© Libro N° 9895. Él. Lovecraft, H.P.. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
He, H.P. Lovecraft (1890-1937)
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H.P. Lovecraft
Él
H.P.
Lovecraft
Lo vi una noche de insomnio, cuando paseaba desesperadamente, tratando
de salvar mi alma y mis visiones. Mi traslado a Nueva York había sido una
equivocación; porque al buscar el prodigio y la inspiración en los laberintos
hormigueantes de calles antiguas que serpean interminablemente desde olvidados
patios y plazas y muelles hasta patios y plazas y muelles olvidados también, y
en las torres ciclópeas y pináculos que se yerguen negros y babilónicos bajo
lunas menguantes, no había encontrado sino una sensación de horror y de
opresión que amenazaba con dominarme, paralizarme y aniquilarme.
El desencanto había sido gradual. Al llegar por primea vez a la ciudad,
la vi en el crepúsculo desde un puente, majestuosa por encima de las aguas, sus
increíbles cúspides y pirámides alzándose delicadamente, como flores, entre
estanques de bruma violeta, para jugar con las nubes encendidas y los luceros
de la tarde. Luego se encendió, ventana tras ventana, por encima de las
trémulas corrientes donde había linternas que cabeceaban y se deslizaban, y
unos cuernos profundos emitían gemidos espectrales, y ella misma se convirtió
en un estrellado firmamento de sueños, saturada de mágica música, e
identificándose con las maravillas de Carcassonne y Samarcanda y El Dorado, y
con todas las ciudades gloriosas y místicas.
Poco después me llevaron por esos rincones antiguos, tan caros a mi
fantasía: estrechos, tortuosos callejones y pasadizos donde parpadeaban las
fachadas de rojo ladrillo georgiano con sus buhardillas de cristales pequeños
sobre portales con columnas que en otros tiempos vieron doradas sillas de mano
y decoradas carrozas, y al descubrir, en mi primer entusiasmo, todas estas
cosas largo tiempo deseadas, creí haber alcanzado efectivamente los tesoros que
con el tiempo harían de mí un poeta.
Pero no iban a llegar a mí el éxito y la felicidad. La chillona luz del
día reveló tan sólo mugre, nociva elefantiasis de piedra que se elevaba y se
extendía, allí donde la luna había puesto encanto y magia antigua; y las
multitudes de gentes que hervían por las calles en riadas estaban formadas por
extranjeros rechonchos y atezados de rostro duro y ojos estrechos, extranjeros
astutos, sin sueños ni afinidades con el paisaje de su entorno, y que jamás
tendrían cosa alguna que ver con un hombre de ojos azules del antiguo pueblo
que lleva las verdes callejuelas y los limpios y blancos campanarios de las
villas de Nueva Inglaterra en el corazón.
Así que, en vez de la inspiración poética que había esperado, me llegó
sólo una negrura estremecedora y una soledad indecible; y comprendí al fin la
espantosa verdad que nadie se había atrevido jamás a formular —el inconfesable
secreto de los secretos—: que esta ciudad hecha de piedra y de estridencias no
es una perpetuación sensible del viejo Nueva York, como Londres lo es del viejo
Londres y París del viejo París, sino que está completamente muerta; con el
cuerpo imperfectamente embalsamado estaba con vida. Tan pronto como hice este
descubrimiento, dejé de dormir tranquilo; sin embargo, recobré cierta resignada
serenidad cuando, poco a poco, fui adquiriendo la costumbre de no pisar la
calle durante el día y de salir sólo de noche, cuando la oscuridad invoca lo
poco del pasado que aún subsiste de manera espectral, y los viejos portales
blancos recuerdan las figuras vigorosas que en otro tiempo los cruzaron.
Con esta especie de consuelo escribí algunos poemas, y hasta reprimí mis
deseos de regresar con los míos, para no dar la impresión de que volvía
arrastrándome en innoble fracaso.
Entonces, durante uno de estos paseos noctámbulos, conocí al hombre.
