© Libro N° 9868. Desde El Más Allá. Lovecraft, H.P. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
From Beyond, H.P. Lovecraft (1890-1937)
Versión Original: © Desde El Más Allá. H.P. Lovecraft
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H.P. Lovecraft
Desde El
Más Allá
H.P.
Lovecraft
Inconcebiblemente espantoso era el cambio que se había operado en
Crawford Tillinghast, mi mejor amigo. No le había visto desde el día —dos meses
y medio antes— en que me Contó hacia dónde se orientaban sus investigaciones
físicas y matemáticas. Cuando respondió a mis temerosas y casi asustadas
reconvenciones echándome de su laboratorio y de su casa en una explosión de
fanática ira, supe que en adelante permanecería la mayor parte de su tiempo
encerrado en el laboratorio del ático, con aquella maldita máquina eléctrica,
comiendo poco y prohibiendo la entrada incluso a los criados; pero no creí que
un breve período de diez semanas pudiera alterar de ese modo a una criatura
humana.
No es agradable ver a un hombre fornido quedarse flaco de repente, y
menos aún cuando se le vuelven amarillentas o grises las bolsas de la piel, se
le hunden los ojos, se le ponen ojerosos y extrañamente relucientes, se le
arruga la frente y se le cubre de venas, y le tiemblan y se le crispan las
manos. Y si a eso se añade una repugnante falta de aseo, un completo desaliño
en la ropa, una negra pelambrera que comienza a encanecer por la raíz, y una
barba blanca crecida en un rostro en otro tiempo afeitado, el efecto general
resulta horroroso. Pero ese era el aspecto de Crawford Tillinghast la noche en
que su casi incoherente mensaje me llevó a su puerta, después de mis semanas de
exilio; ese fue el espectro que me abrió temblando, vela en mano, y miró furtivamente
por encima del hombro como temeroso de los seres invisibles de la casa vieja y
solitaria, retirada de la línea de edificios que formaban Benevolent Street.
Fue un error que Crawford Tillinghast se dedicara al estudio de la
ciencia y la filosofía. Estas materias deben dejarse para el investigador frío
e impersonal, ya que ofrecen dos alternativas igualmente trágicas al hombre de
sensibilidad y de acción: la desesperación, si fracasa en sus investigaciones,
y el terror inexpresable e inimaginable, si triunfa. Tillinghast había sido una
vez víctima del fracaso, solitario y melancólico; pero ahora comprendí, con
angustiado temor, que era víctima del éxito. Efectivamente, se lo había
advertido diez semanas antes, cuando me espetó la historia de lo que presentía
que estaba a punto de descubrir. Entonces se excitó y se congestionó, hablando
con voz aguda y afectada, aunque siempre pedante.
—¿Qué sabemos nosotros —había dicho— del mundo y del universo que nos
rodea? Nuestros medios de percepción son absurdamente escasos, y nuestra noción
de los objetos que nos rodean infinitamente estrecha. Vemos las cosas sólo
según la estructura de los órganos con que las percibimos, y no podemos
formarnos una idea de su naturaleza absoluta. Pretendemos abarcar el cosmos
complejo e ilimitado con cinco débiles sentidos, cuando otros seres dotados de
una gama de sentidos más amplia y vigorosa, o simplemente diferente, podrían no
sólo ver de manera muy distinta las cosas que nosotros vemos, sino que podrían
percibir y estudiar mundos enteros de materia, de energía y de vida que se
encuentran al alcance de la mano, aunque son imperceptibles a nuestros sentidos
actuales.
Siempre he estado convencido de que esos mundos extraños e inaccesibles
están muy cerca de nosotros; y ahora creo que he descubierto un medio de
traspasar la barrera. No bromeo. Dentro de veinticuatro horas, esa máquina que
tengo junto a la mesa generará ondas que actuarán sobre determinados órganos
sensoriales existentes en nosotros en estado rudimentario o de atrofia. Esas
ondas nos abrirán numerosas perspectivas ignoradas por el hombre, algunas de
las cuales son desconocidas para todo lo que consideramos vida orgánica.
