© Libro N° 11155.
Teoría General De La Ciudad. Bueno,
Gustavo. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
Teoría General De La Ciudad. Gustavo Bueno
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Gustavo Bueno
Teoría
General De La Ciudad
Gustavo
Bueno
Gustavo Bueno
Teoría General De La Ciudad
[ 1989 ]
1
Las obras
sobre el fenómeno urbano que llevan el título de “teoría” no son infrecuentes:
de 1867 data la Teoría general de la urbanización de Ildefonso
Cerdá; en 1947 publica Gabriel Alomar Esteve su Teoría de la ciudad; Una
teoría de las ciudades viejas de Julio Caro Baroja apareció en 1950.
Sin embargo, no es fácil determinar la razón de estos títulos –teniendo a la
vista sus contenidos– y, desde luego, puede concluirse que las “teorías” que se
ofrecen no son teorías generales. Otras obras, que no llevan tal título, se
aproximan tal vez más a lo que pudiera ser una teoría general. Ahora bien, las
teorías generales pueden ser teológicas (“teoría de la transubstanciación” de
Santo Tomás de Aquino), científicas (“teoría general de la relatividad” de A.
Einstein) y filosóficas (“teoría de las ideas” de Platón). Una crítica
detallada nos llevaría a concluir la imposibilidad de una teoría general de la
ciudad de naturaleza teológica (La ciudad de Dios, de San Agustín,
el Dotzè del Crestià de Eiximenis) pero también la
imposibilidad de una teoría general de la ciudad de naturaleza
científico-categorial (como pudiera serlo la teoría sistémica de las ciudades).
Las pretensiones de una teoría de esta índole serían acríticas. El motivo
principal no es otro sino la imposibilidad de cerrar el campo de los fenómenos
urbanísticos, como si ellos constituyesen una estructura inteligible por sí
misma. Es imposible establecer tesis generales sobre los fenómenos urbanos, con
independencia de premisas relativas a la teoría del Estado, a las concepciones
sobre la misma evolución histórica de la humanidad, a partir de un estadio
natural (precisamente el “hombre” se contrapone al “ciudadano”, en la Declaración
universal de derechos; la misma idea de “civilización” tiene que ver con
la civitas, en cuanto se opone a la selva y a la
vida salvaje). La ciudad, por tanto, es una idea cruzada, consciente e
inconscientemente, por otras muchas Ideas tan genéricas como oscuras, al margen
de las cuales la propia idea de ciudad no podría mantenerse. No es posible en
resolución una teoría general de la ciudad que pretenda mantenerse neutral ante
las cuestiones que giran en tomo a ideas semejantes a las que hemos mencionado.
Pero el compromiso con ellas obliga a reconocer la naturaleza filosófica de una
teoría general de la ciudad.
2
No
siempre, sin embargo, la perspectiva filosófica resulta ser la más adecuada
para dar lugar a una teoría general de la ciudad y ello debido a que, con
frecuencia, la ciudad es considerada por los filósofos clásicos como mera
determinación de otras ideas o estructuras en las cuales se absorbe. Tal sería
el caso del Estado, sobre todo en la época de la polis antigua,
del estado-ciudad. Además, es posible identificar una tradición filosófica, que
algunos consideran “humanística” y que basa su sabiduría precisamente en la
consideración de los fenómenos urbanos como meros “accidentes”, incluso
apariencias (¿superestructuras?) a través de los cuales se oculta la verdadera
naturaleza humana. Es la tradición de los cínicos, pero también la de los
epicúreos, en su repliegue hacia el campo, hacia el huerto (el “jardín”
epicúreo es kepos, no paradeisos) y, en otro
sentido, la de los neoplatónicos que, en parte, se continuará en una caudalosa
corriente cristiana (Plotino, II, 2, 9: “los asesinatos, las matanzas, el asalto
y saqueo de las ciudades..., todo ello debemos considerarlo con los mismos ojos
con que en el teatro vienen los cambios de escena, las mudanzas de los
personajes, los llantos y los gritos de los actores”). No deja de ser
asombroso, si tenemos en cuenta que la filosofía es un fenómeno urbano (Mileto,
Éfeso, Atenas), la constatación de que, sin embargo, el fenómeno urbano como
tal (es decir, incluyendo sus componentes tectónicos, geopolíticos, y, por
supuesto, políticos) no haya merecido la consideración formal y directa de la
inmensa mayoría de los filósofos antiguos o modernos. Es sorprendente, en
efecto, que Aristóteles o Plotino, Descartes o Leibniz, Kant o Hegel, que han
vivido en ciudades, hayan abstraído el fenómeno urbano como tal, para interesarse
más bien por otras cosas que tendrán, sin duda, a la ciudad como mero escenario
o instrumento, tales como la sociedad civil, la sociedad política o la Iglesia.
Son teólogos (como Eiximenis) o utopistas (como Campanella), que en modo alguno
cabría clasificar como filósofos, quienes se han ocupado del fenómeno urbano.
