© Libro N° 11156.
El Cerebro
Matemático. Dehaene, Stanilas. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
El Cerebro Matemático. Stanilas Dehaene
Versión Original: © El Cerebro Matemático. Stanilas Dehaene
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/elcerebromatematico/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
Portada
E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/elcerebromatematico/imagenes/portada.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL CEREBRO MATEMÁTICO
Stanilas Dehaene
El Cerebro
Matemático
Stanilas
Dehaene
CONTENIDO
Este
libro (y esta colección)
Prefacio
a la segunda edición
Prefacio
a la primera edición (actualizado)
Introducción
Parte I.
Nuestra herencia numérica
1.
Animales talentosos
2. Contar
a los pocos meses
3.
Nuestra herencia numérica
Parte II.
Más allá de la aproximación
4. El
lenguaje de los números
5.
Pequeñas cabezas para grandes cálculos
6. Genios
y prodigios
Parte
III. De neuronas y números
7. Perder
el sentido numérico
8. El
cerebro calculador
9. ¿Qué
es un número?
Parte IV.
La ciencia contemporánea del número y el cerebro
10. El
sentido numérico, quince años después
Apéndice
A
Apéndice
B
Bibliografía
El
cerebro matemático
Stanilas
Dehaene
Este
libro (y esta colección)
Y el ángel de los números
pensativo, volando
del 1 al 2, del 2
al 3, del 3 al 4.
Rafael Alberti, El ángel de los números
Nos pasamos la infancia
contando piedras, plantas,
dedos, arenas, dientes,
la juventud contando
pétalos, cabelleras.
Contamos los colores, los años,
las vidas y los besos […].
El tiempo se hizo número.
Nos rodearon los números.
Pablo Neruda, Oda a los números
En el
principio fue el número. Quizás antes que el cerebro. Luego juntaron sus
caminos, convirtiendo nuestra capacidad de ver el mundo matemáticamente en un
verdadero sentido —para algunos, el sexto sentido de nuestro cuerpo—. Ahora
bien, ¿qué le pedimos a un sentido? Por ejemplo, que existan áreas cerebrales
especializadas que se activen cuando desarrollamos esa experiencia sensorial.
Eso es lo que ocurre, de hecho, con los números, tanto en cerebros de primates
no humanos como en el nuestro; en efecto, allá por el área parietal (un poco
más arriba que las orejas, ideal para el cabezazo certero y al ángulo), se
producen respuestas a los estímulos de cantidades. Un verdadero mapa cerebral
de los números y, por cierto, uno muy preciso: Stanislas Dehaene y su grupo
demostraron que existen áreas parietales diferentes para la estimación o la
comparación numérica, y otras, por ejemplo, para la multiplicación.
En el
origen de sus investigaciones hubo algunos casos clínicos, como el paciente N.,
quien para llegar a una cantidad determinada se veía obligado a recitar la
serie de números naturales. A este paciente se lo podía considerar un «hombre
de la aproximación», ya que sus cálculos arrojaban resultados aproximados: 2 +
2 da algo entre 3 y 5, y su año tiene «cerca de trescientos cincuenta días».
Estudiando su cerebro, Dehaene fue pionero en la investigación de un sentido
del número, recorriendo un universo que va de los animales a los humanos de
diferentes culturas, de los bebés a los genios de la matemática.
Es que no
estamos solos en este sentido del número: los animales (monos, ratas, palomas,
salamandras, delfines o leones, por citar algunos estudios) parecen tenerlo. Y
también los animales más extraños de todos, los bebés, esos locos bajitos que
se incorporan… y cuentan todo lo que hay en su mundo. Sí: mientras que es
posible entrenar a una rata para recibir comida solo si aprieta una palanca una
cantidad específica de veces, un bebé de seis meses distingue claramente
cantidades y relaciones de mayor/menor. Estos pequeñitos pueden reconocer sumas
o restas sencillas —así que tengan cuidado cuando quieran explicarles
dulcemente que tal juguete es mucho más caro que otro—. Una de las principales
preguntas en esta historia es si nuestra capacidad de interpretar la naturaleza
numérica viene de fábrica o si necesariamente la vamos aprendiendo. Los
experimentos con niños de meses de edad (¡meses!) son reveladores al respecto,
según los resultados arrojados por el propio Dehaene. Por otra parte, somos
especialistas en trazar una geografía de los números o, en otras palabras,
ponerlos sobre mapas (mentales o de papel). Nos resulta sencillo pensar en una
regla con los números ordenados uno tras otro —aunque esta habilidad se puede
trastocar con ciertos tipos de lesiones mentales—. Pero hay mucho más en el
mundo de lo que pueden nuestra matemática y nuestra civilización. Ciertas
tribus de Nueva Guinea son incapaces de trazar líneas numéricas, mientras que
otras, como los mundurucus del Amazonas (también estudiados por el autor),
utilizan mentalmente escalas logarítmicas y no lineales. ¿Será entonces que los
números son innatos, pero las líneas dependen del delineador y su cultura? ¿Y
qué sucede en aquellas culturas que, directamente, no tienen palabras para
identificar a los números, como los pirahãs, o que solo pueden «contar» hasta
5, como los mundurucus (y la palabra «cinco» es la misma que se usa para «una
mano»)? ¿Será que la necesidad del conteo, o la del sentido del número, se fue
afianzando a medida que los humanos se establecieron en comunidades,
desarrollaron la agricultura y, más adelante, los almacenes chinos?
La
pregunta sobre «naturaleza v/s cultura» es fundamental en el debate de la
numerología cerebral y, como suele suceder, hay una suerte de empate técnico.
Si bien ya venimos a este mundo con el cerebro preparado para el sentido del
número, también es preciso desarrollarlo. El pasaje de contar con los dedos a
imaginar las cuentas tiene que ser fomentado paso a paso, como saber de memoria
las tablas de multiplicar (algo que para nuestro cerebro no resulta nada
trivial): aquí hay una verdadera educación del sentido del número, una de las
aplicaciones de las investigaciones de Dehaene en la escuela.
Asimismo,
y como corresponde a toda neurociencia cognitiva que se precie de tal, también
hay diferencias de género en esto del «sentido del número». Un experimento
realizado con miles de personas en Inglaterra demostró que las mujeres son
mejores y más rápidas en la estimación inmediata de cantidades pequeñas (que el
cerebro cuenta de manera diferente —y más precisa— que cuando se trata de
números más grandes). Y si encima son jugadoras de videojuegos, mejor… porque
ese vicio de nuestros tiempos además ayuda a identificar de modo instantáneo
números de cosas en la pantalla (algún beneficio tienen que tener tantísimas
horas de Call of Duty, Minecraft o Plantas
versus Zombis).
No es
casual que Dehaene sea, desde hace tiempo, uno de los principales
investigadores en este tema: él mismo tiene una fuerte educación en matemática
y computación, que en algún momento derivó hacia el estudio del cerebro. Su
intuición de nuestra manera de calcular de inmediato cantidades pequeñas (algo
así como «subitar» —por lo súbito del cálculo—) lo llevó a predecir
numéricamente la respuesta de nuestro cerebro —intuición que, paso a paso, fue
comprobada experimentalmente—. Claro, lo que suena menos intuitivo es por qué
evolucionamos con este sentido del número. Y aquí aparece otra genialidad del
autor —que ya nos deslumbró con una idea similar en su maravilloso El
cerebro lector—: esta numerosidad cerebral puede corresponder a un
reciclado de áreas que originalmente tenían otra función y fueron aprovechadas
para saber si se vienen demasiados enemigos y conviene huir al trote, o si un
árbol tiene más manzanas que otro. Según el propio Dehaene, «las palabras
escritas o los números pueden considerarse parásitos que invaden sistemas
cerebrales que, en un principio, estaban destinados a un uso bastante
diferente». Como diría William Burroughs, el lenguaje es un virus del espacio
exterior; quizá, los números también lo sean.
Y todo
esto llega inexorablemente a la escuela. Pasadas algunas décadas de ese intento
llamado «matemática moderna», que presuponía que los más chiquitos eran
incapaces del cálculo —y que mi generación vivió especialmente en la
Argentina—, las investigaciones sobre el sentido del número pueden ayudar a una
enseñanza más adecuada de lo que inevitablemente se convierte en el terror de
cualquier alumno. Todos tenemos más o menos el mismo cerebro, que sabe sumar,
restar y comparar cantidades de manera intuitiva, y para el cual
multiplicaciones o divisiones complejas pueden transformarse en una pesadilla.
Entonces, mediante juegos y lecciones, el autor ofrece recorridos para que el
diablo de los números entre amigablemente al aula.
Si bien
este libro nos llega un poco desordenado en la biografía del autor (fue su
primer texto destinado al público general), engalana perfectamente nuestra
biblioteca junto a los extraordinarios El cerebro lector (y su
hermano menor, Aprender a leer) y La conciencia en el
cerebro, integrando una trilogía apasionante que nada tiene que envidiar a
guerras galácticas o señores con anillos.
La
naturaleza y la cultura recorren estas páginas, entre animales, bebés, niños
prodigio y, sobre todo, el más maravilloso objeto del universo, mezcla de
ábaco, tabla de multiplicar, identificador de patrones y admirador de símbolos
abstractos: nuestro propio cerebro.
* * * *
Esta
colección de divulgación científica está escrita por científicos que creen que
ya es hora de asomar la cabeza por fuera del laboratorio y contar las
maravillas, grandezas y miserias de la profesión. Porque de eso se trata: de
contar, de compartir un saber que, si sigue encerrado, puede volverse inútil.
Esta nueva serie nos permite ofrecer textos más extensos y, en muchos casos,
compartir la obra de autores extranjeros contemporáneos.
Ciencia
que ladra… no muerde, solo da señales de que cabalga. Y si es Serie Mayor,
ladra más fuerte.
Diego Golombek
Prefacio
a la segunda edición
Sin
proponérselo, un libro científico es una cápsula de tiempo. No tiene fecha de
vencimiento, lo que en muchos casos significa que los lectores evaluarán sus
teorías, hechos y evidencias muchos años después de la publicación, y lo harán
con omnisciencia retrospectiva. Este libro, que escribí cuando todavía no había
cumplido los 30, no es una excepción a esta regla.
Tuve la
suerte de comenzar a trabajar en este libro durante los primeros años de la
década de 1990, en un momento en que la investigación sobre el número estaba
dando los primeros pasos. Un puñado de laboratorios empezaba apenas a rozar el
tema, inaugurando este campo de investigación. Algunos hacían foco sobre cómo
los niños percibían conjuntos de objetos. Otros se especializaban en la forma
en que los niños en edad escolar aprenden las tablas de multiplicar, o
estudiaban el extraño comportamiento de los pacientes que sufren lesiones
cerebrales que alteran las habilidades para el cálculo. Por último, algunos
—entre ellos, yo— hacían las primeras incursiones en la investigación en
neuroimágenes para descubrir qué áreas cerebrales se activan cuando a los estudiantes
se les hace una pregunta aritmética sencilla, como « ¿6 es más grande que 5?».
En ese momento, solo unos pocos de nosotros podíamos ver que todos estos
estudios un día confluirían en un solo campo, la cognición matemática, con una
serie de técnicas multifacéticas que apuntaban a responder a la estimulante
pregunta de Warren McCulloch:
¿Qué es
un número, que el hombre puede conocerlo, y qué es un hombre, que puede conocer
un número?
Escribí
este libro con este sencillo objetivo: reunir todos los datos disponibles
acerca de cómo el cerebro realiza operaciones aritméticas elementales y probar
que se estaba gestando un nuevo y promisorio campo de investigación, lleno de
descubrimientos empíricos por realizar. También confiaba en la posibilidad de
echar algo de luz sobre las viejas disputas filosóficas que cuestionaron la
naturaleza misma de la matemática. Durante los tres años que me llevó compilar
las diferentes líneas de investigación en esta área, mi entusiasmo aumentaba a
medida que notaba que todas las piezas de ese rompecabezas complejo encajaban
en un todo coherente. La investigación con animales sobre el número se enfocaba
en una competencia milenaria para el procesamiento de cantidades numéricas
aproximadas. Este «sentido numérico», que también está presente en los bebés,
les daba a los humanos la intuición del número. Invenciones culturales como el
ábaco o los números arábigos lo transformaron luego en nuestra capacidad completa
para la matemática simbólica. Así, resultó obvio que una mirada detallada a las
estructuras cerebrales del sentido numérico sería muy reveladora acerca de
nuestra comprensión de la matemática. Eso daba una perspectiva clara de los
mecanismos de la evolución, y conjugaba nuestras habilidades humanas para la
matemática con la forma en que los cerebros de los monos (o incluso los de las
ratas y las palomas) representan los números.
Desde que
se escribió este libro, cerca de quince años atrás, un frenesí de investigación
innovadora ha dado a esta área un ímpetu más fuerte que el que nunca imaginé.
La cognición matemática es hoy un campo importante de la ciencia cognitiva, y
ya no se centra exclusivamente en el concepto del número y sus orígenes, sino
que se ha expandido a los campos relacionados del álgebra y la geometría.
Varios temas de investigación que fueron apenas esbozados en este libro se han
convertido en áreas de investigación por derecho propio: el sentido numérico en
los animales, neuroimágenes de cómputos matemáticos, la naturaleza de la
discalculia (el déficit en los niños que tienen dificultades matemáticas), etc.
Uno de los logros más emocionantes ha sido el descubrimiento de neuronas
independientes que codifican el número en el cerebro del mono, en una
localización precisa en el lóbulo parietal, que parece ser un homólogo
plausible de las regiones corticales que se activan cuando hacemos cálculos
mentales. Otra corriente de investigaciones en constante y veloz desarrollo
está relacionada con la aplicación de este conocimiento a la educación: ya
empezamos a comprender cómo la escuela desarrolla un sentido exacto del número
y la aritmética, y cómo se puede ayudar con juegos y programas informáticos
pedagógicos muy simples a los niños que están en riesgo de desarrollar
discalculia.
Cuando
releí la primera edición de este libro, fue muy grato ver que todas estas ideas
ya estaban en germen, aunque en forma algo especulativa, hace quince años.
Ahora que los resultados de las investigaciones les han dado un fundamento
sólido, estoy convencido de que es apropiado lanzar una nueva edición. Por
supuesto, muchos libros excelentes se han publicado desde 1997, entre
ellos Mathematical Brain de Brian Butterworth (1999), Where
Mathematics Comes From de Rafael Núñez y George Lakoff (2000) y
el Handbook of Mathematical Cognition, editado por Jamie Campbell
(2004). Ninguno de ellos, sin embargo, abarca el rango completo de lo que hoy
sabemos acerca del número y el cerebro.
* * * *
Estoy
agradecido a mis agentes, Max y John Brockman, y a mis editoras, Abby Gross y
Odile Jacob, quienes me alentaron a embarcarme en esta nueva versión y me
ayudaron a decidir qué forma debía tener. De inmediato coincidimos en que
reescribir el pasado sería incómodo o hasta presuntuoso. Parecía preferible
darle al lector una sensación apropiada de cómo nació el campo hace veinte
años, lo que motivó nuestras hipótesis actuales, y cómo los métodos
experimentales evolucionaron desde aquel momento, ya fuera para sustentar
nuestras teorías o, algunas veces —por fortuna no muchas—, para refutarlas. Por
ende, concebimos una segunda edición que dejaría intacta la original pero le
agregaría referencias nuevas y, sobre todo, un extenso capítulo final que
resume los descubrimientos más destacados que se hicieron desde la primera
edición. Seleccionar los descubrimientos que debían estar en este capítulo fue
una tarea ardua, dado que en los últimos quince años el campo creció de modo
exponencial. En efecto, hay cientos de descubrimientos científicos relevantes.
Sin embargo, decidí limitarme a una pequeña lista de datos sorprendentes que,
según creo, iluminan nuestra comprensión de qué es la aritmética en el nivel
cerebral, y, por lo tanto, cómo deberíamos enseñarla.
La
mayoría de los matemáticos, abierta o encubiertamente, adoptan una perspectiva
platónica acerca de su disciplina. Se ven a sí mismos como exploradores de un
continente de ideas independientes de la mente humana, más viejas que la vida
misma e inmanentes en la estructura misma del universo. En cambio, en su
clásico tratado ¿Qué son y para qué sirven los números?, el gran
matemático alemán Richard Dedekind pensó que los números son «creaciones libres
de la mente humana», «una emanación inmediata de las leyes puras del
pensamiento». Por mi parte, no podría estar más de acuerdo, ni expresar mejor
mi convicción; pero entonces la responsabilidad de esclarecer esos orígenes
definitivamente recae sobre los psicólogos y neurocientíficos, que deberán
desentrañar cómo un cerebro, un conjunto finito de células nerviosas, puede
concebir pensamientos tan abstractos. Este libro debería considerarse un
modesto aporte para resolver esta cuestión, que indudablemente seguirá
fascinándonos durante mucho tiempo.
S. D.
Palaiseau, Francia
Prefacio
a la primera edición (actualizado)
Estamos
rodeados de números. Trazados sobre tarjetas de crédito o grabados sobre
monedas, impresos en cheques o alineados en hojas de cálculo digitalizadas, los
números rigen nuestras vidas. En efecto, están situados en el núcleo de nuestra
tecnología. Sin los números, no podríamos enviar cohetes a otros sitios del
sistema solar, tampoco construir puentes, intercambiar bienes o pagar nuestras
cuentas. Así, los números son invenciones culturales solo comparables en
importancia a la agricultura o a la rueda. Pero pueden tener raíces todavía más
profundas. Miles de años antes de Cristo, los científicos babilonios utilizaban
ingeniosas notaciones numéricas para compilar tablas astronómicas de
sorprendente precisión. Hay testimonios de que cientos de miles de años antes
de esto, los hombres del neolítico grababan los primeros símbolos numéricos
escritos en huesos o pintados como puntos en las paredes de las cavernas. Y,
según intentaré demostrar más adelante, todavía millones de años antes, mucho
antes de que apareciera el Homo sapiens, los animales de todas las
especies ya guardaban registro de los números y los utilizaban en cómputos
mentales simples. Entonces, ¿los números pueden ser tan viejos como la vida
misma? ¿Es posible que estén inscriptos en la estructura de nuestros cerebros?
¿Todos tenemos un «sentido numérico», una intuición especial que nos ayuda a
comprender los números y la matemática?
Cerca de
los 16 años, cuando estaba estudiando para llegar a ser un matemático, sentía
fascinación por los objetos abstractos que mis docentes me enseñaban a
manipular y, sobre todo, por los más simples de ellos: los números. ¿De dónde
venían? ¿Cómo era posible que mi cerebro los comprendiera? ¿Por qué dominarlos
parecía tan difícil para la mayoría de la gente? Los historiadores de la
ciencia y los filósofos de la matemática habían provisto algunas respuestas
tentativas; pero para una mente de orientación científica, el carácter
especulativo y contingente de estas explicaciones era insatisfactorio. Es más,
en los libros que yo conocía, montones de hechos intrigantes acerca de los
números y la matemática quedaban sin respuesta. ¿Por qué todas las lenguas tenían
al menos algunos nombres para los números? ¿Por qué todos parecían sentir que
las multiplicaciones por siete, ocho o nueve eran particularmente difíciles de
aprender? ¿Por qué parecía que yo no podía reconocer más de cuatro objetos de
un vistazo? ¿Por qué había diez chicos por chica en los cursos de matemática
avanzada a los que asistía? ¿Cuáles eran los trucos que les permitían a los
calculistas mentales multiplicar dos números de tres dígitos en unos pocos
segundos?
Mientras
aprendía cada vez más sobre psicología, neurofisiología y ciencia
computacional, se volvió obvio que no había que buscar las respuestas en los
libros de historia, sino en la estructura misma de nuestros cerebros, el órgano
que nos permite crear la matemática. Desde la perspectiva de un matemático, ese
era un momento apasionante para orientarse hacia la neurociencia cognitiva.
Parecía que cada mes surgían nuevas técnicas experimentales y resultados
sorprendentes. Algunos revelaban que los animales podían resolver problemas
aritméticos simples. Otros preguntaban si los bebés tenían alguna noción de
cuánto es 1 más 1. También comenzaban a estar disponibles herramientas de
imágenes funcionales que permitían visualizar los circuitos activos del cerebro
humano cuando calcula y resuelve problemas aritméticos. De pronto, las bases
psicológicas y cerebrales de nuestro sentido numérico estaban franqueadas a la
experimentación. Un nuevo campo de la ciencia estaba emergiendo: la cognición
matemática, o la investigación científica acerca de cómo el cerebro da lugar a
la matemática. Tuve la suerte de convertirme en un participante activo en esta
búsqueda. Este libro aporta una primera mirada a este nuevo campo de
investigación que mis colegas de París y varios equipos de investigación a lo
largo del mundo todavía están desarrollando.
* * * *
Estoy en
deuda con muchas personas por ayudarme a completar la transición desde la
matemática hacia la neuropsicología. En primer lugar y principalmente, mi
programa de investigación sobre la aritmética y el cerebro nunca podría haberse
desarrollado sin la asistencia generosa de tres sobresalientes docentes,
colegas y amigos que merecen agradecimientos muy especiales: Jean-Pierre
Changeux en neurobiología, Laurent Cohen en neuropsicología y Jacques Mehler en
psicología cognitiva. Su apoyo, su consejo y a menudo su contribución directa
al trabajo que aquí se describe han sido de una ayuda invaluable.
Me
gustaría expresar mi gratitud a mis muchos compañeros de investigación de las
últimas dos décadas, y particularmente a la contribución crucial de muchos
estudiantes y posdoctorados, muchos de los cuales se volvieron colaboradores
esenciales y, simplemente, amigos con los que cuento: Rokny Akhavein, Serge
Bossini, Marie Bruandet, Antoine Del Cul, Raphaël Gaillard, Pascal Giraux, Ed
Hubbard, Veronique Izard, Markus Kiefer, André Knops, Étienne Koechlin, Sid
Kouider, Gurvan Leclec’H, Cathy Lemer, Koleen McCrink, Nicolas Molko, Lionel
Naccache, Manuela Piazza, Philippe Pinel, Maria-Grazia Ranzini, Susannah
Revkin, Gérard Rozsavolgyi, Elena Rusconi, Mariano Sigman, Olivier Simon,
Arnaud Viarouge y Anna Wilson.
Para la
primera edición de este libro, también conté con los consejos de muchos otros
científicos eminentes. Mike Posner, Don Tucker, Michael Murias, Denis Le Bihan,
André Syrota y Vernard Mazoyer compartieron conmigo su conocimiento profundo de
las imágenes cerebrales. Emmanuel Dupoux, Anne Christophe y Christophe Pallier
me asesoraron sobre psicolingüística. También estoy muy agradecido por los
movilizantes debates con Rochel Gelman y Randy Gallistel, y por las acertadas
observaciones de Karen Wynn, Sue Carey y Josiane Bertoncini acerca del
desarrollo infantil. El fallecido profesor Jean-Louis Signoret ya me había
hecho conocer el fascinante dominio de la neuropsicología. Posteriormente,
numerosas discusiones con Alfonso Caramazza, Michael McCloskey, Brian
Butterworth y Xavier Seron ampliaron mucho mi comprensión de esta disciplina.
Xavier Jeannin y Michel Dutat, por último, me asistieron para programar mis
experimentos.
Para esta
segunda edición, muchos colaboradores adicionales, en Francia y en el
extranjero, me ayudaron a progresar en mi investigación: Hillary Barth, Eliza
Block, Jessica Cantlon, Laurent Cohen, Jean-Pierre Changeux, Evelyn Eger, Lisa
Feigenson, Guillaume Flandin, Tony Greenwald, Marc Hauser, Antoinette Jobert,
Ferath Kherif, Andrea Patalano, Lucie Hertz-Pannier, Karen Kopera-Frye, Denis
Le Bihan, Stéphane Lehéricy, Jean-Francois Mangin, José Frederico Marques,
Jean-Baptiste Poline, Denis Rivière, Jérôme Sackur, Elizabeth Spelke, Ann
Streissguth, Bernard Thirion, Pierre-François van de Moortele y Marco Zorzi.
También estoy muy agradecido a todos los colegas que, a lo largo de los años y
a través de los océanos, por medio de discusiones incansables, me ayudaron a
pulir mis pensamientos y corregir mis errores. Es imposible hacer una lista
exhaustiva, pero mis pensamientos van en primer lugar y principalmente a
Elizabeth Brannon, Wim Fias, Randy Gallistel, Rochel Gelman, Usha Goswami,
Nancy Kanwisher, Andreas Nieder, Michael Posner, Bruce McCandliss, Sally y
Bennett Shaywitz y Herb Terrace.
Mi
investigación sobre la cognición numérica recibió un gran impulso cuando obtuve
el subsidio Centennial Fellowship de la Fundación McDonnell, de diez años de
extensión, que tuvo un papel esencial en mi carrera. También fue financiada por
el INSERM (Instituto Francés para la Investigación Médica y de la Salud), la
CEA (Comisión de Energía Atómica), el Collège de France, la Universidad París
XI, las fundaciones Fyssen, Bettencourt-Schueller, Volkswagen, Louis D. del
Institut de France y la Fundación Francesa para la Investigación Médica. La
preparación de este libro se benefició enormemente con el escrutinio cuidadoso
de Brian Butterworth, Robbie Cade, Markus Giaquinto y Susana Franck para la
edición inglesa, y de Jean-Pierre Changeux, Laurent Cohen, Ghislaine
Dehaene-Lambertz y Gérard Jorland para la edición francesa. Un cálido
agradecimiento también a Joan Bossert y Abby Gross, mis editores de Oxford
University Press, John Brockman, mi agente, y Odile Jacob, mi editora francesa.
Su confianza y su apoyo fueron muy valiosos.
Asimismo
me gustaría agradecerles a las editoriales y los autores que amablemente me
permitieron reproducir las figuras y las citas utilizadas en este libro. Vaya
un agradecimiento especial a Gianfranco Denes por señalarme el notable tramo
de La lección de Ionesco que se cita en el capítulo 7.
Por
último, pero no por eso menos importante, la palabra «gracias» no es suficiente
para expresar mis sentimientos por mi familia, Ghislaine, Olivier, David y
Guillaume, quienes me apoyaron con paciencia durante los largos meses
transcurridos en plan de exploración y escritura acerca del universo de los
números. Este libro está dedicado a ellos.
S. D.
Piriac, Francia,
Agosto de 1996 julio de 2010
Introducción
El instinto del número
Cualquier
poeta, hasta el más refractario
a la matemática, está obligado
a seguir contando y llegar a doce
si alejandrinos franceses compone.
Raymond Queneau
Al
encarar la escritura de este libro, me propuse un ridículo problema aritmético:
si este libro debe tener unas doscientas cincuenta páginas de extensión y
abarcar nueve capítulos, ¿cuántas páginas habrá por capítulo? Luego de pensar
mucho, llegué a la conclusión de que cada uno tendría poco menos de treinta
páginas. Sí, eso me llevó aproximadamente cinco segundos, nada mal para un
humano, pero una eternidad si se la compara con la velocidad de cualquier
calculadora electrónica. De hecho, mi calculadora no solo respondió de forma
instantánea, ¡sino que el resultado que me dio era preciso hasta diez
decimales: 27,7777777778!
¿Por qué
nuestra capacidad para hacer cálculos mentales es tan inferior a la de una
computadora? ¿Y cómo es que alcanzamos excelentes estimaciones como «un poco
menos de 30» sin recurrir a un cálculo exacto, algo que está más allá de la
capacidad de las mejores calculadoras electrónicas? La resolución de estas
acuciantes preguntas, tema central de este libro, nos llevará a encarar
acertijos aún más desafiantes:
·
¿Por qué,
después de tantos años de entrenamiento, la mayoría de nosotros todavía no sabe
con seguridad si 7 por 8 es 54 o 64…? ¿O es 56?
·
¿Por qué
nuestro conocimiento matemático es tan frágil que una pequeña lesión cerebral
es suficiente para eliminar nuestra capacidad de cálculo?
·
¿Cómo es
que un bebé de cinco meses puede saber que 1 más 1 es igual a 2?
·
¿Cómo es
posible para los animales sin lenguaje —por ejemplo, los chimpancés, las ratas
y las palomas— tener algún conocimiento de aritmética elemental? ¿En qué
escuela de la vida silvestre lo aprendieron?
Mi
hipótesis es que las respuestas a todas esas preguntas deben buscarse en una
única fuente: la estructura de nuestro cerebro. Cada uno de los pensamientos
que consideramos, cada cálculo que realizamos, es resultado de la activación de
circuitos neuronales especializados que están implantados en nuestra corteza
cerebral. Nuestras construcciones matemáticas abstractas se originan en la
actividad coherente de nuestros circuitos cerebrales, y de los millones de
otros cerebros que nos precedieron, que ayudaron a darle forma y a seleccionar
nuestras herramientas matemáticas actuales. ¿Podemos comenzar a comprender las
restricciones que nuestra arquitectura neuronal impone a nuestras actividades
matemáticas?
Desde
Darwin, la evolución ha sido la referencia para los biólogos. En el caso de la
matemática, tanto la evolución biológica como la cultural son importantes. La
matemática no es un ideal estático y otorgado por Dios, sino un campo de
investigación humana en constante cambio. Incluso nuestra notación digital de
los números, por obvia que pueda resultar hoy en día, es fruto de un proceso
lento de invención a lo largo de miles de años. Lo mismo ocurre con el
algoritmo de multiplicación actual, el concepto de raíz cuadrada, los conjuntos
de números reales, imaginarios o complejos, y así sucesivamente. En todos aún
pueden verse las marcas de su difícil y reciente nacimiento.
La lenta
evolución cultural de los objetos matemáticos es un producto de un órgano
biológico muy especial, el cerebro, que en sí mismo representa el resultado de
una evolución biológica aún más lenta, regida por los principios de la
selección natural. Las mismas presiones selectivas que configuraron los
delicados mecanismos del ojo, el perfil del ala del colibrí o las minúsculas
articulaciones de la hormiga también se ejercieron sobre el cerebro humano. Año
a año, especie tras especie, órganos mentales cada vez más especializados
germinaron y se desplegaron dentro del cerebro para procesar mejor el enorme
flujo de información sensorial que recibía, y para adaptar las reacciones del
organismo a un ambiente competitivo o incluso hostil.
Uno de
los órganos mentales especializados con los que cuenta el cerebro es un
procesador primitivo del número que, sin ser completamente equivalente a la
aritmética que se enseña en nuestras escuelas, la prefigura. Aunque pueda
parecer improbable, numerosas especies animales que consideramos estúpidas o
salvajes, como las ratas y las palomas, en realidad son muy talentosas para el
cálculo. Tienen la capacidad de representar mentalmente cantidades y
transformarlas de acuerdo con algunas de las reglas de la aritmética. Los
científicos que han estudiado estas habilidades creen que los animales poseen
un módulo mental, tradicionalmente llamado «acumulador», que puede llevar un
registro de varias cantidades. Más adelante veremos cómo las ratas aprovechan
este acumulador mental para distinguir series de dos, tres o cuatro sonidos, o
para calcular sumas aproximadas de dos cantidades. El mecanismo del acumulador
abre una nueva dimensión de percepción sensorial a través de la cual el número
cardinal de un conjunto de objetos puede registrarse con tanta facilidad como
su color, su forma o su posición. Este «sentido numérico» otorga tanto a los
animales como a los humanos una intuición directa de lo que significan los
números.
En un
libro suyo que rendía homenaje a «el número, la lengua de la ciencia», Tobias
Dantzig destacaba la importancia de esta forma elemental de intuición numérica:
El
hombre, incluso en las etapas más tempranas del desarrollo, tiene una facultad
que, a falta de un mejor nombre, llamaré «sentido numérico». Esta facultad le
permite reconocer que en un pequeño conjunto algo ha cambiado cuando, sin que
lo sepa directamente, se quitó o se agregó un objeto a ese conjunto (Dantzig,
1967 [1930]).
Dantzig
escribió estas palabras cuando la psicología estaba dominada por la teoría de
Jean Piaget, quien negaba que los niños pequeños tuvieran habilidades
numéricas. Llevó más de veinte años refutar del todo el constructivismo
piagetiano y confirmar la percepción de Dantzig. Todas las personas poseen,
incluso en su primer año de vida, una intuición bien desarrollada acerca de los
números. Más adelante consideraremos en mayor detalle los ingeniosos
experimentos que demuestran que los bebés humanos, lejos de ser incapaces,
conocen ya desde el nacimiento algunos fragmentos de aritmética que pueden
compararse con el conocimiento animal del número. ¡La resolución de sumas y
restas elementales está al alcance de los bebés de seis meses!
Pero no
me gustaría crear una confusión. Por supuesto, solo el cerebro del Homo
sapiens adulto tiene la capacidad de reconocer que 37 es un número
primo, o calcular estimaciones del número π. En efecto, este tipo de proezas
son todavía privilegio de solo algunos humanos de unas pocas culturas. El
cerebro bebé y, desde luego, el cerebro animal, lejos de semejantes habilidades
matemáticas, realizan sus pequeños milagros aritméticos solo en contextos
limitados. En particular, su acumulador no puede operar con cantidades
discretas, sino con estimaciones continuas. Las palomas nunca serán capaces de
distinguir 49 de 50, porque no pueden representar estas cantidades más que de
una forma aproximada y variable. Para un animal, 5 más 5 no es 10, sino aproximadamente
10: tal vez 9, 10 u 11. Tan pobre perspicacia numérica, tanta imprecisión
en la visión interna de los números, evita la aparición del conocimiento
aritmético exacto en los animales. Por la estructura misma de sus cerebros,
están condenados a una aritmética aproximada.
A los
humanos, sin embargo, la evolución les ha dado una competencia suplementaria:
la habilidad para crear sistemas de símbolos complejos, incluida la lengua
hablada y escrita. Las palabras o los símbolos, en tanto pueden deslindar
conceptos con significados arbitrariamente próximos, nos permiten superar los
límites de la aproximación. La lengua nos permite etiquetar hasta el infinito
diferentes números. Estas etiquetas, cuyo ejemplo más evolucionado son los
números arábigos, pueden simbolizar y volver discreta cualquier cantidad
continua. Gracias a ellas, los números quizá cercanos en cantidad, pero con
propiedades aritméticas muy diferentes, pueden distinguirse unos de otros. Solo
a partir de esto puede concebirse la invención de reglas puramente formales
para comparar, sumar o dividir dos números. En efecto, los números adquieren
vida propia, sin ninguna referencia directa a conjuntos concretos de objetos.
El andamiaje de la matemática puede entonces elevarse, cada vez más alto, cada
vez más abstracto.
Esto, sin
embargo, plantea una paradoja. Nuestros cerebros han permanecido en esencia
inalterados desde que apareció el Homo sapiens, hace cien mil años.
Nuestros genes, en efecto, están condenados a una evolución lenta e ínfima, que
depende del azar de las mutaciones. Hacen falta miles de intentos fallidos
antes de que aparezca una mutación favorable, digna de ser transmitida a generaciones
futuras. En contraste, las culturas evolucionan a través de un proceso mucho
más rápido. Las ideas, los inventos, los progresos de todo tipo pueden
difundirse a una población completa mediante la lengua y la educación tan
pronto como han germinado en alguna mente fecunda. De este modo la matemática,
tal como la conocemos hoy, ha surgido en apenas unos pocos miles de años. El
concepto de número —vislumbrado por los babilonios, refinado por los griegos,
depurado por los indios y los árabes, axiomatizado por Dedekind y Peano,
generalizado por Galois— nunca ha dejado de evolucionar de cultura a cultura,
¡obviamente, sin necesidad de que el material genético del matemático se
modificara! A simple vista, no hay diferencia entre el cerebro de Einstein y el
del hombre que, en el período magdaleniense del paleolítico superior, pintó la
cueva de Lascaux. En la escuela primaria, nuestros niños aprenden matemática
moderna con un cerebro que inicialmente estaba diseñado para la supervivencia
en la sabana africana.
Uno no
puede más que maravillarse con la flexibilidad de un cerebro que, según el
contexto y la época, puede planificar una caza de mamuts o concebir una
demostración del último teorema de Fermat. Sin embargo, esta flexibilidad no
debería sobrestimarse. De hecho, mi opinión es que precisamente las capacidades
y los límites de nuestros circuitos cerebrales son los que determinan los
puntos fuertes y débiles de nuestras habilidades matemáticas. Desde tiempos
inmemoriales, nuestro cerebro, como el de la rata, ha sido dotado de una
representación intuitiva de las cantidades. Por eso somos hábiles para realizar
aproximaciones, y nos parece tan obvio que 10 es más grande que 5. Como
contrapartida, nuestra memoria, a diferencia de la que posee la computadora, no
es digital, sino que funciona asociando ideas. Tal vez por este motivo nos
resulte tan difícil recordar la pequeña cantidad de ecuaciones que conforman
las tablas de multiplicar.
Al igual
que el cerebro del incipiente matemático se presta con mayor o menor facilidad
a los requisitos de la matemática, los objetos matemáticos también evolucionan
para combinarse cada vez mejor con nuestras limitaciones cerebrales. La
historia de la matemática provee gran cantidad de evidencia de que nuestros
conceptos de número, lejos de estar congelados, se encuentran en evolución
constante. Los matemáticos han trabajado tenazmente durante siglos para mejorar
la utilidad de las notaciones numéricas, aumentando su grado de generalidad,
sus campos de aplicación, y su simplicidad formal. Al hacerlo, han inventado,
sin darse cuenta, formas de hacerlas encajar con las limitaciones de nuestra
organización cerebral. A pesar de que en la actualidad unos pocos años de
educación son suficientes para aprender la notación digital, no deberíamos
olvidar que tomó siglos perfeccionar este sistema antes de que se volviera un
juego de niños. Algunos objetos matemáticos hoy parecen muy intuitivos
simplemente porque su estructura se adapta bien a nuestra arquitectura
cerebral. Por otro lado, para muchos niños las fracciones son muy difíciles de
aprender porque su maquinaria cortical resiste a un concepto que va tan en
contra del sentido común.
Si la
arquitectura básica de nuestro cerebro impone límites tan fuertes a nuestra
comprensión de la aritmética, ¿por qué algunos niños se destacan en matemática?
¿Cómo es que matemáticos notables como Gauss, Einstein o Ramanujan alcanzaron
una familiaridad tan extraordinaria con los objetos matemáticos? ¿Y cómo es que
algunas personas con síndrome del savant y 50 de coeficiente intelectual logran
convertirse en expertos del cálculo mental? ¿Deberíamos dar por sentado que
algunas personas comenzaron la vida con una arquitectura cerebral particular, o
una predisposición biológica para convertirse en genios? Un análisis detallado
de esta hipótesis nos demostrará que esto es improbable. Hasta ahora, en todo
caso, existe muy poca evidencia de que los grandes matemáticos y los prodigios
del cálculo hayan sido dotados con una estructura neurobiológica excepcional.
Como el resto de nosotros, los expertos en aritmética tienen que esforzarse
para realizar cálculos largos y para comprender conceptos matemáticos abstrusos.
Si tienen éxito, es solo porque dedican un tiempo considerable a este tema y
consiguen inventar algoritmos bien ajustados y atajos astutos, que cualquiera
de nosotros podría aprender si lo intentara, los cuales que están
cuidadosamente diseñados para aprovechar los recursos de nuestro cerebro y
superar sus límites. Lo especial en esos individuos es su pasión
desproporcionada e implacable por los números y la matemática, ocasionalmente
impulsada por su incapacidad para mantener relaciones normales con otros
humanos, una patología cerebral llamada «autismo». Estoy convencido de que los
niños de iguales habilidades iniciales pueden llegar a tener un desempeño
excelente o nulo en matemática dependiendo de su amor u odio por la materia. La
pasión da lugar al talento, y los padres y maestros tienen, por lo tanto, una
responsabilidad considerable para desarrollar las actitudes positivas o
negativas de sus niños respecto de las matemáticas.
En Los
viajes de Gulliver (III, cap. V), Jonathan Swift describe los extraños
métodos de enseñanza utilizados en la escuela de matemática de Lagado, en la
Isla de Balnibarbi:
Estuve en
la escuela de matemática, donde el maestro enseñaba a sus discípulos de acuerdo
con un método casi inconcebible para los europeos. Las proposiciones y
demostraciones se escribían en una delgada oblea con tinta compuesta de una
tintura cefálica. El estudiante se la tragaba en ayunas, y durante tres días
solo tomaba pan y agua. Cuando había digerido la oblea, la tintura subía a su
cerebro y con ella la proposición. Pero hasta entonces no habían logrado éxito,
en parte por algún error en el quantum o composición, y en parte por la
perversidad de los muchachos, para quienes este bolo es tan nauseabundo que
generalmente lo dejan de lado a hurtadillas y lo vomitan antes de que pueda
operar: tampoco se ha logrado convencerlos de que guarden una abstinencia tan
larga como lo requiere la prescripción.
Aunque la
descripción de Swift roza lo absurdo, su metáfora básica del aprendizaje de la
matemática como un proceso de asimilación tiene una veracidad innegable. En
última instancia, todo el conocimiento matemático se incorpora en los tejidos
biológicos del cerebro. Cada una de las clases de matemática que cursan
nuestros niños se traduce en modificaciones de millones de sus sinapsis, que
implican la expresión de nuevos genes y la formación de miles de millones de
moléculas de neurotransmisores y receptores, con la modulación de señales
químicas que reflejan el nivel de atención del niño y su compromiso emocional
con el tema. Sin embargo, las redes neuronales de nuestros cerebros no son
totalmente flexibles. La estructura misma de nuestro cerebro hace que algunos
conceptos aritméticos sean más fáciles de «digerir» que otros.
Espero
que las perspectivas que sostengo aquí lleven, en última instancia, a mejoras
en la enseñanza de la matemática. Un buen plan de estudios debería tener en
cuenta las fortalezas y las limitaciones de la estructura cerebral del alumno.
Para optimizar las experiencias de aprendizaje de nuestros niños, deberíamos
considerar qué impacto tienen la educación y la maduración cerebral sobre la
organización de las representaciones mentales. Obviamente, todavía estamos
lejos de comprender hasta qué punto el aprendizaje puede modificar nuestra
maquinaria cerebral. Sin embargo, lo poco que ya sabemos podría resultar útil.
Los fascinantes resultados que los científicos cognitivos han acumulado a lo
largo de los últimos veinte años acerca de cómo nuestro cerebro hace cuentas no
se han hecho públicos hasta ahora y no se les ha permitido filtrarse en el
mundo de la educación. Sería muy feliz si esta obra sirviera como un
catalizador para mejorar la comunicación entre las ciencias cognitivas y las
ciencias de la educación.
Este
libro propone a sus lectores una travesía por la aritmética vista desde los
meticulosos ojos de un biólogo, pero sin dejar de lado sus componentes
culturales. En los capítulos 1 y 2, al seguir la senda de las habilidades de
los animales y los bebés humanos para la aritmética, intentaré convencerlos de
que nuestras capacidades matemáticas no carecen de precursores biológicos. En
efecto, en el capítulo 3 encontraremos muchas marcas del modo animal de
procesamiento de números, activo aun en el comportamiento del humano adulto. En
los capítulos 4 y 5, al observar el modo en que los niños aprenden a contar y a
calcular, intentaremos comprender cómo puede superarse este sistema inicial
aproximado, y qué dificultades supone la adquisición de la matemática avanzada
para nuestro cerebro de primates. Esta será una buena oportunidad para
investigar los métodos actuales de enseñanza de la matemática y para examinar
hasta qué punto se han adaptado naturalmente a nuestra arquitectura mental. En
el capítulo 6 también intentaremos esclarecer los rasgos que distinguen a un
joven Einstein o a un prodigio del cálculo del resto de nosotros. En los
capítulos 7 y 8, por último, nuestro safari seguirá las huellas del número y
finalizará en los surcos de la corteza cerebral, donde están localizados los
circuitos neuronales que sustentan el cálculo y de donde, ¡ay!, puede
desalojarlos una lesión o un accidente vascular, que privan de sentido numérico
a sus desdichadas víctimas.
Parte I
Nuestra herencia numérica
Capítulo
1
Animales talentosos
Una
piedra
dos casas
tres ruinas
cuatro sepultureros
un jardín
unas flores
un mapache
Jacques Prévert, Inventario
Contenido:
§. Un
poco de astucia equina
§. Ratas que cuentan
§. ¿Cuán abstractos son los cálculos animales?
§. La metáfora del acumulador
§. ¿Hay neuronas detectoras de número?
§. Contando en la niebla
§. Los límites de la matemática animal
§. Del animal al hombre
Desde el
siglo XVIII, puede leerse en varios libros de historia natural una anécdota:
El señor
de un castillo quería matar a una corneja que había hecho nido en lo alto de
una torre. Sin embargo, cada vez que el señor se acercaba a la torre, el ave
volaba y quedaba fuera de tiro, a la espera de que el hombre se alejase. En
cuanto este se iba, ella volvía a su nido. El hombre decidió pedir ayuda a un
vecino. Los dos cazadores entraron a la torre juntos, y luego solo uno de ellos
salió. Pero la corneja no cayó en esta trampa y actuó con sensatez: antes de
regresar, esperó a que el segundo hombre saliera. Tampoco bastaron tres, cuatro
ni cinco hombres para engañar a la astuta ave. Cada vez, antes de regresar, la
corneja aguardaba la partida de todos los cazadores. Finalmente, acudió un
grupo de seis cazadores. Cuando cinco de ellos habían dejado la torre, el ave,
no tan hábil para la matemática después de todo, regresó confiada y el sexto
cazador la abatió.
¿Esta
anécdota es auténtica? Nadie lo sabe. Ni siquiera está claro si tiene algo que
ver con la competencia numérica: hasta donde sabemos, el ave podría haber
memorizado la apariencia de cada cazador, antes que el número total. Sin
embargo, decidí destacarla porque aporta un espléndido ejemplo de varios
aspectos de la aritmética animal que son el tema de este capítulo. En primer
lugar, en gran cantidad de experimentos cuidadosamente controlados, las aves y
muchas otras especies animales parecen capaces de percibir las cantidades
numéricas sin necesitar un entrenamiento especial. En segundo lugar, esta
percepción no es perfectamente certera, y su precisión disminuye a medida que
los números se hacen más grandes, lo que explica que el pájaro confunda el 5 y el
6. Por último, y con mayor picardía, la anécdota muestra que las fuerzas de la
selección darwiniana también se aplican al dominio aritmético. Si la corneja
hubiera sido capaz de contar hasta 6, ¡tal vez nunca le habrían disparado! En
numerosas especies, estimar la cantidad y la ferocidad de los predadores o
cuantificar y comparar los beneficios de dos posibles provisiones de comida son
cuestiones de vida o muerte. Este tipo de argumentos evolutivos debería ayudar
a comprender muchos experimentos científicos que han revelado procedimientos
sofisticados para el cálculo numérico en los animales.
§. Un
poco de astucia equina
A comienzos del siglo XX, un caballo llamado Hans dio mucho que hablar y llegó
a los titulares de los diarios alemanes (Fernald, 1984). Su dueño, Wilhelm von
Osten, no era un entrenador de animales de circo. En cambio, era un hombre
apasionado que, bajo la influencia de las ideas de Darwin, se había propuesto
demostrar el alcance de la inteligencia animal. Terminó pasando más de una
década enseñándole aritmética, música y lectura a su caballo. Si bien los
resultados demoraron en llegar, al fin superaron todas sus expectativas. El
caballo daba la sensación de poseer una inteligencia superior. ¡Aparentemente,
podía resolver problemas aritméticos e incluso escribir palabras!
Las
demostraciones de las habilidades de ese caballo, que no tardó en ser conocido
como «Der kluge Hans» (o «Clever Hans», fuera de Alemania[1]), solían realizarse en el jardín
de Von Osten. El público formaba un semicírculo alrededor del animal y le
sugería una pregunta aritmética al entrenador; por ejemplo, « ¿Cuánto es cinco
más tres?». Luego, Von Osten presentaba al animal cinco objetos alineados en
una mesa y tres objetos en otra mesa. Luego de analizar el «problema», el
caballo respondía golpeando el suelo con uno de sus cascos un número de veces
equivalente al total de la suma. Sin embargo, las habilidades matemáticas de
Hans excedían por mucho esta simple hazaña. Algunos problemas aritméticos eran
pronunciados en voz alta por el público, o se escribían en números arábigos en
un pizarrón, y Hans podía resolverlos con igual facilidad (figura 1.1). El
caballo también sumaba dos fracciones, como 2/5 y 1/2,
y podía dar la respuesta 9/10 golpeando primero
nueve veces y luego diez veces con el casco. Incluso se decía que, cuando se le
pedía que determinara cuáles eran los divisores de 28, Hans llegaba,
apropiadamente, a dar las respuestas 2, 4, 7, 14 y 28. Por supuesto, ¡el
conocimiento numérico de Hans superaba por mucho lo que una maestra de escuela
primaria podría esperar hoy de un alumno razonablemente despierto!
Figura 1.1. Clever Hans y su dueño, Wilhelm von Osten, posan frente a un
impresionante despliegue de problemas aritméticos. El pizarrón más grande
muestra los códigos numéricos que el caballo usaba para escribir palabras.
En
septiembre de 1904, luego de una exhaustiva investigación, un comité de
expertos —entre ellos, el eminente psicólogo alemán Carl Stumpf— llegó a la
conclusión de que las hazañas de Hans eran reales y no producto de un engaño.
Sin embargo, esta generosa conclusión no satisfizo a Oskar Pfungst, uno de los
estudiantes de Stumpf. Con ayuda de Von Osten —el dueño estaba completamente
convencido de la inteligencia superior de su prodigio—, comenzó a realizar un
estudio sistemático de las habilidades del caballo. Los experimentos de Pfungst
son un modelo de rigor y creatividad, incluso para los estándares actuales. Su
hipótesis de trabajo era que el caballo no podía ser más que totalmente inepto
en matemática. Por tanto, tenía que ser el propio dueño, o alguien del público,
quien supiera la respuesta y enviara al animal una señal oculta cuando se había
alcanzado el número correcto de golpes, y de este modo hiciera que el animal
dejara de golpear con el casco.
Para
probarlo, Pfungst inventó una forma de disociar lo que Hans sabía sobre un
problema de lo que sabía su dueño. Utilizó un procedimiento que difería solo en
pocos detalles del descripto más arriba. El dueño miraba cuidadosamente cómo se
escribía una cuenta sencilla en caracteres grandes de imprenta sobre un
tablero. Luego se orientaba el tablero hacia el caballo de modo que solo él
pudiera ver el problema y resolverlo. Sin embargo, en algunos ensayos, de forma
subrepticia Pfungst modificaba la suma antes de mostrársela al caballo. Por
ejemplo, el amo podía ver 6 + 2, mientras que el caballo en realidad intentaba
resolver 6 + 3.
Los
resultados de este experimento, y de una serie de controles posteriores, eran
claros. Cuando el dueño conocía la respuesta correcta, Hans acertaba la
solución sin problemas. Cuando, en cambio, el dueño no conocía el resultado, el
caballo fallaba. Es más, el caballo solía cometer un error que correspondía al
número que el dueño esperaba. Por supuesto, era el propio Osten, más que Hans,
quien resolvía los distintos problemas aritméticos. Pero ¿cómo sabía el caballo
cuál era la respuesta? Por fin, Pfungst dedujo que la habilidad de Hans,
realmente pasmosa, consistía en detectar movimientos minúsculos de la cabeza o
las cejas de su dueño, que en cada ocasión le mostraban el momento en que debía
dejar de golpear el suelo. En realidad, el aprendiz de psicólogo nunca dudó de
que el entrenador fuera sincero; de hecho, estaba convencido de que las señales
eran totalmente inconscientes e involuntarias. Notablemente, el caballo
continuaba respondiendo de forma correcta en ausencia de Von Osten: al parecer,
detectaba el incremento de tensión en el público a medida que se acercaba al
número esperado de golpes. A pesar de sus intentos, e incluso después de haber
descubierto la naturaleza exacta de las claves corporales que el animal
utilizaba, el propio Pfungst nunca consiguió suprimir todas las formas de
comunicación involuntaria.
Las
conclusiones de Pfungst desacreditaron enormemente las demostraciones de la
supuesta «inteligencia animal» y la solvencia de expertos como Stumpf, que las
habían validado ciegamente. En efecto, el fenómeno «Clever Hans» todavía hoy se
enseña en las clases de psicología como símbolo perdurable de la influencia
dañina que las expectativas y las intervenciones del investigador, por pequeñas
que sean, pueden tener en el resultado de cualquier experimento psicológico con
humanos o con animales. Históricamente, el caso de Hans tuvo un papel crucial
en la conformación del espíritu crítico de los psicólogos y los etólogos, pues
llamó la atención sobre la necesidad de tener un diseño experimental riguroso.
Dado que incluso un estímulo prácticamente invisible, tan efímero como un
parpadeo, puede tener tanta influencia en el desempeño de los animales, un
experimento bien diseñado debe estar, desde el comienzo, libre de cualquier
posible fuente de error. Esta lección fue particularmente bien recibida por los
conductistas —como Burrhus Frederic Skinner—, quienes destinaron gran parte de
su trabajo al desarrollo de paradigmas experimentales rigurosos para el estudio
del comportamiento animal.
Por
desgracia, el ejemplo de Hans tuvo otras consecuencias, más negativas para el
desarrollo de la ciencia psicológica. En especial, imprimió un halo de sospecha
en el área de investigación sobre la representación de los números en los
animales. ¡Irónicamente, hoy cualquier sencilla demostración de la competencia
numérica en los animales hace que los científicos arqueen sus cejas con el
mismo gesto que le servía como pista a Hans! De manera consciente o no, este
tipo de experimentos se asocian con la historia de Hans y, por esto, resultan
sospechosos de una falla elemental en el diseño, si no de una rotunda
falsificación. Sin embargo, este prejuicio carece de lógica. Los experimentos
de Pfungst solo demostraron que las habilidades numéricas de Hans no eran
reales, sino producto de la casualidad. De ninguna manera probaron que para un
animal sea imposible comprender algunos aspectos de la aritmética. Hasta épocas
recientes, sin embargo, la actitud del científico era buscar con obstinación el
defecto en el diseño experimental que pudiera explicar el comportamiento animal
sin recurrir a la hipótesis de que los animales poseen un conocimiento (al
menos embrionario) del cálculo. Durante un largo tiempo, ni siquiera los
resultados más convincentes lograron persuadir a la comunidad científica.
Algunos investigadores incluso prefirieron atribuir a los animales habilidades
misteriosas e indemostrables, como la facultad de la «discriminación del
ritmo», por ejemplo, antes que admitir que podían enumerar una colección de objetos.
En resumen, los científicos optaron por arrojar al bebé junto con el agua del
baño.
Antes de
pasar a algunos de los experimentos que finalmente convencieron hasta a los
investigadores más escépticos, me gustaría terminar la historia de Hans con una
anécdota moderna. Aun en la actualidad, el entrenamiento de animales de circo
utiliza métodos bastante similares al truco de Hans. Si alguna vez ven un
espectáculo en el que un animal suma números, «deletrea» palabras o realiza
alguna hazaña sorprendente de este tipo, pueden apostar con seguridad a que
este comportamiento depende, como el de Hans, de una discreta comunicación con
su entrenador humano. Permítanme volver a destacar que no necesariamente una
transmisión de este tipo es intencional. A menudo el entrenador está
sinceramente convencido de los enormes talentos de su alumno.
Hace
algunos años, por casualidad descubrí un divertido artículo en un diario local
suizo: una periodista había visitado la casa de Gilles y Caroline P., cuya
caniche, llamada Poupette, parecía extraordinariamente talentosa para la
matemática. La figura 1.2 muestra al orgulloso dueño de Poupette en plena tarea
de presentar a su fiel y genial compañera una serie de dígitos escritos que,
según se suponía, la mascota debía sumar. Poupette respondía, sin cometer ni un
error, tocando con su pata exactamente el número de veces requeridas la mano
del amo, que lamía luego de alcanzar la cantidad correcta. De acuerdo con su
amo, el prodigio canino había necesitado solo un breve período de
entrenamiento, lo que lo llevó a creer en la reencarnación o en algún fenómeno
paranormal similar. La perspicaz periodista, sin embargo, prefirió creer que el
perro podía reaccionar a señales sutiles de los párpados de su amo, o a algunos
pequeños movimientos de su mano cuando se alcanzaba el número correcto. Así,
este fue en verdad un caso de reencarnación: la reencarnación de la estratagema
de Clever Hans, de la cual la historia de Poupette constituía una sorprendente
réplica, a un siglo de distancia.
§. Ratas
que cuentan
Luego del incidente de Hans, varios renombrados laboratorios estadounidenses
desarrollaron programas de investigación sobre las habilidades matemáticas de
los animales. Muchos proyectos de este tipo fracasaron. Un etólogo alemán
llamado Otto Koehler, sin embargo, tuvo más éxito. Uno de los cuervos que había
entrenado, Jacob, aparentemente aprendió a elegir, entre varios recipientes,
aquel cuya tapa mostraba un número fijo de puntos (cinco). Como el tamaño, la
forma y la localización de los puntos variaban aleatoriamente de un ensayo a
otro, solo una percepción precisa del número 5 podía dar cuenta de este
desempeño (Koehler, 1951). Sin embargo, los resultados alcanzados por el equipo
de Koehler tuvieron poco impacto, en parte porque la mayoría de ellos fueron
publicados solo en alemán y en parte porque este investigador no consiguió
convencer a sus colegas de que había logrado neutralizar todas las posibles
fuentes de error, como la comunicación accidental del investigador, las claves
olfatorias o el parecido físico.
Figura 1.2. En nuestros días, Hans y su astucia reencarnan en
forma de caniche: Poupette, la mascota que supuestamente poseía un notable
talento para sumar dígitos.
Durante
las décadas de 1950 y 1960, en la Universidad de Columbia, Francis Mechner, un
psicólogo de animales, y más tarde John Platt y David Johnson, de la
Universidad de Iowa, presentaron un paradigma experimental muy convincente
(Mechner, 1958, Platt y Johnson, 1971). Se ubicó a una rata, a la que por un
tiempo se había privado de comida, en una caja cerrada con dos palancas, A y B.
La palanca B estaba conectada a un dispositivo mecánico que entregaba una
pequeña cantidad de comida. Sin embargo, este sistema de recompensa no
funcionaba instantáneamente. La rata primero tenía que accionar repetidas veces
la palanca A. Solo luego de accionarla determinado número de veces podía
cambiar a la palanca B y obtener su merecido premio. Si la rata cambiaba a la
palanca B demasiado rápido, no solo no obtenía comida, sino que además recibía
una penalización. En diferentes experimentos, la luz podía apagarse durante
algunos segundos, o el contador se reiniciaba, de modo que la rata tenía que
comenzar otra vez a accionar la palanca A una serie de n veces.
¿Qué
hicieron las ratas en este ambiente bastante inusual? Inicialmente
descubrieron, por prueba y error, que la comida aparecía cuando accionaban
varias veces la palanca A y luego una vez la palanca B. Poco a poco, el número
de veces que debían accionarla se estimaba con mayor y mayor precisión. Con el
paso del tiempo, al final del período de aprendizaje, las ratas se comportaban
de forma muy racional en relación con el número n que el
investigador había seleccionado. Las ratas que debían accionar cuatro veces la
palanca A antes que la B entregara comida, lo hacían aproximadamente cuatro
veces. Aquellas sometidas a la situación en que se requería que lo hicieran
ocho veces esperaban hasta haber presionado la palanca cerca de ocho veces, y
así sucesivamente (figura 1.3). Las astutas ratas contadoras seguían llevando
un registro impecable, ¡incluso cuando el número era tan alto como 12 o 16!
Figura 1.3. En un experimento realizado por Mechner, una rata
aprende a presionar la palanca A un número predeterminado de veces antes de
cambiar a la palanca B. La rata acierta aproximadamente el número elegido por
el investigador, aunque su estimación se vuelve cada vez más imprecisa a medida
que los números se agrandan (adaptado de Mechner, 1958; © Society for the
Experimental Analysis of Behavior).
Es
importante mencionar dos detalles. En primer lugar, a menudo las ratas
presionaban la palanca A algunas veces más que el mínimo requerido: cinco veces
en lugar de cuatro, por ejemplo. Nuevamente, esta era una estrategia
eminentemente racional: dado que recibían una penalización por cambiar antes a
la palanca B, las ratas preferían ir a lo seguro y accionar la palanca A una
vez más, antes que hacerlo una vez de menos. En segundo lugar, incluso después
de un entrenamiento considerable, el comportamiento de las ratas seguía siendo
bastante impreciso. Cuando la estrategia era presionar la palanca A exactamente
cuatro veces, las ratas muchas veces la accionaban cuatro, cinco o seis veces
y, en algunos ensayos, tres o incluso siete veces. Su conducta definitivamente
no era «digital»; de ensayo a ensayo, el margen de variación era considerable.
En efecto, esta variabilidad aumentaba en proporción directa con el número de
veces que las ratas estimaban que él esperaba. Cuando el blanco —es decir, la
cantidad esperada— eran las cuatro veces, las respuestas de las ratas iban
desde las tres hasta las siete, pero cuando el blanco era dieciséis, las
respuestas iban de doce a veinticuatro, o sea que cubrían un intervalo mucho
más grande. Aparentemente, los pequeños roedores estaban equipados con un
mecanismo de estimación más bien impreciso, bastante diferente de nuestras
calculadoras digitales.
Dada esta
situación, muchos de ustedes probablemente se estarán preguntando si no
atribuimos muy a la ligera una competencia numérica a las ratas, y si no es
posible encontrar una explicación más sencilla para su conducta. En primer
lugar, déjenme señalar que el efecto Clever Hans no puede ejercer influencia en
este tipo de experimento, porque las ratas están aisladas en sus jaulas y todas
las circunstancias experimentales están controladas por un aparato mecánico
automático. Sin embargo, ¿la rata realmente es sensible al número de
veces que se presiona la palanca, o estima el tiempo transcurrido
desde el comienzo del ensayo, o algún otro parámetro no numérico? Si la rata
presionara la palanca a un ritmo regular —por ejemplo, una vez por segundo—, el
comportamiento expuesto más arriba podría explicarse en todo su alcance por estimación
temporal, más que numérica. Cuando se accione la palanca A, la rata esperará
cuatro, ocho, doce o dieciséis segundos, dependiendo del cronograma impuesto,
antes de cambiar a la palanca B. Esta explicación puede considerarse más simple
que la hipótesis de que las ratas son capaces de contar sus movimientos, pese a
que, de hecho, las estimaciones a propósito de la duración y los números son
operaciones de una complejidad equivalente.
Para
refutar una explicación basada en el factor tiempo como esta, Francis Mechner y
Laurence Guevrekian (1962) utilizaron un control muy simple: variaron el grado
de privación de alimento que se les imponía a las ratas. Cuando los roedores
estaban muy hambrientos y, lógicamente, ansiosos por obtener su recompensa
alimenticia lo antes posible, accionaban las palancas tanto más rápido. Sin
embargo, el aumento del ritmo no tenía efecto alguno en el número de
veces que presionaban la palanca. Las ratas a las que se entrenaba con un
número-blanco de cuatro accionamientos continuaban produciendo entre tres y
siete, mientras que las entrenadas para presionar ocho veces seguían accionando
la palanca aproximadamente ocho veces, y así sucesivamente. Ni el número de
accionamientos promedio ni la dispersión de los resultados se vieron
modificados con los ritmos más rápidos. La conclusión es que, obviamente, un
parámetro numérico más que temporal dirige el comportamiento de las ratas.
Un
experimento más reciente realizado por Russell Church y Warren Meck en la
Universidad de Brown demuestra que las ratas espontáneamente prestan tanta
atención al número de eventos como a su duración. En el experimento de Church y
Meck (1984), un parlante instalado en la jaula de las ratas emitía una
secuencia de tonos. Había dos secuencias posibles. La secuencia A tenía dos
tonos y duraba un total de dos segundos, mientras que la secuencia B constaba
de ocho tonos y duraba ocho segundos. Las ratas debían distinguir entre las dos
melodías. Luego de cada melodía, se insertaban dos palancas en la jaula. Para
recibir la recompensa en forma de alimento, las ratas tenían que presionar la
palanca izquierda si habían oído la secuencia A, y la derecha si habían oído la
B (figura 1.4).
Figura 1.4. Meck y Church entrenaron a un grupo de ratas para
que presionaran la palanca de la izquierda cuando oyeran una secuencia corta de
dos tonos y la palanca de la derecha cuando oyeran una secuencia larga de ocho
tonos. Más tarde, las ratas generalizaron de forma espontánea: para el mismo
número de sonidos, diferenciaban las secuencias de dos segundos de las
secuencias de ocho segundos (arriba) y, para una duración total equivalente,
discriminaban entre los dos tonos y los ocho tonos (abajo). En ambos casos, el
cuatro parece ser un «promedio subjetivo» entre dos y ocho: el punto en que las
ratas no pueden decidir si deberían presionar la derecha o la izquierda
(adaptado de Meck y Church, 1983).
Varios
experimentos preliminares habían demostrado que muy pronto las ratas puestas en
esta situación aprendían a accionar la palanca correcta. Obviamente, podían
utilizar dos parámetros distintos para distinguir A de B: la duración total de
la secuencia (dos segundos frente a ocho) o el número de tonos (dos frente a
ocho). ¿Las ratas prestaban atención a la duración, al número o a ambos? Para
descubrirlo, los investigadores presentaron algunas secuencias de prueba en que
la duración permanecía fija mientras se variaba el número, y otras en que se
fijaba el número y se variaba la duración. En el primer caso, todas las
secuencias duraban cuatro segundos, pero estaban formadas por una cantidad de
tonos que iba de dos a ocho. En el segundo caso, todas las secuencias estaban
formadas por cuatro tonos, pero la duración se extendía de dos a ocho segundos.
En todas las secuencias de este tipo, las ratas siempre recibían una recompensa
en comida, sin importar la palanca que eligieran. En términos antropocéntricos,
los investigadores simplemente estaban preguntando cómo sonaban estos nuevos
estímulos para las ratas, sin dejar que la recompensa interfiriera con su
decisión. El experimento, entonces, medía la habilidad de las ratas para
generalizar las conductas aprendidas con anterioridad a una situación novedosa.
Los
resultados fueron muy claros. Las ratas generalizaban con igual facilidad tanto
la duración como el número. Cuando la duración era fija, continuaban accionando
la palanca izquierda cuando oían dos tonos, y la palanca derecha cuando oían
ocho tonos. A la inversa, cuando el número era fijo, presionaban la palanca
izquierda para las secuencias de dos segundos y la palanca derecha para las
secuencias de ocho segundos. ¿Pero qué pasaba con los valores intermedios? Al
parecer, las ratas los reducían al estímulo más cercano que habían aprendido;
así, la novedosa secuencia de tres tonos producía la misma respuesta que la
secuencia de dos tonos utilizada para el entrenamiento, mientras que las
secuencias de cinco o seis tonos se clasificaban del mismo modo que la
secuencia original de ocho tonos. Es curioso que, cuando la secuencia incluía
solo cuatro tonos, las ratas no podían decidir si debían presionar la izquierda
o la derecha. ¡Para una rata, el 4 parece ser el punto medio subjetivo entre
los números 2 y 8!
Tengamos
presente que las ratas no sabían, durante el entrenamiento, que después serían
evaluadas con secuencias que variaban en duración o en el número de tonos.
Entonces, este experimento revela que, cuando una rata escucha una melodía, su
cerebro de forma simultánea y espontánea registra tanto la duración como el
número de tonos. Sería un error grave pensar que, como estos experimentos
utilizan el condicionamiento, de algún modo les enseñan a las ratas a contar.
Al contrario, las ratas entran a escena equipadas con mecanismos de última
tecnología para la percepción visual, auditiva, táctil y numérica. El
condicionamiento solo le enseña al animal a asociar percepciones que siempre ha
experimentado, como las representaciones de la duración del estímulo, su color
o su número, con acciones novedosas como accionar una palanca. No hay motivo
para pensar que el número es un parámetro complejo del mundo externo, más
abstracto que los llamados «parámetros objetivos» o «físicos» como el color, la
posición en el espacio o la duración en el tiempo. De hecho, en tanto un animal
esté equipado con los módulos cerebrales apropiados, computar el número
aproximado de objetos que contiene un conjunto probablemente no sea más difícil
que percibir sus colores o sus posiciones.
En
efecto, hoy en día sabemos que de forma espontánea las ratas y otras muchas
especies prestan atención a cantidades numéricas de todo tipo: acciones,
sonidos, luces, trozos de comida[2]. Por ejemplo, los investigadores
han comprobado que los mapaches, cuando se les presentan varias cajas
transparentes con uvas adentro, pueden aprender a seleccionar en forma
sistemática las que contienen tres uvas y a dejar de lado las que contienen dos
o cuatro. Del mismo modo, se ha condicionado a las ratas para que tomen, con
regularidad, el cuarto túnel de la izquierda en un laberinto, sin importar el
espacio que separe los túneles consecutivos. Otros investigadores les han
enseñado a los pájaros a elegir la quinta semilla que encuentran cuando visitan
varias jaulas interconectadas. Dadas ciertas circunstancias, las palomas pueden
estimar el número de veces que han picado sobre un blanco y diferenciar, por
ejemplo, entre cuarenta y cinco y cincuenta picotazos. Veamos un último
ejemplo: varios animales, incluidas las ratas, parecen recordar el número de
recompensas y castigos que han recibido en una situación determinada. Un
elegante experimento que llevaron a cabo E. John Capaldi y Daniel Miller en la
Universidad Purdue ha mostrado que, cuando las ratas reciben como recompensas
alimentos de dos tipos diferentes —como pasas y cereales—, recuerdan tres tipos
de información al mismo tiempo: el número de pasas que han comido, el número de
cereales y el número total de alimentos (Capaldi y Miller, 1988). En resumen,
lejos de ser una habilidad excepcional, la aritmética es bastante común en el
mundo animal. Las ventajas que otorga para la supervivencia son obvias. La rata
que recuerda que su escondite es el cuarto a la izquierda se moverá más rápido
en el oscuro laberinto de túneles que tiene por hogar. La ardilla que se dé
cuenta de que una rama tiene dos nueces y la deje de lado por otra que tiene
tres, tendrá más posibilidades de sobrevivir al invierno.
§. ¿Cuán
abstractos son los cálculos animales?
Cuando una rata acciona una palanca dos veces, oye dos sonidos y come dos
semillas, ¿reconoce que todos estos eventos son ejemplos del número 2? ¿O no
puede registrar la conexión entre números que se perciben por medio de
diferentes modalidades sensoriales? La capacidad para generalizar a partir de
diferentes modalidades de percepción o acción es un componente importante de lo
que llamamos «concepto de número». Supongamos, como caso extremo, que un niño
pronuncia sistemáticamente la palabra «cuatro» cada vez que ve cuatro objetos,
pero elige aleatoriamente las palabras «tres», «cuatro» o «nueve» al oír cuatro
sonidos o saltar cuatro veces. Aunque sin duda su desempeño es excelente con
los estímulos visuales, seríamos reticentes a decir que este niño cuenta con el
conocimiento del concepto de 4, porque consideramos que poseer este concepto
implica ser capaz de aplicarlo a muchas situaciones multimodales diferentes. De
hecho, en cuanto los niños han aprendido la palabra que le da nombre a un
número, pueden utilizarla de inmediato para contar sus autos de juguete, la
cantidad de veces que maúlla su gato o las travesuras de su hermanito menor.
¿Qué ocurre con las ratas? ¿Su competencia numérica está acotada a determinadas
modalidades sensoriales, o es abstracta?
Por
desgracia, cualquier respuesta será tentativa, porque fueron pocos los
experimentos exitosos acerca de la generalización multimodal en los animales.
Sin embargo, Russell Church y Warren Meck (1984) han demostrado que las ratas
representan el número como un parámetro abstracto que no está unido a una
modalidad sensorial específica, auditiva o visual. Nuevamente colocaron ratas
en una jaula con dos palancas, pero esta vez las estimularon tanto con
secuencias visuales como con secuencias auditivas. Inicialmente, las ratas
fueron condicionadas a presionar la palanca izquierda cuando oían dos tonos, y
la derecha cuando oían cuatro tonos. Por separado, también se les enseñó a
asociar dos destellos de luz con la palanca izquierda, y cuatro destellos con
la derecha. El punto era cómo se codificaban estas dos experiencias de
aprendizaje en el cerebro de la rata. ¿Se almacenaban como dos porciones de
conocimiento no relacionado? ¿O las ratas habían aprendido una regla abstracta
como «2 es izquierda y 4 es derecha»? Para descubrirlo, los dos investigadores
realizaron algunos ensayos en los que sonidos y luces se presentaban mezclados.
Se sorprendieron al observar que, cuando presentaban un único tono sincronizado
con un destello, es decir, un total de dos eventos, las ratas inmediatamente
presionaban la palanca izquierda. A la inversa, cuando presentaban una
secuencia de dos tonos sincronizados con dos destellos de luz —un total de
cuatro eventos—, las ratas sistemáticamente accionaban la palanca derecha. Los
animales generalizaban su conocimiento a una situación completamente novedosa.
Sus conceptos de los números 2 y 4 no estaban conectados con la información
perceptiva, de nivel bajo, visual o auditiva, sino con una representación de
nivel más alto, es decir más abstracta.
Consideremos
cuán peculiar fue el comportamiento de las ratas en los ensayos con los dos
tonos sincronizados con los dos pulsos de luz. Recordemos que, durante su
entrenamiento, a las ratas siempre se las recompensaba por presionar la palanca
izquierda luego de oír dos tonos, y del mismo modo se las premiaba luego de ver
dos pulsos de luz. Entonces, tanto los estímulos auditivos de los «dos tonos»
como los estímulos visuales de los «dos pulsos» se asociaban con presionar la
palanca izquierda. Sin embargo, cuando estos dos estímulos se presentaban
juntos, ¡las ratas presionaban la palanca que se había asociado con el número
4! Para captar mejor el significado de este resultado, imaginemos un supuesto
experimento en el que se entrena a las ratas para presionar la palanca
izquierda siempre que vean un cuadrado (por oposición a un círculo), y para
presionar la izquierda siempre que vean el color rojo (por oposición al verde).
Si a las ratas se les presentara un cuadrado rojo —la combinación de los dos
estímulos—, apuesto a que presionarían con mayor determinación la palanca
izquierda. ¿Por qué con los números de tonos y de luces no sucede lo mismo que
con las formas y los colores? El experimento demuestra que las ratas «saben»,
hasta cierto punto, que los números no se suman del mismo modo que las formas y
colores. Un cuadrado más el color rojo hacen un cuadrado rojo, pero dos tonos
sumados a dos pulsos de luz no intensifican la sensación de la numerosidad 2.
En lugar de eso, 2 más 2 es 4, y el cerebro de la rata parece apreciar esta ley
fundamental de la aritmética.
Tal vez
el mejor ejemplo de las habilidades abstractas de suma en los animales se
encuentre en el trabajo que realizaron Guy Woodruff y David Premack (1981) en
la Universidad de Pennsylvania. Estos autores se propusieron probar que un
chimpancé podía realizar cálculos sencillos a partir de fracciones concretas.
En su primer experimento, la tarea del chimpancé era simple: se lo recompensaba
por elegir, entre dos objetos, el que fuera físicamente idéntico a un tercero.
Por ejemplo, se le presentaba un vaso lleno hasta la mitad con un líquido
azulado, y el animal tenía que señalar un vaso idéntico presentado junto a otro
que estaba lleno hasta tres cuartos de su volumen. El chimpancé dominó
inmediatamente esta simple tarea de emparejamiento basado en la forma física. A
partir de ese momento, la tarea se fue haciendo más abstracta. Al chimpancé se
le mostraba un vaso medio lleno otra vez, pero para entonces las opciones eran
o media manzana o tres cuartos de manzana. En cuanto a su apariencia física,
las dos alternativas eran enormemente diferentes del estímulo que se había
mostrado como ejemplo; sin embargo, el chimpancé seleccionaba consistentemente
la media manzana, y parecía basar sus respuestas en la similitud conceptual
entre medio vaso y media manzana. Se evaluaron fracciones de un cuarto, un
medio y tres cuartos con similar éxito: el animal sabía que un cuarto de torta
es a una torta entera lo que un cuarto de un vaso de leche es a un vaso de
leche completo.
En su
último experimento, Woodruff y Premack comprobaron que los chimpancés podían
incluso combinar mentalmente dos fracciones de este tipo: cuando el estímulo de
muestra consistía en un cuarto de manzana y medio vaso, y la opción era entre
un disco completo o tres cuartos de disco, los animales elegían lo último en
más ocasiones que las que podrían predecirse solo por azar. Obviamente, estaban
realizando un cálculo interno no muy diferente de la suma de dos
fracciones: 1/4 + 1/2 = 3/4.
Probablemente, no usaban sofisticados algoritmos de cálculo simbólico como los
que emplearíamos nosotros; pero, desde luego, tenían una comprensión intuitiva
de cómo debían combinarse estas proporciones.
Una
última anécdota en relación con el trabajo de Woodruff y Premack: si bien el
manuscrito que refería su trabajo se llamaba inicialmente «Conceptos
matemáticos primitivos en el chimpancé: proporcionalidad y numerosidad», ¡un
error editorial hizo que apareciera en las páginas de la revista
científica Nature con el título «Conceptos matemáticos primativos»!
A pesar de que esta alteración fue involuntaria, no era tan inapropiada.
Porque, en efecto, la habilidad del animal no era primitiva. Y si se entiende que
«primativo» significa «específico de los primates», el neologismo resultaba muy
apropiado, porque en ninguna otra especie hasta ahora se ha observado una
habilidad abstracta para sumar fracciones de este tipo.
Sin
embargo, la suma no es la única operación numérica en el repertorio de los
animales. La de comparar dos cantidades numéricas es en verdad una capacidad
fundamental, y de hecho está bien extendida entre los animales. Muestre a un
chimpancé dos bandejas en las que se hayan dispuesto varios trozos de chocolate
(Rumbaugh, Savage-Rumbaugh y Hegel, 1987). En la primera bandeja, ponga dos
pilas de chocolate, una con cuatro trocitos y otra con tres. En la segunda
bandeja, una pila con cinco trocitos de chocolate y, separado de esta, un único
trocito. Dé al animal el tiempo suficiente para que observe la situación
cuidadosamente antes de dejarlo elegir una bandeja y comer su contenido. ¿Qué
bandeja cree que elegirá? En la mayor parte de las ocasiones, sin entrenamiento,
el chimpancé seleccionará la bandeja con el número total más alto de trocitos
de chocolate (figura 1.5). De este modo, el primate glotón debe computar
espontáneamente el total de la primera bandeja (4 + 3 = 7) y el total de la
segunda bandeja (5 + 1 = 6), y por último debe estimar que 7 es más alto que 6
y que resulta más beneficioso elegir la primera bandeja. Si el chimpancé no
pudiera hacer las cuentas y se contentara con elegir la bandeja con la pila de
chocolates más grande, debería haberse equivocado en este ejemplo en
particular, porque, mientras la pila con cinco trozos de la segunda bandeja
excede cada una de las pilas de la primera bandeja, la cantidad total de trozos
de la primera bandeja es mayor. Claramente, tanto las dos sumas como la operación
de comparación final son necesarias para el éxito.
Figura 1.5. Un chimpancé elige espontáneamente el par de
bandejas que contiene el número total de trocitos de chocolate más grande, lo
que revela su capacidad innata para sumar y comparar numerosidades aproximadas
(reproducido de Rumbaugh, Savage-Rumbaugh y Hegel, 1987).
Aunque
los chimpancés tienen un desempeño sorprendentemente bueno para seleccionar el
más alto entre dos números, dicho desempeño no está exento de errores. Como
suele suceder, la índole de estos errores da pistas importantes acerca de las
representaciones mentales que se utilizan (Dehaene, Dehaene-Lambertz y Cohen,
1998). Cuando las dos cantidades son bastante diferentes, como en el caso de 2
y 6, los chimpancés casi nunca fallan: siempre eligen la más alta. A medida que
las cantidades se vuelven más próximas, sin embargo, el buen desempeño se
reduce sistemáticamente. Y cuando se diferencian por apenas una unidad, solo el
70 % de las elecciones del chimpancé son correctas. El hecho de que la tasa de
error dependa con regularidad de la separación numérica entre los ítems se
denomina «efecto de distancia». También va acompañado por un efecto de
magnitud. Para distancias numéricas iguales, el desempeño empeora a medida
que los números por comparar se vuelven más grandes. Los chimpancés no tienen
dificultad para determinar que 2 es más grande que 1, aunque estas dos
cantidades se diferencian solo por una unidad. Sin embargo, fallan con
frecuencia cada vez mayor a medida que uno avanza hacia números más altos como
2 frente a 3, 3 frente a 4, y así sucesivamente. Se han observado efectos de
distancia y de magnitud similares en una gran variedad de tareas y en distintas
especies, incluidos palomas, ratas, delfines y simios. No parecen existir
animales que escapen a estas reglas del comportamiento (ni siquiera el Homo
sapiens, como veremos más adelante).
¿Por qué
estos efectos de distancia y de magnitud son importantes? Porque demuestran,
una vez más, que los animales no poseen una representación digital o discreta
de los números. Solo unos pocos primeros números —1, 2 y 3— pueden
diferenciarse con gran precisión. Tan pronto como avanzamos hacia cantidades
más grandes, la confusión aumenta. La variabilidad de la representación interna
de los números crece de forma directamente proporcional a la cantidad
representada. Esta es la razón por la que, cuando los números se hacen grandes,
un animal tiene problemas para distinguir el número n de su
sucesor n + 1. Esto no debería llevarnos a la conclusión, sin
embargo, de que los números grandes están fuera del alcance del cerebro de una
rata o una paloma. En efecto, cuando la distancia numérica es suficiente, los
animales pueden diferenciar con éxito y comparar números muy grandes, del orden
de 45 contra 50. Su imprecisión simplemente los deja ciegos a las sutilezas de
la aritmética, como la distinción entre 49 y 50.
Dentro de
los límites establecidos por esta imprecisión interna, hemos visto a través de
numerosos ejemplos que los animales poseen herramientas matemáticas
funcionales. Pueden sumar dos cantidades y elegir espontáneamente el más grande
entre dos conjuntos. ¿Realmente tendríamos que estar tan sorprendidos? Primero
intentemos pensar si el resultado de estos experimentos podría haber sido
diferente. Cuando se le ofrece a un perro la opción entre un plato lleno y un
plato con la mitad de la misma comida, ¿no elige espontáneamente el que tiene
más cantidad? Actuar de forma diferente sería devastadoramente irracional.
Elegir la más grande entre dos cantidades de comida probablemente es una de las
precondiciones para la supervivencia de un organismo vivo. La evolución ha sido
capaz de concebir estrategias tan complejas para la recolección de comida, el
almacenamiento y la depredación que no debería sorprendernos que una operación
tan simple como la comparación de dos cantidades existiera para tantas
especies. Incluso es probable que un algoritmo mental de comparación haya sido
descubierto temprano, y tal vez incluso que haya sido reinventado varias veces
en el curso de la evolución. Hasta el más elemental de los organismos, en
definitiva, se enfrenta a una búsqueda interminable para encontrar el mejor
ambiente con la mejor comida, la menor cantidad de predadores, la mayor
cantidad de compañeros del sexo opuesto, etc. Se debe optimizar para
sobrevivir, y comparar para optimizar.
Todavía
tenemos que comprender, sin embargo, a través de qué mecanismos neurales se
lleva a cabo este tipo de cálculos. ¿Hay mini calculadoras en los cerebros de
los pájaros, las ratas y los primates? ¿Cómo funcionan?
§. La
metáfora del acumulador
¿Cómo puede saber una rata que 2 más 2 es igual a 4? ¿Cómo es que una paloma
puede realizar una comparación entre cuarenta y cinco y cincuenta picotazos?
Sé, por experiencia, que estos resultados suelen observarse con incredulidad,
risa, o incluso exasperación, ¡especialmente cuando nuestro público es de
profesores de matemática! Nuestras sociedades occidentales, desde Euclides y
Pitágoras, han situado la matemática en la cúspide de los logros humanos. La
vemos como una habilidad suprema que requiere una trabajosa educación, o bien
que llega como un don innato. En la mente de más de un filósofo, la habilidad
humana para la matemática deriva de nuestra habilidad para el lenguaje, de modo
que es inconcebible que un animal sin lenguaje pueda contar, ni mucho menos
calcular con números.
En este
contexto, las observaciones sobre el comportamiento animal que acabo de
describir se exponen al riesgo de ser simplemente ignoradas, como muchas veces
ocurre con resultados científicos inesperados o aparentemente aberrantes. Sin
un marco teórico que los avale, pueden parecer resultados aislados; peculiares,
sí, pero en última instancia, poco concluyentes y, desde luego, insignificantes
para cuestionar la ecuación «matemática = lenguaje». Para resolver estos
fenómenos, necesitaríamos una teoría que explicara, de una forma bastante
simple, cómo es posible contar sin palabras.
Por
fortuna, esta teoría existe (Meck y Church, 1983). En efecto, todos sabemos que
hay dispositivos mecánicos cuyo funcionamiento no es tan diferente del
característico de las ratas. Todos los autos, por ejemplo, están equipados con
un mecanismo de cómputo, que lleva la cuenta del número de kilómetros
acumulados desde que el vehículo se puso en marcha por primera vez. En su
versión más sencilla, este «contador» es simplemente una rueda dentada que
avanza un diente por cada kilómetro que se recorre. Al menos en principio, este
ejemplo muestra que un simple dispositivo mecánico puede llevar la cuenta de
una cantidad acumulada. ¿Por qué un sistema biológico no podría incorporar
principios similares para contar?
El
cuentakilómetros del auto es un ejemplo imperfecto porque utiliza la notación
digital, un sistema simbólico que muy probablemente sea específico de los
humanos. Para explicar las habilidades aritméticas de los animales, deberíamos
buscar una metáfora aún más simple. Imaginemos a Robinson Crusoe, en su isla
desierta, solo e indefenso. Para que el ejemplo sea más claro, imaginemos
incluso que recibió un golpe en la cabeza que lo privó de cualquier tipo de
lenguaje y lo volvió incapaz de utilizar las palabras que hacen referencia a
números para contar o hacer cálculos. ¿Cómo podría Robinson construir una
calculadora aproximada utilizando solo las herramientas improvisadas que tiene
a su disposición? Esto en realidad es más sencillo de lo que parecería. Supongamos
que Robinson descubrió una fuente en las cercanías. Talla un tanque con un
tronco grande, y ubica este acumulador al lado de la fuente, de manera tal que
el agua no ingresa directamente dentro de él, sino que se la puede desviar
temporariamente mediante una pequeña caña de bambú. Con este dispositivo
rudimentario, cuyo componente central es el acumulador, Robinson será capaz de
contar, sumar y comparar magnitudes numéricas aproximadas. En esencia, el
acumulador le permite dominar la aritmética tan bien como lo hace una rata o
una paloma.
Supongamos
ahora que a la isla de Robinson se acerca una canoa repleta de caníbales. ¿Cómo
puede hacer Robinson, que está siguiendo esta escena con un largavista, para
llevar un registro del número de atacantes utilizando su calculadora? En primer
lugar, tendría que vaciar el acumulador. Luego, cada vez que un caníbal pisara
tierra, Robinson desviaría por un breve lapso algo de agua de la fuente dentro
del acumulador. Es más, lo haría de manera tal que siempre llevara una cantidad
fija de tiempo y que el flujo de agua permaneciera constante. Entonces, para
contar a cada atacante, una cantidad de agua más o menos fija ingresa al
acumulador. Al final, el nivel del agua del acumulador será igual a n veces
la cantidad de agua que se echó dentro del acumulador a cada paso. Este nivel
final puede servir como una representación aproximada del número n de
caníbales que ha llegado a la isla. Esto es así porque depende solo del número
de eventos que se han contado. El resto de los parámetros, como la duración de
cada evento, el intervalo de tiempo entre ellos, y demás, no tiene influencia
alguna. Entonces, el nivel final de agua que hay en el acumulador es
completamente equivalente a un número.
Al marcar
el nivel que alcanza el agua en el acumulador, Robinson puede tener un registro
de la cantidad de gente que ha llegado, y puede usar este número para cálculos
posteriores. Al día siguiente, por ejemplo, se acerca una segunda canoa. Para
estimar el número total de atacantes, en primer lugar Robinson llena el
acumulador hasta el nivel del marcador del día previo, y luego agrega una
cantidad fija de agua por cada recién llegado, del mismo modo en que lo hizo
anteriormente. Luego de completada esta operación, el nuevo nivel del agua
representa el resultado de la suma de los atacantes que se encontraban en la
primera canoa y los de la segunda canoa. Robinson puede tener un registro
permanente de este cálculo tallando una marca diferente en el acumulador.
Al día
siguiente, unos pocos salvajes dejan la isla. Para evaluar su número, ante todo
Robinson vacía su acumulador; de inmediato, repite el procedimiento antes
descripto, aunque esta vez agrega algo de agua por cada caníbal que se aleja.
Se da cuenta de que el nivel final del agua, que representa el número de
personas que se han ido, es mucho más bajo que la marca del día anterior. Al
comparar los dos niveles de agua, Robinson llega a la preocupante conclusión de
que, muy probablemente, el número de nativos que se han ido es menor que el
número de nativos que han llegado en los últimos dos días. En resumen,
utilizando su rudimentario dispositivo, Robinson puede contar, computar sumas
simples y comparar los resultados de sus cálculos, tal como hacen los animales
de los experimentos anteriores.
Una clara
desventaja del acumulador es que, aunque forman un conjunto discreto, los
números están representados por una variable continua: el nivel del agua. Dado
que todos los sistemas físicos son inherentemente variables, un mismo número
puede representarse, en momentos distintos, con diferentes cantidades de agua
en el acumulador. Supongamos, por ejemplo, que el flujo de agua no es
perfectamente constante y varía aleatoriamente entre cuatro y seis litros por
segundo, con un promedio de cinco litros por segundo. Si Robinson desvía agua
durante dos décimas de segundo en el acumulador, se transferirá un litro en
promedio. Sin embargo, esta cantidad variará de 0,8 a 1,2 litros. Entonces, si
se cuentan cinco ítems, el nivel de agua final variará entre los cuatro y los
seis litros. Dado que los mismos niveles exactos de agua podrían haberse
alcanzado si se hubieran contado cuatro o seis ítems, la calculadora de
Robinson no es capaz de diferenciar con un buen nivel de confianza los números
4, 5 y 6. Si llegan seis caníbales y luego solo cinco se alejan, Robinson corre
el peligro de no notar la ausencia de uno de ellos. ¡Es exactamente la misma
situación a la que se enfrentó la corneja de la anécdota que mencioné al
comienzo de este capítulo! Desde luego, Robinson será más capaz de discriminar
números cuanto mayor sea la diferencia; este es el efecto de distancia, que se
intensificará a medida que los números crezcan, y, de esta manera, reproducirá
el efecto de magnitud que también caracteriza el comportamiento animal.
Uno
podría objetar que el Robinson que estoy describiendo no es particularmente
astuto. ¿Qué le impide utilizar piedras en lugar de imprecisas cantidades de
agua? Arrojar en un cuenco una piedra por cada ítem que se cuenta le daría una
representación discreta y precisa de su número. De este modo, evitaría errores
incluso en la más compleja de las sustracciones. Pero la máquina de Robinson
solo se utiliza aquí como una metáfora del cerebro animal. El sistema nervioso
—al menos el que poseen las ratas y las palomas— no parece capaz de contar
utilizando símbolos discretos. Es fundamentalmente impreciso, y se muestra
incapaz de registrar la cantidad de ítems que cuenta; esto explica su varianza
creciente para números cada vez más grandes.
Si bien
el modelo del acumulador se describe aquí de manera muy informal, en realidad
es un modelo matemático riguroso, cuyas ecuaciones predicen con precisión las
variaciones en el comportamiento animal en función del tamaño del número y de
la distancia numérica (Meck y Church, 1983; un análisis más reciente consta en
Dehaene, 2007). Así, la metáfora del acumulador nos permite comprender por qué
el comportamiento de la rata es tan variable entre un ensayo y otro. Incluso
luego de una considerable cantidad de entrenamiento, una rata parece incapaz de
presionar exactamente cuatro veces una palanca, pero puede accionarla cuatro,
cinco o seis veces en diferentes ensayos. Creo que esto ocurre por una
incapacidad fundamental para representar los números 4, 5 y 6 con un formato
discreto e individualizado, como hacemos los humanos. Para una rata, los
números son solo magnitudes aproximadas, variables de un momento a otro, y tan
fugaces y elusivas como la duración de los sonidos o la saturación de los
colores. Incluso cuando se repita dos veces una secuencia de sonidos, las ratas
probablemente no percibirán el número exacto de sonidos, sino solo el nivel
fluctuante de un acumulador interno.
Por
supuesto, el acumulador no es más que una metáfora vívida que meramente explica
de qué modo un simple dispositivo físico puede imitar, con un considerable
nivel de detalle, los experimentos sobre aritmética animal. No hay grifos y
recipientes en los cerebros de las ratas y las palomas. Sin embargo, ¿sería
posible detectar en el cerebro sistemas neuronales que puedan cumplir una
función similar a los componentes del modelo del acumulador? Esta es una
pregunta totalmente abierta. Hoy en día, los científicos apenas están
comenzando a comprender de qué manera algunos parámetros se modifican al
utilizar distintas sustancias farmacológicas. Inyectarles metanfetaminas a las
ratas, por ejemplo, parece acelerar el contador interno (hay una revisión
reciente en Williamson, Cheng, Etchegaray y Meck, 2008). Las ratas a las que se
les inyecta esta sustancia responden a una secuencia de cuatro sonidos como si
hubiera habido cinco o seis: es como si el flujo del agua del acumulador se
acelerara. Por cada vez que se cuenta, una cantidad de agua mayor que lo normal
ingresa al acumulador, y hace que el nivel final sea demasiado grande. Por eso,
un 4 en el input puede terminar pareciendo un 6 en el
resultado. Sin embargo, todavía sabemos poco acerca de las regiones cerebrales
en las que la metanfetamina produce su efecto acelerador. Los circuitos
cerebrales están lejos de haber revelado todos sus secretos.
§ ¿Hay
neuronas detectoras de número?
Si bien los circuitos cerebrales del procesamiento numérico todavía son en gran
parte desconocidos, pueden utilizarse simulaciones de redes neuronales para
especular acerca de cómo podría ser su organización. Los modelos de redes
neuronales son algoritmos que funcionan en una computadora digital
convencional, pero emulan los tipos de cómputos que pueden tener lugar en los
circuitos cerebrales reales. Por supuesto, las simulaciones siempre son
enormemente simplificadas cuando se las compara con la complejidad global de
las redes de neuronas reales. En la mayoría de los modelos de computadora, cada
neurona se reduce a una unidad digital con un nivel de salida de activación que
varía entre 0 y 1. Las unidades activas excitan o inhiben a sus vecinas, así
como a unidades más distantes, por medio de conexiones con un peso variable,
análogas a las sinapsis que conectan las neuronas reales. A cada paso, cada
unidad simulada suma las entradas que recibe de otras unidades, y se enciende o
no, dependiendo de si la suma supera determinado umbral. La analogía con una
célula nerviosa real es grosera, pero preserva una propiedad crucial: el hecho
de que una gran cantidad de cómputos simples se produce al mismo tiempo en
varias neuronas distribuidas dentro de múltiples circuitos. La mayor parte de
los neurobiólogos cree que un procesamiento masivo en paralelo de este tipo es
la propiedad clave que permite al cerebro realizar operaciones complejas en un
tiempo breve, utilizando herramientas biológicas relativamente lentas y poco
confiables.
¿Es
posible que el procesamiento neuronal en paralelo se utilice para procesar
números? Junto con Jean-Pierre Changeux, neurobiólogo que trabaja en el
Instituto Pasteur en París, propuse una simulación de red neuronal tentativa
para explicar la forma en que los animales extraen los números de su ambiente
de manera rápida y en paralelo (Dehaene y Changeux, 1993[3]). Nuestro modelo aborda un
problema simple que las ratas y las palomas resuelven rutinariamente: dada una
retina en la que se exhiben objetos de varios tamaños, y dada una cóclea en la
que se reproducen tonos de varias frecuencias, ¿es posible que una red de
neuronas simuladas compute el número total de objetos visuales y auditivos? De
acuerdo con el modelo del acumulador, puede computarse este número si se agrega
a un acumulador interno una cantidad fija por cada ítem que ingresa. El desafío
es hacerlo con redes de células nerviosas simuladas, y alcanzar una
representación del número que sea independiente del tamaño y la localización de
los objetos visuales, así como del tiempo de presentación de los tonos
auditivos.
Resolvimos
el problema diseñando, en primer lugar, un circuito que normalizara la entrada
visual respecto del tamaño. Esta red detecta las posiciones que ocupan los
objetos en la retina, y asigna a cada objeto, sin importar su forma o su
tamaño, un número aproximadamente constante de neuronas activas en un mapa de
posiciones. Este paso de normalización es crucial, porque permite que la red
cuente cada objeto como «uno», sin importar su tamaño. Como veremos más
adelante, en los mamíferos esta operación puede lograrse mediante circuitos
presentes en la corteza parietal posterior, que, según se sabe, computan una
representación de la localización de los objetos sin tener en cuenta la forma y
el tamaño exactos.
En
nuestra simulación, se efectúa una operación similar para los estímulos
auditivos. Sin importar los intervalos de tiempo que median entre la recepción
de uno y otro, los inputs auditivos se acumulan en un único
lugar en la memoria. No bien se lograron estas normalizaciones de tamaño, forma
y tiempo de presentación, es fácil estimar el número: uno tiene que evaluar
simplemente la actividad neuronal total que existe en el mapa visual
normalizado y en el almacén de memoria auditivo. Este total es equivalente al
nivel de agua final del acumulador y ofrece una estimación bastante confiable
del número. En nuestra simulación, un conjunto de unidades que acumulan
activaciones de todas las unidades visuales y auditivas subyacentes se ocupa de
la operación de suma. Bajo determinadas condiciones, estas unidades de salida
solo se activan cuando la actividad total que reciben está dentro de un
intervalo predefinido que varía de una neurona a otra. Por eso, cada una de
estas neuronas simuladas funciona como un detector de número que solo reacciona
cuando se ve un aproximado número de objetos (figura 1.6). Una unidad de la
red, por ejemplo, responde de manera óptima cuando se le presentan cuatro
objetos: cuatro manchas visuales, cuatro sonidos, dos manchas y dos sonidos u
otras opciones. La misma unidad reacciona en pocas ocasiones cuando se le
presentan tres o cinco objetos, y nunca en los casos restantes. Así, funciona
como un detector abstracto del número 4. Toda la línea de números se puede
cubrir mediante esos detectores, cada uno ajustado a un número aproximado
diferente, y la precisión del ajuste decrece a medida que uno se acerca a
números cada vez más grandes. Como las neuronas simuladas procesan en
simultáneo todas las entradas visuales y auditivas, el conjunto de detectores
de número responde muy rápido: puede estimar el cardinal de un conjunto de
cuatro objetos en paralelo en toda la retina, sin tener que orientarse hacia
cada ítem, como hacemos nosotros cuando contamos.
Figura 1.6. Una red neuronal simulada en computadora incorpora
«detectores de numerosidad» que responden, preferentemente, a un número
específico de ítems de estímulo (arriba). Cada curva muestra la respuesta a una
unidad dada de diferentes números de ítems. Nótese la selectividad decreciente
de las respuestas a medida que la numerosidad del input crece. En 1970,
Thompson y sus colegas registraron neuronas «codificadoras del número»
similares en la corteza asociativa de gatos anestesiados (abajo). La neurona
ilustrada aquí responde preferentemente a seis eventos consecutivos, ya sean
seis destellos de luz separados por un segundo, o seis tonos separados por uno
o cuatro segundos (arriba, adaptado de Dehaene y Changeux, 1993; abajo,
Thompson y otros, 1970;© American Association for the Advancement of
Science). Nota: El ISI, o intervalo entre estímulos, por su sigla
en inglés, es el intervalo temporal entre el final de un estímulo y el comienzo
de otro.
Sorprendentemente,
las neuronas detectoras de número que el modelo predice parecen ya
identificadas (aunque sea una vez) en el cerebro animal. En la década de 1960,
Richard Thompson, neurocientífico de la Universidad de California en Irvine,
registró la actividad de neuronas individuales de la corteza de los gatos
mientras se les presentaban a los animales series de tonos o de destellos de
luz (Thompson, Mayers, Robertson y Patterson, 1970). Algunas células solo se
activaban después de determinado número de eventos. Una neurona, por ejemplo,
reaccionaba luego de seis eventos de cualquier tipo, sin importar si eran seis
destellos, seis tonos cortos, o seis tonos largos. La modalidad sensorial no
parecía importar: a la neurona, aparentemente, solo le importaba el número. A
diferencia de una computadora digital, tampoco respondía de una forma discreta
a todo o nada. En cambio, su nivel de activación crecía luego del quinto ítem,
alcanzaba un máximo para el sexto, y disminuía para números más grandes de
ítems, un perfil de respuesta bastante similar al de las neuronas simuladas de
nuestro modelo. Varias células similares, cada una ajustada para un número
diferente, fueron registradas en un área pequeña de la corteza del gato.
Entonces,
en el cerebro bien podría existir un área especializada, equivalente al
acumulador de Robinson. Desafortunadamente, el estudio de Thompson, publicado
en la prestigiosa revista científica Science en 1970, no
recibió más atención. Todavía no tenemos idea de si las neuronas de detección
de número están conectadas del modo en que lo predice nuestro modelo, o si los
cerebros de los gatos utilizan algún otro método para identificar el número. Por
supuesto, la última palabra de esta historia será de los neurofisiólogos que se
atrevan a continuar la búsqueda de las bases neuronales de la aritmética animal
utilizando herramientas modernas de recodificación de neuronas[4].
§.
Contando en la niebla
Sea cual sea su implementación neuronal exacta, si el modelo del acumulador es
correcto, se seguirán necesariamente dos conclusiones. En primer lugar, los
animales pueden contar, porque son capaces de hacer crecer un contador interno
cada vez que ocurre un evento externo. En segundo lugar, no cuentan exactamente
del mismo modo que nosotros. Su representación de los números, al contrario de
la nuestra, es imprecisa.
Cuando
nosotros contamos, utilizamos una secuencia precisa de palabras de número, y no
dejamos lugar para que aparezcan los errores. Cada ítem contado corresponde a
un movimiento que es un paso hacia delante en la secuencia numérica. No sucede
igual en el caso de las ratas. Sus números son los niveles de un acumulador
analógico. Cuando una rata añade una unidad a su total actual, la operación
solo tiene un vago parecido con la rigurosidad lógica de nuestro «+ 1». En
cambio, se parece más a añadir un balde de agua al acumulador de Robinson. La
condición de la rata recuerda de algún modo la vergüenza aritmética de Alicia
en A través del espejo:
— ¿Sabes
sumar? —preguntó la Reina Blanca—. ¿Cuánto es uno más uno más uno más uno más
uno más uno más uno más uno más uno más uno?
—No lo sé —dijo Alicia—. Perdí la cuenta.
—No sabe sumar —interrumpió la Reina Roja.
A pesar
de que le faltó tiempo para hacer en voz alta la cuenta, podemos presumir que
Alicia era capaz de estimar —con un margen de pocas unidades más o menos— el
total que le pedía la reina. Del mismo modo, las ratas deben recurrir a las
cuentas aproximadas sin palabras o símbolos digitales. La diferencia con
nuestras cuentas verbales es tan enorme que quizá ni siquiera deberíamos hablar
de «número» en los animales, porque al referirnos al número solemos suponer un
símbolo discreto. Por ese motivo los científicos, cuando describen la
percepción de las cantidades numéricas, hablan de «numerosidad» antes que de
número. El acumulador permite a los animales estimar cuán numerosos son algunos
eventos, pero no computar su número exacto. La mente animal solo puede retener
números imprecisos.
¿Realmente
es imposible enseñar a los animales una notación simbólica para los números?
¿No podríamos enseñarles a reconocer un conjunto discreto de etiquetas
numéricas similares a nuestras palabras para dígitos y números, y luego
inculcarles que esas etiquetas hacen referencia a cantidades precisas? De
hecho, varios experimentos de ese tipo han tenido algo de éxito. Hacia finales
de los años 1980, un investigador japonés, Tetsuro Matsuzawa, le enseñó a un
chimpancé llamado Ai cómo utilizar signos arbitrarios para describir conjuntos
de objetos (figura 1.7) (Matsuzawa, 1985, 2009). Los pequeños dibujos que
cumplían el rol de palabras ocupaban las celdas de un panel computarizado. El
chimpancé podía presionar cualquier celda que quisiera con el objetivo de describir
lo que veía. Luego de un largo período de entrenamiento, Ai aprendió a utilizar
catorce símbolos de objetos, incluso símbolos de colores y, más importante para
nosotros, los primeros seis números arábigos. Cuando se le mostraban tres
lápices rojos, por ejemplo, el chimpancé primero señalaba un símbolo cuadrado
adornado con un diamante negro, que significaba convencionalmente «lápiz»,
luego un diamante cruzado con una barra horizontal («rojo»), y finalmente
señalaba el número escrito «3».
Esta
secuencia de gestos puede haber sido solo una forma elaborada de reflejo motor
memorizado. Sin embargo, Matsuzawa mostró que en efecto, y hasta cierto punto,
los dibujos funcionaban como palabras que podían, solo a partir de sus
combinaciones, describir situaciones novedosas. Si, por ejemplo, se le enseñaba
al chimpancé un nuevo símbolo para «cepillo de dientes», era en parte capaz de
aplicarlo a contextos novedosos como «cinco cepillos de dientes verdes» o «dos
cepillos de dientes amarillos». De todos modos, esta capacidad para generalizar
estaba cargada de errores frecuentes.
Desde
1985, cuando Matsuzawa reportó por primera vez sus resultados, su chimpancé Ai
hizo avances constantes en aritmética. Ahora sabe los primeros nueve dígitos, y
puede enumerar conjuntos con una precisión del 95 %. Los registros de sus
tiempos de respuesta sugieren que, tal como un humano, Ai se vale del cómputo
serial para números más grandes que 3 o 4. También aprendió a ordenar los
dígitos de acuerdo con su magnitud, aunque, otra vez, le tomó años establecer
esta nueva habilidad.
Figura 1.7. El primatólogo japonés Matsuzawa enseñó a su
chimpancé Ai un vocabulario de signos visuales, de los que aquí presentamos
solo un pequeño subconjunto. Así, Ai podía etiquetar la identidad, el color y
la numerosidad de todos los pequeños conjuntos de objetos (según Matsuzawa,
1985; © Macmillan Magazines Ltd.).
Desde los
primeros experimentos de Matsuzawa, el aprendizaje de las etiquetas numéricas
se ha reproducido en varios chimpancés en al menos tres diferentes centros de
entrenamiento de primates. También se han puesto de manifiesto habilidades
similares en especies mucho más distantes de nosotros. Se ha entrenado a
delfines para que asociaran objetos arbitrarios con números precisos de peces.
Luego de aproximadamente dos mil ensayos, eran capaces de seleccionar, entre
dos objetos, el que estaba asociado con la mayor cantidad de peces (Mitchell,
Yao, Sherman y O’Regan, 1985, Kilian, Yaman, Von Fersen y Gunturkun, 2003).
Irene Pepperberg, de la Universidad de Arizona, le ha enseñado a su loro Alex
un extenso vocabulario de palabras inglesas, entre ellas los nombres de los
primeros números (Pepperberg, 1987). Los experimentos con Alex son bastante
notables porque no son necesarios carteles o muestras de plástico: puede
utilizarse el inglés más o menos estándar para formular preguntas orales, ¡que
el animal responde de inmediato emitiendo palabras reconocibles! Cuando se le
presenta un conjunto de objetos que incluye, por ejemplo, llaves verdes, llaves
rojas, juguetes verdes y juguetes rojos, Alex puede responder preguntas tan
complejas como «¿Cuántas llaves rojas?». Desde luego, su entrenamiento llevó un
largo tiempo: casi veinte años. Sin embargo, los resultados prueban claramente
que etiquetar la numerosidad no es privilegio exclusivo de los mamíferos.
En las
investigaciones más recientes, se ha demostrado que los chimpancés son
parcialmente capaces de calcular utilizando símbolos numéricos. Sarah Boysen,
por ejemplo, le enseñó a su chimpancé llamada Sheba a realizar sumas y
comparaciones numéricas simples (Boysen y Berntson, 1989, Boysen, Berntson,
Hannan y Cacioppo, 1996). Comenzó enseñando a Sheba las cantidades con las que
se asociaban los dígitos arábigos del 0 al 9. Los experimentos de este tipo
requieren paciencia y constancia. Durante dos años, se expuso al animal a
tareas progresivamente más complejas. Al principio, solo tenía que ubicar una
galletita en cada uno de los seis cuadrados de un tablero. Luego se le
mostraban conjuntos de entre una y tres galletitas, y se le pedía que
seleccionara, entre varias tarjetas, la que tuviera tantas marcas negras como
la cantidad de galletitas que había en el tablero. Entonces aprendió a unir un
conjunto de galletitas con un conjunto de marcas, poniendo el foco solo en su
numerosidad. En una tercera etapa, poco a poco las tarjetas con marcas fueron
reemplazadas por los correspondientes dígitos arábigos. Así, la chimpancé
aprendió a reconocer los dígitos 1, 2 y 3 y a señalar el dígito apropiado
cuando veía el número correspondiente de galletitas. Por fin, en la última
etapa, Sarah Boysen enseñó a su discípula lo opuesto: tenía que elegir, entre
varios conjuntos de objetos, aquel cuya numerosidad se correspondiera con un
dígito arábigo dado.
Por obra
de estrategias similares, el conocimiento del animal se extendió paulatinamente
al conjunto completo de dígitos, del 0 al 9. Al final de este período de
entrenamiento, Sheba no tenía inconvenientes para pasar de un dígito a la
cantidad correspondiente, y viceversa. Esto puede considerarse la esencia del
conocimiento simbólico. Un símbolo, más allá de su forma arbitraria, hace
referencia a un significado oculto. Comprender símbolos implica acceder a este
significado únicamente a partir de la forma, mientras que la producción de
símbolos requiere que se acceda a la forma arbitraria para el significado que
se quiere transmitir. Obviamente, después de un largo y arduo entrenamiento, la
chimpancé Sheba había logrado dominar estas dos transformaciones.
Una
propiedad importante de los símbolos humanos, sin embargo, es que son
combinables en oraciones cuyo significado deriva del significado de las
palabras que los forman. Los símbolos matemáticos, por ejemplo, pueden
combinarse para expresar ecuaciones como 2 + 2 = 4. ¿Sheba podría también
combinar múltiples dígitos en un cálculo simbólico? Para descubrirlo, Boysen
diseñó una tarea de suma simbólica. Escondió naranjas en varios lugares de la
jaula de Sheba; por ejemplo, dos naranjas bajo una mesa y tres dentro de una
caja. En primer lugar, la chimpancé exploraba todos los lugares donde las
naranjas podían estar escondidas. Luego volvía al punto de partida y se
esperaba que seleccionara, entre varios dígitos arábigos, el que coincidiera
con el número total de naranjas que había encontrado. Ya desde el primer ensayo
el animal realizó exitosamente la tarea. De inmediato, se probó una versión
simbólica. Esta vez, mientras deambulaba por la jaula, el animal no descubría
naranjas, sino dígitos arábigos, como el dígito 2 bajo la mesa y el dígito 4 en
la caja. Nuevamente, desde el primer ensayo la chimpancé era capaz de informar,
regularmente, al terminar la exploración, el total de los dígitos que había
visto (2 + 4 = 6). Esto implicaba que podía reconocer cada uno de los dígitos,
asociarlo mentalmente con cantidades, encontrar el resultado de la suma de
estas cantidades y, por último, recuperar la apariencia visual del dígito
correspondiente. Nunca antes un animal había estado tan cerca de las
habilidades de cálculo simbólico que presentan los seres humanos.
Incluso
especies mucho menos astutas que el chimpancé pueden aprender a realizar
operaciones mentales básicas con símbolos numéricos. Por ejemplo, dos macacos
llamados Abel y Baker, entrenados por David Washburn y Duane Rumbaugh en la
Universidad del Estado de Georgia, han mostrado habilidades notables para
comparar las cantidades numéricas representadas por los dígitos arábigos
(Washburn y Rumbaugh, 1991; también Beran, 2004, Harris, Washburn, Beran y
Sevcik, 2007). En la pantalla de una computadora aparecían pares de dígitos
arábigos como «2 4». Por medio de un joystick, el animal podía
elegir un dígito. Una expendedora automática le entregaba luego el número
correspondiente de caramelos de fruta, golosina que a los primates les encanta.
Si el animal elegía el dígito 4, saborearía cuatro caramelos, mientras que si
seleccionaba el dígito 2, solo recibiría dos. El camino que lo llevaba a elegir
el dígito más grande, entonces, era bastante importante. En efecto, la tarea
era bastante similar a la de comparación que se describió más arriba, excepto
porque no se confrontaba al animal directamente con la comida, sino con una
representación simbólica de su cantidad en dígitos arábigos. Tenía que
recuperar de la memoria el significado de los símbolos digitales, es decir, la
cantidad a la que estaban asociados.
Debería
mencionar que, antes de comenzar la prueba, Abel y Baker, a diferencia de
Sheba, no habían recibido ningún entrenamiento con dígitos arábigos. Por eso
necesitaban varios cientos de ensayos para aprender a seleccionar el dígito más
grande con algo de regularidad. Sheba, que ya sabía la cantidad que estaba
asociada con los dígitos, respondió correctamente desde el primer ensayo de una
tarea de comprensión numérica similar. Luego del entrenamiento, Abel y Baker
también tuvieron éxito. No cometieron ningún error cuando los dígitos eran lo
suficientemente distantes, pero fallaban hasta el 30 % de las veces cuando los
dígitos solo diferían por una unidad. Aquí reconocemos nuestro ya familiar
efecto distancia, que revela una tendencia a confundir cantidades cercanas
(desde un punto de vista numérico).
Luego de
este desempeño con los pares de dígitos, Abel y Baker siguieron avanzando hacia
tríos, cuartetos e incluso quintetos de dígitos entre el 1 y el 9. Claramente,
los animales no se habían limitado a aprender de memoria las respuestas a todos
los pares de dígitos posibles. Aun cuando se les presentaban conjuntos nuevos
de números, ordenados de forma aleatoria, como «5 8 2 1», los animales
seleccionaban el dígito más alto con una tasa de éxito mucho mayor que si lo
hubieran hecho por azar.
No puedo
dejar este tema sin mencionar las curiosas dificultades que encontraba Sheba
cuando tenía que seleccionar el más pequeño entre dos números
(Boysen y otros, 1996). La situación experimental parecía bastante simple: al
animal se le mostraban dos conjuntos de comida y, cuando señalaba uno, el
investigador se lo daba a otro chimpancé, mientras Sheba recibía el otro conjunto
de comida. En esta situación nueva, para Sheba era importante designar la
cantidad más pequeña, para recibir ella la más grande. Sin embargo, la
chimpancé nunca lo logró. Continuaba señalando el conjunto más grande, como si
elegir la cantidad más grande de comida fuera una respuesta irreprimible.
Entonces, Sarah Boysen pensó en reemplazar las pilas reales de comida con los
correspondientes dígitos arábigos. ¡Inmediatamente, desde el primer ensayo,
Sheba seleccionó el dígito más pequeño! Los símbolos numéricos parecían liberar
a Sheba de las contingencias materiales inmediatas. Le permitían actuar sin
verse influida por un impulso parasitario que, si no, la obligaba a elegir
siempre la cantidad de comida más grande.
§. Los
límites de la matemática animal
Desde los primeros experimentos de Matsuzawa, el aprendizaje de las etiquetas
numéricas se ha reproducido en varios chimpancés en al menos tres diferentes
centros de entrenamiento de primates. También se han puesto de manifiesto
habilidades similares en especies mucho más distantes de nosotros. Se ha
entrenado a delfines para que asociaran objetos arbitrarios con números
precisos de peces. Luego de aproximadamente dos mil ensayos, eran capaces de
seleccionar, entre dos objetos, el que estaba asociado con la mayor cantidad de
peces (Mitchell, Yao, Sherman y O’Regan, 1985, Kilian, Yaman, Von Fersen y
Gunturkun, 2003). Irene Pepperberg, de la Universidad de Arizona, le ha
enseñado a su loro Alex un extenso vocabulario de palabras inglesas, entre
ellas los nombres de los primeros números (Pepperberg, 1987). Los experimentos
con Alex son bastante notables porque no son necesarios carteles o muestras de
plástico: puede utilizarse el inglés más o menos estándar para formular preguntas
orales, ¡que el animal responde de inmediato emitiendo palabras reconocibles!