Fue en un patio tenebroso y oculto del barrio de Greenwich, donde me
había instalado en mi ignorancia, ya que había oído decir que aquel sitio era
el hogar natural de los poetas y los artistas. Efectivamente, me encantaron las
arcaicas callejuelas y las inesperadas plazoletas y patios; y cuando descubrí
que los poetas y los artistas eran unos pretenciosos vociferantes cuya
originalidad es toda oropel y cuyas vidas son la negación de toda la pura
belleza que es la poesía y el arte, seguí viviendo allí por amor a esas cosas
venerables. Las imaginaba como fueron al principio, cuando Greenwich era un
pueblecito apacible aún no absorbido por la ciudad; y en las horas previas al
amanecer, cuando todos los trasnochadores se habían escabullido, solía vagar a
solas por los rincones misteriosos y meditar sobre los curiosos arcanos que las
generaciones debieron de depositar allí.
Esto me mantenía viva el alma, y me proporcionaba algunos de esos sueños
y visiones por los que clamaba el poeta que había en lo más profundo de mí. El
hombre me abordó hacia las dos, una nublada madrugada de agosto, cuando
deambulaba yo por una serie de patios independientes, ahora accesibles sólo por
unos pasajes oscuros que cruzaban los edificios que se interponían, aunque en
otro tiempo formaron parte de una red continua de callejas pintorescas. Había
oído hablar de esos patios vagamente, y comprendí que hoy no debían de figurar
ya en ningún plano; pero el hecho de que hubieran sido olvidados sólo los hacía
más atractivos para mí, de forma que los buscaba con redoblado interés.
Y ahora que los había encontrado mi ansiedad aumentó aún más, pues su
disposición indicaba de algún modo que quizá eran éstos sólo unos pocos de un
conjunto más vasto, sus duplicados encajonados entre altas y lisas paredes y
desiertas viviendas traseras, u ocultos y sin luces de de algún arco,
respetados por las hordas de lenguas extranjeras y protegidos por furtivos y
reservados artistas cuyas actividades no invitan a la publicidad y a la del
día.
Me habló, sin que yo le hubiera dado pie para ello, al observar mi
actitud y el interés con que miraba puertas con aldaba situadas en lo alto de
las escaleras barandilla de hierro, iluminándome entonces la cara el pálido
resplandor que salía por los dinteles ornamentales. La suya quedaba en la
sombra, y llevaba un sombrero de ala ancha que, en cierto modo, armonizaba
perfectamente con la anticuada capa que lucía; pero me sentí vagamente inquieto
aun antes de que dijera nada. Su figura era muy delgada —de una delgadez casi
cadavérica—, y su voz resultó ser excepcionalmente suave y cavernosa aunque no
especialmente profunda. Dijo que me ha estado observando durante algunos de mis
vagabundeos y había notado que amaba como él los vestigios de tiempos pasados. ¿No
me gustaría que me guiara alguien muy experto en estas exploraciones, y con una
información sobre tales lugares mucho mayor que la que un recién llegado podía
conseguir?
Mientras hablaba, vi fugazmente su rostro a la luz amarillenta de una
ventana solitaria que brillaba en una buhardilla. Era un semblante noble,
incluso hermoso, anciano, y mostraba los signos distintivos de un linaje y
refinamiento poco común en esa época y lugar. Sin embargo, tenía cierta calidad
que me producía desasosiego casi en la misma medida en que me agradaba su
semblante: quizá era demasiado pálido, o desentonaba excesivamente mente con la
ciudad, para que yo me sintiera cómodo o a gusto. No obstante, le seguí, pues,
en aquellos días monótonos, mi búsqueda de antiguas bellezas y misterios era lo
único que mantenía viva mi alma, y me parecía un raro favor del Destino toparme
con alguien cuyas excursiones parecían haber llegado mucho más allá que las
mías.
