© Libro N° 11145.
El Romance De Ciertas Ropas Antiguas. James,
Henry. Emancipación. Abril 22 de 2023
Título original: ©
The Romance Of Certain Old Clothes, Henry James (1843-1916)
Versión Original: © El Romance De Ciertas Ropas Antiguas. Henry
James
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL ROMANCE DE CIERTAS ROPAS
ANTIGUAS
Henry James
El
Romance De Ciertas Ropas Antiguas
Henry
James
Hacia mediados del siglo XVIII
vivía en la provincia de Massachusetts una dama viuda, madre de tres hijos. Su
nombre es lo de menos; me tomaré la libertad de llamarla señora Willoughby: un
apellido, como el suyo auténtico, de sonido altamente respetable. Había perdido
a su marido tras unos seis años de matrimonio y se había consagrado al cuidado
de su progenie. Su progenie se desarrolló de un modo que recompensó su tierno
cariño y cumplió sus más elevadas esperanzas. El primogénito era un varón, a
quien había puesto el nombre de Bernard, el mismo del padre. Los otros dos eran
niñas, entre cuyos respectivos nacimientos había mediado un intervalo de tres
años.
La buena apariencia era
tradicional en la familia, y no parecía probable que estas infantiles personas
fueran a permitir que la tradición pereciera. El muchacho era de esa tez rubia
y sonrosada y de esa complexión atlética que en aquel tiempo (al igual que en
éste) era marchamo de genuina sangre inglesa: un afectuoso jovencito sincero,
estupendo hijo y hermano, y amigo leal. Listo, empero, no era: la inteligencia
de la familia había recaído principalmente en sus hermanas. El señor Willoughby
había sido un gran lector de Shakespeare, en un tiempo en que semejante afición
implicaba mayor penetración espiritual que en nuestros días y en una comunidad
donde hacía falta mucho valor para patrocinar el teatro incluso en privado; y
había querido dejar constancia de su admiración por el gran poeta poniéndoles a
sus hijas nombres sacados de sus obras favoritas.
A la mayor le dio el encantador
nombre de Viola; y a la menor, el más serio de Perdita, en recuerdo de otra
niña nacida entre las dos pero que sólo vivió unas semanas.
Cuando Bernard Willoughby cumplió
los dieciséis años, su madre se armó de valor y se dispuso a ejecutar la
postrera voluntad de su marido. Había consistido en un apasionado ruego de que,
al llegar a la edad apropiada, su hijo fuese enviado a Inglaterra para
completar su educación en la universidad de Oxford, que había sido el escenario
de sus propios estudios. A la señora Willoughby su hijo le importaba el triple
que sus dos hijas juntas; pero le importaban más los deseos de su marido.
Conque reprimió sus sollozos, y preparó el baúl de su hijo y su sencilla
vestimenta provinciana, y lo envió al otro lado del océano. Bernard fue
inscrito en la facultad de su padre y pasó cinco años en Inglaterra, sin
grandes honores, la verdad sea dicha, pero con una amplia ración de diversiones
y ningún descrédito. Al dejar la universidad realizó un viaje por Francia.
En su vigésimotercer aniversario
embarcó de regreso a casa, dispuesto a valorar la pobre pequeña Nueva
Inglaterra (en aquel tiempo Nueva Inglaterra era muy pequeña) como un lugar de
residencia enteramente insoportable. Pero en casa se habían producido cambios,
no menos que en las opiniones del señorito Bernard. Halló bastante habitable la
casa de su madre, y a sus dos hermanas convertidas en dos guapísimas señoritas,
con los mismos talentos y gracias que las jóvenes británicas sumados acierta
agradable brusqueriey originalidad propia que, aunque no era un talento, desde
luego las hacía aún más graciosas.
Confidencialmente Bernard le
aseguró a su madre que sus hermanas no tenían nada que envidiar a las más
distinguidas muchachas de Inglaterra; a consecuencia de lo cual la pobre señora
Willoughby se envaneció bastante de sus hijas. Tal era la opinión de Bernard, y
tal, multiplicada por diez, era la opinión del señor Arthur Lloyd. Este
caballero, me apresuro a agregar, era un compañero de estudios del señorito
Bernard: un joven de reputada familia, de buen natural y de cuantiosa fortuna;
este último accesorio se proponía invertirlo en negocios en este país. Él y
Bernard eran íntimos amigos; habían cruzado el océano juntos y el joven
norteamericano no había dudado en presentarlo en casa de su madre, donde había
causado una impresión tan buena como la que él mismo había recibido y de la
cual acabo de suministrar un indicio.
En aquella época las dos hermanas
estaban en plena lozanía de su juvenil floración; cada una de ellas, por
supuesto, manifestaba esta natural brillantez de la manera que más le cuadraba.
Eran disímiles tanto en apariencia como en carácter. Viola, la mayor —de
veintidós años recién cumplidos—, era alta y clara, de calmosos ojos grises y
cabellos de color castaño rojizo: un muy remoto parecido con la Viola de la
comedia de Shakespeare, a la cual imagino como una criatura morena (con permiso
de ustedes), pero delgada, briosa, plena de las más tiernas y elevadas
emociones. La señorita Willoughby, con su intensa blancura de piel, sus bien
torneados brazos, su majestuosa estatura y su pausado hablar, no estaba hecha
para la aventura. Nunca se habría puesto unas calzas y una camisa masculinas;
y, a decir verdad, siendo una belleza muy corpulenta, acaso es una suerte que
no lo hiciera.
También Perdita habría debido
cambiar la dulce melancolía de su nombre por algo más en consonancia con su
aspecto y temperamento. Era morena a ultranza, baja de estatura, ligera de
pies, con ojos oscuros plenos de fuego y animación. Desde niña había sido una
criatura de sonrisas y alegría; y, cuando uno hablaba con ella, lejos de
hacerlo esperar como era costumbre en su bella hermana (quien lo estudiaba a
uno con sus más bien fríos ojos grises), le daba a escoger entre media docena
de respuestas antes de que uno hubiera terminado de pronunciar sus frases. Las
jóvenes se alegraron muchísimo de volver a ver a su hermano; mas se
descubrieron bastante capaces de reservar cierta porción de entusiasmo para
destinarla al amigo de su hermano.
