© Libro N° 9742. Bon-Bon. Poe, Edgar Allan. Emancipación. Marzo
26 de 2022.
Título original: © Bon-Bon. Edgar Allan Poe (1809-1849)
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Edgar Allan Poe
Bon-Bon
Edgar Allan
Que Pierre Bon-Bon era unres taurateur de talento
poco común, nadie que durante el reinado de... frecuentara el pequeño café en
elcul-de-sac Le Febre, en Rouen, se animará -supongo- a discutirlo. Que Pierre
Bon-Bon era, en un grado equivalente, versado en la filosofía de ese período
resulta -presumo- más indiscutible todavía. Sus pâtés a la fois eran sin duda
inmaculados; pero, ¿qué pluma puede hacer justicia a sus ensayos sur la Nature,
a sus pensamientos sur l'Ame, a sus observaciones sur l'Esprit? Si sus
omelettes, si sus fricandeaux eran inestimables, ¿quéli ttér ateur de esos días
no hubiera dado el doble por una "Idée de Bon-Bon" que por toda la
hojarasca de"Idées " de todo el resto de loss avants? Bon-Bon había
hurgado en bibliotecas en las que nadie más había hurgado, había leído más de
lo que nadie sospechara que se podía leer, había entendido más de lo que
cualquier otro hubiera imaginado posible entender. Y aunque en su época no
faltaban algunos autores en Rouen para los cuales "sudic ta no mostraba ni
la pureza de la Academia ni la profundidad del Liceo", o aunque - nótese
bien- sus doctrinas eran en general muy poco comprendidas, no se desprende de
ello que fueran difíciles de comprender. Creo que su propia evidencia llevaba a
muchas personas a considerarlas abstrusas. El mismo Kant -y no llevemos esto
más lejos- le debe su metafísica principalmente a Bon-Bon. Este no era por
cierto platónico ni, estrictamente hablando, aristotélico, ni desperdició, como
el moderno Leibnitz, las preciosas horas que podían emplearse en la invención
de una fricassé o el simple análisis de una sensación, en vanos intentos de
reconciliar las obstinadas aguas y aceites de la discusión ética. De ninguna ma
nera. Bon-Bon era jónico... E igualmente era itálico. Razonaba a priori...
Razonaba a posteriori. Sus ideas eran instintivas... o no. Creía en George de
Trebizond... y creía en Bossarion. Bon- Bon era, categóricamente, bonbónico.
He hablado del filósofo en su calidad deres
taurateur . No quisiera, sin embargo, que ninguno de mis amigos piense que
nuestro héroe, al cumplir sus deberes hereditarios en esa profesión, les
restaba a éstos dignidad e importancia. Lejos de ello. Era imposible determinar
qué rama de su trabajo le inspiraba más orgullo. En su opinión, los poderes del
intelecto tenían una íntima conexión con las facultades del estómago. No creo,
en realidad, que discrepara mucho con los chinos, para quienes el alma se aloja
en el abdomen. En todo caso, pensaba él, tenían razón los griegos, que usaban
la misma palabra para la mente y el diafragma. No quiero insinuar con esto una
acusación de glotonería ni ningún otro cargo grave en perjuicio del metafísico.
Si Pierre Bon-Bon tenía sus debilidades -¿y qué gran hombre no tiene miles?-,
si tenía sus debilidades, digo, eran debilidades de muy poca importancia;
faltas que, en otros temperamentos, suelen considerarse a la luz de las
virtudes. Una de esas debilidades no merecería siquiera mención en esta
historia, si no fuera por la notable prominencia, el extremo alto relieve con
que se destaca en el plano general de su personalidad: jamás pasaba por alto
una oportunidad de regatear.
No es que fuera avaro, no. No era en modo alguno
necesario, para la satisfacción del filósofo, que el regateo le fuese favorable
con tal que se llegara a un trato. Un trato de cualquier clase, en cualquier
término y en cualquier circunstancia. Una sonrisa triunfante le iluminaría el
rostro durante días, y un guiño astuto en sus ojos daría pruebas de su
sagacidad.
Un humor tan peculiar como el que acabo de
describir llamaría la atención en cualquier época, sin que ello tuviera nada de
extraordinario. Y habría sido en realidad sorprendente si esa peculiaridad no
hubiera atraído la atención en la época de nuestro relato. Pronto se advirtió
que, en esas ocasiones, la sonrisa de Bon-Bon era muy diferente de la sonrisa
franca con que festejaba sus propios chistes o recibía a un conocido. Corrieron
rumores de carácter emocionante; se contaron historias acerca de tratos peligrosos
pactados deprisa y lamentados a la hora del sosiego; y se habló de facultades
extrañas, anhelos ambiguos e inclinaciones no naturales, implantados por el
autor de todo mal para sus propios y astutos fines.
