© Libro N° 10922. La Primera Vuelta Al Mundo. Comellas, José Luis. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © La Primera Vuelta Al Mundo. José Luis
Comellas
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
José Luis Comellas
La Primera Vuelta Al Mundo
José Luis Comellas
CONTENIDO
Por qué y para qué
1. El momento del viaje
2. Un navegante portugués y una ruta española
3. La partida y la navegación entre dos mundos
4. Invernada y violencias
5. La emoción suprema: entre dos océanos
6. La interminable travesía del océano
7. Diez meses perdidos en Asia
8. Las Molucas
9. Elcano y la victoria
10. La travesía del Atlántico
11. Días de gloria
Conclusión
Por qué y para qué
Debo una explicación sobre la causa por la que he decidido comenzar un
libro que jamás había pensado escribir. El motivo es tan anecdótico como
impensado: la portada de la Feria de Sevilla. Me topé con ella de improviso un
día de finales de abril de 2011. La enorme obra de arquitectura efímera que
cambia de tema cada año, pero refleja siempre un motivo sevillano, representaba
esta vez una serie de figuras referentes a la navegación de otros tiempos, una
brújula, un cuadrante, una esfera armilar, un mapamundi, una nao navegando a
toda vela. Nada que recordara un monumento histórico lleno de simbolismo o de
actualidad, como es costumbre todas las primaveras. Hasta que reconocí las
fechas que campeaban en la base del plinto, 1519-1522. Todo quedó claro de pronto:
la portada conmemoraba la primera vuelta al mundo, que comenzó en Sevilla y
terminó tres años más treinta días después en Sevilla. El motivo quedó claro de
manera fulgurante: la aventura que convirtió a la ciudad en el broche del
primer abrazo que recibió el planeta. El único punto que no comprendí del todo,
y sigo sin comprender porque nadie me lo ha explicado, es por qué ganó el
concurso de 2011 un símbolo que hubiera resultado apropiado como ninguno ocho
años más tarde.
Esta extrañeza carece en absoluto de importancia, y no me esforcé en
averiguar la causa de tal monumento, ni su posible relación con una exposición
celebrada unos meses antes, o una fundación dedicada a preparar el evento. Sin
embargo, aquella portada me sugirió la idea de dedicar a la historia de la
vuelta al mundo la misma técnica que apliqué en 1991 a la historia del
descubrimiento de América y que cuajó en un libro todavía vivo y demandado, El
Cielo de Colón. Un método consistente en añadir a lo ya conocido por los
historiadores aquello que puede aportarnos el estudio de la astronomía, la
cartografía, la oceanografía, la meteorología, el régimen de vientos y de
corrientes, el flujo de la convergencia intertropical y su oscilación anual,
las técnicas de navegación y de la determinación de rumbos válidas en la época,
el cálculo de posiciones, los riesgos, a veces mortales, provocados por la
conjunción de los elementos naturales, y hasta la intervención de un factor por
mucho tiempo desconocido, el fenómeno de «El Niño» (ENSO), que según los
estudios de los paleoclimatólogos tuvo una de sus incidencias en los años
1519-1520: y precisamente ésta fue particularmente notable. Sin su concurso, el
viaje de Magallanes-Elcano hubiera tenido altas probabilidades de fracasar en
la travesía del Pacífico, o cuando menos se hubiera desarrollado en condiciones
muy distintas, de suerte que la historia hubiera sido otra.
Asociando este conjunto de conocimientos a aquellos de que ya disponemos
a través de las fuentes históricas, la aventura adquiere nuevas dimensiones y
se explica con mayor claridad. Conserva, por supuesto, sus misterios, que la
historia, como todas las ciencias del mundo, siempre los esconde, pero una
visión conjunta de lo entonces acontecido y sus circunstancias permite vivir
esa aventura en todo su fragante sabor. Y así la he vivido, tratando de sentir
el tremendo dramatismo de aquellos 1125 días (contando desde la salida de
Sevilla hasta la llegada a Sevilla: precisemos, para los viajeros uno menos),
con sus incertidumbres, sus tempestades, sus océanos interminables, sus luchas
con peligros desconocidos, jalonados una y otra vez con la muerte, las pasiones
humanas y los contactos con otros seres de culturas hasta entonces
inimaginables. La aventura de Cristóbal Colón tuvo el encanto de la navegación
hacia lo que no se sabía si existía o no, para terminar en el descubrimiento de
un mundo nuevo que ni el almirante ni sus hombres esperaban, ya que era otro su
supuesto destino. Pero la aventura de Colón fue relativamente breve, solo
treinta y tres días en alta mar, y fue por otra parte, desde un punto de vista
técnico, relativamente fácil, surcando un solo océano, siempre por la misma
ruta, y empujadas las naves por un mismo viento, el alisio.
La otra aventura, aquella que ahora me dispongo a revivir, es mucho más
larga y compleja. Abarca tres años, recorre los tres grandes océanos del mundo,
y toca o contornea todos los grandes continentes: atraviesa cuatro veces el
ecuador, y con el cambio de hemisferios siente o sufre todos los climas, desde
los calores atosigantes hasta los fríos que atieren los cuerpos; vive los
episodios más variados y desconcertantes. Une a los peligros de la naturaleza
los peligros de los hombres, conoce guerras y enemistades, motines y
deserciones que están a punto de malograr la expedición, incluida la muerte en
combate de su director indiscutible. Deja al descubierto las virtudes y el
esfuerzo de unos seres humanos, también las cobardías y las envidias de otros,
pone de manifiesto las más contrapuestas pasiones de los protagonistas como
pocas aventuras de la historia; y está sacudida una y otra vez por el azote
continuo de la muerte. De los doscientos treinta y cinco embarcados, —o
doscientos cincuenta, no lo sabemos bien— solo dieciocho supervivientes
lograron coronar la hazaña de regresar al punto de partida, habiendo vivido,
por cierto, y por primera vez en la historia, un día menos que el resto de la
humanidad. La aventura de Magallanes-Elcano posee tal vez menos encanto auroral
que la de Colón y los suyos; pero es incomparablemente más dramática, y no
menos decisiva en la historia del mundo. Maximiliano de Transilvania,
secretario de Carlos V, que la admiró con datos frescos y de primera mano, ve
en la hazaña «la navegación más admirable realizada jamás en tiempo alguno, ni
siquiera intentada por nadie». Y Stefan Zweig, en una biografía de Magallanes
que ha tenido quizá más aceptación que acierto, pero de cuyo estilo literario y
de cuya altura intelectual no cabe dudar, la considera, sin que parezca que
puedan caber dudas sobre ello, «la más grande proeza de la exploración de la
Tierra que haya sido realizada jamás». Y añade que aquella proeza posee el
supremo atractivo de constituir «la realización de lo que cabe suponer
imposible». Es esta continua «situación al límite», vivida casi sin
interrupción durante tres años, el factor que hace la aventura más atrayente,
más emocionante de cuanto en principio quiera o se pueda imaginar.
Vale la pena volver a vivir aquella odisea supuestamente imposible.
Confieso también que sentir la aventura tan lejana, pero al mismo tiempo tan
nuestra por humana y por apasionante, me ha hecho disfrutar como historiador
desde aquel día en la Feria de Sevilla, a no muchos metros del lugar justo
donde la aventura comenzó y se coronó. Al relatarla quisiera transmitir al
lector amigo la misma reviviscencia y la misma emoción del historiador. Bien
entendido, por si hiciera falta recordarlo, que una aventura histórica es
historia, no ficción. Es lo más contrario a una novela histórica que se puede
imaginar. Jamás se me ha ocurrido escribir una novela histórica, no solo porque
me faltan sin remedio condiciones de novelista, sino precisamente porque soy
historiador. Una novela histórica puede permitirse con toda honestidad el lujo
de la ficción. Puede inventar situaciones que nunca se dieron, hechos que no
existieron pero que pudieron darse o pudieron existir. Puede construir una
trama arquitectónicamente bien trabada. Pero no es historia en el sentido de
que esas situaciones y sus hechos, aunque pudieron darse, no se dieron
realmente. Nos sirve, sobre todo si está bien ambientada por el conocimiento;
puede ser una obra de arte, y hasta puede enseñar aspectos válidos del pasado.
Pero es un tópico redomadamente repetido que hay sucedidos históricos tan
apasionantes como la mejor novela.
Con indiferencia del tópico, sí es cierto que existen hechos que
realmente apasionan y que son, tal como ocurrieron, o tal como sabemos por
criterios objetivos que ocurrieron, correctamente relatables. La única
condición, cuando se cuenta la historia, es que un relato apasionante en modo
alguno debe ser apasionado. Tal vez pueda advertirse un vestigio de pasión en
algunos de los libros escritos sobre el viaje de Magallanes-Elcano. Una
aventura, vivida por sus protagonistas con una dosis muy grande de pasión,
puede apasionar a quien la relata. Cuando menos muchos de esos libros pueden
parecer interesados en resaltar virtudes o defectos porque son biografías. Y
ocurre que por lo menos el ochenta por ciento de esos libros están dedicados a
estudiar la vida y los hechos de los dos grandes protagonistas de la primera
vuelta al mundo, Hernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, dos héroes de
la historia, ambos de fuerte carácter, y, por si algo faltara, nada afines
entre sí, como que llegaron a aborrecerse. Al biógrafo se le perdonan, por
razón de oficio, los ditirambos y los florilegios, por más que los sucesos que
relata sean rigurosamente históricos Al historiador que no pretende ser
biógrafo, sino narrador objetivo, dentro de lo posible, de situaciones y de
hechos, cabe exigirle más. El rigor, el respeto a lo que se ha podido averiguar
y constatar ha de ser compatible con el interés que puede despertar lo
acontecido. Cómo quisiera, en la medida de lo posible, que en este diálogo con
el lector que ahora mismo se inicia se conjugaran la fidelidad a la realidad
viva y auténtica de los hechos con el dramatismo humano y natural que de su
reconstrucción puede derivarse.
También debo advertir que por pura afición metodológica no pretendo en
absoluto un relato circunstanciado, atiborrado de datos concretos, de nombres
que no hacen al caso o de hechos que no modifican sustancialmente la verdad
viva y esencial de lo ocurrido, y que por razón del fárrago —necesario muchas
veces al profesional y en sí enriquecedores— pudieran resultar abstrusos o
incómodos para el lector. Desearía que nada se perdiera con su omisión. Y, por
encima de todo, desearía compartir lo que he sentido cuando he tratado de
revivir la aventura ocurrida hace ahora quinientos años. He disfrutado
muchísimo reconstruyendo esa aventura, y solo me queda desear de corazón que el
lector pueda disfrutar con ella tanto como yo.
Capítulo 1
El momento del viaje
Contenido:
§. Un nuevo y deslumbrante mapa del mundo
§. Las navegaciones portuguesas
§. Dos caminos
§. Las exploraciones españolas
No pretendo tampoco criticar a los autores que relatan
circunstanciadamente la biografía previa de Magallanes o Elcano, los
antecedentes de su iniciativa o los complicadísimos entresijos de los
preparativos de la expedición. Son puntos dignos de ser conocidos, y sobre los
cuales —diría que casi por desgracia— conocemos más detalles que sobre el viaje
mismo. No solo admito el estudio de su complejo desarrollo, sino que, en sus
puntos esenciales, me dispongo a exponerlos en este capítulo previo. Sin necesidad
de descender a detalles ni centrarse en ocurrencias ajenas a la aventura en sí,
está perfectamente claro que resultan absolutamente necesarios para la puesta
en escena de lo que después ocurrió. Hacer historia partiendo de un punto fijo
como si ese punto fuese el comienzo de la historia misma es como partir de cero
en medio de una realidad continua, y eso nos impide comprender el cómo y el por
qué de las cosas que en un momento acontecen. Discúlpese por tanto este
capítulo previo que no tiene otro objeto que la necesaria reconstrucción del
escenario histórico en que se desarrolla el episodio que pocas páginas más
adelante se empezará a relatar.
§. Un nuevo y deslumbrante mapa del mundo
Una de las eras más gratificantes de la historia es la de los grandes
descubrimientos geográficos, cuyos jalones más importantes se sitúan —observa
Sánchez Sorondo— en un tiempo desconcertantemente corto, como que entre el
primer viaje de Colón, en 1492 y el de Magallanes-Elcano, en 1519-1522, no
transcurren más de treinta años. En medio queda el de Vasco de Gama, que en
1497-98 dobló el sur de África por el cabo de Buena Esperanza y abrió una ruta
de Europa hacia el Oriente. Otros viajes descubrieron casi toda la costa
americana, de Canadá al estuario del Plata, y desde Panamá se vio un nuevo y
asombroso océano más allá del Nuevo Mundo. Antes del viaje de
Magallanes-Elcano, los portugueses habían llegado a Malaca y mantenían comercio
por terceras manos con los chinos o los indonesios. De pronto, el mundo entero
abrió su faz a los hombres de nuestra civilización, y, de paso, a las demás
civilizaciones de la Tierra.
Los motivos de que esto fuera así, son muy diversos. Por una parte,
tenemos el desarrollo de los medios de navegación en la baja edad media, en que
empezaron a construirse barcos de excelentes líneas de agua y gran capacidad,
arbolados de dos o tres mástiles y muchas velas bien manejables, que podían
ceñir frente a casi todos los vientos. Las ágiles carabelas, capaces de
enfrentarse a los más grandes océanos y a las más fuertes tempestades, fueron
un instrumento especialmente capacitado para la navegación de altura. Luego, ya
en los tiempos de Magallanes, les iban sustituyendo las naos, más grandes y
resistentes. La quilla y el timón de codaste fueron inventos fundamentales para
dirigir el navío en cualquier dirección. Los mapas y portulanos, desarrollados
sobre todo entre los pueblos mediterráneos, trasplantados en su momento al
mundo atlántico, permitieron conocer las distancias y los rumbos sobre los
mares, partir de un puerto conocido a otro también conocido, o bien arribar a
una costa desconocida y añadirla al mapa. La brújula y la rosa de los vientos
permitían una adecuada orientación y de consiguiente deducir el rumbo, con
ayuda del mapa. Sin navíos preparados para una gran navegación, sin mapas y sin
brújulas hubiera sido imposible descubrir, conocer y describir el mundo. Algo
más faltaba para la realización de la navegación de altura, lejos de toda
tierra conocida: la facultad de situarse sobre el mapa sin necesidad de una
tierra a la vista, de saber dónde se está. También del mundo mediterráneo pasaron
al Atlántico, donde eran mucho más necesarios, los medios de orientarse por la
brújula, por las estrellas, de guiarse por la Polar, o calcular la latitud por
la altura del polo celeste, o bien por la altura del sol a mediodía. Para ello
servían el astrolabio o el cuadrante y las tablas ingeniadas por los astrónomos
que daban la posición exacta de las estrellas, o la altura del sol cada día del
año.
Pero todo este instrumental no hubiera servido más que para navegaciones
convencionales si no hubieran existido otros motivos de fondo que condujeron a
la realización de la aventura de buscar aquello de lo que aún no se tenía
noticia. Uno de esos motivos fue la curiosidad del hombre renacentista, deseoso
de llegar «más allá», «plus ultra», de buscar para conocer. El mismo Colón
explicaba a los Reyes Católicos que «el afán de conocer el mundo es el que
lleva al hombre a descubrir nuevas tierras». Explorar, llegar hasta donde nadie
ha llegado: he aquí el ideal de los nuevos tiempos. Y ciertamente que el hombre
del Renacimiento —primero portugueses y españoles, pronto franceses, ingleses,
holandeses, alemanes e italianos— se dio prisa en conocer el mundo hasta sus
últimos confines.
Otro motivo fue operante, al menos en principio: el relato de Marco
Polo, aquel veneciano que acompañando a distintas caravanas atravesó Asia hasta
llegar a China, después de un viaje de tres años (1271-1274). Marco, que era un
joven avispado y despierto, cayó bien al poderoso Kubilai Khan, entonces
emperador de aquel vasto territorio. Desempeñó varios cargos, entre ellos el de
embajador, condición que le permitió conocer otros países de Oriente. Al fin
decidió regresar a su tierra italiana, en un viaje todavía más azaroso que el
de ida, esta vez en su mayor parte por mar, que le permitió arribar a Venecia
en 1295. No prolonguemos un relato que parece en este punto innecesario, pero
sí es preciso tener en cuenta dos circunstancias. El libro de Marco Polo —redactado
por él o por su amigo Rusticello, el asunto no tiene ahora por qué
interesarnos— está lleno de noticias maravillosas, en parte ciertas, en parte
exageradas, algunas inventadas del todo, que causaron sensación en su tiempo, y
más en la época renacentista, cuando la imprenta difundió la escritura por
doquier. En primer lugar, se generalizó la idea de que el imperio chino era un
país riquísimo, exuberante de metales preciosos, perlas, especias refinadas.
Llegar al Extremo Oriente con facilidad significaría tener a disposición del
hombre occidental el país de las maravillas. Y otro mito que Polo difundió fue
el del reino del Preste Juan, un gran monarca cristiano, rodeado de enemigos
musulmanes por todas partes, que sin embargo, resistía valerosamente.
Los relatos de Marco Polo crearon así dos mitos capaces de suscitar el
afán de aventuras. Uno más bien idealista: llegar al país del Preste Juan,
ayudarle frente a sus enemigos y tal vez aliarse con él para una cruzada
general, en un momento en que el imperio otomano amenazaba a Europa. Y el otro
materialista: alcanzar el riquísimo país del Gran Khan, encontrar metales
preciosos, negociar con artículos tan relacionados con el lujo y la riqueza
apetecible como las refinadas especias, las perlas, la seda, la porcelana.
Llegar al Extremo Oriente representaría un fabuloso negocio. Y comoquiera que
el avance del imperio turco por los confines del Oriente Próximo cerraba los
caminos de la tierra, era preciso encontrar un camino por el mar. La sed de
oro, tan despierta por los tiempos del Renacimiento, tiene una explicación en
gran parte independiente de la codicia humana. Había progresado la organización
compleja del Estado Moderno, las comunicaciones, la posibilidad de
intercambios, la producción de bienes, y la mejora de las técnicas para
obtenerlos, el comercio y las grandes ferias periódicas a que concurrían
mercaderes de toda Europa, los sistemas de préstamo, de cambio y de giro.
Faltaba algo fundamental: el metal precioso, base del sistema de monedas.
Abundaban, por decirlo de la forma más sencilla, bienes de todas clases, pero
escaseaba el dinero con que adquirirlos. Aquel desequilibrio podía dar al
traste con el magnífico despliegue histórico de la Europa moderna. Una famosa
familia de banqueros de Augsburgo, los Függer, se lanzaron a la búsqueda de
filones de metal precioso, y encontraron las minas de plata de Schwaz, en el
Tirol, más tarde otras venas argentíferas en Hungría y en Bohemia. Pero el
metal amonedable, sobre todo el amarillo, seguía escaseando angustiosamente.
Los grandes descubrimientos geográficos vendrían a resolver el problema para
muchos siglos.
§. Las navegaciones portuguesas
Comenzó a insinuarlo Henry Pirenne, consagró la idea Armando Cortesâo, y hoy se
acepta por todos: los europeos deseaban llegar a Oriente, y para ello marchaban
hacia el Este. Cuando la ruta comenzó a entorpecerse, encontraron dificultades.
Los primeros a los que se les ocurrió ir por otro camino fueron aquellos a los
que apenas había llegado la concepción de la Geografía de Ptolomeo, los pueblos
del extremo occidente de Europa, en concreto los de Portugal y Castilla. No fue
una casualidad, aunque existieron, por supuesto, otras causas. Los portugueses
buscaron el camino por el sur, dando la vuelta a África, si África tenía
vuelta, que al fin la tuvo. Y los castellanos, seducidos por Colón, buscaron el
camino, paradójica, pero no equivocadamente, por el oeste, y al fin lo
encontraron, vuelta al mundo incluida, con Magallanes y Elcano.
Comenzaron la empresa los portugueses. Portugal había terminado su
Reconquista con la ocupación del Algarve. Los lusitanos, en un momento de plena
vitalidad histórica, hubieron de llevar sus empresas a la vecina África. En
1515 conquistaron Ceuta, pero la resistencia de los naturales les condujo a la
expansión por mar. El infante don Enrique, que resistió en Ceuta, pero
comprendió la imposibilidad de una aventura terrestre, se decidió por los
caminos del océano, y llegaría a ser conocido como don Enrique el Navegante, a
pesar de que —porque se mareaba— nunca navegó. Así encontró Portugal su más
glorioso destino histórico. ¡Cuántas leyendas hubo que vencer, tanto como los
peligros reales de la navegación! Desde los tiempos clásicos se hablaba de la
«zona perusta» o abrasada, situada entre los trópicos, inhabitable por su
espantoso calor, y en la que hasta las aguas del mar hervían. ¿Sería posible
llegar al otro hemisferio, o su camino estaría vedado para siempre a los
humanos? Don Enrique se propuso explorar hasta el final. Los navegantes
retrocedieron aterrados a la altura del cabo Bojador —en lo que es hoy Sahara
Occidental—, donde vieron hervir las aguas. El príncipe portugués estaba
convencido de que tan espantoso panorama no era más que una ilusión ficticia.
En 1434 envió a uno de sus mejores navegantes, Gil Eanes, a correr la aventura
suprema: o superar la barrera o morir. Eanes se asustó como todos cuando
presenció el espectáculo de las aguas hirvientes, pero intuyó que la espuma
procedía de una restinga de rompientes que prolongaba bajo las aguas el cabo.
Se adentró en la mar, rodeó la barrera por el oeste, y siguió navegando
gozosamente hacia el sur sobre las aguas azules. Fue el triunfo del valor y de
la curiosidad humana sobre la ignorancia y el mito. Una nueva edad había
comenzado.
El costeo de África por los portugueses fue una odisea demasiado extensa
como para que podamos relatarla aquí pormenorizadamente. Buscaban un camino,
pero también encontrar cosas valiosas a lo largo de él. Cada progreso exigía
nuevas expediciones, y sortear peligros desconocidos. Al principio, la costa
era desértica, sin nada prometedor, y en todo caso los naturales eran hostiles.
Se podía rescatar almáciga y algunas pepitas de oro. Don Enrique se enfureció
mucho cuando sus hombres trataron de comprar esclavos. A partir de Cabo Verde
encontraron pequeños bosquecillos de palmas, y el paisaje empezó a cambiar
conforme daban la vuelta a la enorme panza de África. Por 1450, los portugueses
habían llegado a Guinea y establecido algunos pequeños fuertes que les permitían
repostarse en su largo camino de exploración, y preparar el regreso, contra los
vientos alisios y por tanto más largo y laborioso. ¡Pero valía la pena! En
Guinea los lusitanos podían encontrar marfil, almáciga, malagueta o falsa
pimienta, y otros productos tropicales; y pronto dieron con el oro: o, por
mejor decirlo, con indígenas que les proporcionaban tan preciosas pepitas.
Nunca se supo de dónde procedían aquellos tesoros que, extraídos de lejanas
tierras, habían llegado hasta entonces a la legendaria ciudad de Tombuctú, al
sur del Sahara, y de allí a través de interminables caravanas atravesaban el
desierto y enriquecían a los pueblos árabes de la orilla sur del Mediterráneo,
y a los mismos nazaríes del reino de Granada.
Tampoco los portugueses sabían de dónde venían aquellas doradas pepitas,
pero, conforme se adentraban en el golfo de Guinea, los indígenas se las
proporcionaban en creciente abundancia. Era más fácil para ellos llevar el oro
aguas abajo hasta la costa que alcanzar las inmensidades del desierto para
encontrar a los árabes. Los portugueses llamaron Costa de Oro (hoy Ghana) al
país donde les proporcionaban aquellas pepitas. Los fragmentos de oro,
realmente, se recogían a orillas del Alto Volta y en la región oriental de
Senegal: pero esto no se supo hasta el siglo XIX. ¿Tan generosos eran los
guineanos que regalaban aquellas bolitas amarillas a los marinos portugueses?
No se trata de eso, y hay que comprenderlo. Desde entonces se hizo común la
palabra «rescatar», que seguiría utilizándose en tiempos de Magallanes y Elcano
cuando hicieron la primera vuelta al mundo. Era un curioso negocio en que ambas
partes creían salir ganando. Los europeos ofrecían cascabeles, paños de
colores, espejos, a los indígenas africanos, más tarde americanos, filipinos,
moluqueños, que los recibían encantados a cambio de aquellas pepitas que no
servían para nada. Las cosas valen o no valen según su utilidad o según la
cultura que las valora. El oro, que sí se valoraba en Asia y Europa, llegó a
verificar la gran revolución del metal precioso, que no solo enriqueció a
Occidente, sino que transformó la realidad del mundo.
Don Enrique murió en 1460, pero los portugueses se decidieron a
continuar por aquel camino prodigioso. ¿Habían descubierto la ruta de la India?
¿Estaba cerca el fabuloso país del Preste Juan? Cuando Fernando Póo, en otra
audaz navegación, comprobó que la costa de África torcía de nuevo al Sur, los
portugueses se desanimaron un tanto. La aventura parecía interminable. Pero en
1486 Diego Câo descubrió la desembocadura del río Congo, una corriente de agua
como jamás habían visto los europeos, capaz de endulzar el Atlántico cientos de
kilómetros alrededor. Y llegó hasta las costas de lo que es hoy Namibia.
¿Terminaba en algún lugar África, o se prolongaba indefinidamente hasta el polo
austral? ¿Era posible llegar desde el océano Atlántico hasta el Índico, o se
trataba de dos mares separados por una barrera infranqueable? Nadie lo sabía
todavía, pero los portugueses estaba decididos a averiguarlo. En 1487,
Bartolomeu Dias partió de Lisboa con dos carabelas ligeras, costeó toda África,
atravesó el ecuador, llegó a regiones frías desde donde se veían estrellas
nuevas, y de pronto el tiempo apacible de las costas de Angola y Namibia fue
sustituido por furiosas tempestades del oeste que le lanzaron cientos de millas
más allá. No descubrió el Cabo hasta el viaje de regreso. Cuando al fin quiso
acercarse a la costa, vio que ésta corría hacia el este, y doblaba cada vez más
al norte. Había dado la vuelta a África y se estaba adentrando en el Índico.
¡Estaba abierto el camino! En su entusiasmo, pretendió alcanzar la India, pero
las carabelas se encontraban destrozadas y los hombres exhaustos. Se imponía el
regreso. Fue a la vuelta cuando descubrió el Cabo simbólico: le llamó, por su
mal genio, Cabo de las Tormentas. El rey Juan II hizo luego cambiar el nombre
por el de Cabo de Buena Esperanza. Bartolomeu Dias fue recibido en triunfo
cuando después de inauditos esfuerzos consiguió llegar a Lisboa en diciembre de
1488.
§. Dos caminos
Quedaba abierto el camino de la India. Pero antes de que Vasco da Gama coronase
la hazaña, apareció en Portugal un marino al parecer genovés, entre genial y
estrafalario, que decía haber encontrado un camino mejor. Cristóbal Colón debió
nacer en Génova por 1451, y llegó a Portugal víctima de un naufragio junto al
cabo San Vicente en 1476. Era buen navegante mediterráneo, pero se consagró
como conocedor de los peligros del Atlántico en navíos portugueses, con los que
llegó a Guinea e Islandia; en los extremos del mundo conocido hasta entonces.
En los intervalos vivía en Lisboa con su hermano Bartolomé, con el que
confeccionaba buenas cartas náuticas. No nos importan ahora detalles de su
vida, sino conocer el origen de su idea. Hombre hábil para la negociación y
siempre bien relacionado, se casó con la hija del gobernador de las islas
Madeira y tuvo acceso a las altas esferas. Conoció la carta y el mapa que un
humanista italiano de segunda fila, astrónomo y cosmógrafo, Paolo del Pozzo
Toscanelli, había enviado al rey Juan II de Portugal, proponiendo que el viaje
a la India era más corto y directo navegando hacia el oeste que hacia el este.
Toscanelli, que confundió las millas árabes con las millas latinas, estaba en
un error y creía que la circunferencia de la Tierra era solo de 29.000
kilómetros, en lugar de los 40.000 que tiene en realidad. La Xunta dos
Mathematicos que asesoraba al monarca en el momento más brillante de la era de
los descubrimientos, estaba más cerca de la verdad que el sabio florentino, y
desaconsejó la idea. Pero Colón sintió una especie de revelación cuando conoció
la carta de Toscanelli, de la que parece que consiguió una copia. Otros
«indicios», no sabemos exactamente cuáles, le confirmaban en la idea de que el
camino de Occidente, por el Atlántico, era el mejor para llegar a la India y a
las riquísimas tierras del Gran Khan (la dinastía mogol ya no reinaba en China,
pero eso Colón no lo sabía).
Rechazado en Portugal, Colón se vino a España. La historia ya nos es
sobradamente conocida. Los técnicos rechazaron la idea, lo mismo que habían
hecho los portugueses, y, contra lo que pretende un tópico estúpido mil veces
repetido, tenían toda la razón del mundo. Lo que no sabía nadie, y Colón el que
menos, era que al otro lado del Atlántico existía un continente que por otro
error histórico ahora se llama América y no Colombia. La fina intuición de
Isabel la Católica tomó conciencia de que aquel hombre extraño tenía algo, y,
una vez terminada la guerra de Granada, en 1492, accedió a la idea de una
expedición poco costosa hacia el oeste. Comenzaba de manera inesperada y
sorprendente la aventura de la expansión española por un nuevo mundo, una
revolución geográfica, geopolítica y económica de consecuencias incalculables.
El viaje de Colón fue de por sí uno de los hechos más llenos de encanto y de
sorpresas de toda la historia. Existen millares de títulos sobre aquel hecho y
su significado histórico. Yo mismo le he dedicado dos libros[1] en que trato de desentrañar aspectos técnicos en que hasta ahora
no se había reparado, y algunos rasgos de la doble —o triple— personalidad del
descubridor.
Desde entonces se planteó el dilema de elegir entre dos caminos, el del
este, contorneando África hasta el Índico, y el del oeste, cruzando el
Atlántico. ¿Cuál era el mejor? Por de pronto, se inició una competencia entre
los dos grandes países descubridores, España y Portugal. Para evitar choques
peligrosos y a instancias de los Reyes Católicos, el papa Alejandro VI dividió
las zonas de influencia fijando una línea que seguía el meridiano de las islas
Azores y Cabo Verde. Al este de ese meridiano tendrían carta blanca los
portugueses y al oeste los españoles. Es discutible que un papa tenga
competencias para dividir el mundo en dos zonas de influencia o que dos
naciones de Europa puedan usufructuarlas en exclusiva, pero este criterio no
encontró contestación por el momento. España y Portugal se repartían la misión
del descubrimiento del mundo, y, a la larga la conquista del mundo no europeo.
Los portugueses intuyeron algo, y pidieron el desplazamiento de la línea
divisoria más al oeste. En el tratado de Tordesillas (1494) se decidió
colocarla 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Ambas partes
esperaban salir ganando: España, porque suponía que podría alcanzar la parte
oriental de Asia; Portugal, porque confiaba en aprovecharse de parte de las
tierras descubiertas por Colón. Hoy sabemos muy bien que el tratado de
Tordesillas favorecía extraordinariamente a Portugal: éste tendría derecho a la
conquista de Brasil, en tanto España ganaría espacio en la inmensidad casi
vacía del Pacífico. Pero eso no se supo hasta treinta o cuarenta años más
tarde. Consecuencia todo ello, en gran parte, de la suposición de que la Tierra
era más pequeña de lo que realmente es. Quizá convenga deshacer un equívoco en
que se ha caído con frecuencia, incluso por personas relativamente cultas. Si
se divide el mundo en dos hemisferios es porque se da por supuesto que la
Tierra es redonda. Nadie lo dudaba. La tesis ya fue defendida por los griegos y
por los sabios medievales, por lo menos desde el siglo XIII. No es un
descubrimiento del hombre moderno. Tampoco es cierto, como a veces se ha
afirmado, que Colón descubrió la esfericidad de la Tierra. En absoluto. Hizo su
viaje, esperando llegar a Asia por la vía del oeste; pero como no llegó, no
demostró nada; al contrario, salió de pronto con la disparatada teoría de que
la Tierra tiene forma de pera. El que demostró experimentalmente que la Tierra
es redonda fue Juan Sebastián Elcano, al darle la vuelta completa; pero tampoco
descubrió una realidad que ya era conocida científicamente, sino que la
comprobó de hecho. En fin, podía llegarse a «las Indias», es decir, al Extremo
Oriente, tanto navegando en una dirección como en otra. Lo único que faltaba
por descubrir a este respecto era qué dirección era más corta, o la que
representaba una navegación más fácil y con menos riesgo.
Los portugueses llegaron desde el primer momento a tierras más
apetecibles que los españoles. Es cierto que el regreso de Colón, anunciando
que había descubierto «las Indias» causó entusiasmo, y miles de candidatos se
postularon para el segundo viaje, en 1493. Fueron admitidos unos 1500, en una
enorme flota de 17 barcos. Colón pretendía que Cuba era una península de Asia,
y Haití, «la Española», era Japón. Pero las esperanzas quedaron pronto
defraudadas. Las islas carecían de riquezas, los naturales eran salvajes e
indolentes, el clima insano y muchos enfermaron, el trigo que llevaron y los
árboles que plantaron no crecían en aquella tierra. El desánimo se apoderó de
los colonos, y se generalizó la idea de que aquellas tierras nada tenían que
ver con «las Indias», pese a la insistencia casi paranoica y contra toda
evidencia del descubridor.
En tanto, los portugueses consiguieron llegar a la India de verdad. En
julio de 1497, Vasco da Gama partía de Lisboa con cuatro naves, dispuesto a
coronar la hazaña. Costeó trabajosamente África, surtiéndose en los enclaves ya
establecidos en sesenta años de exploración. Llegó en diciembre al cabo de
Buena Esperanza, valiéndose de las favorables condiciones del verano austral.
En marzo estaba ya en Mozambique: nadie había llegado hasta entonces tan lejos.
Siguió por la costa africana del Índico, hasta Mombasa, en la actual Kenia.
¿Dónde estaba la India? Probablemente hacia el este, pero ningún europeo lo
sabía con certeza. Contrató varios pilotos árabes que conocían la travesía, y
aprovechó el monzón favorable. El 20 de mayo de 1498 llegaba a Calicut, en la
costa suroeste de la India. El sueño de don Enrique el Navegante y de Juan II,
el gran rey descubridor, había sido realizado. Portugal había encontrado su
destino histórico. El regreso, en agosto, contra el monzón y con mal tiempo, se
hizo difícil: la travesía hasta África duró 132 días, contra los solo 23 de la
ida. Murieron la mitad de los tripulantes de escorbuto, hambre y otras
calamidades. Al fin en África, de nuevo. Vasco da Gama y los suyos sufrieron
para cruzar hacia el oeste el cabo de Buena Esperanza, pero al fin lo
consiguieron. Regresaron a Lisboa en mayo de 1499, después del viaje más largo
de la historia hasta el momento, y solo superado en 1519-22 por el de
Magallanes-Elcano. De los cuatro barcos llegaron dos, y de los 250 hombres,
solo 55; pero fueron recibidos con indescriptible júbilo, y Vasco da Gama fue
ennoblecido. Sigue siendo uno de los más grandes héroes de la historia de
Portugal.
Colón «descubrió» América como un mundo distinto a Asia en 1500, dos
años antes que Alberico o Americo Vespucci, pero Waldseemüller, el bautista por
casualidad del Nuevo Continente, desconocía este detalle. Fue en el curso de su
tercer viaje cuando don Cristóbal se adentró entre la costa venezolana y la
isla Trinidad. Una sorprendente serie de contracorrientes abonó una sospecha.
Hizo recoger un cubo de agua marina, y la probó: ¡era agua dulce! El misterio
no tenía explicación si no se suponía la existencia de un enorme río que, como
ya se sabía del Congo, endulzaba las aguas en torno a su desembocadura. Era el
Orinoco. El descubridor no llegó a ver aquel río tan caudaloso, pero lo tenía
claro: «Y tengo para mí que es esta una tierra grandísima, que se extiende
latamente hacia el Austro, de la cual jamás se ha tenido noticia». Colón no
solo se dio cuenta de la existencia de América del Sur, sino que se jacta —con
justicia— de ser su descubridor. «Vuestras Altezas —concluye en su carta a los
Reyes Católicos— tienen acá otro mundo. Un Nuevo Mundo». Qué pena que no
quisiera explotar la fama de su descubrimiento. Obnubilado por su deseo de
llegar a «las Indias» olvidó pronto la idea del gran continente, y se esforzó
en encontrar un estrecho que condujera al Oriente asiático. Tal fue el sentido
de su cuarto viaje, que se estrelló una y otra vez contra la costa
centroamericana. Colón (estoy de acuerdo con un luminoso trabajo de Laura
Balletto) se dio cuenta al final de su tremendo error, pero su afán contra toda
evidencia de llegar por aquel camino a las Indias le impidió confesarlo.
La verdad es que las tierras descubiertas por Colón no parecían haber
mostrado, a comienzos del siglo XVI, grandes posibilidades. Entretanto Vasco da
Gama emprendía su segundo viaje en febrero de 1502, con veinte barcos de guerra
y una hueste de casi dos mil hombres. Iba a asegurar el dominio portugués en
Oriente, con base en la India. Llegó a Calicut el 30 de octubre. Allí,
combatiendo unas veces, firmando tratados otras, fundó establecimientos y
fortalezas. Los hindúes no eran enemigos en la mar, solo en tierra se oponían a
los ocupantes. Pero nunca pasó por la mente de los portugueses ocupar un
espacio tan inmenso como la India, que estaba ya entonces densamente poblada,
aunque dividida en muchos pequeños señoríos, independientes y hasta rivales
entre sí. Los portugueses preferían establecer factorías, al modo «fenicio», de
acuerdo con la tradición mediterránea, y desde ellas comerciar, cambiando
productos de la zona con los europeos. Los verdaderos rivales eran los árabes
(entonces se les llamaba siempre así), principalmente procedentes del sultanato
de Egipto, dependiente del imperio turco, que también querían traficar con
Oriente. Vasco da Gama obtuvo varias victorias navales (los barcos europeos
eran más sólidos y estaban mejor artillados) y supo controlar la zona. Regresó
a fines de 1503.
La tercera gran aventura la corrió en 1505 Francisco de Almeida, primer
virrey de la India, con otra poderosa flota. El viaje resultaba cada vez más
fácil, por el conocimiento de las rutas y de los monzones, y por la fundación
de establecimientos portugueses en la costa de África (Guinea, Angola, zona de
El Cabo, Madagascar, Mozambique). Almeida estableció nuevas colonias en la
India y envió a Antonio de Abreu para la conquista de la lejana Malaca, en cuya
empresa participó un militar valeroso y de fuerte carácter, llamado Fernando de
Magallanes. Almeida derrotó a los musulmanes en la mayor batalla naval
registrada en aquellas aguas, frente a Diu. Ya no había enemigos de peligro. El
imperio lusitano regido entonces por la figura de don Manuel el Afortunado, se
extendía por las costas de África —de Ceuta a Mozambique— y por las del sur de
Asia. No era un imperio territorial, sino marítimo y comercial, jalonado de
pequeñas colonias y fortalezas que aseguraban el dominio. La hazaña de los
navegantes portugueses, que habían llegado más lejos que ningún otro, después
de correr las más extraordinarias aventuras, mereció uno de los poemas épicos
más sonoros de los tiempos modernos, Os Lusiadas de Luis de Camoens.
La verdad: la India no era el país riquísimo que contaban las leyendas,
sin que dejaran de existir riquezas. Los portugueses comerciaban también con
los malayos, los annamitas —digamos vietnamitas— e indirectamente con los
mismos chinos: China, otro país inmenso, regido entonces por la dinastía Ming,
contenía innumerables riquezas, pero había prohibido rigurosamente la entrada a
extranjeros. Los portugueses, a través de intermediarios, lograron sin embargo
comprar porcelanas, seda, tapices, que se vendían espléndidamente en Europa.
Desde Malaca empezaron a tener noticias del origen de otra mercancía de valor
fabuloso en aquellos tiempos: las especias —la canela, el clavo, la nuez
moscada—, que crecían en unas islas aún no descubiertas, las Molucas, o islas
del Maluco, pero que algunos mercaderes transportaban hasta Malaca. Uno de los
que soñaban con la conquista de las Molucas era Fernando de Magallanes. Nunca
lo conseguiría, pero pasaría a la historia.
§. Las exploraciones españolas
En 1500 trazó Juan de la Cosa el primer mapa de América. Seis años antes había
discutido con Colón sobre la naturaleza de Cuba. Para el descubridor era una
península de la costa oriental de Asia, no lejos de China o formando parte de
China misma; para Cosa era una isla. Desde entonces ambos hombres no se
entendieron. En el precioso mapa se representan las costas de Norteamérica, tal
como las había explorado Juan Caboto, y las de Sudamérica, de acuerdo con las
descripciones de Alonso Niño, Rodrigo de Bastidas, Vicente Yáñez Pinzón,
Cristóbal Guerra y el portugués Cabral. Estaba claro que se trataba de dos
grandes continentes, que nada tenían que ver con la India. ¿Y en el centro? Con
cierta prudencia, o tal vez con un deje de ironía, Juan de la Cosa dibuja
tapando lo que es América Central una estampa de san Cristóbal. No se sabía aún
lo que había allí. Colón esperaba encontrar un estrecho; Cosa lo dudaba. En el
fondo, al dibujar sobre la zona desconocida una estampa de san Cristóbal, quizá
deja la resolución del secreto a «don Cristóbal». Dos años más tarde, el famoso
navegante se estrellaría contra las costas de América Central en un intento
desesperado y de resultados desastrosos —perdió todos sus barcos— por obra de
las tempestades. El estrecho no aparecía por ninguna parte.
América, en los primeros lustros del siglo XVI, aún no había mostrado
sus inmensas posibilidades. Era un territorio enorme, pero ya era seguro que no
formaba parte de las Indias, aunque por mucho tiempo siguiera llamándose así (y
sus aborígenes siguen llamándose «indios»). En 1508, Fernando el Católico
reunió la Junta de Burgos para decidir lo que había que hacer. A ella
concurrieron los más famosos navegantes que aún continuaban vivos: Vicente
Yáñez Pinzón, Américo Vespucci, Juan de la Cosa y Juan Díaz de Solís, junto con
Sancho Matienzo, responsable de la Casa de Contratación, y Juan Rodríguez
Fonseca, encargado de organizar las expediciones. Era preciso tomar una
determinación que podría resultar decisiva en la historia: ¿continuamos la
exploración y conquista del Nuevo Mundo, o buscamos un paso a través de él que
nos conduzca a las riquísimas tierras del Extremo Oriente para coronar el
designo de Colón? La inmensa vitalidad de que entonces se sentían poseídos los
españoles les llevó a una conclusión ambiciosa: realizarían las dos empresas a
la vez. Y lo que son las paradojas de la historia: la expedición destinada a
buscar un paso entre las Américas que permitiese llegar a un nuevo mar acabó
desembocando en la primera gran conquista continental del Nuevo Mundo, en tanto
que la que pretendía la primera penetración en el continente terminó con el
descubrimiento del nuevo mar.
Efectivamente, en 1508 y 1509, Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón
exploraron la parte que parecía más frágil de América, lo que son ahora Costa
Rica, Nicaragua, el gran entrante de Honduras (¿al fin un paso?: no lo había),
la península de Yucatán, el cabo Catoche y la entrada al golfo de México. Allí
tomaron contacto con lo que quedaba de la cultura maya, y tuvieron noticia de
un pueblo muy poderoso que dominaba grandes tierras en el interior. Era el
imperio o confederación azteca, que años más tarde se encargaría de conquistar
Hernán Cortés. Por su parte, la expedición de Alonso de Ojeda y Diego de
Nicuesa, en 1509, a «Tierra Firme», en la comarca llamada Castilla del Oro
(Venezuela y la costa atlántica de Colombia) tropezó con dificultades por la fiereza
de los indios, que combatían con flechas envenenadas. Al fin se establecerían
en la costa de Darién (actual Panamá) y fundarían la ciudad de Nombre de Dios.
Allí oirían hablar de un extenso y desconocido mar que se encontraba más allá
de las montañas. En 1513, Vasco Núñez de Balboa, después de increíbles hazañas
entre tribus hostiles o amigas según las circunstancias, y por difíciles
caminos, llegaría a divisar desde lo alto el nuevo mar. Cuando pudo descender y
llegar a la orilla, se internó en las aguas y con ellas hasta la cintura y el
pendón desplegado, tomó posesión del nuevo océano en nombre de Castilla. Había
mar más allá de América. Una nueva aventura era posible en la sorprendente era
de los descubrimientos.
Desde entonces, los planteamientos cambiaron. Con independencia de la
conquista del Nuevo Mundo, era posible explorar el nuevo océano y conocer las
dimensiones exactas del planeta. Balboa había llamado al nuevo océano Mar del
Sur: y es que, efectivamente, ese océano se encuentra al sur para un habitante
del Panamá. Magallanes lo rebautizaría como Mar Pacífico por la aparente
tranquilidad de sus aguas. Dos denominaciones erróneas, por más que la segunda
se haya mantenido hasta hoy. Pero he aquí la gran interrogante: ¿ese océano era
el Índico, que ya conocían los antiguos y por el que entonces estaban navegando
los portugueses? ¿Era un océano nuevo y desconocido? ¿Cómo de grande es el
mundo? Tal era el nuevo reto que se ofrecía a la curiosidad —y qué duda cabe,
también a la ambición— del hombre de Occidente.
Ya en 1512 Fernando el Católico, fundándose en las distancias exageradas
que alegaban los portugueses que había hasta la India, y, más allá, hasta
Malaca, intuyó la posibilidad de que parte de aquellas tierras correspondiesen
al hemisferio español. De acuerdo con recientes investigaciones, entre las que
se cuenta un interesante trabajo de Ricardo Cerezo, el Rey Católico encargó a
Díaz de Solís explorar dando la vuelta a África por el Cabo de Buena Esperanza
hasta más allá de los territorios explorados por los portugueses. No se trataba
de disputar nada a nuestros vecinos, sino de llegar más lejos que lo asignado a
ellos, utilizando el mismo camino. ¡Es la primera vez que se hace mención del
antimeridiano! Si la Tierra es redonda, hay una línea divisoria por este
hemisferio y otra equivalente por el opuesto. Las protestas de Portugal
exigiendo que cada cual siguiese por su camino— y el sensacional descubrimiento
del Pacífico por Balboa— dieron un nuevo sesgo al problema: había que buscar,
una vez más, un paso hacia el nuevo mar por el camino del Oeste, más allá de
América.
Una pregunta ingenua: si no parece existir ese paso, ¿por qué no
conquistar América y construir barcos en el Pacífico? La empresa no era fácil,
y exigía largo tiempo. De hecho, después de 1525, todas las expediciones
españolas al Pacífico se realizaron desde las costas occidentales americanas,
primero desde México, luego, en la segunda mitad del siglo XVI, desde Perú. De
momento, tal empresa era irrealizable, por más que los españoles hicieron la
hombrada increíble de transportar un pequeño navío —eso sí, convenientemente
despiezado— a hombros desde el Atlántico al Pacífico, a través del istmo de
Panamá. Pero el tiempo urgía, y no podía esperarse a la pacificación y control
de aquellas remotas costas. En octubre de 1515 salió de Sanlúcar una pequeña
flota de tres carabelas ligeras, comandadas por el experto Juan Díaz de Solís,
con el propósito de encontrar un paso a través del Nuevo Continente y alcanzar
así el mar del Sur. Deberían llegar a «las espaldas de Castilla del Oro», es
decir, a las costas ecuatoriales por detrás de América, y de allí navegar todo
lo posible hacia el oeste, procurando calcular «la longitud del meridiano»,
para no introducirse en zonas asignadas por derecho a Portugal, y, una vez
avistadas nuevas tierras, dar cuenta de lo encontrado.
¿Qué era lo que los españoles esperaban descubrir en el océano Pacífico,
cuando los portugueses habían llegado ya a Malaca? Muy particularmente las
islas de la Especiería o del Maluco; y por supuesto, otras tierras que aún no
habían sido descubiertas. Las especias habían cobrado un valor enorme en la
Europa del Renacimiento, como condimento de supremo lujo en las comidas, y por
su capacidad de conservar los alimentos, especialmente la carne, en un tiempo
en que no podía ni soñarse en los frigoríficos. Puede parecer demencial que el
valor de un kilo de clavo fuese relativamente comparable al de un kilo de oro,
e incluso hoy mismo seguimos sin poder explicar racionalmente por qué valía
tanto un kilo de clavo, y por qué vale ahora mismo tanto un kilo de oro. Las
especias son hoy un producto relativamente abundante y comparativamente mucho
más barato, pero entonces constituían un verdadero tesoro. Y si los portugueses
habían llegado al final de su hemisferio, las todavía más orientales islas del
Maluco podían corresponder al área española, de acuerdo con las zonas de
influencia acordadas en Tordesillas. En suma, lo que quiso hacer Díaz de Solís
era lo mismo que cuatro años más tarde quiso hacer Magallanes. Con una
diferencia: la de Solís era una expedición ligera, destinada solo a descubrir y
traer luego la venturosa noticia... si se producía.
La navegación fue efectivamente venturosa y en las últimas semanas del
mismo año 1515 costeó Solís América del Sur, hasta llegar, en enero de 1516, a
un profundo entrante: ¡podía ser el estrecho que se buscaba! La costa, que
dibujaba al principio una amplia bahía de cientos de kilómetros de ancho, se
iba estrechando progresivamente. Era, fácil resulta adivinarlo, el estuario del
Plata, entre lo que ahora se llaman Argentina y Uruguay. Solís fue el primer
europeo que puso su pie sobre aquellos dos países Un indicio no muy prometedor:
el agua hasta entonces azul del Atlántico se iba aterrando progresivamente
hasta hacerse parduzca, como la de un río de llanura. Y un detalle menos
esperanzador todavía: aquella agua se hacía cada vez más dulce, como la que había
bebido Colón en el golfo de Paria. Solís la llamó «Mar Dulce». Su esperanza se
mantenía, a pesar de todo. Un enorme río sin corriente bien podía comunicar dos
mares. Las carabelas ligeras podían navegar por aguas poco profundas. Varias
veces desembarcaron Solís y los suyos en aquellas tierras bajas y desconocidas.
Habiendo encontrado algunos indicios alentadores, tomaron tierra en la orilla
norte, y entonces se produjo la tragedia. El grupo desembarcado se vio
sorprendido por un ataque de los indios, hoy se cree que guaraníes, que
sorprendieron a Solís y los suyos, los mataron, los despedazaron y se los
comieron gustosamente a la vista de los tripulantes de las carabelas que,
desarmados y horrorizados, nada pudieron hacer para evitar aquella carnicería.
Los supervivientes, sin mandos cualificados, huyeron de semejante horror.
Consiguieron llegar a España a fines de 1516. Justo entonces moría Fernando el
Católico.
Capítulo 2
Un navegante portugués y una ruta española
Contenido:
§. La figura y la idea de Fernando de Magallanes
§. Lo que nos cuentan
§. Los preparativos
§. Barcos, pertrechos y hombres
Transcurrieron unos años poco definidos. En España, los problemas
ultramarinos quedaron hasta cierto punto relegados por los problemas internos.
Es posible que la reina Juana, ya viuda de Felipe el Hermoso, estuviera menos
loca de lo que se decía, pero era evidente que no tenía la energía y el talento
necesarios para hacerse con el poder. El heredero era su hijo, Carlos de Gante,
que residía en Flandes, y que tenía a la sazón más deseos de llegar a emperador
de Alemania —y, por dignidad simbólica el más respetable monarca de Europa— que
rey de España. Con todo, para entronizarle en Castilla y Aragón era preciso
esperar a su mayoría de edad. El regente, cardenal Cisneros, era un hombre
anciano, pero inteligente y enérgico. Hubo de esforzarse en contener los deseos
de la nobleza que deseaba recuperar parte del poder perdido bajo el dominio de
la poderosa y bien organizada monarquía de los Reyes Católicos, y apenas tuvo
tiempo de ocuparse de América. Es más, la misión de los Jerónimos para informar
de la situación de las Indias fue desfavorable, en cuanto que los colonos solo
pensaban en su provecho y no en la evangelización de las nuevas tierras, que
tampoco hasta entonces habían rendido en la medida que se esperaba. Llegó a
proponerse el abandono militar y político del Nuevo Mundo, para mantener solo
la labor misional. Cuando llegó el nuevo monarca, Carlos I, un joven de 17
años, que soñaba en imperios y hazañas caballerescas, fue replanteado el tema
de qué cabía hacer con las inmensidades del Nuevo Mundo, la posibilidad de su
conquista y de su colonización, sin abandonar la misión evangelizadora. Por
otra parte, muchos colonos estaban descontentos por el ambiente que les rodeaba
en las tierras descubiertas por Colón. No había llegado el momento de conocer
las posibilidades inmensas de América, algunos hablaban de «tierra de
perdición», y parecían dispuestos a regresar. Aun no existía un plan concreto
sobre América y la tarea que se imponía a España, cuando llegó un hombre con
ideas enormemente sugestivas sobre la posibilidad de llegar todavía más lejos
que el Nuevo Mundo.
§. La figura y la idea de Fernando de Magallanes
Más de la mitad de los relatos de la primera vuelta al mundo son
intencionalmente biografías de Magallanes. Es natural que dediquen buena parte
de sus relatos a contar los orígenes, la formación y la vida del marino
portugués. En este libro no parece necesario repetir una vez más todo lo
sabido, que es mucho y muy prolijo, y ocupa buena parte de los textos. Basta
ahora conocer tan solo en grado suficiente los aspectos más notables de la
personalidad de aquel hombre notable, y los motivos que le llevaron a ponerse
al servicio del rey de España para realizar una de las más grandes hazañas en
la historia de los descubrimientos del mundo.
Fernando de Magallanes nació en 1480, en Sabrosa, una población del
interior de Portugal, pero pronto se trasladó a la costa y vivió el fragor
aventurero de las grandes expediciones navales que entonces se estaban
realizando para descubrir nuevas tierras. Joven todavía, consiguió embarcar en
una de las 22 naves que en 1505 llevaba Francisco de Almeida, tripuladas por
más de 1500 hombres, todos «gentes de guerra» —jamás se había visto empresa
semejante— nada menos que con la pretensión casi cósmica de «conquistar la
India». Magallanes tuvo ocasión de combatir en Mombasa, durante el costeo de
África, y luego participó en encuentros guerreros de toda suerte en distintos
puertos de la India, donde fue herido varias veces. Era un hombre arrojado,
valeroso, hambriento de hazañas y dueño de una voluntad indomable. José de
Arteche ve en él un hombre «impetuoso e irascible», lleno de «vitalidad y
reciedumbre» y de una «inquebrantable tenacidad». Por sus hazañas de juventud
diríamos que fue más guerrero que marino, pero la experiencia de repetidas
navegaciones acabó haciendo de él uno de los mejores navegantes de su tiempo.
En 1511 participó en la expedición organizada por el virrey Alburquerque
destinada a la conquista de Malaca. Desde los tiempos de Marco Polo, ningún
europeo había llegado tan lejos. Pero Marco Polo era un simple comerciante y
aventurero, en tanto la expedición de Alburquerque —que no dejaba de tener una
finalidad comercial— era oficial, militar y conquistadora. Magallanes se portó
como un hombre arrojado y fue herido varias veces. Puede decirse que en su
carrera militar no hubo acción de armas en que no resultase herido, un hecho
que tal vez puede explicar su final. En Malaca encontraron los portugueses un
excelente mercado de especias, que los navegantes transportaban desde las islas
del Maluco o Molucas, situadas todavía más allá. Fernando de Magallanes pretendió
alcanzar aquellas fabulosas islas, acompañando a un grupo de audaces
aventureros en que figuraba también su amigo Francisco Serrano. La expedición
fracasó, aunque Serrano después de varios naufragios consiguió llegar a
Ternate, una de aquellas islas tan buscadas. Desde allí pudo mantener una
interesante correspondencia con Magallanes. Las Molucas estaban muy lejos; en
sí eran muy pobres, pues producían malas cosechas... excepto las maravillosas
especias, que los naturales vendían a buen precio a cambio de los artículos que
necesitaban. La zona era peligrosa por sus tempestades, pero valía la pena
llegar a ellas.
Magallanes nunca pudo reunirse con Serrano, pero conservó siempre el
sueño de llegar un día a aquellas islas remotas, peligrosas, donde se producían
las famosas especias. Nunca lo consiguió, ¡ni cuando mandó una escuadra
española destinada a conquistar las Molucas! En la India se dedicó a los
negocios, y se arruinó. Regresó a Portugal. Ansioso de aventuras, participó en
una expedición a Marruecos, y fue gravemente herido en la batalla de Azamor.
Quedaría cojo para toda la vida. Acusado de vender artículos para el enemigo,
perdió la confianza del rey don Manuel el Afortunado. Pidió una recompensa por
sus hazañas, que le fue denegada. Caído en desgracia, decidió correr mejor
suerte en España.
Como Colón, fue un hombre que, desengañado en Portugal, cambió de
fidelidad para cumplir sus propósitos. Su idea estaba clara: pedir autorización
y ayuda para llegar a las Molucas, la tierra de la especiería. Las cartas de
Serrano y las distancias exageradas por los portugueses le permitían suponer, o
conjeturar al menos, que aquellas islas caían en el hemisferio español. No se
conocía exactamente el tamaño del mundo, y justamente su viaje sería el primero
que pudiera precisarlo. Bartolomé de Las Casas dice que Magallanes «trajo un
globo bien pintado en que toda la tierra estaba, y el camino que había de
llevar, salvo el Estrecho, que dejó de industria [a propósito] en blanco, para
que nadie se lo saltase». Quizá demasiado parecido con el famoso mapa de Colón
—al que también fray Bartolomé se refiere— para que sea cierto. La polémica
sobre el famoso globo o mapa de Magallanes, que ha hecho correr ríos de tinta,
más nos desorienta que otra cosa, y muchas veces roza el ridículo. No podía ser
el globo de Martín Behaim, trazado en 1491, y basado probablemente en el de
Toscanelli, sencillamente porque desconocía la existencia de América. Si más
tarde hizo otro globo, no podía saber más que Vespucci, que solo conoció algo
de la costa sudamericana, nada de un estrecho. Otra versión: el mapa de
Magallanes no era el de Behaim, sino del de Waldseemüller, el primero que
escribe «América». Es el que pinta una América muy estrecha, pero que termina,
sin escotadura alguna, en el marco del dibujo. Nada permite adivinar.
Pedro Reinel fue el primero que dibujó, en 1504, un mapa con escala de
latitudes: qué gran avance; pero de nada pudo servir a Magallanes, porque no
representa la punta de Sudamérica, la única que hubiera podido interesarle.
Llama a engaño de muchos historiadores una carta de Sebastián Alvarez, agente
de Manuel I en Sevilla, que cuenta a su rey que Magallanes pretende navegar «de
Sanlúcar a Cabo Frío, dejando Brasil a la derecha, hasta pasar la línea de
partición; y de ahí navegar al oeste y oestenoroeste, derecho a las islas del
Maluco, cual están asentadas en la carta que hizo Reinel...». Alvarez adelanta
la ruta que va a seguir Magallanes, pero no dice en modo alguno por dónde va a
atravesar América, si es que América es atravesable; sino que va a navegar más
allá del continente hasta las islas Molucas, allí donde las representa el mapa
de Reinel. Reinel había hecho efectivamente un mapa de África y Asia, y coloca
las Molucas más allá de Malasia, pero no sabe si hay un estrecho que corte
América ni dónde se encuentra... Total, una versión inútil, como todas. Tampoco
nos sirve, como se ha dicho, el mapa de Johannes Schoner, discípulo de
Waldseemüller, trazado en 1515, que presenta un estrecho... ¡por Panamá!,
precisamente donde ya se sabe que no existe. También se habla de la carta
mundial de Lopo Homem, dibujada en 1519, al tiempo que Magallanes salía de
Sanlúcar. En aquel mapamundi, Brasil enlaza con la Terra Australis, que parece
cortada en la costa del Atlántico, pero no se ve ni asomo de la cortadura en la
parte correspondiente del Índico, donde la Terra Australis enlaza sin solución
de continuidad con Catay, China. Nada de un estrecho continuado de un océano a
otro. Lopo Homem, todavía en 1519 no concibe más que dos océanos: el Atlántico
y el Índico, solo comunicados por el cabo de Buena Esperanza. Magallanes, que
no tuvo tiempo siquiera de ver el mapa, no hubiera sacado nada en limpio.
Y es que los geógrafos conocían el mundo peor que los navegantes. Estos
descubrían todos los años nuevas islas y tierras, pero la información de los
eruditos marchaba con varios años de retraso. Qué disparate que Colón se
hubiese dejado engañar por Toscanelli o Magallanes por Reinel o Lopo Homem. Que
Magallanes, como Colón, estuviese movido por una intuición irracional e
inconmovible es otra cosa. Ambos se equivocaron y acertaron a un tiempo. Y con
sus conocimientos sí que obligaron a cambiar los mapas del mundo.
En España reinaba ya Carlos I, muy pronto emperador, el primer y único
emperador europeo-americano de la historia, que dice Menéndez Pidal: un joven
de 17 años, que soñaba aventuras caballerescas y destinos maravillosos, como su
abuelo Carlos el Temerario. Magallanes consiguió entrevistarse con él, y el
monarca se entusiasmó con la idea: ¡prolongar sus dominios hasta más allá del
Nuevo Mundo! Muy pronto, el 22 de marzo de 1518, se firmaron en Valladolid las
capitulaciones. Magallanes quedaba autorizado a mandar una flota de cinco
naves, que buscarían un estrecho por la parte sur de las Indias y a través del
nuevo mar habrían de dirigirse a las islas del Maluco. Tendrían sumo cuidado de
no penetrar en la zona reservada al rey de Portugal. El jefe de la expedición
tendría el título de capitán general, aunque habría de dar cuenta de sus
decisiones a los demás capitanes y conferenciar con ellos. Se le concedía
derecho a descubrir en la zona durante diez años, sin competidor alguno,
obteniendo el beneficio de sus descubrimientos. Si encontraba más de seis
islas, podría considerarse señor de dos de ellas, por supuesto, bajo la teórica
soberanía superior del monarca español, y percibir sus rentas. Puente y Olea
comenta que Fernando el Católico, siempre prudente y sabiamente desconfiado, no
hubiera firmado una capitulación así. Carlos I era en 1518 un joven de 18 años,
inexperto y soñador, y pudo permitirse un texto concesivo y ambiguo.
Ahora bien, y aquí está la primera contradicción: Magallanes no sería el
único director de la operación. Había traído con él a un astrónomo sabio y
según algunos, medio loco, Ruy Faleiro, con el cual habría de compartir el
mando y las responsabilidades. Es un hecho extraño en un hombre tan ambicioso y
tan autoritario como Magallanes, y era evidente que Faleiro no poseía sus
mismas dotes de mando ni su experiencia como navegante. Apenas se explica
semejante dualidad, como no sea por una razón fundamental: Faleiro era un
extraordinario calculista, que decía haber descubierto un medio infalible para
medir las longitudes geográficas; y esta facultad era imprescindible para
conocer si las islas que se descubrieran correspondían a la demarcación
española o a la portuguesa. Entonces no existía un método seguro para
determinar la longitud, como sí en cambio podía calcularse bastante bien la
latitud. Este método no se encontraría hasta el siglo XVIII, y más aún en el
XIX, cuando fuera posible llevar relojes precisos a bordo (relojes de volante,
no de péndulo, que no soportaban los balanceos y cabeceos del barco). Parece
ser que el método descubierto por Faleiro se basaba en medida de la variación
de la brújula, que no apunta al norte geográfico, sino al norte magnético, y
esta desviación es distinta según la longitud del lugar. Realmente, no
conocemos el método de Faleiro, ni lo sabremos nunca, porque no llegó a
embarcar; parece que se volvió loco o así se dijo, y acabaría llevándose su
secreto a la tumba: si es que realmente tenía un método secreto, que eso
tampoco lo sabemos, y hasta no parece muy probable. Faleiro es el primer
misterio de la aventura de Magallanes.
§. Lo que nos cuentan
No se trata de elaborar o analizar un elenco de fuentes en que se han inspirado
los historiadores para contar la extraordinaria aventura de la primera vuelta
al mundo. Pero en este momento parece oportuna, más bien necesaria, una breve
reseña de los escritos de aquellos que vivieron la odisea, o de aquellos que la
conocieron de primera mano cuando los pocos protagonistas que pudieron
sobrevivir regresaron a Europa. Sabemos que Magallanes llevaba un detallado
Diario de Navegación, sin duda menos literario y emocionante que el de Colón,
pero que nos hubiera sido de inestimable utilidad, por más que el director de
la empresa muriera antes de poder coronarla. Por desgracia, este relato se ha
perdido, y no contamos de él ni la menor referencia. De todas formas, no
podemos quejarnos. Cinco de los viajeros dejaron escritos más o menos extensos,
pero todos interesantes; y por lo menos una docena de personas interesadas
escucharon de labios de ellos o de otros expedicionarios detalles sumamente expresivos,
capaces de completar nuestro conocimiento de lo ocurrido. Entre los que oyeron
hablar de la aventura figuran varios conocidos cronistas de Indias, que
tuvieron trato con los protagonistas o con quienes les habían oído. Valga aquí
una somera enumeración, siquiera sea para recuerdo por parte del lector de
nombres que con seguridad le sonarán a lo largo de los siguientes capítulos.
