© Libro N° 10923. El Éxito Del Error: Los Viajes De Colón. Comellas, José Luis. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © El
Éxito Del Error: Los Viajes De Colón. José Luis Comellas
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Los Viajes De Colón. José Luis Comellas
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EL ÉXITO DEL ERROR: LOS VIAJES DE COLÓN
José Luis Comellas
El Éxito Del Error: Los Viajes De Colón
José Luis Comellas
CONTENIDO
Declaración de intenciones
Introducción
1. La era de los descubrimientos
2. La génesis del proyecto colombino
3. El viaje del Descubrimiento
4. ¿En las Indias?
5. El tornaviaje
6. El segundo viaje
7. El tercer viaje. El Nuevo Mundo y el Paraíso
8. En busca de lo imposible. El cuarto viaje
Conclusión
Láminas
Bibliografía
Declaración de intenciones
Diríase que resultan absolutamente necesarias unas palabras previas para
justificar la presencia de un nuevo libro sobre Cristóbal Colón. Sirvan tan
siquiera para precisar lo que aquí se pretende y lo que no se pretende. En
absoluto se ha querido una biografía completa de Colón, un personaje sobre cuya
vida existen trabajos excelentes. Sería pretensión inútil incrementar el elenco
con uno más al uso. Ciertamente, se va referir en estas páginas el lugar y la
fecha, en que, con una probabilidad que hoy raya en la seguridad, tuvo lugar su
nacimiento, y el lugar y la fecha en que, esta vez con seguridad absoluta, tuvo
lugar su muerte. Pero no pretendemos extendernos en estos puntos más de lo
estrictamente necesario, porque no forman parte de los objetivos que ilustran
nuestra intención. Tampoco van a merecer más que unas páginas las andanzas de
Colón por su Mediterráneo natal, por más que en sus aguas hubiera podido
revelarse como un interesante marinero y cartógrafo, pero muy difícilmente esas
andanzas hubieran modificado por sí solas la historia universal. Tampoco va a
encontrar el lector excesiva información sobre la administración de Colón como
virrey y gobernador de las tierras descubiertas, de acuerdo con las
atribuciones que le fueron concedidas en las Capitulaciones de Santa Fe: los
detalles sobre estos extremos son tan abundantes y bien conocidos como tristes,
porque Don Cristóbal nunca demostró poseer grandes cualidades como gobernador y
administrador de territorios, y menos por lo que se refiere a su capacidad para
conocer a los hombres y hacerse obedecer por ellos en las tareas ordinarias del
gobierno. De aquí que nos merezcan mucha más atención los viajes del Almirante
que las estancias, incluidas las propias estancias en la Península entre
navegación y navegación.
Tampoco debe esperar el lector una obra erudita y profusa, dedicada a un
estudio exhaustivo de los más ínfimos detalles, incluidos aquellos que para
nada enriquecen la historia, pero que están ahí. Se han evitado todas aquellas
citas que no resultan indispensables, sobre todo en aquellos casos en que las
fuentes, especialmente el propio Colón, son más elocuentes que el historiador
de hoy, por mucho interés que este haya puesto en el empeño. Todos los datos a
que en este libro se alude —excepto aquellos que resultan ser obvias
inferencias, o sean el resultado de cálculos hoy factibles—, están firmemente
apoyados en las fuentes o en autoridades indiscutibles. Cualquier lector
debidamente interesado puede consultarme acerca de esos datos o esas fuentes,
que he aprendido a conocer bien en una vida en que siempre me ha atraído de un
modo especial la aventura colombina; pero me he permitido, por interés del
propio lector medio, a prescindir de un aparato erudito que pudiera entorpecer
la fascinación de una de las aventuras más extraordinarias de la historia.
En 1991 y 1995 he publicado dos libros relacionados con la ciencia y la
náutica de Colón. En cierto modo el que ahora se presenta es un complemento de
ellos. Dos puntos me han interesado particularmente y son los que centran el
contenido de este trabajo. El primero y principal, los viajes de
descubrimiento, y particularmente el primero de ellos, que es el que encierra
el Descubrimiento mismo. Sin este viaje y su resultado, es decir, el
«Descubrimiento» por excelencia, ni la historia del mundo hubiera sido la
misma, ni la propia historia de Colón hubiese sido, para su suerte o su
desgracia, la que acabó siendo. Si Cristóbal Colón es un personaje que no se
acaba nunca, acerca del cual siempre es posible —sin necesidad de recurrir a
teorías aventuradas o a hipótesis absurdas— nuevas y reveladoras conclusiones,
también su viajes, y especialmente el primero, permiten tratamientos capaces de
decir —¡todavía a estas alturas!— cosas nuevas, si recurrimos con el rigor
necesario a lo que hoy pueden decirnos la oceanografía, la hidrografía, la
astronomía, la climatología local o general, el cálculo de las mareas, de las
corrientes, de los centros de acción que determinan los vientos o las calmas en
las distintas épocas del año… y, por supuesto, la relación de los hechos con el
calendario válido en los tiempos de Colón, que no es el mismo que el de los
nuestros: y de aquí también la posibilidad de rectificar algunos malentendidos
que se han mantenido hasta ahora. Una visión multidisciplinar, en que se tengan
en cuenta las distintas ciencias capaces de explicarnos mejor las incidencias
de la aventura colombina puede revelarnos todavía multitud de aspectos nuevos o
cuando menos poco conocidos.
El segundo punto que trata de informar el contenido de este libro es
quizá un poco más difícil de determinar; y más difícil todavía es la
posibilidad de que consiga aportar algo nuevo. El autor, navegante por vocación
en gran parte frustrada, que ha trabajado en los campos de la astronomía, de la
meteorología, de la climatología de situaciones generales, de pandeos de marea,
de frontogénesis, de cartografía histórica o de naves bajomedievales o del
Renacimiento, ha de confesar su absoluta ignorancia en una ciencia que hubiera
sido —tal vez— insustituiblemente útil en este caso: el estudio de la
psicología humana. No conocemos un estudio —aunque ese estudio pudiera existir—
sobre la psique de ese personaje enigmático a más no poder que se llamaba
Cristóbal Colón. Al menos, ciertos intentos de interpretaciones del alma, de la
vida interior del gran descubridor, aunque puedan encerrar grandes aciertos, no
han llegado a convencernos del todo, y algunos de ellos parecen excesivamente
aventurados o puramente ensayísticos. Un hermoso libro de Consuelo
Varela, Cristóbal Colón, retrato de un hombre, nos revela detalles
muy significativos de su personalidad y sus circunstancias, pero, con
prudencia, se detiene ante todo intento de análisis psicológico. No es fácil
penetrar en muchos secretos colombinos —ya por el prurito del propio personaje
de fomentarlos y en mantenerlos, ya por una siempre problemática interpretación
de las fuentes, en muchos casos contradictorias—, y en este sentido nada más
lejos de nuestro objeto que la pretensión de ahondar en ellos. Lo que tal vez
ocurre es que, en muchas ocasiones, no se ha distinguido con justeza entre los
hechos y los mitos, entre los hallazgos reales y categóricos, y las
interpretaciones que el descubridor —y otros, guiados por él— hicieron más
tarde. Parece que es necesario, en cada caso, al seguir el desarrollo de lo
sucedido, distinguir entre una realidad que se nos presenta evidente y que a
veces puede seguirse sin dificultad día a día, milla a milla, y lo que es
producto de la imaginación, de la fantasía o de los sueños más desbocados, dos
formas de relato que en la prosa colombina coexisten entremezclados con la más
asombrosa e increíble promiscuidad.
No es siempre fácil distinguir entre lo que Cristóbal Colón ve y
analiza con admirable precisión, lo que a la hora de interpretarlo, cree
ver, y lo que, a la hora de relatarlo —a los Reyes Católicos o a otros
destinatarios— quiere hacer creer que ha visto. Esta triple
vivencia, real o virtual, según queramos considerarla, constituye, junto con el
hecho categórico de los descubrimientos, uno de los contrastes más fascinantes
de la multiplicidad del alma colombina. Sin tener en cuenta esta triplicidad,
no llegaríamos a comprender nunca del todo la aventura de los descubrimientos.
Esa triplicidad vivencial está relacionada con una idea —una idée fixe—
de Colón bien conocida, que le acompañó toda su vida de descubridor hasta su
misma muerte: la de llegar a Asia navegando hacia occidente por el Atlántico.
Todo tenía que ajustarse a este plan, todo tenía que coincidir con él, aun a
costa de la más suprema negación de la evidencia; cuanto no se presta a este
ajuste o es depreciado, o pasa a un segundo plano o es desfigurado hasta
extremos increíbles. En esta lucha enfebrecida entre la realidad obvia y los
sueños imposibles radica el trágico destino de Colón, descubridor de un Nuevo
Mundo, que, sin embargo, se empeña en haber llegado o en estar llegando por un
camino nuevo a una parte del mundo viejo. La aventura de Colón hay que seguirla
paso a paso, hay que vivirla intensamente como él mismo la vivió. Como tal
aventura, constituye uno de los ejemplos más fascinantes de toda la historia de
los viajes de exploración del mundo. El propósito de este libro es, en
definitiva, seguir en la medida de lo posible, con el máximo rigor histórico,
pero sin sacrificar en ningún momento el dramatismo de los empeños y los
logros, los viajes de un hombre desconcertante y genial que en mil ocasiones se
empeña en sorprendernos, y lo consigue plenamente.
Introducción
Contenido:
§. Colón antes de 1476
«Nada que toque a Colón puede ser limpio y diáfano», escribe Juan Gil en
una luminosa monografía sobre los mitos colombinos. Parece que no debiera ser
así. Colón es uno de los personajes más conocidos y estudiados de su tiempo. La
«Bibliografía Colombiana», compuesta por Paolo Emilio Taviani en los años
ochenta del siglo XX, incluye nueve mil títulos. Hay realmente muchos más.
Sobre todo, a raíz de la conmemoración del Quinto Centenario, ese número casi
se ha duplicado. Sobre Colón han investigado cientos de eruditos de inestimable
valía. Información, ciertamente, no nos falta. Docenas de autores coetáneos,
entre los que se cuentan excelentes humanistas y cronistas que llegaron a
conocerle personalmente —incluyendo a su propio hijo Hernando— nos proporcionan
toda clase de detalles sobre su aspecto físico, sus ideas y su carácter. Por si
ello fuera poco, Colón fue también un infatigable (y magnífico) escritor. La
colección de textos publicada recientemente por Consuelo Varela recoge
quinientas páginas de indudable autoría colombina, algunas de ellas de
excepcional importancia, en las cuales nos da cuenta de su vida, de sus
andanzas, de sus inquietudes y sus hallazgos. Y sin embargo, cuando creemos
haber llegado a una conclusión segura, surgen nuevos datos o tesis que la ponen
en tela de juicio. Dedicar una vida de investigador a descifrar el enigma de
Colón es una aventura de desenlace casi tan incierto como el del primer viaje
de 1492. Nada más extraño y desconcertante que el contraste entre Los enigmas
colombinos y el hecho categórico y definitivo de su descubrimiento.
El que las cosas sean así se debe a la conjunción de una serie de
circunstancias. Entre ellas cabe recordar el hecho de que Cristóbal Colón es de
por sí una figura apasionante, apasionada y sobre todo polémica: siempre lo
fue, desde los años de sus periplos, en que produce la impresión de no tener
más que entusiastas partidarios o encarnizados enemigos, porque siempre concitó
pasiones y contradicciones. Ocurre también que él mismo, cualesquiera que
fueran las razones que pudieran impulsarle, reveló muy pocas cosas acerca de su
persona y de sus orígenes. El mismo Hernando Colón confiesa que su padre «quiso
que su patria y origen fueran menos ciertos y conocidos». El cronista Francisco
de Medina comenta que el descubridor, «ni aun provocado por sarcasmos, quiso
nombrar a sus abuelos». La verdad es que nunca mencionó siquiera a sus padres.
Y Menéndez Pidal comenta que «como la raposa borra su rastro con el rabo, así
Colón quiso borrar su juventud». No parece que exista nada infamante en su
ascendencia, sino un prurito, razonable, o irracional, tendente a envolverla en
el misterio. En su momento encontraremos tal vez alguna explicación, siquiera
débil, de esta buscada oscuridad. Más misteriosa fue su pretensión ante el rey
de Portugal o los Reyes Católicos de conseguir una ayuda decisiva para un
proyecto descubridor acerca del cual se negó a revelar el menor detalle
concreto. Colón estuvo a punto de ser rechazado definitivamente justo por su
manera sibilina de explicar lo que realmente quería y la forma en que pensaba
llevarlo a cabo. Solo su fabulosa capacidad de persuasión (una de sus mayores
virtudes) logró al fin, contra toda lógica, la venia a su proyecto. Gran parte
de la vida de Colón y de sus principales designios es un misterio a causa de
una deliberada obsesión por mostrarse siempre críptico, como si fuera dueño de
un secreto que ni a sus patrocinadores podía revelar. En su lugar será preciso
aludir también a muchas de sus intencionadas quimeras o ambigüedades.
El Almirante de la Mar Océana pasó varias veces ante sus contemporáneos
como un loco, o cuando menos como un hombre tendente a los desvaríos, por obra
de su inveterada tendencia a mezclar los sueños con la realidad, la fábula con
la ciencia, o por su comportamiento desconcertante. No estaba loco en el
sentido literal del término, ni parece que en momento alguno quisiera aparecer
como tal. Fernández Armesto exagera muy probablemente cuando con cierto sentido
de humor —un poco británico, puesto que es profesor en Oxford— comenta que si
Colón estaba un poco loco, tuvo la rara virtud de volver locos a un buen número
de sus estudiosos, tan absurdas son muchas de las teorías sobre su origen o sus
viajes. Se ha hablado de un Colón genovés, mallorquín, menorquín, corso,
catalán, gallego, alemán, portugués, francés, inglés, griego, escandinavo,
hasta suizo. Unos le hacen pirata, otros hijo del navarro príncipe de Viana. La
imaginación portentosa de quienes se han dedicado a inventar el origen de Colón
—unos con cierto ingenio, otros con inferencias monstruosas o con falsificación
de documentos— no tiene parangón con la que se ha empleado en el estudio de
ningún otro personaje histórico. Lo mismo puede decirse acerca de muchas
teorías desarrolladas especialmente a raíz del Quinto Centenario de su hazaña
acerca de la ruta que siguió en su primer viaje, o sobre la isla a la que
arribó (un periódico americano ofreció un premio a quien adivinase la identidad
de la isla, y el adivinador premiado, según hoy se sabe, se equivocó
estrepitosamente). Colón no estaba precisamente loco: fue sin duda más genio
que loco; pero tuvo la virtud o el vicio de contagiar su imaginación fantasiosa
y quimerista a muchos de sus estudiosos, sobre todo a los simples aficionados,
que tampoco tenían por qué estar locos. También ha permitido, y de ello debemos
estar satisfechos y agradecidos, un buen número de estudios impecables y de
alta calidad.
Una de las claves del carácter de Cristóbal Colón —que en este punto
tampoco tenemos la menor intención de descifrar— la constituye esa
multiplicidad de su mundo interior, lleno de contradicciones, hasta el punto de
que no resulta disparatado afirmar de él que no es un hombre de doble
personalidad, sino de muchas y concomitantes personalidades a un tiempo. Es a
la vez un místico e iluminado, tal como le ha visto Milhou, capaz de sentir
revelaciones sobrenaturales y visiones celestiales, y un materialista interesado
que, en plena gloria y ya rico, se atreve a disputar al pobre Rodrigo de Triana
los diez mil maravedíes de juro del premio al primer avistamiento; o que, más
tarde, comprobada la escasa rentabilidad de las tierras descubiertas, pretende
vender a los indígenas como esclavos, con la indignación consiguiente de los
Reyes Católicos. Es un observador perspicaz y extraordinariamente agudo de la
realidad, que describe con rigor minucioso y precisión científica todo lo que
observa, y al mismo tiempo, a veces en la misma página, se entrega a
especulaciones monstruosas sobre lo observado, que imaginan lo imposible. Es un
hombre arriscado, decidido, que intenta imponer a todos su criterio, y al mismo
tiempo muestra una lamentable falta de autoridad, y de capacidad organizadora
que le hará caer en desgracia cuando intenta administrar, dotado por los
monarcas de todas las prerrogativas, los mismos territorios descubiertos. Eso,
sí, es un hombre terco como él solo, que se mantiene en sus trece hasta contra
toda evidencia, pero preciso es reconocer que solo tan increíble tenacidad le
llevó —sin que él, en principio, pudiera imaginarlo— al hallazgo de un nuevo
Mundo. Y algo le dominó sobre todo: una idea clave y axial que se propuso
llevar a cabo contra todas las dificultades del mundo: una idea a la que
consagró su vida, su ingenio, sus fuerzas, su salud, sus amigos; una idea que
mantuvo frente a todas las oposiciones y a todas las dificultades, una idea que
le convirtió en uno de los hombres más famosos de la historia y al mismo tiempo
—última y suprema contradicción— en un gran fracasado.
§. Colón antes de 1476
De acuerdo con la versión con enorme diferencia más probable, Cristoforo
Colombo nació en Génova —o en la vecina Saona— hacia 1451, y era hijo de
Domenico Colombo, cardador de lana, y de Susana Fontanarosa. Hoy es frecuente
afirmar que la fecha de nacimiento es unos años anterior a la citada (que en
principio sería la misma de Isabel la Católica), y por tanto el gran navegante
pudo ser un poco más viejo que su protectora: es un asunto que no debe
preocuparnos demasiado. Colón no murió víctima de los años, sino de sus
dolencias, contraídas en sus largos y duros viajes. Se sabe que Cristoforo
Colombo tuvo como mínimo tres hermanos, Bartolomeo, Giacomo (Diego) y
Bianchinetta: de esta última conocemos bien poco. Bartolomé y Diego le acompañaron
después a Portugal, y estuvieron más tarde en las tierras descubiertas.
Bartolomé de Las Casas afirma que la ciudad de Santo Domingo fue llamada
así en recuerdo del padre. La coincidencia es más que llamativa. Por lo demás,
Pedro Mártir de Anglería declara a Colón «ligur», esto es, natural de Génova o
sus alrededores y otros coetáneos lo consideran genovés sin lugar a dudas.
Ningún autor de su tiempo menciona otro posible lugar de nacimiento. Y al fin,
Colón, después de haber ocultado una y otra vez sus orígenes, declara en el
documento de establecimiento de mayorazgo: «que en siendo yo de Génova, pues
que de ella salí y en ella nací…». No es fácil explicar el sigilo, hasta ese
momento, del descubridor. Domenico Colombo pertenecía a una familia modesta,
pero honrada, y Cristóbal, aunque pudo haber dicho otra cosa, jamás presumió
por escrito de una ilustre cuna. Solo su hijo Hernando, tal vez más preocupado
que su padre por la cuestión, afirma que era «de buena familia». Las razones de
la discreción del gran navegante deben ser otras. Se ha hablado con gran
insistencia de su origen judío, aunque sin pruebas precisas.
No es fácil explicar, aunque no hay razones para dudarlo, su afición por
las cosas del mar. La Historia del Almirante pretende que este
estudió en la universidad de Pavía, versión incompatible con la contenida en el
mismo libro, según la cual Cristóbal comenzó a navegar a la temprana edad de
catorce años. El mismo Colón, en una carta a los Reyes Católicos, escrita en
1492, declara que lleva veintitrés en la mar: entonces comenzó a navegar a los
dieciocho, si nació en 1451; tal vez a los veintipocos si era unos años más
viejo. Lo más que puede admitirse es, que como él mismo afirma en una ocasión,
aprendiera de «hombres doctos» nociones de gramática (probablemente latín, una
lengua que no dominaba, pero en la que se desenvolvió con relativa soltura; y
de aritmética). Luego llegaría a dominar la geografía y sería un magnífico
cartógrafo. No es posible admitirle estudios universitarios, sí en cambio una
insaciable curiosidad y un afán de aprender que hicieron de él un autodidacta.
La mayor dificultad no estriba en este punto, sino en el un poco forzado encaje
entre el «Cristoforo Colombo, lanero de Génova» que aparece una y otra vez en
los documentos de su ciudad natal, y el experimentado navegante que ya parece
haber sido en sus años mozos, y por supuesto en su vida portuguesa, que
comienza en 1476.
Los biógrafos cuentan, sin valerse de otro criterio que la pura lógica,
que Colón debió empezar su carrera del mar como joven grumete en barcos que
transportaban lana y otros productos entre Génova y Saona. Más tarde pudo
extender el ámbito de sus correrías por gran parte del espacio mediterráneo.
Por testimonio propio, se sabe que hacia 1474-1475 estuvo en la isla de Chíos,
de donde se traía la almáciga, y donde el futuro descubridor pudo obtener las
primeras noticias, más o menos confusas, sobre las fabulosas riquezas del
Oriente. Cabe suponer que allí se iniciaron, siquiera en germen, sus sueños. La
versión, llevada al cine, según la cual Colón, en Chíos, mantuvo un duelo con
un pirata, al cual arrebató un mapa vital para su futuro descubrimiento, es pura
fantasía ahistórica. En otra ocasión, y por declaraciones propias, sabemos que
Colón navegó de Marsella a Túnez, sirviendo a Renato de Anjou, muy posiblemente
en un barco de guerra. Y con el deseo que siempre tuvo el descubridor de lucir
sus cualidades náuticas, nos cuenta que los marineros temían viajar a aquel
país musulmán, y él los engañó cebando la aguja, esto es, girando la rosa de
los vientos respecto de la verdadera dirección de la brújula, haciéndoles creer
mediante una carta de rumbos en una ruta falsa. Esta declaración parece
revelarnos tres hechos de cierta importancia: primero, que Colón era ya en el
Mediterráneo un experto en navegación loxodrómica y sabía entenderse con la
brújula y los mapas; segundo, que comandaba la nave, porque solo un supremo
responsable puede permitirse el lujo de engañar a los tripulantes; y tercero,
que sirvió, como ya se sospechaba por otros datos indirectos, a Renato de
Anjou, enemigo jurado de Alfonso V de Aragón en su disputa por el reino de
Nápoles. Es lógico que si Colón hubiera dado a conocer este hecho antes de su
hazaña transatlántica, hubiera provocado la indignación de Fernando el
Católico, con la consiguiente imposibilidad de proponer su aventura. De aquí
tal vez el prurito —¡en este caso sí justificado!— de mantener en secreto su
pasado.
Colón, a lo que parece, fue ya, a los veintitantos años, un buen
navegante mediterráneo. Pero que llegó por entonces al Atlántico, cuando menos
una vez, es absolutamente cierto y absolutamente necesario, puesto que el 13 de
agosto de 1476 volvió a nacer frente a las costas de Portugal. Un barco genovés
que transportaba almáciga fue sorprendido frente al cabo San Vicente por un
corsario francés, que para mayor confusión de confusiones, se llamaba Guillaume
de Casenove-Coullon: de aquí que algunas versiones poco fiables pretendan que
el superviviente que consiguió llegar a la costa era el pirata. Los barcos se
abordaron y se enzarzaron en una batalla mortal, en el curso de la cual estalló
un barril de pólvora, ardieron las velas, después los mástiles y finalmente los
navíos se fueron al fondo del mar. La tragedia ocurrió a dos leguas (¿dos
millas?) de la costa. Solo un hombre consiguió salvarse, nadando hasta el
extenuamiento, agarrado a un remo: era un mozo fornido, pelirrojo, inteligente
y bien enterado de los asuntos de la mar, al parecer también del Atlántico, que
fue recogido cerca de Sagres, dijo llamarse Cristóbal Colón, y vivió desde
entonces en Portugal, muy bien considerado, dibujando cartas náuticas y
participando como un consumado navegante, en diversas expediciones. Es este el
Colón histórico, el Colón que conocemos bien, con todas sus cualidades y sus
ambiciones, el hombre que habría de descubrir el Nuevo Mundo.
Capítulo 1
La era de los descubrimientos
Contenido:
§. Marco Polo
§. Los medios
a.
La brújula
b.
Los mapas
c.
Los barcos
§. Los portugueses
La Alta Edad Media fue una época de escasa vocación exploradora en el
ámbito de Occidente. Europa vivía recluida en sí misma, en sus castillos, en
sus monasterios, en sus pequeñas ciudades amuralladas, y en sus extensos agros,
cuyo cultivo era el principal medio de sustento de una sociedad en general
sencilla y de escasa cultura. Aunque eran frecuentes los intercambios, cabe
decir que el hombre altomedieval tiende en líneas generales a la autarquía. El
padre de familia que trabaja el campo es también capaz de hacerse un asiento o
una tosca mesa de tablas donde comer los alimentos que produce el agro cercano,
o la carne de los animales del aprisco familiar. La mujer sabe hilar y tejer la
lana de esos mismos animales, y los hijos aprenden pronto a hacer de todo. La
leyenda de la autarquía altomedieval es en parte falsa —por ejemplo, jamás dejó
de emplearse el curso de la moneda, y los grandes señores adquirían productos
tal vez de un relativamente lejano origen—, pero la idea general de un cierto
confinamiento no deja por eso de ser válida. No parece disparatado imaginar un
mundo pequeño, familiar, afincado para casi todos en el horizonte visible de
cada día.
Aquel panorama comenzó a cambiar lentamente, sobre todo a partir del
siglo XII. Por un lado, creció la población como no lo había hecho en varias
centurias. Por otro, se consagró la división del trabajo, de suerte que el que
fabricaba muebles no era el mismo que dominaba la técnica de los telares o de
los tornos de alfarero. En otras palabras, el trabajo se especializó y
aparecieron los «artífices». Se multiplicó el intercambio de productos diversos
y bien acabados al mismo tiempo; y para este intercambio resultó imprescindible
ese bien multilateral, susceptible de ser permutado por otro bien cualquiera,
que es el dinero. El intercambio, que ya no solo el trabajo, engendraba riqueza
en los pequeños mercados locales, luego en las grandes ferias periódicas que se
celebraban en lugares determinados y en fechas determinadas, que todo el mundo
conocía. Los mercaderes, en cuanto intermediarios y transportistas, se hicieron
tan ricos o más que los propios productores. Las ciudades aumentaron su tamaño
y población, con su monumental catedral gótica, su palacio comunal, su mercado,
sus gremios de artífices y mercaderes, y el flujo de bienes hacía posible que
estas ciudades estuvieran surtidas de productos que no se daban naturalmente en
el entorno.
El desarrollo del tráfico exigía cada vez más viajes, caravanas,
convoyes de barcos que surcaban los mares o los grandes ríos navegables de
Europa, un conocimiento cada vez más perfecto de otros países. No solo se
viajaba por intereses, sino que se hicieron más frecuentes las peregrinaciones
—a Roma o a Santiago, por ejemplo—, así como la predicación y la difusión de
las órdenes religiosas, que ya no se dedican, como antes, a la vida monástica,
sino que se establecen en las ciudades, como los franciscanos y los dominicos;
salen a la calle, buscan a la gente, viajan para predicar y extender la fe. O
la expansión del arte, que ya no conoce fronteras y difunde las nuevas escuelas
y los nuevos estilos por distintos países. Viaja también la cultura,
especialmente con la aparición de las universidades, a las que van a estudiar
gentes venidas de fuera, o los propios profesores, que expresándose en ese
idioma de la cultura europea que es el latín, van a explicar a distintos
centros culturales del continente.
Europa se hacía cada vez más pequeña; luego comenzaría a hacerse cada
vez más pequeño el mundo, porque fue aumentando el interés por países más y más
lejanos. En los toscos, pero deliciosos mapamundis medievales aparecía
relativamente bien representado el continente europeo, con tanta más precisión
cuanto más cerca del Mediterráneo: un detalle que nos hace ver que fue en el
entorno del Mare Nostrum donde más ampliamente se desarrolló el arte de hacer
mapas. La parte peor representada de Europa es siempre la península
escandinava. Nunca deja de aparecer el norte de África, aunque se desconocía la
verdadera extensión de este continente, y, sobre todo, si constituía o no una
barrera infranqueable entre los océanos Atlántico e Índico. En este punto, ya
la opinión de los geógrafos clásicos —cada vez mejor conocida— estaba dividida.
El continente asiático aparecía como un inmenso espacio macizo, en que se
entremezclaban países reales con otros imaginarios. En ningún mapa faltaban la
India y la Sérica o China, separadas por una o dos grandes penínsulas que
cabría identificar con Malasia e Indochina. Muchos mapas medievales no tienen
inconveniente en dibujar, en el extremo del Oriente, casi siempre como una isla
maravillosa e inaccesible, el Paraíso Terrenal.
El interés por llegar a lejanas tierras —que se imaginaban riquísimas y
codiciables— fomentó el desarrollo de la navegación. Hubo una etapa
mediterránea, en la que se consagraron puertos comerciales de la importancia de
Venecia, Génova, Pisa (entonces con salida al mar), Barcelona, Valencia, Palma
de Mallorca. Los navegantes mediterráneos no solo atravesaron con facilidad los
variados rincones el mar interno, jalonados de magníficas islas, sino que se
lanzaron a atrevidas aventuras atlánticas, aunque hoy resulte difícil saber
exactamente hasta dónde llegaron. Estas aventuras estaban inspiradas, qué duda
cabe, por un interés comercial, pero tampoco son de despreciar el afán
explorador, el deseo de abrir rutas nuevas, o de llegar a países fabulosos, que
con tanta profusión aparecen en las leyendas medievales: la isla de San
Brandán, la isla Antilia, la isla de las Siete Ciudades, la isla de Brasil o
Berzil, y otras muchas. Bien pronto se generalizó la leyenda del Preste Juan,
un monarca cristiano en tierras orientales, que acabó convirtiéndose en uno de
los atractivos más poderosos de los exploradores. Podía necesitar ayuda,
rodeado como estaba, de países musulmanes: o bien, por el contrario, podía
resultar un aliado fundamental para una gran cruzada, que reconquistase
definitivamente los Santos Lugares. Motivos para la gran aventura no faltaban.
Sabemos que hacia 1300 los navegantes mediterráneos atravesaron el
estrecho de Gibraltar y se adentraron audazmente en el Atlántico, el Mar
Tenebroso. Sus aventuras en aguas occidentales son mal conocidas, y por
proceder de fuentes indirectas y muy vagas se prestan a ciertas dudas, e
incluso a incredulidades, por parte de los historiadores, pero sí son ciertos
muchos de sus periplos, realmente admirables para la época en que tuvieron
lugar. Los navegantes mediterráneos no se detuvieron ante lo desconocido. Fueron
los primeros exploradores europeos desde los tiempos de los vikingos.
Lancellotto Malocello encontró en 1312 las islas Canarias, y una de ellas,
Lanzarote, lleva todavía su nombre. Poco después los genoveses hermanos Vivaldi
exploraron por la costa africana todo el territorio que hoy corresponde a
Marruecos. El portulano mallorquín de Dulcert (1339) ya señala con precisión un
gran trecho de la curva de África, hasta el Sahara, y hacia 1346 Jaume Ferrer
llegaba, al parecer, a lo que hoy se llama Río de Oro —que no es río ni tiene
oro— en el territorio de Sahara Occidental. En 1341 fueron descubiertas las
islas Madeira, y no faltan noticias vagas sobre la llegada de los navegantes
mediterráneos hasta las lejanas Azores.
Los mediterráneos abrieron los caminos del Atlántico, pero serían los
pueblos atlánticos los que iban a aprovecharse de la iniciativa. A mediados del
siglo XIV las actividades de venecianos, genoveses, catalanes o mallorquines se
reducen notablemente. Parece como si hubieran perdido el afán de explorar. La
verdad es más compleja, y con seguridad tiene que ver con la dura crisis
económica que siguió a la Gran Peste Negra de 1348-1350, una de las más grandes
catástrofes de la época bajomedieval, que, según las fuentes de la época, acabó
con un tercio de la Humanidad. Aun sin necesidad de admitir cifras tan
terroríficas, es indudable que provocó una tremenda crisis, no solo
demográfica, sino social y económica, —la famosa «crisis del siglo XIV»—, que
se cebó muy especialmente en los pueblos del Mediterráneo, y sobre todo en las
grandes ciudades, propicias al contagio, más que en el campo. La demanda,
fundamentalmente urbana, disminuyó, los comerciantes que tenían dinero se
dedicaron a comprar tierras o casas y a vivir de rentas, mientras que los que
no lo tenían se arruinaron y cesaron en su actividad. El tráfico disminuyó, y
las navegaciones, especialmente las poco rentables, se hicieron menos
frecuentes. Por el contrario, los reinos atlánticos de la Península —Castilla y
Portugal—, fueron los menos castigados por la peste, y no desaprovecharon la
oportunidad que les tendía la historia. Justo desde aquel momento se inicia
allí una era de prosperidad llena de vida y de energías, que habría de
reservarles importantes protagonismos en los tiempos modernos.
§. Marco Polo
No todos los viajes se hicieron por mar, o exclusivamente por mar. Algunos
trajinantes italianos, venecianos en especial, se adentraron en las
inmensidades de Asia, en busca de los perfumes del Oriente, las perlas de
Ceylán, los tapices y alfombras persas, las finísimas lanas de Cachemira, los
tesoros de Samarcanda, los rubíes de Malabar, o las preciosas sedas y
porcelanas de la China. Fueron muy pocos, y el viaje duraba años, porque habían
de unirse a caravanas árabes, persas o mongolas de objetivos limitados, y
cambiarse, en su momento, a otras caravanas. Se sabe que los hermanos Niccolò y
Matteo Polo llegaron hasta China en un recorrido inmenso que salió de Venecia
en 1260 y terminó de regreso en la misma ciudad en 1269. No hay noticias de que
hicieran un buen negocio, pero el hecho es que en 1271 decidieron repetir el
viaje, esta vez acompañados del joven hijo de Niccolò, Marco. Marco Polo,
muchacho despierto y vivaz, con una capacidad asombrosa para adaptarse al medio
y aprender idiomas, se convirtió en uno de los viajeros más famosos de todos
los tiempos, aunque sus correrías no llegaron a ser bien conocidas hasta la
difusión de la imprenta, es decir, hasta la segunda mitad del siglo XV. El
viaje duró esta vez cinco años, por Constantinopla, Persia, Tabriz, Ormuz, las
mesetas de Asia central, el interminable desierto de Gobi, las altísimas
montañas del Pamir, hasta que en 1275 llegaron a la corte de Kubilai Khan.
Entonces China estaba gobernada por la dinastía mongol. El joven Marco cayó muy
bien al Gran Khan, a cuyo servicio se puso. En 1277 fue nombrado miembro de su
Consejo privado, y luego, como legado, embajador, informador o espía, recorrió
un inmenso espacio, pues los mongoles dominaban entonces uno de los imperios
más grandes jamás conocidos, que se extendía desde los confines de Rusia hasta
el Pacífico. Como mandatario del Gran Khan, conoció bien China, pero no del
todo la cultura china, cuyo idioma nunca llegó a aprender. Los mongoles,
monoteístas, acogían con gusto a los cristianos, y mantuvieron en la corte su
cultura específica, hasta el punto de que Kublai intentó introducir, aunque sin
éxito, la escritura alfabética. Seguramente tiene razón P. Demiétreville cuando
afirma que «Marco Polo no vio China más que a través del prisma mongol».
La nostalgia de la patria lejana acabó venciendo, y después de una
misión a Birmania, en 1288, tuvo ocasión de viajar a Persia en 1292, y de aquí
emprendió el regreso definitivo a Italia, a donde llegó en 1295. Este viaje de
vuelta lo hizo en parte por mar, tuvo ocasión de ver el estrecho de Catigara
(Malaca), la India, y conoció noticias de un príncipe cristiano, que no cabe
identificar sino con el Preste Juan (el emperador de Etiopía), aunque Polo no
estuvo nunca en África. Una vez en Venecia, su vida resulta sorprendentemente
poco conocida. Parece que a nadie interesó demasiado su aventura, y, a lo que
parece, no le hicieron mucho caso; cuando menos, las referencias que sobre él
existen son muy escasas. Qué duda cabe de que Marco Polo pasó los mejores años
de su vida en China. Por si fuera poco, durante una guerra entre Venecia y
Génova cayó prisionero de los genoveses en 1296, y hubo de pasar varios años en
el exilio. En Génova conoció a un poeta y escritor pisano llamado Rusticello,
al cual relató toda su odisea. Fue Rusticello el que le animó a escribir unas
memorias del viaje, si no fue él mismo quien las escribió. Así nació el Libro
de las Maravillas, una extensa obra en 234 capítulos. Contra lo que se
cree, esta obra no es apenas un libro de viaje, sino una descripción de las
ciudades y comarcas donde estuvo el veneciano. No tiene como finalidad
informar, sino asombrar. De aquí que resulte tan difícil reconstruir el
itinerario, que el orden resulte un tanto caótico, y que sea muy difícil
distinguir lo que Marco Polo llegó a ver o lo que supo por referencias.
El Libro de las Maravillas, efectivamente, tiene mucho de
fantástico y está sobrado de imaginación (proceda esta de Polo o de
Rusticello). Destaca sobre todo el afán de ponderar las riquezas del Gran Khan,
con sus palacios de mármol, sus tejados de oro, sus joyas increíbles y su poderío
inmenso. El Yangtsé tiene un ancho de diez millas, y lo surcan continuamente
200 000 naves que lo remontan y otras tantas que descienden a favor de su
corriente. Tan grande es la riqueza del país, «que no hay hombre capaz de
creerlo». Y el Gran Khan «posee el mayor tesoro del mundo».
Diríase que el relato de Marco Polo causó sensación en su tiempo, y si
embargo no es así. Tengamos en cuenta que la imprenta no nació hasta casi dos
siglos más tarde, y las copias circularon muy lentamente. Jacques Heers
pretende que la obra apenas fue conocida hasta el siglo XVI, lo que tal vez
pueda resultar una exageración. La primera edición impresa data de 1485. No es
seguro que Cristóbal Colón llegara a leerla, al menos con detalle, hasta que
compró el libro, a lo que parece, en 1496. Pero ya en su primer viaje menciona
accidentes descritos en la obra de Polo, como la Península de Mangi, o los
puertos de Quinsay y Zaitón: además de buscar con ahínco el imperio del Gran
Khan, que parece haber sido el principal objetivo de 1492. O conocía el relato,
u oyó detalles que en su tiempo eran repetidos de boca en boca. De lo que no
cabe la menor duda es que el descubridor se sentía literalmente alucinado por
las inmensas riquezas de Catay, nombre que entonces se daba a China, y por el
cercano reino de Cipango, o Japón, cuyo monarca vivía en un palacio cubierto
por tejas de oro. El nombre de Cipango, del cual ha derivado la palabra
Japan-Japón, viene justamente de Je Pen Kuo, o País del Sol
Naciente, una denominación que también perdura hoy: no es, por tanto, producto
de una invención maravillosa. Su descripción puede resultar enormemente
exagerada, como tantas otras del veneciano. La influencia de las leyendas
difundidas por Marco Polo en el descubridor de América fue decisiva, y causa
probable tanto de sus viajes como de sus equivocaciones. Entre ellas cabe
destacar una: la inmensa distancia de Europa a China por el camino del Este,
como que se tardaban varios años en alcanzarla. Por tanto, puesto que la Tierra
era redonda, podía resultar mucho más fácil llegar a ella por el Oeste[1].
§. Los medios
Si el descubrimiento efectivo de América para la historia universal tuvo lugar
a fines del siglo XV y no en el siglo IV, ni tampoco resulta imaginable que
hubiera de esperar hasta el siglo XX, el hecho se debe a una razón histórica en
que cuentan la consagración del estado moderno, el interés por romper
horizontes del hombre renacentista, la búsqueda de nuevas fuentes de riqueza —y
especialmente de los metales preciosos, entonces una obsesión—, el desarrollo
de la cultura, y también, por supuesto, el progreso de los medios de
navegación. Aun sin haber llegado a dominar estos medios, no cabe en el ámbito
de lo imposible que el hombre de edades anteriores (ahí está el caso de los
vikingos) hubiera conseguido llegar de Europa a América; pero no se puede
suponer que hubiera podido obtener partido de su descubrimiento en cuanto forma
de enlace permanente entre dos mundos. Conocidos los aspectos más elementales
que puedan interesarnos acerca de la coyuntura histórica, preciso es ahora
recordar por un momento alguno de los elementos técnicos que hicieron posible
el arte de navegación a grandes distancias.
a) La brújula
Notables innovaciones técnicas facilitaron las hazañas de los navegantes
mediterráneos en el siglo XIII, y se extendieron durante la centuria siguiente
al Atlántico. Una de ellas fue la brújula. En realidad, la utilización de la
piedra magnética o de la aguja imantada como medio de orientación es muy
antigua. Todo parece indicar que los primeros en utilizar sus servicios fueron
los chinos. Se ha dicho que por el año 3000 antes de Cristo los chinos
empleaban «piedras» —piedra imán— que les servían para orientarse, y el
emperador Tachen Chinnan confió a sus mensajeros unos aparatos que les
permitían guiarse en el camino. Hoy tiende a creerse que los chinos suelen
exagerar la antigüedad de sus inventos. Dícese que la primera noticia segura
data del siglo III después de Cristo, y se refiere a agujas de hierro
imantadas, que, colocadas sobre un flotador en un recipiente de agua, señalaban
los puntos cardinales.
Fueron los árabes —que no inventaron muchas cosas, pero supieron
transmitirlas— quienes introdujeron la brújula en el Mediterráneo hacia el
siglo XI, y pronto comenzaron a utilizarla los cristianos, que la
perfeccionaron definitivamente. El propio nombre de bussola,
cajita, parece revelar que sus primeros usuarios europeos fueron los italianos,
y encontraron la mejor solución: la aguja imantada giraba libremente sobre un
eje vertical dentro de un pequeño recipiente (sin agua, por supuesto) que podía
ser abierto a voluntad. Se atribuye la introducción de la brújula a Flavio
Gioja, de Amalfi, aunque la atribución no es segura. La aguja aparece ya
claramente aludida por A. Neckam (1195), Guyot de Provins (1205) y Jacques de
Vitry (1218), lo que prueba que ya había desbordado el ámbito italiano y se
conocía también en la Europa atlántica.
Como es bien sabido, la aguja imantada es atraída por los polos
magnéticos de la Tierra, que no coinciden con los polos geográficos, de suerte
que en muy pocas regiones las brújulas señalan exactamente la dirección
Norte-Sur. Es este un inconveniente que hubo de ser subsanado con un cierto
ingenio. Uno de los recursos más utilizados fue «cebar la aguja». La expresión
puede inducir a confusión. Lo que se cambiaba no era la aguja, sino la rosa de
los vientos que iba sobre ella: se la hacía girar a derecha o izquierda, según
los casos, hasta que los «pétalos» coincidieran exactamente con los puntos
cardinales. Como en su lugar hemos observado, Colón presume de haber sabido
«cebar» la aguja ya en su etapa mediterránea. Ahora bien, como la brújula se
dirige hacia el polo magnético, es lógico que no señale la misma dirección en
todas partes. En Europa se conocían especialmente las «agujas flamencas», en
que la rosa aparecía notablemente desviada hacia el oeste, (para corregir la
desviación de la brújula al este), y las «agujas genovesas», en que la
desviación era menor. Efectivamente cuanto más cerca del polo las agujas se
desvían más (¡cómo que en el polo Norte señalan al Sur!), y cerca del ecuador
se desvían menos. Un hecho curioso: cuando vino a España el rey Carlos I —luego
Carlos V de Alemania— viajó de Ostende a Laredo, donde le esperaban los altos
dignatarios españoles. Sin embargo, los barcos llegaron a Villaviciosa de
Asturias, sin duda porque iban provistos de «agujas flamencas», que, de acuerdo
con las marcaciones de los mapas, les hicieron desviarse más al Oeste. Se
conoce que en la flota no había ningún piloto español, que sin duda hubiera
corregido el error.
Algo más todavía: en los siglos XIII al XV, las agujas se desviaban
hacia el NE, y por consecuencia había que «cebarlas» girando la rosa de los
vientos hacia la izquierda. Desde fines del siglo XVII las brújulas se desvían
hacia el NO, habiendo alcanzado su más fuerte declinación magnética a
principios del siglo XIX: ¡entonces Colón, operando con los mismos criterios
que en 1492, hubiera llegado a Boston! Naturalmente, en el siglo XIX se
conocían bien las líneas isogónicas. Suelen atribuirse a Colón descubrimientos
que nunca realizó. El más grosero es el de la esfericidad de la Tierra, una
burda falacia difundida por Washington Irving. Que la Tierra es redonda fue un
hecho intuido ya por Aristarco de Samos, y demostrado cumplidamente por
Aristóteles con tres argumentos impecables. En la Edad Media esta esfericidad
fue defendida por Alberto Magno, a mediados del siglo XIII, y nadie le
contradijo. Otra cosa es que muchos navegantes de mediana cultura lo ignorasen,
y, dado lo corto de sus singladuras, el tema les traía sin cuidado. Colón ni
descubrió ni demostró facticamente la esfericidad de la Tierra, puesto que no
llegó a Asia por el Occidente, sino a América. Esta demostración de hecho,
aunque ya a nadie sorprendió, correspondió a Juan Sebastián Elcano treinta años
más tarde, cuando dio la vuelta al mundo. Tampoco Colón descubrió la
declinación magnética, como pretende Humboldt, —él mismo «cebó» la aguja en
años juveniles, precisamente porque se lo habían enseñado—, pero sí un hecho
nuevo: la variación del valor de la declinación magnética no en función de la
latitud, que eso ya se conocía, sino de la longitud geográfica. Este hecho iba
a proporcionarle angustiosas zozobras en el transcurso del primer viaje.
Habremos de volver necesariamente sobre el asunto.
b) Los mapas
No es ninguna casualidad que la introducción de la brújula haya coincidido con
la aparición de los portulanos. Los portulanos son unos mapas náuticos en los
que aparecen marcados una serie de rumbos. Nacieron evidentemente en el
Mediterráneo, a fines del siglo XII, y conservamos preciosas colecciones de los
siglos XIII y XIV. Lo que preferentemente nos llama la atención en un portulano
es que se trata de un mapa del mar, no de la tierra. A veces aparecen señaladas
algunas ciudades importantes de tierra adentro, como Milán, París o Toledo,
pero no es esto lo más frecuente. Al marino solo le interesan los puertos, y,
para llegar a ellos, los caminos del mar; y estos aparecen marcados en multitud
de líneas de rumbos, de acuerdo con las indicaciones de la brújula: toda esta
extensa maraña de rectas que se cruzan, formando una verdadera red sobre los
mares, es la más señalada característica de un portulano. Una vez situado el
navío —teóricamente— sobre una de estas líneas del mapa, solo hace falta seguir
la que conduce hasta el puerto de destino, de acuerdo con las indicaciones de
la rosa de los vientos solidaria a la brújula. A primera vista, estas líneas
parecen arbitrarias, no conducen de ningún puerto a ningún otro; pero al piloto
le era fácil «transportar» un rumbo al punto que le interesaba. Tal vez no
exista una línea que lleve exactamente de Barcelona a Marsella, o de Génova a
Palermo; pero es fácil encontrar un rumbo paralelo que, transportado por una
escuadra o un compás pueda unir las ciudades portuarias. Es más, todos los
portulanos que conocemos —genoveses, pisanos, valencianos, mallorquines— son
primorosas obras de arte que, a lo que parece, estaban dedicadas a grandes
señores, con hermosos dibujos que representan castillos, catedrales, ciudades
costeras, todas con sus consiguientes banderas de soberanía, especialmente
cuando se trata de halagar la vanidad del destinatario. Es posible que un
portulano de uso común, más preocupado por la precisión que por la belleza,
conceda más importancia a la representación de rumbos útiles entre puertos
importantes que a dibujar castillos, catedrales o cortejos de caballeros.
Un portulano representa cuidadosamente puertos de grande, mediana o
hasta pequeña importancia, e incluso fondeaderos útiles en lugares despoblados
de la costa, para que los barcos sepan dónde protegerse o hacer aguada; también
ponen interés en indicar islas o escollos, para evitar el encuentro de los
navegantes con obstáculos que puedan poner en peligro su viaje. Los nombres de
los puertos, cabos, ríos, aparecen siempre escritos sobre tierra en rótulos
perpendiculares a la costa, para no entorpecer el dibujo geométrico de los
rumbos; de aquí que la línea de costa aparezca resaltada por esta sarta
interminable de nombres —cientos, o hasta miles de ellos— que nos permiten
conocer las denominaciones geográficas de aquellos tiempos. Una característica
que no siempre se ha señalado: la mayor parte de los portulanos aparecen
ligeramente desviados de los puntos cardinales: el Mediterráneo no discurre de
Este a Oeste, sino de estenordeste a oestesuroeste; Roma está más al norte que
Barcelona, el mar Negro casi a la altura de las islas Británicas, Italia se
encuentra mucho más «acostada» que en los mapas actuales, o la Península
Ibérica aparece un tanto «colgada» hacia la izquierda. Esta desfiguración de la
realidad no obedece a ningún error, sino a las indicaciones de la brújula, que
no en balde los portulanos son mapas destinados a seguir las indicaciones de la
aguja: y ya sabemos que la declinación magnética era entonces distinta que
ahora: los portulanos del siglo XIV aparecen más «inclinados» que los del XV, y
estos más que los del XVI. Es este un criterio de gran utilidad para datar la
antigüedad exacta de un mapa náutico, o para descubrir copias o falsificaciones
hechas fuera de tiempo.
Conforme portugueses y españoles —en menor medida ingleses y franceses—
se lanzan a las aventuras del mar en el siglo XV, los portulanos reflejan con
detalle, a veces con admirable precisión técnica, las costas del Mediterráneo,
y las atlánticas de la Península Ibérica, Francia y las Islas Británicas. El
Báltico —tradicionalmente pintado de verde, quizá por su escasa profundidad—
aparece mucho menos preciso, y con menos puertos en sus costas, y la Península
Escandinava está muy groseramente dibujada. Todo ello testimonia cuáles eran
las rutas más frecuentadas por los más cultos navegantes de la época. También,
conforme avanza el siglo XV, se incluye la costa del África Occidental, a veces
hasta el Congo, y con toda clase de detalles. A los portugueses les interesaba
disponer de indicaciones muy precisas sobre las costas que estaban explorando,
y demostraron ser tan buenos dibujantes de portulanos como los mediterráneos.
Apenas hace falta decirlo. A Cristóbal Colón, en orden a la realización
de su gran proyecto, no le servía un portulano. Aquellos mapas estaban
destinados a guiar a los navegantes desde un punto de partida bien definido
hasta un punto de destino también muy definido. Colón podía imaginar el país o
la parte del mundo a la que se dirigía, pero no conocía en absoluto sus
coordenadas, ni siquiera imaginaba el nombre del puerto al que iba a arribar,
si es que esperaba arribar a puerto alguno. Su aventura fue un lanzarse a la
inmensidad del Océano, y, si esta inmensidad tenía fin, ir en demanda de unas
tierras mal definidas en el conocimiento de los europeos. Con todo, sabemos que
en Portugal se ganó la vida como dibujante de portulanos. Siempre fue un
maestro en el arte de elegir los rumbos y en la navegación por estima. No
pensemos por tanto que, por distinto a los demás que fuera su proyecto, sus
conocimientos iban a resultarle inútiles.
Por supuesto, a Colón le hubiera hecho falta un mapamundi. En la Edad
Media se trazaban ya mapas del mundo, que contemplaban sus tres grandes partes:
Europa, Asia y África. El Renacimiento, con el nuevo incremento de las teorías
tolemaicas y de los autores clásicos, más las experiencias de Marco Polo y
otros viajeros, permitió concretar un poco mejor la situación de la India, de
las costas malayas, de la lejanísima China y el todavía más remoto Japón. Con
todo, aquellos mapamundis no le fueron de más utilidad que los portulanos, y
más contribuyeron a desorientarle que a otra cosa. En gran parte, el
descubrimiento de América se debió —si queremos fortuitamente— a los errores de
los geógrafos clásicos y renacentistas. Colón se equivocó, pero, evidentemente,
no fue el único equivocado.
c) Los barcos
Es preciso aludir, para terminar nuestro conocimiento de los medios de la
época, a los instrumentos fundamentales que hicieron posible la navegación, los
navíos. En este sentido, Europa cobró una clara delantera sobre el resto del
mundo en cuanto a la construcción de naves rápidas, ágiles y resistentes. Un
elemento que parece carecer de importancia y fue sin embargo decisivo en la
historia es la quilla, esa especie de columna vertebral de la que
parte todo el costillaje del buque. La quilla es un largo y fuerte listón de
madera que recorre toda la longitud de la embarcación, de proa a popa, justo en
el centro de su obra viva o parte sumergida. Se dice que la quilla nació en el
puerto alemán de Kiel, de donde tomaría su nombre, aunque es cierto que ya las
naves vikingas, por el siglo X, estaban provistas de una sobresaliente quilla,
a la cual debían justamente sus excepcionales cualidades marineras. No hace
falta recurrir a la mecánica vectorial o aludir a los empujes tangenciales para
recordar, simplemente, que la quilla es una pieza fundamentalísima en una barco
de vela, puesto que puede combinarse con la orientación de las velas respecto
del viento para que el buque navegue hacia adelante, sople el aire de popa, de
través, e incluso con viento relativamente contrario. La quilla, y el timón,
que nació más tarde —durante mucho tiempo se usó un remo a popa para gobernar
la dirección— permitieron navegar con casi todos los vientos. Por supuesto, un
barco de vela no puede ir exactamente contra viento, pero puede «ceñir» o
navegar de bolina, haciendo bordadas, en zigzag, un método que a la larga puede
llevar la nave hasta el punto desde que sopla el viento. Cuando los sistemas de
velas, quilla y timón se perfeccionaron, un barco, ya en los tiempos de Colón,
podía navegar en todas direcciones, si bien, apenas es preciso decirlo,
resultaba mil veces preferible marchar con viento de popa, o bien —era casi
igual— de costado. El invento europeo que fue la combinación quilla-timón
cambió la historia. Si Colón pudo buscar por mar las lejanas tierras donde
imperaba el Gran Khan, mientras que el poderoso monarca oriental no pudo soñar
siquiera en llegar a Europa, fue porque los juncos chinos eran navíos de fondo
plano, sin quilla ni timón, y solo podían navegar con viento en popa. El
poderoso Celeste Imperio fracasó por dos veces en su intento de conquistar
Japón, y sus barcos apenas pudieron llegar a Indochina, porque los vientos
contrarios obligaban a escalas interminables. Las comunicaciones con Birmania o
la India se hacían por tierra. Si Europa llegó en la Edad Moderna a ser dueña
del mundo —y hasta a dar la vuelta al mundo— a la quilla y al timón se lo debe.
Al mismo tiempo, entre los siglos XIII y XV se perfeccionaron hasta el
extremo los tipos de barcos. El barco mixto de vela y remos fue característico
del Mediterráneo, desde los tiempos de los fenicios, griegos, cartagineses y
romanos hasta los de los catalanes, levantinos, mallorquines, marselleses,
genoveses, písanos o venecianos. Una de sus formas, la galera, se mantuvo por
su agilidad hasta el siglo XVI. Todavía en Lepanto (1571) lucharon cientos de
galeras. Pero para el transporte de grandes cargas eran precisos barcos de
mayor porte y capacidad, como las fustas, las urcas, las carracas, las naos.
Estos navíos de alto bordo eran absolutamente necesarios en el Atlántico, donde
no siempre era posible la navegación de cabotaje y donde los temporales eran
mucho más violentos y duraderos. En la navegación oceánica se impusieron los
barcos sólidos, altos, impulsados exclusivamente por velas. Los portugueses
consagraron un tipo de barco que habría de hacer historia en la maravillosa
aventura de los descubrimientos: la carabela. Se dice que la carabela es una
versión occidental del carabo árabe, y probablemente es
verdad; también podría interpretarse la palabra en el sentido de un barco cuya
«vela» puede orientarse de «cara» al viento. Lo característico de la carabela
es su velocidad, su agilidad de maniobra, y sobre todo su prodigiosa capacidad
para navegar con toda clase de viento, o para «ceñir» frente a él con mucha
mayor eficacia que cualquier otro tipo de barco. Las carabelas de velas latinas
(triangulares) eran estupendas para ceñir; en cambio, resultaban incómodas para
navegar con el viento en popa; las velas redondas (no eran realmente redondas,
sino cuadradas, pero se llamaban así porque podían girar en redondo sobre el
mástil) resultaban más adecuadas para navegar en popa: no tendremos más remedio
que referirnos a este extremo cuando sigamos a Colón en su primer viaje. Las
carabelas, relativamente pequeñas, con una eslora de 20 a 25 metros y un
desplazamiento de 50 a 80 toneladas, cumplieron un papel fundamental en la
historia de los descubrimientos geográficos, que hubiera sido distinta, y
probablemente más lenta, de no haber podido disponer portugueses y españoles de
barcos de este tipo. De las carabelas colombinas, sabemos que la Pinta era
la más «velera», es decir, la más rápida, según el relato del propio Almirante,
y solía avanzar siempre en cabeza de la pequeña formación. De ella sabemos que
consiguió sortear los más tremendos temporales en el viaje de vuelta, hasta
arribar a Bayona de Galicia. Sin embargo, la Niña, un poco más
pequeña, poseía excepcionales cualidades marineras, hasta el punto de que cruzó
por lo menos seis veces el Atlántico y realizó singladuras extraordinarias. No
obstante, y como ya es bien conocido, Colón viajó en una nao, la Santa
María, en parte porque no encontró una tercera carabela, y en parte también
porque un Almirante debía navegar en una nave más majestuosa. La Santa
María era sólida, como todos los barcos norteños, pero más lenta y
poco ágil, «poco apta para descubrir», según confiesa el propio Colón; navegó
siempre a la zaga de las carabelas, obligando a estas a reducir velamen en
muchos momentos: pero quizá desde entonces se hizo costumbre que la nao
«almiranta» cerrase la formación. La Santa María sería el
primer barco europeo que zozobrase en el Nuevo Mundo.
Sin embargo, aunque el hecho no debe interesarnos demasiado, la historia
de la carabela se acabó con la historia de los descubrimientos. Hacia 1530 ya
no navegarán al Nuevo Mundo más que naos o pesados galeones. Lo que interesaba
no era encontrar nuevas tierras, sino colonizar las descubiertas, llevar
hombres y cargamentos, y las carabelas eran demasiado livianas para esta
misión. Eso sí, cumplieron un casi insustituible protagonismo histórico en la
era de los descubrimientos En su momento no tendremos más remedio que
referirnos otra vez a ellas.
§. Los portugueses
… e vos xulgaredes qual e o mais excelente:
si ser rei do mundo, ou ser desta gente
La orgullosa afirmación de Camoens en el más sonoro de los poemas épicos
del Renacimiento tiene plena razón de ser. La hazaña de los portugueses en el
costeo de África, desde la conquista de Ceuta, en 1415, hasta la llegada de
Vasco de Gama a la India, en 1498, representa casi un siglo de arriesgadas
aventuras marítimas que imponían las inmensas distancias, las dificultades de
abastecimiento, el desconocimiento de las tierras y los mares —hasta no saber
siquiera si África era una barrera entre el Atlántico y el Indico que podía
llegar hasta la Terra Australis Incognita, lo que hoy llamamos la
Antártida— las tormentas, los desiertos, los calores sofocantes, las
interminables calmas ecuatoriales, los enemigos de todas razas y culturas,
hasta alcanzar, en un progreso lento, valeroso y tenaz, su codiciada meta y
cambiar la geografía conocida del mundo y la propia historia universal.
Los motivos de tan prolongado periplo son muchos, y resulta muy difícil
señalar cuál fue más importante, si es que la importancia concedida a esos
motivos no cambió, que lo más probable es que cambiara, a lo largo de ochenta
años. La expansión de Castilla hacia el Sur cortó a los reinos vecinos, Aragón
y Portugal, la oportunidad de proseguir su vocación reconquistadora. Esta
circunstancia, aparentemente una limitación histórica, supuso la extraordinaria
expansión de los reinos de la Corona de Aragón por el Mediterráneo, hasta
destinos antes inimaginados; y la de Portugal hacia la aventura atlántica que
habría de conducir a los lusitanos a su más importante misión histórica. En
esta misión juega un papel fundamental el interés económico: el comercio con
las tierras hasta entonces apenas conocidas de África, la búsqueda de metales
preciosos, de gemas, de especias, de productos desconocidos en Europa, hasta
llegar a las riquísimas tierras de la India y del Extremo Oriente, descritas
por los clásicos, y admiradas desde los relatos de Marco Polo. También influyó
la búsqueda de nuevas islas y pesquerías. No dejó de influir el deseo de
difundir la fe cristiana por países musulmanes —en cierto modo la continuación
de la Reconquista más allá del Estrecho— o el hallazgo del país del Preste
Juan, personaje entre histórico e imaginario, objeto de una de las más bellas
leyendas de la época; o las muchas y atractivas fábulas de la Baja Edad Media:
la isla de las Siete Ciudades, habitada por cristianos (portugueses o castellanos)
huidos de la invasión musulmana, y, a juzgar por lo que se decía, una tierra
feliz y riquísima; o la asombrosa Ofir, o la Antilia (anteísla, o isla situada
en los antípodas), o la tierra de Berzil o Brasil, de la cual se contaban
maravillas, y, por supuesto la casi sobrenatural isla de San Brandán, que había
llevado a este personaje irlandés —por otra parte rigurosamente histórico,
aunque sus viajes hayan sido exagerados al máximo—, una isla situada, a lo que
se creía, muy cerca del Paraíso Terrenal. Cuenta ciertamente, por qué no, la
insaciable curiosidad del hombre que inicia la Edad Moderna, que quiere conocer
nuevas tierras y nuevos mares, y llegar más allá, plus ultra,
venciendo de una vez la limitación simbólica impuesta por las Columnas de
Hércules. Todos estos incentivos, y muchos más, impulsaron a los portugueses,
incluso contra toda esperanza, a seguir su camino hasta el final.
Como queda dicho, el primer paso fue la conquista de Ceuta, en 1415. En
aquella operación participó el infante don Enrique, llamado pronto El
Navegante. La verdad es, que salvo aquella expedición, don Enrique nunca
navegó: se mareaba terriblemente. Pero amaba como nadie las cosas de la mar y
sus misterios, de suerte que se convirtió en el principal impulsor de las
exploraciones portuguesas. Parece que su hermano don Pedro, que viajó por
Europa, le trajo una copia del Libro de las Maravillas de
Marco Polo, así como varios mapas. Estas informaciones no harían más que
aumentar su afición. Don Enrique el Navegante es una de las personalidades más
simpáticas y admirables de su tiempo: realista y soñador a la vez, supo
infundir ánimos en los exploradores de los mares, y participó de todo corazón
en la aventura, siquiera fuese dirigiéndola. Más científico que político, se
rodeó de pilotos, astrónomos, cartógrafos y matemáticos, y con ellos estableció
en Sagres, junto al cabo San Vicente, la más completa escuela de náutica de su
tiempo.
Pasaron los años. No fue hasta 1432-1434 cuando ocurrió el hecho
decisivo. La tradición pretende que uno de los mejores navegantes que
exploraban los costas africanas, Gil Eanes, alcanzó el cabo Bojador, a la
altura del trópico de Cáncer, y allí se detuvo espantado ante una barrera de
aguas hirvientes. Es posible, aunque no seguro, que en el siglo XIV los
hermanos Vivaldi llegaran a latitudes más bajas, pero lo hicieron sin temor
porque carecían de los prejuicios de los humanistas. Sin embargo, en los albores
del Renacimiento, muchos geógrafos habían resucitado las teorías de los
grecolatinos sobre la zona perusta. Tanto griegos como romanos
sabían muy bien que las costas de la orilla sur del Mediterráneo eran mucho más
cálidas que las de la orilla norte. En Egipto hacía mucho más calor que en la
Hélade, y las temperaturas en Nubia eran ya insoportables. Gran parte de Libia
estaba cubierta de un desierto calcinado. Una especie de regla de tres,
perfectamente lógica, pero falsa, hizo creer a Aristóteles, como a Estrabón o
Séneca, que las regiones cercanas al ecuador eran absolutamente inhabitables.
Si había hombres en el hemisferio sur, el hecho no podía comprobarse, y tal vez
no fuera posible hacerlo nunca. La tradición generalizó la idea de que la zona
perusta se extendía entre los trópicos de Cáncer y de Capricornio, y
la temperatura era allí tan elevada, que algunos afirmaban que hasta la mar
hervía.
Algo de esto sabía Gil Eanes por lejanas referencias, y, pese a su
sentido común, se encontró con la sorpresa de que la terrible leyenda era
cierta. Aterrorizado, regresó a Portugal para dar cuenta de la espantable
noticia. Don Enrique, más científico que muchos teóricos de su tiempo, hizo lo
mejor que en un caso semejante puede hacerse con un marino ibérico: llamarle
cobarde. Gil Eanes, en 1434, emprendió de nuevo el costeo de África, decidido
fieramente a perecer en el intento. Llegó de nuevo al cabo Bojador y vio la
barrera de aguas que espumeaban. Sin embargo, la temperatura no era tan cálida
como para eso. La tal barrera podía ser simplemente una restinga de rocas que
prolongaba el cabo varias millas mar adentro. Gil Eanes navegó hacia el Oeste
para alejarse de la costa, y una legua más allá encontró que la barrera blanca
desaparecía. Arrumbó al sur, y se adentró en aguas libres, un mar azul que se
prolongaba indefinidamente delante de su proa, y continuó gozoso su aventura.
Los caminos del mar estaban abiertos. Fue el triunfo de la razón sobre la
superstición, de la curiosidad sobre el temor, del sentido común sobre la
leyenda. No hay inconveniente en admitir que en aquel momento comenzaba la Edad
Moderna.
El camino no era fácil, de todas formas. La costa africana aparecía cada
vez más desierta e inhospitalaria, además de rectilínea, y no era fácil
encontrar provisiones ni puertos abrigados. Y lo peor era el regreso. Era
posible avanzar hacia el sur siguiendo los vientos alisios, pero el camino de
retorno, describiendo continuas bordadas frente a un aire seco, pero fuerte y
destemplado, se hacía interminable, a pesar de la facilidad de las carabelas
para ceñir frente al viento. Con otros barcos, los portugueses probablemente no
hubieran podido coronar su aventura. Con rigor y tenacidad, estudiaron todas
las posibilidades del «tornaviaje», y al cabo del tiempo encontraron que,
navegando mar adentro, era más fácil la maniobra. Era preciso alejarse de la
costa y practicar la navegación de altura, una modalidad a la que hasta
entonces casi nadie se había atrevido (y sin esta experiencia, tal vez Colón
nunca hubiera concebido su genial idea). Navegando lejos de tierra, los
portugueses descubrieron las islas Madeira, y bastante más tarde, un poco por
casualidad, pero con inestimables consecuencias, dieron con el lejano
archipiélago de las Azores. Entre tanto, los castellanos habían llegado a las
Canarias, y poco a poco emprendieron su conquista: los destinos de los dos
pueblos ibéricos se cruzaban. Los portugueses eran más exploradores que
conquistadores. Castilla, con mayor potencial demográfico, decidió siempre
ocupar los territorios descubiertos. Con todo, la conquista de las Canarias fue
lenta y realizada a empujones aislados. No terminaría hasta después del primer
viaje de Colón, aunque las Canarias constituyesen desde el primer momento una
base de fundamental importancia para la aventura del Nuevo Mundo.
También los portugueses progresaban lentamente en el costeo de África,
donde las realidades, al menos de momento, eran mucho menos prometedoras que
las ilusiones. Pero jamás desmayaron en el empeño. En 1442, Nuño Tristâo
llegaba a Río de Oro, en lo que hoy es el Sahara Occidental. Allí no había ni
río ni oro (los nombres con que los exploradores bautizaban sus hallazgos eran
optimistas, para estimular nuevas expediciones); pero sí, por fin, un profundo
entrante de la costa que servía de excelente puerto natural. Tampoco es
descartable que los portugueses tuviesen allí noticias de yacimientos de oro
más allá del desierto. El costeo prosiguió por la actual Mauritania. Los
indígenas se mostraban hostiles, pero los exploradores se mantenían
impertérritos. En 1445 Cerda Mosto alcanzaba Cabo Verde y descubría las islas
del mismo nombre (otra vez nombres falsos: el cabo apenas tiene vegetación, y
las islas ofrecen un aspecto desolado). Sin embargo, a partir de allí, la costa
se presenta algo más amable: se divisan árboles espaciados, y, lo que es más
prometedor, se encuentran algalia y plumas de avestruz. Cuanto más avanzaban
los portugueses hacia el sur, más prodigiosamente se transformaba el paisaje:
la sabana, luego la selva, árboles inmensos y desconocidos, animales que nunca
habían visto: no era cierto que cuanto más se avanza hacia el ecuador más
desierta y desolada se encuentra la tierra, todo lo contrario. Las lluvias eran
frecuentes y los ríos caudalosos. Los habitantes, de raza negra, no eran
belicosos y hostiles como los árabes, se mostraban amistosos y traían a los
expedicionarios todo lo que podían, ¡incluso las primeras pepitas de oro!, a
cambio de cualquier otra cosa que los portugueses pudieran ofrecerles. Las
esperanzas comenzaban a convertirse en promesas. En 1448 fundaron los
portugueses su primer establecimiento permanente, Arguim. Y hacia 1460
alcanzaron Sierra Leona, donde la costa tuerce al Oeste: ¡parecía abierto el
camino de la India! No solo esto, sino que los indígenas les traían colmillos
de elefantes (de ahí el nombre de Costa de Marfil), y una cantidad creciente de
oro. En 1469, Alfonso V de Portugal concedió a Fernando Gomes la exclusiva de
la exploración de la costa africana, con el encargo de avanzar cien leguas por
año, en un plazo de cinco años. Así, en 1471, Gomes llegó a Costa de Oro (hoy
Ghana). No había oro en aquella costa, pero esta vez el nombre no era del todo
engañoso: los africanos traían más oro que nunca, aunque los portugueses no
llegaron a saber exactamente dónde lo recogían. En realidad habían estado más
cerca de los yacimientos años antes, cuando costearon la zona de Senegal y
Guinea Bissau; pero era más fácil transportarlo por río (el Volta, el Níger y
sus afluentes) hacia la costa sur.
Los portugueses habían encontrado un maravilloso filón, y nunca mejor
empleada esta palabra, y, por su parte, los naturales estaban encantados con el
trueque. Hoy nos parece inmoral cambiar oro por cascabeles, espejos o gorros
colorados; pero todo depende del valor que cada cultura conceda a las cosas. La
verdad es que el oro es un metal muy poco útil: ni siquiera es blanco como la
plata, se parte con facilidad, no sirve para fabricar armas ni instrumentos de
ninguna clase. Su única cualidad está en que no se oxida, y por tanto conserva
su brillo por tiempo indefinido: sin duda por este hecho pasó a ser, en las
culturas orientales, un símbolo del valor que nunca se altera, y por tanto un
bien permanentemente intercambiable. Este sentido de apreciación, que tal vez
no deja de encerrar un prejuicio, le convirtió en un metal «precioso», y los
europeos —desde los tiempos de Grecia y Roma— aceptaron este mismo esquema de
valores. Para los negros, en cambio, ver su propia cara en un espejo por
primera vez en su vida era un privilegio impagable. Cada parte creía salir
ganando con el cambio. Y en cierto modo era así.
La guerra de sucesión por el trono de Castilla, en que se embarcó
Alfonso V —y en ella perdió el tiempo y el dinero— supuso una sensible
desaceleración en la empresa africana. Con todo, en 1481, los portugueses
fundaban San Jorge de la Mina (en la actual Ghana), que muy pronto iba a
convertirse en el más importante de sus asentamientos. Tampoco allí había
minas, pero era el lugar en que los naturales traían mayor cantidad de oro. Y
este oro africano cambió la historia del mundo. Pronto el rey de Portugal pudo
acuñar sus preciosos cruzados de oro. Luego el metal amarillo llegó a Francia,
los Países Bajos, Alemania. Con él se comerciaba en las famosas ferias de Lyon
o de Augsburgo. Sin duda tiene razón Pierre Vilar cuando afirma que entonces el
oro representaba mucho más que una concupiscencia. El Renacimiento estaba
llegando a su máximo esplendor. El patriciado urbano, en Flandes, en Alemania,
en el norte de Italia, se había convertido en una clase poderosa, capaz de
medir sus fuerzas con los antiguos nobles. Se habían desarrollado la industria,
la tecnología, el comercio, la navegación, los instrumentos de crédito, la
cultura, la imprenta: el mundo europeo estaba llegando a una época esplendorosa
de increíble vitalidad. Solo faltaba una cosa: el metal precioso. Aumentaba la
producción y la calidad de los artículos producidos, pero escaseaba el bien
multilateral capaz de ser intercambiado por cualquiera de ellos. Europa se
lanzó a una desesperada búsqueda del metal precioso. Los turcos habían
bloqueado los caminos de Oriente. Y sin metal acuñable todo aquel esplendor
podía venirse abajo. Los Függer, banqueros de Augsburgo, encontraron minas de
plata en Schwatz, en el Tirol, y comenzaron a explotarlas. Fue un respiro, pero
no suficiente. El oro africano fue otra inyección decisiva. Mucho más decisiva
sería después (aunque Colón, que buscaba el Extremo Oriente, apenas pudo
adivinarlo) la fabulosa aportación del metal precioso americano.
Hasta entonces, el oro había llegado con cuentagotas al Norte de África,
en interminables caravanas que lo transportaban desde el Malí y el alto Volta.
Tombuctú, en el codo del Níger, entre la selva y el desierto, se convirtió en
una ciudad fabulosa, de donde partían aquellas doradas caravanas. La costa sur
del Mediterráneo se aprovechó de la afluencia del metal precioso, mucho más que
la costa norte, ocupada por los cristianos, para quienes la adquisición del oro
se encarecía considerablemente. Solo en España, el musulmán reino de Granada se
aprovechó del tráfico e intercambiaba sus productos, especialmente la finísima
seda de los telares de la vega granadina, por el metal amarillo. Parece
probable —aunque nunca se ha concedido importancia al hecho— que el factor
económico haya jugado un papel primordial en la preservación del reino de
Granada durante dos siglos. Los castellanos habían conquistado Andalucía
occidental, pero no hicieron grandes esfuerzos por continuar su obra secular en
la zona del reino nazarí. Más exactamente: de vez en cuando amenazaban a
Granada, y sobre todo al comienzo de cada reinado el monarca castellano
realizaba una entrada en el territorio, en ademán de continuar el proceso de la
Reconquista. Los granadinos compraban la paz por medio de un fuerte tributo
económico, las «parias», que se renovaban una y otra vez. El oro africano
llegaba así a Castilla, y no es despreciable la idea de que el hecho haya
contribuido a su prosperidad a fines del siglo XIV y hasta la mitad del XV.
Granada se había convertido en la gallina de oro, y no resultaba conveniente
acabar con ella. Ahora bien: desde 1460, y sobre todo a partir de 1480, las
caravanas que atravesaban el Sahara cargadas de metal aurífero comenzaron a
disminuir. Para los africanos era mucho más rentable enviarlo por los ríos a
San Jorge de la Mina y otros asentamientos donde ya estaban establecidos los
portugueses. El camino del Sahara era dificilísimo, y además enriquecía a
otros. Tombuctú perdió su esplendor, y Granada vio disminuidos drásticamente
los aportes de oro. Cuando los Reyes Católicos exigieron a Abulhassan el pago
de las parias acostumbradas, el sultán granadino respondió con una bravata que
en el fondo hacía de la necesidad virtud: «en las forjas de Granada ya no se
labra oro ni plata, sino hierro para utilizarlo contra sus enemigos». Y era
verdad: Granada ya apenas recibía oro. Cuando los Reyes Católicos, terminada la
guerra de Sucesión y las primeras y más urgentes reformas de sus reinos,
emprendieron la guerra de Granada y finalizaron la secular obra de la
Reconquista, obraron con absoluta coherencia: se comieron la gallina.
Entretanto los portugueses prosiguieron su aventura. En 1472, Fernando
Póo descubrió el delta de Níger, y en una incursión audaz alcanzó la isla que
durante siglos llevó su nombre —hoy Malabo—, ya en la línea ecuatorial. Justo
entonces llegó la desilusión. Los exploradores, convencidos de que estaban ya
camino del Océano Índico, descubrieron que, pasado el golfo de Guinea, la costa
torcía de nuevo en dirección sur. Después de todo, era posible, como opinaban
muchos geógrafos, que una barrera infranqueable se interpusiera entre el
Atlántico y el Indico. El oro africano había compensado en parte sus esfuerzos,
pero el sueño de alcanzar la India tenía un atractivo invencible: pensando en
la India, en sus maravillas, sus leyendas y sus riquezas, habían luchado
durante medio siglo contra la mar, los vientos y los hombres. ¿Sería el suyo un
sueño imposible? Pero el nuevo monarca, Juan II, era un hombre inasequible al
desaliento. Mejoró los medios, contrató a los mejores navegantes y creó la
Xunta dos Mathemáticos para conferir un carácter más científico a las
exploraciones. Un instinto especial decía a los portugueses que África
terminaba en alguna parte, y se reanudó con más ímpetu que nunca la aventura
del mar. Preciosos portulanos dejaron cientos de nombres jalonando toda la
costa africana. Es curioso observar desde este momento un cambio fundamental en
la toponimia, en que creemos no se ha reparado nunca. Hasta entonces
encontramos en los mapas nombres como Cabo Verde, Angra dos Cavallos, Ilha das
Garças, Terra Fermosa. A partir de aquí notamos Terra de Fernando Póo, Costa de
Rodrigo Nunes, Río de Gonçalvo, Río de Gil: algo ha cambiado en la mentalidad
de los exploradores. Hemos llegado al pleno Renacimiento, y ahora se busca no
solo la riqueza o la recompensa, sino la perpetuación de la hazaña: esa
«tercera vida», distinta a la de este mundo y también a la del más allá, que es
la fama que atraviesa los siglos. Y en un impulso en verdad admirable, pese a
todos los obstáculos —incluyendo la eterna costa hacia el sur y la desaparición
de la estrella Polar bajo el horizonte—, la exploración se aceleró. En 1484,
Diego Cao descubrió el río Zaire y llegó hasta Cabo Negro. Y en un salto que
permite pasar en muy pocos años de África central al extremo sur del
continente, en 1487, en una famosa y bien organizada expedición, dotada ya con
los mejores instrumentos náuticos, Bartolomeu Dias conseguía doblar la punta
austral de África, que él llamó Cabo de las Tormentas, y que Juan II hizo
bautizar enseguida como Cabo de Buena Esperanza. El camino de la India quedaba
abierto definitivamente. Justo por entonces, apareció en escena un hombre entre
estrafalario y genial, que decía haber encontrado un camino mejor.
Capítulo 2
La génesis del proyecto colombino
Contenido:
§. Los «indicios»
§. ¿Un predescubridor?
§. Toscanelli
§. El supuesto mapa de Colón
§. Las gestiones en Portugal
§. Colón en España
§. ¿Qué pretendía descubrir Colón?
§. Los preparativos
§. El Diario de Colón
A partir de 1476, en que Cristóbal Colón llegó a Portugal en
circunstancias dramáticas, es posible reconstruir con cierto detalle el curso
de su vida, aun cuando muchos aspectos de su personalidad, sus ideas y sus
planes sigan encerrando un misterio nada fácil de desentrañar. Es de suponer
que hubiera sobrevivido al naufragio de su barco sin absolutamente nada en el
bolsillo, pero Colón era hombre hábil, con una facilidad prodigiosa para
granjearse ayudas, y muy poco después le encontramos en Lisboa, convertido en
un prestigioso navegante atlántico, y vendiendo mapas náuticos, en cuyo diseño
era extraordinariamente hábil. Es de suponer que los detalles de las costas
atlánticas, especialmente de las africanas, los tomara de los portugueses.
Pronto hizo venir desde Italia a su hermano Bartolomé, que era mejor dibujante
que él (por supuesto, no tan buen cartógrafo), y parece que los dos hermanos
trabajaban juntos. También Cristóbal dibujaba con soltura y excelente dominio
de los colores. Por desgracia, no conservamos ningún mapa elaborado por él
(como no sea, a lo sumo, un dibujo esquemático de la isla Española), pero si es
autor del mapa hoy conservado en la Biblioteca Nacional de Francia
(necesariamente anterior, aunque tal vez no por muchos años, a 1492), que el
almirante La Roncière le atribuye, preciso es reconocer que fue tan buen
artista como dibujante que como cartógrafo. También es verdad que reparando en
muchas de las apostillas o notas al margen, que hoy se pueden leer en los
libros consultados por Colón —especialmente en la Imago Mundi de
Pedro de Ailly, y en la Historia Rerum ubique gestarum de
Eneas Silvio Piccolomini—, hoy en la Biblioteca Colombina de Sevilla, muchas de
estas notas están indicadas por el dibujo de una mano que señala el párrafo que
se quiere destacar: no solo la mano, sino especialmente el puño de encaje que
adorna la muñeca aparecen dibujados con una delicadeza sorprendente: son obra
de un artista.
Con todo, Colón no se limitó a ganarse la vida como cartógrafo, sino que
muy pronto se lanzó a la navegación de altura. En una carta posterior a los
Reyes Católicos, data en 1477 —o sea solo un año después de haber arribado a
Portugal— un viaje a Galway, en Irlanda, que luego prolongó nada menos que
hasta la lejanísima Islandia (Thule), que el navegante genovés sitúa a 73
grados Norte, y no a 63 «como algunos dicen». La verdad es que Islandia se
encuentra a 63º. Colón siempre tiende a exagerar la lejanía de las tierras a
dónde llega: un hecho que no disminuye el valor de su hazaña, tan temprana y
tan estimable, apenas avezado a los rigores del Atlántico Norte. Por cierto que
en Galway según propia declaración —escrita en una de sus apostillas— se
encontró con algo sensacional: «hombres de Catay [China] vinieron hacia el
este. Nosotros vimos muchas cosas notables, y especialmente en Galuei, en
Irlanda: un hombre y una mujer en unos maderos arrastrados por la tempestad de
modo admirable». No existe ninguna otra noticia de esta aparición de navegantes
exóticos. De ser cierta, pudieron ser indios americanos, tal vez esquimales
—groenlandeses, si se quiere americanos, al fin y al cabo— o bien podían
proceder de algún lugar del norte de Europa. Resulta difícil admitir la inmensa
casualidad de que estos náufragos llegaran a Galway precisamente durante la
escala de Colón en aquel puerto. Lo más probable es que el navegante genovés
hubiera debido escribir, en lugar de «vimos», «hemos oído decir». Tal vez se
trate de una lejana leyenda más o menos desfigurada. Tampoco es fácil suponer
que aquellos supuestos americanos —ya que en modo alguno cabe imaginar
japoneses u orientales de cualquier otro país— hubiesen arribado «en unos
maderos». ¿Tal vez en una canoa, milagrosamente superviviente después de una
travesía del Atlántico? Todo es posible, aunque ni siquiera probable. Tengamos
en cuenta que el monje San Brandán, protagonista de audaces navegaciones —en su
mayor parte leyendas— había vivido en un monasterio cercano a Galway. Leyendas
parecidas podían conservarse en Irlanda.
Por el contrario, que hombres del Norte habían llegado a tierras del
Nuevo Mundo mucho antes de los viajes de Colón es un hecho tan conocido que
apenas es necesario referirse a él en este punto. Por de pronto, los vikingos.
Erico el Rojo, en el siglo X, descubrió Groenlandia («tierra verde», un nombre
probablemente propagandístico, si bien es cierto que aquel siglo parece haber
registrado las temperaturas más altas de la era cristiana), y su hijo Leif
Eriksson llegó a Terranova y muy probablemente a la península de Labrador, en
el continente americano, una tierra a la que se denominó Vinland, «tierra del
vino», otra denominación atrayente y por supuesto falsa. Muchos restos tenidos
por vikingos en lo que hoy son Estados Unidos se han demostrado ser falsos (y
nada digamos del famoso mapa de Yale, descubierto por el profesor Skelton en
1965, al que los americanos dieron una extraordinaria publicidad hasta que en
1974 se comprobó que se trataba de una falsificación). Pero aunque es muy
probable que tanto Leif Eriksson como Thorfin Karlsefni hayan estado en
territorios americanos, aquellas audaces navegaciones no tuvieron continuidad
histórica, y pronto, por la dificultad de llegar a tan lejanas tierras, o por
la hostilidad de los «skraelinger» (¿esquimales, indios?), los viajes fueron
suspendidos. De hecho, no tuvieron repercusión en la historia universal, como
la tuvieron los de Colón.