El filósofo tenía otras debilidades, pero apenas
merecen nuestro análisis detallado. Por ejemplo, son pocos los hombres de
extraordinaria profundidad que no tengan inclinación por la bebida. Si dicha
inclinación es la causa o, por el contrario, la prueba válida de esa
profundidad, es algo difícil de precisar. Hasta donde sé, Bon-Bon no creía que
la cuestión justificara una investigación minuciosa; y yo tampoco. Pero no debe
suponerse que, al ceder a una propensión tan auténticamente clásica, el
restaurateur perdía de vista esa discriminación intuitiva que solía
caracterizar, a la vez y por igual, sus essais y sus omelettes. En sus
reclusiones, el vino de Bourgogne tenía su hora, y había asimismo momentos para
el Cote du Rhone. Para él, el Sauterne era al Medoc lo que Catulo a Romero.
Jugaba con un silogismo sorbiendo un St. Peray, pero desentrañaba un
razonamiento con un Clos de Vougéot, y desbarataba una teoría en un torrente de
Chambertin. Bueno hubiera sido que ese mismo sentido agudo de lo apropiado lo
hubiese acompañado en la frívola tendencia a que aludí, pero no fue el caso. De
hecho,es a característica del filosófico Bon-Bon empezó a adquirir con el
tiempo una extraña intensidad y misticismo, y parecía profundamente teñida de
ladiablerie de sus estudios germánicos favoritos.
Entrar en el pequeñocaf é en el cul-de-sac Le Febre
era, en la época de nuestro relato, entrar en els anctu m de un hombre de
genio. Bon-Bon era un hombre de genio. No había en Rouen uns ous-cuis inier que
no dijera que Bon-Bon era un hombre de genio. Hasta su gata lo sabía, y evitaba
acicalarse la cola en presencia del hombre de genio. Su gran perro de aguas
también lo reconocía y, cuando su amo se acercaba, revelaba la conciencia de su
propia inferioridad portándose beatíficamente, bajando las orejas y dejando
caer la mandíbula inferior en un proceder nada indigno de un perro. Es verdad,
sin embargo, que una buena parte de ese respeto habitual podía atribuirse a la
apariencia del metafísico. Un aspecto distinguido, debo decir, impactará
incluso a una bestia, y admitiré que en la envoltura carnal delres taurateur
había mucho que podía impresionar la imaginación del cuadrúpedo. Hay una
peculiar majestad en la atmósfera de los pequeños grandes -si se me permite una
expresión tan equívoca- que la mera corpulencia física no podría crear por sí
misma. Aunque Bon-Bon medía apenas tres pies de alto y su cabeza era
diminutamente pequeña, era imposible contemplar la rotundidad de su estómago
sin sentir una magnificencia que rozaba lo sublime: en su tamaño, tanto los
perros como los hombres debían de ver un símbolo de sus logros; en su
inmensidad, un espacio para alojar su alma inmortal.
Podría aquí, si quisiera, extenderme en el tema de
la vestimenta y otros detalles exteriores del metafísico. Podría señalar que
nuestro héroe usaba el cabello corto, suavemente combado sobre su frente y
coronado por un gorro blanco de franela, cónico y con borlas; que su chaqueta
verde no seguía la moda imperante entre el común de losres taurateurs ; que sus
mangas eran un poco más amplias que las permitidas por la convención; que el
doblez de los puños no estaba hecho, como era habitual en aquel período bárbaro,
con tela de la misma clase y color que la prenda, sino que estaban forrados,
más imaginativamente, en terciopelo multicolor de Génova; que sus pantuflas
eran de un púrpura brillante, curiosamente filigranadas, y que podían parecer
japonesas, salvo por la exquisita terminación en punta y los tintes brillantes
de la costura y el bordado; que sus calzas eran de ese material amarillo
parecido al satén, que su capa celeste, parecida a una bata y ricamente
adornada con dibujos carmesíes, flotaba caballerescamente sobre sus hombros
como la niebla de la mañana; y que su toutens emble dio lugar a la notable
observación de Benvenuta, la Improvisatrice de Florencia: "que era difícil
decir si Pierre Bon-Bon era un ave del paraíso o, más bien, un paraíso de
perfección". Podría, digo, explayarme sobre todos estos puntos si
quisiera, pero me abstengo; los detalles meramente personales pueden ser
dejados a los novelistas históricos: están por debajo de la dignidad moral de
los hechos.
