© Libro N° 9740. Bilenio. Ballard, J.G. Emancipación. Marzo 26
de 2022.
Título original: © Bilenio. J.G. Ballard
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BILENIO
J.G. Ballard
Bilenio
J.G. Ballard
DURANTE TODO EL DIA, y a menudo en las primeras
horas de la mañana, se oía el ruido de los pasos que subían y bajaban por la
escalera. El cubículo de Ward había sido instalado en un cuarto estrecho, en la
curva de la escalera entre el cuarto piso y el quinto, y las paredes de madera
terciada se doblaban y crujían con cada paso en las vigas de un ruinoso molino
de viento. En los tres últimos pisos de la vieja casa de vecindad vivían más de
cien personas, y a veces Ward se quedaba despierto hasta las dos o tres de la
mañana, tendido de espaldas en el catre, contando mecánicamente el número de
inquilinos que regresaban del estadio cinematográfico nocturno a tres cuadras
de distancia. A través de la ventana alcanzaba a oír unos largos fragmentos de
diálogo amplificado que resonaban sobre los techos. El estadio no estaba nunca
vacío. Durante el día la grúa alzaba el vasto cubo de la pantalla, despejando
el terreno donde se sucederían luego los partidos de fútbol y las competencias
deportivas. Para la gente que vivía alrededor del estadio el estruendo debía de
ser insoportable.
Ward, por lo menos, disfrutaba de cierta intimidad.
Hacía dos meses, antes de venir a vivir a la escalera, había compartido un
cuarto con otros siete en un piso bajo de la calle 755, y la marea incesante
que pasaba junto a la ventana le había dejado un agotamiento crónico. La calle
estaba siempre colmada de gente: un clamor interminable
de voces y de pies que se arrastraban. Cuando Ward
despertaba a las seis y media, y corría a ocupar su sitio en la cola del baño,
las multitudes ya cubrían la calle de acera
a acera, y los trenes elevados que pasaban sobre
las tiendas de enfrente puntuaban el estrépito cada medio minuto. Tan pronto
como Ward vio el anuncio que describía el cubículo decidió mudarse, a pesar de
lo elevado del alquiler. Como todos se pasaba la mayor parte del tiempo libre
examinando los avisos clasificados en los periódicos, cambiando de vivienda por
lo menos una vez cada dos meses. Un cubículo en una escalera seria con certeza
algo privado.
Sin embargo, el cubículo tenía también sus
inconveniencias. La mayoría de las noches los compañeros de la biblioteca iban
a visitar a Ward, necesitando descansar los codos luego de los apretujones de
la sala de lectura. El piso del cubículo tenia una superficie de poco más de
cuatro metros cuadrados y medio, medio metro cuadrado más del máximo
establecido para una persona, los carpinteros habían aprovechado, ilegalmente,
el hueco dejado por el tubo de una chimenea empotrada. Esto había permitido
poner una sillita de respaldo recto entre la cama y la puerta, de modo que no
era necesario que se sentara más de una persona por vez en la cama. En la mayor
parte de los cubículos simples el anfitrión y el huésped tengan que sentarse en
la cama uno al lado del otro, conversando por encima del hombro y cambiando de
lugar de cuando en cuando para evitar que se les endureciera el cuello.
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—Has tenido suerte en encontrar este sitio—no se
cansaba de decir Rossiter, el más asiduo de los visitantes. Se reclinó en la
cama señalando el cubículo—. Es enorme, una perspectiva que da vértigos. No me
sorprendería que tuvieras aquí cinco metros por lo menos, quizá seis.
Ward meneó categóricamente la cabeza. Rossiter era
su amigo más íntimo, pero la búsqueda de espacio vital había desarrollado
reflejos poderosos.
—Sólo cuatro y medio. Lo he medido cuidadosamente.
No hay ninguna duda.
Rossiter alzó una ceja.
—Me asombras. Tiene que ser el cielo raso entonces.
El manejo de los cielos rasos era un recurso
favorito de los propietarios inescrupulosos. E] alquiler se establecía a menudo
por el área del cielo raso, e inclinando un poco hacia afuera las particiones
de madera terciada se incrementaba la superficie del cubículo, para beneficio
de un presunto inquilino (muchos matrimonios se decidían por este motivo a
alquilar un cubículo simple) o se la reducía temporalmente cuando llegaba algún
inspector de casas. Unas marcas de lápiz limitaban en los cielos rasos las posibles
reclamaciones de los inquilinos vecinos. Si alguien no defendía firmemente sus
derechos corría el peligro de perder la vida literalmente exprimido. En
realidad los avisos "clientela tranquila" era comúnmente una
invitación a actos de piratería semejantes.
—La pared se inclina un poco —admitió Ward—. Unos
cuatro grados... Lo comprobé con una plomada. Pero aún queda sitio en las
escaleras para que pase la gente.