Por ello, resulta tanto más interesante precisar quiénes son, entre los
pensadores convencionalmente considerados como “grandes”, aquellos que han
tenido la necesidad de considerar al fenómeno urbano como una “pieza formal” de
su sistema conceptual (independientemente de la longitud de sus escritos sobre
la ciudad). Entre estos grandes pensadores habría que citar a Platón, al Bacon
de la Nueva Atlántida y a Marx.
Pero el
fenómeno urbano transciende los límites de las grandes épocas históricas en que
acostumbramos a dividir la historia del hombre y, en su desarrollo, el fenómeno
urbano no es una característica de la ciudad antigua o de la época medieval. En
términos marxistas: el fenómeno urbano atraviesa diversos modos de producción,
y hay ciudades en el esclavismo, como sigue habiendo ciudades en el modo de
producción feudal, y las hay en el modo de producción capitalista. En términos
de Spengler: hay ciudades en la cultura clásica, pero también las hay en la
cultura mágica, en la cultura fáustica o en la cultura maya. En términos de
Toynbee: hay ciudades en la sociedad minoica, en la sociedad siriaca, en la
sociedad helénica o en la islámica. Esta observación demostraría, por sí misma,
que la fenomenología de la ciudad es tan heterogénea y diversa, como diversos
son los modos de producción, o las diferentes culturas y sociedades. Por
consiguiente, que la tarea de una teoría general, orientada a establecer una idea
esencial que tenga en cuenta estos fenómenos, así como sus implicaciones,
desborda cualquier tratamiento categorial de carácter científico (lo que no
significa, por supuesto, que una teoría general filosófica de la ciudad pueda
llevarse a efecto con independencia de las investigaciones de geógrafos,
historiadores, urbanistas, &c.).
3
Entendemos
la teoría general de la ciudad como una teoría sobre la esencia de
la ciudad, una esencia capaz de dar cuenta de la diversidad de hechos
contrapuestos, constitutivos del fenómeno urbano (los hechos tectónicos y
los hechos demográficos o pragmáticos), de
explicar las apariencias urbanas y sus degeneraciones, desde las “ciudades de
Potemkin” hasta las “ciudades dormitorios” o las “ciudades universitarias”, que
no son propiamente ciudades más que en apariencia (una apariencia, en estas
últimas, que se intenta reforzar por la adscripción de un “campus” ad
hoc y latinizado). Cuando hablamos de la esencia de la ciudad como
una realidad viviente, no queremos significar que estamos ante una estructura
inmutable, fija, en cuyo marco podamos ir exponiendo los cambios fenoménicos y
comparativamente accidentales. Lo que queremos significar con el concepto
dialéctico de esencia es precisamente que la esencia es un
género, pero un género que se distribuye en especies distintas, que se
transforman las unas en las otras (como las especies de animales o como las
especies de las cónicas). Por tanto, que es la misma esencia de
la ciudad la que cambia, la que se despliega según fases internas a su propio
concepto. De ahí que el despliegue histórico de la ciudad sólo alcanzará un
significado teórico y dejará de ser una mera cuestión de erudición o de
curiosidad subjetiva, cuando pueda presentarse como la exposición fenoménica de
un desarrollo esencial. La tesis principal de esta ponencia, en el orden
metodológico, podría enunciarse así: es imposible una teoría general de la
ciudad que no se presente como teoría evolutiva de la misma, como teoría de su
principio, de su desarrollo y de su fin (de su fin interno, dialéctico).
En
realidad, por otra parte, la dialéctica del desarrollo urbano en su contexto
interno no es un proceso separable de la dialéctica del desarrollo en su
contexto exterior, puesto que es precisamente la exterioridad lo que determina
la propia materia o sustancia interior (la exterioridad de la ciudad es la
selva o, correlativamente, el “campo”). Utilizamos aquí una doctrina dialéctica
de la esencia, según la cual una esencia procesual, real o
ideal, está constituida por un núcleo, un curso de
desarrollo de este núcleo y un cuerpo de determinaciones,
también esenciales aunque no nucleares, que van adscribiéndose al núcleo a lo
largo de su desarrollo. El cuerpo de la ciudad, como el cuerpo
de cualquier esencia, no se deriva del núcleo, como si fuera una secreción
suya, sino que sólo puede entenderse a partir de aquello que no es la ciudad,
pero que la rodea “constituyéndola”. La dialéctica de la ciudad con su
exterioridad tiene en nuestro caso nombre propio: es la dialéctica de la ciudad
y el campo, siempre que el campo sea “leído” precisamente como
actor de esta dialéctica esencial. Decimos esto porque la oposición
ciudad/campo es una oposición que pertenece, sin duda, a nuestra tradición,
pero que se manifiesta sobre todo en el terreno de los fenómenos como una cuestión
empírica, ya sea en el plano estrictamente geográfico (la ciudad como isla en
el mar de la ruralidad; la ciudad como interrupción del continuo rural) ya sea
en el plano ético o moral (desde Marco Terencio Varrón –“en la historia del
género humano encontramos dos modos de vida, el de la ciudad y
el del campo”–, hasta el “menosprecio de corte” de Guevara). Una oposición
fenoménica que no sólo revela la esencia, sino que también la encubre o la
trivializa, puesto que, siendo la relación ciudad/campo una relación sinectiva,
en el plano de los fenómenos queda reducida a oposiciones del tipo
