© Libro N° 9690. Amadeus Knödlseder. Meyrink, Gustav. Emancipación. Marzo12
de 2022.
Título original: © Amadeus Knödlseder. Gustav Meyrink (1868-1932)
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Original: © Amadeus Knödlseder. Gustav Meyrink
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Gustav Meyrink
Amadeus Knödlseder
Gustav Meyrink
—¡Knodlseder, hazte a un lado! —ordenó Andreas
Humplmeier, el águila real, apoderándose bruscamente del trozo de carne que la
mano dadivosa del guardián había arrojado a través de las rejas.
—Porquería de animal, ojalá se muera —protestaba
indignadísimo el anciano buitre de los Alpes, que en los largos años de
encierro se había vuelto terriblemente corto de vista y no podía soportar que
se aprovecharan de una manera tan irrespetuosa de su inferioridad; voló hacia
una de las barras y desde ahí escupió finalmente con la esperanza de dar en su
adversario.
Pero Humplmeier no se turbó en absoluto; con la
cabeza metida en un rincón devoró impasible la carne recién hurtada limitándose
tan sólo a levantar despectivamente las plumas de su cola mientras se mofaba:
—¡No te pongas belicoso, que te doy una cachetada!
¡Y esta ya era la tercera vez que Amadeus Knödlseder se quedaba sin cenar!
—¡Esto no puede seguir así —rezongaba cerrando los
ojos para no tener que ver la sonrisa desvergonzada que le dirigía el marabú de
la jaula vecina y que quietecito en su rincón aparentaba estar dando gracias a
Dios, una actividad a la que su condición de pájaro sagrado parecía obligarlo
sin darle casi ningún descanso—, esto no puede seguir así!
Knodlseder dejó que los acontecimientos de las
últimas semanas volvieran a sucederse en su memoria: tenía que reconocer que al
principio la conducta indudablemente original del águila real le había causado
cierta gracia; especialmente en aquella oportunidad en que a la jaula vecina
habían traído dos pajarracos delgadísimos —zancudos igual que las cigüeñas— y
tremendamente petulantes; cuando hicieron su entrada, el águila exclamó:
—¿Qué clase de bichos son?
—Somos grullas vírgenes —fue la respuesta.
—Para quien se lo quiera creer —había respondido el
águila real para regocijo de todos los presentes.
Pero lástima que pronto el carácter zumbón de este
muchacho también se volvió contra él, y fue así que un día se puso secretamente
de acuerdo con un cuervo, que hasta entonces había sido un compañero bastante
agradable, y aprovechando el hecho de que una niñera se había acercado
imprudentemente al enrejado con su cochecito de bebé, le sustrajeron la goma de
una de las ruedas; luego colocaron el caño de goma en el comedero de la jaula y
el águila real había tenido el tupé de señalarlo con el pulgar diciendo:
—Amadeo, ahí tienes un chorizo.
Y él, que hasta el momento había sido el orgullo
del Jardín Zoológico, él, el venerado buitre de los Alpes, se lo creyó: se
apoderó del caño de goma y lo llevó en rápido vuelo hasta su barra, donde
comenzó a tironear y tironear hasta que el caño se fue haciendo cada vez más
largo y finito, rompiéndose por fin arrojándolo hacia atrás con violencia, de
modo que, por primera vez en su vida, cayó al suelo provocándose una dolorosa
torcedura en el cogote.
Inconscientemente, Knodlseder se estaba tanteando
ahora, al recordarlo, la parte lastimada. Y de nuevo lo acometió un ataque de
furia, pero se dominó rápidamente para no darle al marabú la ocasión de una
nueva burla. Echó una rápida mirada hacia abajo: no, por suerte el antipático
animalejo no había notado nada y seguía tranquilamente hincado dando gracias a
Dios.
—Esta noche se concreta una huida —resolvió el
buitre de los Alpes tras largo cavilar—; prefiero la libertad con su lucha por
la vida, antes que permanecer un sólo día más con ese ser indigno.
Un breve ensayo le confirmó que las bisagras de la
puerta de la jaula seguían oxidadas —un secreto que ya conocía desde hace mucho
tiempo y que guardaba celosamente para sí—, lo que facilitaba considerablemente
sus planes.
Consultó su reloj de bolsillo: ¡Las nueve! ¡Pronto
sería de noche! Esperó una hora más y comenzó a empacar silenciosamente su
maleta. Un camisón, tres pañuelos (se los acercó uno por uno a los ojos:
¿llevaban las iniciales A. K.?, sí, eran los suyos), su libro de misa con el
trébol de cuatro hojas guardado cuidadosamente entre las gastadas páginas, y
por fin —una lágrima nostalgiosa mojó sus párpados— el viejo y querido
braguero, pintado amorosamente para simular un cuero de víbora, que su dulce
madrecita le había regalado para Pascuas pocos días antes de que manos humanas
lo secuestraran ... y con el que tanto le había gustado jugar.
