© Libro N° 11153.
Los Procesos Picnológicos. Bueno,
Gustavo. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
Los Procesos Picnológicos. Gustavo Bueno
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Gustavo Bueno
Los
Procesos Picnológicos
Gustavo
Bueno
Los
procesos picnológicos (I)
Esencia
de los “procesos picnológicos”
Las
consideraciones de carácter biológico que abren este párrafo no son
absolutamente indispensables para determinar la esencia de cierto movimiento
cognoscitivo que llamo picnológico{1}, cuya
definición es enteramente inteligible en sí misma, tal como más adelante
consta. Pero el punto de vista biológico favorece decididamente la comprensión{2} de
la actividad picnológica, es decir, la clara intelección de la posición que
ocupa en la economía cognoscitiva del animal. Por este motivo he adoptado este
siempre fecundo punto de vista como método adecuado para penetrar en este
dominio, poco explorado, de la vida cognoscitiva.
Es
conocida la distinción entre sensaciones brutas o primitivas,
y sensaciones elaboradas (v. gr., imágenes, percepciones). La
“elaboración” tiene lugar en la esfera sensorial, pero también las ideas pueden
considerarse muy rigurosamente como sensoriales elaboradas por todo aquel que
no defienda la doctrina de las ideas innatas{3}. Queda,
de este modo, generalizado el concepto de sensación que se extiende a todo
contenido cognoscitivo.
Ulteriormente,
conviene imprimir a la oposición entre sensaciones primarias y elaboradas un
sentido relativo, en tanto que una sensación elaborada puede ser tomada como
primitiva por respecto a otra elaborada en algún grado superior. Esto permite
generalizar, a su vez, el concepto de elaboración, considerando
a las sensaciones primarias como sensaciones elaboradas en grado cero, concepto
que puede ser interpretado –si así lo exigiesen razones que aquí no importan–
como un puro concepto límite, de suerte que las sensaciones primarias fuesen
pura abstracción, sin existencia real aislada.
Urge
definir ahora el concepto de “elaboración” de las sensaciones. Una definición
esencial requeriría, sin embargo, excesivos supuestos y, de otra parte, ella no
es imprescindible en este estudio. Me limito, por tanto, a aducir la siguiente
propiedad de la elaboración, puramente relativa, pero suficiente a mi
propósito, y que constituye como una definición implícita del concepto en
cuestión.
La
elaboración es una inserción de la sensación en un contexto de relaciones, del
que constituye un miembro estructural integrante{4}.
Es un
error, al que propende la filosofía escolástica, concebir la elaboración
exclusivamente como abstracción (operación negativa “precisiva”),
sin atender al aspecto de construcción que ella posee, y que
es una operación de carácter positivo{5}. Por lo
demás, abstracción y construcción se complementan, no siendo ésta posible si
aquélla no le precediere. Sin segregar ciertas determinaciones de los
contenidos a elaborar no sería posible insertarlos en un complejo de relaciones
construido sobre ellos{6}, al
menos de un modo biológicamente relevante. En efecto, para conseguirlo, es
necesario admitir la persistencia de los contenidos elaborados, que deben
sobrevivir de algún modo a la efímera dirección de todo proceso sensorial o
psíquico en general, sometido al ritmo temporal del viviente; y esta supervivencia requiere
necesariamente la abstracción de las diferencias existenciales.
La elaboración, en tanto es biológicamente significativa, se
eleva, por tanto, necesariamente sobre los momentos existenciales, lo que
equivale a decir que necesita practicar la abstracción de las
determinaciones peculiares a tales momentos; y esta abstracción está realizada
en virtud de variadísimos recursos, desde la memoria sensitiva hasta las formas
más depuradas del pensamiento intelectual{7}.
La
significación biológica de la elaboración de las sensaciones consiste
probablemente en encaminar el animal hacia un nivel o altitud vital de tal
naturaleza que, desde aquí, puede decirse que el animal se encuentra preparado ante
los nuevos estímulos que incesantemente le siguen llegando del contorno.
Preparación implica, por lo tanto:
1. Una
conservación del estímulo anterior que permite acoger el actual como
“experiencia familiar”. Para ello se exige la abstracción (elaboración
negativa) principalmente{8}.
2. Una
posesión de relaciones en torno a este estímulo registrado que permite
responder con reacciones adecuadas, ya ensayadas, a los nuevos
estímulos{9}. Para
ello es precisa la construcción (elaboración positiva).
Estamos
ya en condiciones de postular con sentido que la elaboración es
la primera fase de las actividades teleológicas del cognoscente, y que esta
elaboración estriba en la conquista de un sistema estructural
en el cual queden conservados e insertados los estímulos y contenidos en
general.
Consideremos
ahora deductivamente las actitudes que el viviente deberá adoptar ante las
nuevas experiencias y estímulos. Evidentemente, en tanto lo consideremos en
posesión de un sistema (mínimo) tenderá a “absorber” los
nuevos estímulos en las “retículas” ya asimiladas (elaboradas) que pueden
llamarse engramas y que, aun procedentes de una elaboración
empírica, funcionan como categorías a priori en el sentido de
Kant. Por ello, el animal tiende a configurar su contorno según su propia
estructura, y no concretamente a adaptarse al medio{10}.