Cuando se le presenta un conjunto de objetos que incluye, por ejemplo, llaves
verdes, llaves rojas, juguetes verdes y juguetes rojos, Alex puede responder
preguntas tan complejas como «¿Cuántas llaves rojas?». Desde luego, su
entrenamiento llevó un largo tiempo: casi veinte años. Sin embargo, los
resultados prueban claramente que etiquetar la numerosidad no es privilegio
exclusivo de los mamíferos.
En las
investigaciones más recientes, se ha demostrado que los chimpancés son
parcialmente capaces de calcular utilizando símbolos numéricos. Sarah Boysen,
por ejemplo, le enseñó a su chimpancé llamada Sheba a realizar sumas y
comparaciones numéricas simples (Boysen y Berntson, 1989, Boysen, Berntson,
Hannan y Cacioppo, 1996). Comenzó enseñando a Sheba las cantidades con las que
se asociaban los dígitos arábigos del 0 al 9. Los experimentos de este tipo
requieren paciencia y constancia. Durante dos años, se expuso al animal a
tareas progresivamente más complejas. Al principio, solo tenía que ubicar una
galletita en cada uno de los seis cuadrados de un tablero. Luego se le
mostraban conjuntos de entre una y tres galletitas, y se le pedía que
seleccionara, entre varias tarjetas, la que tuviera tantas marcas negras como
la cantidad de galletitas que había en el tablero. Entonces aprendió a unir un
conjunto de galletitas con un conjunto de marcas, poniendo el foco solo en su
numerosidad. En una tercera etapa, poco a poco las tarjetas con marcas fueron
reemplazadas por los correspondientes dígitos arábigos. Así, la chimpancé
aprendió a reconocer los dígitos 1, 2 y 3 y a señalar el dígito apropiado
cuando veía el número correspondiente de galletitas. Por fin, en la última
etapa, Sarah Boysen enseñó a su discípula lo opuesto: tenía que elegir, entre
varios conjuntos de objetos, aquel cuya numerosidad se correspondiera con un
dígito arábigo dado.
Por obra
de estrategias similares, el conocimiento del animal se extendió paulatinamente
al conjunto completo de dígitos, del 0 al 9. Al final de este período de
entrenamiento, Sheba no tenía inconvenientes para pasar de un dígito a la
cantidad correspondiente, y viceversa. Esto puede considerarse la esencia del
conocimiento simbólico. Un símbolo, más allá de su forma arbitraria, hace
referencia a un significado oculto. Comprender símbolos implica acceder a este
significado únicamente a partir de la forma, mientras que la producción de
símbolos requiere que se acceda a la forma arbitraria para el significado que
se quiere transmitir. Obviamente, después de un largo y arduo entrenamiento, la
chimpancé Sheba había logrado dominar estas dos transformaciones.
Una
propiedad importante de los símbolos humanos, sin embargo, es que son
combinables en oraciones cuyo significado deriva del significado de las
palabras que los forman. Los símbolos matemáticos, por ejemplo, pueden
combinarse para expresar ecuaciones como 2 + 2 = 4. ¿Sheba podría también
combinar múltiples dígitos en un cálculo simbólico? Para descubrirlo, Boysen
diseñó una tarea de suma simbólica. Escondió naranjas en varios lugares de la
jaula de Sheba; por ejemplo, dos naranjas bajo una mesa y tres dentro de una
caja. En primer lugar, la chimpancé exploraba todos los lugares donde las
naranjas podían estar escondidas. Luego volvía al punto de partida y se
esperaba que seleccionara, entre varios dígitos arábigos, el que coincidiera
con el número total de naranjas que había encontrado. Ya desde el primer ensayo
el animal realizó exitosamente la tarea. De inmediato, se probó una versión
simbólica. Esta vez, mientras deambulaba por la jaula, el animal no descubría
naranjas, sino dígitos arábigos, como el dígito 2 bajo la mesa y el dígito 4 en
la caja. Nuevamente, desde el primer ensayo la chimpancé era capaz de informar,
regularmente, al terminar la exploración, el total de los dígitos que había
visto (2 + 4 = 6). Esto implicaba que podía reconocer cada uno de los dígitos,
asociarlo mentalmente con cantidades, encontrar el resultado de la suma de
estas cantidades y, por último, recuperar la apariencia visual del dígito
correspondiente. Nunca antes un animal había estado tan cerca de las
habilidades de cálculo simbólico que presentan los seres humanos.
Incluso
especies mucho menos astutas que el chimpancé pueden aprender a realizar
operaciones mentales básicas con símbolos numéricos. Por ejemplo, dos macacos
llamados Abel y Baker, entrenados por David Washburn y Duane Rumbaugh en la
Universidad del Estado de Georgia, han mostrado habilidades notables para
comparar las cantidades numéricas representadas por los dígitos arábigos
(Washburn y Rumbaugh, 1991; también Beran, 2004, Harris, Washburn, Beran y
Sevcik, 2007). En la pantalla de una computadora aparecían pares de dígitos
arábigos como «2 4». Por medio de un joystick, el animal podía
elegir un dígito. Una expendedora automática le entregaba luego el número
correspondiente de caramelos de fruta, golosina que a los primates les encanta.
Si el animal elegía el dígito 4, saborearía cuatro caramelos, mientras que si
seleccionaba el dígito 2, solo recibiría dos. El camino que lo llevaba a elegir
el dígito más grande, entonces, era bastante importante. En efecto, la tarea
era bastante similar a la de comparación que se describió más arriba, excepto
porque no se confrontaba al animal directamente con la comida, sino con una
representación simbólica de su cantidad en dígitos arábigos. Tenía que
recuperar de la memoria el significado de los símbolos digitales, es decir, la
cantidad a la que estaban asociados.
Debería
mencionar que, antes de comenzar la prueba, Abel y Baker, a diferencia de
Sheba, no habían recibido ningún entrenamiento con dígitos arábigos. Por eso
necesitaban varios cientos de ensayos para aprender a seleccionar el dígito más
grande con algo de regularidad. Sheba, que ya sabía la cantidad que estaba
asociada con los dígitos, respondió correctamente desde el primer ensayo de una
tarea de comprensión numérica similar. Luego del entrenamiento, Abel y Baker
también tuvieron éxito. No cometieron ningún error cuando los dígitos eran lo
suficientemente distantes, pero fallaban hasta el 30 % de las veces cuando los
dígitos solo diferían por una unidad. Aquí reconocemos nuestro ya familiar
efecto distancia, que revela una tendencia a confundir cantidades cercanas
(desde un punto de vista numérico).
Luego de
este desempeño con los pares de dígitos, Abel y Baker siguieron avanzando hacia
tríos, cuartetos e incluso quintetos de dígitos entre el 1 y el 9. Claramente,
los animales no se habían limitado a aprender de memoria las respuestas a todos
los pares de dígitos posibles. Aun cuando se les presentaban conjuntos nuevos
de números, ordenados de forma aleatoria, como «5 8 2 1», los animales
seleccionaban el dígito más alto con una tasa de éxito mucho mayor que si lo
hubieran hecho por azar.
No puedo
dejar este tema sin mencionar las curiosas dificultades que encontraba Sheba
cuando tenía que seleccionar el más pequeño entre dos números
(Boysen y otros, 1996). La situación experimental parecía bastante simple: al
animal se le mostraban dos conjuntos de comida y, cuando señalaba uno, el
investigador se lo daba a otro chimpancé, mientras Sheba recibía el otro conjunto
de comida. En esta situación nueva, para Sheba era importante designar la
cantidad más pequeña, para recibir ella la más grande. Sin embargo, la
chimpancé nunca lo logró. Continuaba señalando el conjunto más grande, como si
elegir la cantidad más grande de comida fuera una respuesta irreprimible.
Entonces, Sarah Boysen pensó en reemplazar las pilas reales de comida con los
correspondientes dígitos arábigos. ¡Inmediatamente, desde el primer ensayo,
Sheba seleccionó el dígito más pequeño! Los símbolos numéricos parecían liberar
a Sheba de las contingencias materiales inmediatas. Le permitían actuar sin
verse influida por un impulso parasitario que, si no, la obligaba a elegir
siempre la cantidad de comida más grande.
§. Los
límites de la matemática animal
La evolución es un mecanismo conservador. Cuando un órgano útil emerge a través
de mutaciones aleatorias, la selección natural hace su trabajo para
transmitirla a las generaciones que siguen. En efecto, la conservación de
rasgos favorables es una gran fuente de la organización de la vida. Entonces,
si nuestros primos más cercanos, los chimpancés, poseen alguna habilidad para
la aritmética, y si especies tan diferentes como ratas, palomas y delfines
también están dotadas de habilidades numéricas, es probable que nosotros,
ejemplares de Homo sapiens, hayamos recibido una herencia similar.
Nuestros cerebros, como los de las ratas, probablemente estén equipados con un
acumulador que nos permite percibir, memorizar y comparar magnitudes numéricas.
Muchas
diferencias evidentes separan las habilidades cognitivas humanas de las de
otros animales, incluidos los chimpancés. Para empezar, tenemos una capacidad
asombrosa para desarrollar sistemas simbólicos, en especial el lenguaje
matemático. También estamos dotados de un órgano del lenguaje cerebral que nos
permite expresar nuestros pensamientos y compartirlos con otros miembros de
nuestra especie. Por último, en el reino animal parece única nuestra capacidad
para diseñar planes intrincados para actuar, sobre la base de una memoria
retrospectiva de los acontecimientos pasados tanto como de una memoria
prospectiva de las posibilidades futuras. Sin embargo, ¿eso significa que en
otros aspectos nuestras herramientas cerebrales para procesar el número deberían
ser muy diferentes de las de otros animales? La simple hipótesis de trabajo que
defenderé a lo largo de este libro postula que en realidad estamos dotados de
una representación mental de las cantidades bastante similar a la que puede
encontrarse en ratas, palomas o monos. Como ellos, somos capaces de numerar con
rapidez conjuntos de objetos visuales y auditivos, de sumarlos y de comparar
sus numerosidades. Especulo que estas habilidades no solo nos permiten resolver
rápidamente la numerosidad de los conjuntos, sino que también están en la base
de nuestra comprensión de los símbolos numéricos, como los dígitos arábigos. En
suma, el sentido numérico que heredamos de nuestra historia evolutiva cumple el
rol de un germen que propicia el surgimiento de habilidades matemáticas más
avanzadas[5].
En los
capítulos que siguen, analizaremos las habilidades matemáticas de los humanos,
buscando vestigios del modo animal de percibir los números. El primer indicio
que estudiaremos (tal vez el más impresionante) es la notable capacidad de las
criaturas humanas para la aritmética, que aparece mucho antes de que se sienten
en un pupitre por primera vez; de hecho, ¡mucho antes de que puedan siquiera
sentarse!
Capítulo
2
Contar a los pocos meses
Siendo el
alma inmortal, y habiendo nacido muchas veces y habiendo visto tanto lo de aquí
como lo del Hades y todas las cosas, no hay nada que no tenga aprendido; con lo
que no es de extrañar que también sobre la virtud y sobre las demás cosas sea
capaz ella de recordar lo que desde luego ya antes sabía.
Platón, Menón
Contenido:
§. Bebé,
modelo para armar: la teoría de Jean Piaget
§. Los errores de Piaget
§. Cada vez más jóvenes
§. El poder de abstracción de los bebés
§. ¿Cuánto es 1 más 1?
§. Los límites de la aritmética infantil
§. El número: innato y adquirido
¿Los
bebés tienen algún conocimiento abstracto de la aritmética cuando nacen? La
pregunta parece ridícula. La intuición sugiere que los bebés son organismos
vírgenes, que inicialmente no cuentan con ningún tipo de capacidad más allá de
la habilidad para aprender. Sin embargo, si nuestra hipótesis de trabajo es
correcta, el cerebro humano está dotado de un mecanismo innato para aprehender
las cantidades numéricas, que fue heredado de nuestro pasado evolutivo y que
guía la adquisición de la matemática. Para que pueda tener influencia sobre el
aprendizaje de las palabras que nombran los números, este módulo protonumérico
debería estar allí antes del período de crecimiento exuberante del lenguaje,
que algunos psicólogos llaman la «explosión léxica», que ocurre a la edad de un
año y medio, aproximadamente. En el primer año de vida, entonces, los bebés ya
deberían comprender algunas porciones de la aritmética.
§. Bebé,
modelo para armar: la teoría de Jean Piaget
Hasta comienzos de la década de 1980, nadie había propuesto un análisis
empírico de la habilidad numérica de los bebés. Antes de eso, la psicología
evolutiva estaba dominada por el constructivismo, una perspectiva del
desarrollo humano que hacía que la noción de la aritmética en el primer año de
vida sonara por sí misma inconcebible. De acuerdo con la teoría que esbozó por
primera vez Jean Piaget, el fundador del constructivismo, hace unos cincuenta
años, las habilidades lógicas y matemáticas se construyen progresivamente en la
mente del bebé por medio de la observación, la internalización y la abstracción
de regularidades del mundo externo (Piaget, 1948/1960, 1952). Cuando un bebé
nace, su cerebro es una página en blanco, absolutamente desprovista de
conocimiento conceptual. Los genes no le brindan al organismo ninguna idea
abstracta acerca del ambiente en el que vivirá. Solamente generan dispositivos
motores y perceptuales simples, y un mecanismo de aprendizaje general que poco
a poco utiliza las interacciones del sujeto con su ambiente para organizarse.
Durante
el primer año de vida, de acuerdo con la teoría constructivista, los niños
están en una fase «sensorio motora»: exploran su entorno gracias a los cinco
sentidos, y aprenden a controlarlo mediante las acciones motoras. Piaget
argumenta que en este proceso los niños no pueden dejar de reconocer ciertas
regularidades muy sólidas. Por ejemplo, un objeto que desaparece detrás de una
pantalla siempre reaparece al bajar la pantalla; cuando dos objetos chocan,
nunca se penetran el uno al otro, etc. Guiados por este tipo de
descubrimientos, los bebés van construyendo, poco a poco, una serie de
representaciones mentales cada vez más refinadas y abstractas del mundo en el
que crecen. Desde esta perspectiva, entonces, el desarrollo del pensamiento
abstracto consiste en subir una serie de escalones en el funcionamiento mental,
las etapas piagetianas, que los psicólogos pueden identificar y clasificar.
Piaget y
sus colegas especularon mucho acerca de cómo se desarrolla el concepto del
número en los niños pequeños. Creían que el número, como cualquier otra
representación abstracta del mundo, debía construirse en el curso de
interacciones sensorio motoras con el entorno. La teoría dice algo así: los
niños nacen sin ninguna idea preconcebida acerca de la aritmética. Les lleva
años de observación atenta comprender realmente lo que es un número. A través
de la manipulación de conjuntos de objetos, llegan finalmente a descubrir que
el número es la única propiedad que no varía cuando los objetos se mueven, o
cuando su apariencia cambia. Así es como Seymour Papert (1960) describía este
proceso:
Para el
bebé, los objetos ni siquiera existen; se necesita una estructuración inicial
para que la experiencia se organice en cosas. Enfaticemos que el bebé no
descubre la existencia de los objetos de la manera en que un explorador
descubre una montaña, sino más bien como alguien descubre la música: la ha oído
por años, pero antes de este momento solo era ruido para sus oídos. Una vez que
ha «adquirido los objetos», el niño todavía tiene un largo camino que recorrer
antes de alcanzar las etapas sucesivas: la de las clases, la de las
seriaciones, las inclusiones y, finalmente, el número.
En
apariencia, Piaget y sus muchos colaboradores habían acumulado prueba sobre
prueba de la incapacidad de los niños para comprender la aritmética. Por
ejemplo, si se esconde un juguete detrás de una tela, los bebés de 10 meses no
extienden la mano para alcanzarlo; para Piaget, este descubrimiento demostraba
que los bebés creen que el juguete deja de existir cuando está fuera de la
vista. Esta aparente falta de «permanencia del objeto», en la jerga piagetiana,
¿no implicaría que los bebés son completamente ignorantes del mundo en el que
viven? Si no se dan cuenta de que los objetos continúan existiendo cuando están
fuera de la vista, ¿cómo podrían saber algo acerca de las propiedades más
abstractas y efímeras del número?
Otras
observaciones de Piaget parecían indicar que el concepto del número no comienza
a comprenderse antes de los 4 o 5 años de edad. Antes de esa edad, los niños
fallan en lo que Piaget llamaba la prueba de «conservación del número». En
primer lugar, se les muestran filas igualmente espaciadas de seis vasos y seis
botellas. Si se les pregunta si hay más vasos o más botellas, los niños
responden «es lo mismo». Aparentemente, utilizan la correspondencia uno a uno
entre los objetos de las dos filas. Luego, se dispersa la fila de vasos de modo
que se vuelva más larga que la de botellas. Obviamente, el número no se ve
afectado por esta manipulación. Sin embargo, cuando se repite la pregunta
anterior, en este caso los niños sistemáticamente responden que hay más vasos
que botellas. No parecen darse cuenta de que mover los objetos no altera su
número: los psicólogos dirían que no «conservan el número».
Incluso
una vez que los niños logran superar la prueba de conservación del número, los
constructivistas no les reconocen una comprensión conceptual de la aritmética.
Hasta que tienen 7 u 8 años, todavía es fácil engañarlos con pruebas numéricas
simples. Si se les muestra, por ejemplo, un ramo de ocho flores en el que hay
seis rosas y dos tulipanes y se les hace una pregunta ridícula como «¿Hay más
rosas que flores?», ¡la mayoría responderá que las rosas son más numerosas que
las flores! De inmediato, Piaget llega a la conclusión de que, antes de la edad
de la razón, los niños no tienen conocimiento de las bases más elementales de
la teoría de los conjuntos, lo que muchos matemáticos creen que constituye el
fundamento para la aritmética: aparentemente ignoran que un subconjunto no
puede tener más elementos que el conjunto original del que se lo extrajo.
Los
descubrimientos de Piaget tuvieron un impacto considerable sobre nuestros
sistemas educativos. Sus conclusiones instilaron entre los educadores una
actitud pesimista y una política de «espera-y-verás». La teoría afirma que el
ascenso regular a través de las etapas piagetianas progresa de acuerdo con un
proceso de crecimiento inmutable. Antes de los 6 o 7 años, el niño no está
«listo» para la aritmética. Entonces, la enseñanza precoz de la matemática es
una empresa vana o incluso dañina. Si se enseña temprano, el concepto del
número no puede más que estar distorsionado en la cabeza de los niños. Tendrá
que aprenderse de memoria, sin comprensión genuina. Al no lograr comprender de
qué se trata la aritmética, los niños desarrollarán un fuerte sentimiento de
ansiedad respecto de la matemática. De acuerdo con la teoría piagetiana, es
mejor comenzar enseñando lógica y ordenamiento de conjuntos, porque estas
nociones son un prerrequisito para la adquisición del concepto de número. Esta
es la razón principal por la que, todavía hoy, los niños de la mayoría de los
jardines de infantes pasan la mayor parte del día formando torres de cubos de
tamaños decrecientes, mucho antes de aprender a contar.
¿Se
justifica tal grado de pesimismo? Hemos visto que las ratas y las palomas
reconocen de inmediato un número determinado de objetos, incluso si se modifica
su configuración espacial. Ya sabemos que un chimpancé elegiría espontáneamente
la más grande entre dos cantidades numéricas. ¿Es concebible que los niños
humanos, antes de sus 4 o 5 años, vayan tan a la zaga de otros animales en la
aritmética?
§. Los
errores de Piaget
Hoy sabemos que este aspecto del constructivismo de Piaget estaba equivocado.
Obviamente, los niños pequeños tienen mucho para aprender acerca de la
aritmética, y obviamente su comprensión conceptual de los números se profundiza
con la edad y la educación; pero esto no significa que estén privados de toda
representación mental genuina de los números, ¡ni siquiera cuando nacen! Ocurre
simplemente que hay que evaluarlos utilizando métodos de investigación
adaptados a su corta edad. Por desgracia, las pruebas que usaba Piaget no
permitían a los niños mostrar de qué son capaces. Su defecto más importante
está en que se basaban sobre un diálogo abierto entre los investigadores y sus
pequeños sujetos. ¿Los niños realmente comprenden todas las preguntas que se les
hacen? Y, más importante, ¿interpretan estas preguntas del mismo modo en que lo
harían los adultos? Varios motivos permiten pensar que no. Cuando se enfrenta a
los niños a situaciones análogas a las utilizadas con los animales, y cuando se
evalúa sus mentes sin recurrir a palabras, sus habilidades numéricas resultan
por lo menos considerables.
Tomemos
como ejemplo la prueba piagetiana clásica de conservación del número. Ya en
1967, en la prestigiosa revista Science, Jacques Mehler y Tom
Bever, que en ese momento formaban parte del departamento de psicología del
MIT, demostraron que los resultados de esta prueba cambiaban de manera radical
de acuerdo con el contexto y con el nivel de motivación de los niños (Mehler y
Bever, 1967). Les mostraron a los mismos niños, de 2 o 4 años de edad, dos
series de estímulos. En una, similar a la situación de conservación clásica, el
experimentador colocaba dos filas de piedritas. Una era corta pero estaba
formada por seis piedritas, y la otra, aunque era más larga, estaba formada por
solo cuatro (figura 2.1). Cuando se les preguntaba a los niños qué fila tenía
más piedritas, la mayoría de los niños de 3 y 4 años lo hacía mal, y
seleccionaba la fila más larga pero menos numerosa. Esto recuerda el error
clásico de no conservación de Piaget.
Figura 2.1. Cuando dos filas de ítems están en correspondencia
perfecta uno a uno (izquierda), un niño de 3 o 4 años dice que son iguales. Si
se modifica la fila de abajo acortándola y agregándole dos ítems (derecha), el
niño declara que la fila de arriba tiene más ítems. Este es el error clásico
que descubrió Piaget: el niño responde a partir del largo de la fila más que
sobre la base del número. Sin embargo, Mehler y Bever (1967) probaron que,
cuando las filas están formadas por confites M&M, los niños eligen
espontáneamente la fila de abajo. Entonces, el error piagetiano no es imputable
a la incompetencia de los niños para la aritmética, sino meramente para las
desconcertantes condiciones de las pruebas de conservación del número.
En la
segunda serie de ensayos, sin embargo, la trampa de Mehler y Bever consistía en
reemplazar las piedritas con sabrosas golosinas (confites M&M). En lugar de
tener que responder a preguntas complicadas, a los niños se les permitía elegir
una de las dos filas y comérsela en cuanto quisieran. Este procedimiento tenía
la ventaja de evitar las dificultades de comprensión del lenguaje, y al mismo
tiempo aumentar la motivación de los niños para seleccionar la fila con la
mayor cantidad de golosinas. En efecto, cuando se utilizaban golosinas, la
mayoría de los niños elegía el más grande entre dos números, incluso si el
largo de las filas entraba en conflicto con el número. ¡Esto sirvió como una
sorprendente demostración de que sus habilidades numéricas no eran más
desdeñables que su apetito por los dulces!
El hecho
de que los niños de 3 y 4 años de edad seleccionen la fila más numerosa de
golosinas tal vez no sea muy sorprendente, a pesar de que se contrapone de modo
directo con la teoría de Piaget. Pero hay más. En el experimento de Mehler y
Bever, los niños más pequeños, de alrededor de 2 años, resultaban infalibles en
la prueba, tanto con piedritas como con confites M&M. Solo los más grandes
fallaban en conservar el número de las piedritas. Por tanto, el desempeño en
las pruebas de conservación del número parece decaer temporariamente entre los
2 y los 3 años de edad. Pero las habilidades de los niños de 3 y 4 años
definitivamente no están menos desarrolladas que las de los niños de 2 años.
Entonces, las pruebas piagetianas no pueden medir las habilidades numéricas
reales de los niños. Por alguna razón, estas pruebas parecen confundir a los
niños más grandes hasta un extremo tal que se vuelven incapaces de rendir tan
bien como sus hermanos menores.
Creo que
lo que ocurre es lo siguiente: los niños de 3 y 4 años interpretan las
preguntas del experimentador de forma bastante diferente de como lo hacen los
adultos. Las palabras utilizadas para formular las preguntas y el contexto en
el que se las plantea hacen que los niños se confundan y crean que se les pide
que evalúen el largo de las filas, más que su numerosidad. Recordemos que, en
el influyente experimento de Piaget, el experimentador hace la misma pregunta
dos veces: « ¿Son iguales, o una fila tiene más piedras?». Primero hace esta
pregunta cuando las dos filas están en correspondencia perfecta uno a uno, y
luego otra vez, después de que su largo se haya modificado.
¿Qué
pueden pensar los niños frente a estas dos preguntas sucesivas? Supongamos, por
un momento, que la igualdad numérica de las dos filas es obvia para ellos. Debe
parecerles bastante extraño que un adulto repita la misma pregunta trivial dos
veces. En efecto, supone una violación de las reglas normales de conversación
hacer una pregunta cuya respuesta ya es conocida para ambos hablantes. Ante
este conflicto interno, tal vez los niños se den cuenta de que la segunda
pregunta, aunque superficialmente es idéntica a la primera, no tiene el mismo
significado. Quizás en sus cabezas ocurre algo como el siguiente razonamiento:
Si estos
adultos me hacen la misma pregunta dos veces, debe ser porque están esperando
una respuesta diferente. Sin embargo, la única cosa que cambió frente a la
situación anterior es el largo de una de las filas. Entonces, la nueva pregunta
debe estar centrada en el largo de las filas, aunque parece hacer referencia a
su número. Creo que debo responder sobre la base del largo de la fila más que
sobre la base del número.
Esta
línea de razonamiento, aunque bastante refinada, está al alcance del
entendimiento de los niños de 3 y 4 años. De hecho, las inferencias
inconscientes de este tipo subyacen a la interpretación de muchas oraciones,
incluidas aquellas que un niño muy pequeño puede producir o comprender.
Todos
realizamos normalmente cientos de inferencias de este tipo. Comprender una
oración consiste en ir más allá de su significado literal y recuperar el
significado real que el hablante buscaba transmitir inicialmente. En muchas
circunstancias, el significado real puede ser exactamente el opuesto del
literal. Cuando hablamos de una buena película decimos «No estuvo mal, ¿no?». Y
cuando preguntamos « ¿Podrías pasarme la sal?», ¡definitivamente no nos
sentimos satisfechos cuando la respuesta es apenas un «Sí» que no va acompañado
de una acción! Este tipo de ejemplos demuestra que reinterpretamos
constantemente las oraciones que oímos, realizando complejas inferencias
inconscientes en relación con las intenciones del otro hablante. No hay razón
para pensar que los niños pequeños no estén haciendo lo mismo cuando conversan
con un adulto durante estas pruebas. De hecho, esta hipótesis parece mucho más
plausible, dado que es precisamente cerca de los 3 o 4 años de edad —el punto
en que Mehler y Bever notaron que los niños comienzan a no conservar el número—
que en los niños pequeños aparece la habilidad que los psicólogos llaman una
«teoría de la mente» y que consiste en la posibilidad de razonar acerca de las
intenciones, creencias y conocimientos de otras personas (Frith y Frith, 2003[6]).
Dos
psicólogos evolutivos de la Universidad de Edimburgo, James McCarrigle y
Margaret Donaldson, pusieron a prueba una nueva hipótesis: que la incapacidad
de los niños «no conservativos» se debía a que no entendían del todo las
intenciones del investigador (McGarrigle y Donaldson, 1974). En su experimento,
la mitad de los ensayos eran del tipo clásico, en los que el experimentador
modificaba el largo de una fila y luego preguntaba « ¿Cuál tiene más?». En la
otra mitad de los ensayos, en cambio, la transformación de longitud era
realizada de forma casual por un oso de peluche. Mientras el experimentador
estaba mirando convenientemente hacia otro lado, un oso de peluche alargaba una
de las filas. El investigador luego se daba vuelta y exclamaba: « ¡Oh, no! Este
oso bobo volvió a mezclar todo». Solo después de decir esto el investigador
hacía otra vez la pregunta « ¿Cuál tiene más?». La idea subyacente era que, en
esta situación, esta pregunta parecía sincera y podía interpretarse en un
sentido literal. Dado que el oso había mezclado las dos filas, el adulto ya no
sabía cuántos objetos había, y por eso le preguntaba al niño. En esta
situación, la gran mayoría de los niños respondía de manera correcta basándose
en el número, sin verse influenciados por el largo de las filas. Los mismos
niños, sin embargo, fallaban y respondían sistemáticamente sobre la base de la
longitud cuando el experimentador realizaba la transformación intencionalmente.
Esto prueba dos puntos: en primer lugar, que hasta un niño es capaz de interpretar
la misma pregunta de dos formas bastante distintas, dependiendo del contexto.
En segundo lugar (y mal que le pese a Piaget), que, cuando la pregunta se
realiza en un contexto que tiene sentido, los niños pequeños responden bien:
¡pueden conservar el número!
No me
gustaría terminar esta discusión con un malentendido. De ningún modo creo que
el fracaso de los niños en las tareas piagetianas de conservación sea un tema
trivial. Al contrario, este es un campo de investigación activo que todavía
atrae a muchos investigadores de todo el mundo. Luego de cientos de
experimentos, todavía no entendemos con precisión por qué los niños se ven
engañados tan fácilmente con pistas falsas, como el largo de una fila, cuando
tienen que juzgar el número. Algunos científicos piensan que la falla en las
tareas piagetianas refleja la maduración continua de la corteza prefrontal, una
región del cerebro que nos permite seleccionar una estrategia y continuar
utilizándola a pesar de la distracción (Goldman-Rakic, Isseroff, Schwartz y Bugbee,
1983, Diamond y Goldman-Rakic, 1989). Si esta teoría resultase correcta, las
pruebas piagetianas podrían tener un nuevo significado como marcadores
conductuales de la habilidad de los niños para resistir la distracción. Sin
embargo, desarrollar estas ideas sería un tema para otro libro. Mi propósito
aquí es más modesto. Mi único objetivo es convencerlos de que ahora sabemos qué
es lo que las pruebas piagetianas no evalúan. Al contrario de lo que pensaba su
creador, estas no son buenas mediciones del momento en que un niño comienza a
comprender el concepto del número.
§, Cada
vez más jóvenes
Los experimentos que he descripto hasta aquí desafían la escala temporal
piagetiana para el desarrollo numérico en la medida en que sugieren que los
niños «conservan el número» a una edad mucho más temprana que lo que antes se
creía posible. Sin embargo, ¿refutan todo el constructivismo? En verdad, no. La
teoría de Piaget es mucho más sutil de lo que puedo exponer en unos pocos
párrafos, y podría dar cabida de muchas maneras a estos resultados que acabamos
de presentar.
Piaget
podría haber sostenido, por ejemplo, que, al quitar algunas de las claves
conflictivas de su prueba de conservación del número original, los experimentos
modificados simplifican demasiado la tarea de los niños. Piaget sabía muy bien
que su prueba de conservación del número confundía a los niños; de hecho,
estaba diseñada a propósito para que el largo de la fila
entrara en conflicto con el número. Desde su perspectiva, los niños solo
dominan verdaderamente las bases conceptuales de la aritmética una vez que son
capaces de predecir qué fila tiene una cantidad mayor de ítems sobre una base
puramente lógica, es decir, reflexionando acerca de las consecuencias lógicas
de las operaciones llevadas a cabo, y sin dejarse distraer por los cambios
irrelevantes en el largo de las filas, o en la forma en que el experimentador
plantea las preguntas. Según parece, resistirse a las pistas confusas es un
elemento central de la definición piagetiana de lo que significa tener una
comprensión conceptual del número.
Piaget
también podría haber planteado que elegir el número más grande de golosinas no
requiere una comprensión conceptual del número, sino solo una
coordinación sensorio-motora que le permita al niño reconocer la pila más
grande y orientarse hacia ella. A lo largo de su trabajo, Piaget puso un
énfasis incesante en la inteligencia sensorio motora de los niños, de manera
tal que bien podría haber aceptado sin problemas que los niños descubrieran la
estrategia de «elegir el más grande» a una edad temprana. Habría insistido, sin
embargo, en que esta estrategia se utiliza sin ningún tipo de comprensión de su
base lógica; solo más tarde, según sostenía, los niños logran reflexionar
acerca de sus habilidades sensorio motoras y llegar a una interpretación más
abstracta del número. Algo típico de esta actitud es la reacción de Piaget al
oír hablar del trabajo de Otto Koehler sobre la percepción de la numerosidad en
los pájaros y las ardillas: aceptó que los animales podían adquirir «números
sensorio motores», pero no una comprensión conceptual de la aritmética.
Antes de
la década de 1980, los experimentos que desafiaban la teoría de Piaget en
realidad no abordaban su hipótesis central (o dogma) de que los bebés no
cuentan con un concepto genuino del número. Incluso en la prueba de las
piedritas de Mehler y Bever los niños más pequeños ya habían cumplido 2 años.
Esto todavía dejaba un largo tiempo para que un mecanismo de tipo piagetiano
construyese esa propiedad notable que es el número. En este contexto, los
estudios científicos de los niños de repente se volvieron de importancia
teórica primordial. ¿Podría demostrarse que incluso los bebés, antes del año,
ya han dominado algunos aspectos del concepto de número, antes de haber tenido
oportunidad de abstraerlos de las interacciones con el ambiente? La respuesta es
que sí. En la década de 1980, se observaron habilidades numéricas en bebés de 6
meses de edad y en recién nacidos.
Obviamente,
para revelar la competencia numérica a una edad tan temprana, las preguntas
verbales no funcionan. Los científicos, entonces, recurrieron a la atracción
que sienten los bebés por la novedad. Cualquier padre sabe que, cuando un bebé
ve el mismo juguete una y otra vez, termina por perder el interés en él. Cuando
se llega a este punto, presentar un nuevo juguete puede reavivar su interés.
Esta observación elemental —que por supuesto debe ser replicada en el
laboratorio y en una situación rigurosamente controlada— prueba que el niño ha
notado la diferencia entre el primero y el segundo juguete. Esta técnica puede
extenderse para hacerles a los bebés todo tipo de preguntas. De este modo los
investigadores pudieron demostrar que, desde momentos muy tempranos en la vida,
los bebés e incluso los recién nacidos pueden percibir diferencias en el color,
la forma, el tamaño y, como a esta altura pueden imaginar, también en el
número.
El primer
experimento que confirmó que los niños reconocen pequeños números tuvo lugar en
1980 en el laboratorio de Prentice Starkey, en la Universidad de Pensilvania
(Starkey, Cooper y Jr., 1980). Se evaluó en total a setenta y dos bebés, de
entre 16 y 30 semanas. Cada bebé, sentado sobre la falda de su madre, miraba
una pantalla en la que se proyectaban diapositivas (figura 2.2). Una cámara de
video que se enfocaba sobre los ojos de los bebés filmaba su mirada, lo que
permitía que un operador, ciego por completo a las condiciones del experimento,
midiera exactamente cuánto tiempo pasaba el bebé mirando cada diapositiva.
Cuando el bebé comenzaba a mirar a otro lugar, aparecía una nueva diapositiva
en la pantalla. Al principio, el contenido de las diapositivas era básicamente
el mismo: dos puntos negros grandes, siempre a una misma altura, pero más o
menos separados de un ensayo a otro. De ensayo a ensayo, el bebé empezaba a
aburrirse, y, por lo tanto, a mirar este estímulo repetitivo durante períodos
cada vez más breves. Esto se conoce como «fase de habituación». Luego las
diapositivas se cambiaban sin aviso a nuevas diapositivas que contenían tres
puntos negros. Inmediatamente, el bebé comenzaba a fijar su mirada sobre estas
imágenes inesperadas durante un tiempo más largo. El tiempo de fijación, que
era de 1,9 segundos justo antes del cambio, saltaba a 2,5 segundos en la
primera de las nuevas diapositivas. Así, se pone en evidencia que el bebé
detectaba el cambio de dos a tres puntos. Otros niños, evaluados de la misma
manera, detectaban el cambio de tres a dos puntos. Inicialmente, estos
experimentos se realizaron con niños de 6 o 7 meses de edad, pero unos pocos
años más tarde, Sue Ellen Antell y Daniel Keating, de la Universidad de
Maryland en Baltimore, demostraron con una técnica similar que hasta los recién
nacidos podían diferenciar los números 2 y 3 apenas unos días después de
abandonar el vientre de sus madres (Antell y Keating, 1983[7]).
Figura 2.2. Para probar que los bebés diferencian las
numerosidades 2 y 3, primero se les muestran repetidas veces conjuntos con un
número fijo de ítems, por ejemplo, dos (izquierda). Luego de esta fase de
habituación, los bebés miran durante más tiempo conjuntos de tres ítems
(derecha) que conjuntos de dos. Como la localización del objeto, el tamaño y la
identidad varían, solo una sensibilidad a la numerosidad puede explicar la
renovada atención de los bebés (arriba, estímulos utilizados por Starkey, Cooper
y Jr., 1980; abajo, estímulos similares a los utilizados por Strauss y Curtis,
1981).
¿Cómo
puede uno asegurarse de que lo que llama la atención del bebé, más que
cualquier otra modificación física del estímulo, es el cambio en el número? En
sus primeros experimentos, Starkey y Cooper habían alineado puntos, de manera
tal que la figura global que formaban no diera ninguna clave acerca del número
(en otras distribuciones, el número se confunde frecuentemente con la forma,
porque dos puntos forman una línea y tres puntos, un triángulo). También
variaban la distancia entre los puntos, de forma que ni su densidad ni el largo
total de la línea fueran suficientes para diferenciar dos de tres.
Más
tarde, Mark Strauss y Lynne Curtis, de la Universidad de Pittsburgh,
presentaron un control aún mejor (Strauss y Curtis, 1981). Simplemente
utilizaron fotografías en color de objetos comunes de todo tipo. Los objetos
eran pequeños o grandes, estaban alineados o no, y fotografiados de cerca o de
lejos. Solo su número permanecía constante: en una mitad del experimento había
dos objetos y en la otra, tres. Esta considerable variabilidad en todos los
parámetros físicos posibles no perturbó para nada a los bebés, que continuaron
siendo sensibles al cambio en el número. Más recientemente, el experimento fue
reproducido por Erikvan Loosbroek y Ad Smitsman, dos psicólogos de la
Universidad Católica de Nijmegen, Países Bajos, incluso con dispositivos
móviles: formas geométricas aleatorias que durante su trayectoria
ocasionalmente se esconden unas a otras (Van Loosbroek y Smitsman, 1998). En
los primeros pocos meses de vida, los bebés parecen notar la constancia de los
objetos en un ambiente en movimiento e incluso en estos contextos son capaces
de captar su numerosidad.
§. El
poder de abstracción de los bebés
Todavía resta ver si esta sensibilidad precoz a la numerosidad meramente
refleja el poder del sistema visual de los niños o si muestra una
representación más abstracta del número. Con niños muy pequeños, tenemos que
hacer las mismas preguntas que las que hacíamos con las ratas y los chimpancés.
¿Son capaces de captar el número de tonos que forman parte de una secuencia
auditiva, por ejemplo? Y más importante, ¿saben que el mismo concepto abstracto
3 se aplica a tres sonidos y a tres objetos visuales? Por último, ¿pueden
combinar mentalmente sus representaciones numéricas para realizar cálculos
elementales como 1 + 1 = 2?
Para
responder a la primera pregunta, los científicos simplemente reformularon los
experimentos originarios sobre el reconocimiento visual del número para
pasarlos a la modalidad auditiva. De este modo, aburrieron a los bebés
repitiendo secuencias de tres sonidos una y otra vez, y luego verificaron si
una secuencia posterior, novedosa, de dos sonidos lograba renovar su interés.
Uno de estos experimentos es especialmente llamativo porque sugiere que, ya a
los 4 días de edad, un bebé puede descomponer los sonidos del habla en unidades
más pequeñas —sílabas— que luego puede «numerar». Pero a una edad tan temprana,
más que la orientación de la mirada, la herramienta experimental que conviene
utilizar para medir qué llama la atención de los bebés es el ritmo con que
succionan. De este modo, Ranka Bijeljac-Babic y sus colegas del Laboratorio de
Ciencia Cognitiva y Psicolingüística de París hicieron que los bebés chuparan
una tetina o chupete conectado a un transductor de presión y una computadora
(Bijeljac-Babic, Bertoncini y Mehler, 1991). Siempre que el bebé chupa, la
computadora lo registra e inmediatamente produce una palabra sin sentido como
«bakifoo» o «pilofa» a través de un parlante. Todas las palabras comparten el
mismo número de sílabas: tres, por ejemplo. Cuando a un bebé se lo pone por
primera vez en esta peculiar situación en la que chupar produce sonido, muestra
mayor interés, que se traduce en un ritmo de succión elevado. Luego de unos
pocos minutos, sin embargo, los bebés se aburren y su ritmo de succión baja. En
cuanto la computadora detecta esta caída, pasa a producir palabras de solo dos
sílabas. ¿La reacción del bebé? De inmediato, vuelve a succionar enérgicamente
para escuchar esa nueva estructura de las palabras. Para asegurar que esta
reacción está relacionada con el número de sílabas más que con la mera
presencia de palabras nuevas, con algunos bebés se presentan nuevas palabras
mientras el número de sílabas permanece constante. En este grupo control, no se
registró reacción alguna. Dado que la duración de las palabras y la tasa de
habla son muy variables, el número de sílabas es, en efecto, el único parámetro
que puede permitirles a los bebés diferenciar la primera lista de palabras de
la segunda.
¡Entonces
no se trata de su sistema visual! Los niños muy pequeños, queda claro, prestan
la misma atención al número de sonidos que al número de objetos que los rodean.
También sabemos, gracias a un experimento realizado por Karen Wynn, que a los 6
meses de edad podrán ver la diferencia entre números de acciones, como un
títere haciendo dos o tres saltos (Wynn, 1996). Sin embargo, ¿se dan cuenta de
la «correspondencia» entre el sonido y la vista, para parafrasear al poeta
francés Baudelaire? ¿Anticipan que tres rayos deberían predecir un número igual
de truenos? En definitiva, ¿acceden a una representación abstracta del número,
independientemente de la modalidad visual o auditiva que le sirva de medio? Hoy
podemos dar una respuesta afirmativa a esta pregunta gracias a una serie de
experimentos diseñados por los psicólogos estadounidenses Prentice Starkey,
Elizabeth Spelke y Rochel Gelman (1983, 1990[8]), de una inventiva tal que su
trabajo se ubica en los primeros puestos de mi panteón personal de la
psicología experimental. Lo cierto es que, antes de la revolución cognitiva de
los años ochenta y de trabajos como estos, habría parecido prácticamente imposible
hacer una pregunta tan compleja acerca de la mente de un bebé.
En este
experimento multimedia, un bebé de 6, 7 u 8 meses —sentado en el regazo de su
madre— ve en una pantalla imágenes emitidas desde dos proyectores de
diapositivas. A la derecha, la diapositiva muestra dos objetos comunes,
acomodados de manera aleatoria. A la izquierda, una diapositiva similar muestra
tres objetos. Al mismo tiempo, el bebé oye una secuencia de golpes de tambor
emitida por un parlante central ubicado entre las dos pantallas. Por último,
como siempre, se observa al bebé gracias a una cámara de video oculta que
permite a los investigadores medir cuánto tiempo pasa el bebé mirando cada
diapositiva.
Al
principio, el bebé está atento y explora las imágenes visualmente. Desde luego,
las que tienen tres objetos son más complejas que las que solo tienen dos, de
manera que el bebé les dedique un poco más de tiempo y atención. Luego de unos
pocos ensayos, sin embargo, este sesgo desaparece, y emerge un resultado
fascinante: el bebé mira por más tiempo la diapositiva cuya numerosidad
equivale a la secuencia de sonidos que está escuchando. Invariablemente, mira
durante más tiempo tres objetos cuando oye tres golpes de tambor, pero prefiere
mirar dos objetos cuando oye dos golpes de tambor.
Entonces,
parece probable que el bebé pueda identificar el número de sonidos —aunque
varíe de un ensayo a otro— y sea capaz de compararlo con el número de objetos
que se encuentran frente a él. Si los dos números no coinciden, el bebé decide
no demorarse más indagando esta diapositiva, sino espiar la otra. El mero hecho
de que un niño de solo unos pocos meses de edad utilice una estrategia tan
sofisticada como esta implica que su representación numérica no está ligada a
la percepción visual o auditiva de nivel más bajo. La explicación más simple es
que el niño realmente percibe números antes que patrones auditivos o
configuraciones geométricas de objetos. La misma representación del número «3»
parece activarse en su cerebro, ya sea que vea tres objetos u oiga tres
sonidos. Esta representación interna, abstracta y amodal (en el sentido de que
es independiente de la modalidad, visual o auditiva, en que percibe la
información) le permite al niño darse cuenta de la correspondencia que existe
entre el número de objetos que hay en una diapositiva y el número de sonidos
que oye de forma simultánea. Recordemos que los animales se comportan de un
modo muy similar: también parecen poseer neuronas que responden igualmente bien
a tres sonidos o tres luces. El comportamiento de los bebés bien puede reflejar
un módulo abstracto para la percepción del número, implantado por la evolución
hace años, muy profundo, dentro de los cerebros de los humanos y los animales.
§.
¿Cuánto es 1 más 1?
Avancemos por un momento en la comparación entre el comportamiento de los bebés
y el de otras especies animales. Vimos en el capítulo precedente que un
chimpancé puede computar el total aproximado de una simple suma como dos
naranjas más tres naranjas. ¿Es posible que esto también sea así para los bebés
pequeños? A primera vista, se trata de una hipótesis bastante osada. Estamos
más inclinados a pensar que la adquisición de la matemática comienza en los
años de jardín de infantes. Hasta la década de 1990, una cuestión tan
iconoclasta como la posible existencia de habilidades de cálculo en el primer
año de vida no había recibido ninguna evaluación empírica. Sin embargo, para
ese momento, la comunidad científica ya se había preparado lo suficiente —con
los muchos experimentos sobre la percepción numérica tanto en bebés como en
animales— como para que alguien se decidiera a intentar un experimento de este
tipo, y también para que sus resultados recibieran atención.
En 1992,
un famoso artículo de Karen Wynn sobre la suma y la resta en bebés de 4 y 5
meses de edad apareció en la revista Nature (Wynn, 1992a[9]). La joven científica
estadounidense había utilizado un diseño simple pero ingenioso, que se basaba
sobre la habilidad de los niños para detectar eventos físicamente imposibles.
Varios experimentos anteriores habían demostrado que, en su primer año de vida,
los bebés expresan gran desconcierto cuando presencian eventos «mágicos», que
violan las leyes fundamentales de la física[10]. Por ejemplo, si ven un objeto
que permanece suspendido misteriosamente en el aire luego de perder su sostén,
los bebés miran esta escena con una atención incrédula. Del mismo modo, se
sorprenden cuando una escena sugiere que dos objetos físicos ocupan la misma
localización en el espacio. Por último, si uno esconde un objeto detrás de una
pantalla y luego baja la pantalla pero antes retira ese objeto, a los bebés les
resulta sorprendente no verlo otra vez. De paso, nótese que esta observación
prueba que, ya a los 5 meses, y al contrario de lo que proponía la teoría de
Piaget, «fuera de la vista» no significa «fuera de la mente». Ahora sabemos que
el fracaso constatado entre los niños menores de 1 año en la tarea de
permanencia del objeto que había propuesto Piaget está ligado a la inmadurez de
su corteza prefrontal, que controla sus movimientos de aprehensión. ¡El hecho
de que no puedan estirarse para alcanzar un objeto escondido no implica que
crean que se ha ido! (Baillargeon, 1986, Diamond y Goldman-Rakic, 1989).
En todas
las situaciones de este tipo, la sorpresa de los bebés se traduce en un aumento
significativo del tiempo que pasan examinando una escena, en comparación con
una situación control en la que no se viola ninguna de las leyes de la física.
El truco de Karen Wynn consiste en adaptar esta idea para probar el sentido
numérico de los bebés. En su experimento, en el que les mostró eventos que
interpretables como transformaciones numéricas —por ejemplo, un objeto más otro
objeto—, evaluó si, cuando se les presenta el cálculo 1 + 1, los bebés esperan
el resultado numérico preciso de dos objetos.
Cuando
llegaban al laboratorio, los participantes de 5 meses de edad descubrían un
pequeño teatro de títeres con una pantalla rotativa en el frente (figura 2.3).
La mano del investigador aparecía de un lado, sosteniendo un ratón Mickey de
juguete, que ubicaba en el escenario. Luego aparecía la pantalla y tapaba la
localización del juguete. La mano se presentaba en escena una segunda vez con
un segundo ratón Mickey, lo depositaba detrás de la pantalla y salía vacía.
Toda la secuencia de eventos significaba una ilustración concreta de la suma 1
+ 1: al principio, solo había un juguete detrás de la pantalla, y luego se
agregaba un segundo. Los niños nunca veían los dos juguetes juntos, sino uno
después del otro. ¿Habrían inferido, sin embargo, que debería haber dos Mickeys
detrás de la pantalla?
Figura 2.3. El experimento de Karen Wynn muestra que los bebés de 4 meses y
medio esperan que 1 + 1 tenga como resultado 2. Primero, se esconde un juguete
detrás de una pantalla. Luego, se agrega un segundo juguete idéntico. Por
último, se baja la pantalla, a veces mostrando los dos juguetes, y a veces solo
uno (ya que el otro juguete ha sido quitado de forma encubierta). Los bebés
miran sistemáticamente durante más tiempo el evento imposible 1 + 1 = 1 que el
posible 1 + 1 = 2, lo que sugiere que estaban esperando dos objetos (adaptado
de Wynn, 1992a).
Para
responder a esta pregunta, se bajaba la pantalla, y se revelaba un resultado
inesperado: ¡solo se podía ver un Mickey! Sin que los pequeños lo supieran, uno
de los dos juguetes había sido retirado del escenario a través de una puerta
trampa. Para estimar el grado de sorpresa de los bebés, se medía el tiempo que
pasaban fijando su mirada sobre esta situación imposible 1 + 1 = 1 y se
comparaba este tiempo con el tiempo de fijación cuando se les presentaba el
resultado esperado de dos objetos (1 + 1 = 2). En promedio, los bebés miraban
un segundo más la suma falsa 1 + 1 = 1 que el evento esperable 1 + 1 = 2. Pero
todavía podría objetarse que los niños no estaban computando sumas, sino que
simplemente miraban más tiempo a un solo objeto que a dos idénticos. Sin
embargo, esta explicación no se sostiene, porque los resultados se revirtieron
en un segundo grupo de bebés, a los que se les presentó la operación 2 − 1 en
lugar de 1 + 1. En este grupo, los bebés estaban sorprendidos de descubrir dos
objetos detrás de la pantalla (2 − 1 = 2), y examinaban esta situación hasta
tres segundos más que el evento esperable 2 − 1 = 1.
Como la
misma Wynn observa, si uno quiere hacer de abogado del diablo, estos resultados
todavía no implican necesariamente que los bebés puedan realizar cálculos
exactos. Simplemente pueden saber que la numerosidad de un conjunto cambia
cuando se agregan o se quitan objetos, sin por eso tener que poder predecir el
resultado numérico preciso. Si así fuera, podría ocurrir que se dieran cuenta
de que 1 + 1 no puede ser, de ninguna manera, igual a 1, ni 2 − 1 puede ser
igual a 2, sin necesariamente conocer el resultado exacto de estas operaciones.
Sin embargo, esta forzada explicación tampoco soporta la evaluación
experimental. Para mostrarlo, basta con reproducir la situación de suma de 1 +
1 con resultados de dos o tres objetos. Karen Wynn realizó esta prueba y
observó que, otra vez, los bebés de 5 meses de edad miraban durante más tiempo
el resultado imposible de tres objetos que el resultado posible de dos objetos.
La demostración es irrefutable: los bebés saben que 1 + 1 no es ni 1 ni 3, sino
exactamente 2.
Este
conocimiento pone a los bebés a la par de las ratas que estudiábamos, de las
palomas, de los delfines o de Sheba, la chimpancé prodigio cuyas habilidades de
cómputo se describieron en el capítulo anterior. De hecho, el diseño exacto del
experimento de Karen Wynn fue reproducido de manera prácticamente idéntica por
el psicólogo de Harvard Mark Hauser y sus colegas, con monos Rhesus en su
hábitat natural (Hauser, MacNeilage y Ware, 1996). Cuando un mono, intrigado
por la presencia de Hauser, se ofrecía como voluntario para mirarlo, Hauser
escondía sucesivamente, una tras otra, dos berenjenas en una caja cerrada.
Luego, en algunos ensayos, quitaba una antes de abrir la caja, mientras un
colega filmaba al animal para medir su grado de sorpresa. Los resultados de
esta escena salvaje fueron importantes y fascinantes. Los monos reaccionaban de
forma aún más contundente que los bebés: en los ensayos «mágicos» en los que
faltaba una de las berenjenas esperadas, pasaban un tiempo considerable
escrutando la caja. Por supuesto, los bebés humanos son por lo menos tan
dotados como sus primos animales en la aritmética, lo que confirma que los
cómputos numéricos elementales pueden ser realizados por organismos que no
poseen lenguaje.
De todos
modos, los experimentos de Karen Wynn no dicen nada acerca de cuán abstracto es
realmente el conocimiento de los bebés. Los bebés podrían tener una imagen
vívida y realista de los objetos que se encuentran escondidos detrás de la
pantalla, un tipo de fotografía mental lo suficientemente precisa como para que
se den cuenta de inmediato si faltan o sobran objetos. Alternativamente,
podrían recordar solo el número de objetos agregados o sustraídos de detrás de
la pantalla, sin que les importe su localización e identidad. Para descubrirlo,
uno puede evitar que los niños construyan un modelo mental previo de la
localización de los objetos y su identidad, y ver si todavía pueden anticipar
su número. Esta idea ha servido como base para un experimento realizado
recientemente por Étienne Koechlin en nuestro laboratorio de París (Koechlin y
otros, 1997). El diseño es bastante similar al de los estudios de Wynn, con la
salvedad de que en esta oportunidad los objetos están ubicados en una
plataforma giratoria que rota lentamente y los mantiene en movimiento
constante, incluso cuando están escondidos detrás de la escena. Entonces, es
imposible predecir dónde estarán cuando baje la pantalla. Los bebés no pueden
conformar una imagen mental precisa de la escena; todo lo que pueden construir
es una representación abstracta de dos objetos que rotan con localizaciones
impredecibles.
Para
nuestra sorpresa, los resultados demuestran que de ningún modo los bebés de 4
años y medio se ven confundidos por el movimiento de los objetos. Todavía les
parecen llamativos los eventos imposibles 1 + 1 = 1 y 2 − 1 = 2. Por lo tanto,
su comportamiento no depende significativamente de la expectativa de la
localización precisa de los objetos. No esperan encontrar una configuración
precisa de objetos detrás de la pantalla, sino meramente dos objetos, ni más,
ni menos. Un psicólogo del Georgia Institute of Technology, Tony Simon, y sus
colegas incluso han mostrado que los bebés no prestan atención a la identidad
exacta de los objetos que se encuentran detrás de escena cuando computan su
número (Simon y otros, 1995). A diferencia de los niños más grandes, los bebés
de 4 y 5 meses de edad no se sorprenden mucho con los cambios en la apariencia
de los objetos en el curso de las operaciones aritméticas. Si se ubican dos
ratones Mickey de juguete detrás de la pantalla, no se sorprenden al descubrir
dos pelotas rojas en lugar de los juguetes originales cuando esta baja. Sin
embargo, su atención se excita mucho si solo se ve una pelota. Que ese
personaje se convierta en una pelota (o un sapo en un príncipe) es una
transformación poco habitual pero aceptable en lo que concierne al sistema de
procesamiento de número del bebé; en la medida en que ningún objeto desaparezca
o sea creado de la nada, la operación se juzga como correcta desde un punto de
vista numérico y no produce demasiada reacción de sorpresa en los bebés. En
contraste, la desaparición de un objeto o su replicación inexplicable, como en
el milagro de los panes y los peces, parece asombrosa porque viola nuestras
expectativas numéricas más arraigadas. Llevar la cuenta de un pequeño número de
objetos parece ser literalmente un juego de niños de 5 meses. Pero, además, el
sentido numérico de los bebés es tan sofisticado que les impide dejarse engañar
por el movimiento del objeto o por cambios repentinos en su identidad.
§. Los
límites de la aritmética infantil
Si bien espero que estos experimentos los hayan convencido de que los niños
pequeños tienen un talento natural para los números, no es necesario que corran
a inscribir a su bebé más pequeño en un curso nocturno de matemática superior,
ni que consulten a un neurólogo infantil si sus niños cometen errores
astronómicos en cuentas elementales. Debería avergonzarme si mi refutación de
Piaget sirviera como un pretexto para los charlatanes que se describen como
capaces de despertar la inteligencia en el primer año de vida presentándoles a
los niños sumas escritas en números arábigos, o incluso en caracteres
japoneses, que por supuesto son completamente incapaces de comprender. Aunque
las habilidades numéricas de los niños pequeños son reales, están limitadas
estrictamente a los aspectos más elementales de la aritmética.
En primer
lugar, sus habilidades para el cálculo exacto no parecen extenderse más allá de
los números 1, 2, 3 y tal vez 4. Siempre que los experimentos involucran
conjuntos de dos o tres objetos, se descubre que los niños los diferencian. Sin
embargo, solo ocasionalmente se muestra que distinguen cuatro puntos de cinco,
o incluso de seis (Feigenson y otros, 2004). Aparentemente, los bebés solo
tienen un conocimiento preciso de los primeros pocos números. Su habilidad bien
puede ser, en este campo, inferior a la de los chimpancés adultos, cuyo
desempeño permanece por encima del azar, incluso cuando tienen que elegir entre
seis y siete trozos de chocolate.
No
concluyamos demasiado rápido que el número 4 marca los confines del universo
aritmético del bebé. Los experimentos con los que contamos hasta el momento se
han concentrado en la representación exacta de pequeños números enteros en la
mente del bebé. Los bebés, sin embargo, como las ratas, las palomas, o los
monos, probablemente posean solo una representación mental aproximada y
continua de los números. Es posible, además, que esta representación responda a
los efectos de distancia y tamaño encontrados en las ratas y los chimpancés.
Entonces, deberíamos esperar que los bebés fueran incapaces, más allá de
determinado límite, de diferenciar un número n de su
sucesor n + 1. Esto, en efecto, es lo que se observa más allá
del número 4. Sin embargo, deberíamos también esperar que reconocieran números
más allá de este límite, en tanto estuvieran contrastados con números todavía
más distantes. Entonces, los bebés pueden no saber si 2 + 2 es 3, 4 o 5, pero
todavía pueden verse sorprendidos si ven una escena que sugiere que 2 + 2 es 8.
Hasta donde sé, esta predicción todavía no ha sido probada[11]. Si se mostrara que es correcta,
extendería considerablemente el conocimiento numérico atribuido a niños muy
pequeños.
La
aritmética de los bebés tiene una segunda limitación importante. En situaciones
en que un adulto automáticamente intuye la presencia de varios objetos, no está
dicho que los bebés lleguen a la misma conclusión. Me explico. Supongan que de
atrás de una pantalla aparecen alternativamente un camioncito rojo y una pelota
verde. Ustedes, como adultos, llegarían inmediatamente a la conclusión de que
allí están escondidos por lo menos dos objetos, y estarían muy desconcertados
si, al mirar detrás de la pantalla, descubrieran solo uno: por ejemplo, la
pelota verde. Los pequeños reaccionan de forma diferente. Ya sea que uno o dos
objetos sean visibles cuando baje la pantalla, los bebés de 10 meses de edad no
dan señales de sorpresa (Xu y Carey, 1996). Aparentemente, para ellos el hecho
de que formas y colores bastante diferentes aparezcan alternativamente detrás
de la pantalla no es indicio suficiente de la presencia de varios objetos.
Sucede lo mismo cuando el experimento se realiza con objetos muy familiares,
como su propio biberón o su muñeca favorita. Solo a los 12 meses de edad
comienzan a esperar dos objetos. Incluso en ese momento, el experimento
funciona solo con objetos de formas diferentes. Si varían solo el color o la
forma, un bebé de hasta 12 meses piensa que no alcanza con ver aparecer una
pelota grande de un lado de una pantalla y una pequeña del otro lado para
inferir la presencia de dos objetos diferentes detrás de la pantalla.
La única
clave que los bebés parecen encontrar concluyente es la trayectoria seguida por
los objetos (figura 2.4[12]). De este modo, cuando se repite
el mismo experimento, no con una, sino con dos pantallas separadas por un
espacio, si un objeto aparece alternativamente en la pantalla derecha y en la
pantalla izquierda, los bebés infieren la presencia de dos objetos, uno detrás
de cada pantalla. Saben que sería imposible que un solo objeto se moviera de
una pantalla a la otra sin aparecer, aunque fuera por un momento corto, en el
espacio que los separa. Sin embargo, si un objeto efectivamente aparece en este
espacio en el momento apropiado, entonces la preferencia del bebé cambia, y
otra vez solo espera un objeto. Y, a la inversa, si hay solo una pantalla pero
a los bebés se les muestran dos objetos juntos en el escenario por solo dos
segundos al comienzo del experimento, entonces esperan encontrar dos objetos al
final.
Figura 2.4. Las expectativas numéricas de los bebés están
basadas en la trayectoria de los objetos, no en su identidad. En la situación
de arriba, un pato y un camión aparecen alternativamente a la derecha y a la
izquierda de una pantalla. A pesar del cambio en la identidad del objeto, los
bebés no muestran sorpresa cuando la pantalla baja y revela un único objeto. En
la situación de abajo, se corta una ventana en la pantalla, lo que hace
físicamente imposible que un objeto se mueva de derecha a izquierda sin
aparecer en esta ventana por un breve lapso. En esta situación, los niños
esperan dos objetos y se sorprenden si solo aparece uno cuando baja la pantalla
(adaptado de Xu y Carey, 1996).
La
información acerca de las trayectorias espaciales de los objetos, por ende, da
una clave fundamental para la percepción de la numerosidad. Nótese que esta
conclusión no contradice de ningún modo los resultados del experimento de la
plataforma giratoria que describí más arriba, que demostraba que a los bebés no
les importa si los objetos que están detrás de la pantalla se mueven o se
quedan quietos. De hecho, resulta más que justificado creer que en ese
experimento, también, la información de la trayectoria es crucial. En la
condición de 1 + 1 = 2, por ejemplo, justo después de que el ratón Mickey de
juguete se ha ubicado en la plataforma giratoria detrás de la pantalla, aparece
un juguete idéntico en la mano del experimentador a la derecha de la pantalla.
Físicamente es imposible que sea el mismo juguete que antes, porque no habría
forma de que este hubiera salido de detrás de la pantalla sin que se lo viera.
Así, los bebés llegan a la conclusión de que hay un segundo Mickey,
superficialmente idéntico al primero, y por lo tanto deben esperar un total de
dos objetos. No importa si los juguetes se mueven hasta que sus localizaciones
son impredecibles. Una vez que la representación abstracta de «2» se ha
activado, puede resistir este tipo de modificación. La información espacial
acerca de la localización de los objetos discretos en el espacio y el tiempo es
crítica para preparar las representaciones del número en el cerebro del bebé,
pero, una vez creada la representación, esta información parece perder toda importancia.
En
resumen, las inferencias numéricas de los bebés parecen estar completamente
determinadas por la trayectoria espacio-temporal de los objetos. Si el
movimiento que ven no podría haber sido causado por un único objeto sin violar
las leyes de la física, realizan la inferencia de que hay por lo menos dos
objetos. En caso contrario, se quedan con la hipótesis por defecto de que solo
hay un objeto, incluso si eso implica que el objeto cambie constantemente de
forma, tamaño y color. No importa la identidad del objeto; solo importan la
localización y la trayectoria.
Solo un
detective bastante tonto desatiende la mitad de las pistas disponibles. Y ya
que los bebés nos acostumbraron a un estándar de desempeño bastante más
brillante, deberíamos preguntarnos si esta estrategia no es más astuta de lo
que parece. ¿La línea de pensamiento del bebé es deficiente, o certifica, por
el contrario, una sabiduría digna de un Sherlock Holmes? Al fin y al cabo,
todos saben que un estafador puede disfrazarse para hacerse pasar por personas
diferentes sin dejar de ser él mismo. Este también es el caso con muchos
objetos comunes cuyo aspecto varía. Los perfiles y caras de las personas, por
ejemplo, son objetos visuales bastante diferentes; sin embargo, los bebés
tienen que aprender que son meramente diferentes perspectivas de las mismas
personas. ¿Cómo podría un niño saber de antemano que un camión no puede
convertirse en una pelota, mientras un pequeño pedacito de goma roja de
inmediato se transforma en un gran globo rosa cuando alguien lo infla? Este
tipo de información anecdótica no puede conocerse de antemano. Tiene que
aprenderse poco a poco, en cada encuentro con un nuevo objeto. Sin embargo, el
único modo de aprender algo es no ser demasiado prejuicioso. Esto puede
explicar por qué los bebés utilizan por defecto la hipótesis de que solo hay un
objeto ahí. Como buenos lógicos, sostienen esta hipótesis hasta que hay clara
prueba de lo contrario, incluso cuando son testigos de transformaciones
curiosas en la forma y el color del objeto.
Desde un
punto de vista evolutivo, es bastante notable que la naturaleza haya sentado
las bases de la aritmética sobre las leyes más fundamentales de la física. Al
menos tres leyes son explotadas por el «sentido numérico» humano. En primer
lugar, un objeto no puede ocupar simultáneamente varias localizaciones. En
segundo lugar, dos objetos no pueden ocupar la misma localización. Por último,
un objeto físico no puede desaparecer de forma abrupta, ni puede repentinamente
salir a la superficie en una localización que antes estaba vacía; su
trayectoria tiene que ser continua. Les debemos a las psicólogas infantiles
Elizabeth Spelke y Renée Baillargeon el descubrimiento de que hasta los bebés
muy pequeños comprenden estas leyes (Baillargeon, 1986, Baillargeon y DeVos,
1991, Spelke, Breinlinger, Macomber y Jacobson, 1992, Spelke, Katz, Purcell,
Ehrlich y Breinlinger, 1994, Spelke y Tsivkin, 2001). En efecto, en nuestro
ambiente físico admiten muy pocas excepciones, las más relevantes de ellas
causadas por sombras, reflejos y transparencias. (Tal vez esto pueda explicar
la fascinación y la confusión que estos «objetos» ejercen sobre los niños
pequeños). Estos principios, entonces, ofrecen una base firme para la pequeña
cantidad de teoría del número de la que parecen estar dotados el cerebro animal
y el humano. El cerebro del bebé los utiliza exclusivamente para predecir
cuántos objetos distintos están presentes. Se niega con terquedad a explotar
otras claves para el número que puedan ser accidentales, como la apariencia
visual de los objetos. Esto constituye un testimonio de la antigüedad del
«sentido numérico» de los bebés, porque solo la evolución, con sus millones de
años de prueba y error, podría ser capaz de seleccionar las propiedades
fundamentales y anecdóticas de los objetos físicos.
En
efecto, el fuerte nexo entre los objetos físicos discretos y la información
numérica dura hasta una edad mucho mayor, en la que eventualmente tiene un
impacto negativo en algunos aspectos del desarrollo matemático. Si ustedes
conocen a niños de 3 o 4 años, intenten realizar el siguiente experimento
(Shipley y Shepperson, 1990). Muéstrenles la imagen de la figura 2.5 y
pregúntenles cuántos tenedores pueden ver. Se sorprenderán al descubrir que
llegan a un total errado, porque cuentan cada segmento separado de un tenedor
como una unidad, de modo que cuentan el tenedor roto dos veces y anuncian un
total de seis. Es extremadamente difícil explicarles que las dos piezas
separadas deberían contarse como una unidad. Del mismo modo, muéstrenles dos
manzanas rojas y tres bananas amarillas y pregúntenles cuántos colores
diferentes hay, o cuántos tipos diferentes de frutas pueden ver. Obviamente, la
respuesta correcta es dos. Sin embargo, hasta una edad relativamente avanzada,
los niños no pueden evitar contar cada objeto individual como una unidad y, por
lo tanto, llegar al total erróneo de cinco unidades. La máxima «el número es
una propiedad de los conjuntos de objetos físicos discretos» está profundamente
incrustada en sus cerebros.
Figura
2.5. Los
niños de 3 a 4 años creen que este conjunto está formado por seis tenedores. No
pueden evitar contar cada objeto físico discreto como una unidad (adaptado de
Shipley y Shepperson, 1990).
§. El
número: innato y adquirido
A lo largo de este capítulo, he hablado de los bebés como si fueran organismos
inertes con comportamientos rígidos. Cuando se discuten experimentos con niños
pequeños, con facilidad olvidamos que los grupos etarios pueden variar desde
unos pocos días hasta 10 o 12 meses de edad. De hecho, el primer año de vida es
el momento en que el cerebro del bebé posee la máxima plasticidad. Durante este
período, los bebés absorben una cantidad impresionante de nuevo conocimiento,
día tras día, y no pueden entonces ser considerados de ninguna manera un
sistema estático cuyo desempeño sea estable. Desde el momento mismo del
nacimiento, aprenden a reconocer la voz y la cara de su madre; comienzan a
procesar la lengua hablada en el ambiente que los rodea; descubren cómo dirigir
sus movimientos corporales, y la lista podría seguir por siempre. No tenemos
ninguna razón para creer que el desarrollo numérico escapa a esta explosión
monumental de aprendizaje y descubrimiento.
Para
hacer justicia a la fluidez de la inteligencia de los bebés, las habilidades
numéricas que he descripto en este capítulo deberían situarse dentro de un
marco dinámico, un ejercicio peligroso, dado que todavía sabemos tan poco
acerca de la lógica con la que la representación del número evoluciona en el
primer año de vida. Pero por lo menos podemos intentar esbozar un escenario
tentativo del orden y la forma en que estas habilidades maduran a medida que
pasan los meses.
Comencemos
con el nacimiento, una edad en la que las habilidades de distinción de número
ya han sido ampliamente demostradas. Los bebés recién nacidos distinguen de
inmediato dos objetos de tres, y tal vez hasta tres de cuatro, y sus oídos
perciben la diferencia entre dos y tres sonidos. Entonces, el cerebro del
recién nacido en apariencia viene equipado con detectores numéricos que
probablemente están establecidos desde antes del nacimiento. El plan requerido
para conformar estos detectores tal vez pertenezca a nuestra dotación genética.
En efecto, es difícil ver cómo los niños podrían obtener del ambiente la
información suficiente para aprender los números 1, 2 y 3 a una edad tan
temprana. Aun si se supone que el aprendizaje es posible desde antes del nacimiento,
o en las primeras pocas horas de vida, durante las que la estimulación visual
con frecuencia está cerca de ser nula, el problema permanece, porque parece
imposible para un organismo que ignora todo acerca de los números aprender a
reconocerlos. ¡Es como si uno le pidiera a un televisor en blanco y negro que
aprenda de colores! Lo más probable es que un módulo cerebral especializado
para la identificación del número se establezca a través de la maduración
espontánea de redes neuronales cerebrales, bajo control genético directo, y con
la guía mínima del ambiente. Dado que el código genético humano es heredado a
partir de millones de años de evolución, probablemente compartamos este sistema
proto numérico innato con muchas otras especies animales: una conclusión cuya
plausibilidad hemos ponderado en el capítulo anterior.
Si bien
el recién nacido puede estar equipado con detectores visuales y auditivos de
numerosidad, hasta hoy ningún experimento ha probado que estas dos modalidades
de ingreso de información se comuniquen y compartan sus claves numéricas desde
el nacimiento. Hasta el momento, solo se ha demostrado la conexión entre dos
sonidos y dos imágenes, o entre tres sonidos y tres imágenes en bebés de 6 a 8
meses de edad. Mientras esperamos a que lleguen experimentos concluyentes con
niños más pequeños, todavía es posible sostener que el aprendizaje, más que la
maduración del cerebro, es responsable del conocimiento que el bebé tiene de la
correspondencia numérica entre modalidades sensoriales. Cuando escucha que los
objetos individuales emiten un sonido, los pares de objetos emiten dos sonidos
y así sucesivamente, el bebé puede descubrir la relación no arbitraria entre un
número de objetos y un número de sonidos. Sin embargo, ¿es posible tal regreso
al constructivismo? Algunos objetos generan más de un sonido, y otros no
generan ninguno. Las pistas ambientales, entonces, no carecen de ambigüedad, y
todavía no está para nada claro si garantizarían alguna forma de aprendizaje.
Por eso, mi sospecha es que la preferencia de los bebés por una correspondencia
entre sonidos y objetos nace de una competencia innata y abstracta para los
números.
Una
incertidumbre similar reina sobre las habilidades de suma y resta. Los
experimentos de 1 + 1 y 2 − 1 de Karen Wynn se llevaron a cabo solo con bebés
que tenían como mínimo 4 meses y medio. Este lapso de tiempo puede ser
suficiente para que el bebé descubra empíricamente que cuando un objeto y luego
un segundo objeto desaparecen detrás de una pantalla, dos objetos aparecerán si
uno se ocupa de buscarlos. Después de todo, en ese caso Piaget tendría algo de
razón: los bebés tendrían que captar las reglas elementales de la aritmética de
su entorno, aunque deberían hacerlo a una edad mucho más precoz que la
imaginada. Sin embargo, en lugar de esto, este conocimiento puede ser innato,
alojado dentro de la misma arquitectura del cerebro del bebé, y volverse manifiesto
en cuanto emerge la habilidad para memorizar la presencia detrás de una
pantalla, cerca de los 4 meses de edad.
Sea cual
sea su origen, es claro que un acumulador numérico rudimentario permite a bebés
que no superan los 6 meses de edad reconocer pequeños números de objetos o
sonidos, y combinarlos en sumas y restas elementales. Es curioso que la única
noción aritmética simple que puede faltarles sea la de ordenar los números. ¿A
qué edad sabemos que 3 es más grande que 2? Pocos experimentos han estudiado
esta pregunta en criaturas muy pequeñas, y ninguno es realmente convincente.
Sin embargo, sus resultados sugieren que no se encuentra una competencia
ordinal notable antes de los 15 meses. A esta edad, los niños comienzan a
comportarse como los macacos Abel y Baker, o como la chimpancé Sheba:
seleccionan de manera espontánea el más grande entre dos conjuntos de juguetes.
Los bebés más pequeños parecen no darse cuenta del orden natural de los
números. Es como si sus detectores numéricos —programados para responder a uno,
dos o tres objetos— no tuvieran ninguna relación particular entre sí. Tal vez
podamos asemejar la representación que los bebés tienen de los números 1, 2 y 3
a nuestro conocimiento adulto de los colores azul, amarillo o verde. Podemos
reconocer esos colores, y podemos hasta saber cómo se combinan («azul más
amarillo forman verde»), sin embargo no tenemos absolutamente ningún concepto
de un orden en el cual ponerlos. Del mismo modo, los bebés pueden reconocer
uno, dos o tres objetos e incluso saber que 1 + 1 = 2, sin necesariamente darse
cuenta de que 3 es más grande que 2, o que 2 es más grande que 1.
Si se
puede confiar en estos datos preliminares, entonces los conceptos de «más
pequeño» y «más grande» están entre los más lentos en ponerse en marcha en la
mente del bebé. ¿De dónde vendrían? Probablemente de una observación de las
propiedades de suma y resta (Cooper, 1984). El número «más grande» sería el que
se puede alcanzar sumando, y el «más pequeño» el que se puede alcanzar a través
de la resta. Los bebés descubrirían que la misma relación «más grande que»
existe entre 2 y 1 y entre 3 y 2, porque la misma operación de adición, «+ 1»,
permite ir de 1 a 2 y de 2 a 3. Al practicar sucesiones de sumas, los niños
verían que los detectores de 1, 2 y 3 se encienden en un orden reproducible en
su mente, y por lo tanto aprenderían acerca de su posición en la serie de
números.
Pero este
es un escenario hipotético. Haría falta realizar una serie de experimentos
antes de que pudiera ser confirmado o refutado. La única cosa que sabemos, en
este punto, es que los bebés son mucho mejores matemáticos de lo que pensábamos
hace apenas quince años. Cuando soplan la primera vela de su torta de
cumpleaños, con todo derecho los padres pueden sentirse orgullosos de ellos,
porque ya han adquirido, ya sea mediante el aprendizaje o por mera maduración
cerebral, los rudimentos de la aritmética y un sentido numérico
sorprendentemente articulado.
Capítulo
3
Nuestra herencia numérica
Recomiendo que cuestionen todas sus creencias, excepto la de que dos más dos
es cuatro.
Voltaire, El hombre de los cuarenta escudos
Contenido:
§. 1, 2,
3… y lo demás
§. Acercándonos a los números grandes
§. La cantidad detrás de los símbolos
§. La compresión mental de números grandes
§. Entender por reflejo
§. Números en el espacio
§. El colorido universo de los números
§. Intuiciones numéricas
Hace
mucho que me intrigan los números romanos. Hay algo contradictorio entre la
simplicidad de los primeros números y la desconcertante complejidad de los
otros. Los primeros tres números, I, II y III, siguen una regla obvia: en
ellos, simplemente, cada barra expresa una unidad. El número IV, sin embargo,
rompe la regla. Presenta un nuevo signo, V, cuyo significado de ningún modo se
desprende de los anteriores, y una operación de sustracción, 5 − 1, que parece
arbitraria: ¿por qué no 6 − 2, 7 − 3 o incluso 2 × 2?
La
historia de la notación numérica nos enseña que los tres primeros números
romanos son una suerte de fósiles vivientes: nos llevan hasta un tiempo remoto
en que los humanos todavía no habían inventado una forma de escribir los
números, y se contentaban, para llevar las cuentas, con tallar sobre una vara
una marca por cada oveja o camello que poseían. Las series de marcas aseguraban
un registro duradero de una cuenta pasada, fácil de controlar: bastaba
verificar que a cada incisión correspondiera un cordero. Este fue, en efecto,
el inicio de una notación simbólica, porque la misma fila de cinco marcas podía
simbolizar cualquier conjunto de cinco objetos. Esta reseña histórica, sin
embargo, no hace más que acrecentar el misterio que rodea al cuarto número romano.
¿Por qué las personas abandonaron una notación que, después de todo, era tan
útil y simple? ¿Cómo es que la arbitrariedad de IV, con toda la carga de
conocimiento implícito que requiere, llegó a reemplazar la simplicidad del III,
que ponía los números al alcance del pastor promedio? Y sobre todo, si, por una
u otra razón, se requería una revisión del sistema de notación numérica, ¿por
qué la eludieron los primeros números, I, II y III?
Alguien
sugerirá que eso se debió a un accidente histórico. Algunos eventos fortuitos
deben haber tenido un papel en el destino de la notación numérica romana y su
supervivencia hasta la actualidad. Y, sin embargo, la singularidad de las
cifras 1, 2 y 3 tiene algo de universal que trasciende la historia del mundo
mediterráneo antiguo. En su extenso libro acerca de la historia de las
notaciones numéricas Georges Ifrah (1998) muestra que en la gran
mayoría de las civilizaciones, los primeros tres números se denotaban
inicialmente como en la notación romana, repitiendo el símbolo de la unidad
tantas veces como fuera necesario (véanse también Menninger, 1969, Ifrah,
1985). Y la mayoría, si no todas las civilizaciones, dejan de utilizar este
sistema después del número 3 (figura 3.1). Los chinos, por ejemplo, denotan los
números 1, 2 y 3 utilizando una, dos y tres barras horizontales; sin embargo,
utilizan un símbolo radicalmente diferente para el número 4. Hasta nuestros
propios dígitos arábigos, aunque parezcan arbitrarios, derivan del mismo
principio. Nuestro dígito 1 es una sola barra, y nuestros dígitos 2 y 3 en
realidad se originaron a partir de dos o tres barras horizontales que se
unieron progresivamente cuando se deformaron por la escritura manuscrita. Solo
los números arábigos de 4 en adelante pueden, entonces, considerarse
genuinamente arbitrarios.
Figura 3.1. En todo el mundo, los humanos siempre han denotado
los primeros tres números con series de marcas idénticas. Casi todas las
civilizaciones abandonan esta notación analógica luego de los números 3 o 4,
que marcan los límites de la aprehensión «inmediata» del número por parte de
los hombres (basado en los grafismos de Ifrah, 1994).
Docenas
de sociedades humanas alrededor del mundo han adoptado paulatinamente la misma
solución. Casi todas ellas han convenido en denotar los primeros tres o cuatro
números con una cantidad idéntica de marcas, y los números siguientes, con
símbolos fundamentalmente arbitrarios. Una convergencia transcultural tan
notable necesita una explicación general. Parece suficientemente claro que
alinear diecinueve barritas para denotar el número 19 significaría imponerle
una carga insoportable a la escritura y la lectura de números: escribir
diecinueve trazos es una operación lenta y propensa al error, y ¿cómo podría
distinguir el lector diecinueve de dieciocho o veinte marcas? Así, era
inevitable que comenzaran a aparecer notaciones numéricas más compactas que meras
filas de barras, especialmente para los números más grandes. Sin embargo, esto
todavía no explica por qué todos los pueblos, de las más diversas regiones,
eligieron consistentemente deshacerse de este sistema a partir del número 3, en
lugar de, digamos, 5, 8 o 10.
En este
punto, es tentador hacer un paralelo con las habilidades de reconocimiento de
números de los bebés. Los bebés humanos distinguen sin dificultad entre uno y
dos objetos, o entre dos y tres, pero sus habilidades no se extienden mucho más
allá de esto. Obviamente, los bebés no contribuyen mucho a la evolución de las
notaciones numéricas. Sin embargo, supongamos que las habilidades de
discriminación de números no se modificaran en los adultos humanos. Esto nos
permitiría vislumbrar un inicio de explicación: a partir del número 3, la
notación de barras ya no sería legible, porque no estaríamos en condiciones de
distinguir con un golpe de vista el IIII del IIIII.
Por lo
tanto, los números romanos nos llevan a examinar en qué medida las habilidades
protonuméricas que describimos en los capítulos precedentes para los animales y
los bebés humanos se extienden a los adultos humanos. En este capítulo,
saldremos en busca de fósiles vivientes y otras claves que, como los números
romanos, nos lleven a las bases mismas de la aritmética humana. En efecto,
encontramos muchas evidencias de que la representación protonumérica de las
cantidades todavía vive dentro de nosotros. Si bien el lenguaje y la cultura
matemáticos obviamente nos han permitido ir mucho más allá de los límites de la
representación numérica animal, este módulo primitivo está todavía en el
corazón de nuestras intuiciones acerca de los números. Veremos entonces que
mantiene una influencia considerable en nuestra forma de percibir, concebir,
escribir o hablar acerca de los números.
§. 1, 2,
3… y lo demás
El hecho de que exista un límite estricto para el número de objetos que podemos
enumerar de una vez ha sido conocido por los psicólogos por más de un siglo. En
1886, James McKeen Cattel, en su laboratorio de Léipzig, demostró que, cuando a
los sujetos se les mostraba por un breve lapso una tarjeta con varios puntos
negros, podían enumerarlos con precisión confiable solo si no eran más que tres
(Cattell, 1886). A partir de este límite, se acumulaban los errores. H. C.
Warren, por entonces en Princeton, y luego Bertrand Bourdon, en la Sorbona de
París, desarrollaron, cada uno por su parte, nuevos métodos de investigación
para medir con precisión el tiempo requerido para cuantificar conjuntos de
objetos (Warren, 1897, Bourdon, 1908). En 1908, Bourdon no tenía ningún
equipamiento experimental de alta tecnología a su disposición: ni calculadoras,
ni proyectores rápidos. Sus experimentos, por lo general realizados sobre sí
mismo, involucraban el uso de herramientas especiales, como él mismo explica en
su publicación original:
Los
números, que estaban formados a partir de puntos brillantes alineados de forma
horizontal, estaban a un metro de mis ojos. Una hoja de cobre con una apertura
rectangular, que caía de una altura fija, los hacía visibles por un tiempo muy
corto […]. Para medir los tiempos de reacción, utilicé un cronoscopio de Hipp
cuidadosamente ajustado [un cronómetro electromecánico preciso hasta una
milésima de segundo]. El circuito eléctrico del cronoscopio estaba cerrado
cuando los puntos comenzaban a hacerse visibles. Dentro de este circuito se
insertaba un interruptor bucal, que consistía de dos hojas de cobre separadas,
uno de cuyos lados estaba cubierto con fibra para aislarlo de la boca; sostenía
estas hojas entre mis dientes, apretándolas de modo tal que las hojas se
tocaran; entonces mencionaba los números con la mayor velocidad posible en
cuanto los había reconocido, y para esto tenía que separar los dientes, lo cual
interrumpía el circuito.
Con este
aparato rudimentario, Bourdon descubrió la ley fundamental de la cuantificación
visual en los humanos. El tiempo requerido para nombrar un número de puntos
crece lentamente de uno a tres, y luego repentinamente aumenta al cruzar este
límite. En el mismo punto exacto, el número de errores también salta de forma
abrupta. Este resultado, que se ha reproducido cientos de veces, todavía es
válido hoy. Lleva menos de medio segundo percibir la presencia de uno, dos o
tres objetos. Más allá de este límite, la velocidad y la precisión caen de
forma radical (figura 3.2).
Una
medición cuidadosa de la curva de tiempo de respuesta revela varios detalles
importantes. Entre los tres y los seis puntos, el aumento en el tiempo de
respuesta es lineal, lo que significa que enumerar cada punto
adicional requiere una duración adicional fija. A un adulto le toma
aproximadamente doscientos o trescientos milisegundos identificar cada punto
pasando la cantidad de tres. Esta pendiente corresponde aproximadamente al
tiempo que le lleva a un adulto recitar números cuando cuenta en voz alta lo
más rápido posible. En los niños, la velocidad de recitado de números baja a un
número cada uno o dos segundos, y la pendiente de la curva del tiempo de
respuesta aumenta en la misma magnitud. Entonces, para enumerar un conjunto que
contenga más de tres puntos, tanto los adultos como los niños tienen que contar
los puntos a un ritmo relativamente lento.
Pero
entonces, ¿por qué la enumeración 1, 2 y 3 es tan rápida? El hecho de que la
curva del tiempo de respuesta se achate dentro de esta región sugiere que los
primeros tres puntos no tienen que ser contados uno por uno. Los números 1, 2 y
3 parecen reconocerse sin que parezca que se está contando.
Si bien
los psicólogos todavía están reflexionando acerca de cómo puede funcionar una
enumeración como esta, sin cuenta, por lo menos han concebido un nombre para
designarla. Se llama la habilidad de «subitización» o «subitizar», un nombre
derivado de la palabra latina subitus, que significa «repentino»
(Jensen, Reese y Reese, 1950, Mandler y Shebo, 1982, Piazza, Mechelli,
Butterworth y Price, 2002, Piazza, Giacomini, Le Bihan y Dehaene, 2003). Este
es un nombre no del todo apropiado, dado que la subitización, por más rápida
que sea, de ningún modo es instantánea. Lleva cerca de cinco o seis décimas de
segundo identificar un conjunto de tres puntos, aproximadamente el tiempo que
lleva leer una palabra en voz alta o identificar una cara familiar. Esta duración
tampoco es constante: aumenta lentamente de 1 a 3. Es probable, entonces, que
requiera una serie de operaciones visuales, más complejas cuanto más grande es
el número a reconocer.
¿Cuáles
son estas operaciones? Una teoría ampliamente difundida supone que reconocemos
conjuntos pequeños de uno, dos o tres objetos rápidamente porque forman
configuraciones geométricas fácilmente reconocibles: un objeto forma un punto,
dos forman una línea y tres, un triángulo. Esta hipótesis, sin embargo, no
puede explicar la observación de que también subitizamos los conjuntos pequeños
cuyos objetos están perfectamente alineados, de modo tal que todas las pistas
geométricas se vean destruidas. En efecto, ninguna información geométrica
diferencia los números romanos II y III, lo que no nos impide distinguirlos:
los subitizamos muy fácilmente.
Sin
embargo, los psicólogos Lana Trick y Zenon Pylyshyn (1993, 1994) encontraron
una situación en que la subitización falla: cuando los objetos están
superpuestos, de manera tal que sus posiciones no son perceptibles de
inmediato. Cuando vemos círculos concéntricos, por ejemplo, tenemos que contar
para determinar si hay dos, tres o cuatro de ellos. El procedimiento de
subitización parece requerir que los objetos ocupen posiciones distintas, una
clave que, como analizamos con anterioridad, también utilizan los bebés para
determinar cuántos objetos hay.
Por esta
razón creo que la subitización en los adultos humanos, como la distinción de la
numerosidad en los bebés y los animales, depende de circuitos de nuestro
sistema visual dedicados a localizar y seguir objetos en el espacio. Las áreas
occipitoparietales del cerebro contienen conjuntos de neuronas que extraen con
rapidez, al mismo tiempo en todo el campo visual, las ubicaciones de los
objetos circundantes. Parece que las neuronas que se encuentran en estas áreas
codifican la ubicación de objetos con independencia de su tamaño y de su
identidad precisa, y que incluso mantienen una representación de los objetos
que se esconden por un breve lapso detrás de una pantalla. La información que
extraen, normalizada en relación con la medida y la identidad, es idealmente
abstracta como para alimentar un acumulador aproximado. Mi hipótesis es que,
durante la subitización, esas áreas descomponen rápidamente la escena visual,
es decir, el espacio circundante, en objetos discretos. Con ayuda del
acumulador, es fácil contar el total aproximado de los objetos para obtener una
estimación de su numerosidad. La simulación de red neuronal que desarrollamos
con Jean-Pierre Changeux, y que se describió en el capítulo 1, muestra cómo
este cálculo puede implementarse en circuitos cerebrales simples (Dehaene y
Changeux, 1993).
¿Por qué
este mecanismo presentaría una discontinuidad entre 3 y 4? Recordemos que la
precisión del acumulador disminuye con la numerosidad; por lo tanto, resulta
cada vez más difícil distinguir un número n de sus
vecinos n + 1 y n − 1. El número 4 parece ser
el primer punto en que nuestro acumulador comienza a cometer una cantidad
significativa de errores de distinción, y lo confunde con 3 o con 5. Esta es la
razón por la que tenemos que contar a partir del límite de 4: nuestro
acumulador sigue dándonos una estimación de su número, pero esta ya no es lo
suficientemente precisa como para seleccionar con exactitud la palabra justa
para nombrarlo.
Sin
embargo, esta teoría de la acumulación paralela de localizaciones de objetos no
es la única sobre la subitización de que disponemos. De acuerdo con los
psicólogos Randy Gallistel y Rochel Gelman, de la UCLA, cuando subitizamos,
incluso aunque no lo percibamos, siempre contamos los elementos uno por uno,
pero a una velocidad tal que parece que fuera instantáneo (Gallistel y Gelman,
1992). La subitización, entonces, sería un tipo de conteo serial sin palabras.
Si bien esto parece contraintuitivo, la subitización realmente requeriría la
orientación de la atención hacia cada objeto, uno a la vez, y utilizaría un
algoritmo serial, que dé un paso tras otro. Aquí es donde se encuentra la que
probablemente sea la mayor diferencia con mi hipótesis. Mi modelo sugiere que,
durante la subitización, todos los objetos del campo visual se procesan de
forma simultánea y sin que se requiera la atención, lo que en la jerga de los
psicólogos cognitivos se llama «procesamiento pre atencional en paralelo». En
mi simulación de red, los detectores de número comienzan a responder
aproximadamente al mismo tiempo, ya sea que uno, dos o tres objetos se
encuentren presentes (aunque, a medida que la numerosidad presentada se
agranda, es verdad que les lleva un tiempo algo más largo estabilizarse al
patrón de activación preciso que se necesita para nombrar cosas). Más
importante, en contraste con la hipótesis de conteo rápido de Gelman y
Gallistel, es que mis detectores de número no requieren que cada objeto sea
señalado por ningún proceso de foco o etiquetado mental: todos se perciben a la
vez y en paralelo.
Aunque
este asunto aún no está zanjado, tal vez la mejor evidencia de que la
subitización no requiere una orientación serial de la atención viene de los
pacientes humanos que, luego de una lesión cerebral, pierden la capacidad de
explorar con atención su ambiente visual y, en particular, la de contar los
elementos (Dehaene y Cohen, 1994). La señora I., a quien tuve ocasión de
examinar junto con el doctor Laurent Cohen en el Hospital de la Salpêtrière en
París, había sufrido un infarto cerebral posterior, debido a alta presión
sanguínea durante su embarazo. Un año más tarde, todavía manifestaba efectos de
esta lesión en sus habilidades de percepción visual. La señora I. se había
vuelto incapaz de reconocer algunas formas visuales, incluidas caras, y también
se quejaba de curiosas distorsiones de la vista. Cuando le pedíamos que
describiera una imagen compleja, solía omitir detalles importantes y no lograba
una visión del conjunto. Esta dificultad, que los neurólogos llaman
«simultanagnosia» (o a veces también «simultagnosia»), hacía que contar fuera
imposible para ella. Cuando se le mostraban cuatro, cinco o seis puntos por un
breve lapso en la pantalla de una computadora, casi siempre olvidaba contar
algunos de ellos. Todo parecía indicar que hacía un esfuerzo por contar, pero
no lograba orientarse hacia cada objeto individualmente. Una vez que llegaba a
la mitad aproximadamente, se detenía porque tenía la impresión de haberlos
contado todos. Otra paciente con un déficit similar mostraba el patrón de error
opuesto: no lograba tomar nota de los objetos que ya había contado, y seguía
contándolos una y otra vez. ¡Nos decía, sin pestañear, que había doce puntos,
cuando en realidad había solo cuatro!
Sin
embargo, y a pesar de su terrible incapacidad para contar, estas dos pacientes
sorprendentemente experimentaban pocas dificultades para enumerar conjuntos de
uno, dos o incluso tres puntos. Con los números pequeños, respondían de forma
bastante rápida, con seguridad, y casi siempre sin fallas. La señora I., por
ejemplo, cometía errores solo el 8 % de las veces cuando enumeraba tres ítems,
pero erraba el 75 % de las veces cuando enumeraba cuatro. Hemos observado esta
disociación con frecuencia: la percepción de pequeñas numerosidades puede
permanecer intacta, aunque una lesión cerebral hace totalmente imposible que
los pacientes orienten la atención de forma secuencial hacia cada objeto. Esto
lleva a pensar que la subitización no supone hacer un conteo secuencial, sino
una extracción paralela y automática de los objetos de la imagen.
§Acercándonos
a los números grandes
En la película Rain Man, en la que Dustin Hoffman hace el papel de
Raymond, un hombre autista con habilidades prodigiosas, hay una escena curiosa.
A una camarera se le cae una caja de escarba dientes al piso y, casi de
inmediato, Raymond anuncia: «ochenta y dos… ochenta y dos… ochenta y dos…
¡suman doscientos cuarenta y seis!», como si hubiera contado los palillos por
grupos de ochenta y dos en menos tiempo del que nos tomaría decir «dos y dos
son cuatro». En el capítulo 6 analizaremos en detalle las hazañas que se les
han atribuido a los prodigios del cálculo como Raymond. Sin embargo, solo
permítanme decirles ahora que, en este caso particular, no creo que el
desempeño de Dustin Hoffman deba tomarse al pie de la letra. Digamos que, en
este caso específico, más bien se trata de una licencia cinematográfica. No
parece verosímil que puedan distinguirse, a primera vista, grupos de ochenta y
dos elementos con la misma velocidad con la que aprehendemos uno, dos o tres
elementos. Ha habido unos pocos informes anecdóticos de conteo rápido en
algunos pacientes autistas; pero no conozco mediciones de tiempo de respuesta
publicadas que permitan determinar si estas personas efectivamente cuentan. Mi
propia experiencia es que simular el desempeño de Rain Man resulta
relativamente fácil si se comienza a contar por adelantado, sumando mentalmente
grupos de puntos, y aparentando un poco. (¡Un resultado exitoso en adivinar el
número exacto de gente que se encuentra en un cuarto con frecuencia es
suficiente para convertirnos en una leyenda de las habilidades aritméticas!).
La posibilidad más atendible, entonces, es que el límite de subitización de
tres o cuatro ítems se aplique a todos los humanos sin excepción.
Pero
¿cuál es la naturaleza de este límite? ¿Nuestras habilidades de conteo rápido y
paralelo realmente se paralizan cuando un conjunto contiene más de tres ítems?
¿Necesariamente tenemos que contar cuando se alcanza este límite? De hecho,
cualquier adulto puede estimar, con un margen razonable de incertidumbre,
números mucho más allá de tres o cuatro (Dehaene, 1992, Izard y Dehaene, 2008,
Revkin, Piazza, Izard, Cohen y Dehaene, 2008). El límite de subitización,
entonces, no es una barrera inquebrantable, sino una frontera más allá de la
cual reina la aproximación. Cuando nos enfrentamos a una multitud, podemos no
saber si hay ochenta y una, ochenta y dos u ochenta y tres personas, pero
podemos estimar si se encuentran entre ochenta y cien, sin contar.
Este tipo
de aproximaciones en general son bastante exactas. Los psicólogos saben, en
cambio, de situaciones en las que las estimaciones humanas se alejan
sistemáticamente del valor real (figura 3.3). Por ejemplo, todos tendemos a
sobrestimar la numerosidad cuando los objetos están dispuestos regularmente en
una hoja de papel mientras que, a la inversa, tendemos a subestimar los
conjuntos de objetos distribuidos de forma irregular, tal vez porque nuestro
sistema visual los agrupa en pequeños conjuntos (Frith y Frith, 1972, Ginsburg,
1976, 1978). Nuestras estimaciones también son sensibles al contexto, lo que
nos lleva a subestimar y sobrestimar el mismo conjunto exacto de treinta
puntos, dependiendo de si está rodeado por conjuntos de diez o cien puntos. Sin
embargo, por lo general, nuestras aproximaciones son notablemente precisas,
especialmente si se considera lo poco asiduas que son las ocasiones en las que,
en la vida diaria, podemos verificar si son correctas. ¿Con cuánta frecuencia,
en efecto, tenemos oportunidad de enterarnos de la respuesta exacta sobre si
una multitud está compuesta por cien, doscientas o quinientas personas? Sin
embargo, en un experimento de laboratorio, se ha demostrado que una única
exposición a información numérica verídica —como un conjunto de doscientos
puntos, obviamente etiquetados como tales— es suficiente para mejorar nuestras
estimaciones de conjuntos de diez a cuatrocientos puntos (Krueger y Hallford,
1984, Krueger, 1989, Izard y Dehaene, 2008). En resumen, nuestro sistema de
estimación de números es bastante fiable y requiere solo un manojo de medidas
precisas para calibrarse de manera correcta.
Lejos de
ser excepcional, nuestra percepción de los números grandes sigue leyes
estrictamente idénticas a las que rigen el comportamiento numérico de los
animales (Van Oeffelen y Vos, 1982, Dehaene, Dehaene-Lambertz y Cohen, 1998,
Cordes, Gelman, Gallistel y Whalen, 2001, Dehaene, 2007). Estamos sujetos a un
efecto de distancia: distinguimos mejor dos numerosidades distantes, como 80 y
100, que dos números más cercanos, como 81 y 82. Nuestra percepción de la
numerosidad también muestra un efecto de magnitud: para una distancia igual,
nos cuesta más diferenciar dos numerosidades grandes, como 90 y 100, que dos
más pequeñas, como 10 y 20.
Figura 3.3. La diferencia entre dos y tres ítems (arriba,
izquierda) es perceptible inmediatamente para nosotros, pero no podemos
distinguir cinco de seis (arriba, derecha) sin contar. Nuestra percepción de
los números grandes se basa en la densidad de los ítems, el área que ocupan y
la regularidad de su distribución en el espacio. En el centro, en la «ilusión
del solitario» —descrita por primera vez por Uta y Christopher Frith en 1972—,
nuestro aparato perceptual nos convence incorrectamente de que hay más puntos
blancos que negros, probablemente porque los puntos blancos están más cerca.
Abajo, los puntos distribuidos aleatoriamente parecen menos numerosos que los
regularmente espaciados; en realidad, cada disco tiene treinta y siete puntos.
Estas
leyes llaman la atención por su confiable regularidad matemática, un
descubrimiento inusual en psicología. Supongamos que una persona dada puede
diferenciar, con precisión del 90 %, un conjunto de trece puntos de otro
conjunto de referencia de diez puntos (por lo tanto, una distancia numérica de
3). Ahora dupliquemos el tamaño de la referencia a veinte puntos. ¿Cuánto
tenemos que alejarnos de esta numerosidad para alcanzar otra vez el 90 % de
diferenciación correcta? La respuesta es bastante simple: uno tiene que
presentar un conjunto de veintiséis puntos, es decir duplicar la distancia
numérica a 6. Cuando el número de referencia se duplica, también lo hace la
distancia numérica que los humanos pueden distinguir con el mismo porcentaje de
éxito. Este principio de multiplicación, también conocido como «ley escalar» o
«ley de Weber», por el psicólogo alemán que la descubrió, se explica
íntegramente por un mecanismo de acumulación similar al de Robinson en nuestro
primer capítulo. Su notable similitud con las leyes que rigen el comportamiento
animal prueba que, en lo que concierne a la percepción aproximada de la
numerosidad, los humanos no son diferentes de las ratas o las palomas. Todo
nuestro talento matemático resulta de poca ayuda cuando se trata de percibir y
estimar rápidamente un número grande.
§. La
cantidad detrás de los símbolos
Puede no parecer notable que nuestra aprehensión de la numerosidad difiera poco
de la de otros animales. Después de todo, los mamíferos comparten un aparato de
percepción visual y auditiva esencialmente similar. En algunos dominios, como
el olfato, las habilidades perceptuales humanas incluso resultan bastante
inferiores a las de otras especies. Pero en lo que hace al lenguaje, uno puede
pensar que nuestro desempeño debería apartarnos del resto del reino animal.
Obviamente, lo que nos distingue de otros animales es nuestra habilidad para
utilizar símbolos arbitrarios, como las palabras o los números arábigos. Estos
símbolos consisten en elementos discretos que pueden manipularse de una manera
puramente formal, sin ningún grado de confusión. La introspección sugiere que
podemos representar mentalmente el significado de los números del 1 al 9 con la
misma agudeza. En efecto, estos símbolos nos parecen equivalentes. Todos
parecen ser igualmente fáciles de comprender, y sentimos que nuestro cerebro,
igual que una calculadora, puede sumar o comparar dos dígitos cualesquiera en
una cantidad de tiempo corta y constante. En resumen, la invención de los
símbolos numéricos debería habernos liberado de la confusión de la representación
cuantitativa de los números.
¡Qué
engañosas pueden ser estas intuiciones! Aunque los símbolos numéricos nos han
abierto una puerta única al reino de la aritmética rigurosa, de otro modo
inaccesible, no han cercenado las raíces aproximativas de nuestra
representación animal de las cantidades. Todo lo contrario: cada vez que nos
enfrentamos a un número arábigo, nuestro cerebro no puede evitar tratarlo como
una cantidad analógica y representarlo mentalmente con precisión decreciente,
de una forma muy similar a como lo haría una rata o un chimpancé. Esta
traducción de símbolos a cantidades le impone un costo importante y mensurable
a la velocidad de nuestras operaciones mentales.
La
primera demostración de este fenómeno data de 1967. En ese momento se juzgó tan
revolucionaria como para merecer el honor de ser publicada en la revista Nature (Moyer
y Landauer, 1967). Robert Moyer y Thomas Landauer habían medido el tiempo
preciso que le llevaba a un adulto decidir cuál de dos dígitos arábigos era más
grande. Su experimento consistía en mostrar pares de dígitos como 9 y 7 y
pedirle al sujeto que indicara dónde estaba localizado el dígito más grande
presionando una de dos teclas de respuesta.
La
primera sorpresa fue que, lejos de resultarles fácil, esta tarea de comparación
elemental con frecuencia les llevaba a los adultos alrededor de medio segundo,
y los resultados no estaban libres de error. Pero la sorpresa mayor fue que el
desempeño variaba sistemáticamente de acuerdo con los números presentados.
Cuando los dos dígitos representaban cantidades muy diferentes, como 2 y 9, los
sujetos respondían rápido y con precisión. Pero su tiempo de respuesta
aumentaba por más de cien milisegundos cuando los dos dígitos estaban cerca
desde un punto de vista numérico, como 5 y 6, y los sujetos entonces se
equivocaban con la frecuencia de una vez cada diez ensayos. Es más, a
distancias iguales, las respuestas también se volvían más lentas a medida que
los números se volvían cada vez más grandes. O sea que era fácil seleccionar el
más grande entre los dígitos 1 y 2, un poco más difícil comparar 2 y 3, y mucho
más difícil responder al par 8 y 9.
Que no
haya ninguna confusión: las personas que Moyer y Landauer evaluaron no eran
anormales, sino individuos como ustedes y yo. Luego de hacer experimentos sobre
la comparación de números por más de diez años, todavía no encontré un solo
sujeto que compare 5 y 6 con tanta rapidez como compara 2 y 9, sin efecto de
distancia. En cierta ocasión evalué a un grupo de brillantes jóvenes
científicos, incluidos estudiantes de las dos carreras de matemática más
importantes de Francia, la École Normale Supérieure y la École Polytechnique.
Todos estaban fascinados de descubrir que se volvían más lentos y cometían
errores cuando intentaban decidir si 8 o 9 era el más grande.
Tampoco
ayuda el entrenamiento sistemático. Si parafraseamos a Georges Brassens, el
tiempo no afecta en nada (ni las tonteras tienen que ver con la edad[13][13]). En un experimento reciente,
intenté entrenar a algunos estudiantes de la Universidad de Oregón para
comprobar si conseguían escapar del efecto de distancia. Simplifiqué la tarea
todo lo posible presentando solo los dígitos 1, 4, 6 y 9 en una pantalla de
computadora. Los estudiantes tenían que presionar la tecla de la derecha si el
dígito que veían era más grande que 5, y la tecla de la izquierda si era menor
que 5. Es difícil pensar en una situación más sencilla: al ver un 1 o un 4, hay
que presionar la tecla de la izquierda, y si aparece un 6 o un 9, hay que
presionar la tecla de la derecha. Sin embargo, luego de varios días y mil
seiscientos ensayos de entrenamiento, los sujetos todavía eran más lentos y
menos precisos con los dígitos 4 y 6, que están cerca de 5, que con los dígitos
1 y 9, que están más lejos de 5. De hecho, aunque en general las respuestas se
volvieron más rápidas mientras avanzaba el entrenamiento, el efecto de
distancia en sí mismo —la diferencia entre los dígitos que estaban cerca de 5 y
los que estaban lejos— no se vio afectado en absoluto por el entrenamiento.
¿Cómo
debemos interpretar estos resultados de comparación de número? Para empezar, es
claro que nuestra memoria no conserva una lista almacenada de respuestas para
todas las comparaciones de dígitos posibles. Si aprendiéramos todas las
combinaciones de dígitos posibles de memoria —por ejemplo, que 1 es más pequeño
que 2, 7 más grande que 5, y así sucesivamente— los tiempos de comparación no
deberían variar con la distancia numérica. Entonces, ¿de dónde viene el efecto
de distancia? En lo que concierne a la apariencia física, los dígitos 4 y 5 no
son más parecidos que los dígitos 1 y 5. Por lo tanto, la dificultad para
decidir si 4 es más pequeño que 5 no tiene ninguna relación con una aparente
dificultad para reconocer las formas de los dígitos. Obviamente, el cerebro no
se detiene a reconocer las formas de los dígitos. Rápidamente reconoce que, en
el nivel de su significado cuantitativo, el dígito 4 está, en
efecto, más cerca de 5 que de 1. En algún lugar de nuestros surcos y giros
cerebrales hay escondida una representación analógica de las propiedades
cuantitativas de los números arábigos. Esta representación, que tiene una forma
de cantidad continua similar a la que poseen los animales, preserva las
relaciones de proximidad entre los números, de forma que, cuando vemos un
dígito o el nombre de un número, esta representación cuantitativa se activa
inmediatamente, y lleva a una confusión mayor sobre los números cercanos.
Para ser
más convincentes, examinemos lo que ocurre cuando comparamos números de dos
dígitos (Hinrichs, Yurko y Hu, 1981, Dehaene, Dupoux y Mehler, 1990, Pinel,
Dehaene, Riviere y LeBihan, 2001). Supongamos que tienen que decidir si 71 es
más pequeño o más grande que 65. Un enfoque racional es examinar inicialmente
solo los dígitos que se encuentran más a la izquierda, 7 y 6, para notar que 7
es más grande que 6 y llegar a la conclusión de que 71 es más grande que 65 sin
siquiera considerar la identidad de los dígitos que se encuentran a la derecha.
En efecto, este tipo de algoritmo es el que usan las computadoras para comparar
números. Pero esta no es la forma en que lo hace el cerebro humano. Cuando se
mide el tiempo que lleva comparar varios números de dos dígitos con 65, se
observa una curva continua regular (figura 3.4). El tiempo de comparación
aumenta de manera sostenida a medida que los números que comparar se vuelven
cada vez más cercanos al número de referencia 65. Tanto los dígitos de la
izquierda como los de la derecha contribuyen a este aumento progresivo. Por
eso, lleva más tiempo darse cuenta de que 71 es más grande que 65 que llegar a
la misma decisión para 79 y 65, aunque el dígito que estámás a la izquierda es
el mismo en ambos casos. Es más, las respuestas no se vuelven
desproporcionadamente más lentas cuando cambian las decenas: comparar 69 con 65
es solo un poco más lento que comparar 71 con 65, mientras que debería ser
mucho más difícil si en efecto al principio prestáramos atención selectivamente
al dígito que se encuentra a la izquierda solamente.
Figura 3.4. ¿Cuánto tiempo lleva comparar dos números? Treinta y cinco
voluntarios adultos clasificaron todos los números arábigos de dos dígitos que
se encuentran entre el 31 y el 99 como más pequeños o más grandes que 65,
mientras se registraban los tiempos de respuesta hasta el mínimo milisegundo.
Cada punto negro muestra el tiempo de respuesta promedio a un número dado. Las
respuestas se vuelven cada vez más lentas a medida que el número blanco se
acerca más a 65: el efecto de distancia (datos tomados de Dehaene, Dupoux y
Mehler, 1990)
La única
explicación que puedo encontrar es que nuestro cerebro aprehende un número de
dos dígitos como un todo, y lo transforma mentalmente en una cantidad o
magnitud interna. En este punto, se olvida de las cifras exactas que llevaron a
esta cantidad. A la operación de comparación le importan solo las cantidades
numéricas, no los símbolos que las expresan.
§. La
compresión mental de números grandes
La velocidad con la que comparamos dos números arábigos no depende únicamente
de la distancia entre ellos, sino también de su tamaño. Lleva mucho más tiempo
decidir que 9 es más grande que 8 que decidir que 2 es más grande que 1. A
igual distancia, los números más grandes son más difíciles de comparar que los
más pequeños. Esta lentificación para los números más grandes nos recuerda, una
vez más, las habilidades perceptuales de los bebés y los animales, que se ven afectadas
de forma similar por los efectos de distancia numérica y de tamaño. Un paralelo
tan increíble confirma que, a partir de un símbolo como un número arábigo,
nuestro cerebro accede a una representación interna de cantidades notablemente
similar a la que se encuentra presente en los animales y los niños pequeños.
De hecho,
del mismo modo que ocurre con los animales, el parámetro que rige la facilidad
con la que distinguimos dos números no es tanto su distancia numérica absoluta,
sino su distancia en relación con su tamaño. Desde una perspectiva subjetiva,
la distancia entre 8 y 9 no es idéntica a la que existe entre 1 y 2. Nuestro
cerebro representa las cantidades de una manera que no se diferencia mucho de
la escala logarítmica de una regla de cálculo, donde hay un espacio igual entre
el intervalo entre 1 y 2, entre 2 y 4 y entre 4 y 8. Como resultado, la
precisión y la velocidad con la que se pueden realizar cálculos necesariamente
disminuye a medida que el número se vuelve más grande.
Se puede
traer a colación más de un resultado empírico para dar sustento a la hipótesis
de la compresión mental de los números grandes[14]. Algunas expresiones están
basadas únicamente en la introspección (Shepard, Kilpatrick y Cunningham,
1975). ¿Qué número se clasifica subjetivamente como más cercano a 5: 4 o 6? Si
bien la pregunta parece disparatada, la mayoría de las personas responden que,
para una distancia igual, el número más grande 6 parece ser menos diferente.
Otros experimentos han utilizado métodos más sutiles e indirectos. Por ejemplo,
hagamos como si ustedes fueran un generador de números al azar y tuvieran que
seleccionar números entre 1 y 50. Al realizar este experimento en gran cantidad
de sujetos, aparece una tendencia sistemática: en lugar de responder al azar,
tendemos a producir números pequeños con mayor frecuencia que números grandes,
como si los más pequeños estuvieran sobrerrepresentados en la «urna mental» de
la que extraemos los números (Banks y Hill, 1974). ¡Esto debería persuadirnos
de no hacer nunca algo al azar sin utilizar una fuente «objetiva» de
aleatoriedad, como un dado o un verdadero generador de números al azar!
Sospecho
que esta inclinación hacia los números pequeños tiene consecuencias notables y,
en ocasiones, dañinas cuando utilizamos nuestra intuición para llevar a cabo
análisis estadísticos e interpretarlos. Consideremos el problema que sigue
(Banks y Coleman, 1981, Viarouge, Hubbard, Dehaene y Sackur, 2010). Dos series
de números fueron generadas al azar con una computadora. Sin hacer ningún
cálculo, su tarea es decidir con cuánta aleatoriedad y cuán equitativamente
cada serie parece ser una muestra del intervalo de números que va entre 1 y
2000:
La
mayoría de la gente responde que los números que están en la serie B se
encuentran distribuidos de una forma más pareja y, por eso, son «más
aleatorios» que los de la serie A. En esta última, los números grandes parecen
presentarse con demasiada frecuencia y, sin embargo, desde un punto de vista
matemático, no es la serie B sino la A la que toma la mejor muestra aleatoria
de la escala de números que se encuentran entre el 1 y el 2000. Los números de
la serie A están espaciados regularmente por poco más de doscientas unidades,
mientras que los de la serie B están distribuidos de forma exponencial. La
razón por la que preferimos la serie B es que encaja mejor con nuestra idea
mental de la recta numérica, que se imagina como una serie comprimida en la que
los números más grandes se destacan menos que los pequeños.
El efecto
de compresión vuelve a aparecer en la forma en que seleccionamos nuestras
unidades de medida. El 17 de abril de 1795, en la joven República Francesa —el
18 Germinal del año III del calendario revolucionario— se instituyó el sistema
métrico en París. Con el objetivo de alcanzar la universalidad, sus unidades
cubrían un rango de potencias de diez, desde el nanómetro hasta el kilómetro.
Aunque cada potencia de diez recibía un nombre específico —milímetro,
centímetro, decímetro, metro, y así sucesivamente— estas unidades todavía
estaban espaciadas con demasiada distancia como para ser prácticas para el uso
diario. Entonces, los legisladores franceses estipularon que «cada unidad
decimal tendrá su doble y su mitad». De esta estipulación derivó la serie
regular 1, 2, 5, 10, 20, 50, 100… que todavía se utiliza hoy para monedas y
billetes. Encaja con nuestro sentido numérico porque se aproxima a una serie
exponencial y, al mismo tiempo, está compuesta solo de pequeños números
redondos. En 1877, una limitación similar llevó al coronel Charles Renard a
adoptar un método para la normalización de los productos industriales, como los
diámetros de los tornillos o los tamaños de las ruedas, que estaba basada en
otra serie cuasi logarítmica (100, 125, 160, 200, 250, 315, 400, 500, 630, 800,
1000). En cuanto una secuencia tiene que ser dividida en categorías discretas,
la intuición dicta que se seleccione una escala comprimida, con mucha
frecuencia logarítmica, que encaja perfectamente con nuestra representación interna
de los números.
§.
Entender por reflejo
Cuando vemos un número arábigo, primero que nada este consiste en una
distribución de fotones en la retina, y enseguida las áreas visuales del
cerebro identifican el patrón como la forma de un dígito familiar. Sin embargo,
los muchos ejemplos que acabamos de describir muestran que el cerebro
prácticamente no se detiene cuando reconoce las formas sino que reconstruye
rápidamente una representación continua y comprimida de la cantidad asociada a
esas formas. Esta conversión en una cantidad ocurre de manera inconsciente,
automática, y a una gran velocidad. Es prácticamente imposible ver la forma del
número 5 sin traducirlo inmediatamente a la cantidad cinco, incluso cuando su
traducción no tiene ninguna utilidad en el contexto. La comprensión de los
números, entonces, ocurre como un reflejo (Henik y Tzelgov, 1982, Den Heyer y
Briand, 1986, Tzelgov, Meyer y Henik, 1992, Dehaene y Akhavein, 1995, Dehaene,
Naccache y otros, 1998, Girelli, Lucangeli y Butterworth, 2000, Naccache y
Dehaene, 2001a).