El relato más circunstanciado es el de Antonio Pigafetta (Antonio
Lombardo en el rol de los tripulantes), un hombre culto y curioso, dos
cualidades que le definen muy bien y hacen su relato más interesante. Había
venido a España acompañando al nuncio papal, y aquí se manifestó inmediatamente
su enorme interés por la aventura de los viajes de descubrimiento de nuevas
tierras allende el océano. Tenía solo 28 años cuando conoció a Magallanes y se
entusiasmó con su idea. Debió contar con personas de influencia cuando logró
enrolarse en la tripulación sin ninguna dificultad, a título de
«sobresaliente», es decir, de viajero libre y sin una misión fija. Tal vez
debió convencer a Magallanes de su capacidad para escribir una buena crónica de
cuanto iba a suceder, y publicarla para conocimiento del mundo. El hecho es que
por su simpatía, su fidelidad y su facilidad para conectar con la gente supo
ganarse el afecto del jefe —a quien por su parte adoraba— hasta el punto de que
en la gesta no parece haber otro héroe que Magallanes.
Pigafetta escribe con soltura, da muestras de una curiosidad sin
límites, se interesa por cuanto acontece, y posee dotes indudables de
reportero, incluidas algunas tan poco fiables como el sensacionalismo, la
exageración o la mezcla de realidades interesantes con leyendas no menos
interesantes, pero muy poco creíbles. No solo es un precedente del reportero
moderno, tal como hoy lo entendemos, sino que tiene mucho de etnólogo y
antropólogo: le interesan extraordinariamente el aspecto físico, las costumbres,
las formas de vida, las concepciones y la cultura de aquellos indígenas con los
que se va topando a lo largo de su vuelta al mundo. Posee un indudable don de
lenguas, hasta el punto de que a los pocos días de entrar en contacto con una
tribu, es un intérprete tan valioso o más que Enrique de Malaca, el esclavo que
para esa función llevaba Magallanes. Interesado por las lenguas, nos
proporciona ricos vocabularios de varias culturas, la de los charrúas y
guaraníes, de los tehuelches patagones, de los filipinos, de los moluqueños.
Con una cierta dosis de morbo periodístico, gusta de relatar las costumbres
sexuales de los pueblos que conoce: pero ese era un detalle sumamente llamativo
para la curiosidad del hombre renacentista. Es el momento —qué importante en la
historia— en que el mundo europeo conoce otros mundos, otros hombres, otras
formas de ser, que hasta entonces, en su concepción unitaria, no podía
imaginar; y, asombrado, exagera las diferencias.
Qué duda cabe de que Pigafetta exagera en esto como en todo. No siempre
es creíble, y lo malo del caso es que le han creído no solo los lectores de su
tiempo, sino otros muy posteriores, incluso algunos actuales. ¿Hasta qué punto
busca el detalle sensacional para llamar más la atención? ¿Incluye leyendas
imposibles solo para hacer más apasionante su relato, sin ánimo deliberado de
engañar? ¿O le engaña su propia imaginación? La verdad es que la literatura de
viajes renacentista (y también los dibujos o grabados que se conservan) gustan
de representar seres mitológicos, monstruos estrafalarios y hombres gigantes,
enanos, con un solo pie enorme, que por cierto les sirve para dormir la siesta
a su sombra, o con un solo ojo como los cíclopes, o dotados de grandes orejas
que les caen hasta el suelo. Frente a estas monstruosidades, la imaginación y
la credulidad de Pigafetta se desatan; no llega a todos los dislates de las
viejas mitologías, eso es cierto, pero no por eso deja de representarnos seres
peregrinos o animales monstruosos, desde aves capaces de llevar en sus garras
un elefante hasta hojas verdes dotadas de vida, que se pasean delante de él
como si fueran grandes insectos. Un detalle imperdonable en Pigafetta: su
devoción a Magallanes le impide valorar las hazañas de los demás, y sobre todo
le hace ignorar al otro héroe de la expedición, Juan Sebastián de Elcano. Se
las arregla para no mencionarle siquiera. Como si no existiese. Sin duda por
eso, o porque en la nao Victoria no dispone de un lugar adecuado para escribir,
su información de la última parte del viaje se queda en unos cuantos párrafos,
la mayor parte de ellos más fantasiosos que narrativos. El relato de Pigafetta
es el más extenso y en cierto modo, por su sentido «periodístico», valga la
palabra, el más interesante de cuantos poseemos de los viajeros o los coetáneos
al viaje. Muchas de sus informaciones son de valor inestimable, otras solo
satisfacen la curiosidad de los lectores —los de entonces y algunos de ahora—
por su valor anecdótico y por su portentosa imaginación. El historiador sabe
distinguir entre la realidad y el mito, y por lo general establece esta
fundamental diferencia a la hora de utilizar el contenido del relato. Otro
inconveniente tiene el texto del italiano, y a él acabamos de referirnos: es la
desigual dedicación a los hechos, con una especial preferencia por aquellos que
ocurren mientras es algo así como el niño mimado de Magallanes y puede escribir
con su complacencia y hasta por su encargo. Comprendámoslo. Pero lo que ocurre
es que muchos autores que utilizan preferentemente como fuente primaria el
relato pigafettiano, caen inconscientemente en la misma desigualdad
informativa. Qué poco se nos dice sobre Timor, sobre la isla Ámsterdam, sobre
la emocionante travesía del Índico, sobre la lucha a vida o muerte durante el
paso del cabo de Buena Esperanza, sobre el larguísimo viaje por el Atlántico
sur y la zona ecuatorial hasta la peligrosísima recalada en Cabo Verde. He
hecho todo lo posible por complementar estas lagunas lamentables con otras
fuentes de información, escritas o naturales, que nos ayuden a reconstruir la
realidad histórica con el mismo ritmo y la misma extensión que aquellas que se
conocen más por extenso. Si el lector advierte mi esfuerzo por encontrar la
debida compensación en el ritmo del relato, no me pesará en absoluto.
Completamente distinto al librito de Pigafetta es el derrotero de
Francisco Albo, piloto de la Trinidad, más tarde de la Victoria. Es un relato
preciso de situaciones, rumbos, dirección del viento cuando procede, o estado
de la mar. Albo calcula la latitud por la altura del sol, una técnica que es
necesaria cuando no se ve la estrella Polar. Los navegantes españoles, que casi
nunca abandonaban el hemisferio norte cuando tenían que ir al Nuevo Mundo,
acostumbraban a tomar medida por la Polar. Albo opera como los portugueses, y
acierta con una precisión muy aceptable para aquellos tiempos. Probablemente
utilizaba para situarse la técnica del «punto de escuadra». No se equivoca
excepto en la espera interminable de la llegada al cabo de Buena Esperanza:
¡era tal y tan dramática la necesidad para aquellos navegantes! Pero en cuanto
le es posible, corrige su posición. Nos proporciona pocos detalles sobre la
marcha de la expedición, los sucesos ocurridos, la idiosincrasia de los
naturales de las islas, las enemistades y reyertas que están a punto de dar al
traste con la aventura. Con todo, describe mejor la exploración del Río de la
Plata, los escasos hallazgos de islas en el Pacífico, o lo ocurrido en las
Molucas o en el Índico, que el mismo Pigafetta: pero está claro que no se
propone escribir una crónica. ¡Ni siquiera da noticia de la muerte de
Magallanes! Una omisión tan llamativa que hace suponer que no se llevaba bien
con él; muy probablemente era amigo de Elcano, y detalla mejor que nadie la
extraordinaria aventura de la navegación por el Índico sur, la travesía del
Cabo, la recalada obligada y dramática en Cabo Verde: es decir, la odisea de
Elcano, que Pigafetta desprecia. En este sentido, puede pensarse que es un
complemento de la información de Pigafetta, dentro, por supuesto del laconismo
de su estilo y de la escasez de sus detalles.
Lo que falta en Pigafetta ha de ser también complementado por otras
fuentes de historia, escritas o naturales. Sin embargo, es curioso, Albo
tampoco menciona a Elcano una sola vez, un silencio que, por otra parte, quién
sabe, podría ser conjeturalmente revelador. Una explicación un poco audaz, pero
sugestiva es la que supone el americanista Juan Pérez de Tudela: el derrotero
de Albo es del propio Elcano, o por lo menos es él quien lo concluyó, en
colaboración con el piloto. Pérez de Tudela se basa en la concisión del
escrito, propia del estilo del guipuzcoano, y en frases como «me tiraron las
aguas al nordeste», «debí caminar cuarenta y cinco leguas», o después: «mandé
que fueran al oeste», que no pueden atribuirse más que al comandante de la
nave. Que Elcano colaborase en la redacción del derrotero —incluido el
emocionante rodeo a las Azores— es perfectamente posible, pero seguramente
nunca se podrá probar. Ninguna fuente nos permite reconstruir la ruta de las
naves magallánicas como este pequeño relato lleno de tecnicismos de la época.
Otro detalle curioso: no comienza hasta la llegada a la costa brasileña, en
noviembre de 1519. O se perdieron las primeras páginas, o el supuesto Albo no
tomó la altura hasta entonces.
Otro piloto, Ginés de Mafra, al parecer jerezano, tal vez pariente de
Juan Rodríguez Mafra, que viajó dos veces con Colón, navegó con Magallanes y
fue hecho prisionero en las Molucas por los portugueses. Repatriado en 1526,
hizo otra descripción del viaje, que no se conserva íntegramente. Tiene puntos
interesantes, aunque el relato puede estar interpolado, o con añadidos
posteriores. Es curioso, llama al jefe Sebastián de Magallanes, fundiendo
inconscientemente los nombres de los dos héroes, quizá por algún error del
copista. Su relato es importante para conocer la dura invernada en el Puerto de
San Julián, y sobre todo para reconstruir la odisea de la Trinidad, en su
fracasado intento de regresar desde las Molucas por el Pacífico, que él vivió
directamente. Eso sí, no se olvida de recordar la otra odisea que sí fue
coronada por el éxito, la de Elcano. También se conserva el relato manuscrito
de un piloto genovés, que, probablemente es el llamado Bautista Genovés, o
Pancaldo, que escribió «Navegación y viaje que hizo Fernando de Magallanes
desde Sevilla para el Maluco en el año 1519»: se equivoca en algunas
posiciones, tal vez por mala transcripción del original. También describe la
odisea de la Trinidad en su intento de regreso por el Pacífico, en que parece
haber participado.
El relato más breve, quizá por eso mismo más emocionante, es el que hace
el propio Juan Sebastián Elcano en una carta a Carlos V, en 1522, escrita en el
momento de la llegada a Sanlúcar. Es imposible mayor concisión. Elcano escribe,
contra lo que se ha dicho, con una corrección castellana impecable, pero no se
permite el menor floreo literario. En comentario de Mauricio Obregón «es
dramático que quien ha logrado la circunnavegación del planeta haga un informe
de solo setecientas palabras [...], no se da ningún bombo, no exagera nada.
Simplemente dice: hemos dado la vuelta al mundo». Eso sí, se adivina todo el
dramatismo en frases como «y sufrimos todo lo que puede padecer un hombre». Y
dedica una parte del texto a implorar del monarca que, por favor, haga todo lo
posible por premiar a sus compañeros y rescatar a los que han quedado
prisioneros en Cabo Verde.
De aquellos que conocieron a los supervivientes y escucharon el relato
de su hazaña, apenas cabe citar aquí más que la carta de Maximiliano
Transilvano. Se llamaba en realidad Maximilian von Sevenborger: un nombre y un
apellido clásicamente germanos, aunque fuera natural de una tierra hoy rumana,
poblada por alemanes ya desde la baja edad media. Maximiliano fue un hombre
culto, escritor, humanista, que conoció a Carlos V en Flandes, y con él vino a
España. Se dice que fue secretario del emperador; más bien diríamos consejero
áulico. Conoció personalmente a Elcano, y se emocionó con la aventura tanto
como el monarca. Su relato es una carta al arzobispo de Salzburgo, luego
publicada. Correcto en su estilo, sin entrar en los detalles, recoge las
peripecias del periplo y las valora de manera muy objetiva. Este otro humanista
rechaza todas las quimeras y fábulas. Para él, el descubrimiento de nuevos
mundos contribuye a su unidad y comprensión. «Nadie creerá de aquí en adelante
que hay monstruos, ni gigantes o cíclopes, y otros semejantes. [...] así que
todo lo que los antiguos dijeron se debe tener por cosa fabulosa y falsa».
Seguramente no leyó a Pigafetta, y sí siguió con detalle las realistas
descripciones de Elcano. Qué fácil es de adivinar.
Citemos, sin necesidad de detenernos, a cronistas de Indias, como
Fernández de Oviedo, que conoció a Elcano a su regreso en Valladolid, y que
obtuvo muchas noticias directas de la expedición, que tal vez otros no llegaron
a recibir; o López de Gómara, que de seguro conoció informaciones de buena
mano, y tal vez de testigos directos; ambos transmiten algunos detalles útiles,
que otros no nos dan, de aspectos o vivencias de la expedición. A su tiempo,
podremos aludir a ellos, lo mismo que a cronistas posteriores, como Herrera o
Fernández de Navarrete, que consultaron documentos y pueden enriquecer lo que
sabemos.
§. Los preparativos
Si la mayor parte de los libros sobre la primera vuelta al mundo son biografías
—más de Magallanes que de Elcano—, también es cierto que en su mayoría dedican
casi tanto espacio a los preparativos como al viaje mismo. La razón es bien
sencilla: existe mucha más documentación sobre las gestiones y las incidencias
previas que sobre la navegación propiamente dicha; y los historiadores, en su
deseo —nada criticable en sí, reconozcámoslo— de contarnos todo lo que saben,
se extienden preferentemente en aquellos temas sobre los que poseen más
información.
El lector comprenderá que mi propósito es dedicar la mayor parte de este
libro a la aventura de la primera vuelta al mundo y me perdonará esta
preferencia: hasta tal vez, quién sabe, me la agradecerá.
Los preparativos de una expedición destinada a cruzar el océano
recorriendo enormes distancias eran inevitablemente complicados y no se podían
improvisar de un día para otro; nada digamos de un viaje que iba a atravesar
varios océanos (aún no se sabía cuántos), y tenía una misión complicada por la
naturaleza de sus objetivos y por los posibles conflictos diplomáticos con la
otra potencia colonizadora. Había que elegir, adquirir y carenar los barcos
adecuados para una empresa de tal calibre, encontrar y contratar las
tripulaciones capaces de soportar la prueba, llevar las vituallas
correspondientes a una muy larga travesía, los artículos a intercambiar con los
naturales de las islas que se iban a explorar, reunir todo el material de
navegación y los instrumentos de orientación y determinación de puntos y rumbos
necesarios, desde mapas hasta cuadrantes, rosas de los vientos y correderas
(Faleiro proporcionó una buena parte de este material); armas, pólvora, y, en
fin, habían de disponer los miles de detalles necesarios para una navegación de
altura como hasta entonces no se había intentado. Frente a toda la leyenda
—iniciada especialmente por Zweig— sobre las dificultades puestas una y otra
vez a Magallanes para entorpecer su proyecto, Ignacio Fernández Vial y
Guadalupe Fernández Morente, en un reciente estudio (2001), precisan que en
líneas generales existió una franca colaboración, y los únicos retrasos se
debieron a la falta de dinero. Por lo que se refiere a la duración de los
preparativos, que para el tópico fueron «interminables», Manuel Lucena (2003)
observa que entre la firma de las capitulaciones en marzo de 1518 y la salida
de la expedición en agosto de 1519 transcurrieron diecisiete meses, un lapso
que dada la complejidad de la misión, puede calificarse —dice— como «un tiempo
récord».
Cierto que hubo dificultades, derivadas en parte del carácter
autoritario de Magallanes, que quería hacerlo todo por su cuenta, y el
detallismo de Juan Rodríguez Fonseca, principal responsable de la Casa de
Contratación en Sevilla, hombre en extremo puntilloso y celoso de los derechos
de la corona: chocaron con frecuencia, como era perfectamente lógico suponer.
Las principales dificultades procedieron muy probablemente —y no es paradoja—
de los portugueses, que hicieron lo posible por impedir la salida de la
expedición; intervinieron el embajador Álvaro da Costa, el factor de Portugal
en Sevilla, y otros agentes, encargados de entorpecer la marcha de los
preparativos. Quizá fueron los portugueses los que fomentaron la enemistad
entre Magallanes y Faleiro —al que acusaban con razón o sin ella de loco—,
hasta el punto de que los personajes acabaron rompiendo entre sí y poniendo en
peligro la expedición misma. Que hubo desconfianza de muchos que consideraban
la empresa de Magallanes disparatada e irrealizable (en realidad casi lo era)
es evidente; como pudo plantear problemas el hecho de que la misión estuviese
encomendada a un portugués que pretendía reclutar pilotos y marinos portugueses
para una empresa dirigida y financiada por España. Es explicable: los representantes
de Portugal hicieron todo lo posible para impedir la misión de Magallanes,
porque le consideraban un traidor que se ponía al servicio de los españoles; en
tanto los españoles se oponían al propio Magallanes porque se sentía portugués
y trataba de llenar sus barcos de portugueses.
Un incidente grave se produjo el 28 de octubre de 1518, cuando
Magallanes hizo arbolar en la nao capitana su pendón de armas. Muchos de los
que presenciaron la escena creyeron ver en aquella bandera las «quinas», los
cinco escudos en forma de cruz que eran y siguen siendo el motivo emblemático
de Portugal, presente todavía hoy en su bandera nacional. La protesta degeneró
en desórdenes y violencias, de que resultaron heridos. Las autoridades acabaron
dando la razón a Magallanes, pero desde entonces se generalizó una rivalidad,
sorda o declarada, entre españoles y portugueses, que no solo enturbió la
organización de la flota, sino que habría de manifestarse varias veces durante
la propia travesía. Es preciso adelantar, y lo examinaremos siempre que
convenga, que no todo se redujo a una tensión entre los súbditos de ambas
coronas, sino entre magallanistas y antimagallanistas. La fácil irascibilidad
del jefe de la expedición, su desconfianza ante la menor posibilidad de que le
traicionasen, o su prurito de nombrar para los puestos más responsables a
personas adictas a él con independencia de su capacidad o su prestigio, le
ganaron abundantes enemigos. Tal vez se puede dar algo de razón a José de
Arteche cuando piensa que «el mayor enemigo de Magallanes fue Magallanes
mismo». Por su parte, Magallanes también supo ganarse buenos amigos, como Diego
Barbosa, nacido portugués, pero afincado y muy bien situado en España, con cuya
hija acabó casándose, y que le dio prestigio y dinero; Juan de Aranda o
Cristóbal de Haro, un rico negociante, que fue tal vez su principal colaborador
financiero. Sea lo que fuere, parece que los incidentes no retrasaron de una
manera sensible la organización de la armada.
§. Barcos, pertrechos y hombres
Ante todo, era preciso elegir los navíos. Estaban previstos cinco, de cierto
porte, apropiados para un viaje largo por mares difíciles. Ya por entonces las
ágiles carabelas, aquellos bellos navíos ligeros que parecían volar sobre las
aguas, muy aptos para los primeros descubrimientos, estaban siendo sustituidos
por las naos, menos ligeras, pero más sólidas y de mayor capacidad de carga. La
era de los descubrimientos estaba siendo sustituida por la era de las
conquistas, y lo que más interesaba eran los transportes de hombres y
mercancías. De los cinco barcos obtenidos por Magallanes, cuatro por lo menos
eran naos; la quinta y más pequeña de las embarcaciones, la Santiago era
probablemente una carabela, y sería utilizada para exploraciones por estuarios
y estrechos de poco fondo. En general, no llegaban al tonelaje requerido por
Magallanes, pero tenían el porte suficiente. He aquí los cinco barcos
destinados a la gran aventura:
|
San Antonio |
120 toneladas |
|
Trinidad |
100 t, (según versiones, 110) |
|
Concepción |
90 toneladas |
|
Victoria |
85 toneladas |
|
Santiago |
75 toneladas |
Prescindimos de la diferencia, que muchos señalan, entre toneladas de
arqueo y toneladas de desplazamiento. El detalle es interesante para los
eruditos y para los especialistas. Con saberlo ahora ganaríamos poco.
Colón, en su primer viaje, hubiera envidiado estas naves. La Santa María
—la única nao con que contaba— apenas llegaba al tamaño de la Santiago. Las
demás eran bastante más pequeñas. Colón había llevado de 100 a 120 tripulantes;
Magallanes de 235 a 250, aparte de una buena carga, artillería y armamento.
Fernández Vial, que ha estudiado con detalle todas las embarcaciones, estima
que se encontraban en buen estado. Quizá la más vieja era la Concepción, la
única que hubo de ser abandonada en la travesía a la altura de Borneo; la más
nueva, y la más cara en proporción a su tonelaje era la Victoria: quizá no fue
una casualidad que haya sido, de las cinco, la única que logró coronar con
éxito la vuelta al mundo. Una pregunta: ¿por qué, si la San Antonio era la nao
de más tonelaje, no la escogió Magallanes como capitana, sino la Trinidad, la
segunda en envergadura? Sin duda porque la Trinidad era más reciente, tenía un
puente de mando más vistoso, y una cámara para el capitán más amplia y casi
regia. Un marino dotado de una elevada conciencia de su dignidad, como
Magallanes, o como Colón, aprecia estas cosas.
La diferencia fundamental entre una carabela y una nao es que esta
última tiene dos castillos, o partes más elevadas y cubiertas, uno a proa y
otro a popa, en tanto la carabela no tenía más que un castillo y por lo general
poco elevado. La figura de una nao, vista de costado presentaba por
consiguiente un aspecto que a un observador de hoy puede extrañar, con una
parte delantera y otra trasera notablemente más elevadas que la central. Para
acceder al barco hay, naturalmente, que subir por esta parte central. Los
castillos sirven para establecer camarotes permanentes para los principales
miembros de la tripulación, el capitán, el maestre, el piloto, el capellán
cuando lo hay, o el escribano, cuando lo hay también. En los puentes se guardan
los instrumentos de navegación, y los útiles de más valor. El resto de los
tripulantes dormían en la cubierta principal, por lo general hacinados: todos
eran necesarios para las operaciones difíciles del manejo de las velas, pero no
había sitio para establecer un habitáculo cómodo para todos. Los marineros
acababan acostumbrándose a esta incomodidad. La función de los altos puentes no
era solo la de hacer una distinción de jerarquías. Eran necesarios para guardar
la brújula, los cuadrantes y demás instrumentos delicados, los tesoros, el
dinero o los artículos de valor que se querían transportar y por supuesto para
mandar y dirigir la navegación o las maniobras. Puede extrañarnos que el puente
de popa sea por lo general más elevado y digno que el de proa, cuando en una
embarcación actual es la proa siempre la parte más elevada, la que corta las
aguas y puede sentir más fuerte el embate de las olas; y el mismo puente de
mando está situado más cerca de la proa que de la popa. Pero es que no se
pueden dirigir las maniobras de una nao sin dar órdenes directas al timonel, y
el timón, como es bien sabido, ha de ir siempre a popa. Hoy el capitán de un
barco dispone de altavoces, teléfonos y todos los medios de comunicación que
puede apetecer; pero entonces era preciso comunicar las órdenes a viva voz.
Las naos arbolaban tres mástiles gruesos, trinquete, mayor y mesana,
prolongados por masteleros más finos, y cruzados por vergas que sostenían las
velas. Una buena nao tiene tres «pisos» o niveles de velas, las mayores de las
cuales son las más bajas, y las más altas, por regla general, las más pequeñas.
Una nao tiene más velas, por lo general, que una carabela, y con su mayor
superficie de trapo compensa en parte su mayor pesadez. La vela de mesana, la
más trasera, suele ser única y triangular, más fácil de volver de un lado a
otro. Las otras son velas «cuadras», cuadradas o rectangulares, que también
pueden girar para que den cara al viento. Se comprende el esfuerzo que requiere
izar, arriar y mover, junto con sus vergas, aquellas masas enormes de lona, y
de aquí la necesidad de una tripulación numerosa. Los palos servían de algo
más. Desde lo alto se divisa un horizonte más dilatado que desde cubierta, o
desde el nivel del mar. El secreto de este mayor alcance se debe, como casi
todo el mundo sabe, a la curvatura de la Tierra, y de niños se nos enseñaba con
dibujos prácticos que desde lo alto del palo de un barco se ve mucho más lejos,
e igualmente, que desde la costa solo se ven los palos de la nave que se
aproxima, hasta que, a menor distancia, se distingue toda su estructura. Cuando
se navega en una pequeña embarcación por el Mediterráneo, a la altura de Málaga
o incluso de Fuengirola, el Peñón de Gibraltar, si la visibilidad lo permite,
se ve como una isla, y hubiéramos jurado que la salida al Atlántico se
encuentra al norte, que no al sur de aquel peñón. ¡Qué útil es un mástil para
distinguir a distancia! Los marinos, aparte de poseer una especial destreza
para mantenerse en pie desafiando los más fuertes bandazos y cabeceos de la
nao, poseían una gran agilidad para trepar por los palos. Para ello se pintaban
solos los grumetes, muchachos jóvenes, a veces adolescentes, capaces de
sostenerse sobre la cofa o simplemente sobre una cruceta. Las cofas,
plataformas o especie de semihuevos abiertos en la parte alta de los palos,
estaban casi siempre servidas por vigías, serviolas o jóvenes grumetes. Casi
siempre el emocionante grito de «¡Tierra!» no venía de la proa, sino de arriba.
Por lo que se refiere a la tripulación, estaba previsto que embarcaran
235 hombres. Según las fuentes más inmediatas, fueron 237; para algunos
llegaron a 250, parte de los cuales pudieron subir en Sanlúcar o en Canarias.
Es difícil conocer el número exacto de tripulantes, porque siempre en estas
aventuras se cuelan algunos. Para una misión difícil y arriesgada como la que
Magallanes se proponía emprender, era preciso escoger hombres no solo
valerosos, sino avezados a la vida de la mar, a sus exigencias, a las
maniobras, a la capacidad de aguante, un día tras otro, de navegación de
altura, a la dureza de los más fuertes temporales. Eran hombres duros, en
efecto, pero habían de ser también disciplinados. En alta mar no existe una
jerarquía de autoridades a la que pueda recurrirse conforme a las leyes para
evitar o castigar desmanes. Es el comandante quien ha de establecer los
reglamentos, obligar a cumplirlos y castigar las faltas. La propia dureza de la
mar conduce a veces a motines, riñas, embriagueces (los marinos consumían más
cantidad de vino por día que el resto de los mortales). El hecho es humanamente
explicable, pero es que además existía la creencia de que el vino aporta
fortaleza y aguante. Se comprende que un capitán necesite poseer una autoridad
indiscutible, y que los castigos a la indisciplina fueran más duros en los
barcos incluso que en la milicia. Magallanes, que había empezado su vida como
militar y la estaba consumando como marino, fue especialmente exigente, a veces
particularmente duro, a la hora de ejercer su papel como «capitán general» de
la flota. Lo comprobaremos con frecuencia.
Lo que más sorprende es la cantidad de extranjeros que se enrolaron en
la misión, cuando lo normal era reclutar casi exclusivamente españoles. También
es difícil precisar cifras, porque entonces las nacionalidades eran más fáciles
de disimular, y unos se hacían pasar por otros. Los marineros conocían
distintos países y hablaban diferentes lenguas; entre ellos se entendían en una
jerga casi común. Viajaron unos 150 españoles, más de 30 portugueses, unos 25
franceses —un hecho sorprendente en aquel momento—, otros tantos italianos,
siete griegos, cinco flamencos, tres alemanes, dos irlandeses, un inglés y un
malayo, (esclavo e intérprete de Magallanes). Nunca había partido de España a
las Indias una tripulación tan internacional: parece un símbolo de la importancia
cósmica que el evento iba a tener. La pregunta es, ¿fueron tantos extranjeros
porque los españoles no quisieron acompañar a Magallanes? No cabe duda de que
para muchos era aquella una expedición disparatada, y también es cierto que
aquel marino portugués, pretencioso y desconfiado, no concitaba muchas
simpatías. Para algunos era un traidor a Portugal y para otros un potencial
traidor a España, que acabaría recalando en las colonias portuguesas. Su
prurito de reclutar compatriotas es indudable; como que, advertido de ello
Carlos I, dio instrucciones para que no embarcaran más de «cinco o seis
portugueses». De hecho, se colaron por lo menos unos treinta, por más que sea
difícil precisar el número, dada la similitud de apellidos, los datos
falsificados y los fáciles emparentamientos de marinos de las dos naciones.
Entre ellos figuran, no solo como favoritos, sino también por su experiencia y
valía, muchos de los capitanes, maestres, pilotos y responsables, de las cinco
naves: entre ellos Estevâo Gomes (cartógrafo y capitán de la San Antonio), Joâo
Serrâo, capitán de la Santiago, Álvaro de Mesquita, pronto también capitán y
muy protegido por el jefe; Duarte Barbosa, hijo de Diego y por tanto cuñado de
Magallanes, Joâo Lopes Carvalho, que por un tiempo sería director de toda la
expedición; Francisco de Fonseca, Cristóbal Ferreira, Pedro de Abreu, Antonio
Fernandes, Luis Alfonso de Beja, Joâo de Silva. Unos fueron excelentes pilotos
y marinos, otros debieron su embarque a razones de nepotismo o amiguismo. Consta
que el arcediano Fonseca, de la Casa de Contratación, evitó que se enrolaran
más portugueses. En general, puede que las tripulaciones no fueran la flor y
nata de la marinería de entonces, pero los pilotos —mencionemos también a
Andrés de San Martín, Juan Rodríguez Serrano, Ginés de Mafra, Francisco Albo—
demostraron una notable competencia, y eso conviene recordarlo.
Solo parece necesario añadir dos nombres de momento. Uno, es el de Juan
de Cartagena, un noble castellano recomendado por Fonseca y nombrado por Carlos
I «adjunta persona» de la expedición, para sustituir a Ruy Faleiro, descartado
al final por sus histéricos enfados, sus riñas con Magallanes y su creciente
fama de loco (Fernández de Oviedo dice de él que «perdió el seso», y según un
informe del contador Sancho Matienzo se volvió «loco furioso»). Naturalmente,
Cartagena no estaba destinado a sustituir a Faleiro como científico, y en este
sentido la expedición pudo padecer una deficiencia técnica irreemplazable,
aunque todos los sofisticados instrumentos de Faleiro fueron embarcados. La
misión del hidalgo castellano era la de actuar como jefe conjunto de la expedición
y vigilar a Magallanes por si se extralimitaba en sus funciones: el papel de
Cartagena en este punto no quedó específicamente configurado, y este hecho
tuvo, como pronto veremos, trágicas consecuencias. El otro expedicionario cuyo
nombre debemos recordar es Juan Sebastián de Elcano, un ya prestigioso marino
vasco, que, precisamente por su valía fue nombrado de partida maestre de la
Concepción. Pero no embarcó por capricho, sino por necesidad. Estaba perseguido
por la justicia; porque, arruinado en un mal negocio, hubo de vender su barco a
unos banqueros genoveses, cuando estaba prohibido a los marinos españoles
enajenar sus naves a extranjeros. Elcano era un hombre honrado, pero las leyes
son así. Participando en una misión arriesgada en servicio del rey, quedaba
automáticamente redimido. Lo que no sabía ni podía saber Elcano era que su
nombre iba a ser famoso, tanto o más que el de Magallanes. De momento apenas se
habló de él.
No tenemos por qué recordar todos los artículos embarcados, que fueron
muy abundantes, habida cuenta de la longitud desmesurada del recorrido y la
ignorancia sobre la posibilidad de nuevos abastecimientos en ruta. Se calculaba
que las provisiones llegarían para dos años. Se cargaron 253 toneles de vino y
417 pellejos, 21.000 libras de galleta, única forma de pan que era posible
conservar durante mucho tiempo; harina en barrillas para amasarla con agua del
mar; quintales de tocino, jamón, cecina y hasta animales vivos, entre ellos
siete vacas, para sacrificarlos en su momento; 112 arrobas de queso, sacos de
arroz, lentejas, alubias, garbanzos, amén de mermeladas, membrillo, pescado
seco y salado, ciruelas, azúcar, miel, vinagre, pasas, ajos. En cuanto al agua,
en opinión de Lourdes Díaz Trechuelo, que ahora comparte Fernández Vial, parece
que se embarcó en barricas de Sanlúcar, muy bien preparadas para su
conservación, y en ese caso también se puede suponer que el precioso líquido
procedía de pozos de la bahía de Cádiz y no de Sevilla. La experiencia permitía
prever las necesidades y la forma de conservar los suministros mucho mejor que
en los tiempos de Colón. Con todo, aquellos aventureros no podían imaginar el
hambre asesina que habrían de pasar.
Entre los instrumentos de navegación, llevaban también una cantidad
increíble de útiles que consideraban necesarios para situarse y orientarse en
medio del océano o en las islas y tierras que descubriesen. El aparataje era
fundamental, no solo para orientarse, sino para situar correctamente sobre el
mapa las islas que descubriesen. Consta que disponían de 23 cartas de marear
(casi cinco por barco), seis pares de compases, 21 cuadrantes para determinar
la altura y siete astrolabios para medir grandes ángulos; nada menos que 35
brújulas y 18 relojes de arena. También disponían, según las versiones que
tenemos, de correderas que llamaban «cadenas» o «escalas a popa», que servían
para calcular la velocidad del barco en cualquier momento, y que parece que
mejoraban las cuerdas con nudos que hasta entonces se usaban. Determinada la
latitud del barco por medio del cuadrante o si era preciso el astrolabio, por
la altura de determinadas estrellas o la del sol a mediodía, no disponían de
instrumento alguno para conocer la longitud exacta, ni parece que la inventiva
de Faleiro hubiese podido proporcionarla. Algo podían hacer con un poco de
ingenio: conociendo la latitud, por medio del cuadrante, el avance del navío
por medio de la corredera y la dirección por medio de la brújula, era posible
dibujar el «punto de escuadra». Un ejemplo muy sencillo: si navegaban
exactamente con rumbo noroeste y avanzaban un grado de latitud hacia el norte,
sabían que habían avanzado también un grado de longitud hacia el oeste..., eso
sí estaban cerca del ecuador. En otras latitudes, en que la distancia entre
meridianos es menor, se podían hacer correcciones por medio de una esfera, o
sobre un mapa que representara la curvatura de los meridianos (entonces se
hacían muy mal, con meridianos simplemente convergentes o divergentes). En
suma, no era fácil situarse en un mapa, sobre mares o tierras que ni siquiera
se conocían; pero los pilotos, por lo poco que sabemos de los que acompañaron a
Magallanes y a Elcano, supieron ingeniárselas relativamente bien, supuestas las
tremendas limitaciones de los medios de su tiempo, para precisar en qué parte
del mundo se encontraban, y en qué rumbo tenían que navegar para llegar a su
destino (excepto, es curioso, y el hecho merecería una detenida discusión, en
las erráticas navegaciones entre las Filipinas y las Molucas). Quizá el más
admirable logro de aquella empresa, y la más grande aportación a la geografía y
a la historia, fue precisamente el de fijar de un modo muy aceptable las
dimensiones del mundo que habitamos y la disposición de tierras y mares.
Algo más llevaban también nuestros navegantes. Una enorme cantidad de
chucherías de escaso valor para un europeo, pero que para los indígenas de
otros continentes eran preciosas. Ya hemos indicado antes que estos
intercambios no pueden considerarse, en absoluto, inmorales o fraudulentos.
Cada cual valora las cosas de acuerdo con su criterio, y para la otra parte el
negocio podía ser tan ventajoso como para la de acá. Entre otros artículos, los
expedicionarios llevaban miles de cuentas de vidrio ensartadas en hilos, paños
y telas de colores, cuanto más chillones, mejor; gorros también coloreados,
brazaletes, collares, peines, cincuenta docenas de tijeras, 900 espejos
pequeños y 19 grandes, estos últimos para regalar a los jefes más importantes,
y nada menos que «cuatrocientas docenas de cuchillos de Alemania, de los
peores»: un detalle que ahora nos hace sonreír, pero es que para los
recipiendarios todos los cuchillos capaces de cortar algo resultaban igualmente
inapreciables. El negocio, en sí, fue magnífico: los supervivientes que
lograron terminar la aventura traerían productos que valían en Europa un millón
de veces más que todo lo que habían llevado.
En el último momento, ya a punto de partir, Carlos I reclamó a
Magallanes algo que éste había prometido y no había cumplido hasta entonces: la
distancia real a las Molucas, para dejar en claro que estas islas correspondían
al ámbito de hegemonía española. Quería quedar a salvo de todas las
reclamaciones de Portugal. Magallanes salió del caso lo mejor que pudo:
facilitó la posición del cabo de Buena Esperanza de acuerdo con lo que ya
sabía, a 35º Sur y 65º al este de la línea de demarcación, y a partir del Cabo
dedujo la distancia en leguas a la India, de la India a Malaca y de Malaca a
las Molucas, de acuerdo con la distancia que había calculado su amigo Serrano:
todo un poco exagerado. Midiendo todas estas distancias, las Molucas deberían
corresponder al hemisferio español, si medimos en línea recta hacia el este
desde el cabo de Buena Esperanza. Pero la línea trazada por Magallanes no es
recta ni está estimada más que sobre la latitud del Cabo, a 35º Sur; no sobre
el ecuador, donde se encuentran las Molucas. El artificio es evidente, pero el
monarca, lo advirtiera o no, no puso obstáculo alguno para que saliera la
expedición. Al fin y al cabo, nadie sabía el tamaño del mundo.
Capítulo 3
La partida y la navegación entre dos mundos
Contenido:
§. La travesía del Atlántico
§. El reconocimiento de América del Sur
§. Más allá de lo conocido
Los cuadros que nos pintan no los cronistas, sino los narradores
contemporáneos sobre las escenas de la despedida son más emotivos que reales:
gritos de una multitud, lágrimas de las mujeres y los niños, que temían
quedarse viudas y huérfanos —la verdad es que así sería en la mayor parte de
los casos—, banderas al viento, y cinco naves que descienden majestuosas por el
río rumbo a lo desconocido. Es evidente que hubo expectación, porque aquella
empresa no era un viaje de rutina a las Indias, como tantos, sino que se
dirigía a un objetivo más lejano, si es que se encontraba manera de llegar al
nuevo océano. Y, como a la salida de todas las expediciones, hubo cañonazos de
salva, tal como requería la costumbre. No todos los expedicionarios —y menos
los extranjeros— contaban con familia en Sevilla, ni tampoco abundaban, después
de los incidentes que se habían registrado, los amigos de Magallanes. La escena
fue tal vez menos emocionante de lo que se dice. Los navíos no partían juntos,
sino con cierto trecho entre ellos, e incluso en distintos días. Así se explica
que no estuviesen reunidos en Sanlúcar hasta una semana después. Sevilla era
una ciudad importante y un gran centro comercial, que el hallazgo del Nuevo
Mundo y el monopolio de su tráfico a través de la Casa de Contratación estaban
engrandeciendo espectacularmente. Pero la arribada o salida de su puerto
estaban obstaculizadas por su carácter fluvial, a noventa kilómetros del mar
(realmente, siguiendo el curso del río, eran ciento diez). El Guadalquivir no era
tan ancho ni tan fácilmente navegable como otros grandes ríos de Europa. Los
navíos habían de descender aprovechando el lento reflujo de la marea, seis
horas de marcha y seis de detención con el ancla echada; o navegar remolcados
por barcos a remo, o «al puntal», por medio de largas estacas que se apoyaban
en el fondo, o incluso «a la sirga», por obra de mulos que tiraban de gruesas
cuerdas desde una y otra orilla. No era el modo más glorioso de navegar. Al
fin, la gloria de la mar abierta en Bonanza y en Sanlúcar.
¿Por qué la expedición se detuvo en Sanlúcar durante un mes? He aquí el
primer misterio del largo viaje. Pigafetta aclara que se dedicaron aquellos
treinta días —cuarenta desde la partida de Sevilla— a adquirir nuevas
provisiones. ¿Es que no iban ya suficientemente provistos después de tan
laboriosos preparativos? ¿Algunas provisiones habían sido llevadas previamente
a Sanlúcar para embarcarlas allí? ¿Es que costó más de cuatro semanas subirlas
a bordo? Es fácil sentir la impresión de que se estaba cociendo otra cosa. Tal
vez era preciso evacuar todavía nuevos trámites, o que algún personaje
importante, digamos Juan de Cartagena, aún no se había embarcado. La Puente y
Olea supone que durante aquellos días obraron nuevas y vehementes gestiones
cerca de Portugal para evitar su oposición frontal al viaje, o para conseguir
que los barcos que se decía fletados por los lusitanos para impedirlo por la
fuerza, se retiraran. Tal vez, apunta Fernández Vial, algunos barcos leales al
rey exploraron las aguas del golfo de Cádiz o la ruta hacia Canarias para
asegurarse de que el camino estaba libre. La conciencia de los riesgos que
acechaban desde el mismo comienzo llevó a los navegantes a formular un nuevo
voto en el cercano santuario de Nuestra Señora de Regla. Bien sabían que iban a
correr todos los peligros del mundo.
Por fin, el 20 de septiembre, salieron las naves a la mar: ¡cuarenta
días después de haber zarpado de Sevilla! El agua salada de la mar abierta, el
prealisio que todavía sopla en golfo de Cádiz a fines de septiembre, la tierra
baja que va alejándose por popa, la aventura de la navegación que se inicia
hasta no se sabe cuándo ni dónde. Había mil motivos para mil emociones. Pero
aquellos lobos de mar gozaban más entre las olas que durante los interminables
preparativos, gestiones y acarreos en el puerto. Habían terminado la burocracia
y los trámites; empezaba la verdadera aventura. Fue entonces cuando Magallanes
quiso dejar sentada definitivamente su autoridad. De acuerdo con sus
instrucciones, los navíos debían navegar cerca unos de otros, siempre bien a la
vista, y dispuestos a obedecer. Era preciso mantener disciplinada una
tripulación tan numerosa y heterogénea. Cualquier acto de insubordinación sería
castigado severamente. No se permitía emborracharse, llegar a las manos, ni
siquiera jugar a las cartas. Tal vez el jefe supremo, que conocía la
desconfianza de algunos, quiso mostrar más autoridad que capacidad de diálogo.
Es llamativo que solo la nao capitana, la Trinidad, pudiese llevar un farol a
popa, para impartir órdenes; los demás navíos, para comunicarse, podrían
encender antorchas, nunca faroles. La Trinidad navegaría siempre en cabeza: se
conoce que tenía buen andar, y quizá por eso fue escogida como capitana. Las
demás irían a su popa, y verían el gran farol del jefe. Magallanes ideó un
sistema de mensajes luminosos, que indicaban izar o arriar velas, acercarse,
virar en un sentido u otro, o si era preciso detenerse: los demás simplemente
obedecerían. También introdujo la fórmula obligada de saludo o «salve» al final
de cada jornada: cada nave se acercaría a la capitana, y su responsable diría a
voz en grito: «Sálveos Dios, señor capitán general, e maestre, e buena
compaña».
Por lo demás, la travesía de Sanlúcar a Canarias, que hacían todos los
navegantes que iban a las Indias, con el fin de tomar los favorables vientos
alisios, una ruta que todos conocían, no ofreció dificultad alguna. No es que
fuera una travesía demasiado cómoda, porque el viento soplaba casi siempre con
cierta fuerza, y las naves se sentían impulsadas tanto por el aire como por las
aguas verdosas de la corriente fría de Canarias; como ocurre cuando hay
conjunción de vientos y corrientes, la mar se agitaba: con especial
turbulencia; pero la navegación en sí no ofrecía peligro alguno, y para todos
resultaba familiar. Los marinos solían llamar a aquel tramo del trayecto el
«Mar de las Yeguas», porque los caballos o bestias de carga que llevaban se
mareaban invariablemente, se desbocaban y podían crear problemas La flota se
plantó en Tenerife el 26 de septiembre. Algunos autores aducen que fue una
travesía francamente corta, señal de que los navíos eran buenos o el viento muy
favorable. No es buen argumento: la mayoría de los barcos hacían el trayecto en
seis o siete días.
La detención en Canarias, al contrario de lo que se había hecho en
Sanlúcar, fue francamente breve. Pigafetta dice que recalaron en Tenerife tres
días y medio. Eso sí, como curioso cronista, se informó todo lo que pudo acerca
de las islas, y de sus leyendas. Una de ellas es tan llamativa como
absolutamente incierta. Pretende que en Canarias no llueve nunca, pero existe
un árbol maravilloso que proporciona agua. A mediodía «desciende de los cielos
una nube que rodea al árbol, y éste destila agua», para bien de los sedientos
isleños. La leyenda es un disparate, pero no es original de Pigafetta, porque
está copiada de Plinio.
Dejaron los expedicionarios Santa Cruz de Tenerife para dirigirse al
puerto de Monterroso, en la misma isla, donde esperaban la arribada de una
carabela, que, efectivamente, llegó a su tiempo, se dice que portando una buena
cantidad de pez, útil para calafatear los barcos cuando hiciera falta. ¿Es que
no llevaban ya la cantidad suficiente? ¿A cuento de qué esta carabela, que
parecía objeto de una cita convenida? También se habla de una carta más o menos
secreta que recibió Magallanes. Según Bergreen y otros autores, le advertía de
la presencia de navíos portugueses que pretendían apresarle y le aconsejaba
cambiar de ruta; para Lucena la carta procedía de su suegro Duarte Barbosa, que
le prevenía contra el descontento de algunos oficiales españoles, quizá especialmente
Juan de Cartagena, y de la necesidad de tener cuidado. El misterio sigue sin
resolver. Pudieron existir dos cartas, una o ninguna. Lo único cierto es que el
comportamiento de Magallanes tendió a hacerse todavía más desconfiado.
§. La travesía del Atlántico
Al fin la flota se hizo a la mar el 3 de octubre de 1519. Los viajeros no
volverían a pisar tierra hasta pasados dos meses y medio. La ruta prevista, de
acuerdo con las instrucciones reales y el plan anunciado con anterioridad,
consistía en navegar hacia el suroeste, de las Canarias a Brasil, eludiendo en
lo posible la zona de influencia portuguesa para encontrar cuanto antes la
española, y costear por lo que hoy son Uruguay y Argentina, hasta encontrar un
estrecho que nadie había visto hasta entonces, pero que Magallanes estaba
radicalmente seguro de que tenía que existir. Ahora bien, la ruta seguida por
el capitán general, y que tuvieron que aceptar todos no fue la del suroeste,
sino la del sur, siguiendo, como los portugueses, la costa de África. ¿No era
la más peligrosa de todas? ¿No era, además, incumplir el plan establecido? ¿O
es que las informaciones recibidas por Magallanes le revelaban que los
lusitanos le estaban esperando precisamente en la «ruta española», y quiso despistarles?
El hecho extrañó sobremanera a los restantes mandos de la flota, pero
Magallanes era de los que no están acostumbrados a dar explicaciones.
Iban, empujados por los vientos constantes del norte, cruzando el banco
sahariano, famoso todavía hoy por su abundancia en pesca. Sabido es que los
peces escogen las aguas frías no porque disfruten más con las bajas
temperaturas, sino porque esas aguas son más ricas en nutrientes. La corriente
fría de Canarias, que llega hasta la zona de Cabo Verde, procede de una
corriente submarina que al tropezar con la costa africana se ve obligada a
subir; en este movimiento, arranca materia del fondo, que contiene pequeños
seres orgánicos que son los preferidos de los peces. Pigafetta, siempre curioso
y atento a todas las novedades, nos cuenta admirado que desde los barcos se
veían «pescados apiñados en tan gran cantidad, que parecían formar un banco en
el mar». Exagera sin duda un poco, pero es cierto que los peces constituyen un
«banco», y que entonces, sin apenas pescadores, su densidad era sin duda mucho
mayor que hoy.
Pero aquella ruta, que no llevaba a América, extrañó a más de uno, y
hasta se temió una añagaza de Magallanes. Parece que alguno preguntó «si no les
llevaban a tierra de moros». El más molesto fue el director conjunto de la
expedición, Juan de Cartagena, que un día preguntó al jefe supremo por qué se
había desviado de la ruta prevista en el plan de navegación. La respuesta de
Magallanes fue seca y terminante: «seguidme y no hagáis más preguntas». Tal vez
el gran navegante tenía sus razones, pero no quiso explicarlas. Sánchez Sorondo
llega a cuestionarse si Magallanes pretendía un choque frontal con su segundo,
para buscar un motivo que le permitiera degradarlo y dejar en claro quién
mandaba en la flota. Magallanes no toleraba competidores, y se sentía dueño de
la situación, porque era el único que sabía ciertamente a dónde iba —¡o creía
saberlo!—, mientras que Cartagena, que navegaba en la San Antonio y
teóricamente la comandaba, era un caballero distinguido y culto, pero no
entendía ni palabra de navegación. Sin embargo, Cartagena era un hombre de
buena alcurnia, el de más alto rango social de los expedicionarios, y no
entendía de humillaciones. El choque era inevitable. Una tarde, su «salve»
omitió una palabra esencial: «sálveos Dios, señor capitán e maestre, e buena
compaña». Magallanes se sintió indignado ante semejante falta de respeto, y
exigió inmediatamente que se le tratase como capitán general. Se dice —estos
diálogos no los conocemos sino por testimonios indirectos— que Cartagena
anunció que en adelante gritaría la «salve» un grumete. Pronto dejó de saludar
de ninguna manera. La ruptura había alcanzado un grado definitivo, y nadie
sabía a dónde podía llegar, o qué consecuencias se derivarían de ello en la
marcha de la expedición.
Entretanto, los barcos cruzaron, siempre rumbo sur, entre Cabo Verde y
sus islas, y mantuvieron el costeo de la enorme panza de África hasta el cabo
Palmas y Sierra Leona. ¿Hasta dónde iban a llegar? ¿Es que se disponían a
adentrarse en el golfo de Guinea? Qué locura si se mantenía semejante ruta. Al
fin, cuando ya navegaba frente a la costa de Sierra Leona, Magallanes hizo
virar al oestesuroeste, y puso proa a Brasil. Con indiferencia de la finalidad
psicológica o de los posibles motivos de fondo de aquella maniobra, cabe
preguntarse por el acierto o el error de aquella derrota. Aspecto positivo:
había navegado hacia el sur siempre con viento favorable y a buena velocidad.
Se encontraba a solo ocho grados del ecuador, y para llegar a América le
bastaba atravesar justo la franja más estrecha del Atlántico, aquella en que el
saliente brasileño apunta hacia el extremo del vientre africano. Brasil y
África se tocaron una vez, hace más de cien millones de años, formando parte de
un antiguo continente, llamado Gondwana. Wegener ideó la teoría de la deriva de
los continentes al darse cuenta de que ambas partes, Sudamérica y la costa
central africana «coinciden» casi perfectamente, como piezas de un
rompecabezas. Hoy no se admite la teoría de la deriva continental, sino el
desplazamiento de las placas tectónicas; pero para los efectos viene a ser casi
lo mismo. Todavía hoy Sudamérica y África siguen separándose varios centímetros
por siglo. El tramo más estrecho de esa S gigantesca que dibuja el Atlántico se
encuentra justamente entre el cabo Palmas en Liberia y la punta Natal, en
Brasil. Pero no es tan fácil llegar a vela entre esos dos puntos relativamente
cercanos. Y aquí radica el aspecto negativo: la flota magallánica tenía ahora
que afrontar la zona de calmas chichas y la de las tormentas de la convergencia
intertropical justo en su peor momento. Tardaría tres veces más en hacer aquel
trecho que lo que había necesitado para llegar de las Canarias al cabo Palmas.
Las calmas ecuatoriales fueron enervantes. Ya habían desesperado a Colón
en su tercer viaje, cuando temió perder sus navíos agrietados por un calor
ardiente, sin poder avanzar. Lo mismo ocurrió diecinueve años después a
Magallanes, en un trecho todavía más desfavorable. Según el cronista Herrera,
las calmas duraron veinte días. Y cuando al fin tornó a soplar el viento, lo
hizo en rachas violentas, y casi siempre en dirección contraria a la que
convenía. Era preciso arriar las velas, mantenerse al pairo y esperar vientos
favorables. Parece que solo tuvieron que sufrir una tempestad fuerte, pero
caían las lluvias, mientras las rachas eran molestas e intermitentes. El tiempo
transcurría casi en vano. Terminó el mes de octubre, avanzaba noviembre, y la
flota apenas se había movido. Magallanes, previsoramente, ordenó el
racionamiento de los víveres, con el descontento consiguiente de las
tripulaciones. ¿No llevaban vituallas suficientes para dos años? De pronto, se
había llegado a una situación de desconfianza, en que se palpaba el malhumor de
la gente y el temor creciente ante un futuro incierto. Muchos pensaban en un
error a la hora de elegir ruta. ¿Cuándo llegarían aquellos inquietos navegantes
a las costas americanas?
El nerviosismo general quedó potenciado por la tensión eléctrica. Los
barcos estaban atravesando la zona de convergencia intertropical, que entonces
derivaba hacia el sur. Sepamos o no sepamos en qué consiste esa zona, todos
hemos visto en los mapas del tiempo tomados por satélite, cuando se nos ofrece
un panorama de casi todo un hemisferio, una franja extensa y vigorosa de nubes
que abrazan gran parte de los océanos y hasta de los continentes, al norte del
ecuador durante el verano boreal, al sur durante el verano austral. Se levantan
enormes nubes tormentosas justamente allí donde cae el sol a plomo. Estas
franjas de nubes arracimadas pueden producir lluvias torrenciales, y en
determinados casos ciclones, tifones y tormentas tropicales.
Pigafetta, siempre expresivo, cuenta que «así tuvimos que navegar
durante sesenta días de lluvia, con los mástiles desnudos a merced del viento».
Y lo más enervante de todo era, junto con el calor tórrido, la fuerte tensión
eléctrica. Con frecuencia lucían en lo alto de los mástiles los «fuegos de San
Telmo». Muchos marinos conocían ya el fenómeno, que para el cronista italiano
debió ser un espectáculo casi sobrenatural. Recuerda con espanto «una antorcha
encendida en lo alto del mástil» de la Trinidad, que duró horas y horas. Y
exagera la intensidad de su luz blancoazulada, ante la cual «quedamos como
ciegos». No es tanto, en realidad. Los fuegos de San Telmo, interpretados por
unos como signo ominoso, y por otros como una señal intercesora del santo, y por
consiguiente promesa de salvación, impresionaron por espacio de siglos a los
marinos que cruzaban zonas de tormentas eléctricas, y especialmente en aguas
tropicales. Están provocados por un fuerte diferencial de la tensión, y se
originan en una zona de aire ionizado en torno a un objeto puntiagudo: se han
visto «fuegos» de este tipo en pararrayos, en postes elevados, en el extremo de
las alas de los aviones, y hasta dicen que en la cornamenta de los ganados, sin
que las reses sufran daños por eso. Estas chispas que parecen aletear no son en
sí peligrosas —en el fondo, contribuyen a descargar la tensión—, pero tienen
algo de fantasmagóricas cuando se las contempla en la oscuridad de la noche.
¿Es de extrañar que aquella situación hubiese provocado entre los tripulantes
de los cinco barcos una peculiar sensación de desasosiego?
La tormenta estalló también de otra manera, aunque pudiera estar
relacionada indirectamente con el ambiente caliginoso de aquellos días.
Aprovechando una de esas calmas chichas, en que los navíos estaban casi juntos,
Magallanes convocó un consejo general. Al parecer iba a tener lugar la
conferencia prevista por las ordenanzas reales, que hasta entonces no se había
cumplido. El pretexto, fingido o no, era juzgar a un grumete acusado de delito
de sodomía. En aquellos tensos momentos los ánimos estaban fuertemente
agitados. Pronto salió a relucir el tema que muchos estaban dispuestos a
discutir. ¿Por qué no se había seguido el rumbo previsto? ¿Qué decisión había
metido a los navíos en inesperados peligros? El más airado de todos era Juan de
Cartagena, que ya había roto de hecho con Magallanes. Cuando protestó por las
alteraciones realizadas sin consulta previa, el capitán general insistió en que
la toma de rumbo era cosa que solo a él le correspondía. Cartagena recordó su
condición de «adjunta persona» y de alto oficial real. La discusión se
generalizó hasta que Magallanes, en un momento dado, decidió dramáticamente
jugarse el todo por el todo. Aquella jugada podía costarle muy cara o asegurar
para siempre su autoridad. De un salto, puso sus manos sobre los hombros de su
contrincante, y dijo con voz firme: «daos preso». El golpe resultó. Todos
pudieron quedar asombrados, pero no hubo resistencia, ni siquiera que sepamos
por parte del propio Cartagena. Fortalecido psicológicamente por su éxito,
Magallanes ordenó ponerle un cepo en los pies y grilletes en las manos. El
segundo de la expedición —o codirector, según se quiera interpretar— quedaba
detenido de la forma más infamante. Solo más tarde los oficiales españoles
alegaron que un hidalgo no podía ser sometido a semejante trato, y hasta hubo
quien se ofreció a ser colocado en su lugar en el cepo. El capitán general pudo
entonces permitirse el rasgo de parecer condescendiente, y ordenó que quitasen
los grillos. Cartagena fue trasladado como simple preso a la Concepción. El
mando de la San Antonio fue entregado a Alonso de Coca.
Había terminado la competencia, y aquella especie de puñetazo sobre la
mesa deparó a Magallanes una autoridad indiscutible y de hecho por un tiempo
indiscutida. La tensión sorda no amainó por eso, pero tardaría en volver a
manifestarse.
§. El reconocimiento de América del Sur
El viento al fin refrescó, y el 29 de noviembre la flota vio un cabo
—probablemente el de San Agustín— que señalaba la costa brasileña. Aquí empezó
a tomar sus anotaciones Francisco Albo, y desde entonces resulta más fácil
recomponer la ruta. Magallanes, con todo, no quiso tomar tierra en la zona
concedida a Portugal, para evitar cualquier incidente. Era absolutamente humano
que después de más de dos meses de difícil y tensa travesía atlántica, la gente
deseara con toda el alma tomar tierra, siquiera por una jornada; pero las
órdenes son órdenes. Siguieron la costa, casi siempre invisible, a cierta
distancia, hacia el suroeste; después doblaba todavía un poco más al oeste, a
partir de cabo Frío. ¿Era posible que estuviera cerca el paso que tanto se
deseaba? Magallanes lo hacía un poco más lejos, pero no podía desperdiciarse el
menor indicio. El 13 de diciembre llegaron los barcos a una amplia bahía,
hermosa, rodeada de pintorescas montañas y bellas islas. Era un paraje encantador,
—se pretende que uno de los más encantadores del mundo—, y aquí la gente no
pudo resistir más. El capitán general dio permiso para desembarcar. ¡Al fin
tierra, después de setenta días de navegación ininterrumpida! Era la bahía de
Guanabara, un nombre que aún se conserva; aunque el 1º de enero de 1502 el
navegante portugués Nicolás Coelho, que ya había estado con Cabral en el
descubrimiento de Brasil, llegó a aquella bellísima bahía, y la llamó Río de
Janeiro (de enero), otro nombre hoy igualmente conocido. Allí, según el relato
de Ginés de Mafra, había estado alguien más, Joâo Lopes Carvalho, que había
entrado en la bahía en 1511... y hasta allí había tenido un hijo de una mujer
indígena. Ahora Carvalho era piloto de la Concepción, y se dice que fue él
quien instó a entrar en aquel espléndido puerto. Por cierto que el hijo
apareció, convertido en un niño mestizo de ocho años: y naturalmente, también
apareció la mujer. Aquel encuentro, que tenía en el fondo algo de entrañable —y
es de suponer que de efímero— parece que influyó en la cordialidad de los
naturales con los recién llegados. Por si fuera poco, aquellos días llovió,
después de una larga sequía: otro supuesto regalo de los navegantes, que fue
igualmente agradecido. Falta hacia: llegaban las lluvias de verano, que son en
Río más frecuentes que las de invierno.
En fin, aquel rincón del mundo fue siempre un lugar deleitoso, y los
tripulantes lo disfrutaron más de todo lo que se puede imaginar. Por unos días,
los marineros imaginaron encontrarse en el paraíso. Los indígenas, de la
familia tupi-guaraní, se mostraron francamente obsequiosos. Pigafetta probó un
plato de mijo «que ellos llaman maíz» (es curioso, los españoles hemos tomado
el nombre de los naturales, mientras los brasileños siguen diciendo «milho»). Y
algo que los europeos no conocían en absoluto, papas o patatas, «nombre que dan
a ciertas raíces que tienen más o menos la forma de nuestros nabos y cuyo gusto
se aproxima al de las castañas»: es de suponer que Pigafetta probó patatas
crudas. Allí encontraron abundante alimento, amén de frutas, aves, carne,
pescado, y una provisión nueva de agua fresca. Se habían acabado los
racionamientos. Por otra parte, los expedicionarios hicieron magníficos
negocios con los naturales: por un anzuelo o un cuchillo, obtenían cinco o seis
gallinas, por un peine dos gansos, por un espejo o unas tijeras, pescado para
diez hombres. Otra moneda que los indígenas aceptaban con gusto eran los
naipes. Especialmente por un as de oros daban lo mismo que por un espejo.
Pigafetta dice que aquellos hombres viven entre 120 y 140 años. ¿Exageración
del vicentino, o es que como aquellos hombres contaban por medio de guijarros,
es posible que amontonaran demasiados? Lo cierto era, según lo visto, que en la
misma casa vivían los hijos, los padres, los abuelos y los bisabuelos. Tampoco
son demasiado creíbles otras afirmaciones, como la que cuenta la existencia de
pájaros que no tienen patas.
En fin, los más de doscientos navegantes pasaron unas Navidades
maravillosas. Eso sí, algunos se quejaban del calor, porque el sol caía a
plomo, como no había ocurrido en las regiones ecuatoriales. Estaban a 23º sur,
según midió puntualmente Francisco Albo, y justamente en los días del solsticio
del verano austral. Pero en una expedición como aquella no se podía estar
demasiado tiempo en el paraíso. La aparición de una flota portuguesa en tan
apetecible bahía podía producirse en cualquier momento, y la expedición de
Magallanes hubiera fracasado. Quizá el capitán general hubiese sido ahorcado
por traidor. Zarparon de Río de Janeiro el 27 de diciembre. El 31 recalaron en
la bahía de Paraguaná. La exploraron con cuidado, porque todavía se encontraban
en la zona de influencia portuguesa.
Todo cambió en los primeros días de 1520. La costa, hasta entonces
montañosa, se hacía más baja, y derivaba cada vez más al Oeste. Podía ser el
entrante que se buscaba. Y Carvalho, el único que había navegado por Brasil y
al que por esa causa se concedía crédito, opinaba que ya no se encontraban
lejos del estrecho. Estaban penetrando en el mar del Plata, la más fuerte
escotadura de la costa de América del Sur. Forma un enorme triángulo entre los
países que hoy se llaman Uruguay y Argentina, y tiene una longitud de 300
kilómetros. En la desembocadura de los dos grandes ríos Paraná y Uruguay su
ancho no pasa de tres kilómetros, y las costas se van abriendo hasta distar una
de otra unos 280. Como es sabido, aquel enorme golfo había sido explorado cinco
años antes por Solís, que no había hallado paso hacia otro océano, y sí la
muerte a manos de los guaraníes. Magallanes y otros muchos de la expedición lo
sabían también, como que llamaron a aquel mar cada vez más dulce «mar de
Solís». ¿A qué explorarlo de nuevo ahora? Magallanes, ansioso como nadie de
hallar el paso entre dos mares, tenía dos razones, no muy fuertes, pero
aceptables. Primera: en el globo de Behaim —si es el que le había inspirado— se
dibujaba un entrante muy significativo hacia aquella latitud —digamos 35 grados
sur—, que podía representar una cesura en las costas del Nuevo Mundo. Segunda:
a Solís se lo habían comido los indios antes de que pudiese demostrar con
absoluta seguridad que no había salida. Era preciso aprovechar todas las
posibilidades. Motivos para opinar en contra: el mismo Solís había bautizado
aquel lugar como «Mar Dulce»; y efectivamente, las aguas perdían salinidad
conforme se penetraba en aquel enorme golfo. Todo hacía suponer la
desembocadura de un gran río: (realmente son dos grandes ríos, el Paraná y el
Uruguay), ríos caudalosos, que aportan cada año millones de toneladas de barro
fino, y hacen crecer varios metros el delta. Hoy las fotos desde satélite nos
muestran el Río de la Plata como una masa de agua terrosa. No solo la disminución
progresiva de la salinidad, sino aquel color turbio, tan distinto del azul
habitual, obligan a admitir que el mar se va convirtiendo cada vez más en río.
¿Cómo Magallanes no fue consciente de ello? Era tan tenaz y propenso al
autoconvencimiento como Colón —aunque más bronco y guerrero que él—, y
necesitaba comprobarlo todo hasta agotar la última posibilidad. Cometió un
error, no cabe duda: eso es fácil decirlo a estas alturas.
