© Libro N° 9555. La Araña Negra. Tomo 8. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © La Araña Negra. Tomo 8/9. Vicente Blasco
Ibáñez
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Original: © La Araña Negra. Tomo 8/9. Vicente Blasco Ibáñez
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LA ARAÑA NEGRA
Tomo 8
Vicente Blasco Ibáñez
La Araña Negra
Tomo 8
Vicente Blasco Ibáñez
Title: La araña negra, t.
8/9
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: May 30, 2014
[EBook #45836]
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incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.) OCTAVA PARTE: VI, VII, VIII, IX. |
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
———
NOVELA
TOMO OCTAVO
EDITORIAL COSMÓPOLIS
APARTADO 3.030 MADRID
Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín de los Heros,
65.—MADRID.
OCTAVA PARTE
JUVENTUD A LA SOMBRA DE LA VEJEZ
(CONTINUACIÓN)
Cambio de decoración en casa de la baronesa.
Llegó el momento fatal en que Juanito Zarzoso, con
su título de doctor en Medicina, alcanzado con gran brillantez, obedeciendo las
órdenes de su tío, al que temía tanto como amaba, hubo de separarse de María
para trasladarse a París.
En los tres meses que transcurrieron desde la
conferencia con el padre Tomás hasta el día en que partió el joven médico, doña
Esperanza no había logrado aminorar el cariño de los novios ni enturbiar la
confianza que mutuamente se tenían.
Un día en que el estudiante esperó a la viuda en
uno de los puntos que ella frecuentaba para darle una carta con destino a
María, doña Esperanza aprovechó la ocasión para “abrirle los ojos”, según
decía.
Con afectada inocencia llevó la conversación al
terreno que ella deseaba; habló de la niñez de María, de su carácter ligero, de
sus atrevimientos hombrunos en el colegio, y como digno final de tanta
preparación, como el que cierra los ojos para disparar el trueno gordo, sin
ilación alguna... “¡paf!”, la viuda espetó al
estudiante la relación de cuanto ella suponía ocurrido en aquella noche
célebre, cuando las monjas encontraron a la joven en el tejado, durmiendo en
los brazos de un muchacho.
Al ver la viuda que Juanito se ruborizaba
intensamente escuchando sus palabras, creyó que el joven iba a estallar en
indignación; pero se quedó fría, cuando en vez de la emoción terrible que
esperaba, púsose a reír el joven diciendo que nunca había él llegado a
imaginarse que doña Esperanza supiera tales cosas.
La intrigante viuda, que pensaba sorprender al
estudiante, resultó la sorprendida, y su asombro fué sin límites cuando Juanito
la dijo que aquel muchacho que amaneció en la azotea del colegio era él mismo.
El golpe había fracasado; y en vez de desunir a los
novios aquella revelación, sólo había servido para convencer a la viuda de que
tal amor, por lo mismo que era antiguo y nacido en el dulce despertar de la
pubertad, había de ser forzosamente de larga duración.
Apresuróse doña Fernanda a llevar la noticia al
padre Tomás, quien, al saberla, no mostró su acostumbrada y fría indiferencia.
—Ahora resulta—dijo—más preciso que nunca apartar
cuanto antes a esos dos jóvenes. Veo que la tarea va a ser más difícil de lo
que al principio creíamos; pero con tal de que él marche pronto a París todo se
logrará. Es simplemente cuestión de tiempo y paciencia.
—¿Y qué me aconseja usted, reverendo padre?—dijo la
viuda—. ¿Debo seguir siendo medianera en estos amores?
—Sí; continúe usted hasta que ese joven se vaya a
París. Nada adelantaríamos con que usted se negase a facilitar sus entrevistas
y a llevarles sus cartas; encontrarían otro medio para cumplir sus deseos. Ya
daremos el golpe cuando estén separados.
Desde que el padre Tomás supo los amoríos de María
visitó con más asiduidad la casa de la baronesa.
La tertulia de momias realistas alegrábase por esta
distinción que la dispensaba el padre Tomás. Aquello era, para los visitantes
de doña Fernanda, como un halagador holocausto a su terquedad reaccionaria y
una demostración de que el poderoso jesuíta, reconociendo que en la
aristocracia transigente con el siglo sólo se encontraba miseria e impiedad,
volvía al seno de sus antiguos amigos, los “puros”, los “integristas”,
los que protestaban contra todo lo que no oliese al polvo del pasado.
Lejos estaban aquellos seres de adivinar el
verdadero motivo que impulsaba al padre Tomás a visitar con tanta frecuencia la
casa de la baronesa.
Doña Fernanda no era la que se sentía menos ufana
por aquella asiduidad del poderoso jesuíta. El más grave pesar a la muerte del
padre Claudio lo había experimentado pensando que el nuevo jefe de la Orden en
España no visitaría ya su casa con tanta frecuencia, y así ocurrió; por esto al
ver ahora al padre Tomás casi todas las tardes en su salón, confundido entre
sus habituales tertulianos, y hablándola con gran dulzura, el orgullo y el amor
propio satisfecho coloreaban su rostro con el rubor de la felicidad, y se
sentía dichosa como pocas veces.
Su satisfacción era inmensa al pensar que en los
elegantes hoteles de la Castellana, donde residía aquella aristocracia moderna,
a la que odiaba secretamente, se notaría la ausencia del padre Tomás, a quien
ella contaba ya como uno de sus acostumbrados tertulianos, y, ganosa de
retenerle, le asediaba con toda clase de consideraciones y se mostraba
dispuesta a obedecer su más leve indicación.
No le costó, pues, gran trabajo al jesuíta el
inculcarla sus deseos.
Doña Fernanda, a pesar de tener su director
espiritual, que era un individuo de la Compañía, quiso confesarse con el padre
Tomás, arrastrada por el deseo de aparecer públicamente como penitente del
célebre jesuíta, que sólo se sentaba en el confesonario en muy contadas
ocasiones.
Durante la tal confesión, fué cuando el padre Tomás
convenció a la baronesa de que debía consentir en que su sobrina contrajera
matrimonio, no violentando su carácter y las tendencias de su temperamento.
Doña Fernanda oyó con recogimiento casi religioso
las palabras del jesuíta, e inmediatamente se propuso obedecerle como un
autómata.
Tan grande era el poder que sobre ella ejercía el
padre Tomás, que sus indicaciones bastaron para derrumbar las ilusiones que la
baronesa se forjaba hacía ya muchos años.
No; María no sería monja, ya que así se lo
aconsejaba un sacerdote tan ilustre y digno de respeto. Ella había soñado en
hacer de María una santa como su tío Ricardo; quería meter a su sobrina en un
convento, creyendo que esta resolución sería muy
grata a los ojos de Dios y que resultaría del gusto de los padres jesuítas, a
los que ella consideraba como legítimos representantes del Señor; pero ya que
un sacerdote tan respetable le aconsejaba todo lo contrario, ella estaba
dispuesta a obedecer inmediatamente.
Y doña Fernanda, al decir estas palabras, extremaba
el gesto y los ademanes, intentando demostrar de este modo que su sumisión a
las órdenes del jesuíta era inmensa.
Lo que ella pedía únicamente, lo que solicitaba a
cambio de su obediencia, era que, ya que María debía casarse, fuese el mismo
padre Tomás quien se encargase de buscarla un marido propio de su condición
social, con la seguridad de que la elección sería acertada.
Nadie como él conocía a los jóvenes de la
aristocracia. Habíanse educado todos ellos en el colegio de los jesuítas, a los
más principales los dirigía el padre Tomás en los momentos difíciles de su
vida, y, merced al espionaje perfecto de la Compañía, conocía hasta en sus
menores detalles la vida y las costumbres de cada uno.
—Casar a María—decía doña Fernanda en la rejilla
del confesonario—es un asunto tan difícil, que yo misma no me atrevo a
encargarme de ello, y preferiría que usted, reverendo padre, llevado del cariño
con que siempre ha distinguido a nuestra familia, se encargase del asunto. Mi
sobrina es riquísima, como usted ya sabe; el título de condesa de Baselga a
ella le pertenece, y ya ve usted que una joven que tales condiciones reúne bien
merece que se fije toda la atención al buscarla un esposo. ¡Oh, reverendo padre!
¡Si usted fuese tan bueno que accediera a encargarse de este asunto! Ya que
María ha de tener marido, viviré yo tranquila si éste es del gusto de usted.
Y el padre Tomás fué tan bueno, que, después de
exponer algunos escrúpulos sobre la incompatibilidad que existía entre su
augusto ministerio y el ser agente de matrimonios, accedió por fin a encargarse
de buscar un esposo para María.
Para esto era necesario, según consejo del jesuíta,
que doña Fernanda cambiase algo su sistema de vida, que olvidase un poco la
exagerada devoción y se acordara algo más del mundo; en una palabra, que ella y
su sobrina ocupasen el lugar que les correspondía por su rango en ese mundo
elegante que brilla, se agita y se divierte.
Fiel doña Fernanda a los consejos de su director,
desde aquel día cambió por completo de vida.
Los rancios tertulianos de la baronesa vieron con
asombro que su amiga deponía una parte de su intransigencia con el mundo, y que
en aquel retorno a la vida de la juventud, arrastraba a su sobrina, con gran
contento de ésta.
El palacete de la calle de Atocha perdió
rápidamente aquel sello conventual que le distinguía. Parecía como que,
abiertos los balcones, el viento de la calle había penetrado arrollándolo todo
y desvaneciendo aquella atmósfera pesada que olía a incienso.
Los carruajes de forma antigua y modesta que usaba
la baronesa para ir a la iglesia fueron cambiados por elegantes “landós”; los
salones perdieron su aspecto conventual y sombrío, siendo adornados con nuevos
muebles, y en las personas de doña Fernanda y su sobrina operóse igual cambio,
pues sus antiguos vestidos obscuros y de corte casi monjil, fueron reemplazados
por trajes de última moda.
María se dejaba llevar dulcemente por aquella
tendencia que su tía manifestaba a favor de las costumbres que poco antes
anatematizaba con severo lenguaje.
Tan vehemente era el deseo de entrar de lleno en la
vida elegante experimentado por doña Fernanda, que muchas veces reñía a su
sobrina cuando ésta se mostraba reacia a asistir a las diversiones, sin duda
porque la falta de costumbre influía en su carácter.
—Mujer; eres un hurón—decía la tía—. Es preciso que
te acostumbres a esta vida agitada y de continuo goce. Por ti hago yo también
esta vida. Se acabaron ya nuestras costumbres de antaño, y es preciso que
vivamos a la moderna. Otras muchachas se darían por muy contentas con tener una
tía tan amable y complaciente como yo lo soy para ti, y tú parece que no
quieres agradecerme lo que por ti hago. ¿No te negabas a ser monja? Pues bien;
no lo serás; yo no quiero violentar a nadie que no se sienta con vocación suficiente
para abrazar la vida de santidad. Ya que tu carácter te aleja del claustro,
serás mujer elegante, dama del gran mundo, y te casarás con un hombre que sea
digno de ti. Ya ves que no puedo ser más complaciente. A ver si tienes talento
para brillar en sociedad y distinguirte entre las jóvenes de tu clase.
María, con el cambio que la baronesa hacía en su
modo de vivir, veía realizado aquel bello ideal que ocupaba su imaginación en Valencia, cuando soñaba en ser una señorita del
gran mundo y asistir a las suntuosas fiestas, que sólo de oídas conocía, o por
las relaciones de las pocas novelas que a hurtadillas leía en el colegio.
Ya figuraba en aquella sociedad tan acariciada por
su pensamiento; ya asistía todas las noches a las óperas del Real en una platea
de las más elegantes; paseaba por la Castellana, contestando a numerosos
saludos, y hasta un día había figurado su nombre con los adjetivos de hermosa y
distinguida, en una reseña que del baile de la Embajada francesa hizo un
periódico de gran circulación; pero estas satisfacciones, que en otra época
hubiesen constituído su felicidad, no bastaban ahora para amortiguar el dolor que
sufría, justamente en los días en que verificaba su iniciación en la vida
elegante.
Juanito estaba ya próximo a partir.
El doctor Zarzoso le apremiaba para que cuanto
antes fuese a París, pues ya había escrito recomendándole a los más famosos
profesores de Francia, y el pobre muchacho no sabía qué excusa inventarse para
prolongar algunos días más su estancia en Madrid.
El pesar que a ambos amantes producía la próxima
separación era lo que hacía que María se mostrase huraña a los halagos de su
tía y asistiese a todas las diversiones con el ánimo preocupado por tristes
ideas.
En el teatro, en el paseo, en las reuniones
elegantes, en las suntuosas funciones religiosas, en todos los puntos de
distracción donde se encontraba, la idea de que Juanito iba a partir enturbiaba
todas sus alegrías.
Contribuía a hacer aún más penosa su situación la
circunstancia de que la baronesa, con su nuevo género de vida, hacía menos
frecuentes las ocasiones en que María podía hablar con su novio.
La joven rara vez lograba ir de paseo acompañada
únicamente por doña Esperanza, pues así que manifestaba deseos de salir, la
baronesa se prestaba a acompañarla.
Fueron, pues, poco frecuentes las entrevistas de
los novios en los últimos días que pasó el joven médico en Madrid, y
forzosamente hubieron de contentarse con verse de lejos, como en los primeros
tiempos de sus amores, y cambiar apasionadas cartas, que doña Esperanza,
siempre complaciente, llevaba de uno a otro, cada vez más amable y satisfecha, conforme se acercaba el momento de
partida para Juanito.
La última vez que los novios se hablaron fué en el
Retiro, una mañana en que María consiguió salir a pie, en compañía de la viuda
de López.
La escena fué sencilla y conmovedora, tanto, que
impresionó un poco a doña Esperanza. ¡Ay, Dios! Así se despedía ella de su
difunto marido, cuando aún era su novio, cada vez que abandonaba el pueblo para
ir a estudiar a Madrid.
Hablaron poco los dos amantes; parecía que cada
palabra que salía de sus labios iba a provocar una explosión de sollozos, y se
limitaban a mirarse con expresión compungida, estrechándose las manos
nerviosamente.
Convinieron en la forma que debían adoptar para
cartearse sin que se apercibiera la baronesa.
El dirigía las cartas a doña Esperanza, que se
encargaría de entregarlas a María, y recoger las de ésta remitiéndolas a París.
Despidiéronse veinte veces, para volver otra vez a
entablar una conversación incoherente y temblorosa, en la cual las miradas
significaban más que las palabras, y, al fin, se separaron, no sin volver a
cada paso la cabeza para verse por última vez.
Al día siguiente, cuando comenzaba a cerrar la
noche, María contemplaba melancólicamente el reloj de su gabinete.
Era la hora en que el “exprés” salía para Francia.
En él se alejaba Juanito.
María creía percibir en torno de ella un espantoso
vacío, que por momentos se agrandaba, y se sintió próxima a llorar.
Pero la voz de su tía vino a sacarla de esta
estupefacción dolorosa.
Había que prepararse para ir aquella noche al Real.
Era noche de debut; un célebre tenor cantaba “Los Hugonotes”, y todo el mundo
elegante se había dado cita en el aristocrático coliseo para tomar parte en
aquella fiesta, que iba a ser una de las grandes solemnidades de la temporada.
La baronesa callaba el interés que tenía en asistir
a dicha función.
Uno de los más respetables individuos de su
tertulia le había pedido permiso para presentarle en un entreacto a Paco
Ordóñez, muchacho distinguido, e hijo segundo del difunto duque de Vegaverde.
En el teatro Real.
Cuando la baronesa y su sobrina entraron en su
platea, la representación de “Los Hugonotes” había comenzado ya.
El debutante, un Raúl algo aviejado, con tipo de
mozo de cuerda y un poco patizambo, que según era fama le costaba a la Empresa
seis mil francos por noche, estaba en aquel momento lanzándole al público,
ensimismado y silencioso, el famoso “raconto”, describiendo su primero y
novelesco encuentro con la gentil Valentina.
La media voz del tenor, subiendo y bajando siempre
igual, sin perder en intensidad como deslumbrante hilillo con que se tejiera
una tela de plata, resonaba en medio del profundo silencio que reinaba en el
gigantesco teatro, y las dos damas hubieron de entrar en su palco casi de
puntillas, por no turbar la profunda atención del público.
No les gustaban a la baronesa ni a la sobrina esos
arranques de distinción de muchas de aquellas damas que estaban en los otros
palcos, las cuales tomaban asiento después de producir algún estrépito para
llamar la atención, atrayéndose con esto los feroces siseos de los
“dilletantis” fanáticos que estaban en las alturas.
María, al tomar asiento, apoyó un codo en la
baranda del palco, y cogiendo sus gemelos de nácar y oro, paseó su mirada por
todo el coliseo.
Presentaba el vasto teatro el mismo aspecto
deslumbrador y lujoso de todas las noches, sólo que en aquélla era más
perceptible el recogimiento, la expectación de un público deseoso de juzgar por
sí mismo a una notabilidad que llega precedida por el ruido de las ovaciones
recibidas en los primeros coliseos del mundo.
Los palcos estaban deslumbrantes, como doble fila
de dorados canastillos, dentro de los cuales brillaban montones de joyas sobre
las rizadas cabezas y hombros esculturales de nítida blancura; al agitarse
algún torneado y desnudo brazo, dejaba tras de sí el reguero de azuladas
chispas que la luz arrancaba a las pulseras de brillantes, y semejantes a
estrellas parpadeando en blanquecino cielo, en el centro de tersas pecheras,
tiesas y crujientes como corazas, titilaban gruesos
diamantes envueltos en irisados resplandores. Todo el Madrid elegante se
amontonaba en aquellos palcos, y desbordado, se extendía por las infinitas
butacas del patio, donde los vistosos uniformes militares y los alegres trajes
de las señoras, matizaban con vivos colores la sombría monotonía del frac
negro.
María paseó sus gemelos por encima del patio, vasto
mar de cabezas peinadas, las más en correcta raya desde la nuca a la frente, y
erizadas las otras de airosas plumas y cabellos rizados que dejaban en el
ambiente un grato perfume femenil.
Para completar María su examen, apuntó sus gemelos
a lo alto, y entonces fué viendo los palquitos superiores para hombres solos,
donde se agrupaban como pollada recién salida del cascarón los socios de los
Clubs elegantes, los gomosos que a aquellas horas comenzaban su existencia
diaria hasta las primeras horas de la mañana; y más arriba aún, el populacho,
según decía doña Fernanda, el público anónimo, la gente sin gusto, que iba allí
a oír la ópera con el silencioso recogimiento del fanatismo musical, sin fijarse
para nada en aquel derroche de suntuosidad y elegancia que tenían a sus pies.
María miró al palco de la familia real y lo vió
vacío, lo que no le extrañó. Sabía por las murmuraciones de salón que para el
rey Alfonso la música era el ruido que menos le incomodaba, y cuando asistía a
la ópera estaba siempre próximo a dormirse, si es que no le entretenían
hablándole de corridas de toros o de “juergas” en las posesiones reales.
El acto primero tocaba a su fin. El tenor, al
terminar su “raconto”, había ya recibido una ovación, aunque ésta había sido
recelosa y en gran parte obra de la “claque”, como si el público no estuviera
del todo convencido de la eminencia del artista y reservase su opinión para más
adelante.
La baronesa, después de contestar a varios saludos,
curioseaba con sus gemelos de un modo impertinente, sin fijarse para nada en el
escenario, al cual volvía la espalda.
María por su parte, después de examinar el teatro,
que todas las noches le causaba idéntica impresión de deslumbramiento, miraba a
la escena deseosa de distraerse y olvidar aquella idea fija que la martirizaba.
¡Ay, Dios! Aquel Raúl, que tan melancólicamente
expresaba su tristeza al no ver la mujer que se había apoderado de su corazón, a pesar de que físicamente, con su
abdomen algo hinchado y su aspecto maduro, no tenía la menor semejanza con
Zarzoso, forzosamente le hacía recordar al joven médico, que a aquellas horas,
mientras ella encontrábase en un lugar de diversión, era arrebatado por el
veloz “exprés”, y en el interior del vagón iba sin duda llorando, desalentado
por la larga ausencia que veía en su porvenir.
Y luego aquella música de Meyerbeer, que cual
ninguna sabe interpretar con exacta verdad los diversos estados del alma
humana, en vez de producirla placer, causaba en su corazón el efecto de una
lluvia de fuego que todavía aumentaba sus sufrimientos.
La joven se sentía molesta, y casi deseaba que
dejase de sonar cuanto antes aquella música que, sin que ella pudiera
explicarse la causa, la entristecía hasta el punto de que en los pasajes más
vivos y alegres la acometían deseos de llorar.
Cuando terminó el acto no faltaron visitantes en el
palco.
La platea de la baronesa era una de las mejores del
teatro, y doña Fernanda, para adquirirla, había tenido que dar una prima de
algunos miles de pesetas a sus anteriores poseedores que tenían prioridad en el
abono. Esto parecía dar alguna distinción a la actual dueña del palco y a los
que la visitaban, lo que, unido a la hermosura de María y a su fama de
millonaria, hacía que se considerase como un gran honor el ser admitido en la
tertulia del palco, y el que fuesen muchos los que durante los entreactos dirigían
a él los gemelos con insistencia.
El primero que entró aquella noche fué el viejo
señor que en la vetusta tertulia de la baronesa hablaba de Donoso Cortés y el
cual, entre la aristocracia anticuada, era respetado como un genio literario,
porque en su juventud había escrito dos sonetos y cinco romances, méritos, que
con el de tener un título de marqués, habían sido considerados suficientes para
hacerle sentar en un sillón de la Academia Española.
El aristocrático académico, que para sostener su
fama de poeta creía necesario mostrarse galanteador y pegajoso como un cadete,
dirigió algunos floreos a Fernandita, asegurando, bajo palabra de honor, que la
encontraba cada día más joven y distinguida (afirmación que repetía todas las
noches), y después le disparó a María unos cuantos requiebros mitológicos
mostrando al hablar así la facha más deplorable, con
su tupé teñido, su dentadura postiza que le hacía cecear y su chaleco bordado,
de moda veinte años antes, y que no quería abandonar, porque, según afirmación
propia, le sentaba muy bien.
El fué quien se encargó de toda la conversación,
pues su charla incesante nunca dejaba meter baza; comenzó a hablar del tenor,
repitiendo su biografía y sus anécdotas que ya conocían todos por haberlas
publicado la Prensa días antes.
La conversación duró hasta que los timbres
eléctricos dieron la señal de que iba a comenzar el acto segundo.
El académico se levantó dando su mano a tía y
sobrina, con el mismo extravagante ademán de los gomosos cuyas costumbres
imitaba.
—Adiós, baronesa; vuelvo a mi butaca. Hasta luego.
—Adiós, marqués; y no olvide usted el presentarme a
ese joven de quien me habló. Tendré mucho gusto en que sea nuestro amigo: basta
que sea presentado por usted.
—Paco Ordóñez también tiene deseos de conocer a
ustedes. En el entreacto vendremos.
Y el aristocrático poeta, al ver que comenzaba el
acto, salió del palco con toda la ligereza que le permitían sus gotosas
piernas.
Transcurrió el segundo acto sin incidentes. El
tenor hacía esfuerzos por agradar al público que le aplaudía, pero a pesar de
las demostraciones de agrado con que era acogido su canto, notábase en el
entusiasmo general cierto fondo de frialdad; era el convencimiento de que
aquello no valía seis mil francos, reflexión justísima que acomete al público
en presencia de todos esos hijos del arte, que al par son hijos mimados de la
fortuna.
En el otro entreacto se presentó en el palco el
marqués académico, seguido de un joven alto, enjuto de carnes, con una
fisonomía a primera vista agradable, y que llevaba con una soltura sobradamente
graciosa para no ser estudiada, su frac cortado tan mezquinamente como
aconsejaba el último figurín.
—Baronesa. Presento a usted a mi amigo don
Francisco Ordóñez, hermano del senador del reino duque de Vegaverde.
El presentado se inclinó haciendo una reverencia
ceremoniosa, copiada sin duda de algún galán amanerado de comedia.
María le examinó con esa curiosidad pronta e
instintiva de las mujeres, que con una sola mirada aprecian a un individuo
desde la cabeza hasta los pies.
No era mal mozo, pero encontraba en él algo que le
desagradaba. Parecíale algo fatuo, y, además, demasiado viejo para los treinta
años que representaba. Iba peinado según la moda favorita de los gomosos, y su
cabeza relamida y charolada tenía algo de bebé. Olía toda su persona a tonta
insubstancialidad, pero a su rostro asomaba en ciertos momentos una expresión
maliciosa que le hacía antipático.
Había algo en aquellos ojos negros, moteados de
pintas doradas, que no era una expresión de astucia, sino de despreocupación
canallesca, y en sus facciones cuidadas y un poco embadurnadas por afeites de
tocador mujeril notábanse ciertas placas violáceas que eran como el indeleble
sello de placeres buscados en los postreros estertores de la orgía y en las
últimas capas del vicio.
María no comprendía el verdadero significado del
exterior de aquel hombre, pero adivinaba en él algo repugnante y le resultaba
antipática su presencia.
Atraída por la fuerza del contraste, hizo
mentalmente un parangón entre aquel hombre, fiel representación de la juventud
aristocrática, y el que a aquellas horas marchaba en el “exprés” de Francia, y
se sintió próxima a maldecir en voz alta a la fatalidad, que dejaba a su lado
tipos como Ordóñez, mientras alejaba al joven doctor Zarzoso.
El hijo segundo del difunto duque de Vegaverde era
bien conocido por toda la aristocracia de Madrid.
Su hermano mayor, el heredero del título de la
casa, prócer sesudo, que en el Senado llamaba la atención por la manera de
decir “sí” o “no” en las votaciones y que desde niño había sentado plaza de
hombre tan formal como imbécil, demostraba cierto rastro de buen sentido,
despreciando a su hermano menor y diciendo en todas partes que era un perdido,
que deshonraba a su familia; pero la sociedad elegante no le hacía coro, antes
bien, encontraba que Paco era un muchacho distinguido, ligero, eso sí, pero con
mucho “chic”.
A los veinticinco años, cuando entró en posesión de
su herencia, ésta quedó entre las uñas de prestamistas y usureros, a causa de
los enormes anticipos aumentados por intereses bárbaros que se le habían hecho
antes de ser dueño de su fortuna.
El elegante Ordóñez se encontró arruinado y casi en
la miseria, justamente cuando más agradable comenzaba a encontrar la
existencia; pero no era él (según decía) mozo capaz de ahogarse en tan poca
agua y siguió adelante en su vida de despilfarros y locuras sin fijarse en el
presente, ni importarle gran cosa el porvenir.
Las grandes fortunas son como esos navíos
colosales, que al ser tragados por el mar, dejan sobre la superficie
innumerables objetos que sobrenadan y son todavía utilizados. Ordóñez, a pesar
de su total ruina y de que su fortuna entera había quedado en manos de los
usureros, todavía gozaba de recursos que sobrevivían a su empobrecimiento y el
más principal era el crédito que le daba su apellido y sus relaciones sociales.
El hijo del duque de Vegaverde fué el tipo perfecto
del aventurero aristocrático, que explota su nacimiento y vive a costa de los
que le rodean, explotándolos con gran frescura, como quien hace uso de un
derecho y tiene por feudataria a toda la sociedad. Dió sablazos de miles de
pesetas; vendió fincas que ya no le pertenecían; tomó cantidades a préstamo que
nunca debía devolver, firmando para ello escrituras de depósito; importunó a
todos sus amigos, que él creía ricos e imbéciles, pidiéndoles favores pecuniarios
con diversos pretextos; llegó hasta la estafa, y todo esto lo hizo con la mayor
sangre fría, con la más asombrosa indiferencia, con una ligereza insolente y
sin arrepentirse de sus acciones ni temer las consecuencias, pues, según él
decía, los presidios se habían hecho únicamente para gentes sin distinción, y
era imposible que llegase a entrar en ellos un individuo, cuyos antecesores
gozaban de la grandeza de España desde muchos siglos antes, y que, además,
tenía un hermano senador por derecho propio.
Por dos veces había estado próximo a ser expulsado
del Casino a causa de sus trampas en el juego; gozaba, entre la juventud
elegante, una fama poco envidiable; pero, a pesar de esto, ninguno se negaba a
estrechar su mano, y era frase corriente al hablar de él, exclamar:
—¿Quién? ¿Paco Ordóñez? ¡Lástima de chico! Tiene
mala cabeza, pero en el fondo es un corazón de oro. Su defecto más capital es
no tener un céntimo.
El corazón de oro consistía en que Ordóñez, en su
época de opulencia, había derramado el dinero con loca prodigalidad, dejando
tras sí muchos estómagos agradecidos, y en que
gozaba fama de espadachín, habiendo muchas veces pagado a algún acreedor de los
que se creaba en torno de la mesa de juego, primero con insultos y después con
una estocada.
Además, entre la balumba de necios con quienes
vivía en intimidad en el Casino y en todos los puntos de reunión de la juventud
elegante, tenía sus admiradores, y llamaba la atención por la originalidad de
sus maneras y la extremada novedad de sus trajes. Sus reverencias y saludos,
copiados de actores, eran imitados por su corte de gomosos, que también en el
vestir se regían por aquel aventurero, que tenía como acreedores a los
principales sastres y sombrereros de Madrid.
Ordóñez vivía en grande, gastaba como un potentado,
era uno de los árbitros de la moda, ocupaba un lindo entresuelo en la calle de
Alcalá, y él mismo no sabía explicarse cómo verificaba el milagro de gastar
cual un potentado, sin otras rentas que el dinero ganado en la ruleta alguna
noche de buena suerte.
Era muy inteligente en materia de caballos; asistía
todas las noches a la Opera, sin que sus conocimientos artísticos fuesen más
allá de saber que la tiple tenía buenos brazos y conocer algunas obscenas
anécdotas de bastidores; y en las corridas de toros, distinguíase como
furibundo aficionado, tuteándose con todos los toreros de renombre, a los
cuales consideraba como compañeros de “juerga”.
Su mala fama no era un secreto para nadie. Sus
canalladas trascendían y, aumentadas por la voz pública, eran conocidas por
todas las pudibundas señoritas y severas señoras de la alta sociedad; pero, a
pesar de esto, no se le cerraba la puerta de casa alguna, antes bien, en las
fiestas aristocráticas, era muy apreciado como un hábil organizador de
cotillones.
Ordóñez era hombre de suerte. También, entre las
mujeres se había fabricado una frase en honor de él, y las mamás se decían:
—¡Oh! ¡Ordóñez! Un buen muchacho; algo ligero de
cascos, ¡eso sí!, pero muy distinguido; muy “chic”, y, además, ya sentará la
cabeza cuando se case. Esos que son tan calaveras en la juventud, después
resultan maridos modelos. Lástima que esté arruinado.
Y el aventurero, con su cabeza charolada, su
bigotillo erizado y su fría sonrisa de hombre audaz y fatuo, seguro de su cinismo, exhibíase en todas partes, siempre
distinguido y correcto, con su frac a la última moda, la camelia en el ojal y
el “claque” apoyado en el muslo.
Las jóvenes casaderas, con el instinto propio de
las mujeres, leían en su cerebro. Bailaban con él, admitían con gusto los
obsequios de un hombre de moda, pero no hacían el menor esfuerzo para
retenerle. Todas decían lo mismo:
—¡Oh! Ese no sirve; no hay que poner en él
esperanzas. Ese busca una buena dote.
Cinco años de aquella vida de despilfarro, sin una
base firme, comenzaban a agotar su ingenio y a gastar rápidamente sus hábiles
procedimientos de elegante estafador. El número de acreedores era tan inmenso,
que le aplastaba como una inmensa mole, y todas las fuentes de dinero comenzaba
a encontrarlas cegadas.
Había contado, como un protector seguro, al padre
Tomás, de la Compañía de Jesús, que era antiguo amigo de su familia por ser el
difunto duque uno de los hermanos laicos de la Orden.
El poderoso jesuíta le había protegido en varias
ocasiones. Nunca le pidió dinero, porque sabía el aventurero que a los hijos de
Loyola los distribuyen desde Roma sobre las diversas naciones, para que chupen
el jugo de éstas, afectando siempre la mayor pobreza para ponerse a cubierto de
toda clase de demandas; pero, en cambio, Ordóñez solicitó del jesuíta lo único
que éste podía hacer, que eran favores.
Cuando se veía asediado por los acreedores y su
ingenio agotado no le proporcionaba recursos para salir del paso, cuando
contemplaba próxima una causa criminal por sus ligerezas en tomar dinero,
entonces acudía a impetrar el auxilio del padre Tomás, y el enemigo del difunto
duque, tocando todos los ocultos resortes que constituían su poder, hablando a
unos y mandando a otros, lograba alejar por algún tiempo la nube amenazadora
que se cernía sobre la frente del calavera.
Esta amistad con el padre Tomás, servía también al
joven para dar a su persona cierto tinte de religiosidad, que no sentaba mal en
los salones que frecuentaba. Podía ser calavera, tener costumbres canallescas,
cometer ligerezas penadas en el Código, pero cuando en las tertulias elegantes
se hablaba de religión, Ordóñez sabía ponerse serio, y, con la gravedad del
hombre sesudo, declaraba, cerrando los ojos, que era preciso creer en algo y de
paso ensartaba cuatro lugares comunes que había
leído en cualquier periódico conservador y que recordaba por casualidad.
El padre Tomás, que era quien conocía mejor su vida
y sus enredos, apreciábale, a pesar de esto. La audacia y el cinismo del
aventurero de frac, gustábanle al aventurero de sotana, y el poderoso jesuíta
sentía por Ordóñez la misma simpatía que en otros tiempos había profesado el
padre Claudio a Quirós.
Ordóñez sentíase próximo a la ruina en la época que
fué presentado a la baronesa de Carrillo y su sobrina.
Su amigo, el poderoso jesuíta, no quería ya sacarle
a flote de sus enredos, o no podía alcanzar nada de los acreedores para
desenmarañar la situación del aventurero, y éste, a pesar de su serenidad,
comenzaba a desconfiar sobre su porvenir.
Un matrimonio de negocio era su única esperanza;
pero lo juzgaba irrealizable, pues las herederas ricas eran cada vez más raras
y él ofrecía pocos alicientes para encontrar una que le concediese su mano.
En esta situación fué cuando el marqués académico,
otro de sus protectores, a quien hacía blanco de sus aceradas burlas, sin duda
despechado por lo poco que le servía, le propuso presentarlo a la baronesa de
Carrillo, que era para Ordóñez casi desconocida. La casa de la baronesa, con
aquel aspecto claustral que hasta entonces había tenido y la beatería que en
ella se reunía, ofrecía pocos alicientes para un aventurero que iba siempre en
busca de gente que pudiera serle útil, y a esto era debido que desconociese la
existencia de tal familia él, que se trataba con toda la alta sociedad.
La sobrina de la baronesa era una estrella mate que
tímidamente se había presentado en el cielo de la elegancia y en la cual apenas
se fijó Ordóñez hasta entonces. Pero cuando el académico, con ciertas palabras
indiscretas que se le escaparon, dió a entender que su presentación a la tal
familia le había sido recomendada por una persona importante, Ordóñez pensó que
ésta no podía ser otra que el padre Tomás, y esta circunstancia le interesó
bastante.
Puesto que el poderoso jesuíta descendía a ocuparse
de un asunto tan baladí, como era su presentación, resultaba indudable que
sentía interés por el porvenir de su joven protegido.
Ordóñez no tardó en suponer el significado de aquel
acto.
—Sin duda—se dijo—el padre Tomás, compadecido de
mí, al verme en situación tan apurada, piensa en mi porvenir y me pone en
camino de hacer fortuna. Algo significa el querer que me presenten a la
baronesa de Carrillo cuya sobrina es millonaria. ¡Adelante, amigo mío! No hay
que desconfiar del éxito; pues en este asunto, el reverendo padre trabajará en
la sombra como él sólo sabe hacerlo.
Y Ordóñez se dejó presentar.
La baronesa le recibió con gran amabilidad. Sabía
muy poco de su vida y costumbres, y el padre Tomás le había hablado con grandes
elogios de aquel muchacho, que, aunque algo calavera, tenía muy buen fondo, y
prometía ser un hombre de provecho el día en que la edad le hiciese sentar la
cabeza. Además, doña Fernanda, como la mayoría de las devotas viejas, sentía
cierta inclinación en favor de los calaveras.
A invitación de la baronesa, sentóse Ordóñez entre
ella y su sobrina; el académico quedó en pie apoyándose en un sillón y
adoptando esa actitud rebuscada de personaje de cromo, que a él le parecía el
colmo de la elegancia espiritual, y entre los cuatro entablóse una conversación
animada sobre el asunto de la noche, o sea la ópera y sus intérpretes.
La baronesa experimentó gran satisfacción al ver
que el joven se adhería en todo a la opinión que ella manifestaba. ¡Cuán pronto
se conoce la buena y sana educación! ¡Cómo se daba a entender que aquel joven
había sido educado por los padres jesuítas!
Doña Fernanda lanzaba dulces miradas a Ordóñez,
cada vez que éste se manifestaba de su misma opinión, y, rebuscando palabras,
alambicando conceptos, ni más ni menos que si estuviera presidiendo una junta
de Cofradía, hablaba de la ópera y del debutante, que era el tema de
conversación en todos los palcos, alternando con las noticias del día y la
crítica del vestido y de las joyas de la que se sentaba en el compartimiento
inmediato.
¡El tenor!... ¡Phs! No le parecía mal a la
baronesa; además, ella, según confesión propia, no entendía gran cosa de
apreciar el mérito de las voces. Pero... la ópera que se cantaba aquella noche,
“Los hugonotes”, no le merecía igual indiferencia desdeñosa.
Era un atentado contra la moral y las buenas
costumbres que se permitiera la representación de óperas como aquélla. No negaba ella que la música era buena; así lo
afirmaban los que lo encendían, y, además, a ella le parecía muy bien, sobre
todo en los bailables.
Pero la baronesa de Carrillo fijaba por completo su
atención en el libreto, en el argumento, y al llegar aquí, se mostraba iracunda
e inexorable. ¿No era una vergüenza que en un país tan eminentemente católico
como España asistiera la gente más distinguida a una representación, en la cual
los protestantes desempeñaban la parte más noble y simpática, y los
representantes de la buena causa, los defensores de la Iglesia y del Papa,
aparecían como verdugos alevosos, como asesinos dominados por el salvajismo? Aquello
era inicuo, y parecía imposible que un público tan distinguido no silbase a
Meyerbeer, que creaba un Raúl simpático, a pesar de ser protestante, y un
Saint-Bris, torvo y sanguinario, sin tener en cuenta que era un señor católico.
Y luego aquel Marcelo, grosero soldadote, que
siempre tiene en los labios la monótona canción del maldito Lutero; y aquella
Valentina, mozuela corretona y desobediente, que, a pesar de ser educada por su
señor padre en los sanos principios católicos, se hace hugonote por seguir al
boquirrubio de Raúl, eran personajes que irritaban a la baronesa, quien,
hablando de la obra de Meyerbeer, resumía su opinión con estas desdeñosas
palabras:
—Al fin y al cabo, la obra de un judío. A mí, en
óperas, nada me gusta tanto como el “Poliuto”.
