© Libro N° 11147.
La Anomalía. Ubau Gutiérrez, Francisco José. Emancipación. Abril
22 de 2023
Título original: ©
La Anomalía. Francisco José Ubau Gutiérrez
Versión Original: © La Anomalía. Francisco José Ubau Gutiérrez
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "La anomalía", Francisco José Ubau Gutiérrez
©
2010, Valeria Uccelli: https://axxon.com.ar/rev/210/cuento9ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA ANOMALÍA
Francisco José Ubau Gutiérrez
La
Anomalía
Francisco
José Ubau Gutiérrez
|
|
I
El
chiringuito donde nos encontrábamos estaba, como era habitual en aquel periodo
del año, repleto de lugareños y turistas que saciaban su sed con cerveza,
refrescos y creativos cócteles multicolor.
Marcus y
yo nos habíamos reunido aquel día en particular, en el que se jugaba un
interesante partido de fútbol. Mucha gente acudió a verlo. El sitio en cuestión
disponía de un enorme televisor de plasma que proporcionaba una imagen nítida y
un sonido espectacular, y conforme se acercaba la hora del inicio, los
aficionados se iban acumulando dentro de aquel oasis de madera hasta llenarlo
por completo.
Todo
transcurría dentro de los márgenes de la normalidad y nada parecía que pudiera
enturbiar nuestro único día de descanso, pero a los pocos minutos de iniciarse
el partido y cuando la gente parecía estar más animada y distraída en triviales
conversaciones, de una forma repentina y sutil la imagen de aquel televisor
comenzó a parpadear…
Es
posible que este hecho pudiera parecer irrelevante en la vida diaria de nuestra
sociedad, sin embargo, aquella inofensiva distorsión en la pantalla iba a tener
una repercusión difícil de imaginar en ese momento.
Rápidamente
se formó un enorme revuelo, la gente protestaba medio en broma; otros más en
serio y en distintos idiomas. Un joven camarero, instigado por el animado
público, revisaba el caótico enjambre de cables tras el televisor, pero por su
gesto, todo parecía estar correctamente enchufado y conectado. Mientras tanto,
el dueño del establecimiento cambiaba de canal con manos nerviosas, alargando
el brazo por encima de la barra con su mando a distancia, pero aquella
vibración continuaba, aparecía en todos los canales, sin distinción.
En un
principio aquello podía haber pasado desapercibido, como ya he dicho, o parecer
algo muy normal, si no fuese porque entonces todos los canales de televisión
que se emitían eran digitales, y por lo tanto, no podían existir
interferencias. La era analógica había pasado a la historia. Según los
entendidos, la imagen debía verse perfecta, o simplemente no verse por falta de
señal. De todas formas continuamos viendo el partido de esa manera hasta su
terminación, pues aquella sutil vibración no era tan molesta como los gritos
del embriagado público, y la imagen se podía ver y escuchar casi con claridad.
Tras la terminación del encuentro seguimos disfrutando de aquel día soleado sin
más altercado.
Al día
siguiente y después de tomar café en el bar de Nick, me dirigí andando a la
oficina, que se encuentra a dos manzanas de mi casa, una vez allí saludé a mis
compañeros y tomé asiento delante del ordenador.
Dos meses
antes había redactado una noticia sobre un posible ataque a las computadoras
del aeropuerto de la ciudad, pero como de costumbre en los informativos
nacionales simplemente lo habían denominado «problema en el sistema
informático». Mi periódico, en cambio, publicó una noticia mucho más
comprometedora basándose en ciertas informaciones a las que yo tenía acceso y
que merecieron el reconocimiento de todo el periódico, y desde entonces, mi
jefe me alentaba a que investigase en esa dirección.
—¡Eh,
muchachos! ¿Habéis notado la extraña vibración de la tele? —dijo un joven
becario en un tono jovial que contrastaba con la infernal melodía de los
teclados.
—Ahora
que lo dices, yo creía que sólo me ocurría a mí —respondió otro de ellos a lo
lejos.
—Sí, a mí
también me ha pasado, y eso que prometían que en la era digital no habría sitio
para interferencias. Pero ya sabéis cómo son estas cosas, nos venden la piel
del oso antes de cazarlo.
Yo me
dediqué a oír los comentarios sin decir nada. Uno a uno afirmaban que ellos
también eran víctimas de aquella molesta vibración en sus televisores. Al
parecer era algo que les ocurría a todos y no sólo un fallo aislado de la
televisión del chiringuito como había creído en un principio. Aún así, no
dejaba de ser un hecho curioso.
