© Libro N° 11144.
La Lente De Diamante. O'Brien,
Fitz-James. Emancipación. Abril 22 de 2023
Título original: ©
The Diamond Lens, Fitz-James O'Brien (1828-1862)
Versión Original: © La Lente De Diamante. Fitz-James O'Brien
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Fitz-James O'Brien
La Lente
De Diamante
Fitz-James
O'Brien
Desde una
época muy temprana de mi vida, todas mis inclinaciones fueron para las
investigaciones microscópicas. Cuando no tenía más de diez años, un pariente
lejano de nuestra familia, esperando asombrar mi falta de experiencia, me
fabricó un microscopio sencillo perforando, en un disco de cobre, un pequeño
agujero en el que una gota de agua pura se sostenía por atracción capilar. Es
cierto que este aparato muy rudimentario, que aumentaba unas cincuenta veces,
solo presentaba unas formas indistintas e imperfectas, pero ya eran lo bastante
maravillosas como para elevar mi imaginación a un grado de excitación
preternatural.
Al verme
tan interesado por aquel instrumento basto, mi primo me explicó todo lo que
sabía sobre los principios del microscopio, me contó algunas de las maravillas
que se habían podido realizar con él, y finalmente me prometió que me enviaría
uno correctamente construido, nada más volviera a su ciudad. Conté los días,
las horas, los minutos que separaron esta promesa de su partida.
Aproveché
con entusiasmo cualquier sustancia trasparente que se parecía, aunque
remotamente, a una lente, y la utilicé en vanos intentos de fabricar aquel
instrumento de cuya construcción entendía por aquel entonces vagamente la
teoría. Todos los paneles de cristal que llevaban aquellos nudos achatados y
esferoides que se conocen familiarmente como ojos de buey eran despiadadamente
destrozados con la esperanza de obtener unas lentes de maravillosa potencia.
Hasta llegué a extraer el líquido cristalino de los ojos de los peces y otros
animales e intenté usarlo como microscopio. Me declaro culpable de haber robado
los cristales de las gafas de mi tía Agatha, con la vaga idea de convertirlas
en unas lentes de maravillosas propiedades amplificadoras; no es necesario
decir que fallé totalmente en este intento.
Por fin,
el instrumento prometido llegó. Era uno de esa clase llamada microscopio simple
de Field y probablemente habría costado unos quince dólares. Desde el punto de
vista educacional, no se podía haber elegido un aparato mejor. Venía acompañado
de un pequeño tratado sobre el microscopio, su historia, usos y
descubrimientos. Por primera vez entendí Las Mil y una Noches. El espeso velo
de la existencia ordinaria que colgaba encima del mundo pareció apartarse de
repente, dejando al desnudo una tierra en encantos. Mi sentimiento hacia mis
compañeros debía de ser el de un vidente hacia las masas ordinarias de los
hombres. Mantenía conversaciones con la naturaleza en un idioma que no podían
entender.
Estaba en
comunicación diaria con maravillas vivas que no habrían imaginado ni en sus más
desenfrenadas visiones; penetraba más allá del portal externo de las cosas y
erraba entre santuarios. Donde veían solamente una gota de agua rodando
lentamente en el cristal de la ventana, yo veía un universo de seres animados
con todas las pasiones comunes a la vida física, forcejeando en su diminuta
esfera como fieras y tan intensas como las de los hombres. En las comunes
manchas de moho, que mi madre, como toda buena ama de casa, sacaba ferozmente
con una cuchara de sus botes de mermelada, residían para mí, bajo el nombre de
moho, jardines encantados, cubiertos de valles y avenidas del más denso follaje
y el más extraordinario verdor, mientras que en las fantásticas ramas de estos
bosques microscópicos colgaban frutos extraños con destellos verdes, plateados
y dorados.
En
aquellos tiempos, no era la sed de ciencia lo que llenaba mi mente. Era el puro
placer del poeta al que un mundo de maravillas acabada de ser revelado. No
hablé con nadie de mis placeres solitarios. Solo con mi microscopio, debilité
mi vista, día tras día y noche tras noche, escudriñando las maravillas que me
descubría. Era como el que, habiendo descubierto que el antiguo Edén todavía
existía en toda su gloria primitiva, se resolviera por disfrutar de aquello en
la soledad, y nunca revelara el secreto de su ubicación a los mortales. El
rumbo de mi vida se determinó en aquel momento. Me destinaba a ser
microscopista.
Por
supuesto, como cualquier novato, me imaginaba como un descubridor. Era
ignorante por aquel entonces de los miles de intelectos agudos comprometidos en
el mismo afán que yo, y con la ventaja de poseer instrumentos miles de veces
más potentes que el mío. Los nombres de Leeuwenhoek, Williamson, Spencer,
Ehrenberg, Schultz, Dujardin, Schact y Schleiden me eran totalmente
desconocidos, o, si los conocía, no tenía idea de sus pacientes y maravillosas
investigaciones. En cada nuevo espécimen de criptógama que colocaba debajo de
mi instrumento, creía descubrir maravillas de las que el mundo aún no sabía
nada. Recuerdo perfectamente la emoción provocada por el encanto y la
admiración que me invadió la primera vez que descubrí como el rotífero común
(Rotifera vulgaris) expandía y contraía sus eslabones flexibles y cómo parecía
dar vueltas en el agua.
Desafortunadamente,
cuando me hice mayor, y conseguí algunos tratados sobre mi tema favorito de
estudio, descubrí que sólo me encontraba en el umbral de una ciencia de la
investigación de la cual algunos de los hombres más grandes de la época estaban
dedicando sus vidas y sus inteligencias.
Al
hacerme mayor, mis padres, que veían poca probabilidad de que resultara algo
práctico de la observación de pedazos de musgo y de gotas de agua a través de
un tubo de latón y de un trozo de cristal, se preocuparon de que eligiera una
profesión.