Veremos lo que hace aullar a los perros por las noches, y enderezar las orejas
a los gatos después de las doce. Veremos esas cosas, y otras que jamás ha visto
hasta ahora ninguna criatura. Traspondremos el espacio, el tiempo, y las dimensiones;
y sin desplazamiento corporal alguno, nos asomaremos al fondo de la creación.
Cuando oí a Tillinghast decir estas cosas, le amonesté; porque le
conocía lo bastante como para sentirme asustado, más que divertido; pero era un
fanático, y me echó de su casa. Ahora no se mostraba menos fanático; aunque su
deseo de hablar se había impuesto a su resentimiento y me había escrito
imperativamente, con una letra que apenas reconocía. Al entrar en la morada del
amigo tan súbitamente metamorfoseado en gárgola temblorosa, me sentí contagiado
del terror que parecía acechar en todas las sombras. Las palabras y
convicciones manifestadas diez semanas antes parecían haberse materializado en
la oscuridad que reinaba más allá del círculo de luz de la vela, y experimenté
un sobresalto al oír la voz cavernosa y alterada de mi anfitrión. Deseé tener
cerca a los criados, y no me gustó cuando dijo que se habían marchado todos
hacía tres días. Era extraño que el viejo Gregory, al menos, hubiese dejado a
su señor sin decírselo a un amigo fiel como yo. Era él quien me había tenido al
corriente sobre Tillinghast desde que me echara furiosamente.
Sin embargo, no tardé en subordinar todos los temores a mi creciente
curiosidad y fascinación. No sabía exactamente qué quería Crawford Tillinghast
ahora de mí, pero no dudaba que tenía algún prodigioso secreto o descubrimiento
que comunicarme. Antes, le había censurado sus anormales incursiones en lo
inconcebible; ahora que había triunfado de algún modo, casi compartía su estado
de ánimo, aunque era terrible el precio de la victoria. Le seguí escaleras
arriba por la vacía oscuridad de la casa, tras la llama vacilante de la vela
que sostenía la mano de esta temblorosa parodia de hombre. Al parecer, estaba
desconectada la corriente; y al preguntárselo a mi guía, dijo que era por un
motivo concreto.
—Sería demasiado... no me atrevería —prosiguió murmurando.
Observé especialmente su nueva costumbre de murmurar, ya que no era
propio de él hablar consigo mismo. Entramos en el laboratorio del ático, y vi
la detestable máquina eléctrica brillando con una apagada y siniestra
luminosidad violácea. Estaba conectada a una potente batería química; pero no
recibía ninguna corriente, porque recordaba que, en su fase experimental,
chisporroteaba y zumbaba cuando estaba en funcionamiento. En respuesta a mi
pregunta, Tillinghast murmuró que aquel resplandor permanente no era eléctrico
en el sentido que yo lo entendía.
A continuación me sentó cerca de la máquina, de forma que quedaba a mi
derecha, y conectó un conmutador que había debajo de un -enjambre de lámparas.
Empezaron los acostumbrados chisporroteos, se convirtieron en rumor, y
finalmente en un zumbido tan tenue que daba la impresión de que había vuelto a
quedar en silencio. Entre tanto, la luminosidad había aumentado, disminuido
otra vez, y adquirido una pálida y extraña coloración —o mezcla de colores—
imposible de definir ni describir. Tillinghast había estado observándome, y
notó mi expresión desconcertada.
