© Libro N° 9556. La Araña Negra. Tomo 9. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © La Araña Negra. Tomo 9/9. Vicente Blasco
Ibáñez
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Original: © La Araña Negra. Tomo 9/9. Vicente Blasco Ibáñez
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LA ARAÑA NEGRA
Tomo 9
Vicente Blasco Ibáñez
La Araña Negra
Tomo 9
Vicente Blasco Ibáñez
Title: La araña negra, t.
9/9
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: May 30, 2014
[EBook #45837]
Language: Spanish
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incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.) NOVENA PARTE: IX, X. |
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
———
NOVELA
TOMO NOVENO
EDITORIAL COSMÓPOLIS
APARTADO 3.030 MADRID
Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín de los Heros,
65.—MADRID.
NOVENA PARTE
EN PARIS
(CONTINUACIÓN)
El entierro de Alvarez.
Estaba Zarzoso leyendo la sección de noticias de un
periódico de la noche y se disponía ya a acostarse, en vista de que los relojes
de la plaza del Pantheón acababan de dar la una de la madrugada.
Las caídas cortinas del lecho ocultaban a Judith,
que roncaba con bastante estrépito, y la luz del quinqué crepitaba de un modo
alarmante, dando a entender que estaba próxima a apagarse por falta de petróleo
que alimentase su llama.
Sonaron atropellados pasos en el pasadizo que
conducía a la habitación, y Zarzoso, sin poder explicarse el motivo, sintió
cierto sobresalto, pues sus nervios se hallaban muy excitados a causa de una
reyerta que había tenido con la hermosa rubia, antes de acostarse ésta.
Llamaron a la puerta con dos suaves golpes, y el
joven se apresuró a abrir, presintiendo que algo grave ocurría. En la penumbra
del pasillo percibió a Agramunt, que parecía haberse vestido apresuradamente
momentos antes, pues todavía se estaba abrochando el chaleco, y llevaba la
corbata sin anudar. Tras él aparecía un viejo, de
aspecto ordinario, que mostraba ser por su aire un portero de casa pobre.
Agramunt hablaba con voz queda y acento misterioso.
—¿Estás solo, Juanito?—preguntó—. ¿Duerme Judith?
Zarzoso contestó con un gesto afirmativo, y
entonces su amigo se apresuró a decir:
—Toma el sombrero y vámonos inmediatamente. Ocurre
una cosa grave, una desgracia.
—¿Qué es?—se apresuró a preguntar Zarzoso.
—Vámonos en seguida, ya te lo contaré por el
camino.
Y mientras que Zarzoso, de puntillas, para no
despertar a su querida, buscaba el sombrero y el gabán, Agramunt le decía en
voz baja:
—Acaba de venir a buscarme este buen hombre, el
portero de la calle del Sena. Don Esteban está gravísimo; una dolencia mortal.
Creo que ya debe haber expirado hace rato.
Y el joven escritor decía esto convencido de que su
viejo amigo hacía ya mucho tiempo que había muerto, pues conocía el carácter de
Perico, su antiguo criado, y comprendía que muy terrible debía ser el suceso
para que se decidiera a avisar a los amigos.
Zarzoso acabó de arreglarse y, de puntillas, salió
de la habitación, sin que se apercibiera de su marcha Judith, que seguía
roncando.
Los tres hombres, al estar en la calle, apresuraron
la marcha, como si alguien les persiguiera, y jadeantes y sudorosos llegaron a
la casa de la calle del Sena, en la que reinaba gran agitación.
En la escalera tropezaron con el comisario de
Policía del distrito y sus empleados, a los que había ido a llamar la mujer del
conserje, en vista de lo repentino de aquel fallecimiento.
Perico estaba desolado, y con ese gesto de
estupidez que proporciona una desgracia tan abrumadora como inesperada, iba de
un lado para otro, con la inconsciencia del loco, por todas las habitaciones de
la casa, dando de vez en cuando lastimeros mugidos para desahogar su pecho de
hércules, agitado por torrentes de llanto que pugnaban por salir y no podían.
Casi en el centro del salón, frente a la chimenea
donde humeaban algunos tizones, y de aquel retrato de la mujer adorada, yacía
el cadáver de Alvarez, como enorme masa que sólo alumbraba, en parte, la luz
del quinqué puesto sobre la mesa de trabajo.
Estaba tendido de espaldas, con los brazos casi en
cruz, y en su rostro, qué rápidamente iba adquiriendo un tono violáceo, brillaban sus ojos, desmesuradamente abiertos, como
si aún persistiera en el cadáver la sorpresa que le causó sentir una muerte que
llegaba rápida e instantáneamente, como el rayo.
Perico, que se había colocado junto a los dos
amigos, hablaba lentamente, cortando sus palabras con suspiros penosos, y
rehuía la vista del cuerpo de su señor, como si temiera caer en un nuevo acceso
de desesperación a la vista de aquel cadáver que en vida fué lo que él más
quiso.
¿Quién iba a esperar aquello? El señor, antes de
comer, había ido al café de Cluny a pasar un rato, y volvió cerca de las ocho,
cuando él ya estaba arreglando la mesa.
Parecía más decaído y triste que de costumbre;
comió silenciosamente, dando de vez en cuando suspiros que alarmaban a Perico,
y después de levantado el mantel, comenzó a hablar del pasado a su sirviente y
de la posibilidad de que él muriera en plazo breve y cuando menos lo esperase.
Recordó con dolorosa amargura a la hija que tenía
en Madrid; habló de su ingratitud, a pesar de lo cual la amaba cada vez más, y,
como consecuencia de todo lo que habló, le dijo así a su antiguo asistente:
—Mira, muchacho: mi hija me odia; buena prueba de
ello es que ha roto sus relaciones con ese buen chico de Zarzoso sólo por saber
que era amigo mío; pero, al fin y el cabo, es mi hija y no puedo dejarla
desamparada, pues sé que, a pesar de que tiene familia, se halla rodeada de
enemigos que conspiran contra ella. Si yo pudiera volver a España, velaría por
mi María, aunque ella me pagase con la más repugnante ingratitud; pero si yo
muero y tú quedas libre para volver a la patria, has de jurarme que vivirás cerca
de ella, que velarás por su tranquilidad y que la defenderás en cuantos
peligros pueda correr. ¿Lo juras así?
Perico prometió todo cuanto su amo quiso exigirle.
El estaba dispuesto a obedecer a don Esteban más allá aún de la tumba, y muerto
su señor quedaba libre y podía abandonar París para cumplir esta última
voluntad; pero lo que él no sospechaba es que el fin de la existencia de su amo
estuviera tan próximo como éste lo presentía.
Don Esteban tuvo frío y se sentó junto a la
chimenea, permaneciendo allí hasta cerca de media noche.
Su criado, que estaba en el comedor, le oyó varias
veces suspirar, murmurando palabras que él no comprendía.
—“¡Yo soy el responsable de ese rompimiento!”,
decía con acento quejumbroso. “¡Yo soy el autor de la degradación de ese
joven!”
Era ya cerca de media noche, cuando sonó en el
salón un suspiro sordo, pero tan angustioso, que a Perico, según su propia
expresión, le puso los cabellos de punta.
Entró apresuradamente en la gran sala y aún pudo
ver a su señor que acababa de levantarse del sillón y que, tambaleándose, con
las manos puestas en el pecho, como si pretendiera abrírselo en un fiero
arranque de angustia, anduvo dos o tres pasos para caer después desplomado.
Cuando Perico, a pesar de su dolorosa sorpresa, se
convenció de que su señor había muerto, pidió socorro a los porteros; y
mientras el marido iba en busca de los dos amigos del difunto que vivían más
próximos, la mujer se dirigió a la Comisaría del barrio para que se instruyeran
las diligencias propias del caso. El médico oficial, que debía de volver al día
siguiente a practicar la autopsia, manifestó que don Esteban había muerto a
consecuencia de la ruptura de un aneurisma que se le había formado hacía ya mucho
tiempo.
Los dos amigos, en vista del aturdimiento de
Perico, se encargaron de todas las gestiones que era necesario hacer en tales
circunstancias.
Agramunt redactó unas cuantas líneas para los
periódicos de la mañana, anunciando la muerte de aquel emigrado que había
perecido en la obscuridad a pesar de haber desempeñado altos cargos; y mientras
el portero iba a llevarlas a las Redacciones, él, impulsado por su actividad de
buen muchacho servicial, salió para ir a una Agencia de pompas fúnebres, a
arreglar lo concerniente al entierro, que se había de verificar al día
siguiente, a las tres de la tarde.
Zarzoso se quedó solo en el salón, frente al
abandonado cadáver de Alvarez, mientras Perico, fuera, en el comedor, disputaba
con la vieja portera, que, en vista de su angustia, quería hacerle tragar
algunas tisanas para calmarle.
El médico miraba con terror el cadáver de su viejo
amigo.
Aquellas frases incoherentes que Alvarez había
pronunciado antes de morir, y que resultaban ininteligibles para su criado, las
comprendía él fácilmente, y sentía por ello intenso remordimiento.
Aquel hombre desgraciado había fallecido víctima de
la preocupación dolorosa que en él produjo la creencia de que,
involuntariamente, había sido la causa del rompimiento de relaciones entre
Zarzoso y María.
Lo que más entristecía al joven y le avergonzaba
era la injusta opinión de virtud en que le tenía Alvarez; y al mismo tiempo le
aterraba la sospecha de que éste, antes de morir, podía haberse
convencido, casualmente, de la degradación en que estaba el mismo a quien él
creía un joven de buenas costumbres.
Cuando volvió Agramunt, después de cumplidas sus
comisiones, los dos jóvenes, ayudados por Perico, levantaron de la alfombra el
cadáver de don Esteban, y a fuerza de puños lo llevaron hasta la cama, donde
cayó sordamente, con el peso abrumador de la muerte, y haciendo rechinar los
hierros del lecho.
La mañana siguiente la pasó Agramunt corriendo
París, para avisar a todos los compañeros de emigración y a cuantos españoles
conocía y ultimar los preparativos del entierro, que había de ser lo que la
gente llama bastante correcto, pues el editor para el que trabajaban los
emigrados se había brindado a pagar todos los gastos.
Zarzoso tuvo que sostener una ruda pelea con
Judith, que por uno de los caprichos de su extraño carácter se empeñaba en ir a
ver al muerto, proposición absurda para el joven, que pensaba que aquello
equivaldría a un insulto póstumo.
Zarzoso y Agramunt juntaron sus ahorros para
comprar una corona, y el primero, vestido correctamente de luto, llegaba a la
calle del Sena poco antes de las tres.
Un coche fúnebre, de buen aspecto, estaba parado
junto a la casa mortuoria, y su presencia había hecho salir a las puertas,
impulsados por la curiosidad, a todos los industriales, porteros y comadres de
las casas inmediatas.
En el portal estaban agrupados unos cuantos
españoles, demostrando con sus diversos trajes y sus gestos más o menos
tranquilos, las veleidades de la fortuna, que mientras acaricia a unos trata a
otros a bofetadas.
Llegaban de los extremos de París los náufragos de
las borrascas revolucionarias que la persecución había barrido más allá de los
Pirineos, todos con el gesto avinagrado, la mirada altiva, el traje raído, y un
mundo de absurdas esperanzas en la imaginación.
Aquel suceso servía para agrupar a la desbandada
colonia de emigrados, que, esparcidos por los cuatro extremos de París y
entregados a diversas ocupaciones, pasaban meses enteros sin verse, y
aprovechaban la ocasión para estrecharse la mano y hablarse amigablemente como
compañeros de desgracia; esto, sin perjuicio de separarse de allí a dos horas
para no volverse a encontrar hasta de allí a medio año.
Parecían muy impresionados por la muerte de
Alvarez; sentían una espontánea emoción; poro, a pesar de esto, reunidos en grupos en aquel portal, departían sobre su tema
favorito, y fundándose en el triste fin del difunto, que había muerto pobre,
abandonado y lejos de la patria, cosa que les podía ocurrir muy bien a ellos,
hablaban egoístamente de la necesidad de hacer la revolución cuanto antes, para
que terminase su violenta situación de emigrados.
Bajaron el cadáver encerrado en un sencillo y
elegante féretro, sobre el cual se amontonaban más de una docena de coronas,
dos o tres de artísticas flores, y las demás de perlas de vidrio, formando
inscripciones de pacotilla, de esas que tienen preparadas en todos los
almacenes de París.
El cortejo se puso en marcha, y el cielo, que
estaba todo el día encapotado y amenazante, comenzó a despedir entonces una
lluvia sutil y fría.
Iba delante el coche fúnebre, con su féretro y sus
coronas, llevando al lado al triste Perico, que marchaba encorvado como un
viejo, con los ojos enrojecidos, recibiendo las salpicaduras de barro de las
ruedas y atento, con estúpida fijeza, a que no cayera ninguno de aquellos
adornos del ataúd. Detrás marchaba el cortejo fúnebre: los dos amigos, sombrero
en mano, presidían el duelo, llevando en medio al editor, un viejo de cabeza
cuadrada y mirada sórdida, que había llegado a París en zuecos, vendiendo coplas,
y que ahora tenía más de cincuenta millones; y seguían todos los invitados,
aquel rebaño de la emigración, siempre guiado por el resplandor de las
ilusiones, que marchaba en grupos, dividido por el recelo y la envidia, y
resguardándose de la lluvia con paraguas abierto, aquel que lo tenía. Cerraban
la marcha el coche del editor y dos ómnibus del servicio fúnebre.
Aquel entierro produjo bastante impresión en la
calle del Sena.
Alvarez era muy apreciado por los vecinos, aunque
no tuviera con ellos trato alguno, y además, su entierro puramente civil
causaba bastante impresión en las porteras, gente beata, abonada a diario a los
sermones en San Sulpicio o a las fiestas con orquesta en San Germán de los
Prados.
Cuando el entierro salió de la calle del Sena, ya
no recibió más homenaje que esa compasión oficial de la educación francesa, que
consiste en quitarse el sombrero ante el primer muerto que pasa.
La lluvia arreciaba, el coche fúnebre iba
acelerando su marcha, y el cortejo caminaba con paso apresurado, a pesar de lo
cual eran muchos los que se rezagaban y no pocos los que escurrían el bulto, huyendo disimuladamente por la primera
callejuela que encontraban.
Tardó cerca de media hora en salir el cortejo del
recinto de París, y al llegar a las barreras, cuando la lluvia arreciaba más,
se detuvo, para continuar el viaje con más comodidad hasta el cementerio de
Bagnieres.
El editor, hablando de sus numerosas ocupaciones,
se despidió, cediendo su carruaje a los dos jóvenes, y en cuanto a los
invitados, quedaban tan pocos, que cupieron desahogadamente en los dos ómnibus.
El cortejo emprendió la marcha por un camino, que
la lluvia convertía en barrizal, casi intransitable, y el coche fúnebre, dando
tumbos a cada bache, caminaba rozando las tapias de ambos lados, que cercaban
grandes solares.
Perico no quiso acceder a los ruegos de los dos
jóvenes, y como si tuviera por una infidelidad abandonar el cadáver un solo
instante, marchaba agarrado al carro fúnebre, exponiéndose muchas veces a ser
aplastado por las ruedas.
Zarzoso y Agramunt iban en la berlina del editor,
tristes y silenciosos, y como sumidos en tétricos pensamientos.
La pobreza de aquel entierro, la falta de
verdaderos afectos que en él se notaba y el desorden y la deserción que la
lluvia había producido en él, les impresionaba de un modo desconsolador; y al
mismo tiempo aquel cielo plomizo, sucio y diluviador influía en ellos dando un
carácter tétrico a sus ideas.
Zarzoso, mirando la caja que contenía el cadáver de
aquel amigo que tanto le amaba y que iba saltando violentamente dentro del
carruaje cada vez que éste se inclinaba en un bache, sentíase atenazado por un
vivo dolor, y los remordimientos de la noche antes volvían a asaltarle.
En cuanto a Agramunt, evitaba el fijarse en aquel
féretro, como si quisiera rehuir las tétricas ideas que le inspiraba, y dejando
vagar sus ojos por aquella campiña triste y desolada, en la que sólo se veían
yermos solares, negruzcos hornos de cal y alguno que otro hotel cerrado y de
aspecto fúnebre, preguntábase si valía la pena de ser patriota, revolucionario,
mártir de una idea, de aspirar a la gloria y al aplauso popular, de
sacrificarse por las libertades de los demás, para venir al fin de la jornada a
morir desconocido y casi solo en una ciudad indiferente, y ser conducido a la
tumba seguido de dos docenas de amigos, de los cuales apenas si más de tres
lloraban verdaderamente su muerte.
El joven revolucionario sentíase dominado por un
cruel escepticismo. La realidad había venido a rasgar la venda de sus ilusiones, e inexorable, con sonrisa cruel, le
mostraba el porvenir.
A la media hora de marcha comenzaron a surgir casas
de aspecto mísero a ambos lados del camino. Eran tabernas y almacenes de
objetos fúnebres, industrias nacidas en torno del cementerio, como los hongos
en el tronco del árbol viejo y carcomido, y que vivían del dolor más o menos
fingido de los numerosos cortejos que diariamente pasaban por allí.
Entraron en el cementerio casi al mismo tiempo que
por distinto camino llegaba otro convoy fúnebre con gran aparato de coches
enlutados, en el primero de los cuales iba un cura con sus monaguillos para
rezar las últimas preces.
Echaron pie a tierra los invitados de ambos
cortejos, y aquella gente desconocida, enguantada, correcta y elegante, lanzó
miradas de desprecio al raído grupo de emigrados, demostrando que las
preocupaciones sociales llegan hasta la tumba.
El cura y sus acólitos miraron con hostilidad aquel
entierro puramente civil, que, además, tenía la agravante de ser pobre.
El editor había comprado para el cadáver de don
Esteban una sepultura en el suelo por cinco años, y el féretro, en hombros de
los sepultureros, comenzó a avanzar por las espaciosas y frías avenidas hacia
el extremo donde descansaban los cadáveres ambiguos de los que, por su posición
social, si tenían dinero para librarse de ir a la fosa común, no poseían el
suficiente para dormir eternamente en las sepulturas a perpetuidad, reservadas
a la gente rica.
El cementerio de Bagnieres es un cementerio
moderno, democrático, con las avenidas tiradas a cordel, una vegetación
raquítica y enana, y todo el aspecto de un horrible tablero de ajedrez. No hay
panteones, mármoles artísticos ni umbrías solitarias y románticas como las de
las tumbas descritas en las novelas. Es un cementerio moderno de la gran
ciudad, e imita por completo las costumbres de ese gran París, cuyos hijos se
traga.
En él se duerme el sueño de la muerte tan aprisa
como se vive en la metrópoli: las tumbas, en su mayoría, sólo son compradas por
cierto número de años no muy grande; el tiempo necesario para que la carne se
disuelva, los huesos queden pelados y blancos, y la tierra se beba los jugos de
la vida; e inmediatamente las tumbas son removidas, los despojos van a un
rincón, el terreno es alisado y arreglado y... ¡venga más gente!
El féretro de Alvarez tenía que atravesar todo el
cementerio, y mientras el pequeño cortejo seguía por aquellas avenidas de
acacias raquíticas y enfermizos rosales, que apenas levantaban un
palmo del suelo, Agramunt iba fijándose en los campos plantados de cruces y
cubiertos de coronas que en su mayoría eran de perlas de vidrio, género de
pacotilla, que por su baratura es de moda en París para los desahogos fúnebres
de dolor más o menos auténtico.
Por todas partes se veían coronas, y a la luz gris
e indecisa de aquel crepúsculo lluvioso, parecía el fúnebre campo cubierto por
cristalizado rocío.
Detúvose el cortejo ante una gran fosa abierta en
un espacio libre de cruces y de coronas.
Aquellas dos docenas de hombres se detuvieron y
agruparon en torno del féretro que estaba ya en tierra, mirándose con cierta
complacencia y como satisfechos de que la ceremonia fuera a terminar.
Les resultaba ya pesado aquel entierro, que duraba
más de una hora, y les obligaba a ir pisando barro, recibiendo en sus espaldas
una lluvia sutil y traidora que les empapaba las ropas.
Agramunt, al borde de la abierta fosa,
experimentaba una tristeza inmensa.
¿Iba a salir del mundo de los vivos tan fría e
indiferentemente aquel amigo a quien consideraba como un héroe?
El joven sintió en su interior aquella emoción
nerviosa que le hacía perorar en los meetings de España y ser
aplaudido; experimentó la necesidad de hablar, de decir algo, sin fijarse en lo
reducido del auditorio, pues a estar solo lo mismo hubiese hablado dirigiéndose
a los árboles, a las cruces y a los sepultureros.
Ya que en la muerte de aquel héroe desgraciado, de
aquel caído campeón de una causa que era la del porvenir, no había descargas de
honor, ni músicas, ni cantos, al menos que sobre su féretro sonasen algunas
palabras españolas pronunciadas por una voz amiga y que hiciesen justicia al
mérito del difunto, despidiéndole al borde de la tumba, con la seguridad de que
el porvenir le haría justicia y de que sus esfuerzos no serían infructuosos, a
pesar de que ahora parecían caídos en el vacío.
El joven, ensimismado, dominado por los
pensamientos que fluían a su cerebro, con la impasibilidad de un sonámbulo,
subió sobre un montón de tierra, en la que asomaban algunos huesos su blanca
desnudez, y con la cabeza descubierta, sin fijarse en la lluvia que le
empapaba, pronunció un corto discurso, con una elocuencia espontánea y
conmovedora que salía del alma. Al principio le oyeron con extrañeza aquellos
hombres que se agrupaban en torno del féretro; pero, poco a poco, les
impresionó la temblorosa voz del joven, y a los
ojos de algunos hasta asomaron las lágrimas.
Agramunt hablaba a un público que era el único que
podía realmente comprenderle; cada una de sus palabras causaba hondo eco en
aquellos corazones, y al describir la ingratitud de la patria, la cruel
indiferencia del pueblo español, que dejaba morir en oscura y mísera emigración
a los que habían expuesto su vida y sacrificado su reposo por defender la
dignidad nacional, la libertad y la moralidad política, todos ellos se agitaron
con nervioso movimiento, y con sus gestos parecían decir:
—Es verdad; moriremos aquí porque el pueblo es un
ingrato y olvida a los que le han defendido.
Y después, cuando Agramunt trazó con arrebatadora
palabra el cuadro del porvenir, cuando habló de la revolución que se
acercaba a pasos de gigante, del próximo triunfo y del esplendor de
la futura República, todos los rostros se animaron; las ilusiones, aquellas
malditas ilusiones que los habían arrastrado a la desgracia y la miseria en el
extranjero suelo, volvieron a renacer más fuertes y vigorosas que nunca, y
todos miraban ya el triunfo como un suceso del día siguiente, como cosa segura,
que forzosamente había de ocurrir en plazo breve, aunque los hombres no
quisieran y por una ley fatal de la Historia.
Aquel grupo de infortunados llenos de fe y de
esperanza, estaban entusiasmados al pronunciar Agramunt las últimas palabras, y
cuando éste terminó despidiéndose del campeón caído que estaba en el féretro,
con un ¡viva la República!, todos contestaron al unísono, con voz que era grave
y sombría, en atención al lugar donde se hallaban.
El ataúd fué descendido a la fosa y uno tras otro
fueron todos los acompañantes arrojando sobre él una paletada de tierra y
estrechando la mano de Perico, que lloraba al despedirse definitivamente de su
amo, y que estaba conmovido por el discurso de Agramunt.
El regreso a París fué más triste aún que la marcha
al cementerio.
Los individuos del cortejo, una vez desvanecida la
impresión que les había causado el discurso, entablaron en el interior de los
dos ómnibus violentas discusiones sobre el porvenir o se enzarzaron en la
apreciación de hechos pasados, hasta el punto de levantar la voz, no
importándoles dejar al descubierto sus malas pasiones, y mostrando sus envidias
o sus rencores, sin acordarse de que habían ido a enterrar a un amigo y que
demostraban haberlo ya olvidado. En cuanto entraron en la gran ciudad,
se separaron casi sin saludarse y cada uno se fué por su lado, para no verse
más hasta que la muerte de cualquiera de ellos volviera a reunirlos.
Zarzoso y Agramunt hicieron subir en su berlina al
desconsolado Perico, y fueron todo el camino sin despegar los labios.
Una vez enterrado el pobre don Esteban, cuya muerte
había aproximado a los dos huéspedes del hotel de la plaza del Pantheón, la
antigua frialdad había vuelto a separarlos. Existía entre los dos el vicioso
cuerpo de Judith, que impedía el renacimiento de aquella franca amistad que tan
felices les había hecho.
Al llegar el carruaje al bulevard Saint-Germain era
ya de noche.
Agramunt iba a la calle del Sena con Perico, para
hablar los dos solos sobre el porvenir de éste y hacer un inventario de lo que
dejaba don Esteban.
Zarzoso, comprendiendo que estorbaba con su
presencia a aquellos dos hombres, y ofendido por la frialdad que le mostraba
Agramunt, se apresuró a echar pie a tierra, y abriendo su paraguas, pues la
lluvia arreciaba conforme iba avanzando la noche, se metió por la calle de la
Escuela de Medicina con dirección a su hotel, donde ya Judith le estaba
aguardando impaciente.
Se aclara el misterio.
Al entrar Zarzoso en su hotel y pasar frente a la
portería, lanzó una mirada distraída al casillero donde se depositaba la
correspondencia para los huéspedes, e inmediatamente experimentó una ruda
impresión de sorpresa.
En la casilla marcada con el número de su cuarto,
sobre la obscura madera destacábase el blanco sobre de una carta que
inmediatamente hirió los ojos del joven médico.
El portero, que lo había visto a través de los
cristales, salió apresuradamente y entregó la carta a Zarzoso, que permanecía
sorprendido al pie de la escalera.
—Carta de España—dijo sonriendo intencionadamente
el conserje, pues sabía la gran impaciencia que por
más de dos meses había devorado al joven esperando una carta que nunca llegaba.
El asombro de Zarzoso fué en aumento cuando al
mirar el sobre reconoció la letra fina y elegante de María.
Aquella carta, por tanto tiempo esperada y que
llegaba cuando menos podía aguardarla el joven causábale cierto terror, y por
esto la revolvía entre sus manos sin atreverse a abrirla.
¿Por qué había callado María mientras él fué un
amante consecuente y puro? ¿Por qué le escribía ahora que se hallaba sumido en
la mayor de las degradaciones?
Zarzoso no sabía contestar a ninguna de las
preguntas que mentalmente se hacía, pero continuaba impresionado por aquella
carta que no se atrevía a abrir, presintiendo tal vez que en su interior se
encerrara algo que forzosamente había de serle fatal.
En aquella situación degradante a que le había
arrastrado un amor impuro, la carta de María equivalía a un remordimiento que
surgía ante su vista.
Subió la escalera lentamente mirando con fijeza
estúpida la cerrada carta que tenía en sus manos, y al llegar al rellano del
piso en que vivía y detenerse bajo un mechero de gas, no pudo contener un
instintivo impulso y rasgó el sobre para enterarse inmediatamente del
contenido.
A pocos pasos de allí, en su cuarto, le aguardaba
Judith, la mujer aborrecida, a la que, sin embargo, estaba encadenado por la
pasión carnal, y hubiese resultado un sacrilegio el ir a abrir la carta en
presencia de aquel ser impúdico que aprovechaba todas las ocasiones para
fisgarse de las mujeres honradas.
Sacó del abierto sobre un pliego de papel de
cartas, dentro del cual se notaba la presencia de otro papel.
Zarzoso leyó apresuradamente las pocas líneas que
contenía, y tuvo que volver a releerlas varias veces para darse cuenta exacta
de su contenido, pues la sorpresa parecía haberle arrojado en un estado de
imbecilidad.
La carta decía así:
“Le devuelvo este recuerdo de un amor que ha
muerto, segura de que si usted conserva su antigua dignidad, la vista de ese
papel le producirá eterno remordimiento. No me creía merecedora de que usted
olvidase sus antiguos juramentos uniéndose a esa mujer perdida con quien vive.
“En el primer momento me hizo mucho daño el saber
su degradación; pero hoy, afortunadamente, estoy ya
curada de tales impresiones. Todo ha concluído entre nosotros. Cuando usted lea
esta carta, tal vez seré ya la esposa de otro.”
Aquí terminaba lo escrito en el pliego. No había
firma al pie ni signo de clase alguna; pero Zarzoso no dudaba, pues conocía
bien aquella letra fina, y que en algunas palabras aparecía temblorosa y
exageradamente rasgueada, como obra de una mano agitada por la indignación o
por el dolor.
Zarzoso, temblando y como asustado al ver que su
situación era conocida por María, y que todo el edificio de su antigua dicha
caía estrepitosamente al suelo, se apresuró a sacar del interior del pliego
aquel papel oculto que sentía al tacto y que era una finísima hoja arrugada y
amarillenta, en la que también había algo escrito.
Zarzoso, conmovido, con la vista turbia por la
emoción, fué leyendo con lentitud:
“A mi Juan: En prueba del eterno amor que...”
El joven no quiso leer más. Con terror reconoció
que aquel papel era el mismo que le había dado María, envolviendo un bucle de
su cabellera, y cuya desaparición había notado dos semanas antes al examinar la
cajita que guardaba sus recuerdos de amor.
Por si podía ocurrirle aún alguna duda, encontró
todavía pegados al papel, dos o tres cabellos sutiles como la seda, que habían
quedado allí adheridos al retirar los restantes.
Aquella sorpresa dejó absorto y como aplastado al
joven médico. Unicamente tenía presencia de ánimo para hacerse mentalmente una
pregunta: ¡Gran Dios! ¿Cómo podía haber llegado aquel objeto a manos de María?
¿Quién se había encargado de robarle tal recuerdo de amor?
No había acabado de leer aquella inscripción
trazada por la mano de María, pues sabía de memoria su contenido; pero le llamó
la atención algunas palabras que vió de repente, escritas más abajo con una
letra irregular, caprichosa y de contorno dentellado, que también le era
conocida.
Aquellas pocas palabras eran un alarde de cínico
impudor, un comentario sucio y canallesco sobre la procedencia de los cabellos
que envolvía el papel, y más abajo, con un descoco repugnante, figuraba la
firma de Judith suscribiendo tan villano insulto.
Zarzoso miró aquello fijamente, como si no se
atreviera a dar crédito a una revelación tan repentina que ponía en claro la
misteriosa desaparición de su recuerdo de amor; pero, de repente, como si
despertara de un sueño, exhaló un sordo rugido, y ciego e impetuoso como una
bomba, se arrojó en el pasadizo, abriendo con una furiosa patada la entornada
puerta de su cuarto.
Judith, que estaba leyendo a la luz del quinqué el
último número del Diario Alegre, levantó sorprendida la cabeza ante
aquella entrada tempestuosa de su amante, el cual, poniéndole el papel delator
ante los ojos, rugió, mezclando en su furia palabras españolas con las
francesas:
—¡Ah, grandísima zorra!, ¡miserable ladrona!
¿Conoces esto?—y le metía el papel por los ojos, mientras levantaba la diestra
amenazante.
Judith estaba asustada ante la cólera de aquel a
quien ella tenía por un tímido gozquecillo; pero en un arranque de su fiero
carácter, intentó la resistencia, y saltando de su silla, agarró el látigo de
cuero que estaba sobre la repisa de la chimenea y púsose bravamente a la
defensiva, insultando con su insolente mirada al indignado joven. Esta actitud
de Judith acabó de exaltar al enfurecido Zarzoso. Así la quería ver para
desahogar su rabia. Era villano pegar a una mujer débil e indefensa; pero con
un marimacho así, que tenía músculos de acero y que se había mezclado en todas
las peleas estudiantiles, bien podía medirse un hombre como con uno de su sexo.
Al avanzar sobre ella, recibió un latigazo en el
cuello que acabó de cegarle, y, embistiendo a la amazona, le arrancó la fusta
de la mano, la tiró a un rincón y de la primera bofetada la hizo caer de
rodillas.
Fué aquella una escena violenta, repugnante y
breve. Nadie oía el ruido de aquella lucha, pues como era la hora de comer, los
cuartos inmediatos estaban vacíos.
Zarzoso pegaba sin consideración a aquella mujer
que tenía bajo sus rodillas, y sus puños, ciegos e inflexibles, martilleaban el
hermoso rostro y las blancas desnudeces que habían quedado al descubierto,
amoratándolas a cada golpe. En su furor acompañaba los puñetazos con injurias e
insultos, y su boca parecía la abierta y negra garganta de un retrete rebosando
la inmundicia del lenguaje.
Judith, que había recibido los primeros golpes con
protestas y chillidos, callaba ahora y ofrecía con tranquila pasividad su bello
cuerpo a los furores de aquel energúmeno, y, mirando amorosamente
a Zarzoso, agitábase con voluptuosidad a cada uno de sus golpes.
Aquella loca, en su depravación, gustaba de que sus
amantes la vapuleasen, y ésta era la causa principal de que estuviera tan
enamorada del modelo italiano a quien obedecía.
Cansóse antes Zarzoso de pegar que ella de recibir
los golpes, y cuando el joven se incorporó sudoroso y jadeante, ella, sin
levantarse del suelo, sonriendo insolentemente como de costumbre, y echándose
atrás su cabellera de leona, exclamó:
—Y bien: ¿ya estás satisfecho? Podías pegarme un
rato más. A mí me ha gustado siempre que los hombres me zurrasen, pues esto es
una prueba de amor. Antes no te quería; te miraba como un ser insignificante y
ridículo; pero ahora empiezo a tenerte cariño en vista de que son fuertes tus
puños.
Zarzoso pareció no oír estas cínicas declaraciones,
y señalando el delator papel que estaba sobre la mesa, le dijo con entonación
de juez que interroga:
—¿Por qué has hecho eso? ¡Habla pronto o te mato!
Judith contestó con una alegre carcajada.
—Mira, voy a serte franca, ya que ha llegado la
hora de decírtelo todo. Yo soy una buena muchacha, tengo un gran corazón, y me
gusta hacer favores cuando se trata del reposo y de la felicidad de las
familias.
Zarzoso creyó que Judith se burlaba otra vez de él
y estuvo a punto de emprenderla a golpes, pero ella explicó sus palabras
haciendo una revelación importantísima.
Antes de que conociera a Zarzoso, cuando ella
acababa de llegar a París, reciente su rompimiento con aquel dibujante que la
llevó hasta Londres, la rogaron que prestase el gran favor de enamorar a
Zarzoso diciéndola que éste estaba encaprichado con una chiquilla de Madrid,
una cualquiera, sin fortuna y sin nombre, que no convenía a la familia del
joven, por lo que era preciso impedir su casamiento haciéndole contraer una
nueva pasión.
Judith intentó resistirse, encontrando que el papel
que iba a desempeñar no era muy agradable; pero la persona que la encomendaba
el servicio tenía gran poder sobre ella, disponía de muy contundentes medios
para convencerla, y al fin aceptó, marchando la noche siguiente al encuentro de
Zarzoso para hacerse su querida, empleando todos los medios de seducción.
—Lo que pasó después—añadió Judith—lo sabes tú
perfectamente.
—¿Pero quién fué el hombre que te indujo a tomar
parte en tan repugnante intriga?
La joven intentó resistirse a contestar; pero
cuando Zarzoso nombró al modelo italiano, ella, turbada por las amenazas de
muerte, contestó con un signo afirmativo.
—Ya le ajustaré yo las cuentas a ese bandido
napolitano. Pero ¿qué interés puede tener ese hombre, que no me conoce, en
labrar mi perdición?
—Eso es lo que yo me he preguntado muchas veces,
sin poder darme una contestación definitiva. El no te conoce, es verdad, y por
esto mismo no he podido nunca comprender por qué trabajaba contra tí.
La modelo quedó silenciosa por algunos instantes, y
después añadió con tono sentencioso:
—Mira, querido; tú por algún oculto motivo debes
serles odioso a los curas de tu país.
—¿Por qué dices eso?
—Porque Luigi es protegido desde la niñez por los
padres jesuítas, a quienes servía ya cuando estaba en Nápoles. Ellos fueron los
que le salvaron cuando le iban buscando por dos o tres puñaladas que dió allá,
y los que le trajeron a París poniéndole en camino para que fuese un buen
modelo. Es el perro de los jesuítas; hace cuanto le dicen, y si le mandan
morder, muerde. En este asunto deben tener mucha participación los protectores
de Luigi: esto es lo que yo he creído siempre.
Zarzoso hizo un gesto que indicaba su inmensa
sorpresa y quedó pensativo, mientras que Judith seguía hablando, deseosa de
sincerarse ante aquel muchacho, al que había cobrado cariño desde que apreció
la fuerza de sus puños.
Al faltar Zarzoso a la primera cita que le dió
Judith recomendáronla a ésta que fuese a encontrarle, y cuando hacía ya con él
vida marital, le ordenaron que buscara, entre los efectos de su nuevo amante,
una cajita en que guardaba todos los recuerdos de su antiguo amor. Judith debía
de robar uno de éstos, que, según le decía Luigi, era para enviarlo a Madrid
con el propósito de que la novia de Zarzoso se convenciera de que éste ya no la
amaba y romper de este modo completamente unas relaciones que estorbaban a la
familia.
La rubia, al revolver aquella caja de recuerdos,
escogió el papel con el rizo que contenía, y por indicación del mismo modelo
italiano, puso allí la primera grosería que se le ocurrió para desesperar a la
desconocida muchacha de Madrid.
—Ahí tienes cuanto ha ocurrido, vida mía—decía la
rubia fijando una mirada amorosa en el indignado Zarzoso—. He sido ligera, lo
sé; he obrado como siempre, con aturdimiento; pero
al fin y al cabo lo hacía por tu bien, creyendo librarte de un matrimonio que
no te convenía, y espero que me perdonarás. Además, te quiero mucho, te amo
desde que me he convencido de que eres todo un hombre.
Y ya levantada del suelo, avanzaba con los brazos
abiertos hacia Zarzoso para darle un estrecho abrazo.
El joven la rechazó con un violento empujón que la
hizo chocar las espaldas contra la pared, y señalando la puerta, dijo con
acento imperioso:
—¡Márchate en seguida, perra inmunda! Me has hecho
mucho daño, y si no te vas pronto, tal vez me acometa el furor y sea capaz de
convertirme en asesino.
Y diciendo esto, contemplaba con torva mirada un
cajón de su mesa de escribir, en el que tenía una gran navaja jerezana,
comprada en París, más por españolismo que porque necesitase de ella.
Aquella mirada dejó fría a Judith y le produjo
mayor terror que los golpes de antes. Como la mayoría de las mujeres de su
clase, tenía un miedo casi supersticioso a las armas blancas y siempre lanzaba
exclamaciones de terror cuando a Zarzoso, al revolver sus papeles, se le
ocurría abrir la navaja.
La posibilidad de que el joven sacase del cajón la
terrible arma la impresionó de tal modo, que, pálida, silenciosa y con actitud
sumisa púsose su sombrero y su abrigo, y llamó a Nemo, perro
discreto y bien educado que había presenciado filosóficamente desde un rincón
la anterior paliza, como acostumbrado a que a su ama le hiciesen tal clase de
caricias.
Cuando Judith, siempre bajo la amenazante minada de
Zarzoso, hubo acabado de arreglarse y salió del cuarto, se detuvo en el
pasillo, pensando que una mujer como ella no podía retirarse así, sumisa y
atemorizada como una cualquiera. Llamó en su auxilio a su bravía altivez, hizo
asomar a sus labios la sonrisa cínica que la caracterizaba y con voz irónica,
que parecía el silbido de una víbora, dijo, inclinando el cuerpo como dispuesta
a huir:
—Mira, niño; si no me despacharas yo te hubiera
dado pelo igual al que tenías de esa muchacha. ¡Pobre chica, ir a darse un
tijeretazo tan lejos de la cabeza! Lo que yo he escrito en ese papel, es la
pura verdad.
Aun quiso Judith desahogar su despecho con mayores
indecencias, pero el latigazo que aquella perdida descargaba sobre la honra de
María enfureció nuevamente a Zarzoso, el cual se abalanzó al pasillo con
propósito de estrangular a la infame; pero cuando
llegó allí, ya la rubia, seguida de su perro, bajaba apresuradamente la
escalera del hotel.
En el portal tropezó violentamente con un hombre
que entraba sacudiéndose la lluvia.
Era Agramunt, que acababa de dejar en la calle del
Sena al desconsolado criado de don Esteban y que volvía al hotel a despojarse
de su traje negro de ceremonia antes de ir al restaurante.
Fijóse en Judith, que pasó lanzándole iracundas
miradas. En su rostro desordenado y marcado por las huellas de los golpes,
adivinó que había pasado algo grave entre los dos amantes, y vió cómo la rubia,
andando con paso inseguro y sin hacer caso de la lluvia, se hundía en la húmeda
oscuridad de la plaza, cuyos reverberos alumbraban inciertamente a causa de las
ráfagas del huracán.
Agramunt, alarmado por aquel encuentro, subió
rápidamente al segundo piso.
Al entrar en el cuarto de Zarzoso, vió algunas
sillas volcadas, una cortina rota y una porción de desperfectos que indicaban
una reciente lucha. Zarzoso estaba doblado al borde de la cama con la cabeza
entre las manos.
—¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí?—gritó asustado
el buen muchacho.
Zarzoso levantó su cabeza, en la que se retrataba
el más terrible asombro, y se abalanzó a su amigo, exclamando con voz
conmovida, por penoso estertor:
—¡Ay, Pepe! ¡Pepe mío! Soy muy desgraciado.
Y como el niño enfermo que cree huir del dolor
arrojándose en brazos de su madre, Juanito Zarzoso dejó caer su cabeza sobre el
hombro de Agramunt, y después de agitarse su pecho con un supremo estertor,
rompió a llorar copiosamente.
DECIMA PARTE
EL CASAMIENTO DE MARIA
PARTE PRIMERA
Sospechas.
Hacía más de un mes que María Quirós se mostraba
triste y preocupada por alguna oculta idea que en vano intentaba descubrir su
tía, doña Fernanda.
La baronesa, por más esfuerzos de imaginación que
hacía, no lograba adivinar la causa de aquella continua preocupación. Ella,
siguiendo los consejos del padre Tomás, se desvivía por hacer agradable la vida
de su sobrina, y a pesar de que comenzaba a cansarla aquel renacimiento de su
existencia elegante, no perdonaba fiesta alguna y asistía con María a todos los
bailes de la alta sociedad y a los estrenos en los principales teatros.
Su sobrina se dejaba arrastrar a todas las fiestas,
demostrando que eran impotentes tales diversiones para devolverle la perdida
alegría, y doña Fernanda, con no poca sorpresa, vió varias veces en sus ojos la
señal de haber llorado cuando se encerraba en su cuarto.
Esta conducta era incomprensible para doña
Fernanda, tanto más, cuanto que habituada de antiguo al espionaje y registro,
por más pesquisas que hizo en el cuarto de María cuando ésta se hallaba
ausente, no pudo encontrar nada que pusiera en claro aquel misterio.
María era más hábil que su madre para ocultar sus
cartas de amor.
La negativa con que la joven contestaba a todas las
preguntas de su tía, excitaba la curiosidad de ésta y la hacía acariciar las
más absurdas ideas.
Hubo un momento en que llegó a creer que María
estaba tan triste porque se hallaba enamorada de Ordóñez, aquel joven simpático
que ahora las visitaba tan asiduamente; pero esta suposición se desvaneció en
vista de que su sobrina acogía con el mayor despego todas las galanterías que
la dirigía el elegante.
La baronesa, viendo que la persona de confianza de
María era la viuda de López, intentó sondear a ésta; pero doña Esperanza, con
una sencillez ingenua y seráfica, le manifestó que nada sabía; entonces doña
Fernanda acudió al padre Tomás, varón tan santo como amable, que ahora era uno
de los más asiduos concurrentes a su tertulia.
El poderoso jesuíta manifestó que tampoco sabía
nada, pero en gracia siempre a aquel interés noble y generoso que le había
inspirado en todas ocasiones la familia Baselga, y que la baronesa no sabía
cómo agradecerle, prometió sondear hábilmente el ánimo de María y enterarse de
aquel oculto pesar que venía afligiéndola.
Se equivocaba la baronesa al buscar en torno de
ella la causa del anormal estado en que se hallaba su sobrina. Dicha causa no
estaba en Madrid, sino lejos, mucho más lejos; en aquel París que guardaba al
hombre amado y que permanecía silencioso sin enviar nunca la carta esperada.
Todo lo que Zarzoso allá, en la plaza del Pantheón,
sufría por entonces a causa del silencio de su amada, lo sufría María al ver
que ninguna de sus apasionadas cartas merecía contestación.
Aquel infame aislamiento en las comunicaciones
entre los dos amantes, ideado por el diabólico padre Tomás, se había realizado
hacía ya más de un mes.
El mismo día en que se decidió el jesuíta a poner
en práctica su plan, en vista de la aprobación que había dado a éste la
superioridad de Roma, fué a buscarle en su despacho la intrigante viuda de
López, llevando una carta que acababa de recibir de Zarzoso para entregarla a
María.
Doña Esperanza no se había atrevido a abrirla; pero
como la llamaba la atención lo voluminoso de su contenido, se apresuró a
presentarla al padre Tomás para que éste ordenase lo que debía hacerse con ella
y salir de tal modo de su indecisión.
El jesuíta, sin mostrar el menor escrúpulo, rompió
el sobre y comenzó la leer los ocho pliegos de que se componía la carta; pero antes de llegar al segundo, en su cara de mármol
se retrató una sorpresa inmensa, y no pudo menos de exclamar:
—¡Diablo! Buena la hubiéramos hecho si usted llega
a entregar esta carta a María. Con ser tan grande París se han encontrado allí
y trabado relaciones de amistad los dos hombres que más fatalmente pueden
influir en el porvenir de María. Ese Zarzoso se ha hecho amigo de Esteban
Alvarez, aquel bandido republicano y ateo que tantos pesares dió a la señora
baronesa y que en su juventud tuvo amoríos con Enriqueta Baselga. Ese
mediquillo, lisa y llanamente le cuenta a su novia cuanto sabe sobre su
nacimiento, y además le asegura que su padre es el tal Alvarez. ¡Buena
complicación nos hubiese traído el que María leyese esta carta, teniendo tanta
fe como tiene en las palabras de su novio! ¡Al fuego estos papeles!; y desde
hoy, doña Esperanza, sépalo usted: el servicio de correos queda interceptado
entre los dos novios.
La viuda de López obedeció ciegamente y fué
rasgando cuantas cartas recibía de París y las que María la entregaba para
ponerlas en el correo.
La situación de la joven, en vista de este
silencio, era aún más insostenible y penosa que la de Zarzoso. Este al menos
podía lamentarse sin temor a ser espiado; podía desahogar su pena, lo mismo en
su cuarto que paseando por las calles de la gran ciudad; pero María había de
fingir continuamente una serenidad que no tenía y ahogar en lo más hondo de su
pecho la zozobra que la dominaba y que la hacía concebir las más violentas
sospechas.
Siempre que tenía ocasión en su casa para hablar a
doña Esperanza sin testigos, la llevaba a un rincón, preguntándola con
ansiedad:
—¿No ha llegado nada?
—Nada—contestaba imperturbable la viuda.
—Le he escrito quejándome de ese silencio
incomprensible. ¿Ha tirado usted misma la carta al correo?
—Sí, hija mía. Yo misma, pues no me gusta encargar
estas comisiones a personas extrañas.
—Pues entonces, indudablemente, dentro de pocos
días tendré la contestación. Es muy extraño lo que sucede. Antes me escribía
puntualmente, sin que sus contestaciones se retrasasen un solo día.
—¡Ay, hija mía!—contestaba doña Esperanza con
sonrisa escéptica como persona muy conocedora de las debilidades del mundo—.
Acuérdate del refrán: “cántaro nuevo, hace el agua fresca.”
Todos los hombres son iguales; al principio aman hasta ser empalagosos, y
después olvidan con una facilidad que asombra. ¡Dios sabe en lo que pensará
ahora ese señor Zarzoso!
Y la viuda iba excitando hábilmente las sospechas
en la joven, que parecía aturdida por aquel silencio inexplicable.
María, deseosa de justificar en su pensamiento al
hombre que tanto amaba, imaginábase que Zarzoso se hallaba enfermo de alguna
gravedad; pero inmediatamente apresurábase la maléfica viuda a desvanecer esta
idea, que equivalía a una esperanza, asegurando que Juanito gozaba de buena
salud y escribía regularmente a su tío, el doctor Zarzoso, lo que en el fondo
era verdad.
¡Infeliz María! Cada una de las insinuaciones de
aquella intrigante jamona, producíale una nueva decepción o un aumento en su
tristeza, y sin embargo, si hubiese podido registrar los bolsillos a aquella
confidenta que tenía toda su confianza, tal vez hubiese encontrado en ellos
alguna de las cartas de Zarzoso, esperadas con tanto anhelo, y que la viuda le
ocultaba.
Llegó un momento en que la joven no quiso escribir
más, en vista de que sus cartas eran acogidas siempre con el mismo desesperante
silencio, y comenzó a apuntar en ella aquel exagerado amor propio, que era la
nota más saliente de su carácter, y que doña Esperanza procuraba excitar.
—Haces bien, hija mía—decía la intrigante viuda—,
en no escribir más a ese ingrato, indigno de ti. Eso sería rebajarte, y tú, por
tu nacimiento, por tu hermosura y por tu riqueza, estás para que los hombres se
arrastren a tus pies, solicitando una palabra de benevolencia, y no para
humillarte a un mediquillo olvidadizo, a un chisgarabís sin importancia, que
tal vez a estas horas se divierte bailando el cancán con esas
perdidas de París, que se llaman cocottes. No creas que esto es una
exageración; yo soy ya vieja, he visto mucho, y sé de lo que son capaces estos
jóvenes de ahora, que como no tienen religión, viven al día, y con tal de
divertirse pisotean los más sagrados e íntimos sentimientos.
La joven, cuando de este modo excitaban su amor
propio, sabía resistirse al infortunio y olvidar por algunas horas el
injustificado silencio de su novio; pero no tardaba en sobrevenir la reacción,
el antiguo apasionamiento volvía a aparecer, y María experimentaba aún con
mayor fuerza el pesar producido por aquel silencio de Zarzoso, cuyo verdadero
significado estaba muy lejos de adivinar.
Nunca se le ocurrió el tener la menor duda sobre la
fidelidad de doña Esperanza, pues ésta sabía
interesarse por su dolor y fingir una indignación sin límites al hablar de lo
que ella llamaba la ingratitud de Zarzoso.
En una de estas crisis de apasionamiento amoroso,
en que reaparecía intensamente el dolor causado por el olvido en que la tenía
su novio, fué cuando María abordó resueltamente a doña Esperanza, exponiéndola
un deseo que hasta entonces no se había atrevido a manifestarla.
—Estoy convencida—dijo—de que ese hombre me ha
olvidado. Yo creo que hasta en esto que hoy siento por él hay más odio que
amor; pero quisiera, ya que soy villanamente abandonada, convencerme de mi
desgracia en toda su extensión, y saber por qué causa ha faltado Juanito a sus
juramentos de amor. Diga usted, doña Esperanza: ¿usted que tiene tantas
amistades, no encontraría un medio para que nos enteráramos con exactitud de lo
que Juanito hace en París?
La viuda hacía ya mucho tiempo que esperaba esta
petición y sobre ella había hablado extensamente con el padre Tomás; pero, a
pesar de esto, fingió, como lo tenía por costumbre, y en el primer instante
manifestó no encontrar lo que María deseaba.
Después pareció como que vislumbrara el auxilio
apetecido.
—Creo que he encontrado lo que tú deseas. Enterarse
de la vida que Zarzoso hace en París, de sus locuras y depravaciones, si es que
realmente ha caído en ellas, nadie puede hacerlo mejor que el padre Tomás, ese
santo varón que viene aquí casi todas las tardes y que tiene en París fieles
amigos que pondrán en su conocimiento todo cuanto ocurra. Antes de diez días,
si tú quieres, sabremos toda la verdad.
María intentó resistirse. Le causaba cierto temor
el hablar de sus amores a aquel sacerdote que, a pesar de su característica
amabilidad, le resultaba austero e imponente; pero doña Esperanza logró
convencerla.
—No seas tonta, niña. Es fácil hablar de asuntos
como éste a un padre jesuíta. Ellos, a pesar de su santidad, se mezclan en los
negocios mundanos para bien nuestro; además, el reverendo padre, que es antiguo
amigo de tu familia, te quiere mucho y no vacilará en prestarte este servicio.
El es tu director espiritual, lo mismo que de tu tía; yo, en tu nombre,
solicitaré una conferencia, y para hacer menos penosa tu petición, me
adelantaré a decirle algo de lo que ocurre. Vamos, no seas niña y acepta.
María acabó por decir que sí a todo cuanto la
proponía doña Esperanza, y al día siguiente por la
tarde, estando la baronesa y su sobrina en el gabinete próximo al salón, entró
el padre Tomás.
Las miradas significativas que se cruzaron entre el
jesuíta y la aristocrática beata, daban a entender la inteligencia que existía
entre los dos.
Por la mañana, se habían visto la baronesa y el
padre Tomás y éste había rogado a la entusiasta penitente que en su visita de
la tarde procurase dejarle solo con su sobrina, pues creía llegado el momento
de averiguar la oculta pena que agobiaba a la joven.
Por esto, apenas se cambiaron algunas palabras
entre los tres, la baronesa, pretextando una ocupación, salió del gabinete,
dejando solos al jesuíta y a la joven.
El padre Tomás miró a la puerta con cierta alarma,
pues sabía que la baronesa era muy capaz de quedarse tras un cortinaje
escuchando, y por esto se acercó más a María, a la que comenzó a hablar con voz
muy baja.
—Hija mía, sé algo de lo que te sucede y comprendo
que en esta situación angustiosa necesitas el auxilio de personas sensatas y de
sereno juicio que te aconsejen. Habla con entera franqueza, no te intimide lo
sagrado e imponente de mi ministerio. En este momento no es el sacerdote quien
te escucha, sino el antiguo amigo de tu familia, el que te profesa un cariño
tan puro como si fueses su hija. Nosotros, los padres jesuítas, tenemos una
gran ventaja sobre los demás sacerdotes. No nos limitamos a auxiliar a la
humana criatura en sus necesidades religiosas; comprendemos que muchas veces
necesita apoyo en su vida social y por esto sacrificamos nuestro reposo hasta
el punto de intervenir en asuntos que no son de nuestro ministerio; habla, hija
mía, habla con entera franqueza. Nuestros penitentes son nuestros hijos, y ¿qué
no hará un padre cuando se trata de la felicidad y del sosiego de los que son
pedazos de su alma?
Estas dulces palabras tranquilizaron a María y la
hicieron tener absoluta confianza en el poderoso jesuíta, que ya no le
resultaba austero e imponente, sino cariñoso y benigno.
La joven, tranquilizada ya, relató concisamente al
jesuíta la historia de aquellas relaciones que él conocía perfectamente desde
mucho tiempo antes, y a continuación formuló la súplica de que se interesara en
averiguar cuál era la conducta de Zarzoso en París y el por qué de aquel
silencio inexplicable que había venido a romper tan inesperadamente sus amores.
El padre Tomás, aquel santo varón que quería a sus
penitentes como si fuesen hijos y se desvivía por su felicidad, aceptó
inmediatamente el encargo.
Sí; él lograría saber punto por punto lo que
Zarzoso hacía en París, y con entera imparcialidad se lo revelaría a María,
pues en tal clase de asuntos no le gustaba engañar ni mantener ilusiones que no
eran ciertas.
Aquel mismo día escribiría a sus amigos de Francia,
rogándoles, en nombre de los intereses de su Orden, que procurasen averiguar
todo lo concerniente a la existencia actual de Zarzoso, y se comprometía a dar
respuesta a la joven en el plazo de diez días.
El jesuíta iba ya a terminar la conferencia y a
llamar a la baronesa, cuando añadió, como sabrosa postdata:
—Te advierto, hija mía, que no debes hacerte
ilusiones sobre la contestación que recibiremos. No sé por qué me anuncia el
corazón que será poco grata. Ignoro qué clase de vida hará ese señor Zarzoso;
pero París es un foco de corrupción, donde no entra un joven que deje de perder
sus más nobles cualidades. Ya ves tú, ¿qué otra cosa puede esperarse de una
ciudad republicana que inicia todas las revoluciones, y de la cual el impío
Gambetta ha expulsado a los hijos de San Ignacio, viéndose obligados los padres
de la Compañía a vivir ocultos?
María, a pesar de esta seguridad que el padre Tomás
manifestaba por adelantado sobre la corrupción de Juanito, sentía cierta
esperanza y aguardaba impaciente que transcurriese aquel plazo de diez días
fijado por el jesuíta para saber toda la verdad.
En estos días, a la incertidumbre de María vino a
unirse otra incomodidad.
El elegante Ordóñez, que era el tertuliano más
asiduo de la baronesa, aprovechaba todas las ocasiones para repetir a la joven
sus declaraciones de amor, y raro era el día en que no le hablaba de lo feliz
que se consideraría si llegaba a alcanzar su mano.
Para colmo de desdichas, la baronesa habló una
tarde a su sobrina del porvenir de la mujer: dijo que ella debía ir pensando en
casarse, ya que siempre había manifestado cierta tendencia en favor del
matrimonio, y terminó indicándola que no vería con disgusto que el pretendiente
preferido fuese el hijo del duque de Vegaverde.
Amor propio herido.
Era la hora en que la tertulia vespertina de la
baronesa de Carrillo estaba en su período más brillante y animado.
No faltaba ninguna de las antiguas realistas que
desde hacía muchos años acudían puntualmente a hacerle la corte a Fernandita,
en quien reconocían cierta superioridad, y allí estaban todos, graves y
correctos, en aquel rejuvenecido salón, en el cual brillaba siempre por su
reconocido talento el marqués académico, mentor del Telémaco Ordóñez, que
estaba siempre entre el y la baronesa.
Doña Esperanza, a pesar de su carácter intrigante y
movedizo, estaba en un rincón afectando insignificancia y procurando, con su
silencio, que nadie se fijase en su persona, mientras ella contemplaba a todos
con curiosidad, y especialmente a María, que también formaba parte de la
tertulia.
La joven mostraba gran impaciencia.
En aquella tarde expiraba el plazo que había fijado
el padre Tomás, y ella aguardaba aquellas noticias de París tan ansiadas.
Hacía ya algunos días que el poderoso jesuíta no
visitaba la casa, y esta misma ausencia la hacía esperar que el padre Tomás no
faltaría a la reunión de la tarde, tal como lo había, prometido diez días
antes.
Hablaban los tertulianos justamente de aquella
ausencia del poderoso jesuíta, cuando un criado le anunció, entrando poco
después el padre Tomás, quien dió su mano a besar a unos, estrechó las de otros
y esparció sus amables sonrisas por toda la tertulia.
Una rápida mirada que el reverendo padre dirigió a
la joven dió a entender a ésta que traía las ansiadas noticias.
María sufría una horrible incertidumbre al ver que
el padre Tomás no se apresuraba a hablarla y se enfrascaba en insustanciales
conversaciones con aquellos vejestorios de la tertulia.
Ordóñez, que se acercó a la joven para dispararla
su cotidiana declaración, fué recibido con una
frialdad rayana en grosería.
Llegó la hora en que, según antigua costumbre de la
casa, entraron los criados con el tradicional chocolate, que reemplazaba
al lunch de la alta sociedad montada a la moderna.
Las ricas salvillas de plata circularon de mano en
mano, y entonces fué cuando el padre Tomás, después de haber hablado algunas
palabras al oído de la baronesa, se dirigió con cautela al inmediato gabinete,
indicando a María con un ademán que podía seguirle.
Los tertulianos, animados por el soconusco,
hablaban con más calor, formando amigables grupos, y a excepción de Ordóñez y
doña Esperanza, no parecieron fijarse en aquella desaparición de María y el
jesuíta.
Cuando los dos estuvieron en el gabinete, María
interrogó con una ávida mirada al padre Tomás.
—Calma, mucha calma, hija mía—dijo el jesuíta
sentándose—. Las noticias que traigo son muy graves, y es preciso que te armes
de valor para oírlas. Las jóvenes dais vuestro corazón al primero que se os
presenta y os resulta agradable; no buscáis el sano consejo de la experiencia,
y después os veis obligadas a llorar una terrible decepción y a desconfiar de
la misericordia de Dios, cometiendo con ello gravísimo pecado.
María estaba para oír noticias y no consejos, así
es que interrumpió al jesuíta:
—¿Pero qué es lo que hay?... Hable usted pronto,
padre, pues me resulta imposible contener la impaciencia. ¡Oh!, ¡respóndame,
por Dios! ¿Me ha olvidado Juan?
El jesuíta contestó inclinando afirmativamente su
cabeza y María quedó silenciosa durante algunos minutos, como abrumada por la
fatal revelación.
—¡Oh, padre mío! Dígame usted pronto cómo ha sido
eso. Necesito saber por qué causa me ha olvidado un hombre que juraba amarme
tanto.
—Recuerda, hija mía, lo que te dije de París la
última vez que nos vimos. Es la ciudad del diablo. La sentina de corrupción
donde no puede entrar un alma sin corromperse. Yo no culpo a ese joven, pues lo
que le ocurre, forzosamente había de sucederle. Educado por su tío, hombre ateo
y de reconocida impiedad, tiene la desgracia de carecer de toda clase de
sentimientos religiosos, y a esto se debe que haya caído con tanta facilidad en
el pecado, al verse rodeado por las seducciones de esa Babilonia moderna.
—Pero, en fin, padre Tomás—dijo impaciente la
joven—. ¿Qué es lo que le ocurre a Juanito? Necesito que me lo diga usted sin
más preámbulos, pues siento una atormentadora impaciencia. No tenga miedo de
hablar; soy fuerte y sabré resistir la pena por grande que ésta sea. ¿Es que
acaso ama hoy a otra mujer?
—Tú lo has dicho—contestó con entonación bíblica el
jesuíta—. Ese ingrato te ha olvidado hasta el punto de enamorarse de la primera
mujer que ha encontrado al paso en las calles de París.
—¿Y quién es ella?—preguntó María con dolorosa
curiosidad.
—Hija mía—contestó el jesuíta con pudorosa
expresión y fijando su mirada en el suelo—. Eres una señorita cristiana, bien
educada y virtuosa, y por lo tanto siento hablarte de ciertas miserias humanas
que tal vez ignores; pero es preciso que descendamos a ciertas podredumbres de
la sociedad para que comprendas mejor cuál es tu situación y la del que fué tu
novio. Juanito ama a una mujer depravada, a una perdida de esas que venden su
amor y pasan con la mayor desvergüenza de los brazos de un hombre a los de otro.
Ya ves cuan terrible es su ingratitud al abandonarte así, repentinamente, por
un pingajo de vicio.
—¿Y es hermosa?
—¡Oh!, en cuanto a eso, mis informes son muy
favorables. Esa mujer tiene una diabólica belleza, como todas las de su raza,
pues has de saber que es judía y se llama Judith, teniendo el apodo de la
Rubia por su blonda y espléndida cabellera. Esto hace más abominable
la infame falta de Zarzoso. ¡Ya ves tú!, abandonar a una señorita virtuosa y
católica por una perdida que, además de sus vicios, tiene la mancha de
pertenecer a una raza infame que crucificó a Nuestro Señor Jesucristo.
A María no parecía preocuparle mucho que la amante
de Zarzoso fuese hebrea y estuviese, por tanto, contaminada con la mancha del
deicidio; lo que sí excitaba su rabia era que fuese tan hermosa, la mujer que
le había robado su amor.
Quería ella tener pleno conocimiento de su
infortunio; enterarse detenidamente de aquellos amores impuros que la
atormentaban, y por esto rogó al padre Tomás que, sin más preámbulos ni
preparaciones, la relatara cuanto supiese de la vida de Zarzoso en París.
El jesuíta, haciendo uso de su extremada habilidad,
habló de modo que cada una de sus palabras fué una puñalada para María. El joven médico no escribía porque estaba
enamorado como un loco de Judith, viviendo con ella maritalmente y supeditado
por completo a su voluntad, como si fuese un esclavo, o más bien un ser
automático.
—Según eso, reverendo padre—dijo María con
ansiedad—, ese hombre ya no se acordará de mí.
—¡Ay!, hija mía, ojalá fuese así.
—¡Me asusta usted, padre mío! ¿Qué quiere usted
decir con eso?
El jesuíta, silencioso e inmóvil, se gozó durante
algunos instantes en contemplar la dolorosa zozobra de la joven, y al fin dijo
con lentitud:
—Ese hombre, para tu desgracia, se acuerda mucho de
ti y se complace villanamente en burlarse de tu amor y en ostentar
impúdicamente, a la vista de todos, los recuerdos más íntimos de tu pasión.
María parecía aterrada por tales noticias, y
mientras tanto el jesuíta, con mefistofélica calma, seguía relatando la
historia infame que anticipadamente se había forjado.
Le era muy penoso, según él decía, hacer tales
revelaciones a una joven pura y honrada, que tal vez no pudiese resistir tan
fatal información; pero era preciso decir la verdad, pues de lo contrario,
María, al no tener pleno conocimiento de su infortunio, podría algún día caer
en la tentación de perdonar al que tanto la había ofendido. Zarzoso, según
afirmaba el jesuíta, al enamorarse de aquella perdida, había tenido el especial
gusto de burlarse de su antiguo amor, e impúdicamente enseñaba a su banda de
amigos y amigas, gentecilla perdida del Barrio Latino, todos cuantos recuerdos
conservaba de María.
—¿No tenía él—continuó el jesuíta—, un cofrecillo
de laca en el que guardaba todas tus cartas y algunos objetos que eran como
prendas de amor? Pues bien, hija mía, me cuesta mucho el decírselo, pues sé que
esto te producirá inmenso dolor; pero todo este tesoro de cariño, ese montón de
sagrados objetos, que debía inspirar a Zarzoso una adoración casi santa, por
proceder de quien proceden, sirve de objeto de befa a toda la gentecilla
depravada que vive en el Barrio Latino. Judith, esa perdida que tiene esclavizado
a tu antiguo novio, mete sin compasión sus impuras manos en la cajita y
revuelve tus cartas, tu retrato, tus pañuelos y una trenza de cabello,
mostrando todo esto a sus impuras amigas para que saluden tu nombre con
groseras carcajadas en presencia de ese mismo Zarzoso, que muchas veces se une
al coro de indecentes chistes y obscenos comentarios que tu
recuerdo provoca. Ya ves que conozco bien el contenido de esa cajita de laca,
lo que demuestra que mis informes no pueden ser más ciertos.
María escuchaba pálida, aterrada, con los ojos
desmesuradamente abiertos, como si no pudiera creer en aquella infamia, que por
lo inmensa, nunca había llegado a imaginar.
No era la decepción amorosa lo que la hacía sufrir
en aquel momento; no sentía el dolor de la enamorada y tierna doncella que se
contempla olvidada con desprecio; en ella se había despertado la
susceptibilidad terrible y arrolladora, aquel amor propio que caracterizaba a
la familia de Baselga, y que prefería la muerte antes que quedar en ridículo.
La joven estaba abrumada por tan terribles
revelaciones, y en su imaginación veíase ella misma desnudada por el mismo
Zarzoso, expuesta a las miradas injuriosas e insultantes de una juventud ebria
y corrompida, la cual, entre carcajadas y groseros chistes, iba arrancándole a
jirones su propia piel. Este tormento era igual, en concepto de la joven, al
que le hacía sufrir Zarzoso entregando a la publicidad sus recuerdos de amor, y
haciendo que circulasen de mano en mano, entre mujeres impuras, aquellas prendas
queridas que ella había entregado en un momento de pasión.
Era tan enorme esta ingratitud de Zarzoso,
resultaba tan inverosímil el ser tratada así por un hombre al que no había dado
el menor motivo de queja, que María levantó con arrogancia su frente, y
clavando su fija mirada en el jesuíta, exclamó:
—¡Pero, Dios mío! No es posible tanta infamia.
Aunque Zarzoso me haya olvidado por otra, no es natural que se complazca en
insultarme de un modo tan infame. Esto sería propio de una cruel venganza y yo
no he dado a mi novio el menor motivo de queja. ¡No, no es posible lo que usted
dice! Necesito pruebas para creerlo, ¿lo oye usted, padre Tomás? Necesito
pruebas.
Y al decir esto miraba al jesuíta con recelo, como
si comenzara a adivinar que todo aquello era un miserable tejido de falsedades.
El reverendo padre sonrió con frialdad y dijo con
la misma expresión que si compadeciera a María por su ceguedad amorosa:
—¿Te convencerías de lo que te digo si te enseñara
alguna de esas prendas de amor que entregaste a Zarzoso, y que éste tenía la
obligación de guardar?
—¿Y cómo puede usted haber adquirido esa prueba?
—Ya te dije que entre los amigos de Zarzoso
circulan tus recuerdos de amor como objetos de risa. Hoy se han cansado ya de
burlarse de ti, y por esto no le ha sido difícil adquirir uno de ellos al amigo
a quien yo encargué, cediendo a tus ruegos, que se enterase de la existencia de
Zarzoso en París. Tengo en mi poder un objeto que te pertenece, y sépaslo,
desgraciada, mi amigo lo adquirió de manos de la misma Judith a cambio de unos
cuantos francos.
María, pálida, y como si la emoción no le
permitiese hablar, se limitó a hacer un gesto imperioso, indicando que quería
ver cuanto antes aquella prueba fatal.
—Antes de verla—continuó el jesuíta—, conviene que
recuerdes bien, para que así sea más completa la identificación. ¿Antes de
marchar Zarzoso a París no le entregaste tú, una mañana, en el Retiro y en
presencia de doña Esperanza, un bucle de tu cabellera envuelto en un papel en
el que habías escrito algo?
María contestó moviendo afirmativamente la cabeza.
—Pues bien, desgraciada; mira esto y verás si lo
reconoces.
Y el jesuíta, introduciendo una mano en el bolsillo
de su sotana, sacó el objeto que Judith había robado a su amante.
María, apenas tuvo en su mano aquel papel,
reconoció su letra, y abriéndolo vió que era el mismo rizo que ella había
cortado de su cabellera. No cabía ya la duda, y abrumada por una infamia tan
evidente, no tuvo fuerzas ni para lanzar la dolorosa exclamación de sorpresa
que subió hasta su garganta.
—¡Oh, qué infamia! ¿Qué he hecho yo para merecer
tanta maldad?—y murmurando estas palabras con quejumbroso acento, dejóse caer
en el sillón inmediato, pugnando por ahogar el llanto que hacía agitar su pecho
con movimientos de estertor.
El jesuíta permanecía impasible, como hombre
incapaz de conmoverse por la desesperación que producían sus mentiras y tuvo
especial cuidado en aumentar el dolor de su víctima, diciendo con amable
expresión:
—Aun no lo has visto todo, hija mía. Fíjate bien en
ese papel, que en él hallarás la prueba de la repugnante burla de que has sido
objeto.
María volvió a fijar nuevamente sus ojos en el
papel de la envoltura, y entonces vió la frase cínica, inmunda y repugnante que
Judith había estampado con su firma al pie de la tierna dedicatoria que ella
había escrito allí al entregar su recuerdo a Juanito.
Aquellas palabras de infame indecencia la
anonadaron momentáneamente, y retorciéndose en su
asiento con suprema expresión de dolor, gritó sin cuidarse de que la podían oír
en el inmediato salón.
—¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado, no se puede
sufrir.
E inmediatamente experimentó una reacción propia de
su carácter varonil y su desaliento doloroso trocóse en furor e indignación.
Consideraba como un rasgo de imbecilidad el llorar
y desesperarse por la expresión infame de una mujerzuela corrompida. No, ella
no lloraría; no daría gusto a aquel canalla que estaba en París, manifestando
dolor por haber sido abandonada; lo que ella sentía era odio, inmensos deseos
de destrucción; lo que ella deseaba era vengarse de tales infames, demostrarles
que en nada la habían impresionado sus canallescas burlas.
Y manifestando estos pensamientos con entrecortadas
palabras, iba de un extremo a otro del gabinete, gesticulando como una loca y
moviendo sus crispadas manos en el vacío, como si buscara en él invisibles
seres para estrangularlos.
Aquella cara de mármol que se erguía impasible
sobre el cuello de la sotana, sonreía sin duda interiormente, y mientras tanto,
con acento paternal, aprobaba cuanto decía la joven.
—No es muy buena la venganza, hija mía; la Iglesia
la prohibe; pero hay ciertos momentos en la vida, en que conviene no recibir
las ofensas con evangélica mansedumbre. Tú puedes vengarte, hija mía; debes
demostrar a esos infames que de ti se han burlado, que no te impresionan gran
cosa sus insultos y sus injurias. Debes negar con un acto de enérgica
resolución ese amor del que se ha valido Zarzoso para ponerte en ridículo.
Y hablando así, el jesuíta señalaba con un gesto
expresivo el inmediato salón.
María le comprendió inmediatamente. Sí, allí estaba
la venganza, allí la satisfacción del amor propio herido.
Guardó apresuradamente aquel papel que había
derrumbado con rapidez el aéreo palacio de sus ilusiones y, seguida del
jesuíta, entró rápidamente en el salón.
Los tertulianos, después de tomar su chocolate,
seguían agrupados en corrillos, conversando con animación, mientras la baronesa
iba de unos a otros, procurando ocultar la inquietud de su curiosidad, excitada
por aquella conferencia entre su sobrina y el jesuíta.
Apenas entró María en el salón, el elegante
Ordóñez, como si presintiera lo que iba a ocurrir, fué inmediatamente al
encuentro de ella, que aún mostraba en su rostro la anterior agitación.
—Señor Ordóñez—dijo María volviendo su vista a otra
parte, como si temiera que en sus ojos pudiera leerse lo que pensaba—. He
tenido el honor de que usted solicitara mi mano repetidas veces, atención que
le agradezco mucho. Entonces, no podía responder; pero hoy, por circunstancias
que no son del caso relatar, me considero libre y me complazco en decirle que
acepto. Hable usted con mi tía, a quien considero como si fuese mi madre. Le
advierto que por hoy no siento hacia usted más que un sencillo afecto amistoso;
pero tal vez con el tiempo llegue a amarle si su conducta es como yo espero.
Ordóñez estaba asombrado más que por la resolución
de María, por el modo como se expresaba. Nunca había creído él a aquella muñeca
capaz de hablar con tanta serenidad y con un acento tan enérgico y decidido.
El joven se inclinó saludando profundamente, y
mientras María se retiraba del salón, el elegante se dirigió a la baronesa para
pedirla la mano de su sobrina, manifestando la conformidad de ésta, y añadiendo
que en caso de aceptar su demanda, iría al día siguiente su hermano mayor el
duque de Vegaverde, como jefe de la familia, a formular la petición
oficialmente.
Mientras la baronesa consultaba con una rápida
mirada al padre Tomás, los tertulianos se apercibieron de la significación de
aquella escena; así es que cesaron todas las conversaciones y aguardaron
silenciosamente la respuesta de doña Fernanda.
—Ya que la niña está conforme—dijo la baronesa—,
por mí no hay inconveniente. Creo que usted, al abandonar su vida de soltero,
será un marido virtuoso y cristiano que hará feliz a mi María.
Los tertulianos se manifestaron muy sorprendidos y
contentos, por aquel inesperado suceso que venía a turbar la monotonía de la
reunión.
Menudearon los plácemes, quiso llamarse a la niña
para felicitarla; pero algunos, más considerados, se opusieron, teniendo en
cuenta el rubor, propio del caso.
El marqués académico, que era, de todos los
presentes, el que se creía con mayor competencia en asuntos de amor, charlaba
por los codos, y parándose ante cada grupo, exclamaba con la satisfacción del
que dice una gran cosa:
—¡Carape! Esto ha sido sorprendente; sí, señor, muy
sorprendente. Lo mismo que en las comedias, donde al finalizar el acto se casan
los que menos se imagina el espectador.
Mientras tanto, el héroe de la fiesta, o sea
Ordóñez, había cogido al padre Tomás de un brazo, y llevándoselo junto a un
balcón, le contemplaba admirado.
—¡Oh, reverendo padre!—le decía con acento
respetuoso—; ahora estoy más convencido que nunca de que es usted un gran
hombre que alcanza cuanto se propone. Me dijo usted que la propia María, a
pesar de todos sus desdenes, vendría a buscarme, y así a sucedido. ¿De qué
misterioso poder dispone usted, padre Tomás? Me parece que después de esto, ya
puede usted hacerle la competencia al diablo, seguro de ganarle.
El jesuíta parecía muy halagado por estas últimas
palabras, que le hacían sonreír con complacencia.
Mientras en la tertulia era todo agitación y gozo,
María, encerrada en su cuarto, daba por fin rienda suelta al tropel de lágrimas
que antes había contenido.
¡Adiós, muertas ilusiones! ¡Adiós, risueñas
esperanzas de amor! Todo había acabado para ella, y ahora marchaba rectamente a
un porvenir monótono y triste, unida a un hombre a quien no amaba y que casi le
resultaba odioso.
Sentía ya arrepentimiento por su desesperada
resolución de momentos antes; pero al convencerse de que todavía amaba a
Juanito, volvía a surgir en ella la indignación y el deseo de venganza que
pedía a voces el amor propio herido.
¿Por qué la había abandonado de un modo tan infame?
No le amaría más, aunque para ello tuviese que batallar con aquel corazón
débil, que se empeñaba en seguir considerando cariñosamente al que tanto la
había ofendido.
Su amor propio y su altivez de raza, eran
incompatibles con la injusta bondad y no la permitían desempeñar el papel de
víctima resignada.
No se arrepentía de lo hecho; y si no hubiese
encontrado a Ordóñez para casarse, hubiera ofrecido su mano al primero que
pasara por la calle.
Aquel papel que tenía entre sus manos, aquella
inscripción insultante de una meretriz impúdica, era suficiente para mantenerla
en su furor y hacer que, impulsada por el odio, se limpiase las lágrimas como
avergonzada de tal debilidad y se revolviera en su cuarto cual una leona
herida, derribando al paso cuantos muebles encontraba.
Una respuesta del doctor Zarzoso
Apenas la mano de María fué pedida oficialmente por
el duque de Vegaverde, aquel senador sesudo que consideraba con el mayor
desprecio a su hermano el calavera, la baronesa y el novio, aconsejados por su
irreemplazable oráculo el padre Tomás, comenzaron a arreglar todos los
preparativos de la boda.
Doña Fernanda, no se sabe si por propia inspiración
o por ajeno consejo, se mostraba muy radical en todos estos preparativos.
—Yo no soy partidaria de los noviazgos largos—decía
continuamente a sus amigos—. Me gusta que lo que tenga que ser, sea pronto.
Y por esto la boda de María marchaba con gran
rapidez a su desenlace.
El suceso era muy comentado en la alta sociedad,
pues llamaba la atención, tanto la respetable fortuna de María como los
antecedentes del novio, que no podían ser más públicos.
Ordóñez, tal vez porque envidiaban muchos su buena
suerte, era objeto de numerosos e irónicos comentarios.
—Ese ya ha encontrado lo que quería—decían sus
amigos en el Casino—. Una mujer millonaria y además beata y algo tonta, según
aseguran los que la conocen. Es de esperar que antes de dos años, Ordóñez se
haya comido la fortuna.
El padre Tomás había fijado la boda para dos
semanas después del día en que María aceptó la declaración de Ordóñez, y como
hombre poderoso en todos los asuntos concernientes a la Iglesia, se había
encargado del arreglo de los documentos y demás formalidades necesarias para
que el matrimonio canónico se efectuara en el plazo marcado.
María asistía como una sonámbula a todos aquellos
preparativos de boda, que parecían destinados a otra mujer, según la
impasibilidad con que los acogía.
Recibía, al lado de su tía, las visitas íntimas,
acogiendo sus felicitaciones con estúpidas sonrisas; y experimentaba alegrías
de niña mimada al ver los regalos con que la obsequiaban los numerosos amigos
de la casa y las principales familias de la nobleza, unidas
a los Baselgas con lazos de parentesco más o menos lejano.
Muchas veces, en aquella calma insensible en que
parecía sumida, surgían relampagueos de odio que la hacían recordar su exacta
situación. Era entonces cuando menos arrepentida se mostraba del matrimonio que
iba a contraer, y experimentaba una alegría amarga y punzante, pensando que
todo aquello le serviría para vengarse del hombre que tan injustamente la había
despreciado.
Abrigaba la esperanza de que Zarzoso no era capaz
de olvidarla repentinamente tan por completo y creía que el día en que tuviese
noticia de su casamiento, el joven médico sentiría renacer su antigua pasión y
experimentaría un remordimiento sin límites.
En esto cifraba María su venganza, y por ello cada
vez que recibía un regalo de bodas o su futuro esposo le dirigía una galantería
amorosa, pensaba con fruición en que si Zarzoso estuviera allí todo aquello
sería para él un motivo de terrible desesperación.
Se aproximaba el día señalado para la boda, y la
baronesa mostrábase muy complacida en arreglar las cosas con solemnidad. Quería
que todo se hiciese en grande, como correspondía a la clase social de los
novios, y además por su afición tradicional, odiaba las costumbres de la
moderna aristocracia que efectúa los casamientos con sencillez casi
ocultándose, como si se avergonzara de un acto tan solemne.
Ella quería que el matrimonio de su sobrina fuese
bien público, a la luz del día, con aparato casi regio; y en esto la apoyaba
Ordóñez a quien no le venía mal que moviese mucho ruido su boda con una
millonaria, en aquella sociedad que, aunque le halagaba, le tenía por un
estafador y un aventurero de mala ley.
El padre Tomás dispensaría a los novios el alto
honor de darles su bendición. Al acto, que se verificaría en la capilla de la
casa, acudiría lo más selecto de todo Madrid, y la misa sería amenizada por una
gran orquesta y los principales cantantes del teatro Real. En fin, que la
baronesa, ya que no había conseguido que su sobrina fuese monja, quería al
menos que su casamiento metiese ruido en el gran mundo, y no reparaba en gastar
miles de duros, aunque esto le atrajera el dictado de cursi.
Terminada la ceremonia, los novios saldrían de
Madrid para efectuar el largo viaje que es de rúbrica y cuyo itinerario se
discutió bastante; pues María no transigía con entrar en París, aunque sólo
fuera de paso. A pesar del ansia de venganza que sentía y su vehemente deseo de
mortificar a Zarzoso, estremecíase solamente al
imaginar que podía encontrarse en los bulevares con el joven médico, yendo ella
del brazo con Ordóñez.
La proximidad de su matrimonio no evitaba que
pensase en su antiguo amor, y la víspera misma de la ceremonia fué cuando envió
a París el papel que envolvía sus cabellos, con una carta sin firma, en la que
daba cuenta de su casamiento, experimentando, al pensar lo que sufriría Zarzoso
al recibirla, la amarga complacencia del desesperado que muere matando.
Cuando entregó la carta a doña Esperanza, que esta
vez fué fiel y la puso en el correo, experimentó cierto vacío, como si con
aquella prueba fatal que tanto excitaba su odio, desapareciera el vehemente
deseo de venganza.
Mostrábase arrepentida de su violenta resolución
que la empujaba a un matrimonio poco grato, y para hacer más doloroso su
estado, la víspera misma de la boda, doña Fernanda sufrió un accidente, que
puso en conmoción toda la casa.
No se supo si fué a consecuencia de la agitación
producida por los preparativos de la boda o por el berrinche que la causaron
las murmuraciones de ciertas amigas suyas que la criticaban por lo ostentoso de
la boda, tachándola de cursi y de persona de mal gusto; pero lo cierto resultó
que en aquella mañana doña Fernanda tuvo un ataque de nervios, asustando a toda
la servidumbre pues desde la muerte de su hermano el padre Ricardo, no la
habían visto en un estado tan alarmante.
Fueron a buscar en seguida al viejo doctor Zarzoso,
y como si su presencia ejerciera cierto influjo sobre el excitado ánimo de la
baronesa, ésta se calmó apenas el doctor estuvo algunos minutos a su lado.
María experimentaba gran complacencia al ver en su
casa, y en la víspera de la boda, al tío del hombre odiado, v se mostraba
amable en extremo, enseñándole sus regalos de boda, y abrumándole a fuerza de
atenciones, con el loco intento de mortificarle como si el pobre señor hubiese
alguna vez tenido noticias de que Juanito era el dueño de aquella beldad.
El doctor, como un oso domesticado a medias,
refunfuñando y visiblemente molestado, se dejaba llevar por la joven, no
pudiendo comprender el motivo de tanta amabilidad. Siempre le había llamado la
atención la inexplicable benevolencia de aquella joven sonriente, a la que él,
por otra parte, consideraba con alguna simpatía, pues en su concepto era la
única sangre algo pura que había en la familia.
Miraba con poca atención todos los valiosos objetos
que le enseñaba la joven y que para él eran chucherías sin importancia, dijes
propios del afeminamiento que existía en la sociedad; pero, en
cambio, no quitaba sus ojos del novio, de aquel Ordóñez, al que miraba con la
misma atención que el naturalista contempla a un bicho raro.
¡Vaya un tipo el de aquel elegante, enjuto,
extenuado, y que con gestos de soberano desdén ocultaba el aire de cansancio de
la vida que se notaba en su rostro! El doctor admiraba a este representante de
la degeneración aristocrática que era un tipo acabado de esa degradación
hereditaria de las altas familias, que tiene su principio en la glotonería y en
la lujuria y su fin en el raquitismo y la imbecilidad.
No pasaban inadvertidas para el doctor las señales
exteriores que en aquel mozo había dejado su anterior vida de crápula, y se
fijaba con una insistencia que no pasaba inadvertida para Ordóñez en las
manchas de su rostro, que delataban un emponzoñamiento de la sangre por la
lepra del vicio.
La mirada del viejo Zarzoso iba desde Ordóñez a
aquella joven robusta, fresca y alegre, a la que quería por no pertenecer
físicamente a la raza aristocrática y degenerada que tales censuras le merecía;
y al pensar que iban a unirse en íntimo contacto dos organismos tan distintos,
sintió tentaciones de protestar en nombre de la salud y de la Naturaleza,
amenazando, en caso contrario, con un contagio terrible que desharía
rápidamente la lozanía y el vigor de una joven tan sana, fuerte y hermosa.
Pero el doctor se abstuvo de hablar en presencia de
toda aquella gente aristocrática, que podía considerarse aludida por sus
apreciaciones, y se despidió de todos, dando las gracias a María por su
amabilidad y a la baronesa por su invitación a que asistiera a la fiesta del
día siguiente.
Doña Fernanda, en vista de la negativa del doctor y
de que ella no se sentía aún muy segura de sus nervios, le arrancó la promesa
de que al menos al día siguiente iría a visitarla después que hubiese terminado
la ceremonia.
Cuando el viejo Zarzoso salió a la calle iba
refunfuñando:
—Ese casamiento es un asesinato que se lleva a cabo
en presencia de la sociedad entera y sin que ninguna ley lo castigue. Ni al
mismo diablo se le ocurre casar una muchacha sana y robusta con un hombre que
en las venas debe tener pus en vez de sangre. ¡Bueno está el tal mocito! De
seguro que tiene la tuberculosis y no tardará en contagiar al organismo puro de
su mujer. ¡Buenos hijos producirá el tal matrimonio! Las leyes de hoy son una
farsa, pues sólo tratan de cosas que únicamente debían ser de la competencia de
los médicos alienistas, y en cambio no se preocupan del porvenir de la
humanidad. ¡Ni una sola disposición para fomentar
el vigor y la salud de las generaciones venideras! Si estos Gobiernos tuvieran
sentido común, ordenarían el examen médico antes de todo matrimonio; así se
evitarían muchas desgracias y podríamos librarnos de que antes de un par de siglos
la humanidad sea un vasto hospital y un gigantesco manicomio.
Al día siguiente verificóse el acto del que tanto
se hablaba en la alta sociedad.
María y Ordóñez se casaron con todas las
solemnidades deseadas por doña Fernanda, y después de despedirse de aquel
público brillante y privilegiado que había asistido a la ceremonia, salieron
para el extranjero.
La baronesa se despidió de ellos en el mismo andén
de la estación, y cuando volvió a su casa, recibió al poco rato la visita del
doctor Zarzoso.
—¡Ay, querido doctor!—le dijo la baronesa—. ¡Qué
sola me encuentro desde que ha partido la niña! Parece como que la casa está
deshabitada. Y sin embargo, estoy contenta, sí, señor, muy contenta. La
ceremonia del matrimonio ha sido una fiesta solemnísima, como en muchos años no
se había visto en Madrid. Además, María será muy feliz, tendrá un esposo
modelo.
Debió traslucirse en el rostro del doctor el mal
efecto que le causaban estas palabras, por cuanto la baronesa se apresuró a
añadir:
—¿No piensa usted lo mismo que yo? ¿Cree usted que
este matrimonio resultará desgraciado? Vamos a ver, hable usted con entera
franqueza. ¿Qué opina usted del casamiento de mi sobrina?
El doctor saludó y dijo con su rudeza que no
admitía réplica:
—Señora, opino que ese casamiento ha sido un
crimen.
La clínica de los niños.
Todas las mañanas, a las once, el portero de
aquella gran casa de la Carrera de San Jerónimo experimentaba una sorda
desesperación que se conocía en su rostro, al ver subir por la escalera de
deslumbrante mármol, adornada en el centro por una ancha faja de fieltro rojo
sujeta con doradas varillas, a toda una procesión de gente pobre, sucia y
desharrapada, en su mayoría mujeres de los barrios bajos, llevando al brazo o
cogidos de a mano una turba de chiquillos voceadores y mugrientos, que al mismo
tiempo que ensuciaban los brillantes peldaños, promovían al subir, temerosos y
azorados, una verdadera tempestad de protestas, lloros y aullidos.
Era la hora en que se abría la Clínica gratuíta
para enfermedades de los niños en el segundo piso, donde vivían, instalados con
gran lujo, el viejo doctor Zarzoso, catedrático jubilado de la Escuela de San
Carlos y que ya no quería visitar, y su sobrino don Juan Zarzoso, médico de
gran fama, a pesar de su juventud, tanto por numerosas curas casi milagrosas
que había realizado, como por haber permanecido cinco años en París estudiando
la especialidad de enfermedades infantiles, circunstancia que no era la que
menos impresión causaba en la generalidad del vulgo, que mira con cierto
respeto supersticioso la ciencia que procede del extranjero.
El joven doctor era muy apreciado entre las clases
elevadas de Madrid; pero este afecto no tenía comparación con la popularidad
que gozaba entre la gente humilde, a causa de aquella consulta gratuíta que
abría todas las mañanas en su propia casa, y en la cual no sólo recetaba, sino
que muchas veces, cuando se hallaba en presencia de la verdadera miseria,
proporcionaba a los enfermos medios de subsistencia y de higiene.
Aquella sucia oleada de pobreza que todos los días
invadía la hermosa escalera produciendo sordo rumor, malhumoraba al rígido
portero y a los inquilinos de las otras habitaciones. Hasta el mismo doctor
Zarzoso, el viejo, encontraba que iba haciéndose abusiva aquella clientela, que
aumentaba rápidamente; pero en el fondo agradábanle mucho la delicadeza y
paciencia de su sobrino al socorrer a la humanidad doliente. Complacíase en
reconocer que Juanito no era rudo y atrabiliario como él, que según decían en
el hospital, siempre había hecho el bien a puñetazos.
El joven Zarzoso tenía una popularidad tan grande,
que de haberse presentado alguna vez en los barrios bajos solicitando algo de
sus clientes, es indudable que todas las madres le hubiesen llevado en triunfo,
dejándose matar por él.
Su nombre corría de boca en boca por los barrios
obreros, y no caía enfermo un pequeñuelo, sin que faltase al momento la amiga
oficiosa que se encargase de decir a la desconsolada madre que aquello no sería
nada, pues bastaba que al día siguiente fuese con el pedazo de sus entrañas a
casa del médico joven, como le llamaban por antonomasia; un señor mu amable, mu fino
y mu cabayero, que no sólo se abstenía de sacarles pesetas a los
pobres, sino que si les faltaba algo para poner el puchero, se rascaba el bolsillo
en obsequio del pobre enfermito.
La fama de aquel bienhechor corría de un extremo a
otro de Madrid, y las horas de consulta gratuíta eran muchas veces
insuficientes para la inmensa concurrencia de madres y padres, con sus
correspondientes pequeñuelos, que no encontrando sitio en las antesalas ni aun
para permanecer en pie, acampaban en la escalera y tomaban asiento en los
peldaños de mármol, con gran desesperación del portero, que veía aumentarse con
esto sus tareas de limpieza.
A la gratitud vehemente y conmovedora de aquella
clientela miserable, uníase cierta satisfacción de amor propio halagado, al
saber que el mismo médico que curaba gratis a la gente pobre, era muy apreciado
entre las clases acaudaladas, a las cuales hacía pagar las visitas con bastante
esplendidez.
Esto contribuía a aumentar su popularidad entre los
miserables.
—Es un grande hombre—decían algunos de los
filósofos con gorra de seda y blusa blanca de los barrios bajos—. Ese cabayero sabría
arreglar perfectamente la cuestión social. Les saca a los ricos cuanto puede
para dárnoslo a los probes.
Hasta las once de la mañana el portero tenía orden
de no permitir la entrada a las mujeres y niños, que iban deteniéndose en la
acera y entablando conversaciones sobre las enfermedades que les obligaban a ir
en busca del bondadoso médico; pero apenas sonaba dicha hora, el rebaño de la
miseria asaltaba la escalera, anunciando su presencia con un confuso pataleo, y
pugnando todas las madres por llegar las primeras y coger buen número, entraban
en los lujosos salones de espera, donde los criados iban estableciendo el turno
entre aquella pobre gente, que por su escasa educación provocaba a cada
instante ruidosos altercados.
Zarzoso, con algunos ayudantes jóvenes como él, y
que le admiraban cual a maestro, ocupaba un gabinete por el que iban desfilando
todos los niños, con el acompañamiento de sus familias, las cuales contestaban
a coro a todas las preguntas del doctor, y muchas veces se enzarzaban en
grotesca discusión antes de dar una respuesta.
Necesitábase toda la paciencia del joven doctor y
su sonriente calma para sufrir diariamente aquella consulta de algunas horas
que fatigaba a sus ayudantes.
Las madres, al hablar al doctor, lloriqueaban como
si vieran ya a sus hijuelos camino del cementerio; los niños, temerosos y
asustados al fijarse en los aparatos y objetos científicos que estaban en el
gabinete, aullaban apenas el doctor les ponía la mano encima, como si temiesen
que cada uno de sus dedos fuera a convertirse en un cuchillete que practicara
en su cuerpo las más dolorosas operaciones; y fuera del local de la consulta en
aquellos dos vastos salones de espera, sonaba un murmullo de gigantesca colmena,
producido por la impaciencia de la gente que deseaba entrar.
Algunas veces el viejo doctor Zarzoso salía de sus
habitaciones y se encaminaba al gabinete de consultas, pasando por entre
aquella multitud a cuyos saludos contestaba refunfuñando y repartiendo algunos
tirones de orejas entre los chicuelos, que jugueteaban con la misma confianza
que si estuvieran en la Ronda o se escondían tras los muebles.
A pesar de que le satisfacía el inmenso y
conmovedor servicio que prestaba su sobrino, el
viejo doctor refunfuñaba por costumbre.
—Esto es intolerable—le decía a Juan—. Has
convertido nuestra casa en una prolongación de la calle. ¡Vaya una confianza la
de esa gente que hace aquí lo mismo que si estuviera en su casa! Yo no critico
el que cures a toda esa gente; lo que si encuentro mal es que tengas tus
habitaciones particulares tan mal arregladas, y, en cambio, te hayas gastado
tantos miles de pesetas en amueblar esos salones que solo sirven para que
esperen en ellos las gentes más piojosas de Madrid. Ya que tienes ese capricho,
al menos procura rociar con ácido fénico todos los muebles. Los criados dicen
que, después que se va esa gente, necesitan temer abiertos los balcones más de
dos horas para que se aireen las habitaciones, y aun así, todavía queda olor.
¡Vaya una gente curiosa! Hay ahí una caterva de chicuelos tiñosos que se
restregan la cabeza contra el respaldo de los sillones, y el otro día agarré a
un pillete en el acto de limpiarse los mocos con una cortina de terciopelo.
¡Flojo fué el cachete que se llevó!
Y así seguía el viejo enumerando todos los abusos
de aquella gente, sin que en el fondo los sintiera gran cosa, pues únicamente
le servían para refunfuñar y desahogar su rudo carácter, que todo lo encontraba
mal.
El joven Zarzoso limitábase a sonreír en
contestación a todas las quejas que con agrio acento formulaba su tío.
—Hay que dejar a los pobres—decía a sus
ayudantes—que gocen de algunas comodidades, aunque sólo sea por unas cuantas
horas. Es criminal y egoísta el reservarse para uno solo las ventajas que le
produce su posición social.
Y con cierta coquetería de bienhechor satisfecho de
sus actos, atendía al embellecimiento de aquellos salones, por los que
desfilaba todo el Madrid miserable, sin fijarse en que este capricho le costaba
mucho dinero.
Las respetuosas indicaciones de sus criados
merecían siempre idéntica contestación.
—Señor, la alfombra del salón número uno está ya
muy ajada. La compró el señor este mismo año y, sin embargo, está quemada y
rota.
—Avisa al tapicero y que ponga otra.
—Si me lo permite el señor, le indicaré que hay
unas alfombras de fieltro más baratas y más fuertes. Así me lo ha dicho el
tapicero.
—Haz lo que te digo, y que la alfombra sea de igual
clase que la rota.
Y a este tenor eran todas las conversaciones entre
Zarzoso y sus criados. La seda de los sillones habían de cambiarla cada tres
meses, a causa de los desahogos naturales de los niños y del pringue que en
ella dejaban las faldas de las madres; y no todo era suciedad de la miseria,
pues también el irritante abuso y la costumbre del delito pasaban por allí
dejando sus huellas, sin tener en cuenta la misión sagrada y santa que en
aquella casa se cumplía.
Las flores de las doradas jardineras, las
estatuillas puestas encima de las chimeneas y los bibelots que
adornaban los rincones, eran hurtados diestramente, a pesar de la vigilancia de
la servidumbre.
Había entre aquella gente desharrapada muchos seres
que, por costumbre o por manía, sentían removerse en su interior el instinto
del robo a la vista de tales preciosidades; y, a pesar de que esto era una
confirmación práctica de las teorías que sustentaba el viejo doctor Zarzoso,
éste juraba como un condenado cada vez que desaparecía un objeto, y afirmaba
que cualquier día iba a ponerle una carta al gobernador pidiendo que
considerara aquellos salones como vía pública y estableciera en ellos un retén
de Policía.
La benévola calma del joven doctor era inalterable,
y en vez de ofenderse por unos robos que tanta ingratitud denotaban, aún se
esforzaba en excusar a los autores, fundándose en su escasa educación, en el
ambiente en que vivían, etc.
—Señor, los libros y los álbumes artísticos que
puso usted en los veladores de los salones han desaparecido en su mayor parte,
y los que quedan están faltos de hojas y les han arrancado las mejores láminas.
—Está bien—contestaba sonriendo—; me gusta la
noticia. Eso demuestra que esa pobre gente siente el afán de ilustrarse, y para
aprender a salir de la ignorancia apela hasta al robo. Mañana pondremos más
libros.
Y de este modo aquel joven bienhechor que se
esforzaba en servir a sus semejantes sin hacer ostentación de su virtud y sin
fijarse casi en sus actos, seguía acogiendo pacientemente, todos los días, a
aquella turba de desgraciados, atento únicamente a hacer bien y sin fijarse en
los desmanes que pudieran cometer en su propia casa.
Era rico; los niños nacidos en elegantes alcobas y
criados entre los esplendores del lujo, se
encargaban de proporcionarle con sus dolencias hereditarias, cuanto dinero
necesitaba para sus filantrópicos despilfarros, y bien podía el darse el gusto
de derrochar miles de duros auxiliando a la clase obrera y desheredada, siendo
el protector de aquellos otros niños que, no solo carecían de comodidades, sino
que muchas veces su enfermedad procedía de la falta de nutrición.
Su clientela pobre y el estudio de los últimos
adelantos científicos constituían sus únicos placeres, y, a pesar de la riqueza
y el lujo que le rodeaban, hacia una vida casi austera que alarmaba a su tío, a
pesar de que este, entregado de lleno a la ciencia, no había gustado gran cosa
de los placeres de la vida.
El viejo doctor tenía a veces ideas muy originales,
según afirmaba su sobrino. Cada vez que se enfurecía con los desacatos de
aquella clientela pobre, terminaba sus recriminaciones siempre con la misma
pregunta:
—Oye, Juan: ¿por qué no te casas? la presencia de
una mujer aquí pondría orden y haría que acabasen todos esos abusos que me
irritan.
—Y usted, ¿por qué no se ha casado, tío?—decía el
joven, eludiendo la respuesta.
—Porque nunca he tenido tiempo para pensar en eso y
porque no había a mi lado una persona que me lo recordase. Pero tú que me
tienes a mí, debes seguir mi consejo, y si te decides a casarte, yo me encargo
de buscar una mujer, que a más de las condiciones de su sexo, tenga la salud
necesaria y un gran equilibrio orgánico, para que vuestros hijos no sean micos,
como la mayor parte de los productos de la generación actual. Vamos, sobrino,
decídete; me gustaría eso de tener nietos sin haber sido padre.
Pero el joven no se dejaba convencer por las
palabras de su tío, a las que respondía siempre con una enigmática sonrisa.
El ya estaba casado. Había contraído matrimonio con
toda la pobreza de Madrid, y le sería fiel mientras viviese.
Esta resolución le resultaba muy extraña al tío,
quien llegó a creer en ciertos momentos que su sobrino tenía amores ocultos;
alguna querida a quien visitaba en secreto; pero no tardó en convencerse de la
falsedad de tales suposiciones.
La ciencia y el bien de sus semejantes eran las
únicas pasiones del joven doctor.
Una mañana en que caía uno de esos terribles
aguaceros que convierten las calles en arroyos y dispersan rápidamente a los
transeúntes que se guarecen en los portales temiendo por la
integridad de sus paraguas, Zarzoso abrió su Clínica, como de costumbre, a las
once.
Era poca la gente que esperaba, en proporción a la
de otros días, pues sólo en uno de los salones se agrupaban algunas mujeres con
sus niños.
La lluvia había acobardado, indudablemente, a
muchos de los que asistían diariamente a la Clínica.
Fueron desfilando por la puerta del gabinete
aquellos grupos de desgraciados, dejando sobre las ricas alfombras sucias
manchas con sus embarrados pies, y cuando ya no quedaban esperando más que dos
o tres familias, entró apresuradamente en el primer salón de espera un hombre
moreno, fornido y con patillas a la inglesa, que vestía una lujosa librea.
Preguntó apresuradamente por el doctor a uno de los
criados, que le trataba con gran atención, ateniéndose a que aquel servidor,
por su traje y por sus maneras, debía pertenecer a una gran casa.
Quería ver al doctor inmediatamente, y cuando el
criado de éste le dijo que su señor no estaría libre hasta que terminase la
consulta, el recién llegado manifestó gran alarma.
—Es un caso de urgencia—decía en voz alta, sin
fijarse en la curiosidad con que le oían las gentes que aún estaban en el salón
de espera—. El señorito se muere y la señora condesa espera al doctor como si
esperase a Dios. Vaya, amigo—continuó dirigiéndose al criado—; haga, por Dios,
el favor de decirle al señor Zarzoso que me deje entrar en su gabinete, para
rogarle que venga en seguida.
El criado entró en la habitación donde estaba su
señor y momentos después volvió a salir, dejando franca la puerta al recién
llegado.
Este, cuando se halló en presencia de Zarzoso y sus
ayudantes, le rogó, con entrecortadas frases, que le siguiera sin pérdida de
tiempo.
—Tengo abajo el carruaje, señor doctor. Venga usted
cuanto antes, pues la señora condesa está muy asustada en vista de la
enfermedad de su hijo.
Zarzoso estaba muy acostumbrado a aquella clase de
entradas rápidas e inesperadas, en las cuales se pintaba la zozobra y la
alarma, y por esto preguntó con el tono frío e indiferente del que cumple un
acto de su profesión:
—¿Dónde vive la señora de usted?
—En el paseo de la Castellana. Mi señora es la
condesa de Baselga.
Zarzoso, a pesar de su carácter frío e impasible, y
del gran dominio que tenía sobre sus nervios, no pudo evitar un instintivo
movimiento que aquel criado tomó por una negativa.
—¡Qué! ¿No quiere el señor venir?
Zarzoso parecía dudar y, por fin, contestó:
—Iré después, cuando termine la consulta.
—¡Por Dios!, señor doctor. Ese retardo sería fatal;
el señorito está muy enfermo y su madre, la condesa, es capaz de morirse de
desesperación si usted tarda en presentarse.
—¿Es el hijo de la condesa el enfermo?
—Sí, señor doctor; su hijo, su hijo único; un niño
que siempre está enfermo. La señora condesa tiene en usted gran confianza y me
ha encargado que no volviera sin que usted viniese conmigo. El señor doctor
comprenderá que cuando la condesa se decide a llamarle el caso debe ser muy
urgente.
A Zarzoso le pareció que el criado decía estas
últimas palabras con cierta intención, y hasta creyó ver en sus ojos una
expresión maliciosa que subrayaba lo anteriormente dicho.
¿Llamarle a él María? ¿Pedirle que fuese a su casa
para que salvase a su hijo; a aquel fruto de una unión que tanto le
atormentaba? ¡Qué cosas tan extrañas ofrece la vida!
Aquella frialdad de carácter, aquel tenaz empeño de
olvidar el pasado, aquella vida ascética que había caído como una losa sobre
sus recuerdos, permitiéndole vivir tranquilo durante cinco años, todo se
desvaneció rápidamente, y los antiguos sentimientos volvieron a reaparecer.
Zarzoso creyó sentir sobre su rostro la caricia del
pasado y que un ambiente de nueva juventud le rodeaba, y hasta se creyó igual,
momentáneamente, a aquellos tiempos en que, todavía estudiante, iba a la calle
de Atocha a esperar una ocasión favorable para ver un instante a María asomada
tras los vidrios de un balcón.
—Vamos allá—fué todo lo que dijo al criado; y
pidiendo a uno de su servidumbre el sombrero y el gabán, salió por entre
aquella clientela que miraba hostilmente al hombretón que había venido a
arrebatarles su médico.
Los ayudantes de Zarzoso quedaron encargados de la
clínica, como era costumbre cuando éste tenía que ausentarse.
Frente a la puerta de la casa, estaba parada una
elegante berlina con soberbio tronco, cuyos
cocheros aguantaban, impávidos e inmóviles, el diluvio que les caía encima.
El médico y el criado atravesaron rápidamente la
acera bajo aquel torbellino de agua, y Zarzoso tomó asiento en el interior de
la berlina, mientras su acompañante gritaba: “¡A casa!”, y se colocaba después
frente al doctor.
El carruaje emprendió una desesperada carrera por
las calles casi solitarias, arrastrado por aquel par de fogosas bestias, a
quienes cegaba la lluvia que el viento empujaba hacia sus ojos.
En el interior de la berlina, el criado, con su
galoneada gorra en la mano, pues no quería cubrirse en presencia del doctor,
miraba a éste con sonriente fijeza.
Su voz vino a sacar de pronto al doctor de las
reflexiones en que parecía sumido, mientras miraba distraídamente las gotas de
lluvia que se deslizaban por los vidrios de las portezuelas.
—Creo, señor doctor, que usted no me ha conocido.
Zarzoso le miró por algunos momentos, y después
hizo un gesto negativo.
—Sin embargo—continuó el criado—, hace ya mucho
tiempo que nos conocemos, sólo que este traje que ahora visto y los modales
propios de la profesión, desfiguran mucho al hombre. Míreme usted bien. ¿De
veras que no me conoce?
Zarzoso volvió a hacer otro ademán negativo, y
entonces el criado dijo alegremente y con expresión de confianza:
—Pues bien, don Juan; yo soy Pedro Martínez, el
antiguo asistente de don Esteban Alvarez, aquel Perico que usted conoció allá,
en París, en la calle del Sena.
¡La familia está completa!
Aquella mañana era de sorpresas para el doctor
Zarzoso. Le llamaba la mujer a quien tanto había amado, y después reconocía a
un antiguo amigo en el criado que había ido a avisarle.
No le cupo duda alguna al joven doctor de que aquel
hombre era el antiguo y fiel compañero de don Esteban Alvarez. Era verdad que
la librea le desfiguraba mucho, pero, a pesar de esto, su rostro, aunque algo
modificado por el tiempo, tenía aún aquellas facciones rudas y enérgicas que,
según el mismo interesado, eran el distintivo de
todos los brutos que habían tenido la honra de nacer en la parroquia de San
Pablo, de Zaragoza.
Zarzoso había perdido de vista al fiel Perico poco
después de la muerte de su señor. Sin despedirse de otra persona que de
Agramunt, desapareció de París, sin decir adónde iba, y ahora se lo encontraba
Zarzoso convertido en criado de una gran casa y siendo, sin duda, el servidor
de confianza de María.
El joven doctor estrechó la mano que le tendía su
antiguo y rudo amigo, el cual, comprendiendo que Zarzoso deseaba conocer la
causa de aquel cambio, habló así:
—Apenas me vi solo en París, me propuse cumplir,
sin pérdida de tiempo, el ruego que mi difunto señor, el buen don Esteban, me
había hecho poco antes de su muerte. Prometí yo pasar el resto de mi vida al
lado de su hija doña María, velando por ella y dispuesto a toda clase de
sacrificios si se encontraba en un peligro, y pocos meses después de la muerte
de mi señor me vine a Madrid con la intención de cumplir lo prometido. La
condesa de Baselga había vuelto ya de su viaje de novios, y su marido, que es un
antiguo calavera, y que aquí entre los dos lo considero como un pillete, capaz,
si lo dejaran, de comerse en cuatro días la fortuna de su mujer, se estaba
ocupando entonces en montar su casa al estilo más moderno y elegante. El
palacio de la calle de Atocha, con ser hermosísimo y estar dispuesto con las
mayores comodidades, no le parecía bien al señor, por resultar, según él decía,
anticuado y sombrío, y no paró hasta convencer a su esposa y a la tía, de que
dicha finca debía venderse, comprando con el producto de esta venta un
magnifico hotel con jardín en el paseo de la Castellana.
Así se hizo, y al mismo tiempo que mudaron de
domicilio, reemplazaron la servidumbre; y todos aquellos criados de la
baronesa, que tenían aire de mandaderos de monjas, fueron despedidos y
reemplazados por nuevos domésticos.
Entonces entré yo en la casa sin encontrar
obstáculo alguno, pues bastó presentar mis certificados acreditando que había
servido mucho tiempo en París y demostrar que conocía con alguna perfección el
francés, para que inmediatamente me admitiesen, pues la gente aristocrática,
con su habitual extravagancia, prefiere siempre los criados extranjeros a los
del país. Hace ya mucho tiempo que estoy en la casa, y todo va en ella con
bastante regularidad. La señora, a pesar de que ignora la sagrada misión que me
he impuesto de velar por ella, me trata con gran amabilidad, y soy, de todos
los criados, el que mejor merece su confianza. Parece que lea en mis ojos el
interés que me inspira. Yo soy el hombre a quien
ella acude en todos sus momentos de tribulación, y aunque nunca olvida su rango
y me habla siempre con cierta altivez natural, no por eso ha dejado, en algunas
ocasiones, de escapársele ciertas palabras que demuestran su situación y el
poco afecto que existe entre ella y su esposo.
—¿Cuál es la conducta de Ordóñez?—preguntó Zarzoso
con marcado interés.
—El señor sigue siendo tan calavera como antes de
su matrimonio. En los primeros meses se contuvo y mostraba cierto empeño en
agradar a su esposa; pero desde que tuvieron el hijo y la señora estuvo muy
enferma, volvió a sus antiguas costumbres y creo que desde entonces se ocupa en
derrochar las rentas de la colosal fortuna de su mujer. Como sus calaveradas en
Madrid son inmediatamente del dominio público y hacen que, tanto la baronesa
como su inseparable consejero, el padre Tomás, le citen a capítulo y le endilguen
severas reflexiones, él ha encontrado ahora el medio de ponerse a salvo de
tales censuras, emprendiendo continuos viajes, con excusa de su afición a las
carreras de caballos ahora está en Londres por un asunto de sport,
y como también la baronesa se halla ausente por haber ido a ciertos famosos
ejercicios en un convento que los jesuítas tienen en el Norte, de aquí que la
señora, al verse sola en casa y con el niño enfermo de tanta gravedad, haya
perdido la cabeza hasta el punto de llamarle a usted. Crea, señor doctor, que
para la condesa supone un inmenso sacrificio eso de llamarle a usted a su casa.
Se conoce que le quiere a usted muy mal. Como yo sabía sus antiguas relaciones,
varias veces en la conversación he procurado sacar a plaza el nombre de usted,
con la idea de ver que efecto le producía saber la fama y la justa popularidad
que usted goza en Madrid por sus beneficios; pero siempre ha puesto mal gesto,
y con acento enojado ha procurado desviar la conversación.
A Zarzoso producíale un efecto fatal el saber que
María le odiaba, guardándole aún rencor por aquella traidora caída que ocultos
enemigos le habían hecho sufrir en París, y mientras él reflexionaba sobre sus
antiguos y desgraciados amores, el sencillo Pedro añadió:
—Y, sin embargo, la condesa hubiese sido muy feliz
casándose con usted, que de seguro no la haría sufrir como el granuja de su
marido. Pero todas las mujeres son ciegas cuando se trata de su porvenir, y más
aún las pertenecientes a la familia Baselga, gente altiva y orgullos, que por
escrúpulos de nacimiento, abandonan siempre a los
hombres que las quieren, para casarse después con verdaderos perdidos.
La veloz berlina, pasando como un rayo la calle de
Alcalá, había entrado en el paseo de la Castellana, y atravesando una magnífica
verja con remates dorados, rodó por la enarenada avenida, hasta detenerse bajo
una gran marquesina de cristales, en la que caía la lluvia con incesante
murmullo.
El doctor y el criado saltaron a tierra y entraron
en un elegante hotel construído con arreglo al arte francés del pasado siglo,
sin ninguna originalidad y con esa monotonía de los edificios de moda, que
parecen producto de una arquitectura de pacotilla.
En el primer piso Zarzoso se encontró frente a
frente con María.
Esperaba el doctor que aquel reconocimiento tras
cinco años de ausencia, iba a ser terrible y que engañó por completo.
Después de su regreso de París, Zarzoso, para
conservar su tranquilidad estoica había procurado evitar un encuentro con
María, y por esto huyo de todos aquellos puntos donde asistía el mundo
elegante.
Creía el doctor que aquel encuentro con su antigua
novia, en circunstancias tan especiales, le produciría una impresión profunda
que vendría a reavivar el ya muerto amor; pero la entrevista sólo despertó en
él una viva curiosidad, no exenta de lástima.
María estaba desconocida. El dolor y la zozobra que
le causaba el estado de su hijo, producía algún desorden en su rostro; pero,
además de esto, Zarzoso notó en ella algo que forzosamente debía llamar la
atención del golpe de vista de un buen médico.
Había perdido la joven aquel aspecto de salud y
frescura que tanto la hermoseaba antes. Aún era bella, y sus ojos, que parecían
haberse agrandado, brillaban con mayor fuego; pero, en cambio, había
adelgazado, perdiendo la vigorosa robustez que tan atractiva la hacía antes; su
piel, que había adquirido un color densamente pálido, caía desmayada sobre el
hueso, marcando rudamente todas las sinuosidades del cráneo, y la nariz, muy
afilada, destacábase mucho sobre su rostro.
Zarzoso, al encontrarla tan cambiada, no pensó en
su antigua pasión. Su carácter de médico se sobrepuso al amor, y lo único que
se le ocurrió pensar al verla, fué que María estaba muy enferma, y que él tenía
el deber de combatir aquella dolencia, aún desconocida, que indudablemente se
ocultaba en el interior de la joven y que poco a poco iba minando su organismo.
Fué realmente frío el encuentro de los dos antiguos
novios.
María, por su parte, preocupada por el estado de su
hijo, sólo tuvo para él una mirada de curiosidad. Le vió casi igual al último
día en que entre suspiros y lágrimas se había despedido de él en el Retiro; los
años transcurridos habían aumentado su aspecto de hombre grave y estudioso, y
María, al verle así, dudó un momento de que aquel joven de aspecto sesudo y
frío hubiese sido en París un calvera sin conciencia, que se entregaba a todas
las locuras de Crápula.
Hubo un instante en que, contemplando a aquel
hombre que había sido dueño de su corazón, el recuerdo de la antigua dicha
surgió en ella con todos sus risueños atractivos; pero inmediatamente sobrevino
en su memoria la burla que de ella habían hecho en París y el pensamiento de
que su hijo estaba a pocos pasos de allí, delirando con la fiebre, y esto fué
suficiente para que se repusiera, y con marcada frialdad, como si se tratara de
un extraño recién llegado, dijera a Zarzoso:
—Pase usted adelante, doctor. Mi hijo está muy
enfermo, y toda mi esperanza la pongo en usted, que tanta fama tiene.
Zarzoso encontró al hijo de Ordóñez y de su antigua
novia agitándose en su camita, víctima de una fiebre espantosa y balbuceando
con la incoherencia propia del delirio.
A la vista de aquel pobre niño que tanto sufría,
Zarzoso olvidó su anterior preocupación, que le hacía mirar con odio al hijo de
Ordóñez, y no pensó más que en ser médico y cumplir su santa misión.
En cuanto a la pobre madre, todo lo olvidó: su
antigua pasión, la presencia de aquel médico a quien tanto había amado, y los
comentarios maliciosos que la visita podía suscitar en las personas enteradas
del pasado. Comenzó a llorar silenciosamente, y pugnando por ahogar sus
sollozos, como si pudiera oírla aquel pobre niño enloquecido por la fiebre, y
olvidada de todo, con esa suprema desesperación de la madre, capaz de las
mayores locuras cuando ve próximo a perecer el pedazo de sus entrañas, sin
darse cuenta exacta de lo que hacía, puso su mano en un hombro de Zarzoso, y
con el mismo misterio que cuando le hablaba de amor, murmuró junto a su oído:
—¡Por Dios, Juan, sálvale! Tú sabes mucho, tú lo
puedes todo; se cuentan de ti cosas milagrosas. Olvídate del pasado y piensa
únicamente en mi hijo; piensa en mí, que moriré de pena si mi hijo llega a
perecer.
Y poco después añadió, como si hubiese leído en el
pensamiento del doctor:
—Olvida quién es su padre. Piensa, únicamente en
que yo soy su madre y quiero que viva. ¿Lo oyes
bien, Juan? Quiero que viva; soy yo quien te lo ordeno.
Zarzoso estaba habituado a los lamentos de las
madres y a sus accesos de desesperación, así es que, a pesar del tuteamiento de
María y de sus súplicas ardientes, en aquel momento supremo no perdió la
serenidad, y procedió inmediatamente al examen del enfermito.
No necesitó hacer numerosas preguntas a la madre ni
mirar mucho tiempo al hijo para convencerse de la clase de enfermedad de éste.
La hinchazón desmesurada de aquella cabeza que
asomaba entre las sábanas, la terrible fiebre que consumía al raquítico
cuerpecillo y un sello especial en aquellas facciones infantiles, le reveló
inmediatamente la existencia de una meningitis aguda, que había de combatir
inmediatamente, pues la inflamación de las envolturas del cerebro amenazaban
con un desenlace mortal.
Aquel descubrimiento sirvió a Zarzoso para ir
encadenando una serie de observaciones hasta llegar a una conclusión fatal.
Miró a la madre, que ya al entrar le había parecido
muy enferma, aunque se mantenía firme por un vigor nervioso; y haciendo un
esfuerzo de imaginación, recordó el tipo físico de Ordóñez, a quien había visto
varias veces en la calle: ésto, unido al conocimiento de su vida de depravado,
vino a convencerle de que la terrible tuberculosis se había apoderado de la
familia.
El placer desordenado, los brutales excesos y la
lepra del vicio, habían hecho nacer el terrible germen en el organismo del
padre, donde, por un capricho de la Naturaleza, tenía un carácter benigno, que
prometía largos años de lento desarrollo. Valiéndose del beso de amor, la
tuberculosis habíase trasmitido a la madre, donde se desarrollaba con mayor
rapidez, como en un campo virgen, dispuesto a acoger todos los cultivos y a
desarrollarlos con inmensa fuerza, y de esta unión de seres emponzoñados por la
enfermedad, había nacido aquel pobre niño, organismo contagiado en el mismo
vientre de su madre y que venía al mundo con el único destino de luchar algunos
años contra una dolencia que, al fin, había de acabar con él.
Zarzoso seguía mentalmente la historia y el
desarrollo de este contagio, transmitiéndose de unos organismos a otros, e
inconscientemente, sin reparar en la presencia de María, murmuró, mirando la
hinchada cabeza del niño:
—No hay duda, ahí se halla el terrible monstruo
microscópico que tantas vidas acaba. ¡Oh! No ha sido muy escrupuloso en sus
conquistas. La familia está completa.
María se alarmó al oír hablar de este modo a
Zarzoso, y éste, apercibiéndose de su imprudencia, quiso remediarla, dando a la
madre algunas esperanzas.
Se le había avisado muy tarde, pero aun así, tal
vez se podría salvar al pequeño enfermo.
Preguntó después sobre los remedios que se habían
dado al niño, y supo, con sorpresa, que el médico de la casa era un amigo, un
protegido del padre Tomás, que parecía no dar importancia a la enfermedad, por
lo cual, la madre, desesperada y olvidando todo lo pasado, se había decidido a
llamar al notable especialista de los niños.
Zarzoso experimentó gran sorpresa al ver que
también en aquel asunto se mezclaban los jesuítas, de los cuales tan fatal
memoria conservaba, desde que Judith le hizo aquellas revelaciones la misma
noche en que la despidió.
El joven doctor, pasando a la habitación que servía
a Ordóñez de despacho, extendió una receta, mientras que María, de pie a
espaldas de él, le contemplaba fijamente.
La pobre madre, tranquilizada por las esperanzas
que la daba el doctor, había recobrado la calma y ya no le tuteaba, volviendo a
hablarle con la frialdad del primer momento.
—Tome usted, señora—dijo el doctor
ceremoniosamente, entregando la receta a su antigua novia—. Que vayan en
seguida con esto a la botica.
—¿Cuándo volverá usted, doctor?—preguntó con
ansiedad María, pues la presencia de aquel hombre parecía devolverle la calma.
—Antes de tres horas estaré aquí y le aseguro que
no me retiraré hasta que por el momento hayamos vencido la enfermedad.
Zarzoso volvió al hotel tal como lo había prometido
y pasó toda la noche a la cabecera del enfermito, poniendo en juego cuantos
recursos le proporcionaba su ciencia y batallando con la terrible meningitis,
que parecía empeñada en arrojar al niño en brazos de la muerte.
María y el doctor pasaron la noche a ambos lados de
la cama sin que se cruzaran entre ellos más palabras que las que arrancaban las
diversas alternativas por que pasaba el enfermo.
De vez en cuando, en los momentos en que el niño
parecía entrar en el período de favorable reacción, sus miradas se encontraban
sin darse cuenta de ello y Zarzoso veía desaparecer poco a poco, en los ojos de
su antigua novia, la fría hostilidad con que le había recibido aquella mañana.
Al amanecer, Zarzoso, mirando al niño, lanzó un
suspiro de satisfacción. Estaba ya seguro del éxito; y la madre, adivinando en el rostro del médico tan grata noticia, volvió a
llorar, pero esta vez fué de alegría.
La fiebre descendía rápidamente, el delirio había
desaparecido ya, y el pobre niño, extenuado por tantas horas de atroz calentura
y con cierta expresión de imbecilidad que aún hacía más conmovedora su mirada,
fijaba los ojos en la pobre madre, que, enloquecida por la alegría, se
inclinaba sobre el lecho abrazando a su hijo convulsamente.
Zarzoso se retiró a descansar, asegurando que
volvería aquella misma tarde a las dos, y salió del hotel acompañándole Pedro
hasta su casa, muy satisfecho de que la enfermedad del niño hubiese servido
para que se formara cierta débil amistad entre dos seres que antes se habían
amado tanto.
Aquella misma mañana, a las diez, entraba en el
hotel el padre Tomás y se detenía a hablar con el portero, un guipuzcoano que
él había introducido en la servidumbre de la casa, con el objeto de que le
diera exacta cuenta de todas las visitas y al mismo tiempo le enterara de los
secretos de la familia.
El poderoso jesuíta había sabido, casualmente en la
misma mañana, el estado desesperado del niño Paquito Ordóñez y acudía presuroso
a enterarse por sí mismo de lo que ocurría.
Aquel niño era el ser que tal vez le interesaba más
en todo Madrid y su nacimiento le había producido un verdadero acceso de furor.
¿Quién diablos iba a figurarse que un hombre corrompido como Ordóñez llegara a
tener hijos? Aquel nacimiento había sido un obstáculo inesperado, un accidente
con el que no había contado el padre Tomás al forjar su plan y que venía a
impedir la realización de todas las esperanzas que el jesuíta se forjaba acerca
de la colosal fortuna de María. Por fortuna para él el niño era digno de su
padre, y el médico de la casa, que estaba por completo a merced de la Compañía,
aseguraba que no viviría mucho tiempo el triste retoño de un árbol podrido.
Estas seguridades eran lo único que alentaba al
poderoso jesuíta, el cual no perdía la confianza de que muriera de un momento a
otro aquel niño a quien la Medicina clasificaba con el título de “candidato a
la tuberculosis” y cuyo organismo estaba predispuesto a adquirir las más
terribles enfermedades.
Por esto, cuando en aquella mañana le dijeron el
grave estado del niño, acudió presuroso al hotel con la infame esperanza de
encontrar un cadáver.
—¡Qué! ¿Ha muerto ya?—preguntó ansiosamente al
portero.
—No, reverendo padre. El señorito está mejor desde
esta madrugada y se da por seguro su restablecimiento. La señora condesa ha
pasado toda la noche en vela en compañía de Pedro, viendo
las cosas extraordinarias que hacía para salvar al niño ese médico tan famoso
que vive en la Carrera de San Jerónimo y que cura gratis a los pobres.
—¿Qué médico es ése? ¿Es que no han llamado al de
la casa?
—¡Quiá! La señora condesa dice que para curar a los
niños no hay nadie como el doctor Zarzoso.
El padre Tomás retrocedió un paso y se quedó
mirando con asombro al portero, como si dudase de sus palabras.
—¿Dices que el doctor Zarzoso ha estado aquí?
—Sí, reverendo padre; aquí ha estado hasta esta
madrugada y él es quien ha sacado al señorito de las garras de la muerte. Le he
visto yo mismo: es un joven delgado, con gafas, muy serio y muy afable y
simpático.
El jesuíta quedó reflexionando por algunos minutos,
y dijo después:
—¿Ha quedado en volver por aquí?
—Sí, reverendo padre; vendrá esta tarde a las dos.
—Pues bien—dijo el jesuíta con acento imperioso,
después de una pequeña vacilación—; cuando venga, lo haces entrar en el salón
del piso bajo, diciéndole que espere un momento hasta que la señora se prepare
para recibirle; yo estaré allí.
—Está bien, padre Tomás.
—Hasta luego, hijo mío; ahora tengo que despachar
algunos asuntos.
Y el jesuíta se alejó del hotel sin que María se
apercibiera de su llegada, pues la pobre madre, a pesar del sueño y del
cansancio, no quería separarse un solo instante de la cama de su hijo.
La bofetada.
El corpulento portero se inclinó al paso del doctor
Zarzoso, diciéndole con expresión respetuosa:
—La señora condesa no está visible en este momento,
y me ha encargado ruegue a usted que tenga la bondad de esperar algunos
minutos.
Y diciendo esto, el criado introdujo al doctor a un
elegante salón del piso bajo, y después de volver a saludarle con la misma
ceremonia, se retiró.
Zarzoso, al verse solo, púsose a examinar aquella
pieza, amueblada con exquisito gusto, ocupación que le era muy grata, pues, a
pesar de sus austeridades de hombre de ciencia, gustábanle mucho los
esplendores del lujo y los objetos elegantes que tenían cierto aspecto
artístico.
Pasó algunos minutos en apreciar los originales
dibujos de los cortinajes, la forma de los muebles y el mérito de las acuarelas
y estatuillas que adornaban el salón, y cuando más ocupado estaba en admirar un
gracioso barro de Benlliure, sintió a sus espaldas un ruido producido por el
roce de una persona que pisaba cautelosamente la alfombra.
Volvió rápidamente la cabeza creyendo encontrarse
con María, y vió un sacerdote con el sombrero en la mano, que, después de
saludarle con exagerada finura, fué a sentarse en un sillón a corta distancia
de donde se hallaba Zarzoso.
Púsose de espaldas a la luz, que entraba por las
dos ventanas del salón; pero el doctor tuvo tiempo para apreciar aquel rostro
anguloso y picudo que recordaba el hambriento perfil de las aves de rapiña.
No conocía personalmente al padre Tomás Ferrari,
del que había oído hablar mucho: pero, instintivamente, sin poder explicarse la
verdadera causa, pensó que aquel cura debía ser el famoso padre de la Compañía.
El jesuíta sonreía bondadosamente fijando su mirada
sencilla en el joven, y después de algunas tosecitas, como si quisiera entrar
en conversación sin saber cómo, dijo al médico, que interiormente se sentía
alarmado, aunque procuraba permanecer impasible:
—La señora condesa debe estar descansando, ya que
nos hace esperar. ¡Pobrecita! ¡Cuán angustiosa es su situación! Sólo una madre
puede resistir tantas fatigas sin decaer un solo instante.
Zarzoso se limitó a hacer un signo afirmativo,
evadiendo la conversación que el sacerdote quería entablar.
—Ha sido muy notable el que Paquito se haya salvado
tan rápidamente y que ahora se encuentre fuera del peligro. Ese doctor Zarzoso
que le cura ha demostrado que es digno de la gran fama que goza en Madrid.
El médico a pesar de su convencimiento de que el
padre Tomás buscaba entablar conversación con él, creyó del caso corresponder a
estas últimas palabras inclinándose, al mismo tiempo que decía:
—Muchas gracias, señor.
—¡Ah! ¿Es usted el doctor Zarzoso? No tenía el
honor de conocerle, aunque hace tiempo que le
admiraba por los grandes servicios que presta a los desgraciados.
—Cumplo con mi deber y nada más.
—Tenía verdaderos deseos de conocer a usted y de
ser su amigo, aunque en verdad, un hombre como usted no debe tener en mucho el
afecto de uno de mi clase.
—¿Por qué, señor?
—Porque para nadie son un misterio las ideas que
usted profesa. ¡Lástima que un hombre tan caritativo tenga ideas tan contrarias
a los dogmas religiosos!
—¡Bah! Yo soy amigo de todos, sin fijarme en sus
ideas religiosas. Me basta que los hombres sean honrados y probos.
Estas palabras las dijo Zarzoso con una intención
que no pasó desapercibida para el jesuíta y que le dió a entender que el médico
le había reconocido.
—Usted me dispensará, señor Zarzoso, si me tomo
ciertas libertades; pero, francamente, me apena ver a un hombre del criterio de
usted, alejado del gremio de la Iglesia, y desvaneciendo con su impiedad esos
grandes méritos que contrae a los ojos del Señor, sacrificándose por la gente
desheredada y miserable. ¡Ah, señor Zarzoso! Usted sería un santo, usted iría
al cielo, si creyese algo más en Dios.
—No hago el bien con la esperanza de una recompensa
futura. Para estar satisfecho de mis trabajos, me basta el agradecimiento de
toda esa pobre gente cuyas enfermedades curo. La gratitud de las madres vale
más, para mí, que todas las recompensas que pudiera encontrar más allá de la
tumba, si es que realmente después de la muerte hay algo.
El médico dijo estas palabras con sencillez y
convicción, por lo que el padre Tomás, que no quería entablar una discusión que
le alejase de su objeto, hizo caso omiso de las afirmaciones antirreligiosas
del joven, y dijo, variando repentinamente el tema de la conversación:
—La señora condesa debe estar muy agradecida a
usted por el grande servicio que la ha prestado salvando a su hijo. Fué una
resolución acertada la suya, al mandarle llamar.
Zarzoso callaba, no sabiendo adónde iría a parar el
jesuíta.
—Lo que extraño—continuó el padre Tomás—es que la
señora condesa haya prescindido del médico de la casa, del cual no creo que
tenga queja alguna. ¿No le parece a usted así?
Zarzoso hizo un gesto de irritación e impaciencia,
y contestó de mal talante:
—Nada me importa eso que usted dice.
El jesuíta calló durante algunos minutos, y por
fin, dijo con resolución, afectando una franqueza ruda:
—Señor Zarzoso, me ha dado usted a conocer, hace
poco, su nombre, y justo es que corresponda a tal franqueza. Yo soy el padre
Tomás Ferrari, de la Compañía de Jesús.
—Le conozco a usted—dijo intencionadamente el
médico.
—No es extraño. Aunque Dios no me ha favorecido con
grandes cualidades, trabajo en su favor cuanto puedo, y mis servicios al
Altísimo me han dado cierto renombre. Conozco el concepto en que ustedes, los
enemigos de la Iglesia, nos tienen a los hijos de San Ignacio. En su concepto
somos avariciosos, falsarios, maquiavélicos y hasta asesinos; pero esto no hace
decaer nuestro ánimo, ni nos quita nuestra cristiana fe. También calumniaron al
dulcísimo Jesús, y cuando el hijo de Dios sufrió pacientemente las injurias,
bien podemos aguantarlas nosotros que somos representantes indignos del
Altísimo.
Zarzoso encogió los hombros con visibles muestras
de impaciencia y como dando a entender que nada le importaba aquello, y el
jesuíta continuó:
—Yo soy un antiguo amigo de esta casa. La familia
Baselga ha sido siempre muy afecta a la Compañía de Jesús, y en cuanto a
Ordóñez, el marido de la condesa, soy para él como un segundo padre. No
extrañe, pues, que me interese mucho por los asuntos de esta casa y que procure
el velar en ella por la tranquilidad y la virtud que debe existir siempre en el
seno de toda familia cristiana.
El padre Tomás, al hablar así miraba fijamente a
Zarzoso, y éste, impacientado ya, no pudiendo sufrir más tiempo aquellas
manifestaciones, cuyo sentido no comprendía, pero en las que adivinaba cierta
intención de molestarle, le interrumpió diciendo con expresión hostil:
—¡Bien! ¡Y qué! ¿Qué me importa a mí todo eso que
usted me dice mirándome fijamente como si debiera darme por aludido? ¿Tengo yo
algo que ver con las cuestiones internas de esta familia a la que visité ayer
por primera vez? Yo me limito a ser médico y a prestar mis servicios cuando me
llaman, dejando a usted la misión de arreglar las familias, o, lo que es más
probable, de desarreglarlas.
Zarzoso estaba irritado, y como no creía necesario
el fingirse amable con aquel inesperado visitante, le miraba con franca
hostilidad.
—Hace usted mal en irritarse—dijo el jesuíta cada
vez con mayor calma, conforme se enfurecía el joven.—Me he tomado la libertad
de decirle las anteriores palabras, justamente, porque estoy
convencido de que de usted depende la futura tranquilidad de esta casa;
solamente que muchas veces hacemos el mal sin saberlo, y cuando se nos reprende
por ello, no podemos menos de extrañarnos.
Esto, que equivalía a una acusación, acabó de
indignar a Zarzoso, quien, sin embargo, procuró contenerse, y dijo con frialdad
amenazadora:
—Explíquese usted, caballero.
El padre Tomás parecía gozar viendo la creciente
indignación del joven, y después de una breve pausa se expresó así:
—Lo que usted ha hecho acudiendo a esta casa donde
un pobre niño necesitaba los auxilios de su ciencia, es muy santo y muy bueno;
pero no lo será tanto si usted sigue viniendo por aquí, ahora que el enfermito
está fuera de peligro. ¿No le parece a usted que la gente podrá hacer
comentarios muy desfavorables al ver que usted viene con mucha frecuencia a
esta casa?
—¡Caballero!, o usted no tiene muy firme la
razón—dijo Zarzoso con voz temblona por la ira—, o quiere divertirse conmigo,
cosa que no le permitiré. ¡Es donosa la ocurrencia! ¿Puede acaso llamar la
atención de nadie el que un médico visite la casa de un enfermo? Entonces la
calumnia se cebaría continuamente en nosotros los médicos, pues en un mismo día
entramos en diferentes casas, para cumplir nuestra sagrada misión.
El padre Tomás, sonriéndose, acercó su sillón al
asiento del joven y le dijo confidencialmente:
—Eso que dice usted, es verdad; pero aquí, en la
presente ocasión, aunque usted se resista a creerlo, sus visitas pueden
originar comentarios muy desfavorables. El pasado no es para todos un secreto.
—¿Qué quiere decir usted con eso?
—Que hay quien sabe que no es ésta la primera vez
que la condesa de Baselga y el doctor Zarzoso se encuentran, y como usted
comprenderá, esto puede dar lugar a comentarios muy desfavorables. ¿Se altera
usted, doctor? ¿Se ofende acaso por mis palabras?... Conozco que no es muy
grato cuanto le digo; pero mi carácter de antiguo amigo de la casa, me obliga a
ser franco hasta la rudeza. Aún estamos a tiempo de evitar el mal; aún podemos
lograr que la gente no murmure. Si usted siente algún interés por la condesa,
si en algo estima su prestigio de mujer honrada, debe agradecerme lo que yo
hago en estos momentos y ayudarme a evitar murmuraciones escandalosas. Señor
Zarzoso, créame usted; debe alejarse usted de esta casa bien convencido de que
con ello presta un gran servicio a la condesa.
—¿Le ha encargado a usted ella misma que me dijera
tales palabras?—preguntó con amargura el joven.
—No. La condesa ignora que en estos momentos los
dos nos hallamos aquí. Esta resolución, que usted juzgará como crea
conveniente, es mía absolutamente y está inspirada en el santo deseo de
conservar la paz en una familia cristiana. Estoy plenamente convencido de que
usted, señor Zarzoso, a pesar de sus ideas antirreligiosas, es un hombre
honrado; pero no puedo permitir que algún malicioso, conocedor del pasado, en
vista de las frecuentes visitas de usted a esta casa, ponga en duda el honor de
María.
Y el jesuíta se expresaba con tanta sencillez y con
tal aire de hombre honrado, que el doctor iba perdiendo terreno y hasta se
convencía de que algo había de cierto y prudente en los temores que
manifestaba. Sin embargo, sintió la necesidad de sondear a aquel hombre
terrible para saber hasta dónde llegaban sus designios.
—Algo hay de cierto en cuanto usted supone y
prometo dejar de visitar esta casa apenas el niño entre francamente en la
convalecencia; pero... ¿qué es eso del pasado que usted nombra?, ¿qué sabe
usted de mi vida, para afirmar que mis visitas a la condesa pueden dar lugar a
comentarios?
—Señor Zarzoso, lo que en este mundo se hace nunca
queda en el misterio. Yo sé que usted y María se amaron hace algunos años, y
por esto me temo que la antigua pasión vuelva a renacer con el continuo trato.
Zarzoso, a pesar de que estaba en guardia contra la
astucia del jesuíta, no esperaba que éste tuviese conocimiento de sus antiguos
amores, así es que quedó muy sorprendido al oír las últimas palabras del padre
Tomás.
—¿Pero cómo sabe usted eso?—preguntó el médico con
extrañeza.
—¡Oh, señor Zarzoso! Nosotros, por razón del cargo
de que estamos investidos, sabemos muchas cosas que los interesados creen
guardadas por el más absoluto secreto. Yo conozco toda la historia de los
amores entre usted y María, y, por lo mismo, puedo apreciar con imparcialidad
el carácter de ambos y tener el convencimiento de que es conveniente que
ustedes no se vean con frecuencia. Se han amado demasiado en otros tiempos para
que puedan ahora tratarse con esa tranquilidad de ánimo que es la fiel compañera
de la virtud.
Y el jesuíta sonreía con expresión triunfante al
ver desconcertado y confuso al médico por la inesperada revelación.
Zarzoso, con la frente inclinada y muy extrañado de
que el padre Tomás se atreviera a hacer tales
manifestaciones, reflexionaba intentando adivinar la verdadera intención del
jesuíta al decir tales palabras.
—Es muy extraño—dijo Zarzoso con irónico acento—que
usted, por su afecto a esta familia, se tome tanto interés en averiguar el
pasado. Oyéndole es como he comprendido hace pocos momentos ciertas cosas que
en mi época de enamorado no podía explicarme. Yo he sido muy combatido por
enemigos desconocidos que se ocultaban en la sombra; yo he tenido que luchar
con terribles maquinaciones cuya procedencia ignoraba, pero que ahora veo
claramente. Padre Tomás Ferrari, ya que usted se ha descubierto voluntariamente,
yo voy a ser también muy franco. Ya no somos aquí el sacerdote y el médico;
somos dos seres iguales, dos hombres que únicamente estamos separados por una
diferencia que consiste en que el uno hace todo el bien que puede, y ese soy
yo; y el otro se ha pasado la vida produciendo el mal, y ese es usted. Vamos a
hablar con entera franqueza. ¿Tenía usted conocimiento de mis amores cuando yo
aún era dueño del corazón de María?
—No acostumbro nunca a negar mis actos, y por esto
no vacilo en decirle que, antes de que usted marchara a París, ya sabía yo sus
relaciones con María.
Zarzoso iba contrayendo su rostro con un gesto de
hostilidad, que aún resultaba más terrible en un joven que siempre se mostraba
frío y correcto. La franqueza del padre Tomás le irritaba más que si hubiese
mentido, pues creía ver en aquélla como un reto a su indignación y un desprecio
a su persona.
—¿Y fué usted—preguntó con voz temblona por la
ira—quien hizo terminar aquellos amores?
El jesuíta sonrió con expresión de mansedumbre,
como despreciando las furibundas miradas que le dirigía el joven, y contestó
con calma:
—Sí; yo fuí.
Zarzoso, nervioso y conmovido, saltó de su asiento,
abalanzándose sobre el jesuíta; pero la calma de éste le desconcertaba, a pesar
suyo, y en vez de golpearle, como era su primer deseo, se limitó a exclamar con
asombro:
—¡Y tiene usted el valor de confesarlo!
—Señor Zarzoso, el hombre debe siempre decir la
verdad, y si confiesa sus malas acciones, ¿con cuánta más razón debe hacer
alarde de sus buenos actos? Usted no tendrá por acción meritoria el hacer que
terminasen aquellos amores; esto es simplemente cuestión de apreciación, pues
yo, en cambio, creo que presté un servicio inmenso rompiendo las relaciones que
existían entre usted y María. La condesa es
cristiana, pertenece a una familia que siempre se ha distinguido por su puro
catolicismo y su amor a las sanas doctrinas, y yo, como servidor fiel de los
intereses de Dios no podía consentir que una joven así se uniera eternamente
con un impío, que podrá ser muy honrado, no lo dudo, pero que es enemigo de
Dios; que escandaliza a la sociedad con sus infernales doctrinas, y sobre el
cual, más o menos pronto, caerá la cólera del Altísimo. Como usted comprenderá,
yo que tanto amo a María, no podía permanecer tranquilo al verla marchar
rectamente a su perdición.
—No está mal, jesuíta—contestó el joven con acento
sarcástico—. No está mal hilvanada esa excusa. No quiso usted permitir que
María se uniese a un hombre que no es católico, porque esto podía traerla la
desgracia, y, en cambio, la casó usted con un pillete a quien conoce todo
Madrid, con un aventurero de la peor especie, a quien ninguna persona honrada
puede dar la mano sin sentir rubor.
El jesuíta afectaba escandalizarse por estas
enérgicas palabras.
—Señor Zarzoso, piense usted bien eso que dice
contra Ordóñez, pues sentiría que esta conversación fuese causa de un incidente
desagradable. Ordóñez no es ningún pícaro. Ha tenido sus cosillas propias de un
joven atolondrado y rico, pero no ha traspasado los límites de la honradez, y
se ha portado siempre con la decencia propia de un joven que ha sido discípulo
mío. Además, está usted en su casa, y no creo muy correcto eso de insultar al
dueño que se halla ausente.
Zarzoso estaba demasiado irritado para hacer caso
de las indicaciones del jesuíta. Las insolentes declaraciones de éste habían
enfurecido al joven, y bien sabido es cuán terribles son los hombres fríos y
tranquilos cuando llegan a encolerizarse.
—Yo diré cuanto quiera—rugió Zarzoso—, y no será
usted quien me lo impida. ¿Cree usted acaso que me atemoriza la idea de que
Ordóñez me pida cuenta de mis palabras? Yo soy un hombre que no busco las
reyertas, pero que tampoco las rehuso cuando llega la ocasión, y experimentaría
un placer sin límites si algún día me viera frente a frente de ese antiguo
aventurero, a quien odio. Lo digo y no me retractaré nunca, pues estoy bien
convencido de ello. Ordóñez es un canalla aristocrático que ha buscado una mujer
inocente y sencilla para explotarla, y usted un miserable calumniador, que no
vaciló en atacar mi dicha por los más infames medios, indudablemente con la
intención de apoderarse de la colosal fortuna de María. Conozco mucho a los
jesuítas y sé cuál es la principal norma de todos sus actos.
El médico se detuvo mirando fijamente al padre
Tomás, para apreciar el efecto que le causaban sus
palabras; pero su indignación fué en aumento al ver que el jesuíta permanecía
callado, afectando la santa resignación del justo que se ve calumniado.
Zarzoso, a pesar de la rabia que le producían
aquellas declaraciones del jesuíta, quiso saber toda la verdad y siguió
preguntando.
—¿Usted, indudablemente, me seguiría también con su
astuta mirada hasta París, buscando una ocasión para desconceptuarme a los ojos
de María? ¿No es eso, padre Ferrari?
—Señor Zarzoso, ¿a qué seguir hablando, si esto no
ha de producirle a usted más que indignación ahora y reyertas después? Somos
dos caracteres distintos, dos hombres de diversas ideas que no podremos llegar
nunca a comprendernos, y por más que yo me esfuerce, nunca sabrá usted apreciar
en lo que vale la bondad de esa conducta que le parece infame. Si usted amaba a
María, yo la quiero como a una hija, y no podía permitir que perdiera su alma
por toda una eternidad, uniéndose a un impío que la contaminaría con sus ideas
infernales. Inútil es que usted me pregunte más. Bástele saber que he hecho
cuanto he sabido y podido para romper las relaciones de usted y María, y que la
muerte de su amor debe atribuirla exclusivamente a mí. Después de esto, y en
pago de mi franqueza, sólo le pido que se retire cuanto antes de esta casa,
donde su presencia resulta fatal.
—¡Me iré, sí, me iré!—dijo Zarzoso con furor—. No
quiero permanecer en una casa donde es fácil codearse con canallas como Ordóñez
y su maestro y protector el padre Tomás. ¡Pobre María! ¡De qué gente estás
rodeada! Pero antes de marcharme, quiero conocer en toda su extensión la vil
trama de que fuí objeto. Padre jesuíta, conteste usted con claridad. Tenga
usted el valor de los grandes bandidos que se envanecen de confesar sus
fechorías. ¿Fué usted quien hizo que allá en París una mujer fatal se apoderara
de mí, con el único objeto de proporcionarse un recuerdo de mi amor con María,
que sirviera para enemistarme con ella?
—Sí, yo fuí—contestó con cínica audacia el
jesuíta—. De seguro que usted considerará el acto como poco correcto; pero
todos los medios son buenos cuando con ellos se trata de salvar un alma. El
Señor escoge muchas veces los caminos más apartados para hacer el bien, y por
esto aquella mujerzuela de París sirvió para librar a María de la perdición
eterna.
Zarzoso, que estaba en pie y a corta distancia del
jesuíta, habló, gesticulando como un loco, al
escuchar estas últimas palabras:
—¡Ah, miserable hipócrita! ¡Reptil con sotana! ¿Con
que tantos males ha hecho usted con el único objeto de salvar el alma de María?
Lo que la Compañía ha buscado siempre, al vivir tan unida a la familia de
Baselga, ha sido apoderarse de sus millones, casando a las mujeres de esa
familia con hombres miserables y sin conciencia, que sirvieran al jesuitismo de
instrumento. Por eso la Compañía ha perseguido a todos los que por amor han
intentado unirse a las hembras de la estirpe de los Baselgas; por eso fué acosado
hasta morir en extranjero suelo aquel infeliz mártir que se llamaba don Esteban
Alvarez, y por eso yo también he sido víctima de traidoras maquinaciones. ¡Ah,
infames! Conozco la significación que en los labios de un jesuíta tiene esa
frase de salvar un alma. Vosotros sólo salváis almas que tengan millones.
El padre Tomás no se inmutaba ante aquella
indignación creciente del joven, que hacía que las manos de éste se agitasen
cerca del rostro del jesuíta, y aun en su cínica audacia tuvo valor para decir:
—Según lo enterado que usted se muestra de la gran
fortuna que posee María, no parece sino que su indignación reconozca por causa
el haber perdido la ocasión de un matrimonio que le hubiera hecho dueño de
tantos millones. Siento, en verdad, haberle estorbado tan bonito negocio.
Este insulto causó tal efecto en el joven, que el
jesuíta se arrepintió inmediatamente de haberlo pronunciado, y se levantó con
rapidez de su asiento. Pero Zarzoso, que estaba ciego por el furor y temblaba
de ira, cayó sobre el padre Tomás antes que éste llegara a enderezarse, y dió
al jesuíta una terrible bofetada.
Recibió éste el golpe, y en sus ojos brilló una
iracunda expresión de furor reconcentrado, propia para infundir miedo al que
supiera de lo que era capaz aquel hombre; pero inmediatamente se repuso, y
apoyando en un hombro la mejilla enrojecida por la bofetada, presentó la otra
al joven, diciendo con evangélica resignación:
—Siga usted pegando. Mayores humillaciones sufrió
Dios por hacer el bien. Pegue usted, joven, que yo le perdono.
—¡Ah, hipócrita! ¡Hipócrita!—rugió Zarzoso con la
mano todavía levantada.
Pero el aspecto de aquel hombre, que afectando
humildad y resignación aguardaba el golpe sin conmoverse, le desarmó en
seguida, haciéndole bajar la mano. El no podía seguir desahogando su justo furor, a pesar de que estaba convencido de
que aquella resignación era pura farsa.
Irritado porque el enemigo, a quien odiaba, no era
tan audaz en sus actos como en sus palabras, y comprendiendo que de seguir allí
cometería la infamia de ensañarse con un hombre que no quería defenderse, se
apresuró a salir de la casa.
No quería ver más a María, y maldecía en aquel
momento la hora en que a ésta se le había ocurrido llamarle, sacándole de la
plácida tranquilidad en que vivía.
Marchó de espaldas hacia la puerta, lanzando
iracundas miradas al jesuíta, que seguía con la cabeza baja, afectando
humildad; y cuando llegó a la puerta, dijo con resolución:
—Se cumplirán los deseos de usted; no volveré más
por aquí; pero conste que el niño que está arriba se halla ya fuera de peligro,
y si es que hay malvados que le hacen sufrir una mortal recaída, aquí estoy yo
que sabré exigir responsabilidad a los culpables. Adiós, jesuíta. Estamos en
paz; mucho daño me has hecho, grandes dolores me has obligado a sufrir; pero,
al menos, acabas de proporcionarme la satisfacción de que abofeteé ese rostro,
inmunda máscara tras la cual se oculta la doblez y la mentira.
Salió el médico de la habitación, y al quedarse
solo el jesuíta, permaneció algunos minutos inmóvil y ensimismado.
Después rascóse la mejilla, enrojecida por la
bofetada, y dijo con calma, sonriendo con expresión diabólica:
—¡Ah, doctorzuelo! ¡Caro te ha de costar este
desahogo!
Inmediatamente salió del hotel, sin que la
desconsolada condesa, siempre al lado de la cama de su hijo, llegase a
apercibirse de lo que había ocurrido en el piso bajo, y media hora después el
jesuíta estaba en su despacho escribiendo un papel, que luego entregó a uno de
sus secretarios, encargando que inmediatamente lo llevase a su destino.
Era un telegrama:
“Londres.—Fleet Street, 5. Hotel
Hig-Liffe.—Francisco Ordóñez.
“Ven inmediatamente, asunto de honor urgentísimo.
Te necesito.—Tomás Ferrari.”
La mansedumbre del padre Tomás.
Cuatro días después estaba ya en Madrid el elegante
Ordóñez.
Había sido muy oportuno para él el telegrama del
padre Tomás.
Las grandes corridas de caballos de la ciudad de
Londres habían sido muy funestas para Ordóñez, pues perdió todas las apuestas
que hizo, y éstas eran tan considerables, que no sólo se quedó sin dinero, sino
que tuvo que recurrir a pedir prestados algunos centenares de libras esterlinas
a los amigos que tenía en la alta sociedad londinense.
El telegrama del jesuíta sirvió a Ordóñez de
pretexto para huir, antes de que terminasen las carreras, sin que sus amigos
pudieran achacar este acto al temor de seguir perdiendo; e inmediatamente salió
para Madrid, pensando de dónde sacaría los seis o siete mil duros que debía entregar
sin pérdida de tiempo a sus aristocráticos acreedores.
Ordóñez, que nunca se había preocupado por las
deudas, sentía ahora la impaciencia de pagar cuanto antes, para no sufrir
menoscabo alguno en su fama de hombre opulento, pues sus amigos de Londres le
creían dueño absoluto de la presente fortuna que pertenecía a su mujer.
Ordóñez tenía puestos sus ojos en el padre Tomás,
proponiéndose que fuese éste quien se encargara de satisfacer la presente
deuda, como ya lo había hecho con otras.
¿No le llamaba con gran urgencia diciendo que
necesitaba de él? Pues bien; ya que con tanto imperio le mandaba, al menos que
pagase la exacta obediencia, encargándose de extraer, del peculio de María, la
cantidad que el esposo necesitaba para pagar sus deudas.
Deseoso Ordóñez de arreglar cuanto antes aquel
asuntillo y de mostrarse obediente y respetuoso con el padre Tomás, fué a
buscar a éste en su despacho el mismo día de su llegada.
El jesuíta le recibió con la misma cordialidad fría
y calmosa que si le hubiese visto el día anterior.
—¡Hola, perdido!—le dijo con benevolencia—. Por fin
te has decidido a venir, abandonando ese maldito sport, que ha de ser tu ruina. ¿No has sabido la peligrosa
enfermedad de tu hijo?
—Sí; un día antes de recibir el telegrama de usted,
me telegrafió María, y yo me disponía ya a venir, cuando recibí la orden de
vuestra paternidad, que sirvió para acelerar aún más mi marcha.
Ordóñez mentía, pues la enfermedad de su hijo,
aunque le causó cierta impresión, no le había decidido a regresar rápidamente a
Madrid. Al recibir el telegrama de María le quedaba todavía algún dinero, y
confiaba desquitarse en las carreras que aún habían de verificarse.
—¡Bah!—se dijo el amable vividor, al recibir el
aviso de su desolada esposa—. Porque yo vaya allá, Paquito no se pondrá mejor;
además, las madres exageran siempre mucho. Esto no pasará de ser una enfermedad
propia de la niñez y que todos hemos sufrido; el sarampión, por ejemplo. La
semana que viene me iré.
Y Ordóñez se olvidó por completo de su hijo, lo que
no impedía que ahora, en presencia de su terrible protector, se esforzase en
demostrar que le había herido en el alma la noticia de la enfermedad del niño,
y que experimentó una alegría inmensa a su llegada, al saber que Paquito estaba
ya fuera de peligro.
—Vaya, no te esfuerces tanto en demostrarme lo que
no sientes—dijo el jesuíta, que conocía bien a su discípulo—. No niego que
querrás a tu hijo, pero estoy convencido de que entre él y el Gladiateur,
el Vincitor o cualquier otro caballejo de esos que corren en
las carreras, te vas con los últimos.
—¡Oh, padre Tomás! ¡Qué bromas tiene usted!
—Vamos a ver. ¿Cómo te ha ido en las carreras?
Ordóñez se animó con esta pregunta. Antes de entrar
en aquel despacho estaba muy preocupado buscando el medio de abordar al jesuíta
para suplicarle que le librase de tan afrentosas deudas; y ahora, he aquí que
era el mismo padre Tomás quien, inesperadamente, le ponía en camino de hacer la
petición.
El aristocrático calavera adoptó un gesto de
compunción y murmuró:
—Mal, muy mal, reverendo padre. He sido muy
desgraciado, y la fortuna se ha burlado de mí todo lo que ha querido. No sólo
perdí cuanto dinero llevaba, sino que, además, he contraído algunas deudas con
mis amigos del Gentleman-Club, de Londres. Esto es terrible; deudas que no
pueden ser más sagradas y que hay que pagar apenas llega uno a su casa, así
tenga que vender hasta su última camisa.
Ordóñez se detuvo, pues como era costumbre siempre
que le iba con tales demandas al jesuíta, éste ponía la cara fosca,
preparándose a anonadarle con un terrible sermón; pero, con gran sorpresa del
calavera, el padre Tomás no sólo permaneció impasible, sino que hasta le
pareció a él que por sus labios vagaba una tenue sonrisa.
Buen signo era aquel. Ordóñez sintió renacer su
ánimo, y su osadía aún fué en aumento, cuando el jesuíta, sin hacer comentario
alguno, le preguntó sencillamente:
—¿Y cuánto es lo que debes?
—Veinte mil duros—contestó sin vacilar Ordóñez y
sin importarle mentir otra vez.
Veía tan bien dispuesto al padre Tomás y tan
animado por una inesperada benevolencia, que juzgó muy prudente el aprovecharse
de la ocasión para adquirir dinero. El jesuíta, al conocer la cantidad, hizo un
gesto de desagrado, y Ordóñez creyó que, en vez de pagar sus deudas, lo que iba
a hacer el jesuíta era dirigirle uno de sus terribles sermones; pero pronto se
tranquilizó al oírle hablar.
—Mucho dinero es ése, y de seguro que, a seguir en
tu desordenada vida, pronto serán insuficientes para tus gastos las cuantiosas
rentas de tu mujer.
Pero el padre Tomás pareció arrepentirse del tono
con que hablaba a Ordóñez, y añadió después benévolamente:
—Pero, en fin, hijo mío, ya que has contraído tales
deudas, preciso es pagarlas, y no seré yo quien me oponga a ello. Al hacer
aquel trato que tú recordarás, te prometí mi consentimiento para que gastases
cuanto quisieras de las rentas de tu esposa, y no he de faltar a mi palabra, a
pesar de que noto que abusas demasiado de mi permiso. Mañana mismo hablaré con
el administrador de tu esposa, y aunque creo que no anda muy sobrado de fondos,
arreglaremos el asunto para que tengas cuanto antes los veinte mil duros.
Ordóñez estaba encantado por la servicial
benevolencia del padre Tomás.
Ni aun influído por el mayor optimismo podía él
imaginarse que iba a serle tan fácil el adquirir la exagerada cantidad en que
había fijado sus deudas.
El elegante manifestó su agradecimiento con las más
expresivas palabras que encontró; pero se detuvo de pronto, y afectando
gravedad, dijo a su protector:
—Perdone usted mi aturdimiento, padre Tomás.
Ocupado en mis asuntos, he olvidado que usted me necesita, y por esto me envió el telegrama a Londres. ¿En qué puedo yo
servirle? Mande, que inmediatamente obedeceré.
El padre Tomás puso también un gesto de gravedad y
entró de lleno en el asunto que a él le resultaba más importante.
—Es verdad que hablando de tus deudas hemos
olvidado el asunto principal. Te he mandado a llamar porque en tu pronta venida
consistía que tu honor quedase a salvo.
—¡Mi honor!—exclamó Ordóñez, que, como perfecto
aventurero de la clase elevada, era capaz de cometer las mayores estafas, sin
que por esto dejase de palidecer apenas se ponía en duda lo que él llamaba su
honor.
—Sí, tu honor, hijo mío—continuó el padre Tomás,
con la expresión del que hace revelaciones importantísimas—. Durante tu
ausencia han ocurrido en tu casa algunas cosas que hacían necesaria tu pronta
llegada aquí.
—Hable usted, padre Tomás. Espero con impaciencia
esas revelaciones importantes.
—¿Recuerdas que María, antes de concederte su mano
se mostraba preocupada y desdeñosa, hasta el punto de que tú creías que tenía
ciertos amores en secreto?
Ordóñez contestó con un signo afirmativo.
—Pues bien: lo que tú sospechabas era la verdad.
María amaba con delirio a un joven médico que estaba haciendo sus estudios en
París, y que ahora es un doctor célebre a quien conoce todo Madrid.
—¿Cuál es su nombre?—preguntó con impaciencia
Ordóñez.
—El doctor don Juan Zarzoso. Es especialista en
enfermedades de niños y tiene gran fama por sus asombrosas curaciones. ¿Le
conoces?
—No le he visto nunca; pero he leído muchas veces
su nombre en los periódicos.
—Pues bien; ese hombre fué novio de María, y sus
amores no eran una niñada para pasar el tiempo, pues te puedo asegurar que
María le amó como una loca y tal vez hoy la imagen de Zarzoso aún ocupa en su
corazón un lugar preferente. Si la que es hoy tu mujer accedió a darte la mano,
fué porque en aquel momento estaba irritadísima por una infidelidad, más o
menos cierta, del hombre amado. Sé que María, por educación y por su carácter
excesivamente pundonoroso, es incapaz de faltar a sus deberes conyugales; pero
tengo la certeza de que en el fondo ama más a su antiguo novio que a su marido.
Ordóñez se había preocupado pocas veces del amor de
su esposa. Seguía, como antes, entreteniendo bailarinas y disputando la
posesión de las mundanas más famosas a sus compañeros en
calaveradas; pero, a pesar de la indiferencia con que siempre había mirado a su
esposa, no pudo evitar un movimiento de despecho al oír tales revelaciones.
Aquello no eran celos, sino una irritación del amor propio herido.
Con una mirada hostil, dió a entender al jesuíta el
efecto que le causaban sus revelaciones, y éste continuó, bastante satisfecho
del resultado de sus palabras:
—Pues bien, hijo mío; ese hombre, que en realidad
es el dueño del corazón de tu esposa, ha entrado estos días en tu casa y ha
permanecido allí una noche entera.
—¡Eh! ¿Qué es lo que usted dice, padre
Tomás?—exclamó furioso y alarmado Ordóñez por aquellas palabras dichas con tan
marcado deseo de molestarle.
—¡Calma, hijo mío, calma! No hagas todavía
suposiciones y espera que acabe de hablarte. María te es fiel, no ha faltado a
sus deberes, pues Zarzoso entró en tu hotel llamado como médico y no como
antiguo amante. Tu hijo estaba gravemente enfermo de un ataque de meningitis
aguda, y María, no sabemos si aturdida o con otra intención, en vez de llamarme
a mí y al médico de la casa, solicitó el auxilio de Zarzoso, el cual, justo es
confesarlo, salvó al pobre Paquito después de pasar una noche entera a la cabecera
de su cama luchando con la terrible enfermedad.
Ordóñez se había tranquilizado al ver el giro que
tomaba la revelación, y dijo sonriendo:
—Según esto, no veo que la cosa sea tan grave. Es
verdad que María ha obrado ligeramente al llamar a casa a su antiguo novio,
pero una madre no repara en nada cuanto se trata de salvar a su hijo que está
en peligro.
—Es verdad—dijo el jesuíta, contrariado por la
benevolencia que mostraba Ordóñez—que hasta aquí la cosa nada tiene de grave;
pero ahora verás cómo cambia de aspecto. Yo fuí a tu casa apenas supe el estado
de tu hijo; allí me encontré casualmente con el doctor Zarzoso, y supe con
asombro que él era quien curaba al niño y que por esto pasaba gran parte del
día en el hotel. Ya puedes imaginarte lo que pensaría yo en presencia de aquel
hombre, cuyos antiguos amores sabía. Comprendí que de conocer alguien que no
fuera yo la historia de los pasados amores, no tardarían en surgir
desfavorables comentarios en vista de la asiduidad con que Zarzoso entraba en
tu casa, y, por otra parte, me asustó la natural idea de que rozándose dos
seres que se habían adorado tanto, no tardaría en despertar el adormecido amor,
y entonces María sería capaz de olvidar sus deberes
y serte infiel. ¿Pensaba bien o no? ¿Qué te parece, hijo mío?
Ordóñez contestó afirmativamente, y dió a entender
al jesuíta que esperaba con impaciencia el resto de sus revelaciones.
—Movido por el deseo de impedir ese peligro que
veía tan próximo, hablé a Zarzoso rogándole en nombre del cielo que no volviese
más por aquella casa, con lo cual dejaría tranquila una familia y se portaría
como un caballero. ¿Y cuál crees tú que fué su contestación?
El jesuíta se detuvo como gozándose en la
perplejidad y la impaciencia de su protegido, y añadió después:
—Debo advertirte que el tal Zarzoso es un impío, un
ateo, un defensor de doctrinas infernales, que tal vez hace todos esos actos de
caridad que tanto prestigio le dan, con el único objeto de engañar y seducir a
la gente sencilla. ¡Qué diferencia entre ese joven y los que, como tú, habéis
sido educados por la Santa Compañía en los sanos principios religiosos! En vez
de respetar mis años y estos sagrados hábitos que llevo, contestó a mis
cariñosas palabras, a mis mansas exhortaciones, con insultos y amenazas,
acabando por darme una bofetada.
—¡Le abofeteó a usted!... ¡Y en mi casa!—exclamó
Ordóñez con asombro.
—Sí, me golpeó villanamente en esta mejilla, y como
si esto no le bastara para desahogar su rabia, te insultó a ti, que estabas
ausente, diciendo que deseaba matarte, porque, en su concepto, eres un canalla
que le has robado a la mujer amada, añadiendo que te conocía muy bien, que eres
un estafador y qué sé yo cuantas cosas más.
Ordóñez se había levantado de su asiento, pálido,
tembloroso y con el bigotillo erizado por un gesto de ira.
Revivía en él el antiguo espadachín, que valido de
su superioridad en las armas, quería siempre tener razón, y a los que le
acusaban por sus estafas o por sus fullerías en el juego, les contestaba con
estocadas.
El jesuíta, aunque permanecía exteriormente
impasible, debía sentir en su interior gran satisfacción, al ver el coraje que
tales palabras producían en su discípulo.
—Yo no siento la bofetada—dijo con expresión de
mansedumbre—. Sacerdote soy del Hijo de Dios, que recibía con la más sublime
paciencia las más terribles injurias, y tengo la obligación santa de perdonar a
los que me maltraten. Pero yo, hijo mío, permanecería impasible y aun daría
gracias a Dios, porque así pone a prueba mi paciencia, si el que me abofeteó
fuese uno de los nuestros, un buen católico que en un rapto de
furor hubiese cometido tal atentado; a ese le perdonaría; pero no puedo
transigir con el hecho de haber sido abofeteado por un impío, por un ateo, a
quien inspira el diablo. Esto es para mí intolerable, pues tengo la convicción
de que ese desgraciado obró así con el afán de humillar a nuestras divinas
creencias, y que al golpearme a mí, no pensó en insultar al sacerdote, sino a
la Iglesia entera.
Se detuvo el jesuíta para apreciar el efecto de sus
palabras, y viendo a Ordóñez cada vez más conmovido por una sorda irritación,
continuó:
—¡Abofetear a la Iglesia!... ¿Crees tú, hijo mío,
que tal atentado puede quedar impune? Yo, como campeón de Dios, no puedo
transigir con la idea de que triunfe el Infierno y la Iglesia quede humillada,
cosa que sucederá si ese hombre terrible no sufre un castigo digno de él. ¡Ah!
¡Si yo no vistiese estos hábitos!... ¡Si no fuese tan viejo! Mi situación es
igual a la del anciano padre del Cid, después de recibir la bofetada del conde
Lozano; pero en vano busco a mi alrededor quien ha de vengarme, pues no encuentro
un Rodrigo dispuesto a desenvainar su espada por mí.
Ordóñez le interrumpió, como ya lo esperaba el
jesuíta:
—Yo seré ese vengador que vuestra reverencia
necesita. Odio a ese joven, tanto por el atentado de que le ha hecho a usted
víctima, como por sus antiguas relaciones con María. Además, los insultos que,
según usted afirma, me dirigió, y el haber ocurrido en mi casa la violenta
escena, me autorizan para retar a ese caballero y para matarle después; pues ya
sabe usted que hay pocos tan hábiles como yo en el manejo de las armas.
El padre Tomás afectaba estar conmovido por aquel
rasgo que calificaba de sublime y decía con expresión de júbilo:
—Acepto tu generoso ofrecimiento, y tengo la
seguridad de que Dios te premiará este servicio que vas a prestar a su causa.
Admito tu ofrecimiento, principalmente, porque estoy convencido de que saldrás
victorioso. Tienes gran fama de tirador.
—¿Y ese médico no es experto en el uso de
armas?—preguntó con cierta inquietud el elegante.
—No creo que sepa manejar otro acero que el del
bisturí. Toda su vida la ha empleado en aprender infamias científicas, para
negar a Dios y a la religión.
—Esta tarde misma le enviaré mis padrinos. Voy a
ir, sin pérdida de tiempo, en busca de dos amigos de confianza. Les pillaré en
casa antes de que salgan.
—Espero, hijo mío, que para nada figurará mi nombre
en este asunto.
—Pierda usted cuidado, padre Tomás. Conozco de
sobra lo que son estas cosas. Mi reto está fundado en el disgusto producido por
ciertas violencias que Zarzoso se ha permitido en mi casa y por los insultos
que me dirigió estando yo ausente.
—¡Bravo! Eso es. Que no se mencione para nada la
bofetada que me dió.
—Así se hará: tanto más cuanto que él, como persona
inteligente, podrá adivinar de dónde viene el golpe y cuál es la verdadera
causa del reto.
Aún hablaron durante algunos minutos el padre Tomás
y aquel protegido, a quien él llamaba pomposamente el campeón de Dios, a causa
de la venganza de que se había encargado.
El reloj del despacho dió las once, y Ordóñez se
apresuró a marcharse.
—Buena hora—dijo alegremente—para pillar a mis dos
amigos en la cama. De seguro que ninguno de los dos se ha levantado todavía.
Hasta mañana, padre Tomás. Antes de veinticuatro horas ese mocito habrá llevado
su merecido.
Estaba Ordóñez junto a la puerta cuando le llamó el
jesuíta, diciéndole con acento bondadoso:
—Escucha, atolondrado. El que nos ocupemos de mis
asuntos no es motivo para que olvidemos los tuyos. Hablaré esta tarde al
administrador de la condesa para que te entregue lo que necesitas y puedas
pagar tus deudas. Y mira: he pensado que, en tu situación, esos veinte mil
duros no te sacan de penas, pues como son para pagar deudas, te quedarás
inmediatamente sin un céntimo. Lo he pensado bien, y creo que será mejor hacer
un empréstito para ti de veinticinco mil duros; medio millón de reales, así la
cuenta resulta más redonda.
—¡Oh, reverendo padre! Tantas bondades me confunden
y no sé cómo agradecerlas. Gracias, muchas gracias; se necesita ser un impío
dejado de la mano de Dios para abofetear a un hombre tan bondadoso y tan bueno.
Y Ordóñez, besando la mano de su protector, salió
del despacho con aire de satisfacción y alegría.
El padre Tomás, al quedar sólo, agitó su mano con
expresión amenazante, como si se dirigiera a algún ser invisible que estuviese
en la habitación, y murmuró:
—¡Ah, doctorcillo! Me parece que de ésta ya no
darás más bofetadas.
Mientras tanto, Ordóñez bajaba la escalera de
aquella antigua casa, diciéndose interiormente:
—La verdad es que el servicio no puede estar mejor
pagado y que la proposición ha sido hecha del modo más correcto y diplomático, sin que pueda considerarse herida mi susceptibilidad.
Veinticinco mil duros si matas a ese caballerete que me ha abofeteado; esto es
en el fondo la proposición con toda su crudeza. No se puede negar que el padre
Tomás se porta como hombre espléndido cuando trata de librarse de un enemigo...
Pero, ¡qué demonio!, si ese dinero que me va a dar es mío, puesto que pertenece
a mi esposa... Reconozco en este golpe a los jesuítas. Siempre se muestran
generosos y pródigos cuando disponen del bolsillo ajeno.
Asesinato legal.
Cuando el doctor Zarzoso recibió la visita de los
padrinos de Ordóñez no experimentó gran extrañeza.
Al disiparse la ira que le había dominado durante
su violenta conferencia con el padre Tomás, pensó fríamente su situación,
adivinando que un hombre tan terrible y maligno como era aquel jesuíta no
tardaría en tomar venganza. En su concepto, abofetear al jefe del jesuitismo en
España, era exponerse a mil iras vengadoras ocultas en la sombra, y por esto se
extrañaba al ver que transcurrían unos cuantos días sin notar la persecución
del ofendido padre Tomás.
Los padrinos de Ordóñez eran un coronel más
conocido por sus jugadas en el Casino que por sus campañas, y un marqués que
tenía reputación de ser el primer tirador de armas de España, y cuya
intervención resultaba imprescindible en todos los duelos que se concertaban en
Madrid.
Llegaron a casa del doctor a las dos de la tarde,
cuando éste acababa de terminar su diaria consulta para los pobres, y después
de enseñarle una carta de Ordóñez en que les facultaba para representarle en el
lance, diéronle otra del mismo individuo, la cual produjo en el doctor terrible
efecto.
Ordóñez exigíale una satisfacción por lo ocurrido
en su casa; pero el estilo de la carta era tan despreciativo y abundaban tanto
en ella las palabras irónicas y mortificantes, que Zarzoso, pálido por la ira,
arrojó el papel con visibles muestras de desprecio.
—Señores—dijo a aquellos dos espadachines
elegantes—, soy un hombre de ciencia, y como ocupado en el estudio no he tenido
tiempo para enterarme de ciertas cosas, ignoro lo que se hace
en casos como el presente. Dispensen ustedes mi ignorancia; pero si yo me niego
a dar esas manifestaciones humillantes que pide ese señor, ¿qué ocurrirá
entonces?
—Tendrá usted que batirse con nuestro
apadrinado—contestó el coronel.
Y el marqués añadió con entonación campanuda, como
si hablase de una cosa santa:
—Así lo exige el Código del honor.
—Perfectamente—dijo con ironía Zarzoso—. ¿Y qué más
ceremonias exige ese sagrado Código?
—Debe usted nombrar dos padrinos para que se
entiendan con nosotros y concertar entre los cuatro las condiciones del
combate. Esto se sobreentiende que será si usted se niega a dar explicaciones.
—Me niego; sí, señor. No conozco a ese caballero a
quien ustedes representan, pero no sé por qué me halaga la idea de romperme la
cabeza con él. Voy a presentarles a ustedes mis padrinos.
Y el joven doctor se dirigió a su gabinete de
operaciones, donde aún estaban los ayudantes esperando las órdenes del maestro
antes de retirarse hasta el día siguiente.
Escogió dos de los que le inspiraban más confianza
y los presentó a los padrinos de Ordóñez, quienes los saludaron con una
ceremonia grave y casi fúnebre, invitándoles a reunirse de allí a media hora en
el domicilio del marqués, para concertar el duelo.
Cuando Zarzoso quedó sólo en su salón,
reflexionando sobre aquel suceso, vió entrar a su tío, el viejo doctor, con una
expresión ceñuda y volviéndose a todos lados como si quisiera husmear algo
extraño en la atmósfera.
Paseando por el salón, miraba de vez en cuando a su
sobrino y gruñía sordamente, hasta que, por fin, se plantó ante el joven y le
dijo con expresión de juez que interroga:
—Oye: hace un momento he visto salir de aquí a dos
caballeros a quienes conozco. Les llamo caballeros, porque esto no significa
nada; pero en realidad son dos perdidos, dos tahures espadachines de esos que
pululan en la alta sociedad y que sólo sirven para hacer daño a las personas
honradas. ¿Qué querían esos individuos? De seguro que no venían a buscarte como
médico.
El joven permaneció indeciso por algunos momentos,
no sabiendo qué contestar; pero, al fin, se decidió a decir la verdad, y habló
a su tío del lance que tenía próximo, aunque procurando ocultar su verdadera
causa y diciendo que consistía en ciertas palabras que se le habían escapado
hablando con algunos amigos sobre un hombre muy
conocido en la alta sociedad y cuyo nombre no quería revelar.
—¿Y qué es lo que dijiste de él?
—Dije que era un canalla, un estafador y un tahur
que había apelado siempre a los más reprobables medios para ganar dinero en el
juego.
—¿Y es esto verdad? ¿Tienes pruebas de ello?
—¡Bah! ¡Si esto lo sabe todo Madrid! El tal sujeto,
cuyo nombre no quiero revelar, tiene la fama tan bien sentada, que no hay
persona alguna que no le considere como un pillete.
El buen sentido del viejo doctor, su lógica de
hombre rudo, pero recto, sublevábase al oír estas palabras.
—¿Y vas a batirte con un hombre así? Te digo que no
comprendo estas cosas, y que me parece que el mundo no es ya más que una vasta
jaula de locos. Comprendo que un hombre quiera matar a otro cuando éste le
insulta, atribuyéndole cosas que no ha hecho; pero hablar del honor, de la
dignidad y de satisfacciones, por haber sido llamado tal como se merece uno, me
resulta la mayor de las demencias. El pillete siempre será pillete, aunque
lleve en el bolsillo un código del honor y sepa tirar a todas las armas para
asesinar a los que le llaman con el nombre que merece, y el hombre honrado será
un jumento, si por respeto a estas farsas, que se llaman conveniencias
sociales, accede a exponer su vida riñendo con aquel a quien ha insultado
dándole los calificativos que merece por su infame conducta. La cosa es clara.
Si esos espadachines aristocráticos que viven en sociedad como en país
conquistado, no quieren verse ofendidos a cada punto en lo que ellos llaman su
honor, que lleven mejor vida y sean más virtuosos y dignos, pues así se
evitarán que el hombre honrado les diga la verdad. Tú le has dicho canalla a
ese individuo cuyo nombre no quieres revelarme; ahora, lo que a él le toca, a
los ojos de la sana razón, es demostrar que no merece tal calificativo y hacer,
enseñándote pruebas, que tú lo confieses así. Con que ya lo sabes; te prohibo
que te batas. Me avergonzaría de tener en mi familia un imbécil, que por lo que
podrán decir cuatro desocupados, fuese a matarse con un hombre que no merece ni
su estimación ni su respeto, a causa de su falta de vergüenza.
Zarzoso oía a su tío sin que sus palabras le
produjeran efecto alguno. Había ya adoptado una resolución y se batiría con
Ordóñez, pues odiaba a este hombre. El viejo doctor debió adivinar en la mirada
de su sobrino algo de lo que éste pensaba, y para disuadirle de su tenaz
propósito, se apresuró a añadir:
—Además es una solemne barbaridad, una locura
inconcebible, el batirse con un hombre acostumbrado
al manejo de las armas. Eso equivale a un suicidio, a dejarse asesinar
voluntariamente. ¿Eres tú acaso espadachín? ¿Has perdido mucho tiempo
ejercitándote en el uso del sable y de la pistola? No; tú eres un hombre de
ciencia, te has dedicado a saber curar las heridas y no a abrirlas, y entre ser
aprendiz de sabio o aprendiz de asesino, has preferido lo primero. En cambio,
ese caballerete que te reta debe ser un consumado espadachín, pues así lo da a
entender la calidad de los amigos que te ha enviado. Si es que tiene interés en
librarse de ti, para que no le censures más tiempo diciéndole lo que se merece,
te ensartará como a un pajarillo o te meterá una bala en la cabeza. Y, ¿crees
tú que tiene sentido común el marchar a la muerte voluntariamente y por un mal
entendido amor propio? ¿Qué dirías tú de un hombre que débil y desarmado se
metiera voluntariamente en una calle donde supiera que le aguardaba emboscado un
asesino para matarle? Si ese enemigo tuyo fuese un hombre de ciencia que, como
tú, se hubiese pasado la vida entregado al estudio, sin conocer el manejo de
arma alguna, entonces se podría transigir con el lance, pues al menos existiría
entre los dos cierta igualdad; pero ir a ponerse enfrente de uno de esos
perdidos aristocráticos que apenas saben leer y que cifran todos sus
conocimientos en bailar bien y tirar a las armas, es una locura que yo no puedo
consentir a un sobrino mío.
Se detuvo el doctor para apreciar el efecto que
causaba en el joven todo cuanto iba diciendo, y como conforme hablaba,
entusiasmábase el viejo con el desarrollo de aquel tema, se apresuró a añadir:
—Tú bien sabes que la mayor de las inconsecuencias
en que puede caer un hombre sabio es arrebatarle la vida a un semejante. Tú que
eres médico contesta. ¿No te parece que bastantes auxiliares tiene la muerte
con esas innumerables y terribles dolencias que la Naturaleza descarga sobre la
Humanidad? ¿No se desangra bastante la especie humana con esas guerras que
provocan los reyes y que muchas veces tienen por fundamento una ridícula
cuestión de cortesía? Yo bien sé que los hombres tenemos algo de fiera y que
muchas veces, alterándose nuestro sistema nervioso, se oscurece la razón y
apelamos a los puños como supremo argumento. Eso está muy bien, ¡qué demonio!,
y no seré yo quien pretenda corregir la plana a la Naturaleza. ¿Se insultan dos
hombres? ¿Se odian por motivos particulares? Pues bien; comprendo que al
encontrarse desahoguen su furor dándose unos cuantos puñetazos y hasta me
parece lógico que en un arranque de su brutalidad excitada lleguen hasta
matarse. Pero lo que no comprendo, lo que no concibo cómo la ley no lo castiga
con las más terribles penas, es que dos hombres,
algunos días después de haberse insultado, vayan con la mayor sangre fría, casi
sin odio, a matarse en el campo que llaman del honor, rodeando el crimen de un
aparato ceremonioso y ridículo, propio de costumbres bárbaras, que,
afortunadamente, pasaron para no volver. Me tiene sin cuidado que esos tontos
de la aristocracia y una turba de imbéciles que quieren imitarles cometan estas
sangrientas estupideces; pero no puedo consentir que un sobrino mío, que además
es sabio, caiga en un ridículo tan deshonroso.
Calló el viejo doctor y dió algunos pasos por la
habitación hasta que poco después volvió a detenerse ante el joven, e irguiendo
su corpachón, dijo con cierto orgullo:
—Aquí tienes a tu tío que nunca ha llegado a caer
en tales ridiculeces, y, sin embargo, me tengo por más valiente que todos esos
señores que palidecen de ira a la menor palabra que hablan de acudir
inmediatamente al campo de honor. A ellos, que son tan valientes, les hubiera
querido ver yo bregando con los locos y quitándoles muchas veces las armas de
las manos. Pues bien; yo, que no sé lo que es miedo, nunca he admitido esos
ridículos desafíos, en los que se escuda, las más de las veces, la gente que no
tiene razón. Una vez, cierto doctor que tenía reputación de espadachín,
ofendido por algunas expresiones que se me escaparon en el calor de una
discusión científica, me envió sus padrinos, diciendo que no podía vivir
tranquilo mientras que yo no le diese una reparación en el terreno de las
armas. Despedí a los padrinos con cajas destempladas, diciendo que si mi
enemigo no podía vivir sin vengarse de mí, que viniera a buscarme sólo, pues
tenía un buen garrote para darle la contestación, y esta es la hora en que
todavía no le he visto. Otra vez un cliente me dió su tarjeta en señal de reto
y yo le contesté con unos cuantos mojicones, y por esto ha transcurrido el
tiempo sin que nadie se atreviera a irle con más farsas de estas al doctor
Zarzoso. Créeme, Juanito; eso de los desafíos es un procedimiento inventado por
ciertas gentes que no sirven para nada, con el fin de conservar por el terror
su supremacía en la sociedad. Si todos tuviesen sentido común e hiciesen lo que
yo, despreciando tan ridículas preocupaciones, ten por seguro que pronto
terminaría esa ridícula costumbre apadrinada por la fatuidad francesa y que
hace revivir la Edad Media en pleno siglo XIX. Con que contesta, muchacho.
¿Estás dispuesto a obrar como cualquiera de esos cabezas de chorlito que pululan
en la sociedad, imponiéndola sus ridículas costumbres?
Zarzoso, mientras hablaba su tío, habíase formado
su plan. Sabía que el viejo doctor no era capaz de transigir con el duelo y le
impediría por todos los medios el que llegara a batirse.
El joven comprendía también la verdad que
encerraban las palabras de su tío, pero aquella carta de Ordóñez que él veía
blanquear en el rincón a donde la había arrojado, conmovíale y le hacía pensar
con fruición en la delicia que experimentaría al verse frente al marido de la
condesa con un arma en la mano. Estaba decidido a no retroceder, encontrándose
como se encontraban tan adelantados los preparativos del duelo. Adivinaba la
inmensa ventaja que llevaría Ordóñez sobre un hombre que no conocía el manejo
de las armas, pero al mismo tiempo pensaba que era más preferible morir, que
dar lugar a que aquel hombre tan odiado se jactase ante María de haber
inspirado miedo a su antiguo novio.
Esto era lo que más decidía a Zarzoso a dejar que
la aventura siguiese su curso. Estaba decidido: antes morir que dar pretexto
para que María le tuviese por un cobarde.
El joven, deseoso de librarse de su tío, dió a éste
toda clase de seguridades. No se batiría, ya que así lo mandaba él, y prometió
al mismo tiempo tenerle al corriente de cuanto ocurriera en aquel asunto.
El viejo doctor, a quien nunca había engañado su
sobrino, se tranquilizó con tales promesas, y poco después le dejó sólo para ir
a dar un paseo con otros dos profesores jubilados, que eran sus únicos amigos,
por lo mismo que en genio rudo y en opiniones intransigentes casi llegaban a su
misma altura. Los diarios paseos de aquellos tres sabios, con sus incesantes
discusiones, equivalían a una continua tempestad científica.
El joven doctor permaneció en el salón
reflexionando sobre la aventura de que iba a ser protagonista, y ensimismado en
sus ideas pasó para él tan velozmente el tiempo, que habían transcurrido ya dos
horas y comenzaba a anochecer cuando él creía que sólo habían pasado algunos
minutos.
Al volver los dos ayudantes designados por él como
padrinos, encontráronlo tendido en un diván, con la mirada fija en el techo y
la expresión del que sueña despierto.
Los dos jóvenes le enteraron de las condiciones
concertadas con los otros padrinos.
La discusión había versado principalmente sobre la
gran desigualdad que existiría entre los combatientes, a causa de que el doctor
era inhábil en el manejo de toda clase de armas. La pistola había resultado
inadmisible, a causa de que Ordóñez pasaba por uno de los mejores tiradores de
Madrid, y, al fin, como se había de optar por alguna arma, los cuatro padrinos
decidiéronse por el sable, aunque en su manejo también se distinguía el marido
de la condesa.
A Zarzoso le pareció todo muy bien, y cuando uno de
sus ayudantes le propuso ir al salón de armas del
“Zuavo”, a que éste le diese algunas lecciones, el joven doctor contestó con un
gesto de indiferencia.
¿Para qué? Estaba convencido de que una lección de
unas cuantas horas sólo serviría para fatigarle, sin proporcionarle ninguna
superioridad sobre el enemigo. Además, sus ayudantes le decían que en las
luchas a sable lo más principal era tener coraje, abrumando a golpes al
enemigo, y él pensaba que si le mataba Ordóñez no perdía gran cosa, pues estaba
cansado de la vida y ésta no tenía para él atractivo alguno desde que María
resultaba imposible para él.
Tan indiferente le era la existencia a Zarzoso, que
durmió aquella noche con bastante tranquilidad y únicamente se preocupó de que
su tío no se apercibiera de que el lance iba a verificarse a la mañana
siguiente.
Habían convenido los padrinos que el encuentro
fuese en una posesión que el marqués, amigo de Ordóñez, tenía en las
inmediaciones de Madrid, y allá fué donde Zarzoso, a las seis de la mañana, se
dirigió en un carruaje, acompañado de sus dos ayudantes.
En una enarenada plazoleta del jardín, que se
extendía a espaldas de la villa del marqués, fué donde se encontraron aquellos
dos hombres que no se conocían, y, sin embargo, se buscaban con el propósito de
matarse.
Zarzoso sólo había visto algunas veces a Ordóñez de
lejos en las calles de Madrid, y el marido de la condesa contempló por primera
vez al hombre a quien aborrecía y cuya muerte le había sido pagada con tanta
generosidad por el jesuíta.
Los cuatro padrinos prepararon la lucha con toda la
ceremoniosa liturgia propia de tales casos, y sobre la arena pusieron los
sables con que aquellos hombres debían herirse.
Ordóñez y sus padrinos, aunque afectando seriedad,
mostraban estar acostumbrados a actos como aquél. Zarzoso permanecía
indiferente, y en cuanto a sus dos ayudantes, parecían asombrados de que con
tanta frialdad se preparase la muerte de un hombre.
Después de los saludos, de señalar el puesto de los
combatientes y de dejar ultimados todos los preparativos, Zarzoso y Ordóñez
despojáronse de la levita y el chaleco, arremangáronse el brazo derecho y
cogieron sus sables.
El joven doctor estaba decidido a no dejarse matar
y a causar a su enemigo todo el daño que pudiera; pero cuando los padrinos
dieron la voz de ¡en guardia!, él notó en los labios de Ordóñez una sonrisa
desdeñosa y en el rostro de sus padrinos un gesto de asombro.
—Esto va a resultar un crimen—murmuraba el coronel,
padrino de Ordóñez—. Ese muchacho no sabe lo que tiene en la mano y se va a
dejar mechar inmediatamente.
Así era, pues Zarzoso, con el sable en la mano,
hacía la figura más ridícula, demostrando desconocer hasta las más
rudimentarias reglas de la esgrima.
El sol de la mañana, filtrándose a través de las
vecinas arboledas, iluminaba, aquella plazoleta, bañando en luz el sombrío
grupo de los padrinos y haciendo centellear las hojas de los sables.
Reinaba un fúnebre silencio, únicamente
interrumpido por los rumores de los árboles, y en aquella augusta y silenciosa
majestad de la Naturaleza, iban a exponer su vida dos hombres: el uno por
el qué dirán de la sociedad, que hace cometer las mayores
tonterías, y el otro obedeciendo a la sugestión de un superior y obrando como
un asesino pagado.
Apenas comenzó el combate, Zarzoso avanzó sobre
Ordóñez dirigiéndole golpes a diestro y siniestro, sin regla ni concierto
alguno.
El joven doctor tenía buen brazo, estaba excitado
por el coraje que sentía, y Ordóñez, a pesar de ser un experto tirador, hubo de
retroceder en el primer instante algunos pasos para librarse de aquella lluvia
de cuchilladas.
Esta impetuosidad en el ataque y tan hostil
desorden en la agresión, hubiesen servido de mucho a Zarzoso tratándose de un
enemigo tan inexperto como él; pero Ordóñez no tardó en reponerse, y notando
que su contrario siempre le dirigía los golpes a la cabeza, limitóse a ponerse
a la defensiva, sonriendo con desdén.
El coronel seguía murmurando, a pesar de que su
compañero el marqués le tocaba con el codo para que callase:
—Ese muchacho tiene bríos. ¡Lástima que no sepa
absolutamente nada de esgrima! Ordóñez está divirtiéndose con él y así que
quiera lo despachará a su gusto. El mismo será el encargado de matarse.
Aún duró el combate unos cinco minutos.
Zarzoso, jadeante e irritado, se movía de un lado a
otro, saltaba, buscando atacar a su enemigo por todos lados; pero siempre le
salía al encuentro el sable de Ordóñez, parando con exactitud sus más
furibundas cuchilladas.
Aquella defensa pasiva y desdeñosa irritaba aún más
a Zarzoso, quien, ciego de furor, deseaba que su enemigo tomase la ofensiva y
lo rematara de un golpe, pues así al menos no le serviría de objeto de
diversión.
Tuvo un momento de descuido Ordóñez, en que el
sable del doctor silbó cerca de una de sus orejas,
y entonces el rostro del elegante perdió su desdeñoso gesto para tomar un aire
de ferocidad.
Los padrinos adivinaron que llegaba ya el momento
supremo.
Zarzoso, más confiado y ensoberbecido por aquella
cuchillada que tan cerca había pasado de su enemigo, levantó el sable y
audazmente, a cuerpo descubierto, avanzó un paso; pero en el mismo instante,
rápido como un relámpago, extendió Ordóñez su brazo, con el sable horizontal y
rígido, y al acercarse impetuosamente el doctor, se lo clavó él mismo en el
pecho.
Zarzoso, pálido y con la mirada extraviada, cayó de
rodillas, al mismo tiempo que un grueso chorro de sangre manchaba su blanca
camisa y caía goteando en la arena de la plazoleta.
Los dos ayudantes que se abalanzaron a sostenerle
en sus brazos, al ver el sitio donde estaba la herida y la gran cantidad de
sangre que manaba, cambiaron entre sí una mirada de horrible desconsuelo.
Buena mano tenía el tal Ordóñez. No era necesario
que ellos abriesen su botiquín para hacer la cura. La punta del sable le había
atravesado el corazón y aquellas convulsiones del infeliz médico eran el
estertor de la agonía.
Cuando una hora después los dos ayudantes,
auxiliados por el portero, subían el cadáver todavía caliente de Zarzoso por la
lujosa escalera de su casa, la primera persona que encontraron al llegar al
rellano del segundo piso fué al viejo doctor. Estaba muy desfigurado y su
rostro, rudo y siempre cejijunto, parecía el de un león con fiebre.
Al levantarse aquella mañana y no encontrar a su
sobrino, había adivinado toda la verdad, y furioso contra Juanito por haberle
engañado, ocultándole lo que ocurría, iba de un punto a otro de la casa,
rugiendo, insultando a su ausente sobrino por lo que él llamaba su doblez y
desahogando su cólera dando patadas a los muebles y a cuantos criados
encontraba al paso.
Cuando vió el cadáver de su sobrino no experimentó
gran emoción aparentemente. Hacía ya rato que esperaba aquello.
—¡Ah, imbécil!—exclamó dirigiéndose al inanimado
cuerpo—. Al fin, te has salido con la tuya. Era preciso que cuatro estúpidos
que ni te conocían ni te apreciaban, no pudieran decir que el doctor don Juan
Zarzoso no era hombre de honor, y para esto nada más sencillo que dejarse matar
por un cualquiera, sin importarte gran cosa que después tu tío reviente de
pena. ¡Ah, pillete! ¡Ah, gran infame! Ya estarás satisfecho: a ti te han muerto
y yo no tardaré en seguirte. Puedes estar contento de tu hazaña. Dejándote
asesinar has salido del mundo con muchísimo honor,
como un completo caballero a los ojos de la estupidez y como un bestia para mí.
Y el pobre viejo hablaba con voz ronca,
gesticulando y braceando como un loco.
Los ayudantes y el portero permanecían inmóviles,
sosteniendo el cadáver, ante aquel hombre imponente en su dolor, que parecía
cerrarles el paso; y como uno de ellos, en su aturdimiento, soltase la cabeza
del muerto, que cayó pesadamente hacia atrás, el viejo exclamó con ira:
—¡Tened más cuidado, animales! ¿No veis que le
estáis haciendo daño? Esperad, que allá voy yo.
Y al sostener entre sus manos la helada cabeza del
joven, toda su ira desapareció, e inclinándose sobre ella estampó un beso en
aquella boca lívida, a la que asomaba una espuma sanguinolenta.
—¡Pobrecito! ¡Chiquitín mío!—gritó con una voz que
parecía un aullido doloroso y que causó escalofríos de terror a los hombres que
estaban presentes—. ¿Por qué me has engañado? ¿Por qué fuiste a morir sin
acordarte de mí, que soy tu padre? ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora, sólo en el mundo,
sin este muchacho que era toda mi familia?
Miró con ojos de idiota a aquellos tres hombres,
como si no los reconociera, y les dijo:
—Ustedes no saben quién era mi Juanito. ¡Qué han de
saber ustedes hasta dónde llegaba esta cabeza que tengo entre mis manos! De
estudiante, asombraba a los profesores de San Carlos por su aplicación y su
portentosa inteligencia; yo estaba tan orgulloso que hasta me hacía la ilusión
de que lo había parido; después, en París, se mostró como un portento, y si
quisiera les enseñaría a ustedes cartas de Charcot y de otros sabios, en que
hablan de mi niño como de un compañero, y luego aquí ha hecho curas tan grandes,
que yo mismo me consideraba a su lado como un discípulo ignorante. Además...,
¡tan bueno!, ¡tan sencillo!, siendo el consuelo de los enfermos pobres y el
salvador de todos esos chicuelos haraposos que vienen aquí por las mañanas...
Respondan ustedes: ¿Había alguien mejor que él? ¡Nadie! no hay en todo Madrid
quién pudiera descalzarle. ¡Vaya un suceso divertido! ¡Y luego aún hay
imbéciles que se empeñan en hacernos creer que existe Dios, la Providencia
Divina y todas esas zarandajas, buenas para engañar a los tontos!...
El viejo miró arriba, y rechinando los dientes,
rugió:
—¡Baja, bandido!..., ¡baja si te atreves, y me
explicarás el por qué de esa inmensa sabiduría, que mientras consiente la
muerte de un hombre benéfico y virtuoso, deja en
pie a un canalla, y hiere mortalmente a un pobre anciano!
El doctor seguía a aquellos hombres que iban
empujando el cadáver dentro de la habitación. No soltaba la cabeza de su
sobrino, y cuando al atravesar uno de los salones de espera la luz del balcón
dió de lleno en aquel rostro de lívida palidez, el viejo, con un rugido, hizo
detener a los conductores:
—Mirad, mirad bien esa cara: es la misma de mi
pobre hermano. Esto es intolerable, esto es inhumano; parece imposible que en
una nación que se llama civilizada, los pobres viejos tengan que pasar por tan
terribles agonías. Críe usted hijos, haga usted de ellos unos sabios,
enorgullézcase con sus triunfos, que la ley del honor ya se encargará de
enviarle un espadachín que a la primera cuchillada derrumbe todas sus ilusiones
al suelo... ¡Oh, Juanito! ¡Hijo mío!
Y el viejo pudo, por fin, dar libre expansión a
aquel dolor comprimido en su pecho, y derramando abundantes lágrimas, cayó de
rodillas, descansando su blanca cabeza sobre la lívida faz del muerto.
El porvenir de la familia Ordóñez.
La trágica muerte del doctor Zarzoso produjo gran
impresión en Madrid.
Los periódicos se ocuparon del suceso, aprovechando
la ocasión para declamar contra la bárbara costumbre del duelo, y al entierro
del doctor acudió toda la aristocracia de la ciencia en unión de aquella
clientela pobre que adoraba a Zarzoso como un ser casi sobrenatural, a causa de
sus bondades sin límites.
Durante algunos días la muerte del doctor fué el
tema de todas las conversaciones en Madrid; pero al domingo siguiente,
“Frascuelo” tuvo una cogida, y el público novelero no tardó en olvidarse del
trágico desafío para ocuparse únicamente de la salud del diestro.
Dos semanas después, eran ya muy pocos los que se
acordaban de la triste suerte del doctor Zarzoso; la excitación pública
devanecióse, y así no resultó difícil que Ordóñez fuese condenado únicamente a
dos años de destierro, juntando con este castigo la
esperanza de que el Gobierno le indultaría de la pena así que, transcurridos
algunos meses, se hubiese olvidado por completo el trágico suceso.
Ordóñez acogió con satisfacción aquella sentencia
que le daba un pretexto para satisfacer su afición a vivir en el extranjero, y
salió inmediatamente para Londres, después que el padre Tomás, muy satisfecho
de su comportamiento, le prometió interponer su valiosa influencia para que el
administrador de la condesa atendiese a todas sus necesidades con frecuentes
envíos de dinero.
Quedó, pues, María completamente sola en su hotel,
al cuidado de su enfermo hijo, pues su tía, la baronesa, había olvidado por
completo las costumbres de mujer elegante que observaba antes del matrimonio de
su sobrina y en los primeros tiempos de éste, y había vuelto a sus aficiones
devotas, pasando la mayor parte del año fuera de Madrid, visitando conventos y
tomando parte en ejercicios religiosos y romerías que organizaban los jesuítas
para levantar el espíritu católico, que según ellos estaba muy decaído. La
viuda de López ya no ejercía de confidente de la baronesa y de María. Doña
Fernanda había perdido toda su confianza en la intrigante viuda, y ésta, por su
parte, cansada de servir a sus aristocráticas amigas, y habiendo ganado con sus
complacencias lo que creía necesario para el resto de su vida, habíase retirado
a Andalucía, dedicándose a negocios con sus ahorros en Sevilla, donde prestaba
al 30 por 100 a las gentes más necesitadas.
Fué para María una época muy triste los dos años
que permaneció sola en su hotel, sin otra distracción que el cuidado de su
enfermizo hijo, ni otras visitas que las del padre Tomás y el médico de la
casa.
Algunas veces, doña Fernanda, fatigada por las
correrías religiosas que la hacían viajar por todas las provincias de España,
permanecía algunas semanas en el hotel; pero aquella quietud en una casa que
tenía algo de hospital y cuyo ambiente apestaba con el acre olor de las
medicinas, no agradaba a una mujer que era inquieta y movediza, por el instinto
de la propaganda y la organización, e inmediatamente, la vieja paloma mística
levantaba el vuelo para continuar aquella obra que tan grata les era a los padres
de la Compañía.
Mientras la baronesa permanecía en Madrid. María
abandonaba su pasiva existencia de mujer resignada y triste, y obedeciendo a su
tía, la acompañaba a la iglesia o a las reuniones piadosas, mostrándose
entonces a los ojos de las gentes de su clase, que
la creían enferma al no verla en los demás puntos de reunión donde se codeaban
las clases privilegiadas.
La joven condesa de Baselga, por más que
transcurría el tiempo, no lograba reponerse de la dolorosa sorpresa, del
inmenso pesar que la produjo la noticia del triste fin del doctor Zarzoso.
Adivinaba que ella había intervenido indirectamente
en aquella espantosa tragedia, en la cual su marido había desempeñado el papel
más odioso, quedando su antiguo adorador con el prestigio sublime del hombre de
corazón que se deja matar por haber amado mucho.
Antes de aquel duelo, miraba con indiferencia a
Ordóñez, pero ahora le odiaba, viendo en él al asesino de Zarzoso, y se sentía
satisfecha por vivir alejada de su marido, pues hubiese sido un tormento
horrible el tener que estar a todas horas junto al hombre que aborrecía.
El recuerdo de aquel trágico suceso producíale una
melancolía incurable, y prefería permanecer encerrada en el fondo de su hotel a
tomar parte en las diversiones de la vida elegante o a mostrarse simplemente en
público.
Por otra parte, la continua e interminable dolencia
que debilitaba a su hijo, obligábala a permanecer siempre encerrada, adivinando
muchas veces que no era Paquito el único enfermo, pues ella sentía la falta de
salud, y en su rostro marcábanse cada vez más aquellos signos que alarmaron a
Zarzoso la primera vez que entró en el hotel y que le hicieron sospechar que la
tuberculosis del padre había contagiado a toda la familia.
Cada vez que ella se quejaba de su falta de salud,
presintiendo que existía en su organismo un principio de terrible enfermedad,
el médico de la casa y el padre Tomás bromeaban sobre lo que ellos llamaban
escrúpulos y manías de la condesa.
En concepto de dicho médico, lo que sentía María
era el cansancio producido por las muchas noches en vela y la angustia que le
causaba el estado de su hijo, al cual prometía él curar en plazo muy breve, a
pesar de cuyas promesas la enfermedad de Paquito no dejaba de ir en aumento
rápidamente.
El terrible hidrocéfalo no podía ser más visible.
La cabeza del niño había ido desarrollando exageradamente su volumen de un modo
lento y progresivo. La frente se había extendido elevándose y avanzando hacia
los ojos, de un modo que éstos estaban dirigidos
hacia abajo y recubiertos por el párpado inferior hasta el centro de la pupila.
La cabeza tomaba la forma de una pirámide con la base hacia arriba; la cara se
achicaba haciéndose pálida y huesuda; el cuero cabelludo sólo estaba cubierto
por muy escasos y finos cabellos, y las venas subcutáneas de las sienes y de la
frente, hinchábanse, destacándose bajo la piel con marcado relieve.
A pesar de unos signos tan característicos, el
doctor, protegido por el padre Tomás, negaba siempre que aquello pudiera ser el
hidrocéfalo y atribuía tales síntomas a todas las enfermedades, antes que a una
tuberculosis encefálica.
El padre Tomás, al hablar de la enfermedad de
Paquito, atribuíala siempre al exagerado cuidado de su madre y a la anormal
temperatura de Madrid, asegurando que el niño se curaría así que estuviera en
condiciones para entrar en cualquiera de los colegios de educación que la
Compañía tenía establecidos en provincias y en el cual, con un clima saludable
y un régimen reglamentario e higiénico, no tardaría en desaparecer la hinchazón
del cráneo que tanto alarmaba a María.
Transcurridos los dos años de destierro a que
habían condenado a Ordóñez, éste volvió a Madrid con el único fin de avistarse
con sus amigos, pues le gustaba más la vida de París o de Londres que la de
Madrid. En cuanto a su mujer y a su hijo, apenas si se acordaba de ellos, pues
sólo de tarde en tarde había enviado a María una breve carta por pura cortesía,
preguntando con marcada negligencia por la salud de Paquito.
Cuando la condesa vió de vuelta a su marido,
experimentó un gran disgusto. Le era muy grato vivir sola en su hotel, sin otra
compañía que la de su hijo, pues así su imaginación excitada se hacía la
ilusión de que era una viuda y que su esposo había sido aquel infeliz doctor,
al cual amaba ahora sin sombra alguna del antiguo despecho, desde que lo había
visto morir a causa del amor que la había profesado.
Ordóñez, como si adivinara cuáles eran los
sentimientos de su esposa, no intentó con ella la menor intimidad. Además, el
aventurero sin corazón que explotaba de tal modo a su esposa, como había estado
tanto tiempo ausente, notó al primer golpe de vista lo envejecida que se
hallaba por las penas, y la interna destrucción que en su organismo iba
operando la enfermedad, y esto era más que suficiente para que aquel hombre
corrompido y sin sentimiento, que en punto a amor no había ido más allá de una
carnívora brutalidad, rehuyese todo contacto con la
esposa honrada, que, por ser madre, había perdido una gran parte de su frescura
y de su belleza.
La fría indiferencia entre los dos cónyuges era
visible para todos cuantos entraban en la casa, y apenas si al sentarse a la
mesa, los pocos días en que Ordóñez comía en casa, dirigía éste algunas
palabras a su esposa, la cual, por su parte, tampoco tenía gran interés en
tratarse con un hombre a quien odiaba.
Un día Ordóñez se mostró con su esposa más
insinuante y cariñoso que de costumbre.
Después del almuerzo, en vez de salir
apresuradamente como hacía siempre, para acudir a las mil citas de amigos y
amigas que le asediaban desde que había llegado a Madrid, Ordóñez permaneció
sentado, mostrando deseos de entablar conversación con María, a la cual
inquietaba algo tan inesperada solicitud.
Hablaron primeramente del estado de su hijo que en
aquellos días parecía experimentar cierta mejoría y correteaba por la casa sin
pesadez y sin mostrar esa manifiesta imbecilidad que produce el hidrocéfalo en
los niños.
—Tú verás—decía Ordóñez a su esposa—cómo al fin no
resulta nada la enfermedad de nuestro hijo. Son dolencias esas que cuando niños
todos hemos pasado y que desaparecen al robustecerse el cuerpo y salir de la
infancia. Como esa enfermedad se hará más grave, será si tú te empeñas en tener
siempre a Paquito cosido a tus faldas y rodeado de los más nimios y
escrupulosos cuidados. Esto sólo servirá para que su dolencia se agrave y tú te
pongas más enferma, porque, ¡mira, hija mía!, voy a serte franco; tú no estás
muy bien y de seguro que si te empeñas en sacrificarte tanto por cuidar a tu
hijo, no tardarás en morirte. Me parece muy bien que una madre cuide a su hijo
sin reparar en fatigas; lo mismo hacía la mía; pero esto no impide que uno se
cuide a sí mismo. Yo también estoy muy delicado y, sin embargo, me hago la
cuenta de vivir muchos años, porque me preocupo mucho de lo que puede hacer
daño a mi salud y procuro cambiar de aires con frecuencia, pues esto siempre es
bueno. Dirás que soy muy egoísta; conforme, no lo discuto; pero con egoísmo se
vive, y si yo muriera, nadie de este mundo se encargaría de resucitarme. Los
muchachos, ¡qué demonio!, deben acostumbrarse a vivir libres de cuidados; esto
los robustece y a Paquito lo que le conviene es estar una buena temporada lejos
de tí, rodeado de otros chicos que le animen y
sometido a un régimen sin contemplaciones que excite su energía.
María se asustó al oír estas palabras y adivinó ya
lo que su esposo iba a decirle.
—Yo he hablado del asunto con el padre Tomás y éste
que, como ya sabes, es persona de mucha ciencia, cree lo mismo que yo y
aconseja que enviemos a Paquito a uno de los colegios que la Compañía tiene en
provincias; al de Valencia, por ejemplo, asegurando que allí sabrán
robustecerlo y librarlo de toda enfermedad, hasta el punto de que antes de un
año estará rollizo y sonrosado como un tudesco. Yo también pasé los primeros
años en un colegio de jesuítas, y te aseguro que allí no nos iba mal, pues me
crié perfectamente, y al mismo tiempo que me fortalecí supe muchas cosas que
jamás hubiese aprendido metido entre las faldas de mi señora madre. Con que ya
lo sabes, María; como quiero mucho a mi hijo, por más que tú creas lo
contrario, deseo que ingrese pronto en un colegio, donde aprenderá a ser
hombre.
Desde aquel día el porvenir de Paquito fué el
motivo de todas las conversaciones que se entablaban entre los dos esposos.
María resistíase con energía a acceder a aquella
separación; pero la asediaban continuamente con sus palabras, a más de su
esposo, el padre Tomás y el médico de la casa, el cual hablaba de los grandes
peligros del clima de Madrid, que amenazaba continuamente con una pulmonía al
organismo débil y delicado del niño.
Un nuevo refuerzo tuvieron los que atacaban la
resistencia de su sobrina, y llevada de la indignación que le produjo, que vino
a descansar un mes de sus tareas de propaganda y a saludar a Ordóñez, su
“tunante sobrino”, a quien seguía profesando gran simpatía, porque sus
calaveradas le hacían mucha gracia.
Doña Fernanda, después de escuchar reverentemente
la autorizada voz del padre Tomás, mostróse decidida partidaria de que el niño
fuese al colegio.
Con su carácter dominante e irascible, atacó la
resistencia de su sobrina, que llevada de la indignación que le producía tanta
tenacidad, llegó a decir con imponente voz:
—Si se muere el niño, tú serás la culpable, pues te
empeñas en retenerlo aquí con gran peligro de su vida, y no quieres enviarlo
donde indudablemente adquirirá la robustez que le
falta. Amas mucho a tu hijo; pero esto no impide que seas una mala madre.
Esta acusación fué lo que hizo a María rendirse.
Llegó la infeliz a imaginarse que podían ser
ciertas tales palabras, y con el deseo de no causar el más leve mal a su hijo,
accedió a consentir tal separación, aunque estaba segura de que esto le
produciría un disgusto sin límites.
Quedó acordado que el niño iría a educarse al
colegio de los jesuítas de Valencia, por ser el clima templado de esta ciudad
el que más convenía al enfermizo niño.
María, deseosa de separarse de su hijo lo más tarde
posible, se encargó de ser ella quien lo condujese a Valencia, y la baronesa,
que cada vez estaba más dominada por su manía de viajar, prestóse a
acompañarla.
La joven condesa llegó hasta proyectar el traslado
de su domicilio a Valencia, para vivir de este modo más cerca de su hijo; pero
tuvo que desistir de tal idea ante la rotunda negativa de su esposo.
El antiguo calavera, que, según decía, comenzaba a
sentirse viejo y se hallaba algo cansado de ser simplemente en sociedad un
aturdido, quería adquirir el prestigio de hombre serio y distinguido, y
pensaba, aprovechando la ausencia de su hijo, en arrastrar a María a las
fiestas del gran mundo y presentarse en bailes y recepciones, grave y estirado,
con su esposa del brazo, cual convenía a un hombre que aspiraba a solicitar en
la primera ocasión oportuna una embajada en cualquier nación de segundo orden.
La misma noche en que María, ante su familia y sus
amigos, se decidió a permitir que la separasen de su hijo, llevando éste al
colegio de Valencia, el padre Tomás y el médico de la casa, al salir del hotel
y subir al carruaje que les esperaba, entablaron inmediatamente conversación
sobre la salud del hijo de la condesa de Baselga.
—¿Cree usted, doctor, que ese niño puede gozar
larga vida?
—Lo que me extraña, reverendo padre, es que no haya
muerto ya. La tuberculosis del padre, contaminando a la madre, ha producido en
el hijo ese hidrocéfalo tan marcado, que seguramente llevará el niño a la
tumba.
—¿Y tardará mucho en morir?
—No puedo asegurarlo; pero un tuberculoso es un
campo abonado para toda clase de enfermedades. Bastaría que en el colegio
sufriese un ligero enfriamiento, que se expusiera a una corriente de aire
después de la agitación propia de la hora de recreo
en que juegan los alumnos, para que inmediatamente se declarase en él una
pulmonía, que en pocas horas le produciría la muerte.
El padre Tomás sonrió en la oscuridad que envolvía
el interior del carruaje.
—¿Y la condesa?—preguntó el jesuíta—. ¿Cree usted
que será muy larga su vida?
—También está amenazada de muerte, pues la
tuberculosis hace en ella rápidos estragos. Tal vez no tarde mucho en
declararse en ella la tisis.
—Pues entonces tampoco a Ordóñez le quedan muchos
años de divertirse, ya que él ha sido el foco de la enfermedad que ha
contaminado a toda la familia.
—¡Oh! Tal vez viva ese más años que nosotros. La
tuberculosis se presenta en él en forma muy benigna. Esto le parecerá extraño a
vuestra reverencia, pero las enfermedades tienen sus rarezas, lo mismo que los
seres humanos. Hay quien esparce la muerte en derredor suyo y, sin embargo,
vive muchos años gozando una relativa salud.
Callaron los dos hombres y permanecieron inmóviles
en la oscuridad del carruaje, hasta que por fin sonó la voz melosa e hipócrita
del jesuíta:
—¡Oh, Dios mío! ¡Cuán triste es el porvenir de esa
familia! Crea usted, doctor, que siento haberla conocido, y que si hubiese
llegado a adivinar que Ordóñez no era hombre de completa salud, me hubiese
opuesto a su casamiento con la condesa.
Un telegrama.
Aquella mañana el padre Tomás esperaba en su
despacho la visita de uno de sus subordinados, pertenecientes a la
casa-residencia de Sevilla y el cual había sido llamado a Madrid por orden de
su superior.
El jesuíta italiano, llevado siempre de su idea de
hacer las cosas por sí mismo, cuando estaba disgustado de alguno de sus
subordinados, no quería valerse de intermediarios para formular sus repulsas y
les hacía presentarse en Madrid, donde podía vigilarlos de cerca.
El jesuíta que había incurrido en su desagrado y a
quien él esperaba aquella mañana para desahogar en
su persona su mal humor, era un jesuíta andaluz, el padre Palomo, que gozaba de
cierto renombre, a causa de sus aficiones literarias y de los artículos y
novelas que publicaba en todos los periodiquillos y revistas, más o menos
subvencionados por la Compañía de Jesús.
Poco después de las once entró su criado de
confianza a anunciarle la llegada del padre Palomo y pasados algunos segundos
presentóse en el despacho el jesuíta andaluz, al que examinó el padre Tomás con
una rápida mirada.
Era un hombre de mediana estatura, de aspecto
enfermizo y de frente espaciosa y pronunciada, bajo la cual brillaban unos ojos
que, aunque fijos en el suelo, con la tenacidad de la costumbre, chispeaban de
vez en cuando con la llamarada propia del hombre observador y de inteligencia
despierta.
El padre Tomás, al notar en la figura del recién
llegado cierta delicadeza de modales y un asomo de indolencia aristocrática,
recordaba con su prodigiosa memoria la historia de aquel padre de la Compañía.
Su juventud había transcurrido en los salones,
siendo un hombre de moda, disputado por las damas y a quien el amor había
reservado grandes triunfos. Su existencia alegre y aventurera le hizo arrostrar
grandes peligros, y al verse en cierta ocasión próximo a la muerte y salvar
inesperadamente la vida, su imaginación de poeta excitada por el riesgo que
había corrido, vió en aquella aventura la milagrosa protección de Dios y
abandonó el mundo, ingresando en la Compañía de Jesús, poseído de la mayor fe.
Los jesuítas fomentaron sus aficiones literarias
comprendiendo que podían proporcionar algún honor a la Compañía que siempre
muestra empeño en presentar como eminencias a aquellos de sus individuos que no
pasan de ser medianías, y consiguió el padre Palomo ser en breve un escritor a
quien todos los afectos a la Orden consideraban como un portento literario.
El padre Tomás tenía motivos para estar quejoso de
aquel jesuíta que, aunque proporcionaba cierto honor a la Compañía, hacíase
objeto de censuras por la altivez con que acogía las órdenes de sus superiores,
y el orgullo que parecía poseerle desde que la Orden había hecho de él una
eminencia.
Al entrar el padre Palomo en aquel despacho y verse
en presencia del hombre poderoso que dirigía los negocios de la Orden en toda
España, bajó sus ojos con la humilde expresión del
esclavo, y arrodillándose a los pies del padre Tomás, le besó reverentemente la
mano.
El italiano mostró entonces en su rostro impasible
una expresión de superioridad y con severo acento comenzó a hablar al padre
Palomo, que había vuelto a ponerse en pie:
—¿Sabe usted por qué he mandado llamarle?
—No, reverendo padre.
—El superior de nuestra residencia en Sevilla me ha
dado sus quejas por la conducta de usted. El demonio del orgullo le domina a
usted, reverendo padre, desde que se ve aplaudido por esa gente estólida que
lee novelas; y porque sus libros han tenido alguna aceptación, que es debida
principalmente a nuestros reclamos, se cree usted ya con suficiente mérito para
despreciar a sus superiores naturales, a los que debe exacta obediencia. ¿Cree
usted que los éxitos que en el mundo alcanza un jesuíta corresponden a él
únicamente?
—No, reverendo padre.
—Celebro que así lo reconozca usted. La gloria de
un jesuíta es la gloria de la Compañía entera, y si usted ha alcanzado éxito en
sus libros, ese éxito es de la Compañía. El autor no es más que un simple
instrumento que produce, para que todos sus hermanos gocen por igual de la
gloria.
El padre Palomo, con su sagacidad y su silencio,
daba a entender que nada tenía que objetar contra aquella teoría puramente
jesuítica que anulaba lo más notable y digno de cada individuo.
—Ha sido usted muy culpable, padre Palomo—continuó
el jesuíta con creciente severidad—. Merece usted un cruel y saludable castigo
que le libre de ese orgullo que parece dominarle, y no sé como me detengo y
dejo de ordenarle que vaya unos cuantos años a Filipinas a vivir entre los
igorrotes, para olvidar de este modo esas aficiones literarias que han
despertado su fatuidad.
El jesuíta escritor permaneció inmóvil ante tal
amenaza; pero con su aspecto resignado demostraba que estaba dispuesto a sufrir
cuantos castigos le impusiera su superior.
—Aquí—continuó éste con visible irritación—no
hacemos las reputaciones de los individuos de la Compañía para que éstos se
enorgullezcan, y queremos que por encima de todas las satisfacciones que a un
jesuíta puedan producirle los aplausos del mundo, exista el respeto y la
sumisión a todo aquel que sea superior en rango. Aquí me tiene usted a
mí—continuó con creciente exaltación—que soy el superior de la
Orden en toda España y que tengo en mi vida militante hechos suficientes para
mostrarme orgulloso y satisfecho de mí mismo; pues bien, si ahora entrase por
esa puerta el general de la Compañía, me vería usted inmediatamente postrarme
de hinojos a sus pies, y si me ordenaba él arrojarme por ese balcón, no
tardaría un segundo en tirarme de cabeza. Solo con una obediencia ciega e
inflexible, es como podemos realizar nuestra grande obra: la conquista del
mundo para Dios.
Al padre Palomo le impresionaba algo la
inquebrantable fe que demostraba su superior, y le parecía sublime en un hombre
tan poderoso aquella obediencia ciega y aquella confianza tan absoluta en todo
superior.
El italiano comprendió el efecto que sus palabras
producían en el literato, y como tenía sus miras acerca de éste se apresuró a
terminar la parte severa y dura de tal conferencia, para entrar después en otra
más agradable y útil.
—Vamos a ver, padre Palomo; yo no tengo gusto en
castigar a un individuo de la Compañía, y cuando tomo severas disposiciones con
alguno, sufro tanto como el mismo interesado. ¿Está usted arrepentido de sus
faltas de respeto y sus altiveces con el padre superior de Sevilla?
—Sí, reverendo padre.
—Pues bien, yo le perdono su falta, aunque con la
condición de que nunca ha de volver a incurrir en desobediencia. De rodillas,
padre Palomo, y solicite usted su perdón.
El escritor estaba demasiado acostumbrado a las
prácticas humillantes e infantiles del jesuitismo para intentar la menor
resistencia; así es que se apresuró a ponerse de rodillas, y vióse entonces al
mismo hombre de quien la crítica literaria hacía grandes elogios y que gozaba
del favor del público, decir humildemente, arrodillado y con los brazos en
cruz:
—Pido a Dios y a mi superior, el reverendo padre
Tomás Ferrari, que me perdone mi soberbia, mi orgullo y mi desobediencia.
Con estas prácticas degradantes, que matan en el
hombre el sentimiento de la dignidad convirtiéndole en un autómata
inconsciente, es como el jesuitismo sostiene la ruda y perfecta disciplina de
sus huestes.
—Levántese usted, padre Palomo. Dios le perdona;
pero para que acabe de ser vencido ese demonio del orgullo que tanto le ha
dominado, es preciso que durante siete días, a la hora de comer, se arrodille
usted en el refectorio de la casa-residencia y
repita esas mismas palabras ante los demás padres. Es una santa humillación que
conseguirá alejar del todo al espíritu malo.
El escritor elevó sus ojos con expresión de santa
mansedumbre, y dijo con místico acento:
—Así lo haré, reverendo padre. No me duele esa
humillación, porque me la ordenan mis superiores y es beneficiosa para mi alma.
—Ahora que ya hemos hablado de asuntos
particulares—dijo el padre Tomás con entonación más amable, aunque sin perder
su gesto de superior—, conviene que hablemos de otros asuntos que serán
beneficiosos para la Compañía. Ante todo advierto a usted, padre Palomo, que va
a quedarse en Madrid.
—Haré lo que mis superiores me manden.
—Seguirá usted dedicado a sus tareas literarias,
pues conviene a la Compañía, en las presentes circunstancias, el emplear las
facultades que Dios le ha dado a usted, aunque advirtiéndole que no por esto
debe volver a caer en su antiguo orgullo.
—Seré humilde como un buen soldado de Jesús.
—Soldado; esa es la palabra. Va a ser usted
combatiente en favor de nuestra gran causa. Hasta ahora sólo ha escrito usted
novelas de puro entretenimiento, ¿no es esto?
—Sí; pero todas ellas tienen su fin: el de
demostrar que la Compañía de Jesús es la institución más santa, y que todos
deben ponerse bajo su dirección.
—Sí; lo sé. He leído algunas de esas obras, pero no
basta eso. La Compañía necesita un libro de batalla que mueva ruido y que
escandalice. ¿Antes de entrar en la Orden no pertenecía usted a esa juventud
elegante que penetra hasta en lo más recóndito de las alcobas de las grandes
damas, y conoce todas las miserias de la alta sociedad?
—Sí, reverendo padre. Vi el gran mundo de cerca,
aprecié todas sus miserias y por esto mismo desengañado de la existencia
terrenal, entré en la Compañía.
—Pues bien, aproveche usted todos sus recuerdos,
sus antiguas observaciones, para escribir un libro que sea como una sátira
sangrienta contra la aristocracia. Nada de escrúpulos ni vacilaciones. Palo
seco con todos, y mucha verdad en la descripción, sin temor a incurrir en una
crudeza impropia de un sacerdote: ahora está en moda el naturalismo.
Calló el padre Tomás, pero como su subordinado daba
a entender con su silencio que no había comprendido
del todo lo que deseaba su superior, éste añadió:
—Para que usted se capacite de lo que tal obra debe
ser, le explicaré el objeto que la Compañía se propone. Hoy la aristocracia, a
fuerza de imitar la elegancia francesa, se ha contaminado de cierto
volterianismo, y no viene ya a buscarnos como en otros tiempos, solicitando
nuestra dirección. Piense usted, Padre Palomo, lo que sería de nuestra Compañía
si la gente de dinero nos fuera infiel separándose para siempre de nosotros.
Yo, después de varias tentativas, me he convencido de que es imposible atraer a
esa aristocracia veleidosa e ingrata por medio de la persuasión y la dulzura, y
no nos queda más recurso para encadenarla a nuestra dirección que apelar al
terror, atemorizándola con un soberbio varapalo. Para eso quiero el libro de
usted. Este es el objeto que ha de llenar. Pondremos a la aristocracia en
ridículo, describiendo todos sus vicios y miserias, y esto, al mismo tiempo que
hará volver al redil a los ingratos, nos proporcionará la adhesión de la clase
media, que odia a la gente privilegiada, y tal vez hará que por espíritu de
partido nos miren con menos hostilidad los hombres que son nuestros
irreconciliables enemigos. ¿Ha comprendido usted ya la tendencia del libro en
cuestión?
El padre Palomo había ido entusiasmándose conforme
su superior le exponía el espíritu de la obra, y en sus facciones coloreadas
por la animación, notábase el satisfecho gesto del escritor que encuentra un
tema de su gusto.
—¡Muy bien! ¡Eso es!—decía el jesuíta andaluz,
despojándose de su actitud humilde y encogida—. La idea es magnífica y digna de
vuestra paternidad. Fustigaremos a la aristocracia, que es la clase que mejor
conozco, y yo le aseguro a vuestra reverencia que con las anécdotas que
recuerdo y los escándalos que he presenciado en mi época de hombre de mundo,
hay más que suficiente para formar una novela que mueva ruido. La titularemos
“Miserias”, si a vuestra paternidad le parece bien.
—Me gusta el título. ¿Cuándo va usted a ponerse a
trabajar?
—Mañana mismo; así que descanse de las fatigas del
viaje comenzaré a hacer mis apuntes y a clasificar mis recuerdos.
—Está bien. Vivirá usted en nuestra
casa-residencia, y yo daré orden de que nadie le incomode en sus trabajos.
Hablaron aún los dos jesuítas un buen rato sobre la
futura obra, oyendo el escritor con gran respeto
las indicaciones del padre Tomás, y cuando el padre Palomo salía del despacho,
satisfecho del resultado de una conferencia que tanto había temido, entró uno
de los secretarios del italiano, mudo e impasible como una estatua, según era
costumbre en todos los que trabajaban en la casa, y le entregó un telegrama que
acababa de llegar.
El padre Tomás rasgó la cubierta, y al leerle, una
ligera sonrisa de satisfacción vagó por sus labios.
Era el padre director del colegio de Valencia quien
le telegrafiaba, manifestándole que el niño Paquito Ordóñez estaba gravemente
enfermo, a consecuencia de una pulmonía.
No había resultado deficiente la gestión del padre
Tomás desde Madrid, y la enfermedad llegaba con tanta precisión como él la
había previsto.
Por fin, el heredero que tantos cuidados inspiraba,
ya no estorbaría más los planes de la Compañía.
—Es preciso—se dijo el jesuíta—avisar a los padres
este triste suceso. No sé si Ordóñez estará en Madrid. El otro día me dijo que
pronto iba a salir con algunos amigos a cazar en un coto de Extremadura. Vamos
allá: siempre encontraré a María, y ésta es la única a quien podrá impresionar
la noticia; conozco bien a toda aquella gente.
Así fué. María prorrumpió en alaridos al saber que
su pobre hijo estaba enfermo de gravedad.
Medio año hacía que Paquito estaba en el colegio de
Valencia, y a pesar de que el director del establecimiento le escribía
frecuentemente dando noticias de su salud, la pobre madre no podía contener su
impaciencia, y dos veces había tomado el tren, sufriendo las fatigas del viaje
tan sólo para estar en Valencia algunas horas al lado de su hijo, y regresar
inmediatamente a Madrid.
La segunda de aquellas entrevistas la había
proporcionado un inmenso placer, pues vió a su hijo con aspecto menos
enfermizo, notando también que había disminuido algo el volumen de su cabeza.
Esto le hizo creer en la bondad de aquellos consejeros del padre Tomás, y en
que realmente sería beneficiosa para Paquito la estancia en el colegio, y
cuando más ilusionada estaba, venía una noticia tan fatal y urgente a sumirla
en la desesperación.
La pobre madre releía sin cesar aquel telegrama
como si en su conciso lenguaje pudiera encontrarse la certeza del porvenir del
niño, y por más esfuerzos que hacía el padre Tomás para convencerla de que el
niño podía salvarse, como ya había ocurrido cuando
dos años antes tuvo el ataque de meningitis, María no se tranquilizaba, y
aturdida por el dolor, sólo contestaba con gemidos y frases incoherentes.
No lograría tranquilizarla el reverendo padre. La
decía el corazón que su niño estaba enfermo, muy enfermo, y aun podía ser que a
aquellas horas hubiese muerto ya.
La pobre madre desesperábase por no tener alas para
volar hasta donde agonizaba su hijo, y pensaba con terror que aún habían de
transcurrir algunas horas hasta el anochecer, que era cuando salía el tren
correo de Valencia.
Aquella ciudad, en la que había pasado su infancia
soñando tanto, y teniendo en ella sus primeros amores, y en la que ahora
agonizaba el pedazo de sus entrañas, era el lugar que llenaba en tales
instantes su imaginación, y por encontrarse en él hubiera dado en dicho momento
su fortuna y hasta su vida.
Estaba resuelta a salir en el correo de aquella
noche, y el padre Tomás, por una complacencia instintiva o por un refinamiento
de artista que desea ver su obra acabada para convencerse de su perfección, se
prestó a acompañarla.
Como la baronesa estaba ausente, María, al
abandonar su casa, dió sus instrucciones al criado Pedro, que era quien merecía
toda su confianza.
A las siete de la tarde la condesa y el anciano
jesuíta subían a un reservado de primera clase en el tren que iba a salir de la
estación del Mediodía.
La joven madre cubría con un velo aquel rostro
antes tan fresco y hermoso y que ahora estaba consumido por la enfermedad y
desencajado por el dolor.
De vez en cuando una tosecilla seca y violenta
agitaba el extremo del velillo.
—Hasta las once de la mañana no llegaremos a
Valencia. ¿No es eso, padre Tomás?
—Sí, hija mía.
—¡Oh, Dios misericordioso! ¡Qué noche me espera! La
impaciencia de llegar es más terrible que mi dolor. Cada minuto es un siglo y
únicamente me sostiene el deseo de ver a mi Paquito, a mi hijo, que tal vez
esté muriendo en este mismo momento.
La pobre madre, asustada por sus propias palabras,
rompió a llorar, dejando caer su cabeza sobre los grises almohadones que
manchaba con sus lágrimas.
Al otro extremo del departamento iba, inmóvil e
impasible, el padre Tomás, que movía sus labios como si rezase y miraba
fijamente la luz del farol que oscilaba con la trepidación del tren en marcha.
La muerte del niño.
A través de las vidrieras que cerraban
herméticamente las ventanas de la enfermería, entraban en ésta los alegres
rayos del sol, después de juguetear entre el ramaje del inmediato jardín, donde
un tropel de pájaros piaba en las alturas, y más de un centenar de muchachos
correteaban abajo, por las enarenadas avenidas, divirtiéndose con juegos
ruidosos que producían explosiones de risas y de gritos.
La animación y el ruido del jardín contrastaban con
la soledad y el silencio de aquella habitación con cuatro ventanas, que servía
de enfermería.
Doce pequeñas camas de hierro con ropas de
deslumbrante blancura alineábanse a lo largo de la pared, enfrente de las
ventanas, y todas ellas estaban vacías, a excepción de la primera, sobre cuya
almohada destacábase una cabeza que por lo abultada parecía pertenecer a otro
cuerpo que a aquel pequeño tronco raquítico y menguado, que apenas si se
destacaba con las convulsiones de una respiración jadeante, bajo los pliegues
de la cubierta.
Era el hijo de la condesa de Baselga el único
enfermo que ocupaba aquel departamento del colegio.
Acababa de ausentarse el hermano lego, encargado de
la enfermería, mocetón de anchas mandíbulas y aspecto de imbécil, que
manifestaba gran cariño a los niños y entretenía al enfermito con cuentos
milagrosos.
El niño sentíase abrumado por la espantosa soledad
en que vivía.
La tuberculosis, que paralizaba en parte su
cerebro, no había logrado borrar la precocidad de pensamiento que distinguía a
Paquito y que parecía agrandarse conforme avanzaba el curso de su enfermedad.
Más que su dolencia, más que aquella terrible
opresión en el pecho, que le hacía respirar penosamente, conmovía al niño la soledad en que vivía y el cariño frío y
mercenario que le rodeaba.
Al pasear su debilitada vista por aquella vasta
pieza silenciosa y fría, el niño se acordaba con dolor y envidia de la casa
paterna, donde él reinaba en absoluto; de aquel elegante y confortable hotel,
donde vivía entre plumas y abrigos, rodeado de cuantas comodidades puede
proporcionar una gigantesca fortuna y un solícito cariño.
Pero más aún que el lujo y el bienestar, lo que el
pobre enfermito echaba de menos en su actual situación era su madre, aquella
hermosa señora, con los ojos siempre empañados por las lágrimas, que cuando él
despertaba veía siempre a la cabecera de la cama, triste y llorosa como las
Vírgenes que tantas veces había contemplado en la semiobscuridad de las
capillas.
No podía quejarse de la solicitud de que era objeto
en el colegio; pero el niño, con su pasmosa precocidad, adivinaba lo mercenario
de aquel cariño, que cuidaba por obligación y trataba a cada uno según su
riqueza y rango social.
Bien le cuidaba el mozo de la enfermería, pero sus
manos rudas no podían ser comparadas con aquellas finas y suaves, que allá en
Madrid le manejaban con tanta delicadeza, como si su cuerpo fuese un copo de
algodón. Todos los padres profesores del colegio entraban diariamente en la
estancia a preguntar al niño por el estado de su salud, pero en sus frías
palabras y en sus impasibles rostros no se notaba el menor asomo de aquel
cariño vehemente, de aquel doloroso anhelo, que la pobre madre llevaba impreso
en todo su ser.
Aquel abandono moral en que le tenían, aquella
frialdad que le rodeaba, era lo que entristecía al pobre niño y le hacía
sumirse en un decaimiento absoluto, que favorecía el progreso de la enfermedad.
El, que pertenecía a una poderosa familia; que no
había ni aun sospechado la verdadera significación de la palabra miseria; que
había vivido rodeado siempre de la riqueza, el fasto y la comodidad, y que al
experimentar el menor dolor había visto inmediatamente en torno de su lecho a
un gran número de solícitos sirvientes, pensaba ahora, con envidia, en los
hijos del conserje de su hotel, en aquellos pobrecillos, tímidos y mal
abrigados, que subían algunas veces a su cuarto para entretenerle con sus juegos.
¡Cuán felices eran aquellos miserables! ¡Cómo les
envidiaba su suerte! Ellos, al menos, si caían enfermos tendrían a su lado una
madre que los cuidase, con ese cariño infatigable y
heroico del que únicamente es susceptible el corazón de la mujer; y no había
miedo de que se viesen como él, que por ser rico e hijo de una gran familia se
encontraba ahora en un lugar extraño, en una pobre cama, y sin ver otros seres
que el rudo criado, el médico de la casa y media docena de hombres negros, cuyo
rostro impasible parecía de bronce, y que a sus terribles dolores sólo sabían
contestar con frías palabras, en las que no se notaba el menor asomo de afecto.
Paquito lloraba silenciosamente y sus lágrimas iban
a caer sobre el embozo de su cama, que movía con vaivén de oleaje la
respiración jadeante de sus congestionados pulmones.
Un pensamiento cruel obsesionaba el cerebro del
niño. ¿Es que sus padres no le amaban ya y por esto habían mostrado tanta prisa
en alejarlo de su presencia? El pobre niño no podía creer que dejase de amarle
aquella mujer que tanto cariño le había demostrado allá en Madrid, y que por
dos veces, llorando de emoción, había venido a verle en el colegio; pero al
mismo tiempo pensaba con amargura que los padres que quieren a sus hijos hacían
como el conserje de su hotel y otras gentes humildes que él había conocido y
que por todo el oro del mundo no consentían en separarse un sólo día de los que
eran pedazos de sus entrañas.
El infeliz ignoraba la existencia de inhumanas
costumbres que la sociedad ha establecido con el carácter de suprema distinción
y que hacen que los padres abandonen a sus hijos en la infancia para
entregarlos a manos extrañas, justamente en la época en que más necesitan de
los cuidados del verdadero cariño.
No era que el niño pudiera quejarse de haber
sufrido violencias ni desprecios en aquel colegio, especie de convento de la
infancia a que sus padres le habían enviado. La servidumbre le trataba con más
cariño que a los otros alumnos; algunos de éstos, malignos e insolentes, que se
burlaron de su timidez y de su abultada cabeza, fueron castigados rigurosamente
por el director; los padres maestros le trataban siempre con las mayores
consideraciones; pero, a pesar de tantas atenciones, el niño, criado al calor de
una maternidad cuidadosa y solícita, no podía avenirse con la fría
reglamentación de aquella casa y con los cuidados mercenarios de que era objeto
y en los que se notaba más el impulso de la obligación que el del afecto.
No; por más que hicieran aquellos hombres para
serle agradables, no podían llenar en su corazón el
vacío que había dejado la ausencia de la madre.
Paquito notaba en el cariño de todos ellos algo que
para él era digno de censura, por más que se fundara en la reglamentación del
elogio y en la necesidad de considerar iguales a todos los alumnos.
¿Por qué en la sala de estudios habían destinado
para él aquel pupitre cercano a la puerta, donde llegaban frías corrientes de
aire cada vez que alguien abría la mampara de cristales y levantaba el
cortinaje? ¿Por qué en el dormitorio, con el pretexto de que era el último
alumno que había ingresado, ocupaba la cama más inmediata al corredor, lo que
le hacía pasar las noches con el cuerpo entumecido y tosiendo dolorosamente? De
seguro que a estar allí su madre, no hubiese vivido él tan desprovisto de cuidados
y la enfermedad no hubiera hecho de su cuerpo una víctima, oprimiendo con mano
de hierro sus débiles pulmones.
Y mientras el niño pensaba con dolor en su
desgracia al ser conducido a aquel establecimiento, escuchaba con marcada
expresión de envidia el rumor que producían sus compañeros jugando en el
inmediato jardín, en aquella hermosa arboleda, que era la única parte del
colegio a la que profesaba algún cariño.
Su madre era el recuerdo que ocupaba por completo
su memoria, y pensaba en ella con la desesperación del desgraciado que ha
perdido el protector en quien cifra todas sus esperanzas.
¡Oh, si ella llegase! ¡Si ella apareciese de
repente en la enfermería, extendiéndole sus brazos con loco arrebato de pasión
y gritando “¡hijo mío!”, con esa voz que sale del alma!...
Dos días hacía que el pobre niño se hallaba enfermo
en aquel lecho, y cada vez que pensaba en la posibilidad de que su madre
apareciese en aquel lugar, la esperanza le reanimaba, dándole nuevas fuerzas, y
hasta le parecía que, de realizarse tal milagro, no tardaría en desvanecerse la
temible opresión que agobiaba sus pulmones.
Paquito creía en la posibilidad de que su madre
viniese a verle y confiaba en que, antes de morir, podría contemplar aquel
dulce rostro que tantas vedes había distinguido al borde de su cuna, como si
fuera la buena hada de sus sueños. ¿No había ido a visitarle cuando gozaba de
relativa salud? ¿Por qué había de abandonar ahora a su pobre hijo que se sentía
morir?
Para el niño era Valencia una ciudad que le
recordaba su madre. Cuando le acompañó desde Madrid para que ingresara en el
establecimiento de los jesuítas, la condesa, con la emoción del que recuerda
los mejores años de su vida, había mostrado a su hijo la fachada del colegio de
Nuestra Señora de la Saletta, en cuya terraza había experimentado las más
gratas emociones de su existencia.
La idea de que su madre había respirado aquel mismo
ambiente de perfumes, teniendo casi la misma edad que él, y que sobre el mismo
suelo había estado sometida a una existencia reglamentada como la suya,
producíale al niño una placentera emoción y afirmábale en su confianza de que
en un país que tales recuerdos guardaba, no podía menos de surgir por arte
mágico la dulce figura de la condesa.
El anhelo por ver a su madre y la incertidumbre que
le acometía después de permanecer algunos instantes con esta esperanza,
fatigaban al pobre niño, y en su enfermizo cuerpo sólo quedaba ya vigor para
pensar.
Poco a poco su cerebro fué debilitándose; una
soñolencia abrumadora se apoderó de él y se cerraron aquellos ojos macilentos,
que hasta entonces con tanta codicia habían contemplado los rayos del sol que
se filtraban por las ventanas.
Según el testimonio del encargado de la enfermería,
que entró varias veces a verle, el niño deliraba llamando a su madre y
pidiéndola con voz quejumbrosa que lo sacara de allí.
Así transcurrieron más de tres horas y, por fin,
cedió un tanto el delirio y se abrieron los ojos del enfermito, justamente en
el instante en que sonaba un tropel de pasos en el inmediato corredor.
Abrióse la entornada puerta, y lo primero que vió
el pobre niño fué al administrador del establecimiento y a un sacerdote viejo,
de elevada estatura, cuyo rostro impasible y austero creyó reconocer, aunque no
pudo darse exacta cuenta de quién era. Tras de ellos entraban el encargado de
la enfermería, con su azul delantal, y otro criado que le servía de ayudante; y
en el centro del grupo marchaba una mujer, de la cual, por su baja estatura,
sólo se veía el plumaje de la capota.
El anciano jesuíta, extendiendo su brazo hacia
atrás, parecía contener a aquella señora.
—Calma, condesa, mucha calma—decía con su fría
voz—: una impresión demasiado fuerte podría hacerle daño.
Pero la mujer, con un violento empujón, salió del
grupo y se abalanzó a la cama, arrojando atrás el
velillo de su sombrero.
El pobre niño exhaló un grito ante tan súbita
aparición. ¡Ya se había realizado el milagro! ¡Ya estaba allí su buena hada,
con el rostro dulce, lloroso y conmovido de virgen dolorosa!
—¡Mamá! ