© Libro N° 9897. El Abismo. Lowndes, Robert A.W.. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
The Abyss, Robert A.W. Lowndes
(1916-1998)
Versión Original: © El Abismo. Robert A.W. Lowndes
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Robert A.W. Lowndes
El Abismo
Robert A.W. Lowndes
Sacamos el cuerpo de Graf Norden envueltos por la noche de noviembre,
bajo las estrellas que resplandecían con un brillo tan terrible que resultaba
insoportable, y condujimos el auto enloquecidos, frenéticamente, por la
carretera que subía hacia lo alto de la montaña. El cadáver debía ser destruido
a causa de los ojos que no querían cerrarse, sino que parecían mirar fijamente
algún objeto situado detrás del observador; el cadáver que había perdido toda
la sangre sin que presentara la más ligera traza de una herida; el cadáver cuya
carne estaba cubierta de marcas luminosas, de arabescos que se desplazaban y
cambiaban de forma ante nuestros ojos. Encajamos el rígido cuerpo que había
sido Graf Norden tras el volante, pusimos una mecha en el tanque de gasolina,
la encendimos y luego empujamos el vehículo hasta el borde del camino, desde
donde se precipitó envuelto en llamas hacia la ruta principal: un meteorito
flamígero
No fue hasta el día siguiente que nos dimos cuenta de que todos habíamos
estado bajo el poder hipnótico de Dureen... hasta yo lo había olvidado. De no
ser así, ¿cómo hubiéramos podido actuar tan alocadamente? A partir del instante
en que se encendieron las luces de nuevo, y vimos lo que, un momento antes,
había sido Graf Norden , fuimos como vagas, irreales figuras deambulando por un
sueño. Lo olvidamos todo salvo las mudas órdenes que nos fueron impartidas
mientras contemplábamos cómo el auto llameante se estrellaba contra el asfalto
inferior, mientras observábamos su destrucción, y luego nos dirigíamos con paso
incierto cada cual a su casa. Cuando, al día siguiente, recobramos parcialmente
la memoria y buscamos a Dureen, éste había desaparecido. Y, como sea que
apreciábamos nuestra libertad, no contamos a nadie lo que había sucedido, ni
tratamos de averiguar hacia qué ignotos dominios se había esfumado Dureen. Sólo
deseábamos olvidar.
Pienso que yo probablemente hubiera olvidado si no hubiese vuelto a
echar una ojeada a la Canción de Ysté. Los demás, con interés creciente, han
tendido a considerarlo como una ilusión, pero yo no puedo. Una cosa es leer
libros como el Necronomicón, el Libro de Eibón o la Canción de Ysté, y otra muy
distinta cuando la propia experiencia nos confirma algunas de las cosas que en
ellos se relatan. Encontré uno de tales párrafos en la Canción de Ysté y no
seguí leyendo. El volumen, junto con los demás libros deNorden, aún está en mi
biblioteca; no lo he quemado. Pero no creo que lo vuelva a leer jamás...
Conocí a Graf Norden en 193..., en la universidad Darwich, en la clase
de historia medieval y del Renacimiento temprano del doctor Held, que era más
bien un estudio del pensamiento metafísico y el ocultismo. Norden demostraba un
gran interés; había realizado más de una incursión en las ciencias ocultas; en
especial, le fascinaban los escritos y documentos de una familia de adeptos
llamada Dirka, cuyo linaje se remonta a los días de la era preglacial. Ellos,
los Dirka, vertieron la Canción de Ysté de su forma legendaria a las tres
grandes lenguas de las culturas primigenias, y luego al griego, latín, árabe e
inglés medio. Le dije a Norden que deploraba el ciego desdén con que el mundo
consideraba a las ciencias ocultas, pero que nunca había investigado el tema en
profundidad. Me contentaba con ser un espectador, dejando que mi imaginación
vagara a voluntad por las principales corrientes de ese oscuro río; deslizarme
por la superficie era suficiente para mí... raras veces realizaba una inmersión
ocasional hacia las profundidades. Como poeta y soñador, ponía buen cuidado en
no perderme entre las tinieblas de las pozas donde retozaba... uno siempre
podía emerger para encontrar un cielo azul y calmo y un mundo que no creía en
esas realidades.