El 8 de enero de 1520 los navegantes se encontraban ya frente a lo que
hoy es la estación veraniega más conocida del Uruguay, Punta del Este, ya
claramente en aguas de jurisdicción española. Francisco Albo, que nos
proporciona en este punto más detalles que Pigafetta, denomina a este paraje
cabo de Santa María. Por lo demás, «la tierra es arenosa», menos acantilada que
la brasileña. Solo el 10 de enero vieron «una montaña como un sombrero, al cual
pusimos el nombre de Monte Vidi». Es la primera versión que tenemos de
Montevideo[2] . De acuerdo con el texto de Albo que acabamos de citar, el nombre
se lo pusieron los propios hombres de Magallanes. Y la explicación más lógica,
aunque no pase de conjetura, es la de que el vigía de la cofa era portugués, y
dijo algo así como «monte vide eu» (he visto un monte). Los uruguayos siguen
discutiendo la etimología del nombre de su capital. Como en una corrección al
manuscrito de Albo se dice que el lugar se llama Santo Vidio (por san Ovidio,
obispo de Braga), esta es otra posibilidad. O se ha barajado una derivación de
la palabra «vidi» de los guaraníes. No hay motivos para considerar a Albo un
mentiroso, pero más vale que no entremos en discusiones. Lo único que debe
interesarnos es que el 10 de enero de 1520 los expedicionarios de Magallanes
estaban ante lo que hoy es Montevideo.
Siguieron navegando hacia el oeste. Días más tarde se encontraban frente
a una punta donde posiblemente se alza hoy Colonia del Sacramento, donde la
costa hace una fuerte escotadura. Posiblemente fue allí donde vieron un grupo
de indios que gritaban, tal vez charrúas. Uno de ellos, según el
sensacionalismo de Pigafetta, era «un gigante con voz de toro». Parecían decir
algo a los españoles, y Magallanes destacó un grupo de marineros: «para no
perder ocasión de hablarles, y de verlos de cerca, saltamos a tierra cien
hombres..., pero escaparon a enormes zancadas...». No hubo forma de
alcanzarlos. Tal vez los desembarcados aspiraban a tener noticias de un paso
entre dos mares, por más que no hubo forma de conseguirlas. Más allá comenzaba
una tierra de hombres muy guerreros, y las dificultades de entendimiento
crecieron.
Una tempestad, posiblemente la típica «surestada» del Mar del Plata, o
tal vez una fuerte tormenta, como en aquellos parajes son frecuentes en verano,
obligó a los barcos a resguardarse y esperar unos días. Magallanes, con todo,
quería cerciorarse hasta el extremo sobre la desembocadura de aquel golfo.
Desde el punto que habían alcanzado, la anchura entre las dos orillas
disminuía, y la profundidad se hacía cada vez menor. Se destacaron las naves
más ligeras, la Victoria y la Santiago, mientras las demás esperaban o
exploraban la costa sur. Los que habían descubierto el lugar donde se alzaría
Montevideo descubrieron más tarde aquel donde se alzaría Buenos Aires. Desde
poco más allá ya se divisaban una a otra las dos costas opuestas. La Santiago
disfrutó del privilegio que le otorgaba su menor calado, y fue introduciéndose
cada vez más en el estuario. Los marineros fueron sondeando el fondo: cuatro
brazas, tres brazas, al fin solo dos brazas. Hasta que la Santiago encalló. Era
de prever. Se abrió una vía de agua, y hubo que repararla. El río, ya de agua
completamente dulce, doblaba hacia el norte: era indudablemente el Uruguay.
Veinte días se habían desperdiciado en la exploración del estuario.
Siguieron la costa hacia el sureste, ya sin esperanzas de encontrar el
paso. Era una costa baja, en la que desembocaban algunos ríos, procedentes de
lagunas interiores, pero sin la menor posibilidad de que abrieran camino a otro
mar. Doblaron la punta Piedras, y se encontraron con una nueva bahía amplia, la
de Samborombón, ya frente al mar abierto. No había ningún estrecho ni nada que
permitiese adivinarlo. El 6 de febrero salieron definitivamente del río de la
Plata y continuaron viaje hacia el sur, tal vez bastante desalentados. Había
que seguir adelante, pero ya nadie sabía si la expedición iba a obtener ningún
resultado útil. O quizá solo lo esperaba un hombre tan indesmayable como
Magallanes.
§. Más allá de lo conocido
A partir de aquel momento, los cinco navíos comenzaron a surcar un escenario
histórico absolutamente desconocido. Al estuario del Plata había llegado Juan
Díaz de Solís. Posiblemente también Sebastián Caboto y Américo Vespucci, ambos
al servicio de España. Pero al sur de Punta Piedras no había navegado jamás
barco de vela alguno, ni español, ni europeo ni de ninguna otra parte del
mundo. La aventura cobraba todo el misterio de lo absolutamente nuevo. Los
barcos navegaban hacia el sureste frente a una costa baja y por lo general
monótona. Cuando hacía falta, se aproximaban a tierra, para explorar la
posibilidad de una abertura; por lo general, preferían costear a bastante
distancia, para evitar bancos de arena o la posibilidad de encallar en un mar
de escasa profundidad. El 9 de febrero, Francisco Albo mide la latitud y
denuncia la existencia de «muchos fuegos», es decir, de hogueras encendidas por
los indígenas. Ningún otro detalle llama la atención de los navegantes.
Hacia el 12 o 13 de febrero, doblaron el cabo Corrientes, un saliente
rocoso cerca de la actual ciudad de Mar del Plata (que ya no está en el Plata);
a lo lejos, desde el mar, podían divisar la lejana silueta azulada del Tandil,
el primer perfil montañoso que divisaban desde las costas del Brasil. Superado
el cabo, vieron con cierta esperanza que la costa dobla al suroeste, después ya
claramente al oeste, hacia el gran entrante de Bahía Blanca. ¿Estaría allí el
final del Nuevo Mundo? ¿Habría paso libre hacia el océano donde se encuentran
las verdaderas Indias? Magallanes hacía explorar todos los accidentes de la
costa, y durante un tiempo, para evitar cualquier accidente, los barcos
fondeaban de noche y reanudaban el reconocimiento al alborear el día. De pronto,
sobrevino una tempestad, que dispersó los navíos y aconsejó meterlos en alta
mar, para evitar el peligro de que se estrellasen contra la costa. No volvieron
a ver tierra en tres o cuatro días. Y cuando lo hicieron comprobaron que el
litoral seguía extendiéndose hacia el oeste. No parecía sino que allí se
acababa América del Sur, y se abría un amplio paso libre hacia el país de la
Especiería. Los motivos de optimismo eran allí mayores que en el Río de la
Plata. No solo la prolongación de la costa hacia el oeste era tan profunda o
más que en el estuario descubierto por Solís, sino que en esta ocasión no
existía una orilla frontera. Aquello no era el estuario de un río, sino una
inflexión de la costa sudamericana hacia el oeste. Una inflexión que tenía todos
los visos de ser definitiva. Por desgracia, si tal era lo que esperaban los
expedicionarios, se equivocaban tanto como los portugueses que setenta años
antes costeaban la orilla del golfo de Guinea pensando que allí terminaba
África.
El entrante de Bahía Blanca es el más profundo de toda la América del
Sur, más extenso incluso que el Río de la Plata. Es un golfo abierto, cuyo
recodo final no se ve hasta el último momento. Hacia el 20 de febrero llegaron
nuestros navegantes hasta el recodo. Altas montañas, la sierra de la Ventana,
se distinguían a distancia hacia el norte. Por el oeste, la tierra se cerraba
de nuevo: América no terminaba allí, seguía prolongándose hacia el sur. Pero
aún había esperanzas: una escotadura, que podía ser un estrecho, se adentraba
en tierra. Magallanes quiso ser prudente; la entrada parecía angosta, y se
veían varias islas bajas, propensas a un encallamiento. Soplaban vientos
fuertes, propios ya de la Patagonia, y la temperatura, como si el otoño se
adelantase a aquellos días finales de febrero, era ya fresca. Al fin, tal vez
el 22 de febrero, se adentraron en aquel golfo (justo allí se alza hoy el
puerto de Bahía Blanca,) «y vieron todo cerrado», anuncia el manuscrito del
piloto genovés. Es decir, no había estrecho, ni allí, ni un poco más abajo,
donde está la desembocadura del importante río Colorado, que aporta aguas
procedentes de los Andes a aquella tierra más bien seca y un tanto desolada.
Hubieron de seguir hacia el sur, evitando islas molestas y costas con
frecuencia pantanosas. ¿Hasta dónde iba a continuar la terquedad de aquel
continente, que como una barrera se prolonga más que ningún otro del mundo
hacia latitudes australes? Se encontraban ya a 40º sur, y no se divisaba la
posibilidad de un paso. La tierra seguía siendo baja y con frecuencia
marismática —Bahía Anegada—, pero salvo algunos ríos, no existía entrante
alguno hacia el interior. El estrecho, sin embargo, aseguraba Magallanes, tenía
que existir, aunque ya no se atrevía a asegurar en qué latitud. Tal vez el
ánimo de las tripulaciones iba disminuyendo, a la vez que la desconfianza en
aquel hombre tan firme en sus convicciones como Colón, pero de carácter más
duro y menos dispuesto a dar explicaciones; la verdad es que en ninguno de los
pocos relatos directos que poseemos existe un testimonio claro de un
descontento que acabaría estallando un día de repente, pero que pudo y hasta
debió de irse incubando a lo largo de aquella costa baja, de fuertes vientos
—más que de mal tiempo propiamente dicho— y carente de mayores perspectivas.
Después de un cabo de tierras bajas —hoy Punta Rasa— pudieron navegar al
suroeste, y una jornada después otro cabo más elevado —Punta Bermeja— abría la
costa hacia el oeste: ¡otra vez la esperanza! La verdad es que la orla
atlántica del cono sur americano está formada por una serie de entrantes
sucesivos, desde el mismo Río de la Plata en adelante, pero una y otra vez
niega el paso definitivo. Llegaron los navegantes a un amplio golfo, que ahora
se llama golfo de San Matías, y allí, según relato de un piloto portugués,
«estuvo a punto de perderse la nao capitana», no sabemos si por un golpe de mar
o por una mala maniobra cerca de la costa: lo cierto es que Magallanes la
llamó, quizá por este motivo, «bahía de los Trabajos». Ciertamente el golfo de
San Matías es famoso por sus mareas, que alcanzan desniveles de siete metros y
más, y las corrientes tuvieron tal vez que ver con el percance. (Tan fuertes
son las mareas, que en algún punto cercano se ha proyectado construir una
central mareomotriz: hasta el momento no se ha realizado el proyecto por la
oposición de los ecologistas). Los navegantes de Magallanes no encontraron
salida alguna, y al final tropezaron con un gran saliente de tierra, que los
desengañó por completo, y que es hoy la famosa Península Valdés. Famosa por la
abundancia de ballenas que se acercan a sus costas, sobre todo en la primavera
(septiembre a noviembre). Hay quien ha llegado a contar hasta quinientas en un
día. La Península Valdés es ahora uno de los atractivos turísticos más solicitados
de la costa atlántica de América del Sur. Los curiosos no solo pueden ver
ballenas, sino cachalotes, orcas, delfines, lobos marinos (o leones marinos),
aves de todos los plumajes, y sobre todo los graciosos pingüinos, que forman
abundantes colonias. Vale la pena acudir a aquella península (los argentinos
dicen simplemente Península) para admirar tan gran variedad de animales
antárticos, la mayoría de los cuales no son frecuentes o son totalmente
inexistentes en nuestras latitudes.
Los marinos de la flota de Magallanes no eran turistas, y apenas nos dan
noticias de aquellos animales tan distintos a los que ellos conocían. Sin
embargo en la Trinidad viajaba un turista puro, curioso por todo lo exótico que
pudiera encontrar, y es él quien nos cuenta: «vinimos a dar con dos islas
llenas de ocas y de lobos marinos —escribe Pigafetta—. El número de ocas es
mayor de todo lo que se pueda contar. En una hora abarrotamos los cinco navíos.
Estas ocas son negras, y tienen el cuerpo cubierto de plumitas, pero no pueden
volar. Su pico es como el de un cuervo, y viven del pescado». No hace falta
precisar que tales «ocas» son pingüinos, que seguramente los hombres blancos
veían por primera vez. A Pigafetta le llamó la atención su aspecto, su gregarismo,
su andar patoso y simpático, sus finas plumas y su pico prominente. Como aves
pescadoras, nadan mucho mejor que andan. Nos cuenta que llenaron las naves, tan
fáciles de cazar eran aquellos «pájaros bobos» que no huían del hombre; pero no
nos dice que como alimento no rindieron a sus captores tanto como imaginaban,
porque su sabor es casi tan salobre e ingrato como el de las gaviotas, aparte
—eso sí nos lo cuenta Pigafetta— de que resultaban muy difíciles de
despellejar. «En cuanto a los lobos marinos, los hay de diversos colores,
gordos como terneros [...]; orejas pequeñas, largos dientes; no tienen patas,
sino unos pies que les arrancan del mismo cuerpo, parecidos a nuestras manos
[...]; resultarían ferocísimos si pudieran correr. Nadan y se alimentan de
peces». Los lobos o leones marinos —confundibles entre sí para un no experto—
son enormes mamíferos pinnípedos, que tienen un peso de hasta trescientos
kilos, y un aspecto monstruoso que Pigafetta describe muy bien. Como los
pingüinos, nadan ágilmente y andan muy mal; arrastrándose sobre sus aletas: de
aquí que en tierra sea fácil eludirlos, pero en cambio son peligrosísimos en la
mar. No tenemos noticias de que los expedicionarios hayan cazado ninguno.
Pigafetta no nos habla de las ballenas, cuya abundancia no hubiera dejado de
llamar su atención; pero el otoño —estaban ya en el mes de marzo— no es época
de apareamiento, y las ballenas suelen preferir en verano y en otoño aguas más
australes donde abunda el krill —diminutos crustáceos— que les sirve de principal
alimento.
Después de la Península Valdés encontraron los navegantes otro seno
—Golfo Nuevo—, también abundante en animales raros y liebres patagónicas, pero
tampoco dieron con la salida que buscaban. La empresa se estaba haciendo
infinitamente más laboriosa de lo que habían supuesto, la navegación era a
veces difícil por los bajíos y las islas, el viento de Patagonia soplaba
siempre con fuerza, las corrientes eran contrarias y el frío, sin ser todavía
insoportable, iba aumentando. El europeo que llega por la costa argentina a
latitudes de 40º equivalentes a las de Madrid , Lisboa o Valencia, se extraña
del frío que hace, y ya en los 50º, a la altura equivalente de París o Londres,
se siente en regiones antárticas, como si el polo estuviese más cerca, que
realmente no lo está. Ocurren dos hechos complementarios, aunque contrapuestos
en sus consecuencias. Los europeos están —o estamos— acostumbrados a la
influencia templada de la Corriente del Golfo, que eleva la temperatura de las
costas de España, Francia, Inglaterra, Escandinavia, de tres a cinco grados por
encima de los normales para su respectiva latitud; por su parte las zonas del
cono sur americano están relativamente cerca de ese frigorífico inmenso que es
la Antártida, y por si fuera poco en la mar impera una corriente fría, de
suerte que Patagonia siente una temperatura mucho más baja que Francia, aunque
ambas se encuentren a la misma distancia del polo. Con todo, no es que nuestros
navegantes estuviesen sometidos a un frío como el que tuvieron que padecer Amundsen,
Scott, Ross o Shackleton en la Antártida. Lo que ocurre es que la mayoría de
ellos estaban acostumbrados a mares tropicales, y ante temperaturas de catorce
grados centígrados sentían frío, y tal vez ni siquiera llevaban ropas de
abrigo. El hecho de que se quejen del frío, una y otra vez, en lugares donde
habitualmente no lo hace (se quejarán de nuevo de frío en el cabo de Buena
Esperanza) es significativo. Y aunque en la travesía del Estrecho verían
glaciares y montañas nevadas, la temperatura que hubieran podido medir los
termómetros en la cubierta de sus barcos —en pleno verano austral— no parece
haber alcanzado nunca a los cero grados centígrados.
El enorme golfo de San Jorge, de más de cien kilómetros de amplitud, no
ofreció grandes esperanzas de encontrar la abertura esperada. La costa es más
bien acantilada, sin cesuras, excepto el lugar donde hoy se alza la ciudad de
Comodoro Rivadavia, base naval y zona de producción petrolífera, que nuestros
navegantes del siglo XVI no pudieron imaginar. El lugar estaba lleno de
pequeños cerros ariscos y playas en que abundaban más los pedruscos que la
arena. No valía la pena detenerse siquiera en aquella tierra de aspecto poco
acogedor. Remontado el cabo Tres Puntas, la costa seguía impertérrita su camino
hacia el sur. El 12 de marzo llegó, de acuerdo con el calendario juliano,
entonces vigente, el otoño austral. El estrecho seguía sin aparecer. Y los
vientos comenzaban a soplar del sur o del oeste, cada vez más frescos y a veces
molestos por sus rachas intermitentes. El río Deseado se llama hoy así porque
(aunque nace en un lago de los Andes) cruza una zona seca. Patagonia es ventosa
y fresca, con frecuencia se ven nublados de desarrollo horizontal, pero llueve
relativamente poco. Siguieron los exploradores una costa desolada, con algunas
mesetas y lomas, pero sin grandes alicientes. Hasta que el 30 de marzo llegaron
a un profundo golfo, resguardado por una estrecha boca. Se abría de nordeste a
sudoeste, y por tanto protegía bien frente a los vientos más destemplados.
Realmente eran dos golfos consecutivos, uno exterior abierto al mar, y otro
interior, separado del primero por un estrecho. En aquel golfo interior las
naves estarían absolutamente seguras de las más furiosas tempestades. Varias
islitas garantizaban aún más la seguridad. El lugar fue llamado por sus
descubridores Puerto de San Julián. Por supuesto, aquel sistema de bahías
tampoco conducía a ningún estrecho. Allí, el 31 de marzo, ante la sorpresa de
todos, decidió Magallanes detenerse y establecerse en régimen de invernada
durante seis meses.
Capítulo 4
Invernada y violencias
Contenido:
§. La rebelión
§. Los gigantes patagones
§. El Puerto de Santa Cruz y la pérdida de la Santiago
No es fácil explicarse —ni el responsable dio explicaciones— la causa
por la cual decidió el capitán general permanecer en aquel lugar cuando el
otoño recién llegado aún no amenazaba con hacer imposible la navegación. Se han
hecho toda clase de conjeturas, que no pasan de tales. Evidentemente, si no
aparecía el estrecho, en algún lugar había que quedarse para pasar el invierno.
Tal vez influyó la absoluta seguridad de aquel puerto, el mejor, en orden a una
dura invernada, que habían encontrado hasta el momento. Y no era seguro que
fueran a toparse con una bahía mejor acondicionada en adelante. Pigafetta oyó
decir a Magallanes que estaba dispuesto a llegar hacia el sur hasta el paralelo
75º, una latitud francamente temible, quizás incluso imposible de alcanzar en
pleno verano. Sería un disparate seguir navegando hasta aquel punto con días
cada vez más cortos, fríos progresivamente intensos y probables temporales de
invierno. Había que esperar, por ingrata que pudiera resultar la detención. Y
hasta no cabe descartar la posibilidad de que Magallanes estuviese al tanto de
una conspiración de parte de sus capitanes, y prefiriese afrontarla en
condiciones de poder plantear mejor una lucha por el poder.
En cuanto a los mandos y los marineros descontentos, se barajaban otras
soluciones alternativas, seguramente, por lo poco que nos ha trascendido,
cuando menos tres. Primera, seguir adelante, mientras fuera posible. Estaban
apenas a —50º. El tiempo no era malo del todo, y nada impedía suponer que el
deseadísimo estrecho estaba ya muy cerca: (¡realmente estaba muy cerca!). Y si
habían recorrido 15º durante cuarenta días, bien podían hacer diez en menos de
un mes: si no encontraban nada, darían la vuelta, y verían lo que convenía
hacer. Segunda: ya que se trataba de elegir un puerto de invernada, bien valía
la pena dar de momento la vuelta hacia el norte, en busca de latitudes más
templadas, allí donde fuese posible pasar un invierno benigno y encontrar mejores
refugios en tierra y abundante caza. Llegada la primavera, se decidiría si
convenía reanudar la aventura hacia aquel sur tan misterioso. Tercera: existía
la idea de que, si no aparecía el estrecho, cabía la posibilidad de atravesar
el Atlántico aprovechando los vientos constantes del oeste, rebasar el cabo de
Buena Esperanza, que solo está a 35º sur, y seguir hacia el extremo oriente,
sin molestar a los portugueses, hasta alcanzar el hemisferio español, y en él
las codiciadas Molucas. Era una alternativa que no rechazaba abiertamente el
rey Carlos, y que permitiría llegar hasta el final con relativa seguridad. Tal
vez era una de estas posibilidades la que pensaban presentar a Magallanes, más
o menos amistosamente, o en forma de conminación, los marinos descontentos.
Realmente nunca lo sabremos.
§. La rebelión
Se ha escrito mucho sobre la rebelión del Puerto de San Julián, y tal vez con
razón. Aquel hecho pudo marcar el éxito o el fracaso de la aventura, o
imprimirle un giro completamente distinto. Fue uno de los acontecimientos más
dramáticos de aquellos enloquecedores tres años, y para algunos de sus
protagonistas habría de terminar trágicamente. También se le puede considerar
un paréntesis triste, nada heroico por demás, en que se manifestaron algunas de
las debilidades de la naturaleza humana, la desconfianza, la doblez, la
traición, la crueldad. Los héroes tienen defectos como todos los seres humanos,
y en este sentido la rebelión del Puerto de San Julián es uno de los ejemplos
de que los protagonistas de la primera vuelta al mundo, a pesar de su decisión,
de su capacidad de sufrimiento, de su arrojo casi sobrehumano, demostraron ser
hombres al fin y al cabo. Pero por lo que puede tener de morboso y de
conspiratorio —por muy mal que conozcamos la interioridad de los hechos— es un
episodio que, debo confesarlo, no me gusta, tal vez porque no parece digno de
una gesta que por lo demás apenas suscita otro sentimiento que admiración. Por
ello, y aún muy lejos de la pretensión de esconder vergüenzas, que significaría
en cierto modo una traición a la historia, no deseo cebarme con todos los
detalles posibles en unos hechos que por su naturaleza parecen haber suscitado
una atención preferente en determinados narradores. Recordemos esos hechos,
porque necesitamos conocerlos, sin concederles con todo una extensión
desproporcionada y sin recrearnos en sus flaquezas; y procurando en todo caso
la prudencia exigible al historiador, puesto que muchas de las intenciones que
obraron detrás de esos acontecimientos no nos son bien conocidas.
Parece claro que desde tiempo antes se mantenía una tensión sorda entre
Magallanes y una parte de los mandos por el afán del capitán general de no
compartir el mando, no reunir como estaba previsto a sus subordinados a la hora
de tomar decisiones, ni anunciarles el rumbo que pensaba tomar. También, qué
duda cabe, por la prisión, en su forma un poco escandalosa, del director
adjunto de la empresa, Juan de Cartagena, detenido ahora en la Concepción, pero
probablemente cada vez más libre e influyente. La causa concreta de la rebelión
pudo ser la parada repentina en el Puerto de San Julián, poco explicable para
muchos, cuando aún podía mantenerse la exploración de la costa, o tomarse otras
decisiones tal vez más razonables; amén de un nuevo racionamiento de víveres,
que sentó explicablemente mal entre las tripulaciones. Lo que menos podía
desearse era perder el tiempo, no hacer nada durante seis meses, consumiendo
estúpidamente provisiones dedicadas a una larga navegación. Lo que más encocora
a un aventurero es detenerse y permanecer inactivo durante medio año.
La imprevista y posiblemente prematura invernada en San Julián parece
haber sido la gota que colmó el vaso; pero no faltan motivos para suponer que
la conjuración venía de antes, a juzgar por la rapidez con que se produjeron
los hechos. Una rebelión no se prepara de la noche a la mañana, y cabe suponer
que, al menos entre los más responsables hubo ya ciertos conciliábulos. El
hecho es que el día siguiente a la llegada, 1º de abril de 1520, era domingo de
Ramos. Magallanes ordenó que todos «saltaran a tierra» para asistir a misa, y
luego invitaría a comer a los capitanes en la Trinidad. Solo asistieron a misa
Álvaro de Mesquita, deudo de Magallanes y recientemente nombrado por el capitán
de la Concepción, y el que lo había sido de la San Antonio, Alonso de Coca,
nombrado precisamente por Magallanes. Los demás presentaron excusas por
enfermedad o alegando agotamiento. La situación no podía presentarse más
sospechosa. El deber de oír misa en una fecha tan solemne estaba por encima de
todos los cansancios. Y por si fuera poco, Coca se excusó después de la misa, y
solo comió con Magallanes Mesquita. Que había una conspiración estaba claro. La
inasistencia al banquete podía deberse a dos causas: que los conjurados ya
habían llegado demasiado lejos en sus planes o que temiesen una encerrona por
parte de Magallanes. Mesquita confirmó las sospechas de su jefe, pero no dio
detalles de lo que se tramaba, o porque no los conocía o porque no quería
comprometerse si la revuelta llegaba a triunfar. Algo más pudo saber Magallanes.
Cuenta Ginés de Mafra que una falúa que navegaba de una nao a otra «perdió el
rumbo» y fue a dar a la Trinidad. ¿Tan difícil es perder el rumbo en una bahía
segura?¿Fue más bien un extravío deliberado? El hecho es que los extraviados
fueron muy bien atendidos por Magallanes, que los trató afectuosamente y se los
atrajo. Así conoció que Cartagena campaba a sus anchas, y que en el plan
estaban comprometidos los capitanes Quesada y Mendoza, y al parecer el maestre
Elcano.
Aquella noche, que debió ser la del 1 al 2, Cartagena y Quesada pasaron
con treinta hombres de la Concepción a la San Antonio, que era, según Fernández
de Navarrete, la nao en que más abundaban los portugueses. Allí prendieron a
Mesquita, mientras los tripulantes aceptaban la nueva situación. Solo se
resistió, sin duda por sentido del deber, un español, el maestre Juan de
Elorriaga; se llegó a las manos, y Elorriaga fue apuñalado: no moriría
entonces, pero sí, de las heridas, dos meses más tarde. Había corrido la
sangre, y por eso mismo a los sublevados se les hacía más difícil una vuelta
atrás. Contaban con una cierta ventaja: tres naos, San Antonio, Concepción y
Victoria, frente a dos: la capitana Trinidad y la pequeña Santiago. Los
rebeldes exigieron a Magallanes «que siguiese las reales provisiones», esto es,
que reuniese a los capitanes para tomar decisiones importantes, que facilitase
de antemano el rumbo, y que se acordase conjuntamente si convenía seguir,
volverse o ir por el cabo de Buena Esperanza, como también estaba establecido.
Magallanes se mostró en principio de acuerdo con las peticiones, y propuso una
reunión en la Trinidad; los amotinados preferían que la conferencia fuese en la
San Antonio. Estaba claro que cada bando desconfiaba del otro, y cada cual
prefería operar en terreno propio. ¡Qué difícil, en estas condiciones,
resultaba llegar a un acuerdo!
Magallanes —cuenta Fernández de Navarrete— «no era hombre que se dejase
amilanar, y comprendió que solo un rasgo de temeraria audacia podía impedir el
triunfo de sus adversarios». Era tenaz y voluntarioso, pero además astuto.
Envió al alguacil Gonzalo Gómez de Espinosa a la Victoria con una carta y seis
hombres armados. En un segundo bote, que debería abordar la nao cuando todos
estuviesen atentos a lo que hacían los del primero, iban quince más. La carta
iba dirigida a Mendoza, al cual se juzgaba jefe de los descontentos, y era
conciliadora. Magallanes se plegaba a parlamentar en las condiciones que
impusiesen los protestatarios. Cuando Mendoza, sonriente, leía el texto,
Espinosa le asestó una puñalada en la garganta, que le mató casi
instantáneamente. Nadie supo cómo reaccionar en un primer momento. Y cuando
todos se hicieron conscientes de lo que estaba sucediendo, desembarcaron los
otros quince hombres armados y redujeron a los insurrectos de la Victoria. Los
demás, quizá sin un criterio claro de lo que convenía hacer, aceptaron la
rendición, o tan siquiera el cambio de bando.
La situación se había tornado a favor de Magallanes: ahora eran tres
naos contra dos. La San Antonio trató de huir, pero la Trinidad, que se había
apostado previsoramente en la angostura de la bahía interior, se le cruzó. Hubo
una pequeñísima batalla naval, de las más insignificantes de la historia,
porque los dos barcos dispararon su artillería, sin causar grandes daños y
menos víctimas. La San Antonio se rindió, y consiguientemente lo hizo la
Concepción. Fueran cuales hubiesen sido los planes de los insurrectos, había
habido muertos y un encuentro armado. Cartagena, Quesada, Coca, Elcano y otros
fueron presos. Magallanes fue duro, y comprendió que necesitaba robustecer su
autoridad por encima de cualquier contestación. En el juicio que siguió,
dirigido por Mesquita, fueron condenados a muerte cuarenta y cuatro hombres.
Magallanes hizo descuartizar el cadáver de Luis de Mendoza, y Gaspar de
Quesada, después de decapitado, fue descuartizado también. Juan de Cartagena,
por noble y emisario real, no podía ser descuartizado; pero Magallanes ideó
para él una muerte no menos cruel: sería abandonado en una isleta cercana al
Puerto de San Julián, sin medio alguno de subsistir. La misma suerte corrió
otro preso que no podía ser condenado a una muerte infamante, el clérigo
Sánchez de Reina, al parecer por haber amenazado a Magallanes con el fuego del
infierno. Después de estos castigos ejemplares el capitán general pudo
permitirse ser generoso: perdonó la vida a los demás condenados, aunque fueron
degradados y por un tiempo al menos perdieron sus cargos. La verdad es que
Magallanes tampoco podía permitirse el lujo de quedarse sin cuarenta y tantos
de sus hombres, la mayoría de ellos significados, y algunos tan valiosos como
el mejor de los pilotos de la flota, Andrés de San Martín o el maestre Juan
Sebastián de Elcano. Elcano figuró claramente entre los sediciosos, si bien no
tuvo una participación decisiva en los hechos.
Lo ocurrido en el Puerto de San Julián fue, desde el punto de vista
formal, una sedición que, sin llegar a los últimos extremos imaginables, rompió
la normalidad de la expedición de Magallanes y pudo, de haber tenido otro
desenlace, haber dado al traste con ella. Sediciones como ésta, aclarémoslo,
fueron muy frecuentes en la historia de las largas expediciones marítimas,
desde la que estuvo a punto de malograr la aventura de Colón, y que fue
dominada por la diplomacia del Almirante, o bien por la energía de los
Pinzones; hasta aquella que tuvo que afrontar Francis Drake o la que pudo
acabar con el capitán Cook en el civilizadísimo siglo XVIII. «Rebeliones a
bordo», muchas de las cuales han pasado a la novela histórica o al cine, hubo
muchas, y eso es explicable teniendo en cuenta la dureza de la aventura, la
dificultad de mantener la disciplina de una tripulación numerosa formada por
hombres de dura naturaleza, sometidos a esa forma de «soledad colectiva» que es
la larguísima e inevitable convivencia en alta mar, sobre todo cuando no se
sabe a dónde, cómo y por qué. Aquellas ariscas tripulaciones se ven obligadas
soportarse durante días y semanas de interminable navegación, sin seguridad de
encontrar un día un seguro destino, bajo el mando de un jefe que no da
explicaciones y es el único que sabe o dice saber cuál es su verdadero
objetivo. Si comprendemos cuál es la dureza de una navegación de este tipo,
encerrados, apretujados los expedicionarios en la prisión estrecha, incómoda,
monótona y maloliente de sus barcos, en la que apenas se acostumbra a beber más
que vino, y de mala calidad, es más fácil comprender la frecuencia de estas
rebeliones.
Motivos no dejaban de existir: Magallanes era un jefe autoritario,
reticente a toda forma de diálogo, que incumplía las instrucciones reales en lo
referente a pedir consejo y anunciar la ruta, que a veces parecía arbitraria e
incomprensible. Muchos opinaban que «los conducía a la perdición», y pudieron
suponer que estaban a las órdenes de un loco, como también lo opinaron algunos
marineros de Colón. Ahora bien, el punto más difícil de averiguar, y aquel que
podría en parte al menos valorar la gravedad de la actitud subversiva de los
dirigentes de la trama es el referente a cuál era exactamente la finalidad que
perseguían. El encausamiento de los responsables corrió a cargo del más fiable
deudo de Magallanes, Álvaro de Mesquita (o Mezquita, escriben otros). Los
condenados lo fueron por levantarse con violencia contra la voluntad de su rey
y de su legítimo capitán general, y merecían por sediciosos la pena capital. Se
conserva la copia de un informe de Magallanes que estima la máxima culpabilidad
de los conjurados que se habían propuesto acabar con él. Nada nos obliga a
aceptar la interpretación de los hechos que aquí se ofrece, porque es a todas
luces juicio de parte. Lo mismo cabe suponer de las declaraciones que hicieron
a su regreso a España los prófugos de la San Antonio, los cuales denunciaron de
la traición de Magallanes y su falta flagrante a las instrucciones del rey: el
jefe de la expedición aparecía como un traidor, y como tal se le instruyó en
España un expediente que le condenó en rebeldía. Otro testimonio de parte. Un
tercer documento, mucho más extenso, es la causa que al regreso de los
supervivientes de la Victoria instruyó el licenciado Leguizamo, que al fin
absolvió a Elcano y los suyos, aunque los sucesos del Puerto de San Julián
nunca quedaron del todo esclarecidos.
Las versiones particulares de los tripulantes no pueden ser más
desacordes, desde la de Pigafetta, que afirma que los sublevados intentaban
matar a Magallanes, hasta la del piloto Esteban Gómez, que atribuye toda la
culpa a la arbitrariedad y la crueldad del capitán general. En cuanto a los
historiadores actuales, personas como Lucena Salmoral o Fernández Vial piensan
que los conjurados no se proponían en absoluto suprimir a Magallanes, sino
«pedirle cuentas» u obligarle a parlamentar, como estaba previsto, a fin de
tomar la decisión que correspondiera. Que hubo sedición, y que en ella, aunque
en principio no se deseara, se llegó a derramar sangre, es indudable; y estas
cosas en la mar hay que pagarlas muy caras. Que Magallanes obró por su cuenta y
faltó a su obligación de contar con los demás —por autoritarismo o por
desconfianza— es también evidente. Se habla del juicio inapelable de la
historia, tal vez incurriendo en un tópico y dando por supuesto que la historia
está dotada de la atribución de juzgar o de que al final nos descubre todas las
cosas, dos supuestos que distan mucho de ser verdad en la mayoría de los casos.
Lo que sí está perfectamente claro es que no vale en absoluto el juicio del
historiador, por imparcial que quiera parecer. Un historiador que juzga como si
estuviera facultado para establecer un dictamen definitivo, es un mal
historiador. Para terminar el desagradable asunto: los sucesos del Puerto de
San Julián evidenciaron una grave discordia. Pero es un hecho que en los
siguientes e interminables avatares de la expedición no volvió a haber nunca
una rebelión a bordo.
§. Los gigantes patagones
Restablecido el orden, nuestros navegantes hubieron de acostumbrarse a la
realidad del Puerto de San Julián. No es un lugar particularmente atractivo,
aunque la bahía interior, de unos 12 x 5 kilómetros, está muy protegida de los
vientos, que allí soplan casi siempre con fuerza. La vegetación es árida, con
pocos árboles rechonchos y numerosos arbustos de aspecto nuevo para los recién
llegados, repartidos por suaves colinas y mesetas. La costa es en su mayor
parte acantilada, con paredes de color ocre y castaño, algunas de hasta 50
metros de altura. No faltaba pesca, abundante en aquellas aguas frías, ni
tampoco caza, consistente en guanacos, zorros y liebres patagónicas, muy
apreciadas hoy por la calidad de su piel. Magallanes, que sabía muy bien que el
peor enemigo de los tripulantes podía ser el aburrimiento, decidió que las naos
fueran carenadas y calafateadas, aunque parece que algunas no necesitaban ese
mantenimiento: pero era preciso tener entretenida a la gente. Por fortuna, en
el Puerto de San Julián, como en otras zonas de la Patagonia del Sur, las
mareas son extraordinariamente fuertes, con desniveles de hasta diez metros, en
tiempos de sicigia (luna nueva o luna llena). Fue fácil aprovechar cada una de
aquellas espectaculares pleamares para hacer subir los barcos hasta zonas que
normalmente quedaban en seco durante días enteros. Aseguradas por puntales, era
posible un carenaje adecuado. Se utilizaba la brea o pez embarcado en Canarias.
Entretanto, se había construido un abrigo de piedra en un lugar seco y
seguro cerca de las naves. Allá fueron llevadas las herramientas de trabajo y
se construyó también una fragua. Asimismo, la mayor parte de las provisiones
fueron trasladadas a tierra y guardadas en depósitos más secos que los de los
navíos. Hacía frío, pero no excesivo; las temperaturas, en otoño, oscilaban
entre los 8 y los 20 grados, eso sí, con continuos cambios y vientos no siempre
gratos. Llovía poco: en el Puerto de San Julián las precipitaciones no suelen
pasar de 200 milímetros al año, menos que en Almería; casi siempre el agua —no
tenemos noticias de que haya nevado— viene con las «surestadas». Tampoco
tenemos información sobre si algunos expedicionarios se atrevieron a adentrarse
en las colinas y mesetones del interior, hasta que ocurrió la pérdida de la
Santiago.
Durante dos meses no tuvieron noticia de la presencia de indígenas. El
lugar parecía desierto. Hasta que «un día —cuenta Pigafetta—, cuando menos lo
esperábamos, se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la
playa, casi desnudo, cantando y danzando, y echándose arena sobre la
cabeza...». Era, si hemos de creer al imaginativo narrador, un gigante de
verdad, «pues apenas le llegábamos a la cintura [...]» (algunas traducciones,
sin duda mal hechas o exageradas, pretenden que «apenas le llegábamos a las
caderas»). Y añade que «tenía el rostro teñido de rojo, y el cabello de blanco,
por obra de algún polvo». Iba armado de un arco corto y flechas con puntas de
pedernal jaspeado», un tipo de piedra que, ciertamente, abunda en la comarca.
Un marinero, por encargo de Magallanes, salió a su encuentro cantando y
bailando algo muy parecido. El patagón se acercó a los europeos, y sobrevino un
curioso encuentro entre culturas. El recién llegado aceptó las chucherías que
se le ofrecieron, y tomó sin repugnancia algunos alimentos de los que traían
las naves. Pero cuando Magallanes le mostró un espejo de gran tamaño, el
indígena dio un enorme grito, se sintió aterrado ante su propia imagen, que
evidentemente no había contemplado en su vida, y huyó despavorido, según
Pigafetta «derribando por tierra a cuatro de los nuestros». No hubo forma de
alcanzarle. Si el hecho es cierto tal como nos lo cuentan, aquel hombre era no
solo enorme, sino de una fortaleza extraordinaria.
La estatura de los patagones, si todo eso es cierto, resultaba muy
superior a la de cualquier otra raza existente entonces o ahora en el planeta.
Tal supuesto ha sido muy discutido, sin que las cosas se hayan aclarado del
todo. Que era alto frente a los europeos parece un hecho indiscutible. Que su
estatura fuera del orden de los dos cincuenta a tres metros tiene que parecer
absolutamente inverosímil. Pigafetta tan pronto habla con una precisión
admirable como desfigura la realidad hasta extremos difíciles de admitir —en
este caso como en muchos otros—, ya sea por efecto de su portentosa
imaginación, ya sea por el afán de sensacionalismo ante la curiosidad del
lector renacentista, siempre interesado por las novedades admirables del mundo
que estaba siendo descubierto. Si la estatura de los patagones descrita por
Pigafetta sobrepasa todo lo hasta entonces conocido, se queda chica ante los
entusiastas indigenistas de hoy, que, tras el hallazgo de un supuesto fémur de
hace 500 años en la Tierra del Fuego, deducen que aquellos hombres podrían
sobrepasar los tres metros de estatura. Ni los mitos más disparatados de otros
tiempos han podido imaginar tamaños semejantes.
Aquellos indígenas eran tehuelches, («gente brava»), una raza que
entonces poblaba las regiones de la punta del Cono Sur, raza hoy prácticamente
extinguida, o mezclada con los actuales mapuches, cuya estatura es por lo demás
normal. Los antropólogos estiman, que, efectivamente, los tehuelches eran
altos, tal vez de un promedio de 1,80 metros, superior a la talla de los
europeos de entonces, singularmente de los latinos. No sabemos cómo y por qué
se extinguieron, dominados por los mapuches, que debieron llegar a la zona más
tarde, quizá a fines del siglo XVII, o en el XVIII. Posiblemente los nuevos
dominadores eran, si no más fuertes, más numerosos. Los tehuelches que vieron
Magallanes y los suyos eran nómadas, se dividían en pequeños grupos y clanes
familiares, cazaban con flechas y no parece que dominaran todavía las técnicas
propias del neolítico. Otro punto que conviene aclarar es el referente a la
denominación que entonces recibieron de los europeos. Refiere Pigafetta que
«nuestro jefe [Magallanes] les dio el nombre de patagones». Con este nombre han
pasado a la historia, y con el nombre de Patagonia se sigue designando la
región que entonces habitaban. No imaginamos a Magallanes como un hombre
letrado, pero pudo haber conocido la palabra, a la que enseguida nos
referiremos. O bien fue el propio Pigafetta o algún capitán más o menos culto o
aficionado a la lectura el autor de tan sonora palabra.
¿Precisamos más todavía? Quizá convenga hacerlo. En muchas versiones, e
incluso en algunos libros que encontramos aún hoy en los escaparates, se
relaciona la palabra «patagón» con «individuo de pies grandes». Y de ello puede
tener una culpa inconsciente el propio Pigafetta, cuando cuenta de un segundo
gigante que apareció después, que «saltaba tan alto [...] que sus pies se
enterraban varios palmos en la arena». Otra probable exageración, que inspiró
la leyenda. En efecto, se dice que los patagones se llamaron así porque las
huellas de sus grandes abarcas hicieron suponer un pie enorme. No necesitaban
más los mitólogos para relacionar a los patagones con los monópodos de que se
habla en leyendas antiguas. En algunos dibujos fantasiosos del Renacimiento se los
representa con un pie de tal tamaño que pueden dormir la siesta tumbados a la
sombra de su propio pie. Nada de esto parece que pensaran Magallanes, ni
Pigafetta ni ningún otro expedicionario de aquella odisea, tan increíble en sí
como la de Homero, pero que nunca se encontró con monstruos dignos de nuevas
leyendas. Al contrario, como observa con indudable acierto Maximiliano
Transilvano, la gesta de Magallanes sirvió para unificar la imagen universal
del ser humano. No hay hombres monstruosos. En realidad, el origen más probable
de la palabra patagón viene de un personaje, también mítico, pero moderno y muy
conocido por los lectores de entonces, el gigante Pathoagon que aparece en un
libro de caballerías, Primaleón, continuación del Palmerín, y publicado en 1512
por Francisco Vázquez. Era un libro reciente, que encontró muchos lectores
entusiastas, uno de los cuales bien pudo llamarse Alonso Quijano. Pathoagón o
Patagón era un nombre relativamente popular en la época, un poco rimbombante, y
bien pudo ser aplicado con cierto sentido humorístico a los tehuelches por un
navegante aficionado a la lectura que no necesitaba ser excesivamente culto. Lo
cierto es que la palabra prosperó.
Sigamos con nuestra historia. Seis días más tarde apareció otro gigante,
«más grande y mejor conformado que los otros» (¿Hasta dónde podía llegar su
estatura? Es probable que la «buena conformación» permitiera distinguir a los
jefes). Fue este segundo indígena el que daba saltos tan descomunales, que
dejaba unas huellas muy profundas. Solo al cabo de quince días se dejaron ver
cuatro más. Los de Magallanes consiguieron apresar a uno de ellos, con un
recurso malicioso que las leyendas nos presentan como frecuente en la captura
de gentes salvajes: le ofrecieron como distinción unos grilletes, que el
ingenuo indígena, complacido, aceptó con gusto que se los pusieran en los pies.
Cuando se dio cuenta, no podía andar. Sus contorsiones no sirvieron de nada.
Vivió durante meses y atravesó gran parte del Pacífico. Pigafetta se hizo amigo
de él, y ambos aprendieron palabras de su lengua respectiva. Así se escribió el
primer vocabulario tehuelche de la historia, y el único tomado boca a boca. Se
entiende perfectamente que desde entonces los indígenas se mostraran mucho
menos amistosos, y hasta hubo un breve combate en que un marinero murió víctima
de una flecha envenenada.
Un último detalle del Puerto de San Julián. Pigafetta nos dice que los
naturales se valen de las pieles de un animal curioso, «con cabeza y orejas de
mula, cuerpo de camello y cola de caballo». Sin duda tuvo que contemplar vivo
aquel animal tan gráficamente descrito: era sin duda un guanaco, aunque en
otras latitudes andinas hubiera podido tratarse de una llama, una alpaca o una
vicuña: todos artiodáctilos, nada monstruosos ciertamente, finos y elegantes
como pocos, propios de la fauna sudamericana.
§. El Puerto de Santa Cruz y la pérdida de la Santiago
A veces es extraño el comportamiento de Magallanes. En el mes de mayo, una vez
librado de sus enemigos, y casi a las puertas del invierno, se decidió a hacer
lo que aquéllos le habían pedido: seguir explorando hacia el sur. El tiempo era
bueno, los vientos habían amainado, y nada impedía navegar y averiguar la
existencia de un estrecho que —Magallanes era tenaz, pero poseía una extraña
intuición— tenía que estar ya muy cerca. No suspendió la invernada, sino que
envió por delante a la Santiago, una carabela ágil, capaz de entremeterse por
todos los entrantes posibles. La mandaba un buen piloto, Rodríguez Serrano. A
los pocos días de navegación encontró un profundo golfo, que llamó Puerto de
Santa Cruz (era posiblemente el día de la Santa Cruz, 3 de mayo). Podía ser la
embocadura del estrecho, y Serrano siguió con ansiedad aquella entrada que se
introducía hacia el oeste, luego hacia el sudoeste, en un panorama lleno de
esperanzas; pero al final resultó ser el estuario de un hermoso río, que se
llama todavía hoy río de Santa Cruz. En la Patagonia atlántica no nacen ríos
propiamente dichos, por la aridez del terreno y el escaso régimen de lluvias; a
lo sumo algún arroyo sin importancia. Pero desembocan ríos poderosos —el
Colorado, el Negro— que nacen en los Andes, donde el clima es mucho más
lluvioso y las montañas están cubiertas de nieves perpetuas. El Santa Cruz nace
más cerca, pero también en los Andes, y procede del hoy llamado Lago Argentino,
un paraje maravilloso por su belleza y por sus glaciares. Era aquel un río de
buenas aguas, mucho mejores que las del Puerto de San Julián. Animado por su
descubrimiento, Rodríguez Serrano siguió adelante. ¡No lo sabía, pero estaba ya
a poco más de cien millas del Estrecho de Magallanes! Entonces vino una
surestada, y se perdió la ocasión de hacer el más sensacional descubrimiento de
la expedición nada menos que en el casi invernal mes de mayo. La Santiago
retrocedió ante los fuertes vientos contrarios, se estropeó el timón y la
carabela quedó momentáneamente a la deriva, empujada por el viento, y las
mareas, en ese momento, particularmente fuertes. Cuando trataba de arribar al
puerto de Santa Cruz encalló en un banco. El frágil barco no se hundió, pero
pronto se vio que no tenía salvación. Los treinta y siete tripulantes pudieron
saltar a tierra sanos y salvos, llevándose lo más indispensable, pero la fina y
ágil carabela estaba perdida.
Vino entonces una de las muchas odiseas de aquella extraordinaria
aventura. Los de la Santiago se vieron confinados en una tierra desconocida, en
la que apenas podían valerse. Se mantuvieron cazando focas y otros animales,
soportando la soledad en un ambiente frío, a las puertas del invierno, con unos
días que duraban seis horas y las noches dieciocho. No podían sobrevivir si no
conseguían volver a reunirse con sus compañeros, en el Puerto de San Julián.
Caminaron hacia el norte, pero pronto tropezaron con el río, ancho y profundo,
que no había forma de vadear en muchos kilómetros. De cualquier manera,
consiguieron construir con los pocos materiales que encontraron en aquella
costa árida, sin apenas más que arbustos, o con algunos de los restos del
barco, una pequeña balsa, en la cual solo podían montar dos o tres personas. En
continuos viajes fueron transportando al otro lado del río todas las
provisiones y útiles que consiguieron reunir, pero la tarea iba a exigirles
muchos días. Decidieron que dos de ellos prosiguieran el viaje a pie, mientras
los demás seguirían rescatando el material de la carabela en tanto pudieran, y
transportando cargamento y hombres al norte del río en continuos y lentos
viajes.
Los dos náufragos pioneros emplearon once días en atravesar aquel
terreno áspero y lleno de espeso matorral hasta llegar al Puerto de San Julián.
No era parva hazaña cuando tenían el calzado destrozado, dificultades para
orientarse en un paisaje cortado, o para seguir la costa, frecuentemente
acantilada y fracturada también por barrancos, en días muy cortos e
interminables noches frías. Un día cualquiera los hombres de Magallanes oyeron
a lo lejos sus gritos, y pronto supieron que no eran indígenas. Al fin vieron
venir a dos hombres. ¿Habían perecido todos los demás? Cuando se supo lo
ocurrido, Magallanes organizó una expedición de socorro que pudo recoger a los
náufragos, y en un tráfago que duró semanas, rescatar todo lo aprovechable. La
Santiago no volvió a flotar, pero sus despojos fueron arrastrados de un lugar a
otro durante largo tiempo. Todavía cabe la posibilidad de que hoy mismo nos
quede algún resto de aquel pequeño navío. En abril de 2011, el buceador e
investigador argentino Daniel Guillén encontró en los fondos del Puerto de
Santa Cruz un madero perteneciente a una nave antigua, y junto a él un ancla
que por su factura cabe suponer del siglo XVI, y que por tanto sería lo poco
que queda de la Santiago. Si los entendidos llegan a acreditar su identidad —y
tal vez haya de transcurrir un tiempo antes de que puedan hacerlo con
fundamento— el hallazgo no tendría un excepcional valor arqueológico, pero sí
un significado moral inapreciable, porque sería el único testimonio físico que
conservamos de la extraordinaria aventura histórica de la primera vuelta al
mundo.
En el Puerto de San Julián quedaban cuatro barcos y unos 220 hombres. La
expedición de la Santiago no había resuelto el problema y había costado la
pérdida de un navío; pero Magallanes no menospreció el hallazgo, y proyectó ir
al Puerto de Santa Cruz en cuanto fuera posible. Tal vez sería aquella una
buena base para seguir la empeñada búsqueda del estrecho. Entretanto, la
invernada continuaba. El 21 de julio, en el corazón de un invierno más
soportable de lo que en un principio se había temido, se permitió saltar a
tierra al cosmógrafo Andrés de San Martín, perdonado ya de su participación,
bien poco activa por cierto, en la rebelión de abril. El cielo estaba despejado
y San Martín, desde la playa, tomó la altura del sol. De aquella medida dedujo
la latitud del lugar: 49º 18’ Sur. Era un valor más preciso que el que pudiera
obtenerse desde los balanceantes navíos. Jamás hombre alguno, hasta aquel
momento, había medido una latitud tan austral.
El 24 de agosto, todavía en pleno invierno, Magallanes decidió zarpar
del Puerto de San Julián con las cuatro naves que le quedaban. Fue una
decisión, como tantas, inesperada y hasta contradictoria con su anterior
criterio. ¿Es que estaba reconociendo que la invernada era excesiva y que se
podía navegar en invierno? ¿Es que deseaba explorar el Puerto de Santa Cruz y
averiguar si estaba ya muy cerca del Estrecho? ¿O es que deseaba salir cuanto
antes de aquel escenario en que se habían vivido cinco meses tan azarosos e
ingratos? Un motivo psicológico puede resultar francamente explicativo: el 11
de agosto se dictó la sentencia final contra el hidalgo Juan de Cartagena y el
clérigo Sánchez Reina. Habrían de quedar confinados y abandonados para siempre
en una pequeña isla de la bahía, llamada aún hoy isla Justicia. El acto, como
todos los que gustaban a Magallanes, fue público y solemne, pero pudo molestar
a muchos, y recordar hechos que tal vez empezaban a ser olvidados. Cumplir la
sentencia y mantener a los condenados prácticamente a la vista, en aquella isla
delante de sus ojos, podía despertar nuevos rencores. Era preferible alejarse
de allí cuanto antes.
Salir y desatarse una nueva tempestad que, según versiones que se
conservan, produjo en Magallanes «un miedo grandísimo» (¿temor de conciencia?:
no olvidemos que el marino había sido amenazado por el clérigo con el fuego del
infierno) fue todo uno. Afortunadamente, tenían a mano el Puerto de Santa Cruz,
donde se refugiaron y permanecieron, esta vez al parecer sin protestas de
nadie, aconsejados por la prudencia, cinco semanas más. No realizarían
exploraciones por mar hasta bien entrada la primavera. Cazaron, pescaron,
recogieron maderas de lo que restaba de la Santiago o de lo que encontraron por
los alrededores, hasta hacer una buena provisión. El 11 de octubre, Andrés de
San Martín tenía previsto en sus efemérides un eclipse de sol, que hasta podría
servir para calcular mejor la longitud geográfica (la latitud ya la tenía
medida: 50º 18’ Sur). Algunos tripulantes se interesaron también por el
fenómeno. Se nos dice que vieron «un sol más oscuro». Tal vez hubo un poco de
neblina o un mucho de sugestión. El eclipse se produjo efectivamente, como
estaba previsto, «a las diez y ocho minutos de la mañana», pero solo fue
visible en Europa, y a la hora europea, no en la punta de Sudamérica, donde
todavía era de noche. Por allí tampoco pasaba la trayectoria del eclipse. Pocos
días más tarde, probablemente el 18 de octubre de 1520[3], Magallanes dio la orden definitiva de zarpar. Hacía catorce meses que
habían salido de Sevilla, de los cuales siete —¡la mitad!— habían perdido
agazapados en aquel rincón del mundo. Todos los capitanes y pilotos oyeron misa
y comulgaron devotamente. Comenzaba el momento cumbre de la aventura.
Capítulo 5
La emoción suprema: entre dos océanos
Contenido:
§. La travesía de Magallanes
§. La defección de la San Antonio
§. La odisea final del Estrecho
§. Las Nubes de Magallanes
El estrecho de Magallanes es uno de los accidentes más famosos del
mundo, y lleva con todo merecimiento el nombre de su descubridor. Une los dos
océanos más grandes del planeta, el Atlántico y el Pacífico, y ha sido surcado
durante los últimos quinientos años por barcos de todas las nacionalidades. Su
papel geopolítico y geohistórico —es el único estrecho que une dos océanos y
permite pasar de una parte del mundo a otra muy distinta— le ha conferido un
significado excepcional. Es cierto que después de la construcción del canal de
Panamá, a comienzos del siglo XX, ha perdido una parte de su papel, evitando un
largo rodeo por América del Sur, hasta latitudes peligrosas, prolongadas por
las tierras más australes de los cinco continentes. Un famoso militar experto
mundial en cuestiones de geopolítica, que luego, por determinadas
circunstancias históricas, tuvo la desgracia de convertirse en dictador de
Chile, Augusto Pinochet, realizó un trabajo muy reconocido sobre la
modificación de las líneas de fuerza del mundo que significó la construcción de
dos canales interoceánicos, el de Suez y el de Panamá, que permiten navegar de
Londres a Bombay o a Hong Kong, o de Nueva York a San Francisco o a Tokio sin
necesidad de atravesar el ecuador. Estos canales desempeñaron una modificación
inmensa en las rutas mundiales disminuyeron drásticamente la necesidad de
grandes puertos sureños (Ciudad del Cabo, Durban, Buenos Aires, Valparaíso),
capaces de mantener estas rutas ahora ya casi innecesarias: en definitiva
vinieron a consagrar para siempre la superioridad del hemisferio Norte sobre el
Sur, y hasta si se quiere esa desigualdad Norte-Sur de que tanto se ha hablado
con respecto a la geopolítica y a la economía de las partes del mundo. Con
todo, la importancia del Estrecho de Magallanes aún se mantiene en parte, si
bien muy disminuida —proporcionalmente— con referencia a lo que era hasta hace
cien años.
Por otro lado, el Estrecho de Magallanes es lo más opuesto a lo que
vulgarmente se entiende por un estrecho. No se parece a formaciones tan
categóricas como el Paso de Calais, el Estrecho de Gibraltar, los Dardanelos,
el canal de Mesina, el estrecho de Bab el Mandeb o el de Malaca. El de
Magallanes es un dédalo de islas e islotes muy cerca de la punta del cono sur
americano, que obliga a vueltas y revueltas, pasos difíciles, que tiene cientos
de salidas válidas o falsas, que marcha en direcciones opuestas, y en el cual
es facilísimo perderse, incluso en tiempos modernos, si no se dispone de
detalladas cartas náuticas. Es un verdadero laberinto interminable, puesto que
se extiende a lo largo de 565 kilómetros. Y es un verdadero milagro que
Magallanes supiera encontrar la salida hasta el otro mar que ansiosamente
buscaba. Por otra parte, no lo olvidemos tampoco, es un estrecho relativamente
inútil, puesto que apenas ciento cincuenta millas al sur se encuentra el cabo
de Hornos, abierto limpiamente a los dos océanos, sin estrecho alguno y sin
otro peligro que los frecuentes temporales de poniente. Los barcos pequeños y
los turísticos suelen preferir el complicado y revuelto trayecto por el
estrecho de Magallanes; los grandes y seguros prefieren el más expedito del
cabo de Hornos.
El cabo de Hornos fue descubierto por un español, Francisco de Hoces,
solo cinco años después de la expedición de Magallanes. Hoces formaba parte de
la flota dirigida por García Jofre de Loaysa, que pretendía repetir la ruta
descubierta por el portugués y conquistar las Molucas definitivamente para
España. En esa flota figuraban varios héroes de la primera vuelta al mundo,
entre ellos Juan Sebastián Elcano. El barco de Hoces se desvió demasiado al
sur, y sin querer descubrió el imponente cabo rocoso, que, en forma de escudo
invertido, señala el fin de América y la confluencia del Atlántico con el
Pacífico. Sin embargo, el nombre se lo puso un capitán holandés, que un siglo
más tarde, en 1616, exploró la zona con dos barcos, uno de ellos el Hoorn, que
por cierto naufragó en aquella costa, y en su honor se bautizó el lugar como
Kaap Hoorn. Los que hablamos español —entre los que se incluyen los habitantes
de aquellas remotas regiones— llamamos a esa roca cabo de Hornos.
§. La travesía de Magallanes
Francisco Albo escribe en su derrotero: «el 21 de octubre vimos una bahía
abierta, que tiene a la entrada, a mano derecha una punta de arena muy larga, y
el cabo que vimos antes de esta punta se llama el cabo de las Once Mil
Vírgenes». Son sin duda la punta Dungeness, y el hoy todavía llamado Cabo
Vírgenes. La punta es, efectivamente arenosa, y conviene no acercarse a ella,
para evitar el peligro de encallar; el cabo es un poco más rocoso, aunque sigue
siendo propio de una costa baja. La fiesta de santa Úrsula se celebra
efectivamente, el 21 de octubre, y confirma la fecha del descubrimiento[4]. Sin embargo, no deja de ofrecer dudas otro hecho: los expedicionarios
no se introdujeron en la bahía que se abre a continuación del cabo Vírgenes
hasta el 1º de noviembre, y por eso la bautizaron como Bahía de Todos los
Santos. O bien los vientos contrarios impidieron penetrar en el interior
durante varios días, o bien Magallanes, desengañado de tantas bahías inútiles,
quiso seguir navegando hacia el sur, en busca de mar abierto. De perseverar en
esa dirección hubiera llegado al Pacífico sin necesidad de atravesar ningún
estrecho; pero al fin decidió volver sobre sus pasos. Tal vez el tiempo tendía
a empeorar. Y por lo que sucedió pocos días después, más valió así.
La bahía de Todos los Santos, llamada hoy Bahía Posesión, es un ancho
golfo de tierras bajas, como casi toda la Patagonia atlántica. Tiene una boca,
entre el cabo Vírgenes, punta Dungeness, y el cabo Espíritu Santo, de unos 50
kilómetros de ancho, y una longitud de aproximadamente 90. Como la tierra es
baja, desde una orilla no se distingue la otra, pero Magallanes ya sabía que se
trataba de una bahía. ¿Como tantas otras sin salida que había encontrado en el
camino? Con prudencia, tal vez con la perspectiva de un cambio de tiempo,
destacó a la San Antonio y la Concepción para que exploraran toda la costa de
la bahía, mientras él esperaba cerca de la entrada con la Trinidad y la
Victoria.
Transcurrieron tres días sin noticias. Entretanto, como ya temía, se
desató una tempestad, y se vio obligado a temporizar frente a un mar desatado.
¿Qué sería de las naos exploradoras? La espera se hacía cada vez más
interminable. ¡La bahía podía recorrerse en un día, y sin embargo la San
Antonio y la Concepción no regresaban! Si se habían perdido con la tormenta, la
expedición habría fracasado definitivamente. Cien muertos más y dos barcos
menos; Magallanes sentía motivos para maldecir aquella bahía de costas bajas y
bancos de arena. Cuando mejoró el tiempo, pudo ver un pequeño monte en la
orilla opuesta, parecido al que habían divisado en la costa de los charrúas
once meses antes. Quizá por eso se llamó Cerro Sombrero. Por lo demás, nada.
Cuánto tiempo perdido en búsquedas inútiles y en esperas llenas de ingratos
incidentes. El ánimo de Magallanes, y sin duda más aún el de muchos de sus
compañeros, estaba a punto del desfallecimiento total.
Cuando ya casi habían perdido la esperanza de ver a las dos naves
exploradoras, «las vimos venir hacia nosotros, a toda vela y con los pabellones
desplegados [...] tirando bombardazos». Aquellas señales eran indicio de
noticias venturosas. Y las había, en efecto. La San Antonio y la Concepción
habían encontrado al final de la bahía un paso estrecho, de tan poco fondo
hasta el punto de que, según Albo hubieron de buscar calado navegable
arrimándose a una de las dos orillas treinta o cuarenta brazas. Pero se podía
navegar por aquel estrecho, ancho de dos o tres kilómetros y largo de unos
quince. Y al cabo encontraron una segunda bahía, algo menor que la primera: es
la Bahía Felipe, o San Felipe, de unos quince kilómetros de longitud, de costa
tan baja y arenosa como la anterior; la orilla norte se prolonga casi en línea
recta, mientras que la del sur se abre en un amplio seno, pero no es por allí
donde se abre una salida. En tanto, se desató la tempestad que de tal modo
había inquietado a Magallanes, pero que para aquellos pioneros fue una inmensa
fortuna, porque las aguas les arrastraron justamente a un nuevo paso. Otra vez
un estrecho, en esta ocasión menos angosto que el anterior, y bastante fácil de
atravesar, sin otro estorbo que algunas pequeñas islas bajas que esquivaron con
facilidad. Y al fin desembocaron en un mar amplio cuyas orillas se separaban a
un lado y otro, y que podía ser muy bien el mar que buscaban, más allá del
Nuevo Mundo. Jubilosos, dieron la vuelta, atravesaron los dos estrechos y las
dos bahías, y vinieron a dar la nueva a Magallanes y los suyos.
Hoy conocemos bien aquella zona del mundo: Bahía Posesión, Primera
Angostura, Bahía Felipe, Segunda Angostura y el pequeño mar interior de Bahía
Ancha. Hace diez mil años, aquellas bahías eran otros tantos lagos. Luego, la
deglaciación del Holoceno, que hizo subir el nivel de las aguas las convirtió
en bahías comunicadas con el mar, y unidas entre sí por aquellos estrechos o
angosturas. Son juegos de la geografía. Justo en aquella costa baja, pródiga
hasta entonces en bahías amplias y sin salida, se opera aquella curiosa
combinación de antiguos lagos unidos entre sí por estrechos. Todo es extraño,
una continua casualidad de accidentes enlazados que parecen sin comunicación, y
es preciso buscarla con paciencia y esfuerzo. Así comienza, desde su embocadura
atlántica, el Estrecho de Magallanes, ese conjunto de laberintos y problemas
que cuando menos se piensa acaban teniendo solución. Las cuatro naves llegaron
al fondo de Bahía Posesión, allí encontraron el estrecho casi cerrado por Punta
Delgada pero que, navegando por su zona profunda lleva a la segunda Bahía, San
Felipe, y al final de ella vieron claramente el segundo estrecho o Segunda
Angostura, que parece que está cerrada por la isla Isabel, pero realmente no lo
está. Todo este complicado jugueteo de mares y tierras se encuentra entre el
continente americano y la Isla Grande de la Tierra del Fuego, repartida hoy
entre Argentina y Chile. Nuestros navegantes no sabían nada de territorios, ni
podían saberlo. Lo único que les interesaba y que llenaba su corazón de
esperanzas y temores era saber si habían llegado al fin al mar abierto. Si era
así, la primera parte del plan de la expedición —encontrar un mar más allá del
Nuevo Mundo— había sido coronada con éxito. «Y si no fuera por el capitán
general —comenta Pigafetta, admirado como siempre de su jefe— nunca habríamos
navegado aquel estrecho, porque pensábamos y todos decíamos que todo se nos
cerraba alrededor». El mérito no era solo de la indomable tenacidad de
Magallanes, sino de la habilidad de los pilotos de la San Antonio y la
Concepción, que habían sabido encontrar las dos «angosturas» por donde nadie
hubiera imaginado que había salida. Ahora se encontraban al fin en una mar
ancha, aunque en aquel momento tranquila. ¿Había terminado la aventura?
