© Libro N° 9898. El Abrazo Frío. Braddon, Mary Elizabeth. Emancipación. Mayo 7 de
2022.
Título
original: ©
The Cold Embrace, Mary Elizabeth Braddon
(1837-1915)
Versión Original: © El Abrazo Frío. Mary Elizabeth
Braddon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Mary
Elizabeth Braddon
El abrazo
frío
Mary
Elizabeth Braddon
Él era un artista; las cosas como las que le pasaron, algunas veces les
pasan a los artistas.
Él era alemán; las cosas como las que le pasaron, algunas veces le pasan
a los alemanes.
Él era joven, apuesto, estudioso, entusiasta, metafísico, descuidado,
incrédulo, despiadado.
Y siendo joven, apuesto, y elocuente, también fue amado.
Él era un huérfano, bajo la tutoría del hermano de su difunto padre, su
tío Wilhelm, en cuya casa él había vivido desde su temprana infancia; y aquella
que lo amó era su prima, Gertrude, a quien le juró que amaba, a cambio.
¿Él la amaba? Sí, cuando por primera vez se lo juró, sí. Pero pronto su
pasión terminó; ¡y cómo al final se convirtió en un sentimiento miserable en el
egoísta corazón del estudiante! ¡Pero que bello sueño, cuando él tenía solo
diecinueve años, y había regresado de su aprendizaje con un gran pintor en
Amberes, y ellos vagaban juntos en los más románticos alrededores de la ciudad,
con rosado crepúsculo o con la divina luz de luna o la brillante y jovial luz
matinal!
Ellos tenían un secreto, que era la ambición del padre de la chica de
que ella tuviera un rico pretendiente. Era una lúgubre visión frente al amor
soñado.
Así que se comprometieron; y estando uno al lado del otro, cuando la
agonizante luz del sol y la pálida luz de la luna dividían los cielos, él puso
el anillo de compromiso en el dedo de ella, en su blanco e inmaculado dedo,
cuya delgada forma él conocía bien. Este anillo era bastante particular, tenía
la forma de una gran serpiente dorada, la cola en la boca, que era el símbolo
de la eternidad; había pertenecido a su madre, y él lo podría haber reconocido
de entre cientos. Si se hubiera vuelto ciego al otro día, él podría
distinguirlo entre cientos con solo el tacto.
Lo puso en el dedo de ella, y ambos se juraron fidelidad, el uno al
otro, por siempre jamás, sin importar peligros o dificultades, en los pesares y
en los cambios, en la riqueza o la miseria. Aún debían conseguir el
consentimiento del padre para consumar su unión, pero ya estaban comprometidos,
y solo la muerte podría separarlos.
Pero el joven estudiante, burlón de las revelaciones, y entusiasta
adorador de lo místico, preguntó:
"¿Puede la muerte separarnos? Yo podría regresar a ti, Gertrude. Mi
alma podría volver para estar cerca de mi amor. Y tú, tú, si tu mueres antes
que yo, la fría tierra no podría separarte de mí; si me amas, tu regresarías, y
nuevamente estos bellos brazos estarían alrededor de mi cuello, como lo están
ahora."
Pero ella le respondió, con un extraño brillo en sus profundos ojos
azules, que el que muriera lo haría en paz con Dios e iría feliz al cielo, y no
podría regresar a la atribulada tierra; y solamente el suicidio, la pérdida que
provoca que los afligidos ángeles cierren las puertas del Paraíso, provoca que
el infausto espíritu persiga a los vivos.
Transcurrió el primer año de su compromiso, y ella se quedó sola, a
causa del viaje de él a Italia, por comisión de algún hombre rico, para copiar
Rafaeles, Tizianos y Guidos en una galería en Florencia. Quizás habría marchado
para ganar fama; pero esto no era lo peor... ¡sino que se había ido! Por
supuesto, su padre extrañó a su joven sobrino, quien había sido como un hijo
para él; y pensó que la tristeza de su hija no era más que la que una prima
puede sentir por la ausencia de un primo.
Durante ese tiempo, las semanas y los meses pasaron. Los amantes se
escribían, primero muy seguido, luego con menos frecuencia, al final dejaron de
hacerlo.
¡Cuántas excusas ella se inventó para él! ¡Cuántas veces ella fue a la
lejana oficina postal, a la que él dirigía sus cartas! ¡Cuántas veces ella
esperó, solo para verse decepcionada! ¡Cuántas veces ella desesperó, solo para
tener una nueva esperanza!