Al cabo
de un rato de risas y comentarios sin sentido y de haberle quitado importancia,
me olvidé de ello y continuamos con el trabajo. Pensé que si era un problema
que nos atañía a todos, alguien más instruido en el tema que nosotros se
ocuparía de solucionarlo. Nunca imaginé ni por un momento que aquella leve
interferencia no iba a quedar en una simple anécdota, ni muchísimo menos.
Al llegar
a casa, por la tarde, después del trabajo, me di una ducha, preparé algo de
comer y me senté en mi cómodo sofá. Encendí la televisión, e instantáneamente
me di cuenta de que algo no marchaba bien: ahora se había hecho más notable,
abandonando sutilezas, podía percibirse con nitidez; la pantalla vibraba
claramente.
Puse las
noticias, pero no decían nada relevante, al menos no sobre aquello. Miré en
Internet. Me introduje en algunos foros especializados con la esperanza de que
en alguno de los infinitos recovecos del ciberespacio hablaran sobre esa cosa,
y así era, al parecer era algo general que le sucedía a todo el que tuviera un
televisor o un aparato receptor de la señal, aunque nadie sabía exactamente de
qué se trataba, cuál era el motivo o su significado. Como solía ocurrir, cada
uno de los internautas tenía su propia teoría, pero la mayoría de ellas
elaborada sin una base técnica apropiada.
De todas
las diversas y atrevidas opiniones que se exponían la que parecía más acertada
aunque incompleta, era la que afirmaba que el problema estaba en la señal
misma, que por algún motivo que aún se desconocía venía corrupta. Sin embargo
aquella suposición era absurda para cualquier mente mínimamente instruida, pues
como ya he dicho con anterioridad, en una imagen digital no podían existir
interferencias.
Otra cosa
que llamó mi atención fue cuando leí en un mensaje que aquello no se limitaba a
los canales de televisión del país, sino que estaba ocurriendo a nivel global.
Eso me sorprendió muchísimo, y empezó a preocuparme seriamente. Pensé que lo
mejor sería llamar a mi amigo Ronie.
Ronie era
la persona más informada que yo conocía, estaba al tanto de prácticamente todo
lo importante que pasaba, y cuando digo todo no me refiero a lo que decían los
periódicos, las noticias o cualquier otro medio de comunicación, sino a lo que
realmente ocurría en el mundo y que, según él, era ajeno al noventa y nueve por
ciento de la población, que se limitaba a pagar facturas e impuestos sin
cuestionarse absolutamente nada. En ocasiones me había ayudado en mi trabajo
dándome alguna que otra información exclusiva, como en el caso del aeropuerto.
Para ser honesto diré que en mi empresa llegué a ser lo que era y estar donde
estaba en parte gracias a él y a sus informaciones tan valiosas a la par que
increíbles.
Ronie se
movía en algunos ámbitos muy ocultos y de difícil acceso, «underground» como se
solía decir en su argot. Y estaba seguro de que él sabría de qué se trataba, o
al menos tendría algún tipo de información privilegiada.
Decidí
llamarle por teléfono:
—¿Qué
tal, Ronie?
—Hola,
Paul —respondió con una voz susurrante, casi inaudible.
—Sabes
por qué te he llamado ¿no es cierto?
—Sí, cómo
no. Ahora mismo tengo el asunto aquí delante.
—¿Y qué
opinas? ¿Qué crees que puede s…?
—¿Puedes
venir a mi casa? —dijo, sin dejarme terminar la frase.
—¡Cómo!
¿Ahora mismo?
—Sí,
ahora mismo. Creo que he descubierto algo interesante.
Un
escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba abajo como un relámpago, no por lo
que me dijo, sino por el timbre de su voz. Pude sentir cierto temor a través de
la línea telefónica. No dudé un segundo y me dirigí hacia su casa con rapidez.
Una mezcla de nerviosa intriga se apoderó de mí en ese momento, intuyendo
alguna otra noticia exclusiva para mi periódico.
Fui
andando a paso ligero. La casa de Ronie está a dos manzanas de la mía, así que
no tardé mucho en plantarme en su puerta. Cuando llegué, toqué en el portero y
la puerta se abrió. Aunque había un ascensor, subí las escaleras de dos en dos
hasta el cuarto, toqué el timbre y Ronie me abrió la puerta. Tenía un aspecto
horrible, el pelo alborotado, sin cortar desde hacía unos cuantos meses, y unos
ojos venosos que intentaban no cerrarse, expresaban su cansancio. Se podía ver
que no había dormido nada o casi nada en toda la noche. O conociéndolo, tal vez
en varias noches.
—Tienes
mala cara —le dije.