No tardó en surgir la decepción. Navegadas unas cuantas millas más por
aquel mar abierto, pudieron distinguir una costa que se extendía largamente de
norte a sur. Era la península de Brunschwig, la última prolongación hacia el
Austro del continente americano. De nuevo una barrera implacable que impedía el
paso hacia el oeste; y una costa baja, como todas las que habían visto hasta el
momento en la travesía de aquel complicado estrecho. En aquella costa se alza
ahora la ciudad de Punta Arenas —el nombre ya da idea de la naturaleza del
litoral—, que fue durante muchos años el punto de escala y apoyo de los
trasatlánticos y barcos que atravesaban el Estrecho. Hoy, después de la
construcción del canal de Panamá, ha perdido parte de su importancia, pero
sigue siendo una bella ciudad de más de cien mil habitantes, la más austral del
continente americano —la más austral de América y del mundo, Ushuaia, está en
una isla—; aún hoy Punta Arenas es centro turístico de primer orden, de donde
salen cruceros para quienes se atreven a conocer las bellezas de aquellos
parajes. La península Brunschwig, en el lugar en que la abordaron nuestros
exploradores, es todavía una costa baja y sin grandes alicientes: pero tenía ya
entonces un atractivo muy superior a lo que habían visto desde el puerto de San
Julián, el de Santa Cruz, las bahías Posesión o San Felipe y las traviesas
«angosturas»: era una tierra verde, cubierta en buena parte de prado, en la
cual crecían árboles frondosos. Otro paisaje, mucho más atractivo, comenzaba a
ofrecérseles y progresivamente más montañoso. ¿Era, sin embargo, aquella nueva
costa un obstáculo infranqueable? El paso estaba cerrado hacia el oeste, pero
ampliamente abierto hacia el sur: ¡Aún cabía la posibilidad de que fuera un mar
abierto!
Siguieron navegando hacia el austro, por más que no pareciera la
dirección más deseable. Qué peligros entrañaba acercarse todavía más al polo.
Hasta que ante ellos se alzó la silueta imponente y triangular de la isla
Dawson. Estaba perfectamente claro que aún no habían llegado al mar abierto,
pero siempre cabía mantener esperanzas. El promontorio de la isla dejaba dos
pasos que se abrían, uno hacia el sureste y otro hacia el suroeste. Uno de los
dos —o quién sabe si los dos— podía tener salida. Magallanes decidió dividir su
flota. Con el mismo criterio que antes, la San Antonio y la Concepción irían a
explorar el paso del sureste, y la Trinidad y la Victoria se meterían por el
del suroeste, que era sin duda el más prometedor. Tal vez Magallanes quería
reservarse la mejor parte. Al cabo de una semana o diez días, las dos pequeñas
escuadrillas volverían a reunirse en el mismo lugar y se comunicarían lo que
hubieran hallado. La aventura continuaba.
§. La defección de la San Antonio
Ignoramos por qué Magallanes seleccionó las mismas naves para la exploración de
las salidas hacia el sureste: la San Antonio —la mayor y no precisamente la más
rápida—, y la Concepción. Quizá pensó que la San Antonio, mandada por Mesquita,
podía vigilar cualquier travesura de la otra. Él se quedó con la Trinidad y la
Victoria, para explorar el paso del suroeste, el que ofrecía mayores
posibilidades, aunque todas las sorpresas podían esperarse de aquella geografía
llena de caprichos. En un principio parece que aguardó un poco a recibir
noticias; al cabo de dos o tres días, y al no tenerlas, se adentró en lo que
hoy es el Paso Froward, entre la península de Brunschwig y la isla Aracena. El
paso era amplio y prometedor. Hacia el sur empezaban a verse montañas nevadas y
profundos fiordos que recordaban a los mares polares. Tal vez llegaron ya
entonces a un estuario que llamaron río de las Sardinas, por la gran cantidad
de peces que vieron. Se detuvieron un tiempo, y luego regresaron al lugar de la
cita. Podía haber salida: algo, no sabemos qué, permitía adivinarlo.
Entretanto, la Concepción y la San Antonio realizaban su exploración por el
otro camino. Pronto descubrieron que este otro camino se duplicaba a su vez:
una escotadura ancha a la izquierda, y a la derecha otra más estrecha, pero más
profunda. La Concepción fue por la ancha y la San Antonio por la que ofrecía
aguas más hondas. La exploración de la primera bahía resultó un fracaso. La
Concepción recorrió cerca de un centenar de kilómetros, hasta comprobar que la
tierra se cerraba por un lado y otro hasta formar al fondo una suave playa. No
había salida por ninguna parte. Todavía hoy se la sigue llamando Bahía Inútil.
Los tripulantes regresaron al punto de cita un poco desalentados. Allí no había
nadie; ni la San Antonio ni los dos barcos de Magallanes habían regresado. Al
fin encontraron una cruz plantada por los de la Trinidad, y una nota en que se
daban pistas sobre la ruta del oeste, y la Concepción logró unirse con los otros
dos barcos que venían del río de las Sardinas. Entretanto, la San Antonio
navegaba por un paso que se había hecho bastante ancho y francamente largo, el
estrecho Whiteside, con altas montañas nevadas a un lado y a otro. Iba hacia el
sudeste, indudablemente en mala dirección, pero quién sabe si conducía a alguna
salida útil. Luego se metió entre un dédalo de islas rocosas, entre las cuales
el paso más factible era el hoy llamado canal del Almirante, o del
Almirantazgo. No sabemos hasta dónde llegó la San Antonio. El estrecho brazo de
mar se encaminaba derechamente al este, justo la dirección que llevaba al
Atlántico. No tenía sentido volver al punto de partida. Tal vez acabaron
comprobando que el canal del Almirantazgo se cierra completamente, tal vez no;
ni hacía falta.
La San Antonio regresó sin muchos ánimos a la zona de la Bahía Ancha,
frente a la península Brunschwig. Allí no había nadie: Magallanes aún no había
regresado del río de las Sardinas y la Concepción había ido a su encuentro. Al
menos eso es lo que se nos cuenta. Se nos dice también —siempre por parte de
los de la San Antonio— que estuvieron navegando cuatro o cinco días por los
contornos, y al no encontrar a ninguna de las naos, decidieron volver a España.
Los hechos son evidentemente más complejos. Pigafetta nos relata que, llegados
al Estrecho, posiblemente a la zona abierta de Bahía Ancha, que pensaban ser
mar abierta, el piloto de la San Antonio, Esteban Gómez[5] había discutido con Magallanes sobre la conveniencia de regresar a
España. Allí se daría cuenta del descubrimiento del Estrecho, y solo entonces
podría organizarse en forma una expedición capaz de llegar a las islas de la
Especiería. Se basaba en el texto de las instrucciones de Carlos I: «Cuando a
Dios pluguiere que tengáis descubiertas algunas islas o tierras que a vos
parecieren cosa de que se debe hacer mucho caso...» , el capitán habría de
«destacar uno o dos navíos» que fueran a dar la noticia a España. ¿Acaso no era
el descubrimiento del Estrecho una noticia sensacional? Magallanes se negó
terminantemente a la propuesta. Y es Pigafetta el que nos cuenta la firmeza del
capitán general: »aunque tuviera que comer los cueros de los mástiles, había de
pasar adelante y descubrir lo que había prometido al Rey». Es claramente una
profecía del pasado, intercalada por Pigafetta cuando conocía las penalidades
que iban a sufrir los expedicionarios en el Pacífico y lo que habrían de comer.
Pero la disputa entre Magallanes y Gómez es cierta, y pudo resultar desabrida.
También es cierto otro hecho que nos cuenta el mismo Pigafetta: Esteban Gómez
odiaba a Magallanes porque «había pedido, y estaba a punto de conseguir permiso
para hacer una expedición descubridora de nuevas tierras, al mando de unas
carabelas». Parece que lo que estaba gestionando Gómez era justamente lo mismo:
la búsqueda de un paso a través de América para llegar al mar que debía estar
más allá. La llegada de Magallanes y el entusiasmo que supo despertar en el
monarca había echado por tierra el proyecto de Esteban Gómez, y a éste no le
cupo otro recurso que enrolarse en la armada magallánica como simple piloto.
Hasta aquí los hechos explicativos. No parece que Magallanes desconfiara
gravemente de Gómez, y menos de la nao San Antonio, donde contaba con varios de
sus mejores amigos, incluido el fiel Álvaro de Mesquita, que era su capitán. Y
sin embargo, parece que después de la infructuosa exploración del estrecho
Whiteside y el canal del Almirantazgo, se impuso el criterio de Gómez. Consta,
aunque no conocemos los hechos con precisión, que se discutió airadamente a
bordo de la San Antonio, y hasta se llegó a las manos, con el resultado de dos
heridos; pero al fin se impuso la idea de regresar a España. Mesquita fue
preso, y Jerónimo Guerra, uno de los más cualificados entre los rebeldes, tomó
el mando de la nave. Naturalmente, Esteban Gómez, al que tal vez no le convenía
significarse demasiado, mantuvo el cargo de piloto, pero fue quien de hecho
señaló el rumbo de la nave. Volverse a España por el Atlántico tendría la
ventaja que supone adelantarse a los acontecimientos, dando cuenta antes que
nadie del gran descubrimiento del Estrecho, y de paso poder acusar a Magallanes
como traidor a las instrucciones reales y por haber impuesto despóticamente su
autoridad. La deserción era, qué duda cabe, una traición —quizá no tanto un
acto de cobardía—; pero podía cohonestarse alegando la infidelidad de
Magallanes al rey, su locura al condenar al veedor Cartagena, al no consultar a
los demás capitanes, e intentar llevar adelante una navegación con tres barcos
estropeados y faltos de víveres, que probablemente habían naufragado ya, si no
estaban a punto de hacerlo. El mismo hecho de que la San Antonio hubiese
esperado largo tiempo a los demás en el lugar de la cita, sin que apareciesen
los barcos, solo se podía explicar suponiendo que el orgullo del portugués los
había llevado a estrellarse en los escollos. La idea general, varias veces
expuesta en el proceso que iba a seguirse, era la de que Magallanes había
traicionado a aquellos buenos españoles y «los llevaba a perderlos». Esteban
Gómez esperaba que el rey le confiaría el mando de una nueva y mejor pensada
expedición, capaz de llevar a buen término los fines para los que se la había
concebido.
Sea cual fuere el juicio —para casi todos los historiadores
desfavorable—, los argumentos de los rebeldes se fundaban en medias verdades, y
las denuncias que preparaban podían tener su efecto. Esteban Gómez, sea cual
haya sido su comportamiento en aquella deserción, mostró ser un extraordinario
piloto. Llevó la San Antonio desde las cercanías del círculo polar austral,
pasando por el ecuador, hasta las costas españolas en una navegación de seis
meses, sin perder un solo hombre. En el Puerto de San Julián buscó al
abandonado Juan de Cartagena: ¡qué triunfo si hubiese podido llevarlo a España
y contar con su influyente testimonio! Hay versiones que aseguran que
repatriaron al hidalgo y al clérigo Sánchez de Reina. No es cierto: en 1522,
tras el regreso de Elcano y sus diecisiete compañeros supervivientes, consta
que el arzobispo Fonseca intentó organizar una expedición para rescatar a
Cartagena. Los de la San Antonio buscaron en la isla Justicia, pero no
encontraron a los confinados, ni sus huesos. Tal vez el hidalgo y el sacerdote
escaparon de la isla, se establecieron en tierra y cayeron en manos de los
indígenas, ya muy enfadados con aquellos navegantes blancos pequeños y
orgullosos. Nunca más se supo de ellos. Semanas más tarde, los de la San
Antonio encontraron unas islas, que difícilmente pueden ser otras que las
Malvinas; a las que se dio el nombre de islas de San Antón, por lo que cabe
inferir que llegaron a ellas el 17 de enero de 1521; pocas veces se les ha
atribuido la gloria de ser sus descubridores. Atravesaron el Atlántico
aprovechando bien el giro de los vientos, y en marzo llegaron a Guinea, donde
se reabastecieron. Allí esperaron el momento favorable, aunque tuvieron que
remontar los alisios. El 6 de mayo de 1521, la San Antonio y sus 55 tripulantes
sanos y salvos llegaron a Sanlúcar de Barrameda. Durante año y medio se los
tuvo por los únicos supervivientes de la expedición de Magallanes.
En la instrucción que siguió, se creyó en líneas generales su
testimonio, se reconoció su comportamiento a Jerónimo Guerra y Esteban Gómez,
se mantuvo en prisión a Mesquita. Magallanes, a quien se juzgaba muerto —y
había muerto, efectivamente, en Filipinas, un mes antes de la llegada de los de
la San Antonio—, fue juzgado en rebeldía como traidor al mandato del rey, y
hasta se retiró la pensión que disfrutaba su viuda. Esteban Gómez logró al fin
el mando de una flota destinada a descubrir el Estrecho por el Norte. Zarpó en
septiembre de 1524, costeó Canadá mientras pudo, y encontró la desembocadura
del San Lorenzo. Después de una invernada superada más o menos felizmente,
exploró toda la costa de lo que hoy son los Estados Unidos, deteniéndose en
varios puntos notables, entre ellos el que hoy forma el puerto de Nueva York.
Al Hudson le dio el nombre de río de San Antonio, y luego siguió hasta terminar
la costa de Florida. Apenas hace falta decir que no encontró estrecho alguno,
pero fue el primer navegante que siguió toda la costa de Norteamérica. Con
independencia del juicio que nos merezca su comportamiento, no cabe duda de que
fue uno de los mejores marinos de su tiempo.
§. La odisea final del Estrecho
Volvamos a nuestra historia. Magallanes, inquieto por la suerte de la San
Antonio, regresó una vez más a la punta de la península Brunschwig, allí donde
había colocado una gran cruz, visible desde larga distancia. Esperó en vano. Al
fin dejó, con una marca en tierra, una olla con indicaciones y una carta,
señalando la ruta hasta el río de las Sardinas, y dejando instrucciones para
Álvaro de Mesquita. Al fin reemprendió camino hacia el oeste. Se le vio
contristado como nunca por la pérdida del mayor de sus navíos, su tripulación
más numerosa, y también, cómo no, por el hecho de que la San Antonio guardaba
la mayor parte de las provisiones. Pero su preocupación tenía más alcance, y
tal vez este matiz es el que ha sido menos resaltado por la historia.
Magallanes era hombre de una intuición extraordinaria. Adivinó que la San
Antonio no se había extraviado, sino que la tripulación se había levantado
contra Mesquita, y en aquellos momentos navegaba por el Atlántico en demanda de
España. ¿Qué iban a contar Esteban Gómez y sus amigos al llegar? Nada bueno,
sin duda. Podían acusarle, podían calumniarle y sembrar su perdición. Él
conseguiría tal vez llegar al Maluco y descubrir nuevas tierras para el Rey,
pero podía haber caído en desgracia. Se le juzgaría, quizás todos sus denodados
esfuerzos y sus descubrimientos quedarían sin premio, si no se le imponía un
castigo vergonzoso. Ginés de Mafra, que no es un buen psicólogo, sí un buen
conocedor de los mares, no pudo menos de notar algo raro: cuando atravesaban el
segundo tramo del Estrecho: «Aquí estaba Magallanes muy pensativo, a ratos
alegre, a ratos triste, parece que algo imaginaba...». Su zozobra es tal vez la
única explicación de su comportamiento por aquellos días. Esta vez sí que recabó
consejo de los demás capitanes y pilotos, con una humildad que tuvo que
sorprender a todos.
«Hago saber —decía en su convocatoria— como tengo entendido que a vos
conviene, si os parece que es cosa grave [...] ir adelante [...]. Y como yo soy
hombre que nunca desechó el parecer de ninguno [!!!], os ruego y encomiendo me
deis vuestros pareceres, declarando por qué debemos de ir adelante, o volvernos
[...]».
Jamás se vio a Magallanes tan dubitativo y esclavo del parecer de sus
subordinados. Tal vez se sentía presa de una fuerte depresión. La inseguridad
le atenazaba. ¿No sería quizá preferible sacrificarlo todo y regresar cuanto
antes para defenderse de las casi seguras acusaciones de Esteban Gómez y los
suyos? Y curiosamente, cuando se adivina la intención de Magallanes de desistir
de su empeño y dar marcha atrás, son ahora sus capitanes y pilotos los que
muestran su desacuerdo y le instan, le animan a seguir adelante. La opinión que
acabó prevaleciendo fue la muy prudente del más científico de los pilotos,
Andrés de San Martín. Nada de seguir hacia el sur, hasta latitudes como la de
75º, que Magallanes había propuesto semanas antes como límite; pero estaban a
54º, y sería un disparate dar la vuelta precisamente ahora, «en la flor del
verano», a fines de noviembre, cuando se encontraban en la estación más
favorable para seguir la exploración. A mediados de enero, según lo que
encontrasen, se vería lo que convenía hacer. No cabía formular una opinión más
sensata. Y así fue como se continuó la exploración del Estrecho y se alcanzó el
océano Pacífico. Por obra de aquella decisión iba a cambiar la historia del
mundo.
Por desgracia, contamos con pocas descripciones de la travesía de la
segunda parte del Estrecho, sin duda la más interesante y también la más llena
de sorpresas y la más bella. Ginés de Mafra advierte que «la entrada de este
Estrecho por la parte del este es de tierra llana y buen parecer [...]; la
salida hacia poniente es de tierra nublada, muy angosta; en él la salida no
tiene ninguna señal, tanto que saliendo de él tres leguas a la mar, no se
divisa la boca». Mafra prefiere el primer tramo simplemente porque es más
navegable, las bahías o «boquerones» como donosamente las llama, son amplias y
no ofrecen problemas, excepto las «angosturas» o estrechos entre unas y otras.
En lo que no tiene razón es en que se trata de tierras de «buen ver»: son en
realidad costas bajas, abundantes en bancos de arena, carentes de ríos y de
pequeños abrigos, y francamente desoladas, con muy poca vegetación y casi sin
árbol alguno. El segundo tramo, en cambio, es, ciertamente, una zona más
abundante en nubes, más húmeda, más borrascosa, pero por eso mismo más
frondosa, más grata a la vista, y es hoy la preferida por los turistas y, no
hace falta decirlo, por los amigos de las exploraciones y aventuras. Para
Maximiliano Transilvano, que habla por los relatos de Elcano y de sus compañeros,
es «tierra muy fragosa, llena de montañas con nieve», digna de conocerse.
Pigafetta recuerda «puertos segurísimos, inmejorables aguas, leña aunque solo
de cedro [coníferas,], peces, sardinas, mejillones, hierba dulce [apio],
montañas nevadas»... y concluye «no creo que haya en el mundo estrecho mejor».
Todos se quedan cortos. La mitad occidental del estrecho de Magallanes es un
lugar de sobrecogedora belleza, en que se arremolinan las islas, los bosques
frondosos de araucarias, los glaciares colgados, las montañas esbeltas y
cubiertas de nieve, las cascadas que se precipitan desde las alturas, los
fiordos audaces de aguas profundas y transparentes, paisajes en suma en que se
combinan el salvajismo de una de las zonas más remotas del mundo y la armonía
de las formas; rincones maravillosos que asombran al viajero más indiferente.
Los hombres de Magallanes estaban más pendientes de encontrar un paso entre
aquel cúmulo de obstáculos inesperados y no pudieron gozar como los turistas de
hoy, pero no pudieron dejar de admirarse, eso parece indudable, ante el
prodigioso espectáculo de la naturaleza.
Si la parte oriental del Estrecho, con sus entradas o «boquerones» y sus
«angosturas» que parecen abiertas a propósito, está formada por tierras bajas y
estériles, en algunas de las cuales apenas crece la hierba, la occidental está
cruzada por las últimas estribaciones de los Andes, que en aquel extremo del
cono sur americano se retuercen en formaciones de singular fortaleza, como
dobladas por obra de titanes. El estrecho de Magallanes es como dos mundos
distintos, y, por supuesto son dos estrechos distintos enlazados por los
caprichos de la geografía; el primero formado por antiguos lagos comunicados
por pequeños canales, el segundo por enormes bloques de rocas dislocadas en
forma de islas entre cuyos vericuetos, aunque parezca mentira, siempre se
encuentra camino. La primera mitad se dirige hacia el suroeste, va a regiones
cada vez más antárticas: si nuestros navegantes hubieran tenido que seguir
invariablemente ese rumbo, se hubieran encontrado con los hielos eternos; la
segunda mitad del Estrecho, aunque muestra hielos en las montañas que la cercan
y algunos glaciares que cuelgan de las alturas, ofrece aguas limpias y se
dirige hacia el noroeste, de forma que la salida se encuentra curiosamente —y
así lo observa acertadamente Francisco Albo en su derrotero— en la misma
latitud que la entrada. El Estrecho describe así una V muy abierta.
La orilla norte del segundo tramo por el que ahora navegan nuestros
aventureros, está formada por la zona más fértil y pintoresca de la península
de Brunschwig, y más tarde por una serie de islas alineadas por las líneas de
fuerza de un plegamiento que se curva con violencia: la isla Riesco, con
alturas cubiertas de nieves perpetuas, de la cual se desprende la inverosímil
península Córdoba, de costas acantiladas; luego la isla Gamero, más recortada
por profundos entrantes por donde caen rugiendo ríos y cascadas; y entre otras
islas que van dejando cada vez más espacio, Muñoz, Rodríguez, Parker: el
Estrecho se va haciendo más ancho por el norte (¿en qué isla de las muchas que
siguen termina realmente?), mientras que en la orilla sur el fin del Estrecho
se prolonga implacable por la isla Desolación, que con sus acantilados
imposibles bien merece su nombre. Esta orilla del sur se distingue en principio
por una serie de islas pequeñas, entre las que se abren temerosos pasos,
algunos de los cuales, aunque peligrosos, llevan al mar abierto: la isla
Aracena, cubierta de altas montañas nevadas, la de Clarence, la de Santa Inés,
y la larga y estrecha Desolación. Debió ser en Clarence donde nuestros
navegantes distinguieron lejanos humos y de noche rojizas hogueras, encendidas
por los indios alacalufes, una raza que no se sabe cómo pudo establecerse allí,
pero que encontró abundantes yacimientos carboníferos que aquellos hombres
primitivos utilizaban para calentarse y asar sus alimentos cuatrocientos años
antes de que los occidentales aprendieran a utilizar el carbón de piedra. Los
navegantes llamaron a aquella isla «tierra de los fuegos»: y de aquí viene el
nombre de Tierra del Fuego con que hoy es conocida toda la región. No llegaron
a entrar en contacto con aquellas tribus. Hoy la isla Clarence está
deshabitada.
La navegación —¡sobre todo entonces la navegación a vela!— era difícil
por la gran aglomeración de islas que obligaban a continuos rodeos, pero que
siempre permiten algún paso. Navegaban de día y anclaban de noche, como
aconsejaba lo estrecho y fragoso de las costas fronteras: por fortuna, en
aquella época del año las noches duraban solo cuatro o cinco horas, y los días
casi veinte. Magallanes y los suyos acertaron con el camino más viable en cada
caso, y es ese camino el que sigue constituyendo el Estrecho que hoy se
entiende como tal. Dieron de una vez para siempre con la ruta definitiva. Ante
una isla que se alzaba casi justo en medio se detuvieron por un momento,
dudando dramáticamente: ¿estaría el camino cerrado? Al fin se convencieron de
que era mejor rodearla por el norte. La dificultad mayor estaba poco después,
en el hoy llamado Paso Tortuoso, en que un enorme promontorio, negro o blanco
según la estación, parece impedir toda salida. Hay que escoger muy bien la
ruta. Hoy, un sistema de boyas luminosas indican el único paso posible, pero
entonces había que adivinarlo todo. En algún momento se dieron cuenta, antes de
llegar al final, de que el estrecho tenía salida. Cómo lo supieron no lo
sabemos exactamente, ni tal vez lo sabremos jamás. Pigafetta habla de que desde
el río de las Sardinas —a lo que parece en la esquina suroeste de la península
Brunschwig— destacaron una falúa para explorar el camino: y la pequeña
embarcación regresó a los tres días anunciando que había encontrado el mar
abierto, con el júbilo perfectamente explicable de los expedicionarios. Esta
versión es la más generalmente admitida, por más que resulte difícilmente
creíble que un bote —a remos o a vela— pueda recorrer los trescientos
kilómetros que restaban (seiscientos en viaje de ida y vuelta) por uno de los
pasos más difíciles y peligrosos del mundo en solo tres días. El llamado
«piloto genovés» deja entender que un grupo de hombres subió a un monte, y
desde allí vio mar abierta. Es otra versión difícil de admitir —aunque algunos
autores lo hacen— que aquellos hombres, más acostumbrados a la mar que a las
dificultades de la montaña, pudieran ascender al único observatorio posible, el
nevado monte Warthon, glaciar incluido; y desde allí pudiesen divisar el mar,
casi siempre cubierto por las nubes que hasta en los días buenos empañan la
vista hacia el oeste. ¿Fue la Victoria la nave destacada? Tanto Pigafetta como
Mafra permiten adivinar esta exploración, aunque ninguno lo aclara debidamente.
Sabemos, eso sí, que los marinos, contra la opinión de Magallanes, que pensaba
que el Estrecho se abría entre dos continentes —el que llamamos América y el
que llamamos la Antártida— intuyeron que los canales que separaban las islas
del sur conducían por pasos peligrosos y estrechos, a un mar abierto, que rugía
al otro lado: oír tal cosa es demasiado disparatado para ser cierto, pero su
intuición resultó acertada. Otra posibilidad: a partir de Paso Tortuoso, cuando
baja la marea, la corriente va hacia el oeste: ¡el Estrecho tiene que tener
salida, otra cosa sería imposible! Una última hipótesis, que tal vez no ha sido
formulada. Sabemos que el 21 de noviembre los navíos se detuvieron en un paso
estrecho —parece el Long Reach— y allí conferenciaron sobre lo que convenía
hacer. Pudo ser en aquel punto, ya cerca del final, donde destacaron la
chalupa. Reanudaron la marcha el día 23. El 27 se encontraron en mar abierta.
§. Las Nubes de Magallanes
Quizá la llegada al océano Pacífico no fue tan espectacular y gloriosa como
habitualmente se nos describe. Fernández de Navarrete toma de un escrito de la
época que cuando los navegantes salieron del Estrecho, «vieron mar oscura y
gruesa, que era indicio de gran golfo»: es decir en palabras más claras y
actuales, no vieron nada por culpa de la bruma que suele velar aquellos
parajes; pero por el fuerte oleaje comprendieron que estaban en alta mar. Por
fortuna, sortearon los islotes Evangelistas, el mayor peligro para la salida.
Al cabo de veintisiete días de azarosa navegación, habían vencido los peligros
constantes del estrecho. Al día siguiente, con casi seguridad, vieron la isla
Desolación a popa, y las islas del norte cada vez más apartadas entre sí. Al
frente, la inmensidad de las aguas. El júbilo de aquellos ciento cincuenta
marineros fue indescriptible, y las pocas narraciones directas que nos quedan
así lo permiten confirmar. Dieron todos gracias a Dios por la fortuna, realmente
increíble, de haber salido con bien de tantas pruebas. El primer objetivo de la
empresa, el hallazgo de un paso a través de América, había sido coronado por el
éxito: ahora quedaba el segundo, el hallazgo de las fabulosas islas del Maluco,
que tal vez no se encontraban demasiado lejos. De nuevo el océano, un océano
desconocido y en él todas las maravillas que se pudiesen encontrar. Se
comprende el júbilo de aquellos hombres y sus infinitas esperanzas.
Por otra parte, la mar gruesa y la fuerte nubosidad de los primeros
días, fue sustituida muy pronto por aguas tranquilas y cielo claro. Tal fue la
causa por la que se llamó a aquellas aguas «mar Pacífico». Y bastante pacífico
fue, sorprendentemente, y contra su costumbre, durante tres meses de
navegación. En su momento trataremos de examinar una posible causa. El buen
tiempo permitió ver claramente las estrellas en las frías y muy cortas noches
australes. Sin duda ya las había visto antes, pero es ahora, después de
superado el Estrecho, cuando Pigafetta describe dos detalles sorprendentes del
los cielos del Sur. Ante todo se fija en dos «nubéculas» o nubecillas, que como
objetos luminiscentes adornan el firmamento nocturno. Se parecen por su aspecto
a las zonas más densas de la Vía Láctea, como la Nube del Escudo, o la Nube de
Sagitario, pero son más grandes, mucho más luminosas, y, además, como están
lejos de la Vía Láctea, destacan mucho más en medio de la oscuridad del cielo
como objetos singulares y llamativos, parecen un milagro. Sobre todo la Nube
Mayor es el objeto celeste que más llama la atención de todo el que lo observa,
y no pudo menos de admirarse ante él Pigafetta, como el mismo jefe de la
expedición. Con justicia sin duda se llama a aquellas joyas luminiscentes Nubes
de Magallanes.
El europeo o americano del norte que viaja por primera vez al hemisferio
sur, no puede menos de sentir un asombro similar. Un astrónomo aficionado que
estrenó esta visión una noche en el sur de Argentina, se quedó contemplando
largo rato aquel espectáculo exótico y peregrino para quien está familiarizado
con la observación de otro cielo muy distinto. ¡Una galaxia barrada!, exclamó
entusiasmado. Hasta que quiso apartar su ojo del telescopio, y no pudo hacerlo,
porque no había telescopio. El efecto es escenográfico[6]. Las Nubes de Magallanes son dos galaxias muy cercanas a la nuestra y
también cercanas entre sí, perfectamente visibles a simple vista. Es un
privilegio vedado a los habitantes del hemisferio Norte. No fue Magallanes
quien las descubrió, como que ya las menciona el astrónomo árabe Al Sufí en el
siglo X, que tenía su observatorio en Ispahan, Persia, pero parece que pudo
verlas desde Yemen. También, sin duda, las vieron los portugueses que
traspasaban el cabo de Buena Esperanza, pero el primer europeo que nos da
noticia cierta y detallada de aquel espectáculo es Pigafetta.
También vio Pigafetta la Cruz del Sur, y fue probablemente el primero
que le dio tal nombre. «Estando en alta mar, descubrimos al Oeste cinco
estrellas muy brillantes, colocadas exactamente en forma de cruz». Tampoco fue
el cronista italiano su descubridor, pues ya mencionan esta pequeña y brillante
constelación varios astrónomos antiguos, y el mismo Dante en su Divina Comedia
le confiere un significado místico, cuando en su viaje del Infierno al
Purgatorio llega al otro lado de la Tierra:
Io mi volsi a man destra e posi mente
all’ altro polo, e vidi quattro stelle
non viste mai fuor ch’ alla prima gente...
¿Cuatro o cinco estrellas? Son cuatro las principales que forman la
Cruz, pero existe una quinta, algo menos brillante, pero también bien visible.
Pigafetta no se equivoca. Lo hacen bastantes historiadores que confunden las
constelaciones, atribuyen mal las estrellas que divisó Pigafetta entre las dos
Nubes, y hasta hay quien cree que lo que vio no fue la Cruz, sino Orión.
Incluso un ilustre autor afirma que el cronista no pudo ver al mismo tiempo las
Nubes y la Cruz. Eso puede ocurrir en Buenos Aires, Santiago de Chile o Ciudad
del Cabo. En el Estrecho de Magallanes todos los objetos celestes que describe
Pigafetta son circumpolares, y pueden verse todas las noches despejadas del
año, por breves que sean estas noches, como sucedió en diciembre de 1520. La
Cruz del Sur es otro prodigio del cielo, en ningún otro lugar de la bóveda
celeste se ven juntas tantas estrellas de brillante fulgor. Y justo al lado,
como en un símbolo, las tinieblas, un espacio oscuro en que no se ve estrella
alguna. Le llaman «el Saco de Carbón». En fin, no se trata de dar más
explicaciones, absolutamente innecesarias en este caso, sí de recordar con
emoción, como si se tratara de un cumplimiento de la profecía bíblica, del
descubrimiento en aquellas regiones del globo, de un cielo nuevo y una nueva
tierra
Capítulo 6
La interminable travesía del océano
Contenido:
§. Las travesuras de El Niño
§. Cuestiones de rumbo
§. Islas infortunadas
§. Penuria extrema y muerte
§. ¿Por qué al Norte?
§. Los ladrones
Después de franquear el Estrecho, Magallanes y los suyos se encontraban
de nuevo en mar abierto. Después del cabo Deseado, hoy cabo Pilar, terminaba la
isla Desolación y ya no se veían más tierras hacia el sur. Por el norte seguían
distinguiéndose islas, las llamadas hoy de la Reina Adelaida, muchas y
pequeñas, pero un horizonte infinito se abría al oeste. De nuevo el mar
abierto. ¿Qué mar? Posiblemente era el mismo Mar del Sur que había visto Vasco
Núñez de Balboa desde las montañas de Panamá, pero eso nadie podía asegurarlo.
Observemos que tanto Balboa como Magallanes hablan de «mar», no de Océano. El
Océano por excelencia era el Atlántico, como se le había llamado sin más
apelativos durante siglos de historia. El paso del Cabo de Buena Esperanza por
Bartolomeu Dias y Vasco da Gama había revalorizado la categoría del Índico como
un nuevo océano, o tal vez como una parte del único gran Océano. Nunca se había
aclarado el extremo, y, en el fondo, todo depende de lo que se entienda por
océano, si la totalidad de los mares, o si en esa totalidad cabe distinguir
mares enormes dignos de una categoría especial. El descubierto por Magallanes
obligaría a admitir la realidad de varios y enormes océanos. Pero Magallanes no
descubrió el océano Pacífico como tal hasta semanas después, cuando hubo
navegado miles y miles de millas sin haber llegado a las tierras e islas del
Extremo Oriente. Hasta entonces no se conocían más que dos mares enormes, el
Atlántico y el Índico, y los más grandes geógrafos de su tiempo seguían dibujándolos
como Reinel o Lopo Homem. Lo que se discutió durante mil quinientos años fue si
esos dos grandes océanos se comunicaban entre sí o si eran mares
independientes, hasta que los portugueses, a fines del siglo XV, descubrieron
la conexión entre ambos. Cuando Magallanes traspuso el estrecho que lleva su
nombre, soñó que estaba navegando por el Índico, y que no faltaba mucho trecho
para llegar a las islas del Maluco. Lo mismo que Colón, pensaba que el mundo
era más pequeño de lo que es en realidad, y no podía imaginar la inmensa
extensión de aquel mar Pacífico, que resultó ser el océano más vasto del globo,
como que ocupa nada menos que un tercio de la extensión del planeta. Tampoco
acertó con el nombre, porque en el Pacífico se desatan ciclones, tifones y
tempestades sin cuento. O más exactamente, acertó en cuanto que en aquella
larguísima travesía, como observa Pigafetta, encontraron buena mar y no
tuvieron que sufrir una sola borrasca. Pero fueron aquellos meses de una
travesía que parecía no tener fin cuando por primera vez el hombre descubrió un
nuevo concepto de lo que debe entenderse por océano, y, de paso, cuando cobró
una idea clara de las enormes dimensiones del mundo.
§. Las travesuras de El Niño
Es preciso volver a la denominación del nuevo «mar» para tratar de entender
algunas cosas. Estamos todos de acuerdo, y ya lo hemos dicho: el mayor océano
del mundo no merece el título de mar, ni tampoco los nombres que se le pusieron
al principio, porque no está al sur del mundo, ni es pacífico. Tampoco podemos
criticar a los bautistas porque tuvieron razones objetivas, bien que
coyunturales, para llamarlos con los nombres que le dieron: Balboa vio el gran
mar tendido hacia el sur, y Magallanes lo atravesó con vientos apacibles. Este
último hecho es bien extraño, aunque obedezca a una momentánea realidad
histórica. Es una casualidad que Magallanes no se haya tropezado con grandes
tormentas en el tramo final del Estrecho, donde son enormemente frecuentes; ni
una tempestad del Oeste en el largo trayecto frente a la costa austral de
Chile, cuando allí lo normal es que las tempestades lleguen una y otra vez del
lado del mar; fue otra casualidad que la corriente de Humboldt le haya llevado
tan tempranamente hacia el centro del océano, en lugar de empujarle hacia Perú
o las Galápagos, pero así ocurrió. También fue una casualidad que al atravesar
la línea equinoccial no se haya eternizado en las calmas ecuatoriales, pero no
se encontró con las calmas. Fue una casualidad que el desplazamiento de la
línea de convergencia intertropical no le haya sorprendido con lluvias y
tormentas eléctricas, pero la verdad es que no ocurrió así. Como también es una
casualidad que el error difícilmente explicable de pasarse al hemisferio norte
le haya premiado con unos alisios más intensos que los del sur, que le
permitieron navegar a casi doble velocidad que en el otro hemisferio.
Cualquiera de estas casualidades es perfectamente posible. Pero que se hayan
registrado todas ellas a la vez resulta sorprendentemente inverosímil. La
coincidencia nos obliga a buscar una explicación, que aunque tal vez esté de
momento insuficientemente estudiada, y parezca en ocasiones un poco tomada por
los pelos, podría contribuir a explicarnos las cosas.
Scott Fitzpatrick es un arqueólogo e historiador norteamericano, experto
en el estudio de grandes viajes históricos; para el caso de Magallanes se valió
de la colaboración de Richard Callaghan, de la universidad de Calgary, experto
en modelos informáticos. Entre los dos publicaron un artículo en la revista
Science, en 2006, y lo ampliaron en 2008 en el «Journal of Pacific History». El
trabajo se titula Magellan’s crossing of the Pacific y es un
artículo no muy extenso, basado en fuentes ya conocidas, cuyo único pero nada
despreciable mérito es haber determinado mediante simulaciones por ordenador
que el viaje de Magallanes por el Pacífico, al menos desde enero hasta marzo de
1521, estuvo condicionado, ¡y más favorecido que perjudicado!, por el fenómeno
de «El Niño». Quizá no todas las explicaciones son por un igual convincentes,
pero en sus términos generales la tesis de Fitzpatrick-Callaghan es digna de
tenerse en cuenta.
Todos sabemos un poco del fenómeno de «El Niño», llamado por los
entendidos ENSO, El Niño South Oscillation, porque ahora se habla mucho de él,
tenga o no que ver con el cambio climático que se está registrando a fines del
siglo XX y comienzos del siglo XXI. Realmente, El Niño no es un fenómeno de
hoy, porque se ha operado, según los paleoclimatólogos, desde hace mucho
tiempo, tal vez desde hace milenios. El nombre se lo pusieron los pescadores
peruanos tal vez desde hace ciento cincuenta años, porque se inicia con las
Navidades, es decir, con las fiestas del Niño Jesús. Lo que interesa a los
pescadores, naturalmente, es la pesca, y resulta que cuando viene El Niño, los
peces que tanto abundan en la corriente fría de Humboldt se apartan de las
costas de Chile y Perú. Vamos a recordar el fenómeno de la forma más breve y
sencilla, porque lo único que aquí nos interesa es la influencia que pudo tener
en el viaje de Magallanes. La corriente de Humboldt, descubierta por el famoso
geógrafo alemán en su viaje a Perú, en 1802, es la mayor corriente marina de
aguas frías del mundo. Obedece a un mecanismo similar al de las corrientes de
Canarias, de California o de Benguela, pero tiene una longitud de 7.000
kilómetros y resulta decisiva en la configuración del clima en las costas de
Chile y Perú, y en buena parte de la extensión del Pacífico. Como todas las
corrientes frías, es muy abundante en pesca. Algunos curiosos se embarcan en
pequeñas canoas tan solo para, en mar abierto, inclinarse sobre las aguas e
introducir la mano en la mar. ¡Qué fría! Bajo un sol tropical y una temperatura
que invita al baño, el agua parece helada. El grito de asombro es invariable.
Pues bien: hay momentos —cada cinco, siete, diez años, la periodicidad
no es absoluta, por mucho que digan los climatólogos— en que la corriente se
interrumpe antes de llegar al norte de Chile, es obligada a derivar al oeste y
se va desvaneciendo, sustituida un poco más allá por una invasión de aguas
cálidas que procede del oeste. Quizá muchos lectores hayan oído hablar mucho
menos de la «Gran Piscina Cálida», la mayor masa de aguas calientes del mundo,
que se extiende al este de Indonesia y baña la mitad del Pacífico Sur en su
zona tropical. Es un amplio espacio de abundantes lluvias, sobre todo en la
época monzónica. Los bañistas que deseen utilizar esta inmensa piscina
encontrarán el agua demasiado «caldosa». Pero de vez en cuando este enorme
depósito se desplaza hacia el este, y puede llegar hasta las costas americanas,
justo allí donde la lluvia es menos frecuente. Caen fuertes aguaceros en el
norte de Chile y en la costa de Perú. El desierto de Atacama, el más seco del
mundo, se llena de flores, y en las montañas peruanas se desbordan las aguas, a
veces hasta consecuencias catastróficas. Por el contrario, en el sudeste
asiático, donde son habituales las lluvias, sobreviene la sequía y pueden
registrarse hambrunas allí donde la agricultura depende del agua. Los vientos,
los anticiclones y las borrascas siguen un régimen opuesto al habitual. En
suma, El Niño es una especie de mundo al revés, que para bien o para mal,
domina durante unos meses, en ocasiones dos años seguidos, hasta que regresa la
«Niña», que es el evento que distingue al clima normal. Los paleoclimatólogos,
valiéndose del estudio de los anillos de los árboles y otros vestigios, pueden
reconstruir estas oscilaciones con un margen de acierto muy aceptable. Pues
bien, se sabe que en los cambios de año 1519-1520 y 1520-1521 se registraron
dos episodios consecutivos de El Niño.
Magallanes se encontró con el segundo de ellos sin sospecharlo siquiera.
A la entrada del Estrecho por el Atlántico, los barcos sufrieron dos
surestadas. Una acabó con la Santiago y la otra hizo temer por la San Antonio y
la Concepción. Por el contrario, en el segundo tramo, que discurre entre
montañas e islas, el más peligroso por sus tempestades, reinó un tiempo
espléndido, y todo salió a pedir de boca. El nuevo océano mostró una bondad que
no encaja con sus malas costumbres, la meteorología fue excelente, y gracias a
la corriente y al viento favorable, los tres barcos que le quedaban a
Magallanes pudieron navegar a muy buena marcha a lo largo de las costas
chilenas. Si hubieran continuado costeando un poco más arriba, hubieran tenido
que arrostrar vientos contrarios y tormentas; pero la temprana desviación de la
corriente de Humboldt les aconsejó derivar al oestenoroeste siempre con los
elementos a favor y sin ningún temporal. Incluso, llegado el momento, pudieron
remontar la zona de convergencia intertropical y encontrarse con el alisio del
norte, aquel año —lógicamente— mucho más marcado que el del sur, y proseguir su
viaje a buena marcha. En suma, concluye Fitzpatrick, Magallanes «se vio
favorecido por condiciones inusuales» y gozó de un tiempo «anormalmente bueno».
Si no llega a ser así, «el Océano Pacífico no hubiera tenido ese nombre, la
navegación no hubiera seguido la ruta que siguió, probablemente no hubiera
conseguido superar su propósito y el nombre de Magallanes habría pasado a la
historia a lo sumo con una cita a pie de página». Es mucho suponer, desde
luego, aparte de que la ruta elegida por Magallanes admite otras explicaciones
que dependen no solo del régimen de corrientes y vientos, sino de la voluntad y
la capacidad de acierto y de error de los hombres. Pero no podemos infravalorar
de ninguna manera la tesis de estos profesores norteamericano-canadienses,
porque nos explican la coincidencia de muchas cosas inexplicables.
§. Cuestiones de rumbo
Escribe Pigafetta con cierta ingenuidad, pero acierta, que «si al salir del
Estrecho hubiésemos continuado hacia Poniente... hubiéramos dado la vuelta al
mundo, sin encontrar ninguna tierra hasta volver al mismo Estrecho por el cabo
de las Once Mil Vírgenes». Efectivamente, no existe ninguna tierra firme en el
mundo —exceptuando la Antártida, naturalmente— al sur del estrecho de
Magallanes. Ni Australia, ni Tasmania, ni Nueva Zelanda, ni África del Sur
alcanzan semejante latitud. Naturalmente, no era esa vuelta al mundo lo que
pretendía Magallanes... y si la hubiera intentado, de seguro hubiera fracasado
trágicamente, porque los continuos temporales de los «furiosos cincuenta»
hubieran hecho zozobrar las naves en algún momento. Lo que hizo Magallanes en
cuanto pudo fue dirigirse al norte: al principio, las islas le obligaron a
tomar el noroeste, pero ya el 29 de noviembre se fue rectamente al norte. Bien
sabía que las islas del Maluco no estaban en esa dirección, pero, como observa acertadamente
Mafra, «fue al Norte por meterse en tierra caliente», o, explica en el mismo
sentido López de Gómara, «hicieron camino detrás del sol». Naturalmente, en el
hemisferio sur el sol se ve en dirección norte. Magallanes, con muy buen
criterio, buscaba latitudes más templadas y seguras; luego llegaría el momento
de tomar la derrota de las Molucas.
Si salieron del Estrecho el 27 de noviembre, el 29 estaban ya a la
altura de la isla de Hannover, a 51º de latitud; el 30 frente a la isla
Esmeralda, en la misma latitud que el Puerto de San Julián. Si llegar (desde
Santa Cruz) hasta el Estrecho por el Atlántico les había costado ocho días, en
tres ya habían hecho el mismo camino por el Pacífico, ayudados por el viento y
la corriente. Magallanes descubrió Chile veintitantos años antes que Valdivia,
pero inexplicablemente —¡qué gran error!— no quiso tocarlo. El 1º de diciembre
pudieron ver la isla Campana, y el día siguiente el golfo de Penas: al fondo,
si las condiciones de visibilidad lo permitían, contemplarían el resplandor
plateado de altísimas montañas nevadas de insuperable belleza. De acuerdo con
los vientos o con los recortes de la costa, zigzagueaban continuamente, al
norte, al noroeste, al nordeste, sin tocar tierra, pero casi nunca sin perderla
de vista. El 8 de diciembre navegaban frente a la gran isla de Chiloé. El
viento flojeó un poco, y hasta el día 13 no estuvieron a la altura del río
Calle, donde treinta años más tarde el conquistador Pedro de Valdivia, después
de recorrer centenares de kilómetros por aquella región, encontró «el lugar más
hermoso del mundo», y en él hizo la última de sus fundaciones: una ciudad en
una isla en medio de un paraje de ensueño. «Héle llamado Valdivia —escribió al
emperador Carlos V—, porque pienso que así mi nombre pasará a la posteridad».
Qué bien adivinamos la idea de la «tercera vida» de Petrarca y Jorge Manrique,
el afán de perpetuación por medio de la fama, del hombre del Renacimiento. Sin
duda ese mismo afán sentiría Magallanes, cuyo nombre lleva uno de los estrechos
más famosos del mundo y uno de los espectáculos más portentosos del firmamento
estrellado.
Los barcos pasaron a la altura de Concepción —hoy una de las grandes
ciudades de Chile— el 15 de diciembre, y frente a lo que es hoy Valparaíso el
19. Inexplicablemente, Magallanes no se detuvo en ninguno de aquellos hermosos
puertos, ni sabemos que nadie haya saltado a tierra. No digamos para explorar,
que no era tal la misión que le llevaba, pero sí para adquirir provisiones, que
pronto iba a necesitar. Allí seguro que podrían encontrarlas, sobre todo
aquellos frutos frescos que hubieran evitado el escorbuto. Se encontraba ya en
regiones templadas, similares a las de Europa, por si fuera poco en pleno
verano con un tiempo espléndido; y unos días en tierra, después de las
penalidades sufridas hubieran hecho mucho bien a la gente. ¿Por qué no se
detuvo? ¿Es que llevaba prisa? ¿Es que deseaba aprovechar los vientos
favorables (que él pudo pensar coyunturales)? ¿Es que se imaginaba ya muy cerca
de las Molucas? Quién sabe si esto último. Aquel no detenerse iba a resultar
fatal para la expedición, mortal para muchos. También es verdad que Magallanes
no se imaginaba delante del mayor océano del mundo.
Al fin, el 22 de diciembre, ya a la altura de La Serena, al norte de
donde ahora está Santiago de Chile, y a 30º de latitud, Magallanes se decidió a
cambiar de rumbo. No para acercarse a la costa, sino para alejarse de ella y
adentrarse en el océano. Comenzaba la aventura definitiva, la búsqueda de las
deseadas Molucas. Fernández de Oviedo, que pudo conocer el relato de algunos de
los supervivientes, deja entender que Magallanes aspiraba a alcanzar el
ecuador, para, siguiendo la línea central del mapamundi, dirigirse hacia el
oeste hasta llegar a su destino. El camino podía ser así un poco más largo,
pero no tenía pérdida, puesto que sabía bien que las Molucas se encuentran
justo en la línea ecuatorial. Pero decidió no hacerlo, o no pudo hacerlo. Aquí
es donde puede entrar de nuevo en juego el Niño. En años en que ocurre el
fenómeno, la corriente de Humboldt no llega al norte de Chile, y la dirección
de los vientos se invierte. Desde los 30º de latitud, comenzó a navegar hacia
el ONO, incluso, el 22 de diciembre hacia el OSO, como si los vientos hubiesen
variado y soplaran ahora de componente norte. El Niño. Justamente por los días
de Navidad. Avanzaba con cierta lentitud, pero todos los días progresaba hacia
poniente e iba acercándose poco a poco al ecuador. El primer día del año 1521
les sorprendió a 25º sur. Desde la salida del Estrecho habían progresado unos
6.000 km, y navegaban por un océano (¿el Índico?) de aguas pacíficas, enorme y
sin una sola isla a la vista. Magallanes fue descubriendo poco a poco la
existencia real de un piélago mucho más extenso de cuanto hubiera podido
imaginar. Aquel descubrimiento tuvo que ser para él, una sorpresa[...] una
sorpresa interminable, porque no se le veía el fin. En algún lugar estarían las
Molucas, u otra tierra desconocida. Jamás se ha visto un océano que no conduzca
tarde o temprano a una costa, pero ¿cuándo y dónde? Aquel viaje fue placentero,
en cuanto que navegaban con viento favorable, sin asomos de tempestad, buena
mar y temperatura tropical, suave, sin grandes diferencias entre el día y la
noche. Pero aquel placer quedaba oscurecido por la incertidumbre de no saber a
dónde se dirigían ni cuánto tiempo tardarían en llegar a un destino que tal vez
no podían imaginar. A aquella zozobra se unía la angustia de saber que los
alimentos escaseaban cada vez más, y que los que conservaban se corrompían
hasta hacerse incomestibles.
Más de una vez nos hemos preguntado si no podían recurrir a la pesca. El
océano Pacífico es rico en peces: sabrosos dorados, lenguados, merluzas,
congrios, rayas, agujas, también peces exóticos, y muchos tiburones: no hay
océano donde abunden los tiburones como en el Pacífico tropical. Pigafetta
recuerda algunos de aquellos peces y alaba al Pacífico como un paraíso de la
pesca, aunque no relata escenas de pesca propiamente dichas. Lo que más le
admira son los peces voladores. En aquella mar, precisa, «puede practicarse la
más dilectísima de las pescas. Hay tres clases de peces largos como el brazo y
más, que se llaman dorados, albacoras [atún blanco gigante], y bonitos, los
cuales persiguen a otros que vuelan, llamados golondrinas de mar [...], de
excelente sabor [diríamos que no tanto, aunque son comestibles]. Estos
voladores con prontitud saltan fuera del agua y vuelan [...] por trechos más
largos que un tiro de ballesta. Durante cuyo vuelo córrenle los otros por
detrás por debajo del agua a su sombra. No acaba aún de caer el primero en el
agua, que ya en un decir Jesús lo han atrapado y comido: cosa en verdad
bellísima de ver». Por lo menos el vicentino se sentía divertido por el
espectáculo. Algunos de estos peces voladores se estrellaron contra el casco o
las velas, y, a juzgar por el gusto de Pigafetta, les resultaron sabrosos. Pero
no tenemos noticia de faenas de pesca propiamente dichas, practicadas con los
nada menos de quinientos anzuelos que llevaban, ya desde la borda o la popa de
los navíos, ya en botes destacados ex profeso. Si pescaron, la captura no
parece haber sido en cantidad suficiente como para satisfacer las necesidades
de la flotilla.
Por lo demás, la navegación era tan apacible como interminable y
tediosa. A veces, los marinos a vela necesitan algo que hacer en las vergas, en
los cordajes, en los masteleros, para distraerse un poco. Pero no hacían falta
más maniobras que las de rutina. Seguían casi siempre el rumbo oestenoroeste,
aproximándose lentamente al ecuador. Si esta era la ruta que Magallanes
estimaba correcta hacia las Molucas, hubieran debido alcanzar las fabulosas
islas que constituían el objeto de su viaje hacia la longitud geográfica 165º
oeste, todavía en el hemisferio de derecho español, y, naturalmente muy cerca
del ecuador, en una fecha cercana al 12 o 13 de febrero. No encontraron nada.
Evidentemente, el mapa del mundo era muy diferente a como lo imaginaban. De
haber sabido o tan siquiera sospechado la inmensa extensión del Pacífico,
Magallanes o no se hubiese aventurado a aquella navegación, o bien — porque
conocemos sus arrestos— se hubiese preparado recogiendo en las costas
americanas las provisiones precisas para una travesía tan interminable, o
hubiese carenado las naves. Pero una vez engolfado en la aventura, era ya
demasiado tarde para volverse atrás, desafiando vientos y corrientes contrarias
que podían hacer la travesía —eso era absolutamente imposible de calcular—
todavía más interminable que la que estaban intentando: sin contar con que, a
los ojos de todos, semejante vuelta atrás hubiera sido interpretada como la
confesión de un vergonzoso fracaso. Había que seguir adelante, hacia lo
desconocido.
§. Islas infortunadas
El viaje de Magallanes por el Pacífico tuvo una especial mala suerte por lo que
se refiere al avistamiento de nuevas tierras, siquiera fueran pequeñas islas.
Es cierto que el inmenso océano está casi vacío, como que las tierras
comprendidas entre la costa americana y el área del Extremo Oriente no llegan a
ocupar ni la milésima parte de la superficie total. Si clavamos un puntero
sobre el mapa del Pacífico propiamente dicho (no contamos Indonesia ni las
Filipinas, que ya se consideran parte de Asia, ni tampoco el continente de
Australia), de cada mil intentos apenas acertaremos una vez sobre una isla.
(Sí, es fácil, sobre los rótulos que las anuncian). Sin embargo, el número de
islas del Pacífico es de muchos miles. Lo que ocurre es que en su mayoría son
islas pequeñísimas, algunas no pasan de ser simples atolones de coral,
prácticamente inhabitables. Sin embargo, todos los navegantes que atravesaron
el Pacífico se encontraron con algunas o con muchas islas. Magallanes tuvo en
este sentido una particular mala suerte, o, si se quiere, un desacierto en la
elección de la ruta. Si hubiera seguido los mares tropicales del sur (la ruta
más conveniente en un año normal), hubiera topado por necesidad con varios
archipiélagos. Tampoco sabía que los navegantes posteriores se guiarían por las
nubes. Cuando a partir de media mañana y especialmente a mediodía, se ve en un
cielo azul una nube solitaria, es casi seguro que se encuentra encima de una
isla. La tierra se calienta más rápidamente que el mar; sobre tierra, el aire
sube y el vapor se condensa: hoy es ese un fenómeno perfectamente conocido, y
con frecuencia fue utilizado por los navegantes europeos, y no digamos por los
polinesios, para descubrir islas nuevas. Las islas son generalmente tan pequeñas
que no se divisan hasta pocas millas de distancia; cuando se las tiene casi
encima; en cambio, las nubes sí se distinguen desde muy lejos, y son en este
sentido de una incalculable utilidad. Pero aún no se había adquirido esa
experiencia.
Ya frente a las costas de Chile pasaron los de Magallanes entre el
continente y la isla de Juan Fernández (la de Robinson Crusoe); luego no
pudieron adivinar la isla de Pascua. Más tarde la flota dejó por poco al sur
las islas Marquesas, las Cook, Gilbert, Marshall; pasó exactamente entre el
archipiélago de Tuamotu y las Marquesas, entre las Espóradas Ecuatoriales y las
de la Sociedad; en cuanto a las Marshall también las esquivó por muy poco.
Cierto que Magallanes no buscaba pequeñas islas, sino las maravillosas Molucas,
que imaginaba muy grandes, aunque no lo eran tanto; pero cuando menos,
cualquier trocito de tierra de Polinesia le hubiera permitido proveerse de
cocos u otros frutos capaces no solo de servir de alimento —el coco puede
aprovecharse lo mismo como comida que como bebida—, sino de remedio para
impedir o curar una terrible enfermedad que padecieron casi todos. En el fondo,
tiene razón Bergreen cuando observa que Magallanes eludió, «como de intento»,
todas las islas del Pacífico.
Sin embargo, aunque casi nadie se haya molestado en recordarlo, encontró
dos islas; y el hecho es digno de ser consignado, aunque no sea más que por lo
que tiene de anecdótico. El 24 de enero de 1521 dieron nuestros navegantes con
una pequeña isleta, a la que bautizaron con el nombre de San Pablo. Se conoce
que la vieron por la tarde, porque era costumbre de los marinos de entonces
poner a sus descubrimientos vespertinos el nombre del santo del día siguiente
(25 de enero, conversión de San Pablo). Iban navegando casi hacia el oeste, con
viento flojo, según se deduce de los derroteros. «Era una isleta con arboleda
encima, y es deshabitada, y sondamos en ella y no hallamos fondo». No cabe duda
de que se trataba de un atolón de coral, una formación que puede surgir casi
bruscamente de las aguas, sobre un basamento de probable origen volcánico, como
un escollo de poca altura de color gris o parduzco. En sus inmediaciones pueden
hallarse grandes profundidades. Nuestros navegantes no pudieron abordar aquel
pequeño pedacito de tierra, porque se hubieran estrellado contra los escollos.
Mafra dice un poco desolado que es «una isla muy pequeña, tan cercada de
arrecifes que parecía que la naturaleza la había armado para defenderse del
mar...» Y para defenderse de los hombres que pretendieran abordarla.
Permanecieron en torno a aquel diminuto pedacito de tierra que se les ofrecía a
la vista mientras duró la luz del sol; luego reanudaron la navegación
tristemente resignados. No hubieran encontrado gran cosa entre aquel arbolado
—sin duda cocoteros—, pero algo hubiera significado, y tocar tierra serviría
siquiera de parvo consuelo en la inmensa extensión del océano. Era
probablemente la isla Puka-Puka, aunque otros, como Speke, han propuesto
Fangahina o Angatau, todas ellas al borde del archipiélago de las Tuamotu, o
Islas Bajas, porque apenas sobresalen unos metros de las aguas (los corales no
pueden vivir largo tiempo en seco). Magallanes iba rozando el archipiélago por
el norte. Un grado o dos más al sur, y hubieran encontrado multitud de islas,
muchas de ellas abordables. Puka-Puka mide unos dos por dos kilómetros de
extensión, gran parte de la cual está cubierta por la laguna central, y se
encuentra a 15º 23’ Sur y a 133º 30’ Oeste: las medidas del derrotero de Albo y
las del piloto genovés (¿Pancaldo?) son bastante precisas; no tanto las del
anónimo piloto portugués; de aquí las dudas sobre la identificación exacta de
la isla.
Más tarde, el 4 de febrero, navegando casi siempre con rumbo ONO y con
viento flojo, avistaron una segunda isla, a la que pusieron por nombre Isla de
los Tiburones, por la gran cantidad de estos grandes y fieros peces que vieron
por sus costas. Tanto Pigafetta como Transilvano cuentan que allí se dedicaron
a la pesca, ya fuera de aquellos tiburones o más bien de peces de menor tamaño:
ya es sabido que allí donde abundan los peces, acuden los tiburones a buscar su
presa. Y más todavía, si recogemos el testimonio de Transilvano: «saltaron a
tierra, para dar alguna recreación a sus cuerpos... y estuvieron allí dos días
pescando y recreándose, porque había muchos y buenos pescados». Esta versión la
recoge casi literalmente Fernández de Navarrete. Si es cierta, sentimos hasta
deseos de compartir el gozo de aquellos hombres que pudieron encontrar
semejante «recreo» en medio de su miseria y su soledad. Con todo, no parece que
pudiera ser verdad aquella pequeña dicha, porque las fuentes más directas, como
Pigafetta, Mafra, Albo o el piloto genovés, apenas hablan más que de unas horas
de pesca, probablemente desde botes. Albo, que es el que nos proporciona la
posición más verosímil de la isla el 4 de febrero, mide el día 5 un punto
situado unas cincuenta leguas más al noroeste, un dato que nos proporciona una
certeza casi absoluta de que no es cierto que en la isla de los Tiburones
pasaran unos días de recreo, sino que siguieron adelante.
¿Cuál es la isla de los Tiburones? Su identificación ofrece todavía más
dudas que la de San Pablo. Puede ser la Caroline, la Vostok o la Flint. Todas
son atolones de forma alargada y de tamaño no mayor, más irregular, que la isla
vista el 24 de enero, a la que no pudieron abordar. Caroline es muy alargada,
más bien un rosario de islotes más o menos enlazados entre sí por las rocas
coralinas. Está situada a 10º,0 Sur y 150º 25’ Oeste, y su mejor relación con
lo ocurrido es el hecho de que cuando en 1606 la descubrió (o redescubrió)
Pedro Fernández de Quirós la llamó «isla del Pescado». Desde 2001 lleva el
nombre mucho más solemne de Isla del Milenio, porque fue la primera tierra del
mundo que, por encontrarse justamente en la línea de cambio de fecha, vivió el
siglo XXI[7]. Con todo, parece que la posición de la flota de Magallanes el 4 de
febrero de 1521 estaba más de un grado más al sur. La isla Vostok, cuyo nombre
nos recuerda una famosa nave espacial soviética, y sigue llevando una base rusa
en la Antártida, es el nombre de uno de los barcos comandados por un marino
alemán, Gottlieb von Bellinghausen, al servicio del zar de Rusia, que descubrió
la isla en 1820. Es, como todas, un atolón coralino que apenas sobresale de las
aguas, y tiene kilómetro y medio de diámetro; como sus congéneres, es rico en
pesca y en aves marinas. Una dificultad presenta esta hipótesis: si Magallanes
hubiera llegado a Vostok, no hubiera tenido más remedio que encontrarse poco
más allá, al O. y ONO., con una de las zonas más ricas en islas de las
Espóradas del Sur, estado de Kiribati, y no hubiera dejado de verlas: es
absolutamente imposible que no se topase con ellas. Puesto que no las vio,
parece que hemos de desechar la hipótesis de Vostok.
Lo más probable, y lo más conforme con el derrotero de Albo, que produce
la impresión de ser el más fiable, es que la islita descubierta el 4 de febrero
fue Flint, 190 km al oeste de Vostok, una isla en forma de barco, pero menos
alargada que Caroline, de 4 x 0,8 km, y una altura máxima de solo ocho metros
sobre el mar. Lleva el nombre de un pirata tan inexistente como conocido,
porque es el «sanguinario monstruo del mar» que escondió su fabuloso botín en
un isla también imaginaria, «La isla del Tesoro», en la novela de Robert Louis
Stevenson que leyeron tres o cuatro generaciones de adolescentes en los siglos
XIX y XX. La isla Flint fue descubierta por el honrado capitán Keen, y
pertenece como todas al exótico estado de Kiribati. Abunda en pesca y en tiburones,
pero es menos abordable todavía que las anteriores, de modo que es difícil de
imaginar que nuestros navegantes pasasen bajo su frondosa vegetación tres días
de asueto. Se limitaron a pescar desde las embarcaciones secundarias, que ya
fue una suerte de recreo, aunque no sirvió de mucho. Al día siguiente, ya
estaban a cincuenta leguas al noroeste. Fue otra mala casualidad que no vieran
la isla Phoenix, la única que se pudieran topar desde allí; pero no tenemos la
menor noticia de nuevos hallazgos. Otra vez el mar infinito, semanas y semanas,
como si no existieran más tierras en el mundo. Tiene un poco de razón Pigafetta
cuando comenta: «pienso que nadie más se atreverá nunca a cruzar este Océano».