Pero la real desesperación vino, al final, y no se fue más. El rico
pretendiente apareció en escena, y el padre se decidió. Ella tenía que casarse
de inmediato, y la fecha de la boda se fijó para el quince de junio.
La fecha parecía abrasarle la mente.
La fecha, escrita en fuego, danzaba permanentemente frente a sus ojos.
Esa fecha, gritada por las Furias, sonaba continuamente en sus oídos.
Pero aún no era tiempo, estábamos a mediados de mayo, estábamos a tiempo
para escribirle una carta a Florencia; era tiempo de que regrese a Brunswick,
para tomarla y unirse en matrimonio a ella. A pesar de su padre, a pesar del
mundo entero.
Pero los días y las semanas volaron, y él no escribió. Y tampoco vino.
Esto en verdad la desesperó, y ese sentimiento se adueñó de su corazón y ya no
se marchó.
Llegó el catorce de junio. Por última vez ella fue a la pequeña oficina
postal; por última vez hizo la vieja pregunta, y por última vez le
respondieron: "No; no hay carta."
Por última vez, ya que al otro día sería la fecha fijada para la boda.
Su padre no escucharía apelaciones; su rico pretendiente no escucharía sus
oraciones. Ellos no querían demorarse ni un solo día, ni una hora; esa noche
sería suya, esa noche, ella podría hacer lo que quisiera.
Ella tomó otro camino que el que llevaba a su casa; se dio prisa a
través de algunas callejuelas de la ciudad, pasó por un solitario puente, donde
ella y su amado habían estado de pie frente al crepúsculo, mirando el cielo
tornarse rosado, y el sol caer sobre el horizonte del río.
Él regresó de Florencia. Él había recibido la carta de ella. Esa carta,
borroneada con lágrimas, surcada de ruegos y llena de desesperanza. Él la había
recibido, pero ya no la amaba. Una joven florentina, quien había posado para él
como modelo vivo, poblaba sus ilusiones. Y Gertrude había quedado casi
olvidada. Si ella tenía algún pretendiente rico, bien; la iba a dejar que se
casara; mejor para ella, mejor para él. Él ya no tenía deseos de encadenarse a
ninguna mujer. ¿No tenía su arte? Su eterna novia, su constante mujer.
De esta manera él decidía demorar su vuelta a Brunswick, de manera que
cuando arribara, el casamiento ya se hubiera celebrado, y él pudiera saludar a
la novia.
¿Y los votos, las ilusiones místicas, la creencia en su regreso después
de la muerte, para abrazar a su amada? Oh, extinguidos para siempre de su vida;
desaparecidos para siempre, solo sueños irracionales de su juventud.
Así que el quince de junio él entró en Brunswick, por ese mismo puente
en el que había estado de pie, con las estrellas cayendo sobre ella, bajo el
cielo nocturno. Caminó a través del puente, un perro tosco le seguía el paso, y
el humo de su corta pipa rizándose en forma de guirnaldas fantásticas en el
puro aire de la mañana. Llevaba su cuaderno de bocetos bajo el brazo, y se su
ojo artístico se vio atraído por algunos objetos, ante los cuales se paró a
dibujarlos: unas hierbas y unos guijarros sobre la ribera del río; un
despeñadero sobre la orilla opuesta; un grupo de sauces a la distancia. Cuando
hubo terminado, admiró su dibujo, cerró el cuaderno, vació las cenizas de la
pipa, volvió a llenarla con su bolsa de tabaco, y cantó el refrán del feliz
bebedor, llamó al perro, fumó nuevamente, y siguió caminando. Súbitamente
volvió a abrir el cuaderno; esta vez le atrajo un grupo de figuras, pero ¿qué
eran?
No era un funeral, puesto que no estaban de luto.
No era un funeral, pero había un cadáver en un tosco ataúd, cubierto con
una vieja vela, llevada por dos de los portadores.
No es un funeral, puesto que los portadores son pescadores, pescadores
en su atuendo de todos los días. A unas cien yardas de donde él estaba,
hicieron un alto en el camino y tomaron un respiro. Uno se quedó parado a la
cabeza del ataúd, los otros se sentaron a los pies.
Y de esta manera, él dio dos o tres pasos para atrás, seleccionó su
punto de vista, y comentó a esbozar un rápido contorno. Lo pudo terminar antes
que volvieran a ponerse en marcha; pudo escuchar sus voces, a pesar que no
podía entender sus palabras, y se preguntó de que podrían estar hablando.