Probablemente los vikingos no fueron los únicos europeos que llegaron a
América en la Edad Media. Los pescadores gallegos, vascos y probablemente
portugueses que por los siglos XIV y XV se adentraban en el Atlántico en busca
de buenas capturas, hablaban de la «terra de bacallaos», tierra que no cabe
identificar más que con Terranova. Lo que ocurre es que aquellos pescadores
pudieron abordar más de una vez aquellas costas para hacer aguada o buscar
provisiones, pero les interesaban mucho más los bacalaos que la «tierra», a la
que no parece que hubieran concedido mayor importancia. Sin embargo, es posible
que Colón haya oído hablar de alguna de aquellas navegaciones. Por lo menos
Bartolomé de Las Casas, que conoció a Diego Colón, y de él parece haber recibido
muchos documentos del Almirante, nos cuenta que «un marinero que se llamó Pedro
de Velasco, gallego, dijo a Cristóbal Colón que yendo aquel viaje de Irlanda
fueron navegando y metiéndose tanto al noroeste, que vieron tierra», una tierra
desconocida. Tampoco sabemos si esta versión es rigurosamente cierta, por más
que se nos facilite el nombre del navegante. ¿Será este navegante el famoso
«protonauta» que habría llegado a una tierra al otro lado del Atlántico y
habría transmitido a Colón su descubrimiento? No parece probable, por cuanto
Colón, una vez concebida su idea quiso seguir otro camino. Jamás parece
habérsele pasado por las mientes el proyecto de atravesar el Atlántico Norte o
explorar al Oeste de Irlanda. Con todo, si la noticia es cierta o cuando menos
aproximada, puede haber influido en su ánimo, o pudo haberle hecho concebir el
propósito de atravesar el Océano en demanda de tierras nuevas.
Sin embargo, todo parece indicar que la mayor parte de las navegaciones
de Colón se efectuaron por la ruta de los portugueses, es, decir, costeando
África por el Sur. Al fin y al cabo, fue durante nueve años «un marino
portugués», y francamente distinguido, por cierto. Colón tuvo una
predisposición especial para relacionarse con personas importantes, y a los
pocos años de su presencia portuguesa casó con doña Felipa Moniz de
Perestrello, hija del gobernador de las Madeira. Perestrello había muerto antes
de este matrimonio, y no sabemos si Cristóbal llegó a tener contacto con él. Sí
es evidente que la unión familiar le puso en relación con altas instancias del
mundo de la navegación y de las decisiones políticas de seguir adelante por el
camino de África hacia la India. Sabemos que Colón participó en una misión
encomendada al astrónomo Josef Vizinho, a quien Juan II encargó medir
exactamente la latitud geográfica de los distintos puntos en que se iban
estableciendo los portugueses. El propio genovés declara haber participado por
lo menos en una de las mediciones de Vizinho, como ayudante o colaborador suyo
en la Isla de los Ídolos, que hoy se identifica con la isla Sherbro, cerca de
las costas de Sierra Leona. La fecha elegida, un 11 de junio, entonces correspondiente
al solsticio del verano boreal, parece indicar que se valieron de la altura del
sol a mediodía. La latitud calculada fue de cinco grados y algunos minutos.
Colón presume de haber realizado esta operación para demostrar su pericia en
las medidas con el astrolabio, aunque luego, en su primer viaje, cometería
grandes errores, tal vez con otro tipo de instrumento. La verdad es que no
conocemos la capacidad inicial de Colón como calculista. Más tarde, llegaría a
ser un maestro extraordinario.
Otro viaje realizó por la costa africana, que le llevó hasta el fuerte
de San Jorge de la Mina, el riquísimo establecimiento en que los portugueses
conseguían las mayores aportaciones de oro. Probablemente, fue la ocasión en
que llegó más al sur, no lejos ya del golfo de Guinea: aunque Colón asegura, y
se equivoca o presume de lo que no es, que el castillo de la Mina se encuentra
al sur del ecuador, es decir, en el hemisferio austral. ¡Siempre pretende haber
llegado más lejos de lo que realmente llega! Esta costumbre no le abandonará
nunca. Cristóbal Colón, que había comenzado su vida marinera como navegante del
Mediterráneo, se convirtió en pocos años en un marino experimentado en las
expediciones atlánticas más audaces que se estaban realizando en su tiempo.
Haber navegado de Islandia al golfo de Guinea era una experiencia de la que no
todos podían presumir. No cabe duda, y el hecho queda patente a partir de su
primer viaje transatlántico, que fue un marino dotado de unas condiciones y una
intuición extraordinaria para la navegación de altura. Por discutida que haya
sido su personalidad, nadie puso en duda jamás sus cualidades excepcionales,
como navegante. Estaba preparado como pocos para aventuras todavía más
arriesgadas.
§. Los «indicios»
Es realmente imposible averiguar cuándo concibió Colón su gran proyecto. Tal
vez fue prendiendo en su alma poco a poco, conforme aumentaban sus sospechas de
la existencia de tierras a Occidente. Hernando Colón, en su Historia
del Almirante —escrita solo por él o con ayuda, que eso se discute—
trata de razonar los motivos que condujeron al proyecto descubridor: «llegando
a decir las causas que movieron al Almirante al descubrimiento de las Indias,
digo que fueron tres: fundamentos naturales, la autoridad de los escritores y
los indicios de los navegantes». La lógica de esta enumeración parece
irreprochable, y hasta es posible que Hernando Colón, que conoció las tesis de
su padre no solo después de que este hubiera descubierto las Indias, sino de
que se hubiera convertido en un erudito, estuviera convencido de que fueron
esas tres las causas que le movieron a su primer viaje, y de acuerdo justamente
con el orden citado. Hoy es preciso alterar cuando menos ese orden. Pero
siempre cabe empezar por los «fundamentos naturales». Ya queda indicado que
Colón en absoluto descubrió la esfericidad de la Tierra: esta verdad era
comúnmente admitida desde el siglo XIII, y la habían teorizado muy bien los
clásicos. Los mapamundis medievales y prerrenacentistas representaban con la
mayor fidelidad las tierras conocidas, siquiera fuese de referencias, y los
tres grandes continentes: Europa, Asia y África. Esta última aparecía dibujada
solo en su parte norte, ya que el sur era desconocido, y ni siquiera se sabía
si se soldaba a la Terra Australis Incognita, que Estrabón
consideraba necesaria para contrapesar a las tierras septentrionales; pero esa
tierra, si existía, se hallaría muy al sur, y constituiría más un obstáculo que
un atractivo, no intuyéndose más continentes al oeste de Europa o al este de
Asia. Ahora bien: la tierra es redonda. Se representaba inevitablemente sobre
un plano, pues era preciso dibujarla en un papel, en un pergamino o en una
vitela, o piel de becerro fina y suave: la primera idea de dibujarla sobre una
esfera es de Martín Behaim, que trazó su famoso globo casi al mismo tiempo que
los viajes de Colón (quien no llegó a tener conocimiento de aquel globo). Pues
bien: la tierra representada en el extremo occidental o izquierdo de los mapas
es la Península Ibérica; a lo sumo, en los últimos tiempos, las Canarias y las
Azores. Y la tierra representada en el extremo derecho u oriental es la Sérica,
o Catay (China), y a lo sumo, Cipango o Japón. No hay nada más a la derecha o a
la izquierda. Comoquiera que la Tierra es redonda, podemos curvar el mapa hasta
darle la forma de un cilindro: la Península Ibérica quedará muy cerca de China
y Japón, con un reducido trozo de mar (el Atlántico) por medio.
La idea de que se podía llegar desde las costas occidentales de Europa
hasta Extremo Oriente navegando por el Atlántico es en realidad muy antigua.
Aristóteles, en el libro segundo de su tratado Del Cielo y de la Tierra,
después de demostrar convincentemente que nuestro mundo es esférico, añade que
por tanto se puede navegar desde las Columnas de Hércules hasta las tierras de
Oriente «en pocos días». Resulta así que la genial idea de Colón se le ocurrió
a Aristóteles dieciocho siglos antes. Averroes, que introdujo a Aristóteles en
la Europa medieval (y a quien alude Colón llamándole Abenruiz), repite casi las
mismas palabras. Y Séneca debía estar pensando en el aserto del griego cuando
observaba en sus Naturalia Quaestionum: «en realidad, ¿qué
distancia hay entre las playas extremas de Hispania y de la India? Poquísimos
días de navegación, si sopla para la nave un viento favorable». Aristóteles,
Séneca, Averroes, se adelantan a la idea de Colón, y al mismo tiempo incurren en
el mismo error que él: creer que la distancia de las costas europeas a las del
Extremo Oriente, navegando por el Gran Océano es muy corta. Ni la idea de Colón
es de Colón, ni el error de cálculo de Colón es suyo: cayó en él porque leyó a
los clásicos, o, más bien, como hoy se cree, porque se lo oyó decir a otros que
los habían leído. Lo asombroso no es que al descubridor (inintencionado) de
América se le hubiera ocurrido llevar a cabo aquel proyecto, sino que no se le
hubiera ocurrido a nadie antes. No hay más remedio que suponer, si necesitamos
dar una explicación a esta aparente inconsecuencia, que el mundo de los
científicos estaba entonces mucho menos relacionado con el de los navegantes de
lo que hoy podemos suponer. Lo que creían saber los cosmógrafos no era lo que
creían saber —y a veces sabían con más conocimiento empírico—, los conocedores
de la mar. Con todo, la pregunta que acabamos de formular sigue siendo válida.
Ahora bien: toda la teoría de que nuestro navegante concibió su aventura
porque conocía a los clásicos o a los renacentistas se nos ha venido en gran
parte abajo en los últimos años, o cuando menos ofrece serias dudas. Don
Cristóbal, es cierto, llegó a ser con el tiempo un erudito o un semierudito,
pero, a lo que parece, alcanzó esa condición después de haber
descubierto América. Los estudios realizados por Juan Gil sobre las famosas
apostillas de Cristóbal Colón (algunas parecen incluso de su hijo Hernando)
demuestran que estas notas están tomadas a partir de 1496, es decir, con
posterioridad al segundo viaje. Es más, todos los libros que hoy se conservan
en la Biblioteca Colombina ¡fueron comprados cuando su propietario ya había
estado en el Nuevo Mundo! Colón no se ilustró para descubrir
América, sino que, creyendo haber llegado a las Indias (Extremo Oriente) y
contradicho por los españoles que le rodeaban, incluso por algunos de sus
amigos, como Juan de la Cosa o Andrés Bernáldez, adquirió todos los libros que
pudieran demostrar sus pretensiones. Esto supuesto, se debilitan muchas de
nuestras hipótesis sobre cómo concibió Colón su idea de atravesar el Atlántico.
Cabe suponer, y todo apunta en esa dirección, que Cristóbal Colón fue un hombre
curioso, que deseaba «saber los secretos de este mundo», como escribió en una
ocasión. Pero, a lo que parece, y aunque nunca fue del todo un ignorante, la
mayor parte de sus conocimientos cosmológicos fueron adquiridos en una época
relativamente tardía. ¿Cómo llegó entonces a concebir su idea? ¿Por pura
intuición? ¿O bien por obra de los indicios de que ahora vamos
a ocuparnos? Existe una tercera explicación, y esa explicación se llama
Toscanelli. Vamos de momento con los indicios.
Recordemos que fue muy pronto, apenas llegado a Portugal, cuando nuestro
hombre realizó su viaje a Irlanda, y allí tuvo, de una manera u otra, las más
sensacionales revelaciones. Lo que para otros no dejaba de ser quizás una
curiosa leyenda, tuvo para Cristóbal una sugestión infinita. También, según Las
Casas, el futuro descubridor tuvo noticia de que la mar había arrojado a las
playas de la Isla Flores, una de las más alejadas de las Azores, «dos cuerpos
de hombres muertos, que parecían tener las caras muy anchas, y de otro gesto
que tienen los cristianos». (Evidentemente, Fray Bartolomé conocía muy bien las
caras de los indios, y parece que las está describiendo). No sabemos si esta
noticia tiene conexión alguna con la anterior o si fue con motivo de su viaje
al norte, o en otra ocasión, cuando oyó hablar al gallego Pedro de Velasco de
una gran tierra situada muy lejos, al oeste de Irlanda. Pero también en sus
expediciones al sur oyó hablar de islas y tierras situadas más hacia Occidente.
Estaban la riquísima isla de las Siete Ciudades, la no menos maravillosa de San
Brandán, la Antilia, el Berzil, hasta la isla de las Sirenas. Es más: muchos,
en Madeira o en las Canarias, aseguraban ver tierras hacia el oeste. Se trataba
muy probablemente de espejismos, frecuentes en las regiones del trópico. Estas
islas aparecían cualquier día en lontananza, y luego se esfumaban de la vista
inexplicablemente. El mismo Almirante, en su primer viaje, recoge la versión de
que los vecinos de la isla de Hierro «cada año veían tierra al oeste… y otros
tantos de la Gomera afirmaban lo mismo con juramento». La leyenda de las islas
fantasmas duró mucho tiempo, hasta el punto de que en 1721 el capitán general
de Canarias organizó una expedición para encontrarlas. Y nada menos que el 10
de agosto de 1958 la prensa española dio la noticia de una isla que se divisaba
claramente al oeste de La Gomera, y hasta el diario ABC publicó
una fotografía de ella. Nadie duda hoy de que se trataba y se trata de
espejismos, puro efecto óptico; pero en el siglo XV aquellas apariciones tenían
que despertar una sugerencia muy superior a la que es hoy imaginable, y
alimentar la credulidad de las gentes, que habían convertido las islas en una
realidad tan palpable que hasta estaban dispuestas a apostar jurando por su
existencia. No faltaba tampoco entonces una hipótesis racional, aunque absurda:
aquellos objetos que aparecían y desaparecían en el horizonte eran realmente
islas, pero islas flotantes, que variaban de ubicación, y solo de
vez en cuando se hacían visibles en determinado lugar. La leyenda de las islas
flotantes se mantuvo por mucho tiempo.
No menos sugestivas eran las noticias de objetos que aparecían en la
mar, arrastrados por la corriente, y procedentes, al parecer, de tierras y
civilizaciones desconocidas, ya que no se trataba de objetos usuales. La
misma Historia del Almirante recoge la versión del piloto
portugués Martín Vicente, que encontró a 450 leguas [probablemente se refiere a
millas] al oeste del cabo San Vicente «un madero ingeniosamente labrado y no
con hierro». Un palo labrado del mismo tipo fue encontrado en Madeira por Pedro
Correa, cuñado de Colón. Es prácticamente imposible que objetos fabricados por
indios americanos puedan llegar a una zona de vientos constantes de componente
Este… a no ser que supongamos un largo rodeo más arriba de las Azores. Más probable
es que se trate de objetos africanos, aunque tampoco resulte fácil la
explicación. Más bien pudo tratarse de toscos restos europeos, más o menos
desfigurados por la mar. Pero como eran hallados más al Oeste de las islas
conocidas, su carácter de «indicios» procedentes de la otra orilla del Océano
resultaba sumamente sugestivo. Muchas personas vieron o tuvieron noticia de
estos «indicios», y, sin embargo, solamente una quiso comprobar sus orígenes.
Una vez más nos tropezamos con el interrogante de cómo es posible que, con
tales motivos de sospecha, la idea del viaje de Colón no se le hubiera ocurrido
antes —al menos que nosotros sepamos— a otro navegante cualquiera. Hay que
tener en cuenta, por otra parte también, como advierte Fernández Armesto, que
el proyecto de un descubrimiento «práctico», es decir, acompañado del derecho
de ocupación y beneficio de islas muy ricas y probablemente habitadas, tenía
que apoyarse en la concesión de un señor muy poderoso, y Colón tenía una
facilidad muy grande para procurarse ayudas oficiales. Otros marinos más
modestos o con menos capacidad de gestión no la tenían. Lo cierto es también
que al futuro Almirante, siempre fino observador, no se le escapaban estas
cosas, y tomó nota de ellas con más interés que muchos de sus contemporáneos.
Quizá tenga razón Fernández de Enciso cuando en 1559 escribe que el descubridor
no se inspiró tanto en Ptolomeo, Plinio, Estrabón o Marino de Tiro «como en la
experiencia de nuestros tiempos, que es madre de todas las cosas». El salto que
dio respecto de la mayoría de sus contemporáneos no fue la intuición de «islas»
lejanas en el Atlántico, sino el deseo concreto de ir a ellas.
§. ¿Un predescubridor?
La hipótesis de los «indicios» como clave del Descubrimiento cobra un nuevo y
sensacional cariz cuando se abre paso una de las más fascinantes teorías sobre
la cuestión: Colón no habría sido el descubridor del Nuevo Mundo, sino que
habría seguido las huellas de otro. Por extraño que parezca, la teoría es casi
tan antigua como el propio Descubrimiento. Comenzó a circular por la isla
Española a fines del siglo XV, en boca de personas que decían haber oído la
versión del propio Colón o de un confidente suyo. La recogen los primeros
historiadores de Indias, entre ellos Bartolomé de Las Casas, López de Gómara,
Fernández de Oviedo, y hasta un cronista mestizo, el Inca Garcilaso de la Vega.
El rumor era lo suficientemente sensacional como para que se difundiera por
todas partes. Lo calla, naturalmente, la Historia del Almirante,
que en nada quiere disminuir los méritos de la iniciativa del descubridor. La
versión varía ligeramente de un autor a otro, pero en sus líneas generales es
la misma. De acuerdo con esa versión, una carabela que (según Fernández de
Oviedo) iba de España a Inglaterra, fue desviada por las tempestades hacia el
oeste. Después de muchos días de avatares y peligros, los navegantes llegaron a
una tierra lejana y exótica, llena de riquezas, entre las que se contaban
metales preciosos. Al cabo, los descubridores decidieron regresar a su patria.
La navegación fue tan penosa e interminable por culpa de los vientos
contrarios, que pereció la mayor parte de la tripulación. Unos pocos
supervivientes consiguieron llegar en lamentables condiciones a la isla de
Porto Santo, en las Madeira, donde acabaron muriendo a pesar de las atenciones
que les prestó el gobernador, suegro de Colón, o más probablemente, el futuro
Almirante.
Este habría hablado con el piloto, «el cual —esto lo cuenta Las Casas—
en reconocimiento de la amistad vieja o de aquellas buenas y caritativas obras,
viendo que se quería morir [que se iba a morir], descubrió a Colón todo lo que
les había acontecido, y el paraje donde esta isla [la Española] dejaba o había
hallado, todo lo cual traía por escrito». El Inca Garcilaso llega a dar su
nombre: Alonso Sánchez de Huelva. Nada ha podido saberse, sin embargo, de este
piloto. Los cronistas recogen la versión, porque resulta enormemente sugestiva,
pero con la prudencia del historiador tienen buen cuidado a la hora de darla
por cierta. «Que esto pasara así o no —advierte Fernández de Oviedo— ninguno de
verdad lo puede afirmar, pero aquesta novela así anda por el mundo». Oviedo no
habla de «novela» en sentido despectivo, sino de historia contada o leyenda.
Una leyenda lo suficientemente atractiva como para haber interesado a multitud
de curiosos de la historia. Más tarde, conforme las investigaciones fueron
haciéndose más rigurosas, la «novela» ha ido perdiendo visos de verosimilitud.
Vignaud y Morison han hecho ver la imposibilidad de que una «tempestad» pueda
arrastrar un navío de la ruta España-Inglaterra hasta América. Todas las
tempestades de larga duración se registran con vientos del oeste. Hubieran
podido arrastrar navíos desde la zona de las Antillas, primero por obra de
ciclones, luego de borrascas, hasta las costas europeas, nunca al contrario.
¿Que la historia es absolutamente falsa? No necesariamente. Lo único que
puede explicarla sin un exceso de inverosimilitud es un cambio de escenario. El
barco no se dirigiría a Inglaterra, sino que habría ido por la ruta de los
portugueses hacia el Sur, tal vez introduciéndose mar adentro para evitar
compañías desagradables (los portugueses prohibían a los españoles aquella
ruta). Una vez en el «callejón de los alisios» donde los vientos pueden soplar
muy fuertes, aun sin llegar nunca a un verdadero temporal, el barco pudo ser
arrastrado contra su voluntad hasta muy al Este: o bien buscaba explorar el
Océano en busca de nuevas islas. Tal vez se trataba de un navío de «velas
redondas», bueno para navegar en popa, pero con dificultades para ceñir. Y así
habría llegado, pretendidamente o no, a una lejana isla llena de sorprendentes
riquezas. Lo difícil pudo ser, como ya advierte Oviedo, el regreso, si el
piloto no fue capaz de encontrar la «vuelta de poniente», más al norte, en la
zona de los vientos variables. El mismo Colón, que supo dar con ella muy
hábilmente al regreso de su primer viaje, estuvo a punto de quedar atrapado por
los alisios a la vuelta del segundo. Que tal cosa ocurriera no es en absoluto
inverosímil; lo es quizá más la tremenda casualidad de que los supervivientes
fallecieran a poco de su regreso, y que Colón estuviese precisamente allí, y
fuese de hecho el único testigo útil del caso.
La hipótesis, quizá precisamente por demasiado sugestiva, ha sido
desechada por los historiadores modernos. Todo parece quedarse en una más de
las fantásticas leyendas que rodean la figura y los proyectos de Colón. Sin
embargo, la ha resucitado, hace no muchos años, uno de los mejores
colombinistas del siglo XX, Juan Manzano. Su tesis no ha sido apenas aceptada
por la crítica, pero tampoco existen motivos para rechazarla sin más. Manzano
parte del hecho de que el barco del protodescubridor no habría sido arrastrado
hacia el oeste en la ruta España-Inglaterra, sino, como ya hemos apuntado, en
la de los portugueses, al sur de las Canarias. Los alisios habrían podido
empujarlo sin remedio hasta una costa lejana y desconocida, que Manzano
identifica con la isla de Haití-La Española: en este punto coincide con el
testimonio de Las Casas. Y al regreso no habría podido con los alisios, fuertes
y constantes, que habrían abocado a un viaje interminable en que se habrían
agotado las provisiones y toda la tripulación habría caído enferma. Sobre todo,
la tesis de Manzano se apoya fundamentalmente en dos hechos del viaje
colombino. El primero es el prurito del Almirante, realmente inexplicable —hoy
lo hubiéramos calificado de disparate técnico— de navegar siempre por el paralelo
28º, y corregir cuidadosamente cualquier desviación para mantenerse tercamente
en línea: como si el objetivo buscado se encontrase precisamente en esa
latitud. Por eso se disgustó tan profundamente, cuando, ante un motín de la
tripulación, Martín Alonso Pinzón impuso el rumbo suroeste. ¡Se estaba
desviando de la única referencia que tenía! Finalmente (esto ya es historia
bien conocida), arribó a las Bahamas, y luego, por indicación de los indios,
más al suroeste todavía. Y cuál no sería su sorpresa al encontrarse en aquella
latitud mucho más baja con los accidentes descritos por el predescubridor. El
hecho necesita una explicación técnica, pero basta saber que en esta
equivocación hubiera incurrido un piloto que se guiase exclusivamente por la
brújula y no por la Polar. Veamos el precioso mapa de Juan de La Cosa (otro
piloto que, como autor de mapas de rumbos, se guiaba por la brújula): ¡la costa
norte de La Española coincide exactamente con la latitud de La Gomera! En
errores de este tipo cayeron muchos navegantes hasta que se generalizaron
métodos para el cálculo de latitud basados en la altura del sol o de la
estrella Polar (en un libro anterior, fundamentándome en la reconstrucción de
la ruta colombina, creo haber dejado en claro, que ante las dudas dramáticas
que surgieron, el Almirante escogió una ruta intermedia entre la que señalaba
la estrella y la que indicaba la aguja). Y, efectivamente, con la mayor
sorpresa por su parte, Don Cristóbal encontró en la Española los accidentes que
estaba buscando, y por si fuera poco, los indios le regalaron brazaletes de
oro, y le dijeron que en el interior de la isla había yacimientos muy grandes
del codiciado metal. Justo un par de días más tarde, el 9 de enero de 1493,
encontró una península alta, boscosa, rematada por un cono perfecto, que parece
una isla hasta que se está encima de ella y se descubre que no lo es. Colón la
describe con todo detalle y la bautiza como Monte Christi. E inmediatamente
abandona su costeo, deja para otra ocasión la observación astronómica que tenía
que efectuar el 17 de enero, y decide regresar sin más a España, porque «ya
había encontrado lo que buscaba». La frase es significativa, aunque no
constituye una prueba apodíctica.
La idea del predescubrimiento es tan sugestiva como discutible, y tan
difícil de demostrar como de refutar sin dejar resquicio alguno a la duda. Es
un tema en que se impone la prudencia. Lo único cierto es que, como comenta
lucidamente Bartolomé de Las Casas, y cualquier observador atento puede
advertir desde el primer momento, «Cristóbal Colón tenía tal certidumbre de
descubrir tierras y gentes como si en ellas personalmente hubiera estado… Tan
cierto iba de descubrir lo que descubrió y hallar lo que halló, como si dentro
de una cámara con su propia llave lo tuviera».
§. Toscanelli
Probablemente más que las ideas originales de Colón y que los «indicios» que
este pudo encontrar —salvo en la aventurada hipótesis de que hubiera hablado
con el protonauta desconocido— debió influir en su proyecto la teoría de un
físico florentino, Paolo del Pozzo Toscanelli, al que el descubridor no llegó a
conocer y con el que probablemente no llegó nunca a escribirse, pese a lo que
se afirma en la Historia del Almirante; pero del que por
referencias le llegaron las ideas fundamentales que le condujeron al viaje
descubridor. De modo que la supuesta «idea de Colón» fue en realidad una idea
de Toscanelli. Mucho antes de que el navegante genovés llegara a tener un
conocimiento cabal de la geografía clásica, Toscanelli, que era un sabio
renacentista, se había imbuido de ella, y las teorías de Aristóteles, de
Ptolomeo, de Estrabón, de Posidonio, de Marino de Tiro, de Séneca, o de autores
prerrenacentistas que abundaban en lo mismo, como Pedro de Ailly o Eneas Silvio
Piccolomini, así como los relatos de Marco Polo (a ninguno de los cuales parece
que Colón haya leído directamente, o sobre los que haya tenido un acabado
conocimiento antes del gran viaje) le infundieron una idea disparatada, pero
que habría de cambiar de una vez para siempre el curso de la historia.
Casi siempre se ha dicho que el conocimiento del mundo del hombre
medieval descansaba en la ignorancia y la superstición, y solo con el
Renacimiento fue posible hacerse cargo de las dimensiones del mundo y de la
distribución sobre él de tierras y mares. En realidad, los hombres medievales
no se habían formulado demasiadas preguntas sobre la cuestión, pero los
clásicos que inspiraron a los renacentistas cayeron en gruesos errores que
hubieran conducido a los navegantes ilusos a la catástrofe, de no existir una
realidad que los sabios antiguos —y los modernos hasta el momento— no pudieron
siquiera imaginar: América. Julio Rey Pastor afirma que lo que permitió a Colón
descubrir el Nuevo Mundo fue la «razón independiente» del hombre renacentista.
Nada más lejos de la realidad. Colón fue un hombre fantasioso que concedió más
importancia a la intuición que a la razón, y que se basó, no en las leyendas
medievales, sino en teorías clásicas o renacentistas totalmente erróneas. Ya
hemos comentado cómo Aristóteles o Séneca estiman que llegar de las costas
occidentales de Europa a las Indias —navegando hacia el Oeste, se entiende— era
cosa de «pocos días». Se equivocaban, naturalmente, pero la idea de buscar
hacia el Oeste lo que está hacia el Este no es en sí disparatada, si tenemos en
cuenta la esfericidad de la Tierra: todo depende de la distancia a que se
encuentre el objetivo buscado, en una u otra dirección. La esfericidad de la
tierra fue admitida también por los teóricos medievales, por lo menos desde el
siglo XIII; pero la idea de la relativa cercanía de Europa a Asia por el
Atlántico fue obra de los clásicos.
Se ha dicho que el error de Colón (en realidad el error de Toscanelli)
consistió en confundir los estadios alejandrinos con los atenienses, dos
medidas de longitud que tenían valores muy diversos. Eratóstenes, mediante un
cálculo de asombrosa precisión, utilizando la longitud de la sombra en
Alejandría y en Siena a la misma hora de un mismo día, llegó a la conclusión de
que la circunferencia de la Tierra medía 248 000 estadios. Si admitimos para el
estadio el valor de 165 metros que suele asignársele, la Tierra tendría 40 900
Km de circunferencia. ¡O Eratóstenes acertó por casualidad, o sus medidas
tuvieron una precisión increíble! Por el contrario, Posidonio calculaba un
valor de solo 180 000 estadios, por lo que la circunferencia de la Tierra
tendría solo un 72 por 100 de su valor real. Algunos autores sostienen que este
fue el valor admitido por Toscanelli: y de aquí su idea de que la travesía del
Atlántico es relativamente breve. La aserción es más discutible que admisible,
por cuanto ni Toscanelli ni ningún sabio de su tiempo tenían una idea cierta
sobre la longitud del estadio, y, por su parte, el florentino no alude nunca a
esta diferencia de valores. Parece que la confusión del buen humanista tiene
otra fuente, más moderna y por cierto no menos asombrosa. Veamos. En el siglo
X, el califa Al Mamún encargó al astrónomo Al Farghani (conocido por los
renacentistas y citado luego por el propio Colón como Alfragano) que calculase
las dimensiones de la Tierra. Al Farghani solicitó a una serie de marinos que
midiesen cuántas millas hay que navegar para que la altura de las estrellas, a
su paso por el meridiano, varíe en un grado de diferencia. Los resultados que
le facilitaron fueron, por supuesto, un tanto diversos, pero Al Farghani no se
limitó a hallar la media aritmética, sino que buscó una media ponderada,
concediendo mayor valor a los testimonios que él sabía más fiables. Así llegó a
la conclusión de que un grado, medido sobre la esfera terrestre, tiene una
longitud de 56 2/3 millas (digamos 56,66). Multiplicó ese valor por 360 y halló
que el perímetro del planeta es de 56, 66 × 360 = 30 398 millas. De acuerdo con
la longitud que se atribuye a la milla árabe de entonces, más de 1900 metros,
la circunferencia de la Tierra sería de 40 255 kilómetros. ¡Un valor todavía
más asombroso que el de Eratóstenes!
El error radica, de acuerdo con las teorías más acreditadas, en que
Toscanelli leyó «millas», y no leyó mal: pero entendió, pues que otras no
conocía, millas cristianas, llamadas también latinas, cuya longitud
se estima en 1477,3 metros. Resulta así que las medidas de Alfragano,
traducidas «al cristiano» equivalen solo a 30 137 kilómetros. La Tierra para
Toscanelli tendría un perímetro de únicamente el 74 por 100 de su valor real.
Si se quiere, no se trata de un error de cálculo, sino de una ignorancia, al tomar
como iguales dos tipos de millas distintos. Para los efectos, es lo mismo.
Ahora bien, el gran (y presunto) descubrimiento de Toscanelli todavía no tiene
consecuencias decisivas sobre la distancia real de Europa a Asia si no
conocemos la distribución de tierras y mares sobre el globo terráqueo. Este
punto lo estudió también lo mejor que pudo el físico florentino, aunque preciso
es decir que siempre barrió en favor de la solución más favorable a sus
teorías. Está claro que la Tierra es esférica. En otro lugar comentábamos que,
suponiendo que los mapamundis que entonces se trazaban incluían la totalidad de
las tierras y mares conocidos, la distancia de Portugal a la China o, más aún a
Japón, navegando por el Atlántico (no se conocía el Pacífico) tenía que ser muy
reducida. En eso, tenían toda la razón Aristóteles, Séneca y Averroes.
Calculando el margen de los mapas, solo unos cientos de millas. ¿Era cierta tan
maravillosa realidad? Toscanelli, un hombre quimerista (aunque probablemente no
tanto como Colón) estaba muy lejos de imaginarlo. De todas formas, cabía
formular la siguiente pregunta: si de Portugal puede llegarse a la India
navegando hacia el este o hacia el oeste: ¿cuál es la distancia más corta? Todo
depende de la proporción de tierras y mares, y eso no lo sabía nadie. Pero
Toscanelli, como buen humanista, se apoyó en la opinión de los clásicos.
Ptolomeo intuyó, con cierta dosis de sentido común y una quizá no menor de
ingenuidad, que, para asegurar la estabilidad del mundo, tierras y mares estaban
repartidos equitativamente: las tierras ocuparían unos 180º de longitud
geográfica, y los mares otro tanto. Marino de Tiro, que sabía algo más de las
inmensidades de Asia, dio una solución más optimista: las tierras debían medir,
de este a oeste, unos 225º; por tanto, los mares solo deben ocupar unos 135.
Ahora bien, sigue pensando el optimista Toscanelli, Marino de Tiro no conocía
los viajes de Marco Polo. Y de los bastante fabulosos relatos de este puede
deducirse que las costas de China se encuentran 28º más al este de lo que se
creía. O sea que las tierras se extienden unos 253 grados, y a los mares solo
les quedan 107. ¡Pero todavía hay más! Marco Polo habla de la isla de Cipango,
Japón, que se encuentra a unas 1700 millas del puerto de Quinsay, en China.
Polo habla de distancia, Toscanelli interpreta que esa distancia es en sentido
este-oeste (en realidad, es casi norte-sur). Esas 1700 millas suponen 28 grados
más. Por tanto, de Portugal a Cipango solo quedan 79 grados de mar, unas 4362
millas. Pero esto sería en el ecuador. Toscanelli, que sabía algo de geometría
esférica, no desconocía que en las latitudes medias la distancia entre
meridianos es más corta. Por eso trazó en su mapa unos meridianos oblicuos. Y
dedujo que, a la altura de Lisboa, 79º no deben pasar de 3500 millas. ¡Una
distancia que puede recorrer sin peligro un barco bien pertrechado! En
realidad, los portugueses habían navegado a los largo de la costa africana
distancias mucho mayores. ¿Por qué seguir aquel camino interminable, con la dificultad
añadida del costeo de África hasta latitudes australes, si realmente las costas
de Extremo Oriente se encontraban mucho más cerca por el otro lado?
El error de Toscanelli es doble. Por un lado confunde millas árabes con
millas cristianas; por otro recoge testimonios inciertos, y entre ellos elige
siempre los más favorables a su tesis. Japón no está a 3500 millas al oeste de
Lisboa, sino a unas 15 000, ¡América por medio! Naturalmente, eso Toscanelli no
lo sabía, como tampoco podía imaginar que las Antillas se encuentran de las
costas occidentales de la Península Ibérica más o menos a la misma distancia a
que él colocaba a Japón. Maravillosa casualidad. Es lo que Rey Pastor considera
«el más fecundo error de la historia»: error que atribuye a Colón, pero que fue
en realidad error de Toscanelli. Entusiasmado este por su idea, escribió una
carta (al parecer a través de un canónigo portugués, Ferrâo Martins, a quien
conoció en Italia) dirigida al rey de Portugal, Alfonso V. Sabía que los
portugueses estaban buscando el camino de la India dando una larguísima vuelta
a Asia, y quiso darles una solución incomparablemente más sencilla, que
serviría para hacerle famoso y obtener sin duda un eterno agradecimiento. A la
carta acompañaba un mapa, en que por primera vez el centro no estaba ocupado
por las tierras, sino por los mares: Portugal aparecía a la derecha, en el
extremo del ecúmene occidental, y China y Japón a la izquierda, Atlántico por
medio. Era otra forma de representar el mundo, pero tan correcta como la
tradicional. Y los meridianos aparecían oblicuos —en un tosco pergeño de lo que
hoy es la proyección cónica— para demostrar que las distancias son menores en
las latitudes medias que en el ecuador. Y en ese mapa se podía apreciar que de
Lisboa a Cipango había un espacio mucho menor por mar que por tierra.
Por desgracia, no se conservan los documentos originales. De la carta
existen copias en castellano y en latín, no sabemos si fidedignas. El mapa, por
desgracia, se ha perdido. De acuerdo con una de las versiones de la misiva, que
se puede encontrar en la Historia del Almirante, el sabio
florentino le cuenta al monarca lusitano: «En el mapa está pintado todo el fin
de Poniente, tomando desde Irlanda al Austro, hasta el fin de Guinea, con todas
las islas que en este camino son, enfrente de las cuales, derecho por Poniente,
está el camino de las Indias, con las islas y lugares a donde podéis llegar, a
todos aquellos lugares fertilísimos y de toda manera de especierías y de joyas
y de piedras preciosas; y no tengáis a maravilla si yo llamo Poniente a donde
está a especiería, porque en lo común se dice que esta está en Levante; mas
quien navegare al poniente hallará siempre dichas partidas en poniente, y quien
fuere por tierra a levante siempre hallará las dichas partidas en levante…». Es
lógico, puesto que todo el mundo admite que la tierra es redonda. El supuesto
hallazgo de Toscanelli consiste en que el camino de Europa a Asia es más corto
por poniente que por levante.
Hechas las cuentas, es relativamente fácil llegar por mar de Lisboa a
Quinsay, uno de los puertos más prósperos de China, descrito con admiración por
Marco Polo; y más fácil todavía es llegar a Cipango-Japón, que Toscanelli
imagina más o menos en la misma latitud. Para hacer más sugestiva la idea, se
hace eco de las ponderaciones de Marco Polo. Cipango es tan rico, que las tejas
de los palacios son de oro. En cuanto a Catay o la China, «esta patria es
populatísima, y en ella hay muchas provincias y muchos reinos, y ciudades sin
cuento, debajo del señorío de un príncipe que llaman Gran Can, que quiere decir
en nuestro romance rey de reyes…». Si esta versión de la misiva es auténtica,
Colón debió aprendérsela de memoria, porque repite textualmente la frase en el
preámbulo de su Diario. Es más, todo el texto, traducido o
parafraseado, se nos antoja de Colón. Menos creíble resulta que Toscanelli,
interrogado por el futuro descubridor de América, le haya escrito
personalmente, repitiendo muy parecidos términos, y adjuntando otro mapa. El
hecho, y esto es lo que nos interesa realmente, es que el futuro descubridor de
América tuvo acceso al escrito de Toscanelli y al mapa dibujado por este. Cómo
alcanzó a conocer aquellos documentos, que llegaron a manos de muy pocos, sigue
siendo uno de los infinitos secretos colombinos; pero que tuvo noticia de ellos
es indiscutible, puesto que los menciona expresamente. No hay que olvidar que
Colón es un hombre que sabe moverse con mucha soltura en medios influyentes, y
relacionarse con personas mucho mejor situadas que él. Sabemos por Las Casas
que el mapa que llevó consigo al Nuevo Mundo era el de «Paulo Físico», es decir
de Toscanelli, y sabemos también que en él aparecía dibujada la isla de
Cipango. Efectivamente, el Almirante mantuvo en secreto aquel famoso mapa, y no
quiso enseñárselo a nadie; sin embargo, el 6 de octubre de 1492, angustiado don
Cristóbal porque no encontraba las tierras que había venido a descubrir y las
tripulaciones daban muestras de impaciencia y hasta de rebeldía, se resignó a
llamar a su mejor colaborador, Martín Alonso Pinzón, y darle cuenta de sus
congojas, con el mapa delante. La discusión versó, por lo que en su momento
veremos, sobre la posición exacta de Cipango. ¿Qué mapa secreto era el que
Colón llevaba consigo? Las Casas, que por sus relaciones con la familia del
Almirante no estaba mal informado, asegura, efectivamente, que era el de «Paulo
Físico, florentino, la cual yo tengo en mi poder: en ella le puso muchas islas
y tierra firme, que eran el principio de la India, y por allí los reinos del
Gran Can». No podía tratarse, lógicamente, del mapa original. Hoy se piensa que
consistía más bien en una copia pirateada por Colón o por algún amigo suyo: o
incluso de una versión inspirada solo en la memoria visual. Vignaud cree que
era una versión «sui generis» obra del propio Almirante, y Cioranescu
que fue una falsificación del original hecha por los portugueses.
En cuanto a la misiva y al mapa de Toscanelli, no parece que haya
producido en la corte de Lisboa el resultado que su autor esperaba. El
humanista florentino —culto, pero no un sabio de primera fila— conocía bien a
los clásicos, pero los navegantes portugueses, aunque poseían quizás menos
conocimientos teóricos, eran dueños de una visión mucho más acertada de la
realidad del mundo. En este sentido, los humanistas, conocedores de los
clásicos, por más que a muchos autores de hoy cueste trabajo reconocerlo, más
retrocedieron que avanzaron en la ciencia de la cosmografía al estar más
pendientes de las autoridades antiguas que de las realidades encontradas o
medidas por los navegantes modernos. Alfonso V reunió a sus cosmógrafos, que ya
formaban una elite científica en Portugal, y los expertos se pronunciaron en
contra de la propuesta del físico florentino. El mundo era mucho mayor de lo
que pretendía, el camino más largo, la travesía exigiría muchos meses de
navegación, tal vez ocho, lo suficiente para que se agotasen el agua y las
provisiones de las carabelas, si antes las tempestades o la corrosión no las
hacían zozobrar. Sobre todo, faltarían puntos de apoyo. Era más seguro y hasta
más corto el camino de Oriente.
Colón, en cambio, sintió una verdadera revelación cuando conoció la
carta de Toscanelli y pudo cotejar científicamente sus primeros atisbos. Es
literalmente imposible conocer cuándo el futuro descubridor de América comenzó
a concebir la idea de buscar nuevas tierras navegando hacia Occidente. Tal vez
desde aquel primerizo viaje a Irlanda en 1477, aunque el proyecto, en un
principio, fuera poco más que un sueño o una sugerente ilusión. Los argumentos
de Toscanelli vinieron a cambiarlo todo de la forma más prodigiosa: no solo
valía la pena adentrarse en el Atlántico en busca de las islas maravillosas de
que hablaba la leyenda, sino que al final de todo, y a una distancia no
excesiva, se encontraban las tierras riquísimas del Emperador del Sol Naciente
y del Rey de Reyes, es decir, las costas de Extremo Oriente. Si Colón pudo
pensar un día en explorar a partir de Irlanda, ahora la perspectiva era mucho
más fácil: Lisboa o el sur de España eran el lugar ideal. Y de nuevo: ¿cómo la
idea no se le había ocurrido antes a otro? La revelación fue definitiva, y don
Cristóbal, a partir de aquel momento, no parece haber tenido más que una
obsesión, una obsesión que le acompañaría toda la vida. Probablemente, sin
Toscanelli, Colón no hubiera pasado de ser un avezado navegante al servicio de
Portugal.
§. El supuesto mapa de Colón
Es una pena: no conservamos el mapa de Toscanelli, ni siquiera la copia más o
menos fidedigna que el descubridor de América llevó consigo en su primer viaje.
Esta copia la vio, al parecer por dos veces, Martín Alonso Pinzón, y más tarde
Bartolomé de las Casas, que la identifica con la de «Paulo Físico» y dice tener
en su poder, tal vez prestada por Bartolomé o por Diego: «esta carta [náutica]
es la que envió Paulo Físico florentino, la cual yo tengo en mi poder…». Las
Casas, en virtud de alguna circunstancia, misteriosa como casi todas las que se
refieren a Colón, y en virtud de un motivo que no conocemos, poseyó una copia
de los diarios de navegación del descubridor (gracias a él los conocemos),
aparte de otra serie de documentos colombinos que el erudito fraile tuvo a su
disposición, y ha transmitido a la historia. Pero nos faltan los documentos
originales.
Por lo que al mapa se refiere, es opinión bastante común que se basa en
él el famoso globo de Martín Behaim, el primer mapamundi esférico que
conservamos. Behaim, célebre cosmógrafo, residió en Portugal en los años
anteriores al descubrimiento de América, y hasta formó parte de la Xunta
dos Mathemáticos; posiblemente tuvo allí relaciones con Colón, y conoció,
directamente o por copias, el mapa de Toscanelli. Hacia 1491, regresó a
Alemania, y justamente en 1492 elaboró en Núremberg su magnífica esfera del mundo,
de medio metro de diámetro. En ella no aparece América en cuanto tal, intuición
que ya encontramos en el mapa plano de Juan de La Cosa, dibujado en 1500. Pero
precisamente porque cae en el mismo error que Toscanelli y Colón, el globo de
Martín Behaim es un inestimable testimonio de las creencia de aquellos. Más o
menos donde se encuentran las Antillas está la alargada figura de la isla de
Cipango, y más allá, donde hoy sabemos que se encuentra el continente
americano, el extenso reino de Catay, con esta región (capital Cambaluc, hoy
Pekín) al Norte, y bastante más al Sur los puertos de Quinsay (Hang-Tscheu) y
Caitón (Colón escribirá Çaiton con cedilla, o sea Zaitón) en la zona sur. La
coincidencia es tan llamativa, que no ha podido menos de pensarse que Behaim se
inspiró directa o indirectamente en el mapa de Toscanelli. Se sabe que Behaim,
en 1493, entusiasmado por la noticias de los descubrimientos, regresó a la
Península y trató de ponerse en contacto con Colón, pero parece que no pudo
hacerlo por haberse lanzado este ya a la aventura de su segundo viaje. La
importancia del globo de Behaim no estriba, pues, en la representación, ni por
asomo, del Nuevo Mundo, sino por basarse en una concepción muy similar, o tal
vez casi idéntica, a la de Toscanelli-Colón, antes del viaje de este último.
Por desgracia, no conservamos ningún mapa dibujado por Cristóbal Colón,
pese a que parece haber sido un maestro en el arte de la cartografía: a lo
sumo, un pequeño esquema, dibujado en papel, y sin terminar, que refleja la
mayor parte de la isla Española: un dibujo francamente fiel a la realidad
geográfica, pero cuya autenticidad (como tantas cosas atribuidas al
descubridor) hoy se pone en duda. Eso sí, existe en la Biblioteca Nacional de
París un bello mapa portulano que a fines del siglo XIX el almirante La
Roncière, experto en cartografía, atribuyó a Colón, aunque luego Cortesão y
otros lo creyeron de origen portugués. Los italianos lo reclaman para Génova,
aunque dudan de la autoría colombina. Más recientemente, una descendiente de La
Roncière defiende de nuevo la tesis de su abuelo. Lo cierto es que el mapa
utiliza términos castellanos hasta para los nombres portugueses: ahí está el
Río de las Gallinas, y hasta el cabo Carvoeiro se transforma en Cabo Carbonero;
parece que hay motivos suficientes para negar la tesis portuguesa, a no ser que
el navegante portugués haya trazado el mapa para un lector español.
Recientemente, he tenido ocasión de estudiar este mapa con detalle, en un
estudio técnico que no cabe aquí, pero al que tal vez conviene aludir de pasada
en este punto. Evidentemente, no se trata del mapa que Colon llevó en su viaje,
pues en él no parecen Cipango ni Catay ni isla maravillosa alguna en el
Atlántico, como no sea la sugestiva isla de las Sirenas, al suroeste del Congo.
Está trazado y dibujado sobre una finísima vitela de 110 por 68 cm, y no
cabe la menor duda de que es obra de un magnífico cartógrafo y también de un
magnífico dibujante. Por ejemplo, las palmeras pintadas sobre el cabo Palmas
son de una finura excepcional. Todo el Mediterráneo está muy bien representado.
De los dibujos de las ciudades, el más completo es el de Génova, que, oh
sorpresa, aparece con su puerto completo, sus cuatro desembarcaderos y su
dársena hasta el faro tal como lo han descubierto las excavaciones de 1991. En
la Península Ibérica, Granada aparece dibujada con una bandera de soberanía
castellana que parece ocultar representaciones anteriores, un hecho que nos
obliga a datar la obra no antes de enero de 1492 (tampoco parece que pueda
fecharse mucho después, por la falta de toda referencia a las tierras
descubiertas). La costa atlántica se hace más imprecisa conforme nos remontamos
al Norte, Inglaterra aparece mellada y con pocos puertos, en tanto que Irlanda
está representada muy correctamente, y el puerto más destacado es Galuei, tal
como lo escribía Colón. No menos completa es la nómina de puertos y fondeaderos
de la costa atlántica africana hasta la desembocadura del Zaire. Abundan como
en muy pocos mapas largas leyendas explicativas, como si el autor pretendiera
un fin didáctico. En los largos textos es posible hallar faltas de ortografía,
solecismos, palabras equivocadas o afirmaciones típicamente «colombinas»,
incluyendo la pérdida de tiempo que significa pretender llegar a Asia navegando
hacia Levante. Algunas de estas frases son absolutamente literales. Hasta
treinta y dos errores gramaticales o científicos aparecen tal cual como se
encuentran en las apostillas colombinas.
Pero el detalle más llamativo es que el mapa, que debería representar
buena parte del Atlántico, aparece cuidadosamente raspado en su tercio
izquierdo (occidental), donde luego se hizo una representación de un mapamundi
medieval, tan delicioso como ingenuo, rodeado de las siete esferas celestes de
acuerdo con la concepción ptolemaica: todo absolutamente inofensivo. Hay tres
hechos demostrativos que indican que la parte izquierda del mapa fue borrada:
a) el trazado de las líneas loxodrómicas exige un tercer orden en el vértice de
confluencias, que tuvo que ser trazado, pero luego ocultado; b) las cuatro
rosas de los vientos aparecen colocadas asimétricamente, y requieren un trazado
hacia la izquierda que no existe; y c) todavía más escandaloso es el hecho de
que las escalas de distancia aparecen no ya asimétricas, sino absurdamente
cortadas por la izquierda, como si el autor hubiera pretendido inicialmente
prolongar el mapa por el Oeste y luego borrado parte de su obra, mediante un
cuidadoso raspado.
Naturalmente, que nada nos indica sin lugar a dudas que este autor sea
Cristóbal Colón, aunque el «retrato robot» que hemos conseguido trazar de él
coincida con una serie de rasgos propios del carácter del Almirante. ¿Qué es lo
que en principio aparecía representado en la parte izquierda del mapa? No lo
sabemos, ni es posible averiguarlo, porque la piel justamente en esa parte está
raspada hasta aparecer casi transparente. Si lográsemos descubrir su contenido
primitivo —o la copia de lo que en él se iba a dibujar—, quizá pudiésemos
conocer mejor uno de los enigmas más fascinantes del proyecto de Colón. Es
evidentísimo que no se trata en absoluto de una copia del mapa de Toscanelli.
Su concepción es intencionadamente distinta. Está trazado y dibujado de una
manera artística, exigió un exquisito trabajo, como tantos otros portulanos
dedicados a personajes importantes del Renacimiento. Nada nos impide suponer
que fue el mapa regalado a los Reyes Católicos a raíz de las Capitulaciones de
Santa Fe (¡de ninguna manera es el prometido en el prólogo al relato del primer
viaje, en el cual se representarían las tierras descubiertas!). Probablemente,
la incógnita permanecerá para siempre sin una respuesta final.
§. Las gestiones en Portugal
La más o menos lejana idea de Colón debió transformarse en algo definitivo
cuando conoció la tesis de Toscanelli. No sabemos cuándo fue, ni cuándo comenzó
a realizar gestiones para poner en práctica su proyecto. Residente en Portugal
desde 1476, y desde muy pronto bien relacionado, parece que sus primeros
intentos de gestión en la corte datan, según Arranz y Ezquerra, de 1482,
justamente la fecha del fallecimiento de Toscanelli. Probablemente, quiso
sustituir con su influencia y con su especialísimo don de convicción la
anterior instancia del sabio florentino, que sin duda alguna sabía ya
fracasada. Tal vez presentó ideas nuevas o pruebas nuevas: no lo sabemos. Los
portugueses no tomaron a broma la propuesta colombina, como a veces ha
pretendido la historiografía española. Si lo que nuestro navegante ofreció a
Juan II y sus colaboradores fue simplemente la propuesta de Toscanelli sin otro
añadido que el ofrecimiento para llevarla a cabo, es lógico que se la
considerase casi inviable, pero ello no era motivo para rechazar la petición
—poco se perdía con probar— si no hubiese venido acompañada de fuertes
exigencias del pretendiente a descubridor, más o menos parecidas a las que
luego presentaría en la corte española. Colón es un personaje de ideas fijas.
Siempre dice lo mismo, pide lo mismo. Por eso no sería de extrañar que haya
pretendido del rey de Portugal idénticas ventajas económicas y de poder sobre
las tierras descubiertas que luego habría de exigir a los Reyes Católicos. Las
pretensiones excesivas pudieron influir, cómo no, en la negativa final. Una
cosa era permitir que un navegante iluminado presentara un proyecto imposible,
y otra que la realización de ese proyecto significase no solo un fuerte
desembolso, sino unas concesiones difícilmente aceptables. Con todo, sabemos
que don Cristóbal fue admitido en la Xunta dos Mathemáticos, el
principal cuerpo técnico consultivo del rey de Portugal en lo referente a las
exploraciones geográficas, y con los entendidos discutió largamente. Parece que
tomaron parte en la discusión el obispo de Ceuta, Diego Ortiz, hombre culto y
entusiasta de la política descubridora, el médico y físico Maese Rodrigo,
experto en mapas y en geometría, y el gran astrónomo y cosmógrafo Josef
Vizinho, con el cual es probable que el futuro Almirante ya hubiera colaborado,
por lo menos, que sepamos, en la medida de la latitud de la isla de los Ídolos.
El principal tema de la discusión fue, naturalmente, si era más fácil llegar a
la India navegando hacia oriente o hacia occidente. Los portugueses habían
alcanzado ya el golfo de Guinea, y tenían grandes esperanzas de progresar en
aquella dirección, aunque no sabían dónde terminaba África… si es que realmente
terminaba. Así que consideraron con seriedad la alternativa. Al fin llegaron a
la conclusión de que la distancia a Extremo Oriente por el Atlántico (pues que
no se sospechaba siquiera la existencia del Pacífico) era incomparablemente más
larga, casi mortal de necesidad, y tal vez falta de apoyos intermedios, como
los que permitía, al fin y al cabo, el costeo de África. También se apuntan
como causa del informe desfavorable las misteriosas reservas de Colón sobre su
«secreto», que nunca quiso revelar abiertamente, aunque aseguraba poseerlo. El
navegante genovés siempre fue desconfiado, temía que si revelaba a las claras
sus ideas otros pudieran adelantarse, y jugó con habilidad un lenguaje de
medias palabras en que dejaba entender mucho y concretaba muy poco. Tal vez
tenía motivos para proponer lo que estaba proponiendo, pero ese lenguaje sibilino,
a pesar de su suprema habilidad en el menester, debió favorecerle muy poco, lo
mismo en Portugal que luego en España. Tampoco es de extrañar que los
portugueses recelaran hacer tantas concesiones a un extranjero. Colón parecía
un hombre extraño, y sin duda lo era, iluminado, convencido con una fe casi
sobrenatural en su idea, pero excesivamente receloso a la hora de explicitarla.
Poseía extraordinarias dotes de persuasión, pero también podía ser un
embaucador. Otra razón, por último, y a ella alude Demetrio Ramos, es que el
descubridor proponía partir, como luego de hecho hizo, «del paralelo de
Canaria». Ello hubiera significado una interferencia en aguas que Castilla
juzgaba de su jurisdicción. ¡Lo que faltaba, después de la desastrosa guerra de
1474-1479! Lo cierto es que, después de largas discusiones, la propuesta fue
rechazada.
Parece que no por eso desecharon del todo los portugueses semejante
idea. ¿Y si al fin y al cabo resultaba, si no más corta, más rentable una
navegación hacia el oeste? ¿Y si las teorías estaban más cerca de la realidad
de lo que lógicamente se pensaba? ¿Cuál era el secreto de la absoluta seguridad
de aquel hombre? La Historia del Almirante relata que el
monarca lusitano, después de dar con la puerta en las narices al descubridor,
envió una carabela hacia el oeste, para comprobar si había algo de verdad en su
teoría. Naturalmente, Hernando Colón, o quien le haya ayudado en la redacción
del libro, considera aquel gesto como una traición: y en gran parte, si el
hecho es verdad, no dejaba de serlo. A la postre, podía resultar que los
recelos del navegante no eran descabellados. No sabemos si de hecho llegó a
realizarse la prueba, aunque algunos especialistas relacionan con ella los
extraños y nunca bien explicados viajes de Ferrâo Domingues do Arco en 1484 y
de Dulmo y Estreito en 1486. Fueron por las Azores, las tierras más
occidentales conocidas hasta entonces, pero en latitudes en que muy pronto se
imponían los vientos dominantes del oeste, con frecuencia muy fuertes y, frente
a las tempestades y las corrientes de la zona, nada encontraron. Para P. E.
Taviani, desde allí «era, más que difícil, imposible alcanzar la tierra intuida
allende el Atlántico». Las Casas, siempre favorable a Colón, explica que la
carabela exploradora «volvió con las velas rotas y los mástiles quebrados, los
hombres afligidos y fatigados». No hubo más intentos. Colón había sido
desautorizado, pero el fracaso portugués, que hizo perder a los lusitanos una
ocasión histórica, parecía abonar más que nunca aquella desautorización.
§. Colón en España
No es extraño en absoluto que el aspirante a descubridor, que ya no vivía más
que para su proyecto, una vez desechado este en Portugal, viniera con la misma
idea a España. Como habría de escribir más tarde a los Reyes Católicos, «me
abrió nuestro Señor el entendimiento con mano palpable que era hacedero navegar
de aquí a la India, y me abrió la voluntad para la ejecución de ello. Y con
este fuego vine a Vuestras Altezas». Un fuego de iluminado, como si hubiera
sido producto de una revelación sobrenatural. Es posible que un hombre como
Colón se sintiera predestinado a aquella misión providencial. Eso sí, la
revelación que mostró en Castilla era exactamente la misma que había
manifestado en el reino vecino, aunque tuvo la precaución de callárselo. Y no
es de extrañar que optase por el cambio, porque España, después de Portugal era
el país mejor preparado para asumir una gran empresa descubridora. Fernando e
Isabel, enérgicos, capaces, llenos de proyectos, estaban transformando a
Castilla —más que a Aragón— en un perfecto modelo de Estado moderno, y se
encontraban dispuestos a apoyar cualquier empresa de vastas proporciones que
ofreciera posibilidades de proyección exterior y engrandecimiento. Castilla
estaba más poblada que Portugal, y por eso, entre otras razones, se impondría
una misión no solo descubridora, sino conquistadora y colonizadora. Se
transformaría muy pronto en una de las grandes potencias de Europa. Y no tenía
inconveniente en disputar a cualquiera el dominio de los mares. Los marinos del
litoral Norte eran tal vez los que habían llegado más lejos, en faenas de
pesca, y sobre todo en el comercio de la finísima lana merina de la Meseta, que
desde los puertos cantábricos transportaban a Francia, Países Bajos y la Hansa
germánica, hasta llegar al Báltico. Los del Sur, en cambio, hacían la
competencia a los portugueses en las exploraciones y aventuras africanas.
Habían llegado a las Canarias, y nadie podía disputarles la posesión de
aquellas islas. Es cierto que en el tratado de Alcaçovas se había compensado a
Portugal con el camino libre hacia la vuelta de África; pero de hecho, los
navegantes onubenses o gaditanos seguían las mismas rutas, unas veces en
colaboración, otras en abierta hostilidad con sus vecinos. Habían aprendido a
fabricar carabelas tan ágiles por lo menos como las portuguesas. Y si habían
renunciado al camino del Sur, más allá de las Canarias, nada estaba estipulado
sobre el camino del Oeste.
Era una realidad que conocía muy bien Colón, al punto de que su decisión
de cambiar de patrocinador no podía menos de constituir un acierto. J. Cortesão
pretende que por un tiempo, el descubridor jugó con dos barajas, ofreciéndose a
los Reyes Católicos y alternativamente a Juan II, valiéndose tal vez con
habilidad de la amenaza de que los españoles aceptaran antes la oferta. Es un
extremo que no ha sido demostrado, pero que puede responder a la verdad, puesto
que el descubridor realizó por lo menos un viaje a Lisboa, en medio de sus
gestiones con los monarcas españoles; pero finalmente insistió con su
especialísima tenacidad cerca de estos, porque estaba convencido de que si
alguien podía ayudarle, eran Fernando e Isabel. No fue fácil, con todo, el
acuerdo. Por de pronto, era preciso averiguar la viabilidad del proyecto,
porque los Reyes no estaban decididos a conceder a un visionario una ayuda
considerable a cambio de nada. Quizá no tiene toda la razón la Historia
del Almirante cuando pretende que «en aquellos tiempos no había allí
[en España] tantos cosmógrafos como hay ahora…; los que se juntaron no
entendían lo que decía, ni el Almirante les quiso aclarar tanto que le
sucediese lo mismo que en Portugal, y le quitasen la bienandanza». Por de
pronto, el futuro descubridor, como reconoce su hijo, se mostró tan cauteloso y
tan lleno de misterio —y por eso mismo tan poco digno de crédito— como en el
reino vecino. También es cierto que en España no existía una escuela de
cosmógrafos, como en Lisboa, ni había habido un Enrique el Navegante. Pero los
españoles eran diestros en el arte de la navegación, sabían construir carabelas
tan buenas como las portuguesas, trazaban cartas náuticas o portulanos antes de
que lo hicieran los portugueses, y contaban con marinos excelentes. Tampoco
eran lerdos en cuestiones generales de cosmografía. Ni que la Historia
del Almirante incurriese en el mismo tópico en que con evidente
agravio comparativo suele caer la historiografía extranjera. No deja de
resultar curioso que los argumentos de los «mathemáticos» lusos no hayan
merecido una palabra de censura, y los de los expertos españoles, que llegaron
exactamente a la misma conclusión, y por los mismos motivos, hayan sido
tildados sistemáticamente de «ignorantes». Quizá haya sido causa de esta
infravaloración la versión, inventada por alguien, de que el plan colombino fue
sometido a una comisión de «teólogos» de la Universidad de Salamanca. No es
exacto. Ante todo sería preciso recordar que la carrera de Teología, la más
difícil y completa del elenco universitario, incluía muchas disciplinas no
teológicas o filosóficas, entre las cuales se encontraban la astronomía y la
cosmología. Pero aunque las conversaciones se desarrollaron en Córdoba y más
tarde en Salamanca, no existe prueba documental de que en ellas hayan
participado profesores de aquella Universidad. Por otra parte, de la
preparación de los «técnicos» españoles no parece que pueda dudarse, puesto que
coincidieron en sus criterios con los de los portugueses. Otra prueba de esa preparación
es posible encontrarla «a posteriori», desde el momento en que fueron
los sabios españoles los que «descubrieron» América antes que Américo Vespucio,
y contestaron a Colón ya desde el regreso de su segundo viaje, quizá desde el
primero. La comisión nombrada por los Reyes Católicos estaba presidida por un
humanista de talento y consejero de la Corona, Hernando de Talavera, y en ella
formaban cosmógrafos humanistas (no «teólogos») como Rodrigo Maldonado, miembro
del Consejo de los Reyes. Por desgracia, no se conservan documentos de la
comisión española, como tampoco se conservan de la portuguesa.
Hernando Colón, no sabemos si bien o mal informado, alude a dos
opiniones —ambas contrarias al proyecto de su padre— en el seno de la comisión:
«algunos decían que si al cabo de tantos millares de años que Dios creó al
mundo, no habían tenido conocimiento de tales tierras tantos y tantos sabios y
prácticos en las cosas del mar, no era verosímil que el Almirante supiese más
que todos los pasados y presentes». Un argumento si se quiere mostrenco, pero
no falto de sentido común, y no precisamente anticientífico, sobre todo en un
momento histórico en que el argumento de autoridad resultaba una prueba
irrefutable: si a tantos sabios, incluidos los actuales, no se les ha ocurrido
la idea (en España no había trascendido en absoluto la teoría de Toscanelli:
tampoco hay noticias de que hubiera trascendido en Italia), este curioso y
reservado genovés no es quién para hacerla buena. Observemos de paso que este
razonamiento se refiere al hallazgo de nuevas tierras, no de llegar a Asia por
Occidente. El lenguaje de Colón, siempre sibilino, no pareció dejar en claro
cuál era exactamente su objeto. Más tarde debió insinuar ya la idea de alcanzar
las Indias, por cuanto el segundo argumento que nos transmite Hernando se basa
en el cálculo del tamaño de la Tierra: «otros, que se inclinaban más por el
razonamiento de la Cosmographia, decían que el mundo es de tan inmensa
grandeza, que no era creíble que bastasen tres años de navegación para llegar a
Oriente…». Esta última era, no cabe duda, la opinión de los «científicos» y no
difiere en sustancia de la de los portugueses. La alusión a los tres años para
alcanzar las costas asiáticas navegando hacia Occidente es producto de una
exageración, ya de los cosmógrafos, ya de Hernando, que intenta
desacreditarlos; pero no es tan disparatada como parece si tenemos en cuenta
las dificultades de la navegación. Los portugueses tardaban un año o más en
llegar a la punta sur de África y regresar a Lisboa. Tres estuvo ausente Vasco
da Gama cuando al fin alcanzó la India por el este. Y casi treinta años más
tarde, otros tres tardó Juan Sebastián Elcano en coronar su periplo, que por
cierto fue posible gracias al punto de apoyo que Colón no esperaba encontrar:
América. El hecho es que, después de largas deliberaciones, la comisión hizo lo
que tantas comisiones españolas: aplazar la resolución del asunto.
Colón no fue despreciado en absoluto. Vivió con la pensión que le
otorgaron los reyes y también se sabe que vendió mapas a los nobles gaditanos.
Su capacidad de gestión le puso en contacto con grandes señores andaluces, como
el duque de Medinasidonia, muy relacionado con los asuntos de la mar, y con el
duque de Medinaceli, que por un momento se sintió movido a patrocinar la
empresa, aunque finalmente prefirió dejar la iniciativa en manos de los reyes.
En Córdoba encontró Cristóbal a Beatriz de Arana, con la que tuvo relaciones,
aunque nunca llegó a reconocerla como esposa, y de ella tuvo su segundo hijo,
Hernando. Colón no parecía tener prisa, pero, por supuesto, no cejaba en sus
pretensiones. Por su parte, los Reyes Católicos también preferían esperar. El
motivo está perfectamente claro, como deja entender Pérez de Tudela: por
entonces los monarcas estaban empeñados en la guerra de Granada, una contienda
más dura y más larga de lo que habían supuesto, destinada a poner fin a la
secular tarea de la Reconquista. Su empeño tenía que consistir en ganar la
guerra de una vez y realizar la unificación de los reinos peninsulares, una
misión histórica y en alto grado popular; no era el momento de lanzarse a
aventuras exteriores, como ocurriría justamente a partir de 1492. Además —sigue
apuntando Pérez de Tudela— dar la razón a aquel genovés podría plantear un
serio problema con Portugal, que en aquellos años, terminado el larguísimo
costeo de África, se había lanzado decididamente a la búsqueda de la India.
Nada que pudiera significar dos conflictos a la vez. Pero sin retrasarse
tampoco. ¿No podría acaso el logro de los portugueses hacer imposible los
sugestivos aunque un tanto vagos planes de aquel hombre?
Colón en absoluto fue despreciado, como que estuvo muy cerca de los
monarcas en el momento de «haber acabado la guerra en la muy grande ciudad de
Granada, a dos días del mes de enero [de 1492], en el cual vi poner las
banderas reales de Vuestras Altezas en las torres de la Alfambra, que es la
fortaleza de dicha ciudad, y vi salir al rey moro y besar las reales manos de
Vuestras Altezas…». Fue un privilegio que fue concedido al futuro descubridor,
y señal evidente de que en la ciudad fortificada de Santa Fe, donde los Reyes
Católicos tenían sus reales, se habían reanudado ya las conversaciones sobre
los planes colombinos. El hecho parece una prueba de la prisa que tenían los
monarcas: apenas terminada la guerra, y con las manos libres ya, no convenía
retrasar más el acuerdo con aquel extranjero que prometía tan felices
descubrimientos oceánicos.
Sin embargo, las conversaciones no llegaron a buen fin. Está claro que
esta vez no solo pesaron los informes desfavorables de los técnicos (que al
parecer fueron consultados por segunda vez), sino las excesivas exigencias del
navegante. Pedía ser nombrado Almirante, cargo que estaba desempeñado ya por un
cortesano famoso, don Fadrique Enríquez; virrey y gobernador de las tierras
descubiertas, el diez por ciento de las rentas que produjesen, y el derecho a
disfrutar de la octava parte de las mercancías y cargamentos que en adelante
llevasen los navíos. Era conferir a aquel hombre un poder tal vez inmenso, si
las tierras que decía que existían al otro lado del Atlántico resultaban ser
enormes y riquísimas. Semejantes concesiones por parte de los reyes de España a
un extranjero estrafalario y desconfiado, ¿no podía ser, en fin de cuentas, una
locura?
Fue así como, después de dos meses de arduas negociaciones, y con el
informe negativo de la comisión técnica, los monarcas decidieron cancelar su
ayuda a los planes de Colón. Este debió sufrir un cruel desengaño, después de
siete años de esperanza, pero no perdió ni un ápice de su afán de coronar la
empresa. Por eso encargó a su hermano Bartolomé que ofreciese el proyecto al
rey de Inglaterra, mientras él mismo emprendía camino de Francia, para
presentar el mismo proyecto al monarca francés, Carlos VIII. No tuvo mucho
tiempo para intentarlo. En Pinos Puente, apenas a dos leguas de Santa Fe, fue
alcanzado por los emisarios de los Reyes Católicos, que le comunicaron que don
Fernando y doña Isabel estaban dispuestos a acceder a sus peticiones. ¿Fue el
peligro de que otros monarcas se les adelantasen? ¿Hubo otra causa que movió a
tan rápido cambio de criterio? No lo sabemos con exactitud: la vida de Colón
está llena de misterios inexplicables. Los Reyes Católicos no eran partidarios
de volverse atrás en sus decisiones (quizá porque siempre las pensaban con
mucho cuidado), y, sin embargo esta vez lo hicieron. No es nuestro objeto
tratar de explicar lo sucedido. Tres causas se aducen por lo general: la
primera, ya vista, el peligro de conceder un bien inestimable a otras potencias
europeas. La segunda, una pretendida reflexión de Fernando el Católico, que con
el realismo que siempre le caracterizó, hizo ver a la reina que con una
concesión favorable nada perdían: si aquel medio loco encontraba tierras
maravillosas, los monarcas y los súbditos españoles se quedarían con la mejor
parte, a pesar de sus generosas concesiones; y si no encontraba nada, solo
habrían de gastar el millón y medio de maravedíes que significaba la
expedición: una cantidad nada disparatada para los altos presupuestos que ya en
aquellos tiempos manejaban los monarcas. El hecho, significativo, pero no
necesariamente demostrativo, es que el dinero fue adelantado por el tesorero de
los reinos de Aragón, Luís de Santángel. Una tercera causa consistiría en una
súbita revelación de los franciscanos de La Rábida, siempre amigos de Colón y
fervientes partidarios de su misión descubridora. El hecho es que las
Capitulaciones de Santa Fe fueron firmadas el 17 de abril de 1492 por Juan de
Coloma, en nombre de los Reyes, y por fray Juan Pérez, prior de La Rábida (que
necesariamente tuvo que haber viajado a la ciudad granadina) en nombre de
Cristóbal Colón. Se ha hablado —sin fundamento suficiente, pero con un motivo
explicable— de un secreto de confesión. González de Oviedo nos cuenta que «fray
Antonio de Marchena [prior en 1486, cuando Colón llegó a España] fue la persona
sola de esta vida a quien Colón abrió sus secretos». Un fraile pudo comunicar,
en confidencia motivada por la inmensa gravedad del caso, el secreto a fray
Juan Pérez, o bien fue este último, quien lo conoció realmente, y, después de
consultar con su conciencia y probablemente con alguna instancia superior,
decidió por motivos de bien común, revelarlo. Tampoco está claro que se tratase
de un secreto de confesión, sino de una confidencia muy íntima, seguida de un
compromiso de guardar el secreto. Si algo parecido a esto fuera así, nos
tropezamos una vez más con el «secreto» de Colón. ¿Qué es lo que este sabía y
qué fue lo que comunicó con la condición estricta de que no fuera revelado? No
vale la pena seguir especulando sobre una cuestión que está fuera de toda
evidencia histórica y que puede tener mucho de sensacionalismo. Lo único cierto
fue el viaje de fray Juan Pérez a Granada y su participación en las
Capitulaciones.
Finalmente, y sin la menor pretensión de caer de nuevo en la
especulación histórica, recordemos la tan discutida frase del preámbulo de las
Capitulaciones de Santa Fe: los Reyes conceden a Cristóbal Colón sus altísimos
cargos «en satisfacción por lo que ha descubierto». Realmente, en aquel momento
no había descubierto nada. ¿O es que Colón, a última hora, insinuó a los
monarcas algo que no sabemos? Probablemente, se trata de un error de redacción,
o de una referencia a una iniciativa ya tomada. García Gallo da una explicación
más satisfactoria, que no haría sino demostrar la prudencia y sagacidad de los
reyes. Estos no están dispuestos a conceder al navegante genovés los altísimos
cargos de Almirante de la Mar Océana, Virrey y Gobernador, a más de una sustanciosa
participación en los beneficios, hasta el momento en que haya efectuado
su descubrimiento. De lo contrario, corrían el peligro de que se alzara con
el santo y la limosna incluso después de un fracaso. De aquí que la concesión
aparezca en pretérito. Primero tiene que descubrir, luego vendrá el momento de
disfrutar. Por eso resulta incorrecta la versión del Diario de navegación del
primer viaje que nos ofrece Bartolomé de Las Casas: «creía el Almirante…»,
«aquí dice el Almirante»… «el Almirante los tranquilizó…». Colón no era todavía
almirante. Comenzó a serlo el 12 de octubre, no el 17 de abril de 1492, cuando
se firmaron las Capitulaciones.
§. ¿Qué pretendía descubrir Colón?
Otro interrogante que se nos plantea a tenor del texto de las Capitulaciones de
Santa Fe es el nombramiento de Cristóbal Colón como virrey y gobernador de las
tierras descubiertas. Si lo que pretendía era, como tantas veces dijo e
insinuó, y como muchas veces después repitió con pertinaz insistencia, llegar a
la riquísima isla de Cipango, regida por un emperador que residía en palacios
techados de oro, y sobre todo al imperio de Catay, inmenso, y poderoso como
ninguno, gobernado por un monarca que se hacía titular Rey de Reyes, ni la
pretensión del descubridor, por chiflado que estuviera, ni mucho menos la
concesión de los prudentes y previsores Reyes Católicos podía consistir en el
gobierno y señorío de aquellas tierras propiedad de tan poderosos amos. Por
mucho que el navegante genovés hablara de Cipango y de Catay, tenía que haber
mucho más. El texto de las Capitulaciones se muestra en este aspecto también
especialmente vago: «… vades por nuestro mandado a descobrir e ganar… ciertas
islas e tierra firme en la Mar Océana». Varias veces se repite la expresión.
Incluso, tras el descubrimiento, los privilegios concedidos al Almirante, el 30
de abril de 1493, siguen refiriéndose a las «islas e tierra firme en la Mar
Océana». Las palabras «Indias», «Cipango», «Catay», no son mencionadas en
absoluto, bien es cierto que los monarcas españoles no podían conceder al
descubridor merced alguna sobre territorios ya soberanos. Pero el hecho es que
la versión oficial, tanto antes como después del primer viaje, se limita a
hablar vagamente de «ciertas islas e tierra firme en la Mar Océana». ¿Es que
Colón no estaba seguro de llegar a los grandes imperios de Oriente? ¿Es que, si
lo pensaba, los Reyes Católicos no lo sabían? ¿Es que, si lo sabían, tenían
razones muy serias para evitar estas palabras en la documentación?
Para Henry Vignaud y Rómulo Carbia, esta omisión es significativa y
representaría una visión completamente distinta de aquella que se nos ha
ofrecido sobre los verdaderos propósitos del descubridor y por tanto sobre el
mismo origen de su idea. Colón no habría pensado nunca en llegar realmente a la
India, Cipango o Catay. Su objeto principal eran las «islas» y tal vez una
«tierra firme» más o menos extensa, pero salvaje, de las que podría ser virrey
y gobernador y explotarlas con la autoridad que le había sido conferida. Es
evidente que no tiene sentido conceder a Colón pleno dominio sobre imperios
inmensos, cuyos monarcas son más ricos y con seguridad más poderosos que los
propios Reyes Católicos. Ni lo tiene tampoco que se le ordene tomar posesión de
tales imperios con tres carabelas y un centenar de hombres mal armados. El
«mito de las Indias» habría sido para Vignaud un invento posterior de
Colón, deseoso de revalorizar la atención a las tierras por él descubiertas,
conseguir una mayor ayuda por parte de la Corona y un mayor interés por la de
los aspirantes a colonizadores. Una frase de interpretación un tanto oscura que
encontramos en Las Casas puede aumentar la confusión: «como a todos era
manifiesta la riqueza y grande fama de la India, quería provocar a los Reyes
Católicos, que estaban dudosos de su empresa, diciéndoles que iba a buscar y
hallar las Indias por la vía de Occidente».
La tesis de las «islas» será todo lo sugestiva que se quiera, pero no se
compagina enteramente con la verdad. Por lo menos, Colón habló ya antes de su
primer viaje de las Indias, y no parece que su propósito pudiera ser otro desde
que recibió la maravillosa revelación de Toscanelli. Ahora bien, Las Casas, que
conoció el mapa, o una copia más o menos fiel del mismo, afirma que «Paulo
Físico» «llevaba pintadas innúmeras islas que en el camino de la India son». E
insinúa que pueden ser más de mil. Los comentaristas de Marco Polo se refieren
a unas cuatro mil. Muchísimas islas, que no parecen pertenecer al emperador del
Japón, y menos al Gran Khan, y que por tanto pueden ser ocupadas, gobernadas y
colonizadas. Pero cuál era el objetivo final —si después de explorar tantas
islas era encontrado— tampoco puede ofrecer la menor duda. Un documento privado
de Luis de Santángel, el tesorero de Aragón que facilitó gran parte de los
gastos del viaje, se refiere, el 15 de mayo de 1492, a «la armada de Indias y
para pagar a Cristóbal Colón, que va en dicha armada». Por otra parte, sabemos
que el futuro Almirante llevaba consigo un intérprete, Luis de Torres, que
hablaba el árabe y el arameo, en la esperanza de poder entenderse con los
súbditos del Gran Khan o con otros pueblos asiáticos. Asimismo, Colón era
portador de varias cartas o documentos solemnes, escritos en latín, de los
monarcas españoles a los príncipes de Oriente.
¿Significa este destino final que hemos de desechar la hipótesis de las
«islas»? En absoluto. La polémica sobre los designios de Colón suele dividir a
muchos expertos en bandos inconciliables. Colón tiende a separar casi sin
remedio a muchos de los que le estudian: es un curioso e ingrato destino. El
más elemental sentido común nos hace ver que las dos hipótesis en modo alguno
son excluyentes. Colón llevaba intérpretes y mensajes para el Gran Khan, es
cierto; pero también es cierto que llevaba, según nos cuenta Las Casas, y en
gran cantidad, «cascabeles, bacinetas de latón, sartas de vidrio de diversos
colores, espejuelos…, bonetejos colorados, y otras cosas semejantes, que son
todas de poco precio y valor». En suma, las mismas chucherías que los portugueses
llevaban a los indígenas africanos para intercambiarlas por oro u otros
productos para ellos valiosos. ¿Es siquiera imaginable que Cristóbal Colón
esperaba regalar toda esa quincalla a los refinados hijos del Celeste Imperio o
a los del Sol Naciente? El navegante genovés había estado en Guinea, y sabía
del interés de los salvajes africanos por aquellas baratijas sin valor. Por
tanto, esperaba encontrar salvajes. Y vaya si los encontró. Nada más llegar a
las supuestas «Indias», comenzó el intercambio, antes de que el descubridor se
molestase en averiguar dónde estaba realmente. Tuvo que llevar consigo una
buenísima provisión de aquellas baratijas cuando se pasó tres meses
regalándoselas a los indígenas americanos, o trocándolas por el poco oro que
pudieron proporcionarle. En cambio, no hay noticia de que portase ningún
presente fastuoso. O no pensaba encontrarse de buenas a primeras con el Gran
Khan, o le bastaba presentar sus cartas credenciales. Los obsequios podían
esperar a un segundo viaje, ya sobre objetivo seguro y mejor conocido.
El mismo Hernando Colón deja entender el doble objetivo de su padre
cuando alude a «la esperanza que tenía de encontrar, antes de que llegase a
aquellas [las Indias] alguna isla o tierra de gran utilidad, desde la que
pudiera continuar su principal intento». La primera parte de la empresa
contemplaba las islas o incluso una «tierra firme» conquistables y a la larga
colonizables; luego vendrían los grandes imperios de las Indias, más a mano
después de haber utilizado aquellos primeros puntos de apoyo. Así se explican
perfectamente las concesiones de Santa Fe: primero el virreinato y gobernación
de tierras no sujetas a fuerte y civilizada soberanía, y el diezmo de las
rentas de las tierras descubiertas —porque no era de suponer que los
emperadores pagasen tributo— y, por otra parte, una octava parte de los
beneficios del comercio, unos beneficios que podían ser fabulosos si el tráfico
entre iguales se extendía a los legendarios países de Extremo Oriente. Colón
esperaba encontrar dos cosas distintas, y fue muy inteligente a la hora de
asegurarse el aprovechamiento por separado de una y otra. Realmente no encontró
más que una de ellas, aunque pasó el resto de su vida tratando desesperadamente
de encontrar la otra.
§. Los preparativos
Si las negociaciones de Colón con la corte española duraron siete años (con
largas interrupciones intermedias), la preparación concreta del viaje fue
francamente rápida, de abril a julio. La expedición destinada al descubrimiento
de América por los europeos no partió, como hubiera sido lo más lógico, de
Sevilla, Cádiz, El Puerto de Santa María o Sanlúcar de Barrameda, sino del
pequeño puerto onubense de Palos de la Frontera. Las razones pueden estar
relacionadas con la influencia de los frailes de La Rábida, muy afectos a la
idea de Colón, pero sin duda mucho más con un hecho que vino a facilitar las
cosas: los paleños habían sido castigados a servir a los reyes con dos o tres
carabelas. El castigo no se debía, como repetidamente se afirma, a ningún
delito cometido por los vecinos del pueblo, sino al impago de impuestos. Y los
reyes les obligaron a ceder a Colón aquellas dos carabelas, la Pinta y
la Niña. La primera era copropiedad de Cristóbal Quintero y Martín
Alonso Pinzón, probablemente el más afamado navegante de Palos, en quien había
de encontrar el descubridor una ayuda inestimable. La otra carabela era
probablemente de Pero Alonso Niño, que en el gran viaje habría de ser su
piloto, aunque actuó de capitán Vicente Yáñez Pinzón, hermano de Martín Alonso.
Sobre el tercer navío hubo más dudas. Quizá no existía otra carabela disponible
en aquel momento, o el futuro Almirante prefirió comandar una nao, más grande y
majestuosa, aunque menos apta para una función meramente descubridora. Al fin
se eligió La Gallega, una nao de origen norteño, construida con
casi seguridad en Galicia, aunque su dueño pasa por ser Juan de La Cosa, un
navegante de Santoña que habría de trascender también a la historia, y a quien
suele identificarse con el autor del primer mapa de América. Colón rebautizó
a La Gallega como Santa María, un nombre de
acuerdo con su devoción mariana y quizá también con su condición de nave
almiranta. Barcos pequeños, de veinte a treinta metros de largo, verdaderas
cáscaras de nuez, sobre todo a la hora de cruzar la inmensidad de un océano. Ya
hemos señalado las diferencias entre las carabelas y la nao. Esta última, con
su palo mayor más alto y su espléndido castillo de popa, era el habitáculo
ideal para un hombre que desde siempre se había ocupado de destacar su imagen.
Colón tuvo suerte. No solo se encontró con el regalo de aquellos tres
barcos, que le permitieron gastar casi todo el dinero de la expedición en
comprar provisiones y pagar a los tripulantes, sino que se encontró también con
marinos extraordinarios. Los hermanos Pinzón y Juan de la Cosa demostraron
sobradamente su categoría. Los dichosos pleitos colombinos, que se prolongaron,
después de la muerte del descubridor, hasta los años treinta del siglo XVI,
dividieron a los testigos entre partidarios de Colón y partidarios de los
Pinzones. Quizá fuera este último un partido tomado adrede por los que sentían
inquina hacia el Almirante, que necesitaron apoyarse en otros nombres para
disminuir los méritos del descubridor. Es evidente que Colón se entendió
perfectamente con Vicente Yáñez, capitán de la Niña, en cuyo barco
hizo el viaje de regreso, y por lo menos al principio con Martín Alonso, aunque
este mostró un carácter más fuerte. Ya en la singladura hacia Canarias lo
considera «persona esforzada y de buen ingenio». Y cuando las zozobras, a fines
de septiembre y comienzos de octubre le hicieron dudar, fue Martín Alonso el
único miembro de la expedición a quien don Cristóbal enseñó el secreto mapa que
llevaba y sostuvo con él una larga conferencia. No fue entonces, sino pocos
días más tarde, cuando la tripulación amenazó con soliviantarse, y fue Pinzón
el que pacificó a los marineros —eso sí, mediante una transacción—, e impuso un
rumbo suroeste que a su vez iba a cambiar el rumbo de la historia, cuando el ya
casi Almirante pudo alimentar una cierta inquina contra un hombre que mostraba
entre los marineros mayor ascendiente y autoridad que él. Desde entonces, no se
leen más elogios a Martín Alonso, y hasta los dos famosos marinos se separarían
durante la exploración de la Española, porque cada uno quería descubrir por su
cuenta: en este caso, la indignación de Colón fue evidente. Durante la primera
tempestad que sorprendió a los expedicionarios durante el viaje de regreso, las
dos carabelas se separaron de nuevo, y no precisamente por su voluntad; Martín
Alonso sería el primero en regresar a Europa, concretamente a Bayona de
Galicia, y desde allí escribió a los Reyes Católicos dándoles cuenta del gran
descubrimiento, porque juzgaba a Colón perdido. Días más tarde, navegó a lo
largo de Portugal hasta el punto de partida, y cuál no sería su sorpresa cuando
se encontró allí anclada la Niña, que había llegado el día
anterior. Pinzón murió al parecer a las pocas horas, víctima quizá de alguna
enfermedad tropical contraída durante el viaje. No sabemos de nadie que se haya
muerto de un disgusto.
