© Libro N° 9688. Las Joyas. De Maupassant, Guy. Emancipación. Marzo12
de 2022.
Título original: © Las Joyas. Guy De Maupassant
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Guy De Maupassant
Las Joyas
Guy De Maupassant
Guy De Maupassant
(Francia, 1850-1893)
Las Joyas (1883)
(“Les bijoux”)
Originalmente publicado en el periódico Gil Blas
(27 marzo 1883)
Clair de lune
(París: Paul Ollendorff, édition augmentée, 1888,
318 págs.);
(No apareción en la édition originale, Monnier,
1883, 145+ págs.)
El
señor Lantín la conoció en una reunión que hubo en casa del subjefe de su
oficina, y el amor lo envolvió como una red.
Era
hija de un recaudador de contribuciones de provincia muerto años atrás, y había
ido a París con su madre, la cual frecuentaba a algunas familias burguesas de
su barrio, con la esperanza de casarla.
Dos
mujeres pobres y honradas, amables y tranquilas. La muchacha parecía ser el
modelo de la mujer honesta, como la soñaría un joven prudente para confiarle su
porvenir. Su hermosura plácida ofrecía un encanto angelical de pudor, y la
imperceptible sonrisa, que no se borraba de sus labios, parecía un reflejo de
su alma.
Todo el
mundo cantaba sus alabanzas; cuantos la conocieron repetían sin cesar: “Dichoso
el que se la lleve; no podría encontrar cosa mejor”.
Lantín,
entonces oficial primero de negociado en el Ministerio del Interior, con tres
mil quinientos francos anuales de sueldo, la pidió por esposa y se casó con
ella.
Fue
verdaderamente feliz. Su mujer administraba la casa con tan prudente economía,
que aparentaba vivir hasta con lujo. Le prodigó a su marido todo género de
atenciones, delicadezas y mimos: era tan grande su encanto, que a los seis años
de haberla conocido, él la quería más aún que al principio.
Solamente le desagradaba que se aficionase con exceso al teatro y a las
joyas falsas.
Sus
amigas, algunas mujeres de modestos empleados, le regalaban con frecuencia
localidades para ver obras aplaudidas y hasta para algún estreno; y ella
compartía esas diversiones con su marido, al cual fatigaban horriblemente,
después de un día de trabajo. Por fin, para librarse de trasnochar, le rogó que
fuera con alguna señora conocida, que pudiese acompañarla cuando acabase la
función. Ella tardó mucho en ceder, juzgando inconveniente la proposición de su
marido; pero, al fin, se decidió a complacerlo, y él se alegró muchísimo.
Su
afición al teatro despertó bien pronto en ella el deseo de adornarse. Su
atuendo era siempre muy sencillo, de buen gusto y modesto; su gracia
encantadora, su gracia irresistible, suave, sonriente, adquiría mayor atractivo
con la sencillez de sus trajes; pero cogió la costumbre de prender en sus
orejas dos trozos de vidrio, tallados como brillantes, y llevaba también
collares de perlas falsas, pulseras de similor y peinetas adornadas con
cristales de colores, que imitaban piedras finas.
Disgustado por aquella inconveniente afición al oropel, su marido le
decía con frecuencia:
—Cariño, la que no puede comprar joyas verdaderas no debe lucir más
adornos que la belleza y la gracia, que son las mejores joyas.
Pero
ella, sonriendo dulcemente, contestaba:
—¿Qué
quieres? Me gusta, es un vicio. Ya sé que tienes razón; pero no puedo
contenerme, no puedo. ¡Me gustan mucho las joyas!
Y hacía
rodar entre sus dedos los collares de supuestas perlas; hacía brillar,
deslumbradores, los cristales tallados, mientras repetía:
—Observa qué bien hechos están; parecen finos.
Él
sonreía diciendo:
—Tienes
gustos de gitana.
Algunas
veces, por la noche, mientras estaban solos junto a la chimenea, sobre la
mesita donde tomaban el té, colocaba ella la caja de tafilete donde guardaba la
“pacotilla”, según la expresión de Lantín, y examinaba las joyas con atención,
apasionándose como si gozase un placer secreto y profundo. Se obstinaba en
ponerle un collar a su marido para echarse a reír y exclamar:
—¡Qué
mono estás!
Luego,
arrojándose en sus brazos, lo besaba locamente.
Una
noche de invierno, al salir de la Ópera, ella sintió un estremecimiento de
frío. Por la mañana tuvo tos; y ocho días más tarde murió, de una pulmonía.
Lantín se entristeció de tal modo, que por poco lo entierran también. Su
desesperación fue tan grande, que sus cabellos encanecieron por completo en un
mes. Lloraba día y noche, con el alma desgarrada por un dolor intolerable,
acosado por los recuerdos, por la voz, por la sonrisa, por el perdido encanto
de su muerta.
El
tiempo no calmaba su amargura. Muchas veces, en las horas de oficina, mientras
sus compañeros se agrupaban para comentar los sucesos del día, se le llenaban
de agua los ojos y, haciendo una mueca triste, comenzaba a sollozar.