Supongamos
que se les muestran dos dígitos, uno al lado del otro, y se les pide que
decidan, lo más rápido que puedan, si eran iguales o diferentes. Con seguridad
pensarán que pueden basar su decisión exclusivamente en la apariencia visual de
los dígitos: si comparten o no la misma forma. Pero la medición de los tiempos
de respuesta muestra que esta suposición está errada (Duncan y McFarland, 1980,
Dehaene y Akhavein, 1995). Decidir que 8 y 9 son dígitos diferentes toma
sistemáticamente más tiempo que llegar a la misma decisión para los dígitos 2 y
9. Otra vez, la distancia numérica determina nuestra velocidad de respuesta. De
forma bastante inconsciente, nos resistimos a responder que 8 y 9 son dígitos
diferentes porque las cantidades que representan son muy similares.
Este
mismo reflejo de comprensión afecta también nuestra memoria para las cifras
(Morin, DeRosa y Stultz, 1967). Memoricen la siguiente lista de dígitos: 6, 9,
7, 8. ¿Listo? Ahora, díganme si el dígito 5 estaba en la lista. ¿Y el 1? ¿La
primera pregunta parece más difícil que la segunda? Aunque la respuesta
correcta es «no» en ambos casos, los experimentos formales muestran que cuanto
más distante está el dígito de la lista memorizada, más breve es el tiempo de
respuesta. La lista, obviamente, no se recuerda solo como una serie de símbolos
arbitrarios, sino también como un enjambre de cantidades cercanas a 7 u 8, lo
que explica por qué podemos decidir inmediatamente que 1 no está dentro del
conjunto.
¿Es
posible suprimir de alguna forma el reflejo de comprensión? Para descubrirlo,
podríamos colocar a los participantes de un experimento en una situación en la
que fuera realmente ventajoso no conocer el significado de los dígitos. Dos
investigadores israelitas, Avishai Henik y Joseph Tzelgov, presentaron pares de
dígitos de diferentes dimensiones como 1 y 9 en la pantalla de una computadora
(Henik y Tzelgov, 1982, Tzelgov y otros, 1992) y midieron cuánto tiempo
necesitaban los sujetos para indicar el símbolo que estaba impreso en letra más
grande. Esta tarea requiere que los sujetos enfoquen su atención en el tamaño
físico y dejen de lado, en la medida en que sea posible, el tamaño numérico de
los dígitos. Otra vez, sin embargo, un análisis de los tiempos de respuesta
muestra lo automática e irreprimible que es la comprensión de los números. Es
mucho más fácil para los sujetos responder cuando las dimensiones físicas y
numéricas de los estímulos son congruentes, como en el par 1 9, que cuando son
conflictivas, como en el par 9 1. Aparentemente, no podemos olvidar que el
símbolo «1» significa la cantidad 1 y que esa cantidad es más pequeña que 9.
Resulta
todavía más sorprendente que el acceso a la cantidad numérica pueda ocurrir en
nuestros cerebros en condiciones en las que ni siquiera nos damos cuenta de que
hemos visto un número (Dehaene, Naccache y otros, 1998, Reynvoet y Brysbaert,
1999, Naccache y Dehaene, 2001a, 2001b, Reynvoet, Brysbaert y Fias, 2002,
Greenwald, Abrams, Naccache y Dehaene, 2003). Al presentar un símbolo en una
computadora por un período muy corto de tiempo, se puede hacer que parezca
invisible. Una técnica que los psicólogos llaman «enmascaramiento sándwich»
consiste en poner la palabra o el dígito que se quiere esconder en medio de dos
secuencias de caracteres sin significado. Por ejemplo, se puede mostrar
«#######», y luego la palabra «cinco», y después «#######» y finalmente la
palabra «SEIS». Si las primeras tres cadenas se presentan solo por una
veintésima de segundo cada una, la palabra «cinco», encerrada entre las otras
dos cadenas, se vuelve invisible; no solo difícil de leer, sino que se
desvanece del campo de la conciencia. ¡Bajo las condiciones apropiadas, ni
siquiera el programador del experimento puede darse cuenta de si la palabra
escondida está presente o no! Solo la primera cadena «#######» y la palabra
«SEIS» permanecen visibles de forma consciente. Sin embargo, durante cincuenta
milisegundos, el estímulo visual perfectamente normal «cinco» estuvo presente
en la retina. Incluso, sin que el sujeto lo sepa, tomó contacto con toda una
serie de representaciones mentales presentes en su cerebro. Esto se puede
probar si se mide el tiempo que lleva nombrar la palabra-blanco «SEIS»: varía
sistemáticamente con la distancia numérica que existe entre la palabra
escondida o enmascarada y la palabra blanco. La palabra «SEIS» se nombra más
rápido cuando está precedida, incluso no a nivel consciente, por un dígito
cercano como «cinco» que cuando se la precede con uno más lejano como «dos».
Por lo tanto, el reflejo de comprensión se pone en juego también en esta
situación: aunque la palabra «cinco» no se vio de forma consciente, el cerebro
todavía la interpreta como una «cantidad cercana a seis».
Aunque no
nos damos cuenta de todos los cómputos numéricos automáticos que se llevan a
cabo continuamente en nuestros circuitos cerebrales, su impacto en nuestras
vidas diarias es innegable y se puede ilustrar de muchas formas. En una
importante terminal de trenes de París, las plataformas están numeradas, pero
el diseño de la estación, que está dividida en varias zonas distintas, impone
una alteración de la secuencia numérica: la plataforma 11 está al lado de la
plataforma 12, pero la 13 está muy lejos. La continuidad de las cantidades
numéricas se encuentra grabada tan profundo en nuestras mentes que este diseño
causa confusión en muchos viajeros. Nuestra intuición impone que la plataforma
13 esté junto a la plataforma 12.
En el
mismo sentido, consideren la siguiente afirmación del libro Le secret
des nombres de André Jouette (1996), que seguramente llamará su
atención:
Santa
Teresa de Ávila murió durante la noche entre el 4 y el 15 de octubre de 1582.
¡No, no
se trata de un error tipográfico! Por casualidad, la santa murió durante la
misma noche en que el papa Gregorio XIII abolió el antiguo calendario juliano,
instituido por Julio César, y lo reemplazó con el gregoriano que todavía
utilizamos en nuestros días. El ajuste, que se volvió necesario por el
desacople progresivo de las fechas del calendario con los eventos astronómicos
—como los solsticios— a lo largo de los siglos, determinó que el día siguiente
al 4 de octubre se convirtiera en el 15 de octubre, una decisión acotada, pero
que altera profundamente nuestro sentido de la continuidad de los números.
La
interpretación automática de los números también se explota en el campo de la
publicidad. Si tantos vendedores se toman la molestia de marcar las etiquetas
de precios con el número $399 en lugar de $400, es porque saben que sus
clientes pensarán automáticamente que el precio es «más o menos 300», y solo
después de reflexionar un poco se darán cuenta de que la suma real está muy
cerca de los 400.
Como
último ejemplo, permítanme contarles acerca de mi propia experiencia de tener
que adaptarme a la escala de temperatura Fahrenheit. En Francia, donde nací y
crecí, utilizamos solo la escala centígrada, en la que el agua se congela a 0º
y hierve a 100º. Incluso luego de vivir dos años en los Estados Unidos me
parecía difícil pensar que 32 ºF era frío, ¡porque para mí 32º automáticamente
evocaba la temperatura normal en un caluroso día soleado!
A la
inversa, supongo que a la mayoría de los norteamericanos que viajan a Europa
les resulta chocante la idea de que algo que se representa con un número tan
bajo como 37 puede representar la temperatura del cuerpo humano. La atribución
automática de significado a las cantidades numéricas está profundamente
incrustada en nuestros cerebros, y un adulto solo puede analizarla con gran
dificultad.
§.
Números en el espacio
Los números no solo evocan una sensación de cantidad; también provocan un
sentido irreprimible de extensión en el espacio. Este vínculo íntimo entre los
números y el espacio se hizo evidente en mis experimentos de comparación de
número (Dehaene y otros, 1990). Recordarán que los sujetos tenían que
clasificar los números como más pequeños o más grandes que 65. Con este
objetivo, sostenían dos botones de respuesta, uno en la mano izquierda y otro
en la derecha. Como soy un investigador bastante obsesivo, variaba
sistemáticamente el lado de la respuesta: la mitad de los sujetos respondía
«más grande» con la mano derecha y «más pequeño» con la izquierda, mientras que
el otro grupo de sujetos seguía las instrucciones opuestas. Sorprendentemente,
esta variable de apariencia inocua tuvo un efecto importante: los sujetos del
grupo «más grande-derecha» respondieron más rápido y cometieron menos errores
que los del grupo «más grande-izquierda». Cuando el número blanco era mayor que
65, los sujetos presionaban el botón de la derecha más rápido que el de la
izquierda; lo inverso ocurría con los números más pequeños que 65. Era como si,
en la mente del sujeto, los números grandes se asociaran de forma espontánea
con el lado derecho del espacio y los números pequeños, con el izquierdo.
Hasta qué
punto esta asociación era automática, todavía quedaba por verse. Para resolver
esto, utilicé una tarea que tenía poco que ver con el espacio y la cantidad:
ahora los sujetos debían decidir si un dígito era par o impar (Dehaene, Bossini
y Giraux, 1993). Posteriormente, otros investigadores han utilizado
instrucciones aún más arbitrarias, como distinguir si el nombre de un dígito
comienza con una consonante o una vocal, o si tiene una forma visual simétrica
(Fias, Brysbaert, Geypens y E’Ydewalle, 1996[15]). Sin importar las
instrucciones, ocurre el mismo efecto: cuanto más grande es un número, más
rápidas son las respuestas con la mano derecha, comparadas con las dadas con la
mano izquierda. Y, a la inversa, cuanto más pequeño es el número, más grande es
la tendencia a responder más rápido con la izquierda. Como un tributo a Lewis
Carroll, llamé este descubrimiento «efecto SNARC», forma abreviada de
«Spatial-Numerical Association of Response Codes» [asociación espacio-numérica
de códigos de respuesta]. De hecho, el poema de Lewis Carroll La caza
del Snark, con su maravilloso despliegue de sinsentido, presenta una
expedición que sostiene la incansable búsqueda de una criatura mítica, el
Snark, que nadie ha visto pero cuyo comportamiento se conoce con gran detalle,
incluidos su hábito de levantarse tarde y su gusto por las casetas de baño;
metáfora muy apropiada de la búsqueda obstinada por parte de los científicos de
descripciones cada vez más precisas de la naturaleza, sean cuarks, agujeros
negros o gramáticas universales. (Desafortunadamente, ¡no logré llegar a un
nombre que me permitiese usar la ortografía original del Snark de Carroll!).
Visto que el efecto SNARC ocurre siempre que se ve un dígito, incluso cuando la
tarea en sí misma no es numérica, queda confirmado que refleja la activación
automática de la información acerca de la cantidad en el cerebro del sujeto.
En los
muchos experimentos en los que mis colegas y yo nos propusimos «cazar el
SNARC», descubrimos varias cosas interesantes (Dehaene y otros, 1993). En
primer lugar, el tamaño absoluto de los números no importa. Lo que cuenta es su
tamaño en relación con el intervalo de números utilizados en el experimento.
Los números 4 y 5, por ejemplo, se ven preferentemente asociados con la derecha
si el experimento solo contiene números del 0 al 5, y con la izquierda si solo
se utilizan números del 4 al 9. En segundo lugar, la mano utilizada para
responder también es irrelevante: cuando los sujetos responden cruzando las
manos, el lado derecho del espacio aún se ve asociado con
números más grandes, aunque las respuestas del lado derecho se hagan utilizando
la mano izquierda. Y, por supuesto, los sujetos son completamente inconscientes
de que están respondiendo más rápido de un lado que del otro.
El
descubrimiento de una asociación automática entre los números y el espacio
lleva a una metáfora simple pero tremendamente poderosa de la representación
mental de las cantidades numéricas: la de una recta numérica. Daría la
sensación de que los números estuvieran alineados mentalmente en un segmento, y
cada localización correspondiera a determinada cantidad. Los números cercanos
se representan como localizaciones contiguas. No resulta sorprendente,
entonces, que tendamos a confundirlos, como refleja el efecto de distancia
numérica. Es más, se puede pensar, metafóricamente, que la recta está orientada
en el espacio: el cero está en la extrema izquierda, y los números más grandes
se extienden hacia la derecha. Esa es la razón por la que la codificación refleja
de los números arábigos como cantidades también se ve acompañada por una
orientación automática de los números en el espacio: los más pequeños a la
izquierda y los más grandes a la derecha.
¿Cuál es
el origen de este eje privilegiado orientado de izquierda a derecha? ¿Está
vinculado a un parámetro biológico, como la lateralidad o la especialización
hemisférica, o depende solo de variables culturales? Con la intención de
explorar la primera hipótesis, evalué a un grupo de zurdos, pero su
comportamiento no se diferenciaba del de los diestros: seguían asociando los
números grandes con el lado derecho. Para abordar la segunda hipótesis, mis
colegas y yo reunimos a un grupo de veinte estudiantes iraníes que habían
aprendido a leer inicialmente de derecha a izquierda, al contrario de lo que
ocurre en nuestra tradición occidental. Esta vez, los resultados fueron más
concluyentes. Como grupo, los iraníes no mostraban ninguna asociación
preferencial entre los números y el espacio. En cada individuo, sin embargo, la
dirección de la asociación variaba en función de la exposición a la cultura
occidental. Los estudiantes iraníes que habían vivido en Francia por un largo
tiempo mostraban un efecto de SNARC exactamente igual al de los estudiantes
franceses nativos, mientras que los que habían emigrado de Irán solo unos pocos
años antes tendían a asociar los números grandes con el lado izquierdo del
espacio más que con el derecho. Entonces, parece que la inmersión cultural es
un factor de gran importancia. La dirección de la asociación entre los números
y el espacio parece estar relacionada con la dirección de la escritura (Dehaene
y otros, 1993[16]).
Basta
reflexionar un instante para notar que, en efecto, la organización de nuestro
sistema de escritura tiene consecuencias generalizadas sobre el uso de los
números. Siempre que escribimos una serie, los números pequeños aparecen en
primer lugar en la secuencia y, por eso, a la izquierda. De este modo, la
organización de izquierda a derecha está impuesta en las reglas, los
calendarios, los diagramas matemáticos, las estanterías de las bibliotecas, los
indicadores de pisos que se encuentran sobre las puertas de los ascensores, los
teclados de computadora, y así sucesivamente. La internalización de esta
convención comienza en la niñez: los niños estadounidenses pequeños ya exploran
conjuntos de objetos de izquierda a derecha, mientras que los israelíes, que
aprendieron a leer y a escribir de derecha a izquierda, hacen exactamente lo
opuesto. Cuando cuentan, los niños occidentales casi siempre comienzan por la
izquierda. De este modo, la asociación regular del principio y del final del
conteo con diferentes direcciones espaciales se internaliza como una
característica integral de la representación mental de los números.
Cuando se
viola esta convención implícita, de pronto nos volvemos penosamente conscientes
de su importancia. Los viajeros que ingresan a la terminal 2 del aeropuerto
parisino Charles de Gaulle experimentan una de estas situaciones confusas: las
puertas que tienen números pequeños se extienden hacia la derecha, mientras que
las que tienen números grandes lo hacen hacia la izquierda. He observado a
muchos viajeros, yo incluido, que van hacia la dirección equivocada luego de
que se les asigna un número de puerta, desorientación espacial que ni siquiera
las visitas repetidas disipan del todo.
Si bien
esto todavía no está demostrado de forma empírica, es probable que los números
también tengan asociaciones en el eje vertical. Junto con algunos colegas
tuvimos ocasión de alojarnos en un hotel que colgaba de un acantilado sobre el
mar Adriático cerca de Trieste, en Italia. La entrada estaba en el piso más
alto del edificio, y tal vez por esta razón los pisos que seguían estaban
numerados de arriba abajo. La confusión cuando tomábamos el ascensor era
superlativa. Como íbamos para arriba, esperábamos de manera inconsciente que
los números de pisos que se iban iluminando en el cartel aumentaran, pero
ocurría lo opuesto, lo que nos confundía por unos pocos segundos. ¡Hasta nos
costaba darnos cuenta de qué botón teníamos que tocar para subir un piso! Espero
que los arquitectos y los ergonomistas, si alguna vez leen este libro, adopten
en el futuro una regla sistemática de numerar de izquierda a derecha y de abajo
arriba, porque esta es, en efecto, una convención que nuestros cerebros
esperan, al menos en nuestra cultura occidental.
§. El
colorido universo de los números
Si bien en su mayoría las personas tienen una recta numérica mental
inconsciente orientada de izquierda a derecha, en algunas, la imagen de los
números es mucho más vívida. Entre el 5 y el 10 % de la humanidad está por
completo convencida de que los números tienen colores y ocupan localizaciones
muy precisas en el espacio (Seron, Pesenti, Noël, Deloche y Cornet, 1992). Ya
en la década de 1880, sir John Galton se dio cuenta de que
varios de sus conocidos —la mayoría de ellos, mujeres— otorgaban a los números
cualidades extremadamente precisas y vívidas que resultaban incomprensibles
para cualquier otra persona (Galton, 1880). Uno de ellos describía los números
como una cinta que se ondulaba hacia la derecha, con muchos colores en los
tonos del azul, el amarillo y el rojo (figura 3.5). Otro decía que los números
del 1 al 12 se enrollaban en una curva vagamente circular, con un ligero corte
entre el 10 y el 11. Después del 12, la curva se lanzaba hacia la izquierda con
distintas curvas para cada decena. Una tercera persona sostenía que los
primeros treinta números aparecían escritos en una columna vertical en el ojo
mental, y que las decenas siguientes doblaban progresivamente hacia la derecha.
De acuerdo con él, los números eran «como de un par de centímetros de alto, de
un color gris claro o gris amarronado más oscuro».
Figura 3.5. Estos dibujos describen las «formas de los números» que
experimentaban dos de los sujetos de Galton. El primero de ellos ve un lazo
colorido que se extiende hacia la derecha. El segundo ubica los números en una
curva serpenteante cuya sección inicial parece un reloj (tomado de Galton,
1880; © Macmillan Magazines).
Por
disparatadas que parezcan, estas «formas numéricas» no eran meros inventos que
surgían de las fértiles mentes de victorianos ansiosos por satisfacer la pasión
de Galton por los números. Una investigación reciente, llevada a cabo un siglo
después de la de Galton, encontró imágenes similares de los números en los
estudiantes universitarios modernos: en algunos, las mismas curvas; en otros,
las mismas líneas rectas, los mismos cambios abruptos en los límites de las
decenas, y así sucesivamente (Seron y otros, 1992, Hubbard y otros, 2005,
Hubbard, Ranzini, Piazza y Dehaene, 2009). Es más, las asociaciones entre los
números y los colores son sistemáticas: la mayoría de la gente asocia el negro
y el blanco ya sea con el 0 y el 1, o con el 8 y el 9; amarillo, rojo y azul
con números pequeños como el 2, el 3 y el 4; y el marrón, el violeta y el gris
con números más grandes como el 6, el 7 y el 8 (Seron y otros, 1992, Cohen
Kadosh y Henik, 2006a).
Estas
regularidades estadísticas sugieren que, en su mayoría, las personas que dicen
experimentar formas para los números describen con sinceridad una experiencia
subjetiva genuina, que podría ser de una precisión extrema. A una de estas
personas se le entregaron cincuenta lápices de colores para que expresara sus
imágenes de los números en papel. En dos ocasiones diferentes, separadas por
una semana, eligió casi exactamente los mismos tonos de color. ¡Para algunos
números, incluso sintió la necesidad de mezclar los tonos de varios lápices a
fin de ilustrar mejor su imagen mental exacta!
A pesar
de su singularidad, las formas de los números comparten varias propiedades con
la representación de las cantidades numéricas que venimos de estudiar. La serie
de los enteros casi siempre se representa con una curva continua, 1 al lado de
2, 2 al lado de 3, y así sucesivamente. En pocas ocasiones uno se encuentra con
cambios abruptos de dirección, o pequeñas discontinuidades en los límites de
las decenas, por ejemplo, entre 29 y 30. Hasta el momento, nadie ha asegurado
ver una imagen desordenada de los números en la cual, por ejemplo, los primos o
los cuadrados estén agrupados, o se sucedan en la misma curva 1, 4, 9 y 25. La
continuidad de las cantidades numéricas sigue siendo el principio más
importante de organización.
También
las relaciones entre los números y el espacio parecen respetarse. Para la
mayoría de las personas, los números crecientes se extienden hacia la derecha y
arriba. Por último, la mayor parte de la gente dice que su forma numérica se
vuelve menos nítida a medida que los números se hacen más grandes. Esto
recuerda los efectos de magnitud o de compresión que caracterizan al
comportamiento numérico de los animales y los humanos, y limita la precisión
con la que podemos representarnos mentalmente los números grandes.
En
esencia, entonces, las formas de los números pueden compararse con una versión
consciente y enriquecida de la recta numérica mental que todos compartimos.
Mientras la recta numérica de la mayoría de la gente solo se vuelve evidente en
experimentos sutiles de tiempos de reacción, las formas de los números son
fácilmente accesibles a la conciencia y también son más ricas en detalles
visuales, como el color o la orientación precisa en el espacio. ¿De dónde
vienen estas imágenes? Cuando se les pregunta, quienes poseen formas numéricas
refieren que estas surgieron espontáneamente antes de los 8 años de edad, o
bien que las han tenido desde que pueden recordar. A veces, varios miembros de
una familia comparten el mismo tipo de forma numérica. Sin embargo, esto no
significa necesariamente que esté involucrado un componente genético común: el
ambiente familiar también podría ser determinante.
Personalmente,
me inclino a pensar que las formas numéricas tienen algo que ver con la forma
en que, durante el desarrollo, se constituyen los mapas corticales del espacio
y el número. Como vimos en el capítulo 2, es posible que los bebés posean ya un
«mapa mental» de la numerosidad. Entre los 3 y los 8 años, con la
escolarización, la recta numérica inicial debe verse considerablemente
enriquecida para mejorar la resolución de los números grandes, e incorporar el
conocimiento de la numeración en base 10. Podemos suponer que la adquisición de
la aritmética está acompañada de una expansión progresiva de la superficie
cortical destinada al «mapa numérico» (este tipo de aumentos se ha observado,
en efecto, en las áreas cerebrales sensorio motoras cuando un animal aprende
una tarea manual sofisticada). Como veremos en los capítulos 7 y 8, la corteza
parietal inferior —una región cerebral lateral y posterior cercana a la unión
entre los lóbulos parietal, occipital y temporal— es candidata posible para el
lugar del cerebro en que puede suceder esta expansión de las redes neurales
dedicadas al conocimiento aritmético. Como el número total de neuronas
permanece constante, el crecimiento de la red numérica debe ocurrir a expensas
de los mapas corticales circundantes, incluidos los que codifican el color, la
forma y la localización. En algunos niños, el achicamiento de las áreas no
numéricas tal vez no llegue a su término más completo. En este caso, puede
quedar cierta superposición entre las áreas corticales que codifican los
números, el espacio y el color. Subjetivamente, esto podría traducirse en una
sensación irreprimible de «ver» el color y la localización de los números. Una
explicación similar puede justificar el fenómeno relacionado de la sinestesia:
la impresión —familiar para los poetas o los músicos— de que los sonidos tienen
formas y de que los gustos evocan colores.
Por más
especulativa que pueda parecer, esta teoría de la forma en que la corteza se ve
colonizada por un mapa cada vez más refinado de los números tiene algo de
evidencia a su favor. Los neuropsicólogos John Spalding y Oliver Zangwill
(1950) describieron a un paciente de 24 años cuya imagen visual de los números
desapareció repentinamente cuando tuvo una lesión en el área parieto-occipital
izquierda, una región de la que, desde hace mucho tiempo, se ha sospechado que
desempeña un papel central en la aritmética mental. En efecto, el paciente
tenía dificultades severas tanto en el cálculo como para orientarse en el
espacio (analizaremos este síndrome neurológico con mayor detalle en el
capítulo 7). Por eso, este caso confirma que el sentimiento subjetivo de «ver
números» depende de la codificación simultánea de información numérica y
espacial, una al lado de la otra, en la misma región cerebral.
Es más,
la idea de que los mapas corticales pueden superponerse y engendrar sensaciones
subjetivas extrañas se ha validado en estudios con pacientes que sufrieron
amputaciones (Ramachandran, Rogers-Ramachandran y Stewart, 1992, Ramachandran y
Hubbard, 2001). Luego de la amputación de un brazo, la región de la corteza
somato sensorial que representaba este brazo vuelve a estar disponible y es
colonizada paulatinamente por las representaciones que la rodean, como la de la
cabeza. Puede suceder entonces que, si se estimulan algunos puntos de la cara,
aparezcan sensaciones que se perciben como si vinieran del brazo faltante, y de
este modo genera en los pacientes una impresión irrefrenable de tener un
miembro fantasma. ¡Una gota de agua que cae sobre la cara, por ejemplo, se
siente como si se metiera el brazo inexistente en una cubeta! Creo que el
fenómeno de las formas numéricas, en el que los números evocan colores y formas
fantasmas, tiene un origen similar en los mapas corticales superpuestos.
§.
Intuiciones numéricas
Llegó el momento de reseñar el mensaje esencial de este capítulo. Estas
observaciones acerca de los números romanos, del tiempo que lleva comparar
números arábigos y de las extrañas alucinaciones numéricas de algunas personas
arrojan algo de luz sobre las fascinantes peculiaridades de nuestra
representación mental de los números. Un órgano especializado en la percepción
y la representación de las cantidades numéricas está anclado en nuestros
cerebros. Sus características lo vinculan de forma inequívoca con las
habilidades protonuméricas de los animales y los bebés. Este órgano puede
codificar con precisión solo los conjuntos cuya numerosidad no exceda las tres
unidades, y tiende a confundir los números a medida que se vuelven más grandes
y más próximos entre sí. También tiende a asociar el rango de cantidades
numéricas con un mapa espacial, y de este modo legitima la metáfora de una
recta numérica mental orientada en el espacio.
Obviamente,
si se los compara con los bebés y los animales, los adultos humanos tienen la
ventaja de ser capaces de transmitir números utilizando palabras y dígitos.
Veremos en los capítulos que siguen cómo el lenguaje facilita el cómputo y la
comunicación de cantidades numéricas precisas. Sin embargo, la disponibilidad
de notaciones numéricas precisas no anula las representaciones continuas y
aproximadas de las cantidades con las que venimos dotados. Todo lo contrario:
los experimentos muestran que el cerebro humano adulto, siempre que se enfrenta
con un número, se apura para convertirlo en una magnitud analógica interna que
preserva las relaciones de proximidad entre cantidades. Esta conversión es
automática e inconsciente. Nos permite acceder inmediatamente al significado de
un símbolo como 8: una cantidad entre 7 y 9, más cercana a 10 que a 2, y así
sucesivamente.
Esta
representación cuantitativa, heredada de nuestro pasado evolutivo, subyace a
nuestra comprensión intuitiva de los números. Si no poseyéramos ya alguna
representación interna no verbal de la cantidad 8, probablemente seríamos
incapaces de atribuirle un significado al dígito 8. Entonces, nos veríamos
reducidos a realizar manipulaciones puramente formales de los símbolos
digitales, exactamente del mismo modo en que una computadora sigue un algoritmo
sin comprender jamás qué significa.
La recta
numérica que utilizamos para representar cantidades avala claramente una forma
limitada de intuición acerca de los números. Codifica solo los enteros
positivos y sus relaciones de proximidad. Tal vez esta sea la razón no solo de
nuestra captación intuitiva del significado de los enteros, sino también de
nuestra falta de intuición en lo que concierne a otros tipos de números. Lo que
los matemáticos modernos llaman «números» incluye el 0, los enteros negativos,
las fracciones, los números irracionales como π, y los números complejos
como i = √−1. Sin embargo, todas estas entidades, excepto, tal
vez, las fracciones más simples, como 1/2 o 1/4,
plantearon dificultades conceptuales extraordinarias para los matemáticos en
los siglos pasados, y todavía imponen una gran dificultad a los alumnos de hoy
en día.
Para
Pitágoras y sus seguidores, cinco siglos antes de Cristo, los números estaban
limitados a enteros positivos, es decir que no incluían las fracciones o los
números negativos. Las cantidades irracionales como √2 se consideraban tan
ilógicas que una leyenda dice que a Hipaso de Metaponto lo tiraron por la borda
por probar su existencia y, por lo tanto, destruir la perspectiva pitagórica de
un universo regido por enteros. Ni Diofanto ni los matemáticos indios que
vinieron después, a pesar de su dominio de los algoritmos del cálculo,
aceptaron los números negativos para la solución de las ecuaciones. Para el
propio Pascal, la resta de 0 − 4, cuyo resultado es negativo, era un puro
sinsentido. En lo que refiere a los números complejos —que fueron inventados
por Gerolamo Cardano en Italia en 1545 y suponen raíces cuadradas de los
números negativos— su estatus desató una tormenta de protestas que duró más de
un siglo. A Descartes, que los rechazaba, debemos la denominación peyorativa de
«números imaginarios», mientras que De Morgan los caracterizaba como «vacíos de
significado, o, mejor, contradictorios y absurdos». Recién cuando se
establecieron bases matemáticas sólidas, estos tipos de números lograron tener
aceptación en la comunidad matemática.
Me
gustaría sugerir que estas entidades matemáticas son tan difíciles de aceptar y
desafían tanto la intuición porque no corresponden a ninguna categoría
preexistente de nuestro cerebro. Los enteros positivos encuentran naturalmente
un eco en la representación mental innata de la numerosidad y, por ende, un
niño de 4 años puede comprenderlos. Otros tipos de números, sin embargo, no
tienen ningún análogo directo en el cerebro. Para entenderlos realmente, se
debe formar un nuevo modelo mental que permita una comprensión intuitiva. Esto
es exactamente lo que hacen los maestros cuando presentan números negativos con
metáforas como las temperaturas bajo cero, un préstamo pedido a un banco o
simplemente una extensión a la izquierda de la recta numérica. Esta también es
la razón por la que el matemático inglés John Wallis, en 1685, le hizo un
regalo único a la comunidad matemática cuando presentó una representación
concreta de los números complejos: fue el primero en ver que podían
visualizarse como un plano donde los números «reales» se extendían en un eje
horizontal. Para funcionar de un modo intuitivo, nuestro cerebro necesita
imágenes, y en lo que concierne a la teoría del número, la evolución solo nos
ha dotado de una imagen intuitiva de los enteros positivos.
Parte II
Más allá de la aproximación
Capítulo
4
El lenguaje de los números
Observo
que cuando mencionamos cualquier número grande, como un millar, por lo general
la mente no tiene una idea adecuada de él, sino solo un poder de producir tal
idea por su idea adecuada de los decimales, dentro de los cuales está
comprendido el número.
David Hume, Tratado de la naturaleza humana
Contenido:
§. Una
breve historia de los números
§. Un registro permanente de los números
§. El principio del valor posicional
§. Una gran diversidad de lenguajes numéricos
§. Los costos de no hablar chino
§. Aprender a etiquetar cantidades
§. Números redondos, números exactos
§. ¿Por qué algunos numerales son más frecuentes que otros?
§. El cerebro: motor y medida de la evolución cultural
¿Qué
sería de nosotros si nuestra representación mental de los números fuera un
acumulador aproximativo similar al que poseen las ratas? Tendríamos nociones
bastante precisas de los números 1, 2 y 3. Pero, a partir de este punto, la
recta numérica se desvanecería en una niebla espesa. No podríamos pensar en el
número 9 sin confundirlo con sus vecinos 8 y 10. Incluso si comprendiéramos que
la circunferencia de un círculo dividido por su diámetro es una constante, solo
conoceríamos el número π como «aproximadamente 3». Esta confusión impediría
cualquier intento de desarrollar un sistema monetario, buena parte del
conocimiento científico y, de hecho, la sociedad humana tal como la conocemos.
¿Cómo
hizo el Homo sapiens, caso único en el mundo animal, para superar
el estadio de la aproximación en los números? La habilidad humana única para
diseñar sistemas de numeración simbólica fue probablemente el factor
determinante. Algunas estructuras específicas del cerebro humano que todavía
están lejos de ser comprendidas en su totalidad nos permiten utilizar cualquier
símbolo arbitrario, sea la palabra hablada, un gesto, o una forma en un papel,
como vehículo de una representación mental. Los símbolos lingüísticos tienen la
particularidad de dividir el mundo en categorías discretas. De este modo, nos
permiten hacer referencia a números precisos y separarlos categóricamente de
sus vecinos más cercanos. Sin los símbolos, no podríamos diferenciar 8 de 9. Pero
con la ayuda de nuestras notaciones numéricas elaboradas, podemos expresar
pensamientos tan precisos como «La velocidad de la luz es de 299.792.458
kilómetros por segundo». En este capítulo pretendo describir esta transición de
una representación aproximada a una representación simbólica de los números
siguiendo los hilos tanto de la historia cultural de la humanidad como de la
mente de cualquier niño que adquiere la lengua de los números.
§. Una
breve historia de los números
Cuando nuestra especie comenzó a hablar, tal vez solo haya sido capaz de
nombrar los números 1, 2 y 3. Las cantidades correspondientes son cualidades
perceptuales que nuestro cerebro computa sin esfuerzo ni necesidad de contar.
Entonces, darles un nombre probablemente no haya sido más difícil que nombrar
cualquier otro atributo sensorial, como rojo, grande o caliente.
El
lingüista James Hurford (1987) ha reunido muchos indicios sobre la antigüedad
de las primeras tres palabras para nombrar números. Sus particularidades
lingüísticas, además, las distinguen de todas las que nombran los números
sucesivos. En muchas lenguas, «uno», «dos» y «tres» son los únicos numerales
que pueden flexionarse en género y número. Por ejemplo, en el alemán antiguo,
«dos» puede ser zwei, zwo o zween dependiendo
del género gramatical del objeto que se está contando. Los primeros tres
ordinales también tienen una forma particular. En inglés, por ejemplo, la
mayoría de los ordinales terminan con «-th» (fourth, fifth,
etc.), pero no ocurre lo mismo con las palabras first, second y third.
Los
números 1, 2 y 3 también son los únicos que se pueden expresar con flexiones
gramaticales en lugar de palabras. En muchas lenguas, las palabras no solo
llevan la marca de singular o plural. También se utilizan terminaciones
distintas para distinguir dos ítems (dual) frente a más de dos ítems (plural) y
algunas lenguas hasta tienen flexiones especiales para expresar tres ítems
(trial). En el griego antiguo, por ejemplo, ὁ ἵππος significaba «el caballo»;
τὼ ἵππω, «los dos caballos», y οἱ ἵπποι, un número no especificado de caballos
(pero igual o superior a 3). Ninguna lengua desarrolló nunca dispositivos
gramaticales especiales para los números superiores a 3.
Por
último, las particularidades de los tres primeros numerales también dan
testimonio de su antigüedad. Las palabras para «2» y «segundo» con frecuencia
tienen el significado de «otro», como en el verbo secundar, o el
adjetivo secundario. En algún momento de la historia, «tres» puede
haber simbolizado el número más grande conocido, llegando a ser sinónimo de
«mucho» y «superior a los demás». Entonces, tal vez los únicos números
conocidos para nuestros ancestros remotos fueran «1», «1 y otro» (2) y «mucho» (3
o más, al infinito).
Hoy nos
parece difícil imaginar a nuestros ancestros confinados a los números menores
que 3. Sin embargo, no es tan extraordinario. Aun en la actualidad, los
warlpiris, tribu de Australia, indican las cantidades solamente con las
palabras «uno», «dos», «algunos» y «muchos» (Ifrah, 1998[17]). Tengamos presente que en otros
campos también se da este tipo de limitaciones en los sistemas de
categorización; en los colores, por ejemplo: algunas tribus africanas solo
distinguen entre negro, blanco y rojo. De más está decir que estos límites son solo
léxicos. Cuando los warlpiris se ponen en contacto con los occidentales,
aprenden con facilidad los números en inglés. Entonces, su habilidad para
conceptualizar los números no está limitada por el léxico restringido de su
lengua ni (obviamente) por sus genes. Si bien los experimentos al respecto son
escasos, parece probable que posean conceptos cuantitativos de los números que
van más allá de tres, aunque no verbales y, en tal sentido, seguramente
aproximativos.
¿Cómo fue
que las lenguas humanas superaron el límite de 3? La transición hacia sistemas
de numeración más avanzados parece haber involucrado el conteo de partes del
cuerpo[18]. Todos los niños descubren de
forma espontánea que sus dedos se pueden poner en correspondencia uno a uno con
cualquier conjunto de ítems. Bastará levantar un dedo para el primer ítem, dos
para el segundo, y así sucesivamente. Con este mecanismo, el gesto de levantar
tres dedos se vuelve un símbolo para representar la cantidad de tres y tiene el
mismo significado que la palabra «tres». Una ventaja obvia es que los símbolos
requeridos siempre están «a mano»: ¡en este sistema de numeración los dígitos
son literalmente sus dedos!
Por eso,
a lo largo de la historia los dedos y otras partes del cuerpo han funcionado
como base de un lenguaje corporal de los números, que todavía está en uso en
algunas comunidades aisladas. Muchos pueblos que no cuentan con palabras
habladas para los números por encima de 3, poseen un rico vocabulario de gestos
numéricos que desempeñan el mismo papel. Por ejemplo, en el siglo XIX los
nativos de las islas del estrecho de Torres, en Oceanía, denotaban los números
apuntando a diferentes partes del cuerpo en un orden fijo (figura 4.1): desde
el meñique hasta el pulgar de la mano derecha (números 1 a 5), luego avanzan
por el brazo derecho hacia el izquierdo (6 a 12), hasta los dedos de la mano
izquierda (13 a 17), los dedos del pie izquierdo (18 a 22), las piernas
izquierda y derecha (23 a 28), y finalmente los dedos del pie derecho (29 a
33). Hace algunas décadas, en una escuela de Nueva Guinea, los maestros se
quedaban perplejos al ver que durante sus clases de matemática los alumnos
aborígenes se retorcían como si las cuentas les provocaran picazón. En
realidad, al señalarse rápidamente las partes del cuerpo, los niños estaban
traduciendo a su lenguaje corporal los números y cálculos que se les enseñaban
en inglés.
En los
sistemas de numeración verbal más sofisticados, ya no es necesario señalar:
nombrar una parte del cuerpo es suficiente para evocar el numeral
correspondiente. Entonces, en varias otras sociedades de Nueva Guinea, la
palabra «seis» literalmente significa «muñeca», mientras que «nueve» es «pecho
izquierdo». Del mismo modo, en innumerables lenguas a lo largo del mundo, desde
África Central hasta Paraguay, la etimología de la palabra «cinco» evoca la
palabra «mano».
Un tercer
paso salva la distancia entre estas lenguas basadas en el cuerpo y nuestras
«incorpóreas» palabras numerales. Denotar los números señalando el cuerpo tiene
una limitación seria: nuestros dedos forman un conjunto finito y, de hecho,
bastante pequeño. Incluso si contamos los dedos del pie y otras partes
salientes de nuestro cuerpo, el método es inútil para los números que superan
el 30. Es muy poco práctico aprender un nombre arbitrario para cada número. La
solución es crear una sintaxis que permita que los numerales más grandes se
expresen mediante la combinación de varios más pequeños.
Es
probable que la sintaxis de los números haya emergido de forma espontánea como
una extensión de la numeración basada en el cuerpo. Por ejemplo, en algunas
comunidades originarias del Gran Chaco paraguayo, el número 6, en lugar de
recibir un nombre arbitrario como «muñeca», se expresa como «uno de la otra
mano». Dado que ya la palabra «mano» significa 5, por la mera naturaleza de su
lenguaje corporal estas personas se ven llevadas a expresar 6 como «5 y 1». Del
mismo modo, el número 7 es «5 y 2», y así sucesivamente hasta llegar al 10, que
simplemente se expresa como «dos manos» (dos veces 5). Detrás de este ejemplo
elemental acechan los principios básicos de organización de las notaciones
numéricas modernas: la selección de un número de base (aquí, el 5) y la
expresión de números más grandes a través de una combinación de sumas y
productos. Una vez descubiertos, estos principios pueden extenderse a números
arbitrariamente grandes. El número 11, por ejemplo, se puede expresar como «dos
manos y un dedo» (dos veces 5, y 1), mientras que 22 será «cuatro manos y dos
dedos».
Figura 4.1. Los nativos del estrecho de Torres denotaban los números
señalando hacia una parte precisa de su cuerpo (adaptado de Ifrah, 1998).
La
mayoría de las lenguas han adoptado un número de base, como el 10 o el 20, cuyo
nombre suele ser una contracción de unidades más pequeñas. En la lengua
centroafricana ali, por ejemplo, la palabra mbuna, que significa
10, es una contracción de moro buna, literalmente «dos manos». Una
vez que la nueva forma se cristaliza, puede participar en construcciones más
complejas. Entonces, la palabra para 21 se podría expresar como «dos veces 10 y
1». Un proceso similar da cuenta de la construcción irregular de algunos
numerales como 11, 12, 13 o 50 en el inglés actual. En épocas previas fue claro
el carácter compuesto de estas palabras: «1 (y) 10», «2 (y) 10», «3 (y) 10», «5
veces 10», antes de que evolucionaran en una contracción.
En lo que
refiere a las numeraciones con base 20, probablemente reflejen una tradición
antigua de contar con los dedos de las manos y de los pies en vez de hacerlo
solo con las manos. Esto explica por qué a menudo la misma palabra denota el
número 20 y también «un hombre», como en algunos dialectos mayas o en el
esquimal de Groenlandia. Un número como 93 puede expresarse, entonces, con una
oración breve como «luego del cuarto hombre, tres del primer pie»; una sintaxis
rebuscada, sí, pero no más que la expresión francesa moderna quatre-vingt-treize para
expresar esa misma cifra (4 × 20 + 13). Utilizando ingeniosas soluciones como
estas, los humanos llegaron a aprender a expresar cualquier número con una
precisión perfecta.
§. Un
registro permanente de los números
Dar un nombre a los números puede ser útil, pero muchas veces llevar un
registro durable de ellos se vuelve de vital importancia. Probablemente,
razones científicas y económicas empujaron a los humanos a desarrollar
rápidamente sistemas de escritura que les permitieran llevar un registro
permanente de eventos importantes, fechas, cantidades o intercambios: en
síntesis, cualquier cosa que se pudiera denotar con un número. Es muy posible,
por lo tanto, que la invención de las notaciones numéricas escritas se haya
desplegado en paralelo con el desarrollo de los sistemas verbales de
numeración.
Para
comprender bien los orígenes de los sistemas de escritura de números, tenemos
que viajar muy lejos en el tiempo. Varios huesos que proceden del período
aurignaciano del paleolítico superior (entre 35.000 y 20.000 a. C.) reflejan el
método más antiguo de escritura de números: la representación de un conjunto
con idéntica cantidad de marcas (Marshack, 1991). Estos huesos tienen grabadas
una serie de muescas paralelas, y a veces están agrupados en pequeños bloques.
Esta puede haber sido la forma en que los primeros humanos llevaban un registro
de lo que cazaban tallando una marca por cada animal que capturaban. La
decodificación paciente de la estructura periódica de esos trazos en una placa
de hueso algo más reciente (10.000 a. C.) sugiere que hasta puede haberse usado
como una forma elemental de calendario, que llevaba registro de la cantidad de
días entre una fase lunar y la siguiente (figura 4.2)
Figura 4.2. Esta pequeña placa de hueso fue descubierta en 1969
en la Gruta de Taï, en el sur de Francia. Data del paleolítico superior (ca.
10.000 a. C.) y presenta incisiones alineadas regularmente. Como algunas de las
marcas están agrupadas en subconjuntos de más o menos veintinueve, se piensa
que la placa registraba el número de días que pasaban entre dos lunaciones
(reproducido de Marshack, 1991; © Cambridge University Press)
El
principio de correspondencia uno a uno se ha reinventado una y otra vez, en
todo el mundo, como uno de los registros numerales más simples y básicos. Los
sumerios llenaban esferas de arcilla con la misma cantidad de piedras que los
objetos que contaban; los incas registraban los números haciendo nudos en
cordones de algodón o lana, los quipus, que les servían como archivos; y los
romanos utilizaban barras verticales para formar sus primeros tres dígitos.
Hasta hace poco, algunos panaderos todavía hacían marcas para llevar un
registro de las deudas de sus clientes. La palabra «cálculo» en sí misma
proviene del término latino calculus, esto es, «guijarro», y nos
remonta a la época en que los números se manipulaban al mover las piedras de un
ábaco antes que recurrir a símbolos arbitrarios.
A pesar
de su engañosa simplicidad, el principio de correspondencia uno a uno es un
invento notable. Aporta una representación duradera, precisa y abstracta de los
números. Una serie de muescas puede funcionar como un símbolo numérico
abstracto y hacer referencia a cualquier conjunto de ítems, ya sea ganado,
personas, deudas o lunas llenas. También permite a las personas superar sus
limitaciones de percepción. Los humanos, como las palomas, no pueden distinguir
cuarenta y nueve objetos de cincuenta. Sin embargo, un palito marcado con
cuarenta y nueve incisiones deja un registro permanente de este número exacto.
Para verificar si una cuenta es correcta, uno simplemente tiene que repasar uno
a uno los objetos y avanzar una marca por cada objeto. La correspondencia uno a
uno, entonces, abre el acceso a una representación precisa de los números que
son demasiado grandes para ser recordados con precisión en la recta numérica
mental.
Obviamente,
la correspondencia uno a uno también tiene sus limitaciones. La representación
de los números mediante tallas es bastante fastidiosa de escribir o leer. Como
vimos antes, el sistema visual humano no puede aprehender de un golpe de vista
un conjunto de más de tres ítems. Así, ¡una serie indiferenciada de treinta y
siete marcas es tan difícil de percibir como el conjunto de treinta y siete
ovejas al que representa! Muy pronto, entonces, los humanos se vieron obligados
a romper la monotonía de las series numéricas agrupando las marcas e
introduciendo nuevos símbolos, es decir, separando un número grande en algo más
fácil de leer de una sola mirada. Hacemos exactamente lo mismo cuando en una
partida de naipes tachamos cada grupo para marcar cinco trazos, convirtiéndolos
en un grupo visualmente diferenciado. Gracias a esta técnica, el número 21 se
ve como
innegablemente
una notación más legible que
Sin
embargo, este sistema solo es útil sobre el papel. Cuando el soporte es una
varilla, hacer muescas a lo ancho de la madera resulta tedioso. Hendir la
madera en un ángulo es mucho más fácil, y ese es exactamente el método que los
pastores adoptaron hace miles de años: adoptaron símbolos hechos de barras
oblicuas, como V o X, para denotar los números 5 y 10. Como podrán adivinar,
este es el origen de los números romanos correspondientes. Sus formas
geométricas fueron determinadas por la facilidad con que se las podía tallar en
cualquier soporte. Otros medios de escritura han impuesto formas distintas. Por
ejemplo, los sumerios, que escribían sobre láminas de arcilla blanda, adoptaban
para sus numerales las formas más simples que se podían trazar con una varilla:
marcas circulares o cilíndricas, así como los famosos caracteres con forma de
clavo o «cuneiformes».
Al reunir
varios de estos símbolos, se pueden formar otros números. En la notación
romana, 7 se escribe como 5 + 1 + 1 (VII). Este principio aditivo, de acuerdo
con el cual el valor de un número es igual a la suma de los dígitos que lo
componen, está en la base de muchas notaciones numéricas, incluidas las de los
egipcios, los sumerios y los aztecas. La notación aditiva ahorra espacio y
tiempo, porque un número como 38, que requiere treinta y ocho símbolos
idénticos en cualquier notación basada en la correspondencia uno a uno, ahora
pasa a movilizar siete dígitos romanos (38 = 10 + 10 + 10 + 5 + 1 + 1 + 1 o
XXXVIII). De todos modos, la lectura y la escritura siguen siendo una ocupación
tediosa. La concisión puede mejorarse un poco si se presentan símbolos especiales,
como los números L (50) y D (500). Las repeticiones pueden evitarse totalmente
si se quiere utilizar un símbolo distinto para cada uno de los números del 1 al
9, del 10 al 90, y del 100 al 900. Esta fue la solución que adoptaron los
griegos y los hebreos, que utilizaban letras del alfabeto en lugar de números.
Con este truco, un número tan complejo como 345 se puede escribir con solo tres
letras (TME en griego, o 300 + 40 + 5). Sin embargo, el usuario paga un costo
grande: memorizar el valor numérico de los veintisiete símbolos requeridos para
expresar todos los números entre el 1 y el 999 demanda un esfuerzo
considerable.
Al
repasar, parece obvio que la suma por sí sola no puede ser suficiente para
expresar números muy grandes. La multiplicación se vuelve indispensable. Una de
las primeras notaciones híbridas, que combina la suma con la multiplicación,
apareció en la Mesopotamia hace más de cuatro milenios. En lugar de expresar un
número como 300 trazando tres veces el símbolo correspondiente a 100, como en
los números romanos (CCC), los habitantes de la ciudad de Mari simplemente
escribían el símbolo de 3 y a continuación el símbolo de 100. Lamentablemente,
seguían escribiendo las unidades y las decenas mediante el principio de
adición, por lo que su notación aún estaba lejos de ser concisa. El número
2342, por ejemplo, se escribía literalmente como «1 + 1 millares, 1 + 1 + 1
centenas, 10 + 10 + 10 + 10, 1 + 1».
La fuerza
del principio de multiplicación se refinó en sistemas de numeración
posteriores. En particular, hace cinco siglos, los chinos inventaron una
notación perfectamente regular que se ha preservado hasta el día de hoy.
Consiste en solo trece símbolos arbitrarios para los dígitos que van del 1 al 9
y los números 10, 100, 1000 y 10 000. El 2342 se escribe simplemente como «2
1000 3 100 4 10 2», una transcripción palabra por palabra de la expresión oral
«dos mil trescientos cuarenta y dos» (cuarenta es «cuatro diez» en chino). En
este aspecto, la escritura deviene un reflejo directo del sistema de numeración
oral.
§. El
principio del valor posicional
La eficacia de las notaciones numéricas se expandió enormemente gracias a un
último invento: el principio del valor posicional. Una notación numérica
obedece a ese principio cuando la cantidad representada por un dígito varía
según el lugar que ocupa en el número. Entonces, los tres dígitos que forman el
número 222, aunque son idénticos, hacen referencia a diferentes órdenes de
magnitud: dos centenas, dos decenas y dos unidades. En una notación basada en
el valor posicional, hay un número privilegiado al que se llama «base».
Actualmente utilizamos la base 10, pero no es la única posibilidad. Las
posiciones sucesivas en el número representan potencias sucesivas de la base,
desde unidades (100 = 1), a decenas (101 = 10),
centenas (102 = 100), y así sucesivamente. La cantidad
expresada por determinado número se obtiene multiplicando cada dígito por la
potencia correspondiente de la base, y luego sumando los productos. Entonces,
el número 328 representa la cantidad 3 × 100 + 2 × 10 + 8 × 1.
Una
codificación que se basa sobre el principio de valor posicional es clave si se
desea hacer cálculos utilizando algoritmos simples. Si ustedes no lo creen,
¡intenten calcular XIV × VII, utilizando números romanos! Los cálculos tampoco
son prácticos en la notación alfabética griega, porque nada hace evidente que
el número N (50) sea diez veces más grande que el número E (5). Esta es la
principal razón por la que los griegos y los romanos nunca realizaban cálculos
sin ayuda de un ábaco. En cambio, nuestros números arábigos, basados sobre el
principio del valor posicional, permiten transparentar por completo las
relaciones de magnitud entre, por ejemplo, 5, 50, 500 y 5000. Las notaciones
posicionales son las únicas que reducen la complejidad de la multiplicación a
la memorización de una tabla de productos desde 2 × 2 hasta 9 × 9. No es
exagerado afirmar que su invención revolucionó el arte del cálculo numérico.
Fueron
solamente cuatro las civilizaciones que, en toda la historia de la humanidad,
parecen haber descubierto la notación posicional, y tres de ellas nunca
alcanzaron la simplicidad de nuestros números arábigos actuales. Por esto, la
notación solo se vuelve altamente eficiente en compañía de otros tres inventos:
un símbolo para el cero, un número de base único, y la eliminación del
principio de adición para los dígitos del 1 al 9. Piensen, por ejemplo, en el
sistema posicional más antiguo que se conoce, diseñado por los astrónomos
babilonios dieciocho siglos antes de Cristo. Su base era el número 60.
Entonces, un número como el 43 345, que es igual a 12 × 602 + 2
× 60 + 25, se expresaba concatenando los símbolos de 12, 2 y 25.
En
principio, habrían hecho falta sesenta símbolos distintos, uno para cada uno de
los «dígitos» del 0 al 59. Sin embargo, obviamente, habría sido poco práctico
aprender sesenta símbolos arbitrarios. En cambio, los babilonios escribían
estos números utilizando una notación aditiva de base 10. Por ejemplo, el
«dígito» 25 se expresaba como 10 + 10 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1. Finalmente, el
número 43 345, entonces, se representaba con una oscura secuencia de caracteres
cuneiformes que significaba literalmente 10 + 1 + 1 [implícitamente,
multiplicado por 602], 1 + 1 [implícitamente, multiplicado por 60],
10 + 10 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1. Semejante mezcla de codificación aditiva y
posicional, con dos bases, 10 y 60, convirtió a la notación babilónica en un
sistema complejo, reservado a una restringida élite culta. De todos modos, se
trataba de una numeración notablemente avanzada para su época. Los astrónomos
babilonios la usaban con mucha destreza para sus cálculos celestes, cuya
precisión no se vio superada hasta después de más de mil años. Su éxito se
debía en parte a la sencillez con que la base 60 permitía representar las
fracciones: como 2, 3, 4, 5 y 6 son divisores de 60, las fracciones 1/2, 1/3, 1/4, 1/5 y 1/6 tenían,
todas, una expresión simple en el sistema sexagesimal.
Si lo
evaluamos con nuestros estándares actuales, el sistema babilonio tenía una
desventaja central: durante quince siglos, le faltó un símbolo para el 0. ¿Y
para qué sirve el cero? Para empezar, se trata de un símbolo convencional que
expresa la ausencia de unidades de cierto tipo, definido por su valor
posicional, en un número compuesto por más de una cifra. Por ejemplo, en la
notación arábiga, el número 503 significa cinco centenas, ninguna decena, y
tres unidades. Como no tenían un símbolo cero, los científicos babilonios
simplemente dejaban un espacio en blanco en el lugar en el que debería haber
aparecido un número. Este vacío significativo era una fuente recurrente de
ambigüedades. Los números 301 (5 × 60 + 1), 18 001 (5 × 602 +
1) y 1 080 001 (5 × 603 + 1) se expresaban confusamente con
cadenas similares: 51, 5 1 (con un espacio en blanco) y 5 1 (con dos espacios
en blanco). Entonces, la ausencia de un cero era la causa de muchos errores en
los cálculos. Para peor, un dígito aislado como «1» tenía múltiples
significados. Podía significar la cantidad 1, por supuesto, pero también «1
seguido de un blanco» o 1 × 60, o incluso «uno seguido de dos blancos» o 1 × 602 =
3600, y así sucesivamente. Solo el contexto podía determinar qué interpretación
era correcta. Hubo que esperar hasta el siglo III a. C. para llenar este vacío
con la invención de un símbolo auténtico que permitiera denotar en forma
explícita las unidades ausentes. Incluso así, este símbolo solo funcionaba como
un marcador de posición, y nunca adquirió el significado de una «cantidad nula»
o de «el entero inmediatamente inferior a 1» que hoy en día le atribuimos.
Pese a
que aparentemente la notación posicional de los astrónomos babilonios se perdió
con el derrumbe de su civilización, otras tres culturas reinventaron más tarde
sistemas muy similares. En el siglo II a. C., los científicos chinos diseñaron
un código posicional que no disponía de un dígito 0 y utilizaba las bases 5 y
10. En la segunda mitad del primer milenio, los astrónomos mayas hacían
cálculos con números escritos en base 5 y 20 y tenían además un dígito 0 hecho
y derecho. Y, por último, los matemáticos indios, por intermedio de los sabios
del mundo árabe, legaron a la humanidad la notación posicional con base 10 que
actualmente se utiliza en todo el mundo.
Parece un
poco injusto llamar «numerales arábigos» a un invento debido originariamente al
ingenio de la civilización india. Nuestra notación numérica se llama «arábiga»
solo porque el mundo occidental la descubrió gracias a los tratados de los
grandes matemáticos persas, de cuyo trabajo derivan muchas de las técnicas
modernas del cálculo numérico. La palabra «algoritmo», por ejemplo, se llama
así por el trabajo de uno de ellos, Mohammad ibn Musa al-Juarizmi. Su obra más
famosa fue un tratado sobre la resolución de las ecuaciones lineales, Al-jabr
w’almuqābala (Acerca de la reducción y la comparación), un
libro de un éxito excepcional, cuyo título pasó luego al lenguaje común
(«álgebra»). Sin embargo, pese a toda su creatividad, los descubrimientos de
los persas no podrían haber visto la luz sin ayuda de la notación numérica
india.
Rindamos
un homenaje especial a una innovación única de la notación india, que faltaba
en los demás sistemas posicionales: la selección de diez dígitos arbitrarios
cuyas formas no están vinculadas con las cantidades numéricas que representan.
A primera vista, podría pensarse que utilizar formas arbitrarias es una
desventaja. Una sucesión de trazos parece proveer una forma más transparente de
denotar los números, más fácil de aprender. Y tal vez esta fuera la lógica
implícita de los científicos sumerios, chinos y mayas. Sin embargo, en el
capítulo anterior hemos visto que esto es incorrecto. Para el cerebro humano
requiere más tiempo contar cinco objetos que reconocer una forma arbitraria y
asociarla con un significado. La peculiar disposición de nuestro aparato
perceptual a recuperar rápidamente el significado de una forma arbitraria, que
he llamado «reflejo de comprensión», se aprovecha de forma admirable en la
notación posicional indo arábiga. Esta herramienta de numeración, con sus diez
dígitos fácilmente discernibles, encaja perfectamente con los puntos fuertes
del sistema cognitivo y visual de los humanos.
§. Una
gran diversidad de lenguajes numéricos
Hoy en día, cuando las personas de casi cualquier país escriben un número,
adoptan la misma convención y utilizan la notación de base 10. Solo la forma de
los dígitos puede variar un poco. Por ejemplo, en los venerables tratados
persas se comenta el uso de «dígitos indios», en lugar de nuestros números
arábigos, en algunos países de Medio Oriente (en la actualidad, algo similar
sucede con los hablantes de urdu). Sin embargo, incluso en esos casos la
notación arábiga estándar ganaba o sigue ganando terreno. Su predominio tiene
poco que ver con el imperialismo o la imposición de normas comerciales. Si la
evolución de la numeración escrita converge se debe principalmente a que la
codificación posicional es la mejor notación de que disponemos. Sus
características meritorias son muchas: su naturaleza compacta, su reducido
número de elementos, la ausencia de obstáculos para su aprendizaje, su lectura
y su escritura, la simplicidad de los algoritmos de cálculos para los que
funciona como base. Todos estos rasgos justifican su adopción universal. De
hecho, es difícil conjeturar qué nueva invención podría destronarla.
La
numeración oral no muestra este nivel de convergencia. Si bien la amplia
mayoría de las lenguas humanas poseen una sintaxis de número basada en una
combinación de sumas y productos, vista en detalle, la diversidad de los
sistemas de numeración es llamativa. En primer lugar, se utiliza una variedad
de bases. En el distrito de Queensland, en Australia, algunos aborígenes
todavía utilizan la base 2. El número 1 es «ganar», 2 es «burla», 3 es
«burla-ganar» y 4 es «burla-burla». En la antigua Sumeria, por contraste, se
utilizaban simultáneamente las bases 10, 20 y 60. Entonces, el número 5566 se
expresaba como sàr (3600) ges-u-es (60 × 10 ×
3) ges-min (60 × 2) nusmin (20 × 2) às (6)”
o 3600 + 60 × 10 × 3 + 60 × 2 + 20 × 2 + 6 = 5566. La base 20 también tenía sus
adeptos: regía las lenguas azteca, maya y gaélica, y se utiliza todavía en el
esquimal y el yoruba. Incluso se pueden encontrar resabios de ella en el
francés, en el que 80 es quatre-vingt (cuatro veintes), y en
el inglés isabelino, que con frecuencia contaba en scores (veintenas).
Si bien
en nuestros días la base 10 rige la mayoría de las lenguas, la sintaxis de los
números es altamente variable. El premio a la simplicidad se lo llevan las
lenguas asiáticas como el chino, cuya gramática es el reflejo perfecto de una
estructura decimal. En lenguas como esas solo hay nueve nombres para los
números del 1 al 9 (yī, èr, sān, sì, wǔ, liù, qī, bā y jiŭ),
a los que uno debería agregarles cuatro multiplicadores 10 (shí), 100 (băi),
1000 (qiān) y 10 000 (wàn). Para nombrar un número, solo se debe
leer su descomposición en base 10. Entonces, 13 es shísān («diez,
tres»), 27 èrshíqī (dos diez, siete) y 92 547 jiŭ wàn
èr qiā nwǔbăi sì shí qī («nueve diez mil, dos mil, cinco cien, cuatro
diez, siete»).
Este
formalismo elegante contrasta bruscamente con las veintinueve palabras que son
necesarias para expresar los mismos números en inglés o en francés. En estas
lenguas —y algo similar ocurre en el español—, los números del 11 al 19 y las
decenas del 20 al 90 se denotan con palabras especiales (once, doce, veinte,
treinta, etc.), cuya estructura no es predecible a partir de la de otros
numerales. Ni que hablar de las peculiaridades aún más curiosas del francés,
con sus incómodas palabras soixante-dix (sesenta-diez: 70)
y quatre-vingt-dix (cuatro-veinte-diez: 90). El francés
también tiene reglas confusas de elisión y conjunción que conciernen al número
1: se dice vingt-et-un (veintiuno) en lugar
de vingt-un; sin embargo, 22 es vingt-deux en vez
de vingt-et-deux, y 81 es quatre-vingt-un,
no quatre-vingt-et-un. Del mismo modo, 100 es cent en
lugar de un cent. Otra excentricidad es la inversión sistemática de
las decenas y las unidades en las lenguas germánicas, en las que 432 se
convierte en vierhundert zwei und dreissig (cuatrocientos dos
y treinta).
¿Cuáles
son las consecuencias prácticas de esta generosa diversidad de lenguas
numéricas? ¿Todas las lenguas son equivalentes? ¿O algunas notaciones numéricas
están mejor adaptadas a las características de nuestros cerebros? ¿Determinados
países, por su sistema de numeración, comienzan con una ventaja en matemática?
Este no es un tema trivial en el período actual de una competitividad
internacional feroz, en la que la habilidad para los números es un factor clave
para el éxito. Como adultos, somos prácticamente inconscientes de la
complejidad de nuestro sistema de numeración. Años de entrenamiento nos han
domesticado para que aceptemos que 76 debería pronunciarse «setenta y seis» en
lugar de, por ejemplo, «siete diez seis» o «sesenta-dieciséis». Entonces, ya no
podemos comparar de forma objetiva nuestra lengua con otras. Son necesarios
rigurosos experimentos psicológicos para medir la eficacia relativa de
distintos sistemas de numeración. Para nuestra sorpresa, estos experimentos
demuestran reiteradamente la inferioridad del inglés, el español o el francés
respecto de las lenguas asiáticas.
§. Los
costos de no hablar chino
Lean la siguiente lista en voz alta: 4, 8, 5, 3, 9, 7, 6. Ahora, cierren los
ojos e intenten recordar los números durante veinte segundos antes de
recitarlos otra vez. Si su lengua materna es el inglés, tienen un 50 % de
posibilidades de fracasar. Si son chinos, en cambio, el éxito está
prácticamente garantizado. De hecho, el span, es decir la capacidad
de memoria, en China se eleva hasta aproximadamente nueve dígitos, mientras que
es de solo siete, en promedio, en inglés[19]. ¿Por qué se da esta diferencia?
¿Los hablantes de chino son más inteligentes? Probablemente no lo sean, pero
ocurre que sus nombres de números son más breves. Cuando intentamos recordar
una lista de dígitos, generalmente la almacenamos utilizando un circuito de
memoria verbal de tipo auditivo (por eso resulta difícil memorizar números
cuyos nombres suenan parecido, como five y nine o seven y eleven en
inglés). Esta memoria puede almacenar la información solo dos segundos,
aproximadamente, y nos fuerza a repetir mentalmente las palabras para
refrescarlas. El alcance de nuestra memoria, entonces, está determinado por la
cantidad de números que podemos repetir en menos de dos segundos. Los que
recitan más rápido tienen mejor memoria.
Los
numerales chinos son notablemente breves. La mayor parte se puede emitir en
menos de un cuarto de segundo (por ejemplo, 4 es sì y 7
es qī). Sus equivalentes en inglés —four, seven—
o español —«cuatro», «siete»— son más largos: pronunciarlos lleva cerca de un
tercio de segundo. La diferencia de memoria entre el inglés y el chino
aparentemente se debe a esta diferencia en extensión. En lenguas tan diversas
como el galés, el árabe, el chino, el inglés y el hebreo, hay una correlación
sostenida entre el tiempo requerido para pronunciar números en la lengua
correspondiente y la amplitud de memoria de sus hablantes. En esta área, el
premio a la eficacia es para el dialecto cantonés del chino, cuya brevedad
permite a los residentes de Hong Kong disparar el alcance de memoria hasta los
diez dígitos, aproximadamente.
En
resumen, el «mágico número 7», que se anuncia con tanta frecuencia como un
parámetro fijo de la memoria humana, no es una constante universal. Es
meramente el valor estándar para la amplitud de dígitos en un grupo especial
de Homo sapiens en el que casualmente está centrado más del 90
% de los estudios psicológicos; ¡los estudiantes universitarios
norteamericanos! La amplitud de memoria de dígitos es un valor que depende de
la cultura y del entrenamiento, y no se puede pensar que constituye un
indicador fijo de tamaño de memoria. Sus variaciones de una cultura a otra
sugieren que las notaciones numéricas asiáticas, como el chino, se recuerdan
con más facilidad que nuestros sistemas occidentales de numerales.
Si
ustedes, como yo, forman parte de aquellos pobrecitos que no hablan una palabra
de chino, no pierdan la esperanza. Hay varios trucos a fin de aumentar su
memoria para los dígitos, incluso para quienes hablan inglés, francés o
español. En primer lugar, siempre memoricen los números utilizando la secuencia
de palabras más corta posible. Un número largo como 83 412 suele recordarse
mejor si se lo recita dígito a dígito, como ocurre con los números de teléfono.
En segundo lugar, intenten agrupar los dígitos en pequeños bloques de dos o
tres. Su memoria de trabajo va a saltar hasta los doce dígitos,
aproximadamente, si los agrupan en cuatro bloques de tres.
Un tercer
truco es llevar el número que debe recordarse a un terreno que nos resulte
familiar. Busquen series crecientes o decrecientes, fechas familiares, códigos
postales, o cualquier otra información que ya conozcan. Si pueden recodificar
el número utilizando solo unos pocos ítems bien conocidos, deberían recordarlos
sin dificultad. Luego de doscientas cincuenta horas de entrenamiento bajo la
orientación de los psicólogos William Chase y K. Anders Ericsson (1981), ¡un
estudiante estadounidense fue capaz de extender su amplitud de memoria hasta la
extraordinaria cifra de ochenta dígitos gracias a este método de registro! Era
un excelente corredor de larga distancia y había compilado una gran base de
datos mental de tiempos récord de carreras. Entonces, almacenaba los ochenta
dígitos que debía recordar separándolos en grupos de tres o cuatro, como una
serie de tiempos récord en la memoria de largo plazo.
Siguiendo
estas observaciones, ustedes no deberían tener dificultades para recordar los
números de teléfono. Pero, a menos que sean chinos, las malas noticias recién
comienzan. Los numerales también desempeñan un papel crucial para contar y
calcular, y aquí otra vez se puede reprobar a las lenguas con los nombres de
números más largos. Por ejemplo, en promedio, a un alumno galés le lleva un
segundo y medio más que a un alumno inglés sumar 134 + 88. Para una edad y una
educación equivalentes, esta diferencia parece deberse únicamente al tiempo que
toma pronunciar el problema y los resultados intermedios: los números galeses
son considerablemente más largos que los del inglés. El inglés, sin embargo,
claramente no es la lengua óptima en este sentido: varios experimentos han
demostrado que los niños japoneses y chinos calculan mucho más rápido que sus
pares americanos.
Por
supuesto, puede ser difícil separar los efectos de la lengua de los de la
educación, el número de horas en la escuela, la presión parental, y así
sucesivamente (de hecho, existe evidencia de que la organización de las clases
de matemática japonesas es superior en muchos sentidos a la del sistema escolar
estadounidense estándar). Es posible, sin embargo, neutralizar el efecto de
muchas variables de este tipo si se estudia la adquisición del lenguaje en
niños que todavía no han ido a la escuela. A todos los niños se los confronta
con la desafiante tarea de descubrir, por sí mismos, el léxico y la gramática
de su lengua materna. ¿Cómo adquieren las reglas del francés y del alemán por
una mera exposición a frases como soixante-quinze o fünf
und siebzig? ¿Y cómo puede un niño francés descubrir los significados
de deux cents (doscientos) o cent deux (ciento
dos)? Incluso si nace ya siendo un lingüista y si, como postulan Noam Chomsky y
Steven Pinker, el cerebro viene equipado con un órgano del lenguaje que hace
que aprender las reglas lingüísticas más abstrusas sea una cuestión de
instinto, la inducción de las reglas de formación de números se encuentra muy
lejos de ser instantánea, y varía de una lengua a otra.
En chino,
por ejemplo, una vez que se han aprendido las palabras para números hasta el
10, las otras se generan fácilmente con una regla simple (11 = decena y uno, 12
= decena y dos…, 20 = dos decenas, 21 = dos decenas y uno, etc.). En cambio,
los niños que hablan inglés o español tienen que aprender de memoria no solo
los números del 1 al 10, sino también del 11 al 19, y también los de las
decenas del 20 al 90. Por si fuera poco, deben descubrir ellos solos las
múltiples reglas de la sintaxis de los números que especifican, por ejemplo,
que «veinte y cuarenta» o «treinta y once» son secuencias inválidas de palabras
para números.
En un
experimento fascinante, Kevin Miller y sus colegas pidieron a grupos parejos de
niños norteamericanos y chinos que recitaran la secuencia de los números
(Miller, Smith, Zhu y Zhang, 1995). Sorprendentemente, la diferencia
lingüística hacía que los niños occidentales estuvieran hasta un año retrasados
respecto de sus pares orientales. A los 4 años, los niños chinos ya contaban
hasta 40 en promedio. A la misma edad, sus colegas de América contaban, con
dificultad, hasta 15. Les llevó un año alcanzar a los chinos y llegar a 40 o
50. No solo eran más lentos en general que los chinos; hasta el número 12,
ambos grupos estaban parejos. Pero cuando llegaban a los números
especiales thirteen (trece) y fourteen (catorce),
los niños norteamericanos repentinamente tropezaban, mientras que los chinos,
ayudados por la constante regularidad de la lengua, seguían adelante con muchas
menos dificultades (figura 4.3).
El
experimento de Miller muestra, sin lugar a dudas, que la opacidad de un sistema
de numeración impone una carga importante para la adquisición. Otra prueba
surge del análisis de los errores al contar. ¿No hemos oído a los niños recitar
«veintiocho, veintinueve, veintidiez, veintionce», y así sucesivamente? Este
tipo de errores gramaticales, que revelan una pobre inducción de las reglas de
la sintaxis de los números, son completamente desconocidos en los países
asiáticos (Fuson, 1988).
Figura 4.3. Kevin Miller y sus colegas solicitaron a grupos de
niños estadounidenses y chinos que recitaran los números hasta donde pudieran.
A una edad equiparada, los niños chinos llegaban mucho más lejos que sus pares
norteamericanos (adaptado de Miller y otros, 1995; © Cambridge University
Press).
El
impacto negativo de los sistemas occidentales de numeración verbal se prolonga
en los siguientes años de la escolaridad. La organización de los numerales
chinos hablados es paralela a la estructura de los números arábigos escritos.
Por ende, los niños chinos tienen muchas menos dificultades que sus homólogos
occidentales para aprender los principios del valor posicional de base 10
(Miller y Stigler, 1987). Cuando se les pide que formen el número 25 utilizando
algunos cubos para las unidades y algunas barras compuestas de diez cubos para
las decenas, los alumnos chinos seleccionan sin problemas dos barras de diez y
cinco unidades, lo que sugiere que comprenden la base 10. A la misma edad, los
niños norteamericanos se comportan de forma diferente. La mayoría de ellos
cuenta con mucho trabajo veinticinco unidades, y por lo tanto no aprovecha el
atajo que les proveen los grupos de diez. Peor todavía: si uno les da una barra
que tiene veinte unidades, la usan con más frecuencia que dos barras de diez.
Esto significa que parecen prestar atención a la forma superficial de la
palabra «veinticinco», mientras que los chinos ya dominan su estructura más
profunda de base 10. Esta base es un concepto transparente en las lenguas
asiáticas, pero causa grandes dolores de cabeza a los niños occidentales.
Estos
descubrimientos experimentales imponen una conclusión fuerte: los sistemas de
numeración verbal occidentales son menos eficientes que los de las lenguas
asiáticas en varios aspectos: son más difíciles de retener en la memoria de
corto plazo, tornan los cálculos más lentos, y dificultan la adquisición de las
habilidades para contar y de la base 10. La selección cultural debería haber
eliminado hace mucho tiempo construcciones tan absurdas como la del
francés quatre-vingt-dix-sept. Por desgracia, los esfuerzos de
normalización de nuestras escuelas y academias le han puesto una traba a la
evolución natural de las lenguas. Si los niños pudieran votar, probablemente
estarían a favor de una reforma extendida de las notaciones numéricas y
aceptarían la adopción del modelo chino. ¿Una revisión de este tipo sería menos
utópica que las lamentables reformas de la ortografía? Por lo menos, tenemos un
ejemplo histórico de una gran reforma lingüística exitosa. A principios del
siglo XX, los galeses, por propia voluntad, dejaron de lado su viejo sistema de
numeración, que era incluso más complejo que el francés actual, y lo
reemplazaron con una notación simplificada bastante similar a la del chino.
Desafortunadamente, el cambio de los galeses los llevó a otro error: en su
idioma las nuevas palabras que designan números —aunque regulares desde el
punto de vista gramatical y, por eso, fáciles de aprender— ¡son tan largas que
resultan un suplicio para la memoria! Los experimentos psicológicos
probablemente dictarían la adopción de un sistema de numeración bien probado
como el del chino mandarín, pero los intereses nacionales hacen que esta sea
una perspectiva distante e improbable.
§.
Aprender a etiquetar cantidades
Adquirir un léxico y una sintaxis para los números no lo es todo. No resulta
particularmente útil saber que «doscientos treinta» es una frase válida
mientras que «dos treinta y cien» no lo es. Por sobre todas las cosas, los
niños deben aprender lo que significan estos números, la cantidad que
representan. El poder de los sistemas de numeración se origina en su capacidad
para establecer vínculos precisos entre los símbolos lingüísticos y las
cantidades que expresan. Durante la infancia alguien puede recitar muy bien los
números hasta el 100, pero esto es solo repetir como un loro, a menos que él o
ella sepan a qué magnitudes hacen referencia. Entonces, ¿cómo aprenden los
niños los significados de las palabras que suenan «uno», «seis» u «ocho»?
Un primer
problema básico al que se enfrenta un niño es reconocer que estas palabras
designan números antes que colores, tamaños, formas o cualquier otra propiedad
del ambiente. Pensemos en las frases «las tres ovejas» y «las grandes ovejas».
Un niño que las oye por primera vez, y que no conoce el significado de las
palabras «tres» y «grande», no tiene forma de darse cuenta de que «grande» se
refiere al tamaño físico de cada oveja, mientras que «tres» hace referencia al
cardinal del conjunto de ovejas.
A la edad
de 2 años y medio, los niños norteamericanos ya pueden diferenciar entre las
palabras para números y otros adjetivos. Hay experimentos que así lo demuestran
(Wynn, 1990, 1992b). Cuando se les da la opción entre la imagen de una única
oveja roja y otra que muestra tres ovejas azules, los niños señalan de
inmediato a la primera cuando se les dice «muéstrame la oveja roja» y a la
segunda cuando se les dice «muéstrame las tres ovejas»[20]. Cuando llegan a esa edad, ya
saben que «tres» se aplica a un conjunto de ítems más que a un solo ítem. A esa
misma edad, los niños también ubican en el orden correcto las palabras para
números y los otros adjetivos: dicen «tres pequeñas ovejas», pero nunca
«pequeñas tres ovejas»[21]. Desde temprano, entonces, saben
que las palabras que representan números pertenecen a una categoría especial,
distinta de la de otras palabras.
¿Cómo
descubrieron esto? Probablemente, aprovecharon todas las claves disponibles,
sean gramaticales o semánticas. De por sí, la gramática puede suponer una ayuda
invaluable. Supongamos que una madre le dice a su bebé «mira, Charlie, tres
perritos». El pequeño Charlie podrá inferir que la palabra «tres» es un tipo
especial de adjetivo, porque otros adjetivos como «lindo» siempre se expresan
con un artículo: «Los lindos perritos». El hecho de que la palabra «tres» no
requiera un artículo puede sugerir que «tres» se aplica a todo el conjunto de
perritos; así, puede ser un número, o un cuantificador como «algunos» o
«varios».
Por
supuesto, un razonamiento de este tipo no es de mucha ayuda para determinar la
cantidad exacta a la que hace referencia la palabra «tres». De hecho, parece
que durante un año completo, los niños se dan cuenta de que la palabra «tres»
es un número sin saber a qué valor exacto hace referencia. Cuando se les dice
«dame tres juguetes», la mayoría simplemente toma una pila sin importar el
número preciso. Si uno les permite elegir entre un grupo de dos y un grupo de
tres juguetes, también responden al azar, aunque nunca seleccionan una tarjeta
que muestre un único objeto. Saben recitar las palabras para números, y sienten
que estas palabras están relacionadas con la cantidad, pero ignoran su
significado justo (Wynn, 1990, 1992b, Sarnecka y Carey, 2008).
Las
claves semánticas probablemente sean de una importancia crítica para superar
esta etapa y para determinar la cantidad exacta que se quiere significar con la
palabra «tres». Con un poco de suerte, el pequeño Charlie verá los tres
pequeños perros que su mamá le señalaba. Su sistema perceptual, cuya
sofisticación hemos expuesto en el capítulo 2, puede, así, analizar la escena e
identificar la presencia de varios animales, de un tamaño pequeño, ruidosos,
movedizos, y de un número cercano a tres. (Desde luego, con esto no quiero
decir que Charlie ya sepa que la palabra «tres» se aplica a esta numerosidad;
solo menciono que el acumulador no verbal interno de Charlie se ha llenado
hasta el punto que es típico de los conjuntos de tres ítems).
Básicamente,
todo lo que tiene que hacer Charlie, entonces, es correlacionar estas
representaciones pre verbales con las palabras que oye. Después de pocas
semanas o pocos meses, debería darse cuenta de que la palabra «tres» no siempre
se emite en presencia de cosas pequeñas, de animales, de movimiento, o de
ruido; en cambio, se menciona a menudo cuando su acumulador mental aproximativo
está en un estado particular que acompaña la presencia de tres ítems. De este
modo, las correlaciones entre las palabras para números y sus representaciones
numéricas no verbales anteriores pueden ayudarlo a determinar que «tres»
significa 3.
Este
proceso de correlación puede acelerarse con el «principio de contraste» que
estipula que las palabras que suenan parecido tienen diferentes significados.
Si Charlie ya conoce el significado de las palabras «perro» y «pequeño», el
principio de contraste le garantiza que la palabra desconocida «tres» no puede
hacer referencia al tamaño o la identidad de los animales. Reducir el conjunto
de hipótesis le permite descubrir más rápido aún que esta palabra se refiere a
la cantidad 3.
§.
Números redondos, números exactos
Una vez que los niños han adquirido el significado exacto de las palabras para
los números, aún tienen que comprender algunas de las convenciones que rigen su
uso en la lengua. Una de ellas es la distinción entre los números redondos y
los números exactos. Permítanme comenzar con un chiste.
En el
museo de historia natural, un visitante pregunta al custodio: «¿Cuántos años
tiene ese dinosaurio que está allí?». «Setenta millones treinta y siete años»
es la respuesta. Como el visitante se maravilla con la precisión de la fecha,
el custodio explica: «Trabajo aquí desde hace treinta y siete años, y cuando
llegué me dijeron que tenía setenta millones de años».
Lewis
Carroll, conocido por sus ingeniosos juegos de palabras basados en la lógica y
la matemática, a menudo condimentaba sus relatos con el «sinsentido numérico».
Aquí tienen un ejemplo de su poco conocido libro La conclusión de
Silvia y Bruno:
—No me
interrumpan —dijo Bruno cuando llegamos—. ¡Estoy contando los cerdos del campo!
— ¿Cuántos hay? —pregunté.
—Cerca de mil y cuatro —señaló Bruno.
—Querrás decir «cerca de mil» —lo corrigió Silvia—. No sirve de nada decir «y
cuatro»: ¡no puedes estar seguro de esos cuatro!
— ¡Estás tan equivocada como siempre! —exclamó Bruno, triunfal—. Justo de esos
cuatro puedo estar seguro ¡porque están aquí, comiendo bajo la ventana! ¡De los
mil no estoy perr-fecc-ta-menn-te seguro!
¿Por qué
estos cambios suenan excéntricos? Porque violan un principio implícito y
universal que rige el uso de los numerales. El principio estipula que algunos
números, llamados «números redondos», pueden hacer referencia a una cantidad
aproximada, mientras que el resto necesariamente tiene un significado exacto y
preciso. Cuando uno dice que un dinosaurio tiene setenta millones de años de
edad, implícitamente da a entender que el margen de variación de esa cifra es
de una decena de millones de años. La regla es que la precisión de un número se
da por su último dígito distinto de cero desde la derecha. Si sostengo que la
población de la ciudad de México es de treinta y nueve millones de habitantes,
quiero decir que el número es correcto dentro de un rango de un millón más o
menos, mientras que si doy una cifra de 39 452 000, admito de forma implícita
que es correcto agregar o restar alrededor de mil.
Esta
convención a veces lleva a situaciones paradójicas. Si, por casualidad, una
cantidad precisa cae exactamente en un número redondo, no basta con afirmarlo.
Uno debe agregar un adverbio o una locución suplementarios que expliciten esa
cualidad: por ejemplo, «al día de hoy, la capital de México tiene exactamente treinta
y nueve millones de habitantes». Por el mismo motivo, la oración «diecinueve es
más o menos veinte» es aceptable, mientras que no lo es «veinte es más o menos
diecinueve». La frase «más o menos diecinueve» es una contradicción en los
términos, pues ¿por qué utilizar un número exacto como 19 si uno quiere hacer
una estimación?
Todas las
lenguas del mundo parecen haber seleccionado un conjunto de números redondos.
¿Por qué esta universalidad? Probablemente, porque todos los humanos comparten
el mismo mecanismo mental, y eso los enfrenta a la dificultad de conceptualizar
grandes cantidades. Cuanto más grande es un número, menos precisa es nuestra
representación mental de él. La lengua, si quiere ser un vehículo fiel del
pensamiento, debe incorporar dispositivos que expresen esta creciente
incertidumbre. Los números redondos son este dispositivo. Convencionalmente,
hacen referencia a cantidades aproximadas. La oración «Hay veinte estudiantes
en este cuarto» es verdadera incluso si hay dieciocho o veintidós estudiantes,
porque la palabra «veinte» puede hacer referencia a una región extendida de la
recta numérica. Por ese mismo motivo, los hablantes de español consideran muy
natural que «quince días» signifique «dos semanas», aunque el número exacto
debería ser 14.
La
aproximación es tan importante para nuestra vida mental que disponemos de
muchos otros mecanismos lingüísticos para expresarla. Todas las lenguas poseen
un léxico rico en expresiones para designar varios grados de incertidumbre
numérica: «más o menos», «cerca de», «circa», «casi», «aproximadamente»,
«apenas», «unos», etc. La mayoría de las lenguas también ha adoptado una
interesante construcción en la que dos números yuxtapuestos, a menudo enlazados
por la conjunción «o», expresan un intervalo de confianza: dos o tres libros,
cinco o diez personas, un niño de 12 o 15 años, trescientos o trescientos
cincuenta dólares. Esta construcción nos permite comunicar no solo una cantidad
aproximada, sino también el grado de precisión que se le debería adjudicar. Entonces,
la misma tendencia central se puede expresar con una incertidumbre cada vez
mayor diciendo «diez u once», «diez o doce», «diez o quince», «diez o veinte».
Un
análisis lingüístico de Thijs Pollmann y Carel Jansen (1996) muestra que las
construcciones de dos números siguen determinadas reglas implícitas. No todos
los intervalos son igualmente aceptables. Por lo menos uno de los números debe
ser redondo: uno puede decir «veinte o veinticinco dólares», pero no «veintiún
o veintiséis dólares». El otro número debe ser de un orden de magnitud similar:
«diez o mil dólares» suena, en efecto, muy extraño. Otra cita de Lewis Carroll
resulta ilustrativa:
— ¿Hasta
dónde han llegado, querida? —persistió la joven dama.
Silvia parecía desconcertada.
—Una milla o dos, creo —dijo dubitativa.
—Una milla o tres —dijo Bruno.
—No deberías decir «una milla o tres» —lo corrigió Silvia.
La joven dama asintió en señal de aprobación.
—Silvia tiene no poca razón. No es usual decir «una milla o tres».
—Lo sería, si lo dijéramos bastante a menudo —dijo Bruno.
Bruno
está equivocado: «una milla o tres» nunca sonaría bien, porque viola las reglas
básicas de la construcción de dos números. Estas reglas son comprensibles si
uno tiene en cuenta qué representaciones intentamos comunicar: intervalos
confusos en una recta numérica mental. Cuando decimos «veinte, veinticinco
dólares» en realidad queremos decir «determinado estado confuso de mi
acumulador mental, que ronda el 20 y presenta una varianza de aproximadamente
5». Ni el intervalo de 21 a 26 ni el que va de 10 a 1000 o de 1 a 3 son estados
posibles del acumulador, porque el primero es demasiado preciso, mientras que
los últimos dos son demasiado imprecisos.
§. ¿Por
qué algunos numerales son más frecuentes que otros?
¿Les gustaría hacer una apuesta? Abran el libro al azar y anoten la primera
cifra que encuentren. Si es 4, 5, 6, 7, 8 o 9, ustedes ganan diez dólares. Si
es 1, 2 o 3, yo gano esa cantidad. La mayoría de las personas aceptarían esta
apuesta, porque creen que las probabilidades de ganar son de 6:3 a su favor. Y,
sin embargo, están predestinados a perder. Lo crean o no, ¡los números 1, 2 y 3
tienen cerca de dos veces más probabilidades de aparecer en letra impresa que
todos los otros combinados! (Benford, 1938, Dehaene y Mehler, 1992).
Este es
un descubrimiento en abierta contradicción con el sentido común, porque los
nueve dígitos parecen equivalentes e intercambiables. Pero nos olvidamos de que
los números que aparecen impresos no se extraen de un generador de números al
azar. Cada uno de ellos representa un intento de transmitir algo de información
numérica de un cerebro humano a otro. Entonces, la frecuencia con que se
utiliza cada número está determinada en parte por la facilidad con la que
nuestro cerebro puede representar la cantidad correspondiente. La precisión
decreciente con la que los números se representan mentalmente no solo tiene
influencia sobre la percepción, sino también sobre la producción de numerales.
Junto con
Jacques Mehler, hemos buscado sistemáticamente palabras para números en las
tablas de frecuencia de palabras, que releva las apariciones de una palabra
dada (por ejemplo, «cinco») en textos escritos o hablados. Esas tablas están
disponibles en una gran variedad de lenguas, desde el francés hasta el japonés,
el inglés, el holandés, el catalán, el español, e incluso el canarés, una
lengua drávida hablada en Sri Lanka y el sur de India. En todas estas lenguas,
a pesar de la enorme diversidad cultural, lingüística y geográfica, hemos
observado los mismos resultados: la frecuencia de los numerales disminuye
sistemáticamente con el tamaño del número (Dehaene y Mehler, 1992).
En
francés, por ejemplo, la palabra un aparece una vez cada
setenta palabras, aproximadamente; la palabra deux, una vez cada
seiscientas; la palabra trois, una vez cada mil setecientas
palabras, y así sucesivamente. La frecuencia disminuye del 1 al 9, pero también
del 11 al 19, y para las decenas, del 10 al 90. Una disminución similar se
observa entre los numerales escritos o hablados, entre los números arábigos, e
incluso entre los ordinales de «primero» a «noveno». Esto va acompañado por
algunas desviaciones que también son universales: la muy baja frecuencia de la
palabra «cero» y las cotas elevadas para 10, 12, 15, 20, 50 y 100 (figura 4.4).
Es notable cómo regularidades translingüísticas de este tipo persisten frente a
pronunciadas diferencias en la forma en que se expresan los números, como la
ausencia de palabras especiales para los números entre el 11 y el 19 en
japonés, la inversión de las decenas y las unidades en el holandés, o la oscura
base 20 de las palabras francesas correspondientes a los números 70, 80 y 90.
Figura 4.4. En todas las lenguas, la frecuencia con la que
aparecen escritas o pronunciadas las palabras para números decrece con la
magnitud, más allá de algunos aumentos focalizados para los números redondos
10, 12, 15, 20, 50 y 100. Por ejemplo, leemos u oímos la palabra «dos» con una
frecuencia prácticamente diez veces mayor que la de la palabra «nueve» (tomado
de Dehaene y Mehler, 1992).
Sostengo
que, otra vez, estas regularidades lingüísticas reflejan la forma en que
nuestro cerebro representa las cantidades numéricas. Sin embargo, antes de dar
por cierta esta conclusión, deben examinarse varias explicaciones alternativas.
La ambigüedad puede ser un origen posible para este descubrimiento. En muchas
lenguas, la palabra para «uno» es indiferenciable del artículo indefinido «un».
Esto contribuye probablemente a la elevada frecuencia de la palabra un en
francés o en castellano, pero obviamente no en inglés, donde la palabra one solo
puede referirse a un número. La ambigüedad tampoco es un problema más allá de
«dos», y, sin embargo, la frecuencia disminuye notoriamente a partir de este
punto.
Otro
factor que contribuye es nuestra propensión a contar, que implica que muchos
objetos que nos rodean se enumeren desde el 1. En cualquier ciudad, hay más
casas que tienen el número 1 que las que tienen el 100, básicamente porque
todas las calles empiezan en el número 1, pero algunas no llegan al 100. Otra
vez, este efecto con seguridad contribuye a la frecuencia elevada de los
numerales pequeños, pero un cálculo rápido muestra que, por sí solo, no puede
dar cuenta de la caída exponencial de la frecuencia de los números, ni siquiera
en el intervalo que va de 1 a 9.
También
deberíamos tener en cuenta las explicaciones puramente matemáticas del efecto.
Pocas personas conocen la siguiente ley matemática muy poco
intuitiva: si se toman varios números al azar de prácticamente cualquier
distribución regular, estos comenzarán más frecuentemente con el 1 que con el
9. Este fenómeno singular se llama «ley de Benford», debido a Frank Benford
(1938), un físico estadounidense que realizó una observación curiosa: en la
biblioteca de su universidad, las primeras páginas de las tablas de logaritmos
estaban más ajadas que las últimas. Ahora bien, con seguridad las personas no
leían las tablas de logaritmos como una mala novela, y por eso las abandonaban
en la mitad. ¿Por qué sus colegas tenían que consultar el comienzo de la tabla
más a menudo que el final? ¿Podía ser que los números pequeños se utilizaran
con mayor frecuencia que los grandes? Para su propio desconcierto, Benford
descubrió que los números de todos los orígenes —las superficies de los lagos
norteamericanos, los domicilios de sus colegas, las raíces cuadradas de los
enteros, y demás— tenían prácticamente seis veces más probabilidades de
comenzar con el dígito 1 que con el 9. Cerca del 31 % de los números comenzaba
con el 1; el 19 %, con el 2; el 12 %, con el 3, y esos índices disminuían con
cada número sucesivo. La probabilidad de que un número comenzara con el
dígito n se predecía con mucha exactitud gracias a la fórmula
P(n) = log10(n +
1) − log10n.
El origen
preciso de esta ley todavía no se comprende en su totalidad, pero algo es
cierto: esta es una ley puramente formal, debida solo a la estructura
gramatical de nuestras notaciones numéricas. No tiene relación alguna con la
psicología: una computadora la repite cuando produce (o incluso escribe)
números al azar en notación arábiga. La única restricción parece ser que los
números se tomen de una distribución suficientemente pareja, extendida por
varios órdenes de magnitud: por ejemplo, de 1 a 10000.
La ley de
Benford con seguridad contribuye a amplificar la frecuencia de los números
pequeños en la lengua natural. Sin embargo, su poder explicativo es limitado.
La ley se aplica solo a la frecuencia del dígito que se encuentra más a la
izquierda en un numeral de varios dígitos, y de este modo no influye en la
frecuencia con que nos referimos a las cantidades 1 a 9. Pero las mediciones
que realizamos con Jacques Mehler demuestran, con bastante claridad, que al
cerebro humano le parece más importante hablar de la cantidad 1 que de la
cantidad 9. Al contrario de la ley de Benford, este hecho no tiene relación
alguna con la producción de grandes números de varias cifras.
Si lo que
nos lleva a producir números pequeños no es la gramática de las notaciones
numéricas, ¿podría ser la misma Madre Naturaleza? ¿Los conjuntos pequeños de
objetos no son extremadamente frecuentes en nuestro ambiente? Para tomar solo
un ejemplo, ¡hablar acerca de la cantidad de hijos que uno tiene hoy en día
solo requiere números por debajo de 3 o 4! Sin embargo, como explicación
general de la frecuencia decreciente de los numerales, esta respuesta está
errada. Los filósofos Gottlob Frege y W. V. O. Quine demostraron hace mucho
que, desde un punto de vista objetivo, las numerosidades pequeñas no son más
frecuentes que las grandes en el ambiente que nos rodea (Frege, 1950, Quine,
1960). En cualquier situación, se puede enumerar una infinidad potencial de
cosas. ¿Por qué preferimos hablar de un mazo de cartas en
lugar de cincuenta y dos cartas? La noción de que el mundo está construido en
su mayoría por conjuntos pequeños es una ilusión que nos impusieron nuestros
sistemas perceptual y cognitivo. Sin importar lo que piense nuestro cerebro, la
naturaleza no está hecha de ese modo.
Para
probar esta idea sin recurrir a argumentos filosóficos, consideremos la
distribución de las palabras que contienen un prefijo numérico, como
«bicicleta» o «triángulo». Del mismo modo en que la palabra «dos» es más
frecuente que «tres», hay más palabras que comienzan con el prefijo bi- (o di-,
o duo-) que con tri-. Es importante destacar que esto
continúa siendo verdadero incluso en áreas en las que se puede decir que hay
muy poco o ningún sesgo ambiental para los números pequeños. Pensemos en el
tiempo. Mi diccionario de inglés cuenta con catorce palabras temporales con el
prefijo bi- o di- (desde biannual,
«bianual», hasta diestrual, para los ciclos reproductivos del
ganado), cinco palabras con el prefijo tri- (desde triennial,
«trianual», hasta triweekly, «trisemanal»), cinco con un prefijo
que expresa «cuatro», y solo dos que expresan «cinco» (las infrecuentes quinquennial,
«quinquenal» y quinquennium, «quinquenio»). Entonces, disminuye la
cantidad de palabras a medida que expresan números más grandes. ¿Podría deberse
esto a un sesgo ambiental? En el mundo natural, los eventos no se repiten con
particular frecuencia en períodos de dos meses. No, el culpable es nuestro
cerebro, que les presta más atención a los eventos cuando se refieren a números
pequeños o redondos.
Si puede
aparecer una tendencia léxica para los números pequeños en ausencia de
cualquier sesgo ambiental, a la inversa, hay situaciones en las que un sesgo
objetivo no logra incorporarse al léxico. Existen muchos más vehículos que
tienen cuatro ruedas que vehículos con dos; sin embargo tenemos una palabra muy
frecuente para el último («bicicleta»), pero no para el anterior
(¿«cuatriciclo»?). Las regularidades numéricas del mundo parecen estar
lexicalizadas solo si atañen a una numerosidad lo suficientemente pequeña. Por
ejemplo, tenemos palabras prefijadas con número para plantas con tres hojas
(«trifoliadas», «trifolio», «trébol»; trèfle en francés), pero
no para las muchas otras plantas o flores con un número fijo, pero grande, de
hojas o pétalos. Son escasas las palabras como la inglesa octopus que
hacen referencia explícita a una gran numerosidad precisa. Como último ejemplo,
la Scolopendra morsitans, artrópodo con veintiún segmentos
corporales y cuarenta y dos patas, ¡se llama vulgarmente «ciempiés» (cien pies)
en español, centipede en inglés y mille-pattes (mil
patas) en francés! Claramente, prestamos atención a las regularidades numéricas
de la naturaleza solo en la medida en que encajen con nuestro bagaje cognitivo,
sesgado hacia las numerosidades pequeñas o redondas.
El
lenguaje humano está profundamente influido por una representación no verbal de
los números, que compartimos con los animales y los bebés. Creo que esto, por
sí solo, explica la universal reducción de la frecuencia de vocablos según el
tamaño del número. Expresamos los números pequeños con mucha más asiduidad que
los grandes porque nuestra recta numérica mental representa los números con una
precisión decreciente. Cuanto más grande es una cantidad, más confusa es
nuestra representación mental de ella, y menos frecuente la necesidad de
referirnos a esa cantidad exacta.
Los
números redondos son excepciones, porque pueden designar un rango de
magnitudes. Por eso la frecuencia de las palabras «diez», «doce», «quince»,
«veinte» y «cien» es elevada en comparación con la de sus vecinos. En
definitiva, tanto la disminución global como los máximos locales en la
frecuencia de los números pueden explicarse si se etiqueta la recta numérica
interna (figura 4.5). A medida que los niños adquieren el lenguaje, aprenden a
ponerle un nombre a cada rango de magnitudes. Descubren que la palabra «dos» se
aplica a una percepción que conocen desde que nacieron; que «nueve» pertenece
solo a la cantidad precisa 9, difícil de representar con exactitud, y además
que las personas suelen utilizar la palabra «diez» para hacer referencia a
cualquier cantidad situada en algún punto entre 5 y 15. A su vez, utilizan,
entonces, las palabras «dos» y «diez» más asiduamente que «nueve», lo que
perpetúa la distribución de las frecuencias numéricas.
Figura 4.5. La frecuencia decreciente de los numerales se debe a
la organización de nuestra representación mental de las cantidades. Cuanto más
grande es un número, menos precisa es nuestra representación mental de él;
entonces, con menos frecuencia necesitamos utilizar la palabra correspondiente.
En lo que concierne a los números redondos como el 10, el 12, el 15 o el 20, se
mencionan con mayor frecuencia que los otros porque pueden hacer referencia a
un rango más amplio de cantidades (tomado de Dehaene y Mehler, 1992).
Un último
detalle: nuestro estudio demostró que, en todas las lenguas occidentales, la
frecuencia del número 13 era más baja que la del 12 o el 14. Esto parece ser
resultado de la superstición de «la docena del fraile», que le otorga un poder
maléfico al número 13 y es tan habitual que muchos rascacielos no tienen un
piso 13. En India, donde se desconoce esta superstición, la frecuencia del
número 13 no muestra ninguna caída notable. Así, la frecuencia de los números
parece reflejar de manera fidedigna su importancia en nuestras vidas mentales,
incluso en sus detalles más triviales.
§. El
cerebro: motor y
medida de la evolución cultural
La organización de las notaciones numéricas ¿puede revelar algo acerca de la
relación entre la matemática y el cerebro? Muestra que los sistemas de
numeración han tenido una evolución condicionada tanto por el
cerebro como para el cerebro. Por el cerebro, ya que la
historia de las notaciones numéricas está limitada claramente por la capacidad
del cerebro humano para inventar nuevos principios de numeración. Para el
cerebro, porque se han transmitido de generación en generación únicamente
aquellos inventos numéricos que se adaptaban bien a las características de la
percepción y la memoria humanas, y que por este motivo aumentaban el potencial
de cálculo de la humanidad.
La
historia de los números, obviamente, no está dirigida tan solo por factores
aleatorios. Muestra regularidades discernibles que trascienden los aspectos
fortuitos de la historia. A través de fronteras y océanos, hombres y mujeres de
todos los colores, culturas y religiones han reinventado por lo general los
mismos recursos de notación. También el principio del valor posicional se
redescubrió, con un intervalo de cerca de tres mil años, en Medio Oriente, en
el continente americano, en China y en India. En todas las lenguas, la
frecuencia disminuye con el tamaño de los números. En todas las lenguas,
además, se contrastan los números redondos con los números exactos. La
explicación de estos sorprendentes paralelos transculturales no reside en
dudosos intercambios entre civilizaciones remotas. Más bien, muy distintos
pueblos descubrieron soluciones similares porque se veían enfrentados a los
mismos problemas y estaban dotados del mismo cerebro para resolverlos.
Permítanme
realizar un resumen del lento camino de la raza humana hacia la mayor eficacia
numérica; un resumen que debe ser muy esquemático, dado que la historia en
pocas ocasiones es lineal y algunas culturas pueden haber salteado varios
pasos.
1. Evolución de la numeración oral
o
Punto de partida. Representación mental de las cantidades numéricas, que compartimos con
los animales.
o
Problema. ¿Cómo
comunicar estas cantidades mediante la lengua hablada?
o
Solución.
Permitir que las palabras «uno», «dos» y «tres» hagan referencia directa a las
numerosidades subitizadas 1, 2 y 3.
o
Problema. ¿Cómo
hacer referencia a los números más grandes que 3?
o
Solución. Imponer
una correspondencia uno a uno con las partes del cuerpo (12 = señalar el pecho
izquierdo).
o
Problema. ¿Cómo
contar cuando las manos están ocupadas?
o
Solución.
Transformar los nombres de las partes del cuerpo en nombres de los números (12
= «pecho izquierdo»).
o
Problema. El
conjunto de partes del cuerpo es limitado, en contraste con una infinidad de
números.
o
Solución.
Inventar la sintaxis de los números (12 = «dos manos y dos dedos»).
o
Problema. ¿Cómo
referirse a cantidades aproximadas?
o
Solución.
Seleccionar un conjunto de «números redondos» e inventar la construcción de dos
palabras (por ejemplo, «diez o doce personas»).
2. Evolución de la numeración
escrita
o
Problema. ¿Cómo
conservar una traza permanente de las cantidades?
o
Solución.
Correspondencia uno a uno. Tallar marcas en un hueso, madera, o algo por el
estilo (7 =
o
Problema. Esta
representación es difícil de leer.
o
Solución.
Reagrupar las marcas (7 =
o
Problema. Los
números grandes todavía exigen la utilización de muchos símbolos (por ejemplo,
37 = XXXVII).
o
Punto muerto 1. Agregar
aún más símbolos (por ejemplo, L en lugar de XXXXX).
o
Punto muerto 2.
Utilizar símbolos distintos para denotar unidades, decenas y centenas (345 =
TME).
o
Solución. Denotar
los números utilizando una combinación de multiplicación y adición (345 = 3
centenas, 4 decenas, 5 unidades).
o
Problema. Esta
notación todavía tiene el problema de la repetición de las palabras «centenas»
y «decenas».
o
Solución. Dejar
de lado estas palabras, llegando, como resultado, a una notación más breve,
ancestro de la notación posicional moderna (437 = 4 3 7).
o
Problema. Esta
notación es ambigua cuando faltan las unidades de determinado rango (407
denotado como 4 7 se confunde con facilidad con 47).
o
Solución.
Inventar un marcador de posición: el símbolo cero.
La
evolución cultural de los sistemas de numeración es un testimonio de la
creatividad de la humanidad. A lo largo de los siglos, se inventaron ingeniosos
dispositivos de notación, que se refinaron constantemente para encontrar la
solución mejor adaptada a la organización de la mente humana y a su uso de los
números. Me parece difícil conciliar esta perspectiva de la historia de las
notaciones numéricas con la concepción platónica de los números como entidades
ideales que trascienden a la humanidad y nos dan acceso a verdades matemáticas
independientes de la mente humana. Al contrario de lo que ha escrito el
matemático Alain Connes (Changeux y Connes, 1995), de convicciones platónicas,
los objetos matemáticos no están «exentos de asociaciones culturales» —o, en
última instancia, esto no es verdad cuando se habla de los números, que están
entre los más centrales de los objetos matemáticos—. El motor de
la evolución de los sistemas de numeración no es obviamente una idea abstracta
del número, ni una concepción etérea de la matemática. Si este fuera el caso,
como han observado generaciones de matemáticos, la notación binaria habría sido
una opción mucho más racional que nuestra querida base 10. Por lo menos debería
haberse seleccionado como la base de la numeración un número primo —por
ejemplo, el 7 o el 11—, o tal vez un número con muchos divisores, como el 12.
Pero las elecciones de nuestros ancestros fueron guiadas por criterios más
prosaicos. La preponderancia de la base 10 se debe al hecho contingente de que
tenemos diez dedos; la estructura de los números romanos se justifica por las
restricciones de nuestra percepción; y los límites precisos de nuestra memoria
de corto plazo explican que nos veamos impulsados constantemente hacia una
notación compacta de los números grandes. Dejémosle la última palabra al
filósofo Karl Popper: «Los números naturales son obra de los hombres, producto
de la lengua y del pensamiento humanos».
Capítulo
5
Pequeñas cabezas para grandes cálculos
Dos más
dos, cuatro
cuatro más cuatro, ocho
ocho más ocho, dieciséis
¡Repitan!, dice el maestro
Jacques Prévert, Página de escritura
Contenido:
§.
Contar: el ABC del cálculo
§. Inventar algoritmos también es cuestión de chicos
§. La memoria entra en escena
§. Las tablas de multiplicar: ¿una práctica que no está en nuestra naturaleza?
§. ¡La memoria verbal al rescate!
§. Cuando los algoritmos de cálculo están fallados
§. Pros y contras de la calculadora electrónica
§. El «hombre anumérico»: dime en qué país estudias y te diré cómo calculas
§. Enseñar el sentido numérico: lo que la escuela puede hacer
Ambición,
distracción, feificación e irrisión. Estos son los maliciosos nombres que el
reverendo Charles Lutwidge Dodgson, un profesor de matemática mejor conocido
como Lewis Carroll, dio a las cuatro operaciones matemáticas. Por supuesto,
Carroll no tenía muchas esperanzas acerca de las habilidades de cálculo de sus
alumnos. Y tal vez tenía razón. A pesar de que los niños adquieren con
facilidad la sintaxis de los números, aprender a calcular puede ser una odisea.
Los niños, e incluso los adultos, con frecuencia se equivocan en los cálculos
más elementales. ¿Quién puede decir que nunca se confunde al calcular 7 × 9 u 8
× 7? ¿Cuántos de nosotros podemos calcular mentalmente 113 − 37 o 100 − 24 en
menos de dos segundos? Los errores de cálculo están tan difundidos que, lejos
de estigmatizar la ignorancia, atraen compasión cuando se los admite
públicamente (« ¡Siempre he sido un completo inútil para la
matemática!»). Muchos de nosotros casi podemos identificarnos con el aprieto en
que se encuentra Alicia cuando intenta calcular mientras viaja por el País de
las Maravillas: «A ver: cuatro por cinco, doce; cuatro por seis, trece; cuatro
por siete… ¡Ay, Dios mío, así nunca llegaré a veinte!».
¿Por qué
es tan difícil hacer cálculos mentales? En este capítulo analizamos los
algoritmos de cálculo del cerebro humano. Si bien nuestro conocimiento de este
tema todavía está lejos de ser completo, una cosa es segura: la aritmética
mental plantea problemas serios para el cerebro humano. Nada lo preparó nunca
para la tarea de memorizar docenas de multiplicaciones entremezcladas, o de
cumplir sin fallas los diez o quince pasos de una resta de dos dígitos. En
nuestros genes bien puede estar inserto un sentido innato de las cantidades
numéricas aproximadas; pero cuando nos vemos enfrentados al cálculo simbólico
exacto, es claro que no contamos con los recursos apropiados. Para suplir la
falta de un órgano cerebral diseñado específicamente para el cálculo, nuestro
cerebro tiene que recurrir a circuitos alternativos. Este remiendo tiene un
costo importante. La pérdida de velocidad, la necesidad de una mayor
concentración y los frecuentes errores son indicios de la precariedad de los
mecanismos con que nuestro cerebro «incorpora» la aritmética.
§.
Contar: el ABC del cálculo
En los primeros seis o siete años de vida, ven la luz una profusión de
algoritmos de cálculo (Gelman y Gallistel, 1978, Fuson, 1982, 1988). Los niños
pequeños reinventan la aritmética. De manera espontánea, o imitando a sus
pares, imaginan nuevas estrategias para el cálculo. También aprenden a
seleccionar el mejor camino para resolver cada problema. La mayor parte de sus
estrategias está basada en contar, con o sin palabras, con o sin dedos. Los
niños con frecuencia las descubren por sí mismos, incluso antes de que se les
enseñe a calcular.
¿Esto
implica que contar es una competencia genéticamente programada del cerebro
humano? Rochel Gelman y Randi Gallistel, del Departamento de Psicología de la
UCLA, han sostenido este punto de vista (Gelman y Gallistel, 1978). Según
ellos, los niños están dotados de principios innatos para contar. No es
necesario enseñarles que cada objeto se tiene que contar solo una vez, que las
palabras para números se recitan en un orden fijo, o que el último número
representa el cardinal de todo el conjunto. Este tipo de conocimiento es, para
ellos, parte de nuestra dotación genética y precede y sirve como guía a la
adquisición del léxico numérico.
Pocas
teorías han sido tan debatidas como la de Gelman y Gallistel. Para muchos
psicólogos y educadores, contar es un ejemplo típico de aprendizaje por
imitación. Al principio, solo es un comportamiento memorístico vacío de
significado. De acuerdo con Karen Fuson (1982, 1988), por ejemplo, los niños
recitan inicialmente «undostrescuatrocinco» como una cadena ininterrumpida.
Recién más tarde aprenden a segmentar esta secuencia en palabras, a extenderla
a números más grandes, y a aplicarla a situaciones concretas. Infieren
progresivamente de qué se trata contar observando a otras personas que lo
hacen. Al principio, de acuerdo con Fuson, contar es solo repetir como un loro.
Después
de unos veinte años de controversia y decenas de experimentos, la verdad parece
encontrarse en algún punto entre los extremos de «todo innato» y «todo
adquirido». Ciertos aspectos del conocimiento del cálculo se dominan de forma
bastante precoz, mientras que otros parecen adquirirse por aprendizaje e
imitación.
Como
ejemplo de una competencia sorprendentemente precoz para contar, observen el
siguiente experimento de Karen Wynn (1990). A los 2 años y medio, los niños
probablemente no han tenido muchas oportunidades de ver a alguien contar
sonidos o acciones. Sin embargo, si uno les pide que miren un video de Plaza
Sésamo y cuenten cuántas veces salta Abelardo, realizan esta tarea con
facilidad. Del mismo modo, pueden contar sonidos tan diversos como un bramido,
una campana, la caída de una piedra en el agua o un bip computarizado,
registrados en una cinta (su origen no es visible). Entonces, los niños parecen
comprender, desde muy temprano y sin enseñanza explícita, que contar es un
procedimiento abstracto que se aplica a todo tipo de objetos visuales y auditivos.
Existe
otra habilidad precoz: ya desde los 3 años y medio de edad, los niños saben que
el orden en que uno recita los números es crucial, mientras que el orden en que
se señalan los objetos es irrelevante, siempre y cuando cada objeto se cuente
una vez y solo una. En una serie de innovadores experimentos, Gelman y sus
colegas les presentaron a los niños situaciones que violaban las convenciones
usuales para contar (Gelman y Gallistel, 1978, Gelman y Meck, 1983, 1986). Los
resultados indicaron que los niños de 3 años y medio pueden identificar y
corregir errores bastante sutiles. Jamás se les pasa cuando alguien recita los
números en desorden, se olvida de contar un ítem, o cuenta el mismo ítem dos
veces. Lo que es más importante, mantienen una distinción clara entre este tipo
de errores evidentes y otras formas correctas, aunque inusuales, de contar. Por
ejemplo, les parece perfectamente aceptable comenzar a contar en la mitad de
una fila de objetos, o contar primero un objeto sí y uno no, siempre y cuando
en definitiva uno cuente todos los ítems una y solo una vez. Todavía mejor, no
les molesta comenzar a contar en cualquier punto de una fila, y no solo desde
el punto situado más a la izquierda, e incluso pueden diseñar estrategias para
alcanzar sistemáticamente un objeto predeterminado en la tercera posición.
Lo que
muestran estos experimentos es que, para su cuarto año, los niños han dominado
las bases del arte de contar. No están contentos con imitar servilmente el
comportamiento de otros: generalizan las habilidades para hacerlo en nuevas
situaciones. El origen de esta habilidad precoz todavía no se comprende
totalmente. ¿De dónde extrae el niño la idea de recitar palabras en perfecta
correspondencia uno a uno con los objetos que deben contarse? Estoy convencido,
como Gelman y Gallistel, de que esta aptitud pertenece a la dotación genética
de la especie humana. Recitar palabras en un orden fijo probablemente sea un
resultado natural de la facultad humana del lenguaje. En cuanto a la
correspondencia uno a uno, en realidad esta se halla difundida en el reino animal.
Cuando una rata explora un laberinto en busca de comida, intenta transitar cada
sección una y solo una vez, un comportamiento racional que minimiza el tiempo
de exploración. Cuando buscamos un objeto dado en una escena visual, nuestra
atención se orienta sucesivamente hacia cada objeto. El algoritmo para contar
se encuentra en la intersección entre estas dos capacidades elementales del
cerebro humano: la verbalización serial y la búsqueda exhaustiva. Esa es la
razón por la que nuestros pequeños la dominan con facilidad.
Pero si
bien los niños comprenden muy temprano cómo contar,
inicialmente parecen ignorar el porqué (Fuson, 1988, Greeno,
Riley y Gelman, 1984, Le Corre, Van de Walle, Brannon y Carey, 2006, Le Corre y
Carey, 2007, Sarnecka y Carey, 2008). De adultos, sabemos bien para qué sirve
contar. Para nosotros, contar es una herramienta que tiene un objetivo
específico: enumerar un conjunto de ítems. Sabemos también que lo que importa
en realidad es el último número, al que se llega al final de la cuenta y
representa el cardinal de todo el conjunto. ¿Los niños pequeños tienen este
conocimiento? ¿O simplemente ven la actividad de contar como un juego
entretenido en el que se recitan palabras divertidas mientras se señala a
varios objetos sucesivamente?
De
acuerdo con Karen Wynn, los niños no aprecian el significado de contar hasta el
final de su cuarto año (Wynn, 1990, 1992a, 1992b). Pídanle a una niña de 3 años
que cuente sus juguetes y luego pregúntenle: « ¿Cuántos juguetes hay?».
Probablemente dirá un número al azar, no necesariamente aquel al que llegó al
final de su enumeración. Como todos los niños de esta edad, no parecerá
relacionar la pregunta de «cuántos» con el conteo previo. Incluso puede contar
todo otra vez, como si el acto de contar, en sí mismo, fuera una respuesta
adecuada a una pregunta de «cuántos». Del mismo modo, pídanle a un niño de 2
años y medio que les dé tres juguetes. Muy probablemente seleccionará un puñado
al azar, incluso si ya puede contar hasta cinco o diez. A esa edad, aunque los
mecanismos para contar ya estén en gran parte en su lugar, los niños no parecen
comprender para qué sirve contar, y no piensan en contar cuando la situación lo
requiere.