Caminó hacia ellos y se les unió.
"Mis amigos, ¿llevan ahí un muerto?" preguntó.
"Sí; un muerto que fue echado a tierra hace una hora."
"¿Ahogado?"
"Sí, ahogado. Una joven, muy bonita."
"Las suicidas siempre son bonitas," dijo el pintor; y entonces
se quedó para un rato de pipa y meditación, mirando la sutil forma del cuerpo y
los pliegues de la lona que lo cubría.
La vida era una temporada de verano para él, joven, ambicioso, listo, ya
que aquello que parecía luto y congoja, no parecía tener parte en su destino.
Al final, pensó que, si esta pobre suicida era tan bonita, él tenía que
hacer un boceto de ella.
Dio a los pescadores algún dinero, y ellos accedieron a remover la lona
que cubría sus facciones.
No; se diría a sí mismo. Él levantó la áspera, tosca y húmeda lona de su
rostro. ¿Qué rostro? El mismo que había brillado en los irracionales sueños de
su juventud; el rostro que una vez fue la luz de la casa de su tío. Su prima
Gertrude... ¡Su prometida!
Él vio, como en un atisbo, mientras respiraba profundo, las facciones
rígidas, los brazos fríos, las manos cruzadas sobre el pecho helado; y, sobre
el tercer dedo de la mano izquierda, el anillo, el mismo que había sido de su
madre, esa serpiente dorada; el anillo, el mismo que si él hubiera sido ciego,
podría reconocer solo al tacto entre cientos de anillos.
Pero él es un genio y un metafísico, una pena, una verdadera pena. Su
primer pensamiento fue la huida, una huida hacia cualquier otro lugar, fuera de
aquella maldita cuidad, cualquier lugar, lejano a aquel espantoso río,
cualquier lugar libre de los recuerdos, lejos del remordimiento: cualquier
lugar para olvidar.
Solo cuando su perro se echó a sus pies, fue que se sintió exhausto, y
buscó sentarse en algún banco, para descansar. ¡Cómo le daba vueltas el paisaje
frente a sus obnubilados ojos, mientras en su cuaderno el boceto de los
pescadores y el féretro cubierto con una lona resplandecía por sobre la
penumbra!
Al final, luego de quedarse un largo rato sentado a un costado del
camino, un rato jugando con el perro, otro rato fumando, otro rato
despatarrándose, mirando todo como cualquier estudiante feliz y haragán podría
haber mirado, aunque por dentro devorándose la mente con un mismo pensamiento,
el de aquella escena matinal, recuperó la compostura, y trató de pensar en sí
mismo, ya no más en el suicidio de su prima. Aparte de esto, él no estaba peor
de lo que había estado el día anterior. No había perdido su genio; el dinero
que había ganado en Florencia aún permanecía en su bolsillo; él era su propio
maestro, libre de ir adonde quisiera.
Y mientras seguía sentado en el costado del camino, tratando de
separarse a sí mismo de la escena que vio a la mañana, tratando de expulsar de
su mente la imagen del cadáver cubierto con la lona de vela, tratando de pensar
que haría al siguiente momento, donde iría, lo más lejos posible de Brunswick y
del remordimiento, la vieja diligencia vino a los tumbos. Él la recordó; iba
desde Brunswick a Aix-la-Chapelle.
Él le silbó al perro, gritó al cochero que detuviera su vehículo y
brincó dentro del carro.
Durante toda la tarde, y luego, toda la noche, a pesar que no pudo
cerrar sus ojos, nunca dijo una palabra; pero cuando la mañana volvió a romper,
y los otros pasajeros se despertaron, comenzando a hablarse unos con otros, él
se plegó a la conversación. Les contó que era un artista y que iba a Colonia y
a Amberes para copiar unos Rubens, y la gran pintura de Quentin Matsys, en el
museo. Recordó, luego de hablar y reír bulliciosamente, y antes, mientras
hablaba y reía de manera ruidosa, a un pasajero, mayor y más serio que el
resto, que abrió su ventana, cerca suyo, y le dijo que pusiera su cabeza fuera.
Recordó el aire fresco golpeando en su cara, el canto de los pájaros en sus
oídos, y los campos que se extendían hacia el horizonte frente a sus ojos. Él recordó
esto, y luego cayó en un estado inánime, en el piso de la diligencia.