Hubo algo en la noche que obligó al hombre de la capa a guardar
silencio, y durante una hora larga me guió sin conversaciones superfluas,
haciendo tan sólo brevísimos comentarios sobre nombres antiguos y fechas y
cambios, e invitándome a caminar con un gesto amplio al adentrarnos por
estrechas aberturas. Cruzamos de puntillas algunas travesías, saltamos alguna
tapia de ladrillo, hasta que nos internamos a gatas por un pasadizo de piedra
bajo y abovedado, cuya inmensa longitud y tortuosas revueltas borraron al fin
las referencias de situación geográfica que hasta ahora había procurado yo
conservar.
Las cosas que vimos eran muy viejas y maravillosas, o al menos lo
parecían, iluminadas por los escasos rayos de luz que nos las hacían visibles;
jamás olvidaré las vacilantes columnas góticas, las pilastras estriadas y
postes de verja hechos de hierro fundido y rematados con urnas, las ventanas de
amplios dinteles y decorativos montantes en abanico más originales y extraños
cada vez a medida que nos internábamos en este interminable laberinto de
desconocida antigüedad.
No nos cruzamos con nadie y, a medida que pasaba el tiempo, se fueron
haciendo más escasas las ventanas iluminadas. Los faroles de las calles que
vimos al principio eran de aceite, y tenían la antigua forma de rombo. Después
observé que algunos eran de vela; por último, después de atravesar a oscuras un
patio horrible, por donde mi guía tuvo que conducirme con su mano enguantada, a
través de la más absoluta negrura, hasta una estrecha puerta de madera abierta
en un alto muro, llegamos a un callejón alumbrado sólo por faroles espaciados
cada siete casas; faroles de lata increíblemente coloniales, con la parte
superior cónica y agujeros a los lados. El callejón subía en una cuesta
empinada —más empinada de lo que yo habría supuesto en esta parte de Nueva York—,
y al final estaba bloqueado por el muro tapizado de hiedra de una propiedad
particular, detrás del cual pude distinguir una pálida cúpula y las copas de
unos árboles que se balanceaban contra la vaga claridad del cielo.
En este muro había una puerta baja, arqueada, de negro roble y tachonada
de clavos, que el hombre procedió abrir con una pesada llave. Invitándome a
pasar, abrí la marcha, en medio de la más completa oscuridad, lo que parecía
ser un sendero de grava, y finalmente subimos por una escalera de piedra hasta
la puerta de la casa, que también abrió para mí.
Entramos; y al hacerlo sentí que iba a desmayarme causa del intenso olor
a aire estancado que nos recibe y que debía de ser fruto de malsanos siglos de
descomposicíón. Mi anfitrión pareció no notarlo, y yo no dije nada por
cortesía. Subimos por una escalera que describía una curva, cruzamos un salón y
pasamos a una habitación cuya puerta oí que cerraba con llave detrás de
nosotros. Luego le vi correr las cortinas de tres ventanas cuyos cristales
pequeños apenas eran visibles sobre el cielo que comenzaba a clarear; a
continuación se dirigió a la chimenea, golpeó el pedernal con un eslabón,
encendió dos velas de un candelabro de doce brazos y me hizo seña que hablara
bajo.
A este débil resplandor descubrí que estábamos en una amplia biblioteca,
bien amueblada y revestida de madera que databa del primer cuarto del siglo
XVIII con espléndidos frontones en la entrada, una encantadora cornisa dórica y
una chimenea con magníficos relieves, rematado con volutas y urnas. Sobre las
estanterías, a lo largo de las paredes, había a intervalos retratos de familia
de buena factura, todos deslustrados y sumidos en enigmática oscuridad, y con
un inequívoco parecido con el hombre que ahora me indicaba una butaca junto a
una graciosa mesa Chippendale. Antes de sentarse al otro lado, frente a mí, mi
anfitrión se detuvo un momento como con embarazo; luego, quitándose lentamente
los guantes, el sombrero y la capa, se mostró teatralmente con un traje
claramente del período georgiano, desde la coleta y la chorrera del cuello, a
los calzones, calzas de seda y zap con hebilla en que yo no había reparado
antes. Luego, sentándose parsimoniosamente en una silla con respaldo en forma
de lira, empezó a mirarme con atención.
