© Libro N° 11154.
Introducción Del Concepto De Categoría Noemática En
La Teoría De La Ciencia Psicológica. Bueno,
Gustavo. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
Introducción Del Concepto De Categoría Noemática En La Teoría De La Ciencia
Psicológica. Gustavo Bueno
Versión Original: © Introducción Del Concepto De Categoría
Noemática En La Teoría De La Ciencia Psicológica. Gustavo Bueno
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INTRODUCCIÓN DEL CONCEPTO
DE CATEGORÍA NOEMÁTICA EN LA TEORÍA DE LA CIENCIA PSICOLÓGICA
Gustavo Bueno
Introducción
Del Concepto De Categoría Noemática En La Teoría De La Ciencia Psicológica
Gustavo
Bueno
Conferencia
pronunciada en la Sesión científica del 6 de mayo de 1955
en el Departamento de Filosofía e Historia de la Ciencia del
Consejo Superior de Investigaciones Científicas
sumario
Introducción.
1. Tesis.
2. Opiniones opuestas.
3. Propósito.
4. Plan.
Capítulo
primero. Objeto y unidad de la Ciencia Psicológica.
5. Significación del exclusivismo de las Escuelas Psicológicas.
6. La estructura biopsíquica, como objeto de la Psicología.
Capítulo
segundo. Categorías supremas de la Ciencia Psicológica.
7. Deducción de las tres categorías psicológicas.
8. Propiedad esencial de las categorías psicológicas.
9. Usos límites de las categorías psicológicas originarias.
10. Fundamento ontológico de la Psicología Noemática.
11. Análisis del proceso de intuición psiconoemática.
12. Tipos de categorías psiconoemáticas.
Capítulo
tercero. Conceptos psicológicos que deben reducirse a las categorías
noemáticas.
13. Interpretación noemática de conocimientos psicológicos precientíficos.
14. Función de las categorías noemáticas en la Ciencia Psicológica.
Conclusión.
Voy a
hablar de la Teoría de la ciencia psicológica, aunque no soy psicólogo
profesional. Esto constituye, hasta cierto punto, una petulancia, pero tan
frecuente que su gravedad parece que disminuye. Además, otro tanto ocurre con
la Filosofía de las Matemáticas, que suele ser cultivada por personas que no
son matemáticos profesionales, y con los lingüistas que conociendo la Teoría de
las lenguas apenas dominan otro idioma distinto que el vernáculo, y con los
pedagogos, que enseñan admirablemente a enseñar las ciencias que ellos mismos
desconocen. Nadie puede escandalizarse, por lo tanto, de que sin ser psicólogo
de oficio me proponga dogmatizar durante una hora sobre la Teoría de la ciencia
psicológica
Introducción
§ 1
Presupongo
la distinción entre el sujeto y el objeto, pero no
como una distinción metafísica (al modo de Descartes, cuando
opone la res cogitans y la res extensa), sino como
una distinción positiva, según la cual el sujeto es más bien
el «yo corpóreo» y el objeto es el «mundo» (en su más amplio sentido). Para
acatar fielmente el dato fenomenológico, acaso fuera mejor imaginar una
corriente única orientada simultáneamente según dos vectores opuestos: el
primero, tiende a resolverse en el sujeto; el segundo, en el objeto.
Es
legítimo, ciertamente, intentar la superación de la distinción entre el sujeto
y el objeto, buscando un punto de vista que transcienda estos extremos polares
(lo que fue ambición principalísima del idealismo alemán). Pero, aun cuando
esta ambición fuese satisfecha con éxito, nadie podrá negar que la distinción
entre el sujeto y el objeto aparece inequívocamente a un determinado nivel de
la vida espiritual, precisamente aquel en el que se encuentra situada la
persona cuando trata de conocer científicamente. En consecuencia, parece, no
sólo legítimo, sino necesario, tomar consciencia de los supuestos sobre los que
se edifican las ciencias –y entre estos supuestos hay que poner a la distinción
entre sujeto y objeto–, aun cuando nos reservemos el derecho de intentar la
superación dialéctica de esos mismos supuestos, que han sido para nosotros
punto de partida.
Reconocida,
pues, la distinción positiva entre el sujeto y el objeto, puedo describir la
finalidad de este trabajo diciendo: que, en él, me propongo demostrar que
los objetos reales –por ejemplo, una sinfonía, un árbol, una
catedral– son, hasta cierto punto, fenómenos psíquicos, y tienen, en
consecuencia, por sí mismos, directamente (y no «a través del
sujeto», sino más bien, el sujeto «a través de ellos») interés psicológico.
Interés tan singular que obliga a instituir una categoría especial que lo
recoja: llamo a esta categoría «categoría noemática».
§ 2
Que los
objetos, de algún modo, interesan al psicólogo es algo evidente de suyo.
Generalmente, se define la Psicología como la ciencia del sujeto, o de la
conducta del sujeto; pero, salvo muy pocos casos de solipsistas e
introspeccionistas exagerados, todos saben muy bien que sin la consideración
del mundo objetivo muy poco podríamos saber acerca de la vida psíquica. A este
respecto, es clásico el texto de Santo Tomás que sigue:
«Et ideo
oportet, quod in cognitionem animae procedamus ab his quae sunt magis
extrinseca, a quibus abstrahuntur species intelligibiles, per quas intellectus
intelligit seipsum; ut scilicet per obiecta cognoscamus actus, et per
actus potentias, et per potentias essentiam animae» (De anima, libro
2, lectio 6, n. 10).
Según
esto, los objetos tienen un interés psicológico indirecto, en la medida en que
nos ayudan a iluminar las facultades anímicas. He aquí cómo expone el P.
Barbado esta cuestión:
«También
son objeto indirecto de la Psicología experimental las manifestaciones del
psiquismo en las obras de arte, en las científicas, industriales, etcétera, las
cuales, por ser producto de las facultades anímicas, llevan su sello y reflejan
su actividad» (Estudios de Psicología experimental, volumen I,
Madrid 1946, página 116).
Comoquiera
que, de algún modo, todos los objetos tienen relación con la vida psíquica,
puede afirmarse que la totalidad del mundo puede alcanzar un interés
psicológico, pero en tanto que nos encamine al conocimiento del sujeto. Así,
con Wundt, suelen decir algunos que «el contenido total de la experiencia, en
sus relaciones con el sujeto, y las determinaciones que en aquél provienen de
éste», es el ámbito formal de la ciencia psicológica.
Este
punto de vista, al que llamaremos psicosubjetivo, no sólo se
extiende a los datos recogidos por vía introspectiva: el behaviorismo, que
representa la más extremada reacción a la dirección introspeccionista, suele
ser formalizado también por medio de categorías psicosubjetivas. En su esquema
«estímulo-reacción», lo que constituye el campo propio de la Psicología es el
sistema de reacciones o respuestas, la conducta subjetiva. Aun
cuando el yo se elimine –reducido a la condición de un complejo de sensaciones
cinestésicas de la parte inferior del tronco–, aun cuando se elimine la
Psicología subjetiva en primera persona, no por ello se pierde necesariamente
el punto de vista psicosubjetivo. He aquí cómo se expresa el conductismo,
matizado estructuralistamente, por boca de K. Koffka:
«Aunque
la Psicología se ha erigido en ciencia de la conciencia, o del espíritu,
elegiremos la conducta como piedra de toque. Esto no significa que considere
las viejas definiciones como completamente erradas –sería muy extraño por
cierto que una ciencia se hubiese desarrollado apoyándose en presunciones
enteramente erradas–, sino que si comenzamos con la conducta es más fácil
hallar un lugar para la conciencia y el espíritu que encontrar un lugar para la
conducta si comenzamos con el espíritu o la conciencia» (Principios de
Psicología de la Forma, trad. esp. de Editorial Paidós, página 42).
Por
último, y en esta rápida revista de las diversas direcciones psicológicas,
conviene detenerse en la Psicología culturalista, por cuanto esta escuela ha
encarecido con especial preocupación –bajo el patrocinio de Dilthey– la
absoluta importancia del mundo objetivo para la configuración de la vida
psíquica, así como la imposibilidad de saber algo acerca de ésta sin la
consideración de aquél. Pero el estudio de la Psicología sigue definido como
una investigación del sujeto en el mundo. He aquí la diáfana exposición de este
punto de vista por boca de Spranger:
«La
Psicología es la ciencia del sujeto individual. Pero este sujeto individual no
puede, en modo alguno, ser desprendido de sus relaciones objetivas. Sujeto y
objeto sólo pueden ser pensados en su relación mutua. Cuando se acentúa el
aspecto objetivo, se trata de ciencia del espíritu... Pero cuando se acentúa el
aspecto subjetivo individual, se trata de Psicología» (Formas de vida, primera
parte, I).
§ 3
Frente a
estas concepciones acerca del ámbito en que se mueve la Psicología, la tesis
que defiendo es la siguiente: Que el objeto encierra
directamente, y por sí mismo, importantes contenidos psicológicos, y que, en
consecuencia, los objetos interesan directamente a la Psicología. En adelante,
y a fin de evitar confusiones terminológicas, emplearé el término «noema» en
lugar del término «objeto», para designar a esta región ontológica objetiva en
tanto que depositaria de valores psicológicos. A la Psicología, en cuanto
penetra en la vida psíquica a través de los contenidos noemáticos, la
llamaré Psicología noemática.
He de
advertir que con esto no pretendo fundar una nueva ciencia, sino únicamente
poner un nombre nuevo a un importantísimo conjunto de intuiciones
precientíficas y de conocimientos científicos ya conquistados. No pretendo
descubrir una nueva categoría psicológica, sino solamente descubrir que está ya
descubierta: elevar in actu sognato lo que, según pienso,
opera ya in actu exercitu en la mente de los psicólogos de
todos los tiempos. Por eso, el enunciado de este trabajo habla no de la
introducción de las categorías noemáticas en Psicología, sino de la
introducción del concepto de categoría noemática en la Teoría de la Ciencia
psicológica.
Ignoro si
mi propósito ha sido ya llevado a efecto por algún investigador. Aunque así
fuera, no por ello perderían interés nuestras reflexiones, en tanto se alzan
contra autorizadas opiniones, como las que he citado en el párrafo anterior, y
que siempre deben ser tenidas en cuenta.
Ciertamente,
según pienso, existen algunas doctrinas desde las cuales podría sacarse el
concepto de una Psicología noemática, como un simple corolario o consecuencia:
pero, de hecho, esta consecuencia no ha sido sacada. Por ejemplo, a partir de
los principios de la Escuela de Graz, podía sacarse acaso, como consecuencia,
que el objeto, por sí mismo, es un contenido psicológico, pues
las Gestalten son construcciones del sujeto. Asimismo, al
parecer, todo idealista debiera haber llegado a la conclusión de una Psicología
noemática (aunque esto no quiere decir que de la Psicología noemática se llega
al idealismo), pues, para el idealismo, los objetos son, de algún modo,
contenidos psíquicos, con lo que llegamos al psicologismo. Pero el psicologismo
considera a los objetos como hechos psíquicos en la medida en que son
«contenidos de conciencia», por tanto, a través de un sujeto. Al reducir el ser
al conocer, se reproduce en el ámbito de éste la distinción entre sujeto y
objeto y, por lo tanto, el idealismo se encuentra, en principio, en la misma
situación que el realista cuando concibe a la Psicología como ciencia del
sujeto.
§ 4
La
realidad de una Psicología noemática puede demostrarse de dos modos diferentes:
1.° Un
modo racional, apriorístico, que consiste en demostrar que los contenidos
noemáticos son por sí mismos, en cuanto noemáticos, partes formales –es decir,
no meramente partes materiales o condiciones existenciales– del objeto formal
de la Psicología.
2.° Un
modo empírico, consistente en llegar a tomar consciencia de que importantes
grupos de proposiciones reconocidamente psicológicas (en rigor, bastaría con
una sola proposición) son, de hecho, proposiciones que versan formalmente sobre
contenidos noemáticos.
Me
propongo ensayar los dos métodos, racional y empírico, en la demostración de la
realidad gnoseológica de la Psicología noemática.
Ahora
bien: el procedimiento racional presupone necesariamente una teoría sobre el
objeto de la Psicología. La exposición de esta teoría, como único fundamento
racional de la posibilidad de la Psicología noemática, ocupará la primera parte
de este trabajo. Aun orillando toda preocupación polémica (lo que redundará en
perjuicio de la aceptabilidad de la teoría), este primer capítulo no podrá
menos de ser relativamente extenso: en compensación, de él obtendremos
constructivamente las diferentes categorías supremas de la ciencia psicológica,
una de las cuales es la Psicología noemática. Esta construcción de las
categorías psicológicas (tres, en la doctrina aquí defendida) ocupa el segundo
capítulo de este trabajo. Con él quedará recorrido el camino racional o
deductivo. En el tercer capítulo, ensayaré la demostración empírica de la
realidad gnoseológica de la Psicología noemática, y con ello, se dará cima al
programa propuesto. Acaso no pueda decirse lo mismo de mis pretensiones.
Capítulo
primero
Objeto y unidad de la ciencia psicológica
§ 5
Siempre
que se intenta reflexionar sobre la esencia de la ciencia psicológica aparece
como dificultad previa, que entorpece nuestra mirada generalizadora, la gran
variedad de escuelas psicológicas. A las dificultades inherentes a toda
meditación sobre la esencia de una ciencia, se suman en nuestro caso las que
derivan de este hecho: que la Psicología no se cultiva de un modo unívoco, sino
polimorfo; que no parece legítimo hablar de «Psicología», sino de
«Psicologías». «¡Siniestra pluralidad!» –advierte Spearmann. Ella testimonia
hasta qué punto la ciencia que definimos está alejada todavía del estado de una
ciencia objetiva.
Sin
embargo, estimo que esta diversidad de escuelas psicológicas, deriva de la
misma esencia del saber psicológico y, por tanto, que lejos de significar un
estado inmaduro e incipiente, manifiesta la verdadera naturaleza que a la
ciencia psicológica le corresponde. La pluralidad de las escuelas psicológicas,
lejos de manifestar una fragmentación caótica de la Psicología, expresa la
riqueza de la misma, la superabundancia de posibilidades metodológicas que ella
encierra. Asociacionismo, estructuralismo, reflexología, fenomenología, no son,
en cuanto direcciones psicológicas, sino métodos de investigación del universo
psíquico, cada uno de los cuales tiene sus virtualidades y sus límites. El
problema de la unidad de la ciencia psicológica se nos presenta, entonces, como
una investigación de un concepto de universo psíquico capaz de dar razón de
todas y cada una de las escuelas psicológicas, así como de las relaciones entre
ellas.