Bueno, ya estaba todo listo. La maleta cerrada y la
llave bien guardada en su buche.
—Casi me convendría —pensaba Knodlseder— esperar a
que el señor Director me diera un certificado de buena conducta. Nunca se puede
saber. —pero desechó este pensamiento casi de inmediato; no sin razón, se dijo
que a pesar de su proverbial ingenuidad, la dirección del Jardín Zoológico
podría no estar de acuerdo con su partida.
—No, creo que me conviene más dormir una horita.
Ya estaba a punto de cobijar la cabeza bajo el ala,
cuando lo sobresaltó un ruido sospechoso. Aguzó el oído. No era nada de
importancia: el marabú, que secretamente era un gran adicto a los juegos de
azar, estaba jugando al par o impar bajo palabra de honor consigo mismo a la
tenue luz de la luna. Y lo hacía de la siguiente manera: tragaba un puñado de
piedritas y volvía a escupir algunas: si el número que resultaba de esta
operación era impar, había ganado. El buitre de los Alpes lo estuvo observando
durante un buen rato divirtiéndose de lo lindo al ver que el marabú perdía a
cada rato, hasta que un nuevo ruido —proveniente esta vez de la construcción de
cemento que embellecía el interior de la jaula— distrajo abruptamente su
atención. Era un cuchicheo y estaba dirigido a él:
—Pst, señor Knodlseder.
—¿Qué hay? —contestó el buitre de los Alpes con el
mismo tono de voz y bajó volando suavemente de su barra.
Era un erizo, que si bien era un bávaro de
nacimiento igual que el águila real, se diferenciaba fundamentalmente de éste
por su carácter apacible y bonachón, enemigo declarado de las bromas pesadas.
—Usted está por huir —comenzó diciendo mientras
señalaba la maleta.
Por un instante el buitre de los Alpes pensó
terminar con esta intromisión cerrando la boca del erizo para siempre —por pura
cautela, se entiende—, pero la confiada mirada de su interlocutor lo desarmó
por completo.
—¿Conoce usted bien los alrededores de Munich,
señor Knodlseder?
—No —tuvo que reconocer sorprendido el incorregible
buitre de los Alpes.
—Ya me parecía. Yo le puedo ser de utilidad. Bueno,
primero: en cuanto salga, doble hacia la izquierda y se mantiene sobre su mano
derecha. Después usted mismo se va a dar cuenta. Y después ... —el erizo hizo
una pausa para aspirar con admirable rapidez una pizquita de rapé—, y después
sigue volando derechito para adelante. Y mucha suerte en el viaje, señor vecino
—cerró el erizo su locución y desapareció.
Todo resultó a las mil maravillas. Antes de que
amaneciera, Amadeus Knödlseder había logrado abrir silenciosamente la puerta de
la jaula, y después de haberse apoderado del sombrerito tirolés y los tiradores
bordados propiedad de Humplmeier, que a la sazón roncaba como un aserradero,
tomó su maletita y ahuecó el ala puntualmente. Y aunque toda esta actividad
logró sacar al marabú de su sueño siempre tan liviano, nada desagradable
sucedió, ya que el muy beato se creyó nuevamente obligado a colocarse en su rincón
para dar gracias a Dios.
—¡Uf, cuánta chatura! —protestaba el buitre de los
Alpes a la vista de la ciudad sumida en sueños, tal como se le mostraba a la
primera luz rosada del día mientras volaba hacia el Sur—. ¡Y a esto lo llaman
metrópolis del arte!
Acalorado por el esfuerzo desacostumbrado, pronto
se sintió sediento, y al divisar un pueblito que le pareció simpático se
decidió a bajar y regalarse con una buena medida de cerveza. Comenzó a pasearse
muy orondo por las calles dormidas. A esa hora parecía no haber ninguna taberna
abierta. La única tienda que ofrecía una excepción a esta inactividad mortal
era una cuyo cartel rezaba: Almacén de Ramos Generales, de Bárbara
Muschelknaus.
El buitre de los Alpes se detuvo delante del
abigarrado escaparate y lo estudió con atención: de pronto cruzó por su cerebro
un pensamiento luminoso. Abrió la puerta de la tienda y entró muy decidido.
