© Libro N° 10911. Cuento De Hadas Con Ogro. Suárez, Lisardo. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © Cuento
De Hadas Con Ogro. Lisardo Suárez
Versión Original: © Cuento De Hadas Con
Ogro. Lisardo Suárez
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://axxon.com.ar/rev/2019/05/cuento-hadas-con-ogro-lisardo-suarez/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "Cuento de hadas con ogro",
Lisardo Suárez
© 2019, Pedro Bel: https://axxon.com.ar/rev/289/cuento03ilus2.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Lisardo Suárez
Cuento De Hadas Con Ogro
Lisardo Suárez
|
|
Primero notó algo duro y rugoso contra la mejilla. Medio adormilada
todavía, sintió frío en las piernas y la garganta seca como cuando, por las
noches, se despertaba para beber un trago de agua del vaso que mamá siempre
ponía en la mesita. Abrió los ojos.
¿Dónde se encontraba?
La habitación era preciosa: parecía el interior de una casa de muñecas.
Levantó el rostro y la deslumbraron los rayos de sol, cálidos y brillantes, que
entraban por una ventana redonda en el techo de la sala.
Las paredes lucían un color pastel igual que las de su cuarto. Los
muebles eran de madera y las sillas, del mismo material, tenían un acolchado
rojo muy bonito. Estaba tumbada en una alfombra de piel muy suave, que le
recordaba al pelaje de su perro, con forma circular y sobre un suelo de
baldosas blancas tan limpias que reflejaban la luz.
Detrás de ella, a unos metros de distancia, vio una escalera de caracol
que terminaba en una enorme puerta cerrada. Debajo, colgados en la pared, una
gran variedad de instrumentos musicales, sombreros de colores y muchos otros
objetos que fue incapaz de reconocer.
¿Cómo había llegado hasta un lugar así?
No había ventanas en la habitación, excepto la del techo, pero de las
paredes colgaban cuadros por todas partes. Eran pequeños retratos de niñas
rubias y sonrientes, como el rostro que veía en el espejo por las mañanas, al
lavarse los dientes, antes de ir al colegio. Solo uno de los cuadros era
grande, con una señora mayor de aspecto amistoso y ojos tristes.
El colegio.
Era lo último que recordaba. Se disponía a entrar después de que mamá
detuviese el coche en la esquina para dejarla allí, de camino al trabajo.
Volvió a mirar la habitación. Parecía un sueño; uno esos lugares donde
vivían sus muñecas cuando imaginaba que eran princesas. Se hacía mayor y cada
vez jugaba menos con ellas, pero todavía inventaba rincones así cuando quería
quedarse dormida al ir a la cama.
Esa mañana había bastante tráfico y llegaban tarde. Mamá tenía mucha
prisa por una reunión y gruñía palabras feas en voz baja para que ella no las
oyese. En cuanto se bajó del coche, mamá le lanzó un beso antes de cerrar la
puerta con rapidez.
Ilustración: Pedro Bel
Se levantó para dirigirse hacia las escaleras. Llegó al borde de la
alfombra, pero no pudo seguir avanzando. Sorprendida, lo volvió a intentar.
Nada, imposible. Probó en otros lados de la alfombra y sucedió lo mismo: era
incapaz de salir de sus fronteras. Por un momento creyó que, desde los
retratos, las miradas de los rostros la seguían.
Mamá arrancó para alejarse por la avenida y ella comenzó a caminar los
escasos veinte metros que la separaban de la puerta del colegio, vacía porque
eran más de las ocho de la mañana. Apenas había dado unos pasos cuando escuchó
que la llamaban.
Como no podía aventurarse más allá de la alfombra, se sentó para
observar la habitación con más detenimiento. La puerta sobre la escalera era
metálica y parecía muy sólida, de esas que protegen lugares importantes en las
películas.
Volteó para mirar. Allí, donde antes estaba el coche de mamá, había un
señor en una furgoneta; parecía nervioso y le hacía señas con algo en la mano.
Junto a los instrumentos y los sombreros, ahora que se fijaba bien,
había llaves viejas de distintos tamaños. Le recordaron a las de los cofres del
tesoro de los libros de piratas. También colgaban abanicos, lazos de regalo y
bolsas de caramelos.