En el
prólogo a la reciente traducción española del Manual de Psicología,
dirigido por D. Katz (Madrid, Morata, 1954), J. Germain refiere alguno de los
intentos de integración de las escuelas psicológicas. Cita J. Germain las
propuestas de D. Krech sobre la sustentación fisiológica como forma de
unificación de las teorías psicológicas de la motivación del aprendizaje y de
la percepción –es decir, esquemáticamente, la Psicología de las exigencias, la
Psicología behaviorista y la estructuralista; asimismo, J. Germain nos habla,
en su breve pero sustancioso prólogo, de los puntos de vista de R. W. White,
que prevé una unificación de la teoría de los trastornos de la conducta y de la
teoría del desarrollo natural; en fin, la opinión de W. D. Neff, que piensa en
la urgente necesidad de integrar en la Psicología muchos de los descubrimientos
de la Bioquímica–. En los párrafos que siguen me he atrevido a esbozar un punto
de vista que, además de constituir, según pienso, el verdadero objeto formal de
la Psicología positiva, alberga una poderosa capacidad integradora de las más
opuestas direcciones de la Psicología actual. Pero, antes de exponerlo, creo
conveniente proponer algunas reflexiones sobre el significado de la diversidad
y exclusivismo de las diferentes escuelas psicológicas.
No deja,
en efecto, de llamar poderosamente la atención el exclusivismo de las
direcciones psicológicas, que no tiene par en la consideración de los métodos
de las demás ciencias. No es satisfactorio imputar este exclusivismo al «fervor
de catecúmeno» propio de quien descubre un nuevo método científico. Este fervor
–que es un concepto meramente subjetivo– debe estar al servicio de alguna
legalidad objetiva gnoseológica, sólo desde la cual podremos comprender
seriamente este fenómeno que nos depara la Psicología de nuestros días. El
exclusivismo, característico de las diversas escuelas psicológicas, ha de
fundarse en la legalidad misma del objeto psíquico.
¿Cuál es
este objeto, en sí y en sus partes, y qué naturaleza singular ha de convenirle
para que cada una de sus categorías pueda pretender erigirse en luz exclusiva
del objeto total?
Cada una
de las escuelas psicológicas constituye, según hemos postulado, un método, es
decir, una luz específica para afrontar el universo psíquico. Por consiguiente,
el reiterado fenómeno que presentan las escuelas psicológicas, y que hemos
llamado exclusivismo, significa: que cada método psicológico tiende a absorber
a todos los demás, y esto sólo puede ser debido a esta otra característica:
cada método psicológico tiende a extenderse a la totalidad del universo
psíquico.
Todo
método psicológico nos introduce, teóricamente, en una cadena de fenómenos
psíquicos que sólo puede prolongarse y cultivarse con la luz emanada del método
correspondiente. Es claro que si partimos de los conceptos reflexológicos, por
mucho que compliquemos los mecanismos nerviosos y por muchos circuitos
reverberantes que interpongamos entre el estímulo y la reacción, jamás
podríamos alcanzar la noción introspectiva de «imagen» o de «sentimiento».
Puede decirse, por tanto, que el punto de vista reflexológico determina una
serie específica y «autónoma» de conceptos. Cuando W. Bechterev declara:
«Opinamos que la Psicología objetiva no debe ocuparse en ningún sentido de los
datos proporcionados por la introspección. Su finalidad es indagar y explicar
la actividad neuropsíquica del individuo como resultante de los procesos
materiales del cerebro, y solamente como tal. Por eso excluimos la observación
interna, tanto del estudio como de la experiencia, limitando nuestros recursos
al registro y control de los hechos objetivos. Nuestra ciencia debe continuar
siendo exclusivamente objetiva en todas sus partes» (La Psicología Objetiva, Introducción,
traducción española Paidós, 1953, página 15), no se limita a seguir una ruta
exclusivista movido por un «fervor de neófito»: lo que, en verdad, hace es
obedecer a la imperiosa legalidad de las conexiones «objetivas» que constituyen
un círculo máximo del cual no podemos salir «desde dentro». Esta legalidad
cerrada implica, al propio tiempo, la autonomía del punto de vista adoptado.
Pero si a
esta autonomía se le añade la posibilidad de poder extenderse a la totalidad de
los fenómenos psíquicos (aunque desde un cierto punto de vista), tendremos
explicado cabalmente el fenómeno de la exclusividad característico de las
escuelas psicológicas.
La
posibilidad teórica de que cada método psicológico se extienda a la totalidad
del universo psíquico, implica que cada uno de los contenidos psíquicos,
iluminados desde métodos determinados, pasan a ser subsumidos en la luz de cada
uno de los demás métodos. Esta conclusión está completamente de acuerdo con la
estructura del objeto psíquico, la cual puede describirse correctamente como
una estructura en la que cada parte está presente, de algún modo, en todas las
demás. Este tipo de estructura holótica –que en otro lugar he estudiado bajo el
nombre de estructura metafinita– ha sido reiteradamente postulado por la
Psicología moderna. En Dilthey se encuentran fórmulas muy claras en este
sentido. Spranger ha postulado esta estructura de un modo terminante: «La
hipótesis metódica que establecemos puede, pues, ser expresada de la siguiente
manera: en todo acto total que preste sentido están contenidas simultáneamente
todas las formas fundamentales de actos de la misma clase; en todo acto
espiritual actúa la totalidad del espíritu» (Formas de vida, primera
parte, cap. I).
El
exclusivismo de las escuelas psicológicas constituye, por tanto, una mera
consecuencia de su esencia, por cuanto, en principio, desde cada método podemos
recorrer la totalidad de la vida psíquica y, por lo tanto, no podemos pasar
desde cada método a los otros. Por esto, la integración de las escuelas en
el corpus de la ciencia psicológica no puede tener el sentido
de una coalescencia sincrética de los resultados obtenidos desde los diversos
métodos, sino que siempre debemos conservar la referencia del resultado al
método que lo produjo.
Una
ilustración muy clara de las consideraciones que preceden nos lo ofrece la
comparación de la Psicología Sexual de Freud y de la voluntarista de Adler. Un
mismo fenómeno –verbi gracia, la crisis histérica de una mujer casada– puede
explicarse causalmente y sexualmente por el método de Freud, y finalísticamente
y voluntarísticamente por el método de Adler. Los mismos fenómenos son una vez
iluminados en su encadenamiento total por el concepto de la libido sexual y
otra vez por el de la libido egoísta. ¿Cuál de los dos puntos de vista es el
verdadero? Los dos lo son simultáneamente: los dos nos manifiestan un mismo
instinto que, contemplado desde el individuo, aparece como voluntad de poderío;
contemplado desde la especie, aparece como instinto sexual. La síntesis de
estas dos teorías no debe operarse componiendo por agregación, un instinto al
lado del otro –como hace Jung–, de suerte que en unos casos actúe el instinto
sexual y en otros el instinto de poderío. Cada instinto está «totalmente»
presente en cada fenómeno.
El
exclusivismo de los métodos psicológicos se funda en la esencia metafinita del
objeto psíquico, y contiene en sí mismo, el principio de su coordinación con
los restantes métodos. Esto quedará aclarado en el capítulo segundo, § 6, al
hablar de la propiedad fundamental de las categorías psicológicas.
§ 6
¿Cuál es
este objeto de la Psicología, cuyas partes gozan de tal flexibilidad que cada
una de ellas tiende a englobar a todas las restantes? Hasta el momento hemos
obtenido una descripción formal del objeto psíquico, a saber: su estructura
metafinita. Pero evidentemente, esta descripción no es suficiente porque es,
por sí misma, muy genérica y no agota la esencia del objeto de la Psicología.
Esto mismo hay que decir de todos los intentos de caracterizar el objeto de la
Psicología –y, por lo tanto, la unidad entre las diversas escuelas
psicológicas– por categorías puramente formales. D. Lagache, el sucesor en la
Sorbona de Guillaume en su reciente e importante libro L’Unité de la
Psychologie (P.U.F. 1949, pág. 9), encuentra que el rasgo común a
todas las escuelas psicológicas, en medio de su diversidad, es el «principio de
totalidad»: el principio de totalidad tiende a convertirse en categoría de
cualquier escuela psicológica. Aunque esta observación es muy cierta, ¿acaso
basta para explicar la unidad de los diversos métodos psicológicos?
Evidentemente que si el behaviorismo y la escuela de Külpe, para referirnos a
dos prototipos opuestos, son llamados «escuelas psicológicas» ha de ser por
algo más que por la utilización del principio de totalidad o cualquier otro
principio formal. Estos criterios formales son necesarios, pero no son
suficientes. Sin embargo, la confusión entre lo necesario y lo suficiente
parece especialmente peligrosa para los psicólogos, que piensan proceder de un
modo más «limpio y elegante», con menos supuestos, utilizando criterios
formales, que recurriendo a criterios materiales. Ya en uno de los más
profundos teóricos de la Psicología conductista, Mac Dougall, aparece
claramente este afán por acogerse a criterios formales cuando de definir la
ciencia psicológica se trata. La Psicología investiga las actividades del
organismo, cuando éste procede como un todo; a diferencia de la Fisiología, que
estudia las partes del organismo analíticamente consideradas (Psicología, traducción
it., Milán, 1928, pág. 28).
El objeto
cuya investigación constituye la tarea de las diversas escuelas psicológicas ha
de venir expresado por medio de conceptos «materiales», es decir, no sólo
formales, por cuanto la Psicología es un conocimiento del mundo real –es una
ciencia natural– de una zona o región del Universo.
Ahora
bien: el concepto de este objeto no puede ser construido, sino
sólo abstraído a partir de los objetos efectivamente
estudiados en el corpus científico de la Psicología vigente.
De la consideración de los diversos objetos (a, b, c, ..., n) estudiados
por la Psicología, debemos abstraer una esencia común a todos
ellos, a la que consagraremos como objeto general de la Psicología. Pero
comoquiera que el intento principal de estas páginas es defender la realidad de
un determinado objeto (el noemático) dentro de la esfera psíquica, es natural
que este objeto deba quedar comprendido en nuestra esencia general, y esto
podría interpretarse por algunos como una grosera petición de principio, ya que
intentábamos demostrar la presencia de las categorías noemáticas en la esfera
psicológica, definiendo previamente, de un modo acaso arbitrario, esta esfera
de modo que en ella tengan cabida las categorías que intentamos introducir.
Para
evitar esta petición de principio, fundo la abstracción del concepto de la
esfera psíquica en objetos que, sin ser noemáticos, son indiscutiblemente
psicológicos: por ejemplo, la conducta de un animal o del hombre, o bien las
vivencias recogidas en la introspección. Como criterio para enumerar estos
objetos puede tomarse el estado actual de la Psicología científica. En ella son
objetos psíquicos, no sólo los actos dados en la conciencia o conducta humana
–como algunos sostienen (v. gr., Mercier, Gemelli, el mismo D. Katz: «Por ello
es natural definir a la Psicología como la parte de la Antropología que se
ocupa de la conducta humana», en Manual de Psicología, página
18)– sino también en la conducta animal, y no en tanto que ésta nos proporciona
ocasión para aclarar la conducta humana, sino en sí misma, como demuestra el
propio estado de la ciencia psicológica. Así, por ejemplo, la experiencia de
Shenger-Krestovnikova sobre el desarrollo experimental de una conducta
neurótica en perros, tiene interés psicológico sin necesidad de salirnos de la
esfera de estos animales, es decir, sin necesidad de subordinar este estudio al
de la conducta humana (aunque la subordinación exista desde el punto de vista
pragmático de la utilidad de la ciencia). Pero si la vida animal entra
directamente en la esfera psíquica, no sucede lo mismo con la vida vegetativa.
Para la tradición aristotélico las plantas eran, como es sabido, partes del
objeto de la Psicología; pero esta posición sólo puede mantenerse hoy siempre
que se entienda por Psicología, no el estudio de la psique, sino
el estudio de la vida en general. Pues las plantas no tienen psique, tanto si
nos situamos en el punto de vista conductista (en el que hay que oponerse a la
dirección que inauguró Loeb, en su obra Der heliotropismus der Tiere
und sein Übereinstimmung mit dem Heliotropismus der Pflanzen, Würzburg,
1890), como cuando adoptamos el punto de vista «introspeccionista» (y entonces
hay que oponerse a la dirección que inauguró G. T. Fechner, en su Nanna
oder über das Seelenleben der Pflanzen, Leipzig, 1848).
De hecho,
pues, la Psicología, como ciencia de la psique, trata del hombre y de los
animales, pero no de las plantas; es decir, estudia a los seres dotados de vida
psíquica.
Pero ¿qué
es la vida psíquica? ¿Qué es aquello en lo que coinciden el hombre y los
animales?
La
mayoría de los tratadistas coincide en definir la vida psíquica como vida
cognoscitiva. Pero el concepto de vida cognoscitiva (aun cuando se vea en él el
intelectualismo y se dé cabida, desde luego, a lo que la filosofía tradicional
llamaba apetito elícito) está concebido en términos unilateralmente subjetivistas.
Por vida psíquica se sobreentiende el conjunto de funciones cognoscitivas,
apetitivas y aun motrices, que brotan de un sujeto y que, aun cuando se dirijan
al mundo objetivo, siguen siendo formas del ser o del haber
subjetivo. Según esto, se presupone un sujeto en sí mismo constituido que se
desarrolla, ciertamente, gracias al mundo, pero que es, por sí mismo, el
depositario de la vida psíquica.
Ahora
bien: esta definición de la vida psíquica es notoriamente unilateral, y por
ello, origen de muchas e insolubles dificultades. Pues esta definición
presupone que el Mundo es ya algo dado previamente, un
receptáculo en el cual tiene a bien comenzar a vivir el sujeto psíquico; con
esto, las relaciones del sujeto psíquico con el mundo no son muy distintas de
las relaciones de cualquier otra cosa de ese mundo (lo que conduce a la
imposibilidad de diferenciar nítidamente la Psicología de la Fisiología), pues
es totalmente falso que el mundo sea originariamente un concepto independiente
del concepto del sujeto. El sujeto se refiere al mundo de un modo singular, y
recíprocamente: por ejemplo, el sujeto conoce el mundo (como
objeto perceptivo) y el mundo es el objeto de ese conocimiento; asimismo, el
sujeto desea cosas del Mundo (como objetos de su apetito) y estas cosas son fin
de los deseos subjetivos. Por consiguiente, parece necesario, si queremos aceptar
los datos fenomenológicos, situarnos en el nivel desde el cual el sujeto se
refiere al objeto y recíprocamente: a este nivel, se nos descubre una
estructura singular, una esfera con luz propia, que llamaré estructura
biopsíquica y que me parece ser el único concepto que describe
formalmente los contenidos dados en la «vida cognoscitiva».
La región
ontológica que acabo de llamar «estructura biopsíquica» sólo ha sido plenamente
conocida en nuestro siglo (Brentano, v. Uexküll, Husserl, Scheler y, después,
Ortega, Sartre, Merleau-Ponty y tantos otros).