Alrededor
de los 4 años, el significado de contar finalmente se asienta. ¿Pero cómo? Es
probable que la representación pre verbal de las cantidades numéricas tenga un
papel crucial en este proceso. Recuerden que, ya desde el nacimiento, mucho
antes de comenzar a contar, los niños tienen un acumulador interno que les
informa el número aproximado de cosas que los rodean. Este acumulador puede
ayudar a dar significado a la actividad de contar. Supongamos que un niño está
jugando con dos muñecas. Su acumulador activa automáticamente una
representación cerebral de la cantidad 2. Gracias al proceso descrito en un
capítulo anterior, el niño ha aprendido que la palabra «dos» aplica a esta
cantidad, de manera tal que puede decir «dos muñecas» sin tener que contar. Ahora,
supongamos que, sin un motivo en especial, decide «jugar al juego de contar»
con las muñecas, y recita las palabras «uno, dos». Entonces, se sorprenderá al
descubrir que el último número del conteo, «dos», es la misma palabra que puede
aplicar al conjunto completo. Luego de diez o veinte ocasiones como esa, puede
inferir con seguridad que, sea lo que sea que uno cuente, la última palabra a
la que se llega tiene un estatus especial: representa una cantidad numérica que
coincide con la que proveyó el acumulador interno. Contar, que solo era un
entretenido juego de palabras, de repente adquiere un significado especial:
¡contar es la mejor forma de decir cuántos!
§.
Inventar algoritmos también es cuestión de chicos
Comprender para qué sirve contar es el punto de partida para una explosión de
inventos numéricos. Contar es la «navaja suiza» de la aritmética, la
herramienta que los niños usan de forma espontánea en todo tipo de situaciones.
Gracias a su habilidad para contar, la mayoría de los niños encuentra formas de
sumar y restar números sin que haga falta ningún tipo de instrucción ni
enseñanza explícita.
El primer
algoritmo de cálculo que todos los niños descubren por sí mismos es sumar dos
conjuntos contándolos con los dedos. Si se le pide a un niño muy pequeño que
sume 2 + 4, la respuesta típica será que comenzará a contar el primer número,
2, levantando sucesivamente dos dedos. Luego contará el segundo número, 4,
levantando otros cuatro dedos. Y, por último, los recontará todos y llegará a
un total de 6. Este primer algoritmo «digital» es conceptualmente simple pero
muy lento. Ejecutarlo puede resultar muy incómodo: a la edad de 4 años, para
calcular 3 + 4, mi hijo levantaba tres dedos de la mano izquierda y cuatro de
la mano derecha. Luego procedía a contarlos usando el único dispositivo para
señalar que le quedaba libre: ¡la punta de la nariz!
Al
principio, a los niños pequeños les resulta muy difícil calcular sin usar los
dedos. Las palabras se esfuman en cuanto se las ha pronunciado, pero los dedos
pueden mantenerse constantemente a la vista, lo que permite que uno no pierda
la cuenta en caso de que se distraiga por un momento. Sin embargo, luego de
unos pocos meses, los niños descubren un algoritmo de suma más eficiente que
contar con los dedos. Cuando suman 2 + 4, se los puede oír murmurar «uno dos… tres…
cuatro… cinco… seis». Primero cuentan hasta el primer operando,
luego avanzan tantos pasos como indica el segundo operando, 4. Esta es una
estrategia que exige atención, porque implica algún tipo de recursividad: ¡en
la segunda fase, uno tiene que contar cuántas veces uno cuenta! A menudo, los
niños hacen explícita esta recursión: «uno dos… tres es uno…
cuatro es dos… cinco es tres… seis es cuatro… seis». La dificultad
de este paso se ve reflejada en un enlentecimiento drástico y una concentración
extrema.
En poco
tiempo se encuentran refinamientos. La mayoría de los niños se da cuenta de que
no necesita volver a contar ambos números y puede sumar 2 + 4 comenzando desde
la palabra «dos». Simplemente dicen «dos… tres… cuatro… cinco… seis».
Para reducir aún más el cálculo, aprenden a comenzar sistemáticamente con el
más grande de los dos números. Cuando se les pide que calculen 2 + 4,
espontáneamente transforman este problema en el equivalente 4 + 2. Como
resultado, todo lo que tienen que hacer ahora es contar un número de veces
equivalente al más pequeño de los dos sumandos. Esto se llama «estrategia del
mínimo». Es un algoritmo estándar que subyace a la mayoría de los cálculos
infantiles antes del comienzo de la educación formal.
Es
bastante notable que los niños piensen espontáneamente en contar desde el más
grande de los dos números que van a sumar (Gallistel y Gelman, 1992). Esto
indica que alcanzaron una comprensión muy precoz de la conmutabilidad de la
suma (la regla de que a+ b siempre es igual
a b + a). Los experimentos muestran que este
principio ya se encuentra en funcionamiento a los 5 años. No importa cuántas
legiones de educadores y teóricos hayan sostenido que los niños de ningún modo
podían comprender la aritmética a no ser que recibieran primero años de
educación sólida en lógica. La verdad es exactamente lo opuesto: como los
niños, años antes de ir a la escuela, ya cuentan con los dedos, desarrollan una
comprensión intuitiva de la conmutabilidad, cuya base lógica solo llegarán a
comprender mucho tiempo después (si es que alguna vez lo hacen).
Los niños
seleccionan sus algoritmos de cálculo con un talento extraordinario.
Rápidamente dominan muchas estrategias de suma y resta. Sin embargo, lejos de
verse perdidos en esta abundancia de posibilidades, aprenden a seleccionar con
cuidado la estrategia que parece más adecuada para cada problema particular.
Para 4 + 2, pueden decidir contar desde el primer operando. Para 2 + 4, no se
olvidarán de invertir el orden de los dos operandos. Si se los enfrenta a la
operación más difícil de sumar 8 + 4, pueden recordar que 8 + 2 es 10. Si
consiguen descomponer 4 en 2 + 2, entonces lograrán simplemente contar «diez,
once, doce».
Las
habilidades de cálculo no emergen en un orden inmutable. Cada niño se comporta
como un aprendiz de cocina, que prueba una receta al azar, evalúa la calidad
del resultado, y decide si procede o no en esta dirección. La evaluación
interna que los niños hacen de sus algoritmos tiene en cuenta tanto el tiempo
que les lleva completar el cálculo como la probabilidad de que hayan alcanzado
el resultado correcto. De acuerdo con el psicólogo infantil Robert Siegler
(1987, 1989, y también Siegler y Jenkins, 1989), los niños compilan
estadísticas detalladas de su éxito con cada algoritmo. Poco a poco, adquieren
una base de datos refinada de las estrategias más apropiadas para cada problema
numérico. No hay duda de que la educación matemática tiene un papel extremadamente
importante en este proceso, tanto porque inculca nuevos algoritmos a los niños
como porque les aporta reglas explícitas para seleccionar la mejor estrategia.
Sin embargo, la mejor parte de este proceso de invención seguida de selección
está establecida en la mayoría de los niños antes de que lleguen siquiera a sus
años de jardín de infantes.
¿Les
gustaría conocer un último ejemplo de la astucia de los niños para diseñar sus
propios algoritmos de cálculo? Pensemos en el caso de la resta. Pídanle a un
niño pequeño que calcule 8 − 2, y podrán oírlo murmurar «ocho… siete es uno…
seis es dos… seis»: una cuenta hacia atrás a partir del número más
grande, 8. Ahora pídanle que resuelva 8 – 6. ¿El niño tiene que contar hacia
atrás «ocho siete seis cinco cuatro tres dos»? No. Probablemente encontrará una
solución más rápida: «Seis… siete es uno… ocho es dos… dos». Cuenta
el número de pasos que lleva ir del número más pequeño al más grande. Planeando
astutamente su curso de acción, el niño alcanza una economía notable. Le lleva
el mismo número de pasos —solo dos— calcular 8 − 2 y 8 − 6. ¿Pero cómo
selecciona la estrategia apropiada? La mejor opción está dada por el tamaño del
número por restar. Si es más grande que la mitad del número del principio, como
en 8 − 5, 8 − 6 u 8 − 7, elige la segunda; en caso contrario, como en 8 − 1, 8
− 2 u 8 − 3, contar hacia atrás es más rápido. No solo es un matemático lo
suficientemente astuto como para descubrir de manera espontánea esta regla,
sino que logra utilizar su sentido natural de las cantidades numéricas para
aplicarlo. La selección de una estrategia exacta de cálculo está guiada por una
rápida suposición inicial. Entre las edades de 4 y 7 años, los niños muestran
una comprensión intuitiva de lo que significan los cálculos y cómo deberían
seleccionarse.
§. La
memoria entra en escena
Tomen un cronómetro y registren cuánto tiempo le toma a un niño de 7 años sumar
dos números. Descubrirán que el tiempo de cálculo aumenta en proporción directa
con el sumando más pequeño, un signo claro de que está utilizando el algoritmo
de mínima (Ashcraft, 1982, 1992, Ashcraft y Fierman, 1982, Levine, Jordan y
Huttenlocher, 1992). Incluso si el niño no lo hace de manera evidente, sea en
voz alta o con los dedos, los tiempos de respuesta dejan en evidencia que está
recitando los números en su cabeza. Para sumar 5 + 1, 5 + 2, 5 + 3 o 5 + 4
necesita cuatro décimas de segundo adicionales por cada unidad. Esto hace
pensar que, a esa edad, agregar una unidad en los sumandos toma cerca de
cuatrocientos milisegundos.
¿Qué
ocurre con los sujetos mayores? Cuando realizaron este experimento por primera
vez en 1972, Guy Groen, psicólogo de la Universidad Carnegie-Mellon, y su
estudiante John Parkman descubrieron con asombro que el tiempo que toma hacer
una suma puede predecirse a partir del tamaño del sumando más pequeño también
para los estudiantes de la universidad (Groen y Parkman, 1972). Eso sí, el
tamaño del incremento en el tiempo es mucho menor: veinte milisegundos por
unidad. ¿Cómo debería interpretarse este descubrimiento? Con seguridad, ni los
estudiantes más talentosos pueden contar a la increíble velocidad de veinte
milisegundos por dígito o, lo que es lo mismo, cincuenta dígitos por segundo.
Para explicarlo, Groen y Parkman propusieron un modelo híbrido. En el 95 % de
los ensayos, los estudiantes recuperarían el resultado directamente de la
memoria a una velocidad constante. En el 5 % restante, su memoria se vería
superada, y estarían obligados a contar, cosa que harían a una velocidad de
cuatrocientos milisegundos por dígito. En promedio, entonces, los tiempos de
suma aumentarían solo en veinte milisegundos por unidad.
A pesar
de ser muy ingeniosa, esta propuesta fue rápidamente desafiada por nuevos
resultados. Pronto se descubrió que los tiempos de respuesta de los estudiantes
no aumentaban de forma lineal con el tamaño de los sumandos (figura 5.1;
Ashcraft y Battaglia, 1978, Ashcraft, 1992, 1995). Grandes problemas de suma
como 8 + 9 llevaban un tiempo desproporcionadamente largo. En realidad, el
tiempo que tomaba sumar dos dígitos se predecía mejor a partir de su producto o
del cuadrado de su suma, dos variables difíciles de conciliar con la hipótesis
de que los sujetos estaban contando. El último golpe contra la teoría del
conteo llegó cuando se descubrió que el tiempo que llevaba multiplicar dos
dígitos era en esencia idéntico al tiempo que llevaba sumarlos. De hecho, los
tiempos de suma y de multiplicación se predecían utilizando las mismas
variables, exactamente. Si los sujetos contaran, incluso en solo el 5 % de los
ensayos, la multiplicación debería haber sido mucho más lenta que la suma.
Solo
había una forma de resolver este misterio. En 1978, Mark Ashcraft y sus colegas
de la Universidad de Cleveland sugirieron que los adultos jóvenes casi nunca
resuelven los problemas de suma y multiplicación contando (Ashcraft y
Battaglia, 1978), sino que recurren a una tabla memorizada. Sin embargo, a
medida que los operandos se vuelven más grandes, acceder a esta tabla lleva un
tiempo cada vez más largo. Por ejemplo, toma menos de un segundo encontrar el
resultado de 2 + 3 o 2 × 3, pero cerca de 1,3 segundos resolver 8 + 7 u 8 × 7.
Figura 5.1. El efecto del tamaño del problema: el tiempo que le
lleva a un adulto resolver un problema de suma aumenta pronunciadamente con el
tamaño de los sumandos (tomado de Ashcraft, 1995; © Erlbaum, RU, y Taylor &
Francis, Hobe, RU).
Es
probable que este efecto de tamaño del número sobre la recuperación de la
memoria tenga múltiples orígenes. Como se explicó en los capítulos precedentes,
la precisión de nuestra representación mental cae drásticamente con el tamaño
del número. El orden de adquisición también puede ser un factor, porque las
cuentas aritméticas simples, que involucran operandos pequeños, con frecuencia
se aprenden antes que las más difíciles, con operandos grandes. Un tercer
factor es la cantidad de entrenamiento. Como la frecuencia de los numerales
decrece con el tamaño, recibimos menos entrenamiento con problemas de
multiplicación más grandes. Mark Ashcraft y sus colegas han calculado con
cuánta frecuencia aparece cada problema de suma o multiplicación en los libros
de texto de los niños. El resultado es sorprendentemente fútil: los niños han
entrenado mucho más con multiplicaciones por 2 y por 3 que con multiplicaciones
por 7, 8 o 9, ¡aunque sean estas últimas las que les cuestan más!
La
hipótesis de que la memoria cumple un papel central en la aritmética mental
adulta ya está hoy aceptada universalmente. Esto no implica que los adultos no
tengan también otras estrategias de cálculo a su disposición. Es más, la
mayoría confiesa que utiliza métodos indirectos, por ejemplo, calcular 9 × 7
como (10 × 7) − 7, un factor que también contribuye a hacer más lenta la
resolución de sumas y multiplicaciones grandes. Sin embargo, sí quiere decir
que durante los años preescolares ocurre una gran revolución en el sistema
mental de la aritmética. Los niños de repente pasan de una comprensión
intuitiva de las cantidades numéricas, sustentada por estrategias simples para
contar, a un aprendizaje memorístico de la aritmética. No resulta sorprendente,
entonces, que este vuelco tan importante coincida con las primeras dificultades
serias con las que se tropiezan los niños en matemática. De pronto, progresar
en matemática implica almacenar una gran cantidad de conocimiento numérico en
la memoria. La mayor parte de ellos supera esto lo mejor que puede. Pero, como
veremos, en este proceso suelen perder sus intuiciones acerca de las
operaciones aritméticas.
§. Las
tablas de multiplicar: ¿una práctica que no está en nuestra naturaleza?
Pocos temas se trabajan tanto como las tablas de sumar y de multiplicar.
Pasamos buena parte de nuestra infancia aprendiéndolas y después, en la vida
adulta, apelamos a ellas constantemente. Cualquier estudiante ejecuta decenas
de cálculos elementales día a día, lo que significa que, a lo largo de la vida,
debemos resolver muchas decenas de miles de problemas de multiplicación.
Y, sin
embargo, a pesar de esta repetición a ultranza, nuestra memoria aritmética es,
a lo sumo, mediocre. A un joven bien entrenado le lleva un tiempo considerable,
a menudo más de un segundo, resolver una multiplicación como 3 × 7. Las tasas
de error se encuentran en un promedio de entre el 10 y el 15 %. En los
problemas más difíciles, como 8 × 7 o 7 × 9, el fracaso se da en uno de cada
cuatro intentos por lo menos, y con frecuencia después de más de dos segundos
de reflexión intensa.
¿Por qué
ocurre esto? Las multiplicaciones por 0 o por 1, obviamente, no tienen que
aprenderse de memoria. Es más, una vez que se almacenan 6 × 9 o 3 + 5, las
respuestas a 9 × 6 y 5 + 3 se deducen con facilidad por conmutabilidad. Esto
nos deja con solo cuarenta y cinco sumas y treinta y seis multiplicaciones para
recordar. ¿Por qué a nuestro cerebro le cuesta tanto guardarlas en la memoria?
Después de todo, allí se amontonan cientos de otros datos arbitrarios: los
nombres de nuestros amigos, sus edades, sus direcciones, y los muchos eventos
de nuestras vidas ocupan secciones completas de nuestra memoria de largo plazo.
A la misma edad en que los niños trabajan duro para aprender aritmética,
adquieren sin esfuerzo una docena de palabras nuevas por día. Antes de la
adultez, van a haber aprendido por lo menos veinte mil palabras y su
pronunciación, su forma ortográfica y su significado. ¿Qué tienen de distinto
las tablas de multiplicar que las vuelve tanto más difíciles de recordar,
incluso luego de diez años de entrenamiento?
La
respuesta se encuentra en la particular estructura de las tablas de sumar y de
multiplicar. La información aritmética no es arbitraria y sus datos no son
independientes entre sí. Al contrario, están vinculados muy cercanamente y
están llenos de falsas regularidades, rimas desconcertantes y juegos de
palabras engañosos (Stazyk, Ashcraft y Hamann, 1982, Campbell y Oliphant, 1992[22]). ¿Qué ocurriría si tuvieran que
recordar una libreta de direcciones que tuviera esta estructura:
·
Juan
Carlos vive en la calle José
·
Juan José
vive en la calle Alberto Mauro
·
¿José
Miguel vive en la calle Alberto Bruno?
¿Y una
segunda para las direcciones profesionales como esta:
·
Juan
Carlos trabaja en la calle Alberto Bruno
·
Juan José
trabaja en la calle Bruno Alberto
·
¿José
Miguel trabaja en la calle Juan Miguel?
Aprender
estas listas enrevesadas sería una auténtica pesadilla. Sin embargo, no son más
que tablas de sumar y de multiplicar disfrazadas. Se las compuso reemplazando
cada uno de los dígitos 0, 1, 2, 3, 4 con un nombre propio (Mauro, Alberto,
Bruno, Juan, Carlos…). La dirección de la casa sustituyó la suma, y las
direcciones profesionales reemplazaron la multiplicación. Las seis direcciones
que aparecen arriba son, entonces, equivalentes a las sumas 3 + 4 = 7, 3 + 7 =
10 y 7 + 5 = 12, y a las multiplicaciones 3 × 4 = 12, 3 × 7 = 21 y 7 × 5 = 35.
Desde este ángulo inusual, las tablas aritméticas vuelven a presentar para
nuestros ojos adultos las dificultades intrínsecas que suponen para los niños
que las descubren por primera vez. Claro que tenemos dificultad para
recordarlas: ¡lo más extraordinario es que finalmente sí logramos
memorizar la mayoría de ellas!
No hemos
respondido nuestra pregunta, sin embargo: ¿por qué este tipo de listas es tan
difícil de aprender? Cualquier agenda electrónica con una memoria minúscula de
menos de un kilobyte podría almacenar todas ellas sin la menor dificultad. De
hecho, esta metáfora de la computadora prácticamente hace evidente la
respuesta. Si nuestro cerebro no logra retener datos aritméticos, es porque la
organización de la memoria humana, a diferencia de la de una computadora, es asociativa:
teje múltiples lazos entre datos dispersos. Los vínculos asociativos permiten
la reconstrucción de recuerdos sobre la base de información fragmentada.
Invocamos este proceso de reconstrucción, de forma consciente o no, siempre que
intentamos recuperar un dato pasado. Paso a paso, el sabor de la magdalena de
Proust evoca un universo de recuerdos rico en sonidos, visiones, palabras y
sentimientos pasados.
La
memoria asociativa es al mismo tiempo la fortaleza y la debilidad de nuestro
cerebro. Es una fortaleza cuando nos permite, a partir de una vaga
reminiscencia, desenmarañar una madeja de recuerdos que alguna vez parecieron
perdidos. Hasta el presente, ningún programa informático reproduce nada
parecido a este «acceso por contenido». Es una fortaleza, otra vez, cuando nos
permite sacar ventaja de las analogías y aplicar el conocimiento adquirido bajo
otras circunstancias que una situación novedosa. La memoria asociativa es una
debilidad, sin embargo, en dominios como las tablas de multiplicar, en los
cuales es importante mantener los conocimientos separados uno del otro, de modo
tal de evitar que interfieran entre sí. Cuando nos enfrentamos a un tigre, resulta
muy útil activar con rapidez nuestros recuerdos relacionados con el
comportamiento de los leones. Pero cuando intentamos recuperar el resultado de
7 × 6, invitamos al desastre activando nuestro conocimiento de 7 + 6 o de 7 ×
5. Por desgracia para los matemáticos, nuestro cerebro evolucionó durante
millones de años en un ambiente donde las ventajas de la memoria asociativa
compensaban enormemente sus desventajas en dominios como la aritmética. Ahora
estamos condenados a vivir con asociaciones aritméticas inapropiadas, que
nuestra memoria recupera de forma automática, sin que le importen mucho
nuestros esfuerzos para suprimirlas.
Es fácil
encontrar pruebas de la influencia perniciosa de la interferencia en la memoria
asociativa. En todo el mundo, montones de estudiantes han contribuido con
cientos de miles de tiempos de respuesta y decenas de miles de errores al
estudio científico de los procesos de cálculo. Gracias a ellos, hoy sabemos con
precisión qué errores de cálculo son más frecuentes (Ashcraft, 1992, Campbell,
2004). Ahora mismo les pido que multipliquen 7 × 8. Es probable que, en lugar
de 56, su respuesta sea 63, 48 o 54. Sin excepción, nadie responde 55, aunque
este número solo está a una unidad del resultado correcto. Prácticamente todos
los errores pertenecen a la tabla de multiplicar, con mayor frecuencia a la
misma línea o columna que el problema de multiplicación original. ¿Por qué?
Porque la mera presentación de 7 × 8 es suficiente para que no solo recordemos
el resultado correcto, 56, sino también para que recordemos sus vecinos 7 × 9,
6 × 8 o 6 × 9. Todos estos hechos compiten para obtener acceso a los procesos de
producción del habla. Muy a menudo, intentamos encontrar el resultado de 7 × 8
y aparece el resultado de 6 × 8.
La
automatización de la memoria aritmética comienza a una edad temprana. Ya a los
7 años, siempre que vemos dos dígitos, nuestro cerebro automáticamente resuelve
su suma. Para probar esto, la psicóloga Jo-Anne Lefevre y sus colegas de la
Universidad de Alberta, en Canadá, elaboraron un ingenioso experimento
(LeFevre, Bisanz y Mrkonjic, 1988). Explicaron a un grupo de participantes que
verían un par de dígitos como 2 y 4 y que tenían que memorizarlos por un
segundo. Luego verían un tercer dígito y debían decidir si era idéntico a uno
de los dos números. Los resultados revelaron un proceso de suma inconsciente.
Cuando el dígito-blanco era igual a la suma del par (6), aunque los sujetos en
general respondían de forma correcta que no era igual a ninguno de los dígitos
iniciales, había un enlentecimiento notable de las respuestas, que no se veía
para blancos neutrales como 5 o 7. En un estudio más reciente de Patrick
Lemaire y sus colaboradores, este efecto se replicó con niños desde los 7 años
(Lemaire, Barrett, Fayol y Abdi, 1994). ¿Cuál es la explicación? Aparentemente,
solo mostrar los dígitos 2 y 4, incluso sin un signo de suma, es suficiente
para que nuestra memoria recupere automáticamente su suma. Luego, como este
número está activado en nuestra memoria, no estamos del todo seguros de si lo
hemos visto o no.
Aquí hay
otra demostración sorprendente de la automaticidad de la memoria aritmética que
pueden probar ustedes mismos. Respondan a las siguientes preguntas lo
más rápido que puedan:
¿2 + 2?
¿4 + 4?
¿8 + 8?
¿16 + 16?
Ahora,
¡rápido! Elijan un número entre 12 y 5. ¿Lo tienen?
El número
que eligieron es el 7, ¿no es cierto?
¿Cómo leí
su mente? La mera presentación de los números 12 y 5 parece suficiente para
desencadenar una resta inconsciente: 12 − 5 = 7. Este efecto se ve amplificado,
probablemente, por la cadena de sumas anterior, el orden invertido de los
números 12 y 5 y la frase ambigua «entre 12 y 5», que puede incitarlos a
calcular la distancia entre los dos números. Todos estos factores conspiran
para aumentar la activación automática de 12 − 5 hasta el punto en que su
resultado ingresa a la conciencia. ¡Y ustedes creían que estaban ejerciendo su
«libre albedrío» cuando seleccionaban un dígito!
A nuestra
memoria también le cuesta mucho mantener la información acerca de las sumas y
multiplicaciones en compartimentos distintos. No es infrecuente que respondamos
de forma automática a un problema de suma con la correspondiente multiplicación
(2 + 3 = 6); con menos frecuencia, ocurre lo contrario (3 × 3 = 6). También nos
lleva más tiempo darnos cuenta de que 2 × 3 = 5 es falso, que rechazar 2 × 3 =
7 porque el primer resultado sería correcto en el caso de que se tratara de una
suma.
Kevin
Miller, de la Universidad de Texas, ha estudiado cómo evoluciona esta
interferencia durante la adquisición de nuevos datos aritméticos (Miller y
Paredes, 1990). En tercer grado, la mayor parte de los alumnos ya sabe de
memoria muchas sumas. A medida que comienzan a aprender la multiplicación, el
tiempo que les lleva resolver una suma aumenta durante algún
tiempo, mientras que comienzan a aparecer los primeros lapsus de la memoria del
tipo de 2 + 3 = 6. Entonces, la integración de múltiples datos aritméticos en
la memoria de largo plazo parece ser un gran obstáculo para la mayor parte de
los niños.
§. ¡La
memoria verbal al rescate!
Si almacenar tablas aritméticas en la memoria es tan difícil, ¿cómo hace
nuestro cerebro finalmente para lograrlo? Una estrategia clásica consiste en
registrar los datos aritméticos en la memoria verbal: «Tres por siete,
veintiuno» se puede almacenar, palabra por palabra, al lado de «qué linda
manito que tengo yo» o «Padre nuestro que estás en los Cielos». Esta solución
no es poco razonable, porque la memoria verbal es vasta y duradera. Es más,
¿quién no tiene aún la cabeza llena de los eslóganes y las canciones que oyó
hace años? Los educadores se han dado cuenta hace mucho tiempo del gran
potencial que tiene la memoria verbal. En muchos países, la recitación todavía
es el método principal para enseñar la aritmética. Todavía recuerdo nuestro
lamentable coro en la escuela primaria cuando junto a mis compañeros, treinta
matemáticos incipientes, recitábamos a viva voz las tablas de multiplicar.
Los
japoneses parecen haber llevado este método aún más allá. Su tabla de
multiplicar está hecha de pequeños versos llamados ku-ku. Esta
palabra, que significa literalmente «nueve-nueve», corresponde al último
«verso» de la tabla, 9 × 9 = 81. En la tabla japonesa, los signos de por y de
igual son mudos, lo que deja solo los dos operandos en el resultado. Entonces,
2 × 3 = 6 se aprende como ni san na-roku: literalmente, «dos tres
cero seis». Varias convenciones han sido consagradas por la historia. En
el ku-ku, los números se pronuncian en su forma china, y su
pronunciación varía con el contexto. Por ejemplo, ocho normalmente es hashi,
pero se puede abreviar como hap o incluso como pa,
como en hap-pa roku-ju shi, 8 × 8 = 64. El sistema resultante es
complejo y, muchas veces, arbitrario, pero sus singularidades probablemente
aminoran la carga para la memoria.
El hecho
de que las tablas aritméticas se aprendan de memoria parece tener una curiosa
consecuencia: el cálculo se convierte en algo ligado a la lengua en que se lo
aprende en la escuela (Dehaene, Spelke, Pinel, Stanescu y Tsivkin, 1999). Un
colega italiano, luego de pasar más de veinte años en los Estados Unidos, es
hoy en día un bilingüe consumado. Habla y escribe en inglés fluido, con una
sintaxis rigurosa y un vocabulario extenso. Sin embargo, cuando tiene que
calcular mentalmente, todavía se lo puede oír murmurando números en su italiano
natal. ¿Esto significa que luego de determinada edad el cerebro pierde su
plasticidad para aprender aritmética? Esta es una posibilidad, pero la
explicación real puede ser más trivial. Aprender las tablas es tan trabajoso
que, para un bilingüe, puede ser más económico volver a su lengua materna para
el cálculo, en lugar de aprender aritmética desde cero en una nueva lengua.
Las
personas que no son bilingües pueden experimentar el mismo fenómeno. A todos
nos cuesta contenernos de nombrar los números en voz alta cuando tenemos que
realizar cálculos complejos. El papel crucial del código verbal en la
aritmética se evidencia por completo cuando se nos pide que calculemos mientras
repasamos al mismo tiempo el alfabeto en voz alta. Inténtenlo, y sin demora se
convencerán de que es bastante difícil, porque el habla satura los sistemas
cerebrales de producción de lenguaje que son necesarios para el cálculo mental.
Otra
prueba de la codificación memorística de la tabla de multiplicar viene del
estudio de los errores de cálculo. Cuando se nos enfrenta con el cálculo 5 × 6,
a menudo respondemos equivocadamente «36» o incluso «56», como si el 5 y el 6
del problema contaminaran nuestra respuesta. Nuestros circuitos cerebrales
tienden a leer automáticamente el problema como un número de dos dígitos: 5 × 6
evoca irresistiblemente las palabras «cincuenta y seis». Más extraño resulta
que esta tendencia de lectura interactúe de una forma compleja con la
plausibilidad del resultado. Nunca se observan errores garrafales como 6 × 2 =
62 o 3 × 7 = 37. En general, leemos equivocadamente los operandos solo cuando
el número resultante de dos dígitos es un resultado plausible dentro de la
tabla de multiplicar (por ejemplo, 3 × 6 = 36 o 2 × 8 = 28). Esto sugiere que
los errores de lectura no ocurren después de la recuperación
de la multiplicación, sino durante su transcurso, en un
momento en que la lectura automática todavía puede influir el acceso a la
memoria aritmética sin anularlo completamente. Entonces, la lectura y la
memoria aritmética son procedimientos altamente interconectados, que utilizan
la misma codificación verbal de los números. Para el cerebro humano,
multiplicar significa meramente leer 3 × 6 como «dieciocho».
A pesar
de su importancia, la memoria verbal no es la única fuente de conocimiento que
debemos aprovechar durante el cálculo mental. Cuando se lo enfrenta a la
difícil tarea de memorizar las tablas aritméticas, nuestro cerebro utiliza
todos los artificios disponibles. Cuando la memoria falla, vuelve a estrategias
como el conteo, la suma serial o la resta a partir de algún referente (por
ejemplo, 8 × 9 = (8 × 10) − 8 = 72). Pero por sobre todas las cosas, nunca
pierde una oportunidad de tomar un atajo (Ashcraft y Stazyk, 1981, Dehaene y
otros, 1999). Por favor, verifiquen si los siguientes cálculos son verdaderos o
falsos: 5 × 3 = 15, 6 × 5 = 25, 7 × 9 = 20. ¿Tienen que realizar el cálculo
para rechazar la última multiplicación? Probablemente no, y al menos por dos
buenos motivos. En primer lugar, el resultado propuesto, 20, es groseramente
falso. Los experimentos han mostrado que los tiempos de reacción bajan a medida
que aumenta el grado de falsedad. Los resultados cuya magnitud se aleja
considerablemente de la verdad se rechazan en menos tiempo de lo que llevaría
completar efectivamente la operación, lo que sugiere que, a la vez que calcula
el resultado exacto, nuestro cerebro también computa una estimación a grandes
rasgos de su tamaño. En segundo lugar, en 7 × 9 = 20, el carácter par o impar
se ve violado. Dado que los dos operandos son impares, el resultado debería ser
impar. Un análisis de los tiempos de respuesta muestra que nuestro cerebro
chequea implícitamente las reglas de paridad que gobiernan la suma y la
multiplicación, y reacciona con velocidad siempre que se encuentra una
violación (Krueger y Hallford, 1984, Krueger, 1986[23]).
§. Cuando
los algoritmos de cálculo están fallados
Consideremos un momento la problemática de los cálculos de varias cifras.
Supongamos que ustedes tienen que calcular 24 + 59. Ninguna computadora
necesitaría más que unos pocos microsegundos para hacer la suma; a ustedes, en
cambio, les llevará por lo menos cien mil veces más que a la computadora, algo
más de dos segundos. Este problema pondrá en juego todo su poder de
concentración (como veremos más adelante, los sectores pre frontales del
cerebro, que están involucrados en el control de las actividades
neuroautomatizadas, están muy activos durante los cálculos complejos). Tendrán
que pasar cuidadosamente por una serie de pasos: aislar los dígitos que se
encuentran más a la izquierda (4 y 9) y sumarlos (4 + 9 = 13), escribir el 3,
«llevarse» el 1, aislar los dígitos que se encuentran más a la izquierda (2 y
5), sumarlos (2 + 5 = 7), sumar lo que «se habían llevado» (7 + 1 = 8), y
finalmente escribir el 8. Estos pasos son tan reproducibles que, dada la magnitud
de los dígitos, uno puede estimar la duración de cada operación y predecir, con
unas pocas décimas de segundo de margen, en qué momento finalmente levantarán
la lapicera del papel (Ashcraft y Stazyk, 1981, Widaman, Geary, Cormier y
Little, 1989, Timmers y Claeys, 1990).
En ningún
momento durante un cálculo de este tipo parece tenerse en cuenta el significado
de las operaciones que se están desarrollando. ¿Por qué llevaron el 1 hasta la
columna que estaba más a la izquierda? Tal vez ahora se den cuenta de que este
1 hace referencia a 10 unidades y que entonces debe agregarse a la columna de
las decenas. Sin embargo, este pensamiento nunca se les vino a la cabeza
mientras realizaban el cálculo. Para calcular rápido, el cerebro se ve forzado
a ignorar el significado de las operaciones que realiza.
Para
tomar otro ejemplo del divorcio entre los aspectos mecánicos del cálculo y su
significado, consideremos los siguientes problemas de sustracción, bastante
típicos para un niño pequeño:
¿Pueden
ver cuál es el problema? Este niño no está respondiendo al azar. Cada respuesta
obedece a una lógica estricta. El algoritmo clásico de sustracción se aplica de
forma rigurosa, dígito tras dígito, de derecha a izquierda. Sin embargo, el
niño se traba siempre que el dígito de arriba (el minuendo) es más pequeño que
el de abajo (sustraendo). Frente a esta situación, por alguna razón prefiere
invertir la operación y restar el dígito de más arriba del de abajo. Poco
importa que esta operación no tenga sentido alguno. Es más, el resultado muchas
veces resulta más grande que el número con el que se empezó, sin que esto
moleste en lo más mínimo al alumno. El cálculo le parece una pura manipulación
de símbolos, un juego surrealista, tan carente de significado como algunos
ejercicios de escritura automática o una cantata barroca en latín.
John
Brown, Richard Burton y Kurt van Lehn, de la Universidad Carnegie-Mellon,
estudiaron meticulosamente el procedimiento de resta mental. Para eso,
recopilaron las respuestas de más de mil niños a decenas de problemas (Van
Lehn, 1986, 1990). Al analizar esas respuestas, descubrieron que la mayoría de
los errores eran sistemáticos y podían ser clasificados en diferentes tipos,
similares al que acabamos de examinar. Por ejemplo, algunos niños tienen
dificultades solo con los ceros, mientras que otros solo fallan con el dígito
1. Un error clásico consiste en saltear el 0 y pasar al número inmediatamente a
su izquierda cuando en una resta se debe «pedir prestado» y este número resulta
ser un 0. En 307 − 9, algunos niños calculan correctamente 17 − 9 = 8, pero
luego no logran restar lo que «pidieron prestado» al 0. En su lugar,
simplifican de forma errónea la tarea «pidiéndole» el 1 a la columna de las
centenas; «por eso», llegan a la conclusión de que 307 − 9 = 208. Los errores
de este tipo se repiten de forma tan sistemática que Brown y sus colegas los
han descripto en términos de ciencias de la computación: los algoritmos de
resta de los niños están plagados de «fallas», sucesiones de instrucciones
inexactas, que los programadores llaman «bugs».
¿De dónde
vienen estos errores? Por extraño que pueda parecer, ningún libro de texto
describe en su totalidad la receta correcta para la resta. Si un ingeniero
especializado quisiera crear un software que permita realizar
cualquier resta posible, podría pasar horas escudriñando el manual de
aritmética de su hijo y no lograría encontrar instrucciones lo suficientemente
precisas como para hacer que su programa funcione. Los manuales escolares se contentan
con ofrecer instrucciones elementales y una serie de ejemplos. Se supone que
los alumnos tienen que observar con atención los ejemplos, analizar el
comportamiento de su maestro y derivar sus propias conclusiones. Así, no
resulta sorprendente que el algoritmo al que llegan sea incorrecto. Los
ejemplos de los libros de texto no suelen abarcar todos los casos posibles de
resta. Entonces, dejan la puerta abierta a todo tipo de ambigüedades. En su
debido momento, cualquier niño se ve enfrentado a una situación novedosa en la
que él o ella tendrá que improvisar, y se harán evidentes sus lagunas de
comprensión de la resta.
Observemos
este ejemplo estudiado por Kurt van Lehn: un niño resta correctamente, excepto
que cada vez que tiene que restar dos dígitos idénticos, se equivoca y pide
prestado un 1 a la columna siguiente (por ejemplo, 54 − 4 = 40; 428 − 26 =
302). Este niño se ha dado cuenta, correctamente, de que uno debe «pedir
prestado» siempre que el dígito de arriba sea más pequeño que el de abajo. Sin
embargo, generaliza esta regla de forma equivocada al caso en que los dos
dígitos son iguales. Es muy probable que esta situación particular nunca haya
sido explicada en su libro de texto.
Otro
ejemplo iluminador: muchos libros de aritmética explican el procedimiento de
resta utilizando únicamente números de dos dígitos para el minuendo (17 − 8, 54
− 6, 64 − 38, etc.). De este modo, al principio los alumnos solo aprenden el
algoritmo de sustracción «pidiendo prestado» a la primera columna de la
izquierda; en este caso, las de las decenas. Entonces, la primera vez que se
ven enfrentados a una resta de tres dígitos, muchos niños deciden
equivocadamente «pedir prestado» a la columna de más a la izquierda, como han
hecho antes (por ejemplo, 621 − 2 = 529). ¿Cómo podrían adivinar, sin más
instrucciones, que uno siempre debería pedir prestado a la columna que se
encuentra inmediatamente a la izquierda de la columna en cuestión, en lugar de
hacerlo a la del extremo izquierdo? Solo una comprensión refinada del diseño
del algoritmo y de su propósito puede ayudar. Sin embargo, el mero hecho de que
se produzcan errores tan absurdos sugiere que el cerebro del niño registra y
ejecuta la mayor parte de los algoritmos de cálculo sin que le importe mucho su
significado.
§. Pros y
contras de la calculadora electrónica
¿Qué imagen coherente emerge de este panorama de las habilidades aritméticas
humanas? Claramente, el cerebro humano se comporta distinto de como lo hace
cualquier computadora que conozcamos. No ha evolucionado para llevar a cabo el
propósito del cálculo formal. Esta es la razón por la que los sofisticados
algoritmos de cálculo son tan difíciles de adquirir y utilizar fielmente.
Contar es fácil, porque explota nuestras habilidades biológicas fundamentales
para la producción de habla y la correspondencia uno a uno. Pero memorizar la
tabla de multiplicar, ejecutar el algoritmo de resta, y lidiar con lo que «se
lleva» son operaciones puramente formales, sin ninguna contraparte en la vida
de un primate. La evolución difícilmente podría habernos preparado para ellos.
El cerebro del Homo sapiens es al cálculo formal lo que el ala
del ave prehistórica Archaeopteryx era al vuelo: un órgano
burdo, funcional pero lejos de ser óptimo. Para cumplir con los requisitos de
la aritmética mental, nuestro cerebro tiene que utilizar cualquier circuito con
el que cuente, incluso si eso implica memorizar una secuencia de operaciones
que no comprendemos.
No
podemos pretender alterar la arquitectura de nuestro cerebro, pero tal vez
podamos adaptar nuestros métodos de enseñanza a las restricciones de nuestra
biología. Dado que las tablas de aritmética y los algoritmos de cálculo son, de
algún modo, antinaturales, creo que deberíamos replantearnos seriamente si es
necesario inculcárselos a nuestros niños. Por suerte, hoy en día tenemos una
alternativa: la calculadora electrónica, que es barata, omnipresente e
infalible. Las computadoras están transformando nuestro universo hasta un punto
tal que no podemos limitarnos irreflexivamente a las recetas educativas de
antaño. Tenemos que hacer frente a esta pregunta: ¿nuestros alumnos todavía
deberían pasar cientos de horas recitando las tablas de multiplicar, como lo
hicieron sus abuelos, con la esperanza de que los datos aritméticos
eventualmente se graben en su memoria? ¿No sería más sensato darles
entrenamiento temprano para utilizar calculadoras y computadoras?
Reducir
el papel de la aritmética memorística en la escuela puede parecer una herejía.
Justamente, sin embargo, se trata de entender que no hay nada sagrado en el
modo en que se enseña la matemática. Hasta hace pocos años, en muchos países
las cuentas con ábacos y con los dedos eran los vectores privilegiados de la
aritmética. Incluso hoy, millones de asiáticos extraen su soro-ban,
el ábaco japonés, siempre que tienen que realizar un cálculo. Los más
experimentados entre ellos practican el «ábaco mental»: al visualizar los
movimientos del ábaco en sus cabezas, ¡pueden sumar mentalmente dos números en
menos tiempo que el que nos lleva escribirlos en una calculadora! (Hatano y
Osawa, 1983, Stigler, 1984, Hatano, Amaiwa y Shimizu, 1987). Estos ejemplos
muestran que hay vías alternativas al aprendizaje memorístico de la aritmética.
Uno
podría objetar que las calculadoras electrónicas atrofian las intuiciones
matemáticas de los niños. Así lo sostuvo, por ejemplo, el famoso matemático
francés René Thom, el renombrado creador de la teoría matemática de las
catástrofes y ganador de la Medalla Fields:
En la
escuela primaria aprendíamos las tablas de sumar y de multiplicar. ¡Era algo
bueno! Estoy convencido de que cuando a niños tan pequeños como de 6 o 7 años
se les permite utilizar una calculadora, alcanzan un conocimiento menos íntimo
del número que el que alcanzamos gracias a la práctica del cálculo mental.
Sin
embargo, lo que puede haber sido verdadero para el pequeño Thom no es
necesariamente cierto para el niño promedio de hoy en día. Cualquiera puede
evaluar por sí solo la supuesta capacidad de nuestras escuelas para enseñar un
«conocimiento íntimo del número». Cuando un alumno llega, sin pestañear a la
conclusión de que 317 − 81 es 376, tal vez haya algo que huele ha podrido en
ese añejo reino.
Estoy
convencido de que, si se libera a los niños de las limitaciones tediosas y
mecánicas del cálculo, la calculadora puede ayudarlos a concentrarse en el
significado. Les permite ajustar su sentido natural de la aproximación
ofreciéndoles miles de ejemplos aritméticos. Al estudiar los resultados de una
calculadora, los niños pueden descubrir que la resta siempre arroja un
resultado más pequeño que el número inicial, que multiplicar por un número de
tres dígitos siempre aumenta en dos o tres dígitos el tamaño del número del que
se partió, y miles de hechos similares. La observación atenta del
comportamiento de una calculadora es una forma excelente de desarrollar el
sentido numérico.
La
calculadora es como un mapa de ruta para la recta numérica. Si se le da una
calculadora a un niño de 5 años, se le enseñará cómo hacerse amigo de los
números en lugar de odiarlos. De hecho, podrá descubrir muchas regularidades
fascinantes acerca de la aritmética. Hasta las más elementales parecen magia
pura para ellos. Multiplicar por 10 agrega un 0 a la derecha. Multiplicar por
11 duplica la presencia de un dígito (2 × 11 = 22, 3 × 11 = 33, etc.).
Multiplicar por 3, y luego por 37, hace tres copias de él (9 × 3 × 37 = 999).
¿Pueden descubrir por qué?
Como
estos ejemplos infantiles pueden dejar insatisfechos a los lectores avanzados
en matemática, veamos aquí algunas regularidades más sofisticadas:
1 × 11 =
121; 111 × 111 = 12 321; 1111 × 1111 = 1 234 321 (y así sucesivamente). ¿Pueden
ver por qué?
12345679 × 9 = 111111111. ¿Por qué? ¿Se dieron cuenta de que faltaba el 8?
11 − 3 × 3 = 2; 1111 – 33 × 33 = 22; 111111 – 333 × 333 =222 (y así
sucesivamente). ¡Pruébenlo!
1 + 2 = 3; 4 + 5 + 6 = 7 + 8; 9 + 10 + 11+ 12 = 13 + 14 + 15 (y así
sucesivamente). ¿Pueden encontrar una demostración sencilla?
¿Estos
juegos aritméticos les parecen aburridos e improductivos? No se olviden de que
antes de los 6 o 7 años los niños todavía no odian la matemática. Todo lo que
se presenta como misterioso y estimula su imaginación les parece un juego.
Están abiertos y listos para desarrollar una pasión por los números si tan solo
estamos dispuestos a mostrarles lo mágica que puede ser la aritmética. Las
calculadoras electrónicas, así como los programas específicos para los niños,
conllevan la promesa de iniciarlos en la belleza de la matemática; un rol que
muchas veces las maestras, muy ocupadas en enseñar la mecánica del cálculo, no
alcanzan a cumplir.
Dicho
esto, ¿puede y debe la calculadora funcionar como un sustituto de la aritmética
mental memorística? Sería tonto suponer que tengo la respuesta definitiva. Usar
una calculadora de bolsillo para multiplicar 2 × 3 obviamente es absurdo, pero
nadie quiere llegar a esos extremos. Sin embargo, se debería reconocer que hoy
en día la gran mayoría de los adultos nunca realiza un cálculo de varias cifras
sin utilizar la electrónica. Nos guste o no, los algoritmos de división y de
resta son especies en peligro de extinción y están desapareciendo rápidamente
de nuestras vidas diarias, excepto en las escuelas, donde todavía toleramos su
silenciosa opresión.
Como
mínimo, el uso de las calculadoras en la escuela debería perder su estatus de
tabú. La currícula escolar de matemática no es inmutable, y mucho menos
perfecta. Su único objetivo debería ser mejorar la fluidez de los niños en la
aritmética, no perpetuar un ritual. Las calculadoras y las computadoras son
solo unos pocos de los promisorios caminos que los educadores han comenzado a
explorar. Tal vez deberíamos estudiar los métodos de enseñanza que se usan en
China y en Japón de un modo menos condescendiente, como hicieron los psicólogos
Harold Stevenson, de la Universidad de Michigan, y Jim Stigler, de la UCLA,
quienes concluyeron que estos métodos suelen ser superiores a los que se
utilizan en la mayor parte de los países occidentales (Stevenson y Stigler,
1992). Solo tomen en consideración este ejemplo simple: en Occidente, en
general aprendemos las tablas de multiplicar línea por línea, comenzando con
los «× 2» y terminando con los «× 9», para un total de setenta y dos datos que
deben ser recordados. En China, a los niños se les enseña explícitamente a
reordenar las multiplicaciones ubicando el dígito más pequeño en primer lugar.
Este truco elemental, que evita reaprender 9 × 6 cuando uno ya sabe el
resultado de 6 × 9, reduce a casi la mitad la cantidad de información que
almacenar. Tiene un impacto notable en la velocidad de cálculo y en la tasa de
error de los alumnos chinos. Obviamente, no tenemos el monopolio del currículum
bien concebido. Entonces, mantengamos los ojos abiertos a todas las posibles fuentes
de progreso en los métodos de enseñanza, ya sea que provengan de la
informática, del procesamiento de datos o de la psicología.
§. El
«hombre anumérico»: dime en qué país estudias y te diré cómo calculas
En el sistema educativo occidental, los niños pasan mucho tiempo aprendiendo la
mecánica de la aritmética. Sin embargo, hay una sospecha creciente de que
muchos de ellos llegan a la adultez sin haber comprendido realmente cuándo
aplicar este conocimiento de forma apropiada. Como no tienen ningún tipo de
comprensión profunda de los principios aritméticos, corren el riesgo de
convertirse en pequeñas máquinas que calculan pero no piensan. John Paulos
(1988) ha dado nombre a ese drama: son anuméricos, el análogo al
analfabetismo en el dominio de la aritmética. Los anuméricos son proclives a
extraer conclusiones azarosas sobre la base de un razonamiento que solo es
matemático en apariencia. Aquí hay algunos ejemplos:
·
1/5 + 2/5 = 3/10 porque
1 + 2 = 3 y 5 + 5 = 10.
·
0,2 + 4 =
0,6 porque 4 + 2 = 6.
·
0,25 es
más grande que 0,5 porque 25 es más grande que 5.
·
Una
pileta de agua a 35 ºC, sumada a otra con agua a 35 ºC, hacen una gran bañadera
de agua muy caliente a 70 ºC (afirmación de mi hijo de 6 años).
·
La
temperatura ronda los 80 ºF hoy (unos 27 ºC); hace dos veces más calor que
anoche, cuando la temperatura fue de 40 ºF (alrededor de 4,4 ºC).
·
Hay un 50
% de probabilidades de que llueva el sábado, y también un 50 % de
probabilidades de que llueva el domingo, así que hay un 100 % de certeza de que
lloverá durante el fin de semana (escuchado en el noticiero local por John
Paulos).
·
Un metro
equivale a 100 centímetros. Dado que la raíz cuadrada de 1 es 1, y que la raíz
cuadrada de 100 es 10, ¿no deberíamos llegar a la conclusión de que 1 metro
equivale a 10 centímetros?
·
La señora
X está asustada: la nueva prueba de cáncer que se hizo dio positiva. Su doctor
certifica que esta prueba es altamente confiable y da positivo en el 98 % de
los casos de cáncer. Entonces, la señora X tiene un 98 % de seguridad de tener
cáncer. ¿No es cierto? (No, es falso. La información disponible no avala
absolutamente ninguna conclusión. Supongamos que solo una persona en diez mil
desarrolla este tipo de cáncer, y que la prueba tiene una tasa de 5 % de falsos
positivos. De las diez mil personas que se hagan la prueba, cerca de quinientas
tendrán un resultado positivo, aunque solo una de ellas realmente sufrirá de
cáncer. En ese caso, a pesar de sus resultados, la señora X sigue teniendo una
posibilidad en quinientas de desarrollar cáncer).
En los
Estados Unidos, la lucha contra el «anumerismo» se ha convertido prácticamente
en una campaña nacional. Informes alarmantes sugieren que, ya en el jardín de
infantes, los niños estadounidenses van muy a la zaga de sus pares chinos y
japoneses. Algunos educadores ven esta «brecha de aprendizaje» como una amenaza
potencial a la supremacía del país en ciencia y tecnología. El chivo emisario
es el sistema educativo, su organización mediocre, y el entrenamiento pobre de
sus maestros. Del lado francés del Atlántico, prácticamente año pormedio una
controversia similar anuncia una nueva caída en los logros matemáticos de los
niños.
Una
educadora de matemática, Stella Baruk (1973), ha analizado con perspicacia
cuánta responsabilidad tiene el sistema educativo en las dificultades
matemáticas de los niños. Su ejemplo favorito es un problema digno de los sketchs cómicos
de los Monty Pithon: «Hay doce ovejas y trece cabras en un bote. ¿Cuántos años
tiene el capitán?». Créase o no, este problema se presentó oficialmente a niños
franceses de primero y segundo grado en una encuesta oficial, y gran parte de
ellos respondió sinceramente «25 años, porque 12 + 13 = 25»: ¡sorprendentemente
anuméricos!
Si bien
hay razones serias para preocuparse por la difundida incompetencia en
matemática, yo creo que nuestro sistema escolar no es el único culpable. El
hecho de que parte de la población sea anumérica tiene raíces mucho más
profundas: en última instancia, refleja la lucha del cerebro humano para
almacenar conocimiento aritmético. Obviamente, se puede ser anumérico en muy
diversas medidas, desde el niño pequeño que piensa que las temperaturas pueden
sumarse al estudiante de medicina que no logra calcular una probabilidad
condicional. Sin embargo, todos estos errores comparten un rasgo: sus víctimas
llegan a conclusiones directamente sin considerar la relevancia de los cálculos
que realizan. Esta es una contraparte lamentable de la automatización del cálculo
mental. Nos volvemos tan hábiles en la mecánica del cálculo que las operaciones
aritméticas a veces comienzan automáticamente en nuestras cabezas. Observen si
no sus reflejos con los siguientes problemas:
·
Un
granjero tiene ocho vacas. Mueren todas, excepto cinco. ¿Cuántas quedan?
·
Judy
tiene cinco muñecas, que son dos menos de las que tiene Cathy. ¿Cuántas muñecas
tiene Cathy?
¿Se
sintieron impulsados a responder «tres» a ambos problemas? La mera presentación
de las palabras «menos que» o «todas excepto» son suficientes para desencadenar
un plan automático de sustracción en nuestras mentes. Tenemos que luchar contra
esta conducta automatizada. Se necesita un esfuerzo consciente para analizar el
significado de cada problema y formar un modelo mental de la situación. Solo
entonces nos damos cuenta de que deberíamos repetir el número
5 en el primer problema, y sumar 5 y 2 en el segundo. Al
inhibir el plan de sustracción ponemos en funcionamiento la porción anterior
del cerebro, una región llamada corteza prefrontal, que está involucrada en la
implementación y el control de estrategias no rutinarias. Como la corteza
prefrontal madura muy lentamente —por lo menos hasta la pubertad y,
probablemente, incluso después de ella—, los niños y los adolescentes son muy
vulnerables a la impulsividad matemática. Sus áreas corticales pre frontales
todavía no han tenido demasiadas oportunidades de adquirir un gran repertorio
de estrategias de control refinadas, necesarias para evitar caer en trampas
aritméticas.
Mi
hipótesis, entonces, es que la «condición anumérica» es resultado de la
dificultad para controlar la activación de planes aritméticos distribuidos en
varias áreas cerebrales. Como veremos en los capítulos 7 y 8, el conocimiento
del número no depende de una sola área cerebral especializada, sino de amplias
redes distribuidas de neuronas, cada una encargada de desempeñar su propio
cálculo simple, automatizado e independiente. Nacemos con un «circuito
acumulador» que nos dota de intuiciones aproximativas acerca de las cantidades
numéricas. Con la adquisición del lenguaje, entran en juego varios otros
circuitos que se especializan en la manipulación de símbolos numéricos y en el
conteo verbal. El aprendizaje de las tablas de multiplicar utiliza otro circuito
especializado más de memoria verbal; y la lista podría continuar quizá largo
rato. Existen personas anuméricas porque estos múltiples circuitos a menudo
responden de forma autónoma y de un modo desarticulado. Su arbitraje, bajo el
mando de la corteza prefrontal, suele surgir lentamente. Los niños quedan a
merced de sus reflejos aritméticos. No importa si están aprendiendo a contar o
a restar: hacen foco sobre rutinas de cálculo y no logran trazar los vínculos
apropiados con su sentido numérico cuantitativo. Y así, esos niños, nosotros,
nos volvemos anuméricos.
§.
Enseñar el sentido numérico: lo que la escuela puede hacer
Si mi hipótesis es correcta, somos anuméricos durante largo tiempo, porque esto
refleja una de las propiedades fundamentales de nuestro cerebro: su
modularidad, la compartimentación del conocimiento matemático en múltiples
circuitos parcialmente autónomos. Para volvernos competentes en matemática,
debemos ir más allá de estos módulos compartimentados y entablar una serie de
vínculos flexibles entre ellos. El analfabeto numérico realiza cálculos de
forma refleja y azarosa, sin ningún tipo de comprensión profunda. El calculador
experto, en cambio, hace malabares mentales con notaciones numéricas, en una
alternancia fluida, pasando de dígitos a palabras y a cantidades, y selecciona
reflexivamente el algoritmo más apropiado para el problema que encara.
Desde
esta perspectiva, la escuela tiene un papel fundamental, no tanto porque les
enseñe a los niños nuevas técnicas aritméticas, sino porque los ayuda a trazar
conexiones entre la mecánica del cálculo y su significado. Un buen maestro es
un alquimista que le da a un cerebro que es sobre todo modular la apariencia de
una red interactiva. Por desgracia, a menudo nuestras escuelas no pueden
abordar este desafío. En demasiadas ocasiones, lejos de allanar las
dificultades planteadas por el cálculo mental, nuestro sistema educativo las
aumenta. La llama de la intuición matemática solo está chispeando en la mente
del niño, y puede languidecer. Necesita ser avivada y sostenida antes de que
pueda iluminar todas las actividades aritméticas. Pero nuestras escuelas se
contentan, en general, con inculcar recetas aritméticas no significativas y
mecánicas a los niños.
Y un
estado de cosas como ese se demuestra tanto más lamentable porque, como hemos
visto, la mayoría de los niños entra al preescolar con una comprensión bien
desarrollada de la aproximación y de cómo contar. En la mayoría de los cursos
de matemática, este bagaje informal se trata como una debilidad más que como un
recurso. Contar con los dedos se considera una actividad aniñada, que una buena
educación eliminará. ¿Cuántos niños intentan esconderse cuando cuentan con los
dedos porque «la maestra dijo que no»? Sin embargo, la historia misma de los
sistemas de numeración prueba repetidas veces que contar con los dedos es un
precursor importante para aprender la base 10. Del mismo modo, no lograr
encontrar el resultado a la suma 6 + 7 = 13 en la memoria se considera un
error, incluso si el niño prueba luego que tiene un excelente dominio de la
aritmética encontrando el resultado de forma indirecta; por ejemplo, recordando
que 6 + 6 es 12, y que 7 está una unidad después de 6. Estigmatizar a un niño
por utilizar estrategias indirectas ignora descaradamente que los adultos
utilizan estrategias similares cuando su memoria falla.
Despreciar
las habilidades tempranas de los niños puede tener un efecto desastroso en su
opinión posterior de la matemática. Afianza la idea de que la matemática es un
dominio árido, desconectado de la intuición y regido por la arbitrariedad
(Baruk, 1973, Fuson, 1988). Los alumnos sienten que se supone que deben hacer
lo que hace el maestro, incluso si no le encuentren sentido. Un ejemplo al
azar: el psicólogo del desarrollo Jeffrey Bisanz (1999) pidió a alumnos de 6 y
9 años que calcularan 5 + 3 − 3. Los niños de 6 años a menudo respondían «5»
sin hacer el cálculo, percibiendo correctamente que + 3 y − 3 se cancelan
mutuamente. Sin embargo, los niños de 9 años, aunque tenían más experiencia,
realizaban tercamente el cálculo completo (5 + 3 = 8, y luego 8 − 3 = 5). «Usar
un atajo sería hacer trampa», explicó uno de ellos.
La
insistencia en el cálculo mecánico a expensas del significado recuerda el
acalorado debate que divide a las escuelas formalista e intuicionista de la
investigación matemática. La línea formalista, fundada por Hilbert y seguida
por los matemáticos franceses más importantes, se agrupaba bajo el seudónimo de
Bourbaki, y tenía como objetivo anclar la matemática en una base axiomática
firme. Su objetivo era reducir la demostración a una manipulación puramente
formal de símbolos abstractos. De esta perspectiva árida nació la tan famosa
reforma de la «matemática moderna», que arruinó el sentido matemático de una
generación entera de alumnos franceses presentando, según una fórmula de este
período, «una educación extremadamente formal, separada de cualquier base
intuitiva, presentada a partir de situaciones artificiales, y altamente
selectiva». Por ejemplo, los reformistas pensaban que los niños deberían estar
familiarizados con los grandes principios teóricos de la numeración antes de
que se les enseñaran las especificidades de nuestro sistema decimal. Entonces,
créanlo o no, algunos textos de aritmética comenzaban explicando que 3 + 4 es
12… ¡en base 5! Es difícil pensar un modo mejor de confundir el pensamiento de
los niños.
Esta
concepción errónea del cerebro y de la matemática, en que se desalienta la
intuición, lleva al fracaso. Estudios realizados en los Estados Unidos por
David Geary y sus colegas de la Universidad de Misuri-Columbia sugirieron que
cerca del 6 % de los alumnos son «discapacitados matemáticos» (Geary, 1990,
Shalev, Auerbach, Manor y Gross-Tsur, 2000). Por mi parte, no puedo creer que
un déficit neurológico genuino aqueje a tantos niños. Si bien existen lesiones
cerebrales que pueden afectar selectivamente el cálculo mental, como veremos en
el capítulo 7, son relativamente infrecuentes. Parece más probable que muchos
de estos niños «discapacitados matemáticos» sean alumnos con capacidades
normales que comenzaron con el pie izquierdo en matemática. Su experiencia
inicial termina por convencerlos de que la aritmética es un asunto puramente
escolar, sin ninguna meta práctica y ningún significado obvio. Deciden
rápidamente que jamás serán capaces de comprender ni una palabra de todo eso.
Por ende, las considerables dificultades que de por sí plantea la aritmética a
cualquier cerebro constituido normalmente se ven agravadas por un componente
emocional, una ansiedad creciente o fobia a la matemática.
Podemos
enfrentarnos a estas dificultades si basamos el conocimiento matemático sobre
situaciones concretas más que en conceptos abstractos. Necesitamos ayudar a los
niños a darse cuenta de que las operaciones matemáticas tienen un significado
intuitivo, que ellos pueden representar utilizando su sentido innato de las
cantidades numéricas. En resumen, debemos ayudarlos a construir un repertorio
rico en «modelos mentales» de la aritmética. Analicemos el ejemplo de una resta
elemental, 9 − 3 = 6. Como adultos, conocemos muchas situaciones concretas en
que se aplica esta operación: un planteo de conjunto (una canasta con nueve
manzanas, de la que uno saca tres, ahora tiene solo seis), un planteo de
distancia (en cualquier juego de mesa, para movernos de la casilla 3 a la
casilla 9 hacen falta seis movimientos), un planteo de temperatura (si la
temperatura es de nueve grados y baja tres, entonces hará seis grados), y
muchos otros. Estos modelos mentales parecen equivalentes para el ojo adulto,
pero no lo son para el niño que debe descubrir que la resta es la operación que
encaja con todos ellos. El día en que el maestro presenta los números negativos
y pide a sus alumnos que calculen 3 − 9, un niño que solo domina el planteo de
conjunto piensa que esta operación es imposible. ¿Sacar nueve manzanas a tres
manzanas? ¡Eso es absurdo! Otro niño que solo utiliza el planteo de distancia
llega a la conclusión de que 3 − 9 = 6, porque, en efecto, la distancia de 3 a
9 es 6. Si el maestro sostiene meramente que «tres menos nueve es igual a menos
seis», los dos niños corren el riesgo de no lograr comprender la afirmación.
Sin embargo, el planteo de la temperatura puede darles una imagen intuitiva de
los números negativos. «Menos seis grados» es un concepto que hasta los niños
de primer grado pueden comprender.
Pensemos
en un segundo ejemplo: la suma de dos fracciones, 1/2 y 1/3.
Una criatura que tiene en mente una imagen intuitiva de las fracciones como
porciones de una tarta —media tarta y luego otro tercio de tarta— no tendrá
dificultades para llegar a la conclusión de que su suma está apenas por debajo
de 1. Él o ella hasta puede comprender que las porciones deben cortarse en
trozos más pequeños e idénticos (es decir, reducirse al mismo denominador)
antes de poderse reagrupar para que el total exacto sea calculable: 1/2 + 1/3 = 5/6.
En cambio, un niño para quien las fracciones no tienen significado intuitivo, y
para quien son solo dos dígitos separados por una barra, probablemente caerá en
la trampa clásica de sumar el numerador y el denominador: ¡1/2 + 1/3 = (1
+ 1)/(2 – 3) = 2/5! Este error
puede incluso encontrar justificación en un modelo concreto.
Supongamos
que en la primera mitad del juego, Michael Jordan acierta uno de cada dos
tiros, para un promedio de 1/2, y que en la segunda
mitad acierta una vez cada tres tiros. ¡Aquí hay una situación en la que 1/2 «más» 1/3 es
igual a 2/5! Cuando se enseñan fracciones, es de
vital importancia que el chico sepa que se tiene en mente una «porción de una
tarta» más que un «promedio de puntos». El cerebro no se contenta con los
símbolos abstractos: las intuiciones concretas y los modelos mentales
desempeñan un papel clave en la matemática. Esta es probablemente la razón por
la que el ábaco funciona tan bien para los niños asiáticos: les da una
representación muy concreta e intuitiva de los números.
Pero
terminemos este capítulo con una nota de optimismo. La locura por la
«matemática moderna» basada sobre una visión formalista de la matemática está
perdiendo fuerza en muchos países. En los Estados Unidos, el Consejo Nacional
de Maestros de Matemáticas no hace hincapié en el aprendizaje memorístico de
hechos y procedimientos, y en cambio se concentra en enseñar una familiaridad
intuitiva con los números. En Francia —el país que obviamente recibió el golpe
más directo del «bourbakismo»— muchos maestros ya no esperan que los psicólogos
les aconsejen regresar a un enfoque más concreto de la matemática. Las escuelas
lentamente han vuelto a incorporar material educativo concreto, como las barras
bicolores de María Montessori, las tablas de Séguin, las barras de decenas, las
placas de centenas, los dados y los juegos de mesa. El Ministerio de Educación
francés, luego de varias reformas, parece haber dejado de lado la idea de
volver a cada niño una máquina masticadora de signos. El sentido numérico —y,
de hecho, el sentido común— está regresando.
Al mismo
tiempo que este bienvenido cambio, los psicólogos educacionales de los Estados
Unidos han demostrado de forma empírica los méritos de una currícula de
aritmética que ponga el acento sobre modelos aritméticos concretos, prácticos e
intuitivos. Sharon Griffith, Robbie Case y Robert Siegler, tres psicólogos del
desarrollo estadounidenses, han unido esfuerzos para estudiar el impacto de
diferentes estrategias educacionales en la comprensión que los niños tienen de
la aritmética (Griffin, Case y Siegler, 1986, Griffin y Case, 1996[24]). Su análisis teórico, al igual
que el mío, hace énfasis en el papel central de una representación intuitiva de
las cantidades sobre la recta numérica mental. Sobre esta base, Griffin y Case
diseñaron el programa Rightstart, que propone a los niños juegos numéricos
entretenidos orientados hacia mejores logros en aritmética, en un currículum de
comienzos de jardín de infantes; este programa incluye distintos materiales
pedagógicos concretos (termómetros, juegos de mesa, rectas numéricas, hileras
de objetos, etc.). Su meta era enseñarles a los niños de barrios urbanos de
bajos recursos los rudimentos de la aritmética:
El
objetivo central del programa es permitirles a los niños relacionar el mundo de
los números con el mundo de la cantidad y, por consiguiente, comprender que los
números tienen significado y se pueden usar para predecir, para explicar, y
para comprender el mundo real.
La
mayoría de los niños comprende de forma espontánea la correspondencia entre los
números y las cantidades. Los niños con bajos recursos, sin embargo, tal vez no
lo hayan comprendido antes de entrar al preescolar. Si no cuentan con los
prerrequisitos conceptuales para aprender aritmética, están en riesgo de quedar
rezagados en los cursos de matemática. El programa Rightstart intenta
devolverlos a la senda correcta a través de juegos aritméticos interactivos
simples. Por ejemplo, en una sección del programa, se invita a los niños a
jugar a un juego de mesa simple que les enseña a contar sus movimientos, a
restar para descubrir cuán lejos están de la meta, y a comparar los números
para deducir quién está más cerca de ganar el juego.
Los
resultados son notables. Griffin, Case y Siegler han probado su programa en
varias escuelas urbanas en Canadá y los Estados Unidos, en su mayoría con niños
inmigrantes de familias de bajos ingresos. Quienes estaban atrasados respecto
de sus pares participaron en cuarenta sesiones de veinte minutos del programa
Rightstart y alcanzaron los primeros puestos de la clase en el semestre
siguiente. Hasta superaban a los alumnos con un mejor dominio inicial de la
aritmética, pero que habían seguido una currícula más tradicional. Su avance se
consolidó en el siguiente año escolar. Esta extraordinaria historia exitosa
debería traer algo de consuelo a los maestros y los padres que sienten que sus
hijos son alérgicos a la matemática. De hecho, la mayoría de los niños están
encantados de aprender matemática si uno se ocupa de mostrarles los aspectos
divertidos antes que el simbolismo abstracto. Jugar al juego de la oca o a
Serpientes y Escaleras puede ser todo lo que necesiten los niños para tener una
ventaja inicial en matemática.
Capítulo
6
Genios y prodigios
Un
experto es un hombre que ha dejado de pensar: ¡sabe!
Frank Lloyd Wright
Contenido:
§. Un
bestiario numérico
§. El paisaje de los números
§. La frenología y la búsqueda de las bases biológicas de la genialidad
§. ¿El talento matemático es un don biológico?
§. Cuando la pasión engendra talento
§. Parámetros ordinarios para calculistas extraordinarios
§. Recetas para el cálculo relámpago
§. El talento y la invención matemática
Uno de
los episodios más novelescos de la historia de la matemática ocurrió una mañana
de enero de 1913, cuando el profesor G. H. Hardy recibió una carta de aspecto
extraño que venía de India (Kanigel, 1991). A los 36 años, Hardy era un
renombrado matemático, probablemente el más brillante de Inglaterra: profesor
del Trinity College de Cambridge, poco tiempo antes había sido elegido miembro
de la Royal Society. Allí, solía conversar de igual a igual con mentes tan
notables como la de Whitehead o Russell. En un contexto tan estimulante para el
intelecto, uno puede imaginarse su malestar al comenzar a leer esta carta
enviada desde Madrás, actual Chennai. Con una sintaxis rudimentaria, un
desconocido de nombre Srinivasa Aiyangar Ramanujan le pedía su opinión sobre
una serie de teoremas. Se trataba sin duda de un diletante presumido.
A pesar
de su implacable desdén por los matemáticos aficionados, tan pronto como
comenzó a descifrar con creciente atención las misteriosas fórmulas matemáticas
de su corresponsal (figura 6.1), Hardy no pudo sustraerse a la fascinación.
Algunas de ellas consistían en teoremas bien consolidados hacía mucho tiempo…
Pero ¿por qué este hombre los presentaba como si fueran suyos? Algunas fórmulas
se derivaban, a veces por una vía indirecta, de resultados matemáticos
complicados que Hardy conocía muy bien porque personalmente había contribuido
para llegar a ellos. Las últimas fórmulas, sin embargo, eran desconocidas:
largas cadenas de raíces cuadradas, exponenciales y fracciones mezcladas en un
cóctel único, cuyos orígenes todavía eran incomprensibles.
Figura 6.1. Una pequeña muestra de las misteriosas fórmulas de
Ramanujan. La expresión para π que vemos en posición final es correcta hasta el
vigésimo decimal.
Hardy
nunca había visto nada parecido. No podía ser una broma: tenía la seguridad de
estar ante un genio, un fuera de serie. Como explicó más tarde en su
autobiografía (Hardy, 1940), «las fórmulas debían ser ciertas porque, si no,
nadie habría tenido suficiente imaginación para inventarlas». Al día siguiente,
decidió ayudar a Ramanujan para que pudiera viajar a Cambridge. Este fue el
comienzo de una colaboración sumamente fértil, que llegó a un punto culminante
con la elección de Ramanujan para la Royal Society unos pocos años más tarde y
terminó trágicamente con su muerte el 26 de abril de 1920, a la edad de 32
años.
Uno
podría argumentar, con apenas algo de exageración chistosa, que la genialidad
de Ramanujan superaba la de Isaac Newton, porque había ido más allá que
cualquier otro matemático sin subirse a los hombros de nadie. Nacido en una
pobre familia brahmana, Ramanujan solo había seguido cursos formales durante
nueve años en escuelas locales del sur de India, y nunca había recibido un
título universitario. Sin embargo, en su niñez temprana su genialidad ya era
evidente. Había redescubierto por sí solo las famosas fórmulas de Euler, que
vinculan las funciones exponenciales y las trigonométricas, y a los 12 años
dominaba la Plane Trigonometry de Sidney Luxton Loney.
A los 16
años, Ramanujan se encontró con un segundo libro que fue decisivo para su
inclinación por la matemática, la Sinopsis de los resultados
elementales en matemática pura y aplicada de George Soobridge Carr,
compilación de 6165 teoremas con demostraciones solo esbozadas. A fuerza de
estudiar este volumen, y de reinventar la matemática de los siglos anteriores,
Ramanujan adquirió una capacidad singular, que ningún otro matemático antes o
después parece haber poseído en el mismo grado: un sorprendente sentido de la
fórmula apropiada, una intuición refinada de las relaciones numéricas. Era
inigualable en su habilidad para concebir relaciones aritméticas novedosas, ni
siquiera soñadas antes por nadie, y que por lo general adoptaba basado tan solo
sobre su intuición, para gran desesperación de sus colegas matemáticos que,
hasta muy poco tiempo atrás, habían hecho enormes esfuerzos para aportar
pruebas rigurosas o refutaciones a los cientos de fórmulas que cubrían sus
cuadernos.
Ramanujan
sostenía que quien escribía sus teoremas era la diosa Namagiri, en «su propia
lengua» y durante la noche. Al despertar, muchas veces escribía febrilmente
resultados inesperados que luego dejarían pasmados a sus colegas.
Personalmente, soy bastante escéptico acerca de la relevancia que pueda tener
la actuación de las divinidades indias en la vanguardia de la investigación
matemática. Sin embargo, en este juego la pelota está en el campo del
neuropsicólogo: ¿la psicología o la neurología pueden proponer una explicación,
al menos embrionaria, para la extraordinaria fertilidad de esta mente única?
Casi
cincuenta años después de la muerte de Ramanujan, Inglaterra vio nacer a otro
genio cuyo talento era, en varios sentidos, el equivalente exacto del de
Ramanujan, y al mismo tiempo su opuesto. Michael es un joven autista con un
retraso mental profundo, estudiado durante años por dos psicólogos ingleses,
Beate Hermelin y Neil O’Connor (1990[25]). Durante su infancia sufrió
macrocefalia y tuvo numerosos episodios de convulsiones, que probablemente le
causaron un daño cerebral temprano. Era un niño molesto y destructivo,
inconsciente del peligro, que parecía vivir en un mundo cerrado y centrado en
sí mismo. Nunca saludó o señaló objetos, gestos que los pequeños suelen
desarrollar de forma espontánea. Nunca mostró interés por la compañía de los
adultos.
A los 20
años, Michael no había logrado hablar. Nunca aprendió la lengua de señas y
hasta el momento no parece comprender palabras en absoluto. Su CI verbal no se
puede medir con ningún test que implique el uso de palabras. Tampoco en otras
habilidades no verbales su capacidad parece alcanzar una medida normal; de
hecho, su CI no verbal solo llega a 67. Esto significa que falla en casi todas
las pruebas que examinan su conocimiento rutinario de los objetos.
¿Por qué
comparar con aquel genio matemático indio a este hombre autista con una
discapacidad severa? Porque, pese a su dramático retraso mental, Michael es
extraordinariamente versado en aritmética. Hacia sus 6 años, aprendió a copiar
algunas letras y los diez dígitos arábigos. Desde ese momento, sumar, restar,
multiplicar, dividir y factorear números han sido sus pasatiempos favoritos. El
dinero, los relojes, los calendarios y los mapas también lo fascinan. Cuando se
lo mide con test lógicos, su CI llega a 128, muy por encima del promedio de las
personas sin alteraciones. ¡Se trata de un hombre que no puede nombrar un auto
o un conejo, pero que percibe inmediatamente que 627 se puede descomponer en 3
× 11 × 19! Michael necesita poco más de un segundo para determinar si un número
de tres dígitos es primo (es decir, no expresable como producto de dos números
más pequeños). Para realizar esta misma tarea, un psicólogo formado en
matemática necesita diez veces más tiempo.
¿Cómo es
posible que un hombre mudo, con discapacidad mental, sea a la vez un calculista
relámpago? ¿Cómo es posible que alguien crezca en una familia india pobre y se
convierta en un matemático de primer nivel solo con la ayuda de dos libros que,
en líneas generales, no incluyen demostraciones? Hoy en día, en todo el mundo,
los psicólogos han identificado a cientos de personas con «síndrome del savant»
similares a Michael. Algunos pueden decir qué día de la semana corresponde a
cualquier fecha pasada o futura del calendario. Otros son capaces de sumar
mentalmente dos números de seis dígitos en menos tiempo del que nos llevaría
pulsarlos en un teléfono. Sin embargo, a menudo estas personas carecen del todo
de inteligencia social e incluso a veces no desarrollan su facultad del
lenguaje. La mera existencia de este tipo de prodigios ¿pone en duda la teoría
que esbocé en los capítulos previos? ¿Cómo escapan ellos a las dificultades de
cálculo que enfrentamos todos? ¿En qué consiste ese «sexto sentido» que les confiere
una intuición tan fuerte para los números? ¿Deberíamos reconocer en ellos una
forma especial de organización cerebral, un don innato para la aritmética?
§. Un
bestiario numérico
El papel de la memoria en la matemática se subestima con facilidad. Cada uno de
nosotros reúne inconscientemente cientos de datos numéricos: pensemos, por
ejemplo, en el poder evocativo de los números 1492, 1945, 911 o 2000. Aquí
reside uno de los primeros secretos de los prodigios del cálculo: su
familiaridad con los números es tan refinada que para ellos prácticamente no
existe ningún número aleatorio. Lo que para nosotros es una serie común y
corriente de dígitos, sin interés particular, desde su perspectiva asume un
significado singular. Según explica el calculista relámpago George Parker
Bidder[26], «el número 763 se representa
simbólicamente con tres cifras (7, 6 y 3), pero 763 es solo una cantidad, un
número, una idea, y aparece en mi mente de la misma manera en que la palabra
“hipopótamo” aparece para expresar la idea de un animal en particular».
Cada
genio del cálculo cuenta con un zoológico mental poblado por un bestiario de
números familiares. Esa familiaridad suya con los números, que conocen de
principio a fin, es la marca distintiva de estos aritméticos expertos. «Los
números son casi como amigos para mí», dice Wim Klein. «No lo es para ti 3844,
¿no es cierto? Para ti es solo un 3 y un 8, y un 4 y un 4. Pero yo le digo:
“¡Hola, 62 al cuadrado!”».
Muchas
anécdotas biográficas confirman la extrema familiaridad con que los grandes
matemáticos manipulan las herramientas de su oficio, ya sean los números o las
formas geométricas. Pensemos en el diálogo entre Hardy y Ramanujan mientras el
matemático indio, que había contraído tuberculosis, agonizaba en un sanatorio
(Kanigel, 1991). «El taxi que me trajo aquí tenía el número 1729», dijo Hardy,
«y me pareció un número bastante aburrido». «Pero no, Hardy», le respondió
Ramanujan. «Es un número cautivante. Es el número más pequeño expresable de dos
formas distintas como suma de dos cubos»: ¡1729 = 13 + 123 =
103 + 93!
Se cuenta
que Gauss, otro matemático excepcional, y también un prodigio del cálculo,
había logrado una hazaña de este tipo incluso a una edad tanto más temprana. Su
maestro pidió a toda la clase que sumara los números del 1 al 100,
probablemente para que los alumnos se quedaran en silencio durante media hora.
Pero el pequeño Gauss inmediatamente levantó la pizarra con el resultado. Había
percibido enseguida la simetría del problema. Al «doblar mentalmente» la recta
numérica, podía agrupar 100 con 1, 99 con 2, 98 con 3, y así sucesivamente.
Así, la suma se redujo a cincuenta pares y cada uno daba como resultado 101, lo
que le permitió contar rápidamente un total de 5050.
El
matemático francés François Le Lionnais, que además formaba parte del
movimiento de experimentación literaria Oulipo, enfatizó que «las aptitudes
para el cálculo mental y para la matemática […] tienen en común una
sensibilidad a lo que me permitiría llamar la personalidad de cada número». En
1983, Le Lionnais publicó un pequeño libro llamado Les nombres
remarcables, en el cual hizo la lista de varios cientos de números con
propiedades matemáticas especiales (Le Lionnais, 1983). Su fascinación por los
números había comenzado a los 5 años. Luego de estudiar las tablas de
multiplicación impresas en la contratapa de sus cuadernillos escolares, se
sorprendió al descubrir que los múltiplos de 9 terminaban con los dígitos 9, 8,
7, 6, y así sucesivamente (es decir, 9, 18, 27, 36, etc.; ¿pueden ver por
qué?). En sus años de colegial, estudiante y, más tarde, matemático
profesional, no dejó de buscar los números más «llamativos» y los resultados
matemáticos subyacentes que los primeros pueden «delatar». Su archivo de temas
numéricos se perdió cuando lo deportaron a Alemania durante la Segunda Guerra
Mundial (pasó varios meses en un campo de concentración), pero lo reconstruyó
de memoria e incluso sumó nuevas gemas a su colección, año tras año.
En última
instancia, su lista de números notables revela una porción significativa de lo
que un matemático de primer nivel debe saber de la aritmética. La mayor parte
de su bestiario jamás será accesible para los profanos. Por ejemplo, 244 823
040, uno de los pocos números a los que les da tres estrellas, se describe,
para él, en lenguaje matemático estándar, como «el orden de grupo M24,
el noveno grupo esporádico: uno de cuyos ejemplos es el grupo de automorfismos
de Steiner de índices (5, 8, 24)». ¡Una definición que nos deja helados a la
mayoría de nosotros! Aquí vemos algunos de los puntos más destacados en el
recorrido de esta Guía Michelin de la recta numérica:
·
La famosa
«sección áurea» que supuestamente explica la armonía de muchas obras de arte,
como el Partenón. Ingrésenlo en su calculadora de bolsillo y pulsen las teclas
«1/×» o «x2». El resultado los sorprenderá.
·
4: el
número mínimo de colores necesarios para pintar cualquier mapa político de modo
que no existan pares de países vecinos con el mismo tono. De modo bastante
similar a la derrota de Kasparov ante un software de ajedrez
de la IBM, el «teorema de los cuatro colores» es famoso en matemática porque
marcó los límites del razonamiento humano: su comprobación requiere el examen
sucesivo de tantos casos que solo puede completarse utilizando herramientas
informáticas.
·
81: el
cuadrado más pequeño que se descompone en una suma de tres cuadrados (92 =
12 + 42 + 82).
·
Un número
real que se acerca notablemente a un entero: sus primeros doce decimales son
todos 9 (otro aporte de Ramanujan).
·
El número
formado al escribir trescientas diecisiete veces el dígito 1: es un número
primo.
·
1 234 567
891 también es un número primo.
·
39 es el
entero más pequeño que carece de propiedades matemáticas interesantes, por lo
tanto, como destaca el propio Le Lionnais, plantea una paradoja: ¿esto no lo
vuelve notable, después de todo?
§. El
paisaje de los números
A medida que uno recorre el inventario surrealista de Le Lionnais, no puede
evitar el pensamiento de que algunos matemáticos deben estar más familiarizados
con la recta numérica que con el jardín de su casa. Es más, la metáfora de una
«visión panorámica de la matemática» parece bastante apta para capturar su
vívida introspección. La mayoría de ellos siente que los objetos matemáticos
tienen una existencia propia, tan real y tangible como la de cualquier otro
objeto. Dejemos hablar a Ferrol, un famoso prodigio del cálculo: «Muchas veces,
especialmente cuando estoy solo, me parece que estoy en otro mundo. Las ideas
de números parecen tener vida propia. De pronto, ante mis ojos aparecen
preguntas de todo tipo con sus respuestas».
Vemos la
misma concepción en los escritos del matemático francés Alain Connes:
Al
explorar la geografía de la matemática, poco a poco el matemático percibe los
contornos y la estructura de un mundo de increíble riqueza. Paulatinamente
desarrolla una sensibilidad a la noción de simplicidad que da acceso a regiones
nuevas y completamente insospechadas del paisaje matemático (Changeux y Connes,
1995).
Connes
piensa que los matemáticos expertos están dotados de una clarividencia, un
talento, un instinto especial comparable al afinado oído de un músico, o al
paladar experimentado de un sommelier, que les permite cierta
percepción directa de los objetos matemáticos: «La evolución de nuestra forma
de percibir la realidad matemática hace que se desarrolle un nuevo sentido, que
nos da acceso a una realidad que no es ni visual ni auditiva, sino algo
completamente distinto».
En El
hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks describe a
dos mellizos autistas a quienes en cierta oportunidad sorprendió mientras
intercambiaban números primos muy grandes. Su interpretación también apela a
determinada «sensibilidad» acerca del mundo matemático[27]:
No son
calculistas, y su enfoque de los números es «icónico», evocan extrañas escenas
de números, habitan entre ellas; vagan libremente por grandes paisajes de
números; crean, dramatúrgicamente, todo un mundo constituido por números.
Tienen, en mi opinión, una imaginación de lo más singular […] y una de sus
singularidades, y no la menor, es que esa imaginación puede imaginar solo
números. No parecen «operar» con números, de manera no icónica, como hace un
calculista; ellos los «ven», de manera directa, como un enorme escenario
natural (Sacks, 1985).
Para el
ya mencionado René Thom, una percepción intuitiva del espacio matemático es
esencial, y en tal grado que cualquier matemático que llega a los límites de su
intuición siente una ansiedad inexplicable:
No me
siento cómodo con los espacios de dimensiones infinitas. Sé que son objetos
matemáticos perfectamente documentados, en múltiples estados perfectamente
conocidos; sin embargo, no me gusta estar en un espacio de dimensiones
infinitas. [¿Esto es inquietante?]. Desde luego, […] es un espacio,
precisamente, que elude a la intuición (Thom, 1991).
Uno casi
puede oír a Pascal —otro joven prodigio matemático—, quien, en sus Pensamientos,
confesaba: «Me aterra el silencio eterno de estos espacios infinitos».
El
vínculo cercano entre las aptitudes matemáticas y las espaciales ha sido
demostrado muchas veces. Existe una sólida correlación entre el talento
matemático de una persona y su puntaje en pruebas de percepción espacial, como
si fuera exactamente la misma habilidad. Beate Hermelin y Neil O’Connor (1986b)
reunieron a un grupo de niños de entre 12 y 14 años que, de acuerdo con sus
maestras, eran particularmente buenos en matemática. Les presentaron problemas
que desafiaban su sentido de las relaciones espaciales. La siguiente es una
pequeña selección.
·
¿Cuántas diagonales pueden dibujarse sobre la superficie de un cubo?
·
Un cubo de madera, de nueve centímetros de lado y pintado de amarillo,
se corta en veintisiete pequeños cubos de tres centímetros de lado. ¿Cuántos de
ellos tendrán solo dos caras amarillas?
Los niños
con talento para la matemática fueron brillantes en esta prueba. Sus compañeros
de clase con un nivel estándar de desempeño en matemática, aunque poseían un CI
general equivalente, obtuvieron calificaciones rotundamente más bajas, incluso
los de gran talento artístico. Pero tal vez no resulte sorprendente que las
competencias espaciales se correlacionen tanto con el éxito en matemática.
Desde la época de Euclides y Pitágoras, la geometría y la aritmética han estado
estrechamente ligadas. Configurar un mapa espacial de números es una operación
fundamental en el cerebro humano. Como veremos más adelante, las áreas
cerebrales que contribuyen al sentido numérico y a las representaciones
espaciales ocupan circunvoluciones vecinas.
Muchos
genios matemáticos han declarado poseer una percepción directa de las
relaciones matemáticas. Dicen que en sus momentos más creativos, que algunos
describen como «iluminaciones», no razonan de forma voluntaria, ni piensan en
palabras, ni realizan largos cálculos formales. La verdad matemática se impone
en ellos, a veces durante el sueño, como en el caso de Ramanujan. En muchas
ocasiones Poincaré declaró que sus intuiciones lo convencieron de la veracidad
de un resultado matemático, aunque luego su comprobación formal le llevó horas
de cálculo. Pero es probable que sea el propio Einstein quien, en una carta
publicada por Hadamard (1945) en su célebre Psicología de la invención
en el campo matemático, haya elaborado con mayor claridad el papel de la
lengua y la intuición en la matemática:
Las
palabras y la lengua, sean escritas o habladas, no parecen tener ningún papel
en mi proceso de pensamiento. Las entidades psicológicas que funcionan como
ladrillos para mi pensamiento son determinados signos o imágenes, más o menos
claros, que puedo reproducir y recombinar a mi gusto.
Esta es
una conclusión que con seguridad suscribiría Michael, el genio autista del
cálculo relámpago sin lenguaje. Las intuiciones de los grandes matemáticos
acerca de los números y otros objetos matemáticos no parecen depender tanto de
ingeniosas manipulaciones de números como de la percepción directa de
relaciones significativas. A ese respecto, los prodigios del cálculo y los
matemáticos talentosos tal vez se diferencien del ser humano promedio solo en
la medida del repertorio de datos numéricos que pueden movilizar en una
fracción de segundo, ese almacén de memoria del que hablábamos al comenzar. En
el capítulo 3 vimos que todos los seres humanos estamos dotados de una
representación intuitiva de las cantidades numéricas, que se activa de forma
automática siempre que vemos un número, y que especifica que 82 es más pequeño
que 100 sin requerir esfuerzo consciente. Este «sentido numérico» está
encarnado en una recta numérica mental orientada de izquierda a derecha. Solo
entre el 5 y el 10 % de las personas la perciben de forma consciente como una
extensión espacial con colores varios y una forma retorcida. Quizá los grandes
calculistas humanos estén un paso más allá en este continuum.
Parecen también entender muchas veces los números como un dominio extendido
espacialmente, que perciben con una resolución incluso mayor y una cantidad
sorprendente de detalles. En la mente del prodigio del cálculo, cada número no
solo se enciende como un punto en una línea, sino como una red aritmética con
conexiones en todas las direcciones. Ante el número 82, el cerebro de Ramanujan
evoca, instantáneamente, 2 × 41, 100 – 18, 92 + 12,
y un gran surtido de relaciones que son tan obvias a sus ojos como «más pequeño
que 100» es a los nuestros.
Sin
embargo, todavía tenemos que explicar de dónde proviene esta prodigiosa memoria
intuitiva de los números. ¿Es un don innato, producto de una forma inusual de
organización cerebral? ¿O es tan solo resultado de años de entrenamiento en
aritmética?
§. La
frenología y la búsqueda de las bases biológicas de la genialidad
Desde hace mucho tiempo los prodigios del cálculo dejan intrigados a los
científicos. En la prensa popular, ganaron espacio varias teorías —muchas de
ellas excéntricas— que pretenden explicar su genialidad. Entre las favoritas,
la de los dones de Dios, el conocimiento innato, la transmisión de pensamiento,
o incluso la reencarnación. Hasta Alfred Binet, el famoso psicólogo que inventó
los primeros test de inteligencia, rindió tributo a esta denodada búsqueda de
una explicación. En 1894, en su influyente libro Psychologie des grands
calculateurs et jouers d’échecs, que todavía suele citarse, debate los
orígenes del talento de quien tal vez fuera el calculista más famoso de esa
época, Jacques Inaudi (Binet, 1981 [1894]). En aquel momento, Binet citó «con
todas las reservas que uno podría esperar», la siguiente anécdota:
Al
parecer, la madre de Inaudi pasó por duras pruebas morales durante su embarazo.
Era testigo del despilfarro que hacía su marido y notaba que pronto faltaría
dinero para pagar numerosas obligaciones. Movida por el temor a que sus
posesiones fuesen embargadas, calculaba mentalmente cuánto debía ahorrar para
poder cumplir sus compromisos. Pasaba los días entre cifras, y se había vuelto
una maniática del cálculo.
Binet,
científico meticuloso, se preguntaba con la mayor seriedad del mundo: « ¿Esta
información es exacta? Y si lo es, ¿el estado mental de la madre podría haber
tenido alguna influencia en su hijo?». El hecho de que Binet se tomara tan en
serio este tema muestra con claridad lo vigente que se encontraba en 1894 la
hipótesis lamarckiana de la transmisión de caracteres adquiridos, a pesar de la
publicación de El origen de las especies de Darwin en 1859.
De hecho,
el primer intento de explicación científica del talento intelectual había sido
propuesto unos años antes en el mismo siglo XIX, y se había convertido en tema
recurrente de discusiones intensas: la teoría frenológica de los órganos
mentales. En 1825, el anatomista y fisiólogo alemán Franz-Joseph Gall publicó
su teoría de la «organología», luego bautizada «frenología» por Johann Gaspar
Spurzheim. Su propuesta afirmaba una visión puramente materialista de la mente
y el cerebro que, aunque muchas veces ridiculizada, tuvo una influencia
profunda en muchos neuropsicólogos eminentes, entre ellos, Paul Broca y John
Hughlings Jackson. La organología de Gall postulaba una división del cerebro en
muchas regiones especializadas, que constituían otros tantos «órganos mentales»
innatos. Cada órgano, supuestamente, era la base de una facultad mental
específica: el instinto de reproducción, el amor a la descendencia, el recuerdo
de cosas y hechos, el órgano del lenguaje, el recuerdo de personas, y así
sucesivamente. Veintisiete facultades, que rápidamente se extendieron a treinta
y cinco en versiones posteriores de la teoría, se asignaron a territorios
cerebrales específicos, a menudo sobre una base fantasiosa. En esta lista, el
«sentido de las relaciones numéricas» ocupaba un puesto importante entre los
órganos dedicados a las funciones intelectuales, que se atribuían a áreas
cerebrales frontales (figura 6.2).
Dado que
las facultades mentales eran innatas, ¿cómo podía explicarse su despliegue
variable según los individuos? Gall postuló que el tamaño relativo de los
órganos cerebrales definía las predisposiciones mentales de cada persona: en
los grandes matemáticos, la cantidad de tejido destinado al órgano de las
relaciones numéricas superaba, y mucho, la del promedio. Por supuesto, el
tamaño de las circunvoluciones cerebrales no era accesible a las mediciones de
manera directa. Sin embargo, Gall propuso una hipótesis simplificadora: el
hueso craneal, modelado por la corteza durante su crecimiento, reflejaba con
sus protuberancias y sus hendiduras el tamaño de los órganos subyacentes. El
talento matemático, entonces, podía detectarse durante la niñez gracias a la
«craneometría», la medición de las deformaciones del cráneo. En francés
contemporáneo, para una persona que tiene mucho talento en ciertas áreas, como
la matemática, se usa aún el dicho popular de que tiene la bosse des
maths, la «giba de la matemática», una expresión heredada sin mediaciones
de la frenología.
Figura 6.2. Una imagen notablemente figurativa de los varios
órganos cerebrales postulados por los frenólogos. El «sentido de las relaciones
numéricas», más conocido como la «giba de la matemática», estaba ubicado
arbitrariamente detrás del ojo.
Bajo la
influencia de la teoría de Gall, los académicos del siglo XIX destinaron un
esfuerzo considerable a comparar el tamaño y la forma de los cráneos de las
personas de diferentes razas, ocupaciones y niveles intelectuales, una épica
científica que Stephen Jay Gould ha narrado de forma brillante en La
falsa medida del hombre (Gould, 1981). Muchos científicos de renombre
cedieron al encanto de esta novedad y donaron sus cabezas a la ciencia de modo
que, en una necrofílica competencia póstuma, el volumen de su materia gris
pudiera ser comparado con el de colegas y con el de hombres promedio. En París,
la Société Anthropologique dedicó numerosas sesiones a Georges Cuvier, el
famoso zoólogo y paleontólogo francés. Las dimensiones de su cráneo, y hasta de
su sombrero, dieron pie a un acalorado debate entre Broca, ferviente defensor
de la craneometría, y Gratiolet, quien la rechazaba. El cerebro de Gauss, de un
peso promedio pero del que se pensaba que tenía más circunvoluciones que el de
un trabajador alemán promedio, parecía apoyar a Broca (figura 6.3). Este último
también notó, de acuerdo con Binet, que «la cabeza del joven Inaudi era muy
irregular y tenía muchas protuberancias», mientras que el propio Charcot
encontró «una leve protuberancia en la giba frontal derecha y, en la parte
posterior, una protuberancia parietal izquierda», así como una «saliente
longitudinal de dos centímetros formada por un hueso parietal derecho elevado».
La suposición de que el tamaño del encéfalo era menor en las mujeres, en los «negros»
y en los gorilas se interpretó como una prueba adicional de la estrecha
correlación entre las dimensiones del cerebro y la inteligencia. Por si hace
falta aclararlo, todos estos análisis estaban plagados de errores obvios, que
Gould, entre otros, ha denunciado en repetidas ocasiones.
Un siglo
y medio más tarde, ¿qué queda de la frenología y la craneometría? Si bien
algunos racistas intentan revivirla periódicamente en el ámbito político, la
hipótesis de que existe un vínculo directo entre el tamaño del cerebro y la
inteligencia fue refutada una y otra vez. (¡El cerebro del propio Gall pesaba
solo 1282 gramos, o sea 520 gramos menos que el de Cuvier!). El legado de la
organología de Gall, sin embargo, no es tan claro. De hecho, la hipótesis de la
especialización funcional de las áreas cerebrales está fuera de discusión. En
nuestros días, es un hecho cierto y constatado que cada milímetro cuadrado de
la corteza contiene neuronas altamente especializadas para procesar información
específica. Más adelante veremos incluso que los estudios de lesiones
cerebrales y los nuevos métodos de neuroimágenes funcionales permiten a los
neurocientíficos contemporáneos trazar un mapa esquemático de las redes
cerebrales involucradas en el cálculo mental.
Figura 6.3. Un dibujo que data del final del siglo XIX muestra muchas más
circunvoluciones en el cerebro del genial matemático Carl Friedrich Gauss que
en el de un obrero alemán «promedio», diferencia improbable que sin duda debe
más a la imaginación del dibujante y a sesgos de selección que a una anatomía
cerebral real.
A pesar
de que indudablemente estos resultados recientes superan los sueños más
descabellados de Gall y Spurzheim, no confirman su teoría de la localización de
las facultades mentales. A diferencia de la teoría frenológica, las imágenes
modernas del cerebro nunca limitan una facultad compleja, como el lenguaje o el
cálculo, a un área cerebral exclusiva y monolítica. En los mapas contemporáneos
del cerebro, solo funciones muy elementales —el reconocimiento de un fragmento
de un rostro, la invariabilidad del color, o la producción de un gesto motor—
pueden asignarse a una región cerebral acotada. El acto mental aparentemente
más simple, como leer una palabra, requiere una sincronización de múltiples
asambleas de neuronas distribuidas en diferentes regiones cerebrales. Nunca
será posible aislar el área del lenguaje, y mucho menos la
circunvolución que controla el pensamiento abstracto, o la región especializada
en la devoción religiosa, ¡con todo el respeto para los investigadores que aún
continúan en la búsqueda de un área que esté a cargo de la conciencia o el
altruismo!
Hay otra
convicción persistente, aunque dudosa, que forma parte del legado de la teoría
de Gall: la hipótesis de que el talento intelectual deriva de un don innato,
una predisposición biológica a la genialidad. En 1894, Binet pensaba que los
logros de los prodigios del cálculo podían explicarse por una «aptitud innata»;
afirmaba: «En la eclosión de su facultad hay algo similar a una suerte de
generación espontánea» (Binet, 1981 [1894]). Sin embargo, ya el estudio de
niños dotados y de niños con retraso mental lo hizo cambiar de opinión. Una
década después, negó que la inteligencia fuera innata y se convirtió en un
ardiente defensor de la educación especial como modo de compensar el retraso
mental. Pero para muchos otros científicos, el concepto de un don innato fue
difícil de eliminar. Hasta hoy, Neil O’Connor, uno de los principales expertos
en personas con «síndrome del savant», perpetúa esta tradición, y llega al
punto de declarar que «las habilidades involucradas [en los prodigios autistas]
son como programas innatos de habilidades que aparecen de forma independiente
de cualquier esfuerzo de aprendizaje».
La
creencia de que las habilidades intelectuales están determinadas biológicamente
está muy profundamente fijada en el pensamiento occidental, especialmente en
los Estados Unidos. Para tomar solo un ejemplo, los psicólogos Harold Stevenson
y Jim Stigler (1992) han estudiado cómo evalúan los padres estadounidenses y
japoneses la influencia del esfuerzo de sus hijos en contraposición con las
habilidades innatas en el desempeño en la escuela. En Japón, la cantidad de
esfuerzo y la calidad de la enseñanza se revelan como los parámetros más
críticos. En los Estados Unidos, en cambio, la mayoría de los padres, y de los
niños mismos, consideran que el éxito o el fracaso en matemática dependen sobre
todo de los talentos y las limitaciones innatos de cada uno. Esta noción está
en tal grado instalada que llega a permear también nuestro vocabulario cuando
hablamos del talento como un «don» (¿de quién?) o una «disposición» (¿dispuesta
por quién?). De hecho, a menudo la palabra «talentoso» es entendida en
contraposición con «trabajador».
Hasta
hace poco tiempo, incluso los partidarios de las teorías innatistas de la
inteligencia se burlaban de la hipótesis simplista de Gall respecto de que el
talento era directamente proporcional al tamaño de determinadas
circunvoluciones cerebrales. En los últimos años, sin embargo, esta concepción
organológica ha reaparecido en la vanguardia de la investigación
neurocientífica. Dos artículos de las mejores revistas científicas
internacionales han informado que los altos niveles de habilidad musical se ven
acompañados de una extensión inusual de determinadas áreas corticales. En los
músicos con oído absoluto —la habilidad para identificar con precisión el tono
absoluto de una única nota—, una región de la corteza auditiva del hemisferio
izquierdo llamada planum temporal parece ser más grande que la
de los sujetos control que no cuentan con este talento, toquen o no un
instrumento (Schlaug, Jancke, Huang y Steinmetz, 1995). Entre los violinistas,
por ejemplo, como en otros intérpretes de instrumentos de cuerdas, la región de
la corteza sensorial dedicada a la representación táctil de los dedos de la
mano izquierda muestra una expansión excepcional (Elbert, Pantev, Wienbruch,
Rockstroh y Taub, 1995). Pero ¿alguien se propuso trazar el mapa del talento
musical?
De hecho,
estos datos no avalan necesariamente teorías innatistas como la de Gall. Los
estudios de plasticidad neural han revelado que la experiencia puede modificar
en profundidad la organización interna de las áreas cerebrales. La arquitectura
del cerebro adulto es el resultado de un lento proceso de epigénesis que se
extiende más allá de la pubertad, y durante el cual se modelan y se seleccionan
las representaciones corticales en función de su uso para el organismo. Por lo
tanto, practicar violín durante varias horas por día desde la niñez temprana
puede alterar de forma sustancial las redes neuronales de un músico joven, su
extensión, y tal vez hasta su morfología macroscópica. Se considera que esta es
la explicación más acertada de la expansión de la corteza somato sensorial de
los intérpretes de instrumentos de cuerda, porque cuanto más joven hayan
comenzado a tocar, mayor es el efecto. En muchas ocasiones se han observado en
la corteza sensorial de los monos modificaciones radicales similares en la topografía
cortical dependientes de la experiencia (Jenkins, Merzenich y Recanzone, 1990).
Así, la neurociencia moderna desmiente por completo la hipótesis de Gall. Los
frenólogos consideraban que la superficie cortical destinada a una función
específica era un parámetro innato que, en última instancia, determinaba
nuestro nivel de competencia. En una visión contrapuesta, hoy en día los
neurocientíficos piensan que el tiempo y el esfuerzo que se dedican a un campo
modulan la extensión de su representación en la corteza.
Hace
algunos años, el cerebro de Einstein, conservado en formol desde 1955, fue
objeto de gran atención de los medios masivos. Una serie de estudios reveló las
medidas anatómicas de ese órgano mítico, aunque la mayoría resultó
decepcionante: el inspirado fundador de la física moderna parecía estar
equipado con un encéfalo muy poco excepcional. Su peso, por ejemplo, era de
solo mil doscientos gramos aproximadamente, que no es mucho, ni siquiera para
un hombre mayor. Sin embargo, en 1985, dos investigadores reportaron una
densidad de células gliales por encima del promedio en una región del cerebro
llamada «giro angular» o «área 39 de Brodmann», que pertenece al lóbulo
parietal inferior (Diamond, Scheibel, Murphy y Harvey, 1985[28]). Esta área, como veremos más
adelante, tiene un papel crucial en la manipulación mental de las cantidades
numéricas. Entonces, tal vez no sea poco razonable considerar que lo que
distinguía a Einstein de los hombres promedio era su organización celular.
¿Finalmente había sido descubierta la causa biológica de la excelencia de
Einstein?
En
realidad, esta investigación está plagada de las mismas ambigüedades que los
estudios de la topografía cortical de los músicos. Incluso en caso de suponer
que la densidad cerebral de Einstein excedía el umbral de variación aleatoria
entre individuos —algo que todavía no se ha probado—, ¿cómo se pueden separar
las causas de las consecuencias? Einstein puede haber estado dotado desde el
nacimiento con un número de células parietales inferiores fuera de lo común,
que pueden haberlo predispuesto a aprender matemática. Pero en el estado actual
de nuestro conocimiento, lo opuesto parece ser igualmente plausible: el uso
constante de esta región cerebral puede haber modificado en profundidad su
organización neuronal. Como una ironía, los determinantes biológicos de la
teoría de la relatividad, si los hay, se encuentran perdidos para siempre en su
enigma del huevo y la gallina. ¿Quién dijo que todo era relativo?
§. ¿El
talento matemático es un don biológico?
Un argumento que se ha explotado con frecuencia para convalidar la
investigación de las bases genéticas del talento matemático proviene de la
correlación entre los logros de los hermanos, especialmente entre gemelos
homocigóticos, que tienen el mismo genotipo y a menudo parecen mostrar niveles
similares de desempeño en matemática. Los desempeños de los gemelos
heterocigóticos o mellizos, que comparten solo la mitad de sus genes, parecen
ser más variables; ocasionalmente, uno se destaca en matemática mientras que el
otro alcanza un nivel mediocre. Al comparar los logros obtenidos por varios
pares de gemelos homocigóticos y heterocigóticos, se puede computar una medida
de «heredabilidad». De acuerdo con estudios llevados a cabo durante la década
de 1960 por Steven Vandenberg, la heredabilidad en aritmética llegaría hasta
cerca del 50 %; esto implica que alrededor de la mitad de la variabilidad en el
desempeño aritmético se debe a diferencias genéticas entre individuos
(Vandenberg, 1962, 1966).
Sin
embargo, esta interpretación todavía es muy discutida. En efecto, el método de
los gemelos depende de muchas influencias triviales. Por ejemplo, algunos
estudios han mostrado que los homocigóticos tienden a recibir educación
idéntica, en la misma aula, con el mismo maestro, en mayor medida que los
heterocigóticos[29][29]. El hecho de que tengan un
talento similar puede deberse, entonces, a los rasgos compartidos de su
educación más que a sus genes. Otra potencial fuente de confusión: en el útero
de su madre, cerca del 70 % de los gemelos homocigóticos comparte una única
placenta o un único saco vitelino. Por supuesto, este no es el caso de los
heterocigóticos, que nacen de dos óvulos separados. Entonces, la composición
bioquímica del ambiente uterino comparable tal vez pueda imponer regularidades
comunes a los cerebros en desarrollo de los gemelos. Por último, incluso si se
probara la heredabilidad genética del talento matemático, el método de los
mellizos no provee indicio alguno acerca de los genes involucrados, que bien
podrían no tener relación directa con la matemática. Imaginemos un ejemplo
extremo, el de un gen que tiene influencia sobre el tamaño corporal. Podría
tener una influencia negativa en las habilidades matemáticas simplemente porque
quienes cargan con él juegan al básquet con mucha frecuencia ¡de manera que su
educación matemática se resiente!
En la
búsqueda de las bases biológicas del talento matemático, otra clave intrigante
aunque ambigua surge de las diferencias entre hombres y mujeres. La matemática
de alto nivel constituye casi exclusivamente un campo masculino. De los
cuarenta y un prodigios del cálculo que describió Steven Smith en su bien
documentado libro acerca de los grandes calculistas mentales, solo tres son
mujeres. En los Estados Unidos, Camilla Benbow y sus colegas administraron una
prueba diseñada inicialmente para adolescentes, la Scholastic Aptitude Test for
Mathematics (SAT-M), a un gran grupo de niños de 12 años (Benbow, 1988). La
nota promedio suele rondar los quinientos puntos. Por cada niña que supera esta
nota a los 12 años, hay dos niños en la misma situación. Esta relación llega a
ser de cuatro a uno cuando la nota se eleva a seiscientos, y se vuelve de trece
a uno a partir de setecientos (figura 6.4). Entonces, la proporción de hombres
aumenta en forma drástica a medida que se seleccionan los alumnos más
calificados en matemática. Esta ventaja para los hombres se observa en todos
los países, desde China hasta Bélgica. La supremacía masculina en matemática es
un fenómeno mundial.
Figura 6.4. En las muestras tomadas por Camilla Benbow entre estudiantes
talentosos de séptimo grado, las evaluaciones estándar de aptitud revelan una
ventaja pequeña pero consistente para los hombres por sobre las mujeres en
matemática. Los puntajes verbales, en contraste, se encuentran distribuidos de
forma idéntica para hombres y para mujeres (tomado de Benbow, 1988; © Cambridge
University Press).
Sin
embargo, debe matizarse la importancia de este fenómeno para la población
general. Solo la élite matemática está compuesta casi exclusivamente por
hombres. En el total de la población, la supremacía de los hombres es más
endeble. El impacto del género sobre una prueba psicológica se mide
estadísticamente dividiendo la diferencia media entre los hombres y las mujeres
por la dispersión de los puntajes dentro de cada género. En los adolescentes,
este valor típicamente no excede un medio, lo que significa que las
distribuciones de los puntajes de los hombres y las mujeres se superponen
considerablemente: un tercio de los hombres se encuentra por debajo del puntaje
femenino promedio o, a la inversa, un tercio de las mujeres se encuentra por
encima del puntaje masculino promedio. La ventaja masculina también varía con
el contenido de las evaluaciones. En la resolución de problemas matemáticos,
los hombres claramente llevan la delantera; pero en el cálculo mental, las
mujeres se encuentran primeras, por un estrecho margen. Por último, mientras
que surge una discrepancia entre niños y niñas desde el preescolar en adelante,
no parece haber una ventaja sistemática detectable antes de que comience la
escolarización. En especial, las habilidades precoces de los bebés para la
aritmética no prevalecen en los varones respecto de las niñas.
A pesar
de estas reservas, la hegemonía masculina en la matemática de alto nivel
plantea temas importantes. La matemática funciona como filtro en varias etapas
críticas de nuestros sistemas educativos y, siempre, más chicos que chicas
logran superarlo. En definitiva, nuestra sociedad deja pocas oportunidades para
que las mujeres adquieran entrenamiento de nivel más alto en matemática, física
o ingeniería. Sociólogos, neurobiólogos y políticos por igual querrían saber si
esta distribución de recursos educativos refleja adecuadamente los talentos
naturales de cada género, o si lisa y llanamente sirve para perpetuar la
injusticia de una sociedad cuyas instancias de decisión casi siempre quedan
reservadas a los hombres.
Sin duda,
muchos factores psicológicos y sociológicos desalientan la participación de las
mujeres en el campo de la matemática. Algunas encuestas han revelado que, en
promedio, las mujeres sienten mayor ansiedad que los varones en los cursos de
matemática y están menos seguras de sus capacidades; piensan que la matemática
es una actividad típicamente masculina que será de poca utilidad en sus
carreras profesionales. Sus progenitores, especialmente sus papás, comparten
este sentimiento. Por supuesto, estos estereotipos se acumulan para conformar
una profecía auto cumplida. La falta de entusiasmo de las jóvenes por la
matemática y su convicción de que nunca brillarán en este dominio contribuyen a
su descuido de los cursos de matemática y, por lo tanto, a que su nivel de
desempeño sea más bajo.
Existen
estereotipos muy similares que pueden explicar las discrepancias en los logros
matemáticos de acuerdo con la clase social. Estoy convencido de que los
prejuicios que transmiten nuestras sociedades acerca de la matemática son, en
gran medida, responsables de la grieta que separa los puntajes de hombres y
mujeres, así como los de ricos y pobres. Se trata de una brecha que podría
acortarse parcialmente con cambios políticos y sociales en las actitudes hacia
la matemática. En China, por ejemplo, las adolescentes más talentosas obtienen
puntajes en matemática que exceden no solo los de sus congéneres
estadounidenses, sino también los de los adolescentes varones de esa
nacionalidad: esta es una clara demostración de que la diferencia entre los
hombres y las mujeres es pequeña en comparación con el posible impacto de las
estrategias educativas. Un meta análisis reciente de docenas de publicaciones
indica que la distancia promedio entre los hombres y las mujeres
estadounidenses se ha reducido en un 50 % durante un período de treinta años,
una evolución que iguala la mejora paralela del estatus de las mujeres en el
mismo lapso.
Dicho
esto, ¿se puede considerar que las diferencias biológicas de género tienen
alguna incidencia en la brecha restante? Si bien todavía no se han encontrado
determinantes neurobiológicos o genéticos de la ventaja masculina en
matemática, un conjunto de pistas convergentes alimenta una sospecha cada vez
mayor sobre la existencia de variables biológicas que, en efecto, contribuyen
al talento matemático, aunque sea de forma remota. En una población de niños
excepcionalmente hábiles para la matemática se encuentran trece veces más niños
que niñas, pero también dos veces más alérgicos, cuatro veces más miopes, y dos
veces más zurdos que en la población normal. Más del 50 % de estos matemáticos
incipientes son o zurdos o ambidiestros, o bien diestros con hermanos zurdos.
Por último, un 60 % de ellos son primogénitos. Evidentemente, ¡el arquetipo del
académico como un hijo único, zurdo, enfermizo y con anteojos no es totalmente
infundado!
Quizá
pueda explicarse la asociación de la miopía con el talento matemático apelando
a una causa actitudinal: es probable que los niños cortos de vista se sumerjan
en los libros de matemática con más gusto porque son menos hábiles, por
ejemplo, en los deportes que requieren puntería. También se puede proponer un
argumento similar respecto del orden de nacimiento: es posible que los
primogénitos reciban una educación sutilmente diferente que, de algún modo,
alienta el pensamiento matemático. Sin embargo, las alergias y la lateralidad
no se prestan con facilidad a una explicación tan superficial como esta. Es
más, hay casos concluyentes, aunque ciertamente más extremos, en que las
capacidades matemáticas se ven claramente afectadas por anomalías neurogenéticas
relacionadas con el sexo. Por ejemplo, la mayoría de los prodigios del cálculo
del tipo de los que presentan síndrome del savant sufren de
autismo, una enfermedad neurológica que se presenta en los niños con una
frecuencia cuatro veces mayor que en las niñas. Más aún, sus síntomas se
asocian con anomalías genéticas del cromosoma X, como el síndrome del «X
frágil». A la inversa, el síndrome de Turner es una enfermedad genética que
solo afecta a las mujeres, y está vinculado a la ausencia de un cromosoma X.
Resulta que, además de algunas malformaciones físicas, las mujeres con síndrome
de Turner sufren un déficit cognitivo profundo y específico en matemática y en
la representación mental del espacio, aunque su CI pueda estar en un nivel
normal (Mazzocco, 1998[30]). Ese déficit está causado, en
parte, por una escasez anormal de secreción de las hormonas sexuales debido a
una atrofia de los ovarios. Es más, se sabe que el tratamiento hormonal
temprano mejora su desempeño matemático y espacial.
Todavía
no tenemos una explicación satisfactoria de estos vínculos misteriosos entre el
género, el cromosoma X, las hormonas, la lateralidad, las alergias, el orden de
nacimiento y la matemática. En nuestra situación actual, todo lo que podemos
hacer es pintar un cuadro impresionista de las cadenas causales más plausibles.
De acuerdo con el neuropsicólogo Norman Geschwind y sus colegas (Geschwind y
Galaburda, 1985), la exposición a un nivel elevado de testosterona durante la
gestación puede afectar de manera simultánea el sistema inmunológico y la
diversificación de los hemisferios cerebrales. La testosterona puede hacer más
lento el desarrollo del hemisferio izquierdo. Uno puede imaginarse que la
probabilidad de ser zurdo, entonces, debería aumentar, y también debería
hacerlo la habilidad para manejar representaciones mentales del espacio, una
función típicamente más dependiente del procesamiento del hemisferio derecho.
Este refinado sentido del espacio, a su vez, facilitaría la manipulación de los
conceptos matemáticos. Como la testosterona es una hormona masculina, esta
presunta cascada de efectos podría tener consecuencias más fuertes para los
hombres que para las mujeres. No parece absurdo, tampoco, pensar que esté bajo
el control genético parcial del cromosoma X, y esto justificaría el carácter
hereditario de las disposiciones matemáticas y espaciales.
Entre
todos los indicios que gravitan alrededor de este escenario todavía confuso,
tengamos presente lo siguiente: se sabe que los andrógenos tienen una
influencia directa en la organización del cerebro en desarrollo; también, se ha
demostrado que existen modificaciones en el tratamiento del espacio y de los
conceptos matemáticos en sujetos expuestos a un nivel anormal de hormonas
sexuales durante el desarrollo, así como, en las mujeres, en varios puntos del
ciclo menstrual; en las ratas, las habilidades espaciales de las hembras
tratadas hormonalmente exceden las de las hembras no tratadas, y alcanzan las
de los machos sin tratamiento; por último, la concentración de hormonas
sexuales en el vientre es más alta durante el primer embarazo (recordemos que
la mayoría de los prodigios matemáticos son primogénitos). Moldeado por este
baño hormonal variable, es probable que el cerebro masculino esté organizado de
una forma levemente distinta del femenino. Los circuitos neuronales pueden
verse sutilmente modificados de un modo que en gran medida sigue siendo
desconocido, pero que permite explicar que los hombres se muevan con mayor
velocidad en los espacios matemáticos abstractos.
