© Libro N° 9741. Blagdaross. Dunsany, Lord. Emancipación. Marzo 26
de 2022.
Título original: © Blagdaross. Lord Dunsany (1878-1957)
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Original: © Blagdaross. Lord Dunsany
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Lord Dunsany
Blagdaross
Lord Dunsany
«BLAGDAROSS»:
LORD DUNSANY
RELATO Y
ANÁLISIS
Blagdaross (Blagdaross) es un relato fantástico del
escritor anglo-irlandés Lord Dunsany (1878-1957), publicado originalmente en la
edición del 16 de mayo de 1908 del periódico Saturday Review, y luego reeditado
en la antología de 1910: Cuentos de un soñador (A Dreamer's Tales).
Blagdaross, uno de los mejores cuentos de Lord
Dunsany, relata la historia de un caballito de madera descartado por sus
dueños. En el exilio, presumiblemente un basurero, Blagdaross recuerda sus
antiguas hazañas; es decir, los nombres y las batallas que compartió con los
niños que jugaron con él.
Sobre su lomo de madera cabalgaron los sueños y las
aventuras imaginarias de aquellos niños que pagaron el tributo a la madurez
olvidándose del placer de jugar. Ahora, Blagdaross recuerda sus días de gloria,
la forma en la que interpretó el papel de los caballos más fuertes y nobles de
la historia. No obstante, abandonado en un lóbrego descampado, rodeado por la
vida efímera de aquellos objetos que alguna vez fueron importantes, este
caballito de madera se volverá a encontrar con su verdadera esencia, el alma,
quizá, que agita el alma de los juguetes.
BLAGDAROSS
Lord Dunsany (1878-1957)
En un campo de las afueras de la ciudad sembrado de
ladrillos caía el crepúsculo. Una o dos estrellas aparecían sobre el humo, y en
ventanas distantes se encendían misteriosas luces. La quietud y la soledad se
hacían cada vez más profundas. Entonces, todas las cosas desechadas que callan
durante el día hallaron voces.
Un viejo corcho habló primero. Dijo: Crecí en los
bosques de Andalucía, mas nunca escuché los perezosos cantos de España. Crecí
fuerte a la luz del sol, aguardando por mi destino. Un día los mercaderes
llegaron y nos arrancaron; por la costa, apilados, a lomo de asno, nos llevaron
a una ciudad orillas del mar, donde me dieron forma. Un día me enviaron al
Norte, a Provenza, y allí cumplí mi destino. Porque me pusieron de guarda sobre
el vino hirviente, y durante veinte años permanecí centinela fiel. Durante los
primeros años, el vino que guardaba durmió en la botella soñando con Provenza;
mas al transcurso del tiempo fue tomando fuerza, hasta que por fin, cuando
quiera que un hombre pasaba, el vino me empujaba con todo su poder, diciéndome:
—¡Déjame salir! ¡Déjame salir!
Y a cada año su vigor aumentaba y acentuaba el vino
su clamor siempre que el hombre pasaba; pero nunca logró arrojarme de mi lugar.
Pero luego de haberle contenido poderosamente durante veinte años, le trajeron
al banquete y me quitaron de mi puesto, y el vino saltó bullicioso y corrió por
las venas de los hombres, y exaltó sus almas hasta que se alzaron de sus
asientos y cantaron canciones provenzales. Pero a mí me arrojaron, a mí, que
había sido su centinela veinte años y que estaba aún tan fuerte y macizo como
cuando me pusieron de guarda. Ahora soy un despojo en una fría ciudad del
Norte, yo, que he conocido los cielos de Andalucía y guardado muchos años los
soles provenzales que arden en el corazón del vino regocijante.
Un fósforo incólume, que alguien había tirado,
habló en seguida:
—Yo soy un niño del Sol —dijo— y un enemigo de las
ciudades; hay en mi corazón cosas que no sospecháis. Soy hermano de Etna y
Strómboli; guardo en mi fuegos escondidos, que surgirán un día hermosos y
fuertes. No entraremos en la servidumbre de ningún hogar, ni moveremos máquinas
para nuestro alimento allí donde lo encontremos aquel día en que seamos
fuertes. Hay en mi corazón niños maravillosos, cuyos rostros han de ser mas
vivaces que el arco iris; firmarán pacto con el viento Norte y éste los
empujará adelante; todo será negro tras ellos y negro sobre ellos, y nada habrá
bello en el mundo sino ellos; se apoderarán de cuanto hay sobre la tierra y
ésta será suya, y nada los detendrá, sino nuestro viejo enemigo, el mar.
Luego habló una vieja tetera rota, y dijo:
—Soy la amiga de las ciudades. Me siento sobre el
hogar entre las esclavas, las pequeñas llamas que se alimentan de carbón.
Cuando las esclavas danzan tras las rejas, me siento en medio de la danza y
canto y alegro a mis amos. Y entono cantos sobre la molicie del gato, y sobre
la inquina que hay hacia él en el corazón del perro, y sobre el torpe andar del
niño, y sobre el arrobamiento del señor de la casa cuando cocemos buen té
moreno; y a veces, cuando la casa está muy Caliente y contentos el amo y las
esclavas, rechazo los vientos hostiles que soplan sobre el mundo.
Y habló después un trozo de vieja cuerda:
—Fui hecha en un lugar de condena, y condenados
tejieron mis fibras en un trabajo sin esperanza. La suciedad del odio se asentó
en mi corazón, y por esto jamás dejé libre nada una vez que lo hube sujetado.
