© Libro N° 11146.
La Razón De Las Estatuas. Tenorio, Ariel
S. Emancipación. Abril 22 de 2023
Título original: ©
La Razón De Las Estatuas. Ariel S. Tenorio
Versión Original: © La Razón De Las Estatuas. Ariel S. Tenorio
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "La razón de las estatuas", Ariel S. Tenorio
©
2010, Fraga: https://axxon.com.ar/rev/210/cuento8ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Ariel S. Tenorio
La Razón
De Las Estatuas
Ariel S.
Tenorio
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Jesucristo
parpadeó, sus ojos de yeso pintados con acrílico caoba se movieron en las
órbitas y observaron a la concurrencia. Gradualmente, como si les hubieran
inyectado un extraño suero, adquirieron un fulgor viscoso y oscuro, y las
pupilas se dilataron hasta convertirse en dos espejos negros. El Redentor
gesticuló y probó los músculos del rostro, un desfile de muecas que cubrieron
todo el espectro de las emociones humanas. Al final, se quedó con una ancha
sonrisa que recordaba a la famosa foto de Charles Manson en manos de la
justicia. La saliva se descolgó de su labio inferior y descendió en perfecta
línea recta hasta la alfombra roja del altar, donde el sacerdote salmodiaba a
sus fieles enfrascado en el ritmo de sus propias palabras.
Era la
tarde de un viernes de un día perfectamente normal y nadie se percató del
Cristo articulado hasta que un monaguillo aburrido decidió investigar que era
lo que resoplaba a sus espaldas. Lo que vio no logró traducirlo a ningún
lenguaje o protolenguaje conocido. Como si le hubiera dado un aneurisma, se
quedó balbuceando y gruñendo hasta que la estatua se acercó y le aplastó el
cráneo de un puñetazo. Un segundo antes de que se desatara el caos, en la
primera fila, la señora Da Silva había estado rogándole a Jesús que eliminara
de la faz de la tierra a su nuera; Carmencita De la Cruz Da Silva, criatura
indigna y aborrecible por donde se la mirase y que ostentaba el dudoso tupé de
haberse floreado con media ciudad de Río de Janeiro antes de clavar las garras
en su único hijo, que por otro lado no era un santo pero que tampoco se merecía
a una bruja como aquélla. Por estos motivos y por otros menos convincentes, la
señora Da Silva argumentaba hecha una furia y pedía una muerte rápida y eficaz
para su nuera sin quitar los ojos del Nazareno. Fue por eso que se convirtió en
la primera espectadora del prodigio, cuando el Cristo se descolgó de la cruz y
caminó tambaleándose como un zombie por el altar.
Aquella
proeza no pasó desapercibida para nadie y enseguida se oyeron voces histéricas
aclamando que era un milagro y otras que decían que no, que no lo era en
absoluto. A esos gritos, la señora Da Silva tuvo que sumar los propios,
retractándose de haber albergado tan pecaminosos pensamientos, pero el Cristo
fue indiferente a la cacofonía general y atacó al monaguillo sin miramientos.
Fue un
golpe demoledor, el pobre muchacho salió despedido como un muñeco de prueba y
cayó muerto junto a la primera fila de bancos. Precisamente junto a los pies
del juez Milton Dos Santos Del Rey. Dicho juez era una eminencia en el lugar
pero también era un anciano de más de ochenta años, con problemas cardíacos.
Por lo que no pudo evitar que la ofrenda que salpicaba sus finos zapatos de
gamuza le provocara un temblequeo infantil en el mentón y mucho menos que la
vieja pasa de higo se le detuviera en seco a modo de protesta.
El Cristo
vociferó un sonido que retumbó en el interior de la nave como el llanto de una
ballena herida; su ex rebaño respondió con un griterío aterrado, pero humano.
El
sacerdote se llamaba Oscar Nascimento Truncado y hasta ese momento no había
atinado a nada que no fuera sobarse su barba de chivo y perder el control de la
vejiga. Pero a último momento se interpuso, con pasmosa sorpresa, entre la
estatua y la concurrencia. La figura se detuvo ante él y lo miró con ojos
inexpresivos.
—¡Vuelve
al pozo de azufre, bestia inmunda! ¡No eres digna de mancillar esta imagen!
—dijo el sacerdote, insuflándose valor.
