Libro N° 9748. Prosa Dispersa. Obras Completas Vol. XX. Rubén Darío.
© Libro N° 9748. Prosa Dispersa. Obras Completas Vol. XX. Rubén Darío. Emancipación. Marzo 26 de 2022.
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Obras Completas Vol. XX
Rubén Darío
Prosa Dispersa
Obras Completas Vol. XX
Rubén Darío
Title: Prosa Dispersa
Obras Completas Vol. XX
Author: Rubén Darío
Release Date: September 24,
2017 [EBook #55616]
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PROSA DISPERSA
RUBÉN DARÍO
PROSA DISPERSA
Prosa Dispersa
POR
Rubén Darío
VOLUMEN XX
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN:
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID
EL SILLÓN DE LECONTE DE L'ISLE
La Juventud y la Academia
Lo que dijo Charles Morice
Verlaine y Zola.
ace poco más de un año nos hallábamos en mi
habitación, en un hotel de París, cerca de la Bolsa, el poeta Maurice
Duplessis, porta-estandarte de la escuela romana; el simpático y sutil
Kreutzberger, a la sazón crítico literario de La Cocarde, y Enrique
Gómez Carrillo, cuyo nombre es bien conocido por los lectores de La
Nación.
Charlábamos amistosamente, fabricando cada cual su
grog, cuando apareció en la puerta la cabeza moruna de Alejandro Sawa, el
escritor español.
Entró Sawa, seguido de un señor alto y flaco,
medio clergyman y medio pianista, pálido, de larga cabellera
obscura, que le caía sobre los hombros, con un aire de aparecido.
—M. Charles Morice.
Levantéme, y abriendo un libro que estaba sobre mi
mesa, leí:
Impérial, royal sacerdotal, comme une
République Française en ce quatre-vingt-treize
Brûlant empereurs, rois, prêtres dans la fournaise,
Avec la danse autour de la grande commune.
L'étudiant et sa guitare et sa fortune
À travers les décors d'une Espagne mauvaise
Mais blanche, de pieds nains et noire d'yeux de
braise,
Héroïque au soleil et folle sans la lune.
Néoptolème, âme charmante et chaste tête,
Dont je serais en même temps le Philoctète
Au cœur ulcéré plus encore que la blessure,
Et pour un conseil froid et bon parfois l'Ulysse:
Artiste pur, poète où la gloire s'assure,
Cher aux lettres, cher aux femmes, Charles Morice.
A los pocos instantes, vibrando aún los versos de
Paul Verlaine, Charles Morice saboreaba también su grog, y, a propósito de un
Walt Whitman que encontró en mi mesa, discurría sobre literatura yanqui.
No es ya el autor de la Littérature de tout
à l'heure el mismo del soneto de su amigo y maestro, ni siquiera el
pintado por Emile Coursange. «La cabeza es adelgazada, bien puesta sobre el
cuello flexible y delicado—la barba ligera, obscura, realza la palidez del
rostro y atenúa la sequedad de los contornos; la frente elevada, apenas
agrandada, que encuadra una cabellera fina y rara, está alzada con brutalidad—;
la nariz altiva, aguileña, enérgica—la[3] boca fina y
sensual, acentuada por un bigote felino—, el mentón que se
adivina bajo la barba, a la vez autoritario y campechano, completan esta
fisonomía tan compleja, tan contradictoria del poeta, donde la cabeza, donde
las pasiones, parecen en lucha perpetua con el alma; pero la sostienen, la
avivan.» Esas palabras fueron escritas tres años antes: 1889. Hoy, Charles
Morice parece gastado, quizás minado por una dolencia.
Es, entre la juventud literaria, uno de los
maestros. Fué uno de los fundadores del simbolismo, después se separó del
cenáculo. Ninguno de sus antiguos compañeros, a excepción de Barrés y Paul
Adam, ha escrito obra más seria y trascendental que el autor de Littérature
de tout à l'heure.
Cuando se trató en Francia de la elección académica
para el sillón de Leconte de L'Isle, Charles Morice habló en nombre de la
juventud.
Sus palabras fueron las que los lectores de La
Nación verán en seguida.
«Algunas gentes se forman voluntariamente de
cualquiera que atrae y retiene las miradas de los hombres, la idea de un alto
funcionario. Para esos bodoques ante cuyos ojos el mundo aparece como una vasta
administración, la gloria es un puesto, el genio una función: al morir el
titular se abre una sucesión.
—¿Quién va a suceder a Leconte de L'Isle?—preguntan
esas gentes.
Y no es en el sillón académico o en la biblioteca
del Senado en lo que piensan. Ingenuamente se persuaden de que Leconte de
L'Isle ocupaba el puesto y ejercía la función de primer poeta de Francia.
¿Quién es hoy el mejor designado para sucederle en su función y en su puesto?
Esta opinión del vulgo, aunque lleva por casualidad
algo de verdad en la especie, es profundamente errónea. Napoleón decía que las
mujeres no tienen rango: los poetas no lo tienen tampoco. Ninguno es el
primero. Desde que se es en Arte, se es solamente, puesto que en el dominio del
espíritu público ser consiste en expresarse, ¡y
como ninguna alma es igual a otra! No se es poeta o artista sino bajo la
condición de mostrar a la luz los matices espirituales por los cuales se
distingue esencialmente, tanto de la multitud de los pequeños como de la débil
minoría de los grandes: por eso, como lo ha muy bien observado M. Paul Bourget,
se llega a ser el representante y el jefe de toda una categoría humana, más o
menos numerosa, según la naturaleza del pensamiento o del sentimiento a que se
da una forma definitiva.
Así, pues, si Víctor Hugo ha llegado a convencer a
la muchedumbre de que él era el primer poeta de su tiempo es,
desde luego, porque afirmándose en los sentimientos e ideas más generales, se
aseguró una vasta clientela y, después, porque[5] a
sus virtudes líricas agregaba los méritos de un extraordinario reclamier.
Otros han contado la habilidad que desplegó para fundar y desenvolver su
gloria, y el hecho es que en muy poco tiempo llegó al puesto—ilusorio, pero
brillante—que él se había señalado como mira.
Parece—como lo es, en efecto—inútil distribuir
premios a Hugo, a Lamartine, a Vigny, a Musset, a Gautier, a Baudelaire... Cada
uno de ellos es el rey de un dominio que no comparte con nadie.
Si el emperador de la Rusia posee más territorios
que el rey de Dinamarca, ninguno es menos majestad que el otro.
Agreguemos que los poetas poco leídos, dado que
sean muy realmente poetas, no tienen nada que envidiar a los más populares, si
éstos lo han llegado a ser pronto. El consenso universal inmediato no tiene
valor en arte, no porque el ideal no sea en efecto seducir al mismo tiempo
a l'élite más severa, y a la muchedumbre más contentadiza.
Pero es, ante todo, lo escogido lo que le conviene tener consigo; y se ha visto
raramente que su opinión concuerde con la de la mayoría. Al contrario, los
escogidos concluyen siempre, a más o menos largo plazo, por arrastrar a la
muchedumbre. ¡Peor para aquéllos a quienes ésta aclama sin consultar mejores
pareceres! Como ella se da sin pena alguna, cambia del mismo modo, en tanto que
el elegido de los difíciles puede contar con su fidelidad, sus partidarios son
tanto más entusiastas cuanto más[6] raros son: su fe
artística tiene todo el valor de una verdad que ellos están prestos a
demostrar.
Baour Lormiari, a quien sus semejantes prodigaron
los títulos más lisonjeros, anduvo desacertado en creerse príncipe de un vasto
imperio poético, en tanto que la Kamchatka de Baudelaire se anexa sin cesar
nuevas provincias.
En la ciencia ello es de diferente manera.
En poesía es el tono, la cualidad, la esencia del
alma del creador, lo que importa ante todo.
Si un poeta no ha dejado sino diez versos
perfectos, cada uno de esos diez versos es tan bello, tan inmortal como
cada uno de los mil versos perfectos que haya dejado otro poeta. Este habrá
sido más a menudo, pero no más poeta que aquél.
Un sabio puede ser más sabio que otro.
Una vez alcanzada la elevación bajo la cual se
quedan los trabajadores de la obra, los industriales y los imitadores, es
permitido adicionar y comparar los elementos de conocimiento y los resultados
adquiridos. Un descubrimiento puede tener más importancia que otro.
Un sabio puede ser el primer sabio de su época.
No pretendo deducir de allí que la ciencia sea
inferior a la poesía. Además, que eso sería aun una distribución de premios que
nadie tiene derecho de hacer, aunque muchos lo hayan intentado; esas como
especulaciones insubstanciales no sirven de nada.
Pienso solamente, y repito, que no hay primero en
poesía.»
Decía, pues, que el error popular, a este respecto,
presta a las circunstancias, a la personalidad de Leconte de L'Isle, algo de
verdad.
La institución de los poetas laureados en
Inglaterra, y de la Academia en Francia, deja, en efecto, comprender que es
permitido a los contemporáneos, escoger entre los grandes escritores de su
tiempo, de encarnar en ellos el arte literario y de atribuirles derecho de
eminencia y prerrogativas. Eso es, sin duda alguna, socialmente necesario para
el honor de las letras.
Desde el punto de vista particular, alguno
sucederá, pues, a Leconte de L'Isle; alguno ocupará el sillón en que él se
sentó después de Víctor Hugo.
Que se me permita precisar la importancia de la
elección esperada. Por una vez, la Academia va a ser el centro de las
preocupaciones de toda la juventud. Ella conoce, amaba al poeta que vivía en su
misma casa. Desde luego, aun para dejar presto de serlo, la juventud es siempre
literaria. La palabra poesía no la deja nunca indiferente.
Luego es de poesía, contra la costumbre, de lo que
se va a tratar en la Academia.
La situación de Leconte de L'Isle en la historia[8] de la literatura francesa permanecerá de todos modos
excepcional.
Ese criollo, venido de Bourbon a París, con
reflejos de sol cruel en sus ojos maravillosos, para fijar en versos de una
extraña suntuosidad sus visiones de lo bello de ella, y como para gustarlas
mejor a la distancia, fué, entre nosotros, el sacerdote augusto del arte
sagrado; y de ese modo, él también, el residente de otra edad, como decía de sí
mismo Chateaubriand, a quien Leconte de L'Isle merece ser comparado. La
indiferencia desdeñosa que tenía por los imbéciles, el horror que él les
causaba, el disgusto que le inspiraban las solicitudes de la vida corriente,
sobre todo, la naturaleza adjetiva de su genio—a lo Vigny, a lo Goethe, a lo
Shakespeare—, todo contribuía a hacer de él como una síntesis de este ser de
antaño ya quimérico: el poeta.
Tenía esa doble gracia de la eterna infancia de los
sentimientos unida a la majestad del espíritu. Ningún rasgo de sensibilidad ni
de puerilidad en su obra vigorosa, a la que los poco observadores acusan de
impasibilidad. ¿Impasible? ¡Esculpió el mármol y lo volvió sensible! Pero tenía
altos cuidados de pudor y de pureza. Su ensueño es casto, casi ingenuamente,
como el ensueño de todos los grandes poetas. Quería «desaparecer, como autor,
detrás de sus creaciones». Griego y clásico, tanto por ese procedimiento
estético, cuanto por su ideal de belleza.
Esta reserva austera del escritor estaba en
perfecta armonía con la actitud del hombre, tranquilo y grave, y que evitaba
las ocasiones de ser visto. Pero los que lo han encontrado, no olvidarán aquel
noble rostro, aquellos grandes rasgos, esos labios donde la obligación del
desprecio había apenas atenuado el instinto de la bondad, aquellos ojos
admirables, demasiado luminosos tal vez, y que parecían deslumbrados de su
propia claridad.
Era estoico, era pesimista. El orgullo ocultaba en
él la ternura. Su desprecio nacía de una comparación fatal entre el ideal
constante al cual tendía toda su alma, y las realidades humanas.
Aunque lo haya dicho un ministro ante la tumba de
ese poeta, no era el desencanto lo que lo alejaba del bullicio de la
muchedumbre. Después de juveniles y breves tentativas, abandonó definitivamente
todo deseo de renovación social, para darse sin tregua a su obra, a la
realización de la belleza severa y perfecta de que estaba apasionado. En ese
grande esfuerzo, y de esa obra maestra en obra maestra, él se desarrolló sin
cesar, simplificándose siempre.
Los críticos admiraron en él, muy particularmente
sin duda, cómo fué a la vez—simultaneidad rarísima—un bello rimador y un
solícito escritor. Los psicólogos le alabaron por haber representado sin falta
ninguna ese difícil personaje del poeta, ya fuera de moda, en esta sociedad.
Los jóvenes artistas literarios, en fin, recordarán todo lo que el[10] arte de escribir le debe; como él fué por poemas,
más que por sus opiniones, un maestro precioso, el jefe de la única escuela que
tiene algún porvenir: la escuela de la perfección.
Otros sillones académicos son tan gloriosos como el
suyo: el sillón de Renán, por ejemplo, o el de Taine. Pero el sillón de Leconte
de L'Isle tiene algo singular: es el sillón de Hugo, es el único—con el
cuarenta y uno—que, por derecho de tradición, pertenece a los poetas.
Uno de éstos, en todo caso, y de los raros que
justifiquen la existencia de una Academia fundada con el objeto de honrar la
literatura.
A propósito de la elección de M. Lavisse, creo oí
decir a M. Ludovic Halévy, aprobando que la Academia se hubiese agregado ese
erudito: «Es una buenísima adquisición. Se necesitan gentes instruídas en la
Academia.»
Quizá se necesitan poetas también.
Sin duda por François Coppée, Sully Prudhomme, José
María de Heredia, Paul Bourget, piensan los duques que la poesía tiene mucho
lugar ya en la representación oficial de la literatura francesa. ¿Pero no
conviene que esa Sociedad reserve, para embaucarla con honores poco
dispendiosos, un lugarcito para la poesía que ella encarnece de todos modos?
A falta de un gran poeta, el académico de mañana
podría ser un gran jefe de escuela. Leconte de L'Isle fué todo eso junto.
Y todo eso junto lo tenemos aún. Pero...
Paul Verlaine es un gran poeta, es verdad, el
maestro más amado de las jóvenes generaciones y el que, en todo el siglo, tal
vez, «ha observado más la distancia entre la sensación y la expresión». Su obra
es el fiel reflejo de esta época desencantada y deseosa aún, atribulada por
remordimientos; testarudo en la esperanza y, a veces, contra el porvenir y el
pasado, se refugia o, mejor, se abisma, en la embriaguez olvidadiza que presta
un sentido a la aflicción de la hora presente.
Verlaine es también un jefe de escuela. Todos los
jóvenes lo imitan antes de haber encontrado su propia vía: preguntad a León
Vanier, que los acoge algunas veces, y a Lemerre, que les reprocha olvidar el
ribazo del Parnaso.
¡Pero!... La Academia se espanta al solo nombre de
Verlaine; resucita viejas leyendas y discute la obra también que ella juzga de
anárquica, literariamente, se entiende.
¡Y bien! Emilio Zola es un gran jefe de escuela.
No se trata aquí de preferencias personales, ni de
saber si yo ignoro lo que conviene pensar de «el espeso genio de Meudon», como
decía Maurice Barrés. Conste, al menos, que el autor de l'Assommoir ha
estado a la cabeza del movimiento literario[12] más
importante que se haya producido después del romanticismo.
Preciso es que haya tenido razón, puesto que, en
doctrina literaria, concuerda con la doctrina filosófica de ayer (y aun de hoy
un poco) el positivismo, y con teorías estéticas ahora en derrota, pero que nos
dejan como testimonio de su paso muchas obras maestras.
Zola es un poeta también. No pienso que sea útil
afirmar, una vez más, que hay poetas en prosa. Zola es eso. Tal visión de
París, la segunda, si no tengo mala memoria, de Une page d'amour,
es uno de esos poemas en prosa que sobrenadarán en el próximo naufragio del
montón de toda esta obra artificialmente una, extrañamente compuesta,
indiscretamente amplificada. El mérito particular de Zola será, sin duda, que
con el más grosero estilo posible, llega a dar algunas veces la impresión de
una obra de arte vibrante de vida. Es un mal ejemplo y de un efecto espléndido.
¡Pero...! La Academia arguye y chochea a propósito
de Zola, y no quiere darle más de seis, siete, ocho votos, cada vez que viene
él a pedirle sus favores.
¿Tendremos largueza mañana?
Las gentes de tacto y de gusto, las gentes que se
cuidan de las conveniencias, me responderán que ese no es el caso. Leconte de
L'Isle aborrecía el naturalismo y a los naturalistas. ¿No sería insultarle,
darle uno de ellos por sucesor?
—Pero, ¿por qué? Forzar a uno de ellos, y al más
ilustre a alabar al poeta que les desdeñaba, ¿no sería algo picante? Esas
grandes oposiciones, ¿no son uso de la historia en las hermosas épocas? ¿No son
también la más preciosa de las enseñanzas?
Sin dejar de admirar el alto porte, la bella
actitud del poeta que, durante toda una larga vida, nutrió de contemplación su
pensamiento y no descendió a la plaza pública.
«Parmi les histrions et les prostituées.»
Lamento no haya encontrado el secreto de ir hacia
la muchedumbre permaneciendo siempre el mismo. El alma de la muchedumbre se
engrandece bajo la mirada del que sabe conmoverla en sus profundidades—¡la
muchedumbre, cliente de la Biblia y de Shakespeare!—Los escogidos que habían
ido a Leconte de L'Isle le hubieran seguido al gesto que él hubiese hecho hacia
esa divina multitud.
La naturaleza de su genio no quería el ruido.
Creo que una imponente lección se deduciría muy
bien del contraste brillante que daría el sillón académico del gran misterioso,
del gran concentrado, del gran artista objetivista, al subjetivista apasionado,
desenfrenado, Verlaine; o al expansivo a toda costa, aun a veces a costa del
arte—Emilio Zola.
Quizá la verdad y el porvenir pasaran entre la
excesiva discreción del primero y la indiscreción de los otros dos. En todo
caso, ambos son dignos de sentarse donde él se sentó. Los nombres de ambos,[14] como el suyo, significan el ideal neto y
personalísimo. La juventud los elegiría a cara o cruz...
¡Pero...! La Academia está falta de juventud.
Podéis apostar, seguramente, que la gloria va a abandonar el sillón de Hugo y
de Leconte de L'Isle: se lo apropiará la honrada notoriedad.
Las candidaturas probables ya vistas con buenos
ojos, son las de M. M. Henry Houssaye, Stephen Liégard y Jean Aicard.
No tengo nada malo que decir de esos señores.
Henry Houssaye, como se sabe, resultó elegido
inmortal. Verlaine está cerca de la muerte y de la inmortalidad. Y Zola, el
fuerte cazador, de candidato perpetuo.
Enero, 7-1895.
EL PENSAMIENTO ITALIANO
Teatro, poesía y novela
La «enquête» de Hugo Ojetti
La opinión de los «Chêrmaitre»
redomina hoy, entre nosotros, lo italiano. El
arte italiano reina en Buenos Aires: díganlo si no las dos excelentes compañías
dramáticas que tienen como estrellas a Tina di Lorenzo y a la Reiter; la de G.
Salvini, que se anuncia; las compañías de ópera italianas, que se suceden; la
Tetrazzini, que vuelve a reinar con sus gorjeos; el extraño y funambulesco
Frégoli, que acaba de partir.
La idea italiana nos informa: Bonghi escribe
en La Prensa y Edmundo de Amicis en La Nación.
Italia for ever! En la Revue de
Deux Mondes, el vizconde Melchor de Vogüe ha hecho notar recientemente, en
su magnífico ensayo sobre Gabriele D'Annunzio—tal como antes hiciera notar el
vuelo de las cigüeñas—, cómo se advierte en el mundo un renacimiento de la
fuerza del alma latina, iniciado, no en la gloriosa Francia, invadida por los
bárbaros, sino en la ilustre Italia maternal.
Il trionfo della Morte se está publicando en la misma revista; en
otras se ha traducido también gran parte de las obras del ilustre y joven
maestro de Napóles.
De ocasión es, pues, saber la opinión que sobre el
pensamiento italiano actual y su porvenir tienen quienes en la península están
a la cabeza del mundo intelectual. Así lo ha pensado el escritor ameno y
elegante Hugo Ojetti, que, a la manera de Jules Huret en Francia, ha hecho en
Italia una enquête por demás importante.
Es, en verdad, Ojetti un encantador repórter, o más
bien un explorador literario. ¿La causa de su libro? Él se dijo poco más o
menos: «En Italia no hay crítica sobre la literatura contemporánea. Juntan los
críticos en sus vacuas personalidades las más opuestas profesiones, y ya son
soldados, ya abogados, ya empleados, ya periodistas políticos, ya mujeres, ya
sacerdotes católicos.» ¿No puede decirse et pour cause, lo mismo en
nuestra literatura de lengua española? Y seguía pensando Ojetti: «Apenas dos o
tres son cultos y sinceros; pero sus voces, por la permanente escisión étnica
del todavía vano reino de Italia, no son escuchadas más allá de los límites de
su propia región. Los otros pseudo-críticos no saben hablar; hablan sobre todo
y sobre todos; y ahora que los curas no están más en boga, gritan—como éstos
hacían antes—contra toda obra nueva, el pulvis es. No se puede
apreciar nuestro actual estado ni porvenir intelectual, ni[17] por
los diarios políticos, que son generalmente enemigos de la Gramática, del arte
y de las letras, ni por las raras revistas, jóvenes, ignoradas o pasajeras, o
viejas, supersticiosas y pedantes; ni por los libros—difíciles de hacerse por
la insapia y pobreza de los editores, etc.»
Es un hecho que un movimiento de vida se nota. El
público mismo comienza a dejar los libros franceses por los italianos. ¿Cómo
hacer ver, hacer observar al público este movimiento, si no hay crítica?
Pues bien; concluyó Ojetti; iré de ciudad en ciudad
y de casa en casa, a que los chêr maitre me digan lo que
piensan al respecto, sea bueno o sea malo; pesimistas y optimistas hablarán con
el público claramente y por mi medio.
Esto, dice él, «es casi un principio de socialismo
estético. Pero el público sabrá a qué atenerse».
Y fué, en efecto, en viaje de investigación, a las
viejas y a las jóvenes autoridades. Pocos nombres valiosos faltaron para
su enquête, como Rovetta, como un Rapisardi, como Neucioni, como
Guerrini.
Y ahora, homeopatizando, como es a propósito para
una información de esta clase, comenzaremos con la visita que hizo al gran
GIOSUÉ CARDUCCI
Para verle tuvo que ir a Bolonia, «la Atenas
italiana»,[18] en donde Carducci pontifica.
Tiene su casa fuera de la ciudad, entre Porta Mazzini y Porta Santo Stéfano.
Casa más que confortable. Libros muchos, muchísimos libros, no siendo pocas las
ediciones princeps y obras raras, y siendo mayor joya una Commedia de
la primera edición de Aldo, regalo de un admirador. Entre retratos de Hugo,
Mazzini, Garibaldi, Mario, y un busto del Dante, un largo mechón de cabellos de
Goffredo Mameli.
Le vió, y he aquí el extracto de lo que dijo el
poeta:
Nos falta una Storia del risorgimento
italiano, hecha con ciencia y arte, pero sin ostentar erudición. Voy a
hacerla. Comenzaré pronto, pronto. Una historia así es necesaria para el
pueblo. Haré algo útil. ¡He hecho tantas cosas inútiles! Sin erudición. Será
una cosa útil. Y volviéndose al señor Rugarli, que estaba presente:—¿Cree usted
que la erudición que tenemos nos sea útil? ¿Para qué? Y siguió hablando sobre
lo mismo.
Se habló del Cristo alla festa de Purim—publicado
en Buenos Aires en La Nación—, y recordó la Giuda de
Petruccelli della Gattina. E hizo un calembourg:—Sí, el drama de
Bovio, es un Cristo in puré. ¿Y de lo que iba a preguntarle Ojetti?
Ni palabra.
Como es sabido, Carducci es consejero comunal y
provincial de Bolonia, ciudad en donde reside desde 1860. Su vida es metódica.