He atado muchas cosas, implacable, por meses y años; porque acostumbraba a
entrar plegándome en los almacenes donde las grandes cajas yacen abiertas al
aire, y una de ellas se cerró de súbito y mi fuerza espantosa cayó sobre ella
como una maldición, y si sus tablas gemían cuando yo las estrechaba, o si pensando
en sus bosques crujían en la noche solitaria, yo las estrechaba todavía más,
porque vive en mi alma el pobre odio inútil de los que me tejieron en un lugar
de condena. Mas, a pesar de todas las cosas que había retenido con mi garra de
prisión, mi última obra fue libertar una. Estaba yo ociosa una noche en la
sombra, en el suelo del almacén. Nada se movía, y hasta dormía la arana. Hacia
media noche, una gran bandada de rumores ascendió de las planchas del suelo y
estremeció los techos. Un hombre vino hacia mí, solo. Y conforme se acercaba
reprochábale su alma, y vi que había una gran pugna entre el hombre y su alma,
porque su alma no quería dejarle y continuaba reprochándole. Entonces, el
hombre me vio y dijo: Esta, al fin, no me faltará. Cuando así le oí decir,
determiné que cualquier cosa a que me requiriese sería cumplida hasta el
límite. Y cuando formé este propósito en mi corazón impasible, me asió y se
subió a una caja vacía que debería atar a la mañana siguiente, y me enlazó por
un extremo a una negra viga; mas el nudo fue atado con descuido, porque su alma
estaba reprochándole de continuo y no le daba reposo. Después hizo una lazada
de mi otro cabo, y entonces el alma del hombre cesó de reprocharle y le gritó
jadeante y le suplicó que se pusiera en paz con ella y que nada hiciera de
súbito; mas el hombre prosiguó su trabajo y puso la lazada por su cabeza hasta
por debajo de la barba, y el alma gritó horriblemente.
Entonces, el hombre apartó la caja de un puntapié,
y al momento comprendí que mi fuerza no bastaba; mas recordé que él había
asegurado que no habría de faltarle, y puse todo el vigor de mi odio mugriento
en mis fibras y le sostuve con sólo el esfuerzo de la voluntad. Entonces, el
alma me gritó que soltara, pero yo dije:
—No; tú humillaste al hombre.
Me gritó que me soltase de la viga, y ya resbalaba,
porque sólo me sujetaba a ella por un nudo mal hecho; mas apreté con mi garra
de presa y dije de nuevo:
—Tú humillaste al hombre.
Y sofocadamente me dijo otras cosas, mas no
respondí; y al fin el alma que vejaba al hombre que en mí había confiado voló y
le dejó en paz. Jamás pude luego atar ninguna cosa, porque mis fibras quedaron
desgastadas, retorcidas, y aun mi implacable corazón habíase debilitado en la
lucha. Poco después me arrojaron aquí. Había cumplido mi trabajo.
Así hablaron entre sí, pero mientras asomaba sobre
ellos la forma de un viejo caballito de madera que se quejaba amargamente.
Dijo:
—Soy Blagdaross. Triste de mí que yazgo ahora como
un despojo entre estas dignas pero humildes criaturas. ¡Ay de aquellos días que
nos fueron robados y ay de Aquel Grande que fue mi dueño y mi alma, cuyo
espíritu se ha encogido y no puede saber más de mí, ni cabalgar por el mundo en
caballerescas empresas! Yo fui Bucéfalo, y él Alejandro, y ambos fuimos hasta
el Indo. Con él hallé los dragones cuando él era San Jorge, y fui el caballo de
Rolando en lucha por la cristiandad, y muchas veces Rocinante. Batallé en los
torneos y caminé errante en busca de aventuras, y encontré a Ulises y a los
héroes, y las mágicas fiestas. O ya tarde en la noche, antes de encenderse las
lámparas en el cuarto de los niños, montaba sobre mí bruscamente y galopábamos
a través del Africa. Allí cruzábamos en la noche tropicales selvas y pasábamos
oscuros ríos, que centelleaban con los ojos de los cocodrilos, y en donde
flotaban los hipopótamos corriente abajo, y misteriosos ganados surgían de
pronto en la oscuridad y furtivamente desaparecían. Y después de haber cruzado
la selva encendida por las luciérnagas, salíamos a la abierta llanura y
galopábamos por ella, y los flamencos escarlata volaban a nuestro lado por las
tierras de los reyes sombríos con coronas de oro sobre sus cabezas y cetros en
las manos, que salían de sus palacios para vernos pasar. Entonces revolvíame yo
súbitamente y el polvo se desprendía de mis cuatro herraduras cuando galopaba
hacia casa de nuevo y mi amo era llevado al lecho. Y al otro día montaba en
busca de extrañas tierras, hasta que llegábamos a una mágica fortaleza guardada
por hechiceros, y derribaba los dragones a la puerta, y siempre volvía con una
princesa más bella que el mar. Pero mi amo empezó a ensanchar de cuerpo y a
encogerse de alma y rara vez salía de aventuras. Al fin vio el oro y nunca más
volvió a cabalgarme, y a mí me arrojaron entre esta gentecilla
Pero mientras el caballito hablaba, dos niños se
escaparon, sin permiso de sus padres, de una casa situada en el confín y
cruzaron el descampado en busca de aventuras. Uno de ellos llevaba una escoba,
y al ver al caballito, nada dijo, pero rompió el astil de la escoba y lo ajustó
entre sus tirantes y su camisa, al costado izquierdo. Después montó en el
caballito y enarbolando el astil de la escoba, aguzado en la punta, gritó:
Saladino está en este desierto con todos sus secuaces; yo soy Corazón de León.
Luego dijo el otro niño:
—Déjame a mí también matar a Saladino.
Y Blagdaross, en su corazón de madera, que estaba
henchido con pensamientos de batalla, dijo:
—Aún soy Blagdaross.
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Lord Dunsany (1878-1957)


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