—¿Sabes qué es eso? —susurró— ¡rayos ultravioleta! —rió de forma extraña
ante mi sorpresa—. Tú creías que eran invisibles; y lo son, pero ahora pueden
verse, igual que muchas otras cosas invisibles también. ¡Escucha! Las ondas de
este aparato están despertando los mil sentidos aletargados que hay en
nosotros; sentidos que heredamos durante los evos de evolución que median del
estado de los electrones inconexos al estado de humanidad orgánica. Yo he visto
la verdad, y me propongo enseñártela. ¿Te gustaría saber cómo es? Pues te lo
diré —aquí Tillinghast se sentó frente a mí, apagó la vela de un soplo, y me
miró fijamente a los ojos-. Tus órganos sensoriales, creo que los oídos en
primer lugar, captarán muchas de las impresiones, ya que están estrechamente conectados
con los órganos aletargados. Luego lo harán los demás. ¿Has oído hablar de la
glándula pineal? Me río de los superficiales endocrinólogos, colegas de los
embaucadores y advenedizos freudianos. Esa glándula es el principal de los
órganos sensoriales... yo lo he descubierto. Al final es como la visión,
transmitiendo representaciones visuales al cerebro. Si eres normal, esa es la
forma en que debes captarlo casi todo... Me refiero a casi todo el testimonio
desde el más allá.
Miré la inmensa habitación del ático, con su pared sur inclinada,
vagamente iluminada por los rayos que los ojos ordinarios son incapaces de
captar. Los rincones estaban sumidos en sombras, y toda la estancia había
adquirido una brumosa irrealidad que emborronaba su naturaleza e invitaba a la
imaginación a volar y fantasear. Durante el rato que Tillinghast estuvo en
silencio, me imaginé en medio de un templo enorme e increíble de dioses largo
tiempo desaparecidos; de un vago edificio con innumerables columnas de negra
piedra que se elevaban desde un suelo de losas húmedas hacia unas alturas
brumosas que la vista no alcanzaba a determinar. la representación fue muy
vívida durante un rato; pero gradualmente fue dando paso a una concepción más
horrible: la de una absoluta y completa soledad en el espacio infinito, donde
no había visiones ni sensaciones sonoras.
Era como un vacío, nada más; y sentí un miedo infantil que me impulsó a
sacarme del bolsillo el revólver que de noche siempre llevo encima, desde la
vez que me asaltaron en East Providence. Luego, de las regiones más remotas, el
ruido fue cobrando suavemente realidad. Era muy débil, sutilmente vibrante,
inequívocamente musical; pero tenía tal calidad de incomparable frenesí, que
sentí su impacto como una delicada tortura por todo mi cuerpo. Experimenté la
sensación que nos, produce el arañazo fortuito sobre un cristal esmerilado.
Simultáneamente, noté algo así como una corriente de aire frío que pasó junto a
mí, al parecer en dirección al ruido distante. Aguardé con el aliento
contenido, y percibí que el ruido y el viento iban en aumento, produciéndome la
extraña impresión de que me encontraba atado a unos raíles por los que se
acercaba una gigantesca locomotora.
Empecé a hablarle a Tillinghast, e instantáneamente se disiparon todas
estas inusitadas impresiones. Volví a ver al hombre, las máquinas brillantes y
la habitación a oscuras. Tillinghast sonrió repulsivamente al ver el revólver
que yo había sacado casi de manera inconsciente; pero por su expresión,
comprendí que había visto y oído lo mismo que yo, si no más. Le conté en voz
baja lo que había experimentado, y me pidió que me estuviese lo más quieto y
receptivo posible.
—No te muevas —me advirtió—, porque con estos rayos pueden vernos, del
mismo modo que nosotros podemos ver. Te he dicho que los criados se han ido,
aunque no te he contado cómo. Fue por culpa de esa estúpida ama de llaves;
encendió las luces de abajo, después de advertirle yo que no lo hiciera, y los
hilos captaron vibraciones simpáticas. Debió de ser espantoso; pude oír los
gritos desde aquí, a pesar de que estaba pendiente de lo que veía y oía en otra
dirección; más tarde, me quedé horrorizado al descubrir montones de ropa vacía
por toda la casa. Las ropas .de la señora Updike estaban en el vestíbulo, junto
a la llave de la luz... por eso sé que fue ella quien encendió. Pero mientras
no nos movamos, no correremos peligro. Recuerda que nos enfrentamos con un
mundo terrible en el que estamos prácticamente desamparados... ¡No te muevas!