Trabaja toda la mañana. A las doce, se traga tres huevos crudos.[19] Lunes, miércoles y viernes, va a dar sus lecciones
puntualmente, a las cuatro. Luego pasa a lo de Zanichelli, en donde toma
el Corriere della Sera. Come a las seis y goza de buen apetito. A
las nueve, va otra vez a lo de Zanichelli, a charlar o a jugar al briscolon, o
a leer (tres o cuatro veces en los inviernos) Dante u Horacio, y lee
admirablemente. Administra muy bien el capital que ha ganado; pero parece que
éste no pasa de ochenta mil liras. Tiene tres hijas, todas casadas; Bice, con
el señor Bebilacqua, de Livorno; Laura, con el ingeniero Gnacarini, y
Liberta—la Titi del San Guido—, con el ingeniero Masi.
Me parece que para detalles tienen suficientes ya
los admiradores de Carducci. Otro sí: hay que agregar, que no es gran conocedor
de la música—da buon poeta, dice su interviewer—; se quiere
hacer el wagnerista, pero en el fondo «si commuove solamente e sinceramente
quando ascolta O signor che dal tetto natio!»
Ojetti teme que el ambiente, que el medio boloñés,
entumezca en parte las alas del águila de las Odas bárbaras en
su vivaz vejez.
Y después de Carducci,
ENRICO PANZACCHI
También en Bolonia, y «el hombre más simpático de
su ciudad». Sutil como un crítico, pero entusiasta como un poeta. Charla y
discute cortés[20] y convincente. Es el tipo ideal de
Bolonia la docta.
Le encuentro en la Pinacoteca, de la cual es
director, y en donde tiene su cátedra de estética. Su estudio, revuelto en un
bello desorden de libros nuevos y viejos, y adornado con dos ricas joyas de
Serra, el pintor, dos cabezas de viejo.
Panzacchi es alto, gentil, de cabellos grises, el
que viste más elegantemente de todos los escritores boloñeses. Hallóle Ojetti
en la Pinacoteca. He aquí la esencia de sus ideas sobre las preguntas del interviewer:
Separa las literaturas latinas que resultan de la obra semejante de muchos
contemporáneos escritores, de las literaturas del Norte, que en el fondo
existen solamente por labor de individualidades distintas.
La razón de la decadencia, de la general decadencia
de la literatura, del arte, tiene bases económico-sociales.
En Italia, más que en cualquier parte, o, al menos,
con mayor sinceridad, se siente lo nuevo. «Digo nuevo,
dice Panzacchi, para no usar el adjetivo moderno, que por el abuso
ha llegado a ser falso, y a perder casi todo significado.»
No asegura claramente un despertamiento en Italia:
ve más bien un deseo y tal vez una conciencia de despertamiento. Es oír
trabajar sutil, disperso, profundo, oíble tan solamente para las orejas
expertas; pero el trabajo existe, ciertamente, y tiene carácter italiano.
En Italia, con mayor sinceridad que en ninguna
parte brilla sobre la producción, de los ingenios, de algún tiempo acá, una
vaga luz de misticismo. ¿Reacción? Acción espontánea del alma, fuera de toda
razón, de método literario. ¡Quién sabe! Corifeos del movimiento, la Matilde
Serao y Antonio Fogazzaro. En Francia ha habido igual movimiento, pero no son
sinceros; la sinceridad, la fe, la necesidad absoluta de la fe, son cualidades
necesarias. ¿El misticismo de D'Annunzio? Es un misticismo muy afrodisíaco, una
necesidad de los sentidos, y de los sentidos más bajos, no una necesidad del
alma. No es síntoma de debilidad el misticismo. No hay que confundir el
ascetismo con el misticismo. Los amores florecidos de medrigales, o grises de
sentimentalismo, han hecho su consumo. Hoy los jóvenes deben buscar la forma de
arte. Carducci ha iniciado ese movimiento. Su mérito es todo de la forma. El ha
dado a la poesía y hasta a la prosa literaria italiana, una nueva forma: forma
noble, digna del pensamiento.
Después Ojetti fué a ver al místico
ANTONIO FOGAZZARO
Seghe di Velo, lugar en donde el escritor tiene su
«villa».
«Es así, dijo Fogazzaro; el misticismo es natural,
no efecto de reacción.
Miranda aparecía en 1874, cuando todavía el
naturalismo, con Zola a la cabeza, no había obtenido tan resonante triunfo que
provocasen una reacción. Ahora bien; en Miranda, está claro, me
parece, la necesidad de lo sobrenatural y de lo sobrehumano. Desde niño, aun
por razones de familia, he tenido esas ideas; tengo cincuenta y dos años. Antes
leía todos los libros que estaban en la corriente de mi aspiración, muchos
libros ingleses: las Contemplations, de Víctor Hugo. Después,
lentamente, fuera de ciertos libros de filosofía, especialmente ingleses, he
concluído por evitar la lectura de libros animados por ideas semejantes a las
mías. Ahora leo casi siempre libros de maestros naturalistas; estudio y admiro
a Zola con entusiasmo.»
Es Fogazzaro un solitario que se complace en la
soledad. Cuando va a Vicenza no habla de arte con nadie. Tiéntale el estudio de
los fenómenos de la sugestión, espiritismo, hipnotismo. En cuanto al movimiento
neomístico, no cree en la sinceridad de todos los escritores. A Julio Salvadori
le juzga, sin embargo, sincero. Y dice: «soy católico rígido, severo,
convencido. No concedo a mi fe ni oscilaciones ni dudas. No me hago una
religión para mí, acepto el cristianismo católico y soy entusiasta.
Hay que ver el catolicismo con ojos que alcancen lejos. En Italia ha sido y es
siempre pequeño y contrahecho, en su apariencia. Mire en América la
cuestión Knights of labour, que primero fué rechazada por el obispo
Onebec, y después aceptada[23] por los prelados más
rígidos y sabios, con palabras tales, que aquí, en Italia, parecerían
imposibles en boca de sacerdotes. ¡Esto conduce a proclamar la máxima de que la
iglesia debe secundar los movimientos de la mayoría nacional! Y todavía mírese
en Chicago el Congreso de las religiones, donde un príncipe de la iglesia ha
entonado, entre los sacerdotes más diferentes, entre bramanes, mahometanos,
confucistas, ulemas, una plegaria cristiana, y todos, universalmente, han
respondido en coro con voces altísimas. ¿No es éste un sublime espectáculo? Y
no es esto sino los casos más próximos, más visibles, más fáciles de recordar.
Nosotros, nosotros somos pequeños; nuestros ojos son débiles, nuestras mentes
limitadas. Pero el catolicismo es inmenso, y santo, y eterno.»
La cuestión de la patria tocóla el interviewer ligeramente.
Lo cual hizo declararse liberal a Fogazzaro. Anunció un libro Piccolo
mondo antico. Concluyó: «Yo soy un socialista católico convencido. La
palabra del Cristo es el verbo del socialismo más sano, más recto y también más
audaz.»
Por esto no comprendo cómo Matilde Seras haya
escrito que la única cosa que le disgusta en la doctrina del Cristo era el
socialismo. Pero si es el fundamento del cambio social. Y yo lo sigo aun fuera
de la teoría, propagándolo en los libros y realizándolo en lo poco que puedo.
El socialismo no matará el arte. El arte no muere. Se modificará, es cierto,
pero ganará en sinceridad. Como se hablase[24] de
Tolstoi, juzgólo como una mente desequilibrada en gran manera, pero
valientísima.
En la villa de Velo, fundada por aquel a quien
Fóscolo llama qualtro comuni en su epistolario, los dos
hombres de letras siguieron conversando.
En Vicenza, cerca de la villa de Fogazzaro, vió
Ojetti a
PARLO LIOY
el sabio poeta, o más bien el poeta sabio.
¿Quién no ha quedado encantado si ha recorrido las
páginas de Notte?
—«Yo no veo, dijo Lioy, ningún despertamiento en
nuestra literatura y en nuestro arte. Todo es mediocre. Los atrevidos poetas
que un día se figuraban cabalgando insolentemente entre la baja muchedumbre con
los ojos fijos en el sol, andan hoy en velocípedo. Es un símbolo. Es el triunfo
de la mediocridad. El arte y la literatura, no sólo se modificarán, sino que
morirán. Y no será una gran lástima; ni un daño para muchos. Reina hoy en
nuestros jóvenes, el alejandrinismo, en forma y en substancia.
El socialismo vencerá. En un libro que tendrá por
título Fuori all' aperto, y que saldrá pronto, habrá un capítulo
sobre el socialismo animal, y demostraré cómo entre los animales
existe el régimen socialista; hay la más perfecta y continua forma de vida
social. En cuanto a los neomísticos, el único[25] sincero
es Fogazzaro.» Y un golpe a las bas-bleu:—¿Qué piensa usted de
nuestras escritoras?
—Pienso que ninguna de ellas es digna de tal
nombre, fuera de Matilde Serao. Su número creciente es un síntoma de
decadencia; es la mediocridad que conquista el arte y lo sofoca.
Tenían ambos artistas bellos paisajes a la vista,
maravillas de hermosura natural, un claro cielo lleno de sol. Lioy hablaba de
ciencia y arte.
Septiembre, 2-1895.
GIOVANNI RUFFINI
énova acaba de inaugurar el busto de Giovanni
Ruffini. He aquí un nombre entre nosotros desconocido, el de una personalidad
un tanto olvidada; pero que resurge hoy, en su patria, a la glorificación del
simulacro. El telégrafo comunicó la noticia a un diario, hablando de «Juan
Ruffini, que formó parte del comité de la Joven Italia, y que fué desterrado a
Inglaterra». Persona de autoridad me dice: «Sí, realmente, fué un patriota;
pero no se distinguió mayormente su patriotismo, ni llevó a cabo hazaña ninguna
en tal sentido. La hazaña que él llevó a cabo fué escribir en inglés, como un
inglés, un libro que es casi una obra maestra, Il dottor Antonio,
el cual contiene quizás las más bellas descripciones que existen de la Riviera,
del camino de la Cornice, siendo una novela interesantísima. Este y otros
libros escribió, todos en inglés, que obtuvieron una inmensa popularidad en
Inglaterra y todos los países de lengua inglesa, y que sus compatriotas
tuvieron que leer traducidos. No[28] conozco, a lo
menos no recuerdo, un caso tan extraordinario como éste. Ruffini fué a
Inglaterra ya hombre formado, y creo que sin saber una palabra de inglés.»
En verdad. El caso es excepcional, y tengo para mí
que Ruffini hizo obra de maravillar. El único ejemplo que recuerdo—a más de
algún heterodoxo español estudiado por Menéndez Pelayo—que pueda compararse, en
lo referente a la lengua, con el de Ruffini, es el D. Pascual Gayangos,
recientemente fallecido en Londres. El viejo Rosetti, padre del divino poeta de
simbólico nombre Dante Gabriel, no sé que llegase a poseer el idioma inglés de
tan perfecta manera. En Francia, lo sabía magistralmente Mallarmé, y lo saben,
entre otros, Marcel Schwob y Bourget; pero escribirlo literariamente ya es otra
cosa, y no pasarán de lo que hacía Merimée, de prodigiosa poliglocia: escribir
versos ingleses de amor—cuando se está enamorado de una inglesa.
El busto de Ruffini es de Justicia; pero no han de
ver las generaciones en él la representación de un hombre político de este o
aquel círculo histórico de su tiempo, ni al mártir que quiere presentarse; su
figura modesta se perdería entre tanto hombre de bronce y mármol que puebla las
plazas italianas al amparo de la memoria patriótica, desde el caballero de la
camisa roja hasta los personajes de tercero y cuarto orden de las épocas
agitadas de las revoluciones peninsulares. Aparecerá, sí, en su[29] legítimo
valor, el talentoso sensitivo, el novelador de imaginación y de corazón, que
realizó en sus obras una tarea de patriotismo si gustáis, pero principalmente
de virtud y bondad humanas.
En el palacio de la gloria del pensamiento y del
arte, hay una inmensa muchedumbre de elegidos, pero cada cual guarda su propio
rango. Habitan allí seres de distintos aspectos y de distintas tallas. Hay
emperadores como Shakespeare, como Dante, como Hugo; reyes como Virgilio, como
Milton, como Goethe; príncipes como Gautier. Hay colosos, hay enanos, hay
bufones, hay locos; criminales y seres cuyo símbolo es un corazón. Pasan por
los pavimentos de mármol y de ónix, mantos de púrpura, obscuras y sombrías capas.
Tras las columnas se ven pasar pajes ricamente vestidos, que hacen brillar sus
puñales de puños de pedrería. Entre la grandeza, la riqueza, el genio tiránico
y absoluto, circulan perfumes misteriosos, encantadores, peligrosos, de un raro
poder de fábula; os marean, os seducen, os matan. Podéis ascender al cielo;
pero también podéis caer en una trampa y perderos para siempre. Descended
conmigo al jardín; allá, en lo silencioso de las altas alamedas, por donde
discurre un aire benéfico y los sanos árboles aprueban. No lejos está la blanca
pila y el cisne gentil en ella. Por allí juegan los niños. Por allí se van a
sentar en los bancos solitarios, las viudas enlutadas, a hojear un libro, a
sentir como una lejana harpa de melancolía, inclinando a un[30] lado
la cabeza, como los pájaros de Dios cuando escuchan. Por allí pasan los hombres
buenos, los que trajeron a la tierra algún don de esperanza o de consuelo; amor
esencia de fe, música de lo alto, miel de la luna; los que curan las heridas
que hacen los malos, sonrientes o suavemente melancólicos, o generosamente
heroicos, un poco pastores, un poco niños, un poco curas. Y, por un recodo, a
la dulce hora de la tarde, he ahí que veréis aparecer sólo al buen Giovanni
Ruffini, que en su tranquila inmortalidad se pasea entre violetas de amor y
rosas de patria.
D'Annunzio nos ha contado encantadoramente algo de
la persona de Ruffini, cuando le conoció en París en 1873.
«Ruffini tiene el aspecto de un buen padre de
familia. Su semblante, abierto y suave, como dicen los que sostienen que
el mundo empeora, no se encuentra ya en nuestros tiempos. Su
fisonomía recuerda los enormes retratos que adornan los salones de las casas
patricias; a primera vista diríase que tiene unos sesenta años, y goza pudiendo
añadir que parece destinado a despachar otros sesenta. A pesar de su aire
pacato, bien se adivina por los movimientos de su semblante y el tono profundo
de su voz, que ha llevado una vida agitada por vigorosas pasiones y que ha
sufrido grandes dolores.
Como en las páginas del Doctor Antonio,
así en su semblante, en su acento y en su conversación, hay algo de
melancólico. Melancolía templada por tanta benignidad y dulzura, que jamás se
descubre lo amargo. Sus mareas y lenguajes son de una sencillez infantil;
parece que siempre hemos vivido juntos, y sus miradas y preguntas hacen creer
que más bien es él el que ha venido movido por los mismos sentimientos vuestros
a conoceros.»
Tal rápido retrato, se compadece perfectamente con
el Ruffini que os vendrá a una imaginación después de la lectura de sus amables
y fluyentes narraciones. Sus novelas son verdaderamente balsámicas y tienen la
particularidad del exacto documento, por mucho que sea el ambiente romántico
que en ellas circula. A D'Annunzio mismo, confesaba él la realidad de sus
personajes, el ser sus fabulaciones copias directas de la vida, sobre todo la
célebre del Doctor Antonio. Ya antes, él había repetido eso mismo,
insistiendo en ser dicha novela una verace istoria.
Giovanni Ruffini nació en Génova el año 1807 y
murió en Taggia el 3 de noviembre de 1881, en la villa Eleonora, finca de su
propiedad. Sus padres, el abogado Bernardo Ruffini, y Eleonora, hija de la
marquesa Carlo, tuvieron cuatro hijos: Ottavio, Jacopo, Giovanni y Agostino.
Giovanni, a la edad de siete años, fué enviado por su padre a Taggia, y allí se
crió confiado a los cuidados de su tío, canónigo, que se dedicaba más a sus
olivares que a su sobrino.[32] Poco acomodaticio a
tan ingrata tutela, se fugó el muchacho, y entonces se le colocó de interno en
el Reale Collegio di Génova, bajo la dirección de los padres Tomaseos. Luego
pasó a la universidad, en donde conoció a Mazzini, que fué su íntimo amigo; con
su hermano Jacopo, entró luego a las filas carbonarias.
Mazzini había organizado en Marsella la nueva
sociedad La Giovane Italia, en cuyo comité figuraron los hermanos Ruffini, en
arrojados intentos revolucionarios. Descubierta la conspiración, Jacopo fué
denunciado, y junto con su hermano Attavio, preso. Jacopo se suicidó en la
cárcel. Giovanni y Agostino lograron escaparse primero a Francia y después a
Inglaterra, en donde se dedicaron a la enseñanza de letras. En 1848 volvieron a
la patria y fueron elegidos diputados al Parlamento piamontés. Giovanni Ruffini
fué nombrado por Gioberti ministro en Francia, pero no aceptó y devolvió las
9.000 liras que había recibido para gastos de viaje.
Fué una feliz resolución. Desde entonces se dedicó
por completo a la vida literaria. Poseyendo el inglés a maravilla, escribía una
lengua purísima, a punto de que uno de sus traductores, Acquarone, afirmaba a
este respecto: «Si direbbe da noi, da trecentista.» Lorenzo Benoni y Angolo
tranquillo sul Giura, obtuvieron un buen suceso, y le aseguraron un vivir
holgado. En París pasó algún tiempo en relación con el mundo de la literatura y
del arte; era un piloto admirable en la gran ciudad, según[33] De
Amicis, cuando a la sazón le conociera. Murió años después en Taggia, y en
1882, por iniciativa de los estudiantes genoveses, se colocó en el vestíbulo de
la universidad una inscripción que dice: «A Giovanni, Jacopo, Agostino,
Ruffini—Cuando piú tetra incombea la tirannia—El l'ignavia dei voghi
appellavasi pace—con virile intendimento di libertá—La gioventú
italiana—Educarono—Alla religione della patria a del vero—Travolti da la via
dell'esiglio Giovanni e Agostino—con gli scritti e con l'opere—Tennero alto l'orgoglio
del nome italiano—Cui gli stranieri stanchi d'invidiare Onorarono—Jacopo venuto
a mano degli oppressori—Suggellava la sua fede di mártire—Col rifluto magnánimo
della vita—Perche alla venerazione dei posteri—Non mancasse l'esempio—Di tante
cittadìne virtú—Gli studenti del genovese Ateneo ponevano.—1882.»
Pero, ¿queréis saber algo del Doctor Antonio?
Tenéis razón.
Se trata de una novela de amor y de patria, aromada
de un optimismo generoso, que para consuelo cierto, se basa en la vida real. La
escena primera pasa entre Génova y Niza, en esa deliciosa vía de la Cornice,
que no olvidará nunca el viajero que la haya recorrido al amor de los dos
divinos azules del mar Mediterráneo y del cielo italiano.[34] Un
noble inglés viaja con su hija, que busca su salud en la tierra del sol, y
sabido es cómo el país del humo y del spleen envía sus
cargamentos de cisnes y de rosas anualmente a Italia a proveerse de primavera.
Lucy, la más lilial de las misses y en la cual emplea Ruffini todos sus blancos
y sus suaves rosados, es la flor de la narración. Un accidente desgraciado en
que la joven sufre y la causal intervención de un médico de campaña—el Doctor
Antonio—es el origen y principio de la historia romántica y romancesca. El tipo
del Doctor Antonio es una de esas creaciones caballerescas y llenas de vida que
no abundan hoy, por cierto, en la literatura a la moda, con excepción del
sonoro Cyrano, de sublime penacho; un espíritu bravo y puro, impregnado de
naturaleza, fuerte y decisivo, soñador no obstante, creyente apasionado en el
ídolo de la patria y sensible al roce de una hoja de flor su carnadura de
meridional asoleado y martillado para tempestades. Es ciertamente un patriota
en el poético sentido de la palabra, un patriota de esos tiempos fulminantes de
la Italia de Pío IX, extensamente descrito en tantos volúmenes especiales y
contenidos de manera magistral en una página de psicología histórica de
Gebhart. Un patriota del país del arte, un tanto lírico en su sinceridad y, por
lo tanto, noble y simpático.
Un Doctor Antonio que bien pudiese ser una
transmutación del mismo Ruffini. El médico siciliano y la señorita inglesa, más
felices que los árboles[35] de los versos de Heine,
se encuentran. Pero el idilio de la palmera y del pino no podrá tener su
completa realización. Esta simpatía sutil que va haciendo hasta convertirse en
amor, ese vínculo espiritual y pasional que une desde luego a la bellísima
londinense con el bruno caballero de su Italia, tiene que romperse; ella cae en
el matrimonio y él en la política. Pero después de larga ausencia vuélvense a
encontrar, y aquella antigua llama revive por un momento, para ser apagada
bruscamente por la tristeza y la muerte.
Amor tardíamente confesado, a pesar del fuego
contenido y devorante; desilusión de la existencia amorosa, sacrificada a la
pasión patriótica.
El Doctor Antonio, prisionero, que rehusa, en la
escena final, la libertad de su siempre amada, por abnegada causa; Lucy, o sea
Lady Cleveton, que expira, así como se rompería un fino vaso de cristal. El
intermedio lo ocupa la parte de historia política, con la información profusa
que debía de tener Ruffini, o diversos episodios interesantes, entre ellos el
de los amores de Speranza, la muchacha italiana, fresca y dulce y buena como
una fruta de su país. Italia aparece siempre en todo el libro con su influencia
benigna y dadora de la alegría y del bienestar. Con razón, cuando el padre de
Lucy, lord Davenne, ha encontrado, como Aníbal, su capua en la Hosteria
del Mattone, exclama el autor: «¡Oh, Italia, bella Italia! Tú posees el
secreto de amansar y someter todo carácter de hombre,[36] por
muy arisco y rebelde que sea. Aquéllos sobre quienes sopla tu tibio aliento,
ceden a ti. Muchos han venido a ti con oído y con desconfianza, con la lanza en
ristre; pero no bien gustaron la leche suave de tu seno, arrojadas las armas a
tierra, te han vencido y llamado madre. Está llena toda la historia de tales
conquistas; tierra madre de grandes bellezas y de grandes dolores.»
La cita de este párrafo me lleva a hablar del
estilo de Ruffini. No he podido conseguir el original inglés; pero en la
versión francesa que conozco, y en las dos italianas que poseo, sobre todo en
la de Acquarone, que me parece la mejor, se revela un escritor de raza,
elegante, sin pompa, y que supo librarse de la declamación oratoria de su
tiempo, sin perder su lirismo nativo, su pasión, y su verbo. Para las citas de
la parte política de su historia, se basa en Bonaccorsi y Lumía, Amazi y
Gualtero. Sus descripciones son de un pintoresco sugerente y parco, hechas con
observación y poesía, sin que falte de cuando en cuando la dulce y misteriosa
nota de acuarela propicia al ensueño. Así en la entrada de la novela, en la
pintura del santuario, en distintos puntos en que Ruffini se demuestra eximio
paisajista y sentidor veraz del encanto natural. Maneja el diálogo con
vivacidad, y apenas suele perturbar la agradable sutileza de las escenas, una
que otra desertación explicativa que basa la parte que llamaría «civil» del
argumento. Mas lo que en realidad nos ase y comueve, es el fuego de los[37] caracteres, el conflicto. Lucy es una hechicera
creación de Ruffini, que corresponde en literatura a una de las bellas figuras
pictóricas de su semi-compatriota Dante Gabriel Rossetti. Hay un vínculo mental
que une claramente a Italia e Inglaterra: los nombres de Shelley, Byron,
Rossetti, Ruffini, etcétera, bastarían para atestiguarlo.
MARCO AURELIO SOTO
El ex-Presidente de Honduras, muerto en la guerra de Cuba.
ser cierta la noticia publicada en La
Nación, el Presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, ha concluído su vida
de manera que no se hubiese pensado nunca.
Vivía en París, rico y tranquilo, después de haber
gobernado su pequeño país, en donde contaba con un partido no por cierto
insignificante. Era hombre culto; bajó de su Presidencia porque sí, razón que
en la América Central priva sobre todas. Se recuerda su Gobierno como una
especie de Luis XIV; el Luis XIV de Honduras. Bajo ese Gobierno, las musas,
representadas principalmente por un emigrado cubano—poeta famoso, José Joaquín
Palma—, fueron tratadas como Reinas. Se decretó la adaptación oficial de la Ortografía
de la Real Academia Española, y en el Diccionario de la Lengua, en la lista de
los socios honorarios de la ilustre Corporación, que son tan sólo siete, y
entre ellos[40] dos testas coronadas, figuran dos
centroamericanos, uno de ellos Marco Aurelio Soto. El Doctor Holmberg no podrá
negar que aquella ley ortográfica merecía la singular distinción.