Que la
Persona –y el animal en general– viviese en un mundo, era, desde luego, de
siempre conocido; pero la inserción del viviente en el mundo, se establecía
mediante la categoría de la con-contigüidad espacial –sobre ésta venían las
categorías físicoquímicas (clima, alimentos, &c.)–. Por este motivo nuestra
doctrina sobre la necesidad del mundo para el viviente no tiene nada que ver
con la teoría clásica. Lo que decimos hoy es que al animal le corresponde
un Mundo como elemento necesariamente vinculado a él, no ya
por medio de vínculos espaciales o físicos, sino por medio de vínculos sui
generis que podemos llamar objetivos (frente a los vínculos espaciales
o físicos que son subjetivos). En efecto: es distinto enlazar al viviente con
su mundo a la manera como vincularnos dos cosas entre sí (v. gr., las dos
piezas de una máquina) y enlazarlo de esta manera peculiar en la cual el
viviente es sujeto y el mundo es objeto. Pues
bien: es en este sentido especialísimo en el que se afirma que el animal esta
constitutivamente vinculado a su mundo; vinculado en sentido objetivo –es
decir, siendo el mundo un «objeto»– de suerte que pueda decirse que está
delante del mundo, mejor que está «unido» a él.
Pero –se
dirá–, ¿acaso esta tesis es nueva?; ¿acaso no es este tipo de enlace el que la
Filosofía tradicional estudiaba ampliamente bajo el nombre de relación
intencional entre el cognoscente y su objeto, y que fue nuevamente
rehabilitado por Brentano? Indiscutiblemente, la Filosofía tradicional conoció
plenamente este tipo de relación; su teoría de los signos formales es
literalmente la misma que la de la «persona delante de los objetos del mundo»–
pues el signo formal es aquel que, sin previa notitia sui, nos
pone delante del mundo.
Ahora
bien: 1.ª La Filosofía Clásica, pese a esta doctrina, transformaba la
objetividad del mundo por respecto al sujeto en una relación de cosa a cosa,
mediante la hipótesis del cognoscente como «espejo del mundo». Supuesto el
mundo ya hecho y configurado en sí mismo, y el conocimiento como una copia o
imagen de ese mundo (lo que ha renovado la Psicología de la Forma), la relación
entre el animal y el mundo quedaba reducida a la relación entre una cosa y otra
cosa (v. gr., entre un objeto y su imagen especular). El animal tiene, según
esto, la propiedad de estar delante de un mundo en un sentido no muy diferente
a como el espejo tiene la propiedad de estar frente al cuerpo que en él se
refleja. Pero para romper con esta metáfora del espejo y comprender el
significado del estar ante el mundo hubo de ser precisa la experiencia
idealista.
2.ª
Generalmente, los filósofos escolásticos no conferían a esta forma de enlace
entre el sujeto y el objeto o mundo la dignidad de rasgo esencial y
constitutivo de la vida psíquica, antes bien, suponían que este rasgo era
accidental, un accidente que presupone una sustancia ya constituida, y esa
sustancia es justamente la persona o el animal. La persona, por ejemplo, queda
definida, ante todo, como un espíritu racional (y, por tanto, corpóreo); sin
embargo, la racionalidad no se concebía como conocimiento de un mundo, sino que
incluso podía salvarse en la soledad del espíritu. El conocer un mundo venía a
ser un acto más del animal, al lado de otros actos no objetivantes. El estar
objetivamente ante el mundo se consideraba como un estado metafísicamente accidental
del animal, que se interrumpe en el sueño sin que el animal mismo quede
afectado por ello. Pero la teoría moderna de la vida psíquica se caracteriza,
no tanto por haber descubierto el tipo de enlace intencional entre el sujeto y
el mundo, cuanto por haber considerado este enlace como esencial a la vida
psíquica en acto, y no como una operación accidental de una sustancia
preexistente. Esto es lo que significa la caracterización de la vida psíquica
por la intencionalidad, propuesta por Brentano. Al animal, en acto perfecto, le
corresponde estar ante un mundo: cosas, otras personas, Dios. El animal, y la
persona humana, viven esencialmente sumergidos en una atmósfera objetiva, a la
que conocen y aman.
* * *
La tesis
que defiendo aquí, consiste, pues, en lo siguiente: en establecer una
correspondencia biunívoca entre esa estructura biopsíquica y la vida psíquica
(pues algunos, como V. Uexküll, aplican esa estructura a las plantas, y otros,
como Sartre, propenden a considerarla privilegio de la persona humana). La vida
psíquica –esta es mi tesis fundamental– es precisamente aquel modo de ser que
se descubre en la estructura biopsíquica. Recíprocamente, la estructura
biopsíquica irradia una luz singular, una inteligibilidad característica que
es, precisamente, la inteligibilidad psicológica.
La
estructura biopsíquica es aquella estructura que se compone del par de
conceptos sujeto-objeto (o mundo). Cuando consideramos la realidad de un sujeto
que, por tanto, y, correlativamente, vive inserto en un «mundo en torno» (Umwelt,
perimundo) estamos en posesión de un tipo totalmente nuevo de ser por respecto
al tipo de ser físico o biológico (fisiológico-vegetativo). Fácil es comprobar
la inmensa distancia que media entre estos dos tipos de conceptuaciones:
a) Las
ondas sonoras procedentes de las vibraciones de una orquesta, en tanto que
estiman el nervio acústico, producen en él corrientes de acción, determinan
sinapsis o ecphasis y, en suma, alteraciones en las neuronas encefálicas o del
sistema nervioso en general.
b) Las
ondas sonoras, en tanto que –sin excluir todos los procesos de a),
antes bien. incluyéndolos– consisten, más que en movimientos de neuronas, en
sensaciones acústicas, en objetos sonoros, en sonoridad del mundo en torno.
En el
primer caso puede decirse que el oído que recibe las ondas sonoras es integrado
en un objeto –los centros nerviosos, el animal como cosa–. En el segundo caso
debe decirse que el oído es integrado en un sujeto –el animal como sujeto–. En
el caso primero, la relación ondas-animal, es una relación del tipo objeto a
objeto, o de cosa a cosa (v. gr., de causa a efecto, o incluso de medio a fin;
aunque estas relaciones sean de otro tipo superior al de la mera causalidad
física, y aunque nos introduzcan en la causalidad biológica, fisiológica, no
por eso el animal deja de ser un objeto, sobre el cual inciden, por vía física,
los estímulos acústicos). Por el contrario, en el segundo caso, el animal es ya
plenamente un sujeto, puesto que lo contemplamos, no como un «receptáculo» de
estímulos, sino como un ser que escucha, es decir, que está
instalado en un mundo sonoro, que lo envuelve como una atmósfera. Los
fisiólogos confiesan que hay que dar un salto radical desde la consideración de
los procesos fisiológicos hasta la consideración de las sensaciones, hecho
nuevo, imposible de «construir» por medio de las corrientes de acción del
sistema nervioso. Este salto no es otra cosa sino el tránsito de la esfera
físicoquímica y biológica a la esfera biopsíquica: el cambio de la
consideración del animal como objeto, al de la consideración del animal como
sujeto. Este cambio es absoluto y no puede pasarse del uno al otro
«linealmente», de un modo continuo. Resulta de una ingenuidad abrumadora y
–¿por qué no decirlo?– ridícula, la opinión de muchos fisiólogos que piensan
que la sensación habría de ser buscada «al final» de los
procesos nerviosos resultantes de la estimulación del órgano sensorial
periférico, más bien que al principio. Según esto, lo que en la retina, por
ejemplo, sería todavía mera impresión, en las circunvoluciones occipitales
llegaría a ser ya imagen. Pero esta opinión es completamente insostenible: tan
carente de sentido es afirmar que la percepción visual tiene lugar en la
retina, como afirmar que su sede es el hipocampo: sencillamente, porque
mientras consideremos al animal en su organización anatomofisiológica, es
decir, como objeto, no podrá aparecer la categoría de la percepción, que
implica la consideración del animal como sujeto.
* * *
Es la
inteligibilidad específica concedida a la estructura biopsíquica la que explica
la sólida organización y unidad entre las escuelas psicológicas, en medio de su
variedad, y, al propio tiempo, la que proporciona un criterio terminante para
distinguir la Psicología de las Ciencias afines, como son la Fisiología y las
Ciencias de los objetos reales o ideales. Asimismo, de esta tesis sobre la
inteligibilidad de la estructura biopsíquica obtenemos criterios para medir la
significación de algunos principios, como el de totalidad y el de finalidad, en
el ámbito de la Fisiología.
La
Fisiología no es Psicología porque aquélla no afronta al animal en cuanto
miembro de la estructura biopsíquica, sino simplemente como un ser dotado de
vida vegetativa. Ciertamente que la Fisiología puede utilizar el principio de
finalidad: pero no por ello este principio nos introduce en la Psicología. En
rigor, se trata de un principio mucho más general, que se extiende a las
plantas (aun desde el punto de vista positivo) como complementario que es del
principio de causalidad eficiente o mecanicista. La Fisiología también puede
estudiar al animal en su relación con el medio; pero el medio, para la
Fisiología, no es un mundo, sino un sistema de estímulos que actúan por vía
física en el animal, desencadenando reflejos, cambios de estado,
&c. Cuando, por ejemplo, estudiamos los efectos que un rayo luminoso
determina en el aparato óptico, considerando los fenómenos de refracción que
tienen lugar en el cristalino y en los humores del ojo; analizando la
transmisión física del estímulo luminoso al nervio óptico y a los centros
nerviosos correspondientes, estamos haciendo Fisiología. Cuando, en cambio,
consideramos a la luz como «atmósfera» de los objetos vistos por
el animal, estamos haciendo Psicología. Por esta razón, el punto de vista
psicológico agradece la consideración global del organismo. En cambio, la
Fisiología puede estudiar más cómodamente los órganos aislados del animal; pero
esto no es su característica gnoseológica, ya que la Fisiología estudia también
el funcionamiento del animal en el conjunto de sus partes.
¿Qué
relaciones existen, pese a la diferenciación recién establecida, entre la
Psicología y la Fisiología? Relaciones muy estrechas, de ayuda mutua, pero en
modo alguno de identificación. El psicólogo debe saber Fisiología: nemo
psychologus nisi physiologus, debemos decir con J. Müller; y esto de
un modo instrumental, para poder plantear mejor los problemas psicológicos,
pero no para resolverlos. En este punto hay que decir, con Maine de Biran:
«¡Psicología, guárdate de la Fisiología!» Ni un solo problema psicológico
podría ser resuelto con la luz fisiológica, ni recíprocamente, aun cuando estas
Ciencias se ayuden mutuamente (Gustav von Bunge nos ha dejado la fórmula:
«Physiologus nemo nisi psychologus»). El psicólogo deberá poder andar con
soltura por los laberintos del cerebro, pero no deberá confiar en esto la
resolución de sus problemas, sino sólo el planteamiento de los mismos. La
situación es muy parecida a la que se establece entre la Física y la Biología.
El biólogo no puede volver las espaldas a la ciencia físicoquímica, pero no
puede de ningún modo esperar que los conceptos físicoquímicos vayan a
resolverle ni un solo problema biológico.
Teniendo
en cuenta que el animal, en cuanto que pertenece a la estructura biopsíquica (a
la Psicología), es materialmente el mismo que cuando se
inserta en las estructuras fisicoquímicas y biológicas, puede establecerse con
carácter de hipótesis general que todo concepto psicológico ha de tener un
concepto fisiológico correlativo (aunque a veces la correlación sea desconocida).
No cabe hablar de «fenómenos psíquicos puros» (v. gr., de psicosis
endógenas); a priori puede afirmarse que a toda psicosis
endógena le corresponde un disturbio funcional u orgánico. Precisamente esta
correlación es la que hace de la Fisiología un hilo conductor de la Psicología
y recíprocamente. Pero hay que afirmar con no menor energía que existen
procesos vitales que sólo pueden formalizarse desde categorías psicológicas, ya
que con categorías fisiológicas no podemos llegar a su esencia fenomenológica
(sin que esto quiera decir que no haya un sustrato orgánico a la base). La
esquizofrenia es un fenómeno al cual sólo podemos llegar plenamente en
conceptos psicológicos, aunque sin duda alguna existen alteraciones orgánicas
correspondientes. Pero carece de sentido decir que estas alteraciones orgánicas
son la causa de los fenómenos psicológicos, o recíprocamente:
sólo en el orden de nuestro conocimiento puede presentársenos a veces lo
orgánico como causa de los psíquicos o recíprocamente. «En numerosos casos que
se acrecientan con el conocimiento cada vez mayor, la causa de las alteraciones
psíquicas es hallada en las enfermedades del cerebro, pero luego se demuestra
siempre que esas enfermedades del cerebro no están vinculadas a determinadas
alteraciones psíquicas, sino que en ellas se producen casi todos los cambios
psíquicos posibles aun cuando es también distinta la frecuencia (por ejemplo,
en la parálisis)». (Jaspers: Psicopatología General, Edición de
1946. Trad. esp. Buenos Aires, 1950, página 19.)
Cabe
encontrar, no obstante, la unidad estructural entre el orden psíquico y el
fisiológico en un sentido superior a la unidad empírica construida por medio de
las «correlaciones psicofisiológicas». Naturalmente, esta unidad sólo podrá
fundarse en conceptos comunes al mundo psíquico y al mundo fisiológico: hay que
remontarse a conceptos muy generales, de donde brotan simultáneamente el orden
psicológico y el orden fisiológico. Estos conceptos son los que nos manifiestan
los sustratos más generales de la vida; por tanto, estratos comunes a la vida
psicológica y a la vida vegetativa. Si al nivel genérico de la vida es
posible investigar algún mecanismo general riguroso, este mecanismo será un
eslabón más precioso entre el orden psicológico y el fisiológico que todas las
minuciosas correlaciones que podamos establecer entre estos órdenes.
En rigor,
muchos de los conceptos de la llamada medicina psicosomática están «tallados»
al nivel de estas categorías genéricas, y de esta generalidad se nutre la
unidad que la Medicina psicosomática postula entre el orden psicológico y el
fisiológico. Por la misma razón, en la medida que rebasemos este nivel
abstracto, o lo perdamos, los conceptos psicosomáticos recaen en la unidad
empírica del tipo correlación. Leyendo los tratados Fisiología y Patología
Psicosomáticas al uso, fácilmente se advierte la presencia de estos dos tipos
de unificación entre el orden psicológico y el orden fisiológico, y por cierto,
sin plena conciencia de la diferencia, en detrimento del rigor científico.