He dicho que "entrar en el café en
elcul-de-sac Le Febre era entrar en el sanctu m de un hombre de genio",
pero sólo un hombre de genio podía estimar debidamente los méritos del sanctum.
Un gran cartel pintado, con forma de libro, colgaba a la entrada. Una cara del
volumen mostraba una botella; la otra, un pâté. En el lomo se leía en letras
grandes: Ceuvres de Bon-Bon. Así quedaban delicadamente insinuadas las dos
ocupaciones del propietario.
Al traspasar el umbral se presentaba a la vista
todo el interior del local. En realidad, todo lo que ofrecía el café era un
largo salón de techo bajo, de construcción antigua. En un rincón del lugar se
hallaba la cama del metafísico. Un arreglo de cortinas con un dosel a la
Grecque le daba un aire a la vez clásico y confortable. En el rincón
diagonalmente opuesto aparecían, en familiar comunión, los elementos de la
cocina y labibl iothéque. Un plato de polémicas descansaba pacíficamente en el
aparador. Aquí, una hornada de las últimas éticas... allá, una pava demél anges
en duodécimo. Los tratados alemanes de moral eran carne y uña con la parrilla;
podía verse un trinchante al lado de Eusebius; Platón se reclinaba a sus anchas
en la sartén, y manuscritos contemporáneos se apilaban en la asadera.
En otros aspectos, podría decirse que el Café de
Bon-Bon no era muy distinto de los restaurants normales de la época. Un gran
hogar bostezaba enfrente de la puerta. A la derecha de éste, una alacena
abierta exhibía una formidable colección de botellas etiquetadas. Fue allí una
vez, alrededor de la medianoche, en el duro invierno de..., donde Pierre Bon-
Bon, después de escuchar durante un rato los comentarios de sus vecinos acerca
de su singular propensión, que Pierre Bon-Bon -repito- echó a todos de su casa,
cerró la puerta con un juramento y fue a instalarse, no de muy buen humor, en
un confortable sillón de cuero, delante de un buen fuego.
Era una de esas noches terribles que sólo se ven
una o dos veces en un siglo. Nevaba con furia y la casa temblaba hasta los
cimientos con las ráfagas de viento que, filtrándose por las grietas de la
pared y bajando impetuosamente por la chimenea, agitaban con violencia las
cortinas de la cama del filósofo y alteraban el orden de sus fuentes de pâté y
sus papeles. Expuesto a la furia de la tempestad, el gran cartel colgante
crujía ominosamente, y sus puntales de roble macizo emitían un sonido
lastimero.
No fue de buen humor, repito, que el metafísico
acomodó su asiento en el lugar habitual junto al fuego. Durante el día habían
ocurrido varias cosas de naturaleza desconcertante que perturbaron la serenidad
de sus meditaciones. Al preparar unos oeufs a la Princesse le había salido,
lamentablemente, unao mele tte a la Reine; un guiso que se volcó malogró el
des- cubrimiento de un principio ético, y por último, aunque no lo de menos
importancia, se había visto frustrado en uno de esos admirables regateos que siempre
le encantaba llevar a feliz término. Pero, a la irritación surgida en su
espíritu ante esas inexplicables vicisitudes, no le faltaba un poco de esa
nerviosa ansiedad que la furia de una noche tempestuosa puede producir con
tanta facilidad. Silbándole a su vecino más inmediato, el gran perro negro de
aguas del que hablamos antes, y acomodándose inquieto en su sillón, no pudo
evitar echar una mirada cauta e intranquila hacia los rincones del salón cuyas
sombras implacables ni siquiera la intensa luz roja del fuego alcanzaba a
disipar por completo. Después de concluir un escrutinio cuyo propósito exacto
era quizás incomprensible para él mismo, acercó a su asiento una pequeña mesa
llena de libros y papeles, y pronto quedó absorto en la tarea de retocar un
voluminoso manuscrito que pensaba publicar a la brevedad.
Llevaba así ocupado unos minutos, cuando una voz
plañidera murmuró de repente en el lugar:
-No tengo ningún apuro, Monsieur Bon-Bon.
-¡Al Diablo! -exclamó nuestro héroe, incorporándose
de un salto, derribando la mesa y mirando perplejo alrededor.
-Muy cierto -replicó la voz tranquilamente.
-¡Muy cierto! ¿Qué es muy cierto? ¿Cómo entró aquí?
-vociferó el metafísico, posando la mirada en algo que estaba tendido a sus
anchas sobre la cama.