No fue buen profeta, porque la historia está tan llena de valientes aventureros
como los que hicieron la travesía por primera vez; y los sucesores, en cuanto a
sus hallazgos, tuvieron mejor suerte.
§. Penuria extrema y muerte
Pigafetta (y a su remolque, casi inevitablemente la mayor parte de los autores
que relatan la odisea de Magallanes-Elcano) dedica las cuatro quintas partes de
su relato sobre la travesía del Pacífico a contarnos las penalidades extremas a
que los viajeros se vieron sometidos en aquellas singladuras interminables. Es
un episodio profundamente humano al cual no tenemos más remedio que referirnos
si queremos recordar la realidad viva y presente de aquellas jornadas, aunque
es poco lo que por nuestra parte podamos añadir. Por otro lado —también es
preciso tenerlo en cuenta— la travesía del Pacifico vino siempre acompañada, en
los tiempos de la navegación a vela, desde el viaje casi inmediato de
Loaysa-Elcano, pasando por el de Drake, hasta los de Cook y Bougainville en el
siglo XVIII, de penalidades semejantes hasta que en el primer tercio del siglo
XIX empezaron a aplicarse nuevas medidas que hicieron la tremenda travesía, si
no mucho más rápida, al menos más llevadera.
Fernández de Navarrete, valiéndose de una fuente o de una interpretación
de los hechos que no conocemos, nos dice que ya desde la altura de 25º Sur, es
decir, desde poco después del paso frente a las costas de Chile, nuestros
expedicionarios comenzaron a sufrir fuertes penurias, de suerte que tenían que
beber agua hedionda y comer arroz cocido con agua salada, aparte de las
privaciones inherentes a una disminución drástica de la ración de alimentos que
les estaba permitido tomar. En este sentido, resulta una vez más inexplicable
que Magallanes no se haya detenido siquiera unos pocos días en algún lugar de
aquellas costas llenas de seguros y amables abrigos, para hacer provisión
cuando menos de agua fresca y conseguir, por medio de la caza o del intercambio
con los indígenas, nuevas provisiones. Pedro Mártir de Anglería, que trató de
informarse cumplidamente de lo sucedido en aquel extraordinario viaje, relata
que «la penuria de agua potable era tal, que habían de mezclarla con un tercio
del líquido que orinaban» y «si alguno trataba de beberla en estas condiciones,
tenía que cerrar los ojos y taparse las narices, tan asqueroso era su aspecto».
La sed era una de las torturas mayores de aquellas jornadas interminables,
agravada por las altas temperaturas del trópico, el sol implacable de los
alisios y las aguas calientes de alta salinidad de la famosa «piscina» del
Pacífico, que, por un avatar de los elementos climáticos de aquel año hubieron
de soportar desde muy pronto.
Es Pigafetta, con su prosa expresiva, quien también desde los primeros
momentos, antes de narrarnos otros aspectos de la travesía, recae en el tema de
las penurias que los expedicionarios iban a sufrir —sobre todo— después.
Recordemos cuando menos lo más fundamental: «Pasamos tres meses y veinte días
sin probar alimento fresco. El bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un
polvo mezclado de gusanos que habían devorado toda su sustancia, y que además
tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado por orina de rata. El agua
que nos veíamos obligados a beber estaba igualmente podrida y hedionda. Para no
morirnos de hambre nos vimos todavía obligados a comer pedazos de cuero con que
se había forrado la gran verga para evitar que la madera destruyera las
cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba
tan duro, que era necesario sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar
para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos luego sobre las brasas. A
menudo estábamos reducidos a alimentarnos de serrín, y hasta las ratas, tan
repelentes para el hombre, habían llegado a ser un manjar tan delicado que se
pagaba medio ducado por cada una...». El ducado era una moneda de oro que no
estaba al alcance de todo el mundo. Es posible que el reportero Pigafetta, que
siempre gusta de lo más sensacional y atractivo para el morbo de sus lectores,
exagere un poco los aspectos extremos de la penuria que los expedicionarios
hubieron de padecer durante aquellos ciento diez días de mar; pero el sufrimiento
de aquellos hombres, por endurecidos que estuvieran por la exigente vida en
medio del océano, ha de ser comprendido como una atroz tortura: y más si
tomamos conciencia de que nadie sabía hasta cuándo aquella situación iba a
durar.
El problema, aclarémoslo para los que han entendido otra cosa, era menos
la falta de víveres que su mal estado. Llevaban carne o pescado, ciertamente,
pero la materia orgánica estaba podrida y en la mayoría de los casos incomible.
El hecho de que para conservar los alimentos no hubiera entonces otro medio que
salarlos, aumentaba más el tormento de la sed. En otros mares, los tripulantes
utilizaban el recurso de recoger el agua de la lluvia mediante velas tendidas
en cubierta; pero en aquel viaje, bajo los alisios y las excepcionales
condiciones climáticas a que estaban sometidos, no tenemos noticia de que haya
llovido una sola vez. Muchos tripulantes enfermaron, no solo por la pésima
alimentación, sino por deshidratación, el tifus o la disentería provocada por
las ratas: o por la transmisión de las enfermedades previas de las ratas, tan
propensas a contraer infecciones como a transmitirlas a los humanos. Pigafetta
nos habla de diecinueve muertos y de más de treinta enfermos: en realidad la
mayoría de las tripulaciones se encontraban en un deplorable estado físico.
Entre los fallecidos figuró el gigante patagón que llevaban a bordo, que se
había hecho especial amigo de Pigafetta, el cual pudo recoger un amplio
vocabulario de la lengua de los tehuelches. Ambas partes se enriquecieron en
sus respectivos conocimientos, porque el indígena podía entender y hablar lo
fundamental del castellano. Sintiéndose morir, quiso hacerse cristiano y fue
bautizado.
«Pero nuestra mayor desdicha —sigue diciendo Pigafetta— era vernos
atacados de una enfermedad por la cual las encías se hinchaban al punto de
sobrepasar los dientes de las mandíbulas superior e inferior; los atacados por
ella no podían tomar ningún alimento». La enfermedad era apenas conocida hasta
entonces, aunque ya la habían padecido algunos marineros portugueses en el
viaje a la India, sobre todo cuando navegaban contra los vientos monzónicos y
los días de mar se prolongaban. Esta enfermedad se llama escorbuto, y fue
identificada bastante bien en 1752 por James Lind, que recomendó con éxito el
uso de cítricos para combatirla. Hoy sabemos que el escorbuto es una forma de
avitaminosis, concretamente la carencia de vitamina C, que se encuentra
presente especialmente en frutos frescos, verduras y hortalizas, difíciles de
conservar en una larga navegación. Su falta en el régimen alimenticio disminuye
radicalmente el índice de coagulación, debilita los capilares y provoca
hemorragias internas y externas. Las heridas no curan, se producen con
facilidad hematomas por la menor causa, las encías se hacen sangrantes, surgen
hemorragias nasales, púrpura en los pies, a veces en los músculos y órganos
internos. Son frecuentes fenómenos de edema, fiebre, convulsiones, hasta coma.
Los afectados por escorbuto pierden los ánimos, sufren depresión, se sienten
incapaces de nada. En su nivel extremo, la enfermedad puede producir la muerte.
Pigafetta menciona solo la hinchazón de encías, que era sin duda el síntoma más
espectacular por la dificultad que comportaba de tomar alimentos; dice que
procuraban curar el mal lavando la boca con agua del mar, por cierto sin
grandes resultados; el resto de los síntomas podían ser atribuidos a otras
enfermedades, y tal vez por eso no son mencionados. Eso sí, estaban casi todos
agotados: por fortuna, los vientos constantes y moderados hacían innecesarias
las maniobras más fatigosas.
Pigafetta se ufana de no haber sufrido la extraña enfermedad. Tampoco
tenemos noticias de que la padecieran Magallanes, los capitanes y la mayor
parte de los pilotos. Hay una pequeña explicación: los miembros importantes de
la expedición comían carne de membrillo. Este pequeño lujo, aunque ellos no lo
sabían, era un remedio eficaz para prevenir el escorbuto. Una vez llegados a
Filipinas, escogieron una isla para reponerse. Muchos estaban enfermos y no
podían más. Curaron todos en cosa de una semana como por ensalmo. Tampoco lo
sabían, pero la salud la recuperaron no por el descanso, sino por los frutos
frescos que pudieron tomar.
§. ¿Por qué al Norte?
Desde el hallazgo de las pequeñas islas de San Pablo y los Tiburones, siguieron
navegando hacia el noroeste o el oestenoroeste, según los días, sin encontrar
tierra alguna. Parece increíble que no dieran siquiera con las islas Marshall,
tan coincidentes con su trayectoria, pero el viaje de Magallanes está lleno
también de casualidades negativas. Entre el 12 y el 13 de febrero de aquel 1521
cruzaron el ecuador, a la altura del meridiano 165º o 168º oeste. Lo lógico, si
querían llegar a las Molucas —y así estaba, por lo que sabemos, previsto en el
plan—, era seguir el ecuador hacia el oeste, para dar directamente con su
destino. Y, sin embargo, no lo hicieron: continuaron su rumbo entre NO y ONO.
Desde un punto de vista técnico acertaron. En aquella época del año cazaron muy
pronto los alisios del norte, y se ve que la velocidad de los navíos se duplicó
por lo menos. Si continuaba operándose el fenómeno de El Niño, se libraron de
él, y aprovecharon la deriva de la convergencia intertropical para librarse del
cinturón de las calmas. No fue como en el Atlántico: ni un día de atosigante
falta de viento, ni un día de tormenta. Ahora bien, por aquella derrota no
hubieran llegado jamás a las Molucas: quizá hubieran tocado el norte de la isla
de Luzón, en Filipinas, o en todo caso, después de larguísimo recorrido, la
isla de Hainan, o la costa del sur de China, no muy lejos de donde ahora se
encuentra Hong Kong.
Qué es lo que pretendía Magallanes con esta ruta es un misterio muy
difícil de resolver. No podía pretender la llegada a las Molucas, ciertamente.
Tampoco sabía, como hoy comprendemos mejor, buscar los vientos más favorables,
aunque los encontrara por casualidad. Una explicación que no nos convence
demasiado es la de que necesitaba abastecerse cuanto antes, y sabía que en las
Molucas no podía hacerlo, porque «había recibido noticias» de que en las islas
de la Especiería escaseaban los alimentos. Algunos autores que no hace falta
mencionar recuerdan esta «noticia» de modo demasiado literal. ¿Cómo supo
Magallanes que aquel año había sido fatal para las cosechas en Molucas? Ni que
existieran comunicaciones por radio o por satélite. Hay quien ha caído en una lamentable
confusión entre los fenómenos climatológicos que entonces se registraron y lo
que sabía Magallanes de las Molucas, que databa de bastantes años antes, en la
época de su correspondencia con Serrâo, que, efectivamente, le informó de que
en las Molucas se producían muy malas cosechas. Pero si deseaba proveerse de
víveres antes de rendir viaje, ¿a dónde quería ir? Una pista: al llegar a la
latitud 12 ó 13º, dejó de derivar al norte y tomó decididamente la ruta del
oeste. Un camino que le llevaría a las islas Marianas y después a las
Filipinas. Naturalmente que ni Magallanes ni nadie tenían la menor idea de la
existencia de estas tierras. Pero Pigafetta, en una de sus digresiones, nos
dice que su jefe quería llegar al cabo Gaticara. Se trata, qué duda cabe, del
cabo o península de Cattigara, que en la geografía de Ptolomeo aparece como un
paso fundamental entre la Sérica (China) y la India propiamente dicha. Los
mapamundis renacentistas la representan una y otra vez, sin saber muy bien
dónde está. Es preciso repetirlo: ¡cómo engañan estos mapas supuestamente obra
de sabios a los verdaderos navegantes! Colón se volvió loco buscando Cattigara
en América Central. Magallanes, mejor orientado, lo buscó al final del
Pacífico, a 13º Norte. Se aseguró que esta península o cabo famoso era la punta
sur de Malaca; hoy se piensa que es la punta sur de Indochina o Vietnam,
situada a 9º 30’ N. No iba del todo desencaminado, aunque nunca encontró aquel
lugar famoso en los mapas, ni falta que le hizo. Encontró las Marianas y las
Filipinas.
Pigafetta, en otro inciso todavía más extraño, habla de que estaban
navegando muy cerca de Cipango (Japón) y Sumbdit-Pradit, una isla que pudiera
ser Hainan o Formosa, que algunos geógrafos situaban también por aquella zona
del mundo: qué mal conocían los supuestos expertos europeos los parajes a donde
aún no habían llegado los portugueses. Evidentemente, el capitán de la flota no
estaba buscando la Molucas, sino otra cosa. Fernández Vial, advierte que con
ello estaba incumpliendo las instrucciones concretas de Carlos I. ¿Es que
pretendía descubrir o tomar posesión por su cuenta de tierras legendarias? ¿Es
que no tenía una idea clara de dónde se encontraban las Molucas? ¡Pero si se lo
había dicho Francisco Serrano desde las mismas islas de las Especias, y el
propio Magallanes había declarado al joven monarca español que se encontraban
«sobre la línea equinoccial»! No sabemos de dónde toma Bergreen la información
de que Magallanes tiró por la borda el mapa que llevaba al comprobar que las
cosas no estaban en su sitio. El hecho no parece ser cierto, sí lo es el
desconcierto del jefe de la expedición. La explicación que puede absolverle es
la de que Magallanes quería orientarse, llegar a un lugar de gentes cultas y
enteradas, como podían ser China o Japón, o tierras cercanas a ellas, donde
pudiesen informarle con seguridad. El gran navegante no tenía ni podía tener la
menor idea del océano Pacífico ni de sus descomunales dimensiones. Ni tampoco,
por lo visto, conocía muy bien la latitud de China o de Japón. El descubrimiento,
que lo fue, del mayor océano del mundo, vino a echar por tierra todos sus
cálculos. Podía estar buscando referencias seguras. Tal vez no sabremos nunca
con exactitud lo que pretendía Magallanes 1500 kilómetros al norte de las
Molucas. Por desgracia para él y para la historia se llevó el secreto a la
tumba.
§. Los ladrones
La navegación siguió su rumbo, siempre hacia poniente a primeros de marzo. Era
ya difícil precisar hasta cuándo aquellos marineros enfermos y agotados podrían
resistir. También es difícil adivinar si el descontento contra Magallanes,
aquel capitán que parecía llevarles a ninguna parte, cundió entre ellos. No
tenía sentido sublevarse como en el Puerto de San Julián o como cuando la
deserción de la San Antonio. Entonces existían alternativas, se sabía a dónde
se podía ir. Ahora no tenía sentido protestar o exigir, cuando nadie sabía
exactamente dónde se encontraba ni qué rumbo era el más conveniente. Quizá lo
mejor era continuar hacia donde les empujaba el viento, y el viento soplaba
justamente de levante: iban en popa y a buen andar, a cosa de cincuenta o
sesenta leguas por jornada. ¿Habían perdido las últimas esperanzas? Si hubieran
lanzado la sonda al azar, para tantear la posible cercanía de alguna tierra, el
plomo no hubiera encontrado fondo por brazas y más brazas que añadieran. Estaban
justamente por aquellos días navegando por encima de la fosa Challenger, la más
profunda del mundo, 11.050 metros por debajo del nivel del mar. Un violento
proceso de subducción en aquella zona tan activa en el «cinturón de Fuego del
Pacífico» ha abierto ese espantoso abismo. Sin duda fue una suerte para
nuestros intrépidos pero desanimados navegantes que no conociesen la
profundidad de aquellas aguas. Diríase que estaban más lejos que nunca de
cualquier tierra conocida o por conocer.
Pero la geografía de los mares es tan desconcertante como la de las
tierras. Muy cerca de la fosa se encuentra una cordillera submarina que emerge
en quince puntos distintos sobre las aguas en forma de islas volcánicas. En la
madrugada del 6 de marzo de 1521, los vigías de la flota vieron dos, luego tres
montañas que parecían romper a lo lejos el horizonte marino. ¡Tierra al fin!, y
no tierra baja, como la de las dos diminutas islas Infortunadas que habían
encontrado en el camino, sino tierra sólida y montañosa. Es fácil adivinar la
alegría inmensa de aquellos hombres que ya desesperaban de toparse con costa
alguna en lo que les quedase de vida, una vida que por cierto ya no hubiera
podido prolongarse mucho. Tierra: «con esta súbita palabra todos se alegraron
tanto que al que menos señales de alegría mostraba le tendrían por loco». Son
las palabras más expresivas que escribió en su sobrio derrotero Francisco Albo.
Eran dos islas, una mayor que otra. Estaban más cerca de la pequeña, pero al
fin decidieron abordar la mayor, más al norte. Eran las islas Rota y Guam, esta
última la más extensa del archipiélago de las Marianas, de forma muy alargada,
de 45 kilómetros de longitud, con una anchura de 5 a 10.
Tierra y hombres. Eran los primeros hombres que veían desde sus
contactos con los patagones, siete meses antes. Extraño encuentro entre dos
culturas tan distintas que merecería un serio estudio por parte de algún
antropólogo. Aquellos indígenas estaban desnudos y tenían largos cabellos que
se ataban sobre la frente, y muchos de ellos largas barbas; llevaban sus
dientes teñidos de rojo. Otros pueblos habían manifestado ante los europeos y
sus enormes navíos admiración, miedo y hasta una sumisión sacral, como ante
seres venidos del cielo. Aquellos hombres no recibieron a los recién llegados,
sino que fueron ellos los que se acercaron sin miedo con sus innumerables
piraguas con balancines, treparon por los costados o las anclas de los navíos,
entraron por todas partes, se mostraron incontrolables y se llevaron todo lo
que pudieron, cuerdas, herramientas, armas, vajillas, anclotes y hasta el
esquife de la Trinidad. Unos arcabuzazos les detuvieron por momentos, pero
pronto reanudaron su labor de saqueo.
Los españoles, asombrados al principio, se organizaron y lograron
expulsarles, unas veces con lucha, otras simplemente empujándoles a las canoas.
El comportamiento de los indígenas fue para los marineros inexplicable. Por los
relatos, se deduce que por su parte los isleños ofrecieron cocos y pescado,
como si se tratase de una transacción en que se trocaba una cosa por otra. Una
frase de Pigafetta: «no conocen ley alguna, no hay entre ellos rey ni jefe», ha
dejado entender a algunos intérpretes de hoy, tal Bergreen, que los isleños
practicaban el comunismo, o más bien que eran unos perfectos anarquistas, y no
tenían sentido alguno de la propiedad. No robaban, sino que se quedaban con lo
que era tanto de ellos como de los navegantes. Y, muy probablemente, no poseían
una clara noción del valor de las cosas, como tampoco la tenían aquellos que
trocaban oro por cascabeles o trocitos de espejos. Es muy difícil penetrar en
el orden de valores de aquellos naturales, como tampoco sabemos si estaban
dispuestos a apoderarse unos de las cabañas de otros, de sus mujeres e hijos,
sin protesta de los perjudicados. Tenemos derecho a suponer, solo a suponer,
que entre ellos no hubieran tolerado semejantes desmanes. Sabemos que vivían en
cabañas de madera sin labrar, cubiertas de paja u hojas de palma.
Si su comportamiento pudiera tener, al menos a ojos de los viajeros, un
algo de desvergonzado, una disposición que en todo su recorrido por el mundo
entero no habían encontrado ni volverían a encontrar, la actitud de Magallanes
no fue menos dura e impositiva: desembarcó en la isla con 44 hombres, mató a
siete indígenas e incendió cuarenta o cincuenta casas. Recuperó casi todo lo
robado, incluido el bote de la Trinidad. Esta vez los isleños mostraron una
actitud hostil, sin causar apenas daño, pues estaban armados de palos con un
hueso en la punta, que, además, según parece, empleaban no para combatir —quizá
desconocían la guerra—, sino para pescar. Los expedicionarios desembarcaron en
otro lugar protegido, y recogieron cocos y frutos diversos: remedio milagroso,
porque muchos sanaron en pocos días del escorbuto. Pronto fueron descubiertos
por los indígenas, que venían en sus ágiles piraguas, y los desembarcados
decidieron marcharse cuanto antes. Cuando las naves zarpaban, los isleños les
persiguieron, y esta vez se habían provisto de piedras, que lanzaban sobre los
barcos, al mismo tiempo que ofrecían nuevas viandas. Nunca supieron los
expedicionarios si realmente podían hacer o no buenas migas con ellos. Llamaron
a aquel archipiélago de no muy buenos recuerdos, Islas de los Ladrones.
Luego, en el siglo XVII, tomaron el nombre de islas Marianas, en nombre
de la reina Mariana de Austria, esposa de Felipe IV. Fueron españolas hasta
1899, y hoy conservan una extraña, pero al parecer fructífera combinación de
aquellas dos culturas que tan mal se entendieron en 1521. Los nativos son en su
mayoría católicos, hablan el chamorro, una lengua que es peregrina combinación
del castellano y el habla indígena, mantienen antiguas canciones españolas, y,
al parecer poco partidarios de la propiedad privada, organizan su economía por
medio de cooperativas.
Capítulo 7
Diez meses perdidos en Asia
Contenido:
§. Gloria y muerte de Magallanes
§. Cinco meses sin rumbo
§. Los esplendores de Borneo
§. Elcano toma el mando
La expedición de Magallanes está tan entremezclada de aventuras de la
más diversa índole, heroísmos, traiciones, la indoblegable voluntad de llegar a
una parte del mundo, mezclada con una sorprendente facilidad para olvidar su
objetivo, que resulta muy difícil concebirla como una empresa unitaria y
coherente. Ni siquiera estamos capacitados para concluir si fue en cuanto tal
un éxito o un fracaso. De los cinco barcos, cuatro descubrieron el paso que
buscaban, dos lograron, después de infinitas revueltas por las islas del
sureste de Asia, las ansiadas Molucas, y finalmente solo uno, tripulado por
dieciocho hombres destrozados, hambrientos y a punto de perecer, lograría la
primera vuelta al mundo. ¿Valió la pena? Toda aventura esforzada vale la pena,
escribió una vez Fernando Pessoa, cantando las hazañas de los portugueses.
Pero existe una etapa, aquella comprendida entre la llegada a las
Filipinas y la llegada, diez meses más tarde, al objetivo final de las Molucas,
en que la expedición, errática, como desorientada, rodeada de tragedias y
divisiones, idas y vueltas por un rincón del mundo, parece haber perdido el
sentido de su misión al tiempo que ha perdido también a sus principales jefes.
Esta pérdida explica en gran parte la desmoralización, y la falta de criterio
de aquellos navegantes, por otra parte valerosos y decididos; pero no parece
que nos proporcione una explicación suficiente. Como que el olvido del objetivo
final empieza por el mismo Magallanes, que sigue siendo hasta su muerte la
cabeza indiscutible de la misión. Es preciso buscar, en tanto sea posible
encontrarlas, otras razones de tan extraño proceder. Hasta que Juan Sebastián
Elcano toma el mando y en pocas semanas se corona el objetivo fundamental de la
empresa.
§. Gloria y muerte de Magallanes
Los expedicionarios habían llegado a las Marianas, locos de alegría, y salieron
a pedrada limpia, en el sentido más literal de la expresión. Con todo, tenían
motivos para sentirse satisfechos, esperanzados. Había tierras al otro lado del
océano que acababan de atravesar en la más larga travesía que recordaban los
siglos. Y si habían encontrado unas islas, estaban seguros de encontrar otras
muchas. Navegaron a muy buena marcha, ya no exactamente al oeste sino al
oestesuroeste por oeste, un rumbo que no garantizaba en absoluto que fuesen a
llegar a las Molucas; ni tampoco a ninguna otra parte en concreto; menos
motivos hay todavía para pensar que habían adquirido alguna información de los
indígenas. La levísima deriva al sur puede proceder de un ligero cambio en la
declinación magnética o a una pequeña modificación en el régimen de vientos: un
viento a todas luces «fresquito» y muy favorable, puesto que llegaron a
Filipinas en solo ocho días. Por aquel ligero desvío arribaron a la isla de
Sámar y no al sur de Luzón. El 16 de marzo vieron una costa «alta», más que
acantilada, de aguas profundas, y carente de puertos donde pudiesen fondear.
Por eso eligieron ir a otra isla cercana, Homanhon, donde sí era posible tomar
tierra con facilidad. A no mucha distancia llegaron a distinguir otras islas: a
su vista se presentaba un rico archipiélago de playas acogedoras, abundantes
palmas cocoteras, bosques en el interior, montañas y bellos paisajes. Ese
domingo (quinto de cuaresma, aquel año el 17 de marzo) se narraba el evangelio
del rico Epulón y Lázaro el mendigo, así que dieron a aquel archipiélago el
nombre de islas de San Lázaro. Fue el primer nombre que recibieron las
Filipinas, que no se llamaron como hoy hasta su conquista por López de Legazpi
en 1564. Aquel grupo de islas centrales se denominan ahora las Visayas, tierras
frondosas, de clima cálido y húmedo típico de aquellas zonas de la Tierra en
que los alisios vienen de un amplio mar, y cuando no, pasa por sus cielos la
convergencia intertropical de todos los veranos. Quizá para fortuna de los
recién llegados no había entrado todavía la estación de las grandes lluvias, la
temperatura era agradable, lucía el sol en un cielo azul cruzado por algunas
nubes peregrinas, y el ambiente era de lo más acogedor. Habían arribado a la
zona más fracturada de las Filipinas, entre las grandes islas de Luzón al norte
y Mindanao al sur. En las Visayas hay cerca de mil islas, entre regulares y
pequeñas, y desde cada una es fácil ver otras.
De momento se dedicaron, porque hacía falta, a descansar. Homanhon
parecía deshabitada. Magallanes hizo construir dos tiendas, en que se alojarían
los enfermos, más cómodos en tierra firme que en los fétidos sollados de las
naves: el aire puro, el agua fresca y los frutos de la isla los pusieron como
nuevos en cosa de una semana. Vinieron a verlos los indígenas de la otra isla,
Sámar. Tenían también las caras pintadas y los cabellos largos, que les
llegaban casi hasta la cintura. Pero qué diferentes eran en su cultura, su
temperamento, sus ritos y costumbres, su misma sociabilidad, en comparación con
los habitantes de las islas de los Ladrones. En menos de dos mil kilómetros de
camino la forma de contacto de hombres con hombres se había modificado de modo sustancial.
Los naturales de Sámar eran de carácter amistoso y acogedor, tenían sus
vestidos, sus reglas, sus jefes; y sus formas de convivencia o de trato se
acercaban mucho más a lo que entendemos por «civilización». Eran hospitalarios
y generosos, pero poseían al mismo tiempo un cierto espíritu comercial.
Intercambiaban sus productos con los que traían los navegantes con un sentido
lógico que revelaba inteligencia y costumbre de negociar. Magallanes y los
suyos se dieron cuenta de que estaban en otra parte del mundo, no muy lejos
ciertamente de los civilizados pueblos del Oriente. Y esto era una señal muy
significativa de que habían llegado a la zona del mundo que estaban buscando. A
aquellos indígenas les asustaron las armas de fuego, pero en cuanto comprobaron
que no iban contra ellos, mostraron suma curiosidad por conocerlas. También les
llamaron la atención los mapas y las brújulas, sobre las que quisieron saber
más. Y otro rasgo que reveló a los expedicionarios que habían llegado al
Extremo Oriente, Asia, fue que Enrique de Malaca, el esclavo que había traído
Magallanes, era capaz de entenderse con los filipinos. No hablaban la misma
lengua, pero sí empleaban palabras parecidas y giros que era posible entender.
Por fin estaban en tierras que pudieran llamarse familiares. Stefan Zweig, cuya
escasa simpatía por Juan Sebastián Elcano no puede disimular, pretende que el
primer hombre que dio la vuelta al mundo fue el exótico Enrique de Malaca, y no
ningún europeo. El supuesto es inexacto, porque a Enrique le faltaban mil
quinientos kilómetros para coronar la circunvolución completa. En todo caso
habría que contar igualmente a Magallanes, un europeo, que también había estado
en Malasia. Pero Magallanes tampoco había dado la vuelta al mundo, ni hacerlo
formaba en absoluto parte de sus planes. Quería llegar a las Molucas navegando
por el hemisferio español y esperaba regresar por el mismo camino.
Pigafetta cuenta que «nos lo pasábamos muy bien con aquellos naturales,
porque eran alegres y amigables». Y lo pasaron muy bien descansando en la isla,
porque Magallanes les había concedido una semana de vacaciones completas. Fue
el segundo paraíso que disfrutaban (el primero había sido en la bahía de
Guanabara, Río de Janeiro), en año y medio de duros avatares. Les encantó el
vino de palma que les ofrecieron: el vicentino se admira de la enorme utilidad
de aquellos árboles tropicales: como que de ellos se obtienen cocos, pan,
aceite y vino (extraído de la médula). Los navegantes se acordarían siempre de
aquel placentero lugar, al que llamaron «Aguada de las Buenas Señales».
Estuvieron allí hasta el 25 de marzo. Luego en un periquete se plantaron
en la isla de Leyte, una de las más importantes y pobladas de las Visayas;
donde dominaba un «rey» que vivía en un «palacio» «en forma de pila de heno
sostenida por cuatro gruesas vigas», la típica tienda cónica, sin duda más
grande y lujosa que las demás. También allí los indígenas se interesaron por
todo lo que llevaban los europeos, y especialmente por las armaduras de hierro,
que los tornaba invencibles. Casi fue igual el asombro de Magallanes cuando vio
que los principales de la isla se colgaban de las orejas grandes anillos de
oro. ¡Había llegado a una tierra tal vez de incontables riquezas! Más oro
vieron todavía en la vecina isla de Masawa; aretes y brazaletes de oro; y hasta
las lanzas de los principales estaban armadas con puntas de oro. Magallanes
contempló con gusto aquellas muestras del metal precioso y sin duda se engañó
pensando que las islas de San Lázaro eran abundantes en el más codiciado de los
metales, y podría encontrar mucho más. Por eso siguió explorando de isla en
isla. Lourdes Díaz Trechuelo, una de las mejores especialistas en historia
filipina, observa que «Magallanes, absorto, parecía haber olvidado el objetivo
final de su viaje: las islas Molucas». ¡Como que ya las había rebasado!
Este cambio de objetivo ha sugerido a Manuel Lucena una sugestiva teoría
que no es plenamente demostrable, pero que tiene evidente atractivo. En las
capitulaciones con el rey de España se estipulaba que si las islas descubiertas
eran más de seis, Magallanes tenía derecho a escoger para sí dos de las islas
sobrantes, actuar como gobernador de ellas, y disfrutar en buena proporción de
sus rentas. Sabía equivocadamente —por la correspondencia de Serrano— que las
Molucas no eran más de cinco, pero ahora estaba descubriendo muchas islas más,
que de pronto resultaban ser muy ricas en oro. ¡Quizá valiesen más que las
propias Molucas! Y si las conquistaba, sometiendo a los caciques locales, podía
hacer una fortuna inmensa. A Magallanes le apetecía, como a tantos, la riqueza,
pero muy especialmente el poder; y las islas de San Lázaro podían
proporcionarle ambas cosas. Por eso tomó dos decisiones que no gustaron a sus
subordinados: primera, quedarse indefinidamente en las Filipinas, como si
fueran su verdadero objetivo; segunda, prohibir el rescate del oro, con el
expediente de que si los indígenas descubrían el interés de los blancos por
aquel metal, se encarecería el valor de los rescates, y en poco tiempo se
quedarían sin chucherías que intercambiar. Lucena pretende que Magallanes hizo
cuanto pudo por ocultar el hecho de que en aquellas islas abundaba el metal
precioso: no le convenía que se propalase la especie hasta que aquellas islas
estuviesen bajo su control sin que Carlos I supiera muy bien lo que estaba concediendo.
La hipótesis nos presenta una posibilidad, aunque no sabemos a ciencia cierta
cuáles eran las apetencias reales de Magallanes. Lo que sí sabemos como cierto
es que sus subordinados estaban perplejos ante el interés del jefe por las
islas de San Lázaro, con un total olvido aparente de las Molucas. Según
testimonio de Elcano al instructor Leguizamo en 1522, «el dicho Magallanes e
Juan Carballo [su amigo y sucesor] nunca quisieron dar aquella derrota [la de
las Molucas], aunque fueron requeridos para ello».
Después de una serie de vueltas y revueltas exploratorias, se decidió
finalmente Magallanes por Cebú. Entraron en su bahía el 7 de abril. Allí
gobernaba el poderoso cacique o «rey» Humabón, un hombre pequeño y gordo, que
se hacía rodear de un cierto fausto. Nunca se vio a Magallanes arribar a un
puerto con semejante ceremonia: naves empavesadas, salvas artilleras, envío a
tierra del intérprete Enrique acompañado del escribano León de Ezpeleta, con
presentes y cartas para firmar un solemne pacto entre el rey Humabón y el rey
de España, el más poderoso del universo. Oh, sorpresa: Humabón no era menos
soberbio que Magallanes. Aceptó la idea del pacto inmediatamente, pero recordó
que era norma consuetudinaria que todo barco que recalara en el puerto había de
pagar un tributo. Magallanes se enfurecía cuando alguien le contradecía o
humillaba, pero esta vez se portó como un buen diplomático. Arguyó que el rey
más poderoso del mundo no pagaba tributo a nadie, pero prometió que la alianza
iba a ensalzar a Humabón sobre todos los reyes de las demás islas, aparte de
reportarle considerables ventajas económicas. En el fondo, las dos partes
deseaban esa ventaja, y en tal aspecto el poder de la armada y de quienes
venían en ella surtió los efectos deseados. El uso de la estruendosa artillería
tuvo consecuencias espectaculares. Al fin el representante del rey más poderoso
del mundo accedió a bajar de su nave y visitó a Humabón, que se sentaba sobre
un sillón de terciopelo rojo, y ambos sellaron un pacto de sangre, derramando
unas gotas que se mezclaron como símbolo de amistad eterna.
El domingo siguiente se celebró en tierra una misa solemne, a la que
asistió toda la tripulación que no estaba de servicio, y centenares de
indígenas que quedaron admirados del rito católico. Humabón pidió convertirse
inmediatamente a tan hermosa fe. Magallanes poseía, no cabe dudarlo, espíritu
misionero, pero tampoco hay motivos para dudar de que estaba convencido de que
con su conversión religiosa iba a ganarse a aquel reyezuelo más fácilmente. La
catequización del cacique indígena corrió a cargo del padre Valderrama, que
pudo ser fructífera, pero lo único claro es que fue demasiado rápida. El 14 de
abril se celebró con la misma solemnidad el bautizo de Humabón y el de la
reina. Pigafetta regaló a la mujer una imagen del Niño Jesús, que provocó un
rapto de gran devoción. (Aquella imagen sería encontrada por los hombres de
Legazpi cuarenta años más tarde. Los naturales habían vuelto al paganismo, pero
seguían adorando aquella figura). En los días siguientes se hicieron bautizar
cincuenta principales indígenas, y antes de la muerte de Magallanes lo habían
hecho dos mil. Más trabajo costó que los isleños destruyeran sus ídolos, pero
al fin este otro objetivo se cumplió también. ¿Creyó Magallanes con sinceridad
en la conversión real de toda aquella gente en un plazo de días? Cuando menos
imaginaba que le convenía. Escribe Maximiliano Transilvano, bien informado en
este punto como en otros muchos: «como el capitán Hernando de Magallanes
considerase que la dicha isla de Subuth [Cebú] era muy rica de oro y que había
en ella mucha copia de jengibre, y como su sitio [...] era más convenible que
las otras islas vecinas para desde ellas explorar, calar y saber las riquezas y
cosas [...] habló al rey de Subuth que, pues se había convertido [...] debía
trabajar para que todos los otros reyes le obedeciesen, y estuviesen sujetos a
su mando, y que a los que no quisiesen obedecer les hiciese guerra y los
sujetase por la fuerza de las armas...». La idea central estaba clara: Humabón
sería feudatario del lejano y poderosísimo rey cristiano, pero al mismo tiempo
todos los reyes del archipiélago se le habrían de someter. El principio de
legitimidad sería el cristianismo; ambos reyes, el de España y el de las islas,
saldrían ganando, y nada digamos su capitán y representante, que con sus armas
invencibles sería el principal responsable de aquella victoria. Entretanto, las
Molucas podían esperar[8].
El primer objetivo era la vecina isla de Mactán, más pequeña que Cebú, y
gobernada por dos reyezuelos, Zula y Cilapulapu, que no se llevaban muy bien
entre sí (¿o fue todo al fin una añagaza?). Zula admitió convertirse, e invitó
a Magallanes a someter a Cilapulapu: con su ayuda la empresa sería fácil. ¡Todo
el mundo pensaba aprovecharse de aquella coyuntura en que cada cual saldría
ganando! Por su parte, Humabón estaba dispuesto a participar con dos mil
guerreros en la conquista de Mactán; pero Magallanes, infatuado por la gloria
de sus sueños, le aseguró que él solo, con sus hombres y sus armas, podría
someter a Cilapulapu y a toda la isla de Mactán. Humabón quedó más bien
entristecido y hasta humillado porque se despreciaba su ayuda, pero hubo de
ceder. Magallanes fue inflexible: él sería el único y exclusivo héroe de la
victoria. Tenía que quedar meridianamente claro quién mandaba allí. Fue una
temeridad excesiva que iba a acabar en tragedia.
El desembarco en Mactán se produjo en la mañana del 27 de abril. Estaba
marea baja, y la playa era muy llana. Solo 49 hombres armados (Albo dice que
39) saltaron de las canoas al agua, con ella por la rodilla, y así tuvieron que
caminar torpemente varios cientos de metros hasta tierra firme, donde les
esperaban unos 1500 guerreros de Cilapulapu. Los españoles disparaban arcabuces
y ballestas, que herían pero no mataban a los indígenas, que se movían
ágilmente de un lado al otro disparando flechas y manejando lanzas. Una vez en
tierra, Magallanes siguió su mala costumbre de incendiar las cabañas de sus
enemigos. Entonces aparecieron más —¿los de Zula?—, gritando y corriendo. Los
indígenas, suficientemente duchos en el combate y valerosos ante las nuevas armas,
atacaron de frente y de flanco. Según Albo, eran 2000. El combate, pese a la
superioridad del armamento de los europeos, era enormemente desigual. No
olvidemos que los arcabuces, que no herían más que las flechas y las lanzas,
exigían, entre descarga y descarga, varios minutos. Su efecto era letal cuando
los manejaban cientos o miles de hombres a la vez, pero los desembarcados que
tenían arcabuces no pasaban de una veintena. Al cabo de una hora de lucha,
Magallanes comprendió su tremendo error y dio orden de retirada. Era un
valiente, y rodeado de sus más fieles procuró cubrir a los demás, hasta que
llegaran a alcanzar los botes. Posiblemente su acción salvó muchas vidas, pero
no la suya. Fue herido en una pierna. Un isleño le puso su lanza en la frente;
él quiso sacar la espada, pero cuando lo intentaba le infligieron nuevas
heridas, cayó sobre el agua, y allí lo remataron. Según Mafra murieron otros
siete hombres; el resto pudieron reembarcar en los botes. El fidelísimo
Pigafetta termina su triste relato de la batalla: «así pereció nuestro espejo,
nuestra luz, nuestro apoyo, nuestra guía». La expedición parecía haber
fracasado definitivamente.
§. Cinco meses sin rumbo
La derrota, consideradas sus dimensiones, apenas tuvo importancia. Fue un
combate que se hubiera calificado de insignificante. Los irruptores solo
tuvieron ocho muertos y los indígenas unos veinte. Fue cualquier cosa menos lo
que pudiera calificarse como una gran batalla; Mafra la considera una
«casquetada» caprichosa y estúpida. Pero su significación moral fue inmensa. No
solo costó la vida a Magallanes, cabeza de la expedición, sino que acabó con el
carisma de los recién llegados, que parecían semidioses invencibles[9]. Los que habían participado en el combate regresaron a las naos
deshechos, desmoralizados, y con motivos para suponer que habían quedado en
evidencia ante los indígenas, incluido el hasta entonces fiel y entusiasta
Humabón. Reunidos los oficiales, eligieron para comandar la expedición a Duarte
Barbosa, cuñado de Magallanes y a Juan Serrano, nacido portugués, Serrâo. Era
un buen piloto, pero resultó un mal capitán. Es difícil explicar el predominio
de los portugueses, pero así ocurrió, incluso después de la pérdida del jefe.
Una defección que pudo suponer especial relevancia en los hechos posteriores
fue la del intérprete Enrique de Malaca. Tras la muerte de Magallanes se
consideró hombre libre, observó una conducta extraña y desobedecía
sistemáticamente. En uno de estos choques, Barbosa le llamó «perro»; Enrique
desertó, se quedó en Cebú, y no se sabe a ciencia cierta el papel que jugó en
los días siguientes. Los cronistas posteriores, seguramente bien informados,
refieren una nueva causa de la defección de Humabón: la amenaza de los otros
reyes. Para Fernández de Oviedo, «los reyes enemigos convinieron hacer la paz
entre sí con tal de que el rey de Cebú matase a todos los cristianos». Y
Herrera llega aún más lejos: «los otros cuatro reyes [de las islas] le
amenazaron [a Humabón] que si no mataba a los cristianos [...] destruirían su
tierra y le matarían». No solo los amigos de Magallanes habían perdido todo su
carisma, sino que el mantenimiento de la antigua alianza de Humabón con
aquellos extranjeros tan vulnerables le dejaría a él también en evidencia. Los
españoles desmantelaron los cobertizos que habían instalado en Cebú para los
trueques, y desconfiaron de los indígenas. Con todo, el 1º de mayo, Humabón
invitó cortésmente a todos los oficiales y pilotos a una comida de despedida.
Serrano desconfió de las intenciones del grueso reyezuelo, en tanto Barbosa
consideró una cobardía no atender la invitación. Al fin acudieron los dos jefes
de la expedición y otros 26 oficiales, entre maestres, pilotos, escribanos,
capellanes, sobresalientes y demás. Pigafetta, herido, y Elcano, enfermo, no
desembarcaron. Humabón se mostró amable y contristado por lo ocurrido, y,
terminado el banquete, entregó un lote de piedras preciosas para regalar al rey
de España.
Cuando los marinos admiraban el regalo, sobrevino la emboscada. Unos
centenares de indígenas, escondidos tras los árboles y las chozas, atacaron a
los españoles y realizaron una verdadera matanza. Solo Juan López Carvalho, que
llegó con un poco de retraso y vio algo sospechoso, logró regresar a tiempo.
Serrano escapó hasta la orilla, pero sus gritos de petición de auxilio no le
salvaron. Murieron en la masacre los veintiocho desembarcados; según Mafra, que
tal vez no recuerda bien, dice que treinta y siete. Entre ellos estaban
Barbosa, Serrano, el cosmógrafo Andrés de San Martín y el padre Valderrama.
Quedaban en los barcos 115 tripulantes. La mayor parte de los de categoría
superior habían desaparecido. Tanto Pigafetta como Juan Sebastián Elcano, en
declaraciones posteriores, acusan a Enrique de Malaca de ser el instigador de
la traición; el hecho no está del todo demostrado, aunque el comportamiento del
intérprete fue en el mejor de los casos sospechoso. De todas formas, la derrota
de aquellos seres supuestamente superiores les había hecho perder todo su
ascendiente ante los indígenas. La nueva religión fue abandonada, y los isleños
volvieron a sus ídolos. El pacto con el rey de España, por poderoso que fuera
—o tal vez, podía pensarse, no lo fuera— quedó roto ipso facto. Lo mejor que
podían hacer los españoles era retirarse de Cebú y las islas vecinas cuanto
antes.
Desaparecidos Barbosa, Serrano —el único que conocía aproximadamente la
ruta de las Molucas— y el cosmógrafo San Martín, los supervivientes eligieron
como jefe a uno de los pocos capitanes que les quedaban, Lopes Carvalho, quizá
valioso en circunstancias normales, pero que en aquellos momentos no sabía qué
hacer. Por de pronto, se retiraron a la isla de Bohol, a 80 kilómetros de la
fatídica Mactán. Eran, se ha dicho, ente 110 y 115, después de 72 muertos en la
travesía del Pacífico y en los desastres de Filipinas, aparte de los cincuenta
y tantos que habían desertado con la San Antonio. En suma, muy pocos para
tripular tres barcos. Por otra parte, Elcano, maestre de la Concepción, informó
que la nao se encontraba maltrecha y en condiciones precarias para seguir
navegando. No sabemos si fue precisamente entonces o un poco más tarde cuando
se decidió sacrificarla, llevando de ella todo cuanto pudiera ser útil, y
finalmente fue incendiada, para evitar que su casco pudiera ser utilizado por
cualquier enemigo. Los cien hombres quedaron reunidos en la Trinidad y la
Victoria. Elcano pasó a ser maestre de esta última, y ya no habría de
abandonarla hasta su regreso a España. Carvalho, el jefe de la expedición,
mandaba la Trinidad y Gómez de Espinosa la Victoria, con Elcano de maestre.
Carvalho no parecía tener nada claro el panorama. Las dos naos fueron
vagando de isla en isla tristemente, de manera errabunda, en zigzags, sin
destino seguro. Tocaron en la isla de Negros —por el color oscuro de la piel de
sus habitantes—, parte de Mindanao, Cagayan, fueron al mar de Joló, cada vez
más desalentados. Cuenta Pigafetta que «estábamos tan hambrientos y tan mal
aprovisionados, que estuvimos muchas veces a punto de abandonar nuestras naves
y establecernos en cualquier tierra, para terminar en ella nuestra existencia».
¿Tan desorientados estaban? ¿Es que no tenían medio alguno para conocer la
derrota de las Molucas, o es que ya no les interesaba nada, como no fuera
sobrevivir? Las deserciones en una y otra isla, para quedarse en tierra con los
indígenas, en lugar de proseguir una navegación interminable a ninguna parte,
se hizo relativamente frecuente. Al fin llegaron a la larga isla de Palauan, al
oeste de Filipinas, donde fueron recibidos muy amigablemente por los naturales,
con los cuales intercambiaron sus mercancías suntuarias por alimentos que les
estaban haciendo mucha falta: arroz, bananas, aves comestibles y sabrosas. Allí
permanecieron unos cuantos días agradables. Oyeron hablar de una isla grande,
poderosa, gobernada por un monarca riquísimo y espléndido, donde encontrarían
cuanto pudieran desear. La localizarían fácilmente, si navegaban al
oestenoroeste, y hacia allí se dirigieron, aunque se estaban alejando cada vez
más de las Molucas, si es que esperaban llegar algún día a ellas.
§. Los esplendores de Borneo
Nuestros navegantes se dirigían a Brunei, Borneo, la tercera isla más grande
del mundo, coronada por altas montañas de 4000 metros de altura, selvática,
llena de riquezas y de las más variadas producciones, cruzada por caudalosos
ríos, uno de los cuales es el río subterráneo más largo del planeta. En cuanto
a su fauna, Borneo es uno de los países de más asombrosa biodiversidad,
incluyendo elefantes, rinocerontes, osos malayos, y hasta el monstruoso dragón
de Komodo, propio solo de aquella isla y tan extraño como si el mundo hubiese
vuelto al Jurásico. También en Borneo abundan ranas que viven en los árboles, y
hasta Pigafetta habla de una hoja de hierba que anda, como que la tuvo una
semana paseando por su camarote. No hay más remedio que suponer que tal hoja no
era sino un insecto verde bien mimetizado. Por el contrario, y en contraste con
tal exotismo, propio de un país extremo y apartado del mundo conocido, los
pobladores de la isla, cuando menos en la ciudad de Brunei y su entorno, no se
parecían en absoluto a sus sucesores los cortadores de cabezas que nos
describen las novelas de Emilio Salgari en el siglo XIX, sino que en los
tiempos coetáneos de Magallanes estaban admirablemente civilizados, y poseían
unas costumbres suntuosas que podían sorprender al más cortesano de los
europeos del Renacimiento. Borneo, por su posición en la cabecera de Indonesia,
estaba relacionada con el imperio chino, y otros territorios del continente
asiático.
A punto estuvieron los expedicionarios de no llegar jamás a tan fabuloso
país, porque al doblar la complicada punta norte de la isla les sorprendió una
tempestad que pudo dar al traste con la cada vez más reducida flotilla. Al fin
encontraron los sufridos navegantes un buen puerto de abrigo, y poco más allá
vieron la entrada del estuario de Brunei. Antes de que llegaran, se encontraron
con que venían a recibirles. Se acercaban tres grandes piraguas pintadas de oro
y engalanadas con guirnaldas; en el tope del palo lucía un penacho de plumas de
pavo real. En una de las embarcaciones venían varios músicos que tocaban
tambores y cornamusas. Los representantes del fastuoso rajá fueron recibidos a
bordo sobre un tapiz tendido en el castillo de proa: trajeron presentes del
monarca, y fueron a su vez recompensados con algunos de los artículos más
lujosos que quedaban a bordo. No cabe duda de que los expedicionarios estaban
llegando a un mundo más refinado que cualquiera de los que habían visitado
hasta entonces. Los embajadores transmitieron una bienvenida de parte del rey
Siripada, y la invitación para que fueran a visitarle en su palacio. Los
españoles hubieron de aceptar, aun con la desconfianza sembrada por el recuerdo
de lo acontecido semanas antes.
Pigafetta describe con viveza especial aquella comitiva. Los forasteros
—entre ellos, por supuesto, el mismo cronista— entraron en la ciudad montados
en elefantes engualdrapados. Jamás pudieron soñar una escena parecida, y es de
suponer que hicieron los mayores esfuerzos por no caerse y mantener su
dignidad. Les acompañaban hombres armados con lanzas. Brunei era una ciudad de
25.000 casas, muchas de ellas palafíticas, pues estaba edificada sobre el agua.
Sin duda el palacio de Siripada era más sólido, puesto que tenía un patio,
custodiado por trescientos guardias, y unos amenos jardines. Todo lo que veían
los visitantes desbordaba un lujo oriental. Se descorrieron unas cortinas, y
apareció en escena el majestuoso Siripada, bajo y gordo, como todos los demás
altos personajes que habían visto, pero revestido de una especial dignidad . No
se le podía hablar directamente, sino que las palabras habían de ser dirigidas
a un edecán, éste se las comunicaba a un oficial superior, este a otro, este a
otro y así sucesivamente, hasta que el cumplimiento o la súplica llegaban a
oídos del monarca. Las respuestas bajaban de boca en boca en sentido inverso y
por el mismo camino. Se explica que la conversación no pudiera ser muy fluida.
Ya no estaba disponible Enrique de Malaca, pero los marinos tienen una especial
facilidad para entenderse con todo el mundo, y en particular la tenía
Pigafetta, tan aficionado a las lenguas, que fue el principal intérprete de la
expedición desde que desapareció el malayo. Siripada dio la bienvenida a los
españoles, les invitó a un banquete (no comerían con él, porque nadie podía
hacerlo, sino con su ministro principal). Los forasteros quedaban autorizados
para realizar toda clase de comercio con los naturales, en el lugar que les fue
señalado.
Los navegantes regalaron al rajá una túnica de terciopelo verde, una
silla forrada de terciopelo violeta, cinco brazas de paño rojo, un gorro del
mismo color, una fuente de vidrio dorado, y para la reina un par de zapatos
plateados, un gran paño amarillo y una caja de plata llena de alfileres. Quizá
lo que más agradeció Siripada fue un tintero y cuatro cuadernos de papel. Y es
que los españoles se dieron cuenta de que los borneanos de categoría sabían
escribir. Trazaban signos, dice Pigafetta, sobre tablillas muy delgadas. La
tinta y el papel les servirían para hacerlo mucho más rápidamente y con una
perfecta visualidad. Escribirían más deprisa que los chinos, que lo hacían con
tinta, pero con pincel. Los jefes de la expedición fueron a su vez obsequiados con
perlas y otros objetos preciosos. El banquete con el primer ministro fue
espléndido, servido en vajillas de porcelana, con cucharas de oro. Los
españoles establecieron un tinglado o mercadillo para el intercambio con los
naturales, y los tratos fueron ventajosos para una y otra parte. Los de Borneo
no eran salvajes como los naturales de las tierras de dos partes del mundo que
hasta entonces habían conocido, pero los venidos de Europa podían ofrecer
artículos que los indonesios no tenían, y estos podían ofrecer lo que apetecía
a los europeos. Maximiliano Transilvano, que conoció a los supervivientes de la
aventura, cuenta al arzobispo de Salzburgo que «la isla de Porné [Borneo] es la
más noble y más afortunada de todas las islas que en aquel viaje descubrieron».
Y añade que «nadie se atreve a hacer la guerra al rey, y están en paz,
tranquilidad y sosiego». «No hay latrocinios entre los moradores, ni muerte de
hombres». Las palabras del humanista transilvano mezclan dos ideas muy caras al
pensamiento áulico del Renacimiento: la utopía de un paraíso en que todos saben
ser felices y una justificación del absolutismo real como base del «sosiego»
público y la paz interior y exterior.
La estancia de los navegantes en Borneo duró veinte días, del 9 al 29 de
julio de 1521. En la mañana de aquel último día, los de las naos vieron llegar
de cien a doscientos praos (canoas con balancín), tripuladas por cerca de mil
hombres que parecían en pie de guerra, y que avanzaban sobre la bahía con gran
rapidez. Se alarmaron sobremanera, porque interpretaron que venían contra
ellos. La verdad, preciso es reconocerlo, era que nuestros marinos, después de
los ocurrido en Cebú y Mactán, tenían motivos para sentirse desconfiados. Pero
también hay derecho a suponer que Carvalho, hombre nervioso y de decisiones tan
inesperadas como las de Magallanes, mostró ser de los que primero disparan y
después preguntan. Obró con imprudencia cuando ordenó izar todas las velas,
salir de estampida, y disparar a discreción sobre los que se acercaban. Tanto,
que llegaron a abordar un prao y a hacer prisioneros a sus ocupantes, entre los
cuales se contaban algunos hijos de Siripada. Los disparos provocaron varios
muertos. Al fin se deshizo el malentendido: los de los praos venían de una
misión de guerra, jubilosos, pero sin la menor intención de atacar a los
españoles. Fue un error que acabó con todas las amabilidades habidas hasta el
momento: hubo un intercambio de detenidos —pues varios españoles estaban aún en
tierra—, pero no completo. La jornada de Borneo, comenzada con tanto éxito,
terminó de mala manera.
§. Elcano toma el mando
De nuevo en la mar, con muy pocos beneficios obtenidos en la larga temporada de
Borneo, sin un rumbo fijo que tomar, navegando de isla en isla, buscando
intercambios favorables y en ocasiones operando en corso, casi en plan de
piratas, tomando prisioneros de las pequeñas embarcaciones que encontraban, y
liberándolos a cambio de suministros. Era una forma de vivir muy poco
fructífera y no demasiado honrada. Para Amando Melón, «el mando de Carvalho
adolecía de los mismos vicios y defectos que el de Magallanes: el de no
consultar a los demás, no querer compartir el mando, entretenerse en pequeñas
operaciones y no esforzarse en cumplir las instrucciones reales», es decir, el
no buscar ante todo el objetivo final de las Molucas, mostrando procedimientos
absolutamente provisionales, limitados a ir tirando de momento, y subsistir, no
siempre con comportamientos ejemplares, a través de las islas del mar de Joló
que se les estaba haciendo familiar, y con muy poco provecho. Se acusaba además
a Carvalho de mantener prisioneras a tres princesas de Borneo «y hacer con
ellas harén». El descontento de los capitanes y maestres y de la tripulación
entera iba haciéndose mayor ante el proceder errático y poco ejemplar del nuevo
capitán general.
El derrotero de Albo es una demostración de la caótica ruta que iban
siguiendo: «Partimos de Borney y volvimos por el camino mismo por donde
vinimos, y así embarcamos por el cabo de la isla de Borney y Poluan; (Palawan);
luego fuimos al oeste y fuimos a dar a la isla de Quajayan, y fuimos de la
misma derrota a buscar la isla de Quipit de la parte del sur; y de este camino
entre Quipit y Quajagan vimos la parte sur de la isla que se llama Solo (Joló),
y andando por este camino topamos con dos islas pequeñas [...]; y luego en
medio por entre otras trece islas...». Qué locura: nadie sabía exactamente a
dónde iban, ni parece que la derrota a tomar importara gran cosa. Dominaba la
estación de las lluvias, pero no hay noticia de que tuvieran que soportar
ningún huracán. Y parece que disfrutaban de tiempo no demasiado malo cuando a
comienzos de agosto, a las diez de la noche, mientras navegaban descuidados,
«encalló la Trinidad en un arrecife, y dio tantos golpes que pareció que se
hacía pedazos». Nos lo comunica el cronista Herrera, que a juzgar por la
precisión de los datos, debió tener un conocimiento bastante exacto de lo
ocurrido. Afortunadamente la nao capitana pudo librarse de los escollos al
subir la marea, pero con tales desperfectos, que necesitaba de una reparación
urgente. También debió encallar la Victoria, tal vez al tratar de auxiliar a su
compañera, puesto que se le abrió una vía de agua. No podían seguir navegando
en tales condiciones, y al fin, días más tarde, parece que el 15 de agosto,
encontraron una isla, en la que se abría una amplia bahía, y en ella una playa
muy favorable para arrastrar a tierra las naos. Trabajaron los carpinteros y
los calafateros, carenaron los fondos y costados de los barcos, y allí
permanecieron 37 días en continuas faenas. Fue otra lamentable pérdida de
tiempo, en este caso absolutamente necesaria, si es que querían estar
preparados para una larga navegación. La isla estaba cubierta de selvas
impenetrables, pero por las cercanías encontraron jabalíes y tortugas, que les
sirvieron de alimento.
Fue en aquella isla donde hubo un nuevo consejo de capitanes y maestres,
en el que se decidió por unanimidad la destitución de Carvalho por
incompetente, por su conducta reprobable y por quedarse personalmente con las
piezas de los rescates. No podemos conocer exactamente la verdad, pero sí es
evidente que Carvalho no tenía las ideas claras y hacía las cosas sin contar
con los demás. Posiblemente también pecó de egoísta. No fue castigado, pero se
le privó del mando. En su lugar se formó un triunvirato, formado por el
contador Gonzalo Martín Méndez, que como oficial real representaba una
instancia superior, el capitán de la Trinidad, Gonzalo Gómez de Espinosa, y el
de la Victoria, Juan Sebastián de Elcano. Las competencias no se cruzaban:
Marín Méndez desempeñaría una función administrativa, y cada capitán mandaría
su respectiva nao. Sin embargo, la mayor experiencia de Elcano y su sentido
común se impusieron desde el principio. No tenía ni pies ni cabeza seguir
buscando islas a tontas y a locas. Habían salido en busca de las Molucas, y
todos sus esfuerzos tenían que concentrarse en buscar la ansiada tierra de las
Especias. No conocían exactamente su posición, pero como sabían que el objetivo
se encontraba prácticamente en la línea del ecuador, se dirigieron desde el
primer momento hacia el sur.
Se dice que Elcano tenía la misma edad que Magallanes, y todo es
posible. Sabemos sin embargo que en 1553 vivía su madre, de manera que en 1520
no podía ser muy viejo, sino todo lo contrario. Arteche encontró un documento
del Archivo de Simancas en que se dice que «tenía treinta y dos años poco más o
menos» cuando en 1519 embarcó en la expedición. Natural de la villa guipuzcoana
de Guetaria, había pasado toda su vida como lobo de mar. No era un cualquiera
en 1519, cuando de buenas a primeras fue nombrado maestre de la Concepción.
Mostró en todo momento sentido común, y en el puerto de San Julián, aunque se
puso del lado de los rebeldes, no tomó parte en hechos violentos. Sus
relaciones con Magallanes nunca fueron cordiales, y a ello se debe su tardío
ascenso en la armada. También es evidente que Pigafetta, dilectísimo del
capitán general, no debía llevarse ni medio bien con Elcano, puesto que ni
siquiera le menciona una sola vez en su relato, a pesar de que escogió
embarcarse con él en la Victoria para ser de los primeros en dar la vuelta al
mundo. José de Arteche interpreta que el silencio inexplicable del cronista
italiano fue una «refinada venganza» contra un hombre que no se había entendido
con Magallanes, y que el capitán general había tenido cuidado en mantenerle
apartado de mayores responsabilidades. Elcano era hombre recto, poseía dotes de
mando y un sentido especial, muy propio del buen marino, para saber por dónde
iba y a dónde tenía que dirigirse. De pocas palabras, lo arreglaba todo con
presteza y sin perder el tiempo. A pesar de su carácter seco, con lo que contó
a su regreso entusiasmó al emperador Carlos V.
Los barcos navegaron hacia el sur y hacia el este, puesto que habían
rebasado el meridiano de su objetivo, y trataron de encontrar el camino de las
Molucas. El 28 de octubre tocaron por última vez Mindanao —su punta suroeste—,
en Zamboanga. Adquirieron provisiones y se hicieron con dos pilotos que decían
conocer la ruta del Maluco. Pasaron por las Célebes del Norte, aunque no
llegaron a ver la gran isla principal, tan retorcida sobre el mapa. Después
cruzaron frente a Sangir y otras, sin detenerse nunca, como no fuera para
recabar nuevas informaciones. Sí, se decía que los portugueses ya se habían
establecido en las islas de las especiería, aunque no en todas, ni mucho menos.
Siguieron hacia el sureste. No vieron barcos portugueses, sino pequeños praos.
El 7 de noviembre divisaron montañas lejanas, que los pilotos indígenas
aseguraron que pertenecían a las islas de las Especias. Poco a poco se fueron
divisando varias islas, todas coronadas por uno o varios picos volcánicos. El 8
de noviembre fondearon frente a la isla de Tidore, la primera productora de
clavo de todo el mundo. El objetivo del interminable viaje había sido cumplido,
dos años y tres meses después de su comienzo y ocho meses después de la muerte
de Magallanes.
Capítulo 8
Las Molucas
Contenido:
§. Los tesoros y los temores
§. La avaricia rompe el saco
§. La odisea de la Trinidad
Las islas de las Especias eran consideradas entonces una joya en el
apenas trazado mapa del mundo, un objetivo a alcanzar a costa de todos los
esfuerzos, como los que habían realizado los componentes de la expedición de
Magallanes. Nunca se había hecho tanto por lo que hoy pensaríamos que vale tan
poco. Las Molucas son más de cinco o seis islas, como pensaban los geógrafos de
comienzos del siglo XVI; sin considerar los islotes, podemos contar unas
treinta. Pero no encierran tesoros codiciables ni son siquiera un paraíso
turístico. Pertenecen actualmente a la enorme república de Indonesia, pero no
figuran entre sus territorios más ricos ni más renombrados. Las islas son
pequeñas, de origen volcánico, se alzan sobre fondos marinos de gran
profundidad como milagros surgidos del agua, y sorprenden por sus formas
caprichosas, y sus montañas cónicas y esbeltas, que se alzan con frecuencia
directamente sobre las olas. Por este perfil lleno a veces de soberana belleza,
son más dignas de visitarse de lo que piensan generalmente los viajeros que
prefieren pasar sus vacaciones o su luna de miel en Bali, Lombok o Bangka. La
causa de ese cierto desprecio hacia las Molucas se explica en buena parte por
su clima nuboso y lluvioso. Aquellas bellísimas montañas cónicas —«piramidales»,
dice nuestro Pigafetta— están casi siempre cubiertas de nubes. Solo en los
meses de nuestro invierno —de noviembre a febrero, justo aquellos en que las
visitaron los navegantes de nuestra historia— son relativamente frecuentes los
días despejados y llenos de una especial luminosidad. Tidore, la isla de donde
la Trinidad y la Victoria obtuvieron fabulosas cantidades de clavo, ostenta una
pluviosidad de 2300 mm. al año, muy superior a la de cualquier ciudad europea.
Por otra parte, son allí muy frecuentes los terremotos. El de 13 de octubre de
2009 asoló la isla de Tidore. Otra particularidad curiosa: la tierra volcánica,
de un color negruzco muy peculiar, es extremadamente porosa, filtra la
abundante agua que cae del cielo, y no son fáciles los cultivos. Ya ocurría eso
por entonces: de aquí las noticias de malas cosechas transmitidas por Serrano a
Magallanes, o la versión un poco deprimente, hasta monstruosamente
contradictoria que nos proporciona Maximiliano de Transilvania, según el cual
aquella «es gente paupérrima, porque carecen de casi todas las cosas necesarias
para la sustentación de la vida humana...». Sin embargo, aquella tierra negra y
aquel clima cálido y húmedo (las temperaturas, iguales todo el año, no bajan de
20 y no pasan de 30 grados), permite el desarrollo del árbol del clavo, cuyo
fruto apenas es alimenticio, pero constituía un manjar exquisito para el
paladar de los europeos —también de los chinos o los árabes— del siglo XVI, que
gustaban de condimentar con especies raras y apreciadas hasta extremos de
locura sus alimentos. De aquí aquella suprema contradicción de las islas
Molucas: lo que apenas servía a sus habitantes para mantenerse miserablemente
era apetecido, hasta pagar su peso en oro, por los potentados de los países más
ricos del mundo. Y gracias a aquella contradicción vivían precisamente los
moluqueños.
