© Libro N° 9863. De Lo Contrario. Kuttner, Henry. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
Or Else, Henry Kuttner (1915-1958)
Versión Original: © De lo contrario. Henry Kuttner
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Henry Kuttner
De lo
contrario
Henry
Kuttner
Miguel y Fernández se estaban tiroteando por todo el valle cuando
aterrizó el platillo volador. Malgastaron unas pocas balas en la extraña nave.
El piloto salió y atravesó el valle y subió la cuesta donde estaba Miguel, que
yacía a la sombra incierta de una cholla maldiciendo y manipulando el cargador
del rifle lo más rápido que podía. El brazo, que siempre le temblaba, le tembló
aún más cuando se acercó el desconocido. A último momento soltó el rifle,
empuñó el machete y se levantó de un brinco.
—Muere —dijo, y arrojó el arma. El acero centelleó bajo el caliente sol
mexicano. El machete rebotó con elasticidad en el cuello del desconocido y voló
por el aire, mientras un cosquilleo eléctrico recorría el brazo de Miguel.
Una bala cruzó el valle y chocó haciendo el ruido que tal vez haría el
aguijón de una avispa si en vez de sentirse se oyera. Miguel se echó al suelo y
rodó hasta una gran roca para ponerse a cubierto. Otra bala chilló estridente,
y un breve relampagueo azul chisporroteó en el hombro izquierdo del
desconocido.
—Estoy perdido —dijo Miguel, dándose por muerto; tendido sobre el
vientre, irguió la cabeza y le mostró los dientes al enemigo.
Sin embargo, el desconocido no demostraba hostilidad. Más aún, parecía
desarmado. Los ojos de Miguel lo registraron. El hombre vestía extrañamente.
Llevaba una gorra hecha de plumas azules cortas y diminutas. El rostro era
severo, ascético y ceñudo. Era muy delgado. Eso alentó a Miguel. Se preguntó
dónde habría caído el machete. No lo vio, pero el rifle estaba a pocos metros.
El desconocido se detuvo ante Miguel. Y con toda serenidad le dijo:
—Levántate. Hablemos.
Hablaba un excelente español, sólo que la voz parecía surgir dentro de
la cabeza de Miguel.
—No me levantaré —dijo Miguel—. Si me levanto, Fernández me matará. Es
muy mal tirador, pero no cometeré la idiotez de arriesgarme. Además, esto es
muy injusto. ¿Cuánto le paga Fernández?
El desconocido echó una mirada austera sobre Miguel.
—¿Sábes de dónde vengo? —preguntó.
—Me importa un bledo de donde viene —dijo Miguel, secándose el sudor de
la frente. Miró de reojo una roca cercana donde había guardado una bota de
vino—. De los Estados Unidos, sin duda. Usted y la máquina de volar. El
gobierno mexicano se enterará de esto.
—¿El gobierno mexicano aprueba el asesinato?
—Este es un asunto privado —dijo Miguel—. Se trata de los derechos sobre
el agua, algo muy importante. Además, es defensa propia. Ese cabrón que está
del otro lado del valle trata de matarme. Y usted es un matón a sueldo. Dios
los castigará a los dos —se le ocurrió una idea—. ¿Cuánto quiere por matar a
Fernández? —preguntó—. Le daré tres pesos y una bonita cabra.
—No habrá más peleas —dijo el desconocido—, ¿me oyes?
—Vaya a decírselo a Fernández —dijo Miguel—. Infórmele que el agua es
mía. Con todo gusto le dejaré en paz —le dolía el cuello de mirar al hombre
alto; se movió un poco, y una bala surcó el aire quieto y caliente y chapoteó
al incrustarse en un cacto.
El desconocido se alisó las plumas azules de la cabeza.
—Primero terminaré de hablar contigo. Escúchame, Miguel.
—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó Miguel, rodando y sentándose
cautelosamente detrás de la roca—. Es como pensé. Fernández le contrató para
asesinarme.
—Sé tu nombre porque puedo leer un poco en tu mente. No mucho, porque es
muy turbia.
—Y su madre era una cualquiera —dijo Miguel.
El desconocido frunció levemente las fosas nasales, pero ignoró la
observación.