Sin el sombrero, adquirió un aspecto de extrema vejez hasta entonces
apenas visible, y me preguntó si no sería esta huella inadvertida de singular
longevidad una de las causas de mi desasosiego. Cuando habló al fin, noté que
su voz suave, profunda, cuidadosamente amortiguada, temblaba con cierta
frecuencia; a veces me costaba seguirle, mientras le escuchaba con una
sensación de asombro, y con una inconfesada alarma que me aumentaba a cada
instante.
—Está usted, señor —empezó a decir mi anfitrión—, ante un hombre de
costumbres muy excéntricas, que no necesita disculpar su indumentaria ante una
persona de su ingenio e inclinaciones. Pensando en tiempos mejores, no he
tenido el menor escrúpulo en estudiar sus costumbres y en adoptar su atuendo y
sus modales; capricho que no ofende a nadie si se practica sin ostentación. He
tenido la buena fortuna de conservar el solar rural de mis antepasados, aunque
ha quedado encerrado por dos ciudades; primero por Greenwích, que llegó hasta
aquí después de 1800, y luego por Nueva York, que se la anexionó hacia 1830.
Tenía muchos motivos para conservar este lugar estrechamente unido a mi
familia, y en ningún momento me he descargado de tales obligaciones. El
propietario que tomó posesión de él en 1768 estudió ciertas artes e hizo
ciertos descubrimientos, todos ellos relacionados con influjos que residían en
este trozo concreto de terreno, y eran dignos de la más estrecha custodia.
Ahora deseo mostrarle algunos efectos singulares de estas artes y
descubrimientos, bajo el más estricto secreto; creo que puedo fiarme lo
bastante de mi apreciación de los hombres como para saber que cuento con su
interés y su discreción.
Calló un momento, y yo no pude hacer otra cosa que asentir con un
movimiento de cabeza. He dicho que me sentía alarmado; sin embargo, para mí no
había nada más devastador que el mundo material y diurno de Nueva York, y tanto
si este hombre era un excéntrico inofensivo, o un experto en artes peligrosas,
no tenía otra elección que seguirle y satisfacer mis ansias de asombro, fuera
lo que fuese lo que él tuviera que ofrecer. Así que presté atención.
— A... mi antepasado —prosiguió en voz baja— le parecía que había
ciertas cualidades excepcionales en la voluntad del ser humano; cualidades de
un poder insospechado, no sólo sobre los actos del propio yo y del de los
demás, sino sobre toda clase de fuerza y sustancia de la Naturaleza, y sobre
muchos elementos y dimensiones considerados más universales que la propia
Naturaleza. ¿Puedo decir que se burlaba de la santidad de cosas tan grandes
como el espacio y el tiempo, y que dio extraños usos a los ritos de
determinados pieles rojas mestizos que en el pasado solían acampar en esta
colina?
»Estos indios se irritaron mucho cuando se construyó el edificio, y se
volvieron insoportablemente tercos en su afán de visitar sus jardines durante
el plenilunio. Durante años entraron subrepticiamente, saltando la tapia cada
mes, cuando podían, para ejecutar determinadas ceremonias secretas. Luego, en
el 68, el nuevo propietario les sorprendió in fraganti, y se quedó paralizado
ante lo que vio. A partir de entonces negoció con ellos, permitiéndoles el
libre acceso a sus terrenos a cambio de que le revelasen el sentido profundo de
sus actos; y se enteró entonces de que parte de esta costumbre la habían
heredado de sus antepasados pieles rojas, y, parte, de un viejo holandés de los
tiempos de los Estados Generales.
»Y, ¡maldita sea!, me temo que el propietario debió de suministrarles un
ron monstruosamente malo —intencionadamente o no—, y una semana después de
conocer el secreto era el único hombre vivo que lo conocía. Usted, señor, es el
primer extraño que sabe de la existencia de tal secreto, y que me parta un rayo
si me hubiese atrevido yo a hablar de... esos poderes... de no haberle visto
tan tremendamente interesado por las cosas del pasado.