En el caso de Norden, era diferente. El ya comenzaba a tener dudas,
según me comentó. Se trataba de un camino difícil de recorrer; había peligros
espantosos, ocultos a lo largo de todo el recorrido; a menudo eso era tan
cierto que el caminante no los descubría hasta que ya era demasiado tarde. Los
terráqueos no habían avanzado mucho por la vía de la evolución; muy inexpertos
aún, su falta de conocimiento, como raza, constituía una poderosa valla contra
los pocos de sus congéneres que buscaban adentrarse por desconocidos
caminos.Norden hablaba de mensajeros del más allá y citaba oscuros pasajes del
Necronomicón y la Canción de Ysté. Se refería a seres extraños, entidades
terriblemente inhumanas, imposibles de comprender de acuerdo con los cánones
humanos o de ser combatidos de manera efectiva por la humanidad.
Dureen hizo su aparición en esa época. Un día entró en el aula durante
el curso de una conferencia; más tarde, el doctor Held nos lo presentó como un
nuevo miembro de la clase, procedente del extranjero. Había algo en Dureen que
despertó inmediatamente mi interés. No logré determinar a qué raza o
nacionalidad podía pertenecer... era lo que podría decirse bello, cada uno de
sus movimientos poseía gracia y ritmo. Sin embargo, bajo ningún aspecto podía
considerarse afeminado. El hecho de que la mayoría de nosotros le eludiera, no
le perturbaba en absoluto. Por mi parte, ello se debía a que no me parecía
real, pero, en el caso de los demás, probablemente se debiera a su carencia
total de sentimiento. Hubo una vez, por ejemplo, en que, estando en el
laboratorio, le estalló una probeta ante la cara, y varios fragmentos se le
clavaron en la piel. Él no dio la más leve muestra de dolor, rehusó todas las
expresiones de atención de parte de algunas jóvenes y procedió a continuar con
su experimento en cuanto el médico terminó de atenderle.
El acto final comenzó una tarde, cuando conversábamos acerca de la
sugestión y el hipnotismo, y discutíamos las posibilidades prácticas de la
materia. Colby presentó un argumento extraordinariamente ingenioso en contra,
consideró ridículo asociar los experimentos en transmisión de pensamiento o
telepatía con la sugestión y llegó a la conclusión final de que el hipnotismo
(al margen de los medios mecánicos de inducción) era imposible. Fue al llegar a
este punto cuando Dureen intervino. Lo que él dijo, no puedo recordarlo, pero
todo concluyó con un desafío directo a Dureen para que demostrara sus
asertos.Norden permaneció callado durante el curso de este debate; estaba más
bien pálido y trataba, según pude notar, de hacerle una señal de advertencia a
Colby.
Esa noche fuimos cinco los que nos reunimos en casa de Norden:
Granville, Chalmers, Colby, Norden y yo. Norden fumaba un cigarrillo tras otro,
se mordía las uñas y hablaba solo en voz baja. Sospeché que algo anormal estaba
sucediendo, pero de qué se trataba, no tenía la menor idea. Luego llegó Dureen,
y la conversación, si así puede llamarse, cesó. Colby repitió su desafío,
diciendo que había convocado a los demás para asegurarse de que no se
utilizarían trucos de escenario. No se podían utilizar espejos, luces ni
cualquier otro tedio mecánico para provocar la hipnosis. Debía basarse por
completo en la fuerza de voluntad. Dureen asintió, corrió la cortina, y luego,
volviéndose, dirigió su mirada a Colby.
Nosotros le observábamos, esperando que hiciera algunos movimientos o
pases con sus manos y pronunciase alguna orden: él no hizo ni lo uno ni lo
otro. Fijó su mirada en Colby, y éste se puso rígido como si hubiese sido
fulminado por un rayo; acto seguido, con la mirada perdida en el vacío ante él,
se puso lentamente en pie, permaneciendo en la angosta franja negra que corría
en diagonal a través del centro de la alfombra. Mi memoria regresó al día en
que había sorprendido a Norden en el acto de destruir unos papeles y aparatos,
éstos construidos, con toda la ayuda que pude brindarle, en un lapso de varios
meses. Sus ojos poseían una terrible expresión, y no pude vislumbrar la sombra
de una duda en ellos. Poco tiempo después de este evento, Dureen había hecho su
aparición: me pregunté si ambos hechos podían tener alguna relación.