La figura de los Pinzones (Martín Alonso en el primer viaje, Vicente
Yáñez luego como gran explorador de la costa americana) ha sido destacada por
Juan Manzano, quizá para contrapesar la enorme figura del Almirante, al que la
fama ha colocado como el único fautor y héroe de la empresa. La idea de que
Martín Alonso tenía ya noticias de la presencia de Cipango al otro lado del
Atlántico y hasta se la contagió a Colón es con casi total seguridad falsa;
pero no puede menoscabarse el mérito de los hermanos, sobre todo del mayor, en
la empresa descubridora. Como que probablemente el genovés no hubiera podido
reclutar a sus hombres sin la ayuda inestimable de Pinzón, que aceptó desde el
primer momento el proyecto y lo animó entre los marineros de Palos, que desconfiaban
de aquel extraño extranjero. Durante la travesía, muchos de sus consejos fueron
decisivos, y tal vez, sin su mediación en los días finales, las carabelas
hubieran tenido que regresar de vacío. Tampoco podemos olvidar a los demás
héroes de la empresa. Colón sabía, o decía saber a dónde iba; aquellos
marineros, curtidos en los mares de Europa y África, pero por cuyas mentes
nunca había pasado la idea de adentrarse indefinidamente en la inmensidad del
Océano, no sabían a dónde los llevaban, si es que los llevaban a algún sitio.
Aceptaron la aventura y la coronaron con éxito. Sabemos que su número oscilaba
en torno al centenar. Alice B. Gould ha identificado a 87 de ellos, de los
cuales 39 embarcaron en la Santa María, 26 en la Pinta y
22 en la Niña: unas cifras que pueden sugerirnos aproximadamente la
capacidad de cada navío. Normalmente, las carabelas no solían llevar tanta
gente, pero en este caso Colón pensó en la conveniencia de una tripulación lo
más numerosa posible. La mayoría era de Palos o del cercano Moguer; había
además media docena de andaluces de otras comarcas, dos o tres portugueses, un
cordobés, un segoviano, una decena de gallegos, vascos y cántabros; pero como
símbolo de la universalidad de la empresa, también un genovés, un veneciano y
un negro africano. Es un infundio suponer, como con tanta frecuencia ha
insistido cierta bibliografía extranjera, que los tripulantes de las carabelas
eran facinerosos castigados a una aventura mortal: cierto que cuatro de ellos
eran reos de diversas penas —no de muerte—, que eligieron la empresa a
condición de ser perdonados; el resto, como dijo el propio Colón, eran
«españoles honrados», y la mayoría de ellos hombres de mar avezados a las más
difíciles navegaciones por aguas oceánicas.
§. El Diario de Colón
Conocemos la historia detallada de la gran aventura a través de los primeros
historiadores de Indias, singularmente Las Casas, López de Gómara y Fernández
de Oviedo, por la Historia del Almirante, atribuida al menos en
gran parte a Hernando, hijo del descubridor, y, por supuesto, por las numerosas
cartas que el gran navegante escribió a los Reyes Católicos o a otros
personajes, pues don Cristóbal tenía una predilección especial por escribir, y
con un estilo de poco usual galanura. También son fuentes documentales de
singular importancia las declaraciones de numerosos testigos en los célebres
pleitos colombinos. Pero la joya principal de todas las fuentes de primera mano
sobre el viaje del Descubrimiento es el Diario de a bordo, redactado día a día
por el jefe de la expedición, un testimonio de incomparable categoría, que
Morison considera «el más detallado, el más interesante y fascinante diario
marino de cualquier viaje de la historia». Tenemos la suerte de conservarlo.
Tenemos la mala suerte de que la copia conservada no sea la original. Que Colón
escribió ese diario es absolutamente seguro. Él mismo informa a los Reyes
Católicos que «pensé de escribir todo este viaje muy puntualmente, de día en
día todo lo que yo hiciese y viese y pasase…». Hernando escribe a su vez que
«fue diligentísimo el Almirante en escribir de día en día, minuciosamente, todo
lo que sucedía en el viaje, especificando los vientos que soplaban, qué viaje
hacía con cada uno y con qué velas y corrientes; y las cosas que veía por el
camino, aves, peces y algunos otros indicios». Un texto que produce cierta
envidia a cuantos quisiéramos conocer al detalle todos los incidentes de la
navegación, porque es seguro que, como buen marino, lo consignó. Por desgracia,
el autor de la copia que conservamos no era marino y omite cuestiones que para
nosotros hubieran sido fundamentales. En el Diario y por lo
que se refiere al emocionante viaje de ida, solo por tres veces se alude a la
dirección del viento, solo dos referencias hay sobre las corrientes, y una sola
a las velas que llevaba. El relato de Hernando se basa grandemente en el Diario de
su padre, y permite reconstruirlo mejor en algunos puntos en que el texto
original fue mutilado; pero en ocasiones no sabemos lo que el celo filial
añadió para mayor gloria del descubridor. Curiosamente, la Historia de
las Indias de Bartolomé de Las Casas reconstruye con mayor fidelidad
frases enteras del Diario, hasta el punto de que es preciso suponer
que lo tuvo delante de sí cuando redactó la historia del viaje. Otro de los
infinitos misterios de Colón es el hecho de que aquel manuscrito fundamental
para la historia haya ido a parar a las manos del dominico —que por su cuenta
nos declara que lo tiene en su poder— cuando sabemos relativamente poco de las
relaciones íntimas entre la familia del descubridor y el fraile (Cristóbal
Colón y Las Casas pudieron verse en algún momento, en Sevilla, probablemente no
en La Española, y es difícil suponer que llegaran a tratarse). Pero todo hace
suponer que la versión del Diario del primer viaje colombino
es una copia de una copia —¡si no hubo más manos interpuestas!— redactada por
fray Bartolomé. Algunas expresiones, especialmente algunos comentarios, que es
imposible que sean de Colón, corresponden al copista, que no tuvo inconveniente
en entrometerse en el texto original. Con frecuencia se expresa en tercera
persona («anduvieron más de treinta leguas»… «cuenta aquí el Almirante que…»),
y en ocasiones se hace presente la duda: («parece que dice aquí…» «… si no está
mentirosa la letra…»), como si el texto que copió no fuera fácilmente legible,
y este solo detalle nos denuncia que la copia no es el documento original, que
Colón presentó personalmente a los Reyes Católicos, con la excelente caligrafía
que siempre le distingue cuando escribe despacio, o se dirige a una persona
importante… circunstancia que a su vez nos obliga a suponer que la versión del
Diario que entregó tampoco es la original escrita a bordo, sino una copia
manuscrita por el Almirante en una fecha posterior… y probablemente ya
adulterada en aquellos puntos en que las zozobras o los errores de nuestro
descubridor pudieran parecer más evidentes. En suma, el famoso Diario de
Colón no es en absoluto el original, ni es tampoco enteramente de Colón. Con
todo, sigue conservando esa fascinación especial que vio en él Morison, que lo
convierte en uno de los más hermosos documentos de la historia marítima de
todos los tiempos.
Por demás, el Diario, aparte de su interés intrínseco y de
la emoción que produce vivir prácticamente de primera mano una de las más
fascinantes aventuras de la historia, es una pieza de extraordinaria categoría.
Colón no era hombre de muy vasta formación literaria, pero siempre hizo gala de
su afán por escribir, y por lo general lo hizo bien, aderezado con una buena
dosis de imaginación, y con frecuentes hipérboles y exageraciones, muy propias
de su carácter, que, si no siempre nos permiten tomar lo que dice al pie de la
letra, aumentan si cabe el interés de la lectura. Colón escribe en un
castellano casi limpio, con algún portuguesismo, unas pocas voces que pueden
ser de origen catalán, y muy escasos italianismos. Las pocas veces en que
intenta escribir en italiano, apenas lo consigue: probablemente, no recordaba
su idioma natal, aparte de que el dialecto genovés se diferenciaba
considerablemente de lo que hoy llamamos italiano. En cambio, su castellano es
fragante, y sabe encontrar en cada momento la palabra adecuada o el matiz más
acertado para describir una situación o un paisaje. Posee un indudable encanto
encontrarse con frases tan poéticas como estas:
«Era placer grande el gusto de las mañanas, que no faltaba sino oír
ruiseñores». (16 de septiembre).
«Aquí son los peces tan disformes de los nuestros que es maravilla. Hay
algunos hechos como gallos de las más finas colores del mundo, azules,
amarillos, colorados… y otros pintados de mil maneras; y las colores son tan
finas, que no hay hombre que… no tome gran descanso en verlos». (16 de
octubre).
«… Aquí son unas grandes lagunas, y sobre ellas es el arboledo en
maravilla, que en toda la isla son todos verdes, y las hierbas como en abril en
Andalucía; y el cantar de los pajaritos, que el hombre nunca se querría partir
de aquí». (21 de octubre).
«… entonces tornó a ventar muy amoroso, y llevaba todas las velas de mi
nao». (24 de octubre).
Aunque no todo son cuadros idílicos. Colón es también un espléndido
pintor de tempestades, en el tornaviaje de 1493, y sobre todo en la Relación del
cuarto viaje, tan castigado por las tormentas tropicales:
«… ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma… Allí me
detenía, en aquella mar hecha sangre, hirviendo como caldera por gran fuego. El
cielo jamás fue visto tan espantoso. Un día con su noche ardió como horno…».
Si Colón no hubiera sido un gran navegante sino un hombre de carrera,
como ingenuamente pretendía su hijo, tal vez hubiese podido pasar a la historia
como un buen escritor. De la mano de tan sugestivo relato, nos disponemos a
vivir una de las más apasionantes aventuras de todos los tiempos.
Capítulo 3
El viaje del descubrimiento
Contenido:
§. La partida
§. ¿Sabotaje?
§. Un mes en Canarias
§. Comienza la aventura
§. El ramo de fuego
§. La Corriente Ecuatorial del Norte
§. Los sargazos
§. Aguja y estrella
§. El meridiano mágico
§. Las latitudes de los caballos
§. Echando punto
§. La travesía del mar Rojo
§. Júbilo y desesperanza
§. Un destronamiento genial
§. La esquiva Cipango
§. ¿Tierra al fin?
§. Rebelión a bordo
§. Esperanzas
§. Una luz en el horizonte
§. Una noche histórica
§. Tierra
§. El sueño y el alba del Nuevo Mundo
Aquella mañana del 3 de agosto de 1492, en pleno verano de la ría de
Huelva, tuvo un encanto especial en la historia del mundo. No existía otra cosa
que esperanza en el futuro, pero el futuro comenzaba en aquel mismo instante,
puesto que no se alcanza la meta sino al cabo del camino, y el camino —¿hasta
dónde?, ¿hasta cuándo?—, se iniciaba en aquella mañana luminosa y calurosa,
como por práctica necesidad son todas las mañanas en aquel tiempo y en aquel
lugar. La partida tuvo que efectuarse en medio de una general emoción, tanto
por parte de los que se hacían a la mar como por la de quienes los despedían.
Tal vez el acto previo fue, como quiere la tradición, una misa oficiada por un
fraile de La Rábida en plena madrugada. No para todos tenía la aventura el
mismo sentido. El futuro Almirante hacía gala de una fe indeclinable en su
destino: parecía saber con una seguridad absoluta lo que le aguardaba al final
de su viaje y en qué lugar del Océano estaba ese final. Solo últimamente
Fernández Armesto nos ha pintado, quizá sin demasiado éxito, un Colón lleno de
dudas y vacilaciones, que sabía disimular muy bien. Para los marinos de más
prestigio, Martín Alonso, Vicente Yáñez, Juan de La Cosa, Pero Alonso Niño, era
aquella una empresa incierta, a la que aguardaba cualquier desenlace, pero que
valía la pena intentar. Un buen navegante tiene una clara idea del riesgo, pero
también de lo que solo con el riesgo se alcanza: sin ese sentido de la
aventura, el conocimiento del mundo hubiera sido mucho más pobre y hubiera tardado
más tiempo en alcanzarse. Muchos marineros estaban desconcertados. También
ellos habían corrido peligros y aventuras sobre los mares; pero siempre por
mares que otros habían navegado, y con un objetivo más o menos definido. En
este caso, nadie les había informado claramente acerca de cuál era su destino,
y cuándo y cómo iban a llegar a él. Se fiaban muy poco de aquel genovés, fácil
de palabra y pronto a la promesa, que sin embargo mantenía un fondo de misterio
indescifrable. Sentían motivos para desconfiar de su naturaleza un tanto
estrafalaria. Pero los Pinzones, especialmente Martín Alonso, un hombre en el
cual siempre habían creído, les aseguraba que iban a una tierra muy rica
situada allende los mares, cuyo hallazgo valía la pena, y que les compensaría
de todos los azares de una larga navegación. ¿Qué sentían en realidad aquellos
marineros, sencillos, valerosos, la mayor parte de ellos curtidos en las cosas
de la mar, pero ignorantes, que se disponían como nadie había hecho
conscientemente, a atravesar las inmensidades de la Mar Océana? Sea lo que
fuere, son merecedores como los demás de nuestro respeto y nuestra admiración.
§. La partida
La primera parte del viaje no debió atemorizar a los tripulantes de las
carabelas. La mayor parte de ellos habían hecho alguna vez, o varias veces, la
travesía hasta las Canarias. La relación de las Canarias con los puertos del
golfo de Cádiz era habitual desde cien años antes, y aunque la conquista de las
islas no estaba terminada —los castellanos no tenían prisa, aquellas tierras no
ofrecían demasiada recompensa, y los reyes no les concederían demasiada
importancia precisamente hasta después del descubrimiento de
América— constituían una buena base de aprovisionamiento, y también un pretexto
para el costeo de África, haciendo una competencia más o menos encubierta a los
portugueses. También Colón tenía el propósito de utilizar las Canarias como
última base para su gran navegación oceánica. El único motivo que esgrime
nuestro navegante para semejante decisión es que las islas están más al Oeste
que la Península, y por tanto más cerca del punto de destino. El Almirante no
tenía la cultura de Toscanelli, que había hecho su mapa con los meridianos
oblicuos y conocía que las distancias en longitud aumentan cuanto más cerca del
ecuador, concretamente en proporción al coseno de la latitud geográfica. Colón
no entendía en absoluto de geometría esférica, y parece que infirió que los
nueve grados de ventaja hacia el oeste le permitirían ahorrar unas 500 millas,
o sea 125 leguas (la legua a que se refiere Colón mide cuatro millas, unos 5,6
kilómetros). En total, el descubridor calculaba una distancia de 750 leguas de
las Canarias a Cipango, un recorrido que podía hacerse, con viento favorable,
en tres o cuatro semanas: nada del otro mundo… ¡aunque iba a llegar a otro
mundo! Pero la escala en las Canarias nos da razón de otro criterio decisivo, y
en este caso plenamente acertado: el viento favorable. Mientras se practicó la
navegación a vela, una forma de cruzar los mares en que el barco depende
exclusivamente del viento, el régimen de vientos dominantes era mucho más
importante que la distancia. Pierre Chaunu, por ejemplo, en su obra fundamental
sobre Sevilla y el Atlántico, ha dibujado unos mapas que parecen
estrafalarios por sus deformaciones respecto de la realidad, y no lo son,
porque están trazados no de acuerdo con las distancias, sino con los días de
navegación. Así vemos cómo la distancia de Cádiz a La Habana es «menor» —como
si estuviera más cerca— que de La Habana a Veracruz. Colón hizo muy bien en
escoger las Canarias como punto de partida, y, es más, Demetrio Ramos cree que
este proyecto data ya de los tiempos en que ofreció su plan a los portugueses.
De Canarias parten los alisios, que permitirán navegar indefinidamente viento
en popa. Naturalmente que ni Colón ni nadie sabía entonces hasta dónde soplan
los alisios, pero nuestro navegante, cuya intuición superó siempre a su
ciencia, acertó plenamente. Hay motivos para suponer que sin la posesión previa
de las Canarias, España no hubiera descubierto América.
Otro motivo existe, aunque se trata de una simple conjetura. Hemos
aludido a la teoría de Manzano sobre la información de un protodescubridor, que
habría facilitado a Colón la situación lo más exacta posible de la tierra que
luego este encontró. La teoría es todo lo aventurada que queramos; pero lo
único cierto es que Colón tuvo un empeño particular en seguir exactamente el
paralelo 28º. ¿Por qué ese prurito realmente inexplicable?, (aunque en Colón
casi todo es inexplicable). Con frecuencia se ha aludido a que los reyes habían
encargado al navegante que no se adentrara en los mares al sur de Canarias,
para no plantear problemas con los portugueses. El compromiso adquirido en el
tratado de Alcaçovas, es, sin embargo, el de no avanzar al sur de Canarias contra
Guinea, esto es, no seguir el costeo de África hacia el sur, derecho
reservado al rey de Portugal. Nada se dice respecto del oeste, o del suroeste.
García Gallo ha hecho ver que todas las doctrinas de la época consideraban al
Océano, lejos de toda costa, mare liberum, y por tanto Colón no
tenía por qué seguir indefinidamente el paralelo 28º. Si embargo lo siguió
hasta muy cerca del Nuevo Mundo, y si se desvió más hacia el Sur fue porque le
obligaron a hacerlo. ¿Qué buscaba por aquella vía? ¿Un destino concreto, o el
navegar siempre hacia el Oeste fue una manía más del Almirante? No lo sabemos.
Por cierto que seguir aquel paralelo estuvo a punto de costarle caro. Pero
sigamos el primer capítulo de la aventura.
De la primera jornada, el Diario de navegación dice
simplemente lo siguiente:
Partimos viernes tres días de agosto de 1492 años de la barra de Saltés,
a las ocho horas. Anduvimos con fuerte virazón hasta el poner del sol hacia el
sur, sesenta millas, que son quince leguas; después al suroeste y sur cuarta al
suroeste, que era el camino para las Canarias.
No cabe duda de que son palabras textuales del Almirante, puesto que
están escritas en primera persona. Los eruditos han tenido buen cuidado en
averiguar que el 3 de agosto de 1492 era viernes, y, efectivamente, de acuerdo
con el calendario juliano, lo fue. Quizá no han tenido en cuenta otras
palabras, que nos hacen suponer que el texto original ha sido ligeramente
acortado, para quedarse con lo fundamental. Veamos. Colón no pudo decir que
partieron de la barra de Saltés, porque partieron de Palos, y la barra no es un
punto de partida, sino un molesto canal. En el prólogo, redactado antes o
después, porque tan pronto emplea el autor el futuro como el pretérito —es
decir, lo revisó—, dice que piensa salir de Palos poco antes de la salida del
sol. Cabe la posibilidad de que las carabelas se acercaran hasta la punta del
Sebo, al sur de Huelva, como afirma la tradición, para terminar de abastecerse.
Luego salieron con la intención de «remontar» la barra que cierra la ría y se
extiende varias millas de oestenoroeste a estesureste. Morison y Taviani
observan que salieron de la barra «con el reflujo». ¡Entonces no pudieron
hacerlo a las ocho de la mañana, porque el reflujo no comenzó hasta casi
mediodía! Por otra parte, la «virazón» es un viento que sopla por la tarde;
precisamente se llama así porque «vira» de levante a poniente. En Huelva es
historia de casi todos los días de verano. Por lo general, la virazón de
poniente, por la tarde, es más fuerte, también más fresquita, que el levante, a
veces casi en calma, de la mañana. Colón no sabía nada de la depresión
veraniega sahariana, ni del mínimo secundario que se forma en la cuenca del
Guadalquivir a mediodía, como consecuencia de la fuerte insolación: pero sabe
describir muy bien el fenómeno: «en el verano en Andalucía por muy cierto se
tiene cada día después el sol altillo, la virazón, que es viento que salta de
poniente». El Almirante es un docente nato, y en una de sus cartas a los Reyes
Católicos, escrita el 6 de febrero de 1502 les da una verdadera lección —para
ellos innecesaria— sobre el régimen de vientos en la zona. La virazón es, por
tanto, un viento que salta a poniente «después del sol altillo», es decir, a
partir del mediodía. A nadie se le ocurre decir que ha remontado la barra de
Saltés a las ocho de la mañana con fuerte virazón, porque la afirmación, además
de falsa, no tiene sentido. Por si ello fuera poco, aquel 3 de agosto la luna
tenía trece días, es decir, estaba a dos de la fase de «llena», y, más aún, se
encontraba en el perigeo: en otras palabras que había mareas vivas. Habida
cuenta del establecimiento de puerto de la ría de Huelva la marea estuvo
subiendo de cinco a once de la mañana: justo a las ocho alcanzó —y con viento
de levante— su máxima corriente de entrada en la barra de Saltés. Si aún en el
siglo XIX los barcos evitaban esta situación para salir de Huelva, cabe suponer
que mayor hubiera sido la dificultad en el siglo XV. Si algo está claro es que
lo que se afirma en las primeras frases del Diario de Colón
está incompleto y mutilado.
La redacción original puede ser parecida a esta: «Partimos viernes tres
días de agosto de 1492 años, al salir el sol, del puerto de Palos. Después de
tomar las últimas provisiones, hubimos de fondear ante la barra de Saltés
porque el viento y la mar nos eran contrarios. A mediodía saltó una fuerte
virazón, y navegamos al sur…».
Parece que es preciso renunciar a la emocionante estampa de las
carabelas que se pierden en la mar en una clara mañana de agosto. O el copista
prescindió de detalles técnicos que le parecieron nimios, o el propio Colón,
que siempre se regala con autoelogios, se negó a confesar una contrariedad que
hubiera debido prever. El hecho, como tal, no tiene importancia, pero revela
hasta qué punto es preciso rectificar el texto del diario colombino con la
ayuda de conocimientos no estrictamente históricos. Una última observación: las
millas que midió Colón como recorridas el 3 de agosto son justo la mitad de las
andadas en las jornadas siguientes. Partió de hecho a mediodía Si tratáramos de
corregir el texto del Diario en todas las circunstancias,
sería una labor demasiado fatigosa para cualquier lector; pero no renunciamos a
hacerlo, o a intentarlo, cuando parezca que valga la pena.
§. ¿Sabotaje?
El camino que recorrieron las tres naves entre el 3 y el 9 de agosto era bien
conocido, y para la mayoría de los tripulantes no constituía en absoluto una
novedad. Sobre las nueve o diez de la noche, hora solar, de aquella primera
jornada, y como es usual en aguas del Estrecho, el viento saltó de nuevo a
levante, y las carabelas se desviaron hacia el sursuroeste, para tomar el rumbo
de las Canarias. A partir de aquel momento, y como era de esperar en aquellas
aguas y por aquellos días, el aire se mantuvo del nordeste, el típico prealisio
entre el Estrecho y las islas, de modo que los barcos navegaron con viento en
popa. Y relativamente fuerte, como se deduce del testimonio de Colón de que
aquellos días tuvieron «mala mar», y del hecho de que, a pesar de los
contratiempos, llegaron a Canarias en seis días, en lugar de los ocho o nueve
acostumbrados. No hemos de pensar en «mal tiempo» en sentido estricto. Lo
normal es que el cielo estuviera despejado, los días claros y relativamente
frescos, y las noches suavemente tamizadas por el resplandor de la luna llena
que llegaba por babor, luego por proa; pero con fuerte aire casi paralelo a la
costa africana, un hecho prácticamente endémico en los meses de verano. El
anticiclón de las Azores por un lado y el mínimo sahariano por el otro provocan
esta fuerte corriente de aire, aliada a la corriente fría de Canarias en la
mar, que crea condiciones especiales a la navegación y revuelve las aguas. La
travesía no tenía nada de peligrosa, aunque sí podía resultar incómoda por
efecto del fuerte viento y la marejada, tan frecuente en la zona precisamente
por entonces. Y tal vez fueron aquellas condiciones las que crearon los
primeros problemas. El 6 de agosto, a los tres días de navegación, «saltó o
desencajóse el gobernario de la Pinta, donde iba Martín Alonso
Pinzón, a lo que se creyó y sospechó por industria de un [tal] Gómez Rascón y
Cristóbal Quintero, cuya era la carabela, porque les pesaba hacer aquel viaje».
Ya en Palos, a lo que parece, había habido «ciertos deveses y grisquetas», es
decir, riñas, por este motivo. Suele pensarse que la Pinta era
copropiedad de Quintero y de Pinzón, y el tal Rascón habría sido el autor del
sabotaje. Martín Alonso mandaba la carabela, y la quería como suya; con
entusiasmo había secundado el proyecto de Colón y había convencido a los
marineros de Palos, pero no al otro, quizá principal propietario de la
carabela, que temía verla sometida a una aventura disparatada, en que no quiso
participar. Por supuesto, como ya observa Taviani, la avería del timón no debió
provocarse en alta mar, sino en Palos, aflojando furtivamente los enganches del
codaste. Una avería manifiesta antes de la partida hubiera provocado más bien
un ligero retraso y una reparación inmediata; era preferible para los
saboteadores que el barco mostrase su debilidad entre Palos y Canarias, donde
todavía podía evitarse una catástrofe, pero el arreglo resultaba mucho más
difícil. Si tal ocurrió, el plan tuvo éxito, y a punto estuvo de provocar un
cambio de carabela, como deseaba su dueño.
Colón, hombre desconfiado por naturaleza, denuncia con bastante
convicción la maniobra, aunque no se atreve a darla como cierta. Todo es
posible, naturalmente. Pero, en el caso de que el timón estuviera
deficientemente asegurado, ya por acción intencionada, ya por desgaste del
material, el hecho se produjo precisamente con fuerte viento de popa y mala
mar. El timón de la carabela iba agarrado con grapas y garfios al codaste. El
viento de popa con mar turbulenta hace sufrir al timón más que en ningún otro
caso, y sobre todo si el barco iba aparejado con velas latinas, triangulares:
he aquí un detalle interesante. Con ese aparejo y viento de popa, es frecuente
tener que cambiar la dirección de las velas, para que tomen el aire por uno u
otro costado, y la maniobra obliga a fuertes golpes de timón, justo frente a
las olas que vienen de atrás. Una de las grapas saltó con los vaivenes y los
esfuerzos por mantener el navío a la vía: y así fue como el timón se desencajó.
La Pinta, lógicamente, arrió casi todas las velas y quedó a la
capa. Los demás barcos hubieron de hacer lo mismo para no dejar solo al
averiado, y quedaron casi detenidos; y aunque la Santa María pretendió
ayudar a la Pinta, no pudo hacerlo por el mal estado de la mar. Por
fortuna, pensó el futuro Almirante, «Martín Alonso era persona esforzada y de
buen ingenio». Seguro que sabría salir del aprieto. Y, efectivamente, después
de unas horas de denodados y tal vez arriesgados esfuerzos, colgados de la popa
de la nave, consiguieron asegurar el timón lo mejor posible, y se reanudó la
travesía. Con todo, aquel día no pudieron avanzar más que veintinueve leguas,
en vez de las «más de cuarenta» de la jornada anterior.
Sin embargo, los empeñados esfuerzos de Pinzón y los suyos, en medio de
una mar difícil que atacaba por popa, solo dieron resultado veinticuatro horas.
El 7 de agosto volvió a saltar el timón de la Pinta, y esta vez el
mal debió resultar mayor, porque al día siguiente, el 8, Colón se muestra
dispuesto a abandonar la carabela en Canarias, «porque iba mal acondicionada
del gobernario y hacía agua». La torcedura del timón, con fuerte marejada,
había desencuadernado el codaste, y una avería de tal calibre —desencajada la
columna maestra de la popa— hacía difícil la reparación. Si había habido un
sabotaje, los autores estuvieron a punto de conseguir su objetivo. Repetimos
que no es necesario suponer una avería intencionada: la mala mar por popa puede
producir estos contratiempos, y el intento de gobernar con un timón en malas
condiciones había agravado el mal. Un barco al cual va a exigirse una aventura
tan arriesgada como «engolfarse» en el Océano por espacio de miles de millas,
sin puertos de refugio a la vista, en condiciones de mar absolutamente
imprevisibles, y con un punto de destino absolutamente incierto y tal vez
inalcanzable… tenía que encontrarse en las más perfectas condiciones, y
la Pinta en aquel momento no lo estaba. ¿Qué resolución cabía
tomar? ¿Dejar la carabela averiada en Canarias y seguir viaje con los otros dos
navíos? Se planteaba el problema de qué hacer con veintitantos hombres de la
tripulación, aunque el Almirante hubiera podido aprovechar el caso para
desprenderse de los menos decididos —si es que los había—, que podrían regresar
a la península en la Pinta más o menos bien reparada, o bien
en otro navío, y seguir viaje con los más audaces. Quizás otro marino hubiera
aceptado una solución parecida; pero don Cristóbal era hombre de ideas fijas:
los barcos tenían que ser tres. De modo que se formuló el propósito de adquirir
una nueva carabela en condiciones así que hubiese llegado a Canarias.
Con la Pinta difícilmente gobernable, el 9 de agosto
avistaron las islas: estaban entre Gran Canaria y Tenerife, no cerca de
Lanzarote, a dónde quería llegar el jefe de la expedición. Era esta isla la
colonizada desde más antiguo, la que reunía mayor interés entonces para los
españoles por su mayor cercanía a la tierra africana, y en ella hubiera sido
posible encontrar más ayuda; pero por obra del viento, las corrientes, y
dependiendo, además, de una carabela estropeada, habían ido a parar más al
oeste de lo que querían. Es preciso tener en cuenta que en 1492 la conquista de
las Canarias distaba mucho de estar finalizada. Había españoles especialmente
en Lanzarote, también en Fuerteventura, y en varios puntos de Gran Canaria. En
cambio, la isla mayor, Tenerife, estaba gobernada por los caciques menceyes.
Eso, sí, La Gomera, adelantada hacia Occidente, contaba ya con el pequeño
puerto de San Sebastián, quizá el mejor abrigado de todas las islas, y también
había colonos castellanos establecidos en Hierro. No podía escogerse, por
tanto, cualquier isla como refugio de las carabelas, y menos como lugar para
reparar la Pinta. Lo más apropiado hubiera sido, por supuesto,
llevarla a Lanzarote, pero el fuerte viento contrario hacía la aventura
bastante difícil. Al fin, y después de una conferencia entre Colón y los
Pinzones, se decidió llevar la Pinta al «resguardo» de Gran Canaria, esto es, a
un lugar tranquilo en las costas a sotavento de la isla, en tanto la otra
carabela y la nao se dirigieron a La Gomera, donde sabían que iban a encontrar
ayuda. La Santa María y la Niña debieron
llegar a San Sebastián de La Gomera el 10 de agosto. La expedición habría de
sufrir necesariamente un considerable retraso. No podía imaginar Colón la
inmensa fortuna que este retraso le iba a proporcionar.
§. Un mes en Canarias
El diario de Colón se interrumpe en la entrada correspondiente al 9 de agosto y
se reanuda el 6 de septiembre, quizá porque es precisamente un diario de
navegación. Poco nos cuenta del mes casi completo que duró la escala en
Canarias: en la entrada del 9 de agosto se adelantan hechos como la reparación
de la Pinta, una supuesta erupción del Teide, y un testimonio de
doña Inés Peraza sobre las islas flotantes, o espejismos, que creían divisar
todos los años los vecinos de la isla de Hierro. Las Casas, Diego Colón o
Fernández de Oviedo nos enriquecen con unos cuantos detalles más. De todas
formas es relativamente poco lo que sabemos de aquel mes, no precisamente de
descanso, sino de escala forzosa, llena de tareas, que los expedicionarios
hubieron de pasar en las Islas Afortunadas. Cioranescu ha tratado de
reconstruir con el máximo detalle posible aquellos días vividos entre la
incertidumbre y la esperanza.
Colón llegó a San Sebastián de La Gomera y allí realizó las gestiones
destinadas a adquirir o alquilar un nuevo barco. Le hablaron de un «carabelón»
que estaba disponible, pero justo entonces acababa de partir al parecer para
Lanzarote. El Almirante esperó durante un plazo razonable: el tal carabelón no
regresaba. En tanto, y puesto que el viento había amainado considerablemente,
supo que Martín Alonso Pinzón y los suyos habían conseguido llevar la Pinta al
puerto de Gando, en la costa oriental de Gran Canaria, y estaban en disposición
de repararla. Al fin se prefirió el arreglo de la rápida Pinta —es
lógico, Martín Alonso no quería perder sus derechos sobre ella— que el
problemático regreso del carabelón. Es posible que si en Gando no se contaba
con todos los pertrechos necesarios para la operación, la Niña, tan
ágil como su compañera, pudo llevarlos desde San Sebastián. No solo se reparó
el codaste y el timón de la carabela, sino que Colón añade que se le cambió el
aparejo: velas redondas, en lugar de latinas.
Hernando Colón, en su Historia del Almirante dice que
la carabela a la que se cambió el aparejo fue la Niña. Cabe
admitirlo como posible, por más que la versión del Almirante parece más
correcta; si la Pinta fue varada para carenarla y repararle a
fondo el timón y el codaste, es lógico que se aprovechase la ocasión para
cambiarle el aparejo, mientras la Niña seguía cumpliendo el
papel de barco de enlace entre Gran Canaria y La Gomera. Efectivamente,
la Pinta había sufrido su avería por culpa de los continuos
bandazos de popa, y convenía hacer la reforma. Si también se cambió el aparejo
de la Niña, es un hecho que no conocemos. Por supuesto, la Santa
María, como nao que era, ya tenía aparejo redondo (excepto la mesana, que
era insustituible). Este tipo de aparejo, como ya queda indicado en su lugar,
era más cómodo para la navegación en popa, y Colón sabía que iba a tener viento
favorable en su viaje de ida. A la vuelta, cambiarían las tornas y vendrían las
dificultades; pero Colón no pensaba en absoluto en el viaje de vuelta. La idea
de llegar a las Indias le absorbía por completo.
Las reparaciones y modificaciones hubieron de llevar su tiempo, en unas
costas menos preparadas que las del golfo de Cádiz para operaciones de este
tipo, amén de la cantidad de materiales y provisiones que fue necesario
adquirir. Colón y muchos de sus hombres hubieron de viajar varias veces de La
Gomera a Gran Canaria y viceversa, bordeando la amplia isla de Tenerife, aún no
conquistada por los españoles (lo sería en 1497). En uno de estos viajes,
probablemente el 2 de septiembre, aunque no consta la fecha exacta, «vieron
salir gran fuego de la sierra de la isla de Tenerife, que es muy alta en gran
manera». Hernando Colón precisa un poco más: en una travesía de la Santa
María y de la Niña de Gomera a Gran Canaria, «el
Almirante pasó aquella noche cerca de la isla de Tenerife, de cuya montaña se
veían salir grandísimas llamas, de lo que, maravillándose su gente, les dio a
entender el fundamento y causa de su fuego, comparando todo con el ejemplo del
monte Etna de Sicilia, y de otros montes en que se veía lo mismo». O sea que el
Almirante, fiel a su inveterada vocación docente, les dio una conferencia sobre
volcanes, al tiempo que les tranquilizaba. Probablemente, una versión parecida
figuraba también en la redacción original del Diario, y luego fue borrada por
algún copista. Es el único testimonio que tenemos sobre una erupción del Teide
en el otoño de 1492. Cioranescu duda del hecho, porque no existe ningún otro
testimonio escrito por las mismas fechas; pero no debemos de olvidar que los
españoles aún no se habían asentado en la isla de Tenerife y no estaban
demasiado pendientes de volcanes. Más aún, el profesor Manuel Correa, que ha
realizado recientemente una muy cuidada edición de la Historia del
Almirante, tuvo el detalle de consultar el asunto con el Instituto
Vulcanológico de Tenerife, y la respuesta fue negativa: del análisis de las
lavas, se deduce que no hubo erupciones en el siglo XV. Pudo tratarse, eso sí,
de una fumarola, bien visible desde la mar en plena noche, sobre todo si se
produjo, no en el cráter principal, sino en las llamadas «Narices del Teide»,
más al oeste, donde tuvieron lugar las conocidas erupciones del siglo XVIII.
Que hubo por lo menos fumarolas por entonces parece dejarlo en claro Las Casas,
cuando nos cuenta que los portugueses llamaban a Tenerife «la isla de
Infierno», «porque salía y sale hoy algunas veces por el pico de una sierra
altísima que tiene, algún fuego». Es difícil que el buen fraile se haya
inventado esta historia. El espectáculo, contemplado desde la mar, y en medio
de la noche, aunque solo mostrase «algún fuego» —una fumarola— debió ser lo
suficientemente fascinante para que aquellos sencillos marineros del pacífico
golfo de Cádiz quedasen fascinados. Si el fenómeno de la naturaleza fue tomado
por los expedicionarios como un bueno, o más bien un mal presagio, no lo
sabemos. La aventura comenzaba con inesperados acontecimientos.
La escala en Canarias, prevista para pocos días, se prolongó durante un
mes. Tan larga estancia tiene para algunos biógrafos de Colón una explicación
tal vez más morbosa que interesante para la historia universal: nuestro
descubridor se habría enamorado de doña Beatriz de Bobadilla, viuda de Hernán
Peraza, gobernador de la isla, del cual habría heredado los derechos, y vivía
en San Sebastián de La Gomera como una gran señora. Doña Beatriz era todavía
una mujer joven y de extraordinaria belleza. Consta que mantuvo durante un
tiempo sus dotes de seducción. Hasta uno de los mejores colombinistas del
mundo, P. E. Taviani, recoge la leyenda, quizá solo porque la reproduce uno de
los autores italianos más relacionados con Colón, Michele Cuneo, según el cual
el navegante habría quedado «tincto d’amore» de la hermosa viuda. Algunas
versiones aluden a doña Inés de Peraza, basándose en el hecho de que el propio
Colón la menciona como testigo de que ciertos navegantes creían ver islas
flotando sobre el mar, los famosos espejismos. Realmente doña Inés era madre
del difunto Hernán Peraza (muerto en 1488, en combate con los naturales), y
lógicamente una mujer de cierta edad. No sería extraño, por otra parte, que la
reciente y joven viuda quedara prendada de aquel extranjero pelirrojo de tan
fascinante personalidad, y que resultara ella más «tincta d’amore» que él
mismo. Colón no era insensible a los atractivos femeninos, y había tenido un
hijo natural en Córdoba, el luego tan famoso, por humanista, viajero por tierra
y sobre todo extraordinario bibliófilo, Hernando Colón. Pero parece suficiente
conocer a nuestro Almirante para darse cuenta de que estaba loco, embelesado,
por su idea fija, que era prácticamente lo único que existía para él: esta idea
era «un fuego», como escribió en una carta que ya conocemos a los Reyes
Católicos.
Haya existido un incipiente idilio o no entre Colón y doña Beatriz de
Bobadilla, el hecho no decidió la historia. Los veintitantos días de detención
en las Canarias —que no solo en La Gomera— fueron absolutamente necesarios para
transformar la Pinta y para hacer provisiones. En las islas
había vacas, cerdos, ovejas, cabras, aparte de que era preciso llevar cargas de
agua lo más fresca posible. Taviani aventura la idea de que parte de los
animales embarcaron vivos: así no sería preciso salar su carne desde la
partida, para conservarla: aunque es difícil imaginar dónde y cómo pudieron
custodiarlos en aquellas carabelas ya abarrotadas de seres humanos. Un mes
perdido, pudo pensar Colón, aparte de los gastos que le supusieron la
prolongada estancia y las tareas de reparación. Sin embargo, es lógico
conjeturar que aquel inesperado detenimiento fue una verdadera fortuna, si se
quiere un hecho providencial, para aquellos cien hombres lanzados a la
aventura. De no haber perdido tiempo alguno, y haber llegado, por tanto, un mes
antes a las Antillas, hubiera sido casi inevitable un desastre provocado por
los ciclones tropicales. Al fin, el 6 de septiembre, completa de nuevo y bien
abastecida la pequeña armada, salieron los tres barcos de San Sebastián de La
Gomera. Sin embargo, el alejamiento de la tierra a la vista (Gomera, Palma y
Hierro pueden verse a la vez desde la mar, aparte, con buena visibilidad, del
Teide) resultó todavía menos espectacular que el 3 de agosto en Palos, por
culpa de la mar en calma. Solo el 8 de septiembre comenzó a soplar el alisio.
El 9, los expedicionarios se vieron rodeados, en los trescientos sesenta grados
del horizonte, por la llanura azul del agua. No sabían cuándo volverían a ver
tierra, ni siquiera si iban a verla alguna vez.
§. Comienza la aventura
Podía parecer una navegación cualquiera, y no lo era. Una nao y dos carabelas,
en el mar de Canarias, a comienzos de septiembre. Buen tiempo, viento del
nordeste, cielo probablemente despejado, mar rizada por el alisio, pero sin la
fuerza de un mes antes, aguas azules, ligeramente verdosas, como es frecuente
en corrientes frías, y ningún incidente desagradable. Sin embargo, las tres
naves llevaban rumbo oeste, es decir, no se dirigían hacia ningún destino
entonces conocido. Se habían soltado las amarras. La suerte, cualquiera que
fuese, estaba echada. La consigna de Colón era terminante: siempre rumbo oeste,
siguiendo el paralelo 28º, fuera cual fuese la causa de que el jefe de la
expedición hubiera adoptado con decisión irrevocable aquel rumbo, que seguimos
sin saberla. La carabelas marchaban en formación irregular, pero cuidando de no
perderse de vista unas a otras. Podían hacerse señales con banderas, con luces
y hasta a cañonazos, como entonces era normal en los barcos mercantes (que no
se diferenciaban sensiblemente de los de guerra). El Almirante había ordenado
que la primera carabela que avistase tierra o algún indicio anormal, disparase
un cañonazo, para advertir a las otras dos. La Pinta era la
más rápida, y marchaba casi siempre en cabeza. Le seguía la Niña,
algo más pequeña, muy marinera, pero con menos trapo. La Santa María,
más ancha y más panzuda, era la más lenta de las tres, al punto de que las
otras, para evitar que quedase demasiado rezagada, tenían en ocasiones que
reducir velamen; pero esta circunstancia no disgustaba gran cosa al Almirante,
pues era costumbre que el barco de más categoría cerrase la marcha.
Como queda dicho, después de unos días de escaso viento, el 9 de
septiembre comenzó a soplar el alisio (primero del nordeste, luego del
estenordeste), viento que fue refrescando en los días siguientes, hasta empujar
a las carabelas a una velocidad óptima. El día 11 marcharon a unas diez millas
(dieciséis kilómetros) por hora durante toda la jornada: sesenta leguas en
total, una marca que solo sería superada el 4 y el 11 de octubre. Nada de
temporal, simplemente viento fresquito, el mejor que podían desear para
abreviar camino. El cielo permanecía despejado y la mar movida, pero sin
peligro. En ocasiones, las olas se encrespaban, y Colón se queja de que «los
marineros gobernaban mal, decayendo sobre la cuarta del noroeste y aun a la
media partida; sobre lo cual les riñó el Almirante muchas veces». No se trataba
de un error de rumbo, sino en todo caso de un descuido. Cuando se navega «a un
largo» —con el viento entre de popa y de costado— y arrecia el oleaje, el barco
tiene querencia a virar hasta quedarse de costado. Podemos imaginarnos a los
barcos cabeceando, hundiendo sus proas en las aguas verdosas de la corriente
fría de Canarias, y tendiendo a quedarse de través. A veces, el timonel, sin
darse cuenta, cede al empuje; entonces el barco guiña hacia el lado del viento,
en este caso hacia la derecha. Es posible que la corriente, no del todo
consecuente con el viento, concurriese a este no deseado y casi inconsciente
desvío. Colón se queja el 13 de septiembre de que «las corrientes le eran
contrarias». No podían serlo. La corriente de Canarias, que viene del NNE, más
ayudaba al Almirante que otra cosa; pero cuando existe cierta discordancia
entre el viento y la corriente, puede producir la impresión de que esta viene
de proa. Colón «riñó» a sus marineros. Es posible que tuviera razón, aunque la
verdad es que siempre se la atribuye, hasta cuando se equivoca. Pero el hecho
es que no hubo a partir de entonces más quejas sobre el rumbo.
La mar estaba desierta, solo animada por el cabrilleo de las olas que
reventaban por efecto del fresco alisio. Nadie osaba navegar por aquellos
mares, tan lejos de la costa, y para todos, excepto al parecer para el
Almirante, camino de ningún sitio; lo menos probable hubiera sido tener otra
vela a la vista. Sin embargo, el 11 de septiembre, encontraron algo: «los
marineros vieron un gran trozo de mástil de nao, de ciento veinte toneles, y no
lo pudieron tomar». Aclarémoslo, aunque apenas parece necesario: los ciento
veinte toneles no corresponden al mástil, sino al arqueo de la nao naufragada,
que Colón podía calcular con bastante aproximación: probablemente había sido un
poco mayor que la Santa María. No lo pudieron recoger, ya porque la
mar estaba picada, ya por su gran peso, ya porque lo vieron tarde, y era
complicado dar media vuelta contra el viento; la verdad es que tampoco se
trataba de un pecio de gran valor. Tan solo la curiosidad de los marineros, que
siempre ambicionan recoger todo rastro de obra humana que flota sobre la mar —y
que tiene para ellos un lejano sabor de compañía en medio de la inmensa soledad
azul—, les movió en el fracasado intento. Era el primer «indicio» que
encontraban en su camino los expedicionarios: no en absoluto de la tierra a que
esperaban llegar, sino de la que habían abandonado; un hecho que pudo
proporcionar a Colón una idea de cuál era la verdadera dirección de la
corriente. Aquel trozo de mástil no venía a prometer absolutamente nada, y en
todo caso podía encerrar un triste agüero, pues era sin duda el resto de un
naufragio, el naufragio de un barco europeo, probablemente español o portugués,
empujado por el viento y las corrientes mar adentro.
El tiempo era bueno, y el oleaje tanto menos erizado cuanto más se
alejaban nuestros navegantes de Canarias: el cómputo de millas recorridas lo
demuestra, si no bastara el hecho de que, cuanto más se aleja un barco del
mínimo sahariano veraniego, a la altura de las Canarias, más flojo se hace el
viento. También la corriente era menos fuerte. Un rumbo suroeste les hubiera
llevado a meterse en el «callejón de los alisios», la zona en que los vientos
son más intensos y constantes, la mejor ruta posible para atravesar el
Atlántico en barco de vela. Pero el Almirante no lo sabía —lo aprendería más
tarde—, y su obsesión, como ya hemos observado tantas veces, era navegar
siempre al oeste, sin desviarse un ápice del rumbo previsto. Si algún hecho le
obligaba a salirse de él, lo recuperaba cuanto antes, y seguía camino. El sol,
ya cerca del equinoccio, salía casi exactamente por popa y se ponía casi
exactamente por proa. Al anochecer, Venus, que había alcanzado su fase de
máximo brillo a primeros de septiembre, seguía luciendo llamativamente hacia
adelante hasta una hora después del ocaso. En lo alto, el Cisne, la Lira, el
Águila, y la Vía Láctea en todo su esplendor: la cinta plateada con esa
sugerencia de misterio indescifrado, que siempre contagia al espectador más
frío, descendía desde el cénit hasta las riquezas anonadantes de Sagitario,
hacia el suroeste; todo maravilloso, como nacido de nuevo e incontaminado, en
la limpieza de una noche como desde tierra y en nuestros tiempos no podemos ni
imaginar. Hasta que salía la luna gibosa y menguante por popa, y todo el
prodigioso panorama celeste empalidecía.
§. El ramo de fuego
De pronto, comenzaron a ocurrir hechos que hicieron pensar a Colón y a los
suyos que aquel viaje era distinto de cualquier otro (y efectivamente lo era,
aunque estos hechos fueron perfectamente naturales). Pero no cabe duda de que
tales ocurrencias debieron causar sensación entre los tripulantes, y provocar
en ellos la conciencia de una situación extraordinaria, si no la sentían ya. El
Almirante miraba los acontecimientos con otros ojos, y cada signo contribuía a
aumentar su fe indestructible en el hallazgo de nuevas tierras. Pero de una
forma u otra, lo ocurrido a mediados de septiembre contribuyó a fijar en su
mente, entre científica y quimerista, la idea de la existencia de un «meridiano
mágico», como una línea divisoria entre dos mundos o entre dos partes del
mundo, que le dominaría durante todo el resto de su vida. En la marinería, las
novedades más constituirían motivos de alarma que de esperanza.
A comienzos de la noche del 15 de septiembre, la rutina de una
navegación hasta entonces sin incidencias fue rota de pronto cuando «entre
siete y ocho vieron caer del cielo un hermoso ramo de fuego en la mar, lejos de
ellos cuatro o cinco leguas». El hecho debió impresionar a los miembros de la
expedición, porque todas las historias coetáneas aluden a él. Algunos
historiadores, quizá con más prudencia en la crítica de las fuentes que
conocimiento científico, piensan que el hecho no pasó de ser una ilusión o un
fruto más de la calenturienta imaginación de don Cristóbal. Y no tiene por qué
ser así. El hecho se ha repetido miles de veces, y las versiones de la época
aluden con cierta frecuencia a «ramos de fuego» que caen del cielo. Hay varios
dibujos de siglo XVI que representan a estos fenómenos como verdaderos «ramos»,
incluso con flores, que caen de las alturas. Hoy les llamamos bólidos. Son
fragmentos de materia cósmica que se encuentran con la Tierra, penetran en la
atmósfera y se incendian como consecuencia de la fricción con el aire a
velocidades del orden de 30 kilómetros por segundo. Unas veces estallan con
estrépito, y se dividen en una serie de fragmentos o pedruscos que caen sobre
la tierra en forma de meteoritos; en otras ocasiones, se volatilizan totalmente
en la atmósfera como en una exhibición de fuegos artificiales… que son en este
caso fuegos absolutamente naturales. Los muy grandes pueden llegar sin
deshacerse hasta la superficie de la Tierra y provocar grandes impactos y tal
vez daños de consideración. En el caso de aquel 15 de septiembre, parece que el
bólido se incendió en la atmósfera hasta volatilizarse en una vistosa expansión
de materiales ardientes: es el típico «ramo de fuego». Lo que hasta ahora no se
ha dicho es que este fenómeno es más frecuente por esas fechas de septiembre
que en ningún otro momento del año. La Tierra atraviesa entonces un enjambre de
cuerpos de cierta magnitud, las Píscidas. No son abundantes en fragmentos
pequeños, y por tanto las llamadas «lluvias de estrellas» apenas existen por
aquellos días, como en otras fechas muy bien conocidas. Esta es la razón de que
las Píscidas sean tan poco familiares a los aficionados a observar estrellas
fugaces. En cambio, nunca han caído tantos bólidos espectaculares como a mediados
de septiembre. Si tenemos la suerte de contemplar un fenómeno tan llamativo, lo
más probable es que lo veamos por las mismas fechas en que el «ramo de fuego»
sorprendió a Colón y los suyos. ¿Buen presagio? ¿Augurio de un próximo
desastre? En aquellas tiempos, la gente era mucho más supersticiosa que ahora,
y los marineros, por lo general en alto grado. El Almirante nada nos dice sobre
la impresión que en la tripulación provocó el espectacular ramo de fuego. Quizá
nada buena. Por lo menos, Las Casas, que tuvo acceso a muchos testimonios, nos
cuenta que «todas estas cosas (se refiere al bólido, y probablemente también a
la fumarola del Teide o hasta los restos de un naufragio) alborotaban y
entristecían a la gente, y comenzaban a estimar que eran señales de no haber
emprendido buen camino».
§. La Corriente Ecuatorial del Norte
Al día siguiente, 16 de septiembre, cambió el tiempo. El Diario nos cuenta que
«tuvo aquel día algunos nublados; lloviznó». Es la primera vez que la
expedición tiene que soportar un día de mal tiempo. Hasta entonces, con viento
fuerte o sin él, el cielo había aparecido despejado y el sol había brillado sin
estorbo, lo mismo en el trayecto de la Península a Canarias que en la
navegación por la inmensidad del Océano. El cambio de tiempo pudo ser otro mal
augurio, aunque en alta mar los navegantes nunca desprecian la lluvia, si no
viene acompañada de temporales, porque les supone la posibilidad de obtener un
poco de agua de repuesto. Tender una amplia lona que vierte sobre un barril es
un recurso bastante socorrido. Realmente, la mar estaba bonancible, no se
atisbaba el menor presagio de tempestad, y la temperatura era deliciosa. Pero
habían entrado en una zona distinta del Atlántico. En una de esas
interpolaciones absurdas del Diario, que denuncian una posterior manipulación,
el Almirante o su copista añaden el mismo 16 de septiembre: «siempre de allí
adelante hallaron aires temperantísimos, que era placer grande el gusto de las
mañanas, que no faltaba sino oír ruiseñores…». Como las versiones se desfiguran
con facilidad, Pedro Mártir de Anglería, en la primera de sus Décadas
del Nuevo Mundo, nos da la sorprendente noticia de que los navegantes oían
cantar ruiseñores. La imaginación no llega a tanto, pero aquel clima
paradisíaco hizo concebir a Colón una bella metáfora, muy suya. Por supuesto,
el 16 de septiembre no pudo saber el descubridor qué tiempo iban a disfrutar en
adelante. Pero aquella húmeda templanza les acompañó los días siguientes,
probablemente con menos nublados, pero con una temperatura casi constante día y
noche, siempre agradable.
Un cambio de clima, más húmedo y más templado. Otra región del mar,
dotada de características diferentes. Los expedicionarios habían navegado hasta
entonces a favor de la corriente fría de Canarias. Esta corriente se forma
cerca de la costa de Marruecos, a la altura de Mogador. El agua, por efecto del
encuentro de dos masas líquidas distintas, y al chocar con la costa
norteafricana, hace que la procedente de capas más profundas aflore a la
superficie, a la que llega con una temperatura más baja que la normal: ya es
sabido que el agua del mar es tanto más fría cuanto más profunda. Esta
corriente fría envuelve a las Canarias, y es justamente la causa de que las
Islas Afortunadas disfruten de un clima mucho más fresco que la vecina costa
africana. La mar es allí un termostato maravilloso, que mantiene todo el año
una temperatura ideal. La corriente fría de Canarias —paralela al prealisio,
que es allí un viento relativamente fresco y casi siempre seco— garantiza un
tiempo soleado y sin embargo no muy caluroso. Las temperaturas, en verano son
más frescas, en invierno más templadas, que en las costas del golfo de Cádiz.
El clima tiene características tropicales, pero con una grata excepción: no hay
ciclones ni tormentas, ni estación de las lluvias. Los turistas que tanto en
invierno como en verano acuden a las islas saben muy bien lo que hacen.
Más o menos a la altura del meridiano 40º y del paralelo 25º, la
corriente de Canarias se amplía y va girando al oeste, hasta fundirse con la
Corriente Ecuatorial del Norte, que procede de latitudes más bajas, es más
cálida y húmeda, y conduce directamente a las Antillas. Al mismo tiempo, el
viento dominante, hasta entonces del NE, se hace del ENE, y hasta del E. justo:
una circunstancia que permitió a las carabelas continuar su ruta, ahora con un
cómodo viento en popa: afortunadamente, las tres llevaban velas «redondas»,
ideales para este tipo de navegación. El cambio de tiempo del 16 de septiembre
se explica muy bien: cuando una corriente fría confluye con una cálida, (lo
mismo ocurre en la atmósfera con los frentes) son más fáciles los nublados y
las lluvias. En la desembocadura de la corriente de Canarias en la corriente
Ecuatorial del Norte no se produce exactamente una zona específica de mal
tiempo; simplemente la atmósfera acusa la mezcla de aguas. Más allá se alcanza
el equilibrio, y el cielo tiende a despejarse, aunque sigue siendo abundante la
humedad y pueden verse nubes, con frecuencia muy bellas, o algunas lloviznas.
Una precisión en cuanto a las fechas: Colón y sus compañeros alcanzaron la
confluencia el 18 de septiembre, cuando normalmente hubieran debido hacerlo, a
aquella latitud, en la última decena del mes. ¿Ha cambiado el clima desde el
siglo XV hasta ahora? Todo es posible, pero la causa de esa digresión
cronológica es otra. A su tiempo conoceremos la solución. Y la nueva corriente,
lo mismo que el nuevo viento, le ayudaban enormemente: el Almirante, que se
equivocó a la salida de Canarias por un curioso efecto de divergencia ente el
viento y la mar, acierta ahora plenamente cuando advierte: «ayudaba la
corriente», en la entrada del 17 de septiembre. Todo iba a pedir de boca, y
aquella corriente tibia, con viento nunca demasiado fuerte, pero siempre
favorable, contribuía a aquel efecto delicioso de aires del paraíso.
§. Los sargazos
Siguieron ocurriendo cosas que hicieron pensar a los expedicionarios que habían
penetrado en una zona distinta del mundo, o por lo menos en una nueva región de
los mares. El 16 de septiembre «comenzaron a ver muchas manadas de hierba muy
verde, que poco había que se había despegado de tierra, por lo cual todos
juzgaban que se encontraban cerca de una isla». La mención de las hierbas se
hace frecuente a partir de entonces, y expresa en ocasiones la admiración del
Almirante y sus hombres. No parecía sino que las carabelas marchaban sobre una
especie de pradera que tapizaba las aguas. La idea de que podían ser hierbas
desprendidas de alguna tierra cercana les acompañó durante unos días: ¿de
dónde, si no, podía proceder tan abundante follaje? Con todo, el optimismo de
Colón convierte en hierbas lo que no son sino racimos de algas de color
amarillento, que difícilmente pueden confundirse con cualquier especie de
origen terrestre. Estas algas, el sargassum bacciferum, son un tipo
de talofita de gran tamaño, generalmente de varios metros, a manera de cintas
de estructura muy ramificada, y dotada de ampollas mucilaginosas, que pueden
recordar a pequeños frutos. Los sargazos son más espectaculares que otras
algas, y llenan a veces extensiones inmensas. Las dos fuentes que utilizan el
manuscrito original del Diario, Hernando Colón y Las Casas, hablan de «hierba
verde y amarilla», y el primero añade que «era semejante a la llamada estrella,
y estaba toda cargada de frutos como de lentisco». Está describiendo bastante
bien a los sargazos, aunque este tipo de alga tiende más bien a un tono rojizo
o leonado, sin que deje de parecer verdoso en algunos lugares.
No podemos asegurar a ciencia cierta si fue Cristóbal Colón el
descubridor del Mar de los Sargazos, o ya antes lo habían encontrado los
portugueses por el camino de las Azores: en todo caso, fueron ellos quienes le
pusieron nombre. Algún testigo comentó más tarde que un viejo marinero de
Palos, Pedro Vázquez de la Frontera, que había navegado con el portugués Pedro
de Teive por las inmediaciones de las Azores, previo al Almirante sobre el mar
de hierba que iba a encontrarse. Por supuesto, que hubiera recibido tal
advertencia es posible, pero resulta evidente la sorpresa que muestra Colón al
encontrar las algas, y su suposición de que tienen un origen terrestre. Por lo
menos, fue el primero en denunciar su existencia ante la historia. Don
Cristóbal, eso es preciso recordarlo desde el primer momento, es tan fino
observador como exagerado en sus apreciaciones e imaginativo descubridor de
«señales ciertas de tierra». Por eso comete unos cuantos errores o por lo menos
exageraciones cuando nos habla de las algas. Los sargazos no son tan verdes
como asegura, porque su deseo de llegar a alguna costa le hace confundir los
colores. Tampoco son tan densas como puede inferirse de la lectura del Diario:
diríase que las carabelas se enredan en una masa casi pastosa de hierbas,
cuando su densidad real, al menos en nuestros días, no pasa de un gramo por
metro cuadrado: existen zonas, por supuesto, donde se acumulan en mayor
abundancia, pero nada recuerda la impresión que dice reflejar el descubridor de
América. ¿Había entonces más algas que en nuestros tiempos? Aunque lo
admitamos, también parece necesario admitir la probabilidad de una hipérbole
por parte de nuestro navegante: ninguna descripción de aquellos tiempos es tan
espectacular como la suya.
El Mar de los Sargazos es una de las curiosidades más interesantes de
esa inmensa sábana de agua que es el Atlántico. Forma como un gran óvalo, con
una superficie de cinco millones de kilómetros cuadrados —es decir, como diez
veces la Península Ibérica—, que se extiende con su eje mayor de ENE a OSO,
desde cerca de las Azores hasta una zona de alta mar, entre las Bermudas y las
Antillas. Se trata, si atendemos a las corrientes marinas, de un gigantesco
remanso, circundado por la corriente del Golfo al Oeste y al Norte, y la
corriente de Canarias y la nordecuatorial por el Este y el Sur. Un remanso en
las aguas y en el aire, puesto que allí dominan los vientos flojos y variables,
entre las borrascas atlánticas por el norte y los alisios por el sur. Y no es una
casualidad que allí se acumulen las algas, así como en el remanso de un río se
acumulan, inmóviles, los objetos flotantes, hojas o ramas. Lo que va a parar
allí, sin vientos ni corrientes que se lo lleven, tiende a permanecer
indefinidamente. Lo más interesante de todo es, sin embargo, que el mar de los
Sargazos no parece constituir un simple remanso o lugar de acumulación de
materia flotante, sino que, por causas no bien explicadas, posee unas
características especiales, como si se tratase de un mar distinto, una isla de
agua en medio del Atlántico. Hay otros remansos en los océanos, pero ninguno
posee las características tan peculiares del mar de los Sargazos. La salinidad
del agua es mayor que en el resto del océano, lo mismo que su temperatura y la
vida que en su superficie se alberga no tiene relación con la de otras regiones
del Atlántico. Allí se desarrollan especies de algas únicas en el mundo, y
hasta pequeños crustáceos como el nautilograpsus minutus, un
cangrejo que vive entre las algas, y de sus restos se alimenta. Nuestros
aventureros encontraron varios de ellos, y el mismo Colón habla en su Diario de
«un cangrejo vivo», que guardó cuidadosamente como muestra. Y el hallazgo
aumentó su esperanza de encontrar pronto tierra, pues que nunca se ha visto un
cangrejo en alta mar. Realmente, aquellos pequeños crustáceos viven sobre las
algas, como si de una costa se tratara; pero el Almirante, siempre ansioso y
optimista a la hora de suponerse cerca de tierra, imaginó que aquel hallazgo
era una buena señal. Curiosamente, los Sargazos, a pesar de su fuerte
salinidad, sirven también de residencia temporal a algunas especies de agua
dulce, como las anguilas de los ríos europeos, que acuden a aquella zona para
desovar.
El principio de inmiscibilidad de las grandes masas de agua teorizado
por Le Danois, y que hoy, con algunas variantes todavía se mantiene, contribuye
a explicarnos el misterio del mar de los Sargazos. Las masas de agua se
respetan unas a otras, conservan su temperatura, su densidad, su salinidad, su
proporción de oxígeno disuelto, y por tanto sustentan especies vivas distintas.
Las del mar de los Sargazos parecen más antiguas que las del resto del
Atlántico: pueden corresponder, incluso, a especies de plantas o pequeños
animales propios de épocas desaparecidas. Algunos autores creen que el mar de
los Sargazos es el resto mejor conservado del antiguo Thetys, el
mar que en la era terciaria circundaba el planeta. Sería algo así, valga la
expresión, como un «mar fósil», como un museo natural capaz de conservar
vestigios de otros tiempos geológicos, o formas de vida vegetal o animal que,
sin ser los de entonces, han ido evolucionando por su cuenta y adaptándose a
las circunstancias del medio. Y no falta quien piense, como creyó interpretar
Colón, que los «sargazos», con sus ramificaciones y sus frutos, son
descendientes de antiguos árboles o arbustos, que hace cuarenta millones de
años pudieron crecer en tierra.
Si el Almirante conociese estas teorías, es posible que su calenturienta
imaginación hubiese relacionado aquel curioso mundo marino con las islas
flotantes de que en Canarias o en Madeira habían oído hablar, o con la mítica
Atlántida. Tanto él como los pilotos y marineros estaban convencidos de que se
hallaban cerca de tierra. ¿De dónde podían proceder si no aquellas hierbas? De
modo que se redobló la vigilancia día y noche, ante la posibilidad de descubrir
una costa en cualquier momento. ¿Se hallaban ya próximos a su punto de destino?
¿Estarían bordeando cuando menos un grupo de islas hasta entonces desconocidas?
La profundidad del agua parecía escasa, a juzgar por la abundancia de algas, y
por un hecho más sorprendente todavía: las aguas estaban tranquilas, y no se
levantaba oleaje, ni siquiera cuando soplaba un viento fresco. Colón, para
cerciorarse de la proximidad de una costa, o para prevenir posibles escollos o
bancos de arena, hizo echar la sonda. No tocó fondo, y entonces se unieron
varias cuerdas, hasta una longitud de doscientas brazas, de las que colgaba un
buen pedazo de plomo. Increíble: ¡no se tocaba fondo! El Almirante estaba muy
lejos de suponer que se encontraba en una de las zonas más profundas del
Atlántico, y que el fondo que buscaba se encontraba a 4500 metros bajo las
aguas.
Así fue como de la esperanza se fue pasando al temor. No solo todo era
distinto a los demás parajes del mundo conocido, sino que la acumulación de las
«hierbas» podía ser un peligro terrible para la navegación. ¿Y si los timones
se enredaban en las largas cintas amarillas y las naves se tornaban
ingobernables? ¿Y si alguna de aquellas aglomeraciones acababa rodeando los
navíos como un pulpo gigantesco, hasta detenerlo por completo? Es probable que
Colón o alguno de sus marineros conociesen las leyendas irlandesas o bretonas
sobre estos pulpos capaces de arrastrar los barcos al fondo del mar. A no ser
que en tiempos de Colón la densidad de las algas fuese mucho mayor que ahora,
no existían motivos de temor, salvo en zonas aisladas y más aglomeradas que
podían esquivarse. Tampoco los Sargazos alcanzan gran profundidad; todas las
algas flotan, y apenas se encuentran hierbas marinas por debajo de los dos o
tres metros de agua. Pero nuestros navegantes no conocían las particularidades
de aquellas hierbas flotantes, y temían que un inesperado adensamiento pudiese
constituir una barrera infranqueable. Temor y esperanza al mismo tiempo.
Indicios de tierra cercana y profundidades insondables. Peligro de quedar
empantanados en aquella masa viscosa y un tiempo delicioso, sin apenas
diferencias entre día y noche. Lo mismo podían estar a las puertas del paraíso
que a las del infierno.
Colón no dejaba de preguntarse dónde se encontraba, a la vista de tantos
y tan contradictorios indicios. Sin duda en una parte del mundo distinta a la
conocida, pues que hasta las brújulas no señalaban el norte, por efecto de otra
constatación sorprendente, a la que enseguida nos referiremos; pero es preciso
no olvidar que llevaba consigo un mapa en el que había puesto su confianza,
fuese una copia del de Toscanelli, como cree casi todo el mundo, fuese otro que
había conseguido agenciarse por su cuenta, a la vista de todas las
informaciones que había reunido. La sugerencia de las «hierbas» y «el agua más
dulce» (otro error garrafal del Almirante, inspirado por sus deseos: de hecho
el agua era allí más salada que en ninguna otra región del Atlántico) alumbraba
las esperanzas de encontrarse cerca de alguna tierra. ¿Qué tierra?
Evidentemente, no Cipango o Catay, es decir, todavía no el Extremo Oriente. De
acuerdo con sus cálculos, un poco más optimistas todavía que los de Toscanelli,
Cipango, esto es, Japón, se encontraba unas 750 leguas al oeste de Canarias; y
Catay, China, debía estar a unas 1000. Colón suponía que estaba cerca de una
isla o un grupo de islas, «porque tierra firme hago más adelante». Llevaba
recorridas, según sus cuentas —también en exceso optimistas— unas 350 leguas,
esto es, menos de la mitad del trayecto hasta Cipango. Ahora bien, todos los
testimonios inducen a suponer que Colón esperaba encontrar en su camino algunas
islas, y hasta es posible que su prurito de seguir sin desvío alguno el paralelo
28º tuviera como objeto principal llegar, no a Cipango o a Catay, que podían
estar un poco más al sur, sino a esa isla de que tenía noticia. No conocemos la
carta de Toscanelli, ni tampoco la supuesta copia que el Almirante llevaba
consigo; pero tenemos una pista más o menos aproximada en el famoso globo de
Martín Behaim, que por muchos indicios parece estar inspirado en el mapa o por
lo menos en las teorías de Toscanelli. Y en el lugar en que Colón creía
encontrarse por el 18 de septiembre Behaim había dibujado la isla Antilia,
justo en el paralelo 28º. La palabra Antilia (que más tarde trascendería a las
islas del Caribe) tenía una sugerencia, como en su lugar hemos apuntado, de una
tierra situada en los antípodas, pero las tradiciones medievales, que la
confundían a veces con la isla de las Siete Ciudades, colocaban la Antilia
bastante más cerca, en pleno Atlántico, a unas dos mil millas al oeste de las
Canarias o Madeira; en un punto alcanzable con cierta facilidad, y que además
podría servir de escala y punto de aprovisionamiento para quienes desearan
llegar más lejos. Las Capitulaciones de Santa Fe aluden a «islas y tierra firme
en la Mar Océana». Las islas aparecen siempre en primer lugar, y el propio
testimonio de Colón nos anuncia su propósito de llegar a las islas antes que a
tierra firme. Por otra parte, la leyenda atribuía a la isla Antilia una gran
riqueza y cualidades lo suficientemente apetecibles para que un navegante,
lanzado a una aventura cósmica, como Colón, pretendiese llegar a ella.
Las señales, las hierbas, la mar engolfada que no se picaba, como si
navegaran por entre un archipiélago, los delfines que saltaban, y suelen vivir
próximos a las costas, los cangrejos, que no se alejaban de ellas, las aves que
volaban sobre las carabelas —y no se sabía que las aves pudieran dormir en alta
mar—, todo parecía pronosticar el pronto hallazgo de alguna tierra. Una vez
disipados los temores de quedar atrapados entre las algas, «iban muy alegres
todos, y lo navíos quien más podía andar andaba, por ver primero tierra»,
escribe Colón el 17 de septiembre. Debió ser aquel uno de los momentos más
esperanzados de toda la travesía. El 18, la Pinta, que al menos
desde el cambio de aparejo era la más velera, se adelantó, rompiendo la
formación, porque había atisbado hacia estribor unas nubes sospechosas que
parecían ocultar algo. En alta mar una aglomeración de nubes que rompe la
regularidad de la línea del cielo, puede anunciar una isla. Colón no precisa
más en su Diario, quizá porque no gusta de contar fracasos, pero la Historia
del Almirante advierte que Martín Alonso Pinzón «creyó ver tierra a
distancia de quince leguas, al ponerse el sol». El ocaso, sobre todo cuando se
navega hacia el oeste, es propicio a estas visiones engañosas. Tras la Pinta fueron
los otros dos navíos. La nao capitana hubo de arriar una boneta (un foque), no
sabemos si por haber refrescado el viento o por medida de precaución, ante la
posibilidad de toparse con tierra en medio de la noche. Nada hallaron, sin
embargo, y cuando amaneció el 19 de septiembre solo se vieron en torno a los
barcos mar y nubes. Aquel día llovió, por segunda vez en toda la travesía, pero
de la tierra avistada no hubo la menor señal. Fue el primero de los falsos
descubrimientos, atisbos que en un principio alborozaban a los expedicionarios,
pero que, al constatarse el fiasco, desanimaban más que otra cosa. Todos
deseaban ser los primeros en divisar tierra (entre otras razones para cobrar el
premio que los Reyes Católicos habían prometido), pero con el transcurso de los
días, los pseudodescubrimientos acabaron descorazonando tanto a los hombres,
que ya en el tramo final del interminable viaje se pusieron todos de acuerdo en
que aquel que gritase ¡Tierra!, y resultase equivocado, perdería el
derecho al premio, incluso si era el primero, más tarde, en ver la tierra tan
ansiosamente deseada.
El Almirante es un verdadero artista a la hora de disimular sus
desencantos. El 19 de septiembre no niega la posibilidad de estar navegando por
entre un archipiélago, pero «no quiso detenerse barloventeando… para averiguar
si había tierra; mas que tuvo por cierto que a la banda del Norte y a la del
Sur había algunas islas…, y placiendo a Dios a la vuelta se vería todo…». En
realidad, ahora lo sabemos bien, no había islas por los alrededores; Colón
hubiera perdido el tiempo merodeando por el mar de los Sargazos. Tampoco las
iba a encontrar en el viaje de regreso. Aquellas tierras de las que estaba tan
«cierto» no iban a aparecer jamás. Probablemente la certeza no era tan fuerte
como el Almirante la declara. Y sabía muy bien que prolongar inútilmente la
travesía en continuos virajes, persiguiendo islas esquivas y engañosas,
desanimaría más a una tripulación que había visto frustradas sus esperanzas el
día anterior, y comenzaba a impacientarse por la duración de una travesía que
no se sabía dónde iba a terminar, si es que iba a terminar en algún sitio.
§. Aguja y estrella
De pronto, todo era distinto. Un fenómeno que aquellos días comenzó a intrigar
al Almirante, hasta provocar finalmente en él una perplejidad angustiosa,
comenzó a manifestarse ya el 13 de septiembre. En esa jornada, después de
anotar, como de costumbre, el rumbo y la distancia recorrida, añade una escueta
nota: «al comienzo de la noche las agujas noroesteaban, y a la mañana
nordesteaban algún tanto». Se conoce que Colón llevaba más de una brújula,
puesto que habla en plural, y observa un fenómeno curioso, que no parece
frecuente: las brújulas, al anochecer se desvían ligeramente hacia el oeste y
al amanecer se desvían un poco hacia el este. Para constatar esta inquietante
variación, es preciso admitir que el Almirante cotejaba la dirección señalada
por la brújula con la indicada por la estrella Polar, puesto que no existía
otro modo de comprobar si las agujas nordesteaban o noroesteaban. La estrella
era la pauta universal, la guía que no falla. No sabemos si quien descubrió la
anomalía fue el propio Almirante, siempre preocupado por mantener el rumbo, o
si fue otra persona, el segundo de a bordo, Juan de La Cosa, o el piloto de la
nao, Sancho Ruiz. Tampoco sabemos si la comprobación de este hecho dejó
perplejo al Almirante, o si de momento describe el fenómeno como una simple
ocurrencia, provocada por cualquier perturbación momentánea de la aguja
magnética (es un hecho que con cierta frecuencia ocurre), o por la presencia de
cualquier objeto metálico cerca de la bitácora, capaz de provocar esa
desviación. Lo cierto es que el descubridor, atento siempre a todas las
incidencias, tomó nota de lo ocurrido, y se dispuso a seguir observando.
Y en las noches sucesivas no solo constató que se mantenía la anomalía,
sino, más aún, que esta se acentuaba, y lo peor fue que el amenazador
descubrimiento trascendió a parte de la tripulación. Así nos dice el Diario del
17 de septiembre: «Tomaron los pilotos el Norte, marcándolo, y hallaron que las
agujas noroesteaban una gran cuarta, y temían los marineros, y no decían de
qué. Conociólo el Almirante; mandó que tornasen a marcar el Norte en
amaneciendo, y hallaron que estaban buenas las agujas. La causa fue porque la
estrella parece que hace movimiento, y no las agujas». Tomar el Norte es la
curiosa ceremonia que algunos tratadistas náuticos de la época conocen como «la
bendición del piloto». Este apuntaba el brazo hacia la estrella Polar, con la
mano extendida en posición vertical, y luego la dejaba caer toda derecha hasta
posarla sobre el borde de la rosa de los vientos. Era una forma de corroborar
la bondad de la brújula, tomando como referencia la posición de la estrella.
Colón había advertido ya una cierta discordancia el 13 de septiembre, y
seguramente siguió observando con creciente temor esa discordancia en noches
sucesivas; pero fue el 17 cuando la digresión entre estrella y aguja se hizo
tan escandalosa que la advirtieron los pilotos, y muy pronto la noticia llegó a
los marineros. Que el Almirante estaba bien enterado de los hechos y los había
seguido jornada a jornada parece demostrarlo con su consejo de que «tornaran a
marcar el Norte en amaneciendo». El día 13, al amanecer, las agujas nordesteaban;
el 17, en cambio, «estaban buenas». Colón no se hubiera atrevido a aconsejar el
experimento si no supiera que las cosas iban a aparecer normales de madrugada.
Los pilotos debieron tener sus dudas, y, por supuesto, el Almirante se hacía
todas las preguntas del mundo.
¿Qué era lo que variaba, la aguja o la estrella? Colón estaba
constatando dos variaciones: la brújula se desviaba cada vez más al oeste
conforme se adentraba en el Atlántico; pero por otra parte su dirección con
relación a la estrella variaba según que se observase al anochecer o al
amanecer. El texto del Diario, tal como lo conservamos, contiene varios
errores, porque alguien debió modificar las palabras de Colón o creyó entender
más que este; pero lo cierto es que el descubrimiento fue doble: que la brújula
cambia de dirección conforme se navega hacia el Oeste, y que la posición de la
estrella con respecto a la brújula cambia periódicamente, según se observe al
anochecer o al amanecer. En otras palabras, descubrió los cambios de la
estrella y los de la brújula. Desde que lo escribió Humboldt se ha venido
afirmando —y se sigue afirmando— que fue Colón quien descubrió las variaciones
de la declinación magnética. Solo hasta cierto punto: no solo él sino todo el
mundo sabía que en distintas regiones las agujas señalan también en direcciones
distintas; por entonces, era costumbre usar dos tipos de agujas: las
«flamencas», destinadas a los mares del Norte, que exageraban más la tendencia
al este y por tanto habían de ser «cebadas» con un ángulo mayor para que marcaran
correctamente, y las «genovesas», destinadas a la navegación por el
Mediterráneo, donde la desviación era menor, y el «cebado» tenía menor grado de
desviación. Como en otro lugar queda dicho, se llamaba «cebar» al hecho de
desviar la rosa situada sobre la aguja hasta que la punta norte, señalada
siempre con una flor de lis, se dirigiera exactamente hacia la misma dirección
que la estrella Polar, la guía universal de todos los navegantes. La aguja se
desviaba del Norte, pero el «cebado» de la rosa corregía esta desviación. Colón
no descubrió estas diferencias, que eran ya conocidas, sino la variación de la
declinación de la aguja en función de la longitud geográfica. Y era curioso:
cuanto más a oeste se navegaba, más al oeste se desviaban las agujas, cuando
parece que debiera ocurrir todo lo contrario. Colón debió quedar sorprendido
por el fenómeno, pero procuró ocultar su desconcierto.
Quizá convenga recordar de nuevo en este punto que en casi ningún lugar
de la Tierra y casi en ningún momento de la historia una brújula señala
exactamente el norte (o el sur), sino que está regida por los polos magnéticos,
que no coinciden con los polos geográficos. En los tiempos de Colón el polo
Norte magnético se encontraba al NE de la península de Taimyr, en Siberia, y la
brújula, en cualquier punto de Europa se desviaba ligeramente hacia el este (y
tanto más hacia el este cuanto más al norte se situara la brújula). Por
ejemplo, en Escocia se desviaba unos 12º al este, mientras que en el puerto de
Palos la desviación era solo de 4º. En Canarias disminuía hasta 3º. Hoy día,
las brújulas, en Europa, se desvían ligeramente hacia el oeste. En 1900, la desviación
en el puerto de Palos pasaba de 12º, mientras en 2005 la desviación es solo de
3º. En América, en cambio, las brújulas se desvían hacia el E., lo mismo que en
el siglo XV en Europa. ¿Qué es lo que ocurre? Que el polo magnético, por
motivos que todavía en parte se nos escapan, se pasea en torno al polo
geográfico con andares un tanto caprichosos. A principios del siglo XX se
encontraba cerca de la bahía de Baffin, al NE de Canadá, y a principios del
siglo XXI resulta que ha emigrado más de mil kilómetros hacia el norte;
concretamente, en 1994 se situaba sobre una de las islas más septentrionales
del mundo, Ellef Riges Island, a 82º de latitud. Pero ocurre que, de pronto, la
deriva del polo magnético se ha acelerado, y de 10 Km/año que se movía en el
siglo XX, ha pasado ahora mismo a 40 Km/año. En 2004 ya se encuentra a 350 Km
al N. de la citada isla. Allá por el año 2020, cuando el polo magnético pase a
no más de 500 Km del geográfico, las indicaciones de la brújula serán más
exactas que nunca. Y se piensa que hacia 2060, con el polo magnético cerca de
Nueva Zembla, al norte de Siberia, las brújulas marcarán en una dirección
parecida a la del tiempo de Colón. Eso, por supuesto, si mientras tanto el polo
magnético no siente la tentación de decelerar o cambiar su ruta de paseo,
porque su comportamiento es en último término impredecible[2]. No es preciso que prolonguemos estas consideraciones, que pudieran
resultar un poco tediosas para algún tipo de lector: bástenos en este punto
saber que a fines del siglo XV, cuando nuestras tres carabelas corrían su
extraordinaria aventura, todos los navegantes sabían que las agujas
«nordesteaban». Pero he aquí que hacia el 11 de septiembre, pocos días después
de la salida de Canarias, el futuro Almirante y los suyos atravesaron la «línea
agónica», aquella en que la aguja señalaba exactamente el Norte; y cuanto más a
oeste navegaran, la desviación magnética iba a «noroestear», y cada vez más.
El descubrimiento de que la declinación magnética puede desviarse al
oeste lo mismo que al este, y que la variación depende de la longitud
geográfica, sí fue un descubrimiento de Colón, y no es despreciable. Pero algo
más descubrió, y este otro hecho representa el más grande descubrimiento que
nuestro intrépido navegante hizo en su vida, después del de América. En efecto,
la aguja señalaba cada vez más al oeste, pero a su vez, ocurre que al anochecer
marca con respecto a la estrella más al oeste que al amanecer. Y esta otra
variación, con periodicidad de doce horas, sugirió a la prodigiosa intuición
del genovés una sospecha de mayor calibre, realmente dramática: «la causa fue
porque la estrella parece que hace movimiento». Seguramente no añadió «y no las
agujas», ni otra posterior: «y que las agujas piden siempre la verdad». ¡Cómo
iba a decir que las agujas piden siempre la verdad, si acaba de descubrir la
variación progresiva de la dirección de las agujas! Lo que le sorprendió más
fue el cambio experimentado en la dirección aguja-estrella entre el anochecer y
el amanecer, cambio que se repetía periódicamente cada 24 horas, y que atribuyó
con genial intuición al movimiento de la estrella. Ahora bien, este último y
sensacional descubrimiento lo anotó en su Diario, pero se cuidó muchísimo de
hacerlo público.
Y lo peor de todo es que el copista atribuye a Colón una explicación a
los marineros que nunca pudo dar. Todo el mundo, incluyendo muchos eminentes
historiadores, dan por buena la versión de que el descubridor «tranquilizó a
los marineros» diciéndoles que era la estrella la que se movía y no las agujas.
Imaginemos un profesor que tranquiliza a sus alumnos diciéndoles: «no se
preocupen ustedes: esa vibración que experimenta el aula no se debe a un camión
pesado que en este momento atraviesa la calle; se trata simplemente de un
terremoto». Que se mueva la aguja no es un hecho insólito, y los marineros
debían saberlo bastante bien: en unos lugares la brújula apunta en una
dirección y en otros se desvía de ella; siempre se aproxima a la línea
norte-sur, pero es muy difícil que la coincidencia sea exacta. En determinados
lugares se experimentan anomalías magnéticas, y en los países del Norte la
aparición de las auroras boreales u otras perturbaciones provocan momentáneas y
espectaculares variaciones de la brújula. Cualquier marino de entonces sabía
que aproximando un objeto metálico a la rosa de los vientos, las direcciones
que marca son erróneas (de aquí que estuviera prohibido acercar objetos de
hierro a la bitácora). La brújula era entonces —mucho más que en los tiempos de
la guía por satélite y el GPS— un instrumento de utilidad indispensable; pero
también se sabía que era preciso corregir su dirección, porque no señala
exactamente el Norte. Pero que se mueva la estrella, que se mueva el sempiterno
eje de los cielos, que ha servido a los hombres y especialmente a los
navegantes para orientarse en el firmamento y en los mares, que oscile la
columna fundamental e inconmovible de la Creación, es una realidad inquietante,
vertiginosa. Colón no pudo decir tal cosa a los marineros, y mucho menos
tranquilizarles con el movimiento de la estrella. Conservó el sensacional
descubrimiento para sí. No sabemos si desde el primer momento se dio cuenta del
significado del movimiento de la Polar o no intuyó por entero la realidad hasta
el 30 de septiembre. El Almirante pudo sumirse en un angustioso mar de
confusiones, por si no estuviera navegando ya por un enorme y desconcertante
mar que parecía no tener fin. Pero en su cuaderno de navegación, escueto y casi
siempre frío —ya por la índole de sus anotaciones, ya por haberlo revisado
antes de su prometida entrega a los Reyes Católicos— no se advierte un ramalazo
de angustia, ni siquiera de incertidumbre. Las carabelas seguían impertérritas
hacia el oeste (¿exactamente hacia el Oeste?: eso ya nadie podía afirmarlo ni
comprobarlo de ninguna manera), llevadas por la fe indestructible de Colón
hacia un destino que todavía no tenía nombre.