Entre sus propios amigos y
vecinos, la belle jeunesse de la colonia, había muchos jóvenes excelentes,
varios admiradores devotos, y unos dos o tres que gozaban de la reputación de
irresistibles galanes y conquistadores. Pero los lugareños ardides y la algo
ruda galantería de estos honrados colonos incipientes quedaron completamente
eclipsados ante la buena apariencia, las elegantes ropas, el respetuoso
empressement, la perfecta cortesía, la inmensa cultura, del señor Arthur Lloyd.
En realidad no era ningún dechado: era un franco, resuelto, instruido joven,
rico en libras esterlinas, en salud y anodinas esperanzas, y en un pequeño
capital de afectos por invertir.
Pero era un caballero; poseía un
hermoso rostro; había estudiado y viajado; hablaba francés, tocaba la flauta y
declamaba versos con muy buen gusto. Había una docena de razones para que de
sopetón la señorita Willoughby y su hermana menor se volvieran sobremanera
exigentes en su elección de amistades masculinas. La imaginación de la mujer
está particularmente adaptada a las diversas pequeñas convenciones y misterios
de la buena sociedad. La conversación del señor Lloyd les reveló a nuestras
jóvenes doncellas de Nueva Inglaterra muchísimo más de lo que él creyó sobre
las personas de alcurnia de las capitales europeas. Era fascinante sentarse a
oír charlar a él y Bernard sobre las personas extraordinarias y las cosas
extraordinarias que ambos habían visto.
Tras el té toda la familia solía
reunirse alrededor de la chimenea, en el saloncito revestido de madera —por
entonces inocente de cualquier propósito de resultar pintoresco o de resultar
cualquier otra cosa, a decir verdad, salvo económico, de tal modo que se habían
ahorrado los gastos de papeles pintados y colgaduras—, y los dos jóvenes
aludían discretamente el uno para el otro, desde los extremos opuestos de la
alfombra, esta, esa y aquella aventura. Muchas veces Viola y Perdita habrían
dado cualquier cosa por saber exactamente de qué aventura se trataba, y dónde
ocurrió, y quién participó, y qué llevaban puesto las mujeres; mas en aquel
tiempo no se consideraba correcto que una joven bien educada interviniese en la
conversación por iniciativa propia o formulase excesivas preguntas; y por lo
tanto las pobres muchachas se parapetaban ansiosas detrás de la curiosidad, más
lánguida —o más discreta—, de su madre.
Que las dos eran muy atractivas
fue algo que Arthur Lloyd no tardó en descubrir; pero necesitó más tiempo para
decidir cuál poseía mayores encantos. Tuvo un fuerte presagio —una sensación de
una naturaleza demasiado enteramente alegre para aplicarle el calificativo de
ominosa— de que estaba destinado a llevar al altar a una de ellas; sin embargo
era incapaz de llegar a una preferencia, y para tal ceremonia ciertamente era
indispensable una preferencia, por cuanto Lloyd tenía demasiada sangre joven
como para avenirse a la idea de elegir echándolo a suertes y verse desposeído
del celestial deleite de enamorarse. Resolvió tomarse las cosas con calma y
aguardar hasta que hablara su corazón. Mientras tanto, llevaba una existencia
muy agradable.
La señora Willoughby hacía gala
de una digna indiferencia ante sus “intenciones”, tan lejana de despreocuparse
de la honra de sus hijas como de mostrar esa insoportable alacridad por hacerlo
comprometerse que tantísimas veces él, en su calidad de joven con posibles,
había notado en las venerables damas de sus islas natales. En cuanto a Bernard,
lo único que él pedía era que su amigo tratara a sus hermanas como si fueran
suyas; y en cuanto a las propias lindas criaturas, por mucho que cada una
anhelara secretamente el monopolio de las atenciones del señor Lloyd, se
ciñeron a un proceder muy decoroso y humilde y discreto.
En su trato mutuo, empero, ellas
estaban algo más a la ofensiva. Eran buenas amigas fraternas, entre las cuales
habría hecho falta más de un día para que germinara y fructificara la semilla
de los celos; pero ambas pensaban que esa semilla había quedado sembrada el día
en que el señor Lloyd llegó a la casa. Cada una determinó que, de no cumplirse
sus esperanzas, soportaría la decepción en silencio, y que nadie llegaría a
sospechar nada; pues, aunque sentían un fuerte amor, asimismo sentían una
fuerte soberbia. Pero cada una rezaba en secreto, pese a todo, para que sobre
ella recayera la gloria. Tuvieron necesidad de una gran cantidad de paciencia,
de autodominio y de disimulo.
En aquel tiempo, una joven que se
preciara no podía permitirse hacer ninguna insinuación, ni casi responder, de
hecho, a las que se le hacían. Lo correcto era que permaneciera inmóvil en su
asiento con la mirada en la alfombra, contemplando el lugar donde caería el
mágico pañuelo. El pobre Arthur Lloyd estaba obligado a llevar a cabo su
cortejo en el saloncito revestido de madera, bajo la mirada de la señora
Willoughby, de Bernard y de su futura cuñada. Pero la juventud y el amor son
tan astutos que era posible intercambiar un centenar de minúsculas señas y
promesas sin que las detectara ninguno de aquellos tres pares de ojos. Las dos
muchachas compartían la misma habitación y el mismo lecho, conque durante
largas horas estaban juntas cada una bajo la observación directa de la otra.
Empero, el saberse recíprocamente
espiadas no introdujo ni un ápice de diferencia en los pequeños servicios que
se prestaban mutuamente, ni en las diversas tareas domésticas que desempeñaban
en común. Ninguna desertó ni titubeó ante las silenciosas baterías de la mirada
de su hermana. El solo cambio notable que se verificó en sus costumbres fue que
ahora tenían menos cosas que contarse una a otra. Era imposible hablar sobre el
señor Lloyd y era ridículo hablar sobre cualquier otra cosa. Por tácito acuerdo
empezaron a lucir sus mejores ropas y a emplear pequeños instrumentos de
coquetería, en forma de cintas y moños y volantes, permitidos por la más
incorruptible modestia. De esa misma guisa muda establecieron un pequeño pacto
de sinceridad sobre estos delicados menesteres.
—¿Quedo mejor así? —preguntaba
Viola, prendiéndose un conjunto de cintas y apartando del espejo la mirada para
dirigírsela a su hermana.
Solemnemente Perdita alzaba la
vista de su propia labor y examinaba el ornato.
—Creo que sería preferible que
añadieras una lazada más —decía, con gran gravedad, mirando intensamente a su
hermana con ojos que agregaban—: Palabra de honor.