§. Los tesoros y los temores
La Trinidad y la Victoria se acercaron a Tidore empavesadas y disparando salvas
artilleras, como mandan los cánones, sobre todo cuando se trata de impresionar.
Salió a recibirles el «rey» —o lo que fuera— Almansur, que los españoles
llamaron enseguida Almanzor, con un boato que no podía compararse con el de
Siripada en Borneo: pero el reyezuelo, de todas formas, venía en una canoa
dorada, bajo una sombrilla de seda, empuñando un cetro de oro, con un séquito
nada despreciable de servidores. Le recibieron en la Trinidad, y le ofrecieron
el mismo sillón rojo de siempre, que otro no tenían. Por su nombre se deduce
que Almansur, como buena parte de los moluqueños, era musulmán: y es que los
árabes habían llegado allí mucho antes que los cristianos, para comerciar con
las especias. De todas formas, Almansur recibió alborozado a los españoles, en
la esperanza de que iban a ser una buena defensa tanto contra los árabes-turcos
como contra los portugueses. Eso sí, pidió que mataran a los cerdos que
llevaban a bordo, y a cambio regaló cabras. Almansur hizo otros regalos a los
españoles, entre los que figuraban unas cuantas aves del Paraíso, un animal que
los hombres del Renacimiento consideraban entre las maravillas del Oriente.
Pigafetta habla de dos, pero debieron ser más. Maximiliano Transilvano dice que
fueron cinco, y cuenta que estas aves «se tienen por cosa celestial, y aunque
estén muertas jamás se corrompen ni huelen mal, y son en el plumaje de diversos
colores y muy hermosos [...] y tienen la cola harto larga, y si les pelan una
pluma, les nace otra, aun cuando estén muertas [...]». Y añade Transilvano que
el propio Elcano le regaló una; si es cierto, debió haber traído unas cuantas.
Lo que realmente interesaba a los españoles era el clavo, y
efectivamente, pronto se confirmó que Tidore era la isla más rica en este árbol
maravilloso. El clavo es realmente el capullo de la flor de un árbol frondoso,
de tronco recto, de diez, quince, hasta veinte metros de altura. Cuenta
Pigafetta que no crece al nivel del mar, sino en aquellas montañas de extraña
tierra negra, y solo en ellas. El capullo parte de la punta de las ramas más
jóvenes; nace verde, luego se torna rosa y más tarde rojo fuerte: es entonces
cuando hay que cortarlo, porque una vez que se abren las hojas, el cáliz pierde
gran parte de su olor maravilloso. Añade Pigafetta que el clavo maduro se
vuelve negro: esto ocurre realmente cuando el clavo está ya cortado, tal como
lo trajeron las naos. El nombre se debe a que estos capullos tienen una forma
alargada con una fuerte cabeza, semejando un clavo grueso. El bueno de
Pigafetta debió ver los árboles, que dice que solo crecen entre una bruma
perenne que se da en las montañas de la isla (¿está influido por la idea del
mítico árbol de Canarias envuelto en bruma y que destila agua?). Lo cierto es
que las montañas de Tidore, como casi todas las de las Molucas, están envueltas
con frecuencia en la bruma, que no es, con todo, condición indispensable para
el crecimiento de aquellos hermosos y rectos árboles. Los españoles no
participaron en la recolección, que sabían realizar mucho mejor los indígenas.
Les dijeron que los capullos no estaban preparados en Tidore «hasta Navidades»
(digamos en diciembre); pero en una isla cercana los había ya maduros, y
comenzaron a aportarlos. Se montaron cobertizos cerca de la playa, donde se iba
amontonando el adorable fruto, que era pagado religiosamente por los
expedicionarios con los bienes que más podían apetecer los indígenas. No solo
llegaron capullos de clavo, sino también nueces moscadas y otras especias no
menos preciosas. Valía la pena haber padecido tantas penalidades para llegar
hasta allí. De hecho todos los expedicionarios que consiguieron regresar a
España pudieron vivir sin problemas económicos durante el resto de sus vidas.
Curiosamente, en las Molucas las noticias se conocían con sorprendente
rapidez. A los pocos días comenzaron a llegar diversos personajes de otras
islas para cumplimentar a los que acababan de arribar a Tidore. Entre ellos se
contaba un portugués residente en la vecina Ternate, llamado Pedro Alfonso de
Lorosa, que se mostró como un buen amigo. Por él supieron que Serrano, el
compañero de Magallanes, había muerto. Y una mala noticia: los portugueses
habían llegado a las Molucas ya en 1511, diez años antes, y habían tomado
posesión de ellas, aunque no las habían ocupado. Eso sí, habían construido un
almacén en Ternate, la isla vecina, y de vez en cuando acudían desde Malaca
para recoger especias. No tardarían en enterarse de que los españoles se
encontraban en Tidore. Y disponían de barcos y de hombres suficientes para
expulsarles de allí, fuera cual fuese el hemisferio al que pertenecían las
islas. El contencioso solo podía resolverse entre las dos grandes potencias
coloniales.
Espinosa y Elcano comprendieron pronto que el tiempo urgía. No tardarían
en enterarse los portugueses de su presencia, y enviarían naves desde su base
de Malaca. (No sabían que, por fortuna para ellos, los portugueses temían a su
vez el asalto de los árabes, dependientes entonces del emperador turco, Solimán
el Magnífico, que pretendía extender sus dominios a Extremo Oriente, y por eso
mantenían una fuerte flota de guerra en Malaca. Aún así, enterados de la
presencia española en las Molucas, no tardarían en destacar algunos de sus
barcos, como efectivamente llegaron a hacer). Para los españoles estaba claro
que había que cargar la mayor cantidad de especias posibles en el menor tiempo
posible, para regresar a casa con tan precioso botín y enseñarlo a todo el
mundo. Ya se encargaría el poderoso monarca (convertido en emperador Carlos V,
aunque los expedicionarios aún no lo sabían) en armar una gran escuadra y
asegurar la presencia española en aquellas islas, cuando menos en Tidore, que
los portugueses no habían empezado a explotar. A los navegantes españoles iba
la vida en ello: quizá más que la vida. ¡Había que darse prisa! Se entabló una
curiosa y amistosa discusión con Almansur. El pequeño reyezuelo de Tidore
quería que sus amigos se quedasen en la isla el mayor tiempo posible para
tenerlos como aliados y protectores: tal vez esperaba de ellos un papel
parecido al que ocho meses antes había soñado Humabón en Cebú. Quiso que Tidore
se llamase Castilla, se ofreció incondicionalmente al rey Carlos, y pidió que se
formalizase una alianza. Los españoles, por su parte, arguyeron que era
necesario partir cuanto antes, para que el rey de España enviara a su amigo de
Tidore más hombres y más barcos. La verdad es que los moluqueños trabajaron en
firme, sobre todo desde que a principios de diciembre comenzó a enrojecer el
clavo de la isla.
§. La avaricia rompe el saco
El clavo tiene sobre otras especias una ventaja clara: es la de que, a igualdad
de peso, ocupa menos espacio. El 25 de noviembre comenzaron a cargar las naves,
mientras nuevas cantidades de especias seguían llegando al almacén. Realmente,
no llegarían a introducir toda la mercancía a bordo: el resto quedaría para
otro viaje. El 8 de diciembre, repletos ambos navíos, y después haber retrasado
la partida más de una semana ante las lágrimas de Almansur, zarparon la
Victoria y la Trinidad, por este orden, con rumbo sur, porque el viento soplaba
del norte, seguidas de una numerosa flotilla de piraguas, que deseaban
prolongar la despedida. Al fin de nuevo en la mar. Con los barcos cargados de
una riqueza como no se había transportado jamás por el océano, puesto que los
navíos portugueses, o en su caso los árabes, venían cargados de otras muchas
mercancías, nunca exclusivamente de especias. Iban ufanos, pero preocupados por
las inmensas dificultades del regreso. No conocemos detalladamente los planes
de la ruta a seguir, solo sabemos que Espinosa y Elcano no estaban muy de
acuerdo. A muchos pareció un disparate buscar de nuevo el Estrecho de
Magallanes, en los peligrosos mares australes. Estaban en diciembre; tres meses
más tarde, en Patagonia entraría el otoño, y tal vez se verían abocados a otra
invernada, con los malos recuerdos que tenían de la anterior. ¿No sería
preferible ir por mares templados y recalar en Darién, en la costa descubierta
por Balboa, que era la única que sabían en manos de los españoles? ¿Mantendrían
sus derechos en territorio de las Indias y encontrarían medios de regresar a
España? ¿Cabría la posibilidad de buscar una ruta nueva? Algo estaría decidido,
podemos suponer.
La Victoria seguía navegando hacia el sur. La Trinidad, en cambio, se
retrasaba. Pronto se comprobó que algo sucedía, porque la nave principal se
detenía y luego daba la vuelta. Estaba claramente escorada de babor. Elcano
ordenó volver a puerto para conocer lo ocurrido y auxiliar a los compañeros.
Pronto quedó todo claro. En el casco de la nao capitana se había abierto una
vía de agua, el gorgoteo se oía hasta desde la cubierta; las bombas no daban
abasto y el barco podía hundirse si no se ponía pronto remedio. En la costa
descendieron los buzos, pero no dieron con el agujero. La avería, por eso mismo
debía ser más profunda y más grave de lo que se imaginaba. Hubo que descargar
totalmente la Trinidad y aprovechando la marea vararla en seco. Al fin se descubrió
que el agua no entraba por ningún boquete, sino por las junturas de las
cuadernas, que estaban fuera de su sitio: hasta la quilla se encontraba en
malas condiciones, y se imponía renovarla en su totalidad. Almansur, generoso,
ofreció 150 carpinteros y buzos para que colaboraran en la tarea de
reconstrucción del barco. Qué desastre. Cuando al fin parecía logrado, y con un
éxito espectacular, el objetivo de la expedición, todo se venía abajo.
Mucho se ha especulado sobre las causas que provocaron el
desencuadernamiento de la Trinidad. La opinión que ha prevalecido es la de que
se había cargado el barco en exceso, buscando el máximo beneficio posible, y la
imprudencia costó cara: el navío reventó. Y no hay razones para negarlo; al
contrario, resulta en alto grado probable que fuese así. Pero no olvidemos que
meses antes, a las pocas semanas de la salida de Borneo, la Trinidad, en un
probable descuido y en plena noche, había encallado en un arrecife de coral y
«parecía que se iba a hacer pedazos». Como se recordará, hubo que llevarla a
una isla, y sin muchos elementos, fue reparada y carenada. Debió quedar débil
de cuadernas y con tablazones unidas de la mejor manera posible en precarias
condiciones. Por otra parte, no tiene fácil explicación que por un exceso de
carga quede destrozada la quilla: seguramente se estropeó en el golpeteo del
fondo contra los escollos. Tal vez en circunstancias normales la Trinidad
hubiera soportado sin problemas la carga con que salió de Tidore. Pero no se
encontraba en condiciones normales.
Fue así como se pensó con urgencia en una decisión en que antes no se
había tomado, pero que respondía al parecer a una iniciativa de Elcano. La
Trinidad había de ser reparada, y a su tiempo, si no había sido descubierta,
emprendería el regreso, no por el estrecho de Magallanes, sino hacia Darién,
donde encontraría la debida ayuda para que el cargamento pudiera llegar de
alguna manera a España. La Victoria, en cambio, había de partir enseguida, y
por la ruta contraria, rumbo al oeste, pero cuidando eludir las rutas usuales
de los portugueses, y sin tocar costa alguna controlada por ellos. La aventura
era tan peligrosa como la otra, y cualquiera de las dos podía salir mal, pero
era menos probable que salieran mal las dos a la vez. Había que tentar la
suerte. La ruta propuesta por Elcano significaba que la Victoria, si lograba su
objetivo, daría la vuelta al mundo: una idea que jamás había pasado por la
mente de Magallanes, pero que resultaba por su naturaleza enormemente
sugestiva: precisamente por eso, Pigafetta, aunque no se llevaba bien con
Elcano, decidió embarcarse en la Victoria. Por una precaución elemental, se
decidió disminuir la carga de clavo; de unos 700 quintales se pasó a 600 (la
Trinidad había cargado 1200). Ahora estaría la nao más ligera y más segura. El
21 de diciembre, con 47 tripulantes, la Victoria zarpaba de Tidore. La Trinidad
hubo de esperar más de tres meses, y saldría el 6 de abril con rumbo contrario.
Solo el futuro, la suerte y el acierto humano iban a decidir cuál de las dos
decisiones era la más acertada.
§. La odisea de la Trinidad
Invirtamos por un momento el orden de los hechos para conocer tan siquiera en
un somero inciso la suerte de la nao que tuvo que quedarse en Tidore. No
sabemos si Gómez de Espinosa se enfadó por la temprana marcha de Elcano,
decidido a hacer la ruta del oeste, mientras él quedaba al frente de una
Trinidad que no podía navegar, expuesta a una larga reparación y al peligro de
que en cualquier momento aparecieran los barcos portugueses. Las cosas eran
así, de manera que cada cual habría de cargar con su suerte y tratar de
aprovechar sus oportunidades. Lo que sí sabemos por los cronistas es que los
dos navegantes se despidieron abrazados y llorando.
Hubo que descargar íntegramente la Trinidad, no solo del clavo que
almacenaban sus bodegas, sino de cuanto llevaba a bordo. La carga de especie
que se había estropeado con el agua no constituiría problema, porque sobraba
repuesto en el almacén. Así fue como la nao fue trasladada enteramente a tierra
y puesta en seco, sostenida en pie por sólidos maderos. Hubo que reparar todas
las cuadernas, disponer una nueva quilla, sustituir el maderamen estropeado por
piezas nuevas, y, en fin, carenar y calafatear todo, hasta que la nave
estuviese en condiciones de navegar. Los 120 operarios ofrecidos por Almansur
trabajaron correctamente, dirigidos y ayudados por los españoles, y si solo
había queja de algo fue del material, escaso y no del todo bueno, de que fue
preciso echar mano en la isla. A comienzos de abril estaba la Trinidad
reparada, y se procedió a cargarla de nuevo con unos mil quintales de clavo, y
no más para no ver repetida la catástrofe del primer intento. Al fin, el 6 de
abril, zarpó definitivamente la nao a pesar de las súplicas de Almansur, que se
sentía más solo que nunca y expuesto a las represalias de los portugueses.
Realmente no estaba tan solo: en Tidore quedaban cuando menos cinco españoles,
al frente del depósito y de la factoría; Espinosa dejó también en la isla la
artillería, para que se construyera un fuerte, que tal vez pudiera defenderse
durante un tiempo si se les atacaba. Así, de paso quedaba un poco más aligerado
de peso el barco.
Comenzaba ahora la verdadera aventura. Conocemos, siquiera sucintamente,
los avatares de la navegación por un breve informe de Espinosa, el relato, no
tan circunstanciado como quisiéramos, de Ginés de Mafra, y las notas aisladas
del piloto genovés. Rechazaron la idea de navegar hasta el estrecho de
Magallanes y decidieron ir finalmente a Panamá por los mares del norte. Era la
ruta más correcta de todas las posibles, y, como observa Fernández de
Navarrete, «comprendieron muy bien que de las Molucas a Panamá no había más de
2000 leguas, y que si los tiempos ayudaban, era el mejor y más corto viaje que
podían hacer». Navarrete se equivoca al suponer una distancia relativamente tan
corta; pero, de todas formas, factible, y la menos difícil de todas las que se podían
hacer. Y es más: la ruta elegida por Espinosa resultaba asombrosamente
correcta. Es curioso: solemos atribuir unánimemente a Andrés de Urdaneta el
descubrimiento de la «Vuelta de Poniente», el rodeo que resolvió de una vez
para siempre el regreso o «tornaviaje» de Filipinas a América, cuando lo intuyó
con sorprendente claridad Espinosa en 1522. Con un poco más de suerte, hubiera
consagrado la ruta definitiva de una vez para siempre. Se encontró con vientos
del este, y para sortearlos, navegó hacia el norte, a la espera de otros más
favorables. Descubrieron algunas de las islas Palaos y la Asunción, al N. de
las Marianas; y ya a 20º Norte encontraron una isla «donde no había más que
salvajes». Quién sabe si era Marcus Island; por allí no era fácil dar con otra.
Siguieron al norte, y doblaron al NE en cuanto los vientos lo hicieron posible.
Aquellos mapas que dibujan la ruta de la Trinidad navegando sempiternamente al
norte hasta la altura de la isla de Hokkaido en Japón, (y desde allí habrían
vuelto exactamente por la misma ruta al sur) no tienen el menor sentido, y
desconocen el régimen de vientos en el Pacífico. Espinosa encontró los vientos
del oeste, y por ellos se dejó llevar siguiendo el paralelo 42º. Había
descubierto la ruta correcta, y con un poco más de fortuna hubiera logrado su
objetivo, llegando a Panamá antes que Elcano a España. Pero esta vez el
Pacífico no hacía honor al nombre que equivocadamente le habían puesto en el
viaje de ida, ya hubiera sido a causa del fenómeno de El Niño, o en virtud de
una especial buena suerte; y esta vez les sacudieron los temporales. A fines de
agosto se desató una tempestad espantosa: los que la sufrieron dicen que con
mucho frío, algo inexplicable en aquella fecha y en aquella latitud, se conoce
que —como en ocasiones similares— no estaban acostumbrados a bajas
temperaturas; pero si la temperatura era relativamente baja no cabe soñar con
tifones, que tampoco suelen alcanzar las costas de Hokkaido; estaban sin duda
mucho más al este. Con aquellos vientos furiosos estuvieron a punto de
zozobrar. Las velas fueron rotas antes de que pudieran ser arriadas, se
partieron los masteleros y la mar enfurecida destrozó el hermoso castillo de
proa, y hasta tuvieron que cortar a hachazos parte del de popa, el favorito de Magallanes,
para que corrieran las olas por la cubierta. Al cabo de cinco días de lucha
mortal con los elementos, la nao quedó destrozada, maltrecha, casi sin
gobierno. Aquel océano tenía tan poco de pacífico como pudieran imaginar, hasta
el punto de que perdieron toda esperanza de poder atravesarlo.
Aun así, por un momento surgió la idea de cruzar el Índico, siguiendo la
ruta que había elegido Juan Sebastián Elcano. Pronto comprendieron que era
también una locura. Las velas remendadas daban muy poco de sí, faltaban las
prolongaciones de los mástiles y las vergas, y la navegación se hizo lenta y
tediosa. Habían de conformarse con regresar a Tidore y allí reparar las
averías, o más bien hacer guarnición y defender la isla hasta que llegasen
nuevas expediciones españolas. La travesía en aquellas condiciones se hacía
interminable. Muy probablemente navegaron al sur, hasta encontrar los vientos
alisios, y luego se dejaron llevar cerca del ecuador hasta las Molucas. Fue una
travesía larga, fatigosa y tardaron mucho tiempo en encontrar vientos
favorables. «Faltóles pan, vino, aceite, no tenían que comer salvo arroz,
sufriendo un frío grande [...], comenzó la gente a morir». Tenemos noticias,
por Mafra, del fallecimiento de treinta hombres; pudieron ser más. Al fin
lograron abordar las islas de los Ladrones (Marianas), y desde allí,
debidamente orientados, tomaron la ruta de las Molucas. No pudieron llegar. Los
portugueses los abordaron cuando estaban cerca de Ternate. La Trinidad se
estaba hundiendo, pero los captores no tuvieron piedad con los hombres. Los tripulantes,
enfermos, sufrieron muy malos tratos. Los irruptores imaginaron que podrían
apoderarse de los mil quintales de clavo que transportaba la nao: qué fabuloso
botín. Pero apenas comenzaron a transbordar la carga, se hundió la Trinidad, y
todo lo que llevaba quedó para los peces.
Eso sí, los portugueses lograron apoderarse del libro de ruta de la
Trinidad —por eso sabemos ahora tan poco— y de los instrumentos. Querían saber
si las Molucas estaban en el hemisferio español o en el portugués. La cuestión
seguía sin aclararse, aunque tenían motivos para sospechar que los barcos del
rey de España habían traspasado la línea de demarcación. Los prisioneros fueron
tratados con extrema dureza, quizá por lo mucho que una y otra parte se estaban
jugando. Fueron obligados durante cuatro meses a realizar en las Molucas
trabajos forzados. Luego continuaron su calvario en Java, Malaca, Cochín.
Fallecieron casi todos. Solo se sabe que tres de ellos fueron llevados, todavía
presos, a Portugal: Espinosa, Mafra y el piloto genovés León Pancaldo, el casi
seguro autor de otro conocido derrotero. Los tres serían rescatados por Carlos
V, y regresarían a España en 1527. También ellos dieron la vuelta al mundo
después de espantosas pruebas, y parte del trayecto en calidad de prisioneros.
El emperador supo recompensarlos merecidamente.
Capítulo 9
Elcano y la victoria
Contenido:
§. La travesía del Índico por mares desconocidos
§. De Tidore a Timor
§. El descubrimiento del Índico Sur
§. Mar hostil e isla inabordable
§. El Cabo: Buena Esperanza y Desesperanza
Con frecuencia han sido enfrentadas las figuras de Fernando de
Magallanes y Juan Sebastián Elcano. Ambas son complementarias y, aunque en vida
los dos marinos no se entendieron bien, su tarea histórica, sumada, integra una
gloriosa totalidad. Ambos eran igualmente necesarios. Sin Magallanes, Elcano no
hubiera concebido una idea tan quimérica y ambiciosa, no hubiera tenido ocasión
de embarcarse en la aventura y jamás se le hubiera ocurrido de buenas a
primeras la idea de dar la vuelta al mundo. Sin Elcano, y tal como fueron las
cosas, la gesta de Magallanes no hubiera pasado, (como decía en expresión bien
gráfica Fitzpatrick) de una cita a pie de página. Ni alcanzó las islas de las
Especias, que eran su objetivo y su ideal, ni tenía la menor intención de dar
la vuelta al mundo. Solo la combinación de ambas hazañas sirvió para conferir a
la gesta sus auténticas dimensiones históricas. Las historias escritas por no
españoles suelen conceder a Magallanes todo el mérito del viaje, incluido el
hallazgo de las islas de las Especias, que no encontró, y la vuelta al mundo,
que no realizó ni jamás había soñado en realizar. Los portugueses, por su
parte, tardaron en reconocer el mérito de Magallanes, una suerte de traidor o
en todo caso desertor, que vino a servir al rey de Castilla, más todavía que el
propio Colón, otro que desertó de ellos para servir a los castellanos.
Magallanes era portugués, mientras que Colón no lo era, con lo que la segunda
deserción dolió más que la primera. Finalmente, Magallanes ha sido rehabilitado
por sus paisanos como gran navegante y descubridor de uno de los estrechos más
importantes en la historia del mundo: si bien la ingrata situación de disputa
por los derechos sobre las Molucas contribuyó por un tiempo a devaluar la
figura del marino en su patria. Con todo, ha sido históricamente reivindicado,
y su talla aparece entre las principales del monumental Padrâo dos
Descobrimentos en Lisboa. Si hemos de descender a detalles, también hay que
reconocer que Magallanes cuenta con más monumentos en Chile que en Portugal.
Juan Sebastián de Elcano, en cambio, aparece como un personaje
secundario, que tuvo fortuna únicamente en el último acto del drama. Solo los
estudiosos españoles, y singularmente los vascos, han destacado su figura de
gran navegante y su capacidad para plantearse las cosas con ideas claras: una
cualidad que por sí sola de poco le hubiera valido si no contamos su voluntad,
su audacia, su persistencia hasta el heroísmo en los momentos difíciles y su
capacidad de mando, que no falló ni en las situaciones más extremas. Y no solo
fue el primero que dio la vuelta al mundo, y no solo el primero que concibió
poner esa idea en acción, sino que fue quien realizó el propósito de Magallanes
de llegar a las Molucas y traer desde ellas a España un cargamento de especias:
que de eso justamente se trataba. Es absolutamente estúpido contraponer las
figuras de Magallanes y Elcano: ambas fueron tan complementarias como
necesarias. La historia no se explica sin ninguno de los dos.
§. La travesía del Índico por mares desconocidos
Una afirmación del literariamente espléndido relato de Stefan Zweig pretende
que después de la muerte de Magallanes «el resto de la aventura ya no poseía
mérito alguno, ya que los portugueses conocían muy bien la ruta desde los mares
de las Molucas hasta Europa». El aserto resulta demasiado simplista. En primer
lugar, es preciso recordar que Magallanes no llegó a las Molucas, porque no
supo o porque al menos de momento no quiso alcanzarlas, enfrascado en otras
empresas que desgraciadamente le salieron mal. El único que puso un interés
exclusivo en llegar a las Molucas, y llegó a ellas a las pocas semanas después
de tomar el mando fue Elcano. Y en segundo lugar conviene recordar ante todo
que la ruta seguida por Elcano para cruzar el océano Índico y llegar al
Atlántico era completamente distinta de aquella que conocían bien los
portugueses: la evitó precisamente porque la conocían bien, y no deseaba de
ninguna manera cruzarse con ellos. El viaje de la Victoria surcó mares nunca
navegados por nadie, ni por europeos ni por hombres de ningún otro linaje: hizo
lo mismo que Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo, o que Magallanes, así que
se aventuró en aguas de un océano inmenso cuya existencia ni siquiera conocía.
La aventura de Elcano no fue menos radicalmente nueva que aquellas otras dos, y
además extraordinariamente difícil por dos circunstancias que se combinaban
contra él: la hostilidad de los elementos y la imposibilidad de buscar puertos
de refugio, que sabía en manos de aquellos que ansiaban apresarle y dar al
traste con su proyecto de regreso a España.
Por desgracia, tenemos muy pocas fuentes originales para conocer los
avatares de aquella aventura. Faltan Ginés de Mafra y León Pancaldo, el piloto
genovés, que fueron en la Trinidad, y ese otro piloto portugués que tampoco fue
con Elcano. Es cierto que Pigafetta quiso embarcarse en la Victoria, adivinando
las emocionantes posibilidades de la empresa que iba a vivir, pero apenas
dedica unas pocas líneas a la complicadísima travesía del Índico, ya sea porque
no tenía una clara idea de por dónde iba, o porque gustaba más de describir las
costumbres de los naturales que el comportamiento de los vientos y las aguas.
Es justamente en este trayecto cuando el lombardo se entretiene en contar
historias fantásticas de países que no conoció. El buen piloto Francisco Albo
calcula lo mejor que puede las posiciones en un mar en que no encuentra puntos
de referencia, y facilita detalles de rumbo o de andar en cada singladura, que
nos permiten conocer el qué y el por qué de las situaciones. Como hombre frío y
acostumbrado a las mayores dificultades, apenas se queja de las durezas de la
mar y no concede demasiada importancia a las más fuertes tempestades. Ni que la
travesía del Índico Sur hubiese sido poco más que un crucero de placer. Relata
que «rompimos el mastelero del trinquete» como si el palo fuese tan fácil de
quebrar como una caña. Con todo, siempre es posible reconstruir las situaciones
y las dificultades de aquella travesía que costó sufrimientos y vidas humanas;
y que a la postre fue superada con valor y con tenacidad sin cuento.
Algo más sabemos. Elcano escribió a Carlos V una carta tan sucinta como
emocionante. No es mucho lo que puede colegirse de ella, aunque no faltan
frases necesariamente expresivas; pero tanto el Emperador como quienes le
rodeaban debieron enterarse de bastante más. Entre ellos Maximiliano de
Transilvania, que admiró especialmente los últimos capítulos de la odisea,
aquellos en que el jefe es el marino vasco. También tuvo noticias de aquella
épica navegación Pedro Mártir de Anglería, entonces presente en España
precisamente para informar al mundo de las cosas extraordinarias que estaban
sucediendo en tierras y mares lejanísimos. Fernández de Oviedo y López de
Gómara, cronistas de Indias, tuvieron noticias de primera mano, fragmentarias,
pero siempre interesantes. Y más aún: el estudio de las condiciones del mar, de
lo cambiante de los tiempos, y de las posibilidades y peligros de la navegación
a vela (¡no lo olvidemos, de una sola embarcación, que no podía permitirse el
lujo de pedir auxilio!) ayudan a obtener nuevas, a veces seguras inferencias de
lo acontecido en aquellas jornadas. La novela histórica, como obra de ficción
que es, puede contarnos hechos que pudieron haber sucedido, pero que no se sabe
si realmente sucedieron. Al historiador le están negados estos lujos, pero
sabe, en este caso, que lo que podemos deducir de los hechos mismos es tan
impresionante como la más increíble novela.
§. De Tidore a Timor
Las dos naos que salieron de la isla del clavo tuvieron suerte por lo que a los
primeros vientos se refiere. La Victoria se encontró con el monzón de invierno
del sur de Asia, que en las Molucas se traduce en forma de un favorable viento
norte. Tres meses y medio más tarde soplaba en Tidore viento del este, que
sirvió a la Trinidad para remontarse hacia el norte, que es lo que quería. Pena
que aquella primavera y aquel verano fuesen tan tempestuosos en latitudes
medias del Pacífico septentrional. No es fácil conocer la naturaleza exacta de
aquel devastador huracán que dejó maltrecha la Trinidad. Probablemente también
influyó en el desastre la insuficiente reparación de que fue objeto en Tidore.
Elcano, en cambio, deseaba ir al sur todo lo posible para alejarse de
las rutas frecuentadas por los portugueses. Tenía razones para suponer que el
trato que habría recibido, si era capturada la Victoria, sería muy similar al
que habrían de soportar los náufragos de la Trinidad. De aquí que concibiera
una idea tan necesaria en aquellas condiciones como técnicamente disparatada:
una navegación en solitario y sin escalas por el Índico Sur y luego frente a
las costas atlánticas de África... también sin tocarlas. Fue esta consigna de
navegar por dos enormes océanos lo más lejos posible de tierras de las que sí
tenía noticia, pero que no podía tocar sin perderlo todo, el motivo principal
de la odisea de Elcano. Hasta entonces los expedicionarios habían logrado esquivar
sucesivamente los peligros del océano y los peligros de los hombres. Ahora, por
primera vez, Juan Sebastián Elcano se veía obligado a esquivar ambos peligros
al mismo tiempo. Ahí estriban la suprema dificultad y el supremo mérito de este
último capítulo de la odisea.
Siguiendo desde el primer momento ese camino hacia el sur, Elcano
descubrió muchas islas de las Molucas, desconocidas aún de los portugueses y
probablemente de los árabes. Al sur de Tidore están las islas de Mare,
Tatomoetoe y Talapao, en rosario hacia el sur, mientras que por el este cierra
el paso la gran isla de Maluku Vitara, hoy la principal del archipiélago, a la
que entonces no se concedía importancia. Guiándose por indicaciones de pilotos
indígenas, fue encontrando un dédalo de pequeñas tierras en las que
progresivamente iba desapareciendo todo rastro de civilización; en la isla de
Soela encontraron antropófagos, y en Boho salvajes extraños, para Pigafetta
«muy feos», «los más parecidos a bestias salvajes que encontramos en nuestro
viaje». Elcano se fija más en los frutos de la tierra que en la cara de sus
habitantes, y escribe en su informe al Emperador: «en este camino descubrimos
muchas islas riquísimas, entre las cuales Bandam, donde se dan el jengibre y la
nuez moscada, y Zalba, donde se cría la pimienta». Es posible que las partidas
de pimienta y nuez moscada que trajo la Victoria procedieran de estas islas
Molucas del Sur. También se abastecieron de vituallas: cocos, conejos, gallinas
y hasta cerdos (se conoce que los árabes no habían llegado allí), que les
vendrían muy bien para el camino. La pequeña nao navegaba durante el día y
trataba de fondear en lugar seguro durante la noche, tal era la abundancia de
islas e islotes, unas dispuestas de norte a sur, otras atravesadas de este a
oeste, con las que se hubiera topado sin remedio si navegara de noche. Al fin,
traspuestas las Molucas, se encontró con el mar de Banda. Allí les sorprendió,
el 8 de enero de 1522, una tempestad; que «nos golpeó tan fuerte —cuenta
Pigafetta— que todos hicimos votos de ir a visitar a la Virgen de Guía»[10]. Dieron con la isla Mallúa, (Moa), rocosa, y Elcano tuvo que hacer una
difícil maniobra para pasar entre dos terribles masas de escollos. Cuando el
temporal se sosegó, prefirió varar en una playa cercana para reparar la nao.
Tuvieron que estar dos semanas trabajando a fondo hasta dejarla en tan
perfectas condiciones, que la Victoria sería capaz de cruzar dos océanos
limitados por tres continentes sin necesidad de una nueva reparación. Elcano
oyó hablar de una isla muy grande, Timor, a donde no habían llegado los
portugueses[11], y a ella arribó antes de lanzarse a una tremenda travesía de
veintitantos mil kilómetros sin tocar tierra. Timor es, en efecto, una isla
grande, de trescientos kilómetros de longitud, montañosa y volcánica, cuyos
habitantes, por lo que sabemos, no estaban mucho más civilizados que los de las
islas vecinas. Por allí alguien le cuenta a Pigafetta que «hay pigmeos de un
codo de alto, y orejas más largas que todo el cuerpo, de modo que cuando se
acuestan una les sirve de colchón y otra de manta». La fábula, realmente, se
encuentra en Estrabón, de modo que el curioso vicentino la trasladó sin más a
su relato cuando oyó hablar de pigmeos, una vez más para placer de sus
lectores. Los marineros no pudieron hacer gran negocio porque ya casi no les
quedaban baratijas que intercambiar. Con todo, consiguieron siete búfalos. Aquí
parece que por esta u otra causa, hubo entre ellos una reyerta, que Elcano
reprimió severamente. El hecho de que dos desertores prefirieran quedarse en
Timor antes que sufrir un grave castigo, tal vez la muerte, debe estar
relacionado con los sucesos, de que tenemos noticias un tanto vagas a través de
López de Gómara. Pigafetta prefiere no contarnos nada. En Timor permanecieron,
buscando los últimos abastecimientos y los vientos favorables, hasta el martes
8 de febrero de 1522. Elcano y los suyos zarparon sin saber que iban a realizar
una travesía de cinco meses sin hacer escala alguna y sin ver otra tierra que
un islote que no sería «descubierto» hasta el siglo XVIII. No lo sabían,
ciertamente, pero estaban dispuestos a todo.
§. El descubrimiento del Índico Sur
Dicho queda que todo lo que relata Pigafetta de las singladuras a través de los
siete mil kilómetros del Índico, de Timor a Sudáfrica, cabe en dos páginas. Y
no es que dedique esas dos páginas a contarnos la travesía, sino que sustituye
el relato de lo acontecido por una serie de leyendas sobre los pueblos del
Lejano Oriente que ha oído de labios de algún marino portugués de los que
viajaban a bordo, o más probablemente lo adapta de conocimientos adquiridos de
antemano. Así cuenta de la isla de Java (que nunca conoció), que en ella se
encuentra un tipo de árbol gigantesco en cuyas ramas se posan aves no menos
descomunales, capaces de levantar con sus garras un búfalo, e incluso un
elefante. Los frutos de este árbol son mayores que un melón. Se refiere con
descripciones no menos imaginativas a regiones del sureste asiático, como la
ciudad de Cingapala (Singapur) y la Cochinchina, entendamos el actual Vietnam,
con su consiguiente cabo Gaticara o Cattigara. De la «India Mayor» cuenta que
su monarca vive en un palacio rodeado de setenta murallas. Y tampoco deja de
aprovechar la ocasión para referirse al maravilloso imperio chino, del cual
ciertamente no sabe más cosas de las que cuenta Marco Polo, y en este caso
precisa que el palacio del emperador es tan inmenso que se necesita un día
entero para darle la vuelta. No es necesario decir que Pigafetta no dio esa
vuelta, ni hubiera podido intentarla, porque los emperadores de la dinastía
Ming, reinante por entonces en el Celeste Imperio, habían prohibido a los
extranjeros acercarse a sus dominios so pena de la vida: al curioso vicentino
le hubieran cortado la cabeza. Preciso es recordar que Pigafetta recoge
leyendas y mitos muy antiguos sobre países imaginarios por motivos sensacionalistas
o en todo caso para distraer a un público ávido de novedades fantásticas; y en
esos relatos no se le puede tomar en serio. Por desgracia, ha llegado a seducir
a algunos historiadores modernos que suponen que el regreso de Elcano se
realizó costeando Sumatra, pasando cerca de Malaca — ¡justamente donde sabía
por Pedro de Lorosa que estaban preparando los portugueses una pequeña escuadra
para perseguirle!— y la costa de Birmania hasta la altura de la India, para
tomar al fin la ruta portuguesa hacia el Cabo de Buena Esperanza. Es decir, se
habría metido en la boca del lobo. Por supuesto que en ese caso ni hubiera
salido con bien, ni hubiera descubierto las Molucas del Sur, ni menos Timor y
nada digamos la isla Ámsterdam, aparte de que hubiera dependido no de los
vientos del oeste, sino de las imposiciones del régimen monzónico[12].
El 8 de febrero zarparon los de la Victoria del puerto de Timor donde
habían hecho los últimos preparativos y avituallamientos para su aventura. Los
días siguientes, hasta el 11, hubieron de navegar hacia el oeste, siguiendo de
lejos la costa de la isla; se conoce que habían recalado en algún punto del
centro-norte de Timor. Navegaron con «bonanza», es decir, con viento flojo,
hasta que encontraron la punta occidental. Luego se dirigieron al sur, y, como
reconoce Albo con sincero laconismo, «estábamos en el paraje de dos islas, las
cuales no sabemos cómo se llaman, ni si están habitadas...». Eran las islas de
Savu y Toti, las más meridionales del mar de la Sonda. Y sigue diciendo sin más
complicación: «y de aquí tomamos nuestra derrota para el cabo de Buena
Esperanza, y fuimos al oestesuroeste». Comenzaba la gran aventura. Les quedaban
tres meses de travesía por mar abierta, lejos de toda tierra conocida o
desconocida, en una de las navegaciones más audaces de la era de los
descubrimientos.
El Índico es, en efecto, el océano más desolado de los tres grandes del
mundo. El Atlántico o el Pacífico cuentan con una buena cantidad de islas. El
Índico, si nos situamos en su punto central, dista miles de millas de la tierra
más cercana. Si Elcano buscaba atravesar mares nunca surcados por nadie, logró
plenamente su objetivo. Los portugueses, que consta que le buscaron para
apresarle, no le hubieran encontrado ni por casualidad. Antonio de Brito, el
capitán portugués que apresó la Trinidad, y tuvo noticias de la ruta que
pensaba seguir la Victoria, escribe al rey de Portugal: «parece que será
tamanho milagre y a Castela como foy viren de Castela a Maluco». Y daba el
barco de Elcano por perdido. Sin embargo, a veces los milagros se producen,
sobre todo cuando se procuran con alteza de miras y ánimo esforzado. La ruta de
la Victoria consistió en navegar al oestesuroeste hasta alcanzar los 38/40
grados sur, el límite de una de las zonas de navegación más difíciles del
mundo; luego al oeste, y finalmente, en parte forzado por las circunstancias,
un poco hacia el oestenoroeste. No parece que Elcano llevase en su pequeña nao
una esfera, como la que al parecer portaba Magallanes en la Trinidad: pero, es
curioso, describió una ruta ortodrómica casi perfecta; es decir, siguió el
camino más corto cuando se cruza la superficie de una esfera de un punto a
otro. Así operan hoy los navegantes de altura cuando pueden hacerlo, y así
hacen las líneas de aviación transoceánicas. El viajero que vuela de Madrid a
Nueva York suele extrañarse al comprobar que el piloto abandona el Viejo
Continente por encima de las rías gallegas, cuando lo más lógico parece que
debiera ser tomar por el paralelo 40, en que se encuentran las dos ciudades.
«Cosas de los pasillos aéreos», suele pensar. Y sin embargo, la línea más corta
sobre la esfera terrestre entre Madrid y Nueva York pasa por Galicia. Basta
tomar un globo terráqueo y tender un cordel bien tirante de un punto a otro
para comprobarlo.
La ruta elegida por Elcano fue, desde el punto de vista de la geometría
esférica, absolutamente perfecta. Sin duda lo fue por casualidad. Un navegante
desprovisto de esfera no hubiera podido adivinarlo, ni tampoco la esfera
—inspirada en Behaim o en cualquier otro—, que llevaba Magallanes le hubiera
servido de gran cosa, puesto que ignoraba la existencia del Pacífico y de gran
parte del Índico. No solo se descubren tierras nuevas, sino mares nuevos, y
este hecho ha sido quizá poco resaltado por la Historia de los Descubrimientos.
Magallanes descubrió el Pacífico y sus inmensas dimensiones. Elcano descubrió
el Índico sur y su infinita soledad.
Sin embargo, no siempre la línea recta es la más corta entre dos puntos.
En tiempos de la navegación a vela —es decir, a lo largo de toda la historia
hasta el siglo XIX—, la ruta más «corta», digamos aquella que puede recorrerse
en menos tiempo, es la que sigue los vientos favorables, aunque sea preciso
describir una trayectoria curva. (Fue F. Maury, marino norteamericano, quien en
1855, publicó una famosa obra sobre las rutas más «cortas» en la navegación a
vela). Un caso dramático: los españoles llegaron a las Molucas o a Filipinas
atravesando el Pacífico, pero no consiguieron atravesarlo, pese a sus denodados
esfuerzos, en una ruta de regreso, hasta que Urdaneta descubrió «la vuelta de
Poniente» por los años sesenta del siglo XVI.
Elcano siguió la línea recta, pero tuvo que luchar con vientos y
corrientes contrarias de principio a fin de su interminable viaje entre las
Molucas y el Cabo. Tampoco puede decirse que la elección de ruta significase un
error. Si no tenía la menor idea de lo que es una ruta ortodrómica, tampoco
podía adivinar el régimen de vientos y corrientes en un océano que nadie hasta
entonces había surcado. Ni se le puede felicitar por el acierto ni acusarle de
la equivocación. Lo que sí resulta admirable es la capacidad de resistencia de
la nao y sus tripulantes en una navegación tan larga por mares desconocidos
después de haber dado tres cuartos de vuelta al mundo, y el hecho de haber
llegado, orientándose por el sol y por una brújula imprecisa, y después de
infinitas penalidades, a la punta sur de África, y finalmente por el Atlántico,
hasta España.
Salieron de Timor hacia el oestesuroeste. Por un tris no descubrieron
Australia. Pasaron a unas ciento cincuenta millas de la isla Barrow y del cabo
Norwest, donde ahora se encuentra Exmouth. Ni falta que les hizo ver la
isla-continente más grande del mundo, como no fuera la gloria de haberla
descubierto. No hubieran encontrado gran cosa en aquella costa semidesierta ni
deseaban en modo alguno perder el tiempo. Hasta aquel punto les ayudaban las
corrientes; a partir de entonces ocurrió todo lo contrario. Tenían que luchar
contra vientos del sur y contra la corriente West Australian, cuya velocidad
sobrepasa la de un hombre a la marcha. Ocurre que la corriente del Índico Sur
choca contra el continente australiano, se concentra, se hace más rápida y más
fría y dificulta la navegación de los que quieren ir al sur. Luego se desvía
hacia el oeste, y forma la gran corriente del Índico, que va a estrellarse
contra el continente africano y Madagascar. Era la que aprovechaban los
portugueses para su viaje de regreso: ¡por eso precisamente no podía
aprovecharla Elcano! Nuestros navegantes hubieron de sufrir también un brusco
descenso de las temperaturas, tan cálidas y húmedas hasta el momento. Con todo,
no puede decirse todavía que pasasen frío. Albo calcula el 18 de febrero que
marchaban a una velocidad de 45 leguas por día, una marcha nada despreciable,
supuesto un viento que no podía favorecerles; pero probablemente se equivoca.
La corredera mide la velocidad del barco sobre las aguas; pero si las aguas se
mueven en sentido contrario, hay que restar las velocidades, con lo que la
marcha real resulta bastante menor; posiblemente no podían pasar de 35 leguas,
digamos de 150 a 160 km/día. El cielo estaba nublado, y el cuidadoso Albo ni
siquiera podía calcular la latitud por el sol. Al fin despejó el día 25, y pudo
medir una latitud de —21º 40’. Estaban a la altura de la costa de Australia
central, pero ya muy lejos de ella, a unas 1.600 millas, puesto que caminaban,
siempre que podían, en la dirección señalada por Elcano, hacia el OSO. Al
finalizar febrero, se encontraban ya a 26º sur. Se estaban adentrando en las
inmensidades del Índico, a más de 2.000 millas de Australia, 3.200 de Sumatra y
4.000 de la India. Ni un barco navegaba en medio del océano en miles de millas
a la redonda: era la soledad más absoluta, y al mismo tiempo la más firme
garantía de que nadie podría encontrarles. Qué curiosa paradoja: No estaban en
disposición de pedir auxilio ante cualquier emergencia que pudiera surgir; pero
deseaban no tener ocasión de pedirlo, porque sabían muy bien que hacerlo
hubiera significado la prisión, probablemente la condena a trabajos forzados, y
la pérdida consiguiente de la gloria y de los tesoros que transportaban.
§. Mar hostil e isla inabordable
Marzo. Se aproximaba el otoño austral, y debían alcanzar el Cabo cuanto antes
si querían librarse de las tempestades del invierno en aquellas latitudes; pero
un barco de vela depende en exclusiva del viento, y en aquellas regiones del
mundo los vientos no son caprichosos, sino más bien constantes, del oeste, y
casi justamente en dirección contraria a la que deseaban. Tal vez por ese
motivo Elcano prefería avanzar hacia el suroeste, surcando aguas
progresivamente más australes, pero ganando terreno hacia poniente, que era lo
que necesitaba. Le bastaba, para doblar el cabo de Buena Esperanza, alcanzar la
latitud 35º sur; pero siguió avanzando más hacia el Austro, por dos razones
sencillas: podía así ceñir mejor hacia poniente, y se libraba de las asechanzas
de los portugueses, que según los rumores que escuchó el amigo Lorosa, se
disponían a esperarle también en la región del Cabo para hacerle prisionero y
apoderarse del cargamento. Elcano no tuvo demasiada mala suerte: el viento
soplaba del oeste, a veces del noroeste, y le obligaba a ceñir más al sur; pero
nunca fue tan fuerte como acostumbra por aquellos mares. Con frecuencia sabemos
por Albo, y dos veces por Pigafetta, que hubieron de amainar las velas, ya por
imposibilidad de orzar en buena dirección, ya por falta casi absoluta de
viento. El 8 de marzo sopló viento, pero «hubieron de cambiar de derrota» hacia
un rumbo poco favorable, primero hacia el norte, después hacia el sur. El 9 y
el 10 pudieron avanzar al oeste pero con «poco viento». Estaban ya a una
latitud entre 35 y 36º, y si embargo, no soplaban los huracanes entonces tan
frecuentes, sino una brisa tan floja que el 11 y el 12 hubieron de amainar
velas, porque con ellas izadas no harían más que retroceder. Los marinos
sentían no solo —una vez más— la pesadumbre de una navegación interminable,
sino la conciencia de que se les acababan las provisiones y no se acercaban al
ansiado Cabo, que les abriría las puertas al Atlántico, y con ello a la
esperanza. De aquí el extraño «síndrome de El Cabo» que tantas veces les atacó.
Tenían que estar cerca, tenían que llegar de una vez, calculaban mal la
distancia recorrida, porque la impaciencia puede más que la corredera, y la
vuelta a casa se torna una ansiosa necesidad. Todo hay que decirlo también: las
equivocaciones en la medida de la velocidad estaban influidas de nuevo por las
corrientes contrarias, en este caso la Gran Corriente Austral, que les hacía
avanzar más sobre el agua que sobre el mapa.
Arrumbaron un poco más al sur, y, encontraron vientos más fuertes, pero
siempre contrarios. Estaban rozando la frontera de los «Roaring Forties» o
Rugientes Cuarenta, una franja que abarca casi todo el mundo oceánico a partir
de los 40º sur. Se dice que fue descubierta por el navegante holandés Hendrick
Brouwer en 1610, por lo cual se habló también de «la ruta de Brouwer». A esa
latitud, el océano no tiene otra barrera que la punta sur de Patagonia; el
resto es mar libre, por donde los vientos pueden correr hasta rugir sin mayor
obstáculo. Es un pasillo entre el anticiclón subtropical y el siempre helado
del Antártico: por ese pasillo se cuelan las corrientes de aire, en una
procesión continuada de borrascas que llegan a transformarse a veces en
verdaderos huracanes, sobre todo cuando las bajas presiones propias de las
latitudes 40 y 50 contrastan brutalmente con las altas del casquete antártico,
que es, aunque mucha gente no lo imagina, una de las regiones más secas del
mundo, tan seca como el Sahara, por más que esté cubierta de hielo, un hielo
que ya era hielo hace millones de años. Los «Roaring Forties» fueron utilizados
en los siglos XVIII y sobre todo el XIX por los grandes veleros que viajaban de
Gran Bretaña a Australia y Nueva Zelanda. Marchaban siempre con viento en popa,
yendo por el cabo de Buena Esperanza y regresando por el cabo de Hornos, dando
la vuelta al mundo: por aquella ruta ganaban muchísimo tiempo respecto al que
hubieran empleado regresando por el camino de ida; eso sí, tratando de resguardarse
de los grandes temporales.
Hasta cierto punto, el descubridor de aquellos vientos constantes del
oeste fue Elcano, que vaciló muchas veces entre engolfarse en las calmas o
meterse en latitudes más altas, siempre ventosas, pero, por desgracia. en
dirección contraria a la que deseaba. Albo explica que contra viento «capeaban
con el trinquete», es decir, con la vela delantera, la más apropiada para
ceñir. El 18 de marzo, cuando nadie lo esperaba, alguien gritó «¡Tierra!». No
era Asia, ni África, ni Oceanía, sino una isla solitaria en los mares del sur,
de la cual nadie tenía la menor noticia hasta aquel momento, ni casi tampoco
ahora mismo. Albo la considera «una isla muy alta», es decir coronada de altas
montañas, pero «deshabitada y sin árbol alguno». Hoy se la llama isla
Ámsterdam, por el nombre que le puso un navegante holandés del siglo XVII, Van
Diemen, aunque el descubrimiento se debe a Elcano, que la vio cien años antes,
y así se reconoce por los pocos geógrafos que la mencionan. De origen
volcánico, muestra una forma ovalada de NE a SO, sin puerto ni abrigo de
ninguna clase, batida por los vientos, y ofrece una forma monstruosa,
asimétrica, con las principales cimas cónicas amontonadas caóticamente en su
extremo sur y suroeste: la mayor de ellas se acerca a los mil metros. Vista
desde el este o el oeste, ofrece un perfil asimétrico, como un triángulo
escaleno tendido sobre las aguas; desde el sur, en cambio, parece un pico único
y esbelto. Sigue despoblada, como que cada vez que se trató de establecer en
ella colonos, murieron al poco tiempo de enfermedades o peste; hoy existe una
comisión científica semipermanente, dedicada a estudios ecológicos,
meteorológicos y oceanográficos. La potencia administradora es Francia.
El júbilo de los descubridores fue efímero. Tierra al fin, después de
cinco semanas de océano interminable. Pero tanto Elcano como Albo confiesan el
mismo fracaso: «no pudimos tomarla». Puede suponerse que llegaron por la parte
norte, puesto que el 18 de marzo midieron una latitud de 37º 38’ , y el día 19,
cuando le dieron la vuelta, se consideraron a 38º (el centro de la isla se
encuentra a 37º 50’: qué bien calculada fue la latitud). Si la costa
septentrional, aunque no tan montañosa, era acantilada, sin la menor
posibilidad de desembarco, la del sur era más inaccesible todavía, con grandes
paredes basálticas que bajaban hasta el mar. La punta suroeste, la más
imponente de todas, lleva el nombre de Pointe del Cano, único recuerdo de su
descubridor. Las versiones que suponen que en aquella pequeña tierra inhóspita
se reabastecieron son falsas. No pudieron poner pie en ella. Hubiera podido ser
bautizada como Isla del Desengaño, lo mismo que aquellas otras dos inabordables
que habían descubierto en medio del Pacífico. No había más remedio que seguir
adelante, cada vez con menos provisiones, o más estropeadas, de suerte que el
escorbuto comenzaba a aparecer, después de tantos días de escasos y corrompidos
mantenimientos. Entretanto, la Victoria, aunque resistente como ella sola, se
encontraba cada vez más maltratada por las olas y los vientos. Vieron ballenas,
focas y en el aire albatros, pero no pudieron hacerse con ninguno de aquellos
animales esquivos.
Era preciso seguir adelante. Por dos veces cuando menos traspasaron la
terrible barrera de los 40º Sur, y se encontraron con vientos fuertes, a veces
verdaderos temporales, siempre, no hace falta decirlo, del oeste, lo más
contrario que hubiera podido desearse. Era necesario escoger entre vientos
fuertes de proa, que obligaban a capear y a ceñir todo lo posible a una banda y
otra, o subir hacia los vientos flojos, contrarios también, que obligaban
igualmente a ceñir con poco andar, e incluso a amainar velas: fue un jugueteo
trágico, que minó la salud de muchos tripulantes —«los más eran dolientes»—
pero que no había más remedio que seguir. Al final, tendieron a aprovechar las
ceñidas hacia el noroeste. No convenía acercarse a la ruta de los portugueses,
pero era necesario evitar todos los temporales posibles a la maltrecha nao.
Francisco Albo escribe el 1º de abril: «me hago 400 leguas del Cabo»; el día 17
se imagina a 260 leguas, y el 2 de mayo a solo 57 leguas. No se estaba
autoengañando, pero padecía como todos el síndrome de El Cabo. Parecía que no
iba a llegar nunca. Empezaron las primeras bajas, como era ya previsible; tal
era la situación desesperada en que se encontraban. Hubo un momento en que
muchos llegaron a cavilar que valía la pena entregarse a los portugueses; y
Elcano, honradamente, pensando en su gente y en la vida de todos, conferenció
con los más entendidos hombres de mar. Cabía buscar el refugio de Madagascar,
escala necesaria para todos los que regresaban de la India. Allí podrían abastecerse
y reponerse como convenía, por más que el peligro de caer prisioneros y
perderlo todo era máximo. La decisión fue tomada en consejo de pilotos y
maestres, y aceptada valerosamente por todos. No irían a Madagascar,
afrontarían todos los peligros, fuesen los que fuesen, con tal de mantener la
libertad, el éxito y el servicio al rey. Desde aquel momento parece que
cobraron más valor que nunca.
§. El Cabo: Buena Esperanza y Desesperanza
Tiene razón Pigafetta cuando considera al de Buena Esperanza como «el más
grande y peligroso cabo conocido de la Tierra». Debió vivir aquellos días con
explicable terror, como lo vivieron tantos marineros y tantos viajeros a lo
largo de los siglos. Puede parecer extraño: el Cabo se encuentra a unos 35º
Sur, más o menos a la misma latitud que Buenos Aires o Sydney, que gozan de un
clima que se considera «mediterráneo», templado, soleado, húmedo en grado
suficiente, pero no en exceso, y dotado de temperaturas moderadas, por lo
general gratas. De un clima más o menos similar, favorable para el desarrollo
de la vida humana, goza también la propia Ciudad del Cabo o Capetown, y lo
mismo puede decirse de la provincia correspondiente. Cerca de El Cabo
encontramos hermosos naranjos y buenos viñedos, que nos permiten pensar en los
parajes más amables de la Europa Latina. Sin embargo, una cosa es la tierra y
otra muy distinta el mar, un mar con frecuencia tempestuoso, donde suelen
soplar vientos que sobrepasan los 100 kilómetros por hora, y en puntos y
momentos muy concretos pueden formar remolinos de casi doscientos. Doblar el
Cabo —o su vecino, el que realmente marca la punta sur de África, al cabo
Agulhas—, no fue ni es ahora mismo tarea fácil para los navegantes. El primero
que lo hizo en embarcaciones de alto bordo —dos carabelas— Bartolomeu Dias, le
puso el nombre bien merecido de cabo de las Tormentas, y sólo la consigna del
rey Juan II, decidido a animar nuevas aventuras, cambió este nombre por el de
cabo de Buena Esperanza. Ciertamente, la esperanza y las dificultades para
hacerla buena van muchas veces enlazadas en la vida. Las tripulaciones de
Bartolomeu Dias le obligaron a dar la vuelta cuando ya había sobrepasado el
Cabo y pretendía llegar a la India: no hubo una rebelión abierta, pero sí una
oposición unánime que le impidió seguir adelante. Sin embargo, aquella
esperanza abrió las puertas de la historia a una hazaña todavía más amplia, la
de Vasco da Gama. No fueron hazañas fáciles. Si Bartolomeu Dias lo pasó mal,
sobre todo en el viaje de regreso, cuando le sorprendió la gran tormenta que
bautizó el cabo, Vasco da Gama, aunque cruzó en pleno verano, se vio estrechado
por vientos contrarios hasta el punto de que pensó que no podría salir del
aprieto.
Veamos lo que ocurre. El cabo de Buena Esperanza no penetra
profundamente en tierras antárticas, como el de Hornos, ni es tampoco un
laberinto de islas inextricable como el estrecho de Magallanes. Es simplemente
el límite, —en latitudes razonables—, entre dos grandes océanos, el Atlántico y
el Índico, y se abre limpiamente al mar, sin obstáculos geográficos de ninguna
clase. Sin embargo, los dos océanos luchan allí como en pocas partes del mundo.
Muchos turistas acuden al Cabo, o a Agulhas (unos cien kilómetros al este) para
contemplar esta lucha, y muchos navegantes deportivos son atraídos por aquel
paraje del mundo precisamente por el riesgo[13]. Y es que las grandes tempestades de los vientos del oeste se aproximan
a la costa en la zona del Cabo, como si se encontrara en los «Roaring Forties».
El contraste de presiones y temperaturas entre el mar y la tierra provoca estos
vientos fuertes responsables de duras tempestades a las que los navegantes han
de estar muy atentos, porque el peligro llega cuando menos se le espera. Los
sudafricanos suelen comentar que el Atlántico es bravío, mientras que el Índico
es plácido. Más que el talante de los océanos la culpa la tiene el régimen de
circulación atmosférica. En África del Sur, lo mismo que en Europa, los más
violentos temporales vienen del oeste. Y en esta lucha continua de vientos, el
de poniente es mucho más fuerte que el de levante, pero la alternancia se opera
una y otra vez. Los dos vientos se suceden por periodos que duran varios días,
generalmente de tres a cinco. Todavía hoy, los veleros deportivos que cruzan de
océano a océano —por ejemplo en la prueba de la vuelta al mundo, casi siempre de
oeste a este— hablan de «coger el tren». A veces, por un día de diferencia, el
que llega tarde ha de esperar tal vez una semana para disfrutar de las mismas
condiciones del que lo ha hecho la víspera. Cuestión de suerte, o de estar
atentos a las previsiones meteorológicas, en que los sudafricanos se han
especializado notablemente. Hoy se trata de un problema deportivo; hace
quinientos años, en este jugarse el paso se jugaba también la vida. Quizá es
José de Arteche quien mejor ha visto la escena de la Victoria luchando con la
tempestad en el momento supremo de superar el Cabo: «La nao es lanzada de una
ola a otra; tan pronto en lo alto de una montaña de espuma como en lo hondo de
un abismo [...]. Una y otra vez la Victoria desaparece, pero emerge siempre con
la quilla casi al aire, vertiendo a cada banda ríos de agua...». Así la
veríamos, si pudiéramos, desde fuera. Los que iban a bordo solo podían sentir
la amenaza de aquellas enormes masas líquidas, como montañas, que parecían a
punto de tragárselos. Fue en medio de aquella tempestad, justo en el momento de
trasponer el Cabo, el 16 de mayo, cuando se quebró el mastelero de proa: nunca
pudo ser debidamente reparado. Bien sabido es que la leyenda del Holandés
Errante, —convertida en música por la maestría de Wagner— nació precisamente,
como sabe casi todo el mundo, de una tempestad frente al cabo de Buena
Esperanza.
Pero las dificultades para la navegación, y esto no lo sabe todo el
mundo, dependen mucho más de las corrientes que de los vientos propiamente
dichos. Y aquí sí que lo que viene del este es mucho más peligroso que lo que
viene del oeste. La corriente de Agulhas es la prolongación de la corriente
ecuatorial del Sur, de agua caliente. Atraviesa el sector cálido del Índico,
choca con Madagascar y Mozambique, y se desvía hacia el sur, invadiendo las
costas sudafricanas hasta el cabo Agulhas, y, si puede, se cuela hasta el
mismísimo cabo de Buena Esperanza. Estrechada por la costa y por la corriente
contraria del oeste, forma como un río de diez, veinte, cuarenta kilómetros de
anchura, que corre a diez o quince kilómetros por hora, y se convierte así en
una de las corrientes marinas más rápidas del mundo. Tarde o temprano choca con
la corriente en sentido contrario, la correspondiente al West Wind Drift, que
tuvo que soportar desde Australia Juan Sebastián Elcano; esta corriente del
oeste se refuerza en la punta sur de África con la que llega, fría, desde las
aguas antárticas; y es justamente allí donde se forma un «totum revolutum» como
en pocos lugares de la Tierra. Agua cálida contra agua fría, agua muy salada
contra agua poco salada, este contra oeste. Las consecuencias del choque de dos
enormes masas marinas de cualidades absolutamente contrapuestas, son
espectaculares, a veces trágicas. Se forman vórtices, remolinos en que las
aguas giran alocadamente, tempestades inesperadas, resacas que arrastran a los
navíos en una y otra dirección. Lo más temible son las roghe waves u olas
monstruosas (para otros «olas asesinas») que alcanzan alturas de más de veinte
metros, en algunos casos hasta treinta, como en ningún otro océano del mundo
pueden formarse. Se corresponden por lo general a la dirección contraria de
vientos y corrientes. Si, como ya aprendieron a su propia costa los tripulantes
de la Victoria, navegar contra corriente significa moverse con rapidez sobre
las aguas y con lentitud respecto de un punto fijo, las olas formadas por un
viento adquieren mucha más furia cuando chocan con aguas que corren en
dirección contraria.
Y lo más terrible de todo es que son olas de pendiente casi vertical,
como bóvedas de cañón, si vale el símil, que embisten como murallas, y pueden
hundir de golpe cualquier embarcación. Incluso un gran navío puede partirse en
dos cuando es levantado por una de esas olas gigantes, de suerte que tanto la
proa como la popa quedan en el aire. Solo hay un tipo de ola que se le pueda
comparar: la provocada por un tsunami. Durante un tiempo se confundió a las
«roghe wawes» con las propias de tsunamis; pero aunque su aspecto es muy
similar, su naturaleza es completamente distinta. Efectivamente, la costa
sudafricana no es de origen volcánico, y hay que buscar otra explicación a este
fenómeno extraordinario. Se trata no solo de olas que chocan con corrientes
contrarias, sino de olas confluentes, que suman su fuerza, y se encabritan
hasta alcanzar una altura monstruosa. Sumemos otro detalle: la costa del cabo
Agulhas —no tanto la del de Buena Esperanza— se asoma a aguas de poco fondo, y
este factor contribuye, como en el caso de los tsunamis de verdad, a encajonar
la energía en poco espacio de agua y por consiguiente a aumentar la altura de
la ola.
A estos peligros desconocidos tuvieron que enfrentarse los portugueses
que cruzaban a la altura del Cabo, y los españoles que iban camino de coronar
la primera vuelta al mundo. Con una diferencia: los portugueses podían elegir
libremente la ruta y la fecha; los españoles no, y tuvieron que doblar el Cabo
a las puertas del invierno austral. La ruta portuguesa estaba bien estudiada:
se buscaban las fechas de los monzones favorables, tanto a la ida como al
regreso. El paso del Cabo, a la ida, se hacía con los vientos del Oeste, lejos
de la costa, mientras que la vuelta se tomaba bordeando la costa misma, desde
Mozambique o Madagascar, aprovechando la corriente favorable, y muy cerca
siempre de tierra. Los de la Victoria no pudieron hacer lo mismo. Pigafetta exagera
un tanto la duración de aquella lucha a vida o muerte: «para doblar el cabo de
Buena Esperanza [...] tuvimos que permanecer nueve semanas, con las velas
recogidas, a causa de los vientos de occidente y del mistral [en este caso
noroeste], que tuvimos constantemente, y que acabaron en una horrible
tempestad». Más cerca de la verdad está Díaz Trechuelo, que se refiere a una
lucha tremenda de once días. Todo depende, por supuesto, de lo que se quiera
entender por travesía del Cabo.