Rossiter sonrió torciendo la boca.
—Por supuesto, John. Qué quieres, te tengo envidia.
Mi cuarto me está volviendo loco.
Como todos Rossiter empleaba la palabra
"cuarto" para describir los cubículos minúsculos, un doloroso
recuerdo de los días de cincuenta años atrás cuando la gente vivía de veras en
un cuarto, a veces, increíblemente, en una casa. Los microfilms de los
catálogos de arquitectura mostraban escenas de museos, salas de concierto y
otros edificios públicos, aparentemente muy comunes entonces, a menudo vacíos,
donde dos o tres personas iban de un lado a otro por pasillos y escaleras
enormes. El tránsito se movía libremente a lo largo del centro de las calles, y
en los barrios más tranquilos era posible encontrar cincuenta metros o más de
aceras desiertas.
Ahora, por supuesto, los edificios más viejos
habían sido demolidos, y reemplazados por edificios de habitaciones. La vasta
sala de banquetes de la Municipalidad había sido dividida horizontalmente en
cuatro cubiertas de centenares de cubículos.
En cuanto a las calles, no había tránsito de
vehículos desde hacía tiempo. Excepto unas pocas horas antes del alba cuando la
gente se apretaba sólo en las aceras, las calles estaban continuamente ocupadas
por una multitud que se arrastraba lentamente
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y no podía tener en cuenta los innumerables avisos
de "conserve la izquierda" suspendidos en el aire, mientras se abría
paso a empujones hacia las casas o las oficinas, vistiendo ropas polvorientas y
deformes. Muy a menudo ocurrían "embotellamientos", cuando el gentío
se encontraba en una bocacalle, y a veces esto duraba varios días. Dos años
antes Ward había quedado aprisionado en las afueras del estadio, y durante
cuatro días no pudo desprenderse de una jalea gigantesca de veinte mil
personas, alimentada por las gentes que dejaban el estadio desde un lado y las
que se acercaban del otro. Todo un kilómetro cuadrado del barrio había quedado
paralizado, y Ward recordaba aún vívidamente aquella pesadilla: cómo había
tenido que esforzarse por mantener el equilibrio mientras la jalea se movía y
empujaba. Cuando al fin la policía cerró el estadio y dispersó a la multitud,
Ward se arrastró a su cubículo y durmió una semana, el cuerpo cubierto de
moretones.
—Oí decir que redujeron los espacios disponibles a
tres metros y medio —señaló Rossiter.
Ward esperó a que unos inquilinos del sexto piso
bajaran la escalera, sosteniendo la puerta para que no se saliera de quicio.
—Eso dicen siempre—comentó—. Recuerdo haber oído
ese rumor hace diez años.
—No es un rumor —admitió Rossiter—. Pronto será
inevitable. Treinta millones apretujados en esta ciudad, y un millón más cada
año. Ha habido serias discusiones en el Departamento de Vivienda.
Ward sacudió la cabeza.
—Una resolución drástica de ese tipo es casi
imposible. Habría que desmantelar todos los cuartos y clavar de nuevo los
tabiques. Sólo las dificultades administrativas son inimaginables. Nuevos
diseños y certificados para millones de cubículos, otorgamiento de nuevas
licencias, y la redistribución de todos los inquilinos. Desde la ultima
resolución la mayor parte de los edificios fueron diseñados de acuerdo con un
módulo de cuatro metros. No puedes quitarle así como así medio metro a cada
cubículo y establecer de ese modo que hay tantos nuevos cubículos. Habría
algunos de no más de una pulgada de ancho.—Ward se rió.—Además, ¿quién puede
vivir en tres metros y medio?
Rossiter sonrió.
—¿Te parece un buen argumento? Hace veinticinco
años, en la última resolución, dijeron lo mismo, cuando bajaron el mínimo de
cinco a cuatro. No es posible, dijeron todos, nadie aguantaría vivir en cuatro
metros. Cabría una cama y un armario pero no habría sitio para abrir la puerta.
—Rossiter cloqueó.— Se equivocaban. Bastó decidir que desde entonces todas las
puertas se abrirían hacia afuera. Y así nos quedamos con cuatro metros.
Ward miró el reloj pulsera. Eran las siete y media.
—Hora de comer. Veamos si podemos llegar al bar de
enfrente.
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Gruñendo ante la perspectiva, Rossiter se levantó
de la cama. Salieron del cubículo y bajaron por la escalera. Las pilas de
valijas, baúles y cajones dejaban apenas espacio libre junto al pasamano, pero
algo más que en los pisos bajos. Los corredores, bastante anchos, habían sido
divididos en cubículos simples. Había olor a cerrado, y en las paredes de
cartón colgaban ropas húmedas y despensas improvisadas. En cada una de las
cinco habitaciones de cada piso había doce inquilinos y las voces reverberaban
atravesando los tabiques.
