© Libro N° 10912. Solaris, La Utopía Interrumpida. García, José A. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © Solaris,
La Utopía Interrumpida. José A. García
Versión Original: © Solaris, La Utopía
Interrumpida. José A. García
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Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "Solaris, la utopía
interrumpida", José A. García
© 2019, Pedro Bel: https://axxon.com.ar/rev/289/cuento04ilus2.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SOLARIS, LA UTOPÍA INTERRUMPIDA
José A. García
Solaris, La Utopía Interrumpida
José A. García
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Nota
Se recomienda haber leído Utopia de Tomás Moro y Solaris,
de Stanislav Lem. Este artículo no es un resumen de ellos, sino que retoma
ciertas particularidades de los mismos, referencias que, de no conocerse, se
perderían.
Utopía, el lugar sin lugar en donde lo
buscado se hace posible. Es fácil suponer que Tomás Moro sabía lo que desataría
su obra al exponer los deseos del hombre en su necesidad de algo más que
política y religión para vivir. Imaginar algo sencillo, como una isla, como su
Inglaterra natal, con el mínimo contacto con el exterior; una sociedad en
miniatura con la organización suficiente para subsistir. Utopía,
una obra de arte de quien no se creía artista.
Conocemos, a través de las palabras de Moro, el viaje que realiza Rafael
Hithloday, un marinero portugués que ha visto la verdad y decide darla a
conocer solamente a aquellos dispuestos a escucharle. Hithloday habla desde su
experiencia, la que le ha dado presenciar las maravillas de una isla a la que,
más allá de la discusión de sus leyes y la odiosa comparación con la Inglaterra
del siglo XVI, anhela regresar. Una sociedad que se acerca mucho, quizá
demasiado, a un ideal: nadie posee riquezas materiales, todo es de todos, todos
son iguales. Suena casi como el comunismo, repito: casi.
Todas y cada una de las necesidades están cubiertas, no se conoce la
envidia ni el odio porque se carece por completo de cualquier cultura monetaria
por innecesaria, por lo que todo lo necesario se otorga sin codicia alguna y
todos poseen exactamente lo mismo. Una tierra en la los niños crecen felices,
sin hambre, sin frío, sin temor al castigo eterno de su alma.
Si el lugar resultaba tan perfecto como admite su descripción no se
comprende, entre otras cosas, de dónde sacó la fuerza el letrado marinero para
regresar. ¿Cómo logró convencerse de que era mejor vivir en un mundo tan hostil
como el suyo, como el nuestro? Esa respuesta no forma parte del texto, quizá ni
siquiera el propio autor sabría cómo responderla.
Las oportunidades que brinda la isla son incontables. En qué otra tierra
el campo es tan fértil siendo parte de una península diminuta, tal es así que
la mayor obra emprendida por los utopianos fue separar su ciudad del
continente, como si aquella fuera la isla de los bienaventurados, una
Inglaterra idealizada tras el desgarramiento de una guerra interminable.
Solamente en medio del aislamiento se lograría la reproducción de un sistema
tan magistralmente construido sin que ninguno de sus habitantes note que,
aunque parezca perfecto, aquella forma de vida no es del todo satisfactoria.
En el extremo opuesto de la continuidad espacio-temporal una estación
espacial flota en medio del vacío observando un extraño planeta, ambos llevan
el mismo nombre: Solaris. Nuevamente el aislamiento se hace
presente; las escasas comunicaciones con la nave Prometeo, cercana pero al
mismo tiempo lejana, o más ocasionalmente con la Tierra, hunde a los
tripulantes es un estado similar al que vivían los utopianos. Son científicos,
no deben cazar ni cultivar, poseen todo lo necesario para sobrevivir, ninguna
preocupación los atormenta más que el continuar con sus tareas.
Al menos así parecería ser.
El cuasi omnisciente Océano, único habitante de Solaris, entrega a los
hombres lo que, quizá sin saberlo, buscaban. En el futuro el marinero Hithloday
se transfigura en el científico Gibarian quien se encuentra en un lugar único
en su extrañeza, tanto por lo bueno como por lo malo, pero sin acabar de
comprender lo que sucede. Al igual que el otro viajero, describe en sus
mensajes lo que ve. Acaso concebir a un marinero del siglo XVI con la
suficiente inteligencia para comprender la organización interna de una sociedad
no sea tan fantástico como imaginar a un científico que, ante lo desconocido,
ante aquello que supera sus capacidades y sus conocimientos, decide buscar
ayuda.
