© Libro N° 9865. Descenso A Egipto. Blackwood, Algernon. Emancipación. Abril 30 de 2022.
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Descenso A Egipto. Algernon Blackwood
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Miranda
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Algernon Blackwood
Descenso
A Egipto
Algernon
Blackwood
1
Era un hombre polifacético y capaz, al que algunas personas calificaban
incluso de brillante. Tras sus muchas aptitudes había tal riqueza de
materiales, que de haber sido sometidos a una selección adecuada, podrían haber
alcanzado la auténtica excelencia. Sin embargo, movido por una curiosidad
insaciable que hacía que nunca parara quieto, se dedicaba a demasiadas cosas
como para llegar a descollar en alguna de ellas. No obstante, George Isley era
un hombre competente. Su breve carrera en el cuerpo diplomático así lo había
demostrado, a pesar de lo cual, cuando la abandonó para dedicarse a los viajes
y las exploraciones, no hubo nadie que pensara que era una lástima. Haría
grandes cosas en cualquier actividad que emprendiera. Simplemente trataba de
encontrarse a sí mismo.
Entre las piedras movedizas de la humanidad, algunas terminan por coger
musgo de un valor considerable. No hay por qué considerarlos unos holgazanes;
viajan con poco equipaje; y las cómodas oquedades hacia las que se sienten
atraídas la mayoría de las personas en el gran juego de la vida son demasiado
pequeñas para retenerlos: entran en ellas y al instante ya han salido. Todo el
mundo exclama:
«¡Qué pena! ¡No perseveran en nada!» Pero lo único que ocurre es que, al
igual que las aves migratorias, siempre están buscando el nido que más les
conviene. Es una simple cuestión de valores. Toman rápidamente una decisión,
cambian la dirección de su vuelo, y antes de que llegue a sus oídos el
comentario de que podrían «haberse retirado con una buena pensión», ya han
desaparecido.
George Isley pertenecía sin duda a ese tipo de espíritus vagabundos y
errantes. Pero no era ni mucho menos un holgazán. Simplemente sentía el anhelo
insaciable de encontrar ese nido mullido en el que poder establecerse de forma
permanente. Y acompañado por el coro unánime de suspiros y lamentos de todos
sus amigos, terminó por encontrarlo; y lo encontró, además, no en el presente,
sino retirándose del mundo «sin una buena pensión» y desprovisto de cualquier
tipo de honores y distinciones. Se alejó del presente y se fue deslizando poco
a poco hacia ese Pasado grandioso al que pertenecía. El cómo y el por qué lo
hizo, o cuáles fueron los extraños instintos que le impulsaron a realizar
aquello, es algo que aún se desconoce y que constituye el hondo secreto de una
vida interior que no encontró acomodo en el mundo moderno. Tales instintos no
se pueden desvelar utilizando el lenguaje propio del siglo veinte, ni es
posible describir con exactitud los detalles de un viaje de esa índole.
Excepción hecha de unos cuantos poetas, profetas, psiquiatras y otras gentes
similares, la mayoría de las personas suelen desdeñar tales experiencias
clasificándolas bajo la etiqueta museística de lo «raro».
Quien esto escribe —que por puro azar fue testigo de alguno de
los signos visibles y externos de ese viaje espiritual interior— también
merece el honor de que se le aplique tal etiqueta. Sin embargo, la asombrosa
realidad de la experiencia es innegable; y el hecho de que tan sólo el autor de
estas páginas posea alguna de las posibles claves de la misma, quizá se deba a
que también él, aunque de una forma menos imperiosa, se sintió tentado de
emprender un viaje similar. En todo caso, esta interpretación está destinada a
aquellos pocos que son conscientes de que los trenes y demás vehículos
motorizados no son los únicos medios de viajar de que dispone nuestra
progresista especie.
Intimé con George Isley en su juventud, y aún hoy le sigo tratando. Pero
el George Isley que conocí en el pasado, aquella personalidad arrolladora con
quien compartí viajes, escaladas y expediciones, ya no se encuentra entre
nosotros. No está aquí. Fue desapareciendo gradualmente hasta perderse en el
pasado. George Isley ya no existe. Y que una personalidad de tal calibre se
desvaneciera, cuando aún no había cumplido los cincuenta, mientras alguien con
su mismo aspecto siga paseando por las calles de siempre, aparentemente con
toda normalidad, es una historia que, por más difícil que resulte, es digna de
ser contada. Aunque yo fui testigo de esa lenta inmersión, y sé que fue algo
muy gradual, no pretendo comprender su significado último. En todo aquel asunto
hubo algo muy dudoso y siniestro que permitía vislumbrar unas posibilidades
increíbles. De existir un cuerpo de policía espiritual, es posible que el caso
se hubiera podido aclarar en parte, pero dado que ninguna de las iglesias
existentes parece haber tomado ninguna medida eficaz en este sentido, se diría
que sólo queda recurrir a una de esas dichosas fórmulas mágicas que todo lo
explican o a hacer comentarios en voz baja sobre un posible trastorno mental o
cosa semejante. Como es natural, tales etiquetas, como tantos otros clichés en
la vida, no explican gran cosa. En esa figura de porte marcial, vestida siempre
de punta en blanco, que pasea por Picadilly, asiste a las carreras o sale a
cenar, no hay signo de trastorno mental alguno. Su semblante no expresa
melancolía y en sus ojos no hay ni un atisbo de furia. Sus gestos son reposados
y su hablar comedido. Y sin embargo, tiene la mirada perdida y el rostro carece
de expresión. Su persona transmite una sensación de vacío que invita a
reflexionar. Si no llama en exceso la atención se debe, sin duda, a que, en
esta vida, son pocos los que esperan u ofrecen mucho más que eso.
Quizá una observación más minuciosa lleve a plantearse algunos
interrogantes, o quizá no; me temo que más bien a esto último. En cualquier
caso, alguien puede llegar a preguntarse por qué ese algo que continuamente se
espera no hace nunca su aparición, o quedarse aguardando a que se presente
algún signo de esa «personalidad» que la presencia general del hombre hace
previsible. Quien así lo haga se llevará sin duda una decepción; pero desafio a
cualquiera a que advierta el más mínimo atisbo de desorden mental, trastorno
psíquico o afección nerviosa, pues no hallará en él nada de eso. Puede que no
se tarde mucho en tener la sensación de estar hablando con el
muñeco de un ventrílocuo o con un autómata perfectamente entrenado; un
ser insignificante carente de una vitalidad espontánea. También es posible que,
más adelante, se descubra que el recuerdo de tal individuo se desvanece
rápidamente sin dejar la más mínima huella en nuestra memoria. No voy a negar
tal posibilidad, pero en ello no ha de verse nada patológico. Habrá a quienes
esta discrepancia entre las expectativas y las realidades les despierte la
curiosidad, pero la mayoría, acostumbrada a juzgar las cosas por las
apariencias, se dirán: «un tipo agradable pero sin nada de especial...» y al
cabo de una hora ya le habrán olvidado por completo.
Pues como quizá ya se habrá adivinado, la verdad es que durante todo
este tiempo no se ha estado sentado al lado de nadie; no se ha hablado, mirado
o escuchado a nadie. De ese trato no se ha obtenido nada que pueda dar lugar a
una reacción humana; buena, mala o indiferente. George Isley no existe. Y tal
descubrimiento, en caso de haberse producido, ni siquiera habrá provocado un
temblor de inquietud, pues el exterior de la persona resulta extremadamente
grato. El George Isley de hoy en día es como un cuadro que no encierra ningún
significado y que complace meramente por la armonía cromática con que se
presenta un tema insustancial. En el reducido ámbito social en el que nació
pasa desapercibido, sin salirse del carril en el que unos hábitos adquiridos a
edad temprana han hecho que se sienta perfectamente cómodo. Nadie sospecha
nada; nadie, claro está, excepto aquellos pocos con quienes le unió una
estrecha amistad en otras épocas. Sin embargo, su vida errante ha hecho que
éstos se encuentren desperdigados por todo el mundo, y la mayoría de ellos ya
se habrán olvidado de cómo era él. Encarna con tal perfección los modales del
hombre convencional a la moda, que ninguna de las mujeres de su «círculo» se da
cuenta de que hay algo que le diferencia del tipo al que están acostumbradas.
Devuelve los cumplidos ateniéndose al lenguaje establecido en los manuales que
ellas manejan, da paseos en coche, juega al golf y hace apuestas, según los
cánones que rigen en ese mundo concreto. Es un perfecto y excelente autómata.
Es un ser inexistente. Es la forma vacía de un ser humano.
2
Hacía varios años que el nombre de George Isley andaba en boca de todo
el mundo, cuando tras un período de tiempo considerable volvimos a encontrarnos
en un hotel de Egipto, donde yo había ido por motivos de salud y él por razones
que, al principio, me eran desconocidas. Sin embargo, no tardé en averiguarlo:
la pasión por las excavaciones y la arqueología había hecho presa en él, aunque
se había dedicado a ello con tal discreción que nadie parecía haberse enterado.
No estoy seguro de que se alegrara de verme, pues en un primer momento trató de
evitarme; molesto, al parecer, de que alguien le hubiera localizado. No
obstante, luego debió pensárselo mejor y, tras algunas vacilaciones, se acercó
a mí. Me saludó realizando un extraño movimiento de todo el cuerpo con el que
pareció sacudirse de encima algo que le había hecho olvidar mi identidad. Había
en su actitud un cierto patetismo, casi como si esperara provocar un
sentimiento de compasión.
—Llevo por aquí, yendo de un lado para otro, durante los últimos tres
años —dijo, tras contarme alguna de las cosas que había estado haciendo—.
Encuentro que es la afición más gratificante del mundo. Aspira a reconstruir
—me refiero, por supuesto, a una reconstrucción imaginaria— algo grandioso que
el mundo ha perdido por completo. Créeme, es una afición maravillosa y
estimulante, verdaderamente seduc... sacrificada —rápidamente cambió de
palabra.
Recuerdo haberle mirado de arriba a abajo con verdadero estupor. Se
apreciaba un cambio en él, una carencia; había algo que se echaba en falta en
su entusiasmo, en el timbre de su voz, en sus ademanes. Los elementos que
componían su personalidad no estaban combinados exactamente del mismo modo que
antaño. No quise incomodarle haciéndole preguntas, pero lo cierto es que desde
el primer instante advertí esa sutil alteración en su persona. Aquel hombre
presentaba una nueva faceta de su personalidad. Todo lo que en él había de
independiente y de enérgico había sido sustituido por una especie de vacuidad
que inspiraba compasión. Ese cambio se apreciaba incluso en su fisico; producía
la extraña sensación de haber empequeñecido. Volví a fijarme en él más detenidamente.
Sí, empequeñecido era la palabra adecuada. Parecía haber menguado. Resultaba
sorprendente y, a la vez, un tanto repulsivo.
Como era habitual en él, dominaba el tema a fondo, conocía a todas las
personas importantes y había gastado el dinero a manos llenas en su afición.
Reí al recordarle que en cierta ocasión había comentado que Egipto no le
atraía, pues debido a la sistemática propaganda que se hacía de sus encantos,
éstos le resultaban un tanto teatrales. Reconoció su error con un gesto y, sin
más, pasó por alto aquella objeción. Sus ademanes, y una especie de aura que
parecía envolverle mientras respondía a mis preguntas, no hizo sino aumentar mi
primera sensación de estupor. Su voz tenía una entonación muy expresiva y
sugerente.
—Sal conmigo un día y ya verás lo poco que importan los turistas —dijo
en voz baja—, lo insignificantes que son las excavaciones en comparación con lo
que queda por hacer, qué colosal —pronunció aquella palabra con un énfasis
impresionante— es el campo de lo que queda por descubrir.
El movimiento que hizo con la cabeza y los hombros conseguía transmitir
la idea de algo prodigioso, pues se trataba de un hombre fornido y de rasgos
duros, y sus ojos, rehundidos en su rostro, me miraban con un oscuro fulgor que
no alcanzaba a explicarme. Pero era su voz la que comunicaba una mayor
sensación de misterio. Bajo su sonido se percibía una vibración que parecía
proceder de algún lugar más profundo.
—Egipto ha enriquecido su sangre con el desfilar de multitud de
civilizaciones —prosiguió, con una solemnidad que, en un principio, me hizo
cometer el error de pensar que elegía aposta aquellas extrañas palabras con
objeto de dar mayor dramatismo a lo que decía—. Ha asimilado a persas, griegos,
romanos, sarracenos y mamelucos, y a docenas de otras conquistas e
invasiones... ¿Qué pueden importarle unos simples turistas y exploradores? Los
arqueólogos se limitan a escarbar en la superficie y a desenterrar unas cuantas
momias. ¡Y qué decir de los turistas! —sonrió con desdén—. ¡Son como moscas que
se posan un instante sobre su rostro oculto, para esfumarse de inmediato al
primer atisbo de calor! Egipto ni se entera de que existen. El verdadero Egipto
se encuentra bajo tierra, envuelto en oscuridad. Los turistas necesitan luz,
para ver ypara que les vean. ¡Y en cuanto a los arqueólogos...!
Hizo una pausa y sonrió con una mezcla de conmiseración y desprecio que
no fue de mi agrado, pues a mí, al menos, los tenaces arqueólogos me merecían
el máximo respeto. A renglón seguido, con un matiz de apasionamiento en la voz
que parecía indicar que estaba resentido contra ellos y que se había olvidado
de que también él había «excavado», añadió:
—Unos hombres que desentierran a los muertos, restauran templos y
reconstruyen un esqueleto creyendo que de ese modo han interpretado la esencia
palpitante de su corazón...
Mientras decía aquello encogió sus enormes hombros; y el resto de la
frase no habría pasado de ser más que la queja de un hombre que trataba de
defender su afición, de no haber sido por la seriedad y la gravedad desmedidas
con que se expresaba, cuyo efecto fue hacer que aumentara aún más mi asombro.
Habló luego de lo rara que era aquella tierra: una mera franja de vegetación
extendida a lo largo del anciano río, y el resto, nada más que ruinas, desierto
y una desolación de muerte calcinada por el sol que, sin embargo, rebosaba
vitalidad, fascinación y energía, y que producía la inquietante sensación de
poseer algo imperecedero. En aquella tierra donde el Pasado pervivía con tanta
fuerza parecía hallar algún tipo de
revelación espiritual fuera de lo común. Hablaba como si en ella el
Presente hubiera dejado de existir.
Ciertamente, la solemnidad que dejaban traslucir sus palabras hacía que
me resultara difícil seguir su conversación, de modo que aproveché la pausa que
llegó entonces para decir algo que expresara mi sorpresa y los interrogantes
que me surgían; aunque creo que, en lo sustancial, lo que vine a expresar fue,
más bien, mi asentimiento. Se notaba que poseía una convicción muy profunda,
una pasión que le embargaba y cuyo sentido no acababa yo de captar. Sin
embargo, aunque no le comprendiera, su enorme entusiasmo resultaba contagioso.
Luego, bajando el tono de voz, se puso a hablar de templos, tumbas y deidades,
y a darme detalles sobre los descubrimientos que había hecho y sobre el efecto
que habían tenido en él. Pero la verdad es que no presté excesiva atención a lo
que me dijo entonces, pues en aquel lenguaje tan insólito que había empleado al
principio había detectado algo que despertaba más mi curiosidad... y la
despertaba, además, de una forma inquietante.
—De modo que, como le ocurre a casi todo el mundo, el hechizo también ha
hecho presa en ti, sólo que con más fuerza todavía —le dije, recordando el
efecto que me había producido Egipto dos años atrás.
Clavó su mirada en mí durante un segundo; en las duras facciones de
aquel rostro tan sugerente se dibujaron vagos signos de inquietud. Creo que
deseaba contarme más cosas pero que no se decidía a confesármelas. Vacilaba.
—De lo que me alegro es de que no se haya adueñado de mí en una época
más temprana de mi vida —respondió tras una pausa—. Me habría absorbido por
completo. Habría perdido interés por cualquier otra cosa. Ahora... —y mientras
hablaba, como una sombra fugaz, pasó por sus ojos aquella extraña mirada de
desamparo que parecía pedir comprensión—. Ahora que estoy en declive... ya no
importa tanto.
¡En declive! No me explico cómo pude ser tan torpe de dejar escapar esa
oportunidad que nunca volvería a presentárseme; por la razón que fuera aquella
singular expresión no me llamó la atención en aquel momento, y sólo me di
cuenta del alcance último de esas palabras más adelante, cuando ya no tenía
ningún sentido hacer referencia a ellas. Puso a prueba mi disposición a
ayudarlo, a comprenderlo, a compartir su vida interior. Pero la pista se me
pasó por alto. En ese momento sentía mayor interés por una cuestión más
práctica que había apreciado en su lenguaje. Dado que yo me contaba entre
aquellos que lamentaban que no hubiera llegado a sobresalir en algo, por no
haber dedicado todas sus energías a una sola actividad, me limité a encogerme
de hombros. Captó de inmediato el significado de aquel gesto. ¡Sí, estaba
deseando hablar! Creo que intuía la posibilidad de encontrar en mí la
comprensión que buscaba.
—No, no, no me has entendido bien —dijo con tono grave—. Lo que quiero
decir —¡y nadie lo sabe mejor que yo!— es que si bien la mayoría de los países
te dan algo, hay otros que te lo quitan. Egipto te cambia. Nadie puede vivir
aquí y seguir exactamente igual a como era antes.
Aquello me desconcertó. Una vez más había conseguido sobresaltarme.
Hablaba con la máxima seriedad.
—¿Y quieres decir que Egipto es uno de esos países que te quitan algo?
—le pregunté. Lo extraño de aquella idea me tenía un tanto confundido.
—Primero se lleva algo tuyo —respondió—, pero al final es a ti mismo a
quien se lleva. Hay tierras que te enriquecen —prosiguió, al ver que le
escuchaba atentamente—, pero otras te hacen más pobre. De la India, de Grecia,
de Italia, de todas las tierras de la antigüedad, se regresa con recuerdos de
los que se puede hacer uso. De Egipto se regresa... sin nada. Su magnificencia
tan sólo aturde; es inútil. Produce un cambio en lo más hondo de tu ser, un
vacío, un anhelo inexplicable, y nada puede llenar esa carencia de la que ahora
eres consciente. Nada puede reemplazar lo que ha desaparecido. Te ha vaciado.
Le miré fijamente, pero hice un gesto de aquiescencia general con la
cabeza. Aplicado a un temperamento sensible y artístico aquello era cierto sin
duda, aunque no fuera ni mucho menos la opinión generalizada que solía
admitirse de forma superficial. La mayoría de la gente sentía que Egipto les
había llenado a rebosar. Sin embargo, entendía la lectura más profunda que él
hacía de los hechos. Por otra parte, aquella idea me producía una rara
fascinación.
—A fin de cuentas —continuó—, el Egipto moderno no es más que una
civilización artificial —hablaba como si le faltara el aliento, pero su tono de
voz era reposado—; sin embargo, el antiguo Egipto permanece justo ahí debajo,
oculto, esperando. Muerto y, a la vez, increíblemente vivo. Cada vez que
sientes que te roza, se lleva algo de ti. Se enriquece contigo. Al regresar de
Egipto... se es menos de lo que se era antes.
Es difícil de expresar lo que entonces se me pasó por la cabeza. Sentí
como si un fulgor de imaginación visionaria me atravesara la mente trazando una
senda de fuego. Pensé en algún antiguo héroe griego que hablara de una
magnífica batalla librada contra los dioses; una batalla en la que se sabía
derrotado de antemano y que, sin embargo, le causaba un gran placer, pues sabía
que tras su muerte su espíritu se uniría a aquella gloriosa compañía en su
morada del más allá. En otras palabras, percibía en él una mezcla de
resignación y de rebeldía. Él sentía ya el natural abandono que sigue a una
lucha prolongada y desigual, como la de un hombre que, enfrentado contra los
rápidos de un río, termina por rendirse ante un empuje superior a sus fuerzas y
se deja arrastrar por la espantosa masa de agua que suave e indiferente le
precipita hacia la paz de la caída.
No obstante, lo que hacía que mi mente se viera sumida en la oscuridad y
el misterio, no eran tanto las palabras que con tanta plasticidad revestían una
verdad innegable, como la profunda convicción que se adivinaba tras ellas. He
de reconocer que sus ojos, que durante todo aquel tiempo habían sostenido mi
mirada, relampagueaban, y sin embargo, expresaban la misma serenidad y cordura
que los de un doctor que analizara los síntomas de esa batalla diaria en la
que, finalmente, todos habremos de sucumbir. Ése fue el símil que se me ocurrió
entonces.
—Es cierto que... en alguna parte de este país... hay algo
inconmensurable... lo reconozco. ¿Pero... no crees que exageras un poco?
—Hablaba con un ligero tartamudeo y las palabras me salían entrecortadas.
Me respondió con voz pausada, mientras desviaba los ojos de mi rostro y
los dirigía a la ventana que enmarcaba el cielo espléndido y sereno que se
tendía en dirección al Nilo.
—Te aseguro que el verdadero Egipto, el invisible —murmuró—, me resulta
demasiado... fuerte. Me cuesta mucho manejármelas con él. Sabes —dijo,
volviéndose hacia mí y sonriendo como un chiquillo cansado—, en realidad creo
que es él quien me maneja a mí.
—Arrastra... —comencé a decir, y al interrumpirme él de inmediato, di un
respingo.
—Hacia el Pasado.
No me siento capaz de describir la forma en que pronunció la última de
aquellas palabras. Transmitía una magnificencia desbordante, una sensación de
paz y belleza, de batallas concluidas, de un reposo al fin alcanzado. Ningún
santo habría conseguido que el significado de la palabra «cielo» rebosara tal
grado de pasión y de seducción. Sí, él partía por propia voluntad, y si
prolongaba la lucha era simplemente para aumentar el alivio y la dicha de la
consumación.
Porque de nuevo hablaba como si en su interior se estuviera librando un
combate. Yo al menos tenía la impresión de que había una parte de él que pedía
ayuda. Ahora comprendía mejor aquel patetismo que ya había percibido vagamente
con anterioridad. Su carácter, de por sí fuerte e independiente, parecía
haberse debilitado; era como si le hubieran arrancado alguna de las fibras que
lo componían. También comprendí entonces que el hechizo de Egipto, objeto de
tanta cháchara sensacionalista e insustancial, pero tan desconocido en lo que
es su fuerza desnuda —esa influencia indescriptible y sigilosa que, desde las
profundidades, envía delicados zarcillos al exterior— lo llevaba ahora en la
sangre. Yo mismo, a pesar de mi supina ignorancia, lo había sentido, no lo
podía negar; en Egipto se perciben muchas cosas extrañas e incomprensibles,
hasta los individuos más prosaicos pueden llegar a sentirlas. El Egipto muerto
está prodigiosamente vivo...
Dirigí la mirada a los grandes ventanales que se abrían a su espalda: la
monótona extensión de leguas y más leguas amarillas de desierto despedían una
tenue luz y dos inmensas pirámides emergían desde la otra orilla del Nilo. De
pronto —inexplicablemente, como más tarde pensaría al rememorar lo ocurrido— la
robusta figura de mi compañero, que debía encontrarse a tan sólo dos palmos de
mis ojos, desapareció de mi vista. Se acababa de levantar de la silla y tenía
que encontrarse de pie a mi lado y, sin embargo, no conseguía verle. Algo
oscuro como una sombra y etéreo como un soplo de aire se había alzado,
llevándose consigo mis pensamientos y cegando mi visión. Durante un instante me
olvidé de quien era; mi propia identidad me abandonó. El pensamiento, la vista,
todos mis sentidos, se hundieron en el vacío de aquellas arenas abrasadas por
el sol. Se hundieron, por así decirlo, en la nada; arrancados del Presente,
subyugados, absorbidos.
...Y cuando volví a mirar hacia donde él estaba para responderle, o más
bien preguntarle por el significado de aquellas enigmáticas palabras, ya no
estaba allí. Invadido de un sentimiento que iba mucho más allá de la mera
sorpresa —pues había algo en aquella desaparición que me perturbaba
profundamente— me di la vuelta para buscarle. No le había visto irse. Se había
escabullido de mi lado con sumo cuidado, se había esfumado en silencio,
misteriosamente, y con una facilidad asombrosa. Recuerdo que un ligero estremecimiento
me recorrió todo el cuerpo al darme cuenta de que me encontraba solo.
¿Acaso había captado por un momento un reflejo de su estado de ánimo? La
simpatía que sentía hacia su persona, ¿no habría producido en mí un eco de lo
que él experimentaba de forma plena; ese ir hacia atrás, esa pérdida de vigor,
esa sutil y tentadora atracción que ejercían las inconmensurables arenas que
ocultaban y protegían a los muertos vivientes de las negligentes intromisiones
de los vivos...?
Me senté para reflexionar un poco y, de paso, aproveché para contemplar
el esplendor del crepúsculo. Una cosa que había dicho resonaba en mi mente con
poderosa insistencia como si se tratara del repicar de unas campanas lejanas.
Su charla sobre tumbas y templos no había dejado huella en mí, pero aquello
permanecía. Me producía un extraño efecto estimulante. Recordaba que era así
como solía conseguir que su conversación despertara la curiosidad de los demás.