Jesucristo
acercó su enorme rostro hasta que la nariz aguileña del cura quedó a dos
centímetros de la suya y, como si fuera la cosa más natural del mundo, comenzó
a olfatearlo.
—Vuelve a
tus dominios, en nombre de… Dios —susurró el sacerdote.
Recibió
una dentellada en plena cara y fue sacudido como la presa de un animal salvaje
hasta que la carne se despegó de sus huesos con un ruido de succión. Se sintió
suspendido, flotando en una mezcla de horror y éxtasis, luego su espinazo se
quebró en tres partes contra un banco de madera. Sus pocos minutos finales los
dedicó a morir miserablemente.
Mientras
la señora Da Silva al igual que otros concurrentes avanzaban en tropel hacia la
salida, el Cristo arrastró el cuerpo del juez Milton Dos Santos del Rey y
comenzó a utilizarlo para aporrear a los más rezagados. Un hombrecito de
anteojos y bigote intentó esquivarlo y recibió una tremenda patada en el
estómago. Por encima del pandemonium, el Cristo lanzó otro llanto de ballena.
Un sonido tan grotesco que paralizó a los más débiles. Era la antítesis
perfecta del pastor y sus ovejas, un flautista de Hamelín demencial que hacía
que las ratas se llevaran las manos a los oídos y pugnaran contra un terror que
volvía la sangre espesa como la brea. Cerca de la puerta, el gentío se había
convertido en un desesperado nudo de brazos y piernas. El Cristo se deshizo del
cuerpo y de tres zancadas alcanzó al último grupo, comenzó a morder y a golpear
a cuantas personas pudo, entregado a un frenesí salvaje y sin tregua.
Joâo
Gabriel Barbosa y María Belifonte practicaban capoeira en la plaza central
justo enfrente de la iglesia de San Bautista. A sus pies había un sombrero de
raso con unos pocos reales, gentileza de unos turistas alemanes y alguno que
otro paisano generoso. En líneas generales, el día había sido bastante malo y
Joâo y María habían discutido por una serie de tonterías, aunque eso no era un
impedimento para que continuaran demostrando sus habilidades. Además, Joâo
tenía en su bolsillo un regalo que ablandaría los caprichos de su novia. De eso
estaba seguro. Estaban tan concentrados en su arte que no percibieron a la
muchedumbre huyendo del templo, hasta que alguien pasó muy cerca de ellos y
lanzó una exclamación para luego caer sobre el césped con la mitad de la cabeza
literalmente mordida.
María
Belifonte pegó un saltito que en otras condiciones hubiera resultado gracioso y
automáticamente comenzó a llorar y a hipar sin entender muy bien qué pasaba.
Tampoco entendió el tremendo empujón que le propinó Joâo, aterrizó de cabeza a
un par de metros, entre un macizo de flores y un bebedero de piedra. Escupió
tierra y se levantó, todavía llorando pero justo a tiempo para ver como un
gigante desnudo y cubierto de sangre estrellaba una pila bautismal con tremenda
violencia en la cabeza de su novio. Joâo Gabriel Barbosa se convirtió en pulpa
de carne y sesos revueltos tan rápido que María registró para siempre su última
expresión: una cara de consternación pura.
El
monstruo se volvió hacia ella y se frotó los genitales. Un Jesús de tres metros
con un pene grande como un martillo hidráulico que se bamboleaba arriba y
abajo, con la baba colgando de su mentón y unos ojos vacíos y terribles
clavados en ella.
María
dejó de llorar, dejó de hipar, dejó de respirar, pero se levantó y corrió como
nunca había corrido en su vida. Corrió como una condenada, como si disputara
por una medalla olímpica. Siete cuadras después se desplomó y se preguntó con
una risita histérica qué mierda escondería Joâo en el bolsillo.
Eran las
siete y cuarto de un día normal en la ciudad de Río de Janeiro, y la bestia de
yeso comenzó a recorrer las calles aullando como una bestia marina a una luna
incipiente y enfermiza. Antes de que oscureciera por completo, ya había
asesinado a cuarenta personas, herido a más de noventa y causado destrozos y
pánico en toda la zona central de la ciudad. Seguido de cerca por una jauría de
perros que no dejaban de ladrarle, dejó un tendal de destrucción como nunca
antes se había visto.