A fines de abril nuestros navegantes iban bien al sur del Cabo,
esperando pasar muy lejos de la zona vigilada por los portugueses; pero los
fuertes vientos del suroeste los obligaron a buscar camino por el norte. El 2
de mayo, Albo se juzga a 57 leguas del Cabo: estaba más lejos sin duda alguna,
pero se acercaban por fin a la costa africana. El 5 de mayo estaban ya 36º sur,
y el día 7, a 35º, pensaban haber pasado ya la famosa punta... ¡Apenas empezaba
entonces la aventura! El 8 de mayo vieron tierra por primera vez en tres meses,
si descontamos el efímero e infructuoso encuentro de la isla Ámsterdam. ¡Tierra
al fin, tal vez ya en el Atlántico! En cuanto alguien reconoció aquella tierra
vino la decepción. «Según el camino que hicimos —escribe Francisco Albo en la
entrada correspondiente al 8 de mayo— pensábamos estar adelante del Cabo [es
decir, que ya lo habían sobrepasado], y este día vimos tierra, una costa que
iba de nordeste a suroeste, y así vimos que estábamos tras del Cabo [antes de
llegar a él], obra de 160 leguas, en derecho del río del Infante». Todas las
fuentes citan el Río del Infante; en realidad Bartolomeu Dias le puso Río de
Infante, por el apellido del capitán de la otra carabela, Joâo Infante. Hoy se
llama Groot Vishriver, o Great Fish River, a unos 750 kilómetros al este del
Cabo de Buena Esperanza, entre Port Albert y Port Elisabeth. El Vishriver es un
río que baja encajonado entre cañones al atravesar la cordillera de los montes
Kongeberge, donde hoy existen hoteles y lugares de plácido reposo, amén de
campos de golf. Nada de ameno existía allí entonces, la costa era alta, rocosa,
batida por las olas y «sin arboleda ninguna». Buscaron algún refugio y no lo
hallaron; fue imposible tomar tierra, y lo sintieron enormemente porque la
mayoría de los tripulantes estaban enfermos y algunos a punto de morir. A veces
el descubrimiento de tierra no supone ningún consuelo.
Hubieron de desistir, y siguieron adelante. Fue entonces cuando empeoró
el tiempo, se desataron las tempestades, sintieron el empuje de las corrientes
contrapuestas y vivieron los días más dramáticos desde que salieran de Timor.
Durante tres días navegaron frente a un atemporalado viento del suroeste, sin
avanzar prácticamente nada, puesto que el 12 de mayo comprobaron que «se
hallaban en el mismo paraje que el día primero,» es decir, el 9. Los
tripulantes se quejaban del frío, por más que en aquellas regiones la
temperatura en mayo oscila entre los 10 y los 18 grados. Es preciso recordar
una vez más que la mayor parte de aquellos marineros estaban más acostumbrados
a mares tropicales que a aguas frescas. Iban mal equipados, y en aquellas
jornadas de lucha contra los elementos «no podían encender fuego ni abrigarse
con mantas húmedas». Avanzaron un poco ciñendo «a uno y otro bordo», en
continuos zigzags; el 13 de mayo se vieron frente a río de la Laguna, pero
tomar tierra en aquellas condiciones, en que la nao era zarandeada por las
olas, y bastante hacía con mantenerse a flote, era impensable. El 15 creyeron
reconocer el cabo Agulhas, el punto que señala —que no el de Buena Esperanza—
el extremo sur de África. Contra lo que tal vez pudiéramos imaginar, el cabo
Agulhas es mucho menos glorioso que la espléndida pirámide de roca viva que se
encuentra unos 150 kilómetros más al oeste, y se lleva toda la fama. El cabo
Agulhas, aunque rocoso, corona una costa baja, y, lo que es peor, una zona en
que el agua es de poca profundidad: justo allí donde se juntan los dos océanos,
chocan las corrientes y se forman las grandes olas.
Fue en medio de la tormenta y los bandazos de la nave cuando se rompió
el mastelero del trinquete y parte de la verga. A duras penas pudo hacerse una
reparación provisional, y el gobierno de la Victoria se hizo más difícil que
nunca justo en el momento en que se hacía dramáticamente necesario controlar
los movimientos de la nao. En aquellos momentos angustiosos, entre el silbido
de los vientos, los pantocazos de las olas desatadas, los remolinos traidores,
y los bandazos de una embarcación castigada desde hacía dos años y medio por
tres océanos distintos, se tomó una decisión heroica: la Victoria iba cargada
con unos seiscientos quintales de clavo. Si se arrojaba aquel precioso
cargamento al mar, habría más probabilidades de salir de aquel infierno. No sabemos
quién lo discutió, pero lo cierto es que se discutió, al parecer sin perder los
nervios. Y al fin prevaleció el criterio de mantener la carga. Regresar sin
haber cumplido la misión que la flota enviada por el rey de España tenía que
haber realizado, era no solo la ruina, sino el deshonor, la vergüenza de
haberlo sacrificado todo en aras de la seguridad personal. Y aquella decisión
selló el triunfo que iba a ser definitivo.
Cierto que la batalla no se libró sin bajas. El 12 de mayo murió un
marinero de Burdeos; el 13, otro marinero, éste guipuzcoano; el 17, en plena
tempestad, un grumete; el 18, un grumete francés; el 20, el marinero Juan de
Ortega. Unos de escorbuto, otros de enfermedades propias de la malnutrición, de
la humedad y el frío. Nunca se habían registrado tantas bajas desde los días
nefastos de Cebú y Mactán, aunque la muerte acompaña siempre a las grandes
expediciones por mar. También murieron varios de los moluqueños que habían
embarcado en la Victoria. Al final, de los trece indígenas, solo tres o cuatro
llegarían a la Península. Con todo, la Victoria seguía flotando y remontando a
trancas y barrancas la difícil travesía. El 18 de mayo instalaron un mastelero provisional;
el viento soplaba tan fuerte del suroeste, «que no pudimos andar adelante», y
por si fuera poco, «el agua corría mucho» en dirección contraria. Con todo,
Albo se hacía a ocho leguas del Cabo. El 19, cree haberlo ya superado, aunque
con el mal tiempo era imposible distinguir la costa. El 20 puede navegar, con
viento de través, hacia el noroeste, sin tropezar con tierra alguna, lo cual no
podía ser menos que una buena señal. El 21 amainó un tanto el viento y el 22
hasta salió algún rato el sol, con un tiempo bonancible. Albo «tomó el sol»,
como hacía cada vez que las circunstancias lo permitían, y halló una latitud de
31º 57’. ¡Dos grados al norte del Cabo! No lo habían visto, pero tenían que
haberlo rebasado, porque desde antes del Río del Infante no hay mar libre a esa
latitud. No vieron —como a veces nos cuentan— la silueta espectacular del cabo
de Buena Esperanza, como al final de la travesía del Estrecho no habían visto
por la niebla el final de la retahíla de islas. Esta vez se hallaban sin duda
alguna en el Atlántico y arrumbaron definitivamente el norte. La más dura
batalla de la Victoria había terminado. La nao hacía honor a su nombre. Aún
quedaban muchos miles de millas de periplo, pero los tripulantes se sintieron
libres de una pesadilla. Al fin estaban camino de casa.
Capítulo 10
La travesía del Atlántico
Contenido:
§. La corriente de Benguela
§. De los peligros de la naturaleza a los peligros de los hombres
§. El bucle de las Azores
La armada de Magallanes había cruzado, de este a oeste, el Atlántico en
1519. Ahora, tres años más tarde, lo que quedaba de ella, una nao maltrecha y
menos de cuarenta hombres, hambrientos y agotados que sufrirían nuevas bajas
por el camino, volvía a cruzarlo, esta vez de sur a norte. Algunas versiones
pretenden que los navegantes se acogieron a una bahía que está al norte del
Cabo, y que no puede ser otra que la bahía de Santa Elena, para descansar y
recoger las provisiones más necesarias. No debe ser cierto, o cuando menos los
testigos directos de la navegación no dicen nada al respecto. Francisco Albo,
en su primer día bueno, anota una latitud de 31º 57’, ya al norte de Santa
Elena; y en el transcurso se refiere al rumbo y a la distancia recorrida sin alusión
alguna a la detención. Solo en una jornada navegan al nordeste, para comprobar
si siguen la línea de la costa pero sin hacer la menor recalada. Parece como si
tuvieran prisa, y, por supuesto, no sentían el menor deseo de caer en manos de
los portugueses. Probablemente fue un error no detenerse, como en 1520 frente a
la costa de Chile, no descansar un poco de tantas fatigas, buscar un ambiente
más favorable para los enfermos y, a ser posible, algunas provisiones frescas.
Por su parte, Pigafetta tampoco habla de paradas de ninguna clase: una vez
doblado el cabo, «navegamos hacia el mistral [el norte, o en este caso el
noroeste] durante dos meses enteros, sin descanso». Regreso rápido, pero al
borde del agotamiento, y, algo más terrible todavía, a punto de morirse de
hambre.
Elcano cuenta sus penurias con tal laconismo que puede engañarnos:
«apenas teníamos para mantenernos más que arroz, ni para beber más que agua».
El arroz no era el plato predilecto de los navegantes europeos, pero era la
base de la alimentación de muchos pueblos orientales, que no pasaban penuria
por ello; el agua es la bebida que muchos seres civilizados tomamos porque es
de absoluta necesidad, todos los días; pero los marinos bebían vino como algo
indispensable —entre otras razones porque se conserva en toneles sin
corromperse, mucho mejor que el agua— y cuando faltaba el vino parecía como si
no hubiese otra cosa que beber. Hay que añadir que el arroz andaba cada vez más
escaso, y apenas bastaba para mantener a aquellos treinta y tantos hambrientos,
y que el agua que tenían que beber estaba cada vez más estropeada. En fin,
concluye Elcano en una frase mucho más expresiva, aunque como todas lacónica:
«pasamos penalidades que solo Dios sabe». La falta de alimentos y sus malas
condiciones de conservación pudieron ser en parte responsables de la muerte por
disentería de más tripulantes en la travesía del Atlántico. Del 1 al 9 de junio
murieron cuatro grumetes; tal vez por razón de su edad menos resistentes que
los otros; del 21 al 26, tres hombres más, dos sobresalientes y un marinero. No
conocemos las fechas exactas ni muchas veces los nombres concretos; pero Elcano
cuenta en su carta al emperador que en la travesía del Cabo de Buena Esperanza
y en la navegación a las islas de Cabo Verde «se nos murieron de hambre
veintidós hombres». Pigafetta cuenta veintiuno: la cifra, cualquiera que sea,
es macabra, si tenemos en cuenta que de los cuarenta y siete que habían salido
de Tidore quedaban solo de veinticinco a treinta, y sumamente debilitados por
la penuria y el agotamiento. Un detalle que nos cuenta el propio Pigafetta, y
que puede ser efecto tanto de su afán de señalar casos curiosos como de sus
lecturas, es que, en la triste tarea de arrojar al mar a los compañeros
muertos, los cristianos llegaban a las aguas boca arriba, mientras los infieles
—«indios», más bien moluqueños— lo hacían de espaldas. Posiblemente una pequeña
casualidad le permitió generalizar una regla absolutamente carente de
verosimilitud. No es original, porque algo por el estilo puede leerse en Plinio
cuando se refiere a los cadáveres de los romanos y de los bárbaros. Lo que
cuenta no es creíble ni tiene importancia histórica, pero muestra que el
italiano era un humanista bastante leído. En resumen, aquella travesía, feliz
por lo que se refiere a los resultados técnicos de la navegación, fue
tristemente señalada por la pérdida de vidas. Tal vez no todos murieron de
hambre, sino como consecuencia del escorbuto, que volvió a asomar por entonces,
o de enfermedades provocadas por las condiciones de aquella vida precaria. Con
la dificultad añadida de que los supervivientes habían de realizar la función
de todos, en las tareas propias de la navegación, izando o arriando a viva
fuerza velas, manejando el cordaje, reparando en lo posible las averías del casco,
llevando el timón, atendiendo al fuego o a la cocina y subiendo a las cofas
para la vigilancia de los mares. A ello se añadió pronto una nueva calamidad:
la Victoria, maltrecha por tres años y setenta mil kilómetros de travesía,
hacía agua, y era preciso manejar día y noche las bombas. No había gente para
todo, y el trabajo de aquellos supervivientes, al borde del colapso total, era
agotador.
§. La corriente de Benguela
Algo tenía de positivo la situación: caminaban más deprisa que nunca en todo el
larguísimo viaje. Quizá en aquella asombrosa velocidad radicó una de las causas
por las que no quisieron detenerse. El deseado regreso parecía estar, a juzgar
por la marcha que llevaban, a la vuelta de la esquina. El 18-19 de mayo la
Victoria había remontado el cabo de Buena Esperanza. El 31 estaba a —12 grados
de latitud, ya a punto de cruzar el ecuador. Si tenemos en cuenta que llevaban
rumbo NO y NNO, venía a resultar que habían caminado más de 3000 kilómetros en
diez días. A ese paso podían plantarse en las costas españolas antes de que
terminase el mes de junio. Los navegantes no eran tan lerdos que no supieran
que aquellas condiciones extraordinariamente favorables de viento, corrientes y
estado de la mar no iban a mantenerse indefinidamente; pero estaban cuando
menos decididos a aprovecharlas hasta el último momento.
Hoy conocemos sin dificultad aquellas condiciones, de las que ya sin
duda se habían beneficiado los portugueses que regresaban de la ruta de la
India. Los vientos soplaban de componente sur, primero del sur franco, luego
del sureste, con fuerza constante, siempre moderada, nunca tempestuosa. Tenían
cualidades muy parecidas a las del prealisio que sopla de las costas del golfo
de Cádiz a las Canarias, pero sin tanta turbulencia. Nunca habían navegado, ni
siquiera en los mejores momentos de la travesía del Pacífico, tan a gusto
viento en popa. Los marineros sufrían, sobre todo en las primeras jornadas, las
mismas bajas temperaturas que habían tenido en la región del Cabo, pero no
sentían frío. El aire era más seco, y lo que es mejor, cuando se navega viento en
popa, apenas se nota el viento mismo. Cuántas veces se ha dicho que las naves
volaban bajo un viento favorable. Ojalá pudiesen hacer como las gaviotas y los
cormoranes que veían por encima de sus velas, pero navegar a favor de viento y
a buena velocidad supone casi navegar sin viento. Los marineros que se quejaban
en las zozobras de la travesía del Cabo del frío que les atería las carnes,
dejaron de hacerlo en aquella navegación hacia el norte: y, lógicamente, con
una temperatura cada vez más agradable.
Iban, efectivamente, ayudados por una corriente fría, la llamada hoy
usualmente corriente de Benguela. Es en realidad la misma corriente del
Atlántico sur que choca, a la altura de Cabo, con la corriente de Agulhas, para
provocar los torbellinos y los oleajes contrapuestos que ya conocemos. En la
costa occidental de Sudáfrica, en la de Namibia, en la del sur de Angola, es en
cambio una corriente rápida, pero apacible como un río caudaloso y no provoca
turbulencias de ninguna clase. Es, como otras de su género, una corriente fría,
de aguas relativamente dulces, que procede de las capas profundas de un
Atlántico preantártico, agua que al chocar con la costa surafricana, aflora a
la superficie, arrancando de paso una buena tasa de plancton, que hace las
delicias de los peces. Como la corriente de Humboldt en Chile y Perú, o la de
Canarias, es un rico banco pesquero, aunque esta vez Pigafetta, muy lacónico
desde que viaja con Elcano y que tal vez tiene otras cosas más graves de qué
preocuparse, no menciona la abundancia de peces. La naturaleza de las aguas
permite que se vean focas en las costas de Namibia, algo que sería impensable
en las del Sahara. Y es que, efectivamente, la costa del suroeste de África es
tan desierta como la norteafricana, pero la procedencia de la corriente marina
está ligada a los fríos del Atlántico Sur como no lo está la de Canarias. El
desierto de Namibia goza fama de ser uno de los más secos del mundo, con una
media de precipitación de 28 mm. al año. Las aguas frías tienen una propiedad,
que a primera vista juzgaríamos aparentemente contradictoria: el agua fría se
evapora menos que la caliente, y forma menos nubes. Junto a las corrientes
frías del mar están los grandes desiertos de la Tierra: Sahara, Atacama,
Kalahari. Ciertamente en la costa de Namibia hay nubes y nieblas: llega un ser
sediento del desierto ardiente del interior, y ve nubes junto al mar. Sueña con
un clima distinto, y con abundancia de agua; desgraciadamente no es así. Las
nubes se forman por diferencia de temperaturas, pero muy difícilmente
desprenden lluvias; son nubes de desarrollo horizontal, con muy poca carga
hídrica, frecuentemente en forma de niebla. Las nubes y las nieblas constituyen
una especie de barrera entre la tierra y la mar, de suerte que los navegantes
suelen ver esas nubes en vez de la tierra firme. Tal vez fue esto lo único que
observaron los navegantes de la Victoria, que no trataron de alcanzar aquella
«costa de los esqueletos», bien poco prometedora. Casi desde el primer momento,
aquellos hombres prefirieron navegar al noroeste, hasta Sierra Leona, eludiendo
el costeo de África, que les hubiera hecho perder más tiempo y hubiera
aumentado las posibilidades de que fueran apresados.
La corriente de Benguela se va desviando hacia el oeste, hasta enlazar
con la corriente ecuatorial del sur, que llega a alcanzar las costas de Brasil:
así Elcano y los suyos pudieron seguir viento en popa hasta los primeros días
de junio, aprovechando la corriente y el propio desplazamiento de la
convergencia ecuatorial hacia el norte. Atravesaron el ecuador el 8 de junio,
ya con viento flojo y fuera de la corriente favorable. Desde entonces el
progreso se hizo más lento, por culpa de las calmas ecuatoriales y cuando la
calma no era completa, de los vientos débiles y variables. A diferencia de lo
ocurrido tres años antes, no tuvieron tormentas ni fuegos de San Telmo, pero la
falta de viento y el asfixiante calor aumentaron la sed de aquellos
desgraciados que cada vez tenían menos agua que llevarse a los labios. Era
absolutamente preciso que llegaran al Cabo Palmas —hoy entre Liberia y Sierra
Leona— si querían subsistir. El 14 de junio, Albo se cree entre las costas de
Guinea y las islas Bijagos, pero no ven tierra por ninguna parte. La realidad,
comenta en sus breves notas, es distinta a como la representan los mapas, y
deduce que «las cartas no las hacen así como están», es decir, que la realidad
no es como la representan, y aconseja que «los que van por aquí miren cómo
van». Las cartas, evidentemente, no eran precisas; también él, mediante la
simple estima, pudo ser confundido por las corrientes, que tendían a alejarle
de tierra; con todo, no podían estar demasiado lejos de ella. Por eso iban
sondeando continuamente para evitar los bajíos, que por aquella zona son tan
frecuentes, y para poder acercarse a la costa de la mejor manera posible. El 14
de junio no hallaron fondo, pero sí el 15: 23 brazas de profundidad. Desde
entonces, sondearon día y noche. El 16 de junio la hondura de las aguas
disminuyó notablemente, de veinte a diez brazas; pero aún no se advertían
señales de tierra. Se encontraban, sin duda alguna, frente a una costa baja y
traidora, que era preciso vigilar constantemente para evitar un encallamiento,
¡pero al mismo tiempo era imperioso tomar tierra!
El 17 de junio escribe Albo (tal vez, en estos momentos dramáticos,
Elcano): «las aguas me tiran hacia Río Grande» [el Senegal]. La sonda marca
solo cuatro brazas, pero la maldita tierra sigue sin aparecer. El 18, al fin,
divisan un banco de arena, temen encallar en él, y se desvían hacia el sur para
evitarlo; después siguen hacia el noroeste, ya con vientos contrarios, «a un
bordo y otro», haciendo continuas ceñidas para ganar un poco de terreno. Al
fin, agotados, pero sin desesperarse, el 19 de junio ven la ansiada tierra, o
más exactamente, árboles que parecen crecer en el agua. Fondean a no más de
cuatro brazas de profundidad y destacan una chalupa, pero por más esfuerzos que
hacen, no pueden desembarcar. Una barrera cerrada de árboles les cierra el paso;
detrás de ella no se distingue ninguna tierra. Era un manglar. Quizá ninguno de
ellos sabía lo que son los manglares, que ya divisó Colón en las costas de
Cuba. El mangle es un árbol que tolera muy bien la sal, y no solo crece en las
marismas tropicales, sino que hunde sus raíces en los fondos marinos. Un
manglar como aquel constituye una barrera entre la tierra y el agua que hace
prácticamente imposible un desembarco. Hoy el problema está resuelto por la
obra humana, se han talado los árboles y se han construido puertos accesibles a
todos los barcos; entonces los manglares se extendían por cientos de kilómetros
de costa en lo que ahora es Liberia, Sierra Leona, Guinea Konakri y Guinea
Bissau, toda la balconada suroeste de la gran panza de África, en una línea de
cerca de 2.000 kilómetros, hasta muy cerca de donde hoy está Dakar, la capital
de Senegal, casi a la vera del histórico Cabo Verde.
Siguieron buscando un lugar donde tomar tierra, luchando siempre con los
bajíos y con los vientos contrarios. No lo encontraron. Habían tardado un mes
en llegar desde el ecuador hasta allí —a 11º Norte—, más que lo que habían
tardado en llegar desde el cabo de Buena Esperanza hasta el ecuador. No podían
seguir en este trance. Tenían que tomar una decisión. Se planteó una solución
de emergencia, aunque se sabía extremadamente peligrosa y no por la hostilidad
de la naturaleza, sino por la de los hombres: recalar, ya que era imposible
hacerlo en el continente, en las islas de Cabo Verde, donde existían buenos
puertos, utilizados desde cincuenta años antes por los portugueses. De alguna
forma se las apañarían para evitar su prisión. Elcano era hombre de autoridad,
pero a diferencia de Magallanes, solía consultar con sus hombres. Ya lo había
hecho a la hora de decidir si se recalaba o no en Madagascar, o si procedía
librarse de la carga para conservar la vida en El Cabo. En ambos casos, se
había votado valerosamente que no. Pero ahora estaban todos —mejor dicho,
estaban los supervivientes— al borde de la muerte. Parece que fue el 1º de
julio —quizá pocos días antes, no lo sabemos exactamente— cuando se decidió el
dramático referéndum: Salió «por más votos» —o sea que hubo diferencia de
criterios, pero se respetó la mayoría— ir a las islas de Cabo Verde.
§. De los peligros de la naturaleza a los peligros de los hombres
La expedición de Magallanes-Elcano es un conjunto de contrastes espectaculares
y casi siempre de fuerte intensidad dramática, entre largos periodos de soledad
en lo infinito de los océanos —como que nadie había surcado hasta entonces de
aquella forma los tres mayores océanos de la Tierra— y el encuentro de los
aventureros con seres humanos de todas las razas y culturas, desde los
placenteros hombres y mujeres de Guanabara, los enormes y extraños patagones,
los ladrones inexplicables de las Marianas, los amistosos o traidores de Cebú y
de Mactán, los antropófagos «muy feos» de las Molucas del Sur, hasta los
refinados y solemnes borneanos, que parecían copiar sus ceremoniales de los
pueblos más civilizados. Fueron aquellas unas relaciones amigables u hostiles
según los casos, de las cuales los antropólogos podrían obtener las más
sorprendentes conclusiones. Pero también los tripulantes de las naos, y muy
especialmente los de la Victoria en su tremenda singladura de Timor a España,
tuvieron que enfrentarse virtualmente a hermanos entrañables de raza, de
cultura y de vocación histórica que, precisamente por la coincidencia de sus
miras universales, llegaron a considerarse adversarios. Españoles y portugueses
estaban tan relacionados y emparentados, que en ocasiones nos resulta muy
difícil distinguirlos unos de otros. Pero al mismo tiempo la rivalidad
peninsular, en cuanto vecinos de una misma casa, tan pronto los unía
entrañablemente como les separaba a la hora de buscar la hegemonía o de
descubrir tierras al otro lado del mundo. España y Portugal se habían puesto
oficialmente de acuerdo en repartirse los océanos y cuanto en ellos se
descubriese, fijando una línea de demarcación que dividía las zonas de
influencia en dos hemisferios. Conviene destacar, porque de lo contrario no
entenderíamos nada, que no se trataba de dividir la Tierra entera. Españoles y
portugueses no se arrogaron derecho alguno de dominio sobre los países
civilizados, y no solo los cristianos, sino que tampoco se sentían con derecho
sobre los chinos, los árabes, los tártaros u otros pobladores del mundo
conocido o semiconocido; sino sobre los «paganos», aquellos indígenas
susceptibles de ser evangelizados y de paso civilizados. De aquí que se
atribuyese al romano pontífice el derecho de confiar esta misión a pueblos
cristianos capacitados para ello. No está clara desde el punto de vista
jurídico o de autoridad universal la competencia del papa para conceder
semejantes derechos, ni la autoridad de los dos pueblos más capaces entonces de
explorar el mundo, para repartirse sus descubrimientos. Pronto los discutieron,
no sin motivos, otras potencias atlánticas como Francia e Inglaterra, que a lo
largo del siglo XVI ocuparon territorios en América o la India, como poco más
tarde los holandeses, hábiles navegantes y excelentes negociantes, llegaron a
fundar establecimientos en el sur de Asia y de África, y en Indonesia. No se
trata en este punto de discutir tales extremos, solo faltaba. Lo único que nos
interesa recordar es que los dos pueblos ibéricos, lanzados a una política
mundial sin precedentes hasta entonces en la historia, hubieron de chocar
muchas veces por territorios discutidos en una época en que era muy difícil
establecer con precisión un meridiano ¡y más difícil todavía un antimeridiano!
La expedición de Magallanes —un marino portugués que navegaba y descubría en
nombre de España— estuvo erizada de dificultades y desconfianzas desde antes de
partir; y más en su etapa final, en que constaba que los españoles habían
tomado posesión de una de las islas de las Molucas y habían cargado miles de
quintales de preciado clavo. Se explican los esfuerzos de los portugueses para
evitar que ni la Trinidad ni la Victoria se escapasen con el botín, o que
ofreciesen al mundo un hecho consumado. La incertidumbre geográfica podía ser
sustituida por el «ius inventionis», el derecho otorgado por el descubrimiento.
Al fin y al cabo, Portugal hubo de consentir la ocupación de las Filipinas, aun
cuando se supo con certeza que correspondían al hemisferio portugués, como más
tarde España consentiría la expansión de los «bandeirantes» por tierras del
interior de Brasil que correspondían al hemisferio español. Portugal era
consciente de la mayor potencia demográfica, política y económica de España, y
tenía derecho a defender su tradición oriental, muy especialmente las preciadas
Molucas, hasta tanto no se delimitasen claramente las zonas de influencia. Su
duro proceder con los de la Trinidad es una muestra dramática y dolorosa de lo
mucho que estaba en juego: y no solo la riqueza, que también.
Se explica perfectamente que Elcano y los responsables de la Victoria
hiciesen lo posible y lo imposible por evitar a los portugueses: y lo
consiguieron con un éxito sorprendente hasta el último momento, cuando ya se
consideraban casi a las puertas de casa. Pero la situación insostenible de
junio-julio de 1522, a las puertas de casa, sí, pero también a las puertas de
la muerte, hizo inevitable lo que hasta entonces se había eludido hasta el
heroísmo. Había que recalar en las islas de Cabo Verde para requerir los
auxilios más indispensables. Elcano y los suyos fingieron con la mayor
habilidad posible una historia verosímil: la Victoria formaba parte de una
flota española que regresaba de tierras americanas; en la travesía había
sufrido una tempestad que le había roto el mastelero y la verga del trinquete
—los desperfectos estaban bien a la vista—, y se había retrasado del resto de
la flota, condenada a una lenta navegación que la había dejado sin provisiones.
Y la ficción surtió sus efectos.
Las islas de Cabo Verde constituyen un archipiélago volcánico situado en
pleno Atlántico, a unos 800 Km. al oeste de las costas de Senegal. El nombre de
Cabo Verde se lo deben a la punta occidental de África, inmediata hoy a la
ciudad de Dakar, y no al revés. Colón, que visitó aquellas islas en su tercer
viaje, en 1500, dice con cierto sarcasmo que de verde no tienen nada. (En
cambio, el cabo está y estaba cubierto de palmeras, y su verdor animó a los
portugueses que habían costeado las desoladas tierras del Sahara occidental y
Mauritania a seguir adelante). Bien, no es que las islas sean mucho más secas
que Senegal, sino que están cubiertas de oscuras cenizas volcánicas que son las
que les proporcionan su tono sombrío. Agudos pitones negros se levantan aquí y
allá, animando el perfil del paisaje. Solo algunos pequeños vallecitos fértiles
permiten el cultivo. En otras zonas crecen bosquecillos de laurisilva (árboles
o arbustos cuyas hojas recuerdan las de laurel), de modo que no todo es árido,
como le pareció a Colón. Justamente la isla de Santiago, a donde llegaron
nuestros navegantes, es la más fértil de todas. El archipiélago está formado
por diez islas de mediano tamaño, y buena cantidad de islotes, distribuidas en
dos filas: al norte las seis de Barlovento y al sur las cuatro de Sotavento.:
una denominación que nos revela que hasta allí llegan los vientos alisios del
norte y nordeste. Poco más abajo empiezan los vientos variables o periódicos y
las calmas ecuatoriales. Estaban deshabitadas cuando en 1462 llegaron allí los
portugueses y se establecieron en la isla de Santiago, la mayor (y menos seca)
de las de Sotavento, y fundaron la ciudad de Ribeira Grande, muy accesible, en
la entrada de un arroyo seco; hoy sus ruinas, visitadas por los turistas, son conocidas
como Cidade Velha. Los colonos trataron de cultivar caña de azúcar con muy poca
fortuna, y se dedicaron a otro oficio menos noble pero más lucrativo como fue
la compra de esclavos, para venderlos luego. Conviene saber que la mayoría de
estos desgraciados no fueron esclavizados por los portugueses sino por los
propios naturales africanos, que los vendían a los blancos, que pagaban por
ellos. Luego los blancos los revendían. Hoy las islas de Cabo Verde son una
república independiente poblada indistintamente por descendientes de
esclavizadores y esclavos, mulatos en su mayor parte, que hablan portugués y
son sumamente acogedores. Viven del cultivo del algodón, de la pesca, el
comercio y el turismo. Las Cabo Verde son las islas más «auténticas» y menos europeizadas
—aunque sus habitantes se vuelven locos por el fútbol europeo— de toda la
Macaronesia, ese conjunto de islas de origen volcánico que se alzan frente a la
costa occidental de África.
Nuestros navegantes iban muy bien orientados cuando en nueve días
llegaron de las costas de Guinea Bissau directamente a la isla Santiago y su
capital Ribeira Grande (hoy la capital, a 13 kilómetros, es Praia, defendida
por un islote). Ribeira Grande fue destruida por los piratas en el siglo XVII,
y apenas se conservan más que las patéticas ruinas de su catedral. algunas
pequeñas edificaciones y los muros de un fuerte. Era el 9 de julio de 1522
cuando Elcano, prudentemente, fondeó frente a la costa, sin entrar en el
puerto, y tal vez después de un tiempo de exploración, sobre el 10 o 12 de
julio destacó un esquife para adquirir lo más indispensable, alegando la
historia que ya conocemos. Mandaba el esquife el contador Martín Méndez, el más
hábil para los negocios de los treinta y tantos navegantes que sobrevivían.
Volvieron muy contentos con provisiones, especialmente arroz, y algunos de los
materiales que consideraban más indispensables. No sabemos por qué tardaron
algunos días más en pedir nueva ayuda. Según Albo, fue el 14 de julio cuando
enviaron de nuevo el batel en busca de más provisiones. Puede que a partir de
entonces adoptaran la datación correcta de los días, y por eso nos parece que
se demoraron una fecha más: pronto nos referiremos a este aparente misterio. El
batel regresó aquella mañana cargado otra vez con excelentes provisiones. En
vista del buen resultado, lo enviaron de nuevo por la tarde para embarcar más
cosas, y tal vez para recoger a algunos hombres que se habían quedado unas
horas en la isla. No volvió. Algo había ocurrido. Ninguna de las versiones que
circularon es segura, y hasta es posible que coincidieran varias. Lo cierto es
que alguien se fue de la lengua. Parece que ese alguien se refirió a la muerte
de Magallanes en los mares de Oriente. ¿Cómo podían saber lo que había ocurrido
en Oriente aquellos españoles que venían de América?
Otros pudieron referirse al cargamento de clavo que llevaban en sus
bodegas, y Fernández de Oviedo recoge una idea que debió circular después:
faltos de dinero y de artículos que intercambiar, los desembarcados quisieron
comprar algunos esclavos para que manejaran las bombas de achique, mientras los
marineros bastante tendrían con dedicarse a sus faenas. Y ofrecieron como
trueque una cierta cantidad de clavo, que otra cosa no tenían para tamaña
operación. Si así fue, no parece que la iniciativa haya partido del prudente
Elcano ni de Martín Méndez u otros compañeros más responsables. Pero alguien
habló de lo que llevaban entre manos, y la cosa trascendió a las autoridades de
la isla. Qué torpeza inaudita. Los españoles de la nao quedaban comprometidos
sin remedio. Según otra versión que tuvo que circular forzosamente, puesto que
fue objeto de instrucción judicial, fue que un marinero portugués, que había
tomado el nombre español de Simón de Burgos para poder embarcarse en la
expedición magallánica, traicionó a sus compañeros en Cabo Verde y contó toda
la historia. Sin embargo, consta que cuando fueron rescatados los presos de
Cabo Verde, dos testigos alegaron en favor de la inocencia de Simón de Burgos.
Fuera cual haya sido la causa exacta, el hecho es que la hazaña del
viaje a Oriente, los tesoros de las Molucas y el regreso por el Índico
trascendió, y los portugueses de la isla apresaron a los de la chalupa, que
aquella vez eran nada menos que trece: tal fue el deseo de todos de pisar
tierra. y bien que la pisaron, durante muchos meses. Los de la Victoria,
entretanto, esperaban con creciente impaciencia el regreso de los
desembarcados; cada vez era más extraño el retraso, y la desconfianza fue
creciendo conforme declinaba la tarde. Y mientras los temores se convertían en
certeza, se despertaban a su vez las alarmas sobre la suerte de la propia nao.
Según Albo, «fuimos a ver cerca del puerto [por saber la suerte de la chalupa],
y vino una barca y dijo que nos rindiéramos». Elcano obró rápidamente: hizo
levantar todas las velas y se dio a la fuga a toda prisa. En su carta a Carlos
V cuenta que cuatro navíos portugueses salieron en su persecución. A todos los
burló. La Victoria estaba desvencijada, parcialmente desarbolada y para mayor
desgracia hacía agua; pero seguía siendo rápida y segura como lo había sido en
medio de todos los peligros de los océanos y de los hemisferios. No fue
alcanzada, ni entonces ni más tarde. Elcano, inteligentemente, navegó hacia el
sur, donde menos podían imaginar que pudieran encontrarle sus perseguidores. Y
para mayor fortuna, había caído la noche. Al día siguiente, 15 de julio, siguió
al sur, después al suroeste. Apenas pudo ver muy a lo lejos la silueta de la
isla Fogo, un tremendo cono volcánico puntiagudo y negro, con frecuencia en
actividad. Solo el 17 arrumbó al oeste. Nada de recalar en las Canarias. Irían
por una ruta nueva, más larga, pero menos peligrosa, y, de paso, menos batida
por los alisios. Quizá pudieran, incluso, llegar antes que por la línea más
corta, y regresar casi milagrosamente —o milagrosamente— a España.
§. El bucle de las Azores
La derrota seguida por Elcano no fue en absoluto original. Ya la practicaban
los portugueses cuando regresaban de África o de la India. También aprendieron
a practicarla los españoles, aunque describiendo una curva más suave, cuando
volvían de América. Era preferible seguir aquella curva que afrontar
directamente los vientos alisios, siempre fuertes frente a la costa del norte
de África —más que nunca precisamente en verano, por culpa del mínimo
barométrico sahariano—, sumando a todo ello la corriente contraria de Canarias.
A aquella ruta alternativa se la llamaba la «Vuelta de Poniente», y ningún buen
marino la ignoraba. Es curioso: más del noventa por ciento de los mapas que
dibujan la ruta de Elcano ignoran la derrota real, y representan una línea
recta que va de las islas de Cabo Verde a Sanlúcar. Es un dibujo completamente
falso. Tampoco parece que ningún autor se extrañe de que los navegantes hayan
empleado casi dos meses, del 15 de julio al 6 de septiembre en navegar de Cabo
Verde al golfo de Cádiz, ni trata de buscar alguna explicación. Si Elcano y los
suyos pensaron alguna vez en aprovisionarse en Canarias antes de regresar a la
Península, hubieron de desechar la idea. Para otro momento quedaba el
cumplimiento de la promesa de peregrinar a la Virgen de Guía: las
circunstancias mandaban, y tal vez la sustituyeron por la de rendir viaje a los
pies de la Virgen de la Victoria, en Triana, la patronímica de la nao que
tripulaban.
Como hemos visto hace un momento, el 15 de julio navegaron al sur,
después al suroeste, y solo el 17 lo hicieron al noroeste, la ruta normal de la
Vuelta de Poniente. Es perfectamente posible ir al noroeste con viento del
nordeste, —y cada vez más del «nordeste por este» conforme el navío se adentra
en el Atlántico—. El bucle que estaban describiendo casi triplicaba el camino
directo, pero eludía la trabajosa tarea de ceñir continuamente a una banda u
otra, y encima con la corriente en contra. Por lo general ahorraba tiempo, y,
por supuesto, trabajo. En este caso no fue exactamente así por la terquedad del
anticiclón veraniego. Irían hasta más allá de las Azores, y luego, para abordar
las costas españolas, buscarían los vientos dominantes del oeste y los típicos
«nortes» de verano frente a la costa portuguesa. Probable pregunta del lector:
¿no correrían los de la Victoria un peligro inmenso si navegaban frente a la
costa portuguesa? No, en absoluto, porque ese camino lo hacían todos los barcos
españoles que volvían de América. La Victoria era un barco español más y podía
arbolar orgullosamente las armas del monarca Carlos. Aparte de ello, tampoco
iba a navegar paralelo a la costa portuguesa, sino a cierta distancia; solo se
acercaría en el último momento, como hacían todos, para tomar la altura del
cabo San Vicente y valerse de la última referencia sobre el mapa.
No por eso fue aquella última etapa un viaje de placer. Es cierto que en
Cabo Verde se habían hecho con algunos abastecimientos indispensables que les
servirían para no morir de hambre, aún manteniendo un riguroso racionamiento;
pero trece de sus compañeros habían sido retenidos en la isla, y solo quedaban
veintiún hombres útiles y por supuesto agotados, para atender a las maniobras
de la navegación y sobre todo para manejar las bombas, porque la Victoria hacía
agua, y cada vez en mayor proporción. La ventaja material que suponía la
presencia a bordo de menos bocas quedaba desgraciadamente contrapesada por la
falta de hombres necesarios para tantas operaciones simultáneas. Si es cierto
que en la isla Santiago se quiso reclutar gente para accionar las bombas, el
intento resultó por doble razón un trágico fracaso. El sobrio Elcano se lo
cuenta con una frase raramente dramática en él a Carlos V: «[...] resolvimos de
común acuerdo morir antes que caer en manos de los portugueses, y así, con
grandísimo trabajo de la bomba, bajo la sentina, que día y noche no hacíamos
otra cosa que echar fuera el agua, estábamos tan extenuados como ningún hombre
lo ha estado». La travesía costó tres muertos más, seguramente no de hambre,
porque, aunque parvamente, estaban abastecidos, sino de la debilidad anterior,
de un exceso de trabajo y falta de sueño, o de enfermedades explicables por las
durísimas condiciones de vida que aquellos marineros tuvieron que soportar.
Algunos relatos pretenden que el 28 de julio Elcano y los suyos
avistaron Tenerife. Es uno de tantos disparates que han pasado a la historia.
Bueno sería que, cuando menos, hubiesen llegado a aquel territorio español. En
Canarias se hubiese reparado la Victoria y se hubiese organizado de alguna
manera el viaje definitivo a la Península. Pero no fue así ni pudo ser. Alguien
ha interpretado mal la anotación de Albo, en la entrada correspondiente al 28
de julio: «me hago al oestesuroeste de Tenerife». Hace una referencia respecto
de la rosa de los vientos con el fin de situarse en el mapa respecto a un punto
fijo, pero la isla canaria estaba aproximadamente a 1.500 kilómetros; más lejos
estaba todavía el 2 de agosto, cuando se supone «a la altura de Tenerife», es
decir, a 28º de latitud. Seguía rumbo noroeste, aprovechando el viento del
nordeste, que le obligaba a ceñir más o menos según los días. El avance era
lento, para desesperación de todos; más lo hubiera sido, probablemente, si
tratasen de acercarse a las Canarias. Cuando Albo menciona Tenerife, Hierro,
Pico o Fayal, que lo hace frecuentemente en estos días finales de su derrotero,
señala direcciones, no posiciones. No tenía la intención de recalar en ninguna
de estas islas. Se dirigía de hecho hacia las Azores, pero su idea —y la de
Elcano— era la de soslayarlas, pasando al oeste de todas ellas, o bien entre
las más apartadas, para buscar al fin los vientos favorables. La idea era
buena, pero esos vientos favorables, ¡cuánto tardaron en venir!
El 28 de julio la nao se encontraba a 22º de latitud, con un rumbo NNO;
el 2 de agosto alcanzó los 28º, con dirección NO; el 4 de agosto a 29º 13’ , y
seguía al NO. Albo se refiere a sus posiciones respecto de Hierro, en Canarias,
y Pico en Azores. El 6 solo avanza trece leguas. La lucha es enconada,
persistente. La nao hace agua, y la mayor parte de los hombres han de estar
trabajando denodadamente, día y noche, en las bombas. Elcano está atento a
todo, buscando la solución más correcta, y Albo trata de determinar la ruta más
breve posible: ha de escoger entre un rodeo largo y lento o una navegación en
zigzags, con viento más fuerte y poco aprovechamiento del espacio ganado. A
veces hasta se atreve a navegar hacia el NNE; luego ha de volver más al oeste. La
situación es casi desesperada, pero parece que, como en otras ocasiones, nadie
pierde la serenidad. Hacia el 16 y 17 de agosto, la Victoria se encuentra entre
Fayal y Flores. Al fin se decide atravesar por aquel amplio espacio entre las
dos islas más alejadas de las Azores, y hacer rumbo norte, en espera de vientos
del oeste, o cuando menos vientos favorables. Ninguna nave apareció a la vista,
porque aquellas islas occidentales eran las menos visitadas por los
portugueses. Estaban entre 39 y 40 grados de latitud; los vientos eran más
flojos, pero no tenían aspecto alguno de cambiar. Oh, desesperación.
No hay más que una explicación posible, pero absolutamente lógica, a
tanta falta de viento: a fines de agosto (en días equivalentes a comienzos de
septiembre en nuestro actual calendario gregoriano), el anticiclón que solemos
llamar de las Azores y que no siempre se encuentra sobre estas islas, se
mantenía pertinazmente en su posición de verano, más al norte que de ordinario,
y era preciso seguir navegando hasta más al septentrión todavía para poder
luego virar hacia España. El 18 estaban Elcano y los suyos a una latitud de 42º
50’ , ¡a la altura de Finisterre!, pero, naturalmente, a casi dos mil
kilómetros de la costa. Tal vez hubiera sido preferible tratar de acercarse a
Galicia, para buscar la salvación más pronta. La Pinta, la carabela de Martín
Alonso Pinzón, había arribado desde las Azores a Bayona de Galicia y había sido
la primera en anunciar el descubrimiento de América, mientras Colón, con la
Niña, llegaría poco después a Palos. Francisco Albo, que había vivido en
Bayona, lo hubiera agradecido; pero el viento comenzaba a cambiar, y Elcano, a
lo que parece, era partidario de recalar en Andalucía. Del 23 al 28 de agosto
los vientos fueron desesperantemente lentos, pero ya pudieron navegar hacia el
ESE, acercándose poco a poco a la costa peninsular. Día tras día, sin prisa,
fueron robusteciéndose los vientos, casi nunca de poniente, pero que permitían
en todo caso progresar al sureste. El 28 estaban de nuevo a 40º, entre Azores y
la Península. Y el 30 realizaron la singladura más amplia desde comienzos del
mes: avanzaron treinta leguas. Ya soplaban los típicos «nortes» paralelos a la
costa portuguesa, tan frecuentes en verano, y nuestros aventureros
comprendieron que por fin podían cantar victoria. El 1 de septiembre la nao se
acercó al este para columbrar la costa. Sí, era Portugal. Ya no existía
peligro. Ningún navío de Cabo Verde podía haber llegado a Lisboa antes que
ellos, y la ruta que estaban siguiendo, al sur de Lisboa y marchando hacia el
sur, era la propia de un barco español procedente de América: eso sí, muy
estropeado. Solo por eso pudiera llamar la atención. Nadie se hubiera detenido
a examinarlo, a no ser que pidiera auxilio. Albo sabía orientarse bien; el 4 de
septiembre se aproximaron de nuevo a la costa, y escribe lacónicamente: «vimos
tierra, y era el cabo San Vicente». Viraron a levante y siguieron más o menos
la línea de la costa. El 6 de septiembre, deshechos y sin fuerzas para casi
nada, pero inmensamente jubilosos, entraban en Sanlúcar.
Capítulo 11
Días de gloria
Contenido:
§. Vuelta al mundo
§. Un aparte: ¿qué fue de la Victoria?
§. La gloria final
Mientras la Victoria franqueaba la barra de Sanlúcar y se aproximaba al
puerto de Bonanza, dos sentimientos contrapuestos se cruzaban a corta
distancia. Los que desde la ribera y los embarcaderos contemplaban la escena no
podían sentir sino pena y lástima. La nao que se acercaba había padecido
muchísimo; estaba medio desarbolada, con las velas rotas, la tablazón
estropeada por todos los temporales del mundo y lamentablemente reparada; hacía
agua, como podía observarse a ojos vistas y sufría una ligera escora: era toda
una ruina flotante. Y los tripulantes, muy pocos al parecer, no ofrecían mejor
aspecto, desfallecidos, famélicos, deshechos por el trabajo y el sufrimiento,
tostados por los soles de todos los océanos, con las ropas hechas jirones. ¿De
dónde venían aquellos navegantes? Nadie podía adivinarlo. Pero evidentemente,
su aspecto no podía parecer más triste y miserable. Y por su parte, aquellos
navegantes estaban llenos de alegría, presa de un júbilo indescriptible, que
parecía superar a todos los júbilos del mundo. Estaban exhaustos como nadie, es
cierto. Stefan Zweig adivina la escena: «dieciocho hombres salen de la nave,
dando traspiés, doblándoseles las rodillas, y besan la tierra patria, bondadosa
y firme...». Pero la alegría era mayor aún que su agotamiento.
No sabemos si todos bajaron a tierra: Bajar a tierra, cuando se regresa
a casa después de una larga navegación, es una inesquivable necesidad. Sí
sabemos que Juan Sebastián Elcano pasó gran parte de aquel día redactando su
famosa carta a Carlos V. Algo tenía que saber que no había sabido hasta aquel
momento, cuando la dirige a «Su Alta y Real Majestad», un título que nunca
habían ostentado los reyes de Castilla. Muy pronto se supo quiénes eran los
llegados, y cómo habían partido de Sanlúcar tres años antes; e inmediatamente
se estableció una comunión cordial entre los que venían y los que les recibían:
ayudas, parabienes, abrazos, y, por supuesto, alimentos. La documentación, que
no suele registrar sentimientos, pero sí cantidades, recuerda cuidadosamente los
artículos que subieron a bordo: agua, vino, pan, carne, melones. Todo
abundante. Y con la abundancia, el descanso de todas las fatigas. Atracaron sin
duda al desembarcadero de Barrameda, nombre que designaba lo que ahora se llama
Bonanza. El historiador sanluqueño Antonio Barba Jiménez da por supuesto que
los desembarcados visitaron, si no la ermita de Santa María de Guía, de la que
no tenemos noticias para aquel tiempo, sí la de Nuestra Señora de Barrameda.
Aquellos marinos, con independencia de cual pudiera ser su vida personal, eran
buenos cristianos, y es perfectamente admisible que comenzaran nada más llegar
a cumplir sus primeras promesas de gratitud.
La detención en Sanlúcar, a diferencia de la de tres años antes, debió
ser jubilosa, pero brevísima. Elcano tenía prisa por llegar pronto a Sevilla y
rendir viaje ante las altas instancias de la Casa de Contratación. El clavo que
llevaba era el más contundente argumento del éxito de su viaje. Así fue como
agenció de una manera u otra una embarcación sanluqueña que remolcase la nao
río arriba. Probablemente salió de Sanlúcar el 7 de septiembre. Pero al mismo
tiempo, por su oficio o el de otros, la venturosa noticia llegó a Sevilla con
admirable rapidez: solo así se explica la prontitud con que se movilizaron los
agentes de la Casa de Contratación, que enviaron un barco de remolque con
quince hombres para traer cuanto antes a la Victoria. La documentación recogida
por Fernández de Navarrete constata que el mismo 7 de septiembre, los del barco
de remolque que había salido de Sevilla «hallaron la Victoria, que venía de las
Orcadas, y los quince hombres ayudaron a traerla al Puerto de las Muelas,
porque la gente de ella [de la nao] venía enferma y poca, juntamente con el
capitán Cano, a quienes venía ayudando un barco de Sanlúcar». Todo es cierto:
la nao fue remolcada por un barco sanluqueño, al que se unió antes de medio
camino otro enviado desde Sevilla, y los dos se superaron, tanto que el día 8
la Victoria hizo su entrada en el mismo malecón del cual había salido tres años
largos antes. Una pequeña precisión por si hace falta. Alguien puede pensar que
la expresión referente a que la Victoria «venía de las Orcadas» es un disparate
geográfico o más bien una mala transcripción de otra palabra más correcta. Pues
no es así: Cierto que las islas Orcadas (Orkney) se encuentran al norte de Gran
Bretaña, y de ellas no venía la Victoria; pero también se llaman Orcadas las
revueltas o meandros que describe el Guadalquivir y que acaban dividiéndolo en
tres brazos que discurren entre las islas Mayor y Menor.
El 8 de septiembre de 1522, justo cuando en Triana se celebraba la
fiesta de Santa María de la Victoria, la nao que llevaba su nombre anclaba
frente al Puerto de las Muelas o de las Mulas (que de ambas formas lo
encontramos escrito[14]), dando fin a su larguísimo viaje, el primero que había atravesado
todos los meridianos de la Tierra, y el más largo también que había descrito
jamás navío alguno. En ese punto se colocó el 8 de septiembre de 2010 una
esfera armilar de tres metros y medio de diámetro que señala simbólicamente la
«milla cero» del planeta. «Fondeamos al lado del Puerto de las Mulas —escribe
Pigafetta— y descargamos toda la artillería». Tampoco entendamos mal aquí. No
quiere dar a entender que descargaron los escasos falconetes que llevaba la
Victoria para aliviar su peso, que poco podía ser, sino que realizaron todas
las descargas artilleras que les fue posible. O sea que gastaron toda su
pólvora en salvas. Nunca hubieran encontrado mejor ocasión para ello. No parece
que les quedara demasiada munición; ni tampoco que aquel estampido —con que se
hacía notar un barco que arribaba a puerto— fuera necesario para alborotar a
Sevilla, donde las noticias corrían como la propia pólvora, y ya todo el mundo
sabía la extraordinaria historia de Elcano y los suyos.
Sin embargo, el desembarco no fue ruidoso ni tuvo solemnes aires de
fiesta. Si los jefes de lo que restaba de la expedición de Magallanes
conservaban sus vestimentas de gala, las mantuvieron guardadas en el alcázar de
popa. «Bajamos todos a tierra en camisa y en pie descalzo, con un cirio en la
mano para visitar la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y la de Santa
María de la Antigua, como habíamos prometido hacer en días de angustia». La
imagen de Nuestra Señora de la Victoria se veneraba entonces —desde 1517— en el
convento de los mínimos, en Triana, y allí, según las versiones, fue justamente
donde Magallanes había hecho su juramento de fidelidad al rey antes de
emprender la expedición. Y por si fuera poco, era la advocación bajo cuyo
patrocinio se había bautizado la nao. Aquella peregrinación, hubiera sido o no
objeto de un voto, era perfectamente explicable. También lo era acudir a la
Virgen de la Antigua, que se veneraba en una capilla de la catedral sevillana.
Era la patrona de los marineros, a la que se consagraron tantas y tantas
expediciones (por eso mismo la devoción ha emigrado a América). No se
encontraba en el retablo actual, que es posterior, sino en un bello fresco del
siglo XIV, que sin duda sustituyó a otro de la época de la conquista de
Sevilla. Fernando III, leonés, era muy devoto de esta advocación, propia de la
comarca del «Páramo», cercana a León. La corta comitiva, formada solo por
dieciocho hombres todavía débiles, pero que consideraban aquel acto como
primordial, tuvo que recorrer varios kilómetros y atravesar el río por el
puente de barcas, entre la expectación y el respeto de miles de personas. Solo
después comenzó la fiesta de bienvenida.
Al fin el descanso, el refrigerio, la alegría general, después de mil
días de aventura y de esfuerzos a veces sobrehumanos. Los supervivientes de
aquella hazaña habían recorrido una distancia que los distintos autores cifran
entre los 72.000 y los 78.000 kilómetros; no se puede precisar más, habida
cuenta de las vueltas y más vueltas por los archipiélagos, y las bordadas y las
ceñidas a una banda y otra que habían tenido que hacer. Y, sobre todo, habían
dado la vuelta al mundo. Es, casi sorprendentemente, el logro más importante
que declara Juan Sebastián Elcano a Carlos V: «y sabrá Vuestra Majestad que
aquello que más debemos estimar y tener es que hemos dado la vuelta a toda la
redondez del mundo». No la hazaña casi increíble, no haber superado todos los
obstáculos, no haber cumplido hasta el final la misión que el monarca les había
encargado, no la carga de especias que por primera vez en la historia de España
habían logrado traer de las regiones de los antípodas, sino el hecho mismo de
haber dado por primera vez la vuelta al mundo. Elcano supo comprender la
profunda significación de aquel hecho, y Carlos supo asumir la misma idea desde
el primer momento.
§. Vuelta al mundo
Si Colón no descubrió la esfericidad de la Tierra (como con frecuencia afirma
el tópico), tampoco, en sentido estricto la descubrió Elcano. Casi dos mil años
antes, Aristarco o Eratóstenes teorizaron la forma de nuestro planeta, y
Aristóteles la demostró matemáticamente con tres pruebas admirables. En la Edad
Media la teorizó con acierto san Alberto Magno, y desde entonces ninguna
persona culta lo puso en duda. Lo que hizo Juan Sebastián Elcano fue
comprobarla experimentalmente por primera vez, y su aportación posee un valor
incalculable. Una prueba de que los de la Victoria habían dado de verdad la
vuelta al mundo fue la cuestión de las fechas. Ya en las Cabo Verde algunos
habían comprobado a través de los portugueses que iban un día atrasados. Lo
advierte así Pigafetta, mientras Albo se refiere solo a un error de fechas: tal
vez lo comprendió también, pero no quiso revelar nada hasta que todo estuvo
claro. Era extraño que todos los que habían llevado las cuentas del calendario
hubiesen cometido el mismo error; pero al llegar a tierra todo el mundo les
hizo ver que estaban equivocados. Al llegar a Sanlúcar y después a Sevilla,
ningún tripulante de la Victoria pudo dudar de que marchaban con un día de
retraso. Rindieron viaje cuando según sus cuentas —y los marinos llevaban estos
conteos muy cuidadosamente— era el siete de septiembre, mientras que según los
sevillanos era el ocho. La razón de esta discordancia es bien sencilla, aunque
para ellos difícil de explicar: al dar la vuelta a la Tierra, navegando hacia
el oeste, el sol había pasado una vez menos sobre sus cabezas. (Lo contrario,
si queremos descender a eso, ocurrió al imaginario y excéntrico Phileas Fogg,
el protagonista de la popular «Vuelta al mundo en ochenta días»: creyó perdida
su apuesta de veinte mil libras esterlinas al regresar a Londres el día ochenta
y uno; hasta que su avispado criado Paspartout le hizo comprender su error.
Esta vez había viajado hacia el este. Ni siquiera en el siglo XIX era fácil
comprender lo que significa dar la vuelta a la Tierra «a favor de sol» o contra
él).
El viaje de Elcano y los suyos aportó además una nueva visión del mundo
y su verdadero tamaño, de la distribución de mares y tierras —mucho más
extensos los primeros— y sobre los problemas de una circunnavegación.
Magallanes todavía conservaba una visión parecida a la de Colón sobre las
dimensiones del globo terráqueo; a partir de Elcano, la verdad, por el camino
de los hechos, se impuso de una vez para siempre. Ya era posible trazar un
globo terráqueo, no como Toscanelli, Behaim o Waldseemüller, lleno de errores,
capaces de engañar a los más grandes navegantes; sino sensiblemente ajustado a
la realidad: lo que ahora entendemos como un mapamundi. No puede decirse, en
sentido estricto, como más de un historiador ha hecho, que desde aquel momento
comenzara la globalización; sí es cierto que se abrieron sus puertas. La
globalización, galopante en los años que ahora vivimos, fue una consecuencia de
los viajes de descubrimiento en su conjunto; y ya a fines del siglo XVI con la
plata mejicana podían comprarse porcelanas chinas; o Guayaquil se convirtió en
la primera ciudad del mundo en que convivieron juntamente americanos, europeos,
africanos y asiáticos. Y una visión sensiblemente correcta del globo, sus
partes y sus dimensiones la aportaron fundamentalmente los primeros que le
dieron la vuelta.
Algo más, una comprobación de un misterio hasta entonces discutido,
pudieron aportar Elcano y los suyos: existen los «antíctones» o antípodas, un
hecho que muchos hombres del Renacimiento eran incapaces de concebir, por mucho
que lo hubieran explicado el viejo Aristóteles o el sabio universal del siglo
XIII, san Alberto Magno. Era muy difícil imaginar a los hombres del otro
extremo del mundo «colgados» cabeza abajo. Elcano y los suyos habían estado en
Filipinas, en las Molucas, en Timor, pisando reciamente el suelo, y con los
pies dirigidos «hacia abajo», es decir, en todos los casos hacia el centro de
la Tierra. Problema resuelto para siempre.
Los llegados de los antípodas fueron, en aquel mes de septiembre,
dieciocho:
—Juan Sebastián de Elcano, capitán
—Francisco Albo, piloto
—Miguel de Rodas, piloto
—Juan de Acusio, piloto
—Antonio Lombardo (Pigafetta) , sobresaliente
—Martín de Yudícibus, marinero
—Hernando de Bustamante, marinero y barbero
—Nicolás el Griego, marinero de Nauplia (Peloponeso)
—Miguel Sánchez de Rodas, marinero.
—Antonio Hernández Colmenero, marinero
—Francisco Rodríguez, marinero (»portugués de Sevilla»)
—Juan Rodríguez de Huelva, marinero
—Diego Carmena, marinero de Bayona
—Hans de Aquisgrán, cañonero (artillero)
—Juan de Arana, grumete
—Vasco Gómez Gallego, grumete
—Juan de Santandrés o de Santander, grumete
—Juan de Zubieta, paje.
Tal es la versión que más comúnmente se nos da, aunque existen ligeras
variantes. Es posible que Miguel de Rodas y Miguel Sánchez de Rodas sean la
misma persona; pero uno aparece como piloto y otro como simple marinero. La
duplicidad es necesaria para completar la lista de los dieciocho. El origen de
muchos de ellos es mal conocido, y contribuye a configurar la personalidad
transnacional de los marinos de aquellos tiempos. Francisco Rodríguez es
«portugués de Sevilla», y Vasco Gómez Gallego es «el portugués de Bayona», de
procedencia todavía más indescifrable. A Francisco Albo se le ha hecho gallego
de cerca de Bayona, portugués, francés, griego. Yudícibus es la latinización de
un apellido italiano bien conocido. Los Rodas pueden llamarse así por un apellido
español también conocido, o por la isla de Rodas, en el Dodecaneso. No es
necesaria en este punto discusión alguna. Los que dieron la primera vuelta al
mundo fueron un conglomerado internacional —españoles, portugueses, franceses,
italianos, griegos, un alemán— que enaltece el nombre de Europa en una hazaña
que coronaron gentes de tantos países, aunque su jefe y la mayor parte de los
supervivientes fueran españoles, y todos habían navegado en nombre del rey de
España. No llegaron solo ellos: la documentación alude a unos «indios»
—moluqueños— que habían viajado en la Victoria. En principio embarcaron en las
Molucas catorce —dos, «pilotos de aquellas islas», pudieron quedar en Timor o
volverse a su tierra—: el número de los que llegaron es incierto, dos, tres
cuatro. El resto fueron devorados por la muerte en la tremenda travesía. Por
supuesto, no dieron la vuelta al mundo, pero nos hubiera gustado saber algo más
de estos seres humanos, que llegaron a ser presentados a Carlos V en
Valladolid.
Otros dieron la vuelta al mundo, aunque la completaron más tarde.
Tenemos los trece prisioneros en Cabo Verde, que fueron liberados por las
activas gestiones del Emperador Carlos. Dieciocho más trece son treinta y uno.
Sumemos los de la Trinidad, que, después de infinitas penalidades, fueron
repatriados en 1527 por el «camino portugués». Son por lo menos cuatro, pueden
ser más. También ellos dieron la primera vuelta al mundo, aunque con retraso. Y
fueron igualmente recompensados. Tendríamos por lo menos treinta y cinco. Cabe
igualmente algún caso más. Citemos, cuando menos en plan de anécdota, un
sucedido curioso. Cuando los supervivientes de la expedición de Loaysa llegaron
a las islas Marianas ya no fueron recibidos por ladrones, aunque sí por seres
curiosos, que se encaramaron a todas las estructuras de los barcos. Una especie
de comisión de notables de la isla fue a cumplimentar a los recién llegados; y
uno de ellos, algo menos tostado que los otros, pronunció el siguiente saludo:
«Sálveos Dios, señor capitán general, e maestre, e buena compaña». La fórmula
de Magallanes. ¿Humor gallego? El que así hablaba era Gonzalo de Vigo,
tripulante de la Trinidad, que se había quedado en la isla cuando el barco,
destrozado por los temporales, retrocedía de nuevo hacia las Molucas bajo el
mando de Espinosa, y amenazaba con hundirse. Gonzalo, que se había retrasado o
había desertado de la Trinidad cinco años antes, se unió a la nueva expedición
y esta vez llegó de nuevo a las Molucas, y sirvió de intérprete. Si figuró entre
los veinticuatro miembros de la flota de Loaysa que fueron repatriados a España
en una fecha tan tardía como 1538, fue el último de los navegantes de la flota
de Magallanes que dio la vuelta al mundo. Treinta y tantos, en total. No fueron
tan pocos al fin y al cabo, aunque la mayoría se habían quedado por el camino.
No debemos olvidar a los que dieron la segunda vuelta al mundo, que
habían iniciado sus singladuras en la expedición de Loaysa-Elcano, que pudieron
ser los veinticuatro mencionados o algunos más. Y por si la cuestión merece la
pena recordarse, que seguramente la merece, mencionemos el caso del primer
hombre que dio dos vueltas al mundo: fue otro español y también vasco, Martín
Ignacio Mallea de Loyola, sobrino de san Ignacio. Misionero franciscano, viajó
a México en 1581, fue a Filipinas en 1582, de allí a China en 1583; meses más
tarde a Malaca, y de Malaca regresó a Portugal por el oeste (pacíficamente:
Felipe II era ya rey de Portugal). En 1585 partió de nuevo de Lisboa con veinte
misioneros con destino a China. En 1588 embarcó en Macao para Acapulco, México,
y en 1589 regresó a España. Había dado dos vueltas al mundo, una en sentido
inverso de la otra. No pararon allí sus andanzas. En 1594 partió para América
del Sur, donde recorrió miles de kilómetros por diversos países, hasta ser
nombrado en 1601 obispo de Asunción, Paraguay. Fue el hombre que viajó más por
el mundo hasta su tiempo, escribió numerosos libros, algunos tan interesantes
como el que describe las costumbres de los chinos, tuvo ocasión de presidir un
sínodo americano, fue en todas partes un celoso misionero, que convirtió a
miles de almas, aprendió el guaraní, y murió en Buenos Aires en 1606.
§. Un aparte: ¿qué fue de la Victoria?
La llegada de la nao Victoria fue celebrada como una de las más grandes gestas
—o la más grande— de la historia de la navegación. Se explica que nadie
quisiera verla desaparecer. Hay testimonios de las demandas que se hicieron
sobre la conveniencia de su conservación, para eterna memoria de la primera
vuelta al mundo. Fernández de Navarrete recuerda que la idea «mereció todos los
plácemes», pero añade que el hecho de que realmente la Victoria haya sido
conservada como una suerte de monumento «lo afirman algunos autores con mejor
voluntad que acierto». No existen pruebas documentales de que tal conservación,
que todos hubiéramos agradecido, se haya realizado, ni en Sevilla, ni en
Sanlúcar. La tradición sanluqueña es muy antigua, y la afirma todavía Fernando
Guillamón cuando pretende que «la Victoria, por orden de Carlos V, quedó varada
en Sanlúcar para memoria del suceso, hasta que «se fue haciendo pedazos y
desapareció». Hermosa leyenda que recientemente Antonio Barba, autor de un buen
trabajo sobre el tema, estima que «no pasa de ser una fantasía, carente en
absoluto de fundamento». Parece muy difícil que los sevillanos, después de
haber traído con el máximo empeño la nao hasta el Puerto de las Muelas, donde
desembarcó su precioso cargamento y mereció todas las admiraciones del mundo
por su admirable periplo, consintieran que se la llevasen río abajo para
vararla en Sanlúcar.