Hay países que dan y otros que quitan. ¿Qué era exactamente lo que quería decir
con eso? ¿Qué era lo que le había quitado Egipto? Entonces me di cuenta con
mayor claridad de que había en él algo que se echaba en falta, algo que en otro
tiempo había poseído y que ya no tenía. Su propia figura se me aparecía ya
borrosa cuando trataba de pensar en ella. Mi mente se afanaba por recordarla,
pero todo era en vano... Al cabo de un rato dejé mi silla y me cambié de
ventana, invadido de una vaga sensación de desasosiego de la que formaba parte
la inquietud que sentía por él. Había despertado mi compasión. Pero tras aquel
sentimiento se escondía también una
curiosidad ávida y absorbente. George Isley parecía estar perdiéndose en
la distancia, y lo curioso es que yo mismo me sentía acometido por un deseo
irrefrenable de alcanzarle, de acompañarle en su viaje hacia aquel esplendor
perdido que él había vuelto a descubrir. Era un sentimiento verdaderamente
singular, pues iba unido a un anhelo; el anhelo de una belleza olvidada e
indescriptible que el mundo había perdido. También yo lo sentía dentro de mí.
Ante la proximidad del crepúsculo la mente se complace en albergar
sombras. A mi espalda, la sala, vacía de huéspedes, permanecía a oscuras;
también sobre el desierto se iba extendiendo lentamente un velo de oscuridad,
ahondando la serenidad de su rostro adusto e inexpresivo. El paisaje iba
palideciendo en la lejanía; toda aquella inmensa sábana avanzaba susurrando
hacia la noche. Suspendidas frágilmente en el aire, como si se tratara de
racimos de grosellas que pudieran arrancarse, titilaban en el cielo las
primeras estrellas; el sol se había ocultado ya en el horizonte libio, donde
las tonalidades doradas y carmesíes, al irse atenuando, pasaban del color
violeta al azul. Me quedé contemplando el misterioso anochecer egipcio mientras
un embrujo sobrecogedor hacía que mis sentidos medio embotados percibieran la
inquietante proximidad de 1o imposible... y entonces comprendí lo que estaba
ocurriendo. Sobre George Isley, sobre su mente y sus energías, sobre su
pensamiento, e incluso sobre sus propias emociones, también se estaba
extendiendo lentamente una especie de oscuridad. Aunque no era cosa de la edad,
algo en él se había debilitado, se había apagado. Una noche interior se estaba
apoderando del Presente y lo estaba eliminando. Y, no obstante, su mirada se dirigía
al amanecer. Al igual que ocurría con los monumentos egipcios, sus ojos
miraban... hacia oriente.
Se me ocurrió que quizá lo que había perdido era su ambición. Decía
alegrarse de que sus estudios egipcios no se hubieran adueñado de él en una
época más temprana; los términos en que se había expresado eran bastante
singulares: «ahora que estoy en declive ya no importa tanto». Una base poco
sólida, sin duda, para asentar sobre ella una certeza y, a pesar de ello, tenía
el convencimiento de que no andaba desencaminado. Estaba fascinado sí, pero
fascinado en contra de su voluntad. En su interior combatían el Presente y el
Pasado. Aunque seguía luchando, ya había perdido toda esperanza. El deseo de no
cambiar le había abandonado...
Me aparté de la ventana para no ver aquel desierto gris que todo lo
invadía, pues el hallazgo que acababa de hacer había provocado en mí cierta
zozobra. Egipto me parecía de pronto una entidad dotada de un inmenso poder. Se
agitaba a mi alrededor. En aquel preciso instante estaba sintiendo cómo se
agitaba. Aquella tierra llana e inmóvil que aparentaba carecer de movimiento,
en realidad estaba constantemente realizando multitud de ademanes que, poco a
poco, se iban enroscando al corazón de las personas. A él lo estaba
disminuyendo. De la compleja textura de su personalidad ya había arrancado una
hebra vital, cuya relación con la trama general de su ser era de crucial
importancia: su ambición. Era mi mente quien había elegido ese símil, pero en
mi corazón, donde las ideas palpitaban con inusitada violencia, se insinuaba
otro símil aún más certero. En lugar de «hebra» la palabra era «arteria». Me
alejé rápidamente de allí y subí a mi habitación para estar a solas. Había en
aquella idea algo que me resultaba repugnante.
3
Sin embargo, mientras me vestía para ir a cenar, aquella idea comenzó a
exfoliarse como si se tratara de un ser vivo. Veía dibujarse sobre la figura de
George Isley un gran interrogante que anteriormente no estaba allí. Todo el
mundo, por supuesto, lleva consigo un interrogante, aunque por lo general no
suele manifestarse de forma visible hasta el momento final. En su caso, tal
presencia le envolvía de forma palpable cuando aún se encontraba en la plenitud
de la vida. Gravitaba sobre su cabeza como una espléndida cimitarra. Aunque
estaba lleno de vitalidad, parecía haber aceptado de buen grado la muerte. Por
más que mi imaginación trataba de encontrar una posible explicación, nunca iba
más allá de una conclusión de carácter negativo: cierta energía, que no
guardaba relación alguna con la mera salud fisica, había desaparecido. Creo que
se trataba de algo más que la ambición, pues incluía también una falta de
objetivos, de deseos, de confianza en sí mismo. Era la propia vida. George
Isley había dejado de pertenecer al Presente. Ya no estaba aquí.
«Algunos países dan y otros quitan... Me cuesta mucho manejármelas con
Egipto. Lo encuentro demasiado... —y después ese adjetivo tan sencillo, tan
corriente— fuerte». Por sus recuerdos y por su propia experiencia, el mundo
entero no guardaba secretos para él; tan sólo le quedaba Egipto para enseñarle
aquella novedad maravillosa. Pero no se trataba del Egipto de hoy en día; era
el Egipto desaparecido el que le había robado las fuerzas. Había dicho que se
encontraba enterrado, oculto, esperando... De nuevo volví a sentir un leve
estremecimiento, como si en lo más hondo de mi corazón anidara en secreto el
deseo de compartir aquella experiencia con él, como si la compasión que sentía
implicara un consentimiento voluntario de que así fuera. La compasión conlleva
siempre una cierta renuncia al propio yo; cada vez que me invadía ese
sentimiento tenía la sensación de que una parte de mí me abandonaba. Mi
pensamiento se movía en círculos sin encontrar un punto firme donde poder
apoyarse y decir: «ya lo tengo; ahora lo entiendo todo». Que un país tenga una
cierta disposición a dar es algo fácilmente comprensible, pero aquella idea de
un país que despoja, que roba, me desconcertaba. Me invadió una vaga sensación
de alarma; no sólo por él sino también por mí.
En cualquier caso, durante la cena —que me invitó a compartir con él en
su mesa— aquella impresión terminó por írseme de la cabeza, y me reproché a mí
mismo haber incurrido en unas exageraciones más propias de una mujer. Sin
embargo, a medida que hablábamos de tantos días de aventura como habíamos
pasado juntos en otras latitudes, me llamó la atención lo raro que era que
nunca hiciéramos mención del presente. Lo ignorábamos. Se diría que a su
pensamiento le resultaba más sencillo orientarse hacia el pasado. Cada una de
aquellas aventuras, como impulsada por su
propio peso, conducía de forma natural a una misma idea: la inmensa
magnificencia de una edad desaparecida. En aquel misterioso juego entre la vida
y la muerte el antiguo Egipto representaba la casilla del «hogar». La gravedad
específica de su propio ser —por no hablar de momento de la mía— se había
desplazado hacia un punto inferior y más lejano, hacia atrás y hacia las
profundidades, o como él mismo decía, bajo tierra. Yo mismo experimentaba
literalmente la sensación de estar hundiéndome.
Empezaba a preguntarme cuál sería la razón que le había llevado a elegir
un hotel como éste. En mi caso había venido aquí aquejado de una afección en un
órgano de mi cuerpo que, según me había asegurado el especialista, no tardaría
en sanar gracias a los maravillosos aires de Helouan; pero me parecía extraño
que mi compañero también lo hubiera elegido. La clientela estaba compuesta en
su mayor parte de convalecientes, alemanes y rusos sobre todo. Su gerencia
vivía de espaldas al lado más alegre y frívolo de la vida que, por lo general,
los hoteles egipcios fomentan con todo entusiasmo. Era una verdadera casa de
reposo, un lugar para descansar y disfrutar del ocio, donde se podía permanecer
en el anonimato con la seguridad de no ser descubierto. Los ingleses no solían
frecuentarlo. Era el lugar indicado —se me ocurrió súbitamente — para
esconderse.
—O sea, que por ahora no estás metido en ningún proyecto arqueológico,
¿no es así? —le pregunté—. ¿Nada de expediciones o excavaciones de momento?
—Me estoy recuperando —me respondió de manera despreocupada—. He estado
dos años en el Valle de los Reyes y, la verdad, creo que he forzado un poco la
máquina. Pero estoy preparándome para trabajar en un asunto aquí cerca, en la
otra orilla del Nilo —y señaló hacia Sáqqara donde el inmenso cementerio
menfita se extendía bajo tierra desde las pirámides de Dachur hasta las moles
de Gizeh, cuatro millas más abajo—. ¡Sólo en ese lugar hay tarea para cien años
de trabajo!
—Debes haber reunido una gran cantidad de material interesante. Supongo
que más adelante lo utilizarás para un libro o...
La expresión de su cara hizo que no continuara; de nuevo había asomado a
sus ojos aquella extraña mirada que, cuando la vi por primera vez, ya me había
producido una gran inquietud. Era como si algo dentro de él consiguiera con
gran esfuerzo aflorar por un instante a la superficie, y tras echar una mirada
sombría sobre el presente, volviera a hundirse y desaparecer.
—Mucho más de lo que nunca pueda llegar a utilizar —respondió con
desgana—. Lo más probable es que sea ello lo que me utilice a mí. —Lo dijo todo
precipitadamente, mientras echaba una ojeada por encima del hombro, como si
temiera que alguien pudiera estar escuchando. Luego, volvió a mirarme con una
elocuente sonrisa en su rostro. Le dije que pecaba de modesto.
—Si todos los arqueólogos fueran como tú —añadí— seríamos los pobres
ignorantes como yo quienes sufriríamos las consecuencias — acompañé mi
comentario con una risa, pero aquella risa no pasó más allá de mis labios.
Negó con la cabeza con una expresión de indiferencia.
—Lo hacen lo mejor que pueden; y lo cierto es que hacen verdaderas
maravillas —replicó, mientras hacía un gesto indefinible que parecía indicar
que prefería desentenderse de aquel tema, aunque no pudiera conseguirlo del
todo—. Conozco sus libros, y también a sus autores... de muy diversas
nacionalidades. —Hizo una breve pausa, y sus ojos adquirieron una expresión
grave—. Lo que no llego a comprender del todo es ... como lo consiguen —añadió
con un tono de voz apagado.
—Lo dices por el esfuerzo que supone, ¿no? ¿La dureza del clima y esas
cosas? —Hice aquel comentario a propósito, pues sabía perfectamente que no era
a eso a lo que él se refería. No obstante, la forma en que clavó sus ojos en mi
cara me turbó hasta tal punto, que creo que di un respingo. Una parte muy
profunda de mí le escuchaba con la máxima atención, en actitud vigilante, casi
en guardia.
—Lo que quiero decir es que tienen una capacidad de resistirse
extraordinaria —respondió.
—¡Eso era! ¡Había usado justo la palabra que yo mismo llevaba escondida
en mi interior!
—Es algo que me deja perplejo —prosiguió—, pues quitando a uno de ellos,
no son personas excepcionales. En cuanto a su talento, sí, claro. Pero yo me
refiero a su capacidad de resistirse, de protegerse. De protegerse a sí mismos
—añadió con énfasis.
La manera en que había dicho «resistirse» y «protegerse a sí mismos»
había hecho que un escalofrío me recorriera el cuerpo. Más adelante me
enteraría de que él había realizado algunos descubrimientos asombrosos durante
aquellos dos últimos años, ahondando en los misterios de la vida del antiguo
Egipto sacerdotal más que cualquiera de sus predecesores o colegas... y que
después, inexplicablemente, había abandonado sus investigaciones. Pero todo
aquello sólo lo supe más tarde y por boca de terceros. En aquel momento de lo
único que era consciente era de aquel extraño sentimiento de turbación. Aunque
no entendiera muy bien lo que quería decir, intuía que estaba tocando unos
temas que afectaban a lo más profundo de su ser. Hizo una pausa, como si
esperara que yo dijera algo.
—Es posible que Egipto simplemente fluya a través suyo sin dejar huella
—me aventuré a decir—. Dan a conocer los datos de una forma mecánica y no se
dan cuenta de la importancia que tienen. Presentan los hechos sin
interpretarlos. En tu caso es el verdadero espíritu del pasado el que se
descubre y se presenta en su realidad desnuda. Tú lo vives. Sientes el antiguo
Egipto y lo revelas. Siempre tuviste unas dotes de adivino que a mí, recuerdo,
me parecían sorprendentes.
El destello que percibí en su sombría mirada puso de manifiesto que
había dado en el blanco. Entonces tuve la sensación de que un tercero se había
unido silenciosamente a nosotros en aquella pequeña mesa de la esquina. Se
había entrometido invocado por el poder de algo que planeaba constantemente
sobre nuestra conversación sin que nunca se llegara a mencionar. Era una
presencia inmensa y difusa que parecía vigilarnos. Egipto se deslizaba hacia
nosotros y ascendía flotando a nuestro lado. Podía verlo reflejado en el rostro
y en la mirada de mi compañero. El desierto se filtraba a través de los muros y
del techo, emergía bajo nuestros pies, se iba depositando a nuestro alrededor;
nos escuchaba, nos observaba, nos acechaba. Aquella súbita y extraña fantasmagoría
parecía completamente real. Las colosales dimensiones de Egipto fluían por
entre los pilares, los arcos y los ventanales de aquel moderno comedor. Un aire
gélido, que los rayos del sol nunca habían alcanzado, brotaba desde debajo de
los monolitos de granito y me rozaba la piel. Tras él venía la sofocante
atmósfera de las tumbas térmicas del Serapeum, de las cámaras y los pasadizos
de las pirámides. Se oía un rumor como de una miríada de pasos avanzando en la
lejanía y de arenas movidas sin descanso por el viento a lo largo de los
siglos. Y de pronto, en asombroso contraste con esta impresión de algo
descomunal, la figura de Isley pareció encoger. Durante un segundo disminuyó a
ojos vistas. Se estaba alejando. Su silueta parecía retirarse y decrecer como
si se encontrara envuelto en una neblina que le llegara por encima de la
cintura, dejando tan sólo al descubierto su cabeza y sus hombros. Cada vez se
le veía más lejos.
Se trataba sin duda de una vívida imagen mental que, de algún modo,
había adquirido una realidad objetiva. No era más que una especie de
escenificación de algo que había sentido. La frase que le había oído decir
antes, «ahora que estoy en declive», me vino súbitamente a la memoria,
produciéndome un intenso desasosiego. Puede que, de nuevo, una especie de
telepatía emocional hubiera hecho que su estado anímico se reflejara en el mío.
Invadido de una sensación de opresión casi física de la que no me podía desembarazar,
me quedé a la espera de que dijera algo. Parecieron pasar siglos antes de que
se decidiera a hablar, y cuando por fin lo hizo, en su voz se notaba un temblor
que, no obstante, intentaba reprimir. Por alguna razón no fui capaz de levantar
la vista de la mesa. Pero le escuché con la máxima atención.
—Eres tú quien tiene dotes de adivino, no yo —aquella extraña sensación
de lejanía se percibía incluso en su voz; parecía retumbar como si ascendiera
encerrada entre muros—. Creo que hay algo aquí que no se deja investigar más de
cerca o, más bien, que se resiste a ser descubierto... es casi como si se
sintiera ofendido.
Alcé rápidamente la vista y de inmediato volví a bajarla. Resultaba
sorprendente oír aquello de labios de un inglés contemporáneo. Hablaba con
ligereza, pero la expresión de su rostro
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
contradecía su tono despreocupado. En la seriedad de aquellos ojos no
había asomo de burla, y tras su voz apagada se percibía un leve sonido
arrastrado que de nuevo me puso la carne de gallina. Sólo se me ocurre una
palabra para describirlo: «subterráneo». Todo lo que en él era mental se había
hundido, parecía hablar bajo tierra; era como si tan sólo la cabeza y los
hombros permanecieran a la vista. El efecto que producía era casi repugnante.
—Son tan formidables los obstáculos que se interponen en el camino
cuando las pesquisas se acercan demasiado a la realidad — prosiguió—. Me
refiero a obstáculos físicos, externos. O bien eso... o bien la mente pierde su
capacidad de asimilación. Siempre ocurre una cosa o la otra y, entonces, todo
descubrimiento cesa automáticamente —había bajado la voz hasta convertirla en
un murmullo.
En aquel preciso instante, como si fuera un muerto saliendo de una
tumba, se levantó y se apoyó sobre la mesa. Estaba realizando un violento
esfuerzo interno, pues se disponía —estoy convencido de ello— a realizar una
declaración íntima cargada de significado. Tenía la actitud de quien va a hacer
una confesión; creo que iba a hablarme de sus trabajos en Tebas y de la razón
que le había llevado a interrumpirlos tan bruscamente. Yo mismo me sentía como
alguien que, de un momento a otro, iba a tener que asumir la ingrata
responsabilidad de escuchar un secreto muy importante. Ésa era la sensación que
me embargaba cuando, casi sin querer, le dirigí una mirada y descubrí que
estaba completamente equivocado. No era a mí a quien miraba. Su vista me dejaba
a un lado y se dirigía hacia los amplios ventanales abiertos que se encontraban
a mi espalda. Algo le había hecho enmudecer.
De forma instintiva, me di la vuelta, y pude ver lo que él contemplaba.
Al menos en lo que respecta a los detalles externos, lo vi.
Mi vista atravesó el deslumbrante resplandor de aquel comedor
ostensiblemente moderno, dejó atrás las mesas atestadas de gente, y pasando por
encima del cuadro que componía aquel bosque de cabezas de alemanes
alimentándose burdamente, alcanzó a ver... la luna. Su disco rojizo, inmenso e
irreal, permanecía suspendido en medio del firmamento, alzando la extensa
sábana del desierto hasta hacerla flotar sobre la superficie del mundo. El gran
ventanal se abría hacia el este, donde el desierto arábigo se adentra en un
desolador paisaje de gargantas, despeñaderos y montes de cimas aplanadas. Se
trata de un territorio inhóspito y ominoso en el que, por todas partes, se
siente acechar el peligro. A diferencia de lo que ocurre con las serenas dunas
del desierto libio, tras aquel mar de sombras se palpa la amenaza y la
tentación. El claro de luna no hacía sino acentuar su espectral desolación, su
crueldad, su severa hostilidad, hasta hacerlo parecer mortífero. Ningún río
endulza con su presencia este tramo del desierto arábigo, donde las suaves
arenas son reemplazadas por un paisaje erizado de colmillos de roca caliza,
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
afilados y amenazantes. A lo lejos, como un pálido hilo gris iluminado
por la luz de la luna, la vieja ruta de las caravanas parecía emitir señales.
Era aquello lo que él miraba con tanta intensidad.
Me doy perfecta cuenta de que la imagen que acabo de describir parecerá
quizá un tanto teatral, pero lo cierto es que poseía una fuerza de seducción
poderosísima. «Ven a probar mi belleza atroz», parecía susurrar. «Ven,
piérdete, y muere. Ven a seguir la ruta que bajo la luz de la luna conduce
hacia el Pasado... donde te espera la paz, la inmovilidad y el silencio. Mi
reino subterráneo permanece inmutable. Baja, ven lentamente, ven a través de
los corredores de arena que se esconden tras el oropel del mundo moderno.
Regresa, baja a mi áureo pasado...»
Un deseo arrebatador, que parecía llegar hasta mí montado en los propios
rayos del claro de luna, me traspasó el corazón; sentía un anhelo irresistible
de dejarme llevar sin ofrecer resistencia. Aquella visión repentina e
inquietante del mundo exterior tenía una fuerza inusitada. El contraste que
ofrecían aquellos velludos extranjeros con sus toscos atuendos, comiendo
afanosamente bajo la deslumbrante luz artificial, era formidable. Sobre
aquellas lejanías que se avistaban tras la ventana se cernía una de esas
atmósferas que suelen calificarse de sobrenaturales. Estaba penetrada de
misterio. Egipto nos contemplaba, nos observaba, nos escuchaba; y a través de
las ventanas del corazón que iluminaba la luna, nos hacía señas para que nos
acercáramos y lo descubriéramos. La mente y la imaginación podrán vacilar
cuanto quieran, pero tanto si las palabras son capaces de expresar la verdad
como si no, es innegable que algo así estaba ocurriendo. George Isley, que se
sabía observado, no podía quitar los ojos de encima a ese terrible semblante...
estaba fascinado.
Sobre el bronce de su piel se había extendido una tonalidad grisácea.
Por mi parte, también yo sentía crecer en mí ese sentimiento cautivador; ese
deseo de salir y perderme bajo el claro de luna, de abandonar el mundo de los
seres humanos y errar a ciegas por el desierto, de ver el resplandor plateado
de los desfiladeros y sentir el frío cortante e intenso de la brisa. En mi caso
las cosas no iban más allá, pero no me cabía ninguna duda de que mi compañero
experimentaba la atracción más intensa y profunda que se ocultaba tras aquel
encanto superficial. Lo cierto es que, durante un instante, creí que iba a
levantarse de la mesa. Hizo ademán de ponerse de pie, pareció luchar y
resistirse... pero, finalmente, su poderosa anatomía se dejó caer en la silla.
La postura que adoptó su cuerpo hacía que pareciera menos imponente, más
pequeño; daba la sensación de que sus dimensiones se habían reducido a una
escala mucho menor. Era como si, en aquel preciso instante, le hubiera sido
arrebatada una parte de su persona, de tal modo que incluso su apariencia
física parecía haber disminuido. Su voz, cuando al poco tiempo volvió a hablar
con tono resignado, sonaba apagada y carecía de timbre viril.
—Siempre está ahí —susurró mientras se retrepaba torpemente
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
en la silla—, siempre está vigilando, esperando, escuchando. Es casi
como el ogro de los cuentos, ¿verdad? Nunca se mueve, ¿sabes? Se limita a
permanecer suspendido entre el cielo y la tierra como una gigantesca tela de
araña. Sus presas se precipitan volando contra ella. Así es Egipto allá donde
uno vaya. Dime, ¿sientes tú lo mismo, o crees que son imaginaciones mías? A mí,
por lo menos, me parece que sólo espera a que llegue su hora; de ese modo te
atrapa antes. Al final no queda más remedio que partir.
—Sí, desde luego tiene mucho poder —le dije, tras hacer una breve pausa
para recuperar el control sobre mí mismo, pues aquel símil morboso había hecho
que aumentara mi turbación—. Incluso puede que llegue a producir terror... a
alguna de esas personas débiles de carácter que son todo imaginación. —No
conseguía hilvanar mis ideas ni encontrar las palabras adecuadas para
expresarlas—. Una vista como ésa, por ejemplo, posee una grandeza
extraordinaria —dije señalando al ventanal—. Te sientes arrastrado hacia ella
y... sí, simplemente tienes que partir. —En mi mente resonaban aún sus extrañas
palabras, «al final no te queda más remedio que partir». En ellas quedaba
resumido el sentir de su alma y de su corazón—. Me imagino que algo similar le
debe ocurrir a una mosca o a una mariposa cuando se siente arrastrada hacia la
llama destructora. ¿O será algo de lo que no son conscientes? —añadí.
Sacudió su imponente cabeza con un gesto muy expresivo.
—Bueno, bueno, pero eso no tiene por qué indicar que la mosca sea débil
o que la mariposa sea una insensata —respondió—. Quizá pequen de aventureras,
pero ambas obedecen las leyes que rigen los instintos más profundos de su ser.
Además, están advertidas; lo que pasa es que, cuando la mariposa quiere saber
demasiado, el fuego la detiene. Tanto la llama como la araña se enriquecen al
comprender la naturaleza de sus presas; y la mosca y la mariposa vuelven una y
otra vez hasta que su destino se cumple.
A pesar de aquellos comentarios, George Isley estaba tan cuerdo como
podía estarlo el mismísimo maître del hotel, que al advertir el interés que
demostrábamos por el ventanal, se acercó para preguntarnos si había corriente y
deseábamos que lo cerrara. En cualquier caso, me daba cuenta de que Isley se
estaba esforzando por exteriorizar un apasionado estado anímico para el cual,
dada su singularidad, no existe una forma de expresión adecuada; hay un
lenguaje de la mente pero, de momento, no lo hay del espíritu. Yo me sentía muy
inquieto. Todo aquello era absolutamente ajeno a aquel carácter saludable y
enérgico que yo recordaba.
—Querido amigo —le dije con un temblor en la voz—, ¿no estarás dando al
pobre Egipto una mala reputación que en ningún caso se merece? Lo único que
siento es una fuerza y una belleza formidables; sobrecogedoras si quieres, pero
en absoluto ese resentimiento al que tú aludes de forma tan misteriosa.
—Puedes decir lo que quieras, pero yo sé que tú lo entiendes —
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
me respondió con tranquilidad. De nuevo parecía estar a punto de hacer
una confesión crucial que aliviaría el pesar de su alma. Mi sensación de
incomodidad creció. No cabía duda de que alguna parte de su ser estaba sometida
a una gran presión—. Además, de ser necesario, me ayudarías. En realidad tu
comprensión ya me sirve de ayuda. —Lo dijo como si hablara consigo mismo y en
un tono de voz que, súbitamente, volvía a ser más bajo.