Durante la noche anterior ya lo había estado atormentando el problema de cómo
ganarse la vida una vez que estuviera afuera. ¿Andar volando por ahí en busca
de un botín? ¿Con esta vista que ya no me sirve para nada? ¿Probar qué tal me
va con la fabricación de guano? Humm, para eso se necesita en primer término,
comer, y comer mucho: ex nihilo nihü fit; pero ahora, súbitamente, se le abría
un camino nuevo.
—¡Cielos, qué animalejo más repulsivo! —chilló la
vieja señora Muschelknaus al contemplar el primer cliente de la jornada; pero
se tranquilizó muy pronto cuando Amadeus Knödlseder, tras palmearle
cariñosamente las mejillas, le dio a entender con palabras cuidadosamente
escogidas que necesitaba completar su equipaje con una colección de corbatas de
muy buen gusto, como las que están expuestas en el escaparate.
Conquistada por el comportamiento tan educado y tan
jovial del buitre de los Alpes, la vieja comenzó a apilar con diligencia
docenas de corbatas sobre el mostrador. Y al distinguido caballero le gustaban
todas, tanto es así que pidió que se las fuera acomodando en una caja de
cartón, sin discutir el precio. Con respecto a la más cara de todas, una color
rojo fuego, sólo comentó que quería llevarla puesta, y mirando a la dueña con
ojos soñadores le rogó que se la atara alrededor de su flaco cuello; mientras ella
así lo hacía, él canturreaba:
Un beso ardiente de tu boca de rosa
me recuerda
aquellos rojos amaneceres, hurrá;
hurrá, hurrá, hurrá.
—Vaya, qué bien le queda —exclamó feliz la vieja—.
¡Pero si parece un verdadero (picapleitos de parranda, casi se le escapa)
duque!
—Bueno, ahora, y si no le ocasiona demasiadas
molestias, le pediría un vaso de agua fresca —trinó el buitre de los Alpes.
Casi loca de contenta, la pobre salió corriendo
hacia las habitaciones traseras de la casa; y apenas hubo desaparecido de la
vista, Amadeus Knödlseder tomó la caja de cartón, salió como disparado de la
tienda y en menos de un minuto ya se hallaba flotando por los aires rumbo al
azul del cielo. Y aunque pronto se hicieron oír los improperios lanzados a viva
voz por la tendera, el desalmado no sintió el menor remordimiento; con la
maleta en la izquierda y la caja de cartón bien sujeta entre las garras de la derecha,
siguió tranquilamente su camino a través del éter. Recién a altas horas de la
tarde —los rayos del sol poniente se aprestaban ya a dar el beso de despedida a
las sonrosadas cumbres de los Alpes—, condujo su raudo vuelo hacia abajo. Los
aromas balsámicos del terruño abanicaban mimosos su rostro y su vista se perdía
embriagada en el paisaje.
De las verdes praderas se elevaba melodioso el
melancólico cantar de los pastores, acompañado por el argentino tintinear de
las manadas. Guiado por el instinto certero de un hijo de los aires, Amadeus
Knödlseder descubrió bien pronto, para su enorme regocijo, que un destino
benévolo había conducido su vuelo hasta las cercanías de una próspera aldea de
lirones. Y si bien es cierto que apenas avistado el peligroso visitante, los
lugareños corrieron a buscar la protección de sus hogares, sus temores se aquietaron
casi tan rápidamente como habían surgido al observar que Knodlseder no sólo no
le tocó ni un sólo pelo a un lirón muy viejito que no había podido huir a
tiempo y que se dirigía al comercio de granos que había en la localidad, sino
que se inclinaba respetuosamente ante él, quitándose el sombrero, para
preguntarle si no le podría recomendar una buena posada con precios razonables.
—A juzgar por su acento usted no es de aquí,
¿verdad? —dijo para entablar una conversación, después de que el lirón,
tartamudeando de miedo, le dio la información requerida.
—No, no —balbuceó el anciano caballero.
—¿Del sur tal vez?
—No. De... de Praga.
—Ah, y por lo tanto judío, ¿no? —siguió inquiriendo
el buitre de los Alpes, mientras le sonreía amigablemente guiñando un ojo.
—¿Yo? ¿Y... yo? ¡Pero, qué ocurrencia señor buitre
de los Alpes! —negó enfáticamente el lirón, temiendo seguramente tenérselas que
ver con un ruso—. ¿Judío yo? Todo lo contrario, por más de diez años fui
shabes-goy en lo de una familia judía pero buena.