Era un cachorro. El señor lo tenía en la mano y gesticulaba. Parecía
preocupado. ¿Qué le pasaría al perrito? Se acercó para ayudar.
Y ahí se terminaban sus recuerdos. Apretó los párpados para
concentrarse, igual que en los exámenes. Sentía frío. El hombre abrió la
puerta. No notaba la suavidad de la alfombra y sí un suelo duro. El cachorrito
estaba quieto. Algo le apretaba el tobillo derecho. El señor se aproximó a ella
con un trapo en la otra mano.
—Hola.
La voz hizo que abriese los ojos. La calidez de los rayos que entraban
por el techo y las caricias de la alfombra la reconfortaron. Buscó con la
mirada, pero sin ver a nadie.
—Estoy aquí.
Giró hacia el origen de la voz, aunque no veía a ninguna persona; solo
el cuadro grande.
—Sí, soy yo.
Los labios del rostro de la señora en el retrato se movían mientras
hablaba. Sus pupilas eran brillantes.
—Hola, Laura. Encantada de conocerte. Yo me llamo Eva. ¿Cómo estás?
—Hola, Eva. Bien —contestó de forma automática la niña, sin pensar, como
le habían enseñado sus padres que se debía responder cuando alguien se
presenta—. ¿Y tú?
—Muy bien, Laura. Gracias por preguntar —dijo la mujer de la pintura
mientras sonreía—. Qué niña tan educada.
Laura se contagió de la sonrisa afectuosa de la señora.
—¿Dónde estamos, Eva?
El semblante en el cuadro torció un poco la boca antes de hablar.
—Estamos en el castillo de un ogro.
Laura frunció el ceño.
—¿Un ogro? Pero si los ogros no existen.
El rostro del lienzo pareció entristecerse.
—Me temo que sí existen, mi querida Laura. Son pocos, parecen personas
normales y se esconden entre ellas; pero existen. Y aquí vive uno.
—¿Es un ogro malo? ¿Me va a hacer daño? —La voz de la niña temblaba.
La señora volvió a sonreír mientras se mordía un poco el labio inferior.
—Te garantizo que eso jamás pasará. ¿Verdad, chicas?
Varias voces surgieron de los cuadros pequeños que estaban por todas
partes.
—Por supuesto que no.
—¡Nunca!
—No te preocupes, Laura.
Los rostros de las niñas transmitían confianza y ánimo desde las
pinturas. Laura se sintió más segura. Pasó el dorso de la mano por la alfombra.
—¿De dónde ha salido el ogro?
Decenas de voces comenzaron a hablar al mismo tiempo y a Laura le
costaba seguir las palabras de alguna en concreto.
—Niñas, por favor. Un poco de educación.
Los rostros en los pequeños retratos guardaron silencio y miraron hacia
el cuadro de Eva con aire de culpabilidad.
La señora miró a Laura.
—El ogro es mi hijo.
La niña parpadeó.
—Fue un niño complicado en su infancia. Sólo su hermana lo entendía y
pasaban mucho tiempo juntos. La quería mucho.
Laura sonrió. Le gustaban las historias en las que la gente se quería.
—Hubo un desgraciado accidente en… el jardín del castillo. Su hermana
murió.
La niña sintió mucha pena por el ogro.
—Él sufrió mucho. Su carácter se agrió. Si antes hablaba poco y
compartía menos con otras personas, después de la muerte de su hermana se
encerró en sí mismo —continuó la señora.
»Creo que las cosas que hacen de él un ogro siempre estuvieron ahí, en
su interior, pero la cercanía de su hermana las mantenía a raya. Sin ella,
empezaron a surgir. Al dejar la niñez atrás, se convirtió en un ogro grande y
fuerte. Fue entonces cuando comenzó a portarse mal.
—¿Qué hacía? —quiso saber Laura.
La señora suspiró antes de contestar.
—Aprendió magia. Quería traer de vuelta a su hermana y empezó a
practicar hechizos. Buscó una niña con un aspecto parecido al de ella y la
trajo aquí, al castillo.
—¿La trajo así, sin más, sin pedirle permiso a sus papás?
Eva asintió desde el retrato.
—Sí, sin pedir permiso.