-Le decía -prosiguió el intruso, sin hacer caso a
las preguntas-que no estoy en absoluto apurado por la hora, que el asunto por
el que me tomo la libertad de venir no es urgente; en pocas palabras, que puedo
perfectamente esperar hasta que haya terminado su Exposición.
-¡Mi Exposición! Pero... ¿cómo sabe usted..., cómo
llegó usted a saber que estaba escribiendo una Exposición? ¡Santo Dios!
-¡Shh...! -contestó la figura y, levantándose
rápidamente de la cama, avanzó un paso hacia nuestro héroe mientras una lámpara
de hierro que colgaba sobre él se balanceó convulsivamente evitando su
cercanía.
El asombro del filósofo no le impidió efectuar un
minucioso examen de la vestimenta y apariencia del desconocido. Un raído traje
negro, ceñido al cuerpo y de un corte muy propio del siglo anterior, permitía
apreciar claramente su figura, sumamente delgada, pero muy por encima de la
estatura común. Era evidente que esa ropa había sido hecha para una persona
mucho más baja que su actual poseedor, cuyos tobillos y muñecas quedaban varias
pulgadas al desnudo. En sus zapatos, sin embargo, un par de hebillas muy brillantes
contradecían la extrema pobreza que traslucía el resto del atuendo.
Llevaba la cabeza descubierta y era completamente
calvo, salvo por unaqueue de considerable longitud que le nacía de la nuca. Un
par de anteojos verdes, con cristales laterales, protegían sus ojos de la luz
y, al mismo tiempo, le impedían a nuestro héroe determinar su color y
conformación. No se le veía camisa por ningún lado, pero llevaba anudada con
sumo cuidado una corbata blanca, de aspecto sucio, cuyas puntas colgaban
solemnemente dando la idea (aunque me atrevo a decir que sin intención) de un
eclesiástico. Por cierto, muchos otros detalles, tanto en su apariencia como en
sus maneras, podrían haber sustentado muy bien una impresión de esa naturaleza.
En la oreja izquierda llevaba, al modo de un oficinista moderno, un instrumento
que semejaba els tylus de los antiguos. En el bolsillo superior del saco
asomaba conspicuamente un pequeño libro negro asegurado con broches de acero.
Ese libro, accidentalmente o no, sobresalía de modo tal que dejaba ver las
palabras Rituel Catholique en letras blancas sobre el lomo. Toda su fisonomía
era atractivamente saturnina, cadavéricamente pálida incluso. La frente era
alta, profundamente marcada por las arrugas de la contemplación. Las comisuras
de la boca se recortaban hacia abajo imprimiéndole una expresión de la más
sumisa humildad. Tenía además una forma de juntar las manos mientras se
acercaba a nuestro héroe, un modo de suspirar y un aspecto general de una
santidad tan absoluta que no podía ser sino forzosamente simpático. Una vez
finalizada su inspección del visitante, toda sombra de ira se disipó en el
rostro del metafísico; le estrechó entonces la mano cordialmente y lo invitó a
tomar asiento.
Pero sería un error radical atribuir este
instantáneo cambio de humor en el filósofo a cualquiera de esas razones que,
como naturalmente se supondría, podrían haber influido en él. Hasta donde he
llegado a entender su carácter, Pierre Bon-Bon era sin duda, de todos los
hombres, el menos propenso a dejarse llevar por ninguna clase de apariencia
externa. Era imposible que un observador tan agudo de hombres y de cosas no
advirtiera, en el acto, el verdadero carácter del personaje que había sacado
provecho de su hospitalidad. Por no decir más, la conformación de los pies del
visitante era bastante llamativa, llevaba puesto a la ligera un sombrero
inusitadamente alto, se notaba un trémulo ondular en la parte posterior de sus
calzas, y la vibración del faldón de su chaqueta era un hecho palpable.
Júzguese, entonces, con qué satisfacción nuestro héroe se encontró de repente
en compañía de un personaje por el que tuvo siempre el más incondicional de los
respetos. No obstante, era demasiado diplomático como para dejarle ver la menor
señal de sus sospechas respecto de la verdad. No era su intención mostrarse
consciente del gran honor que tan inesperadamente disfrutaba, sino entablar una
conversación con su huésped y elucidar algunas importantes ideas éticas que,
incluidas en el trabajo que pensaba publicar, podrían esclarecer a la raza
humana y, al mismo tiempo, inmortalizar al autor; ideas que, cabe agregar, la
edad de su visitante y su conocido dominio de la ciencia moral le permitirían
seguramente abordar sin problemas.