El académico, para dejar bien sentado su prestigio
de poeta y volver por el honor de los de la clase, protestaba débilmente,
limitándose a formular una sentencia tan profunda como ésta:
—Baronesa; es usted muy injusta. El arte es el
arte.
Y aquí se atascaba su luminosa inteligencia, no
encontrando mejores argumentos.
Ordóñez acogía las palabras de la baronesa con
sendas inclinaciones de cabeza, y hacía esfuerzos para demostrarla que era en
un todo de su opinión.
¡Oh! El también pensaba así, la ópera era inmoral;
iba contra el catolicismo, y esto no podía consentirse, porque era preciso
confesar que “había algo”. Y esto lo decía con tono sentencioso, mirando
arriba, y con la expresión de un hombre que, tras profundas reflexiones, ha
llegado a adivinar la existencia de la divinidad.
Además, él, arrastrado por el deseo de agradar a la
baronesa, llegaba hasta la exageración, y no se
contentaba con criticar “Los Hugonotes”, sino que encontraba la ópera, en
general, digna de ser suprimida, como atentatoria a la moral y a las buenas
costumbres. Y daba pruebas de ello. En “La Africana”, poníase en ridículo a la
respetable clase de obispos; en “La Hebrea”, un cardenal resultaba padre de una
judía, y así casi todas; y cuando no resultaban tales obras encaminabas a
escarnecer la Religión, aún era peor, pues hacían ruborizar con sus bailes
inmorales y sus dúos de amor, en que faltaba poco para que el tenor y la tiple
se comieran a besos a la vista del público.
Y aquel granuja, a quien tuteaban todas las
bailarinas del Real y que en cierta ocasión galanteó a una tiple para empeñarle
los brillantes, hablaba de la inmoralidad de la ópera con un santo horror de
capuchino, que impresionaba a la baronesa.
Doña Fernanda, oyéndole se afirmaba en su primitivo
pensamiento. ¡Qué gran cosa era la educación de los jesuítas, cuando aquel
joven, después de la borrascosa vida de calavera, todavía conservaba tan buenas
ideas, tan sanos principios!
Pero el académico, más sencillo, o menos crédulo,
contemplaba a Ordóñez con mirada fija, y pensando en las mil perrerías que
acometía todos los días, se decía interiormente, poseído de cierta admiración:
—¡Ah, redomado hipócrita! ¡Ah, grandísimo tuno!
¡Cómo mientes!
María sólo atendía a ratos a la conversación.
Ordóñez le resultaba antipático y adivinaba algo de la falsedad que encerraban
sus palabras.
La proximidad de aquel hombre había servido para
excitar en ella el recuerdo de Juanito Zarzoso y la tristeza la invadía de tal
modo, que, para disimularla, miraba a todas partes con sus gemelos, sin fijarse
en nada.
El acto tercero había comenzado, y los dos hombres
seguían en el palco, pues la baronesa les había invitado a quedarse.
Doña Fernanda y Ordóñez seguían conversando sobre
el tema religioso; el académico miraba a todos los palcos con expresión
aburrida, y María fijaba toda su atención en la escena, buscando en las
sensaciones artísticas un medio para olvidar momentáneamente su dolor.
Estaba de espaldas a Ordóñez, y dos o tres veces
que éste, aprovechando momentos de silencio con la
tía, intentó dirigirla la palabra y hacerla sonreír con alguno de sus chistes
mordaces que tanto efecto lograban entre las damas, quedó desconcertado ante la
frialdad con que le contestó la joven.
María estaba conmovida. Conocía muy bien la ópera;
pero en aquella noche las diversas escenas le impresionaban más que de
costumbre, sin duda, a causa del estado de su alma. Aquella Valentina que, con
el velo de desposada, se escapaba de la iglesia e iba en la oscuridad nocturna
buscando a su Raúl, parecíale que era ella misma, que marchaba desolada en
busca de su novio, huyendo de la baronesa, que quería casarla con otro hombre;
por ejemplo, con el majadero pretencioso e hipócrita que tenía al lado.
Y esta novela que rápidamente se forjaba en su
imaginación, la hacía mirar con odio a aquel Ordóñez que se mostraba obsequioso
y galante de un modo que desesperaba.
Terminó el acto, y los dos hombres se levantaron
para retirarse.
La baronesa ofreció a Ordóñez su casa. Ella no
tenía muchos amigos, ni las reuniones en su casa ofrecían gran atractivo; allí
sólo entraban personas sesudas y de sanos principios, y, por esto mismo,
tendría mucho gusto en recibir a un joven tan sensato que, por sus ideas y su
modo de ver las cosas, tenía alguna analogía con su difunto cuñado Quirós, el
padre de María, el héroe de la causa santa en el 22 de junio, y del cual la
sociedad, ingrata y olvidadiza, no se acordaba para nada.
Ordóñez consideróse muy honrado por tal invitación,
y se retiró.
El académico, que se quedó en el palco, siguió
hablando con la baronesa y contestando a las preguntas que ésta le hacía sobre
Ordóñez.
Iba a comenzar el acto cuarto, cuando la baronesa
se levantó. Estaba muy excitada por la conversación que había sostenido con el
joven.
—¿Nos vamos ya, tía?—preguntó con extrañeza María.
—Sí, hijita. No me siento con fuerzas para ver ese
acto, que siempre me ha repugnado; y esta noche más aún. No quiero presenciar
esa infernal “conjura”, en la que salen revueltos frailes y monjas con el puñal
en la mano. Detesto ese acto.
—¡Pero Fernandita!—exclamó escandalizado el
académico—. ¡Si es lo mejor de la obra!... Además, todos esperan en el gran dúo
al tenor, creyendo que en él hará prodigios. ¡Vamos, quédense ustedes!
—¡Que no! No quiero tragar bilis viendo tales
impiedades en escena. Niña, ponte el abrigo.
Y las dos mujeres salieron del teatro. El académico
las acompañó hasta el vestíbulo, y tía y sobrina subieron en su carruaje.
María se felicitaba de la resolución de la
baronesa. Aquel dúo de amor, con sus gritos de suprema pasión y su penosa
despedida, le hubiese causado mucho daño, y tal vez, haciendo estallar su
comprimido llanto, habría revelado el dolor que la dominaba por la marcha de su
novio. Bien había hecho la baronesa en retirarse.
Rodaba el elegante carruaje con dirección a la
calle de Atocha, y las dos mujeres guardaban el más absoluto silencio.
María iba ensimismada, hasta el punto de no darse
cuenta exacta de en dónde estaba. La voz de la baronesa le sacó de tal
situación.
—Di, niña, ¿qué te ha parecido ese joven?
—¿Quién?—preguntó azorada la muchacha, que aún no
había salido de la sorpresa producida por tan repentina pregunta.
—¿Quién ha de ser, tonta? Paco Ordóñez, ese
muchacho que nos ha presentado el marqués.
María tardó en responder, y, por fin, dijo con
indiferencia:
—Pues me ha parecido un hombre insignificante.
Y reclinándose otra vez en el fondo del coche,
cerró los ojos y volvió a entregarse de lleno a sus pensamientos, que le
arrastraban lejos, muy lejos, a la infinita cinta de hierro por donde, rugiendo
y exhalando bufidos de fuego, volaba el tren que le arrebataba a su novio.
Trato cerrado.
El hermano que desempeñaba junto al padre Tomás el
cargo de doméstico de confianza dijo al elegante joven que esperaba en la
antecámara:
—Señor Ordóñez; el revendo padre dice que ya puede
usted pasar.
Paco Ordóñez entró en el despacho del poderoso
jesuíta con el mismo aplomo que si estuviera en su propia casa.
Siempre que entraba allí, su ojo certero de
inteligente en materias de lujo y “confort” no podía menos de irritarse a la
vista de aquellas paredes polvorientas, con el papel rasgado en flotantes
jirones, los muebles viejos, construídos con arreglo a la moda de principios de
siglo, y aquellos innumerables armarios atestados de panzudas carpetas verdes,
que apenas si lograban contener tan inmensa cantidad de papeles.
Percibíase allí ese olor húmedo y pegajoso de
sacristía que forma el ambiente de todas las habitaciones cuyos balcones se
abren muy de tarde en tarde para dejar franco el paso al aire exterior.
Ordóñez, por el instintivo impulso de la costumbre,
lanzó una mirada a la larga fila de armarios que rozaba al pasar. Los estantes,
arqueados por un peso que soportaban tantos años, parecían próximos a romperse,
como si no pudieran sufrir por más tiempo la inmensa carga de papeles rotulada
y numerada.
—¡Diablo!—se dijo el joven—. Conozco bien lo que
este archivo significa. Aquí está, como en conserva, la conciencia de media
humanidad.
El padre Tomás, sentado a la gran mesa de roble,
seguía escribiendo, sin levantar la cabeza, como si no se hubiera apercibido de
la presencia de Ordóñez, y únicamente cuando éste, plantándose a pocos pasos de
él, obstruyó con su cuerpo la luz que caía sobre los papeles en que escribía el
jesuíta, sin salir de su mutismo, hizo un gesto como indicándole que se sentara
y esperase en silencio.
Transcurrieron algunos minutos sin que nada turbase
la calma sepulcral de aquel vasto edificio, en el que se adivinaba la existencia de una omnipotente voluntad, que
gobernaba sin trabas y era obedecida automáticamente.
Por fin, el padre Tomás dejó de escribir, y,
fijando su aguda mirada en Ordóñez, que seguía contemplando con ojos burlones
el aparato anticuado y polvoriento de aquella gran sala, comenzó la
conversación.
—¿Cómo va, pollo? ¿Qué tal es la situación que
atravesamos?
—Mal, muy mal, reverendo padre; y de seguro que si
usted no viene en mi auxilio, como otras veces, y me salva del naufragio, soy
hombre perdido por completo. Por eso me he apresurado a venir a verle apenas
recibí su aviso, esperando que usted con ese talento y esa bondad que nadie
como yo le reconoce, sabrá salvarme.
—Lo que hoy te sucede es la consecuencia lógica de
esa vida de escándalo y despilfarro que tanto amargó en los últimos años la
vida de tu difunto padre. Paco, has sido muy calavera.
—Me ha gustado divertirme; no lo niego.
—Has derrochado una gran fortuna.
—Hoy, en cambio, vivo sin rentas, conservando el
mismo boato que cuando era rico. Ya ve vuestra paternidad que para esto se
necesita algún ingenio.
—Tienes más acreedores que todos los calaveras de
Madrid juntos.
—Tampoco lo niego; pero cuento con la protección de
usted, que es para mí un padre cariñoso, y que con su influencia sabe sacarme
de todas las situaciones difíciles. Sin usted, ¿dónde estaría yo a estas horas?
—En presidio; no lo dudes, joven atolondrado. Has
cometido verdaderas locuras; con tal de adquirir dinero, no has vacilado en
firmar cuantos papeles te han presentado, sin fijarte, las más de las veces, en
su contenido; si yo he podido salvarte hasta ahora de la deshonra, no sé si en
adelante seré tan afortunado. Por esto creo que ya es tiempo de que pensemos en
tu porvenir. Ya ves que no puedo interesarme más de lo que lo hago en beneficio
de un joven pervertido, y que ningún honor proporciona al que lo protege. Este
interés que me tomo, no es porque tú te lo merezcas, sino porque pienso en tu
padre, que fué gran amigo mío, y quiero rendir tal tributo a su memoria.
Ordóñez, que era un hábil farsante, al oir el
nombre de su padre creyó del caso conmoverse afectando profunda confusión; pero pronto recobró su aspecto natural, al ver que el
jesuíta no hacía caso de sus gestos forzados, que fingían contener unas
lágrimas imaginarias.
—Reverendo padre; yo, por mi propio interés, deseo
regenerarme y encontrar un medio para salir de esta situación en que me
encuentro. Estoy cansado de la agitada vida de calavera, y crea usted que con
mucho gusto me convertiría en un hombre honrado y de costumbres tranquilas, si
es que encontraba una ocasión favorable para cambiar de estado. A mí me
convendría casarme.
Dijo estas últimas palabras Ordóñez, bajando los
ojos con modestia y afectando la sencillez del que habla sobre un acto que cree
irrealizable; pero el padre Tomás clavó inmediatamente en él su aguda mirada,
diciéndose interiormente que aquel grandísimo tuno le había adivinado y tenía
prisa en llevar la conversación al terreno de su conveniencia.
El jesuíta, al convencerse de que su protegido
había adivinado ya parte de sus planes, no quiso divagar más tiempo, y
bruscamente le preguntó:
—Y bien, ¿cómo están en casa de la baronesa de
Carrillo? ¿Vas por allí con mucha frecuencia?
Ordóñez sonrió con ingenuidad y contestó con
expresión intencionada:
—Desde que tanto empeño se mostró en presentarme a
la baronesa, comprendí que algo bueno para mi porvenir podría encontrar en
aquella casa, y desde entonces la visito con asiduidad, y encuentro que allí se
pasan las horas muy agradablemente. Hay, sin duda, una Providencia, a la que
estoy muy agradecido, porque vela por mí y me señala los puntos donde puedo
encontrar la salvación para mi porvenir.
Y al decir esto, el joven sonreía
intencionadamente, y miraba con fijeza al jesuíta, el cual, con su rostro
impasible, demostraba no darse por aludido.
—¿Resultas muy simpático en aquella casa?—le dijo
el padre Tomás—. A mí la baronesa me habló el otro día muy bien de ti.
—¡Oh! En cuanto a la baronesa, todo va
perfectamente. Demuestra tenerme mucha afición y me oye con gusto. La sobrina
es la que no me distingue tanto. No creo que llegue hasta serle antipático,
pero, por lo menos, le resulto un tipo indiferente.
—Pues es un mal, querido Paco.
—Así lo creo yo también. Esa indiferencia puede dar
al traste con mi porvenir, con esa regeneración que usted, como protector
bondadoso, ha soñado para mí. ¿No es esto, reverendo padre?
El jesuíta sonrió bondadosamente.
—¡Ay, qué diablo de muchacho!—exclamó—. ¡Cuan listo
eres! Inútil es ya ocultarte mi pensamiento. Yo pensaba casarte con María
Quirós, una buena muchacha, un ángel, al lado de la cual, forzosamente habrías
de regenerarte. Además, con esta unión salvarías tu porvenir, pues la sobrina
de la baronesa es muy rica; tiene una fortuna de más de nueve millones de
pesetas. Por esto hice que te presentaran en la casa, y ahora que hace ya más
de cinco meses que la frecuentas, deseaba enterarme por ti mismo de los progresos
que has hecho en ella. Pero veo, con pesar, que has adelantado poco. No me
extraña. Vosotros, los calaveras, acostumbrados a las conquistas fáciles,
aficionados a los amores impúdicos que nacen, crecen y mueren en el espacio de
un día, no sabéis interesar el corazón de una joven honrada y sencilla. Estáis
corrompidos, y vuestro hálito parece como que avisa a la mujer inocente a quien
os dirigís.
Ordóñez reía cínicamente al escuchar estas últimas
palabras.
—¡Bah! ¡Bah!—dijo interrumpiendo sus carcajadas—.
Parece, reverendo padre, que esté usted predicando un sermón. Tiene gracia eso
del hálito corrompido... A un hombre como yo, le es fácil conquistar una joven
como la sobrina de la baronesa. Más difíciles que ella han caído. Lo que hay,
cuando me mira con tanta indiferencia, a pesar de mis obsequios e
insinuaciones, es que su corazón debe estar ocupado por algún otro hombre más
feliz.
—Bien pudiera ser—dijo sonriendo el jesuíta—. Veo
que sabes apreciar las mujeres.
—Hace tiempo que estoy convencido de la existencia
de un rival, y lo que me desespera es no poder adivinar quién sea éste. No hay
que pensar en los otros hombres que entran en la casa, colección de vejestorios
que van a hacer la tertulia a doña Fernanda. El hombre amado debe estar fuera
de la casa, y yo, por más que busco, no puedo saber quién es. No sé por qué, me
dice el corazón que esa lagartona de doña Esperanza es la que lo sabe todo;
pero, por más que me protege y parece estar a mi favor, no quiere hablar.
—Y no hablará, tenlo por seguro; no hablará, a
pesar de su locuacidad característica, hasta que se le dé permiso para ello.
—También lo creo yo así, y estoy convencido de que
ella sólo dirá lo que vuestra paternidad quiera, pues usted, seguramente, es el
que sabe quién es el incógnito novio de María y el que puede lograr que yo sea
el marido de la sobrina de la baronesa.
El jesuíta quedó silencioso y reflexionando, con la
cabeza inclinada sobre el pecho, y, tras una larga pausa, comenzó a hablar sin
levantar los ojos:
—Mira, Paco; ha llegado ya el momento de que
hablemos claro y pensemos francamente en tu porvenir. Voy a decirte cuál es mi
pensamiento. Como te quiero y veo que es imposible sostenerte por más tiempo en
esa vida de trampas y aventuras que llevas, pensé salvar tu situación buscando
una heredera rica con quien casarte, y fijé mis ojos en María Quirós. Sabía
bien, al hacer que te presentasen a la familia, que no conseguirías interesar
el corazón de la joven. Esta hace tiempo que ama a un hombre a quien conoció
siendo niña, allá en un colegio de Valencia, y no era lógico esperar que
abandonase su primer amor, para ir a encapricharse de ti, joven gastado, de
mala fama y que hasta en el rostro llevas, las marcas de tus desórdenes.
Ordóñez hizo un movimiento de sorpresa y torció el
gesto como ofendido por tan rudas palabras, pues tenía pretensiones de belleza
y creía que ciertos afeites ocultaban en su rostro las huellas que había dejado
la lepra del vicio. El jesuíta no hizo caso de este movimiento y continuó:
—Mi intención, al pedir que te presentasen a la
familia, era únicamente lograr que te hicieses simpático a la baronesa, lo cual
no era difícil, y al mismo tiempo que adquirieses cierta amistad con la
sobrina, mostrándote a sus ojos como un hombre enamorado hasta la locura, que,
a pesar de todos los desprecios y frialdades, sigue resignadamente adorando al
objeto de su pasión.
—Esa es precisamente mi situación actual. La tía me
adora y en cuanto a la sobrina, me considera como un ser insignificante; aunque
bien considerado, allá en el fondo de su corazón, debe profesarme esa gratitud
que toda mujer siente por el hombre que le ama, aunque no esté dispuesta a
aceptar su pasión.
—Me alegro que así sea. Ha llegado el momento,
querido Paco, de que nos entendamos. Tú serás el
marido de esa joven, si es que yo quiero.
—Siempre lo he creído así. Conozco el poder de
vuestra paternidad y la influencia que tiene en aquella casa, y sé que si se
empeña, antes de unos cuantos meses habrán terminado los amoríos de María con
su desconocido novio y yo podré casarme con ella. Ahora, reverendo padre, sólo
faltan las condiciones, pues cuando usted plantea de tal modo la cuestión,
seguramente que algunas quiere imponerme.
—Tienes el raro don de adivinar lo que uno piensa.
Efectivamente, quiero imponerte condiciones, pues un hombre como yo, un
sacerdote que por mi augusto ministerio estoy encargado de velar por la virtud,
no puedo consentir que un calavera como tú, que aunque ahora manifiestas
propósitos de enmienda, puedes recaer, en tus antiguas locuras, se apodere de
la fortuna de una joven inocente y la derroche como derrochaste el caudal que
te dejaron tus padres. Mis condiciones son éstas: al casarte con María gozarás
de las rentas de su colosal fortuna, y, además, yo me encargaré antes de que
contraigas matrimonio, de poner en claro tu situación, pagando a tus numerosos
acreedores. Serás rico, vivirás en la opulencia; pero te guardarás muy bien de
inducir a María a que retire la más pequeña parte de los millones que tiene
depositados en el Banco. Mientras viva ella serás millonario, y si por
desgracia muriese antes que tú, entonces no has de oponerte a que su fortuna
pase toda a manos de la baronesa.
—¿Y si tengo hijos?—preguntó con curiosidad
Ordóñez.
—¡Bah!—contestó el jesuíta con escéptica sonrisa—.
Hombres tan gastados y corrompidos como tú no tienen hijos, y si por un
capricho de la Naturaleza llegan a tenerlos, la sangre que llevan en sus venas
es suficiente para envenenar su breve existencia; quedamos, pues, en que hay
que descontar esta circunstancia. ¿Aceptas mis condiciones?
El joven calavera parecía dudar, y el jesuíta
continuó, sin esperar su contestación:
—Hago todo esto en interés tuyo. Si no contraes
este matrimonio, dentro de poco la inmensa balumba de acreedores caerá sobre
ti, y tienen motivo más que suficiente para conducirte a la cárcel. Si aceptas,
puedes salvar tu nombre de la deshonra y al mismo tiempo vivir con ese boato
que tanto te place, gozando una posición sólida y segura. No puedo
prometer más. Sería un crimen injustificable a los ojos de Dios el que yo no te
impusiera estas condiciones, pues mi conciencia tendría que dar estrecha
cuenta, después de haber entregado una joven honrada y rica en manos de un
calavera capaz, si no se le pone freno, de devorar las mayores fortunas del
mundo. No puedo hacer más por ti. Piensa bien que nada pierdes al aceptar estas
condiciones y que ganas mucho saliendo de tu actual situación y asegurándote el
vivir en adelante en medio de la mayor opulencia. Además, si muriera María, y
su fortuna pasase a manos de la baronesa, tú no te hallarías desamparado; pues
siempre me encontrarías a mí y a la Compañía dispuestos a protegerte. Con que
decídete. ¿Aceptas?
El joven aún reflexionó largo rato. Repugnábale el
aceptar de un modo tan condicional aquella fortuna, lo que equivalía a tener
perpetuamente como vigilante administrador al padre Tomás; pero pensó al mismo
tiempo en su situación apurada, en aquel tropel de acreedores rabiosos con que
le amenazaba el jesuíta, en la cárcel que podía tragarle para siempre, y
deseoso de seguir gozando el halago de la riqueza, sin el cual no comprendía la
vida, se decidió a aceptar, violentando su voluntad, y con la misma decisión
del fugitivo que, con tal de librarse de sus perseguidores, se lanza en un
precipicio cuyo fondo ignora.
—Acepto, reverendo padre. Queda cerrado el trato.
El jesuíta estaba seguro de esta determinación, así
es que no hizo el menor movimiento al ver aceptada su propuesta.
—Te casarás con María—dijo con la rígida frialdad
del que está seguro de su poder—. Yo lograré romper esos amores que tanto
preocupan ahora a esa joven, y poco he de poder, o también he de alcanzar que
ella te ame. Quiero que seáis felices, y mi conciencia gozará de dulce
tranquilidad al ver realizada una obra tan hermosa como es regenerar a un
pervertido como tú, creando al mismo tiempo una familia cristiana. Unicamente
he de advertirte que estás muy equivocado si piensas engañarme en lo futuro.
—¡Yo, reverendo padre!—exclamó el joven
ruborizándose, como si el jesuíta hubiese adivinado su pensamiento.
—Tal vez hayas creído posible engañar mi santa
previsión el día en que te encuentres casado. Entonces, aprovechando un
descuido mío, podías inducir a tu esposa a que enajenase una parte de su
fortuna para tus locos despilfarros, y como yo no
soy miembro de la familia ni tengo realmente ningún derecho para intervenir en
esas cuestiones íntimas, gozarías de completa impunidad y volverías a repetir
el juego cuantas veces lo permitiese la inexperiencia y la buena fe de María.
Pero vas equivocado si crees posibles tales desmanes; por tu propia
conveniencia te advierto que te tendré cogido segura y fuertemente. Conozco
todas tus trampas, tus sucios negocios. Antes de un mes habré pagado a tus
acreedores; pero será con la condición de utilizarlos contra ti cuando yo
quiera. Has tomado dinero firmando escrituras de depósito, has percibido
préstamos sobre fincas que ya no eran tuyas, has cometido toda clase de
repugnantes estafas que no quiero repetir ahora por no avergonzarte, y, en una
palabra, con menos motivos que tú hay muchos centenares de hombres en presidio.
El día en que faltes a lo convenido aquí, el día en que me irrites con nuevas
canalladas, ten la seguridad de que inmediatamente lloverán en los Tribunales
muchas denuncias contra ti, por estafador y falsario, y no confíes en el
auxilio de la influencia que puedas tener por tus amigos, pues contra la
Compañía de Jesús no valen recomendaciones, y si la rectitud de la Justicia ha
de torcerse, seguramente que será en favor de la Orden y nunca en contra. Piensa,
pues, bien a lo que te expones, no obedeciéndome. Si eres fiel a mis órdenes
vivirás feliz y en la opulencia; si te rebelas, morirás en un presidio. Ya
conoces mi carácter y sabes que cumplo cuanto digo.
Ordóñez había escuchado con marcado sobresalto
estas amenazas que profería el terrible jesuíta, sin que se descompusiera en lo
más mínimo la impasibilidad de su rostro.
Estaba en lo cierto el padre Tomás al decir que le
tenía cogido fuerte y seguramente. Era imposible el ser ingrato y faltar a los
compromisos después del casamiento, y forzosamente había de marchar unido a la
pesada protección del padre Tomás.
Pero esto no le hacía cambiar de propósitos, pues
en su situación era imposible rebelarse. Estaba decidido a casarse con María y
a no faltar a las condiciones que le exigía el padre Tomás.
—¡Oh, reverendo padre! Hace usted mal en dudar de
mí. Estoy demasiado agradecido a su benévola protección para que intente serle
infiel. Mándeme como guste, que obedeceré inmediatamente.
Después de estas seguridades que el joven dió al
jesuíta, extremándose en demostrar su desinterés,
ya que le era imposible engañarlo, los dos siguieron conversando sobre el
asunto que tanto les interesaba, o sea el lograr que María abandonase a su
antiguo novio para admitir el amor de Ordóñez.
Al cuarto de hora de conversación, el joven
calavera comprendió que estaba estorbando en sus ocupaciones al poderoso
jesuíta, y se apresuró a retirarse.
—Con que quedamos, reverendo padre—dijo Ordóñez
abandonando su acento—, en que usted se encarga de quitarme de en medio el
estorbo de ese amante desconocido.
—Eso es. Permanece tranquilo, que no tardaremos en
vernos libres de ese obstáculo.
—¿Y yo que hago entretanto?
—Seguir visitando a la baronesa y haciendo el amor
a María. Ten calma, que tal vez llegue un momento en que, despechada y herida
en su amor propio esa joven, te recuerde tus anteriores declaraciones de amor y
solicite que la hagas tu esposa.
—¡Je, je! Tendría gracia verme solicitado por una
señorita. Sería el mundo al revés. Y todo es posible si usted se empeña; le
reconozco poder para eso y mucho más.
—Lo importante es que al casarte no olvides que tú
sólo eres un usufructuario de la fortuna de tu mujer, y que si ésta muere, sus
millones deben pasar a la tía. Ya sabes por donde te tengo cogido. O la
obediencia ciega, o el presidio.
Ordóñez hizo un signo de afirmación, como dando a
entender que estaba sobradamente convencido de que el padre Tomás era hombre
que cumplía sus amenazas.
—Seré fiel a la palabra que doy, reverendo padre.
Creo que no tendrá usted el menor motivo de descontento.
Ordóñez tenía ya el sombrero en la mano, y el
jesuíta se levantó de su asiento para despedirle.
—Ten calma y confianza. La viuda de López te
ayudará en el asunto; y además, aquí estoy yo.
Después sonrió amablemente el jesuíta, como si nada
hubiera ocurrido, y tendió su mano al joven, que la estrechó con efusión.
—Estamos ya entendidos... ¿Trato hecho?
—Trato cerrado, reverendo padre.
El vicario de España al padre general.
Gustábale al padre Tomás despachar por sí propio
todos los asuntos importantes, temiendo la traición y espionaje, bases de la
organización de la Compañía de Jesús y que se encierran siempre en la persona
del “socius”, del individuo más allegado y querido.
No quería él tener a todas horas en su despacho
subordinados que en apariencia eran autómatas, pero que sin abandonar su
actitud impasible, lo veían y recordaban todo, y por esto mismo procuraba, al
trabajar, el aislarse por completo en el fondo de su sombrío despacho.
Pero las grandes necesidades que en sí llevaba la
administración de la Orden, la inmensa correspondencia que había que sostener
con la oficina central de Roma, dando cuenta al General de cuantos trabajos
había realizado la Compañía durante el mes, y las apremiantes necesidades de
aquel archivo secreto, en el que había que almacenar hasta el más pequeño dato
de las personas que por algún concepto eran interesantes para la Orden,
obligaban al padre Tomás a tener empleados más de una docena de jesuítas jóvenes,
hábiles e infatigables para el trabajo de pluma, los cuales, si no le merecían
una confianza completa, al menos le proporcionaban cierta seguridad relativa, a
causa de la reserva de su carácter y de que se profesaban un odio mutuo, lo que
impedía toda clase de inteligencia en contra del superior.
Esta oficina de escribientes con sotana funcionaba
lejos del despacho del jefe, al otro extremo del viejo edificio, y el más hábil
de todos los funcionarios, un joven vascongado que era quien mejor merecía la
recelosa confianza del padre Tomás, estaba encargado de la correspondencia con
Roma, siendo el único que, por especial favor, conocía la clave misteriosa que
usaban los altos padres de la Compañía para comunicarse; clave tan segura, que
su secreto no podía ser descubierto ni aun por los más consumados diplomáticos.
Este funcionario fué el que pocos días después de
la conferencia habida entre el padre Tomás y Ordóñez, recibió de
su superior el encargo de poner en cifra una larga comunicación que le entregó,
dirigida al padre general, encargándole que, apenas terminase la traducción del
documento, lo remitiera a Roma.
El documento decía así:
✠
A. M. D. G.
Negocio Baselga-Avellaneda.—Recordaréis, respetable padre, que desde que
ingresó en nuestra Orden nuestro bienaventurado mártir, el padre Ricardo
Baselga, que hizo donación a la Compañía de toda su importante fortuna, quedó
pendiente de resolución el hacer que llegase a nuestras manos el resto de la
herencia Baselga, empresa que ya inició en sus tiempos el difunto padre
Claudio, a quien la Orden castigó por traidor.
Hace ya muchos años que yo tenía puestos los ojos
en tal negocio, pues creo que la Compañía no debe iniciar nada sin acabarlo;
pero permanecía inactivo comprendiendo que las circunstancias no eran propicias
para reanudar el asunto.
Hoy ha cambiado la situación y creo que es llegado
el momento de dar el golpe, por lo que he dado principio a las negociaciones.
Los nueve millones de pesetas que restan de la
fortuna de Avellaneda corresponden a la joven María Quirós de Baselga, nieta
del difunto conde, heredera de su título y bisnieta del afrancesado don Ricardo
Avellaneda.
Administra actualmente esta fortuna la baronesa de
Carrillo, tía de la poseedora, y cuyos informes secretos obran en la sección
española de ese archivo central. La baronesa es buena cristiana, muy afecta a
la Compañía, y, además, obediente a nuestros mandatos; y tanto se interesa por
la Orden, que de “motu proprio” quiso obligar a su sobrina a que entrase en un
convento, haciendo antes donación de sus bienes terrenales en favor nuestro.
Pero el carácter de la joven se aviene mal con la
vida religiosa, según he podido apreciar yo mismo en un estudio detenido que he
hecho de su parte moral, y según consta también en los informes que sobre ella
existen en ese archivo.
Como la Compañía, en los presentes tiempos, al
realizar sus negocios no debe usar de violencias, como muchas veces lo ha
recomendado así esa suprema dirección, aconsejando que, para provecho de la
Orden, supiéramos explotar las aficiones y tendencias de cada individuo, yo no
he creído prudente oponerme a los deseos de la joven María Quirós, que en vez
de entrar en un convento quería casarse, y he procurado utilizar en provecho de
nuestros intereses esa tendencia que ella manifiesta en favor del matrimonio.
Nuestro negocio sería casarla con un hombre que
estuviera por completo a merced de la Compañía, y de este modo, aunque
tardáramos en percibir su fortuna, ésta estaría en seguridad, y en plazo más o
menos largo vendríamos a ser dueños de ella.
El plan que expongo a la aprobación del reverendo
padre General, consiste en lo siguiente: casar a María Quirós con Francisco
Ordóñez, el hijo segundo de nuestro difunto amigo el duque de Vegaverde. Por
los informes que de él existen en ese archivo, puede conocer el padre General
sus malos antecedentes y lo obligado que está a obedecer a la Compañía en todo
aquello que le mande. El se compromete, al contraer este matrimonio, a gozar
únicamente las rentas de la fortuna de su esposa, sin inducirla nunca a que
haga la menor enajenación, consintiendo en que si muere su esposa, la fortuna
pase íntegra a manos de la baronesa, la cual haría inmediatamente donación en
favor nuestro.
Como en estos negocios conviene siempre partir de
una base firme, y Ordóñez, por su carácter y sus costumbres, no presenta la
menor seguridad de que una vez realizado su matrimonio cumpla lo que ha
prometido, conviene sepa esa dirección que poseo el medio de tener
perpetuamente asegurada la obediencia de dicho joven, pues existen numerosos
acreedores que pueden entablar contra él una acción criminal por manifiestas
estafas. Como la mayor parte de esos acreedores son afectos a la Compañía, ya
buscaremos el medio de ajustar con ellos un arreglo ventajoso, reservándonos el
derecho de perseguir a Ordóñez, si es que llegara a faltar a sus compromisos.
Este plan ofrece a primera vista el inconveniente
de que el matrimonio puede tener hijos, circunstancia que desbarataría toda
nuestra combinación; pero no es verosímil que un hombre gastado y corrompido
por los placeres llegue a tener prole; y si la
tuviera, ésta, por un vicio de origen, no alcanzaría larga vida, tanto más
cuanto que nosotros nos encargaríamos de su educación y no nos faltaría un
medio hábil y disimulado para suprimir tales estorbos.
El inconveniente más serio con que actualmente
tropieza este plan, es que María Quirós no siente la menor simpatía por
Ordóñez, y, en cambio, está enamorada de un joven médico llamado Juan Zarzoso,
sobrino del famoso doctor Zarzoso, sabio de reputación universal y
librepensador furibundo, cuyos antecedentes figurarán indudablemente en ese
archivo, en la sección de “Enemigos terribles de la Compañía”.
Este inconveniente sería fácil de destruir, si es
que a vos, padre General, os parece aceptable mi plan.
El joven Zarzoso se encuentra en París
perfeccionando sus estudios por mandato de su tío, y escribe cartas a María,
enviándoselas por conducto de la viuda de López, a quien creo habréis oído
nombrar alguna vez, pues es una publicista devota, cuya pluma y actividad
emplea la Compañía para ciertos actos de propaganda.
Dicha señora, que por una imprudencia censurable,
propia de su carácter intrigante, protegió en un principio los amores de estos
jóvenes, está hoy por completo a nuestra voluntad y haría cuanto yo le diga.
He comenzado por ordenarle que rompa cuantas cartas
le envíe desde París el joven Zarzoso para su amada, y que haga lo mismo con
las que le entregue María destinadas a aquél. El silencio que por este medio se
establecerá entre los dos amantes, excitará su desconfianza y les hará pensar
en una traición amorosa, especialmente a María, que es muy susceptible, y cuyo
amor propio resulta irritable en sumo grado; antes de un mes las sospechas de
infidelidad habrán acabado con la fe amorosa que ambos pudieran profesarse, y
entonces será el momento oportuno para dar un golpe decisivo que acabe con ese
amor.
Si a vuestra paternidad le gusta mi plan, puede
encargar a cualquier hermano hábil, de los residentes en París, ese golpe
decisivo en que cifro mis esperanzas.
París es la ciudad del placer, de las locas
seducciones; Zarzoso es joven, y, según mis informes, inocente e inexperto en
materias amorosas, como hombre que ha pasado su adolescencia entregado al
estudio. No sería difícil lanzarle al paso una de esas hermosas arañas de
París, que le enloquecería, arrancándole una prueba
de amor, un objeto que demostrara su infidelidad y que pudiéramos aquí enseñar
a María.
Esta es impresionable y susceptible, y como, por
otra parte, se sentiría irritada por el inconcebible silencio de su novio,
cuyas cartas no recibirá de hoy en adelante, es indudable que, despechada,
olvidaría su amor, y en justa venganza daría su mano al primero que se
presentara; a Ordóñez, por ejemplo.
Espero, reverendo padre, que os dignéis manifestar
el concepto que os merece mi plan.
Por si os parece propio el intentar la seducción de
ese joven médico que ahora hace vida de estudiante en el Barrio Latino, os daré
sus señas para que las comuniquéis a vuestros subordinados en París.
Llámase Juan Zarzoso; hace próximamente medio año
que se encuentra en la gran ciudad; habita en el número 9 de la plaza del
Pantheón, y asiste a la clínica del doctor Charcot, en la Salpetrière, para
estudiar las enfermedades nerviosas, que es la especialidad en que tanto se ha
distinguido su tío. Al mismo tiempo, por sus propias aficiones, se dedica al
estudio de las dolencias de los niños, y asiste a varios hospitales.
Aguardo con verdadera impaciencia vuestras órdenes,
padre General.
No sé si os agradará mi plan; pero si éste es
desacertado, que conste una vez más mi vehemente deseo de allegar recursos para
esa gran empresa que la Compañía llevará a feliz término para mayor gloria de
Dios.
Vuestro siervo que os pide la bendición,
P. Tomás Ferrari,
Vicario general de la Compañía de Jesús
en la provincia de España.
EN PARIS
La orilla izquierda del Sena.
En los pasados siglos, París era comparado a un
navío, a causa de la forma que afecta la isla de la Cité, pequeño territorio
que era lo que abarcaba entonces el perímetro de la ciudad, y que hoy no llega
a constituir uno de los barrios. Este barco simbólico lo adoptó la
municipalidad como escudo de la gran villa, y aún sigue siendo París la ciudad
del navío, a pesar de que la Babilonia moderna en la actualidad, con su
monstruosa grandeza y sus barreras que avanzan cada diez años amenazando
tragarse la campiña, no conserva nada de su antigua forma.
Si hoy se tratase de buscar una figura que
simbolizase París, únicamente podría buscarse en la sirena, animal fabuloso,
compuesto de dos formas tan distintas, como son un hermoso busto de mujer junto
a una horrible cola de monstruo.
París es hoy un nuevo Jano de doble faz, que ofrece
una sonrisa, una caricia, un halago, para cada uno de los gustos.
Una de sus caras tiene la alegre contracción de la
sonrisa del vicio voluptuoso y atractivo; la otra cara lleva impresa el gesto
sublime del genio en el momento de recibir el beso de la inspiración.
Los dos grandes genios de la Francia parecen ser
los santos patronos de la gran ciudad; los que se
la han repartido amigablemente, organizando cada uno de sus dominios con
arreglo a su carácter y a sus ideas.