Deberemos
admitir, por tanto, en la vida cognoscitiva no sólo la dirección vital
llamada elaboración (que podría simbolizarse así: Experiencia
→ Sistema), sino también una dirección de sentido inverso (su símbolo será:
Sistema → Experiencia) y que podría definirse: una tendencia a reducir los
estímulos nuevos a otros ya poseídos, a vaciar los nuevos contenidos en los
moldes que el animal ya se ha procurado previamente{11}.
Naturalmente, esta tendencia no se cumple siempre certeramente. Se producen
errores biológicos, que son justamente los testimonios de la realidad de una
tendencia subjetiva por lo mismo que desborda las relaciones puramente
objetivas de afinidad y semejanza.
Ahora
bien: en tanto las nuevas experiencias tienden a “vaciarse” en los retículos
sistemáticos, pueden considerarse como diferentes modulaciones de estos
engramas, como modelos distintos que ejecuten un mismo tipo
general{12}, y
constituyen así el specimen de éste.
Se puede
ahora formular la tendencia definida como inversa de la elaboración en
estos términos precisos: el animal, en posesión de un sistema, tiende a
comportarse ante los nuevos estímulos como si fuesen modelos de
su sistema, es decir, ejemplos que repiten, en distintas modulaciones, el
arquetipo ya presupuesto.
Ahora
bien: como la constitución de un sistema ha sido siempre la
meta de la actividad científica, se comprende que el interés de los
epistemólogos se haya centrado en el estudio de los procesos de elaboración: este
sentido poseen los planteamientos clásicos desde Aristóteles y Santo Tomás,
hasta Kant y Husserl: explicar el tránsito de la sensibilidad al mundo
inteligible.
Es cierto
que se han investigado importantes aspectos del movimiento de “retorno” inverso
a la elaboración, y entre estos procesos de retorno ocupan
destacado lugar los picnológicos. Así, entre los escolásticos, era
vulgar el proceso de “contracción” del universal (sistema), al inferior (que
desempeña el papel de modelo); asimismo, la conversio ad phantasmata, que
es un proceso de regresión desde las ideas hasta las imágenes, que se
postulaban como origen de las ideas; y, según algunos, gracias a este proceso
podíamos conocer lo individual{13}. La
“ratio particularis” pertenece también a los movimientos de retorno. Kant ha
conocido los por él llamados “juicios determinantes”{14}. De alto
interés son también en este aspecto muchas ideas de Croce{15}. Sin
embargo, carecemos de un planteamiento suficiente que recoja todos los aspectos
de esta dirección cognoscitiva y formule claramente su peculiar problemática
epistemológica. Porque, acaso prácticamente, se viene sobreentendiendo que los
“procesos de retorno” constituyen una simple reversión de los “procesos de
elaboración”; de forma que bastaría –para decirlo gráficamente– conocer el
“camino de ida" para poseer con él la clave del “camino de vuelta”. Pero
debe ser atendida la irreversibilidad esencial de los procesos de elaboración,
por lo cual las características psicológicas y epistemológicas de los procesos
de retorno han de fundarse en principios propios. No es suficiente conocer el
criterio de la elaboración para con él arrancar las incógnitas
a los procesos inversos; si, por ejemplo, es sencillo el tránsito de la
función y = 3 x² + 25 a su derivada y’
= 6 x, no por ello es posible el camino opuesto, ya que aquélla es
una de tantas funciones primitivas de y’ = 6 x.
El
presente trabajo aspira a contribuir al conocimiento más preciso de los
procesos de “retorno” mediante la investigación de uno de ellos, y no de los
menos importantes, que es el ya aludido proceso picnológico; pero su exposición
requiere necesariamente la introducción previa de ciertas determinaciones sobre
el concepto de universalidad, en cuyo ámbito se consuman los
procesos picnológicos.
(Continuará.)
——
{1} He
construido este neologismo a partir de la forma πυχνος = denso, grueso (ya
empleada por el tecnicismo científico para designar modos de objetos
materiales: Pícnico, Picnótico) y λογος para recoger el lado gnoseológico del
proceso en cuestión. Por lo demás, el uso de la forma πυχνος, y otras afines en
contextos psíquicos, que a alguien pudieran parecer insólitos, está autorizado
por Homero. Así, un consejo βουλή puede ser πυχνή, “sólido, firme”. Lo
mismo una μήτις, “idea, pensamiento”, puede ser πυχνή “ajustada, sólida”,
&c. Los φρενες, asiento de la inteligencia, son también πυχναι.
También Platón (República, 568a) habla de πυχνή διανοια,
“inteligencia exacta ajustada”. Los testimonios de Homero y Platón me han sido
facilitados por don Daniel Ruiz Bueno, Catedrático de Griego.
{2} Para
el concepto de comprensión, véase más adelante, en el párrafo
último de este trabajo.
{3} También
los gestaltistas admiten una elaboración de los contenidos
sensoriales sin salir de los límites del conocimiento sensible. (Véase, v.
gr., D. Katz, La Psicología de la Forma, Las leyes de la forma, 6.
Trad. esp. de J. M. Sacristán. Madrid, Calpe, 1945.)