Cuando leemos, por ejemplo, que la maduración psíquica del niño corresponde
fisiológicamente a la «telencefalización», evidentemente, estamos ante una
proposición categorialmente distinta de la siguiente: «una persona con un
fuerte sentimiento de dependencia, frente al cual reacciona con un refuerzo de
agresividad, experimenta una secreción gástrica continua, a la que colaboran
espasmos vasculares e hipermotividad, que conducen a la úlcera de estómago o
duodeno». En el primer ejemplo, estamos ante una proposición que enlaza la
esfera física y la psicológica por medio de la categoría correlación.
En el segundo ejemplo estamos ante una proposición en la que el enlace entre lo
físico y lo psicológico se ha logrado por medio de un concepto genérico común a
ambos: La vida, como un modo de ser que se recorta ante un medio con el cual
sostiene relaciones agresivas. Este concepto, elaborado psicológicamente, nos
conduce a conceptos tales como «resentimiento», «sentimiento de agresión
reprimido», &c.; elaborado fisiológicamente, nos conduce a conceptos tales
como «secreción del jugo gástrico para devorar al agresor», &c. Ambas
elaboraciones son teóricamente simultáneas y paralelas, y nos dan razón de las
correlaciones psicosomáticas no en virtud del esquema causa-efecto, sino en
virtud de un esquema de unidad estructural.
Es en el
descubrimiento concreto de las categorías vitales comunes al orden psicológico
y al fisiológico en donde verdaderamente podemos saludar, como a una nueva
ciencia de la Fisiología, en su dirección psicosomática: la obra de Selye,
puede tomarse como paradigma de una investigación del viviente a un nivel común
al orden psíquico y al fisiológico. Pero en este nivel, no debe deducirse que
lo psicológico explique a lo fisiológico, como algunos piensan: ambos órdenes
quedan explicados por las categorías biológicas.
Estamos,
pues, en condiciones de responder de un modo muy preciso a la vieja pregunta:
¿en qué se funda la unidad entre el orden psicológico y el fisiológico, entre
el alma y el cuerpo? La respuesta no será ni meramente empírica (las
correlaciones), ni puramente metafísica (en el sentido de la sustancia
viviente), sino científicopositiva y lógica: la unidad se funda en que
disponemos de conceptos genéricos comunes a ambos órdenes, y sólo a ellos, y
con fuerza organizadora de los datos de cada uno de los órdenes unificados.
Capítulo
segundo
Categorías supremas de la ciencia psicológica
§ 7
La vida
psíquica es el mismo ser que se nos descubre en la estructura sujeto-objeto, es
decir, la estructura biopsíquica. Para que este modo de ser singular brille con
su luz específica, es necesario, naturalmente, que el sujeto se considere como
tal sujeto (es decir, en cuanto centro de un mundo) y el objeto sea considerado
como tal objeto (es decir, en cuanto momento del mundo de un sujeto) o, más
exactamente, como noema (concreto o abstracto). En el mismo momento en que
sujeto y noema se consideran como cosas (como objetos), se
oscurece la luz psicológica, acaso anegada por otra luz más intensa: la luz
espacial, geométrica y fisiológica, que nos revela las relaciones del sujeto y
el noema transformadas a la condición de un caso particular de las relaciones
entre cosa y cosa. Si es posible esta transformación, se debe a que el sujeto
no es sólo sujeto (es decir, algo puramente correlativo al objeto), sino que
puede considerarse en su entidad absoluta, de algún modo; y lo mismo se diga
del objeto. Lo que afirmo es solamente que, en el momento en que se abandona la
consideración reduplicativa entre el sujeto y el objeto desaparece la luz
psíquica, para ser sustituida por la luz fisiológica, metafísica, &c.
Ahora
bien: la estructura biopsíquica admite dos categorías originarias, o de primer
grado, de inteligibilidad específica: la del sujeto (que siempre dice
referencia al noema) y la del noema (que siempre dice referencia al sujeto).
Las llamaremos respectivamente categorías subjetivas y categorías noemáticas.
Tanto unas como otras albergan conceptos que sólo tienen sentido dentro de la
estructura biopsíquica: ¿qué puede significar, en efecto, desear si
no es la apetencia de un contenido noemático?; pero también, ¿qué puede
significar sinfonía si no es un conjunto de fenómenos que
están siendo escuchados comprensivamente? En cambio, el concepto de «corriente
de acción» determinada en un nervio por el estímulo no requiere, para ser
entendido, la luz de las categorías subjetivas o de las noemáticas.
Entre las
categorías subjetivas y las noemáticas no hay término medio. Si simbolizamos la
estructura biopsíquica por una esfera, podríamos comparar las categorías
psicosubjetivas con el punto de vista de la concavidad, con el vector que
marcha del centro de la esfera hacia el exterior; en cambio, las categorías
psiconoemáticas, corresponderían con el punto de vista de la convexidad, con el
vector que marcha desde el exterior hasta el centro de la esfera.
Podría
pensarse que, además de las categorías subjetivas y de las noemáticas, habría
que introducir las categorías subjetivo-noemáticas, pues la estructura
biopsíquica podría considerarse:
a) desde
el sujeto;
b) desde
el noema;
c) desde
las relaciones entre ambos.
Pero este
esquema supone una hipóstasis ilegítima del concepto de sujeto y del concepto
de noema, hipóstasis inducida por los símbolos (las palabras mismas «sujeto» y
«noema»). La hipóstasis es ilegítima, pues siempre que estudiamos al sujeto lo
hacemos en relación al noema (siendo el sujeto el antecedente de la relación, y
el noema el consecuente), ya que suponemos que no hay sujeto sin noema.
Asimismo, siempre que estudiamos el noema, incluimos sus relaciones al sujeto
(siendo aquí el noema el antecedente de estas relaciones). Pero fuera de las
relaciones de sujeto a noema y de noema a sujeto (relaciones que,
eventualmente, podrían ser iguales}, no cabe concebir ninguna relación más
entre el sujeto y el noema. Por consiguiente, no cabe hablar de unas relaciones
originarias entre el sujeto y el noema, que no sean las del sujeto al noema o
las del noema al sujeto.
Cabe
hablar, eso sí, en un sentido cuasioriginario, de categorías
subjetivo-objetivas, a saber: como relaciones de «segundo grado» que pueden
recogerse entre el sujeto y el noema, una vez que éstas han sido iluminadas en
su referencia mutua, y han perdido en cambio la situación correlativa. Sujeto y
Noema son, entonces, dos cosas que pueden relacionarse entre
sí según el tipo de relación «cosa a cosa»; pero, al propio tiempo, no son
totalmente «cósicos», en la medida en que de ellos sólo retenemos algunos de
los aspectos que les corresponden como elementos de la estructura biopsíquica.
Se me dirá que cómo es posible que conserven estos aspectos, fuera de la
estructura biopsíquica; y respondo que propiamente ellos no la conservan, sino
gracias a que nosotros se los adjudicamos, según un proceso «cosificador»
espontáneo, y que tiene lugar ya en la vida precientífica. De un sujeto, fuera
de la estructura biopsíquica, no puede ya decirse que «desea» algo; pero yo
puedo mantener el vínculo entre ese sujeto (considerado ahora como cosa) y su
deseo anterior (llamamos a esto acotación psicológica de las cosas).
Otro tanto puede decirse del noema. Pues bien: esa «cosa que desea» y esa «cosa
que puede estimular un deseo», pueden a su vez ponerse en relación o, lo que es
lo mismo: podemos investigar las relaciones cósicas que fluyen entre dos cosas
psicológicamente «acotadas».
Pues
bien: estas relaciones serán, simultáneamente, cósicas y psicológicas; serán,
ciertamente, relaciones cósicas, pero tales, que sólo puedan conocerse tras una
acotación psicológica, más o menos explícita. Esta teoría explica la situación
especialísima que ocupa la escuela behaviorista en Psicología –muy distinta,
según esto, a la situación del Psicoanálisis o del estructuralismo– y nos ayuda
a comprender el alcance de sus pretensiones «objetivistas», así como también el
alcance de las protestas de los introspeccionistas. El behaviorismo tiene razón
cuando afirma que su punto de vista es puramente objetivo –en el sentido de
Bechterev–, ya que él sólo se propone el estudio de relaciones entre «cosas»;
pero estas cosas están acotadas previamente, y aquí tienen su razón los
introspeccionistas, pues la acotación sólo por conceptos pertenecientes a la
estructura biopsíquica puede llevarse a efecto. También comprendemos
perfectamente la razón de las interferencias entre el behaviorismo y la
Fisiología: propiamente sus relaciones son análogas a las que ésta guarda con
la Física. También el esquema fisiológico «organismo-estímulo» tiene un
correlato fisicoquímico «cosa-cosa»; pero el fisiólogo acota, entre las cosas
físicas, algunas de ellas que poseen propiedades características, v. gr., la
capacidad de contraer reflejos condicionados. Esta capacidad parece privativa
de los seres vivientes –prescindo de ciertos experimentos cibernéticos– pues,
aunque miles de veces hagamos sonar un timbre en presencia de una marmita de
agua que está calentándose, no por ello lograremos que el timbre haga hervir,
por sí solo, el agua. Resulta, pues, que el organismo, aunque sometido a
experimentos físicoquímicos, está ya acotado y por tanto las
leyes en él obtenidas no son propiamente y puramente leyes fisicoquímicas,
sinos leyes fisiológicas. Algo análogo podemos decir de las leyes conductistas.
Aunque obtenidas en situaciones puramente fisiológicas, son leyes psicológicas.
Tenemos,
en conclusión, tres categorías psicológicas fundamentales: dos de ellas, de
«primer grado» (a saber, las categorías subjetivas y las normáticas) y la
tercera, de «segundo grado». Esta última categoría puede ser llamada, por
sinécdoque, conductista. El conductismo no es, según esto, una
escuela psicológica más, sino una categoría psicológica originaria.
§ 8
Como
propiedad esencial de las categorías psicológicas originarias señalo la
circunstancia, anteriormente comentada, de que cada categoría psicológica
afecta, a su modo, a la totalidad de los fenómenos psíquicos. Esta propiedad
admirable –que es la misma estructura metafinita del alma– implica que desde
cada categoría psicológica podemos llegar a toda la vida psíquica, si bien de
cierta manera: lo que se comprende fácilmente teniendo en cuenta que todo
fenómeno psíquico ha de estar en relación con el sujeto y con el noema. Por
este motivo, podemos sistemáticamente adoptar el punto de vista del sujeto, o
el punto de vista del noema o el conductista. Todo fenómeno puede, v. gr., ser
interpretada desde «categorías conductistas», pues basta ampliar el concepto de
«reacción» a las «reacciones aplazadas»; es decir, podemos a priori asegurar
que todo fenómeno subjetivo tiene uno noemático correlativo, por lejano que
esté: podemos abstraer los términos medios no cósicos, y encontrar siempre
algunas relaciones causales según la forma conductista.
Pero
esto, en modo alguno significa que no sea posible considerar también los
fenómenos psíquicos fuera del concepto de reacción. Cuando hablo de imágenes, o
de leyes de asociación de imágenes (en el sentido de la Denkpsychologie)
estas palabras tienen sentido psicológico sin necesidad de concebirlas como
«reacciones» a estímulos.
§ 9
Las tres
categorías psicológicas originarias, tal como han sido trazadas, no se aplican
a los fenómenos psíquicos de un modo rígido y uniforme, sino
gradual-climacológico, de forma que pueden distinguirse diversas intensidades y
grados en la subsunción de un fenómeno o hecho psíquico en alguna de las
categorías psicológicas.
Esto se
comprende de suyo teniendo en cuenta que las categorías psicológicas son formas
de abstracción imperfecta ejercidas sobre una estructura global unitaria –la
estructura biopsíquica–. Por lo cual, según los grados de abstracción o
separación lograda, así también los diversos grados de intensidad en la
participación de la categoría.
Según eso
podemos hablar de fenómenos «más o menos» subjetivos, más o menos objetivos y
más a menos reaccionistas.
Los
límites respectivos serán:
a) Fenómenos
de subjetividad pura, es decir, en los cuales no se da ya ninguna
referencia al objeto. ¿Existe realmente este límite, o bien él es un puro
concepto? Acaso pudiéramos considerar como modelo de este límite a los
«sentimientos puros» de que hablan algunos psicólogos (v. gr., los estados de
euforia producidos por la cocaína, la angustia, etcétera).
Postulo
que estos fenómenos de subjetividad pura, caen ya fuera de la órbita de la
Psicología (en tanto que puedan ser conocidos psicológicamente). Se confirma
esto: porque estos estados subjetivos puros son más bien objeto de la
Metafísica (al estilo de Heidegger) o de la Teología mística.
b) Fenómenos
de objetividad pura, en los que falta íntegramente el enlace positivo
inteligible con el sujeto (acaso lo haya metafísicamente, en el sentido del
idealismo, pero esto excede nuestra consideración). Modelo de esta objetividad
es la percepción de la naturaleza, o la intelección de las verdades
matemáticas, en tanto que nos ponen en presencia de objetos en sí.
En estos
fenómenos, la Psicología pierde su luz propia, para dejar paso a la luz de las
ciencias físicas o matemáticas.
c) Fenómenos
de «reacción» pura, en los cuales se pierde la acotación debida y, por
consiguiente, la luz psicológica.
En
conclusión: la teoría expuesta sobre las categorías psicológicas explica la
gran flexibilidad y enorme variedad de matices de los fenómenos psíquicos, así
como también los límites de la Psicología –es decir, los términos de la misma
y, simultáneamente, los comienzos de otras ciencias–. Estos límites son: la
subjetividad pura, por donde la Psicología limita con la Metafísica (incluso
con la Psicología racional, al modo escolástico, que considera a la persona
como sujeto); la objetividad pura, en donde la Psicología limita con las
ciencias objetivas (Físicas, Matemáticas, &c.); la «reacción» pura, en
donde la Psicología limita con la Fisiología, confundiéndose con ella.
Todo lo
cual coincide con el estado actual de estas ciencias.
§ 10
El mundo
objetivo es, tanto como el sujeto, componente de la estructura biopsíquica,
pero componente en un sentido esencial. interno y constitutivo, es decir,
formal, no mera condición física.
Ahora
bien: si hubiese una parte de ese mundo (o un aspecto del mundo) que sólo puede
configurarse como tal en su situación noemática, entonces habríamos demostrado,
por el método más directo, que los momentos noemáticos, en cuanto esencialmente
referidos al sujeto, son partes de la estructura biopsíquica y, por tanto,
«hechos psicológicos», es decir, caminos reales hacia la vida psíquica.
Esto no
quiere decir que las partes del mundo que, en su ser, no necesitan la
referencia al sujeto, carezcan de todo interés psicológico, sino sólo esto: que
no es necesario que lo tengan. Son, pues, noemas en cuanto tales los que nos
permiten fundar claramente nuestra demostración, mientras que son las cosas las
que aparecen tan distantes y heterogéneas de la vida psíquica que la atención
del psicólogo se distrae de la consideración del extracto objetivo.