Como la mayor parte de los Presidentes de la
América Central descienden del Poder cuidadosamente prevenidos para las
vicisitudes de la vida, Soto hizo lo mismo. Buenamente descendió de la
Presidencia y se fué a la capital preferida de los rastas, en donde
tuvo el buen gusto de no ser uno de ellos. Antes bien, se dió a sus estudios
preferidos; y, gozando de sus rentas, sin los ruidos de Guzmán Blanco y sus
demás imitadores, frecuentaba medios intelectuales y se hacía apreciar por sus
buenas dotes. Laurent era su compadre, y Vacquerie era su amigo. En la colonia
hispanoamericana era estimado y querido. Creo no equivocarme si afirmo que, con
Heredia y Vacquerie, asistió al banquete dado en París en honor del general
Mitre. El poeta Palma le administraba en Centro América sus intereses; y a
trabajos de su lírico amigo debió que se le desembargasen sus inmuebles en
Guatemala, confiscados cuando el Gobierno de Honduras le atacaba con especial
firmeza.
Palma es el autor de muchas poesías que tuvieron
gran boga en el continente, entre ellas la célebre Tinieblas del alma,
una de cuyas estrofas fué atribuída a Andrade, quien la había dejado entre sus
papeles, copiada de su letra:
Ya la fe en mi ser no arde,
Ni mi lira finge ufana
Los himnos de la mañana,
Los murmurios de la tarde;
Ya a los días
De mis dulces alegrías,
El tiempo cruel les ha echado
El sudario del pasado.
Por eso, en tan triste calma,
Vienen a ser mis canciones
Fugaces exhalaciones
De las tinieblas del alma.
Hermano de Marco Aurelio Soto es también otro
poeta, Máximo Soto Hall, que anda tratado por ahí, en un soneto infantil muy
conocido en aquellos mundos, y que Salvador Rueda reprodujo en uno de sus
libros.
Años pasó el ex Presidente fuera de su país; el
general Bogran era su terrible enemigo. Una revolución habría sido peligrosa,
sin contar con el apoyo de los Gobiernos vecinos. Se habló, sin embargo, de una
revolución; pero ello fué vago rumor, sin razón alguna. Hoy, con el Gobierno de
Bonilla, la tentativa habría tenido menos probabilidades de éxito, pues el
país, según los ecos que nos llegan, está satisfecho de ese hombre de progreso,
de inteligencia y de justa libertad.
¿Cómo pudo abandonar Soto su espléndida casa de
París y sus gustos de europeo, para ir a la manigua[42] a
pelear por la causa cubana? Sólo un antecedente hay que podría explicarlo.
Muchos cubanos emigrados que tomaron parte
importante en la pasada guerra de Cuba, se establecieron en Honduras en tiempos
que Soto era Presidente de la República. Entre ellos estaba el hoy jefe de la
Junta revolucionaria, Tomás Estrada Palma, a quien el Gobierno hondureño
protegió. Asímismo fueron acogidos Roloff, Crombet y otros. Tomás Estrada Palma
se casó con una hondureña, y formó, como pedagogo, a casi toda la juventud del
país. No hace mucho, Soto hizo un viaje de París a Guatemala. A su paso por Nueva
York sufrió el ardoroso contagio que el doctor Veyga y otros americanos
distinguidos. Y ha ido a encontrar la muerte gloriosamente. Valdría más, en
todo caso, que la noticia no se confirme. Larga y buena vida es de deseársele a
quien ayudó noblemente a Augusto de Armas, en su lecho de hospital, en donde
murió por París.
22 noviembre 1896.
NOTAS ESPAÑOLAS
I
l joven poeta americano que vuelve de las
corridas de toros, me manifiesta su descontento. Él venía bien pertrechado:
Gauthier, Dumas, De Amicis, Barrés. Y su imaginación. Pero bien, le digo, ¿no
ha encontrado usted en la Plaza algo de bizantino, algo de romano? ¿No le ha
impresionado la muchedumbre, semejante a la de los clásicos circos? ¿Los
toreros, de oro y seda, el sol, sobre todo, y la flotante alma de España?
—Sí—me contestó—; todo eso es verdad y lo he
sentido. ¡Pero las tripas, señor, las tripas de los caballos!
Confieso que, como al joven poeta, me encantan
todos los preliminares de la lidia, y me regocija lo pintoresco y musical del
espectáculo; mas protesto en cuanto empieza la fiesta de la sangre y, ante mis
amigos españoles aficionados, me pongo en ridículo. En vano he leído a Pascual
Millán y al[44] Conde de las Navas; en vano soy
amigo de Mariano de Cávia; en vano he visto, no sin poco asombro, el entusiasmo
tauromáquico parisién de Laurent Tailhade, que conoce sus clásicos, y que me
hablaba en un café de Montmartre, hace ya algunos años, de lances, de Montes,
de volapié y de descabello, delante de Gómez Carrillo, que sonreía de mi
estupefacción. En vano fuí amigo personal de Ángel Pastor, en Aranjuez. No se
compadece conmigo sino la parte decorativa del coso, por lo cual los taurófilos
harán bien en compadecerme.
Que todo eso tiene su hermosura especial, ¿quién lo
negaría? Muchos grandes artistas y escritores extranjeros son los primeros en
reconocerlo. Confieso que, con caballos destrozados y todo, son preferibles los
toros, por su estética, siquiera bárbara, a espectáculo en que se hacen pelear
gallos pelados, correr por hombres enanos caballos flacos, o deshacerse las
mandíbulas y sacarse los ojos a puñazos salvajes cebados y de fenomenales
bíceps. En la lidia hay gracia, arte ágil, color, opulencia y elegancia. La
música anima la representación, y, en verdad, por el giro de los lances y la
variedad de las acritudes y pasos, se diría un «ballet». Un «ballet» sangriento
y heroico.
No me da mucho rubor mi desafición a las corridas
de toros, cuando sé que, entre ciento, Castelar, por ejemplo, y doña Isabel la
Católica, no eran partidarios de estos ejercicios. Y combatientes de ellas, ha
habido como el temible D. Gaspar[45] Melchor
Jovellanos, que dejó sobre el caso páginas enérgicas y memorables.
Yo he visto cuanto se puede ver en una corrida
famosa, dada en honor de los Reyes de Portugal, en 1892, cuando las fiestas del
Centenario de Colón, Lagartijo, Caraancha, Guerrita, caballeros en plaza, arte
retrospectivo, ¡qué sé yo! Aquello era una fiesta de la más refinada
tauromaquia. Admiré lo pintoresco, lo artístico, lo bizarro. Pero siempre me
crisparon los nervios, como al poeta americano, las tripas de los caballos
inicuamente sacrificados, a pesar de las explicaciones de los inteligentes y
conocedores, que me decían ser indispensables esas carnicerías para poner al
toro en estado de ser banderilleado y luego muerto por el espada.
Busqué luego una pintura, una descripción de la
corrida en todo el parnaso español, y no la encontré, habiendo, como hay,
muchos versos sobre toros, como aquéllos que son sabidos de memoria por lo
clásicos y repetidos:
Madrid, castillo famoso
Que al rey moro alivia el miedo,
Arde en fiestas en su coso,
Por ser el natal dichoso
De Almenón de Toledo.
Y luego me encontré con la poesía de Manuel
Machado, en que, por fin, se concentraba en bien[46] coloreados
paneles la fiesta nacional. El sutil lírico sevillano que ha hecho cosas tan
finas y delicadas, es un gran aficionado al arte de los beluarios de coleta; y
quien haya visto alguna vez una corrida de toros, hallará en esos versos el
trasunto de sus impresiones, momento por momento. Machado dedica su poema
rápido «al maestro Antonio Fuentes». A todo señor, todo honor. Hénos ya en el
principio de la corrida:
Una nota de clarín
desgarrada,
penetrante,
rompe el aire con vibrante
puñalada...
Ronco toque de timbal.
Salta el toro
en la arena.
Bufa, ruge...
Roto cruje
un capote de percal...
Acomete
rebramando, arrollando
a caballo y caballero...
Da principio
el primero
espectáculo español.
La hermosa fiesta bravía
de terror y de alegría
de este viejo pueblo fiero...
¡Oro, seda, sangre y sol!
Es el extracto lírico de un capítulo de Gautier y
la reproducción exacta de los primeros momentos. Solamente que pudo consagrar
algún oro, raso y músicas, para la salida de la cuadrilla, con el arcaico
alguacilillo caballero, que es de lo más típico y pintoresco de la función.
Luego vienen los juegos de destreza y de peligro en que vencen la arrogancia y
arte de los lidiadores.
II
En los vuelos de capote
con el toro que va y viene
juega, al estilo andaluz,
en una clásica suerte
complicada con la muerte
y chorreada de luz...
Elegante
y valiente;
y con una seriedad
conveniente,
va burlando
la feroz acometida
y jugando
con la vida
ágilmente.
(Véase Fuentes
lanceando.)
Y llegan los picadores, pesados, cargados de plomo,
en sus flacos rocinantes mártires, con sus largos picos, a sufrir el embate de
la bestia fiera, para cansarla, para prepararla a las suertes subsiguientes.
III
Un montón
de correas y de astillas
y de carne palpitante
y sangrante...
Un fracaso de costillas
con estruendo...
Correajes perforados
y hebillajes
destrozados...
Sangre en tierra...
Polvo, un grito. ¡Una ovación!
Y la paz en un charco
de sangre mala y negra,
y aquellos dientes fríos y amarillos...
Un azadón, un esportón de tierra,
y aquel montón de arreos
que, como cosa muerta,
junto del jaco muerto
están sobre la arena.
Después son las banderillas, esa suerte, quizá la
más dificultosa del toreo, para la cual se diría precisas las aladas taloneras
de Mercurio. Machado describe en cuatro rasgos la agilidad, la esbeltez, la
seguridad del torero en el asombroso trabajo.
IV
Ágil, solo, alegre,
sin perder la línea,
—sin más que la gracia
contra de la ira—
andando,
marcando,
ritmando
un viaje especial de esbeltez y osadía,
llega, cuadra, para,
—los brazos alzando—
y allá, por encima
de las astas, que buscan el pecho,
las dos banderillas,
milagrosamente
clavando... se esquiva,
ágil, solo, alegre,
¡sin perder la línea!
El conocedor verá en estos croquis rítmicos la
exactitud. Después de que el toro ha sido fatigado por los caballos y por los
banderilleros, viene la muerte, que es indudable es lo más emocionante de la
corrida.
V
Veinte mil corazones
laten en un silencio
claro y caliente. Brindis.
Suenan con golpe seco
las banderillas mustias
en el lomo del toro, ya su cuello
la roja sangre tibia
hace un foulard soberbio.
De un lado, por debajo
del rojo trapo en que su furia engríe,
el toro surge, alzando
remolinos de arena,
de otro lado sonríe una cara morena.
O bien en los tres tiempos
del pase natural, tendiendo el brazo
guarnecido de oro,
la clásica elegancia
con seriedad ejerce y arrogancia.
¡Fué, pudo ser! Los alamares de oro
rozaron con el asta ensangrentada.
En la arena tendido yace el toro,
y de pie, sonriendo, está el espada.
Veinte mil voces—una—gritan locas.
Mas ello es en el caso en que la fiera resulta en[52] absoluto vencida por el arte del hombre. Hay otro
momento terrible en el que el hombre es el vencido y la fiera la vencedora,
cuando por un descuido o un error, o una fatalidad, se produce la cogida.
Entonces:
Su inesperada acometida ha hecho del elegante paso
un revuelo confuso... Y allá, junto
a la barrera, enfrente,
se ven rostros de espanto.
Y entre manchas de grana,
y reflejos metálicos,
el toro, revolviéndose,
alza en los cuernos un pelele trágico.
Luego será el arrastre de la res muerta y el final
del espectáculo, de la fiesta exclusivamente nacional.
VI
Y suena esa divina musiquilla
de «La Giralda», que es toda Sevilla,
y es torera y graciosa y animada,
y habla de la mujer enamorada
que nos espera... Y nombra
naranjos y azahares,
y la caña olorosa,
y una alegría rítmica en cantares,
y una tristeza vaga y lujuriosa...
Los látigos chasquean,
agitan las mulillas
en su carrera locas campanillas,
y mientras que se orean
las frentes sudorosas
y en el pecho golpean
los corazones, suena
la música, torera y sevillana,
y, dejando en la arena
un surco negro y grana,
pasa arrastrado el toro...
Lleva en el fuerte cuerno
un hilillo de oro.
Después, como de un tajo,
la música, la luz y la algazara
cesan en un momento
contra compás... De un golpe el movimiento
se desvanece y pasa.
VII
El gran suspiro, que es la tarde, crece
como de un pecho inmenso. Palidece
el sol. Y terminada
la fiesta de oro y rojo, a la mirada
queda solo... un eco
de amarillo seco
y sangre cuajada.
Tal es el poemita sobre el cual Ricardo Marín, un
dibujante que se diría hermano menor de Daniel Urrabieta Vierge, ha trazado
bizarras ilustraciones, creando a su vez como otro poema gráfico de
tauromaquia.
Hay quienes se sienten desolados, en la creencia de
que las corridas de toros van en decadencia y en vías de llegar a su completa
desaparición. Es un error. No puede negarse que no tienen hoy el esplendor de
antaño; que las mantillas se han ido sustituyendo poco a poco por los sombreros
de París; que el torero se mundaniza, a punto de que el Sr. Mazzantini, Don
Luis, como se le llama generalmente, es un personaje, «un monsieur decoré», que
ejerce gravemente sus funciones municipales en la villa y corte; que «Bombita»,
D. Ricardo Torres, es un joven gentleman que se viste a la londinense, muy
peripuesto, muy «smart», y que,[55] aunque no los
lea, sus amigos son D. Benito Pérez Galdós y otros cuantos autores. La leyenda
del torero de antaño, rumboso y amigo de juergas, la leyenda o la realidad, ha
concluído. Los toreros de ahora tienen la preocupación de la seriedad, cobran
puntualmente sus seis mil pesetas por corrida, y levantan polvaredas como la de
hace poco, cuando resolvieron, de común acuerdo, no torear sino por más altos
precios los toros de la famosa ganadería de Miura, por ser éstos temibles
animales en extremo peligrosos. La afición lanzó el grito al cielo, diciendo
que jamás los espadas de antes, los Lagartijo, los Frascuelo, los Guerrita,
hubieran hecho semejante cosa. El asunto se arregló felizmente para todos, y en
la reciente corrida de la Prensa, los toreros estoquearon cornúpetos miureños
sin ninguna desastrosa consecuencia.
De todos modos, me complace que España guarde su
deporte nacional, que es tan de su pueblo y que forma parte de su histórico
caballeresco espíritu, y me complace más que, un país como la República
Argentina, no admita la fiesta de la sangre, como que haga extensiva su
prohibición al odioso, feo y despreciable box.
UNA CARTA DE RACHILDE
adame Rachilde, la rara de mis Raros,
me ha dirigido una carta, en la cual algunos párrafos me incitan a los
presentes comentarios.
Rachilde ha conocido mi juicio sobre su complicada
personalidad; y en el capítulo que a ella concierne en el libro, una parte hay
que la ha hecho escribir la más femeninamente espiritual de las protestas.
Por de pronto, se refiere a su rareza.
«No soy tan rara—dice—, puesto que no soy sino una mujer.» «Hablo como siento,
escribo como pienso, y como lo hago sin ningún artificio, lo hago todo muy
mal.» Llegáis a la gruta mágica; os extrañáis delante de los misteriosos ojos
de la sibila; Deifobe os contesta con una sencillez encantadora: «Hablo como
siento, vaticino lo que pienso; y como todo lo hago sin ningún artificio, lo
hago todo muy mal.»
«No soy sino una mujer.» Desde luego no pretenderé
acentuar mi incesante asombro delante del prodigioso y divino monstruo. Una
mujer: no sé mayores abismos que sus ojos. Cuando Mæterlink se pierde en la
encantada selva femenina en busca de prodigios, los encuentra y hace meditar y
temblar con sus hallazgos. Parece que la serpiente hubiese sabido por qué
dirigirse a la mujer en el caso de la manzana. El diablo espiaría en el momento
en que Dios modelaba la costilla: vería la perfección estatuaria, el triunfo de
la forma, el nacimiento de la gracia principal. Al lado de la arcilla vió la
parte de alma destinada al cuerpo en flor y se robó un poco. De ahí quizá que
la mujer tenga una alma incompleta. De cuando en cuando el diablo pone en
algunos seres femeninos algo de ese ahorro de alma que posee: las mujeres
favorecidas con ese don, resultan con alma satanizada; esas son las mujeres
inteligentes, es decir, las que salen de su nivel natural. Cuando la Iglesia
discutía en sus Concilios la espiritualidad de esa maravillosa rosa, andaba
fuera de razón. Sí, ella tiene un espíritu, un sutilísimo y enigmático
espíritu, hilo con que teje Satanás, según los demonólogos, la red en que con
mayor frecuencia caza las humanas moscas. Ellas son, sobre todo, dueñas del
imperio de la carne. Las raras aparecen como con un nimbo interior: son
Hildegarda, o Rosvitha, o Santa Teresa, o Rachilde. El resto de las mujeres que
han elevado algunas líneas su mentalidad, pertenecen a las[59] clasificaciones
de una señora María Cheliga, que ha tenido a bien, no hace mucho tiempo, formar
una magnífica colección de medias azules para la revista de Larausse.
«Pero algo hay que quiero haceros notar; y es cómo
habéis podido afirmar, que por haberme casado, yo, Madame Alfred
Vallette, Rachilde, me haya vuelto muy fea.»
Mais, non, Madame! Las palabras a que os referís en mi libro son
las siguientes: «Sé de quien estando en París, no quiso ser presentado a
Rachilde por no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette,
ha engordado un poco, no es la subyugadora enigmática del retrato de
veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.»
Excusadme. Yo no sé por qué, la palabra matrimonio,
suena a mis oídos exactamente como embonpoint.
La epístola de San Pablo o el contrato judicial
corrije la gracia en cuyo fondo hay siempre un grano de perversidad. Un viejo
poeta español, si no me equivoco, el arcipreste de Hita, escribió este verso
abominable:
«Señora doña Venus, mujer de don Amor»
en el cual la reina divina queda peor que «con
pantalones» en el verso de Hugo. Mas de calcularos una robustez discreta, a
calificaros de tres laide, hay un abismo. Los lectores de La
Nación pueden ver,[60] por vuestro retrato,
si no tendré, únicamente para vos, señora, todas las rosas de galantería que
cultivaron tan bien nuestros abuelos los hidalgos.
Monsieur l'auteur espagnol, vous êtes un
impertinent. Libre
quedo de vuestros reproches, y haciendo mi reverencia, prosigo:
«Os emplazo para cuando vengais a París, os hagais
presente en el Mercure de France, para demostraros cómo cuando una
mujer no es bête—lo que me parece es mi caso—tiene suficiente esprit para,
aun envejeciendo, no llegar a ser affreuse.
Y como mi señor marido me ama mucho todavía,
supongo que debo estar un poco pasable.»
¡Ah, señora, os lo creo! Hay una edad—la belleza
inteligente es de las diosas y los inmortales no tienen edad—hay una edad en
que el triunfo femenino muestra su supremo encanto; es la edad que sigue a la
primera primavera: esa es la edad de las emperatrices. Confieso que vos sois
aún la temible ahijada de Lilith, sobre un trono irresistible
«Je vous serre les deux mains, mais je boude!»
Y yo, señora, con el permiso de vuestro señor
marido, os las beso ambas, en la inclinación más reverente que puede hacer un
poeta americano de sangre española.
14-1-1897.
NOCHES DEL VICTORIA
Temporada Vitaliani
«La Signora delle Camelie»
I
a señorita Alfonsina Duplessis, que ganó la
inmortalidad por el amor, será siempre la bienvenida. Nuestros biznietos oirán
todavía, arrullada por los organillos, las quejas italianas de la pobre Traviata.
Jules Bois, que recientemente ha escrito una monografía sobre la real Dama de
las Camelias, dice de ella con justicia que está fija «en ce paradis de sants
de la Volupté, ce paradis dont le Christ est exclu, mais où touts les dieux de
l'Olimpe demeurent». Es esa la recompensa de las almas de amor. Las vírgenes
cuerdas, desde los balcones del paraíso del Buen Dios, se asoman a mirar, con
una curiosidad no exenta de envidia, el paraíso en donde son admitidas las
vírgenes locas. Allí pasa entre sus innumerables compañeras, la heroína de
Dumas, en la mano una de sus flores preferidas, que han adquirido, por otra
parte, a causa de su recuerdo,[62] un renombre no
muy angelical, a punto de que se murmura de ellas en el círculo de las nobles
rosas y de las honradas violetas.
Esa monografía de que he hablado, basada en
auténticos documentos e indagaciones, no es para ser leída por aquéllos que
desean conservar su aureola de idealidad a la encantadora y sentimental
cortesana.
Perderían una ilusión. La Dama de las Camelias fué
una vendedora de gracias, ni menos banal, ni menos seca de intelecto, ni menos
mujer, en fin, que la totalidad de sus iguales. Era, exactamente, un ejemplar
de esas alegres parisienses que han podido observar quiénes se les han
acercado—las Emilienne d'Alençon o Marion Delorme, procedentes del campo, del
arroyo, de no se sabe dónde, favorecidas por la fortuna, comedoras de oro,
polutas desde la infancia, más o menos histéricas, caprichosas,
infantiles, bête, hasta que llega la muerte a rematarles lo que dejan,
si es que dejan algo, o a tenderlas en un lecho de hospital, que es lo más
frecuente.
He aquí lo que se sabe de sus comienzos, según
Bois, que ha estudiado su vida y posee de ella cartas y hasta cabellos: Casi al
nacer perdió a su madre. Su padre fué un tal Martín, brujo y colporteur,
hijo de una mendiga y de un cura, el cual le dió las primeras lecciones de
perdición cuando apenas tenía doce años. Después penetró abiertamente en la
comunidad de las grisetas, y se estrenó gastándole[63] en
pocos días cinco mil francos al dueño de un restaurant. Llegaron otros y otros.
Como toda viciosa de su especie, era apasionada por el juego, y derrochaba el
dinero loca y estúpidamente. Cada quince días cambiaba de poseedor. Se puso de
moda, y los aficionados de su época le hacían estupendos regalos para
conquistarla. Uno de ellos le envió un día un cesto con doce naranjas, cada
naranja envuelta en un billete de a mil francos. Ella exprimió las naranjas y
los bolsillos del que se las obsequiara. Se divertía. El amante romántico de la
novela y de la comedia, existió y gastó por ella una buena fortuna. Ella pudo
ser que le amara; el caso es que—¡oh! vosotros que gustáis del encanto
romancesco—se casó con él en Londres, ante un clergyman y dos
testigos. Lo que no obstó para que pasada la luna de miel, el esposo resultase
acteonizado. Tuvo ella en seguida una cantidad fabulosa de admiradores
satisfechos, entre los cuales «un barón tristemente célebre, un pianista
ilustre, generoso como un boyardo, un «maquignon» y un poeta». Era frívola,
coqueta, mentirosa. Decía: «La mentira emblanquece los dientes.» Se hizo conducir,
ya casi en vísperas de su muerte, al Palacio Royal, para ver el estreno
de Pommes de terre malades. Murió: en sus manos de difunta había un
ramo de camelias y un crucifijo. He allí la realidad. Después, la leyenda
romántica la envolvió en un bello velo de sentimiento.