El impacto combinado de la revelación y la brusca orden me produjo una
especie de parálisis; y en el terror, mi mente se abrió otra vez a las
impresiones procedentes de lo que Tillinghast llamaba «desde el más allá». Me
encontraba ahora en un vórtice de ruido y movimiento acompañados de confusas
representaciones visuales. Veía los contornos borrosos de la habitación; pero
de algún punto del espacio parecía brotar una hirviente columna de nubes o
formas imposibles de identificar que traspasaban el sólido techo por encima de
mí, a mi derecha. Luego volví a tener la impresión de que estaba en un templo;
pero esta vez los pilares llegaban hasta un océano aéreo de luz, del que
descendía un rayo cegador a lo largo de la brumosa columna que antes había
visto.
Después, la escena se volvió casi enteramente calidoscópica; y en la
mezcolanza de imágenes sonidos e impresiones sensoriales inidentificables,
sentí que estaba a punto de disolverme o de perder, de alguna manera, mi forma
sólida. Siempre recordaré una visión deslumbrante y fugaz. Por un instante, me
pareció ver un trozo de extraño cielo nocturno poblado de esferas brillantes
que giraban sobre sí; y mientras desaparecía, vi que los soles resplandecientes
componían una constelación o galaxia de trazado bien definido; dicho trazado
correspondía al rostro distorsionado de Crawford Tillinghast.
Un momento después, sentí pasar unos seres enormes y animados, unas
veces rozándome y otras caminando o deslizándose sobre mi cuerpo supuestamente
sólido, y me pareció que Tillinghast los observaba como si sus sentidos, más
avezados pudieran captarlos visualmente. Recordé lo que había dicho de la
glándula pineal, y me pregunte qué estaría viendo con ese ojo preternatural.
De pronto, me di cuenta de que yo también poseía una especie de visión
aumentada. Por encima del caos de luces y sombras se alzó una escena que,
aunque vaga, estaba dotada de solidez y estabilidad. Era en cierto modo
familiar, ya que lo inusitado se superponía al escenario terrestre habitual a
la manera como la escena cinematográfica se proyecta sobre el telón pintado de
un teatro. Vi el laboratorio del ático, la máquina eléctrica, y la poco
agraciada figura de Tillinghast enfrente de mí; pero no había vacía la más
mínima fracción del espacio que separaba todos estos objetos familiares. Un
sinfín de formas indescriptibles, vivas o no, se mezclaban entremedias en
repugnante confusión; y junto a cada objeto conocido, se movían mundos enteros
y entidades extrañas y desconocidas.
Asimismo, parecía que las cosas cotidianas entraban en la composición de
otras desconocidas, y viceversa. Sobre todo, entre las entidades vivas había
negrísimas y gelatinosas monstruosidades que temblaban fláccidas en armonía con
las vibraciones procedentes de la máquina. Estaban presentes en repugnante
profusión, y para horror mío, descubrí que se superponían, que eran semifluidas
y capaces de interpenetrarse mutuamente y de atravesar lo que conocemos como
cuerpos sólidos. No estaban nunca quietas, sino que parecían moverse con algún
propósito maligno.. A veces, se devoraban unas a otras, lanzándose la atacante
sobre la víctima y eliminándola instantáneamente de la vista.
Comprendí, con un estremecimiento, que era lo que había hecho
desaparecer a la desventurada servidumbre, y ya no fui capaz de apartar dichas
entidades del pensamiento, mientras intentaba captar nuevos detalles de este
mundo recientemente visible que tenemos a nuestro alrededor. Pero Tillinghast
me había estado observando, y decía algo.
—¿Los ves? ¿Los ves? ¡Ves a esos seres que flotan y aletean en torno
tuyo, y a través de ti, a cada instante de tu vida? ¿Ves las criaturas que
pueblan lo que los hombres llaman el aire puro y el cielo azul? ¿No he
conseguido romper la barrera, no te he mostrado mundos que ningún hombre vivo
ha visto? —oí que gritaba a través del caos; y vi su rostro insultantemente
cerca del mío. Sus ojos eran dos pozos llameantes que me miraban con lo que
ahora sé que era un odio infinito. La máquina zumbaba de manera detestable.