—Entra,
vamos, no te quedes ahí —dijo agarrándome de un brazo y empujándome
literalmente hacia dentro.
La luz
estaba apagada, tan sólo la pantalla de su ordenador iluminaba el pequeño
apartamento levemente.
—Ah, sí,
perdona. Sabes que me gusta estar a oscuras —dijo esbozando una leve sonrisa y
encendiendo una pequeña bombilla que colgaba del techo por dos cables.
Gran
parte del apartamento de Ronie lo ocupaban montones de libros de muy diversa
temática que estaban diseminados por todas partes. Recortes de periódico con
diversas noticias importantes adornaban las paredes. Y rematando aquel cuadro,
una mesa sobre la que descansaba la pantalla de su ordenador y en la que se
amontonaban cables, placas de circuitos y aparatos electrónicos de difícil
clasificación. A muchos de ellos los fabricaba él mismo, a otros los modificaba
dándole nuevas y extrañas utilidades que sólo él parecía comprender
—Ven
—dijo, indicándome que me acercara al monitor—, observa. He podido descubrir un
patrón en la señal de televisión, y aplicando esta función matemática —me
enseñó una serie de extrañas letras y números apuntados en un sucio papel, que
en algún momento parecía haber sido blanco— he encontrado esto —pulsó la tecla
Enter con suavidad.
En ese
momento en la pantalla podía verse la imagen de televisión, en la que se
mostraba claramente aquella incesante interferencia. Hasta ese instante todo
parecía «normal». Sin embargo, después de haber pulsado aquella tecla, la
anomalía fue concentrándose lentamente justo en el centro de la pantalla hasta
convertirse en una pequeña pero perceptible imagen en la que podían apreciarse
unos minúsculos números que se movían… y lo peor de todo… avanzaban.
Después
de un momento en el que permanecimos en silencio, continuó:
—Es una
cuenta regresiva.
—¿Una…
qué? ¿Qué quieres decir?
—Que es
un cronómetro y se mueve hacia atrás, o sea, que es una cuenta atrás y faltan
justo seis días para que llegue a su fin.
—¿Y bien?
—pregunté, sin saber qué decir.
—Pues que
no me gusta —dijo con un gesto como dando a entender la evidencia de aquel
asunto.
—¿Qué es
lo que no te gusta?
—No me
gusta que una interferencia que oculta un código con una cuenta atrás que no
augura nada bueno se me cuele en el televisor de mi casa, sin saber lo que
significa, ni quién la ha puesto ahí, pero lo más preocupante no es quién, sino
cómo ha llegado esa cosa donde está. Las cadenas de televisión y la policía no
saben nada, aunque seguramente pronto dirán alguna chorrada para no alarmar a
la población. Está claro que el código está insertado en la señal que se emite,
pero aún no han encontrado nada, ninguna fuente. Al parecer la señal sale
limpia desde la central de televisión pero llega a las casas con esta
interferencia. Ahora mismo las investigaciones de la policía se centran en un
posible ataque hacker de nivel avanzado… muy avanzado. Están investigando, pero
todo lo que han logrado hasta ahora no son más que conjeturas. Nada está claro.
Y sobre todo, lo que me pone la carne de gallina es ese contador, y lo que
pueda ocurrir cuando termine su cuenta atrás.
Hacía
tiempo que dejé de preguntarle de dónde sacaba toda esa información, pero todo
lo que me decía podía darlo por cierto, más que si la información proviniese de
cualquier otra fuente.
—¿Qué
crees que puede pasar, Ronie?
—¿Qué es
lo que creo? Pues que el que haya sido capaz de hacer esto, de insertar ese
código en la señal… No voy a explicarte el por qué es difícil por no decir
imposible, pero créeme, lo es. ¿Qué piensas que podría hacer? Hoy por hoy todo
el maldito mundo está informatizado, interconectado, todo es una enorme red.
Estamos rodeados de cables, de ondas que no vemos, por las que circulan
millones de bits de información de un lado para otro y que lo controlan todo. Y
no digo que cualquiera con unos cuantos conocimientos sobre ordenadores pueda
hacerlo. Esto, aunque no lo creas, sobrepasa todos los niveles de pirateo que
conozco… A mí me ha sobrepasado.
Lo que
Ronie acababa de decir hizo que la sangre se me helara de nuevo. Yo, que con
mis propios ojos había visto lo que era capaz de hacer con una simple
computadora, lo veía ahora tan perdido en un tema como éste… Era algo
inquietante y muy preocupante, que me dejó totalmente desconcertado.
—¿De
verdad que no sabes nada de esto?
—Así es.
—¿Y qué
piensas hacer?