Su deseo
era que entrara en la oficina de contabilidad de mi tío, Ethan Blake, un
próspero comerciante que tenía un negocio en Nueva York. Me opuse a esta
sugerencia con resolución. No tenía gusto por el comercio; no haría otra cosa
que fracasar; me negué a hacerme comerciante. Pero era necesario que eligiera
alguna actividad. Mis padres eran unas personas serias de Nueva Inglaterra, que
insistían sobre la necesidad de trabajar, y, por lo tanto, a pesar de que,
gracias al legado de mi pobre tía Agatha, iba a heredar, cuando llegue a la
mayoría de edad, una pequeña fortuna suficiente para ponerme fuera de la
necesidad, se decidió que, en lugar de esperar aquella herencia, actuaría de la
manera más noble, y me convertiría en una persona independiente en el transcurso
de esos años.
Después
de mucha reflexión, accedí a los deseos de mi familia y elegí una profesión.
Decidí estudiar medicina en la Academia de Nueva York. Esta disposición de
futuro me convenía. Un alejamiento de mis padres me permitiría disponer de mi
tiempo a mi antojo, sin miedo de ser descubierto. Mientras pagara las tasas de
la Academia, podría zafarme de la asistencia a las clases si quería; y, como no
tenía la menor intención de asistir a un examen, no había peligro de que me
pillaran. Además, una metrópolis era mi lugar. En ella podría conseguir
excelentes instrumentos, las publicaciones más recientes, proximidad con los
hombres cuyos estudios se emparentaban con los míos; en breve, todo lo
necesario para asegurar una dedicación provechosa de mi vida a mi querida
ciencia. Tenía dinero en abundancia, pocos deseos que no fueran vinculados con
mi espejo luminoso por una parte y mi objetivo por otra; por lo tanto, ¿qué iba
a impedir que me convirtiera en un famoso investigador de mundos desconocidos?
Fue con la esperanza más optimista que abandoné mi hogar de Nueva Inglaterra y
me instalé en Nueva York.
Mi primer
paso, por supuesto, fue encontrar una vivienda adecuada. La conseguí, después
de un par de días de búsqueda, en la Cuarta Avenida; un segundo piso muy
bonito, sin amueblar, con una sala de estar, una habitación para dormir y otra
habitación más pequeña que destiné a mi laboratorio. Amueblé mi alojamiento de
manera simple, pero bastante elegante, y luego dediqué toda mi energía a la
decoración del templo de mi culto. Visité a Pike, el famoso óptico, y pasé
revista a su espléndida colección de microscopios —los compuestos de Field, los
de Hingham, de Spencer, el binocular de Nachet (basado en el principio del
estereoscopio)—, y finalmente, me fijé en el modelo conocido como Microscopio
de tornillo de Spencer, que combinaba una mayoría de mejoras con una libertad
casi perfecta de vibración. Junto con esto, compré todos los accesorios
posibles: tubos, micrómetros, una cámara clara, palanca, condensadores
acromáticos, iluminadores de nube blanca, prismas, condensadores parabólicos,
aparato de polarización, fórceps, cajas acuáticas, tubos para pescar, con una
multitud de otros artículos, todos de utilidad en las manos de un microscopista
con experiencia, pero, como averiguaría después, sin el menor valor para mí.
Son
necesarios años de práctica para saber utilizar un microscopio complicado. El
óptico me miraba con suspicacia mientras hacía estas valiosas compras.
Obviamente, dudaba entre considerarme como una celebridad científica o como un
loco. Creo que se inclinó por la segunda opción. Creo que estaba loco. Todo
gran genio está loco por la disciplina en la que es el mejor. El loco fracasado
cae en desgracia y es llamado lunático.
Loco o
no, me puse a trabajar con un entusiasmo que pocos estudiantes de ciencias han
igualado. Lo tenía que aprender todo sobre el difícil estudio al que me estaba
dedicando, el cual implicaba la más constante paciencia, las más rigurosas
facultades analíticas, la mano más firme, el ojo más incansable, las
manipulaciones más precisas y meticulosas.
Durante
mucho tiempo, la mitad de mi material permaneció inactivo en las estanterías de
mi laboratorio, que ahora estaba más lleno de todo tipo de artilugios
destinados a facilitar mis investigaciones. El caso es que no sabía cómo
utilizar algunas de mis herramientas científicas —nunca me habían enseñado la
ciencia de los microscopios— y los de los que entendía la teoría eran de poco
provecho mientras no alcanzaba con la práctica la delicadeza necesaria a su
manejo. De todas formas, tales eran mi furia de ambición, la perseverancia
incansable de mis experimentos, que, por muy difícil de creer que sea, en un
año me convertí, en la teoría y en la práctica, en un microscopista cumplido.
Durante
aquella época de mis trabajos, en la que sometí a la acción de mis lentes
especímenes de cualquier sustancia presentada a mi mirada, me convertí en un
descubridor —de una manera modesta, es cierto, ya que era muy joven— pero aún
así, en un descubridor. Fui yo el que desmontó la teoría de Ehrenberg según la
cual el Volvox globator era un animal, y demostré que sus mónadas con estómagos
y ojos era simplemente las fases de la formación de una célula vegetal, y que
eran, al llegar a su estado de madurez, incapaces del acto de conjugación, o de
cualquier acto realmente generativo, sin el cual ningún organismo vivo,
habiendo alcanzado un nivel superior al del vegetal, puede ser considerado como
completo. Fui yo el que explicó que el extraordinario problema de la rotación
en las células y los pelos de las plantas era debido a la atracción ciliar, a
pesar de las aseveraciones de Wenham y otros que decían que mi explicación era
el resultado de una ilusión óptica.
Pero a
pesar de estos descubrimientos, y del trabajo y los esfuerzos que requirieron,
me sentía horriblemente insatisfecho. A cada paso, me encontraba limitado por
las imperfecciones de mis instrumentos. Como todos los microscopistas activos,
dejaba libre curso a mi imaginación. De hecho, es un motivo de queja tan
frecuente el que suplan los defectos de sus instrumentos con las creaciones de
sus cerebros. Imaginaba que la naturaleza se componía de profundidades más allá
de las profundidades y que la potencia limitada de mis lentes me prohibía
explorarlas. Me quedaba despierto por las noches construyendo microscopios
imaginarios de una potencia incalculable, con los cuales me veía traspasar
todas las capas de la materia hasta llegar al átomo original.