Fue la fiebre que lo mantuvo en el lecho durante unas seis largas
semanas, en un hotel de Aix-la-Chapelle. Él se puso bien, y, acompañado por su
perro, comenzó a caminar a Colonia. Nuevamente era su antiguo ser. De nuevo el
humo azulado de su corta pipa daba vueltas por el aire de la mañana, mientras
él cantaba una vieja canción de la universidad que festejaba el buen beber, y
de nuevo parando aquí y allá, meditando y dibujando bosquejos.
Él era feliz, y había olvidado a su prima, y así se dirigía a Colonia.
Fue en la gran catedral que se quedó parado, con el perro a su lado. Era
de noche, las campanas habían terminado de anunciar la hora, y dieron las once;
la luz de la luna llena iluminaba el magnífico edificio, sobre el cual el ojo
del artista vagaba en busca de la belleza de la forma.
No estaba pensando en su prima ahogada, ya que la había olvidado y ahora
se sentía feliz.
Súbitamente alguien, algo, por detrás suyo, le colocó dos fríos brazos
alrededor de su cuello, y abrazó las manos sobre su pecho.
Y no había nadie detrás suyo, ya que en la calle bañada por la luz
lunar, se proyectaban solo dos sombras, la propia y la de su perro. Rápidamente
se dio la vuelta, pero no había nadie, nada que ver a lo largo y a lo ancho de
la cuadra, más que él mismo y su perro; y a pesar que lo sintió, no pudo ver
los frígidos brazos que se abrazaron a su cuello.
No era un abrazo fantasma, ya que él pudo sentirlo al tacto, aunque no
podía ser real, ya que no podía ver nada.
Trató de quitarse de encima esa gélida caricia. Se puso sus propias
manos en el cuello para desunir aquellas que lo rodeaban. Pudo sentir los
largos y delicados dedos, húmedos al tacto, y sobre el tercer dedo de la mano
izquierda, logró palpar el anillo que había sido de su madre, la serpiente
dorada, el anillo que él había dicho que podría reconocer al tacto entre
cientos de ellos. ¡Él ahora lo sabía!
Los helados brazos de su prima muerta estaban rodeándole el cuello, las
manos de ella estaban firmemente agarradas entre sí sobre su pecho. Se dijo a
sí mismo que si se estaría volviendo loco.
"¡Up, Leo!" se gritó. "¡Vamos, muchacho!" y el
Terranova saltó a sus hombros, y cuando sus patas tocaron las manos de la
muerta, el animal lanzó un terrorífico aullido, y salió disparado del lado de
su amo.
El estudiante se quedó parado a la luz de la luna, con los brazos
muertos alrededor de su cuello, y el perro a distancia considerable, aullando
lastimosamente.
Un sereno, alarmado por el aullido del animal, llegó a la escena para
ver que era lo que ocurría.
Al siguiente instante el gélido abrazo se desvaneció.
El joven marchó a la casa del sereno y luego al hotel. Antes le dio un
dinero; en gratitud podría haberle dado la mitad de su pequeña fortuna.
¿Volvió a aparecer este abrazo mortal?
Intentó no volver a quedarse solo; se hizo con cientos de conocidos, y
compartió los cuartos de otros estudiantes. La gente comenzó a notar su extraño
comportamiento, y comenzaba a creer que estaba loco.
Pero, a pesar de estos intentos, otra vez se quedó solo; fue una noche
en que la plaza quedó desierta por un momento, y él comenzó a caminar por la
calle, pero la calle estaba también desierta, y por segunda vez sintió los
fríos brazos sobre su cuello, y por segunda vez, cuando llamó a su animal, este
saltó lejos de su amo con un lastimero aullido.
Luego de dejar Colonia, ahora viajando a pie por necesidad (ya que su
dinero comenzaba a escasear), se unió a unos vendedores ambulantes, de manera
que podía estar todo el día con gente, y hablar con quien quiera que se
encontraba, tratando de llegar a la noche y estar en compañía de alguien.
A la noche dormía cerca del fuego de la cocina de la posada en la que
paraba; pero cualquier cosa que hiciera, él se quedaba solo con frecuencia, y
siendo cosa común para él, volvía a sentir el frío abrazo alrededor de su
cuello.