A su tumba, como a la de Heloisa, vánse a
depositar,[64] por manos ignoradas, flores; cocotte tocada
de histeria, tiene sus horas en que sueña ser Margarita Gauthier. He conocido
un joven artista obsedido por una de la especie que bebía vinagre, hablaba del
«rinconcito florido en su pueblo de campaña» y sorbía sangre de un pollo para
manifestarse perfectamente tísica. Su ideal era ser una segunda Dama de las
Camelias. Entre Dumas y Verdi, la camelina, ese curioso alcaloide, adquirió una
boga insólita. María Alfonsina Duplessis estaba destinada a encarnar ese tipo
femenino compuesto de sensualidad, inconsciencia moral, ligereza mental,
crueldad instintiva, nervios y faltas de ortografía. Sus cartas revelan una
vulgaridad inaudita. No se puede saber bien si hay allí algo que tenga origen
cordial, entre efusiones deplorables y sentimentalismos de ocasión.
Su figura era encantadora, si es fiel el aguafuerte
de Los Ríos, d'après Besnard: una carita de niña, ojos de
inocencia voluptuosa, bandeaux que cubren las orejas, boca
diminuta y mano inquietante y fina.
Ahora, si en su aspecto legendario es una de las
más lindas y amables sacerdotisas del pecado; si nos recuerda viejas emociones,
vibraciones apasionadas de los años de juventud, y nos trae como corolario la
afirmación del sentimiento; si nos habla por voz de admirables artistas, que
nos hacen el bien de conmovernos y dorarnos la realidad con una luz de poesía,
bien venida Margarita Gauthier—Sarah Duse, Reiter, Tina o Vitaliani—,[65] que nos resucita el amor en estos momentos en que
ya no se ama.
Sea bien venida hoy, por esta imperiosa Vitaliani,
que nos ha demostrado anoche que, si el estilo escriptural es el hombre, el
estilo «teatral» es la mujer. No hay que hacer comparaciones, sino que señalar
el hecho; la Dama de las Camelias de la Vitaliani, es de la
Vitaliani; como la Dama de las Camelias de Sarah, es de Sarah.
He allí una lira viva, esta italiana vibrante de
arte, cálida, llena de un irresistible poderío espiritual.
Ella da a la idea su carne y su sangre; esculpe su
gesto, armoniza su voz en una magistral orquestación pasional, y con sus ojos
de «dea» ilumina todas las fases del pensamiento por un poder extraordinario.
Esta actriz intelectual ha pasado «por la Sede del Arte Severo y del Silencio»;
su llegada no ha sido anunciada con clarines de bronce y sonoros tambores de
fama. Ella se presenta; ella triunfa.
Margarita Gauthier volvió a vernos anoche. Una
Margarita Gauthier que nos rememoró la historia sentimental de sus famosas
flores, de su pasión, de su sacrificio y de su muerte, de un modo nuevo,
impresionando y conmoviendo como solamente es dado hacerlo a las emperatrices
de la escena.
Al sentir ese soplo de vitalidad artística, al
sufrir ese al mismo tiempo delicioso y doloroso choque de divina electricidad
que produce el talento de[66] una artista semejante,
en obras como la que anoche obtuvo tan merecida victoria, se experimenta algo
semejante al efecto saludable de una gimnasia del alma. Y da deseos de decir a
los espíritus que aún sueñan y creen en el amor: «Aquella María Alfonsina
Duplessis, cuyos cabellos guarda Jules Bois, poeta y mago, no es la verdadera,
no ha existido.» La única que ha vivido y ha amado es ésta, la Margarita de
anoche. Ella era así, pálida y dulce, nerviosa, caprichosa y amorosa de amor;
murió de muerte, a fuego de pasión; siendo una infeliz cortesana, tenía el alma
de una santa doncella; bienaventurada sea en el paraíso de las Magdalenas, en
donde sus camelias, por la misericordia de la barba blanca del Buen Dios, se le
convertirán en un luminoso ramo de lirios. Esa es la verdadera y la única. La
otra, que se dice real, y cuya vida está hoy estudiada y conocida por
indagaciones y documentos, es una impostora. La que recibe en el cementerio las
flores de los fieles anónimos que visitan su sepultura, es la buena y la
mártir. «¡Guardad su recuerdo y quemadle vuestro mejor perfume!»
Los artistas que acompañaron anoche a Italia
Vitaliani en su nueva conquista del público de Buenos Aires, merecen un justo
aplauso, sobre todo Duse, que acentúa más sus ya reconocidos méritos; pero
habrá que señalar especialmente a ese bravísimo De Sanctis, que tuvo instantes
magistrales, como en el final de los actos tercero y cuarto.
20 de junio de 1896.
Temporada Vitaliani
1.-«Il viaggio dei Berluron»
2.-Reprise de «La Signora delle Camelie»
II
no de los grandes sucesos de los teatros de
Francia e Italia, y repetido por 312 noches seguidas en el teatro Des Varietés,
en París, así rezaba el cartel.
Autores, Ordenneau y Grenet Dancourt. Y la gente,
como cuando le nombran un vino que no conoce, haciendo resonar la etiqueta,
juzga que debe de ser excelentísimo: «Ordenneau y Grenet Dancourt». ¡312 noches
en el teatro Des Varietés, en París! Admirable. «Chateau Ordenneau y Grenet
Dancourt.» ¡Qué bouquet...!
Y sirven, señor, en italiano, un estupendo
engendro, relleno de gracias de vaudeville, de chistes de grueso cedazo; de una
sal pesada, imposible y que indudablemente se quería disculpar con la
inexcusable «gaité gauloise». Sí, es esa «gaité gauloise» que ha constituído
una de las desventuras del exquisito poeta llamado Armand Silvestre.
Es la bufonería de anchas bragas, que le pagan a
tanto por ciento al creador de Laripette y compañía. Un cuento a lo Laripette,
más o menos bien urdido y puesto en el pentágrama escénico, para que lo griten
y mimen unos cuantos actores de buena voluntad: he ahí la famosa pieza de
anoche, abonada en el Victoria por 312 noches seguidas del teatro Des Varietés,
de París. Y que si es soportable en francés por claras razones, se hace
absolutamente abominable en una traducción.
Y la Vitaliani descendió a representar un grosero
tipo de sainete, un papel a todas luces indigno de su talento; ¡así las
continuas elevaciones de sus ojos lo hayan querido salvar...!
Y otros tantos buenos elementos de la compañía se
han caricaturado para la función de risa, con un éxito claramente
satisfactorio.
Fueron aplaudidos, sí. Fueron aplaudidos el jovial
abdomen de Bracci, las payasadas de Rodolfi, los sacrificios de ingenio que el
discretísimo Falconi se vió constreñido a ejecutar.
Toda la comparsa de títeres secundarios estuvo
también digna de tal aprobación.
Lazzi, ocurrencias, divagaciones y chispas
dialogales, cosas de uso en las comedias cultas; todo ello fué de una chatina
incomparable.
Querer exponer el argumento y entrar en detalles,
sería no guardar las consideraciones intelectuales debidas a mis lectores.
En cambio, hablemos de la reprise de la[69] Dama de las Camelias, que logró un éxito
fundado y del cual tienen que estar satisfechos los actores.
Es a todas luces, claro el contraste entre este
trabajo de fina escena y la obra de corteza áspera que anteriormente se ha
ofrecido al público.
Se ha vuelto a comprobar la distinción artística de
Vitaliani, cuyo cordaje nervioso, cuya alma de elección, cuyos recursos
plásticos, cuya vitalidad pausante y sensitiva, la señalan como a una eximia y
prestigiosa intérprete de la creación teatral.
Se ha advertido en esta vez mayores fuerzas en
ella, unidas a mayores gracias. Ha ejercido su dominio con más imperial
grandeza artística que otras veces; ha sabido sollozar mejor, hablar mejor,
gemir mejor, ser mujer mejor.
¡Lira de los veinte años! Anoche ha vibrado para
muchos, en la renovación de muchos sueños, la resurrección de horas supremas,
el retoño de tiempos pasados; la Dama de las Camelias hizo
verter unas cuantas lágrimas a los nerviosos y conmovibles oyentes.
¿Qué escena señalar? Señalaré la de la llegada del
padre de Armando, la conversación con él y el sacrificio de la pobre Margarita.
Y, a propósito, recordaremos una cuestión suscitada
por Teodoro de Bauville en una de sus maravillosas cartas quiméricas: la
entrada del señor Duval, padre, a la casa de Margarita Gauthier con el sombrero
puesto. El divino poeta no podía admitir que un caballero francés cometiese tal
falta[70] de cultura, así penetrase lleno de todos
los rencores posibles en casa de la última mujer perdida. El problema es para
ser discutido y aprovechado en la sección de «Vida Social».
El momento en que Vitaliani, Margarita, se despide
del viejo M. Duval, fué de aquéllos que dejan una impresión imborrable. Fué
momento de actriz absoluta. En el acto último, según impresión general—la cual
corrobora el juicio de esta crítica—Vitaliani murió mejor que nunca: es decir,
que su realismo y su traducción del instante mortal fueron decisivos en la
admiración de la sala.
Muy celebrado De Sanctis, como en la primera vez, y
el resto de la compañía, plausible siempre.
El público demostró su satisfacción con llamadas
repetidas y aplausos calurosos.
Y para que fuese mayor el triunfo, la inevitable
estupidez humana hizo acto de presencia con el más sonoro eco que pudiera
brotar de la cabeza de Bottom: un silbido asnal.
Al escucharlo, Vitaliani sonrió, y recordé entonces
el Dieu te benisse... que oyó Groussac de labios de la gran Sarah,
con motivo de un estornudo.
Pero el estornudo es involuntario y la bestialidad
consciente, ¡oh, pueblo soberano!
R. D.
23 junio 1896.
Temporada Vitaliani
Estreno: «La figlia di Jefte», por Felice Cavalloti.—«Niobe», por los hermanos
Henry y C. A. Paulton
III
na nueva compañía italiana que se da a conocer
en Buenos Aires bajo la agradable protección de ese armonioso y sonoro nombre:
Italia Vitaliani.
La fama había anunciado ya a la actriz recién
llegada, aunque no con las trompetas que avisan el paso de la Duse, y aun de la
preciosa Tina di Lorenzo. El estreno de anoche ha demostrado a través de los
inconvenientes de una obra cual la elegida, que la Vitaliani es algo más que lo
que se califica con el fácil adjetivo de «discreto». Ya en el principio, en la
representación de la delicada pieza de Cavalloti, logró manifestar que hay en
ella cualidades que, si no se imponen de luego, se hacen notar favorablemente.
Que Italia, tierra de la antigua farsa, es país de
comediantes, es cosa bien sabida desde que Cyrano de Bergerac señaló el don en
cada italiano. Si le faltan autores, actores le sobran. De la Mandrágora,
de Maquiavelo, a las tentativas modernas de Praga, cuán poca cosa si se compara
con el acervo escénico de las otras grandes naciones; pero, sin ir muy lejos,
de Gustavo Modena a Novelli, ¡qué hermosa sucesión de intérpretes artísticos!
La gloria de las actrices italianas no palidece delante de ninguna extraña
gloria, y bien pueden nombrarse después de Rachel y Sarah, a la Ristori y a la
Duse.
Hemos visto ya cómo se levanta la bella Tina, y
cómo Virginia Reiter, en su espléndido otoño, encanta y atrae y se coloca en un
alto lugar.
Los cómicos italianos son los más cosmopolitas del
mundo en la elección de sus obras. Ellos dan a conocer tanto lo escandinavo de
moda como lo francés olvidado o lo alemán recientísimo. Ellos se atreven a
obras que en París mismo son dadas en teatros especiales, y para auditorios
restringidos y selectos; y presentan valientemente a Ibsen o a Mæterlink ante
públicos que están demasiado satisfechos con los repertorios fáciles de
comprender, y poco afectos a novedades abstrusas que no vienen bien para las tranquilas
digestiones. Compréndese que la compañía de la Vitaliani, en vez de estrenarse
con la Anabella, de Ford, por ejemplo, nos haya dado la Niobe,
de los Paulton.
La Niobe ha hecho reir; ha dado
ocasión a que[73] la graciosa Italia, en su peplo
griego, haya mostrado personales riquezas y haya declamado de manera que se le
aplaudió sus grotescos endecasílabos.
Pero hay quienes hubieran preferido reir menos y
tener alguna más de alto arte. Después de la delicada obrita de Cavalloti,
habrían deseado algo distinto a ese parto del humor británico, Niobe.
Es ella una obra para las grandes risas de un
grueso público; una obra por un lado comparable a Orphée aux enfers,
sin música, y por otro, a las pantomimas de los circos. Los hermanos Paulton
fabricaron esa cosa con absoluta comprensión del reinante gusto actual;
el Strand se llenó en Londres más de seiscientas veces; los
yankees se deleitaron con la estupenda machine; los alemanes la
aplaudieron en su Lessings Theater, y cuando los públicos latinos la
conocieron, se desencuadernaron a carcajadas.
Ciertamente, en el país de los scholars no
podía faltar aún en tan inepta creación como esta, el muestrario clásico. De
cuando en cuando Footit rememora a Sófocles, en versos griegos. Y míster Peter
Dunn, hombre de seguros, conoce perfectamente la fábula de Anfión.
Por el ansia de lo extranjero han ido a buscar al
escueto teatro inglés contemporáneo bufonerías como esta y la famosa Charley's
aunt, con que no hace mucho tiempo hizo desternillarse a nuestro público el
hábil Seigheb.
Es indudable que, una nueva manera de hacer reir,
no dejará de ser solicitada.
El eterno asunto de los cocus y
las eternas suegras en berlina; los fáciles intríngulis sobre manera repetidos;
las rebarajadas escenas de las siempre usadas comedias, debían ser
reemplazadas, y el reemplazante ha sido el payaso, que suaviza sus gracias y
quita su colorete al pasar de la pista a las tablas. Pero Mr. Dunn, no podía
negar, por más que quisiese, su parentesco estrecho con el perilustre Tony. He
aquí lo que hoy sucede en la Gran Bretaña a la feerie del gran
Will: los inventos exportables y productivos de los Brandom Thomas, Paulton y
Compañía.
El argumento de la obra es ya conocido de los
lectores de La Nación. Sin diálogo, y al son de una música más o
menos sugestiva, sería la obra una agradable pantomima.
Han dado los actores que en esta comedia se han
presentado, muestra de innegable talento, pues se esforzaron por contener la
clownería en momentos en que lo bufo llegaba al colmo.
Niobe, por otra parte, no ofreció toda la beldad que cuentan la leyenda y los
carteles.
De lamentar es que se haya elegido para obra de
estreno, en Buenos Aires, la pieza de que nos ocupamos.
Se ha reído, ciertamente. Pudiera ser que si no los
seiscientos llenos del Strand, alcanzase unos cuantos el Victoria. Pero no
juzgamos a propósito[75] para la presentación de una
artista que se tiene como tal, en grado más que común, una producción en que el
arte no aparece, y la alteza estética está substituída por la burda fabricación
de productivos enredos, cuya ficelle, por lo gastada, llega a
causar impresión de novedad. ¡Ese sueño de Dunn, Dios mío! ¡Y esas
reminiscencias de Bellanis y de Mark Twain, cuando la ridícula Niobe mira con
sus ojos antiguos las cosas modernas!
Un tiempo se acostumbraba, después de los tres o
cuatro actos de la obra seria de la noche, el acto del sainete en que el buen
público reía después de las emociones anteriores. Anoche se vió trocado todo
esto.
El fino acto de Cavalloti dió una ligera sensación
artística, y el sainetón inglés vino luego, con sus tres actos.
Pero Niobe está de moda: y eso basta.
13 junio, 1896.
ESAS REPÚBLICAS
José María Mayorga Rivas.
Una víctima de la guerra entre Nicaragua y Honduras
n pobre joven, mi amigo de los primeros
años—poeta si gustáis—, de familia noble y buena—familia de raíces coloniales,
peninsulares—, un bravo corazón, un brazo, una energía, acaba de morir en las
cercanías de Tegucigalpa—Honduras, América Central—, a la cabeza de su tropa,
llevando honrosamente su uniforme de coronel.
Diera yo dos docenas de licenciados politiqueros,
de los que abundan en el país en que me tocó nacer, por esa fresca vida, por
ese enérgico talento, por esa alma escogida que se sacrificó en aras del
becerro de cobre del más falso de los patriotismos.
Ya sabemos que se va Bryson, corresponsal del New
York Herald, a Centro América, pues se anuncia una nueva carnicería
política. ¡Pobres Repúblicas! Si algo me regocija es que el barco que llevaba[78] a Groussac en su última gira, haya pasado lejos de
las costas centroamericanas. Si ese admirable justiciero desolló a Chile y a
Méjico, al pasar por aquellos tropicales países, no hubiera dejado hueso sin
quebrantar.
Porque, es duro decir que en aquella tierra, apenas
conocida por el canal y por el café, no hay, en absoluto, aire para las almas,
vida para el espíritu. En un ambiente de tiempo viejo, al amor de un cielo
tibio y perezoso, reina la murmuración áulica; la aristocracia advenediza,
triunfa; el progreso material, va a paso de tortuga, y los mejores talentos,
las mejores fuerzas, o escapan de la atmósfera de plomo: ejemplo, Medina, el
banquero de París, o sucumben en los paraísos artificiales; ejemplo, el poeta
Cesáreo Salinas, o mueren en guerras de hermanos, comiéndose el corazón uno a
otro, porque sea presidente Juan o Pedro; ejemplo, José María Mayorga Rivas.
He leído la orden general en que el presidente
Zelaya hace justicia a Mayorga; sé, por carta del actual ministro de Relaciones
Exteriores, hermano del joven sacrificado, también hombre de letras, y
diplomático que desde hace seis años ha honrado a su país en Wáshington, sé,
digo, que se va a publicar un libro en homenaje a la memoria del muerto.
«Te pido para sus páginas un párrafo o una estrofa
tuya. No debes negarme esto, que te pido en nombre de nuestra amistad y del
cariño que sé tuviste a mi hermano.»
¡Pues ya lo creo! Doy mi ofrenda, con amor, a
aquella amable memoria. Era, mi amigo difunto, corazón del más bello oriente,
triste, opaco, a causa del medio en que vivía. Si estuvo algún tiempo al lado
de algún Gobierno cruelmente memorable, sus labios y su pluma tuvieron después
frases ásperas y condenatorias para los traidores. Hizo versos, soñó, fué un
buen muchacho. Fué mi contrario y mi amigo, siempre noblemente. Su muerte ha
sido la de un valeroso militar; sus últimos versos los de un verdadero poeta.
Estas son las palabras que envío al hogar de duelo,
donde se venera la barba blanca y patriarcal de un anciano ilustre; éstas son
las palabras que desde lejos, dedico a una querida memoria.
13 mayo 1894.
CHARLES A. DANA
o puedo acompañarlo mañana porque me voy a
Tampa—me dijo Martí—; pero yo le daré dos palabras de presentación que le harán
pasar un rato agradable con el viejo Dana. Corto el rato, porque es hombre
ocupadísimo y avaro de su tiempo.»
Ningún «sésamo» mejor que la bondadosa presentación
del generosísimo José Martí para su amigo el viejo director del Sun.
Estaba éste en la oficina suya, con una visita, y
de la barba blanca, la gran barba hermosa y blanca, brotaba su fuerte inglés,
de un acento dominante y decisivo. El otro, con atención, le oía. Seguramente
sería corresponsal en algún punto de los Estados. Yankee era. No hay duda que
recibía órdenes. Apuntó algo en un papel. Salió sin hacerme la menor
inclinación de cabeza, ni darse cuenta de mi presencia. Yankee era, como
Charles A. Dana.
¡Bravo yankee éste!
Se volvió a mí; me tendió la mano; volvió a leer la
tarjeta de José Martí. Yo sentado, él de pie, paseándose, conversamos. ¿De qué?
De muchas cosas[82] del canal de Nicaragua, de la
infanta Eulalia, a la sazón en Nueva York; del duque de Veragua, de literatura
española.
Yo montaba mi inglés redomon con gran cuidado;
Ollendorff, inútil, estaba en derrota. Un instinto poliglótico me guiaba, y
salía con bien. Por otra parte, el gran periodista me permitía apenas uno que
otro monosílabo.
De Martí me habló, cuando hablamos de letras
castellanas. «Una vez, me dijo, ese hombrecito que era un grande hombre, vino
al Sun, como suele hacerlo.
Le encargué un artículo sobre José Zorrilla. Al día
siguiente estaba hecho el artículo. Pocas veces ha publicado páginas literarias
tan bellas, en un inglés encantador.»
José Martí, era su íntimo amigo. Confesaba que
debía a la amistad del ilustre cubano, más de una buena obra, más de un útil
pensamiento puesto en práctica.
La popularidad de Charles A. Dana en los Estados
Unidos era inmensa. Su diario, el Sun, es una de las grandes
potencias del periodismo mundial.
Distinguíase el célebre diarista por su energía y
firmeza. Era hombre probo y severo. El pueblo yankee veía en él a un varón que
encarnaba una de las primeras representaciones de esa raza nueva y formidable.
Los latino-americanos tenían en él un criterio
simpático y un amigo.
Conocía también, como pocos compatriotas suyos,
todo lo relativo a la América española. Era buen admirador de Sarmiento, y
supongo que Bartolomé Mitre y Vedia debe guardar buenos recuerdos de aquel
noble y excelente anglo-sajón.
Muchas campañas políticas llevó a cabo; su nombre
llegó a sonar en una célebre candidatura. Entonces fué cuando le ocurrió lo del
cuento de Mark Twain.
Sus enemigos se desencadenaron en su contra. El
hombre probo fué maculado; el honorable Charles A. Dana, fué crucificado en
muchas hojas de la Unión. Pero después pasó la tempestad, y el Sun brilló
con mayores fulgores.
Como periodista era una portentosa cabeza. Aquel
hombre de gusto, aquel literato, aquel artista, era un estupendo ciudadano del
país del dóllar; tenía el don del éxito; la información de su diario es
comparable a la del Herald o New York Journal.
Sus repórters y reporteresas—pues hay un batallón
de mujeres en el servicio del periódico—son de primer orden. Y la empresa
del Sun es una de las más fuertes de los Estados Unidos y de
la tierra.
En Nueva York refiriéronme una de las muchas
curiosas anécdotas de su vida periodística. Sucedió que una vez recibió, por
correo, una carta escrita con una letra semejante a la del Bob de Gyp. Llamaba[84] la atención aquella carta entre el enorme montón
de la correspondencia recibida. Más o menos leyó lo siguiente:
«Mr. Charles A. Dana.—Director del Sun.—Soy
una niñita de cinco años. Hoy no hemos comido. Mañana pasa Santa Claus y no
tendré muñeca, ni mi hermanito tendrá juguetes. Hace mucho frío y ya no tenemos
carbón.» Firmaba un nombre de niña cualquiera, y junto al nombre la dirección
de la casa.
Envió Dana a un repórter activo e inteligente a
cerciorarse de lo que hubiere de cierto y ver si no había en el caso
superchería. El repórter volvió afirmando el contenido y alabando la
inteligencia rara de la niñita.
La madre, viuda, estaba en cama, y hacía días que
había concluído sus ahorros. Estaba próxima a la más espantosa miseria, en
medio de un crudísimo invierno.
Dana, ¿qué hizo? En el número del día publicó,
sencillamente, el facsímil de la cartita, y he aquí el resultado, completamente
yankee. Varias fábricas de muñecas y grandes almacenes, regalaron magníficos
juguetes a los dos niños, en tal cantidad, que hubo que tomarse un local para
exhibir—por paga, naturalmente—los regalos.
Varias compañías de ferrocarril obsequiaron a los
niños con toneladas de carbón. El Sun adoptó al niño, y le
costeó su educación. Una dama millonaria adoptó a la niña. Y Santa Claus fué el
viejo[85] Dana, con su gran barba, sus ojos
dominadores y bondadosos, su gesto dictatorial y sus gentiles obras.
El nuevo edificio del diario, uno de los más altos
de los Estados Unidos, y, por consiguiente, del mundo—greatest in the world!—,
ha llamado la atención en el paso de las cosas enormes, país Manmuth, que diría
Groussac.
El tiraje del diario aumenta cada día, y su
popularidad es inmensa. Es de notar que entre las hojas yankees, que no
descuidan, a pesar de su business, la parte amena, literaria y
artística, el Sun es el diario más intelectual, más
«bostoniano» en esto que neoyorkino.
La muerte de Charles A. Dana es una gran pérdida
para la nación americana y enluta el periodismo universal. Y los que tuvieron
el gusto y la honra de conocerle personalmente, no olvidarán—como quien estas
líneas escribe—, su bella cabeza, su sonora palabra, su franco y sincero
apretón de manos.