A un lado, Rabelais, con su guasona sonrisa, su
panza de vividor y su mirada de escéptico, cantando la vida en lo que tiene de
agradable y sensual, idealizando los placeres groseros y diciendo a la
humanidad: “ama, bebe y danza, que ésta es la felicidad”. Al otro lado, Víctor
Hugo, con su serenidad olímpica y su frente de dios, en la que se refleja el
iris de la inmortalidad, dejando caer de sus tranquilos labios las perdurables
estrofas que hacen tener fe en el porvenir, que elevan el ánimo a las regiones de
lo infinito y hacen creer en un más allá, que es la regeneración de la
humanidad libre y dichosa; y corriendo entre los dos, manso y tranquilo, para
marcar y diferenciar los diversos campos, el Sena, el histórico Sena, que
divide la ciudad, empujando y aglomerando en su orilla derecha a todo lo que
brilla, a todo lo que seduce a Europa y la corrompe al mismo tiempo, y
guardando en su orilla izquierda el pensamiento que alumbra al mundo, la gente
que estudia, que piensa y que trabaja.
Teniendo en cuenta este doble carácter de la gran
ciudad, esta diferencia tan completa en sus gustos y aficiones, es como se
comprenden los radicales cambios que París sufre en su fisonomía y que lo
convierten en una antimonia viviente.
Es la ciudad de los cafés cantantes y de las
sublimes discusiones políticas; de los desvergonzados couplets y
de la divina Marsellesa; baila una danza de monos que se
llama Cancan, y eriza sus calles de barricadas apenas la libertad
está en peligro; sostiene unas veces a una raza de aventureros dementes con el
nombre de Bonapartes, y otras conmueve al mundo elevando entre general clamoreo
la majestuosa imagen de la República; admira lo mismo a la cocotte de
gracia felina, que en una noche devora una fortuna, que al sabio que con una
teoría asombra al Universo; y considera tan hijos suyos al patriota como al
vividor audaz, al libro como al escándalo, a la nueva forma política que
regenera la humanidad, como a la postrera extravagancia que se llama última moda.
¿En qué consiste esa terrible y continua
contradicción? Es, que, para producir tan diversos resultados, basta
sencillamente que se agite una u otra orilla del Sena.
El aspecto que presentan esos dos trozos de la gran
ciudad separados por el río, es lo que manifiesta más claramente su diverso
carácter.
En la orilla derecha, los Ministerios, los grandes
almacenes, los boulevares, la vida moderna en todo lo que tiene de más
atractivo y seductor, y el vicio convertido en primer medio de explotación,
casi elevado a la categoría de un culto; y en la orilla izquierda, los grandes
centros de enseñanza, los faros que proyectan su luz vivificante sobre el
Universo entero, el Instituto, la Sorbona, el Colegio de Francia, la Escuela de
Medicina, y una población laboriosa, ilustrada, que vive en perpetuo abrazo con
el cuerpo siempre joven y fecundo de la Ciencia, y que piensa y estudia para
media Europa.
La orilla derecha del Sena es la cortesana de
gastada hermosura que se cubre de afeites y apela a diabólicos excitantes para
seducir ruidosamente; la Cleopatra que lleva tras sí un tocador inmenso y cifra
su gloria en la fugaz conquista de los más groseros sentidos; la orilla
izquierda es la hermosura tranquila y natural, la belleza que brilla por su
propia fuerza retirada y oculta como la violeta tras el follaje; la Margarita
de Goethe, que pasa los días inclinada sobre el laborioso torno, sin pensar que
esto puede ajar su belleza y que vive sin darse cuenta de su valer y sin
preguntarse si son ciertos los floreos que la dirigen.
El París de la derecha tiene los más suntuosos
edificios, los templos de la burocracia, del dinero y del vicio; pero frente al
Pantheón, que se levanta majestuoso en la orilla izquierda, elevando hasta las
nubes la gloria de Francia, sólo puede presentar el Folies Bergere,
que, en sus salones, resume toda la aspiración, todo el ideal de tal parte de
París.
El hombre instruído y serio que no se deja seducir
por el falso oropel del vicio, al atravesar el París de la derecha,
esplendoroso, retocado y lleno de mejunjes como una cortesana vieja, siente la
tentación de gritar, como el dulce poeta François Copée:
—¡Viva la antigua ribera izquierda, en la cual el
transeúnte lleva casi siempre un libro debajo del brazo y un pensamiento o un
ensueño en la mirada!
La orilla derecha tiene en sus majestuosas calles,
en sus deslumbrantes edificios, algo de la atmósfera de la orgía. Allí se
agolpa el bandidaje de frac; el canallesco arte del vividor, elevado a la
categoría de ciencia; y precisamente ese París es el que seduce y admira al
mundo, el que atrae las miradas de todas las naciones, el que devora a cuantos
viajeros penetran en la gran ciudad por los cuatro puntos cardinales. Es como
el espejuelo giratorio que atrae las alondras de todas partes y en sus tiendas
de lujo, santuarios elevados a la divinidad del dinero, y que sobrepujan
en fasto y majestad a los más grandiosos templos de todas las religiones, se
agita un confuso cosmopolitismo y allí se codea, el ruso con el brasileño y el
árabe con el yanqui.
Ese es el París de los cafés, el París de los
teatrillos desvergonzados, de las bandadas de cocottes, de
los restaurants que admirarían a Gargantúa; el París que dice
al mundo entero con acento dictatorial cómo ha de ser la forma de los sombreros
y los trajes, y que en el último arrebato de su extravagancia ha puesto en moda
la danza del vientre.
La mayor parte de los viajeros que llegan a París
desde los más apartados rincones del mundo, no pasan nunca del Sena, desconocen
por completo la orilla izquierda, y al volver a su país, viviendo tal vez en la
opulencia, recuerdan con fruición la gran ciudad, con su restaurant en que les
envenenaban lentamente, y sus mujeres embadurnadas de blanquete que adoran por
una noche al mejor postor, a tanto la caricia.
La orilla izquierda del Sena, tal vez porque no es
frecuentada por esa horda de viajeros con el bolsillo repleto y el apetito
hambriento de toda clase de pasiones, es lo más notable que tiene París, lo que
guarda mejor el carácter de esa primacía intelectual que distinguió a la gran
ciudad en los pasados siglos y aun la distingue hoy.
En esa orilla izquierda, el centro, el corazón, lo
más selecto y atrayente es el Barrio Latino, nombre que hace palpitar de
emoción el pecho de toda persona que haya visitado la metrópoli francesa con el
deseo de estudiar.
Ese barrio es la representación del gran París
antiguo; el París que guarda la Sorbona, antorcha de la ciencia, que disipaba
las tinieblas universales de la Edad Media y atraía a los hombres eminentes de
todo el mundo, los cuales, al abandonar la Universidad madre, volvían a sus
respectivas naciones a difundir los conocimientos que habían adquirido.
Las calles que componen este barrio de París son,
sin disputa, las más importantes del mundo, pues en ellas han vivido y viven
los primeros genios de Francia, junto con hombres eminentes de todas las
naciones que fueron a establecerse en el distrito de la ciencia, empujados por
persecuciones políticas o por el deseo de estudiar.
El viajero ilustrado, al transitar por las calles
del Barrio Latino, no puede impedir el sentirse dominado por espontánea
emoción. En los sitios que le sirven de paseo, en los cafés donde descansa, y
tal vez en el mismo hotel que le alberga, han vivido los
grandes hombres, cuyas obras son el encanto de la generación presente.
Si todavía quedan en las viejas casas del barrio
recuerdos de la juventud de Voltaire y Crebillon, cuando eran pasantes de un
curial, mejor se conserva aún la memoria de personajes contemporáneos que
asombran al mundo con su gloria, y que en la pobre, pero brillante cuna del
cuartel Latino, nacieron y crecieron. Aún quedan en él viejos dueños de hotel o
encargados de restaurant, que recuerdan cómo alborotaba durante el imperio de
Napoleón III los cafés del barrio con sus discursos republicanos dichos con voz
de trueno, un estudiante tuerto y de figura atlética, gran perseguidor de caras
bonitas, y que llevaba el nombre entonces desconocido de León Gambetta; aún se
conserva fresco en la memoria de algunos, la imagen de un muchacho tímido y
enteco con melenas merovingias y las manos ocupadas siempre por paquetes de
libros, el cual respondía al nombre de Alfonso Daudet; conocido fué también en
el boulevard Saint-Michel, principal arteria del Barrio Latino, un tal Emilio
Zola, que era entonces dependiente de una librería; y remontándose a muchos
años antes, queda memoria de que en un mal figón inmediato a la Sorbona, comía
a franco el cubierto un joven pequeñito, de raída levita cuyos bolsillos
estaban atestados de libros y notas y el cual tenía de apellido Thiers.
En ese barrio han llorado y han reído, cuando
muchachos, todos los hombres que estaban destinados a dar a la Francia esa
hegemonía intelectual que tiene sobre el resto del mundo; en él han sufrido
hambre y fríos, solos y desconocidos, los que después han ganado millones con
su pluma o han ascendido a la primera magistratura del país; y en él también
han tenido primeros amores los genios a quienes la admiración universal ha
colocado en la categoría de semidioses.
Muchachas del Barrio Latino, pizpiretas,
sonrientes, maliciosas como duendes y aturdidas como chorlitos, eran las
Zoraidas y las Fátimas para quienes escribía sus primeras Orientales,
allá por 1825, un jovenzuelo melancólico y pobre que se llamaba Víctor Hugo.
Y así como se encuentran en tal barrio los
vestigios que han dejado de su paso hombres eminentísimos, se halla también el
café donde lucía su imaginación inmensa y su fatuidad innata un joven mulato
llamado Alejandro Dumas, que era entonces empleado en la administración del
Duque de Orleáns, y no pensaba todavía en escribir novelas; la cervecería donde
Alfredo de Musset recitaba sus escépticas poesías a una turba de admirados estudiantes, que inocentemente hacían gala de un
cinismo afectado; la taberna donde Enrique Murger, ahumando a todos con su
pipa, predicaba con el ejemplo las dulzuras de aquella vida bohemia que después
imitó la juventud literaria e ilusa de todos los países; y la tasca miserable
del tío Anteojos, donde se reunían los principales ladrones y
asesinos de París, y a la cual asistió muchas noches Eugenio Sué, con el
príncipe heredero de Suecia, disfrazados ambos de granujas; el uno para
estudiar del natural los tipos de Los misterios de París, y el otro
en busca de sensaciones fuertes.
Así como de la orilla izquierda del Sena han salido
todos los grandes hombres de Francia, en ella han vivido los políticos
extranjeros en sus épocas de emigración, atraídos por la vecindad de las
mejores bibliotecas del mundo y de las cátedras, donde dejan oír su voz los
sabios que forman en la vanguardia del ejército de la ciencia.
El aspecto que presenta el Barrio Latino es el más
propio del lugar donde tiene su nido la ciencia y la ilustración.
En cualquiera de sus grandes calles hay más
estatuas que en uno de los barrios de la orilla derecha, con la diferencia de
que estos monumentos no están destinados, como los que existen en el resto de
París, a inmortalizar guerreros más o menos heroicos, o políticos mejor o peor
reputados, sino a eternizar la memoria de grandes hombres en ciencia y
literatura, que han influído notablemente en el progreso humano. Homero, con la
frente arrugada por la contracción del pensamiento gigantesco, pulsa su lira de
mármol en el peristilo de la nueva Sorbona; y Dante y Claudio Bernard, los dos
grandes descriptores del infierno y del cuerpo humano, yerguen su figura de
bronce en el centro de un jardincillo a las puertas del Colegio de Francia.
Esteban Dolet, el librero y filósofo del siglo XVI, eleva al cielo, sobre
grandioso pedestal, su frente de mártir, en el mismo lugar donde se encendió
para consumirle la hoguera inquisitorial; a corta distancia, Broca, el padre de
la antropología, aparece con un cráneo en la mano, libro infalible, en el que
fundó toda su doctrina; y, a pocos pasos, como un inmenso bloque de bronce,
fundido por la tempestad y cincelado por los rayos, remóntase en el espacio la
figura del gran Danton, en el momento que su voz de trueno gritaba a la Francia
amenazada por toda la Europa monárquica:—Audacia, audacia, siempre audacia, y
salvaremos la República.
En el Luxemburgo, a la fresca sombra de árboles
seculares, alíneanse innumerables filas de estatuas de mármol, y el gran pintor Delacroix, al susurro de los surtidores de
artística fuente, muestra al porvenir su rostro de bronce, aplaudido por Apolo
y sintiendo cerca de su frente los laureles con que va a coronarle la Fama,
levantada por los brazos del Tiempo.
En el Barrio Latino agólpanse todos los célebres
establecimientos de enseñanza, a los que no sólo acude la juventud francesa,
sino los estudiantes de todas las naciones. La Sorbona es el centro; y a mayor
o menor distancia de ella, álzanse los suntuosos edificios de las Escuelas de
Derecho, Medicina, Ingeniería, Química, Politécnica, Bellas Artes, y, además,
la Biblioteca de Santa Genoveva, soberbio palacio atestado de miles de libros
escritos en todos los idiomas.
Como si Francia concediera al barrio que ha sido
el alma mater de su ciencia el honroso encargo de velar el
eterno sueño de sus hijos ilustres, en el centro de él, sobre el lugar más
eminente, hundiendo sus cimientos en la antigua colina de Santa Genoveva,
álzase el Pantheón, en cuyo frontispicio, cincelado por David D’Angers, brilla
en letras de oro el reconocimiento de la patria, y cuya gigantesca cúpula,
apoyándose en aérea columnata, escala el cielo hasta hundir en las nubes su
cruz, en torno de la cual revolotean las aves, reinas del espacio. En lo
profundo de este grandioso edificio, que, con la monotonía colosal de sus
paredes de sillares no rasgadas por ventana alguna, y su ambiente misterioso,
recuerda las faraónicas pirámides, duermen envueltos en la obscuridad de la
sepulcral cripta Voltaire y Rousseau, campeones de la libertad teórica, junto a
los paladines de la República Marceau y Latour d’Auvergne, que dieron su sangre
por implantar las doctrinas de aquéllos; y encerrado en su féretro de metal cuajado
de estrellas, bajo un monte de flores y laureles, descansa Víctor Hugo, quien,
como si adivinara el sitio donde sus huesos irían a reposar, al escribir su Oda
a los muertos en la revolución de julio, dedicaba a ese mismo Pantheón una
estrofa grandiosa:
¡Para estas caras sombras lanza y sube
Hasta la parda nube
El Pantheón su columnata bella,
Y cada día al asomar la aurora,
Nuevamente la dora
Y el gran París corónase con ella!
En el lugar más visible del Barrio Latino, a la
orilla del boulevard San Miguel, álzase, entre ruinosas arcadas mordidas por la
dentellada del tiempo y bóvedas que se sostienen milagrosamente, el Museo de Cluny, viviente recuerdo de aquel París
que se llamaba Lutecia en remotos siglos, y que comenzó como edificio por
servir de Thermas y palacio a Juliano el apóstata.
Todas las épocas han venido a depositar su gusto
artístico, sus caprichos arquitectónicos en este edificio de corte extraño y
original. Los sólidos muros de argamasa romana, agujereados por esbeltas ojivas
góticas de afiligranados remates, vístense con lápidas de inscripciones en
idiomas casi desconocidos, o se erizan lanzando en el espacio gesticulantes
gimios o mascarones de piedra, tan horribles y epilépticos como los podían
concebir las extraviadas imaginaciones de los artistas de la Edad Media; y los
tonos sombríos y negruzcos del viejo edificio alégranse y cobran un agradable
claroscuro con las verdes culebras de hiedra, que, enroscándose a los
salientes, suben hasta lo más alto de almenas y torrecillas. En el interior del
histórico edificio agólpase la historia de la humanidad descrita por los mismos
productos de los pueblos. Allí figura desde el hacha de piedra de los tiempos
prehistóricos hasta el sutil espadín del pasado siglo; lo mismo el extravagante
zapato de la castellana mediévica, que el microscópico chapín de la incroyable;
en una misma estancia amontónanse armaduras de todos los tiempos, trajes de
todas las épocas y carruajes de todas las formas, desde el trineo del esquimal,
a las casas con ruedas que llamaban carrozas; y sólo algunos metros separan el
yatagán del sarraceno del lecho del rey gótico; la férrea corona del duque
feudal, de la diadema de un emperador romano; y un primoroso cincelado de
Benvenuto Cellini, del férreo cinturón de castidad que el señor feudal cerraba
sobre las caderas de su esposa antes de partir a las guerras de las Cruzadas.
El jardín que rodea al edificio es tan notable por
su carácter romántico que podría servir de decoración para el cuadro fantástico
de Roberto il Diabolo.
Entre los altos árboles álzanse fragmentos de
arcadas góticas y ásperas piedras sepulcrales, con borrosas inscripciones;
estatuas de obispos lacios consumidos, en actitud de bendecir; grifos
quiméricos y bustos griegos, todo ello roído por los dientes del tiempo,
gastado por los vientos y las lluvias, devorado por las plantas trepadoras que
se empeñan en encerrarlo en un estuche de hojas, pero en pie, a pesar de tales
enemigos, y pareciendo entonar, en nombre de los siglos pasados, un himno mudo
de interminable protesta contra los faros de luz eléctrica que por la noche
envían sus rayos desde el vecino boulevard; contra el vapor que brama en los
barcos del cercano Sena, y contra el Gobierno, que les
hace permanecer en una gran ciudad moderna, al lado de una calle populosa, y en
un jardín donde muchas veces sirven de ridícula diversión a imbéciles y a
niños.
Este jardín guarda todo un mundo de recuerdos. En
él fué proclamado Juliano el apóstata emperador de los romanos por los
legionarios de las Galias, y a la sombra de sus árboles paseó en otro tiempo un
monje alemán llamado Hildebrando, que después debía tomar el nombre de Gregorio
VII, para asombrar al mundo con su audaz tentativa de monarquía universal en
favor del Papado; y este escenario de tantas grandezas y tan gigantescas y
prematuras ambiciones, ¡oh poder del tiempo!, hoy sólo se ve frecuentado por unas
cuantas viejas, que, sentadas en los verdes bancos, hacen calceta, hablando de
los tiempos en que ellas eran jóvenes y había reyes en Francia, o por turbas de
chiquillos que se meten en la hierba, para contemplar de cerca, y con cierto
temor, el dragón de piedra que tiene eternamente abiertas sus amenazantes
fauces, o hacerle muecas a la estatua de algún preste barbudo, que envuelto en
su capa pluvial mira al cielo desesperadamente con sus huecos ojos.
Tan notable y original como el Barrio Latino
resultan sus habitantes. Es el único punto de París donde, en el tropel de los
transeúntes, se puede ver una cara dos veces en un mismo día, pues su población
está alejada del contacto de los grandes boulevares y no se mezcla en ella ese
incesante torrente de gente que Europa entera hace desfilar por las grandes
arterias del París lujoso.
En las calles del Barrio Latino se ven siempre los
mismos rostros e idénticos tipos a causa de que tiene una población propia que
no se renueva más que muy de tarde en tarde.
Los estudiantes, que constituyen su vecindario,
guardan aún cierto espíritu de clase y se agrupan para hacer la vida en común,
y resistirse contra la tendencia igualitaria que reina en la sociedad presente
y que destruye todas las asociaciones tradicionales.
En París, como en Alemania e Inglaterra, la clase
escolar se resiste al nivelador rasero de los tiempos presentes, y si no
conserva todas sus costumbres antiguas goza aún de existencia especial que la
distingue. Alemania tiene sus masonerías escolares, con sus grotescas y muchas
veces terribles ceremonias; Inglaterra conserva sus Universidades rurales de
Oxford y Cambridge, con sus eternas y originales luchas, y Francia posee el
Barrio Latino, con sus costumbres extravagantes y su aspecto cosmopolita.
El distrito parisién que tiene por corazón la
Sorbona es en realidad una aglomeración de
representantes de todos los pueblos. En sus calles suenan las voces de todos
los idiomas conocidos, pues a más de una verdadera nube de estudiantes negros,
americanos y rusos, los hay chinos, japoneses, egipcios y árabes.
En el reducido espacio de un café del Barrio
Latino, suenan confundidos los más raros y difíciles idiomas. En cada mesilla
se habla una lengua diferente y muchas veces estudiantes de la misma nación se
separan para charlar en el dialecto de su provincia.
La misma confusión que reina en el Barrio Latino,
en cuanto a idiomas, impera también en cuestión de trajes. El centro de la
orilla izquierda del Sena vive en perpetuo carnaval, y de seguro que los
vestidos que allí pasan sin extrañeza provocarían una carcajada al exhibirse en
la orilla opuesta.
Confundidos con los alumnos de la escuela de
Derecho o de la de Ingenieros, que van siempre correctamente vestidos con
arreglo a la última novedad, lo que les vale cierto desprecio de los otros
compañeros, pululan los estudiantes de Medicina, con sus descomunales boinas de
terciopelo negro o sus chisteras de alas planas, que sirven de coronamiento a
unas hirsutas melenas que siempre rebasan los hombros; los cursantes de Bellas
Artes, imitando en sus trajes las modas de pasadas épocas, con su capa española
o italiana y un chambergo romántico que pide a voces una tiesa pluma de gallo;
las estudiantas, en su mayoría procedentes de Rusia, feas como muchachos, con
el pelo cortado, sucias gafas sobre la chata nariz y por toda indumentaria un
largo pardesú, una gorra de astracán y una descomunal cartera de cuero para
meter los libros y papeles; y los alumnos de la escuela Politécnica, con su
vistoso uniforme negro y dorado, su airoso sombrero de picos, su ferreruelo
impermeable y su espada rabitiesa, atalaje que visto de lejos, les da el
aspecto de pájaros exóticos.
Singular vida la de los estudiantes de París. Entre
ellos es rara la desaplicación, y son muy contados los que pierden los cursos;
pero a pesar de esto, se les ve de continuo en las calles con una muchacha del
brazo, alborotando como energúmenos, o dedicándose a ejercicios de fuerza o de
destreza.
Como aquella juventud española de los pasados
siglos que se agrupaba en las aulas de la inmortal Universidad de Salamanca, y
que se hizo célebre por su carácter bullicioso y audaz, la juventud escolar
francesa es enérgica y aventurera; animada por su notable robustez ama la
esgrima y la gimnasia, y en sus clubs de recreo, se fortalece los brazos
levantando pesos enormes, o pasa horas enteras
tirando a la espada y contándose los botones a estocadas, cual aquellos
licenciados de Salamanca de que hablaba Cervantes.
El Barrio Latino, a principios de siglo, cuando sus
principales vías eran míseras callejuelas, cometía tan estupendas
extravagancias, que forzosamente la policía había de intervenir en ellas; hoy
no conserva del pasado tormentoso, más que una orgía anual, que consiste en el
baile que dan a sus compañeros los estudiantes que terminan su carrera.
Confundidos con esa población joven, bulliciosa e
ilustrada, que es el porvenir de la Francia, figuran los hombres graves del
barrio, los escritores que viven en él, y los catedráticos, graves, melenudos y
distraídos como el célebre doctor Miravel, que salen por la mañana de la
Sorbona o del Colegio de Francia después de haber explicado su lección, puestos
de frac y corbata blanca, traje oficial de los profesores franceses, y marchan
por la calle tan abstraídos con la lectura de una revista científica, que se
meten en el arroyo o están próximos a ser aplastados por un carruaje.
La orilla izquierda del Sena tiene tal atractivo
para la juventud estudiosa y al mismo tiempo alegre, que ésta vive siempre
encerrada en los límites del Barrio Latino, bastándose a sí misma, y
encontrando vulgar y burgués, como ella dice en su jerga, todo lo que ocurre en
la orilla opuesta.
Como dice Julio Simón, el estudiante del Barrio
Latino, sólo cuando se siente empujado de esa fiebre por lo desconocido que
acomete a los más heroicos viajeros, es cuando se atreve a pasar el Sena, y así
y todo, a costa de un esfuerzo supremo, llega hasta la calle de Rívoli.
El escolar que esto hace es un Stanley que pronto
se arrepiente de su heroicidad, y fastidiado por el París comercial y elegante
de la ribera derecha, vuelve a su querido Barrio Latino en el que no hay
fábricas ruidosas, sino silenciosas bibliotecas; en el que la amistad y el
compañerismo son algo más que palabras, en el que las mujeres se entregan por
amor, y pudiendo hacer fortuna a la otra parte del río, prefieren compartir el
mísero cuarto y la menguada comida con el estudiante que habla de cosas que ellas
no entienden y que en un rapto de locura amorosa, no contentos con dar su
juventud vigorosa e incansable, llega a regalarlas un ramo de violetas de a
cinco céntimos.
A este distrito de París, al célebre Barrio Latino,
fué a establecerse Juanito Zarzoso, apenas llegó a la gran metrópoli.
El primer amigo.
Alquiló el joven médico un cuarto en el segundo
piso de un hotel de estudiantes de la plaza del Pantheón.
Conocía, por referencias de algunos de sus
condiscípulos de Madrid, la vida del estudiante parisién en el Barrio Latino.
Se abonó por meses en un restaurant de los más concurridos, adonde acudían las
notabilidades del porvenir a nutrirse con elementos tan problemáticos que,
según afirmaban los estudiantes, las chuletas eran de caballo enfermo y las
tortillas se componían de los más absurdos ingredientes.
El doctor Zarzoso, que era espléndido por carácter,
y más aún tratándose de su sobrino, no quería que éste hiciese en París una
vida miserable, y le había dado letra abierta para el banquero a quien iba
recomendado; pero el muchacho, acostumbrado a una existencia modesta y con poca
afición al lujo y los placeres, no pensaba abusar de la magnanimidad de su tío,
y se proponía seguir las costumbres de un estudiante pobre.
Al día siguiente de su llegada, se apresuró a
presentarse a los célebres profesores a quienes iba recomendado y que le
recibieron muy bien, e inmediatamente entró como alumno en aquellas famosas
clínicas de las que salen los más portentosos descubrimientos de la ciencia
médica.
Zarzoso oyó con profundo respeto, como si se
hallase en presencia de seres sobrenaturales, las profundas observaciones de
Charcot y las elocuentes explicaciones de Tillot en el anfiteatro de la Escuela
de Medicina; asistió con fruición sin límites a las operaciones de Pean y del
modesto Championet, y estos espectáculos científicos, reavivando su amor a la
ciencia, le hicieron entregarse de nuevo en cuerpo y alma al estudio.
Esto le hizo experimentar un gran consuelo. El
panorama grandioso que desarrolla París a los ojos del viajero que le visita
por primera vez, sólo llegó a distraer a Zarzoso por muy pocos días.
Así que se desvaneció la primera impresión de
sorpresa, el recuerdo de María, de aquella mujer adorada de la que ahora estaba
separado por tantas leguas de distancia, volvió a obsesionarle, ocupando por
completo su imaginación.
No podía admirar cualquiera de las cosas
sorprendentes que encierra la gran ciudad, sin que
al momento dejase de ocurrírsele la misma idea:
—¡Oh, si se hallase aquí María! ¡Cómo se alegraría
de ver esto!
Por otra parte, causábale cruel martirio el ver
continuamente en el Barrio Latino amorosas parejas que, acariciándose con sus
miradas casi tanto como con sus palabras, iban por las aceras cogidas del brazo
haciendo descarado alarde de su juventud y su dicha. Pocos eran los estudiantes
que no tenían por compañera una cabeza picaresca coronada de cabellos rubios.
Este continuo alarde de amor en las calles, esta
felicidad juvenil que no cabía en las estudiantiles buhardillas y se esparcía
por las aceras, irritaba a Zarzoso al par que le hacía sentir amarga envidia.
La soledad en que vivía agravaba aún más su
situación. Nunca se había agitado en un vacío tan absoluto. Primero con su
madre, después con su tío, siempre había vivido en familia; y ahora, al
encerrarse en su cuarto y pasar la noche completamente sólo, al pasear por las
calles sin encontrar una cara amiga, parecíale que le habían arrancado de la
tierra, donde tenía sus afecciones, para arrojarle en un mundo desconocido y
extraño.
En las clínicas, donde asistía diariamente, habíase
formado amistades con otros médicos extranjeros que estaban en París para
estudiar una especialidad; pero estas relaciones no tenían otro carácter que el
de compañerismo, y Zarzoso no quería intimar con aquellos hombres austeros,
dedicados de lleno a la ciencia, y en los que no adivinaba afecto alguno.
El primer mes de estancia en París, lo pasó Zarzoso
en la más absurda soledad. Por las mañanas asistía a las clínicas; por las
tardes, después del almuerzo, paseaba por el Luxemburgo, el gran pulmón del
barrio Latino, o visitaba los Museos; y la noche pasábala en su cuarto, si es
que no se sentía con fuerzas para atravesar los puentes y entrar en un gran
teatro.
Detestaba los cafés ruidosos del boulevard
Saint-Michel con sus orquestas ratoneras y sus pendencias de estudiantes, y se
aburría en el tempestuoso baile de Bullier, donde solía ver a alguno de sus
compañeros valsando con la misma muchacha a la que meses antes había hecho el
diagnóstico en el hospital.
Su único placer en tal época de aislamiento era
escribir a María, y permanecía horas enteras trazando largas cartas, en las que amontonaba las exclamaciones propias de una
pasión excitada por la ausencia y la distancia.
En aquella vida de aislamiento y de continua
monotonía que obligaba al joven a refugiarse en el estudio como único medio de
olvido, también experimentaba inquietudes y alegrías producidas por las cartas
de María, que doña Esperanza se encargaba de remitirle desde Madrid.
Bastaba que se retrasase unos cuantos días la
contestación de la joven a cualquiera de sus cartas para que inmediatamente
Zarzoso se mostrase inquieto, y una triste y continua preocupación le embargase
aun en los momentos que dedicaba al estudio.
Su imaginación, alarmada por tal silencio, volaba
hasta Madrid, forjándose las más absurdas suposiciones; en la clínica se
distraía y cometía torpezas, inexplicables en un alumno de tan reconocida
aplicación, y se mostraba meditabundo y como obsesionado por aquella carta que
tanto esperaba sin llegar nunca.
Todo lo más extraño, novelesco y excepcional que
pueda existir en el mundo, lo imaginaba Zarzoso, antes que pensar en explicarse
la tardanza por una circunstancia tan sencilla como era la de no haber podido
María entregar su carta a la viuda de López, a causa de la vigilancia de su
tía.
Por las noches, cuando el joven médico se retiraba
a su casa, pensando en la posibilidad de encontrar en ella la ansiada carta,
andaba lentamente, como si temiese llegar demasiado pronto y que una cruel
desilusión viniera a desvanecer la vaga esperanza que le alentaba.
Con tardo paso, como si quisiera prolongar aquella
dulce ilusión, subía Zarzoso la ancha calle de Soufflot, y al entrar en la
plaza del Pantheón, iba a detenerse al pie de la estatua de Juan Jacobo, donde
permanecía algunos minutos calculando mentalmente y por centésima vez, en aquel
día, el tiempo que había transcurrido desde que María recibió su última carta,
y lo extraño que resultaba el que no le hubiese contestado.
Por fin, en un rapto de heroica resolución, se
decidía a entrar en el hotel y temblando de incertidumbre acercábase al
casillero de madera que había en la portería, donde colgaban las llaves de los
diferentes cuartos y dejaba el conserje la correspondencia de cada huésped. Si
Zarzoso contemplaba negra y vacía la casilla marcada con el número de su cuarto
inclinaba la cabeza con desaliento, y encendiendo su bujía en el mechero de
gas, subía la escalera con la resignación del reo a quien llevan al cadalso, y en toda la noche lograba conciliar el
sueño; pero si veía blanquear la esperada carta junto a la colgante llave,
experimentaba un sacudimiento de pies a cabeza, salvaba los peldaños con loca
precipitación, y allá arriba, en la soledad de su cuarto, gozaba una felicidad
sin límites, leyendo y releyendo la anhelada carta. Todas las sospechas y las
suposiciones trágicas que le habían estado agitando durante algunos días,
desvanecíanse inmediatamente a la vista de aquella letrita angulosa y elegante
que evocaba en su imaginación el recuerdo de los finos dedos y los graciosos
hoyuelos de la mano que la había trazado; y cuando se cansaba de leer besaba
con pasión aquellos períodos más apasionados de la carta, y al dormirse,
estrujaba aún amorosamente entre sus manos el papel que de tan lejos le traía
la felicidad, y en el que percibía el mismo perfume que le había acariciado
cuando se hallaba cerca de la mujer amada.
De este modo transcurrió para Zarzoso el primer mes
de su estancia en París; siempre solo, unas veces agitado por la duda y la
incertidumbre, otras poseído por una vaga felicidad, y siempre con el
pensamiento fijo en Madrid, donde se hallaba aquella mujer, cuyo recuerdo le
hacía encontrar horribles a todas las muchachas parisienses que encontraba a su
paso.
El joven médico entraba y salía como un autómata en
su restaurant del boulevard Saint-Michel, sin fijarse en ninguno de aquellos
rostros alegres y vivarachos que se le aparecían en la nube formada por el vaho
de los calientes platos y el humo de las pipas.
Comía el joven español con silencioso recogimiento,
con la cabeza baja, sin fijarse en nada de lo que ocurría a su alrededor.
Fastidiábanle los desplantes graciosos de muchos de los parroquianos;
entristecíale el aspecto de todas aquellas muchachuelas de cabello rubio, que
solas o acompañadas comían apresuradamente para comenzar cuanto antes su noche
de aventuras; y sentía una sorda irritación contra las risotadas brutales y los
cínicos chistes que se cruzaban de una a otra mesa.
Zarzoso era para todas las gentes que se veían
diariamente en aquel lugar casi a la misma hora un parroquiano insignificante,
que al entrar y al salir les arrancaba un ceremonioso saludo; y únicamente le
merecía cierta estimación cariñosa a la gruesa señora encargada del mostrador,
la cual simpatizaba con el joven español por su seriedad y buen porte.
Una tarde, a la hora de la comida, Zarzoso tuvo un
encuentro en dicho restaurant. Ocupó al entrar una pequeña mesa que vió desierta, y cuando acababa de comer su sopa,
entró otro joven, que vino a sentarse frente a él y que le saludó con un
desenfadado movimiento de cabeza.
Zarzoso contestó fríamente al saludo y como al
mismo tiempo estallase un concierto de chillidos al extremo del comedor en una
gran mesa ocupada por varias parejas de las más revoltosas del barrio, el
recién venido volvió la cabeza, y con sorpresa para Zarzoso, murmuró en
español, con acentuación muy marcada:
—¡Redios! ¡Cómo escandalizan esos marranos!
Era un compatriota, y esta circunstancia hizo que
Zarzoso, siempre tan retraído y ensimismado, fijase en él la atención con
curiosidad, y lo encontrara muy simpático desde el primer momento.
Aparentaba tener la misma edad que el joven médico,
y era robusto y sonrosado como un tudesco, luciendo en su rostro una barba muy
espesa y peinada melodramáticamente, que se le comía más de la mitad de la
cara. Su cabeza greñuda y cierto desaliño en el vestir, delataban el afectado
empeño de adquirir un aspecto terrorífico y siniestro, que era contradecido
inmediatamente por la expresión atrayente de sus miradas dulces y cándidas.
Adivinábase en él al buen muchacho de simpático carácter, sencillos sentimientos
y entusiasmos ruidosos, empeñado en falsificarse, fingiéndose peligroso y
terrible. Era, en una palabra, uno de esos ilusos, agitados por el amor al
renombre, y capaces de arrancarse la existencia con tal de llamar la atención.
Su levita raída, brillante por los codos, y con el galón deshilachado, formaba
un rudo contraste con un gran chambergo blanco que se echaba sobre las cejas,
adquiriendo con esto el aire de uno de esos terribles dinamiteros que tanto
pasto dan a la caricatura.
Sin fijarse gran cosa en la curiosidad que su
presencia había despertado en el compañero de mesa, comenzó a examinar la carta
del restaurant frunciendo el ceño y murmurando con enfado:
—Siempre dan los mismos platos. Esta cocina es
insufrible. Me...
Y acompañó sus quejas con una serie de votos y
blasfemias que soltaba con la mayor facilidad, como si la costumbre no le
permitiese apreciar el valor de las palabras.
Zarzoso se sentía atraído por aquel individuo que
le resultaba original en extremo, y sin proponérselo, como si una fuerza oculta
le impulsara, le dirigió la palabra en castellano.
—¿Es usted español?
El interrogado levantó con viveza la frente, y un
flujo de palabras desbordóse ante aquella pregunta. ¡Vaya si era español!, y,
por añadidura, catalán, de la misma Barcelona; y después de decir su nombre,
que era el de José Agramunt, comenzó con el mayor desenfado a moler a preguntas
a su interlocutor, enterándose a los pocos minutos de quién era, cómo le
llamaban, dónde había nacido, a qué familia pertenecía y qué era lo que iba a
hacer en París.
El catalán, animado por aquel encuentro que parecía
encantarle, dejaba suelta su locuacidad a toda prueba.
Mientras el camarero le iba sirviendo, él
preguntaba a Zarzoso, y cuando se creyó ya bien enterado de quién era, entonces
comenzó a hablar de sí mismo con un descuido tal, con una franqueza tan
absoluta que al mismo tiempo que le hacía simpático ponía toda su existencia de
cuerpo presente.
Era hijo de un fabricante arruinado de Sabadell;
huérfano desde su infancia, había estado al cuidado de unos tíos que ejercían
una pequeña industria en Barcelona. A causa de su precoz inteligencia, de su
vivacidad de carácter y de aquella audacia infortunada que había adquirido de
su difunto padre, en vez de ser dedicado al comercio, sus parientes le hicieron
entrar en la Universidad, donde cursó la carrera de Leyes, adquiriendo el
título de abogado; un papelote, según él decía, que para nada podía servirle.
Odiaba a la Monarquía como puede odiarla un
muchacho que se dormía todas las noches teniendo a la cabecera de la cama los
libros más populares sobre la revolución francesa; soñaba en la grandeza de los
héroes republicanos y en su sublime austeridad, como apasionado lector de Los
Girondinos, de Lamartine, y sabía de memoria cuantos apóstrofes elocuentes
y períodos de oratoria tempestuosa se habían pronunciado en la Convención. Para
él Danton era el primer hombre del mundo, y al tratar de la política española
creía que Ruiz Zorrilla era el llamado a representar idéntico papel en nuestra
patria.
Había sido periodista en Cataluña; orador de
plantilla en cuantas manifestaciones republicanas se organizaban; peatón
encargado de dar recados insignificantes en varias conspiraciones fracasadas; y
tanto empeño puso en el ejercicio de estos cargos, que haciéndose sospechoso
unas veces a la policía y procesado otras muchas, a causa de las embestidas de
su entusiasmo, que no respetaba cosa alguna y lo mismo atacaba en un mitin a la
persona del rey que en un artículo se burlaba graciosamente de
la Santísima Trinidad, llegó a excitar tantas iras con su conducta y a atraerse
tan enconada persecución, que, al fin, para no ingresar en presidio, tuvo que
pasar de ocultis la frontera, estableciéndose en París, donde
estaba a las órdenes del que él llamaba siempre don Manuel, o el hombre,
con una expresión de familiaridad respetuosa y admirativa.
Zarzoso escuchaba con mucho agrado la interminable
relación de aquel locuaz compatriota, y lo encontraba cada vez más simpático.
Aquel fanatismo político rudamente intransigente
que demostraba; aquella fe en el éxito de la revolución y en el ídolo a quien
seguía, hacíale gracia el joven médico, quien, por otra parte, sentía hacia el
nuevo amigo la atracción que produce la comunidad de doctrinas.
—¿Usted también será republicano?—decía sonriendo
el simpático catalán.