§. El meridiano mágico
El «ramo de fuego», un mar de hierbas inexplicable, un clima paradisíaco, en
que apenas existe diferencia entre el día y la noche, el extraño comportamiento
de las agujas y el más extraño todavía de la estrella hubieron de dar al
Almirante la noción de encontrarse en un mundo distinto, en «otro mundo» (¡si
se quiere ya en un Nuevo Mundo!) a partir de mediados de septiembre
de 1492. Estaba todavía más cerca de Canarias que de América —aunque él, por
supuesto, no lo sabía—, pero todo era diferente. Nadie se había atrevido a
navegar, al menos intencionada y conscientemente, por las honduras del Océano;
y las consecuencias de aquel atrevimiento se estaban tocando ya, aunque
resultaba muy difícil encontrarles explicación. En el Diario, sabido es, no
trascienden las dudas ni las angustias; y no sabemos hasta qué punto tan
desconcertantes realidades tenían al Almirante sumido en la perplejidad. Pero
Colón habría de atravesar el Atlántico otras tres veces (y le quedaban cuatro
viajes más de regreso), y siempre se iba a encontrar con las mismas sorpresas,
que quizá por lo repetidas ya lo fueran menos, aunque no por eso menos
inexplicables. De aquí que al final de sus años viajeros escribiese a los Reyes
Católicos, con su espíritu didáctico de siempre: «acuérdome que navegando a las
Indias, siempre que yo paso al poniente de las islas Azores cien leguas, allí
hallo mudar la templanza, y esto es todo de Septentrión en Austro»: es decir,
que se encuentra esa zona de templanza (aire tibio y casi sin diferencia entre
el día y la noche), siempre al traspasar esa longitud geográfica, sea cual
fuere el paralelo por el que se navegue. Hay, pues, un meridiano a partir del
cual cambia el ambiente y las condiciones de la atmósfera, como si ya no
hubiese estaciones ni horas diferentes. Y no solo eso: más tarde escribiría el
Almirante: «cuando yo voy de España a las Indias, hallo, luego, pasando cien
leguas al oeste de las islas Azores, grandísimo mudamiento en el cielo y en las
estrellas, y en la temperatura del aire y en las aguas de la mar»… «Dentro de
la misma raya, hacia poniente, la temperatura del cielo es muy suave, y no
discrepa de la cantidad, sea en invierno, sea en verano». Todo es distinto,
como si a partir de aquella raya mágica se penetrase en otro planeta. Colón no
se atreve de momento a aventurar las causas de aquella prodigiosa transición:
pero desde el primer viaje tantos cambios —y tantos sucesos de orden distinto a
los del mundo conocido— le persuadieron de la existencia de una nueva realidad.
Y esa realidad era más parecida a lo que estaba buscando que a lo que acababa
de abandonar.
Las Casas, que sin duda está utilizando el testimonio del propio Colón
—y hasta parece recoger frases textuales del Almirante que él mismo, en la
copia del Diario no transcribió— cuenta que los marineros se extasiaron ante
tan grato y al mismo tiempo inquietante, por distinto, cambio en las
condiciones del cielo y de la mar, hasta el punto de que «pensaban que debían
estar en otro mundo». La idea puede ser tanto de Colón como de los marineros.
En suma, todos estaban convencidos de haber atravesado una especie de
«meridiano mágico», a partir del cual todo era radicalmente distinto y tenía un
indisimulable sabor de paraíso. Sería cuestión de estudiar —que el asunto no
está estudiado en absoluto— hasta qué punto el descubrimiento de un «meridiano
mágico» a que desde el primer momento aludió Colón como frontera de separación
entre dos mundos distintos, pudo influir en el criterio que inspiró las bulas
alejandrinas de 1493-1494, que dividían el mundo a descubrir por españoles y
portugueses tomando como referencia un meridiano que coincidía sensiblemente
con el «descubierto» por el Almirante. Más tarde, el prurito de llevar el
hemisferio español más lejos, en demanda de unas verdaderas «Indias» que se
encontraban a inconmensurable distancia, a cambio de lo que los portugueses ya
habían encontrado en el Atlántico, depararía a nuestros vecinos gran parte de
Brasil, sin otra ventaja para España que las Filipinas… y la inmensidad
desolada del Pacífico. Pero (volvamos a nuestro comentario del primer viaje
colombino), la idea del «meridiano mágico», producto solo en parte de la
realidad, en muy alta proporción a la imaginación tantas veces calenturienta
del navegante, no parece deberse sino a las condiciones que reinan en el límite
septentrional de la Corriente Ecuatorial del Norte, con sus aires deliciosos,
su mar pacífica, las «hierbas», el ambiente suavemente húmedo y acariciador, y
los hasta entonces desconocidos comportamientos de la aguja y la estrella. Los
navegantes pensaban encontrarse en otro mundo. No es exactamente otro mundo.
Pero aquel camino les conducía a él.
§. Las latitudes de los caballos
No imaginaba Colón que si continuaba adentrándose en aquellas delicias
comprometía gravemente su expedición y se exponía a las más dramáticas
consecuencias. En efecto, los «aires suavísimos» acaban transformándose en
calmas chichas. El anticiclón subtropical, el que aquí llamamos anticiclón de
las Azores, tiene, estadísticamente hablando, la forma de un gigantesco óvalo
cuyo eje principal, se extiende de ENE a OSO. El lector habrá advertido que el
mar de los Sargazos ofrece una disposición similar, y el hecho dista de ser una
simple coincidencia. Los Sargazos se acumulan en una zona de remanso de las
aguas y del viento, y este remanso está inferido por el apacible régimen
anticiclónico que coincide, además, con el régimen de las corrientes. Colón
siguió, por razones últimas que solo él conocía, su camino hacia el Oeste a lo
largo del paralelo 28º. No es, desde el punto de vista de la navegación, el más
favorable. Aquel otoño de 1492 el anticiclón de las Azores mantuvo por más tiempo
del habitual su posición de verano, en una latitud más alta que en otras
estaciones. Esta circunstancia, una suerte más de las muchas que favorecieron
en aquel viaje al futuro Almirante, permitió navegar a favor del alisio más
espacio de lo que es habitual. En efecto, como el anticiclón se extiende de ENE
a OSO, hasta la longitud geográfica 40º permite navegar por el paralelo 28 con
viento en popa. Pero más allá, lo normal es que los navíos se engolfen en el
centro del anticiclón y se vean abocados a un régimen de vientos variables, y,
lo que es peor, de calmas. Colón debió haber escogido una latitud más baja,
como hicieron luego los veleros que tomaban la ruta de las Indias, y dejándose
conducir por el «callejón de los alisios», iban a parar, justo a las tres
semanas de navegación, a la isla Deseada. Aquella práctica acabaría
convirtiéndose con los años en una rutina. Y el mismo descubridor, en su
segundo viaje, ya sin los prejuicios del primero, habría de seguir esta ruta
más cómoda y más rápida, que le condujo a las Pequeñas Antillas.
En 1492, por motivos que pudieron ser muy serios, pero que no conocemos
con certeza, siguió el paralelo 28º, el mismo de La Gomera, que si en el primer
tramo del trayecto le permitió navegar con viento favorable (aunque cada vez
más flojo) en la dirección que quería, le introdujo paulatinamente en las
llamadas «latitudes de los caballos». Por más que los marinos las llamen así,
no se trata de una latitud fija, sino de una zona que cambia según las
circunstancias y según la época del año, pero que siempre se encuentra en un
lugar intermedio entre los alisios y los vientos predominantes del oeste, más o
menos a la mitad de la ruta que siguió Colón. El nombre se debe al hecho de que
los navíos que se dirigían a las Indias y se encontraban con esta zona de calmas,
podían quedar empantanados durante días y semanas enteras, al punto de que se
veían obligados a sacrificar la mercancía más preciosa que llevaban, los
caballos —que en el Nuevo Mundo se pagaban a precio de oro— para poder
subsistir. Hoy día, nada más fácil para una motonave que surcar estos mares
encalmados y deliciosos; pero cuando la navegación debía efectuarse a vela, los
marinos expertos hacían todo lo posible por eludir las «latitudes de los
caballos», aunque en ocasiones los caprichos de los vientos les condujesen
indeseadamente a aquella zona del Océano en que el viaje amenazaba eternizarse.
Colón no sabía nada de esto. Hasta entonces las carabelas y la nao
habían marchado viento en popa y a buen andar, con un promedio nada
despreciable de 28 leguas (150 millas) por día; pero a partir del meridiano 45º
el viento comenzó a ceder, y la marcha se hizo más lenta. Los días 20, 21 y 22
de septiembre encalmó el aire, y hasta tornó a soplar, flojo, del suroeste. Era
una sorpresa que venía a cambiar por completo todas las perspectivas. ¿Es que
el alisio no soplaba en las latitudes tropicales a lo largo de todo el
Atlántico? Era una contrariedad que podía echar abajo el proyecto del viaje. Y
sin embargo, el jefe de la expedición, que sabía encontrar con habilidad
suprema la parte buena de cada circunstancia, halló aquí un nuevo motivo para
tranquilizar a sus hombres ¿No temían estos que los vientos constantes de
levante impidiesen el regreso? Porque, efectivamente, estaban realizando toda
su travesía con vientos de popa, a una velocidad muy apreciable para aquellos
tiempos, y sin la menor dificultad desde el punto de vista de la navegación.
Pero si a Colón solo le preocupaban sus Indias, los marineros no eran tan
lerdos que no pensaran en el viaje de regreso que algún día deberían emprender,
por muy maravilloso que fuese el paraíso que el Almirante les prometía, para
retornar a su patria, donde habían dejado casa, familia y amigos. Y las dudas
sobre la posibilidad de este regreso se iban acentuando, conforme pasaban días
y días siempre con vientos constantes del Este. Las carabelas, menos aún la
nao, no podían barloventear tal como lo hace hoy un balandro: a lo sumo podían
navegar en un ángulo de 55 a 60º frente al viento; si el viaje de ida duraba,
por ejemplo, un mes, el de regreso se prolongaría durante seis u ocho, lo
suficiente para que los expedicionarios muriesen de hambre, o se perdiesen en
el Océano tras una serie de incesantes barloventeos. Se explican por
consiguiente las inquietudes. Y el inesperado cambio de viento permitió a Colón
levantar la moral de sus hombres. ¿No temían que la falta de vientos de
poniente les impidiese regresar a casa? Pues allí estaban los vientos de
poniente.
La casi imperceptible brisa venía del suroeste; y el Almirante,
preocupado por avanzar todo lo posible hacia poniente tomó el rumbo noroeste,
ya que de lo contrario tendría que arrumbar al sureste y retroceder en su
camino. Fue un error que pudo costarle carísimo. Al ganar latitud hacia el
norte, se adentraba más y más en los desesperantes mares de los Caballos, y
corría el riesgo de empantanarse en las calmas chichas. La única solución
consistía en ganar terreno hacia el sur, siquiera fuese tomando cara al
sureste, y perdiendo un terreno que más tarde, al desembocar de nuevo en el
alisio, podría recobrar fácilmente. Pero no podemos exigir al descubridor unos
conocimientos náuticos que nadie tenía aún. Estaba viviendo experiencias
radicalmente nuevas. La casi imperceptible brisa hacía el avance muy lento. El
20 de septiembre «andaría siete u ocho leguas». Posiblemente menos, habida
cuenta de que el autor del Diario de a bordo jamás comenta un fracaso, y su
propio deseo le engaña siempre. Sea lo que fuere, el viaje, a aquel ritmo,
amenazaba durar meses (y los expedicionarios no llevaban provisiones para tanto
tiempo, ni hubieran podido conservarlas en buen estado), sin contar con que,
cuanto más al norte subieran, más abundarían las calmas, hasta llegar, en el
mejor de los casos, a la región de vientos del Oeste, que hubiera hecho
prácticamente imposible seguir el rumbo deseado.
Estos días, anubarrados, de calmas o vientos flojos o variables, figuran
entre los más indefinibles de la travesía: por un lado, la tranquilidad a
bordo, el descanso de los tripulantes que apenas tenían que atender las velas o
las maniobras, el lento avanzar de los navíos, que permitió, según nos cuenta
el Diario de a bordo, que los más decididos se lanzasen al agua para darse un
baño reparador: el viaje se había convertido en lo más parecido —en aquellos
tiempos— a un crucero de placer. Por otro, el corto andar y el peligro de
quedar estancados entre los sargazos, el temor de que la ya larga travesía se
eternizase hasta la desesperación. El 21 de septiembre «todo lo más fue calma,
y después algún viento»: gracias a él pudieron avanzar un poco, al final de la
jornada, siempre al noroeste, señal de que el poco viento que soplaba seguía
sin ser favorable. Con todo, Colón, no sabemos si impenitente optimista o
esperanzado, supo animar una vez más a su gente. La calma podía ser señal de
una tierra cercana. Además, «vieron pajaritos», un alcatraz que venía del
oestenoroeste (por tanto, parecía señalar la buena dirección… si el ave
procedía de tierra, como todos admitieron enseguida), una ballena, que también
fue interpretada como buen augurio. Pero el día 23 siguieron las calmas o el
viento poco favorable, en tanto las algas se hacían cada vez más espesas. Y
ante la posibilidad de estar embarcados en un viaje interminable, los ánimos
comenzaron a flaquear. Tanto la Historia del Almirante como
Las Casas colocan en este punto los primeros síntomas de rebelión: empezaron
primero «las murmuraciones y maldiciones», en pequeños corrillos; luego,
«comenzaron a manifestarlas, y desvergonzadamente a decirle en la cara [al
Almirante] que les había engañado y les llevaba perdidos a matar». La
historiografía moderna cree poco probable que se produjera el 23 de septiembre
el primer intento de rebelión en la Santa María, un hecho que no
debió ocurrir hasta comienzos de octubre: pero que algo hubo y que Colón lo
supo es indudable: como que el propio Almirante confiesa que «murmuraba la
gente»; con lo poco aficionado que es don Cristóbal a confesar actitudes
desagradables, estas palabras significan probablemente algo más que lo que está
diciendo. Lo cierto es que las naves, al introducirse más y más en el centro de
la región de las calmas, estaban a punto de penetrar en un callejón sin salida.
§. Echando punto
Bien sabido es que Colón, en su viaje desde Canarias, llevó una doble
contabilidad del camino recorrido. Ya en el primer día de navegación por mar
abierta advierte que «anduvo catorce leguas, y decidió contar menos, porque si
el viaje fuese luengo, no se espantase ni desmayase la gente». Y esta razón se
repite otras veces. Así, el 10 de septiembre, «porque no se asombrase la gente
si el viaje fuese largo» (entre paréntesis: Colón parece dejar a entender que
no sabe exactamente cuán largo va a ser el viaje: o si en todo caso van a
encontrar islas por medio o no); o el 25 de septiembre: «siempre fingía a la
gente que hacía poco camino, porque no les pareciese largo». Hay, pues, una
«cuenta verdadera» (o más exactamente, una cuenta de acuerdo con las
estimaciones de Colón), y una «cuenta falsa», la que daba a conocer a los
tripulantes. Todos los autores admiten esa finalidad psicológica de la cuenta
falsa: tranquilizar a los compañeros, que veían cómo los navíos se alejaban más
y más de las tierras conocidas, sin encontrar nada más que la inmensidad de las
aguas delante de sus proas. Es posible que don Cristóbal esperase tal efecto
tranquilizador, aunque existen motivos bastante sobrados para dudar tal
finalidad. Parece por lo menos conveniente recordar dos hechos. El primero, que
el engaño no es demasiado fuerte, y por tanto no demasiado consolador. Por
ejemplo, el 1º de octubre las carabelas habían navegado, según la «cuenta
verdadera», 655 leguas, y según la «falsa» (la que Colón enseñaba al público),
571. Una distancia, en un caso y otro, de todas formas enorme; de suerte que no
por la diferencia entre las dos cuentas iba la gente a «espantarse y
desmayarse» o a dejar de hacerlo. Una diferencia realmente sustancial hubiera
podido tranquilizar los ánimos (aunque también hubiera podido producir la
impresión de una lentitud desesperante), pero una diferencia del orden del diez
e incluso del veinte por ciento no parece que sirviera para producir ningún
efecto: sobre todo cuando la distancia medida se aproximaba de todas formas a
las grandes cifras. El capitán Mc Elroy calcula una diferencia entre la cuenta
verdadera y la falsa de solo un nueve por ciento. Fue probablemente mayor,
aunque en determinados casos no sea posible cotejar estrictamente los datos,
porque Colón se limita determinados días a consignar: «contó algunas menos». De
hecho, la diferencia entre las dos cuentas, si solo consignamos los datos
conocidos, es de un dieciséis por ciento: Colón engaña, pero no al punto de
cambiar el ánimo de su gente. Y ya en el relato de su viaje de retorno, el
Almirante nos da otra explicación, si bien tampoco del todo convincente, un
poco menos caritativa, y de naturaleza distinta a la anterior: «y diz que
fingió haber andado más[3] camino por desatinar a los pilotos y marineros que carteaban, por
quedar él señor de aquella ruta de las Indias». ¿Qué pretendía realmente Colón,
tranquilizar o «desatinar»?
El segundo hecho que hemos de tener en cuenta es que la contabilidad
falsa, tranquilizadora o desatinadora, no debió surtir el efecto perseguido,
puesto que los marineros, cuyos conocimientos de navegación de altura no eran
considerables, estaban más en contacto con sus pilotos que con el mismo
Almirante: y los pilotos sabían calcular también la distancia recorrida con
indudable pericia, y efectivamente la habían calculado. En definitiva, la
cuenta falsa no parece que pudiera servir para ninguna de las dos finalidades
confesadas por el autor de la pequeña falsificación, y tal vez permanezca
siempre como uno de tantos misterios —o ingenuidades— del alma de Cristóbal
Colón. Ahora bien: ni los datos de Colón ni los de ninguno de sus pilotos eran
enteramente fiables, porque ni la corredera ni otros instrumentos para
determinar la velocidad de los navíos proporcionaban valores exactos: hasta el
punto de que el cálculo de un piloto podía diferir del de otro en una
proporción similar a la que había entre la «cuenta verdadera» y la «cuenta
falsa». El 20 de septiembre, cuando comenzaban a menudear las críticas y la
angustia atenazaba ya las gargantas (¿también la del Almirante?: no lo sabemos,
él jamás deja traslucir la menor inquietud en sus escritos), se juzgó necesario
una especie de consejo general para que los pilotos declararan del modo más
aproximado en qué punto del océano se encontraban. A esta estimación se llamaba
precisamente «echar punto». Juan Niño, el piloto de la carabela tocaya,
calculaba haber recorrido 440 leguas; Cristóbal García Sarmiento, de la Pinta,
había medido 420; y Sancho Ruiz, el de la Santa María, evaluaba
estar a 400 leguas justas desde La Gomera. Quizá, por deferencia a Colón, quiso
ser el más modesto, pero aún así, sus cuentas consideraban un recorrido mayor
que el de la «cuenta falsa», que se quedaba en 372 leguas. La realidad parece
hallarse en un término medio entre estas cuatro medidas. No parece que en esta
reunión el mismo Colón contradijese a sus propios pilotos ni pretendiese engañarles
—si es que los había engañado— como a los marineros.
Pero ¿dónde estaban realmente? Si Cipango, en la carta de Toscanelli, o
en la versión un poco más optimista que se había formado Colón, estaba a 750
leguas al oeste de La Gomera, se encontraban a poco más de la mitad del camino.
En aquellos momentos, con la mar en calma, las hierbas abundantes y los
«pajaritos» (que debían ser pajarracos, en el mejor de los casos alcatraces),
si realmente estaban cerca de alguna tierra, esta no podía ser en modo alguno
el punto de destino final. Pero Colón se sentía ansioso por llegar a alguna
isla, que estimaba no muy lejana del punto en que se encontraba, y pretendió
determinar de la mejor manera posible su posición sobre el océano. Por otra
parte, encontrar una isla era ya vital en aquellos difíciles momentos. ¿A qué
isla esperaba arribar? ¿A Antilia? No lo sabemos. Pero en el globo de Behaim,
que puede estar inspirado en el mapa de Toscanelli o en una fuente muy similar,
Antilia se encuentra más o menos en el lugar en que Colón y los tres pilotos se
reunieron para conferenciar. De la conferencia no parece que saliera ninguna
conclusión definitiva, aunque sirvió para producir un resultado sorprendente:
entonces, o días más tarde, ¡Colón enseña por primera vez su famoso mapa! Se lo
pasó directamente o por medio de un cable a Martín Alonso Pinzón, capitán de
la Pinta y no solo el marino más experimentado después del
Almirante, sino aquel en quien más confiaban los marineros. Tal vez la
incertidumbre del descubridor, o su deseo de situarse con la máxima precisión
fueron lo suficientemente grandes como para decidirse a compartir sus secretos.
Pinzón tardó varios días en dar su respuesta: también él estaba un poco
perplejo ante la situación. No era momento de arriesgarse. Nuestros navegantes
podían estar cerca de tierra o muy lejos de ella, podía tratarse de una isla no
muy grande y por ello muy difícil de encontrar en la inmensidad del océano, o
no existía siquiera tal isla. Hoy sabemos que no existía, pero en tiempos de
Colón las preguntas quedaban sin respuesta. ¿Valía la pena detenerse unos días
tratando de topar con alguna tierra, o la búsqueda no serviría sino para
exasperar aún más a la gente? Lo cierto es que pocas veces estuvieron el
Almirante y los suyos más cerca de no llegar a ninguna parte.
§. La travesía del mar Rojo
El 23 de septiembre fue otro día incierto. Con vientos flojos y variables, el
descubridor siguió derivando, quizá inevitablemente, en el mismo sentido que en
jornadas anteriores: «navegó al noroeste, y a veces a la cuarta del norte, y a
veces su camino, que era el oeste…». Los expedicionarios «vieron una tórtola y
un alcatraz, y otro pajarito de río, y otras aves blancas. Las hierbas eran
muchas, y también vieron cangrejos en ellas». El hallazgo de cangrejos, hoy lo
sabemos, no es un hecho anómalo en el mar de los Sargazos. La tórtola tenía que
ser otra ave, y, por supuesto, el «pajarito de río» no dejó de ser una
figuración. Tanta era el ansia que sentían todos de llegar de una vez a tierra.
Ahora bien, aquella tarde sucedió un hecho que no tenía explicación. «Como la
mar estuviese mansa y llana, murmuraba la gente diciendo que, pues que por allí
no había mar grande, que nunca ventaría para volver a España. Pero después
alzóse mucho la mar, y sin viento, que los asombraba; por lo cual dice aquí el
Almirante: Así que muy necesario me fue la mar alta, que no pareció
salvo en tiempo de los judíos, cuando salieron de Egipto contra Moisén, que los
sacaba del cautiverio». La frase es un tanto enigmática y se presta a las
más diversas interpretaciones. Probablemente habría que leerla en su contexto,
y por desgracia el relato, salvo las palabras citadas en cursiva, es del
copista. Un hecho está claro: de pronto se levantó un sorprendente oleaje sin
viento, y Colón, aunque asombrado, se sintió aliviado por aquel hecho sin
explicación, que parecía tener algo de milagro.
Consuelo Varela, que ha realizado una edición muy bien estudiada de los
textos colombinos, insinúa con respecto a este misterioso pasaje que el
descubridor podía tener un origen judío, un tema que se ha discutido hasta la
saciedad, sin que nadie haya llegado a conclusiones del todo convincentes. Hay
que tomar la hipótesis como una simple posibilidad. Y era un hombre iluminado,
que se creía predestinado por Dios a una misión extraordinaria. En esta
iluminación puede radicar buena parte de su secreto. Partió de Palos el 3 de
agosto de 1492, justo el día en que expiraba el plazo de expulsión de los
judíos no convertidos, decretada por los Reyes Católicos. E insinúa C. Varela
que algunos de los tripulantes de las carabelas podían ser criptojudíos, otro
hecho nada fácil de demostrar, y que Colón los conducía por aguas procelosas a
una nueva tierra prometida, en la que pudieran establecerse. Se consideraría,
pues, un nuevo Moisés. La extraña alusión a Moisés tendría en este caso una
explicación más verosímil, aunque para llegar a ella tengamos que formular unas
cuantas hipótesis bastante audaces. Lo único cierto es que aquel 23 de
septiembre se levantó un fuerte oleaje sin viento, circunstancia que Colón
consideró gozosa y hasta providencial, un verdadero milagro, que de algún modo
le recordó al de los israelitas que atravesaron el mar Rojo conducidos por
Moisés. De paso, Colón ha encontrado un modo de tranquilizar a sus marineros,
que se creían ya empantanados en una especie de mar muerto y sin olas. Y de
pronto, «alzóse mucho la mar», un hecho inexplicable sin viento. No cabe
interpretar lo acontecido sino como un golpe de mar de fondo. En la posición en
que las naves se encontraban, que podemos situar aproximadamente a 29º N, 44º
O, no soplaba viento alguno, pero tal vez a cientos de millas se había
desencadenado un huracán. No puede pensarse más que en una tormenta tropical.
Todo hace suponer que fue una de las que, atravesando las Bahamas en la primera
quincena de octubre, sustituyen a los ciclones propiamente dichos, y tuercen
hacia el sur de las Bermudas para convertirse en determinados casos en las
primeras borrascas otoñales que alcanzan las costas de Europa. Un huracán de
esta intensidad puede provocar, por reflejo, mar de fondo a mil millas y más de
distancia. No nos extrañe la discordancia de la fecha. Era, en
efecto, la primera quincena de octubre. Pero dejemos la solución de la paradoja
para más tarde.
§. Júbilo y desesperanza
De pronto, cuando todo parecía haber entrado en un «impasse» del que nadie
sabía salir, y la expedición, entre el nerviosismo, las dudas y las
indecisiones, parecía a punto de fracasar dramática y definitivamente,
sobrevino de improviso uno de los hechos más emocionantes de la travesía. Aquel
día «hubieron mucha calma», y al final, por fortuna, se levantó algún viento.
«Al sol puesto, subió el Martín Alonso en la popa de su navío, y con mucha
alegría llamó al Almirante, pidiéndole albricias, que veía tierra. Y cuando se
lo oyó decir con afirmación el Almirante, dice que se echó a dar gracias a Dios
de rodillas, y el Martín Alonso decía Gloria in excelsis Deo con
su gente. Lo mismo hizo la gente del Almirante y los de la Niña.
Subiéronse todos sobre el mástil y en la jarcia, y todos afirmaron que era
tierra, y al Almirante así pareció, y que habría a ella 25 leguas. Estuvieron
hasta la noche, afirmando todos ser tierra. Mandó el Almirante dejar su camino…
y que fuesen todos hacia el suroeste, donde había aparecido la tierra…». La
estampa es espléndida, y ni siquiera el 12 de octubre se mostró Cristóbal Colón
tan conmovido en su relato. Sin duda habían vivido unos días de desconcierto y
desesperanza. Aquel hallazgo venía de pronto a cambiar prodigiosamente toda la
historia.
Comprenderemos mejor la escena si recordamos que Colón había ordenado
que todos los días, a la puesta del sol, se juntasen los tres navíos, para
cambiar impresiones o tomar alguna decisión. No era necesario que los barcos se
abordasen o abarloasen; en mares tranquilos bastaban unas docenas de metros,
incluso un centenar, para que fuese posible hablarse a gritos o hacerse
señales. Fue justamente en esta tesitura cuando Martín Alonso Pinzón distinguió
hacia el suroeste, casi contra sol, el perfil negruzco de una tierra. Era la
segunda vez que creía ver tal cosa, y hasta habría una tercera: he aquí un
detalle que nos llama la atención en un marino tan experimentado, que podría
mostrarnos un rasgo inédito del ilustre paleño: era tal vez un hombre
impetuoso, impaciente, al que el deseo podía engañar tanto como al Almirante,
aunque sin alcanzar sus arrobamientos místicos. Todo el mundo tenía una
confianza ciega en lo que decía Martín Alonso, y se explica la facilidad con
que todos le creyeron. No cuesta ningún trabajo imaginarnos la emoción de la
gente, la gratitud, las lágrimas de alegría, las rodillas en tierra, las mutuas
albricias. Lógicamente no habían llegado a Cipango, ni mucho menos a Catay;
pero sí tenían a la vista una tierra, probablemente grande, a juzgar por su
perfil montañoso. Y aquel hallazgo colmaba de momento todas las esperanzas. Las
Indias fabulosas podían esperar un poco; de momento, la tierra, una tierra de
la que no tenían noticia cierta, pero que venía a demostrar que era posible
llegar a alguna parte navegando por el Océano hacia poniente. Tal vez se verían
con gentes extrañas, o con civilizaciones desconocidas. Podría tratarse de la
isla Antilia, de la que se contaban tantas cosas; de la maravillosa isla de las
Siete Ciudades, llena de riquezas, de la isla de San Brandán… ¡Cuántas leyendas
podían convertirse en realidad de un momento a otro!
Navegaron al suroeste, ahora que lo permitía el viento, tal vez del
norte, o bien del sureste, sin ver ni una luz en el horizonte; bien es cierto
que abundaban las nubes. Amaneció el día siguiente con nubes también, y la
visibilidad escasa. La tierra no aparecía. El viento debió de girar a sur,
cuando tuvieron que tomar rumbo oeste, y no suroeste, como querían. Seguía sin
aparecer la tierra, tal vez más lejana de lo que habían imaginado. A mediodía
cambió el viento al sureste y luego estesureste, y esta circunstancia les
permitió retomar la dirección suroeste en demanda de lo que afanosamente
estaban buscando. Al fin —quizá cerca del anochecer, cuando las nubes negruzcas
se cernían de nuevo sobre el horizonte—, se convencieron tristemente de que lo
que habían divisado al anochecer anterior «no era tierra, sino cielo», o, por
decirlo mejor, en palabras de Hernando Colón, «turbiones y nubes». El anochecer
es el momento más engañoso para la vista en el mar, sobre todo si se mira
contra sol. Cualquier nube oscura ofrece un perfil indisimulable de montaña: se
ven picos, sierras, cabos. Es una realidad sólida, maciza, en modo alguno
volátil. Por segunda vez, un anochecer con nubes oscuras y cerradas en el
horizonte les había jugado una mala pasada.
La desilusión tuvo que ser inmensa, aunque todo parece indicar que las
esperanzas se habían ido desinflando lentamente en la noche anterior y en la
mañana del 26. Nada dice Colón de la reacción de su gente ante el cruel
desengaño; no era partidario de confesar esas cosas, o por lo menos no dejó
consignada ninguna queja en la redacción final de su manuscrito. La Historia
del Almirante, no sabemos si tomando la referencia del primitivo Diario o
por cuenta propia, reconoce que «tornaron con mucho dolor y enojo» a las tareas
rutinarias de la navegación. Las Casas, quizá del mismo manuscrito, recoge una
frase muy similar: «tornaron a su desmayo». Y, sin embargo, por suprema
paradoja, el falso descubrimiento iba a conducir al verdadero. Al navegar,
venciendo todas las dificultades, hacia el suroeste en demanda de una tierra
que no existía, las carabelas ganaron un par de grados hacia el sur; este
hecho, y tal vez un ligero ascenso de latitud en el anticiclón, les permitió
penetrar de nuevo en la zona de los alisios. El viento volvió a soplar de
levante, ahora más bien del ESE, al principio flojo, más tarde cada vez más
fresco. La pequeña flotilla volvía a navegar viento en popa, y cada vez con
mayor rapidez. Ya no habría más dificultades en el rumbo: aquel viento favorable
les acompañaría esta vez hasta el final. El camino del Descubrimiento estaba
abierto, aunque aquellos marineros desalentados no pudieran suponerlo.
§. Un destronamiento genial
Con el viento fresquito y constante de levante, las carabelas podían viajar
otra vez a aquella excelente marcha que había caracterizado la mayor parte de
la travesía. Ya no era hora de ponerse a barloventear en busca de la isla
Antilia o comoquiera que se llamase la que por un tiempo se esperaba encontrar
a mitad de la travesía, si es que esa isla existía siquiera, que eso tampoco
nadie lo sabía. ¿Hasta qué punto eran ciertos los accidentes de los mapas que
dibujaban tierras donde nadie había estado? Y, más dramático todavía, ¿estaba
bien fundamentado el mapa que llevaba Colón, y que representaba más o menos
groseramente a las «Indias» en un lugar relativamente asequible al otro lado
del Atlántico? El hecho es que el 3 de octubre el Almirante anotó su
convencimiento de que «le quedaban atrás las islas que traía pintadas en su
mapa». Había que seguir adelante. Hacia las Indias o hacia el Océano vacío.
La búsqueda momentánea de la Antilia, combinada con el pretendido
descubrimiento de Martín Alonso, había llevado al equipo de capitanes y pilotos
a tratar de fijar la posición de la flotilla en el mapa. Algo se había aclarado
por lo que respecta a la navegación por estima, tomada del rumbo y de la
velocidad. Pero podía haber corrientes capaces de desviar a los navíos. Colón
trató entonces de calcular la latitud por la altura de la Polar, mediante el
cuadrante o astrolabio que llevaba consigo. Nada nos dice el relato de a bordo,
pero sí las otras fuentes, y no es en absoluto de extrañar que lo intentase
justo cuando todos se hallaban tan desorientados. Cierto es que desde las
observaciones de los días 13 y 17 de septiembre, que le hicieron ver que la
estrella «se movía», ya no cabía fiarse de nada, ni siquiera de la estrella que
todos los marinos tomaban como referencia. Pero nada se perdía con consultarla.
Y en una de aquellas noches de duda suprema, Colón observó una vez más a la
Polar, y entonces se sintió movido a anotar en su cuaderno una curiosa
observación.
NOTA: que las estrellas que se llaman las Guardas, cuando anochece están
junto al brazo de Poniente, y cuando amanece están en la línea debajo del brazo
del nordeste, que parece que en toda la noche no andan sino tres líneas, que
son nueve horas, y esto cada noche.
Colón tuvo que quedar más desconcertado que nunca. En aquel mundo
extraño en que se había introducido temerariamente, todo resultaba ser
distinto, todo fallaba, al menos según los criterios seguros y seculares del
mundo civilizado. Ahora resultaba no solo que la estrella que señala
indefectiblemente el Norte se mueve, sino que todo el inmenso reloj de los
cielos, construido con perfección suma por el Creador, adelanta y atrasa.
Increíble. Quizás otro hubiera empezado a volverse loco. Colón, que tal vez tuviera
ya de antemano algo de loco, no dejaba de poseer una intuición sin igual, y una
buena dosis de capacidad de deducción. Y se puso a pensar.
Para comprender sus razonamientos, es preciso aclarar unos cuantos
conceptos, y en orden a la buena interpretación de lo sucedido, vamos a hacerlo
con la mayor sencillez. Las «estrellas que se llaman las Guardas» son la Beta y
la Gamma de la Osa Menor, relativamente cercanas a la Polar, y las únicas
brillantes de las inmediaciones. Comoquiera que la esfera celeste gira en
veinticuatro horas, las Guardas hacen el papel de agujas de un reloj que da una
vuelta completa en el cielo cada jornada, y en sentido contrario que la aguja
horaria de nuestros relojes: para el cómputo del tiempo, da lo mismo. Si al
anochecer las Guardas señalan, por ejemplo, la posición de «las tres», al
amanecer, doce horas más tarde, señalarán «las nueve». Este movimiento servía
para que los marinos —y en tierra los centinelas o los vigilantes— pudiesen
calcular aproximadamente las horas y los turnos de guardia nocturna.
Precisamente por eso se les llamaba «las Guardas», nombre que ha perdurado
durante mucho tiempo y que algunos emplean todavía hoy. Las expresiones usadas
por el Almirante eran las frecuentes entonces entre los marinos, y suplían a
unas cifras o signos que no están dibujados en la esfera celeste. Se figuraban
el Hombre del Norte (ver Lámina 3), un ser imaginario con los
brazos extendidos. Si su corazón era la Polar, las Guardas estaban «en la
cabeza» (encima de la Polar), en el «hombro derecho» (las Guardas a 45º, arriba
y a la derecha de la Polar), en el «brazo derecho» (justo a la derecha de la
Polar), «los pies» (las Guardas justo debajo de la Polar). Lo mismo se hacía
con la parte izquierda del imaginario personaje.
Entre el brazo derecho y el brazo izquierdo hay 180º, es decir, media
vuelta, y lo mismo entre la cabeza y los pies. Especialmente en el equinoccio
(y nuestros navegantes acababan de pasar por la fecha del equinoccio), si
anochece con las Guardas en el brazo de poniente, al amanecer deben estar en el
brazo de levante; y sin embargo Colón descubre con enorme sorpresa que están
«debajo del brazo de levante», es decir, que no han avanzado doce horas, sino
solo nueve. Comoquiera que al anochecer siguiente las estrellas vuelven a estar
en el sitio previsto, no cabe sino una inferencia: que el reloj de los cielos
va más despacio —atrasa— de noche y más aprisa —adelanta— de día. ¡Lo que
faltaba para llegar al supremo desconcierto! Y la genialidad del Almirante le
permite relacionar una anomalía incomprensible con otra anomalía
incomprensible, que ya ha descubierto quince días antes: «también en
anocheciendo las agujas noroestean una gran cuarta, y en amaneciendo están con
la estrella justo». Y añade ahora: «por lo cual parece que la estrella hace
movimiento como las otras estrellas». Colón ha encontrado por fin la verdad. Su
método, relacionar un hecho incomprensible con otro hecho incomprensible para
hacer comprensibles los dos, es realmente propio de un genio. La aguja se
mueve, puesto que noroestea cada vez más conforme se avanza hacia el oeste;
pero la estrella se mueve también, y lo hace no de una manera arbitraria, sino
«como las otras estrellas». En definitiva, la Polar es una estrella más.
Para comprender el razonamiento de Colón es necesario recordar una
última precisión. Hoy un marino, a simple vista, hubiera sido incapaz de
apreciar el movimiento de la Polar en el cielo. La distancia entre la Polar y
el polo celeste es en 2005 de solo 43´ de arco, muy difícil de apreciar a ojo
si no se dispone de puntos de referencia. Esta distancia se sigue reduciendo, y
el año 2115 será solo de 28´. A partir de entonces, la Polar se irá alejando de
nuevo del polo celeste, y llegará un momento, allá por el año 3000, en que
perderá toda utilidad como guía del Norte. En otras palabras, el polo celeste
se desplaza entre las estrellas, en un movimiento perfectamente previsto que se
llama «precesión». La precesión no es sino la consecuencia de la variación del
eje de la Tierra, que va apuntando muy poco a poco a un lugar distinto del
cielo, hasta describir un círculo completo en un periodo de 25 725 años. El
fenómeno fue descrito ya en el siglo II antes de Cristo por Hiparco, a quien se
atribuye su descubrimiento. Entre las consecuencias de la precesión figura el
hecho de que las constelaciones de verano o invierno no son siempre las mismas,
o que la entrada del sol en un signo del Zodíaco no coincide con su presencia
en la constelación del mismo nombre. Es curioso: esto lo ignoran los
astrólogos, que siguen guiándose por las referencias de los clásicos. Así, una
persona nacida el 12 de octubre, según los horóscopos es «Libra», cuando
realmente en nuestros tiempos para esa fecha el sol se encuentra en Virgo.
El cambio de la posición del sol con respecto a las estaciones fue el
fenómeno más interesante que se conoció desde antiguo, con el descubrimiento de
la precesión, y que obligó a medidas tan desagradables pero necesarias como el
cambio del calendario: así el efectuado por Julio César el año 31 a. C., y el
realizado por el papa Gregorio XIII en 1582: un tema al que no tendremos más
remedio que dedicar una referencia en su momento; pero en cambio, casi nadie
relacionó la precesión con el movimiento aparente del polo celeste, hasta que
Tycho Brahe, setenta años después que Colón, midió con absoluta exactitud la
posición de la estrella Polar. Sin embargo, con el tiempo, este cambio de
posición del polo celeste llega a hacerse escandalosa. El año 2800 a. C., el
eje de la Tierra apuntaba a la estrella Alfa del Dragón, que se nos ha dicho
que sirvió para orientarse a los fenicios: era la «Polar» de aquellos tiempos[4]. Más tarde fue Polar la Beta de la Osa Menor, hoy una de las Guardas.
El nombre Kochab, que todavía hoy designa a esa estrella significa en árabe
«Polar», una función que cumplió hace más de mil años. El año 4160 será polar
la Gamma de Cefeo, y allá por 13 850 cumplirá esta función el Alfa de la Lira,
una de las estrellas más brillantes del firmamento. Es de suponer que para
entonces los hombres, si existen, no necesiten tan rudimentarios sistemas de
orientación. El año 27.840 «volveremos» a ver como polar la misma estrella a la
que hoy damos ese nombre.
Pero retrocedamos a aquel histórico 30 de septiembre de 1492. Entonces
la estrella que llamamos Polar apuntaba ya muy sensiblemente hacia el Norte,
pero estaba más desviada que ahora de esa dirección. Sin embargo, los marinos,
que observaban a simple vista (como todo el mundo, puesto que no había ni
catalejos ni telescopios) no habían sido capaces de medir esa diferencia. En
1492 la distancia de la Polar al polo celeste era de 3º 28’. Entre su máxima
elongación E. y su máxima elongación O. había por tanto una distancia de casi
7º, y fue justamente esa distancia lo que descubrió Colón el 30 de septiembre.
Desde días antes, había apreciado que la estrella se encuentra a la derecha de
la dirección de la brújula al anochecer y casi en la misma dirección que la
brújula al amanecer: era como si — ¿la estrella o la brújula?— hiciese un
movimiento de vaivén todos los días. Pero he aquí que de pronto hace un
descubrimiento más pavoroso: el «reloj de las Guardas» atrasa de noche y
adelanta de día. El sentido común le hace ver que la perfección de los cielos
no puede permitir tal anomalía. Y es entonces cuando intuye genialmente el
efecto del «reloj descentrado». Supongamos un reloj cuya maquinaria funciona
perfectamente, pero cuya aguja horaria no se encuentra en el centro de la
esfera, sino más arriba: por ejemplo, en el lugar en que por lo general figura
la marca o el nombre del fabricante. La aguja funciona correctamente, pero,
como no está en el centro, no marca correctamente. A las doce
señala hacia arriba: las doce justas. A las seis señala hacia abajo: las seis
justas. Pero cuando aparece horizontal, resulta que a las nueve no señala las
nueve, sino las diez; y por la tarde, cuando son las tres, no señala las tres,
sino las dos. Por la mañana parece que adelanta y por la tarde parece que
atrasa (ver Lámina 15).
La deducción de Colón es asombrosa para un marino de su tiempo, y tiene
algo de genial, aunque tal vez sea más producto de una finísima intuición que
de la reflexión. La estrella Polar está muy cerca del polo celeste, pero
no coincide exactamente con él. Es como la aguja descentrada de un reloj
que por otra parte funciona perfectamente. El cielo gira con una regularidad
absoluta, pero si tomamos la estrella como punto de referencia, cometeremos el
mismo error que si colocamos el eje de la aguja fuera del centro de figura. En
otras palabras, la estrella Polar gira en torno al eje celeste «como las demás
estrellas»: describe en torno al polo un círculo, aunque sea un círculo muy
pequeño; pero es una estrella como otra cualquiera. Bartolomé de Las Casas, que
tuvo delante la versión íntegra del manuscrito, precisa mejor la deducción del
Almirante que la que conservamos en el Diario: la causa de la anomalía está en
«el movimiento que aquella estrella que llaman Norte hace con su círculo alrededor
del verdadero Norte o polo… como las demás estrellas». No se trata de
que Fray Bartolomé sepa explicarse mejor que Colón; al contrario, en su Historia
de las Indias comete más errores astronómicos que el Almirante. Todo
hace suponer que transcribe un texto de Colón que no aparece en la versión del
Diario que ha llegado hasta nosotros. Y el mismo Colón, por si cupieran dudas,
aclara más tarde, a la altura de su tercer viaje, el sentido de su observación:
«hallo que la estrella del Norte describe un círculo». Era eso justamente lo
que faltaba al parte del 30 de septiembre de 1492 para dejar claro qué quiere
decir la afirmación de que la estrella Polar se mueve «como las demás
estrellas». Es el destronamiento de la Polar. Si Cristóbal Colón no hubiese
descubierto el Nuevo Mundo y hubiese tenido que regresar vencido, hubiera
pasado de todas formas a la historia por este otro descubrimiento. Una nueva
ciencia estaba sustituyendo a la ciencia medieval. Justo por aquellos años, un
canónigo de Cracovia llamado Nicolás Copérnico estaba proyectando un
destronamiento todavía más sensacional.
§. La esquiva Cipango
El día 1 de octubre, las carabelas colombinas habían recorrido, según los
cálculos del capitán Mc Elroy, el 60 por 100 de su trayecto; es decir, menos de
las dos terceras partes. De mantenerse la misma marcha no hubieran llegado a su
destino por lo menos hasta el 16. Pero parece que a primeros de octubre la
velocidad se hizo mayor, hasta alcanzar, de acuerdo con los datos que nos
suministra Colón, unos recorridos diarios que hasta se nos antojan sospechosos.
También son aquellas las jornadas en que la diferencia entre la «cuenta
verdadera» y la «cuenta falsa» se hace más escandalosa. ¿Tal vez el Almirante,
cada día más impaciente, exagera inconscientemente más y más la distancia
recorrida, y se está engañando a sí mismo? Bien sabido es que cuando se desea
ansiosamente llegar a algún sitio después de un camino interminable, suele
imaginarse haber recorrido una distancia mayor que la real. La impaciencia no
solo es mala consejera, sino que mueve a autoengaños. No pretendemos discutir los
bien pensados cálculos de Mc Elroy, pero no cabe duda de que si suponemos que
la exageración de Colón en las cuentas es mayor al final que al principio del
viaje, resulta que los «días perdidos» buscando tierra entre los sargazos y las
calmas deben situarse, no entre los meridianos 40 y 45, como se hace
usualmente, sino entre los 45 y 50, una propuesta que tendría mayor sentido: en
tal longitud es más fácil retornar al alisio, que viene ahora del ESE, y salir
de las algas. El 5 de octubre dejó de verse totalmente la hierba. ¿Pero era
esta buena señal? Hasta entonces, Colón o algunos de sus acompañantes sostenían
que los ramajes verdes que flotaban en el océano eran indicación de una tierra
cercana. Ahora, de nuevo el mar solitario, el sempiterno viento de levante, el
horizonte despejado sin la menor señal de costa a la vista. De nada servía que
el jefe de la expedición exagerara cada vez más la diferencia entre la cuenta
verdadera y la cuenta falsa. Tan alarmante resultaba para los marineros creer
que las costas patrias estaban a 600 leguas que a 720. Y lo peor de todo es que
dejaron de verse las señales esperanzadoras de días antes: el 3 de octubre «no
vieron aves algunas», justo cuando don Cristóbal, de acuerdo con sus cálculos,
ya debía de encontrarse a la altura de la maravillosa isla de Cipango que tenía
representada en su mapa. ¿Era todo una inmensa mentira? Los marineros, al borde
de la desesperación, estaban cada vez más convencidos de ello. Y hasta parece
que la indestructible fe del jefe de la expedición empezaba a flaquear.
El 6 de octubre volvió a conferenciar Cristóbal Colón con Martín Alonso,
su hombre de confianza, y cada vez en mayor grado. Don Cristóbal había tratado
de aparecer hasta entonces entero y suficiente, pero hay ocasiones en la vida
en que resulta necesario apoyarse en otras personas, y Martín Alonso era el más
experimentado de todos sus compañeros de viaje. Alguna duda le acuciaba
dramáticamente, y necesitaba discutir con el mayor de los Pinzones la exactitud
de los datos del mapa que llevaba, y que parece que el gran marino de Palos ya
había visto por lo menos otra vez: ¡a no ser que el mapa enviado por un cable a
la Pinta fuese distinto del de «Paulo Físico»! En esta
cuestión sí que es seguro que el famoso mapa se desplegó ante los dos hombres,
y dio lugar a una discusión larga y comprometida para uno y otro. De ella solo
sabemos lo siguiente: «Dijo Martín Alonso que sería bien navegar a la cuarta
del oeste a la parte del suroeste [oeste cuarta al suroeste], y al Almirante
pareció que no. Decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante
veía que si la erraban no pudieran tan presto tomar tierra, y que era mejor ir
una vez a tierra firme, y después a las islas». El diálogo resulta
incomprensible, si no suponemos algún misterio que nadie nos ha revelado hasta
ahora. Parece fuera de toda discusión que por lo que se refiere a la búsqueda
de las «Indias», el proyecto colombino consistía en llegar primero a la
riquísima isla de Cipango (Japón), y dirigirse más tarde a Catay (China), ya en
el continente asiático, donde imperaba el Rey de Reyes, el Gran Khan. De
acuerdo con sus teorías, Cipango estaba a unas 750 leguas de Canarias, y Catay
a 1000 o un poco más. Era lógico recalar primero en la isla y dirigirse luego
al continente.
¿Por qué Colón renuncia ahora a su famoso plan, justo cuando las
tripulaciones están agotadas y desmoralizadas, y decide de pronto dejar Cipango
a su suerte y buscar la todavía muy lejana Catay? Hay que tener en cuenta que
Cipango, el Imperio del Sol Naciente, era una isla muy grande, tal como la
había descrito de oídas Marco Polo, y había grandes probabilidades de topar con
ella. Martín Alonso, a la vista del mapa, propone desviarse ligeramente al
suroeste, para abordarla con más seguridad, y el Almirante rechaza la
propuesta. ¿Qué se perdía con aquel ligero desvío, que no iba a impedir
encontrarse de todas formas con Catay, el extremo oriental del inmenso
continente asiático? Parece como si don Cristóbal no quisiera desviarse de su
famoso paralelo de Canarias, que había decidido seguir como presa de una
obsesión, aunque se expusiera nada menos que a soslayar el primero de sus
grandes objetivos, Cipango. Tal vez el mapa que llevaba nos hubiera ayudado a
comprenderle mejor… o tal vez no. Es una desgracia que no conservemos
referencia alguna de este mapa que tenían delante Colón y Martín Alonso cuando
en aquel momento decisivo discutieron sobre el rumbo a seguir. Lo malo es que
si el mapa de Colón era una copia más o menos amañada de original, tampoco
conservamos el de Toscanelli, que hubiera podido servirnos de guía. Hay que
recurrir, puesto que no disponemos de mejor solución, a la esfera de Martín
Behaim, que sí parece estar inspirada en el mapa toscanelliano. Y en ella se
representa la gran isla de Cipango, que se extiende aproximadamente desde el
paralelo de Canarias hasta bastante más al sur. Tenía razón Martín Alonso: tal
como iban las carabelas, deslizándose a lo largo del paralelo 28º, corrían el
peligro de rozar Cipango por el norte: tal vez lo soslayarían por solo cuestión
de pocas millas. Bastaba desviarse muy ligeramente hacia el sur para toparse
con la gran isla sin lugar a dudas; y por otra parte, esta desviación de solo
«una cuarta», cosa de once grados, no entorpecía prácticamente la continuidad del
viaje, hasta dar de todas formas con Catay. La terquedad de Colón parece fuera
de toda lógica.
Solo cabe admitir dos posibilidades. La primera nos llevaría a aceptar
una vez más la existencia del predescubridor, y de una referencia segura que el
gran navegante había adquirido: la presencia de una tierra vista con absoluta
seguridad por alguien, tierra que se encontraba exactamente en el «paralelo de
Canaria», o sea a 28º N. Esta seguridad explicaría la insistencia del Almirante
de ir a tiro fijo, y dejar para más tarde la hipotética posibilidad de llegar a
Cipango y Catay, que podían estar a las distancias [hoy sabemos que
monstruosamente erróneas] calculadas por Toscanelli, o quién sabe si muchísimo
más lejos de lo que aparecían en el mapa. Colón era extraordinariamente terco,
pero no podía ignorar las tan unánimes opiniones de sus contradictores. Por eso
prefería agarrarse a lo seguro, con la intención de intentar más adelante —con
más provisiones y tal vez con mejores referencias— lo probable. El recurso al
«descubrimiento previo» y a un testimonio misterioso, pero fidedigno, que podía
poseer Colón acerca de una tierra concreta al otro lado del Océano, es por
naturaleza vidrioso, y ha sido tildado por muchos de producto de fantasías
sensacionalistas. Es preciso tomar la hipótesis con mucha prudencia y no
especular frívolamente sobre ella. Pero no resulta disparatado ni absurdo
tenerla en cuenta a la luz de la dramática discusión del 6 de octubre, y del
empeño del descubridor de no apartarse por nada del mundo de una ruta que
parecía predeterminada.
La segunda posibilidad se deriva, muy posiblemente, del mapa. Dicho
queda que la isla de Cipango parece alargarse desde el paralelo de Canarias
hasta bastante más al sur. Por una razón u otra (o por una obstinada sinrazón),
el ya muy pronto Almirante quiso seguir su plan a rajatabla, esperando sin
duda, porque otro desenlace no hubiera tenido sentido, encontrarse de todas
formas con Cipango. Por su parte, Pinzón proponía desviarse un poco al sur para
tener la seguridad de abordarla. Y Colón se negó en redondo. ¿Por qué? Ahora es
preciso traer de nuevo a colación la contabilidad de las millas recorridas. De
acuerdo con la cuenta «oficial» que daba a conocer el jefe de la expedición, el
6 de octubre habían recorrido unas 750 leguas: estaban a tiempo de virar un
poco al suroeste para tener la seguridad de alcanzar Cipango. ¡Pero Colón,
siempre seguro de sí mismo, sabía que aquella cuenta era falsa! De acuerdo con
su propio criterio, que solo consta en el Diario, habían recorrido ya 950
leguas. El Almirante estaba seguro de haber rebasado Cipango, y
todo lo que fuese torcer al sur buscando las islas del Sol Naciente era perder
el tiempo. Por eso se opone al plan de Pinzón alegando que «si lo erraban [a
Cipango] no pudieran tan presto tomar tierra». De modo que «era mejor… ir a
tierra firme [al continente asiático], y después a las islas». El problema para
Colón no era pensar «si erraban» el camino de Cipango, sino el convencimiento
de que ya lo habían errado (ver Lámina 14).
La verdad es que las islas que había esperado encontrar en el camino se
habían mostrado esquivas; primero Antilia, que pensaba localizar (seguimos
basándonos conjeturalmente en el mapa de Behaim) a unas 400 leguas de
navegación; habían aparecido hierbas y extrañas calmas, pero ni rastro de
aquella tierra legendaria. Después había fallado una supuesta segunda isla.
Finalmente fallaba el riquísimo Cipango. El Almirante estaba tal vez un poco
desconcertado, o bien progresivamente menos seguro de la precisión del mapa que
llevaba; pero sabía disimularlo muy bien, aparte de que era incapaz de dar su
brazo a torcer. Jamás en su vida (al menos en su vida históricamente conocida)
había admitido un fracaso, y tampoco ahora, en tan dramática situación, estaba
dispuesto a reconocerlo. Colón, dice su hijo Hernando un poco ingenuamente, no
quiso ceder a los consejos «porque le parecía perder la autoridad y el crédito
de su viaje, andando a tientas y buscando aquello que siempre afirmó saberlo
muy ciertamente…». Prefería fingir un cambio de criterio a admitir que se había
equivocado. No había acertado con Cipango, uno de los objetivos fundamentales
del viaje; tal vez lo había sobrepasado por el norte. Pero no podía errar el
camino de Catay, el inmenso imperio asiático, extendido miles de millas de
norte a sur: tarde o temprano tenían que toparse con el continente, por
tremendamente lejos que se encontrara. Era ya entonces más prudente seguir
adelante, aunque Colón no se atrevía a confesar el motivo exacto.
Pero no contaba con que su discusión con Pinzón, no sabemos si amistosa
o violenta (era inevitable que todos estuviesen nerviosos ya a aquellas
alturas) iba a trascender. El piloto de Palos era el marino más prestigioso de
toda la flota, por encima de Colón mismo, por supuesto, a los ojos de la
tripulación. Seguramente su malhumor se despachó en algunas palabras que otros
oyeron. Y el hecho de que el Almirante desechase los consejos de aquel hombre y
se empecinase en seguir el maldito camino del Oeste, provocó las primeras
reacciones violentas. Es en ese 6 de octubre cuando coloca Manzano el primer
intento de motín, el llamado «de los vizcaínos», quizá por haber figurado en él
alguno de los vascos que venían con Diego de Arana en la Santa María.
Nada nos habla el Diario de este asunto en la referencia al 6 de octubre,
aunque la Historia del Almirante considera que fue esta
discrepancia con Pinzón «la causa de amotinarse la gente». Y añade que algunos
proyectaron tirar a Colón al agua, en plena noche mientras observaba las
estrellas desde la borda. La expedición estaba a punto de fracasar, de terminar
de una manera tal vez sangrienta, y, caso de decidirse dar la vuelta sin más,
verse obligada a un barloventeo contra viento y corriente de casi imposible
salida: ni las Indias ni el regreso. Aquel 6 de octubre parecía todo perdido.
Pocas horas más tarde, parecería todo ganado. La historia del primer viaje de
Colón es toda una novela de aventuras: con la particularidad (propia de un buen
novelista) de que el desenlace no se conoce hasta el final, y de que todo su
decurso está lleno de desenlaces aparentes que aumentan la emoción del
argumento.
¿Tierra al fin?
§. ¿Tierra al fin?
El 7 de octubre amaneció con el estampido de un cañonazo. Sobresalto, seguido
inmediatamente del júbilo general: es fácil imaginar la escena, aunque el
relato, quizá para evitar sensacionalismos innecesarios, o por no conceder
importancia a los fracasos, resulta por demás escueto. «En este día, al
levantar el sol, la carabela Niña, que iba delante por ser velera,
y andaba quien más podía, levantó una bandera en el tope del mástil, y tiró una
lombarda, por ser señal de que veían tierra». Esta vez fue la Niña la
que se adelantó; era la más pequeña de las tres cáscaras de nuez, pero poseía
una extraordinaria capacidad marinera, como después se demostró. Toda una joya
de la construcción naval de aquellos tiempos. O bien fue que uno de los
marineros que mandaba Vicente Yáñez Pinzón tuvo más larga vista. Es probable
que los tres barcos estuviesen aún casi juntos, porque el Almirante había dado
orden de que todos los días, al despuntar y ponerse el sol, se juntasen las
carabelas, para conferenciar, ponerse de acuerdo sobre lo que convenía hacer
aquel día, y otear todos el horizonte, como si juntos pudiesen ver mejor que
cada uno por separado, porque «estos dos tiempos [el alba y el ocaso] son los
propios para que los humores den lugar a ver más lejos». Es cierto que la
visibilidad es mayor, sobre todo en zonas tropicales, a primera o a última hora
de la jornada que a mediodía. Pero también son los ortos y los ocasos (sobre
todo los ocasos) del sol los momentos más propicios para confundir en el horizonte
las nubes con promontorios. Días antes el efecto de contraluz producía la
sensación de montañas recortándose sobre la línea anaranjada de occidente; esta
vez debieron ser nubes bajas y oscuras las que aparecían en el horizonte a
proa, en dirección opuesta al sol, simulando una costa maciza. Sea de ello lo
que fuere, fue aquella la tercera confusión en un crepúsculo. Nuestros
navegantes estaban tan ansiosos de ver tierra, que convertían ilusiones ópticas
con el objeto de sus deseos. Tal vez en circunstancias normales no se hubieran
equivocado: pero las que les rodeaban no eran en absoluto circunstancias
normales.
La mañana del 7 de octubre fue expectante: todavía podía ser realidad lo
entrevisto. Por la tarde se confirmó el fiasco. Tampoco aquí alude el Almirante
a la desilusión de sus gentes; pero la desesperanza tuvo que ser mortal. Por
tres veces se habían equivocado, y ya nadie podía abrigar demasiada confianza
en el éxito de la empresa. La tensión, sobre todo a bordo de la Santa
María, se adivina, a pesar de las tranquilas palabras del narrador del
viaje: «Como en la tarde no vieron tierra, la que pensaban los de la
carabela Niña que habían visto, y porque pasaban gran multitud
de aves de la parte norte al sudoeste, por lo cual era de creer que iban a
tierra o huían quizá del invierno… el Almirante acordó dejar el camino del
oeste y poner proa al oestesudoeste». Colón hace aquí de la necesidad virtud, y
convierte su cesión ante las presiones de los marineros —y quizá de los otros
capitanes y pilotos— en una decisión propia. Martín Alonso había aconsejado el
día anterior derivar hacia el suroeste, para alcanzar la isla de Cipango, y don
Cristóbal se había opuesto; pero la presión le obligó a ceder veinticuatro
horas más tarde. Aves habían visto muchas durante toda la travesía; habían
interpretado su presencia como señal evidente de la cercanía de tierra, porque
daban por supuesto que las aves no duermen en la mar; la verdad es que nadie
hasta entonces lo había comprobado: los expedicionarios estaban viviendo
experiencias absolutamente nuevas, por la sencilla razón de que nadie se había
aventurado a una navegación de miles de millas en lo más remoto del Océano. Las
aves que vieron en la tarde del 7 de octubre no significaban absolutamente
nada; a lo sumo, y el Almirante lo reconoce, una migración otoñal hacia parajes
más cálidos: pero Colón toma ahora como pretexto la dirección de los pájaros
para justificar su decisión de torcer el rumbo hacia el suroeste.
Con esta decisión, que no fue suya, sino forzada por quienes le
rodeaban, cambió la historia. No sabemos qué hubiera sido de la expedición si
el navegante genovés hubiera seguido impertérrito su camino hacia el oeste.
Morison piensa que las carabelas hubieran llegado a la península de Florida;
pero también añade que la corriente del Golfo, más fuerte allí que en ningún
otro lugar —seis u ocho nudos— hubiera desviado las carabelas hacia el norte, o
quién sabe si, con viento flojo, las hubiera desviado de tierra. Es inútil
especular sobre lo que hubiera pasado cuando no pasó, pero no deja de ser
sugestivo. Si Colón y los suyos hubiesen persistido en el empeño, lo más
probable es que las carabelas, aunque desviadas por la corriente, hubieran
conseguido llegar a la costa norteamericana por Carolina (que se hubiese
llamado Fernandina, o tal vez Colombina), y otro hubiese sido el desenlace
histórico. Solo sabemos que todo cambió por el hecho de que Colón, presionado
por Pinzón y los suyos, decidió cambiar el curso de las carabelas hacia el
suroeste, y dio con las Bahamas, y luego con las Antillas, punto de recepción,
durante tres siglos, de los españoles que descubrieron, conquistaron y
colonizaron América. A veces la historia del mundo cambia por obra de un capricho
o de una decisión tomada gracias al vuelo de unas aves que no van a ninguna
parte. Pero cambia de un modo decisivo.
§. Rebelión a bordo
Estamos a 10 de octubre. Colón se imagina, de acuerdo con sus cálculos, que se
encuentra a casi 1100 leguas al oeste de la isla de Hierro. Era un magnífico
navegante por estima, según afirma Morison, y probablemente es verdad. Pero en
aquella ocasión la impaciencia le jugó una mala pasada, y vino a resultar que
la «cuenta falsa», la que hizo creer a los marineros, era más verdadera que la
«verdadera», aquella que llevaba en secreto. Midiendo las distancias anotadas
por Colón, resulta que la cuenta que él llevaba por cierta le hubiera conducido
el 12 de octubre al golfo de México (después de «atravesar» parte de la
península de Florida), mientras que la que hacía creer a su gente le hubiera
dejado unas 200 millas al ENE de las Bahamas, más cerca de Guanahaní, sin
embargo, que la otra (ver Lámina 14). ¿Que los marineros se creían a pies
juntillas los valores de la cuenta falsa? No eran tan lerdos que no adivinasen
que el Almirante trataba de engañarlos; y además estaban los pilotos, más cerca
de la tripulación que el jefe supremo, y sus estimaciones no se mostraban de
acuerdo con la cifra oficial. De aquí la desazón creciente de todos, añadida a
la idea de que aquel loco extranjero «les llevaba a la perdición».
Pero en este caso el desazonado era también el Almirante. No solo había
«errado» Cipango, sino que también había errado Catay. Había recorrido más de
1100 leguas, cuando según sus cálculos Catay estaba a solo mil. Y no era una
costa que pudiera perderse por obra de una simple desviación. Podía dar con
Cambaluc, con las costas de Quinsay, con la península de Mangi, con Zaitón, con
el Queroneso de Oro o con la alargada Catigara: pero tenía que dar con algo
forzosamente. Sin embargo, no se veía más que un mar inmenso frente a la proa
de la nao. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Dónde se encontraba realmente? ¿Estaba
equivocado el mapa? ¿Había calculado mal la distancia? ¿Se encontraban las
Indias mucho más lejos de lo que imaginara y se había aventurado a una travesía
imposible para los barcos de aquellos tiempos? Y hasta la pregunta suprema, a
la cual nadie hasta entonces había dado una respuesta empírica: ¿era la Tierra
redonda? («Yo siempre creí que la Tierra era redonda», escribió una vez Colón
admitiendo un asomo de duda). En suma, ¿cabía la posibilidad de que se
estuvieran perdiendo en el infinito del océano? Hay momentos en que la
situación se hace tan desesperada, que ya resulta difícil razonar. El camino,
un camino que según propia afirmación nadie había recorrido antes, había
proporcionado al Almirante las mayores sorpresas: ramos de fuego, desviaciones
inexplicables de la brújula, movimiento de la estrella Polar, hierbas en alta
mar, vientos, corrientes inesperadas, aves que no tenían las costumbres de las
aves conocidas, climas anómalos para la latitud en que creía encontrarse…
¿Pero es que se encontraba realmente en esa latitud y en esa longitud,
las que él, tan buen navegante, había constatado de acuerdo con su rumbo y
velocidad? Solo tres criterios podían ayudarle a situarse: la brújula, la Polar
y el mapa que llevaba. Y se daba la alarmante circunstancia de que la brújula y
la estrella no se ponían de acuerdo. A nadie le había sucedido jamás semejante
cosa, tal vez porque nadie se había atrevido a hacer lo que él había hecho. Y
en cuanto al mapa, Antilia no estaba donde la carta decía estar, tampoco
Cipango, y lo que era más amenazador, tampoco la inmensa Catay. No sabía dónde
se encontraba, y todo parecía indicar que se había equivocado: por culpa de la
estrella, por culpa de la brújula[5], por culpa del mapa, o por culpa de unas corrientes que le habían
desviado hasta no sabía dónde. Lo único cierto es que no se hallaba donde
hubiera debido estar. Es imposible penetrar en el alma misteriosa y críptica de
Cristóbal Colón, ni siquiera en esos dramáticos momentos. Fe o angustia, o una
mezcla incomprensible de estas dos cosas. «Los aires muy dulces, como en abril
en Sevilla, que es placer estar a ellos, tan olorosos son», escribe en las
horas más tensas del viaje (8 de octubre). ¿Aires olorosos en la mar? ¿Aires de
tierra? Y más sorprendente aún: «pareció la hierba muy fresca y muchos
pajaritos de campo». ¿Estaba desvariando el Almirante?
Muchos lo creyeron así, lo llevaban creyendo durante mucho tiempo
(algunos, a lo que se sabe, ya desde el punto de partida vieron en aquel marino
de origen desconocido un aire misterioso que no les cayó bien). Y ahora iban
creciendo los motivos para reafirmarse en aquella opinión. Posiblemente temían
más a aquel loco que les estaba conduciendo a lo inexistente que al peligro de
los mares. Aún estaban a tiempo de regresar, aunque el regreso, contra el
alisio, ellos lo sabían muy bien, iba a ser infinitamente más trabajoso que la
ida; pero dar media vuelta era la única forma de poder alcanzar costas seguras,
de volver a ver un día el Viejo Continente, la patria de siempre, habitada por
hombres cabales, el hogar de sus esposas, de sus hijos, de sus prometidas. O
regresar o morir: y morir, además, después de haber hecho el ridículo. «Aquí la
gente ya no lo podía sufrir —escribe el soñador en aquel patético 10 de
octubre—, quejábanse del viaje; pero el Almirante se esforzó lo mejor que pudo,
dándoles buenas esperanzas de los provechos que podían haber, y añadía que por
demás era quejarse, pues que él había venido a las Indias, y que así lo había
de proseguir, hasta hallarlas, con la ayuda de Nuestro Señor».
Aquí Colón no es sincero. Habla de un conato de insubordinación, pero se
niega a reflejar su impotencia frente a la protesta de los marineros, además de
hacer gala de una decisión y una capacidad de persuasión que seguramente no
tuvo; quiere quedar bien ante los reyes, presentándose como el artífice, con su
valor y autoridad, del éxito de la aventura. Todos los colombinistas están de
acuerdo en que aquel día hubo un verdadero motín en la Santa María,
y quizá fue entonces cuando los marineros estuvieron a punto de echarle al mar.
Fernández de Oviedo se refiere a una abierta rebelión, calmada no por el
Almirante, sino por los Pinzones, que acudieron en su auxilio. A pesar de que
las carabelas marchaban a cientos de metros, a veces a más de una milla unas de
otras, las novedades se conocían con pasmosa facilidad, gracias a algún sistema
de señales. Los hermanos Pinzón corrieron en ayuda de su jefe, y esta ayuda
fue, para Hernández Duro o Manzano, decisiva en el desenlace del desagradable
lance. Por otra parte —el historiador está obligado a ser imparcial— tampoco
los testimonios favorables a los Pinzones tienen que ser más creíbles. La
mayoría de ellos se encuentran en las actas de los interminables «pleitos
colombinos», que tuvieron lugar mucho después de la muerte del Almirante, para
dirimir la licitud o ilicitud de los derechos de sus sucesores. En la
declaración que en 1536 formuló Hernán Pérez Mateos, primo de Martín Alonso,
contó que este último dijo al Almirante: «Señor, ahorque vuestra merced a media
docena de ellos, o échelos al mar, y si no os atrevéis, yo y mi hermano
barloaremos sobre ellos y lo haremos, que armada que salió por mandato de tan
altos príncipes no habrá de volver atrás sin buenas nuevas» (otra frase para
quedar bien con los monarcas). A lo que Colón, apocado y agradecido, habría
respondido: «bienaventurados seáis». Un hijo de Martín Alonso, Juan Martín
Pinzón, refleja una versión parecida. En aquellos últimos días, y sobre todo
así que estalló el conato de rebelión, don Cristóbal «iba desmayado», y solo
los Pinzones le empujaron a seguir adelante, por lo que la obra del
Descubrimiento habría que atribuírsela a los marinos de Palos, y no al genovés.
Otros testigos, en cambio, partidarios de Colón, afirmaron que quienes querían
volverse eran los Pinzones.
La realidad es bastante más compleja. Que los Pinzones, y sobre todo
Martín Alonso, tuvieron una participación decisiva a la hora de aplacar a los
marineros amotinados, es indudable. Sin esa intervención puede que hubiera
prevalecido el proyecto de algunos de acabar con el Almirante. Y sin ella es
también más que probable que las carabelas no hubieran llegado al Nuevo Mundo.
Pero no es seguro que los Pinzones estuvieran empeñados en proseguir
indefinidamente aquel disparatado viaje, y de las pláticas que siguieron entre
los capitanes, y las de estos con la tripulación, parece que derivó, según los
testimonios aducidos en los «Pleitos», una solución intermedia, en el fondo una
claudicación aplazada. Se llegó al consenso de proseguir la navegación hacia el
oestesuroeste, siguiendo la ruta decidida por Martín Alonso Pinzón —Colón
prefería retornar a la vía del Oeste— por espacio de tres días. Si al término
de la tercera jornada no aparecía tierra, darían media vuelta y tratarían de
regresar a Europa. Era preferible esa difícil pero en el fondo más prometedora
navegación, que buscar en la infinitud del Océano lo que no acababa de
aparecer, por un camino que nadie podía demostrar que condujera a un destino
concreto. Puesta en la situación de aquel decisivo 10 de octubre, cualquier
persona sensata e ignorante del desenlace, hubiera apostado sin duda por el
fracaso final. Tres días de navegación en un mar desierto y desconocido eran
muy pocos para hallar lo que no se había encontrado en treinta y uno. La
empresa podía darse por finiquitada, fuera cual hubiese de ser el resultado del
regreso.
Sin embargo, es necesario repetirlo una vez más, Cristóbal Colón, en
medio de sus tribulaciones, tuvo suerte, una suerte enorme, si se quiere
providencial, en uno de los viajes más maravillosos de la historia. Había
encontrado viento favorable, había soslayado por pura casualidad las «latitudes
de los caballos», había conseguido guiarse muy satisfactoriamente a pesar de
las discrepancias entre las agujas y la estrella, se había desviado justo a
tiempo de la corriente del Golfo, que por lo menos le hubiera detenido o
retrasado, y finalmente, el viento refrescó aquel mismo 10 de octubre, hasta
permitir una marcha, durante dos jornadas seguidas, de doce millas por hora:
una velocidad que no había alcanzado durante el resto del viaje. Sin este
último detalle, no hubiera habido descubrimiento. Y justo había aceptado el
cortísimo plazo de tres días para proseguir su intento. ¡Increíble, le sobró
medio día!
§. Esperanzas
Algo de milagro tuvo el hallazgo del Nuevo Mundo después de que Colón hubiera
aceptado desistir de su empeño en tres días y dar la vuelta, humillado y
avergonzado, cuando de pronto todo cambió pocas horas más tarde. El recuerdo de
ese milagro, que no solo la imagen de un mundo virgen, debió quedar grabado en
su mente de forma indeleble cuando no pudo menos de recordarlo al relatar el
hallazgo de tierra, no menos milagroso, después de su tercer viaje, en julio de
1498. En este otro caso, tras una penosísima travesía, en que se creyó atascado
para siempre en las calmas ecuatoriales, con su tripulación muerta de sed, y
casi perdida toda esperanza, el 31 de julio divisó en el horizonte tres montes,
a los que puso el nombre de Trinidad, nombre que hoy perdura para designar la
gran isla que cierra las bocas del Orinoco. Fue una maravillosa y ya no
esperada salvación en el último instante. Y de tal forma relaciona este
prodigio con el vivido seis años antes, que asocia en uno los dos recuerdos:
«La fallada de esta tierra fue un gran milagro, tanto como la fallada en el
primer viaje». Milagro o no, es indudable que la fortuna le sonrió a Colón
cuando ya no la esperaba. Si la resolución de proseguir la navegación solo tres
días se hubiera tomado simplemente un par de jornadas antes, o si en aquella
semana hubiera soplado el viento suave propio de la época, la suerte del mundo
hubiera sido distinta.
Pero el 11 de octubre de 1492, los expedicionarios, al borde de la
desesperación y de una derrota ya anunciada, se llenaron pronto de esperanza.
Los de la Pinta vieron un palo labrado y luego una tablilla
plana, que no podía haber sido cortada más que por mano del hombre. Era el
primer signo humano que encontraban después de cuatro mil millas de viaje. Muy
poco después, los de la Niña hicieron hallazgos semejantes,
entre ellos un ramo espinoso, cargado de fruto rojo, que parecía recién
cortado; nada tenía que ver con las dichosas «hierbas» que habían visto durante
tantos días: esta vez se veía la estructura leñosa de aquella rama cortada ¡por
alguien!, hacía no mucho tiempo. Desde la Santa María no
vieron más que un junco verde, pero de origen terrestre sin duda alguna. No se
divisaba tierra en el horizonte, pero aquellos «indicios» eran al fin, de
verdad, la primera prueba de la cercanía de una tierra llena de vegetación y
habitada por seres humanos. «Con estas señales —escribe Colón— respiraron y
alegráronse todos». Ya no cabía duda, esta vez no había engaño: estaban cerca
de tierra. Ya nadie hablaba de dar la vuelta al día siguiente. La desesperanza
había desaparecido como por ensalmo; no, por cierto, la ansiedad. Un testigo
llamado a declarar en la vista de los pleitos colombinos contaba en 1515 que
desde aquella tarde del 11 de octubre, las cofas, las vergas y los castillos
aparecían llenos de vigías expectantes, que se decían continuamente unos a
otros: «¿la veis?, ¿no la veis?». Era ese sexto sentido que avisaba a los
navegantes experimentados la cercanía de tierra. No hacía falta la orden que
dio Colón, al anochecer, de reforzar la guardia, recordando la recompensa de
los 10 000 maravedíes de sueldo de por vida que habían ofrecido los Reyes
Católicos a quien primero divisara tierra. Todo el mundo avizoraba con ansia
especialísima el horizonte, intentando ver… y al mismo tiempo no equivocarse,
porque ya es sabido que después de tantos falsos descubrimientos, se habían
puesto todos de acuerdo en que aquel que diese la falsa voz de tierra perdía el
derecho a la recompensa, aun cuando más tarde fuera el primero en avistarla.
Fue una de las noches más cargadas de deseos de toda la Historia.
§. Una luz en el horizonte
Cerró la noche. Nadie había divisado tierra aún, pero todos seguían ojo avizor,
a pesar de la oscuridad, ante la posibilidad de descubrir algún indicio de lo
que tan ansiosamente andaban buscando. Y las guardias, con doscientos ojos
abiertos, no estaban de más, si se quería evitar que las carabelas encallasen o
topasen con posibles escollos. El viento era fresco y seguía soplando en
dirección favorable. «Tuvieron mucha mar, más que en todo el viaje habían
tenido» (probablemente desde Canarias), y la marcha se mantenía a razón de doce
millas por hora, como pocas veces podía hacer una carabela. La noche no ofrecía
una buena visibilidad; brillaban las estrellas en lo alto, pero en el
horizonte, al menos por la parte de proa, unos celajes bajos dificultaban la
vista. La noche era oscura, hasta que a las 23,05 salió la luna. Nadie le
prestó atención, porque se mostraba por popa, y todos los ojos estaban
pendientes de proa. Los del Almirante, que permanecía en el castillo de popa,
en lo más alto de la nao, también, quizá con más atención que nadie.
Eran las diez de la noche cuando le pareció columbrar allá lejos, en el
horizonte, una débil luz. «Era como una candelilla de cera, que se alzaba y
levantaba» (error en la copia del manuscrito: el Almirante quiso decir que «se
alzaba y bajaba»: así lo explican luego otras fuentes que oyeron a Colón). El
movimiento de la lejana e incierta lucecilla no se debía, como ha llegado a
suponer alguien, a que el portador de aquella supuesta antorcha estuviera
moviéndose o haciendo señas de ninguna clase: a tan enorme distancia, su
movimiento no hubiera sido en modo alguno apreciable. No cabe duda de que tal
efecto era consecuencia del cabeceo de la nao, sacudida por un oleaje bastante
fuerte de popa. Pero ese fue el efecto que producía. Una visión pronto perdida,
si bien pareció adivinarse luego otras veces; «aunque fue cosa tan cerrada, que
no quiso afirmar que fuese tierra». Es perfectamente imaginable la tensión e
incertidumbre de Cristóbal Colón en aquellos momentos. Creyó ver una luz
sospechosa, pero no podía afirmarlo con seguridad. Por eso no quiso hacer
público su supuesto descubrimiento: si luego fallaba, sería más que nunca el
hazmerreír de sus hombres; aparte de que a él también le interesaba, cómo no,
recibir la sustanciosa recompensa ofrecida por los reyes.
Ahora bien: Cristóbal Colón no era un hombre ignorante y sencillo, como
la mayor parte de sus marineros. Poseía un ingenio de primera clase, y supo
arreglárselas para obtener a su tiempo el mayor partido de su hallazgo, si este
resultaba acertado. Después de un momento de duda, «llamó a Pero Gutiérrez,
repostero de estrados del rey, y díjole que parecía lumbre, que mirase él, y
así lo hizo, y vióla. Se lo dijo también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el
rey y la reina enviaban en la armada por veedor, el cual no vio nada, porque no
estaba en lugar donde la pudiese ver…». Colón había recurrido a los dos
personajes más cultos y respetables de la expedición, ambos funcionarios
reales. Lo hizo quedamente, para que nadie se enterase de lo que estaban
tratando de ver. Pero Gutiérrez vio la lucecilla, o creyó verla. Pudo ser
víctima de la llamada «ley de James», según la cual, cuando una persona de
importancia o carácter persuasivo ve o cree ver algo, otra persona, instada por
la primera, cree sinceramente verlo también, aunque la impresión sea falsa. O
pudo distinguir claramente la «candelilla», lo mismo que el Almirante, y
acertar ambos. Rodrigo Sánchez de Segovia no vio nada, porque no estaba en
lugar donde pudiese ver. La escena no admite otra explicación si no suponemos
que la furtiva lucecilla aparecía casi justamente por proa, y exigía sacar el
cuerpo por encima de la barandilla del puente para evitar el estorbo de la vela
mayor. Quizá la edad o el temor de don Rodrigo en una noche de oleaje no le
permitieron correr aquel riesgo. Pero Colón ya tenía lo que necesitaba: un
testigo ocular y un testigo de ese testimonio.
La conducta de Colón nos confirma un rasgo que la mayoría de los
historiadores han achacado al descubridor: que era un hombre sumamente
interesado en asuntos de dinero. Quería aparecer como el primero que había
avistado la tierra tan deseada, pero no quería que su barrunto fuese conocido
si terminaba en fracaso. De salir las cosas bien, nadie que gritase ¡Tierra!,
tendría ya derecho a la renta de 10 000 maravedíes. Su comportamiento fue
astuto, tanto si el aparente punto brillante en el horizonte correspondía a una
luz encendida en alguna costa como si era otra cosa, o una alucinación. La
alternativa era la siguiente: o quedaba bien o no quedaba mal. Bien sabido es
que cuatro horas más tarde un marinero de la Pinta, Juan Rodríguez
Bermejo o Rodrigo de Triana, dio el grito tan esperado, y todos le tomaron como
el avistador de la primera tierra del Nuevo Mundo; pero Colón, en un gesto
indigno de su condición y de su cargo de almirante y virrey, le puso pleito,
recurrió a los dos testigos que necesitaba, y ganó el contencioso. Por cierto
—y lo cuenta de oídas Fernández de Oviedo— que se dice que Rodrigo de Triana,
desesperado en su impotencia, huyó a África y se hizo mahometano, versión que,
por supuesto, nadie puede asegurar. El detalle refleja una cierta mezquindad
por parte del jefe de la expedición, que ya bastante gloria había alcanzado con
su viaje y con sus cargos. Por cierto que el hecho, por rácano que fuera
nuestro hombre, da pie a sospechar si el descubridor no estaba demasiado seguro
de haber llegado a las Indias, una parte de las rentas de cuyo comercio le
habían sido prometidas. Armar pleito por 10 000 maravedíes, una suma
sustanciosa, pero no propia de un potentado, revela una avidez anormal, o bien
la escasa certeza de obtener en el futuro un buen partido de su descubrimiento.
Ahora bien, y esto es lo que nos interesa saber ahora mismo, ¿fue la
débil y dudosa lucecilla avistada a las diez de la noche el primer indicio
cierto de la presencia de América? El hecho, como tantos otros referentes al
famoso viaje, se presta a toda clase de interpretaciones, y probablemente no
podrá ser dilucidado jamás. Partamos de la suposición, hoy más confirmada que
nunca, de que la isla de Guanahaní, a que primero llegaron las carabelas, es la
que se llamó Watling, hoy San Salvador, el mismo nombre que le puso Colón. En
ese caso no existe la menor posibilidad de que la luz estuviera encendida
en otra isla, puesto que es la más adelantada. Si el avistamiento
seguro tuvo lugar a las dos de la madrugada, a las diez de la noche, calcula
Morison, las carabelas estaban a 56 millas de la isla, y a esa distancia no se
ve siquiera el faro de Guanahaní, con sus 400 000 bujías, cuánto menos una
fogata encendida por los indígenas. Taviani, siempre defensor de las tesis
favorables a Colón, sugiere que pudo tratarse de una gran hoguera, como las que
hoy encienden los isleños, para ahuyentar a los mosquitos. Lo más seguro es que
las desagradables costumbres de los mosquitos no hayan cambiado en quinientos
años; menos seguro es que los actuales habitantes de San Salvador hagan lo
mismo que los antiguos taínos, aquellos primitivos hijos de la naturaleza.
