© Libro N° 9894. Ego te Absolvo. Wilde, Oscar. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
Ego te Absolvo, Oscar Wilde (1854-1900)
Versión Original: © Ego te Absolvo. Oscar Wilde
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2009/12/ego-te-absolvo-oscar-wilde.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/fondo-formas-hexagono-abstracto-degradado_23-2149120168.jpg?t=st=1651180656~exp=1651181256~hmac=f9230295c6cb9b5c36b02c1c2348abc274d667a36f7895e7a263b5d847a9cc22&w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://infolibros.org/wp-content/uploads/2020/12/Oscar-Wilde.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Oscar Wilde
Ego te
Absolvo
Oscar
Wilde
«Ego te
Absolvo»: Oscar Wilde; relato y análisis
Ego te Absolvo (Ego te Absolvo) es un relato decadentista del escritor
irlandés Oscar Wilde (1854-1900), publicado en la antología de 1891: El crimen
de lord Arthur Savile y otros relatos (Lord Arthur Savile's Crime and Other
Stories).
Ego te Absolvo, uno de los cuentos de Oscar Wilde más extraños, nos
sitúa en España, y desarrolla los increíbles límites que puede alcanzar la
mezquindad humana, en especial en aquellos vínculos que deberían caracterizarse
por la camaradería.
Oscar Wilde utiliza la frase latina: Ego te Absolvo, literalmente, «yo
te absuelvo»; parte de la fórmula de absolución recitada por un sacerdote a
propósito del sacramento del perdón y la penitencia.
Ego te
Absolvo
Oscar
Wilde (1854-1900)
Bajo sus boinas azules, ennegrecidas por la pólvora y manchadas por el
polvo de los caminos, los soldados de Miralles tienen caras de bandidos, con su
piel color hollín y sus barbas y cabelleras descuidadas. Desde hace cinco
largas semanas se arrastran por las carreteras, sin casi dormir, sin casi
descansar, tiroteando en cualquier momento con una rabia creciente.
¿No acabarán con aquellos bandidos liberales? Don Carlos habíales
prometido, sin embargo, que después de las fatigas de Estella, España seria
suya. Todos ellos tienen sed de venganza y de sangre, y la alegría de verterla
es la que les mantiene en pie, por muy cansados y rendidos que se encuentren.
Vascos, navarros, catalanes, hijos de desterrados que murieron de hambre
y de miseria en tierras extranjeras, sienten rabia de fieras contra aquellos
soldados que les disputan el camino de la meseta de Castilla, la vía de los
palacios en los que han jurado establecer al legítimo rey para repartirse,
sobre las gradas del trono restaurado, los cargos del reino y las riquezas de
los vencidos.
Entre estos montañeses y los hombres de los partidos nuevos no median
únicamente rencores políticos: existen, sobre todo, y antes que nada, viejas
cuentas de asesinatos impunes, saqueos sin indemnizar, incendios sin revancha.
Por eso, cuando un soldado de Concha cae entre sus manos, ¡infeliz de él!, paga
por los demás, por los que se escurren.
—Hermano, hay que morir —le dicen, apoyándole contra una roca.
El hombre inicia el signo de la cruz, y no bien desciende su mano en un
amén más lento, los fusiles, alineados a diez pasos de su pecho, vomitan la
muerte. La víctima se desploma como un guiñapo y no se vuelve a hablar de la
cosa. Los buitres de los Pirineos hacen lo demás. Si el cura de Miralles, un
hombrecillo rechoncho y encorvado, de ojos semicerrados, con la sotana
arremangada, pasa junto a los guerrilleros, se cuelga su fusil al hombro y
absuelve o bendice al moribundo con gesto rápido.
A veces, sin separar sus ojos del catalejo marino que le sirve para
escudriñar rocas o encinares, confiesa al prisionero. ¡Un general es
responsable de la vida de sus tropas, qué diantre! Liberal, pero, eso sí,
católico, el prisionero no parece sorprendido del extraño doble oficio del
sacerdote soldado. Es necesario que le confiese, puesto que van a fusilarle, y
es muy natural que le fusilen, puesto que se había dejado atrapar y porque él
fusilaría lo mismo si hubiera cogido un prisionero. Esta lógica satisface por
completo las débiles exigencias de su cerebro de campesino arrancado del
terruño para doblar la cerviz bajo los arreos militares. Y, además, ¿para qué
luchar con este hecho brutal de la muerte amenazadora, inmediata, inevitable?