Es
frustrante no ser capaz de ir más allá de la confusión teórica y exhibir una
explicación del talento matemático simple y determinista. Pero, con seguridad,
sería ingenuo esperar que existieran vínculos directos que llevaran de los
genes a los genios. Esta brecha es tan amplia que solo puede colmarse con una
multiplicidad de cadenas causales intermedias. La genialidad emerge de una
confluencia improbable de varias fuentes: factores genéticos, hormonales,
familiares y educativos. La biología y el ambiente se entrelazan en una cadena
indisoluble de causas y efectos, que aniquilan cualquier esperanza de predecir
el talento a partir de la biología o de obtener pequeños Einstein casando a dos
premios Nobel.
§. Cuando
la pasión engendra talento
Los límites de la explicación biológica del talento en ningún lugar son más
evidentes que en el caso de esos notables niños llamados peyorativamente
«idiotas sabios», «savants» o portadores del «síndrome del savant», que
muestran una minúscula isla de genialidad en un océano de incompetencia.
Piensen en el caso de Dave, un niño de 14 años que fue estudiado por Michael
Howe y Julia Smith (1988). En un instante, Dave puede decir el día de la semana
que corresponde a cualquier fecha pasada o futura. Pero su CI no llega a 50,
lee con el nivel de un niño de 6 años, y casi no habla. Es más, a diferencia de
Michael, a quien describí antes en este capítulo, Dave no sabe casi nada de
matemática. Hasta es totalmente incapaz de multiplicar. ¿Qué parámetro
biológico podría haberle conferido a Dave tanto el genio para la
«calendariología» como una aversión hacia la lectura y el cálculo? ¿Cómo podría
estar predispuesto el cerebro para adquirir el calendario gregoriano, que ha
existido en su forma actual apenas desde 1582? El don de Dave, si es que puede
hablarse de un «don», debe residir en algún parámetro genérico, como la memoria
o el poder de concentración. Para explicar la estrechez de su talento, uno debe
apelar, obviamente, al aprendizaje. Ni los genes ni las hormonas pueden
infundir conocimiento acerca del mes de diciembre.
Ocurre
que Dave pasa horas observando el calendario de la cocina y recordándolo de
memoria, en parte debido a que jugar con otros niños está fuera del alcance de
su competencia social. Dave sufre un autismo severo. Como un Robinson perdido
en un desierto afectivo, sus únicos compañeros de soledad se llaman Viernes o
Enero. Supongamos que les dedica tres horas por día a los calendarios (y
seguramente estoy subestimando la cantidad). En diez años, su entrenamiento
alcanzará diez mil horas de concentración extrema, una duración enorme que
puede explicar tanto su comprensión profunda del calendario como los vacíos
considerables en su conocimiento del resto de los campos.
Desde el
calendario hasta el cálculo mental, todos los prodigios del cálculo, del pasado
o de la actualidad, se caracterizan por una concentración obsesiva similar.
¿Por qué alguien debería dedicar toda su energía a un campo tan acotado? Entre
los grandes calculistas mentales, tal vez deberíamos distinguir tres categorías
principales: los profesionales, los holgazanes y los deficientes mentales. Los
primeros son matemáticos en pleno uso de sus facultades mentales, cuya
profesión requiere un conocimiento profundo de la aritmética. Para ellos, el
cálculo puede volverse una segunda naturaleza. De acuerdo con sus propios
relatos, muchas veces Gauss se encontraba contando sus pasos sin intención
consciente. Por su parte, Alexander Aitken, otro brillante matemático,
declaraba que los cálculos se desencadenaban en forma automática en su mente:
«Si salgo a caminar y pasa un automóvil con la patente 731, no puedo evitar
observar que es 17 veces 43» (cit. en Smith, 1983). En muchas ocasiones, como
en el caso de Gauss, este tipo de matemáticos pierde parte de sus habilidades
de cálculo a medida que avanza hacia esferas más abstractas del universo
matemático.
En la
segunda categoría, la de los holgazanes, ubicaría a los calculistas que se
aburren tanto en su profesión que se zambullen en el cálculo a modo de
pasatiempo. Un ejemplo típico: Jacques Inaudi y Henry Mondeux (Binet, 1981
[1894]), ambos pastores, que reinventaron buena parte de la aritmética en sus
solitarios pastoreos. Ninguno de los dos dejaba nunca de contar no solo sus
ovejas, sino también piedras, sus pasos, el tiempo que pasaban balanceándose en
una silla.
Por
último, la tercera categoría, la de los deficientes mentales, consiste en
personas con retraso como Dave o Michael, que viven en un mundo autista, y cuya
pasión por los números o los calendarios es patológica y sintomática de su
falta de interés por las relaciones humanas. Es probable que Jedediah Buxton,
un inglés prodigio del cálculo del siglo XVIII, fuera autista. Alfred Binet
describe así la primera noche de Buxton en el teatro, durante una función
de Ricardo III:
Luego se
le preguntó si le había gustado la obra: solo la había visto como oportunidad
para hacer cálculos; durante los bailes, había fijado la atención en la
cantidad de pasos, que alcanzaban los 5202; también había contado el número de
palabras que los actores habían pronunciado: este era 12 445… y se descubrió
que todo era exacto (Binet, 1981 [1894]).
Sin
importar su motivación profunda, ¿es suficiente este tipo de inmersión en los
números, año tras año, para explicar la aparición de un talento tan
extraordinario para el cálculo? ¿Podría una persona cualquiera, con el
entrenamiento suficiente, volverse un prodigio, o hace falta un «don» biológico
especial? Para deslindar los roles de naturaleza y educación, algunos
investigadores han intentado convertir a estudiantes promedio en prodigios del
cálculo o de la memoria a través de entrenamiento intensivo. Sus resultados
prueban que la pasión puede engendrar el talento. K. Anders Ericsson, por
ejemplo, ha demostrado que cien horas de entrenamiento son suficientes para
expandir la amplitud de memoria (o span) de dígitos hasta al menos
veinte dígitos: ochenta dígitos, en un sujeto de notoria perseverancia (Chase y
Ericsson, 1981). Otro psicólogo, James J. Staszewski (1988), ha enseñado a un
puñado de estudiantes varias estrategias para el cálculo veloz[31]. Luego de trescientas horas de
entrenamiento distribuidas en dos o tres años, su velocidad de cálculo se
cuadruplicó: solo les llevó cerca de treinta segundos calcular mentalmente 59
451 × 86.
Estos
experimentos de aprendizaje se alinean con las intuiciones de los propios
grandes calculistas, quienes declaran que deben practicar todos los días; si
no, verán decaer su talento. De acuerdo con Binet (1981 [1894]), por ejemplo,
«luego de dedicar un mes a estudiar los libros, [Inaudi] vio que estaba
perdiendo muchos de sus poderes mentales. Sus habilidades para el cálculo
mental solo permanecen estables gracias a un entrenamiento incesante».
Binet
también muestra una comparación de la velocidad de Jacques Inaudi para el
cálculo con la de los cajeros profesionales de las originarias grandes tiendas
Au Bon Marché, de París. Antes de que existieran las cajas registradoras
automáticas, la suya era una profesión respetada: verdaderas calculadoras
humanas, pasaban de ocho a diez horas por día, seis días a la semana, sumando
compras y multiplicando trozos de lino por el precio del metro. Si bien solía
contratárselos entre los 15 y los 18 años, sin aptitudes particulares, se
convertían en calculistas relámpago. Binet descubrió que no eran más lentos que
Inaudi. Es más, a uno de ellos le llevó solo cuatro segundos calcular 638 ×
823, marca que inequívocamente superaba los seis segundos de Inaudi. La mera
extensión de su memoria, sin embargo, le permitía a Inaudi ganar la carrera en
cálculos más complejos.
El caso
de los cajeros demuestra la ausencia de un límite claro entre los profesionales
cuyo talento deriva del entrenamiento intensivo y los genios que supuestamente
deben sus hazañas a una cualidad innata. Es más, hasta hace poco tiempo, el
Centro de Investigación Nuclear (CERN) de Ginebra empleó a Wim Klein por sus
poderes aritméticos; y Zacharias Dase, en el siglo XIX, contribuyó enormemente
a la matemática al establecer una tabla de logaritmos naturales para los
números desde 1 hasta 1 005 000, y al factorear todos los números desde 7 hasta
8 000 000.
Hoy en
día, la sociedad ya no valora el cálculo mental. Es difícil encontrar
calculistas humanos famosos. Por ese motivo, los profesionales de los siglos
pasados parecen mucho más prodigiosos aún. Hoy en día, al menos en Occidente,
cualquiera que forzara a un niño a calcular varias horas por día se expondría a
una denuncia, aunque nuestra sociedad permite dedicar la misma cantidad de
tiempo al piano o a jugar ajedrez. Las sociedades orientales no comparten
nuestra escala de valores. En Japón, es una práctica bien aceptada enviar a los
niños a cursos de aritmética vespertinos en los que aprenden los secretos del
«ábaco mental». A los 10 años, los más entusiastas aparentemente son capaces de
superar el desempeño de nuestros prodigios del cálculo occidentales.
§.
Parámetros ordinarios para calculistas extraordinarios
El talento para el cálculo, entonces, parece deberse más a un entrenamiento
precoz, muchas veces acompañado por una capacidad excepcional y hasta
patológica para concentrarse en el acotado terreno de los números, que a un don
innato. Esta conclusión encaja con el pensamiento de dos de los mayores genios
de los últimos siglos: Thomas Edison, para quien «la genialidad es 1 %
inspiración y 99 % transpiración», y el naturalista francés Buffon, quien confesó
— ¿con falsa modestia?— que «la genialidad no es más que una mayor aptitud para
la paciencia».
Avalando
esta tesis, los estudios psicométricos no han detectado ninguna modificación
importante en los parámetros fundamentales del funcionamiento cerebral de los
calculistas relámpago. Por fuera de su especialidad, la velocidad de
procesamiento de estos prodigios es la del promedio de las personas, o menor.
Pensemos en Shakuntala Devi, una calculista india con una velocidad asombrosa:
el Libro Guiness de los Récords le reconoce la habilidad de
multiplicar dos números de trece dígitos en treinta segundos, aunque esto
podría ser exagerado. El psicometrista Arthur Jensen —quien anteriormente había
abogado muchas veces por el determinismo biológico de la inteligencia— la
invitó a su laboratorio para medir su desempeño en algunas pruebas clásicas. El
artículo de Jensen (1990) no logra ocultar su decepción: no había nada
excepcional en el tiempo que le llevó a esta genio de la aritmética detectar
una luz, o seleccionar una acción motora entre ocho. El desempeño de Devi en
uno de los denominados test de «inteligencia», el de matrices progresivas de
Raven, no se alejó mucho del promedio. Y cuando tenía que localizar un blanco
visual, o buscar un número en la memoria, era anormalmente lenta.
Tomando prestada una metáfora de las ciencias computacionales, las hazañas de
cálculo de Devi obviamente no se debían a una aceleración global de su reloj
interno; solo su procesador aritmético tenía velocidad relámpago.
En el
capítulo anterior vimos que uno puede predecir con notable precisión el tiempo
que necesitará un sujeto normal para realizar una multiplicación. Cuanto más
elementales sean las operaciones necesarias, y cuanto más grandes sean los
dígitos implicados, más lento será el cálculo. En este sentido, los prodigios
del cálculo tampoco son diferentes de una persona promedio. Hace un siglo,
Binet cronometró a Inaudi mientras resolvía problemas de multiplicación (Binet,
1981 [1894]). Aquí vemos algunos de sus resultados.
La
columna de la derecha muestra cuántas operaciones elementales se necesitan en
el algoritmo de cálculo tradicional. Esta cantidad predice bastante bien el
tiempo de cálculo de Inaudi, con la excepción de los problemas de
multiplicación más complejos, que son desproporcionadamente lentos por la mayor
carga de memoria. Sería notable que Inaudi hubiera sido capaz de multiplicar
dos números de tres dígitos en solo un poco más de tiempo del que lleva
multiplicar solamente dos dígitos. Esto indicaría que estaba utilizando un
algoritmo radicalmente diferente, lo cual quizá le habría permitido realizar
múltiples operaciones a la vez. Pero este no fue el caso de Inaudi, ni de
ningún otro genio de la aritmética del que tenga conocimiento. Los grandes
calculistas lidian con los cálculos grandes exactamente como el resto de
nosotros.
Una
última característica puede indicar un talento innato: la extraordinaria
memoria que demuestra la mayoría de los calculistas relámpago. Para Binet, este
punto estaba fuera de debate: «En mi opinión, la memoria es la característica
esencial del calculista prodigio. Es inimitable, e infinitamente superior al
resto de los hombres, debido a su memoria».
Binet
distinguía dos tipos de prodigio: los calculistas visuales, que memorizan una
imagen mental de los números escritos y de los cálculos, y los auditivos, como
Inaudi, que declaran recordar los números porque los oyen en su cabeza. Tal vez
también debería contemplarse una tercera categoría, los calculistas «táctiles»,
dado que al menos un calculista relámpago ciego, Louis Fleury, sostenía que en
su imaginación manipulaba los números, literalmente, como si estuviera
sosteniendo algunos cuba ritmos, los símbolos numéricos táctiles que utilizan
los ciegos. Independientemente de su modalidad, muchas veces la amplitud de
memoria de los grandes calculistas es asombrosa. Inaudi, por ejemplo, podía
repetir treinta y seis dígitos al azar sin cometer errores luego de haberlos
oído y repetido solo una vez. Al final de sus exhibiciones diarias, nunca se
equivocaba al repetir los más de trescientos dígitos que el público le había
dictado durante el espectáculo.
Es
innegable que la amplitud de memoria de Inaudi alcanzaba alturas asombrosas,
pero ¿esto implica que era innato? Más allá de las incontables anécdotas cuya
fiabilidad muchas veces resulta cuestionable, poco sabemos acerca de la
infancia de estos prodigios. Hasta ahora, nada prueba que a edad temprana
poseyeran habilidades memorísticas sorprendentes. Me parece igualmente posible
que su fantástica memoria sea resultado de años de entrenamiento, así como de
su gran familiaridad con los números. Por su parte, Steven Smith, quien estudió
cuidadosamente las vidas de docenas de prodigios del cálculo, llega a la misma
conclusión:
Los
calculistas mentales, al igual que cualquier otro mortal, están sujetos a
limitaciones de la memoria de corto plazo. Sin embargo, difieren en su
habilidad para tratar conjuntos de dígitos como ítems individuales en la
memoria (Smith, 1983).
En
efecto, la amplitud de memoria no es un parámetro biológico invariable, como el
grupo sanguíneo, medible independientemente de todos los factores culturales.
Varía en gran medida según el significado de los ítems que deben almacenarse.
Soy capaz de recordar con facilidad una cantidad de quince palabras en francés,
mi primera lengua, porque su significado me ayuda. En cambio, en chino, una
lengua que no comprendo, mi amplitud de memoria cae hasta cerca de siete
sílabas. Del mismo modo, tal vez la razón por la que los calculistas
excepcionales logran almacenar grandes cantidades de dígitos es que los números
son prácticamente su lengua materna. Casi no existe combinación de dígitos
carente de sentido para ellos. Probablemente, en la memoria de Hardy la licencia
de taxímetro 1729 se registraba como cuatro dígitos independientes, porque se
parecía a cualquier otro número al azar. Para Ramanujan, sin embargo, 1729 era
un amigo de la infancia, un personaje familiar que ocupaba solo una celdilla en
su memoria. En general, creo, la familiaridad extrema de los prodigios del
cálculo con los dígitos es suficiente para explicar su gran amplitud de
memoria, sin tener que postular un hipotético determinismo biológico.
§.
Recetas para el cálculo relámpago
Para liquidar definitivamente el mito del «calculista nato», debo explicar qué
algoritmos utilizan los grandes calculistas. De no hacerlo, la multiplicación
de 5498 por 912, o el reconocimiento inmediato de que 781 es 11 × 71 siempre
quedarán envueltos en un aura de misterio. La mayoría de nosotros, en efecto,
no tiene la menor idea de cómo resolver este tipo de problemas mentalmente. En
realidad, existen varios recursos que simplifican por completo los enigmas
aritméticos, incluso los que parecen más infranqueables.
Entonces,
¿cómo se puede calcular mentalmente el producto de dos números de varios
dígitos? Scott Flansburg, que llegó a ser célebre como «la calculadora humana»,
no lo oculta: sus recursos están completamente basados en recetas simples que
cualquiera puede aprender, y que develó en su best seller de
1993 (Flansburg, 1993). Tal como los demás calculistas, utiliza algoritmos
parecidos a los que se enseñan en la escuela. Pero pone mucho celo en optimizar
el orden en que realiza cada operación. Para hacer sumas, recomienda calcular
de izquierda a derecha; para la multiplicación, siempre calcula en primer lugar
los dígitos más significativos del resultado. Cada subproducto se suma
inmediatamente al total acumulado, y de esta manera evita la memorización de
varios resultados intermedios largos. Estas diferentes estrategias tienen un
único objetivo —minimizar la carga de memoria— y llevan al éxito porque solo se
debe almacenar y refinar, paso a paso, una sola estimación provisional del
resultado.
Con menor
frecuencia algunos calculistas memorizan completa o parcialmente la tabla de
multiplicar para todos los pares posibles de números de dos dígitos. Esto les
permite multiplicar por grupos de dos dígitos como si fueran uno. Por último,
todos los calculistas poseen un amplio repertorio de atajos basados en trucos
algebraicos simples. Si nos limitamos a un ejemplo, el producto de 37 × 39 se
identifica inmediatamente como 382 – 1 utilizando la fórmula (n
+ 1) (n – 1) = n2 – 1; 382 es igual a 36 × 40 +
4, ya que n2 = (n – 2) (n + 2) + 22. ¡Uno solo
necesita recuperar de la memoria el producto de 36 × 4, que cualquier
calculista experimentado reconoce como 122 = 144, al que se
adjunta el dígito 3 (4 – 1), para llegar a la conclusión de que 37 por 39 es
1443!
En
síntesis, es obvio que los grandes calculistas no utilizan ningún método
aritmético «mágico». Como nosotros, dependen de un repertorio de tablas de
multiplicación almacenadas, cuyos únicos rasgos originales son su extensión y,
ocasionalmente, su formato no verbal (dado que algunos calculistas, como
Michael, parecen no haber adquirido ninguna lengua). Al igual que nosotros,
ejecutan sus cálculos de forma serial, dígito tras dígito, lo que explica las
mediciones de los tiempos de respuesta de Binet. Y como nosotros, por último,
seleccionan rápidamente el mejor medio para llegar al resultado en un tiempo
mínimo, a partir de las múltiples estrategias que se encuentran a su alcance.
En este sentido, solo el número de estrategias que dominan los diferencia del
niño de 6 años que ya simplifica espontáneamente 8 + 5 en (8 + 2) + 3.
Pero ¿qué
ocurre con las habilidades aritméticas más complejas? A Shakuntala Devi le
resulta suficiente una mirada para darse cuenta de que la raíz séptima de 170
859 375 es 15 (lo que significa que este número es 15 a la séptima potencia, o
15 × 15 × 15 × 15 × 15 × 15 × 15). La extracción de raíces de los enteros
pertenece al repertorio clásico de los calculistas profesionales. Los ingenuos
espectadores siempre se asombran con lo que consideran una hazaña
particularmente difícil, en especial para los radicales más altos. Sin embargo,
en realidad, los cálculos pueden reducirse de manera drástica con atajos
fáciles. Por ejemplo, el dígito que está más a la derecha nos informa
directamente cuál es el dígito correspondiente del resultado. Cuando un número
termina con 5, también lo hace su raíz. En el caso de las raíces quintas, el
número inicial y su raíz siempre finalizan con el mismo dígito. En el resto de
los casos, existe una correspondencia que se aprende con facilidad, y que se
vuelve todavía más sencilla si se consideran los últimos dos dígitos en lugar
de uno. Por otro lado, los primeros dígitos del resultado a menudo pueden
encontrarse por prueba y error utilizando aproximaciones simples. Por ejemplo,
la raíz séptima de 170 859 375 solo puede ser 15 porque 25, el siguiente
candidato terminado en 5, obviamente daría lugar a un número demasiado grande
al elevarlo a la séptima potencia. En resumen, extraer las raíces de enteros,
que a primera vista parece una hazaña sobrehumana, puede reducirse a la aplicación
cuidadosa de recetas simples.
La
habilidad para factorear números con rapidez, y así identificar los números
primos, es una proeza más impresionante. ¿Recuerdan a Michael, el hombre
autista que, de inmediato, reconocía que 389 es un número primo, y que 387 se
puede descomponer en 9 × 43? Los mellizos descritos por Oliver Sacks eran más
raros aún. Se decía que su pasatiempo consistía en intercambiar, por turnos,
números primos cada vez más grandes ¡de seis, ocho, diez o hasta veinte dígitos
de extensión!
A pesar
de que esta habilidad parece en verdad asombrosa, y todavía está lejos de ser
comprendida en su totalidad, es posible proponer varias explicaciones
tentativas[32]. En primer lugar, a diferencia
de lo que plantea una noción muy difundida, el concepto de número primo no es
el pináculo de la abstracción matemática. La primalidad es una noción muy
concreta que indica, ni más ni menos, si un conjunto de objetos se puede
dividir en varios grupos iguales. El número 12 no es primo porque es divisible
en tres grupos de cuatro o dos grupos de seis elementos. El 13 es primo porque
no es posible una agrupación de ese tipo. Los números primos son tan usuales
que los niños los manipulan sin saberlo cuando intentan organizar bloques
cuadrados para formar un rectángulo: enseguida se dan cuenta de que se puede
hacer con doce bloques, pero no con trece. Por eso, no resulta sorprendente que
un joven con un retraso como Michael, con una asombrosa pasión por la
aritmética, pueda descubrir espontáneamente algunas de sus propiedades.
Descubrir
si un número es primo todavía es un problema matemático difícil. Sin embargo,
el papel de la memoria no debería subestimarse. Solo hay ciento sesenta y ocho
números primos menores que 1000, y 9592 números primos menores que 100 000. Una
vez que se los memoriza, pueden servir para calcular los primos restantes hasta
10.000.000.000.000, usando un algoritmo evidente llamado «criba de
Eratóstenes». Por último, las recetas simples conocidas para cualquier niño en
edad escolar, como eliminar los números 9, hacen más fácil determinar si un
número es divisible por 2, 3, 4, 5, 6, 8, 9 u 11.
Este tipo
de trucos elementales son aparentemente todo lo que utilizaba Michael, ya que
muchas veces se equivocaba con números que parecían primos pero que, en
realidad, eran el producto de factores que excedían su sagacidad (por ejemplo,
391 = 17 × 23). ¿Qué hay de los gemelos? Lamentablemente, no se dispone de
detalles acerca de los números exactos que estaban intercambiando, o acerca de
sus potenciales errores. Entonces, nunca sabremos si el método que utilizaron
era más preciso que el de Michael.
Los
investigadores también suelen declarar que algunos prodigios del cálculo pueden
determinar el número exacto de objetos en una mirada. Binet, por ejemplo,
afirmaba que uno podía arrojar un puñado de bolillas frente a Zacharias Dase, y
que inmediatamente él informaba con precisión su número. Lamentablemente, no
conozco ningún estudio psicológico serio acerca de este supuesto fenómeno. No
ha habido, que yo conozca, mediciones de tiempos de respuesta, la única forma
de saber si una persona está contando o en realidad está percibiendo los
números grandes «instantáneamente». Tiendo a creer que los poderes de
enumeración de los grandes calculistas no son diferentes de los nuestros.
Cuando se enfrentan a un conjunto de bolillas, su sistema visual, como el nuestro,
lo analiza rápidamente en pequeños grupos de una, dos, tres o cuatro unidades.
Su aparente velocidad puede ser resultado de su habilidad para sumar todos esos
números en un parpadeo, mientras que, a lo sumo, nosotros nos limitamos a
contar de dos en dos.
Por
último, muchos prodigios desarrollan una habilidad especial para el cálculo de
calendario. ¿Esto también puede atribuirse a estrategias simples? Varios
algoritmos conocidos permiten deducir el día de la semana para cualquier fecha
pasada o futura. Los más simples requieren solo unas pocas sumas y divisiones,
y los calculistas profesionales sin duda utilizan fórmulas de este tipo. Sin
embargo, esta explicación no encaja con los niños autistas que se convirtieron
en prodigios «calendáricos». La mayoría de ellos nunca tuvo acceso a un
calendario perpetuo. ¡El talento de un niño ciego se desarrolló a pesar de que
nunca había tenido acceso a un calendario Braille! Es más, algunos prodigios,
como Dave, no logran realizar siquiera los cálculos más simples. Entonces, ¿con
qué trucos calculan los días de la semana?
Cronometrando
las respuestas de varios prodigios autistas, Beate Hermelin y Neil O’Connor
(1986a) descubrieron que por lo general su tiempo de reacción resulta
proporcional a la distancia que separa la fecha requerida del día presente.
Esto sugiere que la mayoría de estos «calculadores de calendario humanos»
utilizan un método muy simple: a partir de una fecha reciente, avanzan
gradualmente y van realizando extrapolaciones hacia las semanas, meses o años
cercanos. Muchas regularidades facilitan este proceso: el calendario se repite
cada veintiocho años; las semanas cambian un día por cada año regular, y dos
días por los años bisiestos. Marzo y noviembre siempre comienzan el mismo día
de la semana, y así sucesivamente. La mayoría de las personas con síndrome del
savant utilizan este tipo de artificios para saltar directamente, por ejemplo,
desde marzo de 1996 a noviembre de 1968. Entonces, pueden recuperar de manera
instantánea de la memoria la página requerida del calendario, de la cual
simplemente deben leer la fecha apropiada.
¿Cómo es
posible que un savant cuyo CI no pasa de 50 invente un algoritmo de este tipo y
lo utilice sin fallas, por sencillo que sea? Dennis Norris, investigador de
Cambridge, ha desarrollado una interesante simulación informática de la
adquisición del conocimiento calendárico en una red neuronal. Su red simulada
incluye varias asambleas jerárquicas de neuronas organizadas jerárquicamente
que reciben sucesivamente señales que representan el día, el mes y el año de
una fecha cualquiera entre 1950 y 1999 (Norris, 1990). En la salida de esta
red, siete neuronas codifican los siete días de la semana. Al principio, la red
no sabe qué día debería asociar con una fecha dada. Mientras recibe ejemplos
—cada vez más: lunes 22 de abril de 1996, o domingo 3 de febrero de 1969, y así
sucesivamente— realiza ajustes graduales en el peso de sus conexiones —es
decir, en sus sinapsis simuladas—, a fin de adaptarse para la difícil tarea de
predecir en qué día caerá cada fecha. Luego de varios miles de ensayos, no solo
conserva estos ejemplos, sino que también responde correctamente a más del 90 %
de las fechas nuevas que nunca ha aprendido. Al final, la red manifiesta un
buen conocimiento de la función matemática que relaciona las fechas y los días
de la semana, un conocimiento que es solo implícito, en tanto sus sinapsis
ignoran todo lo referente a la resta y la suma, o incluso el número de días que
hay en un año o la existencia de años bisiestos.
De
acuerdo con Norris, el sistema nervioso está equipado con algoritmos de
aprendizaje muy superiores a los utilizados en su simulación, por lo que
resulta completamente plausible que un niño autista, incluso con un retraso
severo, que pasa años estudiando el calendario, extraiga un conocimiento
mecánico, automatizado e inconsciente de este tipo, usando meramente la
inducción, o sea a partir de muchos ejemplos.
§. El
talento y la invención matemática
Entonces, ¿cuál es en definitiva el origen del talento matemático? A lo largo
de este capítulo, cada senda explorada nos ha llevado a una fuente posible.
Probablemente los genes tengan cierta relevancia. Pero por sí solos no podrían
aportar las bases para una «giba de la matemática», al estilo de lo que
postulaban los frenólogos. A lo sumo, junto con varios otros factores
biológicos —tal vez incluso la exposición temprana a las hormonas sexuales—,
los genes pueden moldear mínimamente la organización cerebral para colaborar
con la adquisición de las representaciones numéricas y espaciales. Los factores
biológicos, sin embargo, tienen un papel más bien modesto cuando se los compara
con el poder de aprendizaje, motivado por una pasión por los números. Los
grandes calculistas están tan fascinados por la aritmética que varios de ellos
prefieren la compañía de los números a la de sus pares humanos. Cualquier
persona que dedique esa cantidad de tiempo y concentración a los números debe
lograr tanto el aumento de la memoria como el descubrimiento de algoritmos de
cálculo eficientes.
Si
tuviéramos que derivar una única lección de este análisis del talento, sería
que la matemática de alto nivel se sitúa en las antípodas de su retrato
popular, que la describe como una disciplina fría y racional, dominada por el
puro poder deductivo, en la que las emociones no tienen un lugar. Por el
contrario, las más potentes de las emociones humanas —el amor, la esperanza, el
dolor o la desesperación— dominan la relación del matemático con sus amigos,
los números. Cuando hay pasión por la matemática, el talento no está demasiado
lejos. Si, a la inversa, una experiencia desafortunada hace surgir una fobia
para los números durante la infancia, la angustia hará que hasta los conceptos
matemáticos más simples sean difíciles de comprender.
Se me
puede reprochar que en este rápido croquis del talento matemático he puesto en
pie de igualdad al genio y al «sabio idiota», a Ramanujan y a Michael, a Gauss
y a Dave. Sin embargo, ¿podemos equiparar a los gigantes que extendieron las
fronteras de la matemática y a los prodigios autistas que brillan solo por el
sorprendente contraste entre sus habilidades matemáticas y su retraso mental
profundo? Mi decisión se justifica por la cantidad de características que
comparten los genios y los prodigios del cálculo: desde su pasión por la
matemática hasta su visión de un paisaje poblado de números. En mi opinión,
sería injusto negar a Inaudi o a Mondeux el rótulo de «genios» con el pretexto
de que solo descubrieron resultados matemáticos ya muy conocidos. Cuando un
pastor, en la soledad de la pradera, redescubre el teorema de Pitágoras, se
puede sostener que su talento no es menor que el de su renombrado predecesor,
cuyo trabajo nunca conoció.
En este
capítulo, he evitado deliberadamente bucear en las precondiciones psicológicas
y neurobiológicas que subyacen a la creatividad matemática. Los destellos de la
inspiración son tan breves que casi no se los puede estudiar científicamente. A
lo sumo, se puede especular, como hicieron Pierre Changeux o Alain Connes, que
el descubrimiento científico involucra la asociación más o menos azarosa de
ideas viejas, seguidas por una selección basada en la armonía y la adecuación
de una combinación recientemente formada. Paul Valéry decía que «hacen falta
dos para inventar: uno forma las combinaciones, el otro elige y reconoce lo que
desea, y lo que le importa, en el conjunto de lo producido por el primero». Del
mismo modo, Agustín notó que cogito significa «agitar en
conjunto», mientras que intelligo significa «seleccionar de
entre».
Jacques
Hadamar, en su gran investigación sobre la invención en matemática, distingue
las etapas de preparación, incubación, iluminación y verificación (Hadamard,
1945). La incubación consiste en una búsqueda inconsciente por entre fragmentos
de demostraciones, o combinaciones originales de ideas. Para avalar esta idea
central, Hadamar cita a Henri Poincaré: «En un primer momento los desconcertará
esta apariencia de repentina iluminación, señal manifiesta de un largo trabajo
inconsciente. El papel de este trabajo inconsciente en la invención matemática
me parece irrefutable».
Tal vez
algún día comprendamos las bases cerebrales de este «inconsciente cognitivo».
La actividad espontánea de circuitos neuronales por debajo del umbral de la
conciencia, el desencadenamiento de mecanismos automáticos de cálculo durante
el sueño: todo esto debe tener huellas psicológicas medibles, que esperamos
poder evaluar gracias a las neuroimágenes modernas. De momento, sin embargo,
solo podemos prestar atención a la pregunta que ya Hadamard proponía hace más
de medio siglo: « ¿Llegarán alguna vez los matemáticos a saber lo suficiente
acerca de la fisiología del cerebro y los neurofisiólogos a estar al tanto de
los descubrimientos matemáticos para que sea posible la cooperación eficaz?».
Ciertamente,
ahora nos adentraremos en la fisiología cerebral, no con la esperanza de
descubrir las bases biológicas de la creatividad —lo que sería un propósito
utópico, dado el estado actual de nuestro conocimiento—, sino por lo menos para
intentar explicar de qué manera la artillería rudimentaria de neuronas,
sinapsis y moléculas receptoras incorporan en los circuitos cerebrales la
rutina del cálculo y de los significados de los números.
Parte III
De neuronas y números
Capítulo
7
Perder el sentido numérico
La
verdadera noción acerca de la mente humana es considerarla un sistema de
diferentes percepciones o diferentes existencias, que están enlazadas por la
relación de causa y efecto, y que se producen, destruyen, influyen y modifican
unas a otras […] A este respecto, no puedo comparar al alma con nada más
apropiado que una República o un Estado en que los diferentes miembros estén
unidos por lazos recíprocos de gobierno y de subordinación.
David
Hume, Tratado
de la naturaleza humana
Contenido:
§. El
señor N., el hombre aproximativo
§. Un déficit bien delimitado
§. Un campeón del absurdo numérico
§. La corteza parietal inferior y el sentido numérico
§. Ataques inducidos por la matemática
§. Los múltiples significados de los números
§. Las autopistas de información numérica del cerebro
§. ¿Quién organiza los cálculos?
§. En los orígenes de la especialización cerebral
¿Es
posible que una persona sea capaz de leer y escribir números de cuatro dígitos,
pero se haya olvidado lo que significa 3 – 1? ¿Pueden imaginar que alguien
pueda multiplicar sin problemas los dígitos que aparecen a la derecha en su
campo visual, pero sea incapaz de hacerlo con los que aparecen a su izquierda?
Por último, ¿es posible que alguien con visión normal se equivoque en sumas
escritas tan simples como 2 + 2, y al mismo tiempo resuelva con facilidad los
mismos cálculos cuando se leen en voz alta?
Aunque
les parezca extraño, este tipo de fenómenos son de rutina en el campo de la
neurología[33]. Distintas lesiones cerebrales
con diversos orígenes pueden tener un impacto devastador y a veces
sorprendentemente específico en las habilidades aritméticas. Todos sabemos que
una lesión en las áreas motoras del cerebro puede causar una parálisis en un
lado del cuerpo solamente. Con el mismo mecanismo, el daño cerebral limitado a
las áreas cerebrales involucradas en el procesamiento lingüístico o numérico
puede alterar solo un conjunto muy reducido de habilidades. De hecho, puede
parecer que la lesión tiene pocas consecuencias hasta que se le pide al
paciente que, por ejemplo, reste o lea una palabra inusual; en ese momento, se
revela un déficit profundo.
Ya en
1769, el filósofo francés Denis Diderot había anticipado la especificidad del
daño neurológico. En «El sueño de D’Alembert», realizó esta afirmación
premonitoria:
De
acuerdo con sus principios, me parece que mediante una serie de operaciones
puramente mecánicas podría reducir al primero entre los genios del mundo a una
masa de carne desorganizada, a la cual solo se dejaría la percepción del
momento. […] [La operación] consistiría en privar al huso originario de algunos
de sus filamentos y desordenar el resto […] Por ejemplo: le quito a Newton los
dos hilos auditivos, y ya no tiene sensación de los sonidos; los olfativos, y
no tiene ninguna sensación de los aromas; los ópticos, y no tiene noción de los
colores; los hilos del paladar, y no puede distinguir los sabores; suprimo o
desordeno el resto, y adiós organización del cerebro, memoria, juicio, deseos,
aversiones, pasiones, voluntad y conciencia de sí mismo.
De hecho,
las lesiones cerebrales son episodios devastadores que pueden destruir aun la
mente más brillante. Sin embargo, para los neurocientíficos, estos
«experimentos de la naturaleza» también ofrecen una oportunidad singularmente
valiosa para comprender el funcionamiento del cerebro humano normal. La
neuropsicología cognitiva es la disciplina científica que aprovecha la
información de los pacientes con lesiones cerebrales para recabar conocimiento
acerca de las redes cerebrales subyacentes a las funciones cognitivas. El punto
de partida del neuropsicólogo es la disociación, es decir, el hecho
de que, luego de un daño cerebral, un conjunto de habilidades se vuelva
inaccesible mientras otro permanece en gran medida intacto. Cuando dos
habilidades mentales se disocian de esta forma, en general uno puede inferir
con alto grado de certeza que estas involucran redes neuronales parcialmente
distintas. Lo que se infiere es que la primera habilidad se deteriora porque
requiere la participación de un área cerebral que ha sido dañada y se torna
incapaz de funcionar. Al mismo tiempo, la segunda permanece intacta porque
utiliza redes neuronales que no han sido alcanzadas por la lesión. Por
supuesto, los neuro psicólogos deben tener en cuenta que existen explicaciones más
triviales para una disociación. Por ejemplo, una tarea puede simplemente ser
más fácil que otra, o bien, luego de ocurrida la lesión, el paciente puede
haber vuelto a aprender una habilidad pero no la otra. Cuando se toma el
recaudo de descartar este tipo de explicaciones alternativas, la
neuropsicología permite realizar notables inferencias acerca de la organización
cerebral.
Pensemos
en un ejemplo concreto. Michael McCloskey, Alfonso Caramazza y sus colegas han
descripto a dos pacientes con dificultades severas para leer números arábigos
(McCloskey, Sokol y Goodman, 1986, McCloskey y Caramazza, 1987). El primer
paciente, a quien conocemos solo por sus iniciales, H. Y., en ocasiones lee
equivocadamente el número 1 como «dos» o el 12 como «diecisiete». Un estudio
cuidadoso de sus errores demuestra que, mientras H. Y. suele reemplazar un
numeral con otro, nunca se equivoca en la descomposición de un número en
centenas, decenas y unidades. Por ejemplo, lee 681 como «seiscientos cincuenta y
uno»: la estructura de la cadena es correcta, con la salvedad de que «ochenta»
aparece en lugar de «cincuenta». A la inversa, el segundo paciente, J. E.,
nunca llama al 1 «dos» o al 12 «diecisiete», pero lee equivocadamente 7900 como
«setecientos noventa» o 270 como «veinte mil setenta». A diferencia de H. Y.,
J. E. no sustituye el nombre de un número con otro. En cambio, la estructura
gramatical completa del número está mal. Reconoce dígitos individuales, pero
estos se mueven de la columna de las centenas a la de las decenas o a la de los
millares.
Los
pacientes H. Y. y J. E., en conjunto, concretan una doble disociación.
Básicamente, la estructura gramatical de los números está intacta en H. Y. y
deteriorada en J. E., mientras que la selección de palabras individuales
correspondientes a los nombres de los números está intacta en J. E. y
deteriorada en H. Y. La sola existencia de dos pacientes de este tipo sugiere
que algunas de las regiones cerebrales involucradas en la lectura en voz alta
de los números arábigos contribuyen en mayor medida a la gramática numérica,
mientras que otras están más implicadas en el acceso a un léxico mental para
las palabras específicas referidas a los números. Si la lesión fuera lo
suficientemente pequeña —por desgracia, algo infrecuente en las lesiones
vasculares— su localización hasta podría dar indicaciones valiosas sobre la
localización precisa de estas áreas en el cerebro.
¿Pero
entonces volvemos a la frenología? No, desde luego: es por eso que hay que ser
muy cuidadosos al interpretar este tipo de observaciones. Si el paciente J. E.
perdió la gramática de los números, esto no significa que su lesión haya
arrasado con «el área de la gramática». Las grandes facultades cognitivas, como
la «gramática», son funciones complejas e integradas que posiblemente impliquen
la combinación de varias áreas distribuidas del cerebro. Es muy probable que la
lesión de J. E. haya afectado un proceso neuronal elemental altamente
especializado, esencial para la producción de una secuencia gramatical de
palabras que refieren a los números, pero no para la selección de las palabras
que la componen.
Así, la
principal lección que podemos derivar de los estudios de la patología cerebral
es la confirmación de que existe una extraordinaria modularidad en el cerebro
humano. Cada pequeña región de la corteza parece estar dedicada a una función
específica y, por eso, es posible considerarla un «módulo» mental especializado
en el procesamiento de información que llega de distintas fuentes. Las lesiones
cerebrales y los extraños patrones de disociación a que dan lugar nos proveen
una fuente invaluable de información acerca de la organización de estos
módulos. Gracias a decenas de pacientes como H. Y. y J. E., quienes
generosamente accedieron a participar en experimentos científicos, nuestro
conocimiento de las áreas cerebrales involucradas en el procesamiento numérico
ha logrado un salto cualitativo espectacular en las décadas de los ochenta y
noventa. Por supuesto, todavía estamos lejos de conocer con exactitud los
circuitos que se utilizan en las operaciones aritméticas más complejas. Sin
embargo, poco a poco toma forma un mapa cada vez más refinado de las rutas
cerebrales para la información numérica.
§. El
señor N., el hombre aproximativo
Cuando el señor N. entra al consultorio una mañana de septiembre de 1989, los
efectos devastadores de su lesión cerebral son obvios (Dehaene y Cohen, 1991).
Su brazo derecho en cabestrillo y su mano derecha paralizada delatan un déficit
motor severo. El señor N. habla lento, con esfuerzo. A veces, busca una palabra
muy común con creciente irritación. Ya no puede leer ni una palabra, y no logra
comprender una instrucción más o menos sencilla como «Ponga la lapicera sobre
el papel, y luego vuelva a colocarla en su ubicación original».
Alguna
vez el señor N. estuvo casado y es padre de dos mujeres. Tenía un puesto de
responsabilidad como representante comercial en una empresa importante, y sin
duda era hábil en aritmética. Poco sabemos acerca de las circunstancias en las
que su mundo se derrumbó. Aparentemente, sufrió una mala caída en casa, tal vez
debido a una hemorragia cerebral repentina. Cuando llegó al hospital presentaba
un hematoma enorme y fue operado de urgencia. Aunque logró salvar su vida,
quedó con una vasta lesión de la mitad posterior del hemisferio izquierdo. Tres
años más tarde, sus déficits de control motor y del lenguaje todavía son tan
demoledores que no puede llevar una vida independiente y vive con sus padres
ancianos.
Mi
colega, el doctor Laurent Cohen, me invitó a conocer al señor N. porque sufre
de una muy severa acalculia, término técnico del neurólogo para un
déficit en el procesamiento numérico. Le pedimos que calcule dos más dos. Luego
de reflexionar unos pocos segundos, responde «tres». Recita con facilidad las
series numéricas: 1, 2, 3, 4… y 2, 4, 6, 8…, pero tan pronto como se lo saca de
las fórmulas automatizadas y se le pide, por ejemplo, que cuente 9, 8, 7, 6… o
1, 3, 5, 7…, fracasa completamente. Tampoco logra leer el dígito 5 cuando lo
pongo ante sus ojos.
Dado su
penoso cuadro clínico, uno podría sentirse tentado a concluir que las
habilidades aritméticas del señor N. han desaparecido, al igual que gran parte
de su habilidad lingüística. Sin embargo, varias observaciones contradicen esta
hipótesis simplista; en primer lugar, su extraño comportamiento cuando lee. Si
lo hago mirar el dígito 5 durante un lapso extenso, logra decirme que es un
dígito y no una letra. Luego comienza a contar con los dedos: «Uno, dos, tres,
cuatro, cinco… ¡es un cinco!». Obviamente, todavía debe de reconocer la forma
del dígito 5 si es capaz de contar hasta el número apropiado. Pero ¿por qué,
entonces, no puede pronunciarlo de inmediato? Cuando le pregunto cuántos años
tiene su hija, se comporta del mismo modo. No logra acceder a la palabra
«siete», por lo que, instantáneamente, cuenta con disimulo hasta este número.
Aparentemente sabe, desde el comienzo, qué cantidades quiere expresar, pero
recitar las series de números es su único medio de recuperar la palabra
adecuada.
Al pasar,
noto un fenómeno similar cuando el señor N. intenta leer palabras en voz alta.
A menudo parece hacer tanteos alrededor de un significado apropiado, sin
encontrar el término correcto. Pese a ser incapaz de leer la palabra manuscrita
«jamón», logra decirme «es una carne». La palabra «fumar» es igualmente
ilegible, pero evoca en él la sensación de «hacer fuego, quemar algo». Lee con
seguridad la palabra «escuela» como «clase». La ruta directa que permite a
cualquiera de nosotros ir, sin desvíos, de la visión del dígito 5 a su
pronunciación «cinco», o de la secuencia de letras escritas «J-A-M-Ó-N» al
sonido «jamón», parece haberse desvanecido de la mente del señor N. A pesar de
esto, de un modo u otro, el significado de estos caracteres impresos no está
totalmente perdido para él, e intenta expresarlo usando circunloquios.
Siguiendo
esta pista, a continuación le muestro al señor N. un par de dígitos, 8 y 7. Le
llevaría varios segundos «leerlos» contando con los dedos. Sin embargo, en un
parpadeo, con facilidad señala que 8 es el dígito más grande. Algo muy similar
ocurre con los números de dos cifras, que no tiene dificultad para clasificar
como más grandes o más pequeños que 55. Es obvio que el señor N. recuerda la
cantidad que representa cada número arábigo. Sus únicos errores se producen
cuando las cantidades son similares, como 53 y 55. Es como si solo supiera su
magnitud cercana. También logra ubicar dos números de dos dígitos en su
localización aproximada en una línea vertical etiquetada con «1» en la parte
inferior y con «100» en la parte superior, que se le presenta como un
termómetro. Sus respuestas, sin embargo, están lejos de una precisión digital.
Ubica el 10 en el cuarto inferior, mientras que el 75 queda demasiado cerca del
100. Realizar clasificaciones más finas es imposible para él. Sobre todo,
decidir si un cierto número es impar o par excede ampliamente sus capacidades.
A lo
largo de los experimentos, se impone una sorprendente regularidad: a pesar de
que el señor N. ha perdido sus habilidades para el cálculo exacto, todavía
puede responder por aproximación. Cualquier tarea que solo requiera una
percepción aproximada de las cantidades numéricas no le plantea dificultad
alguna. Por otro lado, juzga con facilidad si, grosso modo,
determinada cantidad se condice con una situación concreta: por ejemplo, hay
nueve niños en la escuela: ¿esto es muy poco, está perfecto, o son demasiados?
Por otro lado, obviamente ha perdido cualquier recuerdo preciso de los números.
Considera que un año tiene «cerca de trescientos cincuenta días» y una hora
«unos cincuenta minutos». De acuerdo con él, un año tiene cinco estaciones, un
cuarto de hora equivale a «diez minutos», enero tiene «quince o veinte días», y
una docena de huevos está formada por «seis o diez huevos», respuestas que al
mismo tiempo son claramente falsas y no están, sin embargo, tan lejos de la
verdad. Ni siquiera su memoria reciente se ha salvado. Cuando le muestro los
números 6, 7 y 8, un segundo más tarde no puede recordar si ha visto un 5 o un
9. Sin embargo, está bastante seguro de que ni el 3 ni el 1 estaban en el
conjunto inicial, porque enseguida se da cuenta de que estos números
representan una cantidad demasiado pequeña.
La
disociación entre el conocimiento exacto y el aproximado en ningún lugar es más
evidente que en la adición. El señor N. no sabe cuánto es 2 + 2. A veces
responde «tres», a veces «cinco»; sin embargo, nunca propone un resultado tan
absurdo como «nueve». Del mismo modo, cuando se le presenta una suma levemente
incorrecta, como 5 + 7 = 11, decide que es correcta más de la mitad de las
veces, y de ese modo confirma que no puede calcular su resultado exacto. Sin
embargo, puede rechazar rápidamente con total seguridad y éxito una respuesta
groseramente falsa como 5 + 7 = 19. Aparentemente, todavía conoce sus
resultados aproximados, y detecta con rapidez que la cantidad propuesta, 19, se
aleja de ellos por mucho. Es interesante que, cuanto más grande es una cantidad,
más confusa parece ser en la mente del señor N. Entonces, rechaza que 4 + 5 =
3, pero acepta 14 + 15 = 23. Los problemas de multiplicación, sin embargo,
parecen exceder el alcance de sus habilidades de aproximación. Da respuestas
que parecen ser completamente al azar, de modo que acepta como correcta una
operación tan absurda como 3 × 3 = 96.
En
resumen, el señor N. tiene una afección particular: es incapaz de superar la
aproximación. Su vida aritmética está confinada a un universo extraño y difuso
en el que los números no logran hacer referencia a cantidades específicas y
solo tienen significados aproximados. Sus tormentos rechazan la tan trillada
precisión infalible de la matemática, expresada de forma tan elegante por el
escritor francés Stendhal: «Me gustaba, y me gusta todavía, la matemática por
sí sola como algo que no admite la hipocresía y la vaguedad,
mis dos tremendas aversiones».
Sin ánimo
de contrariar a Stendhal, la vaguedad es parte integrante de la matemática, tan
central, de hecho, que uno, como es el caso del señor N., puede perder toda
noción exacta de los números y sin embargo conservar una «intuición» pura de
las cantidades numéricas. Wittgenstein estuvo más cerca de la verdad cuando
observó con malicia que 2 + 2 = 5 es un error razonable. Pero si un individuo
afirma que 2 + 2 suman 97, esto no puede ser apenas un error: esta persona debe
estar operando con una lógica diametralmente diferente de la nuestra.
En los
capítulos anteriores, tracé una distinción entre dos categorías de habilidades
aritméticas: las habilidades cuantitativas elementales, que compartimos con
organismos desprovistos de lenguaje, como las ratas, los simios y los bebés
humanos; y las habilidades aritméticas avanzadas, que dependen de las
notaciones simbólicas de los números y de la ardua adquisición de algoritmos de
cálculo exactos. El caso del señor N. sugiere que esas dos categorías dependen
de sistemas cerebrales parcialmente distintos y por lo tanto separables; uno
puede ser destruido mientras el otro permanece intacto.
Obviamente,
sería absurdo y reduccionista equiparar el desempeño del paciente N. con el de
Sheba, la habilidosa chimpancé de Sarah Boysen que describí en el capítulo 1. A
pesar de todos sus déficits, el señor N. es un Homo sapiens hecho
y derecho. En aritmética, sin embargo, su lesión cerebral lo hizo regresar a un
nivel rudimentario de habilidad. Como Sheba, el señor N. puede ir de un símbolo
numérico a la cantidad correspondiente, aunque evidentemente su repertorio de
símbolos es tanto mayor que el de la chimpancé. Como ella, es capaz de
seleccionar la cantidad más grande entre dos y también de calcular una suma
aproximada. Estas operaciones todavía son accesibles para un paciente que
presenta afasia y acalculia, con un hemisferio izquierdo drásticamente dañado,
lo cual confirma que no dependen mucho de las habilidades lingüísticas. En
cambio, el cálculo exacto parece requerir que se encuentren indemnes ciertos
circuitos neuronales propios de la especie humana que, al menos en parte, están
localizados en el hemisferio izquierdo. Así, el señor N., con su enorme lesión
del hemisferio izquierdo, no puede leer números en voz alta, multiplicarlos ni
decidir si son pares o impares.
§. Un
déficit bien delimitado
El caso del señor N. no permite derivar conclusiones muy nítidas acerca de la
localización cerebral de la aproximación numérica. Dada la extensión de su
lesión en el hemisferio izquierdo, sus habilidades residuales bien pueden
depender de áreas intactas del hemisferio derecho. Sin embargo, existe la
posibilidad de que parte de su hemisferio izquierdo haya permanecido lo
suficientemente funcional como para permitir, aunque no el cálculo exacto, la
comparación y la aproximación de números.
Otras
patologías cerebrales son más adecuadas para señalar las habilidades
aritméticas de cada hemisferio. El cuerpo calloso es un gran haz de fibras
nerviosas que conecta los dos hemisferios, y que funciona como la mayor vía
para comunicar información entre ellos. En ocasiones, este haz puede
desconectarse. A veces se interrumpe parcialmente a causa de una lesión
cerebral focal. Con más frecuencia, son los neurocirujanos quienes lo seccionan
intencionalmente para controlar la epilepsia severa en pacientes que no
responden a las demás formas de tratamiento. En cualquiera de los casos, el
resultado es un ser humano con la corteza separada en dos, o un paciente con el
cerebro dividido: los dos hemisferios cerebrales funcionan a la perfección,
pero ya no son capaces de intercambiarse información, excepto por vías
indirectas[34].
En la
vida diaria, estos pacientes engañan… En realidad, aparentan un estado
saludable de cuerpo y mente. Su comportamiento es completamente normal, a no
ser por episodios muy infrecuentes en los que la mano izquierda intenta hacer
lo contrario de lo que está haciendo la derecha. Sin embargo, una evaluación
neurológica simple es suficiente para revelar anomalías claras. Si los
pacientes cierran los ojos y se ubica un objeto familiar en su mano izquierda,
son incapaces de nombrarlo, aunque pueden hacer la mímica de su uso. Del mismo
modo, si se presenta una imagen a su campo visual izquierdo, juran que no han
visto nada, pese a que su mano izquierda logra seleccionar la imagen apropiada
entre muchas otras.
Esto
puede parecer muy extraño, pero es fácil de explicar. Las vías de proyección
más importantes que conectan los órganos sensoriales externos con las cortezas
sensoriales primarias están cruzadas, de modo que un estímulo táctil o visual
del lado izquierdo es procesado inicialmente por las áreas sensoriales del
hemisferio izquierdo. Entonces, cuando se ubica un objeto en la mano izquierda,
el hemisferio derecho está completamente informado de la identidad del estímulo
y es capaz de recuperar su forma y su función. Sin embargo, en ausencia del
cuerpo calloso, esta información no puede transmitirse al hemisferio izquierdo.
En particular, las áreas cerebrales que controlan la producción del lenguaje,
cuya lateralización en el hemisferio izquierdo ha sido conocida desde el
trabajo de Broca en el siglo XIX, no reciben ninguna indicación de lo que el
hemisferio izquierdo ve o siente. La red del lenguaje del hemisferio izquierdo,
entonces, niega haber visto cosa alguna. Si se la obliga a dar una respuesta,
selecciona una al azar o la toma prestada de intentos anteriores. Este fue el
caso en mi evaluación de una paciente que, con los ojos vendados, acababa de
nombrar un martillo ubicado en su mano derecha. Cuando le puse un sacacorchos
en la mano izquierda, de inmediato dijo «Otro martillo», y, mientras lo decía,
con la mano izquierda hacía la mímica de estar descorchando una botella.
Para los
neuropsicólogos, los pacientes con un cuerpo calloso seccionado son como oro en
polvo, porque permiten la evaluación sistemática de las habilidades cognitivas
correspondientes a cada hemisferio. Supongamos que uno le pide a un paciente
con el cerebro dividido que multiplique un dígito cualquiera por 2, y que
señale el resultado correcto entre varios otros números. Al presentar el dígito
de forma visual, ya sea a la derecha o a la izquierda de la mirada del
paciente, y al mostrarlo durante un lapso tan breve que desaparece antes de que
los ojos hayan tenido tiempo de moverse, puede tenerse la certeza de que el
estímulo permanece confinado a un solo hemisferio. Con este truco, se puede
evaluar si cada hemisferio es capaz de identificar números, multiplicarlos por
2, y si el paciente consigue señalar el resultado con su índice.
Comencemos
con la operación más simple: identificar números. Se presentan dos dígitos en
una pantalla y se pregunta a un paciente con el cerebro dividido si son
idénticos o diferentes. Cuando un número aparece a la derecha y el otro a la
izquierda, hasta esta sencilla decisión entre igual o distinto es
impracticable. El paciente responde al azar, y a veces decide que 2 y 2 son
diferentes, y a veces que 2 y 7 son idénticos. La alteración de las conexiones
interhemisféricas torna imposible la comparación entre los dígitos de la
izquierda y los de la derecha. Esto sucede incluso si cada hemisferio puede
identificarlos por sí solo. En efecto, cuando las dos cifras aparecen en el
mismo campo visual, ya sea las dos a la izquierda o las dos a la derecha, el
paciente responde con una precisión casi perfecta.
Los dos
hemisferios no se contentan con reconocer las formas de los dígitos. También
pueden interpretar que se refieren a determinadas cantidades. Para probar esto,
uno puede presentar una cifra junto con un conjunto de puntos, en vez de un par
de cifras. Cuando tanto la cifra como el patrón de puntos aparecen en el mismo
campo visual, el paciente determina con facilidad si coinciden. Entonces, cada
hemisferio sabe que 3 y ∴ representan exactamente el mismo número.
Uno y
otro hemisferio también perciben la relación ordinal entre los números. Si una
cifra se presenta o a la derecha o a la izquierda, los pacientes con el cerebro
dividido pueden decidir con rapidez si es más pequeña o más grande que un
número de referencia. Y cuando se presenta un par de dígitos, pueden señalar el
más grande (o el más pequeño). La comparación parece ser solo un poco más lenta
y menos precisa en el hemisferio derecho que en el izquierdo, pero la
diferencia es escasa. Entonces, cada hemisferio parece poseer una
representación de las cantidades numéricas y un procedimiento para compararlas.
Pero esta
similitud entre los dos hemisferios se desvanece cuando se aborda la cuestión
del lenguaje y el cálculo mental. Estas funciones son facultad indiscutible del
hemisferio izquierdo. Utilizando los mismos procedimientos experimentales que
se acaban de describir, el hemisferio derecho parece ser incapaz de identificar
los números escritos. Sus habilidades visuales incluyen el reconocimiento de
formas simples como el dígito 6, pero no de los estímulos alfabéticos como
«seis». En la mayoría de las personas, el hemisferio derecho también es mudo:
no puede pronunciar la mayor parte de las palabras en voz alta. Entonces, si
uno muestra el dígito 6 del lado izquierdo de la pantalla de la computadora, la
mayoría de los pacientes con el cerebro dividido se comporta exactamente como
lo haría el señor N.: no pueden nombrar el dígito, aunque pueden indicar con la
mano izquierda que este número es más grande que 5.
Algunos
pacientes particularmente ingeniosos logran eludir el mutismo de su hemisferio
derecho. Por ejemplo, Michael Gazzaniga y Steven Hillyard estudiaron a un
paciente llamado L. B., quien, luego de varios segundos, lograba nombrar los
dígitos presentados a su hemisferio derecho (Gazzaniga y Hillyard, 1971). A
diferencia de lo que le ocurriría a una persona normal, el tiempo que empleaba
en denominar un número aumentaba en relación directa con el tamaño de los
dígitos: necesitó dos segundos para mencionar el dígito 2, pero casi cinco
segundos para el dígito 8. Como el señor N., L. B. parecía recitar la secuencia
numérica de forma lenta y disimulada hasta que llegaba a un número que parecía
«diferente de los otros» —esas fueron sus palabras— y entonces lo pronunciaba
en voz alta. Nadie sabe exactamente cómo el hemisferio derecho lograba indicar
que había alcanzado el número visto. Puede haber sido algún tipo de movimiento
de la mano, una contracción del rostro o algún otro artificio que funcionaba
como una clave, que los pacientes con el cerebro dividido suelen elaborar por
sí solos. De todos modos, que el paciente recurriera a contar para nombrar los
dígitos presentados en el campo visual izquierdo ya era señal de que su
hemisferio derecho estaba privado de habilidades de producción de habla
normales.
El
hemisferio derecho también lo ignora todo en materia aritmética mental. Cuando
se presenta un dígito arábigo en el campo visual derecho, y, por lo tanto,
contacta el hemisferio izquierdo, el paciente no tiene dificultad alguna para
sumarle 4, restarle 2, multiplicarlo por 3 o dividirlo por 2. Este tipo de
cálculos, por sencillos que sean, resultan estrictamente imposibles cuando el
dígito aparece del lado izquierdo y, por lo tanto, es procesado por el
hemisferio derecho. Tal deficiencia profunda para el cálculo persiste incluso
cuando se le pide al paciente que señale el resultado, en lugar de decirlo en
voz alta.
Si bien
el hemisferio derecho es incapaz de hacer cálculos exactos, ¿puede hacer
aproximaciones? Para evaluar esta posibilidad, con mi colega Laurent Cohen le
pedimos a una paciente con hemisferios parcialmente desconectados que
verificara problemas de suma presentados en forma visual (Cohen y Dehaene,
1996). Incluso si la operación a todas luces era errada, como 2 + 2 = 9, cuando
la percibía el hemisferio derecho el paciente parecía responder al azar y
decidía que era correcta en aproximadamente la mitad de los ensayos. Durante
una serie de ensayos, sin embargo, repentinamente tuvo una secuencia de quince
respuestas correctas entre dieciséis sumas cuyos resultados eran correctos, o
bien muy falsos. La probabilidad de que ocurra un evento de ese tipo al azar es
de menos de uno en cuatro mil. Por eso, creo que su hemisferio derecho podía
estimar sumas sencillas, pero logró expresar esta habilidad solo durante este
bloque de dieciséis ensayos. De hecho, no es suficiente que el hemisferio
derecho posea determinada habilidad; también debe comprender las instrucciones
del investigador y debe contar con una oportunidad para responder antes de que
el hemisferio izquierdo anticipe sus respuestas.
Jordan
Grafman y sus colegas han estudiado a otro paciente que aporta más indicios a
favor de la hipótesis de que el hemisferio derecho solo es bueno para cálculos
muy elementales (Grafman, Kampen, Rosenberg, Salazar y Boller, 1989). A los 22
años, durante un combate en Vietnam, un joven soldado estadounidense, J. S.,
perdió la mayor parte del lado izquierdo de su cráneo y de la corteza
correspondiente (figura 7.1). De algún modo, J. S. sobrevivió a las múltiples
operaciones, a repetidas infecciones y a las severas crisis de epilepsia que
siguieron. Actualmente vive una vida semiindependiente apenas con el hemisferio
derecho (en el hemisferio izquierdo, solo se preserva el lóbulo occipital).
Como puede esperarse, J. S. tiene un déficit profundo para la comprensión y
producción del lenguaje hablado. No puede leer ni escribir palabras, ni nombrar
objetos; estos rasgos coinciden exactamente con las limitaciones conocidas del
hemisferio derecho aislado en los pacientes que presentan un cuerpo calloso
seccionado. Sus resultados en evaluaciones de procesamiento numérico también
concuerdan con los de otros estudios de pacientes con el cerebro dividido. J.
S. reconoce los números arábigos y sabe cómo compararlos y estimar la
numerosidad de un conjunto de objetos. En ocasiones logra leer en voz alta unos
pocos dígitos y algunos números de dos dígitos, pero no más que esto. Puede
resolver alrededor de la mitad de los problemas de suma y resta de un único
dígito que se le presentan. La multiplicación, la división y las operaciones
multidígito constituyen obstáculos insalvables para él.
§. Un
campeón del absurdo numérico
Los pacientes con el cerebro dividido de los que hemos hablado hasta ahora,
junto con el paciente J. S., indican que, aunque solo el hemisferio izquierdo
puede realizar cálculos exactos, tanto este como el derecho incorporan
representaciones de las cantidades numéricas. ¿Es posible localizar las áreas
cerebrales más circunscriptas implicadas en esta representación cuantitativa?
¿La recta numérica mental está asociada a un circuito cerebral específico con
una localización cortical precisa? Y ¿cómo sería nuestra vida mental si una
lesión cerebral nos hiciera perder nuestro sentido numérico? Para responder a
estas preguntas, resulta útil considerar a pacientes con lesiones más pequeñas,
que afectan una zona más pequeña, y por ende más específica, del circuito
cerebral.
Figura 7.1. A pesar de la pérdida de su hemisferio izquierdo durante un
combate en Vietnam, el paciente J. S. todavía puede identificar y comparar
números arábigos. El cálculo exacto, sin embargo, le plantea dificultades
extremas (tomado de Grafman y otros, 1989).
Cuando el
famoso dramaturgo Eugène Ionesco estaba escribiendo su obra maestra La
lección, probablemente no tenía más pretensiones que su preferencia por lo
extravagante y el sinsentido. Sin embargo, en esta obra trazó un retrato
notablemente realista de un paciente con acalculia, carente de cualquier
intuición cuantitativa:
El
Profesor: Bueno. Aritmeticemos un poco… ¿Cuántos son uno y uno?
La Alumna: Uno y uno son dos.
El Profesor (admirado por la sabiduría de la alumna): ¡Oh, muy bien! Me parece
muy adelantada en sus estudios. Completará fácilmente su doctorado, señorita.
Sigamos adelante: ¿cuántos son dos y uno?
La Alumna: Tres.
El Profesor: ¿Tres y uno?
La Alumna: Cuatro.
El Profesor: ¿Cuatro y uno?
La Alumna: Cinco…
El Profesor: ¡Magnífica! ¡Es usted magnífica! ¡Es usted exquisita! La felicito
calurosamente, señorita. No vale la pena continuar. En lo que respecta a la
suma, es usted magistral. Veamos la resta. Dígame solamente, si no está
agotada, cuántos son cuatro menos tres.
La Alumna: ¿Cuatro menos tres?… ¿Cuatro menos tres?
El Profesor: Sí. Quiero decir: quite tres de cuatro.
La Alumna: Eso da… ¿siete?
El Profesor: Perdóneme si me veo obligado a contradecirla. Cuatro menos tres no
dan siete. Usted se confunde: cuatro más tres son siete, pero cuatro menos tres
no son siete… Ahora no se trata de sumar, sino de restar.
La Alumna (se esfuerza por comprender): Sí… sí…
El Profesor: Cuatro menos tres son: ¿cuánto?…, ¿cuánto?
La Alumna: ¿Cuatro?
El Profesor: No, señorita, no es eso.
La Alumna: Entonces, tres.
El Profesor: Tampoco, señorita… Perdóneme, pero debo decírselo: no es esa la
respuesta… Discúlpeme.
La Alumna: Cuatro menos tres… Cuatro menos tres… ¿Cuatro menos tres? ¿No son
diez?…
El Profesor: Cuente, pues, por favor, se lo ruego.
La Alumna: Uno… dos… y después de dos, vienen tres… cuatro…
El Profesor: Deténgase, señorita. ¿Qué número es mayor: el tres o el cuatro?
La Alumna: ¿Es?… ¿El tres o el cuatro? ¿Cuál es mayor? ¿El mayor de tres o
cuatro? ¿En qué sentido el mayor?
El Profesor: Hay números más pequeños y números más grandes. En los números más
grandes hay más unidades que en los pequeños…
La Alumna: Discúlpeme, señor. ¿Qué entiende usted por el número mayor? ¿El
menos pequeño que el otro?
El Profesor: Eso es, señorita. ¡Perfecto! Me ha comprendido muy bien.
La Alumna: Entonces, es el cuatro.
El Profesor: ¿Qué es el cuatro? ¿Mayor o menor que el tres?
La Alumna: Menor… no, mayor.
El Profesor: Excelente respuesta. ¿Cuántas unidades hay entre tres y cuatro? ¿O
entre cuatro y tres, si usted prefiere?
La Alumna: No hay unidades, señor, entre tres y cuatro. El cuatro viene
inmediatamente después del tres, ¡pero no hay nada absolutamente entre el tres
y el cuatro!…
El Profesor: Escuche. He aquí tres fósforos. Y aquí otro más, en total, cuatro.
Ahora observe bien; usted tiene cuatro, yo retiro uno, ¿cuántos le quedan?
La Alumna: Cinco. Si tres y uno hacen cuatro, cuatro y uno hace cinco.
¿Ionesco
habrá visitado alguna vez una clínica neurológica? La alumna de La
lección no es un personaje imaginario, sino que existe: es alguien a
quien he conocido en persona. Durante varias horas, intenté enseñarle
aritmética al señor M., un paciente acalcúlico de 68 años de edad con una
lesión en la corteza parietal inferior (figura 7.2; Dehaene y Cohen, 1997).
Como la alumna de Ionesco, esta persona podía resolver sumas sencillas, pero
era totalmente incapaz de restar y tenía dificultades para determinar el más
grande entre dos dígitos. El diálogo de Ionesco suena tan verdadero que
prácticamente podría ser una transcripción literal de mis conversaciones
surrealistas con el señor M. En las réplicas del profesor reconozco mis propios
intentos torpes de volver a enseñar aritmética elemental al señor M.: mi
entusiasmo desproporcionado cuando lo lograba, y mi inocultable desaliento
frente a sus fallas recurrentes. En las palabras de la alumna, casi puedo oír
la confusión de mi paciente a medida que intentaba, con una voluntad
inagotable, responder a preguntas cuyo sentido ya no comprendía. Hasta el
subtítulo de la obra —«drama cómico»— encaja perfectamente con las
desafortunadas tribulaciones del señor M., un caso genuino de absurdo numérico.
Figura 7.2. Esta lesión de la corteza parietal inferior derecha
hizo que el señor M. perdiera su sentido de las cantidades numéricas. (Nótese
que una convención confusa de los neurólogos hace que las lesiones del
hemisferio derecho aparezcan a la izquierda de las secciones horizontales)
(Tomado de Dehaene y Cohen, 1997).
La
alteración del señor M. es, de hecho, típica de los pacientes que padecen un
déficit selectivo de la representación cuantitativa de los números, la recta
numérica mental que da significado a los números arábigos y a las palabras que
designan números. El señor M. ha perdido cualquier intuición acerca de la
aritmética. Esta es la razón por la que resulta incapaz de calcular 4 – 3, o
hasta de comprender el significado de esta resta. A pesar de esto, como el
resto de sus circuitos cerebrales permanece intacto, consigue recuperar de
memoria, sin comprenderlas, las operaciones simbólicas habituales.
Examinemos
punto por punto las disociaciones del señor M. Noté que hablaba con bastante
fluidez y podía leer palabras y números a la perfección. Al principio sufría
alguna dificultad con la escritura, pero esta discapacidad ha cedido hace mucho
tiempo. Por lo tanto, sus módulos para identificar palabras, tanto de forma
visual como auditiva, y para decirlas o escribirlas debían de estar indemnes,
del mismo modo que los conjuntos de conexiones que los vinculan. Por otra
parte, el caso del señor M. nos fuerza a pensar que hay vías directas en el
cerebro humano que transforman los números de una notación a la otra: redes
capaces de convertir 2 en «dos» sin necesidad de comprender el significado de
los símbolos.
De hecho,
el señor M. no entiende los números que lee tan bien. En una tarea de
comparación en que se le solicita que englobe en un círculo el mayor de dos
números arábigos, falla una vez cada seis intentos. Sus errores, aunque
relativamente infrecuentes, son groseros. Por ejemplo, en cierta ocasión
sostuvo, sin pestañear, que 5 era más grande que 6. En un juicio de proximidad
numérica, que consiste en decidir cuál de dos números está más cerca de un
tercero, también falla en uno de cada cinco ensayos.
Su
déficit es más evidente en las pruebas de resta y de bisección numérica. El
test de bisección consiste en decidir qué número cae exactamente en el medio de
determinado intervalo. Las respuestas del señor M. lindan con el absurdo
completo. Entre 3 y 5, ubica el 3 y después el 2; entre 10 y 20, sitúa el 30,
para corregir luego su respuesta como 25, con este revelador pedido de
disculpas: «No visualizo muy bien los números».
En el
campo de la sustracción impera para él una confusión similar. No logra resolver
alrededor de tres problemas de cuatro. Y sus errores tienen un inquietante
parecido con los de la alumna de Ionesco. Afirma que 2 – 1 es 2; 9 – 8 es 7
«porque hay una unidad». También, que 3 – 1 es 4: « ¡No!, tengo yo una unidad,
entonces si hay una unidad, la modificación de una unidad hace tres, ¿no?».
Para 6 – 3, escribe «nueve», pero comenta, con lucidez: «Estoy sumando cuando
debería estar restando. Una resta consiste en quitar; en cuanto a una suma,
consiste en añadir». Este conocimiento, sin embargo, no es más que una pátina
teórica. Resulta evidente que señor M. ya no posee trazo alguno de la
estructura de los números enteros ni de las operaciones que permiten pasar de
una cantidad a otra.
En La
lección, la alumna que no puede restar 3 a 4 de pronto se vuelve un
prodigio del cálculo:
El
Profesor: ¿Cuántos son, por ejemplo, tres mil setecientos cincuenta y cinco
millones novecientos noventa y ocho mil doscientos cincuenta y uno
multiplicados por cinco mil ciento sesenta y dos millones trescientos tres mil
quinientos ocho?
La Alumna (muy rápidamente): Son diecinueve trillones trescientos noventa mil
billones dos mil ochocientos cuarenta y cuatro mil doscientos diecinueve
millones ciento sesenta y cuatro mil quinientos ocho.
El Profesor (estupefacto): ¿Pero cómo lo sabe usted si no conoce los principios
del razonamiento aritmético?
La Alumna: Es sencillo. Como no puedo confiar en mi razonamiento, me he
aprendido de memoria todos los resultados posibles de todas las
multiplicaciones posibles.
En
conclusión, y salvando las distancias, el señor M. exhibe una disociación
similar, aunque necesariamente menos espectacular. Él, que afirma con seguridad
que 3 – 2 = 2, sabe de memoria la mayor parte de las tablas de multiplicar. Su
memoria verbal está intacta, y le permite decir apresuradamente «tres por nueve
es veintisiete», como un autómata, sin comprender lo que está diciendo. También
apela a esta memoria intacta para resolver más de la mitad de los problemas de
suma de un dígito que se le plantean. Sin embargo, falla siempre que el
resultado de una suma supera el número 10. La estrategia utilizada por la
mayoría de los adultos, que consiste en descomponer, por ejemplo, 8 + 5 en (8 +
2) + 3, está fuera de su alcance. El conocimiento aritmético del señor M.
comienza a disminuir justo allí donde su memoria se detiene. Su lesión parietal
inferior le impide el acceso al sentido numérico cuando su memoria falla.
§. La
corteza parietal inferior y el sentido numérico
El área parietal inferior, donde está ubicada la lesión del señor M., todavía
es una terra incognita del cerebro humano. Esta área cortical,
y muy especialmente su circunvolución posterior, llamada «giro angular» o «área
39 de Brodmann», es crucial en la representación mental de los números como
cantidades. Bien podría ser depositaria del «sentido numérico» al que dedicamos
este libro, esa intuición para las cantidades que está presente en nuestra
mente desde los albores de la especie humana. Anatómicamente, se encuentra en
lo que los neurocientíficos solían llamar corteza «asociativa» o «plurimodal»
de alto nivel. El neurólogo Norman Geschwind la llamó «área de asociación de
las áreas de asociación». Sus conexiones neuronales, en efecto, la sitúan en la
convergencia de corrientes de información provenientes de la visión, la
audición y el tacto, una localización ideal para la aritmética, cuya
representación abstracta se aplica a todas las modalidades sensoriales.
Unos tres
cuartos de siglo han pasado desde que el neurólogo austríaco Josef Gerstmann
describió por primera vez los cuatro déficits que puede ocasionar una lesión en
la región parietal inferior izquierda: como es obvio, acalculia, pero también
dificultades en la escritura, agnosia digital (dificultades para representar
los dedos de la mano), y desorientación espacial (dificultad para distinguir
izquierda de derecha) (Gerstmann, 1940[35]). Inmediatamente después de su
accidente vascular, el señor M. mostraba todos estos déficits. Sin embargo,
había una complicación adicional: su lesión estaba localizada en el
hemisferio derecho. Creemos que este paciente, que era fuertemente
zurdo, se contaba entre la minoría de personas cuyo cerebro está organizado en
espejo respecto de la arquitectura habitual, de modo que su hemisferio derecho
está involucrado en el procesamiento del lenguaje, en lugar del izquierdo. Pero
también podemos detectar pérdida del sentido numérico cuantitativo en pacientes
más clásicos, cuyo síndrome de Gerstmann proviene de una lesión parietal
inferior izquierda.
¿Cuál es
la relación entre los números, la escritura, los dedos y el espacio? Este tema
es el centro de un debate inagotable. Los cuatro déficits que hoy llamamos
«síndrome de Gerstmann» pueden no significar demasiado. Podrían reflejar tan
solo la agrupación de una variedad extraña de módulos cerebrales independientes
pero ubicados en la misma vecindad cortical. Es más, durante décadas los
investigadores han señalado que, aunque suelen observarse juntos, los cuatro
elementos que componen el síndrome también pueden aparecer disociados. Algunos
pacientes relativamente raros muestran acalculia aislada, sin dificultad
aparente para distinguir los dedos, o viceversa. Por tanto, es probable que la
región parietal inferior esté subdividida en microrregiones altamente
especializadas para los números, para la escritura, para el espacio y para los
dedos.
A pesar
de todo, hay una tendencia a buscar una explicación más profunda para esta
agrupación en una misma región cerebral general. Después de todo, como vimos en
capítulos previos, la asociación entre los números y el espacio es
indiscutiblemente estrecha. En el capítulo 1, advertimos que la numerosidad
puede captarse de una representación espacial de conjuntos de ítems, ya que
este mapa especifica la presencia de objetos cualquiera sea su tamaño e
identidad. En el capítulo 3, mostramos el papel central que tiene en la
intuición numérica la representación mental de los enteros en una recta
orientada de izquierda a derecha. En el capítulo 6, por último, se encontraron
relaciones muy cercanas entre el talento matemático y las habilidades
espaciales. Entonces, no parece sorprendente encontrar que una lesión puede
destruir simultáneamente las representaciones mentales del espacio y de los
números.
Mi
sensación es que la región parietal inferior alberga circuitos neuronales
especializados para representar datos espaciales continuos, e idealmente
propicia para la codificación de la recta numérica[36][. Anatómicamente, está en la
cúspide de una pirámide de áreas occipitoparietales que construyen mapas cada
vez más abstractos de la distribución espacial de los objetos en el ambiente.
El número emerge, desde luego, como la representación más abstracta de la
permanencia de los objetos en el espacio; de hecho, casi podemos definir el
número como el único parámetro que permanece constante cuando se hace
abstracción de la identidad y la trayectoria de un objeto.
Los
vínculos entre los números y los dedos también son obvios. Todos los niños de
todas las culturas aprenden a contar con los dedos. Por eso, parece posible
que, en el curso del desarrollo, las representaciones corticales de los dedos y
de los números ocupen territorios cerebrales vecinos o fuertemente
interrelacionados. Es más, las representaciones cerebrales de los números y la
disposición de la mano, incluso si son disociables, obedecen a principios de
organización muy similares. Cuando el señor M. mueve el dedo índice a pesar de
haberle pedido que moviera el anular, su error parece el análogo exacto de su
incapacidad para visualizar las localizaciones respectivas de los números 2 y 3
en la recta numérica. Desde esta perspectiva, que es aún especulativa en gran
medida, tanto los mapas corporales como los espaciales y la recta numérica
serían resultado de un único principio estructural que rige la conectividad en
la corteza parietal inferior.
§.
Ataques inducidos por la matemática
Otra patología enigmática demuestra hasta qué punto el área parietal inferior
está especializada para la aritmética. La epilepsia arithmetices es
un síndrome informado por primera vez en 1962 por los neurólogos D. Ingvar y G.
Nyman. Cuando realizaban un estudio electroencefalográfico de rutina a una
muchacha epiléptica, descubrieron que siempre que la paciente resolvía
problemas de aritmética, incluso algunos muy sencillos, sus ondas cerebrales
mostraban descargas rítmicas. Asombrosamente, el cálculo desencadenaba ataques
epilépticos, mientras que otras actividades intelectuales, como la lectura, no
tenían efecto alguno (Ingvar y Nyman, 1962).
Nimal
Senanayake, un médico de Sri Lanka, traza un retrato fascinante y aterrador de
estos «ataques inducidos por el pensamiento»:
Una niña
de 16 años había estado padeciendo movimientos erráticos repentinos del brazo
derecho durante el año pasado, acompañados por bloqueos mentales transitorios
mientras estudiaba; en particular, cuando estudiaba matemática. Durante las
evaluaciones trimestrales, comenzó a desarrollar temblores más o menos treinta
minutos después de comenzar con el examen de matemática. Se le cayó la lapicera
de la mano y le costó concentrarse. Completó el examen de una hora de duración
con dificultad, pero durante la segunda parte del examen los movimientos se
volvieron más pronunciados y a los cuarenta y cinco minutos tuvo una convulsión
tónico-clónica y perdió la conciencia. [Luego de la administración de
medicación antiepiléptica], hubo algunas mejorías, pero continuó teniendo
sacudones ocasionales durante las clases de matemática. Aproximadamente nueve
meses después del primer ataque importante tuvo que realizar la evaluación de
fin de año. Nuevamente, durante el examen de matemática, comenzó a sacudirse a
los quince minutos. Se forzó a continuar, pero a la mitad del examen tuvo una
convulsión tónico-clónica (Senanayake, 1989).
Hoy se
conocen más de una docena de casos similares de «epilepsia aritmética» en el
mundo entero. Los encefalogramas de las víctimas suelen presentar anomalías en
la región parietal inferior. Es muy probable que esta área albergue una red de
neuronas conectada de forma incorrecta e hiper excitable que, cuando se pone en
uso durante la resolución de problemas aritméticos, transmite una descarga
eléctrica incontrolable a otras áreas cerebrales. El hecho de que este foco
epiléptico solo se desate durante el cálculo da un indicio de la extrema
especialización de esta área cerebral para la aritmética.
§. Los
múltiples significados de los números
El caso del señor M. también aporta pruebas contundentes de la sorprendente
especialización del área parietal inferior (Dehaene y Cohen, 1997). Si bien su
lesión parietal ha devastado su sentido numérico, el señor M. retiene un
conocimiento excelente de los dominios no numéricos. Lo más asombroso es que,
aunque no puede responder qué números están entre el 3 y el 5, la misma tarea
de bisección aplicada a otras áreas no supone dificultades para él. Sabe muy
bien qué letra está entre A y C, cuál es el día entre el martes y el jueves,
cuál el mes entre junio y agosto y qué nota musical sigue al do y precede al
mi. El conocimiento de estas series está completamente intacto. Solo la serie
de números —la única que se refiere a la cantidad— parece estar afectada.
Incluso
en lo atinente a los números, el señor M. no ha perdido su rico almacén de
conocimiento «enciclopédico». Este talentoso artista, actualmente retirado,
lleno de talento, dotado de una rara cultura, todavía puede disertar largamente
acerca de los sucesos de 1789 o 1815. Incluso me ha contado, con lujo de
detalles numéricos, la historia del Hospital de la Salpêtrière, donde lo
evalúo. El número 5, que tan de inmediato dice que es más grande que el 6,
evoca para él una profusión de referencias místicas a los «cinco pilares del
islam». Me recuerda que según los pitagóricos los números impares tenían el
favor de los dioses. Y me refiere, con humor, una cita enigmática del humorista
francés Alphonse Allais: «El número 2 se regocija por ser tan impar». Sin duda,
la erudición del señor M. ha sobrevivido al daño cerebral, incluso en lo que
concierne a fechas y a la historia de los números y de la matemática.
Otra
dimensión del déficit del señor M. es que varía de acuerdo con el carácter
abstracto o concreto de los problemas que se le pide que resuelva. Los números
que se manejan en la aritmética son conceptos sumamente abstractos. Cuando se
resuelve 8 + 4, no tiene sentido preguntarse si se está hablando acerca de ocho
manzanas o de ocho niños. El déficit del señor M. parece limitarse a esta
comprensión de los números como magnitudes abstractas. Su desempeño numérico
mejora considerablemente siempre que encuentra un referente o un modelo mental
concreto al cual aferrarse, en lugar de trabajar con los números en abstracto.
Por ejemplo, puede estimar magnitudes no familiares pero concretas como la
duración del viaje de Colón al Nuevo Mundo, la distancia de Marsella a París, o
el número de espectadores de un partido de fútbol importante. Durante una
evaluación, no consiguió dividir 4 por 2 (respondía mecánicamente «cuatro por
tres es doce»). Con el objetivo de comprender el origen de esta falla, coloqué
cuatro bolillas en su mano y le pedí que las compartiera entre dos niños.
Inmediatamente dividió este conjunto concreto tomando dos canicas en cada mano,
sin siquiera un dejo de indecisión.
Más
adelante le pregunté acerca de su cronograma diario y descubrí que utiliza con
buen discernimiento las etiquetas de las horas. El señor M. explicó sin
dificultad que se levantaba a las cinco de la mañana y luego trabajaba dos
horas antes del desayuno, servido a las siete, y así sucesivamente. El
desplazamiento mental por la línea de tiempo concreta fue como una bocanada de
aire fresco para él, comparado con la mortificación de la recta numérica
abstracta. Es notable cómo con las etiquetas de las horas logró realizar
cálculos que era completamente incapaz de hacer en abstracto. Por ejemplo, me
podía decir cuánto tiempo había pasado entre las nueve y las once de la mañana,
una operación equivalente a la resta, que tanto le costaba resolver. Tampoco
tenía inconveniente alguno en convertir «las 20 horas» en «las ocho de la
noche» y «las 15 horas» en «las tres de la tarde», aunque una conversión de
este tipo es formalmente equivalente a sumar y restar doce. Como era de
esperar, sufrió un amargo revés cuando le propuse operaciones equivalentes
desde el punto de vista numérico, como 8 + 12, en el contexto abstracto de una
prueba aritmética.
Estas
disociaciones demuestran que sería inútil buscar el área
cerebral para el significado numérico. Los números tienen múltiples
significados. Algunos números «al azar» como 3871 hacen referencia a un solo
concepto: la cantidad pura que transmiten. Otros, sin embargo, especialmente
cuando son pequeños, evocan muchas otras ideas: fechas (1492), horas (9.45 p.
m.), constantes temporales (365), marcas comerciales (747), códigos postales
(90 210), números de teléfono (911), magnitudes físicas (110/220), constantes
matemáticas (3,14…), películas (2001), juegos (7 ½) e incluso legislación sobre
el consumo de bebidas (¡21 o, con suerte, 18!). La corteza parietal inferior
parece codificar solo el significado cuantitativo de los números, con lo que el
señor M. tiene dificultades. Distintas áreas cerebrales deben estar
involucradas en la codificación de los otros significados.
En otro
caso, el del señor G., un paciente con un daño masivo en el hemisferio
izquierdo, el aporte que hacen al significado numérico estas rutas paralelas es
particularmente evidente (Cohen, Dehaene y Verstichel, 1994). El señor G. sufre
un gran déficit lector. La ruta de lectura directa que convierte las letras o
los dígitos escritos en los sonidos correspondientes está totalmente alterada,
lo que le impide leer la mayoría de las palabras y los números. Sin embargo,
algunas cadenas todavía evocan fragmentos de significado:
·
1789: «Me
hace pensar en la toma de la Bastilla… ¿pero qué?».
·
Tomate:
«Es rojo… se lo come al comienzo de una comida…».
A veces,
esta aproximación semántica le permite recuperar la pronunciación de una
palabra de un modo muy indirecto:
·
504 [un
famoso modelo de la automotriz Peugeot]: «El número de los autos que ganan… fue
mi primer auto… Comienza con P… Peugeot, Renault… es Peugeot… 403 [¡otro
Peugeot célebre, pero de otra época!]… no, 500… ¡504!».
·
Vela: «Se
prende para iluminar un cuarto… ¡vela!».
En otras
ocasiones, a la inversa, el significado recuperado lo desorienta:
·
1918: «El
final de la Primera Guerra Mundial… 1940».
·
Jirafa:
«Cebra».
Si bien
es razonable asociar las cantidades con la corteza parietal inferior, todavía
nadie sabe qué áreas cerebrales toman los otros significados no cuantitativos
de los números. Entre muchas cuestiones no resueltas, que las ciencias que se
ocupan de la cognición y del cerebro deberán abordar en los próximos diez o
veinte años, en verdad se destaca la siguiente: ¿de acuerdo con qué reglas
nuestro cerebro dota de sentido a un símbolo lingüístico?
§. Las
autopistas de información numérica del cerebro
El significado de los números no es el único conocimiento distribuido entre
varias regiones cerebrales. Piensen en todo el conocimiento aritmético que
dominan: leer y escribir números, en notación arábiga o escritos en forma de
palabra; comprenderlos y pronunciarlos en voz alta; suma, multiplicación,
resta, división, y la lista puede seguir. El estudio de las lesiones cerebrales
sugiere que cada una de estas habilidades depende de un cúmulo de redes neuronales
altamente especializadas, que se comunican por varias vías paralelas. En el
cerebro humano, la división del trabajo no es un concepto estéril. Según la
tarea que queremos realizar, los números que manejamos siguen diferentes
«autopistas de información cerebral». Intentamos esquematizar una pequeña parte
de estas redes de manera provisoria en la figura 7.3.
Figura 7.3. Diagrama parcial y todavía hipotético de las
principales áreas cerebrales involucradas en el procesamiento numérico. Ambos
hemisferios pueden manipular los números arábigos y las cantidades numéricas,
pero solo el hemisferio izquierdo tiene acceso a una representación lingüística
de los números y a una memoria verbal de las tablas aritméticas (tomado de
Dehaene y Cohen, 1995).
Consideremos
la lectura. ¿Utilizamos los mismos circuitos neuronales para identificar el
dígito arábigo 5 y la palabra «cinco»? Probablemente, no. Globalmente, la
identificación visual como un todo depende de áreas cerebrales situadas en la
base de la parte posterior de ambos hemisferios, en una región llamada «corteza
temporo-occipital inferior». Sin embargo, esta región está altamente
fragmentada en subsistemas especializados. El estudio de pacientes con el
cerebro dividido indica que el sistema visual del hemisferio izquierdo reconoce
tanto los números arábigos como las palabras escritas, mientras que el del
hemisferio derecho solo reconoce números arábigos simples. Incluso dentro del
hemisferio posterior izquierdo, diferentes categorías de objetos visuales
—palabras, dígitos arábigos, pero también rostros y objetos— parecen ser
procesadas por vías neuronales específicas. Por ende, algunas lesiones de la
región temporo-occipital izquierda dañan solo el reconocimiento visual de las
palabras. Estos pacientes sufren un síndrome llamado «alexia pura» o «alexia
sin agrafia»[37].
«Alexia»
significa que no pueden leer una palabra (aunque entienden la lengua hablada
perfectamente bien); «sin agrafia» significa que todavía pueden escribir
palabras y oraciones, aunque son por completo incapaces de leer lo que ellos
mismos escribieron segundos después de haberlo hecho. La siguiente es una
transcripción típica de los dichos de un paciente aléxico puro mientras intenta
leer la palabra francesa fille [niña].
Paciente:
Es «on»… son las letras «O, N»… «on»… ¿Es eso? Ah, bueno, hay tres letras, como
una «E», «B»… No sé qué palabra es… No puedo verlo con claridad… Me rindo, no
puedo.
Examinador: Intente leer las letras una por una.
Paciente: ¿Estas? A ver… «B»… «N»… «I»… No sé.
Si bien
es incapaz de identificar palabras, este tipo de pacientes muchas veces
conservan excelentes habilidades para reconocer rostros y objetos. Por eso, no
resulta dañada la visión como un todo; solo se altera un subsistema
especializado para las cadenas de caracteres. Lo que resulta más importante
para nuestros propósitos actuales es que muchas veces se preserva incluso el
reconocimiento de dígitos arábigos. Uno de los primeros casos diagnosticados
como alexia pura, descrito por el neurólogo francés Jules Déjerine en 1892, era
el de un hombre que no podía descifrar palabras ni —por extraño que resulte—
las notas musicales, pero podía leer números arábigos e incluso realizar largas
series de cálculos escritos (Déjerine, 1892). Casi un siglo más tarde, el
neurólogo estadounidense Samuel Greenblatt (1973) describió un caso similar en
el que, además, el paciente todavía tenía campos visuales totalmente intactos y
visión en colores.
También
se ha registrado la disociación inversa. Lisa Cipolotti y sus colegas del
Hospital Nacional de Londres hace dos décadas observaron un déficit en la
lectura de números arábigos en un paciente que no tenía dificultad alguna para
leer palabras (Cipolotti, Butterworth y Denes, 1991). Este tipo de casos
implica que el reconocimiento de palabras y el de números dependen de distintos
circuitos neuronales del sistema visual humano. Como se sitúan en áreas
anatómicas vecinas, a menudo se deterioran en simultáneo. Sin embargo, en
algunos casos excepcionales podemos demostrar que en realidad son distintas y
disociables.
Se
encuentran patrones similares de disociación entre escribir números y
pronunciarlos en voz alta. El paciente H. Y., a quien me referí brevemente al
comienzo de este capítulo, mezclaba los nombres de los números cuando tenía que
decirlos en voz alta (McCloskey, Caramazza y Basili, 1985). Sin embargo, no
tenía dificultades para escribirlos en notación arábiga. Podía decir que «dos
por cinco es trece», pero siempre escribió correctamente 2 × 5 = 10. Es claro
que había preservado un recuerdo de las tablas de multiplicar. Solo fallaba
cuando intentaba recuperar la pronunciación del resultado. Asimismo, Frank
Benson y Martha Denckla (1969) describieron a un paciente que, cuando resolvía
4 + 5, decía «ocho» y escribía 5; sin embargo, en todos los casos podía señalar
el resultado correcto, 9, entre otros varios dígitos. Las rutinas cerebrales de
este paciente para producir números, tanto en forma hablada como escrita,
estaban deterioradas, y sin embargo la identificación visual y el cálculo no
habían sido afectados.
La
extraordinaria selectividad que muestran las lesiones cerebrales parece
destinada a sorprendernos. Con Patrick Verstichel y Laurent Cohen estudiamos a
un paciente que, cuando intenta hablar, emite una jerga incomprensible («Yo
fartumé un contolpe denmisula carmipa…») (Cohen, Verstichel y Dehaene, 1997).
Un análisis cuidadoso de los errores muestra que una etapa específica de la
producción del habla, que ensambla los fonemas para lograr la pronunciación de
las palabras, está irremediablemente dañada. Sin embargo, de algún modo los
nombres de los números escapan a esta jerga. Cuando el paciente intenta decir
un número como, por ejemplo, «veintidós», nunca dice un galimatías como «jintli
dux». A lo sumo, como H. Y., ocasionalmente sustituye el nombre de un número
con otro y, por ejemplo, dice «cincuenta y dos» (este tipo de sustituciones de
palabra completa ocurre en pocas ocasiones, si es que ocurre, con palabras que
no sean números). Entonces, incluso en las regiones implicadas en la producción
del habla, hay circuitos neuronales especializados que se encargan de ensamblar
los números.
Se
encuentra una disociación muy similar en la escritura. Steven Anderson y
Antonio y Hannah Damasio (1990) han descrito a una paciente que se había vuelto
repentinamente incapaz de leer o escribir luego de que una minúscula lesión
destruyera parte de su corteza premotora izquierda. Cuando se le pidió que
escribiera su nombre o la palabra «perro», todo lo que podía producir eran
trazos informes e ilegibles. Sin embargo, la lectura y la escritura de números
arábigos permanecían intactas. El paciente podía resolver problemas aritméticos
complejos con la misma caligrafía esmerada, prolija y limpia que tenía antes de
la lesión (figura 7.4).
Una
conclusión ineludible de esta serie de casos análogos es que en casi todos los
niveles de procesamiento —reconocimiento visual, producción de lenguaje,
escritura— las áreas cerebrales que dominan los números son parcialmente
distintas de las que se encargan de otras palabras. Muchas de estas áreas no se
muestran en la figura 7.3, por el sencillo motivo de que todavía no sabemos
mucho acerca de su sustrato anatómico. Pero su disociación luego de una lesión
cerebral por lo menos prueba que en efecto existen.
Hablemos
ahora del cálculo. Ya hemos descrito en detalle el papel fundamental de la
corteza parietal inferior en el procesamiento cuantitativo de los números,
especialmente en la resta. Pero ¿qué ocurre con las tablas de adición y de
multiplicación? Junto con mi colega Laurent Cohen creemos que puede estar
involucrado otro circuito neuronal: una vía córtico-subcortical que involucra
los ganglios basales del hemisferio izquierdo (Dehaene y Cohen, 1995, 1997).
Los ganglios basales son núcleos neuronales localizados por debajo de la
corteza. Recolectan información de varias regiones corticales, la procesan, y
la vuelven a enviar por varios circuitos paralelos que pasan a través del
tálamo. Si bien la comprensión de la función exacta de estas vías córtico-subcorticales
todavía es muy exigua, intervienen en la memorización y la reproducción de
secuencias motoras automáticas, incluidas las secuencias verbales. Con Laurent
Cohen pensamos que uno de esos circuitos se activa durante la multiplicación y
emite automáticamente, por ejemplo, el resultado «diez» como complemento de la
secuencia de palabras «dos por cinco». Más precisamente, la actividad de una
población distribuida de neuronas que codifican la oración «dos por cinco»
activa neuronas dentro de los circuitos de los ganglios basales que, a su vez,
excitan una población de neuronas que representan la palabra «diez» dentro de
las áreas corticales del lenguaje. Otros automatismos verbales como los
refranes, los poemas o las plegarias pueden almacenarse de un modo similar.
Figura 7.4. Luego de una pequeña lesión en la corteza premotora izquierda,
una paciente se volvió incapaz de leer o escribir palabras, aunque todavía
podía leer y escribir números arábigos. Los trazos confusos representan los
intentos que hizo la paciente por escribir su nombre, las letras A y B y la
palabra dog [perro]. Las muestras de cálculos impecables dejan en evidencia que
la escritura de números arábigos permanecía intacta (reproducido de Anderson y
otros, 1990; © Oxford University Press).
Nuestras
especulaciones están avaladas por varios casos de acalculia originados a partir
de una lesión subcortical izquierda. El daño en las vías neuronales profundas
del hemisferio izquierdo, el cual deja la corteza intacta, a veces causa
trastornos aritméticos. A finales de la década de 1990, evalué a una paciente,
la señora B., cuyos ganglios basales izquierdos estaban dañados (Dehaene y
Cohen, 1997[38]). A pesar de esta lesión, la
paciente puede leer números y escribirlos al dictado. Sus circuitos para
reconocer y producir números están completamente intactos. Sin embargo, la
lesión subcortical tuvo un impacto drástico en el cálculo. De hecho, su memoria
para las tablas aritméticas está tan severamente desorganizada que ahora comete
errores hasta en problemas tan sencillos como 2 × 3 o 4 × 4.
Al
contrario que el señor M., paciente que había perdido el sentido numérico, la
señora B. conserva una comprensión excelente de las cantidades numéricas (su
corteza parietal inferior se ha preservado en su totalidad). Puede comparar dos
números, notar qué número está entre ellos, e incluso recalcular 2 × 3 contando
mentalmente tres grupos de dos objetos. Tampoco tiene dificultades para
resolver restas simples como 3 – 1 u 8 – 3. El área acotada en que la señora B.
se vio afectada concierne a la evocación de secuencias de palabras familiares.
Ya no puede recuperar cadenas de palabras que una vez fueron altamente
familiares, como «tres por nueve es veintisiete» o «dos cuatro seis ocho diez».
En una sesión de trabajo memorable, le pedí a la señora B. que recitara la
tabla de multiplicar, el alfabeto, algunas oraciones, algunas canciones de
cuna, y algunos poemas, y descubrí que todas estas formas de memoria verbal se
encuentran dañadas. La señora B. padece dificultades profundas cuando recita
«Au clair de la lune», una canción de cuna tan famosa en Francia como el «Arroz
con leche» en América Latina. No puede recitar el alfabeto más allá de A, B, C,
D. También mezcla las palabras del «Yo confieso», el «Credo de los apóstoles» y
el «Padre nuestro» (que una vez terminó así: «y no perdones pero que venga tu
reino»). Estos déficits son tanto más llamativos porque la señora B. es una
cristiana devota y maestra de primaria retirada hace poco tiempo; por lo tanto,
ha pasado toda su vida recitando estas palabras. No está claro que las tablas
de multiplicar, las oraciones y las canciones de cuna se almacenen en
exactamente los mismos circuitos, pero al menos, parecen recurrir a redes
neuronales paralelas y probablemente vecinas de los ganglios basales,
destruidas simultáneamente por la lesión subcortical en el caso de la señora B.
Hasta
ahora, este libro se ha ocupado solo de la aritmética elemental. ¿Pero qué
ocurre con habilidades matemáticas más avanzadas, como el álgebra? ¿Deberíamos
postular la existencia de otras redes neuronales especializadas para ellas?
Descubrimientos de la neuropsicóloga austríaca Margarete Hittmair-Delazer
parecen sugerirlo (Hittmair-Delazer, Sailer y Benke, 1995, Delazer y Benke,
1997). Esta especialista ha descubierto que los pacientes acalcúlicos no
necesariamente pierden su conocimiento del álgebra. Uno de sus pacientes, como
la señora B., perdió su recuerdo de las tablas de sumar y de multiplicar luego
de una lesión subcortical izquierda. Sin embargo, todavía podía recalcular los
datos aritméticos utilizando recetas matemáticas sofisticadas que indicaban un
dominio conceptual excelente de la aritmética. Por ejemplo, podía resolver 7 ×
8 como 7 × 10 – 7 × 2. Otro paciente, que tenía un doctorado en Química,
padecía acalculia en un grado tal que no lograba resolver 2 × 3, 7 – 3, 9 ÷ 3 o
5 × 4. A pesar de esto, podía resolver cálculos formales abstractos. Haciendo
un uso adecuado de la conmutatividad, la asociatividad y la distributividad de
las operaciones aritméticas, lograba simplificar.
como
igual a 1, o a × a × a como a3, y reconocía que por lo general la
ecuación
es falsa.
Pese a que hasta la fecha pocas investigaciones se ocuparon de este tema, los
dos casos contrarían cualquier intuición al sugerir que en gran medida los
circuitos neuronales que albergan el conocimiento algebraico deben ser
independientes de las redes involucradas en el cálculo mental.
§ ¿Quién
organiza los cálculos?
La diseminación de las funciones aritméticas en una multitud de circuitos
cerebrales plantea un tema central para la neurociencia: ¿cómo se organizan
estas redes neuronales distribuidas? ¿Cómo es que regiones cerebrales dispersas
reconocen que todas ellas representan el mismo número en diferentes formatos?
¿Quién o qué decide activar tal o cual circuito, en un orden preciso y en
función de la tarea requerida? ¿Cómo es que la unidad de la conciencia, el
sentimiento que tenemos de ejecutar paso a paso un cálculo, surge a partir del
funcionamiento colectivo de conjuntos de neuronas que actúan de manera
paralela, cada uno poseedor de una fracción pequeña de conocimiento aritmético?
Si bien
aún no es posible dar una respuesta definitiva, hoy sabemos que el cerebro
destina circuitos específicos a la coordinación de sus propias redes. Estos
circuitos dependen en gran medida de áreas localizadas en la parte frontal del
cerebro, particularmente en la corteza prefrontal y en la corteza cingulada
anterior[39]. Y contribuyen a la supervisión
de comportamientos nuevos, no automatizados: planificación, orden secuencial,
toma de decisiones y corrección de errores. Se ha dicho que constituyen un tipo
de «cerebro dentro del cerebro», un «ejecutivo central», que regula y dirige el
comportamiento de forma autónoma.
Algunos
de estos términos son tan vagos que de momento apenas consiguen sumarse a
nuestro vocabulario científico. A veces recuerdan al infame homúnculo,
ese pequeño buen hombre tan caro a Tex Avery y Walt Disney, que, sentado
cómodamente en el centro de mando del cerebro, dirige el resto de los órganos
corporales (y a él ¿quién lo dirige? ¿Otro homúnculo?). Para la
mayoría de los investigadores, estos modelos no son más que metáforas
provisionales. No podrán eludir una profunda revisión a medida que las secciones
frontales del cerebro se dividan progresivamente en áreas bien delimitadas,
cada una con una función acotada. Sin duda, no existe algo así como el sistema
frontal. Las áreas pre frontales abarcan una multitud de redes especializadas
para la memoria de trabajo, la detección de errores, o para trazar un curso de
acción. Más bien, su comportamiento colectivo asegura la aparición de una
coordinación supervisada de la actividad cerebral.
Las áreas
pre frontales tienen un papel clave en matemática, incluida la aritmética. Por
regla general, una lesión prefrontal no afecta las operaciones más elementales,
pero puede producir una alteración específica para la realización de secuencias
ordenadas de cálculos (Luria, 1966). No es infrecuente que los neuropsicólogos
encuentren pacientes afectados en la zona frontal que se han vuelto incapaces
de utilizar el algoritmo de multiplicación. Suman cuando deberían multiplicar,
no procesan dígitos en el orden correcto, se olvidan lo que «se llevaron», o
mezclan resultados intermedios: indicios que a menudo revelan una discapacidad
básica para supervisar la ejecución de una secuencia de operaciones.
La
corteza prefrontal es de especial importancia para la preservación de los
resultados intermedios de un cálculo en tiempo real. Provee una memoria de
trabajo, un espacio de trabajo representacional interno que permite que la
información resultante de un cálculo se vuelva el paso inicial de uno
subsiguiente. Por eso, una prueba excelente en relación con las lesiones
frontales consiste en pedirle a un paciente que reste 7 sucesivamente a un
número inicial, 100. Los pacientes aquejados por lesiones frontales suelen
resolver bien la primera resta; en cambio, muchas veces se confunden con las
posteriores o se vuelven presa de algún patrón de respuesta repetitivo, como
100, 93, 83, 73, 63, etc.
Los
problemas aritméticos textuales, como los que se utilizan en las escuelas
primarias de todo el mundo, también revelan la contribución de las áreas
prefrontales. Los pacientes con este tipo de daño no logran diseñar una
estrategia de resolución razonada. En cambio, muchas veces de manera impulsiva
se apuran a realizar el primer cálculo que les viene en mente. Un caso típico
fue descrito por el famoso neuropsicólogo ruso Aleksandr Romanovich Luria:
A un
paciente con una lesión en el lóbulo frontal izquierdo se le entregó […] [el
siguiente] problema: «Había dieciocho libros en dos estantes, y en uno había
dos veces más libros que en el otro. ¿Cuántos libros había en cada estante?».
Inmediatamente después de oírlo (y repetirlo), el paciente realizó la operación
18 ÷ 2 = 9 (que corresponde a la parte del problema que dice «Había dieciocho
libros en dos estantes»). A esto siguió la operación 18 × 2 = 36 (que
corresponde a la parte que dice «en [un estante] había dos veces más libros»).
Luego de que se le repitiera el problema y se le siguiera preguntando, el
paciente llevó a cabo las siguientes operaciones: 36 × 2 = 72; 36 + 18 = 54,
etc. Como suele suceder, el paciente estaba bastante satisfecho con el resultado
obtenido.
Tim
Shallice y Margaret Evans (1978) han demostrado que muchos pacientes con
lesiones frontales también tienen dificultades para la «estimación cognitiva».
En muchas ocasiones dan respuestas absurdas a preguntas numéricas simples. Un
paciente afirmó que el edificio más alto de Londres tenía entre seis mil y seis
mil quinientos metros de alto. Cuando se le llamó la atención sobre el hecho de
que esto era casi igual o más alto que los seis mil trescientos metros que
antes había atribuido a la montaña más alta del Reino Unido, ¡simplemente
redujo su estimación del edificio a cinco mil metros! De acuerdo con Shallice,
este tipo de respuestas sencillas pero inusuales reclaman la invención
simultánea de nuevas estrategias para la estimación numérica y para evaluar si
el resultado obtenido es admisible. Ambos componentes —la planificación y la
verificación— parecen ser funciones fundamentales del «ejecutivo central», al
que hacen un importante aporte las regiones pre frontales.
Con mis
colegas estadounidenses Ann Streissguth y Karen Kopera-Frye, evalué la
estimación numérica en adolescentes cuyas madres habían bebido alcohol en
exceso durante el embarazo (Kopera-Frye, Dehaene y Streissguth, 1996). La
exposición intrauterina al alcohol puede tener efectos teratogénicos severos.
No solo altera el desarrollo corporal (los niños nacidos de una madre
alcohólica tienen rasgos faciales característicos que les dan un «aire de
familia» reconocible); también modifica el asentamiento de los circuitos
cerebrales, causando microcefalia y patrones de migración neuronal anormal en
varias regiones cerebrales, entre ellas, la corteza prefrontal. En efecto, los
adolescentes que evaluamos, aunque podían leer y escribir números y realizar
cálculos sencillos, daban respuestas numéricas en verdad absurdas durante las
tareas cognitivas de estimación. ¿El tamaño de un cuchillo de cocina grande?
Dos metros y medio, dijo uno de ellos. ¿La duración de un viaje de San
Francisco a Nueva York? Una hora. Es curioso que, aunque muchas veces sus
respuestas numéricas eran bastante erradas, los pacientes casi siempre
seleccionaban unidades de medida apropiadas. A veces hasta parecían conocer las
respuestas; aun así, seleccionaban un número que no era pertinente. Cuando se
les pidió que estimaran la altura del árbol más alto del mundo, un paciente
reportó correctamente «secuoya», y luego, generosamente, le otorgó con
precisión ¡siete metros y sesenta centímetros!
La
corteza prefrontal, tan experta en el funcionamiento ejecutivo, es una de las
regiones cerebrales más singulares de los humanos. En efecto, la aparición de
nuestra especie fue acompañada por un gran aumento en el tamaño de las áreas
frontales, que llegó a ocupar cerca de un tercio de nuestro cerebro. Su
maduración sináptica es peculiarmente lenta: la evidencia muestra que los
circuitos prefrontales permanecen flexibles por lo menos hasta la pubertad, y
probablemente incluso después de ella. Es posible que la prolongada maduración
de la corteza prefrontal explique algunos de los errores sistemáticos cometidos
por los niños de una edad determinada. En particular, pienso en las pruebas
piagetianas que evalúan la «no conservación del número». ¿Por qué los niños
pequeños, incluso cuando son muy hábiles en el procesamiento numérico,
responden de forma impulsiva sobre la base de la longitud de una hilera de
objetos? La responsabilidad bien puede ser de la inmadurez de su corteza
frontal, que los vuelve incapaces de inhibir una tendencia espontánea aunque
incorrecta. Un «ejecutivo central» inmaduro también puede explicar errores en
una inclusión de algún tipo, en que los niños evalúan, por ejemplo, que en un
ramo de flores compuesto por ocho rosas y dos tulipanes hay más rosas que
flores. Este «infantilismo» perfectamente podría ser sintomático de una falta
de supervisión del comportamiento por parte de la corteza prefrontal. Y, a la
inversa, la región frontal está entre las primeras que sienten los efectos del envejecimiento
cerebral. Podemos reconocer varios aspectos del síndrome frontal en el
envejecimiento «normal»: falta de atención, deficiencias en la planificación y
perseveración en el error, conservando en cambio las actividades rutinarias
diarias.
§. En los
orígenes de la especialización cerebral
Permítanme ahora esbozar un modelo resumido de la forma en que el cerebro
humano representa la aritmética. El conocimiento numérico está alojado en una
panoplia de circuitos neuronales especializados, o «módulos». Algunos de esos
circuitos reconocen dígitos; otros los traducen a una cantidad interna. Otros
recuperan de la memoria los datos aritméticos o preparan el plan de
articulación que nos permite decir el resultado de un cálculo en voz alta. La
característica fundamental de estas redes neuronales es su modularidad.
Funcionan de manera automática, en un dominio restringido y sin meta particular
a la vista. Cada una de ellas se limita a recibir información en un determinado
formato y a convertirla en otro formato.
El poder
computacional del cerebro humano reside sobre todo en su capacidad para
conectar estos circuitos elementales en una secuencia útil, bajo la tutela de
regiones cerebrales anteriores, como la corteza prefrontal y el cingulado
anterior. Estas áreas, vinculadas a las funciones ejecutivas, son responsables,
en condiciones que todavía deben ser descubiertas, de convocar a los circuitos
elementales en el orden apropiado, organizar el flujo de resultados intermedios
en la memoria de trabajo, y controlar el resultado de cálculos corrigiendo
errores potenciales. La especialización de las áreas cerebrales permite una
división del trabajo eficiente. Su armonización, bajo la égida de la corteza
prefrontal, produce una flexibilidad invalorable para el diseño y la ejecución
de estrategias aritméticas nuevas.
¿Cuál es
el origen de esta asombrosa especialización de varias áreas cerebrales para el
procesamiento numérico? Desde tiempos inmemoriales, las cantidades numéricas
aproximadas se han representado en los cerebros de los animales y de los
humanos. Por lo tanto, corresponde al sello genético de nuestra especie un
«módulo cuantitativo», que puede incluir circuitos dentro de la corteza
parietal inferior. Pero ¿qué deberíamos pensar de la especialización de la
corteza occipitotemporal para el reconocimiento visual de dígitos y letras, o
del compromiso de los ganglios basales izquierdos en la multiplicación? La
lectura y el cálculo nos acompañan desde hace solo unos pocos miles de años,
lapso demasiado corto para que la evolución haya instalado en nosotros una predisposición
genética para estas funciones. Entonces, este tipo de habilidades cognitivas de
origen reciente debe invadir circuitos cerebrales asignados inicialmente a un
uso diferente. Los dominan tan plenamente que parecen convertirse en la nueva
función del circuito. El sustrato biológico de este tipo de cambios en la
función de los circuitos cerebrales es la plasticidad neuronal: la
habilidad de las células nerviosas para reconectarse, tanto durante el
desarrollo y aprendizaje normal como luego del daño cerebral. Pero esa
plasticidad neuronal no es ilimitada. En última instancia, el patrón de la
especialización cerebral en el adulto deberá ser resultado de una combinación
de restricciones genéticas y epigenéticas. Algunas regiones de la corteza
visual, inicialmente involucradas en el reconocimiento de objetos o rostros,
cuando un niño se desarrolla en un universo visual dominado por los caracteres
impresos, paulatinamente se especializan para la lectura. Así, comienzan a
aparecer regiones de la corteza dedicadas por completo a los dígitos y a las
letras, tal vez en virtud de un principio general del aprendizaje según el cual
las neuronas que codifican propiedades similares tenderán a superponerse en la
superficie cortical. Del mismo modo, el cerebro del primate posee circuitos
especificados de manera innata para aprender y ejecutar secuencias motoras.
Cuando un niño se ejercita para aprender de memoria las tablas de multiplicar,
estos circuitos se ponen a disposición espontáneamente y tienden a especializarse
para el cálculo. El aprendizaje no crea circuitos cerebrales radicalmente
nuevos; sin embargo, puede seleccionar, refinar y especializar circuitos
preexistentes hasta otorgarles un significado y una función muy distintos de
los que la naturaleza les tenía destinados.
Se pueden
observar límites claros a la plasticidad cerebral en los niños que sufren discalculia
del desarrollo, un déficit en apariencia insuperable en la adquisición de
la aritmética (Butterworth, 1999, Shalev y otros, 2000). Si bien su
inteligencia es normal y en la escuela obtienen buenos resultados en la mayoría
de las materias, algunos de estos niños sufren una discapacidad sumamente
acotada, que recuerda los déficits neuropsicológicos que se ven en los adultos
con daño cerebral. Lo más probable es que hayan sufrido una desorganización
neuronal temprana en las áreas cerebrales que normalmente deberían haberse
especializado para el procesamiento numérico. Aquí hay tres ejemplos notables
aportados por la neuropsicóloga inglesa Christine Temple (Temple, 1989, 1991) y
el psicólogo Brian Butterworth (1999):
·
S. W. y
H. M. son adolescentes de inteligencia normal que van a una escuela
convencional. Los dos hablan de forma fluida. H. M. es disléxica, pero su
déficit lector no se extiende a los números: al igual que S. W., puede leer los
números arábigos en voz alta y compararlos. Sin embargo, H. M. y S. W.
presentan una doble disociación dentro del cálculo. S. W. sabe las tablas
aritméticas prácticamente a la perfección y puede sumar, restar o multiplicar
hasta números de dos dígitos. En los números de más cifras, en cambio, falla la
mayoría de las veces: se equivoca en el orden y en el carácter de las
operaciones, y su desempeño es errático cuando tiene que «llevarse» o «pedir
prestado». Desde la niñez ha sufrido un déficit selectivo de los procedimientos
de cálculo tan severo que ni siquiera un programa de rehabilitación
especializado ha logrado compensarlo. A la inversa, H. M. es experta en
algoritmos de cálculo de varios dígitos, pero nunca pudo aprender las tablas de
multiplicar. A los 19 años, todavía necesita más de siete segundos para
multiplicar dos dígitos entre sí, y llega al resultado correcto menos de la
mitad de las veces.
Es poco probable que los déficits altamente selectivos de S. W. y H. M. se
deban a holgazanería de su parte o a fallas importantes en su educación. Es más
probable que exista un origen neurológico. Desde la niñez, S. W. ha sufrido
esclerosis tuberosa y ataques epilépticos. Su tomografía computada muestra una
masa anormal de células nerviosas en el lóbulo frontal derecho, anomalía que bien
puede dar cuenta de su discapacidad para realizar cálculos secuenciales. En lo
que concierne a H. M., aunque no sufre de ningún desorden neurológico, habría
que examinar con instrumentos de neuroimágenes modernas si su lóbulo parietal y
sus circuitos subcorticales están intactos.