Zarzoso hacía signos afirmativos.
—Indudablemente también querrá poco a los curas, o,
de lo contrario, no sería sobrino del eminente doctor Zarzoso.
El médico volvía a contestar afirmativamente, y el
joven revolucionario seguía preguntando:
—¿Y no ha sido usted republicano militante?
—¡Oh! no, señor—contestó con modestia Zarzoso—. Yo
hasta ahora sólo me he dedicado a la ciencia, y no he tenido tiempo para
meterme en belenes políticos.
—Eso es cuestión de carácter—declaró Agramunt con
expresión doctoral—. El ser revolucionario está en la masa de la sangre.
Y con un salto inesperado e incoherente propio de
una imaginación sobradamente viva, el joven catalán pasó de repente a hablar de
su vida en París. Vivía en un sucio hotel de la calle de las Escuelas, en el
último piso, y no contaba con otros medios de subsistencia que el producto de
ciertas crónicas de París que enviaba a los principales periódicos de Cataluña,
y el jornal de tres francos que le daban en una gran casa editorial por
traducir, en compañía de otros españoles emigrados, un gran diccionario enciclopédico
destinado a las naciones de la América latina.
En la actualidad vivía contento y satisfecho, y
únicamente amargaba la existencia lo mucho que don Manuel tardaba en hacer la
revolución, y las innumerables porquerías que se cometían era el hotel de la
calle de las Escuelas.
Zarzoso sonreía encantado, al escuchar la relación
que hacía el joven emigrado de las angustias e
irritaciones que todas las noches había de sufrir en su casa. Era aquél un
hotel de mala fama, una hospedería sospechosa, un edificio de entrada lóbrega y
disimulada, que, por esto mismo, era el escenario de todos los rendez-vous que
se daban en el barrio las personas que por su posición tenían interés en
ocultar sus amoríos.
Eran muchos los vecinos de la casa que no vivían
solos; las paredes parecían de papel, según la facilidad con que dejaban pasar
los ruidos, y Agramunt no podía dormir por las noches ni escribir de día, pues
le distraían de un modo horrible todos aquellos roces sospechosos.
—Le aseguro a usted, paisano—decía a Zarzoso—, que
aquello es el acabóse. Las paredes son horriblemente indiscretas y dicen todo
cuanto presencian; las camas chillan y crujen como una locomotora vieja a la
que se hace andar demasiado aprisa; en fin, que aquello es un burdel; que ya me
voy cansando de tales serenatas, y que el mejor día agarro mi busto de la
República y me mudo de casa.
Y el muchacho daba otro salto en su conversación y
se ponía a describir, con caluroso entusiasmo, el tesoro que poseía,
consistente en un busto de la República hecho en yeso, que había comprado por
tres francos a un saboyano que colocaba su museo barato sobre el pretil del
puente del Chatelet.
Aquel busto tenía una historia bastante
accidentada, pues le había ocasionado al joven más de un disgusto. Por él había
reñido con una muchacha del barrio, que iba a hacerle compañía por las tardes
mientras escribía, y que, furibunda realista como la mayor parte de las
señoritas de vida aventurera, tenía la costumbre de colocar su sombrero de
vistosas flores sobre el gorro simbólico de la severa matrona, desacato que la
rigidez republicana del joven no podía consentir.
Y Zarzoso seguía riendo, al decirle Agramunt que
era ya popular en casi todos los hoteles baratos del barrio a causa de que cada
dos meses mudaba de habitación, y al hacer el traslado dejaba que el mozo de
cuerda se encargase del equipaje, presentándose él después, abrazando
amorosamente el busto, con el mismo cuidado de un sacerdote que no quiere dejar
la sagrada imagen confiada a manos sacrílegas.
Agramunt enterábase de las condiciones del hotel de
la plaza del Pantheón, que habitaba Zarzoso; preguntaba si el servicio era
bueno; si el garzón charolaba bien las botas que se dejaban por la noche a las
puertas de los cuartos, y comenzaba ya a sentir la
comezón de la novedad, que le obligaba cada dos meses a mudar de casa.
—Nada, paisano; que cualquier día le doy una
sorpresa mudándome a su casa. Estoy ya harto de las cochinadas de mi hotel.
Zarzoso no experimentaba ninguna sorpresa con la
familiaridad insinuante de aquel joven que aún no hacía media hora le había
conocido y ya hablaba de irse a vivir con él. Había algo en su persona que
inspiraba completa confianza, y por otra parte su buen humor, su natural
franqueza, le recomendaban como a un buen compañero.
Terminaron la comida los dos jóvenes con tanta
familiaridad y confianza como si se hubiesen conocido toda la vida. Zarzoso
comprendía que al lado de aquel nuevo amigo no podría experimentar las largas
horas de cruel nostalgia, de las que era la principal causa la absoluta soledad
en que vivía, y tal satisfacción experimentaba por el hallazgo de este
compañero, que en vez de retirarse inmediatamente a casa, como lo hacía
siempre, le propuso acabar la noche en el teatro.
Agramunt aceptó con verdadero entusiasmo; pero con
una desenvoltura adorable puso la condición de que fuese Zarzoso quien pagase,
pues él se hallaba en aquellos días en las últimas, esperando que llegara el
primer día del próximo mes para cobrar en la casa editorial.
Por exigencias de él, la noche se pasó en la Opera
Cómica, único teatro que, con la Grande Opera, merecía la aprobación de
Agramunt, furibundo filarmónico como buen catalán, y muy versado, según él
mismo afirmaba inmodestamente, en toda clase de asuntos musicales.
De sus aficiones artísticas podían hablar, mejor
que nadie, los habitantes de su hotel, pues continuamente les aturdía los oídos
cantando a toda voz los motivos más principales de todas las óperas conocidas.
A la salida del teatro, Agramunt se empeñó en
acompañar a su nuevo amigo hasta la puerto de su casa, y a la una de la
madrugada aún estaban los dos jóvenes a un extremo de la desierta plaza del
Pantheón al pie de la estatua de Juan Jacobo, hablando con entusiasmo y
cambiando con la mayor facilidad de tema en su conversación.
Aquel mes de aislamiento y de continua soledad en
que había vivido Zarzoso parecía haber amontonado en su interior un inmenso
caudal de palabras, que ahora salían atropelladamente de
sus labios, compitiendo en locuacidad con el verboso Agramunt.
Los dos jóvenes, poseídos de una confianza sin
límites, se tuteaban ya, y al despedirse Agramunt lanzó una mirada
escudriñadora al silencioso hotel, cuyas cerradas ventanas alumbraban los
grandes reverberos de la plaza.
—¡Chico, no tiene mal aspecto tu casa! ¿Hay en ella
cuartos baratos? ¿Me dejarían estar en el último piso por veinte francos al
mes?... ¿Sí?, pues me parece que mañana mismo te doy una sorpresa.
Y, efectivamente, al día siguiente, cerrada ya la
noche, cuando Zarzoso bajaba la escalera dirigiéndose al restaurant, tuvo que
apartarse para dejar franco el paso a un mozo de cuerda, cargado con un enorme
cofre.
Detrás vió aparecer la greñuda cabeza de Agramunt,
quien en una mano llevaba su tesoro, su sagrado busto de la República, y en la
otra un quinqué encendido. A la luz de éste había hecho todos los preparativos
de mudanza en la calle de las Escuelas, y por no tomarse el trabajo de
apagarlo, lo había llevado encendido por todo el boulevard Saint-Michel, sin
producir movimiento alguno de extrañeza en aquella población de muchachuelas y
estudiantes habituada a las más estupendas extravagancias.
La vejez del revolucionario.
Los dos jóvenes españoles vivían en el hotel del
Pantheón, con la más amigable familiaridad.
Agramunt se mostraba encantado por la mudanza,
tachándose a sí mismo de estúpido por no habérsele ocurrido hasta entonces
trasladarse a una plaza donde, según él decía, se gozaba el honor de tener tan
ilustres vecinos.
Todas las mañanas, al levantarse, abría su ventana
del último piso, y mirando la inmensa mole del Pantheón, que extendía su cruz
de ciclópeos muros en el centro de la gigantesca plaza, saludábala moviendo sus
manos, y como si le pudieran oír en el fondo de la cripta del monumento,
gritaba:
—¡Buenos días, Voltaire!
Otras veces
el saludado era Rousseau, o cualquiera de los demás hombres ilustres, que
tenían sus huesos en las entrañas del grandioso monumento.
El hotel estaba algo movido por la aparición de
aquel nuevo huésped, que en pocos días se había hecho amigo de todos los
jóvenes que en él vivían, y que eran estudiantes procedentes de los más
distintos países. No había en la casa un solo huésped francés; en cambio sus
cuartos eran un viviente cosmopolitismo, pues se albergaban en ellos lo mismo
griegos que yanquis, e ingleses que árabes.
En la tablilla indicadora de los vecinos, que
figuraba en la portería, veíanse confundidos los nombres más extravagantes, los
apellidos más impronunciables, y en los pasillos sonaba tal confusión de
lenguas extrañas, que, según afirmaba Agramunt, aquella casa era una verdadera
pajarera.
A pesar de esta confusión de lenguas, con todos se
entendía él y entablaba largas conversaciones, valiéndose del francés que
conocía muy a fondo, pero que destrozaba al hablar, con su pronunciación
marcada, que hacía sufrir igual suerte al castellano.
Cuando él se levantaba por las mañanas Zarzoso ya
había marchado a la clínica, y para pasar el tiempo, si es que no tenía que
hacer algún trabajo urgente para su editor, canturreaba sus fragmentos de ópera
favoritos por los pasillos del hotel o entraba en el cuarto de alguno de sus
nuevos amigotes, para preguntar a un griego o a un rumano si en su país había
muchos republicanos y enterarse del carácter que allí tenía la Prensa.
Bromeaba campechanamente con los garzones del
hotel, llevándolos en sus días de opulencia a la taberna vecina para tomar la
absenta, o salía a dar una vuelta por el bulevar hasta la hora del almuerzo, en
que se reunía con Zarzoso, el cual, según la expresión del periodista, entraba
en el restaurará oliendo todavía al ácido fénico de la clínica.
Por las tardes iban los dos amigos al café de
Cluny, que era el establecimiento que gozaba en el barrio de mayor fama de
seriedad, por no permitirse en él la entrada a las alegres muchachuelas que
pululaban por el vecino bulevar.
Zarzoso veía siempre en dicho café el mismo
público: burgueses de la vecindad, graves y sesudos, que leían los más antiguos
periódicos de París; señoras viejas que escribían cartas y algún par de
profesores que, tomando su taza de café, discutían pausadamente sobre los
sistemas de enseñanza.
Los dos jóvenes no acudían a dicho establecimiento
por su carácter serio y tranquilo, sino porque en él tenía Agramunt antiguos amigos que acudían diariamente al café de
Cluny, desde puntos muy lejanos.
A un extremo del café, entre aquel público
silencioso, mesurado y prudente, agrupábanse unos cuantos parroquianos que no
hablaban en francés, que no sabían decir nada en voz baja, y que sus ruidosas
palabras las acompañaban siempre con fuertes puñetazos sobre el mármol de las
mesas: eran españoles, procedentes de las emigraciones republicana y carlista,
los cuales, a pesar de su radical divergencia en punto a doctrina, reuníanse
amigablemente sintiéndose atraídos por ese espíritu de nacionalidad que tan imperiosamente
se experimenta cuando se está fuera de la patria.
La tertulia era, por lo general, pacífica, pero
muchas veces, olvidando la mutua conveniencia y reapareciendo antiguos odios,
salían a plaza las ideas políticas de cada uno, y entonces eran de ver los
rostros escandalizados de los tranquilos parroquianos del café, ante aquellas
discusiones tormentosas, en las que se sucedían sin interrupción los puñetazos
sobre la mesa y las vociferaciones matizadas por palabras tan enérgicas como
poco cultas.
Zarzoso, a pesar de aquellas disputas que
diariamente surgían, encontraba muy agradable la tertulia porque en ella podía
hablar la lengua de su patria, y, además, reía con las ocurrencias ingeniosas
de algunos de aquellos desgraciados que paseaban su hambre y su levita raída
por todo París, con una altivez digna del carácter español.
El joven médico tenía grandes deseos de conocer al
que era como el jefe de aquel ruidoso cenáculo, personaje de importancia, del
que le hablaba Agramunt con mucho respeto.
—Ya verás cuando venga don Esteban—decía Agramunt—,
cómo te resultará muy simpático. Es todo un hombre, y yo estoy seguro de que si
en su esfuerzo consistiera, hace ya tiempo que habríamos triunfado. Tiene una
historia heroica; se ha batido un sinnúmero de veces en favor de la República,
y en el año 73, si no hubiese sido tan modesto, hubiese llegado a hacer grandes
cosas. En fin, tú ya conoces de nombre a don Esteban Alvarez. Aquí lo pasa
bastante estrechamente; trabaja para el mismo editor que yo y ahora está en
Caen, adonde le ha enviado la casa para ciertos asuntos, pues tiene en él
absoluta confianza. Lo que yo más siento es que goza de poca salud, y cualquier
día nos va a dar un disgusto.
Zarzoso, que continuamente oía hablar de aquel
señor, tanto a su amigo como a los demás emigrados
que acudían al café, sentía grandes deseos de conocerle.
Por fin, una tarde logró ver en el café de Cluny a
aquel hombre que, por su historia política tan accidentada y aventurera, le
había resultado siempre interesante.
Al entrar él con Agramunt, fijáronse en las mesas
que solía ocupar la reunión de emigrados.
La tarde era muy desapacible. Caía una de esas
lluvias torrenciales propias del otoño parisiense, y tal vez por esto la
concurrencia era escasa, pues muchos de los emigrados vivían en barrios que
estaban a algunos kilómetros de distancia.
Sólo dos hombres ocupaban las mesas de la tertulia,
y Zarzoso se fijó inmediatamente en uno de ellos, al mismo tiempo que Agramunt,
tocándole en el codo, murmuraba:
—¡Mírale! ¡Allí está!
Zarzoso había visto muchas veces en periódicos
republicanos el retrato de Esteban Alvarez, tal como era en el año 73, pero
esto sólo le sirvió para experimentar una gran extrañeza, al ver los estragos
que una vejez prematura había hecho en el famoso revolucionario.
De su época pasada de juventud, bríos y marcial
presencia, sólo le quedaba su bigote, aquel hermoso bigote que era el encanto
de todo el regimiento en sus tiempos de militar, y que ahora caía lacio,
desmayado y horriblemente canoso sobre unos labios contraídos por amarga
expresión de desaliento y de dolor.
Alvarez había engordado mucho al hallarse cercano a
la vejez, pero su obesidad era floja y malsana; era la transformación en grasa
de aquellos músculos de acero.
Su rostro abotagado y de una palidez verdosa,
estaba surcado por arrugas profundas, y lo único que en él quedaba de su
antiguo esplendor eran los ojos, que, bajo unas espesas y salientes cejas
grises, brillaban con todo el fuego y la audacia de la juventud.
Acercáronse los dos jóvenes a la mesa que ocupaba
Alvarez, e inmediatamente Agramunt hizo la presentación de su amigo.
El revolucionario sonrió con amabilidad, y
tendiendo su mano amigablemente a Zarzoso, le hizo tomar asiento a su lado. El
conocía el nombre de su tío, el célebre doctor, y se enteraba con mucho interés
del objeto que había llevado al joven a París.
—Celebro mucho—decía con su voz cansada—que un
joven como usted venga aquí a ser de los nuestros. Seremos amigos; aunque esto,
bien mirado, poco puede halagarle a usted, que es joven y tiene ante su paso un
brillante porvenir. Yo, hijo mío, ya no soy más que
una ruina, un andrajo que para nada sirve. Mi misión ha terminado ya en el
mundo y ahora sólo me queda el morir aquí olvidado de todos.
Y bajaba tristemente la cabeza, como un reo que
está seguro de su próximo fin.
Zarzoso se sentía conmovido por la expresión
desalentada de aquel hombre, en otros tiempos todo vigor y energía y que ahora,
con las fuerzas agotadas por una vida de infortunios, aventuras y terribles
agitaciones, hacía recordar al limón mustio, blanducho y despanzurrado después
que le han exprimido todo el jugo.
Mientras tanto, Agramunt daba palmaditas amistosas
en la espalda a un sujeto morenote, fornido, con la cara afeitada, a excepción
de unas patillejas, y que de vez en cuando lanzaba a don Esteban miradas
cariñosas como las de un perro fiel.
El joven catalán le preguntaba cómo iban sus
asuntos, pues hacía ya algún tiempo que no le había, visto.
—Van bien, no puedo quejarme—contestaba aquel
hombre, que no era otro que Perico, el antiguo asistente de Alvarez—. En el
almacén me tratan con bastante consideración, sólo que el trabajo es mucho y no
puedo venir por aquí con tanta frecuencia como deseo. La dirección de la casa
es muy rígida en punto a las obligaciones. Hoy he logrado alcanzar un permiso
para ir a recibir a mi amo a la estación, y por eso puedo estar en el café. ¿No
es verdad que don Esteban ha venido más fuerte de Caen? Le han probado los
aires por allá; lo que siento es lo mucho que habrá sufrido al no tenerme por
la noche cerca de él para que le cuidase.
Y el fiel criado, a quien el tiempo y los
infortunios habían elevado a la categoría de compañero y primer amigo de su
señor le dirigía miradas que demostraban la fuerza de aquel cariño
indestructible que tanto tiempo existía entre el ex comandante y su asistente.
Alvarez, entre tanto, como si le molestasen las
muestras de mudo cariño que le daba su criado, aparentaba no fijarse en ellas y
hablaba a Zarzoso de su viaje a Caen.
Había ido allá con el único objeto de arreglar
ciertos asuntos de su editor, que le apreciaba mucho y tenía en él una completa
confianza. Y hablando de esto, el revolucionario pasó insensiblemente a tratar
de su situación.
No se quejaba de la suerte. La casa editorial
pagaba de un modo harto modesto, pero al fin le distinguía, retribuyendo sus trabajos mejor que a los otros emigrados que para
ella traducían.
Su tarea no era para matarse de fatiga.
Traducía cuentecillos de los más célebres
escritores franceses, y cuando no, escribía libros de texto para la niñez;
obrillas insubstanciales, formadas por retazos que tomaba de aquí y allá, y que
el editor enviaba a miles al otro continente para que sirviesen de pasto
intelectual a la juventud de las escuelas americanas.
El emigrado, al dar cuenta de sus trabajos a su
nuevo amigo, sonreía amargamente como si todavía no se hubiese desvanecido el
asombro que le causaba el verse en su vejez dedicado a tan nimias tareas,
después de haber sido un verdadero héroe revolucionario y haber gozado de poder
suficiente para trastornar a cualquiera hora el orden de su país.
Aquella tarde la pasaron por completo en el café
los dos jóvenes, hablando con don Esteban y su criado sobre la política
española, las costumbres de la patria, que tan hermosas resultan cuando se vive
en el extranjero suelo, y las probabilidades de éxito que podía tener en
aquellos instantes una intentona revolucionaria. Hablando acaloradamente,
forjándose ilusiones y demostrando a ratos gran confianza en el porvenir,
transcurrieron las horas de la tarde para aquellos hombres agrupados en un
rincón del café, mientras fuera seguía lloviendo cada vez con más fuerza, y por
encima de las blancas cortinillas de las vidrieras desfilaba un inacabable
ejército de paraguas, goteando por todas sus varillas.
La sombra del crepúsculo comenzaba ya a invadir las
calles, en las que brillaban los primeros reverberos, pero el grupo de
emigrados, animados por el recuerdo de la patria y fiando cándidamente en el
porvenir, parecía como que recibía en sus ardientes cerebros un cálido rayo del
sol de España.
Llegó la hora de retirarse, y entonces don Esteban,
levantándose trabajosamente de su banqueta, tendió la mano a Zarzoso.
—Seremos grandes amigos—dijo con su voz que
revelaba franqueza—. Yo tengo mucho gusto en tratarme con la juventud ilustrada
y valerosa, que es la que ha de regenerar a España. Venga usted a verme cuando
tenga un rato libre. Vivo en la calle del Sena, cerca de aquí. Ya le acompañará
Agramunt cuando usted se digne visitarme.
Los dos jóvenes fuéronse al restaurant, y allí,
mientras comían, Agramunt fué relatando a Zarzoso
todo cuanto sabía de la vida de don Esteban Alvarez.
Después de la caída de la República española, el
famoso revolucionario había huido de España, a la que ya no debía volver más.
Había sido sentenciado a muchos años de presidio
por varios procesos que se le habían formado a consecuencia de ciertos actos
violentos, pero propios de las circunstancias, que había llevado a cabo en
tiempos de don Amadeo de Saboya, cuando mandaba partidas republicanas.
En opinión de Agramunt, debía existir algún poder
oculto que trabajaba ferozmente contra don Esteban, pues las sentencias habían
caído sobre éste por actos que a otros no les habían causado la menor
inquietud.
No había esperanza de que ningún indulto le
permitiese regresar a España, donde sin duda estorbaba su presencia; y don
Esteban, por otra parte, no mostraba el menor despeo de volver a la patria, si
esto había de costarle alguna humillación, pues, aun en los momentos de mayor
desgracia, seguía mostrando su intransigencia sin límites contra aquellos
enemigos políticos a los que tantas veces había combatido.
Agramunt explicaba así la vida de Alvarez, desde
que dejamos a éste, en el momento que abandonó Valencia, después de su
dramática visita al colegio de Nuestra Señora de la Saletta.
Se había establecido en París, en compañía de
Perico, su antiguo asistente y fiel acompañante, que no le abandonaba aun en
las circunstancias más difíciles.
La primera época de su estancia en la gran ciudad
fué terrible y penosa, pues Alvarez, a pesar de haber desempeñado grandes
cargos durante el período de la República, se hallaba tan falto de recursos
como antes. Por otra parte, el estado de la emigración había variado mucho.
Ya no ocurría como antes del 68, en aquella época
en que era capitaneado por un Prim el grupo de la emigración, en el cual
figuraban los hombres más ilustres de España. Entonces la revolución tenía
dinero, y ayudándose unos a otros con fraternal compañerismo la vida resultaba
fácil; pero ahora veíase Alvarez casi solo en París y sin otros medios de
subsistencia que los que él mismo pudiera proporcionarse.
Buscó trabajo como escritor, y los principios
fueron dificilísimos, pues sólo encontraba traducciones baratas y esto con poca
frecuencia.
En un período tal de miseria y horrible penuria,
fué cuando se reveló en toda su sublime grandeza el carácter de Perico, aquel
servidor fiel que consideraba a su señor como un padre y un hermano. Sin que
don Esteban llegase a enterarse, hizo los mayores sacrificios para que nunca
faltase la comida a su mesa, ni el portero pudiera ponerlos en la calle por
falta de pago.
Fué toda una epopeya de sufrimientos, de titánicos
esfuerzos, de recursos heroicos para la conquista de un franco, la vida que
arrastró el fiel aragonés durante el primer año de estancia en París. Conocedor
de las costumbres de la gran ciudad, por la vida que en ella hizo durante la
primera emigración, encontró el medio de dedicarse a un sinnúmero de bajas
ocupaciones, mientras buscaba trabajo más lucrativo. Fué mozo de cuerda,
revendedor de contraseñas en los teatros, cargador en los muelles, y hasta pidió
limosna en las calles más concurridas, exponiéndose a ser arrestado por la
Policía; todo para ganar dos o tres francos diarios que entregaba a su señor,
el cual estaba desesperado por la inercia forzosa a que le obligaba su falta de
ocupación.
Afortunadamente, la vida de los dos desgraciados
varió por completo así que hubo transcurrido un año.
El aragonés logró una colocación de mozo en uno de
los grandes almacenes de novedades, con cuatro francos diarios, y casi al mismo
tiempo don Esteban entró en relaciones con la casa editorial para la cual
trabajaba actualmente y que le proporcionó un trabajo medianamente retribuído,
pero continuo.
Entonces fué cuando se trasladaron a la calle del
Sena, a una casa vieja y sombría, pero de desahogadas piezas, y cuando
normalizaron su vida azarosa y llena de privaciones.
Perico permanecía en el almacén desde las siete de
la mañana a igual hora de la tarde; pero apenas quedaba libre de sus
ocupaciones, corría a reunirse con su amo, el cual permanecía trabajando casi
todo el día en su casa, a excepción de las pocas horas que pasaba en el café de
Cluny para leer los periódicos españoles y charlar con los otros emigrados,
única distracción que gozaba en su existencia de continuo trabajo.
La vieja portera de su casa era la encargada de
guisarles, y por la noche amo y criado sentábanse amigablemente a la mesa;
distinción que enorgullecía a Perico y al mismo tiempo le hacía comer con
escasa tranquilidad, pues bastaba que don Esteban hiciese el menor movimiento
buscando algo, para que inmediatamente se pusiera él en pie, ansioso de
servirle.
Los domingos paseaban los dos por algún bosque de
las inmediaciones de París, y este día de descanso y holganza les ponía alegres
para toda la semana, como colegiales que se desquitan en alegre jira del
quietísmo y de la falta de luz que sufren en su vivienda.
Agramunt le estaba muy agradecido a Alvarez y
hablaba de él siempre tributándole los mayores elogios.
Solamente en un punto se mostraba contrario a don
Esteban, y era en la frialdad que éste demostraba por su ídolo.
Alvarez, a pesar de su carácter de emigrado y de su
historia política, iba poco a casa de don Manuel, como le llamaba por
antonomasia Agramunt, y sonreía con cierta frialdad siempre que oía hablar de
aquel hombre ilustre.
Subsistía aún en don Esteban su antiguo fanatismo
federal, que le hacía intransigente dentro del republicanismo, y esta conducta
excitaba la indignación del catalán, que no consentía en nadie la frialdad y la
indiferencia al tratarse del que él titulaba el Danton español.
Variando Agramunt su conversación sobre Alvarez con
uno de aquellos saltos de imaginación que tan característicos le eran, hablaba
de su vida privada con el respeto instintivo y la admiración que todo joven
siente ante un hombre afortunado en materia de amores.
El no conocía a fondo la vida privada de Alvarez,
pero algo había oído en el grupo de los emigrados, y la misma vaguedad de sus
noticias contribuía a agrandar en su imaginación la figura de don Esteban, al
que consideraba ya como un antiguo Tenorio de irresistible seducción.
—Tú no puedes imaginarte—decía a Zarzoso—lo que ese
hombre ha sido de joven. Yo no sé ni la mitad de sus aventuras, pero lo triste
es que, ahí donde lo ves ahora, con su facha de desaliento y su triste sonrisa,
ha sido en su juventud un conquistador terrible que ha rendido a docenas las
mujeres, sin pararse a distinguir en punto a condición social. Cuando era
militar tenía fama de guapo mozo, y mira si picaba alto, que según me han
dicho, estuvo próximo a casarse con una condesa muy guapa. La cosa tuvo consecuencias,
pues según mis noticias, hay en el mundo una hija como resultado de aquellos
amoríos.
El padre de María.
Todas las mañanas al levantarse de su cama,
Agramunt alzaba la blanca cortina de su ventana, y mirando el vasto horizonte
que dejaba visible la anchura de la plaza del Pantheón, murmuraba con
desaliento:
—Definitivamente, el sol ha muerto.
Había cerrado ya el invierno; una luz mortecina y
sucia se filtraba por los vidrios, entristeciéndolo todo y dando al modesto
cuarto del periodista un tinte fúnebre. París hacía cerca de un mes que tenía
sobre sus tejados un cielo ceniciento, monótono y tétrico, y si alguna vez por
casualidad el sol, con un coletazo de su flamígero manto, desgarraba las
plomizas nubes, asomaba tan sólo un rostro pálido que daba lástima y se
retiraba inmediatamente, dejando que las nubes descargasen torrenciales
chaparrones sobre la gran ciudad, acostumbrada a sufrir estas injurias del
cielo.
Zarzoso, criado en el templado clima de Valencia y
poco acostumbrado al invierno de Madrid, aún encontraba más intolerable el frío
parisiense, y muchas mañanas, al levantarse y ver las calles cubiertas de
nieve, sentíase acobardado, y en vez de ir a la Clínica, subíase al último piso
del hotel y entraba en el cuarto de Agramunt, para hablar con él junto a la
chimenea recién encendida, que les halagaba con su cálida caricia.
Agramunt hablaba del invierno parisiense como si
fuese un personaje que seis meses al año abandonaba su veraniega mansión del
Polo y venía a establecerse en París, envuelta la plomiza cara en un cuello de
diluviadoras nubes, y con unas patas de hielo que enfriaban la tierra hasta
cubrirla de escarcha congelada.
Aquella estación, que venía a aumentar su
presupuesto de gastos con el combustible que consumía en la chimenea, y que le
causaba mil molestias por no estar muy sobrado de ropa de abrigo, le tenía
furioso, y frotándose las manos para hacerlas entrar en reacción, prorrumpía en
invectivas contra el invierno.
—Aborrezco a ese canalla—decía Zarzoso con tono
melodramático—; tiene instintos de bandido y gustos de niño mal criado. Se
pasea por esas calles con aire de señor absoluto, y mientras que al banquero o
a la gran dama que van reclinados en el acolchado
carruaje, sólo les envía un helado suspirillo a través de los vidrios de las
portezuelas que aun les da placer y les hace gozar con más delicia del calor
que les rodea, tiene la cruel satisfacción de helarle las piernas al albañil
que, por dar sustento a su familia, trabaja en el alto andamio, y aun le empuja
con su aliento huracanado por ver si cae y se rompe la cabeza contra los
adoquines; cubre de sabañones las manos de la pobre obrerita que llena su
estómago en relación con la prontitud con que maneja su aguja; sopla en la boca
de la infeliz mujer que, metida en el Sena hasta las rodillas, lava la ropa de
su familia, y el ¡gran canalla! desliza la pulmonía al fondo de su pecho;
regala con horrible esplendidez a su querida, que es la Muerte, cuantos desgraciados
encuentra debilitados por el hambre o corroídos por las enfermedades de la
miseria, y si en sus paseos nocturnos pilla dormido en los muelles del río a
algunos de esos muchachuelos que parecen hijos del barro de París, y que están
lejos de creer que alguna vez han tenido madres... ¡paf!, de una patada lo deja
yerto, da a su cuerpo la frialdad de la nieve, y metiéndose la inocente alma
bajo el brazo, la lleva a la eternidad, muy satisfecho de haber dado materia a
los periódicos para que al día siguiente publiquen una triste gacetilla.
Zarzoso miraba fijamente a Agramunt, que se paseaba
de un extremo a otro del cuarto, gesticulando y adoptando actitudes de orador,
como si se hallara en uno de los meetings que le habían llevado a la
emigración, y como si aquel invierno odiado fuese la monarquía.
El joven médico encontraba a su extravagante amigo
poseído de la fiebre de la elocuencia, y le oía con gusto; así es que le alegró
cuando Agramunt volvió a reanudar la apasionada peroración que parecía dirigir
a la revuelta cama, las cuatro sillas desvencijadas, el estante de libros y el
mármol de la chimenea, sobre el cual se erguía el severo busto de la República,
entre dos pastorcillos italianos de barro cocido, el uno manco y el otro falto
de narices.
—Cuando ese gran ladrón no se siente poseído por
tan crueles instintos, se divierte con bromas pesadas, propias de un muchacho
que falta a la escuela. ¡Ah cochino invierno! Así que hiciste tu aparición en
París, te dió la manía por subirte a los árboles y robarles las hojas,
despojando de toda belleza al campo y a los paseos. Los árboles se han dejado
arrebatar la vestimenta, sin otra protesta que su acompasado balanceo, y hoy
presentan el aspecto ridículo y triste del hombre que a las dos de la mañana se ve asaltado por audaces ladrones en cualquier
calle de París y se presenta sin pantalones, y en camisa, en el primer puesto
de Policía. ¿Cómo has dejado el Bosque de Bolonia? ¿Y el de Saint-Cloud? Da
lástima verlos. Los poéticos lugares cubiertos por bóvedas de verdura han
desaparecido con la misma facilidad que se desvanecen las aéreas ojivas y las
fantásticas arcadas que traza en el espacio el humo del cigarro; no has dejado
en los bosques ni un mal rincón discretamente cubierto por una cortina de matorrales,
donde puedan darse cita la modistilla, que para llevar un traje a dos pasos de
su taller, emplea toda una tarde; y el muchacho, a quien el severo papá,
haciendo cuentas tras el mostrador, supone a tales horas enterándose en el aula
de las profundidades jurídicas de Justiniano o revolviendo humanos despojos en
el anfiteatro anatómico.
Detúvose el declamador, y pasándose la mano por la
frente, con expresión trágica, añadió con el mismo acento del poeta que llora
la ruina de bellezas muertas ya:
—En aquellos lugares de delicia en el verano, donde
la vista se ahitaba de una orgía de verde y el oído se complacía con un
interminable gorjeo, no quedan ahora otras cosas que una gruesa alfombra de
hojas secas y millares de colosales escobas que con los rabos hincados en la
tierra y chorreando humedad, elevan su ramaje al cielo, suplicando al sol que
les haga una visita de atención, a lo menos dos veces por semana, y que empeñe
su valiosa influencia con la lluvia para que no sea tan importuna... La belleza
ha muerto por unos cuantos meses, y tú eres su asesino, cruel invierno.
Zarzoso seguía mirando con creciente extrañeza a su
amigo. ¿Se había vuelto loco aquel muchacho?
Pero pronto comprendió la verdadera causa de tales
lirismos.
Agramunt iba a verse obligado en adelante a salir
de casa todos los días para ganarse el pan. Su editor, ocupado siempre en el
profundo estudio de adquirir la mayor cantidad posible de cuartillas, dando
poco dinero, y encontrando que la traducción española de su famoso Diccionario
le resultaba cara, se había decidido por el trabajo en comunidad y obligado a
todos los que trabajaban en la citada obra a que acudiesen a su casa, donde en
una gran sala, y bajo la vigilancia de un dependiente antiguo, habían de trabajar
por horas.
Le era forzoso, pues, acudir diariamente a la
oficina como un empleadillo; abdicar por completo de aquella libertad que le
permitía fijar a su gusto las horas de trabajo; escribir bajo la vigilancia del
perro de presa del amo, como si fuese un muchacho en
la escuela, e ir en aquellas crudas mañanas de invierno pisando la nieve de las
calles.
¡Oh! Aquello era cosa de desesperarse y de maldecir
al invierno, al editor que planteaba tan peregrinas ocurrencias y a la pícara
necesidad que le obligaba a sufrir tantas molestias, todo para ganar cuatro o
cinco francos traduciendo barbaridades, según él decía.
Aquella misma mañana iba a comenzar la traducción
en comunidad, y Agramunt se desesperaba pensando que en adelante tendría que
levantarse puntualmente como un colegial y permanecer encerrado hasta el
anochecer, almorzando en la misma casa del editor. Tan continua reclusión ¡a
él! que era un bohemio por vocación y que encontraba agradable la vida de París
por lo libre que resultaba.
Desde aquel día, los amigos, a excepción de los
domingos, sólo pudieron verse al anochecer cuando se reunían en el restaurante,
a la hora de la comida.
Pasaban alegremente la noche, eso sí, y se
resarcían de aquella separación que les resultaba violenta después de tres
meses de amistad, en que sus respectivos caracteres se habían compenetrado de
un modo absoluto.
Zarzoso fué quien más sufrió en los primeros días,
por la ausencia de su amigo. Las mañanas pasábalas bastante distraído en la
Clínica, estudiando ese inmenso caudal de enfermedades y de casos curiosos que
únicamente se presentan en los hospitales de París; pero por las tardes, así
que quedaba libre, acometíale un fastidio sin límites.
Algunas veces se entretenía escribiendo a María o
releyendo sus cartas, pero esto, a lo más, le ocupaba un par de horas, e
inmediatamente el fastidio volvía a aparecer.
Sentía nuevamente en su existencia aquel vacío del
primer mes de estancia en París, y era que el maldito catalán le había
acostumbrado de tal modo a sus genialidades y a su movediza actividad, que no
podía vivir apartado de él. Su carácter reposado y grave, necesitaba por la ley
del contraste tener cerca aquella imaginación exaltada y extravagante, que
empollaba a centenares las más atrevidas paradojas.
Por las noches, después de comer, los dos,
agarrados del brazo, conversaban amigablemente por el boulevard; iban a la
Opera, o se metían en Bullier, el tradicional lugar de la borrascosa alegría
del Barrio Latino, y allí veían bailar el can-can por todo lo alto y convidaban
a cerveza a unas cuantas señoritas sin querer llegar hasta las últimas
consecuencias de tales encuentros.
Agramunt era despreocupado en materia amorosa, y su
compañero hacía la vista gorda cuando le veía arrastrar tras sí a alguna
antigua amiga a altas horas de la noche, invitándola a que subiera a ver su
nuevo cuarto. En cuanto a Zarzoso era inflexible en esta cuestión y Agramunt
nada le decía, pues tenía noticias de los amores con aquella joven de Madrid
cuyas cartas recibía, y él, además, no gustaba de desempeñar el papel de
tentador.
Pero todas las diversiones nocturnas no impedían
que Zarzoso se fastidiase horriblemente por las tardes.
Gustaba de entregarse a una profunda meditación,
recordando sus entrevistas con María, aquellos paseos por el Prado y las calles
de Madrid; pero esto no siempre conseguía endulzar sus horas de tedio.
La vida de París había penetrado insensiblemente en
sus costumbres; sentía esa atracción que por el boulevar experimentan los
parisienses, y en vez de permanecer como antes encerrado en su cuarto, tomaba
el sombrero y pretextándose a sí mismo la necesidad de hacer una compra
cualquiera al otro lado del Sena, pasaba los puentes e iba a callejear en los
grandes bulevares centrales, cuyo ruido y animación le encantaban.
En las tardes que hacía buen tiempo pescaba por el
Luxemburgo, alrededor del quiosco de la música, y cuando no se sentía con ánimo
para ir hasta el centro de París, entraba en el café de Cluny para charlar un
rato con el grupo de emigrados, que había disminuído considerablemente, tanto
porque la mayoría de ellos trabajaban a aquellas horas con Agramunt en la casa
editorial, como porque don Esteban Alvarez prefería quedarse en casa
escribiendo a salir a la calle, donde las nieves o las lluvias eran casi continuas
en tal época.
Una tarde, a las cinco, cuando ya comenzaba a
anochecer, Zarzoso, cansado de hojear libros nuevos en los puestos de venta
establecidos en las galerías del Odeón, dirigióse al bulevar Saint-Germain con
la intención de bajar por tan largo paseo hasta la plaza de la Concordia.
Acababa de entrar en la citada calle, cuando las nubes comenzaron a descargar
un fuerte chaparrón. Zarzoso no llevaba paraguas y se refugió en un portal,
donde ya se habían agolpado algunas gentes.
El bulevar casi desierto por aquella brusca
acometida del cielo, dejaba barrer sus anchas aceras por los turbiones de agua,
al mismo tiempo que los árboles se inclinaban a impulsos del huracán.
Zarzoso veía frente a él extenderse la recta calle
del Sena, e inmediatamente pensó en su viejo amigo
que vivía en ella. Aquella era la ocasión más apropiada para hacerle una
visita, y apenas formuló tal pensamiento, sosteniéndose con ambas manos el
sombrero de copa que quería arrebatarle el viento, atravesó corriendo el
boulevard, y mojado de cabeza a pies, se metió en la calle del Sena.