Así estaban continuamente
cosiendo y modificando sus faldas, y planchando sus muselinas, y urdiendo
lociones y pomadas y cosméticos, como las mujeres del hogar del vicario de
Wakefield. Transcurrieron unos tres o cuatro meses; ya era pleno invierno y Viola
continuaba diciéndose que si Perdita todavía no era capaz de vanagloriarse de
algo más que ella, no había mucho que temer de su rivalidad. Pero a estas
alturas Perdita, la encantadora Perdita, tenía la impresión de que su
secretismo se había vuelto diez veces más precioso que el de su hermana.
Una tarde la mayor de las
señoritas Willoughby estaba sentada a solas ante el espejo de su tocador,
desenredándose los luengos cabellos. Había empezado a anochecer y cada vez
había menos luz; encendió las dos velas a ambos lados del marco del espejo y después
se acercó a la ventana para cerrar las cortinas. Era un gris atardecer
decembrino: el panorama se veía vacío y desolado y el cielo estaba cubierto de
nubes nivosas. Al extremo del amplio jardín al cual daba la ventana había una
tapia con una puertecita trasera, que comunicaba con un callejón. Dicha
puertecita estaba entreabierta, como borrosamente vio en la creciente
oscuridad, y morosamente oscilaba en sus goznes, como si alguien la moviera
desde el lado del callejón. Sin duda se trataba de una de las criadas.
Pero, cuando se disponía a echar
la cortina, Viola vio a su hermana entrar en el jardín y echar a andar
apresuradamente por el caminito que conducía hasta la casa. Corrió la cortina,
aunque dejando una pequeña rendija para espiar. Mientras Perdita recorría el
caminito, parecía examinar un objeto que llevaba en la mano, acercándolo mucho
a los ojos. Cuando llegó junto a la casa se detuvo un instante, contempló
intensamente el objeto y se lo oprimió contra los labios.
La pobre Viola regresó lentamente
a su silla y se sentó ante el espejo, en el cual, de haberlo mirado menos
abstraídamente, habría visto sus bellas facciones tristemente desfiguradas por
los celos. Un instante después, la puerta se abrió a su espalda y su hermana
entró en la habitación sin resuello y con las mejillas encendidas por el aire
glacial. Perdita se sobresaltó:
—Qué susto —dijo—. Creía que
estabas con mamá. —Las tres mujeres iban a asistir a una merienda, y en tales
ocasiones su costumbre era que una de las hijas ayudara a la madre a vestirse.
En vez de penetrar, Perdita se quedó junto a la puerta.
—Pasa, pasa —dijo Viola—. Aún nos
queda más de una hora. Me gustaría mucho que le hicieras unos cuantos retoques
a mi peinado. —Sabía que su hermana quería retirarse y que ella podía ver en el
espejo todos sus movimientos en la habitación—. Vamos, ayúdame a peinarme
—dijo—, y después yo iré a ayudar a mamá.
De mala gana Perdita acudió a
empuñar el cepillo. Vio la mirada de su hermana, en el espejo, firmemente
clavada en sus manos. Aún no se lo había pasado tres veces por el cabello
cuando Viola aferró su propia mano derecha a la izquierda de su hermana y se
levantó de un salto.
—¿De quién es este anillo? —gritó
pasionalmente, arrastrándola hacia una luz.
En el dedo corazón de la joven
refulgía un anillito dorado, adornado con un par de pequeños rubíes. Perdita
decidió que ya no servía de nada guardar secreto, pero que debía efectuar su
confesión con audacia.
—Es mío —dijo con orgullo.
—¿Quién te lo ha regalado? —gritó
la otra.
Perdita vaciló un instante.
—El señor Lloyd.
—De golpe y porrazo el señor
Lloyd se ha vuelto rumboso.
—¡Huy, no —exclamó Perdita, con
arrojo—: no de golpe y porrazo! Ha estado ofreciéndomelo desde hace un mes.
—¿Es que necesitas un mes de
ruegos para aceptarlo? —dijo Viola, contemplando la pequeña sortija, que en
realidad no era extraordinariamente elegante aunque sí la mejor que el joyero
de la provincia podía suministrar—. Yo no lo habría aceptado en menos de dos.
—¡No es tanto el anillo —dijo
Perdita— cuanto lo que significa!
—Significa que no eres una
muchacha decente —gritó Viola—. A ver, ¿mamá está enterada de tu intriga?; ¿y
Bernard?
—Mamá ha aprobado mi intriga,
como tú la llamas. El señor Lloyd ha pedido mi mano, y mamá se la ha concedido.
¿Habrías preferido que te solicitara a ti, hermana?
Viola le dedicó a su hermana una
larga mirada, llena de pesadumbre y envidia apasionadas. Después bajó las
pestañas sobre las pálidas mejillas y se dio la vuelta. Perdita se hizo cargo
de que no había sido una escena agradable; mas la culpa era de su hermana. Pero
raudamente la joven de más edad hizo acopio de amor propio, y tornó a
encararla:
—Acepta mis felicitaciones —dijo
con una débil cortesía—. Te deseo toda la felicidad del mundo, y una muy larga
vida.
Perdita se rió amargamente.
—¡No lo digas con ese tono!
—exclamó—. Una maldición sería más entusiasta. Vamos, hermana —agregó—, él no
puede casarse con las dos.
—Te deseo muchísimas alegrías
—reiteró maquinalmente Viola, tornando a sentarse frente al espejo—, y una muy
larga vida, e innumerables hijos.
En el sonido de estas palabras
hubo algo que no fue del entero agrado de Perdita.
—¿Me concederás un año, al menos?
—dijo—. En un año puedo tener un hijo... o cuando menos una hija. Si me dejas
el cepillo, te arreglaré el cabello.
—Gracias —dijo Viola—. Será mejor
que vayas con mamá. No es correcto que una joven prometida en matrimonio
atienda a una muchacha que no lo está.
—De eso nada —dijo Perdita,
bienhumoradamente—. Yo ya tengo a Arthur para atenderme. Tú necesitas mis
servicios más de lo que yo necesito los tuyos.