{4} La
tesis antes mencionada, que niega la existencia de sensaciones elaboradas en
grado cero, puede ahora formularse como la negación de la posibilidad de una
sensación no incardinada en una cierta estructura (Gestaltpsychologie).
{5} En
los casos más sencillos, la elaboración, como construcción, requiere tan sólo
la constitución de un sistema de reflejos asociados a la sensación elaborada.
{6} Por
esta razón, toda sensación elaborada implica la presencia de relaciones
de universalidad (véase más adelante), que no sólo
virtualmente, sino también formalmente, aparecen en todas las elaboraciones
eidéticas. En efecto, el estado de abstracción de los contenidos es el fundamento de
la relación de universalidad, pues si un contenido puede identificarse con
otras varias –tal es la esencia de la universalidad– es porque segregó
lógicamente las diferencias que contraen a los elementos de la pluralidad.
Ahora bien: la inserción del contenido abstracto en un contexto determina la
fluencia en aquél de relaciones de composibilidad respecto a
los otros miembros del contexto; y estas relaciones son el origen no ya del
fundamento, sino de la relación misma de la universalidad, pues
constituyen la misma relación de universalidad, según trataré de
evidenciar más adelante. Por este camino llego a la misma tesis mantenida por
algunos escolásticos (Cayetano principalmente) sobre la necesidad de que todos
los contenidos eidéticos sean universales (lo que, a su vez, es el fundamento
del discutido teorema Scientiae est universalium que yo
defiendo siempre que se interprete la universalidad como una resultancia
automática lateral de toda elaboración constructiva). Si, por ejemplo, el
fenómeno n es elaborado por inserción en el contexto m
C n (c = relación de causalidad; m =
causa), entonces el contexto Cm, gracias al cual n es
elaborado, es un universal en el sentido de la composibilidad radical lógica
con n, n’, n” que posee (ver más adelante).
{7} Mach,
que tan fecundamente cultivó el punto de vista biológico en los problemas
epistemológicos, comienza su obra, ya clásica, Conocimiento y error, de
este modo:
“Dentro
de condiciones simples, constantes y favorables, los seres vivos inferiores se
adaptan a las circunstancias por reflejos innatos, y esto es suficiente
generalmente para asegurarles durante cierto tiempo la conservación del
individuo y de la especie. En condiciones más complicadas y menos constantes,
el animal sólo resiste si es capaz de adaptarse a las modificaciones más
considerables del medio. Para ello le es necesario ver más lejos en
el espacio y en el tiempo; llega a eso, ante todo, gracias a órganos de los
sentidos más perfectos, y como consecuencia del crecimiento de necesidades,
la inteligencia se desarrolla más. En el hecho, un ser vivo,
teniendo memoria posee, desde el punto de vista psíquico, un
campo de acción más extenso que aquel que sus sentidos le permitirían alcanzar
directamente en el espacio y en el tiempo. Lo que aseguró al hombre primitivo
una ventaja cuantitativa sobre los animales con quienes vivía, fue simplemente
la potencia de su memoria individual, sostenida progresivamente por los
recuerdos comunes de los antepasados y de la raza.” (Trad. de Cortés Plá.)
{8} Es
conveniente ilustrar estas afirmaciones con ideas semejantes a las
desarrolladas por Schrödinger en su conocida obra What is
life? (I, 5).
{9} Hasta
que esto no se logre, la preparación sigue siendo
insuficiente. De hecho, todo animal necesita de un aprendizaje, incluso
de sus instintos más primarios, torpes en los primeros momentos, es decir,
cuando los estímulos son verdaderamente nuevos y aislados.
{10} Véase M.
Scheler: El puesto del hombre en el cosmos, II. En este punto
conviene aducir muchas de las ideas sobre la selección propia
del conocimiento fideo, que Eddington desarrolla en su obra La
filosofía de la ciencia Física. Trad. esp. de C. E. Prelat y A. L. M.
Leloug. Editorial Sudamericana. 1944.
{11} Esta
tendencia ha sido, desde luego, descrita, y se ha llegado incluso a afirmar que
la elaboración se regía internamente sólo en atención al éxito
del proceso inverso de retorno. Spencer enseñaba que el único fin de
la elaboración (para mantener la terminología que vengo
utilizando) es la adaptación a experiencias futuras. Lo mismo enseñó Mach.
(Véase F. Enriques: Problemas de la Lógica, cap. II. 28.)
{12} Introduzco
aquí el nombre de modelo por analogía con lo que, en Teoría de
la Demostración, se suelen llamar modelos de una Teoría o
conjunto de axiomas, &c. También podría utilizar el nombre de “argumentos”;
considerando el sistema o sus partes como variables.
{13} Cayetano.
In Anal. Post. I. cap. 8.
{14} Véase,
por ejemplo, Crítica del Juicio, Introducción. IV.
{15} Por
ejemplo, “la discesa dal concetto puro verso l'intuizione” (vid. Logica
come scienza del concetto puro. Parte I, III, pág. 140 ss. Bari, 1909).
