© Libro N° 9854. Datura Fastuosa. Hoffmann, E.T.A. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
Der Schöne Stechapfel, E.T.A. Hoffmann
(1776-1822)
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
E.T.A. Hoffmann
Datura
Fastuosa
E.T.A.
Hoffmann
En el invernadero del profesor Ignacio Helms,
hallábase el joven estudiante Eugenio y observaba las bellas flores rojas de la
regia Amarilis (Amarillys reginae), que acababan de abrirse precisamente
aquella misma mañana. Era el primer día tibio de febrero. Claro y apacible
brillaba el puro azul de un cielo sin nubes, y el sol resplandecía a través del
invernadero. Las flores que aún dormían en sus cunas verdes, parecían moverse
como en un sueño premonitorio, y agitaban sus suaves hojas, mientras que los
jazmines, las resedas, las inmarcesibles rosas, los sauquillos, las violetas,
en su florido despertar, llenaban la casa con los aromas más dulces y
agradables. Algunos pajarillos atrevíanse a volar tímidamente, apenas salidos
del cálido nido, y picoteaban en los cristales, como si ansiosos quisieran
atraer la bella y pintoresca primavera encerrada en la casa de cristal.
—¡Pobre Helms! —se dijo Eugenio con profundo
dolor—, ¡pobre viejo Helms, ya no verás más toda esta hermosura, toda esta
belleza! Tus ojos se han cerrado para siempre, y ahora reposas bajo la fría
tierra. Pero no, no, no, yo estoy seguro que estás entre tus amadas criaturas,
que tan fielmente cuidaste, y que tanto temías que muriesen. Ninguna ha muerto,
y es ahora cuando comprendes su vida y su amor, que apenas antes presentías.
En aquel instante llamaron a la puerta, y la
pequeña Margarita entró apresuradamente con la regadera, pasando entre las
flores y las plantas.
—¡Margarita, Margarita! —gritó Eugenio—. ¿Qué estás
haciendo? Me parece que riegas las plantas a una hora que no les conviene y que
vas a estropear lo que tan cuidadosamente estoy cultivando.
La pobre Margarita estuvo a punto de dejar caer de
sus manos la regadera llena de agua.
—Querido Eugenio —repuso, mientras los ojos se le
llenaban de lágrimas—, no me regañéis, no os enfadéis conmigo. Ya sabéis que yo
soy una criatura sencilla e ignorante, y me parece que las pobres plantas y las
matas que están aquí en casa sin rocío y sin lluvia, van a secarse, así es que
tengo que darles de beber y de comer.
—Golosinas —la interrumpió Eugenio—, nada más que
golosinas, Margarita, golosinas perjudiciales que las enferma y les causa la
muerte. Ya sé que tu intención hacia las flores es buena, pero te faltan
conocimientos botánicos, y, a pesar de mis enseñanzas, no te esfuerzas en
aprender la ciencia tan conveniente a todas las señoritas, sí, imprescindible,
pues a veces una joven no sabe a qué clase y orden pertenece una rosa olorosa
con la que se adorna, y eso, la verdad, está muy mal. Vamos a ver, Margarita,
¿qué clase de flores son las que hay en aquellas macetas, que pronto van a
florecer?
—¡Oh, sí —exclamó Margarita alegremente—, son mis
queridas campanillas!
—¿Lo ves —repuso Eugenio—, lo ves, Margarita, que
ni siquiera sabes dar nombre a tus flores predilectas? Galanthus nivalis debes
decir.
—Galanthus nivalis —dijo Margarita en voz baja, con
medrosa timidez—. ¡Ay, querido Eugenio —exclamó—, qué bien suena y qué
agradable, pero me parece como si no fueran mis campanillas! Bien sabéis, como
ya os he dicho, que yo soy una niña...
—¿Todavía lo eres, Margarita? —le interrumpió
Eugenio.
—Es verdad —repuso Margarita, enrojeciendo por
completo—, cuando ya se tienen catorce años, ya no se puede contar uno entre
los niños.
—Y, sin embargo —dijo Eugenio, sonriendo—, no hace
tanto que la muñeca nueva...
Rápidamente se volvió de espaldas Margarita, se
puso a un lado e hizo como si se ocupase de las macetas que estaban en el
suelo, arrodillándose.
—No te enfades, Margarita —dijo Eugenio
suavemente—. Quiero que seas siempre la niña buena, devota y amable que el papá
Helms quitó a su malvada parienta, y que ha criado en compañía de su mujer,
como si fuera su propia hija. Pero, bueno, ¿querías decir algo?
—¡Ay! —contestó Margarita en voz baja—. ¡Ay,
querido señor Eugenio!, es una tontería que se me ha pasado por la cabeza, pero
como lo deseáis, os lo voy a confesar. Cuando nombrasteis a mis campanillas de
un modo tan elegante, me acordé de la señorita Rosita. Ella y yo, como bien
sabéis, señor Eugenio, éramos uña y carne, y jugábamos cuando... éramos niñas,
muy a gusto. Pero un día, de esto debe de hacer un año, Rosita se puso muy
seria, y en su conducta se mostró muy extraña, y me dijo que ya no tenía que llamarla
más Rosita, sino señorita Rosalinda... Así lo he hecho, pero desde aquel
instante se ha ido alejando y alejando de mí, y he perdido a mi querida Rosa.
Me parece que me va a pasar lo mismo con mis queridas flores, como empiece de
repente a nombrarlas con nombres tan raros y orgullosos.
—Hum —dijo Eugenio—, algunas veces tus palabras
expresan cosas extrañas y maravillosas. Se entiende lo que quieres decir, y se
comprende lo que has dicho, pero a la poderosa ciencia botánica todo esto no le
perjudica nada, y así como llamas a tu Rosita señorita Rosalinda, ciertamente
que debes de saber el nombre de tu flor predilecta, tal como la llaman en el
mundo científico y erudito. ¡Aprovéchate de mi ciencia! Ahora, querida
Margarita, vamos a ver los jacintos. Pon el Og roi de Buzan, y el Goria solis más
a la luz del sol. De la Péruque quarrée parece que no va a salir nada. El
Emilius Graf Bühren, que en diciembre estaba tan floreciente, ahora está
marchito y me parece que no va a durar mucho; pero el Pastor Fido está
precioso. ¡El Hugo Grotius ya lo puedes regar bien, pues está en pleno
crecimiento!
Mientras Margarita, que había vuelto a ruborizarse
cuando Eugenio la llamó encantadora y buena niña, se disponía con alegría y
viveza a ejecutar lo que le ordenaba, entró la profesora Helms en el
invernadero de cristal. Eugenio le hizo notar qué hermosa era la flora
primaveral, y elogió preferentemente la Amaryllis reginae floreciente, que el
pobre profesor estimaba más que la Amarillys formossisima, y de aquí que la
cuidase con especial cariño, en recuerdo de su querido amigo y maestro.
—Querido Eugenio —dijo la profesora conmovida—,
tenéis un alma sensible y delicada, y mi difunto esposo os apreciaba y os
quería como un padre, más que a cualquiera de los discípulos que han venido por
aquí. Ninguno ha comprendido tan bien a mi Helms, ninguno ha estado más unido a
él que usted, y ninguno ha penetrado en el conocimiento y peculiaridades de su
ciencia como usted. «El joven Eugenio —acostumbraba a decir Helms— es un joven
fiel y devoto, por eso le gustan las plantas, las flores y los arbustos que
prosperan risueños bajo su cuidado. Un carácter arisco, perverso y enemigo, es
como Satán, que siembra hierbas malas, que crecen silvestres y matan con su
aliento ponzoñoso a las criaturas de Dios», pues llamaba criaturas de Dios a
sus flores.
A Eugenio se le saltaron las lágrimas:
—Sí, querida y respetada profesora —repuso—, seré
fiel y trataré de perseverar en el piadoso amor, dedicado a la conservación del
bello templo de mi maestro, de mi padre, mientras haya en mí un soplo de vida.
Si me lo permitís, profesora, me gustaría, según solía hacer el profesor,
venirme a la habitación más próxima al invernado de cristal, y así lo tengo
todo a la vista.
—Precisamente por eso —repuso la profesora—, me
duele pensar que muy pronto toda esta belleza y hermosura de las flores ha de
tener un fin. Como bien sabéis, yo entiendo del cuidado de las plantas y de las
flores, pues nunca fui ajena a la ciencia de mi esposo. Pero, ¡Dios
Omnipotente!, ¿cómo una mujer mayor como yo podrá ocuparse tan activamente de
todo esto como un hombre joven y experto aunque no le falte deseo y gusto para
ello? Así es que es necesario que nos separemos, querido señor Eugenio.
—¿Cómo? —gritó Eugenio horrorizado—. ¿Queréis
echarme, señora profesora?
—¡Vete! —dijo entonces la profesora a Margarita—,
vete, querida Margarita, y tráeme el chal grande, que siento un poco de frío.
Cuando Margarita salió, la profesora se puso muy
seria y dijo:
—Qué afortunado sois, señor Eugenio, pues dais
muestras de ser ingenuo e inexperto. Como joven en extremo noble no podréis
comprender lo que estoy obligada a deciros.
Apenas habéis cumplido los veinticuatro años, yo
podría muy bien ser vuestra abuela, y pienso que esta relación, sin duda,
santificaría nuestra vida en común. Pero la ponzoñosa flecha de la maliciosa
calumnia no perdona ni siquiera a las matronas, cuya vida es irreprochable, y
no faltarán hombres arteros que, aunque parezca ridículo, censuren vuestra
estancia en mi casa, dando pábulo a malvadas murmuraciones y a bromas de mal
gusto. Aún más que a mí, la maldad le atacará a usted, por lo cual siento mucho
deciros, querido Eugenio, que es necesario que abandonéis mi casa. Por lo
demás, yo os ayudaré en vuestra carrera como si fuerais mi hijo, y lo haré con
gusto, aunque mi Helms no lo indicase expresamente.
Eugenio se quedó mudo, pasmado. No podía comprender
cómo su estancia allí, alejado de la profesora, podía resultar escandalosa y
pudiera dar materia a comentarios maliciosos. Pero el firme propósito de la
profesora de que abandonase la casa que había sido el círculo donde había
transcurrido toda su vida, en la que vivían sus amigos, el solo pensamiento de
separarse de sus flores adoradas, a las que dedicaba tantos cuidados, le dominó
por completo, con intensa fuerza. Eugenio pertenecía a esa clase de hombres
sencillos a los que les basta y hace feliz un pequeño círculo, interesado en la
ciencia y en el arte, y que se ocupan sólo de los bellos objetivos que dominan
su espíritu; era de aquellos a los que un reino pequeño, en el que se encuentra
a gusto, le parecía un oasis fructífero, en medio de los inmensos y estériles
desiertos, que así le parecía el resto de la existencia, y a los que no se
atrevía siquiera a penetrar considerándolos peligrosos.
Es bien sabido que esta clase de hombres, en cierto
modo, por su manera de pensar, siempre permanecen como si fueran niños, que son
como incapaces y torpes, y aunque aparecen envueltos en el manto rígido de
cierta mezquina pedantería, con que les cubre la ciencia, en el fondo parecen
egoístas e insensibles. No faltan las burlas que se permite la incomprensión,
segura siempre de una fácil victoria. Pero en lo más íntimo de tales hombres
arde la santa llama de un conocimiento superior: permanecen ajenos al torbellino
tan atractivo del mundo, y la obra a la que se dan con total entusiasmo y
entrega es el medio de que se valen para acercarse al eterno poder de la
existencia, y su vida silenciosa e inofensiva es un continuo servicio en el
eterno templo del Espíritu Universal. Así era Eugenio.
Cuando Eugenio salió de su aturdimiento y recuperó
la palabra, afirmó con energía que no temía nada, y que como se viese obligado
a abandonar la casa de la profesora, su carrera habría terminado; porque
arrojado de su verdadero hogar, jamás podría trabajar en paz y con
tranquilidad. Juró a la profesora con las expresiones más conmovedoras, que si
no le admitía como hijo, no le echase a los yermos desolados, pues eso le
parecerían otros lugares.
La profesora pareció esforzarse en buscar una
solución.
—Eugenio —dijo, finalmente—, hay un medio para que
podamos quedarnos en casa tal como estáis ahora. ¡Sed mi esposo!
Como Eugenio se quedara asombrado mirándola,
añadió:
—No es posible que un carácter como el vuestro
interprete mal lo que digo; por lo tanto, no quiero ocultar el deciros que la
proposición que os hago no es una ocurrencia repentina, sino el resultado de
una madura reflexión. Desconocéis por completo las cosas de la vida, y no creo
que podáis tener experiencia en poco tiempo. Necesitáis alguien que os conduzca
en el círculo estrecho de la vida, y que os alivie de los pesados fardos de la
existencia cotidiana, que os cuide hasta en los más mínimos detalles, para que
libremente podáis dedicaros a la ciencia. Nadie puede hacer esto mejor que una
madre amante y cariñosa, y esto es lo que voy a ser en el verdadero sentido de
la palabra, aunque ante el mundo aparezca con el nombre de esposa.
»Aunque nunca se os haya pasado por la cabeza la
idea del matrimonio, querido Eugenio, tampoco debéis pensar que la bendición de
un sacerdote va por eso a alterar nuestras relaciones, pues únicamente esta
bendición me consagrará como vuestra madre y a usted como a un hijo mío. Y con
qué paz y tranquilidad, querido Eugenio, os hago ahora esta proposición. A
muchos de este mundo les parecerá extraña, aunque yo estoy convencida de que si
la aceptáis no habrá en ello la menor rareza. Todo lo que el mundo exige para
hacer feliz a una mujer será ajeno a usted, y la tensión y las incomodidades
que producen todas estas exigencias, y que le podrían importunar y hacerle
sentir las dificultades de la vida real. Por eso, la madre debe sustituir a la
esposa.
Margarita entró con el chal y se lo dio a la
profesora.
—No quiero —dijo la profesora— ninguna decisión
precipitada. Decídase usted cuando lo haya meditado bien. Por hoy ni una
palabra más. Hay una regla que dice que antes de decidir una cosa hay que
consultarla con la almohada.
Nada más decir esto, abandonó la profesora el
invernadero de cristal y se llevó a Margarita. La profesora tenía razón, jamás
se le había pasado por la cabeza a Eugenio nada que se relacionase con el
matrimonio, y precisamente por eso la proposición de la profesora le había
desconcertado, porque de pronto ante sus ojos se le aparecía una nueva imagen
de la vida. Cuando se puso a considerar la cosa, nada le pareció mejor ni más
estupendo que la Iglesia bendijese esta unión que le proporcionaría a él una buena
madre, y a ella le otorgaría un hijo. De muy buena gana le hubiera comunicado
su decisión inmediatamente a la buena mujer, pero como le había pedido que
permaneciera callado hasta el día siguiente, hizo lo posible por disimularlo, a
pesar de que su mirada y todo su ser daba muestras y delataba a la profesora lo
que sentía en su interior.
Conforme el consejo de la profesora, como decidiese
consultar la cosa con la almohada, en medio del delirio del adormecimiento, vio
un rayo de luz, una ensoñación, cuyas figuras parecían desvanecerse de su
memoria. En la época en que era amanuense del profesor Helms en su casa, a
menudo venía una sobrinita —una jovencita preciosa—, pero que apenas llamaba su
atención. Recordaba que ella se ausentó una temporada y cuando regresó de nuevo
fue para contraer matrimonio con un médico del lugar, y ya no recordaba más.
Cuando vino la joven y se celebró la boda con el joven doctor, el viejo Helms
hallábase enfermo y no podía abandonar su estancia. La bondadosa joven dijo que
después de la ceremonia iría con el novio a su casa para solicitar que diese su
bendición a la pareja. Sucedió que Eugenio entró en la habitación en el
instante preciso en que la pareja de novios se arrodillaba ante el viejo.
No le pareció la joven aquella sobrinita que había
visto en la casa tantas veces, sino que la novia se le apareció como un ser
superior y angelical. Iba vestida de raso blanco. La rica tela ceñía su esbelto
cuerpo y luego se extendía en amplios pliegues. El seno se adornaba de valioso
encaje, y sus cabellos castaños artísticamente trenzados se adornaban con una
corona de mirto. De su semblante irradiaba algo así como la bienaventuranza de
los santos, y toda la gracia del cielo parecía haberse derramado sobre ella. El
viejo Helms estrechó a la novia entre sus brazos, lo mismo hizo la profesora, y
acompañó al novio, que abrazó a la angelical novia con gran vehemencia, dando
muestras del mayor deleite.
Eugenio, que pasaba desapercibido, y al que nadie
hacía caso, no supo bien cómo sucedió. Sintió un frío helador, y luego un calor
ardiente por todos sus miembros, su pecho traspasado por un dolor indecible, y
con todo, pensó que nunca se había sentido mejor. «Y si la novia se acercase a
ti, ¿por qué no habrías de estrecharla contra tu pecho?» Este pensamiento, que
cruzó por su mente como una descarga eléctrica, le pareció como un enorme
placer, pero el miedo indecible que amenazaba aniquilarle, sólo tenía par con
el ardiente anhelo, el deseo vehementísimo de que esto sucediese, y su ser se
derretía en un placer dolorosamente aniquilador.
Entonces fue cuando el profesor cayó en la cuenta
de que estaba allí, y le dijo:
—Mira, Eugenio, ya tenemos a nuestra pareja feliz.
Felicitad a la señora del doctor. Es lo propio.
Eugenio fue incapaz de pronunciar palabra, pero la
bella novia se acercó a él, le ofreció la mano con gentileza; Eugenio la cogió,
sin saber qué hacer, y la llevó a sus labios. Pero sintió que iba a
desvanecerse, hizo un gran esfuerzo para mantenerse derecho, no entendió nada
de lo que la novia le dijo, y nuevamente cuando la pareja salió de la estancia
encontróse con que el profesor Helms le regañaba y le echaba en cara su
incomprensible cortedad, y el haberse quedado como mudo y como un ser inerte,
sin participar en nada, como si no tuviera sentimientos.
Parecerá extraño, pero Eugenio estuvo casi dos días
después como atontado y sonámbulo, pasado lo cual, aquel acontecimiento se
diluyó en su interior como si hubiese sido un confuso sueño. La figura de la
maravillosa y angelical novia, tal como la había visto en la estancia del
profesor Helms, de repente se le apareció con gran viveza y fuerza, y aquel
indecible dolor que sintió en otro tiempo, de nuevo le oprimió el pecho. Pero
le pareció como si esta vez él mismo fuese el novio, que la bella abría los brazos,
que él la abrazaba y la estrechaba contra su pecho, y como en la intensidad del
mayor deleite quisiera desprenderse de ella, se sintió encadenado y oyó una voz
que decía: «Loco, ¿qué vas a hacer? No estás en tus cabales, has vendido tu
juventud, la primavera del amor y del placer nunca más florecerá para ti, pues
envejecerás en brazos del helado invierno.
Con un grito de horror despertó del sueño, pero le
parecía como si todavía viese a la novia, y detrás de ella estuviese la
profesora, y tratase de cerrarle los ojos con sus dedos helados, para que no
pudiera mirar más a la bella y gentil desposada. «¡Fuera, fuera! —gritó—.
¡Todavía no he vendido mi juventud, no me he entumecido en los brazos del
helado invierno!» Y al mismo tiempo que ardía en él un ferviente anhelo, sentía
vivamente un profundo aborrecimiento hacia la unión con la vieja profesora
sesentona.
Eugenio apareció al día siguiente como si estuviera
algo trastornado; la profesora le preguntó qué tal se encontraba y como se
quejase de dolor de cabeza y de cansancio, ella misma le preparó una bebida
fortificante y le prodigó cuidados y atenciones, como si fuese un niño mimado
enfermo. Eugenio dijo para sí: «¿Y voy a ser capaz de corresponder a este amor
maternal y a esta fidelidad con la más negra ingratitud, en trastorno ilusorio,
alejándome de ella, de mis mayores alegrías y de mi propia vida? Y todo esto
por un sueño, que no tiene consistencia alguna, probablemente engaño de
Satanás, indigno placer de los sentidos, que me llevará a la perdición. ¡Cómo
no he de pensarlo y reflexionar! ¡Está decidido, mi decisión está tomada!». Esa
misma noche la vieja profesora, que tenía casi sesenta años, se convirtió en la
novia del joven señor Eugenio, que por entonces todavía era un estudiante.
Eugenio estaba justamente ocupado en cortar algunas
hierbas cuando entró Severo, el único amigo con el que tenía trato. Cuando
Severo vio a Eugenio abismado en su trabajo, se plantó ante él y soltó una
imponente carcajada. Lo mismo habría hecho otro cualquiera que hubiera sido
menos sensible a las rarezas que el jovial y divertido Severo. La vieja
profesora, con toda su buena intención, había puesto a la disposición del novio
el guardarropa del pobre profesor, y le había manifestado que le gustaría mucho
que Eugenio hiciese uso de los buenos y cómodos trajes, aunque no saliese a la
calle con estas ropas pasadas de moda. Hallábase Eugenio vestido con la amplia
y gruesa bata del profesor, sembrada de flores de diferentes formas y colores,
y con un gorro en la cabeza en cuyo frente estaba bordado un florido Lilium
bulbiferum (azucena de fuego), y con su carita juvenil, vestido de máscara
parecía un príncipe encantado.
—Dios te proteja y te ayude —exclamó Severo cuando
dejó de reír—, me parece como si hubiese fantasmas y el bueno del profesor,
salido de su tumba, se pasease entre sus flores como un arbusto de flores
raras. Dime, Eugenio, ¿cómo has llegado a esta mascarada?
Eugenio afirmó que no veía nada raro en su aspecto.
La profesora en sus relaciones actuales, le permitía utilizar las batas del
difunto profesor que eran más cómodas y que estaban hechas de unas telas tan
buenas que era ya difícil encontrar algo igual. Todas las flores y las hierbas
estaban copiadas minuciosamente del natural, y aún más en el legado del
profesor había algunos gorros rarísimos que podían servir perfectamente como
Herbarium vivum. Éstos sólo los utilizaría con muchísimo respeto en algunas festividades
especiales. La misma bata que llevaba era extraordinariamente rara y bella,
porque el difunto profesor con su propia mano y con tinta fija había puesto el
nombre al lado de cada flor y de cada hierba, como podía comprobar Severo,
mirando de cerca la bata y el gorro, de forma que aquella bata podía servir a
los discípulos curiosos incluso de magnífico estudio.
Severo tomó con la mano el gorro que Eugenio le
ofrecía y comprobó que había una lista de nombres, escritos con fina escritura,
por ejemplo: Lilium bulbiferum, Pitcarnia angustifolia, Cynoglossum omphalodes,
Daphne mezereum, Gloxinia maculata, y otros. Severo estuvo a punto de
prorrumpir en carcajadas, pero de repente se puso muy serio, miró a su amigo
fijamente a los ojos y le dijo:
—¡Eugenio! ¿Es posible? No, es imposible, no puede
ser más que un estúpido rumor y una burla, que te desacredita a ti y a la
profesora. Ríete, Eugenio, ríete a carcajadas, ¡dicen que te vas a casar con la
vieja!
Eugenio se asustó un poco, luego, entornando los
ojos, afirmó que era verdad lo que decían.
—Así que el destino —exclamó Severo— me ha traído
muy oportunamente para arrancarte del abismo de perdición a cuyo borde te
encuentras. Dime de qué locura incurable estás poseído para entregarte en la
mejor edad de tu vida por un puñado de dinero.
Según solía sucederle a Severo, en esta ocasión fue
exaltándose a medida que hablaba atropelladamente hasta terminar profiriendo
maldiciones contra la profesora..., contra Eugenio, y hasta comenzaba a
proferir groseros juramentos estudiantiles, cuando Eugenio, con gran trabajo,
logró tranquilizarlo, hacerle callar y hasta que le escuchase. Pues
precisamente el fogoso acaloramiento de Severo había permitido reponerse a
Eugenio. Le expuso, tranquilamente, con toda claridad, la naturaleza de sus
relaciones, no ocultó cómo se había desarrollado la conversación, y finalmente
terminó preguntándole si realmente creía que la unión con la profesora iba a
arruinar su felicidad.
—¡Pobre amigo mío —dijo Severo, que ya se había
tranquilizado—, pobre amigo, en qué red de equívocos te has metido! Quizá logre
desenredar los nudos y librarte de los lazos, y entonces apreciarás el valor de
la libertad. ¡Debes irte de aquí!
—¡Nunca! —exclamó Eugenio—. Mi decisión es firme.
Eres un ser mundano que, desgraciadamente, no comprendes y que pones en duda la
bondad y la fidelidad del amor maternal con el que la más noble de todas las
mujeres quiere guiarme a través de la vida, a mí, eterno niño, que soy como un
menor.
—Escucha —dijo Severo—, Eugenio, ¿de modo que tú
mismo te consideras un menor? A veces, verdaderamente lo eres, y esto me da la
experiencia de la superioridad que me conceden los años, ya que soy un poco
mayor que tú. No consideres que es pedantería precipitada, si te digo que desde
tu punto de vista no puedes ver completamente claro en este asunto. No creas
que albergo la menor animosidad hacia la infeliz profesora, pero no solamente
va contra tu felicidad, sino contra ella misma, debido a su gran error.
»Es cierto, según se afirma, que las mujeres lo
pueden todo, a excepción de poder ponerse en la situación de otro. Lo que ellas
mismas sienten les sirve de norma para todos los temperamentos, y la
configuración de sus ideas les parece el prototipo de cómo deben juzgar y
discriminar lo que se encierra en el interior de los demás. Todo lo que conozco
de la vieja profesora, tanto de su persona como de sus actos, me dice que no es
capaz de pasión, que es mujer flemática, lo que conserva muy jóvenes tanto a las
muchachas como a las mujeres mayores, pues en verdad, para la edad que tiene,
ella se conserva muy tersa y muy bien.
»Como el viejo Helms era también la calma en
persona, sabemos que conforme a sus costumbres ordenadas y sencillas, ambos
tenían un carácter bondadosísimo, y que el matrimonio era una pareja feliz y
tranquila, pues el esposo nunca ponía peros a la sopa y la esposa no mandaba
fregar el estudio a hora inoportuna. Este eterno andante del dueto matrimonial
cree la profesora que podrá proseguirlo contigo, apaciblemente, pues considera
que tú tienes la flema suficiente para no entrar en el mundo de golpe con un
alegro. Si todo sigue lo mismo dentro de la bata botánica, en calma y en
silencio, en resumidas cuentas dará lo mismo quien esté dentro: el profesor
Helms o el joven estudiante Eugenio.
»No hay duda alguna de que la vieja te cuidará, te
mimará, y hasta me atrevo a asegurar que seré el primer invitado a tomar
contigo una taza de moka, de las que prepara la buena mujer, y que verá con
buenos ojos que fume contigo una pipa del más fino Varina que ella misma habrá
preparado y que yo te encienda el tabaco sacado de los trozos selectos que el
difunto había picado él mismo y preparado. Pero ¿y cuando en medio de esta
calma, que a mí por lo menos me parece el yermo del más desesperante y desconsolador
vacío, y cuando en medio de esta calma, de repente irrumpa el torrente de la
vida?
—¿Quieres decir —interrumpió Eugenio a su amigo—
cuando sucedan desgracias, enfermedades?
—Quiero decir —continuó Severo— cuando a través del
cristal de esta ventana miren un par de ojos y el fuego de sus rayos derrita la
costra que cubre tu interior y el volcán estalle en medio de llamas
abrasadoras.
—No te entiendo —gritó Eugenio.
—Y entonces —continuó Severo, sin hacer caso a
Eugenio—ninguna bata botánica podrá protegerte de sus rayos, pues caerá en
pedazos de tu cuerpo, aunque sea de amianto. Y, es más, prescindiendo de lo que
pueda suceder a causa de esta unión absurda, recaerá sobre ti la peor de todas
las maldiciones, la maldición que destroza y mata hasta las más pequeñas flores
de la vida, la maldición del ridículo.
El semblante de Severo se contrajo, surcado de
arrugas irónicas, y ya tenía en la punta de la lengua una palabra ingeniosa,
cuando la profesora con aire amable y bondadoso, y el respetable porte de una
noble matrona, entró en la habitación, y con pocas palabras que brotaban
cordiales de su interior bondadoso, llena de afabilidad, saludó al amigo de su
Eugenio. La ironía desapareció como por ensalmo y la burlesca chanza, y, en un
instante, Severo tuvo la sensación de que en la vida existían seres y relaciones
apenas presentidas por el vulgo.
Digamos entre nosotros que la profesora, para
empezar, tenía la costumbre de saludar a todos con gran amabilidad, y que su
espíritu en verdad era bondadoso y fiel, a la manera de las matronas de Alberto
Durero, pues la profesora tenía una gran semejanza con estas matronas. Así que
Severo se tragó la palabra ingeniosa que tenía en la punta de la lengua, y no
volvió a tener deseos de burlarse cuando la profesora le invitó, ya que era la
hora del atardecer, a tomar el café con Eugenio y a fumarse una pipa.
Severo dio gracias al Cielo cuando se vio en la
calle, pues la amabilidad de la buena mujer, el encanto especial de la afable
señora que se extendía por todo su ser, le había fascinado de tal modo, que
incluso vacilaba en sus más íntimas convicciones. Sí, a pesar de sus
pronósticos, sabía que Eugenio sería feliz en sus paradójicas relaciones con la
vieja, y esto le resultaba insoportable y hasta odioso.
¡Bien! Suele suceder en la vida que un mal
presentimiento sobrecoge en el último instante, y esto le sucedió pocos días
después, en que la maldición del ridículo, a la que había aludido Severo, hizo
su efecto. La extraña situación de novio en que se encontraba Eugenio era de
todos conocida, así que cuando a la mañana siguiente entró en el único colegio
que solía visitar, todos le miraron con semblante risueño. Aún más, cuando las
clases terminaron, los estudiantes formaron doble fila en la calle, y el pobre
Eugenio tuvo que pasar por en medio, mientras gritaban: «¡Enhorabuena, señor
novio, saluda a tu dulce y encantadora novia! ¡Eh, que resuenen los violines y
las flautas, etc., etc.
A Eugenio se le subió la sangre a la cabeza. Cuando
llegó a la calle, le gritó un chico ordinario que estaba en la fila: «Saluda a
tu novia, la vieja...», y soltó una palabrota, pero en el mismo instante se
despertaron todas las furias de la cólera y la rabia de Eugenio, y con el puño
cerrado descargó un puñetazo en el rostro de su contrario, al que derribó al
suelo. Éste se rehizo rápidamente y descargó varias veces el grueso bastón
contra Eugenio, hasta que el presidente de la Comunidad, dirigiéndose a ellos,
gritó, regañándoles:
—¡Alto! ¿Sois, acaso, chicos de la calle que os
apaleáis en pleno mercado? ¡Que se vaya al diablo si Eugenio se casa y quién
sea la novia! Marcelo ha ultrajado a la novia, en plena calle, en nuestra
presencia, de modo tan plebeyo que tiene que lavar la injuria aquí mismo. Y
sabe Marcelo lo que tiene que hacer, y si alguien piensa lo contrario que se
entienda conmigo.
El presidente cogió a Eugenio del brazo y le
acompañó a su casa:
—Eres un chico valiente —dijo a Eugenio—, no podías
obrar de otro modo. Pero vives tan callado, tan retirado, que se te tomaría por
un ratón. No podrás defenderte en el duelo, te falta valor y tampoco tienes
práctica; el fanfarrón de Marcelo es uno de nuestros mejores espadachines, de
modo que al tercer asalto te derribará. Esto no puede ser, te propongo
sustituirte, y yo defenderé tus cosas, quédate tranquilo. —El presidente dejó a
Eugenio, sin recibir respuesta.
—¿Ves? —dijo Severo—. ¿Ves como ya empiezan a
cumplirse mis profecías?
—¡Oh!, calla —exclamó Eugenio—, la sangre me hierve
en las venas, no me conozco, estoy destrozado. ¡Dios del Cielo! ¿Qué espíritu
perverso ha encendido en mi interior esta cólera salvaje? ¡Te digo, Severo, que
si hubiera tenido un arma en la mano, habría matado a aquel infeliz en ese
instante! ¡Jamás hubiera podido suponer que pudiera darse en la vida una
infamia igual!
—Ya empiezan las amargas experiencias.
—Déjate, déjate de sabidurías mundanas. Ya sé que
hay huracanes que de pronto estallan y destrozan en un instante lo que con gran
trabajo se ha ido construyendo a lo largo de la vida. Me parece como si
hubieran destrozado mis más bellas flores y estuvieran muertas a mis pies.
Un estudiante, en nombre de Marcelo, entró para
señalar el duelo a la mañana siguiente. Eugenio prometió estar en el lugar
determinado a la hora convenida.
—Tú, tú que jamás has tenido un florete en la mano,
¿quieres batirte? —preguntó Severo asombrado; pero Eugenio le aseguró que
ningún poder evitaría que él mismo defendiese sus asuntos, como le
correspondía, y que el valor y su decisión sustituirían lo que le faltaba de
destreza. Severo le hizo ver que en los duelos, según se había visto otras
veces, el más valeroso solía ser vencido por el más débil. Eugenio permaneció
firme en su decisión, añadiendo que estaba más versado en el florete de lo que
podía suponerse.
Severo le estrechó con alegría entre sus brazos y
exclamó:
—El presidente tiene razón, eres un valiente, pero
no irás a la muerte, yo te secundaré y protegeré mientras pueda.
La palidez de la muerte se extendía por el
semblante de Eugenio cuando llegó al lugar del desafío, aunque sus ojos
resplandecían con un fuego intenso y abrasador, y en su actitud se
transparentaba la firmeza, la calma y la decisión. No poco se asombró Severo, y
hasta el presidente, cuando Eugenio dio muestras de ser un buen espadachín,
pues su contendiente no pudo abatirle al primer encuentro. Al segundo encuentro
dio una estocada a Marcelo en el pecho que le derribó. Eugenio debía huir, pero
no quiso moverse del lugar, sucediese lo que sucediese. Marcelo, al que tenían
por muerto, se recuperó e incorporóse, y cuando el médico dictaminó que sería
muy posible que se salvase, Eugenio, en compañía de Severo, abandonó el lugar
del desafío y se dirigió a su casa.
—Amigo mío —exclamó Severo—, ayúdame a salir del
sueño en que me encuentro, pues me parece soñar cuando te miro. En vez de un
Eugenio pacífico, veo ante mis ojos un hombre potente, que esgrime el florete
como el experto presidente y que posee la misma seguridad e impasibilidad que
él.
—¡Oh, amigo mío! —repuso Eugenio—, quiera el Cielo
que tengas razón, ojalá todo sea una pesadilla. Pero no, el torbellino de la
vida me ha arrebatado, y quién sabe contra qué escollos me golpearán los
oscuros poderes y si quedaré herido de muerte sin poder salvarme en mi Paraíso,
que siempre consideré inaccesible a los tenebrosos espíritus indomables...
Segunda parte.
—Y dime —añadió Severo—, ¿qué son estos tenebrosos
espíritus indomables que pueden destruir ese Paraíso, sino los errores que nos
hacen aparecer la vida como algo claro y alegre? Eugenio, por lo más sagrado,
abandona el propósito que te llevará a la perdición. Me refiero a la maldición
del ridículo, que cada vez la sentirás más y más. Eres valiente, decidido, y es
de prever que no es imposible que para defender del ridículo tus relaciones con
la vieja tengas que volver a batirte por segunda vez, a causa de la novia.
Considera que cuanto más valor tengas y más firmeza, más fuerte será la lejía
que te arrojen. Todo el brillo de la heroicidad estudiantil palidecerá ante el
absoluto filisteísmo con que la vieja novia te adornará.
Eugenio suplicó a Severo que no volviera a hablar
más acerca de algo que tenía decidido firmemente, y luego respondió a sus
preguntas, diciéndole que su habilidad en la esgrima se la debía al difunto
profesor Helms, que era un estudiante a la antigua usanza y conocía los usos y
costumbres estudiantiles. Casi todos los días solía practicar la esgrima
durante media horita con el viejo, por lo que había conseguido cierta
habilidad, sin tocar jamás el suelo.
Eugenio supo por Margarita que la profesora había
salido y que no había vuelto al mediodía, sino que regresaría por la noche, ya
que tenía muchas cosas que hacer en la ciudad. Esto le extrañó un poco, pues la
profesora no acostumbraba a abandonar la casa durante tanto tiempo, por lo cual
era inusitada su conducta.
Abismado en la importante obra botánica que tenía
más a mano, estaba Eugenio en el cuarto de estudio del profesor Helms, que iba
a ser suyo, y había olvidado casi por completo los tremendos acontecimientos de
aquella mañana. Acababa de anochecer cuando se detuvo un carruaje delante de la
casa, y al punto entró la profesora en la habitación de Eugenio. No poco se
asombró cuando vio que venía de la ciudad, adonde solía ir sólo en las grandes
festividades. El pesado vestido, con amplios pliegues, de damasco negro, la
pequeña cofia antigua, la rica pulsera de perlas, así como los brazaletes, y el
resto del atuendo, daban a la figura de la profesora un aspecto soberbio e
imponente.
Eugenio dio un salto de la silla y al entrar la
inusitada aparición no supo cómo, pero entraron los desgraciados
acontecimientos del día, y exclamó dolorosamente, desde lo más profundo de su
ser: «¡Dios mío!».
—Ya sé todo —dijo la profesora en tono de fingida
calma, con el que trataba de ocultar la profunda agitación de su alma—, sé todo
lo que ha sucedido ayer, querido Eugenio; no quiero, no puedo censuraros.
También mi Helms tuvo que batirse una vez, cuando era su novia. Me enteré diez
años después de casada, y mi Helms era un joven tranquilo, temeroso de Dios,
que jamás deseó la muerte a nadie. Pero no puede ser de otro modo, y jamás he
podido comprender por qué no puede ser de otro modo. Pero las mujeres no pueden
comprender muchas cosas del reverso de la vida porque son mujeres y su honor
les impide comprenderlo, aunque se dan cuenta a veces del peligro de los
escollos a los que se acerca el hombre, ¡audaz piloto!... ¡Pero aquí se trata
de otra cosa!... Ya ha pasado el tiempo del placer de la juventud..., las
chillonas imágenes de la vida han palidecido... y ya no se comprende la vida,
pues la vejez ya no contempla más que la eterna luz y el puro azul del Cielo,
elevándose hacia las nubes, lejos de todo lo terrenal...
»¡Ah! Cuando mi Helms se batió por mí, tenía yo
dieciocho años floridos, me decían hermosa y me envidiaban. Y usted..., usted
se bate por una matrona, por unas relaciones que el mundo no comprende y que la
mezquina incredulidad escarnece. No, no puede ser, de ninguna manera. ¡Le
devuelvo su palabra, querido Eugenio! Hemos de separarnos.
—¡Jamás! —gritó Eugenio, echándose a los pies de la
profesora, y llevándose sus manos a los labios—. ¿Cómo no voy a verter hasta la
última gota de sangre por mi madre? —Y juró a la profesora, mientras derramaba
lágrimas ardientes, mantener lo que había prometido, es decir, que la bendición
de la Iglesia le convirtiese en un hijo suyo—. ¡Desdichado de mí —exclamó
súbitamente—, quizá a estas horas se haya destruido mi esperanza y mi
felicidad! Acaso Marcelo esté muerto y yo dentro de unos instantes vaya a la prisión.
—¡Tranquilizaos —dijo la profesora, y una sonrisa
encantadora iluminaba el cielo de su rostro—, tranquilizaos, querido hijo mío!
Marcelo está fuera de peligro; la estocada, afortunadamente, ha sido
superficial y no ha dañado ninguna noble parte. He pasado varias horas con
vuestro digno rector. Él ha hablado con el presidente, con los padrinos, y con
varios estudiantes que estaban allí presentes. «No es una riña vulgar —dijo el
noble anciano—, Eugenio no podrá borrar el ultraje sino así, y Marcelo no podía
obrar de otro modo. Hasta ahora no he sabido nada, y saldré al encuentro del
menor rumor...»
Eugenio se puso a dar gritos de alegría, y
aprovechándose de este momento en que el cielo dispensaba tamaña felicidad al
entusiasmado joven, la profesora cedió a las súplicas para que la boda se
celebrase lo antes posible.
Cuando llegó la noche, después de haberse celebrado
la ceremonia de la boda por la mañana y con el mayor recato, oyóse un murmullo
sordo por la calle en que estaba la casa de la profesora, y escucháronse
cuchicheos y ruidos. Eran los estudiantes que se habían reunido allí. Echando
llamas por los ojos, Eugenio corrió en busca de su florete. La profesora,
blanca como el papel, fue incapaz de proferir palabra. Oyóse una voz ordinaria
que profería desde la calle: «Si queréis voy a ayudaros en la limpia casita que
le habéis preparado al novio, aunque mañana nadie se atreverá a bailar conmigo
un baile, si es que se tiene de pie».
Los estudiantes se deslizaron uno tras otro.
Eugenio, que miraba a través de la ventana, vio claramente a la luz de las
linternas a Marcelo, que hallábase en medio del empedrado, y que no se marchó
hasta que el último estudiante abandonó el lugar.
—No sé lo que le sucede a nuestra Margarita —dijo
la profesora cuando los dos amigos del viejo Helms, que habían sido testigos
del enlace, se hubieron marchado—, no sé por qué llora con una pena tan
inconsolable. Quizá crea la pobre niña que no nos vamos a ocupar de ella. ¡No!