He was a man!
19-10-1897.
RECUERDOS DE LA HABANA
El general Lachambre
n noviembre de 1892, el autor de estas líneas
llegaba a la Habana, de vuelta de un viaje oficial a España. En un banquete que
siempre agradecerá a la redacción de la excelente revista ilustrada El
Fígaro, conoció a Raoul Cay, a la sazón redactor de la crónica elegante de
dicha publicación.
En la noche siguiente, Raoul condújole a su casa y
presentóle al señor Cay, padre, antiguo canciller del Consulado imperial de la
China, en la capital de la isla, entonces a cargo del gran señor Tam Kin Cho, y
a María, su hermana, una hermosísima cubana, gallarda, espléndida, con
lánguidos y milagrosos ojos de criolla y una fabulosa cabellera.
Entró una visita. El señor Cay me presentó, y me
dijo su nombre. Era el novio de María: «El señor general Lachambre.»
Tipo marcial, de esa especial marcialidad española.
Joven todavía, correcto, elegante; la mirada[88] vivaz
y escrutadora, barba y bigote negros, voz acostumbrada a mandar, afablemente
serio; en la solapa del smokin una camelia blanca.
Pasamos Julián del Casal—el poeta celebrado por
Verlaine y alentado por Huysmans y Gustave Moreau—, Raoul Cay y yo, a un
saloncito contiguo, a ver chinerías y japonerías.
Primero las distinciones enviadas al señor Cay por
el Gobierno del Gran Imperio, los parasoles, los trajes de seda bordados de
dragones de oro, los ricos abanicos, las lacas, los kakemonos y surimonos en
las paredes, los pequeños netskes del Japón, las armas, los variados marfiles.
Julián del Casal, el pobre y exquisito artista que ya duerme en la tumba,
gozaba con toda aquella instalación de preciosidades orientales; se envolvía en
los mantos de seda, se hacía con las raras telas turbantes inverosímiles.
... Y recordaba yo cómo Julián del Casal había
cantado en admirables versos a María Cay—versos que pueden leerse en su
volumen Nieve—, ¿enamorado de ella?... tal vez. Él parece que nunca
lo manifestara. De todos modos, allá en el salón los novios conversaban, en
vísperas de sus bodas, pues éstas se realizaron poco tiempo después.
En la celda—era una verdadera celda—en que el poeta
vivía en la redacción de El País, gracias a la[89] bondad
del señor Ricardo del Monte, había entre reproducciones de telas de Gustavo
Moreau, una del Calvario de Gerome, y otros cuadritos menores, un retrato de
María Cay, de japonesa, antes de ser la generala de La Chambre. Ante ese
retrato escribió un poeta amigo de Casal un sonetino que anda por ahí, por los
periódicos:
Miro enfrente de la moza
Bañado en la luz del día,
El retrato de María,
La adorable japonesa.
El aire acaricia y besa
Como un amante lo haría
La orgullosa bizarría
De la cabellera espesa.
Diera un tesoro el mikado
Por contemplar a su lado
A princesa tan gentil.
Y ordenara a su pintor
Pintarla junto a una flor
En un vaso de marfil.
El general Lachambre logró hacer suyo aquel tesoro,
la «adorable japonesa» fué generala, y luna de miel pasó en España, de donde
volvió a la isla el distinguido militar, a ocupar el puesto de gobernador de
Santiago de Cuba.
El cable nos anunció anteayer su muerte, en una de
las batallas con los revolucionarios; ayer, felizmente, la noticia ha sido
desmentida.
Es el general muy querido en la alta sociedad
habanera, y muy estimado en la Capitanía general y allá en la corte de Madrid.
En su carrera no es dudoso que llegue a más altos destinos.
LIBROS NUEVOS
es fabliaux.—Estudios de literatura
popular y de historia de la Edad Media, por Joseph Bedier (Biblioteca de Altos
Estudios). Emile Bouillón, editor. He aquí, pues, por tierra, el viejo ídolo
indio.
La teoría era así: que todos, o casi todos los
cuentos populares, tenían un origen único: la India. Allí habían nacido, para
esparcirse en seguida en el mundo entero, «Cendrillón» y las «Tres damas», que
encontraron el «Anillo» y «Piel de asno», etc.
Cuna del género humano, la India era también la
cuna de la literatura oral: el hombre había adquirido su forma y su conciencia
allí, sobre una cierta «llanura central», y en seguida se había puesto a
tantear bromas sánscritas, obscenidades arianas, ensueños irónicos. Huet,
obispo de Avranches, fué el primero que, en términos bastante vagos, atribuyó
la intervención de los cuentos a los orientales; después de él, la teoría se
precisó, y Benfey, en 1859, le dió su forma definitiva y absoluta; dicha teoría
recibió una grande autoridad de Max[92] Müller, cuya
ingeniosidad fué vasta, y quien debe haberse divertido mucho con la invención
de sus mitos solares, estelares, crepusculares.
Mucho más tarde, Andrew Lang, esbozó otras
hipótesis. Creyendo encontrar en los cuentos supervivencias de usos antiguos,
les señaló por fecha tal época de la historia, en que esos usos estuvieron en
vigor. El cuento del «Pulgarcillo», por ejemplo, no puede, dice Lang, haber
sido inventado por un griego contemporáneo de Esquilo; preciso es situarlo, en
el espacio o el tiempo, en un periodo o en un país en que los hombres se comían
los unos a los otros. Hay, tal vez, algo verdadero en esa teoría de la supervivencia;
pero nada lo prueba, pues las civilizaciones más pacíficas son capaces de
literaturas más sanguinarias; y nótese cómo los niños acogen sin extrañeza, sin
protesta—aunque no sin miedo—, el personaje del Ogro.
¿De dónde vienen, pues, los cuentos populares y
cuál es su edad?
Vienen de todas partes y su edad varía. Algunos son
recientes relativamente; otros son contemporáneos de los primeros balbuceos
intelectuales de la humanidad.
La cuestión es, desde luego, a la vez, insolvente y
pueril; el origen de las costumbres, de las leyendas, nos escapa; eso fué y eso
es folk-lore, fué y es invisible.
¿Quién hizo el primer cuento? ¿A quién se le
ocurrió primero acostarse para dormir? Hay quienes[93] coleccionan
los cuentos y comparan las versiones; el libro de Bedier debe turbar a esos
monómanos. En suma, los cuentos populares, no son, tal vez, sino cuentos
literarios que han llegado a ser populares. Han sido compuestos oralmente, y
aun escrituralmente—en su integridad—, por un solo autor. Han parecido bellos,
se les ha aprendido de memoria, se les ha recitado, se han escrito y vuelto a
escribir, han tenido períodos orales y períodos escriturales, a menudo
confundidos, y he ahí todo lo que se puede decir de verosímil sobre ese obscuro
asunto.
La obra de Bedier, al mismo tiempo que destruye un
viejo problema de folk-lore, es un excelente trabajo de historia literaria, tan
ingenioso como docto.
En Barbarie, por Rolando de Marés. Con ese título, Rolando de
Marés ha reunido muchos cuentos, cuya escena pasa en la Campine, en las épocas
primitivas.
Desde luego, nos describe el país en que va a hacer
vivir a sus personajes, y parece que esa región, tal como la pinta Marés,
merece, en efecto, el nombre de Barbarie. Luego nos cuenta
leyendas: la de la Princesa Thalia, la del Jabalí blanco, la del Gran San
Nicolás; otras más, aún, leyendas ingenuas y rudas en que pasan, por las
llanuras, salvajes,[94] héroes sangrientos,
implacables magas, y también, a veces, graciosas principesas.
De Marés ha sabido dar a sus leyendas las
apariencias de cuentos populares, y esa apariencia convenía a narraciones que
el autor quería hacer notar bárbaras; ha sabido, recordando de un cuento a
otro, ciertos motivos, ciertos personajes o ciertas aventuras, dar unidad a su
libro.
L'Ovex, por François de Nion. «El parentesco natural es
para el matrimonio un impedimento dirimente, u óbice. Teología católica. Este
epígrafe, bastante claro, permite que, sin gran esfuerzo, se adivine el
contenido del libro, al menos en sus líneas esenciales.»
Mademoiselle de Royans, unida desde hace unos meses
a un amigo de infancia, Jean de Vienne, descubre, en un pabellón en ruinas,
antiguas cartas de su madre, de donde resulta que mademoiselle de Royans es
hermana de su marido. Así, ante la joven, que no quiere divulgar el secreto
maternal, se plantea un terrible dilema. Huir, sin motivo aparente, de Jean, a
quien ama, o continuar el incesto. Un confesor, a quien ha consultado, le da el
extraño consejo de continuar llevando sus deberes de esposa, sin rebuscar las
ocasiones. Pero llega de Roma una anulación del matrimonio, y la señora, no
queriendo decidirse por una ruptura, se deja[95] llevar
por una ola en los baños de mar en que se encuentra. Tal es la trama, muy
simple, como se ve, de esa novela. Hay un estilo refinado hasta la preciosidad,
en esta obra, en que las réplicas alternan vivamente, los personajes se
presentan bien claros, en que los detalles no están desprovistos ni de
propósito ni de oportunidad.
La suprema voluptuosidad, por E. Gómez Carrillo. Un librito bien escrito,
mal pensado y falsamente perverso. Influencia de las «Eróticas», de Rops.
Desearíamos que el joven autor perseverase en sus estudios de crítica, que le
han dado un justo renombre.
R. D.
9 junio 1896.
EL DIVORCIO DE JEANNETTE
Affaire Daudet-Hugo
ecuerdan nuestros lectores el ruido que hizo
en el mundo el matrimonio laico de la nieta de Víctor Hugo y el hijo de Alfonso
Daudet? El tremendo Drumond tuvo a la sazón grandes desahogos.
El escándalo del matrimonio civil del hijo de
Daudet, decía el antisemita, no es, desde luego, una excelente ocasión de ver
claro en el alma de un gran letrado de fines del siglo xix, de saber
exactamente la idea que un escritor ilustre se forma de esas cuestiones
religiosas, que a través de las edades han interesado y apasionado a los más
nobles espíritus de la humanidad.
El padre de Daudet era un realista convencido; la
madre, brava y digna mujer si las hubo, era una católica ferviente, como hay
tantas en Mediodía; murió con el rosario en la mano; la hermana de Daudet es
también una católica practicante. El[98] hijo más
joven del escritor, Luciano, gentil muchacho que tiene el aire tan distinguido
y tan dulce, se ha educado en un Establecimiento religioso, en la escuela
Bossuet; frecuenta San Sulpicio; su madre le acompaña, y para ayudarle, toma
notas sobre el sermón, con la tranquila y sonriente bondad que pone en todo.
Drumond mismo ha conducido a Luciano a misa, y se ha edificado con aquél buen
comportamiento.
A León Daudet, estudiante, se ha referido
recientemente, en el Courrier Français, el señor Groussac; Drumond
nos dice que ha visto crecer su inteligencia. «Le he preguntado a menudo sobre
el vocabulario médico, y me he extrañado de la precoz lucidez de espíritu de
ese joven, que si hubiese querido trabajar[1] hubiera
tenido las intuiciones filosóficas de su padre, con la ventaja de una educación
más rigurosamente científica; ¡jamás, en cambio, he descubierto en él la sombra
de una hostilidad contra la religión! La conmoción, justamente, lo que daba
idea del asombro general, es ver a esas gentes renegar del Dios de sus padres
públicamente, cínicamente, ante todo el mundo, únicamente porque hay una gruesa
dote: tres millones». Y sobre Juanita: «¿Conocéis más antipática criatura que
esta joven casada, que se estrena en la vida con una manifestación escandalosa?
Tiene veintitrés años—era en 1891—, edad en que se
cree en Dios como en el amor, en la poesía, en la esperanza... Ella no se da
cuenta de que hay pobres muchachas que no tienen tres millones, que están
colocadas entre la prostitución y el hambre, y que tienen necesidad de que se
les deje creer en alguna cosa para resistir a las tentaciones de la miseria».
«La desgraciada niña no es tan culpable como parece. Era, en verdad, graciosa,
cuando, dando los buenos días a todos, se paseaba alrededor de la mesa, en las
comidas de Víctor Hugo... Es Lokroy quien»... Y aquí la ineludible conclusión:
¡el semitismo tiene la culpa!
Esa infancia de Jeannette, de George, de esos
nietos que tuvieron por arrullo un inmortal y amable coro de versos: El
arte de ser abuelo, ha sido una especie de leyenda. Ellos fueron los
infantes de Hugo, emperador de la barba florida.
Por el secretario de Hugo, Lesclide, se saben cien
pequeñas cosas, ligeros detalles, adorables incidentes y simples monadas.
Recordemos algo de Jeannette en la vida íntima.
El maestro, anotaba Lesclide, adora a su nieta, y
cuando no es madame Drouet quien nos trae sus «mots d'enfant», él lo hace
voluntariamente.
—¿Cuándo tendré la muñeca que me has
ofrecido?—preguntó Juana a una dama poco antes de los «etrennes».
—Pues—respondió la dama—el día 1.º del año que
viene; es la época en que nacen las muñecas.
—Te aseguro, replicó Juana, que no hay necesidad de
esperar tanto tiempo. ¡Nacen muy bien por Pascuas; hay huevos que están llenos
de ellas!
Augusto Vacquerie, el escritor que acaba de morir,
le dijo un día con tono serio:
—Señorita Juana, ¿sabes que tienes una cuenta a
cobrar en el Rappel?
—¿Qué cuenta?
—Tres francos setenta y cinco, por tres mots
de la semaine.
Juana duda y se vuelve a mirar a su abuelo.
—Papá—así llamaban a Hugo sus dos nietos—, ¿es
cierto eso?
—¿Cómo?—responde el poeta—. ¿Tú escribes en los
diarios? ¡Y sin avisarme!
Un día Juana dice a su abuelo:
—Papá, ¿no soy suficientemente grande?
—Sí, amor mío, lo eres.
—Y bien, yo quisiera no acostarme temprano esta
noche.
—¿Por qué?
—Vienen senadores a hablar contigo; quiero verlos.
—Pero, querida, vas a aburrirte.
—No me aburriré.
—Querrás jugar.
—No jugaré.
—Harás ruido.
—Estaré bien formal.
—¡Y bien!—dijo el abuelo—. Arregla eso con tu
madre; por mi parte, acepto con gusto.
La chiquilla estaba contenta con aquella muestra de
confianza.
—¿Sabes política?
—No; oiré lo que dirán.
Por la noche los senadores concurrieron.
La señorita Juana, agarrada de la levita de su
abuelo, los escucha atentamente. Una formalidad ejemplar. Víctor Hugo muestra
una gran vivacidad oratoria, se exalta, y su voz sonora hace resonar el salón
rojo.
—¡Papapá!
—¿Qué, hija mía?
—¿No es conmigo con quien estás enojado?
—No, «Ma mignone».
La tertulia se acaba; los senadores se van; no hay
sino una voz para alabar la ténue de mademoiselle Jeanne.
Lo cual le hace venir otra idea.
—Abuelo, ¿quieres llevarme al Senado mañana?
—Sí, si eso te divierte; no tienes sino que ir con
tu madre.
—¡No, con mamá no quiero, contigo!
—No es posible, no te dejarían entrar.
—Pero si tú lo dices...
—Aunque lo diga yo.
—Y bien, tú no dirás nada; me tomarás de la mano,
entraremos y me pondrás sobre tus rodillas.
—Sí, pero vendrá un ujier vestido de negro y con
una gran cadena, y te dirá: ¡Señorita, vos no sois senador!
—Y yo responderé: ¡Señor, yo soy su nieta!
Una noche, en el salón un tanto sombrío de la rue
Drouot, 20, madame Charles Hugo tenía un bebé sobre sus rodillas y lo vestía
para dormir.
A alguna distancia, Víctor Hugo hacía arrodillarse
a Juanita, dans le plus simple appareil, y le hacía decir su
plegaria. En esa plegaria, extraña a las liturgias conocidas, Juana pedía a
Dios ser discreta y obediente, le recomendaba a su padre muerto, a su tío
Francisco Víctor, enfermo entonces, y todas las personas que le rodeaban.
La pequeña Juana interrumpía la oración con bien
ingenuas reflexiones. No se cuidaba, por ejemplo, de orar por su hermano, que
le había dado un mojicón.
Un día Juanita y su hermano Jorge se divertían
ruidosamente en el salón rojo de la rue Clichy, con la efusión natural a su
edad. Entre otros juegos, se había tomado al gato Gavroche para un
steeplechase; pero Gavroche, pacífico y serio, no había querido. Su amiga Juana
lo llevó entonces al nido maternal despidiéndole: «tú quédate con tus padres».
Después de lo cual llamó a su abuelo y le explicó sus intenciones. Y el abuelo
puso su gloria en cuatro patas.
La chiquilla recibió al día siguiente estos versos:
L'autre soir, en jouant avec votre grand-père
dans l'antre où ce buveur de sang fait son repaire,
vous lui fîtes porter le plus doux des fardeaux,
O Jeanne! et je vous vis lui monter sur le dos.
Résigné, comme on dit que le fut Henry Quatre,
où jugeant inutile et vain de se débattre,
Papapa sous le joug se courba doucement
et sur l'épais tapis marcha docilement.
Sans être un grand devin, je puis, mademoiselle,
dévoiler l'avenir en partie a vos yeux:
avant qu'il soit longtemps, vous serez grande et
belle,
et fière de porter votre nom glorieux;
vous tiendrez d'une mère une grâce infinie;
votre sang doit vous faire un esprit sans rival;
vous aurez la beauté, peut être le genie...
mais vous n'aurez jamais un semblable cheval.
Después, el dios entró en el Panteón... y Jorge y
Juana en el mundo.
De ambos se volvió a oír hablar; de Juana, por su
matrimonio laico con el hijo de Daudet; de Jorge, por ciertos escándalos de
mozo de vida alegre...
Y luego, cinco años después de casada, Juanita se
separa de su marido.
León Daudet es un espíritu altivo, un cerebro
fuerte, un pensamiento quizá con demasiados músculos. Muy poco de artista, muy
mucho de «sabio». Estudió para médico. Ya nos ha dicho Drumond[104] cómo
le consultaba el joven sobre tecnicismos médicos. Dejó la carrera y se tornó
escritor, con un bagaje y una médula científica que dan a sus escritos cierta
firme y enraizada fortaleza. Y ha ido a rápidos pasos. De Hœenes a
L'Astre Noir hay un visible progreso. Y en sus críticas de la Novelle
Revue revela un juicio personal. Su padre ha dicho: «A los escritores,
como mi hijo, pertenece la literatura del siglo xx», en una reciente
interview.
Y se atrevió León Daudet a publicar el Astro
Negro... La Prensa de París ha respetado la más sagrada de las memorias, el
más alto de los nombres de la poesía francesa, y no se ocupó del libro.
La Prensa no dijo media palabra sobre el Astro de
Seneste—cuya figura y descripción están bien claras para el menos entendido—.
Se dijo que León Daudet aseguraba haber querido pintar en el incentuoso
grande-hombre—«¡Vous êtes un homme, monsieur Goethe»...—¡a Wagner! Más a la
vista estaba la tempestad en el hogar de Juana Hugo. Luego la dedicatoria del
libro, por León Daudet, a su abuela... Se murmuró de revelaciones y secretos
escabrosos... A Buenos Aires envió J. Lermina una correspondencia sobre el asunto,
que Mariano de Vedia no publicó. Después, el divorcio, iniciado hace más de un
año, y que acaba de resolverse, según lo ha comunicado ha pocos días el
corresponsal de La Nación, en París.
Algunos han pensado que León Daudet ha hecho[105] el escándalo público, para tener un ruidoso
éxito de librería.
Juana Hugo es hoy una de las divorciadas más
tentadoras de París. Probablemente se casará pronto: es rica y princesa de la
sangre; bella e inteligente. Mas si ha logrado todo o gran parte de lo que le
anunció su abuelo en los versos que le hizo cuando imitó hípicamente a Enrique
IV, no tendrá ciertamente ni una cabalgadura como aquella, ni las horas de oro
que conducían su vida cuando
Jeanne était au pain sec dans le cabinet noir...
Febrero, 25-1895.
[1]Cuando
Drumond publicaba estas líneas, el autor de Hœnes a L'Astre Noir no
había dado a la luz ningún libro.
A JOSÉ MIRÓ
(JULIÁN MARTEL)
El día de su muerte
10 de diciembre de 1896
aso a paso, melancólicamente, como un
sonámbulo que persiguiese una mariposa y se perdiese en lo profundo de bosques
sombríos, así tú, tras tu ilusión, mi amigo Julián Martel, penetras en la noche
de la muerte.
Yo te he conocido en la primavera de tu juventud,
triste enamorado de la gloria, soñador testarudo, cultivador de rosas de
fantasía. Vivías en tu sueño, que era un jardín cuidado perennemente por tu
alma. Parecía que no oyeses la voz del mundo, de este mundo nuestro. Sí, una
voz como de sirena que te atrayese a una isla encantada, de un raro mundo, de
verdes laureles, de cantos, de reales grandezas, de perpetuos triunfos; un
mundo fuera del mundo: anywhere out of the world! Porque nunca
quisiste convencerte, poeta como eras, de que fuesen verdaderas las espinas que
rasgaban tus carnes, los abrojos que encontrabas a tu paso, las[108] crueles ortigas, las zarzas amargas y ásperas;
así, aun cuando dijeres en tus prosas o en tus versos los dolores de la vida,
enflorabas tu pensamiento, y tu frase, con flores de idealidad y de dicha, de
modo que te engañabas a ti mismo y te prometías siempre para el día que viene,
para la próxima aurora, un festín de poesía, en que las musas sirvieran a tu
espíritu ansioso los más puros rocíos, en las copas de las más frescas
azucenas. No te dejabas vencer por la vida, mentirosa y fatal enemiga; eras
siempre fiel a la divina imposible. La vida se vengó de ti, entregándote a la
muerte.
Amabas el arte, amabas la hermosura, amabas las
palmas del triunfo, mas te faltaron músculos para las decisivas ascensiones,
para las bregas decisivas. Tu corazón era una urna de bondad, de bondad
ingénita y sencilla, de una bondad colombina; había mucho de tu corazón en tu
cerebro, de manera que pensabas sintiendo.
Los que como yo supieron lo íntimo de tus secretos
pasionales, sabemos que cuando la tristeza te poseyó, fué por causa de amor;
eras un sensitivo y un romántico. Hay una de tus poesías en que un reloj
simbólico señala el secreto de tu existencia.
En estrofas poeanas dices la agonía de las
ilusiones, y al fin estalla el reloj, en un momento que no es por cierto el
último. ¡El último ha sido éste, mi querido Julián Martel: ayer ha estallado el
reloj de tus sueños de poeta, ayer cuando has cerrado los ojos, y amor y gloria
y sueños y esperanzas se[109] han desvanecido con
la luz de tus obscuras pupilas!
Eras raro como la lealtad, ardiente como el
entusiasmo. Sabías todavía amar y admirar. Sabías pasear tu figura pálida y
noble entre las medianías antosugestionadas, y tu cansada indiferencia fatigaba
las inutilidades petulantes. Intentabas odiar—aunque no lo podías a causa de la
excepcional virtud de tu sentimiento—la tiranía de la chatura, el poder de los
dictadores del «buen sentido»; eras enemigo de Pilatos.
Tu obra principal y mayor—que es casi toda tu
obra—fué un clamor de venganza contra la fortuna, que te fué traidora como una
bella querida. Y tú, como artista, como poeta, habías nacido para las grandezas
y poderíos. No eran plebeyos ni tu sangre, ni tu gusto, ni tu papel de héroe de
Musset, ni tu estilo que buscaba siempre un rumbo.
¡Cuántas veces soñamos juntos, en noches de amistad
amable! Yo oía tus imaginaciones de oriental, tus fantaseos de rajah, la
historia nunca concluída de tus lindos castillos en el aire, y te acompañaba
encantado a tus excursiones por los países de lo irrealizable.
¡Fuiste mi amigo en arte y en existencia; me
defendiste, me amaste, me comprendiste, desde que, al llegar a Buenos Aires, me
fuiste a saludar en nombre de La Nación, en cuya casa
confraternizamos!