—Lo mismo
que tú y que todos, supongo. Esperaré a ver qué ocurre, pero seguiré indagando
por ahí a ver si encuentro algo.
—¿Piensas
que debería publicar esto?
—Ni
hablar, Paul —respondió súbitamente—. Sabes que soy partidario de divulgar todo
tipo de información y que la gente esté lo más informada posible, y desde esa
información puedan decidir por sí mismos sobre su vida o su futuro, sin embargo
no creo que sea buena idea ahora mismo llevar esto a la luz. Piénsalo, esto
podría provocar una alarma de grandes proporciones en toda la población, y
seguidamente los gobiernos, al verse sobrepasados, lo más probable es que
actuaran de una forma irresponsable.
—Pero la
gente debe conocer esto —le dije.
—Creo que
no deberías decir nada, Paul. Te lo digo en serio. Más que nada por nuestra
seguridad. Si publicas esta imagen y se enteran de la fuente que la ha
publicado, irán a por ti y por tu periódico, y lo sabes.
—Tal vez
tengas razón. No obstante, tú podrías colgarla en la red sin que te descubran,
¿no es cierto?
—Sí,
podría, pero no voy a hacerlo. Aún no. No voy a ser yo el responsable de
provocar un caos en la población. Y tampoco dejaré que tú lo seas.
En ese
momento Ronie fue al baño dejándome delante de aquella inquietante cuenta
regresiva. Y de pronto, inconscientemente, mi cuerpo actuó por instinto y de
una forma de la que no tardaría en arrepentirme. Saqué el teléfono móvil de mi
bolsillo y en menos de lo que se tarda en pestañear hice una foto a la pantalla
y otra a la especie de servilleta donde tenía escrita la función matemática que
había usado para descifrar la interferencia. Sabía que por voluntad propia no
me las iba a facilitar. Pudiera ser que se moviese un poco al margen de la ley
en algunos aspectos de su vida, pero estaba claro que no era un loco
irresponsable.
II
A la
mañana siguiente, después de casi no pegar ojo en toda la noche, me levanté a
las 7:30, justo media hora antes de que sonara la alarma del despertador. Me
giré hacia la cómoda y me quedé mirando por un momento mi teléfono móvil. Sabía
lo que había atrapado dentro de ese pequeño aparato y lo importante que era
para mí y para toda la sociedad. Pensé que no era una buena idea seguir
manteniendo aquel valioso secreto en el interior de mi teléfono como único
lugar de almacenaje. No lo veía lo suficientemente seguro, el miedo a que se
borrara accidentalmente, o pasara algo que provocara que aquellas complejas
operaciones matemáticas tan valiosas se esfumaran, hizo que me decidiera a
pasar la imagen al ordenador, para después grabarla en un Cd, el cual guardaría
en la cartera que llevaba habitualmente al trabajo.
Estaba
bastante impresionado por lo que había visto, y el no saber qué iba a ocurrir
me mantuvo desde aquel día en un cierto estado de nerviosismo e inquietud.
Movido por la incertidumbre, fui al salón y encendí la televisión con la
esperanza de que aquello se hubiese esfumado y todo hubiese vuelto a la
normalidad, pero como era de esperar la «anomalía» aún estaba allí; como una
temible pesadilla.
En mis
pensamientos sólo flotaba una pregunta: ¿Qué significaría todo esto? El asunto
se tornaba complejo a la vez que inquietante. No sabía lo que debía hacer, si
publicar aquellas ecuaciones junto con la imagen de la cuenta atrás, o tal vez
esperar un poco más para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Aunque,
por otro lado, no había tanto tiempo, tan sólo seis… ahora cinco días, y mi
lado de periodista, que en aquella época parecía ser más fuerte que los otros
aspectos de mi persona, instigaba de manera contundente a que aquella noticia
viera la luz. Sin embargo debía ser prudente, no sabía el impacto que aquello
podría causar en la población. También barajé la posibilidad de que algún
experto hubiese descubierto al igual que Ronie lo que se ocultaba tras aquella
vibración. Así que me conecté a Internet, y estuve buscando un buen rato. Los
foros de charla sobre el tema habían aumentado considerablemente en
colaboradores, y las páginas que hablaban sobre ello habían aumentado en
número, sin embargo, no encontré nada parecido a lo que yo tenía en mi teléfono
móvil. Si alguien había colgado aquella ecuación en la red, o había descubierto
lo que se escondía tras la vibración, como lo había logrado Ronie, yo no
conseguía encontrarlo. Eso aumentó mi inquietud, por la valiosa información
privilegiada que poseía unida a la responsabilidad que conllevaba el poseerla.