·
Paul es
un niño de 11 años de una inteligencia normal. No sufre ninguna enfermedad
neurológica conocida, tiene las habilidades lingüísticas corrientes de un niño
de su edad, y utiliza un vocabulario amplio. Sin embargo, desde sus primeros
años Paul ha sufrido dificultades excepcionalmente severas en aritmética. La
multiplicación, la resta y la división son imposibles para él. Como mucho,
ocasionalmente logra sumar dos números contando con los dedos. Su déficit se
extiende hasta la lectura y la escritura de números. En los dictados, ¡escribe
3 u 8 en lugar de 2! También resulta notorio que falla cuando lee en voz alta
números arábigos o palabras escritas que se refieren a números: en vez de «uno»
lee «nueve» y en vez de «cuatro», «dos». Solo los números están sujetos a estas
extrañas sustituciones de palabras. Paul puede leer en inglés, su lengua
materna, palabras complejas e irregulares, como colonel, que se
pronuncia más o menos «keurnel», lo cual es difícil de predecir de su
escritura, o incluso encuentra una pronunciación acertada para palabras
inventadas como fibe o intertergal. ¿Por qué,
entonces, lee la palabra «tres» como si fuese «ocho»? Aparentemente, sufre una
desorganización completa del sentido numérico, comparable en severidad con el
problema del señor M. Este déficit quedó de manifiesto tan temprano que parece
haber hecho que Paul no lograra atribuir ningún significado a las palabras
referidas a los números.
·
C. W. es
un joven de algo más de 30 años. Su inteligencia es normal, aunque nunca se
destacó realmente en la escuela. Si bien puede leer y escribir más o menos bien
los números que tienen menos de tres dígitos, su significado cuantitativo se le
escapa. Sumar o restar dos dígitos entre sí le lleva más de tres segundos. Para
multiplicar, recurre a la repetición de la suma. Solo tiene éxito cuando ambos
operandos son más pequeños que 5 y, por lo tanto, son representables con los
dedos de una mano. Todavía más sorprendente resulta que no pueda decidir cuál
es el más grande entre dos números sin contar. Por ende, muestra un efecto de
distancia inverso: en contraste con una persona normal,
necesita menos tiempo para comparar 5 y 6 que 5 y 9, porque
cuanto mayor es la distancia numérica, tiene que contar durante más tiempo.
Hasta la subitización de conjuntos muy pequeños de objetos está fuera de su
comprensión. Cuando en un monitor aparecen tres puntos, no tiene noción
inmediata de su numerosidad, a no ser que los cuente uno por uno. C. W. parece
haber sido privado desde la niñez de cualquier percepción rápida e intuitiva de
las cantidades numéricas.
Estos
casos llamativos ponen en tela de juicio el alcance de la plasticidad del
cerebro en desarrollo. Si bien los circuitos neuronales son altamente
modificables, en especial en los niños pequeños, no son equipotenciales, es
decir que no están listos para asumir cualquier función. Ciertos circuitos,
cuyos patrones de conexión más importantes están bajo control genético, están
sesgados para convertirse en el sustrato neuronal de funciones bien definidas,
como la evaluación de las cantidades numéricas o el almacenamiento de datos
memorizables de multiplicación. Su destrucción, incluso en los muy pequeños,
puede causar un déficit selectivo no siempre susceptible a ser compensado por
áreas cerebrales vecinas.
Esta
observación nos lleva una vez más a un tema recurrente en este libro: las
fuertes restricciones que nuestra arquitectura cerebral impone al manejo de los
objetos matemáticos. Los números no tienen libertad total para invadir
cualquier red neuronal disponible en el cerebro del niño. Solo determinados
circuitos son capaces de contribuir al cálculo, ya sea porque forman parte de
nuestro sentido innato de las cantidades numéricas —como, tal vez, algunas
áreas de la corteza parietal inferior— o bien porque, inicialmente destinados a
algún otro uso, su organización neural resulta lo suficientemente flexible y
cercana a la función deseada como para que puedan ser «reciclados» para el
procesamiento numérico.
Capítulo
8
El cerebro calculador
Una
imagen lo muestra tenso, la cabeza erizada de hilos eléctricos: se registran
las ondas de su cerebro mientras se le solicita que «piense en la relatividad».
Roland Barthes, «Einstein», en Mitologías
Contenido:
§. ¿El
cálculo mental aumenta el metabolismo cerebral?
§. El principio de la tomografía por emisión de positrones (PET)
§. ¿Se puede localizar el pensamiento matemático?
§. Cuando el cerebro multiplica o compara
§. El tomógrafo, los positrones y sus límites
§. El cerebro electrificado
§. ¿Cuánto tiempo hace falta para acceder a la recta numérica?
§. Comprender la palabra «dieciocho»
§. Neuronas matemáticas
En cierta
ocasión, Richard Feynman, ganador del Premio Nobel, notó que el físico que
analiza las colisiones subatómicas de un acelerador de partículas no es muy
diferente de alguien que decide estudiar la construcción de relojes haciendo
chocar dos relojes para después observar los restos. Este comentario irónico es
igualmente aplicable a la neuropsicología, ciencia también indirecta que
infiere la organización normal de los circuitos cerebrales a partir de la forma
en que funcionan luego de haber sido dañados; una aventura incómoda, no muy
diferente de intentar deducir el funcionamiento interno de un reloj a partir
del análisis de cientos de mecanismos rotos.
A pesar
de que la mayoría de los científicos cerebrales confía en las inferencias
neuropsicológicas, hay un momento en que les gustaría «abrir la caja negra» y
observar «en directo» los circuitos neurales que subyacen al cálculo mental.
Sería un gran paso hacia delante si pudiéramos medir, de alguna manera, los
patrones celulares de activación que codifican los números. Jean-Pierre
Changeux sostiene con convicción: «Estos “objetos matemáticos” corresponden a
estados físicos de nuestro cerebro, de modo que, en principio,
debería ser posible observarlos desde fuera mirando hacia dentro, con distintos
métodos de imágenes cerebrales» (Changeux y Connes, 1995).
Hoy en
día, el sueño de este neurobiólogo está haciéndose realidad[40]. En las últimas décadas, nuevas
herramientas —la tomografía por emisión de positrones (PET), la resonancia
magnética funcional (fMRI), el electroencefalograma (EEG) y la
magnetoencefalografía (MEG) — han comenzado a aportar imágenes de la actividad
cerebral en humanos vivos y pensantes. A partir de las herramientas modernas de
neuroimágenes, en la actualidad un experimento breve es suficiente para
observar qué regiones cerebrales están activas mientras un sujeto normal lee,
calcula o juega al ajedrez. Los registros de la actividad eléctrica y magnética
del cerebro nos permiten develar la dinámica de los circuitos cerebrales y
detectar con una precisión de milisegundos el momento exacto en que se activan.
En varios
sentidos, las nuevas imágenes del cerebro en acción son complementarias de los
resultados obtenidos por la neuropsicología. Durante mucho tiempo, los
neuropsicólogos fracasaron en su evaluación de varias áreas cerebrales, ya sea
porque sus lesiones eran raras o demasiado severas. Hoy en día, se puede
observar toda una red en un único experimento. En el pasado, también era muy
difícil estudiar en el cerebro enfermo, que a menudo atraviesa una profunda
reestructuración, la organización temporal de la activación de los distintos
circuitos neurales. Las neuroimágenes modernas son capaces de revelar la
propagación de la actividad neuronal a muchas regiones sucesivas del cerebro
humano normal casi en tiempo real.
Ahora
tenemos a disposición equipos sorprendentes, dignos de una novela de Isaac
Asimov. ¿Cómo no maravillarnos ante la idea de que podemos visualizar los
cambios fisiológicos que son la base de nuestros pensamientos? Desde que este
nuevo mundo se ha vuelto accesible a los científicos, docenas de experimentos
han explorado las bases cerebrales de funciones tan diversas como la lectura,
la percepción del movimiento, las asociaciones verbales, el aprendizaje motor,
la imaginería visual y hasta nuestro sentido del dolor. Sería imposible hacer
una revisión completa de todos los descubrimientos que esta revolución
metodológica ha permitido. En este capítulo, me centro exclusivamente en
estudios que revelan la actividad cerebral humana durante la aritmética mental.
§. ¿El
cálculo mental aumenta el metabolismo cerebral?
Para remontarnos hasta el heroico origen de las imágenes cerebrales, muchos
años atrás en la historia de la neurociencia, debemos olvidar temporariamente
todo lo que sabemos de las tecnologías modernas. En 1931, un informe
sobriamente titulado «La circulación cerebral: el efecto del trabajo mental»
—redactado por William G. Lennox, del Departamento de Neuropatología de
Harvard— fue el primero en aportar pruebas sólidas del impacto de la actividad
aritmética en el funcionamiento cerebral. Lennox (1931) planteó el problema
decisivo de la influencia del procesamiento cognitivo en el balance energético
del cerebro. ¿El cálculo mental conlleva un gasto medible de energía? ¿El
cerebro consume más oxígeno cuando los cálculos que realiza aumentan en
intensidad?
El método
experimental que Lennox diseñó era innovador pero inaceptable. Consistía en
extraer muestras de sangre de la vena yugular interna y medir su nivel de
oxígeno y de dióxido de carbono. El artículo no informaba si los veinticuatro
sujetos, pacientes epilépticos que se estaban tratando en el Hospital de la
Ciudad de Boston, habían sido informados del riesgo al cual se exponían y de
los objetivos no terapéuticos de la investigación. En la década de 1930, los
estándares de ética todavía no eran muy estrictos.
Sin
embargo, el diseño experimental era ingenioso: Lennox demostró gran solvencia.
En un primer grupo de quince sujetos, tomó tres muestras de sangre
consecutivas. La primera se obtuvo después de que los sujetos habían descansado
media hora, con los ojos cerrados. Luego se les daba una hoja de papel cubierta
con problemas aritméticos y, cinco minutos más tarde, mientras se esforzaban
por resolverlos, se extraía una segunda muestra de sangre. Por último, se les
permitía a los sujetos descansar diez o quince minutos antes de extraer la
muestra final. Los resultados son notables e inequívocos: entre las tres
mediciones, la que se había realizado durante el cálculo mental mostraba un muy
marcado aumento en el nivel de oxígeno (figura 8.1). Lennox no reportó ninguna
prueba estadística realizada sobre este descubrimiento; pero mis propios
cálculos a partir de los datos en bruto me permitieron estimar que la
probabilidad de que esta gran variación entre muestras se deba al azar es de
menos del 2 %.
Pese a
todo, había que refutar una objeción, que, según el propio autor, consistía en
que «es difícil para el sujeto “poner la mente en blanco” o bien concentrarse
mucho en los problemas propuestos mientras se hace ingresar una aguja en la
profundidad de su cuello [sic]. El grado de aprensión o de incomodidad
podría haber variado de una a otra toma de sangre». Para enfrentar esta
crítica, Lennox tomó la precaución de repetir la misma serie de tres mediciones
en otro grupo de nueve sujetos que descansaban durante la prueba. En estos
sujetos, el contenido de oxígeno permanecía casi constante. Por lo tanto, los
esfuerzos intensos requeridos por el cálculo mental debían de ser responsables
del aumento observado en el grupo experimental. El descubrimiento abrió
perspectivas revolucionarias. Por primera vez, podía imaginarse una medición
objetiva de la energía consumida por el esfuerzo intelectual.
Figura 8.1. Ya en 1931, William Lennox demostró que el cálculo
mental intenso provoca variaciones en el nivel de oxígeno de las muestras de
sangre extraídas de la vena yugular interna (tomado de Lennox, 1931).
En
detalle, sin embargo, los resultados planteaban una aparente paradoja que
Lennox no pasó por alto. La sangre se extraía de la vena yugular interna; por
lo tanto, después de haber irrigado el cerebelo. Pero se
confiaba en que la actividad mental aumentara el consumo de oxígeno. Así, para
igual flujo de sangre cerebral, durante el trabajo intelectual el índice de
oxígeno de la sangre venosa debería haber decrecido, en lugar de aumentar. Para
resolver esta contradicción, Lennox exhibió sorprendentes poderes de
anticipación afirmando, ya en 1931, un principio todavía vigente: «El resultado
puede explicarse por una dilatación de los vasos cerebrales con el efecto de un
aumento en la velocidad del flujo sanguíneo por el cerebro, un factor superior
al aumento en el consumo de oxígeno».
Los
estudios más recientes de neuroimágenes funcionales han confirmado este
postulado, que integra el «núcleo duro» del método moderno de resonancia
magnética funcional. En efecto, el sistema de regulación que acelera el flujo
de sangre cerebral en respuesta a un aumento local en la actividad neuronal
trae más oxígeno que el que el cerebro puede consumir. Las razones para este
curioso fenómeno todavía hoy apenas se comprenden. El hecho de que Lennox haya
logrado preverlo muestra hasta qué punto uno puede confiar en su trabajo, a
pesar de que se encuentre basado en una técnica primitiva e invasiva.
Para
cerrar esta discusión histórica, deberíamos señalar que un estudio posterior de
Louis Sokoloff y sus colegas de la Universidad de Pensilvania, en 1955, no
logró reproducir los resultados de Lennox (aunque utilizó un método apenas
diferente; Sokoloff, Mangold, Wechsler, Kennedy y Kety, 1955). Cuando se lo
recuerda, vienen a la mente varias críticas posibles. En primer lugar, el
aumento en el contenido de oxígeno que observó Lennox puede haber tenido poca
relación con el cálculo mental. Tal vez simplemente haya sido debido a la
intensa actividad perceptual y motora necesaria para escudriñar una hoja de
papel llena de signos matemáticos y dar con los resultados numéricos. En otras
palabras, nada prueba que Lennox realmente haya medido la base psicológica de
una actividad puramente mental, como algo distinto de un incremento
del trabajo motor o visual.
Sin
embargo, para el lector moderno, la deficiencia más obvia del artículo consiste
en su total falta de atención al tema de la localización cerebral. Durante el
cálculo, ¿el flujo sanguíneo cerebral aumenta en todo el cerebro? ¿O los
cambios se circunscriben a regiones cerebrales específicas? Y, en el último
caso, ¿el flujo sanguíneo cerebral sirve como herramienta para localizar áreas
dedicadas a distintos procesos mentales de la superficie cortical? El artículo
de Lennox ni siquiera mencionaba si las muestras de sangre se habían tomado de
la vena yugular interna izquierda o derecha, hecho que podría haber avalado
conclusiones acerca de la lateralización hemisférica de los procedimientos del
cálculo. Las precisiones en la localización espacial y la producción de
imágenes genuinas de la actividad cerebral humana debieron aguardar hasta las
décadas de 1970 y 1980, que, finalmente, fueron testigos del advenimiento de
técnicas de imágenes cerebrales funcionales confiables.
§. El
principio de la tomografía por emisión de positrones (PET)
A partir del trabajo pionero de Lennox, varios estudios han confirmado que el
cerebro es sorprendentemente voraz en su demanda de energía. En efecto, solo él
es responsable de casi un cuarto de la energía que consume el cuerpo entero.
Pero su consumo local de energía no es constante. Puede aumentar
repentinamente, en cuestión de segundos, cuando una región cerebral se pone en
funcionamiento. Sokoloff fue el primero en demostrar las relaciones directas
entre el flujo sanguíneo cerebral, el metabolismo local y el grado de actividad
de las áreas cerebrales[41]. Si, por ejemplo, decido agitar
rápidamente el dedo índice derecho, las neuronas de la minúscula porción de la
corteza motora izquierda dedicada al envío de comandos motores a los músculos
de ese dedo entran en actividad. Segundos más tarde, el consumo de glucosa
aumenta en esta área del tejido cerebral. En forma paralela, el flujo sanguíneo
cerebral aumenta dentro de los vasos y los capilares que irrigan la región. El
incremento en el volumen de sangre que circula iguala o incluso supera el
aumento local en el consumo de oxígeno.
En las
últimas décadas, se han explotado estos mecanismos de regulación para detectar
qué regiones cerebrales están activas durante distintas tareas mentales. En el
centro de estas innovadoras técnicas de imágenes cerebrales reside una idea
extremadamente sencilla: si el metabolismo de glucosa local o el flujo
sanguíneo de un área cerebral determinada son medibles, debería obtenerse de
inmediato un indicio de la actividad neural reciente. Sin embargo, poner en
práctica esta idea es difícil. ¿Cómo puede evaluarse el flujo sanguíneo o la
cantidad de glucosa degradada en cada punto del cerebro?
Sokoloff
encontró una solución para el caso de los animales. Su hoy clásica técnica de
auto radiografía consiste en inyectar una molécula a la cual se aplicó un
marcador radiactivo, como la fluorodeoxiglucosa, y luego hacer que el animal
realice la tarea deseada (por ejemplo, mover la pata derecha). El átomo
radiactivo, unido a la molécula de glucosa, se deposita preferentemente en las
regiones cerebrales que consumen mayor cantidad de energía. Más tarde, el
cerebro del animal se recorta en láminas delgadas y, a oscuras, se hace que
cada lámina contacte con un film fotográfico, que así generará un negativo de
las zonas en que se concentró la radiactividad. Así, las series de láminas
permitirán una reconstrucción tridimensional (y en toda su extensión) de las
áreas que estaban activas en el momento de la inyección.
La
resolución espacial de la auto radiografía es excelente, pero obvios motivos
éticos impiden su uso en la investigación con humanos: es muy probable que el
sujeto no apruebe que le rebanen el cerebro ni que le inyecten altas dosis de
radiactividad. Sin embargo, estas dificultades pueden eludirse si se apela a la
magia de los métodos de reconstrucción tridimensional derivados de la física y
de la ciencia computacional. Los experimentos con humanos solo usan marcadores
radiactivos de corta vida, que duran entre unos pocos minutos y unas pocas
horas. En cuanto el experimento se acaba, toda la radiactividad se desvanece
rápidamente: las dosis inyectadas no son dañinas, a menos que la exposición se
repita a menudo. Entonces, el experimento no es más peligroso para el sujeto
que la radiografía típica ni más doloroso que una inyección intravenosa normal.
Para que el experimento se apegue a la ética médica, al ofrecerse como
voluntarios, los participantes reciben información cabal respecto de los
objetivos y los métodos utilizados en la investigación.
Solo
queda un problema: ¿cómo se detecta la concentración de la radiactividad dentro
del volumen físicamente inaccesible del cerebro? La tomografía por emisión de
positrones, también conocida como PET, aporta una solución de alta tecnología.
Pensemos un momento en la física nuclear de un sujeto a quien acaban de
inyectar un marcador que emite positrones: por ejemplo, una molécula de agua
marcada (H215O), en la que el átomo normal de oxígeno se
ha reemplazado con un átomo inestable de oxígeno 15. Luego de una demora
impredecible, que va de un segundo a algunos minutos, este átomo emite un
positrón e+, es decir, una partícula antimateria,
cuyas propiedades son exactamente simétricas a las del electrón familiar e–.
¡Y así es como la cabeza de este sujeto —de hecho, todo su cuerpo— se convierte
en un generador de antimateria! Como podrán adivinar, ese estado no puede durar
mucho tiempo. Apenas unos pocos milímetros más allá del lugar donde se originó,
el positrón colisiona con su mellizo, el electrón, que abunda en materia normal
y se aniquilan el uno al otro. Así, cuando materia y antimateria se anulan,
liberan energía en forma de fotones, dos rayos gamma de alta energía y de
polaridad opuesta que se emiten desde el cráneo y salen de este sin interactuar
mayormente con los átomos circundantes.
El
secreto de la PET consiste en detectar los fotones que salen del sujeto. Con
este objetivo, cientos de cristales acoplados con fotomultiplicadores y
dispuestos en círculo alrededor de la cabeza detectan cualquier desintegración
sospechosa. En la técnica más antigua de tomografía de un fotón, había que
contentarse con detectar los rayos gamma aislados emitidos por una fuente
radiactiva como el isótopo 133 del xenón (133Xe), que se le
administraba al paciente antes del estudio. En la PET, lo que se rastrea es la
concurrencia de dos rayos gamma. Cuando los detectores colocados en anillo
alrededor de la cabeza del sujeto identifican dos fotones diametralmente
opuestos puede suponerse con bastante seguridad que se ha desintegrado un
positrón. La posición de los detectores, a veces combinada con un examen
cuidadoso del minúsculo desfase temporal entre las dos detecciones («tiempo de
vuelo»), ayuda a inferir la ubicación precisa de esta desintegración en las
tres dimensiones. Como bien indican las raíces griegas utilizadas para acuñar
el término «tomógrafo», este equipo produce una imagen por «cortes» de la
distribución de la radiactividad en un volumen determinado del tejido cerebral.
La cantidad de radiactividad detectada es un buen indicador del flujo sanguíneo
cerebral local, que, a su vez, es un claro indicio de la actividad neuronal
promedio en esa área.
En la
práctica, un experimento típico en que se utilice la PET se desarrolla de este
modo: un voluntario, en el tomógrafo, comienza a realizar la tarea requerida
(mover el índice, multiplicar dígitos, etc.). Al mismo tiempo, un ciclotrón
produce una pequeña cantidad de un marcador radiactivo. En cuanto está listo,
el marcador debe inyectarse inmediatamente; en caso contrario, su radiactividad
decrece rápidamente por debajo del nivel detectable. El participante prosigue
con la actividad mental durante uno o dos minutos después de la inyección. En
ese lapso, el tomógrafo reconstruye la distribución espacial de radiactividad
en el cerebro del sujeto que, entretanto, descansa diez o quince minutos hasta
que la radiactividad regresa a un nivel indetectable. El procedimiento puede
repetirse hasta doce veces en el mismo sujeto, eventualmente variando las
tareas después de cada inyección.
§. ¿Se
puede localizar el pensamiento matemático?
Si bien las primeras imágenes del cerebro activo datan de la década de 1970,
nuestra búsqueda de imágenes del cerebro que calcula nos llevan apenas hasta
1985. Ese año, dos investigadores suecos, Per E. Roland y Lars Friberg,
publicaron un resultado que completa muchos de los vacíos dejados por el
trabajo de Lennox. Las primeras frases de su artículo son reveladoras de su
tono general:
Estos
experimentos se realizaron para demostrar que la actividad puramente mental, el
pensamiento, aumenta el flujo sanguíneo cerebral, y que formas de pensamiento
distinto causan un aumento del flujo sanguíneo cerebral local en diferentes
áreas corticales. Como primera aproximación, definimos el pensamiento como
trabajo cerebral que realiza un sujeto despierto y requiere manipulación de
información interna (Roland y Friberg, 1985).
Para
aislar los «procesos del pensamiento, Roland y Friberg controlaron
meticulosamente las tareas que los participantes debían cumplir. En la más
relevante para esta discusión, los sujetos debían restar repetidas veces 3 a un
número dado (50 – 3 = 47, 47 – 3 = 44, etc.). Los cálculos eran silenciosos.
Luego de unos minutos, el investigador los interrumpía y les pedía que dijeran
a qué número habían llegado. A lo largo del intervalo de medición, las
operaciones mentales se realizaban de un modo por completo interno, sin ninguna
actividad sensorial o motora detectable.
Además de
esta tarea de cálculo mental, otras dos pruebas estudiaron la imaginería
espacial («Imagine la ruta que seguiría si usted saliera de su casa y doblara
alternativamente a la derecha y a la izquierda») o la transposición verbal
(recitar mentalmente una lista de palabras en un orden inusual). Las regiones
cerebrales que estaban activas durante cada tarea se detectaban por comparación
con una medición del flujo sanguíneo cerebral obtenida mientras el sujeto
descansaba, sin pensar en nada en particular. El procedimiento de neuroimágenes
utilizado por Roland y Friberg, que ya se volvió anticuado, requería la
inyección de xenón radiactivo (133Xe) en la arteria carótida interna
y la detección de fotones individuales. Sin alcanzar la precisión de la PET, el
método permitía visualizar los aumentos locales en el flujo sanguíneo cerca de
la superficie cortical.
En cada
uno de los once voluntarios, las activaciones cerebrales durante el cálculo
mental estaban concentradas en dos grandes áreas: una vasta región prefrontal y
una región parietal inferior más acotada, cerca del giro angular (figura 8.2).
Ambas regiones se activaban en los hemisferios izquierdo y derecho, aunque la
activación era un poco mayor en el izquierdo que en el derecho.
Figura 8.2. En 1985, Roland y Friberg publicaron las primeras
imágenes de actividad cerebral durante el cálculo mental. En esa época, su
método solo podía visualizar un hemisferio por vez. Cada imagen, por lo tanto,
representa la información de un voluntario. Cuando se compara con un período de
descanso, la resta repetida muestra activaciones bilaterales en la corteza
parietal inferior (flecha) así como en múltiples regiones de la corteza
prefrontal (adaptado de Roland y Friberg, 1985; © American Physiological
Society).
La
precisión anatómica de este experimento pionero estaba lejos de ser perfecta.
Sin embargo, en 1994, la confianza en sus conclusiones aumentó cuando sus
resultados fueron reproducidos por Jordan Grafman, Denis Le Bihan y sus colegas
del National Institute of Health, con un método mucho más preciso llamado
«resonancia magnética funcional» (fMRI, por sus iniciales en inglés; Appolonio
y otros, 1994[42]). Las activaciones bilaterales
de las cortezas prefrontal y parietal inferior otra vez se notaron en todos los
participantes durante la resta repetida, aunque la cantidad de píxeles
activados era mayor en el hemisferio izquierdo que en el derecho. Yo mismo
participé como voluntario en una versión de este experimento en Orsay, cerca de
París. La figura 8.3 muestra una sección de mi cerebro mientras enfrento la
tarea de resta repetida. La activación de las áreas parietales y pre frontales
bilaterales es claramente visible.
Figura 8.3. Un corte del cerebro del autor durante una
reproducción del experimento de Roland y Friberg. Las regiones cerebrales cuya
actividad aumentaba con cada resta realizada se determinaron mediante el método
de resonancia magnética de alta intensidad (el campo era de 3 teslas) y se
superpusieron con una imagen de resonancia magnética anatómica clásica. Se
observa activación en la corteza parietal inferior (flechas blancas) y en la
corteza prefrontal (Dehaene, Le Bihan y Van de Moortele, datos no publicados,
1996).
Los
resultados de las otras condiciones del experimento de Roland y Friberg
sugirieron que las activaciones parietales y pre frontales estaban relacionadas
con diferentes aspectos de la tarea. La región prefrontal se activó en todas
las tareas de manipulación mental, no solo en aquellas que involucran la resta.
Roland y Friberg le asignaron un rol muy general en la «organización del
pensamiento». En contraste, la región parietal inferior parecía específica del
cálculo mental, dado que no se activó durante las tareas de imágenes espaciales
o de flexibilidad verbal. Ambos investigadores le atribuyeron una
especialización para el pensamiento matemático, y en especial para la
recuperación de la memoria de resultados de resta.
Personalmente,
creo que las etiquetas funcionales de Roland y Friberg no deberían tomarse al
pie de la letra. La mera noción de que el «pensamiento» es un objeto válido
para el estudio científico, y de que puede localizarse en un pequeño número de
áreas cerebrales, me recuerda a una vieja disciplina que se había convertido en
una pieza de museo, pero que subrepticiamente vuelve a la carga: la frenología
de Gall y Spurzheim, o la hipótesis de que el cerebro contiene una variedad de
órganos, cada uno dedicado a una función muy compleja como el «amor a la
descendencia». Por supuesto, la frenología cayó en desgracia hace más de un
siglo. Seguramente sería injusto acusar a Roland y sus colegas, pioneros en el
campo de las neuroimágenes, de intentar revivirla. Sin embargo, no hace falta
ser muy sagaz para observar que muchos experimentos recientes de neuroimágenes
se conciben dentro de un marco «neo frenológico»: su único objetivo parece ser
el establecimiento de etiquetas funcionales para áreas cerebrales. Implícitamente,
muchos grupos de investigación utilizan el tomógrafo como un instrumento
cartográfico que revela directamente las áreas cerebrales subyacentes a una
función dada, ya sea la matemática, el «pensamiento», o incluso la conciencia.
Este método supone una necesaria relación unívoca entre las áreas cerebrales y
las habilidades cognitivas: el cálculo depende de la región parietal inferior;
de la organización del pensamiento se ocupa la corteza frontal, y así
sucesivamente.
Tenemos
todos los motivos para pensar que el cerebro no funciona de este modo. Aun
funciones aparentemente simples dependen de la coordinación de un gran número
de áreas cerebrales, cada una de las cuales hace sus respectivos aportes
modestos y mecánicos al procesamiento cognitivo. Cuando un sujeto lee palabras,
reflexiona acerca de su significado, imagina una escena o realiza un cálculo,
se activan diez o quizá veinte áreas, cada una responsable de una operación
elemental, como reconocer letras impresas, registrar su pronunciación, o
determinar la categoría gramatical de una palabra. Ni una neurona aislada, ni
una columna cortical, ni siquiera un área cerebral pueden «pensar». Solo a
partir de la combinación de las capacidades de varios millones de neuronas,
dispersas en circuitos corticales y subcorticales, el cerebro alcanza cierta
complejidad algorítmica. La mera noción de que una única región cerebral podría
estar asociada con un proceso tan general como la «organización del
pensamiento» ya es cosa del pasado.
Entonces,
¿cómo deberían reinterpretarse los resultados de Roland y Friberg? En el
capítulo 7 analizamos el área parietal inferior, la región dañada en el
síndrome de Gerstmann. A esta lesión se debía la pérdida del sentido numérico
en el paciente M., tan afectado que ya no podía calcular 3 – 1 y creía que el
número 7 estaba entre el 2 y el 4. Entonces, esta región probablemente
contribuya a un proceso específico: la transformación de los símbolos numéricos
en cantidades, y la representación de magnitudes numéricas relativas. El
alcance de su acción no es muy grande en cuanto a la aritmética, dado que su
daño no afecta necesariamente la recuperación memorística de datos aritméticos
simples (2 + 2 = 4) ni las reglas del álgebra —por ejemplo, (a + b)2 =
a2 + 2ab + b2—, ni el conocimiento enciclopédico de
los números (1789 = Revolución Francesa, 1492 = llegada de Colón a América).
Solo está involucrada en la representación de cantidades numéricas y en su
posicionamiento a lo largo de una recta numérica mental. Por ende, su
activación durante la resta repetida en los sujetos normales brinda una
estimulante confirmación de su papel fundamental en el procesamiento de las
cantidades.
En lo que
concierne a la extensa activación prefrontal reportada por el equipo sueco, es
probable que abarque varias áreas, cada una con su propia función: el orden
secuencial de operaciones sucesivas, el control sobre su ejecución, la
corrección de errores, la inhibición de las respuestas verbales y, por sobre
todas las cosas, la memoria de trabajo. Se sabe que en un sector de la corteza
prefrontal llamado región dorso-lateral o «área 46», las neuronas forman
circuitos que, en ausencia de cualquier estímulo externo, permiten «tener
presentes» eventos pasados o anticipados (como un número de teléfono). Notables
experimentos realizados por Joachim Fuster y Patricia Goldman-Rakic, entre
otros, han demostrado que las neuronas corticales pre frontales mantienen un
nivel sostenido de activación cuando un mono debe almacenar información en la
memoria por varios segundos[43]. Las tres tareas empleadas por
Roland y Friberg dependían mucho de este tipo de memoria de trabajo. En la
tarea de resta repetida, por ejemplo, los sujetos debían tener en mente
constantemente el número que habían alcanzado, y actualizarlo luego de cada
resta. Es probable que esta importante carga de memoria explique por qué los
circuitos pre frontales se encuentran involucrados en esta tarea.
§. Cuando el cerebro multiplica o compara
El experimento de Roland y Friberg investigó tan solo una tarea aritmética
compleja, con el objetivo de identificar las áreas involucradas en la
aritmética. Este fue apenas un primer paso. Las disociaciones neuropsicológicas
nos permiten suponer una fragmentación mucho más específica de las funciones en
áreas cerebrales. Según la operación aritmética requerida, deberían activarse
redes cerebrales muy diferentes. A comienzos de la década de 1990, mis colegas
y yo fuimos los primeros en evaluar esta hipótesis al indagar cómo cambia la
actividad cerebral durante el transcurso de la comparación y la multiplicación
de números (Dehaene y otros, 1996).
El
experimento se realizó en Orsay, en el servicio hospitalario Frédéric Joliot,
uno de los mejor equipados en Francia para medir el metabolismo cerebral. Ocho
estudiantes de medicina se ofrecieron como voluntarios. Cuando llegaron al
hospital a la mañana, se tomaron imágenes anatómicas de sus cerebros mediante
resonancia magnética nuclear de alta resolución. Por la tarde, utilizamos PET y
obtuvimos las primeras imágenes detalladas de las áreas que se activaban
mientras los voluntarios procesaban números.
¿Recuerdan
al señor N., el paciente que no podía multiplicar pero podía decidir cuál,
entre dos números, era el más grande? El objetivo de nuestro estudio era
investigar si, en efecto, los circuitos neuronales involucrados en estas dos
tareas, la multiplicación y la comparación, dependen parcialmente de áreas
cerebrales distintas, como habíamos postulado sobre la base de los resultados
del señor N. Para eso, les presentamos a los participantes una serie de pares
de dígitos que debían comparar o multiplicar mentalmente. En ambos casos, el
resultado de la operación —o el más grande entre dos dígitos, o su producto—
tenía que ser mencionado de manera disimulada, sin mover los labios. El flujo
sanguíneo cerebral durante esas dos tareas se contrastó con una tercera
medición, obtenida mientras los voluntarios descansaban.
Como
esperábamos, varias regiones cerebrales estaban igualmente activas durante la
multiplicación y durante la comparación, en relación con el período de
descanso. Es muy probable que estas regiones sean el soporte de funciones
comunes a las dos tareas, como la obtención de información visual (la corteza
occipital), el sostenimiento de la mirada y la estimulación interna de la
producción del habla (área motora suplementaria y corteza pre central). La
corteza parietal inferior, tan crucial para el sentido numérico cuantitativo,
también se había encendido (y curiosamente, estaba muy activa en ambos
hemisferios durante la multiplicación, mientras que su activación durante la
comparación era poca y había alcanzado el mínimo detectable). Habíamos esperado
lo contrario: la comparación demanda el procesamiento de cantidades numéricas,
mientras que la multiplicación simple solo requiere acceso a la memoria verbal.
Sin
embargo, no todos los problemas de multiplicar que utilizamos eran simples. La
lista incluía problemas como 8 × 9 o 7 × 6, frente a los cuales nuestros
sujetos a menudo dudaban o, lisa y llanamente, fallaban. Dado que su memoria
verbal para los datos aritméticos parecía poco fiable, supusimos que a menudo
se veían forzados a recurrir a estrategias de apoyo, muy dependientes de la
corteza parietal inferior, para dar una respuesta plausible. A la inversa, la
tarea de comparación de números que utilizamos probablemente era demasiado
fácil, porque los números iban solo del 1 al 9. Encontrar el dígito más grande
quizá resultaba demasiado sencillo como para estimular la activación intensa
del área parietal inferior. Además, tal vez dimos a los sujetos demasiado
tiempo para responder, lo que puede haber debilitado la activación hasta el
punto de volverla demasiado pequeña y, por eso, indetectable. De todos modos,
la corteza parietal inferior parecía activarse en proporción directa con la
dificultad de las tareas numéricas que realizaban los sujetos.
Sin
embargo, los resultados más interesantes surgieron cuando contrastamos
directamente la comparación de números con la multiplicación. Varias regiones
temporales, frontales y parietales mostraron un cambio notable en las
asimetrías hemisféricas. Durante la multiplicación, la actividad cerebral era
más intensa en el hemisferio izquierdo; en cambio, durante la comparación se
distribuía igualmente por los dos hemisferios o se desplazaba hacia la derecha.
Esta observación se condice con la noción de que la multiplicación depende, en
parte, de las habilidades lingüísticas del hemisferio izquierdo, lo cual no es
cierto para la comparación. A diferencia de la multiplicación, la comparación
de números no tiene que aprenderse de memoria. Sin enseñanza explícita, en los
niños pequeños y hasta en los animales emerge una representación mental de la
magnitud de los números. Entonces, el cerebro no necesita convertir los dígitos
a un formato verbal para compararlos. Las imágenes cerebrales funcionales
confirman que la comparación de las magnitudes numéricas es una actividad no
lingüística que depende al menos en igual medida del hemisferio derecho y del
izquierdo. Cada hemisferio puede reconocer dígitos y traducirlos a una
representación mental de las cantidades para compararlos.
Figura 8.4. La obtención de imágenes mediante PET revela amplios
circuitos de áreas cerebrales cuyo flujo sanguíneo cambia cuando los sujetos
descansan con los ojos cerrados, multiplican pares de dígitos arábigos o
comparan exactamente los mismos dígitos (tomado de Dehaene y otros, 1996).
Un núcleo
subcortical, es decir una estructura profunda situada por debajo de la corteza,
también estaba más activo durante la multiplicación que durante la comparación.
Se trataba del núcleo lenticular izquierdo, cuya lesión, como mostramos en el
capítulo 7, puede alterar drásticamente la memoria relacionada con los datos de
multiplicación y otros automatismos verbales. ¿Recuerdan el caso de la señora
B., que había olvidado el recitado de «tres por nueve es veintisiete», el
alfabeto, y el Padre nuestro, antes tan familiares para ella? Su lesión estaba
exactamente en el núcleo lenticular. Esta región pertenece a los ganglios
basales, de los que en general se piensa que contribuyen a los aspectos
rutinarios del comportamiento motor. Las imágenes cerebrales funcionales
sugieren que también contribuyen a funciones cognitivas más elaboradas. Tal vez
las tablas aritméticas estén almacenadas en forma de secuencias automáticas de
palabras, de manera tal que el recordarlas se vuelve mecánico. El recitado de
la tabla de multiplicar en la escuela puede imprimir cada una de sus palabras
en nuestras estructuras cerebrales profundas. Esto explicaría por qué hasta los
bilingües más expertos prefieren siempre calcular en la lengua en la que
adquirieron la aritmética.
La
diversidad de áreas cerebrales involucradas en la multiplicación y la
comparación subraya una vez más que la aritmética no es una «facultad»
frenológica holística asociada con un único centro de cálculo. Cada operación
depende de un circuito cerebral extenso. A diferencia de una computadora, el
cerebro no tiene un procesador aritmético especializado. Una metáfora más
apropiada es la de un grupo heterogéneo de agentes torpes o limitados. Cada una
de ellas es incapaz de llegar a mucho por sí sola, pero dividiéndose el trabajo
logran resolver problemas complejos. Hasta un acto tan simple como multiplicar
dos dígitos requiere la colaboración de millones de neuronas distribuidas en
muchas áreas cerebrales.
§. El
tomógrafo, los positrones y sus límites
La tomografía por emisión de positrones es una herramienta maravillosa, pero
por desgracia tiene algunos límites. Para verificar nuestras hipótesis acerca
del procesamiento cortical y subcortical de la información numérica, nos
gustaría, idealmente, observar el curso temporal de la activación cerebral
durante el cálculo. De ser posible, querríamos obtener una nueva imagen de la
actividad cerebral a cada centésima de segundo. De este modo, podríamos seguir
la propagación de actividad neuronal desde las áreas visuales posteriores hasta
las áreas del lenguaje, los circuitos que controlan la memoria, las regiones
motoras y así sucesivamente. Sin embargo, a pesar de que la PET es una
herramienta notable para identificar regiones anatómicas activas, su excelente
resolución espacial está acompañada de una deplorable resolución temporal. Cada
imagen ilustra el flujo sanguíneo promedio a lo largo de un período no menor a
cuarenta segundos. Por lo tanto, la PET es casi totalmente ciega a la dimensión
temporal de la actividad cerebral.
Hay dos
motivos fundamentales para esta limitación técnica. En primer lugar, los
fotomultiplicadores —que hacen un recuento de las desintegraciones de
positrones— deben detectar un número mínimo de eventos antes de que emerja una
imagen significativa. Sin embargo, el número de desintegraciones por segundo
está en relación directa con la dosis de radiactividad inyectada que, por
razones éticas, no puede elevarse mucho más allá de los límites actuales. En
segundo lugar, incluso si pudiera acortarse el lapso de cada medición, la
precisión temporal permanecería limitada sobre todo por la respuesta tardía del
flujo sanguíneo cerebral a un cambio en la actividad neuronal. En otras
palabras, cuando las neuronas de determinada área comienzan a activarse, pasan
varios segundos antes de que comience a aumentar el flujo sanguíneo. Incluso la
fMRI, técnica, que puede obtener imágenes del flujo sanguíneo en una fracción
de segundo, sufre de manera similar la lentitud de las respuestas del flujo
sanguíneo.
En
resumen, aquí está el quid de la cuestión. El cerebro detecta, computa,
reflexiona y reacciona en una fracción de segundo. Las técnicas funcionales
basadas en el flujo sanguíneo reducen a una imagen estática esta secuencia
compleja de actividad. Es comparable a fotografiar el final de una carrera de
caballos con un tiempo de exposición de varios segundos. La imagen confusa
puede mostrar qué caballos pasaron la línea final, pero se pierde de vista el
orden en que llegaron. Lo que necesitamos es una técnica que pueda tomar una
serie de fotografías de la actividad cerebral para luego reproducir la película
en cámara lenta.
§. El
cerebro electrificado
La electroencefalografía y la magnetoencefalografía son las únicas técnicas que
hoy en día se acercan a alcanzar ese desafío. Ambas sacan provecho del
comportamiento del cerebro como un generador de corriente eléctrica. Para
comprender mejor cómo funcionan, es útil recordar brevemente la forma en que se
comunican las células nerviosas. Cualquier sistema nervioso, pertenezca a un
humano o a una sanguijuela, consiste, fundamentalmente, en un conjunto compacto
de cables. Cada neurona tiene un axón, un cable largo que transmite información
a través de ondas de despolarización, pequeñas variaciones locales de voltaje
llamadas «potenciales de acción». Cada neurona también posee una tupida
ramificación de dendritas que reciben las señales provenientes de otras células
nerviosas. Cuando un potencial de acción alcanza una sinapsis —la zona de
contacto entre la terminal del axón de una célula y la dendrita de otra— de la
terminal nerviosa se liberan moléculas neurotransmisoras y se unen a otras
moléculas especializadas, llamadas «receptores», insertadas en la membrana
dendrítica. Esto hace que los receptores alteren su forma: cambian a una
configuración «abierta» ya que se abre un canal a través de la membrana de la
célula adonde se precipitan los iones que previamente estaban sueltos en el
espacio extracelular. De forma muy esquemática, este es el modo en que un
impulso nervioso cruza la barrera de la membrana celular y es transmitido de
una neurona a otra.
Dado que,
por definición, los iones llevan una carga eléctrica, su movimiento a través de
la membrana celular y dentro del árbol dendrítico produce una cantidad muy
pequeña de corriente. Cada neurona se comporta, así, como un pequeño generador
eléctrico. De hecho, el «órgano» eléctrico que poseen ciertos peces como la
raya torpedo no es más que una sinapsis gigante en la cual este tipo de
unidades electroquímicas se organizan para formar un acumulador, es decir una
batería poderosa. Su semejanza con el sistema nervioso humano es muy notoria:
en los dos hay una molécula receptora casi idéntica. Por eso, los neurobiólogos
moleculares pudieron hacer un gran avance cuando un concentrado de órgano
eléctrico de raya torpedo proveyó una cantidad suficiente de receptores como
para caracterizar su estructura molecular.
Pero
volvamos al cerebro humano. Ya sabemos que en él cada área activa produce una
onda electromagnética que se transmite por conducción hasta llegar al cuero
cabelludo. Hace más de cincuenta años, Hans Berger aplicó por primera vez este
conocimiento al apoyar electrodos sobre el cráneo de varios voluntarios y
registrar una señal eléctrica: el primer electroencefalograma. Esta señal,
resultado de la activación sincrónica de varios millones de sinapsis, es muy
débil: apenas unos pocos micro voltios. También es muy caótica, y muestra
oscilaciones aparentemente azarosas. Sin embargo, cuando uno sincroniza el
registro con un evento externo, como un dígito presentado a la vista, y cuando
se promedia varias de esas presentaciones, del caos emerge una secuencia reproducible
de actividad eléctrica, llamada «potencial relacionado con el evento», que
alberga una cantidad de información temporal. Las señales se propagan de forma
casi instantánea a la superficie del cráneo, donde pueden registrarse en tiempo
real, por ejemplo, a cada milisegundo. Así, se dispone de un registro continuo
de la actividad cerebral, reflejo fidedigno del orden en que se activó cada
región cerebral.
Actualmente
los avances técnicos permiten registrar los potenciales relacionados con
eventos de hasta sesenta y cuatro, ciento veintiocho o incluso doscientos
cincuenta y seis electrodos colocados sobre el cuero cabelludo. Su forma varía
de un electrodo a otro y esta distribución espacial provee indicaciones
valiosas acerca de la localización de las áreas cerebrales activas. Sin
embargo, en este aspecto el método todavía no es satisfactorio. La precisión
anatómica de los registros electroencefalográficos es escasa, porque existe una
ambigüedad física básica que impide su atribución directa a una estructura
anatómica identificable. En el mejor de los casos, puede reconstruirse el
estado aproximado de actividad de una región cortical extensa por medio de inferencias
más o menos plausibles. La magnetoencefalografía —método algo más preciso pero
considerablemente más caro— presenta una dificultad similar, ya que registra
los campos magnéticos en lugar de los potenciales eléctricos. Sin embargo, los
dos sistemas poseen una capacidad sin igual para determinar el momento exacto
en que diferentes áreas cerebrales entran en juego durante los cálculos
mentales.
§.
¿Cuánto tiempo hace falta para acceder a la recta numérica?
Cualquier persona necesita unas cuatro décimas de segundo para decidir si
determinado dígito es más grande o más pequeño que 5. Sin embargo, este lapso
corresponde a la duración total de una serie de operaciones, desde la
identificación visual del dígito-blanco hasta la respuesta motora. ¿Es posible
descomponerlo en pasos pequeños? La electroencefalografía resulta un método
ideal para medir, con precisión de milisegundos, cuánto tiempo le insume a
nuestro cerebro decidir si 4 es menor que 5.
En uno de
mis experimentos (Dehaene, 1996), se presentaban dígitos arábigos o palabras
que hacían referencia a números en un monitor. Se les pedía a los voluntarios
que presionaran una tecla para los números más pequeños que 5, y otra para los
más grandes que 5. Se registraron los potenciales relacionados con eventos en
sesenta y cuatro electrodos distribuidos por el cuero cabelludo. Un programa
especial permitió reconstruir, cuadro a cuadro, la evolución de los potenciales
superficiales en las distintas condiciones experimentales (figura 8.5).
Figura 8.5. Al registrar los cambios mínimos en el voltaje
generados por la actividad cerebral (electroencefalografía), se puede
reconstruir la secuencia de activaciones cerebrales durante la comparación de
dos números. En este experimento, un grupo de voluntarios presionaba teclas con
la mano izquierda o la derecha, lo más rápido que podían, para indicar si los
números que veían eran más pequeños o más grandes que 5. Se identificaron al
menos cuatro etapas de procesamiento: 1. Identificación visual del dígito o la
palabra blanco; 2. Representación de la cantidad correspondiente y comparación
con la referencia memorizada; 3. Programación y realización de la respuesta
manual, y 4. Corrección de eventuales errores (tomado de Dehaene, 1996)
La
película comienza en el momento exacto en que el número aparece en la pantalla.
Durante varias décimas de milisegundo, los potenciales eléctricos permanecen
cercanos a cero. Transcurridos cerca de cien milisegundos, aparece en la parte
posterior del cráneo un potencial positivo, llamado «P1», que refleja la
activación de áreas visuales del lóbulo occipital. Hasta ese momento no se
percibe ninguna diferencia entre los dígitos arábigos y las palabras referidas
a números: solo están involucrados procedimientos visuales de nivel bajo, es
decir vinculados a aspectos superficiales de la percepción, y no a
representaciones abstractas. Pero de pronto, entre los cien y los ciento
cincuenta milisegundos, las dos condiciones experimentales (palabras
correspondientes a números y números arábigos) divergen. Mientras las palabras
como «cuatro» generan un potencial negativo casi completamente lateralizado en
el hemisferio izquierdo, los dígitos como 4 producen un potencial bilateral.
Como habíamos inferido a partir del desempeño de los pacientes con el cerebro
dividido, los dos hemisferios se ven implicados simultáneamente en la
identificación visual de los dígitos arábigos. En cambio, los nombres de
números son reconocidos solo por el hemisferio izquierdo.
En el
lado izquierdo de la parte posterior del cuero cabelludo, los potenciales
relacionados con eventos evocados por palabras y dígitos parecen prácticamente
idénticos. Sin embargo, los registros más precisos sugieren que pueden
originarse en regiones del hemisferio izquierdo, distintas aunque contiguas. En
algunos pacientes epilépticos, los neurocirujanos colocan, durante la
intervención, numerosos electrodos en la superficie cortical misma, a fin de
localizar mejor los registros de las respuestas eléctricas y evitar la
distorsión generada por el cráneo. Truett Allison, Gregory McCarthy y sus
colegas de la Universidad de Yale aprovecharon esta situación inusual para
registrar con precisión las respuestas de las áreas occipitotemporales
ventrales a diferentes categorías de estímulos visuales como palabras, dígitos,
imágenes de objetos, e imágenes de rostros (Allison, McCarthy, Nobre, Puce y
Belger, 1994, Puce, Allison, Asgari, Gore y McCarthy, 1996). Sus resultados
demuestran que existe una especialización extrema. Ocasionalmente, un electrodo
muestra una desviación eléctrica exclusivamente respecto de las palabras,
mientras que un segundo electrodo, a apenas un centímetro de distancia, solo
reacciona a los dígitos arábigos, y un tercero, solo a rostros (figura 8.6).
Estas respuestas muy específicas y veloces —aparecen en menos de doscientos
milisegundos— confirman que una cantidad de detectores visuales, agrupados de
acuerdo con el tipo de estímulos a los que responden, cubre la superficie
inferior de la corteza visual.
Figura 8.6. Los electrodos intracraneanos revelan una extremada
especialización de la región occipitotemporal ventral para el reconocimiento
visual de diferentes categorías de estímulos. La corteza que subyace al punto 1
responde a las cadenas de letras (formen palabras o no), pero no a los rostros.
Un electrodo vecino en el punto 2 responde a los dígitos arábigos, pero no a
rostros o cadenas de letras (realizado a partir de Allison y otros, 1994; ©
Oxford University Press).
Luego,
cerca de los ciento cincuenta milisegundos, un mosaico de áreas visuales
especializadas reconoce la forma de los símbolos numéricos. Sin embargo, el
cerebro todavía no ha recuperado su significado. Recién cerca de los ciento
noventa milisegundos se ve un primer indicio de que se está codificando la
cantidad numérica. El efecto de distancia aparece repentinamente en los
electrodos que registran la actividad de la corteza parietal inferior. Los
dígitos que están cerca del 5 —y que por eso son más difíciles de comparar—
generan un potencial eléctrico de amplitud mayor que la correspondiente a los
que están lejos del 5. El efecto es visible en los dos hemisferios, aunque con
mayor intensidad del lado derecho. Así, en solo ciento noventa milisegundos el cerebro
logra activar las «redes del sentido numérico» ubicadas en los sectores
parietales inferiores de ambos hemisferios. Análisis detallados muestran que la
actividad eléctrica asociada al efecto de distancia tiene una topografía
similar para los dígitos arábigos y para las palabras referidas a números. Esto
confirma que la región parietal inferior no tiene en cuenta la notación en la
que se presentan los números, sino solo su magnitud abstracta, su sentido
cuantitativo.
Más
adelante en nuestra película, llegamos al momento en que comienza a programarse
la respuesta motora. Surge una diferencia importante de voltaje en los
electrodos situados sobre las áreas premotora y motora de los dos hemisferios.
Cuando los sujetos se preparan para responder con la mano derecha, aparece un
potencial negativo en los electrodos de su hemisferio izquierdo; y sucede lo
contrario cuando se preparan para la respuesta con la mano izquierda: el lado
derecho del cuero cabelludo se vuelve negativo (recuerden que la corteza motora
izquierda controla los movimientos de la mitad derecha del cuerpo y viceversa).
Este potencial de preparación motora lateralizado surge por primera vez
doscientos cincuenta milisegundos después de la primera aparición del dígito en
la pantalla, y alcanza su máximo cerca de los trescientos treinta milisegundos.
Para entonces, la comparación de números debe haberse completado, porque la
respuesta «más grande» / «más pequeño» ya está preparada. En consecuencia, hace
falta entre un cuarto y un tercio de segundo reconocer la forma visual de un
dígito y acceder a su significado cuantitativo.
En
promedio, cerca de los cuatrocientos milisegundos se produce la respuesta del
participante, luego de un retraso adicional durante el cual se programa y se
efectúa la contracción muscular para concretar la respuesta seleccionada. Sin
embargo, nada excluye que el análisis continúe más allá de este punto. De
hecho, inmediatamente después de la respuesta motora ocurre un evento eléctrico
muy interesante. Hasta en una tarea tan elemental como la comparación de
dígitos, ocasionalmente cometemos errores. En su mayoría, se deben a una
anticipación incorrecta de la respuesta, y se detectan y corrigen enseguida.
Los potenciales relacionados con eventos revelan el origen de esta corrección
(Gehring, Goss, Coles, Meyer y Donchin, 1993, Dehaene, Posner y Tucker, 1994[44]). No bien se comete un error,
una señal eléctrica negativa de gran intensidad aparece repentinamente en los
electrodos situados en la región frontal del cráneo. Dado que no se perciben
señales de este tipo después de una respuesta correcta, esta actividad debe
reflejar la detección o el intento por corregir el error. Su topografía permite
atribuir su generación a la corteza de giro cingulado anterior, un área
cerebral involucrada en el control atencional de las acciones y en la
inhibición del comportamiento no deseado. Su respuesta es tan rápida —menos de
setenta milisegundos después de pulsar la tecla equivocada— que no puede
deberse a una retroalimentación de los órganos sensoriales. Por lo demás, en mi
experimento no había señales que indicasen si una respuesta era correcta o no.
Por ende, la corteza cingulada anterior se activa de modo autónomo siempre que
el cerebro detecta que la acción que está realizando no se corresponde con la
deseada.
Permítanme
hacer hincapié en que todos los eventos que acabo de describir —reconocimiento
de números, acceso a la información sobre magnitudes, comparación, selección de
respuestas, realización del gesto motor y detección de eventuales errores—
ocurren en menos de medio segundo. La información pasa de un área cerebral a la
siguiente con una velocidad notable. Hoy en día, solo la electroencefalografía
y la magnetoencefalografía ofrecen la oportunidad de seguir este intercambio en
tiempo real.
§.
Comprender la palabra «dieciocho»
Pensemos en otro ejemplo de la velocidad de procesamiento de la información
numérica en el cerebro humano. Observen las palabras DIECIOCHO y DIDEROT. Una
fracción de segundo es suficiente para darse cuenta de que la primera remite a
un número y la segunda a un escritor francés. Es igualmente fácil darse cuenta
de que DOMINAR es un verbo, DINOSAURIO, un animal y DKLPSGQI, una cadena de
letras sin significado. ¿Qué áreas cerebrales están involucradas en la
categorización de palabras de forma arbitraria, pero con significados
diametralmente diferentes? ¿Podría el registro de potenciales relacionados con
eventos revelar la activación de áreas implicadas en la representación del
significado de palabras? ¿Y la corteza parietal inferior se activaría durante
la lectura de la palabra «dieciocho», aunque no se requiriese cálculo alguno?
Cuando
los voluntarios prestan atención a la categoría semántica a la que pertenecen
las palabras, los potenciales evocados muestran una secuencia notable de
activación cerebral (Dehaene, 1995). Al principio, las áreas visuales del
hemisferio izquierdo se activan del mismo modo para las cadenas impresas
DIECIOCHO, DIDEROT o DKLPSGQI. Sin embargo, luego de un cuarto de segundo, poco
más o menos, las áreas visuales posteriores diferencian las palabras reales de
las cadenas de letras sin significado cuya formación no respeta las reglas de
la lengua. Apenas más tarde, cerca de trescientos milisegundos después de
mostrar esa palabra en el monitor, también comienzan a diferenciarse las
diferentes categorías de palabras. Otra vez, los números como DIECIOCHO producen
una onda eléctrica localizada en la corteza parietal izquierda y derecha
inferior, como si el cerebro tuviera que recrear una representación
cuantitativa de su localización en la recta numérica para chequear que sin duda
estos son números.
En
contraste, otras categorías de palabras activan regiones cerebrales muy
diferentes. Tanto los verbos como los animales y las personas famosas causan
una activación extensa de la región temporal izquierda, sospechada por mucho
tiempo de tener un papel especial en la representación del significado de las
palabras. Sin embargo, aparecen variaciones sutiles entre categorías. Lo más
notable es que los nombres de personajes famosos —sean DIDEROT, OBAMA o
MARADONA— son los únicos estímulos que activan la región temporal inferior,
cuya implicación en el reconocimiento de rostros familiares fue demostrada ya
en otros experimentos. Varios otras investigaciones recientes sugieren que este
no es un hallazgo aislado. Se ha descubierto que muchas categorías de palabras
—animales, herramientas, verbos, palabras para colores, partes del cuerpo,
números, entre otras— dependen de conjuntos de regiones distintas diseminadas
por la corteza. En cada caso, para determinar la categoría a la cual pertenece
una palabra, el cerebro parece activar las áreas cerebrales que almacenan la
información no verbal acerca del significado de esa palabra.
§.
Neuronas matemáticas
A pesar de sus importantes aportes, la electroencefalografía todavía es un
método indirecto e impreciso. Decenas de miles de neuronas deben activarse en
sincronía antes de que su efecto eléctrico se vuelva detectable en el cuero
cabelludo. Por eso, los neurocientíficos siguen soñando con una técnica que les
permita examinar el patrón temporal de actividad de una única neurona en el
cerebro humano, como es usual hacer con los animales. En realidad, esta técnica
ya es una realidad, y de hecho, a veces se implantan electrodos directamente en
la corteza cerebral humana, pero es tan invasiva que solo se justifica en
condiciones muy excepcionales. En algunos pacientes que sufren de epilepsia
intratable, es necesaria la neurocirugía para extirpar el tejido cerebral
anormal en el que se originan los ataques. Implantar electrodos intracraneanos
todavía es la mejor forma de señalar la localización exacta de ese tejido. El
método consiste en insertar delgadas agujas, cada una con múltiples espacios de
registro eléctrico, en la profundidad de la corteza y de los núcleos
subcorticales. A menudo estos electrodos se dejan varios días en el lugar, de
modo que pueda recogerse suficiente información acerca de los ataques
epilépticos recurrentes. Previo consentimiento del paciente, no hay
inconveniente para aprovechar este escenario a fin de estudiar el procesamiento
neural de información en el cerebro humano. Por medio de los electrodos
implantados, se puede registrar directamente la actividad eléctrica en el
cerebro mientras el paciente lee palabras o realiza cálculos simples. Según las
características del electrodo, se mide la actividad promedio de solo unos pocos
milímetros cúbicos de corteza, o hasta de una sola neurona.
En el
centro de investigación cerebral de San Petersburgo, Yalchin Abdullaev y
Konstantin Melnichuk (1996) registraron de este modo la actividad de varias
neuronas individuales en la corteza parietal humana de un paciente que
realizaba tareas lingüísticas y de aritmética. En una condición experimental,
aparecía una serie de dígitos en una pantalla y el paciente tenía que calcular
su total; esto se contrastaba con una condición de control en la que el
paciente simplemente tenía que leer los mismos dígitos en voz alta. En una
segunda condición experimental, el paciente debía sumar o restar números como
54 y 7; una vez más, el control consistía en leer uno de los dos números en voz
alta. Por último, la tercera tarea, que no tenía relación alguna con la aritmética,
consistía en decidir si una cadena de letras como CASA o VINCHA es una palabra
válida o no.
Los
resultados fueron muy claros. En los dos hemisferios, las neuronas parietales
inferiores se activaban solo cuando se presentaban números. La mayoría de las
neuronas también se activaba más durante el cálculo que durante la lectura de
números. Sin embargo, la corteza parietal derecha contenía unas pocas neuronas
cuya frecuencia de activación aumentaba incluso durante la lectura de los
dígitos 1 y 2. Cuando el sujeto leía, estas neuronas se activaban solo durante
un intervalo breve luego de la aparición del dígito, de trescientos a
quinientos milisegundos. En cambio, cuando el sujeto sumaba o restaba, la
actividad duraba hasta ochocientos milisegundos después de la presentación
visual (figura 8.7).
Figura 8.7. Una neurona de la corteza parietal humana responde
selectivamente durante el procesamiento de números. La flecha indica el tiempo
de presentación del dígito arábigo 1 o 2. Los intervalos durante los cuales la
frecuencia de activación se desvía significativamente de su valor de reposo se
muestran en negro. La actividad neuronal dura por más tiempo cuando el sujeto
suma el dígito a un total, que cuando simplemente lo lee en voz alta (tomado de
Abdullaev y Melnichuk, 1996; cortesía de Yalchin Abdullaev).
Así, el
registro celular provee un respaldo directo para las inferencias que hemos
obtenido de los métodos más indirectos de la neuropsicología, la tomografía por
emisión de positrones y la electroencefalografía. En el momento en que tenemos
que manipular mentalmente cantidades numéricas, los circuitos neurales de la
corteza parietal inferior desempeñan un papel indispensable y muy específico.
Por
supuesto, los experimentos dispersos mencionados en este capítulo representan
el inicio de las imágenes cerebrales. Las herramientas para visualizar el
cerebro humano activo recién se generalizaron en la década de 1990. Incluso
dentro del campo de la aritmética, docenas de temas todavía permanecen
inexplorados. ¿Las neuronas parietales responden específicamente a algunos
números? ¿La corteza parietal inferior está organizada de forma topográfica, de
modo que las magnitudes numéricas cada vez más grandes se proyectan
sistemáticamente en distintas partes de la corteza? ¿La suma, la resta y la
comparación utilizan circuitos distintos? ¿Su organización cambia con la edad,
la educación en matemática, o el talento para el cálculo mental? ¿A qué otras
regiones se proyecta el área parietal inferior y cómo se comunica con las áreas
involucradas en la identificación y la producción de palabras habladas y
números arábigos?
Se sabe
tan poco acerca de este amplio campo de investigación que nuestra lista de
preguntas abiertas podría continuar indefinidamente. Con las herramientas de
imágenes cerebrales que se encuentran disponibles hoy en día, nuestras
exploraciones científicas del cerebro humano tienen por delante un terreno de
conocimiento muy promisorio. Desde los circuitos neurales hasta el cálculo
mental, desde las neuronas individuales hasta las funciones aritméticas
complejas, la neurociencia cognitiva ha comenzado a tejer vínculos cada vez más
estrechos entre las regiones cerebrales, revelando una imagen más compleja y
más intrigante que la que nos podríamos haber imaginado. Solo hemos capturado
las primeras imágenes de cómo el tejido neural se puede volver, en palabras de
Jean-Pierre Changeux y Alain Connes (1995), «materia para el pensamiento».
Capítulo
9
¿Qué es un número?
Un
matemático es una máquina de convertir café en teoremas.
Anónimo
Contenido:
§. ¿El
cerebro es una máquina lógica?
§. Cómputos analógicos en el cerebro
§. Cuando la intuición supera a los axiomas
§. Platónicos, formalistas e intuicionistas
§. La construcción y la selección de la matemática
§. La efectividad irracional de la matemática
«¿Qué es
un número, que el hombre puede conocerlo, y qué es un hombre, que puede conocer
un número?». Esta pregunta, formulada admirablemente por Warren McCulloch en su
libro Embodiments of Mind (1965) es uno de los problemas más
antiguos de la filosofía de la ciencia, de aquellos que Platón y sus discípulos
discutían cotidianamente en sus pasos por la primera y primigenia Academia,
veinticinco siglos atrás. A menudo me pregunto cómo habrían recibido los
grandes filósofos del pasado la información que hoy tenemos gracias a la
neurociencia y la psicología cognitiva. ¿Qué diálogos habrían inspirado las
imágenes de la tomografía por emisión de positrones en los platónicos? ¿Qué
revisiones drásticas habrían impuesto en los filósofos empiristas ingleses los
experimentos sobre aritmética en recién nacidos? ¿Cómo habría recibido Diderot
la información neuropsicológica que demuestra la extremada fragmentación del
conocimiento en el cerebro humano? ¿Qué agudas conclusiones hubiera sacado
Descartes si hubiese podido disponer de los datos rigurosos de la neurociencia
actual en lugar de las elucubraciones de sus contemporáneos?
Nos
acercamos al final de nuestra exploración de la aritmética en el cerebro. Ahora
que tenemos una mejor comprensión del modo en que el cerebro humano representa
y opera con los números, tal vez deberíamos intentar resumir, con la prudencia
que impone el magro bagaje de nuestro conocimiento, en qué medida esta
información empírica afecta nuestra visión del cerebro y de la matemática.
¿Cómo hace el cerebro para aprender matemática? ¿Cuál es la naturaleza de la
intuición matemática y de qué forma podemos mejorarla? ¿Cuáles son las
relaciones entre la matemática y la lógica? ¿Por qué la matemática es tan útil
en las ciencias físicas? Estas preguntas no atañen solamente a los filósofos,
ni son reflexiones propias de torres de marfil. Muy por el contrario, las
respuestas que les demos condicionarán nuestras políticas educativas y los
programas de investigación. El constructivismo de Piaget y el austero rigor de
Bourbaki han dejado sus huellas en nuestras escuelas. ¿Llegará el día en que
las reformas drásticas dejarán paso a métodos de enseñanza más optimistas y
serenos, basados sobre una comprensión genuina del modo en que el cerebro
humano resuelve los problemas matemáticos? Solo un análisis meticuloso de las
bases neuropsicológicas de la matemática puede acercarnos a alcanzar esta meta
crucial.
§, ¿El
cerebro es una máquina lógica?
¿Qué tipo de máquina es el cerebro humano, capaz de producir matemática? Warren
McCulloch pensaba que sabía parte de la respuesta a esta pregunta que él mismo
se había planteado. Dado que era un matemático, estaba ansioso por comprender
«de qué modo algo como la matemática podía haber visto la luz». Ya en 1919, se
acercó al estudio de la psicología y, más tarde, a la neurofisiología, con la
convicción personal de que el cerebro es una «máquina lógica». En 1943, en un
influyente artículo que publicó junto con Walter Pitts, despojó a las neuronas
de sus reacciones biológicas complejas y las redujo a dos funciones: sumar los
estímulos recibidos y comparar esta suma a un umbral fijo. Entonces, demostró
que una red formada por muchas unidades de este tipo interconectadas puede
realizar cálculos de una complejidad temeraria. En la jerga de la ciencia
computacional, una red como esta tiene el poder computacional de una máquina de
Turing, un dispositivo formal sencillo, inventado por el brillante matemático
británico Alan Turing en 1937, que captura las operaciones esenciales que se
encuentran en funcionamiento en las computadoras para leer, escribir y
transformar la información digital de acuerdo con operaciones matemáticas. El
trabajo de McCulloch demostró así que cualquier operación que puede ser
programada en una computadora también puede ser realizada por una red
adecuadamente conectada de neuronas simplificadas. En resumen, proclamó que «un
sistema nervioso puede calcular cualquier número calculable».
De este
modo, McCulloch siguió las huellas de George Boole, quien en 1854 se había
impuesto como programa «investigar las leyes fundamentales de las operaciones
de la mente gracias a las cuales se lleva a cabo el razonamiento, para darles
expresión en el lenguaje simbólico de un cálculo, y sobre esta base establecer
la ciencia de la lógica y construir su método» (Boole, 1854).
Boole es
el creador de la lógica «booleana», que describe que los valores binarios verdadero y falso,
denotados por el 1 y el 0, deberían combinarse en las operaciones lógicas. En
la actualidad se da por sentado que el álgebra booleana pertenece a la lógica
matemática y a la informática. Pero el propio Boole consideró su investigación
como una contribución central a la psicología, una Investigación de las
leyes del pensamiento, según tituló su libro.
La
metáfora del cerebro como una computadora adquirió así una inmensa popularidad,
no solo entre el público en general, sino incluso entre los especialistas en
ciencia cognitiva. Reside en el núcleo mismo del llamado enfoque
«funcionalista» de la psicología, que propone estudiar los algoritmos de la
mente sin preocuparse por su sustrato neural. Un argumento funcionalista
clásico pone el acento en el hecho de que cualquier algoritmo digital computa
exactamente el mismo resultado, sin importar si funciona en una
supercomputadora o en una calculadora electrónica de bolsillo, y que es
absolutamente indiferente que la máquina en cuestión esté hecha de silicona o
de células nerviosas. De igual modo, para los funcionalistas, el software utilizado
por la computadora de la mente es independiente del equipamiento del cerebro.
Ellos afirman también que los resultados matemáticos de Alonzo Church y Alan
Turing garantizan que todas las funciones de cálculo realizables por una mente
humana también se pueden hacer con una máquina de Turing o con una computadora.
En 1983, Philip Johnson-Laird hasta llegó a afirmar que «la naturaleza física
[del cerebro] no le impone restricción alguna al patrón de pensamiento», y que,
por ende, la metáfora del cerebro-computadora «nunca se deberá suplantar»
(Johnson-Laird, 1983).
¿El
cerebro realmente no es más que una computadora? ¿Una «máquina lógica»? ¿Su
organización lógica puede explicar nuestras habilidades matemáticas y debería
estudiarse independientemente de su sustrato neural? Ustedes no se sorprenderán
mucho si confieso mi sospecha de que el funcionalismo proporciona una
perspectiva insuficiente y limitada entre la mente y el cerebro[45]. Sobre una base puramente
empírica, la metáfora del cerebro como computadora simplemente no se aplica: no
ofrece un buen modelo de la información experimental disponible. Los capítulos
precedentes abundan en contraejemplos que sugieren que el cerebro humano no
calcula como una «máquina lógica». De hecho, los cálculos rigurosos no se le
dan con facilidad al Homo sapiens. Como tantos otros animales, los
humanos nacen con un concepto difuso y aproximado del número, que tiene poco en
común con las representaciones digitales de las computadoras. La invención de
una lengua numérica y de algoritmos de cálculo exactos pertenece a la historia
cultural reciente de la humanidad y, en varios sentidos, es una evolución
antinatural. Si bien nuestra cultura ha inventado la lógica y la aritmética,
sorprendentemente nuestro cerebro ha continuado siendo rebelde incluso a los
algoritmos más simples. Como prueba, basta con considerar la dificultad con la
que los niños asimilan las tablas aritméticas y las reglas de cálculo. Hasta a
un prodigio de cálculo, luego de años de entrenamiento, le lleva decenas de
segundos multiplicar dos números de seis dígitos: es entre mil y un millón de
veces más lento que la computadora personal más lenta.
El
fracaso de la metáfora del cerebro-computadora es casi cómico. En dominios en
los que la computadora es excelente —la ejecución sin fallas de una serie larga
de pasos lógicos— nuestro cerebro resulta lento y falible. A la inversa, en
campos en los que la ciencia computacional se enfrenta a sus mayores desafíos
—el reconocimiento de formas y la atribución de significado— nuestro cerebro
brilla por su extraordinaria velocidad.
Tampoco
en el nivel de los circuitos neurales, la organización del cerebro se asemeja a
la de una computadora. Cada neurona implementa una función biológica
considerablemente más compleja que la simple adición lógica de los estímulos
que recibe (incluso si las neuronas formales de McCulloch y Pitt aportan una
aproximación útil a las neuronas reales). Por sobre todas las cosas, las redes
reales de neuronas no poseen el rigor de ensamblaje de los transistores que se
encuentran en los chips electrónicos de las computadoras modernas. Aunque
técnicamente es posible ensamblar neuronas formales para construir funciones
lógicas, como muestran McCulloch y Pitts, este no es el modo en que funciona el
sistema nervioso central. Las operaciones lógicas no son las funciones
primitivas del cerebro. Si uno tuviera que buscar una función «primitiva» en el
sistema nervioso, tal vez sería la habilidad de una célula nerviosa para
reconocer una «forma» elemental en sus inputs sopesando la
información que recibe de las descargas neuronales de miles de otras unidades.
El reconocimiento de formas aproximadas es una propiedad elemental e inmediata
del cerebro, mientras que la lógica y el cálculo son propiedades derivadas,
solo accesibles al cerebro de una única especie de primate educado de forma
adecuada.
Para ser
justos, debería aclararse que la mayoría de los psicólogos funcionalistas
contemporáneos no adhieren a la ecuación simplista «cerebro = computadora». Su
posición es más sofisticada. No identifican necesariamente el cerebro con
ninguno de los tipos de computadoras seriales que utilizamos hoy en día, sino
que lo conciben como un mero dispositivo de procesamiento de
información. De acuerdo con ellos, lo que cuenta para la psicología es
exclusivamente la caracterización de las transformaciones que los módulos
cerebrales aplican a la información que reciben. Incluso si estos algoritmos de
transformación no se comprenden aún, y si ninguna computadora existente es
capaz de ponerlos en práctica, en principio se supone que con el tiempo las
funciones cerebrales se verán reducidas a ellos. Esa perspectiva torna
irrelevante para la psicología el estudio de las neuronas, las sinapsis, las
moléculas y otras propiedades «húmedas» —como suele llamárselas— de la mente.
De todos modos, también esa rama más sutil del funcionalismo es discutible. No
quiero decir que esté mal estudiar los algoritmos del cerebro, o las
actividades de los humanos, a un nivel puramente conductual: se puede aprender
mucho acerca de una máquina si se determinan los principios de funcionamiento
sobre los que está basada. ¿Pero no se logra mayor progreso todavía cuando se
descubre cómo está construida la máquina en sí misma? La historia de la ciencia
abunda en ejemplos en que la comprensión del sustrato físico o biológico de un
fenómeno ha causado un avance inesperado en la comprensión de sus propiedades
funcionales. El descubrimiento de la estructura molecular del ácido
desoxirribonucleico (ADN), por ejemplo, ha modificado radicalmente nuestra
concepción de los «algoritmos» de heredabilidad, descubiertos muchos años antes
por Mendel. Del mismo modo, las nuevas herramientas de neuroimágenes están
revolucionando en la actualidad nuestro conocimiento de las funciones
cerebrales. ¿No sería absurdo que los psicólogos desestimaran estas herramientas
por no ser importantes para nuestra comprensión de la cognición? En realidad,
lejos de dar la espalda a la investigación en neurociencia, una vasta mayoría
de ellos entiende que realiza una contribución de vital importancia al progreso
de la psicología experimental y clínica.
La
insistencia de los funcionalistas sobre los aspectos computables del
procesamiento cerebral tiene además otra consecuencia poco deseable. Los lleva
a desatender otras facetas del funcionamiento cerebral que no encajan con
facilidad dentro del formalismo de la ciencia computacional. Puede ser esta la
razón más importante por la que la psicología cognitiva ha dejado de lado, en
gran parte, el complejo problema de las emociones y su papel en la vida
intelectual. Sin embargo, con seguridad las emociones deberían tener un lugar
en cualquier teoría del funcionamiento cerebral, incluyendo nuestra
investigación sobre las bases neurales de la matemática. La preocupación por la
matemática llega a paralizar a los niños hasta tal punto que pueden volverse
incapaces de aprender hasta los algoritmos aritméticos más simples. A la
inversa, una pasión por los números puede convertir a un pastor en un prodigio
del cálculo. En su libro llamado El error de Descartes, Antonio
Damasio (1994) demuestra que las emociones y la razón están estrechamente
ligadas, en grado tal que una lesión de los sistemas neurales responsables de
la evocación interna de las emociones puede tener un impacto radical en la
habilidad para tomar decisiones racionales en la vida diaria. La metáfora del cerebro-computadora
no tolera con facilidad este tipo de observaciones, que sugieren que las
funciones cerebrales no pueden reducirse a la transformación fría de
información de acuerdo con reglas lógicas. Si queremos comprender cómo la
matemática puede volverse objeto de tanta pasión u odio, tenemos que conceder a
la sintaxis de las emociones tanta atención como a las operaciones de la razón.
§.
Cómputos analógicos en el cerebro
Los inconvenientes de la metáfora cerebro-computadora no han escapado a la
sagacidad de todos los científicos computacionales. Ya en 1957, John von
Neumann, uno de los padres de la ciencia computacional, dijo, en El
ordenador y el cerebro, «La lengua del cerebro no es la lengua de la
matemática» (Von Neumann, 1958), y recomendaba que no redujéramos las máquinas
solo a computadoras digitales. Las máquinas analógicas que ignoran
completamente la lógica matemática pueden realizar cálculos avanzados. Se dice
que una máquina es «analógica» cuando realiza cómputos operando con cantidades
físicas continuas análogas a las variables que se representan. En la
calculadora de Robinson Crusoe, por ejemplo, el nivel de agua que se encuentra
en el acumulador funciona como un análogo del número, y el agregado de agua es
análogo a la suma numérica. Von Neumann tuvo la notable percepción de que el
cerebro es, probablemente, una máquina híbrida analógico-digital en la que los
códigos simbólicos y analógicos están integrados en una continuidad. Las
habilidades limitadas que nuestro cerebro demuestra para la lógica y la
matemática pueden ser sencillamente el resultado visible de una arquitectura
neural que sigue reglas no lógicas. En palabras del mismo Von Neumann,
Cuando
hablamos de matemática, quizá hablamos un lenguaje secundario, construido sobre
el lenguaje primario utilizado verdaderamente por el sistema nervioso central.
Entonces, las formas exteriores (visibles) de nuestra matemática no son en
absoluto adecuadas para evaluar cuál es el lenguaje matemático o lógico
verdaderamente utilizado por el sistema nervioso central.
En
efecto, la forma en que comparamos los números sugiere que nos parecemos más a
una máquina analógica que a una computadora digital. Cualquiera que escriba
programas de computación sabe que la operación de la comparación de números se
encuentra dentro del conjunto básico de instrucciones del procesador. Un único
ciclo de cálculo de duración constante, con frecuencia de menos de un
microsegundo, es suficiente para determinar si el contenido de un registro es
menor, igual o mayor que el contenido del otro. No es así con el cerebro. En el
capítulo 3 vimos que a un adulto le lleva casi medio segundo comparar dos
números, o cualquier otro par de cantidades físicas. Mientras que a un chip le
alcanzan unos pocos transistores, el sistema nervioso tiene que recurrir a
amplias redes de neuronas e invertir una gran cantidad de tiempo para llegar al
mismo resultado.
Más aún,
el método de comparación que nosotros utilizamos no se implementa con tanta
facilidad en una computadora digital. Recordemos que sufrimos de un efecto de
distancia: nos lleva sistemáticamente más tiempo comparar dos números cercanos,
como el 1 y el 2, que dos distantes, como el 1 y el 9. En cambio, en las
computadoras modernas el tiempo de comparación es obviamente independiente de
los números involucrados.
Inventar
un algoritmo digital que reproduzca el efecto de distancia es un desafío. En
una máquina de Turing, una forma simple de codificar los números consiste en
repetir n veces un mismo símbolo. Entonces, el 1 está
representado por un carácter arbitrario a; el 2, con la
cadena aa, y el 9, con aaaaaaaaa. Pero la máquina solo
puede procesar este tipo de cadenas carácter por carácter. De modo que la
mayoría de los algoritmos de comparación responden en un tiempo que es
proporcional al menor de los números a comparar, independientemente de la
distancia entre ellos. Se puede programar una máquina de Turing para que cuente
cuántos símbolos separan los dos números, pero el más simple algoritmo de este
tipo demora cada vez menos tiempo a medida que más se acercan
los números a comparar, a diferencia de lo que ocurre con el cerebro.
La
notación binaria es otra forma simple de representar los números en una
computadora digital. Cada número, entonces, se codifica como una cadena
de bits formada por ceros y unos. Por ejemplo, 6 se codifica
como 110, 7 como 111, y 8 como 1000. Pero en este punto las cosas toman un
curso extraño: la comparación lleva más tiempo para los números 6 y 7, que se
distinguen solo por el último bit, que para los números 7 y 8, que difieren
completamente desde el primer bit. No es necesario decir que esta singular
propiedad matemática no tiene ningún eco en las observaciones psicológicas, que
indican, al contrario, que el 6 y el 7 son un poco más fáciles de
comparar que el 7 y el 8.
Entonces,
el efecto de distancia, una característica fundamental del procesamiento
numérico en el cerebro humano, no es una propiedad que se sostenga para la
mayoría de las computadoras. ¿Hay otro tipo de máquina para el que aparezca
espontáneamente un efecto de distancia? La respuesta es afirmativa.
Prácticamente cualquier máquina analógica puede mostrar el
efecto de distancia. Observemos el más simple de ellos: una balanza. Pongan una
libra de peso en el plato izquierdo y nueve libras en el derecho. En cuanto los
suelten, la balanza se inclinará inmediatamente a la derecha, indicando que el
9 es más grande que el 1. Luego reemplacen las nueve libras por dos, y realicen
el experimento otra vez. La balanza demorará un lapso más largo en inclinarse
hacia el lado derecho. Entonces, para las balanzas, exactamente como para los
cerebros, es más difícil comparar 2 y 1 que 9 y 1. En efecto, el tiempo que les
lleva inclinarse es inversamente proporcional a la raíz cuadrada de la
diferencia en el peso, una función matemática que se adecua muy bien al tiempo
que nosotros demoramos en comparar dos números.
Por lo
tanto, nuestro algoritmo mental de comparación puede asemejarse a una balanza
que «pesa números». Las habilidades aritméticas de nuestro cerebro pueden
modelarse mejor por medio de una máquina analógica, como la balanza, que con un
programa digital. Se podría objetar que siempre es posible simular el
comportamiento de un dispositivo analógico en una computadora digital. Es
verdad (aunque algunos sistemas físicos caóticos no pueden simularse con una
precisión absoluta). Pero los principios a partir de los cuales se diseña la
computadora no capturan ninguna regularidad significativa acerca del cerebro:
las propiedades del sistema se definen por completo a partir del sistema físico
que se quiere describir.
La
peculiar forma en que comparamos los números revela los originales principios
utilizados por el cerebro para representar parámetros respecto de su entorno,
tales como los números. A diferencia de la computadora, no usa un código
digital, sino una representación cuantitativa interna continua. El cerebro no
es una máquina lógica, sino un dispositivo analógico. Charles Randy Gallistel
ha expresado esta conclusión con una simplicidad notable:
En
efecto, el sistema nervioso invierte la convención representacional según la
cual los números se utilizan para representar magnitudes lineales. En lugar de
servirse de los números para representar las magnitudes, la rata [¡como el Homo
sapiens!] utiliza las magnitudes para representar los números (Gallistel,
1990).
§. Cuando
la intuición supera a los axiomas
Se puede esgrimir un argumento más contra la hipótesis de que el cerebro
realiza operaciones matemáticas como una «máquina lógica». Desde fines del
siglo XIX, varios matemáticos y lógicos —Dedekind, Peano, Frege, Russell y
Whitehead, entre otros— han intentado fundar la aritmética sobre una base
puramente formal[46]. Diseñaron sistemas lógicos
elaborados cuyos axiomas y reglas sintácticas intentaron capturar nuestra
intuición de lo que son los números. Sin embargo, este enfoque formalista se
enfrentaba a varios problemas bastante reveladores respecto de lo difícil que
puede ser reducir el funcionamiento cerebral a un sistema formal.
La más
simple de estas formalizaciones de la aritmética fue provista por los axiomas
de Peano. Para evitar a los lectores cualquier tipo de jerga matemática, puede
decirse que estos axiomas se reducen esencialmente a las siguientes
afirmaciones:
·
1 es un
número.
·
Cada
número tiene un sucesor, denotado como Sn o simplemente como n +
1.
·
Cada
número excepto el 1 tiene un predecesor (dando por sentado que solo
consideramos los enteros positivos).
·
Dos
números diferentes no pueden tener el mismo sucesor.
·
Axioma de
recurrencia: si una propiedad se verifica para el número1, y si el hecho de que
se verifique para n implica que también se verifica para su
sucesor n + 1, entonces la propiedad es verdadera para
cualquier número n.
Estos
axiomas pueden parecer complejos y arbitrarios. Sin embargo, lo único que hacen
es formalizar la noción muy concreta de la cadena de enteros 1, 2, 3, 4, etc.
Satisfacen nuestra intuición de que esta cadena no tiene final: cualquier
número puede siempre ser seguido por otro diferente de todos los anteriores.
Por último, también permiten una definición muysimple de la suma y la
multiplicación: sumar un número n implica repetir la operación
del sucesor n veces, y multiplicar por n significa
repetir la operación de adición n veces.
Pero este
formalismo tiene un problema importante. Mientras los axiomas de Peano aportan
una buena descripción de las propiedades intuitivas de los enteros, a la vez
permiten concebir otros objetos monstruosos, que nos resistimos a llamar
«números», pero que satisfacen los axiomas en todos los sentidos. Se llaman
«modelos no estándar de la aritmética», y plantean dificultades considerables
para el enfoque formalista.
Es
difícil, en unas pocas líneas, explicar qué apariencia tiene un modelo no
estándar, pero para los propósitos actuales debería ser suficiente una metáfora
simplificada. Comencemos con el conjunto de enteros usuales, 1, 2, 3, etc., y
agreguemos otros elementos que podemos imaginar que son «más grandes que todo
el resto de los números». A la semi recta numérica formada por los números 1,
2, 3, etc., agreguemos, por ejemplo, una segunda recta que se extienda hacia el
infinito por los dos lados.
Para
evitar cualquier confusión, denotamos los números de esta segunda recta
numérica agregándoles un asterisco. Entonces, –3*, –2*, –1*, 0*, 1*, 2*, 3*, y
demás, son todos miembros de este segundo conjunto. Ahora, unamos los enteros
estándar y estos nuevos elementos y llamemos «de los números enteros
artificiales» a este conjunto A que comprende a unos y otros:
A = {1,
2, 3,…, …, –3*, –2*, –1*, 0*, 1*, 2*, 3*, …}
El
conjunto A realmente merece esa denominación. Es una quimera que no corresponde
a nada intuitivo. Sus elementos son lo último que querríamos llamar «números».
Y sin embargo cumplen con todos los axiomas de Peano (con la excepción del de
recurrencia: allí mi metáfora está demasiado simplificada). En efecto, hay un
número artificial 1 que no es el sucesor de ningún otro número artificial, y
cada número artificial tiene un único y distinto sucesor en A. El sucesor de 1
es 2, el de 2 es 3, y así sucesivamente; y del mismo modo el sucesor de –2* es
–1*, el de –1* es 0*, el de 0* es 1*, y así sucesivamente. Desde un punto de
vista puramente formal, el conjunto A supone una representación completamente
adecuada del conjunto de enteros tal como lo definen los axiomas de Peano: es
un «modelo no estándar de la aritmética». De hecho, hay infinidad de modelos de
este tipo, muchos de los cuales son aún más exóticos que A.
Los
modelos no estándar son tan extravagantes que, para dar una idea más vívida de
lo que implican, tengo que recurrir a una metáfora algo inverosímil. En el
siglo XIX, la clasificación de las especies animales parecía estar bien
establecida hasta que se descubrió un «monstruo» en la remota Oceanía: el
ornitorrinco. Los zoólogos no habían previsto que algunos de los criterios que
utilizaban para clasificar las aves —especies que tienen pico y ponen huevos—
pudiera aplicarse también a este extraño mamífero que a nadie le gustaría
llamar «ave». Del mismo modo, Peano no podía anticipar que su definición de los
enteros también se aplicaría a los monstruos matemáticos que se alejan de
manera radical de los números corrientes.
El
descubrimiento del ornitorrinco llevó a los zoólogos a revisar algunos de sus
principios. ¿Por qué los matemáticos no podrían seguir sus pasos? ¿No podrían
seguir agregando más axiomas a la lista de Peano hasta que ese sistema formal
revisado se aplicara a los «verdaderos» enteros y solo a ellos? Ahora estamos
llegando al núcleo mismo de la paradoja. Un poderoso teorema de la lógica
matemática, probado por primera vez por Skolem y profundamente relacionado con
el famoso teorema de Gödel, muestra que el agregado de nuevos axiomas nunca
puede abolir modelos no estándar. Por más que sigan intentando extender el
formalismo axiomático, los matemáticos se encontrarán continuamente con nuevos
«ornitorrincos», monstruos que verificarán todas las definiciones formales de
los enteros sin ser idénticos a ellos.
A decir
verdad, las cosas son un poco más complejas, porque solo una determinada
versión de los axiomas de Peano, que los matemáticos llaman «aritmética de
Peano de primer orden», sufre esta infinita multiplicación de modelos no
estándar. Sin embargo, en general se piensa que esta es la mejor axiomatización
de la teoría de los números que tenemos. De manera que nuestro mejor sistema de
axiomas no logra capturar de modo unívoco nuestras intuiciones de lo que son
los números. Las reglas subyacentes a estos axiomas parecen ser adecuadas a los
enteros «naturales», con un criterio muy ajustado; pero luego descubrimos que
objetos muy diferentes, que he llamado «enteros artificiales», también cumplen
con ellas. Por lo tanto, nuestro «sentido numérico» no puede reducirse a la
definición formal provista por estos axiomas. Como notó Husserl en su Filosofía
de la aritmética, dar una definición formal unívoca de lo que llamamos
números es esencialmente imposible: el concepto de número es
primitivo e indefinible.
Esta
conclusión no parece plausible. Todos tenemos una idea clara de lo que
entendemos como entero; entonces, ¿por qué debería ser tan difícil
formalizarla? Sin embargo, nuestros intentos de dar una definición formal no
llegan a ningún lado. Podemos intentar afirmar, por ejemplo, que los enteros se
obtienen contando: simplemente comiencen con el 1 y repitan la operación de
«sucesión» de Peano tantas veces como sea necesario. ¿Tantas veces como sea
necesario? Pero, con seguridad, no más que un número finito de veces; de lo
contrario, ¡terminaríamos otra vez en la tierra extraña de los enteros
artificiales! La circularidad de la definición se vuelve obvia: los números son
lo que se obtiene repitiendo la operación de sucesión un número finito
de veces.
En Ciencia
e hipótesis, Poincaré (1914-2007) se dio el gusto de ridiculizar los
intentos de sus contemporáneos por definir los enteros mediante la teoría de
conjuntos. «Cero es el número de elementos en la clase nula», proponía el
matemático Louis Couturat. «¿Y cuál es la clase nula?», le objetó Poincaré: «Es
la clase que no contiene ningún elemento». Más tarde rebatió de nuevo: «Cero es
el número de objetos que satisfacen una condición que nunca se satisface. Pero,
como nunca significa en ningún caso, no veo que se
haya hecho mucho progreso». Y, otra vez, en una respuesta mordaz a Couturat,
quien definía el uno como el número de elementos de un conjunto en el que dos
elementos cualesquiera son idénticos: «Me temo que si le preguntáramos a
Couturat qué es dos, se vería obligado a usar la palabra “uno”».
La ironía
es que cualquier niño de 5 años tiene una comprensión profunda de los mismos
números que los lógicos más brillantes no logran definir. No hay necesidad de
una definición formal: sabemos intuitivamente lo que son los enteros. Entre el
infinito número de modelos que satisfacen los axiomas de Peano, inmediatamente
podemos distinguir los verdaderos enteros de otras fantasías artificiales y sin
significado. Entonces, nuestro cerebro no depende de axiomas.
Si
insisto con tanto énfasis sobre este punto es por sus importantes consecuencias
para la educación en matemática. Si los psicólogos educacionales hubieran
prestado suficiente atención a la primacía de la intuición por sobre los
axiomas formales en la mente humana, podría haberse evitado un colapso sin
precedentes en la historia de la matemática. Me refiero al infame episodio de
la «matemática moderna», que ha dejado cicatrices en las mentes de muchos niños
de Francia, así como en muchos otros países. En la década de 1979, con el
pretexto de enseñar a los niños un mayor rigor —¡una meta innegablemente
importante!— se diseñó un currículo de matemática que imponía a los alumnos una
pesada carga de axiomas y formalismos abstrusos. Detrás de esta reforma educativa
se encontraba una teoría de la adquisición del conocimiento basada en la
metáfora del cerebro-computadora, que veía a los niños como pequeños
dispositivos de procesamiento de información vacíos de ideas preconcebidas y
capaces de devorar cualquier sistema axiomático. El grupo de matemáticos de
élite conocido como «Bourbaki», al que nos referimos en el capítulo 5, llegó a
la conclusión de que los maestros deberían comenzar lo antes posible a
presentar a los niños las bases formales más fundamentales de la matemática. En
efecto, ¿por qué dejar que los alumnos pierdan valiosos años resolviendo
problemas aritméticos sencillos y concretos, cuando la teoría de grupos
abstracta resume todo ese conocimiento y muchos otros de una forma mucho más
concisa y rigurosa?
Los
capítulos precedentes exponen con claridad las falacias que se encuentran
detrás de esta línea de razonamiento. El cerebro del niño, lejos de ser una
esponja, es un órgano estructurado que adquiere información en la medida en que
se pueda integrar a su conocimiento anterior. Está bien adaptado a la
representación de cantidades continuas, y a su manipulación mental de modo
analógico. La evolución nunca lo preparó, en cambio, para la tarea de devorar
vastos sistemas de axiomas, ni de aplicar largos algoritmos simbólicos.
Entonces, la intuición cuantitativa prima por sobre los axiomas lógicos. Como
observó con sagacidad John Locke, ya en 1689, en su Ensayo sobre el
entendimiento humano: «Muchos saben que 1 más 2 es igual a 3 sin haber
pensado en ningún axioma por medio del cual se lo pueda probar».
Entonces,
bombardear al cerebro juvenil con axiomas abstractos probablemente sea inútil.
Una estrategia más razonable para la enseñanza de la matemática parecería ser
avanzar hacia un enriquecimiento progresivo de las intuiciones de los niños,
apelando sobre todo a su talento precoz para la manipulación de cantidades y el
conteo. Uno debería, en primer lugar, estimular su curiosidad con algunos
acertijos y problemas numéricos entretenidos. Luego, poco a poco, se les puede
presentar el poder de la notación matemática simbólica y los atajos que provee;
en este punto, se debería tener mucho cuidado de no separar nunca este tipo de
conocimiento simbólico de las intuiciones cuantitativas del niño. Finalmente,
se pueden presentar sistemas axiomáticos formales. Tampoco, entonces, se le
deberían imponer al niño, sino más bien deberían estar justificados por una
necesidad de mayor simplicidad y efectividad. Idealmente, cada alumno debería
desandar mentalmente, de forma condensada, la historia de la matemática y sus
motivaciones.
§.
Platónicos, formalistas e intuicionistas
Ahora estamos listos para examinar la segunda pregunta de McCulloch: « ¿Qué es
un número, que el hombre puede conocerlo?». Los matemáticos del siglo XX han
estado profundamente divididos acerca de esta cuestión fundamental, que
concierne a la naturaleza de los objetos matemáticos. Para algunos, llamados
tradicionalmente «platónicos», la realidad matemática existe en un plano
abstracto, y sus objetos son tan reales como los de la vida diaria. Esta era la
convicción que tenía Hardy, el descubridor de Ramanujan: «Creo que la realidad
matemática yace fuera de nosotros, que nuestra función es descubrirla y observarla,
y que los teoremas que probamos y describimos de forma grandilocuente como
nuestras “creaciones” son simplemente notas a partir de nuestras
observaciones».
Una
profesión de fe sorprendentemente similar se encuentra en el matemático francés
Charles Hermite: «Creo que los números y las funciones del análisis no son el
producto arbitrario de nuestro espíritu; creo que existen por fuera de nosotros
con el mismo carácter de necesidad que los objetos de la realidad objetiva; y
los encontramos o descubrimos y los estudiamos como lo hacen los físicos, los
químicos y los zoólogos».
Estas dos
citas están tomadas del libro Matemáticas. La pérdida de la certidumbre de
Morris Kline (1980), que incluye docenas de fragmentos similares. En efecto, la
doctrina platónica está muy difundida entre los matemáticos, y estoy convencido
de que describe con precisión su introspección: realmente tienen la sensación de
estar moviéndose en un paisaje abstracto de números o cifras que existe de
forma independiente de sus propios intentos de explorarlo. Sin embargo, ¿este
sentimiento debería tomarse tal cual, o deberíamos considerarlo simplemente un
fenómeno psicológico que necesita ser explicado? Para un epistemólogo, un
neurobiólogo o un neuropsicólogo, la posición platónica parece difícil de
defender; de hecho, resulta igualmente inaceptable que considerar el dualismo
cartesiano como teoría científica del cerebro. Del mismo modo en que la
hipótesis dualista encuentra dificultades insuperables para explicar cómo un
alma inmaterial puede interactuar con un cuerpo físico, el platonismo deja en
sombras cómo un matemático de carne y hueso podría explorar el reino abstracto
de los objetos matemáticos. Si estos objetos son reales pero inmateriales, ¿de
qué modos extrasensoriales los percibe un matemático? Esta objeción parece
definitiva para la perspectiva platónica de la matemática. También si la
introspección de los matemáticos llega a convencerlos de la realidad tangible
de los objetos que estudian, este sentimiento no puede ser más que una ilusión.
Se supone que uno solo puede ser un genio matemático si tiene una capacidad
sobresaliente para formarse representaciones mentales vívidas de conceptos
matemáticos abstractos, imágenes mentales que pronto se vuelven una ilusión, y
eclipsan así los orígenes humanos de los objetos matemáticos y los dotan de la
apariencia de una existencia independiente.
De
espaldas al platonismo, una segunda categoría de matemáticos, los
«formalistas», entienden que la problemática de la existencia de objetos
matemáticos es una discusión sin sentido y vacía. Para ellos, la matemática es
solo un juego en el que uno manipula símbolos de acuerdo con reglas formales
precisas. Los objetos matemáticos como los números no tienen ninguna relación
con la realidad: se definen, simplemente, como un conjunto de símbolos que
satisfacen determinados axiomas. De acuerdo con David Hilbert, líder del
movimiento formalista, en lugar de afirmar que solo una línea puede atravesar
dos puntos cualesquiera, uno debería decir que solo una mesa atraviesa
cualesquiera dos vasos de cerveza: ¡esta sustitución no cambiaría ninguno de
los teoremas de la geometría! O, parafraseando la famosa afirmación de
Wittgenstein: «Todas las premisas de la matemática significan lo mismo, es
decir, nada».
Sin duda
hay algo de cierto en la idea de los formalistas de que una gran parte de la
matemática es un juego puramente formal. En efecto, muchas preguntas de la
matemática pura han surgido de lo que, a primera vista, pueden parecer ideas
fantasiosas. ¿Qué pasaría si ese axioma se reemplazara por su negación? ¿O si
uno transformara este signo de «más» en un signo de «menos»? ¿O si de pronto
fuera posible extraer la raíz cuadrada de un número negativo? ¿O si hubiera
enteros más grandes que todos los otros?
Y, sin
embargo, no creo que toda la matemática pueda reducirse de este modo a una
exploración de las consecuencias de elecciones formales y arbitrarias. Aunque
la posición formalista puede dar cuenta de la evolución reciente de la
matemática pura, no me parece que explique adecuadamente sus orígenes. Si la
matemática no es más que un juego formal, ¿cómo es que se centra en categorías
específicas y universales de la mente humana como números, conjuntos y
cantidades contínuas? ¿Por qué los matemáticos estiman que las leyes de la
aritmética son más fundamentales que las reglas del ajedrez? ¿Por qué Peano
hizo esfuerzos tan grandes por proponer unos pocos axiomas bien seleccionados
en lugar de una serie de definiciones desordenadas? ¿Por qué el propio Hilbert escogió
solo un subconjunto restringido de razonamientos numéricos elementales para que
funcionaran como una base tentativa para el resto de la matemática? Y, por
sobre todas las cosas, ¿por qué la matemática se aplica de forma tan eficaz
para caracterizar fenómenos de la física?
Considero
que lo que hace la mayoría de los matemáticos no es manejar símbolos de acuerdo
con reglas puramente arbitrarias. Por el contrario, intentan capturar en sus
teoremas determinadas intuiciones numéricas, geométricas y lógicas. De manera
que una tercera categoría de matemáticos es la de los «intuicionistas» o
«constructivistas», que creen que los objetos matemáticos no son más que
construcciones de la mente humana[47]. Desde su punto de vista, la
matemática no existe en el mundo exterior, sino solo en el cerebro del
matemático que la inventa. Ni la aritmética, ni la geometría, ni la lógica
preceden a la aparición de la especie humana. Hasta sería concebible que otra especie
desarrollara una matemática radicalmente diferente, como han sugerido Poincaré
o Delbrück. Los objetos matemáticos son categorías fundamentales, a
priori, del pensamiento humano que el matemático refina y formaliza. La
estructura de nuestra mente nos fuerza, en particular, a subdividir el mundo en
objetos discretos; este es el origen de nuestras nociones intuitivas de los
conjuntos y del número.
Los
fundadores del intuicionismo han puesto el acento sobre la naturaleza primitiva
e irreductible de la intuición numérica. Poincaré hablaba sobre «esta intuición
del número puro, la única intuición que no puede engañarnos», y proclamaba, con
seguridad, que «los únicos objetos naturales del pensamiento matemático son los
enteros». Para Dedekind, también, el número era una «emanación inmediata de las
puras leyes del pensamiento».
Como
demuestra el historiador de la matemática Morris Kline, las raíces del
intuicionismo se remontan a Descartes, Pascal, y, por supuesto, a Kant. Si bien
Descartes defendía el cuestionamiento sistemático de las propias creencias, no
llegaba hasta desafiar la obviedad de la matemática. En sus Meditaciones
metafísicas, confesaba que
…había
contado en el número de las verdades más patentes aquellas que concebía con
claridad y distinción tocantes a las figuras, los números y demás cosas
atinentes a la aritmética y la geometría.
Pascal
extendió aún más esa perspectiva:
Nuestro
conocimiento de los primeros principios, como el espacio, el tiempo, el
movimiento, el número, es tan cierto como cualquier conocimiento que obtengamos
a través del razonamiento. De hecho, este conocimiento provisto por nuestros
corazones y nuestro instinto es necesariamente la base sobre la que nuestro
razonamiento tiene que construir sus conclusiones.
Por
último, para Kant, el número pertenecía a las categorías sintéticas a
priori de la mente. De modo más general, este filósofo afirmaba que
«la verdad fundamental de la matemática se encuentra en la posibilidad de que
sus conceptos sean construidos por la mente humana».
Entre las
teorías disponibles sobre la naturaleza de la matemática, en mi opinión, el
intuicionismo ofrece la mejor explicación de las relaciones entre la aritmética
y el cerebro humano. Los descubrimientos de los últimos años en la psicología
de la aritmética han traído nuevos argumentos para avalar la perspectiva
intuicionista que ni Kant ni Poincaré podrían haber conocido. Estos resultados
empíricos tienden a confirmar el postulado de Poincaré de que el número
pertenece a los «objetos naturales del pensamiento», las categorías innatas de
acuerdo con las cuales aprehendemos el mundo. De hecho, ¿qué nos revelaron los
capítulos precedentes acerca de este sentido numérico natural?
·
Que el
bebé humano nace con mecanismos innatos para individualizar objetos y para
extraer la numerosidad de pequeños conjuntos.
·
Que este
«sentido numérico» también está presente en los animales y, por lo tanto, es
independiente del lenguaje y tiene una historia evolutiva larga.
·
Que en
los niños la estimación numérica, la comparación, el conteo, las sumas y restas
simples, todas estas operaciones emergen de forma espontánea sin demasiada
instrucción explícita.
·
Que la
región parietal inferior de ambos hemisferios cerebrales alberga circuitos
neuronales dedicados a la manipulación mental de las cantidades numéricas.
De manera
que la intuición acerca de los números está anclada en la profundidad de
nuestro cerebro. El número parece ser una de las dimensiones fundamentales a
partir de las cuales nuestro sistema nervioso interpreta el mundo externo. Del
mismo modo en que no podemos evitar ver los objetos en color (un atributo
completamente construido por los circuitos de nuestra corteza occipital,
incluida el área V4) y en localizaciones definidas del espacio (una
representación reconstruida por vías occipitoparietales de proyección
neuronal), las cantidades numéricas se nos imponen sin esfuerzo a través de los
circuitos especializados de nuestro lóbulo parietal inferior. La estructura de
nuestro cerebro define los atributos del entorno que estamos en condiciones de
atender, en la medida en que determina categorías de acuerdo con las cuales
aprehendemos el mundo, y sobre las cuales fundamos la matemática.
§. La
construcción y la selección de la matemática
Si bien los resultados empíricos de la neuropsicología parecen avalar el
intuicionismo con argumentos similares a los invocados por Poincaré, esta
posición debería disociarse claramente de una forma extrema de intuicionismo:
el constructivismo defendido ardientemente por el matemático neerlandés Luitzen
Brower. En su afán por fundar la matemática sobre puras intuiciones, Brower fue
demasiado lejos, según muchos de sus colegas. Rechazó determinados principios
lógicos que solían utilizarse en las demostraciones matemáticas, pero que según
él no se ajustaban a ninguna intuición simple. En especial, llegó a rechazar,
por motivos que no se pueden explicar de forma completa aquí, la aplicación a
conjuntos infinitos de la ley del medio excluido, un principio de la lógica
clásica de apariencia muy inocente, que sostiene que cualquier afirmación
matemática significativa es o bien verdadera o bien falsa. El rechazo de ese
postulado llevó al desarrollo de una nueva rama de la matemática llamada
«constructivista».
Definitivamente,
no depende de mí decidir si es la matemática clásica o es la constructivista de
Brower la que provee los caminos más coherentes y productivos para la
investigación. En última instancia, la decisión corresponde a la comunidad
matemática, y los psicólogos deben limitarse al rol de observadores. De todos
modos, en mi opinión, ambas teorías son compatibles con la hipótesis más amplia
de que la matemática consiste en la formalización y el gradual refinamiento de
nuestras intuiciones fundamentales. Como humanos, nacemos con múltiples
intuiciones en lo que se refiere a los números, los conjuntos, las cantidades
continuas, la iteración, la lógica y la geometría del espacio. Los matemáticos
luchan por formalizar estas intuiciones y convertirlas en sistemas de axiomas
coherentes desde el punto de vista lógico, pero no hay garantía alguna de que
esto llegue a ser posible. En verdad, los módulos cerebrales que subyacen a
nuestras intuiciones han sido moldeados de forma independiente por la
evolución, con mayor interés por su eficiencia en el mundo real antes que por
su coherencia global. Tal vez por esto los matemáticos no coinciden respecto de
las intuiciones que adoptan como axiomas y las que dejan de lado. La matemática
clásica está basada en una intuición de la dicotomía entre la verdad y la
falsedad (y, en este sentido —como notó Brower—, en efecto corre el riesgo de
excederse en nuestras intuiciones acerca de los conjuntos finitos e infinitos).
Brower, al contrario, adopta la primacía de las construcciones finitas o de los
razonamientos como principio fundamental. En última instancia, y a pesar de que
muchas veces se la llama «intuicionismo», es claro que su versión de la
matemática no es más intuitiva que otras, solo está basada en un conjunto de intuiciones
parcialmente distinto.
En este
marco, entonces, resta explicar cómo, sobre la base de las categorías innatas
de su intuición, los matemáticos elaboran construcciones cada vez más
abstractas. En línea con el neurobiólogo francés Jean-Pierre Changeux (Changeux
y Connes, 1995), me gustaría sugerir que en la matemática está en
funcionamiento un proceso evolutivo de construcción seguido de selección. La
evolución de la matemática es un hecho histórico bien probado. La matemática no
es un cuerpo rígido de conocimiento. Sus objetos y hasta sus modos de
razonamiento han evolucionado en el transcurso de muchas generaciones. La
estructura de la matemática se ha construido por medio de la prueba y el error.
A veces los andamiajes más altos están a punto de derrumbarse, y a menudo la
reconstrucción sigue a la demolición, en un ciclo sin fin. Las bases de
cualquier construcción matemática están asentadas en intuiciones fundamentales,
como las nociones de conjunto, número, espacio, tiempo o lógica. Estas últimas
casi nunca se cuestionan, dado que pertenecen a las representaciones más
profundas e irreductibles elaboradas por nuestro cerebro. La matemática se
puede caracterizar como la formalización progresiva de estas intuiciones. Su
objetivo es hacerlas más coherentes, mutuamente compatibles, y adaptadas a
nuestra experiencia del mundo exterior.
Varios
criterios parecen regir la selección de objetos matemáticos y su transmisión a
las generaciones futuras. En la matemática pura, la no contradicción, pero
también la elegancia y la simplicidad son las propiedades centrales que
garantizan la preservación de una construcción matemática. En matemática
aplicada, se agrega un criterio importante: la adecuación de los constructos
matemáticos al mundo físico. Año tras año, se localizan y se eliminan
inexorablemente las construcciones matemáticas auto contradictorias, torpes o
inútiles. Solo las más fuertes resisten la prueba del tiempo.
Ya hemos
visto por primera vez un ejemplo de cómo se produce la selección en matemática
en el capítulo 4, cuando analizamos la evolución de las notaciones numéricas.
Nuestros ancestros remotos probablemente nombraran solo los números 1, 2 y 3.
Más tarde surgió una serie de inventos: la numeración a través del señalamiento
del cuerpo, los nombres de números hasta el diez y finalmente una compleja
sintaxis numérica basada en reglas de suma y multiplicación; y en la escritura,
la notación basada en marcas, la numeración aditiva y luego la notación
posicional en base 10. Cada paso fue el hito de una mejora pequeña pero
consistente, para que los números se volvieran más legibles, más compactos y
más expresivos.
Se podría
escribir una historia evolutiva similar para el continuum de
los números reales. En tiempos de Pitágoras, solo los enteros y las
proporciones de dos enteros se consideraban números. Luego llegó el increíble
descubrimiento de la inconmensurabilidad de la diagonal del cuadrado: √2 no se
puede expresar como la proporción de dos enteros. Pronto se construyó una
infinidad de cantidades irracionales de este tipo. Durante más de veinte
siglos, los matemáticos lucharon por encontrar una formalización adecuada para
ellos. Hubo pasos en falso —los infinitesimales—, soluciones aparentes, que en
realidad estaban llenas de contradicciones, y varios regresos al punto de
partida. Por último, hace solo un siglo, el trabajo de Dedekind comenzó a
proveer una definición satisfactoria del conjunto de los números reales.
De
acuerdo con el punto de vista evolucionista que postulo, la matemática es una
construcción humana y, en consecuencia, una tentativa necesariamente imperfecta
y revisable. Esta conclusión puede parecer sorprendente debido al aura de
pureza que rodea a la matemática, con tanta frecuencia proclamada como el
«templo del rigor». Los matemáticos mismos se maravillan con la potencia de su
disciplina, y está bien que así sea. ¿Pero no tendemos todos a olvidarnos de
que fueron necesarios cinco milenios de esfuerzos para que viera la luz?
Muchas
veces la matemática es considerada la única ciencia acumulativa: una vez
obtenidos, sus resultados nunca se cuestionan o se revisan. Sin embargo, una
mirada a viejos libros de matemática provee muchos contraejemplos para esta
perspectiva. Volúmenes monumentales se han vuelto obsoletos con el advenimiento
de métodos generales para resolver ecuaciones polinómicas de segundo, tercero y
cuarto grado. Una demostración que una vez resultó válida puede ser juzgada
inadecuada o directamente falsa por la siguiente generación de matemáticos. ¿No
es sorprendente, por ejemplo, que la suma infinita 1 - 1 + 1 - 1 + 1…,
alternando infinitamente la suma y resta de 1, haya paralizado a los
matemáticos por más de un siglo? Hoy en día, cualquier estudiante universitario
puede probar que esta suma no tiene ningún valor significativo (oscila entre 0
y 1). Sin embargo, en 1713, ¡un matemático tan talentoso como Leibniz probó —de
forma incorrecta, claro— que esta suma infinita era igual a 1/2!
Si les
parece difícil creer que un razonamiento defectuoso pueda esconderse durante
décadas para las mejores mentes, tómense el tiempo de pensar el problema
ilustrado en la figura 9.1. ¡Se prueba, en unos pocos pasos, que
dos líneas cualesquiera se encuentran en un ángulo recto! La demostración es
errónea, por supuesto, pero el error es tan sutil que puede buscarse durante
varias horas sin tener éxito. ¿Qué decir, entonces, de recientes demostraciones
que a veces cubren cientos de páginas en las revistas científicas de
matemática? Las academias en todo el mundo han recibido docenas de falsas
demostraciones del último teorema de Fermat; hasta la primera prueba
convincente encontrada por Andrew Wiles contenía una afirmación incorrecta cuya
rectificación le llevó casi un año de esfuerzo. ¿Y qué debemos pensar de las
demostraciones más nuevas, que requieren que una computadora realice una
evaluación exhaustiva de miles de millones de combinaciones? Algunos
matemáticos objetan esta práctica, porque temen que no tengamos prueba de que
el programa de computadora no contiene errores. Hasta el día de hoy, entonces,
la estructura de la matemática no se encuentra completamente estabilizada. No
tenemos garantías de que algunas de sus piezas, como la suma infinita de Leibniz,
no serán arrojadas a la basura dentro de unas pocas generaciones.
Figura
9.1. El
cerebro humano está poco adaptado a las largas cadenas de pasos lógicos
necesarios para las demostraciones matemáticas. En la prueba que sigue, aunque
cada paso parezca correcto, la conclusión final es obviamente errónea, ¡dado
que afirma que cualquier ángulo es un ángulo recto! ¿Pueden encontrar el error?
Demostración: sea ABCD un cuadrilátero con
dos lados iguales AB y CD y con un ángulo recto δ = ∠BAD. El
ángulo δ’ = ∠ADC es arbitrario; sin embargo, vamos a probar que
siempre es igual al ángulo recto δ. Dibujen L, la mediatriz de AD y L’, la
mediatriz de BC. Llamen «O» a la intersección de L y L’. Por hipótesis, O es
equidistante de A y de D (OA = OD), y también de B y de C (OB = OC). Dado que
AB = CD, los triángulos OAB y ODC tienen lados iguales; luego, son semejantes.
Dado que sus ángulos son iguales:
∠BAO = ∠ODC = α
Dado que
OAD es un triángulo isósceles,
∠DAO = ∠ODA = β
Por
consiguiente,
δ = ∠BAD = ∠BAO - ∠DAO = α -
β
y
δ’ = ∠ADC = ∠ODC - ∠ODA = α -
β
lo que
implica que δ = δ’. Quod erat demonstrandum, como solemos señalar en nuestro
trabajo con teoremas.
¿Dónde está el error? La respuesta está en el Apéndice A de este libro.
Nadie
puede negar que la matemática es una actividad extraordinariamente difícil. He
atribuido esta dificultad a la arquitectura del cerebro humano, que no está
bien adaptado para las largas cadenas de operaciones simbólicas. Cuando éramos
niños, ya nos encontrábamos con severas dificultades para aprender las tablas
de multiplicar o los algoritmos de cálculo de varias cifras. Las imágenes de la
actividad cerebral que se produce cuando una persona realiza restas repetidas
del dígito 3 muestran una activación bilateral intensa de los lóbulos parietal
y frontal. Si una operación tan elemental como la resta ya pone en
funcionamiento nuestra red neuronal hasta tal punto, ¡es fácil imaginar la
concentración y el nivel de experticia necesarios para demostrar una conjetura
matemática novedosa y verdaderamente difícil! Así, no causa gran sorpresa que
tan a menudo el error y la imprecisión arruinen las construcciones matemáticas.
Solo la actividad colectiva de decenas de miles de matemáticos, acumulada y
refinada a lo largo de los siglos, puede explicar su éxito actual. Esta
conclusión fue capturada acertadamente por el matemático francés Évariste
Galois: « [Esta] ciencia es la obra de la mente humana, que está destinada más
a estudiar que a saber, y a buscar la verdad más que a encontrarla».
§. La
efectividad irracional de la matemática
Afirmar que la aritmética es el producto de la mente humana no implica sostener
que sea arbitraria y que, en algún otro planeta, podríamos haber nacido con la
idea de que 1 + 1 = 3. A lo largo de la evolución filogenética, así como
durante el desarrollo neural en la niñez, la evolución ha actuado a través de
la selección para asegurar que el cerebro construya representaciones internas
que estén adaptadas al mundo exterior. La aritmética es una adaptación de este
tipo. En nuestra escala, el mundo está construido en su mayor parte a partir de
objetos separables que se combinan en conjuntos de acuerdo con la conocida
ecuación 1 + 1 = 2. Y eso motivó que la evolución haya anclado esta regla en
nuestros genes. ¡Tal vez nuestra aritmética habría sido radicalmente diferente
si, como querubines, hubiéramos evolucionado en los cielos, donde una nube más
otra sigue siendo una sola nube!