—¿Crees que fueron esos seres que se contorsionan torpemente los que
aniquilaron a los criados? ¡Imbécil, esos son inofensivos! Pero los criados han
desaparecido, ¿no es verdad? Tú trataste de detenerme; me desalentabas cuando
necesitaba hasta la más pequeña migaja de aliento; te asustaba enfrentarte a la
verdad cósmica, condenado cobarde; ¡pero ahora te tengo a mi merced! ¿Qué fue
lo que aniquiló a los criados? ¿Qué fue lo que les hizo dar aquellos gritos?...
¡No lo sabes, verdad? Pero en seguida lo vas a saber. Mírame; escucha lo que
voy a decirte. ¿Crees que tienen realidad las nociones de espacio, de tiempo y
de magnitud? ¿Supones que existen cosas tales como la forma y la materia?
»Pues yo te digo que he alcanzado profundidades que tu reducido cerebro
no es capaz de imaginar. Me he asomado más allá de los confines del infinito y
he invocado a los demonios de las estrellas... He cabalgado sobre las sombras
que van de mundo en mundo sembrando la muerte y la locura... Soy dueño del
espacio, ¿me oyes?, y ahora hay entidades que me buscan, seres que devoran y
disuelven; pero sé la forma de eludirías. Es a ti a quien atraparán, como
cogieron a los criados... ¿se remueve el señor? Te he dicho ya que es peligroso
moverse; te he salvado antes al advertirte que permanecieras inmóvil.., a fin
de que vieses más cosas y escuchases lo que tengo que decir. Si te hubieses
movido, hace rato que se habrían arrojado sobre ti.
»No te preocupes; no hacen daño. Como no se lo hicieron a los criados:
fue el verlos lo que les hizo gritar de aquella forma a los pobres diablos. No
son agraciados, mis animales favoritos. Vienen de un lugar cuyos cánones de
belleza son... muy distintos. La desintegración es totalmente indolora, te lo
aseguro; pero quiero que los veas. Yo estuve a punto de verlos, pero supe
detener la visión. ¿No sientes curiosidad? Siempre he sabido que no eras
científico. Estás temblando, ¿eh? Temblando de ansiedad por ver las últimas
entidades que he logrado descubrir. ¿Por qué no te mueves, entonces? ¿Estás
cansado? Bueno, no te preocupes, amigo mío, porque ya vienen... Mira, mira,
maldito; mira... ahí, en tu hombro izquierdo.
Lo que queda por contar es muy breve, y quizá lo sepáis ya por las notas
aparecidas en los periódicos. La policía oyó un disparo en la casa de
Tillingbast y nos encontró allí a los dos: a Tillinghast muerto, y a mí
inconsciente. Me detuvieron porque tenía el revólver en la mano; pero me
soltaron tres horas después, al descubrir que había sido un ataque de apoplejía
lo que había acabado con la vida de Tillinghast, y comprobar que había dirigido
el disparo contra la dañina máquina que ahora yacía inservible en el suelo del
laboratorio. No dije nada sobre lo que había visto, por temor a que el forense
se mostrase escéptico; pero por la vaga explicación que le di, el doctor
comentó que sin duda yo había sido hipnotizado por el homicida y vengativo
demente.
Quisiera poder creerle. Se sosegarían mis destrozados nervios si dejara
de pensar lo que pienso sobre el aire y el cielo que tengo por encima de mí y a
mi alrededor. Jamás me siento a solas ni a gusto; y a veces, cuando estoy
cansado, tengo la espantosa sensación de que me persiguen. Lo que me impide
creer en lo que dice el doctor es este simple hecho: que la policía no encontró
jamás los cuerpos de los criados que dicen que Crawford Tillinghast mató.
H.P. Lovecraft (1890-1937)

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