus estudios
económicos serios, lo que les daba profundidad y una perspectiva de largo
plazo.
62 En
realidad, pasó allí seis meses, desde marzo, en una casa propiedad de su
suegra.
63 Más
allá del tema judío, Marx critica a Bauer por tratar sólo de la emancipación
política del hombre sin abordar la cuestión de su emancipación humana, pero
sobre todo critica el supuesto básico de los derechos humanos: que el hombre es
por esencia una criatura egoísta (McLellan 2000: 46).
64 Este
manuscrito se suele llamar Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel, pero
en español se conoce también como Crítica de la filosofía del Estado de Hegel
(vid. Marx 1844): la discrepancia viene de que el texto de Hegel que se critica
es su libro Fundamentos de la Filosofía del Derecho, pero lo que hace Marx en
el manuscrito es limitarse a un comentario, epígrafe a epígrafe (los §§
261-313), de la parte III del libro, sección 3ª (que trata sobre «El Estado»);
de ahí, el título. Este manuscrito original, inacabado, constaba de 150 páginas
y no fue publicado hasta 1927 por Riazánov (MEGA original). En él, un Marx
«humanista y demócrata» opone «el principio democrático al monarquismo
hegeliano» (Vranicki 1971: 61) y sigue a Feuerbach en la idea de invertir la
relación entre el sujeto y el predicado en la dialéctica hegeliana, llegando a
la conclusión de que la propiedad privada tenía que dejar de ser la base de la
organización social (McLellan 2000: 32). En cuanto a la Introducción publicada
en los Anales, en ella proclama Marx por primera vez su adhesión a la causa del
proletariado. El estudio de Hegel en profundidad por parte de Marx venía de
atrás: de creer lo que escribía a su padre en 1837, en su primer año en Berlín,
Karl «había conseguido aprenderse a Hegel de principio a fin, junto a la
mayoría de sus discípulos» (McLellan 2000: 13).
65 Que
son una crítica radical del capitalismo influida por varios artículos de
Engels, el anti-industrialismo romántico de Schiller y el humanismo de
Feuerbach (McLellan 2000: 8). Estos manuscritos no se publicaron hasta 1932,
generando a partir de entonces un intenso debate sobre la continuidad o no, en
la obra madura de Marx, del «humanismo» o «existencialismo» que emanaban de los
Manuscritos; según McLellan, muchos de los puntos de vista de Marx en estos
manuscritos están presentes también en los Grundrisse y en El capital (McLellan
2000: 83). Esta es también la posición de Kolakowski, quien asegura que «no hay
discontinuidad» en el sentido de que, «desde el principio al final», el
pensamiento de Marx «estuvo inspirado por la filosofía hegeliana» (Kolakowski
1976: 181, 185, 265); este autor añade que, si el término «alienación» se usa
poco en El capital –aunque otros opinan que «figura muchas más veces de lo que
algunos escritores parecen pensar» (McLellan 1973: 351)–, lo es porque hay «un
cambio de lenguaje, no de contenido» (Kolakowski 1976: 267): «de hecho fue uno
de sus mayores logros [de Marx] expresar la teoría de la alienación, derivada
de Bauer, Feuerbach y Hess, en categorías conceptuales adoptadas, con
modificaciones sustanciales, de Ricardo» (Kolakowski 1976: 269). En realidad,
la posición de Marx entonces era «un naturalismo o humanismo consistente que
vitaba tanto el idealismo como el crudo materialismo» (McLellan 2000: 6, 8).
66 Notas
críticas al artículo ‘El rey de Prusia y la reforma social’, por un prusiano,
donde, como señala Rubel, Marx adopta una de sus primeras tomas de posición
anarquistas.
67 En
ella, todavía bajo la influencia de Feuerbach, Marx enfatiza «la autoconciencia
del proletariado», sigue considerando su posición como un «humanismo real»
(Kolakowski 1976: 153) y hace una cerrada defensa del libro de Proudhon y de su
libro ¿Qué es la propiedad?, por ser el primer pensador que cuestionó la
existencia de la propiedad privada y demostró sus efectos inhumanos sobre la
sociedad. Sin embargo, la obra era una larga divagación y crítica de una serie
de artículos, elegidos al azar, publicados en una revista editada por los
hermanos Bruno y Edgar Bauer.