—¡Ayudarte! —exclamé con un grito ahogado—. ¡Mi comprensión! Claro, si
la...
—Un testigo —murmuró sin mirarme—, alguien que comprenda, pero que no me
tome por loco.
Había en su voz tal tono de súplica que no pude menos que sentirme
dispuesto y ansioso de hacer todo cuanto estuviera en mi mano para ayudarle.
Nuestros ojos se encontraron, y traté de que los míos expresaran aquella
disposición; pero apenas recuerdo que fue lo que dije, pues mi mente se hallaba
envuelta en una nube de confusión y tartamudeaba como un colegial. Estaba
absolutamente desconcertado. En medio de tal perplejidad, sólo alcancé a coger
el final de otra frase que entonces me dijo: «el alivio de tener alguien en
quien confiar... cuando llegue el momento de la desaparición». Aquellas
palabras me produjeron la sensación de haber sido pronunciadas por una voz
salida de un sueño. Pero no cogí la oración completa y tampoco me atreví a
pedirle que la repitiera.
Haciendo un gran esfuerzo, conseguí que de mis labios brotara una
respuesta que expresaba mi comprensión, aunque no sé qué fue exactamente lo que
dije. En cualquier caso, debí acertar en las palabras que entonces murmuré,
pues al oírlas, se apoyó sobre la mesa y, durante un instante, posó su enorme
mano sobre la mía y la apretó con un gesto muy elocuente. Tenía la mano helada.
Una mirada de gratitud se dibujó fugazmente en aquellas facciones quemadas por
el sol. Dejó escapar un suspiro y, seguidamente, nos levantamos ambos de la
mesa y nos dirigimos a tomar el café a la sala de fumadores; una sala cuyas
ventanas daban a unos patios rodeados de columnas que no tenían vistas al
desierto. George Isley llevó la conversación hacia temas menos personales y
—gracias a Dios— sin un carácter tan intensamente emotivo y misterioso. Ya he
olvidado de qué hablamos; aunque era interesante poseía un cariz completamente
distinto. Su antiguo encanto y su energía aún surtían efecto; volví a
experimentar con fuerza el respeto que siempre había sentido por su carácter y
su talento, pero el sentimiento que ahora predominaba en mí era de pena. El
cambio que se había producido en su persona resultaba cada vez más patente. Sus
palabras ya no impresionaban tanto, eran menos convincentes, menos sugestivas.
Aunque daba muestras de su vasta cultura, en su conversación se echaba en falta
esa nota de espiritualidad que hace que las cosas nos toquen de cerca. Por
alguna misteriosa razón me parecía menos real. Cuando finalmente subí a la habitación
para irme a la cama, lo hice turbado e inquieto. «No es cosa de la edad», me
dije, «y aunque
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
haya hablado de desaparecer, tampoco es la muerte lo que teme. Es algo
mental en el sentido más profundo del término. Tiene que ver con eso que los
creyentes llaman el alma. Algo le ocurre a su alma.»
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
4
La palabra alma no iba a abandonarme ya hasta el momento del desenlace
final. Egipto se estaba llevando su alma hacia el Pasado. Todo lo que en él
había de valioso partía de buen grado; el resto, algún aspecto menor de su
mente y de su carácter, se resistía y trataba de aferrarse al presente. Por lo
tanto, sí que había lucha. Pero también ella se iba desdibujando poco a poco.
Cómo pude llegar tan alegremente a una conclusión tan monstruosa es algo
que, aún hoy, me sigue pareciendo un misterio. Es bien sabido que de una
conversación se suele extraer una idea general cuyo contenido excede siempre al
de las palabras que efectivamente se pronunciaron o se oyeron. Naturalmente,
aquí sólo he recogido una parte de lo que nos comunicamos a través del
lenguaje, y en cuanto a lo que se sugirió —mediante gestos, expresiones o
silencios— quizá poco más que algún indicio suelto. Lo único que puedo asegurar
es que, para mí, ese veredicto tan perturbador equivalía a una certeza. Cuando
subí al piso de arriba, vino conmigo; caminaba a mi lado, observándome,
escuchándome. Aquel misterioso Tercero que habíamos evocado en nuestra
conversación era más grande que cualquiera de nosotros por separado; podría
denominarse el espíritu del antiguo Egipto, o generalizando todavía un poco
más, el espíritu del Pasado. Lo cierto es que aquel Tercero permanecía a mi
lado, susurrándome al oído aquella cosa tan increíble. Cuando salí al pequeño
balcón de mi habitación para fumar una pipa y disfrutar de la reconfortante
presencia de las estrellas antes de irme a dormir, aquello salió también
conmigo. Estaba en todas partes. Se oía ladrar a unos perros, a lo lejos se
escuchaba el monótono redoble de un tambor que parecía provenir de Bedraschien,
y desde las barracas y las calles oscuras llegaba el sonsonete de las musicales
voces de los nativos. Detrás de todos aquellos sonidos tan familiares percibía
la presencia invisible de aquel Tercero. El inmenso cielo nocturno, salpicado
de estrellas, también me hablaba de su presencia. Estaba en la brisa helada que
susurraba en torno a los muros del hotel y se cernía sobre toda la superficie
del desierto insomne. Estaba tan acompañado como si el propio George Isley en
persona se encontrara a mi lado... y en ese momento, me llamó la atención una
figura que se movía a lo lejos. Aunque mi ventana se encontraba en el sexto
piso, la estatura y el porte marcial de aquel hombre que se alejaba paseando
del hotel eran inconfundibles. George Isley se estaba internando lentamente en
el desierto.
En realidad, aquella visión no tenía nada de particular. No eran más que
las diez de la noche, y yo mismo, de no ser por las órdenes del médico, bien
podría haber estado haciendo otro tanto. Sin embargo, mientras me apoyaba en el
alféizar de la ventana y le observaba desde aquella altura de vértigo, un
escalofrío me recorrió el cuerpo, y una sensación que, por más páginas que
escribiera,
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
jamás podría llegar a explicar o describir, me invadió y se apoderó de
mí. Las palabras que él había pronunciado durante la cena me vinieron a la
memoria con singular fuerza. Egipto le rodeaba como una inmensa e inmóvil
telaraña gris. Sus pies habían quedado atrapados en ella y había empezado a
vibrar. Aquella urdimbre plateada que iluminaba la luna iba transmitiendo la
noticia de Menfis a Tebas, desde la subterránea Sáqqara al Valle de los Reyes,
a una y otra orilla del Nilo. Un temblor recorría todo el desierto, y una vez
más, como ya ocurriera en el comedor, escuché el rumor del movimiento de miles
de leguas de arena. Tuve la impresión de haberle sorprendido en el preciso
instante en que iba a desaparecer.
En aquel momento me di cuenta del poderoso embrujo que se desprende de
esa misteriosa atmósfera de inmovilidad que es Egipto, y sentí que una
emanación mágica de su poderoso pasado rompía súbitamente sobre mí como si se
tratara de una ola. Quizá experimenté entonces lo mismo que él: la sensación de
que el reflujo de aquella ola gigantesca me arrancaba una parte de mi ser y la
arrastraba hacia el pasado. Un anhelo indescriptible extraía de mi corazón
algún elemento vital que, embargado de una dulzura ardiente y anhelante,
ansiaba alcanzar el éxtasis de una pasión espiritual que hacía mucho que había
dejado de existir. No hay palabras para expresar la intensidad del dolor y la
felicidad que aquello me producía; mi personalidad —o al menos una parte
esencial de ella— parecía marchitarse ante aquella fuerza cautivadora.
Permanecí en aquel lugar, inmóvil como una piedra, sin poder dejar de
mirarle. Firme y erguido, consciente de que cualquier resistencia sería vana,
ansiando partir y, a la vez, esforzándose por quedarse, George Isley, más que
andar parecía flotar en el aire avanzando hacia aquel hilo gris pálido que era
la ruta de Suez y del lejano Mar Rojo. Mientras le contemplaba me invadió un
extraño e intenso sentimiento de pesar, de desgarramiento y de compasión que no
soy capaz de explicar; era tan misterioso como lo es el dolor en los sueños.
Creo que sentí algo de la espantosa soledad que él experimentaba, una soledad
que nada en el mundo podía atenuar. Despojado del Presente, su alma buscaba la
quimera de un Pasado irreal. Ni siquiera la majestuosa calma de la espléndida
noche egipcia conseguía disipar aquel sortilegio; reinaban una paz y un
silencio maravillosos y el dulce perfume del aire del desierto era embriagador;
pero aquello tan sólo contribuía a hacerlo más intenso.
Aunque me sentía incapaz de explicar mis propias emociones, la conmoción
que me producían era tan real que se me escapó un suspiro y me di cuenta de que
estaba a punto de llorar. No podía dejar de observarle y, sin embargo, sentía
que no tenía derecho a hacerlo. Lentamente me fui retirando de la ventana con
la sensación de haber estado entrometiéndome en su intimidad, pero antes pude
ver cómo su silueta se fundía con el oscuro universo de arena que comenzaba
nada más traspasar los muros del hotel. Llevaba puesto un manto verde que le
caía casi hasta los talones y cuyo color se
Descenso a Egipto Algernon
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fusionaba con la superficie plateada de la oscuridad marina del
desierto. Aquel brillo que, en un principio, parecía rodearle, finalmente le
ocultó. Desapareció bajo uno de los pliegues de esa misteriosa vestidura, sin
costuras ni cierres, que envuelve a Egipto a lo largo de miles y miles de
leguas. El desierto se había apoderado de él. Egipto le había atrapado en su
tela de araña. Había desaparecido.
No me sentía capaz de irme a dormir en aquel momento. El cambio que él
había experimentado hacía que me sintiera menos seguro de mí. Su desintegración
me había sobrecogido. Me daba cuenta de hasta qué punto yo mismo estaba
nervioso.
Permanecí sentado junto a la ventana, fumando; estaba agotado
físicamente pero mi imaginación se hallaba en un desagradable estado de
sobreexcitación. Los grandes carteles luminosos del hotel se apagaron; una por
una se fueron cerrando debajo de mí todas las ventanas; en las farolas de la
calle ya no había luz, y Helouan se asemejaba al montón de piezas blancas de un
juego de construcción desperdigado sobre la moqueta de un cuarto de niños. Su
aspecto en medio de aquella vasta inmensidad era insignificante. El entramado
reticular de sus luces parpadeaba como si se tratara de un racimo de
luciérnagas caído en una pequeña grieta de aquel formidable desierto. Parecía
levantar la vista hacia las estrellas con cara asustada.
Hacía una noche serena. Sobre el paisaje flotaba una atmósfera de una
belleza inmensa, tras la cual se adivinaba un matiz siniestro, apenas aliviado
por el centellear de las estrellas. Pero, en realidad, nada dormía. Agrupados a
intervalos sobre aquel universo de tonos pardos se alzaban solemnes y
vigilantes los guardianes eternos: las descomunales Pirámides, la Esfinge, los
adustos Colosos, los templos vacíos, las tumbas abandonadas desde hace siglos.
Por todas partes se sentía la presencia de aquellos centinelas apostados a lo
largo de la noche. El silencio parecía susurrar: «Esto es Egipto; es en Egipto
donde estás. Más allá de tu ventana palpitan ochenta mil años de historia. Bajo
tierra reposa, insomne, poderoso, imperecedero; no es algo que se pueda tomar a
la ligera. ¡Ten cuidado! O también a ti te transformará! »
Mi imaginación me ofreció entonces una pista. Egipto es una realidad
difícil de concebir. Como si se tratara de una idea fabulosa y cuasi
legendaria, la mente no consigue darle cabida. Son tantos los elementos
descomunales que lo componen que no hay forma de asimilarlos; el ánimo se queda
en suspenso, trata de ganar tiempo para recobrar el aliento, los sentidos
comienzan a vacilar y, finalmente, un embotamiento próximo al estupor se va
apoderando del cerebro. Con un suspiro se abandona el combate y la mente
capitula ante Egipto aceptando todas sus condiciones. Sólo los excavadores y
los arqueólogos, al ceñirse estrictamente a los hechos, consiguen resistirse.
Ahora comprendía mejor el significado que mi amigo daba a los términos
«resistencia» y «protección». Mi razón vacilaba, pero la intuición no paraba de
darle vueltas a esta pista
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
tratando de descubrir cuáles pudieran ser las influencias que estaban en
juego en aquel proceso. George Isley tenía una idea mucho más clara que la
mayor parte de la gente de lo que era Egipto, pero se trataba del Egipto que
fue.
Recordé entonces la primera impresión que me causó aquella tierra y
cómo, más adelante, había sido incapaz de sobrellevar su recuerdo. Al evocarlo,
acudía a mi mente una mezcolanza impresionante, una gigantesca mancha de color
que, simplemente, anonadaba. Sólo los aspectos de menor importancia encontraban
acomodo en el corazón. La visión que tenía era caótica: arenas inundadas de una
luz deslumbrante, vastas naves de granito, imponentes efigies que miraban al
sol sin parpadear, un río brillante y un desierto envuelto en sombras, el uno
como el otro tan infinitos como el cielo; pirámides descomunales y gigantescos
monolitos, ejércitos de cabezas, de zarpas y de rostros de una escala
prodigiosa. Si cada uno de aquellos elementos tomados por separado aturdía, el
efecto de conjunto era demasiado vasto e inabarcable para que la mente pudiera
darle cabida. Su refulgente esplendor pasaba tan cerca de los ojos —y tan lejos
a la vez— que no era posible distinguirlo con claridad; no había manera de
comprenderlo.
Al cabo de unas semanas todo aquello comenzó lentamente a cobrar vida.
Me atacó por sorpresa y quedé atrapado entre sus formidables garras; pero ni
siquiera entonces fui capaz de hablar de ello, de describirlo, de pintarlo.
Cuando menos se esperaba lanzaba su ataque: de repente, en las neblinosas
calles de Londres, en el Club o en el teatro, un sonido evocaba el griterío de
los árabes en las calles o una bocanada de aire perfumado traía a la memoria
las ardientes arenas que se extienden al dejar atrás los palmerales. Entonces,
el inmenso embrujo de Egipto, que hasta ese momento había permanecido enterrado
en uno de esos recodos del corazón a los que no tienen acceso las realidades
cotidianas, surgía y lo transformaba todo. Tras él se adivinaba la presencia
oculta de algo inexplicable, inquietante y sobrecogedor; el atisbo de una
eternidad gélida, el hálito de algo terrorífico e inmutable, una realidad
sublime, fascinante y ultraterrena, perdida entre las sombras del tiempo y del
espacio. La melancolía del Nilo y la grandiosidad de un centenar de templos en
ruinas derramaban sobre el corazón un torrente de inefable belleza. El aire del
desierto se levantaba y, con él, pálidas sombras luminosas y una desolación
desnuda que, sin embargo, rebosaba de enérgica vitalidad. Por la mente pasaba
rauda la vívida y colorista imagen de un árabe a lomos de un burro, hasta que,
finalmente, se empequeñecía y se perdía en la distancia. Las siluetas de una
hilera de camellos se recortaban contra el cielo púrpura. Grandes vientos,
espacios resplandecientes, majestuosas noches, días inmensos de un áureo
esplendor surgían del suelo del patio de butacas del teatro; y, entonces,
Londres, la sombría Inglaterra y la totalidad de la vida moderna quedaban
reducidos a algo insignificante e irrisorio que producía un dolorido anhelo por
el esplendor de aquellos millones de almas desaparecidas. Durante un instante,
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Egipto te traspasaba el corazón, y luego... se desvanecía.
Así pues, yo mismo recordaba haber tenido una experiencia fantástica de
ese tipo. Desde luego, parece indudable que para cierta clase de personas
Egipto puede hacer que el Presente pierda en gran medida el interés que antes
despertaba en ellos. En mi caso, aquel recuerdo terminó por convertirse en una
parte integrante de mi personalidad; algo en mí ansiaba aquella extraña y
terrible belleza. Quien ha bebido del Nilo regresará para volver a beber de sus
aguas
... Y, si en mi caso esto era posible, ¿qué no sería en el de una
personalidad como la de George Isley? Comenzaba a vislumbrar el significado de
lo que estaba ocurriendo. El antiguo Egipto, ese Egipto que permanecía
enterrado y oculto, había lanzado sus redes sobre su alma. Su vida, cada vez
más desdibujada en el Presente, estaba siendo transferida a un Pasado glorioso
y reconstruido donde su existencia se iba perfilando con más nitidez. Hay
países que dan y otros que quitan... y George Isley era una pieza digna de ser
cobrada.
Turbado por tan singulares reflexiones, cerré la ventana y me alejé de
ella. Sin embargo, aquello no bastó para dejar fuera la presencia de aquel
Tercero. La cortante brisa nocturna entró conmigo. Corrí la mosquitera en torno
a la cama, pero no apagué la luz; y una vez tumbado, intenté poner por escrito
mis extrañas impresiones en un trozo de papel, aunque no tardé en descubrir con
qué facilidad su sentido se perdía al tratar de reflejarlo con palabras. Estas
percepciones visionarias y espirituales son demasiado sutiles para poder
captarlas por medio del lenguaje. Al volver a leerlo tras un intervalo de
varios años cuesta trabajo recordar lo mucho que significaba para mí y la
asombrosa emoción que latía tras aquellas líneas desvaídas escritas a lápiz. Su
retórica resulta vulgar y su contenido muy exagerado; pero, en su momento, cada
una de sus sílabas encerraba una verdad. Egipto, que desde la noche de los
tiempos ha sufrido el violento expolio de manos de todo el mundo, se toma ahora
su venganza eligiendo una presa. La hora de Egipto ha llegado. Tras su máscara
moderna permanece a la espera, rebosante de actividad y confiado en su poder
oculto. Esta tierra, que ha sido la prostituta de tantos imperios fenecidos,
descansa ahora en paz bajo las mismas estrellas de la antigüedad; con su
belleza intacta, engalanada con el oro batido a lo largo de los siglos, con sus
pechos al descubierto y sus magníficas extremidades tendidas al sol. Alzando
sus hombros de alabastro por encima de los montículos de arena, inspecciona a
las pequeñas figuras del presente... y elige.
Aunque aquella noche no tuve ningún sueño, mi mente tampoco descansó del
todo. Durante las largas horas de oscuridad una imagen me venía una y otra vez
a la cabeza: la imagen de George Isley perdiéndose en el desierto bajo la luz
de la luna. Con un ágil movimiento, la noche dejaba caer su capucha sobre su
figura y él se fundía misteriosamente con esa entidad inmutable que envuelve al
pasado con su manto. Una inmensa mano envuelta en sombras, suave como si
estuviera enfundada en un guante pero labrada en
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granito, salía de debajo y se estiraba a lo largo de cientos de leguas
de desierto para atraparle. Entonces, él desaparecía.
¡Se habla mucho de la inmovilidad del desierto y de su falta de
expresividad! Pues bien, aquella noche yo lo vi moverse, y correr. Marchaba a
toda prisa en pos de él. ¿Se entiende lo que quiero decir? ¡No, claro! Pero ésa
es la extraña impresión que produce cuando comienza a agitarse; y el momento
más terrible llega cuando...
consciente de la propia impotencia... uno termina por rendirse y lo
único que se desea es ser devorado. Se le deja acercarse sin hacer nada. George
Isley había hablado de una tela de araña. Desde luego, se trata de algún poder
primordial que se oculta tras el encanto superficial de eso que las gentes
llaman el embrujo de Egipto. No es algo que se aprecie a simple vista. Se
encuentra junto al Antiguo Egipto: bajo tierra. Tras la quietud de esos días
ardientes en que no sopla el viento, tras la paz de las noches sosegadas e
inmensas, permanece al acecho, monstruoso e irresistible, sin que nadie lo
advierta. Mi mente era tan incapaz de asimilar aquella idea como el hecho de
que nuestro sistema solar, con toda su cohorte de satélites y planetas, recorra
anualmente varios millones de millas a toda velocidad en dirección a una
estrella en la constelación de Hércules, sin que, aparentemente, dicha
constelación parezca hallarse más próxima de lo que estaba hace seis mil años.
Sin embargo, aquello me dio una pista. A George Isley, con toda su cohorte de
pensamientos, de vivencias y de sentimientos, también le estaban arrastrando. Y
yo, un satélite menor, sentía igualmente esa terrible fuerza de arrastre. Era
algo impresionante... y en la cresta de aquella inmensa ola me quedé dormido.
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
5
Sin que nos diéramos cuenta fueron pasando los días, y también, creo,
las semanas. Escondidos en aquel hotel cosmopolita pasábamos desapercibidos,
apartados del resto del mundo. El tiempo parecía seguir su curso al ritmo que
más le placía: rápido unas veces, lento otras, llegando incluso a detenerse en
algunas ocasiones. Aquellos días radiantes, situados entre el esplendor del
amanecer y del crepúsculo, eran tan similares que producían la impresión de no
ser más que un único e interminable día. El mecanismo mental encargado de
realizar mediciones se había desajustado. El tiempo marchaba hacia atrás; las
fechas se olvidaban; el mes, la época del año, incluso el siglo, se hundían en
un transcurso indiferenciado.
El Presente discurría de una forma verdaderamente extraña; los
periódicos y la política carecían de importancia, las noticias no tenían ningún
interés. La vida inglesa resultaba tan remota que parecía irreal y los
acontecimientos europeos se desdibujaban. El flujo de nuestras vidas corría en
una dirección completamente distinta: marchaba hacia atrás. Los nombres y los
rostros conocidos aparecían envueltos en brumas. Las gentes llegaban como
caídas del cielo; de repente estaban ahí. Al encontrarlos en el comedor se
tenía la sensación de que habían llegado de un mundo exterior que, en alguna
parte, debía seguir existiendo. Cierto que un vapor hacía la travesía cuatro
veces por semana, y que el viaje sólo duraba cinco días, pero eso era algo que,
aunque se sabía, no se tenía en cuenta. El hecho de que aquí fuera siempre
verano, mientras en aquellos otros lugares reinaba el invierno, contribuía a
hacer que la distancia pareciera inconcebible. Mirábamos al desierto y hacíamos
planes: «haremos esto y aquello; tenemos que ir a ese sitio; visitaremos tal y
cual lugar...», y, sin embargo, nunca sucedía nada. Todas las cosas pertenecían
al ayer o al mañana; como Alicia, habíamos descubierto que el hoy, en realidad,
no existe. Nos bastaba con pensar en algo para que ocurriera. Con eso era
suficiente. Si lo pensábamos, había ocurrido. Vivíamos inmersos en la realidad
de los sueños. Egipto era un mundo de fantasía en el que el corazón vivía hacia
atrás.
Así pues, durante aquellas semanas estuve contemplando cómo se iba
apagando una vida, y aunque mantenía una actitud vigilante y llena de
comprensión hacia él, me sentía incapaz de intervenir y de prestar ayuda. A
través de pequeños detalles advertía en George Isley el progreso de aquel
combate desigual, pero mi capacidad de socorrerle se veía anulada por el hecho
de que también yo me encontraba en una situación similar a la suya. Lo que él
experimentaba de forma definitiva y completa, yo lo experimentaba en menor
medida y solamente en algunas ocasiones. También yo parecía haber quedado
atrapado en los bordes de aquella telaraña invisible. Me sentía tan implicado
en aquella situación que no me costaba comprender lo que le estaba
ocurriendo... y asistir a su declive era algo verdaderamente espantoso. En el
proceso su carácter
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desaparecía; vi cómo todas sus aptitudes se iban extinguiendo, cómo
menguaba su personalidad, cómo su propia alma se disolvía ante aquella
influencia insidiosa e invasora. Apenas si ofrecía resistencia. Me hacía pensar
en esos insectos abominables que paralizan el sistema motriz de sus víctimas
para después poder devorarlas a placer cuando aún están vivas. Aquella
increíble aventura era rigurosamente cierta, pero, dado su carácter espiritual,
no es posible narrarla como si se tratara de un relato detectivesco. La versión
que doy de ella no es sino una interpretación personal; tan sólo una de las
muchas versiones posibles. Todo aquel que conozca el verdadero Egipto, ese
Egipto que nada tiene que ver con la construcción de presas, con el
nacionalismo o con el bienestar material de los falaheen, lo entenderá. Esa
tierra aún tiene que sufrir el despojo de sus muertos, y en venganza, elige
tranquilamente sus presas entre los vivos.
Las circunstancias en que se delataba podían ser de lo más banales; lo
que las hacía interesantes era la posibilidad que ofrecían de entrever el
proceso que se desarrollaba bajo su tranquilo aspecto externo. Recuerdo que en
cierta ocasión, tras comer juntos en Mena, fuimos a visitar unas excavaciones
que se estaban haciendo no muy lejos de las pirámides de Gizeh, y de regreso,
pasamos junto a la Esfinge. Era la hora del crepúsculo; el grueso del ejército
de turistas ya se había retirado, aunque algunas docenas de visitantes
pululaban todavía por el lugar entre el griterío de los muchachos que
alquilaban borricos y de los pedigüeños. De pronto, vimos emerger su cabeza y
sus hombros descomunales flotando sobre aquel mar de arena. Bajo aquella luz
mortecina, su figura oscura y monstruosa se destacaba tan imponente como de
costumbre, como un ser cuyo linaje no fuera humano. Ningún grado de
familiaridad con esa imagen puede devaluar su grandeza, el impresionante marco
en donde se ubica o la expresión vacía de un semblante de unas dimensiones tan
vastas que no permiten identificarlo como un rostro. Aunque se visite un millar
de veces su poderío permanece inalterable. Se ha agregado a la tierra desde un
mundo desconocido. Tanto George Isley como yo nos hicimos a un lado al avistar
aquella presencia ajena e inquietante. No llegamos a detenernos, pero
aminoramos la marcha. Hacerlo era algo obvio, inevitable.Entonces, con una
brusquedad que hizo que me sobresaltara, me señaló algo con la mano. Apuntaba a
los turistas que se encontraban por allí.
