© Libro N° 10924. Desconexión. Villán, Ángel. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © Desconexión.
Ángel Villán
Versión Original: © Desconexión. Ángel
Villán
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original de textos:
https://axxon.com.ar/rev/2010/05/desconexion-angel-villan/
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Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "Desconexión", Ángel Villán
© 2010, Graciela Lorenzo Tillard: https://axxon.com.ar/rev/207/cuento4ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Ángel Villán
Desconexión
Ángel Villán
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—Bueno, pues esta sección ya está revisada y todo parece en orden —le
comenté desde lo alto de la escalera al jefe de mantenimiento—. De momento el
problema no parece estar en esta zona.
Con cuidado bajé los peldaños que me elevaban del suelo y, sacando un
plano del bolsillo trasero, volvimos a consultar la planta del centro.
—Si vemos estos dos conductos de aquí, y éste del otro extremo, el ala
oeste del edificio quedará revisada. O bien los problemas están aquí, o en la
otra ala…
—Bueno, mira, bueno —dijo apresurado el pequeño hombre—. Yo te dejo a tu
aire que estoy hasta arriba de trabajo. Si tienes cualquier pregunta, di que me
avisen por megafonía.
Con pasitos cortos y nerviosos, el encargado se perdió por uno de los
pasillos. Cuando agarré la escalera para moverme al siguiente lugar, un
escalofrío recorrió de punta a punta mi espalda y sentí la obligación de mirar
detrás de mí.
Y allí, de nuevo, estaba él.
Mirándome desde su silla de ruedas, como en todas las demás ocasiones.
Con sus fríos ojos clavados en los míos, prácticamente ocultos bajo unos
solitarios mechones de pelo. Apenas conservaba cabello en su arrugada y
costrosa cabeza,y lo que quedaba caía en colgajos apelmazados y grasientos. Su
piel, blanca como la leche, dejaba entrever que el sol hacía mucho tiempo que
no había posado sus rayos sobre el pellejo que cubría sus notorios huesos.
Contemplé de nuevo sus esqueléticas extremidades, retorcidas de forma
antinatural a causa de la enfermedad. Su cadavérico rostro, demacrado y con
oscuras ojeras, denotaba una vida oscura y terrible.
Me di la vuelta e intenté ignorar su presencia, algo que me resultó en
extremo complicado. A pesar de haberle dado la espalda, aún notaba su
penetrante mirada clavada en mi nuca. Cargué la escalera al hombro y comencé a
andar por los blancos pasillos de la residencia. Nada más mover mi pie para dar
el primer paso, oí como ponía en marcha su silla de ruedas eléctrica. Aceleré
la marcha, intentando que me perdiera el rastro haciendo quiebros por los
pasillos, pero me fue del todo inútil. Su maldita silla era mucho más veloz que
mis rápidos pasos y no se despegaba de mí, como en todas las veces anteriores.
Desesperado, abandoné la escalera apoyándola sobre la pared y giré sobre
mis talones. Por supuesto, allí se encontraba él. Mirándome impasible a través
de sus vidriosos y hundidos ojos. Portaba un gesto carente de sentimiento,
vacío de vida y de emociones.
—¡Qué! ¡Qué quieres! ¡Deja de seguirme! —estallé finalmente, pero su
rostro ni se inmutó.
Conseguí respirar hondo y tranquilizarme, pensar que tan sólo se trataba
de un anciano senil y que debía relajarme, que así jamás terminaría mi trabajo
y conseguiría irme de este enfermo lugar.
Todo había empezado dos días antes, cuando mi jefe me llamó para que
acudiera urgentemente a una residencia de minusválidos en la otra punta de la
ciudad. Tenían una incidencia con el aire acondicionado y literalmente se
estaban muriendo por las altas temperaturas de aquel sofocante verano. Digo
literalmente porque dos residentes habían fallecido por un golpe de calor
durante el día anterior. Si bien su salud ya estaba muy delicada, la falta de
aire fresco sentenció sus afligidas vidas.