Que
existen en el mundo formas, aspectos, relaciones, que, siendo realísimos, sólo
tienen sentido ontológico por referencia a un sujeto, me parece evidente. Si
llamamos intencionalidad a la proporción (transcendental) del
sujeto al noema, parece necesario fijar técnicamente la proporción inversa (que
no es simétrica a la primera), a saber, la referencia del noema al sujeto, y
que llamaré referencialidad. Intencionalidad y referencialidad
«cubren» el mismo camino, pero son vectorialmente opuestas.
La
evidencia con que se nos ofrece la relación transcendental de referencialidad, no
es unánimemente compartida:
a) Pues
el realismo ingenuo presupone la siguiente afirmación: que el criterio de la
realidad –al menos de la realidad de ciertos entes que se discuten– es el que
sean «independientes del cognoscente», interpretando esta expresión en el
sentido de que los entes conserven, en absoluto, las formas que adquieren por
referencia al animal.
b) El
idealismo, incluso el realismo crítico, presuponen la misma concepción de la
realidad, y, como quiera que propenden a subrayar aquellos aspectos del mundo
que sólo tienen sentido en su referencia al animal, de aquí que se les niegue
la realidad.
Pero es
posible concebir un tipo de ente que simultáneamente sea real (es decir, no
ideal, mero contenido de la conciencia, sino trascendente a ella) y cuya
realidad sea tal sólo por referencia a un sujeto (en sentido psicológico).
Tales son los entes que llamamos noemáticos (concretos o abstractos). Estos
entes son reales, es decir, trans-subjetivos, pero, al propio tiempo, la
realidad misma de su forma sólo se actualiza por referencia a
un sujeto. Este acto no es, en modo alguno, idéntico al que
experimenta la materia cuando es informada: un acto sui géneris, que
podría llamarse «acto noemático». El acto noemático no puede reducirse a un
complejo de relaciones sobrevenidas en la cosa preexistente cuando se sitúa
frente al animal: pues es la forma misma la que en acto sólo existe por su
referencia al animal.
Para
probar la realidad del concepto de noema (y del mundo, como sistema de noemas)
nos sirve el tropo de la relatividad, utilizado por los escépticos griegos.
¿Qué duda cabe que, según la distancia espacial, la forma de los objetos muda?
Pero esto no quiere decir ni que no existan formas, como pensó Enesidemo, ni,
como Leibniz pretendía, que la forma verdadera sea la que se contempla «desde
ninguna parte» o, como sugiere Merleau-Ponty, la que se contempla desde el
conjunto de todos los puntos de vista. Desee un avión la ciudad se nos aparece
como un accidente más del terreno, de la naturaleza; pero cuando descendemos
del avión y nos internamos por las calles de la ciudad, entonces y sólo
entonces aparecen las formas de las casas en cuanto tales; lo que era una
amorfa agregación, o por lo menos una forma puramente geológica, se nos aparece
como una «fachada». Correlativamente, nuestro espíritu, a través de ella,
comienza a vivir de un modo peculiar, dilatándose en una dimensión
característica. Ciertamente, también la contemplación «a vista de pájaro»
comporta otra dilatación del espíritu, pero en ella no cabe, sin embargo, la
ciudad como tal y, por tanto, las vivencias subjetivas emanadas de la
identificación con esos mundos noemáticos.
Las cosas
sólo llegan a actualizarse como noemas a una distancia rigurosamente
determinada. Pero ¿qué significa esta trivial observación? Algo muy importante
desde el punto de vista ontológico, a saber: que los noemas son realidades
actualizadas por referencias al sujeto, y, por lo tanto, las relaciones de
distancia espacial no son sino la misma verificación material de la
referencialidad ontológica, que deja de ser un concepto meramente abstracto
para convertirse en una realidad concreta y viviente.
Podemos
decir, pues, que el éter en el cual flotan las formas reales noemáticas es el
alma. Y esto no sólo en el ámbito humano, sino también en la vida animal. La
forma del tigre, tal como existe por referencia al ciervo, es evidentemente
noemática: por eso, deja de existir cuando se corta esa referencia. El tigre
deja de ser una «forma feroz» por referencia a una bacteria o a un pez abisal.
El tropo de la relatividad, significa, pues, no otra cosa sino que la ferocidad
del tigre y todo lo que ella implica, es una forma que «está trazada» para ser
contemplada a cierta distancia, es decir, que tiene una existencia noemática.
* * *
Ahora
bien: si las realidades noemáticas aluden esencialmente a un sujeto que, por
otra parte, no puede concebirse desligado de ellas (en cuanto sujeto), se
comprende que el conocimiento (o intuición hermenéutica) de un noema, en cuanto
tal, nos introduce directamente en el ámbito psíquico. Tanto podemos decir que
el hombre se caracteriza por poder pensar o hacer una
estatua de Apolo, como por ser el éter en el cual existe la forma apolínea como
tal.
Pero
supuesta la estructura biopsíquica, no hay mayor razón para afirmar que
entramos en el campo psíquico por el camino del sujeto (en
cuanto se refiere al noema) que por el camino del noema (en
cuanto se refiere al sujeto): porque ambos son dos momentos
inseparables de una misma estructura.
Al
comprender noemas estamos conociendo formas del ser psíquico, pero no porque
demos «un rodeo» por el sujeto (en cuanto ente que piensa o produce esos
noemas), sino directamente, en tanto que esos noemas son ellos mismos aspectos
o modificaciones de la misma estructura biopsíquica. El espíritu, podría
decirse, no es independiente de los objetos que conoce o que apetece, sino que
aparece modificado por ellos: es ésta una concepción diametralmente opuesta a
la sustancia por muchos, que no tendrían inconveniente en suscribir el
siguiente texto de Malebranche:
«La otra
coincidencia entre la facultad pasiva del alma y la de la materia es que como
la materia no cambia, en absoluto, por las transformaciones que sucedan a su
figura, quiero decir, por ejemplo, que como la cera no percibe cambio
considerable porque sea cuadrada o redonda, así el espíritu no recibe en
absoluto cambio considerable por la diversidad de ideas que tiene: quiero
decir, que el espíritu no recibe cambio considerable aun cuando reciba la idea
de un cuadrado o de un círculo, al percibir un cuadrado o un círculo.» (Investigación, Lib.
1, cap. I, 1.)
Podríamos
afirmar, utilizando las coordenadas de Malebranche, que precisamente la materia
(las cosas) se diferencia del espíritu (del sujeto psíquico) en que la materia
no recibe cambio considerable al tomar la forma de un cubo o de una esfera,
pero el espíritu se identifica de tal manera con lo conocido (según Averroes,
una identificación más intensa que la de la materia con la forma) que «recibe
cambio considerable» al recibir la idea de un cubo o de un círculo. Por
consiguiente, según los sistemas noemáticos que envuelven al sujeto, así
también las formas psíquicas noemáticas emanadas de ellos y comprendidas
directamente a través del noema.
Tales son
los fundamentos ontológicos de la Psicología Noemática.
§ 11
El hecho
mismo de que, de algún modo –incluso aunque sea «a través» del sujeto– los
contenidos noemáticos tengan interés psicológico, obliga en rigor a reconocer,
simultáneamente, la realidad de la Psicología Noemática y la prioridad de sus
categorías por respecto a las psicosubjetivas.
Si sólo
conociésemos a los sujetos psíquicos por una especie de intuición directa, que
nos condujese de un salto al centro de la «interioridad subjetiva», entonces,
ciertamente, no se plantearía siquiera la cuestión de la posibilidad del
conocimiento psiconoemático y mucho menos su prioridad respecto al
psicosubjetivo. Pero, desde el momento en que, forzados por la experiencia,
reconocemos que, de algún modo, llegamos al conocimiento del prójimo gracias a
ciertos contenidos noemáticos –gestos, ideas, traje o conducta observable– hay
que reconocer también la categorías psiconoemáticas y su prioridad. En efecto:
si, a través de un contenido noemático penetramos en una vida psíquica
subjetiva, es porque, aun cuando ésta se nos dé inmediatamente unida al noema
–no como algo inferido «detrás» de ese noema– siempre es el noema mismo el
aspecto desde el cual, por hipótesis, afrontamos la vida psíquica en cuestión,
la fachada que nos facilita la entrada en la vida psíquica subjetiva. Y si,
efectivamente, en un noema se dan siquiera reflejos de esta vida psíquica, será
porque a través del noema, los descubrimos, pero, en modo
alguno, a través de un sujeto presupuesto como soporte o causa de este noema.
En efecto: este sujeto, sólo podría definirse por medio del noema mismo –pues,
cortada toda relación con el noema, obtenemos sólo una hipóstasis lógica, un
puro sujeto lógico, supuesto como sustrato o causa de los noemas, pero en sí
mismo carente de vida psíquica real–. Para que ese «sujeto lógico» adquiera una
vitalidad psíquica es preciso que sea comparado con los contenidos noemáticos:
v. gr., que lo conozcamos como ente que «desea algo», o que hace ciertos
ademanes, o que «ve este paisaje». Pero esto significa que si previamente no
conociésemos estos contenidos noemáticos, entonces la naturaleza psíquica del
sujeto lógico permanecería encubierta.
Siendo el
ente psíquico esencialmente corpóreo, las manifestaciones corporales no son
sólo «signo» o expresión simbólica de los actos psíquicos «interiores» sino el
objeto mismo simbolizado. No puede negarse, es cierto, que en las situaciones
más evolucionadas de la vida psíquica existe una neta distinción entre el acto
psíquico interior (un deseo, una idea) y su símbolo o expresión física (por
ejemplo, el lenguaje). Precisamente a partir de estas relaciones simbólicas, no
es dado descubrir reflexivamente la significación de ciertas formas corpóreas.
Pero aquí no ha de inferirse que entre el acto psíquico (subjetivo) y el signo
(noemático) exista una relación convencional, o, por lo menos, exterior, de
«contenido» a «signo que lo notifica simbólicamente», de suerte que el
contenido (la vivencia interior) sea, hasta cierto punto, independiente del
cuerpo. La unidad entre ambos elementos de la estructura biopsíquica es mucho
más íntima y profunda. La mejor manera de formular esta unidad entre el acto y
el noema, sin negar la relación signitiva entre ellos, es prolongar
dialécticamente esta relación, afirmando que el noema es, no sólo el signo sino
el propio objeto designado, es decir, un signo autónimo. La famosa
teoría de Kages, que interpreta la expresión como «alegoría de la acción» queda
en gran parte recogida en esta teoría de los signos autónimos.
La
formulación de los noemas originarios como signos autónomos de los actos
subjetivos recoge, rigurosa y dialécticamente, la circunstancia de que,
efectivamente, los actos psíquicos elementales, tienden a desarrollarse y
terminarse en formas o movimientos corporales (noemáticos) en los que
«consisten». Cuando el animal carnívoro desea comer (es decir, triturar la
vianda entre sus dientes) los actos corpóreos de masticar no son sólo
«expresión» o «signo» de un apetito interior, en principio
independiente del movimiento de las mandíbulas (lo que es una pura hipóstasis),
sino que son el mismo objeto de aquello que significan. Por esta razón, cuando
vemos que una fiera abre sus fauces ante nosotros (seres de carne y hueso) nos
atemorizamos, no porque estas fauces agresivas sean signo de un deseo de la
fiera sino, sobre todo, porque son el mismo objeto de su deseo. Pero tampoco es
suficiente decir que este movimiento material de las mandíbulas agota toda
la vida psíquica de la fiera, que quedaría reducida a un puro epifenómeno, ya
que, por un lado, el instinto del animal puede desarrollarse por otras vías y,
por otro, también este movimiento podemos verlo en un animal mecánico. No es
suficiente decir (como Scheler) que la cólera no es un estado psíquico situado detrás
del gesto colérico, sino que es el gesto mismo. Es necesario admitir la
distinción entre el acto o estado psíquico (subjetivo) y el contenido corpóreo
(noemático), pero añadiendo que éste no es sólo el signo de aquél, sino el
propio objeto designado. La onomatopeya puede considerarse, como una
verificación de la autonimia de la expresión en el caso particular del
lenguaje.
Las
intuiciones psiconoemáticas de los gestos, acciones, &c., son posibles
gracias a ser estas expresiones autónimas, al propio tiempo que contienen una
referencia a un centro psíquico subjetivo del que dimanan. Los fenómenos
corpóreos (forma elemental de las categorías noemáticas) son signos de actos o
estados psicosubjetivos: la relación signitiva se construye precisamente sobre
la referencialidad. Pero los actos o estados subjetivos así designados no son,
originariamente, un mundo relativamente autónomo por respecto a sus
manifestaciones noemáticas, sino que, precisamente, una de las formas, aunque
no la única, de existir o terminarse éstos estados psicosubjetivos es la
situación corpórea en cuestión, por lo que puede decirse también que el acto o
estado subjetivo es signo del contenido noemático.
Ahora
bien: como quiera que la relación simétrica entre el acto y el noema es
transitiva, siempre de algún modo (por respecto a los actos en primera persona,
la del que intuye hermenéuticamente el noema) podremos decir que el noema es
autónimo, que se menta a sí mismo, pero sin olvidar nunca que la reflexividad
de la relación signitiva está construida gracias a actos subjetivos sin los
cuales carecería de sentido. Afirmar que la cólera es el gesto mismo es, pues,
una hipóstasis del noema tan ilegítima como pueda serlo la hipóstasis del acto
psicosubjetivo entes denunciada. No puede olvidarse que tanto los contenidos
psicosubjetivos como los noemáticos son aspectos de una realidad única,
integrada por ambos, como partes suyas, que aunque no son enteramente simétricas
pueden tomarse como tales en su función de signos mutuos.
La teoría
autológica del noema permite solucionar la clásica aporía sobre la
transmisibilidad de los estados interiores (en especial, las ideas) por medio
de signos corpóreos (en especial, las palabras). La aporía es la siguiente:
El sujeto
A que transmite, mediante un signo, un pensamiento al supuesto B ha de
presuponer que éste ya conoce el significado del signo, pues en otro caso no
podría inducirle a asociar al signo el estado interior. Luego no es posible la
transmisión originaria de un estado interior mediante la expresión noemática.