Movido por estas miras elevadas, nuestro héroe
invitó al caballero a sentarse mientras agregaba algunos leños al fuego y
colocaba sobre la mesa, devuelta a su posición natural, algunas botellas de
Mousseux. Terminadas rápidamente estas operaciones, puso su sillón visavis del
de su compañero y esperó a que éste iniciara la conversación. Pero aún los
planes mejor concebidos suelen desbaratarse en la práctica, y elres taurateur
se vio completamente desconcertado por las primeras palabras de su visitante.
-Veo que me conoce, Bon-Bon -le dijo-. ¡Ja, ja, ja!
¡Je, je, je! ¡Ji, ji, ji! ¡Jo, jo, jo! ¡Ju, ju, ju!
Dejando de lado la santidad de su aspecto, el
Diablo abrió la boca al máximo, de oreja a oreja, mostrando un conjunto de
dientes desparejos, semejantes a colmillos y, echando hacia atrás la cabeza,
rió larga, sonora, perversa y ruidosamente, mientras el perro negro, agazapado,
le hacía coro con entusiasmo y la gata atigrada, huyendo de golpe, se erizaba y
chillaba desde el rincón más alejado de la habitación.
No así el filósofo; era un hombre de mundo muy
aplomado para reír como el perro o revelar con chillidos la indecorosa alarma
de la gata. Hay que confesar que sintió un poco de estupefacción al ver que las
letras blancas que formaban las palabras Rituel Catholique, en el libro de su
huésped, cambiaban súbitamente de color y de significado y que, en pocos
segundos, en lugar del título original, brillaban en caracteres rojos las
palabras Régistre des Condamnés. Este hecho sorprendente dio a la respuesta de
Bon-Bon un tono de embarazo que, en otras circunstancias, probablemente no
habría tenido.
-¡Vaya, señor! -dijo el filósofo-. ¡Vaya, señor!
Para ser sincero... creo que usted es..., le doy mi palabra..., el d..., es
decir, creo..., supongo..., tengo una vaga..., una muy vaga idea... del notable
honor...
-¡Oh... ah! i Sí, muy bien! -lo interrumpió Su
Majestad-. No diga más, ya entiendo.
Y, quitándose los anteojos verdes, limpió los
cristales con la manga de la chaqueta y se los guardó en el bolsillo.
Si el incidente del libro había asombrado a
Bon-Bon, el espectáculo que ahora se presentaba ante él aumentó ese asombro de
manera considerable. Al levantar la mirada con una gran curiosidad por saber
qué color de ojos tenía su huésped, vio que no eran en absoluto negros, como
esperaba, ni grises, como podría haber imaginado, ni castaños, ni azules, ni
amarillos o rojos, ni púrpuras, ni blancos, ni verdes, ni de ningún otro color
que existiese en los cielos o en la tierra, o en las aguas bajo la tierra. Para
abreviar, Pierre Bon-Bon no sólo vio claramente que Su Majestad no tenía ojos,
sino que tampoco advirtió señales de que los hubiera tenido alguna vez, pues el
espacio donde naturalmente deberían hallarse era tan sólo -me veo obligado a
decirlo- un plano liso de carne.
No estaba en la naturaleza del metafísico
abstenerse de hacer alguna pregunta sobre la causa de tan extraño fenómeno, y
la respuesta de Su Majestad fue inmediata, digna y satisfactoria.
-¡Ojos! ¡Mi querido Bon-Bon...! ¿Ojos, dijo? ¡Oh,
ah! ¡Ya entiendo! ¿Las ridículas imágenes que circulan le han dado una idea
falsa de mi apariencia? ¡Ojos, por supuesto! Los ojos, Pierre Bon-Bon, están
muy bien en su lugar adecuado..., yes e lugar, diría usted, ¿es la cabeza?
Correcto, la cabeza de un gusano. Parausted, además, esas ópticas son
indispensables. Pero le demostraré que mi visión es más aguda que la suya. Veo
que hay una gata en el rincón..., una linda gata..., mírela..., obsérvela bien.
Ahora, Bon-Bon, ¿ve usted los pensamientos..., los pensamientos, digo..., las
ideas..., las reflexiones que se están generando en su pericráneo? ¡Ahí tiene,
usted no los ve! En este instante piensa que admiramos el largo de su cola y la
hondura de su mente. Acaba de concluir que yo soy el más distinguido de los
eclesiásticos y que usted es el más superficial de los metafísicos. Como verá,
no soy nada ciego; pero para alguien de mi profesión, los ojos de los que usted
habla serían solamente un estorbo, expuestos a ser arrancados en cualquier
momento por un tenedor o una horquilla. Admito que para usted esos elementos
ópticos son indispensables. Esfuércese, Bon-Bon, por usarlos bien;mi visión se
ocupa del alma.