Puesto que tiene que llegar, se trata solamente de hacer el equipaje
bien para presentarse con todo en orden cuando le corresponda hacer su entrada
en el más allá inevitable.
Aquella noche, al ponerse el sol, hallábase Pedro Careaga de centinela
en la sima de Mallorta, cuando una mujer con un mulo dobló por el sendero de
Buenavista. Tiró al azar y fue el mulo el que cayó. La mujer corrió hacia él
sin darle tiempo a cargar otra vez, y cuando la tuvo en la punta del cañón, el
navarro no pudo decidirse a tirar. La hembra era bella y deseable, con sus
largos cabellos negros que caían en cascada hasta sus piernas, sus labios rojos
y sus pupilas brillantes.
Pedro Careaga olvidó, por su prisionera, la causa de don Carlos y la
Libertad. La mujer, que tenía miedo, le juró además que adoraba al «rey neto».
Le probó que no detestaba las caricias perfumadas con pólvora de guerra y que
Pedro Careaga era, si no el más hermoso de los mortales, por lo menos el más
mimado de los vencedores: todo esto entre las moles de piedra de la sima de
Mallorta.
Los brazos de la prisionera rodeaban aún, como un collar de oro moreno,
el cuello curtido de Careaga, cuando llegó Joaquín Martínez a relevarle.
—¡Eh, poquito a poco! —dijo—. Hay que repartir, caballerito. Las noches
son frescas. No es bueno dormir sin capote, compañero. Ya veo que eres hombre
precavido: dosel de pelo, brazos tibios como pañuelo del cuello y manta de
carne suave. ¡Me llegó la vez, amigo!
Careaga se levantó y, colocando detrás de él a la prisionera, respondió:
—¡Te llegó la vez, mequetrefe! Donde reina Careaga, no hay otro rey. Si
las noches son frescas, ve a calentarte contra esa mula que ha tirado patas
arriba mi carabina, o si no tira tú otra. ¡Mi botín es mío, como Navarra es del
rey Carlos, hijo de judía!
Joaquín Martínez se echó el fusil a la cara, e iba a tirar, cuando la
mujer, de un brinco salvaje, desvió el cañón y mandó la bala a perderse en las
nubes. Alzándose de hombros, Martínez tiró el arma descargada y de un navajazo
en pleno vientre tendió en el suelo a la prisionera de Careaga.
—¡Ah canalla! —aulló el navarro precipitándose hacia adelante y
blandiendo su carabina.
Pero un nuevo navajazo cortó en sus labios el rosario de las blasfemias.
Y se desplomó arrojando una espuma blanquecina por la comisura de los labios en
el charco de sangre que salía del cuerpo de la mujer destripada. Atraído por el
ruido de la detonación, llegaba Aliralles seguido de unos cuantos hombres. Con
sus ojos casi desprovistos de cejas por el estallido de un mal fusil, el cura
bandolero abarcó la escena.
—¡Puercos! —gruñó sordamente—. Veamos la hembra. ¡Hermosa mujer
despachada de un negro navajazo! ¡De qué te ha servido, inocente narciso!
Careaga, por lo menos, ha gozado. Bien, muchacho -repuso dirigiéndose a
Martínez, cuyos ojos no se despegaban de él-, ¡es muy bonito eso de querer
robar el botín de un companero! ¡Eh, vosotros! Dejadme confesar a este pagano;
aquí no se os necesita para nada. Di tu «confiteor» Martínez, y haz acto de
contrición.
—Ego te absolvo —murmuró Miralles con un gesto de bendición—. ¡Puercos,
malditos hijos de perra que se destrozan por una hembra!
Y en seguida, encañonando bruscamente su fusil hacia el individuo, le
abrasó los sesos sobre los dos cadáveres.
—¡Si les dejase uno hacer a estos mocitos —refunfuñó— no tendría don
Carlos ejército dentro de poco!
_________________________
Oscar Wilde (1854-1900)

No hay comentarios:
Publicar un comentario