Pero, aun suponiendo una enorme hoguera, puesto que la isla es baja y llana, y
la curvatura de la tierra no permite divisarla a esa distancia desde la
cubierta de un navío, Colón no pudo ver la lucecita, «como una candelilla»: a
lo sumo como el resplandor de una luz extensa y difusa. Por otra parte, una
hoguera enorme hubiera tardado horas en apagarse, y la hubieran visto los
tripulantes de las carabelas media hora, una hora todo lo más después que
Colón, hasta adquirir la certeza de que se trataba de un fenómeno provocado por
el hombre. Los marineros poseían una vista excelente y un instinto especial.
Por supuesto, caben otras mil suposiciones. Entre ellas, que la lucecita
«tan cerrada que nadie pudiera afirmar que fuese tierra» haya sido una ilusión
del Almirante, contagiada inconscientemente a Pero Gutiérrez. En aquellas horas
enfebrecidas por la ansiedad, cualquier falso estímulo de la vista era posible.
O si se quiere, todo lo contrario: la luz era cierta, pero muy débil —una
pequeña fogata que pronto se extinguió—. Basta admitir que la velocidad de los
navíos era mucho menor que la estimada, que la costa se hallaba más cercana, y
que las horas no sean exactas: por ejemplo, que la luz hubiese sido columbrada
a las once, y la costa descubierta a la una. Esa eventualidad, aunque no
probable, es posible. Queda, quizás, una última solución, y resulta curioso
considerarla. Supongamos, y nada nos induce a pretender lo contrario, que los
datos y los horarios responden a la verdad, y que Colón y Gutiérrez creen ver
dudosamente una lucecita en el horizonte sobre las diez de la noche. Pudo verla
incluso algún otro marino, que no quiso dar la voz de tierra por temor a
equivocarse. En ese caso, está claro que la lucecita no duró mucho tiempo. En
ese momento, Saturno estaba a seis o siete grados sobre el horizonte. Se
ocultaría a las diez y media. La noche era turbia y presentaba celajes
horizontales por proa, según dice Hernando. Apareciendo momentáneamente entre
los celajes, para ocultarse o difuminarse poco después, podría producir el
efecto de una «candelilla» que sube y baja. Saturno, con su color amarillento,
en el horizonte casi anaranjado, es, de todos los planetas, el que más veces ha
sido confundido con una luz lejana o con un faro. Ha sido W. Sheham el que ha
estudiado con más detalle el «efecto Saturno». Este efecto puede tener relación
con su baja luminosidad superficial (luminosidad por superficie aparente,
incluidos los anillos), y con la extensión virtual de su imagen; de tal forma
que, aun viéndose como un punto, produce una sensación no puntual, es decir, la
de algo tangible, no un astro. Saturno es el más «material», el más parecido a
una «cosa» de entre todos los planetas. Y este efecto de algo tangible queda
potenciado cuando los anillos se presentan en su máxima elongación. Daba la
casualidad de que en 1492 los anillos de Saturno se encontraban en el momento
de su máxima elongación. A cinco, seis, siete grados sobre el horizonte, podía
ser confundido con un objeto situado sensiblemente en él: la «candelilla» podía
estar encendida en algún lugar elevado de la costa; o más bien, cuando por
culpa de los celajes la línea del horizonte era indiscernible, y con los
cabeceos que en aquel momento experimentaba la nao, batida por el mar de popa,
cualquier objeto cercano al horizonte podía ser confundido con algo situado en
el mismo. Naturalmente, si las demás hipótesis son discutibles, esta lo es
también. Muy lejos de nosotros la pretensión de imponerla. Pero no tendría nada
de particular que Colón no hubiese avistado América, sino a Saturno, y que la
presencia del astro engañador cerca del horizonte oestesuroeste —entre
Capricornio y Piscis— fuese la responsable de la concesión a Colón de la renta
de 10 000 maravedíes de por vida y de la desesperación de Rodrigo de Triana.
§. Una noche histórica
A las 23,05, hora local natural, salió la luna, por popa. Entraría en cuarto
menguante diecinueve horas más tarde. Ya por entonces la brillante Capella se
alzaba por el nordeste como el más hermoso lucero visible en aquel momento, y
un poco más arriba lucía la rica zona de Perseo, cuajada de innumerables
estrellas engastadas en la delicada cinta de la Vía Láctea. La luna, de
momento, no estorbaba demasiado la visión de las estrellas. Quizá mucha gente
no se ha dado cuenta de que la luna en cuarto menguante tiene un brillo de solo
el 60 por 100 del que alcanza en cuarto creciente. La razón estriba en que la
zona derecha del disco lunar —el hemisferio que da al oeste— está formada
principalmente por rocas blancas que casi nos recuerdan el mármol, mientras que
el hemisferio oriental, el único que se ve en cuarto menguante, muestra grandes
llanuras de lava oscura y polvo más oscuro todavía, que reflejan con menos
viveza la luz del sol. Por eso el cuarto creciente nos muestra una luna brillante,
primaveral, casi agresiva, mientras el cuarto menguante tiene una melancolía
tenue, triste, muy especial. Los poetas entienden de esto quizá más que los
astrónomos, que no suelen fijarse demasiado en semejantes matices.
Es seguro que los marineros de Colón no estaban para reparar en
melancolías, pero sabían muy bien por experiencia que la luna en cuarto
menguante es más débil que en creciente, y que tiene que levantarse bastante
sobre el horizonte para que se pueda distinguir cualquier objeto llamativo
sobre las olas. La luna iba elevándose por popa, mientras la atención de todos
se concentraba en la proa. Con la luna salieron, a su izquierda, los Gemelos,
Cástor y Póllux, un tanto deslumbrados por la luz del satélite. Y poco a poco,
conforme se sobrepasaba la medianoche, iban apareciendo las estrellas que
estamos acostumbrados a ver en las noches navideñas después de la cena. Allí
estaba el majestuoso Orión, con su llamativo trapecio en que figuran la gigante
roja Betelgeuse y su émula, la limpísima gigante azul Rigel; y en medio de la
figura, la preciosa hilera de tres estrellas también azules, en perfecta línea
recta, que las gentes suelen llamar «las Tres Marías», y algunos marinos
andaluces, he tenido ocasión de comprobarlo, siguen llamando «los Astillejos»
las estrellitas (de asterículum, asterícula), hasta tal punto
perduran las tradiciones latinas. Los compañeros de Colón conocían muy bien los
Astillejos; tal vez lo único que les extrañaba era que aparecían verticales, y
toda la constelación casi acostada, como no es posible verla desde las costas
de Huelva. Rigel salía antes que Betelgeuse, lo que tampoco ocurría en Palos.
Pero los tripulantes probablemente no advertían nada de esto. A proa, el
espectáculo era mucho más pobre. Sin embargo, la atención seguía concentrada en
proa.
Casi dos horas más tarde que la luna salió Júpiter, en Cáncer. Con su
tono perlado y potente, en modo alguno podía confundirse con una hoguera. Hacía
semanas que los tripulantes consideraban a Júpiter como un lucero de madrugada,
aunque ahora salía ya mucho antes que el alba. Luego apareció Sirio, la más
brillante estrella del cielo, por la aleta de babor. También las esplendideces
de la Vía Láctea comenzaban a mostrarse por allí. Nadie se fijó algo más tarde
en otra estrella brillantísima, de color de oro, casi émula de Sirio, que
surgió después de las dos de la madrugada, que ninguno de aquellos marineros
había visto en su vida, pero en la cual nadie reparó por la sencilla razón de
que momentos antes se había producido un acontecimiento mucho más importante.
El paisaje del cielo iba cobrando por entonces el aspecto que aquel centenar de
hombres iba a recordar toda su vida. La noche, a aquellas horas y con luna en
menguante, parecía llena de una especial solemnidad.
§. Tierra
Cien hombres atisbaban hacia proa, subidos a los mástiles, a los palos, a las
jarcias, a los puentes, asomados a las barandillas, donde mejor podían. Les iba
la vida en ello, y algún instinto especial («¿la veis?, ¿no la veis?») les
hacía sentir que aquella noche era la última de la travesía. Eran muchos
hombres, y solo uno podía ser el primero. «Esta tierra vido primero un marinero
que se decía Rodrigo de Triana…». Pero no encontramos en el rol de la
tripulación, recompuesto trabajosamente por A. B. Gould, el nombre de Rodrigo
de Triana. En la documentación de los pleitos colombinos, tres testigos
coinciden en afirmar que el primero que vio tierra fue Juan Rodríguez Bermejo,
tripulante de la Pinta, que Colón reconoce que iba en cabeza.
Aunque natural de Molinos, en la actual provincia de Sevilla, se conoce que
vivía en Triana, y por eso sus compañeros le llamaban Rodríguez de Triana. El
Almirante, que no conocía muy bien a los hombres de la carabela de Martín
Alonso, confunde el apellido con el nombre. Esa confusión se ha generalizado, y
para los efectos no parece tener mayor importancia. Rodrigo de Triana era sin
duda un hombre avezado a la mar, se había subido a uno de los apoyos más
elevados del mástil de la carabela, y debía tener una vista excelente. De vez
en cuando sentía necesidad de descansar un poco, porque también la vista se
cansa, sobre todo cuando se observa con gran avidez. Otros muchos, en la Pinta y
en los otros dos barcos estaban pendientes de lo que tenían por proa, y no
vieron lo que vio Juan Rodríguez Bermejo.
¿Qué vio realmente? Lo más probable es que en un primer momento no
distinguiera la isla, oscura, selvática y baja, «de la cual estarían a dos
leguas», diez o doce kilómetros. Vio cabrillear las olas, en aquella noche de
mar agitada, contra una costa. Probablemente, ni siquiera contra la costa
propiamente dicha. La isla de San Salvador tiene abundantes playas en su borde
oriental batidas por el alisio, pero una milla antes hay una barrera coralina,
sobre la cual se forman abundantes espumas, especialmente con marea baja. Daba
la casualidad de que a las dos de la mañana de aquel día estaba la marea baja.
Fue sin duda una más de las infinitas suertes que tuvo Colón. Es muy posible
que, con marea alta, no hubiera sido posible darse cuenta de los escollos, que se
encuentran mucho antes de llegar a la costa, si es que en la oscuridad, y con
las playas casi cubiertas por la pleamar, alguien hubiera podido siquiera
distinguir la tierra. Y las carabelas, probablemente, se hubieran estrellado
contra las rocas. La luna, a las dos de la madrugada, había alcanzado ya, por
popa, una altura de más de 40º, suficiente para iluminar, aunque vagamente,
cualquier objeto claro en un área de seis u ocho millas. Si la luna hubiera
brillado por proa, seguramente no hubieran visto nada: otra suerte más. ¿Y qué
objeto más brillante que el espumear de las olas al saltar sobre los escollos?
Fue aquel cabrilleo, sin duda alguna, lo que vio Juan Rodríguez Bermejo. Por
tanto, una costa. Quizá, detrás, pudo adivinar en la oscuridad dos playas, y
entre ellas una península redondeada; pero seguramente no pudo ver más que las
olas batiendo. Cierto que no podía jurarlo. Era casi seguro que se encontraba a
pocas millas de una tierra. Sabía que si se equivocaba, perdería una renta
vitalicia capaz de permitirle vivir holgadamente el resto de su existencia.
Pero si se retrasaba unos segundos, cualquiera de sus compañeros se le podía
adelantar. Al fin se decidió a jugarse el todo por el todo.
—¡Tierra!
Y porque era tierra realmente, aquel grito de un marinero casi anónimo
vino a cambiar la historia del mundo.
§. El sueño y el alba del Nuevo Mundo
Al fin, después de tantas dramáticas incertidumbres y tantos crueles
desengaños, la gran interrogante había encontrado una respuesta, aunque todavía
no se adivinaba su naturaleza exacta. Esta respuesta, de momento solo
significaba una cosa, pero esa cosa era la más importante de todas: existía
tierra al otro lado del Océano. Era imposible, a la débil luz de la luna
menguante, evaluar su forma y dimensiones, pero, a lo que se podía imaginar, se
trataba de una isla, la primera tal vez de una serie de costas maravillosas.
Tierra a buen seguro: a la luz de la luna se divisaban las blancas playas y las
rompientes de coral. Y sobre todo se olía la tierra, con ese olor inconfundible
que solo son capaces de percibir los navegantes que han pasado varias semanas
en alta mar: un olor, en este caso, perfumado de mil especies vegetales. Las
carabelas quedaron «temporejando», esto es, temporizando al pairo para no
acercarse demasiado a una costa que parecía llena de escollos. La maniobra y
una débil corriente del norte que reina en el lugar, les condujo hacia el sur
de aquella tierra, que, ahora se adivinaba mejor, tenía todo el aspecto de ser
una isla. Una isla muy boscosa y llena de frutos.
Pocos habían dormido hasta entonces, quizá nadie quiso dormir a partir
de aquel momento: lo que los marineros tenían delante, cualquiera que fuese su
realidad, era demasiado importante para dormitar, aunque más de uno, tras una
noche tan agitada quedase por momentos traspuesto. Faltaban cuatro horas para
el amanecer. ¿Qué pensarían, que esperarían aquellos hombres que habían visto
transcurrir sesenta y siete días desde su salida de Palos, en una travesía
hacia lo desconocido que podía depararles la fama o la muerte? Al fin tenía
razón el Almirante: había tierra al otro lado del Océano, y si aquella profecía
se había cumplido, también se cumplirían las otras, aquellas que hablaban de
imperios e incontables riquezas. Pocas horas más tarde se despejaría la incógnita;
pero la más importante de todas estaba despejada ya: el viaje, de pronto, había
cobrado pleno sentido. La figura de Colón, ante los ojos de todos, se había
agrandado. Se habían equivocado quienes lo criticaban, o pensaban que era un
visionario. Cómo habían acertado aquellos que habían confiado en él. Llegaba la
hora del triunfo, de la fama, de la riqueza.
Por de pronto, las más perentorias necesidades iban a ser cubiertas.
Agua y alimentos frescos, por fin, después de tan larga travesía. Y sin duda,
el paraíso que todos anhelaban, por el cual habían decidido la aventura de
embarcarse hacia lo infinito de la Mar Océana. Sin duda, quien más soñó fue el
propio Colón, desembarazado al fin de tantas zozobras, fiel a una fe que, ni en
los peores momentos, había desfallecido del todo. Había llegado la hora del
triunfo, de la rehabilitación después de tantas incomprensiones y
desconfianzas. ¿Qué tierra era la que le estaba esperando a solo dos millas de
distancia? No una tierra extensa, a lo que podía adivinar. Pero Paulo Físico
había representado una cantidad enorme de islas en torno a Cipango.
¿Pertenecerían las playas que estaba contemplando al Imperio del Sol Naciente?
¿Lo había rebasado ya, y la isla correspondía al fabuloso reino del Gran Khan?
¿Podría encontrarse, pocas horas después, con los vasallos, con los
funcionarios de tan altos señores y presentarles las cartas patentes de Sus
Altezas los Reyes Católicos? ¿Cómo sería recibido? ¿Se le rendirían los más
altos honores? El Almirante poseía las suficientes dotes diplomáticas para
hacer valer su alta condición. En un cofre llevaba guardados los ropones solemnes
reservados para tan alto encuentro. El sueño, aunque en una mente tan
visionaria como la de Cristóbal Colón, era perfectamente explicable.
Maravillosas promesas podrían convertirse en realidad en un plazo de pocas
horas.
Aquellas horas, no más de cuatro, se hicieron eternas. Pero ya solo era
necesario esperar al alba. Las estrellas continuaban su voltejeo. A Orión
seguían sus Canes, Mayor y Menor. Júpiter se alzaba en la plenitud de su
gloria, y detrás asomaba la cabeza del León. Las Guardas y la Osa Mayor, por un
tiempo ocultas bajo el horizonte, iban levantándose por el nordeste. La luna
alcanzaba el meridiano. Los marinos sabían muy bien que cuando la luna en
menguante llega a su máxima altura, se acerca el momento del amanecer. El sol
salió a las seis y catorce minutos, hora natural local, e iluminó la tierra
recién descubierta. En aquel instante, aunque ni siquiera Colón lo supiera, un
Nuevo Mundo entraba en la Historia Universal.
Capítulo 4
¿En las Indias?
Contenido:
§. El desembarco
§. Dónde
§. Cuándo
§. De isla en isla
§. De Cipango a Catay
§. La Española-Cipango
§. Desastre y júbilo en un mismo día
La primera pregunta, sin duda la más fundamental de todas, ¿existía
alguna tierra al otro lado de la Mar Océana?, estaba contestada desde las dos
de la madrugada de aquella jornada histórica. Y sin esta respuesta positiva, no
hubiera sido posible formularse ninguna de las otras dos. La segunda pregunta,
¿qué clase de tierra?, encontraría respuesta desde algo antes de la salida del
sol: se trataba de una isla. Naturalmente, podría haber más islas, o no muy
lejos, una gran tierra firme. Hasta entonces, nadie había visto una isla
solitaria en medio del océano: los motivos de esperanza eran muy grandes, y
además quedarían satisfechos a las pocas horas. La tercera pregunta
fundamental, ¿a qué parte del mundo correspondían aquellas tierras?, quedaría
sin responder, en parte por el empeño de Colón en negar la evidencia, hasta
muchos años más tarde. Precisamente, el costeo por las islas del Caribe a que
vamos a referirnos en este capítulo, es el ejemplo más insigne de ese
empecinamiento y la clave, si se quiere, de uno de los caracteres más
distintivos del ya Almirante, al mismo tiempo que la mejor explicación de sus
dichas y desdichas. Por demás, este costeo, que duró noventa y seis días,
bastantes más que el viaje de ida (incluida la larga escala en las Canarias), y
sirvió para explorar parte de las Bahamas, Cuba y Haití, no tiene para el
historiador de los viajes marítimos el mismo interés supremo que la primera
travesía histórica del Océano Atlántico, carece del enigma casi metafísico del
sí o del no, de la existencia o no existencia de lo posible; pero posee el
encanto del primer contacto del hombre occidental con tierras vírgenes y con
indígenas de una raza desconocida hasta entonces por los europeos. En suma, fue
aquel el encanto auroral de un mundo nuevo, aunque Colón, haciendo gala de una
increíble paradoja mental, se empeñase en negar desde el primer momento esa
novedad. Quizá el mayor interés del viaje por las tierras descubiertas consista
precisamente en el desdoblamiento del alma de uno de los navegantes más
grandes, pero también más impenetrables de todos los tiempos, de un hombre tan
genial como obsesionado, que ve una realidad —y la describe con precisión
admirable— y se empeña en haber dado con otra completamente distinta. Este
desdoblamiento del alma —si se quiere, una forma extraordinaria de doble
personalidad— confiere al periplo por aquellas islas salvajes un interés
añadido, del cual no será posible prescindir, porque encierra la parte más
íntima y recóndita del misterio de Cristóbal Colón.
§. El desembarco
En el saliente más oriental de la isla de Guanahaní existe una cruz que
pretende señalar el punto donde Colón y los suyos pusieron por primera vez el
pie en América. No es probable que llegara a aquella costa, peligrosa por culpa
de los escollos de coral y desde hace milenios batida por la constancia del
alisio. Es más probable, casi seguro, que los descubridores, que ya buscaron la
parte de sotavento de la isla durante la noche, una vez salido el sol, hayan
buscado la costa más protegida hasta llegar a una playa de arena blanquísima de
la costa oeste, donde existe, además, una gran abertura en el atolón coralino
que ofrece una segura entrada; y muy probablemente en aquella playa, no lejos
de la actual pequeña ciudad de Cockburn, —donde también existe otro monumento
rematado por la cruz— haya desembarcado en aquella mañana mágica. Todos los
relatos nos han descrito con un encanto muy especial aquel momento maravilloso
de la historia. Belleza, esperanza, arenas blancas y cielo rosado, un Nuevo
Mundo que aflora de las tinieblas, ya para siempre. Desde el punto de vista
histórico, el hecho no puede ser más significativo. Si en el decurso de los
tiempos hemos de colocar el alumbramiento de una nueva era, la era moderna, que
en el fondo sigue siendo la nuestra, hemos de hacerlo en aquella mañana, aunque
ni el centenar de tripulantes de las carabelas ni los indios atónitos que
contemplaban desde la playa aquellos enormes pájaros flotantes pudieran
adivinar el futuro: solo intuían, unos y otros, que ya nada volvería a ser como
antes.
Y el esplendor del desembarco, tantas veces descrito. El Almirante con
su capa ribeteada de armiño y su atuendo reservado para las grandes ocasiones;
los capitanes y los pilotos, con las ropas de gala que pensando en este momento
habían guardado en los arcones de sus navíos. Las rodillas en tierra, y las
lágrimas que ruedan por las mejillas. Las banderas con la cruz verde y las
iniciales de Fernando e Isabel, con sendas coronas encima, flotando al viento.
La toma de posesión solemne, de acuerdo con las rúbricas de la época. La playa
iluminada y los indígenas absortos. No cabe duda de que existe un curioso,
quizás irónico contraste, entre la solemnidad majestuosa del acto y el
escenario, natural y humano en que tuvo lugar. Los recién llegados, en traje de
gala, como si hubieran de ser recibidos por un emperador. Y los indígenas,
desnudos, curiosos y asustados. Un contraste que, si bien miramos, puede
parecemos ridículo, pero que refleja a las mil maravillas tanto la inmensa
satisfacción de los recién llegados como el encuentro entre dos culturas
asombrosamente desiguales. Todos los historiadores, desde los coetáneos hasta
los actuales, coinciden en hablarnos de la emoción del momento, de aquella
playa americana que quedó pronto cubierta de huellas europeas. La sensación de
haber realizado una hazaña sin precedentes, la alegría por haber llegado a
tierra, la seguridad que produce la roca firme después de una larguísima e
incierta navegación, hasta el verdor de la selva o la perspectiva de probar
frutos frescos, tuvo que colmar de satisfacción a aquellos intrépidos
navegantes, que ya desesperaban de volver a ver algo firme alguna vez. Pero
¿era eso todo?
La isla —«isleta», se le escapa a Colón en la primera frase: luego se
corrige— mide dieciocho kilómetros de norte a sur y siete de este a oeste.
Tierra baja, anegada por tres lagunas pantanosas, llena de selva y de marañas
tropicales. Indígenas completamente desnudos, que no conocen la rueda ni tienen
otras armas que unas toscas azagayas en cuya punta colocan «un diente de pece»;
que moran en unas cuantas cabañas toscas hechas con cañas y paja, que no
cultivan la tierra y solo viven parvamente de la recolección natural y de la
pesca. Nada que recordara a los palacios de Cipango techados de oro, los
perfumes, sedas y perlas de Oriente, la civilización admirable y opulenta del
imperio del Gran Khan, los mil puentes de mármol de Quinsay, o los tesoros del
Queroneso Áureo o la Trapóbana. En medio de tanta alegría en aquella mañana
nueva y deslumbrante, ¿no podríamos intuir también algo parecido a una
desilusión?
§. Dónde
Nuestros intrépidos navegantes no sabían a ciencia cierta a qué parte del mundo
habían ido a parar. Nosotros sabemos que su viaje terminó en una de las islas
Bahamas, llamadas por un tiempo Lucayas. Y eso es lo que nos cuenta el propio
Colón: «llegaron a una isleta de los Lucayos, que se llamaba en lengua de
indios Guanahaní». Y lo curioso es que si nosotros sabemos muy bien en qué zona
del globo se encuentran las Lucayas o Bahamas, solo Colón y los suyos, que no
lo sabían, hubieran podido ayudarnos a identificar con seguridad esa isla. Hoy
ninguna de las más de setecientas islas e islotes que se llaman las Bahamas, y
que forman un gran arco que va del este de Florida al norte de Haití recibe el
nombre de Guanahaní, aquella que tuvo el honor de servir por primera vez de
punto de enlace entre dos mundos. Se ha hablado de Watling, Cat Island, Samaná,
Eleuthera, Egg, Gran Turco, Caicos. La isla de Caicos, una de las más
meridionales (correspondiente hoy a un estado distinto de las Bahamas, Turcos y
Caicos) fue la última que sonó y también la última que dejó de sonar. Una
expedición enviada por la Smithsonian Institution en 1958 creyó identificar a
Guanahaní con Caicos, y más tarde P. Verhoog se reafirmó en esta tesis. Hasta
se llegaron a utilizar para ratificarla modelos mediante ordenador que
determinaron la ruta más verosímil entre isla e isla desde la primera
descubierta hasta la bahía de Bariay, en Cuba, que parece identificarse con el
primer punto de territorio a que podemos referirnos con casi absoluta
seguridad. Claro está que también los ordenadores pueden equivocarse, en gran
parte porque los programas que les obligamos a desarrollar dependen de
nosotros. También disfrutó de cierto crédito Samaná, defendida por expertos de
la National Geographic, con John Judge al frente.
En 1988 se reunió en Sevilla un congreso para decidir la cuestión, y la
candidatura de Watling quedó prácticamente consagrada por obra de dos de los
más ilustres colombinistas del mundo, Paolo Emilio Taviani, de la Universidad
de Génova, y Mauricio Obregón, de la Universidad de los Andes, en Bogotá.
Taviani, que visitó personalmente todas las islas, se funda principalmente en
criterios geográficos: solo Watling está rodeada en su totalidad por una
barrera coralina, con una gran abertura al oeste; sin embargo, es la costa este
la que ofrece un espacio interior más amplio, «donde podrían caber todas las
naos del mundo», en expresión, como siempre exagerada, de su descubridor. Es
también la única que contiene en su interior «una gran laguna» (hoy se la
conoce justamente como Gran Lago), toda su extensión está cubierta de selva, y
lo que es lo más significativo, en la esquina de su costa norte se extiende un
promontorio de forma semicircular que constituye un puerto natural muy bien
protegido del alisio: un accidente muy bien descrito por el descubridor. Samaná
no tiene laguna, Cat carece de este puerto natural y Caicos es más rocosa que
selvática, aparte de que no tiene ni laguna ni puerto. Obregón, no solo experto
en temas colombinos, sino también por vocación gran navegante, ha calculado con
precisión la ruta de los descubridores de isla en isla, y la única que puede
resultar la primera de la serie es Watling, teniendo en cuenta no solo el rumbo
y las distancias, sino también los datos que Colón nos transmite de las otras
islas que visitó: Concepción, Fernandina, Isabela, Saometo, Islas de Arena,
hasta Juana (Cuba). Cualquier otra combinación es mucho más difícil de
explicar. Por su parte, el gobierno de las Bahamas ha decidido cambiar el
nombre de Watling (que corresponde al apellido de un pirata), por el mucho más
hermoso de San Salvador, que es el que hoy se mantiene.
Pero quizá la prueba más concluyente de la identificación de Watling con
Guanahaní es el mapa de Juan de La Cosa, gran amigo —después no tanto— y
compañero de Colón. En el admirable mapa, el primero de América que
conservamos, realizado en 1500 (he tenido ocasión de analizarlo técnicamente en
un trabajo anterior), un mapa trazado cuando apenas se tenía una idea clara de
la realidad del Nuevo Mundo, tanto las Antillas como las Bahamas figuran
representadas con una perfección increíble. El autor conoce muy bien aquellos
parajes. Y en el mapa de Juan de La Cosa aparece la isla de Guanahaní donde hoy
está Watling. Y por si cupieran dudas, aparece el nombre de Samaná al sur de
Guanahaní; con lo cual matamos dos pájaros de un tiro: San Salvador no es
Samaná, y la posición de Samaná, que conserva su nombre, identifica a Guanahaní
como San Salvador. Cat no tiene posibilidades, y por lo que se refiere a
Caicos, su posición resulta tan meridional respecto de las mencionadas por La
Cosa, que más vale no pensar en ella.
San Salvador no es una isla tan paradisiaca como su descubridor la
pinta, sin que pueda negarse su encanto tropical. Las palmas que hoy la pueblan
son de origen posterior al descubrimiento: en el siglo XV no existían
palmerales en las Bahamas. Es una isla baja, cubierta de follaje, húmeda e
inundada por una serie de lagunas, de las cuales las tres principales se
enlazan entre sí en un juego capaz de desorientar a cualquier explorador
primerizo. Hay zonas pantanosas y otras que se cubren de agua con las mareas.
El terreno es prácticamente llano, y el llamado con cierta pretenciosidad monte
Kerr no alcanza los 50 metros de altura. En la costa occidental, la más
accesible, se encuentra la pequeña ciudad de Cockburn y el no menos diminuto
aeropuerto. Es esta zona, en la que se abre una amplia bahía de arena blanca y
aguas de un azul turquesa, donde se estima que desembarcaron nuestros
expedicionarios. Tiene razón Colón cuando estima que entre los arrecifes
exteriores y la playa, las aguas alcanzan una profundidad extraordinaria. Por
supuesto, el ya Almirante no pudo alcanzar la playa con sus naves. Buscaría un
buen fondeadero y llegaría a la costa en esquifes.
§. Cuándo
Para nadie es un secreto que Colón llegó a San Salvador, y por tanto a América,
el 12 de octubre de 1492; o por lo menos casi nadie tiene la
menor duda al respecto. Solo —precisamente— algunos eruditos han cuestionado
esta fecha. En efecto, en la complicada documentación de los pleitos colombinos
se reconoce como fecha oficial del descubrimiento la del 11 de octubre. Puede
parecer extraño, y sin embargo no lo es. Puesto que Colón recurrió contra
Rodrigo de Triana el honor de haber sido el primero en avistar la nueva tierra
y ganó el contencioso, «las Indias» fueron encontradas a las diez de la noche
del 11 de octubre. Que esta posibilidad sea considerada hoy como la menos
probable no obsta el resultado de la decisión arbitral. Sin embargo, otro argumento
de naturaleza muy distinta abona la fecha del 11 de octubre. Por necesidad,
aludiremos a esta cuestión, tratando de abreviar en lo posible. Juan Gil
recuerda que por entonces se empleaba con frecuencia el horario juliano, que
comienza a las doce del mediodía anterior y termina a las doce del mediodía de
la fecha indicada. Así, Martín Cortés, en su Compendio de la Sphera,
advierte: «entiéndese que cuando vulgarmente se dice a diez días de tal
mes, que aquel décimo día se acaba en aquel mismo mediodía, y las horas que
corren de aquel mediodía en adelante son del día onceno; y así los astrónomos
lo usan». O el piloto Rodrigo de Espinosa dice que «entiéndese la singladura
del domingo desde el sábado al mediodía hasta el domingo al mediodía». ¿Usó
Colón el cómputo juliano? En algunos casos parece que la respuesta debe ser
positiva, como deduce Gil de los topónimos con que el Almirante bautiza los
accidentes que encuentra. Por ejemplo, el lunes 29 de octubre, por la mañana
«vio un río no tan grande de entrada, al cual puso por nombre Río de la Luna.
Anduvo hasta hora de vísperas;… vio otro río…, llamó al otro río Río de Mares».
Mares era el nombre que entonces se daba a Marte. El lunes por la mañana, río
de la Luna; el lunes por la tarde, río de Marte. Valiéndose de hechos como
este, razona Gil que para Colón el 11 de octubre comenzó a mediodía del 10, y
por tanto la noche que llama del 11 es la del 10 al 11; en otras palabras, que
América fue descubierta a las dos de la madrugada del 11 de octubre. El argumento
es de peso, o por lo menos vale para los bautizos geográficos realizados por la
tarde: quizá por aquello de que «de víspera se conoce el santo». Sin embargo,
la referencia a las fechas concretas, en el relato colombino, no guarda el
mismo simbolismo que los bautizos. Sin ir más lejos, en la noche histórica del
descubrimiento, las carabelas estuvieron temporejando «hasta que el día
viernes» desembarcaron en Guanahaní. El 12 de octubre de 1492 fue viernes, como
viernes había sido el de la partida, 3 de agosto. No cabe duda de que si Colón
desembarcó en Guanahaní la mañana del viernes, a las dos de la madrugada
también era viernes, y por tanto 12 de octubre. La fecha que hoy celebramos es
correcta… hasta cierto punto: enseguida lo veremos. Del mismo modo, encontramos
que en la tarde del 15 de octubre, lunes, vio la isla de la Concepción (Rum
Cay), pero por temor a los bajos, la Santa María echó el ancla
«al ponerse el sol» y permaneció detenida «hasta hoy, martes, que en
amaneciendo fui a tierra con las barcas armadas». Está claro que Colón, al
ponerse el sol, se considera en lunes (15 de octubre); tras la noche, al salir
el sol, se considera en martes (16 de octubre). Con la misma lógica, está claro
que la lucecilla en el horizonte fue entrevista a las diez de la noche del 11
de octubre; Rodrigo de Triana vio tierra en la madrugada del 12. Colón llevaba
el cómputo de los días a partir de medianoche, como nosotros: el caso, en este
punto, no puede estar más claro.
Ahora bien, y aquí viene un punto que para nosotros lo
cambia todo: si en las entradas de su Diario usaba los días naturales, como
casi todo el mundo, Colón no tenía más remedio que emplear el año
juliano, que era también el que usaba todo el mundo por aquellas fechas.
Este calendario había sido proclamado por Julio César el año 31 antes de
Cristo, para mejor combinar los tiempos de rotación y traslación de la Tierra.
La realidad es incómoda, pero así hay que aceptarla y adoptar la solución más
adecuada. Efectivamente, el año no dura exactamente 365 días, sino 365,2422,
casi trescientos sesenta y cinco días y cuarto. Asesorado por el sabio
Sosígenes, César hubo de introducir un día extraordinario, el bis
sextus calendas martias, equivalente a nuestro 29 de febrero. Cada cuatro
años hay un día bisiesto, y ese día permite a la Tierra, que llega siempre con
retraso a su giro n.º 365 del año, ganar un día cada cuatro años, y recuperar
su posición normal en el calendario. Esto es muy importante para determinar la llegada
de las estaciones y por tanto para conocer el momento de las cosechas y otros
hechos necesarios en lo que respecta a la organización del cómputo del tiempo.
Pero la reforma juliana estableció un año de 365 días y cuarto, es
decir, de 365,25, que es un poco más largo que el año trópico. Por eso la
primavera comenzó a adelantarse en un proceso que tardó siglos en ser
advertido. A fines del siglo XV, en la época de Colón, la llegada de las
estaciones se había adelantado diez días. Concretamente, y de acuerdo con las
computaciones de Jan Meeus, la primavera comenzó el 11 de marzo de 1492, a las
4,41 horas, cuando aún se discutía en Santa Fe; el verano, cuando Colón ya se
movía entre Sevilla y Palos, llegó el 12 de junio a las 7,40; el otoño, el 13
de septiembre, a las 19,39, (justo la noche, durante la travesía, en que
nuestro navegante descubrió las anomalías de la aguja, el resto y tal vez no
fue la coincidencia una casualidad); y el invierno el 13 de diciembre a las
5,30, precisamente cuando el descubridor de América realizaba en la costa norte
de La Española unas extrañas medidas de la duración del día, operación que ni
los marineros de entonces ni los historiadores de hoy han sabido interpretar.
Para corregir este molesto adelantamiento de las estaciones, casi un
siglo después del descubrimiento colombino, concretamente en 1582, el papa
Gregorio XIII convocó una reunión de astrónomos, entre los cuales destacaron
especialmente el español Chacón y el alemán Schlussel (Clavius). Los expertos
precisaron muy bien la duración exacta del año, y para ponerse «al día», y de
paso aproximarse lo más posible al periodo de 365,2422 días, propusieron dos
soluciones: una, adelantar el calendario en diez días, sin alterar por eso el
curso de la semana. Así se pasó repentinamente del jueves 4 de octubre al
viernes 15 de octubre. (Santa Teresa falleció pasados unos minutos de la
medianoche del 4 de octubre de 1582, cuando el vicario eclesiástico declaró que
la muerte había ocurrido el 15, con gran asombro de las monjitas de Alba de
Tormes, que nada sabían del asunto. Por pocos minutos, las Teresas celebran su
onomástica el 15 de octubre, y no el 4). Otra decisión, para evitar que los
equinoccios siguieran adelantando en lo sucesivo, fue la de suprimir bisiestos.
En adelante dejarían de serlo los años terminados en dos ceros cuyas dos
primeras cifras no fueran múltiplos de cuatro. Así, 1900 no fue bisiesto, lo
fue 2000, y no lo será 2100. Ya es sabido que algunos países, por no aceptar la
reforma «papista», siguieron con el antiguo calendario. Los luteranos aceptaron
la reforma papal en 1700, cuando llevaban once días y medio de retraso: los
ingleses lo hicieron en 1752; y los de los ritos orientales lo hicieron más tarde
todavía. Es curioso que los rusos celebraran la «revolución de octubre» el 7 de
noviembre. Y Grecia no pasó al nuevo cómputo hasta 1917, cuando sus calendarios
marchaban ya con trece días de retraso. La reforma gregoriana está muy bien
calculada, y puede mantenerse sin modificaciones por lo menos hasta el año
4000.
Pero en 1492 la reforma no se había efectuado todavía, y Colón y los
suyos se guiaban por el calendario cristiano vigente. En la noche del 12 al 13
de septiembre Cristóbal Colón tal vez no durmió, para comprobar mediante sus
relojes de arena (que se vaciaban en treinta minutos) si también era verdad que
en el extraño mundo en que se habían introducido, los días y las noches, como
sucedía en Europa, tenían idéntica duración. Así comprobó que la dirección de
la brújula con respecto a la estrella no era la misma cerca del amanecer que
después del ocaso. El 23 de septiembre percibió una extraña mar de fondo, cuyo
origen no supo explicarse. Justo el 3 de octubre el centro estadístico de las
tormentas tropicales corta la isla de Guanahaní. Pero el día 23 de septiembre
de Colón fue el que nosotros llamamos 3 de octubre, y la mar de fondo
correspondía a una gran tormenta que pasó cerca de las Bahamas. Si nuestros
navegantes hubiesen estado el 3 de octubre en la fecha en que usualmente los
colocamos, posiblemente hubieran naufragado, o se hubieran roto los velámenes.
Por supuesto, el 12 no hubieran podido llegar a ningún sitio. Afortunadamente,
el descubrimiento de América tuvo lugar el día que llamamos 22 de octubre.
El 30 de octubre, el descubridor navega por la costa norte de Cuba hacia
el noroeste, pensando que se acerca a los dominios del Gran Khan. Pero los
vientos se hacen contrarios, soplan con fuerza, y la temperatura se hace más
fresca. Las carabelas muestran grandes dificultades para seguir avanzando, y,
vista la imposibilidad de mantener el camino, el Almirante decide retroceder,
bien contra su voluntad. El hecho parece incomprensible, porque el alisio se
mantiene en aquella zona de Cuba hasta bien entrado noviembre, en que llegan
los molestos «nortes», procedentes del golfo de México. No nos extrañemos:
estaba bien entrado noviembre. Y tenemos otro hecho significativo: el 13 de
diciembre, Colón, desconcertado por las latitudes que le proporciona su
cuadrante, y que en absoluto puede admitir, decide como recurso heroico contar
las ampolletas (relojes de arena) que se vacían desde la salida del sol hasta
el ocaso, para calcular la latitud en función de la duración del día más corto
del año, de acuerdo con las tablas de Zacuto o de Regiomontano, que sabemos que
llevaba en su nao: y por eso elige esa fecha, y no se fía de los grumetes, que
suelen cometer alguna pequeña chapuza: es él mismo quien hace el paciente
recuento. Hoy esa fecha no vale: en 1492, sí. Muchas gentes, sobre todo en los
pueblos, conocen muy bien el refrán que reza: Por Santa Lucía menguan
las noches y crecen los días. Hoy en absoluto es cierto. Se trata de un
refrán de los tiempos de Colón, que como otros tantos, ha llegado hasta
nosotros.
§. De isla en isla
Colón permaneció en Guanahaní-San Salvador los días 12, 13 y 14 de octubre.
Quería explorar bien la isla. En un principio no sabía si aquel pequeño
territorio constituía su único descubrimiento allende los mares, aunque tenía
motivos para suponer que no. Por de pronto, la isla estaba habitada, y aquellos
seres humanos, aunque no parecían ser súbditos del Gran Khan, tenían que haber
llegado hasta allí procedentes de alguna parte. Colón y los suyos, con esa
facilidad prodigiosa que tienen los marinos para entenderse con todo el mundo,
con indiferencia del idioma, preguntaron por otras islas, y ya al cabo de dos
días, los indígenas, nada cultos, pero despiertos, le dejaron entender que
había muchas, y le mencionaron de memoria «más de ciento». Por fortuna, no
faltaban tierras que explorar. En cuanto a los indígenas, «ellos andan todos
desnudos, como su madre los parió… de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras,
los cabellos gruesos, casi como sedas de cola de caballos, y cortos… Son de la
color de los canarios [se refiere a los guanches], ni negros ni blancos, y de
ellos se pintan de blanco, de ellos de colorado, y de ellos de lo que hallan…
Ellos no traen armas, ni las conocen, porque les mostré espadas, y las tomaban
por el filo, y se cortaban con ignorancia…». Colón no vio «ninguna bestia,
salvo papagayos». Por lo visto, en la isla no había cuadrúpedos, ni ganado, ni
fieras. Los indígenas recogían simplemente frutos de la selva, y también se
alimentaban de peces, porque eran buenos pescadores. En la segunda jornada
descubrió Colón las canoas —los naturales ya habían adquirido la necesaria
confianza—, que fabricaban ahuecando el tronco de un árbol, «como un barco y
todo de un pedazo», y en las que remaban «con una pala como de hornero». Eran
el mejor logro técnico de aquellos hombres, que por lo demás vivían una
existencia muy primitiva.
Colón exploró la isla, debió caminar por lo menos dos kilómetros hasta
toparse con la laguna, porque a través de los naturales no era fácil encontrar
una palabra para describirla; y con los esquifes recorrió gran parte de la
costa, encontró el promontorio en disposición semicircular, que formaba un buen
puerto natural, y descubrió el espacio comprendido entre los arrecifes y la
playa, una zona de aguas sorprendentemente profundas y limpísimas, de un azul
inmaculado: es quizá el rasgo más hermoso de la por lo demás llana y monótona
isla de Guanahaní. ¿Cuál fue la impresión de Colón? Tierra pequeña, poblada de
salvajes, muy boscosa y llena de matorrales. Es evidente que si el descubridor
no hubiese encontrado más que esta tierra, su viaje no hubiera valido la pena y
el mundo no hubiera cambiado por eso. Pero, con su espíritu hiperbólico de
siempre, exagera las bellezas y riquezas de su hallazgo, así como la bondad de
sus pobladores, siempre bien dispuestos, y con los que comenzó muy pronto el
intercambio de productos no muy valiosos —ovillos de algodón por cascabeles—,
que parecían fáciles de convertir a la fe cristiana: este punto no dejaría de
atraer a los Reyes Católicos. Ahora bien, ¿a qué parte del mundo habían
llegado? ¿Estarían en las islas que preceden a Cipango, o todavía muy lejos, en
aquellas que pueden encontrarse en el camino, y para cuyos habitantes habían
traído justamente tantas chucherías? He ahí una pregunta que aún no tenía
respuesta. Era preciso seguir explorando.
En la tarde del 14 salieron las carabelas al mar abierto, y fue entonces
cuando, cuenta Colón, «vi tantas islas, que no sabía determinarme a cuál iría
primero». Posiblemente no fue él, sino los serviolas o los grumetes encaramados
en los mástiles quienes las vieron primero. Era cierta la expresión,
probablemente confusa, de los naturales: había muchas islas. El descubridor
dudó, y su decisión final fue determinante para la historia. Se encontraba
aproximadamente en el centro del rosario de islas e islotes de las Bahamas:
podía ir al noroeste, y en este caso era muy probable que —con permiso de la
corriente del Golfo— fuese a dar a Florida, o podía encaminarse al sureste, y
entonces le fuese fácil dar con las Antillas. Colón decidió finalmente
encaminarse en esta última dirección, ya porque viese islas más grandes, ya por
un prejuicio de su tiempo: el oro abunda en los países cálidos, y por tanto
navegando hacia el sur hay mayores probabilidades de encontrarlo. No tenemos la
menor prueba de que el descubridor siguiese entonces aquel criterio: pero lo
cierto es que más tarde iba a seguirlo muchas veces.
Fue así como el 15 de octubre nuestros navegantes llegaron a la isla que
Colón llamó Santa María de la Concepción (en el relato se la menciona unas
veces como La Concepción, otras como Santa María: se trata en todo caso de la
misma isla). Por su situación, seis leguas al sur de Guanahaní, se deduce que
es la hoy llamada Cay Rum. Toda la costa es suave, de arenas también muy
blancas, sin rocas, pero a Colón se le escapa que alrededor existen escollos
sumergidos que hacen difícil el acceso. Eso sí, consiguió llegar en un bote a
la playa y tomar posesión de la isla en nombre de los Reyes Católicos, como
había hecho con San Salvador: los indígenas, llenos de miedo, huyeron. Pero
desde La Concepción vio una «isla grandísima» al oeste, hacia la cual navegó
con viento casi en calma, de suerte que no pudo llegar hasta el día siguiente.
A la nueva isla le puso el nombre de Fernandina: era, desde luego, la más
grande y hermosa que había visto hasta entonces. En ella crecían «muchos
árboles muy disformes de los nuestros, de ellos muchos que tenían frutos de
muchas maneras… y un ramito es de una manera y otro de otra… y es la mayor
maravilla del mundo cuánta es la diversidad de una manera a la otra…». «Aquí
son los peces tan disformes de los nuestros que es maravilla. Hay algunos
hechos como gallos, de las más finas colores del mundo, azules, amarillos,
colorados, y de todas las colores, y otros pintados de mil maneras, y las
colores son tan finas, que no hay hombre que no se maraville y no tome gran
descanso en verlos…». Colón disfruta, como hombre del Renacimiento, también
como descubridor, de aquellas tierras que son «suyas» y de una increíble
belleza, nueva e incontaminada. Hoy los buceadores disfrutan no solo con los
colores de los peces, sino con los delicadísimos tonos de las barreras de
coral, en el fondo de unas aguas azules y transparentes. No es fácil precisar
dónde está el límite entre la admiración y el afán de ponderar la belleza de lo
que el descubridor ha encontrado; pero no puede negársele una parte muy grande
de razón.
La Fernandina: isla grande, rica, poblada por unos naturales que parecen
«más domésticos y de trato más sutiles», que visten pequeños paños de algodón,
y tienen más sentido a la hora de intercambiar productos. También descubre que
duermen en «redes de algodón», en hamacas, decimos hoy. ¿Si estaría
aproximándose a tierras más civilizadas? ¿Sería la Fernandina aquella Saometo
de que hablaban los indígenas, de los cuales creyó entender que encerraba un
yacimiento de oro? El día 17 rodea la isla, y encuentra «un muy maravilloso
puerto con una boca, aunque dos bocas se le puede decir, porque tiene un isleo
en medio, y son ambas muy angostas, y dentro muy ancho para cien navíos».
Pretende sondearlo, y el plomo no llega al fondo. Estima que por allí desemboca
un río, y envía a sus hombres a por agua. Como tardan dos horas en regresar,
«anduve por aquellos árboles que era la cosa más hermosa que ojos hayan visto».
«Los árboles son todos disformes de los nuestros, y así los frutos y las
hierbas, y las piedras y todas las cosas…». Colón se entusiasma ante dos
cualidades de las tierras que acaba de descubrir: su fascinante belleza y la
absoluta diversidad que todo lo que contempla ofrece con el mundo que hasta
entonces ha conocido. Se encuentra realmente en un Nuevo Mundo; aunque,
técnicamente, prefiere no concretar esa idea… porque, suprema paradoja, no era
precisamente un mundo «nuevo» lo que buscaba. Pero su entusiasmo le traiciona.
El 18 de octubre terminó el rodeo de la isla. Llovió copiosamente por la
noche; desde entonces no hubo jornada sin lluvia. Lluvia tropical, de fuerte
intensidad y casi siempre corta duración. Encontró muchas cosas, tal vez
especias distintas a las conocidas, pero no oro. Por ello, la mañana del 19
dispersó sus carabelas, para tratar de localizar Saometo. Fue la Pinta la
que halló una isla al este. Allá fueron todos. Debía de ser Saometo, aunque
Colón, siempre riguroso en el orden de los bautizos, llamó a la nueva tierra La
Isabela. Fondeó al llegar la noche, frente al que llamó Cabo Hermoso. Hermoso
de verdad, como que la isla «es la más hermosa» de todas. A Colón, que posee
una capacidad literaria poco corriente en un marino de su tiempo, y fértil
sobre todo en adjetivos, le faltan las palabras y ha de repetir muchas
expresiones escritas ya en jornadas anteriores. También en La Isabela (Crooked
Island) hay una gran laguna, como en San Salvador. Pero su belleza es tan
atractiva, «que parece que el hombre nunca se querría salir de aquí». Colón
busca al «rey», que cree de Saometo y que tiene mucho oro, pero no encuentra
más que un indígena que lleva en la nariz un pedazo de aquel metal, y lo cambia
con gusto por un cascabel. Pero no parece haber un rey, ni apenas oro, que sin
duda no se produce en la isla, sino en algún otro lugar. Colón se entiende como
puede con los indígenas de los que ya conoce algunas palabras: afortunadamente,
los arawacos o taínos, lo mismo de las Bahamas que de Cuba o Haití, hablaban todos
muy parecida lengua: ventaja inmensa para entenderse con ellos. Y sobre todo,
los «indios» que ya venían con él desde San Salvador, al parecer con gusto, ya
habían aprendido unas palabras de castellano. Es de este modo como los
naturales, sabedores del incomprensible afán del Almirante por el oro, le
cuentan como pueden, que existe más al suroeste una isla enorme, en la cual hay
naos muy grandes, y ricos mercaderes; de suerte que al saberlo, nuestro hombre
cambia de improviso sus planes: «no me detendré más en esta isla, ni iré de
ella alrededor, como tenía determinado»… porque «quisiera hoy [23 de octubre]
partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser Cipango». ¡Al fin el
misterio comienza a aclararse! Colón temía haberse equivocado en la evaluación
de las distancias, y haber rebasado Cipango. Luego, más allá de donde había
imaginado Catay, encuentra una serie de islas habitadas por salvajes, más
exóticas que civilizadas. Y he aquí que de pronto le hablan de una isla mucho
mayor y muy rica, con grandes naves y mareantes. Bien. Lo único que ocurre es
que el objetivo se encuentra un poco más lejos de lo que había calculado Paulo
Físico, pero por lo demás todo coincide. ¡Las islas que está viendo son las que
en el mapa anteceden a Cipango, pero allí, a pocas jornadas de camino, está el
final tan deseado! Preciso es reconocerlo, tenía razón Martín Alonso: para
llegar a Cipango había que desviarse al suroeste, pero la discusión no merece
la pena recordarse. Lo importante es haber dado con el gran objetivo. Las cosas
cobran sentido por fin.
El 24 zarpa de La Isabela y se dirige hacia el suroeste. Sopla poco
viento. Esta vez vale la pena tener paciencia. El 26 ve una serie de islas
bajas, y no les presta gran atención: las llama Islas de Arena (Ragged
Islands). El 27 pasó todo el día navegando hacia el sursuroeste. Al anochecer,
los vigías anunciaron la presencia de una tierra extensa. Amainaron las velas.
Aquella noche llovió intensamente, pero ya nada importaba. El gran viaje había
terminado donde tenía que terminar.
§. De Cipango a Catay
Todos los expertos están de acuerdo en que Colón llegó a Cuba por la bahía de
Bariay, en la parte oriental de su costa norte, el 28 de octubre. ¿Qué es lo
que vio allí? ¿Naos más grandes que la Santa María, opulentos
mercaderes, puentes de mármol, palacios techados de oro? Si esperamos
encontrarnos con un nuevo desengaño del Almirante es que todavía no hemos
empezado a conocerle. Su entusiasmo no tiene límites. «Nunca tan buena cosa
vido, llena de árboles, todo cercado el río, hermosas y verdes y diversas de
las nuestras son las flores, con su fruto cada uno a su manera; aves muchas, y
pajaritos que cantaban muy dulcemente…». «Es la isla más hermosa que ojos hayan
visto». Puede que tenga razón. Cuba es una isla muy hermosa, y en aquel rincón,
cercano a su extremo oriental, la vegetación es lujuriante, los ríos forman
amplios estuarios, los puertos son abrigados, y por detrás, cuando las nubes lo
permiten, se divisan altas montañas que a veces parecen azuladas. Lo que no
tenemos más remedio que preguntarnos es si era eso lo que esperaba encontrar
Colón. Si tenía grandes esperanzas, por lo que había creído entender de los
naturales, de que Cuba era Japón, no atisbamos el más pálido testimonio de su
desencanto. ¿Es que su suposición de días anteriores era menos categórica de lo
que se refleja en el texto del Diario de Navegación, o es que ahora que ha
llegado a aquella tierra de la que tanto esperaba no quiere confesar su
frustración? La verdad es que en el relato de Colón es tan difícil detectar una
desilusión (¡ni siquiera después de los trágicos falsos descubrimientos!) como
el reconocimiento de un error. Es cierto que no encuentra perlas, como
esperaba, pero sí almejas, «que es señal de ellas». Para hallar tan venturosa
señal no hubiera necesitado salir de Europa. Un hecho que puede darnos cuenta
desde el primer momento de la no identificación Cuba-Cipango es el bautizo de
la nueva isla como Juana. O tal vez no sea este nombre otra cosa que el
resultado de un plan preconcebido. Una vez más, la idea fija. La primera tierra
avistada recibió el nombre de San Salvador, según escribirá meses después el
propio Colón a Luis de Santángel, «a conmemoración de su Alta Majestad [se
refiere a la Majestad divina], el cual tan maravillosamente esto me ha dado».
La segunda fue bautizada como Santa María de la Concepción, fruto de la
devoción mariana del descubridor, por la cual también había cambiado el nombre
de su nao. La tercera fue Fernandina, en honor al monarca que le enviaba; la
cuarta, Isabela, por la reina que desde el primer momento tanto le había
comprendido y ayudado; la quinta, Juana, por el príncipe heredero en aquellos
momentos, don Juan. El nombre menos importante recayó paradójicamente en la
isla más importante, infinitamente más que las avistadas hasta entonces, y una
de las más largas del mundo. Sin embargo, Colón, casi desde el primer momento,
prefiere el nombre de Cuba, fuera o no Cipango, que eso de momento no aparece
claro.
A partir de ahora será preciso, con abstracción de las nuevas tierras
que el Almirante va encontrando, tener en cuenta uno de los rasgos más
fascinantes del carácter de nuestro descubridor, al cual hemos aludido ya.
Estamos condenados a seguir una doble pista, que es al menos hasta un punto muy
considerable un reflejo de la «doble personalidad» de Colón, que pondera las
maravillosas realidades del mundo virgen y salvaje que está describiendo, sin
abandonar en ningún momento la posibilidad de ver sustituida, en una sola
singladura, como por arte de magia, la geografía tropical y primitiva por la
que navega, por las esplendideces de las Indias, tal como las ha descrito Marco
Polo, y tal como las pintan los geógrafos prerrenacentistas o las leyendas de
su tiempo. Que Colón esperaba encontrar en su camino islas habitadas por
hombres salvajes lo demuestra, según hemos comentado varias veces, la inmensa
cantidad de baratijas que llevaba en sus carabelas, y cuya distribución entre
los indígenas duró nada menos que tres meses: unas baratijas que, no hace falta
decirlo, hubiesen indignado a los riquísimos y cultísimos súbditos del Gran
Khan. No cabe duda de que esperaba encontrar en su periplo tierras desconocidas
y salvajes, y las encontró. Pero ahora que se juzga al final de su viaje o muy
cerca de él, no puede dejar de soñar en las tierras donde se asientan los
imperios más fastuosos del mundo, y los sitúa allí mismo o en sus
inmediaciones. De aquí que a partir de la llegada a Cuba, y luego a La
Española, se manifieste esa «doble personalidad» de Colón, a través de una
mezcla apocalíptica de verdades muy bien descritas y de sueños desaforados e
imposibles. ¿Se encuentra en una parte del mundo habitada por tribus más
primitivas que las que ya ha conocido en África, o por el contrario, aquellos
«indios» o lo que quiera que fuesen, son súbditos del emperador de Cipango o
del Gran Khan, o cuando menos vecinos de ellos? Quizá tenga razón Taviani
cuando habla de Colón como «un hombre moderno sumido en un espíritu medieval», aunque
la realidad es probablemente más complicada aún. Colón es un sagaz y meticuloso
observador, que describe con precisión admirable todo lo que contempla: los
hombres y sus costumbres, las montañas, los paisajes, los árboles, los ríos,
las piedras, los arrecifes de coral, las aves, los peces, el clima, las
variaciones del tiempo. Diríase que es un científico interesado en todos los
fenómenos de la naturaleza, a quien no se escapa un detalle. Y, sin embargo, a
la hora, no de describir, sino de interpretar todo lo que ve,
llega a las más fantásticas e increíbles conclusiones, algunas de las cuales
diríase que son propias de un visionario o de un loco. Y no queda ahí todo,
porque —recordémoslo también— puede existir una diferencia entre lo que Colón cree
ver y lo que dice que cree ver. No olvidemos que las concesiones de los Reyes
Católicos incluían los beneficios del tráfico con las tierras fabulosas de
Cipango y de Catay: no podía desligar sus descubrimientos de sus objetivos
finales sin riesgo de renunciar a ellos. Podía —admitamos, simplemente podía—
creer que aquel objetivo final se encontraba, a juzgar por lo visto, muy lejos
todavía de las tierras que estaba explorando: pero necesitaba fingir que las
tenía muy cerca, debía incluirlas virtualmente en el acervo de sus
descubrimientos, para no perder los fabulosos derechos que le habían concedido.
De aquí que resulte cuando menos prudente admitir la posibilidad no de un
doble, sino de un triple lenguaje: lo que Colón ve, lo que cree ver y lo que
quiere hacer creer que ve. De aquí lo desconcertante de su relato, en este
punto…, y durante la mayor parte de sus otros viajes.
El Almirante exploró el golfo de Gibara y siguió navegando hacia el
oeste; podía imaginar que se aproximaba a tierras cada vez más civilizadas: las
chozas de los indígenas eran más grandes, y «estaban muy bien barridas y con
sus aderezos muy bien compuestos». Por primera vez vio animales domésticos,
«perros que nunca ladraron». También vio «muchas estatuas en figura de mujeres,
y muchas cabezas de carantona muy bien labradas; no sé si esto tienen por
hermosura o adoran en ellas». Eran ídolos, a no dudarlo. Eso sí, aquellos
hombres eran más desconfiados que los de las Bahamas, porque apenas
desembarcaban los españoles, huían de sus poblados, y apenas a través de los
indios que ya venían en las carabelas era posible entenderse con ellos. Así
supo Colón que a no muchos días de camino había un rey que, al parecer, tenía
mucho oro. ¿El emperador de Cipango o tal vez un feudatario suyo? Siguió
navegando: encontró los ríos de la Luna y de Marte, luego el cabo de Palmas,
porque en Cuba ya crecían estos árboles. La tierra era hermosísima y rica en
frutos. Los montes no constituían sierras, sino cimas aisladas «como en
Sicilia». Lo que más sorprendió al Almirante fueron los árboles que crecían en
el agua, sostenidas sus raíces por tierra vegetal sumergida, un espectáculo
insólito que todavía es posible ver en aquellas costas.
Ahora bien, ¿dónde se hallaba? Nuestro descubridor no era tan lerdo que
no quisiera orientarse. Había calculado que Guanahaní se encontraba en el
paralelo de Canaria «so una línea», y acertó francamente bien. Ahora quiere
tomar la latitud, midiendo la altura de la Polar (parece que Colón no sabía
calcular la latitud por la altura variable del sol, a pesar de sus experiencias
con Josef Vizinho), y el resultado fue en verdad sorprendente: «distaba de la
línea equinoccial 42 grados». Increíble. Se encontraba no seis o siete grados
al sur del paralelo de Canarias, sino catorce grados, 1600 kilómetros más al
norte, a la altura de Galicia. Esta medida absurda[6] ha suscitado toda clase de interpretaciones. Muchos autores aducen
que Colón no sabía medir la latitud; Morison, que el descubridor del Nuevo
Mundo se equivocó de estrella —equivocación nada fácil por cierto, sobre todo
en un marino que ya ha descubierto el movimiento de la Polar— y Taviani, al que
siguen otros autores, que nuestro navegante falsificó el dato adrede para
mostrar que no había rebasado la línea «de los portugueses». ¡Pero si en
Guanahaní declara ya haberla rebasado! Por otra parte, una falsificación tan
monstruosa carece en absoluto de sentido. Llamativo es el hecho de que en esta
parte del viaje, Colón mide siempre una latitud doble que la
del lugar en que se encuentra. Muestra clara de que el descubridor no estaba
satisfecho de sus medidas es, después de varios fallos por el estilo, su deseo
de ir a tierra para «adobar» su cuadrante, porque no marca correcto. Fernández
Armesto, cuando se refiere al pasaje en que los marineros pensaban arrojarle al
mar mientras observaba las estrellas, dice que Colón manejaba unos instrumentos
«modernísimos». No parece que pueda hablarse de tal cosa, sí tal vez de
instrumentos de empleo reciente. En otros trabajos he sugerido la idea de que
se valió en este viaje, por primera vez, de la ballestilla, un tipo de
artilugio que acababan de introducir los portugueses, más ligero que el
astrolabio, y que predispone al que no está acostumbrado a su empleo a una
lectura de valor doble. Aquí, por no fatigar al lector, eludo la descripción de
la ballestilla.
Pero lo que debe importarnos en este caso es, más que el error de Colón,
la inmediata relación que establece entre la medida y sus sueños. ¡Cuarenta y
dos grados! Por increíble que parezca, el descubridor consulta su mapa. Si es,
como tantas veces se ha dicho, muy parecido al de Behaim, en el de Behaim,
justamente en el paralelo 42 se lee la palabra mágica, en letras mayúsculas:
CATAY[7]. ¡Bendito error, qué maravillosa sorpresa! No se encontraba en Cipango,
sino en Catay, el imperio del Gran Khan. El texto del Diario no ofrece solución
de continuidad entre los dos hechos, la latitud absurda y la sorpresa
maravillosa (nos referimos a la primera medida, la del 30 de octubre): «distaba
de la línea equinoccial 42 grados, y dice que había de trabajar por ir al Gran
Can, que pensaba que estaba por allí, o a la ciudad de Cathay, que es del Gran
Can». Esto lo cambiaba todo. El Almirante no se había equivocado, no, en el
cálculo de la distancia. Cipango, como él había sostenido frente a Martín
Alonso, había quedado atrás, y en ese caso la isla Juana no era una isla, sino
parte de un inmenso continente, y justo por aquellos contornos debía encontrarse
la opulenta y legendaria ciudad de Catay, la capital del imperio más rico del
mundo. Es posible que los indios, desnudos, con las narices atravesadas por un
aro y sus lanzas de madera contemplaran sin entender ni por asomo el
arrobamiento del Almirante. Y cuando al fin consigue hablar con ellos, la
escena es de un grotesco entre esperpéntico y doloroso. Colón pregunta a los
indios si por allí se encuentra la tierra del Gran Khan. Varias veces ha de
repetir la palabra: «Can, Can». Después de un momento de perplejidad, los
indios creen entender por donde va el interés del hombre blanco: «¿Cani?,
¿Cani?». El Almirante cree entender a su vez: «¡Sí, Cani, Cani!». Y hace ver a
los indígenas que quiere llegar a dónde está Cani. Y los indios quedan
aterrados, se separan con horror del marino, hacen gestos de querer defenderse…
porque Colón les está mencionando a los «cani» o caníbales, que de vez en
cuando llegan con sus canoas en busca de carne humana. El descubridor no se
inmuta: queda convencido, y así lo declara, de que el rey de aquellos indios
debe encontrarse en guerra con el Gran Khan.
Más tarde, el 1.º de noviembre, cuando ya no ha tenido más remedio que
retroceder a un puerto seguro, a causa de la fuerza de los «nortes», llega a
precisar todavía más. «Y es cierto que esta es tierra firme, y que estoy ante
Zaitón y Quinsay, cien leguas poco más o menos de lo uno y de lo otro, y bien
se muestra por la mar, que viene de otra suerte que hasta aquí no ha venido; y
ayer que iba al noroeste hallé que hacía frío». Hasta los «nortes», vientos
frescos del noroeste (por fin otro viento que el alisio), que llegan a la costa
septentrional de la isla de Cuba hacia mediados de noviembre, le ayudan, ya que
no a navegar hacia occidente, a fijar con justeza admirable el punto exacto de
la costa china en que se encuentra. ¿Hasta qué punto creía Colón en sus propias
palabras? En la carta que, al parecer todavía en la mar, durante el viaje de
regreso, escribe a su protector Luis de Santángel, le cuenta que «cuando llegué
a Juana, la hallé tan grande, que pensé que sería tierra firme, la provincia de
Catayo»… «Y no hallé así villas en lugares de la costa, salvo pequeñas
poblaciones con la gente de las cuales no podía haber habla, porque huían
todas, andaba yo adelante por el dicho camino, pensando de no errar grandes
ciudades y villas, y al cabo de muchas leguas, visto que no había innovación, y
que la costa me llevaba al septentrión, de donde mi voluntad era contraria, y
yo tenía propósito de hacer al austro, y también el viento me dio adelante [por
delante], volví atrás, hasta señalado puerto, donde envié dos hombres…». Aquí,
ya en pleno regreso, tal vez más realista, Colón explica tres causas de su
vuelta atrás: primera, que no encuentra más que salvajes; segunda, que no desea
navegar al norte, sino al sur; es, una vez efectuado el descubrimiento, el
repetido prurito del gran navegante en todos los viajes: ¿porque el oro, según
las leyendas, se encuentra siempre en los países cálidos? En ese caso, su
seguridad de haber llegado cerca de Catay, Quinsay y Zaitón no era tan grande
como cuenta en su Diario. Y, tercera causa, los fuertes vientos contrarios.
Unos vientos que no hubiera vacilado en arrostrar si estuviera seguro de haber
llegado cerca de tan maravillosos lugares.
Sea lo que fuere, retrocede hasta el río de Mares o Marte, allí fondea,
y como vuelve a oír hablar de que a cinco jornadas de distancia existe un rey
dueño de minas de oro, decide una expedición por tierra: en ella van Rodrigo de
Jerez y Luis de Torres, el intérprete conocedor de lenguas orientales que lleva
en la expedición, acompañados de dos indios que parecen conocer el camino. Nada
se pierde con explorar: si bien ese «rey» no parece ser el Rey de Reyes o Gran
Khan, puede ser feudatario suyo, y de aquí la conveniencia de buscar un
traductor… que conoce el arameo. Después de todo, aún puede encontrarse a las
puertas de Catay. El Almirante espera impaciente, y, en tanto, explora en barca
el río de Mares, bellísimo, pero difícilmente penetrable. Torres y sus
compañeros regresaron el 6 de noviembre. El «rey», que al parecer no tenía oro,
huyó con los suyos ante la presencia de los blancos, a los que tenía por
hombres bajados del cielo. Había que resignarse: Catay, si estaba por aquel
camino, se encontraba inmensamente lejos. En la citada carta a Santángel, Colón
da un motivo más para volverse, que no aparece en el Diario: según testimonio
de los naturales, quedan al oeste dos provincias, «a una de las cuales llaman
Auan, donde nace la gente con cola». Hombres semejantes a monos. Es una de las
pocas leyendas bajomedievales y renacentistas (acerca de las cuales escribirá
Sebastián Münzer después las más sensacionales noticias) a las que da fe Colón;
pero, evidentemente, las gentes que nacen con cola no puede ser más civilizadas
que las que ya conoce por aquellas regiones. Hay que resignarse: Cuba no es
Cipango, luego tampoco es Catay, y finalmente parece muy alejada de tan soñados
objetivos. Es preferible retirarse en busca de tierras más prometedoras.
§. La Española-Cipango
Entretanto, Colón ha oído hablar de otra gran isla, situada al este de Cuba, a
la cual llaman Bohío (posible mala interpretación: los bohíos eran el
habitáculo de aquellas gentes), y decide explorarla. Tal vez encuentre lo que
no ha encontrado en Cuba, aunque la navegación al este suponga un retroceso en
el camino. Por el cambio de tiempo, por el temor de encontrarse con tribus cada
vez más salvajes —y de que sus hombres se aperciban de ello— o por razones que
no conocemos, prefiere costear Cuba hacia levante, y el 5 de diciembre llega a
su extremo oriental, el cabo Maisí, que bautiza como «Cabo del Alfa y Omega[8]». ¿Qué significa este nombre? ¿El antimeridiano, el límite entre
Oriente y Occidente? En ese caso Cuba pertenece a Oriente, aunque Catay pueda
quedar muy lejos; Bohío a Occidente, pero a su vez muy lejos de las costas
europeas. En definitiva no lo sabemos, aunque hay motivos para pensar que Colón
sigue imaginando el mundo mucho más pequeño de lo que es. Y la suposición le
conviene. Cuántas ideas del Almirante son producto de sus deseos.
En la tarde del mismo 5 de diciembre llegaba el descubridor a la nueva
isla, pues la distancia entre Cuba y la actual Haití era de solo treinta y
tantas millas. Muy pronto decidió darle el nombre de La Española. Es posible
que, dentro del esquema forjado por el Almirante, después de los nombres
divinos y los de personas reales pudieran llegar los de países, por lo menos
los correspondientes a los monarcas que le enviaban; pero también es cierto que
Colón, desde el primer momento, queda sorprendido por el paisaje de la nueva
isla, y lo considera más doméstico, más «europeo». En vez de la maraña tropical
e impenetrable, encuentra vegas amplias y fértiles; magníficos promontorios
alternan con bellísimas bahías en las que se abre espléndidamente el paisaje
hasta las montañas del fondo. El Almirante, cada vez más enamorado de su nuevo
descubrimiento, no encuentra palabras con que ponderar tanta belleza. Incluso
se arrepiente —y así lo confiesa— de haber llamado a Cuba-Juana la isla más
hermosa del mundo, porque la más hermosa del mundo, con gran diferencia, es La
Española. La única dificultad con que se tropieza es el viento contrario. Si en
Cuba se había esforzado en avanzar contra los nortes, en Haití, más alejada del
golfo de México, se encontró de nuevo con los alisios. ¡Siempre contra viento!
Afortunadamente Colón, excelente observador de la naturaleza, se dio cuenta de
que también en las Antillas había algo parecido a terrales y virazones, y de
que durante el día era posible avanzar más que de noche. Así fue barloventeando
lentamente, descansando cada noche en un puerto distinto: cada ensenada o cada
bahía le reservaba una sorpresa: aquella costa recortada ofrecía promontorios,
bahías amplias, ríos, valles, montañas, en un bello juego.
El 13 de diciembre realiza una operación a que hemos aludido ya: cuenta
las horas del día más corto del año, y a través de las tablas de Regiomontano,
que recogen esta relación, busca la latitud del lugar correspondiente a esa
duración del día en el solsticio. Tal vez no acierta del todo (la
cronometración era lenta y laboriosa, y no cabe fiarse de un reloj de arena
como de uno de ruedas), pero se convence de que la latitud de La Española no es
muy distinta de la de Canarias, y algo por el estilo reconocerá poco después en
la carta a Santángel. Colón se ha orientado por fin, y sabe bastante bien en
qué latitud se encuentra. Esta constatación puede encerrar una importancia
inmensa para entender mejor sus deducciones de días más tarde. Una vez más, una
constatación rigurosamente científica le va a conducir a una suposición
disparatada.
Primeras impresiones: en La Española hay algo más que soberana belleza.
Los indígenas, que parecen más civilizados que en Cuba, portan aretes o
colgantes de oro. Hay oro en La Española, y a Colón vuelve a iluminársele la
cara al pensar en tierras de incontable riqueza. En cuanto los indios advierten
el interés de los españoles por el oro, ceden sus adornos a cambio de
cascabeles, gorros colorados, espejos u otras baratijas. Y dicen que hay más,
mucho más, en el interior. El propio Almirante o los hombres que le acompañan
encuentran pepitas de oro en los ríos; y por lo que creen colegir de sus nuevos
amigos isleños, esto es nada al lado de lo que se puede obtener tierra adentro.
Al parecer, tras las montañas hay ricas minas. El 20 de diciembre llegaron los navegantes
a la maravillosa bahía de Acul, de aguas tan protegidas que «la mar parece un
lago». Y es aquí donde entra Colón en los dominios de un rey «rey» y poco
después tiene ocasión de cumplimentarle: se trata del cacique Guacanagarí, el
más poderoso de aquellos contornos. Evidentemente, no es el Gran Khan, ni el
emperador del Japón, pero cuando menos se ciñe la cabeza con una banda, que
puede interpretarse como corona (y como corona la designa el relato colombino),
y es un personaje reconocido por sus súbditos, que le respetan y obedecen.
También él lleva pendientes de oro. Guacanagarí parece dispuesto a mantener una
fiel amistad con los recién llegados. Por fin todos sienten haber arribado a un
país más prometedor.
§. Desastre y júbilo en un mismo día
Y es aquí cuando sobreviene la catástrofe. En medio de tantas esperanzas,
probablemente ya con nuevas provisiones, justo en la Nochebuena, los marinos,
tal vez después de una copiosa cena, quedaron dormidos profundamente, y
la Santa María, pilotada por un grumete mozo e inexperto, encalló
en unos escollos y quedó perdida. Estaba bajando la marea; si hubiera estado
subiendo, tal vez hubiera sido posible sacarla de allí. Como la mar se mostraba
tranquila, y los bancos cerca de la costa, el Almirante y los suyos se salvaron
y hasta tuvieron tiempo, ayudados por los indios, de desembarcar todo lo que
llevaban: en la nao «no quedó ni una agujeta». Con las tablas de la Santa
María edificarían los expedicionarios el primer establecimiento
europeo en América, el fuerte Navidad. Los indios ayudaron lo indecible,
consolando al Almirante; no dejó de resultar sorprendente que al ver desvalidos
a aquellos hombres que creían bajados del cielo, mantuviesen su afecto y su
buen servicio. El «rey» Guacanagarí se acercó a Colón llorando por la pérdida
de la nao como si de una desgracia propia se tratara, e invitó al Almirante a
comer con toda ceremonia. Su traje de gala consistía en una camisa que el
descubridor le había regalado, y unos guantes: «y por los guantes hizo más
fiesta que por cualquier cosa que se le dio». Tras el banquete el cacique
entregó a su huésped una carátula con piezas de oro, y echó un collar de oro
sobre sus hombros. Hermosa muestra de condolencia, ciertamente. Y comoquiera
que los españoles mostrasen deseos de saber de dónde obtenían sus anfitriones
el metal precioso, Guacanagarí les explicó que en los ríos de las inmediaciones
se podían encontrar pepitas, pero que más al sur, en el país de Cibao, existían
riquísimos, inagotables veneros de aquel metal que tanto entusiasmaba a los
blancos. De pronto, la iluminación llegó una vez más a Colón. Cibao, ¡Cipango!
El codiciado tesoro se encontraba «en Cipango, que ellos llamaban Cibao». Todo
cambiaba de pronto: aquel no era un día triste, sino gozoso, y no dejaba de ser
un milagro que zozobrase la nao, porque de lo contrario no hubiera tenido
ocasión de conocer tan venturosa noticia: de suerte que «no fue aquel desastre,
sino una gran ventura… que si yo no encallara, fuera de largo sin surgir en
este lugar». Ahora que conoce la situación de uno de los tesoros más grandes
del mundo, promete a los Reyes Católicos que en el plazo de tres años tendrán
medios suficientes para acometer la conquista de Jerusalén. El Almirante, después
de la desgracia de aquella noche, podía permitirse el supremo lujo de soñar.
En Colón el sueño maravilloso y el realismo más razonable del mundo
conviven, quizá como en ninguna otra gran figura histórica, con absoluta
naturalidad. Ahora bien, ¿intenta rodear la isla hacia el sur para hallar las
maravillas de Cipango? No. De momento atiende a lo más perentorio. Habla ya en
su Diario del próximo viaje. Por de pronto, perdida la Santa María,
le sobra una cuarentena de hombres. Hace edificar el Fuerte de Navidad (un
fuerte de madera, pero los indios son tan dóciles, que solo necesita dejar a
los colonos unas cuantas armas, por lo que pudiera suceder, y, eso sí,
bastantes provisiones). Arana quedará como jefe al frente del primer
establecimiento europeo en América. Y La Española merecerá ya ese nombre,
puesto que treinta y nueve españoles forman parte de su población. La Pinta se
ha ido a explorar por su cuenta, ignoramos por qué causa, pero todo parece
indicar que las relaciones entre Cristóbal Colón y Martín Alonso se han
enfriado. El Almirante se embarca en la Niña, que ya por cierto comienza
a hacer agua. Todos los planes han de cambiar. Regresa finalmente la carabela
mayor, pero Colón prefiere —y tendrá sus motivos— continuar en la pequeña.
Habla de quedarse por lo menos hasta el 17 de enero, para observar desde tierra
la oposición de Júpiter calculada por las tablas de Regiomontano; pero el 6
encuentra una isla cónica perfectamente simétrica y muy arbolada, que solo en
el último instante se descubre que es realmente una península. Un accidente
inconfundible. El Almirante lo bautiza como Monte Christi. Y poco después
decide suspender la exploración y regresar a España, «porque ya encontró lo que
buscaba». Bien sabido es que Juan Manzano cree que Monte Christi es la clave
que dio a Colón el predescubridor para que identificara la isla del oro. «Ya
encontró lo que buscaba». La frase puede interpretarse, simplemente, en el
sentido de que no valía la pena seguir costeando: Colón ya sabía que más al sur
había incontables riquezas, y en un segundo viaje, mejor pertrechado, llegaría
a ellas. Se imponía regresar, porque también la Pinta, según Martín
Alonso, estaba maltrecha. Por si fuera poco, cerca de Monte Christi hallaron un
río lleno de pepitas de oro. Cogieron las que pudieron, que las circunstancias
urgían. El 15 de enero, las dos carabelas perdían de vista la costa americana.
Capítulo 5
El tornaviaje
Contenido:
§. La vuelta de Poniente
§. Doble peligro
§. De la zozobra a la gloria
El viaje de regreso, de mediados de enero a mediados de marzo de 1493,
fue, por difícil que parezca imaginarlo, tan emocionante o más que el de ida,
un viaje a vida o muerte en que nuestros navegantes estuvieron por dos veces a
punto de perecer, y por otras dos a punto de caer prisioneros. Si el primer
periplo de Colón fue todo él una novela de aventuras, las aventuras no
terminaron hasta el último momento, como si un curioso destino quisiera
conferir a aquella misión histórica un especial dramatismo. Con todo, el
regreso no ofrece, por lo que a descubrimientos se refiere, la suprema
incertidumbre de la ida. Los expedicionarios sabían muy bien a dónde
regresaban, sin otra duda que el lugar exacto del Viejo Mundo al que iban a
arribar: podían ser las Canarias, las Madeira, las Azores, las costas de
Andalucía, las de Portugal, las de Galicia, en el peor de los casos las de
África occidental o las de Francia o Inglaterra; pero en cualquiera de los
destinos tendrían medios para orientarse (de hecho, la Niña llegaría
a Azores, después a Lisboa; la Pinta a Galicia). El mundo
conocido era tan grande como el desconocido, y el único problema consistía en
poder llegar a él con dos carabelas deterioradas. En este sentido, el viaje de
regreso encierra un menor interés para la historia de los descubrimientos,
excepto en un punto fundamental: el mundo no tendría noticia de los
sensacionales hallazgos de Colón si alguno de los navegantes, cuando menos, no
conseguía llegar a una región del mundo civilizado. La noticia era en este
sentido tan importante como el descubrimiento mismo, y de aquí que el
Almirante, temiendo por el éxito final de su aventura, arrojase, en el momento
más tremendo de la tempestad, un escrito encerrado en un tonel, para que el
mundo tuviera conocimiento de los hechos. Llegó el Almirante, que no el tonel.
Y porque llegó, Colón vivió los momentos más gloriosos de su existencia.
§. La vuelta de Poniente
Con el tiempo, los españoles la aprendieron muy bien. Regresar por la latitud
de la ida, contra los alisios, era una empresa interminable, que podía durar
meses. Era preferible buscar latitudes más altas, de vientos variables, o, aún
más al norte, de vientos predominantes del oeste. Si el punto de partida ideal
desde Europa eran las costas del golfo de Cádiz, para hacer luego una escala en
Canarias, lo más apropiado para el regreso era buscar las latitudes de las
Azores —pasando al norte de estas islas, para evitar las suspicacias de los
portugueses—, y arribar a las costas de Galicia o en todo caso del Cantábrico.
Si el punto obligado de arribada acabó siendo históricamente de hecho el mismo
que el de partida, la causa no estriba en las condiciones técnicas de
navegación, sino en el deseo de los Reyes Católicos de centralizar el comercio
de las Indias en un solo punto, en orden a un mejor control, y el punto elegido
fue Sevilla, donde desde 1504 se estableció la Casa de Contratación. Por otra
parte, la mayor parte de los marineros eran andaluces. De esta forma, en el
viaje de regreso, los barcos daban un amplio rodeo para volver finalmente al
sur de España.
Colón acertó con la «vuelta de poniente». ¿Intuición genial de un marino
extraordinario? ¿Necesidad ineludible de evitar por algún lado los alisios?
¿Simple casualidad? La mayoría de los colombinistas se inclinan por la
casualidad, y aducen para ello que en el regreso del segundo viaje, el
Almirante se obcecó tercamente en navegar por bajas latitudes, contra los
alisios. El argumento es de peso, aunque tampoco faltan motivos para pensar que
Colón, en su segundo retorno, eligiera ese difícil camino adrede, en busca de
algo que no conocemos bien, pero que puede estar relacionado también con la
ruta seguida en el tercer viaje. El hecho es que en 1493, tras unos días de
esfuerzos contra los alisios, viró al norte y descubrió la «vuelta de
poniente», que luego aconsejaría a aquellos que, a partir del segundo viaje,
regresaron antes que él a la Península. Así abrió el camino que después otros
muchos iban a seguir durante trescientos años.
En un principio, efectivamente, tentó la ruta de levante. Quizá, no por
rutina ni al azar, sino, simplemente, porque los indios le habían dicho que al
este de la Española estaba la isla de Matinino (seguramente Puerto Rico),
habitada solo por mujeres, y donde tal vez podría encontrar cosas que valieran
la pena, o, en el peor de los casos, sumar un nuevo hallazgo al catálogo de sus
descubrimientos, y poder contar a su regreso algo relativamente sensacional.
También es posible que el Almirante quisiera cumplir su designio, formulado el
otoño anterior: «a la vuelta se verán las islas». Estaba convencido de la
existencia de otras muchas islas al este de La Española, y quería conocerlas,
sin dejar de ganar terreno hacia España. Pero después de tres días de barloventeo,
que amenazaban con un regreso interminable (y ya nadie, ni siquiera las
carabelas, estaba para eso), decidió aproar al norte. Pudo ser un acierto
inconsciente, o tal vez instintivo, pero fue un acierto al fin y al cabo.
Ya a partir del 21 de enero comenzaron a notar «los aires más frescos y
las noches más largas». Fue una impresión más subjetiva que otra cosa. Se
encontraban en la latitud de Guanahaní, y no hay razones para pensar en un
notable cambio de las temperaturas nocturnas, justo en la zona donde Colón
afirmó muchas veces, antes y después, que el temple de las noches es casi igual
que el de los días; ni tampoco las noches mismas tenían que ser más largas,
compensada la deriva al norte por el notable acortamiento de las noches a fines
de enero. Pero el hecho es que progresaban, y progresaban en la buena
dirección. Y otra gran novedad: el 23 de enero «comenzaron a mudar los
vientos». Al fin había cesado el alisio. Era un hecho un poco temprano para
aquella latitud, pero Colón lo aprovechó para abandonar su rumbo norte y aproar
al estenordeste. Seguía ganando latitud, pero, sobre todo se aproximaba a
España. Con todo, no se abrevió la travesía, porque durante un tiempo la brisa
era floja y variable: obligaba a continuos cambios de dirección y en la
orientación del velamen, y la travesía amenazaba con hacerse tan interminable
como navegando contra los alisios. Tan perjudicial es un viento flojo como un
viento contrario, pero fresco. El cielo estaba casi constantemente nublado,
aunque sin lluvia. La mar, cubierta de hierbas, como en el viaje de ida. Esta
vez no se extrañaron del evento: les resultaba casi familiar. Lo que la
presencia de los sargazos significaba era que aún no habían salido de la zona
de las calmas: hubieran debido mantener el rumbo norte por más tiempo.
Naturalmente, no podemos exigir a Colón conocimientos que nadie tenía todavía.