Había
mantenido intacta la habitación de su compañera, y se encerraba allí,
diariamente, para pensar; todos los muebles, y hasta sus trajes, continuaban en
el mismo lugar, como ella los había dejado.
Pero
la vida se le hizo dificultosa. El sueldo, que manejado por su mujer bastaba
para todas las necesidades de la casa, era insuficiente para él solo, y se
preguntaba con estupor cómo se las había arreglado ella para darle vinos
excelentes y manjares delicados, que ya no era posible adquirir con sus
modestos recursos.
Contrajo algunas deudas y, al fin, una mañana, ocho días antes de acabar
el mes, faltándole dinero para todo, pensó vender algo. Y acaso por ser lo que
le había producido algún disgusto, decidió desprenderse de la “pacotilla”, a la
que le guardaba aún cierto rencor, porque su vista le amargaba un poco el
recuerdo de su mujer.
Rebuscó
entre las muchas joyas de su esposa —la cual hasta los últimos días de su vida
estuvo comprando, adquiriendo casi cada tarde una joya nueva—, y por fin se
decidió por un hermoso collar de perlas que podía valer muy bien —a juicio de
Lantín— dieciséis o diecisiete francos, pues era muy primoroso, a pesar de ser
falso.
Se lo
metió en el bolsillo y, de camino para el Ministerio, siguiendo los bulevares,
buscó una joyería cualquiera.
Entró
en una, bastante avergonzado de mostrar así su miseria, yendo a vender una cosa
de tan poco precio.
—Caballero —le dijo al comerciante—, quisiera saber lo que puede valer
esto.
El
joven tomó el collar, lo examinó, le dio vueltas, lo tanteó, cogió una lente,
llamó a otro dependiente, le hizo algunas indicaciones en voz baja, puso la
joya sobre el mostrador y la miró de lejos, para observar el efecto.
Lantín,
molesto por aquellas prevenciones, se disponía a exclamar: “¡Oh, ya sé que no
vale nada!”, cuando el comerciante dijo:
—Caballero, esto vale de doce a quince mil francos; pero no puedo
adquirirlo sin conocer su procedencia.
El
viudo abrió unos ojos enormes y se quedó con la boca abierta. Por fin,
balbució:
—¿Está
usted seguro?...
El
otro, atribuyendo a otra causa la sorpresa, añadió secamente:
—Puede
ver si alguien se lo paga mejor; para mí, vale sólo quince mil francos.
Lantín,
completamente idiota, recogió el collar y se fue, obedeciendo a un deseo
confuso de reflexionar a solas.
Pero,
en cuanto se vio en la calle, estuvo a punto de soltar la risa, pensando:
“¡Imbécil! ¡Imbécil! Si le hubiese cogido la palabra... ¡Vaya un joyero, que no
sabe distinguir lo bueno de lo falso!”
Y entró
en otra joyería de la calle de la Paz. En cuanto vio la joya, el comerciante
dijo:
—¡Ah,
caramba! Conozco muy bien este collar; ha salido de esta casa.
Lantín,
desconcertado, preguntó:
—¿Cuánto vale?
—Caballero, yo lo vendí en veinticinco mil francos y se lo compraré en
dieciocho mil, cuando me indique, para cumplir las prescripciones legales.
¿Cómo ha llegado a su poder?
Esta
vez el señor Lantín tuvo que sentarse, anonadado por la sorpresa:
—Examínelo... examínelo usted detenidamente, ¿no es falso?
—¿Quiere usted darme su nombre, caballero?
—Sí,
señor; me llamo Lantín, estoy empleado en el Ministerio del Interior y vivo en
la calle de los Mártires, en el número 16.
El
comerciante abrió sus libros, buscó y dijo:
—Este
collar fue enviado, en efecto, a la señora de Lantín, calle de los Mártires,
número 16, en julio de 1878.
Los dos
hombres se miraron fijamente; el empleado, estúpido por la sorpresa; el joyero,
creyendo estar ante un ladrón.
El
comerciante dijo:
—¿Accede a depositar esta joya en mi casa durante veinticuatro horas
nada más, y mediante recibo?
Lantín
balbució:
—Si,
sí; ya lo creo.
Y salió
doblando el papel, que guardó en un bolsillo.
Luego
cruzó la calle, anduvo hasta notar que había equivocado su camino, volvió hacia
las Tullerías, pasó el Sena, vio que se equivocaba de nuevo, y retrocedió hasta
los Campos Elíseos, sin ninguna idea clara en la mente. Se esforzaba, queriendo
razonar, comprender. Su esposa no pudo adquirir un objeto de tanto valor... De
ningún modo... Luego ¡era un regalo! ¡Un regalo! Y ¿de quién? ¿Por qué?
Se
detuvo y quedó inmóvil en medio del paseo. La horrible duda lo asaltó.
¿Ella?... ¡Y todas las demás joyas también serían regalos! Le pareció que la
tierra temblaba, que un árbol se le venía encima y, tendiendo los brazos, se
desplomó.
Recobró
el sentido en una farmacia adonde los transeúntes que lo recogieron lo habían
llevado. Hizo que lo condujeran a su casa y no quiso ver a nadie.