—Ves —dijo en voz baja—, de día y de noche, encontrarás siempre a una
multitud rindiendo pleitesía a esa cosa. Pero fíjate en su comportamiento. Que
yo sepa las gentes no hacen eso frente a ninguna otra ruina en el mundo.
Se refería a cómo las personas procuraban apartarse de los demás para
contemplar aquel rostro formidable a solas. Desperdigados por aquella profunda
concavidad de arena se veían hombres y mujeres —de pie, tumbados, en cuclillas—
que se mantenían alejados del grueso del grupo donde los dragomanes, con su
proverbial labia, recitaban sus peroratas.
Descenso a Egipto Algernon
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—Es el deseo de estar solo —prosiguió como si hablara consigo mismo,
tras habernos detenido un momento— la necesaria intimidad que exige la
adoración.
Aquella escena era muy significativa, pues ponía de manifiesto como, a
pesar de toda la propaganda que se le había hecho, no disminuía en nada el
efecto que causaba aquel semblante inescrutable cuyos ojos de piedra
contemplaban en silencio los humanos. Ni tan siquiera aquel soldado de casaca
roja, de pie sobre una de sus gigantescas orejas, conseguía introducir una nota
banal en aquel cuadro. Pero las palabras de mi compañero sí que añadían algo
más al espectáculo, algo menos excelso y que dejaba caer una gota de horror en
aquel cuenco de arena. Por un instante no era difícil imaginar que esos
turistas rendían culto... en contra de su voluntad. No costaba imaginarse que
el monstruo se percataba de su presencia, que lentamente hacía girar su
espantosa cabeza, mientras la arena comenzaba a deslizarse visiblemente entre
una de sus patas que empezaba a moverse. En una palabra, que podía apoderarse
de ellos... y transformarlos.
—Ven, se hace tarde, y quedarse a solas con esa cosa es algo que en este
momento me resulta insoportable —me susurró con voz apagada, interrumpiendo mis
fantasías como si las hubiera adivinado
—. En fin, ya te habrás dado cuenta, de lo poco que importan los
turistas, ¿no? —añadió mientras me tiraba del brazo para que nos alejáramos
rápidamente de allí—. En vez de hacer que disminuya su efecto, no hacen sino
aumentarlo. Los utiliza.
Una vez más un ligero escalofrío, causado posiblemente por el
nerviosismo que aprecié en él al tocarme o por la seriedad con que había
pronunciado aquellas extrañas palabras, me recorrió todo el cuerpo. Una parte
de mí se quedó rezagada en esa oquedad de arena, postrada ante aquella
inmensidad que simbolizaba el pasado. Un anhelo misterioso e insensato se
apoderó de mí por un instante, un intenso deseo de comprender exactamente por
qué se sentía en aquel lugar la presencia del terror, cuál era el verdadero sentido
que tuvo aquella figura para quienes la colocaron allí, esperando al sol; cuál
era el papel específico que desempeñaba —a qué almas conmocionaba y por qué lo
hacía— en ese sistema de majestuosas creencias y de fe del cual seguía siendo
el emblema más indestructible. El pasado se agrupaba solemne en torno a aquella
amenazadora efigie. Percibía con toda claridad esa especie de fuerza de succión
espiritual que arrastraba hacia atrás y a la que mi compañero, a pesar de la
oposición de su yo más moderno y común, se sometía con gusto. Conseguía que el
pasado pareciera algo extremadamente deseable y desligaba todas las ataduras
que nos unen al presente. Encarnaba tres de los principales ingredientes del
profundo embrujo de Egipto: el tamaño, el misterio y la inmovilidad.
Por fortuna, a George Isley le dejaban indiferente los aspectos más
burdos de aquel hechizo. Lo convencionalmente misterioso no le interesaba; ni
relataba historias de momias ni tan siquiera hizo nunca
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alusión a esa cualidad sobrenatural que acude siempre a la mente de la
mayoría cuando piensa en Egipto. Lo suyo no era ningún juego. Aquella
influencia era algo serio y vital. Aunque yo sabía que tenía ideas muy firmes
sobre la impiedad de perturbar el reposo de los muertos, estando yo presente
nunca atribuyó ningún carácter supuestamente vengativo a las energías de un
pasado ultrajado. Las clásicas historias de este tipo —adecuadas tan sólo para
las mentes supersticiosas y para los niños— las ignoraba completamente; las
deidades que querían apoderarse de su alma tenían un rango muchísimo más
elevado. Él vivía ya —si es que se puede expresar así
— en un mundo que su corazón había reconstruido o recordado; la
dirección hacia la que le conducían era radicalmente distinta. Con esa visión
moderna y sensacionalista de la vida, su espíritu ya no tenía trato alguno:
vivía hacia atrás. Observaba cómo su figura se iba alejando hacia la espaciosa
y dorada atmósfera del tiempo recuperado con tristeza, pero nunca con
sentimentalismo. El alma inmensa del Egipto subterráneo le arrastraba hacia
abajo. Su empequeñecimiento físico era, por supuesto, una interpretación mental
que yo había hecho, pero otra interpretación todavía más extraña, de carácter
espiritual, maravillosa y horrible a un tiempo, corría en paralelo a aquella.
Mientras su apariencia externa y todo lo que le vinculaba con el mundo moderno
y el Presente parecía disminuir, por dentro crecía y se volvía gigantesco. El
tamaño de Egipto había penetrado en él. Unas dimensiones descomunales
comenzaban a acompañar cualquier representación que mi visión interior se hacía
de su personalidad. Se estaba agigantando. Ya se habían apoderado de él dos
rasgos característicos de aquella tierra: la magnitud y la inmovilidad.
Finalmente, ese temor reverencial que el mundo moderno ignora con
desprecio, se despertó en mi corazón. La mera presencia de mi compañero bastaba
a veces para asustarme, pues uno de los aspectos del embrujo de Egipto radica
precisamente en su tamaño y sus dimensiones. Nuestro corazón desdeña este
presente que es sólo velocidad, pero las grandes magnitudes siguen
inquietándole, y en Egipto se encuentran tamaños que fácilmente pueden llegar a
producir espanto.
Cada detalle de esa tierra parece empeñado en meternos esa idea en la
cabeza, hasta que, por fin, el presente tiene que dejarle su sitio. Los
cómputos en millas no bastan para hacer comprensible la inmensidad del
desierto, y las fuentes del Nilo se encuentran a tal distancia que, más que en
el mapa, se diría que sólo existen en nuestra imaginación. El esfuerzo
necesario para aprehender su realidad se paraliza; daría lo mismo que
estuvieran en la Luna o en Saturno. Aún se desconoce la magnificencia desnuda del
desierto, y en cuanto a las pirámides, los templos, los pilares y los Colosos,
sus proporciones se quedan a las puertas de nuestra mente, pero nunca llegan a
superar ese umbral. Egipto permanece fuera, revestido de las prodigiosas
medidas del pasado. Sus antiguas creencias no sólo participan de ese efecto
titánico sino que lo elevan a una dimensión
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superior. Sus dimensiones agobian y producen una desagradable sensación
de inmensidad; por eso la mayoría de las personas regresa con alivio a aquellos
detalles que pueden medirse haciendo uso de una escala más manejable. Los
trenes expresos, los aviones o los transatlánticos no exigen una expansión tan
dolorosa de nuestras facultades como los pilares de Karnak, las pirámides o el
interior del Serapeum.
Por otra parte, justo detrás de esa magnitud, acecha lo monstruoso. No
es algo que se manifieste solamente en las arenas y las piedras, en los
extraños efectos de luz y de sombra o en las relumbrantes puestas de sol y los
mágicos crepúsculos, sino también en toda su variada vida animal. Se adivina en
esos búfalos de voluminosas cabezas, en los buitres, en las miríadas de milanos
o en el grotesco aspecto de esos camellos que nunca paran de rumiar. No hay un
sólo lugar de ese paisaje colosal y áspero donde no se perciba esa sensación.
La lírica no tiene cabida en esa tierra de arrebatados espejismos. Una
inmensidad deforme observa el diario ajetreo de los minúsculos seres humanos.
Los días se suceden en una marea de un dorado esplendor, y no queda más remedio
que dejarse llevar por esa corriente irresistible que arrastra hacia atrás,
hacia las profundidades. Vestidos con sus coloridos ropajes, los indígenas
caminan en silencio a este lado de la cortina; al otro lado habita el alma del
antiguo Egipto —la Realidad, como la llamaba George Isley— observándolo todo
con sus ojos insomnes de un gris infinito. A veces la cortina tiembla y se
levanta una esquina; surge una mano invisible; el alma recibe su toque... y
alguien desaparece.
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
6
El proceso de desintegración debía estar ya bastante avanzado cuando
aparecí yo, pues los cambios se producían con gran rapidez.
Aquel era su tercer año en Egipto, y dos de ellos los había pasado de
forma ininterrumpida en las proximidades de Tebas, en compañía de un egiptólogo
llamado Moleson. No tardé en descubrir que, para Isley, esa región constituía
el gran polo de atracción o, como él mismo decía, el corazón de la telaraña.
Naturalmente no eran Luxor ni las vistas de la reconstruida Karnak lo que le
interesaba, sino esa extensión de terreno cubierto de sombrías e imponentes
montañas donde la realeza terrenal y espiritual había buscado la paz eterna
para sus restos mortales. Rodeados de aquella soberbia desolación, los grandes
sacerdotes y los poderosos reyes se habían creído a salvo de los sacrílegos. En
aquellas cavernas subterráneas habían acudido fielmente a su cita con los
siglos, protegidos por el silencio de su impresionante oscuridad. Allí
esperaban dormidos, en íntima comunión con el transcurrir de las edades, a que
Ra, su alegre divinidad, los convocara para dar satisfacción a su antiguo
sueño. Y allí, en el Valle de las Tumbas de los Reyes, su sueño se hizo añicos,
sus maravillosas profecías fueron objeto de burla y su gloria se vio
ensombrecida por la impía profanación de los curiosos.
Que George Isley y su compañero, a diferencia de sus pragmáticos
colegas, no se habían limitado a emplear el tiempo en excavar y descifrar
jeroglíficos, sino que se habían enfrascado en una serie de extraños
experimentos de recuperación y reconstrucción del pasado, era un tema del que
se hablaba abiertamente en el seno de la comunidad arqueológica. Los increíbles
acontecimientos que allí habían tenido lugar habían sido la comidilla de, por
lo menos, las dos últimas temporadas de excavaciones. De todo aquello me
enteraría más adelante, y las historias que entonces me contaron eran
absolutamente asombrosas: hablaban de cómo aquel desolado valle rocoso se
repoblaba las noches de luna llena, del humo de unas misteriosas hogueras que
se elevaba hasta coronar las cumbres achatadas de los montes, de cómo se había
visto salir de unas aperturas situadas en las colinas unas procesiones
pertenecientes a algún culto olvidado y se había escuchado el eco de unos
cánticos sonoros e increíblemente dulces que brotaban de aquellos desoladores y
repulsivos precipicios. Al parecer el contenido de aquellas historias se había
exagerado hasta extremos inusitados; primero las difundieron algunos beduinos
nómadas; luego los guías y los intérpretes las repitieron añadiéndoles nuevos toques
de misterio y, finalmente, a través de los sirvientes indígenas de los hoteles,
llegaron a oídos de los turistas aderezadas con todo tipo de anécdotas
pintorescas. Según parece, también llegaron a oídos de las
Descenso a Egipto Algernon
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autoridades. En cualquier caso, el único dato fiable que obtuve en aquel
momento fue que todo aquello cesó bruscamente. George Isley y Moleson se
separaron; y, por lo que oí, era Moleson quien había iniciado aquel asunto.
Entonces aún no le conocía personalmente; su fascinante libro, Una
reconstrucción moderna del culto al sol en el antiguo Egipto, era mi único
contacto con aquella mente tan poco común. En él defendía la idea de que el sol
sería la deidad de una religión científica que remplazaría en el futuro a los
diversos dioses antropomorfos de unos credos pueriles y planteaba la
posibilidad de que los signos del zodiaco fueran una especie de Inteligencias
Celestes. La fe resplandecía en cada una de sus páginas. Tenía la teoría de que
el calor, cuya fuente de procedencia exclusiva era el sol, constituía la base
de la vida humana y, por lo tanto, los hombres formaban parte del sol del mismo
modo que, para los cristianos, cada hombre forma parte de su deidad personal.
El destino final era la absorción. La descripción que hacía de «los
ceremoniales del culto al sol» conseguía transmitir una sensación de realidad y
una belleza impresionantes. Aunque este libro tan singular era lo único que
sabía de su autor hasta que vino a visitarnos a Helouan, no me costó mucho
darme cuenta de que, de algún modo, la influencia de aquel hombre estaba en el
origen del cambio que había experimentado mi compañero.
Así pues, era en Tebas donde se hallaba el punto neurálgico de la fuerza
que tiraba de mi amigo, alejándolo de las realidades de la vida moderna. Era
fácil suponer que debió ser allí donde aquellos hombres se tropezaron con una
serie de «obstáculos» que habían impedido que siguieran investigando con más
detalle. En aquel valle opresivo y embrujado, situado en las proximidades de la
Ciudad de las Cien Puertas, donde lo blasfemo y lo reverencial se enfrentan
cara a cara, donde la curiosidad moderna se halla más afanosamente organizada,
y donde hasta los propios turistas son conscientes de una hostilidad latente
que acosa las indagaciones de las mentes menos imaginativas, era donde Egipto
había levantado el cuartel general de su irreconciliable antagonismo. Y era
allí, entre las ruinas más espléndidas de su pasado, donde habían transcurrido
los años que George Isley había dedicado a su mágica reconstrucción y donde se
había topado con aquella fuerza que ahora dominaba por completo su vida.
Aunque en las charlas que mantuvimos nunca se le escapó un
reconocimiento explícito de aquel combate interior, recuerdo, ya entonces,
algunos fragmentos de conversaciones que ponían de manifiesto su renuncia
voluntaria al presente. En cierta ocasión hablábamos del miedo; aunque, como
siempre hacíamos, con esa especie de vaguedad que acabo de mencionar. Yo
insistía en que la mente, una vez que ha sido prevenida contra algo, puede
mantener el control sobre sí misma y evitar que ocurra.
—Pero eso no quiere decir que lo que iba a ocurrir fuera irreal —
objetó.
Descenso a Egipto Algernon
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—La mente puede negarlo —dije—. Entonces se vuelve irreal.
Hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No se puede negar algo que es irreal. La negación es un mecanismo de
autodefensa infantil contra algo que creemos que va a ocurrir. —Por un momento
me miró fijamente a los ojos—. Se niega lo que se teme —dijo—. Pero el miedo
también atrae. Sabes que, tarde o temprano, te atrapará —al decir aquello
sonrió con inquietud.
Dado que los dos conocíamos el secreto que se ocultaba tras aquella
conversación, hablar de esa manera resultaba un tanto indecoroso e inadecuado,
pues de hecho lo que discutíamos eran los aspectos psicológicos de su propia
desaparición. No obstante, a pesar del disgusto que me producía, lo cierto es
que había en aquel tema algo que me fascinaba y que lo hacía extremadamente
atractivo...
—Una vez que se lleva dentro el miedo —añadió luego—, la confianza en
uno mismo comienza a socavarse, la estructura de la vida se ve amenazada y
finalmente, ... se parte con alegría. La fe es el cimiento de todas las cosas.
Un hombre es aquello que cree sobre sí mismo; y en Egipto se pueden llegar a
creer cosas que, en otro lugar del mundo, a nadie se le pasarían por la cabeza.
Ataca las propias esencias de la persona.
Dejó escapar un suspiro, en el que, no obstante, se adivinaba una
extraña expresión de placer; una sonrisa de resignación y de alivio pasó
fugazmente por sus duras facciones. El gran placer del abandono ya se había
apoderado de él.
—Pero incluso las creencias deben estar basadas en algún tipo de
experiencia —objeté—. Me producía espanto hablar de su enfermedad espiritual
enmascarándola tras aquellas alusiones indirectas. Mi única excusa es que era
evidente que él se prestaba gustosamente a ello.
De forma inmediata expresó su asentimiento.
—Algún tipo de experiencia siempre hay —dijo en tono misterioso—. Habla
con la gente que vive aquí, pregunta a cualquiera que piense un poco o que
tenga una imaginación mínimamente despierta. Sea cual sea la frase con que la
formulen, siempre obtendrás la misma respuesta. Incluso los turistas y los
simples funcionarios lo sienten. Y no es cosa del clima, no es cosa del estado
nervioso, no es ninguna tendencia concreta que puedan nombrar o identificar.
Tampoco se trata de que la mente se halle imbuida de la magia del Oriente. Es
algo que empieza por arrancarte de tu vida habitual y que, más adelante, te
arranca la propia vida a la que estás acostumbrado. Al final renuncias
voluntariamente a un Presente que no te aporta nada. Además, una vez que la
puerta se ha abierto... ya no valen medias tintas.
Era tan innegable la verdad que encerraban aquellas palabras que no se
me ocurrió ninguna réplica que fuera lo bastante consistente como para forzarle
a rectificarlas. De hecho, todos los
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intentos que hice en ese sentido resultaron inútiles. Tenía la intención
de partir; mis palabras no le iban a detener. Quería un testigo —la soledad de
la marcha le horrorizaba— pero no toleraba ninguna interferencia. Lo
contradictorio de aquella situación hacía que tanto nuestro corazón como
nuestra mente se hallaran en un estado de perplejidad. El ambiente que se
respira en esa tierra mayestática, tan insignificante hoy en día y tan
grandiosa en el pasado, contribuía sin duda a que se produjera la apertura de
unos horizontes espirituales que revelaban unas posibilidades asombrosas.
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Blackwood
7
Fue durante unos días sin viento de un espléndido mes de diciembre
cuando Moleson, el egiptólogo, nos localizó e hizo una visita relámpago a
Helouan. Aunque sus obligaciones le llevaban de un extremo a otro del país, al
parecer podía disponer libremente de su tiempo. Su estancia entre nosotros se
prolongó. Su llegada introdujo un elemento nuevo que no sabría muy bien cómo
evaluar, aunque en términos generales el efecto que produjo en mi compañero fue
el de hacer más patente su alteración. Subrayaba el cambio que se había
producido en él y lo hacía más palpable. Me pareció advertir también que su
presencia no era bien recibida. «Jamás hubiera esperado encontrarte aquí»,
había dicho Moleson, soltando una risotada, cuando se encontraron; sin que
quedara muy claro si se refería a Helouan o al hotel. Mi impresión personal fue
que se refería a ambos, y recordé entonces mi fantasía sobre lo apropiado que
era aquel hotel para esconderse. George Isley no había podido contener un
ligero sobresalto cuando le trajeron la tarjeta de visita a la hora del té.
Tuve la impresión de que había intentado escaparse de su antiguo colega. Pero
Moleson le había encontrado.
—He oído decir que estabas con un amigo y que te estabas planteando la
posibilidad de emprender nuevos expe... trabajos — Moleson sustituyó
rápidamente la palabra «experimentos» por aquella otra.
—Como tú mismo puedes ver, lo primero es cierto, pero no lo segundo
—replicó con sequedad mi compañero. En su tono se apreciaba cierto matiz de
antipatía que bien hubiera podido interpretarse como hostilidad. Me di cuenta
no sólo de que los dos se conocían desde hacía mucho, sino que, además, se
conocían muy bien. En sus palabras, en sus gestos y en sus miradas se percibía
un trasfondo cuyo significado no alcanzaba a captar ¡Tramaban algo; o al menos,
habían estado tramando algo; algo de lo que Isley se habría desentendido con
gusto de haber sido posible!
Moleson era una persona ambiciosa y llena de energía, que vivía para su
profesión, mostrándose igualmente receptivo a la vertiente poética y al lado
práctico de la arqueología, y la primera impresión que me causó fue plenamente
satisfactoria. Un don natural para aquella disciplina le había granjeado el
éxito y una cierta fama a una edad bastante temprana. Sus conocimientos eran
enciclopédicos y muy precisos; y su mente estaba empapada de la sabiduría de
aquella civilización extinta. Tras una apariencia externa ligeramente
descuidada se adivinaba una naturaleza apasionada y compleja. No podía dejar de
observar con interés a aquel hombre para quien el viejo culto solar de unos
tiempos precientíficos conservaba una belleza tan verdadera como real. Muchos
aspectos de su libro, que en su momento me sorprendieron, se volvían
inteligibles ahora que conocía a su autor. No sabría dar detalles de cómo
sucedía aquello,
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pero el caso es que había algo en su persona que lo hacía posible.
Aunque se trataba de un hombre moderno hasta la médula, y estaba al tanto de
todas las tendencias de última hora, parecía ocultar dentro de sí otro yo que
adoptaba una actitud de desapego y digna indiferencia hacia los intereses que
centraban la atención de su espíritu «cultivado». Por así decirlo, sabía leer
los secretos vitales que se hallaban tras las etiquetas de los museos. Si ha
habido alguna vez un hombre que pareciera recién salido de los tiempos
faraónicos ése era él. Al poco de conocernos, me di cuenta de que éste era
aquel hombre que tenía una capacidad de «resistirse y de protegerse»
extraordinarias, y que, dentro de los de su profesión, era «excepcional». Su
disposición de ánimo solía ser ligera y alegre, tenía un gran sentido del
humor, y su modo de enfrentarse a las cosas parecía indicar que consideraba que
la actitud más sana ante la vida era tomárselo todo a risa. Sin embargo, hay
risas que ocultan... otras cosas. Moleson, según pude colegir por las distintas
pistas que extraje de su conversación, sus actitudes y sus silencios, era un
ser profundo y singular. Fueran cuales fueran sus experiencias en Egipto había
sobrevivido a ellas de forma admirable. Existían por lo menos dos Moleson.
Aunque su personalidad, más que doble, a veces me parecía múltiple.
Era alto, delgado y enjuto, tenía la piel reseca y unas facciones tan
marchitas como las de una momia; como él mismo decía, mientras soltaba una
carcajada, la Naturaleza le había elegido físicamente para aquella profesión.
Lo cierto es que era fácil imaginarle arrastrándose a lo largo de los estrechos
túneles que conducen a las tumbas de arena o retorciéndose por sombríos
pasadizos en medio de un calor sofocante sin sentir la más mínima incomodidad.
En su mente había algo sinuoso, casi fluido, que se manifestaba también en su
cuerpo. A nadie le habría causado sorpresa descubrir que era capaz de
desplazarse en todas direcciones; hacia delante o hacia atrás... o incluso en
dos direcciones a un tiempo.
Aquella primera impresión se fue ahondando antes de que hubieran pasado
muchos días. Percibía en él una especie de irresponsabilidad, algo había en su
carácter que no era sincero, casi producía la sensación de no tener corazón.
Ciertamente su moral no era la habitual en estos tiempos, y había algo
escurridizo en su forma de pensar. Creo que el mundo moderno, por el cual no
sentía apego alguno, le confundía y le irritaba. La mera presencia de aquel
hombre bastaba para introducir una nota de inseguridad en el ambiente. El
interés que sentía por George Isley no difería mucho del que se puede sentir
por un «espécimen» psicológico. Recordé que en su libro describía el proceso de
selección de los individuos que habían de cumplir determinadas funciones en
aquel maravilloso culto, y entonces, como un relámpago, se me pasó por la mente
la idea de que... en fin, de que quizá Isley era la persona idónea para
desempeñar alguna función específica en sus actividades de recreación. Aquel
hombre era extremadamente observador, lo miraba
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todo de los pies a la cabeza, pero no lo hacía sólo con la vista;
parecía conocer las motivaciones y las emociones mucho antes de que éstas se
manifestaran por medio de acciones y gestos. Tenía la sensación de que también
yo le interesaba. Desde luego me miraba de arriba abajo con esa facultad de
observación interna que parecía salirle de forma automática.
Moleson no se alojaba en nuestro hotel —había elegido otro con más vida
social— pero venía con frecuencia a almorzar o cenar con nosotros, y a veces
pasaba la tarde en la habitación de Isley entreteniéndonos con sus dotes
pianísticas, cantando canciones árabes o salmodiando frases de los antiguos
rituales egipcios, acompañadas de ritmos de su propia cosecha. La vieja música
egipcia, tanto en su armonía como en su melodía, estaba mucho más desarrollada
de lo que yo imaginaba, pues según parece, la utilización del sonido tenía una
importancia capital en sus ceremonias. La forma en que interpretaba las
salmodias producía un efecto extraordinario, aunque no sabría decir si se debía
a la sonoridad de su voz, a la peculiar entonación ascendente con que pronunciaba
las vocales o a alguna otra razón más profunda. En cualquier caso, el resultado
era algo único. Conseguía que el Egipto enterrado saliera a la superficie; casi
se podía sentir cómo aquel Ente gigantesco entraba en la habitación. Desde el
momento en que empezaba el canto, su esplendor y su inmensidad se introducían
en la mente, acompañados siempre de una sensación de algo terrible y opresivo.
Aquel sonido encerraba en sí el reposo de la eternidad. Al poco rato de haber
estado oyendo esa música acudían invariablemente a mi cabeza imágenes del Valle
de los Reyes, de los templos abandonados, de titánicos semblantes de piedra, de
grandiosas efigies tocadas con signos zodiacales, pero sobre todo ... de los
dos Colosos gemelos.