Después
de vestirme, bajé al bar de la esquina a tomar café. Casi entrando por la
puerta, ya tenía el café puesto en la barra; un cortado doble, con muy poca
leche.
No es que
fuese un lujo de cafetería, pues tenía un aspecto un tanto descuidado y
antiguo. El típico bar de barriada, en el que los rutinarios espíritus que
vivían en los alrededores llegaban atraídos por el excelente café que hacía
Nick, sin duda, el mejor que había probado. Entre toda la gente que se
acumulaba en la barra, había un pequeño hueco, Nick me hizo una señal con la
mano y me dirigí hacia allí.
—Buenos
días, Nick.
—¿Qué
tal, Paul? Ayer no te vi por aquí.
—Se me
hizo tarde —respondí.
Después
de darle un pequeño sorbo al café y cuando mis ojos se acostumbraron a la
intensa humareda de cigarros y algún que otro puro, pude ver que en la
televisión del bar, como no podía ser de otra manera, se exhibía amenazante
aquella vibración.
|
—Por
casualidad no sabrás nada de eso ¿verdad, Paul? —preguntó, señalando hacia la
enorme pantalla—. Tú siempre estás muy bien informado. Estaba hablando con
estos dos caballeros —añadió haciendo un gesto con la cabeza señalando a dos
hombres de unos cuarenta años, que reconocía por ser clientes asiduos—. Y pensé
que tal vez podrías aclararnos algo, ya que en las noticias parece que no dicen
o no saben nada.
—Ya te he
dicho que no te creas todo lo que dicen en la televisión y piensa en lo que no
cuentan, que suele ser más importante, Nick —dije después de darle un segundo
sorbo al café—. Pero en este caso, créeme, estoy igual que vosotros —añadí.
Justo a
mi lado había otros dos tipos que estaban hablando sobre lo mismo. Agudicé el
oído y pude oír algo.
—Mi
cuñado que entiende de esto dice que no hay por qué alarmarse, que sólo es un
problema técnico, que la señal está corrupta y que tiene algo de ruido, nada
más. Así que no hay por qué preocuparse. No entiendo a la gente que por cosas
como ésta ya ni duerme.
«¡Qué
ilusos!», pensé. Tuve que contenerme para no decirles todo lo que sabía y
verlos temblar como críos. Qué bueno era a veces para la salud no conocer la
verdad y permanecer en la ignorancia. Lo tranquilo que puede dormir uno.
Después
del café, me dirigí hasta el trabajo. Durante el trayecto continué pensando en
lo que iba a hacer. En esos momentos en mis pensamientos se barajaban dos
opciones: por un lado, la sociedad tenía derecho a conocer la verdad, aunque,
por otro lado, si esa imagen veía la luz junto con las ecuaciones que la
descifraban, podría provocar una alarma de grandes proporciones, como Ronie
había augurado. También tenía que discurrir sobre el asunto de que, si se
enteraban que había sido yo la fuente de la noticia, lo más probable sería que
la policía viniera a buscarme, a preguntarme cómo sé las cosas que sé y cómo
las había llegado a saber, poniendo a Ronie en un aprieto.
Tras
meditar un rato y dejar que mis pensamientos se moviesen en esa dicotomía se me
ocurrió un método menos directo para llevar a cabo mi propósito y que hizo que
me decidiera finalmente por dar a conocer lo que sabía. Pensé que tal vez había
otra manera. Una idea comenzó a germinar en mi cabeza que me haría matar dos
pájaros de un tiro, mantener mi anonimato y a la vez publicar la noticia. Podía
enviar a mi periódico la información de forma anónima vía e-mail. Así
mantendría al emisor en el anonimato, y dejaría en manos de mi jefe el
publicarlo o no. Al menos también él estaría informado y me sentiría en cierta
forma liberado de esa responsabilidad. Estaba claro que no sabía hacer las
cosas que hacía Ronie con una computadora y aún así seguir manteniendo el
anonimato; sin embargo, se me había ocurrido una idea genial para llevar a cabo
mi labor.