Cuando se
encendió la lucecita roja de la radio, el teniente Matheus Correia Souza lanzó
un insulto por lo bajo. Era su día franco después de dos semanas de trabajo y
se merecía pasar tiempo con su pequeña Lucía. Contestó de mala gana, y escuchó
lo que tenían que decirle. Soltó una carcajada, luego cerró la boca y se puso
pálido. Cinco minutos después, quemaba las gomas de su Yamaha y se saltaba los
semáforos en rojo para llegar al cuartel.
|
Allí, su
equipo ya estaba preparado y esperándolo.
—Parece
que a Jesús se le acabaron las otras mejillas, teniente.
—No haga
bromas con esto, Figueiras.
Las
tanquetas de la policía paramilitar no eran muy cómodas cuando iban
atiborradas, pero al menos eran rápidas. El teniente observó que sus hombres se
preparaban para el enfrentamiento. El cabo Elizalde Barreiros besó su crucifijo
y al instante adoptó una expresión casi cómica, de asco y extrañeza.
Encontraron
a la bestia cerca de la playa, en el extremo sur del Boulevard. El Cristo
andante de la iglesia San Juan Bautista había colapsado una avenida, provocando
el incendio de varios automóviles y matando a todos sus ocupantes.
Cuando el
equipo preparó la artillería, el monstruo estaba atacando un bus de larga
distancia. Forzó las puertas y entró en el vehículo sin que nadie pudiera
detenerlo. La policía formó un rápido cordón a unos treinta metros del ómnibus.
Adentro se había iniciado una masacre y los gritos de los turistas eran
insoportables.
El
teniente Matheus Correia Souza no era un tipo de andarse con rodeos. Pidió
permiso a sus superiores y tras recibir el visto bueno, se calzó el
lanzagranadas en el hombro y apuntó con el corazón frío. En su mente, la
pequeña Lucía le enseñaba a amasar bolinhos de mandioca con la cara cubierta de
harina.
Disparó
una lanza humeante que se incrustó en el tanque de combustible.
El bus
pareció rajarse por la mitad, se elevó un metro del suelo envuelto en una llama
anaranjada y aterrizó como en cámara lenta en medio de un estruendo colosal.
Más
tarde, cuando los bomberos enfriaron los hierros, encontraron lo que quedaba de
la criatura, pero a diferencia de sus víctimas, su cuerpo no estaba carbonizado
sino resquebrajado y deshecho en escombros.
Cerca de
medianoche, la noticia del Cristo asesino había empezado a prender como pólvora
en todas las emisoras de radio y televisión del país. Miles de opiniones
saturaron los medios con el afán de explicar lo inexplicable. Especialistas y
testigos hicieron conjeturas cada vez más absurdas y sembraron la semilla del
miedo en toda la nación.
A las
doce y cuarto, en una de las ciudades más bellas y peligrosas del mundo, todos
los perros se pusieron a aullar al unísono. Fue un ulular desgarrador que trepó
por los morros y se proyectó hacia las estrellas anunciando lo peor.
De cara
al océano, encaramado en el cerro del Corcovado, el Cristo Redentor abrió los
ojos y contempló las luces brillantes que se extendían hasta la bahía.
Ariel S.
Tenorio, argentino, nació el 2 de agosto de 1975. Se ha dedicado a la creación
de relatos cortos de ficción y poesía. Actualmente vive en Gral. Pacheco,
provincia de Buenos Aires, Argentina. Es miembro fundador del grupo literario
pro-horror «The Wax». Ha recibido una Mención de Honor en el 16° certamen de
poesía y narrativa 2007 de la Editorial Zona. Es lector desde hace años de la
revista Axxón y como tanto ingreso de datos al final debe generar alguna
salida, aquí tenemos el interesante trabajo que nos ha presentado.
Hemos
publicado en Axxón: SUNNY ROSE Y EL VENDEDOR DE
ESPEJOS (178), CARROÑA (179), LA JUNGLA MÁS ALLÁ DE LAS
ESTRELLAS (181), ¡ZOMBIE, RESPONDE!,
ORDENÓ: EL PLASMATRÓN (191), EL NANABOUSH (195)
Este
cuento se vincula temáticamente con OTRA
VERSION DE LOS HECHOS de Sergio Gaut vel
Hartman, EL
TERMINAL de Juan Guinot, EL CRISTO ATRAPADO de
Felipe Rodríguez Maldonado
Axxón 210
– septiembre de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Terror fantástico :
Religión : Zombies : Argentina : Argentino)


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