Le comenté a Moleson esta última circunstancia.
—Es curioso que también usted sienta eso... quiero decir que es curioso
eso que usted dice —me respondió sin mirarme, pero dando a entender que
esperaba que yo hiciera aquel comentario—. En mi opinión, las efigies de Memnon
expresan lo que es Egipto mejor que todos los demás monumentos juntos. Como el
desierto, carecen de rasgos. Se podría decir que lo compendian, pero sin llegar
a pronunciar su mensaje. Porque, vera, no pueden hacerlo —dijo, soltando una
risa gutural—. No tienen ojos ni labios ni nariz; sus rasgos se han borrado.
—Y a pesar de todo, revelan el secreto... a aquellos que se molestan en
escucharlo, justamente porque carecen de palabras — apostilló Isley con un hilo
de voz—. Aún siguen cantando al amanecer —añadió en voz más alta, con un tono
casi desafiante que me sobresaltó.
Moleson se volvió hacia él, abrió la boca para decir algo, vaciló, y se
contuvo. Durante un rato permaneció en silencio. No soy capaz de describir qué
había en la fugaz mirada que intercambiaron que, por alguna razón en absoluto
obvia, consiguió ponerme en estado de
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alerta. Me puso los nervios de punta y sentí cómo un soplo de aire
gélido se deslizaba entre nosotros. Moleson volvió a girarse hacia mí.
—A veces casi tengo la sensación de haber sido un sacerdote de Amon-Ra
en una vida anterior, porque esto me sale de forma natural, como si lo
conociera por instinto —me dijo, riéndose, después de que yo le hubiera
felicitado por la música—. Recuerde que Plotino, a quien debemos la grandiosa
idea de que todo conocimiento no es sino recuerdo, vivió a tan sólo unas millas
de aquí, en Alejandría —dijo con cínico regocijo—. Al menos en aquellos tiempos
—añadió con un tono muy significativo—, los cultos eran auténticos y los
ceremoniales sí que expresaban grandes ideas y enseñanzas. Tenían fuerza. —Tras
aquellas palabras contradictorias se adivinaban dos Molesons distintos.
Me fijé que Isley se movía inquieto en su asiento; por algunos de sus
gestos se podía colegir el desasosiego que sentía. Durante un momento ocultó el
rostro entre las manos, luego suspiró e hizo un movimiento como si tratara de
evitar algo que iba a ocurrir. Pero Moleson se resistió a su intento de cambiar
de conversación, aunque a partir de aquel momento el tono de la misma varió
ligeramente de forma natural. Abundaban las ocasiones de este tipo en las que
me daba cuenta de que ambos trataban de orillar algo que había ocurrido, algo
que Moleson deseaba reanudar, pero que Isley parecía estar ansioso de diferir
lo máximo posible.
Por más que estudiaba la personalidad de Moleson nunca conseguía llegar
más allá de un cierto punto. Era astuto, sutil, con una inteligencia más aguda
que grande; y también era cínico y falso. Sin embargo, aunque no me veo capaz
de explicar por qué medios, llegué a otras dos conclusiones con respecto a él:
en primer lugar, me di cuenta de que no siempre había sido una persona
insincera y carente de sentimientos; y en segundo, que buscaba las diversiones
sociales con un propósito muy determinado y nada común. Creo estar bastante
seguro de que lo primero tenía que ver con la impronta que había dejado Egipto
en él, y en cuanto a lo segundo, debía ser parte del esfuerzo que realizaba
para resistir y autoprotegerse.
—Si no fuera por la diversión nadie aguantaría más de un año aquí sin
venirse abajo. La vida social se vuelve desenfrenada, alocada; la gente hace
cosas que nunca se les ocurriría hacer en sus propios países —señaló en cierta
ocasión, con un tono frívolo que apenas conseguía velar la trascendencia de lo
que decía—. Quizá ya lo habrá usted advertido —añadió mirándome de repente—. Ya
sabe cómo son las cosas en El Cairo y en otros lugares; la gente se entrega de
lleno a la diversión y se cometen todo tipo de excesos.
Asentí con la cabeza, aunque la forma en que lo expresaba me producía
una sensación un tanto desagradable.
—Es un antídoto —dijo, con un ligero tono mordaz—. Yo mismo solía
aborrecer el trato social. Pero ahora encuentro que la diversión —un poco de
juerga sana— tiene su importancia. Al cabo de cierto
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tiempo Egipto termina por sacarle a uno de quicio. La fibra moral
comienza a fallar. La voluntad se debilita —y al decir aquello miró
disimuladamente a Isley como indicando lo que quería decir—. Quizá sea el
contraste entre la fealdad del presente y la magnificencia del pasado —añadió
con una sonrisa.
Isley, por todo comentario, se encogió de hombros, y Moleson aprovechó
para contar los casos de algunos amigos y conocidos sobre los cuales Egipto
había ejercido una influencia perniciosa: Barton, un maestro formado en Oxford,
que se empeñó en vivir en una tienda de campaña hasta que, finalmente, las
autoridades le relevaron de su puesto. Fue entonces cuando, impulsado por una
fuerza irresistible, se marchó con su tienda a vagar por el desierto, dejando a
un lado cualquier tipo de consideración práctica. Aquel anhelo se había
apoderado de él, aunque nunca supo definir exactamente qué era lo que le había
impulsado a hacer aquello. Su equilibrio mental terminó por resentirse.
—Pero ya se encuentra recuperado; precisamente este mismo año le vi en
Londres. No sabía explicar lo que había sentido o por qué hizo aquello. Eso
sí... se le ve cambiado.
También habló de John Lattin, que había padecido un terrible acceso de
agorafobia en el Alto Egipto; de Malahide, a quien la fascinación del Nilo
había inducido una manía suicida que le había llevado a cometer repetidos
intentos de ahogarse; de Jim Moleson, un primo suyo (que había acampado en
Tebas con Isley y con él), que se había visto atacado súbitamente por un
extraño tipo de megalomanía en medio de aquellas inmensidades de arena. Todos
ellos se habían curado completamente tan pronto como abandonaron Egipto, aunque
también, todos y cada uno de ellos, habían cambiado y sufrido una
transformación en lo más profundo de sus almas.
Hablaba de un modo vago y deshilvanado, y muchas de las cosas que
contaba eran descabelladas, como si pretendiera desafiar a que se le
contradijera. Sin embargo, había en todo ello algo que imponía, seguramente a
causa de un efecto de acumulación emotiva.
—Los monumentos no impresionan meramente por su tamaño, sino también por
su majestuosa simetría —recuerdo que dijo en otra ocasión—. Basta con fijarse
en la forma que eligieron; pensemos en el caso de las Pirámides, por ejemplo.
Ninguna otra forma hubiera sido posible: la cúpula, el cubo, el cono;
cualquiera de ellas habría resultado del todo inadecuada. La combinación de un
volumen en forma de cuña, unos cimientos inmensos y un vértice apuntado
constituyen la expresión perfecta en materia de contorno. ¿Acaso cree usted que
alguien que no llevara esa misma grandeza dentro de sí hubiera elegido
semejante forma? No fueron unas mentes desequilibradas quienes concibieron las
magníficas y armoniosas estructuras de los templos. En sus conciencias había un
esplendor majestuoso que sólo puede nacer de la verdad y la sabiduría. El poder
de sus imágenes es una expresión directa de unas realidades eternas y
esenciales que ellos conocieron.
Descenso a Egipto Algernon
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Le escuchábamos en silencio. Se dejaba llevar por el entusiasmo que
sentía por aquel tema. Pero detrás de su tono desenfadado y de las preguntas
burlescas latía un apasionamiento que me resultaba inquietante. Tenía la
sensación de que, poco a poco, se iba aproximando un clímax que tanto para él
como para Isley iba a ser cuestión de vida o muerte. Sin embargo, no conseguía
descifrar aquel misterio. La simpatía que sentía por Isley me permitía
participar un poco de lo que estaba ocurriendo, pero no lo suficiente como para
comprenderlo del todo. Me di cuenta de que también él estaba intranquilo,
aunque tampoco alcanzaba a explicarme el motivo.
—Casi es posible creer —continuó— que aún flota en el ambiente parte del
espíritu de los tiempos antiguos —había entrecerrado los ojos, pero pude captar
el brillo que desprendían—. Es algo que afecta a la mente a través de la
imaginación. En algunos casos puede llegar a alterar la propia perspectiva
sobre la realidad. Arrastra consigo las almas hacia unas condiciones de
existencia radicalmente distintas a las actuales que, prácticamente, debieron
representar un estado de conciencia de otro orden.
Hizo una pausa y alzó la vista hacia nosotros.
—La intensidad de las creencias en aquellos tiempos era asombrosa
—prosiguió, en vista de que ninguno de nosotros le contradecía—. Eso es algo
que en el mundo de hoy en día no se puede encontrar en ninguna parte. Poseían
una autenticidad y una solidez que... bueno, lo que quiero decir es que no se
trataban de meras especulaciones teóricas. Es como si hubiera algo en el clima,
en la posición exacta que ocupa esta franja de tierra en relación con las
estrellas, en su «postura» con respecto al sol, que hiciera más sutil el velo
que separa a la humanidad... de otras realidades. Como es bien sabido, las
divinidades de su panteón no eran meros ídolos. Todos, los animales, los
pájaros, los monstruos y cualquier otra cosa que quieran añadir, tipificaban
fuerzas espirituales y energías que afectaban a su vida cotidiana. Pero lo
fundamental es lo que sabían. Un pueblo científico como aquél no se traga
cualquier superstición absurda. Eran capaces de fabricar colores que podían
durar seis mil años, incluso al aire libre; y aun careciendo de instrumentos de
precisión, medían con exactitud la precesión de los equinoccios; un cálculo
enormemente difícil y complejo. ¿Ha estado en Denderah? — dijo de pronto,
dirigiéndose a mí—. ¿No? Bueno, esas mentes que alcanzaron a comprender el
significado de los signos del zodiaco, ¡cómo iban a creer que Hathor era una
vaca!
Isley tosió. Iba a interrumpirle, pero antes de que pudiera encontrar
las palabras adecuadas, Moleson volvió a la carga; en su tono de voz y en sus
ademanes se apreciaba un rasgo nuevo que resultaba casi agresivo. Lo que dejaba
entrever tras aquellas palabras iba mucho más allá de las meras insinuaciones.
Hablaba con una convicción extraña y profunda. Parecía estar tratando de
orillar alguna cuestión crucial que su compañero y él conocían, aunque creo
que, en realidad, su verdadero propósito era comprobar hasta qué
Descenso a Egipto Algernon
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punto yo era vulnerable, hasta dónde llegaba mi identificación con
ellos. En cualquier caso, aquella cuestión tan importante era algo que George
Isley y él compartían. Tenía la impresión de que debía estar basado en algún
tipo de conocimiento que les habría sido desvelado a través de sus
experimentos.
—Piense en las grandes enseñanzas de Ajenatón, ese joven faraón que
regeneró todo el país y lo condujo a una inmensa prosperidad. Predicaba el
culto al sol, pero no al sol visible. Aquella deidad no tenía una figura, una
forma. El gran disco de la gloria no era más que su manifestación; cada uno de
sus rayos acababa en una mano que bendecía el mundo. Era el dios de la energía,
del amor y del poder eternos y, sin embargo, los hombres tenían un acceso
directo a él en su vida cotidiana, podían adorarlo al amanecer y al crepúsculo
con la más intensa de las devociones. ¡No hallará en eso ningún asomo de esas
mascaradas antropomórficas!
Sus palabras rebosaban entusiasmo. En ese mismo instante bajó la voz y
su tono cambió imperceptiblemente. Seguía mirándome con los ojos entornados.
—Y otra cosa que sabían muy bien —dijo casi en un susurro—, es que con
la precesión de su deidad a través de los cambios equinocciales, nuevos poderes
descendían sobre el mundo de los hombres. Cada ciclo —cada signo zodiacaltraía
consigo unos poderes específicos que rápidamente eran tipificados en las
monstruosas efigies que hoy en día catalogamos en nuestros aburridos museos.
Cada uno de estos signos empleaba cerca de dos mil años en completar su
trayecto. Pero lo verdaderamente importante es que cada uno de ellos traía
aparejado un cambio en la conciencia humana. Existía una relación entre los
cielos y el corazón humano. Todo eso sabían. Mientras el sol iba atravesando
lentamente el signo de Tauro, adoraban al toro; cuando pasaba por Aries, sus
símbolos de granito aparecían cubiertos con la figura del carnero. Entonces,
como recordará, en un momento en que ellos, tras haber alcanzado su gran cenit
se hundían ya en el ocaso, con la llegada de Piscis se produjo el Nuevo
Advenimiento y se eligió al pez como emblema del cambio de poderes que
encarnaba en la figura de Cristo. Porque, según creían, el alma humana se hace
eco de los cambios que se producen en el inmenso viaje a través del zodiaco de
la deidad primigenia de la que proviene y la clave de cualquier manifestación
de vida se encuentra siempre en la vieja verdad de que «lo de abajo es reflejo
de lo de arriba». Ahora que el sol está a punto de entrar en Acuario, nuevos
poderes se ciernen sobre el mundo. Lo antiguo —lo que ha existido durante dos
mil años— de nuevo se tambalea, decae y muere. A nuestra puerta llaman nuevos
poderes y una nueva conciencia. Ha llegado la hora del cambio. También —y al
decir aquello se echó hacia delante de tal modo que sus ojos me contemplaron
desde muy cerca —, la hora de hacer que se produzca ese cambio. El alma puede
elegir sus propias condiciones de vida. Puede...
Un repentino estruendo tapó el resto de la frase. Una silla había
Descenso a Egipto Algernon
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caído produciendo aquel estrépito al golpear contra el trozo de suelo
que la alfombra dejaba al descubierto. Ignoro si Isley había tropezado con ella
al ir a levantarse o si la había derribado a propósito. Lo único que sé es que
se había levantado bruscamente y que, con la misma brusquedad, volvió a
sentarse. Tuve la extraña sensación de que, de algún modo, aquello era una
señal convenida de antemano. Fue algo demasiado repentino. Además, cuando
habló, su voz me sonó forzada.
—Muy bien, me parece que ya se ha hablado bastante del tema, Moleson —le
interrumpió con un tono desabrido—. ¿Qué tal si nos tocas una canción?
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
8
Habíamos subido a la habitación de Isley después de la cena, y hasta
aquel súbito arrebato, había permanecido todo el tiempo sentado en una esquina
sin apenas decir palabra. Moleson se levantó lentamente y se dirigió en
silencio hacia el piano. Creí ver —¿o serían simplemente imaginaciones mías?—
cómo una nueva expresión pasaba fugazmente por aquel rostro ajado. Estaba
maquinando algo.
Desde ese preciso instante —desde el momento en que se levantó y cruzó
la gruesa alfombra— me sentí fascinado por aquel hombre. La atmósfera que había
creado su charla y sus historias permanecía. Sus finos dedos comenzaron a
recorrer el teclado. Al principio, tocó diversos extractos de las comedias
musicales que estaban en boga. Era una música bastante agradable, pero que no
exigía que se le prestara excesiva atención; la oí sin escucharla. Tenía la
mente en otras cosas: pensaba su forma de andar. La manera en que había
recorrido aquel trecho de alfombra transmitía poder. Tenía un aspecto distinto,
no era el mismo hombre de antes; había cambiado. Curiosamente —como aún ahora
me ocurre a veces con Isley— me pareció más grande. A partir de entonces, de un
modo que era a la vez cautivador y opresivo, la autoridad que emanaba de su
presencia se apoderó de mi imaginación.
Abandoné mi asiento en el otro extremo de la habitación y me dejé caer
en una silla que se encontraba más cerca del piano, junto a una de las
ventanas. Entonces me di cuenta de que también Isley se había vuelto para
mirarle. Pero no era exactamente el Isley que yo conocía, aunque aquel cambio
más que verlo, lo sentí. Ambos habían sufrido una ligera transformación. Sus
cuerpos parecían haberse expandido y su silueta se había difuminado.
Isley, tenso y preocupado, alzó la vista hacia el intérprete. La
expresión de su cara ponía de manifiesto que su mente de otras épocas intentaba
seguir aquella música ligera, pero que hacerlo le suponía una gran dificultad,
un esfuerzo inmenso, casi un combate.
—Toca eso otra vez, ¿quieres? —se le oía decir de vez en cuando.
Trataba de apoderarse de esa música, de recuperar por medio de ella su
ligazón con el presente, de aferrarse a una estructura mental que ya había
desaparecido, de agarrarse a ella con todas sus fuerzas; todo para descubrir
finalmente que hacía ya mucho tiempo que había caído en el olvido, que era
demasiado frágil. Ya no le sostenía. Estoy convencido de que eso era lo que
ocurría y de que había adivinado su estado de ánimo. Luchaba por reencontrarse
a sí mismo tal y como había sido, pero todo era inútil. Le observé atentamente
mientras permanecía sentado en aquella esquina envuelto en penumbra. El gran
piano negro se interponía entre nosotros. Por encima de él asomaba la figura
enjuta y medio velada de Moleson, balanceándose
Descenso a Egipto Algernon
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mientras tocaba. Por la habitación parecía flotar un débil susurro:
«Estás en Egipto», decía. En ningún otro lugar del mundo habría prendido en
nosotros con tanta facilidad ese extraño sentimiento lleno de premoniciones y
presagios. Me daba cuenta de que a los tres nos embargaba una profunda emoción.
Cualquier cosa que me recordara al presente, por nimia que fuera, me resultaba
desagradable. Anhelaba un antiguo esplendor que ya había dejado de existir.
Tenía los cinco sentidos puestos en lo que estaba ocurriendo, porque
había advertido que el comportamiento de Moleson respondía a un plan
preconcebido y deliberado. Lo había sopesado todo cuidadosamente; y no era muy
difícil imaginar el propósito que albergaba. Era Egipto lo que trataba de
interpretar a través del sonido; expresaba algo que para él era verdadero para
después observar cuál era su efecto, y mientras tanto, nos iba hábilmente
conduciendo... hacia el pasado. Iniciaba el recorrido por el presente,
ejecutaba la música con agudeza y convencimiento, y conseguía que las notas
parecieran estar cargadas de significado. Poseía la habilidad de evocar un
ambiente real y, en un principio, fue ese ambiente al que solemos denominar
moderno. Reflejaba vívidamente el espíritu londinense; de las ramplonas
melodías de los musicales, del nervio del ragtime y de la sensualidad del tango
pasaba a los acordes más elevados de las salas de conciertos y de los círculos
«cultos». Pero no lo hacía con brusquedad. Cambiaba de registro con suma
destreza, y al hacerlo, cambiaban también nuestras emociones. Aunque
interpretadas de una forma un tanto paródica, reconocí algunas de las grandes
novedades del momento: las turbulencias de Strauss, la dulzura pagana del
primitivo Debussy, las extravagancias y el éxtasis del metafísico Scriabin.
Conseguía traer a aquel salón privado de un hotel situado en medio del desierto
la amalgama del presente en sus dos extremos; y mientras, George Isley, que le
escuchaba atentamente, se revolvía inquieto en su silla.
—Après-midi d'un faune —dijo Moleson con voz soñadora, cuando le
pregunté qué había tocado—. Ya sabe, Debussy. Y lo anterior era del Till
Eulenspiegel; Strauss, naturalmente.
Hablaba arrastrando las palabras y haciendo una pausa entre cada una de
ellas, sin dejar en ningún momento de balancearse suavemente al compás de la
música. No parecía prestar mucha atención a sus oyentes y en su voz se
apreciaba no sé qué matiz que hacía que aumentaran mi inquietud y mis temores.
Isley me preocupaba. Tenía la sensación de que algo iba a ocurrir y de que era
precisamente Moleson quien lo estaba provocando. Lo que su modo de andar
revelaba de forma inconsciente, se manifestaba ahora conscientemente en su
música; era algo que provenía de aquella parte de su personalidad que se
hallaba oculta. Un hechizo, un sutil cambio, se iba extendiendo misteriosamente
por la sala y, de paso, también por mi corazón. Mi capacidad para enjuiciar las
cosas me abandonaba, era como si mi mente se deslizara hacia atrás y fuera
perdiendo todas las referencias que le resultaban familiares.
Descenso a Egipto Algernon
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—Tienen ese tono inequívocamente moderno, ¿verdad? —dijo Moleson,
arrastrando las palabras—. Esa especie de agudeza — intelectual, supongo— ese
ingenio superficial, nada que sea profundo o permanente, tan sólo el brillo
sensacionalista de lo actual —se volvió hacia mí y, durante un instante, me
miró a los ojos—. Nada imperecedero —añadió con un tono imponente—. Expresa
todo lo que conoce... que no es mucho.
Mientras decía aquello la habitación pareció volverse más
insignificante; una sombra mucho mayor que ella cubría ahora sus pequeñas
paredes. A través de las ventanas se filtraba furtivamente un gesto de
eternidad. La atmósfera se expandía visiblemente. En ese momento Moleson tocaba
una parte espléndida del Prometeo de Scriabin. Sonaba pobre y banal. Aquella
música moderna, toda ella, resultaba trivial y estaba completamente fuera de
lugar. Era casi ridícula. De forma imperceptible la escala de nuestras emociones
se revestía ahora de una profundidad cuyo nombre, por más que se busque, no se
encontrará en ningún diccionario, pues pertenece a otra era. Miré las ventanas,
donde enmarcadas por columnas de piedra, se distinguían oscuras vistas del
grandioso Egipto, que allá afuera nos escuchaba. No había luna, pero
suspendidos en el cielo resplandecían nutridos destacamentos de estrellas. Me
sobrecogí al pensar en el misterioso conocimiento que aquel pueblo desaparecido
tenía de aquellas estrellas y del inmenso viaje del sol por el zodiaco...
Entonces, con la pasmosa inmediatez de un sueño, una imagen se destacó
sobre el cielo estrellado. Flotando entre el cielo y la tierra,
vi pasar a gran velocidad un
panorama de los majestuosos templos egipcios, encabezados por los de Denderah,
Edfu, y Abú Simbel. De pronto se detuvo, se mantuvo inmóvil en el aire, y
desapareció. Al desvanecerse dejó tras de sí una atmósfera de una solemnidad
inconmensurable. La contemplación de algo tan vasto moviéndose por el aire
pausadamente, pero con soltura, hizo que mi sentido de la medida se trastocara
por completo. Traté de convencerme de que aquello no era más que un recuerdo
que había adquirido una realidad objetiva debido a algo que la música había
evocado, y sin embargo, no pude evitar pensar que, en breve, todo Egipto
—Egipto tal y como había sido en el cenit de su irrecuperable pasado—
comenzaría a desfilar por el cielo. Tras el tintineo de aquel piano moderno
sonaba el rumor de una multitud en marcha, el pesado caminar sobre la arena de
innumerables pasos... la percepción había sido extraordinariamente vívida.
Había hecho que se detuviera algo que, por lo general, fluía dentro de mí.
Cuando volví la cabeza hacia la habitación para hacer partícipes a mis
compañeros de mi extraña experiencia, vi que los ojos de Moleson estaban fijos
en los míos. La luz que desprendían me traspasaba, y comprendí que, de alguna
manera, era él quien habían evocado aquella ilusión. En aquel momento Isley se
levantó de su silla. Lo que había estado esperando vagamente parecía estar a
punto de ocurrir. Justo entonces el intérprete decidió cambiar de música.
—Puede que ésta les guste más —susurró, como si hablara
Descenso a Egipto Algernon
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consigo mismo, pero con una especie de reverberación—. Es más apropiada
para el lugar. —Su voz resonaba como si emergiera de alguna cavidad
subterránea—. La otra parece casi sacrílega... aquí. — Comenzó a arrastrar la
voz, siguiendo el ritmo de las modulaciones más cadenciosas que ahora estaba
tocando. Su sonido se había vuelto más opaco. Además, daba la impresión de que
la música no provenía del piano, sino de él mismo.
—¿Lugar? ¿Qué lugar? —preguntó al instante Isley, volviendo
repentinamente la cabeza mientras decía aquellas palabras. Su voz sonaba tan
remota que me produjo escalofríos.
El músico se rió para sí.
—Lo que quiero decir es que este hotel no pinta nada en este lugar
—susurró mientras atacaba las notas con suavidad y maestría—
; y que, bien pensado, esto no
es más que una mera fachada. Donde de verdad estamos es en el desierto. Los
Colosos están ahí fuera, y todos los templos. O, al menos, así debería ser
—añadió alzando bruscamente la voz y dirigiéndome una mirada.
Se irguió en su asiento y se quedó mirando fijamente al cielo estrellado
por encima de los hombros de George Isley.
—¡Eso es a lo que cantamos y es ahí donde estamos! —exclamó con
reveladora vehemencia; de inmediato su voz se alzó hasta convertirse en un
rugido—. Eso —repitió—, es lo que arrebata nuestros corazones. —El volumen de
su entonación era asombroso.