La gente estaba sentada en los escalones del
segundo piso, utilizando la escalera como vestíbulo informal, aunque esto
estaba prohibido en las normas contra incendios, y las mujeres charlaban con
los hombres que esperaban turno frente a los baños, mientras los niños se
movían alrededor. Cuando llegaron a la planta baja, Ward y Rossiter tuvieron
que abrirse paso entre los inquilinos que se apretaban en los últimos
escalones, alrededor de los tableros de noticias, o que venían empujando desde
la calle.
Tomando aliento, Ward señaló el bar del otro lado
de la calle. Estaba sólo a treinta metros, pero la multitud fluía calle abajo
como un río crecido, de derecha a izquierda. La primera función en el estadio
comenzaba a las nueve, y la gente ya se había puesto en camino para no quedarse
afuera.
—¿No podemos ir a otra parte?—preguntó Rossiter,
torciendo la cara. No sólo encontrarían colmado el bar, de modo que pasaría
media hora antes que los atendieran,
sino que la comida era además insulsa y poco
apetecible. El viaje de cuatro cuadras desde la biblioteca le había abierto el
apetito.
Ward se encogió de hombros.
—Hay un sitio en la esquina, pero me parece difícil
que podamos llegar.
El bar estaba a doscientos metros calle arriba, y
tendrían que luchar todo el tiempo contra la corriente.
—Quizá tengas razón. —Rossiter apoyó la mano en el
hombro de Ward.— Sabes, John, lo que ocurre contigo es que no vas a ninguna
parte, no pones interés en nada, y no ves qué mal andan las cosas.
Ward asintió. Rossiter tenía razón. A la mañana,
cuando salía para la biblioteca, el tránsito de peatones se movía junto con él
hacia el barrio de oficinas; a la noche, de vuelta, fluía en la otra dirección.
En general no dejaba esta rutina. Criado desde los diez años en una residencia
municipal de pupilos había ido perdiendo contacto con sus padres, poco a poco.
Vivían en el extremo este de la ciudad y no podían ir a visitarlo, o no tenían
ganas. Habiéndose entregado voluntariamente a la dinámica de la ciudad, Ward se
resistía a rebelarse en nombre de una mejor taza de café. Por fortuna, el
trabajo en la biblioteca lo ponía en contacto con mucha gente joven de
intereses afines. Tarde o temprano se casaría, encontraría un cubículo doble
cerca de la biblioteca, e iniciaría otra vida.
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Si tenían bastantes hijos (tres era el mínimo
requerido) hasta podrían vivir un día en un cuarto propio.
Ward y Rossiter entraron en la corriente de
peatones, se dejaron llevar unos veinte o treinta metros, y luego apresuraron
el paso y fueron avanzando de costado a través de la multitud, hasta llegar al
otro lado de la calle. Allí, al amparo de los frentes de las tiendas, volvieron
hacia el bar, cruzados de brazos para defenderse de las innumerables
colisiones.
—¿Cuáles son las últimas cifras de
población?—preguntó Ward mientras bordeaban un kiosco de cigarrillos, dando un
paso adelante cada vez que descubrían un hueco.
Rossiter sonrió.
—Lo siento, John. Me gustaría decírtelo, pero
podrías desencadenar una estampida. Además, no me creerías.
Rossiter trabajaba en el departamento municipal de
seguros, y tenía fácil acceso a las estadísticas del censo. Durante los últimos
diez años estas estadísticas habían sido clasificadas como secretas, en parte
porque se consideraban inexactas, pero sobre todo porque se temía que
provocaran un ataque masivo de claustrofobia. Ya habían sobrevenido algunas
crisis de pánico, y la política oficial era ahora declarar que la población
mundial había llegado a un nivel estable de veinte mil millones. Nadie lo creía,
y Ward pensaba que el crecimiento anual del tres por ciento seguía
manteniéndose desde 1960.
Durante cuánto tiempo se mantendría así era
imposible decirlo. A pesar de las sombrías profecías de los neomaltusianos, la
agricultura había crecido adecuadamente junto con la población mundial, aunque
los cultivos intensivos habían obligado a que el noventa y cinco por ciento de
la población viviera permanentemente encerrada en vastas zonas urbanas. El área
de las ciudades había sido limitada al fin, pues la agricultura había reclamado
las superficies suburbanas de todo el mundo, y el exceso de habitantes había
sido confinado en los ghettos urbanos. El campo como tal ya no existía. En cada
metro cuadrado de tierra crecía algún tipo de planta comestible. Los prados y
praderas del mundo eran ahora terrenos industriales tan mecanizados y cerrados
al público como cualquier área de fábricas. Las rivalidades económicas e
ideológicas se habían desvanecido ante el problema fundamental: la colonización
interna de la ciudad.