Mi Margarita será siempre mi querida hijita. —Y al decir esto, la profesora
estrechó en sus brazos a Margarita.
—Sí —dijo Eugenio—, Margarita es nuestra
encantadora hija, y ya veréis qué bien va a saberse la botánica. —Tras decir
esto, la atrajo hacia sí, lo que hasta la fecha nunca había hecho, e imprimió
un beso en sus labios. Margarita se desmayó, perdido el conocimiento, en sus
brazos.
—¿Qué tienes —exclamó Eugenio—, qué tienes,
Margarita? Eres como una Mimosa, que te estremeces en cuanto alguien te toca?
—La pobre niña debe estar enferma, el aire frío y
húmedo de la iglesia no le ha sentado bien —dijo la profesora, frotándole las
sienes con colonia. Margarita abrió los ojos, exhalando un profundo suspiro, y
tuvo la sensación de que súbitamente una espina le había atravesado el corazón.
Luego todo pasó...
III
Vida tranquila en familia —Salida al mundo —El
español Fermino Valies —Advertencias de un amigo razonable
Apenas sonaban las cinco campanadas y se desvanecía
el último bello sueño matinal de los magníficos ejemplares de las plantas tan
bien conservadas, Eugenio abandonaba su lecho, se vestía la bata botánica del
profesor, y estudiaba hasta que sonaba una campanillita. Esto sucedía a las
siete en punto y era la señal de que la profesora se había levantado y vestido,
y de que el café estaba preparado en su gabinete. Eugenio se dirigía a la
habitación, y después de dar los buenos días a la profesora y de besarle la
mano, a la manera en que los niños buenos saludan a su madre, cogía la pipa,
que estaba bien rellena, sobre la mesa, y con el papel que le daba Margarita la
encendía. Tras una agradable conversación que duraba hasta las ocho, Eugenio
bajaba al jardín o al invernadero, si el tiempo y la estación lo permitía,
donde permanecía ocupado en sus estudios botánicos hasta las once. Luego se
vestía y, a las doce en punto, se sentaba a la mesa, donde le esperaba una sopa
humeante. La profesora se alegraba enormemente cuando Eugenio hacía notar que
el pescado tenía el grueso adecuado, y si el asado era sustancioso y tierno,
etc.
—¡Igual que mi Helms, igual —exclamaba la
profesora—, que solía elogiar mis guisos, lo que es muy raro en los maridos,
que todo les gusta menos la comida casera! Sí, querido Eugenio, tenéis el mismo
buen carácter de mi difunto.
Y entonces explicaba con pormenor cómo había sido
la sencilla vida del difunto Helms, que la profesora relataba con gran
locuacidad, y que Eugenio conocía de sobra, aunque siempre le emocionaba, y más
de una vez se terminó la sencilla comida de esta pequeña familia bebiendo las
últimas gotas de vino en memoria del profesor. La cena era semejante al
almuerzo. Eugenio continuaba con sus estudios, hasta que a las seis la familia
volvía a reunirse. Eugenio enseñaba un par de horas a Margarita, en presencia de
la profesora, unas veces ciencias y otras idiomas. A las ocho se cenaba, y a
las diez se retiraban a descansar. Así transcurría un día absolutamente igual a
otro, y sólo el domingo era excepción. Eugenio, al mediodía, vestido de domingo
con el chaqué del profesor, de un color un poco extraño y un corte más extraño
aún, se dirigía a la iglesia en compañía de la profesora y de Margarita, y al
mediodía, después de comer, si el tiempo lo permitía, hacían un viaje de recreo
hacia un pueblecito no lejos de la ciudad.
Así transcurría la sencilla vida monacal, en la que
Eugenio sentíase muy a gusto, entregado en cuerpo y alma. Pero la enfermedad
consume el interior del ser humano cuando el espíritu, haciendo caso omiso de
su propio organismo, comete el error de contrariar las aspiraciones de la vida.
Podría llamarse propiamente enfermedad la autarquía hipocondríaca en la que
vivía Eugenio, atenido a su propio trabajo, que le robaba poco a poco su
ingenua alegría y hacía que todo lo que estuviera fuera del estrecho círculo
suyo le pareciese frío y ordinario. Como no saliera nunca de la casa, a
excepción hecha de los domingos, en compañía de su esposa-madre, perdió el
contacto con todos sus amigos; evitaba las visitas, incluso la de Severo, pues
la presencia de su amigo le angustiaba de tal modo que hasta dejó de verle.
—Lo que te sucede es que has muerto para nosotros.
Y si despertases sería para morir. —Así habló Severo la última vez que vio al
amigo perdido, que ni siquiera se molestó en meditar el sentido de las palabras
que había proferido.
Las huellas de la enfermedad se mostraban en su
semblante, de una palidez cadavérica. Se había apagado el fuego de la juventud
en su mirada, hablaba el lenguaje mortecino de los asmáticos, y cuando se le
veía enfundado en el vestido dominguero del difunto profesor, creeríase que el
viejo trataba de sacar al joven de su chaqué para él mismo volver a meterse. En
vano indagaba la profesora si el joven, por el que empezaba a temer, se sentía
enfermo corporalmente, y si necesitaba un médico; por el contrario, él afirmaba
que nunca se había sentido mejor.
Estaba Eugenio sentado un día entre el follaje,
cuando la profesora entró, se sentó frente a él y le observó en silencio.
Eugenio, ensimismado en su libro, apenas pareció darse cuenta de su presencia.
—Esto —dijo pensativa la profesora— nunca lo
hubiera pensado ni creído, ni tampoco querido.
Eugenio se levantó casi asustado al oír el tono
extraño y severo con que la profesora profirió estas palabras.
—Eugenio —dijo la profesora de una manera más suave
y dulce—. Eugenio, cada vez os retiráis más del mundo, y es vuestra manera de
vivir lo que está destrozando vuestra vida. Yo, ya podéis imaginar, que no voy
a censurar la soledad monacal en que os encerráis en casa por causa mía y de la
ciencia, pero creedme, no debe ser así. Lejos de mí está el pensar que ofendáis
los mejores años de vuestra vida a unas relaciones que no interpretáis bien,
sacrificándoos. Eugenio mío, debéis salir a la vida, que, sin duda, no será
peligrosa para vuestro manso carácter.
Eugenio aseguró que aborrecía todo lo que no fuera
el círculo familiar, que era su única patria, que se sentía incómodo e inquieto
entre los hombres, y que además no sabía cómo empezar para salir de su soledad.
La profesora, mostrando de nuevo su acostumbrada afabilidad, le dijo que el
profesor Helms, aunque había dedicado toda su vida al estudio, con todo, en sus
años juveniles, diariamente, acudía a un café, donde se reunía con otros
estudiosos y escritores, y donde preferentemente solían acudir los forasteros.
Así es como permanecía en relación con el mundo, y estaba en contacto con la
vida, y, a menudo, gracias a algunas de estas conversaciones, su ciencia se
había enriquecido. Eugenio debía hacer lo mismo.
Si la profesora no hubiese intervenido,
difícilmente Eugenio habría salido de su clausura.
El café a que la profesora se refería, era
ciertamente un lugar de reunión del mundo literario, y, por añadidura, el lugar
que acostumbraban a visitar los forasteros, de modo que en las últimas horas de
la tarde se agitaba una multitud abigarrada en los salones.
Hay que imaginarse qué sensación tan extraña
sentiría el monacal Eugenio la primera vez que se encontró en medio de este
bullicio. Pero sintió que la cortedad desaparecía, cuando vio que nadie le
prestaba atención. Cada vez más despreocupado, llegó hasta tener la osadía de
pedirle a un camarero desocupado un refresco. Se acercó a la sala de los
fumadores, sentóse en un rincón, con el fin de fumar una pipa, que era su mayor
placer, mientras escuchaba las diversas conversaciones. Así es como llegó a
serenarse, y como el bullicio y el alegre jaleo del lugar le agradasen por
extraña manera, exhaló el humo placenteramente en azules nubecillas. Junto a él
tomó asiento un hombre cuyo aspecto y semblante denotaban que era extranjero.
Estaba en la plenitud de la edad varonil, era más bajo que alto, estaba bien
configurado y cada uno de sus movimientos era rápido y elástico, y su semblante
era sumamente expresivo. Le resultaba imposible entenderse con el camarero, y
cuanto más se esforzaba, más furioso y frenético se ponía, y el alemán que
apenas farfullaba era cada vez más incomprensible. Finalmente exclamó en
español:
—Este hombre me mata con su estupidez.
Eugenio entendía el español muy bien, y lo hablaba
perfectamente. Prescindió de su cortedad, se acercó al forastero y se brindó
como intérprete. El forastero le miró con una mirada penetrante. Luego aseguró,
y su rostro expresaba una amistosa amabilidad, que consideraba una especial
suerte encontrar a alguien que hablase su lengua vernácula, que tan escasamente
solía hablarse, no obstante ser la más soberbia que existía. Elogió el hablar
de Eugenio y terminó diciendo que debían sellar esta amistad, nacida por
especial favor del destino, y la mejor manera de hacerlo era beber un vaso de
vino ardiente y espirituoso, originario de su país natal.
Eugenio enrojecía cada vez más como un niño
vergonzoso, y cuando hubo bebido un par de vasos de jerez, que el forastero
encargó, sintió que un calor muy agradable invadía su interior y se encontró
muy a gusto escuchando la viva y alegre conversación del forastero.
Le rogaba que no le tomase a mal —comenzó diciendo
el forastero, después de haber contemplado a Eugenio un instante en silencio—
que le confesase que, cuando le vio por vez primera, le asombrase su aspecto.
Su semblante juvenil, toda su cultura, estaba en extraña contradicción con su
estrafalario vestido a la antigua, aunque, como es de suponer, tendría motivos
bien fundados para desfigurarse de este modo.
Eugenio enrojeció de nuevo, lanzó una mirada
furtiva a sus mangas color canela con los botones dorados en las vueltas, y
sintió vivos deseos de atacar a todos los que se encontraban en el salón,
especialmente al forastero, vestido de negro, conforme a la última moda, con
fina camisa de un blanco deslumbrante, y con brillantes en la pechera, que era
la elegancia en persona.
Sin esperar la respuesta de Eugenio, el forastero
continuó hablando, y dijo que no estaba en sus principios preguntar a alguien
por su vida, aunque Eugenio le inspiraba tal interés que se veía obligado a
confesarle que desde el primer momento le había tenido por un joven
desgraciado, por un sabio perseguido por el infortunio. Su semblante
enflaquecido y pálido daba muestras de ello, así como la vestimenta antigua,
que sin duda era el regalo de algún antiguo Mecenas, vestimenta que se veía
obligado a usar al carecer de otra. Añadió que quería y podía ayudarle, le
consideraba un compatriota, y le suplicaba que, dejando a un lado mezquinas
consideraciones, le abriera su corazón y se confiase a él, pues sería su mejor
amigo. Eugenio enrojeció por tercera vez, pero dominado por el amargo
sentimiento casi colérico de que era el desgraciado chaqué del viejo Helms lo
que tenía la culpa de este malentendido, que inducía a error no sólo al
forastero, sino también a todos los presentes. La cólera le desató la lengua y
desahogó su corazón. Refirió al forastero sus relaciones, habló de la profesora
con el entusiasmo que le inspiraba su amor infantil por aquella mujer, le
aseguró que era el hombre más feliz de la tierra y que deseaba que el estado
actual durase siempre.
El forastero, después que le hubo escuchado
atentamente, habló en tono serio y profundo:
—Yo también viví en otro tiempo solitario, más
solitario que usted, y creí que en aquella soledad que otros consideraban
desconsoladora, el destino ya no tenía nada que ofrecerme. Entonces las olas
del mar de la vida me arrastraron a un torbellino, y estuve a punto de
precipitarme en el abismo. Sin embargo, salí del fondo, buen nadador, me alcé y
navegué alegremente sobre la corriente plateada, y ya nunca más volví a temer
las profundidades desesperantes, que el movimiento de las olas oculta. Sólo en
las alturas se comprende la vida, cuya primera exigencia es que se goce
totalmente. Así es que brindemos por los claros y alegres goces de la
existencia y vaciemos nuestros vasos.
Eugenio brindó, sin haber entendido bien al
forastero. Las palabras que pronunciaba en un español sonoro, resonaban con una
música extraña en su interior. Sentíase atraído por el forastero, aunque no
sabía bien por qué.
Del brazo abandonaron lo dos amigos el café. En el
mismo instante en que se separaban en la calle, apareció Severo, que se quedó
asombrado al contemplar a Eugenio.
—Dime —exclamó Severo—, dime, por todos los Cielos,
¿qué significa esto? ¿Tú en el café? ¿Tú amigablemente con el forastero? ¡Y
encima parece que estás excitado, exaltado, como si hubieses bebido más de un
vaso de vino!
Eugenio le refirió cómo la profesora le había
aconsejado que acudiese al café, y cómo había hecho amistad con el forastero.
—¡Qué vista tiene la vieja profesora! —gritó
Severo—. ¡Qué agudeza para la vida! En realidad ve que el pájaro puede volar y
le deja que se ensaye. ¡Qué mujer más lista, qué inteligente!
—Te suplico —repuso Eugenio— que te calles y no
hables de mi madre, que no desea más que mi felicidad y mi contento, y gracias
a su bondad he tenido la ocasión de conocer al hombre más estupendo que hasta
ahora he conocido.
—¿El hombre más estupendo? —interrumpió Severo a su
amigo—. Por lo que a mí respecta, no me fío lo más mínimo de él. Añádase a esto
que es español y secretario del conde Ángelo109 Mora, que ha venido hace poco y
ha alquilado la bella casa de campo que está a la entrada de la ciudad y que
perteneció, como ya sabes, al banquero Overdeen, que está arruinado. Así es que
ya sabes todo lo que hay que saber acerca de él.
—No se me ocurrió por lo más remoto preguntarle por
su nombre ni por su puesto.