¡Por eso, por tu corazón y talento, yo te defenderé[110] y amaré tu memoria puesto que te
comprendí! ¡Raté! dirá una conciencia; y mi corazón clamará:
¡Haced La Bolsa! ¡Y culparé a tu desconocido genio maléfico, o a tu
sino, de que no hayas llegado a poner en tu torre soñada tu pabellón de
victoria! Atmósfera propicia te faltó, tierra te faltó, aliento te faltó.
Mueres demasiado temprano, pero tuya es solamente la mitad de la culpa.
Ahora tu visión astral y penetrante verá sobre el
haz de la tierra quiénes te amaron de veras, quiénes fueron tus amigos. Yo no
miento lágrimas; yo te digo adiós con una tristeza que puedes ver en lo hondo
de mi alma.
Notarás, mi querido Miró, que no va mi corona entre
las que acompañan tu féretro: ¡Yo te haré una de versos!
FIESTAS PRIMAVERALES
Una dalia
ortesana de duro seno, de ojo opaco y obscuro,
que se abre lentamente como el de un buey; tu gran torso reluce como un mármol
nuevo.
Flor gorda y rica, a tu alrededor no flota ningún
aroma, y la belleza serena de tu cuerpo desenvuelve, mate, sus impensables
acordes.
Ni aun a carne trasciendes, salvo que al menos
exhalan las que van removiendo los héroes, y tú te entronizas por lo insensible
al incienso.
Así la dalia, rey vestido de esplendor, eleva sin
orgullo su cabeza sin perfume irritante en medio de los jardines incitativos.
¡Flores sobre flores! Flores de estío, flores de
primavera, flores descoloridas de Noviembre, vertiendo la pena de los adioses,
y en los trenzados los crisantemos; los lotos reservados para la mesa[112] de los dioses, los lises altivos entre las
espesuras de amarantos, irguiendo con orgullo sus tirsos radiosos; las rosas de
Noël, de palideces transparentes y, después, todas las flores enamoradas de las
tumbas, violetas de los muertos, helechos olorosos, asfódelos, soles heráldicos
y bellos, mandrágoras que gritan con voz sobrehumana al pie de los patíbulos
negros que frecuentan los cuervos. ¡Flores sobre flores! ¡Deshojad flores! Que
se paseen incensarios floridos sobre la tierra en donde, allá lejos, duerme
Ofelia con Lady Rawena de Tremaine. ¡Amor! ¡Amor! Y sobre sus frentes, que tú
inclinas, haz rodar la púrpura extática de las rosas, semejante a la sangre
alegre vertida en los combates. Antes cantaban ellas, vírgenes rosadas, rubias,
los amantes de los días que no renacerán nunca, bajo sus vestidos tejidos con
oros finos y argírosas. ¡Oh, lejanas dulzuras de las primaveras concluídas!
¡Apertura auroral de las ideas! ¡Puerta del cielo ofrecida a los labios de los
elegidos! ¡Las vírgenes hoy, muertas o poseídas, están lejos! ¡Muy lejos! La
esperanza ha caído de nuestros corazones, como las ramas podadas de un árbol.
Y la sombra, y los pesares y el olvido, son los
vencedores.
A través de los iris y juncos, Ofelia abandona su
alma a los arrulladores murmullos del río, único testigo de su melancolía. Y he
aquí que en el fondo de la verdosa espesura suenan confusamente harpas
cristalinas, atrayendo con sus ritmos obsesores.[113] El
oro difuso del Sol empurpura las colinas, por el lado del castillo de Elseneur,
y las torres que obscurecen ya las tinieblas hyalinas. La noche felina, con su
traje de terciopelo, arrulla a las aguas, los valles profundos y los cielos
tristes, y con los sauces ruidosos esfuma los contornos. Y las nubes rojas del
poniente con colinas que trepan lanza en puño, atroces caballeros que espolean
el vuelo furioso de los unicornios. Luego, la dama que sueña con los juramentos
olvidados canta entre dientes un vireylay muy antiguo. La
demencia extiende sobre su frente multiplicados duelos. ¡Flores sobre flores!
Sollozos cortan su romanza, mientras que, con los
cabellos coronados de jazmín, se inclina hacia los juncos del río inmenso. Los
Nixos, cerca de la orilla le señalan el camino, y tranquila, al curso de la
onda en las gláucas praderas, desciende con ¡no me olvides! en la mano. Las
flores palustres sobre sus pupilas apagadas pondrán el dictamo adorado del
sueño, en jardines de...
Fiestas primaverales
Los poetas y las flores
(CONTINUACIÓN)
LOS NENÚFARES
(BARBEY D'AUREVILLY)
Allons, bel oiseau bleu, venez chanter votre
romance a madame...
(SUZANE.)
Vous ne mettrez jamais dans votre flore amoureuse
le nénuphar blanc qui s'appelle...
(UNE PREMIÉRE LETTRE.)
I.—¡Nenúfares blancos, oh lirios de las aguas
límpidas, nieve que surge del fondo de su azur, que adurmiéndose sobre vuestros
tallos, tenéis necesidad, para dormir, de un lecho puro! Flores de pudor, ¡si!,
sois demasiado altivas para dejaros cortar... y vivir después. ¡Nenúfares
blancos, dormid sobre vuestros ríos! ¡Y no os cortaré jamás!
II.—Nenúfares blancos, flores de las aguas
soñadoras, si soñáis, ¿en qué soñáis? Pues para soñar preciso os es estar
enamoradas, es preciso tener el corazón enamorado... o celoso; pero vosotras,
¡oh, flores que el agua baña y protege, para vosotras soñar... es aspirar el
frescor! ¡Nenúfares blancos, dormid en vuestra nieve; yo no os cortaré jamás!
III.—¡Nenúfares blancos, flores de las aguas
adormecidas, flores cuya blancura da frío a los corazones ardientes, que os
hundís en vuestras aguas desentibiadas cuando el sol luce, nenúfares blancos!
Quedad ocultos en los ríos, en las brumas, bajo los sauces espesos... ¡De las
flores de Dios, sois las últimas! ¡Yo no os cortaré jamás!
LA CANCIÓN DE LAS ROSAS
(ROBERT DE LA VILLEHERVÉ)
Encanto de los ojos extasiados, los rosales
divinos; los rosales no darían tantas rosas, si no fuese la juventud en flor,
que, rota, después del dolor, renace y revive en las cosas.
Las rosas de púrpura o de plata, que junio, artista
diligente, reviste con los colores de la vida, en su brillo, en su palidez, son
la metamorfosis en flor, de una niña arrancada por la muerte.
Y por eso, en los repliegues de sus pétalos
delicados, obstinadamente, la rosa oculta—como las vírgenes el suyo—su corazón
de oro, gloria de la flor, su corazón invisible, sin mancha.
Y por eso, en los rayos, cerca de ella, las
mariposas azules revuelan querellándola, y la aman mujer, la aman flor, y el
claro enjambre acariciador quisiera aun morir por ella.
Y por eso, la fresca mañana, bajo la seda y el
raso, hace, para adornar la flor querida, una perla de cada lágrima y una
estrella de cada perla.
CRISANTEMOS
(HENRI CORBEL)
Flores que vertéis el olvido de los odios
obstinados, vosotras dejáis sobre nuestros corazones el pesar de los bellos
días, viniendo a inspirar nuestros últimos amores: vuestros rayos son el adiós
de las estaciones afortunadas.
Crisantemos, perfume de nuestros años de jóvenes,
vuestros ojos son dulces como los de los trovadores; en vuestros pétalos de
oro, en vuestros encantadores atavíos, nacéis en los umbrales de los graves
destinos.
Y vuestro brillo discreto no es si no divino.
Al declinar el día, cuando la luz expira, cuando la
brisa suspira y corteja al gran bosque, vosotras arrojáis, risueñas como un
Dios Silvano, vuestras canciones, en la faz de los brumosos otoños, llamando
los besos de los Soles monótonos.
LAS FLORES
(MALLARMÉ)
De las avalanchas de oro del viejo azur, en el día
primero, y de la nieve eterna de los astros, antes sacasteis los grandes
cálices para la tierra, joven aún y virgen de desastres.
La fiera Gladiola, con los cisnes de cuello fino, y
ese divino laurel de las almas desterradas, bermejo como el puro dedo del pie
de un serafín, que enrojece el pudor de las auroras holladas; el jacinto, el
mirto de adorable brillo y semejante a la carne de la mujer, la rosa cruel,
Herodias en flor del jardín claro, aquella que riega una sangre soberbia y
radiosa.
¡Y tú hiciste la blancura sollozante de los lises
que, rodando sobre mares de suspiros que roza, a través del incienso azul de
los pálidos horizontes, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora!
¡Hosanna en el sistro y en los incensarios, Padre
Nuestro, hosanna del jardín de nuestros limbos!
¡Y concluya el eco por las celestes tardes, éxtasis
de las miradas, scintilaciones de los nimbos!
¡Oh Padre, que creaste en tu seno, justo y fuerte,
cálices balanceando la futura redoma! Grandes flores con la balsámica muerte
para el poeta fatigado a quien la vida debilita.
NANSEN
n estas columnas de La Nación, con
su estilo brioso y nervioso, hace ya algunos años, narró José Martí la leyenda
de los héroes del Polo, cuando Greely volvía de su odisea; la leyenda, real y
vivida, que es hermosa y trágica, de la cual es hoy héroe nuevo y triunfante el
escandinavo Nansen, al cual recibió con palmas y músicas y discursos y versos
su buena tierra de Noruega, cuando volvió de la aventura de su Fram después
de haber explorado el misterio del círculo polar.
Contadas por el mismo Nansen van a ver nuestros
lectores la historia extractada de su empresa: la historia completa y detallada
la compró una casa de Inglaterra en 25.000 libras esterlinas.
Ese compatriota de Ibsen, doctor y marinero,
astrónomo y herbolario, dice con sencillez lo que le aconteció en las nieves,
cómo la aurora boreal lucía, cómo la morsa atacó el Kayak, cómo vino el oso
blanco hacia él. Y en él hay un soplo atávico de aquellos marinos que de su
país se dice vinieron[120] antes que nadie al mundo
de América, y de los pescadores de ballenas y bacalaos que en las tempestades
hallaran siempre su elemento, hechos al peligro y a la penuria, y de los seres
cuasi fantásticos que se ven grandes y fuertes en las tradiciones populares, o
pasan, extraños, bajo las arcadas de hielo de ciertos poemas bárbaros de
Leconte de L'Isle.
Él partió con fe y valor, bien provisto y
acompañado de gente escogida; y no falló su cálculo que lo llevara hasta donde
ningún hombre ha llegado en los fríos del Norte. Él realiza Julio Verne; él
hace sus cosas como para que se cuenten a los niños, y los poetas de más tarde
hagan poemas con esas prodigiosas cosas. Las gentes le señalan cuando le ven:
«Ese es el hombre que ha vuelto del infierno blanco». Y en verdad que es su
viaje dantesco, de un dantesco real y terrible, que ejecuta la fábula. Sus narraciones
tienen el llamativo de las novelas de la imaginación; Marco Polo del Polo, nos
cuenta cosas naturales que nos parecen cuentos de Simbad, y nos imaginamos su
existencia en el desierto blanquísimo, adonde va guiado por una ciencia que
parece poesía.
Y por qué fué al viaje peligroso, a exponer la vida
por su sueño, y comió galleta dura y carne del oso blanco y bebió café sin
azúcar en una casa de nieve, y cuidó a sus buenos perros, y vió la noche larga,
y la milagrosa luz magnética, anda ahora dando conferencias y haciendo libros
que vende como diamantes, y come el faisán con el rey y recibe[121] el
cheque del yankee. Porque es persona de honra y provecho, y el viejo Ibsen
dicen que estaba rezongando entre dientes, cuando la fiesta de Christianía.
¿Pues no habrá que honrar y celebrar a estos
buscadores de desconocidos? Nansen realiza su poema; él es su personaje
principal, con un decorado de Snow, el brillo pálido del sol de media noche.
Oigase su narración parca, de sujeto de obra y
hecho; no todo es número y grados; de repente, el interés acrece de un modo
vibrante, y en medio del silencio polar, fijáos cómo el doctor canta en cuatro
líneas la llegada de la primavera.
26-4-1896.
LA FIESTA DE FRANCIA
oy es el día en que, bajo todos los cielos, en
todos los climas, erige, resplandecientes al aire, sus palmas de bronce, la
Marsellesa. Todo el mundo parece que tomase parte en la alegría de la Francia,
cual excitados los espíritus por los zumos de un vago Champaña de victoria. Las
banderas, los tambores, las fanfarrias, los himnos franceses, nos hacen alzar
la cabeza, correr más viva la sangre, marchar, pensar en cosas heroicas y
bellas. ¿Cuál es el secreto de que Francia sea amada de todos los corazones,
saludada por todas las almas? Preguntad al pastor decisivo por qué da la
manzana a una diosa señalada. Entre todas las princesas de la tierra, ¡ave,
regina Galia!, tú eres la más hermosa. El áureo París derrama sobre el orbe
el antiguo reflejo que brotaba de la Atena marmórea. Ante esa capital mágica se
extiende un inmenso océano de ensueños. Allá vamos los peregrinos del amor y
del arte; allá van todos los adoradores de la vida, a cortar las rosas que
curan con su perfume[124] las ponzoñas de las
víboras hiperbóreas, la somnolencia de filosofía brumosas. El idioma de Francia
es el nuevo latín de los sacerdocios ideales y selectos, y en él resuenan
armoniosamente las salutaciones a la inmortal Esperanza y al Ideal eterno.
Celto-germana, burgonda o normanda, toda la sangre
de Francia se vierte en una sola vena, toda la savia francesa da alimento y
existencia a una sola selva de fuerza y de gracia, en donde una
Bella—despierta—del bosque, en su maravilloso palacio, ofrece a todo caballero
errante de la poesía o de la gloria, el vino prodigioso de sus inexhaustas
ánforas. ¡Selva de enorme y dulce encanto!, en ella encuentran los ojos
absortos, ya a Carlo Magno sobre su pino, ya a Víctor Hugo bajo su laurel.
Son de «biniou», canto de marino de Bretaña,
risueña farándula de Provenza, danzas provinciales, sus ecos nos llegan con los
de la incomparable voz de París, dominándolo todo en clangor de gallo, o una
cristalina diana de alondra. Y el arraigarse nuestra simpatía, no es tan sólo
por ser Galia toda bella de su magnífica persona, sino también por la fragancia
de su nobleza, por la virtud interior que se manifiesta en sublimes ímpetus o
en brazos y alas abiertos: Francia, es hermosa por dentro; Francia, es buena;
Francia, es generosa.
Me habláis de horribles y sublimes locuras, de
sangre; el populacho, la caramañola, el cuello[125] blanco
de la reina... (Esas son las estaciones de las naciones.) Floreal viene
precedido de tantas tempestades... Mas ved cómo aún de esa roja floración, cada
libre pueblo de la tierra ha ido a hacer su ramo, y en sus días de fiesta, se
adorna con él el pecho. Por otra parte, el himno de Rouget de L'Isle, ha
vibrado ya en el Kremlin y en el Vaticano. A Europa toda, a Oriente, al
continente nuestro, el fuego de la vasta hoguera de la Revolución ha llevado
una parte de su resplandor. Parece que algo del alma de todas las naciones
hubiese salido libre de la Bastilla en el día siguiente de su asalto.
Mas la amable tirana de Francia se muestra de modo
principal en su pensamiento, que levanta sobre la humanidad, gemado como un
cetro. Bajo la basílica de oro, un pontifice invisible hay que consagra y pone
en evidencia toda idea que llega de cualquiera de los cuatro puntos cardinales.
Allá está la rosa de los cuatro vientos del espíritu. Su lengua es la verdadera
lengua católica, en el verdadero sentido, la lengua del Universo. Hoy podemos
decir lo que en su siglo decía el maestro del Dante: La parleure en est
plus delitable et plus commune à toutes gens. D'Annunzio confirma a
Brunetto Latini.
El mongol, el abisinio, el persa, el descendiente
del inca, el cacique, no hay quien, por bárbaro o[126] ignorado,
no alimente el gran deseo de contemplar la ciudad soñada. París es el paraíso
de la vida, Francia es el país de la Primavera y del Gozo para todos los
humanos. Yo creo sentir lo que todos. ¿Es el Sol? ¿Es el aire? ¿Son las flores?
¿Los monumentos? ¿Son las mujeres? ¿Es la historia? En muchas partes hay
historia que revive en memorable fastos; bello Sol, aire puro, flores raras,
palacios soberbios, monumentos magníficos, mujeres llenas de gracia o beldad.
Mas he ahí el sol de París, que nos llena de átomos de oro como un licor
impalpable, cuerpo y espíritu; he ahí el aire de París, que nos satura de una
maravillosa fragancia, de una inacabable esencia de juventud y de entusiasmo,
de manera que nos sentimos como dueños de una imperiosa potencia de crear y de
sentir; he ahí las flores de París, como más femeninas que las flores de
ninguna otra parte, pues diría que los mismos lirios parisienses saben ya los
secretos sonrosados de las rosas; he ahí los monumentos de París, las joyas de
París—tu Gioconda, tu Victoria de Samotracia—; he ahí la mujer de París: su
nombre es Poliginia; comprende en sí a todas las mujeres, y es ella sola, es la
mujer; buena burguesa o tipo de Cheret, o perversa de Rops, hay en ella el
innato hechizo que fascinaría de nuevo a los hijos de los ángeles. Y, sobre
todo, eso pasa como un aire de luz el alma de la Francia, el heroísmo, el soplo
artístico, el vuelo aquilino de los triunfos. En aquel castillo está, rodeada
de palmas y de lirios,[127] Clemencia Isaura. Sobre
aquel fondo de púrpura, se destaca imperial el perfil de Bonaparte. Tras la
estación triste, un trueno de trompetas anuncia que la Francia siempre está en
pie, coronada de yambos o ceñida de odas. Tener la flauta de Verlaine no le
impide tener los clarines que portan las victorias del Arco del Triunfo o las
bocinas del Año Terrible. Tras el grupo de sabios, sobre el hombro
de Pasteur, alza la testa de toro el Balzac de Rodin. Pueden agitar el fondo de
la fuente patria las maculadas manos de la política, los dedos en garra de la
Administración prostituida; el alma francesa purifica el daño—¡ah, en veces por
el fuego y por la sangre!—y se alza, intacto, el antiguo oriflama, sin
rasgadura ni lodo. El Arte y la Ciencia tienen allí sus torres de asilo, cuando
la tormenta pasa. La Tierra necesita de Francia. Por más que claméis, Naciones
hipócritas, allá está la sal y la miel. Sal de Francia, ¡tú desafías todas las
corrupciones; tú estarás siempre en todo bautismo cordial y mental!
Francia es hermosa por dentro. Francia es generosa.
Ha tiempo, tanto tiempo que cortó la roca Durandal y torció el alifante el
soplo heroico... Ha tanto tiempo que desde sus sombríos habitáculos escribía el
segundo Felipe de España: He ordenado al duque de Parma que socorra a mi
ciudad de[128] París... Apartado casi de
la vida de las Naciones políticas del mundo, pobre, gastado, el hidalgo vecino
es provocado, desarmado, aplastado por un nuevo enemigo, más fuerte, más joven,
más rico.
Francia entonces estará de parte de la hidalguía
caída, de la nobleza quebrantada, del antiguo y contrario paladín en
desventura. ¡Bravos franceses! De Guiche pregunta a Cyrano de Bergerac:
... Avez vous lu Don Quichot?
Y Cyrano contesta:
Je l'ai lu.
Et me découvre au nom de cet hurluberlu.
Francia, de tal manera se inclina ante la desgracia
del Caballero Andante de las Naciones, porque sabe que, como dice el poeta, si
las aspas del molino de viento le han echado hoy por el fango de la derrota,
otras veces le han levantado en sus giros hasta los astros.
Los señores sabios nos demuestran que no existen
razas; que la raza latina, más que ninguna otra, no existe. Muy bien. Yo soy de
la raza en que se usa el yelmo del manchego y el penacho del Gascón. Yo soy del
país en donde un grupo de ancianos se sientan cerca de las puertas Sceas, a
celebrar la hermosura de Helena con una voz «lilial», como dice Homero; yo soy
de los países pindáricos en donde hay vino viejo y cantos nuevos; yo soy de
Grecia, de Italia, de Francia, de España. Y cuando España está abatida y veo
apagado su esplendor antiguo, rotas sus armas, secas las mamas[129] que
alimentaron el mundo en que he nacido, vacilante la corona que ilustraron cien
capitanes y celebraron cien poetas, estoy triste, muy triste; cuando Grecia
cae, padezco; y cuando Italia sufre, sufro; y cuando Francia, la reina Francia,
está de canto con ella. ¿Sabéis qué es una fiesta de Francia? Una Gran Patria
de opulentos senos, como la Libertad, de Barbier, se yergue enorme en su
bronce, en el Imperio de los vientos; y a su alrededor la alegría como la
Primavera, de Boticelli, ceñida de guirnaldas, seguida de cantos y de risas; el
orgullo, armado de una espada de oro; el amor con su compañía de horas y de
gracias; la Marsellesa, como en el bajo relieve del Arco; la canción jovial,
rítmica y desnuda cual la encarnada en mármol Charpentier. Es la apertura, la
súbita eclosión de las rosas del recuerdo, la visión de las floralias del
porvenir. La Galia pasada revive, el viejo espíritu franco se anuncia con sus
pájaros matutinos. Y el grito marcial Allons enfants... no asusta a
los cisnes ilustres que en los lagos de Versalles algo buscan, haciendo
misteriosos signos en el fondo de las arboledas con el blanco énfasis de sus
cuellos.
A clarín sonante y a tambor batiente fueron anoche
los franceses de Buenos Aires, a saludar a su ministro, a sus diarios, a su
club. Pues aquí en la República Argentina hay también un pedazo de Francia en
donde amando el terruño hospitalario se guarda el culto por la gran patria que
está al[130] otro lado del mar. Entre la procesión
de antorchas y estandartes iba la bandera de los tres colores. Cada corazón
saludaba el símbolo. Trabajadores, comerciantes, periodistas, agricultores,
obreros: los colonos franceses son queridos aquí; son planta buena que arraiga
bien. Ellos no dejan de ser franceses; sus hijos son argentinísimos. Con todos
ellos hemos aplaudido en nuestro suelo a sus estrellas de arte, a sus hombres
de ciencia. Nuestras encantadoras mujeres se visten en francés y nuestras
mentes jóvenes más que a otra luz mira lo que nos llega al amor de Francia.
Celebran su fiesta los colonos como en casa propia,
y no de otro modo podrían ser en donde riegan sus himnos por las calles
adornadas; dicen a voz ardiente sus discursos patrióticos; congregan en la
plaza pública sus huerfanitos que se sienten como llenos de padres en este día
de sonrisas; van a visitar a sus pobres enfermos en el hospital donde hoy
triunfan violetas, vinos y colores; juegan a la pelota, cual recordando el
juramento histórico; distribuyen socorros a los necesitados; pedalean y patinan
bebiendo un aire de gozo; van a saludar quand même! la estatua
de Alsacia Lorena, y en los teatros, con lujo y alegría, se canta, se recita,
se aplaude, se ríe, y en los salones, se baila, se halaga, se siente, se ama
¡todo por amor a la Francia! Lo propio el rico propietario o el clubman en su
círculo, que el obrero en su asociación o en su café preferido. Hay un placer
contagioso que se[131] derrama en ondas atrayentes.
¡En la comida, en la cena familiar, poned atención cómo el buen abuelo canta su
couplet, de Beranger todavía!, y todos contestan con el «refrán».
Allá en París, allá en Francia entera, hierve el
inmenso entusiasmo. El presidente presencia la gran revista; todo el día es
un bouquet de sol y música. Pero en París, como en Buenos
Aires, como en todos lugares que haya franceses, esta noche, esta madrugada, al
poner la cabeza en el descanso, los niños sentirán que ha pasado la noche buena
de la patria; las damas soñarán con amores que llevan escarapela tricolor; los
ancianos se sentirán satisfechos de ver cómo no muere el patriotismo a pesar de
tantas saetas modernas que le van directamente al pecho; todos soñarán por la
futura y progresiva creciente de la grandeza maternal.