¡Cuántas
veces eché pestes contra esos medios que, por ignorancia, la necesidad me
obligaba a utilizar! ¡Cómo deseé descubrir el secreto de una lente perfecta,
cuya capacidad de amplificación sería limitada únicamente por la solubilidad
del objeto, y que, al mismo tiempo, no presentaría problemas de aberración
esférica y cromática; en resumidas cuentas, que permitiera obviar todos los
obstáculos contra los cuales el pobre microscopista tropieza continuamente! Me
convencí de que la construcción de un microscopio simple, compuesto de una sola
lente de una capacidad tan enorme pero perfecta, era posible. Intentar alcanzar
tal extremo con un microscopio compuesto habría consistido en empezar por el
fin; la otra posibilidad era intentar remediar parcialmente los defectos mismos
del instrumento más simple que, si la operación resultaba exitosa, no habría
dejado mucho que desear.
Fue en
este estado de ánimo que me convertí en un microscopista constructivo. Después
de un nuevo año dedicado a este nuevo propósito, experimentando con todo tipo
de sustancias imaginables —vidrio, gemas, sílex, cristales, cristales
artificiales formados mezclando varios materiales vítreos—; en resumen, después
de construir tantas variedades de lentes como ojos tiene Argos, me encontré
exactamente en mi punto de partida, sin haber logrado nada, salvo un extenso
conocimiento sobre la fabricación del vidrio. Casi me muero de desesperación.
Mis padres se sorprendieron de mi aparente voluntad de progresar en mis
estudios de medicina (no había asistido a una sola clase desde que había
llegado a la ciudad), y los gastos de mi búsqueda loca habían sido suficientemente
importantes para ponerme en un serio aprieto.
Estaba en
este estado de ánimo un día, experimentando en mi laboratorio con un pequeño
diamante —esta piedra, por su gran poder refractante, siempre me había llamado
más la atención que cualquier otra— cuando un joven francés que vivía en la
planta de abajo, y que acostumbraba a visitarme de vez en cuanto, entró en la
habitación.
Jules
Simon tenía varios rasgos del carácter hebreo: el amor por las joyas, por los
trajes, y por la buena vida. Algo misterioso había en él. Siempre tenía algo
que vender, y sin embargo se movía por la alta sociedad. Cuando digo vender,
quizás debería decir andar vendiendo; en efecto, sus operaciones se limitaban
generalmente a la colocación de artículos únicos. Cuando amueblé mis
habitaciones me hizo una visita, que terminó por mi compra de una lámpara
antigua de plata, de la que me aseguró que era una Cellini y de algunas
chucherías para mi salón. Nunca pude imaginar por qué Simon se dedicaba a este
pequeño negocio. Aparentemente tenía mucho dinero, y tenía sus entradas en las
mejores casas de la ciudad. Llegué finalmente a la conclusión que esta venta
ambulante era una tapadera para disimular algún negocio más importante, e
incluso llegué a creer que mi joven conocido estaba implicado en la trata de
esclavos. Pero eso no era asunto mío.
—¡Ah!
¡Mon ami!, lanzó, antes de que pudiera siquiera saludarle. He sido testigo de
una de las cosas más asombrosas del mundo. Estaba paseando hacia la casa de
Madame… ¿Cómo se llama este pequeño animal, le renard, en latín?
—Vulpes,
contesté.
—¡Ah! Sí,
Vulpes. Estaba paseando hacia la casa de Madame Vulpes.
—¿La
médium?
—Sí, la
gran médium. ¡Cielo Santo! ¡Qué mujer! Escribo en un trozo de papel varias
preguntas acerca de unos asuntos de los más secretos, ocultos en los abismos de
lo más profundo de mi corazón; y mire, por ejemplo, lo que pasa: ese demonio de
mujer me contesta la más auténtica verdad sobre estas cuestiones. Me cuenta
cosas de las que no me gusta hablar a mí mismo. ¿Qué tengo que pensar? ¡Tengo
los pies en la tierra!
—¿Debo
entender, señor Simon, que esta señora Vulpes contestó a preguntas que usted
escribió en secreto, y que estaban relacionadas con eventos conocidos
únicamente de usted?
—¡Ah! Más
que eso, más que eso —contestó, con cierta inquietud—. Me contó cosas… —Pero,
añadió después de una pausa, y cambiando de repente su tono—, ¿por qué
ocuparnos de estos disparates? No fue más que biología, sin ninguna duda. ¿Pero
por qué estamos aquí, mon ami? He tenido la oportunidad de descubrir la cosa
más bella que pueda imaginar: un jarrón con lagartos verdes, diseñado por el
gran Bernard Palissy. Está en mi piso; subamos. Se lo enseñaré.
Seguí a
Simon mecánicamente; pero mis pensamientos estaban alejados de Palissy y su
artículo esmaltado, aunque, como él, estaba buscando en la oscuridad hacer un
gran descubrimiento. La mención fortuita de la espiritista, Madame Vulpes, me
puso en una nueva pista. ¿Y si, gracias a la comunicación con organismos más
agudos que el mío propio, iba a alcanzar de un sólo golpe el objetivo al que
quizás una vida de esfuerzo mental angustioso no me permitiría nunca llegar?
Mientras le compraba el jarrón de Palissy a mi amigo Simon, estaba organizando
mentalmente mi visita a Madame Vulpes.
Dos
noches después, habiendo llegado a un acuerdo por correo y con la promesa de
unos honorarios generosos, encontré a Madame Vulpes esperándome en su
domicilio, sola.
—¿Viene
usted para una comunicación, señor Linley? —dijo la médium, con un tono de voz
formal.
—Tengo
cita, sí.
—¿Qué
tipo de comunicación desea, una escrita?
—Sí,
quisiera una escrita.
—¿De
algún espíritu en concreto?
—Sí.
—¿Conoció
usted a este espíritu en la tierra?
—Nunca.
Murió mucho antes de que naciera. Sólo quiero obtener de él algunos datos que
él es más susceptible de dar que cualquier otro.
—¿Quiere
sentarse en la mesa, señor Linley —dijo la médium—, y poner sus manos sobre
ella?
Obedecí.
La señora Vulpes estaba sentada frente a mí, también con las manos sobre la
mesa. Nos quedamos así durante un minuto y medio, cuando una violenta sucesión
de golpes se hizo notar en la mesa, en el respaldo de mi silla, en el suelo
debajo de mis pies, e incluso en los paneles de la ventana. La señora Vulpes
sonrió serenamente.