—¡Oh, gran Eugenio, esto sí que es verdadero
cosmopolitismo! El chico en cuestión se llama Fermino110 Valies, y estoy seguro
de que es un pícaro, pues siempre que le veo noto que tiene un cierto
airecillo, y siempre me lo he encontrado en sitios que... ¡Ten cuidado, en
guardia, inocente hijo de profesor!
—Me doy cuenta —dijo Eugenio de muy mal humor— de
que te has propuesto molestarme y hacerme enfadar con tus juicios
desagradables, pero no me irás a desviar, pues solamente pienso hacer caso a la
voz que me habla desde mi interior, y en la que confío y a la que sigo.
—Quiera el Cielo —repuso Severo— que tu voz
interior no sea un falso oráculo.
Eugenio no se explicaba cómo desde el primer
instante de su amistad había podido confiar al español lo más íntimo de su ser,
y aunque lo había atribuido a la poderosa influencia de la situación en que se
encontraba, ahora que la imagen del forastero permanecía grabada en su alma,
tuvo que reconocer que era misteriosa y extraña la manera verdaderamente mágica
en que había descubierto su ser a un extranjero, y era por esto el motivo de la
rara desconfianza que Severo abrigaba contra el español.
Al día siguiente, como Eugenio volviese al café, le
pareció que el forastero le esperaba con impaciencia. Según le dijo,
consideraba mal no haber correspondido a la confianza de Eugenio y no haberle
contado su vida. Se llamaba Fermino Valies, era español de nacimiento y por
aquel entonces secretario del conde español Ángelo Mora, con el que se había
reunido en Augsburgo, para venir con él aquí. Todo esto ya lo sabía por un
amigo suyo llamado Severo, le repuso Eugenio. Las mejillas del español
enrojecieron súbitamente y casi al punto desapareció el rubor. Luego dijo con
una mirada hiriente y con un tono casi sarcástico:
—No creí que la gente, que no me interesa, me
hiciera el honor de conocerme. Aunque creo que difícilmente su amigo le habrá
podido decir algo de mí que yo no pueda decirle.
Fermino Valies confesó a su amigo, sin ocultarle
nada, que, apenas salido de la infancia, engañado por las malas artes de sus
poderosos parientes, entró en un convento e hizo los votos, aunque luego en su
interior se rebelase contra lo que había hecho. Pues bien, sintiendo la amenaza
del peligro de languidecer en un eterno e indecible martirio durante toda su
vida, no había podido resistir el impulso de liberarse, y aprovechando una
ocasión favorable que le brindaba el destino, se había escapado del convento.
Con gran viveza, con los colores más brillantes describió Fermino la vida en
aquella rígida orden, regla inventada por la locura y el fanatismo más grande,
que le pareció mucho más horrible cuando salió al mundo y vio qué rico y
variado era, como no hubiera podido imaginar ni siquiera el aventurero más
imaginativo.
Eugenio volvióse a hallar en el círculo mágico,
creyó ver en el espejo mágico del sueño un mundo nuevo lleno de figuras
resplandecientes, y sin darse cuenta sintió vivos deseos de pertenecer a este
mundo. Diose cuenta de que la admiración que demostraba y las preguntas que
instintivamente hacía despertaban una sonrisa en el español que a él le hacía
enrojecer. ¡Entonces le sobrevino el pensamiento de que en su edad varonil
había permanecido como un niño!
Como era de suponer, el español, día tras día, fue
adquiriendo mayor dominio sobre el inexperto Eugenio... Cuando daba la hora
acostumbrada, Eugenio se apresuraba hacia el café, donde permanecía cada vez
más tiempo, y aunque no se lo confesaba, sentía tener que volver a la desierta
morada suya, desde aquel mundo alegre en que estaba. Fermino diestramente supo
agrandar el pequeño círculo en el que se movía con su amigo. Fue con Eugenio al
teatro, y con frecuencia terminaban la jornada en algún restaurante, donde con
ardientes bebidas aumentaba la excitación en que se encontraba Eugenio, hasta
la alegría desenfrenada.
Muy avanzada la noche, regresaba a su casa, se
tiraba sobre el lecho, no para dormir tranquilamente como antes, sino en medio
de agitados sueños, que le ofrecían imágenes que en otro tiempo le hubieran
horrorizado. Cansado y agotado, incapaz de trabajo científico se sentía a la
mañana siguiente, y en cuanto daba la hora a la que solía ver al español, se
apoderaban de él los espíritus de la vida disipada, que irresistiblemente le
arrastraban. Y justamente a la hora en que salía para el café, Eugenio se asomaba
a la habitación de la profesora, según costumbre, para despedirse rápidamente:
—¡Entrad, Eugenio, entrad. Tengo que hablar
contigo! —dijo la profesora. En el tono con que pronunció estas palabras había
una seriedad tan desacostumbrada que Eugenio se quedó parado, con repentina
consternación.
Entró en la habitación. No pudo soportar la mirada
de la vieja en que alternaban por igual el profundo disgusto y la dignidad
ofendida. Con gran firmeza y calma la profesora hizo ver al joven cómo estaba
siendo seducido hacia un tipo de vida muy alejada de la honorabilidad, las
buenas costumbres y el orden, que a corto o largo plazo le conduciría a la
perdición.
Bien pudiera ser que la vieja, conforme a las
costumbres antiguas de tiempos más piadosos, se excediese en su largo sermón
condenatorio, exigiendo demasiado a la conducta juvenil; es posible que el
sentimiento de injusticia que de primeras el joven experimentó se convirtiese
después en amargo despecho, motivado por el convencimiento del castigo. Como
suele suceder siempre que los reproches no penetran en el interior y rebotan
sobre el pecho del culpable sin efecto alguno.
Cuando la profesora terminó su sermón condenatorio,
pronunció estas frías palabras, casi despectivas:
—Bueno, váyase usted, haga usted lo que quiera. —Y
otra vez con fuerza se le volvió a pasar a Eugenio por la cabeza que todavía en
su edad adulta seguía siendo un niño. «¡Pobre escolar, ya es hora de que te
escapes de la férula!», decía una voz en su interior. Y entonces echó a correr.
IV
El jardín del conde Ángelo Mora —Deleite de Eugenio
y dolor de Margarita —La amistad peligrosa
Cuando un ser atormentado por sentimientos
contradictorios se encuentra de mal humor, se encierra en sí mismo. Eso le
sucedía a Eugenio, que, al encontrarse ante el café, en lugar de entrar,
instintivamente se alejó, corriendo en busca del aire libre.
Sucedió que se encontró ante la verja de un jardín,
del que brotaban aromas balsámicos. Cuando miró dentro se quedó parado,
profundamente sorprendido. Parecían tener un encanto especial los árboles y las
plantas de las zonas más variadas y lejanas, que ostentaban sus formas
lujuriosas y colores extraños en la más pintoresca variedad, tal como deberían
brotar en su suelo natal. En los amplios senderos, que recorrían el bosque
mágico, crecía una vegetación exótica, arbustos de los que Eugenio sólo sabía el
nombre, conforme a los dibujos, e incluso flores que, cultivadas en su
invernadero, contemplaba aquí en tal cantidad y perfección que nunca hubiera
podido suponer. Desde el sendero central pudo contemplar una gran plazoleta, en
cuyo centro había una fuente de mármol con un tritón que lanzaba rayos de
cristal a lo alto. Pavos reales mostrábanse ufanos, y los faisanes se bañaban
en el fuego del atardecer.
No lejos de la puerta de la verja de entrada
florecía una Datura fastuosa (el bello estramonio) con sus soberbias y grandes
flores aromáticas, en forma de bocina, en tan hermoso esplendor que Eugenio,
avergonzándose, pensó en el aspecto mezquino que tenía esta misma planta en su
jardín, y eso que era la planta favorita de la profesora.
Disipado su mal humor, pensó Eugenio: «¡Ah! ¡Si mi
buena madre pudiera tener una Datura así en el jardín!». Traídos por la brisa
del atardecer, resonaron los dulces acordes de un instrumento desconocido que
se oían entre la lejana vegetación mágica; resplandecientes brotaron los
maravillosos y celestes tonos de una voz femenina. Era una de esas melodías que
sólo pueden brotar de lo más hondo del pecho, obra del entusiasmo del amor
nacido en el Sur, era una romanza española que cantaba la desconocida.
El joven se vio sorprendido por un inefable y dulce
dolor y una tristeza intensísima, y por el fuego de un anhelo ardiente; la
embriaguez de los sentidos le transportó a un mundo mágico de ensoñaciones y
presentimientos. Había caído de rodillas y tenía la cabeza apoyada contra los
barrotes de la verja.
Los pasos que se acercaron a la puerta de la verja
le asustaron, y se alejó precipitadamente, para no ser sorprendido por extraños
en el estado en que se encontraba.
A pesar de que ya había anochecido, Eugenio vio, al
llegar a su casa, que Margarita todavía estaba en el jardín cuidando las
plantas. Sin mirarle, le dijo en voz baja, tímidamente:
—Buenas noches, señor Eugenio.
—¿Qué te sucede? —exclamó Eugenio, pues le chocó la
extraña ansiedad de que daba muestras la joven—. ¿Qué te sucede, Margarita?
¡Mírame!
Margarita le miró, pero en aquel mismo instante le
cayeron dos claras lágrimas de los ojos.
—¿Qué te sucede, querida Margarita? —repitió
Eugenio, cogiendo la mano de Margarita, pero al hacer esto, pareció como si un
dolor repentino traspasase a la muchacha. Todos sus miembros temblaron, el
pecho se agitó y prorrumpió en fuertes sollozos. Un extraño sentimiento, como
de compasión, traspasó al joven.
—Por Dios —dijo Eugenio con dolorosa
conmiseración—, por el Cielo, ¿qué tienes? ¿Qué te sucede, querida Margarita?
Estás enferma, muy enferma. ¡Ven, siéntate, confíame todo!
Al decir esto, Eugenio llevó a la joven a un banco
del jardín y volvió a repetirle, estrechándole la mano:
—¡Confíame todo, mi querida Margarita!
Como el amanecer rosado del alba, se extendió una
encantadora sonrisa, a través de las lágrimas de la joven. Suspiró
profundamente, pareció que su dolor desaparecía para dar paso a un sentimiento
de indescriptible placer, de dulce tristeza.
—Soy tonta —musitó en voz baja, con los ojos
cerrados—, soy muy simple, ¡y todo es pura imaginación, pura imaginación!
Aunque, para decir verdad —exclamó en voz más alta, saltándosele nuevamente las
lágrimas—, es cierto, ¡es cierto!...
—Tranquilízate —dijo Eugenio trastornado—,
tranquilízate, querida Margarita, cuéntame todo lo malo que te ha sucedido, y
que te ha alterado de un modo tan tremendo.
Por fin, Margarita habló. Refirió que en ausencia
de Eugenio, un hombre desconocido había entrado de pronto en el jardín por la
puerta que se le había olvidado cerrar, y muy solícito había preguntado por él.
El hombre tenía algo raro en todo su aspecto, y miraba con ojos tan ardientes y
extraños que sintió un frío helador por todo su cuerpo, y tuvo tal miedo y
espanto que apenas pudo moverse. Luego el hombre se expresó con palabras tan
raras, pues no parecía que hablara alemán, que apenas pudo entenderle, preguntó
por esto, por aquello, y luego preguntó..., y aquí Margarita, súbitamente, se
calló y las mejillas se le pusieron como azucenas de fuego. Como Eugenio
insistiese para que contase todo, ella refirió que el extranjero le preguntó si
le gustaba Eugenio. Con toda su alma ella respondió:
—¡Oh, sí! ¡Muchísimo!
El extranjero se aproximó mucho a ella y la
traspasó con una mirada odiosa, de forma que tuvo que cerrar los ojos. ¡Y más
aún! Con gran descaro y desvergüenza le dio unos golpecitos en las mejillas,
que le ardían de miedo y angustia, diciéndole:
—Hermosa pequeña envidiosa, sé buena, pórtate bien
—y se había reído tan maliciosamente que el corazón empezó a palpitarle.
En aquel momento la señora profesora se asomó a la
ventana y el extranjero le preguntó si era la señora esposa del señor Eugenio,
y como ella respondiese que era su madre, él gritó burlonamente:
—¡Eh! ¡Qué bella mujer! ¿Estás celosa, pequeña? —Y
volvió a reírse maliciosamente y con picardía, como no había visto jamás a
ningún hombre reírse, y después de haber mirado fijamente a la señora
profesora, se alejó rápidamente del jardín.
—Pero —dijo entonces Eugenio— en todo esto, querida
Margarita, no veo nada para que te entristezcas de un modo tan tremendo.
—¡Oh, Dios mío! —interrumpió Margarita—. ¡Oh, Dios
del Cielo!, cuántas veces me ha dicho la madre que el diablo vaga por el mundo
en figura humana, que siembra hierbas malas entre los trigales, y que deja
culebras venenosas. ¡Oh, Dios mío! El extranjero era el diablo en persona,
él...
Margarita se detuvo, Eugenio se había dado cuenta
de que el forastero que había sorprendido a Margarita en el jardín no podía ser
otro que el español Fermino Valies, y entendía muy bien lo que Margarita quería
decir.
No poco sorprendido, preguntó tímidamente si era
verdad que desde hacía algún tiempo él había cambiado.
Entonces Margarita desahogó todo lo que tenía
encerrado en su pecho. Le dijo al joven que ahora, cuando estaba en casa se
mostraba triste, reservado, perezoso y que a veces tenía un aspecto tan serio y
tan triste que apenas se atrevía a hablarle. Que ya no le daba lecciones por
las tardes, que era lo que a ella le gustaba más en el mundo. Que ya no sentía
alegría cuando estaba entre sus hermosas plantas y flores... ¡ Ay!, y que ayer
no había echado ni siquiera una mirada a las maravillosas balsaminas florecientes,
que ella sola cuidaba tan bien, y en fin que ya no era el mismo buen... Un
torrente de lágrimas ahogó a Margarita.