—Vengo de otro mundo —dijo—. Mi nombre es... —en la mente de Miguel sonó
como Quetzalcóatle.
—¿Quetzalcóatle? —repitió Miguel con ironía—. Oh, sin duda. Y el mío es
San Pedro, el que tiene las llaves del cielo.
El rostro pálido y enjuto de Quetzalcóatle enrojeció levemente, pero su
voz era calma y resuelta.
—Escucha, Miguel. Mírame los labios. No los muevo. Te hablo dentro de la
cabeza, por telepatía, y tú traduces mis pensamientos a palabras que tienen
sentido para ti. Por cierto que mi nombre te resulta demasiado difícil. Es tu
propia mente que lo ha traducido como Quetzalcóatle. En realidad no es ése mi
verdadero nombre.
—Claro que no —dijo Miguel—. Ni es su verdadero nombre ni viene usted de
otro mundo. No le creería a un gringo aunque me jurara por todo el santoral.
El rostro largo y austero de Quetzalcóatle enrojeció de nuevo.
—Estoy aquí para impartir órdenes —dijo—. No para discutir sandeces
con... Mira, Miguel. ¿Por qué crees que no pudiste matarme con el machete? ¿Por
qué las balas no me tocan?
—¿Por qué vuela esa máquina de volar? —replicó Miguel sacando una bolsa
de tabaco para liar un cigarrillo; se asomó cautelosamente por la roca—. Seguro
que Fernández quiere tomarme por sorpresa. Mejor voy a buscar el rifle.
—Déjalo —dijo Quetzalcóatle—. Fernández no te hará daño.
Miguel rió con aspereza.
—Y tú no debes hacerle daño a él —añadió el extraño con firmeza.
—Entonces pondré la otra mejilla —dijo Miguel—, para que él pueda
atravesarme la cabeza de un balazo. Voy a creer que Fernández desea la paz,
señor Quetzalcóatle, cuando le vea cruzar el valle con las manos en alto. Y aun
así no dejaré que se acerque demasiado, porque lleva un cuchillo en la espalda.
Quetzalcóatle se volvió a alisar las plumas azul acero. Frunció el
rostro huesudo.
—Debéis dejar de pelear para siempre, ambos —dijo—. Mi raza administra
el universo y nuestra responsabilidad es llevar la paz a todos los planetas que
visitamos.
—Es lo que pensaba —dijo Miguel con satisfacción—. Usted viene de los
Estados Unidos. ¿Por qué no impone la paz en su propio país? He visto a los
señores Humphrey Bogart y Edward Robinson en las películas. Vaya, si en toda
Nueva York los gangsters se tirotean de un rascacielos a otro... ¿Y usted, qué
hace? Se lo pasa bailando con la señora Betty Grable. Ah, sí. Entiendo muy
bien. Primero nos trae la paz, y después se lleva nuestro petróleo y nuestros
minerales preciosos.
Quetzalcóatle pateó airadamente un guijarro con su zapato de acero
reluciente.
—Tengo que hacer que lo entiendas —dijo; miró un cigarrillo sin encender
que colgaba de los labios de Miguel, de pronto alzó la mano y un rayo blanco
brotó del anillo que llevaba en el dedo, y encendió la punta del cigarrillo.
Miguel se sobresaltó. Después inhaló el humo y cabeceó. El rayo blanco
desapareció.
—Muchas gracias, señor —dijo Miguel.
Quetzalcóatle apretó con fuerza los labios pálidos.
—Miguel —dijo—, ¿crees que un norteamericano puede hacer eso?
—Quién sabe.
—Nadie de tu planeta podría hacerlo, y tú lo sabes.
Miguel se encogió de hombros.
—¿Ves aquel cacto? —preguntó Quetzalcóatle—. Yo podría destruirlo en dos
segundos.
—No me cabe la menor duda, señor.
—También podría destruir el planeta entero.
—Sí, ya he oído hablar de las bombas atómicas —dijo cortésmente Miguel—.
Vaya, ¿entonces por qué se molesta en interferir en una tranquila reyerta
privada entre Fernández y yo? Se trata de un mísero pozo de agua que no le
importa a nadie salvo...
Una bala pasó silbando.
