Libro N° 9967. El Camarote Superior. Crawford, Francis Marion.
© Libro N° 9967. El Camarote Superior. Crawford, Francis Marion. Emancipación. Mayo 28 de
2022.
Título
original: ©
The Upper Berth, 1894 - Francis Marion
Crawford (1854-1909)
Versión Original: El Camarote Superior. Francis Marion
Crawford
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Francis Marion Crawford
El
Camarote Superior
Francis
Marion Crawford
He cruzado el Atlántico muchas veces. Como la mayoría de los que navegan
con frecuencia, hay barcos por los que siento especial predilección. El
Kamtschatka era uno de ellos. Ya no lo es. Nada podrá convencerme de que haga
nunca más un viaje en él, y voy a contaros por qué.
Fue una calurosa mañana de junio cuando embarqué por última vez en el
Kamtschatka. El camarero me saludó y se hizo cargo de mi equipaje.
-Camarote 105, litera inferior -le dije.
Una extraña expresión cruzó por el rostro del camarero. Eso me puso
nervioso.
-¡Mala suerte! -dijo en voz baja, y emprendió la marcha delante de mí.
Era un camarote corriente aunque espacioso. Unas cortinas de color arena
cerraban a medias la litera superior, que estaba desocupada. Esperaba tener el
camarote para mí solo. Sin embargo, esa noche, nada más abandonar el muelle, me
decepcionó comprobar que tenía un compañero.
Aún no había visto al viajero. Solo me di cuenta de su presencia por su
maleta, que estaba en un rincón, y por su paraguas y algunas cosas que había
dejado encima de su litera. Y no llevaba yo mucho rato acostado cuando entró
él. Era un hombre alto, muy delgado, muy pálido, con el pelo y el bigote rubios
y los ojos grises. No volví a verle más después de esa primera noche.
Dormía yo profundamente cuando, de repente, me despertó un ruido. Me
pareció que mi compañero saltaba de su litera al suelo. Le oí forcejear
torpemente con la manivela de la puerta. Luego oí que echaba a correr por el
pasillo, dejando la puerta abierta tras de sí.
La puerta empezó a oscilar con el balanceo del barco, así que me levanté
a cerrarla y regresé a tientas a mi litera, en medio de la oscuridad. Me volví
a dormir, aunque no sé el tiempo que estuve durmiendo.
Al despertarme, aún estaba oscuro. El aire era frío y húmedo. Había en
el camarote un olor especial, como si estuviese empapado de agua de mar. Me
tapé lo mejor que pude y continué en la cama. Noté que mi compañero daba
vueltas en su litera. Me pareció oírle gemir, y supuse que se habría mareado.
Seguí durmiendo hasta el amanecer.
El barco se movía bastante. La luz grisácea que entraba por la portilla
cambiaba a cada balanceo. Y hacía un frío terrible. Para mi sorpresa, vi que la
portilla estaba abierta y trabada para que no se cerrase. Me levanté a
cerrarla. A continuación, decidí vestirme. Había desaparecido el olor a humedad
de la noche. La litera de arriba tenía las cortinas corridas. Mi compañero de
habitación seguía durmiendo.
Salí a cubierta. El día era cálido y nublado, y el mar tenía olor a
aceite. Paseando por la cubierta, topé con el médico de a bordo.
-Vaya una mañanita tenemos -dijo el doctor.
-Pues esta noche ha hecho un frío que para qué -contesté- Y encima, la
humedad que hay en mi camarote.
-¿Humedad? -dijo el doctor- . ¿Qué camarote le ha tocado?
-El ciento cinco.
El doctor se estremeció, cosa que me dejó perplejo.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
-Eh… Nada, nada -contestó-. En los tres últimos viajes, todos los
pasajeros se han quejado de él. Para mí que hay algo… Pero bueno, no es mi
misión inquietar a los pasajeros.
-A mí no me da miedo la humedad -contesté.
-No se trata de humedad. Pero no importa -dijo el doctor-. ¿Tiene
compañero de habitación?
-Sí. Uno que salta de la litera en mitad de la noche y sale corriendo
sin pararse a cerrar la puerta.
-Escuche -dijo el doctor con una extraña expresión en la cara-: Yo tengo
un camarote bastante espacioso. ¿Por qué no viene a compartirlo conmigo? Estará
más seguro que en el 105.
-¿Qué quiere decir? -exclamé asombrado ante este extraño ofrecimiento.
-En los tres últimos viajes, los ocupantes del 105 se cayeron por la
borda -contestó con gravedad.
La noticia era alarmante. La expresión del doctor me hizo comprender que
hablaba en serio. Le agradecí el ofrecimiento, pero le dije que no me apetecía
mudarme.
Después de desayunar, regresé a mi camarote. Las cortinas de la litera
de arriba estaban corridas todavía, así que deduje que mi compañero seguía
durmiendo. Al salir, el camarero me detuvo para decirme que el capitán deseaba
verme. Me dirigí a su camarote y le encontré esperándome.
-Su compañero de habitación ha desaparecido -dijo-. Nos tememos que ha
saltado por la borda.
-Entonces es ya el cuarto -exclamé.
Al capitán pareció molestarle que supiera que otros tres pasajeros
habían desaparecido. Me propuso que eligiera el camarote de cualquiera de los
oficiales para el resto del viaje. Le contesté que prefería seguir en el mío;
sobre todo ahora que lo iba a tener para mí solo.
-Naturalmente, tiene derecho a permanecer donde está -dijo el capitán-.
Pero preferiría que dejara el camarote y me permitiera cerrarlo.