—Están
muy fuertes esta noche —observó—. Tiene suerte —Y continuó—: ¿Quieren los
espíritus comunicar con este caballero?
Rotunda
afirmativa.
—¿Quiere
comunicar el espíritu con el que desea hablar?
Unos
golpes muy confusos siguieron esta pregunta.
—Entiendo
lo que quieren. Quieren que escriba usted el nombre del espíritu con el que
desear conversar. ¿Es eso? —añadió, hablando a sus invisibles invitados.
Las
numerosas respuestas afirmativas confirmaron la evidencia. Mientras se
prolongaban, rompí un trozo de papel de mi libreta de bolsillo y garabateé un
nombre debajo de la mesa.
—¿Quiere
el espíritu comunicar por escrito con este caballero?
Después
de un momento, su mano se agitó con tanta fuerza que la mesa vibraba. Dijo que
un espíritu había sujetado su mano e iba a escribir. Le acerqué unas hojas de
papel que estaban en la mesa y un lápiz. El texto decía: No está aquí, pero lo
hemos mandado llamar.
Hubo una
pausa de un minuto más o menos, durante la cual la señora Vulpes quedó
perfectamente silenciosa, pero los golpes seguían a intervalos periódicos.
Transcurrido este corto periodo, la mano de la médium fue de nuevo agitada por
un temblor convulsivo, y escribió, bajo esta extraña influencia, unas palabras
en el papel, que me tendió. Eran las siguientes: Estoy aquí. Pregúntame.
Leeuwenhoek.
Estaba
asombrado. El nombre era idéntico al que había escrito debajo de la mesa, y que
había escondido cuidadosamente. No era nada probable que una mujer inculta
supiera siquiera el nombre del gran padre del microscopio. Puede haber sido
biología; pero esta teoría pronto fue condenada para ser destruida. Escribí en
mi papel, ocultándolo de la medium, una serie de preguntas que, para no hacerlo
aburrido, presento con sus respuestas, en el orden en el que se hicieron:
Yo:
¿Puede el microscopio llegar a la perfección?
Espíritu:
Sí.
Yo: ¿Soy
destinado a llevar a cabo esta gran tarea?
Espíritu:
Lo eres.
Yo:
Quiero saber cómo proceder para alcanzar este fin. Por el amor que tienes por
la ciencia, ¡ayúdame!
Espíritu:
Un diamante de ciento cuarenta quilates, sometido a corrientes
electromagnéticas durante un periodo largo, provocará una reorganización de sus
átomos inter se y a partir de esta piedra crearás la lente universal.
Yo:
¿Resultarán grandes descubrimientos gracias a una lente de este tipo?
Espíritu:
Tan grandes que todo lo que ha venido antes no es nada.
Yo: Pero
el poder refractante del diamante es tan inmenso que la imagen se formará
dentro de la lente. ¿Cómo superar esta dificultad?
Espíritu:
Perfora la lente por su eje, y la dificultad será eliminada. La imagen se
formará en el espacio perforado, que servirá de tubo a través del cual se
mirará. Ahora me llaman. Buenas noches.
No puedo
describir el efecto que tuvo sobre mí estas extraordinarias comunicaciones. Me
sentí completamente desconcertado. Ninguna teoría biológica podía justificar el
descubrimiento de la lente. La médium debía, por medio de un una relación
biológica con mi alma, haber llegado tan lejos como para leer mis preguntas y
contestarlas de manera coherente. Pero la biología no podía dar la facultad de
descubrir estas corrientes magnéticas que alterarían tanto los cristales del
diamante como para remediar sus defectos previos y hacer que su pulido se
convirtieran en la lente perfecta. Es cierto que alguna teoría de este tipo me
había pasado por la cabeza; pero de ser así, se me había olvidado. En mi
excitado estado de ánimo, no tenía otra opción que convertirme, y fue en un
estado de más dolorosa exaltación nerviosa que me fui de la casa de la médium
aquella noche.
Había luz
en la habitación de Simon cuando llegué a mi casa. Un vago impulso me alentó a
hacerle una visita. Cuando abrí la puerta de su salón sin haber sido anunciado,
estaba de espaldas, inclinado debajo de una lámpara Carcel, aparentemente
ocupado a examinar detalladamente algún objeto que tenía en las manos. Cuando
entré, se sobresaltó bruscamente, metió la mano dentro de su bolsillo de pecho,
y se dio la vuelta en mi dirección, la cara carmesí de confusión.
—Simon
—dije—, llego de visitar a la señora Vulpes. Tenía razón cuando dijo que es un
demonio de mujer. Me dijo unas cosas maravillosas esta noche. ¡Ah! ¡Si sólo
pudiera conseguir un diamante que pesara ciento cuarenta quilates!
—¡No!
—gritó en francés—. ¡No! ¡No lo conseguirá! ¡Es pérfido! ¡Lo ha consultado con
aquel demonio, y desea mi tesoro! ¡Pero tendré que morir primero! ¡Yo, yo soy
valiente! ¡No me puede dar miedo!
Todo
esto, proferido con una voz fuerte, que temblaba de excitación, me asombró. Me
di cuenta de un vistazo que había pisado accidentalmente los límites del
secreto de Simon, sea cual sea. Tenía que tranquilizarle.
—Querido
Simon, dije. No sé en absoluto a qué se refiere. He ido a visitar a la señora
Vulpes para consultarle sobre un problema científico, y he descubierto que la
solución a este problema es un diamante del tamaño que acabo de mencionar. En
ningún momento durante la noche usted ha sido aludido; ni siquiera, por lo que
a mí se refiere, en pensamiento. ¿Qué significa este arrebato? Si se da la
casualidad de que tiene un juego de diamantes de valor en su posesión, no tiene
nada que temer de mí. No podría poseer el diamante que necesito; o, si lo
poseyera, no estaría usted viviendo aquí.
Algo en
mi tono debió de tranquilizarle completamente. Rió, y dijo que debía
soportarle; que en ciertos momentos era víctima de una especie de vértigo, que
se delataba por discursos incoherentes, y que los ataques desaparecían tan
rápido como habían llegado.
—Simon,
olvidemos todo eso con una botella de Borgoña. Tengo abajo una caja de Clot
Vougeot de la casa Lausseure, fragrante como los olores de la Côte d’Or y
rojizo como el sol de esta zona. Vayamos por un par de botellas. ¿Qué le
parece?