Tras esto, el visitante se sirvió del vino que
estaba en la mesa y, llenando una copa para Bon-Bon, le pidió que lo bebiera
sin escrúpulos y se sintiera como en su casa.
-Un libro brillante el suyo, Pierre -continuó Su
Majestad, palmeándole con aire conocedor el hombro a nuestro amigo cuando éste
dejó su vaso, después de complacer puntillosamente el requerimiento del
visitante-, un libro brillante, palabra de honor. Un trabajo de los que me
gustan. Creo, sin embargo, que su tratamiento del asunto podría mejorarse;
muchas de sus ideas me recuerdan a Aristóteles. Ese filósofo fue uno de mis
conocidos más íntimos. Me caía bien, tanto por su terrible malhumor como por el
don que tenía para equivocarse. Hay una sola verdad indiscutible en todo lo que
escribió, y porque yo se la sugerí, por pura compasión, al verlo tan absurdo.
Supongo, Pierre Bon-Bon, que sabe muy bien a qué divina verdad moral me estoy
refiriendo...
-No puedo decir que...
-¡Vaya! Pues, yo fui quien le dijo a Aristóteles
que, al estornudar, el hombre expele las ideas superfluas por la nariz.
-Lo que es... ¡hic!... indudablemente cierto -dijo
el metafísico mientras se servía otra copa de Mousseux y le ofrecía su caja de
rapé al visitante.
-También estaba Platón -continuó Su Majestad,
declinando modestamente el rapé y el cumplido que implicaba-. También estaba
Platón, por quien, en un momento, sentí todo el afecto de un amigo. ¿Conoce
usted a Platón, Bon-Bon? ¡Ah, por supuesto..., le pido mil perdones! Me lo
encontré una vez en Atenas, en el Partenón, y me dijo que necesitaba
angustiosamente una idea. Le sugerí un par. Me dijo que lo pensaría y se marchó
a su casa, en tanto yo me encaminé hacia las pirámides. Pero me remordía la
conciencia por haber expresado una verdad, aunque fuera para ayudar a un amigo,
y, volviendo a Atenas a toda prisa, me acerqué por detrás a la silla del
filósofo, que estaba escribiendo mi idea.
-¿Ha estado usted en Roma? -preguntó elrestaur
ateur mientras terminaba la segunda botella de Mousseux y extraía de la alacena
una generosa provisión de Chambertin.
-Sólo una vez, monsieur Bon-Bon, sólo una vez. En
un tiempo -dijo el Diablo, como si estuviera recitando el pasaje de algún
libro-hubo allí una anarquía que duró cinco años, durante los cuales la
república, privada de todos sus funcionarios, no tenía otros magistrados que
los tribunos del pueblo, quienes no estaban legalmente investidos de ningún
poder ejecutivo... En ese momento, monsieur Bon-Bon, sólo en ese momento estuve
en Roma, y no tengo, por lo tanto, relación terrena alguna con nada de su filosofía.
-¿Qué piensa usted de... qué piensa de... ¡hic!...
Epicuro?
-¿Qué pienso de quién? -respondió el Diablo
sorprendido-. ¡Supongo que no pretenderá encontrar ningún error en Epicuro! i
Qué pienso de Epicuro! ¿Está usted hablando de mí? ¡Yo soy Epicuro! Yo soy el
mismo filósofo que escribió cada uno de los trescientos tratados elogiados por
Diógenes Laercio.
-¡Eso es mentira! -dijo el metafísico, pues el vino
se le había subido un poco a la cabeza.
-¡Muy bien! i Muy bien, señor mío! ¡Realmente muy
bien! -dijo Su Majestad, sumamente halagado, al parecer.
-¡Es mentira! -repitió elrestaur ateur
dogmáticamente-. ¡Es... ¡hic!... mentira!
-¡Bien, bien, como usted diga! -respondió el Diablo
pacíficamente, y Bon-Bon, al derrotar a Su Majestad en esa disputa, consideró
su deber acabar con una segunda botella de Chambertin.
-Le decía -prosiguió el visitante-, como le señalé
hace un momento, que hay algunas ideas demasiadooutré es en ese libro suyo,
monsieur Bon-Bon. ¿Qué quiere usted decir, por ejemplo, con toda esa patraña
del alma? Se lo ruego, señor, ¿quées el alma?
