© Libro N° 9689. La Madre De Los Monstruos. De Maupassant, Guy. Emancipación. Marzo12
de 2022.
Título original: © La Madre De Los Monstruos. Guy De Maupassant
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Original: © La Madre De Los Monstruos. Guy De Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Guy De Maupassant
La Madre De Los Monstruos
Guy De Maupassant
Guy De Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy,
París, 1893)
La Madre De Los Monstruos (1883)
[Otro título en español: “El ladrón”]
(“La mère aux monstres”)
Originalmente publicado en Gil Blas (12 de junio de
1883);
Toine
(París: Marpon-Flammarion, 1886, 308 págs.)
He
recordado aquella horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar el
otro día, en una playa muy concurrida por los ricos, a una conocida parisiense,
joven, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.
Mi
historia se remonta muy lejos ya en el tiempo, pero estas cosas no se olvidan.
Me
había invitado un amigo a pasar algún tiempo en su casa, en una pequeña ciudad
de provincias. Para hacerme los honores de la comarca, me paseó por todas
partes, me hizo ver sus alabados paisajes, los castillos, las industrias, las
ruinas; me mostró los monumentos, las iglesias, las viejas puertas esculpidas,
árboles de enorme tamaño o de forma extraña, el roble de Saint André y el tejo
de Roqueboise.
Cuando
hube examinado entre exclamaciones de benévolo entusiasmo todas las
curiosidades de la región, mi amigo me dijo con cara consternada que ya no
quedaba nada por visitar. Respiré. Por fin iba a poder descansar un poco a la
sombra de los árboles. Pero de pronto lanzó un grito:
—¡Ah,
sí!, tenemos a la madre de los monstruos, te la haré conocer.
Yo
pregunté:
—¿A
quién? ¿A la madre de los monstruos?
Él
prosiguió:
—Es
una mujer abominable, un verdadero demonio, un ser que da a luz cada año,
voluntariamente, niños deformes, horribles, espantosos en una palabra,
monstruos, y los vende a los exhibidores de fenómenos.
“Estos
horribles industriales vienen de vez en cuando a informarse de si ha producido
algún aborto nuevo, y, cuando el tipo les gusta, se lo llevan pagándole una
renta a la madre.
“Tiene
once retoños de esa naturaleza. Es rica.
“Crees
que bromeo, que invento, que exagero. No, amigo mío. Sólo te cuento la verdad,
la pura verdad.
“Vamos
a ver a esa mujer. Luego te diré cómo ha llegado a ser una fábrica de
monstruos”.
Me
llevó a las afueras.
Aquella mujer vivía en una preciosa casita a la orilla de la carretera.
Era agradable y estaba bien cuidada. El jardín lleno de flores olía bien. Se
hubiera dicho la morada de un notario retirado de los negocios.
Una
criada nos hizo pasar a una especie de saloncito campesino, y la miserable
apareció.
Tenía
unos cuarenta años. Era una mujer alta, de rasgos duros, pero bien constituida,
vigorosa y sana, el verdadero tipo de campesina robusta, mitad animal, mitad
mujer.
Era
consciente de la reprobación que provocaba y no parecía recibir a la gente sino
con una humildad odiosa.
Preguntó:
—¿Qué
desean los señores?
Mi
amigo replicó:
—Me
han dicho que su último hijo había nacido como todo el mundo, y que no se
parecía nada a sus hermanos. He querido cerciorarme. ¿Es cierto?
Nos
lanzó una mirada socarrona y furiosa, y respondió:
—¡Oh,
no! ¡Oh, no!, mi probe señor. Pue que sea más feo entavía que los otros. No
tengo suerte, ninguna suerte. Tos así, mi probe señor, tos así, qué desgracia,
¿cómo pue ser el buen Dios tan duro con una probe mujer questá sola en el
mundo, cómo pue ser?