Me estremecí al notar al hombre cada vez más locuaz, y al ver que su
forma de hablar era bastante anticuada. Prosiguió:
—Pero sepa, señor, que lo que... el propietario logró aprender de
aquellos salvajes mestizos representaba sólo una pequeña parte de lo que
después llegó a saber. No en vano había estudiado en Oxford, y había tratado
con un antiguo químico y astrólogo de París. En resumidas cuentas, se dio
cuenta de que el mundo no era sino el humo de nuestros intelectos; estaba fuera
del alcance del vulgo, pero los sabios podían exhalarlo o inhalarlo como una
bocanada de antiguo tabaco de Virginia. Aquello que queremos, podemos hacerlo
surgir a nuestro alrededor; y lo que no, podemos hacerlo desaparecer. No
pretendo que cuanto diga sea cierto en todos los sentidos; sin embargo, es lo
bastante cierto como para proporcionar un precioso espectáculo de cuando en
cuando. Supongo que le encantaría tener, de determinadas épocas, una visión más
clara de la que puede proporcionarle su imaginación; así que le ruego que
deseche cualquier temor ante lo que me propongo enseñarle. Venga a la ventana,
y no hable.
A continuación, mi anfitrión me cogió de la mano y me llevó a una de las
dos ventanas que se abrían a un lado de la larga y maloliente estancia; y el
contacto de sus dedos me transmitió un frío que me recorrió todo el cuerpo. Su
carne, aunque seca y firme, tenía la calidad del hielo, y estuve a punto de
zafarme de su presa. Pero nuevamente pensé en el vacío y el horror de la
realidad, y me dispuse intrépidamente a seguirle adonde quisiera llevarme. Una
vez en la ventana, el hombre descorrió las cortinas de seda amarilla y me
indicó que mirase hacia la oscuridad exterior. Durante un instante, no vi nada,
aparte de una miríada de lucecillas vacilantes allá lejos, muy lejos.
Luego, como en respuesta a un movimiento insidioso de la mano de mi
anfitrión, un relámpago jugó por encima del paisaje, y descubrí que me asomaba
a un mar de lujuriante follaje —de follaje no contaminado—, y no a un mar de
tejados, como habría esperado cualquier mente normal. A mi derecha, el Hudson
brillaba perversamente; y más allá, frente a mí, observé el centelleo malsano
de una inmensa marisma constelada de nerviosas luciérnagas. Se apagó el
relámpago, y una sonrisa maligna iluminó el cerúleo rostro del viejo
nigromante.
—Eso fue antes de mis tiempos... antes de los tiempos del nuevo
propietario. Pero probemos otra vez.
Sentí que me abandonaban las fuerzas, más aún que ante la odiosa
modernidad de aquella ciudad maldita.
—¡Dios mío! —murmuré—; ¿puede hacer eso con cualquier época?
Y al verle asentir, y descubrir los negros tocones de lo que en otro
tiempo fueron dientes amarillos, me agarré a las cortinas para evitar caerme.
El me sujetó con su garra fría y terrible, y repitió su gesto insidioso.
Nuevamente surgió un relámpago.... pero esta vez iluminó un paisaje no del todo
extraño. Era Greenwich; el Greenwich de otros tiempos, con algún que otro
tejado o fila de fachadas aquí y allá, tal como los vemos hoy, aunque con
verdeantes callejas y prados y herbosas zonas comunales. La marisma seguía
brillando más allá; pero a lo lejos vi los campanarios de lo que entonces era
todo Nueva York, con las iglesias de la Trinidad, San Pablo y la llamada Brick
Church dominando a sus hermanas, y una débil neblina de humo de leña
extendiéndose por encima de todo. Aspiré profundamente, aunque no tanto por la
visión misma como por las posibilidades que evocó mi imaginación aterrada.
—¿Podría... se atrevería... a alejarse más? —dije con temor; y creo que
él compartió este temor durante un segundo, pero recobró su sonrisa malévola.
—¿Alejarme más? ¡Lo que yo he visto le dejarla a usted petrificado!
¡Tanto hacia atrás, muy atrás, como hacia adelante, muy adelante, ¡mire,
estúpido pusilánime!