Este pedido de ayuda nos permite conocer al doctor Kelvin, un psicólogo,
una mente racional, que viene para comprender y encontrar una solución al
problema. Y es que a veces los hombres son tan ingenuos que suponen que su sola
presencia sirve de paliativo, ignorando que nadie es tan importante por sí
solo.
El mar rodea la isla impidiendo todo contacto con el exterior; el Océano
impide ver otra cosa desde la cercana estación espacial. Provenimos del agua y,
en lo profundo de nuestro ser, ansiamos regresar; esos meses de gestación son
suficientes para marcar la vida de cualquier persona. No estamos preparados
para la vida sobre la tierra y, aunque lo deseamos, no podemos regresar al
océano primigenio. Un lugar calmo, tranquilo, arrullador, cubierto de
recuerdos, algo como el Océano de Solaris.
El diálogo que sostiene Hithloday con el cardenal Morton, así como el
intercambio con Moro, en donde describe la isla, se han transformado en las
discusiones científicas etiquetadas como solarística. Todas las respuestas que
Hithloday entregaba de buena manera en sus diálogos, se encuentran en el Pequeño
Apócrifo. Lo que antes conocíamos con el fluir de las palabras, lo
encontramos en la tinta muerta de los libros viejos. Pueden haber cambiado los
medios y soportes pero el hombre sigue siendo el mismo y la necesidad de
conocer, de saber a lo que se enfrenta, o lo que puede encontrarse en su
próximo viaje, continúa presente.
Con el conocimiento llegan los problemas, el comenzar a preocuparse, el
no comprender si todo aquello es real o no. ¿Por qué ha de ser visto como una
maldición, un castigo, el reencontrarse con aquello que sin saberlo buscamos, a
nuestro alcance gracias al Océano?
Ilustración: Pedro Bel
Los tres científicos que habitan la estación espacial reciben un
“regalo” por parte del Océano. Snaut se encuentra con su hermano; alejados por
algún motivo, tienen allí, la oportunidad de zanjar las diferencias, quizá no
de la mejor manera, pero bien puede ser suficiente. Sartorius puede volver a
criar a sus hijos perdidos; sabe que no le será fácil ahora que la decadencia
de su vida se adivina cercana, ¿cómo negarse ante una oportunidad semejante?
Kelvin descubrirá que allí se encuentra, una vez más junto a él, su
amada pero perdida Harey. Sabe, como buen psicólogo, que en lugar de alejarla,
de alejarse, podría intentar cambiar la tendencia suicida que el fantasma de
Harey reproduce. Puede hacerlo sin recurrir a la salida preferida por Gibarian
con su suicidio prematuro, que no sirvió para resolver ninguno de los misterios
planteados por el Océano.
¿Puede salir algo mal ante un intento semejante? ¿Puede salir algo bien?
Extrapolando conceptos podemos considerar a Solaris como
una utopía moderna; nos referimos a una modernidad que no tiene nada que ver
con la edad moderna, nombre que se atribuye al período comprendido entre los
años 1453 y 1789. Se trata de esa modernidad líquida, al decir de Zygmunt
Bauman, en donde el miedo al disgregamiento en que se encuentra de por sí la
sociedad, se aísla, prefiere no ver, no reconocer lo que sucede.
Solaris plantea un anhelo de la mayor
parte de la humanidad; el reencuentro con quienes ya no están en un ámbito de
soledad que recuerda un poco a la muerte. Un refugio, un lugar donde
esconderse, el regazo protector de nuestra infancia, la que la humanidad en su
conjunto no ha abandonado aún más que con su imaginación desbordada.
Por otro lado, Solaris también resulta ser una utopía
para pocos, ya que de por sí no todos comprenderían lo que allí sucede. Y, dado
que el miedo es uno de los principales motores del hombre, es quien siempre
sale triunfador en la lucha moral para saber si aquello está bien o no. Kelvin
no se encontraba preparado, su interpretación sobre aquel paraíso resultó ser
errónea; su ignorancia se contagia a fuerza de la lógica y el racionalismo de
su pensamiento, y los otros miembros del grupo idean la forma de escapar de
aquel atroz “tormento”.