68 En
abril escribió Marx sus famosas (once) Tesis sobre Feuerbach, en las que
diferencia su materialismo del materialismo estático o mecánico («viejo
materialismo»), incluido el de Feuerbach, al que le falta una base histórica y
la consideración del papel activo que desempeñan los seres humanos al
transformar y desarrollar sus propias circunstancias (McLellan 2000: 171, 141).
Las Tesis se publicaron por primera vez en 1888, como apéndice del libro de
Engels Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.
69 La
obra pretendía varias cosas: aclarar los principios socialistas para el Comité
de correspondencia comunista de Bruselas que había creado con Engels (que se
integraría luego, junto a los comités en otras capitales europeas, en la Liga
Comunista); atacar a los «verdaderos socialistas» (seguidores de Feuerbach y
Grün que pretendían basar el socialismo en principios éticos); y, sobre todo,
responder a la sonada crítica que recibieron en el libro
«anarcoexistencialista» de Max Stirner, El único y su propiedad, que acusaba a
Marx y Engels de ser discípulos de Feuerbach. Como ha señalado Kolakowski, la
doctrina de Stirner, el «egocentrismo», «inspiró no sólo a grupos anarquistas,
sino también a diversos grupos alemanes que fueron precursores inmediatos del fascismo»
(Kolakowski 1976: 172).
70 «Lo
más sorprendente» de este libro es «la poca sustancia que contiene»: «casi la
mitad del libro consiste en una exposición crítica, llena de citas, de teóricos
anteriores sobre el valor y el dinero. El resto se divide en dos secciones, la
primera sobre manufacturas, la segunda sobre el dinero.» (McLellan 1973: 356).
71 Marx
criticaba la ingenuidad de las teorías económicas de Proudhon –quien proponía
una reforma de la sociedad en la que todos sus miembros serían trabajadores que
cambiarían bienes en proporción al tiempo trabajado en ellos– y su oposición a
las huelgas. Según Marx, Proudhon no entendía a Hegel, de forma que para él
serían las categorías y las abstracciones las que hacen la historia, y no los
hombres. Filosofía de la miseria fue la primera obra publicada por Marx en la
que este se pronunciaba sobre la economía y el materialismo histórico, y
posteriormente la recomendó, junto al Manifiesto comunista, como una
introducción a su El capital (McLellan 2000: 143).
72 «Este
Comité fue el embrión de todas las Internacionales Comunistas subsiguientes»
(McLellan 1973: 181).
73
McLellan señala que ninguna de las ideas del Manifiesto era nueva, y muchas se
debían a la influencia de Babeuf, Saint-Simon y Considérant, pero que lo nuevo
era «la fuerza expresiva y la poderosa síntesis gracias a la concepción
materialista de la historia», razón por la cual algunos no ven en el Manifiesto
sino «un resumen brillante de las opiniones expresadas en la Ideología alemana»
(McLellan 2000: 245). El Manifiesto concluye con las famosas palabras:
«Proletarios de todos los países, uníos» –y no simplemente «trabajadores»–
(Padover 1980: 129); al parecer, la expresión procede de Schapper, que la usó
antes que Marx (Payne 1975: 9; Sperber 2013: 197, 205).
74 Este
periódico, que se llamaba «órgano de la democracia», defendía al ala izquierda
del Parlamento de Frankfurt frente al rey, así como la guerra contra Rusia como
medio de promover la unidad alemana. Ante la prohibición de seguir
publicándolo, su último número se imprimió íntegramente en rojo (Padover 1980:
146), tras lo cual Marx tuvo que vender la planta y las máquinas, que había
comprado él personalmente (le costaron 7.000 táleros) (McLellan 1973: 256).
75 El
Marx de 1850 era un Marx influido por Blanqui y más ultraizquierdista que nunca
(McLellan 2000: 241), que defendía la «revolución permanente», la actuación de
un partido independiente de los trabajadores con dos secciones, pública y
secreta, y la formación de gobiernos revolucionarios de los trabajadores en
forma de consejos municipales, clubs y comités armados: véase la Alocución a la
Liga Comunista, de marzo de 1850, y el cambio que supone la Alocución al comité
central de la Liga Comunista de septiembre del mismo año; debido a esto, se
escinde de la Liga el ala más izquierdista (formada por el grupo original de
Willich y Schapper) mientras que el grupo de Marx la dirigirá hasta su
desaparición en 1852.