Pero en
nuestra hipótesis, puesto que el noema se significa por sí mismo –si bien este
autologismo carece de sentido sin la referencia al sujeto– se comprende
fácilmente que el sujeto B, ante el signo noemático, experimente los propios
estados interiores que corresponden a ese signo, mediante la evocación del
noema ofrecido por A como semejante a otro noema propio operable por B. Según
esto, cuando el sujeto B comprende los gestos de otro sujeto A no es debido, en
principio, a que B recurra a vivencias íntimas que atesora en su conciencia y
que sabe que corresponden a estos gestos, en virtud de una analogía (que es
siempre un proceso intelectual derivativo). Lo que sucede es que el gesto del
prójimo al ser intuido como realidad que expresa por sí misma algo para mí
(porque ese gesto actúa físicamente –en su entidad física, no intencional–
sobre mi cuerpo, produciendo en él efectos, v. gr. una dentellada) adquiere un
significado inequívoco. En la medida en que ese gesto puede ser reproducido por
B, en la medida en que yo puedo asumir ese gesto y volverlo contra A, entonces,
el propio tiempo, fluirá en mí un «estado interior», el cual me confiere el
conocimiento del estado interior significado en el gesto del prójimo. Podría
decirse que el signo produce físicamente en mí la vivencia, y que cuando hay
una simetría, se hace ésta significativa. La significación del noema –en cuanto
significación de estados interiores del otro, y no sólo de mí mismo, o sea, en
cuanto lenguaje, es algo que «se hace», no es algo que «tenga» el noema. Cuando
escuchamos una sinfonía, la comprensión musical no se produce porque los
sonidos susciten en nosotros estados de ánimo interiores, que, agregándose a
los fenómenos sonoros, prestasen significación, alma, al fenómeno sonoro bruto.
Si así fuese, los sonidos podrían ser considerados, hasta cierto punto,
superfluos, y aun podríamos pensar con sentido si no hubiera sido preferible
que el músico se ahorrase el trabajo de decirnos a través de una orquesta
numerosa, lo que puede transmitirnos en un libro o en una conferencia. Con esto
habríamos llegado al concepto de una música silenciosa, concepto que es
notoriamente contradictorio. Pero, para evitar esta ridícula contradicción, es
preciso negar la afirmación que le dio origen, a saber: que los sonidos
«suscitan» en nosotros, por modo de símbolos, estados de ánimo. Es preciso
afirmar que el propio movimiento sonoro es, de algún modo, aquello mismo que la
música expresa y, por tanto, la sinfonía se abre por sí misma en nosotros su
significación, no simbólicamente, sino por acción física en el oyente. En este
sentido, dentro de los procesos de intuición noemática encuentra una
justificación parcial la teoría periférica de las emociones.
Imitando
al prójimo, hacemos posible que en nuestra alma surjan las vivencias que se
refieren al signo intencionalmente y, con ello, que lo que no es más que signo
material, pueda producir su propio contenido significado, que alcanzará su
intencionalidad –y, por tanto, su función lingüística, al hacerse simétrico. Si
llamamos expresión a la capacidad que el noema del prójimo
tiene para suscitar físicamente en mí una reacción (v. gr., la huida, con sus
vivencias correspondientes, en principio distintas de las del que me las
produce) y lenguaje a la capacidad del noema para suscitar en
mí estados o vivencias semejantes a las de quien habla, diremos que el lenguaje
deriva de la expresión, y sólo de la expresión, en el momento en que ésta se
hace simétrica, o sea, en el momento que yo me comprendo, por la repetición
imitativa del signo, capaz de suscitar en el otro las mismas relaciones que él
suscitó en mí. Por supuesto, la transformación de la expresión en lenguaje
exige también un entendimiento capaz de advertir la simetría, y por eso el
lenguaje es privilegio del hombre. Un ejemplo concreto: supongamos que el jefe
de la horda, mediante empujones, me dirige a su arbitrio. Mientras soy
dirigido, mis vivencias serán distintas a las del jefe, y mi relación con él
asimétrica. Pero si yo imito los movimientos del jefe y empujo a otros, incluso
al jefe mismo, entonces se desarrollará en mí la vivencia de dirigir, siempre
que yo tome conciencia de que mis empujones tienen la virtud de encauzar a los
otros por donde yo quiero. Ejercitando mis propias fuerzas, aprenderé a
conocerme, a saber lo que puedo hacer, y, por lo tanto, lo que puedo
originalmente desear. Cierto que esto no sería posible si, a la vez, mi deseo
(un acto psicosubjetivo) no fuese de algún modo distinto de la acción corpórea
misma (sin lo que mis actos psicológicos serían puros epifenómenos, siendo lo
único efectivo la conducta corpórea). Es necesario que, a la par que
miméticamente empujo a mis compañeros, surja en mí la idea de dirección, pero
esta idea es sugerida precisamente por la acción misma. Acaso en sus primeros
pasos, el hombre forjó sus ideas a partir de acciones que, propiamente,
carecían de sentido –v. gr., saltar, gritar– es decir, eran libres, pero
admitían un sentido y, por tanto, generaban las vivencias correspondientes. El
signo, en su entidad material, sugiere la idea, y al reaplicarse ésta a aquél
aparece la función formal del signo: ella permite atenuar y estilizar la propia
entidad material que le dio origen: en el ejemplo anterior, el empujón podrá
ser esquematizado en la acción de indicar con el dedo.
Ahora
bien: como, de hecho, todo nuestro conocimiento del prójimo comienza por la
percepción exterior del mismo, podemos concluir –dado que la autoconciencia
(introspección en sentido estricto) es posterior al conocimiento del
prójimo–que nuestro conocimiento psicológico toma su origen en intuiciones
psiconoemáticas. En este sentido puede aducirse la frase de Goethe, que podría
servir como lema de Psicología noemática: «el hombre se conoce a sí mismo en la
medida que conoce al mundo que sólo él descubre en sí y a sí mismo sólo en él.
Cada nuevo objeto, bien contemplado, hace patente un nuevo órgano en nosotros
mismos».
Esto
supuesto, el conocimiento psicosubjetivo sólo es posible a partir del
conocimiento psiconoemático. Cuando las intuiciones psiconoemáticas nos han
ofrecido un «campo psicológico» compuesto par la clase de sujetos que pueden
ser afrontados a través de un género determinado de intuiciones
psiconoemáticas, entonces se hace posible abstraer el sistema
noemático, hipostasiando su relativa objetividad (que le viene de la
independencia por relación a cada uno de los sujetos, divisamente tomados), y
situarnos en el punto de vista de este sujeto, en cuanto puede participar de
diversas maneras y en diversos grados, del sistema noemático. Aparecen así los
conceptos psicosubjetivos, como diversas formas de comportarse o
vivirse ciertos entes que previamente hemos conocido psiconoemáticamente como
entes psíquicos. Si el psicólogo puede utilizar el estudio de los
movimientos del rostro, o el de las reacciones ante un medio social como medios
para clasificar psicosubjetivamente a un conjunto de entes, es porque antes sabe
que el ser que mueve ese rostro, o el que reacciona ante un medio social, es un
ser psíquico –precisamente porque tiene rostro y porque se nos da «en un medio
social». Ahora bien: la circunstancia de que estas intuiciones noemáticas
presupuestas en toda investigación psicológica sean «coeficientes constantes»
(en una gran medida al menos) y, sobre todo, el que los nuevos noemas puedan
ser comprendidos como resultado de la actividad subjetiva
(aunque actuando sobre elementos noemáticos) explica su inadvertencia en la
Teoría de la Ciencia psicológica.
Ahora
bien: el sujeto que la intuición noemática nos da a conocer
¿es el sujeto en general, o bien ese sujeto, o yo mismo? El sujeto conocido
noemáticamente ¿se me da en tercera persona, o bien en segunda o en primera?
Como
tesis previa establezco que no es posible un conocimiento psicológico que
no comprometa la propia alma del psicólogo, no ya en el
sentido general de que el cognoscente está siempre presupuesto en el
conocimiento del objeto, sino en el sentido especial de que el cognoscente está
siempre formando parte, de algún modo, del objeto mismo: está «comprometido» en
él.
Esto
supuesto, es absurdo admitir conocimientos psicológicos «objetivos»,
impersonales, en los que el psicólogo sea mero espectador. En todo conocimiento
psicológico, el psicólogo es parte de la estructura conocida: su propia alma
está presente, de algún modo, en la estructura que se describe. En este sentido
cito la frase de San Agustín:
«Non
itaque velut absentem se quaerat cernere [animam], sed praesentem se curet
discernere» (De Trinitate, X, 9. 12.)
Ahora
bien: el modo de estar presente el alma a todo objeto psicológico conocido, el
modo de formar parte de él, de estar comprometida con él, no
es unívoco. Podemos distinguir cuatro tipos o modos de tener lugar esta
«Psicología comprometida»:
1.° La
unidad entre el alma y el objeto psíquico que conoce es del género de la
identidad o semejanza.
Esta
forma de unidad tiene lugar siempre en la in-trospección, pero también ha de
notarse que siempre que conocemos a otro sujeto, en la intuición de una
vivencia o forma psíquica cualquiera, va siempre envuelta la intuición de una
vivencia o forma psíquica general, de la que nos sentimos solidarios, y a
través de la cual vivo mi solidaridad con el objeto investigado.
Por
consiguiente, esta forma de unidad está de algún modo presente en las
sucesivas.
2.° La
unidad recién descrita es, pues, como el fondo sobre el que se dibujan nuevos
tipos de unidad o estructuras. Esta unidad primaria es eminentemente
psicosubjetiva, es decir, fundada en categorías de solidaridad psicosubjetiva
(deseos, sentimientos, representaciones). Y esta solidaridad tiene estratos
interanimales (no sólo interpersonales). En esta unidad se basa el fondo de
verdad de la teoría «intelectualista» del conocimiento del prójimo, por
analogía con mis propios estados de alma. Yo comprendo al prójimo por analogía
con mis propios estados de alma, pero precisamente porque esta analogía me
permite inferirlos, y no porque infiera esa analogía. De hecho, jamás conozco
al otro como un ser enteramente análogo a mí, sino que mi unidad con él está, además,
dada en otro modo más concreto: a saber, unidad de estructura asimétrica,
compuesta esquemáticamente por el otro; su expresión (v. gr., su cuerpo) y yo
mismo y teniendo en cuenta que el otro no es un sujeto que está «detrás del
cuerpo», sino que es de algún modo, su cuerpo mismo. En esta situación, la
expresión (o sea: el noema) no guarda con respecto al otro las mismas
relaciones de unidad que guarda conmigo. Sin embargo, cuando yo conozco al
prójimo a través de su cuerpo, estoy unido a él (o a alguien
semejante), estoy comprometido con él, pero no según la forma de la analogía.
Por esta razón y pese a la unidad profunda con él, lo que conozco de mí mismo,
y aun la forma de conocerlo, es distinta de lo que conozco en el prójimo.
Originariamente, la primera persona se conoce psicosubjetivamente, y la segunda
persona, el Tú, psiconoemáticamente.
3.° La
unidad, el psicólogo y el mundo psicológico conocido por él, puede consistir
también en una semejanza de relaciones que yo mismo y los demás decimos a
un tertium, que será una forma noemática. Esta forma de unidad
no debe confundirse con la anterior (ni tampoco con la primera, que es una
unidad genérica), que es estructural asimétrica, mientras la tercera es
relacional. Unos ejemplos pondrán en claro estos conceptos.
El
contenido noemático (N), a través del cual se me descubre, como psicólogo el
alma de un ser viviente, puede guardar con el sujeto observado (So)
relaciones diferentes a las que guarda con el psicólogo mismo (S1) o
bien, puede observar relaciones semejantes. En símbolos:
S1 (P)
N (R) So (Relaciones desemejantes)
o bien
S+1 (L)
N (L) So (Relaciones semejantes)
En el
primer caso N manifiesta a S1 de un modo muy distinto a como
manifiesta a So. Por ejemplo: si N es la faz de un tigre que ruge al
vernos, So se nos presenta como «la misma fiera en actitud de
ataque» y S1 se conoce como «un ser que tiembla». N es, por
tanto, un contenido noemático que nos revela un modo de ser psíquico: el tigre
rugiendo: en cambio S1 se hace presente a sí mismo
psicosubjetivamente (como sujeto que tiembla).
Cuando
esta situación se da, se comprende fácilmente que no es necesario que yo me
«identifique» con el noema expresivo en el mismo sentido en que el «otro» se
identifica con él: propiamente, yo formo parte también de la situación, como
ser que suscita el rugido (o semejante a quien los suscita) y, por tanto, en
cuanto miembro de la estructura asimétrica, se comprende que yo no deba ser
semejante al otro extremo, y por tanto, que mi subjetividad se me manifiesta de
forma distinta a la del otro (la mía, psicosubjetivamente, la del otro,
psiconoemáticamente). En este caso, yo penetro noemáticamente en la psique
ajena.
Supongamos
ahora que N guarda las mismas relaciones con S1 que con So.
En el caso ideal, tal es la situación de dos personas de las que sabemos que
han conocido un mismo objeto o sistema de objetos (v. gr., un teorema
matemático, un paisaje o una procesión). En este caso puedo afirmar que cuando
conozco a S1 a través de N, lo conozco semejante a S+1,
o sea, puedo formar la clase (S1, S+1,... Sn)
de los sujetos configurados por N. Ahora bien: se comprende que cuando esta
situación se da plenamente, como N es constante, es un coeficiente común, no
sirve para discriminar psicológicamente a S1, S+1, Sn,
entre sí –habría que comparar a S1, S+1, Sn,
con otros sujetos para los cuales N no tiene el mismo significado, lo cual
exige un esfuerzo de abstracción considerable (cuando N es constitutivo de
nuestro mundo) casi imposible de practicar. Esta es la razón por la cual
nuestro mundo natural (el firmamento, el horizonte, &c.)
no es utilizable psicológicamente, pues sería preciso poderlo camparar con el
mundo de otros animales. Sin embargo, en puridad, si este mundo que vivo como
mío, puedo atribuírselo a otros, ha de servir como descripción o intuición
psiconoemática de ellos; y esto es lo que sucede sobre todo a propósito de los
mundos culturales. Contemplamos las ruinas de una ciudad romana. Mi intuición
psiconoemática, ejercida sobre los mosaicos, las pérgolas, los anfiteatros, me
conduce al conocimiento de un tipo humano singular, que hago corresponder con
aquel que, en otro tiempo, habitó esta ciudad hoy ruinosa. ¿Cómo tiene lugar
este proceso psicognóstico? Desde luego, es erróneo suponer que, ante la vista
de las ruinas, se desencadena en mi mente una serie de actos lógicos deductivos
de esta índole:
a) Estos
monumentos san obra del hombre, y son de época romana.
b) Luego
en aquella época, hubo hombres que, como nosotros ahora, se preocuparon de
levantar casas, construir baños, anfiteatros.
c) Estas
preocupaciones las sirvieron de un modo singular, que puede describirse por
adjetivos psicosubjetivos (por ejemplo: habilidad, refinamiento, fastuosidad,
crueldad, &c., &c.).