Hacia el anochecer, volví a encontrarme con el doctor. Me preguntó si
había cambiado de idea respecto a mi camarote. Le dije que no.
-Pues no tardará en hacerlo -dijo en tono sombrío.
Esa noche me acosté tarde. No podía dejar de pensar en el hombre que
había compartido mi camarote, y que probablemente se había ahogado. Descorrí
las cortinas de la litera y comprobé que no estaba allí.
Me desvestí; observé que la portilla estaba abierta otra vez. Esto me
irritó, por lo que salí en busca de Robert, el camarero. Le hice entrar y le
exigí que me explicara por qué razón la abría.
-Vera, señor -contestó Robert-: nadie es capaz de mantener cerrada esta
portilla por la noche. Inténtelo usted si quiere. Yo se la cierro ahora mismo y
aprieto las palomillas con toda mi fuerza. Pruebe a abrirla ahora.
Intenté abrir la portilla y comprobé que estaba firmemente apretada. Se
marchó Robert y me acosté. Pero no tenía sueño y desde la litera estuve
contemplando la luna a través de la portilla. Y así permanecí durante una hora.
Cuando ya me estaba entrando sueño, me dio en la cara una bocanada de aire frío
y una rociada de agua de mar. ¡La portilla estaba abierta otra vez y trabada
para que no se pudiera cerrar!
Me levanté, crucé la habitación y me acerqué a examinarla. Oí moverse
algo detrás de mí, en la litera de arriba. Me volví, aunque no se veía nada en
la oscuridad. Oí un gemido muy débil. ¿Había alguien allí? Crucé corriendo la
habitación, aparté de una manotada las cortinas y palpé con las manos. ¡Allí
había alguien!
De detrás de las cortinas salió una bocanada de aire cargado de un olor
espantoso a agua de mar estancada. Agarré algo que tenía forma de brazo humano,
aunque lo noté mojado y frío como el hielo. Al tirar de él, la criatura se
abalanzó violentamente sobre mí. Era una masa pegajosa, fangosa, pesada y
húmeda, pero dotada de una fuerza terrible. Me eché a un lado. Un instante
después se abrió la puerta y aquel ser salió corriendo.
Eché a correr tras él, pero lo perdí al dar la vuelta a una esquina.
Asustado, regresé al camarote. Dentro reinaba un intenso olor a agua de mar
estancada. Examiné la litera de arriba esperando encontrarla empapada, pero
estaba seca como la boca de un horno.
La portilla continuaba abierta.
La cerré con fuerza y torcí las tuercas de latón que la sujetaban. Ahora
sería imposible volverla a abrir. Permanecí despierto toda la noche, pensando
en lo ocurrido.
Amaneció por fin, y salí a cubierta a respirar aire fresco y a
despejarme. El capitán estaba allí. Le expliqué lo sucedido por la noche. Le
dije que había pasado más miedo que nunca en mi vida.
-Escuche -dijo-, vamos a hacer una cosa: voy a ir con usted a compartir
su camarote a ver qué pasa. Creo que entre los dos podremos aclarar este
asunto.
Ese mismo día, avanzada la noche, volvimos al camarote el capitán y yo.
Vino el carpintero de a bordo y condenó la portilla. A continuación,
registramos minuciosamente todos los rincones. Una vez satisfechos, nos
encerramos en el camarote el capitán y yo. El capitán se sentó junto a la
puerta, y yo en la litera de abajo.
-El primero que se arrojó por la borda fue un pasajero que estaba loco
-explicó el capitán-. Sus amigos no sabían que había embarcado. En el viaje
siguiente… ¿Qué está usted mirando?
Mis ojos estaban fijos en la portilla. Las palomillas de latón estaban
empezando a girar muy despacio. Al descubrir lo que yo miraba, el capitán se
quedó pasmado también.
-¡Se están moviendo solas! -dijo en voz baja.
En ese preciso momento, se apagó la linterna de lectura que yo tenía
sobre la litera. Aún entraba luz por la ventana del vestíbulo. Me di la vuelta
para arreglar la linterna, y el capitán se puso en pie de un salto, profiriendo
un grito de sorpresa.
Me volví rápidamente. Estaba luchando con todas sus fuerzas con la
portilla que había empezado a moverse. Acudí en su ayuda. Se abrió de golpe y
nos arrojó a los dos al suelo.
-¡En la litera hay alguien! -exclamó el capitán con asombro.
Salté sobre ella. Había algo indeciblemente espantoso. Era como el
cuerpo de una persona ahogada hacía mucho tiempo, aunque se movía y tenía la
fuerza de diez hombres.
Agarré con todas mis fuerzas aquel ser legamoso, escurridizo, horrible.
Entonces clavó en mí sus ojos blancos y muertos. Hedía a agua de mar
corrompida, y el cabello reluciente le caía en rizos mojados y horrendos sobre
su cara muerta. Empezaba a dominarme. Me rodeó el cuello con sus brazos
cadavéricos, me retorcí hasta que logré desembarazarme con un grito. La
criatura saltó por encima de mí y se precipitó sobre el capitán. Este cayó al
suelo horrorizado y aturdido. El ser se quedó en suspenso un instante, y a
continuación desapareció por la portilla.
Bueno, ¿queréis saber más? Pues no hay nada más. Fue el carpintero de a
bordo y clavó la puerta del camarote.
Si alguna vez hacéis un viaje en el Kamtschatka, preguntad por el
camarote 105. Veréis cómo os dicen que está ocupado. Y en efecto, lo está…, por
ese muerto viviente.
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The Upper Berth, 1894 - Francis Marion Crawford (1854-1909)


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