Saqué el
vino y nos sentamos a beber. Era una cosecha famosa, la de 1848, un año en el
que guerra y vino prosperaron juntos, y su jugo puro pero fuerte parecía
conferir una nueva vitalidad al organismo. Cuando tuvimos medio acabada la
segunda botella, la cabeza de Simon, que sabía débil, empezó a ceder, mientras
yo permanecía tan tranquilo como siempre, y no sólo eso, sino que cada trago
parecía enviar una descarga de vigor por mis miembros. La pronunciación de
Simon se volvió cada vez más indistinta. Empezó a cantar canciones francesas de
una tendencia que no era muy moral. Me levanté de repente de la mesa justo
cuanto llegaba a la conclusión de esos versos incoherentes, y, fijándole mis
ojos con una sonrisa tranquila, dije:
—Simon,
le he engañado. Me enteré de su secreto esta noche. Tiene que ser igualmente
sincero conmigo. La señora Vulpes, o mejor dicho, uno de sus espíritus, me lo
dijo todo.
Se
sobresaltó de horror. Su embriaguez pareció desvanecerse de momento, e hizo un
gesto hacia el arma que había dejado un rato antes, lo detuve de la mano.
—¡Monstruo!
—gritó—. ¡estoy arruinado! ¿Qué voy a hacer? ¡Nunca lo conseguirá! ¡Lo juro por
mi madre!
—No lo
quiero —dije—; descanse tranquilamente, pero sea sincero conmigo. Cuéntemelo
todo.
La
embriaguez pareció resurgir. Protestó con una sinceridad llorona que estaba
totalmente equivocado, que estaba ebrio; luego me pidió que jurara no revelar
nunca nada, y prometió revelarme el misterio. Por supuesto, le prometí todo.
Con una mirada intranquila en los ojos, y las manos temblorosas por la bebida y
los nervios, sacó una pequeña caja de su pecho y la abrió. ¡Cielos! ¡Cómo
estalló la tenue luz de la lámpara en miles de flechas prismáticas al caer
sobre un enorme diamante rosa que brillaba en la caja! No era conocedor de
diamantes, pero me di cuenta de un vistazo de que se trataba de una gema de un
tamaño y una pureza excepcionales.
Miré a
Simon con asombro y con envidia. ¿Cómo podía haber obtenido este tesoro? En
respuesta a mis preguntas, sólo pude sacar de sus declaraciones de borracho que
había supervisado una cuadrilla que trabajaban al lavado de diamantes en
Brasil; que había visto cómo uno de ellos escondía un diamante. En lugar de
avisar a sus patrones, había vigilado discretamente al esclavo hasta que lo vio
enterrar su tesoro. Añadió que, de acuerdo con una práctica oriental, le había
dado a su diamante el fantasioso nombre de El Ojo de la mañana.
Mientras
Simon me contaba eso, observé atentamente el diamante. Nunca había contemplado
nada tan hermoso. Todo el esplendor nunca imaginado o descrito de la luz
parecía palpitar en sus cámaras cristalinas. Su peso, me lo había dicho Simon,
era exactamente de ciento cuarenta quilates. Era una coincidencia
extraordinaria. Parecía una intervención de la mano del destino. ¡La misma
noche en la que el espíritu de Leeuwenhoek me comunicó el gran secreto del
microscopio, el inestimable recurso que me mandó utilizar se encontraba a mi
alcance! Decidí, en la más perfecta reflexión, apoderarme del diamante de
Simon.
Me senté
frente a él mientras cabeceaba sobre su copa, y con calma le di vueltas a todo
el asunto. En ningún momento consideré la insensata posibilidad de cometer un
robo común, lo cual por supuesto sería descubierto, o por lo menos supondría
huida y ocultación, ambas cosas que interferirían con mis planes científicos.
No había más que un paso que dar: matar a Simon. Después de todo, ¿qué era la
vida de un pequeño vendedor ambulante en comparación con los intereses de la
ciencia? Todos los días se sacan seres humanos de las cárceles de condenados a
muerte para ser el objeto de los experimentos de los cirujanos. Este hombre,
Simon, era, según su propia confesión, un criminal, un ladrón, y creía en mi
alma que era un asesino.
Los
medios necesarios para el cumplimiento de mi deseo estaban a mi alcance. Había
encima de la repisa de la chimenea una botella medio llena de láudano francés.
Simon estaba tan ocupado con su diamante, que le acababa de devolver, que no
tuve ninguna dificultad en verter la droga en su copa. Un cuarto de hora
después, estaba durmiendo profundamente.
Abrí su
chaleco, tomé el diamante del bolsillo interior en el que lo había colocado, y
lo trasladé hasta la cama, en la que lo acosté de manera que sus pies colgaban
por fuera. Había tomado una daga. Localicé lo más precisamente que pude el
sitio exacto del corazón. Era fundamental que todos los aspectos de su muerte
pudieran llevar a la conjetura de un suicidio. Un temblor convulsivo corrió por
los miembros de Simon. Oí un sonido ahogado salir de su garganta, como el de
una burbuja que revienta. Su mano derecha, como movida por un impulso
espasmódico, agarró el mango de la daga con una extraordinaria tenacidad
muscular. El láudano, supongo, paralizó su actividad nerviosa habitual. Debe de
haber muerto en el acto.
La muerte
de Simon no fue descubierta hasta cerca de las tres de la tarde. La criada,
sorprendida de ver el gas encendido echó una miradita a través del ojo de la
cerradura y lo vio en la cama. Dio la alarma. La puerta fue abierta de un
golpe, y el vecindario estaba febril de emoción.
Todo el
mundo en la casa fue detenido, yo incluido. Hubo una investigación; pero no se
pudo conseguir ninguna otra explicación a su muerte que la del suicidio.
Los tres
meses que sucedieron la catástrofe de Simon me dediqué día y noche a mi lente
de diamante. Había construido una gran batería galvánica, compuesta de cerca de
dos mil pares de placas: no me atreví a darle más potencia, para no quemar el
diamante. Mediante este enorme motor, podía enviar continuamente una potente
corriente eléctrica a través de mi gran diamante, que cada día pareció ganar
lustre. Al final del mes, empecé a afilar y pulir la lente, trabajo de intenso
esfuerzo y extrema delicadeza. La gran densidad de la piedra, y el cuidado que
había que tener con las curvaturas de las caras de la lente, hicieron que este
trabajo fuese el más duro y agotador que había hecho nunca.