La mente racional se impone para eliminar aquello que ella misma dice
que no puede ser, encontrarle una salida a la situación y que los
incomprendidos fantasmas que los acompañan en la estación espacial dejen de
angustiarlos. No podrían saber que sólo entonces comenzaría el verdadero
tormento, la nueva melancolía por la reciente pérdida, es el castigo del hombre
a sí mismo.
Kelvin es incapaz de aceptar, racionalización mediante, tener frente a
sus narices aquello tan deseado pero perdido, y pretende destruir la fuente de
todo el problema siguiendo la senda preparada por Gibarian. Kelvin es incapaz
de soportar el regreso de su amada Harey, por eso todo lo demás, a excepción de
él mismo, debe cambiar. El Océano, Solaris, también es parte de todo lo demás,
debe, entonces, dejar de ser.
El mayor logro de la isla perdida que solamente Hithloday fue capaz de
conocer, es la negación de la decadencia humana, en cualquiera de sus aspectos.
Incluso los ancianos son felices, cuando el desarrollo del mundo ha demostrado
que esto es imposible por innumerables e incuestionables motivos. Solaris podría
ser un mundo perfecto, cercano a la realidad que el hombre ansiaba. En el
espacio los hombres podrían sufrir y gozar en igual medida, dependía tan sólo
de su elección, algo que les fuera negado en la isla.
Al igual que Utopía, Solaris es una novela
de contacto, pero no de un primer contacto sino que este ha sucedido tiempo
atrás. Y ese contacto no fue lo que el hombre esperaba; no encontró seres
antropomórficos, con dos brazos, dos piernas y un rostro al cual dirigirse al
hablar. Encontró algo que difícilmente se acerca a lo que el hombre
consideraría como un ser vivo. También en su relato Hithloday aclara que la
suya no fue la primera llegada de un occidental a la isla.
El Océano de Solaris demuestra de muchas maneras se
conciente de sí mismo y de quienes lo observan, pero no responde al estímulo de
la presencia del hombre de la manera en que éste lo hubiera querido. El hombre
se sintió, entonces, golpeado en su amor propio. ¿Cómo comunicarse con quien no
posee boca alguna, con quien no habla nuestro idioma, con quien no articula
palabras del modo en el que estamos acostumbrados?
Allí donde no hay hombres, no hay motivos humanos, reconoce Gibarian, no existe nada con lo que podamos identificarnos.
Al momento de llamar a su antiguo colega ha vislumbrando el problema que debe
enfrentar; mas qué podía llegar a hacer él, único entre tres (lo mismo sería
único entre millones) que pudo interpretar esa diferencia pero resultó incapaz
al momento de dar con una solución. Para comprender a Solaris se hace necesario
destruir y volver a montar las bases de las ciencias, revisar cada una de las fórmulas
de pensamiento aprendidas. El hombre debe olvidar lo que ha sido para
reformular su sistema de pensamiento y su modo de encarar los problemas
siquiera para comenzar a comprender el problema.
El Océano forma sobre su superficie una simetriada, ¿será eso una
sonrisa? Los fungoides, ¿significan que está enojado? ¿Y los mimoides? Y por
qué mirar aquello con ojos humanos si Solaris, si el Océano no lo es.
Adaptación, adaptarse al nuevo medio, es lo que el hombre necesita aprender.
A partir de su encuentro con el Océano, el hombre aprende que no siempre
la naturaleza llega a las mismas respuestas, que tanto él como ese océano son
accidentes de la evolución, y debe asimilar ese minúsculo detalle
antes de continuar en su camino en el conocimiento mutuo. Una pequeña
diferencia que se suma a la dificultad que experimentan los científicos de la
estación espacial a la hora de lidiar con sus propios fantasmas.
Cuando uno es feliz, el sentido de la vida y otros temas eternos, no le
interesan, reconoce Kelvin en un momento de lucidez. Y él es
feliz allí, al menos por un tiempo, flotando junto al Océano en la deteriorada
estación espacial. Entonces, ¿por qué romper la ilusión buscando respuestas a
lo que allí sucede, aunque sea esa la razón por la que está allí? La felicidad
no siempre es suficiente aún cuando Aristóteles planteara lo contrario, la
modernidad, la tecnología, los encuentros con otro tan ajeno a la humanidad,
pone en discusión, también, los axiomas filosóficos más arraigados en la
cultura occidental.