asfalto/vegetación; o bien, con pretensiones más profundas pero no menos
superficiales, a la oposición entre el estrés del “mundanal
ruido” y la calma de la “descansada vida”. La prueba de que la oposición
ciudad/campo desborda el plano de las oposiciones fenoménicas es su
coordinabilidad con otras oposiciones, en las cuales las diversas teorías
insertan a la ciudad; por ejemplo, la oposición ciudad (cultura)/naturaleza
(campo) o bien la oposición sistema (ciudad)/medio (entorno). La conceptuación
de la ciudad a través de la idea de cultura, frente al campo, equiparado a la
naturaleza, ha sido mantenida por O. Spengler (Decadencia de Occidente,
2.ª parte, cap. 2: “las grandes culturas son culturas urbanas”, “el aldeano se
hace planta”) y por Ortega y Gasset (Rebelión de las masas, XIV, 6: “el
hombre campesino es todavía un vegetal”; o bien, en El Espectador,
V, 2: “En la ciudad, la lluvia es repugnante, porque es una injustificada
invasión del cosmos, de la naturaleza primigenia en un recinto como el urbano,
hecho precisamente para alejar lo cósmico y primario”). La oposición
ciudad/campo como expresión de la oposición esencial sistema/medio, es de
linaje termodinámico y, en consecuencia, tiene la mayor importancia (aun cuando
arrastra el inconveniente de que obliga a transformar en “campo” no sólo
el ager sino también a las demás ciudades).
4
La tesis
nuclear de la teoría general de la ciudad que nos proponemos esbozar
podría llamarse “tesis del vórtice” o concepción del núcleo urbano como un
vórtice que, en un lugar del espacio antropológico (de su eje radial), se
constituye a partir de las corrientes humanas que, confluyendo en ese lugar,
alcanzan un punto crítico en su desarrollo, según determinaciones morfológicas
que habrá que especificar. Nos permitimos advertir que estamos operando con un
concepto, aunque por brevedad lo formulemos como una metáfora, una analogía.
Por supuesto, este “vórtice”, en tanto se constituye por un aporte masivo de
energía y un lugar dado desde su entorno, realizará las condiciones genuinas
previstas en la teoría de los lugares centrales de Christaller y Lösch. Pero
las perspectivas termodinámicas, aunque esenciales desde luego, son genéricas,
y la teoría del vórtice, como teoría general de la ciudad, debe ser
morfológica, específica. En cualquier caso, el concepto de núcleo esencial de
la ciudad comporta el momento de la confluencia incesante de corrientes que
proceden de fuera (y no in illo tempore, en el origen, sino
también ahora y siempre) y se cruzan en la ciudad, y el momento de segregación
de fragmentos que esas corrientes originan en su confluencia. La razón por la
cual aquellos fragmentos se segregan de la corriente
respectiva no es tanto que se separen espontáneamente de ella, sino que los
fragmentos aún no segregados se componen con otras corrientes (con sus
fragmentos virtuales propios) en el vórtice o torbellino urbano. La segregación
no es, pues, una separación; ni, menos aún, una secesión (para utilizar el
término de la teoría hiperidealista de Ortega, según la cual la ciudad se forma
“para dialogar en la plaza”, una teoría que no tendría más alcance que el
propio de un concepto fenoménico). Las corrientes, de cuya confluencia se
origina el vórtice urbano, suponen, desde luego, una “masa líquida” y no
amorfa; por tanto, organizada en “corrientes”. En nuestro caso, se trata de la
población preurbana, definida en un determinado territorio en el cual están
dadas también “corrientes” que pueden llegar a alcanzar en un lugar dado un
volumen crítico. El impulso necesario para este volumen crítico, en tanto éste
se ha producido en diversos lugares de la Tierra de un modo independiente, sólo
puede explicarse por una causa “universal”, como pueda serlo el incremento de
la población. De esta forma, la “presión demográfica” puede tomarse como razón
suficiente para la formación del volumen crítico generador del vórtice urbano.
Platón acertó ya con esta razón, que estaría en la base de la constitución de
las ciudades. (De todas formas, el impulso del origen, ha de darse también en
el desarrollo: la “explosión demográfica” es inseparable de la “explosión
urbana”). En el libro III de Las Leyes, Platón nos describe el
“estado primitivo” –que en realidad resulta de una degeneración o corrupción de
una civilización previa– como un estado salvaje en el que las familias,
dispersas aquí y allá, se rigen por la “autoridad del más anciano”. Estas
familias, al hacerse con el tiempo más numerosas (Platón está
aludiendo al incremento continuo de la tasa de crecimiento, a la “presión
demográfica” que atribuimos ya a las bandas paleolíticas de cazadores,
distribuidos acaso en la época del inicio de la agricultura, según una densidad
de 0,4 personas/km²) se reúnen y se entregan a la agricultura, cultivando
primero las laderas de los montes y plantando setos de espinos que sirvan de
abrigo contra los animales feroces. (Cohen: “el grupo también podría verse
obligado a reaccionar al crecimiento demográfico empezando a almacenar
productos silvestres en las temporadas en que escasea. Si, al continuar el
crecimiento demográfico, pasa a depender mucho, gradualmente, de los alimentos
almacenados cosechados en una o algunas estaciones del año, es posible que de
hecho se vea obligado a asentarse en las cercanías de sus puntos de
almacenamiento”, La crisis alimentaria de la Prehistoria, trad.