Una vez que el buitre de los Alpes se hubo enterado
de toda suerte de detalles acerca de la vida y de las costumbres del lugar, y
después de haber manifestado su profunda satisfacción por el hecho de que no
existiera allí ninguna clase de lugares nocturnos, ni buenos ni malos, dejó al
pobre lirón en libertad y se dispuso a buscar un lugar donde afincarse. La
suerte le seguía sonriendo, y antes de que cayera la noche ya había conseguido
alquilar en las cercanías del mercado una tienda elegantísima con su correspondiente
vivienda, que daba a los fondos de la casa, cada habitación con entrada
independiente. Los días y las semanas fueron transcurriendo en la mayor de las
calmas; los vecinos ya habían olvidado por completo sus temores del comienzo y
las calles del pueblo se hallaban animadas como siempre por el murmullo alegre
de sus habitantes.
rolijamente escrito con letra cursiva, podía leerse
en el cartel de madera que colgaba sobre la entrada de la tienda recién
inaugurada: CORBATAS EN TODOS LOS COLORES. vende AMADEO KNODLSEDER (Se conceden
rebajas) y todos se agolpaban para admirar las llamativas mercancías expuestas
en el escaparate.
Antes, cuando pasaban las bandadas de patos
silvestres haciendo alarde de las brillantes corbatas con que los había
obsequiado la naturaleza, en la aldea reinaba siempre cierto malestar motivado
por la mal disimulada envidia. ¡Pero cómo habían cambiado las cosas ahora! Todo
vecino que se preciaba de ser alguien poseía una corbata de primerísima calidad
y mucho, mucho más brillante todavía. Las había rojas, azules, amarillas, y
hasta hubo quien hallara una a cuadros entre tanta maravilla; sin hablar del señor
alcalde, que se había conseguido una tan larga, que al andar se le enredaba
constantemente entre las patas delanteras.
La firma Amadeus Knödlseder se hallaba en boca de
todo el pueblo para señalar, antes que nada, las virtudes personales de que
hacía gala su propietario, de todas las virtudes ciudadanas. Ahorrativo,
trabajador, diligente y medido en sus costumbres (sólo bebía limonada). Durante
el día atendía a su clientela, en la tienda propiamente dicha, y de tanto en
tanto invitaba a algún comprador especialmente seleccionado a que pasara a las
dependencias del fondo, donde solía permanecer luego largo rato, haciendo seguramente
anotaciones en el libro mayor. Tal la creencia general, ya que en esas
ocasiones se lo oía eructar ruidosamente, y todo el mundo sabe que, tratándose
de un comerciante próspero, eso es signo de una gran actividad mental.
El hecho de que el visitante no abandonara nunca el
comercio por la parte de adelante, no llamaba mayormente la atención. ¡Habiendo
tantas salidas por la parte de atrás! Después del cierre, Amadeo Knodlseder
solía sentarse en un escarpado para tocar melodías románticas en su dulzaina,
hasta que la adorada de su corazón —una gamuza solterona, con lentes y manta
escocesa— se acercaba con sus breves pasitos por las rocas de enfrente.
Entonces la saludaba con un mudo y rendido gesto y ella contestaba con un recatado
movimiento de su cabecita. Ya se estaba corriendo la voz de que ahí tenía que
haber algo, y los enterados aprobaban con regocijo la tierna relación, ya que
resultaba realmente edificante poder presenciar con los propios ojos un cambio
tan favorable en la vida de un individuo con las taras hereditarias que
necesariamente debía tener todo buitre de los Alpes.
Lo único que impedía que la felicidad del pueblito
fuese completa, era la circunstancia —tan desdichada como sorprendente— de que
el número de la población disminuía de un modo inexplicable, casi se podría
afirmar que de semana en semana. Ya no quedaba una sola familia de lirones que
no hubiera registrado a uno de sus miembros en la sección de personas
desaparecidas. Se barajaban un sin fin de posibilidades, y se seguía
aguardando, pero ninguno de los familiares echados de menos regresaba al hogar.
Y cierto día se notó la falta de... ¡nada menos que
la señorita gamuza! Hallaron su frasquito de sales al borde de unos riscos;
parecía casi evidente que había cardo al fondo del abismo a consecuencia de
alguno de sus acostumbrados vahídos. La congoja de Amadeo Knodlseder era total.
Una y otra vez descendía con las alas desplegadas hasta el lugar en que
presumiblemente yacía su bienamada para —así afirmaba él con desconsuelo— ,
hallar por lo menos sus restos y poder darles cristiana sepultura. Y, entre vuelo
y vuelo, se lo podía ver sentado entre las piedras —en la boca un mondadientes—
con la vista perdida en el vacío.
Llegó al extremo de descuidar por completo su
comercio de corbatas.