Mientras las autoridades investigaban la responsabilidad de la avería y
la posible relación con las muertes, mi jefe, nervioso porque pudiera
salpicarle a él, me mandó corriendo a revisar la instalación. La obra fue hecha
por su misma empresa hace unos años, antes de que entrara yo en la plantilla.
Sin embargo, el empleado que la realizó ya había volado a otro nido y nada se
sabía de él. Básicamente, yo me estaba comiendo su marrón.
Mi llegada a la residencia fue bastante dura anímicamente. Soy una
persona deportista, adoro levantarme temprano y correr unos cuantos kilómetros
antes de ducharme e ir a trabajar. Por las tardes, al gimnasio. Para mí, no es
vida estar atado a una silla, mermando mi libertad y postrado por el resto de
mis días en un insignificante trono con ruedas. Me costó mucho avanzar por los
pasillos y ver a las personas allí literalmente abandonadas, esperando la
muerte. Todas eran personas maduras, la mayoría en la vejez. Era incapaz de
reconocer la chispa de la vida en sus ojos, nadie se salvaba. Nadie conservaba
ya la ilusión de seguir un día más.
Deseaba con todas mis fuerzas que mis ocho horas laborales terminaran
cuanto antes, pero al poco de acabarlas mi jefe me llamó preocupado. Me pagaría
las horas extra por triplicado si decidía quedarme, por lo que, apesadumbrado,
acepté. Fue ya entrada la noche, revisando uno de los últimos conductos del
pasillo, cuando me lo encontré enfrente de mí por primera vez. A pesar de que
me miraba fijamente, agaché la cabeza como en el resto de ocasiones y pasé
junto a él sin decir ni una palabra. Evitaba todo contacto con ellos, evitaba
deprimirme aún más. Pero en ese momento, empezó todo. Empezó su silenciosa e
impávida persecución. Empezó a hacerme la vida imposible.
Cuando llegué a casa, mis nervios estaban tan crispados que sentía que
iba a estallar. Lo primero que hice fue calzarme mis deportivas y salir
corriendo en mitad de la noche. El día siguiente no fue mucho mejor. Nada más
cruzar las puertas de la residencia, allí estaba él de nuevo. Mirándome
imperturbable, incapaz de demostrar ningún sentimiento. Nervioso, me aparté de
allí y evité volver a mirarle, pero pronto escuché que el ruido eléctrico de su
silla se acercaba hasta mí.
Pensé que lo mejor sería ignorarle, olvidar su existencia. Concentrarme
en mi trabajo y arreglar esta avería que tenía a todos tan nerviosos y
sofocados. Yo mismo no podía aguantar el asfixiante calor que reinaba en el
recinto, mezclado con ese olor rancio y cerrado…
Todos estos precedentes causaron que al tercer día explotara sin más y
le gritara a aquel inválido. Una enfermera vio la escena de lejos y me apartó a
uno de los despachos. Intenté excusarme por mi actitud y ella lo entendió. Me
contó que era un nuevo residente, que había llegado al lugar el mismo día que
se estropeó el aire acondicionado. Que tuviera algo de paciencia pues los
comienzos en estas residencias son duras y más cuando su hermana, que había
cuidado de él toda la vida, había fallecido, causando su internación .
Culpable por mi reacción, continué con mi trabajo ignorando a mi
perseguidor lo mejor que pude. Pero simplemente, no podía. Como si de una
fuerza invisible se tratase, no podía parar de mirar abajo y verle allí, a los
pies de la escalera, mirándome con sus ojos vacíos, sin pestañear, sin mover ni
un solo músculo. Era como si me sintiera extrañamente atraído por su tenebroso
aspecto.
«Ojalá me muera antes que acabar así. Jamás soportaría ser un
desecho, un simple trasto abandonado como él…«.