Pero su hermana le hizo ademanes
para que se fuera, conque ella abandonó la habitación. En cuanto hubo salido,
la pobre Viola cayó de rodillas ante el tocador, ocultó la cabeza entre los
brazos y derramó un torrente de lágrimas y sollozos. Se sintió muchísimo mejor
gracias a esta efusión de pesadumbre. Cuando regresó su hermana, ella insistió
en ayudarla a vestirse y en que se pusiera sus mejores galas. La obligó a
aceptar un hermoso encaje de su propiedad, declarando que ahora que iba a
casarse debía hacer todo cuanto estuviera a su alcance para aparecer digna de
la elección de su novio. Ejecutó esas tareas en severo silencio; pero, aun así,
hubieron de servir como disculpa y expiación; no se excusó de ninguna otra
forma.
Ahora que Lloyd era recibido por
la familia en calidad de pretendiente aceptado, únicamente restaba fijar la
fecha de la boda. Se concertó para el cercano mes de abril, y durante el
intervalo se realizaron diligentes preparativos para la ceremonia. Lloyd, por
su parte, estaba ocupado realizando acuerdos comerciales y estableciendo
correspondencia con la gran empresa mercantil a la cual estaba vinculado en
Inglaterra. Por consiguiente no fue un tan asiduo visitante de la casa de la
señora Willoughby como durante los meses de su timidez e irresolución, y la
pobre Viola hubo de sufrir menos de lo que había temido a causa del espectáculo
de los mutuos arrumacos de los jóvenes novios. En lo tocante a su futura cuñada
Lloyd tenía perfectamente tranquila la conciencia.
Entre ellos no había sido
pronunciada una sola palabra de sentimiento, y no tenía ni la más remota
sospecha de que ella codiciara algo más que un fraternal afecto por parte de
él. Se sentía muy feliz: la vida se anunciaba plena de venturas, tanto domésticas
como financieras. A la sazón las cárdenas nubes de la revuelta de las colonias
todavía estaban veinte años por debajo del horizonte, y era absurdo, era
blasfemo, temer que su dicha conyugal tomara derroteros trágicos. Mientras
tanto, en casa de la señora Willoughby había un mayor rumor de sedas, un más
rápido manejo de tijeras y vuelo de agujas que nunca anteriormente. La señora
Willoughby se había propuesto que su hija tuviera el ajuar más espléndido que
su dinero pudiera comprar o que el país pudiera suministrar.
Fueron convocadas todas las
mujeres sabias del condado, y sus gustos aunados fueron inducidos a
concentrarse en el vestuario de Perdita. Desde luego no era para ser envidiada
la situación de Viola en aquellos momentos. La pobre tenía un irrefrenable amor
por los vestidos, y el mejor de los gustos, como sobradamente sabía su hermana.
Viola era alta, era exuberante y majestuosa, estaba hecha para portar rígidos
brocados y masas de pesados encajes, tales como los propios del atavío de la
esposa de un hombre rico. Pero Viola se mantenía apartada, cruzados los
hermosos brazos y ausente la mirada, mientras su madre y su hermana y las
venerables mujeres antedichas discurrían y cavilaban acerca de sus materiales,
abrumadas por la multitud de sus recursos. Un día llegó un hermoso rollo de
seda blanca, con brocados de color azul celeste y plata, enviado por el
mismísimo novio: en aquel tiempo no se consideraba impropio que el futuro
marido contribuyera al trousseau de la novia. A Perdita no se le ocurría
ninguna confección y disposición que estuviera a la altura del esplendor de
aquella tela:
—El azul es tu color, hermana,
más bien que el mío —dijo, con ojos zalameros —. Es una lástima que la tela no
sea para ti. Tú sabrías qué hacer con ella.
Viola se levantó de su asiento y
se acercó a examinar el gran rollo reluciente, extendido sobre el respaldo de
una silla. Después lo tomó en sus manos y lo palpó —amorosamente, como observó
Perdita— y se plantó ante el espejo con él. Dejó caer hasta sus pies uno de los
extremos y colgó de sus hombros el otro, ciñéndoselo alrededor del talle y
dejando su blanco brazo desnudo hasta el codo. Echó hacia atrás la cabeza y
contempló su propia imagen, y una trenza de su pelo castaño rojizo cayó sobre
la lustrosa superficie de la seda. El efecto era sorprendente. Las mujeres que
la rodeaban profirieron un pequeño ¡Oh!, de admiración.
—Sí, en efecto —dijo Viola en su
fuero interno—, el azul es mi color.
Mas Perdita se dio cuenta de que
su imaginación se había disparado y de que ahora se volcaría en la tarea y les
resolvería todos sus enigmas modisteriles. Y de hecho lo hizo requetebién, tal
como estuvo muy dispuesta a declarar Perdita, sabedora del insaciable amor de
su hermana por la mercería. Metros y metros de preciosas sedas y satenes, de
muselinas, terciopelos y encajes, pasaron por sus hábiles manos, sin que de sus
labios brotara una sola palabra de envidia. Gracias a su laboriosidad, el día
de la boda Perdita estaba preparada para lucir mayor número de vanidades de
este mundo que cualquier otra temblorosa joven novia que hasta entonces hubiese
solicitado la bendición sacramental de un cura de Nueva Inglaterra.
Hablase convenido que la joven
pareja viajaría de luna de miel al extranjero para pasar unos días en la
mansión campestre de un caballero inglés: un hombre de rango y un muy gentil
amigo para con Lloyd. Se trataba de un soltero: se declaró encantado de esfumarse
para dejarlos entregados durante una semana a sus caricias y arrullos. Tras la
ceremonia en la iglesia —había sido oficiada por un clérigo inglés — la joven
señora Lloyd se aprontó a dirigirse a casa de su madre para cambiarse sus galas
nupciales por un traje de montar. Viola la ayudó a hacerlo, en la antigua
habitacioncita que durante tantos años habían compartido como buenas hermanas.
Luego Perdita fue sin pérdida de
tiempo a decir adiós a su madre, dejando que Viola la siguiera. La despedida
fue breve: los caballos aguardaban a la puerta y Arthur estaba impaciente por
emprender viaje. Mas Viola no la había seguido, conque Perdita regresó a su
habitación, abriendo la puerta bruscamente. Como de costumbre, Viola estaba
frente al espejo, pero en una situación que hizo que la otra se detuviera
paralizada por el asombro. Se había puesto el velo y la guirnalda nupciales de
Perdita, y en su cuello tenía el oneroso collar de perlas que la joven había
recibido de su marido como regalo de bodas. Estos objetos habían sido dejados
de lado apresuradamente, para esperar hasta que su dueña dispusiera de ellos a
su regreso de la campiña inglesa.