Las noticias de que se la mantuvo en Sevilla, y concretamente en las
Atarazanas, son numerosas , aunque todas ofrecen dudas. José de Vargas Ponce
asegura que la Victoria «se custodió en Sevilla para eterna recordación». En el
Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada, 1599, se refiere que la nao
está en las Atarazanas. En 1628 se publicó la «Silva de la Nao Victoria, que
está en la Taraçana de Sevilla», obra poética extensa de Fernando de Soria, que
mezcla con afán barroco referencias a los clásicos y a tópicos de la mitología,
absolutamente inútiles, con recuerdos muy valiosos de las principales
peripecias marineras de la nao, que conviene recordar como una interesante
tradición que perduró. Otros poetas, incluso Góngora, dejan entender que la Victoria
es una realidad aun presente en su época. Y Martínez de la Puente, todavía en
1681, sigue afirmando que «los fragmentos de esta nao Victoria se conservan en
Sevilla». Todo pudiera ser. Pero la historiografía se fía más del testimonio de
un cronista de Indias tan relacionado con el tema y tan amigo de los
protagonistas de la aventura como Gonzalo Fernández de Oviedo, para quién la
Victoria «se perdió en un viaje de vuelta de Santo Domingo, que nunca más se
supo de ella ni de los que en ella iban». Parece que los intereses, como tantas
veces en la vida y en la historia, prevalecieron sobre los sentimientos, y la
nao, debidamente reparada, sirvió en la ruta de Indias, hasta su desaparición
definitiva. De todas formas, quién sabe. Es un poco aventurado suponerlo, pero
pudieron existir dos naos con el mismo nombre.
§. La gloria final
Lo primero que hizo Juan Sebastián Elcano nada más llegar a Sanlúcar fue
escribir una carta al rey Carlos, ya emperador de Alemania. Tenía prisa por dar
la noticia de primera mano, quizá, por adelantarse a otros que pudieran ofrecer
una versión distinta. Este deseo de dar a conocer los hechos por sí mismo puede
conducirnos a suposiciones muy sugestivas, aunque sea preferible no pasar de
ahí. Elcano, pese a las reiteradas afirmaciones sobre su rudimentario estilo,
lleno por lo que dicen de vasquismos, escribe en un castellano más que
aceptable, bien que con su laconismo de siempre, y con frases un tanto
coloquiales, como tantas personas semicultas de su tiempo. «Sabrá vuestra Alta
Majestad como hemos llegado dieciocho hombres solamente, con una de las cinco
naos que V.M. envió a descubrir la Especiería, con el capitán Fernando de
Magallanes, que haya gloria; y porque V. M. tenga noticia de las principales
cosas que hemos pasado, con brevedad escribo ésta». Elcano anuncia brevedad,
entre otras razones porque no tiene tiempo de escribir una larga narración de
lo ocurrido y desea, más que nada, anunciar el costoso pero en el fondo
definitivo éxito de su empresa. No cuenta nada en absoluto sobre lo sucedido en
San Julián, ni sobre su escasa amistad con Magallanes, ni sobre la defección de
la San Antonio, que sabe que ha llegado un año antes y comunicado determinadas
noticias. Prefiere hablar de los logros y del tremendo esfuerzo que ha costado
traer las especias hasta España. Las frases más expresivas de la carta están ya
transcritas en su momento, y no es preciso repetirlas. Lo más significativo, y
eso no debemos ocultarlo, es la preocupación de Elcano por los suyos. No pide
nada para sí, pero solicita el reconocimiento real para sus compañeros.
«Suplico a V.M., por los muchos trabajos, sudores, hambre y sed que ha
padecido esta gente al servicio de V.M., les haga merced de la cuarta y de la
veintena de sus efectos, y de lo que consigo traen...». Y se acuerda también de
los que quedaron atrás: «...Suplico a vuestra Alta Majestad que provea con el
Rey de Portugal la libertad de los trece hombres que tanto tiempo le han
servido...» y que están presos en Cabo Verde. Finalmente recuerda a Carlos V
con especial énfasis. el más alto logro de la expedición: «hemos dado la vuelta
a toda la redondez del mundo». El joven emperador respondió inmediatamente, a
juzgar por la fecha de su misiva, el 13 de septiembre. «Capitán Juan Sebastián
del Cano[15]: Vi vuestra letra [...] de que he holgado mucho por vos haber traído
Nuestro Señor, y le doy por ello infinitas gracias. Y porque yo me quiero
informar de vos del viaje que habéis hecho [...] vos mando que luego que ésta
veáis, toméis dos personas de las que han venido con vos y os partáis y vengáis
con ellos a donde yo estuviere [...]». Y promete premiar a la tripulación (que
fue ampliamente recompensada, y se respetaron íntegramente las cargas que cada
uno había traído); y añade que ya ha comenzado las gestiones para la
repatriación de los retenidos en Cabo Verde.
Elcano probablemente deseaba esta entrevista tanto como don Carlos.
Escogió para acompañarle al que casi parece haber sido su otro yo, Francisco
Albo, y a Hernando de Bustamante, que como «barbero» no solo practicaba esta
profesión, sino, tal como era costumbre, la cura de las heridas y el
tratamiento de los enfermos. Sin duda eran hombres de la máxima confianza, se
entendían bien entre sí, y podían charlar más ampliamente con el emperador
sobre los detalles de la travesía y sus aspectos humanos. Carlos, a lo que
parece, deseaba hablar con varios, para enriquecer su conocimiento, y refrendar
con otras voces lo que cada uno prefería decirle. Así fue como Elcano, con sus
dos compañeros, partió inmediatamente de Sevilla para viajar a Valladolid,
donde se encontraba el emperador, «y llevó consigo los indios que traía, los
regalos de sus reyes, pájaros raros, producciones exquisitas, y, más que todo,
las preciosas especias...». Es una de las versiones que nos hablan de los
«indios» que llegaron también en la expedición. Habían embarcado catorce en las
Molucas; dos, que eran «pilotos» (digamos guías) ya hemos conjeturado que
pudieron quedarse en Timor. De los doce restantes murieron la mayor parte,
pero, aunque solo a veces se menciona un nombre, debieron ser varios, a juzgar
por el empleo del plural: posiblemente tres o cuatro. Los regalos procedían con
probabilidad de Humabón, y sin duda de Siripada y Almansur, que bien conocían
los gustos de los europeos: oro, perlas, maderas preciosas; más las
«producciones exquisitas» a que se refiere Navarrete, muchas de las cuales
habrían sido recogidas por los propios navegantes. Entre los «pájaros raros»
figuraban sin duda las aves del paraíso, a las que tantas propiedades atribuían
los hombres del Renacimiento. Elcano no pudo transportar los seiscientos
quintales de clavo, que ya se dedicaban a pesar cuidadosamente los oficiales de
la Casa de Contratación; pero sí llevaba una muestra de canela, clavo, pimienta
y nuez moscada, para que las admirara y disfrutara el emperador.
Las entrevistas que Elcano y sus dos compañeros sostuvieron con don
Carlos parece que hicieron las delicias de éste, que como hombre de su tiempo
sabía disfrutar de las noticias de lejanos países, y de las aventuras
extraordinarias que aquellos hombres venían a contarle. El joven Carlos,
idealista, valeroso y amigo de empresas esforzadas y descomunales, debió quedar
maravillado de todo lo que pudo escuchar. Muy pronto decidió conceder a Elcano
una pensión vitalicia de quinientos ducados anuales, y toda suerte de
distinciones. Sin embargo, pronto recibiría otra visita. Antonio Pigafetta se
las ingenió para ver a tres reyes en un mes, y consiguió que le recibieran. Lo
que comunicó a Carlos V —y tal vez Elcano ya lo estaba temiendo— debió sembrar
ciertas dudas en el ánimo del emperador, de suerte que el juez de Casa y Corte,
Santiago Díaz de Leguizamo, instruyó una información judicial, en la cual
fueron interrogados por separado Elcano, Albo y Bustamante. Posiblemente en
aquel momento Pigafetta ya había desaparecido, deseoso de entrevistarse con don
Manuel el Afortunado en Portugal. Las trece preguntas sobre el motín de San
Julián, los muertos en aquellos sucesos, la defección de la San Antonio y las
causas del fallecimiento de Magallanes fueron contestadas con absoluta
unanimidad por los interrogados (que probablemente ya adivinaron lo que les
iban a preguntar y se pusieron previamente de acuerdo). Quitaron hierro al
asunto, y de nada se les acusó.
Otra cuestión vino a turbar por otro lado la fama de absoluta honradez
de Elcano. Los de la Casa de Contratación denunciaron que el peso del clavo
traído por la Victoria sumaba quinientos setenta quintales, cuando la cantidad
consignada era de seiscientos. ¿Quién había detraído los treinta que faltaban?
La respuesta de Elcano fue perfectamente válida: el clavo, cuando seca, pierde
una parte de su peso. Y eso es lo que ocurre efectivamente, como habría ocasión
de comprobarlo más tarde. El argumento fue admitido. Si alguien, con su
consentimiento o sin él, pretendió en Cabo Verde algunas compras necesarias con
una cierta carga de clavo —que otra riqueza no tenían los navegantes— no se
mencionó el asunto en absoluto. (Por supuesto, desembarcar treinta quintales de
clavo en aquella isla era materialmente imposible). Elcano fue plenamente
reivindicado, contó con la absoluta confianza del emperador, que le confirmó su
pensión vitalicia, lo llenó de honores y lo ennobleció concediéndole un escudo
de armas, en que campaban en el cuartel superior un castillo de oro sobre campo
de gules, y en el inferior unos palos de pimienta, clavo y nuez moscada, justo
los que había portado personalmente a don Carlos; y en la cimera un globo
terráqueo con la leyenda que conoce todo el mundo y con la que suelen concluir
todos los relatos: primus cicumdedisti me. La vuelta al mundo, en eso estaban
de acuerdo don Carlos y Juan Sebastián, era el logro más grande de su hazaña,
con haber obtenido otros muchos logros admirables. Elcano había alcanzado la
cima de su gloria: era rico, noble, famoso y concitaba la admiración de todo el
mundo. Una novela histórica hubiera terminado aquí.
Conclusión
Después del final
Contenido:
§. La atracción irresistible de la mar
§. La segunda aventura
§. Las expediciones de socorro
§. Legazpi y Urdaneta: la conquista y la Vuelta de Poniente
§. Por los mares del sur
§. El lago español
El viaje de Magallanes y Elcano fue al mismo tiempo un éxito y un
fracaso. Un fracaso porque había llevado a casi todos los expedicionarios a la
muerte, y porque los dieciocho supervivientes habían tardado tres años en
regresar, después de haber sufrido increíbles penalidades, como pocos hombres,
por valerosos y fuertes que sean, pueden soportar. Consideradas las cosas desde
un punto de vista puramente humano, tiene razón Pigafetta cuando piensa que
nadie volverá a intentar semejante navegación. Y en nuestros tiempos es
fácilmente imaginable que nadie hubiese querido repetir la misma prueba, con
unas probabilidades inmensas de no salir de ella (como, efectivamente, Elcano y
dos compañeros repetidores no salieron). Fue un éxito, en el sentido de que los
que llegaron en la Victoria dieron la primera vuelta al mundo, cumplieron los
fines de la expedición —llegar a las Molucas por el oeste—, y trajeron una
cantidad de especias que amortizaba con creces todos los gastos del viaje y les
hacía famosos y ricos. Para Carlos V y los españoles que conocieron la gesta,
apenas contaba más que el hecho mismo de que habían regresado victoriosos y
eran portadores de los tesoros del Oriente. De aquí que cundiera muy pronto la
idea de una nueva expedición por el camino recién encontrado, en que un paso
hasta entonces desconocido llevaba del mar Océano al mar Pacífico, y de allí a
maravillas en parte descubiertas y tal vez en su mayoría por descubrir. Así
comenzó —o más exactamente, se continuó— una aventura que iba a durar muchos
años, o si se quiere muchos siglos. Es preciso saber cuando menos algo de
ellas, para comprender su desenlace. La historia es siempre continuidad. Y esa
continuación es, además, una aventura tan increíble como la que se acababa de
vivir.
§. La atracción irresistible de la mar
El marino que había dirigido la gesta no se durmió en los laureles. Poco
después de su última entrevista con Carlos V viajó a su Guetaria natal. Es
lógico, quería abrazar a su familia, a sus amigos, y compartir con todos la
alegría del triunfo. Pero Navarrete nos cuenta que allí reclutó «maestres,
pilotos y gentes de mar». Estaba preparando una segunda expedición. Fue también
a Portugalete, Vizcaya, «para acelerar la construcción de cuatro naos». Qué
duda cabe de que el emperador le había comisionado semejante encargo. Ambos
estaban de acuerdo en que había que volver cuanto antes a las Molucas, para
conservar el dominio de Tidore y ayudar a los poquísimos españoles que se
habían quedado allí, y en lo posible proceder a la conquista de otras islas,
antes de que lo hicieran los portugueses. Luego viajó a La Coruña, donde ya se
estaban aprestando otras tres naves. No cabe la menor duda: Juan Sebastián
Elcano había renunciado al disfrute de su fama, su nobleza y su riqueza, y se
estaba afanando, pocos meses después de haber llegado a la Península, en la
preparación de una segunda expedición a las tierras del Maluco por el mismo
itinerario que había seguido la primera. Era un lobo de mar, y el afán de
aventura sobre la inmensidad de los océanos era mucho más fuerte que el de
disfrute de su fama y riqueza y también que el de la prevención de los peligros
y sufrimientos que sabía muy bien que iban a acecharle.
Efectivamente, en La Coruña acababa de establecer el emperador una Casa
de Contratación de la Especiería, destinada a organizar la navegación al Lejano
Oriente: un cometido que tal vez llegaría a igualar el que ya desde 1504
ostentaba Sevilla para el tráfico con América. Las causas de una decisión
semejante pueden ser muchas. Tal vez no convenía concentrar en un solo puerto
todo el trajín del descubrimiento, conquista y comercio de tierras allende los
mares. Ya bastante carga de esfuerzos y burocracia estaba soportando (para su
propia prosperidad, eso es cierto) la afortunada Sevilla. Eran aquellos los
años de la conquista de México, la colonización de las Antillas y el
establecimiento en los vastos territorios de Tierra Firme en América del Sur.
Pesaban las presiones de los navegantes y armadores norteños, especialistas en
la construcción de navíos de alto porte y gran solidez; pesaba la solicitud del
conde de Andrade, que buscaba para Galicia un papel fundamental en la política
ultramarina, y hasta pesaban las peticiones de los flamencos que deseaban
comunicarse con una base más cercana para ellos que Sevilla. Pudo influir
también la conveniencia de encontrar un puerto más favorable para arribar desde
la «vuelta de Poniente». Un trabajo reciente (2008) de Istvan Szászdi pone de
relieve el interés de Carlos V de romper el monopolio de la sevillana Casa de
Contratación, que ya estaba en cierto modo escapando del control de sus manos.
La fundación de una nueva Casa, más ágil y expedita, que revertiese más directamente
sus beneficios en la hacienda real, agobiada en aquellos momentos por las
guerras con Francia, podía ser una buena idea. Y quién sabe si la navegación
más allá del Estrecho de Magallanes iba a proporcionar a España nuevas y más
fabulosas conquistas.
El plan de una nueva expedición no fue suspendido, pero sí aplazado por
la indignada protesta de Portugal, que alegaba que las islas del Maluco se
encontraban en su esfera de influencia, y los españoles se disponían a cometer
una nueva intromisión, más grave todavía que la primera. Para resolver el
contencioso, se reunió en 1524 la Junta de Elvas-Badajoz, dos ciudades,
portuguesa y española, a solo ocho kilómetros de distancia. Las sesiones se
celebraban en un lugar y otro en jornadas alternas. Allí acudieron los más
famosos navegantes y cartógrafos de ambos reinos; por España figuraban, entre
otros, Hernando Colón, Juan Sebastián Elcano y Juan Vespucio, sobrino de
Américo. Fue imposible trazar una línea segura. Ambos bandos presentaron sendos
mapas, en que las Molucas caían en su respectiva línea de influencia. El
problema de la determinación de la longitud era todavía insoluble, por precisas
que fueran las medidas y el cálculo de escuadra sobre una esfera. Por supuesto,
Elcano no insistió en la longitud inmensa del Pacifico. No hubo acuerdo
posible. ¡Ahora sí que era preciso organizar la expedición a toda prisa, antes
de que se adelantaran los portugueses! Elcano viajó rápidamente a La Coruña.
§. La segunda aventura
Relatar el viaje de Loaysa-Elcano (y de sus sucesores) exigiría un libro tan
extenso, o todavía un poco más extenso que éste. Sin embargo, resulta
procedente recordar sus puntos fundamentales, cuando menos hasta la muerte de
Elcano, o más bien prolongarlo hasta más tarde, porque la tragedia no impidió
la llegada de un número apreciable de supervivientes a las Molucas. La historia
no depende solo de la vida de una persona, por importante que sea. Intentaremos
abreviar, como es lógico, cuanto sea posible. Elcano no fue, como sin duda
esperaba, el jefe de la expedición. El emperador, por razones que en parte se
nos escapan, nombró para dirigirla a don Francisco García Jofre de Loaysa,
perteneciente a una familia ilustre —como que descendía de Godofredo de
Bouillon—, y a la sazón Maestre de la Orden de Santiago, pero desconocedor de
los secretos de la mar. Tal vez quiso evitar rivalidades entre iguales, como
las que habían envenenado el viaje de Magallanes, y dejar el mando supremo a un
hombre indiscutible. Elcano sería el segundo jefe y al mismo tiempo piloto
mayor de la expedición. La idea estaba bastante clara: Loaysa sería jefe
militar y político, Elcano tendría el mando en lo que se refería a la
navegación, el rumbo a seguir, las maniobras propias de la vida de la mar. No
tenemos noticia de que le disgustara esta suerte de relegamiento. Era marino
por encima de todo.
La flota zarpó del puerto coruñés el 25 de julio de 1525, y estaba
compuesta por siete naves: Santa María de la Victoria, Sancti Spíritus,
Anunciada, San Gabriel, San Lesmes, Santa María del Parral y Santiago.
Curiosamente —o intencionadamente— se repetían dos nombres: el de la nao de la
vuelta al mundo, y el del barco más pequeño y destinado a exploraciones
ligeras. Por lo menos, los cinco primeros eran naos, y Magallanes hubiera
envidiado su categoría, como que la Victoria tenía 360 toneladas. Las tripulaban
450 hombres, el doble de la expedición anterior. Y se explica: la finalidad era
no solo llegar a las Molucas, sino conquistar algunas de ellas para el rey de
España. Fue una expedición tan lucida como desgraciada. La travesía del
Atlántico se hizo con menos percances que la de Magallanes; pero una vez frente
a las costas patagónicas, las tempestades separaron a los navíos, algunos de
los cuales no aparecieron hasta unos meses más tarde. Al fin pudieron reunirse
todos el 22 de enero, en pleno verano y en un momento magnífico para atravesar
el Estrecho. Pero los males se acumulaban: erraron la entrada, varias naves
encallaron, y otras tormentas volvieron a dispersarlas. En una de ellas, que
duró cuatro tremendas jornadas, la Victoria quedó desarbolada, y la Anunciada
desertó, como seis años antes había hecho la San Antonio. Conseguiría llegar a
Bayona de Galicia, aunque sus responsables fueron juzgados por la deserción.
Reparaciones, nuevos intentos, nuevas tempestades. En una de ellas, se perdió
la nao vicecapitana Sancti Spiritus, comandada por Elcano. Este consiguió
salvarse y organizó la expedición de rescate de los supervivientes. Por su
parte, la San Lesmes fue arrastrada hacia el sur, hasta que su capitán,
Francisco de Hoces, vio un cabo «donde se acababan las tierras»: había
descubierto el cabo de Hornos, cien años antes de que lo hicieran los
holandeses, que gozarían ante la mayor parte del mundo la fama de haber sido
sus descubridores.
Después de múltiples intentos, los cuatro barcos que quedaban
consiguieron a duras penas traspasar el Estrecho en dificilísimas condiciones,
entre el 8 de abril y el 25 de mayo, ya muy entrados en el otoño. Cuarenta y
ocho días de lucha continua contra las angosturas, los islotes y los arrecifes
en vez de los 29 que le habían costado a Magallanes. Los elementos, no cabe la
menor duda, estaban mucho más desatados que en 1520, el año feliz de El Niño. Y
esta vez el Pacífico tampoco tuvo nada de pacífico. Se vivieron duras
tempestades, durante una de las cuales se perdieron la San Lesmes y la
Santiago. No se hundieron, navegaron juntas, hasta que una nueva tormenta las
separó. La Santiago, aquel barco ligero, pero capaz de saltar sobre las olas,
se salvó de la muerte, pero, sin la menor posibilidad de sumarse a la flota
navegó largamente hacia el Norte, y un buen día pudo arribar a las costas de
Nueva España, México. De la San Lesmes se han contado las historias más
inverosímiles, desde que arribó a Tahití, y por eso los polinesios aprendieron
unas cuantas palabras vascas, hasta que descubrió Nueva Zelanda y Australia.
Todo es posible, aunque poco probable. Más tarde la Santa María del Parral
embarrancaría sin remedio en la isla de Sanguín, y no hubo forma de sacarla de
allí. Al final, de las siete naves solamente quedaría la capitana, la Santa
María de la Victoria, en la cual seguirían viaje Loaysa y Elcano. Pero ninguno
de los dos llegaría a su destino. En la interminable travesía del Pacífico,
ambos enfermarían de escorbuto. Esta vez parece que no llevaban membrillo, o si
pudieron tomarlo, no les sirvió para nada. El 30 de julio de 1526 murió Loaysa.
Elcano, enfermo, pero dotado de extraordinaria voluntad, asumió el mando. No
sobreviviría mucho tiempo. Dictó su testamento, acordándose de todos sus seres
queridos, de su tierra de Guetaria, de la Iglesia, de sus favorecedores.
Falleció el 6 de agosto en aquel océano Pacífico que había conocido sus
sufrimientos y sus glorias.
No terminó aquí la historia. La Santa María de la Victoria, tripulada
por unos 150 hombres maltrechos y hambrientos, continuó el viaje, mandada ahora
por Alonso de Salazar. Los enfermos y enflaquecidos supervivientes, que
siguieron, a lo que parece, la derrota de Magallanes, consiguieron llegar, el 5
de septiembre, a las islas de los Ladrones, donde pudieron rescatar, no sin
sorpresa, a nuestro ya conocido Gonzalo de Vigo. Se detuvieron allí varios
días, pero las frutas frescas no lograron salvar a Salazar, que falleció poco
después, para ser sustituido por Hernando de Bustamante y Martín de Zarquizano.
Al fin, el 2 de octubre, pudieron recalar en Mindanao, al sur de Filipinas,
donde ya habían estado Elcano y los suyos. Fueron bien recibidos, y con buena alimentación
y días de reposo pudieron reponer sus fuerzas. Pero, como tantas veces, a los
peligros del mar sustituyeron los peligros de los hombres; uno de los
cabecillas de los indígenas tramó una emboscada, de la que afortunadamente se
salvaron gracias a que Gonzalo de Vigo podía conocer palabras del lenguaje de
los isleños. El 22 de octubre llegaron los navegantes a la isla de Tálao, en el
archipiélago de las Célebes, y a partir de aquí ya intuyeron el camino de las
Molucas. Aún se libraron de otro peligro: un reyezuelo quiso aliarse con ellos
para derrotar a otro; estaba tan cerca el episodio de Cebú, que los navegantes
no quisieron exponerse más: prefirieron desaparecer. El 20 de octubre arribaban
a Gilolo, la mayor de las Molucas. Los indígenas les recibieron hablando
portugués. ¡Habían llegado demasiado tarde!
Aquellos 120 españoles —que más no quedaban— se descorazonaron por un
momento, pero estaban decididos a no cejar. Una vibrante arenga de Zarquizano
les animó a luchar por lo imposible. Y en aquellas remotísimas tierras los
españoles y los portugueses de entonces desconocían esa palabra. Así es como se
libró en aquellas islas de los antípodas la primera guerra colonial de la
historia, una guerra llena de pequeños encuentros entre masas reducidas de
hombres y un solo barco contra varios, en que ninguno de los bandos cejó
durante siete años. Los portugueses disponían de una cadena de bases —la última
de ellas Malaca— que les permitían llegar a las Molucas con más facilidad, en
tanto que los españoles, con el inmenso Pacífico por medio, se encontraban del
todo aislados. Solo en junio de 1528 llegó de México una nao, La Florida,
mandada por Álvaro de Saavedra. Otro barco y unos cuantos hombres más. Los
españoles quisieron hacer efectivo su dominio y al mismo tiempo atraer nuevas
expediciones cargando la nao de especias, y devolviéndola a México. Por dos
veces fracasó el intento de navegar por el Pacífico hacia el este, y en el
segundo esfuerzo Saavedra pagó sus dificultades con la vida. Los españoles, sin
desanimarse, consiguieron al fin apoderarse de Tidore, se defendieron, y hasta
hubo una pequeña batalla naval, en que los portugueses fueron rechazados, pero
la castigada Victoria quedó en tales condiciones que no le permitían navegar.
Aislados del todo, con muy pocas esperanzas de recibir refuerzos, siguieron resistiendo.
Con la artillería de la Victoria construyeron un fuerte que aguantó nuevos
ataques.
En 1529 Carlos I firmaba con Portugal el tratado de Zaragoza, por el que
cedía los derechos sobre las Molucas a Portugal a cambio de 350.000 ducados.
Tres motivos influyeron en aquella cesión: la inmensa dificultad que suponía la
travesía del Pacífico y sobre todo el imposible viaje de regreso; el
convencimiento cada vez mayor de que las Molucas correspondían al hemisferio
portugués, y la necesidad imperiosa de dinero que acuciaba al emperador, en
medio de sus empresas europeas. Meses más tarde, una nave portuguesa llegó a
las lejanas islas con la noticia, pero los últimos de las Molucas hicieron lo
mismo que los últimos de Filipinas: no se lo creyeron, y siguieron resistiendo
heroicamente. Pasados unos años, ya más convencidos, una parte de ellos se
entregaron a la generosidad de los portugueses, que no fueron generosos y
trataron con dureza a los prisioneros. Otros españoles siguieron resistiendo
increíblemente hasta 1533. Al fin presos, los 24 supervivientes terminaron su
calvario con su repatriación a España en 1536.
§. Las expediciones de socorro
En el siglo XVI las distancias exigían tiempo. En una obra clásica, Fernand
Braudel ha estudiado cómo Sevilla, estaba a cinco días de Madrid, París a
quince, Brujas a dieciocho, Lepanto a veintiuno. Y explica cómo los estados
tenían que adelantarse a los acontecimientos si querían acertar. Los
portugueses se encontraban a tres o cuatro meses de la India. La llegada de la
noticia y la decisión correspondiente tardaba como mínimo un año en hacerse
efectiva. Mucho más lejos se encontraban las Molucas para los españoles, que no
solo necesitaban llegar a aquel fin del mundo que era el estrecho de
Magallanes, y atravesar la inmensidad del Pacífico, sino elegir las fechas para
evitar invernadas. Habían de salir en verano para alcanzar la Patagonia a fines
de la primavera austral, y luego aprovechar los alisios del Pacífico por su
zona —e incluso por su hemisferio— más favorable. Tenían que valorar las
especias en su peso en oro, o poseer un afán de aventuras ilimitado para tratar
de repetir la hazaña, y por eso lo intentaron. Pero habían de prever también
los retrasos, las dificultades, hasta la posibilidad de que una escuadra
zozobrase antes de llegar a su destino. Por eso se apresuraron a organizar
nuevas expediciones.
La primera, decidida antes que los supervivientes de la flota de Loaysa
llegaran al Maluco fue la de Sebastián Caboto. El famoso veneciano seguía
siendo entonces importante miembro de la Casa de Contratación sevillana. Y
fueron los sevillanos los que forzaron este viaje. No querían perderse los
fabulosos tesoros del país de las Especias, y trataron de montar una segunda
expedición para participar de los beneficios. De esta disputa Coruña-Sevilla
deriva la confusa finalidad de este viaje. Primero se encargó a Caboto seguir
la ruta descubierta por Magallanes, y más tarde se definió otro objetivo,
¡todavía mucho más ambicioso! «ir al descubrimiento de Tarsis, Ofir Cipango y
Catayo oriental», es decir, a los grandes territorios del Extremo Oriente: las
fabulosas tierras del Rey Salomón, de cuya existencia nadie podía estar seguro,
y dos grandes países a los cuales todavía no habían llegado los portugueses:
Japón y «China oriental», así de fino hilaban los castellanos, por si la parte
occidental de China, a la altura de Malaca más o menos, correspondía a
Portugal. La misión de Caboto era puramente descubridora, no en absoluto
conquistadora, pues constaba de dos barcos más bien ligeros y solo 150 hombres.
Al fin salió de Sevilla en febrero de 1526. Se detuvo en el mar del
Plata, pensando que aquel entrante fuera un paso entre mares, o más bien que
diese acceso a tierras riquísimas. Todo hace suponer que Caboto nunca había
estado allí —contra lo que algunos dijeron o dicen—, ni tuvo buen conocimiento
de lo ya explorado por Solís y Magallanes. Buscando sin grandes frutos
permaneció en tierra de lo que hoy es Argentina durante dos años. Casi puede
decirse que el más importante de sus hallazgos fue ¡un superviviente de la
expedición de Solís!, Francisco del Puerto, que había sobrevivido a la matanza
y permanecido en aquellas tierras como un gato de siete vidas. Caboto fundó un
fuerte en el delta del Paraná y luego otro más extenso cientos de kilómetros
aguas arriba, no lejos de donde hoy se asienta la ciudad de Rosario: fue el
primer establecimiento español en el actual territorio de Argentina: hoy se
llama Gaboto. Pero no encontró las fabulosas riquezas que buscaba. Hubo de
regresar a España en 1530. Sería juzgado por haber eludido intencionadamente su
objetivo, y más tarde perdonado.
Estaba visto que nadie se atrevía a desafiar de nuevo al mortal estrecho
de Magallanes. La de Caboto sería la última expedición española que partiría de
la Península. Carlos V escribió a Hernán Cortés que enviase expediciones de
socorro desde la costa del Pacífico mexicano, y así se hizo desde entonces. En
1527, solo un año después de Caboto, y con diez mil kilómetros de ventaja,
salió de Veracruz Álvaro de Saavedra, con cuatro naves. La travesía del
Pacífico no fue fácil, pero incomparablemente más corta y menos peligrosa que
las emprendidas desde la Península. Saavedra llego a Mindanao y de allí alcanzó
las Molucas, donde llegó a tiempo de ayudar al puñado de españoles que seguían
defendiéndose frente a los portugueses. ¡Al fin había llegado la ansiada expedición
de socorro! Pero el problema era no solo sostenerse en el Maluco con un puñado
de hombres, sino regresar por el Pacífico a América (ya nadie soñaba con volver
a Europa por aquel camino). La travesía de vuelta no era más larga que la de
ida, pero infinitamente más difícil. Saavedra, al mando de la ágil Florida, se
internó en el Pacífico y se estrelló durante tres meses con vientos contrarios,
hasta que se vio obligado a regresar. Una segunda tentativa, por latitudes
distintas, descubrió las Carolinas, las islas Marshall y las del Almirantazgo,
pero fracasó en su objetivo final; y en el tercer intento, cuando ya había
logrado atravesar más de la mitad de océano, murió Saavedra. Aquella empresa no
era posible ni siquiera para titanes. Y la dificultad suprema para el regreso
fue uno de los motivos que aconsejó a Carlos I el abandono de las Molucas.
La exploración del Pacífico era como un viaje al castillo de «Irás Pero
No Volverás». Sin embargo, los españoles persistieron en el intento, por más
que no tenían derecho a establecerse en las Molucas. Otras islas, otras tierras
podían estar esperando. En 1535 Hernando de Grijalva fue enviado por Cortés a
Perú, para ayudar a Pizarro que se veía en apreturas por la sublevación de los
incas. Llegado a las costas del Pacífico sudamericano, supo que la ayuda no era
necesaria, y decidió explorar la inmensidad del océano. Siguió una trayectoria
errática, tanto por el hemisferio Norte como por el Sur, en continuos zigzags:
absurda pero quizá no del todo disparatada, atendiendo a los distintos
indicios, porque no sabía lo que buscaba, ni podía saberlo. Llegó a muchas
islas, incluso a algunas de los papúas, quién sabe si a Nueva Guinea. Cuando
les faltaba todo, intentaron regresar, sin conseguirlo. Murió Grijalva, y al
final solo dos o tres —las versiones no coinciden— se salvaron, cayendo, por
supuesto, en manos de los portugueses. Pero la aventura del Pacífico siguió
siendo una atracción invencible para aquellos españoles dispuestos a afrontar
todas las dificultades. En 1542 el virrey de México, Mendoza, envió a un buen
navegante, Ruy López de Villalobos a explorar de nuevo el Pacífico. Partió con
seis naves ligeras, que se estimaba que tendrían más facilidad para navegar
contra viento, con un total de 370 hombres, entre los que se contaban un buen
grupo de misioneros. Descubrieron, a 18º Norte, la isla de Santo Tomé (hoy
Socorro), a 10º Los Matalotes (quizá en las Marshall) y luego Los Jardines, un
típico atolón con bellas islitas llenas de vegetación, que M.J. Noome
identifica con Eniwetok. (Los Jardines desaparecieron por completo entre 1952 y
1958, cuando los americanos realizaron allí una serie de pruebas nucleares, la
última con una tremenda bomba de hidrógeno). Villalobos llegó en 1542 a
Mindanao, donde se estableció por un tiempo, lo mismo que en la isla de Leyte.
Mindanao, ya descubierta desde la expedición de Magallanes-Elcano, fue objeto
de una solemne toma de posesión por parte de Villalobos, que la bautizó
pomposamente como Cesárea Carola, en honor de Carlos V. El nombre no prosperó.
Allí se quedaron para siempre los misioneros: comenzaba la evangelización de
Filipinas.
Villalobos contaba con más hombres que sus predecesores. Pero en vano
podía esperar una fructífera colonización de la gran isla sin traer más gente,
y era preciso resolver el problema que traía locos a todos los navegantes
españoles desde los tiempos de la pérdida de la Trinidad veinte años antes:
¡regresar por el Pacífico! Villalobos envió a varios navegantes a explorar
posibles caminos de retorno. El más importante de ellos fue Íñigo Ortiz de
Retes, que intentó una ruta por el sur, y descubrió varias islas, hasta dar con
una grandísima —realmente es la más extensa del mundo—, que estuvo costeando a
lo largo de 1.200 kilómetros, sin encontrar su terminación. Sus habitantes «son
tan atezados como los de Guinea»: de aquí el nombre de Nueva Guinea que recibió
el territorio, que aún no se sabía si era isla o continente, el gran continente
austral que se buscaba. Nueva Guinea Papúa había sido ya avistada por Grijalva
y otros; pero fue Ortiz de Retes el que la bautizó y tomó teórica posesión de
ella en nombre de España. Los descubridores quisieron llevar la noticia a
Méjico, pero fracasaron. Era el sexto fracaso en veinte años de lucha. ¿No
existía la posibilidad de encontrar una ruta de regreso?
§. Legazpi y Urdaneta: la conquista y la Vuelta de Poniente
Podíamos haber mencionado ya el nombre de Andrés de Urdaneta, uno de los más
activos e inquietos protagonistas de la época de los descubrimientos. Vasco de
nacimiento, como tantos otros grandes marinos, participó con dieciocho años en
la expedición Loaysa-Elcano; a esa edad pudiéramos suponerle grumete o paje,
pero lo cierto es que debió ser considerado como alguien de cierta importancia
cuando fue uno de los firmantes, en plena travesía del Pacífico, del testamento
de Juan Sebastián Elcano. Figuró entre los supervivientes que con Zarquizano
llegaron a las Molucas y allí resistieron a los portugueses. Urdaneta
sobrevivió a todos los peligros imaginables y permaneció once años en Extremo
Oriente. Hay quien pretende que estuvo en Japón diez años antes que san
Francisco Javier, aunque el hecho es francamente improbable. Sí puede
considerarse seguro que, curioso por la geografía y por la navegación, se
relacionó con pilotos de la zona, y supo mucho de rumbos y derrotas. Fue
repatriado por los portugueses en 1535-36, y huyó de Portugal en 1537.
Permaneció unos años en España, pero cuando oyó hablar de las expediciones que
se organizaban en México para la exploración del Pacífico, un impulso
irresistible le hizo viajar a Nueva España. No pudo ir con Grijalva o
Villalobos, pero recorrió territorios mexicanos y ocupó diversos cargos
públicos. Nunca dejó de hacer toda clase de exploraciones por América, y
aprendió mucho más. Dotado, como otros inquietos vascos, de una simultánea
vocación religiosa, profesó en 1553, ya maduro, en la orden de los agustinos.
Fue misionero de indios, pero no por eso se extinguió su curiosidad por mundos
lejanos.
En 1562 el nuevo monarca, Felipe II pensó en la conveniencia de
conquistar las islas Filipinas, insertas, como las Molucas, en el área de
derecho de Portugal, pero de las cuales los portugueses no se habían ocupado.
Las Filipinas habían comenzado a ser colonizadas y evangelizadas en los años 40
por López de Villalobos y los suyos, pero desde entonces no se había hecho allí
nada nuevo. Felipe II no quería que tantas y tan esforzadas expediciones
españolas por el Pacífico quedasen sin premio alguno, y escribió al virrey de
Nueva España, Velasco, proponiendo una doble misión: la conquista de Filipinas
y la resolución del problema que había vuelto locos a tantos navegantes: el
hallazgo de una ruta de regreso. Así fue como se decidió la gran expedición de
otro vasco insigne, Miguel López de Legazpi, un hombre con el mismo espíritu
misional como Quirós, pero no soñador como él. Fue entonces cuando fray Andrés
de Urdaneta, ya al filo de los sesenta años, sintió de nuevo el hormiguillo de
los exploradores natos, y declaró que conocía la ruta de regreso. Fue admitido
en la misión como posible ejecutor de su segundo objetivo. No sabemos cómo
Urdaneta adquirió tan admirables conocimientos náuticos, pero lo cierto es que
fue él quien guió con acierto los cinco barcos de Legazpi, consiguiendo
atravesar el Pacífico en tres meses y sin incidentes desagradables. Tocaron
Mindanao y fueron luego a Leyte. En Cebú —la filipina, no la moluqueña—
fundaron la primera ciudad española en aquellas islas que llevarían el nombre
del rey Felipe. No es preciso relatar aquí la expansión española por aquel
archipiélago. Legazpi actuó con energía y habilidad; luchó cuando hacía falta,
y procuró que no hiciera falta, llegando casi siempre a pactos amistosos con
los indígenas. A Legazpi como hombre de paz se ha referido en un útil trabajo
Leoncio Cabrero. A diferencia de sus antecesores, prefirió el Norte al Sur, y
acabó llevando el peso de su labor a la isla de Luzón, la más cercana a China.
Por eso todavía hoy consideramos filipinos el mantón de Manila y los farolillos
de colores que alegran nuestras ferias, cuando son originarios de China (y
adoptados por los españoles de Filipinas). Legazpi fundaría en 1570 la ciudad
de Manila, que cuatro siglos y medio más tarde sigue siendo la capital de aquellas
islas. Sabemos que ya por entonces había unos 3.000 españoles establecidos en
Filipinas [...] gracias al descubrimiento de Urdaneta.
Efectivamente, el buen fraile emprendió muy pronto, en 1565, la travesía
del Pacífico en sentido inverso, allí donde habían fracasado los más expertos
navegantes. Cómo intuyó aquella derrota, no lo sabemos: solo sabemos que acertó
plenamente, y aquel camino, el «tornaviaje», se mantendría por siglos en tanto
perdurase la navegación a vela. ¿Tuvo suerte, o tuvieron mala suerte sus
predecesores? Consta que ya intentó aquel camino —¡incluso más al Norte!— Gómez
de Espinosa con la Trinidad en 1521, y más tarde Villalobos y otros de sus
pilotos. Urdaneta mandó hacer rumbo norte aprovechando el monzón de verano, y
luego navegó hacia el este describiendo zigzags entre los grados 34 y 40. En
menos de tres meses, oh sorpresa, llegó a la californiana isla de Santa Rosa, y
desde allí, siguiendo la costa, en quince días más, bajó hasta México, para
desembarcar en Acapulco el 8 de octubre de 1565. En algún documento, un tanto
oscuro, cuya posibilidad se admite como buena, se dice que en otra nave se le
adelantó por la misma ruta Alonso de Arellano, que habría llegado antes que
Urdaneta; pero como Arellano fue juzgado por desertor, puesto que se escapó por
su cuenta, Urdaneta figura como el descubridor de la Ruta de Poniente o
Tornaviaje, y sin duda alguna con todo mérito. Las Filipinas, más tarde, con
las Marianas y las Carolinas, serían el único florón de la gran aventura
española del Pacífico. Pero de todas formas aquella aventura valió mil veces la
pena.
§. Por los mares del sur
Sería quizás injusto no coronar el relato de las expediciones descubridoras del
Pacífico iniciadas con el viaje de Magallanes-Elcano recordando, siquiera sea
muy brevemente, las aventuras vividas en el Pacífico Sur por las expediciones
que salieron de Perú. Hasta 1560, todas la grandes navegaciones partían de
México, hasta que quedó asegurada la ruta de ida y vuelta entre Acapulco y
Manila. No es que el llamado «Galeón de Manila», aquella flota que atravesaba
el Pacífico Norte una o dos veces al año, fuera un plácido paseo; pero la
aventura descubridora propiamente dicha del Pacífico Sur se desarrolló desde
Perú. Siempre se intuyó que quedaba una parte del mundo por descubrir. Los
humanistas del Renacimiento estaban convencidos de la existencia de la Terra
Australis Incognita, intuida ya por Ptolomeo como contrapeso de los continentes
situados en el hemisferio norte. También pensaban que por aquellos mares
lejanos se encontraban las fabulosas minas del rey Salomón, llenas de oro. Y por
si fuera poco, las tradiciones incas hablaban de algo por el estilo. Ya por
1549 el pacificador de Perú, Lagasca, escribía al Consejo de Indias: «parece
que esta Mar del Sur está sembrada de islas, muchas y grandes». Pedro Sarmiento
de Gamboa, navegante, científico y escritor, creyó entender incluso que los
propios incas procedían de esas misteriosas islas, situadas más allá de los
mares.
En 1567, el virrey de Perú encomendó la exploración a su sobrino Álvaro
de Mendaña, aunque el piloto principal era Sarmiento de Gamboa. Salieron dos
barcos en noviembre de ese año, y aproaron al oeste. No sabían lo que iban a
encontrar, pero las esperanzas eran muy grandes. El 15 de enero de 1568
llegaron a la isla de Niu. Vieron al parecer la de Puka Puka, la misma que
habían encontrado de 1520 Magallanes y los suyos. El 2 de febrero dieron con un
archipiélago de grandes atolones, que llamaron —por razón de la fecha—
Candelaria: se supone que eran lo que hoy se llama Ontong Java. El piloto
Hernán Gallego decidió un cambio de rumbo, contra la opinión de Sarmiento de
Gamboa: se dice que este cambio impidió que los españoles descubrieran
Australia. La tesis no es segura, aunque sí es cierto que Sarmiento criticó a
Mendaña por este cambio, que pudo ser fatal. El 10 de febrero llegaron los
barcos a una isla grande, que llamaron Santa Isabel. Pronto se autoconvencieron
de que se encontraban en las islas del Rey Salomón. ¡Qué fácil es que los
descubridores de lo desconocido se dejen seducir por sus fantasías... o por sus
fervientes deseos!
Fundaron en aquella isla un establecimiento, exploraron la tierra, y
descubrieron algunos yacimientos de oro, no precisamente las riquísimas minas
de la Reina de Saba. ¿Habían llegado a un paraíso o tenían que seguir adelante?
Pronto surgió la diversidad de opiniones. Navegaron en torno y encontraron
otras islas, entre ellas Guadalcanal, y de nuevo surgió la pregunta: ¿se
establecerían allí, para buscar desde aquella isla cosas más apetecibles, o
regresarían a Perú para dar la noticia y requerir más refuerzos? Prevaleció una
idea intermedia: se quedaron en las supuestas islas del Rey Salomón seis meses,
y al cabo, puesto que no habían encontrado nada sorprendente, emprendieron el
viaje de regreso no sin antes tomar solemne posesión de las islas en nombre de
España. Hoy se siguen llamando islas Salomón. Mendaña tenía idea de la ruta
descubierta por Urdaneta, y aunque la maniobra desde aquellas latitudes
australes era un poco absurda, todos se decidieron por lo seguro: navegaron
hasta el hemisferio Norte. Por el camino descubrieron las Marshall y las
Gilbert, y la solitaria isla de Wake. Llegaron al parecer a 30º Norte.
Navegaron hacia el Este con viento favorable, hasta alcanzar las costas de
California, y de allí siguieron hasta México y después a Perú, a donde llegaron
después de innúmeras peripecias en 1569. ¡Qué larguísima navegación! No deja de
ser sorprendente este hecho: el famoso «tornaviaje» de Urdaneta se había
convertido en una obsesión, como si no hubiera otra ruta de regreso por el
Pacífico: por supuesto, tal camino era seguro, aunque el rodeo, desde las islas
del sur era inmenso. Tal vez este sortilegio o como quiera llamarse lastró las
exploraciones del Pacífico austral, que bien pudieron haber llegado con
seguridad a Nueva Zelanda y Australia misma, contando por el sur con una
excelente ruta de regreso hasta Chile, y desde Chile, si era preciso, costeando
por la corriente de Humboldt, hasta Perú. Por qué no se utilizó nunca aquella
ruta, larga pero más sencilla que ninguna, sigue siendo un misterio histórico.
Mendaña regresó asegurando que había descubierto las islas del Rey
Salomón, por más que Sarmiento de Gamboa pretendía que se había errado por poco
la ruta verdadera. Hubo dificultades administrativas y ciertas polémicas.
Mendaña viajó a la Península y rogó a Felipe II que autorizara una segunda
expedición. En Perú iban las cosas despacio, y no se organizó la flota hasta
1594. Eso sí, era un viaje colonizador y poblador con todas las de la ley. Por
eso participaron en él mujeres y niños. Seis barcos bien pertrechados, con 400
colonos y abundantes provisiones, salieron al fin de El Callao en abril de
1595. Parece que por un error cometido en el diseño de la ruta del viaje
anterior, erraron por poco las Salomón, y descubrieron otras islas, llamadas de
Santa Cruz (conservan también el nombre), administrativamente incluidas hoy en
el archipiélago de Salomón. En la isla principal se estableció Mendaña, y
emprendió una difícil obra de colonización, por la escasa productividad de la
isla y por la hostilidad de los indígenas. A todo ello se sumó una peste, al
parecer malaria, víctima de la cual falleció el propio Mendaña. Fue sucedido
por su esposa, doña Isabel Barreto, una mujer original, enérgica y activa, la
primera que actuó de gobernadora de una isla del Pacífico. Algunos, basados en
la fama de las islas Salomón, la llamaron «la Reina de Saba». La colonia no
tuvo gran éxito, y al fin, después de diversos incidentes, doña Isabel decidió
dirigir sus barcos a las Filipinas, a donde llegó tras nuevas y sorprendentes
aventuras. Considerada como «reina de las Islas Salomón», acabó casando con un
noble, Fernando de Castro, primo del gobernador de Filipinas. La historia no
termina ahí, pero tal vez conviene dejarla en este punto.
La última expedición propiamente descubridora en los mares del Sur tuvo
lugar ya a comienzos del siglo XVII. Pedro Fernández de Quirós había sido uno
de los compañeros de Mendaña en el viaje de 1595-96; hombre esforzado, soñador,
muy religioso, con vocación mística misionera y al tiempo con una gran
inquietud exploradora, soñaba con descubrir la «Gran Tierra del Sur». En el
fondo, como todos los demás navegantes que partieron de Perú, soñaba, sin
saberlo, con Australia. Zarpó en 1605 de El Callao con tres barcos y 300
hombres. En la inmensa travesía, siguiendo más o menos los 20º sur, descubrió
varias de las islas Tuamotu —otras, recordemos, ya habían sido avistadas por
anteriores navegantes españoles— y luego las llamadas después Nuevas Hébridas.
Al final, en lo que hoy es estado de Vanuatu encontró una isla grande, que
creyó continente, que llamó Austrialia, una palabra que probablemente encierra
un símbolo conjunto de la casa de Austria, reinante en España, y del continente
austral. Allí fundó la ciudad de Nueva Jerusalén, un lugar que en sus
ensoñaciones imaginó tierra de hermandad entre distintas clases de hombres. No
todos —incluidos los hostiles indígenas— le entendieron, y siguió explorando.
Envió a Luis Váez de Torres, su mejor piloto, a buscar nuevas tierras. Esperó
varios meses, hasta que le creyó perdido. Entonces decidió regresar a América,
no sin antes tomar posesión en un acto simbólico de todas las tierras
australes, «hasta el polo sur». Dio la enorme y absurda vuelta por el Norte,
para llegar a Méjico. Siguió soñando con la gran tierra austral, y como no le
hicieron mucho caso, viajó a España, donde al fin le recibió Felipe III y le
confió el encargo de nuevas exploraciones. Ya que en Perú se opuso a sus
pretensiones Fernando de Castro, esposo de Isabel Barreto y presunto
depositario de los derechos de los sucesores de Mendaña sobre los mares del
sur, viajó a Panamá, donde trató de organizar una nueva expedición. Según la
leyenda, llegó a Australia, pero el hecho es absolutamente incierto, puesto que
se sabe que murió en Panamá pocos años después.
Váez de Torres, entretanto, no había desaparecido. Exploró nuevas islas,
al norte de las descubiertas por Quirós y se adentró en mares desconocidos.
Regresó a Nueva Jerusalén para dar cuenta de sus aventuras, y encontró la
pequeña ciudad abandonada. ¿Habían fallecido todos sus pobladores, o se habían
trasladado a otro lugar? En vano buscó. Al fin decidió llegar a Filipinas,
puesto que la travesía del Pacífico en un barco solitario se le antojaba
imposible. Tropezó con Nueva Guinea, la enorme isla ya descubierta
probablemente por Grijalva y con seguridad por Ortiz de Retes; pero Torres la
recorrió por su litoral sur, y así avistó el estrecho que hoy sigue llevando su
nombre, entre Nueva Guinea y Australia. Torres fue el primero que con seguridad
vio el continente, puesto que, de acuerdo con lo que hoy han investigado Brett
Hilder (1980) y M. Estensen (2006), se arrimó a la orilla sur, y vio en aquella
dirección, como él mismo nos cuenta, «grandes islas y tierras». Las islas eran
Badu, Thursday, Horn, Prince of Wales, todas ellas pertenecientes a Australia;
la tierra no podía ser otra que el cabo York, la punta norte de aquel enorme
territorio: Australia de todas formas. Luego pasó por las Molucas —sin
entorpecimientos, puesto que Felipe III era también rey de Portugal—, para
llegar finalmente a Filipinas, donde escribió un interesante relato de sus
aventuras y descubrimientos, que no sería conocido hasta más tarde, y algunos
mapas. (Según Hilder los escritos y mapas de Torres llegaron a ser conocidos
por los ingleses en el siglo XVIII, y servirían a Cook para sus viajes en la
zona y el descubrimiento definitivo de Australia). Aquí terminó el último gran
viaje de exploración —que no de recorrido habitual— de los españoles por el
Pacífico.
§. El lago español
La expresión, aunque pudo ser utilizada antes, quedó consagrada en un libro
excelente del profesor de la Universidad Nacional de Australia, Oskar H. R.
Spate, The Spanish Lake[16]. Los historiadores e intelectuales australianos han dedicado casi tanta
atención como los españoles al terma de las navegaciones de los castellanos por
el Pacífico, un interés que sin duda debemos agradecerles. Lourdes Díaz
Trechuelo, Francisco Morales Padrón, M. Cuesta, P. Landín Carrasco (navegante e
historiador), Rafael Bernal, Marcos Tarracido, J.M. González Ochoa. M. Cuesta,
Luis Laorden y otros muchos han escrito muy buenas o en todo caso aceptables
monografías sobre el tema, aunque es posible que estemos necesitados en España
de un estudio amplio, ya que nunca puede ser definitivo, sobre él. Quizás,
sugiero solo prudentemente, no se ha profundizado en una visión general sobre
la inmensa importancia histórica que tuvo aquella increíble hazaña desde los
tiempos de Magallanes-Elcano hasta los de Quirós y Torres.
El Pacífico nunca puede ser considerado como un lago. La expresión de
Spate tiene más de admiración ante aquella hazaña y la casi total exclusividad
española de las navegaciones por aquel inmenso océano durante dos siglos, que
precisión geográfica. (Y la metáfora se entiende perfectamente, con más motivo
aún si tenemos en cuenta que Spate es profesor de Geografía). El mérito de
aquellas navegaciones, ya hayan sido provocadas por la ambición, por el deseo
de hazañas descomunales, por interés de conocer el mundo, por afán misional, es
un hecho que tenemos la obligación de reconocer, sean cuales hayan sido sus
logros prácticos. Ibarrola habla del «Lejano Oeste», el Far West español, más
allá, mucho más allá de América, una gesta más amplia, más mundial, y también
más épica que la de los pioneros de las tierras de la «frontera»
norteamericana. Es preciso partir del planteamiento desde el primer capítulo de
Spate, «el mundo sin el Pacífico», en 1520, para comprender cuánto cambió el
mundo entero, o lo que sigue siendo el mundo hoy día. Cuando Magallanes
descubrió su Estrecho, el Pacífico, aquel trocito de agua que vio Balboa desde
las montañas del Darién y llamó Mar del Sur (sin mengua alguna de la
importancia de su descubrimiento) era «un inmenso vacío», vacío en el
conocimiento de la mayoría de los hombres, que ocupaba más de un tercio del
globo terrestre. Hoy sigue siendo, desde el punto de vista de las tierras
habitables, un inmenso vacío, pero ya sabemos que existe, cómo es, qué
significa en el conjunto del planeta, y porque lo sabemos, ya podemos trazar un
mapamundi. Las inmensas penalidades de su exploración merecieron mil veces la
pena.
Inmenso vacío, pero no del todo vacío. Las islas y tierras descubiertas
por los españoles en aquel espacio durante el siglo XVI nutren una nómina
interminable. Contemos solo por no cansar a nadie las Marianas, las Carolinas,
las Palaos, las Gilbert, las Marshall, las Salomón, las Santa Cruz, las Nuevas
Hébridas, las Tuamotu, las Cook, las Marquesas, las Hawaii, las Volcano y
Bonin, las Banks, las Schouten, las Espóradas, sin tener en cuenta islas que se
consideran parte de Asia, como las Filipinas, o las indonesias de Borneo,
Molucas, Nueva Guinea, Joló, Palawan, Timor, y preferible es suspender de nuevo
una enumeración que ocuparía por lo menos una página. El lector puede, si hasta
ahí llega su curiosidad, consultar el Islario de Landín Carrasco, publicado por
el Instituto de Cultura Hispánica en 1984. Los descubrimientos españoles cubren
prácticamente todo el Pacífico, excepto las Aleutianas y las Riu Kiu. Las
Volcano y Bonin pertenecen a Japón, y fueron descubiertas por Bernardo de La
Torre, enviado por Villalobos; y en cuanto a las Hawaii, resulta difícil
precisar qué otras islas pudieron ser encontradas por la expedición de
Saavedra, cuando atravesó el punto que ocupan, y les dio un nombre en 1527. Los
nombres. Cuántos nombres de islas y archipiélagos descubiertos en el siglo XVI
y bautizados por los navegantes españoles llevan hoy nombres extranjeros:
consecuencia de las exploraciones anglosajonas en el siglo XVIII y del
colonialismo del siglo XIX.
Australia. A los australianos les gusta suponer que su isla-continente
fue descubierta por los españoles en el siglo XVI, antes de los viajes muy
posteriores de Dampier, Tasman o Cook. Torres, en una navegación que acabamos
de narrar, y después el portugués Godinho, vieron parte de aquella gran tierra,
eso es prácticamente seguro. Pero antes pudieron descubrirla otros navegantes
españoles, y a eso se refieren algunos historiadores australianos o no
australianos. Ahí está la nao San Lesmes, de la flota de Loaysa, mandada por
Francisco de Hoces, que perdida antes de embocar el Estrecho, descubrió el cabo
de Hornos y la mar libre hacia el Sur; supo regresar a donde estaba el resto de
la flota, y llegó al Pacífico por la ruta magallánica. Murió Hoces y le sucedió
Antonio de Solís. Luego la San Lesmes se perdió otra vez durante uno de los
tremendos temporales que sacudieron el Pacífico aquel año de 1526, tan distinto
del de 1520. La San Lesmes muy probablemente naufragó pero siempre cabe la
posibilidad de que hubiera llegado a una tierra. Hay quien supone Tahití, que
conserva también sus tradiciones; pero el australiano Robert Langdom ha
estudiado —The last Caravel— la posibilidad de que Antonio de Solís arribara a
Nueva Zelanda, donde también se conservan algunos indicios, y de que, reparada
su nao, pudiera llegar finalmente a Australia: allí el barco, ya maltrecho,
naufragó sin remedio en las dunas Waernambool, hoy región de Victoria, no lejos
de Melbourne. Langdom se basa en que se encontraron en aquella zona unos
indígenas más blancos que los otros, dotados de una cultura más parecida a la
europea; pero sobre todo en indicios históricos, por discutibles que sean. Los
españoles habrían construido una embarcación, que les permitió costear
Australia por su fachada Este; llegaron hasta el cabo York, y poco después
fueron apresados por los portugueses de la segunda expedición de Gomes de
Sequeira. Los mapas que hicieron de la costa oriental de Australia aparecieron
o fueron copiados en la escuela náutica de Dieppe, y aparecen en la famosa
Carta del Delfín, en 1530-36. Fernández Shaw (2000) admite cuando menos la
posibilidad de que Solís pudiera llegar a Australia; lo mismo hacen, con toda
la prudencia necesaria, Francisco Mellen, de la Asociación de Estudios del
Pacífico, o R. Hergé, investigador de la Sección de Mapas de la Biblioteca
Nacional de París. Admiten, repitamos, y con mucha prudencia, esa posibilidad.
Lo posible pudo haber ocurrido, pero la misión del historiador es la de
averiguar lo que realmente ocurrió.
Otra posibilidad, admitida también por algunos australianos es la de que
el piloto Lope de Vega, de la nave Santa Isabel, que hizo la segunda expedición
con Mendaña, fue el que realmente llegó al sur de Australia. De lo que no cabe
duda es de que Mendaña, Sarmiento de Gamboa, Torres, Quirós buscaban y no sin
un lejano fundamento, la Terra Australis Incognita; en el fondo, sin saberlo,
buscaban Australia. Si no la encontraron fue porque poco antes de llegar
alcanzaron otras tierras que confundieron su objetivo. Quirós, aquel hombre
místico, soñador como pocos, murió pensando que había descubierto la Gran
Tierra Austral, o «el gran continente del Sur», que tan afanosamente buscó. No
es extraño que otro australiano que tiene mucho de poeta, Peter Sculthorpe, haya
escrito: «Quirós tuvo un sueño, tuvo una visión de este maravilloso país [...];
fue nuestro primer héroe [...], o, casi, el primer australiano».
Lago español. Quizá pudiera buscarse otra palabra más ajustada, pero no
menos expresiva de las esforzadas aventuras, unas veces increíbles, otras veces
mortales, de navegantes que se adentraron en el Pacífico antes que nadie y
descubrieron millares de tierras e islas, pero ante todo la inmensidad de un
océano que nadie hubiera podido imaginar y que cambió para siempre la geografía
y la historia del mundo. La aventura de Magallanes-Elcano debe terminar aquí.
Notas:
[1] José Luis Comellas, El Cielo de Colón, Tabapress, 1991; El éxito
del error, Ariel, 2005.
[2] El cerro de Montevideo no es exactamente una montaña, pero destaca
notablemente para quien lo contempla desde el mar.
[3] Pigafetta habla del 24 de octubre. La fecha no puede aceptarse, si
el día 21, fiesta de Santa Úrsula, dieron al cabo que señala la entrada del
Estrecho el nombre de «Once Mil Vírgenes». Véase lo que más tarde se dice sobre
este punto.
[4] Aunque el hecho nada tenga que ver con el hallazgo de Magallanes,
es de recordar que durante mucho tiempo se vino considerando que santa Úrsula
fue martirizada, junto con otras «once mil vírgenes», cerca de Colonia , en el
siglo IV, víctima de Atila o tal vez de germanos no convertidos. El número de
once mil vírgenes sacrificadas parece excesivo, y con toda seguridad lo es.
Úrsula era una princesa británica, que se hizo cristiana y peregrinó a Roma
para consagrarse a Dios. Al regreso fue presa y martirizada, junto con sus
compañeras. El error procede de una tosca lápida que aún hoy se conserva en la
catedral de Colonia, en la que se lee XI M VIRGINUM. La M ha sido interpretada
como »mil», cuando muy probablemente se refiere a «mártires». En efecto, en la nómina
que acompaña se mencionan once nombres, entre ellos el de Úrsula. Sin embargo
la tradición de las «once mil Vírgenes» estuvo vigente durante mucho tiempo, y
por supuesto en la época de Magallanes.
[5] Realmente era portugués (Estevâo Gomes), aunque su nombre, como el
de Magallanes, suele escribirse en castellano, por sus largos servicios a
España. El hecho demuestra, como otros muchos, que los rencores en la flota son
menos entre españoles y portugueses —aunque los hubo también— que entre
partidarios y adversarios de Magallanes.
[6] La Nube Mayor de Magallanes no es realmente una galaxia barrada,
aunque a simple vista lo parece. Está clasificada entre las «irregulares».
Puedo añadir, si se me permite, que días más tarde pude observarla
detenidamente con un telescopio que me prestó un astrónomo inglés, casualmente
apellidado Newton.
[7] No pensemos que la isla Caroline-Milenio se encuentra en el
meridiano 180º, que señala el cambio de fecha. Su longitud es solo 150º nada
menos que treinta grados al este del antimeridiano. Pero la república de
Kiribati, a la cual pertenece, desea mantener el mismo horario en el prolongado
conjunto de sus islas. Una convención internacional permite que el cambio de
fecha sea simultáneo en el territorio de los estados que pueden quedar
afectados por esta circunstancia.
[8] Tenía razón Elcano (y con él otros muchos) cuando se quejaban de
los retrasos inexplicables de Magallanes. Las instrucciones reales prevenían
que «habréis de trabajar siempre lo más que pudiéredes por no perder tiempo».
Ya lo había perdido en el Puerto de San Julián y en el de Santa Cruz, y lo
estaba perdiendo ahora indefinidamente, cabe suponer, que no asegurar, en su
propio provecho.
[9] Todavía hoy Cilapulapu —ahora escriben Lapulapu— es uno de los
héroes nacionales de Filipinas, y tiene monumentos tanto en Manila como en el
propio Mactán. Se le considera el primer libertador de Filipinas, casi a la
altura de Rizal o Aguinaldo. Su imagen figura hasta en la enseña de la Policía
Nacional.
[10] Así aparece en los textos más autorizados de Pigafetta. Otros
piensan en la Virgen de Regla, a cuyo santuario de Chipiona peregrinaban muchos
marinos. Es cierto que existe una capilla de la Virgen de Guía en Sanlúcar,
pero desde 1597. Famosa es entre los marinos la Virgen de Guía o de la Guía en
Llanes, Asturias, pero es difícil que nuestros navegantes pensasen en ella;
quizá se trate de la no menos famosa Virgen de Guía en Gran Canaria, donde ni
habían estado en la ida ni podrían estar en el viaje de vuelta.
[11] A esta isla llegarían después. Hoy la zona de Timor oriental es
uno de los pocos lugares de Indonesia donde aún se habla el portugués.
[12] Valga esta pequeña advertencia al lector, porque hasta en un
libro, ciertamente en otros aspectos nada despreciable, publicado, por extraño
que parezca, en el siglo XXI, se admite esa increíble ruta.
[13] El surf de tablas sobre las olas y el windsurf se practicaban ya
en la Ciudad del Cabo a comienzos del siglo XX, mucho antes que en otras partes
del mundo.
[14] Posiblemente debido a las mulas que llevaban cargamento para
embarcar en las flotas de Indias.
[15] Elcano es un topónimo relativamente frecuente en la geografía
vasca, y de él deriva, como en otros muchos casos, el apellido. Pero el marino
firmó siempre en la forma castellanizada «del Cano», y así lo conoció toda la
gente en su tiempo.
[16] The Spanish Lake, Australian National University Press, Canberra,
1979; segunda edición, id. id, 2005. Primera traducción española, Casa Asia
España, 2006. Llevan el mismo título un trabajo de A. Ibarrola y F. Mellen, en
«·La Aventura de la Historia, 1995, o el publicado de Luis Laorden en Ciclo de
Conferencias sobre Historia de España en el Océano Pacífico, Madrid, 2010.


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