La forma en que había pronunciado aquella palabra ponía al descubierto
la corriente secreta de su vida que se ocultaba tras esa capa externa de
cinismo y de risas, y explicaba el porqué de su falta de corazón. También él
vivía en cuerpo y alma en el pasado. «Eso» era más revelador que cientos de
páginas llenas de descripciones. Su corazón vivía en las naves de los templos;
su mente estaba ocupada en desenterrar un saber olvidado; su alma se había
vuelto a revestir con la seductora gloria de la antigüedad. Animado de una
existencia regenerada mágicamente, moraba en el esplendor reconstruido de lo
que para la mayoría de la gente no es más que un montón de ruinas. George Isley
y él habían resucitado un poder que los atraía hacia el pasado; pero mientras
que el primero de ellos aún se resistía, el segundo ya había establecido allí
su hogar permanente. La misma facultad que me había permitido ver la procesión
de los templos hacía que viera también que aquello era absolutamente
irreversible. El hombre que estaba sentado al piano se me mostraba en toda su
desnudez. Ahora lo veía tal y como era. Ya no se ocultaba tras aquella máscara
de burlas y risas sardónicas. Hacía tiempo que se había abandonado, que se
había perdido, que se había marchado; y desde el lugar en que ahora habitaba su
alma, observaba cómo George Isley se iba hundiendo para unirse con él. Vivía en
el antiguo Egipto subterráneo. Aquel gran hotel se levantaba en un equilibrio
precario sobre una finísima capa de desierto. En el exterior, casi al alcance de
nuestras voces, se hallaban miles de tumbas, cientos de
Descenso a Egipto Algernon
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templos. Moleson se había fundido con «eso».
Aquella intuición, como las imágenes que había visto en el cielo, se me
pasó por la cabeza como un relámpago; y ambas eran ciertas.
La nueva pieza que entretanto había empezado a tocar, poseía una fuerza
arrolladora que no soy capaz de describir. Era sombría, majestuosa, solemne.
Transmitía la misma fuerza que se apreciaba en su forma de andar. Parecía venir
de muy lejos; pero su lejanía no era meramente espacial. En aquella música
alentaba también el sentimiento de un tiempo muy remoto, acompañado de esa
extraña tristeza y ese anhelo melancólico que suelen evocar los largos
intervalos temporales. Se desplazaba a una gran distancia; sus estribillos
recogían los ritmos de las multitudes que los siglos habían hecho enmudecer;
sonaba como una canción, pero su canto discurría por pasadizos subterráneos
cubiertos de múltiples capas de fina arena que apagaban su sonoridad. A través
de él retumbaban los suspiros de los vientos perdidos y errantes. El contraste
que producía tras haber escuchado aquella otra música moderna y vulgar era
devastador. Y, sin embargo, el cambio se había producido con toda naturalidad.
—En cualquier otro lugar sonaría vacío y monótono; en Londres, por
ejemplo —oí que decía Moleson, arrastrando las palabras mientras se balanceaba
de uno a otro lado—. Pero aquí suena grandioso y espléndido... verdadero. ¿Oyen
lo que les digo? —añadió con gravedad—. ¿Lo entienden?
—¿Qué es? —preguntó Isley con voz sorda, antes de que yo pudiera abrir
la boca—. No lo recuerdo bien. Al oírlo me entran ganas de llorar... no sé si
podré soportarlo. —El final de su frase apenas si llegó a salir de su garganta.
Mientras le contestaba no era a él a quien miraba Moleson. Era a
mí.
—Deberías saberlo —respondió con una voz que parecía oscilar siguiendo
el ritmo de la música—. No es la primera vez que lo escuchas; es ese cántico
del ritual que nosotros...
Isley se puso de pie de un salto y le detuvo. No oí el final de la
frase. Como una exhalación se me pasó por la cabeza la idea de que las voces
con las que hablaban no eran las suyas. Por más descabellado que pueda sonar,
imaginé que á quienes estaba oyendo era a los dos Colosos, cantándose el uno al
otro al amanecer. Los más extravagantes pensamientos cruzaban por mi mente.
Parecía como si esos símbolos eternos del cosmos, descubiertos y adorados en
aquella antigua tierra, hubieran cobrado una espantosa vida. Mi conciencia se
había vuelto envolvente. Tenía la inquietante sensación de que las edades se
habían salido de su sitio y me llevaban consigo; me dominaban; me hacían perder
pie y me arrastraban en su corriente. Tiraban de mí hacia atrás. También yo cambiaba...
aquello me estaba cambiando.
—Ahora lo recuerdo —dijo suavemente Isley. En su tono se
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apreciaba la adoración de un devoto y, no obstante, denotaba también
angustia y tristeza; había dejado que el presente le abandonara del todo, y al
comprobar cómo las últimas ataduras que le ligaban a él se rompían, sentía
dolor. Imaginé que oía cómo su alma pasaba delante de mí y se alejaba
sollozando hacia las profundidades.
—La cantaré —susurró Moleson—, necesita voz. ¡El sonido y el ritmo son
absolutamente gloriosos!
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
9
Inmediatamente comenzó a entonar una serie de cadencias largas y
arrastradas que parecían contener los sonidos primigenios de todas las lenguas
que alguna vez habían existido en el mundo. El hechizo que entonces se apoderó
de mí se podía tocar y palpar. Estaba atrapado en una tela de araña; tenía los
pies y los brazos enredados y un velo de finos hilos se entretejía en torno a
mis ojos. La fuerza cautivadora de aquel ritmo imprimía a mi alma una especie
de movimiento mágico. A mi alrededor, próxima y lejana a un tiempo, la vida
comenzaba a palpitar en las moradas de los muertos y en los corredores de las
colinas de hierro. Tebas estaba en pie y Menfis florecía a orillas del río. El
mundo moderno se tambaleaba y caía ante aquel sonido que restauraba el pasado;
y era precisamente en aquel pasado donde los dos hombres que estaban delante de
mí vivían y tenían su verdadero ser. Las tormentas de la vida presente pasaban
flotando sobre sus cabezas, mientras ellos habitaban bajo tierra, desdibujados,
perdidos. Montados en aquella ola de sonido descendían hacia el reino que
habían recobrado.
Me puse a temblar, me revolví con violencia e hice ademán de levantarme,
pero al instante volví a dejarme caer, resignado e impotente. Según parecía, el
mero hecho de estar con ellos bastaba para que quedara sujeto a los mismos
términos que regulaban su extraña cautividad. Mis pensamientos, mis
sentimientos, mi propia perspectiva de las cosas, habían sido transferidas a
algún otro lugar. Incluso mi conciencia se estaba transformando. Veía las cosas
bajo otro prisma... el prisma de la antigüedad.
Una vez que el presente cayó en el olvido y el pasado reinó soberano,
perdí todo sentido de la Realidad. La habitación se convirtió en una diminuta
imagen en una gota de agua, mientras el mundo subterráneo, transformado en algo
inmenso, la reemplazaba. Mi corazón comenzó a latir siguiendo el ritmo lento y
majestuoso de algo que había existido en unos tiempos muy lejanos. Todas las
dimensiones crecieron; quedé atrapado en unas medidas colosales y las
magnitudes se volvieron tan monstruosas que borraron de un plumazo todo sentido
de la proporción. Una mano resplandeciente como el sol me agarró y me depositó
en aquella telaraña temblorosa junto a mis dos compañeros. Oí el crujido de los
hilos al reajustarse tras recibir mi cuerpo; oí el sonido de pies que se arrastraban
por la arena; oí los susurros que provenían de las moradas de los muertos.
Escuché sus voces en las oscuras cámaras excavadas en la roca. Las antiguas
galerías habían despertado. La vida de unas edades olvidadas se congregaba a mi
alrededor formando turbulentas multitudes.
La realidad de una experiencia tan increíble se evapora al tratar de
expresarla mediante el fluir del lenguaje. Sólo puedo dar fe de una cosa
verdaderamente singular: incluso el conocimiento más profundo
Descenso a Egipto Algernon
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y más satisfactorio que el Presente pueda ofrecernos palidecía al lado
de la robusta majestad del Pasado que le había usurpado su puesto por completo.
Aquella habitación moderna que contenía un piano y dos figuras humanas del
Presente, parecía una miniatura ridícula prendida de una inmensa cortina
transparente, tras la cual se vislumbraba, en un primer plano, una multitud de
símbolos de templos, esfinges y pirámides, pero que al fondo, se abría a un
esplendoroso paisaje de un magnífico color gris donde las ciudades de los
Muertos se sacudían la arena y abarrotaban todo el espacio hasta más allá de
donde alcanzaba la mirada.
...Las estrellas, el universo todo, lleno a rebosar de una vida
palpitante, se integró en aquella nueva realidad. Sentí pasar de largo vastos
períodos de tiempo... Me parecía estar viviendo hace milenios... Vivía hacia
atrás...
El tamaño y la eternidad de Egipto se apoderaron de mí con toda
facilidad. Su abrumadora grandeza echaba por tierra todos los parámetros del
presente. El paisaje entero se elevaba, se ponía en pie. El desierto se erguía,
los propios horizontes se levantaban; majestuosas figuras de granito
descollaban por encima del hotel, grandiosos rostros se cernían un momento en
el aire y pasaban flotando, gigantescos brazos se estiraban para arrancar las
estrellas y colocarlas en los techos de laberínticas tumbas. De cada una de
aquellas ruinas brotaba el colosal significado de aquella venerable tierra...
reconstruido... lleno de ardiente vitalidad.
Finalmente no pude resistirlo más. Estaba deseando que aquel zumbido
cesase, que disminuyera el prodigioso empuje de aquel ritmo. Mi corazón pedía a
gritos que regresara el resplandor dorado del sol iluminando el desierto, el
dulzor de la brisa a orillas del río, los reflejos color violeta sobre las
colinas al amanecer. Me resistí, hice un esfuerzo para regresar.
—¡Tu salmodia es espantosa! ¡Por Dios, toca una canción árabe... o algo
de música moderna!
El esfuerzo fue intenso, el resultado... nulo. Puedo asegurar que
aquéllas fueron exactamente mis palabras. Aunque probablemente nadie más lo
oyera, yo sí que pude oír el sonido de mi propia voz, pues recuerdo muy bien el
desaliento que sentí al comprobar cómo aquel inmenso espacio se lo tragaba,
convirtiendo lo que había sido un volumen considerable en un mero susurro,
similar al grito de un pájaro o de un insecto. En cualquier caso, la figura a
la que había tomado por Moleson, en vez de responderme o darse por aludida, se
limitó a crecer y a crecer como ocurre a veces en los cuentos de hadas. Eso es
todo lo que sé, que nadie me pida que lo explique. Aquella parte de mí que
empequeñecía y se limitaba a observar lo que ocurría a su alrededor registró
aquel efecto extraordinario como si fuera algo perfectamente natural... Moleson
estaba creciendo de forma espectacular.
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
Inmediatamente, la enorme fuerza de aquel hechizo entró en acción.
Experimenté el gozo del más absoluto abandono y el terror de ver partir todo lo
que hasta entonces me había parecido real. Comprendí la risa fingida de Moleson
y la sutil resignación de Isley. Una idea sorprendente pasó volando como un
pájaro por mi conciencia alterada: para que se produjera aquella resurrección
en el Pasado, para que tuviera lugar aquel renacimiento del espíritu al que
aspiraban, era necesario que cada uno de ellos adoptara por turnos la forma de
aquellos antiguos símbolos. Al igual que el embrión va englobando cada etapa de
la evolución que le precede antes de alcanzar la forma humana, las almas de
aquellos dos aventureros adoptaban los distintos emblemas de aquella apasionada
creencia. El adorador devoto adopta las cualidades de su deidad. Su
caracterización de toda la serie completa de las deidades del mundo antiguo era
tan verídica que yo mismo podía percibirlas e incluso llegar a objetivarlas
sensorialmente. El presente no era para ellos más que un estado prenatal; para
entrar en el pasado tenían que volver a nacer.
Pero aquella espantosa transformación no afectaba tan sólo al semblante
de Moleson. Ambos rostros, agrandados hasta alcanzar la prodigiosa escala
propia de todo lo egipcio, producían una sensación mareante encerrados en
aquella pequeña habitación moderna. El símil del espejo deformante no permite
hacerse una idea de ello, ya que la proporción entre las distintas partes no se
veía alterada. Perdí de vista sus fisonomías humanas, pero pude ver sus
pensamientos, sus sentimientos y sus corazones agigantados y transformados;
todo lo que Egipto ponía en ellos mientras les iba sustrayendo el amor por la
vida moderna. Poco a poco fueron adquiriendo una abominable majestad que era
enorme, misteriosa e inmóvil como las piedras.
El estrecho rostro de Moleson tomó primero la apariencia de un halcón, a
semejanza del siniestro dios Horus. Había sufrido una dilatación tan enorme que
descollaba por encima del piano haciéndolo parecer de juguete. Era un rostro
afilado, malévolo, monstruoso, ávido de presas; cada uno de sus brillantes ojos
despedía unos destellos tan vertiginosos como los del sol al amanecer. La forma
general que presentaba la silueta de George Isley, igualmente inmensa,
resultaba aún más majestuosa si cabe. La amplitud de sus hombros hacía pensar
en la Esfinge y su semblante evocaba el inescrutable poder de las hieráticas
imágenes cultuales de los templos. Éstas fueron las primeras manifestaciones de
aquella posesión, pero no tardarían en seguirles otras. En rápidas series, como
transparencias proyectadas en una pantalla, los antiguos símbolos pasaban como
una exhalación por aquellos dos rostros humanos agigantados y luego
desaparecían. Era imposible zafarse de aquello. Las sucesivas marcas parecían
superponerse como si fueran fotografías compuestas; cada una de ellas aparecía
y se desvanecía antes de que fuera posible reconocerlas, de modo que para
interpretar aquella alquimia interna tenía que recurrir a ciertos signos
externos con los que mis sentidos estaban más familiarizados. Egipto,
Descenso a Egipto Algernon
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al poseerlos, se expresaba a través de su aspecto fisico de esa forma
tan maravillosa, recurriendo a los símbolos de su intenso poder regenerativo...
Los cambios se fundían con tal rapidez que apenas podía captar ni la
mitad de ellos; pero, finalmente, aquella procesión culminó en una sola imagen
que se quedó impresa en sus rostros con una fijeza espantosa. Todas las series
se fusionaron. Me di cuenta de que esa imagen reunía en sí a todas las demás en
una síntesis que transmitía una sensación de sublime reposo. Aquella cosa
gigantesca se alzaba formando una increíble estatua. El espíritu de Egipto,
sintetizado en aquel símbolo monstruoso, los había eliminado. Vi las efigies
sedentes de los adustos Colosos; medio hundidos en la arena, cubiertos por la
noche, esperando el amanecer...
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
10
En aquel momento hice un supremo esfuerzo por recuperar mi identidad; un
esfuerzo para concentrar mi mente en el presente. Y al tratar de buscar algún
rasgo de Moleson y de George Isley, por pequeño que fuera, comprobé que no
encontraba ninguno. De la imagen tan familiar de mis dos compañeros no quedaba
ni rastro.
Durante un instante lo vi todo con la misma claridad con que veía aquel
pequeño y ridículo piano. Pero el instante se prolongó; la Eternidad de Egipto
permanecía. Aquella solitaria y formidable pareja había agachado los hombros e
inclinado sus espantosas cabezas. Estaban en la habitación. Las frágiles
estructuras de los dos adoradores humanos reflejaban la imagen del poder de
aquel Pasado imperecedero. La habitación, las paredes, el techo, habían
desaparecido. Las arenas y el cielo abierto los habían reemplazado.
Con los ojos a punto de salírseme de las órbitas contemplé a aquellos
dos titanes que se alzaban el uno junto al otro. Y como un niño que desde el
suelo de su cuarto tiene que hacer frente a sus propios gigantes, me quedé
petrificado, incapaz de moverme o de pensar. No podía dejar de mirarlos. Me
destrozaba la vista intentando descubrir a los dos hombres con los que estaba
familiarizado, pero lo único que encontraba era aquella visión simbólica. No se
distinguía con claridad. Sus rostros habían sufrido una dilatación formidable,
sus facciones se perdían en aquella insólita magnitud; los hombros, los cuellos
y los brazos se extendían inmensos por el espacio. Les ocurría lo mismo que al
desierto, conservaban cierta fisonomía, pero carecían por completo de expresión
individual; todo rasgo humano se desdibujaba completamente en aquella masa de
piedras resquebrajadas. No pude distinguir ni las mejillas ni la boca ni las
mandíbulas; tan sólo unos ojos cuarteados y unos labios de granito partidos.
Inmenso, inmóvil y misterioso, Egipto les iba moldeando y se los llevaba
consigo. Y entre ellos y yo, en una extraña perspectiva, se encontraba ese
absurdo símbolo del presente: un piano. Aquello era atroz. Durante un segundo
supe lo que era sentir un horror inconmensurable. Todo mi cuerpo se estremeció.
Me atravesaban oleadas de frío y de calor. Las fuerzas me abandonaron, y junto
a ellas, la capacidad de hablar y de moverme; era como si me encontrara en un
estado de absoluta parálisis.
Además, aquel hechizo no afectaba solamente a la habitación, sino que se
extendía también al exterior, estaba en todas partes. El Pasado se agolpaba
contra los propios muros del hotel. Todas las lejanías, espaciales o
temporales, se aproximaban. Aquella salmodia convocaba a aquellos titanes en
todo su antiguo esplendor. Un mar de sombras se agrupaba sobre las arenas a
nuestro alrededor. Advertí que aquel poderoso ejército, sin hacer ningún ruido,
cambiaba constantemente de posiciones: las pirámides se remontaban hacia el
cielo; las deidades pétreas adoptaban una
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
postura vigilante; los templos, con la misma solemnidad que debieron
tener en la noche de los tiempos, se alineaban en toda su prístina belleza; y
la silueta de la Esfinge, inmóvil pero amenazadora, se erguía en el aire. Una
inmensidad llamaba a otra.
...Transcurrían vastos intervalos de tiempo y las distancias eran
enormes, pero sin embargo todo sucedía en un mismo instante y dentro de un
espacio muy reducido. Todo aquello estaba ocurriendo aquí y ahora. La eternidad
susurraba en cada segundo, en cada grano de arena. Captaba múltiples detalles
de un golpe, pero en realidad tan sólo era consciente de una cosa: tenía frente
a mí al espíritu del antiguo Egipto, representado en aquellas dos formidables
figuras, y mi conciencia expandida, con gozo y dolor a un tiempo, era capaz de
abarcarlo todo, del mismo modo que Aquel espíritu nos incluía a mis
compañeros... y a mí.
Porque yo también guardaba cierto parecido con ellos. Un símbolo menor,
aunque de un tipo similar, también me había poseído. Traté de moverme, pero
tenía los pies encajados en una piedra; mis brazos estaban inmovilizados; mi
cuerpo entero se hallaba empotrado en una roca. La arena se estrellaba
violentamente contra mí, arrastrada hacia arriba en pequeños remolinos por un
viento helador. Aunque no sentía nada, podía oír el tamborileo de los granos
que chocaban desperdigados contra mi cuerpo endurecido...
Esperábamos la llegada del alba, cuando se produciría la resurrección de
la inmutable deidad que era la fuente y la inspiración de toda nuestra gloriosa
vitalidad... Soplaba un aire cada vez más fresco y penetrante. En la lejanía,
una franja rosada de cielo pasaba al violeta y al oro; pronto una delicada luz
rosácea se extendió por el desierto. En las alturas, el pálido brillo de las
pocas estrellas aún visibles se iba desvaneciendo y el viento que anunciaba el
amanecer comenzaba a levantarse. La tierra entera se detenía, esperando la
llegada de su poderoso Dios...
En medio de aquella pausa se escuchó un curioso sonido que, al parecer,
debíamos estar esperando, pues no me produjo ninguna sorpresa. En un primer
momento hubiera jurado que era George Isley que se había unido al canto de su
compañero. Tras aquel volumen atronador resonaban, aumentadas de manera
prodigiosa, las mismas notas y ritmos que antes había escuchado. Si en un
principio había sido la salmodia de Moleson la que había despertado aquella
voz, era ahora ella quien cantaba desde la lejanía de forma autónoma. Las
resonantes vibraciones de aquel canto habían alcanzado las profundidades donde
dormía. Ahora, ambas cantaban al unísono. Era la voz de Egipto lo que oía. Se
distinguía en aquella voz el rugir ronco de un millar de tambores, como si el
propio desierto estuviera articulando aquellas portentosas sílabas. Mientras la
escuchaba, sentía que mi corazón de piedra se paraba. Las dos voces sonaban en
el cielo. Sostenían un majestuoso diálogo a medida que iba amaneciendo:
«Qué fácil nos es seguir siendo los señores de esta tierra...
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
...mientras los siglos pasan rugiendo sobre nosotros y se desvanecen.»
Las palabras iban brotando con suavidad y llenas de poder, aunque con un
sonido retumbante como si salieran de las profundidades de una caverna.
«Nuestro silencio ha sido perturbado... Marchamos con la multitud hacia
el Oriente... Al amanecer, inmóviles, cantamos la sabiduría del mundo
antiguo... Nuestro discurso se oirá, mas no con los oídos de la carne. Al alba
nuestras palabras brotan y recorren inmensidades de tiempo y de arena,
atravesando la luz del día... Al crepúsculo, con alas de águila, regresan de
nuevo a nuestros labios de piedra... Cada siglo, una sílaba, sin que aún se
haya completado ni una sola frase. Entretanto, nuestros labios se van quebrando
al pronunciarlas...»
Mientras escuchaba desde mi lecho de arena, me pareció que horas, meses
e incluso años pasaban junto a mí. Los fragmentos de su discurso se perdían en
la distancia y después volvían a sonar muy cercanos. Era como si por encima de
las nubes los picos de las montañas hablaran entre sí. Un viento atrapaba aquel
rugido sordo y se lo llevaba. Y otro viento volvía a traerlo... Entonces,
durante un instante vacío que pareció durar años y que transmitía de una forma
espectacular el paso de largos períodos de tiempo, pude oír su discurso con más
claridad. La lenta declamación de aquella voz grandiosa se propagó por todo mi
ser como un torrente:
«En soledad esperamos, observamos, y escuchamos. Nuestros ojos nunca se
cierran. La luna y las estrellas navegan sobre nosotros y nuestro río alcanza
el mar. Traemos eternidad a vuestras vidas fragmentadas... Vemos las pequeñas
líneas de acero que tendéis sobre nuestro territorio, ocultas tras una fina
nube de humo blanco. Oímos el silbido de vuestros mensajeros de hierro
propagarse por el aire... Las naciones se alzan y caen. Los imperios marchan en
un revuelo hacia Occidente y perecen... El sol se va haciendo viejo y las
estrellas palidecen... Los vientos alteran la línea del horizonte y nuestro río
cambia su lecho. Pero nosotros permanecemos; inalterables, imperecederos. De
agua, de arena y de fuego es nuestro ser esencial, construido en el seno de la
atmósfera del universo... No hay pausa en la vida, no hay ruptura en la muerte.
Los cambios no conocen final. El sol regresa... La resurrección es eterna...
Mas nuestro reino permanece bajo tierra entre las sombras, ajeno a la brevedad
de vuestro día. ¡Venid! ¡Venid! Los templos siguen repletos y nuestro Desierto
os bendice. Nuestro río os hace perder pie. Nuestra arena os purificará y
arderéis dulcemente en el fuego de nuestro Dios hasta alcanzar la sabiduría ...
Venid, pues, y adorad, la hora se acerca. Amanece...»
Las voces se fueron extinguiendo en las profundidades, apagadas por las
arenas de los siglos, mientras el encendido amanecer del Oriente se extendía
rápidamente por el cielo. La salida del sol, el gran símbolo de la perpetua
resurrección de la vida, estaba
Descenso a Egipto Algernon
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a punto de producirse. A mi alrededor, envuelta en sombras, se
desplegaba toda la inmensidad del antiguo Egipto, esperando ansiosamente la
llegada del momento de la adoración. Desprovistas ya del terrible y severo
esplendor de su largo abandono, aquellas efigies se alzaban erguidas en toda su
arrebatada grandeza como un bosque de majestuosas piedras; los labios de
granito entreabiertos, los ancianos ojos dilatados. Todos estaban de cara al
oriente. Y el sol se iba aproximando al borde del Desierto que aguardaba
expectante.
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
11
No sentía ninguna emoción, al menos no lo que yo entiendo por emoción.
Si es que experimenté algo fueron los secretos primordiales de dos sensaciones
muy primitivas: el gozo y el sobrecogimiento. El brillo de la mañana se
difundía con rapidez. El día llegaba bañado en oro, como si las arenas de Nubia
derramaran su fulgor sobre cada partícula de luz; lleno de gloria, como si el
reflujo de la marea estelar vertiera su espuma luminosa sobre la tierra; y
lleno de pasión, como si las creencias de todas las edades del mundo regresaran
flotando con abandono... hacia el núcleo del sol. Las ruinas de Egipto se
fundían para crear un único templo de una inmensidad primigenia cuyo suelo era
el desierto desnudo, pero cuyos muros se elevaban hacia las estrellas.
De pronto, el canto y los ritmos cesaron; se hundieron bajo tierra. Las
arenas les hicieron enmudecer. Y el sol bajó la vista para contemplar su
antiguo mundo...
Me sentí invadido de una calidez radiante y descubrí que de nuevo podía
mover mis extremidades. Un flujo de exaltación vital recorría mi cuerpo de
piedra. Durante una milésima de segundo oí la lluvia de partículas arenosas que
chocaban contra mí, como si se tratara de arena levantada por una ráfaga de
viento; aunque en esta ocasión sí que sentí cómo se me clavaban en la piel.
Pero el instante pasó. El calor sofocante me empapaba de sudor de los pies a la
cabeza mientras mi conciencia recobrada me permitía darme cuenta de que mi
insensibilidad pétrea daba paso a una vuelta de la sangre y de la carne. El sol
había salido... Yo estaba vivo, sí, pero... transformado.