Adornada con estas galas
ilegítimas, Viola estaba de pie ante el espejo, hundiendo una prolongada mirada
en sus profundidades y teniendo Dios sabe qué audaces visiones. Perdita se
sintió escandalizada y dolida. Era una espantosa imagen que resucitaba su antigua
rivalidad mutua. Avanzó un paso hacia su hermana, como para arrancarle el velo
y las flores. Mas, habiendo percibido la mirada de Viola en el espejo, se
detuvo.
—Adiós, Viola —dijo— Por lo menos
habrías podido esperar a que me hubiera marchado. —Y apresuradamente salió de
la habitación.
El señor Lloyd había comprado una
casa en Boston que, según el gusto de aquel tiempo, era considerada un prodigio
de elegancia y comodidad; y aquí muy pronto se estableció con su joven esposa.
De esta guisa quedó separado de la residencia de su suegra por una distancia de
treinta kilómetros. En aquella era de primitivos caminos y transportes treinta
kilómetros eran como ciento cincuenta de los actuales, conque la señora
Willoughby vio escasamente a su hija durante su primer año de matrimonio.
Sufrió no poco por su ausencia; y su pesar no se vio aminorado por la actitud
de Viola, quien había caído en un estado de apatía y languidez, que hacía
imprescindible para su recuperación un cambio de escenario y ambiente.
La verdadera causa del
decaimiento de la muchacha será adivinada sin dificultad por el lector. Sin
embargo, la señora Willoughby y sus compañeras de cotilleo consideraron que su
mal era puramente físico y no dudaron de que obtendría alivio del remedio precitado.
En consecuencia su madre gestionó en su nombre una visita a unos parientes de
su difunto esposo, residentes en Nueva York, que siempre estaban quejándose de
lo poco que veían a sus primos de Nueva Inglaterra. Viola les fue enviada a
estas buenas personas, con una escolta apropiada, y permaneció con ellas varios
meses. En el intervalo su hermano Bernard, que había empezado a ejercer como
abogado, se resolvió a tomar esposa.
Viola retornó a casa para la
boda, aparentemente curada de su melancolía, con encendidos colores en las
mejillas y una orgullosa sonrisa en los labios. Arthur Lloyd se vino desde
Boston para asistir a la boda de su cuñado, pero sin su esposa, quien en breve
esperaba dar a luz. Hacía casi un año que Viola no lo veía. Se alegró —sin
saber muy bien por qué— de que Perdita se hubiera quedado en su casa. Arthur
parecía feliz, pero estaba más serio y solemne que antes del matrimonio. A ella
se le antojó que tenía un aspecto interesante... pues aunque este vocablo en su
sentido moderno todavía no había sido inventado, podemos estar seguros de que
la idea sí. La verdad es que sencillamente estaba preocupado por el inminente
trance de su esposa.
Pese a ello, de ningún modo dejó
de observar la belleza y esplendor de Viola y cómo casi borraba del mapa a la
pobre novia. La asignación que antaño Perdita recibía para comprar ropa le
había sido transferida ahora a su hermana, quien ciertamente le sacaba el
máximo partido. La mañana inmediatamente posterior a la boda, Lloyd hizo
colocar una silla de montar femenina en el caballo del criado que con él se
había venido desde la ciudad y salió a dar un paseo ecuestre con Viola. Era una
clara mañana contagiosa de enero: el suelo estaba limpio y firme, y los
caballos en buenas condiciones..., por no hablar de Viola, que estaba preciosa
con su empenachado sombrero y su chaqueta azul de montar forrada con pieles.
Cabalgaron toda la mañana, se
extraviaron y se vieron obligados a detenerse a almorzar en una alquería. Ya
había caído la temprana noche invernal cuando lograron regresar. La señora
Willoughby los recibió con cara larga. A mediodía había llegado un mensajero
despachado por la señora Lloyd: había empezado a sentirse enferma y anhelaba el
inmediato regreso de su marido. El joven profirió una blasfemia al pensar que
había perdido varias horas y que cabalgando sin descanso ya habría podido estar
junto a su esposa. No accedió a quedarse a tomar un bocado de cenar, sino que
montó en el caballo del mensajero y partió al galope.
A medianoche llegó a su hogar. Su
esposa había parido una niña.
—Ah, ¿por qué no has estado
conmigo? —dijo ella, al llegarse él a la vera de su lecho.
—Había salido cuando se presentó
el mensajero. Estaba con Viola —dijo él, inocentemente.
La señora Lloyd articuló un
pequeño gemido y volvió la cabeza. Pero la convalecencia iba muy bien, y
durante una semana fue ininterrumpida su mejoría. Finalmente, empero, a causa
de alguna imprudencia en la dieta o de su afán por abandonar el lecho, se presentaron
complicaciones y la pobre mujer empeoró velozmente. Lloyd estaba desesperado.
Bien pronto se hizo obvio que la recaída era fatal. La señora Lloyd cobró
conciencia de que su fin estaba próximo y declaró que se había resignado a
morir. La tercera noche desde que se iniciara el empeoramiento le dijo a su
marido que estaba convencida de que no pasaría de esa noche. Hizo salir a los
criados, y asimismo le pidió a su madre que abandonara la habitación (la señora
Willoughby había llegado el día anterior). Había hecho que trajeran a su hijita
a su lecho, y ahora estaba tumbada de costado, con la niña contra su seno,
mientras asía las manos de su marido. La lamparilla de noche estaba oculta tras
las pesadas cortinas de la cama, pero la estancia era iluminada por un rojizo
resplandor procedente del inmenso fuego de leños de la chimenea.
—Resulta extraño morir cerca de
un fuego como ése —dijo la joven, débilmente tratando de sonreír—. ¡Ojalá
tuviese siquiera una pizca de él en mis venas! Pero se lo he dado todo a esta
chispita de humanidad. —Y posó la mirada sobre su hija. Luego alzó los ojos
para dedicarle a su marido una larga mirada penetrante. El postrer sentimiento
que anidaba en su corazón era de desconfianza. No se había recobrado de la
conmoción que Arthur le había producido al enterarla de que en el instante de
su tormento él había estado con Viola. Confiaba en su marido casi tanto como lo
amaba; pero ahora que iba a abandonar este mundo para siempre, su hermana le
inspiraba un escalofriante horror. En el fondo sabía que Viola nunca había
dejado de envidiarle su buena suerte; y un año de feliz seguridad no había
borrado la imagen de la joven ataviada con sus galas nupciales y sonriendo con
imaginado triunfo.