esp., pág. 70). Sin embargo, es preciso añadir que el almacenamiento implica el
desarrollo de la sociedad hacia el estado de un nivel tecnológico relativamente
avanzado cuando “almacenamiento” dice, por ejemplo, preparación del salmón
superabundante en unas épocas para guardarlo en épocas en las que no se puede
recoger), que difícilmente puede atribuirse a una simple banda de cazadores
recolectores. Y, en todo caso, parece evidente que no cabe identificar el
estado nómada con el estado de las bandas de cazadores-recolectores, puesto que
hay “excepciones” (que suelen ligarse a la prodigalidad del “hábitat” en
productos almacenables), como las de la costa sudeste del Pacífico, o las de
Siberia, áreas en donde pueblos preagrícolas forman sociedades tribales
jerarquizadas, jefaturas hereditarias, con aldeas, &c. (Alain
Testart: Les Chasseurs-cueilleurs ou l'origine des inégalités, París
1982). La presión demográfica preurbana (evaluada a veces en ocho millones de
hombres, para el octavo milenio), es una presión que hay que suponer dirigida
no solamente contra el medio natural (presión radial) sino contra los otros
grupos humanos (presión circular) y, por supuesto, contra los animales (presión
angular). Esto explica la generación de esas corrientes de referencia hacia
lugares de confluencia de diversas “familias primitivas”, en terminología de
Platón, que habrán tenido que confrontar sus autoridades familiares (tribales)
y sus costumbres, y habrán tenido que preferir unas a otras para poder vivir en
común (es decir, habrán tenido que formular normas y leyes aún no escritas). Para
nuestro razonamiento ulterior, nos referiremos a un modelo concreto que
representa un área del orden de 1.000 km² (un rectángulo de 50 km. de longitud
por 20 de anchura) en la cual está asentada una población socialmente
organizada en tres tribus: A, B, C (según densidades medias que se detallan).
La distribución preurbana del área de referencia tiene una probabilidad 0 de
ser homogénea. El “hábitat” es heterogéneo (en pastos, ríos, bosque, caza...) y
la probabilidad mayor, dentro de los límites del equilibrio global, estará del
lado de una diferenciación y privilegio natural entre los diferentes
“fragmentos”, grupos o familias distintos en cada tribu. La comunidad, en todo
caso, implica antes que igualdad, “fraternidad”. En
cualquier caso, supondremos que las relaciones “circulares” implican la
absorción de los individuos en la red tribal. Gordon Childe suele ser citado
como autoridad de la tesis de la ecuación entre el Estado y la Ciudad, aunque
él reconoce que “en todo caso, debe haberse abierto un camino hacia el poder
real, antes de que se iniciara la vida urbana”. La revolución urbana, que sería
la segunda gran revolución subsiguiente a la revolución agrícola, coincidiría
prácticamente con la constitución del Estado. Según esto, la sociedad preurbana
(el sistema de las tres tribus A, B y C, de nuestro modelo) sería
simultáneamente un modelo de sociedad preestatal. La aparición de la ciudad
coincidiría con la aparición del Estado y, prácticamente, no sería posible
diferenciar un proceso de otro. Sin embargo, no parece que la ecuación de
Childe pueda tomarse como axiomática, sobre todo en definición. De hecho, se va
abriendo paso en los últimos años la tesis sobre la proximidad teórica de
estados preurbanos, así como el de su realidad antropológica (se cita el estado
cherokee). Según esto, y refiriéndonos a nuestro modelo morfológico, las tribus
A, B, C podrán evolucionar hacia la constitución de un estado que no comporte
exactamente la aparición de la ciudad. Caben muchas alternativas. Por nuestra
parte, desarrollamos nuestro modelo en una dirección que, una vez liberados de
la ecuación de Childe, nos parece posible; a saber: la dirección según la cual
la sociedad preurbana evoluciona hacia la constitución de la ciudad, como
estructura nueva, pero que incluso no implica, al menos de modo inmediato, la
constitución del estado. La importancia teórica de esta posibilidad, es decir,
la posibilidad de una ciudad preestatal ha de medirse teniendo en cuenta las
conexiones que la ciudad ha de mantener con la idea de una sociedad civil
(ciudadana, no tribal), una sociedad que, sin ser comunitaria, sin embargo no
se confunde con el Estado como sociedad política.