Debe
notarse que, según este análisis, comenzamos suponiendo un sujeto humano,
habitante y autor de los edificios hoy arruinados, pero, en principio,
independiente de ellos y de nosotros (que no tenemos con él más que la relación
lógica de investigadores). Pero, en verdad, y además de esta forma
de conocimiento psicológico suscitada por las ruinas, existe otra más directa y
originaria, para la cual, ese sujeto, habitante de la ciudad
pretérita, no es propiamente independiente de la misma (en tanto que se nos
manifiesta a través de sus ruinas). Además, yo no soy, en este tipo de
conocimiento, un ser ajeno al hombre romano: estoy «comprometido» con él, por cuanto
estoy siendo cualificado y mensurado por las mismas formas entre las cuales se
tachó el alma romana. Yo mismo soy el que me siento habitante de esta casa,
espectador que está sentado en esta gradería: yo mismo, que he desdoblado mi
subjetividad, siendo, por un lado, el hombre actual que contempla ruinas y que
imagina fantasmas romanos entre ellas, y por otro lado, yo soy ese sujeto que
fluye ante sí mismo precisamente a través de esas formas, hoy «campos de
soledad», pero que, como formas arquitectónicas precisas, son contenidos
noemáticos que modelan mi espíritu, de suerte que, en él, renace de algún modo
el hombre romano que habitó esta ciudad. Haciéndose semejante a él, puedo
conocerlo plenamente. ¿Y quién se atreveré a afirmar que estas intuiciones no
son intuiciones psicológicas, si nos descubren de un modo cálido, específico y
vivo trozos del alma humana?
4.°
Además de las tres maneras de unidad entre el psicólogo y el mundo psíquico
conocido, ya descritas, cabe una cuarta que tiene lugar en la siguiente
situación: cuando hay, a la vez, asimetría y simetría en la estructura
compuesta por (S1, N, Sn) por respecto a N. Hay asimetría
en cuanto que N no significa para S1 lo mismo que para Sn;
pero hay simetría en el sentido de que los lugares son intercambiables, de
forma que S1 puede ocupar, de alguna manera el lugar de So,
y recíprocamente, manteniéndose la estructura. En esta situación, S1 se
automanifiesta, dentro de la estructura (S1, N, So) de
forma diferente a So. Por ejemplo: S1 se
automanifiesta psicosubjetivamente, mientras que So se
manifiesta psiconoemáticamente, a través de N. Pero comoquiera que estos
lugares son intercambiables, será forzoso concluir que el mismo S1 puede
ante sí situarse intencionalmente en el lugar de So, y por
consiguiente, conocerse a sí mismo noemáticamente, o también conocerse a sí
mismo sub specie alteri, o sea, gracias a la efectiva incorporación
de su propia personalidad a él.
Este tipo
de situaciones permite formalizar las intuiciones noemáticas fundadas sobre
objetos, que no están –o pueden no estar– realmente unidos al sujeto conocido.
Tal es el caso de la intuición de un sujeto pretérito a través de su traje que
un museo conserva.
§ 12
El mundo
noemático constituye, en sí mismo, una configuración del alma y, por tanto, su
conocimiento instaura un auténtico saber psicológico, que es un saber acerca de
la estructura biopsíquica.
En lo que
se refiere a la Psicología animal, las características noemáticas han sido poco
aprovechadas, y otro tanto hemos de decir de la Psicología humana en cuanto que
estudia al hombre en general, como sujeto meramente natural.
Pero algo
totalmente distinto ocurre con las formas o noemas culturales. La cultura es un
mundo noemático, pero esta vez construido por la propia persona humana: por lo
cual podemos tener completa seguridad al afirmar que toda forma cultural tiene
un sentido noemático, y por tanto, psicológico.
La
cultura –como he defendido en otra parte– es un mundo noemático, interpersonal.
En la comprensión de las estructuras culturales del prójimo, llegamos nosotros
a ser personas en acto, y asimismo, en la creación o participación personal de
la cultura objetiva, del espíritu objetivo, reside el auténtico principium
individuationis con valor positivo, es decir, psicológicamente
utilizable.
Lo que
precede nos permite comprender la posibilidad de diferentes estratos en que
podemos situar el intuir psiconoemático, que son tantos como capas podemos
distinguir en el mundo cultural. Por ejemplo, y a título de orientación, nos
situaremos:
a) O bien
en el estrato del cuerpo del prójimo, como contenido estrictamente cultural. La
Fisiognómica y la Patonómica, son capítulos que deben ser rescatados por la
Psicología noemática.
b) Estrato
del lenguaje simbólico.
c) Estrato
del «décimo predicamento» (habitus).
d) Estrato
de las artes plásticas y arquitectónicas.
e) Estrato
de los contenidos ideales (religión, ciencia).
* * *
Estos
estratos noemáticos, aisladamente considerados, son abstracciones que no sirven
para introducirnos en la vida psíquica de un modo pleno (del mismo modo que las
categorías psicosubjetivas tampoco pueden, por sí mismas, ofrecernos una
comprensión plena del alma). Es preciso, por tanto, acatar la necesidad de una
«síntesis de las intuiciones noemáticas» que restaure la unidad perdida en el
análisis, del mismo modo que las síntesis «psicosubjetivas» proporcionan la
comprensión de la actividad psíquica como algo vivo y concreto. Las síntesis
psicosubjetivas dan la unidad de los datos procedentes, tanto de los objetos
como de la introspección pura, tiene lugar por medio de las leyes teleológicas
del sujeto, medidas, bien sea desde la conducta atomística, bien sea desde la
conducta molar. En las ruinas romanas de nuestro ejemplo, la síntesis
interpretativa de ese hogar, que acaso contiene aún sus cenizas, tiene lugar
psicosubjetivamente, de este modo: «estas cenizas son reliquias del fuego
que encendió un ciudadano romano, dueño de
esta casa hoy destruida, para calentarse». Es decir, los aspectos
reflejados por el mundo objetivo son enlazados a través de una conducta
subjetiva.
Las
síntesis noemáticas proceden, inversamente, estableciendo la unidad entre los
datos psicológicas, no sólo noemáticos, sino incluso subjetivos, a través de un
sistema de contenidos hermenéuticamente elaborados. Este sistema estructural
noemático debe, ciertamente, referirse resolutivamente en una persona o animal
como centro unificador que, desde él, se hace patente. Pero el sistema mismo se
construirá sobre estructuras objetivas y, sobre todo, tratándose de Psicología
humana, por relación a un campo cultural presupuesto. La síntesis noemática se
logra por la conexión de las diferentes capas de un mundo, cuyo
centro es una vida personal (en el caso más eminente). Debe advertirse, por lo
tanto, que esta síntesis no se funda en categorías meramente objetivas y
técnicas (por ejemplo, «en que las vigas de este edificio tienen cierta forma
determinada par exigencia de su naturaleza», sino que ha de establecerse en
virtud de motivos personales o formas hermenéuticamente tratadas. La síntesis
psiconoemática tampoco puede ser meramente empírica, fundiendo a toda costa el
aluvión de fragmentos objetivos que nos son dados.
¿Cuáles
son, en concreto, estas formas sintéticas de las intuiciones psiconoemáticas?
Si
tenemos en cuenta la naturaleza metafinita de la cultura objetiva, podemos
concluir que estas formas de síntesis no hay que buscarlas en lugar distinto al
que se acoge a los mismos elementos sintetizados. Los propios miembros del
sistema noemático pueden asumir la función sintética. Cada elemento del mundo
cultural, en cuanto parte que tiende a estar presente en todas las demás, puede
ser eslabón desde el que se verifica la síntesis noemática. Así, de hecho,
podemos establecer síntesis noemáticas desde las formas arquitectónicas, desde
les escritos literarios o desde la indumentaria.
Capítulo
tercero
Conceptos psicológicos que deben reducirse a las categorías noemáticas
Voy a
estudiar esta última cuestión en dos aspectos principales:
1.° En el
aspecto del conocimiento precientífico –o, por lo menos, aplicado–, procurando
demostrar que muchos conocimientos que pasan indiscutiblemente como
psicológicos son de naturaleza noemática.
2.° En el
aspecto gnoseológico, buscando aclarar la función que las categorías noemáticas
desempeñan en la ciencia psicológica.
§ 13
I. En la
vida familiar prevalecen las calificaciones psicológicas, subjetivas o
conductistas de las personas que componen el grupo. En la familia, la persona
aparece como optimista, locuaz, versátil, modesta, trabajadora, &c.,
&c. Todos estos adjetivos están predicados desde el punto de vista
psicosubjetivo, que podría llamarse el «punto de vista del ayuda de cámara».
La
intimidad familiar es ciega muchas veces pura la personalidad noemática, dado
que todo lo reduce a la visión psicosubjetiva. Para los hijos, el padre, tanto
cuando es un anónimo oficinista como cuando es un físico genial, mientras
escribe en su despacho, «está trabajando», o bien «es muy bueno e inteligente».
En
cambio, en la vida pública, suden ser notas noemáticas las que definen
psicológicamente a las personas. Las personas son conocidas «socialmente», por
su profesión, su «obra», incluso sus ideas: todo esto son categorías
noemáticas. En el lenguaje ordinario se han deslizado curiosamente adjetivos
inequívocamente noemáticos, y cuyo sentido psicológico no se funda tanto en la
conducta subjetiva que ellas puedan implicar, sino en el mismo mundo noemático
que configura a las personas calificadas: así, «ateo», «materialista»,
«darwinista».
Al tú, eminentemente
psicosubjetivo, se contrapone el usted, noemático. Todo el
mundo ha experimentado el, a veces, intensísimo proceso psicológico por el que
una persona, a quien conocemos desde su obra o su profesión, se nos aparece
desde su «intimidad» (psicosubjetiva): este proceso puede ser descrito como el
cambio de las categorías psiconoemáticas en beneficio de las psicosubjetivas.
Es de advertir que, según las ocasiones, el conocimiento psicosubjetivo del
prójimo, por íntimo y profundo que se nos aparezca, oculta su verdadera
personalidad, bien dignificándola, bien rebajándola.
II. El
siguiente experimento mental pretende demostrar el valor psicológico de las
intuiciones noemáticas. Supongamos un hombre adulto, fisiológicamente normal y
con un coeficiente intelectual superior a 100, que, sin embargo, «creyera» en
los Reyes Magos. La presencia de los Reyes Magos en su orbe psiconoemático nos
obligaría a declarar infantil a este sujeto. Adviértase que nuestro
calificativo psicológico se basa en la presencia noemática de determinados
contenidos (considerados como frecuentes y propios de la infancia) en su orbe
espiritual, y no en los actos subjetivos del sujeto necesarios para prestar
adhesión a la visita anual de los regios personajes orientales. Estos actos,
podría argüirse, implican una debilidad notoria en el razonamiento y en la
observación, que serían el fundamento de nuestro calificativo. Pero, aunque
esta debilidad existiese, el análisis fenomenológico demuestra que,
formalmente, el calificativo se refiere a esa presencia ideal, noemática, y no
a los mecanismos subjetivos que, sin duda, hay que presuponer para explicar la
realidad de esa presencia. Además, hay otra razón: no es absurdo admitir que,
aun concediendo vigor normal a estos mecanismos, un sujeto pudiese, por
circunstancias especiales de educación, mantener en su mundo de adulto a los
Reyes Magos: pues ellos no son incompatibles con el sólido ejercicio del
razonamiento.
Que, en
nuestra cultura, una mujer se crea un pájaro, es signo inequívoco de demencia.
Pero la razón de nuestro diagnóstico es antes noemática que subjetiva, y
nuestra demente razona su identidad con el pájaro con un lujo sorprendente de
argumentos ingeniosos. El absurdo del delirio de nuestra enferma resulta, antes
que del análisis psicosubjetivo, del contraste insostenible ante nuestro mundo
noemático y el de la enferma. Este contraste, en una tribu totémica, puede no
existir, y, en consecuencia, tampoco la calificación de demencia.
Cuenta R.
Litton que los salvajes organizan cacerías de brujas cuando hay epidemias de
tifoideas, y que esta costumbre asombra a los exploradores hasta que comprenden que
la razón por la cual los salvajes persiguen a las brujas es la misma que la que
nos conduce a los europeos a perseguir el bacilo de Ehber: ser la causa de la
enfermedad. En este ejemplo se ve muy nítida la línea divisoria entre el punto
de vista psicosubjetivo y el psiconoemático: cuando el antropófago se asombra y
considera absurdos, prelógicos, dementes o infantiles a los salvajes, está
intuyéndolos psiconoemáticamente. Cuando los comprende está
conociéndoles psicosubjetivamente.
III. Como
última serie de ejemplos, me referiré a ciertas intuiciones psiconoemáticas
cuya naturaleza psicológica es tan notoria que determina actitudes
inequívocamente psicológicas, tales como el amor, el odio, la admiración,
&c., &c.
El
enamoramiento sexual, al menos el de la mujer por el hombre, suele
desarrollarse a partir de intuiciones psicosubjetivas. La mujer intuye al varón
como «inteligente», «apto», «fuerte», «débil», «bueno», &c., y estas
condiciones determinan (psicológicamente) su afecto. Pero también existen casos
de enamoramiento basados en intuiciones psiconoemáticas. Cuando Melisendra se
enamora de su caballero a través de su brillante armadura, en modo alguno
imagina a un sujeto inferido a partir de la armadura y dotado de determinadas
virtudes subjetivas. Las intuiciones noemáticas eróticas pueden fundarse
también en otros estratos del mundo cultural, como, por ejemplo, el estrato
literario, caso de Bettina Brentano con respecto a Goethe. El siguiente texto
del diario de Ana Magdalena Bach (la llamada Pequeña Crónica) habla
por sí mismo en esta cuestión:
«El
segundo día de mi estancia en Hamburgo salí con objeto de hacer compras para mi
tía abuela y, al regresar a casa, al pasar por la iglesia de Santa Catalina,
entré un momento para contemplar el órgano. Cuando abrí la puerta oí que
alguien tocaba, y de pronto, desde la oscuridad, llegó hasta mí una música tan
maravillosa que pensé estaría sentado un arcángel al teclado. Me deslicé
silenciosamente al interior y me quedé escuchando de pie. Levanté la vista
hacia el órgano, en la galería occidental; los grandes tubos se lanzaban
formando torres hacia la bóveda, y más abajo, las hermosas tallas del órgano
brillaban en color castaño oro; pero el organista quedaba invisible a mis ojos.
No sé cuánto tiempo permanecí escuchando en la iglesia, pues no era más que
oídos y parecía haber echado raíces en las losas, perdida completamente la
noción del tiempo.
Estaba
tan ensimismada con el encanto de aquella música que cuando terminó, con una
serie de acordes que atronaron el espacio, seguí inmóvil mirando hacia arriba,
esperando que de los tubos ascendiese otra armonía celestial. Pero, en lugar de
eso, apareció en la tribuna el organista mismo, y se acercó a la escalera que
bajaba del órgano. Su atención se fijó en mí, que seguía mirando hacia arriba.