Lem utiliza un océano inmenso, que en momento alguno pronuncia palabra,
que vehículo para su reflexionar, para presentar su versión de un espacio
interior perdido en la inmensidad del espacio exterior. Casi como en un juego
de opuestos, coloca a sus personajes en la inmensidad del universo, pero este
no es el personaje, es un mero acompañamiento para la historia que le apetecía
contar y nada más. El papel del hombre, la dispersión de la humanidad a lo
largo del universo, el sentido de la vida y la inmensidad de la muerte
definitiva, se encuentra presentes en la novela.
Pero el tema de mayor importancia, la razón última de la escritura
de Solaris, es la relación existente o no entre la memoria y
la realidad. Moro hace lo propio, en una escala mucho menor, comparando sin
mencionarlo, isla con isla, Utopia con Inglaterra. Nosotros podríamos comparar
ese mundo que es Solaris y la Tierra; pero en las comparaciones siempre hay
alguien que gana y, por lo tanto, alguien que pierde.
Aceptar una derrota nunca es fácil.
La formación académica de Kelvin le induce a creer que el Océano de
Solaris es un gran cerebro, que produce ondas como similares a los pensamientos
humanos que pueden materializarse, destruirse y son capaces, también, de
regenerarse. La gran mente-océano es entonces atacada por las
ondas cerebrales humanas, las de Kelvin, quien menos tiempo lleva en su
cercanía y, por lo tanto, se encuentra menos afectado por ella. Los sueños,
recuerdos, ideas, teorías, hipótesis, de un humano inundan al Océano,
provocando lo que Kelvin esperaba, la desaparición total de los fantasmas. Su
Harey fantasmal ya no está allí. Claro que no son los únicos que dejan de
existir.
Los fungoides, la simetriadas y asimetriadas, el resto de las creaciones
del Océano, languidecen poco a poco, se desgranan como la niebla llevada por el
viento. ¿El Océano ha muerto? Tal vez sí, tal vez no. Solaris ha dejado de ser
la incubadora que recubría su exterior y la posibilidad de la vida diferente al
hombre. ¿Ha sido asesinado? Es muy probable ¿Descubrió algo en los pensamientos
de Kelvin que lo llevó a dejarse morir? Nunca lo sabremos, los tres científicos
allí abandonados han perdido las motivaciones para intentar una explicación,
para continuar, siquiera, con el resto de sus vidas.
Tanto Utopía como Solaris pasan a la historia, y no sólo la de la
literatura. Nadie regresó a la isla luego del pasaje por ella de Hithloday;
Solaris ya no será lo que supo ser luego de que Kelvin llevara adelante su
plan. La utopía ha caído, ha desaparecido, se ha perdido en el horizonte, en el
tiempo y el espacio, en la memoria de quien la conocieron.
Ilustración: Pedro Bel
El hombre aún sigue siendo hombre, la sociedad sin dudas cambió. El
hombre continúa buscando la felicidad, como lo planteó Aristóteles y lo
discutieron durante siglos diferentes filósofos, pero sólo la literatura
tenía/tiene las herramientas necesarias para comprender dónde se encontraba.
Tal vez esto nos ayude a comprender por qué el hombre se siente tan atraído por
el estado de melancolía y lamentación constante que recorre cada página de la
novela de Lem. Porque si todo fuera perfecto, si éste fuera un universo ideal,
ningún mal podría alcanzarnos y todos seríamos felices por igual; pero el
hombre se esforzaría de igual manera por encontrar un motivo, minúsculo o
monumental, para sentir lástima de sí mismo y verse en la necesidad de crear
una utopía donde las injusticia que él mismo ha inventado ya no tuvieran lugar,
y su universo ya no sería tan perfecto.
Hithloday tenía todo lo que necesitaba para ser feliz en la Utopia de la
paz y el hartazgo; sin embargo regreso a la Europa de la guerra, de la sangre y
el barro. Sueña con regresar, pero sabemos que nunca lo hará. Kelvin recibió un
ofrecimiento similar en la estación espacial a la que llegó para solucionar un
problema. Demasiado tarde comprendió que el problema no era Solaris sino él
mismo.
Y el sueño, en ambos casos, quedó frustrado.


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