El modelo
morfológico de transformación de la sociedad preurbana en el núcleo de la
ciudad, se basa en el desarrollo de una de las eventualidades contenidas en
nuestro modelo, a saber: que la heterogeneidad de la distribución presupuesta
arroje una mayor concentración de riqueza elaborada (lo que supone corrientes
comerciales definidas) y, correspondientemente, una mayor población en lugares
próximos y privilegiados, ocupados por fracciones de A, B, C, por ejemplo, a
consecuencia del río que serpentea por dichos lugares. Esta hipótesis
permitiría regresar hacia una previa diferenciación dada en el ámbito de cada
tribu, y, con estas premisas, el simple aumento del volumen global hacia su
límite crítico permitirá comprender la afluencia de relaciones “transversales”
(que configuran el rectángulo interior) entre los fragmentos privilegiados de
las diferentes tribus vecinas entre sí. La novedad consiste en que comenzarán a
prevalecer los intereses derivados de la vecindad sobre los intereses
familiares que, por supuesto, no quedan abolidos. Pero las “familias” que
ocupan los terrenos privilegiados encuentran en la vecindad de las familias
“privilegiadas” de las otras tribus no solamente mercados efectivos, sino
también posibilidad de una asociación nueva frente a las otras fracciones menos
privilegiadas (eventualmente más) de sus tribus respectivas, a efectos de la
inserción de los terrenos vecinos en un único recinto común (lo que equivaldrá,
en muchos puntos, a una apropiación). En cualquier caso, las normas nuevas
prevalecerán sobre las tradicionales o entrarán en conflicto con ellas, y el
hermano que se atreva a saltar los límites artificiales del nuevo recinto será,
como Remo, merecedor de la muerte. El mito de Rómulo, como el mito de Caín,
sugiere que el proceso de segregación de las tribus, que conduce a la formación
de la ciudad, desgarra de algún modo el tejido familiar y comporta tanta
violencia y sangre como diálogos y negociaciones pacíficas y armoniosas. Es
interesante subrayar la posibilidad de considerar, como una consecuencia de la
reorganización de estas fracciones en el nuevo recinto urbano, el
desdibujamiento de las propias lindes territoriales que las tribus mantenían en
sus zonas extremales, puesto que precisamente las fracciones congregadas en la
nueva ciudad miran ya a otro lado. El proceso de “concentración” en la ciudad
no equivale, ya desde el principio, a un repliegue defensivo a la fortaleza,
porque precisamente está determinado a partir de las corrientes que proceden de
fuera, no ya del recinto, sino incluso del área tribal (en términos, en
principio, ilimitados). Queremos subrayar que la idea del núcleo de la ciudad,
en el sentido teórico en el que estamos hablando, no solamente ha de tener
aplicación en las situaciones originarias, en el proceso de formación de las
ciudades primigenias, sino también en el curso avanzado de su proceso de
desarrollo. Por decirlo así, la teoría del núcleo-vórtice se aplica no
solamente a la ciudad neolítica, sino también a una ciudad moderna, aunque a
otra escala: Madrid, cuyo emplazamiento fue escogido por su posición como
centro peninsular (equidistante de las corrientes comerciales que pasaban por
Santander y Sevilla) es un ejemplo de gran ciudad moderna, que sólo se explica
a partir de los flujos mundiales de hombres y mercancías que confluían y
difluían en España tras el descubrimiento de América.
5
La fase
primera de la ciudad es, de acuerdo con estas premisas, la fase de la ciudad
absoluta; es decir, de la ciudad en tanto que se considera desligada
de sus relaciones a otras ciudades. Tanto su pragmática como
su tectónica podrán, en gran medida, ser deducidas del mismo
principio general: la organización de los ciudadanos en cuanto son vecinos (sea
individualmente; sea, sobre todo, como miembros de familias, pero no de tribus)
implicará un conflicto entre la estructura de las estirpes o gentes y las nuevas
relaciones, conflicto del que saldrán figuras nuevas, particularmente figuras
que tienen que ver con el concepto de persona. La tectónica
comportará, desde luego, una reorganización del nuevo territorio. En este,
están confluyendo habitaciones, huertos, chozas o establos, que pertenecen a
constelaciones previamente dadas. Acomodar las nuevas habitaciones o las casas
(para propietarios, siervos y ganado), alinearlos según direcciones nuevas y
erigir o adoptar los lugares de asamblea, de almacenamiento, el mercado y el
templo; estos son trabajos en los que se resuelve el proceso de cristalización.
La propia construcción de la ciudad, durante un lapso de tiempo dilatado, la
canalización de sus aguas (pero no sólo esto, al modo de Wittfogel) generará
nuevas corrientes humanas en el entorno, el tráfico regular de quienes acuden a
trabajar o son obligados a ello. A todos hay que alimentar y organizar.