Laura pensó en la tristeza de esos padres por no saber dónde estaba su
hijita. Eva continuó.
—El conjuro falló. La… mandó a un reino mágico. Pero cuando el ogro no
mira, ella sigue aquí en cierta forma, en este… en este castillo, sobre todo en
esta habitación. ¿Verdad, Sara?
Una voz sonó a la derecha de Laura.
—Sí, todavía estoy aquí.
Laura se giró. La niña en la pintura lucía una prenda de cuello alto,
como los de la ropa de su madre en las fotografías de cuando era más joven.
—Pero espero poder marcharme pronto —añadió.
—Ojalá. Ya hablaremos de eso después. —Laura volvió a mirar a Eva y se
encontró con sus ojos que, desde el gran cuadro, la miraban con atención—.
¿Quieres que siga con la historia?
—Sí, por favor.
Eva sonrío y continuó hablando.
—Aquel día, cuando probó su magia por primera vez, le sorprendí al
terminar el hechizo. Aquí, en esta misma sala.
La niña abrió los ojos de par en par.
—Le quiero mucho, pero su magia no es buena. Cuando vi los resultados de
su brujería se lo dije; sin embargo, no me escuchó, se puso hecho una furia y
me hechizó a mí también.
»Cuando me… Cuando me lanzó su conjuro fui a ese reino mágico; igual que
Sara, también me quedé dentro del castillo en cierto sentido. No me puedo ir
desde entonces. Soy un… retrato.
Laura escuchaba con atención.
—Un retrato, igual que Sara, igual que las demás. —La señora guardó
silencio por unos momentos y su mirada se hizo más triste—. Porque hubo más. El
ogro siguió… con su magia.
Laura miró la cantidad de pequeños lienzos que había en las paredes.
Muchos.
—El ogro no se puede detener, no puede controlar su deseo de… hacer
magia. Y nosotras somos incapaces de… salir de estos cuadros. Formamos parte
del castillo, para siempre. Tenemos que deshacer su hechizo; debemos hacerlo y
necesitamos tu ayuda.
Laura guardó silencio. Eva la miró unos segundos antes de volver a
hablar.
—¿Te ocurre algo?
La niña la miró con gesto grave.
—Eva, dime la verdad.
El rostro de la señora se crispó.
—No me mientas, por favor —insistió Laura.
Eva parecía seria, preocupada. Su mirada, inquisitiva, casi dura.
—Dime la verdad. ¿El ogro va a querer hacerme su magia?
El rostro de Eva perdió tensión. Con una pequeña sonrisa, asintió antes
de hablar.
—Sí, Laura, lo intentará. Pero no lo va a lograr porque tenemos un plan.
La niña la miraba, indecisa.
—De verdad. Jamás te engañaría.
El gesto de Laura se dulcificó un poco.
—El plan es perfecto, pero necesitamos tu colaboración. ¿Podemos contar
con tu ayuda? —dijo la señora con un tono acogedor, lleno de seguridad.
La niña se encogió de hombros.
—Sin ti no podemos hacerlo, Laura, pero contigo saldrá bien. El ogro no
te hará la magia y nosotras podremos… salir de este reino mágico.
—¿Y yo podré volver a casa con mamá? —preguntó Laura, ilusionada.
La señora apenas vaciló un instante antes de responder.
—Por supuesto que sí. ¿Quieres que te cuente el plan?
Laura asintió.
—De acuerdo, escúchame bien. Aunque estemos en el reino mágico por el
conjuro del ogro, podemos… hacer cosas en este castillo, de ciertas maneras,
sobre todo en esta sala, donde nos… donde están nuestros retratos. Con el
tiempo, el ogro ha aprendido a ignorarnos y supone que es su propia magia, que
tiene consecuencias confusas, así que no podemos afectarle con nuestras… cosas.
Es muy fuerte y se ríe de ellas. Pero, de todas maneras, podemos hacerlas.
Laura escuchaba, atenta y con esperanza.
—Podemos afectar… bueno, podemos mover objetos. ¿Ves aquellos colgados
en la pared, bajo la escalera? Pues podemos mover, despacio y poco a poco, los
que no pesen mucho.