Inmediatamente que tuve aquella reflexión, algo pareció encenderse en la
mente de aquel minusválido y dio marcha atrás con su silla. Como si hubiera
sido capaz de leer en mi rostro la aversión que me producía su presencia, le vi
marcharse lentamente. Pero sin quitarme el ojo de encima, incluso después de
chocar contra la pared del fondo. Me apiadé de él y continué mi trabajo,
retirando una de las placas del techo para acceder a los conductos. Mientras
revisaba uno de los colectores, con la cabeza sumergida en la oscuridad del
falso techo, escuché de nuevo una silla eléctrica acercarse a toda velocidad.
Sin tiempo a reaccionar, lo siguiente que sentí fue que la escalera
desaparecía de debajo de mis pies y me encontraba flotando en el aire. Algo
que, lógicamente, tan sólo ocurrió durante una milésima de segundo antes de
precipitarme inevitablemente al vacío. En la caída, sentí un brutal golpe en la
nuca al chocar contra una de las patas de la escalera volcada. Todo lo
siguiente fue la más absoluta oscuridad.
Cuando desperté, pronto reconocí la habitación de un hospital a mi
alrededor, con mi madre llorando amargamente a mi lado. Tardó un rato en
percatarse de que había despertado y se lanzó encima de mí para abrazarme y
consolarme. Quise devolverle el abrazo, pero aún no había despertado del todo.
No podía mover ni un solo músculo. Los minutos pasaron y comencé a ponerme
nervioso, hasta que finalmente llegó el doctor y me dio la noticia.
La cruel noticia.
En la caída me había golpeado no sé cuál vértebra del cuello, provocando
una parálisis total en mi sistema nervioso. Literalmente, había desconectado mi
cuerpo de mi mente.
Ahora era como uno de ellos. Era un trasto abandonado.
Ni siquiera era capaz de hablar, la lesión había llegado hasta tal
extremo que mis intentos por comunicarme tan sólo se traducían en extraños
cloqueos y gargajos, con mi mandíbula castañeando sin control. El médico me
dijo que había muy pocas posibilidades de que pudiese hablar de nuevo.
Sin piernas, sin manos, sin cuerpo y sin habla. ¿Qué me quedaba? Se
podría pensar que me lo tenía merecido, que Dios, el karma o quien fuese el
maldito responsable, había hecho justicia por mis pensamientos. Incluso que mi
destino había sido predecible. Sin embargo, aún no había terminado mi tortura.
Las semanas transcurrieron en el hospital y finalmente con el alta
firmada por mis familiares, acabé ingresado en la misma residencia donde perdí
mi vida. La única en cientos de kilómetros a la redonda. De nada sirvieron mis
asustadas miradas, mis extraños gestos. Nadie comprendía que no podía estar en
este lugar. Que no podía volver al lugar donde todo sucedió. Al lugar donde
estaba él.
A pesar de todo, la hora de las visitas terminó y me encontré solo,
abandonado en la habitación que se convertiría en el nuevo paisaje a contemplar
durante el resto de mis días. Todo un torbellino de pensamientos inundó mi
mente, desde los más pesimistas como desear la muerte hasta los más positivos
al imaginar cómo podría aprovechar los duros años que me restaban, esperando
tecnologías futuras y demás bobadas. Rendido de tan intensas emociones, acabé
dormitando sobre la mullida almohada.
Mis sueños estuvieron plagados de pesadillas, de asfixiantes recuerdos y
terribles sensaciones. Alarmado, me desperté. Todo estaba oscuro, nada más que
la luna alumbraba a través de la ventana. A mi lado…
A mi lado estaba él.
Quise gritar, cogerle por el cuello y estrangularle. Siempre había
pensado que fue su culpa, que fue él quien chocó contra la escalera a propósito
y la hizo volcar. Sin embargo, nadie podía entenderme cuando intentaba explicar
mi versión de los hechos. Nadie vio lo que sucedió. Nadie pudo escucharme.
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Aquel hijo de puta había dejado atrás su impávido rostro. Ahora… ahora
sonreía. Una fina y reseca sonrisa cruzaba de lado a lado sus hundidas
mejillas. Sus ojos reflejaban la malicia propia de un demonio.