6
La
segunda fase de la ciudad es la ciudad enclasada, definida porque
la condición de ciudad absoluta se habría perdido en el momento en que aparece
la situación de copresencia con otras ciudades, y en tanto que esta copresencia
no puede hacerse equivalente, en principio, a una ciudad más grande. La ciudad
enclasada es el tipo de ciudad que Tómas Moro habría elegido como modelo para
su “Utopía”. Podría según esto, decirse que T. Moro erigió en prototipo de toda
la ciudad a una ciudad de la segunda fase, así como Campanella habría erigido
en prototipo de La ciudad del sol a una ciudad absoluta.
Utopía, aunque es una isla, no se reduce a una sola ciudad, porque contiene
cincuenta y cuatro ciudades independientes, si bien pacíficamente copresentes
en torno a la capitalidad de Amaurota. ¿En dónde reside, desde el punto de
vista de nuestra teoría general, el carácter utópico de la isla de Tomás Moro?
Principalmente en la connotación “armónica” de la copresencia de las 54
ciudades, puesto que estas ciudades no se consideran como ciudades de un estado
común (la capitalidad de Amaurota es meramente simbólica).
El
principal efecto que podemos atribuir a la situación de copresencia de ciudades
es el desarrollo, en cada una de ellas, de las formas políticas y tectónicas
que tienen que ver con la estructura del Estado, más o menos incipiente en la
ciudad absoluta. La ciudad enclasada es la ciudad-estado en su forma más
típica. En esta ciudad hay que reconocer ya la existencia consolidada de una
diferenciación de clases o de estratos nueva y que no podría darse en la
sociedad preurbana; una diferenciación que se reflejará topológicamente de
formas diversas (la población artesana o sierva se fijará en los arrabales, las
familias dominantes ocuparán el centro). La diferenciación entre los ciudadanos
y esclavos o plebeyos comenzará a tener un significado nuevo y la oposición
entre ciudadanos y rústicos se cruzará con
las otras. Establecida esta diferenciación resultará ser puramente ideológico
hablar de la distinción hombre de ciudad/hombre de campo, como si fuera la
distinción fundamental. En cualquier caso, la intersección entre la ciudad y el
estado será cada vez más fuerte. Cabría trazar este paralelo: así como existen
tribus sin agricultura (cuando las condiciones ecológicas permiten esta forma
superior de organización política), así también hay estados sin ciudad; pero,
así como el sistema tribal se generaliza por la agricultura, y recíprocamente,
así también las organizaciones estatales se generalizan a raíz de la
constitución de las ciudades, recíprocamente.
7
Hay que
insistir en la necesidad de tener presente las posibilidades de evolución
multilineal que abre la situación de la ciudad enclasada; entre estas
posibilidades hay que contar las federaciones de ciudades, ligas, anfictionías
o, simplemente, “archipiélagos” de facto, como consecuencia del
establecimiento de relaciones comerciales, deportivas o religiosas. El
verdadero giro, sólo se producirá cuando el archipiélago de ciudades enclasadas
se transforme en una ciudad superior de tal suerte, que esta unidad tenga
repercusiones en la estructura misma de cada ciudad. A partir de las premisas
constituidas por las ciudades en su segunda fase (en la que pueden darse ya
distribuciones en formas de sistemas jerarquizados, con determinadas formas de
equilibrio, medido acaso por la ley de Zipf), la dirección más probable que
puede señalarse a la evolución de la ciudad es aquella que se termina en la
construcción de la ciudad imperial (imperialista), a lo que se
llega obligadamente al extenderse una o varias ciudades a la tierra de nadie
que hay que suponer dada entre las ciudades enclasadas. Ahora, una ciudad
alcanzará la condición hegemónica de “centro de decisión” política, militar o
comercial de las demás ciudades del archipiélago, lo que implicará que las
restantes ciudades perderán su condición y forma de ciudad-estado, aún cuando
conserven, de manera residual y transformada, instituciones anteriores. La
ciudad imperial representa transformaciones importantes en el fenómeno urbano,
la más señalada de las cuales será el incremento inusitado del recinto urbano.
Es decir, los nuevos edificios públicos, en las calles convertidas en calzadas
(para unirlas con otras ciudades), la eliminación de las tierras de nadie, la
elevación de la población, la aparición de una plebe flotante de artesanos,
trabajadores y esclavos y la consolidación de aparatos policíacos (de la polis).
La fase de la ciudad imperial se alcanza, desde luego, por la violencia y por
la guerra. (La probabilidad de una subordinación pactada pacíficamente de
varias ciudades-estado, a otra designada como ciudad imperial, es prácticamente
igual a cero). La violencia, ligada al nombre de Alejandro, está a la base de
ciudades imperiales tales como Alejandría, que, aunque no fue fundada como
capital del imperio, se elevó a la condición de ciudad imperial a raíz de las
violentas acciones que siguieron a la muerte de Alejandro. El prototipo de
ciudad imperial es, de todas formas, Roma; que, además, ejerció explícitamente
su imperio como tal ciudad. Roma alcanzó su condición de ciudad imperial de
modo preferente mediante la acción militar contra otras ciudades,
principalmente contra la gran ciudad de su vecindad, a saber, la ciudad de
Cartago. La ciudad imperial por antonomasia, por su intención, pretendió ser
también el centro del mundo. De hecho, el campo de Roma estuvo
constituido por la gran franja de tierra que rodea el Mediterráneo, como si el
desarrollo de Roma hubiera estado “ortogenéticamente” presidido por la regla de
“no permitir que la ribera del otro lado del mar visible no fuese romana”.