Sabía dónde estaba la casa de Alvarez, por
habérsela mostrado Agramunt un día que pasaron por dicha calle. Se entraba por
un pasillo estrecho, húmedo y tenebroso que se abría entre una rotisserie y
una tienda de libros viejos, y que al final se ensanchaba formando un patio
cuadrado, con una bomba de agua en el centro, y un pavimento musgoso y húmedo,
al cual nunca había bajado un rayo de sol.
La portera estaba encendiendo un farolucho que
alumbraba el estrecho pasillo, cuando entró Zarzoso sacudiéndose el agua como
un perro recién salido del baño.
—¿El señor Alvarez?—preguntó a la mujer del
conserje.
—Primera escalera, piso segundo, segunda
puerta—contestó con laconismo la vieja.
El joven médico comenzó a subir los peldaños de
madera, fijándose en los rótulos que tenían las puertas de las habitaciones, y
en los cuales se marcaba el nombre del inquilino y su profesión.
En el piso segundo detúvose ante una puerta que
ostentaba una pequeña tarjeta de visita clavada con cuatro tachuelas y en la
que se leía el nombre del que buscaba.
Llamó y vino a abrirle el mismo Alvarez, que
parecía haber sido interrumpido en su trabajo, pues aún conservaba la pluma en
la mano.
—Siento haber venido a incomodar a usted. Es mala
hora, ésta para visitas.
—¡Ah! ¿Es usted, joven? Hace tiempo que deseaba
esta visita. El otro día pensaba en usted. Adelante; pase usted adelante sin
cumplimientos.
Y Alvarez, con su simpática franqueza de viejo
militar, empujaba a su joven amigo hacia el salón en el que ardía un gran fuego
en espaciosa chimenea.
Aquella habitación tenía mejor aspecto que la casa
vista desde la calle. Constaba de un pequeño comedor, un gran salón y dos
dormitorios, todo esto con proporciones desahogadas, techos altos y sin ese
raquitismo de las modernas construcciones en que se utiliza hasta el más
pequeño rincón.
Zarzoso, cariñosamente empujado por Alvarez, tuvo
que ir a sentarse ante el gran fuego que ardía en
la chimenea del salón, y allí estuvo secándose, mientras que el dueño de la
casa permanecía en pie junto a él sonriendo paternalmente.
El joven mientras se calentaba lanzó una mirada
curiosa a todo el salón, que aparecía iluminado por el rojizo reflejo de la
chimenea y la luz de una gran lámpara puesta sobre una mesa escritorio, entre
un revuelto montón de libros y cuartillas.
Estaba amueblada aquella vasta pieza con modestia
no exenta de comodidad, y sus sillones panzudos, sus sillas de estilo Imperio,
y su alfombra con una escena mitológica ya casi borrada, daban a entender que
procedían del Hotel de Ventas, siendo su adquisición en alguna subasta del
mobiliario de un antiguo palacio.
Las paredes, cubiertas de obscuro papel, estaban
adornadas a trechos por algunos cuadros, uno de los cuales, era una litografía,
que representaba al general Prim en su traje de campaña de la guerra de Africa,
y que tenía al pie una larga dedicatoria. Los demás cuadros eran cromos
baratos, láminas de periódicos ilustrados, a excepción de uno al óleo que
ocupaba el puesto preferente sobre la chimenea. El rojizo vaho de ésta dando de
lleno en la pintura, parecía animar con palpitaciones de vida aquel retrato de
mujer.
Zarzoso, para disimular su atención, le miraba con
el rabillo del ojo, al mismo tiempo que se imaginaba toda una novela sobre
aquel retrato. La mujer que el cuadro representaba debía ser una de las
conquistas que le había relatado Agramunt; tal vez aquella condesa que tan
enamorada había estado del célebre revolucionario.
Este curioso examen que el joven hizo del salón,
sólo duró algunos instantes, pues comprendía, que era, forzoso entablar
conversación con su viejo amigo.
—¿Se trabaja mucho?—dijo el joven, no encontrando
otra palabra vulgar para comenzar su conversación.
Inmediatamente comenzó ésta, pues Alvarez púsose a
lamentarse de aquella necesidad imperiosa, en que se veía de trabajar todos los
días para poder ganarse la subsistencia. Y cuando se hubo quejado bastante de
su situación, preguntó con interés al joven sobre sus ocupaciones actuales y
los progresos que hacía en la vida de París.
Alvarez volvía a sus lamentaciones de hombre
desalentado al hablar de los placeres y distracciones que proporciona la gran
ciudad.
—Yo soy aquí un hurón—decía sonriendo con
amargura—. Me siento viejo y cansado, y vivo en
París como podría vivir en Alcobendas; metido en mi casa sin ver apenas a
nadie, ni tener otra distracción que mis conversaciones con Perico y con esos
buenos compañeros que se reúnen en el café de Cluny. En otros tiempos le
hubiera podido ser a usted de alguna utilidad en esta Babilonia, acompañándole
a todas partes; pero hoy soy viejo, y ya que no puedo entretener mis horas de
fastidio rezando el rosario como los imbéciles, me distraigo dando vueltas a
esa noria literaria, a la que estoy amarrado. Mi vida es escribir cuartillas y
más cuartillas, y hablar con mi fiel compañero sobre cosas que estén al alcance
de su pobre imaginación. Es un porvenir bien triste, pero hay que resignarse a
él... ¡Y pensar que hubo una época en mi juventud en que yo imaginé llegar a
ser célebre y alcanzar una vejez hermoseada por los laureles de la gloria!
Y Alvarez decía estas palabras con expresión tan
amarga, que el mismo Zarzoso se sentía conmovido.
Miraba el viejo al suelo, y al joven médico le
parecía ver sobre la desteñida alfombra, despedazadas y muertas todas las
ilusiones de aquel hombre que había sido famoso durante unos pocos años, para
caer después en el más absoluto olvido y vegetar lejos de la patria. ¡Si la
fatalidad le reservaría igual suerte a él, que también se forjaba ilusiones
sobre el porvenir y pensaba en la celebridad!
—Hoy—continuó el emigrado—no tengo más esperanza de
dicha que la que me proporcione el inalterable descanso de la tumba. No puedo
siquiera volver a ver el sol de España, aquel cielo hermoso que aún me parece
más esplendente cuando el cruel invierno cae sobre París. En mi primera
emigración todo me resultaba fácil y hermoso; el suelo extranjero me parecía
igual al de la patria. Era joven, sentía entusiasmo, tenía fe en el porvenir, y
con estas condiciones se está bien en todas partes. Pero hoy soy viejo y no me
quedan en el mundo seres que me amen, a excepción de ese pobre muchacho que es
el fiel compañero de mi existencia; me parece la vida tan aborrecible, que de
buena gana me libraría de ella en algunos instantes. ¡Ah! ¡Soy un cobarde! A mí
me sucede como a un buen anciano que conocí en cierto momento de mi vida y el
cual confesaba que si permanecía en el mundo era por falta de valor.
Se detuvo Alvarez algunos instantes mirando con
extraña fiereza a Zarzoso, y por fin, dijo haciendo con su cabeza un movimiento
de decisión:
—A usted se lo digo todo. Es usted más serio que
ese aturdido de Agramunt, y además, hay en este
mundo ciertas caras que basta verlas una sola vez, para que inspiren
inmediatamente confianza. Sépalo usted, joven. Siento un violento deseo de
acabar con mi existencia, y parece que hay algo dentro de mí que me insulta,
porque no me meto inmediatamente entre los bastidores de la muerte, y
permanezco en escena haciendo reír al mundo. Varias veces he tenido el revólver
en la sién, pero siempre me ha hecho bajar la mano la maldita idea que me
recordaba el profundo pesar, la desesperación que este acto causaría a ese
pobre muchacho, a ese Perico, que es toda mi familia. Sería un crimen, una
infamia incalificable, el que yo pagase con un disgusto desesperante toda una
vida de abnegación y de inmensos sacrificios. Y esto es lo que me detiene, esto
es lo que me hace subsistir sufriendo a todas horas, pues no hay nada tan
terrible como vivir desesperado, sin ilusiones, y convencido hasta la saciedad
de que en la vida el mal es lo seguro, lo generalizado, lo vulgar; mientras que
el bien y la virtud son raras excepciones, fenómenos que únicamente se
presentan por una equivocación de la naturaleza. Hoy soy un escéptico; no creo
ni aun en la República, que en mi juventud me merecía una adoración fanática.
Sólo esos muchachos de la emigración pueden tener fe en el triunfo de la
libertad y de la justicia. Locos como Agramunt son los que sirven para el caso;
yo soy demasiado viejo y estoy convencido de que el país que después de lo del
68 y del 73 admite y sostiene la restauración de los Borbones es una nación
perdida, un pueblo que no merece que nadie se sacrifique por él.
Zarzoso escuchaba con asombro al viejo
revolucionario que se expresaba con un excepticismo tan desconsolador, y su
sorpresa aún fué en aumento cuando le oyó decir con una frialdad que espantaba:
—Lo único que me consuela es que la muerte,
viéndome tan cobarde, viene en mi auxilio. No tengo valor para acabar con mi
vida, pero llevo dentro de mí el medio que ha de librarme de esta existencia
que me pesa. Los médicos dicen que tengo un aneurisma, regalo que me han
proporcionado los muchos sustos y zozobras que he sufrido en esta vida, por
cosas que miro ahora con la mayor frialdad. Usted, como médico, sabe mejor que
yo lo que es eso. El mejor día ¡crac!... estalla algo aquí dentro del pecho, y
me retiro discretamente de la vida, sin que nadie pueda motejarme de suicida ni
me maldiga por mi desesperada resolución. Crea usted que estoy muy agradecido a
la naturaleza, por haber inventado enfermedades que le permiten a uno retirarse a la nada sin escándalo y sin
convulsiones que afean y atormentan.
Zarzoso, a pesar de estar junto al fuego, sentía
escalofríos al oír hablar a aquel hombre con tal naturalidad sobre el próximo
fin que tanto deseaba, y debió ser visible su inquietud por cuanto Alvarez
cambió inmediatamente la expresión de su rostro, y sonriendo con amabilidad,
exclamó:
—¡Pero bravas cosas le estoy diciendo a usted para
entretenerle! ¡Vaya un modo de recibir las visitas! Dispense usted a la vejez,
amigo Zarzoso, que siempre tiene rarezas. Ya procuraré otra vez no dejarme
llevar por tan tristes pensamientos; y ahora voy a ver si ese muchacho ha
dejado por ahí algo que sirva para hacer a usted los honores de la casa.
Y Alvarez se levantó, y con expresión alegre, como
si él no fuese el mismo que había hablado momentos antes, dirigióse al comedor
y momentos después volvió a entrar, llevando sobre una bandeja una botella de
coñac y dos copitas azules.
—Bebamos un poco—dijo dejando la bandeja sobre un
velador—. Se ha secado usted ya, pero no le vendrá mal una copita después de la
mojadura que ha sufrido para llegar aquí. En la campaña de Africa, el coñac era
muchas veces el capote impermeable que nos servía para defendemos de las
inclemencias del tiempo.
Los dos bebieron y, encendiendo sus cigarros,
tomaron la actitud de dos amigos que se disponen a conversar familiarmente.
Alvarez, como si tuviera empeño en alegrarse y
olvidar sus melancólicas ideas de momentos antes, parecía un muchacho con su
rostro animado y los ojos brillantes, que miraban a Zarzoso con simpatía.
—Vamos a ver, amigo mío: con franqueza—le
preguntó—. ¿Cómo vamos de conquistas en París? Usted debe ser muy afortunado
con las bellezas del Barrio Latino.
Zarzoso protestó ruborizándose ante tan inesperada
pregunta. No, él no; eso de las conquistas quedaba para el buena pieza de
Agramunt, que se trataba con casi todas las muchachas del barrio y las hacía
desfilar por su nuevo cuarto, procurando que no se enfriasen antiguas
relaciones.
Zarzoso manifestaba su situación a su viejo amigo
con entera franqueza.
No es que él sintiese la aspiración de ser un
asceta, ni que se considerase más virtuoso que los demás; él era un hombre como
todos, pero resultaba que en más de cuatro meses de residencia que
llevaba en París no se le había ocurrido tener otras relaciones con aquellas
mundanas callejeras que continuamente le codeaban en el boulevard y en los
bailes que alguna conversación alegre en torno de los bocks de cerveza a que
las habían convidado Agramunt, o él.
Alvarez hizo un guiño malicioso al escuchar estas
explicaciones.
—Vamos, ya comprendo. Usted tiene sus amores en
España. Ha dejado allá en Madrid alguna cara bonita, cuyo recuerdo le obsesiona
y hace que le parezcan horribles todas las mujeres de por aquí. Es usted un
enamorado que vive de ilusión.
—Efectivamente; hay algo de eso—contestó sonriendo
Zarzoso, que veía de este modo descubierto su secreto.
—¡Oh! Yo conozco perfectamente esas cosas. Aunque
ahora soy viejo, también he tenido mi época, pero sería una enorme mentira el
querer hacerme pasar por calavera. He hecho lo que todos; he tenido mis
trapicheos y, sobre todo, un amor serio, que como a usted me hacía mirar a las
demás mujeres con indiferencia.
Zarzoso, cediendo a un movimiento instintivo y sin
considerar que cometía una inconveniencia, fijó su mirada en el gran retrato
que estaba sobre la chimenea.
Entonces fué Alvarez quien se inmutó, ruborizándose
un poco.
—Ha adivinado usted. Ese fué mi amor serio, lo que
llenó mi existencia, y por esto ese cuadro me acompaña y me da cierta alegría,
aunque en realidad sólo despierta en mí recuerdos tristes. Como obra artística
el cuadro es malo, pero lo aprecio porque el parecido es exacto. Lo hizo un
pintor español, que vivía en el barrio, copiándolo de una fotografía que yo
conservaba.
Y Alvarez, como si sintiera arrepentimiento por
haber entrado a hablar de tal asunto, callóse y permaneció algunos minutos con
la frente inclinada.
Zarzoso no sabía qué decir y la situación iba
haciéndose violenta; pero su viejo amigo volvió a hablar, pues sentía un
vehemente deseo de comunicarle sus penas como poco antes.
—Le deseo a usted, querido amigo, que no sea en
cuestiones de amor tan desgraciado como yo. Amé a una mujer, fué mía, y, sin
embargo, no pude hacerla mi esposa, porque parece que me persigue la fatalidad
en todos los actos de mi vida. ¡Oh! He sido muy desgraciado, créalo usted,
amigo Zarzoso. Mi vida ha sido semejante a la de esos personajes fantásticos de
las leyendas, sobre los que pesa una maldición, y
que no pueden hacer nada sin tropezar al momento con la desgracia.
Quedó silencioso y absorto, pero a los pocos
instantes, como cediendo a una necesidad imperiosa de hablar, murmuró con la
vista en el suelo, vagamente, como un sonámbulo:
—Y la verdad es que fuí amado de veras. Una mujer
que por su nacimiento había sido colocaba por la sociedad a más altura que yo,
descendió hasta mí, endulzando mi existencia con su amor espontáneo y
desinteresado. ¿Pero a qué recordar tales cosas? Aquello fué un chispazo fugaz
de felicidad; un momento de dicha que pasó muy pronto, dejando tras sí, como
maldecida estela, un sinnúmero de desgracias... ¡Cuánto he sufrido! Usted,
amigo mío, es muy joven, entra ahora en la vida y no puede comprender ciertas cosas.
Pero el día en que usted sea padre apreciará en toda su horrible grandeza el
pesar que experimenta un hombre al tener una hija, que es sangre de su sangre y
que, sin embargo, desconoce al que dió el ser y le odia como a un monstruo. Hay
para desesperarse; para adoptar esa resolución de que hablaba antes, y de la
cual no me siento capaz. Vivir solo, aislado, con la muerte en perspectiva, y
saber, sin embargo, que tengo en el mundo una hija que ignora mi existencia,
que no sabe el derecho que sobre ella poseo, y que no acude a velar por mí en
los pocos años que me quedan de vida, es el más horroroso de los tormentos.
—¡Tiene usted una hija!—exclamó Zarzoso, deseoso de
desviar la conversación, para evitar a su viejo amigo que volviese a caer en
aquella melancolía que le hacía pensar en el suicidio—. ¿Y no la ha visto usted
nunca?
—De pequeña, cuando aún estaba en la lactancia, la
vi varias veces, siempre ocultándome, como hombre que comete una acción ilegal
y teme dejarse llevar por sus sentimientos más íntimos. Ella llevaba el
apellido de otro, y yo no tenía derecho alguno a los ojos de la sociedad.
Después la vi una, vez...; pero ¡en qué circunstancias! Más me hubiera
convenido no verla, pues así me habría evitado un doloroso recuerdo, que aún
hoy, después de muchos años renace en mi memoria, y me hace derramar lágrimas
de desesperación... Pero no pensemos en el pasado.
Y Alvarez volvió a sumirse en el silencio.
El joven médico se sentía molesto y no sabía ya de
qué hablar para que aquel hombre, desesperado de la vida, y con la memoria
acribillada de dolorosos recuerdos, no volviese a recaer en su negra
melancolía.
Creía importunar a don Esteban con su presencia, y
por esto pensaba en retirarse, no atreviéndose a
hacerlo por no encontrar ocasión oportuna para ello.
Tardó poco Alvarez en volver a reanudar su
conversación. Era, en punto a su triste pasado, como esos enamorados que sufren
con resignación los desdenes de la mujer amada y gozan cierto doloroso placer
al recordarlos, y por esto, a pesar de la pena que le afligía, volvió a hablar
de su hija.
—Crea usted, joven, que lo único que me falta para
morir tranquilo es volver a ver a mi hija. Si ella me reconociese por padre, si
se convenciera de que me debe el ser y que yo fuí el verdadero esposo de su
infeliz madre, entonces moriría de felicidad. A mí me falta para expirar con la
sonrisa en los labios un solo beso de María.
—¡Ah! ¿Se llama María?—exclamó Zarzoso apenas oyó
las últimas palabras de su amigo.
—Sí; ése es su nombre. Hace ya muchos años que no
la he visto, pero según los informes que me han dado varios amigos que la
vieron en Madrid, es tan hermosa y agraciada como su difunta madre. Y eso que
la pobre Enriqueta era bella como pocas. Mire usted bien el retrato de la mujer
que amé.
Y don Esteban fué a su mesa de trabajo, cogió la
lámpara y, levantándola más arriba de su cabeza, hizo que su luz diese de lleno
en el retrato que estaba sobre la chimenea.
Aquel busto de beldad, sólo lo había entrevisto
Zarzoso en la penumbra rojiza que antes lo bañaba, y que aunque pareciera
comunicarle vitales palpitaciones, confundía su contorno y sus rasgos más
característicos. Ahora, con aquella clara luz, pudo apreciarlo detenidamente
pero al primer golpe de vista no pudo evitar un rudo movimiento de sorpresa.
Creía tener delante el retrato de María; pero algo
había en aquella mujer sonriente y púdicamente escotada, que la diferenciaba de
la sobrina de la baronesa de Carrillo.
La mujer del retrato era más distinguida, más
espiritual, como dicen en la jerga de los salones; notábase en ella cierta
anemia aristocrática y la ausencia de aquella robustez sanguínea que a María
había dado el oculto entroncamiento con la sana raza plebeya; pero en lo demás,
la semejanza era exacta; las mismas facciones, idéntico aire de familia y los
mismos ojos que miraban con graciosa e intensa dulzura.
A Zarzoso le pareció ante aquel retrato ver a su
novia asomada a una ventana de dorado marco y engalanada con las modas de
veinte años antes.
Su movimiento de sorpresa no pasó desapercibido
para Alvarez.
—¡Eh! ¿Qué es eso, amigo Zarzoso? ¿Es que acaso la
conoció usted?... No puede ser; es usted demasiado joven. Su tío, el doctor, sí
que la conocería, pues en cierta ocasión visitó al padre de Enriqueta.
Zarzoso no contestaba, pues la sorpresa parecía
haberle paralizado. Seguía mirando con ávidos ojos el retrato y su
estupefacción no le dejaba razonar sobre tan inesperada sorpresa. Lo único que
se le ocurría era que aquella escena resultaba dramática; una casualidad de
esas que sólo se encuentran en las novelas de interés y que algunas veces se
reproducen en la vulgaridad de la vida.
Alvarez se alarmaba ante la sorpresa de su joven
amigo y no sabía cómo explicársela.
—Pero vamos a ver, querido Zarzoso, ¿es que acaso
la ha conocido? Vaya, no permanezca usted de ese modo; explíquese, con mil
demonios.
Don Esteban había perdido la paciencia, pues
deseaba que cuanto antes se explicase el joven, comprendiendo que en su
extrañeza le ocultaba algo interesante.
Zarzoso salió de su estupefacción.
—Señor Alvarez, ¿dice usted que esa señora se
llamaba Enriqueta?
—Sí, amigo mío.
—¿Y cuál era su apellido?
—Baselga. Era la hija del conde de Baselga, a quien
su tío conoció en circunstancias bien críticas.
—¿Y la hija de esa señora lo es de usted?...
El joven hizo de un modo esta pregunta que Alvarez
sintió en su cerebro como un rayo de luz que aclaraba todo el misterio.
—De modo que mi hija, que mi María es...
Y no dijo más, pues Zarzoso había hecho con su
cabeza una señal afirmativa.
Entonces fué Alvarez a quien le tocó sorprenderse.
¡Oh, poder de la casualidad! El novio de su hija
era aquel muchacho que tanto amaba, pues momentos antes había manifestado cómo
bajo la influencia de su recuerdo se mantenía puro en el lodazal vicioso de
París.
No se dieron cuenta de cómo fué aquello, pero los
dos hombres se encontraron abrazados y casi próximos a llorar.
—¡Ah, hijo mío!—dijo Alvarez con voz temblorosa por
la emoción—. El corazón habla muchas veces, aunque los materialistas no quieran creerlo, y por eso me fué usted tan
simpático desde el primer día en que le vi. Algo encontraba en usted que me
atraía y me inspiraba confianza, hasta el punto de que hace pocos instantes me
impulsaba a decirle cosas que jamás he revelado ni aun al más amigo.
Los dos hombres, pasado aquel primer momento de
emoción, y ya más tranquilos volvieron a ocupar sus asientos.
—¡Oh! Hablemos, hablemos—dijo con expresión de
felicidad el viejo revolucionario—. Crea usted que este momento no lo cambio yo
por el placer más grande que un hombre pueda experimentar. Esto alarga mi vida
unos cuantos años... Diga usted, ¿cómo es mi hija? ¿Cómo comenzaron sus amores?
¿Qué vida hace ahora María? Hable usted con entera franqueza; no escasee
detalles. Las cosas más insignificantes resultan de gran interés cuando se
trata de un ser querido.
Y Zarzoso, animado por la viva mirada de aquel
hombre envejecido, que le escuchaba con un interés que emocionaba al par que
producía lástima, fué relatando toda la historia de sus amores con María, desde
que la conoció en el colegio de Valencia hasta que la vió por última vez en el
Retiro, pocos días antes de marchar a París.
Las travesuras de María alegrábanle tanto como le
indignaban las imposiciones tiránicas de la baronesa.
¡Oh! Aquel vejestorio de devota tenía una
perversidad sin límites, y bastante le había hecho sufrir a él en esta vida.
Ella y sus amigotes, los padres jesuítas, eran los autores de todas las
desgracias que habían afligido al pobre Alvarez, y de ellos forzosamente había
de proceder cuanto de malo ocurría a la familia Baselga.
—¿No es verdad, hijo mío—decía don Esteban—, que
usted nota en la familia de María un poder oculto que se parece a la mano de la
fatalidad? Pues yo creo que esa maldición que sobre ella parece pesar, existe
únicamente por la baronesa y sus amigos los jesuítas, que deben tener cierto
oculto interés en mezclarse en los asuntos de la familia. Los millones a que
asciende su fortuna son un cebo más que suficiente para atraer a todos esos
monstruos de sotana negra, que no reparan en los medios para cumplir su fin. A
todos nos han ido devorando. Primero, al conde de Baselga, de cuya trágica
muerte estoy seguro que ellos fueron los autores; después, a la pobre Enriqueta
y a mí, cuyos amores voy a relatarle, y últimamente, a ese infeliz Ricardo, el
fanático hermano de mi amada, al que enviaron a morir al Japón, después de
robarle la fortuna. Ahora conviene que esté usted
en guardia y no se deje sorprender, pues le perseguirán ya que la respetable
fortuna que aún posee María es más que suficiente para tentar su codicia de
bandidos. ¿Duda usted de lo que le digo? ¿Cree usted que estas persecuciones de
que hablo son simplemente manías nacidas de la imaginación de un viejo? Si su
tío, el doctor, estuviese aquí, él afirmaría, seguramente, lo que yo le digo;
pero para que se convenza, basta que yo le cuente la historia de mis amores con
Enriqueta.
Y don Esteban comenzó a relatar al joven la
dramática historia de sus amores, que parecía toda una novela y que causó honda
sorpresa en Zarzoso. La figura de Enriqueta, que veía surgir de la relación,
dulce e interesante, perseguida y esclavizada siempre por su hermanastra la
baronesa, resultábale muy simpática, y sentía por ella un espontáneo afecto,
tanto por las penas que había sufrido como por ser la madre de María.
Cerca de una hora duró la relación de Alvarez, y, a
pesar de esto, a Zarzoso le pareció que sólo habían transcurrido algunos
minutos, pues escuchaba con tanta atención al padre de María, que sus sentidos
estaban muertos para todo cuanto le rodeaba.
Al terminar, daban las siete en un antiguo reloj de
tallada caja, que ocupaba un ángulo del salón.
A Zarzoso no le cabía ya la menor duda de que don
Esteban Alvarez era el padre de María. Lo que sí le causaba profunda extrañeza
era que su novia ignorase que existía en el mundo el ser que le había dado la
vida y siguiese creyéndose hija de aquel hombre indigno cuyo apellido llevaba.
Ahora recordaba Zarzoso, con la vaguedad del que
piensa en un ensueño, que María le había hablado de un hombre que fué a
buscarla al colegio, y que, en su concepto, era el perseguidor de la familia.
Esto coincidía con las revelaciones de don Esteban
Alvarez, y sublevaba el ánimo de Zarzoso, que no podía transigir con una
infamia tan grande como era ignorar una hija la existencia de su padre, y vivir
éste devorado por el vehemente deseo de conocerla.
—¡Oh! Es una feliz casualidad que nos hayamos
conocido—dijo Zarzoso—. Siento indignación ante esa trama oculta que ha hecho
que una hija desconozca a su padre, y he de procurar por todos los medios hacer
que María sepa su origen. Esta noche misma le escribiré todo cuanto ocurre, y
ella me creerá, pues tiene en mí la inmensa confianza que proporciona el amor.
Animo, don Esteban; tal vez no muera usted ya sin
recibir ese beso de hija que tanto anhela.
Alvarez hizo un gesto negativo, como dando a
entender que no creía en que un desgraciado como él, perseguido por la
fatalidad, pudiese llegar a sentir tan inmensa dicha.
—¡Oh, sí!—dijo con entusiasmo—. Escríbala usted.
Dígale que yo soy su padre, que bastaría que me oyese para convencerse de ello;
pero no tarde usted en hacer tales revelaciones, pues a pesar de que he
esperado tanto tiempo, me parece que me faltará ahora para experimentar tanta
felicidad y que voy a morir antes de sentir tan inmensa dicha.
Después añadió, con el acento del que advierte una
cosa importante:
—Sobre todo que la baronesa no se aperciba de nada
de esto. Ese vejestorio podría estorbar la santa obra de reconciliación que va
usted a emprender.
—No se apercibirá de nada; yo se lo aseguro. Tengo
el medio de comunicarme directamente con María sin que se aperciba la baronesa.
Hay una buena persona que se encarga de proteger nuestra correspondencia.
Alvarez, dominado por aquella emoción que humedecía
sus ojos, hacía signos afirmativos con su cabeza, sin saber por qué.
—También le ruego—dijo—que no comunique nada de lo
que hemos hablado a ese loco de Agramunt. Para él conviene que sigamos siendo
dos buenos amigos y nada más. Es un atolondrado que, si llegara a saber que mi
hija es la misma mujer a quien usted ama, encontraría el caso muy novelesco, y
no contento con relatarlo a todos los emigrados, sería capaz de repetirlo en
alta voz, en pleno bulevar, para que lo supiera París entero.
Zarzoso sonrió ante aquella exageración.
—No es charlatán hasta ese punto—dijo—, pero hace
usted bien en no tener gran confianza en su lengua. Nada le diré.
—Haremos una excepción en favor de Perico. Ese
muchacho, a fuerza de sacrificarse por mí, ha llegado a serme tan
indispensable, que no puedo guardar con él el menor secreto.
—Sin embargo, no creo que usted le haya hecho saber
esa tendencia al suicidio que tanto le agitaba.
Alvarez contestó con un gesto de alegre extrañeza:
—¡Eh! ¡Quién piensa en eso! Esas ideas fúnebres
eran las de un padre que se veía alejado para siempre de su hija; pero ahora la cosa ha variado por completo y me
siento feliz. Sí, Señor, estoy contento como si hubiera encontrado a mi hija
después de tenerla perdida cerca de veinte años.
La campanilla de la puerta, que sonó discretamente
por tres veces, dió fin a la conversación.
—Es Perico, que vuelve del almacén—dijo don
Esteban—. De seguro que antes de subir ha conferenciado con la mujer del
conserje para enterarse de cómo andaba la comida.
Alvarez fué a abrir y momentos después entró en el
salón, mientras que su fiel criado iba y venía por el comedor, dando a
entender, con el choque de platos y el retintín de cristales, que se ocupaba de
poner la mesa.
Zarzoso se levantó para irse. Quiso detenerlo
Alvarez invitándole a que comiese con él para solemnizar su extraño
reconocimiento, pero el joven se excusó, alegando que Agramunt le esperaba ya a
aquellas horas a la puerta del restaurante, y que era hombre capaz de no entrar
a comer mientras él no llegase.
Por fin el joven salió de la casa acompañándole
hasta la escalera el mismo Alvarez, que parecía remozado, con su brillante
mirada y su apostura marcial de otros tiempos.
Al pasar por el comedor pellizcó alegremente en un
brazo a su criado, diciéndole al oído con risueño misterio:
—¡Ah, Perico! ¡Si supieras!... ¡Si supieras!...
En el rellano de la escalera se despidió de Zarzoso
con un fuerte abrazo, y por fin le dejó ir, con la condición de que al día
siguiente vendría a comer con él y de que no faltaría ninguna tarde para
charlar una horita sobre un tema tan grato como era María; aquella joven en la
que se confundían los cariños de los dos: el del padre y el del novio.
En la misma noche, mientras Agramunt se iba a
bailar a Bullier, Zarzoso se encerró en su cuarto y escribió a María una
abultada carta de ocho pliegos, en la cual, con todas las salvedades que deben
emplearse al hacer ciertas revelaciones a una joven soltera, la relataba por
completo la historia de su madre, los amores de que ella era hija, y al mismo
tiempo hacía una pintura conmovedora del estado de abandono y desesperación en
que vivía su verdadero padre, héroe caído, patriota infeliz, que languidecía en
el extranjero suelo, agobiado por la desesperación de tener una hija que no le
reconocía, y antes bien le consideraba como a un monstruo.
El joven quedó satisfecho de su obra y al poner su
firma murmuró con convicción:
—Seguramente que María dará crédito a cuanto la
digo y reconocerá a su padre como a tal. Sería necesario tener un corazón tan
duro como el de la fanática baronesa de Carrillo, para no conmoverse ante el
espectáculo que ofrece ese hombre infeliz, solo en el mundo, y desconocido por
el único ser al cual tiene derecho a exigir un poco de cariño. María contestará
inmediatamente a esta carta, y tal vez pueda dar al pobre don Esteban un motivo
de verdadera satisfacción, una alegría suprema.
Zarzoso fué a comer al día siguiente con Alvarez y
desde entonces no dejó de ir todas las tardes a hacerle la visita, en la cual
la conversación versaba siempre sobre el mismo tema, o sea sobre María.
—¿No ha contestado todavía a su carta?—preguntaba
con avidez el infeliz padre.
—Pero ¡por Cristo! Si anteayer salió la carta y aún
tal vez no la haya leído María. No sea usted impaciente, y ya que tantos años
ha esperado, tenga calma por unos cuantos días.
Alvarez bajaba la cabeza, con resignación. Era
verdad. Su cariño de padre, su ansia por saber el concepto que merecía a su
hija, hacíale ser impaciente y ridículo.
De los tres hombres que se reunían en aquella
habitación de la calle del Sena, Perico era el único a quien no entusiasmaba
gran cosa la joven de la que tanto hablaban el amo y su joven amigo.
El respetaba mucho a aquella señorita María, a la
que nunca había visto. Bastaba para ello que fuese hija del hombre al que
adoraba como a un ídolo; pero la profesaba poca simpatía por el hecho de
pertenecer a una familia de aristócratas que parecía maldita, pues acarreaba
desgracias a todos cuantos la trataban.
Por culpa de aquellos Baselgas, había muerto su tía
en la cárcel; por ellos también su señorito había pasado por apurados trances y
se veía ahora fuera de la patria; y como si no hubiera bastante, ahora salía a
plaza aquella María, otra Baselga que renegaba de su padre, y le sorbía los
sesos a un buen muchacho que prometía ser un gran médico.
Y el rudo ex asistente, al hablar así, miraba con
expresión de lástima a Zarzoso.
¡Pobrete! También sacaría su astilla de mal, ya que
había cometido la torpeza de enamorarse de una mujer perteneciente a aquella
familia santurrona, que parecía dada al diablo, según la facilidad con que
sembraba la desgracia a su alrededor.
Las hijas de la noche.
Empiezan a hacerse más densas y oscuras las
sombrías gasas que el crepúsculo extiende sobre las calles de París; comienzan
a brillar inquietas las lenguas de fuego del gas, dentro de los faroles, o a
centellear los blancos focos eléctricos, semejantes a las pupilas de un abismo;
termina en los cafés la hora de la absenta; empieza el trabajo en los
restaurantes; y apenas tal sucede, sobre el asfalto de los bulevares, sentadas
a las mesas de los comedores públicos o contemplando con fingido interés los escaparates,
mientras miran al mismo tiempo con el rabillo del ojo a los que están detrás,
aparecen un sinnúmero de mujeres que van solas o formando parejas, mujeres que
tienen una existencia particular y rara, a quienes jamás se ve durante el día,
y que semejantes a las aves nocturnas, como si el sol las incomodara, aguardan
las primeras sombras para salir de su madriguera.
París, en las primeras horas de la noche, parece
una ciudad invadida por un inmenso ejército femenino. Doquiera se dirigen los
pasos se encuentran siempre los mismos tipos, aunque presentados en diversas
formas. Unas, las de clase más modesta, vestidas extravagantemente con ropa que
a la legua delata su procedencia de desecho, se paran en las esquinas devorando
el pedazo de pan y de carne que acaban de comprar en la “cremerie” y que tal
vez constituye su única comida diaria; otras, que apenas si parecen llegadas a
la pubertad, pequeñas, entecas y vistiendo todavía como niñas, saltan y corren
por las aceras con grande algazara, gozando en empujar rudamente al pacífico
transeúnte que nada les dice; muchas pasan andando con gravedad soberana,
vestidas con arreglo al último figurín, dejando tras sí una estela de punzantes
perfumes; pero todas ellas miran de igual modo y
llevan idéntica expresión en el rostro, lo mismo la que viste de negro con
cierto aire monjil y lleva la cabeza descubierta que la que ostenta el ancho
sombrero de alas serpenteadas y ondulantes plumas.
La virtuosa madre de familia, la joven honrada, no
se atreven a salir así que cierra la noche sino del brazo del esposo o del
hermano, porque muchas veces las identidades en el vestir producen gran
confusión y tremendas equivocaciones.
Esa invasión que nocturnamente sufre la gran ciudad
es lo que la deshonra a los ojos del mundo; es la que hace aparecer como centro
únicamente de placeres y vicios a una población cuyo vecindario en su gran
mayoría es honrado, trabajador y virtuoso.
Pero el inmenso número de seres que alberga París,
pertenecientes a la clase antes descrita, es suficiente para dar a una capital
un carácter poco honroso, que realmente no tiene.
¿Cuántas son las mujeres que en las primeras horas
de la noche salen a las calles de París a buscar el sustento a cambio del
honor?
Primeramente se imagina que son algunos miles; pero
cuando se acaba por ver que apenas hay calle ni establecimiento de recreo de la
inmensa ciudad donde ellas no envíen su representación, no se puede menos de
creer que, semejantes a los descendientes de Abraham, su número es tan inmenso
como las estrellas del cielo o las arenas del mar.
Su cifra espanta y hace pensar con tristeza en que
otras tantas son las madres honradas que ha perdido la sociedad.
Este inmenso ejército del vicio se ve diariamente
combatido con gran rudeza por la miseria y las enfermedades; en él la muerte se
ceba con una insistencia feroz que no guarda para otras clases; y a pesar de
esto, sus filas no se aclaran, y en el hueco que deja una que cae para siempre
aparece inmediatamente otra que trae todavía en las mejillas el color de
melocotón sazonado, signo de salud y robustez que no tardará mucho en perder.
Para que tan incesante reemplazo se verifique en su
ejército, el vicio tiene especiales y activos reclutadores, y el más principal
de éstos, es la atmósfera de corrupción de las grandes ciudades.
Según las observaciones de uno de esos sabios
parisienses que se dedican a estudios en la apariencia algo fútiles, pero que
en el fondo tienen transcendencia social, de cada diez
mil muchachas que anualmente llegan del fondo de los departamentos a la gran
ciudad, para dedicarse al servicio doméstico, mil vuelven a sus pueblos a los
pocos meses, por no ser aptas para tal profesión o sentir demasiado la
nostalgia de la patria; otras tantas consiguen a fuerza de sisas y economías,
por espacio de cuatro o cinco años, reunir tres mil francos, con lo que compran
un marido, “garçon de hôtel”, o simplemente visitante de tabernas; unas diez o
doce se arrojan al Sena, pues cometen—como diría un parisién—la insigne
tontería de tomar el amor en serio; y las restantes, maleadas por el ambiente
de la ciudad, con la conciencia corrompida por los ejemplos que continuamente
se presentan a sus ojos, desesperadas de poder reunir la cantidad de dinero que
necesita en Francia una mujer para casarse, y seducidas por el espectáculo de
algunas que, meses antes fregaban platos como ellas y en la actualidad visten
mejor que sus antiguas señoritas y gastan a todas horas fiacre de alquiler, se
deciden a hacer un cambio radical en su vida y conducta, pasan el Rubicón, que
en estas circunstancias representa el honor, y van a engrosar aquellas mesnadas
femeninas que atraen la presencia en París de toda la gente rica y corrompida
de las cinco partes del mundo.
¡Qué triste historia sintetiza cada una de esas
infelices que pasa la vida riendo por las calles y cafés de París! Muchas veces
la más descocada e insolente, que remedando los ademanes que veía hacer a sus
antiguas señoritas ha conseguido darse cierto aire de distinción, y hace creer
a sus imbéciles amigos que es hija de un banquero arruinado, de un general
perdido por la política, etc., es causa de que dos pobres ancianos, allá en lo
más ignorado del último departamento y en su miserable choza, lloren noche y
día creyendo muerta la hija que salió del pueblo cuando muchacha, para ir a
servir a París, con las mejillas rojas por el rubor, los ojos bajos y el aire
tímido e inocente. Los infelices padres recibían antes todos los meses una
carta garrapateada, en la que la niña les decía que su salud era buena y les
contaba las cosas de sus amos; pero llegó un mes en que la carta faltó, al
siguiente tampoco vino, y así fué sucediendo durante mucho tiempo, hasta que al
fin los dos viejos fueron a París a buscar su única hija; pero su intento
resultó vano, y a los pocos días, asustados del ruido de la gran ciudad, se
volvieron a casa para llorar a la muchacha que, según sus deducciones, habría
sido aplastada por un coche o se habría ahogado en
el Sena. Aquellos infelices lloran sin tregua... y con motivo, pues se
conduelen de la muerte de la hija honrada e inocente y ésta ya no existe,
puesto que los virtuosos ancianos nunca querrían reconocer a su hija de ayer en
la mundana desenvuelta de hoy.
Historias como ésta hay muchas en la gran ciudad,
pues se encargan de formarlas la mayor parte de esas jóvenes que llegan a París
cubiertas con ridículas cofias y mirando a todos con aire cerril y salvaje,
para al cabo de un año ir por las calles llevándose tras sí centenares de
miradas, cubiertas de las más costosas galas que constituyen la última moda y
muchas veces salpicando de barro, con las ruedas de su carruaje, a las mismas
familias a quienes meses antes les servían la sopa todas las tardes a las seis
en punto.
Muchas veces esas mujeres que tal salto han dado en
su existencia, rodando de brazo en brazo, encuentran algún poeta que les cante,
porque la lira de la juventud, que sólo quiere entonar himnos a la belleza, es
poco escrupulosa en punto a moralidad, e indudablemente entre las Ninon, las
Ninettes y las Lilis, a quienes dedicaba sus originales sonetos Alfredo de
Musset, el poeta más dulce y más cínico a la par que ha tenido Francia; entre
aquellas mujeres que merecían tan hermosas frases y tan aéreos conceptos las
había que poco tiempo antes barrían las escaleras, se llamaban Paulas o
Mauricias, y no conocían más versos que los estúpidos de los “couplets”
populares.
¡Es triste cosa que un par de trajes elegantes y
cuatro ademanes imitados, basten para trastornar el seso de un gran poeta, y
que su lira rompa deshonrosamente a cantar el vicio y la corrupción!
Pero no es solamente la clase antes indicada la que
contribuye a que el vicio tenga siempre su sacerdocio en París, pues éste se ve
también engrosado por otros elementos.
Acuden a la gran ciudad, como mariposas atraídas
por fuerte luz, desdichadas de todos los países; lo mismo de las risueñas
campiñas andaluzas, que de los campamentos cosacos; igual de las Repúblicas
americanas, que de las posesiones europeas de Africa, y ellas hacen desfilar
por frente a esos millonarios que durante el invierno sientan sus reales en los
bulevares todos los tipos, colores y configuraciones de los diversos pueblos de
la tierra.
Junto a todas éstas descuella y se da
inmediatamente a conocer la indígena o propiamente parisién, la que si ha
salido más allá de las barreras, sólo ha sido para
llegar hasta Versalles o Suresnes, y que cree que el centro del Universo a cuyo
alrededor giran el Sol y todos los planetas es el bulevar de los Italianos:
mujer original y rara, a quien gusta todo lo extravagante, y que tiene la ágil
perversidad del mono, la fatuidad y los discordes chillidos del pavo real y las
marrullerías y malas intenciones de un gato viejo.
El tipo de la alegre parisién es un ejemplar
repetido hasta lo infinito, pero siempre con el mismo texto. Su historia es
siempre idéntica. Nacen y crecen en una portería o en un sotabanco. La madre
vende flores o frutas en un carretoncillo por las calles: el padre trabaja tres
días a la semana, y en la noche del sábado, después de andar a puñetazos con su
mujer por cuestión de mejor derecho para guardar los ochavos, se mete en la
taberna, de donde sale el miércoles casi a gatas. La niña, como ya es grande, trabaja
en un taller tranquilamente, hasta que un día la compañera la tienta a ir por
la noche a un baile cualquiera, y allí danza con un muchacho, que empieza su
conquista regalándole un ramo de violetas de cinco céntimos y convidándola a un
“bock” y acaba por enamorarse de aquel tipo delicioso, que sabe ponerse el
sombrero de canto sobre la nariz, que imita el canto del gallo con exactitud
sorprendente, que baila la cuadrilla haciendo el pajarito y que tiene un sinfín
de hermosas habilidades, aunque desconoce la más principal, o sea la del
trabajo, pues no falta quien le asegura a ella que el tal ente vive de poner
contribución a los afectos de sus enamoradas.
Desde aquel día la muchacha no vuelve a su caca; el
padre, entre vasos de vino y copas de “wisky”, jura a sus compañeros de la
taberna que donde la pille la va a matar; la madre llora y cuenta sus penas a
la vecina, y así pasan los meses, hasta que un día la encuentran en el bulevar
los autores de sus días, elegantemente vestida, del brazo de un caballero, y...
no sucede absolutamente nada, pues al marido le parece muy agradable tener una
hija que siempre que le encuentra la da un par de francos para beber, y la
mujer casi se alegra de que la niña no haya venido a casarse al fin con
cualquier muchacho del barrio, que la haga desfallecer de hambre y le
administre una paliza semanal.
¡Especial modo de ser el de gran parte de las
familias parisienses! Las honradas familias españolas jamás podrán comprender,
para fortuna nuestra y de la moral, esa indiferencia afrentosa que se
manifiesta aquí entre ciertas clases ante la pérdida del honor.
El espectáculo que ofrecen esas infelices jóvenes,
entregadas a una incesante crápula, en la edad de
los ensueños y de las ilusiones, no puede ser más triste y desconsolador. Se
ven entre ellas rostros francos y hermosos, que a primera vista parecen frescos
e inocentes, pero que mirados con más detención, delatan una fatiga inmensa,
propia del abuso de la vida; y aquellas bocas, muchas veces plegadas por
angelicales sonrisas, se abren para dejar oír voces roncas por el alcohol que
profieren las más soeces frases o los más tremendos juramentos, con una
naturalidad abrumadora.
La vida nocturnal de esas infelices está de
continuo llena de sobresaltos y peligros, pues cuando no las incómoda el vicio
con sus más hediondas formas, las persigue la sociedad, que tiene más cuidado
en sacar provecho de los seres que viven fuera del mundo de la moral, que en
redimirlos de tan degradante esclavitud.
Muchas veces el transeúnte, de rostro bondadoso,
que pasea su bonhomía por las calles durante la noche, se ve de repente
agarrado del brazo por una mujer que empieza a marchar junto a él con la
naturalidad de antiguos amigos. El, sorprendido, intenta preguntar; pero ella
hace que calle, y así andan un poco hasta que al llegar a cualquier esquina, el
hombre, que ya empieza a interesarse por adivinar en qué parará aquello, ve que
su pareja le abandona y desaparece.
Es que aquella infeliz va perseguida por la
Policía, que siempre se muestra cruel con el vicio que no da parte de sus
rendimientos al Estado, y para salvarse se agarra al brazo del primer hombre
que encuentra, lo que la pone a cubierto de toda detención.
Tan inmensa falange de víctimas de la
concupiscencia de una gran ciudad aumenta todos los días. Raro es aquel en que
las oficinas de la Policía no reciben reclamaciones de dos o tres familias para
que busquen otras tantas jóvenes fugitivas del hogar doméstico; pero como no
andaría muy medrada la institución que vela por la seguridad pública si tuviera
que atender a tan continuas demandas, son pocas las diligencias que se hacen
para buscarlas, y a las muchachas emancipadas de la tutela paternal para ser víctimas
de las pasiones, les basta mudarse a un barrio de París algo distante del que
ocupan sus parientes para que éstos no las encuentren en años.
El antimoral ejército que pulula por París tiene
dos tremendos enemigos que ametrallan de continuo sus filas, causando muchas
bajas: el hambre y las enfermedades.
Cuando el vicio forma las legiones que sostienen su
bandera y pasa revista, encuentra muchos huecos en
aquélla. ¿Qué se ha hecho de Titín, Odilia, Sarah, Iseul y Mimí?
Que se lo pregunten al hospital o al Sena. Las más
han perecido a manos de la miseria, y sus cuerpos figuran en las mesas de
disección de la Escuela de Medicina; y las otras se han suicidado, arrojándose
al río, porque estaban cansadas de vivir... a los veinte años.
Judith, la Rubia.
Seguía Zarzoso el bulevar Saint-Germain, en
dirección contraria al Sena, a la hora en que los reverberos de las calles
acababan de encenderse y en que las tiendas comenzaban a iluminar sus
escaparates, ante los cuales se detenían los curiosos.
El cielo ceniciento, que, como sucia cortina, se
extendía sobre los tejados, estaba empapado aún con el último y moribundo
reflejo del crepúsculo.
El joven médico parecía muy preocupado. Hacía un
frío molesto por lo punzante; soplaba un cierzo que parecía herir el cutis como
sutil cuchilla; todos los transeúntes andaban con las manos metidas en los
bolsillos y arrebujados en sus abrigos, y a pesar de esto, Zarzoso, como si
fuera insensible a los rigores de la estación, caminaba con lentitud, con el
gabán desabrochado, el cuello bajo, los brazos cruzados sobre la espalda
sosteniendo con desmayo el bastón y la cabeza inclinada, cual si no pudiera resistir
la pesadumbre de la inmensa balumba de pensamientos que se agitaba en su
cerebro.
Acababa de salir de la calle del Sena, donde había
pasado una hora de conversación con Alvarez, si es que conversación podía
llamarse a la repetición infinita de una misma pregunta, bajo diferentes
formas:
—¿Todavía nada?—preguntaba con ansiedad el infeliz
padre.
—Nada—contestaba con lacónico desaliento el novio
de María.
Y los dos hombres quedaban silenciosos, mirándose
con expresión dolorosa, combatidos por diversos pensamientos: hasta que,
transcurridos muchos minutos se atrevían a volver a hablar:
—Es extraño ese silencio, hijo mío.
—Realmente, es muy extraño, don Esteban.
Y así seguía la conferencia de los dos hombres
todas las tardes, hasta que, por fin, Zarzoso, cansado de la incertidumbre de
Alvarez, que aumentaba la suya propia, le daba las buenas noches y lo
abandonaba.
El joven médico, al salir aquella tarde de la calle
del Sena y remontar con aspecto desalentado el bulevar Saint-Germain, iba
pensando en que justamente aquel mismo día hacia un mes que había escrito a
María la carta en que la noticiaba el encuentro casual con el que era su
verdadero padre.
Esperó seis días confiado en que, transcurrido este
plazo, que era el que necesitaban sus cartas para alcanzar contestación, María
le escribiría como siempre; pero pasó el tiempo y la carta no llegó.
Zarzoso sospechaba de la Administración de Correos;
creía ocurridos los más absurdos incidentes en el viaje de la correspondencia
para explicarse de este modo la desaparición de su carta; de todos pensaba mal
menos de María, y volvió a escribir y a esperar otros seis días, siendo acogida
esta segunda tentativa con el mismo absoluto silencio.
Aquello era absurdo, le resultaba imposible, y
tanta fe tenía en María que hasta en algunos instantes creyó que soñaba.
La sospecha de que sus cartas se hubiesen perdido
resultaba inadmisible, pues en tal caso María, alarmada por este silencio, se
hubiese apresurado a escribirle pidiéndole explicaciones.
Fué aquel mes la época más terrible que en su vida
tuvo Zarzoso. Acosó a preguntas al conserje de su hotel y casi le sometió a un
interrogatorio, como si temiera que ocultase las cartas recibidas; bajó al
portal a las horas en que solía llegar el cartero, para hostigarle con
reclamaciones que estaban próximas a originar una pendencia; hasta llegó a ir
con Agramunt a la Administración Central de Correos, para enterarse de las
probabilidades de extravío que tenía una carta de Madrid a París; pero toda su nerviosa
inquietud, toda su irritada movilidad, no le sirvió más que para convencerse de
que nadie le escribía, y que aquel silencio postal tenía su principal motivo en
Madrid y no en los encargados de transmitir la correspondencia.
Zarzoso presentía en este silencio un hostil
misterio, un poder oculto que había descubierto su amor y trabajaba contra él;
pero estaba lejos de adivinar su verdadero significado y de dónde procedía.
El joven, desesperado ya, en vez de dirigirse a su
novia, escribió a doña Esperanza, la viuda de
López, que era a quien enviaba siempre las cartas. Pidióle explicaciones sobre
aquel silencio inesperado, pero éste continuó, y si su novia no le escribía,
tampoco la viuda se dignó darle contestación.
Entonces Zarzoso llegó a desesperarse de un modo
que inspiró inquietudes a Agramunt.
Roído por la incertidumbre y agitado por las
sospechas, Zarzoso, a los veinte días de aquel silencio, apeló a los medios más
extremos.
Con la desesperación del náufrago que se agarra al
más insignificante objeto, confiando que va a salvarse, creyó que apelando al
telégrafo adquiriría mejor resultado que valiéndose del correo, y envió
telegramas urgentes, con la contestación pagada, a la viuda de López, sin que
por esto lograse romper aquel silencio absoluto y desesperado que le salía al
paso apenas intentaba comunicarse con Madrid.
Zarzoso no sabía ya qué hacer para explicarse la
causa de aquel silencio.
No había que pensar en la posibilidad de que María
no contestase por hallarse enferma. En un número de “La Época”, que leyó en el
café de Cluny, encontróse con una reseña de un baile, en la que se dirigían
elogios a la sobrina de la baronesa de Carrillo, haciendo una descripción
dulzona de su hermosura, su gracia y su elegancia.
Además, Zarzoso había pedido noticias a un amigo de
Madrid, antiguo condiscípulo de la escuela de San Carlos, en el que tenía
absoluta confianza; y éste, que contestó inmediatamente, le dijo haber visto a
María en los paseos con el aspecto de siempre, y que en cuanto a la viuda de
López, estaba bien de salud y habitaba la misma casa, que era donde Zarzoso
dirigía toda su correspondencia amorosa.
Esta noticia hizo llegar al período álgido el
asombro y la desesperación del joven.
No estaban enfermas María y su acompañante doña
Esperanza; no había ocurrido nada de particular en su existencia; ¿por qué
guardaban, pues, tan inexplicable silencio?
Zarzoso, del abatimiento y la tristeza, comenzó a
pasar a la violencia. Escribió cartas en estilo amargo, irónico, casi
insultante, y las envió a Madrid, sin ser por esto más afortunado ni lograr
romper aquel silencio.
Hubo momentos en que acarició la idea de abandonar
París y presentarse en Madrid inesperadamente, con el propósito de pedir
cuentas a María de su inexplicable conducta; pero el joven experimentaba
un pavor infantil al pensar en su tío, y la consideración de que éste podría
enterarse de tan extraño viaje era más que suficiente para hacerle desistir.
Enclavado en París, y en aquel aislamiento
desesperante en que le dejaba la mujer querida, Zarzoso permaneció un mes
entero, experimentando en los últimos días una gran indignación, que trocaba su
antiguo amor en irritación sorda y terrible contra María.
El joven creía ya haber encontrado, en los últimos
días de aquel mes de espera e incertidumbre, la clave que explicaba tan
misterioso silencio.
¡Ah, la miserable! ¡La orgullosa aristócrata! La
extensa carta que la había enviado su novio dándola cuenta del encuentro con el
que resultaba su verdadero padre, era el único motivo de aquel silencio
absurdo. La condesita se avergonzaba, sin duda, de su origen; irritábase
indudablemente contra su adorador por haber éste descubierto el misterio de su
nacimiento, y a ello era debido que, deseando romper unas relaciones que le
resultaban ya molestas, se negara a contestar a las cartas de Zarzoso, acabando
los amores con tan villano procedimiento.
Así se explicaba Zarzoso el silencio de María, y
como cada vez se sentía más atraído por esta solución que había imaginado,
comenzaba a considerar con cierto desprecio as su antigua novia, teniéndola por
una mujer vulgar, fatua y preocupada por las ideas rancias de su clase.
En esto iba pensando aquella tarde, al salir de la
calle del Sena, y se ratificaba cada vez más en sus ideas, al notar que don
Esteban participaba de ellas, aunque no se atrevía a manifestarlo por miedo a
aumentar el desaliento que experimentaba el joven médico.
Cuando éste, dejando el bulevar Saint-Germain,
entró en el de Saint-Michel, iba tan preocupado con sus pensamientos, que
monologueaba en voz baja, gesticulando, hasta el punto de llamar la atención de
los transeúntes más próximos:
—¡Qué engañado estaba! Quien mejor conoce a esa
familia es Perico, el antiguo criado de don Esteban. ¡Raza de orgullosos, en la
que sólo se encuentran amores nocivos! Ahora veo claro; María es igual a todas
las mujeres de su familia; tan orgullosa y falta de sentimientos como su tía la
baronesa, sólo que con su carita de ángel y su aparente bondad sabe engañar
mejor y ocultar la ruindad de su fondo. ¡Vive Dios! ¡Y que no pueda yo dejar de
amarla!... ¡Que no tenga yo la fuerza suficiente
para olvidar y permanecer indiferente ante ese silencio abrumador!
Y el joven, a pesar de sus quejas, de sus
recriminaciones contra María, reconocíase impotente para combatir aquel amor
que, según su expresión, había penetrado en él hasta los tuétanos; y tanta
necesidad sentía de ser correspondido, que cual el desesperado que no pierde la
esperanza de salvarse hasta en los últimos instantes, en su cerebro acababa de
surgir la halagadora idea de que María tal vez le habría contestado y a
aquellas horas la carta estaría esperándole en el casillero de la portería de
su hotel.
Cuando Zarzoso formuló este pensamiento se
encontraba casi a la puerta de su restaurante, situado frente al Luxemburgo.
Dudó algunos instantes. ¿Qué hacer?
Era absurda la esperanza de que le aguardase en el
hotel la anhelada contestación de María. En las horas que había permanecido
fuera de casa sólo había un reparto de cartas, y en éste rara vez entraba la
correspondencia española; pero por la misma inverosimilitud de su esperanza, el
joven se sentía atraído por ella, y al fin se decidió a remontar la calle
Soufflot y entrar en su hotel para convencerse de si había adivinado la llegada
de la carta. No quería comer agitado por la incertidumbre o halagado por absurdas
esperanzas.
Cuando el joven, atravesando la plaza del Pantheón,
fué a entrar en su hotel, apenas si se fijó en una mujer joven, vestida con
bastante elegancia y que estaba parada cerca de la puerta, al pie de un
reverbero, y teniendo a pocos pasos un perrillo lanudo y feo que jugueteaba con
un pedazo de periódico.
Zarzoso penetró en la portería y lanzó al casillero
una ansiosa mirada. La mayor parte de las casillas de los otros huéspedes
tenían cartas o periódicos con fajas selladas que demostraban su lejana
procedencia; pero en la suya, nada absolutamente; la llave nada más, colgando
con tristeza del clavo, como si sintiera desaliento al verse en tal soledad.
Haciendo un gesto de resignación salió de la
portería, y al volver de espaldas para cerrar la mampara de cristales, tropezó
con una mujer que entraba resueltamente en el portal. El joven la miró,
balbuceando una excusa y llevándose la mano al sombrero.
La reconoció inmediatamente. Era la joven que
momentos antes se hallaba al pie del farol de gas, y su perro estaba ahora
allí, junto a ella, apretándose contra sus faldas, como si sintiera temor al
penetrar en una casa desconocida.
Era de mediana estatura, de un cutis blanco de
trasparencia lechosa, y lo que en ella llamaba la atención, más que las
facciones y las formas de su cuerpo, erguido con petulancia, eran los cabellos
y los ojos, ofreciendo un rudo contraste que inmediatamente saltaba a la vista.
La cabellera era rubia, pero de un rubio dorado obscuro, brillante, que parecía
irradiar luz; y los ojos, por un contrasentido de la Naturaleza, aparecían
negros, rasgados, agrandados aún más por ciertas líneas y sombras del lápiz de tocador,
y haciendo recordar los de las circasianas encerradas en el fondo del harén. En
aquellos ojos, ventanas del alma, espejos delatores de tudas las dobleces de un
carácter, adivinábase una inmensa malicia; lo mismo sabían fingir la cándida
mirada de la inocencia y del asombro, que animarse y chispear con la excitación
brutal de la orgía.
En toda su persona perfumada, esparcía un ambiente
de dulce olor de violeta, notábase algo de original, cierto corte bohemio que
la elevaba sobre la vulgaridad de la cocotte.
Vestía con elegancia, y, sin embargo, en toda su
persona, que respiraba originalidad, notábase la tendencia a huir de la última
moda vulgar, de combatir el último figurín, que es siempre artículo de fe para
las mujeres parisienses.
Su traje de raso, de color de malva, transigía un
poco con la moda; pero en la cabeza llevaba un artístico chambergo erizado de
ondulantes y largas plumas, y los hombros estaban cubiertos por una capa de
seda negra que le bajaba hasta los pies en pliegues estatuarios. Adivinábase en
aquella mujer, con su aspecto ligero y un tanto fatuo, el fanatismo del arte
que absorbe todos los sentimientos, y comprendíase que el modelo de sus trajes,
en vez de copiarlos de sus periódicos de modas, lo sacaba de los hermosos
retratos de marquesas y duquesas del pasado siglo, que existían en el Museo del
Louvre.
Como para completar aquel atavió artístico, que
resultaba algo extravagante, su cabellera luminosa caía suelta en bucles sobre
el cuello de su capa, y en la mano llevaba un latiguillo de correa, que le
servía algunas veces para atar a su perro, pero que casi siempre empuñaba,
chasqueándolo con aire de amazona.
Zarzoso, a pesar de su preocupación, no pudo menos
de quedarse sorprendido mirando a aquella mujer tan extraña y hermosa, que
resultaba original aun en el Barrio Latino, cuna de tanta extravagancia.
—Señora, dispense usted—dijo, llevándose la mano al
sombrero.
La joven, apoyándose en la pared, le miraba de un
modo tan amable, que Zarzoso sintió miedo.
—Gracias, señor—dijo con una voz que, por su timbre
grave, desdecía algo de su tipo de belleza—. Es usted muy amable.
Y la hermosa rubia, sin moverse de la pared,
parecía sentir deseos de entablar conversación; pero Zarzoso, poco acostumbrado
a tratarse con las mujeres del barrio, seguía sintiendo miedo, y por esto se
apresuró a saludar, saliendo inmediatamente del hotel.
Estaba el joven a la mitad de la calle de Soufflot,
cuando ya había olvidado a la gentil rubia. La inquietud producida por el
silencio de María había vuelto a reaparecer, y el joven pensaba nuevamente en
su novia, sintiéndose desalentado.
Cuando llegó al restaurante encontró a Agramunt
sentado ya a la mesa y hablando amigablemente con un grupo de estudiantes que
comían en la mesa inmediata.
—Oye, Juanillo—dijo el catalán cuando el joven
médico se sentó a su lado—. Esta noche hay baile de moda en Bullier. Ya sabes,
concurrencia distinguidísima. Las cocottes con más chic del
otro lado del río pasarán esta noche los puentes para asistir a la fiesta y
bailar la cuadrilla. Además, se dispararán fuegos de artificio, habrá
sorpresas; en fin, un gran programa, según me acaban de decir esos chicos que
están en la mesa de al lado. El placer armonizado con la economía; entrada, dos
francos para caballero y gratis para las señoras. ¿Vienes?
—No voy—contestó Zarzoso con mal humor.
—Pues harás mal. Necesitas divertirte para que se
te vaya esa melancolía cruel que te devora por momentos. Tampoco hoy hemos
recibido carta, ¿eh?... Me lo figuraba; ni al mismo diablo se le ocurre
enamorarse de una condesita orgullosa, que te ha hecho caso mientras estuviste
en Madrid y la divertías con tus miradas lánguidas y tus suspiros, pero que te
ha olvidado apenas has vivido algunos meses lejos de ella. Dios sabe cuántos
novios tendrá a estas horas la niña. Debes creerme a mí y dejarte guiar por mis
consejos, pues aunque no soy viejo tengo experiencia. Diviértete, goza todo lo
que puedas y piensa como lo que eres: como un joven de talento que tiene muchos
años de vida por delante, y no como un viejo, que anhela casarse y constituir
una familia. ¿A quién diablos se le ocurre a tu edad tener novias en serio y
tomarse tantos disgustos por si ha venido o no una carta de Madrid? ¿Quién te
ha de escribir esa carta? ¿Una mujer hermosa? Pues aquí, sin salir del barrio,
las encontrarás a docenas, y de seguro, mejores que aquellas sosas de allá; pues yo, querido, aunque pase por mal
patriota, prefiero la mujer francesa. Además, los amoríos de aquí son algo más
substanciosos y divertidos que los noviazgos de allá, limitados siempre a
palabritas dulces, miraditas tiernas y un sinnúmero de señas con las manos
desde el balcón a la calle. Créeme, Juanillo; no seas inocente; ven esta noche
a Bullier, y yo me comprometo a buscarte media docena de novias superiores a
esa que tienes en Madrid y que tan mal se porta contigo.
Zarzoso comía con la cabeza baja, ocultando la
sorda imitación: que le producían las atrevidas comparaciones de Agramunt, el
cual no cesaba de animarle a su modo, intentando decidirle a que fuese al baile
de Bullier.
De este modo transcurrió la comida, y cuando los
dos jóvenes se levantaron de la mesa, Agramunt, con expresión marrullera de
cariño, cuyo verdadero significado adivinaba Zarzoso, enlazó su brazo con el de
éste y le dijo, con expresión fraternal:
—Vamos, Juanillo, decídete...; ¿vienes?
—No, no voy. No seas pesado—dijo Zarzoso con voz en
que se notaba la ira.
—Bueno, pues no reñiremos por eso. Te acompañaré a
dar unas vueltas por el bulevar, y a las diez te dejaré para que vayas a casa a
llorar tus desdichas. Yo me iré al baile... ¡Ah!, y ahora recuerdo. Harás el
favor de prestarme diez francos, por si tengo algún compromiso en el baile. Ya
ves, siempre saltan al paso antiguos conocimientos.
Zarzoso sonrió, a pesar de la irritación que
sentía. Ya había salido al exterior la verdadera causa de aquella expresión
cariñosa que momentos antes había mostrado Agramunt. Siempre que su amigo le
hablaba en aquel tono era signo de próximo sablazo, cuyo importe le era después
devuelto con más o menos retraso, cuando el escritor cobraba en la casa
editorial.
Zarzoso dió a su amigo medio luis, y ambos,
encendiendo sus cigarros en el mechero del mostrador, salieron del restaurante.
Bajaron por la ancha acera del bulevar, para ir,
como de costumbre, a tomar café a Cluny, y a los pocos pasos ante un gran
escaparate de camisas y corbatas vieron a una mujer que parecía mirar con gran
atención los géneros expuestos, pero que al hallarse próximos los dos jóvenes,
volvió rápidamente la cabeza y se quedó con los ojos fijos en ellos.
Zarzoso hizo un movimiento de sorpresa, sin poderse
explicar la causa de ello.
Era la misma mujer de poco antes, la hermosa rubia
que había encontrado en el portal de su hotel.
Agramunt tardó más en apercibirse, y cuando ya
estaba junto a ella, fué cuando se fijó, haciendo también un movimiento de
sorpresa.
—¡Calla!... ¡Es Judith, la rubia!
La joven sonreía, como encantada por aquella
sorpresa, y al mismo tiempo movía con mano varonil su latiguillo.
—Sí, yo soy; ya hace tiempo que no nos veíamos.
Y luego, tendiendo su mano con cierto aire
soldadesco, dijo al escritor:
—¿Cómo estás tú, buena pieza?
La primera noche.
El reconocimiento fué afectuosísimo. Judith parecía
encantada por aquel encuentro, y hasta su perrucho, como si participase de la
alegría de su ama, rabitieso y con las orejas rectas, hacía la rosca en torno
de los dos jóvenes.
¡Vaya un encuentro!
—¿Y qué es de ti ahora?—preguntaba con curiosidad
Agramunt—. ¿Cómo has estado tanto tiempo alejada del barrio?
Y Judith, con su voz hombruna, dando palmadas de
compañero en los hombros del escritor y hurgándole en el vientre con el puño de
su látigo, siempre que se permitía alguna observación subida de color, iba
relatando con frases incoherentes, cortadas por ruidosas carcajadas, la
historia, de su desaparición del barrio.
—El amor, chico, el amor; esa maldita afición a los
artistas pobres y de talento, que ha de ser mi perdición y no me deja hacer
carrera como otras.
Y matizando su puro lenguaje francés con las
palabras sacadas del caló del Barrio Latino y del de los arrabales, fué
relatando su viaje por Bélgica e Inglaterra, que había durado más de ocho
meses.
Se había ido de París con un dibujante de Le
Monde Illustré, que emprendió una excursión artística por orden de sus
editores. El viaje había sido feliz; se arrullaban como dos tórtolos, se amaban
con el fuego indestructible de las grandes pasiones, llamaban la atención en
los hoteles y hasta en los trenes, por aquel amor
público que no se recataban y que iban pasando de país en país; pero en Londres
surgió la primera nubecilla con motivo de ciertas sospechas de infidelidad que
Judith inspiró a su amante con su ligero carácter. Aquella escena de celos fué
decisiva.
—Chico, aquello fué todo un quinto acto de los
melodramas que representaban en la Porte Saint-Martin. Yo, cansada de sus
lamentaciones, le di con este látigo; él me tiró su caja de dibujo a la cabeza;
estuvimos pegándonos hasta que entraron a separarnos los criados del hotel, y
avergonzada de aquella escena, porque ya sabes, yo soy muy señora, y no me
gustan los escándalos, como a ciertas mujercillas, pasé el canal, y al día
siguiente estaba ya en París, con mi Nemo (el fiel amigo de
Judith).
El perro, al ser aludido, ladró alegremente,
poniendo las patas en las faldas de su ama, la que le contestó con un latigazo.
Zarzoso, a pesar de sus preocupaciones, miraba con
creciente curiosidad a aquella mujer original, extraña e incoherente, que
interpolaba los más sucios y canallescos vocablos en un elegante lenguaje que
parecía de una actriz de la Comedia Francesa, y que, estrambótica en todo,
ponía a su perro el nombre del misterioso personaje submarino imaginado por
Julio Verne.
Judith afectaba no fijarse en Zarzoso, y continuaba
su conversación con Agramunt, el cual, dominado por cierta curiosidad, seguía
preguntándole:
—¿Y ahora estás con Luigi, el modelo italiano?
Esta pregunta pareció contrariar a la joven; pero
se repuso y contestó con resolución:
—Con ése, siempre. Es otra de mis debilidades.
Cuando nadie me quiere, voy a buscarle. Pero ahora no estoy con él.
—¿Y qué hacías ante ese escaparate?
—Nada, me distraía. No sé dónde ir. Te digo que
empiezo a encontrar ya insulso este barrio, y si supiera dónde existe una
población en que pueda una divertirse más que en París, allá me iría
inmediatamente. Estoy aburrida de la vida, y el día menos pensado me arrojo al
Sena.
—¿Por tercera vez?—dijo con acento burlesco
Agramunt.
—No, por cuarta—contestó con gravedad Judith—.
Figuro ya por tres veces en el registro de la Policía como salvada por esos
cochinos que se arrojan al río para ganar la prima de veinticinco francos e
impedir que una mujer se ahogue cuando le dé la gana... Sólo que
entonces—añadió con expresión melancólica—era yo tan imbécil que intentaba
suicidarme por amor, enloquecida con las perrerías
que hacían mis amantes. ¡Qué tiempo aquél, tan feliz y tan estúpido! Ahora que
voy siendo vieja, pues tengo veintidós años, mi paladar está tan gastado, que
ya no encuentro nada que me interese. Podría rodar de brazo en brazo por entre
todos los muchachos del barrio, sin encontrar uno que lograse conmoverme.
—¿Y yo?—dijo enfáticamente Agramunt, estirándose el
chaleco.
—¡Bah!... ¡Tú! Ni me acuerdo de cómo te conocí.
Eres un buen muchacho, pero todos sois iguales. Adoráis por egoísmo una sola
noche, y después..., muchas gracias, si os dignáis conocerla a una en la calle.
Yo no soy de las que me hago ilusiones ni creo en la felicidad del porvenir. He
tenido amantes a docenas; he perdido la cuenta de las camas en que he dormido;
en casi todos los hoteles del barrio he dispuesto de un adorador; he tenido a
la otra orilla del río hotel y criados; por mí se batieron dos imbéciles
americanos que no llegaron a comprender que de ambos me reía; ahí enfrente, en
el Luxemburgo, en las tardes de concierto, le han hecho estruendosas ovaciones
a Judith la rubia, faltando poco para que la llevasen en triunfo; sé cómo hacen
el amor los hombres de casi todos los países; tuve un amante negro que era
príncipe heredero en Africa; en cierta época, un vizconde me ponía las medias
por la mañana, y un duque viejo me pagaba una suntuosa habitación, con doncella
de servicio y groom, sólo porque le consintiera ciertas porquerías
que me hacían reír; han hablado de mí los periódicos, y hay un libro muy leído
que trata de mujeres galantes que lleva mi retrato y mi biografía; y, sin
embargo, tengo la seguridad de que el día en que sea vieja, dentro de unos
cuantos años, y tenga que vender periódicos en el bulevar, como otras muchas
que en su juventud fueron tanto o más que yo, ninguno de vosotros vendrá a
darme un sueldo, y hasta tal vez os deis el gustazo de saludarme con la punte
del pie como a un perro sarnoso. ¡Ah, cochina vida! ¡Qué harta estoy de ti!
Antes que se acabe mi belleza y se vuelvan blancos estos cabellos rubios, a los
cuales les han dedicado resmas de sonetos los muchachos del barrio, le doy
vuelta a la llave de la estufa de mi casa, tapo bien las rendijas de la puerta
y me muero por asfixia. Lo único que me detiene es que así mueren la mayor
parte de las heroínas de folletín, y a mí me parece muy burgués eso de imitar a
los demás.
Zarzoso oía con asombro a aquella joven hermosa, y
en apariencia feliz, que hablaba con tanta tranquilidad de su sombrío porvenir y demostraba conocer exactamente su actual
situación. Oír a Judith era ser arrastrado por un torbellino loco e ir saltando
de sorpresa en sorpresa.
Agramunt no se inmutaba y seguía contemplando a la
rubia con cínica sonrisa. Demostraba estar acostumbrado a los caprichos
melancólicos de aquella mujer extraordinaria.
—Estás esta noche muy fúnebre—dijo a la joven—. ¿Es
que acaso sientes próximo uno de esos ataques de nervios que te convierten en
una loca?
—¡Bah! Déjate de tonterías. Estoy triste y nada
más. Esta mañana me he peleado con Luigi y aún me dura la excitación. Pero bien
mirado, soy una tonta al decir todas estas cosas, pues a nadie le importan mis
penas.
Y cambiando rápidamente, su fisonomía volvió a
adquirir su sonrisa petulante, insolente y protectora.
—¡Qué! ¿Adónde vais esta noche?
—Yo, a Bullier, hija mía. Supongo que tú también
irás al baile.
—¿Y este señor que tan silencioso está?
Y al decir esto, la hermosa rubia se fijó en
Zarzoso, al cual hasta entonces había afectado no ver.
—¡Calle! ¡Yo creo haber visto a este caballero
alguna vez! ¡Ah, sí! Fué hace poco rato, en el hotel de la plaza del Pantheón,
donde entré a hacer una pregunta. Di, tú, furibundo descamisado, ¿este señor es
amigo tuyo? ¿Es español también?
Agramunt, aludido de este modo, creyó del caso dar
a conocer a su amigo, y con exagerada y cómica expresión de gravedad presentó a
Judith al joven doctor Zarzoso, lumbrera científica de la escuela de Madrid, y
que en la actualidad vivía en París para perfeccionar sus estudios al lado de
los más famosos sabios.
Judith, mientras escuchaba la hipérbole de aquel
tronera de Agramunt, sonreía a Zarzoso, envolviéndole en una mirada protectora
que tenía una expresión casi maternal.
—¡Ah! ¡El señor es médico! Lo celebro mucho. A mí
me han gustado bastante los médicos; tuve un amante que lo era.
—Sí, conozco la historia—dijo Agramunt—; aquél que
conociste en el Hôtel-Dieu, cuando intentaste envenenarte.
—¡Bah! No hablemos de cosas tristes. ¿Ibas a alguna
parte?... ¿Dices que al café de Cluny? Pues vamos allá. Es un café que no me
place, pues sólo van a él burgueses y viejos imbéciles. No es chic el tal
establecimiento; pero, en fin, nunca viene mal en
medio de las locuras del barrio darse cierto barniz de seriedad.
Los tres emprendieron la marcha boulevard abajo;
pero a los pocos pasos se detuvo ella y dijo con gravedad, afectando los
ademanes de una persona sesuda:
—Mirad, hijos míos. Pasamos la noche juntos hasta
la hora de retirarse; pero nada de locuras, ¿eh? Mucha seriedad, que es lo que
da distinción a una persona. Iremos al café y después al baile con toda la
prosopopeya y la sensatez de una familia burguesa. Yo seré la mamá y vosotros
los niños. Andad, pues, hijos míos.
Agramunt reía como un loco. ¡Oh! ¡Qué gracia tenía
aquello!
—¡Mamá! ¡Mamá mía!—dijo dando saltos como un niño
en torno de la hermosa rubia, y le plantó un sonoro beso en los labios
enrojecidos por el bermellón.
Judith, afectando cómica indignación, le contestó
con un latigazo en las piernas, y los transeúntes se detuvieron riéndose y
encontrando que aquella rubia tenía mucho chic.
—Vamos, hijos míos: adelante, y cuidado con hacer
otra travesura, porque la mamá es muy mala cuando se lo propone. Con este
descamisado es imposible la seriedad. Vamos, doctor; usted que es más formal,
déme usted el brazo.
Los tres bajaron el boulevard sin que ocurriera ya
ningún incidente.
Agramunt abría la marcha moviendo su bastón para
hacer saltar al lanudo Nemo, y detrás marchaban Zarzoso y Judith, sin cambiar
una sola palabra. La rubia, erguida, insolente, lanzando a todos lados miradas
de soberana, y el joven cohibido, casi avergonzado por aquel encuentro que le
obligaba a pasear por el boulevard una mujer tan llamativa y asustado por las
demostraciones que ésta arrancaba al pasar frente a las puertas de los cafés o
junto a las cuadrillas de estudiantes que se paseaban cogidos del brazo.
A los oídos de Zarzoso llegaban un sinnúmero de
exclamaciones que sonaban a sus espaldas, producidas por el paso de la pareja.
—¡Mira; es Judith!
—Judith, la rubia.
—¿De dónde habrá salida ésa?