Ward y Rossiter llegaron al bar y entraron a
empellones uniéndose al montón de clientes que se apretaba en seis filas contra
el mostrador.
—Lo malo con este problema de la población—le
confió Ward a Rossiter— es que nadie ha tratado nunca de enfrentarlo de veras.
Hace cincuenta años un nacionalismo miope y la expansión industrial alentaron
el crecimiento de la población, y aun ahora el incentivo oculto es tener una
familia numerosa para ganar así una cierta intimidad. La gente soltera es la
más castigada, pues no sólo es la más numerosa sino que además no se la puede
meter adecuadamente en cubículos dobles o triples. Pero el villano de
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la historia es la familia numerosa, que necesita el
auxilio de una logística de ahorro de espacio.
Rossiter asintió, acercándose al mostrador,
preparado para gritar su pedido.
—Demasiado cierto. Todos deseamos casarnos para
conseguir los seis metros propios.
Dos muchachas se volvieron y sonrieron.
—Seis metros cuadrados —dijo una de ellas, una
muchacha morena, de bonito rostro oval—. Me parece que es usted la clase de
joven que necesito conocer. ¿Decidido a entrar en el negocio inmobiliario,
Peter?
Rossiter sonrió con una mueca y le apretó el brazo.
—Hola, Judith. Estoy pensándolo de veras. ¿Me
acompañas en esta empresa privada?
La muchacha se apoyó contra Rossiter mientras
llegaban al mostrador.
—Bueno, me agradaría. Necesitaríamos un contrato
legal, sin embargo.
La otra muchacha, Helen Waring, una ayudanta de la
biblioteca, tiró de la manga de Ward.
—¿Oíste la última noticia, John? A Judith y a mí
nos echaron del cuarto. Estamos literalmente en la calle.
—¿Qué?—gritó Rossiter. Juntaron las sopas y los
cafés y fueron al fondo del bar— . ¿Qué diablos ha pasado?
Helen explicó:
—¿Recuerdas el armarito de las escobas frente a
nuestro cuarto? Judith y yo estábamos utilizándolo como una especie de refugio,
y nos metíamos allí a leer. Es tranquilo y cómodo, si te acostumbras a no
respirar. Bueno, la vieja nos descubrió y armó un alboroto, diciendo que
quebrantábamos la ley y cosas parecidas. —Helen hizo una pausa.— Luego supimos
que alquilará el armario como cuarto para uno.
Rossiter golpeó el borde del mostrador.
—¿Un armario de escobas? ¿Alguien va a vivir ahí?
Pero a la vieja no le darán un permiso.
Judith meneó la cabeza.
—Ya se lo dieron. Tiene un hermano que trabaja en
el Departamento de Vivienda.
Ward rió inclinado sobre la sopa.
—¿Pero cómo podrá alquilarlo? Nadie querrá vivir en
un armario de escobas.
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Judith lo miró sombríamente.
—¿Lo crees de veras, John?
Ward dejó caer la cuchara.
—No, supongo que tienes razón. La gente vivirá en
cualquier sitio. Cielos, no sé quién me da más lástima. Vosotras dos, o el
pobre diablo que vivirá en ese armario. ¿Qué vais a hacer?
—Una pareja a dos manzanas de aquí nos subalquilan
un cubículo. Han colgado una sábana en el medio y Helen y yo dormimos por turno
en un catre de campaña. No es broma; nuestro cuarto tiene sesenta centímetros
de ancho.
— Le dije a Helen que podríamos subdividirlo
también en dos y subalquilarlo al doble de lo que nos cuesta.
Todos rieron de buena gana, y Ward se despidió y
volvió a su casa.
Allí se encontró con problemas parecidos.
El administrador se apoyó en la puerta endeble,
moviendo en la boca una colilla húmeda de cigarro, y mirando a Ward con una
expresión de fatigado aburrimiento.
—Usted tiene cuatro metros setenta y dos —dijo
cerrándole el paso a Ward que estaba de pie en la escalera. Dos mujeres de bata
discutían tironeando furiosamente de la pared de baúles y valijas. De cuando en
cuando el administrador las miraba enojado—. Cuatro setenta y dos. Lo medi dos
veces.
Lo dijo como si esto eliminara toda posibilidad de
discusión.
—¿Techo o piso? —preguntó Ward.
—Techo, por supuesto. ¿Cómo podría medir el piso
con todos estos trastos?
El administrador pateó la caja de libros que
asomaba debajo de la cama.
Ward se hizo el distraído.
—La pared está bastante inclinada —dijo—. Tres o
cuatro grados por lo menos.
El administrador asintió vagamente.
—Ha superado usted el límite de los cuatro. Es
indiscutible. —Se volvió hacia Ward que había descendido varios escalones para
dar paso a una pareja.— Yo podría alquilarlo como doble.
—¿Qué? ¿Un cuarto de cuatro y medio?—dijo Ward,
incrédulo—. ¿Cómo?