76 Se
trata de un texto que contiene ideas muy importantes de Marx sobre las clases y
el Estado, y que, según Engels, fue «el primer intento de Marx por explicar una
sección de la historia contemporánea por medio de la concepción materialista,
sobre la base de una situación económica dada»; a lo que añade McLellan que es
también el panfleto político más brillante de Marx, «dirigido a demostrar que
la derrota de la revolución fue no sólo inevitable sino también benéfica»
(McLellan 2000: 242).
77 Estas
ideas se añadieron en noviembre a los textos publicados en el periódico a
principios de año, revisando los planteamientos desarrollados en los mismos.
78 El
título es una alusión al día del golpe de estado de Napoléon Bonaparte en 1799.
79 Que
aparecerá en 1852 en la revista Die Revolution, publicada en alemán en Nueva
York por su amigo Joseph Weydemeyer.
80 Donde
aparecería, entre otros, una serie de artículos (de 1854) sobre la «España
revolucionaria», editados luego por Andreu Nin (1929), Manuel Sacristán (1960)
y Pedro Ribas (1998).
81 A
diferencia de sus dos hermanas mayores, ella «no era la típica ama de casa sino
una vigorosa activista revolucionaria»; ello no le impidió heredar de Engels
9.000 libras (Padover 1980: 296, 303).
82 En
ella se encuentran los más extensos comentarios de Marx sobre su propio método
de investigación; por ejemplo, el punto de partida debe ser la «producción
socialmente determinada de los individuos» y el método debe partir de conceptos
teóricos simples como el valor o el trabajo y seguir hacia entidades
observables más complejas como la población o las clases (McLellan 2000: 379).
83 En
estos manuscritos, no sólo largos sino también anchos (porque cubren las seis
partes en que Marx quería dividir su «economía»), se observa una gran
continuidad con las ideas de los Manuscritos de 1844 (por ejemplo, el tema del
«individuo universal»); pero, mientras que en estos no tuvo tiempo de integrar
sus conocimientos de economía en su crítica de Hegel, en los Grundrisse sí fue
capaz de hacer una síntesis entre Ricardo y Hegel: para Lassalle, Marx era por
entonces «un Hegel convertido en economista, un Ricardo convertido en
socialista» (McLellan 2000: 375, 379). En estos manuscritos aparece la idea de
que cualquier economía es una «economía de tiempo», y se desarrolla una
perspectiva para el futuro en la cual aparecen: «la producción comunal, en la
que la calidad del trabajo determina su valor; la desaparición del dinero junto
a la del valor de cambio; y el incremento del tiempo libre, que es una
oportunidad para el desarrollo universal del individuo» (McLellan 2000: 376).
84 La
prevista segunda parte nunca se publicó, ya que el trabajo sobre economía de
Marx evolucionó hacia El capital, cuyo primer volumen apareció en 1867.
85
Prefacio que es de interés también porque contiene una breve autobiografía
intelectual de Marx.
86 «Un
panfleto amargo, violento y financieramente ruinoso contra Karl Vogt, a quien
Marx acusó de ser un espía bonapartista», lo que se confirmó documentalmente
años después (Padover 1980: 365).
87 Sus
tres volúmenes tratan, según McLellan, de Adam Smith y su distinción entre
trabajo productivo e improductivo (I), de las teorías del beneficio y de la
renta de Ricardo (II) y de los seguidores socialistas de Ricardo (III). Existe
un breve pero excelente resumen en español de las Teorías en Nonius (2016).
88 En
realidad, se trataba de transferencias trimestrales de 87,50 libras, a partir
de febrero de 1869 (Attali 2005: 322).
89 Wheen
(1999: 288), calcula que los Marx gastaban al año entre 400 y 500 libras.
Téngase en cuenta que, «a título de comparación, un obrero no cualificado
podría ganar en Londres en 1870 alrededor de las 50 libras por año» (McLellan
1973: 411).