Hasta
la noche lloró desesperadamente, mordiendo un pañuelo para no gritar. Luego se
fue a la cama, rendido por la fatiga y la tristeza, y durmió con sueño pesado.
Lo
despertó un rayo de sol, y se levantó despacio, para ir a la oficina. Era muy
duro trabajar después de semejantes emociones. Recordó que podía excusarse con
su jefe, y le envió una carta. Luego pensó que debia ir a la joyería y lo
ruborizó la vergüenza. Se quedó largo rato meditabundo; no era posible que se
quedara el collar sin recoger. Se vistió y salió.
Hacía
buen tiempo; el cielo azul, alegrando la ciudad, parecía sonreír. Dos
transeúntes ociosos andaban sin rumbo, lentamente, con las manos en los
bolsillos.
Lantín
pensó, al verlos: “Dichoso el que tiene una fortuna. Con el dinero pueden
acabarse todas las tristezas; uno va donde quiere, viaja, se distrae... ¡Oh!
¡Si yo fuese rico!”
Sintió
hambre, no había comido desde la antevíspera. Pero no llevaba dinero, y volvió
a ocuparse del collar ¡Dieciocho mil francos! ¡Era un buen tesoro!
Llegó a
la calle de la Paz y comenzó a pasearse para arriba y para abajo, por la acera
frente a la joyería. ¡Dieciocho mil francos! Veinte veces fue a entrar; y
siempre se detenía, avergonzado.
Pero
tenía hambre, un hambre atroz, y ningún dinero. Por fin se decidió,
bruscamente; atravesó la calle y, corriendo, para no darse tiempo de
reflexionar, se precipitó en la joyería. El dueño se apresuró a ofrecerle una
silla, sonriendo con finura. Los dependientes miraban a Lantín de reojo,
procurando contener la risa que les retozaba en el cuerpo. El joyero dijo:
—Caballero, ya me informé, si usted acepta mi proposición, puedo
entregarle ahora mismo el precio de la joya.
El
empleado balbució:
—Sí,
sí; claro.
El
comerciante sacó de un cajón dieciocho billetes de mil francos y se los entregó
a Lantín, que firmó un recibo y los guardó en el bolsillo con mano temblorosa.
Cuando
se iba ya, se volvió hacia el joyero, que sonreía, y le dijo, bajando los ojos:
—Tengo... aún... otras joyas que han llegado hasta mí por el mismo
conducto, ¿le convendría comprármelas?
El
comerciante respondió:
—Sin
duda, caballero.
Uno de
los dependientes se vio obligado a salir de la tienda para soltar la carcajada;
otro se sonó con fuerza; pero Lantín, impasible, colorado y grave, prosiguió:
—Voy a
traérselas.
Y cogió
un coche para ir a buscar las joyas.
Al
volver a la joyería, una hora después, no se había desayunado aún. Comenzaron a
examinar los objetos, pieza por pieza, tasándolos uno a uno. Casi todos eran de
la misma casa.
Lantín
discutía ya los precios, enfadándose, y exigía que le mostraran los
comprobantes de las facturas, hablando cada vez más recio, a medida que la suma
aumentaba.
Los dos
solitarios valían veinticinco mil francos; los broches, sortijas y medallones,
dieciséis mil; un aderezo de esmeraldas y zafiros, catorce mil; las pulseras,
treinta y cinco mil; un solitario, colgante de una cadena de oro, cuarenta mil;
y ascendía todo a ciento noventa y seis mil francos.
El
comerciante dijo con sorna:
—Esto
es de una persona que debió de emplear sus economías en joyas.
Lantín
repuso, gravemente:
—Cada
cual emplea sus ahorros a su gusto.
Y se
fue, habiendo convenido con el joyero que, al día siguiente, comprobarían la
tasación.
Cuando
estuvo en la calle, miró la columna Vendóme, y sintió deseos de gatear por ella
como si le pareciese una cucaña. Se sentía ligero, con ánimo para saltar por
encima de la estatua del emperador, puesta en lo alto.
Almorzó
en el restaurante más lujoso, y bebió vino de a veinte francos la botella.
Después tomó un coche para que lo llevase al bosque, y miraba
despreciativamente a los transeúntes, con ganas de gritar: “¡Soy rico! ¡Tengo
doscientos mil francos!”
Se
acordó de su oficina y se hizo conducir al Ministerio. Entró en el despacho de
su jefe y le dijo con desenvoltura:
—Vengo
a presentar mi dimisión, porque acabo de recibir una herencia de trescientos
mil francos.
Luego
fue a estrechar la mano de sus compañeros, y les dio cuenta de sus nuevos
planes de vida.
Por la
noche comió en el café Inglés, lo más caro.
Viendo
junto a él a un caballero, que le pareció distinguido, no pudo resistir la
tentación de referirle, con mucha complacencia, que acababa de heredar
cuatrocientos mil francos.
Por
primera vez en su vida, no se aburrió en el teatro y pasó toda la noche con
mujeres.
Se
volvió a casar al medio año. La segunda mujer —verdaderamente honrada— tenía un
carácter insoportable y lo hizo sufrir mucho.


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