-El... ¡hic!... alma -contestó el metafísico,
remitiéndose a su manuscrito- es sin duda...
-¡No, señor!
-Indudablemente...
-¡No, señor!
- Indiscutiblemente...
-¡No, señor!
- Evidentemente...
-¡No, señor!
-Incontrovertiblemente...
-¡No, señor!
-¡Hic!...
-¡No, señor!
- Y fuera de toda duda, el...
-¡No, señor, el alma no es tal cosa! (Aquí el
filósofo, echando chispas, aprovechó para terminar, en el acto, la tercera
botella de Chambertin).
-Entonces... ¡hic!... le ruego me diga..., señor,
¿qué... qué es?
-Eso no viene al caso, monsieur Bon-Bon -contestó
Su Majestad, pensativo-. He probado..., es decir, he conocido algunas almas muy
malas, y algunas otras bastante buenas.
Al decir esto se relamió los labios y apoyó
inconscientemente la mano en el libro que tenía en el bolsillo, tras lo cual
tuvo un violento ataque de estornudos. Por fin, continuó:
-Estaba el alma de Cratino... pasable; la de
Aristófanes... picante; la de Platón... exquisita; no su Platón, sino Platón el
poeta cómico; su Platón le habría revuelto el estómago a Cerbero... ¡puaj!
Luego, déjeme ver... estaban Nevius, Andrónico, Plauto y Terencio. Después,
Lucilio, Catulo, Naso y Quinto Flaco... ¡querido Quinti! Como lo llamé cuando
me cantó unas eculare para entretenerme, mientras yo lo tostaba, de muy buen
humor, en una horqueta. Pero a los romanos les faltas abor. Un griego gordo vale
por una docena de ellos y, además, se conserva, lo que no puede decirse de un
Quirite. Probemos su Sauterne.
Bon-Bon, a esa altura, había optado por el nil
admirari, y procedió con esfuerzo a bajar las botellas en cuestión. Podía oír,
sin embargo, un extraño sonido en la habitación, como el meneo de una cola.
Pero no se dio por enterado de esa conducta, tan impropia de Su Majestad;
simplemente pateó al perro, ordenándole que se quedara quieto. El visitante
continuó:
-Encontré que Horacio tenía un sabor muy parecido
al de Aristóteles; y usted ya sabe, me gusta la variedad. No hubiese podido
diferenciar a Terencio de Menandro. Naso, para mi sorpresa, era Nicandro
disfrazado. Virgilio tenía un fuerte dejo de Teócrito. Marcial me hizo recordar
mucho a Arquíloco, y Tito Livio era Polibio en persona.
-iHic! -replicó Bon-Bon, y Su Majestad retomó la
palabra.
-Pero sitengoun penchant, monsieur Bon-Bon, si
tengoun penchant, es por los filósofos. Permítame decirle, señor, que no todos
los diab..., quiero decir, no todos los caballeros saben cómo elegir un
filósofo. Los altos no son buenos; y los mejores, si no están bien
descascarados, suelen ser un poco rancios, por la hiel.
-¡Descascarados!
-Sin el cuerpo, quiero decir.
- ¿Qué le parecería... ihic!... un médico?
-¡Ni los mencione! ¡Puaj! -Su Majestad eructó
violentamente-. Sólo probé uno... ¡Ese canalla de Hipócrates!... ¡Olía a
asafétida! ¡Uff! Me pesqué un resfrío espantoso al lavarlo en la Estigia, y a
pesar de eso me produjo cólera.
-¡El muy miserable...hic! -exclamó Bon-Bon-. ¡Ese
aborto de pastillero... hic!
Y el filósofo dejó caer una lágrima.
-Después de todo -continuó el visitante-, si un
diab..., si un caballero quiere vivir, debe tener suficiente ingenio; entre
nosotros, una cara rechoncha es muestra de diplomacia.
-¿Cómo es eso?
-Bueno, a veces estamos muy escasos de provisiones.
Usted sabrá que, en un clima tan sofocante como el nuestro, a menudo es
imposible mantener vivo a un espíritu por más de dos o tres horas; y, una vez
muerto, si no lo adobamos de inmediato (y un espíritu adobado no es bueno),
comenzará a... oler..., usted entiende, ¿no es así? Siempre hay que cuidarse de
la putrefacción cuando nos envían las almas del modo habitual.
-¡Hic... hic! ¡Santo Dios! ¿Cómo se las arreglan?