Finalmente,
llegó el gran momento; la lente de diamante estaba acabada. Me quedé temblando
en el umbral de nuevos mundos. Tenía delante de mí el cumplimiento del famoso
deseo de Alejandro. La lente estaba en la mesa, preparada para ser colocada en
su plataforma. Mi mano tembló bastante cuando envolví una gota de agua con un
fino revestimiento de aceite de trementina, proceso preparatorio a su examen,
necesario para prevenir la rápida evaporación del agua. Luego coloqué la gota
encima de un fino portaobjetos de vidrio debajo de la lente, y proyecté,
ayudado de un prisma y de un espejo, un potente raudal de luz encima de ella.
Durante un instante, no vi nada salvo algo que parecía un caos iluminado, un
enorme y luminoso abismo. Con cuidado, y con una precaución extrema, bajé la
lente imperceptiblemente. La maravillosa iluminación seguía, pero mientras la
lente se acercaba al objeto, una escena de una belleza indescriptible se reveló
ante mis ojos.
Tenía la
impresión de mirar desde arriba un gran espacio, cuyos límites se extendían
lejos de mi vista. Una atmósfera de luminosidad mágica impregnaba todo el campo
de visión. Me sorprendí de no ver ningún rastro de vida de animálculos. Ningún
ser vivo, al parecer, habitaba esta extensión deslumbrante. Entendí en el acto
que, gracias a la maravillosa potencia de mi lente, había penetrado más allá de
las más bastas partículas de la materia acuosa, más allá de los infusorios y de
los protozoos, hacia el glóbulo gaseoso original, en el luminoso interior del
cual estaba observando como si estuviera dentro de una cúpula casi ilimitada,
con una radiación sobrenatural.
No
obstante, no era un vacío brillante lo que estaba mirando. Por todos lados,
contemplaba bellas formas inorgánicas, de una textura desconocida, y coloreadas
de los matices más encantadores. Esas formas tenían la apariencia de lo que se
podría llamar, a falta de una definición más específica, nubes foliadas de la
más alta rareza – es decir, ondulaban y estallaban en formaciones vegetales,
teñidas de esplendores que, comparadas con los dorados otoñales de nuestros
bosques, parecían oro comparado con escoria. A lo lejos, en la ilimitada
distancia, se extendían largos caminos de estos bosques gaseosos, vagamente
trasparentes, y pintados de colores prismáticos de un resplandor inimaginable.
Las ramas
colgantes se mecían por los claros fluidos hasta que cada perspectiva pareciera
llegar a filas medio-luminosas de multicolores y sedosas llamas colgantes. Lo
que parecían frutas o flores, abigarrados de miles de colores, lustrosos y
cambiando siempre, borbotaban de las coronas de este follaje fantástico. No se
veían colinas, lagos, ríos, ni formas animadas o inanimadas, salvo estos
enormes sotos aurorales que flotaban serenamente en la quietud luminosa, con
hojas y frutos y flores relucientes de fuegos desconocidos, inconcebibles por
la mera imaginación.
¡Qué
extraño, pensé, que esta esfera estuviera de este modo condenada a la soledad!
Había esperado descubrir, por lo menos, alguna nueva forma de vida animal,
quizás una clase inferior a todas las que ya conocemos, pero algún organismo
vivo. Mi mundo recién descubierto, si puedo decirlo de esta manera, era un
magnífico desierto cromático.
Mientras
especulaba sobre el singular orden de la economía interna de la Naturaleza, que
tan frecuentemente hace astillas atómicas de nuestras teorías más firmes, me
pareció ver una forma que se movía lentamente entre los claros de uno de los
bosques prismáticos. Observé con más detenimiento, y constaté que no me había
equivocado. Las palabras no pueden describir la ansiedad con la cual esperé que
se acercara más el misterioso objeto. ¿Era solamente una sustancia inanimada,
colgada en suspensión dentro de la atmósfera atenuada del glóbulo, o era un
animal dotado de vida y movimiento? Se acercó, revoloteando entre los vaporosos
velos de color del follaje nuboso, vagamente revelado por unos segundos, para
después desaparecer. Finalmente, los pendones violeta que se arrastraban más
cerca de mí vibraron; fueron apartados suavemente, y la forma flotó a plena
luz.
Era una
forma humana hembra. Cuando digo humana, quiero decir que poseía los contornos
de la humanidad; pero aquí termina la analogía. Su adorable belleza la elevaba
a alturas ilimitadas por encima de la más encantadora de las hijas de Adán.
No puedo,
no me atrevo a intentar hacer el inventario de los encantos de esta divina
revelación de la belleza perfecta. Estos ojos de un violeta místico, húmedos y
serenos, escapan a mis palabras. Su largo y lustroso pelo que seguía su hermosa
cabeza como una estela dorada, como la huella labrada en el cielo por una
estrella fugaz, parece sofocar con sus esplendores mis frases más ardientes. Si
todas las abejas de Ibla anidaran sobre mis labios, no cantaría con una voz más
ronca las maravillosas armonías del maravilloso contorno que envolvía su forma.
De entre
las cortinas arcoiris de los árboles nubes, salió majestuosamente al ancho mar
de luz que se extiende detrás. Sus movimientos eran los de una grácil náyade
surcando, con el simple esfuerzo de su voluntad, las aguas claras y lisas que
rellenan las cámaras del mar. Avanzaba flotando con la gracia serena de una
delicada burbuja ascendiendo en la atmósfera tranquila de un día de junio. La
redondez perfecta de sus miembros formaba curvas suaves y encantadoras. Era
como escuchar la sinfonía más espiritual de Beethoven, el divino, como
contemplar el armonioso flujo de líneas. En efecto, era como comprar barato un
placer a toda costa. Qué importa si había cruzado el portal de esta maravilla
gracias a la sangre de otra persona. Hubiera dado la mía propia para disfrutar
de un momento como ese de embriaguez y de deleite.
Sin
aliento por contemplar esta deliciosa maravilla, y, por un instante, olvidando
todo salvo su presencia, retiré con impaciencia mi ojo del microscopio. ¡Ay!