Ahora que Arthur iba a quedar
solo, ¿qué no haría Viola? Era hermosa, era insinuante; ¿qué artificios no
utilizaría, qué impresión no causaría en el melancólico corazón del joven? En
silencio la señora Lloyd miró a su marido. Resultaba difícil, pensándolo bien,
dudar de su fidelidad. Sus hermosos ojos rebosaban de lágrimas; su rostro se
convulsionaba por los sollozos; el asimiento de sus manos era cálido y
apasionado. ¡Cuán noble parecía, cuán tierno, cuán fiel y devoto!
—No —pensó Perdita—, no está
hecho para una mujer como Viola. Jamás me olvidará. Ni realmente Viola lo ama:
lo único que ama es el lujo y los vestidos y las joyas.
Y posó la mirada sobre sus
pálidas manos propias, que la generosidad de su marido había cubierto de
anillos, y sobre los fruncidos de encaje que formaban el reborde de su camisón.
—Viola me envidia más los anillos
y los encajes que a mi marido.
En aquel momento el pensar en la
rapacidad de su hermana semejó proyectar una negra sombra entre ella y la
indefensa figura de su hijita.
—Arthur —dijo—, tienes que
quitarme todos los anillos. No deseo ser enterrada con ellos puestos. Algún día
mi hija los llevará: mis anillos y mis encajes y sedas. Hoy he hecho que los
sacaran y me los mostraran. Es un magnífico vestuario, no hay ninguno comparable
en toda la provincia; puedo decirlo sin vanidad ahora que ya no será mío. Será
un magnífico legado para mi hija cuando se haga mayor. En él hay cosas que un
hombre no puede comprar dos veces, y si se pierden no hay medio de volver a
tenerlas. Conque guárdalas bien. Una docena de ellas se las lego a Viola: ya se
las he especificado a mi madre. Le doy aquel vestido de seda recamado de azul y
plata; es perfecto para ella; yo sólo lo llevé una vez, no me sentaba nada
bien. Pero lo demás debe ser guardado como oro en paño para esta pequeña
inocente. Es providencial que su color sea el mismo que el mío; podrá llevar
mis vestidos; tiene los ojos de su madre. Ya sabes que las modas se repiten
cada veinte años. Podrá llevar mis vestidos sin retocarlos. Hasta que crezca lo
suficiente, reposarán envueltos en alcanfor y pétalos de rosa, y conservarán
sus colores en la dulcemente perfumada oscuridad. Tendrá el pelo negro, se
vestirá con mi satén granate. ¿Me lo prometes, Arthur?
—¿Qué he de prometerte, cariño?
—Prométeme que preservarás los
vestidos de tu pobre esposa.
—¿Acaso temes que los venda?
—No, sino que se pierdan. Mi
madre los envolverá adecuadamente y tú los guardarás con doble cerradura. ¿Te
acuerdas del gran baúl que hay en el ático, reforzado con hierro? Es enorme e
inviolable. Ahí podrás meterlos todos. Mi madre y el ama de llaves lo harán y
te entregarán la llave. Y tú guardarás la llave en tu secreter y jamás se la
entregarás a nadie que no sea tu hija. ¿Me lo prometes?
—Oh, sí, te lo prometo —dijo
Lloyd, desconcertado ante la intensidad con que su esposa parecía aferrada a
aquel plan.
—¿Lo juras? —insistió Perdita.
—Sí, lo juro.
—Bien, confío en ti —dijo la
pobre mujer, mirándolo a los ojos con una mirada en que él, si hubiera intuido
las vagas aprensiones de ella, habría podido leer una advertencia no menos que
una súplica.
Lloyd sobrellevó su pérdida con
entereza y hombría. Un mes después de la muerte de su esposa, en el decurso de
sus negocios, surgieron circunstancias que le ofrecieron la oportunidad de
viajar a Inglaterra. Abrazó tal oportunidad como un remedio contra la tristeza.
Estuvo ausente casi un año, durante el cual su hijita quedó bajo los tiernos
cuidados y mimos de la abuela. A su regreso volvió a abrir de par en par las
puertas de su casa y proclamó su intención de reincorporarse a la vida social
como en la época de su esposa. Muy pronto oyéronse predicciones de que no
tardaría en casarse de nuevo, y hubo por lo menos una docena de muchachas de
quienes se puede decir que no fue por culpa de ellas si, durante seis meses
tras su regreso, la predicción se incumplió.
Durante este intervalo su hijita
siguió en manos de la señora Willoughby, pues ésta le aseveró a su yerno que un
cambio de residencia a tan temprana edad era arriesgado para la salud.
Finalmente, empero, él declaró que su corazón ansiaba la presencia de la
pequeña y que debía serle reintegrada. Mandó su carruaje y su ama de llaves
para recogerla. A la señora Willoughby le entró terror de que a su nietecita le
ocurriera algún percance por el camino; y, ante la manifestación de tal
sentimiento, Viola se ofreció a acompañarla durante el viaje. Podría regresar
al día siguiente. Así es que marchó a Boston con su sobrinita, y el señor Lloyd
se la encontró ante el umbral de su casa, emocionado de gratitud ante su
amabilidad.
En vez de regresar al día
siguiente, Viola se quedó allí toda la semana; y cuando por fin volvió a su
casa, sólo lo hizo para llevarse algunas de sus cosas. Arthur y la niña no
querían ni oír hablar de su marcha. La pequeña lloraba y gemía si Viola la dejaba;
y ante la visión de su decaimiento Arthur enloquecía y juraba que también ella
iba a morir. En definitiva, nada los tranquilizaba excepto que Viola se quedara
hasta que la criaturita se hubiere acostumbrado a las caras desconocidas.
El acostumbramiento tardó dos
meses en producirse; pues no fue sino hasta que hubo transcurrido este plazo
cuando Viola se despidió de su cuñado. La señora Willoughby se había incomodado
e irritado ante la prolongada ausencia de su hija: había declarado que no era
decorosa y que estaba siendo la comidilla de toda la región. Había transigido
únicamente porque, sin la presencia de la joven, su hogar gozó de un inusitado
período de paz. Bernard Willoughby continuaba viviendo en casa de su madre,
junto con su esposa, y entre ésta y su cuñada existía una amarga hostilidad.