Los
procesos picnológicos (y II)
La
relación de universalidad ha sido injustamente desatendida por
la Lógica moderna, que se atiene a otro concepto distinto, aunque afín: el
de clase. Es cierto que el análisis tradicional es también
insuficiente. Pues se ha limitado a considerar las relaciones entre la idea
general y sus inferiores (que no son sólo individuos, sino también especies,
géneros), en tanto que éstos quedan “absorbidos” en aquél. Esta consideración
es, desde luego, justa. Si simbolizamos por α a la idea, por a,
b, c, …, n a sus inferiores, y por U a la relación de
universalidad entre α y a, b, c, …, n, deberemos, ante
todo, subrayar cómo la identificación de α con a, b, c, …, n exige
la abstracción de diferencias que concretan a cada uno de estos objetos (que
constituyen la “extensión” de α){1}.
Sin
embargo, es preciso tener muy en cuenta que la parificación entre a, b,
c, …, n es puramente abstracta, y que, incluso lógicamente, no puede
ser considerada como absoluta sin destruir la misma relación U, pues
ésta exige una pluralidad de relata, por tratarse de una relación
de uno a varios, y la pluralidad implica diferencias, notas diferenciales
entre a, b, c… n. No es lícito abandonar a la Ontología estas
advertencias: la Lógica también debe atenderlas y rescatarlas para su estudio.
Pero esto significa que al enlazar α con a, b, c… n, no
solamente debemos considerar el aspecto negativo, abstractivo, en el que se
prescinden las notas diferenciales a’, a’’ … de a; b’, b’’ de b, &c.,
&c., sino también el positivo, constructivo, que nos manifiesta la
composición de α y a’, a’’, b’, b’’, &c., &c., o antes aún,
la composibilidad de α con a’, a’’, b’ b’’, &c.,
&c.
Ahora
bien, esta composibilidad es condición necesaria, pero también suficiente, para
la relación U, por lo cual podemos tomarla como base para una
definición de la noción de universalidad basada en su lado constructivo,
positivo, no negativo, como era el usual entre los escolásticos. Y así, puede
afirmarse que siempre que una idea α pueda entrar en composición con
otras ideas a’, a’’, b’, b’’, &c.{2}, la
idea α puede ser llamada universal, en tanto es sujeto de una
relación U bien determinada.
Esta
definición de la universalidad permite aplicarla con fruto a muchos dominios,
lo que aquí no es posible llevar a cabo fundamentalmente. Me limitaré a
postular:
1. Que,
en tanto toda idea es abstracta, es necesariamente composible
con otras ideas. Es contradictoria la hipótesis de una idea abstracta
incomposible con todas las demás, con lo que ya no sería abstracta.
En
consecuencia, toda idea abstracta es también, de algún modo, una idea universal, pero
es esencial que el número de “inferiores” sea indeterminado
lógicamente.{3}
2. La
limitación o determinación del número natural que corresponda a los inferiores
de un universal, sólo por procedimientos extrínsecos al universo lógico es
posible.
3. En
consecuencia, no será contradictoria la posibilidad de que esta limitación
llegue hasta el establecimiento de la unicidad de uno de los
inferiores. Ella respeta la composibilidad postulada en 1, si bien lleva al
límite la determinación prevista en 2. Llegamos de este modo a la noción de una
idea universal, pero de un solo elemento; idea que deberá tomarse siempre en toda
su extensión (la Lógica escolástica conoció esta consecuencia al equiparar los
juicios singulares a los totales){4} que,
aunque única, por serlo extrínsecamente, no destruye la universalidad de
composibilidada radical de la idea en cuestión. Tal es el caso
de los conceptas empíricos (v. gr., históricos), en los que incesantemente
asistimos a una limitación extrínseca de la extensión. Ello es debido a que
tratamos con objetos que deben considerarse como agregados de
ideas que pertenecen al Universo lógico y de otros contenidos que, acaso, no
pueden pertenecer a él porque no son ideas (sino percepciones, vivencias
sensoriales…). Así, por ejemplo, la idea de Alejandro Magno es un agregado de
contenidos lógicos (tales como “Hombre”, “Rey”) y de contenidos extralógicos
(su empírica singularidad o, si se prefiere, la de los documentos históricos
que nos prueban su realidad o, simplemente, constituyen su definición).
Después
de esta exposición del concepto de universalidad, podrá admitirse que el sistema, todo sistema, en
tanto conste virtual o formalmente, de componentes abstractos, implica
abundantes relaciones de universalidad que están presentes en él, bien sea
virtual o formalmente. Asimismo, que los modelos de este sistema desempeñan el
papel de “inferiores” del propio sistema, en tanto que universal.
Es
conveniente, antes de continuar la exposición de nuestro tema, introducir dos
distinciones muy conocidas, pero de sumo interés en este dominio:
a) La
distinción entre el acto –en el sentido de ergon, de
producto– y la potencia –como energeia, el
producirse.
b) La
distinción, dentro de los procesos cognoscitivos, en general, entre lo noético y
lo noemático.