¡Cuando mi mirada cayó sobre la fina lámina que reposaba debajo de mi
instrumento, la luz brillante que venía del espejo y del prisma centelleó sobre
una gota de agua incolora! Aquí, dentro de esta diminuta gota de rocío, el ser
hermoso estaba encarcelado para siempre. El planeta Neptuno no estaba más
alejado que yo de ella. Me precipité de nuevo y apliqué mi ojo al microscopio.
Animula
(déjenme a partir de ahora llamarla por el tierno nombre con el que la bauticé
después) había cambiado de posición. Se había vuelto a acercar al bosque
maravilloso, y estaba mirando con mucha atención hacia arriba. Ahora uno de los
árboles – así los tengo que llamar – estaba desarrollando un largo proceso
ciliar, con el que agarró uno de los relucientes frutos que brillaban en su
cima, y, extendiéndose lentamente hacia abajo, lo acercó al alcance de Animula.
La sílfide lo tomó en su delicada mano y empezó a comer. Mi atención era tan
absorbida por ella que no podía concentrarme en determinar si aquella planta
singular tenía o no voluntad propia.
La miré,
mientras comía, con la atención más profunda. La agilidad de sus movimientos
enviaba una onda de estremecimiento placentero por todo mi cuerpo; mi corazón
latía locamente cuando giró sus hermosos ojos hacia donde me encontraba. ¡Qué
no hubiera dado por poder precipitarme dentro de aquel océano luminoso y flotar
con ella a través de aquellos surcos de púrpura y oro! Estaba siguiendo sin
aliento cada uno de sus movimientos, cuando, de repente, se sobresaltó, pareció
estar escuchando durante un momento, y luego, surcando el éter radiante en el
que estaba flotando, atravesó el bosque opalino como un rayo de luz y
desapareció.
Instantáneamente
una serie de sensaciones extrañas me asaltó. Era como si me hubiera vuelto
ciego de repente. La esfera luminosa todavía estaba delante de mí, pero mi luz
del día se había esfumado. ¿Qué era lo que había causado su desaparición
repentina? ¿Tenía un novio o un marido? ¡Sí, esa era la explicación! Alguna
señal de un feliz compañero había vibrado a través de las avenidas del bosque,
y había obedecido a la llamada.
La
angustia de mis sensaciones, cuando llegué a esta conclusión, me sobresaltó.
Intenté rechazar la convicción que mi razón me imponía. Luché contra la
conclusión fatal, pero en vano. Era eso. No había escapatoria. Me había
enamorado de un animálculo.
Es cierto
que, gracias a la maravillosa potencia de mi microscopio, aparecía con
proporciones humanas. En vez de tener el aspecto repelente de las criaturas más
bastas, que viven, luchan y mueren, en las partes más solubles de una gota de
agua, ella era hermosa y delicada y de una belleza incomparable. ¿Pero cómo
explicar todo eso? Cada vez que mi ojo se alejaba del instrumento, caía sobre
una miserable gota de agua, dentro de la cual, tenía que conformarme con
saberlo, vivía todo lo que podía hacer mi vida deliciosa.
¡Si
pudiera ella verme una vez! ¡Si pudiera, por un momento, atravesar las paredes
místicas que tan inexorablemente se elevaban para separarnos, y susurrar todo
lo que llenaba mi alma, consentiría a estar satisfecho por el resto de mi vida
de saber que tengo su remota simpatía. ¡Hubiera sido algo haber establecido
aunque sea el más tenue de los vínculos entre nosotros; para saber que a veces,
mientras erraba por aquellos claros encantados, pensaba en el maravilloso
extranjero que, con su presencia, había roto la monotonía de su vida y dejado
un tierno recuerdo en su corazón!
Pero no
podía ser. Ningún invento susceptible de ser diseñado por la inteligencia
humana podía romper las barreras que la naturaleza había erigido. Tenía que
regalar mi alma con su maravillosa belleza, mientras debía ella ignorar los
ojos llenos de adoración que día y noche estaban fijados en ella, incluso
cuando se cerraban, contemplándola en sueños. Con un amargo grito de angustia,
huí de la habitación, y, arrojándome en mi cama, me dormí sollozando como un
niño.
Me
levanté el día siguiente casi al amanecer, y me precipité sobre mi microscopio,
temblaba mientras buscaba el mundo luminoso en miniatura que contenía toda mi
vida. Animula estaba ahí. Había dejado el quinqué encendido, rodeado de su
pantalla, cuando me había ido a la cama la noche anterior. Encontré la sílfide
bañándose, por así decirlo, con una expresión placentera que animaba sus
rasgos, en la luz radiante que la rodeaba. Sacudía su lustroso y dorado cabello
encima de sus hombros con una coquetería inocente. Estaba acostada en el medio
trasparente, en el que se apoyaba cómodamente, y daba brincos con la
encantadora gracia que le debió de enseñar la ninfa Salmacis cuando intentaba
conquistar al púdico Hermafrodito. Intenté hacer un experimento para averiguar
si sus poderes de reflexión estaban desarrollados.
Bajé
considerablemente la luz de la lámpara. Por la luz tenue que quedaba, pude ver
una expresión de dolor corrió por su cara. De repente miró hacia arriba, y toda
su expresión cambió. Dio un salto adelante como una sustancia liberada de todo
peso. Sus ojos echaron chispas y sus labios se movieron. ¡Ah! ¡Si la ciencia
tuviera los medios de conducir y duplicar los sonidos, como lo hace con los
rayos de luz, cuántos villancicos de alegría habrían hechizado mis oídos!
¡Cuántos himnos de júbilo destinados a Adonais habrían estremecido el aire
iluminado!
Entendía
ahora por qué el Conde de Gabalis había poblado su mundo místico con hermosos
silfos cuyo aliento era fuego centelleante y que se divertían para siempre en
las regiones del éter y de la luz más puros. La Rosacruz había anticipado el
milagro que yo había prácticamente realizado.