Laura miró de nuevo los instrumentos musicales, las llaves y las otras
cosas que había en aquel sitio.
—Uno de esos objetos es muy importante. La llave que está arriba, a la
derecha.
La niña se fijó en la llave a la que se refería Eva. Brillaba con
reflejos dorados.
—Es muy importante, Laura, mucho. El ogro tiene un ojo mágico. Lo
protege con una cerradura de metal encantado que no podemos romper. Esa llave
es lo único que la puede abrir.
»Si entra en la cerradura de ese ojo mágico, el ogro perderá mucho de su
poder. Al quedar débil, podremos… los hechizos que ha realizado sobre nosotras
se romperán y seremos libres. Además, será incapaz de… hechizarte a ti, Laura.
Esa es la clave de todo el plan.
»Necesitamos que, cuando el ogro se acerque a ti para… hacer su magia,
tú pongas la llave en esa cerradura. Tendrás que hacerlo de forma muy rápida y
con decisión, para que agarres desprevenido al ogro y puedas conseguirlo sin
que él lo evite. ¿Podrás hacerlo? ¿Por ti? ¿Por nosotras?
Laura pensó en silencio antes de hablar.
—Pero yo no puedo salir de esta alfombra para coger la llave.
—Sí, es por la… es una alfombra encantada que no te permite traspasar
sus límites. Pero podemos mover pequeñas cosas, ¿recuerdas? —dijo la señora con
un guiño.
Laura asintió y Eva siguió con su explicación.
—Vamos a hacer que esa llave caiga al suelo y, poco a poco, te la
acercaremos hasta que la puedas recoger.
La niña levantó las cejas con asombro.
—¿De verdad podéis hacer eso?
La señora sonrió desde el cuadro.
—Sí. Fíjate bien.
Laura giró la cabeza hacia el espacio bajo la escalera, donde estaban
colgados los objetos, y centró su mirada en la llave especial. Durante un buen
rato no pasó nada.
La niña volvió el rostro hacia los cuadros, despacio. Los semblantes en
los retratos eran serios y concentrados, con la mirada fija.
Laura volvió a poner su atención en la llave que, al cabo de unos
segundos, se desprendió del lugar donde colgaba para caer al suelo. No sonó
como una llave, pensó Laura, sino como algo más pesado.
Varias voces de las niñas en los cuadros celebraron el acontecimiento
con gritos de alegría. Eva pidió silencio.
—Por favor, niñas. Concentración. Hay que acercar el… la llave a Laura.
Vamos, podemos hacerlo.
El silencio volvió a la sala. Pronto, la llave se movió por el suelo.
Muy despacio; un milímetro cada vez, como mucho, pero se movía. Pasó bastante
tiempo hasta que recorrió la mitad de la distancia que la separaba de la
alfombra.
Laura, ensimismada en la visión de un objeto que se movía solo, se
sorprendió cuando las palabras de Eva la sacaron de su fascinación.
—Así tardaremos mucho. Y él podría llegar en cualquier momento.
En respuesta al comentario de la señora, varias niñas comenzaron a
hablar. Laura siempre se sentía confundida cuando muchas personas se explicaban
a la vez. Excepto palabras sueltas como “ilusión”, “efecto”, “concentración” y
“mirada”, no comprendió casi nada de lo que dijeron.
—Niñas, niñas, calma. Por favor, un poco de tranquilidad. —La voz de Eva
detuvo el cacareo y trajo el silencio. Miró a la confundida muchachita en medio
de la alfombra—. Eva, tengo que pedirte un favor.
—Claro que sí. ¿Qué debo hacer?
Eva sonrió.
—Nuestra magia funciona mal si además tenemos que… Quiero decir que no
funciona bien si tú estás mirando. Sé que te puede sonar raro, pero es un
problema. Necesitamos que cierres los ojos. No temas, que todo estará bien.
¿Podrías hacer eso para ayudarnos?
Laura asintió y cerró los ojos.
De inmediato, volvió a notar frío; sobre todo en las piernas, bajo las
que notaba un suelo duro y no la suavidad de la alfombra. Estaba a punto de
quejarse cuando algo chocó contra su mano derecha. Qué rápido, pensó la niña.