Restringiéndonos
a los procesos correctos, en el aspecto del producto, considerado noemáticamente, contemplamos
ya ciertas relaciones objetivas legítimas (como la subsunción del
modelo en el sistema) que no ofrecen problemas nuevos; justamente, este es el
punto de vista que ha predominado. Manteniéndonos dentro del producto,
pero mirado noéticamente, ya podemos advertir una perspectiva más
sorprendente: en tanto dos vivencias numérica y aún específicamente
heterogéneas (v. gr., las correspondientes a la idea más universal y menos
universal) se fusionan en una unidad cognoscitiva{5}.
Atendida esta heterogeneidad, debemos inquirir la razón suficiente de la fusión
cognoscitiva, si bien considerada ésta desde el punto de vista del producto,
fácilmente son aclarados todos los problemas desde la superior unidad que se
presupone entre sistema y modelo.
Pero si
nos atenemos al punto de vista del producirse, del movimiento mismo
noético en el momento en que el viviente sale de la vivencia del sistema y
no ha llegado todavía al modelo{6} que
se le da en vivencias distintas, la problemática peculiar de los movimientos de
retorno aparecerá en toda su plenitud y en toda su fuerza, y con tanta más
intensidad cuanto mayor sea la distancia entre la vivencia del sistema y la del
modelo. Será mínima cuando ambos se consideren no independientes; en rigor, en
tal caso no cabe admitir un movimiento auténtico. Necesario es convenir, por
tanto, para poder hablar con sentido de un movimiento de “retorno”, que sistema
y modelo puedan vivirse independientemente de algún modo; por
ejemplo, a la manera como la idea hombre es vivida respecto
de Sócrates, y recíprocamente.
En
consecuencia, si supusiéramos que el número de modelos era
igual a cero –es decir que ningún modelo podía vivirse independientemente del
sistema– habría que negar todo proceso de “retorno”; debe existir un número
natural n (indeterminado) de modelos para que pueda hablarse
de procesos semejantes. El caso límite será aquel en que el modelo sea único;
que el número de modelos sea 1. Este interesante caso particular, que ofrece
peculiaridades notabilisimas respecto de todos los demás casos, da lugar a los
procesos picnológicos, que serán descritos a continuación{7}.
Cuando se
admiten, varios modelos, la unión que los “procesos de retorno” logran entre
ellos y el sistema correspondiente, es muy pequeña: la “energía vital”
necesaria para consumar una fusión semejante es también mínima y poco compleja.
Prácticamente, en el juicio “determinante”, por ejemplo, el modelo es,
por así decir, “visto” desde el sistema: se prescinden sus
notas diferenciales características y la identificación predicativa es
más bien negativa, abstractiva (procesos de subsunción). En rigor, sólo
abstractivamente es posible que el sistema se aplique a varios modelos, siempre
que se respete el principio de identidad. La unidad de la idea
abstracta solamente podrá identificarse (unívocamente) con
la pluralidad de objetos que constituyen su extensión en tanto
se prescindan las diferencias que caracterizan a cada uno de esos objetos.
Pero, si
por el contrario, admitimos que el modelo que recibe el sistema es
uno solo, la unión entre ambos podrá ser mucho más íntima, sin perjuicio del
principio de identidad. Podrá hablarse de identificación unívoca (no
de mera composición por medio de alguna relación en que los términos quedan
exteriores), por cuanto se dan las relaciones del universal al inferior{8}. Pero
esta identificación será máxima porque ya no será necesario practicar la
abstracción de diferencias para parificar una pluralidad inexistente. La
identificación será positiva; la “energía vital” necesaria para superar la
oposición inicial entre modelo y sistema, será también máxima y crecerá en
proporción directa a la intensidad de aquella oposición, es decir, de la
independencia de las vivencias del sistema y del modelo.
Que la
identificación es máxima en estos casos de sistemas “monomorfos” (de un solo
modelo) se deduce también de la circunstancia de que el modelo haya de estar de
algún modo mentado por el sistema, aunque no se encuentre representado
íntegramente por él. Por así decir, el sistema dice una relación
trascendental al modelo único que lo verifica. Propiamente –y
esto es de gran interés lógico– esta unión tan íntima determina que las
notas diferenciales del modelo puedan considerarse como notas pertenecientes a
la comprensión del sistema{9}. En este
caso particular puede afirmarse, en consecuencia, que la extensión y la
comprensión coinciden: nos hallamos, sin duda, ante un caso límite.
Al
identificar el sistema con el modelo único,
asistimos, por lo tanto, a un riguroso crecimiento del sistema, cuya
comprensión aparece incrementada con las notas diferenciales del modelo. La
identificación predicativa del sistema y modelo único no es ya abstractiva,
negativa; no consiste en una mera multiplicación del sistema
en un “inferior”, permaneciendo, empero, igual a sí mismo, sino que es
constructiva, positiva, y en ella el modelo “llena”, por decirlo así, el
esquematismo abstracto del sistema que gana una mayor densidad y plasticidad,
como si se condensase y se robusteciese. A estos matices, psicológica y
epistemológicamente primarios, se refiere etimológicamente el nombre
picnológico con el cual designo a este proceso en particular{10}.
Con el
concepto de procesos picnológicos no designo directamente, sin
embargo, una especial facultad cognoscitiva, una singular virtud gnoseológica
–lo que sería objeto de una investigación especial– sino solamente una
dirección o tendencia biológica, a cuya caracterización contribuirán las
siguientes precisaciones:
I.