El hombre que acababa de pasar junto a Ward miró
por encima del hombro del administrador y vio todos los detalles del cuarto en
una ojeada de un segundo.
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—¿Alquila aquí un doble, Louie?
El administrador lo apartó con un ademán, hizo
entrar a Ward en el cuarto y cerró la puerta.
—Equivale nominalmente a uno de cinco —le dijo a
Ward—. Nuevas normas, acaban de salir. Más de cuatro y medio es ahora un doble.
—Miró astutamente a Ward.— Bueno, ¿qué quiere? Un buen cuarto, hay espacio de
sobra, casi podría ser un triple. Tiene acceso a la escalera,
ranura—ventana...—El administrador se interrumpió. Ward se había dejado caer en
la cama y se había echado a reír.—¿Qué pasa? Mire, si quiere un cuarto grande
como este tiene que pagarlo. Me da medio alquiler más o se larga de aquí.
Ward se secó los ojos, luego se incorporó
cansadamente y llevó las manos a los estantes.
—Tranquilícese, ya me marcho. Me voy a vivir a un
armario de escobas. "Acceso a la escalera", verdaderamente un lujo.
Dígame, Louie, ¿hay vida en Urano?
Por un tiempo, él y Rossiter decidieron alquilar
juntos un cubículo doble en una casa semiabandonada a cien metros de la
biblioteca. El barrio era sucio y descolorido, y las casas de vecindad estaban
atestadas de inquilinos. La mayoría de esas casas pertenecían a personas que
estaban ausentes o a la corporación municipal, y empleaban a administradores de
la peor calaña, simples cobradores que no se preocupaban en lo más mínimo por
la forma en que los inquilinos dividían el espacio vital, y nunca se
arriesgaban más allá de los primeros pisos. Había botellas y latas vacías
esparcidas por los pasillos, y los retretes parecían sumideros. Muchos de los
inquilinos eran viejos achacosos, sentados con indiferencia en los estrechos
cubículos, espalda contra espalda a los lados de los delgados tabiques,
consolándose mutuamente.
El cubículo doble de Ward y Rossiter estaba en el
tercer piso, al final de un pasillo que rodeaba la casa. La arquitectura era
imposible de seguir; por todas partes asomaban habitaciones, y afortunadamente
el pasillo terminaba en el cubículo doble. Los montones de cajas llegaban a un
metro de la pared y un tabique dividía el cubículo, dejando el espacio justo
para dos camas. Una ventana alta daba al pozo de aire entre ese edificio y el
siguiente.
Tendido en la cama, debajo del estante donde tenían
las pertenencias de los dos, Ward observaba pensativo el techo de la biblioteca
entre la bruma del atardecer.
—No se está mal aquí—dijo Rossiter, vaciando la
valija—. Sé que no hay una verdadera intimidad y que nos enloqueceremos
mutuamente dentro de una semana, pero por lo menos no tenemos a seis personas
respirándonos en las orejas a cincuenta centímetros de distancia.
El cubículo más cercano, uno individual, había sido
construido con cajas a lo largo del corredor, a media docena de pasos, pero el
ocupante, un hombre de setenta años, estaba postrado en cama y era sordo.
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—No se está mal —remedó Ward de mala gana—. Ahora
dime cuál es el último índice de —crecimiento demográfico. Quizá me consuele.
Rossiter hizo una pausa, bajando la voz.
—El cuatro por ciento. Ochocientos millones de
personas por año, poco menos que la población total de la tierra en 1950.
Ward silbó lentamente.
—Entonces harán un reajuste. ¿Cuánto? ¿Tres y
medio?
—Tres. Desde los primeros días del año próximo.
—¡Tres metros cuadrados! —Ward se incorporó y miró
alrededor.— ¡Es increíble! El mundo está enloqueciendo, Rossiter.—Dios mío,
¿cuándo pararán? ¿Te das cuenta que dentro de poco no habrá sitio para
sentarse, y mucho menos para acostarse?
Exacerbado, golpeó la pared junto a él; al segundo
golpe desprendió un pequeño tablero empapelado.
—¡Eh!—gritó Rossiter—. Estás destrozando el cuarto.
Se lanzó por encima de la cama para volver a poner
en su sitio el tablero que colgaba ahora de una tira de papel. Ward deslizó la
mano en el hueco negro, y cuidadosamente tiró del tablero hacia la cama.
—¿Quién vivirá del otro lado?—susurró Rossiter—.
¿Habrán oído?
Ward atisbó por el hueco, examinando la penumbra.
De pronto soltó el tablero, tomó a Rossiter por el hombro y tiró de él hacia la
cama.
—¡Henry! ¡Mira!
Rossiter se sacó la mano de Ward de encima y acercó
la cara a la abertura; enfocó lentamente la mirada y luego ahogó una
exclamación.