Puede que Viola no fuese ningún ángel; pero en los asuntos cotidianos de la
vida era una muchacha de suficiente buen talante, y aunque se peleaba con la
mujer de Bernard no era sin mediar provocación. Que se peleaba, sin embargo,
era algo sobre lo cual no cabía duda, para gran enojo no sólo de su
antagonista, sino también de los dos espectadores de estos continuos
altercados.
Por consiguiente, el vivir en el
hogar de su cuñado habría sido delicioso aunque sólo fuera porque así podía
apartarse del objeto de sus antipatías en el hogar materno. Lo era doblemente
—lo era diez veces más— por cuanto la mantenía cerca del objeto de su antigua
pasión. Las reflexiones de la señora Lloyd se habían quedado lejísimos de la
verdad, en lo tocante a lo que por su marido sentía Viola. Había sido una
pasión al principio y una pasión seguía siendo: una pasión los efluvios de cuyo
radiante calor no tardó en notar el señor Lloyd, atemperados para acomodarse al
delicado estado de los sentimientos de éste.
Como ya he dicho, Lloyd no era
ningún dechado; no entraba en su naturaleza guardar una fidelidad eterna. Aún
no había compartido muchos días su hogar con su cuñada cuando comenzó a
aseverarse para sus adentros que ésta era, como se solía decir en aquel tiempo,
diabólicamente atractiva. No es preciso investigar si realmente Viola puso en
práctica aquellos insidiosos artificios que su hermana se había sentido tentada
de atribuirle. Baste decir que siempre hallaba el modo de aparecerse en su
aspecto más favorecedor. Todas las mañanas se sentaba junto a la gran chimenea
del comedor, con una labor de ganchillo, mientras a sus pies su sobrinita
retozaba sobre la alfombra, o sobre la cola de su vestido, y jugaba con sus
ovillos de lana.
Muy insensible habría sido Lloyd
si hubiese permanecido indiferente a las ricas sugerencias de aquel cuadro
encantador. Adoraba portentosamente a su hijita, y nunca se cansaba de tomarla
en brazos y de lanzarla al aire para volver a recogerla, haciéndola gorjear de
alegría. No pocas veces, sin embargo, se permitía mayores libertades de lo que
por ahora la pequeña estaba dispuesta a tolerar, y ésta vociferaba súbitamente
su desagrado.
Entonces Viola depositaba la
labor y tendía sus bellas manos con la grave sonrisa de una joven cuya virginal
imaginación le hubiera revelado todas las artes apaciguadoras de una madre.
Lloyd le entregaba la niña, sus miradas se encontraban, sus manos se rozaban, y
Viola apagaba los infantiles sollozos sobre los níveos pliegues del tocado que
cruzaba su pechera. Su dignidad era perfecta, y nada podía ser menos intrusivo
que el modo en que hacía uso de la hospitalidad de su cuñado. Casi se habría
podido decir, quizá, que en su reserva había algo de hosquedad. Lloyd
experimentaba la provocativa sensación de que ella estaba en la casa y sin
embargo era inabordable.
Media hora después de la cena, al
mismísimo inicio de las largas veladas invernales, ella encendía su vela, le
hacía una asaz respetuosa reverencia al joven y marchaba a acostarse. Si esto
eran artificios, Viola era una gran artífice. Pero el efecto de los mismos era
tan suave, tan paulatino, estaban calculados para influir sobre el alma del
joven viudo con un crescendo tan exquisitamente matizado, que, como ya ha visto
el lector, hicieron falta varias semanas para que Viola principiara a sentirse
segura de que sus ganancias habrían de compensar su desembolso. Una vez que
adquirió esta convicción interior, hizo el equipaje y regresó a casa de su
madre. Allí esperó durante tres días; al cuarto, el señor Lloyd hizo su
aparición: un respetuoso pero apasionado pretendiente. Viola lo escuchó hasta
el final con gran humildad y lo aceptó con infinito recato.
Es difícil creer que la señora
Lloyd le habría perdonado esto a su marido; mas si algo habría podido desarmar
su resentimiento habría sido la ceremoniosa continencia de aquella entrevista.
Viola le impuso a su novio un brevísimo periodo de noviazgo. Se casaron, como
convenía, en la más estricta intimidad, casi en secreto... con la esperanza,
tal vez, como a la sazón alguien sugirió maliciosamente, de que la anterior
señora Lloyd no llegara a enterarse.
Según toda apariencia el
casamiento era venturoso, y cada una de las partes obtenía lo que había
deseado: Lloyd una mujer diabólicamente atractiva, y Viola... pero hasta ahora
los deseos de Viola, como habrá advertido el lector, tienen mucho de misteriosos.
En su mutua felicidad hubo, a la hora de la verdad, dos sombras; pero el tiempo
podría, acaso, desvanecerlas. Durante los primeros tres años de su matrimonio
la señora Lloyd no consiguió ser madre, y por su parte su marido sufrió grandes
descalabros económicos. Esta última circunstancia motivó una drástica reducción
de gastos, y por fuerza Viola no pudo llevar la vida de una gran dama en la
misma medida que su hermana. Se las industrió, no obstante, para representar
con ininterrumpida constancia el papel de mujer elegante, aunque hay que
confesar que ello requería el despliegue de un ingenio mayor de lo que
corresponde a un auténtico sosiego aristocrático.
Desde hacía mucho tiempo había
comprobado que el suntuoso vestuario de su hermana había sido secuestrado en
beneficio de su hija y estaba languideciendo en la desagradecida oscuridad del
polvoriento ático. Era indignante pensar que aquellas gloriosas telas
esperarían hasta que las reclamase una niña que se sentaba en una sillita y
tomaba leche con migas en una cuchara de madera. Viola tuvo el buen gusto,
empero, de no hablar del asunto hasta que hubieron expirado varios meses.
Entonces, por fin, tímidamente abordó a su marido. ¿No era una lástima que se
estropearan tantos vestidos tan hermosos? Pues se estropearían, sin duda,
comidos por la polilla, descoloridos por el tiempo y devaluados por los cambios
de las modas. Pero Lloyd le ofrendó una negativa tan abrupta y perentoria que
ella comprendió que por el momento su aspiración era vana. Transcurrieron seis
meses, sin embargo, que trajeron consigo nuevas necesidades y nuevas
ocurrencias.