Supuesto que con los recursos del pensamiento abstracto (sistemático) no
podemos jamás agotar la riquísima abundancia de determinaciones de los objetos
conocidos, ya que la elaboración se detiene siempre en razones
más o menos generales, en número finito, más allá de las cuales no nos es
posible trascender: la teleología cognoscitiva del animal, en tanto pretende
asimilar los objetos en la mayor parte de sus contenidos, promoverá, como
compensación, un “incremento” del sistema mediante su positiva fusión –es
decir, no meramente negativa– con el modelo único, que la permite
omnímodamente. Este incremento puede apoyarse en motivos o razones lógicas
objetivas, pero, de suyo, se desarrolla con independencia de ellas, como lo
prueban los procesos picnológicos erróneos{11}, en los
que la tendencia a la hipóstasis del modelo único es patente.
Si como
ejemplo ilustrativo asignamos a la noción “Satélite de la Tierra” el papel
de sistema o elaboración de contenidos cognoscitivos,
compréndese fácilmente que esta noción no es por sí misma absolutamente
idéntica a todo lo que se designa con el nombre propio “Luna”, que
puede tomarse como el único modelo de aquel sistema. Cuando se aprehende la
unidad entre el concepto sistemático “Satélite de la Tierra” y el empírico
“Luna”, aquél experimenta un maravilloso incremento interno cuyo significado es
superior al de una mera ilustración de los contenidos eidéticos mediante
intuiciones sensoriales o imaginativas.
II.
Estamos, por así decirlo, entre un juego de las facultades cognoscitivas en su
tendencia a “ajustar” sus contenidos de acuerdo con la unidad del objeto que
mencionan; y este juego requiere biológicamente una dirección teleológica a la
que pretende servir también la noción de proceso picnológico. Porque cuando
el sistema es psicológicamente una efectiva elaboración de
un modelo vivido anteriormente, la posibilidad del retorno
picnológico no ofrece problemas excesivos, pero bordea el misterio el caso en que
el sistema fue obtenido por recursos puramente constructivos, sin perjuicio de
lo cual consigue determinar un modelo único del que no se tuvo conocimiento
previo (en lo que se refiere, naturalmente, a la obtención ideatoria del sistema).
En este caso es necesario aducir todos los dispositivos biológicos de ajuste, &c.,
antes comentados. Si, por ejemplo, obtengo mediante puras operaciones lógicas
(para asegurar la autonomía del sistema respecto de todo modelo), como el
producto de clases (∩) la idea de la clase
Mamíferos ∩ voladores
cumpliré
un proceso picnológico al “llenar” este concepto resultante con el empírico
“murciélago”, aisladamente vivido, en tanto se concibe como el único modelo en
que se verifica la clase producto. Por eso, a pesar de que dicho concepto
empírico consta de muchas notas que de ningún modo pueden deducirse del
producto de las clases dadas, se le concede ingreso íntegro en el sistema, que
podrá ser concebido conforme al modelo del único modelo empírico que lo realiza{12}.
III. Como
última precisación biológica de los procesos picnológicos señalaré que en ellos
tiene lugar una magnificación del modelo, una transvisión de su intuición, que
queda exaltada por las prolongaciones sistemáticas{13}. La
intuición del modelo se nos ofrece como una maravillosa potencia de aprehender
sintéticamente las complejas estructuras analíticamente recogidas en el sistema{14}, a la
manera como el instinto de las abejas las conduce certeramente a resolver
problemas de volúmenes máximos cuyo desarrollo analítico no está al alcance de
muchos hombres.
Como
propiedad biológicamente significativa y experimentalmente comprobable que debe
asignarse a los procesos picnológicos, en su inmediata conexión y concomitancia
con ciertas vivencias que pudieran agruparse bajo el nombre de vivencias de
goce cognoscitivo; y aún me atrevo a afirmar que los mecanismos del placer
intelectual funcionan eminentemente al cumplirse un proceso picnológico. En los
grados inferiores deben situarse aquí las llamadas vivencias del “ajá” (Köhler,
Scheler…) que, como es fácil constatar, tienen lugar ya en los animales
superiores en relación con procesos que satisfacen la definición de los
procesos picnológicos. En los grados superiores, las vivencias placenteras
del éxtasis intelectual, culminación de la Sabiduría (Plotino,
Spinoza, Schelling) también se describen en situaciones que podrían llamarse
picnológicas, y se destaca como culminación del proceso cognoscitivo, esa
fusión brota de la máxima abstracción con las realidades más ardientes e
inmediatas que constituyen el núcleo más íntimo de la personalidad.
Finalizaré
esta introducción general a los procesos picnológicos evidenciando la
importancia que debemos concederles por medio de la exposición de la función
que les corresponde en dos situaciones noemáticas bien conocidas y apreciadas
por la Lógica tradicional y moderna, respectivamente, y que describo a
continuación:
1. De
indiscutible importancia son los conceptos de constitutivo metafísico y constitutivo
físico de un objeto, así como las relaciones noemáticas entre ambos. A
la Lógica tradicional preocupábale principalmente el tránsito del constitutivo
físico al metafísico, tránsito que era generalmente concebido como una
disociación, una abstracción a partir de una superior unidad de que se partía.