Y al tiempo que gruñía esta frase para sí, hizo un nuevo gesto,
provocando en el cielo un relámpago más cegador que los dos anteriores. En
espacio de tres segundos enteros pude ver una visión pandemónica, y en esos
segundos contemplé un paisaje que en adelante atormentará siempre mis sueños.
Vi los cielos infestados de extraños seres voladores y, por debajo de ellos,
una ciudad negra e infernal de gigantescas terrazas de piedra, impías pirámides
que se elevaban salvajemente hasta la luna, e innumerables ventanas iluminadas
con luces demoníacas. E, hirviendo de forma nauseabunda en aéreas galerías, vi
a las gentes amarillas y de ojos rasgados que poblaban esa ciudad, vestidas
horriblemente de rojo y naranja y danzando insensatamente al son febril de unos
timbales, al son del estrépito obsceno de los crótalos y el gemido maníaco de
unos cuernos apagados cuyo incesante gemido subía y bajaba, ondulante como las
olas de un océano impío de betún.
Vi este espectáculo, digo, y oí con los oídos de la mente el blasfemo
pandemónium de cacofonía que lo acompañaba. Era la estridente materialización
de todo el horror que la ciudad cadáver había agitado siempre en mi alma; y
olvidando la advertencia de que permaneciese callado, grité y grité y grité,
hasta que mis nervios se desmoronaron y los muros temblaron a mi alrededor.
Luego, cuando el relámpago se apagó, vi que mi anfitrión temblaba también; una
expresión de sobrecogido horror medio borraba la acerada contracción de furia
que mis gritos habían provocado en él. Se tambaleó, se agarró a las cortinas
como había hecho yo antes, y agitó la cabeza salvajemente como un animal
atrapado.
Bien sabe Dios que tenía motivos; porque al apagarse el eco de mis
gritos, se oyó un rumor tan infernalmente sugerente que sólo la entumecida
emoción me mantuvo consciente y dueño de mis sentidos. Era el crujido incesante
y solapado de la escalera que había al otro lado de la puerta, como si subiese
por ella una horda de pies descalzos o calzados con mocasines; finalmente, se
oyeron las firmes y cautelosas sacudidas del picaporte de latón, que centelleó
a la débil luz de las velas. El anciano arañó, escupió hacia mí, en el aire
mohoso, y me ladró cosas al tiempo que oscilaba agarrado a la cortina amarilla:
—¡La luna llena... maldito... per... perr... perro escandaloso... tú los
has llamado, y vienen por mí! ¡Pies con mocasines... de los muertos... que Dios
os confunda, demonios de piel roja! Yo no envenené vuestro ron, ¿acaso no he
conservado a salvo vuestra magia ruin? Bebisteís hasta poneros enfermos, y
ahora queréis echarle la culpa al propietario... ¡fuera! Soltad el picaporte...
aquí no tenéis nada que hacer...
En aquel instante, tres golpes espaciados y muy deliberados sacudieron
los entrepaños de la puerta; y un blanco espumarajo afloró a la boca del mago
frenético. Su pavor, convirtiéndose en férrea desesperación, dio lugar a que
renaciera su furia contra mí; dio un paso tambaleante hacia la mesa en cuyo
extremo me apoyaba yo. Se puso tirante la cortina que sujetaba su mano derecha,
mientras que con la izquierda arañaba en el aire hacia mí, pero al final se
desprendió de la alta barra que la sujetaba, dejando entrar en la habitación un
torrente de resplandor de la luna llena que el cielo, cada vez más claro, había
presagiado.
Aquellos rayos verdosos hicieron palidecer las velas, y un nuevo aspecto
de descomposición se extendió por la mohosa habitación, con el artesonado
carcomido, el suelo combado, la chimenea ruinosa, los muebles desvencijados y
las colgaduras harapientas. Y alcanzó al anciano también, acaso por la misma
razón, o debido a su miedo y vehemencia, y le vi encogerse y ennegrecerse
mientras se tambaleaba y trataba de destrozarme con sus garras de buitre. Sólo
sus ojos permanecían incólumes, y miraban con una saltona, dilatada
incandescencia que iba en aumento al tiempo que su rostro se carbonizaba y
consumía.