Directamente delante de ellos, apenas iluminado por
un tragaluz sucio, se abría un cuarto mediano, tal vez de una superficie de
cuatro metros y medio, donde no había otra cosa que el polvo acumulado contra
el zócalo. El piso estaba desnudo, atravesado por unas pocas rayas de linóleo
gastado; un diseño floral monótono cubría las paredes. El papel se había
despegado en algunos sitios, pero fuera de eso el cuarto parecía habitable.
Conteniendo la respiración, Ward cerró con un pie
la puerta del cubículo, y luego se volvió hacia Rossiter.
—Henry, ¿te das cuenta de lo que hemos descubierto?
¿Te das cuenta, hombre
—Cállate. Por el amor de Dios, baja la
voz.—Rossiter examinó el cuarto cuidadosamente.— Es fantástico. Estoy tratando
de ver si alguien lo ha usado en los últimos tiempos.
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—Desde luego que no—señaló Ward—. Es evidente. Ese
cuarto no tiene puerta. La puerta es donde nosotros estamos ahora. Seguramente
la taparon con el tablero hace años, y se olvidaron. Mira cuánta suciedad.
Rossiter contemplaba el cuarto, y aquella
inmensidad le producía vértigos.
—Tienes razón —murmuró—. Bueno, ¿cuándo nos
mudamos?
Arrancaron uno por uno los tableros de la parte
inferior de la puerta, y los clavaron en un marco, que podían sacar y poner
rápidamente, disimulando la entrada.
Luego escogieron una tarde en que la casa estaba
prácticamente vacía y el administrador dormido en la oficina del subsuelo, e
irrumpieron por primera vez en el cuarto; entró Ward solo mientras Rossiter
montaba guardia en el cubículo.
Durante una hora se turnaron, caminando
silenciosamente por el cuarto polvoriento, estirando los brazos para sentir
aquel vacío ilimitado, descubriendo la sensación de una libertad espacial
absoluta. Aunque más reducido que la mayoría de los cuartos subdivididos donde
habían vivido antes éste parecía infinitamente mayor, las paredes unos
acantilados inmensos que subían hacia el tragaluz.
Finalmente, dos o tres días después, se mudaron al
nuevo cuarto.
Durante la primera semana Rossiter durmió solo
allí, y Ward en el cubículo, donde pasaban el día entero juntos.
Poco a poco fueron introduciendo algunos muebles:
dos sillones, una mesa, una lámpara que conectaron al portalámparas del
cubículo. Los muebles eran pesados y victorianos, los más baratos que
encontraron, y su tamaño acentuaba el vacío de la habitación. El orgullo
principal era un enorme armario de caoba, con ángeles tallados y espejos
encastillados, que tuvieron que desarmar y llevar a pedazos en las valijas. Se
elevaba ahora junto a ellos, y a Ward le recordaba unos microfilrns de
catedrales góticas, —unos órganos inmensos que cubrian paredes de naves.
Luego de tres semanas dormían los dos en el cuarto,
el cubículo les parecía insoportablemente estrecho. Una imitación de biombo
japonés dividía adecuadamente el cuarto, sin quitarle espacio. Sentado allí a
las tardes, rodeado de libros y álbumes, Ward iba olvidando poco a poco la
ciudad de allá afuera. Afortunadamente llegaba a la biblioteca por un callejón
escondido y evitaba así las calles atestadas. Rossiter y él mismo le comenzaron
a parecer las dos únicas personas reales, todos los demás un inane producto
lateral, réplicas casuales que ambulaban ahora por el mundo.
Fue Rossiter quien sugirió pedirles a las dos
muchachas que compartiesen el cuarto.
—Las han vuelto a echar, y quizá tengan que
separarse —le diJo a Ward, evidentemente preocupado de que Judith cayese en
mala companía—. Siempre hay congelación de alquileres después de una
revaluación, pero todos los propietarios lo saben y entonces no alquilan hasta
que les conviene. Se está volviendo muy difícil encontrar sitio.
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Ward asintió, y fue al otro lado de la mesa
circular de madera roja. Se puso a jugar con una borla de la pantalla verde
arsénico de la lámpara, y por un momento se sintió como un hombre de letras
victoriano que llevaba una vida cómoda y espaciosa en una sala atestada de
muebles.
—Estoy totalmente de acuerdo —dijo, señalando los
rincones vacíos—. Hay sitio de sobra aquí. Pero tendremos que asegurarnos de
que no se les escapará una palabra.
Luego de tomar las debidas precauciones, hicieron
participar del secreto a las dos muchachas, que contemplaron embelesadas aquel
universo privado. —Pondremos un tabique en el medio —explicó Rossiter—, y lo
sacaremos todas las mañanas. Podrán mudarse aquí en un par de días. ¿Qué les
parece?
—¡Maravilloso!