Pensé que eso sería el final de la pesadilla, que aquel esqueleto con
vida había conseguido lo que quería, arruinar la vida de un joven que
disfrutaba de la suya. Pero no. Inocente de mí.
Absolutamente todos los días volvía a mi habitación, volvía a «visitarme
como buenos amigos», como decían las enfermeras. No entendía por qué nadie se
daba cuenta de mis emociones. ¿Acaso tampoco era capaz de demostrarlas? ¿Mis
músculos faciales habían quedado también inservibles? ¿Nadie veía mis lágrimas
cuando él se acercaba?
¿Es que van a ser así todos los días?
Sin embargo, el quinto día sí que fue diferente. Todo parecía
asombrosamente silencioso, como si no hubiese nadie en la residencia, como si
los coches hubieran abandonado la ciudad y ni tan siquiera los pájaros se
atrevieran a piar por la mañana. Pero pronto comprendí mi error, cuando una de
las enfermeras llegó a mi habitación para atenderme.
Era incapaz de escuchar absolutamente nada.
Aquel día, el malnacido volvió a sonreír.
Me encontraba desesperado, no sabía qué ocurría y, por lo que veía, todo
el mundo pensaba que los estaba ignorando. ¿Cómo podría decirles lo que en
realidad me estaba pasando? Aquel día lo pasé llorando sin cesar. Mis
familiares pensaron que se trataba de una depresión por lo sucedido.
Me encontraba total y absolutamente solo.
Los días continuaron, días infernales en los que sólo vivía para desear
morir. No aguantaba más la situación, me encontraba encerrado en mi propio
cuerpo y no podía hacer nada para escapar, para volar lejos aunque fuese en
manos de la muerte. Mi vida se había acabado pero el fin no había llegado. Los
días pasaban como si los segundos fueran horas, como si las horas fueran
siglos.
Al décimo día, le encontré sonriendo de nuevo.
Lejos de invadirme la rabia, la furia o la imperiosa necesidad de
estrangularle con mis propias manos, me lo hice todo encima. Lloré como un crío
asustado, pensando en qué sería lo siguiente que me arrebataría. A medida que
las lágrimas brotaban de mis ojos, mi visión se iba oscureciendo.
La última imagen que vieron mis aguados ojos fue la gloriosa carcajada
que casi le descoyuntaba el cuello. Su grasiento pelo caía por su cara, la
saliva caía por la comisura de sus agrietados labios, sus ennegrecidos dientes
se mostraban como las fauces del mal en persona.
Aún la recuerdo como si fuera ayer mismo. Y de eso hace ya… cuarenta y
tres años, cuatro meses y veinte días.
Y absolutamente todos los días, sé que sigue al lado de mi cama,
mirándome fijamente.
Ángel Villán nació en la capital de España hace casi un cuarto de siglo.
Si bien sus intereses tanto lúdicos como profesionales estaban centrados en la
tecnología e informática, un pequeño juego de narrativa en su blog personal le
enganchó a la escritura de relatos cortos. La cosa fue a más y actualmente está
terminando una novela de terror llamada Infectus, que se publica en Internet
dividida en pequeños capítulos, con vistas a ser publicada en papel en cuanto
esté lista (para alegría de los fieles lectores que la siguen online). Tiene
algún que otro relato corto y está decidido a sumergirse de lleno en el placer
de la escritura. Degusta de buen agrado toda clase de cine y literatura de
terror y ciencia ficción, aunque no puede evitar decantarse por el género
post-apocalíptico y en especial por los muertos vivientes.
Este cuento se vincula temáticamente con SIEMPRE ESTARÉ PARA TI, de Marina de Anda, EL HOMBRE
DE ARENA, de Ernest T. A. Hoffmann, El moribundo y Lencia, de Sergio Gaut vel Hartman
Axxón 207 – mayo de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Terror : Ser demoníaco : España
: Español)


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