Salí bruscamente de mi ensimismamiento al oír el sonido de la voz de
Dureen, al ordenarle a Colby que hablara, que nos dijese dónde se hallaba y qué
veía a su alrededor. Cuando Colby obedeció, fue como si su voz nos llegase de
una gran distancia. Se encontraba, dijo, en un estrecho puente tendido sobre un
pavoroso abismo, tan vasto y profundo que él no podía distinguir el fondo ni
sus límites. Detrás de él este puente se extendía hasta perderse en una neblina
azulada; al frente, continuaba hasta lo que parecía una meseta. Colby no se
atrevía a moverse debido a la angostura de la senda, pero comprendía que debía
tratar de llegar a la planicie antes que el vértigo que le causaban las
profundidades que se abrían debajo de él le hiciera perder el equilibrio. Experimentaba
una extraña pesadez, y hablar le demandaba un gran esfuerzo.
Al enmudecer la voz de Colby, todos mirábamos fascinados la estrecha
franja negra en la alfombra azul. Aquello, pues, era el puente sobre el
abismo... pero ¿qué podía causar la ilusión de profundidad? ¿Por qué su voz
parecía venir de tan lejos? ¿Por qué sentía aquella pesadez? La planicie debía
de ser la mesa de trabajo situada en el otro extremo de la habitación: la
alfombra llegaba hasta una especie de tarima sobre la cual estaba colocada la
mesa de Norden, cuya superficie se levantaba a unos dos metros del suelo. Colby
ahora comenzó a caminar con lentitud por la franja negra, moviéndose con
extremo cuidado, al igual que una figura proyectada con cámara lenta. Sus
miembros parecían pesados; respiraba agitadamente.
Entonces Dureen le ordenó que se detuviera y mirase al fondo del abismo
con precaución, y que nos contara lo que allí viese. En aquel momento, nosotros
examinábamos de nuevo la alfombra, como si jamás la hubiésemos visto y no
supiéramos que no presentaba motivo decorativo alguno, salvo aquella única
franja negra en la que ahora Colby se encontraba de pie. Escuchamos de nuevo su
voz. Dijo, al principio, que nada veía en el abismo bajo sus pies. Luego se le
cortó la respiración, se tambaleó y casi perdió el equilibrio. Vimos que el
sudor le cubría la frente y el cuello, empapando su camisa azul. Había cosas en
el abismo, nos contó con roncos acentos en la voz, grandes formas que eran como
burbujas de absoluta negrura, pero que estaba seguro de que tenían vida. De la
masa central de su ser, Colby veía surgir tentáculos fibrosos, increíblemente
largos. Se movían hacia delante y hacia atrás... en sentido horizontal, pero,
aparentemente, no podían desplazarse en dirección vertical.
Pero las cosas no estaban todas en el mismo plano. Cierto era que sus
movimientos se producían sólo horizontalmente en relación con su posición, pero
algunas se encontraban en sentido paralelo a él y algunas en diagonal. A lo
lejos podía distinguir cosas en posición perpendicular. Ahora parecía haber
muchas más que las que él suponía. Las primeras que había visto estaban muy
lejos, en el fondo, ajenas a su presencia. Pero éstas le percibían y estaban
tratando de alcanzarle. Ahora se movía más rápidamente, nos dijo, pero para
nosotros aún caminaba con lentitud. Miré de soslayo a Norden; él también sudaba
profusamente. Entonces se levantó y, acercándose a Dureen, le habló en voz baja
para que ninguno de nosotros pudiera oírle. Comprendí que se refería a Colby y
que Dureen no quería acceder a lo que Norden le pedía. Luego me olvidé
momentáneamente de Dureen al escuchar de nuevo la voz de Colby, que temblaba de
espanto. Las cosas extendían sus tentáculos hacia él. Se elevaban y caían por
todas partes; algunas muy alejadas; otras horriblemente cercanas. Ninguna había
encontrado el plano exacto en que él pudiera ser capturado; los ávidos
tentáculos no le habían tocado, pero aquellos seres ahora sentían su presencia,
estaba seguro de ello.