Ahora bien: en tanto el constitutivo metafísico posee en sí
mismo cierta autonomía eidética –y otro tanto debe decirse del físico–,
entonces el enlace de uno y otro es claramente picnológico. ¿Como explicar, si
no es picnológicamente, la fusión del constitutivo metafísico del objeto hombre (que
se describe como animal racional) y sus peculiares rasgos físicos,
por ejemplo, que su espina dorsal posee tres incurvaciones principales?
2. El
enlace y tránsito desde lo que se llama descripción definida de
un objeto hasta el nombre propio de dicho objeto, es también
picnológico, aunque no todo proceso picnológico supone un tránsito de una
descripción hasta un nombre (pues el término puede ser una clase, &c.). La
descripción definida que designa un solo objeto{15} puede
considerarse como un sistema y el nombre como su único modelo,
de suerte que entre ambos se establezca la relación U. Cuando esta
consideración no se lleva a efecto, la problemática picnológica no puede
plantearse aquí plenamente. Por el contrario, su planteamiento permite proponer
una teoría que, al menos, tiene la ventaja de la claridad para explicar la
distinción entre definir y conocer que ejerce
en el texto de los Principia citado; aunque en (רx) (Φx) x
defina a un solo objeto, sin embargo, puede decirse que x es
un universal, atendiendo a su imposibilidad radical; lo que
se desconoce son justamente las determinaciones extrínsecas al
Universo lógico, que limitan a x; ellas son conocidas en la
intuición empírica del modelo que es designado por el nombre.
——
{1} La
relación U podría definirse como la conjunción de las tres
condiciones siguientes:
(a . b
. c… n) . (a ν b ν c ν… νn)
: ⊃ α [1]
Si esta
implicación fuere recíproca, podríamos escribir (teniendo en cuenta [3]):
a = b = c
= … = n = α,
que viene
a ser la definición por abstracción de una clase, de la que, tanto a .
b . c… n, como α, eran miembros; a lo sumo, α sería el representante.
(Véase E. W. Beth: Les fondements logiques des mathématiques, 1950,
livre II, cap. I, § 2.)
Pero en
el caso de U, por definición, la relación no ha de ser recíproca.
∼ [α ⊃ : (a,
b, c… n) . (a ν b ν c ν … νn)]
[2]
Condición
que no es incompatible con ésta:
α ⊃ . a ν b ν c … νn,
relación
sumamente interesante, que atempera el exagerado platonicismo en la concepción
de la autonomía del universal:
a = b = c
= … = n. [3]
{2} Composibilidad significa
la posibilidad de una idea a unirse con otras, formando
un tertium con ellas.
{3} Rechazo,
en consecuencia, la «aritmetización» de la extensión de las
ideas universales, que ha sido recientemente intentada por Hönen en
sus Recherches de logique formelle, Roma, 1948.
{4} Desde Peano es
vulgar la distinción entre clase de un solo elemento y elemento de esta clase.
(Véase Carnap: Abriss der Logistik, 19 a., Wien,
Springer, 1929.)
{5} Uno
de los principales problemas tratados por Russell, en su obra An
Inquiry into Meaning and Truth, es el de la aplicación de una idea o
palabra a un acaecimiento designado por ella. (Véase el cap. III.)
{6} Conviene
tener presente la tendencia biológica fundamental descrita anteriormente, como
explicación del producirse de este movimiento o tránsito del sistema al modelo.
{7} Es
superfluo generalizar este planteamiento formulándolo como el proceso que
tendría lugar en x R y, cuando y admite
un solo argumento (siendo, empero, una variable), siempre que partiéramos
de x R. Esta formulación puede siempre reducirse a la relación
entre el universal y el modelo, ya que, por lo menos, siempre puede darse una
hipóstasis del símbolo del condominio de R, mediante la cual, y queda
aislado del contexto, convertido en una idea que posee la relación U respecto
de sus argumentos. Si, volviendo a símbolos antes utilizados, llamamos x al
conjunto de las inferiores de α (es decir, que los valores de x sean a,
b, c… n), en el complejo α U x puede x asumir
el papel de sujeto de otra relación de universalidad; x U’ y,
por respecto a sus propios argumentos, y así sucesivamente; si bien estos
universales son de diferente tipo o grado, es decir, pueden ser llamados
primarios, secundarios, &c., en un sentido análogo al
que Tarski da a estos términos al aplicados al lenguaje. (Véase, v.
gr., «The Semantic Conception of Truth», Philosophy and
Phenomenological Research, 4, pág. 345, 1944.)
{8} Esto
significa prácticamente lo siguiente: En la identificación unívoca
de α con a, b, c… n, no solamente se da un composición de α con
las notas a’, a’’, b’, b’’, &c., en la
que α podía mantenerse como un objeto indiviso (v. gr., como el
sujeto de una relación): esto es ciertamente un criterio para construir una
relación de universalidad (que antes fue cultivada), pero ésta no se agota en
tal composibilidad. Porque la relación de universalidad dice identificación, y,
en consecuencia, multiplicación de α en cada uno de los objetos a,
b, c… n, de suerte que se una con cada uno de ellos,
independientemente de los demás. Es decir, que α podrá intuirse tanto
en a, b, c… como en n. Ello significa también que
es necesario verificar ideaciones distintas noéticamente de α, tanto en la
concepción general de α como en a, b, c… n.