Quetzalcóatle se frotó el anillo con un ademán furioso.
—Porque el mundo ha de dejar de luchar —dijo ominosamente—. De lo
contrario, lo destruiremos. No hay razones para que los hombres no convivan
pacífica y fraternalmente.
—Hay una razón, señor.
—¿Cuál?
—Fernández, señor —dijo Miguel.
—Os destruiré a ambos si no dejáis de pelear.
—El señor es un gran amante de la paz —dijo cortésmente Miguel—. Con
gusto dejaré de pelear si usted me dice cómo...
—Fernández también dejará de pelear.
Miguel se quitó el vapuleado sombrero, tomó una vara y levantó el
sombrero con ciudado por encima de la roca. Se oyó un estampido en el aire, el
sombrero voló y Miguel lo manoteó en el aire.
—Muy bien —dijo—. Ya que insiste, señor, dejaré de pelear. Pero no me
alejaré de esta roca. Estoy totalmente dispuesto a dejar de pelear. Pero creo
que usted me exige algo sin decirme cómo debo hacerlo. Sería como pedirme que
volara por el aire como su máquina de volar.
Quetzalcóatle frunció aún más el ceño.
—Miguel —dijo por fin—, cuéntame cómo empezó la pelea.
—Fernández quiere matarme y esclavizar a mi familia.
—¿Por qué motivo?
—Porque es un malvado —dijo Miguel.
—¿En qué te basas para decir que es un malvado?
—Bueno —concluyó con toda lógica Miguel—, porque quiere matarme y
esclavizar a mi familia.
Hubo una pausa. Un correcaminos pasó a los brincos y se detuvo para
mordisquear el cañón reluciente del rifle de Miguel. Miguel suspiró.
—Hay una bota de buen vino a menos de seis metros —empezó, pero
Quetzalcóatle le contuvo.
—¿Qué decías sobre el problema del agua?
—Oh, eso —dijo Miguel—. Esta es una comarca pobre, señor. El agua es
preciosa aquí. Hemos tenido un año de sequía y ya no hay agua suficiente para
dos familias. El pozo de agua es mío. Fernández quiere matarme y esclavizar
a...
—¿Y no hay tribunales en tu país?
—¿Para gente como nosotros? —preguntó Miguel y sonrió cortésmente.
—¿Fernández tiene familiares? —preguntó Quetzalcóatle.
—Sí, pobres —dijo Miguel—. Los aporrea cuando se niegan a trabajar hasta
deslomarse.
—Y tú, ¿aporreas a los tuyos?
—Sólo cuando les hace falta —dijo Miguel, sorprendido—. Mi mujer es muy
gorda y holgazana. Y mi hijo mayor, Chico, es muy contestador. Es mi deber
aporrearlos cuando les hace falta, por el bien de ellos. También es mi deber
proteger nuestra agua, pues el malvado de Fernández está decidido a matarme
y...
—Esto es perder el tiempo —dijo Quetzalcóatle con impaciencia—. Déjame
pensar —volvió a frotar el anillo, miró alrededor. El correcaminos había
encontrado un bocado más apetecible que el rifle. Ahora se alejaba trotando,
con la cola cimbreante de un lagarto colgada del pico.
Arriba el sol ardía en el cielo azul claro. El aire seco olía a
mezquite. Abajo, en el valle, la perfección de forma y textura del platillo
volador lucía incongruente e irreal.
—Espera aquí —dijo por fin Quetzalcóatle—. Hablaré con Fernández. Cuando
te llame, ven a mi máquina de volar. Fernández y yo no tardaremos en reunirnos
contigo.
—Como usted diga, señor —convino Miguel. Miró a lo lejos.
—Y no toques el rifle —añadió Quetzalcóatle muy firmemente.
—Claro que no, señor —dijo Miguel.
Esperó a que el extraño se alejara. Luego se arrastró sigilosamente por
el suelo seco hasta que recobró el rifle. Después rebuscó un poco hasta
encontrar el machete. Sólo entonces tomó la bota de vino. Estaba sediento de
veras. Pero no bebió demasiado. Puso una carga nueva en el rifle, se recostó
contra la roca y esperó. De vez en cuando sorbía un trago de vino.