Los pensamientos de Viola se
cernían ávidamente sobre las reliquias de su hermana. Subió a examinar el baúl
del cual eran prisioneras. En sus tres grandes candados y sus refuerzos de
hierro hubo un hosco desafío, que no logró sino acrecentar sus ansias. Había
algo exasperante en su incorruptible inviolabilidad. El baúl era como un viejo
sirviente canoso y severo que se obstinara en no revelar un secreto de familia.
Y además sus vastas dimensiones sugerían un copioso contenido, y cuando Viola
golpeó su costado con la punta de la zapatilla se produjo un sonido de estar
lleno a rebosar, que la hizo sofocarse de impotentes anhelos.
—¡Es absurdo! —exclamó—. ¡Es una
ridiculez, una iniquidad! —Y en el acto determinó llevar a cabo otra tentativa
ante su marido. Al día siguiente, después del almuerzo, cuando él se hubo
tomado su vino, osadamente ella volvió a la carga. Pero él la interrumpió con
gran sequedad:
—De una vez por todas, Viola
—dijo—, no hay nada que discutir. Me sentiré gravemente disgustado si vuelves a
hablarme de ese asunto.
—Qué bien —dijo Viola—. Me
resulta muy agradable enterarme de la valía que se me atribuye. ¡Cielo santo
—gritó—, qué mujer tan feliz soy! ¡Es maravilloso sentirse sacrificada a un
capricho! —Y sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia y decepción.
Lloyd sentía el natural horror de
un hombre bueno a los sollozos de una mujer, y probó —puedo decir condescendió—
a explicarse:
—No es un capricho, cariño, es
una promesa —dijo—, un juramento.
—¿Un juramento? ¡Bonito motivo de
juramentos! Y ¿a quién, si puede saberse?
—A Perdita —dijo el joven,
alzando la mirada un instante, pero bajándola de inmediato.
—¡Perdita, ah, Perdita! —Y se
desbordó el llanto de Viola.
Su pecho se estremeció en
tempestuosos sollozos: unos sollozos que eran la retardada reproducción del
violento acceso de llanto que la invadiera la noche en que se enteró del
compromiso de su hermana. Se había figurado, en sus mejores momentos, que sus celos
habían desaparecido; mas he aquí que volvían a hervir tan fieros como siempre.
—Y, si me haces el favor, ¿qué
derecho —gritó— tenía Perdita a disponer de mi futuro? ¿Qué derecho tenía a
obligarte a la mezquindad y la crueldad? ¡Ah, qué digno lugar ocupo y qué
bonito papel represento! ¡Tengo que conformarme con lo que Perdita dejó! Y ¿qué
es lo que dejó? ¡Hasta ahora no lo había sabido! ¡Nada, nada, nada!
Esto fue un razonamiento muy
endeble, pero un apasionamiento muy efectivo. Lloyd pasó el brazo alrededor del
talle de su esposa y trató de darle un beso, pero Viola lo rechazó con olímpico
desdén. ¡Pobre hombre! Había ambicionado una mujer diabólicamente atractiva, y
la había conseguido. Fue insoportable aquel desdén. Salió de la estancia
mientras le zumbaban los oídos, indeciso, turbado. Ante él estaba el secreter,
y en éste la sagrada llave con que su propia mano había echado el triple
cerrojo. Se acercó y lo abrió, y extrajo de un cajón secreto la llave, envuelta
en un paquetito que él mismo había sellado con su propio noble blasón
heráldico. Teneo, rezaba la divisa: Yo guardo. Pero no se atrevió a devolverla
a su escondite. La arrojó sobre la mesa ante su esposa.
—¡Quédatela! —gritó ella—. No la
quiero. ¡La odio!
—Yo me lavo las manos de este
asunto —dijo su marido—. ¡Dios me perdone!
Despectivamente la señora Lloyd
se encogió de hombros y se fue de la estancia, mientras el joven se retiraba
por otra puerta. Diez minutos más tarde la señora Lloyd volvió y encontró la
estancia ocupada por su pequeña hijastra y la niñera. La llave no estaba sobre
la mesa. Miró a la niña. La niña estaba subida en una silla, con el paquetito
en las manos. Había roto el sello con sus propios deditos. Prestamente la
señora Lloyd se apoderó de la llave.
A la hora habitual de la cena
Arthur Lloyd regresó de su contaduría. Era el mes de junio y mientras la cena
se servía todavía duraba la luz diurna. La comida estaba sobre la mesa, pero la
señora Lloyd no comparecía. El criado a quien su señor envió en su busca,
volvió diciendo que estaba vacía la habitación de su señora y que las
sirvientas lo habían informado de que no había sido vista desde el almuerzo. Lo
cierto es que se habían apercibido de su rostro lloroso y, suponiendo que se
habría encerrado en su habitación, no habían querido molestarla. Su marido la
llamó por su nombre por diversas partes de la casa, pero sin obtener respuesta.
Por último se le ocurrió que tal vez la hallaría si se encaminaba al ático. La
idea le produjo una extraña sensación de malestar, y les ordenó a los criados
que permanecieran en la planta baja, no deseando ningún testigo de su búsqueda.
Llegó al pie de las escaleras que conducían al piso superior y se detuvo con la
mano en la barandilla, voceando el nombre de su esposa.
Le tembló la voz. Llamó de nuevo,
en tono más alto y firme. El único sonido que rompió el absoluto silencio fue
un débil eco de su propia voz, que repetía su llamada bajo el gran alero. Pese
a todo se sintió irresistiblemente impulsado a subir las escaleras.
Desembocaban en una amplia sala, flanqueada de armarios de madera y rematada
por una ventana orientada a poniente, que dejaba pasar los últimos rayos
solares. Ante la ventana estaba el enorme baúl. Ante el baúl, arrodillada, el
joven vio con asombro y horror la figura de su esposa. Al instante salvó la
distancia que los separaba, privado del habla.
La tapa del baúl estaba abierta,
exhibiendo, entre perfumadas fundas, su tesoro de telas y joyas. Viola había
caído hacia atrás mientras permanecía arrodillada, y había quedado con una mano
apoyada en el suelo y la otra oprimida contra el corazón. En sus extremidades
había la rigidez de la muerte, y en su rostro, a la moribunda luz del sol, el
terror de algo más poderoso que la muerte. Sus labios estaban entreabiertos en
súplica, en consternación, en agonía; y en su exangüe cuello destacaban las
horrendas huellas de los dedos de dos vengativas manos fantasmales.
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Henry James (1843-1916)


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