Últimamente
habían abierto unos cuantos establecimientos con acceso a Internet no muy lejos
de donde vivía, y me dirigí hacia uno de ellos en el que había estado en alguna
ocasión. Llegué al sitio en cuestión, estaba totalmente vacío, aún era muy
temprano. Estos lugares solían llenarse de estudiantes de instituto que se
dedicaban a chatear a la menor ocasión. Decidido a lo que iba a hacer, me senté
en un ordenador un poco alejado del recepcionista, e inserté el disco donde
llevaba la foto de aquella cosa en el reproductor de CD. Bien… desde luego no
era tan estúpido como para enviarlo desde mi cuenta de correo electrónico, así
que en cuestión de segundos me creé una nueva y agregué como archivo adjunto
las imágenes que previamente y con el ordenador de mi casa había copiado desde
el móvil al CD. Añadí unas cuantas palabras a modo de explicación, diciendo que
aquella imagen era una representación estática de otra en movimiento, pues
aquellos números eran una cuenta atrás y se movían. Y también agregué la foto con
aquellas complejas ecuaciones. En primera instancia sólo pensé en enviarla al
correo de mi jefe, pero antes de pulsar el botón de «Enviar», decidí que lo
mejor sería mandarla a todos los que trabajaban en el periódico, así la
divulgación no dependería de la decisión de una sola persona, y así hice. Puse
la dirección de unos veinticinco miembros del periódico (el mío incluido) de
los que conocía sus e-mails y sólo entonces pulsé el botón de «Enviar». Un
cosquilleo apareció en mi estómago justo el momento antes de pulsar ese botón.
Pensé en lo que debía sentir Ronie cuando hacía las cosas que hacía desde su
ordenador y se infiltraba en computadoras de grandes empresas y en lugares que
se supone no se podía acceder. En cuestión de segundos apareció en la pantalla
«mensaje enviado». Luego cerré la ventana del navegador, saqué el disco. Me
guardé el CD en la cartera. Me acerqué al mostrador y le pregunté cuánto le
debía al muchacho que se encargaba de aquel garito. Después salí disparado
hacia el trabajo.
El
cosquilleo aún seguía allí. Me peguntaba qué ocurriría cuando abrieran sus
correos y vieran lo que se escondía realmente tras aquella interferencia tan
molesta e incomprensible.
Cuando
llegué a la oficina, con quince minutos de retraso, pude notar que el e-mail ya
había comenzado a hacer efecto. Ninguno de mis compañeros estaba en su lugar de
trabajo. Entonces una idea comenzó a brotarme de algún lugar de la mente. Pensé
que no había sido todo lo precavido que yo creía, y que cabía la posibilidad de
que pudieran relacionarme de alguna manera con los e-mails enviados, pues ahora
que lo pensaba con más frialdad, si a alguien le daba por relacionar la hora
del envío de los e-mails, y cayeran en la cuenta de que yo no me encontraba en
la oficina en aquel momento, podrían sospechar de mí. No obstante intenté no
pensar en ello y concentrarme en los acontecimientos que tendrían lugar a
partir de ahora. Para ello tan sólo tenía que sentarme y esperar a que la mecha
que había encendido se fuera quemando hasta estallar por algún sitio.
Mi
compañero Marcus, al verme llegar, se dirigió rápidamente hacia mí.
—¿Dónde
te habías metido, Paul? ¿Es que no has visto tu correo?
—No,
Marcus. Aún no lo he abierto ¿Qué ha ocurrido?
—Mira,
abre bien los ojos, amigo —dijo enseñándome la imagen impresa en la pantalla de
su ordenador—. ¿Lo estás viendo? —dijo, señalando hacia el centro de la
pantalla—. Es un reloj.
—¿Un
reloj? —pregunté, haciéndome el sorprendido—. ¿Qué quieres decir? ¿De dónde ha
salido esa imagen?
—Pensamos
que es un contador. Una cuenta atrás. Ahora está parado, porque esto es una
fotografía de una imagen en movimiento; pues en el e-mail que algún anónimo ha
enviado al periódico dice que los números claramente muestran el formato de un
reloj, y que se mueven hacia atrás. Como una cuenta atrás o algo parecido.
—¿Y no se
sabe quién ha sido?
—No lo
sabemos. Pero tampoco se le puede dar mucho crédito ¿no crees? Piénsalo. ¿Cómo
sabemos que esa imagen es auténtica, y no ha sido la creación de un aficionado
usando un programa de edición de imágenes?
La
pregunta que Marcus acababa de hacer era bastante lógica, yo en ese momento no
podía descubrirme y decir que era total y absolutamente auténtica, así que me
contuve y permanecí callado.
—¿Y si no
es así? —añadí súbitamente—. También cabría la posibilidad de que fuese
auténtica.
—Sí, es
posible. El jefe la acaba de enviar junto con las ecuaciones que descifran la
interferencia a una empresa de seguridad informática para corroborarlo.
—¿Y qué
piensa hacer si se confirma que es real?
—¿Tú qué
crees? Publicarlo.
—¿Así sin
más? ¿Ni siquiera habéis pensado en el impacto que esto podría ocasionar?