Muchos meses pasaron desde la muerte de su prima, otoño, invierno, hasta
que llegó la primavera. Su dinero casi se había agotado, su salud estaba
severamente dañada, y él era la sombra de quien solía ser. Se encontraba cerca
de París. Había acudido a esta ciudad durante la época del Carnaval. En París,
la época del Carnaval le significaba que no se volvería a quedar solo, y no
volvería a sentir esa mortal caricia, hasta que podría recobrar su alegría
perdida, su estado de salud, y una vez más reiniciar su oficio y profesión,
para una vez más ganar dinero y fama por su arte.
¡Cuánto que intentó salvar la distancia que lo separaba de París,
mientras día a día se debilitaba más y más, y su caminar se hacía más lento
cada vez!
Pero al final, luego de mucho tiempo, logró alcanzar la ciudad. Esta es
París, en la que él ingresa por primera vez, París, la que había soñado tanto,
París cuyo millón de voces podía exorcizar su fantasma.
París le pareció esa noche un vasto caos de luces, música y confusión.
Luces que danzaban ante sus ojos y que jamás se quedaban quietas, música que
sonaba en su oído y lo ensordecían, confusión que hacía que su cabeza se vea
presa de un inacabable remolino.
Llegó a la Casa de la Opera, donde se daba el baile de máscaras. Había
ahorrado un dinero para comprar un boleto de admisión, y para alquilar un
disfraz de dominó para cubrir su zaparrastrosa indumentaria. Parecía que había
pasado solo un momento desde que había pasado las puertas de la ciudad y ahora
se encontraba en medio de un salvaje alboroto en el baile de la Casa de la
Opera.
No más oscuridad, no más soledad, sino que una multitud enloquecida,
gritando y bailando frenéticamente, del brazo de una chica.
La tempestuosa alegría que sentía seguramente haría que regrese su vieja
despreocupación. Él pudo escuchar a la gente a su alrededor hablando de la
salvaje conducta de algunos estudiantes borrachos, y fue a él a quien señalaron
mientras decían esto, a él, que no se había mojado los labios desde la noche
anterior; a pesar que sus labios estaban deshidratados y su garganta seca, él
no podía beber. Su voz era densa y ronca, y su articulación poco clara; pero su
vieja despreocupación volvió, y él se hizo poco problema.
La chica se cansó, su brazo permaneció en su hombro, mientras las otras
bailarinas se fueron yendo, una por una.
Las luces de los candelabros, fueron extinguiéndose una por una.
Los decorados comenzaron a oscurecerse ante la disminución de la
iluminación.
Una débil luz de las últimas lámparas, y un pálido haz de luz grisácea
proveniente del nuevo día, comenzó a avanzar por entre las persianas medio
abiertas.
Y por esta luz la chica se fue desvaneciendo. Él miró en su rostro.
¡Cómo iba sucumbiendo el brillo de sus ojos! De nuevo volvió a mirar en su
rostro. ¡Qué pálido se había puesto su rostro! Y una vez más volvió a mirar, y
ahora observaba la sombra del que fue un rostro.
De nuevo, el brillo de los ojos, el rostro, la sombra del rostro. Todo
se había ido. Y él volvió a quedarse solo; solo en un salón tan vasto.
Solo, y, en un terrible silencio, escuchó los ecos de sus propios pasos
en una tétrica danza que no tenía música.
Sin ninguna otra música más que el golpeteo del corazón contra su propio
pecho. Los brazos helados volvían a rodearle el cuello, a arremolinarse en
torno suyo, ellos no iban a soltarse, tampoco a fundirse; él ya no podía
escapar de aquel álgido abrazo más de lo que podía escapar de la muerte. Miró
detrás suyo, no había nada más que él mismo en un gran salón vacío; pero podía
sentirlo, el frío mortecino, y aquellos largos y delgados dedos, y el anillo
que había sido de su madre.
Trató de gritar, pero ya no tenía más poder en su garganta reseca. El
silencio del lugar únicamente fue roto por los ecos de sus propios pasos en
aquella danza de la que no podía liberarse a sí mismo. ¿Quién podía decir que
no tenía pareja de baile? Los gélidos brazos que estaban prendidos a su pecho.
Y él no rehuiría de tal caricia. ¡No! Una polka más y caería muerto.
Las luces se apagaron del todo, y media hora después, los gendarmes
llegaron con una linterna para ver si el salón había quedado vacío; un perro
los seguía, un gran perro que habían encontrado sentado frente a la entrada del
teatro. Cerca de la entrada principal tropezaron con...
El cadáver de un estudiante, que había muerto de inanición, y por la
rotura de los vasos sanguíneos.

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