90 Aunque
la Internacional apenas tuvo relación directa con la Comuna de París, este
texto fue un encargo de la AIT a Marx, quien, al retrasarse en su redacción,
sólo pudo escribir una defensa a posteriori de la Comuna (McLellan la llama
«obituario»). Marx describe la Comuna como un primer ejemplo práctico de una
dictadura del proletariado; señala la importancia de las medidas tomadas, como
el establecimiento de un sueldo para los cargos públicos igual al salario
medio, la revocación inmediata de estos por incumplimiento del mandato
recibido, etc. (todo dentro de un modelo político más descentralizado que en el
Manifiesto comunista); y teoriza que el proletariado no puede simplemente tomar
el Estado existente para llevar a cabo sus propios fines, sino que debe
destruir primero el Estado burgués. Sin embargo, «la Comuna no era ni comunista
ni particularmente revolucionaria.
La
mayoría de sus miembros ni siquiera eran socialistas sino republicanos más o
menos moderados» (Padover 1980: 252). Y «las medidas que beneficiaban a la
clase media eran por lo menos tan frecuentes y significativas como las
reservadas a los obreros» (Sperber 2013: 365).
91 A
finales de 1874, Marx anota los márgenes de su ejemplar del libro de Bakunin
Estatismo y anarquía: en dichas anotaciones se muestra optimista sobre las
posibilidades revolucionarias en los países con predominio de las masas
campesinas y hace interesantes comentarios sobre el gobierno en una sociedad
comunista.
92 El
programa criticado era el proyecto que se iba a presentar al congreso de fusión
de los dos partidos socialistas alemanes: uno lassalliano y otro dirigido por
Wilhelm Liebknecht (seguidor de Marx). Marx lo rechaza porque está lleno de
concesiones a las posiciones de «socialismo de estado» de Lassalle,
especialmente las ideas sobre distribución (derecho al «producto íntegro» del
trabajador) y sobre el «Estado libre» («una contradicción en los términos»).
93 Como
curiosidad, el ruso Kovalevsky contaba que en la década de 1870 «Marx iba a
reanudar su estudio del cálculo para responder a las ideas de un economista
inglés, William Stanley Jevons, uno de los primeros teóricos de la utilidad
marginal, que utilizaba esta matemática avanzada» (Sperber 2013: 434).
94 Las
Glosas marginales al ‘Tratado de economía política’ de Adolph Wagner suelen
publicarse en su versión resumida, como ocurre, en el caso español, con la
edición de Pasado y Presente.
95
«Eleanor descubrió en marzo de 1898 cuánta razón tenían [los críticos de su
marido, Edward Aveling] cuando supo que el verano anterior se había casado en
secreto con una actriz de veintidós años. La solución de Aveling para la crisis
fue proponer un pacto de suicidio. Eleanor escribió debidamente una nota de
despedida y se tomó el ácido prúsico que él le suministró. Aveling, ni que
decir tiene, jamás pensó en cumplir su parte del trato: en cuanto ella se tomó
su dosis letal, él se marchó de la casa. Aunque no fue acusado de asesinato,
indudablemente la mató.» (Wheen 1999: 352-3)
96 Lenin,
por ejemplo, escribió que «el marxismo es el sistema de las ideas y la doctrina
de Marx» (vid. Ivanov, s.f.: 228), mientras que nosotros, sin negar cierta
conexión entre ambas cosas, pensamos que existen enormes diferencias entre las
ideas de Marx y el marxismo, que en muchos puntos se colocan en posiciones
diametralmente enfrentadas.
97 Cuando
Marx decía que no era marxista, no lo hacía «para condenar a una categoría de
discípulos y mostrar su preferencia por otra, sino para indicar su apoyo a un
principio fundamental: la causa del movimiento obrero no debe ligarse al nombre
de ningún pensador, por grande que sea su genio creativo» (Rubel 1980: III).
98 Un
biógrafo de Marx afirma que «el marxismo no es creación suya [de Marx]; el
principal responsable de esto fue Karl Kautsky» (Blumenberg 1972: 178).
99 «En la
historia del marxismo como culto a Marx, Engels ocupa el primer plano», ya que
también él «expresó muchas ideas que Marx no podía ciertamente aceptar sin
crítica; el silencio de Marx se explica, sin embargo, por su deseo de respetar
escrupulosamente la solidaridad que lo unía a su amigo» (Rubel 2003: 31).
Sperber afirma, al igual que N. Levine, «que la mayor parte del ‘marxismo’ era
en realidad ‘engelsismo'» (Sperber 2013: 515).
100 Por
ejemplo, «hay tanta diferencia entre ciertos marxistas como la que hay entre
uno que lo es y otro que no lo es» (Lamo de Espinosa 1981: 21).