Habrá, sin embargo, dos modos, ambos violentos, a partir de los cuales puede
constituirse la ciudad imperial. El primero es aquel que, partiendo de una
ciudad preexistente, nos conduce a su transformación en ciudad hegemónica, como
es el caso de Roma ya citado o, antes aún, el de las pequeñas ciudades
imperiales de Asia Menor, el imperio de Sargón, por ejemplo. El segundo modo es
aquel que partiendo de un Estado ya constituido (centrado o no sobre alguna
ciudad) procede fundando una ciudad o escogiendo una aldea para erigirla ex
professo, en ciudad imperial: es el caso de Persépolis, o el de
Constantinopla; y, en España, sería también el caso de Oviedo. Porque Oviedo
fue propiamente fundada como ciudad (lo que le antecedió inmediatamente fue un
simple poblado, con cenobio y fortaleza, a raíz de Fromestano y Fruela) por
Alfonso II, en el momento de fijar el centro del nuevo Estado precisamente en
un lugar equidistante de los extensos campos y numerosas ciudades conquistadas
por sus antecesores y por él mismo, y con vistas a extender su imperio (podría
decirse que Alfonso II “inventó Santiago, y con él a la Galicia histórica”).
Estos casos nos ilustran acerca de una particularidad digna de ser notada: que
mientras los organismos vivos sólo pueden alcanzar una fase dada de su
desarrollo después de atravesar las fases que la preceden, en cambio las
ciudades pueden “nacer” directamente en la forma propia de una fase superior.
Ningún embrión puede tener al nacer 20 años, pero podría decirse que una ciudad
que nace directamente en estado de ciudad imperial, de ciudad de la tercera
fase, nace con 5.000 años de antigüedad, en cuanto a su estructura.
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Los
principios de la teoría general con los cuales estamos operando (aún
manteniéndonos sólo en las líneas más generales y sin deducir las consecuencias
más particulares) tienen también potencia suficiente para construir el tránsito
de la ciudad imperialista a las fases posteriores. Se trata de volver a
recombinar los mismos elementos de partida. Refiriéndonos a la tradición
cultural occidental: todo aquello que es la no-ciudad, lo que vive al otro lado
del limes, los bárbaros, constituyen un fondo infinito que no
podía permanecer inalterado. Las corrientes que el vórtice romano generó en el
inmenso océano “salvaje” germánico o africano, no tardarían en mostrar su
caudalosa presencia. Tras los primeros remansos en el Danubio o en el Dniéper,
los bárbaros germanos, vándalos, alanos, hunos, junto con los árabes poco
después, caerán sobre la ciudad imperial y la destronarán. A partir de aquí, el
sistema jerárquico de ciudades (Roma o Constantinopla) se desarticulará.
Inmensos territorios serán agregados a los antiguos y las ciudades no
desaparecerán, pero quedarán insertadas en estados sucesores (incluyendo a
Bizancio) de carácter más dinástico, familiar o religioso que civil. La ciudad
nacional será la ciudad intercalada, como si fuese el nudo de la red,
en un tejido mucho más amplio, que tiene la estructura política de un Estado.
Pero de un Estado que ya no está ligado a una ciudad determinada, sin perjuicio
de los símbolos residuales. La ciudad nacional cobrará características muy
peculiares, derivadas de la nueva situación. Principalmente, subrayaríamos la
tendencia a “recluirse en sí misma”, a reproducir, aunque en otro orden, la
fase de la ciudad “archipiélago”. La ciudad nacional es una ciudad fuertemente
ruralizada (el templo gótico reproduce al bosque, a su luz celada) y envuelta,
por así decir, a un campo que llega hasta sus mismos arrabales. A pesar de las
diferencias dadas a lo largo de los siglos, podríamos tomar como prototipo de
ciudad nacional (la ciudad de un Estado, cuya corte es itinerante) la ciudad de
la catedral y el obispo, la ciudad de los artesanos y legistas, la ciudad de la
época paleotécnica, la ciudad con fachadas artísticas, con idiosincrasias muy
acusadas en cuanto a su trazado y ejecución. Es la ciudad de las diferencias,
la ciudad cuyas reliquias aún quedan en las “casas antiguas” de la ciudad
actual. Es la ciudad a la que vuelven los ojos los urbanistas “vernáculos” o
“humanistas”.