Se repitieron los golpes con más insistencia, y esta vez sonaron a
metal. La negra entidad que tenía delante había quedado reducida a una cabeza
con ojos que trataba impotente de arrastrarse por el suelo combado en dirección
a mí, y lanzaba de cuando en cuando pequeños escupitajos de malicia inmortal.
Ahora arreciaron los rápidos y demoledores golpes contra los endebles
entrepaños, los astillaron, y vi el centelleo de un tomahawk al hender la
madera destrozada. No me moví, porque no me sentí capaz; pero observé atontado
mientras la puerta caía destrozada en medio del flujo de una sustancia negra
salpicada de ojos relucientes y malévolos.
Se derramó como una espesa marea de aceite, reventó un tabique
carcomido, volcó una silla al extenderse y finalmente se desparramó por debajo
de la mesa y por todo el suelo de la habitación como buscando la ennegrecida
cabeza cuyos ojos seguían mirándome. Se cerró- en torno a ella, y la engulló
totalmente; un momento después empezó a retroceder, llevándose a su invisible
presa sin tocarme a mí; se desplazó hacia la puerta, y se retiró hacia la
escalera cuyos peldaños crujieron como antes, aunque en orden inverso.
Luego, finalmente, cedió el suelo, y me precipité sin aliento en la
oscura cámara de abajo, atestada de telarañas, medio desvanecido de terror. La
luna verde, brillando a través de las rotas ventanas, me reveló la puerta del
salón medio abierta; y mientras me levantaba del suelo sembrado de cascotes y
me libraba del techo cálido, vi pasar el torrente espantoso de negrura y
centelleante de ojos siniestros y relucientes. Buscaba la puerta del sótano, y,
al encontrarla, desapareció por ella. Ahora noté que el suelo de esta otra
habitación inferior estaba cediendo igual que el de la habitación superior; a
continuación sonó un estallido arriba que fue seguido por la caída de algo que
vi pasar por la ventana de poniente, y que debía de estar en la cúpula.
Desembarazado de los escombros, crucé el piso y corrí hacia la puerta;
al comprobar que no podía abrirla, agarré una silla, rompí la ventana y salté
frenéticamente por ella al césped descuidado donde la luz de la luna danzaba
sobre la maleza y la yerba crecida. La tapia era alta, y todas las entradas
estaban cerradas con llave; pero ayudándome con un montón de cajones que había
en un rincón, conseguí trepar a lo alto y sujetarme a una gran urna de piedra
que allí había.
En mi agotamiento, no vi a mi alrededor más que extrañas paredes y
ventanas y viejas techumbres holandesas. No descubrí en ninguna parte la
empinada calle por la que había subido al llegar, y lo poco-que conseguí
distinguir quedó sumergido rápidamente en la niebla que subía del río, a pesar
del resplandor de la luna. De repente, la urna a la que me había sujetado
empezó a temblar, como si compartiese mi vértigo mortal; y un instante después
se soltó mi cuerpo, precipitándose no sé a qué destino.
El hombre que me encontró dijo que debí de arrastrarme durante largo
trecho, a pesar de mis huesos rotos, ya que había dejado un rastro de sangre
hasta donde él se había atrevido a mirar. La lluvia que comenzaba a caer borró
muy pronto esta conexión con el escenario de mi ordalía, y los informes sólo
pudieron determinar que salí de algún lugar desconocido, llegando hasta la
entrada de un patio pequeño y oscuro frente a Perry Street. Jamás he intentado
volver a esos laberintos tenebrosos, ni enviaría allí a ningún hombre en su
sano juicio. No tengo idea de qué ser era aquél; pero repito que la ciudad está
muerta y llena de horrores insospechados. No sé adónde habrá ido; yo he
regresado a casa, a las callejuelas puras de Nueva Inglaterra por las que corre
la suave brisa marina al atardecer.
__________________________
H.P. Lovecraft (1890-1937)

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