El 25 de enero salió el sol, y los días siguientes fueron deliciosos,
«los aires templados y dulces, la mar llana como un río…». El Almirante y los
marineros disfrutaban de aquel tiempo encantador, por más que la flojedad del
viento les impidiera andar más allá de doce o quince leguas por día. Procuraron
avanzar hacia el estenordeste, aunque en ocasiones el aire les obligaba a
pequeños desvíos. El citado día «mataron los marineros una tonina y un
grandísimo tiburón, y dice que lo habían bien menester, porque no traían ya de
comer sino pan y vino y ajes de las Indias». Por cierto que aquellos
tubérculos, que los indios amasaban y tomaban con fruición, nunca entusiasmaron
a los españoles, que ya en este viaje, y más en el segundo, abominaban de los
«ajes». El 29 de enero, «peces que llaman dorados vinieron a bordo». Los
dorados, ciertamente, no vuelan, como algún contemporáneo de Colón llegó a
afirmar; pero sus largos saltos les hacen con frecuencia, y contra su deseo,
aterrizar en las embarcaciones: y aquellos peces suponían una nueva y suculenta
provisión.
Llegó febrero sin que la situación variase: «la mar muy llana, gracias a
Dios, y los aires muy dulces». Si da gracias, hay motivos para imaginar que su
penuria de alimentos no alcanza grados extremos. El viento sigue sin apretar,
pero ahora predominan los ponientes, puesto que navegan en popa. El 3 de
febrero se juzga ya el Almirante en la latitud del cabo San Vicente. Optimista
como siempre, se imagina más al norte de lo que está, pues apenas ha rebasado
la altura de las Canarias, pero aparece perfectamente claro que espera llegar
directamente a la Península. A partir del día 4, el tiempo se torna lluvioso, y
el viento refresca: vaya la incomodidad por la velocidad, porque ahora ya puede
avanzar a razón de treinta a cuarenta leguas por jornada: es la marcha del
viaje de ida. El 10 de febrero cartean los pilotos y se creen muy cerca de las
Azores; el Almirante, ya por obra de su sempiterna idea fija de pensar que ha
andado más de lo que realmente ha recorrido, ya por no desautorizar a sus
hombres o por no desanimar a los marineros, así lo admite. En realidad, se
encontraban a poco más de la mitad de la travesía, a 1200 millas de las Azores.
Pero, al menos desde el punto de vista del rumbo a seguir, iban por buen
camino.
§. Doble peligro
Era el 12 de febrero, y el tiempo, hasta entonces favorable, aunque los vientos
de poniente se hacían cada día más frescos, como es posible colegir por las
millas recorridas, se tornó tempestuoso. «Aquí comenzó a tener grande mar y
tormenta; y si no fuera la carabela diz que muy buena y bien aderezada, temiera
perderse». Colón, acostumbrado a las condiciones de la nao, se da cuenta muy
pronto de las ventajas de la agilidad de la carabela, mucho más «marinera» para
estos gajes. Y es cierto que la Niña reunía unas condiciones
extraordinarias, a juzgar por su comportamiento en los días que iban a venir, y
su largo y glorioso historial. El día siguiente «relampagueó hacia el
nornordeste… dijo ser señal de gran tempestad que había de venir de aquella
parte o de su contrario…». Hernando Colón, más preocupado por la dirección de
los vientos que los copistas de su padre, precisa que fue un fuerte temporal
del sur. Es aquella una de las zonas más frecuentes de frontogénesis en
febrero. Mientras el viento soplaba del sur, los relámpagos que vio Colón por
el nordeste revelaban posiblemente una conversión fría. Después de un breve
periodo interfrontal, con aparentes atisbos de mejoría, «la mar se hizo
terrible y cruzaban las olas que atormentaban los navíos». En otras palabras,
marejada remanente del sur y furioso temporal sobrepuesto del noroeste. Olas
cruzadas: el peor enemigo de un barco frágil, como lo es una carabela, sobre
todo tal como estaban ya entonces la Pinta y la Niña.
Los bandazos hacían imposible no ya maniobrar en condiciones, sino siquiera
tenerse en pie.
La situación iba a empeorar, increíblemente, el 14 de febrero. Aquella
noche «creció el viento, y las olas eran espantables, contraria una de la otra,
que cruzaban y embarazaban el navío, que no podía pasar delante ni salir de
entre medio de ellas, y quebraban en él; llevaba el papahígo muy bajo, para que
solamente le sacase algo de las ondas». Pero el papahígo, la vela de
emergencia, en medio de aquel rugiente infierno, no servía ya para gobernar, y
la Niña, «viendo el peligro grande, comenzó a correr a popa, donde
el viento le llevase, porque no había otro remedio». Lo mismo se puso a hacer
la Pinta, la carabela de Martín Alonso. Es cierto que Colón critica
al segundo de la flotilla por haberse molestado más en buscar oro que en
reparar la mesana de su barco (en la fase final del viaje, las relaciones entre
los dos hombres ya no eran nada buenas), pero la verdad es que la carabela
grande se portó ante la tempestad tan bien como la chica, que el Almirante, por
razones que se coligen, había adoptado. Los dos barcos se hacían señales
continuamente con los faroles, tratando de indicar su posición. En un momento
dado, y con el huracán desatado en su mayor violencia, dejaron de verse
mutuamente los destellos, y los tripulantes de cada carabela creyeron que la otra
se había perdido para siempre entre las olas.
Ya no quedaba más que rezar. Y eso fue lo que hicieron Colón y los
suyos.
Hicieron votos de peregrinaciones, y sortearon algunos de ellos:
introdujeron en una bolsa garbanzos[9], tantos como tripulantes, y marcaron uno de ellos con una cruz. De los
tres sorteos, dos tocaron al Almirante. ¿Milagro? ¿Casualidad? ¿Jugaría nuestro
hombre con las cartas marcadas para ser él el penitente? Todos querían salvar
sus vidas, pero el supremo responsable de la expedición tenía que conservar
para él —y no se cansa de repetirlo— algo más precioso que la vida misma: había
de llevar a buen puerto, por encima de todo, la noticia de su descubrimiento.
Entonces se le ocurrió la idea. Escribió como pudo (y no es fácil explicar cómo
pudo: posiblemente utilizó un escrito anterior) unas letras, en que resumía el
viaje, la ruta seguida y los resultados; envolvió el escrito en un saco
embreado, e introdujo todo en un tonel. El tonel fue arrojado al agua. No se
sabe de nadie que lo haya encontrado.
El viento calmó un tanto el día 15, y se abrieron claros por el oeste.
Aquella misma tarde vieron tierra: ¡otra vez el viejo Mundo! Algunos se
situaban ya frente a las costas de Portugal; el Almirante —al menos así lo
escribió— se suponía en las Azores, y acertó. Con todo, la mar estaba tan
levantada, que tardaron dos días en tomar tierra. Al fin supo que se trataba de
la isla de Santa María. No fue posible encontrar un puerto adecuado para la
carabela. Colón envió a unos hombres para recabar víveres y dar gracias en una
ermita; y he aquí que los portugueses los detuvieron intuyendo que aquellos
castellanos eran unos competidores que se les estaban adelantando en el camino
de los descubrimientos. Al peligro de la naturaleza sucedía el peligro de los
hombres. Siguieron unas jornadas tensas e inciertas. Los portugueses amenazaban
con detener a la carabela y apresar al Almirante; este les contestaba a su vez
con la amenaza de la ira de los Reyes Católicos, y los daños irreparables que
podrían sobrevenir para Portugal. Después de varios días de enojosas
negociaciones, Colón enseñó a las autoridades de la isla las cartas patentes
que tenía de Fernando e Isabel, y esta vez los portugueses dejaron en libertad
a los prisioneros. El tiempo seguía tan malo y la situación tan incierta, que
los expedicionarios apenas pudieron hacerse con unas cuantas provisiones. Qué
regreso tan ingrato al mundo civilizado. El 24 de febrero la Niña se
hizo definitivamente a la mar «para ir a Castilla».
§. De la zozobra a la gloria
Puede, de buenas a primeras, parecer extraño que Cristóbal Colón, librado de
las asechanzas sufridas en las Azores, se dirigiese de allí a Portugal, donde
sin duda podía correr más peligros todavía. Se ha aducido la enorme
satisfacción que el Almirante podía experimentar ante Juan II, mostrándole el
fruto de la expedición que él había rechazado patrocinar: ¡las Indias se
encontraban mucho más cerca por Occidente que por Oriente, y él ya había
realizado la hazaña, de acuerdo con su proyecto, en nombre de los Reyes
Católicos! Satisfacción, sí, hasta si se quiere una pequeña venganza, pero era
una jactancia que podía pagar cara. Los peligros en Lisboa podrían ser mayores
que en las Azores. Y los reyes de España difícilmente le hubieran perdonado la
peligrosa bravata. Acabamos de ver cómo abandonó las Azores «para ir a
Castilla». Luego no pudo hacerlo. Las razones que le obligaron a buscar puerto
en Lisboa fueron otras. Colón partió de las Azores con cierta bonanza, después
(se lo contaron los de las islas) de que en aquellas latitudes hubieran pasado
quince días seguidos de temporal. Pero en las jornadas siguientes sopló viento
del sur, cada vez más fuerte; luego roló al sureste. Cuando se aproxima una
borrasca, suele suceder todo lo contrario: el viento gira hacia la derecha, no
hacia la izquierda. Pero aquella borrasca venía muy baja, su centro se
aproximaba al golfo de Cádiz. El comportamiento anormal del anticiclón, más al
norte de lo normal, que tanto le había favorecido en el viaje de ida, se
repetía ahora, y estaba complicando dramáticamente el viaje de vuelta. Un
centro de bloqueo al norte desviaba las borrascas más al sur de lo que era
usual. La sufrida en las Azores había alcanzado bajas latitudes; ahora, la
siguiente, todavía más. Naturalmente, Colón nada sabía de estas cosas, pero con
fuerte viento del sur y sureste no podía navegar hacia el cabo San Vicente y
rendir viaje en Palos o Sevilla. Por un momento, se le ve navegando hacia el
Nordeste, tal vez con intención de llegar a Galicia (La Pinta, más
afortunada, ya había llegado allí), pero el temporal le obligó a buscar la
costa más cercana. «El Almirante estaba muy penado con tanta tormenta, ahora
que estaba a la puerta de casa».
El temporal fue creciendo en intensidad, hasta el punto de que el 3 de
marzo, «vínole una turbiada que le rompió todas las velas». Los marinos se
sintieron en el más angustioso de todos los peligros, y una vez más recurrieron
a los garbanzos para sortear un peregrinaje al santuario de la Virgen de la
Cinta en Huelva. Y de nuevo, oh sorpresa, también en esta ocasión «cayó la
suerte al Almirante». La Niña se portaba maravillosamente en
medio de la mar arbolada, y todos consideraron un milagro que no se hiciera
trizas. Con un papahígo de repuesto, pudieron avanzar un poco entre espantosos
bandazos. Al amanecer del 4 de marzo vieron tierra, y Colón, que conocía bien
la zona, la identificó como «la Roca de Cintra», el cabo Roca, muy cerca de
Lisboa: «adonde determinó entrar, porque no podía hacer otra cosa». Temía que
ciertos portugueses «se pusiesen a cometer alguna ruindad», pero el Almirante
deseaba llegar a la capital precisamente para demostrar a alguna autoridad
competente «que no venía de Guinea, sino de las Indias». Nada se había hablado
en Alcaçovas sobre la Indias, que era justamente el objetivo de los
portugueses, sino de la prohibición a los castellanos de navegar hacia Guinea.
Ahora los lusitanos tendrían que reconocer este otro error. Una vez en el estuario
del Tajo, un capitán de la nao más importante de la armada portuguesa envió a
la Niña un batel, para que Colón le diese cuenta del motivo de
su viaje y de su procedencia. El interpelado sabía interpretar muy bien su
papel, y contestó que un Almirante de la Mar Océana, nombrado por los
serenísimos reyes de Castilla y Aragón no tenía por qué dar cuentas a un
capitán. Al fin la enojosa situación se resolvió con una invitación personal
del monarca lusitano al Almirante: en este caso, el invitado no tenía más
remedio que desembarcar y cumplimentar a Juan II. No sabemos mucho de la
entrevista, a la cual Colón asistió con la misma ropa con que había
desembarcado ante los indios desnudos de Guanahaní. El portugués alegó que los
descubrimientos le pertenecían, el Almirante que el compromiso era solo de no
navegar hacia Guinea: tenía toda la razón, y probablemente ambas partes eran
conscientes de ello. Juan II prometió que ya se entendería con los reyes
españoles, «y que no habría menester de terceros», es decir, de intermediarios.
Así se acabó la discusión, y desde entonces el descubridor recibió un trato
exquisito y pudo poner en condiciones su maltrecha carabela.
El 13 de marzo zarpó la Niña, con viento noroeste: excelente
para ir a Sevilla, que era su destino previsto. El 15 pasaron los navegantes
frente a la barra de Saltés, y el ansia de aquellos paleños por volver a su
pueblo y ver a sus seres queridos pudo más que la voluntad del Almirante. Es
imaginable el recibimiento, las lágrimas de alegría y la emoción de todos. La
aventura del viaje a lo desconocido había terminado, y un nuevo mundo provisto
de innumerables riquezas se abría a las esperanzas de todos. El día 16, oh
sorpresa, llegó la Pinta, que entretanto había rendido viaje en
Bayona, y allí hubo de ser reparada. Pinzón había escrito desde la ciudad
gallega a los Reyes Católicos. Cada uno de los dos grandes navegantes se
imaginaba ser el único capaz de dar la noticia. Pinzón, a lo que parece, se
encontraba enfermo, y murió por circunstancias no bien conocidas pocos días —o
solo uno— más tarde: según la Historia del Almirante, «de dolor».
No es seguro, aunque de todas formas posible. La gloria de este mundo no iba a
ser para él. Don Cristóbal, seguido de un numeroso cortejo, en el cual
figuraban los indios que habían venido con él en la carabela llegó a Sevilla
por tierra; allí se enteró de que los reyes ya no estaban en Granada, sino en
Barcelona. Al parecer habían olvidado la modesta y dudosísima empresa de las
tres carabelas y habían emprendido una gran aventura internacional: acababan de
firmar un tratado con el rey de Francia, Carlos VIII, con la críptica idea de
repartirse el reino de Nápoles. De acuerdo con la vieja tradición de los reinos
catalanoaragoneses, se iba a una activa política mediterránea. Colón se
encargará de cambiar el curso de los acontecimientos. Prepara con sumo cuidado
la escena de Barcelona. Primero se presentan a los reyes los «indios»,
ataviados de la manera más vistosa y exótica posible, y llenos de presentes que
ofrecen a Sus Altezas: pepitas de oro, colgantes del mismo metal, papagayos,
frutos extraños que nadie ha visto hasta el momento. El efecto, espectacular,
bien calculado, asombra a los soberanos y sus altos dignatarios; luego llegan
los marineros más distinguidos, con nuevos presentes y cumplimientos; y al fin
el Almirante, vestido con sus mejores ropas, se postra de rodillas delante de
los monarcas, que se apresuran a levantarlo, le conceden el altísimo honor de
sentarle a su lado y le colman de parabienes. El regalo que porta Colón es
precisamente el prometido Diario de a bordo (bien aderezado, por supuesto, por
el propio Almirante, y esta es la primera de sus muchas modificaciones). En
todo momento aparece como el hombre que ha acertado en sus previsiones, que ha
hecho valer su autoridad, que se ha mostrado digno de la confianza que los
reyes han depositado en él, y que ha encontrado unas tierras lejanísimas de
valor incalculable. Un valor que puede multiplicarse hasta lo inaudito cuando
se emprenda un segundo viaje, realizado ya en mejores condiciones y con todos
los elementos necesarios para la empresa. Colón tal vez no lo sabe, pero está
saboreando los momentos más felices y gloriosos de toda su vida.
Capítulo 6
El segundo viaje
Contenido:
§. Preparativos
§. La ruta a las Indias
§. Las Antillas Menores
§. La Isabela
§. La exploración de Cuba
§. Un triste regreso
§. ¿Quién descubrió América?
El primer viaje de Colón es no solo una increíble aventura, en todos los
sentidos posibles de esta expresión, sino el más importante desde el punto de
vista histórico, en cuanto que pone al hombre de Occidente en contacto con un
Nuevo Mundo (entonces ni se sabía con seguridad que fuese estrictamente
«nuevo», pero abre la puerta de su cabal descubrimiento) y hace posibles por
tanto nuevos viajes. Si Colón y los suyos hubiesen perecido en las calmas de
los Caballos, en las tormentas tropicales, a manos de los indios, o, ya al
regreso, en las durísimas tempestades que estuvieron a punto de tragarse las
carabelas, el año 1492 hubiese pasado a la historia de España como el de la
conquista de Granada, pero no hubiese trascendido a la historia del mundo con
un significado muy especial. América hubiese sido descubierta tarde o temprano
por los europeos, porque la curiosidad y los medios del hombre del Renacimiento
hubiesen llevado a alguien al mismo destino y con la misma curiosidad; pero la
historia hubiese sido muy otra, no sabemos cuál. Colón no solo encontró islas y
tierras desconocidas para la cultura de Occidente, sino que pudo regresar para
dar la noticia de su hallazgo y movilizar las fuerzas del nuevo estado que los
Reyes Católicos habían implantado en los reinos españoles (luego se
movilizarían hacia Occidente también los portugueses, a su tiempo los ingleses,
franceses y holandeses), hasta crear un nuevo escenario histórico capaz de
alterar de forma revolucionaria la geopolítica mundial.
Hacia 1520 escribiría el humanista cordobés Hernán Pérez de Oliva estas
palabras de feliz intuición geográfica e histórica: «España, que estaba en un
cabo del mundo, ha venido ahora a figurar en el centro de él». Ha ocurrido un
cambio de centro, de centro del mundo civilizado, de Occidente. Hasta entonces,
desde los tiempos de los griegos, ese centro había sido el Mediterráneo, el
Mare Nostrum. «El Mediterráneo es un charco, y los griegos las ranas que cantan
a orillas de ese charco», parece que dijo Platón refiriéndose a los viajes y a
la difusión de la cultura de los habitantes de la Hélade. Más tarde serían los
romanos los que edificasen el primer gran imperio occidental en torno al Mare
Nostrum, en cuyas orillas, de extremo a extremo, se acataba al César y se
hablaba latín. El Cristianismo vendría a dilatar más tarde los confines del
ecúmene, borrando la vieja distinción entre latinos y bárbaros, y durante la
Edad Media se conocería a toda Europa con el nombre de Cristiandad. Ahora, en
el siglo XVI, un nuevo salto dilata los horizontes hasta lejanías
insospechadas. Y desde este momento el Mare Nostrum, el mar en que se libran
las principales tensiones de la historia, no es ya el Mediterráneo, sino el
Atlántico, el océano hasta entonces asimétrico, ya que los europeos (y más por
supuesto, los americanos) no conocían de él más que una orilla. Y España, esa
península en el extremo suroeste de Europa, por iniciativa de sus hijos, por
obra del espíritu emprendedor de los Reyes Católicos, por haberse convertido en
el primer estado moderno de Europa, pero fundamentalmente porque fue la que
aceptó y patrocinó la idea de Cristóbal Colón, se convirtió en centro de ese
nuevo ecúmene, que acabaría llamándose, en su conjunto Occidente, en cuanto
suma de Europa más América. Es posible que en el siglo XXI el centro de
gravedad del planeta esté desplazándose del Atlántico al Pacífico, o al menos
tal es lo que afirman muchos de los analistas mundiales; pero el hecho, sea
cual sea su importancia, sea cuál vaya a ser su futuro, ni invalida el alcance
de lo ocurrido en 1492, ni es útil para nuestro conocimiento de lo ocurrido
entonces. Colón cambió la historia porque su viaje fue deliberadamente una
expedición descubridora: y nadie puede negar la trascendencia de este hecho.
Es cierto: el primer viaje fue fundamentalmente descubridor. Solo
participaron en él un centenar de hombres, en una nao y dos carabelas apenas
armadas y sin que figurase en la expedición ningún soldado. Estaba destinado a
encontrar algo al otro lado del Océano, y, efectivamente, lo encontró. El
segundo viaje, por el contrario, tendría una organización distinta y una
finalidad también distinta. No renunciaba a descubrir, pero su objetivo
fundamental consistía en controlar lo descubierto, poblarlo, organizado sobre
las bases imperantes en Europa, y aprovecharse de sus riquezas. Tanto Colón
como los propios Reyes Católicos tenían las ideas claras: se trataba de llegar
a la isla Española y poblarla, controlarla, colonizarla. El nuevo título que
recibió el Almirante fue precisamente el de Capitán General de La Española. ¿Se
abandonaba por eso la política descubridora? En absoluto. Pretender tal cosa
sería desconocer el temperamento del navegante genovés y la misma política de
amplias dimensiones de los monarcas. Pero procedía ante todo tomar posesión de
una tierra que ya se había demostrado que era extensa, prometedora y rica (en
la cual, además, ya se había fundado un pequeño establecimiento de españoles
que estarían esperando ansiosamente su rescate), y prepararla como base
fundamental de nuevas empresas. Quizá las exageraciones del Almirante sobre las
maravillas de la Española y su suposición de que al sur de la isla pudiera
albergarse el fabuloso Cipango abonaban la idea de tomarla como objetivo
inmediato. Luego, sobre aquella base, podrían planearse nuevas y todavía más
ambiciosas empresas. De aquí que el segundo viaje de Colón sea completamente
distinto del primero. Su importancia en el ámbito de la historia política es
grande; no lo es tanto por lo que se refiere a la historia de los
descubrimientos, que es lo que en este punto más nos interesa. Colón no
descubrió en su segundo viaje más que parte de las Antillas Menores, conoció de
pasada la existencia de Borinquen (Puerto Rico) y amplió su conocimiento de las
dos grandes islas ya descubiertas: la Española y Cuba. Poco va a importarnos,
puesto que apenas roza el objeto de este libro, la historia política, la
gestión del Almirante en aquellas tierras. Una gestión que, por otra parte, no
fue todo lo acertada que debiera, y por eso este segundo viaje representa el
paso de la gloria y la esperanza al desengaño y la contestación.
Por otro lado también es cierto que conocemos mucho menos los detalles
del viaje en sí —tanto el de ida como el del regreso: entendamos, el regreso
del Almirante, puesto que hubo muchos protagonistas de la expedición que
regresaron antes o después—, que respecto del primero. Colón entregó el
manuscrito de su diario de navegación, debidamente mejorado en su favor, a los
Reyes Católicos, y de una forma u otra conocemos los acontecimientos de aquella
expedición histórica día a día. El segundo viaje pudo y debió tener su diario,
pero ni a Colón ni a nadie le interesó su perpetuación. Conocemos detalles que
nos facilitan Hernando Colón y Las Casas, probablemente apoyados en fuentes
directas: pero no son muy explícitos por lo que se refiere a la travesía en sí.
También Fernández de Oviedo conoció algunos detalles. No dejan de resultar
interesantes las cartas —ambas muy extensas— de dos viajeros: el doctor Álvarez
Chanca, médico de la expedición, y el italiano Michele Cúneo. Chanca es un buen
observador, pero le interesan más aspectos generales, sobre todo referentes a
la flora exótica, a las enfermedades o al carácter de los indios, que un relato
concreto del día a día: la cronología aparece intencionadamente descuidada. Por
lo que se refiere a la navegación, el tema apenas le merece más que unas
líneas. Y Cúneo es más periodista que cronista, más atento a las anécdotas y a
detalles concretos que al seguimiento estricto de lo sucedido. Un conocido
cronista de los Reyes Católicos nos proporciona noticias del segundo viaje: es Andrés
Bernáldez, amigo de Colón, a quien por un tiempo hospedó en su casa al regreso
de esta navegación: pero por él más conocemos los problemas del Almirante que
el viaje propiamente dicho. Consuelo: el viaje en cuanto tal, la travesía tanto
de ida como de retorno, la exploración de la costa sur de Cuba, encierra menos
interrogantes, menos detalles dramáticos, menos aventuras reales, que
cualquiera de los otros.
§. Preparativos
Todo lo que habían sido dificultades y recelos en la preparación del primer
viaje fueron entusiasmo y deseos de embarcar en la segunda expedición: el
descubrimiento de las «Indias» —fuera cual fuese su naturaleza exacta, que eso
no estaba claro para nadie[10], ni siquiera quizá para el Almirante— causó al menos en la costa
atlántica andaluza una expectación extraordinaria. Cristóbal Colón había
llegado a unas tierras lejanas y desconocidas, provistas al parecer de riquezas
sin cuento; y si lo visto en unas semanas de exploración había sido ya
prometedor, lo que podía encontrarse y conquistarse en una expedición bien
equipada podía significar la fortuna y la fama de quienes participasen en ella.
De aquí el entusiasmo despertado por el anuncio de un segundo viaje y la enorme
demanda de candidatos a la aventura.
Taviani se admira de que en solo cinco meses pudiera equiparse una flota
de 17 barcos con una tripulación de entre 1200 y 1500 hombres. Fue,
ciertamente, un esfuerzo extraordinario, un verdadero «tour de force», pero
resulta perfectamente explicable si tenemos en cuenta el enorme interés
suscitado por la empresa y si contamos también con las posibilidades que
ofrecía Sevilla como uno de los puertos fluviales más importantes y también más
poblados de Europa. Colón, en la plenitud de su gloria, confirmados ya sus
importantes cargos, se las prometía tan felices, aunque hubo de chocar desde el
primer momento con una dificultad, o por mejor decirlo, con un hombre que no
iba a permitirle montar las cosas de acuerdo con sus deseos concretos. Los
reyes, cuyo conocimiento de las personas figuraban entre sus mejores virtudes,
algo debieron intuir en la figura un poco estrafalaria del descubridor, cuando
encomendaron la organización del viaje al arcediano Juan Rodríguez de Fonseca,
un hombre de indudable capacidad y de fuerte carácter, que quiso dirigirlo
todo, ante la indignación del Almirante, que se imaginaba desde el primer
momento el alma indiscutible de la empresa. El choque entre los dos hombres fue
absolutamente inevitable y dio origen a enojosos incidentes. Ya desde antes de
partir las cosas no rodaban como Colón había esperado. Fonseca era
indudablemente un hombre de capacidad organizadora y lleno de iniciativas, que
supo estar encima de todo: Las Casas, quizá con un puntito de mala intención,
nos cuenta que «era muy capaz para mundanos negocios, señaladamente para
congregar gentes de guerra para armadas por la mar, que era más oficio de
vizcaínos que de obispos». Conste que Fonseca no era obispo por entonces.
Cierto que organizar un viaje de tan grandes proporciones como el que se
necesitaba en aquel caso no era tarea fácil. Tal vez hubiera sido preferible
montar un segundo viaje de exploración, con más medios, pero sin ansias
conquistadoras o repobladoras, para conocer mejor las tierras descubiertas y
evaluar sus posibilidades; pero el entusiasmo con que Colón y sus compañeros
hablaban de sus hallazgos, el deseo de aventuras de mucha gente, y quizá
también el recelo de que los portugueses, decididos a coronar su secular
empresa, se adelantasen por el este a lo que el Almirante ya había encontrado
por el oeste, abonaban una expedición nutrida y poderosa. Había que combinar el
número con la prisa, aunque esa combinación resultara difícil. Es muy probable
que Colón hubiese sido incapaz de montar con su sola dirección tan imponente
maquinaria; pero también es indudable que Fonseca se vio a veces impotente para
resistir las muchas presiones que recibió. Se comenta que la mayor parte de los
expedicionarios del segundo viaje fueron caballeros e hidalgos[11] más dispuestos a hazañas heroicas que al trabajo de pobladores,
constructores y campesinos: en buena parte fue así, y de este choque de
mentalidades vendrían los problemas de Colón en La Española; pero también es
verdad que en la flota figuraron agricultores, ganaderos, albañiles,
carpinteros y expertos en muchos oficios. Igualmente había clérigos —en el
primer viaje no había figurado ninguno—, médicos y funcionarios: todo un
pequeño reflejo de la sociedad europea dispuesto a llevar el modelo del Viejo
al Nuevo Mundo. La verdad era que, de todas formas, iba a ser difícil aclimatar
a toda aquella gente a las condiciones del Caribe: y más si tenemos en cuenta
que las palabras del Almirante prometían tierras riquísimas y reinos capaces de
garantizar la prosperidad de todos. Junto con aquel millar largo de
expedicionarios de todas condiciones figuraban también armas, caballos,
vituallas de todo género, ropas de repuesto, corazas para la guerra, animales,
ovejas, cabras, puercos, que se esperaba poder aclimatar en el Nuevo Mundo,
esquejes de vid y de olivo que pudieran plantarse en lugar oportuno, y semillas
—europeas, por supuesto— que todos confiaban que pudieran crecer en un clima
tropical: «y fue esta la simiente de donde todo lo que hay acá: de las cosas de
Castilla ha salido», escribiría años más tarde, desde La Española, Las Casas.
Cierto que no todo se hizo bien, al menos a juicio de Colón, siempre
receloso de la gestión de Fonseca. Parece que los magníficos caballos árabes
comprados para la expedición fueron cambiados por vulgares rocines (o fueron
vendidos por lo que no eran). Las pipas preparadas para transportar vino y
aceite no pudieron resistir los calores tropicales, y algunas reventaron o
llegaron con su contenido en mal estado. Preciso es reconocer que muchas
condiciones propias del clima antillano no pudieron ser fácilmente previstas.
Pero lo cierto es que a los cuatro meses del nombramiento de Fonseca, las
diecisiete naves fueron descendiendo, poco a poco, por el Guadalquivir, hasta
reunirse de nuevo, en un conjunto espectacular, en la bahía de Cádiz. Zarparon
a mar abierta el 23 de septiembre de 1493. Comenzaba la nueva aventura, con más
expectativas y, por supuesto, con más optimismo que la de un año antes.
§. La ruta a las Indias
Conocemos muy pocos detalles de la travesía, porque ninguno de los viajeros que
narraron los hechos del segundo viaje sentía afición por las cosas de la mar.
Sabemos que la ruta hasta Canarias duró ocho días. Y al parecer no difirió
mucho de la de un año antes, como que una de las carabelas se averió por el
camino, y hubo de ser reparada en Gran Canaria, probablemente en el mismo
puerto de carenaje en que se había adobado la Pinta, y con el mismo
éxito, porque en adelante todo fue bien. Quizá por ello la escala en las islas
duró un poco más de lo previsto, pero la verdad es que allí era preciso
realizar las últimas provisiones. Las Casas precisa que, además de alimentos
frescos, tomaron semillas de árboles y plantas, cabezas de ganado, y aves
diversas. Aunque Colón no parece haber destacado por su espíritu de previsión,
fue prudente en escoger nuevas simientes y animales adquiridos en Canarias, por
la relativa similitud entre el clima de las islas y las tierras de destino. Por
lo que se refiere a los caballos, era mucho más natural haberlos adquirido en
Andalucía y si bien el Almirante, en su carta remitida a los Reyes a través de
Antonio de Torres, acusa a los sicarios de Fonseca de que no hubo juego limpio
en la compraventa, tal vez no repara en que los equinos, después de una larga
travesía y de una deficiente alimentación, podían presentar un aspecto
encanijado. Eran tantas las naves, que algunas de ellas se aprovisionaron en
Gran Canaria, la mayor parte en La Gomera, como el año anterior, y algunas en
Hierro. Al fin, fue Hierro el punto de partida elegido por el jefe de la
expedición. Hierro se consideraba como el hito final del Viejo Mundo, y durante
muchos siglos se adoptó su meridiano como «meridiano cero» para la travesía del
Atlántico. Fue Colón quien inició esta tradición simbólica. El 13 de octubre de
1493, casi exactamente un año después del Descubrimiento, la numerosa flota se
hizo definitivamente a la mar.
Un punto que puede tener cierta importancia. El Almirante no siguió la
misma ruta que el año anterior, sino que ordenó seguir un rumbo oestesuroeste.
Se han dado muchas explicaciones: entre ellas la de que quiso evitar las
«latitudes de los caballos», en que se había engolfado involuntariamente
durante el primer viaje, o bien que, ahora que una bula del papa Alejandro VI
dividía el Atlántico —de acuerdo con el criterio de Colón— por medio de una
línea «cien leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde», arbitrando, por lo que
se refiere a actividades descubridoras y colonizadoras, un hemisferio «español»
y otro «portugués», ya no era necesario evitar derivar más al sur. Todo es
posible, por supuesto, pero no parece que Colón tuviese aún una idea clara
sobre la región de las calmas, ni tampoco que hasta entonces se hubiese
considerado que las aguas portuguesas se extendían hasta el centro del
Atlántico. Una explicación que nunca o casi nunca, que sepamos, se ha tenido en
cuenta, es, sin embargo, muy probable. El descubridor, después de sus
conversaciones con Guacanagarí, creyó identificar el sur de la Española con
«Cipango, que ellos llamaban Cibao». O por lo menos, en sus ratos de realismo,
con una tierra abundante en yacimientos auríferos. Convenía arrumbar, por
consiguiente, más al sur. Por supuesto, Cipango era una isla enorme (en
realidad Japón es un archipiélago que se extiende dos mil kilómetros de norte a
sur), y a lo que parecía, era justo en la zona meridional donde habitaba el
emperador del Sol Naciente. En el peor de los casos, el sur de la Española era
la zona más abundante en oro. Hubiera sido un éxito rotundo llevar a aquellos
mil quinientos expedicionarios a un país riquísimo y fascinante. Luego llegaría
el momento de ir al norte, para visitar a Guacanagarí y rescatar a los treinta
y nueve habitantes del fuerte Navidad.
La travesía del Atlántico fue rápida y feliz, al parecer sin incidentes:
como que se realizó no en treinta y tres días, sino en veinte, y aun así por
las razones que nos da el doctor Chanca: «desde aquí [desde Canarias] por
bondad de Dios nos tornó buen tiempo, mejor que nunca flota llevó en tan largo
camino; tal que, partidos de Hierro a trece de octubre, dentro de veinte días
hubimos vista de tierra; y viéramosla en catorce o quince si la nao capitana
fuera tan buena velera como los otros navíos». Seguramente el buen médico
sevillano exagera, porque jamás, hasta el siglo XVIII, un buen barco de vela
hubiera podido hacer la travesía de Canarias a las Pequeñas Antillas en catorce
días; pero también es verdad que don Cristóbal, y más ahora que mandaba una flota
numerosa, provisto de altísimos cargos, gustaba viajar en una nao almiranta de
gran porte, por lenta que resultase; y esta vez había elegido una enorme nao de
doscientos toneles (doble que la Santa María del primer
viaje): era La Marigalante, aunque Colón, en ocasiones la vuelve a
denominar como Santa María. Aquel barco, como todos los de forma
panzuda y ancho bordo, era lento; como de costumbre había orden de que los
navíos no se perdiesen de vista unos a otros, de suerte que los más rápidos
habían de recoger trapo para no dejar atrás a los más lentos. Con todo, los
vientos fueron constantes y favorables. El «callejón de los alisios» señala la
ruta ideal para viajar de Canarias a Indias en el menor tiempo posible, y en
las mejores condiciones meteorológicas. Con frecuencia se levantan en la zona
nublados inofensivos, pero la temperatura es agradable, y casi nunca se
registran temporales. En tal sentido añade Álvarez Chanca que «en todo este
tiempo hubimos mucha bonanza, que en él ni en todo el camino hubimos tormenta,
salvo la víspera de San Simón [27 de octubre], que nos vino una que por cuatro
horas nos puso en harto estrecho». Seguramente se trató de una ventolina o de
un descalzamiento de alguna tormenta tropical. Para Las Casas, que
probablemente tuvo acceso al relato colombino, el peligro no llegó a tanto:
«comenzaron a venir algunos nublados y aguaceros, o turbiones de agua del
cielo», un hecho que el Almirante interpretó correctamente como señal de que ya
se encontraban cerca de tierra.
Por lo demás, travesía feliz, con buena mar y sin incidentes. Colón
había encontrado genialmente, o con intuición genial, la ruta más corta, por lo
que a duración se refiere (no ciertamente por la longitud del recorrido) de la
travesía a Indias. Todas las flotas españolas que durante siglos cruzaron el
Atlántico, saldrían de Canarias y en veintiún días, casi siempre justos y sin
apenas maniobras, llegaban a la isla Deseada. El Almirante podía haber escogido
aquella ruta para acertar con Cibao-Cipango, pero de hecho descubrió un camino
secular, el mejor de todos los posibles. Sin embargo, algunos testigos nos
revelan que la mayor parte de los expedicionarios llegaron mareados, maltrechos
y con las ropas mojadas; algunos casi enfermos: de aquí que el grito de ¡Tierra!,
fuera seguido de un júbilo general, casi indescriptible. Hemos de comprenderlo:
los protagonistas del primer viaje fueron en su casi totalidad marineros
profesionales, bien acostumbrados a las incidencias de la navegación, a los
cabeceos y balanceos, a los pantocazos que provocaban rociones de agua, a
dormir hacinados en un espacio mínimo. La mayor parte de los que fueron en 1493
eran caballeros, artesanos, campesinos, funcionarios, profesionales.
Afortunadamente, tuvieron una travesía rápida y en las mejores condiciones;
pero la experiencia de veinte días seguidos de mar era para ellos una realidad
completamente nueva, y no siempre agradable. Afortunadamente, todo habría
pasado en cuanto llegasen a la tierra prometida.
§. Las Antillas Menores
Llegaron un 3 de noviembre, domingo. Por eso Colón llamó a la tierra avistada
Dominica. Cerca, otra isla, más pequeña y en gran parte árida, recibió el
nombre de Deseada: quizá porque era la más oriental de todas. Es extraño este
bautizo de Colón, cuando todavía no sabía ni podía saber que la ruta que había
seguido sería adoptada para la navegación a Indias durante tres siglos, y que
la Deseada iba a ser comúnmente la primera tierra avistada del Nuevo Mundo: fue
como una premonición, pero el hecho es que el nombre aparece, según los
testigos, desde el segundo viaje colombino. Enseguida vieron otras islas: cinco
o seis, según las versiones, ya el primer día.
De nuevo islas, e islas relativamente pequeñas. Por supuesto, es
imposible adivinar un gesto de desilusión en el Almirante. Ni rastros de
Cipango, ni siquiera de La Española. Sin embargo, tampoco en este caso es
rastreable la menor decepción del descubridor. La isla que había visitado
trescientos días antes, y cuyo extremo sur imaginaba muy rico, tenía que ser
más pequeña de lo que había pensado… y probablemente no tan rica. El navegante
podía encontrarse, por supuesto, frente a los millares de islas que anteceden a
Cipango, y tal vez pensó que una búsqueda más al oeste pudiera reportarle muy
gratas sorpresas; pero su finísima intuición le aconsejó abandonar la idea.
Desde el primer momento tomó la decisión de dirigirse al norte, hacia las
tierras ya descubiertas, que era lo único seguro. La Española era no solo una
isla conocida y dotada de ciertas posibilidades, sino que en ella les estaban
esperando los treinta y nueve valientes del Fuerte Navidad, a los que no
convenía dejar solos por más tiempo. A las islas vistas el primer día fueron
sucediendo en las jornadas siguientes otras muy parecidas: Marigalante —el
nombre de la nao almiranta—, Guadalupe, Montserrat, la Antigua, Islas Vírgenes:
la mayoría de los nombres fueron fruto sin duda de la devoción mariana del
descubridor. Las Antillas Menores, al sur y sureste de La Española, eran muy
diferentes de las Bahamas, descubiertas en el primer viaje; esta vez eran
montañosas, volcánicas, de cimas aguileñas y costas altas, rocosas, de difícil
acceso por la escasez de puertos naturales. Eran bellísimas, para un viajero de
hoy, quizá más atractivas que Guanahaní y compañeras, cubiertas de una
vegetación lujuriante, coronadas por soberbias y altivas montañas, no siempre
visibles por culpa de una casi continua nubosidad, con lluvias frecuentes. El
relieve provocaba la condensación del vapor del aire que procedía del mar,
traído por el alisio. En otros tiempos, cuando los navegantes no disponían de
medios exactos de orientación, un manojo de nubes en el horizonte, a veces en
forma de coliflor, señalaba indefectiblemente la presencia de una isla. Cuando
se forman estas nubes, en principio aisladas y poderosas —«cúmulus congestus»—
constituyen un espectáculo celeste digno de contemplarse con la misma
admiración que los conos volcánicos y los hilos de agua o cascadas que
descienden de las cumbres: parecen pirámides, yunques, torres, que se
desarrollan con una facilidad prodigiosa, hasta que se desata la tormenta,
generalmente cerca de mediodía. Es posible que las nubes de las Antillas
Menores figuren entre las más bellas del mundo. Estaban los viajeros ante islas
tropicales, y aires templados en pleno noviembre: pero ni las tierras ofrecían
el menor parecido con las descubiertas un año antes, ni tampoco el clima era
exactamente el mismo.
En Dominica no hubo forma de desembarcar, tan escarpadas y desabrigadas
estaban sus costas, aunque Álvarez Chanca vio con gusto aquella isla, «todo
montaña, muy verde, hasta el agua, que era alegría mirarla». Se refiere, no al
agua del mar, azul o plomiza, según las circunstancias, por culpa del tiempo,
sino a la gran cantidad de ríos bullentes y rápidos que caían desde las
montañas. En Marigalante, donde al fin pudieron hacer aguada, «había tanta
espesura de hierbas que era maravilla, y tanta la diferencia de árboles, no
conocidos a nadie, que era para espantar». Hoy diríamos más bien admirar,
porque aquellos árboles tan diferentes de los nuestros no tenían por qué
producir espanto a nadie. Eso sí, el médico, que para eso estaba, observó
pronto que alguno de los frutos de aquellos árboles hinchaban la cara. No era
para sentir terror, pero sí para tener precaución ante aquella vegetación tan
diferente de la europea, y aquellos frutos desconocidos. En Marigalante se
plantó una cruz y se dijo la primera misa de la historia del Nuevo Mundo.
Guadalupe era la mayor de todas las islas encontradas en la zona, y
probablemente la más bella de todas. Aquí sí que pudo desembarcar un grupo
bastante numeroso, y hasta ocho exploradores se perdieron en las marañas de una
selva cerrada, entre lianas y plantas trepadoras, con la consiguiente alarma
del Almirante. Este envió un grupo de socorro, provisto de trompas y arcabuces,
para orientar con sus sonidos a los extraviados, que regresó sin haberlos
encontrado. Después de dos días y medio de angustia, los pioneros regresaron al
fin, sanos y salvos: la brutal espesura de la selva los había desconcertado.
Colón, que intuyó que se habían comportado con imprudencia, los castigó durante
varios días a media ración. El susto, con todo, había pasado. Pero el detalle
que más impresionó, tanto a Cúneo como a Chanca, fue una espectacular cascada
que se despeñaba, en tres soberbios saltos, desde lo alto del monte. Ya desde
la mar, «al oeste, tres leguas antes de llegar a esta isla, vieron una roca
altísima, de la cual salía un golpe de agua…, la cual caía con tanto rumor y
fuerza, que se oía desde los navíos». Era La Sufrière, una de las cascadas más
bellas del Caribe, que brota de un manantial sulfuroso en plena pared de una
montaña volcánica; el agua sale a 95 grados de temperatura y cae impetuosa por
entre peñas y selvas, en tres escalones, hasta alcanzar la mar. Pero también es
verdad que en Guadalupe se encontraron los viajeros con algo más que bellísimos
espectáculos naturales; al entrar en las chozas de los indios —que tendían a
huir de los españoles—, vieron huesos humanos desparramados, y en una de ellas
varias cabezas humanas colgadas del techo de paja. Habían dado con los famosos
caníbales de que les había hablado Guacanagarí, los hombres que cazaban a otros
seres humanos para alimentarse de su carne. Cúneo nos habla con viveza de estos
macabros espectáculos, y Álvarez Chanca, médico al fin y al cabo, trata de
distinguirlos y diferenciarlos de los taínos: mientras estos llevan el cabello
corto, los caribes se dejan crecer amplias melenas, y son muy belicosos; como
que en una de las islas atacaron a uno de los botes españoles con sus flechas e
hirieron a dos castellanos, en tanto estos consiguieron embestir la canoa y
volcarla: los caribes, cuatro hombres y dos mujeres, todos igualmente
guerreros, huyeron a nado. Es también Álvarez Chanca quien nos cuenta que los
caribes, «los hombres que pueden haber, llévanselos a sus casas, para hacer
carnicería de ellos…; y luego se los comen: dicen que la carne del hombre es
tan buena que no hay tal cosa en el mundo, y bien parece, porque los huesos que
en estas casas hallamos, todo lo que se puede roer lo tenían roído». Colón,
partidario desde siempre de la bondad natural y sencilla de los indios,
defendió en un principio la idea de que aquellos huesos pertenecían a
antepasados, conservados por devoción; hasta que las evidencias le demostraron
otra cosa; el Almirante quedó francamente contristado por el hallazgo: estaba
claro que había indios buenos e indios malos, y que estos últimos no vacilaban
en enfrentarse a los españoles. El mito del buen salvaje, pacífico, dócil,
afectuoso, se había desvanecido. Desde entonces tuvo más prisa que nunca en
llegar a La Española y conocer la suerte de los habitantes del Fuerte Navidad.
Fue otra intuición. Pasó lo más rápidamente que pudo por las demás islas del
largo cordón pequeñoantillano, y hasta despreció una isla relativamente grande
y bellísima, una de las joyas del espacio caribeño, que los naturales llamaban
Borinquen y que Colón bautizó como San Juan Bautista: es el nombre que hoy
conserva, no la isla de Puerto Rico, sí su capital.
§. La Isabela
Es realmente admirable la capacidad de orientación del Almirante y sus dotes
para la navegación por estima: intuyó que La Española se encontraba al norte
del arco de las Pequeñas Antillas, y acertó. Una vez en Puerto Rico, se hizo
cargo de que La Española tenía que estar un poco más al oeste, y acertó
también. Sus compañeros se admiraron y hoy nos sigue admirando este prodigioso
instinto que le permitió llegar a tierras ya conocidas desde puntos de partida
hasta entonces no conocidos. A no mucha distancia de Puerto Rico encontró una
isla muy grande y coronada por altas montañas: no tenía más remedio que ser La
Española, y la identificación se hizo rápidamente, a pesar de que el
descubridor hubo de costear centenares de millas hasta llegar a playas
familiares. Conforme se acercaba al pequeño promontorio y al río donde habían
quedado los primeros europeos de América, los presagios empezaron a
confirmarse: aquí y allá se encontraron restos humanos, y uno de ellos llevaba
todavía un jubón. Era sin duda alguna un español muerto. Los restos de la cara
de otro tenían barbas, cuando los indios eran totalmente barbilampiños. Cúneo
calculó que los muertos no llevaban en aquel lastimoso estado más de quince o
veinte días; Álvarez Chanca, quizá con mejores conocimientos al respecto,
pensaba que la tragedia había ocurrido cerca de dos meses antes. ¡Por qué poco
los expedicionarios no habían llegado a tiempo! Y cuando al fin toparon con el
lugar donde se había edificado el fuerte, no hallaron más que restos de tablas
rotas y quemadas. El pequeño establecimiento, que se había esperado convertir
en la primera ciudad española del Nuevo Mundo, había sido asaltado y destruido.
Todas las esperanzas se habían venido abajo. Los del fuerte contaban con armas
de fuego y hasta con piezas de artillería, y sin embargo habían sido
aniquilados por unos indígenas que parecían ser el colmo de la fidelidad y del
afecto hacia los blancos. No solo había indios buenos y malos, sino que los
buenos eran también capaces de matar. ¿Cómo presentar la situación a los mil
quinientos compañeros de viaje, que esperaban llegar a una acogedora tierra de
promisión? ¿Dónde estaba Guacanagarí? ¿Había consentido aquella atrocidad, o
también a él le habían quitado la vida? Fue una de las pocas ocasiones de su
vida en que sabemos con certeza que Colón lloró.
Pronto llegaron al poblado de Guacanagarí. El cacique, cuando se le
preguntó por lo ocurrido, también derramó lágrimas (¿de cocodrilo?), y relató
al Almirante que el ataque al fuerte había procedido de otro cacique de mala
conciencia, Caonabó, contra quien él había luchado en defensa de sus amigos los
españoles, pero le habían herido, y por eso les recibía ahora en la cama y
entre gestos de dolor. Colón, que era un soñador idealista, pero no se dejaba
embaucar fácilmente, y poseía, ya lo hemos visto, una intuición prodigiosa,
dijo al cacique que traía en su expedición un hombre capaz de curar las
enfermedades y las heridas, e hizo llamar al doctor Chanca. El médico pidió al
doliente que le enseñara la grave lesión que padecía. El indio obedeció, «con
más de empacho que de gana». Le mostró una pierna vendada. «Después que
llegamos a desatarle, es cierto que no tenía más mal en aquella [pierna] que en
la otra, aunque él hacía el raposo, que le dolía mucho». El dictamen del doctor
fue que Guacanagarí estaba perfectamente sano. Podía ser culpable o no; solo
estaba claro que era mentiroso.
Colón, nada corto en cualidades diplomáticas, creyó conveniente mantener
la ficción: Guacanagarí era amigo, y Caonabó el culpable. Tal vez podría
obtener fruto de aquella situación. Una medida destinada a ganarse la
admiración de los indios fue una exhibición de jinetes: los naturales jamás
habían visto caballos, ni cuadrúpedos de tan gran tamaño, y quedaron como
viendo visiones; la cabalgada fue sin duda un acierto definitivo en aquellos
momentos.
Hoy sabemos muy poco sobre lo ocurrido en el fuerte Navidad. Cabe la
posibilidad de que los indios entraran en guerra con los extranjeros cuando les
vieron solos y pudieron aprovecharse de su indudable superioridad numérica.
Pudieron atacar a los colonos de noche o por sorpresa. A juzgar por la
dispersión de lo cadáveres en un área de bastantes kilómetros, cabe la
suposición de que fueron muertos poco a poco, separadamente. Pero es bastante
probable que los españoles no fueran del todo inocentes. Dos motivos suelen
suponerse: o la concupiscencia del oro, o la de la carne. Guacanagarí alegó que
el otro cacique los había atacado cuando buscaban los yacimientos de oro por el
interior. Pero también es muy explicable que buscasen mujeres indias. El hecho,
a lo que se cree hoy, no tenía por qué extrañar a los naturales, un tanto
promiscuos a lo que parece, pero sí sintieron que les arrebataban algo propio
cuando los colonos se llevaron a las mujeres al fuerte, y pretendieron quedarse
con ellas. Algunas teorías pretenden que los españoles se pelearon entre sí por
las mujeres, y luego los indios les atacaron cuando los vieron divididos. Más
vale no continuar por el camino de las suposiciones, pero sería más que
aventurado dar por cierto que Arana y los suyos eran totalmente inocentes.
Ni Colón ni sus numerosos compañeros se sintieron felices ante la nueva
situación, pero era preciso afrontarla. El Almirante tuvo gestos de amistad con
Guacanagarí, y prometió perseguir al malvado Caonabó. Tampoco podemos en este
caso repartir inocencias o culpas. La ficción funcionó de momento, y hasta
podía ser un pretexto para organizar expediciones armadas al interior, en
busca, más que del cacique supuestamente culpable, de los yacimientos de metal
precioso. Por de pronto, el solar donde se había asentado Navidad no era el más
conveniente para establecer la colonia; no disponía de buen puerto y era escaso
en agua para una numerosa población. El Almirante navegó en interminables
singladuras, contra la terquedad del alisio, una docena de leguas al este a lo
largo de la costa hasta llegar a un lugar que le pareció conveniente (luego
resultó que no lo era tanto). Aquella navegación lenta y trabajosa, durante
jornadas y jornadas, después del cruel desengaño, y una vez comprobado que La
Española no era tan acogedora ni tan rica como el Almirante había asegurado,
minó la moral de los colonos, y fomentó los primeros descontentos. Al abrigo de
un cabo, cerca de la desembocadura de un río y en una amplia llanura, pero por
encima de una costa fangosa de poca profundidad, a la que no podían acercarse
los navíos, fundó la ciudad de La Isabela, en honor a la reina. Fue la primera
ciudad americana poblada por europeos. Las primeras casas fueron construidas,
como las de los indígenas, de cañas y paja, a lo sumo de madera. Luego irían
construyéndose edificaciones más sólidas, de piedra. La ciudad fue tomando
forma poco a poco. No todo el mundo se sentía llamado a aquella misión, y el
descubridor se encontró con las primeras dificultades. Lo mismo ocurrió con las
simientes traídas de España: las plantas brotaban en cinco días, en lugar de en
un mes. ¡Qué maravillosa y fértil tierra aquella! Luego, se desarrollaban
prematuramente, no granaban o no producían el fruto apetecido. La tierra tenía
menos culpa que el clima de aquellos desconcertantes resultados.
No corresponde a nuestro interés recordar con detalle los éxitos o
fracasos de Cristóbal Colón en sus primeros meses como gobernador de su propio
descubrimiento. Las primeras expediciones al interior dieron con la fuente del
oro: la llamada Vega Real, un hermoso valle cuyo río bajaba cuajado de pepitas
amarillas: no eran tantas, ni tan fáciles de recoger como el Almirante había
supuesto en un principio (la mayoría las recogieron los indios, más hábiles
para introducirse en los puntos clave que los colonos), pero cuando menos La
Española, aunque no era Cipango ni poseía tesoros fabulosos, comenzaba a ser
rentable. Las versiones discrepan sobre la cantidad de metal precioso recogida
en aquellos primeros meses: al parecer entre cinco y diez kilos, una cantidad
nada despreciable respecto de lo que se podía encontrar en Europa, aunque muy
inferior a lo que los portugueses estaban «rescatando» ya en Guinea. El aspecto
más negativo, aparte la hostilidad manifiesta del cacique Caonabó —ya no todos
los indios eran amigos— lo constituyó la salud de los colonos. Por causas nunca
bien conocidas, y que tampoco el doctor Chanca y sus colaboradores consiguieron
aclarar[12], muchos españoles enfermaban y se tornaban por largo tiempo incapaces
para las tareas ordinarias. Se habla del «morbus gallicus» —la sífilis— como de
una enfermedad originaria de América, que para los indios sería una endemia
perfectamente soportable, y que habría atacado con especial dureza a los
españoles; pero la hipótesis no está probada. El nombre procede de un hecho
conocido: la transmitieron los soldados franceses en las guerras de Italia; y
es poco probable que hubieran sido contagiados de un mal americano. Los colonos
de La Española se quejaban de «bubas», pero también de otras dolencias, que
cabe imaginar como enfermedades tropicales, o consecuencia de un clima al que
no estaban acostumbrados, de una alimentación que les resultaba difícil asimilar,
o del mal estado de las aguas. El hecho es que un tercio de los pobladores de
La Española estaban enfermos, y cuando estos sanaban otros contraían nuevas
dolencias. Resulta perfectamente explicable que la mayoría de los recién
llegados sufriesen crueles desengaños, y se arrepintiesen pronto de la
aventura. ¿Dónde estaban las incontables riquezas y las delicias de aquel país
maravilloso que había descubierto Colón?
En febrero de 1494, el Almirante envió una docena de barcos bajo el
mando de Antonio de Torres, con muestras de oro para los Reyes Católicos, y una
pintura de la situación más lisonjera que otra cosa, aunque no dejaba de
manifestar carencias, y, sobre todo pedía ayuda en alimentos y pertrechos de
todas clases. Un buen número de españoles regresaron en aquella armada, y la
mayoría no volvieron a Indias. Los monarcas quedaron en general bien
impresionados por las noticias, alabaron las decisiones del Almirante y
trataron de atender todas las peticiones. No conocieron los motivos de queja
sino por personas que regresaron más tarde, como el clérigo fray Bernat Boyl o
el militar Pedro Margarit. De momento, Colón no tenía motivos para temer por su
autoridad. Las cosas fueron, sin embargo a peor; el propio Almirante enfermó, y
tras su restablecimiento organizó una expedición poderosa a Vega Real y entró
en guerra con el cacique Caonabó y sus secuaces. Estaba claro para los indios
que los españoles eran tan mortales como los demás humanos, y sus medios
relativamente limitados; también es evidente que los recién llegados querían
aprovecharse del trabajo de los indios, que por su parte no estaban
acostumbrados a él. De aquí que la hostilidad de los nativos se fuera agudizando
con el tiempo.
§. La exploración de Cuba
El Almirante tenía perfectamente claro que La Española no colmaba sus
expectativas, ni tampoco la de los hombres que le habían acompañado, muchos de
los cuales estaban a punto de insubordinarse. O encontraba tierras más
prometedoras, o la empresa estaba condenada al fracaso. El 24 de abril de 1494
partió de La Isabela con tres carabelas, y tomó rumbo oeste. Iba a explorar
Cuba, pero su intención no era conocer mejor las costas que ya había
descubierto en 1492, sino llegar más al oeste, y resolver de una vez dos dudas:
Cuba, ¿era isla o continente? Y fuera continente o no lo fuera, ¿estaban cerca
las costas ricas y civilizadas de Asia? Por fin Colón volvía a su elemento: la
mar y la exploración de territorios nuevos. Sus miras eran si se quiere
ambiciosas; por fin las «islas» cumplían el papel que desde un principio había
imaginado: servir de base para exploraciones más profundas hacia occidente;
pero no parece probable que aquel viaje, en barcos mal preparados y con solo
setenta hombres tuviera la finalidad que le atribuye Hernando Colón: llegar a
las verdaderas Indias y regresar por el oeste hasta alcanzar España después de
haber dado la vuelta al mundo. La idea era tentadora, y con seguridad el
Almirante la acarició más de una vez: ¡qué grandiosa hazaña, y qué mejor
demostración de sus teorías! Tal vez pensó en ello con ocasión de su cuarto
viaje; pero de ningún modo podía esperar tal cosa con una flota tan reducida y
tan mal pertrechada como la de 1494. Lo que quería era información, y
regresaría a La Española más que satisfecho si esa información resultaba
favorable. Todos los sueños eran realizables todavía.
En solo siete días de navegación, a una marcha sorprendentemente rápida
favorecida por la fuerza del alisio, alcanzaba la punta oriental —San Nicolás—
de La Española, y barruntaba hacia occidente las rocosas costas de Cuba. Esta
vez no siguió, sin embargo, la orilla norte de la isla: tal vez conservaba
malos recuerdos de aquellos encuentros, o quería evitar los vientos del norte
que tanto le habían molestado dos años antes. La costa sur parecía más
abrigada. La falta de viento o escasez de él retrasaban el viaje, pero cada
milla que avanzaba hacia el oeste era un logro. O bien Cuba era una avanzada de
las tierras asiáticas o era simplemente un camino: ambas alternativas
encerraban una promesa, y Colón, sempiternamente aferrado a su idea de siempre,
no estaba dispuesto a renunciar ahora que se veía más al occidente que nunca… o
bien más al oriente —más cerca de Extremo Oriente, puesto que la Tierra era
redonda— que en toda su vida. Y podía navegar todavía muchos cientos de leguas.
Delante de él la aventura. Y Colón poseía una insaciable vocación aventurera.
Si la gobernación (a la que no podía renunciar, so pena de perder los derechos
ya adquiridos) no le seducía gran cosa, aparte de que pronto comprendió que no
poseía las más deseables dotes para ello, la exploración constituía su más
profunda razón de ser. Buscaba la riqueza, la gloria y la fama, pero también le
impulsaba el ansia de todo buen renacentista: la curiosidad. Colón quería saber.
Lo había querido siempre. Y así escribió en 1501 a los Reyes Católicos: «… la
misma arte [de la navegación] inclina a quien la prosigue a desear saber los
secretos de este mundo…». O, durante su tercer viaje: «Quisiera en gran manera…
ver la verdad de este secreto… y penetrar los secretos de aquellas tierras».
Hubiera sido mucho más feliz si se hubiera limitado a una labor exclusivamente
exploradora. Pero la idea que había concebido, con todos los prejuicios que la
hubieran informado, le exigía algo más: y por culpa de esa exigencia acabó
fracasando.
A comienzos de mayo exploraba Colón la costa sur de Cuba. Alguna noticia
hubo de tener de otra tierra, cuando el día 3 se desvió hacia el sur y
descubrió Jamaica: una isla más. En más sosegadas circunstancias, se hubiera
detenido en el nuevo hallazgo, pero ahora sus miras eran muy otras. Más que
nuevas islas, lo que ansiaba descubrir era un continente, o el camino
definitivo hacia él. Por eso retornó inmediatamente al norte, para seguir la
vía prevista. La costa sur de Cuba es más compleja que la septentrional. Al
principio ofrece un perfil rectilíneo, sin apenas otros puertos de categoría
que el de Guantánamo, al que dio el nombre de Puerto Grande, y aquel, no menos
abrigado, en que hoy se encuentra Santiago: costa rocosa y bien firme. Luego se
abre el amplio golfo de Guacanayabo —donde está Manzanillo— que pudo ser para
Colón una alarmante amenaza: allí, sin haber encontrado nada de particular,
podía acabarse la isla. Pero nuestro Almirante era tenaz en sus propósitos como
pocos, y prosiguió su navegación hasta que la costa volvió a torcer al oeste.
En aquella zona, gran parte del litoral está jalonado por millares de islotes y
arrecifes de coral, que obligaban a continuos desvíos y exploraciones para
tratar de adivinar cuál era la verdadera costa. Entre el verdor lujuriante de
aquellas frondas destacaba de vez en cuando el tono chillón de «unas grandes
grullas rojas, casi escarlatas», que probablemente eran flamencos. A veces los
rodeos por canales y esteros llegaban a hacerse desesperantes, máxime que el buen
tiempo alternaba con tormentas repentinas que requerían la mayor atención en
aquel piélago de islotes bajos. Hubiera sido mil veces preferible adentrarse en
alta mar y regresar a tierra de cuando en cuando; pero la idea de Colón —y ya
sabemos que sus ideas no admitían rectificaciones— era seguir la costa milla a
milla. Tal vez quería recabar información de los indígenas sobre lo que pudiera
esperarle más adelante, o tal vez confiaba en la posibilidad de encontrarse, de
pronto, con naos de otra cultura desarrollada o con algún puerto habitado por
gentes ya no salvajes. De pronto, una visión pudo transformarlo todo, hasta
colmarlo de infinitas sugerencias: en la costa se divisaban varios indígenas, y
con ellos un hombre, al parecer de piel clara, y vestido con un manto blanco.
¡Podía ser un súbdito del Gran Khan, o de otro emperador oriental! Los
personajes entrevistos desaparecieron en la selva, y aunque el Almirante
organizó una expedición para encontrarlos, los exploradores se estrellaron una
y mil veces con la espesura de la manigua, sin obtener el menor resultado. ¿Una
ilusión? ¿Un sueño? Era preciso seguir adelante.
Sin duda alguna, no dejaba de tener su encanto aquel conjunto de islas
que apenas surgían del agua, pero que estaban cuajadas de una exultante y
florida vegetación, que Colón bautizó como «los Jardines de la Reina»: parecían
casi la expresión real de aquellas islas flotantes tantas veces difundidas por
las leyendas medievales, y de las que el descubridor había oído hablar en
Madeira y en Canarias; ciertamente, aquellas islas frente a la costa sur de
Cuba no flotaban ni cambiaban de posición, pero el surgimiento de aquellos
frondosos islotes, cuyo terreno apenas podía adivinarse, por entre las aguas
mansas, tenía un aire de prodigio que no debió escapar de la viva imaginación
del Almirante. En un solo día contaron los expedicionarios hasta ciento sesenta
islas. En ocasiones, volvían tormentas, que les obligaban a una atención
máxima. ¡Un descuido, y hubieran podido encallar en cualquier recodo de aquel
florido archipiélago! En otras ocasiones, el tiempo se tornaba delicioso. La
travesía, con todo, se hacía interminable, porque los continuos accidentes de
la costa y sus islas, con pequeños canales navegables entre ellas, obligaron a
los expedicionarios a recorrer, según testimonios recogidos de los mismos
protagonistas, 333 leguas, es decir, cosa de 1850 kilómetros. Teniendo en
cuenta la amplitud del costeo y los rodeos inevitables, es perfectamente
creíble la afirmación. No olvidemos que Cuba es una de las islas más largas del
mundo. Los marineros estaban cansados, y las vituallas, después de tres meses
de viaje, comenzaban a escasear. Cansancio y hambre generan descontento. Colón,
a quien sus aparatosos títulos de Almirante, Virrey y Gobernador habían
conferido una inmensa autoridad meses antes, había perdido buena parte de su
carisma desde los desengaños de La Española, y la tripulación de las carabelas
que estaban explorando Cuba no permitía mayor confianza que la de las que
habían llegado, casi por los pelos, a Guanahaní. No podía predisponerse a una
insubordinación, y menos frente a aquella costa salvaje, ¡salvaje todavía!, muy
lejos de donde pudiera recabar auxilio.
Y he aquí que de pronto, el 12 de junio de 1494, Cristóbal Colón decide
dar media vuelta y renunciar a seguir navegando hacia occidente. ¡Estaba en
Bahía Cortés, en la actual provincia de Pinar del Río, a menos de cien millas,
veinticinco leguas, de Cabo Corrientes, o Cabo San Antonio, la punta occidental
de la Perla de las Antillas! Qué mala suerte. O tal vez no. Precisamente Colón
decide dar marcha atrás, porque, con su prodigiosa intuición, se da cuenta de
que Cuba es una isla. El hecho es que ofrece retirarse siempre que sus hombres
firmen un documento jurado por el cual se declara que Cuba es tierra firme.
Tiene que serlo, entre otras razones porque jamás se ha visto una isla de 330
leguas de longitud. Y a los que más tarde falten al juramento o digan otra
cosa, amenaza con cortarles la lengua. Una vez más nos encontramos con una de
esas manías tan irracionales del por otra parte genial Almirante. Que una
tierra sea isla o continente solo porque setenta marineros lo juran, sin
haberlo comprobado, no parece un argumento de peso, y suena más bien a un
pretexto para justificar el no haber seguido adelante. Y aunque parece que el
descubridor tuvo una discusión con el más prestigioso de sus pilotos, Juan de
La Cosa[13], al final acabaron todos firmando y jurando aquel texto que más parece
producto de la demencia que de la reflexión. Al fin y al cabo los marineros
juraron con gusto: sin duda más que por miedo a que les cortasen la lengua
(¿hubiera sido Colón capaz de cumplir su amenaza?), porque la firma equivalía
al final de aquel fatigoso e interminable costeo del cual estaban ya todos
aburridos y maltrechos. Regresar a La Isabela no era salir ganando gran cosa,
pero cuando menos significaba volver a las precarias comodidades de una colonia
segura, y, nadie lo dudaba tampoco, de poder regresar a España en alguna
próxima expedición. De modo que por unanimidad se decidió que Cuba era parte de
un continente, y ya no era necesario seguir explorando.
Pero pudo haber más, mucho más. Colón adivinó, cerca de su final, que
Cuba era una isla, y no tenía el menor interés en comprobarlo de hecho. Pero
Fray Bartolomé de Las Casas, que conoció muchos testimonios directos, añade un
hecho más significativo: el día anterior el Almirante tuvo una conversación con
un indio de la costa, el cual le aseguró que muy cerca de aquel lugar había un
cabo, y en él se terminaba la tierra. No cabía otro remedio que admitir la
triste realidad. Ahora bien, Cristóbal Colón no estaba dispuesto a constatarlo
y prefería cualquier cosa a la evidencia de esa constatación. Y en este punto
sí que nos parece que acierta de pleno Taviani cuando afirma que Colón decidió
dar la vuelta no porque temiera una prolongación interminable del viaje y el
consiguiente amotinamiento de la tripulación, sino porque no quería
comprobar de hecho que Cuba era una isla, ni que los setenta hombres que
tripulaban las carabelas pudieran propalar este hecho en adelante. Necesitaba
aferrarse a la tesis de que Cuba formaba parte del continente asiático, porque
se le habían concedido derechos sobre las tierras que descubriese, y Cuba ya
estaba descubierta por él. Descubierta una parte, descubierto el todo. Seguiría
siendo virrey y gobernador de las Indias en tanto los poderosos emperadores de
ellas (¿dónde estaban realmente?) no hiciesen valer sus derechos. Y, de
momento, esto no parecía a punto de suceder. Colón, una vez más, juega entre el
delirio y la realidad, pretende haber llegado a las «Indias» y figurar oficialmente
como dueño de unos territorios inmensos que aún nadie sabe hasta dónde se
extienden ni si tienen dueño oficialmente reconocido. Si Cuba forma parte de un
continente, Colón será dueño de ese continente hasta encontrarse con límites de
poder que no pueda traspasar. Si los encuentra, por supuesto.
En 1502 contaría al humanista Pedro Mártir de Anglería que en este viaje
a Cuba había llegado al Queroneso de Oro (una tierra un tanto incierta al sur
de China y al este de la India). Colón sabía indiscutiblemente que estaba
mintiendo —si es que Pedro Mártir interpretó correctamente sus palabras—;
llegar al Queroneso de Oro podía figurar en todo caso entre sus hipotéticos
objetivos; pero había regresado al darse cuenta de que Cuba no pasaba de ser
una isla, un descubrimiento que hizo todo lo posible por que no trascendiese.
Eso sí, en el famoso documento jurado que hizo firmar a sus hombres se dice que
si hubieran seguido navegando hacia poniente, «encontrarían gente civil e
inteligente, que conoce el mundo», es decir, que hubieran topado con hombres
civilizados y no salvajes. ¡Cómo iban a saberlo si precisamente habían decidido
no continuar explorando! El esperpento colombino alcanzó en aquel documento uno
de sus extremos más irracionales. Si creía o no que el Queroneso de Oro se
encontraba más allá —o mucho más allá— es perfectamente probable; no lo es que
estuviese convencido de la posibilidad de encontrarlo en aquella expedición.
Es curioso: a partir de este momento —quizá a partir de su llegada a las
Antillas Menores— Colón ya no habla nunca de Cipango y de Catay. Como si
hubiesen desaparecido del mapa. O por mejor decirlo, tal vez, como si ya no
creyese en el mapa: en el mapa de Toscanelli, entendamos. En sus viajes
posteriores buscará la India, el Queroneso Áureo, el cabo-estrecho de Catigara,
tierras más al sur; lo que hoy llamamos China y Japón, por causas que
desconocemos y que sería preciso investigar, han dejado de constituir su
objetivo. Ahora lo que le interesa es el espacio del sureste asiático, y, en
definitiva, la India, lo que ya era objetivo de los portugueses. Curiosamente,
durante siglos se iba a mantener la ficción colombina: los territorios
descubiertos son «las Indias» y sus habitantes son «indios», una denominación
que se ha mantenido hasta hoy, al punto de que a los habitantes de la India es
preciso llamarles hindúes. Tal vez esta ficción es más fácil de mantener porque
el conjunto de las Indias es más variado, y en él hay pueblos salvajes; los
mitos de Cipango y Catay, de Japón y de China, se han esfumado para siempre.
§. Un triste regreso
En el viaje de vuelta a La Española, Colón exploró al fin la isla de Jamaica,
hermosa e interesante, —una vez más «la cosa más hermosa del mundo»—, pero no
pudo dedicar mucho tiempo a aquella hermosura, porque tenía prisa por llegar a
La Isabela y conocer cómo marchaban allí las cosas. Difícilmente podía imaginar
el Almirante que Jamaica iba a ser, diez años más tarde, y en circunstancias
extremadamente dramáticas, su último refugio en el Nuevo Mundo. De momento se
impone regresar a La Española, que no es en absoluto Cipango. Es cierto que en
Cibao se ha encontrado una pequeña cantidad de oro, pero los colonos están
descontentos, porque se sienten engañados, porque adolecen de enfermedades
tropicales, porque se les obliga a trabajar en oficios que no les corresponden,
porque los indios se han hecho hostiles y no puede contarse con ellos, y porque
el Almirante no ha querido constituir cabildo en La Isabela, una autoridad
municipal que hubiera podido canalizar su descontento ante los caprichos del
jefe supremo. El propio Colón cayó gravemente enfermo a raíz de su regreso de
Cuba: «súbitamente le dio una modorra pestilencial que totalmente le quitó el
uso de los sentidos y todas las fuerzas, y no pensaron que un día durara». Son
palabras de Bartolomé de Las Casas. Fernández de Ybarra opina que aquella
enfermedad, que tuvo al descubridor de baja durante seis meses fue el tifus
exantemático y esta opinión la reiteran algunos buenos colombinistas. Con todo,
bien sabido es que una afección de tifus dura de dos a tres semanas, aunque
puede acarrear después complicaciones de otra naturaleza. Seis meses parecen
excesivos. Quizá aquella enfermedad fuera más «modorra» que «pestilencial»:
llamémosle depresión. El Almirante, tan seguro siempre de sus ideas, tan
esperanzado en sus proyectos, pudo comenzar a sentir en aquel momento, después
de un viaje que se había saldado no ya con un fracaso, sino con una inmensa
mentira, el mordisco tremendo de la decepción.
Colón había dejado a su hermano Diego como gobernador interino de La
Española; luego, en uno de los ya frecuentes viajes que se efectuaban entre la
Península y la nueva colonia, llegó el otro hermano, Bartolomé, hombre de más
carácter, aunque tampoco consiguió congraciarse con los españoles, y menos con
los indios. Restablecido Colón, organizó una expedición a Vega Real, que no
solo encontró mayores cantidades de oro, sino que significó una auténtica
guerra con los naturales, que ya sabían muy bien lo que apetecían los hombres
blancos. En un encuentro al que los colonos acudieron con sus corazas y todas
sus armas, derrotaron a los indígenas, provocaron una gran cantidad de muertos,
y tomaron cientos de prisioneros, a los que hicieron trabajar como esclavos.
Tal era la solución final de Colón: vender a los indios, aquellos hombres en
principio ingenuos cuyo afecto había tratado de atraerse, y que ahora se
mostraban hostiles, porque eran incapaces de adaptarse a las condiciones de
vida que los europeos les imponían. Simplemente el trabajo, para pueblos que
vivían de la naturaleza, pero que nunca habían practicado labor alguna de forma
continuada y sistemática, les resultaba absolutamente insoportable. Comenzaba
una tragedia que iba a prolongarse en la historia por mucho tiempo:
probablemente, más que por crueldad, por incomprensión.
La idea de hacer esclavos a los indios —con la excusa de que eran
caníbales o simplemente «paganos»— indignó a los religiosos que habían acudido
a las nuevas tierras, y para protestar contra aquel tratamiento regresó el
superior de ellos, fray Bernardo Boyl, un personaje muy estimado por los Reyes
Católicos, a los cuales ya había servido en misiones muy importantes. Boyl,
como ha observado Consuelo Varela, era un hombre de carácter, que se sentía
investido de una autoridad religiosa en Indias que le permitía imponerse en
este campo al propio Almirante, a quien llegó a amenazar de excomunión. Era
lógico que dos hombres que se consideraban dotados de poderes extraordinarios
chocaran sin remedio. Algo por el estilo ocurrió con Pedro Margarit, que fue
nombrado jefe militar de la colonia, y se creía dueño de una autoridad que
muchas veces interfería la de Colón; máxime que Margarit cada vez podía
soportar menos a los hermanos genoveses. El Almirante no siempre fue un hombre
enérgico, pero sí convencido de sus supremas atribuciones, y sobre todo, muy
susceptible. Era lógico que chocara con sus subordinados menos decididos a un
total acatamiento. Abreviando situaciones que no interesan a la historia de los
viajes de nuestro descubridor, recordemos que Fernando e Isabel enviaron en
1495 a Juan de Aguado como «pesquisidor», es decir, con una misión informativa,
que no de mando, para que averiguase las condiciones en que se desenvolvía la
colonia. Eso sí, en las cuatro carabelas que llegaron a la isla, venían alimentos
frescos, y algo muy importante, mineros, capaces de beneficiar el oro de la
forma más correcta. Aguado no interfirió directamente las funciones del
Almirante y sus hermanos, pero hizo todas las averiguaciones pertinentes, y era
tal el malestar de los colonos, que quedó convencido de la incapacidad de los
Colón para administrar aquellas tierras y mandar a aquellos hombres
desengañados. Tan pronto el virrey y gobernador se mostraba tolerante y
concesivo, como, en un arranque de ira, se volvía intratable y se comportaba,
según sus críticos, como un tirano. Aguado regresó a la Península y su informe,
en conjunto, no fue favorable.
Colón podía cometer torpezas en su ministerio, pero poseía una agudeza
extraordinaria. Sabía que Boyl, Margarit y otros repatriados iban a ponerle
como chupa de dómine, y que el informe de Aguado iba a serle bastante adverso.
Si se mantenía al frente de la colonia, no solo se encontraría cada vez con más
enemigos, sino que se exponía a una destitución inmediata. Frente a las
acusaciones que sabía que se le iban a hacer, él sería el más adecuado
defensor. Nunca dudó de su capacidad dialéctica. Se imponía un inmediato
regreso a la Península para defender a toda costa sus derechos y las
concesiones recibidas, fueran sobre aquel conjunto de islas tan poco
atractivas, fueran, que era lo más importante, sobre lo que aún quedaba por
descubrir. Dejó a Bartolomé como «Adelantado», y en marzo de 1496 emprendió el
regreso a la Península, después de haber permanecido en Indias casi dos años y
medio: una estancia, ciertamente, no todo lo feliz que hubiera deseado.
Un punto que sí hace relación a la historia de los descubrimientos:
Colón se empeñó en navegar por bajas latitudes ciñendo interminablemente contra
los alisios. Es un comportamiento incomprensible si tenemos en cuenta que en su
primer viaje ya descubrió la ruta de retorno, o «vuelta de poniente», derivando
al norte y buscando la zona de vientos variables. Samuel Morison explica el
error suponiendo que Colón había acertado en 1493 por casualidad: realmente no
había aprendido la ruta de retorno, que se consagraría muy poco después. Sin
embargo, es un hecho que cuando Torres regresó a España, el Almirante le
recomendó la ruta del nordeste, que le permitió completar su viaje en tres
semanas; y parece que asimismo instruyó a otros navegantes en el mismo sentido.
Si no utilizó el camino que ya conocía y que aconsejó a otros, fue porque no
quiso. Taviani piensa que pretendió aprovechar el regreso para conocer las
islas de los caribes; pero estas islas ya las conocía, y las había explorado a
su llegada, en el curso del segundo viaje. Cabe pensar que creía en la
existencia de otras islas, grandes y ricas, en medio del Atlántico, en bajas
latitudes; los portugueses ya las estaban buscando (y así llegarían a Brasil).
Es un punto que tal vez podría explicarnos luego la derrota del tercer viaje.
El hecho es que no encontró más que agua y vientos adversos. Al fin llegó a
Cádiz el 11 de junio de 1496, después de tres meses de travesía, en su parte
final ya más al norte. Por cierto que llegó vestido con hábito franciscano, una
indumentaria no muy apropiada para un almirante. Pudo ser un acto piadoso
(Colón siempre fue muy devoto de la orden de San Francisco), el resultado de un
voto o un gesto de humildad. El descubridor ya sabía que iba a encontrarse con
críticas e incomprensiones. Pero, si le conocemos un poco, ¿no podríamos
suponer también una muestra de victimismo, un testimonio de autocompasión?
§. ¿Quién descubrió América?
El Nuevo Continente lleva el nombre de un ciudadano de Florencia que se llamaba
Alberico. No sabemos en qué momento, quizá desde su llegada a España, y por
razones de facilidad, se le empezó a llamar Américo (con acento en la «i»).
Vino a Sevilla en 1492, justo el año de la partida de Colón, como agente de
Pier Francesco de Medici, miembro de aquella familia de políticos-financieros
que gobernaba Florencia. Sevilla era una gran plaza comercial, intermediaria
entre el Mediterráneo y el Atlántico, y aún hubiera seguido siéndolo sin el
descubrimiento del continente que luego se llamó América. Alberico o Américo
Vespucio se asoció con otro italiano, Gianotto Berardi, y se interesó por los
sensacionales hallazgos marítimos que españoles y portugueses estaban
realizando por aquellos años. Hasta que sintió la poderosa llamada de la mar, y
se hizo navegante y explorador, sin dejar por eso de ser nunca agente
comercial. Era también hombre culto, un modesto humanista, y escribió memoriales
o cartas sobre sus exploraciones, muchas de las cuales fueron falsificadas o
interpoladas. La política y la polémica se metieron muy pronto por medio, sin
que Américo, por lo que sabemos, tuviera la menor culpa. No parece, como
ciertas memorias afirman, que en 1497 hiciera su primer viaje a las Indias,
concretamente a las costas de Tierra Firme (Venezuela): probablemente sus
cartas o referencias han sido falsificadas. Sí es seguro que participó en la
expedición que Juan de La Cosa y Alonso de Ojeda organizaron a Tierra Firme en
1499-1500.
Es posible que Juan de La Cosa, disgustado con Colón por culpa, entre
otras razones, del dichoso juramento forzoso sobre la continentalidad de Cuba,
comprendiese ya por entonces que las tierras descubiertas no correspondían a
las de Extremo Oriente, ya conocidas de antiguo, sino a un Nuevo Mundo. (El
Almirante le acusaría una vez de «decir que entendía más que él de cartografía
y navegación», un delito que difícilmente podía perdonar). El mapa que La Cosa
a su regreso de la expedición de Ojeda y suya propia trazó como resultado de
sus exploraciones y de otros —incluyendo las de Caboto[14] al continente del Norte— es el primer mapa auténtico de América, y
en él no aparece, como en otros anteriores, ningún topónimo oriental. Juan de
La Cosa revela una precisión nada común en su tiempo y un conocimiento muy
completo de lo hasta entonces explorado. Dibuja con bastante perfección la
costa de Norteamérica —teniendo en cuenta la fuerte proyección de las
longitudes respecto de la latitud—, y con una exactitud asombrosa para aquellos
tiempos la de Sudamérica, hasta más allá de la línea ecuatorial. En medio, las
Antillas, y en ellas, Cuba representada ya como una isla, y retorcida en su
extremo occidental, como es bien sabido. Muchos expertos en cartografía se
preguntan cómo La Cosa pudo adivinar la insularidad de Cuba ocho años antes de
su constatación oficial por Sebastián de Ocampo. Bien, si hemos leído el
apartado anterior, ya lo sabemos, como lo sabía Colón, aunque de muy mal humor
hubiera tenido que jurar lo contrario. Ahora bien: no se conocía si los dos
grandes continentes de lo que hoy llamamos América del Norte y América del Sur
estaban unidos o no por un istmo. No se había explorado aún lo que hoy llamamos
América Central. Colón, agarrado a sus últimos argumentos, aseguraba que por
allí había un estrecho que permitía el libre acceso a las Indias. Juan de La
Cosa, elegante e intencionadamente, esconde la parte desconocida de América
Central con un cuadro que representa a San Cristóbal: por un lado reconoce
honradamente que no sabe lo que hay allí; por otro deja con fina ironía a «Don
Cristóbal» la responsabilidad de averiguarlo. En 1500, ya Juan de La Cosa, al
regreso de su viaje a las costas de Sudamérica, estaba firmemente convencido de
que las tierras descubiertas no correspondían a «las Indias», sino que eran
otro continente, o tal vez dos continentes. Fue uno de los «descubridores» de
América, aunque a lo que parece no el primero. En cuanto a Américo Vespucio,
sus relatos del viaje con Juan de La Cosa no revelan descubrimiento alguno: a
lo que parece, seguía pensando que se encontraba en Asia. A él se deben, sin
embargo, algunas interesantes constataciones. Al llegar a la zona del lago
Maracaibo encuentra poblados palafíticos, edificados sobre estacas clavadas en
el fondo fangoso del agua, y compara aquellos poblados con una «pequeña Venecia»
o «Venezuela». De ahí viene el nombre de una de las grandes naciones
sudamericanas. Y otra observación muy curiosa, que hoy nos produce un asomo de
sonrisa: «toda esta región es muy pobre: en ella no hay más que petróleo».
Pero sigamos con Américo Vespucio. En 1501-1502 participa en una
expedición portuguesa a Brasil, ya descubierto el año anterior por Cabral, y al
parecer los exploradores costean ampliamente hacia el sur, hasta tierras
argentinas; según dicen algunos, con probable exageración, hasta cerca de
Patagonia. Es entonces cuando tardíamente (¡hasta, ya lo veremos, después que
el propio Colón!), Vespucio se da cuenta de que aquel continente, salvaje y tan
extendido hasta tierras australes, no puede ser Asia: debe tratarse de la quarta
pars mundi, intuida teóricamente por Ptolomeo como contrapeso lógico de los
demás continentes, que se extienden por el hemisferio Norte. La teoría fue
aceptada como buena por los geógrafos prerrenacentistas. Ese cuarto continente
tenía que ser enorme, para contrapesar a Europa, Asia y parte de África: muchos
hablaban de una terra australis incognita. Pues bien: la larga
costa que descubren los portugueses y contempla Américo como interminable, debe
ser ese continente austral. Américo «descubre» así lo que, sin él saberlo, iba
a llamarse América, aunque la realidad de ese continente ya la habían
descubierto otros. Solo un historiador argentino, Roberto Levillier, en un
libro que ha despertado fuertes polémicas, América, la bien llamada,
defiende la importancia capital del descubrimiento de Vespucio, entre otros
motivos por razones también patrióticas, ya que tal descubrimiento tuvo lugar
frente a las costas argentinas. (El patriotismo se ha entrometido
increíblemente en la polémica vespuciana. Hasta los florentinos reclaman la
misma prioridad frente a los genoveses, defensores de Colón. Y de paso frente a
los españoles).