Cuánto
tiempo duró este culto a mi extraña divinidad, no lo sé. Perdí toda noción del
tiempo. Todo el día, desde el inicio del amanecer, hasta tarde por la noche, me
encontraba escudriñando a través de la maravillosa lente. No vi a nadie, no fui
a ningún sitio, y apenas me otorgué el tiempo suficiente para las comidas. Toda
mi vida estaba absorbida en la contemplación, tan embelesado como cualquiera de
los santos católicos. Cada hora pasada observando la forma divina fortalecía mi
pasión: ¡una pasión que siempre ensombrecía la desesperante convicción que,
aunque la podía contemplar tanto como quisiera, ella nunca, nunca, podría
verme!
Finalmente
me volví tan pálido y demacrado, por falta de descanso y por la obsesión
continua por mi amor demente y sus crueles condiciones, que decidí hacer un
esfuerzo para alejarme de él.
—Vamos
—me decía—, eso no es más que una fantasía. Tu imaginación le ha prestado a
Animula unos encantos que en realidad no tiene. La reclusión lejos de la
sociedad de las mujeres ha provocado este estado mental mórbido. Compárala con
las hermosas mujeres de tu propio mundo, y este falso hechizo desaparecerá.
Leí el
periódico por casualidad. Es donde vi el anuncio de una famosa danseuse que
aparecía todas las noches en el Niblo. La Signorina Caradolce tenía la
reputación de ser la más hermosa y la más elegante mujer del mundo. Me vestí
inmediatamente y fui al teatro.
Se
levantó la cortina. Las hadas vestidas de muselina blanca se apoyaban en los
dedos del pie derecho, colocadas, según la costumbre, en semicírculo alrededor
de un terraplén de flores de lona verde, encima del cual el príncipe demorado
estaba durmiendo. De repente se oyó una flauta. Las hadas empezaron. Los
árboles se abrieron, todas las hadas se apoyaron en el pie izquierdo, y entró
la reina. Era la Signorina. Dio un salto hacia adelante en medio de un trueno
de aplausos y, poniéndose sobre un pie, se quedó con aplomo suspendida en el
aire. ¡Cielos! ¿Eso era la gran hechicera que había atraído a los monarcas a
las ruedas de su carro? ¡Estos miembros pesados, musculares, estas caderas
espesas, estos ojos hundidos, esta sonrisa estereotipada, estas mejillas
groseramente pintadas! ¿Dónde estaban la floración dorada, los líquidos,
expresivos ojos, los miembros armoniosos de Animula?
La
Signorina bailaba. ¡Qué movimientos más burdos, más discordantes! El juego de
sus miembros era falso y artificial. Sus saltos eran penosos intentos
atléticos; sus poses eran angulosas y su ojo afligido. No podía soportarlo más
tiempo; con una exclamación de asco que atrajo sobre mí todas las miradas, me
levanté de mi asiento en medio del pas-de-fascination de la Signorina y salí
bruscamente del teatro.
Me
precipité a casa para regalarme la vista una vez más con la deliciosa silueta
de mi sílfide. Sentí que a partir de entonces me sería imposible luchar contra
mi pasión. Apliqué mis ojos en la lente. Animula estaba ahí; pero ¿qué podía
haber pasado? Algún cambio terrible debía de haber ocurrido durante mi
ausencia. Una tristeza secreta parecía nublar sus deliciosos rasgos que
observaba fijamente. Su cara se había vuelto estrecha y demacrada; sus miembros
se arrastraban pesadamente; el maravilloso lustre de su cabello dorado se había
marchitado. Estaba enferma y no podía ayudarla. Creo que en ese momento habría
renunciado a todo derecho sobre mi nacimiento humano si solo hubiera podido
empequeñecer hasta llegar a la talla de un animálculo, para consolarla, ella de
la cual el destino me había separado para siempre.
Me devané
los sesos para encontrar la explicación de este misterio. ¿Qué era lo que
estaba afectando a la sílfide? Parecía sufrir un dolor intenso. Sus rasgos se
contrajeron, e incluso se retorció, como bajo el efecto de un intenso dolor
interno. Los bosques maravillosos parecían también haber perdido la mitad de su
belleza. Sus matices estaban oscuros y en algunos lugares se habían apagado
totalmente. Observé a Animula durante horas con el corazón partido, parecía
marchitarse completamente debajo de mis propios ojos. De repente, me acordé de
que no había mirado la gota de agua en varios días. En realidad odiaba hacerlo,
porque me recordaba la barrera natural que había entre Animula y yo. Me
apresuré a mirar la platina del microscopio. El portaobjetos aún estaba; pero,
¡cielos, la gota de agua había desaparecido! La horrible verdad me apareció en
un estallido; se había evaporado, hasta tal punto que se había vuelto tan
diminuta que no se podía ver a simple vista; había estado observando hasta su
último átomo, el que contenía a Animula.
Y se
estaba muriendo.
Me
apresuré de nuevo a mirar a través de la lente. ¡Ay! La última agonía se había
apoderado de ella. Los bosques de matices arco-iris se habían desvanecido, y
Animula luchaba débilmente en lo que parecía ser un punto de luz tenue. ¡Ah! La
vista era horrible: los miembros antaño tan redondos y deliciosos se estaban
secando y quedándose en nada; los ojos se apagaban debajo de un polvo negro; el
lustroso cabello dorado estaba ahora lacio y descolorido. El último estertor
llegó. Observé la lucha final de la forma ennegrecida, y me desmayé.
Cuando
desperté de un trance de varias horas, me encontré yaciendo entre los restos de
mi instrumento, mi mente y mi cuerpo hechos en tantos añicos como él. Me
arrastré débilmente hasta mi cama, de la que no me levanté durante muchos
meses.
Dicen que
no estoy loco; pero están equivocados. Soy pobre, ya que nunca tengo el corazón
ni la voluntad de trabajar; he gastado todo mi dinero, y vivo de la caridad.
Las asociaciones de jóvenes a los que les gustan las bromas me invitan a darles
conferencias sobre óptica, que me pagan, y se burlan de mí durante la
conferencia. Linley, el microscopista loco, es el nombre por el que me llaman.
Supongo que hablo de manera incoherente durante mi conferencia. ¡Quién podría
hablar sensatamente cuando su cerebro está obsesionado por unos recuerdos tan
horribles, cuando, de vez en cuando, veo, entre las siluetas de la muerte, la
radiante forma de mi Animula perdida!
__________________________________
Fitz-James
O'Brien (1828-1862)


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