Creo que entonces abrí los ojos. El alivio que sentí fue inmenso. Me di
la vuelta y aspiré una profunda bocanada de aire fresco; estiré una pierna
sobre una gruesa alfombra verde. Algo me había abandonado, y otra cosa había
regresado conmigo. Me retrepé en mi asiento, embargado de la reconfortante
sensación de quien se sabe libre y a salvo.
El final llegó de forma violenta y desordenada. Me encontré a mí mismo,
y a Moleson, y también a George Isley. Sin que yo lo hubiera advertido, este
último había sufrido un cambio dentro de la propia habitación. Isley se había
elevado, y desde su altura, se precipitó hacia donde yo estaba. Vi que movía
los brazos. De debajo de sus manos pareció brotar una llamarada; entonces me di
cuenta de que estaba dando las luces. Se fueron encendiendo en distintos
lugares de la habitación: a lo largo de las paredes, en la hornacina, junto al
escritorio y, finalmente, una de ellas, que se encontraba en un estante situado
justo encima de donde yo estaba, me deslumbró. Me hallaba de nuevo en el
Presente, rodeado de todos aquellos objetos modernos.
Descenso a Egipto Algernon
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Mientras que la mayoría de los detalles se fueron presentando de forma
gradual a mis sentidos recién recobrados, el regreso de Isley vino acompañado
de ese extraño efecto de distancia y velocidad; el impacto que aquello me
produjo fue terrible. Había caído desde la altura de su inmenso tamaño. Tuve la
sensación de que venía lanzado hacia mí. En cuanto a Moleson, él simplemente
estaba «ahí»; a diferencia de lo que ocurría con su compañero no daba la
impresión de haber sufrido un cambio súbito y veloz. Permanecía inmóvil junto
al piano, con sus largas y finas manos extendidas sobre el teclado, pero sin
llegar a tocarlo. Isley, en cambio, había caído como un rayo en la pequeña
habitación y en sus facciones alteradas se apreciaban todavía signos de la
monstruosa posesión que había sufrido. En la mirada de sus ojos rehundidos se
confundían el combate y la devoción. Sus labios, aunque de manera un tanto
forzada, esbozaban una sonrisa. Sentí un escalofrío al advertir con toda
claridad cómo se iba desprendiendo de su rostro aquella sensación de
inmensidad, igual que se desprenden las sombras de los cortados de un
acantilado. Todas las proporciones parecían estar espantosamente mezcladas. La
fuerza descomunal que había vuelto a reabsorber su ser se replegó lentamente
hacia el interior. Isley parecía haberse derrumbado. Por las mejillas quemadas
por el sol de aquel rostro ajado vi resbalar una lágrima.
Durante un instante me embargó un sentimiento de intensa repulsión. El
presente se me aparecía a los ojos cubierto de harapos. La reducción de escala
resultaba terriblemente dolorosa. Suspiraba por aquel esplendor perdido que, no
obstante, parecía hallarse todavía misteriosamente próximo. La vulgaridad de
aquella habitación de hotel, la chillona fealdad de su decoración, la bajeza de
los ideales que gobernaban la vida del presente —donde la utilidad suplanta a
la belleza y la ganancia prima sobre la devoción— unido al hecho de que mis
compañeros parecieran haber disminuido hasta alcanzar el tamaño de unas
ridículas marionetas, me producía un dolor tan intenso que, en un primer
momento, no creí que fuera capaz de soportarlo. Me fijé en el reloj que se
destacaba sobre el mantel de la mesa, iluminado por el resplandor de las luces,
marcaba las once y media de la noche. Moleson había estado dos horas al piano.
La recuperación de mi facultad de medir completó mi sensación de desengaño. Sí,
me encontraba de regreso entre los objetos del mundo moderno. Volvía a ser un
prisionero del espíritu maquinal del Presente.
Durante un largo intervalo de tiempo ninguno de nosotros se movió o
abrió la boca para decir algo; el cambio repentino nos tenía confundidos;
habíamos saltado desde las alturas, desde la cúspide de una pirámide, desde una
estrella... y al chocar contra el suelo nuestros pensamientos se habían
desperdigado por todas partes. Lancé una mirada furtiva a Isley, mientras mi
mente se interrogaba distraídamente cómo era posible que siguiera allí. Una
expresión resignada había sustituido a la energía que antes desprendiera su
rostro; se había limpiado la lágrima. Ahora no se apreciaba combate
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
alguno en él, no había ningún indicio de resistencia, tan sólo abandono;
tenía un aspecto insignificante. El verdadero George Isley estaba en otra
parte: su yo más auténtico no había regresado.
Torpemente, como si avanzáramos a empellones, fuimos superando sucesivas
etapas hasta que, por fin, los tres regresamos de nuevo a la realidad
cotidiana. De pronto, volvíamos a hablar como si nada hubiera pasado;
haciéndonos preguntas los unos a los otros y respondiéndolas, encendiendo
cigarrillos y todo ese tipo de cosas. Moleson tocaba unos acordes bastante
vulgares en el piano mientras se recostaba con desgana en su silla, salpicando
de vez en cuando la música con algunas frases, y dando conversación a cualquiera
que estuviera dispuesto a hacerle caso. Isley cruzó lentamente la habitación,
se acercó a donde yo estaba, y me ofreció tabaco. En el intenso bronceado de su
rostro se descubrían profundas sombras. Parecía agotado, exhausto, como un
soldado curtido en mil batallas.
—¿Te ha gustado? —oí que me preguntaba con un hilo de voz. Su tono no
demostraba ningún interés, carecía de expresividad; no era el verdadero Isley
quien hablaba, no era más que aquel fragmento de su persona que había
regresado. Sonreía como un verdadero autómata.
Cogí mecánicamente uno de los cigarrillos que me ofrecía, mientras
pensaba confusamente qué respuesta le podía dar.
—Es irresistible —susurré—. Comprendo que resulte más sencillo partir.
—Y también más dulce —me respondió con un suspiro— ¡Y tan
maravilloso...!
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
12
Me fijé en la mano que me daba fuego; estaba temblando. De repente sentí
dentro de mí un deseo de hacer algo violento, de realizar un movimiento brusco,
de empujar o tirar algo.
—¿Qué ha sido todo esto? —pregunté abruptamente, alzando la voz en un
tono casi desafiante, con la intención de que me oyera el hombre que se sentaba
al piano—. Cómo se ha atrevido a hacer semejante experimento... con otras
personas... sin haberles pedido previamente permiso... Me parece algo
intolerable.. es...
Fue el propio Moleson quien respondió. Pasó por alto el final de la
frase como si no lo hubiera oído. Se acercó con aire despreocupado hasta donde
nos encontrábamos, sosteniendo en la mano un cigarrillo al que daba
cuidadosamente forma entre sus finos dedos.
—Pregunte cuanto quiera —respondió tranquilamente—, pero explicarlo no
es tan sencillo. Lo descubrimos —y con un gesto de la cabeza señaló hacia
Isley— hará dos años en el Valle. Estaba caído junto a un sacerdote que tenía
todas las trazas de haber sido un personaje muy importante. Formaba parte del
ritual que se utilizaba para la adoración del sol. En el museo (puede verlo
cuando quiera en el Boulak) lo han catalogado simplemente con una etiqueta que
dice «Himno a Ra». Pertenece al período de Ajenatón.
—Las palabras sí —apuntó Isley que escuchaba atentamente.
—¿Las palabras? —repitió Moleson con un extraño tono de voz— No hay
palabras. En realidad todo consiste en una manipulación de diversos sonidos
vocálicos. Y en cuanto al ritmo, la salmodia o como quiera llamarlo, yo mismo
la compuse. Sabe, los egipcios no escribían su música. —De repente se puso a
estudiar mi rostro durante un instante con ojos escrutadores—. Cualquier
palabra que haya oído o haya creído oír habrá sido producto de su propia
interpretación — añadió.
Me le quedé mirando fijamente sin responderle.
—En sus rituales se servían de lo que llamaban una «lengua raíz»
—prosiguió— que estaba compuesta enteramente de sonidos vocálicos. No había
consonantes. Verá, los sonidos vocálicos tienen un fluir ininterrumpido,
carecen de principio o de fin, mientras que las consonantes interrumpen ese
flujo, lo rompen y lo limitan. Las consonantes carecen de sonido propio. El
verdadero lenguaje es un continuo.
Nos quedamos un rato fumando en silencio. Comprendí entonces que lo que
había hecho Moleson se basaba en unos conocimientos muy sólidos. Era la versión
de un fragmento de un ritual antiguo que Isley y él habían desenterrado, cuyo
efecto, bien conocido ya con respecto al primero, quería probar en mí. Tenía la
impresión de que sólo de esa manera cabía explicarse los espectaculares
resultados
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
que había obtenido conmigo.
En la fe y en la poesía de una nación reside la vida de su alma; y era
precisamente la descomunal fe de Egipto lo que latía tras el ritmo de aquel
canto monótono e interminable. Tenía sangre, nervio, corazón. Millones de
personas lo habían oído cantar; millones habían llorado, rezado y suspirado al
escucharlo; la pasión de aquella civilización prodigiosa, que veneraba a la
divinidad solar y aún seguía viva aunque permaneciera oculta bajo tierra, le
había insuflado su propia alma. Aquel cántico hacía que brotara la majestuosa
fe del antiguo Egipto; ese desarrollo formidable y apasionado de todos los
aspectos relacionados con la vida de ultratumba y con la Eternidad que
constituía el eje de la existencia en aquellos tiempos grandiosos. Durante
siglos inmensas multitudes, guiadas por el sacerdocio regio, habían entonado
ese mismo ritual, esas mismas fórmulas; lo habían creído, lo habían vivido y
sentido. La salida del sol seguía siendo su momento culminante. Sus grandes
símbolos en ruinas seguían impregnados de aquel poder espiritual. La fe de una
civilización sepultada había vuelto a prender en el presente, y también en
nuestros corazones.
Un extraño respeto por el hombre que había sido capaz de producir
semejante efecto sobre dos mentes modernas se fue apoderando de mí y se mezcló
con la repulsión que a su vez me producía todo aquello. Lancé una mirada
furtiva a aquel rostro arrugado y reseco. Todavía conservaba algún rastro
desdibujado y borroso de lo que, hasta hacía un momento, había llevado dentro
de sí. Sus mejillas contraídas tenían cierta apariencia pétrea. Me dio la
impresión de que era más pequeño. Parecía haber menguado. Seguía pensando en él
tal y como había sido hacía un rato, cuando aún estaba aprisionado en los
grandes captores de piedra que le habían poseído...
—Tiene un poder tremendo... un poder espantoso —tartamudeé, más por
romper aquel silencio opresivo que por deseo de hablar con él—. Hace que reviva
Egipto —el antiguo Egipto— de una forma extraordinaria, lo introduce en los
corazones. —Las palabras salían de mis labios de forma casi espontánea. Aunque
no era consciente de ello hablaba en voz muy baja. Estaba sobrecogido. Isley se
había alejado de mí y se había acercado a la ventana dejándome cara a cara con
aquella extraña encarnación de unos tiempos pretéritos.
—No podía ser de otra manera —replicó; sus ojos brillaban aún con un
oscuro resplandor—; contiene en sí el alma de los tiempos antiguos. Dudo que
alguien, tras escucharlo, pueda seguir siendo la misma persona. Verá, expresa
la pasión y la belleza esenciales de aquel culto gozoso, de esa fe espléndida;
el culto razonable e inteligente del sol, la única creencia científica que ha
conocido el mundo. Naturalmente, en su vertiente popular había grandes dosis de
superstición, pero en su versión sacerdotal —es decir, en la que practicaban
los sacerdotes— que comprendían la relación existente entre el color, el sonido
ylos símbolos, era...
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
Se interrumpió súbitamente, como si aquello fuera algo que se estuviera
contando a sí mismo. Nos sentamos. A nuestra espalda, George Isley, asomado a
la ventana, contemplaba la noche sin luna.
—¿Ha probado sus efectos... sobre otros? —le solté a bocajarro.
—Los he probado sobre mí —respondió de manera cortante.
—He dicho sobre otros —insistí.
—Sobre otro... sí —reconoció.
—¿Intencionadamente? —mientras hacía aquella pregunta sentí estremecerse
algo dentro de mí.
Se encogió ligeramente de hombros.
—No soy más que un arqueólogo especulativo —sonrió— y... bueno, un
egiptólogo con algo de imaginación. Tengo el deber ineludible de reconstruir el
pasado para que aparezca vivo a los ojos de los demás.
Me entraron ganas de abalanzarme sobre su cuello.
—Como es natural, usted sabía perfectamente el efecto mágico que con
toda seguridad —o al menos con toda probabilidad— tendría, ¿no es así?
Me miró fijamente a través del humo de su cigarrillo. A día de hoy sigo
sin saber qué había en aquel hombre que me producía escalofríos.
—Yo no estoy seguro de nada —replicó con voz suave—, pero considero que
es perfectamente legítimo probar. En cuanto a ese adjetivo que usted ha
utilizado, «mágico»; no tiene ningún sentido para mí. Si algo así existe no es
en realidad más que conocimiento científico, olvidado o aún por descubrir.
—Mientras hablaba sus ojos despedían un fulgor desafiante, insolente; su
actitud era casi agresiva —. Supongo que se refiere a nuestro común amigo más
que a usted.
Haciendo un gran esfuerzo traté de responder a aquella mirada tan
singular. Aún emanaba de su persona algo que imponía, pero que, al mismo
tiempo, resultaba terriblemente atractivo. Me hacía pensar de nuevo en aquella
Red invisible, en aquella oscura cortina de gasa, en el poder que aguardaba
inmóvil en el centro a su presa, en aquellas Entidades enigmáticas y
monstruosas que se mantenían alertas y vigilantes a lo largo de los siglos.
—¿Se refiere usted al cambio que se ha operado en su actitud hacia la
vida, a su marcha? —añadió Moleson en un tono más bajo.
Al oírle utilizar aquellas palabras, aquella frase precisamente, un
escalofrío me recorrió todo el cuerpo. No obstante, antes de que pudiera
responderle, y a buen seguro mucho antes de que pudiera controlar aquel súbito
terror que se había apoderado de mí, oí cómo continuaba en un susurro. Una vez
más parecía hablar consigo mismo más que conmigo.
—Imagino que el alma tiene derecho a elegir las condiciones de
Descenso a Egipto Algernon
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vida y el entorno que más le convengan. El paso a otro lugar supone una
traslación, no una extinción. —Se quedó un rato fumando en silencio; luego alzó
la vista y, mirándome a la cara con una expresión de profunda seriedad, me dijo
otra cosa francamente extraña. De nuevo su auténtico ser reemplazó a su pose
cínica.
—El alma es eterna y puede elegir establecer su morada allí donde desee,
sin tener para nada en cuenta la duración temporal. ¿Qué tiene este Presente
superficial y vulgar para pretender arrogarse derechos exclusivos sobre ella?
Hoy en día, ¿en qué lugar del mundo moderno va a encontrar las creencias, la fe
y la belleza que son la misma esencia de su vida? ¿Dónde en medio del tráfago y
la confusión de esta era de la vulgaridad va a encontrar su hogar? ¿Está acaso
condenada a revolotear por toda la eternidad sobre este valle de huesos secos,
cuando tiene un Pasado vivo al alcance de la mano, que la espera lleno de amor,
lleno de fuerza y de gloria? —Se acercó más a mí y posó su mano sobre mi
hombro. Sentía su aliento pegado a mi cara.
—¡Venga con nosotros, regrese con nosotros! —fue su terrible susurro—.
¡Aleje su vida de esta inmundicia, de esta anodina fealdad! Regrese y adore con
nosotros imbuido del espíritu del Pasado. Haga suyos ese esplendor inmemorial,
esa gloria, esos conceptos grandiosos; la maravillosa certidumbre, el inefable
conocimiento de las esencias. Aún sigue estando alrededor de usted; llamándole,
llamándole siempre; está muy cerca; le arrastra día y noche... le está
llamando, llamando, llamando.
Su voz parecía irse perdiendo en la distancia mientras repetía aquellas
últimas palabras; aún hoy a veces creo oírlas, con esa misma cadencia suave y
monótona, intensa y apagada a la vez: le está llamando, llamando, llamando.
Pero sus ojos tenían ahora una mirada perversa. Entonces sentí todo el
siniestro poder de aquel hombre. Me di cuenta de que en su corazón y en su
mente habitaba la locura. El Pasado que él trataba de glorificar yo lo veía
negro, envuelto en la intimidatoria oscuridad egipcia de una plaga. Lo que me
estaba llamando, llamando y llamando no era la belleza, sino la Muerte.
—Es real, no es un sueño —prosiguió, sin apenas percatarse de que yo me
iba echando para atrás—. Esos símbolos en ruinas siguen en contacto con lo que
existió en tiempos. Son tan potentes hoy como lo fueron hace seis mil años.
Detrás de ellos rebosa aún la asombrosa vida de aquella época. No son
simplemente unas moles de piedra que parecen aplastarnos, sino la expresión
visible de grandes poderes a los que todavía es posible... acceder. —Bajó la
cabeza, estudió detenidamente mi cara, y susurró algo. Por sus ojos pasó la
expresión de quien se sabe conocedor de un secreto.
—Le he visto cambiar, igual que usted nos vio cambiar a nosotros —sus
palabras parecían brotar desde algún lugar muy profundo—. Y ese cambio sólo lo
puede producir la adoración. El alma asume las cualidades de la deidad a la que
adora. Los poderes de su
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
deidad la poseen y la transforman a su imagen y semejanza. Usted también
lo sintió. También usted estaba poseído. Vi el rostro de piedra de la deidad
impreso en el suyo.
Creo que entonces sacudí todo mi cuerpo, igual que un perro que tratara
de quitarse el agua de encima. Me levanté. Recuerdo que estiré mis manos hacia
delante como si quisiera apartarle de un empujón y expulsar así de mi mente su
insidioso influjo. Pero también recuerdo otra cosa. De no ser por la realidad
de lo que sucedería más adelante y por el resultado práctico al que aún hoy
tengo que hacer frente —la desaparición de George Isley, la pérdida para el
tiempo presente de todo lo que George Isley alguna vez fue— lo que vi entonces
bien podría haber sido motivo de risa. Sin lugar a dudas tenía algo de cómico.
Sin embargo, era a la vez repugnante y terrorífico. Bajo una apariencia absurda
acechaba un profundo horror, porque tras aquel mimetismo externo se ocultaba
una gran verdad. Era espantoso porque era real.
En el gran espejo que reflejaba la parte de la habitación que se
encontraba a mi espalda, vi la figura de Moleson y la mía, y algo más al fondo,
junto a la ventana abierta, la de Isley. Los tres teníamos la postura de unos
jeroglíficos que hubieran cobrado vida. Ciertamente yo tenía las manos
estiradas, pero no en ademán defensivo, como había creído. Estaban estiradas de
una forma... antinatural. Los antebrazos formaban un extraño ángulo obtuso,
idéntico al que se puede observar en los antiguos relieves tallados en granito:
las palmas de las manos estaban vueltas hacia arriba, la cabeza inclinada hacia
atrás, las piernas adelantadas y el cuerpo rígido, en una postura que confería
expresión a unas mentes antiguas y olvidadas. La configuración física de los tres
era monstruosa y, no obstante, la tosquedad de aquellos gestos venía dictada
por la reverencia y la verdad. Algo que se hallaba presente en los tres
inspiraba la formas que nuestros cuerpos habían asumido. Nuestras posturas
expresaban anhelos, emociones, inclinaciones ocultas —no sé muy bien cómo
llamarlas— que el espíritu del Pasado había evocado.
Sólo vi aquella imagen refleja durante un instante. Inmediatamente dejé
caer los brazos, consciente de lo ridícula que era aquella postura. Moleson se
acercó a mí dando una de sus largas y elocuentes zancadas, y en aquel mismo
instante, Isley, desde el lugar que ocupaba junto a la ventana, se aproximó
rápidamente y se unió a nosotros. Nos quedamos mirándonos a la cara sin
pronunciar palabra. Aquella breve pausa no debió de durar más de diez segundos,
pero durante ella sentí que el mundo entero pasaba deslizándose a mi lado. Oí a
los siglos precipitarse a toda velocidad. El presente se iba hundiendo en la
distancia. La existencia ya no transcurría a lo largo de una línea tendida en
dos direcciones; era un círculo en cuyo centro, nosotros mismos, en compañía
del Pasado y el Futuro, permanecíamos inmóviles, pero con la posibilidad de
acceder a cualquier instante temporal de forma inmediata. Los tres caíamos,
caíamos hacia atrás...
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
—¡Venga! —exclamó la voz de Moleson con solemnidad, pero con la dulzura
de un niño que ya anticipa un futuro gozo—. ¡Venga! Marchemos juntos, la barca
de Ra ya ha cruzado el mundo subterráneo. La oscuridad ha sido subyugada.
Marchemos juntos al encuentro del amanecer. ¡Escuche! Está llamando, llamando,
llamando...
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
13
Sentí como un movimiento muy rápido; era mi propia alma que se
aceleraba. Se estaba viendo sometida a unas transformaciones vertiginosas,
indescriptibles. Las más variadas e intensas emociones fluían a través de mí a
la velocidad del rayo, y antes de que pudiera ponerles un nombre, ya las había
experimentado en toda su plenitud. La vida de varios siglos caía conmigo hacia
atrás y, como ocurre al hundirse, aquel arquetipo de la existencia superó en
pocos segundos las empinadas laderas que con tanto esfuerzo había erigido el
Pasado. Los cambios pasaban como una exhalación. Lloré, recé y adoré; amé y
sufrí; combatí, perdí y triunfé. Descendiendo por la gigantesca escala de las
edades, comprimidas en unos pocos instantes, mi alma se precipitaba hacia el
reposo y la inmovilidad del Pasado.
Recuerdo algunos detalles nimios que interrumpieron el inmenso
descenso... me puse el abrigo y el sombrero. Recuerdo unas palabras que alguien
dijo... su extraño sonido me evocó el canto de un pájaro que despierta a
medianoche: «Salgamos por la puerta trasera; a estas horas la puerta principal
ya estará cerrada». También guardo un vago recuerdo
de la silueta del gran hotel, con sus columnatas y terrazas, que se iba
difuminando a medida que lo dejábamos atrás. Aquellos detalles oscilaban un
instante ante mis ojos y después desaparecían; era como si estuviera cayendo
desde una estrella hacia la tierra y, en mi caída, fuera encontrando las plumas
y hojas secas que el viento había barrido. Mi alma no experimentaba ningún
rozamiento mientras se hundía hacia atrás en el tiempo; era un vuelo ágil y
silencioso, como el de un sueño. Me sentía absorbido hacia abismos cuyo vacío
no oponía resistencia alguna... hasta que, finalmente, aquella velocidad
escalofriante comenzó a aminorar y el vuelo vertiginoso se convirtió en un
suave flotar. De forma imperceptible se transformó en un movimiento deslizante,
como si se hubiera producido una variación en el ángulo de la caída. Mis pies
tocaron tierra sin ningún problema y comenzaron a andar por una superficie que
se agarraba a ellos, acompañando cada uno de sus movimientos con un sordo
rumor.
Alcé la vista y vi los brillantes ejércitos de estrellas. Delante de mí
reconocí los sombríos montes de crestas aplanadas; a un extremo y a otro de
ellos se abrían amplias parameras que también me resultaban familiares; junto a
mí, uno a cada lado, avanzaban mis dos compañeros. Estábamos en el desierto,
pero era el desierto de hace miles de años. Aunque una parte de mí seguía
reconociendo a mis compañeros, tenía también la sensación de que eran unos
desconocidos o, al menos, unas personas a las cuales sólo conocía muy
superficialmente. Traté en vano de recordar cómo se llamaban: Mosely, Ilson;
ésos eran los nombres que se me venían a la cabeza,
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
los mezclaba. Cuando les eché una mirada furtiva, lo que vi fueron los
contornos oscuros de unos muñecos carentes de sustancia. Sus movimientos
reproducían los grotescos ademanes de unos jeroglíficos vivientes. Durante un
instante me pareció que tenían los brazos atados a la espalda en una postura
imposible y que las cabezas describían un ángulo cerrado sobre la línea de sus
hombros.
Pero aquella impresión sólo duró un instante. Cuando los miré por
segunda vez sus figuras volvían a ser sólidas y compactas, y sus nombres me
vinieron de nuevo a la memoria; los tres caminábamos agarrados del brazo.
Debíamos haber cubierto ya una gran distancia; me dolían las piernas y me
faltaba el aliento. Corría un aire muy frío y por todas partes reinaba un
silencio sepulcral. Más que avanzar con nuestros propios pasos, bajo aquella
luz mortecina, la sensación que se tenía era que el desierto fluía bajo
nuestros pies. Nos sobrepasaban riscos con crestas en forma de capucha;
montículos de arena y enormes peñascos iban pasando de largo. Entonces, a mi
izquierda, oí una voz; sin lugar a dudas era Moleson quien hablaba:
—Hacia Enet se encaminan nuestros pasos —dijo con un tono que era mitad
canto mitad susurro—, hacia Enette-ntore. Allí, en la Casa del Nacimiento,
consagraremos de nuevo nuestros corazones y nuestras vidas.
Tanto su lenguaje como la entonación musical de su voz me embelesaron.