CARLOS EZETA EN MONTE-CARLO
Epílogo de la «Historia Negra»
l autor de estas líneas, a raíz de la traición
que elevara a los hermanos Ezetas al poder, en la República del Salvador,
publicó en Guatemala un folleto con el título de Historia Negra;
contiene la narración exacta de los sucesos en que fué víctima lamentada el
presidente Menéndez.
Cinco años después amplió aquellas apuntaciones en
un artículo que apareció en las columnas de este diario, a propósito de la
caída de los Ezetas.
Los lectores de La Nación están,
pues, al corriente de los acontecimientos en que tanto se ha hecho sonar la tan
famosa tiranía bicéfala de aquel pequeño país centroamericano.
Ayer el cable nos ha comunicado el escandaloso y
ridículo epílogo de la Historia Negra, haciendo saber al mundo cómo
los millones acaparados por[134] «el hombre del 22
de junio» se han evaporado en la ruleta de Monte-Carlo.
En cinco años de poder, Carlos y Antonio Ezeta, que
antes de la traición no tenían sino sus sueldos de militares, se convirtieron
en millonarios: casa en Madrid, estancias en el Salvador, rentas, depósitos en
el Banco de Londres.
Recientemente la asamblea salvadoreña ha ordenado
la instrucción del largo proceso.
Cuando huyeron a los Estados Unidos los dos
hermanos, les fueron embargadas por el Gobierno de Gutiérrez las propiedades
que tenían en el país.
Siguiendo las huellas de todos los ex presidentes
de la Pepa, Carlos se dirigió a París a gozar de su dinero, en
tanto que Antonio estaba preso en San Francisco de California, a pedido del
Gobierno salvadoreño que negociaba su extradición.
Esta no se pudo conseguir, y Antonio, ya libre, se
dirigió a Méjico, en donde creía encontrar apoyo en Porfirio Díaz.
Parece que cuando estuvo a punto de estallar la
guerra entre Méjico y Guatemala, Antonio Ezeta ofreció sus servicios a la
primera nación, con esperanzas de poder después recibir auxilio para
revolucionar el Salvador.
Uno y otro hermano hicieron más de una vez que el
cable comunicase de ellos poco honrosas noticias; ya era Carlos humillado y
afrentado en un teatro de París por un colombiano a quien persiguiera durante
su tiranía; ya era Antonio haciendo el Don[135] Juan
Tenorio con doncellas de labor en el país del tío Samuel. Mucho tuvieron que
hacer los lápices de los caricaturistas.
Esparcidos por todos lugares, después de la débâcle,
los exseides de los Ezetas, tenían encargo de comprar a la Prensa extranjera
poco escrupulosa. La diatriba y el odio se multiplicaron contra los antiguos
amigos de Menéndez y los vencedores de la revolución encabezada por Gutiérrez.
El autor de la Historia Negra no fué de los menos atacados, y
hasta la superchería de una falsa muerte fué propalada por diario como La
Estrella de Panamá.
Mientras Antonio Ezeta pretendía inútilmente que
Porfirio Díaz le ayudase a recuperar el Gobierno perdido, Carlos se divertía.
Sin la distinción y la habilidad de un rasta de
alto vuelo, de un ilustre americano, no podía aspirar a casar a sus hijas con
un Morny, ni a figurar en el «tout Paris» en manera alguna. Dedicóse a gastar
sus millones, y la vida parisiense le fué fácil para ese objeto.
Mas el nabab iba quedándose cada día con menos
rentas, y buscó refugio en Monte-Carlo. Monte-Carlo le ha llevado a la ruina;
ruina pregonada por la Prensa del mundo.
Es un hermoso capítulo de Los presidentes
en el destierro—novela que espera un Daudet corregida por Juvenal.
Es en verdad digna de estudio la vida política de
esos países centroamericanos. South America no cuenta con
ejemplares tan admirables de perfecta tiranía. Luego ¿no es asombroso que de
republiquitas cuyos habitantes son los de un barrio de Buenos Aires, puedan
extraer esos tiranuelos dineros con que ufanarse varias veces millonarios?
Un día, Emilio Castelar, ofrecía en su casa, de
Madrid, un almuerzo al representante de una República centroamericana, antiguo
colaborador de La Nación. Como éste viese en una panoplia,
entre varios retratos de celebridades universales, uno de Carlos Ezeta, dijo,
poco más o menos, al célebre tribuno:
—Voy, señor, a buscar en Madrid un retrato de San
Martín o de Bolívar, de Bello o de Andrade, para que esté quien debe estar en
el lugar que ocupa en esa panoplia el presidente del Salvador. ¿Sabe usted la
historia política de Carlos Ezeta?
Sonriente, Castelar, se dirigió a un amigo suyo,
invitado al almuerzo, el Sr. Abarzuza, que después ha sido ministro.
—Esos países, esos países, están aún en estado
primitivo.
Y continuó en larga peroración, con su manera
siempre oratoria y maravillosa. Habló de las frecuentes revoluciones
americanas, de las tiranías nuestras desde Rosas a los Ezetas, pasando por
Guzmán Blanco y Rufino Barrios y Zaldívar. Bien enterado de nuestras
agitaciones y pequeñeces, disertó[137] de modo
magistral, concluyendo, optimista, por augurar un tiempo mejor. Y en cuanto a
la particularidad del envío del retrato de Ezeta, habló de la pomposa
dedicatoria, y de cómo no era el primer retrato de mandarín americano que
hubiera recibido con dedicatorias semejantes.
El retrato del tirano salvadoreño le había llegado
por medio de los hijos de su amigo Carlos Gutiérrez, el millonario de San
Sebastián, los cuales eran agregados, si mal no recuerdo, a la Legación del
Salvador, presidida por Enrique Soto.
De este ministro contó aventura tan peregrina, que
quizá jamás se haya visto cosa semejante. Consultaba, nada menos, con Castelar,
la manera de ser recibido por la reina Cristina, sin pronunciar el
discurso correspondiente...
¡Y cómo reía el maestro cuando narraba el caso!
Naturalmente, el embajador Carlos Ezeta tuvo que
pronunciar su discurso, después de ser introducido por Zarco del Valle.
La compra de una casa-palacio en Madrid, según
decires, fué hecha por un capitán, Francés y Roselló, y un señor Jerónimo Pou,
ex secretario de Ruiz Zorrilla; Pou y Francés ayudaron a los Ezetas en su
traición, estando ambos, en aquel tiempo, encargados de la escuela militar de
la capital salvadoreña.
Antes de Carlos Ezeta, la América Central ha[138] tenido excepcionales ejemplares de tiranos,
comenzando con Darrera y acabando con Sacasa.
La unión de las cinco Repúblicas sería el comienzo
de una verdadera regeneración; pero las ambiciones personales y los intereses
de partido dificultarán por mucho tiempo el sueño de Morazán, de Cabañas y de
Jerez.
Los pronunciamientos tienen por
hoy raíces inextirpables, y de ellas no salieron Gobiernos buenos ni Gobiernos
malos.
El imperio del militarismo triunfa, y los
Presidentes de las Repúblicas no están seguros ni de los jefes de sus guardias
de honor. Y no hay entre ellos más diferencia que la de la honradez: Menéndez,
o Ezetas.
21-3-1895.
HORACIANAS
a fidelidad une al traductor inglés
(Gladstone) con el argentino. Así se explica que en las traducciones de
Gladstone, como en las de Mitre, haya sus inversiones y construcciones más o
menos obscuras. Muchos han querido ser el espejo fiel del poeta latino. Mas
¿cómo lograr, ni el uno con su violento y elíptico inglés, ni el otro, aun con
las ventajas del español, dado los inconvenientes que hay para que exista un
buen consorcio entre las musas y los hombres que manejan los asuntos del
Estado, y, como la política, es muy poco compatible con las músicas de la lira?
Los Gobiernos, sobre todo los Gobiernos
democráticos, han ignorado siempre—¡cuándo no han sido fatales para ellos!—a
los grandes artistas. Algunos célebres conquistadores guerreros y reyes han
tenido a bien recrearse con el cultivo de las artes y de las letras. Lino
enseña a Heracles a tocar la lira; Alejandro, lee su Homero; Napoleón, no
desdeña rimas alejandrinas; Enrique IV, invoca[140] el
amor en versos; Carlos IX, versifica; Un ingenio de esta corte,
hace comedias. El genial Carnot, que hizo canciones, despide líricamente a
Felicidad Glairez, que parte para París de Magdeburgo:
Félicité nous est ravie;
Mon cœur en est déconcerté;
Les Ris, les Grâces l'ont suivie;
Pour nous plus de félicité.
Que le tendre amour l'accompagne,
O Dieu des cœurs, par charité,
Ramène-nous notre compagne
Rends-nous notre Félicité.
En nuestros días, reyes y hombres ilustres de la
política no han tenido a mal frecuentar un poco la lira. León XIII, Don Pedro
II del Brasil. En las Cortes europeas hay más de una bas-bleu conocida.
La misma reina Victoria ha escrito su librito de recuerdos. El rey Humberto es
un regular dantista, según se asegura. El rey de Grecia, versifica; el
emperador de Alemania acaba de dar a luz su Canto de Hegir...
En cuanto a los hombres de Estado, Gambetta, hacía
versos; Bismarck, no echa en olvido sus clásicos. En España, Cánovas tiene alto
puesto entre los académicos poetas.
En Inglaterra es más común encontrar al
político-literato. En todo inglés de cierta cultura está[141] el scholar que
duerme... Un periódico inglés pregunta, con motivo de la reciente publicación
del Horacio, de Gladstone:
«¿Gladstone es el último de los hombres de Estado
que combinan el estudio de los clásicos con la política? Las citas latinas son
ahora raras en las Cámaras y en los discursos electorales. El griego ha sido
casi excluido. Desde luego, la poesía en general hace mal menage con
la política moderna. Los versos que se citan son sacados, probablemente, de
ópera cómica... Felizmente, varios de nuestros hombres de Estado más en boga se
distinguen por otras cualidades que las del político.»
No son muchos, por cierto, los casos que pueden
citarse, en nuestras Repúblicas americanas, de hombres públicos que tengan amor
a las letras y las cultiven. Sin referirnos, por supuesto, a los diletantismos
gramaticales de Guzmán Blanco, apenas podemos recordar uno que otro nombre.
Entre los primeros, el del actual jefe de la República de Colombia, Dr. Miguel
Antonio Caro, a quien se debe, como es sabido, la mejor traducción de Virgilio
en lengua castellana; el del inolvidable e ilustre doctor Rafael Núñez, que aun
en los más agitados períodos de su vida de repúblico no pudo olvidar el cultivo
de las letras; el de otro presidente, el del Ecuador, Dr. Luis Cordero, que es
poeta filólogo y americanista consumado y que ya en el ejercicio del alto cargo
que hoy desempeña, envió al Congreso de Huelva, en 1892, la contribución de un[142] valiosísimo Diccionario quichua, y
del general Bartolomé Mitre, que después de una larga vida de brega y triunfos
civiles y militares, ofrece ejemplos de constancia, laboriosidad y vigor
intelectual incomparables, obras como su versión completa del Dante, sus
estudios lingüísticos y los frutos menores de sus descansos y vagares.
Esos ejemplos son honra para el continente y deben
parecer cosas extrañas para el europeo—con justicia prevenido desde antaño
contra nuestro modo de ser moral y nuestra cultura—que mira realizar tamañas
empresas y brillar intelectualmente a varones semejantes en el país de los
sargentones y de los rastas—virgen del mundo, ¡América inocente!
Y noble y trascendental lección da el traductor
americano de la Divina Comedia a la generación que hoy se
levanta en su patria, al ruido de tanto tráfico comercial y tanta agitación
política y tanto y tan funesto olvido del espíritu. Bien habló a ese respecto
en estas columnas el Dr. Maguasa.
Todos los intelectuales se quejan del actual
decaimiento.
La mayor satisfacción para un hombre de letras—por
no decir la única—es que sus producciones sean discutidas, criticadas y leídas.
No ha mucho hemos visto a nuestro general Mitre, al
pie de una enorme, formidable montaña, a cuya cima se asciende por escalones de
granito de hierro, de oro, de diamante, de desconocidos metales[143] astrales: la montaña dantesca. Al poner el pie
en el primer escalón: Nel mezzo del Cammin... alzó la vista a la
altura y llenóle de temor la emprendida ascensión; más lejos, vió llameante el
infierno en donde pensó quedarse como traductor si le alcanzaba la
condenación que acompaña a los traductores infieles: «traduttore traditore»;
más allá los prodigios del purgatorio; en la cumbre la gloria divina, la
inmortal aurora del Paraíso. Y poseido de la fe en el arte y en su poeta,
siguió hacia arriba, escalón por escalón, terceto por terceto, hasta poder
escribir ya en la cima después de esfuerzos admirables, el verso ansiado de la
coronación de la obra. El amor que al sol mueve y las estrellas. Después
de todo, ¿quién sabe si refresca y halaga más a esa frente marcada por la
guerra, el fresco y verde laurel de los poetas que las coronas ganadas en las
luchas tribunicias, o las palmas de las batallas?
EL AMIGO AZAROFF
engo un amigo que se llama Azaroff. Es
estudiante; vivía en un cuartillo estrecho y barato del barrio. ¿Es nihilista?
No lo sé. Lo sospecho. Lo conocí en una conferencia de Mecislas Galberg, una
noche, en el café Voltaire. Es un hermoso gigante rubio, de frente pensadora,
ojos dulces, brazos fuertes, largos cabellos. Escribe sobre filosofía y sobre
poesía y hace versos en su idioma. Es silencioso; mas en horas de amistad y de
expansión mental se desborda en un francés puro—le conoce admirablemente—y ese
eslavo, ese bárbaro parece un ardiente latino. ¡Cuántas noches hemos hablado de
altas cosas, de nobles asuntos, recorriendo las orillas del moroso Sena! Ha
sido amigo de Gorki y me ha contado curiosas anécdotas de la vida de ese
sincero y grande escritor. ¿He dicho yo que Azaroff es muy pobre? Con un
escasísimo puñado de rublos que recibe mensualmente de un pariente moscovita,
logra todavía «proteger» a dos[146] compañeros. Uno
de ellos es una joven que estudia medicina y que es de una belleza soberbia e
imponente. Ahora, sabed bien esto que parece extraordinario a mi sangre
meridional y a mi idea de la existencia: Azaroff no tiene el menor interés
sensual ni sentimental con esa cuerda y admirable amiga. Ella no le ama; él no
la ama. Se quieren y se cuidan como dos camaradas buenos. Ella le hace el menage,
le zurce la ropa; le pega el botón que le falta; le va a buscar las patatas
fritas; le calienta el samovar. Él le lleva flores y libros usados de los quais.
Leen juntos sus novelitas y sus poetas; van al concierto el domingo; una que
otra vez al teatro. Después se separan con un cordial apretón de manos. Y él es
para mí maravilloso así; y ella es honrada, como lo pueden asegurar sus
vestidos más que humildes y sus zapatos gastados. ¡Con ese par de ojos, con esa
tez de rosa fresca con ese cuerpo y en este París!
Esta mañana vino Azaroff a verme, muy temprano. Su
visita era visita de despedida.—«Me voy me dijo, me voy en el tren de esta
noche». Blandía un diario. Tenía en los ojos, suaves y azules relámpagos. Jamás
le vi así. Recorría la habitación movido por sus nervios en tempestad.
Comprendí lo que pasaba en su espíritu.—«Las noticias de su tierra... ¿no es
así, mi querido amigo?»
—«Sí—me contestó con una voz que yo no le
conocía.—¡Sí, por fin despierta Rusia, por fin despierta de un profundo sueño
de siglos!»
Las noticias: el pueblo por primera vez alzando su
voz de protesta; el Zar ignorante y como acorralado en su palacio titubeando
entre la oleada de afuera y la opresión de adentro; la sangre sobre la nieve en
plena capital autocrática; las tropas peleando y lanceando a la muchedumbre; un
pope que lleva la voz de los que protestan y a su lado la simpatía de toda la
tierra; el comienzo de una tragedia que será la repetición histórica de la gran
tragedia francesa de la Revolución; así el paisano ruso no está a la altura del
paisano de Francia, ni la monarquía del autócrata de San Petersburgo está en
iguales condiciones que la elegante y culta monarquía que tenía por flor
suprema el libro llamado María Antonieta, el evangelismo tolstoiano
de Yasnaia Poliana transformándose en la acción violenta y la represalia, el
«padrecito» convertido en verdugo de su pueblo.
—«El padrecito convertido en verdugo de su pueblo,
quizá malgré lui»—dije a Azaroff.
—«Sacha, el padre de este «padrecito», fué
despedazado por la dinamita—me contestó.—El fenómeno que hoy presencia la
humanidad es el de la transformación de la protesta individual o de asociación,
en protesta colectiva y unánime, en el grito general del pueblo ruso. Se ha
cazado en las calles y sobre el Neva helado a las pobres gentes, como a patos.
No sabe lo que hace el Gobierno, no sabe lo que ha hecho. Las célebres
palabras: C'est une émeute?
—No, sire c'est une revolution! tiene
ahora una explicación justa. Se ha despertado a esa enorme Nación, en verdad,
de su sueño de siglos. Es cierto que, en el fondo de las estepas, hay una
pasividad casi de piedra y que se ignora todo; mas el Mujick mismo oirá estos
clamores, y la sangre tiene una elocuencia irresistible. Son los trabajadores
los que se levantan y son los intelectuales; y hay los creyentes y hay los que
no creen. Os aseguro: en el ejército mismo hay una buena parte que está con
nosotros.
Ha habido soldados, ha habido cosacos que han
arrojado sus fusiles para no tirar contra sus infelices hermanos. Hay quienes
opinan que es menos peligrosa para la Corona rusa la acción colectiva que la
acción individual, yo digo que una no quita otra, y que no impide la obra
revolucionaria el gesto anárquico y vengador de un Sasonoff. Hay quienes
también censuran la oportunidad del movimiento, y dicen que no es de quienes
buscan el bien de la patria el levantarse cuando el extranjero enemigo está
venciendo al ejército nacional allá en Manchuria... A Manchuria debían haber
ido a disparar sus rifles los asesinos de obreros, de mujeres y de viejos y de
niños; a Manchuria debían haber ido a mostrarse valientes, y no contra los
trabajadores desarmados que no han ido sino a pedir justicia; que no han
solicitado más que ver al emperador, el cual ha evitado la entrevista por mal
aconsejado o por miedoso, a pesar de la tranquila actitud[149] popular
y de las advertencias del bravo pope Gapon.»
Azaroff fumaba, y sus palabras, indignadas, salían
envueltas en humo.
—Ya veréis—continuó—cómo renace en un momento la
energía de los indomables de antaño. Se dice que el Gobierno sabrá reprimir el
movimiento. Sin embargo, el explosivo va, como el grisú, por lo subterráneo. Se
agitará el pueblo en Varsovia, en Riga, en todas partes; los Centros
revolucionarios que trabajan en el extranjero activan su labor. No será
extraño, y será casi seguro, que los atentados aislados del nihilismo empiecen
de nuevo. ¡Ah, pobre gigante ruso! ¡Por un lado, se hace destrozar por los
hábiles japoneses, que ellos sí, a pesar de ser el Mikado descendiente de
Dioses y a pesar de haber sido hasta ayer un pueblo bárbaro, tienen
Constitución, tienen leyes que reglamentan el trabajo, tienen libertad de la
Prensa, y por otro, se hace fusilar por los seides de la más absurda tiranía en
pleno siglo xx!
¡Y esa riqueza, y ese robo, y ese peculado de
arriba ante la miseria y los sufrimientos de abajo, y esa ignorancia y ese
fanatismo, provechoso a quien no solamente es el Monarca absoluto, sino también
el Papa, el jefe espiritual y sacrocesáreo de tantos millones de hombres! Y
esos grandes duques, borrachos, que vienen a hacer escándalo a casa de Maxim, a
los hoteles de la Riviera; esos aventureros haraganes, que desde que nacen
tienen[150] millonadas de rublos, honores,
consideraciones, respetos... ¿Cuántos de esos Vladimiros y Cirilos andan a la
cabeza de las tropas allí donde los infelices soldados están muriendo, sin
saber casi por qué, y a los que no se les da más consuelo que iconos y
bendiciones? La sangre derramada en la guerra y la de los obreros se juntan
para la conciencia rusa, que no ve más que una causa: la secular oligarquía,
que había de desaparecer al empuje de la Revolución rusa. Por más que murmuren
los incrédulos, ya se verá en todo el mundo el resplandor que brotará de la
ardiente hoguera de la Revolución rusa... Yo me voy; otros compañeros se van.
Vamos exponiendo la vida, pero hay que cumplir con su deber. Aquí, en París, en
otras partes de Europa, en los Estados Unidos, tenemos focos organizados, que
alentarán de diferentes guisas al impulso. No ha de pasar mucho tiempo sin que
grandes acontecimientos revelen a la Humanidad que el pueblo ruso no es un
pueblo muerto. Allá serán capaces de matar a unos cuantos directores; matarán a
Gorki, por ejemplo; pero hay muchos jacobinos que le reemplazarán. La protesta
activa se hará también notar en otras partes, sobre todo en donde la población
del Zar abunda, en donde somos los rusos de ideas libres vigilados y
perseguidos... Y luego, repito que en el pueblo de allá no hay tanta ignorancia
de lo que pasa. Los proverbios son, como sabéis, la sabiduría de las naciones.
Y los proverbios nuestros[151] dicen: «La Rusia es
grande y el Zar es ancho». «Si el Zar nos da un huevo, nos toma una gallina».
«La corona del Zar no le libra del dolor de cabeza». «Cuando el Zar muere, ni
un mujick quisiera cambiarse por él». «Una lágrima del Zar cuesta al país
muchos pañuelos». «Un Zar bien gordo no pesa más en las espaldas de la muerte
que un mujick flaco». «La mano del Zar no tiene más que cinco dedos, como las
otras». «El Zar mismo no puede apagar con su soplo el sol».
—¡Adiós!—me dijo Azaroff.—¡Quién sabe si volveremos
a vernos!
—¡Adiós, Azaroff, amigo mío, puesto que vas a tu
tierra a trabajar por la libertad de tu pueblo inmenso!
Luego he visto a su amiga, la hermosa estudianta.
Le hablé del compañero que partía, y vi en su rostro admirable, en el gesto de
sus frescos labios, en lo hondo de sus brillantes ojos, más orgullo que pesar.
—Qué, ¿no hay amor?—le pregunté.
—¡Sobre el amor—me dijo—está la libertad!
ONOFROFFISMO
La comedia psíquica
eñor director de La Nación: Misterium ha
conversado conmigo sobre el artículo que hoy ha publicado en estas mismas
columnas el señor Raoul Morlais. Me ha dicho asimismo que puedo comunicar a
usted su respuesta.
Misterium ha conocido a madame Blavatsky por las
propias obras de ella, por la biografía que escribió la hermana, y por los
apologistas del Lucifer, sin contar con el ferviente y apasionado
libro de Sinnet, en que se trata de la renombrada y extraordinaria taumaturga.
Pero también ha leído—¡ay, desgraciadamente para su
credulidad de poeta, y amigo de lo supra-terrestre!—los escritos de algunos
señores que no son teósofos ni poetas, entre los cuales señores Andew Lang y
Max Müller.
No es Misterium, por cierto, adorador
de la ciencia;[154] pero protestando y todo, a
pesar de la sonada reciente bancarrota, se deja aplastar por el carro de
Jagernant.
Antes—y ahora, cuando no sale del recinto de sus
sueños—creía en una madame Blavatsky completamente maga; una madame Blavatsky
que conversaba a millones de leguas con sus amigos y maestros, los mahatmas del
Tibet; una madame Blavatsky que hacía materia—, y la más
preciosa: oro. Imaginábasela rodeada de sus elementales, como una reina de
cuento azul de gnomos.
Quiso ser teósofo, y se dió a estudiar libros y
revistas especiales, que tenían en las carátulas cabezas de Gistos sobre
estrellas enormes, o frases en hebreo, o misteriosos paragramas. Pronunció
muchísimas veces con la unción de un digno catecúmeno, la sagrada y mágica
palabra um; y tan a pechos tomó la lectura de autores esotéricos,
que, poco más, y le sucede lo que le sucedió al reverendo padre Valdecebro.