—¿Será ése su nuevo arreglo?
—Debe haber pillado algún marqués español.
Y algunos al verla pasar, canturreaban una canción
de indecentes elogios, que una cupletista del
barrio había compuesto en honor de Judith, la rubia.
Esta explosión de popularidad parecía satisfacer
mucho a la joven, la que miraba a todas partes con el aire de una soberana que
pasea entre sus vasallos.
El Barrio Latino era su reino. Allí la conocían
todos; la apreciaban, pues raro era el que no había sido agraciado con sus
favores, y la joven tenía derecho a exigir aquel homenaje del distrito
literario, pues le había sido siempre fiel, negándose a pasar al otro lado del
río, donde encontraba siempre la fortuna.
Entraron los tres en el café Cluny, y apenas
hubieron tomado asiento en una mesa, Judith se levantó, dejando su látigo en el
asiento.
—Vuelvo en seguida, hijos míos. Tú, Nemo,
quédate aquí.
Y mientras el perro, como si comprendiese su
lenguaje, saltaba sobre la banqueta de terciopelo, quedándose en actitud
correcta y mirando con gravedad a sus dos nuevos amigos, la joven, dejando
flotar su capa de seda y sus cabellos rubios en el aire que producía su ligero
paso, salió del café, contenta y sonriente, como satisfecha del asombro que
producía en los tranquilos parroquianos de las vecinas mesas, los cuales la
miraban escandalizados.
—¿Adónde va ésa?—preguntó Zarzoso, que aún parecía
no haber salido del asombro que le produjo aquel encuentro y de la mala
impresión causada por los comentarios que Judith había producido a su paso por
el boulevard.
—No lo sé, ciertamente—contestó Agramunt—. Pero
apostaría cualquier cosa a que se ha metido en ese quiosco de gabinetes de
necesidad que existe a pocos pasos de aquí, en el boulevard Saint-Germain. Es
una de las rarezas más características de Judith. Pero no vayas por esto a
hacer comentarios desfavorables para la chica; no creas que está tocada de
continua disentería. Es que en esos quioscos hay siempre un tocadorcillo, donde
por veinticinco céntimos se encuentran polvos, bermellón y demás artículos de
embellecimiento, y Judith es una persona que no puede pasar cinco minutos sin
contemplarse a sí misma, para reparar el menor desorden de su belleza. No
existe en el mundo idolatría más fanática que la que esa chica se profesa a sí
misma. Es un Narciso con faldas; está enamorada de su cuerpo tan por completo,
que si pudiera les levantaría un altar a sus pechos y a sus muslos. Y se
comprende ese cariño, ese amor vehemente a sus propias formas, porque has de
saber, querido, que de ellas come en la temporada que está aburrida de los hombres, y no quiere comprometerse con ningún
amante, pues entonces se la disputan los pintores y los escultores, que la
consideran como la primera modelo de París. ¡Oh! ¡Qué muchacha ésa! ¡Qué
Judith! Estoy seguro de que la Safo, que describe Daudet, no era tan notable
como ésta.
—¿Pero quién es ella?—preguntó Zarzoso con
curiosidad que pretendía ocultar—.¿Conoces tú algo de su vida?
Agramunt hizo un gesto de asombro.
¿Quién no sabía en el Barrio Latino la biografía de
Judith la rubia? ¡Si hasta figuraba en ciertos libros! Ante todo, había que
advertir que la muchacha era judía, como lo indicaba su nombre, y que no había
nacido en Francia, pues sus padres eran unos judíos húngaros, que habían venido
a París a probar fortuna, trayendo consigo a la niña, que tenía entonces seis
años. Los padres murieron a los pocos meses de su llegada a la gran ciudad, y
la pequeña Judith fué recogida por un matrimonio de obreros que aún vivían en
Batignolles, y a los cuales iba a ver ahora de vez en cuando aquella bohemia
extravagante, pues al encontrarse cansada, tras algunos meses de existencia
aventurera, sentía renacer en su pecho un fugaz chispazo de cariño filial.
La muchacha creció terca, voluntariosa y con
caprichos que demostraban una imaginación fantástica y desordenada. En punto a
diversiones gustaba únicamente de los violentos juegos de los muchachos; odiaba
todas las labores femeniles; fueron vanos los esfuerzos de sus padres adoptivos
para hacerla aprender un oficio, y a los catorce años, formada, desarrollada y
hermosa, con esa precocidad propia de su raza, apareció en el Circo Hipódromo,
como ecuyère de última fila en las pantomimas ecuestres.
Pronto su luminosa cabellera, flotante al viento;
sus hermosas piernas que oprimían nerviosamente el vientre del caballo y sus
temeridades propias de muchacho travieso, despertaron una tempestad de
hambrientos deseos en los abonados de primera fila, y a la puerta del
zaquizamí, donde ella se vestía, alineáronse los negros fracs, esperando
permiso para entrar y ofrecer a la figuranta costosos bouquets de
rosas acompañados de proposiciones deslumbrantes.
Los elegantes lobos del Hipódromo, entre el montón
de carne gastada del grupo de figurantas, habían olido la carne fresca, la
virginidad bravía y, al mismo tiempo, maliciosa de aquel gracioso diablejo de
rubia cabellera, y la subasta se acaloraba; los postores empeñábanse en una
batalla en que los ofrecimientos subían rápidamente
empujados por la competencia, hasta que, por fin, una noche, después de una
cena en la Maison Doré, en que el champaña corrió a torrentes, Judith cayó en
brazos de un conde ruso millonario y gastado.
Ya no volvió más al Hipódromo; tuvo un piso en la
calzada de Antín, con la servidumbre correspondiente; pero al mes se aburría en
aquel gabinete acolchado y mono como una bombonera, y una tarde se fué al
Barrio Latino, para no volver a salir más de él. Allí estaba en su elemento.
Iba a empujones con la juventud vigorosa, brutal e insaciable que no retrocedía
ante las más estrambóticas locuras, y, además, en aquella atmósfera de continua
crápula al aire libre se encontraba algo del ambiente científico y artístico
que traía consigo la juventud escolar, y que agradaba mucho a la imaginación
ardiente de Judith y a su inteligencia, de una precocidad asombrosa.
En aquel barrio, haciendo locuras en la calle,
rompiendo servicios en los cafés y siendo conducida casi todas las semanas a
los cuartelillos de la policía, por haberse mezclado, a puñetazo limpio, en las
peleas de los estudiantes, Judith fué bien pronto célebre, gozando de una
popularidad que la convertía en la primera mujer del barrio, y que hizo que en
varias ocasiones de jarana estudiantil, la muchedumbre escolar la llevase en
triunfo sobre sus hombros por el bulevar Saint-Michel.
Al mismo tiempo que de tal modo labraba su
reputación tormentosa en el barrio, adquiría una ilustración tan incoherente
como enciclopédica, oyéndosela hablar de los misterios más recónditos de una
ciencia, al mismo tiempo que daba a entender que desconocía lo más rudimentario
y vulgar de ella. Contábase que cuando cualquiera de sus amantes permanecía en
casa estudiando, por hallarse próxima la época de los exámenes, ella le
acompañaba, entreteniéndose con gran ahinco en la lectura de los libros de
texto, que muchas veces no entendía.
A fuerza de acostarse con los estudiantes de
Derecho, hablaba de Justiniano y Papiniano con la misma franqueza que si se
tratara de algunos señores que la habían convidado a un bock en el café
Vachette; de los estudiantes de Medicina había sacado un incompleto
conocimiento del cuerpo humano que la autorizaba a hablar con tono doctoral
sobre las más difíciles enfermedades; mezclaba en su conversación citas
históricas, problemas matemáticos y términos de ingeniería; pero su afición
predominante, su cuerda sensible, su capricho de todas horas, eran los
artistas, el arte y aquella Ecole de Beaux-Arts, de la que hablaba
con respetuosa admiración.
En este centro de enseñanza, donde acudían los
pintores y escultores del porvenir, Judith era popular; pues no había uno solo
de aquellos muchachos melenudos y audaces que no tuviera derecho a su
intimidad.
Desde el principio de su estancia en el barrio, la
habían enamorado los alumnos de Bellas Artes por su existencia aventurera y su
carácter extravagante, que tanto armonizaba con el suyo, y esta continua
intimidad con pintores y escultores, la había llegado insensiblemente a
convertirse en modelo, profesión que, aunque incómoda, le gustaba, pues era
como un homenaje tributado a su cuerpo, que ella misma tanto idolatraba.
Además, necesitaba los quince francos que le daban por sesión, pues una de las
rarezas más notables de aquella mujer tan extraordinaria era no admitir de sus
amantes otra cosa que el cuarto y la comida.
Recibía como una ofensa el dinero de sus amigos,
pues ella se entregaba siempre por amor, y miraba con mayor simpatía a los más
pobres entre sus allegados.
Sus caprichos de mujer histérica hacían furor en el
barrio.
En una ocasión se enamoró de la antigua estatua del
Gladiador que existe en el jardín del Luxemburgo, y pasaba las horas enteras
sentada ante ella, contemplando con mirada extraviada por el deseo la potente y
armoniosa musculatura.
Un día en casa de un ropavejero se encontró una
hermosa copia en yeso de la célebre estatua, la compró por treinta francos, y
la metió en su cama, pasando la noche entre espantosas convulsiones y rugidos,
que asustaron a los vecinos e hicieron que al día siguiente los amigos de
Judith rompiesen a patadas el insensible cuerpo del infeliz Gladiador.
Aquella brutal afición al arte, aquella adoración
al desnudo y a las correctas y armoniosas líneas del cuerpo humano, fueron
siempre la perdición de Judith. Pasaba indiferente de unos brazos a otros, sin
llegar a preguntarse nunca si estaba realmente enamorada de alguno; se
entregaba a todos, porque esto le daba ocasión para lucir la esplendidez de su
cuerpo, para enorgullecerse con la admiración que inspiraba y los elogios que
la dirigían, y justamente por esto prefería a los pintores, que eran los que
mejor sabían apreciar las ondulantes líneas de sus formas.
Rodando de estudio en estudio, conoció al signor
Luigi, modelo italiano, avariento, villano y rufián, que se hacía pagar muy
bien las sesiones en que mostraba ante el artista su musculatura, que parecía modelada sobre una de las estatuas
sublimes de la Grecia clásica.
Aquel bandido napolitano, con su pelo a la romana y
su sombrerito calabrés graciosamente abollado, a pesar de que gozaba fama de
corresponder a la pasión de las mujeres sacándoles el dinero y golpeándolas,
fué quien logró interesar el corazón de Judith, que se fué a vivir con él, y le
perseguía agitada por celos furiosos, recibiendo todos sus desdenes y sus
injurias brutales con la pasividad que el esclavo demuestra ante el señor
absoluto.
La misma mujer, que de vez en cuando, al sentirse
aburrida por las agitaciones del Barrio Latino, pasaba al otro lado del Sena
para distraerse con la vida elegante, y era la querida desdeñosa de millonarios
y altos personajes, tenía su corazón a merced de un tipo despreciable, que con
sus golpes, sus latrocinios y sus desprecios, vengaba sin saberlo los disgustos
que Judith causaba a sus adoradores más distinguidos.
Transcurría a veces un año sin que la joven
volviera a juntarse con el modelo italiano, pero siempre le amaba y le buscaba,
solicitándolo con aquella loca pasión de la forma artística que en ella era ya
una manía. Acogía los desdenes de Luigi con una resignación sin límites; una
mirada benévola de él la hacía sonreír, y la menor de sus palabras era para
ella como una orden imperiosa.
Agramunt, después de relatar estos amores de Judith
con el italiano, se reconocía ya impotente para reseñar lo restante de su vida.
—Mira, chico—decía a Zarzoso—. Yo creo que ni ella
misma sabe el número de amantes que ha tenido en esta vida. Muchos la han
poseído sin que ella, en la loca prodigalidad de su cuerpo, llegara a
apercibirse. Yo mismo la tuve en mis brazos después de una noche en que
paseamos por el barrio con el estruendo propio de una tempestad, y de seguro
que si se lo pregunto dirá que no se acuerda de nada. Ha tenido amores creo que
en todos los distritos de París, y lo más notable, lo sorprendente es que, no
obstante siete años de una vida tan agitada y de continuas caricias, su cuerpo
está tan fresco como cuando era ecuyère en el Hipódromo; sus
formas artísticas de Venus clásica, consérvanse intactas a pesar de la continua
caricia del vicio, y no parece sino que ese cuerpo de juventud milagrosamente
eterna ha sido bañado en la Estigia para permanecer insensible a las injurias
del tiempo y a los contagios de la crápula... ¡Ah, querido!—continuó Agramunt—;
si ese perro que está ahí sentado con la gravedad
de un senador pudiera hablar, de seguro que nos contaría cosas muy lindas.
Zarzoso escuchaba con atención aquella historia
aventurera que le relataba su amigo, y experimentaba tan pronto una impresión
de asombro como de asco.
¡Vaya un pingajo la tal Judith, que pasaba de mano
en mano, como un objeto de risa, a lo largo de una cadena de hombres que se
perdía en el infinito!
Pero al mismo tiempo causábale cierta impresión
atractiva aquella existencia bohemia, y especialmente la extraña dignidad que
la obligaba a no recibir dinero de sus amantes.
A pesar de todo esto, Zarzoso no parecía sentir la
admiración que demostraba Agramunt al hablar de aquella aventurera.
El la tenía por un tipo algo interesante, por una
mujer estrambótica, que únicamente podía vivir tranquila en medio de las
locuras del Barrio Latino, pero cuya amistad debía evitarse por toda persona
seria que deseara entregarse al estudio.
El tenía ya formado su plan para aquella noche.
Permanecería con Agramunt y Judith hasta media hora después, que era cuando
comenzaba el baile, y entonces los dejaría, yéndose tranquilamente a su casa
para entregarse a la lectura de un libro recién publicado.
¡Bien estaría que él pasase la noche haciendo
locuras, justamente cuando estaba furioso por aquel silencio incomprensible que
guardaba María! No quería exponerse otra vez a la molesta atención de todos,
paseando con Judith del brazo por el bulevar Saint-Michel.
Zarzoso reflexionaba, y Agramunt entreteníase en
hacer cosquillas a Nemo para obligarle a gruñir, cuando en la
puerta del café apareció la ondulante capa de seda y la suelta cabellera de
Judith, provocando un nuevo movimiento de curiosidad en los encandalizados
parroquianos y furibundas miradas en la empleada que ocupaba el mostrador.
A las diez salieron del café, Judith en medio de
los dos amigos, y el perro abriendo la marcha.
Zarzoso estaba decidido a despedirse así que
llegasen a la esquina de la calle de Souflot y mientras tanto, marchando a paso
lento, escuchaba a la rubia, que con entonación juiciosa y aire tranquilo,
hablaba de las grandezas del arte, de los pintores Carolus Durán y Bonnat, del
escultor Falguieres y de otras eminencias del arte, a los que conocía por su
oficio de modelo.
Al llegar frente a la calle que conducía a la plaza
del Pantheón, Zarzoso intentó despedirse,
provocando con esto un estallido de protestas en sus dos acompañantes.
—¿Eh? ¿Qué es esto?—le dijo Agramunt en español—.
¿Quieres burlarte de nosotros? ¿Te parece que podemos consentir que vayas a
aburrirte al hotel, mientras nosotros nos divertimos? Vente a Bullier. Me
parece que este encuentro que hemos tenido bien vale la pena de que hagas este
sacrificio.
Judith intervino con la mayor finura:
—Caballero, sea usted amable, y acceda a los deseos
de su amigo; acompáñenos usted, yo se lo ruego.
Y al decir esto ponía su manecita enguantada en un
hombro de Zarzoso, y se acercaba tanto a él, que le rozaba el chaleco con su
pecho recto, firme y turgente, que no llevaba encerrado en las ballenas del
corsé, pues ella, satisfecha de su belleza, no usaba nunca esta prenda, por
estar convencida de que deformaba su cuerpo.
Zarzoso se estremeció de pies a cabeza con aquel
contacto; pero a pesar de esto, volvió a negarse a ir al baile.
—Pues al menos—dijo la joven—, ya que es usted tan
testarudo que no quiere entrar en Bullier, acompáñenos hasta la puerta y allí
le dejaremos. Vamos; en marcha.
Y enlazando su brazo con el del médico, le empujó
con una rudeza que demostraba la fuerza de un antigua ecuyère.
Zarzoso se dejó llevar por Judith, andando ambos
con lento paso, mientras que Agramunt iba delante, echando ojeadas a todas las
muchachas que paseaban solas, con el deseo de formar una pareja que armonizase
con la que marchaba detrás de él.
El escritor no se había ilusionado aquella noche
acerca de Judith.
Adivinaba que ésta sentía cierto interés por
Zarzoso, y él se proponía dejar el campo libre. Le halagaba la idea de que su
amigo, a pesar de toda su gravedad, fuese también de los que aquella muchacha
arrastrase en su torbellino. ¡Tendría gracia ver a un chico tan preocupado por
el silencio que guardaba su novia de Madrid, enamorarse de aquella carne
milagrosamente intacta, a pesar del tiempo y del continuo roce y que ningún
hombre podía mirar sin sentirse brutalmente atraído!
El no haría nada por su parte, para que Zarzoso
cayera en la tentación; pero... ¡allá él! si es que era débil y la caprichosa
Judith tenía deseo de saber cómo resultaba en la intimidad un muchacho austero,
casi virgen, dedicado por completo al estudio, con rostro de persona grave y
gafas de sabio.
Cuando llegaron a la terminación de la avenida del
Observatorio, vieron que la concurrencia en el
bulevar iba engrosando, y que todos marchaban en la misma dirección.
Al volver un ángulo, apareció Bullier, con su
fachada árabe alumbrada por hileras de llameante gas, encerrado en vasos de
colores que afectaban la forma de flores exóticas.
Los carruajes de alquiler, llegando en veloz
carrera, deteníanse ante el dentado arco de la puerta, donde la policía iba de
un lado a otro para impedir la aglomeración de gente. Una turba de ramilleteras
y de pequeños vendedores de toda clase de artículos pululaban en torno de la
estatua del bravo mariscal Ney, deteniendo a los transeúntes para ofrecer su
género.
Zarzoso, al verse junto a la puerta del baile y
confundido ya entre la multitud que pugnaba por entrar, hizo un movimiento de
retroceso, e intentó desasir su brazo del de Judith, interrumpiendo a ésta en
lo mejor de su conversación seria y elevada sobre el arte.
—¡Cómo! ¿Se va usted?
—Sí, señorita. Sólo he prometido acompañarla hasta
el baile y ahora permítame que me retire.
—¡Qué desgraciada soy!—murmuró la rubia—. A mí me
gusta mucho el conversar con un señor serio e instruído como usted lo es, y a
usted por lo visto no le resulta muy simpático mi trato.
Zarzoso se hacía el sordo y miraba a todas partes,
buscando con los ojos a Agramunt, pero no lograba verlo entre aquella multitud.
Sin duda, el escritor, para complicar más la situación de su amigo, se había
escabullido voluntariamente.
—¿Pero dónde estará ese pillo?—murmuraba Zarzoso.
—¡Oh! Adivino la causa de su desaparición. Sin duda
habrá encontrado alguna antigua amiga, y confiando en que usted me servirá de
caballero esta noche, nos ha dejado plantados. Esto está muy mal hecho, sí,
señor, muy mal hecho; es dejar a una mujer en un compromiso que avergüenza.
¿Cómo voy a entrar en el baile, sola, con aspecto de abandonada y sin un amigo
que me dé el brazo?
Lanzó la joven una mirada, de aquellas que se
habían hecho célebres en el barrio por su voluptuosidad irresistible, y con
acento mimoso de niña mal criada, murmuró junto a su oído:
—¡Ah! ¡Si usted fuese tan amable que se prestara a
ser mi caballero, aunque sólo fuera para entrar en el salón!... ¡Si llegase su
condescendencia hasta ese punto!
Zarzoso intentó resistirse, pero aquel diablejo
dorado, que parecía adivinar el punto vulnerable en su armadura de castidad, suplicándole con los ojos, se rozaba marrulleramente
contra el chaleco del joven, y éste, al sentir el contacto de aquellos pechos
duros y vírgenes, iba debilitando su tenaz negativa.
Le pareció que Judith le miraba con cierto
desprecio, como si se hallara en presencia de un tacaño, que por no gastar
dinero se negaba a acompañarla. Esto dió al traste con toda su austeridad, ¡Qué
diablo! El no era ninguna doncellita pudorosa que por entrar en Bullier
perdería su prestigio virtuoso, y, además, bien podía meterse llevando una
mujer del brazo, pues otros lo hacían valiendo tanto como él.
Estaba decidido; adentro, pues: al fin y al cabo,
aquella noche de loca diversión le serviría para olvidar el silencio de su
novia, que tan apenado le tenía.
Remolcando a Judith, la cual, por su parte, se
abría paso con sus puños de acero, atravesando la muchedumbre que se agolpaba
en el despacho de billetes y en el guardarropa, bajaron la ancha escalinata que
conducía al gigantesco salón del baile.
La bulliciosa juventud del barrio se había
posesionado de aquel encerado pavimento, obligando a refugiarse en las tribunas
a gran parte del elemento elegante y correcto que había venido de la otra
orilla del Sena.
Lo que se había anunciado como una fiesta chic,
a la que concurrían los elegantes del centro de París y las princesas de los
grandes bulevares, iba a terminar en una fiesta de estudiantes con todas sus
locuras y sus grotescos desvaríos.
El salón de baile, al entrar Zarzoso, presentaba un
aspecto grotesco y casi infernal. Aquello era un sábado de la Edad Media, con
sus danzas diabólicas y su música discordante. La orquesta sólo tocaba
cuadrillas, con gran acompañamiento de timbales y platillos, y un inmenso
pataleo conmovía el pavimento y hacía trepidar el techo, hasta el punto de que
oscilasen los faros de luz eléctrica.
La danza macabra resultaba tranquila, en
comparación con la de aquella masa de estudiantes y muchachas, que se agitaban
con el deseo de producir un escándalo mayúsculo que espantase a las gentes
correctas del otro lado de París, que habían acudido a invadir el barrio.
Bailaban sin ajustarse a reglas de ninguna clase. Hombres y mujeres se
agarraban del brazo, y formando corro, pateaban como locos y echaban las
piernas al aire, hasta que por fin llegaba el monomio, nombre que
los estudiantes dan a la serpenteante filia que forman agarrándose unos a otros
de los hombros, y con sus vertiginosas evoluciones barría el salón hasta en sus últimos extremos, arrojando al suelo a
los danzarines.
Zarzoso se detuvo indeciso al pie de la escalinata,
mirando con cierta inquietud aquel ruidoso aquelarre, mientras que Judith
sonreía encantada por aquel desorden para ella embriagador, y dilataba
ansiosamente las alillas de su nariz aspirando placenteramente la pesada
atmósfera que levantaba el gigantesco pataleo.
A pesar de esto no tardó en sentir alguna inquietud
al ver que muchos de aquellos alborotadores fijaban en ella su mirada de
antiguos amigos; y deseosa de no ser arrastrada por el bullicioso torrente, y
para evitar una ovación de aquella masa, que la desconceptuaría a los ojos de
Zarzoso, le dijo a éste:
—Vamos a las tribunas. Esos locos me conocen, y si
me ven son capaces de cometer una tontería.
Ya eran varias las muchachas que sobresalían en
aquel mar de cabezas, y que pasaban de hombro en hombro, empujadas por rudas
manos, entre ruidosas carcajadas y mostrando en el aire desnudeces que
provocaban comentarios cínicos. Zarzoso reconoció también en el tumulto el
blanco chambergo y las melenas de Agramunt, que en aquel oleaje de cabezas iba
de un punto a otro. El escándalo y el estruendo eran los elementos favoritos de
aquel mala cabeza.
Judith y Zarzoso ocuparon un volador en una de las
tribunas, y bebiendo cerveza tranquilamente vieron cómo entraba un pelotón de
Guardia republicana, llamado por los inspectores del baile, que se reconocían
impotentes para restablecer el orden.
Los alborotadores fueron expulsados, disolvióse el
tempestuoso grupo, y media hora después se había restablecido la calma y
bajaban a danzar o a pasarse sobre el encerado pavimento las cocottes del
barrio de Europa o del de Nuestra Señora de Loreto, con los gomosos flamantes,
de camelia en el ojal y monóculo en el ojo.
El joven médico bajó también llevando del brazo a
su compañera.
La atmósfera voluptuosa del baile se había
apoderado de Zarzoso, que estaba completamente aturdido, hasta el punto de no
pensar en nada. Judith le hablaba al oído, mareándole con su perfume y
diciéndole cosas picantes que le hacían sonreír con expresión de estúpida
bondad, y por otra parte, aquella orquesta ruidosa, infernal, atronadora,
tocando siempre aires canallescos, le atontaba y producía en su cuerpo un deseo
de movimiento, de agitación y de escándalo.
Dos horas pasaron vagando por aquel salón, que
parecía un mundo.
A instigación de Judith paráronse ante todos los
puestos de venta de champaña, donde unas cuantas cocottes retiradas
despachaban sus botellas a fuerza de sonrisas, de miradas y de besos, y en cada
una de las mesillas apuraron unas cuantas copas de ese vino enloquecedor, suave
y fantástico que es el principal adorno del vicio.
Zarzoso estaba alegre a los pocos paseos por el
salón; Judith reía a carcajadas como una loca, y únicamente conservaba su
serenidad para evitar las miradas y los saludos de los muchos amigos que tenía
en el baile.
Preludió la orquesta un vals de Metra, de esos que
hacen que los pies se muevan instintivamente, y Zarzoso no supo cómo pasó
aquello, pero lo cierto fué que él, que no había bailado nunca, se encontró de
repente dando vertiginosas vueltas sobre aquel resbaladizo pavimento y llevando
cogida por la cintura a Judith, que era la que, más diestra en la danza, le
remolcaba a él.
El joven pensaba, a pesar de las espesas sombras
que comenzaban a envolver su cerebro, en que Bullier era un punto bastante
divertido y que había sido antes un imbécil al negarse a entrar con tanta
tenacidad.
Tenía entre sus brazos aquel cuerpo joven, fresco y
erguido que esparcía en torno el ambiente propio de la hermosura, y a pesar de
que el champaña embotaba algo sus sentidos, estremecíase al contacto de aquella
cintura cimbreante y libre de ballenas que abarcaba con su brazo, y aquella
carne que aplastaba su dureza elástica sobre su chaleco.
Dieron vueltas vertiginosas mientras duró el vals,
sin fijarse en que Agramunt, ocultándose tras las columnas, y esquivando su
encuentro, reía ruidosamente con la estúpida carcajada de la embriaguez de vino
y escándalo, al ver a su amigo el doctor, siempre tan grave y austero, dando
vueltas como una peonza, arrastrado por los forzudos brazos de Judith.
Esta sentíase acometida de todos los caprichos, y
llevaba tras sí a Zarzoso, que, mareado por el champaña y por el contacto de
aquella carne, que a tanta gente había enloquecido, la obedecía como un
colegial.
Al terminar el vals la rubia compró cuantas
chucherías se vendían en el baile, jugó en el billar romano y en cuantos
aparatos se habían colocado en el salón para arrancar el dinero a los
concurrentes, y Zarzoso a cada punto tenía que sacar su portamonedas,
sosteniendo verdaderas batallas con Judith, que ya le tuteaba y se empeñaba en
pagar ella misma, siempre fiel a su decisión de no tomar el dinero de sus
amantes.
La orquesta preludió la última cuadrilla del baile,
que es siempre la más tempestuosa, y Zarzoso, llevando agarrada de la cintura a
su compañera, colocóse en un corro, en el centro del cual iban a bailar las
cuatro cancanistas más famosas en la opuesta orilla del Sena. Eran muchachas de
aspecto agranujado, que parecían conservar aún en sus personas el ambiente de
los mercados o de las porterías donde habían pasado su niñez, pero que se
presentaban con costosos sombreros, cubiertas de seda y haciendo centellear a
cada uno de sus movimientos el irisado reflejo de numerosos brillantes.
Nunca había visto Zarzoso bailar la cuadrilla con
tanto cinismo, con tan tranquila desvergüenza. A los pocos compases, de entre
las blancas nubes de almidonadas enaguas, surgían las veloces pantorrillas
cubiertas con medias negras, cuya seda marcaba el suave y abultado contorno de
los músculos de las bailarinas; pero aquello fué sólo d preludio, pues conforme
la atropellada música aumentaba en viveza, extremábanse las actitudes del
baile, haciéndose más cínicos y descocados los movimientos, y las faldas, moviéndose
de un lado para otro, arremolinándose como el empuje del torbellino de aquella
tempestad musical, dejaban al descubierto los pantalones de encaje de traidora
sutilidad, mil veces más inmoral que el franco desnudo, pues aumentaban la
excitación y el deseo con la rosada carne que transparentaban y las sombras que
dejaban entrever.
Aquel descocado espectáculo era para Zarzoso como
la chispa que hacía estallar la mina de su continencia. Los deseos, dormidos
durante tanto tiempo dedicado a la ciencia y a un amor puro y espiritual,
despertaban ahora hambrientos y poseídos de salvaje furia, reclamando su parte
por el tiempo que habían permanecido inactivos y como muertos. Experimentaba el
joven escalofríos extraños y oprimía convulsamente la cintura de Judith,
crispando su mano sobre la tela, como si pretendiera rasgarla para llegar a la carne
anhelada.
La rubia le miraba fijamente, sonriendo con
malicia, y fingiendo cómica extrañeza exclamaba:
—Pero, ¿qué es eso, niño? ¿Qué atrevimientos son
éstos? ¿No hemos quedado antes en que yo era la mamá?
—¡Vámonos! ¡Vámonos pronto de aquí!—contestaba
Zarzoso con acento de ardiente súplica y con voz que apenas se le oía, pues tenía la boca seca y parecía que la lengua
iba a pegársele al paladar.
Terminó el baile, y la gente comenzó a salir del
salón. En el guardarropa, mientras Zarzoso se ponía su gabán y ayudaba a Judith
a colocarse la capa de seda, apareció Agramunt, que se mostraba furioso por
habérsele escapado una conquista que creía ya realizada.
Los tres salieron a la calle y allí no tarado en
reunírseles Nemo, perro discreto y bien educado, que de antiguo
tenía la costumbre de esperar a su ama a la puerta de Bullier en las noches de
baile.
El fresco de la noche pareció disipar un tanto la
embriaguez de los tres; pero esto no les impidió seguir haciendo locuras, pues
la fiesta iniciada en Bullier continuaba sobre las aceras del bulevar. Los
grupos de hombres y mujeres, cogidos del brazo y en fila, andaban a saltos
cantando a grito pelado, a pasar de las reconvenciones de las parejas de
Policía; y de una a otra acera cruzábase un tiroteo de chistes y de insultos,
dichos sin dejar de reírse y con voz atronadora que despertaba a los vecinos pacíficos.
Judith estaba encantada por aquella noche que le
resultaba muy divertida. Reía, cantaba cuplés y lanzaba el grito de moda en el
barrio a los que iban por la acera opuesta; pero no soltaba el brazo de
Zarzoso, al que dirigía voluptuosas miradas, y dos o tres veces que Agramunt se
atrevió a pellizcarla con disimulo, le contestó con un latigazo.
Al llegar a la entrada de la calle de Soufflot
reuniéronse los tres para celebrar consejo. Judith hablaba de irse sola a su
casa a dormir, pero lo decía de un modo tan débil y vago, que daba a entender
que en lo que menos pensaba era en esto.
Agramunt, que en tratándose de fiestas y de
holgorio era un atroz e incansable apuracabos, habló de comprar una botella de
un Marssala notable que vendían en una taberna del barrio y
algunos pasteles, para ir a acabar la jornada en el hotel de la plaza del
Pantheón.
Judith, que hablaba de retirarse, aceptó
inmediatamente.
—Bueno, hijos míos; iremos a vuestra casa; pero por
una hora nada más. Así que toquen las dos me voy a mi casa; hay que tener buena
conducta, pues esto da distinción... ¡Tú, descamisado!—continuó dirigiéndose a
Agramunt—. No me pellizques las piernas, o de lo contrario te cruzo la cara con
el látigo.
Agramunt se fué a comprar la botella y los
pasteles, diciendo que ya los alcanzaría a los dos,
y la pareja, precedida por el perro, comenzó a subir con lento paso la calle de
Soufflot.
Zarzoso parecía un imbécil, pues demostraba no
darse cuenta de lo que le sucedía. Caminaba al lado de Judith llevándola
siempre agarrada por la cintura, y el perfume de la hermosa rubia y sus miradas
de fuego parecían aumentar la ebullición del champaña que tenía en el estómago,
y cuyo humo se le subía a la cabeza.
En aquella embriaguez de deseo, apenas si se había
enterado del plan propuesto por Agramunt, y lo único que sabía es que iban al
hotel. Esto le hacía reflexionar en su excepcional estado, mientras que Judith
caminaba canturreando, apoyada la cabeza en su hombro y rozándole la nariz con
las plumas de su sombrero.
¿Iban al hotel? No tenía inconveniente en ello;
pero la fiesta no sería en su cuarto, sino en el de Agramunt. Sobrevivía en el
joven, a pesar de su embriaguez, un resto de pudor, de consideración para sus
antiguos amores, y no quería que sirviese para una escena de crápula aquel
cuarto donde tan puramente había soñado y donde gozó inefable placer
escribiendo a María y leyendo las cartas de ésta.
Pasaron la parte de la calle de Soufflot, ocupada
por los ruidosos cafés estudiantiles, y al llegar a aquella donde gigantescos y
cerrados edificios oficiales proyectaban densa sombra, Judith inclinóse con
mayor desmayo sobre el hombro de su joven acompañante, esperando que la
obscuridad alentara a éste para un atrevimiento cualquiera.
Zarzoso seguía caminando como un sonámbulo, y
obsesionado por la misma idea fija, con la tenacidad de un beodo.
No; aquella fiesta de última hora no sería en su
cuarto. Ya que Agramunt era quien la había propuesto, debían reunirse en su
habitación, en aquella buhardilla donde no existían recuerdos sagrados y por
donde había desfilado toda la carne femenil, gastada y en venta, que existía en
el barrio.
Pero sintió en sus labios un suave roce que le hizo
volver en sí, abandonando sus pensamientos. Era que Judith, cansada de esperar
un beso que no llegaba, había tomado la ofensiva, y removía la sangre de aquel
pazguato con sus caricias de fuego, que parecía imposible fuesen fingidas.
Zarzoso sintió como si en su interior se rompiera
algo y un torrente de lava inundara sus venas; y trémulo por la pasión buscó
entonces la boca de Judith.
Fué aquello como un tiroteo de besos. Se olvidaron
de que estaban en la calle y que aún había en ella
transeúntes, y con las bocas pegadas, como si no pudieran separarse, pasaron
ante el cuartelillo de Policía, sin fijarse en las risas de los agentes, y
cruzaron la plaza del Pantheón sin mirar la estatua de Juan Jacobo, el filósofo
que en su juventud había tenido muchas escenas semejantes a aquélla.
En la puerta del hotel se les reunió Agramunt, que
llegaba apresuradamente con la botella y los pasteles. Hubo discusión entre los
dos amigos sobre el cuarto donde sería la fiesta, y Agramunt, apoyado por
Judith, y fundándose en que la habitación de Zarzoso era más grande y
confortable, decidió no pasar del segundo piso.
Subieron la escalera cautelosamente, con paso de
ladrón, para no despertar a los vecinos, pues Zarzoso, en un resto de su
austera dignidad, no quería que en el hotel se apercibiesen de que por la noche
tenía mujeres en su cuarto.
Al entrar en éste, Judith arrojó su sombrero sobre
la cama, y Nemo, con impasibilidad filosófica, se introdujo bajo de ella, como
perro de pocos escrúpulos y acostumbrado a tales escenas.
Agramunt colocó sus provisiones sobre la mesa, y
mientras tanto, la rubia curioseaba, mirándolo y tocándolo todo y buscando
sorpresas hasta en el último de los rincones.
Después se sentó entre los dos amigos y atacó un
pastel con la furia de una niña golosa, tomando cuantas copas le ofrecían sus
compañeros. Zarzoso, por espíritu de imitación o instintivamente, buscaba
también a cada momento la botella, y de esto resultaba que el más sereno de los
tres era Agramunt, quien, por su parte, no se sentía muy seguro sobre los pies.
Judith sonreía con aire bondadoso y hablaba del
amor y de la amistad, conmoviéndose a sí misma hasta el punto de que los ojos
se le empañaban de lágrimas.
A cada instante decía que iba a irse, pero no se
movía del asiento; antes bien, aseguraba que en aquel cuarto se estaba
perfectamente, y avanzaba su cabeza hacia Zarzoso con aire de gata enamorada,
para que continuase la interrumpida serie de besos.
De pronto se levantó de un salto y fué a colocarse
ante la clara luna del armario-espejo, encendiendo las dos bujías de sus
ángulos y acercando el quinqué para que su luz diese de lleno.
Parecía abstraída, ensimismada en su propia
contemplación; no oía lo que le decían, y se fijaba en sus facciones con
tenacidad, como si pretendiera encontrar en ella un nuevo encanto. Se arreglaba
los rizos de su cabellera, cruzaba los brazos sobre su nuca desperezándose y
tomando graciosas actitudes de estatua, e iba
ensayando todos sus gestos de modelo, sonriendo unas veces maliciosamente, como
un tipo de elegante acuarela, y mirando otras al cielo con la mística expresión
de un personaje de pintura sangrada.
Agramunt reía por lo bajo, sabiendo por experiencia
lo que inmediatamente iba a ocurrir, y tocando con su codo a Zarzoso, que
estaba abstraído en la contemplación de aquel hermoso cuerpo, en tan diversas
actitudes, le dijo por lo bajo:
—Pronto vendrá lo bueno. Esa chica, con su manía de
contemplarse y adorarse a sí misma, no puede ver un espeja sin que se plante
inmediatamente ante él. Ahora ensaya los gestos y las actitudes, pero antes de
cinco minutos ya se habrá desnudado para contemplarse las carnes.
Y así ocurrió, efectivamente. Judith, sin dejar de
mirar el espejo, como si estuviera hipnotizada por aquella luna brillante con
el reflejo de tanta luz, comenzó a desabrochar su corpiño con cierta
inconsciencia, cual si cediera a la fuerza de un deseo supremo.
La chaqueta y la chambra cayeron al suelo;
desabrochó las hombreras de su camisa, aflojáronse las ataduras de su talle y,
de repente, con un movimiento instintivo, como una náyade que al alcanzar la
playa se sacude el manto de espumas y de algas, todas aquellas ropas se
deslizaron a lo largo de sus piernas, deteniéndose en las rodillas, y salió a
la luz aquella carne maciza, viciosa y que, sin embargo, suavizada por las
líneas de correcta ondulación y por las tintas lechosas y sonrosadas,
despertaba más la adoración artística que el vehemente deseo sexual.
Un bucle de cabellos, semejante a una serpiente de
oro, saltaba sobre los hombros para descansar sobre aquellos pechos turgentes y
reducidos que se erguían con cierta fiereza; la espalda sólo se veía a trechos,
cubierta en parte por la revuelta madeja de cabellos, y el vientre, pequeño y
deslumbrante por su blancura, lucía como una luna de hermosura, surgiendo sobre
la mancha de sombra y las revueltas nubes de tela que envolvían las piernas de
la modelo.