La
evolución de la matemática provee algunas ideas acerca de lo que todavía se
destaca como uno de sus más grandes misterios: su habilidad para representar el
mundo físico con una precisión notable; en 1921, Einstein se preguntó: « ¿Cómo
es posible que la matemática, un producto del pensamiento humano que es
independiente de la experiencia, encaje tan bien con los objetos de la realidad
física?». El físico Eugene Wigner (1960) hablaba de la «irracional efectividad
de la matemática en las ciencias naturales». En verdad, los conceptos
matemáticos y las observaciones físicas a veces parecen encajar con tanta
precisión como las piezas de un rompecabezas. Adviertan que Kepler y Newton
describen que los cuerpos sujetos a la gravedad siguen trayectorias regulares
en forma de elipses, parábolas e hipérbolas, las mismas curvas de acuerdo con
las cuales los matemáticos griegos, dos milenios antes, clasificaban las varias
intersecciones de un plano y un cono. Adviertan que las ecuaciones de la
mecánica cuántica predicen la masa del electrón hasta el enésimo decimal.
Adviertan que la curva con forma de campana de Gauss encaja, prácticamente a la
perfección, con la distribución observada de la radiación fósil originada con
el big bang.
La
efectividad de la matemática plantea un problema fundamental para la mayoría de
los matemáticos. Desde su perspectiva, el mundo abstracto de la matemática no
tendría que ajustarse de modo tan exacto al mundo concreto de la física porque
se supone que son independientes. Perciben la aplicabilidad de la matemática
como un misterio indescifrable, que lleva a algunos de ellos al misticismo.
Para Wigner, «el milagro de lo apropiado de la lengua de la
matemática para la formulación de las leyes de la física es un magnífico
don que ni comprendemos ni merecemos». De acuerdo con Kepler, «el
objeto principal de toda la investigación sobre el mundo exterior debería ser
descubrir su orden y su armonía racional, que fueron dispuestos por
Dios y que él nos reveló en la lengua de la
matemática». O prestemos atención a Cantor: «La más alta perfección de Dios
yace en la habilidad para crear un conjunto infinito, y su inmensa
bondad lo lleva a crearlo». Por su parte, Ramanujan sigue los mismos
caminos: «Una ecuación, para mí, no tiene significado a menos que exprese
un pensamiento de Dios» [en todas estas citas, el destacado me
pertenece]. Estas afirmaciones no son solo reliquias del misticismo del siglo
XIX. Una versión del principio antrópico, recientemente adoptado por famosos
astrofísicos contemporáneos, afirma que el universo fue creado por medio de un
diseño según el cual los humanos emergerían de él al final y serían capaces de
comprenderlo.
¿El
universo fue diseñado intencionadamente de acuerdo con leyes matemáticas? Sería
tonto creer que puedo resolver este problema que claramente le compete a la
metafísica, y al cual el mismo Einstein veía como el misterio principal del
universo. Sin embargo, por lo menos uno puede preguntarse por qué científicos
eminentes sienten la necesidad de afirmar, en el mismo contenido de su
investigación, su fe en un diseño universal y su sumisión a entidades no
observables, sin importar si las llaman «Dios» o «las leyes matemáticas del
universo». En biología, la revolución darwiniana nos enseñó que el
descubrimiento de estructuras organizadas que parecen diseñadas para un
propósito claro no señala necesariamente las obras de un Gran Arquitecto. El
ojo humano, que parece un milagro de la organización, es el resultado de
millones de años de mutaciones ciegas ordenadas por la selección natural. El
mensaje central de Darwin es que, cada vez que vemos evidencias de un diseño en
un órgano como el ojo, tenemos que preguntarnos si alguna vez existió un
diseñador o si por sí sola la selección pudo darle esa forma en el curso de la
evolución.
La
evolución de la matemática es un hecho. Los historiadores de la ciencia han
registrado su lento ascenso, a través de prueba y error, a una mayor
eficiencia. Puede no ser necesario, entonces, postular que el universo fue
diseñado para conformar a las leyes matemáticas. En lugar de ello, ¿no fueron
nuestras leyes matemáticas, y los principios de organización de nuestro cerebro
antes que ellas, los seleccionados para encajar con precisión en la estructura
del universo? El milagro de la efectividad de la matemática, tan apreciado por
Wigner, podría entonces explicarse si se tiene presente la evolución selectiva,
del mismo modo que el milagro de la adaptación del ojo a la vista. Si la
matemática de nuestros días es eficiente, tal vez sea porque la matemática
ineficiente de ayer se ha eliminado y reemplazado inexorablemente.
La
matemática pura parece plantear un problema en verdad más serio para la
perspectiva evolutiva que defiendo. Los matemáticos declaran que siguen algunas
cuestiones matemáticas solo por su perfección, sin aplicaciones a la vista. Sin
embargo, décadas más tarde se revela que sus descubrimientos encajan a la
perfección con algún problema hasta entonces insospechado de la física. ¿Cómo
se puede explicar la extraordinaria adecuación de los productos más puros de la
mente humana a la realidad física? En un marco evolucionista, tal vez la
matemática pura se debería comparar con un diamante en bruto, material crudo
que todavía no se ha sometido a la prueba de selección. Los matemáticos generan
una enorme cantidad de matemática pura. Solo una pequeña parte de ella será
útil alguna vez para la física. Así, existe una sobreproducción de soluciones
matemáticas de las que los físicos seleccionan aquellas que parecen mejor
adaptadas a su disciplina, un proceso no muy diferente del modelo darwiniano de
las mutaciones al azar seguidas por la selección. Tal vez con este argumento
parecerá menos milagroso que, entre la amplia variedad de modelos disponibles,
algunos terminen encajando perfectamente con el mundo físico.
En última
instancia, el tema de la efectividad irracional de la matemática pierde buena
parte de su velo de misterio cuando uno tiene en mente que los modelos
matemáticos pocas veces están de acuerdo exactamente con la
realidad física. Mal que le pese a Kepler, los planetas no trazan elipses. La
Tierra tal vez seguiría una trayectoria elíptica exacta si estuviera sola en el
sistema solar, si fuera una esfera perfecta, si no intercambiara energía con el
Sol, etc. En la práctica, sin embargo, todos los planetas siguen trayectorias
caóticas que apenas se parecen a elipses y resultan imposibles de calcular con
precisión más allá de un límite de varios miles de años. Todas las «leyes» de
la física que imponemos con arrogancia al universo parecen estar condenadas a
no ser más que modelos parciales, representaciones mentales aproximadas que
mejoramos sin cesar. En mi opinión, es probable que nunca se alcance la «teoría
del todo», el sueño actual de los físicos.
La
hipótesis de una adaptación parcial de las teorías matemáticas a las
regularidades del mundo físico tal vez pueda proveer algunas bases para
encontrar una reconciliación entre los platónicos y los intuicionistas. El
platonismo hace un hallazgo de innegable verdad cuando pone el énfasis en que
la realidad física está organizada de acuerdo con estructuras que preceden a la
mente humana. Sin embargo, no diría que esta organización es de naturaleza
matemática. Más bien, es el cerebro humano el que la traduce a la matemática.
La estructura de un cristal de sal es tan clara que no podemos evitar
percibirla con seis facetas. Sin duda, existía mucho antes de que los humanos
comenzaran a vagar por la tierra; sin embargo, solo los cerebros humanos
parecen capaces de discriminar el conjunto de facetas, percibir su numerosidad
como 6, y relacionar ese número con otros en una teoría coherente de la
aritmética. Los números, como otros objetos matemáticos, son construcciones
mentales cuyas raíces se deben encontrar en la adaptación del cerebro humano a
las regularidades del universo.
Hay un
instrumento que los científicos utilizan con tanta regularidad que a veces se
olvidan de que existe: su propio cerebro. El cerebro no es una máquina lógica,
universal y óptima. Mientras la evolución lo ha dotado de una sensibilidad
especial a determinados parámetros útiles para la ciencia, como el número,
también lo ha vuelto particularmente impaciente e ineficiente en series de
cálculos lógicos y largos. Lo ha inclinado, por último, a proyectar sobre los
fenómenos físicos un marco antropocéntrico que hace que todos veamos evidencias
de diseño donde solo suceden la evolución y el azar. ¿El universo realmente
está «escrito en lengua matemática», como decía Galileo? Me inclino a pensar,
más bien, que este es el único lenguaje con el que podemos intentar leerlo.
Parte IV
La ciencia contemporánea del número y el cerebro
Capítulo
10
El sentido numérico, quince años después
Contenido:
§.
Números en el cerebro
§. Números en el espacio y el tiempo
§. Neuronas para números
§. Números en bebés
§. La especial condición de los números 1, 2 y 3
§. ¿Cómo funciona la subitización?
§. De la aproximación a los números exactos
§. La comprensión de las diferencias individuales y la discalculia
§. De la cognición numérica a la educación
§. Conclusión
Han
pasado quince años desde que propuse mi hipótesis del sentido numérico,
la peculiar idea de que debemos nuestras intuiciones matemáticas a una
capacidad heredada que compartimos con otros animales, concretamente, la
percepción rápida de cantidades aproximadas de objetos. ¿Cómo se sostiene una
idea tan disparatada luego de quince años de un intenso escrutinio?
Sorprendentemente bien, diría. El sentido numérico es reconocido hoy como uno
de los dominios más importantes de la capacidad humana y animal, y sus
mecanismos cerebrales vienen siendo estudiados de manera constante y con un
nivel de detalle cada vez mayor. En este epílogo, señalaré algunos de los
descubrimientos más fascinantes en este campo que crece con velocidad.
Para una
demostración simple, miren la cruz situada en el centro de la figura 10.1, que
muestra un conjunto de cien puntos a la izquierda y diez a la derecha. Esperen
treinta segundos, vayan a la figura de la página siguiente y miren la cruz otra
vez. Deberían experimentar una ilusión numérica fuerte: la imagen de la derecha
de esta segunda ilustración también parecerá tener más puntos que la de la
izquierda. Luego de unos instantes, la ilusión desaparecerá y surgirá la
verdad: ¡ambos lados presentan exactamente el mismo dibujo de cuarenta puntos!
Esta ilusión resiste todo tipo de manipulaciones de tamaño, densidad, forma o
color de los puntos: solo parece importar su número. Este es un ejemplo
perfecto del sentido numérico. La percepción del número se impone de forma
inmediata, automática y sin control consciente: incluso cuando sabemos que
los números son iguales, nuestros ojos, o mejor, nuestro cerebro, nos dicen lo
contrario. En palabras de David Burr y John Ross, que descubrieron esta
ilusión: «Del mismo modo en que tenemos una sensación visual directa del color
rojo en media docena de cerezas maduras, también tenemos un sentido de su
condición de seis».
Figura 10.1. Una ilusión numérica revela la potencia y la
automaticidad del sentido numérico. Primero, miren la cruz del centro durante
treinta segundos. Luego, den vuelta la página y miren otra vez, intentando
decidir cuál de los dos conjuntos es más grande. Cuando se exponen a la primera
ilustración, su sentido numérico se adapta a una cantidad grande a la izquierda
y a una cantidad pequeña a la derecha, lo que causa un sesgo erróneo en la
dirección opuesta para la segunda ilustración (tomada de Burr y otros, 2008).
Pero ¿qué
sabemos acerca de los circuitos cerebrales que subyacen a esta percepción del
número?
§.
Números en el cerebro
El capítulo 8 de este libro tiene por tema excluyente las técnicas de
neuroimágenes que existían en 1997. «Quédense conectados», escribí en aquel
momento, «porque los próximos diez años de investigación sobre el cerebro muy
probablemente nos entregarán muchos más vistazos emocionantes acerca del órgano
especial que nos hace humanos». Es sorprendente, en retrospectiva, observar lo
rudimentarias que eran estas técnicas en la década de 1990. De hecho, uno de
los avances más importantes de los últimos quince años ha sido la proliferación
de investigaciones en neuroimágenes humanas, utilizando técnicas cada vez más
sofisticadas. La resonancia magnética funcional (o fMRI) se ha vuelto el método
preponderante. Brinda imágenes de la actividad cerebral en una escala
milimétrica. Se pueden tomar imágenes del cerebro completo en funcionamiento
repetidas veces, cada uno o dos segundos. Por eso, veinte segundos de
información obtenidos de este modo son equivalentes a los resultados de un
experimento de tres horas realizado mediante la tomografía por emisión de
positrones (o PET), y además, sin tener que inyectar una sustancia extraña en
el flujo sanguíneo del participante, porque las imágenes utilizan únicamente la
omnipresente molécula de hemoglobina. La sensibilidad de la resonancia
magnética también es notable. Por ejemplo, si monitoreamos la actividad de la
corteza motora de una persona, podemos saber qué botón se ha presionado, en
cualquier ensayo, con una precisión del 95 % (Dehaene, Le Clec’H y otros,
1998). Así, no causa sorpresa que en pocos años se hayan publicado decenas de
miles de experimentos, incluidos cientos acerca de los mecanismos cerebrales de
la aritmética.
Los
resultados de todos estos experimentos confirman que hay una franja estrecha y
específica de la corteza que realiza un aporte especial al procesamiento
numérico (Dehaene, Piazza, Pinel y Cohen, 2003). Se encuentra en la profundidad
de un espacio localizado en la parte posterior del cerebro —en los lóbulos
parietales izquierdo y derecho, como puede verse en la figura 10.2— y se lo
conoce como «surco intraparietal»; pero mis colegas y yo lo llamamos «región
“hIPS”», debido a las iniciales de «parte horizontal del surco intraparietal»
en inglés. Se activa sistemáticamente en todos los sujetos que hemos estudiado
alguna vez mediante neuroimágenes, siempre que les solicitamos que presten
atención a un número. El cálculo mental es la mejor forma de activar esta
región; por ejemplo, si pedimos a una persona que reste al número 13 los
diferentes dígitos que aparecen en una pantalla (Chochon, Cohen, Van de
Moortele y Dehaene, 1999, Simon, Mangin, Cohen, Le Bihan y Dehaene, 2002). Sin
embargo, realmente no hace falta poner en marcha una aritmética tan compleja.
Si la persona simplemente presta atención a una secuencia de letras, colores y
dígitos y se le pide que busque elementos específicos (por ejemplo, el color
rojo, la letra A y el dígito 1), la hIPS se activa cada vez que aparece un
número (Eger, Sterzer, Russ, Giraud y Kleinschmidt, 2003); en cambio, no
reacciona si el estímulo es una letra o un cuadrado de color. Así pues, su
asociación con el sentido numérico es muy cercana: parece que no podemos pensar
en un número sin poner en funcionamiento esta área cerebral.
Hay
muchos indicios de que esta región en efecto está íntimamente involucrada en la
cantidad, por oposición a otros aspectos del número. En primer lugar, responde
a todas las modalidades de presentación: ya sea que la persona esté mirando un
conjunto de puntos, como hicieron ustedes, o un símbolo, como el número arábigo
3, o bien la palabra escrita o hablada «tres». Este criterio simple ubica la
hIPS en lo que los neurocientíficos llaman sectores de la corteza
«plurimodales» o «amodales»: regiones cerebrales que, a diferencia de las áreas
sensoriales, no están ligadas a una modalidad sensorial específica, como la
vista o el tacto, sino que yacen en el punto de encuentro de muchas rutas de
entrada y procesan información de naturaleza más abstracta. Si una región
cerebral debe codificar un concepto abstracto, que no esté vinculado a
sensaciones específicas, es fundamental que responda a todas las modalidades de
estimulación por las cuales puede comunicarse ese concepto.
Figura 10.1 [Continuación]
En
verdad, un segundo criterio confirma que la hIPS está involucrada
exclusivamente con el concepto del número: su activación no cambia si los
números son hablados o escritos, pero varía conforme los números son pequeños o
grandes, cercanos o distantes. Piensen, por ejemplo, en la tarea de comparación
de números. En ella hay que decidir si un número-blanco, como el 59, es más
pequeño o más grande que determinada referencia, por ejemplo, 65. Como expliqué
en el capítulo 3, nuestras respuestas en esta tarea dependen enteramente de la
proximidad de las cantidades. Tal como hemos mostrado, somos mucho más rápidos
cuando la distancia numérica es grande, por ejemplo, cuando comparamos 19 y 65,
que cuando es pequeña, como en la comparación de 59 con 65. Sorprendentemente,
la región hIPS muestra el mismo efecto de distancia: su grado de activación
varía de forma monótona según la distancia entre los números. La activación es
baja cuando la distancia es grande y la comparación es fácil, y aumenta de
forma gradual a medida que la distancia se reduce (Pinel y otros, 2001[48]). La región hIPS continúa
codificando la distancia numérica incluso cuando los números se presentan
utilizando complicadas palabras escritas, por ejemplo, «cuarenta y siete»
frente a «sesenta y uno». A esta región parece no afectarle la especificidad de
la información de entrada, sino solo el concepto de cantidad.
Figura 10.2. Localización de la región parietal para el sentido numérico. La
fila de arriba muestra cortes de un cerebro humano. Las regiones bilaterales
que se muestran en negro en el corte del medio pertenecen a la hIPS (segmento
horizontal del surco intraparietal), el lugar que se activa en varias tareas
aritméticas, como la comparación de números, la suma, la resta o la
aproximación. Las imágenes de abajo muestran que la detección de solo un número
es suficiente para activar esta región; como indica la curva, ya sea que se los
presente de forma visual o auditiva, los números la activan mucho más que las
letras o los colores.
En 1999,
con mis colegas publicamos un artículo en la revista Science que
propuso una contundente demostración del modo en que el lóbulo parietal
focaliza la cantidad (Dehaene y otros, 1999). Comenzamos con la idea simple de
que algunos cálculos aritméticos precisan que se piense específicamente acerca
de las cantidades, mientras que otros solo requieren que se recuerden de
memoria datos aritméticos. Por ejemplo, la mayoría de nosotros tiene almacenada
una «tabla mental» de datos de multiplicación; en cambio, de algún modo tenemos
que calcular la respuesta para una resta de dos dígitos, porque no la sabemos
de memoria. Incluso dentro de la misma operación, como la
suma, podemos adoptar una de dos actitudes: o tratamos de recuperar el
resultado desde la memoria verbal, o intentamos calcularlo multiplicando
cantidades. Piensen, por ejemplo, en la ecuación 15 + 24 = 99: su sentido de
las magnitudes, que se involucra de inmediato, les permite darse cuenta de que
la ecuación es falsa, mucho antes de que puedan decidir si el resultado
correcto es 39 o 49, utilizando el cálculo exacto y su memoria verbal de datos
aritméticos almacenados. Se sigue una predicción muy simple: si se le pide a
una persona que compute una suma exacta, se observará activación en áreas vinculadas
con las tareas seriales y esforzadas, y con la memoria verbal; pero si se le
solicita a esa persona que realice una aproximación, observaremos una
activación mayor en las regiones parietales izquierda y derecha que codifican
la cantidad (hIPS). Cuando monitoreamos la activación cerebral con la fMRI y
con electroencefalografía (potenciales relacionados con eventos), nuestros
resultados coincidían muy bien con esta predicción sencilla. Cuando se les da a
las personas una suma exacta con la opción de dos respuestas muy cercanas (por
ejemplo, ¿4 + 5 = 7 o 9?), hay mayor activación en las regiones del hemisferio
izquierdo que se encuentran involucradas en el procesamiento del lenguaje;
mientras que, en la condición de aproximación, donde ambas opciones son incorrectas
pero una es más cercana (por ejemplo, ¿4 + 5 = cerca de 8 o cerca de 3?),
nuestra área predilecta, la hIPS, está notablemente más activa.
Por
supuesto, la diferencia es de grados. Ambos conjuntos de regiones colaboran
sistemáticamente cuando hacemos cuentas, pero la presencia de la hIPS es más
evidente cuando se vuelve necesario el procesamiento de cantidades. En
particular, el entrenamiento cambia el equilibrio entre áreas cerebrales.
Cuando se nos pide por primera vez que calculemos operaciones aritméticas
complicadas, como 23 + 39, la hIPS está al máximo de su activación. Poco a
poco, a medida que la repetición almacena los datos en nuestra memoria, la
actividad cerebral disminuye en la hIPS y aumenta en las regiones del
hemisferio izquierdo que procesan lenguaje, particularmente en una región
llamada «giro angular» (Delazer y otros, 2003, Ischebeck y otros, 2006). En
conjunto, estos resultados se ajustan bien a la noción de la existencia de dos
sistemas para el procesamiento del número: una representación central de las
magnitudes, asociada con la región intraparietal de ambos hemisferios, presente
en todas las culturas y tipos de educación; y un circuito del hemisferio
izquierdo distinto, asociado con estrategias específicas de la lengua y la
educación para almacenar y recuperar datos aritméticos.
La
interconexión entre la hIPS y la región del hemisferio izquierdo dedicada al
lenguaje es tan eficiente que, siempre que vemos un dígito o una palabra que
hace referencia a un número, nuestro cerebro la convierte rápidamente en el
código parietal de cantidad. Esta conversión ocurre incluso de forma
inconsciente (Dehaene, Naccache y otros, 1998, Naccache y Dehaene, 2001a,
2001b, Reynvoet y Ratinckx, 2004). En el capítulo 3, describí el ingenioso
diseño de los psicólogos cognitivos que permite hacer invisibles las palabras,
enmascarándolas con cadenas de letras al azar o asteriscos. De este modo, se
puede proyectar un número en una pantalla durante no más de un veinteavo de
segundo sin que el sujeto se dé cuenta: todo lo que ve son los caracteres
intermitentes. A pesar de esto, el cerebro de la persona registra claramente la
palabra escondida, computa su significado y lo representa en la hIPS. Más
sorprendente aún resulta que, cuando se le pregunta si otro número visible, que
sigue inmediatamente al invisible, es más grande o más pequeño que 5, las
imágenes cerebrales revelan que el número escondido tiene una influencia sobre
la respuesta. ¡El sujeto no sabe de qué número se trataba, pero su cerebro
tiene la información de si era más grande o más pequeño que 5! Hasta su corteza
motora se comporta como si estuviera calculando cómo debería haber respondido
al estímulo-blanco invisible.
Una
pregunta fundamental, sin embargo, es si alguna parte de la región hIPS está
verdaderamente dedicada al número. ¿La región hIPS se comporta, como propone
Brian Butterworth (1999), como un «módulo del número» especializado cuyas
neuronas no se ocupan de otra cosa más que de la aritmética? En efecto, a veces
el cerebro dedica toda una parte de la corteza a una función muy precisa e
importante, por ejemplo, al reconocimiento de rostros (Tsao, Freiwald, Tootell
y Livingstone, 2006). Sin embargo, respecto del número, la respuesta es más
compleja. Algunos de los circuitos neuronales de la hIPS se encargan
específicamente del número, pero están entremezclados con neuronas que se
enfocan a otros parámetros, como la localización o el tamaño de los objetos
(Pinel y otros, 2004, Tudusciuc y Nieder, 2007). Tenemos que enfrentar esta
realidad compleja: el cerebro humano no es ni un «papel en blanco» isotrópico
cuyas regiones son todas equivalentes, ni tampoco una prolija disposición de
módulos altamente especializados y bien separados.
Muchos
experimentos prueban que la hIPS claramente no es una región genérica que se
activa cuando alguien piensa en un concepto abstracto o realiza cualquier tipo
de operación de comparación. Este punto fue precisado por el psicólogo belga
Marc Thioux (Thioux, Pesenti, Costes, De Volder y Seron, 2005). Utilizó un
diseño ingenioso en el cual se tomaban neuroimágenes de los participantes
mientras realizaban tareas de comparación y clasificación del mismo tipo, pero
a veces con números y a veces con nombres de animales. Por ejemplo, durante la
comparación, tenían que decidir si cada animal que se presentaba era más o
menos feroz que un perro, y esto se contrastaba más tarde con la decisión de si
cada número era más grande o más pequeño que 5. En la tarea de clasificación,
los sujetos debían juzgar si un número era impar o par, o si un animal era un
mamífero o no. Por último, en el caso más sencillo, se les pedía que decidieran
si el número estaba escrito en minúsculas o mayúsculas. En todos los casos, la
hIPS se activaba cuando la persona veía un número, pero no reaccionaba para el
nombre de un animal. Esta región se activa de forma manifiesta con la dimensión
abstracta de la cantidad, pero no con la noción igualmente conceptual de
ferocidad. Es más, esta conclusión es totalmente convergente con los estudios
realizados en pacientes con daño cerebral, que indican que el conocimiento de
los animales y el aritmético pueden disociarse por completo a partir de una
lesión cerebral (Cappelletti, Butterworth y Kopelman, 2001, Lemer y otros,
2003), de modo tal que se pierde el acceso a uno de ellos, mientras que el otro
se mantiene indemne. Los pacientes que sufren de Alzheimer pueden tener una
demencia severa, hasta el punto de no saber cuál es la diferencia entre un perro
y una jirafa y, sin embargo, tener un desempeño destacado con los números. A la
inversa, los pacientes con acalculia, con frecuencia ocasionada por una lesión
cerebral en la región hIPS o muy cerca de ella, pueden perder toda comprensión
del número y, sin embargo, seguir siendo perfectamente racionales con otras
categorías de palabras. Entonces, no hay dudas de que el cerebro trata al
número como una categoría específica del conocimiento, que requiere su propio
aparato neurológico en el lóbulo parietal.
§.
Números en el espacio y el tiempo
Cuando se trata de distinciones más sutiles, como el número frente al largo, el
espacio o el tiempo, la especificidad de la hIPS desaparece. Ninguna parte de
la hIPS parece estar involucrada solo en los cálculos numéricos. Sabemos esto a
partir de experimentos en los que se les pidió a las personas que compararan no
solo números, sino también otras dimensiones sensoriales continuas, como el
tamaño físico, la localización, el ángulo o la luminosidad (Fias, Lammertyn,
Reynvoet, Dupont y Orban, 2003, Pinel y otros, 2004, Cohen Kadosh y otros,
2005, Kaufmann y otros, 2005, Cohen Kadosh y Henik, 2006b, Zago y otros, 2008).
En este caso, las activaciones no se separan de manera neta en grupos
correspondientes a distintas regiones, específicas para cada parámetro, sino
que en gran medida se superponen a lo largo de todo el surco intraparietal.
Esta superposición es particularmente marcada respecto del número y la
localización y del número y el tamaño; en efecto, los niños y hasta los adultos
con frecuencia confunden estas dimensiones. Recuerden que examinamos las
interacciones entre número y tamaño en el capítulo 3; pueden probar su
habilidad para esto decidiendo cuál de estos números es el más grande del par:
2 o 4
9 o 5
5 o 6
¿Notaron
que eran anormalmente lentos y hasta cometían errores al realizar esta tarea
simple? Estas observaciones son un testimonio directo del hecho de que el
tamaño físico y la magnitud numérica se superponen en su cerebro (Pinel y
otros, 2004). El tamaño, la localización y el número se procesan, todos, en una
región similar de la corteza parietal. También hay una superposición
considerable entre las activaciones inducidas por las comparaciones de números
y letras (Fias, Lammertyn, Caessens y Orban, 2007), probablemente porque las
letras y los números comparten principios de orden y temporalidad, por lo menos
cuando los recitamos en un orden fijo. Los conceptos de letra y número son
disociables —no utilizan exactamente las mismas neuronas (Facoetti y otros,
2009)— pero están tan entremezclados que crean interferencia en nuestras
mentes.
En
síntesis, una región específica del parietal está activa cuando operamos con la
aritmética, pero el concepto de número se vincula de forma muy cercana a los de
espacio y tiempo en esta área del cerebro. Las neuronas encargadas de estas
dimensiones están entremezcladas dentro de las mismas áreas cerebrales. Es más,
no forman un conjunto prolijo y ajustado o un «módulo», sino que parecen
encontrarse ampliamente distribuidas en varios centímetros de corteza. Lejos de
ser un problema, o incluso una sorpresa, este descubrimiento ayuda a explicar
una gran cantidad de observaciones realizadas acerca del sentido numérico; por
ejemplo, el hecho de que utilicemos palabras espaciales para hablar de números
que están «cerca» o «lejos» el uno del otro. Los pacientes con lesiones
parietales muchas veces sufren de una pérdida simultánea del número y de otros
conceptos temporales o categorías ordenadas, como los días de la semana (¡un
paciente nombró 1 como lunes y 2 como martes!). Otros pacientes que sufrían de
negligencia espacial —incapacidad para prestar atención al lado izquierdo del
espacio, típicamente debida a una lesión en el hemisferio derecho— exhiben un
deterioro atencional que se extiende a la representación espacial de los
números. Una evaluación estándar de su déficit consiste en pedirles que señalen
la mitad de un segmento horizontal: como «desatienden» el lado izquierdo, el
punto medio que perciben generalmente está alejado hacia la derecha.
Sorprendentemente, lo mismo ocurre con los números: cuando se les pide a los
pacientes que sufren de negligencia que reporten la mitad de un intervalo
numérico, por ejemplo, «¿Qué hay entre 11 y 19?», responden con un número
excesivamente grande como 17 o 18; o, en los casos más severos, con un número
fuera del intervalo original, como 23 (Zorzi, Priftis y Umilta, 2002). Sus
respuestas parecen absurdas. Solo se pueden comprender si tenemos en mente que,
durante una tarea de bisección, utilizamos nuestra atención espacial para
explorar mentalmente la recta numérica. Los pacientes cuyo sistema de atención
espacial está dañado merodean al azar por este espacio interno.
Los
últimos quince años han producido un frenesí de demostraciones de cómo el
número, el espacio y el tiempo interactúan en el cerebro, de maneras más
diversas que las que alguna vez imaginé (Hubbard y otros, 2005). Los niños y
hasta los bebés de 8 meses de edad aparentemente ya pueden hacer asociaciones
entre estas dimensiones (De Hevia y Spelke, 2009, 2010, Lourenco y Longo,
2010). Uno de los descubrimientos más notables es que pensar acerca de un
número afecta el modo en que distribuimos la atención en el espacio (Fischer,
Castel, Dodd y Pratt, 2003). Para comprobar esto en el laboratorio, primero se
debe mostrar un número en el centro de una pantalla e inmediatamente después
presentar un pequeño punto a la izquierda o a la derecha. Si bien el número parecería
ser totalmente irrelevante para la tarea, el tiempo que lleva detectar el punto
depende del tamaño del número: un número grande atrae la atención a la derecha
y acelera la detección en esa parte del espacio, mientras que uno pequeño atrae
la atención a la izquierda. Esta es una buena variación de la asociación
espacial-numérica de códigos de respuesta, o efecto SNARC, que describí en el
capítulo 3, y que muestra una relación consistente entre los conceptos de
número y espacio. En efecto, de unos años a esta parte se han identificado
fuertes vínculos entre el tiempo, el espacio y el número en innumerables
experimentos. Por ejemplo, pueden comprobar que luego de ver un número grande,
si tienen que hacer un movimiento de la mano, esta se inclinará hacia la
derecha (Song y Nakayama, 2008). Si tienen que tomar un objeto, sus dedos se
abrirán hasta un tamaño apenas más grande que el necesario (Lindemann,
Abolafia, Giraldi y Bekkering, 2007). Si tienen que juzgar la duración
temporal, un número más grande parece durar por más tiempo en la pantalla que
uno más pequeño (Dormal, Seron y Pesenti, 2006). La asociación también funciona
en la dirección inversa. Si usted le pide a alguien que genere números al azar,
podrá adivinar el tamaño aproximado de sus respuestas mirando sus movimientos
oculares: a menudo, antes de generar un número grande, sus ojos se moverán
hacia la derecha y arriba, mientras que irán hacia la izquierda y abajo cuando
piensen en un número pequeño (Loetscher, Bockish, Nicholls y Brugger, 2010).
¿Cómo se
explica esta peculiar asociación entre el tamaño del número y la dirección de
la mirada y la atención? Nuestra investigación por medio de neuroimágenes ha
revelado que proviene de un «derrame» sistemático de actividad neural en el
lóbulo parietal (Hubbard y otros, 2005, Knops, Thirion, Hubbard, Michel y
Dehaene, 2009, Ranzini, Dehaene, Piazza y Hubbard, 2009). Cuando evocamos una
representación mental de alguna magnitud numérica, la activación cerebral
comienza en la hIPS, pero también se expande a regiones cercanas que codifican
la localización, el tamaño y el tiempo. Como resultado, cuando vemos un número,
nuestra percepción del espacio, y hasta nuestros movimientos de la mano y de
los ojos, se ven afectados por las estimaciones algo tendenciosas que hacemos
de estos parámetros.
Como
ejemplo, con mi alumno posdoctoral André Knops describimos hace algún tiempo
cómo el cálculo mental crea una comunicación cruzada entre el área numérica y
el área de los movimientos oculares, ambas del lóbulo parietal (Knops, Thirion
y otros, 2009, Knops, Viarouge y Dehaene, 2009). En primer lugar, identificamos
las regiones de los movimientos oculares del cerebro simplemente pidiéndoles a
los participantes que rotaran los ojos hacia la izquierda o hacia la derecha
mientras se los registraba. Así, se identificaron dos regiones claramente
definidas en la corteza parietal posterior izquierda y derecha. Con un
mecanismo de aprendizaje automático, después mostramos que el estado de
activación de estas regiones podía decirnos, con una precisión del 70 %, hacia
dónde se había movido el ojo en determinado ensayo. Esta es una forma de
«lectura cerebral», que simplemente indica que en esta área se puede trazar un
mapa de todas las direcciones posibles de nuestra mirada: si podemos ver dónde
está ocurriendo la activación en el mapa, podemos determinar adónde moverá los
ojos la persona. Sin embargo, en una continuación más creativa de este
experimento, luego examinamos qué hacían estas áreas de movimientos oculares en
un segundo bloque de ensayos, en el que las personas calculaban sumas y restas
aproximadas. El resultado fue sorprendente: el patrón de actividad cerebral
durante las sumas se parecía al de un movimiento ocular a la derecha. A la
inversa, cuando nuestros participantes restaban números, el patrón correspondía
al de un desplazamiento hacia la izquierda. Verificamos que los ojos no se
estuvieran moviendo: entonces, ¿por qué estaban activas estas regiones? Cuando
se calcula, por ejemplo, que 32 + 21 es aproximadamente 50, la atención interna
se mueve del primer número, 32, al número mayor 50, que está del lado «derecho»
de la recta numérica en nuestra cultura, que lee de izquierda a derecha. Del
mismo modo, cuando se calcula 32 - 21, la atención se mueve hacia la
«izquierda», al número más pequeño 11. Entonces, la suma mueve la atención
hacia la derecha, y la resta hacia la izquierda, y podemos detectar estos
cambios de atención ocultos monitoreando el estado de activación en el cerebro.
Si bien
estos estudios son entretenidos, sus conclusiones también tienen un amplio
alcance. Cuando pensamos en números, o hacemos cuentas, no dependemos solo de
un concepto puro, etéreo y abstracto del número. De inmediato, nuestro cerebro
conecta el número abstracto con nociones concretas de tamaño, localización y
tiempo. No hacemos cuentas «en abstracto». Más bien, para realizar tareas
matemáticas utilizamos circuitos cerebrales que también sirven para guiar
nuestras manos y nuestros ojos en el espacio; circuitos que están presentes en
el cerebro del mono, y es claro que no evolucionaron para la matemática, sino
que se han anticipado y se han puesto a funcionar en un dominio diferente. Esta
es una ilustración perfecta del principio de reciclaje neuronal,
que presenté en mi libro reciente, El cerebro lector (Dehaene,
2014). Mi planteo es que los inventos humanos más nuevos —incluidas las letras,
así como los números y todos los conceptos de la matemática— tienen que
encontrar su nicho en un cerebro humano que no evolucionó para albergarlos. Han
tenido que meterse en el cerebro invadiendo territorios corticales dedicados a
funciones de cierta afinidad. En el caso de la aritmética, comenzamos con un
sentido del número aproximado que compartimos con otros animales, y que
involucra los lóbulos parietales. A medida que nuestra aritmética se expande a
funciones completamente novedosas y exclusivamente humanas, como la suma de dos
dígitos, estos conceptos flamantes se pueden representar en el cerebro, por lo
menos en parte, solo porque algunas funciones ya existentes en la corteza
cercana se reciclan para este nuevo uso. Así, la aritmética
invade las áreas cercanas que codifican el espacio y los movimientos de los
ojos.
§.
Neuronas para números
La
matemática depende de determinadas intuiciones que pueden ser el producto de
las características de nuestros órganos sensoriales, nuestro cerebro y el mundo
externo.
Morris Kline, Matemáticas, la pérdida de la certidumbre
Si bien
el conocimiento de las áreas cerebrales involucradas en la aritmética es
esencial, apenas constituye un comienzo. Los métodos para tomar imágenes del
cerebro humano todavía son demasiado elementales como para dar alguna
indicación acerca de cómo se codifican las funciones matemáticas en el nivel de
las neuronas individuales. Sin embargo, las neuronas son las principales
unidades de cómputo de la corteza, y no podemos afirmar que comprendemos el
funcionamiento de las operaciones aritméticas si no somos capaces de describir,
paso a paso, cómo estas células asombrosamente complejas logran representar,
por ejemplo, el hecho de que 2 es más pequeño que 3.
Cuando
escribí la primera versión de este libro, allá por 1997, propuse un modelo muy
específico: es probable que el lóbulo parietal contenga neuronas que responden
a un número, es decir que están calibradas, o ajustadas de manera aproximada
para cada número que llega. En aquel momento, puse énfasis en el carácter
especulativo de esta propuesta. La única evidencia directa a su favor era el
puñado de neuronas registradas por Richard Thompson en gatos anestesiados,
descripto en un artículo publicado en la revista Science en
1970. Muchas otras especies animales, incluidos los monos macacos, claramente
prestaban atención a los números que los rodeaban, por lo que mi modelo
predecía que también ellos debían estar equipados con neuronas ajustadas al
número, pero nadie las había visto nunca. Esta área parecía lista para dar
lugar a intensas investigaciones, y mi conclusión fue la siguiente: «La última
palabra de esta historia será de los neurofisiólogos que se atrevan a continuar
la búsqueda de las bases neuronales de la aritmética animal utilizando
herramientas modernas de recodificación de neuronas».
Desafortunadamente,
la corteza del macaco también contiene varios miles de millones de neuronas.
Para albergar siquiera una pequeña esperanza de registrar aquellas relevantes
para el procesamiento del número, los electro fisiólogos necesitaban contar por
lo menos con una idea, aunque fuera inexacta, de dónde colocar sus electrodos.
Mis colegas y yo siempre pensamos que nuestros experimentos de imágenes
cerebrales humanas podían desempeñar un papel importante aquí. Después de todo,
el cerebro humano es un gran cerebro de primate —¡aunque con un par de
características agregadas!— y, por lo tanto, su organización sin duda podía
darnos indicaciones útiles para la investigación en animales. Nuestros estudios
siempre señalaban la región hIPS, en la profundidad del área parietal, como un
correlato sistemático de la aritmética humana. Entonces, parecía probable que
la misma localización, llamada surco intraparietal, que también se
encuentra en los monos, estuviera involucrada en el procesamiento del número en
el cerebro de estos. En 2002, publicamos un estudio de neuroimágenes que hizo
más precisa esta propuesta (Simon y otros, 2002, Simon y otros, 2004).
Mostramos que el lóbulo parietal humano contiene un mapa geométrico sistemático
de las habilidades numéricas y espaciales. En todos los cerebros humanos, la
activación relacionada con los números siempre cae en la misma posición entre
dos puntos de referencia. Delante de ella hay un área que se activa cuando
tomamos objetos. Detrás, una región que se ocupa de los movimientos oculares.
Resulta significativo que también en el cerebro del mono —mucho más pequeño—
existen regiones involucradas en tomar objetos y en los movimientos oculares.
En la parte frontal del surco intraparietal del mono hay neuronas que solo se
activan cuando este toma objetos de determinada forma; en la parte posterior,
otras neuronas se encargan de aquello a lo que el mono está prestando atención
y sobre lo cual planifica enfocar los ojos. No sabíamos con certeza si estas
zonas en el cerebro del mono eran verdaderos precursores evolutivos de las
áreas humanas; de hecho, su homología todavía es materia de debate, en parte
porque el cerebro humano parece tener muchas más áreas de este tipo que el
cerebro del mono. Sin embargo, si aceptamos una homología no tan precisa,
nuestro mapa implicaba que las hipotéticas neuronas dedicadas al número en el
cerebro del mono también podían estar ubicadas en un punto intermedio entre
estos dos puntos. Esta inferencia nos llevó a esperar encontrarlas en el área
del mono llamada «intraparietal ventral», o simplemente VIP, por su sigla
inglesa, que se encuentra en la profundidad del surco intraparietal del mono.
¡Unos
pocos meses más tarde de que diéramos a conocer por primera vez nuestra
hipótesis, se demostró que, en efecto, esta región específica era un «lugar muy
importante»[49]! Dos grupos independientes de
científicos finalmente habían identificado las neuronas para números cuya
existencia y ubicación habíamos predicho (Nieder, Freedman y Miller, 2002,
Sawamura, Shima y Tanji, 2002, Nieder y Miller, 2003, 2004[50]). Si bien estas células estaban
desparramadas por todo el lóbulo parietal, se observaron en mayor cantidad en
el lugar exacto donde nuestros estudios con humanos nos habían llevado a
esperarlas: en las profundidades del surco intraparietal, dentro del área VIP,
o muy cerca de ella. También se registraron neuronas de números en un área muy
anterior del cerebro, la corteza prefrontal dorso-lateral. Estas neuronas, sin
embargo, parecían ser algo diferentes: sus respuestas eran más lentas y
reaccionaban con mayor fuerza en una etapa tardía, en la que los monos
almacenaban el número en la memoria de trabajo. En efecto, la corteza
prefrontal como un todo es un área mucho más genérica, que está activa siempre
que mantenemos en mente una información por algunos segundos. Por eso, la
concepción actual sostiene que las neuronas parietales son las unidades
especializadas que constituyen el código numérico primario, y las neuronas más
lentas de la corteza prefrontal simplemente almacenan esta información si se la
debe recuperar en un momento ulterior.
Para
probar que estas neuronas realmente codifican el número, Andreas Nieder y Earl
Miller, que en aquel momento trabajaban en el MIT, entrenaron a un grupo de
monos en una tarea numérica muy difícil, que requería que prestaran atención a
la igualdad numérica. En cada ensayo, el mono primero veía un conjunto que
contenía entre uno y cinco puntos, seguido por una pantalla en blanco. Sin
embargo, sabía que pronto aparecería un segundo conjunto, y que debería decidir
si el número de puntos era el mismo que en el conjunto anterior o no. El
desempeño de los monos no dejaba ninguna duda de que comprendían la tarea:
tenían un formidable éxito en este juicio de igual/diferente, y solo cometían
errores cuando los números estaban cerca el uno del otro (por ejemplo, 4 frente
a 5). Además, efectivamente estaban prestando atención al número y no a otros
parámetros, como el tamaño de los ítems. Los investigadores comprobaron esto
último cambiando el resto de las características del estímulo, como el tamaño,
el color o la disposición de los ítems. Era muy obvio que el comportamiento del
mono no estaba vinculado a estos parámetros irrelevantes, y dependía únicamente
de la distancia entre los dos números.
Figura 10.3. Neuronas de número en el cerebro del mono. Se
entrenó al mono para que memorizara la numerosidad de un conjunto, y luego
decidiera si coincidía con la numerosidad de un segundo conjunto. En la corteza
prefrontal e intraparietal, una gran proporción de neuronas se ocupaba del
número. Las curvas que representan el nivel de respuesta de las neuronas para
cada conjunto de puntos, o curvas de ajuste, indican que cada neurona se
activaba al máximo para un número específico de ítems (tomado de Nieder y
otros, 2003, 2004).
Una vez
determinado este comportamiento, Nieder y Miller comenzaron a registrar la
actividad cerebral y muy rápidamente lograron identificar una fracción de las
neuronas, cerca del 20 % del lóbulo parietal, cuyo patrón de descarga reflejaba
el número que se había presentado (véase figura 10.3). Cada una de ellas estaba
ajustada para determinado número de objetos en el estímulo. Por ejemplo, un
conjunto de neuronas se activaba al máximo cada vez que se presentaba un solo
objeto; un número mayor de objetos en la escena solo las hacía descargarse
menos. Otro conjunto de neuronas alcanzaba su pico en el número 2; otras
preferían los números 3, 4 o 5. En un trabajo reciente, Andreas Nieder ha
encontrado incluso neuronas que se ocupan de números de las decenas del 20 y
del 30 (Nieder y Merten, 2007). Como los mismos monos, estas neuronas solo
prestan atención a los números, y su comportamiento no varía en relación con
las particularidades de lo que se les muestra. ¡Realmente parecen estar
calibradas para los números!
A partir
del modelo teórico que propuse con Jean-Pierre Changeux en 1993, y que se
describe en el capítulo 1, teníamos expectativas muy precisas acerca de estas
neuronas. No solo debía haber un pico de descarga para un número determinado,
sino que tendría que haber una curva con forma de campana alrededor del pico,
lo que demostraría, de este modo, una preferencia para un rango aproximado de
números. Es más, predijimos que el ancho de las curvas de campana sería el
mismo para todas las neuronas, sin importar qué número prefirieran, una vez que
se hubiera graficado la información en el eje «comprimido» apropiado para el
número (desde un punto de vista matemático, debería ser un eje logarítmico).
Esta propiedad significa, simplemente, que cada neurona responde a un
porcentaje fijo de números alrededor de su valor preferido: se activa para
todos los números que se encuentran dentro de un intervalo de, digamos, más o
menos un 30 % de su número favorito. Sorprendentemente, los datos de Andreas
Nieder eran tan precisos que fue posible poner a prueba estas predicciones
matemáticas con gran exactitud, y todos encajaban perfectamente con lo que
esperábamos. Esto se puede observar en la figura 10.3. Las neuronas que se
ocupan de los conjuntos de cuatro ítems, por ejemplo, también responden a tres
o a cinco objetos, pero se activan mucho menos para un único objeto. Las
características de las curvas de ajuste de las neuronas son exactamente las que
deberían ser para explicar las confusiones numéricas de los monos (y las de los
humanos también). Como se explicó en el capítulo 3, tendemos a confundir los
números que representan cantidades similares, como el 4 y el 5. Es más, el
rango en el cual ocurren estas confusiones aumenta con el número, de modo que
se puede describir como un porcentaje fijo de incertidumbre alrededor de la
media. Entonces, confundimos los números 4 y 5 aproximadamente al mismo nivel
en que confundimos 40 y 50. Las curvas de ajuste, es decir las curvas que
muestran la tasa de respuesta de las neuronas de los monos de acuerdo con el
número de ítems, tienen exactamente la misma métrica.
En
conjunto, las neuronas del número forman lo que llamamos una «representación
distribuida» o un «código de población» para números: cada número no se
codifica con exactitud, por obra de unas pocas neuronas precisas, sino de forma
aproximada, gracias a un conjunto de neuronas burdamente calibradas, con una
imprecisión que aumenta con el número. El código neural identificado por Nieder
y Miller en el mono macaco es justamente lo que esperaba según mi investigación
conductual en humanos. En los últimos años, he desarrollado un modelo
matemático para acortar la brecha entre las neuronas y el comportamiento
(Dehaene, 2007[51]). A partir de la hipótesis de
que tenemos neuronas que están ajustadas al número y de que nuestras decisiones
se basan sobre inferencias óptimas de este código interno, mi modelo demuestra
cómo podemos hacer una reconstrucción detallada de las características de los
juicios numéricos humanos. Por ejemplo, en la medida en que los números se van
acercando, nos volvemos cada vez más lentos y menos precisos en la comparación
entre dos de ellos. La forma exacta de este «efecto de distancia» se puede
derivar matemáticamente de las curvas de respuesta aproximadas de las neuronas.
Con este tipo de leyes para vincular neuronas y comportamiento, la psicología
está cada vez más cerca de ser una ciencia exacta.
Hasta el
momento actual, no está claro cómo las neuronas parietales del número adquieren
sus curvas de ajuste al número. Sin embargo, en 2007 se realizó un avance
notable, cuando Michael Platt y sus colegas de la Universidad de Duke
descubrieron un segundo tipo de código neural para el número (Roitman, Brannon
y Platt, 2007). Estas neuronas están en otra región, llamada «LIP», justo
detrás de la región VIP. Su comportamiento se diferencia del de las neuronas
VIP descubiertas por Nieder y Miller de varias formas. En primer lugar, las
neuronas LIP no están adaptadas al número. En cambio, su tasa de descarga varía
de manera monótona, es decir, uniforme con el número. En algunas de ellas, la
descarga aumenta de forma pronunciada con el número de objetos en el campo
receptivo de la neurona, mientras que en otras tiene su pico máximo para un
objeto y decrece progresivamente para números más grandes; pero en esta área no
parecen encontrarse neuronas que tengan un pico para números intermedios. Una
segunda diferencia es que estas neuronas LIP tienen una visión limitada de la
imagen de la retina (pequeños «campos receptivos»). No responden al número
total de objetos en toda la escena, sino más bien al número local que se
encuentra en determinada ventana.
¿Por qué
dos códigos bastante distintos —células monótonas, o sea de respuesta gradual,
frente a células calibradas, es decir que responden a un número en particular—
coexisten en el mismo cerebro? Una posibilidad es que las células monótonas
sean necesarias para calcular la representación de la célula calibrada. Esta
hipótesis significaría que los códigos monótono y calibrado constituyen dos
etapas distintas del cómputo de una representación estable del número. De
hecho, un proceso de dos pasos de este tipo concuerda muy bien con el modelo
inicial que planteamos con Jean-Pierre Changeux para las neuronas de número.
Nuestras simulaciones informáticas comenzaban con neuronas que codificaban la
localización de los objetos, sin importar su identidad ni su tamaño. Entonces,
hacíamos que las células sumaran la activación de este trazado de localización
de objetos; estas «neuronas de acumulación» producían una representación del
número aproximado. Por último, estableciendo el umbral de esta activación en un
nivel cada vez más alto, obteníamos un banco de «detectores de numerosidad»:
neuronas que estaban, cada una, ajustadas a una numerosidad específica. Los
descubrimientos más recientes sugieren que estos dos pasos sucesivos en la
extracción del número pueden corresponder a lo que las áreas LIP y VIP
efectivamente hacen. Las neuronas de acumulación, con sus respuestas graduales
al número, se corresponden bastante bien con las células LIP, mientras que las
células VIP ajustadas a números específicos se corresponden exactamente a los
detectores de numerosidad que postulamos. Es más, sabemos, a partir de la
anatomía, que las neuronas LIP se proyectan directamente a las neuronas VIP.
Por último, las neuronas de número LIP son sensibles a la localización (tienen
«campos receptivos»), mientras que las VIP parecen responder a la numerosidad
de toda una imagen, lo que resulta consistente con la hipótesis de que reciben
información de todo un conjunto de neuronas LIP.
En
resumen, los registros electrofisiológicos han aportado un apoyo notable a
nuestro modelo teórico. Los monos claramente codifican el número usando
poblaciones de neuronas, y bien podría ser que realizaran esto sumando las
localizaciones ocupadas por objetos, y luego dedicando neuronas específicas a
los valores individuales incluidos en la suma. Por plausible que parezca este
modelo, hará falta un esfuerzo considerable para confirmar sus hipótesis clave.
Un gran problema con la información actual es que ambos tipos de códigos
numéricos (células monótonas o graduales y calibradas o ajustadas) se han
encontrado, en diferentes laboratorios, en distintas áreas del cerebro, usando
diferentes monos entrenados para realizar tareas diversas. Entonces, todavía resta
ver si estos dos códigos realmente coexisten en los mismos animales. Resulta
interesante, sin embargo, que el código numérico gradual descubierto en las
neuronas LIP reúna todas las propiedades necesarias para dar cuenta de la
ilusión visual con la que comencé este capítulo (Burr y Ross, 2008), donde nos
adaptamos a un determinado número y luego percibimos otro como más pequeño o
más grande de lo que en realidad es. Como las neuronas LIP, la adaptación es
específica de una determinada localización en la retina (la figura 10.1 muestra
que nos adaptamos de manera diferente a los números vistos a la izquierda o a
la derecha). Es más, se extiende a lo largo de un amplio rango de números: la
adaptación a doscientos puntos cambia nuestra percepción de cuarenta puntos.
Esto sería imposible si la adaptación solo se debiera a células ajustadas a
esas cantidades específicas, pero tiene sentido si también se adapta un código
monótono. Entonces, es probable que el cerebro humano también posea un código
monótono para las magnitudes numéricas, además de neuronas ajustadas a números
específicos.
Debo
poner énfasis en el hecho de que estas conclusiones son meramente
extrapolaciones basadas sobre la probable homología entre el cerebro del mono y
el cerebro humano. Nadie ha visto realmente una neurona sola y ajustada al
número en el cerebro humano, ¡por la muy buena razón de que no podemos
encontrar voluntarios que quieran que se les inserten pequeños electrodos en su
cerebro! Hay muy pocas condiciones en las que se realizan registros de una
única neurona en el cerebro humano. Una de ellas se da cuando un paciente
epiléptico es sometido a intervención quirúrgica. En este caso, en ocasiones
los neurólogos necesitan implantar electrodos en la profundidad del cerebro
para hallar la localización de la epilepsia. De este modo se ha registrado
información preciosa de las neuronas humanas, ¡incluidas células fascinantes
que descargan solo cuando ven la Ópera de Sídney, o a la actriz de Hollywood
Halle Berry[52]! Lamentablemente para nosotros,
la epilepsia afecta sobre todo el lóbulo temporal, y hay muchos menos registros
del lóbulo parietal humano, donde se encuentran las neuronas para los números.
Por tanto, hasta la actualidad, las neuronas humanas para los números todavía
quedan por ser identificadas.
Como no
existen registros directos, tuvimos que ser más creativos. Por supuesto, hay
medios indirectos para identificar nuestras queridas neuronas de número. La
fMRI no puede ver neuronas individuales, pero su señal realiza un barrido sobre
varios miles de células y puede, por lo tanto, hasta cierto grado, reflejar su
ajuste promedio. Un buen truco es examinar cómo se adapta la señal cuando el
mismo ítem se repite una y otra vez[53]. Sabemos que, bajo condiciones
de este tipo, las neuronas se habitúan: sus descargas disminuyen
progresivamente con la repetición sucesiva, como si se aburrieran de ver el
mismo estímulo innumerables veces. Como la mayoría de las neuronas muestra este
tipo de habituación o adaptación, se vuelve una señal macroscópica que podemos
registrar con imágenes cerebrales: literalmente, vemos que la señal de esta
región cerebral disminuye con el tiempo. Por lo tanto, podemos evaluar si la
señal se recupera cuando se presenta un nuevo ítem. Una recuperación de este
tipo debe significar que este sector de la corteza contiene neuronas que
distinguen el primer ítem del segundo.
Con mi
colega Manuela Piazza decidimos aplicar al número este truco de la adaptación,
con hermosos resultados (figura 10.4). Primero habituamos a un grupo de
voluntarios humanos a una aburrida serie de imágenes en las que veían el mismo
número repetido una y otra vez. Por ejemplo, en una serie veían casi siempre
conjuntos de dieciséis círculos; su tamaño y disposición podía variar, pero el
número y la forma siempre eran los mismos. En momentos específicos, sin
embargo, introducíamos imágenes distintas, ya fuera con una nueva forma
(triángulos) o con un nuevo número, que iba del 8 al 32. Exactamente como
habíamos predicho, la corteza intraparietal reaccionó a la novedad numérica: su
activación apareció cada vez que el nuevo número estaba lo suficientemente alejado
del viejo (figura 10.4)
Figura 10.4. Evidencia de ajuste al número en el lóbulo parietal
humano. Durante las imágenes cerebrales, a los participantes se los exponía
repetidas veces al mismo número de objetos, lo que llevaba a una activación
cerebral reducida frente a este número (adaptación). Cuando se presentaban
ocasionalmente números nuevos, la activación se recuperaba en relación directa
con la distancia de los números viejo y nuevo, y, de esta manera, trazaba una
curva de respuesta que recuerda a las neuronas de números de los monos. Estas
respuestas al cambio de número eran independientes de que se produjera un
cambio de forma (tomado de Piazza y otros, 2004).
Esta
respuesta numérica se encontró precisamente donde la esperábamos: en las
orillas del surco intraparietal, bilateralmente —en ambos hemisferios—; en
ningún otro lugar del cerebro. Las curvas también se mostraron exactamente como
debían ser si esta región de la corteza contenía neuronas de números similares
a las del mono: la corteza parietal parecía estar «calibrada» para el número
que se repetía, y se recuperaba cuando se presentaba un nuevo número, con una
función con forma de campana similar a la de las neuronas individuales. Es más,
la corteza parietal no respondía a cualquier tipo de novedad. Cuando
cambiábamos la forma, no ocurría nada en esta región, sino que reaccionaban
otras áreas de la corteza visual y prefrontal. Así logramos probar que a la
corteza parietal humana, al igual que a la del mono, no le incumbe la forma
sino que está bien calibrada para los cambios en el número. Hoy no cabe duda de
que nuestros cerebros humanos, como los de nuestros primos macacos, albergan
mecanismos muy similares para extraer la magnitud numérica de un conjunto de
objetos.
§.
Números en bebés
Lo bueno de la técnica de adaptación es que no requiere ninguna instrucción
compleja. No hay necesidad de cálculo o respuesta explícitos, ya que el
participante de un experimento sencillamente tiene que mirar una serie de
diapositivas. Este método, entonces, es ideal para el estudio de los cerebros
de los niños pequeños, que todavía no pueden hacer cuentas mentales, pero es
posible que ya tengan un sentido numérico. En efecto, la técnica de adaptación
de neuroimágenes es casi idéntica al método de habituación conductual que se
usa para demostrar una reacción de sorpresa a la novedad numérica en los bebés
(Xu y Spelke, 2000). Incluso en las primeras semanas de vida, cuando los bebés
ven un número constante de objetos repetidos, por ejemplo, ocho ítems, si la
imagen cambia de ocho a dieciséis objetos, los bebés volverán a mirar la imagen
durante más tiempo. Registrar esto en el nivel de la corteza tiene la ventaja
adicional de permitirnos identificar qué áreas cerebrales están involucradas en
este logro. ¿La corteza parietal ya es responsable del sentido numérico a esta
edad temprana?
El primer
experimento de adaptación al número realizado con niños fue llevado a cabo por
Jessica Cantlon y sus colegas de la Universidad de Duke (Cantlon, Brannon,
Carter y Pelphrey, 2006), no con bebés sino con chicos de 4 años de edad. Estos
preescolares todavía no habían recibido ningún entrenamiento aritmético, pero
su lóbulo parietal ya mostraba la misma reacción numérica que la observada en
los adultos: un fuerte incremento de la activación siempre que el número que se
había repetido se reemplazaba por uno nuevo. Esta respuesta era particularmente
evidente en el hemisferio derecho. En efecto, hoy hay muchas señales de que la
región parietal derecha puede ser funcional muy temprano en la vida, y estar en
la base de la intuición no verbal del número de los niños antes de que estos
reciban cualquier tipo de instrucción aritmética (Rivera, Reiss, Eckert y
Menon, 2005, Ansari y Dhital, 2006, Pinel y Dehaene, 2009). Los resultados
también mostraron que el cerebro del niño ya se encuentra organizado en vías específicas
dedicadas al número y la forma: la corteza parietal reaccionaba frente a un
cambio en la numerosidad del conjunto, pero no frente a las formas de los
objetos del conjunto, mientras que la corteza visual ventral respondía al
cambio en la forma y no al cambio de número.
Cuando se
informaron estos sorprendentes resultados, con mis colegas Véronique Izard y
Ghislaine Dehaene-Lambertz decidimos que era momento de probar este método con
bebés muy pequeños (Izard, Dehaene-Lambertz y Dehaene, 2008[54]). Centramos nuestro trabajo en
bebés de 3 meses de edad, cuya atención se puede comprometer de forma casi
hipnótica utilizando estímulos visuales atractivos. Véronique diseñó conjuntos
coloridos de animales y rostros que capturaban la atención de los bebés. No
intentamos usar con ellos la fMRI, sino que utilizamos registros de sus ondas
cerebrales colocando en sus cabezas una red equipada con esponjas húmedas que
contenían pequeños electrodos. Como se esperaba, luego de la habituación a la
presentación repetida de varias diapositivas que mostraban cuatro patos, vimos
que los cerebros de los bebés reaccionaban eléctricamente en el momento en que
aparecían ocho patos. Cerca de cuatrocientos milisegundos después de la
aparición de esta nueva diapositiva, los potenciales cerebrales divergían. La
respuesta era similar para diferentes rangos de números (2 frente a 3, 4 frente
a 8 y 4 frente a 12), pero se producía una respuesta cerebral completamente
diferente cuando se cambiaba la forma. Entonces, llegamos a la conclusión de
que, incluso a los pocos meses, el cerebro ya está organizado de dos maneras
distintas para la forma y para el número.
La
identificación precisa de las regiones corticales involucradas fue difícil, por
el notablemente complejo «problema inverso» de inferir la localización de la
fuente dentro del cerebro a partir de una señal obtenida en el cuero cabelludo.
Sin embargo, utilizamos un método avanzado que reconstruye una aproximación
regular de la distribución completa de la actividad eléctrica sobre la
superficie de la corteza, sobre la base de un modelo preciso de los pliegues
corticales del niño. Felizmente, los resultados tenían sentido. Sugerían que la
corteza parietal derecha responde a la novedad numérica, mientras que la
corteza visual ventral izquierda reacciona a la novedad del objeto. Una vez
más, esta distinción es similar a lo que se ha encontrado en adultos y en niños
de 4 años. Parece que, desde el principio, incluso en los bebés, el número
pertenece a los parámetros que la corteza parietal extrae rápidamente.
Véronique
Izard perseveró en esta dirección y, observando solo el comportamiento de los
bebés, pudo probar que hasta los recién nacidos poseen un
sentido numérico abstracto (Izard y otros, 2009). A alrededor de las 49 horas
de nacidos, los bebés no podían, por supuesto, prestar atención mucho tiempo.
Simplemente escuchaban una cadena del mismo número de sílabas por dos minutos,
por ejemplo, cuatro: «tu-tu-tu-tu», «bi-bi-bi-bi», etc. Luego se les mostraban
unas pocas imágenes de prueba con conjuntos de imágenes de colores brillantes,
por ejemplo, doce patos amarillos. La mitad de las imágenes coincidía con el
número que se había mostrado antes, mientras que el número de la otra mitad era
por completo diferente. La estratagema de Véronique era usar números que fueran
lo suficientemente lejanos (4 frente a 12) como para asegurarse de que hasta un
sistema infantil muy inmaduro e impreciso pudiera detectar la diferencia. La
reacción de los bebés indicaba con claridad que habían notado la relación
numérica en el estímulo, a pesar de que hubiera un cambio radical en el modo de
presentación.
Hasta el
día de hoy, se han realizado muchos experimentos cuidadosos que demuestran
sensibilidad al número en el primer año de vida[55]. Al final del siglo pasado,
estos descubrimientos fueron discutidos en determinado momento, lo que creó
alguna confusión. Una serie de estudios publicados que habían utilizado
controles estrictos con el objetivo de separar la influencia de factores que no
fueran específicamente numéricos no lograron replicar los descubrimientos
anteriores, y se sugirió que el desempeño de los bebés no estaba regido por una
representación de alto nivel, es decir del número abstracto, sino por algunos
otros factores de bajo nivel que se solapaban en el experimento, como la
cantidad total de color o la luminosidad (Mix, Levine y Huttenlocher, 1997,
Simon, 1999, Xu y Spelke, 2000, Feigenson y otros, 2004). Por fortuna, este
debate hoy está cerrado. Existen resultados recientes que indican que existe un
mayor desarrollo cognitivo en los bebés del que habíamos imaginado al
principio: son capaces de prestar atención ya sea al número o a otros
parámetros, como el tamaño, y aparentemente con distintos alcances según los
detalles del diseño experimental. Así, por ejemplo, si todos los objetos de una
pantalla son idénticos, los bebés pequeños se enfocan en su identidad en lugar
de hacerlo en su número. Sin embargo, los niños prestarán atención a la
numerosidad hasta en un rango de uno a tres ítems, en tanto los conjuntos estén
formados por objetos muy diferentes, en vez de réplicas idénticas del mismo
objeto (Feigenson, 2005). Actualmente, un trabajo de investigación extenso
efectuado por Sara Cordes y Elizabeth Brannon en la Universidad de Duke sugiere
que prestar atención al número es solo una de las opciones disponibles para los
bebés. Estas autoras llegan a sugerir incluso que los bebés están más
preparados para percibir el número que para otros parámetros físicos, porque
detectan cambios más sutiles en el número que, por ejemplo, en el tamaño de los
objetos (Cordes y Brannon, 2008). Entonces, parecería que el número es uno de
los atributos principales que nos permiten comprender el mundo exterior, ya
desde el nacimiento.
§. La
especial condición de los números 1, 2 y 3
Un error
puede volverse exacto, según se haya equivocado o no la persona que lo cometió.
Pierre Dac, humorista francés
La mayor
parte de la investigación reciente que he descripto hasta aquí apoya con fuerza
la hipótesis del sentido numérico. Sin embargo, debo confesar que hay un punto
en el que me equivoqué. En el capítulo 3, describí la «subitización», es decir,
la notable capacidad que todos tenemos de identificar uno, dos o tres ítems en
una sola mirada. Tenía razón al afirmar que todos podemos «subitizar» sin
contar: toda una corriente de nuevas publicaciones ha confirmado este punto con
variedad de métodos (Piazza y otros, 2003, Arp, Taranne y Fagard, 2006, Watson,
Maylor y Bruce, 2007, Demeyere, Lestou y Humphreys, 2010, Maloney, Risko,
Ansari y Fugelsang, 2010). Sin embargo, me equivoqué al sugerir que la
subitización es esencialmente una forma de «aproximación precisa». Mi idea
original era que, en el rango de los muy pequeños números 1, 2 y 3, las curvas
de ajuste de las neuronas de número son lo suficientemente agudas como para
codificar un valor preciso. Nuestras neuronas de número, entonces, aunque
fueran aproximadas, serían lo suficientemente precisas como para diferenciar el
1 del 2 y el 2 del 3 en una mirada, con un 100 % de precisión. Por fuera de
este rango, este tipo de subitización sería imposible porque la gran
superposición de activación neural evitaría la separación rápida de dos números
consecutivos. En ese caso, si necesitáramos acceder a un número exacto, nos
veríamos obligados a contar. De acuerdo con esta perspectiva, compartida en
aquel momento por muchos otros científicos (Gallistel y Gelman, 1991, Cordes y
otros, 2001), la subitización no es un proceso distinto, sino solo el límite
inferior de nuestro sistema de aproximación.
En 2008,
en mi laboratorio, Susannah Revkin llevó a cabo un experimento que refutó esta
seductora idea acerca de la subitización (Revkin y otros, 2008). Nuestra
premisa era simple: si la mente humana está equipada con solo un sistema de
aproximación, con un porcentaje fijo de incertidumbre en todo el rango de
números, entonces debería ser igualmente fácil distinguir números cualesquiera
separados por la misma razón. Entonces, diferenciar el 1 del 2 debería ser tan
fácil como distinguir el 10 del 20 o el 20 del 40. Para probar esta predicción,
preparamos dos experimentos muy bien emparejados. El primero era una tarea de
subitización clásica, en la que los participantes veían conjuntos que contenían
entre 1 y 8 puntos y tenían que identificar su número lo más rápido posible. En
el otro, se utilizarían conjuntos con factor 10. Dijimos a los participantes
que solo verían diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta u
ochenta puntos, y nunca otras cantidades. Todo lo que tenían que hacer era indicar
el número correspondiente a la decena, lo más rápido que pudieran. Les dimos
entrenamiento extenso y les hicimos comentarios para asegurarnos de que
comprendieran la tarea y se desempeñaran de forma óptima. Sin embargo, los
resultados fueron claros: el desempeño con los números que expresaban decenas,
como 10, 20 y 30, era notoriamente peor que el obtenido con números en el rango
de subitización (1, 2 y 3). Nuestra hipótesis predecía que deberíamos ser
excelentes para distinguir diez, veinte o treinta puntos; tan buenos, de hecho,
como con los números 1, 2 y 3. En cambio, estas decenas en realidad no se
procesaban mejor ni más rápido que 40 o 50. En todo el rango de números
evaluado, solo 1, 2 y 3 daban resultados diferentes de los otros: con estos
pequeños números, las personas eran a veces hasta doscientos milisegundos más
rápidas en la denominación, y también eran casi perfectamente precisas.
Nuestros resultados no dejan ninguna duda de que existe un proceso distinto que
se ocupa del rango de subitización de los números, una conclusión que también
ha sido avalada por la investigación realizada por medio de neuroimágenes
(Piazza y otros, 2003, Hyde y Spelke, 2009).
¿Por qué
este punto es tan importante? Porque indica que nuestro sentido numérico es un
mosaico de múltiples procesos centrales. El consenso actual es que no tenemos
solo uno, sino dos sistemas para representar un número de
objetos sin contar (Feigenson, Carey y Hauser, 2002, Feigenson y otros, 2004).
El sistema de números pequeños, llamado «de seguimiento de objetos», solo
representa conjuntos de uno, dos o tres ítems. Nos permite seguir sus
trayectorias de forma bastante precisa y, por lo tanto, nos brinda un modelo
mental exacto de lo que ocurre cuando un objeto se mueve dentro o fuera de un
conjunto pequeño. Por otro lado, el sistema de aproximación puede representar
cualquier número, grande o pequeño; nos permite compararlos o combinarlos en
operaciones aproximadas.
La
diferencia entre los dos sistemas numéricos reside en su capacidad para
representar números grandes: el sistema de seguimiento de objetos fracasa
cuando el número de objetos es mayor que tres o cuatro. Aunque resulte
sorprendente, los números pequeños 1, 2 y 3 parecen ser representados
mentalmente en simultáneo por ambos sistemas. Podemos subitizarlos, pero
también aproximarlos y disponerlos en la localización apropiada en la recta
numérica mental aproximada. Por tanto, no hay discontinuidad en nuestra representación
mental, ninguna necesidad de «suturar» la recta numérica: el rango completo de
números pequeños y grandes está representado en la recta numérica mental
aproximada. Este rasgo puede explicar por qué los monos entrenados para ordenar
conjuntos de acuerdo con su número, incluso cuando el entrenamiento está
limitado a conjuntos de uno a cuatro ítems, inmediatamente generalizan el
conocimiento a conjuntos más grandes de hasta nueve ítems (Brannon y Terrace,
1998, 2000). Con el sistema de aproximación, tenemos una intuición inmediata de
la continuidad de los números. El sistema de números pequeños, por otro lado,
nos permite hacer zoom para centrarnos en los números muy
pequeños 1, 2 y 3 y obtener una comprensión exacta de su aritmética, de cómo
estos números se cambian al sumar o restar un objeto.
La
investigación llevada a cabo con niños pequeños indica que ambos sistemas
numéricos ya se encuentran disponibles durante los primeros días de vida, y que
su combinación puede tener un papel crucial en la adquisición de la aritmética.
En efecto, algunas de las mejores evidencias de que existe un sistema distinto
para números pequeños proceden de la investigación realizada en bebés. En
muchos experimentos, los niños pequeños solo tienen éxito
cuando los números son lo suficientemente pequeños como para ser subitizados.
Piensen, por ejemplo, en un experimento sencillo llevado a cabo por Lisa
Feigenson y sus colegas, que en ese momento trabajaban en la Universidad de
Nueva York (Feigenson, Carey y Hauser, 2002[56]). Primero se introducen en un
escenario dos cajas vacías, y luego el bebé ve al investigador esconder dos
galletitas en una caja (de a una por vez) y luego tres en la otra. Más tarde,
se lo anima a que intente alcanzar una de las dos cajas. No resulta extraordinario
que el bebé elija la caja que contiene un número más grande de galletitas más
del 80 % de las veces. Pero luego llega el descubrimiento sorprendente. En otra
parte del experimento, se colocan dos galletitas en una caja y cuatro en la
otra. Ahora el bebé falla rotundamente: su porcentaje de éxito es un magro 50
%, esencialmente una elección al azar. ¿Por qué el niño tiene éxito en 2 frente
a 3 y falla con 2 frente a 4, una diferencia más grande y aparentemente más
obvia? La evidencia indica que los bebés también fallan en 1 frente a 4, 3
frente a 6 o prácticamente en cualquier experimento en el que uno de los
números exceda el 3. La única explicación posible parece ser que más de cuatro
eventos saturan la memoria del niño, hasta que colapsa. Tres galletitas
ubicadas en una caja encajan con facilidad dentro del rango de subitización.
Una galletita más es suficiente para exceder este límite, y los bebés
repentinamente pierden la cuenta de cuántos ítems hay en la caja. Su sistema de
aproximación parece no tener ninguna utilidad, porque las galletitas se
introducen de a una por vez, y entonces el conjunto completo nunca se ve
entero. La presentación secuencial impide el uso del sistema de aproximación, y
deja al niño con un sentido limitado de los números 1, 2 y 3.
§. ¿Cómo
funciona la subitización?
Cómo funciona verdaderamente la subitización todavía es un poco misterioso. Sin
embargo, una clave interesante es que, al contrario de lo que pensamos alguna
vez, no resulta independiente de nuestra atención. Subjetivamente, la
subitización parece ser automática: una única mirada a un conjunto parece ser
suficiente para que reconozcamos sin esfuerzo que contiene uno, dos o tres
objetos. Esto, no obstante, es una ilusión (Railo, Koivisto, Revonsuo y
Hannula, 2008, Trick, 2008, Vetter, Butterworth y Bahrami, 2008, 2010, Xu y
Liu, 2008). Los conjuntos que se presentan cuando nuestra mente está
temporariamente ocupada en otra cosa —por ejemplo, porque se nos pide que
memoricemos una letra— ya no se perciben con precisión, incluso cuando solo
abarcan dos o tres ítems. Lejos de ser «pre atencional» y de ocurrir sin
esfuerzo, la subitización requiere atención. Podemos seleccionar un pequeño
número de ítems, e incluso seguirlos a través del tiempo y el espacio, pero
esto supone una carga para nuestra atención.
Entonces,
¿cómo funciona la subitización? La investigación actual sugiere que tenemos
tres o cuatro espacios de memoria en los cuales podemos almacenar por un tiempo
breve una especie de indicador que señala hacia cualquier representación mental
(Vogel y Machizawa, 2004, Awh, Barton y Vogel, 2007, Feigenson, 2008, Zhang y
Luck, 2008). Este almacén de la memoria se llama «memoria de trabajo», una
reserva transitoria que mantiene los objetos del pensamiento activados por un
breve lapso. La utilizamos, por ejemplo, para recordar qué formas aparecen en
una tarjeta: tres o cuatro objetos se pueden almacenar con eficiencia en este
archivo mental, cada uno con todas sus propiedades perceptuales. Cuando
almacenamos información de este modo, también obtenemos «sin costo» adicional
su número, porque el sistema codifica de manera implícita el número de espacios
ocupados en un determinado momento. Para comprender esto, imaginen que tienen
tres cajas de zapatos, una verde, una roja y una azul, que pueden usar en un orden
fijo al guardar sus zapatillas de correr para un viaje. Como las cajas se usan
en un orden fijo, un vistazo a sus colores les permite determinar el número de
pares que se han llevado. Si se usa solo la caja verde, significa que solo se
llevó un par; verde + rojo significa dos, y verde + rojo + azul significa tres.
Un sistema de archivo de este tipo es una buena metáfora de cómo puede
funcionar la subitización: cuando prestamos atención a los objetos, nuestro
sistema perceptual inmediatamente ubica sus propiedades en los espacios
disponibles de un dispositivo de seguimiento de objetos. Para subitizar, todo
lo que tenemos que hacer es conectar los contenidos de este archivo mental con
los nombres de los números 1, 2 o 3.
Lo
singular acerca del código de subitización es que provee una cifra discreta para
cada uno de los números pequeños 1, 2 y 3. El agregado de cada objeto abre un
nuevo espacio en la memoria, una marca adicional en la mente, que claramente
indica el movimiento a un nuevo número. Este principio de codificación es
radicalmente diferente de la forma en que los números se codifican en la recta
numérica mental aproximada. Aquí, los números se representan mediante
distribuciones de activación poco precisas, de modo tal que 7 y 8 se
superponen, mientras que 2 y 8 se solapan mucho menos. No hay nada en el
sistema numérico aproximado que sostenga un sistema de aritmética exacta con
números discretos. En cambio, con el sistema de archivo de objetos podemos
seguir cada objeto con precisión (siempre y cuando su número no pase de tres).
El concepto de «número natural», el pilar de nuestro sistema aritmético,
probablemente venga de nuestra notable capacidad para seguir pequeños números
de objetos, combinada con nuestro sentido numérico intuitivo, que nos dice que
cualquier conjunto, por grande que sea, tiene un número cardinal. De algún
modo, alrededor de los 3 o 4 años de edad, estos dos sistemas se ensamblan. De
repente, los niños infieren que un conjunto debe tener un número preciso,
y que 13, entonces, es un concepto distinto, radicalmente diferente de sus
vecinos 12 y 14. Esta revolución mental, exclusiva del Homo sapiens,
es el primer paso en el camino a la matemática más compleja.
§.
Números en la selva amazónica
El
conocimiento de las cosas matemáticas es casi innato para nosotros […] Esta es
la ciencia más fácil, un hecho que es obvio en tanto ningún cerebro la rechaza;
ya que los legos y las personas completamente analfabetas saben cómo contar y
calcular.
Roger Bacon
Todavía
no conocemos con precisión qué ocurre en la mente del niño cuando de pronto
comprende que hay una infinidad discreta de números exactos. Sin embargo, hoy
sabemos que la transición no es automática ni se desencadena sola a partir de
la maduración del cerebro humano. Se trata de un invento cultural.
El gran matemático Leopold Kronecker se equivocó cuando dijo: «Dios hizo los
enteros; todo el resto es trabajo del hombre». Hasta los enteros son una
construcción humana. Solo existen en culturas que inventaron la noción de
contar. La humanidad tenía que elaborar un sistema para contar formado por
palabras que hicieran referencia a números antes de poder representar que 13
era diferente de 12.
Debemos
nuestro conocimiento del carácter cultural de la aritmética exacta a la
valentía de investigadores como los lingüistas Pierre Pica y Peter Gordon,
quienes se tomaron el trabajo de viajar largas distancias para investigar la
habilidad matemática de culturas remotas del Amazonas (Gordon, 2004, Pica y
otros, 2004, Dehaene, Izard, Pica y Spelke, 2006, Dehaene, Izard, Spelke y
Pica, 2008, Franks, 2008). Lo que observaron fue notable. Lejos de ser
incompetentes, hasta las etnias que viven aisladas de nuestro mundo, sin
educación formal ni vocabulario matemático, poseen un sentido refinado del
número aproximado. Sin embargo, no parecen disponer de los enteros exactos.
He tenido
la fortuna intelectual de trabajar durante los últimos diez años con Pierre
Pica sobre el modo en que los mundurucus representan los números. He sido el
proverbial científico de sillón de este proyecto. En realidad, nunca viajé al
Amazonas; en cambio, cada año sin descanso Pierre Pica se adentró en la jungla,
con una computadora portátil y sus baterías solares a mano, para poner a prueba
la hipótesis que Véronique Izard, Elizabeth Spelke y yo habíamos concebido en
París. Diseñamos animaciones de PowerPoint y programas de computadora que se
pudieran enviar a la jungla y utilizar con personas que nunca habían visto una
pantalla de computadora.
Los
mundurucus nos resultan particularmente interesantes para evaluar nuestra
teoría porque su lengua no tiene un sistema completo para contar. Solo cuenta
con unas pocas palabras que hacen referencia a números, que llegan hasta
5: pũg significa 1; xep xep es 2; ebapũg,
3; ebadipdip, 4, y pũg põgbi, que significa «una mano»
o «un puñado», es 5. A partir de este punto, su sistema numérico esencialmente
se reduce a «algunos» (adesũ) frente a «muchos» (ade).
Sorprendentemente, estos números nunca se usan para contar: los mundurucus no
suelen recitarlos a toda velocidad como lo haríamos nosotros («unodostrescuatrocinco»),
y normalmente no los hacen corresponder uno a uno con los objetos de un
conjunto. Más bien, esas palabras parecen usarse como adjetivos para
determinada cantidad, de un modo similar a como nosotros podemos decir que un
conjunto parece tener «más o menos cinco» unidades o parece rondar «una
docena». Uno de nuestros primeros experimentos consistió en mostrar conjuntos
de puntos a estos participantes y preguntarles cuántos ítems se encontraban
presentes. Nunca contaban, sino que, esencialmente, etiquetaban los conjuntos
con una palabra aproximada. Cuando había uno, dos o tres ítems, con frecuencia
emitían el pũg, xep xep o ebapũg correcto.
Ante cuatro ítems, sin embargo, ya comenzaban a cometer errores, diciendo que
había cinco o tres. A partir de cinco o seis ítems, usaban «algunos» y a los
diez o doce simplemente decían «muchos». Claramente, no tenían modo de nombrar
con precisión los números cardinales exactos.
Luego nos
preguntamos qué impacto tenía esta limitación léxica sobre su comprensión de la
aritmética. La hipótesis del sentido numérico predecía que debían estar lejos
de ser tontos. Aunque nunca habían ido a la escuela, nunca habían oído hablar
de la suma o la sustracción, y ni siquiera podían nombrar los números a partir
del cinco, predijimos que serían muy competentes con los números aproximados.
Como cualquiera de nosotros, habían heredado una capacidad para comprender cómo
se comportan los conjuntos de objetos en operaciones análogas a la suma y la
resta. Era probable que no diferenciaran los números exactos, porque su cultura
está limitada a una etapa temprana de la construcción de la aritmética, en la
que todavía no se cuenta.
En un
primer conjunto de tareas, demostramos que, en efecto, los mundurucus son
notablemente competentes para el número aproximado. Deciden con facilidad cuál
de dos conjuntos de puntos es el más numeroso, incluso con números que llegan
hasta 80, y en presencia de una considerable variación en parámetros no
numéricos, como el tamaño del objeto o la densidad. También pueden realizar
cálculos aproximados: cuando se les muestran dos conjuntos de objetos que se
esconden sucesivamente en un frasco, pueden estimar su suma y compararla con un
tercer número. Es sorprendente que aborígenes aislados, sin educación formal y
con una lengua limitada en relación con las palabras para números, sean casi
tan precisos como los adultos franceses educados que tomamos como grupo de
control en esta tarea de aproximación (figura 10.5).
Sin
embargo, difieren en el cálculo exacto. Les presentamos ejemplos concretos de
problemas de resta muy simples como 6 – 4, escondiendo seis objetos en un
frasco y luego quitando cuatro (figura 10.5). El resultado final siempre era 0,
1 o 2, que se encontraban con facilidad dentro del rango de nombrado de los
mundurucus (aunque no tienen una palabra para el 0, pueden usar paráfrasis como
«no queda nada»). En una prueba, solicitamos a los participantes que
mencionaran el resultado, y en otra lo hicimos todavía más fácil pidiéndoles
que señalaran una imagen que mostraba el resultado correcto (cero, uno o dos
objetos en un frasco). En ninguna de las tareas los mundurucus lograron
calcular el resultado exacto. Tuvieron un desempeño relativamente bueno en los números
que se encuentran por debajo de tres, pero fallaban cada vez con más frecuencia
a medida que los números se volvían más grandes, y no superaron el 50 % de
respuestas correctas en cuanto el número inicial superó el cinco. Un modelo
matemático mostró que su desempeño era exactamente el esperable, dada su
capacidad para aproximar: ¡aproximaron una operación tan simple
como 5 – 3!
Figura 10.5. Incluso sin educación formal y sin un vocabulario
para números grandes, los aborígenes de la cultura amazónica mundurucu poseen
un sentido numérico bien desarrollado. Realizan sumas aproximadas y
comparaciones de números grandes a aproximadamente el mismo nivel que los
participantes de un grupo de franceses con educación formal que tomamos como
control (arriba). Sin embargo, fallan cuando la tarea involucra un cálculo
exacto, como 5 – 4 (abajo) (tomado de Pica y otros, 2004).
En
general, los estudios que realizamos con los mundurucus demuestran que las
etiquetas lingüísticas no son necesarias para dominar los conceptos más
importantes de la aritmética (la cantidad, las relaciones entre más grande y
más pequeño, la suma, la resta) y para realizar operaciones aproximadas. La
intuición aritmética provista por el sentido numérico es suficiente. Sin
embargo, parece esencial disponer de un sistema de números simbólicos para
superar este sistema evolutivamente antiguo y para realizar cálculos exactos.
Ha habido
mucha controversia alrededor de la interpretación teórica de estos resultados.
Mientras nosotros nos enfocamos en los mundurucus, Peter Gordon, un lingüista
de la Universidad de Columbia, estudió al grupo de los pirahãs, cuya lengua es
todavía más limitada: solo tienen palabras numéricas para el 1 y el 2, ¡y estas
también parecen ser sinónimos de «pocos» y «muchos», y de «pequeño» frente a
«grande»! Su estudio, que se publicó en el mismo ejemplar de Science que
el nuestro, mostraba esencialmente el mismo resultado: cuando se les pedía que
colocaran baterías en una correspondencia uno a uno con un conjunto de objetos,
los pirahãs no podían dar un equivalente numérico exacto, pero siempre se
aproximaban a la cantidad correcta. Las afirmaciones de Gordon, sin embargo,
fueron mucho más extremas que las nuestras. Planteó que la lengua pirahã es
totalmente «inconmensurable» respecto de la nuestra, y citó como corroboración
la perspectiva del lingüista Benjamin Lee Whorf, que sostiene que la lengua determina
la estructura conceptual:
Así,
pues, nos vemos introducidos en un nuevo principio de relatividad que afirma
que no todos los observadores son dirigidos por la misma evidencia física hacia
la misma imagen del universo, a menos que los sustratos de sus experiencias
lingüísticas sean similares o puedan ser nivelados de algún modo (Benjamin
Whorf, Lenguaje, pensamiento y realidad, 1956, p. 2014).
No estoy
de acuerdo con esta interpretación, que, en mi opinión, es exagerada. Lo que
limita a los mundurucus y a los pirahãs no es la falta de conocimiento
conceptual. Tienen conceptos de número aproximado y de aritmética, y en ese
sentido su cultura es completamente «comparable» respecto de la nuestra, en
tanto compartimos una medida común del número aproximado. Es más, nuestra
lengua, con términos de aproximación como «docena» y expresiones como «diez,
quince libros» no es diferente de la de ellos.
En
síntesis, nuestros experimentos no proveen evidencia para la hipótesis
whorfiana de que la lengua determina el pensamiento. Al contrario, sostienen
con firmeza la universalidad del sentido numérico y su presencia en cualquier
cultura humana, por aislada y desfavorecida que esté desde el punto de vista de
su educación formal. Lo que muestran es que la aritmética es una escalera:
todos comenzamos en el primer peldaño, pero no todos trepamos hasta el mismo
nivel. El progreso en la escala conceptual de la aritmética depende del dominio
de una caja de herramientas de inventos matemáticos. La lengua de los numerales
es solo una de las herramientas culturales que amplían el repertorio de
estrategias cognitivas disponibles y nos permiten resolver problemas concretos.
En especial, el dominio de una secuencia de palabras para números nos permite
contar rápidamente cualquier cantidad de objetos.
En mi
opinión, la lengua ni siquiera es la única que permite contar: podemos contar
casi con igual eficiencia sin utilizar nombres para números, ya sea indicando
puntos en el cuerpo, a través de un ábaco o con algunas marcas. Pero dominar al
menos un sistema de este tipo es esencial para avanzar más allá de la
aproximación. Un conjunto de experimentos recientes realizados por Lisje
Spaepen en Harvard muestra que, en ausencia de un sistema para contar, hasta
una persona perfectamente integrada en su sociedad puede no llegar a
desarrollar una capacidad para la aritmética exacta. Lisje estudió en Nicaragua
a adultos sordos que vivían en comunidades hablantes que no les habían enseñado
una lengua de señas ni a contar. Estas personas tenían trabajos, ganaban dinero
y sus familias no sospechaban que tuvieran dificultades con la aritmética. Pese
a esto, los experimentos de Spaepen mostraron que se comportaban de una forma
muy similar a los mundurucus en relación con la aritmética, pues eran incapaces
de equiparar determinado número de objetos con otro conjunto de ítems. Si bien
levantaban un determinado número de dedos cuando se les mostraba un conjunto de
objetos, estos gestos no operaban como verdaderos «símbolos»: no eran fijos, y
su congruencia con el número del conjunto con frecuencia solo era aproximada.
En resumen, cuando se lo priva de un dispositivo para contar, hasta un adulto
integrado en la sociedad occidental puede ser incapaz de comprender
completamente uno de sus principios clave, el concepto del número exacto.
En
nuestro trabajo más reciente con los mundurucus, vemos otra huella de los
cambios cognitivos inducidos a partir de saber contar. Recuerden que el adulto
occidental representa las cantidades como una recta numérica mental, un espacio
lineal que se extiende de manera continua de los números pequeños a los más
grandes. Nos preguntábamos si los mundurucus tendrían las mismas intuiciones
que nosotros. ¿Pensarían espontáneamente en los números como algo que se
extiende a lo largo de una escala lineal? ¿Sabrían que cualquier número se
encuentra «entre» sus vecinos más pequeño y más grande, un concepto puramente
espacial? La hipótesis del sentido numérico predecía que así debería ser.
Para
probar nuestra hipótesis, les mostramos a los mundurucus un segmento de una
línea en una pantalla de computadora, con un punto a la izquierda y diez puntos
a la derecha (figura 10.6). Les dimos solo dos ensayos de entrenamiento, en los
cuales les dijimos que la cantidad uno pertenecía al extremo izquierdo y la
cantidad diez al derecho. Luego de eso, les presentamos todos los números
intermedios y les preguntamos a dónde pertenecían. Eran libres de señalar
cualquier lugar dentro de la recta, y podían elegir una amplia variedad de
estrategias de respuesta: por ejemplo, podían agrupar todos los números impares
a la izquierda y todos los pares a la derecha. Sin embargo, esto no fue lo que
hicieron. Como nosotros, inmediatamente comprendieron que el número y el
espacio debían coincidir regularmente uno con otro. La amplia mayoría de ellos
produjo una representación uniforme de los números, con una comprensión clara
del hecho de que el 1 debería estar cerca del 2, el 2 cerca del 3, y así
sucesivamente. Entonces, obviamente comparten nuestras intuiciones acerca de
las cantidades y de cómo se proyectan en el espacio.
Un
aspecto de sus respuestas, sin embargo, fue bastante inusual. Si nos pidieran a
nosotros que hiciéramos esta tarea, espontáneamente colocaríamos el número 5
cerca del medio, entre 1 y 9. En efecto, evaluamos a sujetos control del área
de Boston, y produjeron una prolija representación rectilínea, con marcas
equidistantes para los enteros sucesivos, y con el 5 ubicado en la mitad del
camino entre el 1 y el 9. Pero los mundurucus que no recibieron educación
formal no lo hacían así; su medio subjetivo caía más cerca del 3. Todo el
patrón de respuesta era curvo, no lineal (figura 10.6). Parecían creer que el 8
está mucho más cerca del 9 de lo que el 1 está del 2. De hecho, su
representación se aproximaba a una función logarítmica y no a una línea.
¿Qué hay
detrás del sofisticado patrón de respuesta de los mundurucus? La respuesta se
puede encontrar en el capítulo 3. La representación espontánea del número
aproximado que compartimos nosotros y otros animales está comprimida
mentalmente. Dos conjuntos grandes, con ocho frente a nueve ítems, parecen más
similares que dos pequeños que contengan, por ejemplo, uno frente a dos ítems.
En el sentido numérico animal, los números se organizan en función de sus
razones: un conjunto de tres objetos es a uno lo que nueve es a tres; entonces,
el número tres cae, en un sentido, «en el medio» de 1 y 9. Obviamente, los
mundurucus no conocen las propiedades abstractas de la función logarítmica,
inventada por el matemático escocés John Napier en el siglo XVI. Sin embargo,
como ordenan sus respuestas espaciales de acuerdo con razones numéricas o
porcentajes, sus rectas numéricas coinciden espontáneamente con una ley
logarítmica compresiva.
Figura 10.6. La comprensión de la correspondencia entre números
y espacio cambia con la educación. Los niños pequeños y los mundurucus adultos
que no han recibido educación formal proyectan los números de una forma curva y
comprimida, y consideran que el 3 se encuentra en el medio de 1 y 9, y que 8 y
9 están más cerca que 1 y 2. Con la escolarización, la proyección se vuelve
estrictamente lineal, y el 5 cae en el medio de 1 y 9 (tomado de Dehaene, Izard
y otros, 2008, y Siegler y Opfer, 2004).
Esta
comprensión intuitiva del número es notablemente resistente al cambio. Aun los
adultos mundurucus bilingües que saben contar en portugués y aplican las
palabras de esta lengua sobre el segmento de un modo lineal, proyectan
conjuntos de puntos y nombres de números de la lengua mundurucu utilizando una
escala logarítmica. En los niños pequeños de nuestro propio ambiente cultural
se puede ver un comportamiento similar. Cuando se les pide que señalen la
localización correcta de una palabra numérica hablada en un segmento lineal
etiquetado con el 1 a la izquierda y el 100 a la derecha, los niños de jardín
de infantes comprenden la tarea y sistemáticamente colocan los números más
pequeños a la izquierda y los más grandes a la derecha. Sin embargo, como los mundurucus,
no distribuyen los números de forma pareja y lineal. Más bien, dan más espacio
a los números pequeños, lo que impone una proyección comprimida. Por ejemplo,
colocan el número 10 cerca de la mitad del intervalo que va del 1 al 100
(Siegler y Opfer, 2003, Siegler y Booth, 2004, Booth y Siegler, 2006,
Berteletti, Lucangeli, Piazza, Dehaene y Zorzi, 2010). Más adelante en el
desarrollo ocurre una transición de la proyección logarítmica a la proyección
lineal, entre primero y cuarto grado, según la experiencia y el rango de
números evaluado. A un niño le insume largo tiempo comprender que los números 1
y 2 están separados por el mismo intervalo que los números 8 y 9 o, en
realidad, cualquier par de números consecutivos. Esta comprensión profunda de la
función de sucesión, una base de la aritmética exacta, no aparece de forma
espontánea, sino que es el resultado de la cultura y la educación.
§. De la
aproximación a los números exactos
El número
[…] es una de las ideas más abstractas y metafísicas que la mente del hombre es
capaz de formar.
Adam Smith, Considerations concerning the first formation of languages
Dado que
requiere una combinación exacta uno a uno de los objetos y una secuencia de
numerales o marcas, contar parece promover una integración conceptual de las
representaciones numéricas aproximadas, las representaciones discretas de
objetos y el código verbal (Carey, 1998, Spelke y Tsivkin, 2001). Nadie sabe
exactamente cómo ocurre esto, pero alrededor de los 3 o 4 años de edad, el
procesamiento numérico de los niños occidentales registra un cambio abrupto
(Wynn, 1990). Repentinamente los chicos se dan cuenta de que cada palabra para
contar hace referencia a una cantidad precisa. Esta «cristalización» de los
números discretos a partir de un continuum inicialmente
aproximado de magnitudes numéricas parece ser exactamente lo que los mundurucus
no tienen.
Una clave
de este cambio viene de los estudios cuantitativos acerca de cómo se desarrolla
el sentido numérico con la edad. Las variantes de nuestros experimentos con
mundurucus se pueden convertir con facilidad en un dispositivo de medición
exacto para evaluar la precisión del sentido numérico. Con Manuela Piazza
diseñamos una prueba elemental, lo suficientemente simple para un niño de 3
años, en la que los participantes ven dos conjuntos de puntos, uno a la
izquierda y el otro a la derecha, y se les pide que señalen el más grande. Si
modificamos la distancia entre los números por muy poco, podemos hacer que esta
tarea se vuelva arbitrariamente fácil o difícil y, de este modo, establecer la
menor diferencia numérica detectable (figura 10.7). Como ocurre con la cartilla
visual del oftalmólogo, la prueba provee una estimación detallada de la
«agudeza» de cada persona para los números. Sorprende la pronunciada mejora de
este valor con la edad (Halberda y Feigenson, 2008, Berteletti y otros, 2010,
Piazza y otros, 2010). Un niño de 6 meses necesita una variación del 100 % —en
otras palabras, una duplicación del número— antes de reconocer sistemáticamente
el número más grande. Para cuando el niño tiene 3 años, ese valor ha bajado al
40 % y continuará descendiendo en los años subsiguientes.
Figura 10.7. El sentido numérico se perfecciona con la edad y la
educación. En su primer año de vida, los niños ya distinguen dos números cuando
se diferencian por una proporción lo suficientemente grande (por ejemplo, 8
frente a 16, un cambio del 100 %). La agudeza numérica mejora
continuamente con la edad, y como adultos podemos distinguir cambios muy
pequeños, del orden del 15 % (por ejemplo, 14 frente a 16, como se ilustra
en el ejemplo). Sin embargo, sin educación formal, los adultos de la etnia
mundurucu del Amazonas solo pueden distinguir un cambio del 30 % en el
número, un desempeño muy cercano al de los preescolares, lo que sugiere que la
educación formal refina mucho nuestras intuiciones de las cantidades. Mientras
que esta prueba no verbal es extraordinariamente simple, también identifica a
los niños con discalculia del desarrollo: a la edad de 11 años, todavía
muestran la agudeza numérica de un niño de 5 años (redibujado a partir de los
datos de Piazza y otros, 2010).
El cambio
más marcado en la agudeza numérica ocurre antes de los 3 años, y resulta muy
tentador relacionarlo con la capacidad que aparece en el niño de aprender
palabras para los números. La precisión refinada del sentido numérico actúa
como un lente que, poco a poco, pone los números en un foco más preciso. Puede
ser el factor clave que permite que el niño diferencie las categorías
«cristalizadas» discretas dentro de lo que es inicialmente un continuo de
numerosidad, y les asigne etiquetas numéricas. El refinamiento progresivo de la
agudeza numérica puede explicar por qué toma tanto tiempo que un niño adquiera
la palabra «uno»; luego, meses más tarde, la palabra «dos», y lo mismo para la
palabra «tres»: dado que la recta numérica está comprimida, los números más
grandes, que conceptualmente en conjunto están más cerca, entran en foco en un
punto posterior de la vida.
Al mismo
tiempo, el aprendizaje de las palabras para números también parece tener un
impacto en la precisión del sentido numérico. En los adultos occidentales, la
precisión final alcanzada es de aproximadamente el 15 o el 20 %; sin
contar, podemos diferenciar entre 30 y aproximadamente 36. Sin educación, los
adultos mundurucus muestran valores cercanos a 30: necesitan que exista casi el
doble de la diferencia antes de comenzar a distinguir dos números (Dehaene,
Piazza, Izard y Pica, investigación en curso, 2010). Este es, claramente, el
resultado de la educación, porque los mundurucus que han sido escolarizados y
han llegado hasta tercer grado, en el que se presentan los conceptos de los
números y las cuentas, ven refinarse su agudeza hasta el valor occidental del
15-20 %.
En
resumen, durante los años preescolares, el establecimiento de un diálogo
bidireccional entre nuestro sentido numérico y nuestro sistema de conteo lleva
a un sistema muy integrado y mejorado, donde cada símbolo numérico se vincula
de forma automática con un significado cada vez más preciso. Recién comenzamos
a comprender cómo ocurre este cambio en el cerebro. Luego de estudiar la forma
en que las neuronas de los monos codifican la numerosidad de los conjuntos de
puntos, Andreas Nieder y otros colegas realizaron un experimento osado pero muy
revelador: entrenaron a sus monos con números arábigos (Diester y Nieder,
2007). Cada día, por un período de unos pocos meses, se entrenó a dos monos
macacos para aparear las formas de los dígitos arábigos 1, 2, 3 y 4 con las
cantidades correspondientes de puntos. Al final, los primates tuvieron un
desempeño bastante bueno. Es interesante que todavía se percibía un efecto de
distancia numérica: cuando se les mostraba un dígito, tendían a confundirlo con
las magnitudes cercanas, lo que sugiere que, en efecto, estaban juzgando las
cantidades asociadas.
Una vez
que los monos se habían vuelto expertos, Nieder y sus colegas comenzaron a
registrar neuronas individuales, tanto en la corteza parietal donde se habían
encontrado las neuronas más rápidas con sensibilidad para la numerosidad, como
en la corteza frontal, que contiene células de memoria más lentas. Lo notable
es que encontraron algunas neuronas con curvas de ajuste a los símbolos en
ambos lugares. Por ejemplo, una neurona se activaba con fuerza cuando aparecía
el número 4, un poco menos para el 3, mucho menos para el 2 y nada para el 1.
Otras neuronas preferían los dígitos 1, 2 o 3. Es obvio, entonces, que las
neuronas no respondían a las formas, sino que consideraban la cantidad asociada
a esas formas, y lo hacían de manera muy regular, sobre la base de la similitud
de sus significados.
Sorprendentemente,
en el lóbulo parietal una amplia mayoría de neuronas mostraba preferencias
distintas para dígitos y para conjuntos de puntos: o bien estaban adaptadas a
los símbolos o bien a los conjuntos, pero no a ambos al mismo tiempo. Solo en
la corteza prefrontal una proporción relativamente grande de neuronas
codificaba valores numéricos sin importar si se presentaban como un número
específico de puntos o como un dígito arábigo. Nieder las llamó «neuronas de
asociación», porque por sí mismas parecían proveer la asociación directa entre
dígitos y cantidades necesarias para realizar con éxito la tarea de
apareamiento. Es más, el nivel de activación de las neuronas de asociación
predecía el desempeño del mono: cada vez que el mono no lograba responder de
forma correcta en un ensayo, las respuestas adaptadas de las células
colapsaban. En cambio, solo el 2 % de las células de la corteza parietal
asociaba dígitos con cantidades, y entonces estas respuestas eran bastante
débiles y tardías.
Lo que
sugieren estos resultados es que, en las etapas iniciales del aprendizaje de
los símbolos, la corteza prefrontal tiene un papel esencial para ligar el «2»
con «••». Es muy probable que esta región provea un espacio para la síntesis
mental, reuniendo información dispersa y formando nuevas combinaciones (Dehaene
y Changeux, 1995, Dehaene, Kerszberg y Changeux, 1998, O’Reilly, 2006). Sus
conexiones se abren a muchas otras áreas cerebrales de alto nivel, como las
regiones temporales inferiores que categorizan formas y las parietales que se
ocupan de las magnitudes, lo que la hace ideal para ensamblar un concepto
unificado del número. Además, hay que tener en cuenta que las neuronas
prefrontales pueden mantener información activa disparando por un período largo
de tiempo, y entonces funcionan como un búfer de memoria de trabajo que permite
confrontar dos porciones de información presentada en momentos diferentes.
Probablemente este rasgo sea esencial para permitirles a los monos aprender la
asociación entre un dígito y una cantidad, incluso cuando los dos elementos se
presenten separados por varios segundos.
Otro
rasgo crucial de la corteza prefrontal es que está involucrada en el
aprendizaje consciente y con esfuerzo. La utilizamos cuando prestamos atención
a información nueva, diseñamos una nueva estrategia o tomamos conciencia de una
nueva conexión[57] Cuando se establece una
rutina, el conocimiento se transfiere a circuitos más automáticos, y la
activación prefrontal desaparece. Es probable que los monos de Andreas Nieder
nunca hayan alcanzado esta etapa de rutina. El aprendizaje de símbolos posiblemente
extienda los límites de todos los primates no humanos, por lo que sus áreas
prefrontales parecen permanecer firmemente movilizadas por esta tarea
demandante, incluso después de meses de entrenamiento. Los niños humanos son
diferentes. Unos pocos años de escolarización son suficientes para automatizar
los vínculos entre los dígitos y las magnitudes, al punto de que incluso un
número apenas visible evoca rápidamente la cantidad correspondiente en la mente
del niño (Girelli y otros, 2000, Mussolin y Noel, 2008).
Las
neuroimágenes hasta hoy se han utilizado para seguir la actividad cerebral
mientras los niños aprenden números arábigos y aritmética (Ansari, García,
Lucas, Hamon y Dhital, 2005, Rivera y otros, 2005, Ansari y Dhital, 2006,
Kaufmann y otros, 2006, Kucian, Von Aster, Loenneker, Dietrich y Martin, 2008).
Al principio, el patrón de activación se parece al de los monos. En contraste
con los adultos, los niños pequeños que no disponen de experiencia con los
símbolos numéricos tienen un alto nivel de actividad prefrontal siempre que
hacen aritmética. Sin embargo, con la edad y la habilidad, a medida que se pone
en marcha la automaticidad, la activación en la corteza prefrontal se desvanece
y cambia a las áreas parietal y témporo-occipital, particularmente en el
hemisferio izquierdo (Rivera y otros, 2005, Kucian y otros, 2008). Así, la
corteza prefrontal parece ser la primera área cortical en establecer las
asociaciones simbólicas de los números arábigos, que se relocalizan poco a poco
en la corteza parietal durante la niñez.
Si esta
explicación es correcta, lleva a una predicción simple: los adultos humanos que
se han vuelto expertos en comprender dígitos y palabras para números deberían
tener «neuronas de asociación» en la corteza parietal. En los cerebros
educados, debería activarse un código neural común al ver veinte puntos, la
palabra «veinte» o el número 20. ¿Cómo podemos probar esta predicción? Como
expliqué antes, no podemos observar realmente las neuronas individuales en el
cerebro humano normal, pero podemos usar trucos indirectos. Manuela Piazza y yo
usamos otra vez el truco de la adaptación. Aburrimos a los sujetos con patrones
de puntos cuya numerosidad siempre se encontraba en el mismo rango, por
ejemplo, 17, 19, 18, y así sucesivamente. Luego mostrábamos números ocasionales
que podían estar muy cerca (20) o muy lejos (50); pero lo que resulta crucial
es que esta vez los números se podían mostrar como números arábigos. Elaboramos
la hipótesis de que la señal de neuroimagen de la corteza parietal primero se
adaptaría a veinte puntos, luego permanecería baja cuando viera el número 20,
pero se recuperaría para el número 50. Este patrón de adaptación significaría
que las mismas neuronas codifican números simbólicos y no simbólicos: reconocen
la identidad conceptual oculta de veinte puntos y el número 20. Y esto es,
exactamente, lo que encontramos; de este modo, probamos un aspecto importante
de la teoría del reciclaje neuronal: la manipulación de símbolos culturales
aprendidos recicla áreas que antes estaban involucradas en operaciones
aritméticas evolutivamente más antiguas con conjuntos concretos.
Hoy
existe una forma aún más directa de probar este punto. Con la fMRI de alta
resolución, podemos detectar patrones distintos de actividad en la superficie
de la corteza humana, y vincular cada uno a determinado significado (por
ejemplo, un número en especial). Este método se ha llamado «decodificación
cerebral», y es posible porque las neuronas que codifican diferentes números,
aunque entremezcladas de forma arbitraria, tienden a formar conjuntos
aleatorios en la corteza. Entonces, el número 4 evoca un patrón de actividad
distinguible en la superficie cortical, mientras que el número 8 evoca otro.
Los patrones pueden parecer indistintos a simple vista, pero se puede entrenar
un sofisticado algoritmo de aprendizaje automático para separar la señal del
ruido e identificar las partes de la actividad evocada asociadas de forma
confiable a cada número. El resultado es una máquina de decodificación
cortical, que utiliza imágenes de la activación cerebral como información de
entrada y, como producto, estima el número que se le había presentado al
sujeto.
Para
nuestra sorpresa, este tipo de decodificación cerebral funciona bastante bien
(Eger y otros, 2009). En mi laboratorio, Evelyn Eger diseñó un decodificador
que acierta cerca del 75 % de las veces respecto de cuál, entre dos
números, se había presentado (mientras que una respuesta al azar solo tendría
un 50 % de éxito). Más impresionante aún resulta que, una vez que se ha
entrenado un decodificador con los números arábigos, se puede generalizar a
conjuntos de puntos. Entonces, cuando distinguimos el dígito 2 del dígito 4,
utilizamos, por lo menos en parte, las mismas neuronas que pueden distinguir
entre dos puntos y cuatro puntos. Al examinar una gran porción de los lóbulos
parietal y frontal, Evelyn notó que la región intraparietal hIPS es,
nuevamente, la mejor para la decodificación de números. En los adultos bien
entrenados, por lo menos, la corteza parietal es el lugar donde se encuentran
las cantidades y los símbolos. La educación nos da un código neuronal
compartido para las numerosidades y los símbolos.
Sin
embargo, hay una dificultad con esta teoría. Si nuestros símbolos fueran meras
etiquetas para cantidades aproximadas, no deberían ser muy diferentes de las
palabras mundurucus para «cerca de cinco», «pocos» o «muchos». Es obvio que
nuestra caja de herramientas numérica occidental va mucho más allá de la
aproximación. Los números arábigos y las palabras para números nos permiten
hacer referencia a números precisos, y distinguir sin problema entre, por
ejemplo, 13 y 14. Entonces, el código de cantidad no solo se vuelve accesible a
partir de la educación; también debe ser extremadamente refinado. Un modelo
teórico, estructurado como una red de neuronas modelo, arroja luz sobre el
posible funcionamiento de esto (Verguts y Fias, 2004). Cuando se expone la red
a conjuntos de puntos, desarrolla células más o menos ajustadas a cantidades
aproximadas, de un modo muy similar a las neuronas para número de Andreas
Nieder. Sin embargo, cuando se la expone al mismo tiempo a los símbolos
numéricos, las neuronas se separan en grupos mucho más pequeños, cada uno
enfocado con claridad en un número específico. En el modelo, las mismas
neuronas se utilizan para codificar magnitudes aproximadas y símbolos numéricos
exactos, pero sus curvas de ajuste son diferentes. Los símbolos ajustan a las
neuronas de una forma mucho más exacta y, por tanto, les permiten codificar una
cantidad precisa. En otras palabras, un conjunto de puntos evoca una activación
amplia y difusa en las neuronas parietales, mientras que los símbolos inducen
la activación en un subgrupo más pequeño, pero altamente selectivo.
Hoy en
día, solo hay evidencia modesta, aunque sugerente, para avalar esta teoría
(Piazza, Izard, Pinel, Le Bihan y Dehaene, 2004, Piazza, Pinel, Le Bihan y
Dehaene, 2007, Eger y otros, 2009). Los patrones sutilmente asimétricos para la
adaptación y para la decodificación sugieren que el refinamiento predicho de la
codificación de números puede ocurrir específicamente en la corteza
parietal izquierda. Este resultado es lógico. Solo la región
parietal izquierda contiene al mismo tiempo un código de cantidad y las
conexiones directas necesarias para vincularlo con los sistemas de la lengua y
del símbolo del hemisferio izquierdo. Es más, existe evidencia directa de que
esta región se vuelve cada vez más lateralizada al hemisferio izquierdo durante
el desarrollo numérico, en correlación estrecha con la lateralización del
circuito del lenguaje (Rivera y otros, 2005; Pinel y Dehaene, 2009). Pero lo
que resulta particularmente atractivo de la teoría es que inmediatamente
explica por qué hasta los niños pequeños pueden tener intuiciones acerca de las
palabras para números. En cuanto estas palabras se proyectan en las neuronas
parietales para números, adquieren un significado numérico y pueden ingresar a
los cálculos intuitivos, incluso antes de todo tipo de escolarización. Como se
utilizan las mismas neuronas, cualquier número arábigo, por ejemplo, el 8,
adopta las propiedades de la representación mental de la magnitud
correspondiente.
§. La
comprensión de las diferencias individuales y la discalculia
El mayor
teorema no resuelto en matemática es por qué algunas personas son mejores en
ella que otras.
Howard Eves, Return to matematical circles
Actualmente
existe evidencia directa de que la integración de cantidades y de palabras que
hacen referencia a números es lo que da a los preescolares intuiciones acerca
de la aritmética. Camilla Gilmore y Elizabeth Spelke probaron este punto con un
experimento muy osado: ¡les pidieron a niños de jardín de infantes de 5 y 6
años de edad que resolvieran problemas de suma y resta de dos dígitos!
(Gilmore, McCarthy y Spelke, 2007). A esta edad, los niños todavía no han
aprendido a sumar; entonces, ¿cómo es posible que hagan esto? El truco, como se
ve en la figura 10.8, es que la prueba solo requiere una comprensión aproximada
de las cantidades. Por ejemplo, se le dice al niño que «Sarah tiene sesenta y
cuatro caramelos, regala trece de ellos; John tiene treinta y cuatro caramelos;
¿quién tiene más?». Aunque el problema está puesto en palabras, la respuesta
supone convertir estas palabras en cantidades y pensar en sus relaciones, sin
siquiera realizar ningún cálculo exacto.
El
desempeño de los niños en la prueba de Gilmore y Spelke sugiere que esto es
exactamente lo que hicieron. Sus respuestas muestran todas las huellas del
sistema numérico aproximado: sus respuestas solo son estadísticamente correctas
(cerca del 70 % de las veces), pero mejoran a medida que aumenta la
distancia entre las dos opciones. Además, son peores con la resta que con la
suma, exactamente como predice una teoría matemática del proceso de
aproximación (Dehaene, 2007).
Figura 10.8. El sentido numérico es una fuente poderosa de
intuiciones matemáticas en los niños pequeños. En este experimento, se les
preguntó a niños de jardín de infantes por sus intuiciones acerca de la forma
en que se combinan en sumas y restas los números simbólicos de gran tamaño. Si
bien nunca se les había enseñado nada acerca de los números de dos dígitos, la
suma ni la resta, tuvieron un desempeño mucho mejor que el azar, sin distinción
de sexo u origen social. Utilizaron intuiciones aproximadas de las cantidades y
solo acertaron si la distancia entre los números era lo suficientemente grande,
como en el ejemplo. El éxito en esta prueba de aproximación fue un buen
predictor de los puntajes posteriores de los niños en matemática (tomado de
Gilmore y otros, 2007).
El
experimento de Gilmore y Spelke es fundamental, dado que valida un principio
central de la hipótesis del sentido numérico: hasta los niños de jardín de
infantes son competentes en la aritmética antes de la escolarización, y su
comprensión de la aritmética simbólica está fundada sobre una intuición
temprana de las magnitudes. Incluso si nunca se les enseña el significado de 64
y 13, aprenden a conectar estas palabras con cantidades aproximadas. En este
punto, la suma formal de números arábigos de dos dígitos todavía está, sin
duda, fuera de su alcance, pero pueden utilizar su conocimiento anterior de
cómo se combinan las cantidades para obtener una respuesta aproximada para
64 – 13.
Resulta
extraordinario que la agudeza de los niños pequeños en las tareas aproximadas
de este tipo sea un predictor excelente de éxito en el currículo clásico de
matemática, incluso cuando se descartan la inteligencia, el éxito escolar
general y el nivel socioeconómico (Gilmore y otros, 2007, Gilmore, McCarthy y
Spelke, 2010). En niños un poco más grandes, de 6 a 8 años, la variabilidad en
la agudeza numérica predice los logros en matemática, pero no en lectura
(Holloway y Ansari, 2008). A lo largo de un rango de tiempo aún mayor, existe
una correlación entre las notas en matemática en la escuela y la agudeza
numérica a la edad de 14 años (Halberda, Mazzocco y Feigenson, 2008). Más
importante, la agudeza numérica reducida puede identificar a los niños que tienen
dificultades en matemática: en la prueba de agudeza de Manuela Piazza, los
niños de 10 años con déficits específicos en aritmética tuvieron puntajes al
mismo nivel que los niños de 5 años.
Estos
resultados proveen evidencia directa de que las diferencias en las habilidades
individuales para la aritmética corresponden a diferencias en el sentido
numérico. En efecto, hasta es posible detectar este tipo de diferencias
individuales a nivel del cerebro: en su adolescencia temprana, los niños que
tienen un puntaje más alto en pruebas de matemática tienen conexiones
detectablemente más eficientes entre el área del sentido numérico de la corteza
intraparietal izquierda y el lóbulo frontal (figura 10.9; Tsang, Dougherty,
Deutsch, Wandell y Ben-Shachar, 2009). Pero la relación causal todavía no se ha
determinado por completo. ¿Un sentido numérico más agudo predispone a algunos
niños a la aritmética? ¿O, a la inversa, una exposición temprana a la educación
aritmética impulsa el sentido numérico? Probablemente, ambas cosas sean
ciertas. Sospecho con convicción que el desarrollo del niño involucra
causalidad bidireccional o «espiralada»: el sentido numérico temprano impulsa
la comprensión de la aritmética, que, a su vez, impulsa la agudeza numérica, en
una espiral virtuosa en ascenso constante. A la inversa, los niños cuyo sentido
numérico está atrasado respecto del de sus pares probablemente pierdan terreno
poco a poco en otras áreas de la matemática. Para ellos, la espiral se vuelve
un círculo vicioso: como su desempeño no logra mejorar de forma normal, la
brecha en el aprendizaje aumenta a medida que se quedan cada vez más atrás de
otros niños de su grupo etario.