Cuando más vigorosamente se entusiasmaba y juraba
por el coronel Olcott, bravísimo profeta de madame Blavatsky, y afianzaba más
su fe al conocer como sabios de la talla de Crookes, presentaban a Katy King,
encantadora difunta, como si fuese una señorita viva; y como la sociedad
teosófica aumentaba sus numerosos adeptos, hindús, ingleses, yankees, franceses
y españoles, cayeron en sus manos los escritos de los antiteosofistas.
Mucho tuvo que luchar Misterium para
no dejarse[155] arrebatar su ilusión, que juzgaba
verdadero tesoro.
Calificó de envidiosos y de cobardes a los que se
atrevían a llamar vulgar espía político a la Papisa budhista, y, sobre todo, a
negarla su potencia maravillosa.
Asistió todavía en espíritu al baile blanco que dió
la duquesa de Pomar a la persona astral de María Estuardo, y se refugió en su
ensueño para librarse de los mandatos de la ciencia oficial.
Mas hasta allí persiguiéronle los horribles hombres
científicos, los cuales fueron los primeros en pronunciar las palabras que han
llamado la atención del Sr. Morlais: «Monstruoso charlatanismo».
El Sr. De Morlais debe conocer la campaña
emprendida contra madame Blaratsky y la doctrina que propagaba, sobre todo, con
motivo de sus milagros y manifestaciones taumatúrgicas.
Mucho han defendido sus discípulos y apóstoles, a
la innegablemente simpática e inteligentísima rusa, la cual obtuvo su
maravillosa ciencia por don especial, pues sin haber frecuentado los libros,
sabía tanto como muchos sabios.
Mas sus contrarios no cesan, a pesar de haber ella
muerto; el número y calidad de ellos, sobre todo la calidad, son abrumadores.
¿Quiere el Sr. De Morlais una prueba recientísima?
Abra el último número llegado—número de febrero—de
la North American Review, y lea las páginas escritas por Sedwidg
Minot sobre «La comedia psíquica». La fuente no es, por cierto, de escasa o
sospechosa autoridad.
Se ocupa el escritor en dinamitar esos dos Palacios
de Las mil y una noches, que basados en una poética ciencia—¡cómo
se entrechocan esas palabras!—son consoladoras y amables academias, para el
alma y para la poesía: la Sociedad Teosófica y la Sociedad
Psíquica.
Sus ideas son claras y fuertes, y sus frases sin
penachos.
¿Cuál es la causa de los recientes entusiasmos
hiperespirituales? Según él, está en nuestra atmósfera mental. Algunas personas
están satisfechas con el ideal cristiano y con la cristiana aceptación de los
límites de la humana vida.
Su objeto es demostrar que la Theosophical Society,
no merece una seria consideración, y que la Psychical Society, no observa las
necesarias condiciones de investigación científica en sus rebuscas sobre
transmisión de pensamiento—telepatía—y fantasmas, o aparecidos.
«Hay un buen número de gentes que creen en las
extraordinarias doctrinas conocidas por budhismo exotérico, hacia el cual Mr.
Sinnet, fué el primero en llamar la atención del público lector». El poder
maravilloso de la Papisa está descrito y testificado en el Occult Nord de
Sinnet.
Sedwidg se permite calificar irreverentemente ese
poder de «a series of magical performance by a clever woman who called herself
madame Blavastky!» El hecho más extraordinario, fué que habiéndose roto una
taza, en un pic-nic, al que concurría dicha señora, ordenó ésta cavar en cierto
punto del campo, en donde fué encontrada otra taza igual, la cual fué creada por
ocultas y mágicas influencias.
Sedwigd pasa muy rápidamente sobre la parte
biográfica de la fundadora de la Sociedad Teosófica: su origen ruso, su
nacimiento en 1831; su carácter—¿soportará el señor de Morlais?:«—she appears
to have been a singullary ill-natured, bad-tempered, injust, unreasonable, and,
selfish person». Confesábase ella misma dotada de sobrenaturales virtudes y
potencias;—su viaje, por fin, a los Estados Unidos, en 1873, donde escribió
su Iesis unveiled. Allí encontró al Coronel Olcott—, «a worthy but
seemingly credulons gentleman»—que fué su principal ayudante para el
establecimiento de su sociedad.
Siendo la India cuna de la sabiduría esotérica, y
en donde madame Blavastky fué principalmente iniciada, la cabeza, la sede
teosófica, se trasladó a la India.
Ya establecida allá, «la profetisa» convirtió a
muchos, entre ellos, quien sería más tarde uno de sus más sonantes trompeteros:
Sinnet. Sinnet, iniciado, logró también la comunicación de los mahatmas.[158] Los mahatmas son seres extraños, dominadores de
las fuerzas ocultas de la naturaleza. Pueden hacer caer fresca, en un salón de
Buenos Aires, una rosa que acaba de abrirse en París o en Calcuta. Escriben
cartas mágicamente, conversan a miles de leguas de distancia, viven cientos de
años, tienen ojos misteriosos, fascinadores y profundos. Así los pintan.
En las naciones occidentales, dice Sedwig, y
especialmente en los Estados Unidos, han encontrado buen terreno el
espiritismo, la clarovidencia, el mesmerismo.
Paul Bourget acaba de darnos en su Ultramar excelentes
páginas respecto al espiritualismo yankee.
Las mujeres americanas están más expuestas al
contagio.
La superioridad absoluta de las ciencias ocultas de
Oriente sobre la ciencia occidental—de que habla uno de los interlocutores del
diálogo La esfinge, de Misterium—, está predicada en el Esoteric
Buddhism de Sinnett. Esto es causa de que en las obras teosóficas haya
afirmaciones que contradicen abiertamente la ciencia oficial. Por ejemplo,
afírmase que antes, en tiempos inmemoriables, existía un gran Continente en el
lugar que hoy llena el Océano Atlántico. Los geólogos han considerado la
hipótesis, pero la han positivamente rechazado. No obstante, Sinnet escribe:
«La ciencia ha aceptado, por fin, la existencia del gran Continente, etc.»
«Again he asserts that the vegetable precedes the
animal in the process of development, but it is not true. It is true
that Mr. Sinnet and his Mahatma are both gloriously ignorant of the elementary
truth of nature science.»
La boga adquirida por la obra de Sinnet se debió,
según Sedwidg, a que la mayor parte de sus lectores estaban poco familiarizados
con las ciencias naturales.
Luego aparecieron los terribles demoledores. Entre
ellos, el más implacable: «The most cruel blow to esoteric Budhism.» Mr.
Richard Hodgson talentoso y concienzudo investigador.
Hodgson fué el centro teosófico principal para
estudiar los fenómenos; fué a la India. Conoció al desde entonces nombrado
Coulomb y su mujer; presenció uno de los fenómenos más importantes y
estupendos: «el de las cartas enviadas mágicamente por desintegración;
vió colocar en el misterioso gabinetito llamado shrine las
cartas que debieran desintegrarse. El shrine fué entonces
cerrado; las cartas se desintegraron, y aparecieron las respectivas
contestaciones.»
Los discípulos creían y creen que las cartas eran
quitadas por desintegración, por el poder mágico del oculto introductor o
mahatma.
«Vivía éste, asegurábase, en el Tibet, y las
contestaciones eran compuestas por él, desintegradas en el Tibet y reintegradas
en el Shrine.»
Mr. Hodgson descubrió que el Shrine tenía una[160] falsa entrada, que se comunicaba con el
dormitorio de madame Blavastky...
Las cartas que se creían obra del mahatma, eran
escritas por ella. De un lado del Shrine había credulidad, del otro fraude.
Después apareció el célebre Molinis, uno de los
principales actores de la Comedia Psíquica. Pero todo el honor a la
señora «Madame Blavastky was certainly one of the most successful of
impostors.»
Y luego: «Madame Blavastky and other charlatans».
Oh, el desolado Misterium no
perdona, como el señor de Morlais, seguramente, tamaños epítetos dirigidos a
una sacerdotisa del Misterio; mas los hombres de la ciencia no respetan los
hermosos sueños ni los poéticos entusiasmos.
Misterium escribió, pues, sustentada en algo más que en
una revista de Papús.
Y me ha encargado manifestar al señor de Morlais,
junto con su agradecimiento por sus palabras lisonjeras, el deseo que nunca
tenga que lamentar la pérdida de sus ilusiones teosóficas.
Creer en algo: he ahí una riqueza.
Ah, es doloroso tener que convencerse de que madame
Blavastky no haya podido prolongar su vida quinientos años; que Papús haga
negocios con sus facultades mágicas; que Peladan esté en continua berlina, y
que Onofroff, el grande y culto Onofroff, tenga que sufrir muy pronto la misma
suerte, el mismo triste olvido que la serpentina, el hombre descuartizado
y La Verbena de la Paloma.
JOSÉ ENRIQUE RODÓ
l oficio de pensar es de los más graves y
peligrosos sobre la faz de la tierra, bajo la bóveda del cielo. Es como el del
aeronauta, el del marino y el del minero. Ir muy lejos explorando, muy arriba o
muy abajo, mantiene alrededor la continua amenaza del vértigo, del naufragio o
del aplastamiento. Así, la principal condición del pensador es la serenidad.
En la América nuestra no hemos tenido casi
pensadores; no ha habido tiempo. Todo ha sido fecundidad verbal, más o menos
feliz, declamación sibilina, «pastiche» oratoria, expansión, panfleto. Con
dificultad se encontrará en toda la historia de nuestro desarrollo intelectual
este producto de otras civilizaciones: el ensayista.
José Enrique Rodó es el pensador de nuestros nuevos
tiempos, y, para buscar siempre el parangón en el otro plato de la balanza
americana, diré que corresponde a Emerson. Es el Emerson latino cuya serenidad
viene de Grecia, y cuya oración[162] dominical es
la salutación a Palas Atenea, la plegaria ante la Acrópolis. Y advertid que, a
pesar de lo que se afirme y comente, Rodó no es un renaniano, en el sentido que
en el común dialecto literario se da a esta palabra. Su tranquila visión está
llena de profundidad. El cristal de su oración arrastra arenas de oro de las
más diversas filosofías, y más encontraréis en él, del más optimista de los
ensayistas, que del gordo cura laico biógrafo de nuestro Señor Jesucristo,
abate de Jouarre in partibus infidelium.
Desde sus comienzos, la obra de Rodó se concreta en
ideas, en ideas decoradas con pulcritud por la gracia dignamente seductora de
un estilo de alabastros y mármoles. Solamente que él pigmalioniza, y el temor
de imposibilidad de frialdad desaparece cuando se ve la piedra cincelada que se
anima, la estatua que canta. Nació con vocación de belleza y enseñanza.
Enseñanza, es decir, conducción de almas. A tal pedagogía es a la que se
refiere el Dante en un verso referente a Virgilio. Cuando apareció su primer opúsculo,
«Vida Nueva», se vió el surgir de un maestro en su generación, en la generación
continental. Su segundo opúsculo sobre el autor de «Prosas Profanas», o mejor
dicho, sobre este libro de poesías, lo afirmo virtuoso de la prosa de la
erudición elegante, y en la última parte de su trabajo, profeta. Altas y
generosas especulaciones le ocuparon, y «Ariel» señala un nuevo triunfo de su
espíritu y una nueva conquista[163] de sus
predicaciones, por la hermosura de la existencia, por la elevación de los intelectos
hispano-americanos, por el culto nunca desfalleciente ni claudicante del más
puro y alentador de los ideales. Definíase más y más su personalidad, y se
hubiera dicho un filósofo platónico de la flor del paganismo antiguo,
resucitado en tierras americanas. Y tuvo el más bello de sus gestos cuando
llevado a las controversias de la Prensa y a las agitaciones de la cámara por
los caprichos de la política, el adorador de los dioses de la Hélade salió a la
defensa de nuestro pálido Dios Cristiano, desterrado allá como en Francia, de
los lugares de la Justicia, por obra de la roja cosa jacobina.
Por último, aparece su obra magna hasta hoy, esos
«Motivos de Proteo», aires mentales, sinfonías de ideas que llevan dentro tanta
virtud bienhechora, libro que ha sido acogido en todas partes con entusiasmo y
con razonada admiración. Es un libro fragmentario, ¡pero cuan lleno de riqueza!
Fragmentario ocasional o decididamente. Ello hace que su prosecución sea
indefinida, y que el encanto y el provecho se prolonguen en la esperanza
después de cada aporte. El tesoro está allí. Cada vez que Aladino baje, estemos
atentos.
R. D.
ÍNDICE
|
|
Páginas |
|
El sillón de Leconte de L'Isle.—La Juventud y la Academia. Lo que dijo
Charles Morice. Verlaine y Zola. |
|
|
El pensamiento italiano.—Teatro, poesía y novela. La «enquête» de
Hugo Ojetti. La opinión de los «Chêrmaitre». |
|
|
Giovanni Ruffini. |
|
|
Marco Aurelio Soto.—El ex-Presidente de Honduras, muerto en la
guerra de Cuba. |
|
|
Notas españolas. |
|
|
Una carta de Rachilde. |
|
|
Noches del Victoria.—Temporada Vitaliani. «La Signora delle
Camelie». |
|
|
Temporada Vitaliani.—1. «Il viaggio dei
Berluron». 2. Reprise de «La Signora delle Camelie». |
|
|
Temporada Vitaliani.—Estreno: «La figlia di
Jefte», por Felice Cavalloti. «Niobe», por los hermanos Henry y C. A.
Paulton. |
|
|
Esas Repúblicas.—José María Mayorga Rivas. Una víctima de
la guerra entre Nicaragua y Honduras. |
|
|
[166]Charles A. Dana. |
|
|
Recuerdos de la Habana.—El general Lachambre. |
|
|
Libros nuevos. |
|
|
El divorcio de Jeannette.—Affaire Daudet-Hugo. |
|
|
A José Miró (Julián Martel).—El día de su muerte, 10 de diciembre de
1896. |
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Fiestas primaverales.—Una dalia. |
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Fiestas primaverales.—Los poetas y las
flores. (Continuación). |
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Nansen. |
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La fiesta de Francia. |
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Carlos Ezeta, en Monte-Carlo.—Epílogo de la «Historia Negra». |
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Horacinas. |
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El amigo Azaroff. |
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Onofroffismo.—La comedia psíquica. |
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José Enrique Rodó. |
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
APARTADO 502, MADRID
CATÁLOGO PROVISIONAL
(EXTRACTO DEL CATÁLOGO GENERAL)
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OBRAS COMPLETAS |
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DE RICARDO DE LEÓN |
Pesetas. |
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Edición del Banco de España. Ocho volúmenes
en 4.º, encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut Valera y retrato del
autor, por Vacqué. |
50,00 |
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A plazos (5 pesetas mensuales) |
60,00 |
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DE FRANCISCO VILLAESPESA |
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I.—Intimidades.—Flores de Almendro. |
3,00 |
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II.—Luchas.—Confidencias. |
3,00 |
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III.—La copa del Rey de Thule.—La musa
enferma. |
3,00 |
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IV.—El alto de los Bohemios.—Rapsodias. |
3,00 |
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V.—Las horas que pasan (Veladas de amor). |
3,00 |
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VI.—Las joyas de Margarita: Breviario de
amor.—La tela de Penélope.—El milagro del vaso de agua. |
3,00 |
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|
VII.—Doña María de Padilla.—La cena de los
cardenales. |
3,00 |
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VIII.—El milagro de las
rosas.—Resurrección.—Amigas viejas. |
3,00 |
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IX.—Las granadas de rubíes.—Las pupilas de
Almotadid.—Las garras de la pantera.—El último Abderramán. |
3,00 |
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X.—Tristitiae rerum. |
3,00 |
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XI.—La leona de Castilla.—En el desierto. |
3,00 |
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XII.—El rey Galaor.—El triunfo del amor. |
3,00[170] |
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DE RUBÉN DARÍO |
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Tomos publicados: |
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I.—La caravana pasa. |
3,50 |
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II.—Prosas profanas. |
3,50 |
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III.—Tierras solares. |
3,50 |
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IV.—Azul. |
3,50 |
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V.—Parisiana. |
3,50 |
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VI.—Los raros. |
3,50 |
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VII.—Cantos de vida y esperanza. |
3,50 |
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VIII.—Letras. |
3,50 |
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IX.—Canto a la Argentina. |
3,50 |
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X.—Opiniones. |
3,50 |
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XI.—Poema del otoño y otros poemas. |
3,50 |
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XII.—Peregrinaciones. |
3,50 |
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XIII.—Prosas políticas. |
3,50 |
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XIV.—Cuentos y crónicas. |
3,50 |
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XV.—Autobiografía. |
3,50 |
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XVI.—El Canto Errante. |
3,50 |
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XVII.—Viaje a Nicaragua e Historia de mis
libros. |
3,50 |
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|
XVIII.—Todo al vuelo. |
3,50 |
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XIX.—España Contemporánea. |
3,50 |
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XX.—Prosa dispersa. |
3,50 |
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XXI.—Lira póstuma. |
3,50 |
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XXII.—Cabezas. |
3,50 |
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|
Ediciones especiales de lujo, con
decoraciones a mano de Enrique Ochoa. |
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HENRIK IBSEN |
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I.—Catilina. La tumba del guerrero. La
castellana de Ostrat. |
3,50 |
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II.—La fiesta de Solhaug. Olaf Liliekrans.
Los guerreros en Helgeland. |
3,50 |
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III.—Los pretendientes a la corona y la
comedia del amor. |
3,50[171] |
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IV.—Brand. |
3,50 |
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V.—Peer Gynt. |
3,50 |
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VI.—La unión de la juventud. Las columnas
de la sociedad. La casa de una muñeca. |
3,50 |
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VII.—Emperador y Galileo. |
3,50 |
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VIII.—Espectros. Un enemigo del pueblo. El
pato silvestre. |
3,50 |
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IX.—La casa de Rosnier. La dama del mar.
Hedda Gabler. |
3,50 |
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X.—El constructor Soiness. El niño Eyoit.
Al despertar de nuestra muerte. |
3,50 |
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|
En preparación obras completas de José
Turroll. |
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JOSÉ FRANCÉS |
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El año artístico 1915. |
6,00 |
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» »
» tela. |
8,00 |
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El año artístico 1916 (con 250 grabados). |
10,00 |
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» »
» » » tela. |
12,00 |
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|
El año artístico 1917 (con 250 grabados). |
11,50 |
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» »
» » » tela. |
13,00 |
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|
El año artístico 1918 (con 250 grabados). |
11,50 |
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» »
» » » tela. |
13,00 |
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|
COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES |
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NOVELAS |
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Edmundo González Blanco.—Jesús de Nazareth. |
3,00 |
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José Francés. |
—La estatua de carne. |
3,00 |
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|
—El alma viajera. |
3,50 |
|
López de Sáa. |
—Los indianos vuelven. |
3,50 |
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|
—Bruja de amor. |
3,50 |
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|
—Por un milagro de amor. |
3,50 |
|
W. Fernández Flórez.—La procesión de los días. |
3,00 |
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|
Elías Cerdá.—Don Quijote en la guerra.[172] |
2,00 |
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V. García Martí.—Don Severo Carvallo. |
2,50 |
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María Luisa Latil. |
—Según labremos. |
3,00 |
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|
—Genoveva. |
2,50 |
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Eugenio Noel.—El allegretto de la Sinfonía VII. |
3,00 |
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|
Rafael Cansinos-Asséns.—Las cuatro gracias. |
3,50 |
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Francisco Delicado.—La lozana andaluza. |
3,00 |
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J. de Lucas Acevedo.—La Caja de Pandora. |
3,00 |
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|
Martín de la Cámara.—Vidas llameantes. |
3,00 |
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|
Mañara.—Historia en camisa. |
3,00 |
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ESTUDIOS Y CRÓNICAS |
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|
Emiliano Ramírez Ángel.—Bombilla-Sol-Ventas. |
3,00 |
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J. M. Carretero.—Lo que sé por mí (dos series). |
3,00 |
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|
J. Costa.—Alemania contra España. |
3,00 |
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|
Pedro Pellicena.—Los Cosacos. |
3,50 |
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|
Margarita de la Torre.—Jardín de damas curiosas. |
3,50 |
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|
Fola Igurbide.—El Actor. |
3,50 |
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|
Alberto Ghiraldo.—Los nuevos caminos. |
3,50 |
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|
Enciso.—El soneto en España. |
3,00 |
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|
POESÍAS |
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|
José Montero.—Yelmo florido (con ilustraciones). |
4,00 |
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|
Zurita.—Pícaros y donosos. |
3,00 |
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|
Mauricio Bacarisse.—El esfuerzo. |
3,00 |
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|
Eliodoro Puche. |
—Libro de los elogios galantes y de los
crepúsculos de otoño. |
2,50 |
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|
—Corazón de la noche. |
2,50 |
|
|
—Motivos líricos. |
2,50 |
|
Emilio Carrère.—El retablo de los poetas (Antología). |
3,50 |
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|
TEATRO |
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|
Muñoz Seca y López Núñez.—El Rayo. |
3,00 |
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|
H. Ibsen. |
—Dramas líricos. |
2,00 |
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|
—La castellana de Ostrat. |
2,00 |
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|
—Espectros. |
2,00[173] |
|
LAS GRANDES FIGURAS DE LA GUERRA EUROPEA |
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|
Biografías de los generales: Alberto
I de Bélgica.—Joffre.—Sir John French.—Lord Kirchener. Con
preciosas fototipias, a. |
3,00 |
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|
COLECCIÓN DE AUTORES EXTRANJEROS |
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|
Traducidas por Felipe Trigo, Rafael
Cansinos y Pedro de Répide. |
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|
Victoriano de Saussay.—La ciencia del beso. |
3,50 |
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René Emery.—Santa María Magdalena. |
3,50 |
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|
Maquiavelo.—Obras festivas: La Mandrágora.—El P.
Alberico.—La Celestina.—El archidiablo Belfegor. |
3,00 |
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|
Claudia Lemaitre.—Juegos de Damas. |
3,50 |
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|
CELEBRIDADES ESPAÑOLAS |
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|
I.—Bécquer. |
(encuadernados en tela) |
3,50 |
|
II.—Zorrilla. |
(ídem) |
3,50 |
|
III.—Espronceda. |
(ídem) |
3,50 |
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COLECCIÓN SELECTA |
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Tomás de Quincey.—Los últimos días de Kant. |
1,00 |
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Kalidasa.—El reconocimiento de Sakuntala. |
1,00 |
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|
Rousseau.—Discurso sobre las artes y las ciencias. |
1,00 |
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Luciano de Samosata.—La diosa de Siria. |
1,00 |
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|
L. Sterne.—Viaje sentimental de un inglés a Francia. |
1,00 |
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|
F. Alvarado.—El filósofo rancio. (Cartas) |
1,50[174] |
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COLECCIÓN CIENCIA Y ARTE |
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Ricardo Yesares. |
—¿Qué quieres aprender? Electricidad.
(Encuadernado en tela). |
3,50 |
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|
—¿Qué quieres ser? Automovilista.
(Encuadernado en tela). |
3,50 |
|
OBRAS VARIAS |
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|
Stendhal.—Del amor. |
6,00 |
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|
E. M. Segovia (Oficial del Banco de España).—Los
documentos de crédito. |
5,00 |
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|
Rivero.—Legislación de clases pasivas. (Volumen de
500 páginas, encuadernado en tela). |
10,00 |
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|
R. Yesares.—Ayuda memoria del mecánico electricista.
(Un volumen, encuadernado en tela). |
1,50 |
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|
LIBROS DE CARTAS |
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|
|
El arte de escribir cartas. |
1,00 |
|
|
Manual epistolar (encuadernado en tela). |
2,00 |
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|
Cartas amorosas. |
0,60 |
|
|
Epistolario de amor (encuadernado). |
2,00 |
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COLECCIONES POPULARES |
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|
COLECCIÓN «MAC-BULL» |
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|
Obras sensacionales, originales del
conocido escritor señor Bedoya, cuya maestría en esta literatura
es universal: |
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|
El millonario detective. |
1,50 |
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|
El secreto del Kaiser. |
1,50 |
|
|
La bola de sangre. |
2,00 |
|
|
El alma de las brujas. |
2,00 |
|
ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN MADRID, EN LA
TIPOGRAFÍA YAGÜES EL DÍA X DE ABRIL DEL AÑO MCMXIX
End of the Project Gutenberg EBook of Prosa
Dispersa, by Rubén Darío
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PROSA
DISPERSA ***


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