Por
consiguiente, identificación unívoca en el caso del modelo
único significa no una nueva composición del sistema con él, sino una
«reproducción» del sistema en el modelo, como interno a él. Lo que
prácticamente puede reconocerse por la posibilidad de intuir íntegramente
el sistema en el modelo, aunque aquél es, a
su vez, independiente.
{9} Esta
afirmación puede hacerse más clara por medio del siguiente razonamiento
comparativo:
Si
suponemos que una idea α está perfectamente dividida en tres
especies a, b, c, puede escribirse la relación:
α ⊃ . a ν b ν c
Es decir,
que las notas diferenciales de a, b, c pertenecen
alternativamente a α, si bien justamente la abstracción permite prescindir
de ellas al considerar a α en sí mismo.
Pero si
partimos de la hipótesis de un sistema monomorfo α’ (por respecto a una
especie o modelo α’), la relación precedente se transformará en esta otra:
α’ ⊃ . a’ ν a’ ν a’
lo que
significa que las notas diferenciales a’ han de ponerse en α’, ya que la
alternativa en este caso siempre recae sobre el mismo objeto.
{10} Véase
la nota
primera de la parte (I) (número
1 de THEORIA).
Acerca de
la unicidad requerida en el modelo por los procesos
picnológicos conviene tener presentes estas advertencias:
1. La
unicidad no ha de computarse absolutamente, sino por relación al tipo
lógico al que pertenece el modelo. Si α dice composibilidad
radical a las formas a, b, c… n del mismo tipo lógico tm;
si, empero, limitamos estas formas a una sola, como la a; ello no
excluye que a no pueda, a su vez, poseer la relación U
con otros objetos a’, b’, c’… n’. Naturalmente, el proceso picnológico
tiene entonces lugar por respecto al tipo lógico tm, que puede,
desde luego, ser el t0 (es decir, el de los individuos singulares).
2. La
unicidad puede considerarse en su aspecto objetivo y en su aspecto puramente
subjetivo, según que el modelo sea vivido como único con fundamento objetivo o
de una manera ilusoria, que no por ello excluye un proceso picnológico
subjetivo.
3. La
unicidad puede medirse por relación a todas las circunstancias ontológicas del
modelo, no sólo después de una abstracción de algunos. La Torre Eiffel, como
sistema arquitectónico, sólo tiene hasta la fecha un modelo en
París, cuya intuición podrá, empero, no ser picnológica en años sucesivos.
{11} Asimismo,
debe aducirse como prueba la tendencia de la ideación a servirse de imágenes
impletivas, aunque de ningún modo debe confundirse esta tendencia con la
específicamente picnológica. (Véase Husserl, Investigaciones
lógicas, I, §§ 17 y 18.)
{12} Si,
por el contrario, admitimos otros objetos empíricos de morfología muy diferente
al murciélago ordinario, pero que satisfacían simultáneamente las condiciones
de mamífero y volador, entonces es necesario que al poner el producto en el
objeto murciélago ordinario, éste no sea considerado, íntegramente, como siendo
el único que decora los ámbitos abstractos del sistema, sino que tan sólo
deberá ser atendido en sus estrictas notas de mamífero y volador, siendo
preciso, para proceder correctamente, rectificar la picnosis que
pudiera haberse consumado.
{13} Porque
el modelo puede considerarse también, más que como objeto, como una perspectiva
de un tercer objeto mentado por el sistema y modelo conjuntamente, y entonces
tiene sentido plantear la cuestión de la superioridad cognoscitiva de sistema o
modelo (lo que no sucedería si a éste se le asigna el significado del objeto
conocido) en proposiciones análogas a la profunda sentencia de Kempis:
«Más vale sentir la compunción que saber definirla.»
{14} Ateniéndonos,
no ya a los procesos mismos, pero sí a sus contenidos, puede decirse que no
sólo se ofrece aquí el caso del tránsito que las metafísicas llaman
determinación de lo Absoluto en lo concreto, o los teólogos Encarnación de
la divinidad en una realidad histórica, sino también el del «valor universal»,
«simbólico» de ciertas realidades singulares; del «valor eterno» de
determinados acaecimientos temporales históricos.
{15} «By
a “description” we mean a phrase of the form “the so-and-so” or of
some equivalent form. For the present, we confine our attention to the in
the singular. We shall use this word strictly, so as to imply uniqueness; e.g.
we should not say: “A is the son of B” if B had other sons besides A. Thus a
description of the form “the so-and-so” will only have an application in the
event of there being one so-and-so and no more. Hence a description requires
some propositional function Φx̂ which is satisfied by one
value of x and by no other values; then “the x which
satisfies Φx̂” is a description which definitely describes a
certain object, though we may not know what objet it describes.»
(Whitehead y Russell: Principia Mathematica, vol. I,
segunda edición. Cambridge, 1925. Introduction, cap. I, pág. 30.)


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