101 Hasta
el punto de decir, por estas razones, que él no era «marxista». Pero para no
tergiversar el sentido de esta frase, conviene atenerse a lo siguiente: «Engels
cuenta que durante la lucha de Brousse, Malon & C., Marx había dicho un
día, riendo: ‘Sólo os puedo decir una cosa y es que no soy marxista’. (…) Sin
embargo, no fue con este tono de broma como Marx, durante un viaje a Francia,
comunicó a su amigo su impresión sobre las disputas socialistas en los
congresos simultáneos de Saint-Étienne (‘posibilistas’) y de Roanne
(‘guesdistas’), en el otoño de 1882. ‘Los marxistas y los antimarxistas,
escribía, estas dos especies, han hecho lo posible para estropearme mi estancia
en Francia’ (a Engels, 30 sept. 1882)» (en Rubel 2003: 35). Lo anterior es bien
conocido, pero lo es menos que su no marxismo también se aplicaba a cuestiones
teóricas y no sólo políticas: por la misma época (4 de diciembre de 1882), Marx
escribe a Engels desde Ventnor contándole la controversia que, sobre su teoría
del valor, estaba teniendo lugar en el periódico socialista italiano La Plebe
entre Malon, Cafiero (autor de un resumen de El capital publicado en 1879 con
el visto bueno de Marx) y Candelari, en la que, en su opinión, «todos dicen
tonterías» (Draper 1985/86, I: 225).
102 En
este epígrafe se usan algunas ideas contenidas en un artículo enviado a la
consideración de una revista para su publicación, con el título de «Del
materialismo histórico a la teoría laboral del valor».
103 Por
eso, El capital y sus antecedentes inmediatos (los Grundrisse de 1857-58 y la
Crítica de la economía política de 1859) están tan relacionados con los
primeros escritos económicos de Marx, desde los Manuscritos de París (1844) a
Miseria de la filosofía (1847) o Trabajo asalariado y capital (1849)
(Kolakowski 1976: 264).
104
Preferimos esta expresión, que sí se encuentra en Marx, a la de «materialismo
histórico», que es un sintagma inexistente en los escritos marxianos.
105 Marx
criticó «todo el materialismo anterior», incluido el «materialismo
contemplativo» o «antiguo» (I, IX y X Tesis sobre Feuerbach: Marx, (1845: 35,
38-9), crítica tanto filosófica como política.
106 Los
cambios principales afectaron a las secciones primera («La transformación del
plusvalor en ganancia») y quinta («El interés y el capital que devenga
interés»), que eran las menos terminadas del manuscrito de Marx. La cuestión
interpretativa más relevante que está por resolver es hasta qué punto el
contenido de la sección V sobre el sistema crediticio pertenece en realidad al
libro III, o tiene un nivel de abstracción menor en el conjunto de la teoría de
Marx y debería pertenecer, por consiguiente, a un volumen posterior.
107 El
censor de la traducción rusa de El capital dio su visto bueno a la publicación
argumentando que «aunque el autor es, por sus convicciones, un perfecto
socialista y todo su libro presenta el mismo carácter marcado», no hacía falta
prohibir la obra, «habida cuenta de que sus doctrinas no son si mucho menos
accesibles a cualquiera y de que, además, revisten la forma de una
argumentación científica rigurosamente matemática» (Mehring 1918: 396).
108
Muchos autores, siguiendo al propio Marx («un todo artístico»), han
interpretado El capital también como una «obra maestra de la literatura»
(Padover 1980: 209; Sperber 2013: 278, llama así, sin embargo, al 18
Brumario…); algunos hablan de «una especie de novela victoriana, de novela
policiaca, de manual de iniciación a la magia de las cosas (…)» (Attali 2015:
311), o de «una obra de imaginación (…) un melodrama victoriano, o una inmensa
novela gótica (…) o tal vez una utopía satírica (…)» (Wheen 1999:280).
109 En
cambio, después de esos 9 capítulos viene una descripción magistral de la
génesis del capitalismo que es una de las mejores ilustraciones de materialismo
histórico aplicado (McLellan 2000: 452).