Desde la
primera edición de esta obra, se ha logrado un progreso notable en la
comprensión de los mecanismos cerebrales que se encuentran detrás de la
discalculia del desarrollo. Allá por 1997 solo mencioné brevemente que muchos
niños —un índice que ronda entre el 3 y el 6 % (Kosc, 1974, Badian, 1983,
Shalev y otros, 2000)—, a menudo con percepción, lenguaje e inteligencia
normales, mostraban dificultades desproporcionadas para el procesamiento de los
números y la aritmética. Se los llama «discalcúlicos», el equivalente de la
dislexia pero en el campo de la aritmética. En muchos de ellos, el déficit
tiene un impacto en tareas muy básicas: puede estar comprometida incluso la
decisión de si un conjunto está compuesto por dos o tres objetos, o de cuál es
el número más grande entre 5 y 6. Es más, aunque esto fue inicialmente
debatido, hoy existe cada vez más evidencia de que está dañado su sentido de la
numerosidad: la subitización de los números pequeños 1, 2 y 3 es anormal, con
frecuencia equivocan los juicios de conjuntos de puntos, y su agudeza para la
aproximación numérica es reducida (Landerl, Bevan y Butterworth, 2004, Price,
Holloway, Rasanen, Vesterinen y Ansari, 2007, Landerl, Fussenegger, Moll y
Willburger, 2009; Mussolin, Mejias y Noel, 2010, Piazza y otros, 2010).
Figura 10.9. ¿Se pueden inferir las habilidades matemáticas a partir
de la observación del cerebro? En este estudio de resonancia magnética, los
niños que tuvieron un puntaje alto en una prueba de aritmética aproximada
también mostraron una mejor organización detallada de conexiones cerebrales
específicas. El tracto de fibra relevante, mostrado a la izquierda, conecta la
región intraparietal izquierda, que incluye el área del sentido numérico, con
la corteza frontal. Como tal, se presume que facilita la manipulación explícita
y la memorización de los números. Sin embargo, no se puede determinar a través
de este método si las diferencias observadas son genéticas o si dependen de la
experiencia (tomado de Tsang y otros, 2009).
Una
hipótesis natural en lo concerniente a este déficit, entonces, es que el
sistema de cantidad parietal ha sido afectado, ya sea por una enfermedad
genética o por un daño cerebral temprano. Esta hipótesis fue defendida hace
poco tiempo por varios estudios de imágenes cerebrales. En uno, un conjunto de
adolescentes jóvenes nacidos prematuros fue separado en dos grupos: los que
habían sufrido discalculia durante su niñez y los que no (Isaacs, Edmonds,
Lucas y Gadian, 2001[58]). Se utilizaron imágenes de
resonancia magnética para estimar la densidad de materia gris en toda la
corteza. Solo los discalcúlicos sufrían de una reducción selectiva de densidad
de materia gris en el surco intraparietal izquierdo, en la localización precisa
donde por lo general se observa la actividad cerebral durante las operaciones
de aritmética mental.
Los niños
prematuros parecen ser especialmente propensos a la discalculia y a otros
déficits del lóbulo parietal, como la desorientación espacial o la dispraxia
(torpeza en los movimientos), probablemente porque el daño cerebral perinatal
afecta con frecuencia la zona peri ventricular posterior que subyace a la
corteza parietal. Pero también sabemos de casos de «discalculia pura» en los
que los niños no poseen un sentido numérico sólido, a pesar de haber tenido un
nacimiento normal. Aquí, otra vez, la corteza parietal parece estar
desorganizada, porque no logra activarse normalmente cuando se les pide a los
niños que realicen tareas simples que involucran al sentido numérico (Kucian y
otros, 2006, Price y otros, 2007, Mussolin, De Volder y otros, 2010).
Tenemos
la firme sospecha de que, del mismo modo que para la dislexia, en la
discalculia se encuentra involucrado un componente genético. En las familias
con al menos un niño discalcúlico, la prevalencia de discalculia en parientes
de primer grado es diez veces mayor que en el resto de la población (Shalev y
otros, 2001). En el 70 % de los casos de gemelos, si uno se ve afectado,
el otro también tiene una alteración (Alarcon, DeFries, Light y Pennington,
1997). No se ha identificado aún ningún gen al respecto, pero conocemos varias
enfermedades genéticas en las que la discalculia es muy frecuente[59]. Una de ellas es el síndrome de
Turner, una anomalía en los cromosomas por la cual las mujeres nacen con solo
un cromosoma X. Cuando con Nicolas Molko extrajimos neuroimágenes de
pacientes con síndrome de Turner, observamos una activación anormal de la
corteza parietal derecha durante el cálculo de sumas con números grandes (Molko
y otros, 2003). El patrón de pliegues corticales también estaba desorganizado.
Esta observación es importante, porque los pliegues corticales comienzan a
formarse durante el tercer trimestre del embarazo y, por lo tanto, una anomalía
en esta área señala una afección genética temprana en el desarrollo cerebral.
§. De la
cognición numérica a la educación
El hecho de que haya una categoría de niños con inteligencia y escolaridad
normales, pero que presentan una dificultad desproporcionada para la aritmética
rechaza la noción de que la educación siempre involucra mecanismos de
aprendizaje de dominio general. Más bien, la base del aprendizaje matemático es
una representación especializada de la numerosidad, con un sustrato cerebral
específico. Uno debería ser cuidadoso, sin embargo, de no exagerar las
conclusiones extraídas a partir de los estudios de discalculia. No sabemos
cuántos niños discalcúlicos realmente tienen alteraciones cerebrales
identificables. Es muy probable que muchos de los que muestran dificultades con
la aritmética no tengan ningún daño biológico; simplemente, no se les ha
enseñado por medio de los métodos apropiados. En efecto, algunos niños con
déficits de cálculo tienen un sentido numérico perfectamente normal, pero no
pueden acceder a él a partir de los símbolos numéricos (Rubinstein y Henik, 2005,
Rousselle y Noel, 2007, Wilson y otros, 2009). Este problema parece ser una
descripción aplicable a las habilidades matemáticas reducidas de los niños de
contextos socioeconómicos bajos, que pueden haber tenido menos experiencia con
los símbolos de números que aquellos de situaciones más privilegiadas.
Incluso
con niños que sufren una discalculia genuina, un déficit genético no es un
castigo de por vida. A diferencia de las lesiones cerebrales adultas, los
trastornos del desarrollo pocas veces dejan totalmente destruidos los sistemas
cerebrales. El cerebro del niño presenta un alto grado de plasticidad, e
incluso los déficits muy severos pueden ser superados, con frecuencia, con un
entrenamiento reparador intensivo distribuido a lo largo de varias semanas o
meses. En el caso de la dislexia, gran cantidad de investigaciones ha
demostrado los efectos beneficiosos de programas centrados precisamente en los
déficits cognitivos exactos de los niños. Las imágenes cerebrales de antes y
después del entrenamiento muestran un grado considerable de recuperación, tanto
dentro de las áreas que originalmente estaban sub activadas como en circuitos
compensatorios adicionales, particularmente los del hemisferio derecho (Kujala
y otros, 2001, Simos y otros, 2002, Temple y otros, 2003, Eden y otros, 2004[60]).
Aunque la
investigación sobre la discalculia tiene un progreso más lento, no hay razones
para creer que un entrenamiento completo no puede hacer mucho para superar el
problema. La primera edición de esta obra ponía el énfasis sobre el hecho de
que la realización de juegos con números en la escuela puede encauzar la
atención de los niños sobre las intuiciones que se encuentran detrás de los
símbolos numéricos, y esto ha sido completamente confirmado por la
investigación reciente (Wilson, Revkin y otros, 2006, Wilson y otros, 2009).
Pero ahora estamos en la era de los juegos de computadora. ¿Las computadoras
pueden contribuir al entrenamiento en aritmética? Sin reemplazar nunca a los
maestros, los programas de computadora educativos presentan muchas ventajas.
Los juegos inteligentes pueden proveer entrenamiento intenso e incesante, un
día tras otro, y hacerlo de una forma atractiva y entretenida, divertida para
el niño. Lo que es más importante, se pueden hacer adaptativos: el software identifica
automáticamente los puntos débiles del niño y pone el foco sobre ellos durante
el entrenamiento, mientras se asegura de que el niño gane juegos con la
frecuencia suficiente como para que no se sienta desalentado.
Con Anna
Wilson hemos desarrollado el primer juego de computadora adaptativo para
aritmética básica: Thenumber race, un juego que supone correr una
carrera con la computadora hasta el final de una recta numérica[61] En cada ensayo, el niño
elige el más grande de dos números, y luego lo usa para avanzar un número
equivalente de espacios por una pista de carreras. Al permitir la variación de
la distancia entre los números, la velocidad de la decisión y también el
formato de la ilustración —desde puntos hasta complicados cálculos, como la
elección entre 9 – 6 y 5 – 1—, la dificultad del juego se
puede ajustar con precisión a la necesidad de cada niño. En efecto, el software está
diseñado para entrenar cada aspecto importante de la aritmética temprana: la
evaluación rápida de cantidades, la rutina para contar, el vínculo rápido entre
los símbolos y las cantidades, y la comprensión de que el número y el espacio
tienen un vínculo cercano. El software está diseñado con una
configuración abierta, de modo que cualquiera pueda utilizarlo o transformarlo.
En efecto, ya se lo ha traducido a ocho lenguas y está comenzando a utilizarse
en varios estudios controlados.
Los
resultados obtenidos con nuestro juego son modestos, pero significativos
(Wilson, Revkin y otros, 2006, Ramani y Siegler, 2008, Siegler y Ramani, 2008,
2009, Wilson y otros, 2009). El desempeño de los niños mejora en varias tareas
diferentes, desde la subitización hasta la resta. Los mejores resultados se
obtienen con niños pequeños de barrios pobres, que con frecuencia no juegan
este tipo de juego. Jugar solo en unas pocas ocasiones es suficiente para
disminuir sus errores de comparación de números en un factor de dos.
Desde un
punto de vista cognitivo, todavía hay mucho para comprender acerca de cómo
funcionan en realidad estos juegos de entrenamiento y cómo pueden volverse
óptimos. Sabemos que cualquier intervención con computadora mejora la atención
y la cognición en general. Este es un resultado optimista, pero implica que,
siempre que probemos un juego específicamente diseñado para centrarse en los
déficits aritméticos, debemos compararlo con programas de computadoras control
con un contenido diferente. En el caso de The number race,
mostramos que sus efectos positivos en la comparación de números estaban
relacionados de forma única a su contenido numérico y no se podían obtener si
se utilizaba software de lectura a modo de control.
Sin
embargo, dado que nuestro programa está lleno de conocimiento numérico, que
abarca desde la subitización hasta el conteo y la estimación, no podemos estar
seguros de cuál de estos aspectos es preponderante. Por fortuna, Geetha Ramani
y Robert Siegler, de la Universidad Carnegie Mellon, han diseñado un manejo
mucho más sutil (Ramani y Siegler, 2008, Siegler y Ramani, 2008, 2009). La
mitad de los niños juegan a un juego matemático simple, en el que corren uno
contra otro en una recta numérica de diez cuadrados, haciendo girar una ruleta
etiquetada con los números 1 y 2, y avanzan sumando esta cantidad al número de
la celda del jugador. La otra mitad de los niños desarrolla un juego muy
similar, en el mismo tablero, cuya única diferencia es que la rueda tiene
colores y, a cada paso, el niño debe moverse al cuadrado que tiene el mismo
color. La primera actividad específicamente entrena a los niños acerca de la
proyección de los números 1 – 10 sobre una escala lineal, mientras
que el segundo controla completamente todos los otros contenidos: el espacial,
el social y el de gratificación[62][62]. Con este enfoque sencillo,
Ramani y Siegler demostraron que un juego de mesa numérico tiene un impacto
positivo enorme sobre la comprensión de la aritmética. Se ven grandes mejoras
en una variedad de tareas numéricas, que incluyen las pruebas de lectura de
dígitos, comparación de magnitudes, suma y pruebas de recta numérica. Los
beneficios llegan a ser significativos después de dos meses. Obviamente, los
niños que juegan a juegos de mesa cuentan con una ventaja inicial que puede
tener un efecto multiplicador de largo plazo en su habilidad y su confianza con
la matemática.
§.
Conclusión
Como dicen David y Ann Premack (2003: 227), «una teoría de la educación solo se
podría derivar de la comprensión de la mente a la que se debe educar». Por
cierto, hoy contamos con un conocimiento refinado de la mente del matemático
incipiente. Se han dado grandes pasos en nuestra comprensión de cómo se
implementa la aritmética en el cerebro. Las aplicaciones de la neurociencia
cognitiva a la educación ya no están «demasiado lejos» (como anunciaba, ya
desde su título, Bruer, 1997). Al contrario, hoy se encuentran disponibles
muchos métodos de investigación conceptuales y empíricos. Se pueden presentar
programas educativos innovadores, y tenemos a nuestro alcance todas las
herramientas para estudiar su impacto en los cerebros y las mentes de los
niños.
El aula
debería ser nuestro próximo laboratorio.
Apéndice
A
Corrección
de la «prueba» de la figura 9.1. Esa figura se dibujó de forma incorrecta
deliberadamente. Aunque en efecto los triángulos OAB y ODC son similares, sus
relaciones son bastante diferentes de las que sugiere la figura 9.1. El
punto O, la intersección de L y L’, en realidad es mucho más alto (véase
la figura abajo). Entonces, es verdad que δ = α – β, pero
δ’ = 2π – α – β. Estas relaciones obviamente no
permiten extraer ninguna conclusión acerca del valor del ángulo δ’.
Apéndice
B
Páginas
de Internet de utilidad
·
Laboratorio
de Dehaene: INSERM–CEA Unidad de Neuroimágenes Cognitivas, <www.unicog.org>, última consulta: 11/01/2016.
·
Contiene
resúmenes de nuestra investigación reciente y provee acceso a una lista de
artículos publicados acerca del número, la lectura y la conciencia.
·
Intervenciones
digitales para la discalculia y las dificultades en matemática, <www.low-numeracy.ning.com>, última consulta: 11/01/2016.
·
Contiene
varios juegos de números simples, un foro y discusiones útiles.
·
Programa The
number race, <www.unicog.org/numberrace/number_race_index.html>, última consulta: 11/01/2016.
·
Es un
juego de computadora diseñado por Anna Wilson y por mí y que, según se ha
demostrado, ayuda a enseñar la aritmética elemental a los niños. Se puede
realizar la descarga gratuita y hay acceso completo al código fuente.
·
Iniciador
en discalculia y guía de recursos, <www.oecd.org/education/ceri/dyscalculiaprimerandresourceguide.htm>, última consulta: 11/01/2016. Se
trata de una serie de preguntas simples y respuestas concisas acerca de la
discalculia, con referencias útiles.
·
About
Dyscalculia, <www.aboutdyscalculia.org>, última consulta: 11/01/2016.
Aporta más información acerca de la discalculia, con secciones específicas para
padres, maestros e investigadores.
·
Center
for Educational Neuroscience, <www.educationalneuroscience.org.uk>, última consulta: 11/01/2016.
Es un sitio de referencia para seminarios en línea y discusión de investigación
acerca de neurociencia y educación.
Bibliografía
Principales
fuentes consultadas
·
Baruk, S. (1973), Échec et maths, París, Seuil.; — (1985), L’âge du
capitaine, París, Seuil.
·
Bideaud, J., C. Meljac y J.-P. Fischer (1992), Pathways to number, Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Binet, A. (1981 [1894]), Psychologie des grands calculateurs et joueurs
d’échecs,
París-Ginebra, Slatkine.
·
Butterworth, B. (1999), The mathematical brain, Londres, Macmillan.
·
Campbell, J. I. (2004), The handbook of mathematical cognition, Londres, Psychology Press.
·
Campbell, J. I. D. (ed., 1992), The nature and origins of
mathematical skills,
Ámsterdam, North Holland.
·
Case, R. (1985), Intellectual development: Birth to adulthood, San Diego, Academic Press; —
(1992), The mind’s staircase: Exploring the conceptual underpinnings of
children’sthought and knowledge, Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Changeux, J. P. y A. Connes (1995), Conversations on mind, matter,
and mathematics,
Princeton, NJ, Princeton University Press [ed. cast.: Materia de
reflexión, Barcelona, Tusquets, 1993].
·
Dantzig, T. (1967 [1930]), Number: The language of science, Nueva York, The Free Press [ed.
cast.: El número, lenguaje de la ciencia, Buenos Aires, Hobbs
Sudamericana, 1971].
·
Dehaene, S. (ed., 1993), Numerical cognition, Óxford, Blackwell.
·
Deloche, G. y X. Seron (eds., 1987), Mathematical disabilities: A
cognitive neuropsychologicalperspective, Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Dixon, R. M. W. (1980), The languages of Australia, Cambridge, Cambridge University
Press.
·
Dowker, A. y G. D. Phye (2008), Mathematical difficulties:
Psychology and intervention, Londres, Academic Press.
·
Fernald, L. D. (1984), The Hans legacy: A story of science, Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Flansburg, S. (1993), Math magic, Nueva York, William Morrow & Co.
·
Fuson, K. C. (1988), Children’s counting and concepts of number, Nueva York, Springer-Verlag.
·
Fuster, J. M. (1989), The prefrontal cortex, 2.ª ed., Nueva York, Raven.
·
Gallistel, C. R. (1990), The organization of learning, Cambridge, MA, MIT Press.
·
Geary, D. C. (1994), Children’s mathematical development, Washington DC, American
Psychological Association.
·
Gelman, R. y C. R. Gallistel (1978), The child’s understanding of
number,
Cambridge, MA, Harvard University Press.
·
Ginsburg, H. P. (ed., 1983), The development of mathematical thinking, Nueva York, Academic Press.
·
Gould, S. J. (1981), The mismeasure of man, Nueva York, Penguin [ed.
cast.: La falsa medida del hombre, Barcelona, Crítica, 1997].
·
Hadamard, J. (1945), An essay on the psychology of invention in the
mathematical field,
Princeton, NJ, Princeton University Press [ed. cast.: Psicología de la
invención en el campo matemático, Madrid, Espasa-Calpe, 2011].
·
Hardy, G. H. (1940), A mathematician’s apology, Cambridge, Cambridge University
Press [ed. cast.: Apología de un matemático, Madrid, Nivola, 1999].
·
Hiebert, J. (ed., 1986), Conceptual and procedural knowledge: The case of
mathematics,
Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Hofstadter, D. R. (1979), Gödel, Escher, Bach: An eternal golden braid, Nueva York, Basic Books [ed.
cast.: Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle, Barcelona,
Tusquets, 2007].
·
Hurford, J. R. (1987), Language and number, Óxford, Basil Blackwell.
·
Husserl, E. (1891), Philosophie der Arithmetik, Halle, C. E. M. Pfeffer.
·
Ifrah, G. (1985), From one to zero: A universal history of numbers, Nueva York, Viking.
·
Ionesco, E. (1958), The lesson, trad. de Donald M. Allen, Nueva York, Grove Press
[ed. cast.: La lección. El maestro. Víctimas del deber. La
joven casadera, Buenos Aires, Losada, Biblioteca Clásica y Contemporánea,
1998].
·
Johnson-Laird, P. N. (1983), Mental models, Cambridge, MA, Harvard University Press.
·
Jouette, A. (1996), Le secret des nombres, París, Albin Michel [ed.
cast.: El secreto de los números, Barcelona, Swing, 2008].
·
Kanigel, R. (1991), The man who knew infinity: A life of the genius
Ramanujan, Nueva
York, Charles Scribner’s Sons.
·
Kitcher, P. (1984), The nature of mathematical knowledge, Nueva York, Oxford University
Press.
·
Kline, M. (1972), Mathematical thought from ancient to modern times, Nueva York, Oxford University
Press [ed. cast.: El pensamiento matemático de la Antigüedad a nuestros
días, Madrid, Alianza, 2012]. ; — (1980), Mathematics: The loss of
certainty, Nueva York, Oxford University Press [ed. cast.: Matemáticas.
La pérdida de la certidumbre, México, Siglo XXI, 2000].
·
Le Lionnais, F. (1983), Les nombres remarquables, París, Hermann.
·
Luria, A. R. (1966), The higher cortical functions in man, Nueva York, Basic Books [ed.
cast.: Las funciones corticales superiores del hombre, México,
Distribuciones Fontamara, 2005].
·
McCulloch, W. S. (1965), Embodiments of mind, Cambridge, MA, MIT Press.
·
Núñez, R. E. y G. Lakoff (2000), Where mathematics comes from: How
the embodied mindbrings mathematics into being, Nueva York, Basic Books.
·
Obler, L. K. y D. Fein (eds., 1988), The exceptional brain:
Neuropsychology of talent andspecial abilities, Nueva York, The Guilford Press.
·
Paulos, J. A. (1988), Innumeracy: Mathematical illiteracy and its
consequences, Nueva
York, Vintage Books [ed. cast.: El hombre anumérico, Barcelona,
Tusquets, 2010].
·
Poincaré, H. (1907), Science and hypothesis, Londres, Walter Scott
Publishing Co. [ed. cast.: Ciencia e hipótesis, Madrid, Espasa,
2005]. — (1907), The value of science, Nueva York, Science Press
[ed. cast.: El valor de la ciencia, Madrid, Espasa-Calpe, 2007].
·
Posner, M. I. y M. E. Raichle (1994), Images of mind, Nueva York, Scientific American
Library.
·
Premack, D. y A. Premack (2003), Original intelligence: Unlocking
the mystery of who we are, Nueva York, McGraw Hill.
·
Sacks, O. (1985), The man who mistook his wife for a hat, Londres, Gerald Duckworth &
Co. [ed. cast.: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero,
Barcelona, Anagrama, 2002].
·
Siegler, R. S. y E. A. Jenkins (1989), How children discover new
strategies,
Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Smith, S. B. (1983), The great mental calculators, Nueva York, Columbia University
Press.
·
Stevenson, H. W. y J. W. Stigler (1992), The learning gap, Nueva York, Simon &
Schuster.
·
Thom, R. (1991), Prédire n’est pas expliquer, París, Flammarion.
·
Toga, A. W. y J. C. Mazziotta (ed., 1996), Brain mapping: The methods, Nueva York, Academic Press.
·
Von Neumann, J. (1958), The computer and the brain, New Haven, CT, Yale University
Press [ed. cast.: El ordenador y el cerebro, Barcelona, Bon Ton,
1999].
·
Bibliografía detallada
·
Abdullaev, Y. G. y K. V. Melnichuk (1996), «Counting and arithmetic
functions of neurons in the human parietal cortex», NeuroImage3(3):
S216.
·
Alarcon, M., J. C. DeFries, J. G. Light y B. F. Pennington (1997), «A twin study of mathematics
disability», Journal of Learning Disabilities 30(6): 617-623.
·
Allison, T., G. McCarthy, A. C. Nobre, A. Puce y A. Belger (1994), «Human extrastriate visual cortex
and the perception of faces, words, numbers and colors», Cerebral
Cortex 4(5): 544-554.
·
Anderson, B. y T. Harvey (1996), «Alterations in cortical thickness and neuronal
density in the frontal cortex of Albert Einstein», Neuroscience Letters
210(3): 161-164.
·
Anderson, S. W., A. R. Damasio y H. Damasio (1990), «Troubled letters but not
numbers. Domain specific cognitive impairments following focal damage in
frontal cortex», Brain 113(3): 749-766.
·
Ansari, D. y B. Dhital (2006), «Age-related changes in the activation of the
intraparietal sulcus during nonsymbolic magnitude processing: An event-related
functional magnetic resonance imaging study», Journal of Cognitive
Neuroscience 18(11): 1820-1828.
·
Ansari, D., N. Garcia, E. Lucas, K. Hamon y B. Dhital (2005), «Neural correlates of symbolic
number processing in children and adults», Neuroreport16(16):
1769-1773.
·
Antell, S. E. y D. P. Keating (1983), «Perception of numerical
invariance in neonates», ChildDevelopment54(3): 695-701.
·
Appolonio, I., L. Rueckert, A. Partiot, I. Litvan, J. Sorenson, L. D.
Bihan y J.Grafman (1994), «Functional magnetic resonance imaging (f-MRI) of calculation
ability in normal volunteers», Neurology 44: 262.
·
Arp, S., P. Taranne y J. Fagard (2006), «Global perception of small
numerosities (subitizing) in cerebral-palsied children», Journal of
Clinical Experimental Neuropsychology 28(3): 405-419.
·
Ashcraft, M. H. (1982), «The development of mental arithmetic: A
chronometric approach», Developmental Review 2(3): 213-236. —
(1992), «Cognitive arithmetic: A review of data and theory», Cognition
44(1-2): 75-106.— (1995),«Cognitive psychology and simple arithmetic: A
review and summary of new directions», Mathematical Cognition1(1):
3-34.
·
Ashcraft, M. H. y J. Battaglia (1978), «Cognitive arithmetics: evidence
for retrieval and decision processes in mental addition», Journal of
Experimental Psychology: Human Learning and Memory 4(5): 527-538;
disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Ashcraft, M. H. y B. A. Fierman (1982), «Mental addition in third, fourth
and sixth graders», Journal of Experimental Child Psychology 33(2):
216-234.
·
Ashcraft, M. H. y E. H. Stazyk (1981), «Mental addition: A test of three
verification models», Memory and Cognition 9(2), 185-196;
disponible en <link.springer.com>, última consulta: 29/11/2015.
·
Awh, E., B. Barton y E. K. Vogel (2007), «Visual working memory represents
a fixed number of items regardless of complexity», Psychological
Science18(7): 622-628.
·
Badian, N. A. (1983), «Dyscalculia and nonverbal disorders of learning»,
en H. R. Myklebust (ed.), Progress in learning disabilities 5,
Nueva York, Grune & Stratton: 235-264.
·
Baillargeon, R. (1986), «Representing the existence and the location of
hidden objects: Object permanence in 6- and 8-month-old infants», Cognition23(1):
21-41.
·
Baillargeon, R. y J. DeVos (1991), «Object permanence in young
infants: Further evidence», ChildDevelopment 62(6): 1227-1246;
disponible en <internal.psychology.Illinois.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Banks, W. P. y M. J. Coleman (1981), «Two subjective scales of
number», Perception and Psychophysics29(2): 95-105; disponible
en <link.springer.com>; última consulta: 23/12/2015.
·
Banks, W. P. y D. K. Hill (1974), «The apparent magnitude of number
scaled by random production», Journal of Experimental Psychology102(2):
353-376.
·
Baruk, S. (1973), Échec et maths, París, Seuil.
·
Benbow, C. P. (1988), «Sex differences in mathematical reasoning ability
in intellectually talented preadolescents: Their nature effects and possible
causes», Behavioral and Brain Sciences11(2): 169-232.
·
Benbow, C. P., D. Lubinski, D. L. Shea y H. Eftekhari-Sanjani
(2000), «Sex
differences in mathematical reasoning ability at age 13: Their status 20 years
later», Psychological Science11(6): 474-480.
·
Benford, F. (1938), «The law of anomalous numbers», Proceedings
of the American PhilosophicalSociety78(4): 551-572.
·
Benson, D. F. y M. B. Denckla (1969), «Verbal paraphasia as a source of
calculation disturbances», Archives of Neurology21(1): 96-102.
·
Benton, A. L. (1961), «The fiction of the “Gerstmann syndrome”», Journal
of Neurology24(2): 176-181; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.— (1987),
«Mathematical disability and the Gerstmann syndrome», en G. Deloche y X. Seron
(eds.), Mathematical disabilities: A cognitive neuropsychological
perspective, Hillsdale, NJ, Erlbaum: 111-120. — (1992), «Gerstmann’s
syndrome», Archives of Neurology49(5): 445-447.
·
Beran, M. J. (2004), «Long-term retention of the differential values of
Arabic numerals by chimpanzees (Pan troglodytes)», Animal Cognition7(2),
86-92.
·
Berger, A., G. Tzur y M. I. Posner (2006), «Infant brains detect arithmetic
errors», Proceedings of the National Academy ofSciences USA103(33),
12 649-12 653; disponible en <www.pnas.org.>, última consulta: 23/12/2015.
·
Berteletti, I., D. Lucangeli, M. Piazza, S. Dehaene y M. Zorzi
(2010), «Numerical
estimation in preschoolers», Developmental Psychology 46(2): 545-551.
·
Bijeljac-Babic, R., J. Bertoncini y J. Mehler (1991), «How do four-day-old infants
categorize multisyllabic utterances», Developmental Psychology29(4):
711-721.
·
Binet, A. (1981 [1894]), Psychologie des grands calculateurs et joueurs
d’échecs,
París-Ginebra, Slatkine.
·
Bisanz, J. (1999), «The development of mathematical cognition:
arithmetic», Journal of Experimental Child Psychology74(3):
153-156.
·
Bonatti, L., E. Frot, R. Zangl y J. Mehler (2002), «The human first hypothesis:
identification of conspecifics and individuation of objects in the young
infant», Cognitive Psychology44(4): 388-426.
·
Boole, G. (1854), An investigation into the laws of thought, Londres, Macmillan.
·
Booth, J. L. y R. S. Siegler (2006), «Developmental and individual
differences in pure numerical estimation», Developmental Psychology42(1):
189-201.
·
Bourdon, B. (1908), «Sur le temps nécessaire pour nommer les
nombres», Revue Philosophique de laFrance et de l’Étranger65:
426-431.
·
Boysen, S. T. y G. G. Berntson (1989), «Numerical competence in a
chimpanzee (Pan troglodytes)», Journal of Comparative Psychology103(1):
23-31.
·
Boysen, S. T., G. G. Berntson, M. B. Hannan y J. T. Cacioppo
(1996), «Quantity-based
interference and symbolic representations in chimpanzees (Pan
troglodytes)», Journal of Experimental Psychology. Animal Behavior
Processes22(1): 76-86.
·
Brannon, E. M. y H. S. Terrace (1998), «Ordering of the numerosities 1
to 9 by monkeys», Science282(5389): 746-749. — (2000),
«Representation of the numerosities 1-9 by rhesus macaques (Macaca mulatta)», Journal
of Experimental Psychology. Animal Behavior Processes26(1): 31-49.
·
Bruandet, M., N. Molko, L. Cohen y S. Dehaene (2004), «A cognitive characterization of
dyscalculia in Turner syndrome», Neuropsychologia42(3): 288-298.
·
Bruer, J. T. (1997), «Education and the brain: A bridge too far», Educational
Researcher26(8): 4-16.
·
Burr, D. y J. Ross (2008), «A visual sense of number», Current
Biology18(6): 425-428.
·
Butterworth, B. (1999), The mathematical brain, Londres, Macmillan.
·
Butterworth, B., R. Reeve, F. Reynolds y D. Lloyd (2008), «Numerical thought with and
without words: Evidence from indigenous Australian children», Proceedings
of Natural Academy of Sciences USA105(35): 13 179-13 184;
disponible en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Campbell, J. I. (2004), The handbook of mathematical cognition, Londres, Psychology Press.
·
Campbell, J. I. D. y M. Oliphant (1992), «Representation and retrieval of
arithmetic facts: A network-interference model and simulation», en J. I. D.
Campbell (ed.), The nature and originof mathematical skills,
Ámsterdam, Elsevier: 331-364.
·
Cantlon, J. F. y E. M. Brannon (2007), «Basic math in monkeys and
college students», Public Library of Science (PLoS) Biology5(12),
e328; disponible en <journals.plos.org>; última consulta: 23/12/2015.
·
Cantlon, J. F., E. M. Brannon, E. J. Carter y K. A. Pelphrey
(2006), «Functional
imaging of numerical processing in adults and 4-y-old children», Public
Library of Science (PLoS) Biology4(5): e125; disponible en <journals.plos.org>; última consulta: 23/12/2015.
·
Capaldi, E. J. y D. J. Miller (1988), «Counting in rats: Its functional
significance and the independent cognitive processes that constitute it», Journal
of Experimental Psychology. Animal Behavior Processes14(1): 3-17.
·
Cappelletti, M., B. Butterworth y M. Kopelman (2001), «Spared numerical abilities in a
case of semantic dementia», Neuropsychologia39(11): 1224-1239.
·
Carey, S. (1998), «Knowledge of number: its evolution and
ontogeny», Science282(5389): 641-642.
·
Case, R. (1985), Intellectual development: Birth to adulthood, San Diego, Academic Press. —
(1992),The mind’s staircase: Exploring the conceptual underpinnings of
children’sthought and knowledge, Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Cattell, J. M. (1886), «The time it takes to name and see objects», Mind11(41):
63-65.
·
Changeux, J. P. y A. Connes (1995), Conversations on mind, matter and
mathematics,
Princeton, NJ, Princeton University Press [ed. cast. ya citada].
·
Changeux, J. P. y S. Dehaene (1989), «Neuronal models of cognitive
functions», Cognition33(1-2): 63-109.
·
Chase, W. G. y K. A. Ericsson (1981), «Skilled memory», en J. R.
Anderson (ed.), Cognitive skills and their acquisition, Hillsdale,
NJ, Erlbaum: 141-189.
·
Chochon, F., L. Cohen, P. F. van de Moortele y S. Dehaene (1999), «Differential contributions of
the left and right inferior parietal lobules to number processing», Journal
of Cognitive Neuroscience11(6), 617-630.
·
Church, R. M. y W. H. Meck (1984), «The numerical attribute of
stimuli», en H. L. Roitblat, T. G. Bever y H. S. Terrace (eds.), Animal
cognition, Hillsdale, NJ, Erlbaum: 445-464.
·
Cipolotti, L., B. Butterworth y G. Denes (1991), «A specific deficit for numbers
in a case of dense acalculia», Brain114(6): 2619-2637.
·
Cohen, L. y S. Dehaene (1995), «Number processing in pure alexia: the effect of
hemispheric asymmetries and task demands», NeuroCase1(2): 121-137;
disponible en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015.—
(1996), «Cerebral networks for number processing: Evidence from a case of
posterior callosal lesion», NeuroCase2(3): 155-174; disponible
en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015. —
(2000), «Calculating without reading: Unsuspected residual abilities in pure
alexia», Cognitive Neuropsychology17(6): 563-583.
·
Cohen, L., S. Dehaene y P. Verstichel (1994), «Number words and number
non-words: A case of deep dyslexia extending to arabic numerals», Brain117(2):
267-279.
·
Cohen, L., C. Henry, S. Dehaene, O. Martinaud, S. Lehericy, C. Lemer y
S.Ferrieux (2004), «The pathophysiology of letter-by-letter reading», Neuropsychologia42(13):
1768-1780; disponible en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Cohen, L., P. Verstichel y S. Dehaene (1997), «Neologistic jargon sparing
numbers: A category-specific phonological impairment», Cognitive
Neuropsychology14(7): 1029-1061; disponible en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Cohen Kadosh, R. y A. Henik (2006a), «Color congruity effect: Where do
colors and numbers interact in synesthesia?», Cortex42(2): 259-263.
— (2006b), «A common representation for semantic and physical properties: A
cognitive-anatomical approach», Experimental Psychology53(2):
87-94.
·
Cohen Kadosh, R., A. Henik, O. Rubinsten, H. Mohr, H. Dori, V. van de
Ven, M. Zorzi, T. Hendler, R. Goebel y D. E. Linden (2005), «Are numbers special? The
comparison systems of the human brain investigated by f-MRI», Neuropsychologia43(9):
1238-1248.
·
Colvin, M. K., M. G. Funnell y M. S. Gazzaniga (2005), «Numerical processing in the two
hemispheres: Studies of a split-brain patient», Brain and Cognition57(1):
43-52.
·
Cooper, R. G. (1984), «Early number development: Discovering number space
with addition and subtraction», en C. Sophian (ed.), Origins of
cognitive skills, Hillsdale, NJ, Erlbaum: 157-192.
·
Cordes, S. y E. M. Brannon (2008), «The difficulties of representing
continuous extent in infancy: Using number is just easier», Child
Development79(2): 476-489; disponible en <www2.bc.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Cordes, S., R. Gelman, C. R. Gallistel y J. Whalen (2001), «Variability signatures
distinguish verbal from nonverbal counting for both large and small
numbers», Psychonomic Bulletin and Review8(4): 698-707; disponible
en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Damasio, A. R. (1994), Descartes’ error: Emotion, reason, and the human
brain, Nueva
York, G. P. Putnam [ed. cast.: El error de Descartes. La emoción, la
razón y el cerebro humano, Barcelona, Destino, 2011].
·
Damasio, A. R. y H. Damasio (1983), «The anatomic basis of pure
alexia», Neurology33(12): 1573-1583.
·
Dantzig, T. (1967 [1930]), Number: The language of science, Nueva York, The Free Press [ed.
cast. ya citada].
·
Davis, H. y R. Pérusse (1988), «Numerical competence in animals: Definitional
issues current evidence and a new research agenda», Behavioral and
Brain Sciences11(4): 561-615; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
De Hevia, M. D. y E. S. Spelke (2009), «Spontaneous mapping of number
and space in adults and young children», Cognition110(2): 198-207.
— (2010), «Number-space mapping in human infants», PsychologicalScience21(5):
653-660; disponible en <dash.harvard.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Dehaene, S. (1992), «Varieties of numerical abilities», Cognition44:
1-42; disponible en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015. —
(1995), «Electrophysiological evidence for category-specific word processing in
the normal human brain», NeuroReport6(16): 2153-2157; disponible
en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015. —
(1996), «The organization of brain activations in number comparison:
Event-related potentials and the additive-factors methods», Journal of
Cognitive Neuroscience8(1): 47-68. — (2007), «Symbols and quantities in
parietal cortex: Elements of a mathematical theory of number representation and
manipulation», en P. Haggard e Y. Rossetti (eds.), Attention and
Performance XXII. Sensori-Motor Foundations of Higher Cognition, Cambridge,
MA, Harvard University Press: 527-574. — (2009), Reading in the brain,
Nueva York, Penguin Viking [ed. cast.: El cerebro lector, Buenos
Aires, Siglo XXI, 2014]. — (2014), Consciousness and the Brain,
Nueva York, Viking Adult [ed. cast.: La conciencia en el cerebro,
Buenos Aires, Siglo XXI, 2015].
·
Dehaene, S. y R. Akhavein (1995), «Attention, automaticity and
levels of representation in number processing», Journal of Experimental
Psychology: Learning, Memory, and Cognition21(2): 314-326.
·
Dehaene, S., S. Bossini y P. Giraux (1993), «The mental representation of
parity and numerical magnitude», Journal of Experimental Psychology:
General122(3): 371-396; disponible en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Dehaene, S. y J. P. Changeux (1993), «Development of elementary
numerical abilities: A neuronal model», Journal of Cognitive
Neuroscience5(4): 390-407. — (1995), «Neuronal models of prefrontal
cortical functions», Annals of the NewYork Academy of Sciences769:
305-319.
·
Dehaene, S., J. P. Changeux, L. Naccache, J. Sackur y C. Sergent
(2006), «Conscious,
preconscious, and subliminal processing: A testable taxonomy», Trends
in Cognitive Science10(5): 204-211.
·
Dehaene, S. y L. Cohen (1991), «Two mental calculation systems: A case study of
severe acalculia with preserved approximation», Neuropsychologia29(11):
1045-1074. — (1994), «Dissociable mechanisms of subitizing and counting:
Neuropsychological evidence from simultanagnosic patients», Journal of
Experimental Psychology: Human Perception and Performance20(5): 958-975;
disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015. —
(1995), «Towards an anatomical and functional model of number
processing», Mathematical Cognition1: 83-120. — (1997), «Cerebral
pathways for calculation: Double dissociation between rote verbal and
quantitative knowledge of arithmetic», Cortex33: 219-250. — (2007),
«Cultural recycling of cortical maps», Neuron56(2): 384-398;
disponible en <www.cell.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Dehaene, S., G. Dehaene-Lambertz y L. Cohen (1998), «Abstract representations of
numbers in the animal and human brain», Trends in Neuroscience21(8):
355-361.
·
Dehaene, S., E. Dupoux y J. Mehler (1990), «Is numerical comparison
digital?: Analogical and Symbolic effects in two-digit number
comparison», Journal of Experimental Psychology: Human Perception and
Performance16(3): 626-641.
·
Dehaene, S., V. Izard, P. Pica y E. Spelke (2006), «Core knowledge of geometry in an
Amazonian indigene group», Science311(5759): 381-384.
·
Dehaene, S., V. Izard, E. Spelke y P. Pica (2008), «Log or linear? Distinct
intuitions of the number scale in Western and Amazonian indigene
cultures», Science320(5880): 1217-1220.
·
Dehaene, S., M. Kerszberg y J. P. Changeux (1998), «A neuronal model of a global
workspace in effortful cognitive tasks», Proceedings of the National
Academy of Science USA95(24): 14 529-14 534; disponible en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Dehaene, S., G. Le Clec’H, L. Cohen, J. B. Poline, P. F. van de Moortele
y D. Le Bihan (1998), «Inferring behavior from functional brain images», Nature
Neuroscience1(7): 549-550.
·
Dehaene, S. J. y J. Mehler (1992), «Cross-linguistic regularities in
the frequency of number words», Cognition43: 1-29.
·
Dehaene, S., N. Molko, L. Cohen y A. J. Wilson (2004), «Arithmetic and the brain», Current
Opinion inNeurobiology14(2): 218-224; disponible en <cognitrn.psych.edu>, última consulta: 2/12/2015.
·
Dehaene, S. y L. Naccache (2001), «Towards a cognitive neuroscience
of consciousness: Basic evidence and a workspace framework», Cognition79(1-2):
1-37.
·
Dehaene, S., L. Naccache, G. Le Clec’H, E. Koechlin, M. Mueller, G.
Dehaene-Lambertz, P. F. van de Moortele y D. Le Bihan (1998), «Imaging unconscious semantic
priming», Nature395(6702): 597-600.
·
Dehaene, S., M. Piazza, P. Pinel y L. Cohen (2003), «Three parietal circuits for
number processing», Cognitive Neuropsychology20(3/4/5/6): 487-506;
disponible en <www.unicog.org>, última consulta: 2/12/2015.
·
Dehaene, S., M. I. Posner y D. M. Tucker (1994), «Localization of a neural system
for error detection and compensation», Psychological Science5:
303-305.
·
Dehaene, S., E. Spelke, P. Pinel, R. Stanescu y S. Tsivkin (1999), «Sources of mathematical
thinking: Behavioral and brain-imaging evidence», Science284(5416):
970-974.
·
Dehaene, S., N. Tzourio, V. Frak, L. Raynaud, L. Cohen, J. Mehler y B.
Mazoyer(1996), «Cerebral
activations during number multiplication and comparison: A PET study», Neuropsychologia34(11):
1097-1106.
·
Déjerine, J. (1892), «Contribution à l’étude anatomo-pathologique et
clinique des différentes variétés de cécité verbale», Mémoires de la
Société de Biologie4: 61-90.
·
Del Cul, A., S. Dehaene, P. Reyes, E. Bravo y A. Slachevsky
(2009), «Causal
role of prefrontal cortex in the threshold for access to consciousness», Brain132(9):
2531-2540; disponible en <brain.oxfordjournals.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Delazer, M. y T. Benke (1997), «Arithmetic facts without meaning», Cortex33(4),
697-710.
·
Delazer, M., F. Domahs, L. Bartha, C. Brenneis, A. Lochy, T. Trieb y T.
Benke(2003), «Learning
complex arithmetic-an fMRI study», Brain Research. Cognitive Brain
Research18(1): 76-88.
·
Demeyere, N., V. Lestou y G. W. Humphreys (2010), «Neuropsychological evidence for
a dissociation in counting and subitizing», Neurocase16(3):
219-237.
·
Den Heyer, K. y K. Briand (1986), «Priming single digit numbers:
Automatic spreading activation dissipates as a function of semantic
distance», American Journal of Psychology99(3): 315-340.
·
Diamond, A. y P. S. Goldman-Rakic (1989), «Comparison of human infants and
rhesus monkeys on Piaget’s A-not-B task: Evidence for dependence on
dorsolateral prefrontal cortex», Experimental Brain Research74(1):
24-40.
·
Diamond, M. C., A. B. Scheibel, G. M. Murphy, Jr. y T. Harvey
(1985), «On the
brain of a scientist: Albert Einstein», Experimental Neurology88(1):
198-204.
·
Diester, I. y A. Nieder (2007), «Semantic associations between signs and numerical
categories in the prefrontal cortex», Public Library of Science (PLoS)
Biology5(11): e294; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Dormal, V., X. Seron y M. Pesenti (2006), «Numerosity-duration
interference: A Stroop experiment», Acta Psychologica (Amst) 121(2):
109-124; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Duncan, E. M. y C. E. McFarland (1980), «Isolating the effects of
symbolic distance and semantic congruity in comparative judgments: An
additive-factors analysis», Memory and Cognition8(6): 612-622;
disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Eden, G. F., K. M. Jones, K. Cappell, L. Gareau, F. B. Wood, T. A.
Zeffiro, N. A. Dietz, J. A. Agnew y D. L. Flowers (2004), «Neural changes following
remediation in adult developmental dislexia», Neuron44(3): 411-422;
disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Eger, E., V. Michel, B. Thirion, A. Amadon, S. Dehaene y A. Kleinschmidt
(2009), «Deciphering
cortical number coding from human brain activity patterns», Current
Biology19(19): 1608-1615; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Eger, E., P. Sterzer, M. O. Russ, A. L. Giraud y A. Kleinschmidt
(2003), «A
supramodal number representation in human intraparietal cortex», Neuron37(4):
719-725; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Elbert, T., C. Pantev, C. Wienbruch, B. Rockstroh y E. Taub
(1995), «Increased
cortical representation of the fingers of the left hand in string
players», Science270(5234): 305-307.
·
Ellis, N. (1992), «Linguistic relativity revisited: The bilingual
word-length effect in working memory during counting remembering numbers and
mental calculation», en R. J. Harris (ed.), Cognitive processing in
bilinguals, Ámsterdam, Elsevier: 137-155.
·
Facoetti, A., A. N. Trussardi, M. Ruffino, M. L. Lorusso, C. Cattaneo,
R. Galli, M. Molteni y M. Zorzi (2009), «Multisensory spatial attention deficits are
predictive of phonological decoding skills in developmental dyslexia», Journal
of Cognitive Neuroscience22(5): 1011-1025.
·
Feigenson, L. (2005), «A double-dissociation in infants’ representations
of object arrays», Cognition95(3): B37-B48; disponible en <pbs.jhu.edu>, última consulta: 23/12/2015. —
(2008), «Parallel non-verbal enumeration is constrained by a set-based
limit», Cognition107(1): 1-18; disponible en <www.psy.jhu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Feigenson, L., S. Carey y M. Hauser (2002), «The representations underlying
infants’ choice of more: Object files versus analog magnitudes», Psychological
Science13(2): 150-156; disponible en <pbs.jhu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Feigenson, L., S. Carey y E. Spelke (2002), «Infants’ discrimination of
number vs. continuous extent», Cognitive Psychology44(1): 33-66;
disponible en <pbs.jhu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Feigenson, L., S. Dehaene y E. Spelke (2004), «Core systems of number», Trends
in Cognitive Science8(7): 307-314; disponible en <pbs.jhu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Fernald, L. D. (1984), The Hans legacy: A story of science, Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Fias, W., M. Brysbaert, F. Geypens y G. d’Ydewalle (1996), «The importance of magnitude
information in numerical processing: Evidence from the SNARC effect», MathematicalCognition2(1):
95-110; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Fias, W., J. Lammertyn, B. Caessens y G. A. Orban (2007), «Processing of abstract ordinal
knowledge in the horizontal segment of the intraparietal sulcus», The
Journal of Neuroscience27(33): 8952-8956; disponible en <www.jneurosci.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Fias, W., J. Lammertyn, B. Reynvoet, P. Dupont y G. A. Orban
(2003), «Parietal
representation of symbolic and nonsymbolic magnitude», Journal of
Cognitive Neuroscience15(1): 47-56.
·
Fisch, L., E. Privman, M. Ramot, M. Harel, Y. Nir, S. Kipervasser, F.
Andelman, M. Y. Neufeld, U. Kramer, I. Fried y R. Malach (2009), «Neural “ignition”: Enhanced
activation linked to perceptual awareness in human ventral stream visual
cortex», Neuron64(4): 562-574; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Fischer, M. H., A. D. Castel, M. D. Dodd y J. Pratt (2003), «Perceiving numbers causes
spatial shifts of attention», Nature Neuroscience6(6): 555-556.
·
Flansburg, S. (1993), Math magic, Nueva York, William Morrow & Co.
·
Franks, N. P. (2008), «General anaesthesia: From molecular targets to
neuronal pathways of sleep and arousal», Nature Reviews. Neuroscience9(5):
370-386.
·
Frege, G. (1950), The foundations of arithmetic, Óxford, Basil Blackwell [ed.
cast.: Los fundamentos de la aritmética, México, Unam, 1972].
·
Frith, C. D. y U. Frith (1972), «The solitaire illusion: An illusion of
numerosity», Perception & Psychophysics11(6): 409-410;
disponible en <www.icn.ucl.ac.uk>, última consulta: 23/12/2015.
·
Frith, U. y C. D. Frith (2003), «Development and neurophysiology of
mentalizing», Philosophical Transactions. TheRoyal Society
of London B Biological Science358(1431): 459-473; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Fuson, K. C. (1982), «An analysis of the counting-on solution procedure
in addition», en T. P. Carpenter, M. J. Moser y T. A. Romberg (eds.), Addition
and subtraction: A cognitive perspective, Hillsdale, NJ, Lawrence Erlbaum:
67-81.
·
Fuson, K. C. (1988), Children’s counting and concepts of number, Nueva York, Springer.
·
Fuster, J. M. (2008), The prefrontal cortex, 4.ª ed., Londres, Academic Press.
·
Gallistel, C. R. (1989), «Animal cognition: The representation of space time
and number», AnnualReview of Psychology40: 155-189. — (1990), The
organization of learning, Cambridge, MA, MIT Press.
·
Gallistel, C. R. y R. Gelman (1991), «The preverbal counting process»,
en W. Kessen, A. Ortony y F. Craik (eds.), Thoughts memories and
emotions: Essays in honor of George Mandler, Hillsdale, NJ, Erlbaum: 65-81.
— (1992), «Preverbal and verbal counting and computation», Cognition44(1-2):
43-74; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Galton, F. (1880), «Visualised numerals», Nature21:
252-256.
·
Gazzaniga, M. S. y S. A. Hillyard (1971), «Language and speech capacity of
the right hemisphere», Neuropsychologia9(3): 273-280; disponible
en <people.psych.ucsb.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Gazzaniga, M. S. y C. E. Smylie (1984), «Dissociation of language and
cognition: A psychological profile of two disconnected right
hemispheres», Brain107(1): 145-153; disponible en <people.psych.ucsb.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Geary, D. C. (1990), «A componential analysis of an early learning
deficit in mathematics», Journalof Experimental Child Psychology49(3):
363-383; disponible en <web.missouri.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Gehring, W. J., B. Goss, M. G. H. Coles, D. E. Meyer y E. Donchin
(1993), «A neural
system for error detection and compensation», Psychological Science4:
385-390; disponible en <pss.sagepub.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Gelman, R. y C. R. Gallistel (1978), The child’s understanding of
number,
Cambridge, MA, Harvard University Press.
·
Gelman, R. y E. Meck (1983), «Preschooler’s counting: Principles before
skill», Cognition13(3): 343-359; disponible en <ruccs.rutgers.edu>, última consulta: 23/12/2015. — (1986), «The
notion of principle: The case of counting», en J. Hiebert (ed.), Conceptual
and procedural knowledge: The case of mathematics, Hillsdale, NJ, Erlbaum:
29-57.
·
Gelman, R. y M. F. Tucker (1975), «Further investigations of the
young child’s conception of number», Child Development46(1):
167-175; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 2/12/2015.
·
Gerstmann, J. (1940), «Syndrome of finger agnosia, disorientation for
right and left, agraphia, and acalculia», Archives of Neurology and
Psychiatry44(2): 398-408.
·
Geschwind, N. y A. M. Galaburda (1985), «Cerebral lateralization.
Biological mechanisms, associations, and pathology: I. A hypothesis and a
program for research», Archives of Neurology42(5): 428-459.
·
Gilmore, C. K., S. E. McCarthy y E. S. Spelke (2007), «Symbolic arithmetic knowledge
without instruction», Nature447(7144): 589-591; disponible en <www.psychology.nottingham.ac.uk>, última consulta: 23/12/2015. —
(2010), «Non-symbolic arithmetic abilities and mathematics achievement in the
first year of formal schooling», Cognition115(3): 394-406;
disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Ginsburg, N. (1976), «Effect of item arrangement on perceived
numerosity: Randomness vs regularity», Perceptual and Motor Skills43:
663-668. — (1978), «Perceived numerosity item arrangement and
expectancy», American Journal of Psychology91(2): 267-273.
·
Girelli, L., D. Lucangeli y B. Butterworth (2000), «The development of automaticity
in accessing number magnitude», Journal of Experimental Child
Psychology76(2): 104-122.
·
Goldman-Rakic, P. S., A. Isseroff, M. L. Schwartz y N. M. Bugbee
(1983), «The
neurobiology of cognitive development», en M. P. (ed.), Handbook of
child psychology: Biology infancy development, vol. 2, Nueva York, Wiley:
281-344.
·
Gordon, P. (2004), «Numerical cognition without words: Evidence from
Amazonia», Science306(5695): 496-499.
·
Gould, S. J. (1981), The mismeasure of man, Nueva York, W.W. Norton &
Co. [ed. cast. ya citada].
·
Grafman, J., D. Kampen, J. Rosenberg, A. Salazar y F. Boller
(1989), «Calculation
abilities in a patient with a virtual left hemispherectomy», Behavioural
Neurology2: 183-194.
·
Greenblatt, S. H. (1973), «Alexia without agraphia or hemianopsia. Anatomical
analysis of an autopsied case», Brain96: 307-316.
·
Greeno, J. G., M. S. Riley y R. Gelman (1984), «Conceptual competence and
children’s counting», Cognitive Psychology16(1): 94-143.
·
Greenwald, A. G., R. L. Abrams, L. Naccache y S. Dehaene (2003), «Long-term semantic memory versus
contextual memory in unconscious number processing», Journal of
Experimental Psychology: Learning, Memory and Cognition29(2): 235-247;
disponible en <faculty.washington.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Griffin, S. y R. Case (1996), «Evaluating the breadth and depth of training
effects when central conceptual structures are taught», Monographs of
the Society for Research in Child Development61(1-2): 83-102.
·
Griffin, S., R. Case y R. S. Siegler (1986), «Rightstart: Providing the
central conceptual prerequisites for first formal learning of arithmetic to
students at risk for school failure», en K. McGilly (ed.), Classroom
lessons: Integrating cognitive theory and classroom practice, Cambridge,
MIT Press: 25-49.
·
Grill-Spector, K. y R. Malach (2001), «fMR-adaptation: a tool for
studying the functional properties of human cortical neurons», Acta
Psychologica (Amst)107(1-3): 293-321; disponible en <culhamlab.ssc.uwo.ca>, última consulta: 23/12/2015.
·
Groen, G. J. y J. M. Parkman (1972), «A chronometric analysis of
simple addition», PsychologicalReview79(4): 329-343.
·
Hadamard, J. (1945), An Essay on the Psycholog y of Invention in the
Mathematical Field,
Princeton, Princeton University Press [ed. cast. ya citada].
·
Halberda, J. y L. Feigenson (2008), «Developmental change in the
acuity of the “Number Sense”: The approximate number system in 3-, 4-, 5, and
6-year-olds and adults», Developmental Psychology44(5): 1457-1465;
disponible en <pbs.jhu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Halberda, J., M. M. Mazzocco y L. Feigenson (2008), «Individual differences in
non-verbal number acuity correlate with maths achievement», Nature455(7213):
665-668; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Hardy, G. H. (1940), A mathematician’s apology, Cambridge, Cambridge University
Press [ed. cast. ya citada].
·
Harris, E. H., D. A. Washburn, M. J. Beran y R. A. Sevcik (2007), «Rhesus monkeys (Macaca mulatta)
select Arabic numerals or visual quantities corresponding to a number of
sequentially completed maze trials», Learning and Behavior35(1):
53-59; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Hatano, G., S. Amaiwa y K. Shimizu (1987), «Formation of a mental abacus for
computation and its use as a memory device for digits: A developmental
study», Developmental Psychology23(6): 832-838; disponible en <ucmasaustralia.com.au>, última consulta: 23/12/2015.
·
Hatano, G. y K. Osawa (1983), «Digit memory of grand experts in abacus-derived
mental calculation», Cognition15(1-3): 95-110.
·
Hauser, M. D. y S. Carey (2003), «Spontaneous representations of small numbers of
objects by rhesus macaques: Examinations of content and format», Cognitive
Psychology47(4): 367-401; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Hauser, M. D., S. Carey y L. B. Hauser (2000), «Spontaneous number
representation in semi-free-ranging rhesus monkeys», Proceedings of the
Royal Society of London B Biological Science267(1445): 829-833.
·
Hauser, M. D., P. MacNeilage y M. Ware (1996), «Numerical representations in
primates», Proceedings of the Natural Academy of Science USA93(4):
1514-1517; disponible en <pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Henik, A. y J. Tzelgov (1982), «Is three greater than five: The relation between
physical and semantic size in comparison tasks», Memory and
Cognition10(4): 389-395; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Hermelin, B. y N. O’Connor (1986a), «Idiot savant calendrical
calculators: rule and regularities», Psychological Medicine16(4):
885-893. — (1986b), «Spatial representations in mathematically and in
artistically gifted children», British Journal of Educational
Psychology56: 150-157. — (1990), «Factors and primes: A specific numerical
ability», Psychological Medicine, 20(1): 163-169.
·
Hinrichs, J. V., D. S. Yurko y J. M. Hu (1981), «Two-digit number comparison: use
of place information», Journal of Experimental Psychology: Human
Perception And Performance7(4): 890-901.
·
Hittmair-Delazer, M., U. Sailer y T. Benke (1995), «Impaired arithmetic facts but
intact conceptual knowledge. A single case study of dyscalculia», Cortex31(1):
139-147.
·
Holloway, I. D. y D. Ansari (2009), «Mapping numerical magnitudes
onto symbols: The numerical distance effect and individual differences in
children’s mathematics achievement», Journal of Experimental Child
Psychology103(1): 17-29.
·
Howe, M. J. A. y J. Smith (1988), «Calendar calculating in idiots
savants: How do they do it», British Journal of Psychology79(3):
371-386.
·
Hubbard, E. M., M. Piazza, P. Pinel y S. Dehaene (2005), «Interactions between number and
space in parietal cortex», Nature Reviews. Neuroscience6(6):
435-448; disponible en <www.daysyn.com>, última consulta: 23/12/2015. —
(2009), «Numerical and spatial Intuitions: A role for posterior parietal
cortex?», en L. Tommasi, L. Nadel y M. A. Peterson (eds.), Cognitive
biology: Evolutionary and developmental perspectives on mind, brain and
behavior, Cambridge, MA, MIT Press: 221-246.
·
Hubbard, E. M., M. Ranzini, M. Piazza y S. Dehaene (2009), «What information is critical to
elicit interference in number-form synaesthesia?», Cortex45(10):
1200-1216; disponible en <www.daysyn.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Huettel, S. A., A. W. Song y G. McCarthy (2008), Functional magnetic resonance
imaging, 2.ª
ed., Nueva York, Sinauer Associates Inc.
·
Hurford, J. R. (1987), Language and number, Óxford, Basil Blackwell.
·
Husserl, E. (2003 [1891]), Philosophy of arithmetic, Dallas, Willard.
·
Hyde, J. S., E. Fennema y S. J. Lamon (1990), «Gender differences in
mathematics performance: A meta-analysis», Psychological Bulletin107(2):
139-155; disponible en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Hyde, D. C. y E. S. Spelke (2009), «All numbers are not equal: An
electrophysiological investigation of small and large number
representations», Journal of Cognitive Neuroscience21(6):
1039-1053; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Ifrah, G. (1985), From one to zero: A universal history of numbers, Nueva York, Viking. —
(1998), The universal history of numbers, Londres, The Harvil Press
[ed. cast.: Historia universal de las cifras. La inteligencia de la
humanidad contada por los números y el cálculo, Madrid, Espasa-Calpe,
2008].
·
Ingvar, D. H. y G. E. Nyman (1962), «Epilepsia arithmetices: A new
physiologic trigger mechanism in a case of epilepsy», Neurology12:
282-287.
·
Ingvar, D. H. y M. Schwarz (1974), «Blood flow patterns induced in
the dominant hemisphere by speech and reading», Brain97(2):
273-288.
·
Isaacs, E. B., C. J. Edmonds, A. Lucas y D. G. Gadian (2001), «Calculation difficulties in
children of very low birthweight: A neural correlate», Brain124(Pt
9): 1701-1707; disponible en <brain.oxfordjournals.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Ischebeck, A., L. Zamarian, C. Siedentopf, F. Koppelstatter, T. Benke,
S. Felber y M. Delazer (2006), «How specifically do we learn? Imaging the learning
of multiplication and subtraction», Neuroimage30(4): 1365-1375.
·
Ito, Y. y T. Hatta (2004), «Spatial structure of quantitative representation
of numbers: evidence from the SNARC effect», Memory and Cognition32(4):
662-673; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Izard, V. y S. Dehaene (2008), «Calibrating the mental number line», Cognition106(3):
1221-1247; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Izard, V., G. Dehaene-Lambertz y S. Dehaene (2008), «Distinct cerebral pathways for
object identity and number in human infants», Public Library of Science
(PLoS) Biology6(2): 275-285; disponible en <journals.plos.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Izard, V., C. Sann, E. S. Spelke y A. Streri (2009), «Newborn infants perceive
abstract numbers», Proceedings of the Natural Academy of Sciences
USA106(25): 10 382-10 385; disponible en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Jacob, S. N. y A. Nieder, A. (2008), «The ABC of cardinal and ordinal
number representations», Trends in Cognitive Science12(2): 41-43;
disponible en <homepages.uni-tuebingen.de>, última consulta: 23/12/2015.
·
Jenkins, W. M., M. M. Merzenich y G. Recanzone (1990), «Neocortical representational
dynamics in adult primates: Implications for neuropsychology», Neuropsychologia28(6):
573-584.
·
Jensen, A. R. (1990), «Speed of information processing in a calculating
prodigy», Intelligence14: 259-274.
·
Jensen, E. M., E. P. Reese y T. W. Reese (1950), «The subitizing and counting of
visually presented fields of dots», The Journal of Psychology30:
363-392. Johnson-Laird, P. N. (1983), Mental models, Cambridge, MA,
Harvard University Press.
·
Kanigel, R. (1991), The man who knew infinity: A life of the genius
Ramanujan, Nueva
York, Charles Scribner’s Sons.
·
Kaufmann, L., F. Koppelstaetter, M. Delazer, C. Siedentopf, P. Rhomberg,
S.Golaszewski, S. Felber y A. Ischebeck (2005), «Neural correlates of distance
and congruity effects in a numerical Stroop task: An event-related fMRI
study», Neuroimage25(3): 888-898.
·
Kaufmann, L., F. Koppelstaetter, C. Siedentopf, I. Haala, E. Haberlandt,
L. B.Zimmerhackl, S. Felber y A. Ischebeck (2006), «Neural correlates of the
number-size interference task in children», Neuroreport17(6):
587-591.
·
Kilian, A., S. Yaman, L. von Fersen y O. Gunturkun (2003), «A bottlenose dolphin
discriminates visual stimuli differing in numerosity», Learning and
Behavior31(2): 133-142; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 16/12/2015.
·
Kitcher, P. (1984), The nature of mathematical knowledge, Nueva York, Oxford University
Press.
·
Kline, M. (1972), Mathematical thought from ancient to modern times, Nueva York, Oxford University
Press [ed. cast. ya citada]. — (1980), Mathematics: The loss of
certainty, Nueva York, Oxford University Press [ed. cast. ya citada].
·
Knops, A., B. Thirion, E. M. Hubbard, V. Michel y S. Dehaene
(2009), «Recruitment
of an area involved in eye movements during mental arithmetic», Science324(5934):
1583-1585; disponible en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Knops, A., A. Viarouge y S. Dehaene, S. (2009), «Dynamic representations
underlying symbolic and nonsymbolic calculation: Evidence from the operational
momentum effect», Attention, Perception, and Psychophysics71(4):
803-821; disponible en <www.unicog.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Koechlin, E., S. Dehaene y J. Mehler (1997), «Numerical transformations in
five month old human infants», Mathematical Cognition3(2): 89-104;
disponible en <www.sissa.it>, última consulta: 23/12/2015.
·
Koehler, O. (1951), «The ability of birds to count», Bulletin
of Animal Behaviour9: 41-45.
·
Kopera-Frye, K., S. Dehaene y A. P. Streissguth (1996), «Impairments of number processing
induced by prenatal alcohol exposure», Neuropsychologia34(12):
1187-1196.
·
Kosc, L. (1974), «Developmental dyscalculia», Journal of
Learning Disabilities7(3): 165-177.
·
Krojgaard, P. (2007), «Comparing infants’ use of featural and
spatiotemporal information in an object individuation task using a new
event-monitoring design», Developmental Science10(6): 892-909.
·
Krueger, L. E. (1986), «Why 2 × 2 = 5 looks so wrong: On the odd-even rule
in product verification», Memory and Cognition14(2): 141-149;
disponible en <paperity.org>, última consulta: 23/12/2015. —
(1989), «Reconciling Fechner and Stevens: Toward a unified psychophysical
law», Behavioral and Brain Sciences12(2): 251-267.
·
Krueger, L. E. y E. W. Hallford (1984), «Why 2 + 2 = 5 looks so wrong: On
the odd-even rule in sum verification», Memory and Cognition12(2):
171-180; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Kucian, K., T. Loenneker, T. Dietrich, M. Dosch, E. Martin y M. von
Aster (2006), «Impaired
neural networks for approximate calculation in dyscalculic children: A
functional MRI study», Behavioral Brain Functions2: 31; disponible
en <behavioralandbrainfunctions.biomedcentral.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Kucian, K., M. von Aster, T. Loenneker, T. Dietrich y E. Martin
(2008), «Development
of neural networks for exact and approximate calculation: A fMRI study», Developmental
Neuropsychology33(4): 447-473.
·
Kujala, T., K. Karma, R. Ceponiene, S. Belitz, P. Turkkila, M.
Tervaniemi y R. Naatanen (2001), «Plastic neural changes and reading improvement
caused by audiovisual training in reading-impaired children», Proceedings
of the National Academy of Sciences USA98(18): 10 509-10 514;
disponible en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
Landerl, K., A. Bevan, B. Butterworth (2004), «Developmental dyscalculia and
basic numerical capacities: A study of 8-9-year-old students», Cognition93(2):
99-125; disponible en <www.mathematicalbrain.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Landerl, K., B. Fussenegger, K. Moll y E. Willburger (2009), «Dyslexia and dyscalculia: Two
learning disorders with different cognitive profiles», Journal of
Experimental Child Psychology103(3): 309-324.
·
Le Corre, M. y S. Carey (2007), «One, two, three, four, nothing more: An
investigation of the conceptual sources of the verbal counting
principles», Cognition105(2): 395-438; disponible en <ww.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Le Corre, M., G. van de Walle, E. M. Brannon y S. Carey (2006), «Re-visiting the
competence/performance debate in the acquisition of the counting
principles», Cognitive Psychology52(2): 130-169.
·
Le Lionnais, F. (1983), Les nombres remarquables, París, Hermann.
·
LeFevre, J., J. Bisanz y L. Mrkonjic (1988), «Cognitive arithmetic: Evidence
for obligatory activation of arithmetic facts», Memory and
Cognition16(1): 45-53; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Lemaire, P., S. E. Barrett, M. Fayol y H. Abdi (1994), «Automatic activation of addition
and multiplication facts in elementary school children», Journal of
Experimental Child Psychology57(2): 224-258.
·
Lemer, C., S. Dehaene, E. Spelke y L. Cohen (2003), «Approximate quantities and exact
number words: Dissociable systems», Neuropsychologia41: 1942-1958;
disponible en <citeseerx.ist.psu.edu>; última consulta: 23/12/2015.
·
Lennox, W. G. (1931), «The cerebral circulation: XV. The effect of mental
work», Archives ofNeurology and Psychiatry26(4): 725-730.
·
Levine, S. C., N. C. Jordan y J. Huttenlocher (1992), «Development of calculation
abilities in young children», Journal of Experimental Child
Psychology53(1): 72-103; disponible en <psychology.uchicago.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Lindemann, O., J. M. Abolafia, G. Girardi y H. Bekkering (2007), «Getting a grip on numbers:
Numerical magnitude priming in object grasping», Journal of
Experimental Psychology: Human Perception and Performance33(6): 1400-1409.
·
Lochy, A., X. Seron, M. Delazer y B. Butterworth (2000), «The odd-even effect in
multiplication: parity rule or familiarity with even numbers?», Memory
and Cognition28(3): 358-365; disponible en <link.springer.com>; última consulta: 23/12/2015.
·
Loetscher, T., C. J. Bockisch, M. E. Nicholls y P. Brugger (2010), «Eye position predicts what
number you have in mind», Current Biology20(6): R264-R265;
disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Lourenco, S. F. y M. R. Longo (2010), «General magnitude representation
in human infants», Psychological Science21(6): 873-881.
·
Luria, A. R. (1966), The higher cortical functions in man, Nueva York, Basic Books [ed.
cast. ya citada].
·
Maloney, E. A., E. F. Risko, D. Ansari y J. Fugelsang (2010), «Mathematics anxiety affects
counting but not subitizing during visual enumeration», Cognition114(2):
293-297.
·
Mandler, G. y B. J. Shebo (1982); «Subitizing: An analysis of its
component processes», Journal ofExperimental Psychology: General111(1): 1-21; disponible en <escholarchip.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Marshack, A. (1991), «The Taï Plaque and Calendrical Notation in the
Upper Palaeolithic», CambridgeArchaeological Journal1(1): 25-61.
·
Matsuzawa, T. (1985), «Use of numbers by a chimpanzee», Nature315(6014):
57-59; disponible en <lagint.pri.kyoto-u.ac.jp>, última consulta: 23/12/2015. —
(2009), «Symbolic representation of number in chimpanzees», Current
Opinion in Neurobiology19(1): 92-98.
·
Mayer, E., M. D. Martory, A. J. Pegna, T. Landis, J. Delavelle y J. M.
Annoni (1999), «A pure
case of Gerstmann syndrome with a subangular lesion», Brain122(Pt
6): 1107-1120; disponible en <brain.oxfordjournals.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Mazzocco, M. M. (1998), «A process approach to describing mathematics
difficulties in girls with Turner syndrome», Pediatrics102(2 Pt 3):
492-496; disponible en <pediatrics.aapublications.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
McCloskey, M. y A. Caramazza (1987), «Cognitive mechanisms in normal
and impaired number processing», en G. Deloche y X. Seron (eds.), Mathematical
disabilities: A cognitive neuropsychological perspective, Hillsdale, NJ,
Erlbaum: 201-219.
·
McCloskey, M., A. Caramazza y A. Basili (1985), «Cognitive mechanisms in number
processing and calculation: Evidence from dyscalculia», Brain and
Cognition4(2): 171-196; disponible en <postcorg.ucd.ie>, última consulta: 23/12/2015.
·
McCloskey, M., S. M. Sokol y R. A. Goodman (1986), «Cognitive processes in
verbal-number production: Inferences from the performance of brain-damaged
subjects», Journal of Experimental Psychology: General115(4):
307-330.
·
McCrink, K. y K. Wynn (2004), «Large-number addition and subtraction by
9-month-old infants», Psychological Science15(11): 776-781. —
(2007), «Ratio abstraction by 6-month-old infants», Psychological
Science18(8): 740-745. — (2009), «Operational momentum in large-number
addition and subtraction by 9-month-olds», Journal of Experimental
Child Psychology103(4): 400-408.
·
McCulloch, W. S. (1965), Embodiments of mind, Cambridge, MA, MIT Press.
·
McGarrigle, J. y M. Donaldson (1974), «Conservation accidents», Cognition3(4):
341-350.
·
Mechner, F. (1958), «Probability relations within response sequences
under ratio reinforcement», Journal of the Experimental Analysis of
Behavior1(2): 109-121; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Mechner, F. y L. Guevrekian (1962), «Effects of deprivation upon
counting and timing in rats», Journal of the Experimental Analysis of
Behavior5(4): 463-466; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Meck, W. H. y R. M. Church (1983), «A mode control model of counting
and timing processes», Journal of Experimental Psychology: Animal
Behavior Processes9(3): 320-334; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Mehler, J. y T. G. Bever (1967), «Cognitive capacity of very young children», Science158(3797):
141-142.
·
Menninger, K. (1969), Number words and number symbols, Cambridge, MA, MIT Press.
·
Miller, E. K. y J. D. Cohen (2001), «An integrative theory of
prefrontal cortex function», AnnualReview of Neuroscience24:
167-202; disponible en <matt.colorado.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Miller, K., C. M. Smith, J. Zhu y H. Zhang (1995), «Preschool origins of
cross-national differences in mathematical competence: The role of
number-naming systems», Psychological Science6(1): 56-60;
disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Miller, K. y J. W. Stigler (1987), «Counting in Chinese: Cultural
variation in a basic cognitive skill», Cognitive Development2(3):
279-305; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Miller, K. F. y D. R. Paredes (1990), «Starting to add worse: Effects
of learning to multiply on children’s addition», Cognition37(3):
213-242.
·
Mitchell, R. W., P. Yao, P. T. Sherman y M. O’Regan (1985), «Discriminative responding of a
dolphin (Tursiops truncatus) to differentially rewarded stimuli», Journal
of Comparative Psychology99(2): 218-225.
·
Mix, K. S., S. C. Levine y J. Huttenlocher (1997), «Numerical abstraction in
infants: Another look», Developmental Psychology33(3): 423-428;
disponible en <psychology.uchicago.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Molko, N., A. Cachia, D. Rivière, J. F. Mangin, M. Bruandet, D. Le
Bihan, L. Cohen y S. Dehaene (2003), «Functional and structural alterations of the
intraparietal sulcus in a developmental dyscalculia of genetic origin», Neuron40(4):
847-858; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015. —
(2004), «Brain anatomy in Turner syndrome: Evidence for impaired social and
spatial-numerical networks», Cerebral Cortex14(8): 840-850;
disponible en <www.cercor.oxfordjournals.org>, última consulta, 23/12/2015.
·
Morin, R. E., D. V. DeRosa y V. Stultz (1967), «Recognition memory and reaction
time», ActaPsychologica27: 298-305.
·
Moyer, R. S. y T. K. Landauer (1967), «Time required for judgements of
numerical inequality», Nature215: 1519-1520.
·
Mussolin, C., A. De Volder, C. Grandin, X. Schlögel, M. C. Nassogne y M.
P. Noël (2010), «Neural
correlates of symbolic number comparison in developmental dyscalculia», Journal
of Cognitive Neuroscience22(5): 860-874; disponible en <www.researchgate.net>.
·
Mussolin, C., S. Mejias y M. P. Noël (2010), «Symbolic and nonsymbolic number
comparison in children with and without dyscalculia», Cognition115(1):
10-25.
·
Mussolin, C. y M. P. Noël (2008), «Automaticity for numerical
magnitude of two-digit Arabic numbers in children», Acta Psychologica
(Amst)129(2): 264-272.
·
Naccache, L. y S. Dehaene (2001a), «The priming method: Imaging
unconscious repetition priming reveals an abstract representation of number in
the parietal lobes», Cerebral Cortex11(10): 966-974; disponible
en <cercor.oxfordjournals.org>, última consulta: 23/12/2015. —
(2001b), «Unconscious semantic priming extends to novel unseen stimuli», Cognition80(3):
215-229.
·
Nieder, A. (2005), «Counting on neurons: The neurobiology of numerical
competence», Nature ReviewsNeuroscience6(3): 177-190.
·
Nieder, A. y S. Dehaene (2009), «Representation of number in the brain», Annual
Review ofNeuroscience 32: 185-208.
·
Nieder, A., D. J. Freedman y E. K. Miller (2002), «Representation of the quantity
of visual items in the primate prefrontal cortex», Science297(5587):
1708-1711.
·
Nieder, A. y K. Merten (2007), «A labeled-line code for small and large
numerosities in the monkey prefrontal cortex», The Journal of
Neuroscience27(22): 5986-5993; disponible en <www.jneurosci.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Nieder, A. y E. K. Miller (2003), «Coding of cognitive magnitude.
Compressed scaling of numerical information in the primate prefrontal
cortex», Neuron37(1): 149-157; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015. — (2004), «A
parieto-frontal network for visual numerical information in the monkey», Proceedings
of the Natural Academy of Science USA101(19): 7457-7462; disponible
en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Norris, D. (1990), «How to build a connectionist idiot
(savant)», Cognition35(3): 277-291.
·
O’Connor, N. y B. Hermelin (1984), «Idiot savant calendrical
calculators: maths or memory», Psychological Medicine14: 801-806.
·
O’Reilly, R. C. (2006), «Biologically based computational models of
high-level cognition», Science314(5796): 91-94.
·
Obler, L. K. y D. Fein (eds., 1988), The exceptional brain:
Neuropsychology of talent andspecial abilities, Nueva York, The Guilford Press.
·
Onishi, K. H. y R. Baillargeon (2005), «Do 15-month-old infants
understand false beliefs?», Science308(5719): 255-258; disponible
en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Papert, S. (1960), «Problèmes épistémologiques et génétiques de la
récurrence», en P. Gréco, J.-B. Grize, S. Papert y J. Piaget (eds.), Études
d’épistemologie génétique, vol. 11: Problèmes de la construction du nombre,
París, Presses Universitaires de France: 117-148.
·
Paulos, J. A. (1988), Innumeracy: Mathematical illiteracy and its
consequences, Nueva
York, Vintage Books [ed. cast. ya citada].
·
Pearson, J., J. D. Roitman, E. M. Brannon, M. L. Platt y S. Raghavachari
(2010), «A
physiologically-inspired model of numerical classification based on graded
stimulus coding», Frontiers in Behavioral Neuroscience4: 1;
disponible en <journal.frontiersin.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Pepperberg, I. M. (1987), «Evidence for conceptual quantitative abilities in
the african grey parrot: Labeling of cardinal sets», Ethology75(1):
37-61.
·
Piaget, J. (1952), The child’s conception of number, Nueva York, Norton [ed.
cast.: Génesis del número en el niño, Buenos Aires, Guadalupe,
1987]. — (1960 [1948]), Child’s conception of geometry, Londres,
Routledge and Kegan Paul.
·
Piazza, M., A. Facoetti, A. Trussardi, I. Berteletti, S. Conte, D.
Lucangeli, S.Dehaene, y M. Zorzi (2010), «Developmental trajectory of
number acuity reveals a severe impairment in developmental dyscalculia», Cognition116(1):
33-41; disponible en <ccnl.psy.unipd.it>, última consulta: 23/12/2015.
·
Piazza, M., E. Giacomini, D. Le Bihan y S. Dehaene (2003), «Single-trial classification of
parallel pre-attentive and serial attentive processes using functional magnetic
resonance imaging», Proceedings B Biological Science. The Royal
Society270(1521): 1237-1245; disponible en <rspb.royalsocietypublishing.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Piazza, M., V. Izard, P. Pinel, D. Le Bihan y S. Dehaene (2004), «Tuning curves for approximate
numerosity in the human intraparietal sulcus», Neuron44(3):
547-555; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Piazza, M., A. Mechelli, B. Butterworth y C. J. Price (2002), «Are subitizing and counting
implemented as separate or functionally overlapping processes?», Neuroimage15(2):
435-446; disponible en <www.mathematicalbrain.com>, última consulta:
23/12/2015. Piazza, M., P. Pinel, D. Le Bihan y S. Dehaene (2007), «A
magnitude code common to numerosities and number symbols in human intraparietal
cortex», Neuron53(2): 293-305; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Pica, P., C. Lemer, V. Izard y S. Dehaene (2004), «Exact and approximate arithmetic
in an Amazonian indigene group», Science306(5695): 499-503.
·
Pinel, P. y S. Dehaene (2009), «Beyond hemispheric dominance: Brain regions
underlying the joint lateralization of language and arithmetic to the left
hemisphere», Journal of Cognitive Neuroscience 22(1): 48-66;
disponible en <www.mitpressjournals.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Pinel, P., S. Dehaene, D. Rivière y D. LeBihan (2001), «Modulation of parietal
activation by semantic distance in a number comparison task», Neuroimage14(5):
1013-1026.
·
Pinel, P., M. Piazza, D. LeBihan y S. Dehaene (2004), «Distributed and overlapping
cerebral representations of number, size, and luminance during comparative
judgments», Neuron41(6): 983-993; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Platt, J. R. y D. M. Johnson (1971), «Localization of position within
a homogeneous behavior chain: Effects of error contingencies», Learning
and Motivation2(4): 386-414.
·
Poincaré, H. (1907), Science and hypothesis, Londres, Walter Scott
Publishing Co. [ed. cast. ya citada]. — (1914/2007), Science and method,
Nueva York, Cosimo [ed. cast. ya citada].
·
Pollmann, T. y C. Jansen (1996), «The language user as an arithmetician», Cognition59(2):
219-237.
·
Posner, M. I., S. E. Petersen, P. T. Fox y M. E. Raichle (1988), «Localization of cognitive
operations in the human brain», Science240(4859): 1627-1631;
disponible en <gureckislab.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Posner, M. I. y M. E. Raichle (1994), Images of mind, Nueva York, Scientific American
Library.
·
Premack, D. y A. Premack (2003), Original intelligence: Unlocking
the mystery of who we are, Nueva York, McGraw Hill.
·
Price, G. R., I. Holloway, P. Rasanen, M. Vesterinen y D. Ansari
(2007), «Impaired
parietal magnitude processing in developmental dyscalculia», Current
Biology17(24): R1042-1043; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Puce, A., T. Allison, M. Asgari, J. C. Gore y G. McCarthy (1996), «Differential sensitivity of
human visual cortex to faces, letterstrings, and textures: A functional
magnetic resonance imaging study», Journal of Neuroscience16:
5205-5215; <www.jneurosci.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Quine, W. V. O. (1960), Word and object, Cambridge, MA, MIT Press [ed. cast.: Palabra
y objeto, Barcelona, Herder, 2001].
·
Quiroga, R. Q., R. Mukamel, E. A. Isham, R. Malach e I. Fried
(2008), «Human
single-neuron responses at the threshold of conscious recognition», Proceedings
of the Natural Academy of Science USA105(9): 3599-3604; disponible en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Quiroga, R. Q., L. Reddy, G. Kreiman, C. Koch e I. Fried (2005), «Invariant visual representation
by single neurons in the human brain», Nature435(7045): 1102-1107.
·
Railo, H., M. Koivisto, A. Revonsuo y M. M. Hannula (2008), «The role of attention in
subitizing», Cognition107(1): 82-104; disponible en <mindbrain.ucdavis.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Ramachandran, V. S. y E. M. Hubbard (2001), «Synaesthesia. A window into
perception, thought and language», Journal of Consciousness
Studies8(12): 3-34; disponible en <cbc.ucsd.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Ramachandran, V. S., D. Rogers-Ramachandran y M. Stewart (1992), «Perceptual correlates of massive
cortical reorganization», Science258(5085): 1159-1160.
·
Ramani, G. B. y R. S. Siegler (2008), «Promoting broad and stable
improvements in low-income children’s numerical knowledge through playing
number board games», Child Development79(2): 375-394; disponible
en <drum.lib.umd.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Ranzini, M., S. Dehaene, M. Piazza y E. M. Hubbard (2009), «Neural mechanisms of attentional
shifts due to irrelevant spatial and numerical cues», Neuropsychologia47(12):
2615-2624.
·
Reivich, M., D. Kuhl, A. Wolf, J. Greenberg, M. Phelps, T. Ido, V.
Casella, J.Fowler, E. Hoffman, A. Alavi, P. Som y L. Sokoloff (1979), «The [18F]fluorodeoxyglucose
method for the measurement of local cerebral glucose utilization in man», Circulation
Research44(1): 127-137; disponible en <circres.ahajournals.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Revkin, S. K., M. Piazza, V. Izard, L. Cohen y S. Dehaene (2008), «Does subitizing reflect
numerical estimation?», Psychologycal Science19(6): 607-614.
·
Reynvoet, B. y M. Brysbaert (1999), «Single-digit and two-digit
Arabic numerals address the same semantic number line», Cognition72(2):
191-201.
·
Reynvoet, B., M. Brysbaert y W. Fias (2002), «Semantic priming in number
naming», The Quarterly Journal of ExperimentalPsychology55A(4):
1127-1139; disponible en <crr.urgent.be>, última consulta: 23/12/2015.
·
Reynvoet, B. y E. Ratinckx (2004), «Hemispheric differences between
left and right number representations: Effects of conscious and unconscious
priming», Neuropsychologia42(6): 713-726.
·
Rivera, S. M., V. Menon, C. D. White, B. Glaser y A. L. Reiss
(2002), «Functional
brain activation during arithmetic processing in females with fragile X
syndrome is related to FMR1 protein expression», Human Brain Mapping16(4):
206-218; disponible en <mindbrain.ucdavis.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Rivera, S. M., A. L. Reiss, M. A. Eckert y V. Menon (2005), «Developmental changes in mental
arithmetic: Evidence for increased functional specialization in the left
inferior parietal cortex», Cerebral Cortex15(11): 1779-1790;
disponible en <cercor.oxfordjournals.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Roitman, J. D., E. M. Brannon y M. L. Platt (2007), «Monotonic coding of numerosity
in macaque lateral intraparietal area», Public Library of
Science(PLoS). Biology5(8): e208; disponible en <journals.plos.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Roland, P. E. y L. Friberg (1985), «Localization of cortical areas
activated by thinking», Journal ofNeurophysiology53(5): 1219-1243.
·
Rotzer, S., K. Kucian, E. Martin, M. von Aster, P. Klaver y T. Loenneker
(2008), «Optimized
voxel-based morphometry in children with developmental dyscalculia», Neuroimage39(1):
417-422.
·
Rousselle, L. y M. P. Noel (2007), «Basic numerical skills in
children with mathematics learning disabilities: A comparison of symbolic vs
non-symbolic number magnitude processing», Cognition102(3):
361-395.
·
Rubinsten, O. y A. Henik (2005), «Automatic activation of internal magnitudes: A
study of developmental dyscalculia», Neuropsychology19(5): 641-648;
disponible en <langnum.haifa.ac.il>, última consulta: 23/12/2015.
·
Rumbaugh, D. M., S. Savage-Rumbaugh y M. T. Hegel (1987), «Summation in the chimpanzee (Pan
troglodytes)», Journal of Experimental Psychology: Animal Behavior
Processes13(2): 107-115.
·
Rusconi, E., P. Pinel, E. Eger, D. LeBihan, B. Thirion, S. Dehaene y
A.Kleinschmidt (2009), «A disconnection account of Gerstmann syndrome:
Functional neuroanatomy evidence», Annals ofNeurology66(5):
654-662.
·
Sacks, O. (1985), The man who mistook his wife for a hat, Londres, Gerald
Duckworth & Co.
·
Sarnecka, B. W. y S. Carey (2008), «How counting represents number:
What children must learn and when they learn it», Cognition108(3):
662-674.
·
Sawamura, H., G. A. Orban y R. Vogels (2006), «Selectivity of neuronal
adaptation does not match response selectivity: A single-cell study of the fMRI
adaptation paradigm», Neuron49(2): 307-318; disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Sawamura, H., K. Shima y J. Tanji (2002), «Numerical representation for
action in the parietal cortex of the monkey», Nature415(6874):
918-922.
·
Schlaug, G., L. Jancke, Y. Huang y H. Steinmetz (1995), «In vivo evidence of structural
brain asymmetry in musicians», Science267(5198): 699-701;
disponible en <gottfriedschlaug.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Senanayake, N. (1989), «Epilepsia arithmetices revisited», Epilepsy
Research3(2): 167-173.
·
Seron, X., M. Pesenti, M. P. Noël, G. Deloche y J.-A. Cornet
(1992), «Images
of numbers or “When 98 is upper left and 6 sky blue”», Cognition44(1-2):
159-196.
·
Seymour, S. E., P. A. Reuter-Lorenz y M. S. Gazzaniga (1994), «The disconnection syndrome:
Basic findings reaffirmed», Brain117(1): 105-115.
·
Shaki, S. y M. H. Fischer (2008), «Reading space into numbers: A
cross-linguistic comparison of the SNARC effect», Cognition108(2):
590-599.
·
Shalev, R. S., J. Auerbach, O. Manor y V. Gross-Tsur (2000), «Developmental dyscalculia:
Prevalence and prognosis», European Child and Adolescent Psychiatry9(Suppl
2): II58-64.
·
Shalev, R. S., O. Manor, B. Kerem, M. Ayali, N. Badichi, Y. Friedlander
y V.Gross-Tsur (2001), «Developmental dyscalculia is a familial learning
disability», Journal of Learning Disabilities34(1): 59-65.
·
Shallice, T. y M. E. Evans (1978), «The involvement of the frontal
lobes in cognitive estimation», Cortex14(2): 294-303.
·
Shepard, R. N., D. W. Kilpatrick y J. P. Cunningham (1975), «The internal representation of
numbers», Cognitive Psychology7(1): 82-138.
·
Shipley, E. F. y B. Shepperson (1990), «Countable entities:
Developmental changes», Cognition34(2): 109-136.
·
Siegler, R. S. (1987), «The perils of averaging data over strategies: An
example from children’s addition», Journal of Experimental Psychology:
General116(3): 250-264; disponible en <www.psy.cmu.edu>, última consulta: 23/12/2015. —
(1989), «Mechanisms of cognitive development», Annual Review of
Psychology40: 353-379; disponible en <www.psy.cmu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Siegler, R. S. y J. L. Booth (2004), «Development of numerical
estimation in young children», Child Development75(2): 428-444;
disponible en <www.cs.cmu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Siegler, R. S. y E. A. Jenkins (1989), How children discover new
strategies,
Hillsdale, NJ, Erlbaum.
·
Siegler, R. S. y J. E. Opfer (2003), «The development of numerical
estimation: Evidence for multiple representations of numerical quantity», Psychological
Science14(3): 237-243; disponible en <eclass.gunet.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Siegler, R. S. y G. B. Ramani (2008), «Playing linear numerical board
games promotes low-income children’s numerical development», Development
Science11(5): 655-661; disponible en <www.psy.cmu.edu>, última consulta: 23/12/2015. —
(2009), «Playing linear number board games —but not circular ones— improves
low-income preschoolers’ numerical understanding», Journal of
Educational Psychology101(3): 545-560; disponible en <www.psy.cmu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Simon, O., F. Kherif, G. Flandin, J. B. Poline, D. Rivière, J. F.
Mangin, D. Le Bihan y S. Dehaene (2004), «Automatized clustering and
functional geometry of human parietofrontal networks for language, space, and
number», Neuroimage23(3): 1192-1202.
·
Simon, O., J. F. Mangin, L. Cohen, D. Le Bihan y S. Dehaene
(2002), «Topographical
layout of hand, eye, calculation, and language-related areas in the human
parietal lobe», Neuron33(3): 475-487, disponible en <www.sciencedirect.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Simon, T. (1999), «The foundations of numerical thinking in a brain
without numbers», Trends inCognitive Science3(10): 363-365;
disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Simon, T. J., S. J. Hespos y P. Rochat (1995), «Do infants understand simple
arithmetic? A replication of Wynn (1992)», Cognitive Development10(2):
253-269; disponible en <www.psychology.emory.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Simos, P. G., J. M. Fletcher, E. Bergman, J. I. Breier, B. R. Foorman,
E. M.Castillo, R. N. Davis, M. Fitzgerald y A. C. Papanicolaou (2002), «Dyslexia-specific brain
activation profile becomes normal following successful remedial
training», Neurology58(8): 1203-1213.
·
Smith, S. B. (1983), The great mental calculators, Nueva York, Columbia University
Press.
·
Sokoloff, L. (1979), «Mapping of local cerebral functional activity by
measurement of local cerebral glucose utilization with
[14C]deoxyglucose», Brain102(4): 653-668.
·
Sokoloff, L., R. Mangold, R. L. Wechsler, C. Kennedy y S. Kety
(1955), «The
effect of mental arithmetic on cerebral circulation and metabolism», Journal
of Clinical Investigations34(7 Pt1): 1101-1108; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Song, J. H. y K. Nakayama (2008), «Numeric comparison in a
visually-guided manual reaching task», Cognition106(2): 994-1003.
·
Spalding, J. M. K. y O. L. Zangwill (1950), «Disturbance of number-form in a
case of brain injury», Journal of Neurology13(1): 24-29; disponible
en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Spelke, E. S., K. Breinlinger, J. Macomber y K. Jacobson (1992), «Origins of knowledge», PsychologicalReview99(4):
605-632; disponible en <cogsci.ucd.ie>, última consulta: 23/12/2015.
·
Spelke, E. S., G. Katz, S. E. Purcell, S. M. Ehrlich y K. Breinlinger
(1994), «Early
knowledge of object motion: Continuity and inertia», Cognition51(2):
131-176; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Spelke, E. y S. Tsivkin (2001), «Initial knowledge and conceptual change: Space and
number», en M. Bowerman y S. C. Levinson (eds.), Language acquisition
and conceptual development, Cambridge, Cambridge University Press: 70-100.
·
Stanescu-Cosson, R., P. Pinel, P. F. van de Moortele, D. Le Bihan, L.
Cohen y S. Dehaene (2000), «Understanding dissociations in dyscalculia: A
brain imaging study of the impact of number size on the cerebral networks for
exact and approximate calculation», Brain123(Pt 11): 2240-2255;
disponible en <brain.oxfordjournals.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Starkey, P., R. G. y Jr. Cooper (1980), «Perception of numbers by human
infants», Science210(4473): 1033-1035; disponible en <www.psychology.nottingham.ac.uk>, última consulta: 23/12/2015.
·
Starkey, P., E. S. Spelke y R. Gelman (1983), «Detection of intermodal
numerical correspondences by human infants», Science222(4620):
179-181; disponible en <software.rc.fas.harvard.edu>, última consulta: 23/12/2015. —
(1990), «Numerical abstraction by human infants», Cognition36(2):
97-127.
·
Staszewski, J. J. (1988), «Skilled memory and expert mental calculation», en
M. Chi, R. Glaser y M. J. Farr (eds.), The nature of expertise,
Hillsdale, NJ, Erlbaum: 71-128.
·
Stazyk, E. H., M. H. Ashcraft y M. S. Hamann (1982), «A network approach to mental
multiplication», Journal of Experimental Psychology: Learning8(4):
320-335; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Stevenson, H. W. y J. W. Stigler (1992), The learning gap, Nueva York, Simon y Schuster.
·
Stigler, J. W. (1984), «Mental abacus: The effect of abacus training on
Chinese children’s mental calculation», Cognitive Psychology16:
145-176; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Strauss, M. S. y L. E. Curtis (1981), «Infant perception of
numerosity», Child Development52(4): 1146-1152.
·
Taylor, S. F., E. R. Stern y W. J. Gehring (2007), «Neural systems for error
monitoring: Recent findings and theoretical perspectives», Neuroscientist13(2):
160-172.
·
Temple, C. M. (1989), «Digit dyslexia: A category-specific disorder in
development dyscalculia», Cognitive Neuropsychology6(1): 93-116. —
(1991), «Procedural dyscalculia and number fact dyscalculia: Double
dissociation in developmental dyscalculia», Cognitive
Neuropsychology8(2): 155-176.
·
Temple, E., G. K. Deutsch, R. A. Poldrack, S. L. Miller, P. Tallal, M.
M.Merzenich y J. D. Gabrieli (2003), «Neural deficits in children with dyslexia
ameliorated by behavioral remediation: Evidence from functional MRI», Proceedings
of the Natural Academy of Science USA100(5): 2860-2865; disponible en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Temple, E. y M. I. Posner (1998), «Brain mechanisms of quantity are
similar in 5-year-olds and adults», Proceedings of the National Academy
of Sciences USA95: 7836-7841; disponible en <ww.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Thioux, M., M. Pesenti, N. Costes, A. De Volder y X. Seron (2005), «Task-independent semantic
activation for numbers and animals», Brain Research. Cognitive Brain
Research24(2): 284-290.
·
Thom, R. (1991), Prédire n’est pas expliquer, París, Flammarion.
·
Thompson, R. F., K. S. Mayers, R. T. Robertson y C. J. Patterson
(1970), «Number
coding in association cortex of the cat», Science168(3928):
271-273.
·
Timmers, L. y W. Claeys (1990), «The generality of mental addition models: Simple
and complex addition in a decision-production task», Memory and
Cognition18(3): 310-320; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Trick, L. M. (2008), «More than superstition: Differential effects of
featural heterogeneity and change on subitizing and counting», Perception
and Psychophysics70(5): 743-760; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Trick, L. M. y Z. W. Pylyshyn (1993), «What enumeration studies can
show us about spatial attention: Evidence for limited capacity preattentive
processing», Journal of Experimental Psychology. Human Perception and
Performance19(2): 331-351; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015. — (1994), «Why are
small and large numbers enumerated differently? A limited capacity preattentive
stage in visión», Psychological Review101(1): 80-102.
·
Tsang, J. M., R. F. Dougherty, G. K. Deutsch, B. A. Wandell y M.
Ben-Shachar (2009), «Frontoparietal white matter diffusion properties predict mental
arithmetic skills in children», Proceedings of the Natural Academy of
Science USA106(52): 22 546-22 551; disponible en <www.pnas.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Tsao, D. Y., W. A. Freiwald, R. B. Tootell y M. S. Livingstone
(2006), «A
cortical region consisting entirely of face-selective cells», Science311(5761):
670-674; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Tudusciuc, O. y A. Nieder (2007), «Neuronal population coding of
continuous and discrete quantity in the primate posterior parietal
cortex», Proceedings of the Natural Academy of Science USA104(36):
14 513-14 518; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Tzelgov, J., J. Meyer y A. Henik (1992), «Automatic and intentional
processing of numerical information», Journal of Experimental
Psychology: Learning, Memory, and Cognition18(1): 166-179; disponible
en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Van Lehn, K. (1986), «Arithmetic procedures are induced from examples»,
en J. Hiebert (ed.), Conceptual and procedural knowledge: The case of
mathematics, Hillsdale, NJ, Erlbaum: 133-179. — (1990), Mind bugs.
The origin of procedural misconceptions, Cambridge, MIT Press.
·
Van Loosbroek, E. y A. W. Smitsman (1990), «Visual perception of numerosity
in infancy», Developmental Psychology26(6): 916-922.
·
Van Oeffelen, M. P. y P. G. Vos (1982), «A probabilistic model for the
discrimination of visual number», Perception and Psychophysics32(2):
163-170; disponible en <link.springer.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Vandenberg, S. G. (1962), «The hereditary abilities study: Hereditary
components in a psychological test battery», American Journal of Human
Genetics14(2): 220-237; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015. — (1966),
«Contributions of twin research to psychology», Psychological
Bulletin66(5): 327-352.
·
Verguts, T. y W. Fias (2004), «Representation of number in animals and humans: A
neural model», Journal of Cognitive Neuroscience16(9): 1493-1504;
disponible en <users.ugent.be>, última consulta: 23/12/2015.
·
Verguts, T., W. Fias y M. Stevens (2005), «A model of exact small-number
representation», Psychonomic Bulletin and Review12(1): 66-80;
disponible en <users.ugent.be>, última consulta: 23/12/2015.
·
Vetter, P., B. Butterworth y B. Bahrami (2008), «Modulating attentional load
affects numerosity estimation: Evidence against a pre-attentive subitizing
mechanism», Public Library of Science One3(9): e3269; disponible
en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015. —
(2010), «A candidate for the attentional bottleneck: Set-size specific
modulation of the right TPJ during attentive enumeration», Journal of
Cognitive Neuroscience23(3): 728-736.
·
Viarouge, A., E. M. Hubbard, S. Dehaene y J. Sackur (2010), «Number line compression and the
illusory perception of random numbers», Experimental Psychology57(6):
446-454.
·
Vogel, E. K. y M. G. Machizawa (2004), «Neural activity predicts
individual differences in visual working memory capacity», Nature428(6984):
748-751; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Von Neumann, J. (1958), The computer and the brain, New Haven, Yale University
Press [ed. cast. ya citada].
·
Walsh, V. (2003), «A theory of magnitude: Common cortical metrics of
time, space and quantity», Trends in Cognitive Science7(11):
483-488.
·
Wang, S. H. y R. Baillargeon (2008), «Detecting impossible changes in
infancy: A three-system account», Trends in Cognitive Science12(1):
17-23; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Warren, H. C. (1897), «The reaction time of counting», Psychological
Review4(6): 569-591.
·
Washburn, D. A. y D. M. Rumbaugh (1991), «Ordinal judgments of numerical
symbols by macaques (Macaca mulatta)», Psychological Science2(3):
190-193.
·
Watson, D. G., E. A. Maylor y L. A. Bruce (2007), «The role of eye movements in
subitizing and counting», Journal of Experimental Psychology. Human
Perception and Performance33(6): 1389-1399.
·
Widaman, K. F., D. C. Geary, P. Cormier y T. D. Little (1989), «A componential model for mental
addition», Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and
Cognition15(5): 898-919; disponible en <www.agencylab.ku.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Wigner, E. (1960), «The unreasonable effectiveness of mathematics in
the natural sciences», Communications on Pure and Applied
Mathematics13(1): 1-14.
·
Williamson, L. L., R. K. Cheng, M. Etchegaray y W. H. Meck (2008), «“Speed” warps time:
Methamphetamine’s interactive roles in drug abuse, habit formation, and the
biological clocks of circadian and interval timing», Current Drug Abuse
Review1(2): 203-212.
·
Wilson, A. J., S. Dehaene, O. Dubois y M. Fayol (2009), «Effects of an adaptive game
intervention on accessing number sense in low-socioeconomic-status kindergarten
children», Mind, Brain and Education3(4): 224-234.
·
Wilson, A. J., S. Dehaene, P. Pinel, S. K. Revkin, L. Cohen y D. Cohen
(2006), «Principles
underlying the design of The number race, an adaptive computer game
for remediation of dyscalculia», Behavioral and Brain Functions2:
19; disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Wilson, A. J., S. K. Revkin, D. Cohen, L. Cohen y S. Dehaene
(2006), «An open
trial assessment of The number race, an adaptive computer game for
remediation of dyscalculia», Behavioral and Brain Functions2: 20;
disponible en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Witelson, S. F., D. L. Kigar y T. Harvey (1999), «The exceptional brain of Albert
Einstein», The Lancet353(9170): 2149-2153; disponible en <lifescience.bioquant.com>, última consulta: 23/12/2015.
·
Woodruff, G. y D. Premack (1981), «Primative mathematical concepts
in the chimpanzee: Proportionality and numerosity», Nature293(5833):
568-570.
·
Wynn, K. (1990), «Children’s understanding of counting», Cognition36(2):
155-193; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015. —
(1992a), «Addition and subtraction by human infants», Nature358(6389):
749-750. — (1992b), «Children’s acquisition of the number words and the
counting system», CognitivePsychology24: 220-251; disponible
en <isites.harvard.edu>, última consulta: 23/12/2015. —
(1996), «Infants’ individuation and enumeration of actions», Psychological
Science7(3): 164-169; disponible en <www.researchgate.net>, última consulta: 23/12/2015.
·
Xu, F. y S. Carey (1996), «Infants’ metaphysics: The case of numerical
identity», CognitivePsychology30(2): 111-153; disponible en <citeseer.ist.psu.edu>, última consulta: 23/12/2015.
·
Xu, F., S. Carey y N. Quint (2004), «The emergence of kind-based
object individuation in infancy», Cognitive Psychology49(2):
155-190.
·
Xu, X. y C. Liu (2008), «Can subitizing survive the attentional blink? An
ERP study», NeuroscienceLetters440(2): 140-144.
·
Xu, F. y E. S. Spelke (2000), «Large number discrimination in 6-month-old
infants», Cognition74(1): B1-B11.
·
Yamaguchi, M. (2009), «On the savant syndrome and prime numbers», DynamicalPsychology;
disponible en <wp.dynapsyc.org>, última consulta: 23/12/2015.
·
Zago, L., L. Petit, M. R. Turbelin, F. Andersson, M. Vigneau y N.
Tzourio-Mazoyer (2008), «How verbal and spatial manipulation networks
contribute to calculation: An fMRI study», Neuropsychologia46(9):
2403-2414.
·
Zebian, S. (2005), «Linkages between number concepts, spatial
thinking, and directionality of writing: The SNARC effect and the REVERSE SNARC
effect in English and Arabic monoliterates, biliterates, and illiterate Arabic
speakers», Journal of Cognition and Culture5 (1-2): 165-191.
·
Zhang, W. y S. J. Luck (2008), «Discrete fixed-resolution representations in
visual working memory», Nature453(7192): 233-235; disponible
en <www.ncbi.nlm.nih.gov>, última consulta: 23/12/2015.
·
Zorzi, M., K. Priftis y C. Umilta (2002), «Brain damage: Neglect disrupts
the mental number line», Nature417(6885): 138-139.
[1] En los dos casos, la
traducción literal del sobrenombre es «Hans el astuto» o «el inteligente Hans».
[N. de T.].
[2] La cognición numérica en
animales ha sido tema de distintos trabajos de revisión, como Davis y Pérusse
(1988), Gallistel (1989, 1990), Brannon y Terrace (1998), Dehaene,
Dehaene-Lambertz y Cohen (1998), Cantlon y Brannon (2007), Jacob y Nieder (2008),
Nieder y Dehaene (2009).
[3] Este modelo fue
desarrollado posteriormente por otros: Verguts y Fias (2004), Verguts, Fias y
Stevens (2005). Véanse también Dehaene (2007) y Pearson, Roitman, Brannon,
Platt y Raghavachari (2010).
[4] Para completar esta
observación profética, véase la parte IV de este libro; véanse también Nieder
(2005), Nieder y Dehaene (2009). En la actualidad hay evidencia empírica
directa de la existencia de neuronas detectoras del número en el cerebro del mono,
y sólida evidencia que sugiere su presencia en el cerebro humano.
[5] Para una actualización
reciente de esta perspectiva, llamada «reciclaje neuronal», y su posible
extensión a las habilidades para la lectura y el lenguaje, véanse Dehaene y
Cohen (2007), Dehaene (2009).
[6] Hoy en día sabemos que, en
pruebas no verbales más simples, incluso los niños más pequeños muestran
evidencias de representarse las mentes de los otros; véase Onishi y Baillargeon
(2005).
[7] Véase una demostración más
reciente de la habilidad numérica en los recién nacidos en Izard, Sann, Spelke
y Streri (2009).
[8] Véronique Izard incluso
demostró una habilidad similar en los recién nacidos; véase Izard y otros
(2009).
[9] Por ejemplo, Gelman y
Tucker (1975), Gelman y Gallistel (1978). Véase una revisión en Wang y
Baillargeon (2008).
[10] Por ejemplo, Gelman y
Tucker (1975), Gelman y Gallistel (1978). Véase una revisión en Wang y
Baillargeon (2008).
[11] Desde 1997, varios
experimentos han demostrado este punto. Véanse, por ejemplo, McCrink y Wynn
(2004, 2009).
[12] Para una validación de esta
afirmación y sus límites, véanse Bonatti, Frot, Zangl y Mehler (2002), Xu,
Carey y Quint (2004), Krojgaard (2007).
[13] Se alude al tema «Le temps
ne fait rien à l’affaire», publicado por primera vez en un simple de 1961 y
pronto incluido en el octavo long play de Brassens, que suele
llamarse con ese mismo título. [N. de T.].
[14] Véanse una revisión y una
discusión en Dehaene (2007).
[15] Una enorme cantidad de
investigación se ha dedicado al efecto SNARC y sus variantes. Véase una
revisión en Hubbard, Piazza, Pinel y Dehaene (2005, 2009).
[16] Para una prueba más
directa, véanse Ito y Hatta (2004), Zebian (2005), Shaki y Fischer (2008).
[17] Véanse también Gordon
(2004), Pica, Lemer, Izard y Dehaene (2004), Butterworth, Reeve, Reynolds y
Lloyd (2008).
[18] Para otros aspectos de la
historia de las notaciones numéricas, véanse Dantzig (1967 [1930]), Hurford
(1987), Ifrah (1998).
[19] Véase una revisión de los
efectos lingüísticos sobre la cognición numérica en Ellis (1992).
[20] Para que este experimento
resulte claro, debe tenerse en cuenta que, en inglés, la palabra sheep (oveja)
es invariable, de modo que the sheep designa tanto a una como
a varias ovejas; además, en esa lengua el orden de palabras no puede funcionar
como orientación para el niño (show me the red sheep y show
me the three sheep). [N. de T.].
[21] Nuevamente, este ejemplo
resulta más claro en inglés, que es más rígido en relación con el orden de
palabras. En este caso, los ejemplos del texto son three little sheep para
lo que los niños producen, y little three sheep para el orden
incorrecto que nunca producen. [N. de T.].
[22] Véanse los capítulos de
Campbell (2004).
[23] Sin embargo, véase Lochy,
Seron, Delazer y Butterworth (2000)
[24] Véanse también Case (1985,
1992). Para ampliaciones recientes, véanse Wilson, Dehaene y otros (2006),
Wilson, Revkin, Cohen, Cohen y Dehaene (2006), Ramani y Siegler (2008), Siegler
y Ramani (2008), Siegler y Ramani (2009), Wilson, Dehaene, Dubois y Fayol
(2009).
[25] Véanse también O’Connor y
Hermelin (1984), Hermelin y O’Connor (1986b, 1986a), Howe y Smith (1988).
[26] Esta cita y las que siguen
figuran en Smith (1983).
[27] Nótese que la realidad de
la hazaña de los mellizos ha sido criticada con severidad por Yamaguchi (2009).
[28] Las tribulaciones del
cerebro de Einstein continúan hasta el día de hoy. Véanse Anderson y Harvey
(1996) y Witelson, Kigar y Harvey (1999).
[29] Véanse un análisis
exhaustivo de los efectos de la diferencia de género en la matemática y mayores
referencias en Benbow (1988), Hyde, Fennema y Lamon (1990); véase también
Benbow, Lubinski, Shea y Eftekhari-Sanjani (2000).
[30] Véanse los resultados de
una investigación reciente, que utilizó tanto análisis conductuales como de
neuroimágenes, en Molko y otros (2003), Bruandet, Molko, Cohen y Dehaene
(2004), y Molko y otros (2004).
[31] Véase también Obler y Fein
(1988).
[32] Véase también Yamaguchi
(2009).
[33] Véase una revisión de los
primeros estudios en Dehaene y Cohen (1995); véanse, también, Lemer, Dehaene,
Spelke y Cohen (2003), Dehaene, Molko, Cohen y Wilson (2004).
[34] Una primera descripción de
los pacientes con el cerebro dividido puede encontrarse en Gazzaniga y Hillyard
(1971). Véase un análisis en profundidad de sus habilidades numéricas en
Gazzaniga y Smylie (1984), Seymour, Reuter-Lorenz y Gazzaniga (1994), Cohen y
Dehaene (1996), Colvin, Funnell y Gazzaniga (2005).
[35] Presentaciones de caso y
revisiones constan en Benton (1961, 1987, 1992), Mayer y otros (1999), Rusconi
y otros (2009).
[36] Esta conclusión ha recibido
mucho apoyo experimental en los últimos años. Véanse, por ejemplo, Pinel,
Piazza, Le Bihan y Dehaene (2004), Hubbard y otros (2005), Tudusciuc y Nieder
(2007). Para encontrar una propuesta similar, véase Walsh (2003).
[37] Para una descripción
general de la alexia pura, véanse Déjerine (1892), Damasio y Damasio (1983),
Cohen y otros (2004). Para una descripción de las habilidades numéricas
residuales en la alexia pura, véase Cohen y Dehaene (1995, 2000).
[38] Véase un caso similar,
examinado en mayor detalle, en Lemer y otros (2003).
[39] Véanse, por ejemplo, Miller
y Cohen (2001) y Fuster (2008).
[40] Una excelente introducción
a las neuroimágenes es Posner y Raichle (1994). Para encontrar una
actualización detallada sobre las imágenes de resonancia magnética, véase
Huettel, Song y McCarthy (2008).
[41] Véanse, por ejemplo,
Reivich y otros (1979), Sokoloff (1979). Otro pionero fue David Ingvar, quien
empleó por primera vez las imágenes cerebrales para visualizar los circuitos
cognitivos humanos en voluntarios normales y pacientes esquizofrénicos. Véase,
por ejemplo, Ingvar y Schwarz (1974).
[42] Véase el capítulo final
para una actualización completa acerca de los estudios del cálculo mediante
neuroimágenes.
[43] Actualmente hay una
revisión en Fuster (2008).
[44] Véase una revisión en
Taylor, Stern y Gehring (2007).
[45] Véase Changeux y Dehaene
(1989).
[46] Véase una reseña de la
historia de la matemática en Kline (1972, 1980).
[47] Un análisis lúcido de las
concepciones intuicionistas y constructivistas de la epistemología de la
matemática figura en Poincaré (1907) y Kitcher (1984).
[48] Del mismo modo, aumentar el
tamaño de los números involucrados en una tarea de cálculo hace que la
activación del hIPS aumente en paralelo con los tiempos de cálculo (véase, por
ejemplo, Stanescu-Cosson y otros, 2000).
[49] Como es sabido, en inglés
la sigla VIP significa very important person, «persona muy importante». Aquí se
reemplaza la palabra people por place, que significa «lugar». [N. de T.].
[50] Véanse revisiones en Nieder
(2005) y Nieder y Dehaene (2009).
[51] Una propuesta afín aparece
en Pearson y otros (2010).
[52] El líder indiscutido en
este campo es el neurocirujano Itzhak Fried, que desarrolló las técnicas para
el registro de una única célula en humanos y, con varios colegas, las aplicó a
muchas preguntas importantes en la neurociencia cognitiva humana. Véanse, por
ejemplo, Quiroga, Reddy, Kreiman, Koch y Fried (2005), Quiroga, Mukamel, Isham,
Malach y Fried (2008), Fisch y otros (2009)
[53] La adaptación de la fMRI,
también llamada «método de priming», se ha propuesto como un medio
general para estudiar los códigos neurales en el cerebro humano. Véanse
Grill-Spector y Malach (2001), Naccache y Dehaene (2001a), y para un artículo
cauteloso véase también Sawamura, Orban y Vogels (2006).
[54] Hay otros resultados que
indican una respuesta cerebral al número en niños y bebés: véanse Temple y
Posner (1998), Berger, Tzur y Posner (2006). Hay otros resultados que indican
una respuesta cerebral al número en niños y bebés: véanse Temple y Posner
(1998), Berger, Tzur y Posner (2006).
[55] Véanse, por ejemplo,
Feigenson y otros (2004), McCrink y Wynn (2004, 2007).
[56] Los monos se comportan
exactamente del mismo modo: véanse Hauser, Carey y Hauser (2000), Hauser y
Carey (2003).
[57] Si se busca una
introducción a la ciencia moderna de la conciencia y su relación con un
«espacio de trabajo neuronal global» que involucra la corteza prefrontal como
un nodo clave, véanse Dehaene y Naccache (2001), Dehaene, Changeux, Naccache,
Sackur y Sergent (2006), Del Cul, Dehaene, Reyes, Bravo y Slachevsky (2009),
Dehaene (2014).
[58] Este estudio fue replicado
parcialmente en discalcúlicos puros por Rotzer y otros (2008), pero en este
caso, con un foco en la disminución de materia gris en la corteza
parietal derecha.
[59] La discalculia es frecuente
en los síndromes de Williams, de Turner y de X frágil. Un estudio del
cálculo en este último consta en Rivera, Menon, White, Glaser y Reiss (2002).
[60] Para una revisión de la
lectura y la dislexia, véase mi trabajo en El cerebro lector (Siglo XXI,
2014).
[61] Una reseña del diseño del
juego y sus principios cognitivos subyacentes figuran en Wilson, Dehaene y
otros (2006). Para bajar el juego, hacer clic en The number race,
en <www.unicog.org>
[62] Otro control, todavía más
estricto, consistía en contrastar un juego de mesa lineal con uno circular, en
el que el patrón que organiza los números es el del reloj. El sentido numérico
solo mejora en los niños entrenados con el juego de mesa lineal, lo que prueba
que la comprensión del número como una «línea» metafórica que se extiende de
izquierda a derecha es un elemento esencial del programa de entrenamiento.
Véase Siegler y Ramani (2009).


Publicar un comentario