Hablaba deprisa, con los ojos bajos y aire hipócrita, semejante a una
bestia feroz que tiene miedo. Suavizaba el tono áspero de su voz, y resultaba
sorprendente que aquellas palabras lacrimosas y soltadas en falsete saliesen de
aquel corpachón huesudo, demasiado fuerte, de ángulos bastos, que parecía hecho
para los gestos vehementes y para aullar a la manera de los lobos.
Mi
amigo preguntó:
—Querríamos ver a su pequeño.
Me dio
la impresión de que se sonrojaba. ¿Me engañé acaso? Tras unos instantes de
silencio, dijo con voz más alta:
—¿Pa
qué les serviría?
Y
había levantado la cabeza, mirándonos de hito en hito con ojeadas bruscas y
fuego en la mirada.
Mi
compañero prosiguió:
—¿Por
qué no quiere enseñárnoslo? Hay mucha gente a la que se lo muestra. ¡Ya sabe a
quién me refiero!
La
mujer se sobresaltó y, liberando su voz, liberando su cólera, gritó:
—Díganme, ¿pa eso han venío? ¿Pa insultarme, eh? ¿Porque mis hijos son
como animales, verdá? No lo verán, no, no, no lo van a ver; váyanse, váyanse.
¿Por qué tien tos que agonizarme así?
Avanzaba hacia nosotros, con las manos en las caderas. Al sonido brutal
de su voz, una especie de gemido, o más bien un maullido, un grito lamentable
de idiota, salió del cuarto contiguo. Me estremecí hasta la médula.
Retrocedimos ante ella.
Mi
amigo dijo con tono severo:
—Tenga
cuidado, Diabla (en el pueblo la llamaban la Diabla), tenga cuidado, un día u
otro esto le traerá desgracia.
Ella
se echó a temblar de rabia, agitando los puños, trastornada, chillando:
—¡Váyanse! ¿Qué me traerá desgracia? ¡Váyanse, hatajo de impíos!
Iba a
saltarnos a la cara. Huimos, con el corazón en un puño.
Cuando
estuvimos delante de la puerta, mi amigo me preguntó:
—¿Y
qué? ¿La has visto? ¿Qué te parece?
Respondí:
—Cuéntame la historia de esa bestia.
Y esto
es lo que me contó mientras volvíamos con paso lento por la blanca carretera
bordeada de mieses ya maduras que un viento ligero, pasando a ráfagas, hacía
ondular como un mar en calma.
* * *
Tiempo
atrás, aquella mujer era sirvienta en una granja, laboriosa, formal y
ahorradora. No se le conocían novios, no se sospechaba que tuviera ninguna
debilidad.
Cometió un desliz, como hacen todas, una tarde de siega, en medio de las
gavillas segadas, bajo un cielo de tormenta, cuando el aire inmóvil y pesado
parece lleno de un calor de horno y baña de sudor los cuerpos morenos de mozos
y mozas.
No
tardó en sentirse encinta y sufrió la tortura de la vergüenza y del miedo.
Queriendo ocultar su desgracia a toda costa, se apretaba el vientre
violentamente con un sistema que había inventado, un corsé de fuerza, hecho con
tablillas y cuerdas. Cuanto más se le hinchaba el vientre por el esfuerzo del
niño al crecer, más apretaba ella el instrumento de tortura, sufriendo el
martirio, pero animosa ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar ver
ni sospechar nada.
Lisió
en sus entrañas a la pequeña criatura oprimida por la espantosa máquina; lo
comprimió, lo deformó, hizo de él un monstruo. Su cráneo aplastado se alargó,
brotó de punta con dos gruesos ojos saltones que sobresalían de la frente. Los
miembros oprimidos contra el cuerpo crecieron, retorcidos como sarmientos, se
alargaron desmesuradamente, rematados por unos dedos semejantes a patas de
araña.
El
torso se quedó muy pequeño y redondo como una nuez.
Parió
en pleno campo una mañana de primavera.