110
Algunos autores ponen una nota pesimista al respecto; por ejemplo, se ha
escrito que «de mil socialistas, tal vez uno haya leído una obra de Marx sobre
economía; de mil antimarxistas, ni siquiera uno» (NMH 1927: 11). Y también: «El
sino de El capital como obra científica es en su conjunto poco envidiable. Si
fuera menos alabado y menos denunciado pero más leído, habría habido menos
ideas falsas sobre él y la economía habría progresado más rápidamente» (Bródy
1970: 67).
111
Arnold Ruge, quien, tantos años después, seguía con atención las publicaciones
de Marx, escribió: «Y aunque el libro sobrepasa los horizontes de muchos
lectores y periodistas, se impondrá sin ningún género de duda» (en Mehring
1918: 396); y lo mismo pensaba Feuerbach, que se refería a los «hechos
indiscutibles, interesantísimos, y espantosos también muchos de ellos, que
llenan la obra» (en ibídem).
112
«Isaiah Berlin decía que aunque los trabajadores que leían El capital no
hubiesen entendido nada más, sí habrían entendido el mensaje de Marx de que
‘sólo hay una clase, la suya, que produce más riqueza de la que consume y que
este resto se lo apropian otros hombres simplemente en virtud de su posición
estratégica como únicos poseedores de los medios de producción (…) El capital’,
escribía, ‘es trabajo muerto, trabajo que, como un vampiro, sólo vive chupando
trabajo vivo, y vive tanto más cuanto más trabajo chupa'» (Gabriel 2011:
452-453).
113
Wilhelm Liebknecht escribió que «para Marx, la política era un estudio»; nos
llevaba continuamente a la sala de lectura del Museo Británico y nos decía:
«¡Estudiar! ¡Estudiar! Este era el imperativo categórico que a menudo nos
gritaba en voz alta, y que se hallaba presente en su propio ejemplo (…)» (en
Enzensberger 1973: 174-175).
114 «Marx
siempre fue algo más que un economista. Siempre se preocupó por relacionar sus
estudios económicos –el lado ‘objetivo’ de su dialéctica– con su lado
‘subjetivo’, que se refiere a los conceptos de clase, partido y revolución, a
través de los cuales la gente se hace políticamente consciente de las tensiones
de la economía capitalista y ‘acortan los dolores del parto’ del comunismo»
(McLellan 2000: 571). Lafargue comentaba así cuál era el propósito último de su
trabajo teórico: «Debo preparar a quienes, después de mí, continuarán la
propaganda comunista» (Attali 2005: 289).
115 Carta
de Marx a Weydemeyer, 1-2-1859 (vid. Marx 1866: VII).
116 Carta
de Marx a Klings de 4-X-1864 (vid. Marx 1866: VII).
117 En
opinión de Kolakowski, hay otra «novedad fundamental de El capital», que es «el
argumento de que lo que el trabajador vende no es su trabajo, sino su fuerza de
trabajo»: esto es al mismo tiempo «la versión final de la teoría de la
deshumanización de Marx, esbozada por primera vez en 1843-1844», ya que «la
explotación consiste en la venta que el trabajador hace de su fuerza de
trabajo, despojándose así de su propia esencia» (Kolakowski 1976: 266).
118 «El
trabajo tiene dos aspectos, el abstracto y el concreto» (Kolakowski 1976: 266).
119 Se
refiere aquí Marx a lo que hoy es el libro III de El capital (vid. Marx
1861-63, I: 414).
120 Sólo
precedida por la teoría del materialismo histórico.
121 Marx
(1880) cita a Cournot (1838) en este sentido.
122
Digamos solamente que esta teoría, en vez de ser una teoría del precio, es en
realidad una teoría sobre la cantidad demandada una vez conocido el precio (es
decir, explicado por alguna teoría alternativa).
123 Se
trataría de los 4 primeros epígrafes, dejando fuera las 70 páginas que componen
la «ilustración» empírica de la citada ley en el caso inglés. En el punto 12º,
infra, se encuentra un resumen del capítulo 23.
124 Ya
Ricardo tuvo buen cuidado de dejar fuera de la determinación laboral el
conjunto de mercancías no reproducibles ilimitadamente, como las obras de arte
de artistas fallecidos o los vinos antiguos y raros. Lo que escribía Ricardo en
1817 (justo medio siglo antes de El capital) se refería a los casos en que la
oferta es totalmente rígida (una línea recta vertical), en cuyo caso es
exclusivamente la demanda (o la escasez) la que determina el precio de estas
mercancías. Es posible que el campo de estas mercancías excepcionales sea ahora
mayor que hace dos siglos.