La suerte de Américo Vespucio fue inmensa. Y no deja de encerrar una
cruel ironía que Colón le compadeciera por su mala suerte. «Hablé con Amerigo
Vespuchi —escribe el Almirante a su hijo Diego en 1505— sobre cosas de
navegación. Él siempre tuvo deseo de hacerme placer, es mucho hombre de bien;
la fortuna le ha sido contraria, como a muchos». La fortuna, por lo menos la
fortuna histórica, no le fue adversa; poco después sería nombrado para el
importante cargo de Piloto Mayor de la Casa de Contratación; pero sobre todo:
ya por entonces estaba circulando la carta de Américo que habría de bautizar un
mundo. Vespucio no es culpable del entuerto. Tuvo la suerte de escribir a
Pietro Soderini una carta en la que decía —como Colón en 1498, como tantos
españoles ya por entonces— que la tierra firme hallada al sur de las Antillas
no era la India, sino la quarta pars mundi, la terra australis o terra
incognita de los clásicos. En suma, se trataba de un nuevo continente.
Soderini, conocido humanista, publicó inmediatamente la carta, que hizo furor
en gran parte de Europa y fue muy pronto traducida a varias lenguas: trascendió
lo que no habían trascendido otras cartas u otros testimonios. En 1507 se
reunió en St. Dié una comisión de humanistas decididos a la publicación completa
de la Cosmographia de Ptolomeo: ¡un regreso a los
conocimientos antiguos, cuando ya estaban cambiando drásticamente la imagen del
mundo los modernos! Y allí fue donde el geógrafo alemán Waldseemüller propuso
que al nuevo continente se le diese el nombre de América, por el
nombre de su supuesto descubridor. Waldseemüller apenas tenía noticias de los
viajes de Colón, ni de todos los españoles que habían descubierto el
continente, ni siquiera tenía idea del mapa de Juan de La Cosa, como que su
mapa de «América», publicado en 1509, es más tosco, menos científico y menos
exacto que el trazado nueve años antes por el cántabro. Así se escribe la
historia, y a estas alturas ya no hay quien lo remedie. El intento que el
libertador Bolívar hizo de llamar Colombia a las tierras emancipadas de
Sudamérica se ha quedado solo en el nombre de una de sus trece naciones.
Pero volvamos ahora a Colón. Fueran cuales fuesen las sospechas e
intuiciones en lo más profundo de su conciencia —que eso nunca lo sabremos—,
siempre afirmó, y murió afirmando que había llegado al extremo oriental de
Asia, aunque no había tenido la fortuna de dar con Cipango, Catay, la
Trapóbana, el Queroneso de Oro, o la mismísima India, el topónimo que él usó
siempre en plural, hasta consagrarlo en la historia: las Indias, con sus
opulentos rajás, sus tesoros de metales y perlas, sus enormes elefantes, que
impresionaron a Marco Polo y sus no menos fabulosas serpientes. Pero había
llegado muy cerca, a tierras que ya correspondían a aquella parte del mundo. Si
Colón insistió en ello por soberbia, por no dar su brazo a torcer, por
convicción íntima, por razón de aquel carácter obsesivo y aquella tenacidad que
le hacía persistir en sus empeños contra toda evidencia y contra toda
esperanza…, o simplemente por no perder las riquísimas rentas que le habían
ofrecido los Reyes Católicos… nos lleva a un mar de conjeturas en el cual toda
afirmación categórica resulta aventurada. Pero parece que hay que dar la razón
a Taviani cuando escribe que «para reconocer que las nuevas tierras no eran
Catay y Cipango [o cualesquiera otras de Extremo Oriente] era necesario un acto
de humildad imposible en Colón. Era demasiado altivo para rebajarse a humildes
concesiones de espíritu…». El Almirante nunca renunció a «sus Indias».
Pero los españoles, no tan incultos ni tan ignorantes como ha pretendido
muchas veces la historiografía extranjera, supieron contestar muy pronto a
Colón. Ya por 1494 —¡diez años antes que Vespucio!— el doctor Francisco de
Cisneros (que nada tiene que ver con el cardenal consejero de los reyes del
mismo nombre) escribió un memorial en que se afirmaba que las tierras
descubiertas por Colón «no son en India, sino en el Océano Atlántico etiópico».
La última palabra puede extrañarnos, por cuanto hoy la relacionamos con la
nación-estado de Etiopía, situada en el Cuerno de África, cara al Océano
Indico. Entonces lo «etiópico» se predicaba de las latitudes subsaharianas, lo
mismo en la tierra que en el mar. El propio Colón empleó el término para
designar islas que podría encontrar en su viaje, al suroeste de las de Cabo
Verde. Las palabras de Cisneros significarían hoy «en la zona tropical del
Océano Atlántico». Cierto que Cisneros, en otras frases de su alegato, se
muestra demasiado pretencioso, y hasta se dice conocedor del camino a las
verdaderas Indias; pero su aseveración acerca de la naturaleza de las tierras
encontradas por Colón es sorprendentemente exacta ¡ya en 1494!, cuando el
Almirante no había regresado de su segundo viaje. Seguramente este criterio coincidía
con el no menos acertado de los técnicos de la Junta de Salamanca. Y fue
justamente al regreso del segundo viaje cuando Colón se encontró con la
discrepancia de los españoles, incluidos sus mejores amigos.
Ya apenas regresado, se hospedó en casa de Andrés Bernáldez, ilustre
cronista, que siempre le había protegido. Y en una conversación —¡por desgracia
en presencia del arcediano Fonseca, nada favorable al Almirante!— Bernáldez
expresó su convicción de que las islas descubiertas nada tenían que ver con las
Indias; para llegar a estas sería preciso recorrer 1200 leguas más, es decir,
más de otro tanto. Bernáldez seguía quedándose corto, pero tenía una idea mucho
más acertada de las dimensiones del mundo que Colón; y, sobre todo, se dio
cuenta desde el primer momento de que América no es Asia. Casi
nadie ha concedido importancia a esta discusión de 1496. Y un año antes, en
1495, el profesor de Salamanca Francisco Núñez de Yebra, publica una edición de
la Corographia de Pomponio Mela, a la que añade un prefacio
que trata de poner las cosas al día. Y en él advierte que «hacia Occidente, los
Serenísimos Reyes de España, Fernando e Isabel, encontraron tierra habitada,
distante de Occidente 45 grados, que de manera abusiva algunos llaman India».
Núñez de Yebra no se atreve a negar los derechos de los Reyes, pero no solo
desautoriza claramente a Colón, sino que señala la auténtica longitud
geográfica de las Antillas, 45º al oeste de las Canarias. Parece que los españoles
sabían medir mucho mejor las longitudes geográficas que el Almirante de la Mar
Océana, que por equivocación o por mentira (tampoco lo sabemos), coloca el cabo
del Alfa y Omega, situado en la punta oriental de Cuba, en el antimeridiano, es
decir, a 180º. Y poco después Maese Rodrigo de Santaella, fundador de la
Universidad de Sevilla, escribe una introducción a la obra de Marco Polo, en
que insiste en que las tierras encontradas por Colón no son las Indias, sino
que se encuentran mucho más cerca. Testimonios como estos podemos encontrarlos
a montones en la España de la época[15].
Colón, ante tantas contradicciones, lucha en dos frentes. Por un lado,
planea nuevos viajes para superar las tierras descubiertas —que cada vez le
interesan menos— y encontrar un paso hacia las verdaderas Indias. Por otro,
lee, se ilustra todo lo que puede para demostrar que esas tierras que ya ha
visto corresponden a Asia o están por lo menos muy cerca de Asia. Adquiere las
obras de Ptolomeo, de Posidonio, de Marino de Tiro, o de humanistas tempranos
como Pedro de Ailly o Eneas Silvio Piccolomini, las estudia, y anota
cuidadosamente en una serie de apostillas al margen todas aquellas ideas que
parecen apoyar su tesis. Estos preciosos libros se conservan, con las
anotaciones minuciosas de Colón, en la Biblioteca Colombina de Sevilla,
enriquecida más tarde por las masivas adquisiciones de su hijo Hernando, autor
—o por lo menos autor principal— de la Historia del Almirante; que
fue, más que navegante o geógrafo, uno de los más extraordinarios bibliófilos
de su tiempo. He aquí que las obras que siempre se han creído fuentes de la
idea colombina de llegar a Asia atravesando el Atlántico no son la causa, sino
la consecuencia del descubrimiento de América: y producto del
afán del Almirante por demostrar que América es Asia. Pero es curioso y hasta
deprimente: Cristóbal Colón, cuanto más estudia, más se equivoca. Quiso basar
sus ideas en las aseveraciones de unos sabios clásicos que estaban equivocados
y de unos comentaristas del Renacimiento (incluido Toscanelli, que sí influyó
decisivamente en Colón), que no hacen más que copiar sus errores. Si hubiera
sido un sencillo navegante bajomedieval, es posible que América hubiera pasado
con otro nombre a la Geografía y a la Historia. Ahora bien: es seguro que
también Colón —los hechos son tercos— acabó «descubriendo» América. Su tragedia
consistió en que no quiso reconocerlo. En el próximo capítulo lo veremos.
Capítulo 7
El tercer viaje. El nuevo mundo y el paraíso
Contenido:
§. El proyecto
§. Escala en los archipiélagos
§. Tormentos ecuatoriales
§. Colón descubre América
§. El Paraíso
§. Regreso encadenado
El segundo intento de Colón, a pesar de los brillantísimos preparativos,
no se había visto acompañado por el éxito. No había descubierto nuevas tierras
—salvo algunas de las Pequeñas Antillas, a las que prestó muy poca atención, y
Jamaica, en la que apenas llegó a detenerse—; y tampoco el establecimiento en
las tierras ya descubiertas había rendido los frutos esperados. El descubridor,
que había vivido unos instantes de gloria, regresó criticado y desacreditado.
En España permaneció dos años, a la espera del favor de los Reyes Católicos,
que era casi el único que no había perdido. Isabel, sobre todo, con intuición
especial, adivinaba en aquel hombre extraño y desconcertante cualidades
extraordinarias, que en algún momento podían producir resultados espectaculares.
Realmente, aún no se sabía si las islas que había encontrado pertenecían a las
«Indias», como aseguraba con una convicción que parecía artículo de fe el
Almirante, o estaban aún muy lejos de ellas. Pero precisamente por eso convenía
seguir explorando.
De aquí que cuando los monarcas se decidieron a patrocinar un nuevo
viaje colombino, la finalidad estuviese mucho más cerca de la que se perseguía
en el primero que de la que se pretendió en el segundo. No se trataba de
colonizar las tierras recientemente encontradas, sino de encontrar tierras
nuevas. En este sentido, el tercer viaje tiene hasta cierto punto la misma
emoción y la misma incertidumbre que el primero. Colón va a ir, como explica en
su Relación a los Reyes, «por mares que se sepa nunca hasta ahora
navegados». La afirmación es casi idéntica a la formulada en 1492. Está claro
que pretende llegar a un objetivo distinto, que tal vez permita colmar de una
vez todas las esperanzas. Si tras la infructífera exploración de Cuba el
Almirante abandona la ilusión de llegar un día a Cipango o Catay, este abandono
aparece mucho más claro en el tercer viaje, cuando busca una ruta mucho más al
sur, destinada a llegar a «las Indias», en este caso la India o sus
inmediaciones: la tierra de Catigara (más o menos la actual Malaca), el
Queroneso de Oro, situado idealmente en la actual Indonesia, o el Sinus Magnus,
el golfo de Bengala; la Trapóbana, identificada con casi seguridad con lo que
hoy es Sri Lanka, y, por supuesto, la India propiamente dicha, el Indostán.
Las razones del cambio aparecen mucho menos claras por lo que se refiere
al abandono del proyecto sobre Cipango y Catay, (un abandono que podía ser tal
vez provisional, pero lo cierto es que no vuelve a hablarse de estos riquísimos
países) como por lo que se refiere al objetivo más definido de la segunda parte
de los viajes colombinos: «las Indias», los territorios del sureste y el sur de
Asia. Y estas razones, a lo que parece, son muchas, y de peso. Por de pronto,
tenemos un hecho decisivo: el 8 de julio de 1497 zarpaba de Lisboa Vasco da
Gama, dispuesto a llegar definitivamente a la India por la ruta que seguían los
portugueses, volteando África y dirigiéndose hacia el este. Desde que
Bartolomeu Dias, diez años antes, había doblado el cabo de Buena Esperanza, las
inmensidades del Océano Índico estaban abiertas a la indeclinable perseverancia
de los lusitanos, que con una fe comparable a la de Colón llevaban casi un
siglo empeñados en un mismo proyecto. Entretanto habían llegado a lo que hoy es
Mozambique, ya conocían Madagascar, y trabaron conocimiento con mercaderes
árabes que al parecer practicaban el camino de la India. Esta vez Vasco da Gama
estaba decidido a llegar de una vez a tan fabuloso país. Si tenía éxito, sería
el primer navegante occidental que descubriera la verdadera derrota de las
Indias. Colón había presumido de conocer un camino mejor, aunque, a juzgar por
los resultados, aún no lo había encontrado. Pero los Reyes Católicos esperaban
todavía un buen descubrimiento capaz de adelantarse a los portugueses por la
ruta de Occidente, que era la permitida por las bulas alejandrinas. Entretanto,
se había firmado el tratado de Tordesillas, en que españoles y portugueses
habían decidido cambiar el límite de las zonas de influencia. Si en principio,
sin duda por inspiración de Colón, se había adoptado como raya de separación el
«meridiano mágico», cien leguas al oeste de Azores y Cabo Verde, ahora se
aceptó trasladarlo hasta trescientas setenta leguas al oeste de las citadas
islas: era una forma de partir el Atlántico en dos: el este para Portugal, el
oeste para España, sin mengua de los bien consagrados derechos de los
castellanos sobre Canarias. ¿Quién aconsejó el cambio? ¿Cuál de las dos partes
salía ganando con él? Evidentemente, cada cual tenía sus motivos. Los
cosmógrafos españoles ya habían convencido a los Reyes Católicos de que las
verdaderas Indias se encontraban mucho más allá de las tierras descubiertas por
Colón: convenía adquirir derechos sobre posibles descubrimientos situados más
lejos. Por su parte, los portugueses intuían, quizá por efecto de algún atisbo,
que en el Atlántico sur existían grandes e interesantes tierras: lo que hoy
conocemos como Brasil: les interesaba llevar el «meridiano mágico» más allá,
para quedarse con esas tierras.
Hoy sabemos que los lusitanos andaban más acertados: acabarían
quedándose con Brasil y con la India. Pero en aquel momento, el tamaño del
planeta y las distancias reales estaban muy lejos de haber quedado
establecidas. Los Reyes Católicos, influidos por la idea persistente de Colón,
esperaban llegar todavía a la India, o por lo menos a una parte de Asia
oriental navegando por el Atlántico. De aquí que cedieran una parte del océano
a cambio de poder llegar más lejos desde La Española sin salirse del hemisferio
propio. Doscientas setenta leguas más allá de la raya inicial podían depararles
riquísimos territorios. Por de pronto, se trataba de llegar antes y de acertar.
Aún no estaba, ni muchísimo menos, definido el antimeridiano, y quien llegara
primero gozaría de la inmensa ventaja de los hechos consumados. Por vieja
tradición, el descubrimiento confiere el derecho a la conquista. Pasado el
tiempo, se llegaría tal vez a una redistribución de dominios, pero ante todo se
imponía la decisiva baza de la anticipación. De aquí la génesis del tercer
viaje colombino, destinado no a explotar las tierras descubiertas, sino, sin
dejar de navegar hacia Occidente, encontrar otro camino hacia tierras mucho más
lejanas.
La búsqueda por el Atlántico de las «Indias» propiamente dichas es, qué
duda cabe, el propósito fundamental a alcanzar. Pueden existir otros objetivos.
Colón había intuido ya la existencia de otras tierras muy ricas existentes en
regiones cálidas, al otro lado del Atlántico, frente a África. Una leyenda de
origen clásico pretendía que el oro «busca» siempre los países cálidos. Las
posibilidad de encontrarlo son tanto mayores cuanto más se navegue al sur. Ya
al regreso de su segundo viaje había tratado el Almirante de encontrar
territorios ricos en oro al este de La Española, en una fatigosa navegación
contra los alisios, que al fin no había respondido a sus esperanzas. Pero
ahora, a favor del viento, y navegando más al sur todavía, podía realizar
sensacionales hallazgos, correspondiesen las tierras riquísimas en oro a las
Indias propiamente dichas o todavía no. En el fondo es más importante el oro
que las mismísimas Indias. El oro, ya lo sabemos, era en la sociedad
renacentista más que una necesidad, pero sobre todo en Colón resulta ser otra
«idea fija», una verdadera obsesión.
§. El proyecto
¿Qué perseguía realmente Colón en su tercer viaje? Para J. Cortesão la
finalidad es ante todo la información a costa de los más enterados, es decir,
el espionaje: enterarse acerca de a dónde han llegado los portugueses, qué es
lo que han encontrado, cómo han identificado sus objetivos, en qué territorios
han logrado establecerse y en cuáles no. Es evidente que hay algo de misión
informativa, o cuando menos Colón revela en su relato su interés por saber
hasta dónde han llegado los lusitanos. Y el hecho es que emprende su viaje
hacia las Indias, pero esta vez no de acuerdo con su antiguo criterio,
sino por las latitudes de los portugueses, cerca del ecuador. Pero
sin duda hay algo más. El Almirante deseaba encontrar tierras «nuevas», llegar
a las cuales todavía no había llegado nadie: siempre lo intentó así, y en este
caso tampoco dejaría de intentarlo. En su Relación del tercer
viaje redactada para información de los Reyes Católicos, lo mismo que en una
paráfrasis realizada por Bartolomé de Las Casas del diario de navegación (¡pena
que apenas reproduzca frases textuales!), dos textos muy parecidos, ambos
complementarios y muy aprovechables, se refleja el mismo propósito: «y yo
navegué al austro con propósito de llegar a la línea equinoccial y de allí
seguir a poniente». Está claro: la idea consiste en navegar hacia el suroeste
hasta alcanzar el ecuador, y seguir desde allí hacia el oeste todo derecho. He
aquí que se repite una idea fija, paralela a la del primer viaje: entonces se
trataba de seguir en lo posible el paralelo de Hierro, es decir, el 28º, y
ahora se intenta seguir el paralelo 0º, el ecuador, siempre al oeste.
Apoyándose en este propósito, Juan Gil ha aventurado la idea de que nuestro
descubridor apostaba por un objetivo muy concreto: la Trapóbana (luego Ceylán,
hoy Sri Lanka), una gran isla cuajada de perlas y riquísima en piedras
preciosas de todos los colores, que, según enseña Ptolomeo y repiten los
geógrafos renacentistas, está cruzada justamente por la línea del ecuador. En
este punto aciertan todos: Sri Lanka se encuentra exactamente en esa línea. Por
tanto, si seguimos la raya ecuatorial, iremos a parar necesariamente, tarde o
temprano, a esa isla. Quizá no sea irrespetuosa la comparación de la idea
colombina con la de los hijos del Capitán Grant, en una novela de Julio Verne
que en otros tiempos encantó a los adolescentes: los protagonistas encuentran
en una botella un mensaje de su padre, náufrago en una isla situada a 37º Sur;
la longitud geográfica ha sido borrada del papel por la humedad. Y ni cortos ni
perezosos dan la vuelta al mundo por el paralelo 37º Sur, hasta que dan al fin
con su padre, después de una circunnavegación que atraviesa casi todos los
meridianos, para que la novela sea lo suficientemente extensa y pródiga en
aventuras. La idea de Colón puede ser tan infantil como la de los hijos del
capitán Grant; pero a la postre tenía que surtir resultado. No es seguro, por
supuesto, que pretendiera encontrar la Trapóbana: sin duda esperaba dar con
otras islas por el camino. Ahora bien, si abordaba una tierra conocida, el
resto, Catigara, el Queroneso Áureo, el Sinus Magnus y todas las maravillas de
las Indias quedarían a mano, una vez localizado un punto bien concreto de
ellas. Curiosamente, que así son las ironías de la historia, el intento
definitivo de descubrir el camino de las Indias llevará a Colón al verdadero
descubrimiento de América.
§. Escala en los archipiélagos
«Partí en nombre de la Santísima Trinidad, miércoles, treinta de mayo [de 1498]
de la villa de Sanlúcar…», con seis navíos, cinco carabelas y una nao. Como de
costumbre, la nao era para el Almirante. Desde el primer momento tuvieron que
alterar la ruta, porque a oídos de los expedicionarios llegó la noticia,
propalada seguramente por los portugueses, de que una flota francesa de trece
navíos les esperaba a la altura del cabo San Vicente para apresarlos. En
efecto, había comenzado la guerra con Francia por el reino de Nápoles, y es
posible que en aquel momento histórico los reyes concedieran más importancia a
la aventura italiana que a la atlántica, de tan dudosos resultados hasta el
momento. Era evidente, con todo, que en este otro campo no deseaban dejarse
ganar de la mano por los portugueses: todo dependía de lo que se encontrase
antes y por qué camino. No sabemos lo que Colón supo exactamente de la escuadra
francesa ni de su situación, si siquiera de sus intenciones, porque resulta
dudoso que no pretendieran otra cosa que apresar al Almirante; de hecho,
estaban realizando otra operación, como enseguida veremos. Colón se queja en su
informe de lo mal artillados que van sus navíos, y por tanto de su desventaja y
del peligro que corren. El hecho es que decidió desviarse pegado a la costa
africana, y luego torció bruscamente al oeste, para dirigirse de momento, no a
las Canarias, sino a las Madeira, «por camino no acostumbrado», con el fin
manifiesto de esquivar a sus contrarios. Era la primera vez en muchos años que
Colón recalaba en las Madeira. En Porto Santo, a dónde llegó el 7 de junio, fue
muy bien recibido, porque al parecer le recordaban con afecto, y ya, repartidos
los caminos del mundo, no existía una situación de rivalidad entre castellanos
y portugueses. Luego, en Funchal, se pertrechó de agua, leña y «otros
refrescos», y allí permaneció gratamente hasta el 16 de junio. Tal vez con
aquella permanencia en aguas portuguesas esperaba despistar a los franceses. El
19 llegó a La Gomera. Aquí sí que corrió cierto peligro la expedición, porque
en aguas de la isla «halló un corsario francés, con una nao francesa y dos
navíos que había tomado de castellanos; y como vio los seis navíos del
Almirante, dejó las anclas y un navío, y dio de ir con el otro el francés». El
Almirante recuperó así uno de los dos navíos españoles, y como en la refriega,
el otro se sublevó contra sus captores, pudo ser recuperado también; varios
franceses fueron hechos prisioneros. Fue, que sepamos, el único acto bélico de
Colón como marino al servicio de España, y las cosas no le salieron mal.
Vistos los hechos, el Almirante decidió no detenerse por más tiempo en
Canarias. Los restantes navíos franceses podían estar al acecho y sorprenderle.
La decisión de dividir su flota en dos probablemente no fue tomada a la vista
de las circunstancias, sino que estaba pensada de antemano. Despachó tres
carabelas directamente a La Española, para llevar provisiones a los colonos, y
continuó él con la nao y dos carabelas la ruta del sur, en su misión
descubridora. Uno de los capitanes de las carabelas del primer grupo se llamaba
Juan Antonio Colombo, y «era deudo del Almirante», según Las Casas. Al parecer
se trataba de un sobrino. El descubridor, fiel a la tradición italiana de
colocar a todos los parientes en la misma empresa, enviaba un Colón más a La
Española, donde ya estaban Bartolomé y Diego. Por entonces llegaría también a
Indias otro sobrino —hermano de Juan Antonio—, Andrea. Demasiados Colones, sin
duda, pudieron pensar los habitantes de la isla, uno de cuyos argumentos era
precisamente el de que los puestos clave estaban ocupados por «extranjeros». De
ahí vendrían, entre otros motivos, las protestas de los españoles y las
tribulaciones del Almirante. Otro hecho interesante: Colón dio instrucciones
muy precisas a las tres carabelas sobre la ruta a seguir. Era la del segundo
viaje. Deberían navegar de Canarias al Oestesuroeste por Oeste ochocientas
cincuenta leguas; al final, encontrarían la Dominica, la Deseada o Guadalupe.
De allí seguirían el rosario de islas hasta el final, para desviarse luego al oeste
y dar enseguida con la de San Juan Bautista (Puerto Rico), tierra que debían
bordear por el sur; de la punta occidental de esta isla deberían navegar al
norte, y encontrarían La Española, más o menos por el lugar donde se encontraba
Isabela la Nueva. Colón estaba bien enterado por las noticias que llegaban en
los barcos que ya iban y venían entre el golfo de Cádiz y el Nuevo Mundo, de
que Bartolomé había decidido abandonar La Isabela, una ciudad poco saludable y
situada en un mal puerto, y había fundado una nueva capital cerca de la punta
sur de la isla, mucho más protegida, en una costa más sana y con mejores
posibilidades de desarrollo. Colón aún no estaba enterado del nombre de la
nueva ciudad, o por alguna causa no quiere revelarlo: se llamaba Santo Domingo,
al parecer en recuerdo del padre de los Colón. Familia completa. Hoy sigue
siendo la capital de la República Dominicana.
Por su parte, el Almirante partió de la Gomera el 21 de junio con una
nao, la Santa María de Regla y dos carabelas, la Vaqueños y
la Correo. Se repetía el equipo del primer viaje, y con la misma
finalidad: descubrir tierras absolutamente nuevas. Y siguió al sur, siempre al
sur. Así llegó seis días más tarde —¡excelente velocidad!— a las islas de Cabo
Verde. Colón tenía que conocer el Cabo Verde en la costa de África (junto a la
actual Dakar), puesto que había navegado por allí con los portugueses. El cabo
no era precisamente verde, pero en él crecían unas palmeras que contrastaban
con el amarillo parduzco del desierto, y de ahí su nombre, un tanto optimista,
como la mayoría de los accidentes que bautizaban los exploradores; además, a
partir de allí, empezaba a cambiar poco a poco el paisaje. Las islas del mismo
nombre, en cambio, parece que sorprendieron a Colón, que repite una y otra vez
su impresión, «porque son tan secas que no vi nada verde en ellas…»…
«esterilísimas». La idea del navegante era tomar allí cabras, pues sabía que
las islas eran abundantes en este ganado, que se criaba espontáneamente en los
roquedales. Fue grande su alarma cuando supo que Boavista (que de buena vista
tampoco tenía nada) estaba llena de leprosos, porque los portugueses la utilizaban
como lazareto. El descubridor no depuso su desconfianza ni dejó desembarcar a
nadie hasta que fue a visitarle el propio gobernador de la isla. Los españoles
no correrían allí peligro. La razón de llevar a la isla leprosos era la gran
abundancia de tortugas, que venían a desovar a sus playas. El gobernador contó
(y Las Casas, a través del diario de navegación del Almirante lo relata
cuidadosamente) que aquellos animales acudían en bandadas a la playa; ponían
sus huevos, y «como por manos humanas» los cubrían de arena: los huevos se
incubaban solos, por la acción del calor, y al cabo de un tiempo «salen los
tortuguitos, que luego se van a buscar la mar, como si vivos y por sus pies
hubieran salido de ella». Las tortugas son muy fáciles de cazar, pues basta
volcarlas vientre arriba para que no puedan moverse; los portugueses las
sorprenden de noche, les dan la vuelta y siguen a por otras muchas; finalmente,
las transportan todas juntas en algún carro. La carne de tortuga es muy
sabrosa, y especialmente curativa para los leprosos; pero lo que realmente
surte resultados espectaculares es la sangre de estos animales: el enfermo que
se lava con ella, mejora rápidamente. No hay noticia de que Colón se haya
dejado convencer sobre la excelencia de aquella carne y haya embarcado tortugas
en sus naves; sí se hizo con una buena cantidad de cabras. El 4 de julio partió
de las Cabo Verde bajo la luna llena: todavía más al sur, para alcanzar la
línea ecuatorial: ahora sí, como en el primer viaje, rumbo a lo desconocido.
§. Tormentos ecuatoriales
«Navegué al sudoeste cuatrocientas ochenta millas, que son ciento veinte
leguas; donde, en anocheciendo, tenía la estrella del Norte a cinco grados». Es
difícil que Colón pudiera medir, en las brumas cercanas al ecuador, cinco
grados sobre el horizonte marino, ni siquiera que pudiese ver la estrella. Lo
adivinó en cierto modo. A partir del tercer viaje, señala siempre la hora en
que mide la estrella o su posición respecto de las Guardas —como hará pronto en
Trinidad o más tarde en Jamaica—: ya sabe que la estrella del Norte no está
exactamente en el norte, y acompaña a su medida la hora o la posición de las
estrellas acompañantes para deducir de ahí la latitud exacta. Realmente, y
fuera cual fuese la precisión con que operó, no se encontraba a cinco grados,
sino a siete u ocho de latitud norte. Le faltaba todavía un poco para llegar al
ecuador; pero he aquí que Colón no se atreve a llegar a la línea equinoccial:
«yo seguí al poniente; mas no osé declinar más abajo porque hallé grandísimo
mudamiento en el cielo y las estrellas». Aquí tenemos una clara demostración de
que Colón, contra lo que tantas veces se ha dicho, se guía por las estrellas.
Los astros que le eran familiares, las Osas, Casiopea y sobre todo la Polar con
sus Guardas, se iban sumergiendo en el horizonte, mientras por el sur aparecían
otras constelaciones que no conocía y que no le servían para orientarse. Era
preferible navegar a seis u ocho grados del ecuador, para saber que el norte le
quedaba exactamente a la derecha y por tanto caminaba hacia el oeste justo. ¿Es
que el Almirante no se fiaba ya de la brújula? Los portugueses no habían tenido
inconveniente en atravesar la raya equinoccial e introducirse de cabeza en el
hemisferio sur, hasta llegar al cabo de Buena Esperanza o a Madagascar, pero
Colón deseaba tener, en la medida de lo posible, un punto de referencia seguro.
He aquí que el Almirante de la Mar Océana, de quien se ha dicho que fue el
mejor navegante por estima de su tiempo, (y mostró en este arte una pericia
extraordinaria muchas veces) no se atreve a navegar simplemente por estima y
decide no perder de vista «su estrella». Tan importante era el caso, que Colón,
por primera y única vez en su vida, confiesa su falta de valor: «no osé…».
De haber seguido, conforme a lo previsto en su momento, la línea del
ecuador, hubiera llegado a Brasil, al delta del Amazonas; porque navegó diez
grados más al norte, alcanzó las costas de lo que hoy es Venezuela, y el delta
del Orinoco. Cometió un grave error: y no por equivocarse de punto de destino,
o de delta, sino porque se metió de cabeza en las calmas ecuatoriales. El
ecuador meteorológico no coincide con el geográfico, sino que se desvía al
norte o al sur según la estación del año. Estaban en julio, y por tanto la faja
ecuatorial se desviaba al norte. Pronto llegó a la región de las calmas, y
enseguida a la faja ecuatorial, caracterizada por las nubes y las lluvias
caliginosas. Las «calmas ecuatoriales» ocupan una reducida zona entre las dos
corrientes ecuatoriales, la del Norte y la del Sur. Tampoco esas calmas son
permanentes, y oscilan en latitud según la estación y las circunstancias; pero
son desesperantes porque coinciden con las zonas de más calor, con fuerte grado
de humedad. Por si fuera poco, en aquella faja domina la contracorriente
ecuatorial, que fluye de oeste a este, dificultando todavía más la marcha. Era
lo peor con que podía encontrarse Colón. «Allí me desamparó el viento, y entré
en tanto ardor y tan grande, que creí que se me quemasen los navíos…». O, según
la versión de Las Casas, «sufrió tanto calor y tan vehemente, que temió que los
navíos se le incendiaran y la gente pereciera». Colón exagera, como tantas
veces exageró en su vida; pero refleja el bochorno casi insoportable de las
calmas ecuatoriales, tórridas y húmedas al mismo tiempo. La gente se refugiaba
en los castillos, trataba de exponerse el menor tiempo posible en cubierta,
bajo el sol inclemente, y pronto llegó un momento en que tampoco fue capaz de
bajar a las bodegas, convertidas en un horno. Allí, según la versión colombina,
«ardió el trigo» que llevaban, o más bien se estropeó por efecto del calor;
reventaron los aros de las pipas, y se derramó el vino; y el tocino y la carne
salada se pudrieron. La catástrofe no debió llegar a tanto, porque en ese caso
los navegantes no hubieran podido subsistir, pero sí es cierto que desde
entonces se vieron en gran penuria. Y con una sed espantosa, precisamente
cuando menos líquido les quedaba. «Duró este ardor ocho días; el primero fue
claro, y los siete días siguientes llovió e hizo nublado… que así fuera el sol
como el primero, yo creo que no se pudiera escapar de ninguna manera». La
«cintura ecuatorial», desde el punto de vista meteorológico, —y que casi nunca
ocupa el ecuador, sino que se desvía al norte durante el verano boreal y al sur
durante el austral— se caracteriza por su abundante nubosidad y sus lluvias
frecuentes: en África se la conoce como «la estación de las lluvias», que en
aquellos momentos se elevaba de ocho a quince grados al norte del ecuador. En
América se desvía todavía bastante más. No deja de ser curioso para nosotros
que en Cuba, o en el Caribe continental, Venezuela o Colombia, llamen
«invierno» a los meses de junio, julio y agosto, no porque haga más frío, que
no lo hace, sino porque llueve; se considera el verano en tiempo de Navidades,
aunque la temperatura sea más fresca, porque el sol está casi asegurado. Colón
hubo de soportar no solo los chaparrones propios de la estación de las lluvias,
sino una neblina bochornosa «que parecía se podía cortar con cuchillo». Poco
salían ganando con el cielo nublado; seguía el calor insoportable, y la humedad
acrecentaba sus efectos hasta extremos de un total sopor. En aquellos días
bochornosos el Almirante «enfermó de gota y de no dormir». Modorra, que no
sueño reparador, por culpa de una temperatura que desbordaba la llamada
«barrera del insomnio». Y lo peor de todo era que el viento no soplaba o lo
hacía con tal tibieza, que los navíos no avanzaban, y todos sospechaban que
iban a morir en aquel infierno.
Al fin, en la última decena de julio, el tiempo refrescó y comenzó a
sentirse el alivio maravilloso del alisio. No era el alisio del norte, que
había empujado a las carabelas en la primera travesía, sino el del sur,
desplazado hacia latitudes boreales por el efecto de la estación y de la
depresión creada por la zona de bochorno. Colón tuvo suerte, después de todo, y
el corrimiento del alisio, como en el primer viaje tras los días inciertos de
las latitudes de los caballos, le permitió disfrutar de una impensada brisa del
estesureste. El Almirante, para mejor aprovechar el viento, giró suavemente al
oestenoroeste, y por eso llegó a dónde llegó. Siguieron navegando con viento
favorable, aunque en míseras condiciones. Todos estaban agotados hasta el
extremo, hambrientos y sobre todo sedientos. Unos días más y habrían perecido
sin remedio. Los navíos seguirían los vientos y las corrientes, como buques
fantasmas, tripulados por hombres muertos. Quizá tampoco hubieran llegado muy
lejos, porque Colón cuenta que los cascos estaban «abiertos» por el calor. Por
eso lo que ocurrió en el último instante fue interpretado como milagro, lo
mismo que lo que había ocurrido en el último instante del primer viaje. A
partir del 27 de julio vieron volar bandadas de aves, e interpretaron esta
aparición como señal de tierra. El 29, el Almirante tuvo una extraña
premonición: estaba llegando a algún sitio, aunque nada se veía aún en el
horizonte. El 30, un marinero que estaba en la gavia, Alonso Pérez de Huelva,
dio el grito de ¡Tierra!, y el júbilo de aquellos hombres no tuvo
límites, aunque no les quedaban muchas fuerzas para expresarlo. De rodillas
cantaron como pudieron la Salve Regina y dieron gracias por lo
que habían encontrado. Lo que habían encontrado eran tres montañas que
sobresalían del horizonte marino: de aquí el nombre de Trinidad que dio Colón a
aquella isla antes de saber que lo era. Había salido en nombre de la Santísima
Trinidad, y justo tres meses más tarde avistaba la isla de Trinidad. Es el
nombre que todavía ahora conserva.
§. Colón descubre América
Los viajeros abordaron Trinidad por un cabo que el Almirante llamó de la
Galera, porque de lejos semejaba un barco alargado. A su costado se abría un
buen puerto —o quizá no tan bueno, desconfiemos de los elogios de Colón a sus
descubrimientos—, en el que no pudo entrar por su escaso fondo. Pero sí
pudieron ver «casas y gente, y muy lindas tierras, hermosas y verdes». Un poco
más allá pudo fondear, y encontrar agua —¡qué alivio!— «remediar el trigo», no
sabemos cómo, tal vez separando el sano del estropeado, y hasta «adobar los
barcos». Sin duda llevaban brea o algo por el estilo, para arreglarlos un poco.
No estaban en un país civilizado, pero al menos, al amparo de la tierra
pudieron resarcirse de las angustiosas jornadas que acababan de vivir. Pronto
vio Colón a algunos naturales. Con gran satisfacción observó que no eran
negros, sino «más blancos que otros que se hayan visto en las Indias». El
Almirante se esfuerza una y otra vez en demostrar que se encuentra en un país
muy distinto de África. Se considera «a la altura de Guinea», y no está
demasiado lejos de esa latitud, pero los indígenas son blancos, o por mejor
decirlo, de piel roja. Esta insistencia se debe, según observa Taviani, al
hecho de que Marco Polo había afirmado que los indios (los habitantes de la
India) eran de tez morena, pero no negros en absoluto. El hecho de que el color
de la piel no cambiara en función de la latitud, como en el Viejo Mundo, sino
que cerca del ecuador los naturales fueran de piel relativamente blanca, como
los hindúes, podía demostrar que estaba en las Indias, que era, ante todo, de
lo que se trataba.
Por cierto que el primer contacto con aquellos naturales no fue tan
amistoso como fuera de desear, y todo por una decisión del Almirante que creyó
acertada y resultó ser equivocada. Al día siguiente se acercaron a la nao,
montados en una larga canoa, veinticuatro hombres, todos mozos a lo que parece,
«de muy lindo gesto y hermoso cuerpo, y los cabellos largos y llanos, cortados
a la guisa de Castilla»: es decir, a diferencia de los taínos, que llevaban el
pelo corto, estos se dejaban crecer una melena hasta por debajo del nivel de
las orejas, como los varones europeos de fines del siglo XV. Pero aquellos
indígenas eran más desconfiados de los que en 1492 habían encontrado en las
Bahamas, y se detuvieron a cierta distancia. Cuando los españoles les invitaban
a acercarse, los indios recelaban y se alejaban un poco, para insinuar un nuevo
acercamiento poco después. La curiosa escena se prolongó por espacio de dos
horas, y al fin se resolvió con un desenlace propio del choque de dos culturas
distintas, que hoy nos suscita una cierta sonrisa. El Almirante, para atraerse
a los indios, hizo traer unos tamboriles, y pidió a los más jóvenes que
bailaran al son de alegres ritmos españoles. Era una forma festiva de demostrar
amistad. Y los resultados fueron tan contraproducentes como cuando Leo
Frobenius quiso complacer a los congoleños de Utamboni con el «Vals del
Emperador» de Strauss. «Los indios, luego que vieron tañer y danzar, todos
dejaron los remos y echaron mano a los arcos…, y comenzaron a tirar flechas».
Para ellos las danzas al son de tambores no tenían otro significado que la
guerra. Los españoles no se vieron libres de peligro hasta que Colón hizo
sustituir los tamboriles por las ballestas. Los de la canoa retrocedieron a
toda prisa, ante las armas superiores de los blancos.
A los pocos días, llegó Colón al extremo sur de la isla, que llamó Punta
del Arenal, y vio al frente otra costa, que bautizó como Tierra de Gracia. Tal
vez la palabra «tierra» está escrita a posteriori, porque durante
un tiempo el descubridor pensó que se trataba de otra isla. Más tarde, al ver
otra punta, le dio el nombre de Isla Santa. En realidad no se trataba de dos
islas, sino de un único continente, el continente de América del Sur, visto por
primera vez por el hombre blanco. Era la tierra de Paria, en la actual
Venezuela, aneja al delta del Orinoco. Y ya en el estrecho entre las dos islas
—o entre isla y continente— se encontró Colón con un fenómeno inexplicable: una
serie de «hileros de corriente que atravesaban aquella boca y traían un rugir
muy grande…, y detrás de este hilero había otro y otro, que todos tenían un
rugir tan grande… como hace el Guadalquivir en tiempo de avenida». Corriente en
un estrecho marítimo, como si se tratara de un río: nadie había visto hasta
entonces nada parecido. Horas más tarde el fenómeno adquirió caracteres
alarmantes. «Y ya en la noche… oí un rugir terrible que venía de la parte del
austro hacia la nao…, una loma tan alta como la nao…, que hoy día tengo el
miedo en el cuerpo». Milagrosamente, o al menos el Almirante lo pensó así,
aquella gigantesca loma de agua levantó el barco en lo alto, y luego la posó
sobre las aguas mansas como si nada hubiera ocurrido. No hubo contratiempos,
salvo que el salto rompió el amarre del ancla de la «Vaqueños» que no había
tenido tiempo de levarla. Una ola en forma de loma y de varios metros de altura
no puede ser consecuencia más que de un maremoto, y tal es lo que supone
Morison. Con todo, ni la zona del delta del Orinoco es pródiga en movimientos
sísmicos, ni el fenómeno parece desligado de los «hileros» de agua rugiente que
Colón vio aquel día y el siguiente. No olvidemos que nuestros exploradores se
encontraban ante el delta del Orinoco, que discurría por entonces la estación
de las lluvias (y además el relato habla de fuertes aguaceros todos los días),
que el río registraba una gran crecida, y que el estrecho favorecía el choque
del agua dulce con la salada. El fenómeno es frecuente en el delta del
Amazonas, y es conocido como pororoca. No parece tan propio del
delta del Orinoco, pero los «hileros» de agua, semejantes a la crecida de un
gran río no parece que puedan deberse a otra cosa. El propio Almirante, que
junto con su prodigiosa fantasía tenía una capacidad de observación admirable,
interpreta dos días más tarde el fenómeno como «la pelea del agua dulce con la
salada». Hernando Colón, más tarde, sin duda ante el diario de su padre,
explica las cosas con admirable claridad: «vino del sur un golpe de corriente
con mayor ímpetu de lo normal, y acompañado de un enorme estruendo, saliendo de
dicha boca en dirección norte. Como del golfo que ahora se llama de Paria salía
otra corriente opuesta a la anterior, chocaron entre sí… en medio de un gran
ruido, dando lugar a que el mar se levantase como un alto monte o una sierra a
lo largo de la boca». Es difícil describir mejor el fenómeno de la «pororoca»,
más explicable cuando se registran mareas vivas. Justo por aquellos días
cercanos al plenilunio, tenían mareas vivas.
El intuitivo Almirante tardaría, sin embargo, un par de días en hacerse
cargo de la situación. Entretanto, salieron del temible estrecho, que Colón
bautizó como Boca de la Sierpe, y se adentraron en el golfo de Paria, que casi
parecía un lago, engolfado como estaba entre la isla de Trinidad y el
continente, sin otro contacto con el mar abierto que las dos bocas, de la
Sierpe y del Dragón. Los españoles desembarcaron en la costa de la península de
Paria: era la primera vez que unos europeos pisaban territorio del continente
sudamericano. Y también por primera vez se encontraban ante una cultura
superior a las que hasta entonces habían visto: campos labrados, cabañas con
tejado a dos vertientes, en lugar de las circulares y de techo cónico a que
estaban acostumbrados, e indios corteses, vestidos, que les ofrecían productos
elaborados de cierta calidad. Aquellos indígenas no querían cuentas de colores;
sí cascabeles, como que se volvían locos por ellos. A cambio ofrecían papagayos
y un líquido blanco y dulce que apreciaban mucho, y que Colón interpretó como
una suerte de «vino verde», elaborado al parecer con hierbas del país. También
pudo el Almirante «rescatar» oro, aunque en pequeña cantidad: los naturales le
dijeron que hacia occidente había mucho más. También encontraron ostras, y
adquirieron la certeza, nada descaminada por cierto, de que habían llegado a
una región rica en perlas.
Don Cristóbal hubiera querido seguir navegando a lo largo de aquella
costa tan prometedora; pero los barcos estaban en malas condiciones, los
tripulantes hambrientos (quizá, después de la triste experiencia de La
Española, no quisieron abusar de los productos indígenas), y decidieron acortar
la exploración todo lo posible. Aquella masa de agua, entre la isla y la costa
principal tenía todo el aspecto de un lago, y el Almirante, con su prodigiosa
intuición, e inspirado por el recuerdo de los «hileros» observados en la Boca
de la Sierpe, hizo recoger un balde de agua y la probó. ¡Era agua dulce! No se
encontraba en un lago, puesto que había penetrado entre dos islas —poco después
intuiría que entre una isla y un continente—, y allí «peleaban el agua dulce y la
salada». Pero en el centro del golfo predominaba la dulce, aunque en ocasiones
parecía un poco salobre. No era un fenómeno normal, «que yo jamás oí ni leí que
tanta cantidad de agua dulce fuese así dentro y vecina con la salada». Y Colón
no necesita grandes dotes deductivas para tomar conciencia de que aquella
enorme masa de agua dulce no puede proceder más que de un gigantesco río de
fuerte corriente, capaz de chocar con las aguas del mar y endulzarlas por
espacio de muchas millas. Efectivamente, porque la desembocadura es muy llana y
las principales bocas se hallan un poco más al este, no podía verlo, pero
estaba ante el delta del Orinoco, que por aquellas fechas justamente adquiere
su máximo caudal. Y he aquí el gran descubrimiento: «no ha oído que ni Ganges,
ni Nilo ni Éufrates tanta agua dulce trajesen». Aquel río debe ser uno de los
más caudalosos, si no el más caudaloso del mundo entero. Lo cual no tiene
sentido «salvo si esta no es tierra firme». Ya camino de La Española repetirá
su certeza de que «aquella tierra de donde viene sea tierra firme», por
necesidad un gran continente. De modo, sigue razonando el Almirante, que «yo
estoy creído que esta es tierra grandísima, de que hasta hoy no se ha sabido. Y
la razón me ayuda grandemente por esto de este gran río y de esta mar, que es
agua dulce». En una carta posterior a los Reyes Católicos deja su certeza
todavía más clara: «Y creo que esta tierra que agora mandaron descubrir
Vuestras Altezas sea grandísima, y haya otras muchas en el Austro, de que jamás
se hubo noticia».
Colón ha descubierto América. La enormidad de un río capaz con su caudal
de endulzar el mar en un amplio espacio —el golfo de Paria— no puede proceder
sino de un continente. No solo la tierra ante la que se encuentra es tierra
firme, sino «tierra firme grandísima», como la que alimenta el Nilo o el
Ganges. Y una tierra «de la que hasta hoy no se ha sabido». De Cipango, Catay,
la India, sí se tuvo noticia desde los tiempos antiguos: esta es en cambio una
tierra nueva, un gran continente que Colón acaba de descubrir. Un continente
que abarca ampliamente otras muchas tierras al Austro. Colón está pensando en
la quarta pars mundi, la Terra Australis de
Ptolomeo, está pensando exactamente lo mismo que Américo Vespucio… pero cuatro
años antes que Vespucio. Los marinos y cosmógrafos españoles se habían dado
cuenta, por lo menos desde una fecha tan temprana como 1494, de que las tierras
descubiertas por Colón no eran Asia, pero nunca declararon paladinamente que
constituyesen una nueva parte del mundo, un conjunto de continentes e islas
distinto de las otras partes… aunque el mapa de Juan de La Cosa así lo insinúa.
Quien descubrió su propio descubrimiento como un Nuevo Mundo («Vuestras Altezas
tienen acá otro mundo») fue Cristóbal Colón. Y eso hay que reconocérselo. Para
desgracia suya, no dio —en grandísima parte porque no quiso dársela— la debida
importancia a ese descubrimiento.
§. El Paraíso
El desdoblamiento inconcebible del alma de Colón alcanza su grado más extremo
cuando explora el delta del Orinoco… o poco después, cuando trata de
interpretar la realidad que ha descubierto. En el diario de navegación, que no
conocemos directamente, pero del que nos ofrece una paráfrasis bastante
detallada, incluyendo algunas frases textuales, Bartolomé de Las Casas, habla
con admiración del agua dulce que encuentra en el golfo de Paria, e intuye una
realidad grandiosa que poco después se completará en la alusión a un continente
nuevo situado al Austro. Pero en cambio, no se lee alusión alguna a otro
descubrimiento que creyó realizar Colón —o hizo creer que había realizado—, un
descubrimiento si se quiere más grandioso todavía, pero disparatado, al que
acompaña una interpretación, si cabe aún más disparatada, de la forma del
mundo. Es posible que fray Bartolomé, por razones de respeto al tema, o por una
piadosa indulgencia con la enfebrecida imaginación del Almirante, haya omitido
las frases que le parecieron menos indicadas en su transcripción; pero lo más
probable es que Colón haya retrasado su teoría hasta el momento de redactar su
memorial a los Reyes Católicos o incluso a momentos posteriores. Por un lado
está ante un nuevo continente, cruzado por un río extraordinariamente
caudaloso, un continente en el que tienen que encerrarse numerosos países
dignos de ser explorados y conocidos. Por otra parte, se cree a las puertas del
Paraíso Terrenal. Las frases en que habla de uno y otro escenario se
entremezclan en admirable desorden, como si Colón estuviese viviendo en dos
mundos a la vez, y no quisiese prescindir de ninguno de ellos, por
incompatibles que resulten: que son incompatibles, no solo por naturaleza, sino
por los motivos que enseguida comprenderemos.
La idea de esta dualidad es en cierto modo antigua. Colón pretende haber
llegado, o estar a punto de llegar al Extremo Oriente, a Asia, con las
incontables leyendas que se cuentan de aquellos fabulosos países: ese es, sin
discusión alguna, el objetivo supremo, el destino final. Los jalones que pueda
encontrar en el camino son solo accidentes secundarios, que conviene superar
para llegar a la verdadera meta. Pero al mismo tiempo, el Colón que encuentra
islas y tierras salvajes, de clima tropical, habitadas por seres más primitivos
que los africanos que ya conoce, son, desde el momento mismo de Guanahaní,
territorios paradisíacos, bellos hasta superar todo lo que el hombre puede
decir en palabras. El descubridor siente por las tierras encontradas un amor
que no contribuye, ciertamente, a la más exacta comprensión de la realidad del
Nuevo Mundo, pero que es admisible como el propio de un enamorado, como el del
artista por su obra, el del pensador por su teoría, el del científico por «su»
ecuación. Ya desde el primer momento el Almirante ve paraísos. Aires
temperantísimos, islas encantadas, playas deslumbrantes, selvas perfumadas,
entre el cantar mágico de los pajaritos y la belleza de las aguas, de los peces
multicolores que nadan por ellas, de los ríos inmensos, de los puertos donde
cabrían todas las naos del mundo. Con un estilo que en ocasiones roza lo
poético, el Almirante entrelaza el encanto de lo que ve con la fantasía que le
transporta a un mundo soñado. Transforma los graznidos de los pajarracos tropicales
en cantos de ruiseñores y las malezas intransitables en arcádicos jardines.
Todo es dulce, suave, embriagador. Y el lector, conducido por ese hechizo,
llega a ver en las islas del Caribe el paraíso soñado por Colón. Otro
ingrediente de la idea paradisiaca es también antiguo: el cambio de clima que
se experimenta de forma espectacular cuando se traspone el meridiano mágico,
unas cien o ciento cincuenta leguas al oeste de las Azores, o de Cabo Verde: a
las tormentas del Atlántico o a las terribles calmas ecuatoriales sucede el
clima siempre igual y delicioso de las aguas que bañan las Indias. Y así debe
ser, porque según todas las versiones de los sabios y exégetas el Paraíso
Terrenal estaba en el Oriente, «en lugar temperantísimo».
Y de este modo, el entusiasmo del descubridor por su descubrimiento, en
un crescendo magnífico, llega en el tercer viaje a la plena
identificación del Nuevo Mundo con el Paraíso. Una ola gigantesca, con un
«rugir terrible» le despierta en plena noche y levanta la nao hasta el doble de
su altura y luego la deposita de nuevo dulcemente sobre las aguas. Y un mar en
que el agua es dulce. De pronto Colón —no olvidemos que es ya un Colón
ilustrado— recuerda la descripción que hace del Paraíso uno de sus autores favoritos,
Pedro de Ailly: tan maravilloso lugar se encuentra en una isla rodeada de un
lago de agua dulce, alimentado por cuatro ríos caudalosos. Probablemente vuelve
a leer la referencia después del regreso del tercer viaje y es entonces cuando
realiza sus acotaciones. En el ejemplar de la Imago Mundi de
Ailly, conservado en la Biblioteca Colombina, se leen estas palabras: «… las
aguas que descienden de tan alta montaña forman un inmenso lago [escrito al
margen: un lago]. La caída de estas aguas produce tal ruido
que las gentes nacen allí sordas» [subrayado en el original]. El
agua y el rugido. No cabe duda: allí está el Paraíso. Y cuando se acuerda de
esta coincidencia —no en el momento del susto, sino algún tiempo, por lo menos
días más tarde—, así lo declara el descubridor: «grandes indicios son estos del
Paraíso Terrenal…». Ahora todo se explica. Colón, entusiasmado por el hallazgo
de las vecindades del Paraíso, echa por tierra todos sus descubrimientos
científicos. La declinación de la aguja, el mayor movimiento de la estrella,
los aires templados, el color de la piel de los indígenas, todo se debe a la
proximidad de esa montaña altísima que conduce al Edén, cuya elevación cambia
el clima, las corrientes y la perspectiva de las estrellas. Y así surge la
teoría complementaria de Colón, que contribuye a aumentar la magnitud del
dislate.
«Yo siempre leí que el mundo era esférico, en las autoridades y
experiencias de Ptolomeo y todos los otros que escribieron… y mostraban para
ello así por eclipses de luna y otras demostraciones, como de la elevación del
polo de Septentrión en Austro[16]. Y hallé que [el mundo] no es redondo, sino que es de forma de una
pera… o como quien tiene una pelota muy redonda, y en un lugar de ella fuese
como la teta de una mujer allí puesta, y que esta parte de este pezón sea la
más alta y propinqua del cielo, y sea debajo de la línea equinoccial, y en esta
Mar Océana, en el fin del Oriente». Existe, pues, una especie de polo elevado
en el ecuador, que señalaría el lugar del Paraíso. Marchando hacia él, todos
los caminos se dirigen —insensiblemente— hacia arriba: hasta los de la mar; y
así «van los navíos alzándose suavemente, y entonces se goza de más suave
temperancia». Existe, por tanto, un punto en la superficie de la Tierra en que
se rompe la simetría para formar una punta, que lo explica todo: el clima más fresco,
los indígenas de piel más blanca, la declinación de la aguja más intensa y el
movimiento de la Polar más fuerte, puesto que allí estamos más cerca de la
estrella. Hay todavía hoy quien pretende que el último descubrimiento de Colón
es correcto, y habría intuido genialmente el abultamiento de la Tierra en el
ecuador. No es así en modo alguno; el Almirante no intuye una esfera achatada
por los polos y abultada en la zona ecuatorial, sino una montaña aislada a la
cual se va ascendiendo poco a poco y cuya cima se encuentra en un punto del
ecuador; nuestro mundo no tiene forma de trompo, sino forma de pera, y la punta
de la pera no se encuentra en todo el ecuador, sino en un lugar muy concreto
del ecuador, el que él ha descubierto.
Hemos llegado así al ápice de las inconsecuencias colombinas. Cuando
suponíamos que había llegado al momento más acertado, realmente genial, de sus
concepciones científicas, cae, víctima de su calenturienta imaginación, en las
teorías más increíbles para una mente de su tiempo. Ha calculado con precisión
la latitud en función de la posición de la Polar con respecto de las Guardas,
para hallar resultados como difícilmente hubiera podido conseguir cualquier
marino de su tiempo. Y encuentra la causa de la presencia de una gran masa de
agua en un golfo marino: tiene que haber un río de gran caudal que desemboque
en él, y efectivamente lo hay. Este río procede del sur, puesto que al norte no
hay más que islas y mar: luego no puede venir de la India, que vierte justamente
al sur. Ahora bien, tan fabuloso caudal que este río tiene ha de alimentarse,
se infiere, de un vastísimo territorio que se extiende hacia el sur, y por
tanto la tierra que tiene a la vista no solo es tierra firme, sino un gran
continente, distinto de Asia. Las deducciones de Colón son irreprochables,
producto de dos grandes virtudes que siempre le distinguieron: la capacidad de
observación y una intuición prodigiosa. La otra cara del Almirante es su
facilidad para obtener conclusiones absurdas, propias de una mente
calenturienta y alejada de la realidad, alejada también de sus propias y
precisas observaciones. El «lago», o casi lago de agua dulce y el estruendo de
las aguas, que poco antes ha interpretado correctamente como el choque entre
las del río y las del mar, le sugieren que se encuentra cerca del Paraíso
Terrenal, y en función de esta sugestiva teoría desvía observaciones
correctísimas, aunque tal vez un poco exageradas, como el cambio de clima, el
color de la piel de los indígenas, y algo mucho más monstruoso, la existencia
de una especie de cima de la Tierra, a la cual se va ascendiendo poco a poco, y
que es causa de todos los fenómenos, por otra parte objetivos, que observa.
El falso descubrimiento del Paraíso mata al verdadero descubrimiento del
Nuevo Mundo. No solo porque echa por tierra unas constataciones científicas que
hubieran esclarecido definitivamente su figura ante sus contemporáneos y ante
la historia, sino porque la idea del supuesto Paraíso le aleja brutalmente de
su tiempo y de su lugar. La idea de que el Paraíso era una realidad todavía
existente, tangible y bien localizable no cabía en una mentalidad moderna, y
Colón era uno de los hombres que, sin advertirlo, estaban abriendo la puerta de
los tiempos modernos. Pero, y esto es igualmente decisivo, esa idea le
transporta nuevamente de América a Asia, puesto que el Paraíso, como muestran
los ingenuos mapas medievales, y admite todavía un geógrafo como Ailly, está en
el extremo este de Asia, o, como dice el propio Colón, «en el fin del Oriente».
No encontrará jamás el Paraíso Perdido, y habrá perdido para siempre América.
Dos pérdidas irreparables.
§. Regreso encadenado
Es muy difícil precisar lo que Cristóbal Colón creyó acerca de sus propios
descubrimientos. ¿Por qué no buscó el río enorme que con tanto acierto había
intuido? ¿Por qué no trató de acercarse a la inaccesible montaña sobre la cual
se encontraba, según la tradición, el Paraíso? La segunda pregunta parece más
fácil de contestar, aunque admite dos respuestas: primera, que el Almirante no
tomaba en serio sus propias afirmaciones: solo quería sentarlas para conferir
más sensación a sus hallazgos, y para demostrar que había llegado al «fin del
Oriente», es decir, a Asia. Segunda, porque la idea del Paraíso no se le
ocurrió entonces, sino más tarde. No hay, repetimos, la menor mención al Edén
en el resumen del diario de navegación recogido por fray Bartolomé. Debió
tratarse de una curiosa idea «a posteriori» que sí aparece en la
relación del mismo viaje a los Reyes Católicos, escrita más tarde. En cuanto al
abandono de la exploración de la quarta pars mundi, puede ser un
descuido imperdonable, pero Colón va a exponernos hasta seis causas distintas
que le inducen a suspender momentáneamente su misión.
No la abandonó del todo, sin embargo. El 13 de agosto salió del golfo de
Paria por la otra boca, la del Dragón (por alguna causa dio nombres ominosos a
las dos salidas al mar libre), y siguió navegando a lo largo de la costa
venezolana. Encontró ostras y algunas perlas; preguntados los indios,
explicaron que hacia el oeste podrían recoger muchas más. Así fue como dio el
Almirante con la isla Margarita, que sería por espacio de siglos uno de los más
famosos criaderos de perlas del mundo. No es seguro que a la denominación
latina de las perlas deba su nombre, porque los expedicionarios no hicieron más
que soslayar la isla. Posiblemente deba su nombre a la princesa Margarita, la
efímera esposa del malogrado príncipe don Juan. Sea lo que fuere, los
expedicionarios perdieron una fabulosa ocasión (hay quien opina que Colón supo
de las perlas, pero no quiso revelar su secreto). Algunas versiones recogen la
idea de que el Almirante cedió a los indios unos cuantos toneles, y les encargó
que depositasen en ellos las perlas que encontrasen: en otro momento vendría a
recogerlas. De momento, tenía que dirigirse a toda prisa a La Española. El
descubridor, en la versión transcrita por Las Casas, da hasta seis causas para
obrar así. La enumeración de estas causas, al menos tal como se encuentra en la
paráfrasis original, muestra un admirable desorden, pero todos los motivos
aludidos son perfectamente razonables: primero, tenía interés en conocer el
estado de La Española, de la que había estado ausente casi tres años, y cuyo gobierno
había dejado provisionalmente en manos de su hermano Bartolomé; segundo, se
quedaría él en La Española, y enviaría a Bartolomé, más joven y sano, a
reconocer los descubrimientos de su tercer viaje, para aclarar los puntos
clave; tercero, le faltaban alimentos y aquellos de que disponía estaban en mal
estado de conservación, de modo que no podía prolongar por más tiempo su
periplo; cuarto, la gente estaba muy cansada y con deseos de llegar a puerto
seguro de una vez; quinto, que los barcos se encontraban muy deteriorados, y no
convenía seguir exponiéndolos a nuevos peligros; y sexto, que el Almirante
estaba enfermo de los ojos y necesitaba reposo. En suma, hombres y barcos se
encontraban ya en pésimo estado, escaseaban los alimentos, y el Almirante se
sentía inquieto por lo que pudiera ocurrir en La Española: en este punto no le
engañó su prodigiosa intuición. Colón perdió la mejor ocasión de su vida de
cambiar de proyecto y aparecer ante la historia como el descubridor consciente
de un nuevo mundo; pero en aquellos momentos no se sentía en condiciones de
coronar la empresa. Lo haría más tarde. Esa ocasión no llegó nunca.
Es admirable el sentido de orientación del Almirante, que supo
encontrar, sin referencia alguna, el rumbo necesario para llegar a La Española.
El 15 de agosto abandonaba la costa sudamericana, y el 31, después de preguntar
a los indios ya en la isla, fondeaba frente a Nueva Isabela, que se llamaba en
realidad Santo Domingo. Apenas es necesario detenerse en las tribulaciones que
le esperaban. También en este punto la intuición de Cristóbal Colón funcionó
perfectamente. Bartolomé, cuyo acierto principal fue probablemente haber
fundado la nueva capital en el punto adecuado, había tratado de mostrarse más
enérgico que Cristóbal, y no había conseguido otra cosa que aumentar el
descontento de los colonos, algunos de los cuales llegaron a una situación de
rebelión abierta. El caudillo de la revuelta fue Francisco Roldán, antiguo jefe
de mineros, hombre de fuerte carácter, a quien Colón, tan extraordinario
navegante como mal conocedor de los hombres, había hecho Alcalde Mayor. Cuando
el Almirante regresó a la isla, a fines de agosto de 1498, se encontró en una
situación de auténtica guerra civil entre su hermano y Roldán: los colonos,
cuyo número tendía a disminuir por las enfermedades y las repatriaciones, se
habían dividido en dos bandos, que obedecían a uno o a otro sin entenderse
entre sí.
La situación se había hecho crítica, y no podía soñarse siquiera en la
continuación de las sugestivas exploraciones del continente sudamericano. Colón
trató de negociar, al fin devolvió sus cargos a Roldán, y, provisto de un
documento real que le permitía hacer «repartimientos» en la isla, no solo
repartió tierras sino que, en régimen de señorío, «repartió» indios, una
competencia que no aparecía en el documento. Bien que mal, Colón y los suyos
explotaron las riquezas de La Española, y valiéndose de los indígenas
(condenados a un duro trabajo que no estaban habituados a realizar) obtuvieron
más fruto de la colonia de lo que hasta entonces habían logrado, beneficiando
sobre todo el oro de Vega Real. A fines de 1499 Colón había reunido unos cuatro
millones de maravedíes en oro, aunque a su juicio mucho menos de lo que le
habrían deparado las verdaderas «Indias», si hubiese podido llegar a los
imperios más ricos. Por desgracia, no volvió a pensar en la tierra firme, ni en
el río increíblemente caudaloso, ni en las posibilidades del continente enorme
que acababa de descubrir, ni siquiera en la isla Margarita. Porque sus
preocupaciones en La Española nunca dejaron de ser grandes, o porque sus miras
finales eran muy otras. El comportamiento del Almirante en este punto (no
ocuparse en absoluto de lo descubierto en el tercer viaje) es un misterio más
que añadir a los misterios colombinos. Y este olvido tendría que pagarlo caro.
La última fase del gobierno de Cristóbal Colón en La Española fue bien
triste, y en este punto no merece a nuestro objeto más que una brevísima
referencia. Los colonos, en su mayoría, se sentían defraudados, y muchos de
ellos procuraban regresar a la Península. Las denuncias contra el Almirante
eran sobre todo de dos clases: unos, los que habían aspirado a la fama y a
enriquecimientos fáciles, acusaban a los Colón de haberlos engañado, de una
mala gestión, de arbitrariedades en el gobierno de la isla; otros, los más
altruistas, denunciaban el trato a los indios, que excedía de las condiciones
previstas, y que los desgraciados naturales no podían soportar. Morían a
montones. Ante el cúmulo de acusaciones, los Reyes Católicos enviaron como
pesquisidor a Francisco de Bobadilla, provisto esta vez de plenos poderes para
hacer y deshacer. No es este el lugar de precisar si los monarcas abolieron las
Capitulaciones de Santa Fe mediante un «golpe de Estado», como designa Taviani
a la comisión de Bobadilla, o si la medida resultaba obligada por la pésima
administración del Almirante y el fracaso de la propia misión colonizadora en
ultramar. Un error de Colón fue su esfuerzo en poner las mayores dificultades
posibles a la acción del enviado, una actitud que no hizo sino aumentar la
prevención de este. Lo cierto es que, como resultado de las pesquisas de
Bobadilla, el 1 de octubre de 1500 Colón fue preso y enviado a España. El
tercer viaje, suprema paradoja, se había emprendido como una misión
descubridora completamente nueva, y terminaba con la destitución del
descubridor como gobernante de lo que ya estaba descubierto. Cristóbal Colón,
eso nunca nadie lo ha dudado, era un genial navegante y un mal administrador. Y
en lugar de seguir navegando en busca de lo posible, prefirió seguir
administrando lo seguro, por mediocre que fuera. Por su empecinamiento y por
sus equivocaciones, o por ambos hechos a la vez, su carrera había fracasado.
Capítulo 8
En busca de lo imposible. El cuarto viaje
Contenido:
§. Los propósitos y los sueños
§. Ciclón
§. La superación del primer estrecho
§. El último error de Colón
§. La desesperada búsqueda de un paso
§. Revelaciones
§. Otro mar. Últimas esperanzas
§. Eclipse
§. El último regreso
El regreso de Colón en 1500 pudo haber sido el último. Qué suerte tan
dispar la de los regresos: el de 1493 significó el triunfo, la fama y la
gloria. El ya Almirante de la Mar Océana había roto las fronteras del mundo,
había cumplido su propia profecía, una profecía en la cual casi nadie quería
creer, había anunciado el hallazgo de nuevas y lejanísimas tierras, y tanto los
Reyes Católicos como cuantos le recibieron en Sevilla o en Barcelona le habían
colmado de parabienes. Todo el mundo quería apuntarse al segundo viaje, que
fue, en verdad, una expedición imponente. El regreso de este segundo viaje, en
1495, había resultado mucho más triste. Las tierras encontradas eran menos
ricas de lo que había anunciado el Almirante, y su clima resultaba malsano para
los europeos. Cristóbal Colón, como símbolo de humildad, o por otras razones,
desde el voto religioso a la búsqueda de lo espectacular, había vuelto vestido
de fraile franciscano. El tercer viaje, que sirvió para el hallazgo consciente
de un Nuevo Mundo, un hallazgo del que el descubridor no supo o del que no
quiso prevalerse ni acertó a anunciar o a explotar como hubiera debido, terminó
con el más trágico de los regresos: el Almirante, Virrey y Gobernador llegó a
España preso por orden de la autoridad. Había pasado de la gloria al abismo, y
en aquellas circunstancias parecía ya impensable un cuarto viaje. Por otra
parte, los Reyes Católicos habían comenzado ya a ofrecer concesiones por su
cuenta: a Ojeda, Nicuesa, Alonso Niño, Diego de Lepe, el mismo Vicente Yáñez
Pinzón. Cristóbal Colón había descubierto unas tierras que no eran las Indias.
No se trataba de unas islas, que se confiaba en principio que el Almirante
pudiera administrar más o menos acertadamente, sino, al parecer de un Mundo
Nuevo, una realidad geográfica desconocida, al parecer de dimensiones inmensas,
que no cabía encomendar a una sola persona. La idea de las Capitulaciones de
Santa Fe, que concedían el gobierno de unas islas carentes de poder organizado,
y unas ventajas en el comercio con grandes territorios sometidos a autoridades
imperiales, había caído por su base. Colón ni había conseguido gobernar unas
islas salvajes, ni los inmensos territorios ya columbrados correspondían a
grandes imperios, sino a una parte del mundo que solo una gran potencia podía
conquistar. Los Reyes tuvieron buen cuidado de individualizar sus concesiones a
los distintos adjudicatarios de los llamados «viajes menores»: que posiblemente
no merecerían este nombre. Pero el hecho es que Colón, que ni había descubierto
las Indias, ni había conseguido gobernar islas salvajes, parecía haber perdido
para siempre su papel.
Sin embargo, nuestro personaje, aunque fracasado ¡y encadenado!, poseía
un tesón, una perseverancia, una capacidad para proseguir un empeño entre
genial y disparatado, que no le permitía darse nunca por vencido. Poseía una
gran capacidad de persuasión. Y estaba dispuesto a proseguir o a morir en su
empresa. Y esta empresa ya no podía ser otra que la inicial, la que le había
guiado en su primer viaje: llegar a Extremo Oriente navegando hacia Occidente.
Sabía que los Reyes Católicos habrían de perdonar sus errores, y de alguna
manera iban a reivindicarle; sobre todo Isabel, que siempre había visto en él
un hombre que encerraba un misterio especial, un secreto indefinible, que le
hacía capaz de alcanzar lo más inesperado. (Por eso, aunque el capitán del
barco quiso liberarle de sus cadenas, el Almirante se negó a ello: solo estaba
dispuesto a considerarse libre por mandato de los reyes). Colón fue perdonado
inmediatamente y logró ser recibido en Granada por los monarcas, que durante un
tiempo le alojaron junto a ellos, y le trataron con el mayor afecto. Se dice
que en una escena con la reina, en que el Almirante reveló todas las
humillaciones sufridas, ambos personajes no pudieron evitar las lágrimas. Es
cierto que don Cristóbal no consiguió rehabilitarse por completo: conservó el
título de Almirante y las rentas que le correspondían de las tierras
descubiertas, pero no recobró su gobernación. El mismo año 1501, los reyes
enviaron a Nicolás de Ovando como gobernador de La Española, con la misión de
convertir la mísera colonia en un establecimiento próspero y bien organizado.
La expedición de Ovando, con treinta naves y 2500 hombres, bien provistos de
todo lo necesario, fue la más numerosa que nunca había cruzado el Océano. Las
cosas no fueron del todo felices en la isla que Colón consideró el centro del
establecimiento de los españoles en las tierras ultramarinas, pero mejoraron
bastante. Pasados los años, Cuba pasaría a ser el principal centro de recepción
en las Antillas.
¿Y Colón? ¿Es que le cabía aún algún papel en la política transoceánica?
Quedaba todavía, no había fenecido en absoluto, la idea principal: llegar a
Asia por el Atlántico. Ya por entonces los portugueses habían alcanzado la
India y Vasco da Gama realizaba su segundo viaje. Pero había sin duda mucho que
descubrir aún, y, aparte de esto, era preciso demostrar a quién correspondía lo
descubierto. Colón seguía pensando que el mundo era más pequeño que lo que hoy
sabemos que es, y cabía la posibilidad de que los portugueses se hubieran
introducido en el hemisferio español. Efectivamente, el tratado de Tordesillas
había cambiado la demarcación establecida por las bulas de Alejandro VI, aún no
se sabía muy bien en beneficio de quién. Los portugueses ya habían descubierto
Brasil y comenzaban a establecerse en él. Pero los españoles aún esperaban que,
cediendo parte del Atlántico, una gran porción de la India o por lo menos del
sudeste asiático les correspondiera; salieron ganando los lusitanos, porque
nadie imaginaba todavía la presencia inmensa del Pacífico. La mayor parte del
imperio español se extendería inútilmente sobre el océano más grande del mundo.
Quizá la insistencia de Colón sobre lo cerca que los territorios asiáticos
quedaban de lo descubierto en ultramar —es decir, de las Antillas— pesó en esta
equivocada decisión.
Lo cierto es que los monarcas, aunque desconocían las posibilidades
exactas de continuar la exploración hacia el oeste, acabaron devolviendo su
confianza al Almirante, y le encomendaron la misión concreta y específica que
desde el primer momento había concebido: llegar a Asia por el océano Atlántico.
Pero no, como en el tercer intento, por la ruta del ecuador, para aventajar a
los portugueses en la llegada al Indostán. Aquella batalla estaba ya perdida,
tras el regreso triunfal de Vasco da Gama, que ya por entonces llegaba de
nuevo, y con más amplias intenciones, a los territorios hindúes. El cuarto
viaje tendría así la misma finalidad que el primero: llegar al Extremo Oriente
por el hemisferio Norte, cualquiera que fuese lo que se encontrase más allá de
las Antillas. Pero con una diferencia: esta vez no se trataba —como se había
tratado también en el tercer viaje— de encontrar de paso las islas que se
tropezara en el camino. Estas islas comenzaban a formar parte ya del imperio
español, y los audaces marinos que habían emprendido los llamados «viajes
menores» estaban encontrando nuevas tierras en el área del Caribe. Colón
recibió órdenes expresas de no recalar en La Española; su presencia podía
suscitar allí nuevos conflictos, y demasiados habían surgido ya. Tenía que ir
más lejos, a las maravillosas tierras que suponía más allá de Cuba, aunque no
se sabía exactamente cuánto más allá. La responsabilidad del cuarto viaje era
inmensa: orillar lo ya descubierto, como si no existiese, no abastecerse por el
camino, y seguir adelante, hasta el fondo. Colón aceptó el encargo, pese a la
distancia tal vez enorme que tendría que recorrer, porque era lo que más
deseaba en su vida. En el viaje anterior había despreciado América y el inmenso
significado que podría adquirir el Nuevo Mundo. Ahora tendría que afrontar las
consecuencias de su elección, y tratar de alcanzar Asia por encima de todo. Tal
era su supremo reto. Colón aceptó una misión imposible, aunque todavía no sabía
que lo era. Y se decidió a lanzarse de cabeza a la aventura. Su terquedad, la
obstinación de su «idea fija», pudieron más que todos los consejos de la
prudencia.
Una vez obtenidas las correspondientes licencias y las ayudas
necesarias, la preparación del cuarto viaje fue relativamente rápida. Colón ya
no dependía de Fonseca. No iba a las Antillas, ni siquiera a la Tierra Firme
encontrada más al sur, sino a una realidad geográfica que se encontraba «más
allá», plus ultra, incluso respecto de sus anteriores
descubrimientos. De nuevo volvía a ser pleno dueño de su propio destino, pero
partiendo otra vez de cero. Nada más significativo que este despedirse para
siempre de América.
§. Los propósitos y los sueños
Colón se preparó en Sevilla, pero partió definitivamente de Sanlúcar de
Barrameda el 9 de mayo de 1502. Llevaba cuatro carabelas, La Capitana,
(rebautizada de nuevo como Santa María), la Santiago de
Palos, la Gallega y la Vizcaína, la mayor de
las cuales no pasaba de setenta toneladas; las restantes desplazaban unas
cincuenta. Por primera vez el Almirante prescinde de las naos y se aviene a
embarcar en una carabela, eso sí, provista de un nombre solemne, y con
diferencia la mayor de las cuatro. No se trataba de transportar un contingente
de colonos ni más mercancías que las necesarias para una larga navegación: la
finalidad era exclusivamente descubridora. La tripulación estaba compuesta de
unos 150 hombres. Entre los integrantes figuraba Bartolomé Colón, el
colaborador casi indispensable y hombre de confianza del Almirante. Y entre los
grumetes estaba Hernando Colón, entonces de trece años. Tal vez su padre
aspiraba a convertirlo en un navegante (Diego estaba recibiendo una esmerada
educación como heredero). Poco sabían ambos que el segundo hijo del descubridor
iba a ser más culto y refinado que el primero. Así, el relato del cuarto viaje
cuenta con un testigo de excepción y un narrador de primera mano en el capítulo
correspondiente de la Historia del Almirante. Hernando debió vivir
intensamente las peripecias de la navegación, una experiencia absolutamente
nueva para él, las tempestades, la hostilidad de los indios, la pérdida de dos
carabelas, el costeo interminable en busca del «estrecho», la angustiosa
recalada en Jamaica, con las dos carabelas supervivientes ya inservibles, el
terrible año en la isla, hasta que al fin los náufragos recibieron auxilio; las
tribulaciones de su padre, enfermo, acabado, asediado por los rebeldes, entre
arrebatos místicos y lágrimas. Tuvo que ser aquella para el muchacho una
aventura apasionante y al mismo tiempo triste y amarga como pocas experiencias
en su vida. Con todo, si esperamos encontrar en la Historia del
Almirante un relato dramático, nos equivocaremos. Hernando, o no
concedió demasiada importancia a sus recuerdos de trece años, o prefirió seguir
otras fuentes, distintas a su propia experiencia. En las páginas relativas a
aquel viaje hay más reivindicaciones de su padre o críticas a sus detractores
que noticias realmente nuevas. Hasta es posible que algunos hechos, como la
famosa predicción de un eclipse por Colón, hayan sido casi inventados, en un
intento de aumentar la gloria del descubridor. Con todo, no podemos despreciar
este testimonio. Mucho más dramático, en ocasiones enloquecedor, como confesión
del estado de ánimo del Almirante, sus tribulaciones espantosas, sus visiones
celestiales, y su sentirse a las puertas de la muerte (todo ello en un
increíble desorden) es el propio relato de don Cristóbal, escrito en las
desesperadas jornadas de Jamaica, perdidas ya las carabelas y casi del todo
—¡del todo nunca!— las esperanzas. Aunque resulte difícil creer su testimonio a
pies juntillas, pocos textos de ese excelente aunque desigual escritor que fue
Cristóbal Colón alcanzan tan tremenda intensidad. Otros cronistas de la época
—y como siempre Las Casas y Oviedo—, nos proporcionan noticias de primera mano.
Con todo, nunca será posible reconstruir con detalle las peripecias entre
épicas y absurdas de un cuarto viaje, que merece ser conocido, siquiera sea tan
solo por el dramatismo de aquellos dos años de periplo, un dramatismo mucho
mayor, por supuesto, de lo que la epopeya supone en sí como parte de la
historia de los descubrimientos.
El objetivo consistía en líneas generales, en navegar más al oeste de
Cuba, encontrar un paso entre las islas y alcanzar la costa de Asia. Hernando
Colón, que acompañó a su padre en el viaje, nos cuenta que «la intención del
Almirante, cuando iba por el Océano, era ir a recorrer la tierra de Paria y
continuar la costa hasta dar con el estrecho…». Se deduce que el descubridor
quería encontrar un paso por entre el dédalo de las Antillas y las tierras
australes descubiertas en el tercer viaje —que Hernando ya sabía que se
llamaban «tierra de Paria»—, para buscar un paso que les condujera al mar
abierto y de allí aproar a las Indias propiamente dichas. Un marinero de la
expedición, Martín de Riera, declararía más tarde que «fueron en busca de un
estrecho donde decía el dicho Cristóbal Colón que había la especiería». La
especiería: he aquí tal vez el objetivo primario del viaje. Es posible que cada
autor se esté refiriendo a un estrecho distinto, aunque no sea posible
asegurarlo. Por una parte, era necesario rebasar el área de las Antillas y la
Tierra Firme del Sur para encontrar mar abierto hacia las costas asiáticas, y
por otro era preciso seguir esas costas hacia el mediodía para dar por el
estrecho de Catigara (el estrecho de Malaca) con el Sinus Magnum, o golfo de
Bengala, y arribar a las fabulosas tierras de las especias, de que los
portugueses tenían noticia, pero que todavía no habían alcanzado. Las especias,
en la Europa del Renacimiento, se vendían por su peso en oro. Y después de
haber tomado posesión de aquellas míticas regiones, y a no ser que las
circunstancias lo impidieran, la idea era seguir a Occidente hasta dar la
vuelta al mundo y regresar a España costeando África, que es como decir
haciendo el «camino de los portugueses», pero en sentido contrario. Los Reyes
Católicos, no tan seguros como Cristóbal Colón de la viabilidad de la empresa,
admitían la posibilidad de dar vuelta atrás y regresar por el Atlántico; en
este caso el Almirante tenía permiso para recalar en La Española: eso sí, como
fracasado. Contra lo que parece que en un principio se había pensado, el
proyecto, en su concepción final (seguir a Occidente después de hallar tierras
aún no descubiertas por nadie) se cruzaba frontalmente, mucho más que en el
tercer viaje, con el de los portugueses; pero se trataba precisamente de
aclarar la cuestión de los límites, no de un pugilato que a nada bueno podía
conducir. De aquí que Fernando e Isabel entregaran a Colón una carta dirigida a
Vasco da Gama, «capitán del Serenísimo rey de Portugal, nuestro hijo», por si
en algún lugar se tropezaban los grandes navegantes: Colón «se dirige al mismo
lugar por Occidente, y es posible que os encontréis en vuestra ruta». En modo
alguno pretenden agraviar a Portugal, sino dirimir como buenos amigos los
límites de sus dominios respectivos. Si Colón consigue regresar a España por
Occidente, nada más claro que precisar cuál de las dos rutas, por un lado u
otro, es la más corta. El cuarto viaje tenía, pues, como finalidad, dar con el
fabuloso país de las especias, y de paso conseguir una demarcación de las
dimensiones y las partes del mundo como jamás hasta entonces se había hecho.
§. Ciclón
Las ventajas de una expedición ligera se apreciaron desde el primer momento:
llegaron a Canarias el 15 de mayo, tras solo seis días de travesía. Colón,
llevado como siempre, y quizá en este viaje más que nunca, por el camino de las
exageraciones, afirma que llegaron a las islas en cuatro días, un extremo muy
difícil de creer, de acuerdo con las posibilidades de la navegación de aquellos
tiempos. Y así asegura después que tardaron dieciséis en atravesar el Atlántico
hasta Guadalupe, otro imposible, que además no permite encajar las fechas
conocidas. En Canarias realizaron la consiguiente escala para adquirir víveres,
agua y leña. No es posible precisar el tiempo que duró la detención. En cuanto
a la travesía, la versión más lógica es que fuera realizada en veinte días, sin
incidente alguno, al menos que sepamos. Debió ser, tuvo que ser, la etapa más
feliz del viaje; Colón asegura que en todo el camino disfrutaron de un tiempo
«a pedir por la boca». Viento favorable, clima bonancible, excelente velocidad:
no en balde estaban siguiendo la ruta descubierta por el propio Colón en el
segundo viaje, y seguida por todos los navegantes durante siglos. Solo en
Martinica, ya en las Pequeñas Antillas, el 15 de junio, se estropeó el tiempo,
como prenuncio de un verano desastroso. Ya casi nada iba a salir bien a partir
de aquel momento. Nada más triste y deprimente que la secuencia de aquella
expedición desde esa misma jornada, en que se asociaron desgracia tras
desgracia, decepción tras decepción, como en una tragedia griega, hasta llegar
a la desesperación suprema.