Cuando
las escardadoras, que acudieron en su ayuda, vieron el animal que le salía del
cuerpo, echaron a correr lanzando gritos. Y por la comarca se difundió el rumor
de que había traído al mundo un demonio. Desde entonces la llaman “la Diabla”.
La
echaron de su trabajo. Vivió de la caridad y tal vez de amor en la sombra,
porque era buena moza y no todos los hombres temen al infierno.
Crió a
su monstruo, a quien por lo demás odiaba con un odio salvaje y al que tal vez
hubiera estrangulado si el cura, previendo el crimen, no la hubiera amedrentado
amenazándola con la justicia.
Pero
cierto día unos exhibidores de fenómenos que estaban de paso oyeron hablar del
espantoso aborto y pidieron verlo para llevárselo si les gustaba. Les gustó, y
entregaron a la madre quinientos francos al contado. Ella, avergonzada al
principio, se negaba a mostrar aquella especie de animal; pero cuando descubrió
que valía dinero, que excitaba el deseo de aquella gente, se puso a regatear, a
discutir cada céntimo, encandilándolos con las deformidades de su hijo,
elevando el precio con tenacidad de campesina.
Para
que no la robasen, hizo un documento con ellos. Y se comprometieron a pagarle
además cuatrocientos francos al año, como si hubieran tomado aquel animal a su
servicio.
Esta
ganancia inesperada enloqueció a la madre, y desde entonces no la abandonó el
deseo de dar a luz otro fenómeno, para conseguir rentas como una burguesa.
Como
era fecunda, consiguió lo que buscaba, y parece ser que se volvió hábil para
variar las formas de sus monstruos según las presiones que les hacía sufrir
durante el tiempo del embarazo.
Los
tuvo largos y cortos, unos parecidos a cangrejos, otros semejantes a lagartos.
Varios murieron; se afligió mucho.
La
justicia trató de intervenir, pero no pudo probarse nada. Así pues, la dejaron
fabricar en paz sus fenómenos.
En
este momento tiene once vivos, que le reportan, un año con otro, de cinco a
seis mil francos. Sólo le falta uno por colocar, el que no ha querido
enseñarnos. Pero no lo conservará mucho tiempo, porque hoy día la conocen todos
los titiriteros del mundo, que de vez en cuando vienen a ver si tiene algo
nuevo.
Y
hasta monta subastas entre ellos cuando el sujeto lo merece.
* * *
Mi
amigo se calló. Una repugnancia profunda me revolvía el alma, y una cólera
tumultuosa, un remordimiento por no haber estrangulado a aquella bestia cuando
la había tenido a mano.
Pregunté:
—¿Y
quién es el padre?
Me
respondió:
—No se
sabe. Él o ellos tienen cierto pudor. Él o ellos se esconden. Quizá comparten
los beneficios.
No
pensaba ya en esta lejana aventura cuando el otro día vi, en una playa de moda,
a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada de hombres que la
respetan.
Caminaba por la arena del brazo de un amigo, el médico del balneario.
Diez minutos más tarde vi a una criada que cuidaba de tres niños enterrados en
la arena.
Un par
de pequeñas muletas yacían en el suelo y me emocionó. Entonces me di cuenta de
que aquellos tres pequeños seres eran deformes, jorobados, encorvados,
horribles.
El
doctor me dijo:
—Son
los productos de la encantadora mujer que acabas de ver.
Una
profunda piedad por ella y por ellos invadió mi alma. Exclamé:
—¡Oh,
pobre madre! ¿Cómo puede seguir riendo?
Mi
amigo prosiguió:
—No la
compadezcas, querido. A quien hay que compadecer es a los pobres pequeños. Ahí
tienes los resultados de las cinturas finas hasta el último día. Estos
monstruos se fabrican con el corsé. Ella sabe de sobra que arriesga su vida en
este juego. ¡Qué le importa, con tal de ser hermosa y amada!
Y me
acordé de la otra, la campesina, la Diabla, que vendía sus fenómenos.


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