Al posar sus dedos sobre el objeto, en lugar de una llave, le pareció que
tocaba otra cosa, como un…
Las palabras de Eva interrumpieron sus pensamientos.
—Ya puedes abrir los ojos. Gracias por ayudarnos.
Con ellos abiertos, tenía en la mano una llave vieja. Nada más.
Las voces de las niñas en las telas rebosaban alegría. Eva repasó el
plan con Laura varias veces, insistiendo en que solo tendrían esa oportunidad.
—Lo haré bien, os lo prometo.
De repente, un sonido en la puerta metálica.
Ilustración: Pedro Bel
La habitación quedó en silencio. Con la mano derecha escondida a su
espalda, Laura miró hacia el comienzo de las escaleras y la puerta se abrió.
Era muy grande. Estaba vestido como la bestia de la película, con
chaqueta azul de cuello dorado y pantalones oscuros, pero en lugar de ir
descalzo llevaba botas altas. En un lado de la cara, una placa de metal con una
cerradura a la altura del ojo, como había dicho Eva; daba miedo. La miraba
desde arriba.
Lo había ensayado con sus nuevas amigas una y otra vez. Salvaría al ogro
de sí mismo, a las niñas y a Eva. La necesitaban y no iba a fallar.
Tras unos momentos, el ogro comenzó a bajar despacio sin dejar de
mirarla. Parecía saborear algo en cada peldaño. Se notaba que era un ogro
porque empezó a respirar fuerte y a gruñir mientras descendía los escalones. Al
llegar al pie de la escalera, volvió a detenerse. Laura apretaba con fuerza la
llave detrás de su cuerpo, donde él no podía verla. El ogro avanzó mientras
parecía luchar con su cinturón.
Cuando estaba a punto de poner un pie en la alfombra, volvió a
detenerse. Se quitó el cinturón, lo arrojó a un lado y se bajó la cremallera
del pantalón. Laura no entendía. ¿Iba a orinar o qué? Sus resoplidos
aumentaron. Parecía murmurar. En ese momento, se acercó y comenzó a agacharse
sobre ella.
Laura actuó. Sabía que las niñas de los retratos tenían que estar muy
tristes y querían salir de ese reino mágico; igual que Eva, una señora muy
dulce y buena. Tenía que ayudarlas. Cuando el ogro estuvo muy cerca, con un
aliento que olía como el de papá cuando brindaba muchas veces en las fiestas de
Navidad, apretó la llave y lanzó la mano directa hacia su objetivo, sin
vacilar. Entró con facilidad en la cerradura, aunque con una sensación extraña;
le recordó a lo que sentía al meter y sacar la mano del agua en la bañera llena
de espuma.
Por un instante no sucedió nada. El ogro se limitaba a mirarla con un
ojo mientras la llave sobresalía de la cerradura que tenía sobre el otro. Su
cara era de incredulidad, de sorpresa. ¿Por qué no se rompía el hechizo?
Entonces, todo estalló.
Laura no vio venir el golpe. El movimiento del brazo del ogro fue tan
rápido que ni lo advirtió. Sólo un dolor terrible, primero en la cara donde
impactó su puño y, enseguida, en la parte posterior de la cabeza cuando chocó
contra el suelo.
—¡Puta de mierda! ¡Puta! ¿Qué has hecho?
Le dolía mucho y, además, sentía lo mismo que aquella vez en el parque
de atracciones; por ir sin gorra, el sol la dejó muy mareada. La habitación
daba vueltas. Abría y cerraba los ojos. Las escenas eran confusas y parecían
transcurrir a cámara lenta.
La luz de sol que entraba por el techo parecía moverse en círculos. El
ogro gritaba palabras feas; se hincó de rodillas con las manos en el rostro. La
puerta sobre las escaleras se cerró de golpe.
A Laura se le caían los párpados. El ogro, tras levantarse con torpeza,
se encaminó hacia la escalera, pero algo lo empujó hacia atrás cuando trató de
subir el primer peldaño y cayó de espaldas en el suelo. Laura tenía mucho
sueño. Los instrumentos musicales, las llaves, junto al resto de los objetos
que estaban colgados, se soltaron y cayeron sobre el ogro. Algunos se elevaban
para caer de nuevo, una y otra vez. Laura comenzó a verlo todo negro.