En ese momento, la lámpara de hierro empezó a
balancearse con redoblada violencia y el Diablo dio un respingo en su asiento;
pero luego, con un ligero suspiro, recobró la compostura, diciéndole en voz
baja a nuestro héroe:
-¿Sabe, Pierre Bon-Bon? Mejor no echemos más
juramentos.
El anfitrión apuró otro trago, denotando su plena
comprensión y aceptación, y el visitante continuó:
-Bueno, hay diversas maneras de arreglarse. La
mayoría de nosotros pasa hambre; algunos se conforman con la conserva adobada;
personalmente, yo adquiero mis espíritus "vivent corpore", pues
encuentro que así se conservan muy bien.
-¡Pero el cuerpo... hic... el cuerpo!
-El cuerpo, el cuerpo... ¿Qué hay con el cuerpo?
¡Oh, ya veo! Bien, señor mío, el cuerpo no se ve afectado en absoluto por la
transacción. He efectuado incontables adquisiciones de esa clase en mis
tiempos, y los interesados jamás sufrieron inconveniente alguno. Puedo
nombrarle a Caín y Nimrod, Nerón, Calígula, Dioniso, Pisístrato y... y otros
mil, que en la última parte de sus vidas ignoraron por completo lo que era
tener un alma; no obstante, señor, esos hombres adornaban la sociedad. ¿No
tenemos ahora a A..., a quien usted conoce tan bien como yo? ¿No está él en
posesión de todas sus facultades, físicas y mentales? ¿Quién escribe epigramas
más agudos? Quién razona con más ingenio? ¿Quién...? ¡Pero, espere! Tengo su
contrato en el bolsillo.
Diciendo esto, sacó una cartera de cuero rojo y
extrajo de ella una serie de papeles, entre los cuales Bon-Bon alcanzó a ver
escrito "Maquiav... ", "Maza...", "Robesp...", y
los nombres de "Caligula", "George",y
"Elizabeth". Su Majestad eligió un pergamino angosto y leyó en voz
alta lo siguiente:
"A cambio de ciertos dones mentales que no
hace falta especificar, y a cambio, además, de mil luises de oro, yo, de un año
y un mes de edad, cedo por la presente al portador de este acuerdo todos mis
derechos, títulos y privilegios sobre el espectro llamado `mi alma'. Firmado:
A...4." (Aquí Su Majestad dijo un nombre que no me siento autorizado a
indicar de manera más inequívoca.)
-Un sujeto talentoso -continuó diciendo-, pero,
corno usted, monsieur Bon-Bon, se equivocaba acerca del alma. ¡El alma un
espectro! ¡Claro! ¡El alma un espectro! ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Ju, ju, ju!
¡Imagínese un espectro fricaseado!
-¡Imagínese... hic... un espectro fricaseado!
-exclamó nuestro héroe, iluminadas aún más sus facultades por la profundidad
del discurso de Su Majestad-. ¡Imagínese... hic... un espectro fricaseado!
¡Vaya... hic... pff! ¡Ojaláyo hubiera sido tan... hic... simplón! ¡Mi alma,
señor... pff...!
-¿Su alma, monsieur Bon-Bon?
- Sí, señor... ¡hic!...mi alma no es...
-¿Qué, señor?
-¡Ningún espectro, maldita sea!
-Usted quiere decir...
-Sí, señor,mi alma es... ¡hic!... ¡pff! ¡Sí, señor!
-No irá usted a sostener...
-Mi alma reúne... ¡hic!... todas las condiciones...
¡hic!... para un...
-¡Qué, señor?
- Guiso.
-¡Ja!
-Soufflée.
-¡Vaya!
-Fricassée.
-¡No me diga!
-Ragouty fricandeau... y, vea, mi buen amigo, se la
dejaré a usted por... ¡hic!... una bagatela -dijo el filósofo, y le palmeó la
espalda a Su Majestad.
-Ni pensar en tal cosa -dijo este último en tono
calmo, levantándose de su asiento.
Bon-Bon se quedó mirándolo.
-Estoy bien provisto por el momento -agregó Su
Majestad.
-¡Hic! ¿Eh...? -dijo el filósofo.
-Y no tengo fondos a mano.
-¿Qué?
-Además, no estaría bien de mi parte...
-¡Señor!
- ... aprovecharme de...
-¡Hic!
- ... su vergonzoso estado, indigno de un
caballero.
Entonces el visitante saludó y se fue -no se sabe
exactamente de qué modo-. Pero en un deliberado intento de arrojarle una
botella al "villano", la delgada cadena que pendía del techo se
cortó, y el metafísico quedó tendido debajo de la lámpara.
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Edgar Allan Poe (1809-1849)


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