—¡Tranquilízate, déjate de imaginaciones,
encantadora niña! —Nada más pronunció Eugenio estas palabras, su mirada se
detuvo en Margarita, que se había levantado del banco en el que estaba sentada,
y, de pronto, como si se hubiese disipado la niebla mágica que le cegaba, se
dio cuenta por vez primera de que ya no era niña, sino una joven de dieciséis
años, en la plenitud de su gracia y con el atractivo de una maravillosa
juventud. Se sorprendió extrañado y no supo continuar. Por fin, recobrándose,
dijo en voz baja:
—Tranquilízate, mi buena Margarita, todo cambiará
—y se fue del jardín escaleras arriba. Aunque el dolor de Margarita hubiese
despertado en él cierto aborrecimiento contra el forastero, sin embargo
continuaba su enfado con la profesora, a la que consideraba culpable de la pena
y el disgusto de Margarita.
Cuando entró en el cuarto de la profesora y ésta
trató de hablarle, la interrumpió, haciéndole reproches muy fuertes, le dijo
que había metido en la cabeza de la joven muchas tonterías acerca de su amigo
el español Fermino Valies, al que no conocía, y pensaba no conocer jamás, ya
que la medida del juicio de una vieja mujer de profesor era muy pequeña para
poder medir la grandeza de algunas figuras.
—¡Qué lejos ha llegado! —gritó la profesora, con
tono doloroso, elevando los ojos al cielo, mientras cruzaba las manos.
—No sé —dijo Eugenio—, no sé lo que pensáis, pero
yo no he ido tan lejos como para pactar con el diablo.
—¡Sí! —exclamó la profesora, elevando la voz—. ¡Sí!
¡Estás en las garras del demonio, Eugenio! El Malo se ha apoderado de ti, y
extiende sus garras para precipitarte en la sima de la eterna condenación.
¡Eugenio! Apartaos del demonio y de sus obras, es vuestra madre quien os lo
pide, os juro que...
Con amargura, Eugenio interrumpió a la profesora:
—¿Tengo yo, acaso, que enterrarme entre estos
muros? ¿Tengo yo que sacrificar la poderosa vida de la juventud, viviendo sin
amigos? ¿Acaso son obra del diablo los inocentes placeres que ofrece el mundo?
—No —exclamó la profesora, palideciendo, al tiempo
que se desplomaba sobre una silla—. No, no, pero...
En aquel instante entró Margarita y preguntó a la
profesora y a Eugenio si querían la comida, que estaba dispuesta.
Se sentaron a la mesa en silencio, hostiles, sin
proferir una palabra, absortos en los pensamientos contrarios que les
embargaban...
A la mañana siguiente recibió Eugenio un billete de
Fermino Valies, cuyo contenido decía:
«Ayer estuvo usted ante la verja de nuestro jardín.
¿Por qué no entró usted? No nos dio tiempo de verle, para invitarle a entrar.
¿No le parece que es como un pequeño Edén para un botánico? Hoy al anochecer le
esperamos ante la misma verja.
»Su amigo sincero,
Fermino Valies».
Según noticias de la cocinera, el billete lo había
traído un hombre horrible, negro del todo, al parecer un criado moro del conde.
Eugenio sintió que su corazón palpitaba sólo de
pensar que iba a entrar en el Paraíso de tan mágico encanto. Creyó oír los
tonos celestes que brotaban del follaje y su pecho palpitó apasionadamente de
deseo. Se disipó su mal humor y transformóse en júbilo. Al sentarse a la mesa
contó dónde había estado, y refirió cómo el jardín del banquero Overdeen, que
poseía ahora el conde Ángelo Mora, había cambiado por completo, transformándose
en un jardín botánico verdaderamente maravilloso. Haciendo gala de su bondad,
esa misma tarde su amigo Fermino Valies iba a dejarle entrar, y allí iba a
tener ocasión de ver la Naturaleza de verdad, pues hasta ahora sólo la conocía
por descripciones y dibujos. Habló detenidamente de aquellos árboles y plantas
de zonas tan alejadas y exóticas, dijo los nombres, y mostró su asombro porque
hubieran podido aclimatarse aquí, lejos de su clima natal.
Luego habló de los árboles, de los arbustos, de las
plantas, y aseguró que todo lo que había en este jardín era extremadamente raro
y singular, pues, por ejemplo, él nunca en su vida había visto una Datura
fastuosa como la que florecía en el jardín. El conde, sin duda, debía de tener
algún secreto poder mágico, pues no se comprendía cómo en tan poco tiempo desde
que el conde había llegado hubiera podido conseguirlo. Luego refirióse al tono
celestial de aquella voz femenina, que resonaba entre las frondas y agotó todas
las descripciones del placer que había sentido.
Eugenio notó, en medio de su alegría y de su
deleite, que él solo hablaba, y que la profesora y Margarita permanecían
calladas y reservadas.
Cuando la comida terminó, la profesora,
levantándose de su silla, dijo muy seria y resignada:
—¡Hijo mío, os encontráis en una situación muy
peligrosa y amenazadora! El jardín, que describís con tanto entusiasmo, y cuyas
maravillas atribuís a los poderes mágicos del desconocido conde, desde hace
muchos años tiene la misma apariencia y aspecto extraño —pues reconozco que lo
es—, y es obra de un jardinero, gran artista extranjero, que estuvo a las
órdenes de Overdeen. Estuve allí un par de veces con mi querido Helms que
consideraba todo muy artístico, pero sentía encogérsele el corazón cuando contemplaba
la violencia a que había sido sometida la Naturaleza, mezclando lo exótico con
plantas diferentes, en una mezcla contradictoria.
Eugenio contaba los minutos: por fin, se fue el sol
y pudo ponerse en camino.
—¡La puerta de la perdición está abierta, y el
servidor está dispuesto a recibir a la víctima! —gritó la profesora iracunda,
dando muestras de dolor. Eugenio aseguró que volvería sano y salvo del lugar de
perdición.
—El hombre que había traído el billete del
extranjero era completamente negro y horrible —dijo Margarita.
—Puede ser que sea el mismo Lucifer —dijo Eugenio,
sonriendo—, o ¿quién sabe si un ayuda de cámara suyo? Margarita, Margarita,
¿todavía te dan miedo los deshollinadores?
Margarita bajó los párpados ruborizándose, y
Eugenio se alejó rápidamente.
Eugenio apenas salía del asombro que le producía el
esplendor y la magnificencia botánica que había en el jardín del conde Ángelo
Mora.
—¿No es verdad —dijo por fin Fermino Valies—, no es
verdad, Eugenio, que existen tesoros que tú no conocías? Aquí todo es distinto
del jardín del profesor.
Hemos de hacer notar que el lazo estrecho que unía
a los amigos les llevó a usar el tú fraternal.
—¡Oh —dijo Eugenio—, no me hables del mezquino y
pobre lugar donde vegetan miserablemente plantas enfermizas!... ¡Oh, qué
hermosura, estas plantas..., estas flores!... ¡Poder quedarme aquí, vivir aquí!
Fermino dijo que si Eugenio quería conocer al conde
Ángelo Mora, lo que de muy buena gana le facilitaría él, aquel deseo suyo sería
satisfecho, siempre que pudiera apartarse lejos de la profesora, por lo menos
el tiempo que el conde permaneciese allí.
—Claro —añadió Fermino con un tonillo burlón—,
claro que esto no es posible. ¿Cómo será posible que un recién casado como tú,
amigo mío, que todavía goza la felicidad del amor, pueda perder un instante de
estos placeres?... Hoy he visto a tu esposa. En verdad que para su edad es una
mujercita agradable y tersa. Es asombroso cuánto tiempo arde la antorcha del
amor en el corazón de algunas mujeres. Dime, ¿qué tal te encuentras cuando te
abraza tu Sara, tu Ninon? Ya sabes qué imaginación tan ardiente tenemos los
españoles, así es que no puedo pensar en tu matrimonio sin inflamarme. ¿No
estás celoso?
La aguda y mortal flecha del ridículo se clavó en
el pecho del joven. Se acordó de las advertencias de Severo, y se dio cuenta de
que si hablaba de sus relaciones con la profesora volvería a ser objeto de las
burlas del español. Con todo, vio de nuevo, en su interior de joven inexperto,
que un sueño engañoso y falso le había robado la vida. Permaneció en silencio,
aunque el rojo ardiente que cubría su semblante mostró al español el efecto de
sus palabras.
—Aquí se está muy bien —prosiguió Fermino Valies,
sin esperar respuesta de su amigo—, aquí se está magníficamente, es cierto,
pero no digas que tu jardín es triste y aburrido. Precisamente ayer vi en tu
jardín algo que supera las plantas, los árboles y las flores del mundo entero.
Ya te puedes suponer que me refiero a ese ángel de jovencita que vive contigo.
¿Qué edad tiene la pequeña?
—Dieciséis años —balbuceó Eugenio.
—¡Dieciséis años! —repitió Fermino—. ¡Dieciséis
años! Hoy en día la mejor edad. En realidad, cuando vi a la muchacha, se me
aclaró todo, querido señor Eugenio. Verdaderamente vuestro hogar es idílico,
todo en paz y en gracia de Dios, la buena mujer está contenta cuando el
hombrecito tiene buen humor... ¿Así es que dieciséis años? ¿Y la muchacha
todavía es inocente?
Toda su sangre le hirvió ante la pregunta
desvergonzada del español.
—Un ultraje infame —dijo muy furioso al español—,
una mancha que no puede ensuciar la inocencia tan inmaculada como el cielo que
nos contempla.
—¡Bueno, bueno! —dijo Fermino echando al joven una
mirada maliciosa—. ¡Bueno, bueno, no te enojes, mi joven amigo! El espejo más
claro y transparente también refleja muy vivamente las imágenes de la vida y
estas imágenes..., pero noto que no te gusta que hablen de la pequeña, así es
que me callo.
Cierto es que se reflejaba en el semblante de
Eugenio la molestia que todo esto le causaba. Sí, le resultaba muy desagradable
este Fermino, y desde lo más íntimo de su ser algo le decía que Margarita había
adivinado, y tenía razón, cuando decía que Fermino se le había aparecido como
un ente satánico.
En el mismo instante oyéronse melodiosos acordes
que resonaban entre el follaje, y se oyó aquella voz que el día anterior había
enardecido el pecho del joven con deliciosa y dulce tristeza.
—¡Oh, Dios del Cielo! —dijo el joven, permaneciendo
como paralizado.
—¿Qué sucede? —dijo Fermino, pero Eugenio no
respondió, sino que oyó el cántico, perdidamente absorto en el delicioso placer
que le producía. Fermino le contempló con una mirada que trataba de penetrar en
su interior. Cuando, por fin, los cánticos acabaron, Eugenio suspiró profundamente
y como si toda la dulce tristeza de su pecho oprimido quisiera salir, brotaron
las lágrimas de sus ojos.
—¡Parece —dijo Fermino sonriendo— que el cántico te
ha conmovido mucho!
—¿De dónde vienen estos tonos celestiales? —exclamó
Eugenio entusiasmado—. Ningún pecho mortal puede albergarlos.
—Es verdad —exclamó Fermino—, es cierto. Es la
condesa Gabriela, la hija de mi señor, que conforme a la costumbre de su país,
canta romanzas, acompañándose de la guitarra, y se pasea por las alamedas del
jardín.
De improviso apareció la condesa Gabriela con la
guitarra al brazo, de entre el oscuro follaje, de modo que, súbitamente, se
encontró ante la vista de Eugenio.
Hay que decir que la condesa Gabriela era bella. Su
opulenta figura, la triunfal y fogosa mirada de sus grandes ojos negros, la
gracia atractiva de su ser, el timbre sonoro de su voz de plata, todo denotaba
que había nacido bajo el cielo alegre del Sur. Tales encantos bien podían ser
peligrosos, pero más peligroso aún resultaba para el inexperto joven aquella
indescriptible expresión que tenía en su semblante y en todo su ser, y que
expresaba el abrasador fuego del amor que ardía en su seno. A tal expresión
añádase el arte secreto de escoger vestido, de adornarse, que tenía la
apasionada mujer y que daba por resultado un todo armónico, y dejaba traslucir
los encantos fascinadores.
Si en este sentido la condesa Gabriela era la misma
diosa del amor, hay que confesar que su aparición causó la impresión de un rayo
a Eugenio, excitadísimo de antemano por sus cánticos.
Fermino presentó el joven a la condesa como un
nuevo amigo, que entendía y hablaba perfectamente el español, y, por añadidura,
que era un perfecto botánico, por lo que aquel jardín le proporcionaría un gran
placer.
Eugenio balbuceó algunas palabras incomprensibles,
en tanto que la condesa y Fermino cambiaban miradas significativas entre sí.
Gabriela miró fijamente al joven, que estuvo a punto de caer desmayado.
La condesa dio su guitarra a Fermino y se colgó del
brazo del joven, mientras le decía graciosamente que también ella sabía un poco
de botánica, y que era algo entendida acerca de algunas plantas, y luego añadió
que Eugenio debía volver a recorrer el jardín.
Temblando de dulce ansiedad se paseó el joven con
la condesa, y su pecho poco a poco fue liberándose de la opresión, cuando la
condesa le preguntó acerca de aquella extraña planta, y él pudo oírle dando sus
explicaciones científicas. Sentía el aliento de la condesa que le rozaba la
mejilla; el eléctrico ardor que recorría su cuerpo le henchía de un placer
indecible. No desconocía, en medio de su entusiasmo, que súbitamente se había
transformado en otro ser.
Cada vez más espesos y negros eran los velos con
los que la noche cubría el bosque y la floresta. Fermino recordó que era la
hora de ir a buscar al conde a sus habitaciones. Eugenio fuera de sí, con gran
vehemencia, llevó la mano de la condesa a sus labios y echó a correr, como
llevado por el viento, embargado su pecho por un sentimiento de felicidad que
jamás había sentido.