125 Los
puntos 1º a 4º corresponden al capítulo 1º del libro I.
126 Al
decir que es la única propiedad que las iguala, comenta Sacristán: «En este
momento queda definida la ciencia del Capital, la ciencia de Marx. Incluso
antes de que precise la afirmación introduciendo el concepto de trabajo
abstracto y trabajo socialmente necesario.» (Sacristán 2003: 190; 2004:
196).
127 Este
es el requisito que falta a todas las propuestas como la de Böhm-Bawerk, quien
hablaba de la incuantificable «utilidad abstracta» de las mercancías.
128 Marx
dice: «gelatina homogénea de trabajo».
129 Marx
lo llama «trabajo humano indiferenciado» o «trabajo abstractamente humano», es
decir, «el gasto de fuerza de trabajo común a todos estos tipos concretos de
trabajo» (Marx 1880: 31).
130 Se
trata de trabajo humano en general, o indiferenciado, cierta cantidad del
trabajo medio simple que puede realizar cualquier hombre común y corriente, en
cuanto actividad normal de la vida.
131
Demanda que no debe interpretarse como un reflejo de las necesidades humanas
reales de cada individuo, sino como reflejo, exclusivamente, de las
necesidades efectivamente expresadas en dinero, de acuerdo con la concreta
distribución de la renta y la riqueza que exista realmente en cada momento.
132 Es
verdad que el trabajo humano crea valor, pero no es valor, dice Marx. Para
expresar el valor como gelatina de trabajo humano, hay que expresarlo en cuanto
objetividad, es decir, en una cosa distinta.
133 Marx
creía que «cualquier ciencia –incluida la social– tenía que penetrar bajo el
movimiento aparente de las cosas hasta sus causas reales subyacentes», pasando,
por ejemplo, del sistema de mercado (apariencia) al fundamento social (esencia)
en el que se basa el mercado (McLellan 2000: 377). Esta distinción entre
apariencia y esencia se remonta hasta Aristóteles a través de Spinoza y Hegel.
z Estos
símbolos podrían escribirse M1 – M2 – M3: entonces, el poseedor de M3 no desea
la mercancía M1 pero el poseedor de M1 sabe que aquél sí desea M2; por tanto,
el poseedor de M1 cambia su mercancía por M2, pero no porque quiera M2 sino
porque así puede cambiar esta M2 por M3 (que era su objetivo). Esta mercancía
intermedia que ocupa un lugar central en el intercambio social es una mercancía
que va convirtiéndose en dinero.
135 Para
Marx, la fuerza de trabajo se diferencia del trabajo como la capacidad de
digerir se distingue de la digestión: tener la primera no implica que se
produzca la segunda, ya sea por ausencia de un empleo o de alimentos.
136 El
proceso de consumo de la fuerza de trabajo en la producción es dos cosas a la
vez; y, como la mercancía y el trabajo mismo, tiene una naturaleza también
dual: por una parte, es un proceso «natural» entre el hombre y la naturaleza
que debe analizarse cualitativamente; pero, al mismo tiempo, es un «proceso de
valorización», y como tal debe analizarse desde un punto de vista cuantitativo,
porque ahora sólo se producen valores de uso en cuanto «portadores materiales»
de valor.
137 Marx
señala que es una suerte para el capitalista pero no una injusticia para el
obrero, ya que el patrón le da a este, a cambio de su fuerza de trabajo,
justamente lo mismo que esta vale.
138 En
esta, la jornada individual es una parte alícuota de la jornada conjunta, pues
lo que se pone ahora en movimiento es un trabajo social medio: el obrero
colectivo. En segundo lugar, los medios de producción se consumen ahora
colectivamente, de forma que hay economías de escala que permiten rebajar el
consumo de capital constante por unidad de producto y, por tanto, el valor
unitario de las mercancías.
139 Lo
que permite el empleo de mano de obra femenina e infantil, antes imposible.
140 Este
hace que el objeto de trabajo recorra «una serie conexa de procesos graduales y
diversos, ejecutados por una cadena de máquinas heterogéneas pero
complementarias entre sí», es decir, máquinas «específicas» constituidas ahora
en «órganos particulares» del sistema.