Entretanto el desconocido, ignorando las nuevas balas que ocasionalmente
le arrancaban destellos azules de la silueta acerada, se acercó al escondrijo
de Fernández. Los disparos cesaron. Pasó un largo rato, y al final la forma
alta reapareció y le hizo señas a Miguel.
—Ya voy, señor —gritó Miguel.
Depositó el rifle sobre la roca y se levantó muy cautelosamente, listo
para agacharse ante el primer movimiento hostil. No hubo ningún movimiento
hostil. Fernández apareció detrás del desconocido. Inmediatamente Miguel se
agazapó, tomó el rifle y lo levantó para tirar a bulto.
Un haz delgado y siseante relampagueó a través del valle. El rifle de
Miguel se puso al rojo. Miguel chilló y lo soltó, y después se le obnubiló la
mente.
—Muero honrosamente —pensó, y no pensó más.
Cuando despertó, estaba de pie bajo la sombra del gran platillo volador.
Quetzalcóatle apartaba la mano de la cara de Miguel. El sol centelleaba en el
anillo del hombre alto. Miguel sacudió la cabeza, aturdido.
—¿Estoy vivo? —preguntó.
Pero Quetzalcóatle no le prestó atención. Se había vuelto hacia
Fernández, que estaba detrás de él y gesticulaba ante la cara rígida. Del
anillo de Quetzalcóatle brotó una luz que penetró los ojos vidriosos de
Fernández. Fernández sacudió la cabeza y farfulló. Miguel buscó el rifle o el
machete pero no estaban. Se metió la mano dentro de la camisa, pero el cuchillo
tampoco estaba.
Miró a Fernández a los ojos.
—Estamos condenados, Fernández —dijo—. Este Quetzalcóatle nos matará a
los dos. Lamento por ti, en cierto modo, que vayas al infierno mientras yo voy
al cielo, pues no volveremos a encontrarnos.
—Te equivocas —repuso Fernández, buscando en vano su cuchillo—. Tú nunca
verás el cielo. Y este norteamericano alto no se llama Quetzalcóatle. Para toda
esta farsa ha asumido el nombre de Cortés.
—Le mentiría al mismo diablo —dijo Miguel.
—Calláos —ordenó Quetzalcóatle (o Cortés)—. Habéis visto una pequeña
muestra de mi poder. Ahora escuchadme. Mi raza ha asumido el alto deber de
encargarse de que todo el sistema solar viva en paz. Somos una raza muy
avanzada, con poderes con los que ni siquiera soñáis. Hemos resuelto problemas
para los que vuestra gente no tiene respuestas, y es nuestro deber consagrar
nuestros poderes al bien de todos. Si deseáis seguir viviendo, dejaréis de
luchar ya mismo y para siempre, y a partir de ahora viviréis pacífica y
fraternalmente. ¿Me habéis comprendido?
—Es lo que yo quise siempre —dijo Fernández, sorprendido—. Pero ese
cabrón quiere matarme.
—No habrá más muertes —dijo Quetzalcóatle-Cortés—. Viviréis como
hermanos, o moriréis.
Miguel y Fernández se miraron uno al otro y se volvieron a
Quetzalcóatle.
—El señor es un gran amante de la paz —murmuró Miguel—. Ya lo dije
antes. Lo que usted dice es lo mejor, sin duda, para garantizar la paz. Pero
para nosotros no es tan sencillo. Vivir en paz es bueno. Muy bien, señor.
Díganos cómo lo conseguiremos.
—Simplemente dejad de pelear —dijo Quetzalcóatle con impaciencia.
—Eso se dice fácil —observó Fernández—. Pero la vida aquí en Sonora no
es sencilla. Tal vez lo sea en el lugar de donde viene usted.
—Naturalmente —interrumpió Miguel—. En los Estados Unidos todos son
ricachones.
—Pero para nosotros no es sencillo. Tal vez en su país, señor, la víbora
no come a la rata, ni el pájaro a la víbora. Tal vez en su país hay comida y
agua para todos, y los hombres no tienen que pelear para cuidar de sus
familias. Aquí no es tan sencillo.
Miguel asintió.