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La ciudad
en su formato de “ciudad nacional” continuará durante siglos. La evolución del
Estado y su fortalecimiento en la época moderna se corresponderá con su
fijación de nuevo en grandes ciudades, que se tomarán como capitales
permanentes. Es decisivo, en este proceso, el descubrimiento de América. A
partir de aquí, las ciudades nacionales, con situación privilegiada, podrán
evolucionar hacia el estado de ciudades cosmopolitas, sin
necesidad de asumir la forma de ciudad imperial, aunque sí favorecidas y remodeladas
por el Estado al cual pertenecen. Lo característico es que las ciudades, por
vía industrial o comercial, se desarrollan de un modo muy rápido, al margen de
los procedimientos clásicos de la subordinación política. La ciudad cosmopolita
es el resultado de la revolución industrial. Londres, en 1800, ronda ya el
millón de habitantes (frente a los 80.000 del siglo XVI). Cada ciudad
cosmopolita acogerá a centenares de miles de habitantes que no sólo son
producto de su población interna, porque el incremento demográfico acelerado de
la población global (800 millones en 1750, 1.200 millones en 1850, 2.500 en
1950) va acompañado de corrientes de inmigración en torbellino hacia el vórtice
de las ciudades industriales y cosmopolitas. Las grandes ciudades cosmopolitas
–que mantienen contactos directos internacionales con otras ciudades– ejercen a
su vez un influjo creciente sobre las ciudades nacionales. Después de la
Segunda Guerra Mundial, como consecuencia del desarrollo de los medios de
transporte (avión y automóvil por autopistas de largo recorrido, aquellas de
las que habla L. Mumford en La carretera y la ciudad), y, sobre
todo, de los medios de comunicación (TV, principalmente) puede decirse que la
ciudad cosmopolita constituye una red interconectada que cubre toda la Tierra
por encima de las todavía inmensas superficies que permanecen en estado
prehistórico, y sin olvidar que la ciudad cosmopolita se convierte a la vez,
necesariamente, en lugar de hacinamiento y sordidez, de miseria y degradación
en un grado tal que no podría haber sido conocido en las fases anteriores.
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Acaso
sólo existen dos posibilidades extremas para representarse el futuro del
fenómeno urbano desde su forma cosmopolita actual, si descontamos como muy
improbable el estado estacionario de las formas del presente o la regresión o
vuelta hacia otras, predicada por algunos ecologistas (dado que la historia
parece irreversible y su “termodinámica” es más la termodinámica de los
procesos irreversibles que la de los procesos de equilibrio considerados por la
Teoría de Sistemas aplicada a los fenómenos urbanos):
A) La
primera posibilidad está inspirada seguramente por la trayectoria de los
organismos y puede considerarse como una metáfora biológica. La ciudad irá
creciendo de modo ineluctable y, al mismo tiempo, envejeciendo. El crecimiento
de la ciudad determinará fatalmente una corrupción interna, un desorden, caos o
aumento de entropía que llevarán a las ciudades a su descomposición. Por lo
demás, este límite ha sido previsto por pensadores antiguos. No sólo Platón,
sino también Ibn Jaldún ha enseñado esta doctrina dialéctica sobre el final de
la vida ciudadana. Añaden, es verdad, la hipótesis del ciclo, pero esta
hipótesis es gratuita. Los ejemplos que propone Spengler, por su parte, son
tramposos, ya que las ciudades mayas no fueron abandonadas porque hubiera
acabado el ciclo de su cultura (que continuó en el Yucatán, &c.). Es
interesante recordar que Platón considera que el proceso de corrupción de la
ciudad comienza por la música. “[Los nuevos compositores] se dieron al furor
báquico... Llegaron inconscientemente, por su misma insensatez a calumniar a la
música, diciendo que en ésta no cabía rectitud de ninguna clase, y que el mejor
juicio estaba en el placer que se gozaba con ella, fuera el mejor o peor... Y
si hubiese sido sólo en la música donde se hubiese producido una cierta
democracia de hombres libres, no hubiese sido el hecho tan terrible; pero lo
cierto es que a partir de ella empezó para nosotros la opinión de que todo el
mundo lo sabía todo...” (Las Leyes, libro III, 700d-701a).
B) La
segunda posibilidad, por lo que al futuro de la ciudad se refiere, es la que
pone su límite final, aunque muy lejano todavía, no ya en la destrucción de la
ciudad, por corrupción, sino por anegación en su propio crecimiento, de acuerdo
con la ley de incremento que ha presidido desde su origen el desarrollo en
todas sus fases. Este proceso conduciría, dada la finitud del planeta, a una
ciudad única, a una ciudad ubicua que, contrariamente a la Utopía,
habría que llamar Pantopía. En el límite, tendremos la ciudad única
y continua, en la que se producirá la ecuación plena entre el Hombre y el
Ciudadano (al final de nuestro siglo la ecuación valdrá para el 60% de la
población mundial) y mediante la cual el campo se habrá transformado en parque
o en un conjunto de huertos interiores rodeados por el fenómeno urbano de la
cosmópolis: sin duda este límite es imposible de alcanzar desde un punto de
vista plástico: El tapizado urbanístico del planeta avanza en la forma de
manchas irregulares, pero comparativamente minúsculas en relación a las zonas
no urbanizadas. Sin embargo, a efectos funcionales, la urbanización pantópica es
una situación que prácticamente estamos a punto de alcanzar. Pero ella
supondría, desde luego, el fin de la ciudad.


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