Y entonces, cierta noche, se produjo una relación
terrible. El propietario del inmueble —un viejo gruñón y chismoso— hizo su
aparición en el destacamento de policía exigiendoque se forzara la entrada a la
tienda y se secuestraran todas las existencias, ya que no estaba dispuesto a
seguir esperando un sólo día más el pago del alquiler adeudado.
—¡Hum! ¡Qué extraño! ¿El señor Knodlseder adeuda el
alquiler? —el oficial de guardia no podía creerlo—, ¿y para qué demonios tirar
abajo la puerta? ¡A esta hora debe estar en casa durmiendo, con despertarlo
basta!
—¿Ése y en casa? —el viejo lirón estalló en una
sonora carcajada—. ¿Nada menos que ése? ¡Pero si nunca regresa antes de las
cinco de la madrugada y siempre borracho como una cuba!
—¿Borracho? —el oficial de guardia comenzó a
impartir órdenes.
Ya comenzaban a asomar las primeras luces del alba,
y los esbirros seguían chorreando sudor tratando de forzar el pesado candado
que mantenía cerrada la parte del fondo de la tienda. Una multitud excitadísima
se paseaba de aquí para allá en la plaza del mercado.
—¡Quiebra fraudulenta! No, falsificación de letras
de cambio —y así iban cambiando sucesivamente las diversas versiones.
—¡Jí, jí, quiebra fraudulenta! ¡Háganme el favor!
¡Jí! —El que así se expresaba era nada menos que el anciano comerciante de
granos, que desde aquel encuentro tan enojoso con Knodlseder no se había dejado
ver nunca más en la vía pública.
El desconcierto general iba creciendo y creciendo.
Hasta las elegantes damitas que regresaban a casa —de vaya a saber uno qué
diversiones— envueltas en sus finas pieles, hacían parar sus coches para
preguntar qué sucedía. Y de pronto un ruido formidable: la puerta había cedido
por fin a la presión de los más forzudos. ¡Y qué horrible espectáculo se
ofrecía ahora a la vista de los azorados concurrentes! De la habitación abierta
salía un olor nauseabundo, y adonde quiere uno dirigiera la mirada: trozos de
piel masticados y vueltos a escupir, huesos roídos apilados en montones que
llegaban hasta casi el cielorraso, huesos sobre la mesa, huesos en los
estantes, hasta en los cajones de la cómoda y en la caja fuerte: huesos y más
huesos.
La multitud quedó como paralizada; ahora ya no
cabía duda acerca del paradero de los vecinos desaparecidos. Knodlseder se los
había comido, no sin antes despojarlos de la mercadería previamente adquirida:
¡un segundo Joyero Cardillac de la novela de la señorita de Scuderi!
—¿Y qué me cuentan ahora de la quiebra fraudulenta?
—comenzó de nuevo el viejo marmota acaparador de granos. Ahora todos lo
admiraban por haber sido tan inteligente como para prohibirle a su familia todo
trato con ese asesino sinvergüenza.
—¿Cómo es posible estimado vecino que usted fuese
el único que mantuviera en pie su desconfianza? ¿Había tantas razones para
suponer que podía haber cambiado?
—¿Un buitre de los Alpes y cambiar? —preguntó el
anciano, siempre con el mismo tono de burla—. ¡El que fue buitre alguna vez,
seguirá siendo buitre durante el resto de su vida, y más si se trata de un
buitre de los Alp...! —no pudo seguir hablando: voces humanas se acercaban.
¡Turistas!
En un abrir y cerrar de ojos, todos los lirones
desaparecieron. Incluyendo al marmota sabio.
—¡Qué belleza! ¡Una verdadera maravilla! ¡Qué
soberbio amanecer! ¡Ohhhh! —exclamaba una de las voces. Pertenecía a una
rubicunda damisela, de nariz respingada, que acto seguido se hizo ver en la
meseta horadando el aire con su ondulante busto, los ojos muy abiertos y
redondos como dos huevos fritos (sólo que no tan amarillos, sino más bien
azules) y enterando a quien quisiera enterarse de su romántica apreciación de
la naturaleza—. ¡Ohhhh! Y ahora, en medio de este paisaje, con el que madre
natura ha sido tan, pero tan pródiga, ya no le permitiría repetir, Sr. Klempe,
lo que me dijera abajo en el valle acerca de los italianos. Ya verá usted,
cuando la guerra haya terminado, los italianos van a ser los primeros en venir
a tendernos la mano y reconocer: ¡Querida Alemania, perdónanos, pero esta vez
prometemos cambiar!
Gustav Meyrink (1868-1932)


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