—Pero,
Paul —añadió—, tanto tú como yo sabemos que la gente debe estar informada. Es
lo que siempre hemos pensado, ése es uno de los motivos por el que elegimos
esta profesión, ¿no es cierto? Además, parece mentira que me digas eso
precisamente tú, el que ha provocado los escándalos más sonados en nuestro
periódico.
—La
verdad es que tienes toda la razón, Marcus. Hay que publicarlo.
De pronto
el jefe nos llamó a todos. Al parecer había recibido un telefonema confirmando
que aquellas ecuaciones eran auténticas y resolvían la interferencia mostrando
una cuenta regresiva.
—Bien,
muchachos, no sabemos lo que es esto, y sí, yo también estoy acojonado como
vosotros, si bien antes no mostré el más mínimo interés, esta imagen que nos ha
llegado ahora cambia las cosas radicalmente, incluso rezo para que no sea
cierta y sea tan sólo el montaje de un chaval imberbe jugando con un programa
de edición de imágenes. Bien, dicho esto, lo que vamos a hacer ahora es
investigar. Tal vez alguien pueda saber algo al respecto. Así que vamos a sacar
una edición especial ahora mismo. Jenny, quita la portada del diario de hoy y
pon ésta, y los demás escribid un artículo interesante, no hace falta que seáis
catastrofistas, pero que impresione. Aunque no hace mucha falta ya que la
imagen habla por sí misma.
»Paul,
quiero que te luzcas como la última vez, éste es tu campo, así que no te digo
nada.
Realmente
vi a mi jefe frotarse las manos por aquella noticia, se le veía asustado, como
todos, pero también excitado ante la idea de sacar aquello en primera plana en
una edición especial.
Finalmente
mi artículo fue el elegido y salió en primera plana del periódico. Todos mis
compañeros me felicitaron, y a mi jefe se le veía exultante. Ahora sólo quedaba
esperar la reacción de la gente.
III
En un
solo día desde que publicamos la imagen del contador, la gente había pasado de
la incertidumbre al miedo, que había extendido sus largos e incisivos
tentáculos por todas las calles de la ciudad. ¿Quién dijo que manejar la verdad
era algo sencillo? Ahora todo el mundo hablaba de la cuenta atrás y lo peor de
todo, pensaba en ella. Las cadenas de televisión, en la panadería, en el
supermercado, en el trabajo, incluso el indigente que pasaba el día echado en
el escalón y que saboreaba las últimas gotas del cartón de vino hacían
comentarios ininteligibles al respecto. Algunas personas decidieron mantener
apagado su televisor con la idea de que si no veían la vibración ésta no les
afectaría, craso error. No tardaron en salir organizaciones y sectas que vaticinaban
el fin del mundo. La gente comenzó a comprar grandes cantidades de alimentos y
en cuestión de varios días, tiendas y supermercados agotaron todas sus
existencias. El gobierno al parecer había decidido aumentar notablemente el
número de policías que patrullaban las calles por miedo a que se produjera un
descontrol, y a que algunas personas presas del pánico o simplemente
aprovechado el momento de miedo e incertidumbre, se dedicaran a asaltar
establecimientos y sembrar aún más el caos como posteriormente ocurrió.
En la
televisión que aún se podía apreciar algo de imagen se veía como algún rico
había comenzado a construirse una especie de bunker a marchas forzadas
invirtiendo toda su fortuna, esperando a que ocurriera algo catastrófico… Al
parecer en algunas ciudades del mundo empezaron a producirse manifestaciones de
todo tipo, grupos antisistema auguraban alegres el fin prematuro de la era
tecnológica. Otros simplemente se habían echado a la calle exigiendo
desesperados a las autoridades y al gobierno que cesaran como fuese aquella
vibración… Algunas personas vendieron todas sus propiedades. En cuestión de
pocos días la ciudad se convirtió en un absoluto caos. Y por miedo a que el
sistema se desmoronara por completo, el gobierno, a falta de un día para la
hora cero, como pasó a llamarse al fin de esa cuenta atrás, declaró el estado
de excepción, haciendo que el ejército tomara las calles e impidiendo el libre
tránsito por la ciudad con el famoso y restrictivo toque de queda.
Aunque
podía haberlo imaginado, nunca creí que se fuese a producir el desplome y
descontrol de la sociedad hasta esos niveles, aunque Ronie me lo hubiese
augurado. El caso es que el miedo y el pánico también se apoderaron de mi
estado de ánimo, y me fue del todo imposible controlarlo. Los últimos dos días
me quedé en casa observando por la ventana el caos producido del que en parte
me sentía responsable ¿Qué demonios ocurría realmente? ¿Cómo podía una
interferencia en los aparatos de televisión en la que alguien había ocultado un
contador crear tanto revuelo? En realidad nada hacía sospechar que fuese a
ocurrir algo catastrófico. Sin embargo, la gente corría despavorida a ocultarse
en sus casas en un intento de protegerse de no se sabía qué. Como si el fin del
mundo estuviera a la vuelta de la esquina, y claramente definido por los
dígitos de un pequeño y siniestro contador.