Flotaba.
Todo estaba oscuro y en calma.
Creyó escuchar unas voces infantiles que daban las gracias, pedían
perdón y le deseaban suerte. ¿De dónde venían?
No supo cuánto tiempo estuvo sumergida en la oscuridad; poco a poco, se
acercó a la superficie. Abrió los ojos.
Despacio, se acostumbró al brillo que dañaba sus ojos. Le dolía mucho la
cara. Notaba algo raro en la parte posterior de la cabeza. Se llevó la mano
hasta allí y después miró sus dedos: estaban oscuros y húmedos.
Levantó el rostro y vio que la luz provenía de una solitaria bombilla
colgada de un cable escuálido suspendido del techo. Estaba en un sótano de
paredes húmedas y desconchadas. Al ponerse en pie, con lentitud, notó un ruido
metálico. Miró hacia abajo y, en su tobillo derecho, vio un grillete: estaba
encadenada a una argolla en el suelo. No entendía nada.
La puerta metálica sobre las escaleras se encontraba abierta y se veía
luz al otro lado, desde donde llegaba mucho ruido. Al pie de los peldaños, un
cuerpo. Laura se acercó cuanto pudo, hasta donde la cadena se lo permitía.
Era un hombre con un montón de cosas clavadas en el cuerpo, de las que
usaba papá para hacer arreglos en la casa y construir estanterías. Tenía algo
en el ojo. No se veía bien qué era, pero el mango se parecía al de esa cosa que
sirve para poner y quitar tornillos.
Laura estaba débil y desorientada. Vomitó. Le dolía mucho la cabeza. Se
sentó en el suelo y, tras unos segundos, se tumbó para acurrucarse sobre sí
misma. Cerró los ojos.
Volvió a flotar en la calma oscura. No sabía si estaba dormida o
despierta. Se sentía mal. Notó una mano amable sobre la frente.
Gracias, Laura.
¿Era Eva? No estaba segura; poco a poco, se hundía en la calma.
Por fin estamos libres, gracias a ti. Eres muy valiente.
Sonrío al sumergirse.
Ojalá puedas perdonarnos, Laura.
La voz la reconfortaba mientras descendía.
Hemos dejado todas las puertas y ventanas de la casa abiertas, las luces
encendidas, con la radio, la televisión y los equipos de sonido al máximo
volumen. Eso debería llamar la atención de alguien. Espero que así sea. Ojalá.
Pronto.
La calma era muy acogedora. Pensó en rendirse a ella.
Gracias, Laura. Suerte.
Una voz que parecía la de su madre la despertó, pero su mamá no estaba
ni había nadie más. ¿Lo había soñado? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Tenía mucha
sed. Su cabeza palpitaba y le dolía. Vomitó de nuevo. La puerta sobre la
escalera estaba sólo a unos metros, pero como si estuviera al otro lado del
mundo por culpa de la cadena. Volvió a cerrar los ojos.
La calma era profunda. Bajó mucho más. El fondo, tentador, la invitaba a
que lo explorase. ¿Por qué no? Se imaginó que, allá abajo, la esperaban para
pintar su retrato.
Creyó que escuchaba otra voz. ¿Había llegado alguien o era el pintor que
la invitaba a posar?
Lisardo Suárez (Gijón, 1970) se amparaba antes en la discreción de los
seudónimos para escribir, pero ahora firma con su verdadero nombre casi
siempre. Sus trabajos de narrativa breve han recibido más de ochenta
reconocimientos en diferentes concursos, convocatorias, certámenes y
antologías. En el apartado del horror y terror, ganó el V Concurso homenaje a
John William Polidori y fue tercero en su edición anterior, consiguió el tercer
puesto en la primera edición de los Premios Interius, logró la mención de honor
en el concurso Howard Phillips Lovecraft de Fabulantes y fue finalista del Concurso
Donbuk de relatos cortos de terror tanto en su primera edición como en la
segunda. También ha sido seleccionado para publicar con Calabazas en el trastero, Bestiario de lo sobrenatural, Círculo de Lovecraft, Sangre
digital, Penumbria, Aeternum y Ediciones Negras, entre otras.


Publicar un comentario