Y temía que tal vez pudiesen alterar sus planos a voluntad, aunque
parecía que actuaban a ciegas, pues aparentemente eran seres bidimensionales.
Los tentáculos que se proyectaban hacia él eran fibras totalmente negras. Una
terrible sospecha se despertó en mí, al recordar algunas de las primeras
conversaciones con Norden, y rememoré ciertos pasajes de la Canción de Ysté.
Intenté levantarme, pero mis miembros carecían de fuerza: sólo podía permanecer
irremediablemente sentado y mirar. Norden todavía seguía hablando con Dureen, y
vi que estaba muy pálido. Pareció retirarse... luego se volvió y se dirigió a
un armario, extrajo un objeto y se acercó a la franja de la alfombra sobre la
que Colby estaba de pie. Norden hizo un movimiento de asentimiento a Dureen, y
entonces vi lo que tenía en la mano: era un poliedro de aspecto cristalino.
Poseía, sin embargo, un resplandor que me causó un sobresalto.
Desesperadamente traté de recordar la significación del objeto... pues
yo sabía... pero mis pensamientos eran interrumpidos, según parecía, por alguna
fuerza y, cuando Dureen posó su mirada en mí; hasta la misma habitación pareció
oscilar. Una vez más se hizo audible la voz de Colby, esta vez preñada de
desesperación. Temía no poder llegar nunca a la planicie. (En rigor, se
encontraba a un metro y medio escaso del final de la franja negra y de la
tarima sobre la cual descansaba la mesa de trabajo de Norden.) Las cosas, decía
Colby, estaban más cerca ahora: una masa de tentáculos entretejidos acababa de
rozarle el cuerpo. Entonces nos llegó la voz de Norden; también parecía
provenir de muy lejos. Llamó mi nombre. Aquello era algo más, dijo, que mero
hipnotismo. Se trataba... pero entonces su voz se debilitó y percibí el poder
de Dureen ahogando el sonido de sus palabras. De cuando en cuando, lograba
distinguir una frase o unas pocas palabras inconexas. Pero, de todo ello, pude
colegir lo que estaba sucediendo. Se trataba en realidad de un viaje
transdimensional. Nosotros sólo nos imaginábamos que veíamos a Norden y a Colby
de pie en la alfombra..., o quizás era mediante la influencia de Dureen.
La dimensión sin nombre era el hábitat de aquellos seres de sombra. El
abismo, y el puente sobre el cual se encontraban los dos, eran ilusiones
creadas por Dureen. Cuando lo que Dureen había planeado hubiera concluido,
nuestras mentes serían exploradas, y nuestros recuerdos condicionados de tal
manera que sólo rememoraríamos lo que Dureen quisiera que recordáramos. Norden
había conseguido llegar a un acuerdo con Dureen, acuerdo que él debería
respetar; como consecuencia, si ambos llegaban a la planicie antes que les
tocaran aquellos seres, todo estaría en orden. Si no... Norden no especificó
qué sucedería, pero dio a entender que les perseguirían al igual que el cazador
persigue a su presa. El poliedro contenía un elemento que repelía los extraños
seres de sombra.
Norden estaba a corta distancia detrás de Colby; nosotros podíamos verle
apuntando con el poliedro. Colby habló de nuevo, diciéndonos que Norden se
había materializado a sus espaldas, y que había traído consigo una especie de
arma con la cual podía mantener a distancia a los extraños seres. Entonces
Norden me llamó por mi nombre, pidiéndome que me hiciese cargo de sus
pertenencias si no regresaba y que buscara lo que decía sobre los adumbrali la
Canción de Ysté. Con lentitud, él y Colby avanzaron hacia la tarima y la mesa.
Colby iba a pocos pasos delante de Norden; luego se trepó a la tarima y, con la
ayuda de su compañero, logró ganar la mesa. Después trató de dar una mano a
Norden, pero, cuando éste subía a la tarima, súbitamente se puso rígido, y el
poliedro se desprendió de sus manos. Frenéticamente intentó arrastrarse hacia
la mesa, pero una fuerza extraña le atrajo hacia atrás, y yo supe que estaba
perdido...