Le contemplé durante un momento, tan asustada de su repentina aparición que no
podía ni moverme. Sin duda, después de escuchar una música tan divina, esperaba
ver bajar del órgano a San Jorge, y no a un hombre. Pero inmediatamente me eché
a temblar, cogí el manto que se me había caído al suelo y, con un
estremecimiento inconcebible de horror, salí corriendo de la iglesia.»
Pero no
ya el amor sexual. Cualquier otro afecto puede ser determinado por intuiciones
psiconoemáticas. Podrá siempre objetarse, desde la Psicología asociacionista,
que los contenidos noemáticos son, en rigor, motivos para suscitar reflejos y
actitudes subjetivas. Por ejemplo: ante la excelente obra de un artista, estéticamente conozco
la obra, pero psicológicamente conozco su «habilidad», que es
la razón de mis posiciones «personales» ante el artista. Pero esta teoría,
aparte de que en sí misma no está probada, no explica los numerosos casos en
que las actividades no confrontan: acaso la obra es
deplorable, y, sin embargo, el afecto se mantiene, pues se funda en motivos
subjetivos (ésta es la razón de que los éxitos o fracasos públicos no suelen
redundar en la disminución del afecto de los amigos y familiares, que nos
conocen subjetivamente). Otras veces, sucede lo contrario: el conocimiento
noemático del prójimo nos mueve a admiración personal; pero su conocimiento
subjetivo nos mueve al desprecio y aun al odio. He aquí una muestra de
inestimable valor: es un fragmento de una carta de Rousseau a Voltaire, en
1760:
«Os odio,
en efecto, porque así lo habéis querido, pero os odio como a un hombre digno
aún de ser amado si lo hubierais deseado. De todos los sentimientos de que mi
corazón estaba lleno respecto a vos, sólo queda la admiración que no puedo
negar a vuestro hermoso genio y mi amor por vuestros escritos.»
Pero,
sobre todo, los noemas son fuentes de sentimientos y vivencias específicas que
en modo alguno podrían ser suscitados a espaldas de ellos mismos. Según esto,
no es legítimo concebir, por ejemplo, una energía indiferenciada y
relativamente autónoma de amor, odio, admiración, &c., que se aplicase, en
diversos grados de intensidad, pero dentro del mismo género, a los diversos
noemas (como pretende la teoría freudiana de la sublimación). La admiración o
el desprecio que se vive ante una obra literaria es, según esto,
específicamente distinta de la admiración que se siente por un malabarismo. No
hay, pues, una «energía admirativa» que se aplicase a diversos objetos. De aquí
derivan consecuencias muy diversas, algunas de ellas de capital interés. Citaré
tan sólo la siguiente, de alcance psicoterapéutico: Una persona, atacada
de taedium vitae, acaso no pueda liberarse de este morbo por
tratamiento psicoanalítico o farmacológico; pero basta que se le sitúe ante un
ambiente propicio, v. gr., en unos salones decorados según un estilo
determinado, para que esta persona experimente el renacer de ese sentimiento
específico del goce vital que dimana del mundo que nos está ajustado, y que,
por tanto, debe ser llamado noemático.
§ 14
Las
categorías psiconoemáticas, si nos sirven para conocer a las personas, no
podrán por menos de tener cabida en la Psicología científica. Ciertamente que
el estudio de las formas culturales, en extensos y profundos aspectos, no nos
comporta sabiduría psicológica, sino sabiduría técnica, histórica, &c.
Podría objetarse que esto destruye nuestros postulados, pues si las formas
culturales son noemas puros, todos los aspectos de los mismos,
serían otros tantos caminos psicológicos. Ahora bien, hay que tener en cuenta
que las formas culturales, aun cuando sean noemas puros, pueden estudiarse
según dos ángulos diferentes:
a) En
cuanto que constituyen mundos –o sea, en tanto que dicen
formalmente referencialidad al sujeto– y entonces derraman ciertamente una luz
psicológica.
b) Se
pensará que, según la definición de noema cultural, no es posible otra
consideración de las formas culturales más que la recién expuesta: pues las
formas culturales se «agotan» en ser partes del mundo de una persona.
Sin
embargo, hay que advertir que, sin suprimir, desde luego, esta referencialidad,
que destruiría a los noemas culturales en sí mismo, es posible estudiar las
relaciones que unos noemas guardan con los otros: con esto conquistamos una
tierra novísima, rebosante de relaciones internoemáticas, que, sin perjuicio de
serlo, no tienen ya significación psicológica inmediata, siempre que
esas relaciones puedan establecerse sin pasar por el sujeto (pues, en
otro caso, las relaciones internoemáticas son tan psicológicas como las
relaciones entre dos imágenes o entre dos sensaciones psicosubjetivas). Las
Matemáticas, la Lógica –en tanto que estudia las relaciones objetivas que
brotan de contenidos puramente psicológicos, como son los conceptos, pero que
rebasa enteramente el ámbito psicológico–, la Historia de la Cultura, la
Estética son modelos principales del estudio de los noemas en su aspecto no
psicológico.
* * *
Consideradas
las formas culturales en su referencia al sujeto, hermenéuticamente, como
centro organizador de las mismas, se instaura la Psicología noemática, cuyas
funciones, en el ámbito de la Psicología, culminan esencialmente en la
construcción de la Psicología diferencial.
En
efecto: si consideramos las formas culturales en lo que tienen de común y
genérico, constantes a través de la Historia y de los individuos, entonces las
formas culturales se nos convierten en unas constantes –como lo eran las formas
naturales en Psicología animal– de las que muy pocas conclusiones psicológicas
podrían sacarse, precisamente porque no podemos salir fuera de estos aspectos
genéricos de la cultura, para poder medir lo que representan en la
configuración de la persona humana. Pero si considerarnos las formas culturales
en sus diferencias cualitativas e históricas, entonces sí que se nos abre un
insospechado reino inteligible, y la falta de sentido histórico es la que, sin
duda, ha ocasionado el atraso de la Psicología noemática. La situación es
análoga a lo que en Física ocurrió con Galileo: mientras el movimiento de los
cuerpos era considerado en sus atributos genéricos y absolutos, globales, muy
poco podía descubrirse acerca de sus leyes: pero en el momento en que el
entendimiento humano se decidió a comparar los movimientos entre sí –los
cambios de velocidad, las aceleraciones– se hizo posible la Física positiva.
Ahora
bien: es evidente que la Psicología noemática, concebida en el aspecto
diferencial de las formas, conduce a una Psicología diferencial.
Ciertamente,
no todos los conceptos de la Psicología diferencial son noemáticos. Ahí está la
Tiología de Heysmann, remozada por Le Senne y otros para atestiguarlo. Pero, en
cambio, todos los conceptos de la Psicología noemática son, eminentemente,
diferenciales: Los tipos fisiognómicos, y en otro estrato, los tipos de
Spranger, o esa Psicología Histórica que es la Psicología de los Pueblos de
Wundt y su escuela, o, incluso la obra de Spengler.
La
Psicología Noemática es el único punto de vista que permite estrechar las
diferencias hasta alcanzar las notas individuales, En la medida en que el mundo
cultural es creación de personalidades individuales, así también se hace
posible el conocimiento psicológico individual, que es a priori
imposible desde supuestos psicosubjetivos o conductistas. Las
descripciones psicosubjetivas científicas –incluso las literarias, a las que
Dilthey presta tanta confianza– proceden siempre por categorías generales, que al
recaer sobre una persona concreta (incluso sobre un grupo) pierden su virtud
diferencial
Por mucho
que ahondemos en el psicograma psicosubjetivo de Beethoven, jamás llegaremos a
una descripción estrictamente personal del mismo. Todos los predicados
psicosubjetivos que le asignemos, se pueden aplicar también a otras personas:
Beethoven era apasionado, tenía un excepcional talento musical, era pícnico,
tímido y orgulloso: si sólo conociéramos esos atributos de Beethoven sería éste
el simple sujeto lógico de tales predicados psicosubjetivos. Pero si decimos:
«Beethoven es el autor de la Novena Sinfonía», entonces sí que hemos
aprehendido el verdadero principium individuationis, el alma
personalísima de Beethoven. Podrá objetarse que este conocimiento no es
psicológico, sino cultural o histórico: respondo que, aunque pueda ser en algún
aspecto histórico o cultural, ¿cómo atreverse a negar la condición de
psicológico a un saber que precisamente nos procura la más precisa intuición
del alma de una persona? Es difícil, cierto, trazar la línea divisoria entre lo
psiconoemático y lo cultural (al igual que en Psicología subjetiva es difícil
distinguir, en concreto, lo psiquico de lo fisiológico): es difícil, asimismo,
elaborar psiconoemáticamente estas intuiciones noemáticas, pues carecemos aún
de un sistema de conceptos al afecto. Pero estas dificultades no tienen nada
que ver con la realidad del conocimiento psiconoemático.
Por
último, hay conceptos psicológicodiferenciales inevitables y fundamentalísimos,
que no pueden ser definidos en modo alguno a espalda de las categorías
psiconoemáticas. Tales son, por ejemplo, los conceptos de genio y
de loco. Desafío a todos los psicólogos positivos a que definan el
concepto de genialidad o de locura fuera de las categorías noemáticas. Desde el
punto de vista psicosubjetivo, el concepto de Genio desaparece. Supongamos que,
con una batería de test mentales bien combinados –el método de los test
mentales es preponderantemente psicosubjetivo– hemos medido la inteligencia a
cien personas, entre ellas a Einstein –palabra eufónica que suele servir a los
psicólogos como cifra de la genialidad–. Supongamos que en el percentil más
alto se han situado Einstein y los anónimos ciudadanos M y N –también podría
suceder que Einstein hubiera caído en el percentil 8 o 9–. ¿Nos habríamos
aproximado con ello al concepto del genio einsteniano? En modo alguno, ni
siquiera al concepto de genio en general. Al concepto de genio no puede
llegarse por el sistema de aumentar los cocientes intelectuales. Aumentando
este cociente se llega al concepto de persona genial tanto como aumentando los
gramos de la masa encefálica de los antropomórficos se llega al concepto de
hombre.
Pero no
es ésta la ocasión de exponer el sistema de los conceptos de la Psicología
noemática, sino sólo defender su existencia gnoseológica.
Conclusión
Desde las
categorías psiconoemáticas se nos revelan tablas axiológicas cuyos valores no
se correlacionan siempre –incluso se oponen– con los valores dados en las
tablas que presiden los contenidos psíquicos considerados desde las categorías
psicosubjetivas.
Por
ejemplo, desde el punto de vista psicosubjetivo, la distancia entre el criminal
y el héroe puede ser mínima: para el moralista es inmensa (el moralista está
situado en las categorías noemáticas morales). Para la Psicología subjetiva, el
investigador que, a pesar de 500 experimentos fracasados continúa sus trabajos
sin llegar a descubrir nada, y el inventor genial, que en el 501 experimento,
descubre la sustancia que le dará la fama, no se diferencian acaso en lo
esencial: sin embargo, desde el punto de vista noemático la diferencia entre
ambos puede ser total.
Asimismo,
cuando en Política aplicamos las categorías psicosubjetivas se nos presentan, a
igual nivel de «ciudadano» el obrero y el sabio. Más aún, prescindiremos de las
«ideas» de cada cual, siempre que sean buenos ciudadanos. Muchas personas no
comprenden cómo a ciudadanos excelentes –desde el punto de vista
psicosubjetivo– se les persigue por sus «ideas» religiosas, o incluso
filosóficas. He aquí, por boca de Rousseau, expresada esta opinión:
«Cada uno
puede profesar las opiniones que le plazcan, sin que el soberano deba
inmiscuirse en ellas, dado que, careciente de competencia en el otro mundo, no
es cuestión suya, cualquiera que sea la suerte de sus súbditos en la vida
futura, con tal de ser buenos ciudadanos en ésta.» (Contrato Social, libro
4. cap. 8.)
Sin
embargo, no puede olvidarse que la convivencia entre personas
es a veces imposible, no ya por incompatibilidad de caracteres subjetivos, sino
por falta de «mundos comunes», es decir, de identificación en contenidos
noemáticos –verbi gracia, por diferencias en la «educación».
Terminaré
bosquejando las consecuencias pedagógicas derivadas de la Psicología noemática,
en cuanto se complementan con las de la Psicología subjetiva.
En líneas
generales, puede afirmarse que la «Pedagogía oficial», inspirada en categorías
psicosubjetivas, tiende más a la educación formal que a la educación «material»
–y esto significa, entre otras cosas, la distinción que se hace entre
«formación» e «instrucción». Aplicado esto en un caso concreto se verán todas
las consecuencias que implica.
La
educación musical suele justificarse entre los pedagogos porque «desarrolla el
sentido del ritmo, templa los sentimientos, aguza el oído»: es decir, porque
fomenta el desarrollo de aptitudes y hábitos psicosubjetivos. Según esto,
sacamos la impresión de que para los pedagogos es más importante conseguir una
maduración de estas aptitudes, que no, por ejemplo, que el alumno conozca
perfectamente las vicisitudes de la Quinta Sinfonía de Beethoven.
Ahora
bien: las categorías psiconoemáticas nos enseñan la necesidad fundamental de
completar el cultivo de esos hábitos psicosubjetivos con la posesión idiográfica de
las grandes formas culturales, en tanto que éstas, por sí mismas, por su propia
esencia idiográfica, dilatan la esencia de la persona de un modo singular y con
un signo totalmente diferente al que posee el desarrollo considerado
psicosubjetivamente.
Consecuentemente,
no sólo mediremos el nivel espiritual de una persona por medio de test psicosubjetivos,
como son todos los test de aptitudes y de inteligencia, sino que también habrán
de tomarse en consideración los que podrían llamarse test noemáticos.
Estos test ya existen: pues como tales hay que interpretar los test de
vocabulario, una gran porción de los test proyectivos y, sobre todo, los
«exámenes», en los cuales se sigue midiendo la «instrucción», pese a las
protestas de los pedagogos psicosubjetivos. Pero estos test noemáticos deberían
extenderse sistemáticamente a todos los dominios de la vida psíquica,
conscientes de lo que significa la identificación de la persona al mundo
cultural, los grados de esta identificación y la rigurosa correlación entre las
edades cronológicas y los contenidos noemáticos asimilables.
La
Pedagogía, en fin, debe saber que es más persona aquel que
está familiarizado con la Iliada, la Geometría de
Euclides o las danzas clásicas, que aquel otro de quien solamente sabemos que
ocupa percentiles muy altos en test que miden el factor
verbal, el factor número y en el test Otzerezky,
respectivamente.


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