Las jóvenes miraron el armario con ojos muy
abiertos, y bizquearon ante las infnitas irnágenes reflejadas en los espejos.
No tuvieron dificultades para entrar y salir. El
movimiento de inquilinos era continuo y las facturas las ponían en el buzón. A
nadie le importó quiénes eran las muchachas y nadie prestó atención a aquellas
visitas regulares al cubículo.
Sin embargo, media hora después de la llegada,
ninguna de las muchachas había vaciado las valijas.
—¿Qué pasa, Judith?—preguntó Ward, caminando de
lado entre las camas de las jóvenes hasta el estrecho hueco entre la mesa y el
armario.
Judith vaciló, mirando a Ward y luego a Rossiter,
que estaba sentado en su cama, terminando de preparar el tabique de madera.
—John, lo que pasa es que...
Helen Waring, más directa, tomó la palabra,
mientras alisaba el cubrecama con los dedos.
—Lo que Judith está tratando de decir es que
nuestra posición aquí es un poco embarazosa. El tabique es...
Rossiter se puso de pie.
—Por amor de Dios, Helen, no te preocupes —la
tranquilizó, hablando en aquella especie de susurro fuerte que todos habían
cultivado sin darse cuenta—. Nada de cosas raras, podéis confiar en nosotros.
El tabique es sólido como una roca.
Las dos muchachas asintieron.
—Sí —explicó Helen—, pero no está puesto todo el
tiempo. Pensamos que si hubiera aquí una persona mayor, por ejemplo la tía de
Judith, que no ocuparía mucho
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espacio y no causaría ninguna molestia porque es
muy agradable, no tendríamos que preocuparnos del tabique... más que a la
noche—agregó rápidamente.
Ward lanzó una mirada a Rossiter, que se encogió de
hombros y se puso a estudiar el suelo.
—Bueno, es una solución —dijo Rossiter—. John y yo
sabemos cómo se sienten. ¿Por qué no?
—Sí, claro —coincidió Ward. Señaló el espacio entre
las camas de las muchachas y la mesa—. Uno más no se notará.
Las muchachas estallaron en gritos de alegría.
Judith se acercó a Rossiter y lo besó en la mejilla.
—Perdóname que sea tan pesada, Henry.—Judith
sonrió.— Qué tabique más maravilloso has hecho. ¿No podrías hacer otro para mi
tía, uno pequeño? Es muy dulce pero se está volviendo vieja.
—Naturalmente—dijo Rossiter—. Te entiendo. Me queda
madera de sobra.
Ward miró el reloj.—Son las siete y media, Judith.
Deberías ponerte en contacto con tu tía. No sé si tendrá tiempo de llegar esta
noche.
Judith se abotonó el abrigo.
—Oh, sí —le aseguró a Ward—. Volveré en un
instante.
La tía llegó a los cinco minutos, con tres pesadas
valijas.
—Es asombroso —observó Ward a Rossiter tres meses
después—. El tamaño de este cuarto todavía me produce vértigos. Es casi más
grande cada día que pasa.
Rossiter asintió rápidamente, evitando mirar a una
de las muchachas que se estaba cambiando detrás del tabique central. Ahora
nunca sacaban ese tabique, porque desarmarlo todos los días se había vuelto
pesado. Además, el tabique secundario de la tía estaba pegado a ese, y a ella
no le gustaba que la molestasen. Asegurarse de que entrara y saliera
correctamente por la puerta camuflada ya era bastante difícil.
A pesar de eso parecía improbable que los
descubriesen. Evidentemente el cuarto había sido un agregado construido sobre
el pozo central del edificio, y las valijas apiladas en el pasillo circundante
amortiguaban todos los ruidos. Directamente debajo había un pequeño dormitorio
ocupado por varias mujeres mayores, y la tía de Judith, que las visitaba
regularmente, juraba que no oía ningún sonido a través del grueso cielo raso.
Arriba, la luz que salía por el tragaluz no se podía distinguir de los otros cientos
de lámparas encendidas en las ventanas de la casa.
Rossiter terminó de preparar el nuevo tabique y lo
levantó entre su cama y la de Ward, ajustándolo en las ranuras de la pared.
Habían coincidido en que eso les daría un poco más de intimidad.
12
—Seguramente tendré que hacerles uno a Judith y
Helen —le confió a Ward.
Ward se acomodó la almohada. Habían devuelto los
dos sillones a la mueblería porque ocupaban demasiado espacio. La cama, en
cualquier caso, era más cómoda. Nunca se había acostumbrado del todo a la
tapicería blanda.
—No es mala idea. ¿Y qué te parece si instaláramos
unos estantes en las paredes? No hay sitio donde poner algo.
La instalación de los estantes ordenó
considerablemente el cuarto, despejando grandes zonas del piso. Separadas por
los tabiques, las cinco camas estaban dispuestas en fila a lo largo de la pared
del fondo, mirando al armario de caoba. Entre las camas y el armario había un
espacio libre de poco más de un metro, y dos metros a cada lado del armario.
La visión de tanto espacio fascinaba a Ward. Cuando
Rossiter comentó que la madre de Helen estaba enferma y que necesitaba urgente
cuidado personal, él supo en seguida dónde podrían ponerla: al pie de su propia
cama, entre el armario y la pared lateral.
Helen rebosaba de alegría.
—Eres tan bueno, John —le dijo—; pero, ¿te
importaría que mamá durmiese a mi lado? Hay espacio suficiente para meter otra
cama.
Rossiter desarmó los tabiques y los puso más
juntos. Ahora había seis camas a lo largo de la pared. Eso daba a cada cama un
intervalo de unos setenta y cinco centímetros, lo justo para sacar los pies por
el costado. Tendido boca arriba en la última cama de la derecha, los estantes a
medio metro por encima de la cabeza, Ward casi no podía ver el armario, pero
nada interrumpía el espacio que tenía delante, unos dos metros hasta la pared.
Entonces llegó el padre de Helen.
Ward golpeó en la yuerta del cubiculo y le sonrió a
la tía de Judith mientras ella lo hacía pasar. La ayudó a poner en su sitio la
cama que guardaba la entrada, y luego llamó en el panel de madera. Un momento
después el padre de Helen, un hombre pequeño y canoso, de camiseta y tirantes
sujetos con un cordel a los pantalones, apartó la madera.
Ward lo saludó con una inclinación de cabeza y
caminó por encima de las pilas de valijas que había en el suelo, al pie de las
camas. Helen estaba en el cubículo materno, ayudando a la anciana a tomar el
caldo de la tarde. Rossiter, arrodillado junto al armario, transpiraba
copiosamente tratando de sacar con una palanca de hierro el marco del espejo
central. Sobre la cama y en el suelo había pedazos del armario.
—Tendremos que empezar a sacar todo esto mañana —le
dijo Rossiter. Ward esperó a que el padre de Helen pasara y entrara en su
cubículo. Se había fabricado una pequeña puerta de cartón, y la cerraba por
dentro con un tosco gancho de alambre.
13
Rossiter lo miró y arrugó el ceño, furioso.
—Alguna gente es feliz. Este armario da un trabajo
enorme. ¿Cómo se nos habrá ocurrido comprarlo?
Ward se sentó en la cama. El tabique le apretaba
las rodillas y casi no podía moverse. Miró hacia arriba mientras Rossiter
estaba ocupado y descubrió que la línea divisoria que él había marcado a lápiz
estaba tapada por el tabique. Apoyándose en la pared, trató de empujarlo y
volverlo a su lugar, pero aparentemente Rossiter había clavado el borde
inferior contra el suelo.
Hubo un golpe seco en la puerta del cubículo que
daba al pasillo: Judith que volvía de la oficina. Ward comenzó a levantarse y
se sentó de nuevo.
—Señor Waring—dijo suavemente. Era la noche que le
tocaba hacer guardia al anciano.
Waring se acercó a la puerta del cubículo
arrastrando los pies y la abrió haciendo bastante ruido, cloqueando entre
dientes.
—Arriba y abajo, arriba y abajo —murmuró. Tropezó
con la bolsa de herramientas de Rossiter y lanzó un juramento en voz alta;
luego agregó por encima del hombro, de mal humor—: Si me preguntan les diré que
hay aquí demasiadas personas. Abajo hay sólo seis, no siete como aquí, y en un
cuarto del mismo tamaño.
Ward asintió vagamente y se volvió a estirar sobre
la cama estrecha, tratando de no golpearse la cabeza contra los estantes.
Waring no era el primero en sugerirle que se fuera. La tía de Judith le había
hecho una insinuación similar dos días antes. Desde que había dejado el empleo
de la biblioteca (el alquiler que cobraba a los demás le alcanzaba para
comprarse los pocos alimentos que necesitaba) Ward se pasaba la mayor parte del
tiempo en el cuarto, viendo al viejo más de lo que deseaba, pero había aprendido
a tolerarlo.
Tratando de calmarse, descubrió que alguien había
desmontado la espira derecha del armario, todo lo que él había podido ver en
los dos últimos meses.
Habia sido una hermosa pieza, que simbolizaba de
algún modo todo ese mundo privado, y el vendedor le había dicho en la tienda
que quedaban pocos muebles como ese. Por un instante Ward sintió un repentino
espasmo de dolor, como cuando era niño y el padre le quitaba algo en un
arrebato de exasperación y él sabía que nunca volvería a tenerlo.
En seguida se tranquilizó. Era un hermoso armario,
sin duda, pero cuando no estuviese allí el cuarto parecería todavía más grande.
FIN


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