Comprendí que se refería a Denderah, en cuyo majestuoso templo hacía no mucho
que unas manos habían pintado con colores imperecederos los símbolos de nuestra
relación cósmica con los signos del Zodiaco. Denderah era el grandioso centro
donde rendíamos culto a la diosa Hathor, la Afrodita egipcia, la portadora del
gozo y del amor. Su consorte, Horus, el dios de cabeza de halcón, era quien nos
había imbuido de briosa energía en su mansión de Edfu. Además... nos
encontrábamos en las fechas del Nuevo Año, la gran festividad durante la cual
todas las fuerzas vitales de la tierra brotan en gozoso crecimiento.
Caminábamos por el desierto hacia Denderah, pisando las arenas de hace
miles de años.
La detención del tiempo y del espacio venía acompañada de una
sorprendente ligereza del espíritu, similar, imagino, a la que se experimenta
en un estado de éxtasis. El alma estaba embriagada. Nada me separaba de las
estrellas ni de aquel desierto que avanzaba con nosotros. El viento brotaba sin
trabas de mis nervios y de mi piel; y las acariciantes ondas del Nilo, que
brillaba con luz trémula a nuestra derecha, se recogían entre mis manos.
Conocía la vida de Egipto porque la llevaba dentro de mí, me cubría, me
rodeaba; yo formaba parte de ella. Marchábamos felices como pájaros que se
dirigen hacia el amanecer. A nuestro paso, el tiempo no abría fosos ni
intervalos que pudieran detenernos. Fluíamos, pero permanecíamos en reposo;
estábamos infinitamente vivos; el presente y el futuro eran algo inconcebible;
aquello era el Reino del Pasado.
Descenso a Egipto Algernon
Blackwood
Las pirámides estaban en construcción, y el ejército de obeliscos
desplegaba su mirada en torno a sí, orgulloso de su equilibrio recién
estrenado. Tebas abría sus cien puertas al mundo; Menfis, nueva y
resplandeciente, se reflejaba con una miríada de destellos en las aguas que las
lágrimas de Isis habían endulzado, y los cantiles de Abú Simbel ignoraban aún
la gigantesca progenie que engendrarían. Tan sólo la Esfinge, uniendo la
eternidad y el tiempo, se alzaba ajena y enigmática en un mundo propio. Marchábamos
por la antigüedad camino de Denderah.
Cuánto estuvimos andando, a qué velocidad marchábamos o qué distancia
recorrimos, son cosas de las que guardo tan poco recuerdo como del maravilloso
torrente de palabras que fluía a través de mí mientras mis dos compañeros
hablaban entre ellos. Lo único que sé es que, de repente, una oleada de dolor
puso fin a aquella dicha maravillosa e hizo que esa paz, que yo creía
imperturbable, se disipara. De pronto el sonido de las voces de mis compañeros
me produjo espanto. Una sensación de temor, de pérdida, un desconcierto de
pesadilla me fue invadiendo como si se tratara de un viento helado. Lo que
ellos vivían de forma natural y sentían como verdadero en lo más hondo de sus
corazones, yo lo vivía simplemente gracias a una afinidad temperamental. Había
llegado la fase en que mis poderes ya no daban más de sí. Aquella desmesurada
expansión de la conciencia hacia atrás que me había sido impuesta por otra
persona había alcanzado su límite; la cuerda se había tensado en exceso y se
había roto. A mis oídos sus voces sonaban ahora lejanas y horribles. Mi gozo
había terminado. Un resplandor de horror alumbró el desierto y las estrellas
cobraron una apariencia perversa. Un deseo angustioso de regresar a la
seguridad y a la sanidad del Presente usurpó el puesto de todos aquellos
anhelos descabellados de recuperar el Pasado. Perdí el paso de mis compañeros.
El desierto detuvo su apresurada marcha. Me solté de su brazo. Entonces los
tres nos detuvimos.
Aún hoy recuerdo perfectamente aquel lugar. Más tarde volvería a
localizarlo e incluso lo fotografié. De hecho no se encuentra muy lejos de
Helouan; a no más de una milla de la Palmera Solitaria, donde las laderas de
ondulante arena marcan el comienzo de un valle misterioso y cautivador que
recibe el nombre de Wadi Gerraui. Y si aquel valle resulta tan cautivador es
porque al llegar a él parece hacer señas y tirar de uno. Entre las desgarradas
gargantas de ese desolado paisaje calizo se encuentra súbitamente un trecho de
unas arenas amarillas muy finas que parecen fluir y arrastrar los pies hacia
delante. No hay nada más sencillo que dejarse llevar por ellas; la siguiente
cadena de montes y la siguiente cuenca se ven cada vez un poco más lejos. Actúa
como un señuelo. Los peñascos parecen decir: «deténte»; pero la corriente de
arena te invita a seguir. El flujo de sus meandros dorados posee una rara
fascinación.
Fue allí, justo al borde de aquel valle, donde nos detuvimos cuando el
ritmo de nuestra marcha se rompió y nuestros corazones dejaron de latir al
unísono. Mi arrobamiento temporal había pasado.
Descenso a Egipto Algernon
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Sentía miedo. El Presente me embestía con fuerza y tenía la sensación de
que mi mente se había detenido a un solo paso de la locura. Las brumas de mi
cerebro se habían disipado y veía las cosas con más claridad.
Es cierto que el alma puede «elegir su morada», pero vivir en un lugar
tan radicalmente ajeno era elegir la locura, y vivir divorciado de todas las
dulces y saludables realidades del Presente era un exilio aún peor que la
locura. Era la muerte. Se me partía el alma al pensar en George Isley. Recordé
aquella lágrima que había visto caer por su mejilla. En aquel instante compartí
con él la agonía de su combate. Sin embargo, él lo experimentaba en realidad,
mientras que lo mío no era más que un mero reflejo fruto de la simpatía que me
inspiraba su persona. Él ya había llegado demasiado lejos para seguir
luchando...
Nunca olvidaré la desolación de la extraña escena que se desarrolló
entonces bajo la luz de las estrellas matinales. El desierto se recostó y se
quedó observándonos. Nos encontrábamos al borde de una pequeña cadena de
colinas quebradas mirando a las doradas arenas de aquel valle. Unos veinte
metros más abajo, iluminadas por el cielo estrellado, las arenas despedían una
luminosidad tenue y maravillosa. El descenso no presentaba ninguna dificultad,
pero yo no me moví. Me negué a dar un paso más. Distinguí la figura de mis
compañeros bajo aquella luz mortecina; oteaban el espacio que se extendía más
allá de aquel promontorio. Moleson se había adelantado un poco.
Me dirigí hacia donde él estaba, convencido de cuál era el papel que me
correspondía desempeñar y, ala vez, dolorosamente consciente de la inutilidad
del mismo. Me sentía como una brizna de paja que, en medio de una corriente,
gira sobre sí misma en un fútil intento de detener el torrente de agua que la
arrastra. El silencio que reinaba en aquel momento estaba preñado con todo el
dilema de un intenso conflicto humano. Era un remolino detenido durante un
instante en la gran masa de la marea. Entonces hablé. ¡Qué vergüenza sentí ante
la insignificancia de mi voz y la fragilidad de mi pequeña persona!
—Moleson, nosotros no seguimos. Ya hemos ido demasiado lejos. Nos
volvemos.
Mis palabras las respaldaban treinta míseros años. Su respuesta arrojó
contra mí sesenta siglos. Su voz parecía recoger el sonido del viento que
pasaba susurrando sobre las corrientes de arena que se encontraban por debajo
de nosotros. Me sonrió.
—Nuestros pasos se encaminan hacia Enet-te-ntore. No hay marcha atrás.
¡Escuche! ¡Nos está llamando, llamando, llamando!
—Volvemos al lugar que nos corresponde —grité en un tono que, en vano,
intenté que sonara imperativo.
—Nuestro hogar está ahí —salmodió mientras señalaba con uno de sus
largos y flacos brazos en dirección al resplandor del oriente—. El Templo nos
llama y el Río endereza nuestros pasos. Llegaremos a
Descenso a Egipto Algernon
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la Casa del Nacimiento para encontrarnos con el amanecer..
—¡Miente! —grité de nuevo— ¡Ésas son las mentiras de la locura, y ese
Pasado que busca no es más que la Casa de la Muerte! ¡Es el reino de los
muertos!
La impotencia hacía que mis palabras brotaran de mis labios violentas y
desesperadas. Agarré a George Isley del brazo.
—Regresa conmigo —le rogué con vehemencia, embargado de un dolor
indescriptible por él—. Volveremos sobre nuestros pasos. ¡Vuelve a donde
perteneces ¡Vuelve! ¡Escucha! ¡La dulce voz del Presente te está llamando!
Aunque creía tenerle bien agarrado, comprobé con espanto cómo su brazo
se me escurría de entre las manos. Moleson se encontraba ya en aquellas arenas
amarillas y comenzaba a perderse en la distancia. Se alejaba deslizándose con
una rapidez sobrenatural. La disminución de su figura resultaba repugnante.
Parecía un muñeco. Su voz llegó débilmente a nuestros oídos como si un abismo
le separara de nosotros.
—Está llamando... llamando... Se la oye eternamente llamando...
El viento se llevó sus palabras hacia aquel valle arenoso y el Pasado
inundó como un torrente el cielo que se iba volviendo cada vez más brillante.
Sentí como si una tormenta se abatiera contra mi espalda, y perdí el
equilibrio. Me tambaleé. También yo estuve a punto de caer a las arenas desde
la altura de aquel inestable promontorio.
—¡Regresa conmigo! ¡Regresa a tu lugar! —grité, ya más débilmente—. Sólo
el Presente es real. En él hay trabajo, ambición, obligaciones. También hay
belleza, ¡la belleza de una vida digna! ¡Y hay amor! ¡Hay una mujer...
llamándote, llamándote...!
Allá abajo aquella otra voz volvió a tomar la palabra. Desde detrás de
los muros de arena se escuchó cómo entonaba suavemente un cántico. Estaba
traspasado de una emoción dulce y arrebatada que me impresionó hondamente.
—Nuestros pasos se encaminan hacia Enet-te-ntore. ¡Nos está llamando,
llamando...!
Mi voz se desvaneció en la nada. George Isley se encontraba ya por
debajo de donde yo estaba, su diminuta silueta se destacaba sobre las sábanas
de arena amarilla. Las arenas comenzaron a moverse. El desierto volvía a
ponerse rápidamente en marcha. Las figuras humanas se alejaban raudas hacia el
Pasado que habían reconstruido con el anhelo creador de sus almas.
Me quedé solo, observándoles con impotencia desde el borde de aquel
promontorio de caliza que se iba desmoronando poco a poco. Comenzaban a alzarse
en el cielo los rayos púrpura del amanecer, cuando fui testigo de algo
asombroso. Envuelto en un resplandor de tonos dorados, azules y plata, el
desierto, en toda su inmensidad, estaba cobrando vida en el horizonte. Las
sombras púrpura se volvían
Descenso a Egipto Algernon
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grises. Los montes aplanados resplandecían. Los destellos de enormes
mensajeros de luz aparecían por todas partes a la vez. El resplandor de la
salida del sol deslumbraba mi vista externa.
Pero al estar mis ojos cegados, mi visión interior pudo concentrarse con
mayor intensidad aún en lo que ocurrió entonces. Fui testigo de la desaparición
de George Isley. La imagen que contemplé poseía una magia terrible. Aquellas
dos figuras, pequeñas y distantes, se destacaban nítidamente sobre la
concavidad de arena, como si fueran unos hombres en miniatura. Sus terribles
siluetas, que parecían un repugnante parche, se distinguían con toda claridad,
recortadas contra aquel inmenso paisaje de fondo. Aunque en términos de espacio
real se encontraban bastante cerca de donde yo estaba, en materia de tiempo nos
separaban siglos. A su alrededor se extendía una sombra difusa e inmensa que
era algo más que la sombra de los montes. Se desplazaba reptando sobre la
arena; los engullía, los borraba. Habían quedado encerrados dentro de ella,
como insectos atrapados en una gota de ámbar. Su tamaño disminuía, se los
llevaba a las profundidades, los absorbía.
Entonces reconocí sus perfiles. De nuevo, aunque en esta ocasión
reclinados y tendidos sobre el rostro del desierto, identifiqué las monstruosas
formas de aquellos obsesionantes símbolos gemelos. Llegada la hora del
amanecer, el espíritu de Egipto se esparcía formidable por todo el territorio.
Había acudido a la llamada del sol. Se postraba ante la deidad. Las sombras de
los imponentes Colosos también se postraban. Los dos pequeños seres humanos,
con sus corazones devotos y entregados, estaban engastados en ellos.
Era a George Isley a quien se distinguía con más claridad. La nitidez y
la viveza de aquella imagen producían un efecto devastador. Le habían
desnudado, despojado; nada le cubría. Lo que vi era un esqueleto, cuyos huesos
estaban tan limpios como si se les hubiera aplicado un ácido. Su vida se
hallaba oculta en el ser de aquel poderoso Pasado. Egipto le había absorbido.
Se había marchado definitivamente...
Apreté los ojos, pero no conseguí mantenerlos cerrados mucho tiempo. No
tardaron en volver a abrirse sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Los tres
nos acercábamos al gran hotel; aquel gran volumen amarillo, con todas las
contraventanas cerradas, se alzaba frente a nosotros iluminado por la luz del
amanecer. Desde el norte soplaba con brío el viento que atravesaba los montes
de Mokattam. Nubes con forma de balas de cañón aparecían desperdigadas por el
cielo, y al otro lado del Nilo, sobre el que se extendía un fino hilo de blanca
niebla, vislumbré los vértices de las Pirámides, reluciendo como si fueran los
picos de unas montañas de oro. Una hilera de camellos cargados de piedras
blancas pasó a nuestro lado. Desde las calles de Helouan llegó a mis oídos el
griterío de los lugareños, y mientras íbamos subiendo las escaleras, llegaron
las recuas de borricos y se instalaron a un lado de la polvorienta carretera
junto a su bersim para esperar a que los turistas los reclamaran.
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—¡Buenos días! —gritó Abdullah, su dueño—. ¿A dónde irán hoy, a Sáqqara
o a Menfis? ¡Día bonito, burros muy buenos!
Moleson subió a su habitación sin decir palabra. Isley hizo otro tanto.
Creo que se tambaleó durante un instante mientras doblaba la esquina del
pasillo y se perdía de vista. Su rostro lucía esa expresión de vacío que
algunos dicen que expresa paz. Su figura parecía irradiar un resplandor. Al
apreciarlo sentí un escalofrío. Con el cuerpo y la mente doloridos, y sin haber
dicho tampoco ni una palabra, me decidí a seguir su ejemplo. Subí a la
habitación, y dormí hasta pasado el anochecer, sin soñar en nada...
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14
Desperté invadido de un sentimiento de pérdida y de tristeza, como si el
reflujo de una marea me hubiera abandonado en la costa, dejándome solo y
desconsolado. Mi primer pensamiento fue para mi amigo George Isley. Entonces me
fijé en un sobre blanco en el que figuraba mi nombre escrito con su letra.
Antes de abrirlo ya sabía perfectamente qué palabras iba a encontrar dentro:
«Nos vamos a Tebas —se limitaba a informarme aquella nota— partimos en el tren
de la noche. Si quieres...». Las últimas palabras habían sido tachadas, aunque
no de forma que impidiera su lectura. A continuación venía la dirección de la
casa del egiptólogo con quien se iban a alojar y la firma, escrita con trazo
muy firme: «Estimadamente tuyo, George Isley». Le eché un vistazo al reloj;
eran ya las siete pasadas. El tren nocturno salía a las seis y media. Ya habían
partido...
El dolor de sentirme abandonado, de haber sido dejado atrás, era muy
profundo y amargo, pero el que sentía por él, por mi viejo amigo y camarada,
era aún más intenso, porque ya no tenía remedio posible. El miedo y las
emociones del tipo más convencional me habían detenido a las mismas puertas de
una oportunidad asombrosa; de un estado de conciencia que permitía hacer del
Pasado una realidad y despojarse del Presente, que permitía deslizarse fuera
del tiempo y experimentar la Eternidad. Ésa era la seducción a la que había
escapado debido a la mezquina resistencia de mi alma prosaica. En cambio él, mi
amigo, al haber aceptado doblegarse para así poder mejor conquistar, había
obtenido una recompensa espantosa. Sí, con una pena inenarrable, comprendía
también cuál era la otra cara de la moneda: la recompensa de la inmovilidad que
no es más que puro estancamiento, la dicha imaginaria de una salida en falso,
el sueño de encontrar la belleza lejos de las cosas del presente. Despertar de
un sueño como ése debe ser verdaderamente duro. Al aferrarse a estrellas
extinguidas, había abrazado el sueño más viejo de la humanidad. A mi modo de
ver se había dejado llevar por ese engaño que consiste en negar la vida. La
tristeza que aquello me producía me abrasaba por dentro.
Pero no quise «acompañarlos». Esperé su regreso en Helouan, llenando los
días vacíos con explicaciones aún más vacías si cabe. Me sentía como un hombre
que ha visto cómo un ser querido se hundía en unas aguas cristalinas y
profundas, que le permitían seguir viéndolo allí cerca, aunque ya no hubiera
posibilidad alguna de rescatarlo. Moleson lo había llevado de vuelta a Tebas; y
Egipto, esa monstruosa efigie del Pasado, había capturado a su presa.
El resto es fácil de contar. A Moleson no le volví a ver. A día de hoy
sigo sin haberle visto, aunque estoy al tanto de los libros que ha ido
publicando, así como de la circunstancia, más bien banal, de que se cuente
entre esos fanáticos ilusos y llenos de energía que
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instauran una nueva religión, obtienen cierta notoriedad, unos cuantos
adeptos histéricos y, finalmente, caen en el olvido.
En cuanto a George Isley, tras quince días de ausencia regresó a
Helouan. Le vi, le reconocí, hablé y comí con él; incluso llegamos a hacer
algunas pequeñas expediciones juntos. Se comportaba con la delicadeza y el
encanto propios de una mujer que ha amado un ideal maravilloso ylo ha
alcanzado... en el recuerdo. Toda aspereza había desaparecido de su persona; su
carácter era tan suave y estaba tan pulido como la superficie de un cristal que
refleja todo aquello que se acerca lo bastante como para permitirle capturar su
imagen.
Sin embargo, su aspecto me produjo una impresión que apenas puedo
expresar con palabras: no había nada en él... nada. Lo que volvió de Tebas fue
una mera efigie de George Isley, una máscara; la misma forma vacía que hoy
pasea por las calles de Londres. No encontré ningún vestigio del hombre que en
tiempos conocí. George Isley había desaparecido.
Con tan fabuloso autómata pasaría todavía un mes más. Ese ser espantoso
fue mi acompañante en aquel hotel. Se movía entre aquella humanidad cosmopolita
como un fantasma que visita la luz del día, pero cuyo hogar se encuentra en
alguna otra parte.
Aquella imagen hueca de George Isley vivió conmigo en nuestro hotel de
Helouan hasta que los primeros vientos de marzo debieron transmitir a su cuerpo
el mensaje de que se avecinaban incomodidades, y que haría mejor en desplazarse
a algún otro lugar; que en este caso resultó ser hacia el norte.
Y se marchó del mismo modo en que había estado... mecánicamente. Su
cerebro obedeció a los estímulos convencionales a los que sus nervios, y en
consecuencia, sus propios músculos, estaban acostumbrados. Todo esto podrá
sonar ridículo, pero lo cierto es que sacó mecánicamente su billete; dio las
razones habituales y adecuadas en tales ocasiones mecánicamente; eligió barco y
destino igual que lo hace la gente corriente; y como cualquier persona que deja
a un conocido, se despidió expresando su «confianza» en volver a verlo pronto.
Vivía, por así decirlo, completamente encerrado en su cerebro. Su corazón, sus
emociones, su temperamento y su personalidad; esa suma total inefable de la que
es responsable la gran empatía de nuestro sistema nervioso, o dicho en otras
palabras, su alma, estaba en otro lugar. Aquel ser que en tiempos estuviera
lleno de vigor y de talento, se había convertido en una persona normal y
acomodaticia a la que todo el mundo podía entender: un hombre vulgar y
corriente. Era precisamente lo que la mayoría esperaban de él: una vulgaridad,
un buen tipo, un hombre mundano; «un verdadero encanto». Se limitaba a reflejar
la vida cotidiana sin tomar parte en ella. Para la mayoría pasaba
desapercibido: «muy agradable», era el veredicto general. Su ambición, sus
inquietudes, su fervor habían desaparecido; ese entusiasmo inagotable cuyo
motor es el anhelo le había abandonado, dejando tras de sí un vigor físico
desprovisto de todo impulso espiritual. Su alma había
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encontrado su nido y había volado a él. Vivía sereno, indiferente y
distante en la quimera del Pasado. A mis ojos se me aparecía inmenso, como una
figura mayestática y borrosa que se mantenía erguida —¡sin moverse, ay!— en un
reposo que era satisfactorio precisamente porque no podía cambiar. El tamaño,
el misterio y la inmovilidad que le tenían enjaulado me parecía... terrible. No
me atrevía a entrometerme en el espanto de su vida privada y entre nosotros no
existía intimidad alguna. De sus experiencias en Tebas no le hice ni una sola
pregunta; en cierta manera me parecía que no era posible ni legítimo; por su
parte, él tampoco se dignó ofrecerme ni una sola explicación; al fin y al cabo
era algo incomunicable a un habitante del Presente. Entre nosotros se levantaba
una barrera que los dos respetábamos. A través de una oscura cortina de gasa,
miraba la vida moderna sin curiosidad, apáticamente, con indiferencia. Él se
encontraba al otro lado.
Las gentes a nuestro alrededor iban a Sáqqara y a las Pirámides, a ver
la Esfinge a la luz de la luna, a soñar a Edfu y a Denderah. Otros describían
sus viajes a Asuán, Jartum y a Abú Simbel, dando toda suerte de detalles sobre
sus acampadas en el desierto. ¡Viento, viento, viento! Los vientos de Egipto
soplaban, cantaban, suspiraban. Del Nilo Blanco llegaban los viajeros; y del
Nilo Azul y del Fayum y de tantas otras excavaciones sin nombre. Hablaban sin
parar y escribían libros. Tenían esa ávida forma de conocimiento propia de los
tiempos presentes. Los egitpólogos, tanto los grandes como los pequeños, leían
lo que estaba escrito en los muros y vertían los jeroglíficos y los papiros a
las lenguas modernas. Sólo George Isley conocía su secreto. Él lo vivía.
Y esa apasionada calma, esa elevada belleza, la fascinación y el encanto
que constituyen el embrujo de esta tierra triplemente hechizada, también
estaban en mi alma; al menos lo bastante como para hacerme una idea de cuál era
su estado. No podía abandonar aquella tierra, y ni siquiera cuando finalmente
me marché conseguí mantenerla lejos de mí. Anhelaba el Egipto que él había
conocido. Nunca hablé de ello; las palabras no podían expresar aquel
sentimiento. Vagábamos juntos por el Nilo y cruzábamos los bosques de palmeras
que se alzaban donde en tiempos se hallara Menfis. Las inmensidades de arena
que se encontraban más allá de las Pirámides conocieron nuestros pasos; los
montes de Mokattam, púrpuras al anochecer y dorados al alba, reflejaron
nuestras sombras errantes cuando pasamos junto a ellos en silencio. No hubo ni
un solo día en que se quedara en el hotel cuando llegaba la hora del amanecer o
del crepúsculo, y acabó siendo para mí un hábito acompañarle; el gozo que
experimentaba su alma en aquellos momentos de adoración era algo maravilloso.
Los cielos egipcios, grandiosos e inmóviles, nos contemplaban con sus racimos
de estrellas, con su gigantesca bóveda azul; sentíamos juntos el ardiente
viento del sur; la dulzura dorada del sol latía en nuestras venas cuando
veíamos a los grandes barcos coger la brisa del norte para remontar la
corriente. Por todas partes nos rodeaba la inmensidad y la magia dorada del
sol...
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Pero era sobre todo en el desierto, donde tan sólo el sol y el viento
obedecen las débiles señales del Tiempo, donde el espacio no es nada porque no
está dividido y donde ningún detalle le recuerda al corazón que este mundo se
llama Presente; era, sí, en el desierto, donde aquella cortina que colgaba
entre nosotros se hacía más patente, él a un lado y yo al otro. Entonces se
volvía transparente. Él se encontraba junto a una multitud que ningún hombre
jamás será capaz de contar. Alzándose hacia la luna y extendiéndose a la vez
hacia atrás en dirección a la fuente ardiente de su vida, el espíritu de George
Isley, arrastrado por el sol y por el aire cristalino hacia el interior de una
vasta magnitud, permanecía suspendido a mi lado, próximo y sin embargo muy lejano,
envuelto en las brumas de los tiempos pasados.
Y alguna vez se movía. Alzaba la cabeza como si escuchara algo.
Balanceaba uno de sus brazos en dirección a aquel mar de montes quebrados.
Desde muchas leguas de distancia una línea de arena se levantaba lentamente. Se
oía como un rumor. Otro brazo inmenso surgía para encontrarse con el suyo, y
las dos fabulosas figuras se acercaban la una a la otra. Suspendidos sobre el
Tiempo, y presidiendo los siglos desde sus tronos: conocían la eternidad. Qué
fácil les resultaba seguir siendo los señores de aquella tierra. Esperaban el
amanecer mirando al oriente. Y su maravilloso canto olvidado se derramaba sobre
el mundo...

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