—Ciertamente —acordó—, todos seremos hermanos algún día. Tratamos de
hacer lo que el buen Dios nos manda. No es fácil, pero poco a poco aprendemos a
ser mejores. Sería muy bonito que todos fuéramos hermanos al conjuro de una
palabra mágica, como quiere usted —se encogió de hombros—. Lamentablemente...
—No debéis solucionar vuestras diferencias por la fuerza —dijo con
firmeza Quetzalcóatle—. La fuerza es un mal. Debéis concertar la paz ahora
mismo.
—De lo contrario nos destruirá —dijo Miguel; se encogió nuevamente de
hombros y cambió una mirada con Fernández—. Muy bien, señor. Presenta usted un
argumento al que no puedo oponerme. En fin, acepto. ¿Qué debemos hacer?
Quetzalcóatle se volvió a Fernández.
—Yo también, señor —suspiró el último—. Sin duda que usted tiene razón.
Haremos las paces.
—Os estrecharéis las manos —dijo Quetzalcóatle con ojos centelleantes—.
Os juraréis lealtad.
Miguel tendió la mano. Fernández se la estrechó con firmeza y los dos
hombres intercambiaron una sonrisa.
—¿Veis? —dijo Quetzalcóatle con una sonrisa austera—. No es nada
difícil. Ahora sois amigos. Seguid siendo amigos.
Giró sobre los talones y caminó hacia el platillo volador. Una puerta se
abrió de modo terso en el casco lustroso. En el umbral, Quetzalcóatle se
volvió.
—Recordad —dijo—: estaré observando.
—Por cierto —dijo Fernández—. Adios, señor.
—Vaya con Dios —añadió Miguel.
La superficie tersa del casco se cerró detrás de Quetzalcóatle. Un
momento después el platillo volador se elevó suavemente y se detuvo a treinta
metros del suelo. Después salió disparado hacia el norte y desapareció como un
relámpago.
—Lo que pensaba —dijo Miguel—. Era de los Estados Unidos.
Fernández se encogió de hombros.
—En un momento llegué a creer que nos diría algo sensato —dijo—. Tenía
una gran sabiduría, sin duda. La vida no es fácil, por cierto.
—Oh, para él es bastante fácil —dijo Miguel—. Pero él no vive en Sonora.
Nosotros en cambio sí. Afortunadamente, yo y mi familia contamos con un buen
pozo de agua. Para los que no tienen agua, la vida es dura de veras.
—Es un pozo miserable —dijo Fernández—. Pero así y todo es mío —mientras
hablaba, liaba un cigarrillo; se lo dio a Miguel y se lió otro para él.
Los dos hombres fumaron un rato en silencio. Luego se marcharon, también
en silencio.
Miguel regresó a la bota de vino de la colina. Bebió un largo sorbo,
gruñó de placer y miró alrededor. El cuchillo, el machete y el rifle estaban
tirados a poca distancia. Los recuperó y se aseguró de que el rifle estuviera
cargado. Luego se asomó cautelosamente desde la roca. Una bala astilló la
piedra. Devolvió el disparo. Después hubo un rato de silencio. Miguel se
recostó y bebió otro sorbo. En eso vio un correcaminos que se escurría
velozmente con la cola de un lagarto colgada del pico. Quizás era el mismo
correcaminos de antes, y tal vez el mismo lagarto, que sufría una digestión
lenta.
—¡Señor Pájaro! —llamó Miguel en voz baja—. Está mal comer lagartos.
Está muy mal.
El correcaminos le miró con un ojo acuoso y siguió corriendo. Miguel
levantó el rifle y apuntó.
—Deje de comer lagartos, señor Pájaro. Basta, o tendré que matarlo.
El correcaminos pasó delante de la mira del rifle.
—¿No entiende lo que le digo? —dijo gentilmente Miguel—. ¿Tengo que
explicarle cómo?
El correcaminos se detuvo. La cola del lagarto desapareció por completo.
—Oh, muy bien —dijo Miguel—. Cuando descubra cómo un correcaminos puede
dejar de comer lagartos y seguir viviendo, entonces se lo diré, amigo. Pero
hasta entonces, vaya con Dios.
Se volvió y apuntó nuevamente el rifle hacia el otro extremo del valle.
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Henry Kuttner (1915-1958)

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