A falta
de unas horas para el final de la cuenta atrás, escuché unos golpes en la
puerta de mi casa. Eran dos soldados del ejército que estaban desalojando todos
los edificios de la ciudad. Aquellos tipos iban totalmente armados, como si
estuvieran en pleno conflicto bélico. Nos llevaron a Ronie y a mí en un camión
militar hasta lo que parecía un improvisado campamento dentro de un parking
subterráneo repleto de civiles asustados como nosotros. A algunos se les oía
rezar. Otros lloraban y se podía incluso oler el miedo que reinaba en aquel
oscuro y húmedo lugar. Nos explicaron que eran órdenes del gobierno el evacuar
a toda la población. Así que nos quedamos allí a esperar nuestro aciago e
incierto destino. Tan sólo quedaban unos minutos que se hicieron eternos para
que la cuenta atrás finalizara. Nadie hablaba ni decía nada. Sentía cómo el
miedo se fue acrecentando en mi organismo no dejando lugar para ninguna otra
sensación. A modo de despedida, Ronie y yo nos abrazamos sin decir nada. La
hora estaba a punto de llegar. Ése fue el minuto más largo, silencioso y
terrorífico que hasta entonces había vivido.
Cinco,
cuatro, tres, dos, uno…
La
amenazante cuenta atrás había finalizado; pero para nuestra sorpresa y al
contrario de lo que cabía esperar, no oímos ninguna explosión, ni nada que nos
llevara a pensar que algo catastrófico hubiese podido suceder. Algunas personas
fueron saliendo lentamente y con cautela de aquel oscuro lugar hacia el
exterior, y volvían afirmando que no había ocurrido nada ahí fuera. Miré a mi
alrededor, todas eran caras de sorpresa que mostraban alegría, por seguir aún
sanos y salvos. Todos nos abrazamos, unos con los otros, también los militares,
antes duros y cumpliendo con su obligación, pero, al fin y al cabo personas de
carne y hueso que habían sucumbido ante el miedo de aquella incomprensible
vibración, ahora se mostraban felices porque al parecer todo había quedado en
un susto.
Entonces,
mientras todos se fundían en abrazos y daban muestras de alegría, un joven, que
permanecía en silencio y que se encontraba a mi lado, tal vez movido por el
oscuro instinto de la curiosidad, se acercó a un pequeño y antiguo televisor
que había sobre una mesa y que alguien había apagado minutos antes…
Recuerdo
que todos dejamos lo que estábamos haciendo y lo observamos con una mezcla de
curioso temor que rápidamente se transformó en sorpresa cuando al encender
aquel aparato, apareció ante nosotros la imagen de una conocida chica de las
noticias, llorando de alegría por continuar sana y salva. Pero lo más
increíble, aquello que verdaderamente nos llamó la atención y llenó de alegría
nuestros temerosos espíritus, fue que en esa imagen de televisión no había ni
rastro de aquella incomprensible interferencia… como si jamás hubiera existido…
Epílogo
Dos meses
más tarde de lo ocurrido, en una casa abandonada cercana a una pequeña
población apartada de la ciudad, que según los vecinos llevaba unos diez años
abandonada, tres niños, mientras jugaban, encontraron sobre una mesa una caja
negra y metálica con una pequeña luz roja que parpadeaba ligeramente y que
estaba conectada a un ordenador portátil que se encontraba encendido y
enchufado a un sofisticado sistema de baterías. Justo en el centro de la
pantalla se mostraban cuatro dígitos en el siguiente formato: «00:00» y un poco
más abajo escrita la siguiente frase: «Experimento sociológico número uno:
finalizado».
Francisco
José Ubau Gutiérrez nació en 1975 y reside en Málaga. Tiene varios relatos
presentados a concursos pendientes de resolución; todos encuadrables dentro del
género de ciencia ficción y fantasía. Actualmente está terminando de escribir
su primera novela.
Este
cuento se vincula temáticamente con LOS FESTEJOS DEL FIN DEL MUNDO de Pablo Dobrinin, EL FIN DEL MUNDO de José Carlos
Canalda, RADIO MALDITA de Fernando José Cots
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Axxón 210
– septiembre de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Apocalipsis :
Experimentos : Computadoras : España : Español).


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