141 El
sistema de máquinas es ya un «autómata», tanto más perfecto cuanto más
«continuo» sea su proceso total. Y como puede ejecutar «sin el concurso humano»
–o sólo con su «asistencia ulterior»– todos los movimientos necesarios para
elaborar la materia prima, tenemos ya el «sistema automático de máquinas». «Su
riqueza [del capitalismo] se basaba en la introducción de la maquinaria seguida
por la de la automación (la previsión de Marx es aquí extraordinaria)»
(McLellan 1973: 344).
142 La
«conversión del obrero en asalariado».
143 En
realidad, esta puede concebirse de tres formas: como una relación o composición
técnica (ctc), como una relación o composición en valor (cvc) y, además, si se
tiene en cuenta la correlación entre ambas, la composición orgánica del capital
(coc), que es una composición en valor pero «en tanto se determina» por la
composición técnica y refleja sus variaciones.
144 Hay
otras palancas de la acumulación, como la competencia, el crédito, las
sociedades por acciones o la centralización del capital, que implica la
redistribución del capital global mediante la expropiación del pequeño
capitalista por el grande o, mejor dicho, del menos competitivo por el más
competitivo.
145 En
tiempo de Marx, era la industria doméstica.
146 Y de
«tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación
moral en el polo opuesto» (Wheen 1999:277).
147 Ya
Moses Hess, en 1837, había observado «que la revolución social se produciría
como resultado de una inevitable profundización del contraste entre la
creciente riqueza, por una parte, y la miseria por otra», polarización que, por
cierto, incluía una «gradual desaparición de las clases medias» (Kolakowski
1976: 114, 118; Carmichael 1968: 55). Sin embargo, el pensamiento de Marx no
parte de la pobreza sino de la «deshumanización», más en concreto de «la
conciencia de la deshumanización de la clase trabajadora», y de la «pérdida de
la subjetividad humana» (Kolakowski 1976; 225, 289). Ahora bien, para Marx «el
socialismo es el efecto de la historia en el sentido de que la historia da luz
a la conciencia revolucionaria del proletariado, pero es también un efecto de
la libertad en tanto el acto de la revolución es libre, con lo que, en el
movimiento revolucionario de los trabajadores, la necesidad histórica se
expresa en la libre acción. (…) La inevitabilidad histórica y la libre acción
son una y la misma cosa» (Kolakowski 1976: 226, cursivas añadidas: DG).
148 Por
ejemplo, Ortes, Townsend, Storch, Sismondi o Destutt de Tracy.
149 Lo
mismo se puede aplicar al artesano gremial.
150 Por
ejemplo, las leyes contra la «vagancia» permitían encerrar, marcar, convertir
en esclavo y ejecutar a estos «vagos»; y a fuerza de latigazos, hierros
candentes y tormentos, la población expropiada fue obligada a someterse a la
«disciplina» del nuevo sistema del trabajo asalariado. Finalmente…, deja de
hacer falta la coerción, porque las «leyes naturales de la producción», es
decir, la «dependencia del capital» y el hambre, se encargan de disciplinar al
obrero por sí mismas, usándose la violencia directa sólo «excepcionalmente».
151 Así
fue como vino al mundo el capital: ¡»chorreando sangre y lodo, por todos los
poros, desde la cabeza hasta los pies»!
152 Así
termina el 7º epígrafe («Tendencia histórica de la acumulación capitalista»)
del capítulo 24 («La llamada ‘acumulación originaria'»). El capítulo que sigue,
el 25 y último, versa extrañamente sobre «La teoría moderna de la
colonización». Según Rubel, debería intercambiarse la posición de este con el
epígrafe 7 citado ya que, en su opinión, la inversión de este orden natural
tenía exclusivamente el objetivo de engañar a la censura; en ese caso, el libro
I de El capital terminaría con las palabras aquí transcritas. Debe tenerse en
cuenta que Marx escribió pero finalmente no publicó un capítulo, conocido como
«inédito», que vendría a continuación de la sección séptima y se llamaba «Libro
primero. El proceso de producción del capital. Capítulo sexto. Resultados del
proceso inmediatos de producción» (publicado en 1933), donde se trata de temas
como la alienación, el crecimiento de los servicios o el paso de la producción
mercantil simple a la capitalista. [Por qué se llama capítulo 6º, y no 8º, lo
cuenta Dangeville 1971: 18-19].


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