De acuerdo con las instrucciones recibidas, y hasta con el plan fijado,
Colón hubiera debido atravesar las Pequeñas Antillas para seguir hacia el
Oeste, en busca de nuevos mares y nuevas tierras: debería esquivar lo ya
descubierto, que en teoría al menos ya no le interesaba, y cuyo acceso tenía
expresamente prohibido. Sin embargo, ya en Guadalupe, decidió recalar en La
Española, tal era la querencia que tenía por «su» isla. Motivo: cambiar una
carabela, la Santiago de Palos, que en su versión estaba estropeada
y era «innavegable», por otra que pudiera encontrarse en Santo Domingo. ¿Simple
pretexto, deseo de ver la tierra donde había establecido la primera colonia
europea en América, saludar a viejos amigos, adquirir nuevas provisiones,
sondear la disposición de Ovando, demostrar ante todo que era no solo el
Almirante, sino que conservaba la legitimidad de la gobernación en las islas?
Todo puede tener algo de cierto, como que el hecho menos probable fue el mal
estado de la Santiago, que sería precisamente la que mejor podría
resistir los temporales de América Central y los ataques de la «broma», y una
de las dos naves que conseguirían llegar a Jamaica, después de la pérdida de
la Gallega y la Vizcaína. Colón llegó a las costas
de La Española el 29 de junio, y lentamente, como en plan de tanteo, se fue
acercando a Santo Domingo. Cuando al fin envió un esquife a la ciudad, supo que
Nicolás de Ovando le negaba la entrada. Pudo ser un gesto duro o poco amistoso,
propio de un hombre autoritario como era el nuevo gobernador, pero en el fondo
Ovando no hacía más que seguir las órdenes recibidas. No por eso Colón dejó las
costas de La Española, y no cabe la menor duda de que mediante pequeños
desembarcos logró obtener provisiones y conocer noticias. En su relación a los
Reyes Católicos el Almirante apenas recoge más que la actitud ingrata del
gobernador, pero no se atreve a exagerarla, porque sabe al fin y al cabo cuál
era la voluntad de los monarcas. La Historia del Almirante, Las
Casas y Oviedo recogen algo más, que deja muy bien parada la reputación del
descubridor.
En efecto: a comienzos de julio el tiempo era espléndido y la mar estaba
en calma. Ningún momento mejor que aquel para enviar el mejor regalo que Ovando
proyectaba hacer a los reyes. Una gran flota de regreso, compuesta por
veintiocho barcos, quinientos hombres, 200 000 castellanos en oro, incluyendo
la pepita más grande que se había encontrado en el Nuevo Mundo, y numerosas
especias, o sucedáneos de ellas, se disponía a cruzar el Atlántico con destino
a los puertos andaluces. En la expedición figuraban Bobadilla, Roldán
—pendiente de juicio— y el «rey» o cacique Guarionex, con otros indios. Colón
aconsejó que se demorase la salida de la expedición, porque estaba a punto de
estallar una gran tempestad. Es muy probable, aunque no lo sabemos, que Ovando
y otros colonos de la isla se mofaran del Almirante y de su presunto despecho,
a la vista del éxito de los nuevos colonizadores. La gran flota zarpó, y a poco
se desató la tempestad, que pudo ser un ciclón de verano que atravesó, como
suele, las costas cercanas de Cuba, o bien una tormenta tropical. No sabemos
que Colón fuera un buen predictor del tiempo y sí que habría de equivocarse una
y otra vez en aquel cuarto viaje. Pero pudo acertar por intuición, al advertir
el aire cargado, la calma chicha, la mar aceitosa, y los cirrus en el cielo, en
forma de parábola. Taviani pretende que ya tenía experiencia de dos ciclones en
La Española, y sabía muy bien lo que iba a ocurrir. Lo cierto es que la
magnífica flota enviada por Ovando fue sorprendida a poco de hacerse a la mar
por una espantosa tempestad. Se perdieron veinte barcos, hundidos unos en pleno
océano, estrellados otros contra las rocas de la costa; la mayor parte de los
hombres y la totalidad de los tesoros… excepto, ¡qué casualidad!, el barco que
transportaba las rentas reservadas a Colón, que el gobernador había respetado
religiosamente, barco que consiguió sortear la tormenta, y desconocedor de la
suerte de los otros, siguió su ruta hasta llegar felizmente a España. El
acierto de la predicción meteorológica y la afortunadísima casualidad de que
solo los tesoros del Almirante pudieran ser preservados valieron a don
Cristóbal una curiosa fama de mago o profeta, que, basta conocerle, tuvieron
que colmarle de ufanía. Sus cuatro carabelas lograron salvarse a duras penas,
refugiándose al abrigo de una excelente bahía, Puerto Hermoso, hoy Azúa. No por
eso Ovando accedió a su deseo de desembarcar, aunque no cabe la menor duda de
que durante las dos semanas de permanencia en las costas de La Española —hoy se
cree que recaló en Puerto Escondido— pudo recabar buenas ayudas.
§. La superación del primer estrecho
El 14 de julio de 1502 perdía de vista la isla y se hacía a la mar.
¿Definitivamente? A Colón le costaba abandonar aquellas costas, y el 16 llegaba
a Jamaica, donde por fin gozó de una mar en calma. Exploró la isla, que ya
conocía, y de allí se fue a los Jardines de La Reina, en la costa sur de Cuba,
a dónde, según Las Casas, llegó el 24 de julio. Qué buscaba el Almirante en
aquel bello pero inextricable laberinto que ya había explorado detenidamente en
el curso de su segundo viaje resulta inexplicable, como tantas otras decisiones
colombinas. Pretendía quizá guiarse por la costa hacia el oeste, para saber
exactamente qué había más allá de Cuba. Navegación interminable y pérdida de
tiempo, entre calmas. Colón asegura que por allí anduvo durante sesenta días,
una afirmación que debe ser exagerada si queremos que nos encajen las fechas.
Abandonó Cuba al fin y se dirigió al suroeste. Comenzaba la verdadera misión.
En mar abierto y por caminos nunca explorados. ¿Qué buscaba el descubridor de
América? No América, por supuesto. En aquel viaje había renunciado expresamente
al Nuevo Mundo por una parte del Viejo que siempre había sido su obsesión. Eso
es indudable. Por dónde y en qué dirección, ahí estaba la raíz del problema. No
olvidemos que dos años antes Juan de La Cosa había dibujado las dos partes
descubiertas de América, y prudente o astutamente, colocó entre ambas un cuadro
de San Cristóbal, tal vez, como queda insinuado, para dejar a «Don Cristóbal»
la tarea de indagar lo que hubiera allí, y buscar un supuesto estrecho que le
permitiera alcanzar las Indias de verdad. Colón navegaba justamente a la altura
de ese espacio dejado en blanco en el mapa: si encontraba el estrecho habría
realizado el sueño perseguido obsesivamente durante casi toda su vida. Hernando
Colón nos revela una idea aparentemente muy parecida: «… La intención del
Almirante, cuando iba por el Océano, era recorrer la tierra de Paria y
continuar la costa hasta dar con el estrecho…». La idea, repetimos, no parece
ser la misma, aunque se equivoque al aludir a la idea de continuar la «costa de
la tierra de Paria[17]». Hubiera podido, ciertamente, repetir la ruta del tercer viaje y
seguir la costa. Quizá el desengaño hubiera llegado antes, y tal vez se hubiera
abierto la posibilidad de tomar posesión de Sudamérica, con todas las
consecuencias que el hecho hubiera tenido. Pero quiso encontrar un paso para
salir de las Antillas al mar libre.
Por de pronto se imponía, primero, encontrar un paso hacia las costas
asiáticas propiamente dichas; en segundo lugar, buscar en esas costas el paso
hacia la India, el estrecho de Catigara, (hoy le llamamos estrecho de Malaca)
para pasar de la península malaya al océano índico y consiguientemente a las
tierras donde se producen las especias. Había que encontrar dos estrechos,
pues: el que permitiera salir del complejo de islas del Caribe y alcanzar el
mar abierto, y, una vez al final de la travesía de este mar, bordear la costa
hasta encontrar el paso de Catigara. El siguiente capítulo consistiría en
explorar las tierras anteriores a la India, tomar posesión de ellas, ya que los
lusos no las habían alcanzado, y, a ser posible, llegar después a la India misma
y entenderse con los portugueses, en la medida de lo posible. Y por último, si
el camino no era demasiado largo (y Colón pensaba que no lo iba a ser) preveía
continuar siempre hacia el oeste, hasta dar la vuelta al mundo. Tal es el
proyecto completo del viaje de circunnavegación, que algunos atribuyen ya a los
propósitos del Almirante cuando la exploración de Cuba en 1494, un viaje que
entonces difícilmente hubiera podido tomar en serio, porque navegaba en barcos
insuficientemente provistos y con tripulaciones descontentas. Ahora esta última
y gloriosa aventura —adelantándose veinte años a Elcano— resultaba más
factible… si el mundo, de acuerdo con las ideas del Almirante, era más pequeño
de lo que suponían sus contemporáneos, y si resultaba fácil alcanzar el Oriente
poco más allá de Cuba. Y entonces, qué grandioso triunfo. La consagración de su
prestigio y la vergüenza de sus enemigos.
§. El último error de Colón
Después de quince días de navegación, que se hicieron largos, no por la
distancia recorrida, sino por los vientos y las calmas, el 30 de julio llegó a
una tierra desconocida hasta entonces. Era una isla, la isla de Guanaja, en el
golfo de Honduras y muy cerca ya de una tierra firme, de cuya existencia supo
muy pronto: una tierra que llamamos hoy Guatemala. ¡Había atravesado el
estrecho! ¡Era posible navegar sin obstáculo más allá de Cuba hasta una gran
tierra firme! Esta vez no podía ser menos que Asia. Y allí encontraron los
expedicionarios vestigios de una cierta civilización: indígenas vestidos, casas
de piedra, piezas de cerámica, campos cultivados, y telas de algodón de muy
fina labor, comparables a las que podían verse en los mercados de Europa. Al
día siguiente vieron llegar una gran canoa, parcialmente cubierta, en la que
viajaban hombres, mujeres y niños, hasta un total de cuarenta personas; las
mujeres iban completamente vestidas. Aquel navío no ofrecía ni punto de comparación
con las estrechas embarcaciones que utilizaban los naturales del Caribe. Y
venía a vender a los de Guanaja telas pintadas, vestidos muy bien tejidos,
entre ellos lo que a Hernando Colón parecieron «corazas de algodón», que eran
en realidad sólidos chalecos. Aquellos individuos, según pudo averiguarse muy
pronto, venían con propósitos comerciales, y se pusieron a intercambiar sus
productos por cacao, con el cual elaborarían chocolate (naturalmente, el
Almirante no podía ni sospecharlo). No cabe duda: se encontraba muy cerca de
una civilización superior. Los indígenas relataron a Colón que aquellos
prósperos comerciantes procedían del norte, y podría conocer aquellos pueblos
ricos y civilizados si navegaba a lo largo de la costa hacia el norte, o bien si
penetraba por tierra hacia el oeste. Por lo que parece, hasta se ofrecieron a
acompañar a los españoles en una expedición a aquellas tierras tan
prometedoras. A punto estuvo Colón de descubrir la civilización maya, y si esto
hubiera ocurrido, hubiese podido cambiar la historia del cuarto viaje, y hasta
tal vez hubiese adelantado dos décadas la historia universal. Pero el Almirante
no era experto en expediciones terrestres y posiblemente no se fiaba de los
indios; en cuanto a costear hacia el norte, era una empresa que no entraba en
sus planes: él quería dirigirse hacia el sur. Lo explica muy bien la Historia
del Almirante: «Pese a que tuvo noticia por aquella canoa de la gran
riqueza, progreso y prosperidad de que gozaban los habitantes de la región
occidental de Nueva España[18], considerando que esta quedaba a sotavento y podía en cualquier momento
navegar hasta allí desde Cuba, prefirió no ir a ella y perseverar en su empeño
de descubrir el estrecho de tierra firme. Quería abrir a la navegación el mar
del Sur, cosa que le resultaba indispensable para explorar la tierra de las
especias. Decidió entonces navegar a tientas…». Colón dejaba para más tarde el
contacto con la alta civilización mexicana, para conceder preferencia a la
búsqueda de un estrecho que no existía. De esta manera desperdició la última
gran ocasión de su vida[19].
¿Por qué hacia el sur? Siempre se ha dado la explicación, y la hemos
aceptado varias veces, de que estaba convencido, de acuerdo con una vieja
tradición, de que el oro se encontraba en los países cálidos, y, de hecho
siempre escogió para encontrarlo el camino del sur. Pero en esta ocasión tenía
otros motivos. Había superado un estrecho, o un paso más allá de Cuba, y su
concepción del mundo le hizo suponer que había alcanzado ya el continente
asiático. Precisamente el hecho de encontrar pueblos más civilizados abonaba la
idea de que se hallaba en otra parte del mundo. Se imaginaba en las costas de
Catigara, lo que es ahora la península de Malaca, y lo que tenía que encontrar
era otro estrecho, ya totalmente asiático, el estrecho de Catigara, tal como lo
describen los geógrafos de la escuela ptolemaica y confirma Marco Polo: es
decir, el estrecho de Malaca, entre la península de este nombre y la isla de
Sumatra: imaginémonos al Almirante buscando lo que hoy es Singapur. Franqueado
el estrecho de Catigara se alcanzaba sin más el Sinus Magnus, descrito por
todos los cosmógrafos (hoy cabe identificarlo con el golfo de Bengala), y a
partir de aquel punto tendría abiertos todos los caminos de la India, y también
de la codiciada «especiería», el país de las especias, tan extraordinariamente
valoradas por la sociedad occidental. Este segundo estrecho era la llave del
mundo que buscaba. Se esforzó denodadamente en recorrer toda la costa de
América Central imaginando que se encontraba en la península de Malaca, y buscando
un paso hacia el oeste que le permitiera penetrar en el océano Índico. Ya hemos
precisado que Colón se equivocó de estrecho —porque se había equivocado de
parte del mundo—, y en esta equivocación radicó toda su tragedia.
Ciertamente que en el golfo de Honduras la costa no se dirige hacia el
sur, sino casi hacia el este; pero Colón, que se creía en las riberas de Asia,
sabía muy bien que si quería llegar a la India tenía que seguir esa costa hacia
la izquierda, hasta llegar al punto que permitiera el paso hacia lo que hoy
llamamos océano Índico. Observemos, aunque el hecho, tal como estaban entonces
los conocimientos geográficos, no era demasiado relevante, que tanto la costa
de la península de Malaca como la de América Central no se dirigen al sur, sino
al sureste. Concretamente, la que estaba siguiendo Colón ofrecía entrantes y
salientes en que predominaba esa dirección resultante, desde la península de
Yucatán hasta la soldadura del istmo de Panamá con América del Sur, en la
actual Colombia. Colón, llegado a aquella costa, tenía que doblar hacia la
izquierda para encontrar la esquina sureste de Asia que buscaba. Una vez más, y
por desgracia la última, había supuesto un mundo más pequeño de lo que es
realmente, y creía confirmarlo a la vista de que la travesía del extremo
occidental de Cuba a las tierras asiáticas no le había llevado más de quince
días. Tan cerca de Cuba estaba Oriente. Lo trágico del caso es que no estaba
siguiendo el perfil sureste de Asia, sino el de América Central. Por si fuera
poco, los indios le dijeron que más adelante la costa tuerce hacia el sur
(entre Honduras y Nicaragua). El hecho venía a confirmar lo que Colón andaba
buscando. Y al fin, el 12 de septiembre dio con el cabo de Gracias a Dios, así
llamado por el descubridor porque creyó que le conducía a dónde le llevaban sus
deseos.
§. La desesperada búsqueda de un paso
Un fuerte motivo de contrariedad: aquel mes de septiembre resultó anormalmente
tempestuoso. Colón se encontraba en una de las regiones más lluviosas del
planeta. Cuando el aire estaba claro, podía ver una costa baja, intensamente
verde, abundante en una enmarañada vegetación, y a lo lejos una bellísima
cadena de montañas esbeltas que se elevaban hasta alturas de dos y tres mil
metros. Pero casi nunca pudo contemplar tan hermosos paisajes, porque los
elementos se desataron como pocas veces. No cabe pensar en ciclones o tormentas
tropicales, sí en una estación de las lluvias en que son frecuentes las
tormentas eléctricas, los aguaceros torrenciales, acompañados de vientos a
veces fuertes y racheados, posiblemente no tan huracanados como el relato
colombino quiere hacernos creer. Hernando Colón, que vivió con sus ojos de niño
aquella experiencia, apenas habla de tempestades, sino de fuertes aguaceros y
de tormentas de rayos y truenos impresionantes. Hernando tiene también una
intuición excepcional (o un experto le hizo conocer los hechos más tarde): las
lluvias copiosísimas de América Central se deben al choque de los alisios,
cargados de humedad, contra las montañas; pero los alisios, como hoy sabemos,
son vientos de baja estatura. Así, precisa Hernando, «las cumbres más altas
[hacia los 3000 metros] llegaban hasta la región atmosférica donde se generan
los cambios, y por encima de ellas nunca se ven nubes, permaneciendo estas en
un nivel inferior». ¡Extraordinaria revelación en un cronista del siglo XVI,
que más bien parece extraída de un texto de Humboldt! Por lo que respecta a las
consecuencias, el modesto nivel del alisio no dejó de atormentar a Colón con un
mal tiempo desatado y desesperante, que habría de inspirar al descubridor
algunas de las páginas más vívidas y dramáticas de su tan expresiva literatura.
«Nueve días anduve perdido sin esperanza de vida». «Ojos nunca vieron la mar
tan alta, fea y hecha espuma. El viento no era para ir adelante, ni daba para
correr a algún cabo. Allí me detenía en aquella mar hecha sangre… El cielo
ardió, y así echaba llamas, que cada vez miraba yo si me había llevado los
mástiles y las velas… Los rayos venían con tanta furia y tan espantables, que
todos creíamos que se habían de fundir los navíos. En todo este tiempo jamás
cesó agua del cielo, hasta parecer que resegundaba otro diluvio. La gente
estaba tan molida que deseaban la muerte para salir de tantos martirios. Los
navíos ya habían perdido por dos veces las barcas, anclas, cuerdas, y estaban
abiertos, sin velas…». Apenas salía del resguardo de un cabo o de una pequeña
bahía, cuando una nueva tormenta venía a prolongar aquella agonía. Conociendo
como ya hemos empezado a conocer al Almirante, su tendencia a dramatizar las
situaciones hasta el extremo, y su gusto por las hipérboles literarias,
sentimos cierto motivo para pensar que exagera en sus descripciones, entre
otras razones porque, de ser cierto todo lo que relata, los barcos hubieran
naufragado varias veces, por extraordinariamente diestra que fuera la
arquitectura naval de aquellos tiempos: que ciertamente lo era, al punto de que
hoy no somos capaces de igualarla. Pero no cabe la menor duda de que aquel
otoño fue pródigo en tormentas, y que Colón y los suyos hubieron de pasar en
las costas de América Central muchos sufrimientos y muchas calamidades.
Al fin, hacia el 16 de septiembre, llegaron a la desembocadura de un río
importante, que el Almirante hizo explorar con una de las pocas barcas que le
quedaban; nada de particular interés habían encontrado, cuando se desató de
nuevo una riada, y perecieron todos los hombres que tripulaban el esquife: así,
aquel paraje se denominó Río de los Desastres. Hacia el 25 de septiembre, los
expedicionarios se hallaban frente a la actual frontera entre Nicaragua y Costa
Rica. Avanzaban lentamente hasta el sur o sureste, y a veces decidían
retroceder para explorar entradas entrevistas en días tormentosos para
comprobar si eran practicables. Colón no estaba dispuesto a perder la menor
oportunidad de encontrar el paso que buscaba, y aunque los cosmógrafos
concedían la mayor importancia al estrecho de Catigara —que por tanto no debía
ser un estuario o un pequeño accidente en la costa— no dejaba de explorar el
más mínimo detalle geográfico, a tal punto había llegado su enfebrecido deseo
de dar con el estrecho. Parece que fue a comienzos de octubre (las fechas son
discordantes en los distintos relatos) cuando vio Colón en la costa
construcciones de piedra y grandes sepulcros. «Vi un sepulcro grande como una
casa. Oí hablar de excelentes obras de arte». «Estos eran los indios con más
razón que habíamos encontrado en aquellos lugares». ¿Si estarían llegando a un
país más civilizado? Sin embargo, comenta con cierta tristeza Taviani, «el
hallazgo de signos de la cultura más elevada encontrado en las Nuevas Tierras
no le produce la más mínima emoción al Almirante». La razón es bien sencilla:
cada «indicio de cultura elevada» era perfectamente natural y esperable, una
confirmación de que se hallaban ciertamente en Asia: pero no en la parte más
rica y famosa de Asia, sino tan solo en sus puertas. Pero para traspasar esas
puertas era preciso encontrar primero el estrecho, y de aquí que el Almirante
no quisiera detenerse para admirar aquellas construcciones, viviendas o tumbas,
ni siquiera las «excelentes obras de arte», fueran o no producto de su
enfebrecida imaginación.
Parece que fue el 6 de octubre cuando llegaron a un canal, que recibió,
como uno de los que cierran el golfo de Paria, el nombre de Boca del Dragón,
quizá por las fuertes corrientes que fluían por él. Y el canal iba a dar a una
gran bahía: ¡podía ser al fin el estrecho! A partir de este momento todo se
hace más esperanzador. Los indios le dicen que más al oeste existe un gran mar,
y en él se encuentra oro puro, no el «guanín» o metal mezclado que emplean
ellos. Las expectativas siguen acrecentándose. Por otro canal interior, van a
dar a la gran laguna de Chiriquí, de 50 por 20 Km de extensión. Las nubes
impiden contemplar las altísimas montañas que, al fondo, rodean la laguna. Ni
siquiera puede el Almirante asegurar que se encuentre realmente en un lago, aunque
tropiece por muchas partes con una costa baja en la que se abren multitud de
entradas practicables: son un dédalo de esteros que se empeña en explorar con
paciencia infinita, porque alguno de ellos —pese a su estrechez— puede ser el
paso que busca. El 8 de octubre está seguro de haber encontrado ese paso. Horas
más tarde comprueba que se ha equivocado. Pero con un ardor desesperado, en
lucha contra la adversidad y las dificultades, sigue explorando todos los
esteros de la laguna, hasta los menos probables. Cada uno de ellos acaba
revelándose como el estuario de un río que desemboca en la laguna. No hay
salida hacia el oeste. Es doloroso reconocerlo, pero el Almirante acaba
rindiéndose ante la terquedad de las evidencias. Hay que volver atrás, que salir
como se pueda de aquella cerrazón empantanada. Taviani estima que esta fue la
desilusión definitiva en un Colón ya enfermo y moralmente hundido y
descorazonado. A partir del 16 de octubre ya no vuelve a hablar del estrecho.
La pregunta que se nos impone es: ¿por qué entonces siguió costeando América
Central seis meses más? Seis meses locos, sin orden ni tino,
con continuas vueltas atrás y nuevos intentos de seguir adelante, a pesar de
todo. Cabe pensar que Colón no había perdido enteramente la esperanza de encontrar,
tarde o temprano, el tan buscado estrecho; pudo sufrir un momento de desánimo,
pero su fe en su destino tenía una fuerza casi inexplicable; por otra parte,
preciso es reconocerlo, aunque se sintiera desfallecido, o precisamente por
eso, no tenía a dónde ir. Regresar a España sin haber encontrado
nada que valiera la pena significaba la confesión de su fracaso definitivo. Le
habían desposeído de la gobernación de La Española, y no iban, si regresaba de
vacío, a confiarle nuevos encargos ni a concederle nuevos derechos. Por otra
parte, regresar a las islas conocidas para buscar nuevos barcos o reparar los
que ya no podían seguir navegando era exponerse a tropezar con las iras de
Ovando y a que le enviasen de nuevo preso a la Península. No había opción. O
encontrar la tierra prometida, o encontrar la muerte en el empeño.
Si admirable, por absurdo que pueda parecemos, es el coraje del
Almirante para continuar explorando contra toda esperanza, no lo es menor la
fidelidad de las tripulaciones, que aceptan seguir al mando de un loco que ha
fracasado ya una y otra vez y se empecina en mantener la búsqueda de un
imposible. O los marineros no sabían qué hacer sin don Cristóbal ni don
Bartolomé (se sabe que Colón hizo destruir los mapas para evitar que la gente
conociera el camino de regreso), o la capacidad de persuasión del navegante fue
todavía más asombrosa que la que ya conocemos en él. Tampoco los marineros
creían ganar gran cosa buscando refugio en La Española, que ya había adquirido
la peor de las famas, ni menos podían soñar con alcanzar las costas de la
Península a bordo de aquellos barcos a punto de hundirse, carcomidos por una
perniciosa calamidad de aquellos mares. Los exploradores de las Indias ya
tenían noticia de la «broma», un molusco no muy diferente del mejillón, pero de
costumbres mucho menos recomendables. La «broma» se incrustaba en la obra viva
de los barcos e iba devorando poco a poco la madera. No había forma de
arrancarla sin arrancar también gran parte de los fondos o los costados del
navío: resultaba peor el remedio que la enfermedad. Y poco a poco la madera se
iba carcomiendo, hasta que el barco hacía agua, y terminaba por hundirse. La
«broma» fue el mayor enemigo que encontraron los primeros exploradores de
América; ni los indios hostiles, de los que se podía huir o con los que se
podía llegar a un acuerdo mediante dádivas; ni los temporales, de los que bien
que mal era posible resguardarse al abrigo de un cabo o en el primer puerto
natural que apareciese en la costa, eran tan peligrosos como aquel molusco que
se hacía uña y carne con los propios navíos, y con cuya compañía era
absolutamente preciso seguir navegando en tanto el barco flotase. Más tarde, se
emplearían buques forrados de cobre para evitar que el molusco se incrustase en
la madera; pero el recurso era desconocido en tiempos de Colón. Los marineros
del cuarto viaje estaban agotados de achicar agua con las tres bombas de que
disponía la carabela capitana, y con cubos utilizados a mano, cuyo contenido
era necesario arrojar una y otra vez al mar. Los hombres, además de
desesperanzados, estaban agotados, y sin embargo siguieron siendo fieles. Es un
hecho que no deja de ser admirable.
Los navíos se encontraban en estado lastimoso. A comienzos de 1503
la Gallega encalló en un banco de arena, y tan maltrecha se
encontraba, que se juzgó preferible abandonarla. Al parecer semanas más tarde,
la Vizcaína, casi completamente anegada y carcomida por la «broma»,
hubo de ser abandonada también, en la costa panameña, cerca del punto que luego
se llamó Nombre de Dios. Sobre los restos de la Vizcaína se ha
hablado mucho últimamente. En 1996 fue descubierto por casualidad el casco de
una nave antigua, en el lugar indicado por unos buceadores. En 1998, un grupo
de técnicos confirmó el hallazgo y recuperó algunas de sus pertenencias. Los
materiales encontrados parecían corresponder a un barco construido a fines del
siglo XV, y en ese caso no podían pertenecer sino a una de las carabelas del
cuarto viaje de Colón. No todas las versiones coinciden, como si hubiera restos
de dos naufragios distintos, pero las posibilidades de que los fragmentos de un
barco hundido pertenezcan a la Vizcaína son todavía muy
grandes. No es necesario encarecer la fabulosa importancia histórica que
significaría identificar una carabela de Colón y rescatar de ella todo lo
rescatable. No solo por su inmensa significación simbólica, sino porque nos
encontraríamos ante los restos y el utillaje de una carabela del siglo XV, un
tipo de joya que hoy solo podemos conocer por referencias. En 2002 comenzaron
las operaciones de rescate por obra del Institute of Nautical Archeology de la
Universidad de Texas, pero inmediatamente el gobierno panameño ha reclamado el
derecho de encargar la misión a una institución propia. El litigio continúa sin
resolverse en 2005. Poco es lo que puede decirse actualmente sobre la
autenticidad del descubrimiento, ya que los distintos informes y dataciones son
contradictorios. Si un día pudiéramos afirmar con seguridad que hemos
encontrado una carabela de Colón, nuestros conocimientos habrían resultado
enriquecidos desde muy diversos puntos de vista. Entretanto, será preciso
seguir esperando.
Colón siguió esperando también. Con una perseverancia digna de mejor
suerte, después de explorar gran parte de la costa que hoy pertenece a Panamá,
regresó a la región de Veragua, donde había encontrado mayor cantidad de oro.
Siempre recordó con cierta gratitud esta zona, comprendida entre las repúblicas
de Costa Rica y Panamá. Quizá por haber reclamado sus derechos sobre América
Central, a la cual concedió el nombre genérico de Veragua, una vez resueltos
los pleitos colombinos, se habría de otorgar a sus descendientes el título de
duques de Veragua. No todo fue feliz, sin embargo. Colón quiso fundar un
establecimiento permanente en el lugar que llamó Belén, con la idea de
beneficiarse en lo posible del metal precioso, más abundante allí que en
ninguna otra de las tierras que había explorado. En la Relación del descubridor
a los Reyes Católicos se asegura que «yo vi en esta tierra de Veragua mayor
señal de oro en dos días primeros que en La Española en cuatro años». ¿Hace
falta decir que la afirmación es monstruosamente exagerada? Ello no obsta, sin
embargo, para reconocer que aquella costa era relativamente rica en metal
precioso. Pero el proyecto fracasó trágicamente. En cuanto los indios tomaron
conciencia de que aquellos extraños extranjeros tenían la intención de
establecerse permanentemente en su territorio, se mostraron hostiles. En marzo
de 1503 se fundó al fin el establecimiento de Belén, pero los ataques de los
naturales se hicieron incesantes. El Almirante, enfermo y acabado, ya no estaba
para hazañas bélicas. Bartolomé sí quiso resistir, y se registraron varios
combates entre los colonos y unos indígenas decididos a todo. El hermano de
Colón se salvó por los pelos, y resultó herido en el pecho, pero varios
españoles resultaron muertos en la pequeña batalla. Belén hubo de ser
abandonada. Es la segunda vez en que tenemos noticia concreta de que el
descubridor de América derramó abundantes lágrimas.
§. Revelaciones
Ya no había nada que hacer. Ni era posible acceder a las Indias ni obtener
fruto de la relativamente rica Veragua. El Almirante sufrió por entonces un
descorazonamiento similar al que había sentido tras el fracaso en la laguna de
Chiriquí, y su estado físico y psicológico ofrecía signos alarmantes de
debilidad. No podía dormir, ni por tanto descansar, pero tampoco se sentía con
fuerzas para seguir adelante en un empeño que durante ocho o nueve meses
consecutivos no le había proporcionado más que desastres. Fue en esta situación
de extrema crisis interior cuando Colón dijo haber tenido una visión celestial,
o por mejor decirlo, una audición, puesto que lo que se le reveló no fue más
que de palabra.
Cansado, me adormecí gimiendo. Una voz muy piadosa oí diciendo: «Oh,
estulto y tardo a creer y a servir a tu Dios… ¿qué hizo más por Moisés o David
su siervo? Desde que naciste, siempre Él tuvo de ti muy grande cargo…
Maravillosamente hizo sonar tu nombre en la Tierra. Las Indias, que son parte
del mundo tan ricas, te las dio por tuyas, tú las repartiste a dónde te plugo,
y te dio poder para ello. De los atamientos de la Mar Océana, que estaban
cerrados con cadenas tan fuertes, te dio las llaves… Tú llamas por socorro.
Incierto, responde: ¿quién te ha afligido tanto y tantas veces, Dios o el
mundo? Los privilegios y promesas que da Dios no las quebranta, ni dice,
después de haber recibido el servicio, que su intención no era esa… Él va al
pie de la letra: todo lo que Él promete cumple con acrecentamiento… No temas,
todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol, y no sin causa…».
Pudo ser un sueño, una especie de pesadilla reconfortante, una
alucinación de un hombre tan propenso a los desbordamientos de su psique, el
resultado de una reflexión interna: incluso, tampoco puede negarse la
posibilidad de una invención del propio Colón puesta en clave simbólica y
literaria. Lo que está perfectamente claro es que el Almirante no desvariaba
del todo, pues que supo enderezar con habilidad suprema el sueño o revelación
en favor de sus intereses. No deja de ser curioso que en un momento de tribulación
casi insoportable, la voz consoladora no le reconforte de las desgracias
sufridas en aquel funesto cuarto viaje, ni del absoluto fracaso de sus
proyectos, sino que se limite a la mención de sus méritos y de sus derechos.
Comienza astutamente con una lección de humildad: «oh, estulto y tardo en
creer…». En otra ocasión la voz le llama «incierto», equivocado. Está claro que
Colón no se presenta hablando con voz propia ni con prepotencia. Los reproches
vienen de fuera, como vendrán después las alabanzas. El Almirante es un hombre
predestinado por Dios a misiones grandes (siempre, tal vez desde que concibió
su idea, se sintió un predestinado), y Dios le ha premiado con extraordinarios
logros: le ha concedido la llave de la puerta de las Indias, le ha regalado
enormes territorios e incalculables riquezas, le ha hecho famoso por los
siglos. La voz no le conforta del sufrimiento en medio de continuas
tempestades, la inutilidad de su búsqueda de un estrecho, el fracaso en la
fundación de un establecimiento, la pérdida de dos carabelas… Le conforta
recordándole la concesión de vastísimas tierras que de hecho no son suyas, y de
innúmeras riquezas, que no ha logrado. Y añade que si es desgraciado, la culpa
no es de Dios, sino de los hombres. No de las tormentas ni de las exploraciones
infructuosas, ni de las equivocaciones propias, sino de los hombres. Porque
Dios cumple su palabra al pie de la letra, pero los hombres no la cumplen. Solo
los hombres pactan unas concesiones, y luego alegan que «su intención no era
esa»… ¡Qué hábil es Colón en este punto! Solo transcribiendo una revelación
divina puede echar en cara a los Reyes Católicos el haber faltado a su palabra
y no haber cumplido las condiciones estipuladas. No olvidemos que la
melodramática escena de las palabras venidas del cielo está contenida en una
relación del cuarto viaje redactada expresamente para los Reyes Católicos. El
reproche está dirigido a ellos, o a sus mandatarios. El nombre de Cristóbal
Colón, en cambio, pese a todas las injusticias sufridas, quedará escrito para
siempre en «piedra mármol». La relación, aunque está referida a la época de la
enfermedad y los infortunios vividos en América Central y a una «voz piadosa»
oída durante aquellas jornadas, está fechada en Jamaica, en medio de una aterradora
soledad, el 7 de julio de 1503. En el fondo, estas palabras, soñadas o
inventadas, pero escritas con autocomplacencia, tuvieron que ser para el
desgraciado consoladoras, en medio de una turbación sin precedentes.
§. Otro mar. Últimas esperanzas
No sabemos si fue en Veragua o en Panamá donde el Almirante oyó decir a los
indios que al otro lado de las montañas había otro mar inmenso, y junto a él
habitaban gentes poderosas y ricas, dueñas de una fastuosa civilización. El
desorden del relato colombino es tal, que resulta muy difícil una referencia
concreta al lugar y al momento en que se reciben estas maravillosas noticias
del «país de Ciguare». Tanto es así, que C. Jane cree que Colón se refiere a la
civilización maya, y A. Cioranescu que se trata de una noticia sobre el imperio
de los Incas. Parece lo más razonable suponer dos referencias distintas. Al
principio, en agosto de 1502, Colón llega al golfo de Honduras, no lejos de la
península de Yucatán, donde viven indios relativamente civilizados, que están
en contacto con una civilización todavía superior: y hasta se ofrecen a guiar a
los españoles a esa tierra de hombres tan dignos de ser conocidos. No cabe duda
de que en este caso se trata de una alusión a los mayas, entonces ya en
decadencia, pero que conservaban muchos restos valiosos de una admirable
cultura, que no había desaparecido ni mucho menos. Y más allá estaban otros
pueblos mexicanos, ocupando uno de los núcleos más poderosos, organizados y
ricos del Nuevo Mundo. Sin embargo, Colón rechaza la oferta, porque lo que le
preocupa es encontrar el estrecho de Catigara y llegar por su cuenta, y
navegando, hasta el país de la especiería y otras culturas avanzadas. En
cambio, lo que oye el Almirante en Veragua y Panamá es otra cosa. Allí no llega
la influencia de los pueblos del Anáhuac y el Yucatán, pero sí alcanza la de
otra civilización fastuosa. Colón entiende o cree entender, —o quiere entender—
que a poca distancia, tras las montañas, hay otro océano, y que llegan a sus
playas hombres del país de Ciguare. «Allí dicen que hay infinito oro, y que
traen collares en las cabezas, manillas a los pies y a los brazos de ello [de
oro] y bien gordas, y de él sillas, arcas y mesas las guarnecen y enforran… En
Ciguare usan tratar en ferias y mercaderías… Otrosí dicen que las naos traen
bombardas, arcos y flechas, espadas y corazas, y andan vestidos, y en la tierra
hay caballos, y usan la guerra y traen ricas vestiduras, y tienen buenas
cosas…».
¿Qué es lo que Colón traduce mal o añade de su propia cosecha? Lo cierto
es que no deja de pensar en el país de Ciguare, y en las infinitas
posibilidades que reportaría el llegar a él. Lo ingrato del caso es que los
indios ya no hablan de estrecho, sino de la necesidad de atravesar las tierras
para llegar al otro mar. En otras palabras, parece que no hay un estrecho, sino
un istmo. Y el Almirante deduce que Ciguare se encuentra con Veragua «como Pisa
con Venecia o Tortosa con Fuenterrabía». Supone bien, solo que en realidad el
istmo es mucho más estrecho. Hay puntos de Panamá en que el Atlántico y el
Pacífico no distan más que ochenta y tres kilómetros. Y las noticias que recibe
Colón no son muy distintas que las que le comunicaron a Vasco Núñez de Balboa los
panameños del Atlántico nueve años más tarde, y que le decidieron a atravesar
aquellas montañas y descubrir la Mar del Sur, en cuyas orillas encontraron aún
más indicios de aquel país maravilloso. Es cierto que los incas no habían
ocupado las tierras de Panamá, pero comerciaban en sus grandes naos —las balsas
a vela— con aquellas tierras, y hacían ostentación de su grandeza. No tenían
caballos, pero sí llamas, único animal de carga que se empleaba en el Nuevo
Mundo. Uno de los soldados que acompañaban a Balboa y oyó pregonar tantas
maravillas se llamaba Francisco Pizarro.
Colón pudo haber desperdiciado todavía otra ocasión única: atravesar el
corto istmo y descubrir el Pacífico; tal vez traer más referencias de aquel
imperio situado un poco más al sur. Pero en este caso no es posible
pronunciarse sobre la cuestión. P. E. Taviani se pregunta si Colón, o un grupo
de hombres enviados por él hubiesen podido atravesar las montañas y encontrar
el mayor océano del mundo que se abre al otro lado; y concluye que no. La
distancia, ciertamente, no es grande, pero el terreno es accidentado a más no
poder, y ni el Almirante ni ninguno de los hombres que le acompañaban eran
expertos en expediciones terrestres. El mismo Balboa, que saldría de un punto
de partida situado ya en Panamá y vendría bien provisto de armas y pertrechos,
se vería en grandes dificultades para superar aquellas montañas y la hostilidad
de unos indios que le pusieron en graves peligros. Bastante hazaña fue en 1503
que Bartolomé Colón —que el Almirante ya no estaba para esos trotes— subiera,
acompañado de unos españoles y de unos indios, a una montaña desde la cual los
naturales aseguraban que se veía el otro mar. Las nubes cubrían el horizonte, y
nada columbraron. ¿Sería todo, a fin y al cabo, un invento de los indígenas?
Con cuánta frecuencia, ya desde el primer viaje, los naturales habían asegurado
que existían grandes riquezas en otras regiones algo distantes, tal vez para
alejar a los descubridores de las suyas. Quizá, al final de su carrera
descubridora, Colón empezó a aprender que las noticias maravillosas que los indios
contaban de regiones alcanzables y riquísimas no correspondían a la realidad.
Bastantes desengaños había sufrido ya. Y el hecho de que en las orillas de un
mar al otro lado de las montañas existiera una fabulosa civilización de hombres
vestidos fastuosamente, dueños de grandes naves, comerciantes de riquezas sin
cuento, dotados de caballos y de piezas de artillería, producía la sensación de
una mentira más, una mentira gigantesca. Ciertamente que los incas no poseían
armaduras ni cañones, pero para una vez que las noticias de una avanzada
civilización eran en líneas generales, ciertas, el Almirante no quiso
concederles mayor importancia.
Colón, ya deshecho física y moralmente, no sabemos si para siempre
desengañado o todavía no del todo, siguió descendiendo por la costa panameña.
Por desgracia, ni el itinerario ni la cronología del cuarto viaje son
susceptibles de una adecuada reconstrucción, porque las noticias de las fuentes
son en alto grado imprecisas y contradictorias. Pero de acuerdo con muchas
versiones, parece que en abril de 1503 el Almirante llegó al golfo de Urabá, en
la actual Colombia, la única nación del mundo que lleva su nombre. Oh,
desesperación. La costa torcía definitivamente al norte. Se había perdido toda
esperanza, y tanto el jefe de la expedición como sus colaboradores y sus
marineros lo sabían. Los barcos carcomidos y medio llenos de agua, ya no podían
seguir navegando: bastante milagro era, después de once meses de navegación
casi ininterrumpida, haber llegado hasta allí. No sabemos casi por qué Colón
quiso seguir a lo largo de la costa colombiana hacia el nordeste; tal vez
pretendía empalmar con las tierras descubiertas en el tercer viaje, constatar
lo entrevisto, o beneficiar las perlas de la isla Margarita; tal vez,
simplemente, regresar a La Española por el mejor camino, ya que su prodigioso
sentido de la orientación le decía que la isla estaba hacia el nordeste. Los
pilotos y los marineros querían volverse al norte sin más. No olvidemos que,
según testimonios bastante fiables, Colón había destruido o escondido sus
mapas, de suerte que solo él conocía el camino del regreso. Pero esta vez su
capacidad de persuasión había alcanzado su límite extremo, y la paciencia de
los marineros también. Por primera vez se impuso la fuerza del número, y el
Almirante hubo de ceder, por más que supiese, como los demás no sabían, que la
salvación no estaba exactamente al norte. Derrota total, y, por si fuera poco,
una decisión que podía costar cara a todos.
Al fin, en mayo, llegaron a los Jardines de la Reina, cerca de la costa
sur de Cuba. Aquel dédalo de islas que parecían masas de vegetación flotante no
ofrecía refugio alguno a los náufragos. Tenía razón el Almirante: La Española
se encontraba más al este. Con infinitas dificultades, porque los barcos se
hundían, trataron de encontrar un puerto de salvación. Al fin, y porque el
viento era contrario, hubo que llevar las dos carabelas hasta la cercana isla
de Jamaica, que Colón ya había entrevisto dos veces. Después de una búsqueda
que costó días, dieron con la acogedora bahía de Santa Gloria, y allí, el 15 de
junio de 1503, embarrancaron las dos carabelas que quedaban en la arena de la
playa, borda con borda. Ya no habían de flotar jamás. En ellas se hacinaban los
tripulantes de los cuatro barcos, en total, ciento dieciséis supervivientes, de
los ciento cincuenta que habían emprendido el viaje. Ya era un verdadero
milagro que hubieran conseguido llegar hasta allí. Al fin en tierra, pero
condenados a permanecer en ella durante no se sabía cuánto tiempo. Jamaica
apenas era conocida más que por el Almirante, y muchos colonos de La Española
ni sabían de su existencia. Los náufragos quedaban al albur de que algún día o
algún año, un barco asomase por el horizonte, si es que llegaba a asomar alguna
vez.
§. Eclipse
Los indígenas no dispensaron un mal recibimiento a los españoles, a pesar de
que los vieron exhaustos y desvalidos. Es increíble que a Colón le quedasen
todavía chucherías que intercambiar con ellos, pero el hecho es que le
quedaban. Los españoles ya no reclamaban oro —tan inútil en aquellos momentos
para ellos como para Robinson Crusoe el arca llena de tesoros que encontró en
su isla desierta—, sino alimentos. Y los indios se los proporcionaron. La vida
de los náufragos fue mísera, pero pudieron subsistir en precarias condiciones.
Todos eran hombres duros, acostumbrados a las privaciones y a las exigencias de
un ambiente hostil. Por lo demás, la bahía de Santa Gloria era un lugar
acogedor, y los indios, a veces desinteresadamente, les proporcionaban lo más
indispensable. Poco a poco, se acostumbraron a las condiciones de la dieta
indígena. Colón sabía muy bien que en aquella isla no podrían mantenerse
indefinidamente, y negoció con los indios la adquisición de una canoa. Era un
medio de navegación demasiado rudimentario, pero calculaba, y calculaba bien,
que La Española no quedaba muy lejos, hacia el este. Con buen tiempo, la
travesía podría efectuarse en unos cuantos días. Una vez encontradas las costas
de La Española, todo consistía en seguir por ellas hasta llegar a Santo
Domingo. No podía ni soñarse en utilizar este rudimentario medio de navegación
para salvar a los náufragos, sino solo para llevar la noticia de su precaria
situación, y pedir ayuda. En la canoa partiría Diego Méndez, al parecer especialista
en estas lides, acompañado de algunos indios que actuarían de remeros. Era toda
una aventura, de muy dudoso éxito, pero Méndez se ofreció animoso. Bradford le
considera «el héroe del cuarto viaje», y en cierto modo tiene razón, por cuanto
los náufragos fueron rescatados gracias al riesgo que quiso correr. La
«relación» de Colón a los Reyes Católicos está fechada el 7 de julio de 1503,
justo el día del primer intento de Méndez. El Almirante se valía de esta
posibilidad para dar cuenta de su viaje y de paso recordar todos sus derechos y
las injusticias de que había sido objeto; en un estado de enfebrecimiento
anímico, de sensación de fracaso y de incomprensión, se explican tanto el
admirable desorden del relato como la alternancia entre este y las más diversas
consideraciones, incluidas las revelaciones celestiales; con todo, el documento
es de un valor inigualable.
Había comenzado la estación de las lluvias, y con ella los frecuentes
temporales. Diego Méndez salió de la isla por lo menos cuatro veces, y hubo de
regresar ante la hostilidad desatada de los elementos. Fue paciente, y al fin
creyó poder realizar el viaje definitivo el 15 de agosto. Desapareció en la
lejanía, y desde entonces, transcurrieron días, semanas, meses, sin que llegara
a conocerse noticia alguna del resultado de su intento. El desánimo comenzó a
cundir entre los náufragos. ¿Estarían condenados a permanecer indefinidamente
en aquellas playas? ¿Convendría intentar de nuevo la peligrosa aventura? Los
abandonados en la bahía de Santa Gloria no sabían absolutamente nada; nosotros
sabemos que el intento final de Diego Méndez tuvo éxito: en una navegación de
solo cinco días, consiguió llegar a La Española, y de allí pudo seguir hasta
Santo Domingo. Ovando tuvo conocimiento de la situación de los náufragos de
Jamaica, pero no parece que pusiera demasiado entusiasmo en su rescate. Tal vez
la dureza de su carácter, tal vez su estricto legalismo —puesto que había
recibido órdenes concretas de no dejar desembarcar a Colón en La Española—, tal
vez, como aducen algunos, el temor de que la presencia del Almirante en la isla
pusiera en peligro su gobernación, le llevaron a una conducta reticente que
difícilmente puede merecer más que censuras de la historia. El hecho de que el
gobernador no supiese que los reyes habían concedido autorización a Colón para
recalar en La Española si se veía precisado a regresar por el Atlántico no le
disculpa gran cosa. Con todo, parece que Ovando envió una carabela a las
órdenes de Diego Escobar, que no habría conseguido localizar a los náufragos o
se limitó a enviarles algunas provisiones. No lo sabemos con certeza. Tan solo
sabemos que el 4 de marzo de 1504 Colón escribió una carta a Ovando —sin dejar
de alegar sus derechos, pero en el tono muy sumisa— contestando a otra del
gobernador: por tanto, hubo alguna forma de contacto entre los dos hombres.
Sea lo que fuere, que no lo conocemos bien, lo cierto es que
transcurrieron meses sin que los náufragos de Santa Gloria tuviesen noticia
alguna del exterior. Había sobrevenido la estación seca, el llamado «verano»
del Caribe, aunque coincidiese con el invierno astronómico. ¿No sería aquel el
momento de tratar de establecer de nuevo contactos con Santo Domingo? Diego
Méndez, al parecer, había fracasado; pero otros podían tener éxito. Algunos
españoles exigieron a Colón la autorización para huir en canoas. El Almirante
se negó. Cabe suponer que la petición cobró aires altaneros a los que el jefe
supremo, muy celoso siempre de su autoridad, no debía plegarse; o bien es que
este cobró la conciencia de que aquel sistema de evacuación no serviría sino
para provocar defecciones aisladas sucesivas, dejando a muchos de los náufragos
—cada vez menos y cada vez más desasistidos— en la isla. Lo cierto es que la
disputa degeneró en violencia, y al fin en abierta rebelión. En enero de 1504
se llegó a una lucha abierta. Tres amotinados resultaron muertos, pero no por
eso volvió la armonía, porque los rebeldes, dirigidos por Francisco de Porras,
mantenían su desobediencia. La colonia se había dividido en dos bandos. Y
entonces se repitió la situación que ya se había vivido en La Española años
antes: mientras los españoles se mantuvieron unidos, los indios se mostraban
sumisos. En cuanto intuían discordias entre aquellos seres superiores, se
esfumaba su carisma y surgían las actitudes hostiles de los nativos. Esta vez
la colaboración fue haciéndose cada vez más fría, hasta cesar por completo. Los
españoles se vieron en trance de desvalimiento, y rodeados de una actitud muy
poco amistosa por parte de los isleños que les hacía muy difícil procurarse
medios de subsistencia por su cuenta. Hubo que prohibir a los náufragos que
salieran de la playa y se alejaran de la inmediación de las carabelas varadas,
ante las emboscadas de los indios. La situación se estaba haciendo
insostenible. Colón se quejaba de que los jamaicanos no fueran capaces de
distinguir entre españoles buenos y españoles malos, pero la verdad es que los
indígenas no contaban con criterios suficientes para establecer esa distinción.
La vida de la mísera colonia llegó a un momento extremo de crisis. Y fue
entonces cuando se produjo un acontecimiento que al parecer cambió por completo
la situación.
Muchas biografías medianas de Colón, o hasta diversos relatos dispersos
nos cuentan la misma historia: el descubridor de las Indias se veía en una
situación desesperada por la hostilidad de los naturales, cuando acertó a
predecir un eclipse de sol. Amenazó a los indígenas con borrar la luz del día y
castigarles con una noche eterna si no le ayudaban. Y, efectivamente, el
eclipse predicho por Colón se produjo. El sol desapareció del cielo, se hizo la
noche en pleno día, y los indios corrieron aterrados a rogar al descubridor que
suspendiera el pavoroso prodigio. El Almirante, asumiendo toda la solemnidad
que requería el caso, exigió a aquellos salvajes que le suministraran todos los
alimentos que les pedía, el sol volvió a lucir como no podía menos de esperarse,
y desde entonces los expedicionarios fueron servidos con sumisa fidelidad. Hay
personas cultas no muy versadas en historia que siguen creyendo esta leyenda
tan difundida por el mundo. La verdad fue bastante distinta, aunque es cierto
que se produjo un eclipse. Ante todo, preciso es tener en cuenta que Colón no
poseía los conocimientos ni los medios para hacer por sus propios cálculos tal
predicción. Los fenómenos estaban señalados en las efemérides de Regiomontano
que llevaba consigo. Por supuesto, un eclipse de sol, aunque figurase en las
tablas, solamente era visible en zonas muy concretas de la Tierra, zonas que ni
Regiomontano podía precisar con seguridad. Lo que ocurrió, como sabe casi todo
el mundo, es que el eclipse predicho no fue de sol, sino de luna, un hecho
mucho menos espectacular, pero visible en un área muy amplia, todo un
hemisferio —aquel en que eventualmente es de noche— y por tanto susceptible de
ser predicho con bastante acierto. Así lo precisa la Historia del
Almirante, la fuente que nos proporciona más detalles sobre el hecho. Don
Cristóbal «acordóse de que al tercer día habría un eclipse de luna, al comienzo
de la noche, y mandó que un indio de La Española que estaba con nosotros,
llamase a los indios principales de la provincia… y les dijo por el intérprete…
que viendo Dios el poco cuidado que tenían en traer bastimentos…, estaba
irritado con ellos, y tenía resuelto enviarles una gran hambre y peste. Como
ellos quizá no le diesen crédito, quería mostrarles una señal evidente de esto,
en el cielo, para que más claramente conociesen el castigo que les venía de su
mano. Por tanto que estuviesen aquella noche con gran atención al salir la
luna, y la verían aparecer llena de ira, inflamada, denotando el mal que quería
Dios enviarles…».
Tampoco esta versión es segura. Si don Cristóbal suele exagerar las
cosas, no menos exagerado es su hijo a la hora de destacar acendradamente los
méritos del padre. En efecto, se produjo un eclipse de luna en la noche del 29
de febrero de 1504, año bisiesto, al 1.º de marzo. Las tablas de Regiomontano
predecían el eclipse para la ciudad alemana de Ulm en que se encontraba, para
la 1 h 36 m del día 1.º de marzo. No es fácil que Colón pudiese calcular la
hora exacta en que el fenómeno se produciría en Santa Gloria, porque no tenía
medios para calcular su longitud geográfica. Evidentemente, se encontraba más
al oeste que Europa, y la hora local del eclipse sería bastante anterior a la
de Ulm, seguro que el 29 de febrero: pero no sabía exactamente con qué diferencia.
Y es más, como creía o se empeñaba en creer que se encontraba en el
antimeridiano, el eclipse podría tener lugar en pleno día, con la luna
invisible bajo el horizonte. ¡Nuestro Almirante se habría lucido delante de los
indios, y en ese caso sí que estos hubiesen podido comérselo de verdad! Ahora
bien, Jamaica se encuentra en el hemisferio occidental, y la diferencia de hora
con Ulm no es tan fuerte como Colón hubiera podido suponer. El Almirante estaba
atento a lo que pudiera ocurrir para aprovecharse del evento. Hoy sabemos que
el primer contacto del eclipse en Santa Gloria se produjo a las 18.01 hora
local, del 29 de febrero, y la luna salió a las 18.10, es decir, apenas
comenzado el fenómeno: solo un observador perspicaz hubiese podido advertirlo.
Colón, ya lo sabemos, era un observador perspicaz. Y únicamente en aquel justo
momento hubiera podido realizar su ominosa profecía.
Todavía podemos preguntarnos algo más: ¿es que los indígenas no habían
visto nunca un eclipse de luna? Estos fenómenos se repiten con relativa
frecuencia para un lugar cualquiera de nuestro planeta, por lo menos una vez al
año, en ocasiones dos. Los indios vivían en pleno contacto con la naturaleza,
y, dieran o no importancia a los eclipses, tenían que estar familiarizados con
ellos. ¿Iban a quedar los jamaicanos aterrados por un fenómeno que ya habían
contemplado bastantes veces en su vida? ¿Fue aquel un eclipse rojo,
«sangriento», o cobró la luna un apacible tono gris oscuro? Hernando Colón, que
debió presenciarlo, y escuchó sin duda las lecciones de su padre, tan
aficionado a la didáctica, recuerda sin duda que fue un eclipse «sangriento».
Pero eso tampoco hubiera podido predecirlo el Almirante.
Sea lo que fuere, parece que este aprovechó el fenómeno para atemorizar
a los indios, y estos le sirvieron desde entonces con fidelidad. Eso es al
menos lo que nos cuenta Hernando, y no hay motivos para no creerle, siempre que
no exageremos la importancia de lo ocurrido, que no debió tenerla en grado
excesivo. Por otra parte, a las 20.06 terminó la totalidad del eclipse, y a las
21.27 brillaba la luna en toda su plenitud. Colón, en su increíble Libro
de las Profecías, nos cuenta el desarrollo de este fenómeno celeste, y,
aunque calcula mal la longitud geográfica —exagerando siempre a favor de su
tesis— deja bien en claro que lo observó con detalle. Es posible, aunque no
seguro, que la actitud de los indios hubiese cambiado desde aquel momento. En
marzo debió de llegar, de alguna manera, un mensaje de Ovando, y al fin, a
finales de mayo, Diego de Salcedo pudo enviar dos barcos de rescate. La odisea
había terminado.
§. El último regreso
En junio de 1504 llegaron a Santa Gloria las dos carabelas dirigidas por Diego
de Salcedo, que procedieron al rescate de los náufragos. Colón perdonó entonces
a los rebeldes, excepto al mayor de los hermanos Porras, que juzgaba el más
peligroso de sus enemigos, al que se llevó prisionero. Al fin aquellos
españoles, que habían vivido precariamente un año entero en una isla, a punto
de morir mil veces y enemistados entre sí, se hallaban a salvo, a bordo de
naves seguras, y camino de La Isabela. Nicolás de Ovando, qué duda cabe, se
había portado mal, incluso inhumanamente, con el Almirante, prolongando de
manera inicua su abandono en Jamaica. Ahora, al fin en La Española, le recibió
de modo afable y supo de todas sus penurias. Las relaciones entre los dos
hombres parecen haber sido cordiales, aunque Ovando quiso dejar en claro quién
gobernaba en la isla, y se negó a juzgar a Porras, con el argumento de que
quienes tenían que fallar en el contencioso eran los reyes. En los dos meses y
medio que permaneció en Santo Domingo, Colón pudo restablecerse parcialmente, y
al fin, a mediados de septiembre embarcó en una de dos carabelas que regresaban
a España. Por cierto que una de ellas quebró el mástil apenas salida de Santo
Domingo, y llegaría más tarde a España, con bienes, documentos y pertenencias
del Almirante. La primera carabela, con Colón a bordo, llegaría a Sanlúcar el 7
de noviembre de 1504. Fue el último viaje por mar de Colón, aquel hombre que
había pasado la mayor parte de su existencia surcando las aguas.
Ninguno de los regresos había sido del todo feliz, según hemos comentado
en otro momento, y por diversas razones. El cuarto pudo ser más plácido que el
tercero, en cuanto que el Almirante pudo realizarlo en plena libertad, sin
eventos ingratos, pero también sin alegrías, por la «vuelta de poniente» y la
región de los vientos variables, que le tuvo surcando las aguas más de mes y
medio. Tal vez Colón intuyó que era su último viaje. Había corrido infinitas
penalidades, no había encontrado el estrecho de Catigara ni la entrada al Sinus
Magnus que le hubiera abierto el camino de las especias ni de la India; tampoco
había dado con las fastuosas civilizaciones de que le habían hablado los
indígenas. Había perdido sus cuatro naves, se había ganado enemigos, y había
permanecido en Jamaica un año entero, en las más penosas condiciones, y sin
saber si alguna vez podría salir de allí. Ahora se hallaba a salvo, de regreso
a España, enfermo y con pocas esperanzas, aunque su ánimo tenía una condición
indomable, y sabía que los Reyes Católicos, especialmente la comprensiva
Isabel, no le abandonarían nunca. De Sanlúcar se trasladó a Sevilla. Ya no
volvería a ver el mar.
Conclusión
Contenido:
§. Marino en tierra
§. El secreto y el tormento de Colón
El resto de la historia nos interesa muy poco. Porque es muy triste y
porque existen excelentes biografías de Colón, que reconstruyen todos los
detalles de su existencia hasta el final, aunque nada tengan que ver con los
viajes marítimos y con los descubrimientos. El Almirante de la Mar Océana pudo
haber muerto al regreso de su primer viaje. Sin duda, hubiera sido más probable
la catástrofe que la salvación. Pudo fallecer de calor y sed en las calmas
ecuatoriales en julio de 1498. Se lo pudo haber tragado el ciclón que envió al
fondo de los mares a la flota enviada por Ovando en el verano de 1502. Pudo
haber fallecido en los días tremendos de Santa Gloria. Sin embargo, murió con
relativa placidez en Valladolid, en 1506. No le estaba reservado un final heroico
ni tampoco un final trágico: que hubieran sido, supuesto lo que fue su vida,
los desenlaces más probables. Por supuesto, la despedida de Colón no fue feliz.
Tampoco lo había sido, pese a todo, gran parte de su existencia, ni antes
—incomprendido— ni después —discutido— del descubrimiento de América. Su gloria
sería reconocida más tarde. Pero la historia del mundo fue como fue merced a
sus ideas y a sus iniciativas. Genial y disparatado, perseverante, con una
insistencia infinita en todo, hasta en sus errores, ¡pero no solo en ellos!,
abrió las puertas de un Nuevo Mundo y también de una nueva edad. Y, como
consecuencia de su obra, ya nada podría ser como hasta entonces.
§. Marino en tierra
Era noviembre de 1504. El otoño de Sevilla suele ser relativamente tibio y con
frecuencia sereno, más que la inconstante primavera. Pero Cristóbal Colón
estaba acostumbrado a los climas tropicales, y se quejaba del frío. Cansado y
enfermo, se movía con dificultad. En sus cartas, la mayor parte de ellas a su
hijo Diego, se considera tullido e inválido, incapaz de acudir a Valladolid,
donde suponía a los reyes. Fray Bartolomé nos aclara que padecía gota. Lo más
probable es que sufriera de artritis o artrosis, contraída en tantos días de
navegación, a veces en las más penosas circunstancias, rociado por los
pantocazos de las olas y sin haber dormido, porque Colón nunca quiso abandonar
el control de sus naves día y noche, y acabaría perdiendo el hábito del sueño.
Era un hombre acabado, aunque posiblemente no pasaba de los cincuenta y cinco
años; según todas las descripciones, aquel hombre pelirrojo que había llegado a
España veinte años antes, tenía entonces los cabellos, sobre escasos y ralos,
completamente blancos.
En Sevilla contaba con buenos amigos, pero necesitaba visitar cuanto
antes a los reyes. Para rehabilitarse y para recobrar sus derechos sobre las
tierras descubiertas. Tal vez no volvería ya nunca a ellas, pero podría
disfrutar de sus beneficios y convertirse al fin en un personaje importante. Se
le vio también interesado en dejar la herencia íntegra de estos derechos a sus
sucesores. Los reyes lo arreglarían todo, o por lo menos casi todo. Pero no se
sentía capaz de cabalgar hasta Valladolid o dondequiera que los monarcas se
encontrasen en aquel momento. En aquel mismo mes de noviembre, solicitó del
cabildo catedral la cesión de las andas que habían servido para traer el cuerpo
del cardenal don Diego Hurtado de Mendoza: un modo un tanto fúnebre de viajar,
al menos por el recuerdo que aquellas angarillas suponían, pero el mejor medio
de transporte para un hombre tullido como él. Muestra de que Colón tenía buenas
amistades en Sevilla es el hecho de que a los pocos días de la solicitud, el 26
de noviembre, el cabildo catedral accedió a ella. Justamente aquel día, aunque
Colón no lo supo hasta por lo menos una semana después, moría en Medina del
Campo Isabel la Católica. Había desaparecido su principal valedora, y las
esperanzas de encontrar resarcimiento se habían desvanecido casi totalmente.
Fernando se había hecho cargo de la regencia de Castilla, en tanto no llegaba
de Flandes la nueva reina doña Juana, con su esposo don Felipe el Hermoso. ¿En
quién encontrar ayuda? ¿Quién querría escucharle? ¿Podía albergar todavía
esperanzas?
Colón permaneció en Sevilla mucho más tiempo del que había pensado.
Quizá porque no sabía muy bien lo que tenía que hacer, ni a qué persona real
acudir; pero probablemente, sobre todo, por su precario estado de salud. En
diciembre hizo un frío intenso (o al menos Colón lo sintió así). En enero de
1505 se registraron fuertes riadas, una de las cuales anegó las calles de la
ciudad. Colón no se sintió con ánimos para emprender el viaje —un viaje casi
humillante y en cortas jornadas— hasta abril. En mayo fue recibido por don
Fernando en Segovia. El monarca supo hacer gala de su hábil diplomacia, y no se
comprometió a nada. En parte porque desconfiaba de aquel hombre que a su juicio
había fracasado en la mayor parte de sus empresas y se había revelado como un pésimo
administrador, que ahora reclamaba sus derechos sobre todo lo descubierto,
cuando ya otros descubridores habían encontrado nuevas tierras y las estaban
colonizando con éxito. Conceder a Colón la responsabilidad de tan inmensos
territorios le parecía un disparate. El genovés merecía, ciertamente,
reconocimiento y buenas rentas, pero no se podía acceder a todo lo que pedía,
so pena de poner en peligro el naciente imperio español. Don Fernando esgrimía
también que el Almirante se había comprometido a llegar a las Indias, y no
había cumplido ese compromiso. Colón se aferró una vez más a su obsesión, cada
vez más discutible, de que los territorios a que había llegado formaban parte
de las Indias: era quizá, aunque él no se diera cuenta, la forma más evidente de
demostrar que había fracasado. Cierto que don Fernando ordenó que se le pagase
todo lo que se le debía por su cargo y sus rentas, y que se sufragase el coste
de su último viaje; pero el descubridor, de acuerdo con su lógica, pretendía
mucho más. Al fin parece que el rey, deseoso de zanjar la cuestión, le ofreció
tierras y buenas rentas, con que pudiesen él y sus descendientes vivir como
grandes señores, a costa de la renuncia a los territorios ultramarinos. Colón,
indignado, rechazó la oferta. El monarca no negó los posibles derechos del
descubridor, pero todo dependía de lo que decidieran en su momento los
tribunales. Él no poseía entonces la plena soberanía de Castilla.
Colón se retiró a Valladolid, y allí esperó la llegada de doña Juana y
don Felipe, que tal vez se mostrarían más comprensivos. Les escribió varias
cartas de sumiso acatamiento, que no fueron contestadas. En la capital
castellana viviría así más de un año. No pobre, como tantas veces se ha dicho.
Seguía siendo Almirante y disfrutaba de apreciables rentas, aunque no tan
cuantiosas como él hubiera querido. Nunca le faltaron amigos y personas
reconocidas. El 25 de agosto de 1505 había dictado su testamento en Segovia, y
el 19 de mayo de 1506, en Valladolid, intuyéndose ya muy cerca del fin, dictó
la versión definitiva. Moriría, rodeado de unos cuantos amigos, al día
siguiente. Su fallecimiento no causó gran sensación. Mucha gente, en Valladolid
y en otras ciudades de España, apenas le conocía. Su fama, inmensa, pero
efímera, le había rodeado desde su presentación en Barcelona en 1493, hasta la
partida de la segunda expedición en el verano siguiente. Luego, las malas
noticias que llegaban de la Española, las críticas de quienes estaban a sus
órdenes, el relativo fracaso de viajes sucesivos, y su destitución como
gobernador de La Española le habían dejado en una especie de segundo lugar ante
sus contemporáneos, una situación de la que ya nunca se resarció. La empresa de
Indias siguió despertando interés en Sevilla, Cádiz, Sanlúcar, pero tardaría
algunos años en ser bien conocida y popular en el resto de España, y entonces
serían otros, los conquistadores, los gobernadores, los grandes mercaderes de
Indias, los que estuvieran en el candelero. En los siglos XVI y XVII se habló
muy poco de Cristóbal Colón. América estaba allí, y su presencia enorme se
había hecho patente en la conciencia de los españoles y de los demás europeos,
pero el nombre de su descubridor apenas sonaba. En el XVIII empezó a
reivindicársele, y en el XIX, por obra de la historiografía y la literatura
romántica, sería considerado ya como uno de los grandes personajes de la
historia universal. El siglo XX es el que, al fin, registra un enorme interés
de los especialistas y del público en general por la persona y la obra de
Cristóbal Colón. Su memoria tuvo que esperar sorprendentemente mucho tiempo
antes de que se le hiciera justicia. En parte tal vez por su empecinamiento en
atribuirse un mérito que no había alcanzado, y haber renunciado a un mérito
incomparablemente mayor. En parte también por otros motivos menos explicables.
Hoy figura, qué duda cabe, entre los personajes más ilustres y famosos de la
historia universal.
§. El secreto y el tormento de Colón
Aquel empecinamiento no solo pudo disminuir la fama del descubridor en vida o
después de su muerte, sino que habría de marcar uno de los sentimientos más
secretos y hasta más profundos de los últimos años de su vida. Está
perfectamente claro que su proyecto, concebido no sabemos muy bien cómo y
cuándo, pero despierto ya por lo menos desde sus años portugueses, consistió en
llegar al Extremo Oriente, Cipango y Catay, navegando por el Atlántico hacia el
oeste Tal vez, sin modificar en absoluto la idea original, fue pasando, —quizá
por obra de la creciente inminencia de la llegada de los portugueses a la
India, y la fama no menos creciente de la valoración de la especiería en las
sociedades renacentistas— de los sueños de los imperios orientales descritos
por Marco Polo a los del mundo indostánico y del sureste asiático. Pero, en
definitiva, la idea era —esa y no otra— llegar a Oriente por Occidente, a los
extremos de Asia a través de la Mar Océana. Esa idea, ya lo hemos visto, no es
en absoluto original, pues que la encontramos en Aristóteles, en Ptolomeo, en
Marino de Tiro, en Séneca, también, hasta cierto punto, en los geógrafos
prerrenacentistas, y muy especialmente en Paolo del Pozzo Toscanelli.
Observemos de paso que lo que se trataba de descubrir no era una tierra nueva,
sino un camino nuevo a una tierra ya conocida, que habían visitado viajeros
occidentales y de la cual se poseía un buen número, aunque no del todo
suficiente, de referencias.
A muchos se les había ocurrido semejante idea, pero, al menos que
sepamos, nadie pretendió llevarla a la práctica antes de Cristóbal Colón. En la
iniciativa de poner por obra lo que había sido siempre una teoría, pero nada
más que una teoría, radica el mérito insigne del descubridor. Y Colón, por
razón de su carácter obstinado, por su tendencia a las ideas fijas, por un
convencimiento interno especialísimo, o por sentirse personalmente predestinado
a la empresa, puso en la realización del proyecto su alma, su vida, un empeño
sobrehumano capaz de sobrepujar toda adversidad. Durante años insistió en la
corte portuguesa, a pesar de los dictámenes adversos de los técnicos. No menos
de siete se afanó por encontrar ayuda en España, pese a todas las oposiciones y
todas las contrariedades. A punto estaba de ofrecer su proyecto en Francia e
Inglaterra —a quienquiera que fuese, antes que renunciar— cuando los Reyes
Católicos lo aceptaron, y hasta se comprometieron a favores excesivos
precisamente porque no tenían excesiva confianza en el proyecto. Todo el primer
viaje es un ejercicio de fe casi inexplicable. Una travesía arriesgada y
maravillosa, que constituye una de las aventuras más hermosas de la historia. Y
al término de aquel viaje rumbo a la esperanza, que apenas otra cosa se podía
llamar, Colón encontró la otra orilla del Océano, y descubrió un Nuevo Mundo,
no simplemente un nuevo camino, como pretendía. Su descubrimiento fue en sí más
importante y tendría consecuencias históricas mucho más decisivas y espectaculares
que aquello que había proyectado. El contacto de Europa con América, en los
tres siglos de la Edad Moderna, fue incomparablemente más profundo y fecundo
que el contacto con Asia. Y, sin embargo, el descubridor persistió
obstinadamente en su idea de siempre, y contra toda evidencia. Colón era un
hombre extraordinariamente inteligente, dotado de rasgos geniales, un
excepcional navegante, capaz de superar dificultades que parecían insalvables.
Tuvo un golpe de vista como pocos llegaron a tener en su tiempo. Casi
autodidacta, llegó a ser algo parecido a un humanista, y supo mostrar una
cultura impropia de un marino de fines del siglo XV. Agudo, perspicaz,
convincente, hizo gala de una capacidad admirable para proseguir su empresa a
pesar de todas las dificultades y todas las contradicciones. Y, sin embargo, se
sintió presa de su idea fija, y en ningún momento quiso abdicar de ella, pese a
todas las compensaciones que pudiera depararle su abdicación. Se empeñó en ver
Cipangos y Catayes donde no había más que salvajes. Hizo jurar a sus compañeros
que Cuba era un continente cuando ya estaba seguro de que era una isla,
despreció el continente sudamericano, cuya existencia supo intuir como nadie
hasta entonces, en aras de la cada vez más lejana posibilidad de llegar al
asiático, y se desgañitó buscando un estrecho donde no lo había. El cuarto
viaje, concebido exclusivamente para llegar a la India, selló su fracaso y le
dejó herido para siempre.
Sin embargo, Colón tuvo que saber, porque aunque obstinado y visionario,
era inteligente y finísimo observador, que había llegado a otra parte. Esa
intuición debió cobrar caracteres definitivos cuando en 1498 llegó a las bocas
del Orinoco y dedujo con lógica impecable que hacia el sur tenía que extenderse
un continente inmenso. Luego, no sabemos si intencionadamente o no, pero con la
intención de insistir en su tesis «oriental» mezcló este sensacional hallazgo
con otro mucho más sensacional todavía, pero sin el menor asomo de
racionalidad. El río enorme procedía del Paraíso Terrenal, y todos los
entendidos y exégetas de la baja Edad Media sabían o creían saber que el
Paraíso, por inaccesible que fuera de hecho, estaba «al extremo del Oriente».
Colón sacrificó todos sus descubrimientos, aun los más insignes, en función de
su prurito invencible de haber llegado a tierras orientales. Contradicho una y
otra vez por sus contemporáneos, insistió en sus tesis, cada vez menos
probables, cada vez menos evidentes, hasta empeñarse en lo imposible y
despreciar la importancia de lo que realmente había descubierto. Y lo que había
descubierto era un mundo nuevo —«Vuestras Altezas tienen acá otro mundo»—, un
mundo que solo treinta o cuarenta años más tarde habría de revelarse como más
rico y más lleno de maravillas que la China y la India juntas: eso, por
supuesto, Colón no pudo adivinarlo, porque no era un profeta, a pesar de sus
raras dotes de clarividencia. Pero pudo intuirlo, porque, además, era
excepcionalmente intuitivo.
Un hecho que en ningún momento debemos perder de vista es que el
descubridor no solo se engaña, diríamos que casi inconscientemente, a sí mismo,
sino que intenta engañar, al menos con imprecisiones o exageraciones, a los
demás. Renunció demasiado pronto a Cuba-Catay cuando todavía era posible,
aunque incómodo, barloventear contra los «nortes». De haber estado tan seguro
como dice de encontrarse entre Zaitón y Quinsay, hubiera expuesto mil veces su
vida con tal de llegar a tan adorables destinos. Identificó al país de Cibao,
en La Española, con Cipango, el Imperio del Sol Naciente, pero no se esforzó
demasiado en continuar viaje para dar con él. El maravilloso proyecto se relegó
para una segunda expedición, si es que en ella encontraba tan deseado objetivo,
que no lo encontró En el tercer viaje huyó como del fuego del delta del
Orinoco, y luego, en La Española, no quiso organizar una expedición al país de
Paria, para no encontrarse con la evidencia de que había llegado a un
continente nuevo, extendido hacia el sur, que no a Asia.
Colón intuyó su error tal vez desde muy pronto, y en ocasiones revela,
casi inconscientemente, ese error, pero no quiere confesarlo paladinamente. Ya
sea porque su obsesión no admitía contradicciones, ya porque no perdía la
esperanza de tropezarse un día con las verdaderas Indias, y beneficiarse de las
rentas que le habían prometido los Reyes Católicos. El desengaño anidó en el
alma de Colón no sabemos a partir de qué momento, quién sabe si en forma de
sospecha, relativamente pronto; pero sin duda en los últimos años de su
existencia. Y comprendió al fin que había cometido un colosal error. Había
despreciado un hallazgo de posibilidades inmensas, un mundo nuevo, la quarta
pars mundi, por una zona del mundo viejo a dónde no había podido llegar por
el Atlántico, y a dónde los portugueses ya estaban llegando por el otro lado.
¿Acaso no hubiera valido la pena presentarse ante los reyes, ante los
españoles, ante la inquieta curiosidad de los hombres del Renacimiento, como el
descubridor de un Nuevo Mundo? Un buen ensayo de una historiadora genovesa,
Laura Balletto, al filo del Quinto Centenario, analiza con sagacidad este
remordimiento final de Colón, la conciencia de la obstinación que le hizo
reconocer demasiado tarde que más le hubiera valido agarrarse a las realidades
infinitamente prometedoras de lo que había encontrado y empezado a explorar,
que a su viejo proyecto. Era el Nuevo Mundo su verdadero y sensacional
descubrimiento, un descubrimiento que quedó grabado —este sí— en «piedra
mármol», y que por siglos habría de recordarle la humanidad. ¿Fueron la
terquedad, la obstinación o el amor propio los que le impidieron reconocerlo
públicamente a tiempo? Al regreso de su cuarto viaje, era ya demasiado tarde. Y
al fin parece que lo comprendió. «Sin duda —escribe Balletto— fue este su
último e inconfesado tormento». Cristóbal Colón murió amargado. No sabía que,
pasados los siglos, el mundo le agradecería el hecho de haber encontrado más
que lo que se había propuesto, y de haber cambiado la historia más allá de toda
esperanza.
Láminas
Lámina 1. Rosa de los vientos.
Lámina 2. El reloj de las guardas.
Lámina 3. El hombre del norte.
Lámina 4. Ampolleta o reloj de arena.
Lámina 5. Fragmento del portulano de A. Cresques.
Lámina 6. Carabelas. Reproducciones en maquetas.
Lámina 7. D. Enrique el Navegante. Tabla por N. Gonçalves.
Lámina 8. Colón. Cuadro de Lasalle (siglo XIX).
Lámina 9. Reconstrucción ideal del mapa de Toscanelli.
Lámina 10. Martín Alonso Pinzón.
Lámina 11. Ramos de fuego. Dibujo del siglo XVI.
Lámina 12. A donde hubiera llegado Colón. V: de acuerdo con la cuenta
verdadera. F: de acuerdo con la cuenta falsa.
Lámina 13. Ruta de Colón.
Lámina 14. Diferencias de criterio entre Colón y Pinzón.
Lámina 15. Efecto reloj descentrado.
Lámina 16. El engaño de Saturno.
Lámina 17. Isla de San Salvador. Las flechas indican los lugares donde Colón
se desvió a la costa y donde desembarcó.
Lámina 18. Mapa de Juan de la Cosa.
Lámina 19. De isla en isla.
Lámina 20. Costa de Cuba.
Lámina 21. Viaje de retorno.
Lámina 22. Fragmento del mapa de Juan de la Cosa.
Lámina 23. Mapa del segundo viaje.
Lámina 24. Mapa tercer viaje.
Lámina 25. Mapa cuarto viaje.
Lámina 26. El Paraíso.
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Notas:
[1] Lo que Colón no sabía es que al tiempo de su histórico viaje, ya
no existía el imperio del Gran Khan. El imperio mongol desapareció a mediados
del siglo XIV, y en China fue sustituido por la dinastía Ming, que prohibió con
severísimos castigos todo contacto con Occidente. Si Colón hubiera alcanzado
los tan deseados Zaitón o Quinsay probablemente hubiera sido ejecutado.
[2] Hoy los técnicos piensan que la irregularidad en las variaciones
de la brújula depende además de otro hecho sorprendente: ¡el polo sur magnético
no se encuentra a 180º, es decir, en los antípodas del polo norte magnético!; y
las agujas, lógicamente, tienden a combinar el sentido de estas distintas
atracciones y repulsiones.
[3] Sin duda se trata de un error en la copia del manuscrito. Colón
fingió haber andado menos, tanto a la ida como al regreso.
[4] En realidad, en tiempos de los fenicios el Alfa del Dragón ya no
ocupaba el polo celeste: es un error en que incurren frecuentemente los
historiadores de la antigüedad. Los fenicios se guiaban por las estrellas, pero
sabían que el Norte se encuentra a mitad de camino ente el Alfa del Dragón y la
Beta de la Osa Menor. La referencia de la primera estrella como polar se debe
sin duda a una tradición anterior, tal vez caldea.
[5] Contra lo que comúnmente se afirma, Colón no concedió primacía a
la brújula. De haberse guiado por ella, y supuesta la declinación magnética de
fines del siglo XV, hubiera ido a parar a las Pequeñas Antillas, al Sur de Cuba
y Haití, y no a las Bahamas, mucho más al norte. Parece haber seguido,
indeciso, una ruta intermedia, o quizá más de acuerdo con la estrella. En otro
lugar estudio con más detenimiento esta eventualidad. No parece este el lugar
para detenerse en precisiones técnicas.
[6] Al propio Las Casas le parece tan absurda, que introduce aquí el
inciso más extenso del Diario de Colón, tanto más grotesco cuanto que no
advierte que es inciso: «pero si esto es verdad, mucho ha llegado, y tan alto
andaba con la Florida; pero ¿dónde están agora estas islas que entre manos
traía? Ayudaba a esto que hacía dice que gran calor, pero claro es que si
estuviera en la costa de la Florida, que no hubiera calor, sino frío; y es
también manifiesto que en cuarenta y dos grados en ninguna parte de la tierra
se cree hacer calor, si no fuese por alguna causa per accidens, lo que hasta
hoy no creo yo que se sabe». Curiosamente, Las Casas continúa el texto
colombino sin advertir que se trata de una observación suya. Por otra parte, el
buen fraile también se equivoca: ni Florida está a 42º de latitud (es la
latitud de Nueva York), ni hace frío.
[7] Pekín se encuentra, efectivamente, en esa latitud. Catay no es,
como cree Colón, una ciudad (Marco Polo llama a la capital, hoy Pekín, por su
nombre tártaro, Cambaluc). Catay era la parte norte de China.
[8] Colón escribe «Alfa y O» porque el nombre de Omega no quedó
generalizado hasta los tiempos de Erasmo, uno de los máximos expertos del
Renacimiento en griego clásico.
[9] En ese caso, llevaban entre las provisiones algo más que pan, vino
y «ajes».
[10] Los Reyes Católicos, con su característica prudencia, confirmaron
a Colón como virrey y gobernador de las «islas» que había descubierto. Para
nada mencionan la «tierra firme».
[11] Entre estos caballeros figuraba D. Pedro de Las Casas, padre de
Bartolomé, que luego regresaría a Sevilla con un grupo de indios que llamaron
la atención. Uno de ellos le sería regalado a Bartolomé como paje. En 1502
embarcó Bartolomé para Indias.
[12] Álvarez Chanca era el único doctor en medicina que figuraba en la
expedición. Pero no era el único médico. Contaba con la colaboración de por lo
menos media docena de «físicos» —reconocidos como personas capacitadas para
tratar enfermedades, pero sin títulos universitarios superiores—, y
«cirujanos», que curaban heridas o realizaban sangrías u otras operaciones
elementales. Entonces un cirujano tenía menor consideración que un médico.
[13] Fue uno de los hechos que acabaron consagrando la incompatibilidad
entre los dos grandes marinos. Curiosamente, en el mapa, el primero de América
que cinco años más tarde Juan de La Cosa trazó en el Puerto de Santa María,
Cuba aparece como isla, antes de que nadie confirmara oficialmente su
condición. Fue una especie de pequeña venganza contra el Almirante (en
realidad, tanto Colón como De la Cosa sabían muy bien que Cuba era una isla).
[14] No debemos olvidar que Juan Caboto, veneciano al servicio de
Enrique VII de Inglaterra, realizó en 1497 un viaje en un pequeño barco para
encontrar tierras al norte de las descubiertas por Colón. Vio las costas de Cap
Bretón y contiguas. Se dice que él y su hijo Sebastián realizaron un segundo
viaje en 1498, en que recorrieron parte de la costa norteamericana. No
colonizaron. Estas noticias eran ya conocidas cuando Juan de La Cosa dibujó su
mapa.
[15] Los propios monarcas empiezan a titularse «rey e reina de las
islas y tierra firme de la Mar Océana», sin comprometerse en la naturaleza
asiática de los descubrimientos. Y ya bastante antes de que termine el siglo XV
conceden permisos a diversos navegantes —Ojeda, Nicuesa, De La Cosa, Alonso
Niño, Vicente Yáñez Pinzón— para que exploren «otras tierras», «nuevas
tierras», distintas de las descubiertas por el Almirante, sin alusión alguna a
su carácter «indiano». Este carácter se consagró, de modo oficial, que no
científico, por razones de prestigio o por otras diferentes, bastantes años
después.
[16] Los dos argumentos a que aquí alude Colón no son de Ptolomeo, sino
que están tomados de la Física de Aristóteles: la sombra de la
Tierra en los eclipses de luna y la elevación de la altura de la Polar en
función de la latitud.
[17] El nombre de Tierra de Paria es posterior a la exploración del
continente sudamericano por Colón. Sin embargo, Hernando, en 1530, ya conocía
este nombre.
[18] Hernando Colón escribe hacia 1530. Adelanta el nombre de Nueva
España, que ya entonces se aplicaba a México.
[19] Este hecho sorprendente está relacionado con otro no menos
sorprendente: Colón ha renunciado ya, desde el costeo de Cuba en el segundo
viaje, a todo propósito de llegar a Cipango o Catay. ¿Y si la civilización
avanzada de que le hablan los indios, y que se encuentra más al norte, es la
del Gran Khan? El Almirante, por extraño que resulte, prefiere desentenderse de
todo.


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