La luz, corriendo a torrentes sobre aquella piel de
raso, daba al cuerpo de Judith todas las entonaciones del blanco; desde el
blanco lechoso y sólido de la flor de almendro hasta el blanco dorado de la
camelia.
Judith parecía embriagada en su contemplación, y
por sus labios entreabiertos vagaba una sonrisa de triunfo, de orgullo y de
majestad.
Se creía Venus surgiendo de las espumas del Océano,
y el satén de su cutis erizábase con ligeros
escalofríos, como si sintiera la fría caricia de las gotas del agua salada.
Era aquello una borrachera de orgullo al verse tan
hermosa; una profunda satisfacción al pensar en las miradas ávidas que tenía a
sus espaldas, contemplándola con apetito salvaje; y al mismo tiempo, como todo
era extraño en aquella extravagante criatura, a su fatuidad de cocotte uníase
el entusiasmo artístico, el ansia vehemente de ser útil al genio; y
contemplando con mirada amorosa sus pechos semejantes a cerradas magnolias, su
vientre de suave curva y el hermoso rubio de su pelo, que brillaba con más intenso
fulgor entre tanta blancura, murmuraba melancólicamente:
—¡Rubens! ¡Oh, Rubens!... ¡Si me hubieses conocido!
Pero la cruel realidad vino a sacarla muy pronto de
su entusiasmo artístico.
Agramunt la pellizcó suavemente más abajo de la
espalda, y ella se volvió sonriente, creyendo encontrarse con la mano de
Zarzoso; pero al ver que era el periodista el autor de la broma, púsose furiosa
y le dijo:
—¡Tu, pequeño Marat! Márchate a dormir a tu cuarto.
Aquí estorbas. No permito bromas esta noche más que a ése, que es para quien me
desnudo. ¡Largo! ¡A la calle en seguida!
Agramunt acogía con risotadas la indignación de
aquella muchacha, que, desnuda, iba de un lado a otro buscando el látigo para
despedirle a golpes; pero comprendiendo que era muy cierto aquello de que
estorbaba, cogió su palmatoria, y después de dar una vuelta por el cuarto
canturreando la marcha nupcial del tercer acto de Lohengrin y
de desear a los dos muy felices noches, salió al pasillo y emprendió su
ascensión al último piso, mientras que Judith, abalanzándose a la puerta,
corría el cerrojillo.
Zarzoso no se había movido de su asiento; estaba
asombrado, con la mirada vaga, como si todo aquello fuese un sueño que se
desvanecería apenas despertase.
Nuevas caídas.
Cuando los relojes de la quinta Alcaldía de París y
de la iglesia de San Esteban del Monte lanzaron en el ancho espacio de la plaza
del Pantheón las campanadas que anunciaban las ocho de la mañana, Zarzoso, que
no estaba ni dormido ni despierto, pues se hallaba bajo la influencia de una
pesada modorra, se incorporó con violento impulso,
y una vez sentado en la cama, lanzó una mirada de asombro a su cuarto, que no
le parecía ya el mismo.
Sentía un violento dolor de cabeza, como si sobre
su cerebro gravitase la gigantesca masa del vecino Pantheón; notaba cierta
torpeza en los ojos, viéndolo todo turbio, y su lengua, inflamada y pastosa,
parecía estorbarle dentro de la boca, seca a consecuencia de lo mucho que había
bebido la noche anterior.
Tardó bastante tiempo en darse cuenta del lugar
donde estaba, pues su cerebro, entorpecido por los excesos, discurría con
dificultad.
Parecíale al joven que acababa de despertar de un
sueño cataléptico que había durado algunos meses, a juzgar por la dificultad
que encontraba en ir recordando lo ocurrido antes de acostarse.
Un ruido que sonó dentro del cuarto le trajo a la
realidad.
Junto a la ventana, por entre cuyas cortinas se
filtraba el sol, trazando arabescos de oro sobre la charolada madera del
pavimento, un perro feo y lanudo jugueteaba con un zapato. La vista de aquel
animal trajo rápidamente a Zarzoso a la realidad. Entonces fué cuando se dió
cuenta de que sus piernas, bajo las revueltas sábanas, rozaban algo que
despedía suave calor, y volviéndose contempló la misma cabeza que creía haber
visto en sueños, y que estaba allí, sobre la almohada, menos hermosa que la
noche anterior, con el cabello en enmarañada madeja, las correctas facciones
contraídas por el estertor de un brutal ronquido, los polvos de arroz
apegotados en un extremo de sus mejillas y el bermellón de sus labios
extendiéndose más allá de las comisuras de su boca.
Zarzoso experimentó una inmensa decepción.
Parecíale que desde muy alto caía y caía hasta hundirse en el cieno de un
charco sin fondo, y sintió tentaciones de llorar como una virgen deshonrada al
ver que de un modo tan estúpido, en una noche de embriaguez, había perdido su
prestigio de amante casto y de joven de costumbres austeras, encanallándose con
aquel pingajo de carne hermosa que había rodado durante seis años por todas las
camas del Barrio Latino.
Sintió rabia contra su propia debilidad, indignóse
por lo fácilmente que había caído y murmuró, bajando su frente, en la que se
extendía el rubor al pensar en Madrid y en aquella mujer sencilla y pura, a la
que todavía amaba:
—¡Muy bien, señor Zarzoso! Puede usted estar
satisfecho de su conducta. En vez de estar triste y desalentado por el silencio de María, pasa usted la noche emborrachándose como un
pillete, y, por añadidura, se entrega en brazos de la primer perdida que le
sale al encuentro.
Y como si le produjera inmenso asco el contacto de
aquel cuerpo de raso que calentaba toda la cama, saltó inmediatamente de ésta y
resumió el furor que sentía contra sí mismo con estas amargas palabras:
—Ya no eres el mismo de ayer. Ahora eres un
canalla.
El despertar de aquella noche de amor fué terrible.
Entre los dos amantes existía un visible despego, una falta de franqueza que
hacía la situación pesadamente embarazosa.
Judith, después de saltar de la cama, iba de un
punto a otro del cuarto, canturreando y afectando alegría, mientras hacía
su toilette.
El joven, molestado por la presencia de aquella
mujer, que evocaba en él impulsos brutales, y a la que hubiese dado golpes de
muy buena gana, por vengarse de la caída que le había hecho sufrir, fumaba en
un rincón del cuarto, acogiendo con sonrisas que daban miedo cada una de las
caricias y los mimos que Judith pretendía hacerle.
Esta se vistió con gran prontitud, pues, según
manifestaba, la estaría esperando un artista con el que se había comprometido a
servirle de modelo en un cuadro que representaba a Clemencia Isaura en su
poética corte de amor; pero no debía tener gran prisa en acudir a la cita, por
cuanto rogó a Zarzoso que la convidase a almorzar.
El joven accedió de mala gana, pues le resultaba
pesada en extremo aquella aventurera, y deseaba separarse de Judith cuanto
antes.
Salieron del hotel cogidos del brazo, y las miradas
de asombre de la dueña del establecimiento, que estaba en su despacho en la
portería, atormentaron a Zarzoso, que veía en una noche destruída su fama de
hombre serio y de costumbres arregladas.
Al atravesar la plaza del Pantheón, los carruajes
engalanados de un cortejo nupcial deteníanse ante el palacio de la Alcaldía del
quinto distrito.
Judith sonrió maliciosamente, y haciendo un gesto
de asombro afectado exclamó:
—¿Y aún hay quien se casa?... ¡Qué asco!
Estas palabras aún la hicieron más antipática a los
ojos de Zarzoso.
El almuerzo resultó muy violento para el joven.
Entraron en el mejor restaurante del bulevard Saint-Michel, un establecimiento serio, en el que no dejó de causar cierto escándalo
el subversivo aspecto de Judith, la cual, sin fijarse en el efecto que causaba,
hizo toda clase de habilidades para llamar la atención de los parroquianos y de
la servidumbre.
Zarzoso estaba avergonzado por una compañía tan
ruidosa, así es que vió el cielo abierto cuando llegó la hora de pagar y de
despedirse sobre la acera del bulevar.
Judith se alejó de él enviándole besos con sus
dedos, lo que hacía detener a los transeúntes; y aún retrocedió varias veces
para rogarle que no faltase aquella tarde, a las seis, en el café Vachette,
donde volverían a reunirse para pasar una noche tan alegre como la anterior.
—Puedes esperarme sentada—decía Zarzoso al
alejarse—. Una y no más. Bastante siento la infame caída de esta noche.
Zarzoso pasó todo el día melancólico, malhumorado y
sin saber qué hacer, pues no se sentía con la suficiente fuerza para ir a la
Clínica. Paseó en el Luxemburgo hasta las cinco, y como ya anocheciera, viendo
que en el vecino bulevar los cafés comenzaban a poblarse de gente que tomaba la
absenta, temió que Judith surgiera a su paso para atraparle, y se dirigió a
casa de Alvarez, con el intento de pasar allí unas cuantas horas, proponiéndose
después el ir a comer y acabar la noche al otro lado del río, donde tenía la
certeza de no encontrar a aquella sirena del vicio.
Zarzoso, desde su caída, parecía que llevaba dentro
de sí un principio fatal que envenenaba su existencia, le hacía estar violento
en todas partes y no le permitía hablar con la misma franqueza e ingenuidad de
antes.
Su visita a don Esteban resultó muy dolorosa para
el joven.
Estremecíase de miedo y sentía inmensa vergüenza al
pensar lo que diría aquel hombre envejecido si supiera que un joven que parecía
tan enamorado de su hija María pasaba la noche como un libertino y metía en su
mismo cuarto una mujer que escandalizaba el barrio.
Por una coincidencia, pero que hizo aumentar más
aún la turbación de Zarzoso, Alvarez, que estaba apenado por el silencio de su
hija, comenzó a hablar mal de ésta, al mismo tiempo que hacía la apología de su
joven amigo.
—Sí, señor. Es una infamia eso de dejar sin
respuesta las cartas de usted, rompiendo de un modo tan villano unas relaciones
de amor que parecían tan fuertes. ¿Quién podía esperar tal cosa de mi hija?
¡Cuán pronto olvidan las mujeres sus juramentos de amor! Por eso exclama con
razón Shakespeare: “¡Fragilidad, tú tienes nombre de mujer!” ¡Abandonarlo a
usted de ese modo; a usted, que es un joven
honrado, probo y de costumbres puras, condición que hoy es casi ya imposible de
encontrar!
Zarzoso, alarmado por estas palabras, que
resultaban un sarcasmo en tal situación, miraba fijamente al padre de María,
sospechando si éste se burlaba de él. Pero no tardó en convencerse de que
Alvarez hablaba con franqueza, pues siguió diciendo así, con acento de
desesperación:
—Y lo más triste es que yo soy el autor de ese
infortunio que usted sufre. ¡Qué mala idea tuve yo al rogarle que manifestase a
María su origen y quién era su padre! De seguro que su silencio no reconoce
otra causa que esta indiscreción. ¡Oh! Es muy amargo decirlo; pero para las
jóvenes que al tener uso de razón se encuentran en alta esfera, resulta muy
difícil el reconocer su verdadero origen y al que les dió el ser, si es que
éstos son humildes. Tales descubrimientos, que hieren su amor propio, las sublevan,
las indignan, y son más que suficientes para que el cariño se trueque en odio.
Sí, vuelvo a repetirlo; María le ha abandonado a usted por haberla dicho que yo
soy su padre y que usted es amigo mío. Hay para desesperarse al considerar que
uno hace el mal sin saberlo y que, viejo ya, solo e inútil, todavía sirve para
matar la felicidad de un joven como usted; para labrar su infortunio.
Alvarez demostraba tal sentimiento por la
culpabilidad de que se hallaba convencido; era tan vehemente su desesperación,
que, conmovido Zarzoso, estuvo varias veces próximo a interrumpirle para
contarle todo lo que ocurría.
El autor del rompimiento amoroso era ahora él
mismo. Ya no podía exigir explicaciones a María por su conducta, pues se sentía
manchado y tenía, en su conciencia de hombre puro, un remordimiento que le
hacía reconocerse como indigno para aspirar a la mano de una señorita honrada.
Pero Zarzoso no se sentía capaz de tan suprema
franqueza, y calló, dejando que Alvarez se sumergiera en la desesperación que
le causaba el haber intervenido indirectamente en los amoríos de los dos
jóvenes.
Cada uno de los elogios que don Esteban hacía de su
joven amigo era para éste como una puñalada en la conciencia, y por eso, no
pudiendo sufrir tan incesantes tormentos, se apresuró a despedirse, y marchando
a la casa editorial donde trabajaba Agramunt pasaron ambos amigos el río y
fueron a terminar la noche en la Grande Opera.
El catalán se reía del temor que Zarzoso mostraba
al pensar que podían encontrarse con Judith, y con su ductilidad de buen amigo se prestaba a encargarse de romper
aquellas relaciones de una sola noche.
Transcurrieron cuatro días sin que el joven médico,
que no salió del Barrio Latino, viera por parte alguna la rubia cabellera de
Judith. Esta ausencia le tranquilizaba: Judith no era importuna, y, además,
debía haber comprendido que no tenía en él un adorador loco, y tal vez por
estas mismas consideraciones, por la seguridad que comenzaba a abrigar de que
la rubia no iría en su persecución, pensaba en ella más de lo que le convenía,
y, a pesar de todos sus esfuerzos mentales, no podía desechar de su memoria el
recuerdo de aquella noche tormentosa, con sus placeres delirantes, que
recordaba con la misma vaguedad que las escenas de un ensueño.
Aquel encuentro vicioso había dejado en él una
levadura de brutalidad lasciva, y a esto atribuía Zarzoso el raro fenómeno que
experimentaba, pues a pesar de odiar a la hermosa rubia y de estremecerse al
pensar que ésta podía volver a su cuarto, complacíase, sin embargo, en ir
recordando las escenas de tal noche, y su carne se estremecía de placer al
pensar que podía repetirse la embriaguez amorosa.
Estaba Zarzoso ocupado en leer un libro nuevo que
le había prestado un compañero, y distraído, pensaba al mismo tiempo, con una
confusión de recuerdos que le avergonzaba, en su antigua novia, que no le
escribía, y en Judith, cuyo recuerdo le obsesionaba, cuando sonaron algunos
leves golpes en la entreabierta puerta de la habitación.
—Soy yo—dijo una voz que hizo estremecer a Zarzoso.
E inmediatamente entró en la habitación, sonriendo
y con paso ligero, la rubia Judith, que no conservaba de su aspecto de algunas
noches antes más que el látigo de cuero y Nemo, que marchaba
siempre pegado a sus faldas, como si fuese un adorno de éstas.
Llevaba un traje de la misma pana con que los
artistas se hacían sus chaquetones para trabajar en el taller e ir por el
barrio, y la rubia cabellera, arreglada ahora en forma de peinado griego,
cubríala con una gorrita cosaca de velludo astracán, de la que caía un blanco
velillo sobre el rostro.
El joven médico, a pesar de que momentos antes
pensaba involuntariamente en ella, al verla no pudo reprimir un movimiento de
contrariedad.
Judith, afectando no ver aquel gesto, tomó asiento
y comenzó a hablar con tranquilidad.
No había venido a estorbarle. La visita era casual:
pasaba por allí de vuelta de un taller, donde había estado todo el día sirviendo de modelo, y se decidió a subir en
confianza, sin ir antes a su casita de la calle Monge, a quitarse aquel traje
que era el del trabajo.
Judith hablaba con naturalidad, sin afectación
alguna, como si estuviera en presencia de una amiga de confianza, y sin hacer
la menor alusión a aquella cita en el café Vachette, a la que había faltado
Zarzoso.
Este, en vista de la tranquilidad y prudencia que
demostraba la joven, había vuelto a recobrar su confianza, y alegremente se
afirmaba en su idea de que todo había terminado entre los dos, y que las
escenas de aquella noche eran locuras sin consecuencias que ya no volverían a
repetirse.
Judith había tomado un cigarrillo de encima de la
mesa, y con una pierna montada en el brazo del sillón, hablaba calmosamente,
mirando las aéreas espirales de humo que bogaban tranquilamente hacia la
abierta ventana donde el viento iba arremolinándolas.
Zarzoso, ante la cordura de la joven, se
espontaneaba como con un compañero, y hablaba con el mismo abandono que si su
interlocutor fuese Agramunt.
¿Cómo fué aquella segunda caída? Zarzoso no pudo
darse cuenta de ella; obró más instintiva y ciegamente que la primera vez, con
la agravante de que en esta ocasión, la caída fué fría, sin arrebatos de
pasión, como si se sintiera empujado por una ruda e irresistible fatalidad.
A las siete, hora de la comida, salieron los dos
del hotel cogidos del brazo. Zarzoso demostraba la mayor indiferencia. ¿Qué le
importaba ya que le vieran en tal compañía? ¿A qué fingir hipócritamente una
virtud que estaba lejos de tener? Era un miserable, un cobarde sin energía ni
dignidad, que se sentía enloquecido ante una corrupción porque era hermosa, y
que no tenía voluntad para resistir la más leve de las pérfidas insinuaciones
de aquella mujer que llevaba al lado.
Judith le había aprisionado, le había convertido en
un esclavo de su lascivia, y él se resignaba al considerar que eran de rosas
las cadenas que le aprisionaban.
Agramunt quedó asombrado al ver de qué modo se
había apoderado Judith del ánimo de Zarzoso, el cual, después de su segunda
caída, estaba desalentado y se mostraba impotente para luchar.
El escritor había tenido siempre a Judith en
concepto de mujer terrible, pero no creía a Zarzoso capaz de rendirse con tanta
facilidad: su asombro se trocó en temor cuando aquella noche
les oyó hablar a los dos amantes de su futura vida arreglando la existencia que
llevarían desde aquella noche.
Ella se mostraría seria, evitaría el trato con sus
antiguos amigos del barrio y vivirían con la tranquilidad de burgueses unidos
por el lazo matrimonial. Judith miraba con ojos de ternura a Zarzoso y
aseguraba a Agramunt, único espectador de la escena, que jamás había amado a
ningún hombre como a aquel pequeño doctor.
Ella no abandonaría su linda habitación de la calle
Monge, que jamás había dejado a pesar de todos sus galanteos y en la que nunca
permitió la entrada a sus amigos. Allí tendría su vestuario, sus secretos, los
objetos de su intimidad, pero, aparte de esto, dormiría en el hotel de la plaza
del Pantheón, comería con Zarzoso, pasearía con él, y mientras éste estuviera
en las clínicas, ella se ocuparía en sus visitas y quehaceres.
Habló de seguir sirviendo de modelo para ayudar a
los gastos de la nueva existencia, pero Zarzoso protestó con una energía tan
rotunda, que en ella se notaba un principio de celos.
Agramunt estaba admirado. ¿Qué le había dado la
gran perdida a aquel muchacho tan sensato para volverle de tal modo el juicio y
convertirlo en un estúpido?
A media noche, mientras Judith, con aire de señora
absoluta, se acostaba en la cama de Zarzoso, éste y Agramunt tuvieron una
explicación en los pasillos del hotel.
—Pero, hombre—decía el periodista—. ¿Te parece
sensato eso que haces? Yo quería que te divirtieras, que no vivieras como un
topo melancólico metido entre estas paredes; pero de eso a que te líes
seriamente con una mujerzuela como Judith hay una distancia inmensa. Esto que
haces me repugna; no puedo ver con calma que estés tan encaprichado por una
perdida que es popular en todo el barrio. ¿Has pensado bien el papel ridículo
que vas a hacer? Y lo que más me indigna es que parece que estás enamorado de
ese harapo. Antes, en el café, me daban ganas de reír, y al mismo tiempo sentía
deseos de llorar de rabia al ver con qué energía de hombre celoso te oponías a
que Judith siguiera visitando los estudios como modelo. ¡Celoso tú! ¿Celoso de
una mujer que hasta ha dormido con los garzones de los hoteles?
Zarzoso parecía muy contrariado por la justa
reprimenda de su amigo, pero aún tuvo energía para contestar:
—Su pasado nada importa para el presente. El que
antes haya sido de todos no impedirá que ahora sea únicamente mía. Ya que estoy
loco, ya que por ella me encanallo y me pierdo, quiero ser el único dueño de su
cuerpo.
—¡Pero si es un pingajo que se ha tendido sobre
todas las camas del barrio!
—Sí, pero es muy hermosa—contestó Zarzoso con
acento que demostraba una estúpida testarudez—. Una copa de oro cincelada por
Benvenuto Cellini, aunque en ella hayan puesto los labios un sinnúmero de
generaciones, no por esto resulta menos hermosa.
Agramunt lanzó una sonora carcajada, y tan grande
fué su acceso de risa, que sofocado y jadeante se hundía los puños en el
vientre, haciendo ridículas contorsiones.
—¡Oh!... ¡famoso! ¡divino!—balbuceaba entre
carcajadas—. Ya se te ha pegado algo de ella. Ya la imitas en lo de sus
sentencias artísticas, y sabes de memoria sus frasecillas aprendidas en el
taller.
Zarzoso mostrábase hosco y malhumorado con su
amigo, y afortunadamente hizo terminar la conferencia la voz de Judith que le
llamaba impaciente desde su cuarto.
Así comenzó la falsa vida marital; aquel
amancebamiento repugnante y penoso que fué una mancha en la existencia del
joven médico.
Este parecía más absorbido cada vez por el carácter
dominador, caprichoso y fantástico de Judith.
Faltaba Zarzoso muchos días a la clínica, por estar
hasta muy tarde en la cama fumando cigarrillos y disputando con Judith sobre
cuestiones sin importancia; hacía una vida imbécil, que transcurría por las
tardes en el Luxemburgo y por las noches en los cafés y en los bailes, y tan
grande era el aislamiento a que le sometía tal amor, que muchos días sólo veía
a Agramunt durante algunos minutos, cambiando con él insignificantes palabras.
Parecía estorbarle la presencia del joven escritor, como si éste, mudamente, le
echase en cara su envilecimiento, y en cuanto a don Esteban Alvarez, hacía ya
más de dos semanas que no le había visto, tanto porque las exigencias de Judith
no le dejaban un momento libre, como porque temía hallarse en presencia de
aquel infeliz señor que le abrumaba con los elogios a su virtud.
Todo lo que le recordaba su pasado le avergonzaba,
y cuando surgía en su memoria algún recuerdo de sus amores con María, el joven
estremecíase con instintivo terror y se ruborizaba intensamente.
Judith, para atraer mejor a su nuevo amante y
demostrar las ventajas del amancebamiento, dábase aires de mujer hacendosa, y
al mismo tiempo que reñía al garçon del hotel porque, según ella, no hacía
dignamente el arreglo del cuarto, andaba siempre a
vueltas con la ropa blanca de Zarzoso, y, armada de dedal y aguja, pretendía
hacer zurcidos con puntarracos disformes, que demostraban que nunca habían sido
su fuerte las labores femeniles.
Justamente en el armario-espejo, que era donde
estaba la ropa blanca, tenía oculta Zarzoso una cajita de laca que contenía las
cartas escritas por María, y un sinnúmero de objetos insignificantes, pero
queridos, que le recordaban aquella pasión terminada de tan inexplicable modo.
La cajita estaba oculta bajo un montón de ropa
blanca que no parecía haber sido tocado por Judith, pero, a pesar de esto, el
joven temblaba cada vez que la rubia metía sus manos revolvedoras en el
armario.
Una tarde en que Zarzoso estaba solo, se resolvió a
sacar de allí la cajita para ponerla en punto más seguro, como era el cajón de
la mesa de escribir cuya, llave llevaba siempre consigo.
Sería para él un tormento horrible que Judith, con
sus manos pecadoras, cogiera tales recuerdos de su amor y que les dirigiera
alguno de aquellos chistes cínicos que constituía su repertorio gracioso,
burlándose de María, de la mujer dulce y virtuosa, cuya imagen, a pesar de
todos los encanallamientos, estaba en pie en lo más íntimo de su ser, como la
imagen en el fondo del sagrado santuario.
El quería evitar tan terrible escena, porque si
Judith, al descubrir algún día sus antiguos amores, era capaz de burlarse de la
mujer amada como si se tratase de una compañera, sería posible que él, cegado
por la rabia, estrangulase a su querida.
Sacó la cajita del armario, y, con temblorosa
emoción, como si llevase en sus manos un objeto sagrado, la dejó sobre la mesa
y permaneció mucho tiempo con los ojos fijos en la charolada tapa. ¡Qué
recuerdos acudían a su memoria!
Un deseo vehemente se apoderó de él. Parecíale que
dentro de aquella caja se agitaba comprimida una atmósfera de casta pasión, un
ambiente de virtud; y el desgraciado sentía deseos de abrirla, como si de ella
fuese a surgir un purificante Jordán en el que podría lavar las suciedades de
su degradación y su encanallamiento.
Con mano trémula, e instintivamente, abrió la caja
y lo primero con que tropezaron sus ojos fué con el rostro hermoso, tranquilo y
feliz de María, que sonreía desde el fondo de la caja, sobre un lecho formado
por el paquete de antiguas cartas.
Aquella aparición pareció romper el encanto fatal y
corruptor a que estaba sometido Zarzoso desde que conoció a Judith. Esta le parecía ahora un monstruo repugnante, un
amasijo de corrupción y de vicios modelado artísticamente por la experta mano
del diablo, y contemplando el sereno rostro de María, dábase cuenta exacta de
su situación y lloraba desconsolado como pudiera hacerlo el doctor Fausto
cuando, después de dormir con Elena, la prostituta de los siglos, pensara en la
dulce y sencilla Margarita.
Permaneció mucho tiempo el joven inclinado sobre
aquella caja de la que parecían salir efluvios consoladores que refrescaban su
espíritu angustiado. Las campanadas de los relojes de la vecina plaza le
volvieron a la realidad. No tardaría en llegar Judith, y el joven se apresuró a
esconder la cajita en su mesa con la misma zozobra del ladrón que teme ser
sorprendido en su infame tarea.
Pero antes de ocultarla quiso apreciar por última
vez, en todos sus detalles, aquel tesoro amoroso, y hundió sus dedos en la
cajita.
Allí estaban sus cartas, tal como él las había
atado, con una cinta de color rosa; allí el retrato de María y debajo un
pañuelo de mano, que cariñosamente la había arrebatado una mañana que paseaban
por el Retiro... Pero ¡Dios mío! ¡Algo faltaba allí!... ¿Qué era? ¿Qué era?...
Y el pensamiento del joven, con la velocidad de un relámpago, recordó cuanto le
había entregado María como prueba de amor.
¡Ah! Ya sabía lo que faltaba allí. El recuerdo de
María más íntimo y más personal: un rizo de sus cabellos que le había entregado
en presencia de doña Esperanza la víspera de su partida a París.
El joven lo había sacado de su cajita muchas veces
en aquellas noches de insomnio y de desesperación, que le causaba el silencio
de María, y recordaba cómo aquel rizo estaba envuelto en un papel finísimo,
sobre el cual, la adorable mano de la joven había escrito con su correcta letra
inglesa y algunas adorables faltas de ortografía: A mi Juan: en prueba
del eterno amor de su María.
Aquella falta, tan repentinamente notada, aturdió
al joven, sumiéndole en una confusión enloquecedora.
Con mano ansiosa revolvió la cajita, buscó hasta en
el interior del paquete de cartas, y... nada; el rizo con el papel que le
envolvía no aparecía en parte alguna.
Aquel recuerdo resultaba el más querido para
Zarzoso, pues era la primera y única concesión que María había hecho a su ya
que a fuerza de ruegos había conseguido que la joven le
diese un rizo de su cabellera. Además, ¡qué de recuerdos tenía para él esta
prenda de amor!, ¡cuántas noches se había pasado besando y suspirando con aquel
recuerdo de la mujer amada junto a sus labios!
En el aturdido cerebro de Zarzoso surgía un mundo
de atropellados y contradictorios pensamientos.
La posibilidad de que en una de aquellas noches de
desesperación amorosa hubiese dejado olvidado sobre la mesa el recuerdo de
María, y a la mañana siguiente el criado del hotel lo hubiese hecho desaparecer
en su indiferente limpieza, le desesperada; pero esta explicación no le parecía
conveniente, y acariciaba con mayor predilección una sospecha, que poco a poco
iba agrandándose en su pensamiento.
¿Si sería Judith quien, aprovechando una de sus
ausencias, le arrebató aquella prenda de amor, por lo que de íntima tenía, para
hacer burla después con sus amigas de aquella pura pasión? No resultaba muy
verosímil esta sospecha, pues parecía que Judith no se había apercibido de la
existencia de la cajita: paro por otra parte el joven desconfiaba de su
querida, cuyo carácter astuto y maligno le era bien conocido.
Sí; ella debía de ser la autora de la sustracción,
y Zarzoso, enfurecido por el fatal descubrimiento, se proponía interrogarla
apenas se presentase, y se sentía capaz de todas las brutalidades, si es que
llegaba a convencerse de la culpabilidad de su querida.
Acababa de ocultar la cajita en el cajón de su
mesa, cuando entró Judith, vestida con un traje de colores llamativos y
demostrando mayor descoco que de costumbre. Ya no era la muchacha hábil que
sabía fingir ternura y apasionamiento; era algo más que la cocotte cínica
y descocada; era la loca del barrio, la muchacha excéntrica y depravada, que no
tenía noción alguna de la moral, que pisoteaba las más rudimentarias
conveniencias sociales, y que creía que la virtud, el amor y la decencia eran
defectos que afeaban a las personas honradas y tranquilas, que ella
desdeñosamente llamaba burgueses.
Zarzoso quedó frío ante aquella ruidosa entrada.
Entre la Judith que él momentos antes, allá en su imaginación, se proponía
interrogar y la Judith que ahora tenía delante existía una inmensa diferencia.
¿Cómo iba a hablar a aquella perdida de su antigua
pasión y de unos recuerdos de amor tan sagrados? ¿Y si ella no era la autora de
la sustracción, ni se había apercibido de nada, y resultaba
que él la abría los ojos, facilitándole el que se burlara de su antiguo amor?
Zarzoso decidióse repentinamente a no decir nada,
proponiéndose obrar con cautela, y espiaría a su querida, para de este modo
convencerse de si era cierta su culpabilidad.
Además Judith le aturdió con sus palabras, pues
riendo ruidosamente, comenzó a relatarle una aventura muy chistosa que le había
ocurrido a una de sus amigas.
El único rastro aparente que dejó tras sí el penoso
descubrimiento hecho por el joven fué la melancolía y la irascibilidad que
parecían dominar a Zarzoso.
Así vivieron tres semanas más, completamente
aislados hasta de Agramunt, que, según él manifestaba, no quería entrar en el
cuarto de los amantes, pues al verlos le daban tentaciones de empezar a
bofetadas con los dos; a él, por bruto, y a ella, por... (y aquí el republicano
encajaba un calificativo tan franco como genuinamente español).
Algunas veces Agramunt, al encontrar a Zarzoso en
la escalera del hotel o en el restaurante, le detenía para decirle con hostil
seriedad:
—El pobre don Esteban está muy desmejorado; me
pregunta por ti siempre que le veo, y yo le digo que no vas a visitarlo porque
estás muy ocupado en tus clínicas. Esta mentira es lo mejor que puedo decirle
al pobre señor.
Zarzoso experimentaba honda pena cada vez que le
recordaban de este modo al infeliz Alvarez. ¡Pobre señor! Grande sería su
decepción si llegaba a enterarse del género de vida que hacía el joven amigo,
al que consideraba como un modelo de constancia amorosa y de buenas costumbres.
Conforme transcurría el tiempo, Zarzoso encontraba
que iban haciéndose pesadas sus relaciones con Judith.
Había pasado ya el primer arrebato de pasión;
estaba desvanecida la embriaguez artística que causaba en Zarzoso la
contemplación de aquel lindo cuerpo de estatua; y en cambio la intimidad, el
trato continuo y franco, ponían al descubierto la mala educación de Judith, sus
groserías aprendidas en el taller y sus costumbres incoherentes y extrañas de
muchacha aventurera, que con la misma indiferencia había dormido en un gabinete
lujoso que en una zahurda.
La mala educación de la rubia, sus groserías a todo
pasto y sus respuestas insolentes, eran motivos de continua querella entre los
dos amantes, y Zarzoso sentía tal aburrimiento cuando pasaba
solo con Judith algunas horas, se hartaba de tal modo de aquella atmósfera
canallesca que parecía flotar en torno de ella, que acogía hasta con gusto las
visitas que venían a turbar una conversación monótona, que siempre versaba
sobre el mismo tema: los vestidos con chic artístico, los
pintores, sus bromas pesadas y toda la chismografía que se aprende en los
talleres.
Como Judith, con su carácter imperioso, dominaba a
su amante, y en el hotel, como en todas partes, dábase aires de señora
absoluta, sus amistades femeninas iban a visitarla; y por las tardes, en
aquella habitación antes tan tranquila, reuníase una alborotada tertulia de
muchachuelas insignificantes, viciosas, que giraban atraídas en torno de Judith
como astros menores de la sensualidad y que adoraban a ésta cual una mujer
superior.
Zarzoso, el sabio, la esperanza legítima de la
ciencia médica, se agarraba a aquellas chicuelas como a una tabla de salvación
contra el fastidio, y conversaba con ellas horas enteras, sin notar que poco a
poco se hundía en una intimidad viciosa. Aquel trato con Judith y su corte le
hizo adivinar terribles monstruosidades. Sospechó de la intimidad de la rubia y
sus amigas, de sus explosiones de celo y del afán con que se disputaban la
predilección de la diosa adivinó cosas ocultas y asquerosas, locuras de organismos
gastados y ahitos de vicio; pero cerró los ojos voluntariamente y prefirió no
ver para evitarse la náusea de lo repugnante.
El joven, dominado por Judith, se agitaba como un
sonámbulo en aquella atmósfera fétida; había perdido por completo su voluntad y
obedecía en todo a los caprichos de su querida, sin permitirse la menor
observación.
El, que al principio de su nueva vida tenía reparo
y cierto rubor en acompañar a Judith por la calle, salía ahora con la mayor
impasibilidad al lado de su querida y de dos o tres de aquellas amigas a las
que conocía el barrio entero, y algunas de las cuales, por sus embriagueces y
sus escándalos en la vía pública, habían visitado más de una vez al comisario
de Policía del barrio.
Zarzoso, con su aspecto de hombre de ciencia, con
aquellas gafas que le daban un aire de profesor de la Sorborna, marchaba
erguido e impávido en el centro del revoltoso grupo formado por tales
mujerzuelas, que dejaban tras sí una atmósfera de escándalo y de indignados
comentarios.
El infeliz Zarzoso nunca llegó a apercibirse del
concepto en que le tenían en el barrio y de las apreciaciones que sobre él
hacían cuando en tal compañía pasaba ante alguno de los cafés del bulevar
Saint-Michel.
Había quien, a pesar de su aspecto honrado, le
creía un ser envilecido, que comía de las más inmundas mujeres a cambio de
servirles de caballero acompañante. Agramunt, que sabía toda la verdad y
conocía los comentarios del barrio, estaba furioso contra su amigo por su
estúpida pasibilidad y llegaba hasta evitar su saludo.
Fué una tarde, a las siete, cuando ocurrió el
encuentro que tanto temía Zarzoso.
El joven había ido a la otra orilla del Sena
acompañando a Judith y a dos amigas para hacer unas compras en los almacenes
del Louvre, y después habían entrado en la cervecería de La Paleta de Oro, en
la calle de Rívoli, pues la rubia era muy pródiga con sus amigas, y siempre que
salía las convidaba con el dinero de su amante.
Al regreso, cuando ya los reverberos de las calles
estaban encendidos, subía el alegre grupo por el bulevar Saint-Michel,
demostrando con sus carcajadas, sus saltos y las insolentes palabras que
dirigían a los transeúntes, la fuerza alcohólica de la buena cerveza negra de
Estrasburgo.
Fué cerca de la esquina del café de Cluny donde
Judith, con su voz de carretero y ademanes de cargador borracho, tuvo un
altercado con una mujer que pasaba y que, en su concepto, había hecho burla de
ella.
La proximidad de una pareja de guardias de la Paz
hizo terminar el conflicto, pero no impidió que los transeúntes se detuvieran,
fijándose en el grupo que formaban las tres mujeres y Zarzoso.
Este, avergonzado por el incidente, pugnaba por
llevarse a Judith, y por eso no se fijó en un hombre que acababa de salir del
café y que se acercó al grupo, demostrando primero una fría curiosidad y
después profundo asombro.
Era don Esteban Alvarez, que en unas cuantas
semanas se había aviejado de un modo alarmante y que tenía un aspecto tal de
decaimiento, que inspiraba compasión.
Al reconocer a Zarzoso en el acompañante de las
tres perdidas y ver la intimidad casi desdeñosa con que éstas le trataban, el
pobre enfermo experimentó una ruda impresión.
Por fortuna para el joven médico, estaba de
espaldas y no pudo ver el triste gesto de dolorosa
sorpresa que hizo su viejo amigo.
Cuando el grupo se alejó, Alvarez estuvo aún
algunos minutos inmóvil en la acera, como si todavía no hubiese vuelto en sí
después de la sorpresa experimentada.
¡Oh! ¡Qué frío sentía en el corazón! Su
culpabilidad, aquella culpabilidad imaginaria con la que se atormentaba, volvía
a atenacear su conciencia.
Se alejó lentamente con dirección a la calle del
Sena, marchando con paso inseguro, al mismo tiempo que murmuraba:
—¡Esto me mata! Yo soy el autor del infortunio de
ese joven. Queriendo acercarme a mi hija, hice sin saberlo que él fuera
abandonado por su novia, y ahora ese joven bueno, sencillo y virtuoso, se ha
perdido... ¡se ha perdido por mi culpa! ¡Qué terrible remordimiento!...
Desesperado de reconquistar un amor puro, se ha entregado en brazos del vicio
para olvidar. ¡Y yo tengo la culpa de todo! Esto me mata; hoy termina mi vida;
como si lo viera. ¿Qué fatalidad arrastró a ese muchacho hasta hacerle mi
amigo? ¿Qué fatalidad hay en mí que hiere a cuantos seres se me aproximan y me
aman?...
FIN DEL TOMO OCTAVO
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ininfluencia=> influencia {pg 25} |
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represetanción=> representación {pg 41} |
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Benvenutto=> Benvenuto {pg 45} |
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Polictécnica=> Politécnica {pg 47} |
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númro=> número {pg 87} |
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se ha hecho Titín=> se ha hecho de Titín
{pg 92} |
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poducían=> producían {pg 99} |
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antigua=> aantigua {pg 111} |
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arrastada=> arrastrada {pg 114} |
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psar=> pesar {pg 115} |
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a a la realidad=> a la realidad {pg 122} |
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avengonzaba=> avergonzaba {pg 126} |
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enconfianza=> confianza {pg 127} |
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ganar=> ganas {pg 128} |
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Soborna=> Sorborna {pg 134} |
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Benvenutto=> Benvenuto {pg 45} |
End of Project Gutenberg's La araña negra, t. 8/9,
by Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAÑA
NEGRA, T. 8/9 ***


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