Oímos un solo grito de angustia, y luego las luces de la habitación
palidecieron y se apagaron. Sea cual fuere el poder que nos tenía dominados, en
aquel instante perdió su fuerza; dimos vueltas por la estancia como
enloquecidos, tratando de encontrar a Norden, a Colby y el interruptor de la
luz. Luego, de pronto, las luces se encendieron de nuevo, y vimos a Colby
sentado en la mesa, como mareado, mientras que Norden yacía en el suelo.
Chalmers se inclinó sobre su cuerpo, en un intento de resucitarle, pero al
constatar el estado de los restos de Norden, se puso tan histérico que tuvimos
que dejarle desvanecido de un golpe para que se callara. Colby nos siguió como
un autómata, aparentemente sin saber lo que había sucedido. Sacamos el cuerpo
de Graf Norden envueltos por la noche de noviembre y lo destruimos con el
fuego; más tarde le explicamos a Colby que había sufrido un ataque cardíaco
mientras conducía por la ruta de la montaña; el auto se precipitó al vacío, y
el cadáver de Norden se incineró en el holocausto.
Posteriormente, Chalmers, Granville y yo nos reunimos con el fin de
buscar una explicación racional a cuanto habíamos visto y oído. Después de
recobrar el conocimiento, Chalmers permaneció sereno y nos ayudó a llevar a
cabo la espeluznante misión en lo alto de la montaña. Ninguno de los dos, según
pude averiguar, había oído la voz de Norden después que se unió a Colby en el
supuesto estado hipnótico. Tampoco recordaban haber visto objeto alguno en la
mano de Norden. Pero, en menos de una semana, aun esos recuerdos se habían
desvanecido de sus mentes. Creían a pies juntillas que Norden había muerto en
un accidente luego de un intento frustrado de parte de Dureen de hipnotizar a
Colby. Con anterioridad, su explicación había sido que Dureen mató a Norden,
por razones que no conocían, y que nosotros fuimos, inconscientemente, sus
cómplices. El experimento hipnótico había servido de pretexto para reunirnos a
todos y contar con un medio para deshacerse del cadáver. Que Dureen había
logrado hipnotizarnos, ellos no lo dudaban entonces.
Hubiera sido inútil contarles lo que descubrí unos pocos días más tarde,
lo que llegué a extraer de las notas de Norden, en las que explicaba la llegada
de Dureen. Tampoco hubiera servido de mucho leerles fragmentos de la Canción de
Ysté, traducidos a un inglés comprensible para ellos.
«...Y éstos no eran sino los adumbrali, las sombras vivientes, seres de
increíble poder y malignidad, que moran fuera de los velos del espacio y el
tiempo tal como nosotros los conocemos. Su diversión consiste en atraer a sus
dominios a los habitantes de otras dimensiones, con quienes practican horribles
juegos y múltiples engaños...
«...Pero más horrendos que ellos son los inquisidores que envían a otros
mundos y dimensiones, seres que ellos mismos han creado, otorgándoles la
apariencia de aquellos que residen en cualquier dimensión o en cualquiera de
los mundos a donde se les manda...
«...Estos inquiridores pueden ser identificados tan sólo por los
adeptos, para cuyos avezados ojos la extraordinaria perfección de su forma y
movimientos, su rareza y el aura de extranjería y de poder que les envuelve
constituyen un sello infalible...
«...El sabio Jhalkanaan nos habla de uno de esos inquiridores que engañó
a siete sacerdotes de Nyaghoggua, al desafiarles a un duelo en las artes del
hipnotismo. Más adelante nos cuenta cómo dos de ellos cayeron en la trampa y
fueron entregados a los adumbrali; sus cuerpos fueron devueltos una vez que los
seres de sombra hubieron terminado con ellos...
«...Lo más curioso de todo fue el estado en que se encontraban los
cadáveres: a pesar de haberles sido extraído todo fluido, no presentaban trazas
de herida alguna, ni siquiera la más leve. Pero lo más horroroso eran los ojos,
que no podían cerrarse, y parecían mirar fijamente, con desasosegada expresión,
más allá del observador, y las extrañamente luminosas marcas en la carne
muerta, los curiosos arabescos que parecían moverse y cambiar de forma ante los
ojos del testigo...»
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Robert A.W. Lowndes (1916-1998)

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