V
La imagen del sueño —El regalo fatídico de Fermino
—Consuelo y esperanza
Fácil es comprender que la agitación en que se
encontraba Eugenio no le dejase dormir. Como al fin, al romper el alba,
conciliase el sueño, que realmente más que dormir podría llamarse estado de
ensoñación, entre la vigilia y el sueño, tuvo la visión de aquella novia que
volvió a aparecérsele ornada con el deslumbrante esplendor y gracia de otros
tiempos, cuando la vio en sueños, aunque esta vez la lucha interna de nuevo se
libró en su interior con más fuerza.
—¿Cómo es posible —dijo la aparición con voz dulce—
que te alejes de mí? ¿Crees que has perdido la felicidad del amor? ¡Mírame! El
aroma de las rosas y los mirtos floridos adornan la cámara nupcial. ¡Ven, amado
mío, mi dulce novio! ¡Ven a mi pecho!
Confusamente, como una brisa ligera, aparecieron
los rasgos de Margarita a través del sueño, pero cuando se acercó, con los
brazos abiertos para abrazar a la joven, vio que era la condesa Gabriela.
En la furia de su amor ardiente y apasionado,
Eugenio quiso abrazar aquella visión celestial, pero se sintió paralizado, de
modo que permaneció completamente quieto y la visión fue palideciendo, mientras
exhalaba suspiros de desesperación y angustia. Del interior del joven brotó un
grito de espanto.
«¡Señor Eugenio, señor Eugenio, levántese! ¡Está
usted soñando una pesadilla!», así gritaba una voz. Eugenio salió del estado de
ensoñación y el sol le dio en el semblante. Era la muchacha que le llamaba y le
decía que el señor extranjero, el español, había estado en casa, había hablado
con la señora profesora, que estaba ahora en el jardín; por cierto, muy
preocupada por el sueño tan grande de Eugenio, que le hacía suponer que se
hallaba enfermo. El café ya estaba preparado en el jardín.
Eugenio se vistió apresuradamente y descendió,
tratando de calmar la excitación en que le había sumido el sueño fatal.
No poco asombrado se quedó Eugenio cuando vio a la
profesora en el jardín inclinada sobre una espléndida Datura fastuosa y
aspirando el dulce aroma de las grandes flores trompetiformes.
—¡Eh! —exclamó al ver a Eugenio—. ¡Dormilón!
¿Sabéis que vuestro amigo ha estado aquí para hablaros? Bueno, a fin de cuentas
he sido injusta con el extranjero, dando crédito a mis suposiciones. Piensa,
querido Eugenio, que ha traído del jardín del conde esta Datura fastuosa, sólo
porque os ha oído decir que me gustan mucho estas flores. Así es que en aquel
Paraíso os habéis acordado de vuestra madre, ¡querido Eugenio! ¡Tenemos que
cuidar mucho a esta bella Datura!
Eugenio no sabía qué pensar acerca de la conducta
de Fermino. Estuvo a punto de pensar que Fermino, con la obsequiosidad que
demostraba, había querido desagraviarle por la burla inmerecida que se había
permitido acerca de sus relaciones.
La profesora le dijo que el extranjero le había
vuelto a invitar a que hoy visitase su jardín. La gran afabilidad que aquel día
mostró hacia él la profesora obró como un bálsamo saludable sobre el
desconcertado joven. Le pareció que el sentimiento que experimentaba por la
condesa era de una especie tal que no tenía nada que ver con las relaciones
comunes de la vida. No podía llamarle amor a este sentimiento, pues no tenía
nada que ver con los goces terrenos; diose cuenta de que este sentimiento se le
había desvelado a través de los sutiles pensamientos que causaban delicia a sus
sentidos, no obstante haber sido otra la que se lo había revelado en aquel
sueño fatal.
Así que, lo que nunca había sucedido, se mostró
alegre y contento, y la vieja estuvo muy ajena a todo, sin darse cuenta de la
extraña agitación que expresaba esta alegría. Sólo Margarita, la niña que
adivinaba todo, se dio cuenta de que el señor Eugenio se había transformado en
otro cuando la profesora dijo que otra vez era el mismo.
—¡Ay! —dijo la pequeña—, no es el mismo de antes, y
si está tan amable es para que no le preguntemos lo que desea ocultar.
Eugenio encontró a su amigo en la habitación del
invernadero donde estaban las plantas, ocupado en filtrar diversos líquidos,
con los que llenaba redomas.
—Trabajo —exclamó al ver al joven—, trabajo en lo
tuyo, aunque de modo diferente, como tú no has hecho nunca.
Luego le explicó que sabía unas secretas
preparaciones de sustancias que beneficiaban el crecimiento y la belleza de los
árboles, de las plantas y de los arbustos, lo que explicaba que en su jardín
todo creciese y prosperase fantásticamente. Luego abrió Fermino un pequeño
cajón, en el que Eugenio vio una gran cantidad de redomas y de pequeñas
cajitas.
—Aquí —dijo Fermino— puedes ver una colección de
raros secretos, cuya acción te parecerá fabulosa.
»Bien sea un jugo, bien unos polvos, mezclados en
agua o con tierra, pueden hacer que florezcan con mayor hermosura y belleza las
plantas y las flores.
»Por ejemplo —continuó Fermino—, deja que echemos
un par de gotas de este jugo en el agua de tu regadera, con la que riegas la
Rosa centifolia, y te quedarás asombrado cuando veas la magnificencia con que
se despliegan los capullos. Aún tiene un efecto más maravilloso la acción de
estos polvos que parecen polen. Derramados en el cáliz de una flor, se mezclan
con el polen y aumentan el aroma, sin cambiar su naturaleza. En muchas flores,
por ejemplo, en la Datura fastuosa, es recomendable el uso de estos polvos,
aunque hay que utilizarlos con especial precaución. Una pizca de estos polvos,
la cantidad que está disuelta en esta redoma, bastaría para causar la muerte
instantánea al hombre más fornido, con la apariencia de un ataque de nervios,
de manera que no se podría pensar en huella alguna de envenenamiento. Tomad,
Eugenio, os regalo estos polvos misteriosos. Los ensayos que hagáis con ellos
no serán un fracaso, pero tened cuidado y pensad lo que os he dicho del poder
mortal de estos coloreados y olorosos polvitos, en apariencia inofensivos.
Al tiempo que decía esto, Fermino le dio a Eugenio
una pequeña redoma azul que guardó distraídamente, pensando en la condesa
Gabriela en su jardín. Baste decir que la condesa, una mujer llena de amor y de
sensualidad, dominaba el arte de la más exquisita coquetería que dispensa el
anhelo de goce, y sabe despertar y mantener la sed continua del deseo que no se
satisface, de tal modo que su conducta inflamó al joven en ardiente ansiedad
amorosa. Únicamente le parecían vida las horas en que veía a Gabriela, y su
casa le parecía una prisión odiosa y oscura, así como la profesora un espíritu
malvado y perverso que le tenía encadenado.
No se daba cuenta de la furia silenciosa y profunda
que consumía a la profesora, ni las lágrimas que derramaba Margarita cuando
entraba sin dignarse echar una mirada y no daba respuesta a una palabra
amistosa...
Así pasaron algunas semanas, y Fermino una mañana
se hizo anunciar en casa de Eugenio. Había algo en todo su ser que denotaba que
sucedía algo anormal.
Después de algunas palabras indiferentes, miró al
joven fijamente en los ojos, y le habló con un tono extraño y seco:
—Eugenio, tú amas a la condesa y todos tus deseos y
esfuerzos tienden a poseerla.
—¡Desgraciado! —gritó Eugenio fuera de sí—.
¡Desgraciado, con la mano que tocas mi pecho estás dando muerte y aniquilando
mi Paraíso! ¿Qué digo? ¡No, sacas al iluso del sueño enloquecedor! Amo a
Gabriela, la amo como ningún hombre la ha amado, pero este amor me conduce a la
perdición.
—No te comprendo —dijo Fermino con frialdad.
—¡Tú posees —continuó Eugenio—, tú posees algo! Ah,
el pobre mendigo tiene que mendigar la más bella piedra preciosa del rico Perú!
¡Un infeliz como yo, que se encuentra en la más desdichada situación de una
vida errada, que nada posee, si no es el ardiente anhelo y una inconsolable
desesperación, y tú..., tú..., Gabriela!
—Yo —prosiguió Fermino— no sé, Eugenio, si tus
miserables relaciones son las que te hacen tan apocado. Un corazón que ama debe
ser valeroso y audaz, y atreverse a lo más alto.
—No despiertes —interrumpió Eugenio al amigo—, no
despiertes mentidas esperanzas, que puedan aumentar mi desgracia.
—¡Hum! —repuso Fermino—. No sé si se pueden llamar
mentidas esperanzas o desgracia terrible cuando uno es correspondido con la
mayor intensidad con que es capaz de abstraerse de amor un pecho de mujer.
Eugenio se levantó precipitadamente.
—¡Quieto! —exclamó Fermino—. Desahógate con toda
clase de exclamaciones cuando haya terminado de hablar y me haya ido, pero
ahora escúchame.
—Es seguro —continuó Fermino— que la condesa
Gabriela te ama, y, ciertamente, con el fuego abrasador que arde en el pecho de
una española. Vive solamente para ti, y todo su ser te pertenece. Así que no
eres un pobre mendigo, ni tampoco un ser perdido a lo largo de una vida errada
en medio de la desgracia; no, eres inmensamente rico en el amor de Gabriela,
estás ante las puertas de un Edén resplandeciente que se te abre. No creas que
tu estado impedirá la unión con la condesa. Hay ciertas relaciones que el orgulloso
conde español, aun debido a su alto estado, ve con muy buenos ojos, de modo que
le gustaría mucho tenerte como yerno.
»Yo, querido Eugenio, declararía estas relaciones,
y ahora te diré algo para librarte de las comidillas secretas, pero mejor es
que me calle. Tanto más cuanto que hoy un nubarrón negro y amenazador se cierne
sobre el cielo de tu amor. Puedes imaginarte que yo he callado celosamente tus
relaciones a la condesa, y me resulta inexplicable cómo la condesa ha podido
enterarse de que estás casado, y además con una mujer de más de sesenta años.
Ha desahogado su corazón conmigo y está deshecha por la desesperación y el
dolor. Tan pronto maldice el momento en que te vio por vez primera y te maldice
a ti, tan pronto te da los nombres más cariñosos y confiesa lo ilusorio de su
amor. No quiere verte más, ha dicho que...
—¡Dios santo! —gritó Eugenio—. ¿Hay acaso una
muerte más cruel?
—Eso ha dicho —prosiguió Fermino sonriendo
maliciosamente—, eso ha decidido en los primeros instantes de sus celos. Pero,
como de costumbre, hoy verás a la condesa Gabriela a medianoche. A esa hora se
abren las flores de los cirios en nuestro invernadero que, como tú sabes,
empiezan a marchitarse cuando sale el sol. Así como el conde no puede soportar
el aroma penetrante de estas flores, en cambio a la condesa Gabriela le
encantan, o mejor dicho: el temperamento de Gabriela que se inclina a lo
fantástico, cree ver en la maravilla de esta planta el misterio del amor y de
la muerte, ya que durante la noche el rápido florecimiento alcanza su plenitud
y al mismo tiempo tiene lugar su rápido marchitarse. La condesa da rienda
suelta a su profundo dolor, a su desesperación en el invernadero, donde voy a
esconderte. ¡Piensa en los medios de liberarte de tus cadenas, y de escaparte
de esta cárcel! ¡Te dejo entregado a tu amor y a tu buena estrella! ¡Tú me das
más compasión que la condesa, y por eso trataré con todas mis fuerzas de
conducirte a la felicidad!
Apenas Fermino dejó al joven, entró la profesora.
—Eugenio —dijo con la seriedad profunda y grave de
una matrona—. Eugenio, esto no puede seguir así entre nosotros.
Un pensamiento iluminó como un rayo la mente del
joven, haciéndole ver que los lazos no eran eternos y que el fundamento de una
separación judicial radicaba en la diferencia de años.
—¡Sí —gritó triunfante en su burla—, sí, señora
profesora, tenéis razón, no puede seguir así entre nosotros! Maldita sea una
relación nacida de una locura absurda, y que me arrastra a la perdición.
¡Separación, divorcio!
La profesora palideció como una muerta, y las
lágrimas brotaron de sus ojos.
—¿Cómo —dijo con voz temblorosa— es posible que a
mí, que te he aconsejado cuando abandonaste la paz de tu alma para arrojarte en
el torbellino del mundo, a mí, a tu madre, quieras entregarme a las burlas y al
ridículo de los malos? ¡No! Eugenio, no debes, ¡no puedes hacer esto! ¡Satanás
te ha cegado! ¡Vete! Hasta aquí hemos llegado: que desprecies y quieras
separarte de la madre que te ha cuidado y ha velado por ti, cuando únicamente
ella buscaba tu bienestar permanente. ¡Ay, Eugenio, ningún juez mortal podrá
separarnos! ¡En cambio, bien podrá suceder que pronto el Padre Eterno me llame
de este valle de lágrimas y dolor! Cuando descanse en la tumba, olvidada del
hijo, entonces goza de tu libertad y de la felicidad que te proporcionen los
engaños de este mundo mortal.
Un torrente de lágrimas ahogó la voz de la
profesora, que se alejó secándose los ojos con el pañuelo.
No estaba tan empedernido el corazón del joven que
no le traspasase el dolor mortal de la profesora. Diose cuenta de que cada paso
hacia la separación le causaría un dolor capaz de causarle la muerte, y que a
costa de esto no puede lograrse la libertad. Se resignaría, perecería.
«¡Gabriela!», exclamó una voz en su interior, y volvió a renovarse su rabia
profunda contra la vieja, haciendo eco en su alma.
Capítulo último
Era una noche oscura y sofocante. Se oía el
respirar de la naturaleza, y como serpientes de fuego cruzaban los relámpagos
el horizonte lejano. Toda la zona del jardín del conde estaba totalmente
invadida por el maravilloso olor del cirio florecido. Ebrio de amor y de
anhelante deseo estaba Eugenio ante la puerta de la verja; al fin apareció
Fermino, abrió y le introdujo en el invernadero, débilmente iluminado, donde le
escondió en un rincón oscuro. No pasó mucho tiempo sin que apareciera la
condesa Gabriela, acompañada de Fermino y el jardinero. Se pusieron al lado del
floreciente Cactus grandiflorus y el jardinero habló prolijamente acerca de la
planta maravillosa y del trabajo que se tomaba para cuidarla. Por fin, Fermino
pudo llevarse al jardinero.
Gabriela estaba como sumergida en dulces sueños,
suspiró profundamente y dijo en voz baja: «¡Si yo pudiera vivir o morir como
estas flores! ¡Eugenio!»
Entonces el joven salió de su escondite y se arrojó
a los pies de la condesa.
Ésta lanzó un grito de terror y quiso huir. Pero la
desesperación y la furia del amor hizo que el joven la abrazase, y también ella
le abrazó con sus brazos de lirio, sin una palabra..., ni un ruido..., ¡sólo
besos ardientes!
Se oyeron pasos, la condesa estrechó con fuerza al
joven contra su pecho:
—¡Sé libre..., sé mío..., tú o la muerte! —musitó,
y, apartando con suavidad al joven, huyó por el jardín.
Fermino encontró al amigo como inconsciente, ciego
de felicidad.
—¿No te lo había dicho? —dijo Fermino cuando por
fin Eugenio despertó—. ¿No te lo había dicho? ¿Se puede ser amado con más
intensidad y más ardientemente que tú lo eres? Sin embargo, después de estos
instantes del entusiasmo, del éxtasis del amor, tengo que cuidarme de tus
necesidades terrenales. Aunque a los enamorados parece bastarles el goce
amoroso, permíteme que antes de que se haga de día, y te vayas de aquí, tomes
un refrigerio.
Eugenio siguió mecánicamente a su amigo, como en
sueños, que le condujo al cuartito donde la otra vez le encontró ocupado con
sus operaciones químicas. Saboreó algunos de los alimentos bien sazonados que
le sirvieron, y le supo todavía mejor el ardiente vino que le procuró Fermino.
Gabriela, sólo Gabriela, como es de suponer, fue el tema de la conversación que
ambos sostuvieron, Fermino y Eugenio. Todas las esperanzas de la más dulce
felicidad amorosa ardieron en el pecho del joven.
Amanecía y Eugenio se levantó para irse. Fermino le
acompañó hasta la puerta de la verja. Al despedirse, Fermino le dijo:
—Acuérdate, amigo mío, de las palabras de Gabriela:
«Sé libre, sé mío», y toma una decisión que te conduzca a tu objetivo. Obra
rápido. Pues pasado mañana, al romper el alba, partimos.
Al decir esto, Fermino cerró la puerta de la
entrada y se alejó por un sendero.
Medio muerto, apenas si pudo moverse del sitio.
¡Irse, irse, y él no poder seguirlos! Aniquiladas todas sus esperanzas por este
repentino golpe, echó a correr con la muerte en el corazón. Su sangre hervía en
sus venas cada vez más impetuosamente; cuando regresó a su casa las paredes
parecía que se le venían encima. Tuvo que bajar al jardín. Contempló la bella y
floreciente Datura fastuosa, sobre cuyas flores cada mañana la profesora tenía
la costumbre de inclinarse para oler su aroma balsámico. De pronto le
acometieron los pensamientos del Infierno; Satanás se apoderó de él, cogió la
pequeña redoma que Fermino Valies le había dado y que llevaba consigo, y
volviendo el rostro espolvoreó el cáliz de la Datura fastuosa. Tuvo la
sensación de que todo a su alrededor ardía con un fuego brillante y abrasador;
lanzó lejos de sí la redoma y echó a correr, y corrió tanto, hasta que cayó
agotado en el bosque cercano. Su estado se asemejaba al de un sueño confuso.
Entonces habló en él la voz del Malo: «¿Qué deseas, qué quieres? ¡Ya has hecho
todo, he aquí tu triunfo! ¡Eres libre! Vete con ella, vete a gozar lo que has
ganado y cuyo precio es tu salvación, porque tuya es la inefable delicia de la
vida!».
—¡Soy libre, es mía! —gritó Eugenio en voz alta,
levantándose del suelo y echando a correr al jardín del conde Ángelo Mora.
Era el mediodía y encontró la puerta de la verja
cerrada, y nadie acudió a su llamada.
Tenía que verla, y cogerla en sus brazos, y gozar
toda su inmensa felicidad, el precio de su adquirida libertad. La fuerza de las
circunstancias le dio destreza suficiente para trepar por los altos muros. El
jardín estaba en un silencio de muerte, y los senderos estaban solitarios. De
pronto le pareció a Eugenio oír un susurro en el pabellón, al que se acercaba.
«¡Si fuera ella!» La dulce ansiedad del deseo más
ardiente le ofuscaba el pensamiento. Deslizóse y fue acercándose, y miró por la
puerta de cristales y vio a Gabriela, en nefando amor, en brazos de Fermino.
Rabioso, como un animal salvaje herido de muerte,
embistió contra la puerta, que se rompió en pedazos, y en el mismo instante se
desmayó sobrecogido por un desvanecimiento, y cayó al suelo sobre el umbral de
piedra del pabellón.
«¡Echa a ese loco de ahí!», oyó resonar en sus
oídos; sintió que le cogían en volandas y le sacaban por la puerta, que resonó
al cerrarse. Se agarró convulsivamente a la puerta, profiriendo juramentos y
maldiciones contra Fermino, contra Gabriela. Luego se oyeron risas en la
lejanía y le pareció oír una voz: «¡Datura fastuosa!».
Los dientes le castañetearon y Eugenio repitió:
«¡Datura fastuosa!», y súbitamente un rayo de esperanza entró en su alma. Se
levantó precipitadamente, corrió a toda prisa en dirección a la ciudad para
llegar a su casa. Por las escaleras se encontró a Margarita, que se asustó al
ver el aspecto espantoso en que venía. Los cristales rotos le habían cortado la
cara, la sangre le caía por la frente, por lo que tenía la vista nublada y la
expresión de la más tremenda excitación, que dominaba todo su ser. La infeliz
niña no fue capaz de proferir palabra cuando Eugenio cogió su mano y con voz
colérica preguntó:
—¿Ha estado la madre en el jardín...? Margarita
—dijo una vez más, con angustia mortal— Margarita, ten compasión de mí, habla,
dime, ¿ha estado la madre en el jardín?
—¡Ay —repuso Margarita—, por fin! ¡Ay, querido
señor Eugenio..., la madre..., no ha estado en el jardín. Cuando iba a ir se
sintió mal. Se encontró tan enferma que permaneció arriba y se echó en la cama.
—¡Loado sea Dios —gritó Eugenio, cayendo de
rodillas y elevando las manos—, Dios alabado, que tienes piedad con los
condenados!
—Pero —dijo Margarita—, pero, querido Eugenio, ¿qué
cosa tan espantosa te ha sucedido? —Sin responder, bajó Eugenio al jardín, y,
lleno de furia y rabia, arrancó la planta de la tierra y esparció las flores
por el suelo.
Encontró a la profesora dulcemente adormecida. «¡No
—se dijo a sí mismo—, no, el poder infernal está roto, el arte de Satanás nada
puede contra esta santa!» Luego salió de su habitación y el mismo agotamiento
le calmó.
Pero al punto se le apareció la imagen espantosa de
aquella mentira infernal, que le conducía a una perdición irremediable. No de
otro modo creyó poder expiar su infamia, sino con la muerte voluntaria. Pero
antes descargaría su furia, su furia terrible.
Con la calma apagada y sorda que precede a las
tormentas desencadenadas, y que acostumbran a desatar las decisiones más
espantosas, salió, se compró un par de pistolas, pólvora y plomo, cargó las
armas, se las metió en el bolsillo y se encaminó al jardín del conde Ángelo
Mora.
La puerta de la verja estaba abierta. Eugenio no
vio que estaba rodeada de policías, intentó entrar y le cogieron.
—¿A dónde vas? ¿Qué vas a hacer? —dijo Severo, pues
era él el que había cogido a su amigo.
—¿Llevo la marca de Caín en la frente? —dijo
Eugenio con el tono seco y de renuncia y desesperación—, ¿crees tú que esquivo
el camino de la muerte? —Severo cogió al amigo del brazo y se alejó,
diciéndole:
—No me preguntes, querido Eugenio, cómo sé todo. Me
he enterado de que te han hecho caer con artes infernales en los más peligrosos
lazos, sé que una mentira satánica te ha enloquecido y que te quieres vengar
del infame pícaro. Pero tu venganza llega muy tarde. Precisamente los dos, el
presunto conde Ángelo Mora, con su amable ayudante, el que fue en otro tiempo
monje español Fermino Valies, han sido detenidos, y ya están en camino hacia la
corte de Madrid. En la fingida hija del conde se ha reconocido a una bailarina
italiana que se encontraba, el último carnaval, en el teatro de San Benedetto,
en Venecia.
Severo dejó a su amigo unos instantes para que se
tranquilizase, y ejerció sobre él el dominio que ejercen estos serenos
temperamentos. Al oír las suaves amonestaciones que le decían que la herencia
mortal del hombre consiste en no poder resistir, a veces, a las malas
tentaciones, y que a veces el Cielo salva de manera maravillosa, y que en esta
salvación puede hallarse la expiación y el consuelo, despertóse, en medio de la
desesperación, la conciencia aletargada del joven. Un torrente de lágrimas
brotó de sus ojos. Dejó que Severo le quitase las pistolas de los bolsillos y
que disparase al aire.
La profesora permanecía enferma en el lecho. Sonrió
suavemente a ambos amigos y luego le dijo a Eugenio:
—No me engañaron mis presentimientos. El Señor, que
todo lo ilumina, te ha librado del Infierno. ¡Todo te lo perdono, querido
Eugenio, te lo perdono!..., pero Dios del Cielo, ¿puedo yo hablar de perdón, si
yo misma debo acusarme...? ¡ Ay!, todavía a mi edad, debo reconocer que el
hombre mortal está ligado a lo terreno con lazos de los que no puede
desprenderse.
»¡Sí, Eugenio, es una infamia absurda no hacer caso
a las exigencias de la vida, tal como brotan de la naturaleza de nuestra
existencia, y creer por soberbia que somos superiores! ¡Tú no, Eugenio, sino
yo, soy culpable y tengo que expiarlo, y llevar con resignación la burla de los
malos! ¡Eres libre, Eugenio!
Pero el joven se arrodilló ante la cama, desgarrado
por el arrepentimiento más amargo y juró, mientras besaba la mano de la
profesora, cubriéndola de besos y lágrimas, que nunca se separaría de la madre,
y que en la santa paz de aquella casa esperaba encontrar el perdón de sus
pecados.
—Sois mi hijo —dijo la profesora con una suave
sonrisa celestial—, ¡pronto, lo siento así, pronto daréis gracias al Cielo!
Es de notar que el religioso español le había
tendido los mismos lazos a Severo, y así como el infeliz Eugenio había caído en
ellos, Severo, que era más listo y razonable, había sabido librarse muy bien.
Afortunadamente una casualidad favorable hizo que Severo recibiese noticias de
la Corte acerca del presunto Ángelo Mora y su acompañante. Ambos, el conde y
Fermino, no eran sino emisarios secretos de la Orden de los jesuitas, y
conocido es el principio de esta Compañía111, procurarse agentes y simpatizantes
en el mundo entero. Eugenio, al principio, había llamado la atención del
religioso, debido a su conocimiento de la lengua española. Cuando el jesuita,
tras una amistad más íntima, se dio cuenta de que podía manejar al infeliz e
inexperto joven, que mantenía unas relaciones tan forzadas y contradictorias,
consideró que era el más conveniente para formarlo conforme a los fines de la
Compañía. Es bien sabido que la Compañía se vale de extrañas mixtificaciones
para lograr adictos; nada ata más que el crimen, y, por tanto, pensaba, con
razón, hacerse dueño del joven, despertando en él con fuerza la pasión del
amor, dormida en su pecho, que le conduciría a una acción infame.
Poco después de todo lo sucedido, la profesora fue
sintiéndose cada vez peor. Igual que el difunto Helms, al tiempo que los
árboles y las plantas se despojaban de sus hojas, fue adormeciéndose suavemente
en los brazos de Margarita y de Eugenio. Mas he aquí que al ir a enterrar a la
profesora, se le vino a la mente a Eugenio el pensamiento de su malvada y
odiosa acción. Sin embargo, aunque la acción hubiera quedado sin efecto,
Eugenio se acusó de ser el matador de su madre, y sintió que su interior se desgarraba
por las furias del Infierno. Sólo su fiel amigo, Severo, pudo finalmente
librarle de la desesperación. Consumido por la pena, permaneció encerrado en su
habitación, sin ver a nadie, y apenas sin probar más bocado que lo necesario
para evitar la consunción.
De este modo pasaron un par de semanas, hasta que
un día Margarita entró vestida de viaje, y con voz temblorosa dijo:
—¡Vengo a despedirme, querido señor Eugenio! Los
parientes que tengo en la pequeña ciudad a tres millas de aquí volverán a
recibirme. Que le vaya... —No pudo terminar.
Del pecho del joven brotó un dolor inmenso, al
tiempo que brillaba súbitamente la llama del más puro amor.
—Margarita —exclamó—, Margarita, si me dejas me
muero de dolor y de remordimientos. ¡Margarita..., sé mía!
¡Ah!, con qué felicidad el corazón de Margarita le
había amado sin saberlo. Medio desvanecida por un dulce temor, por un placer
celestial, la muchacha se apoyó en el pecho del joven.
Severo entró y dijo serio y solemne: —Eugenio, has
encontrado el ángel de luz que devolverá la paz a tu alma, y desde ahora serás
feliz para siempre.
________________
E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

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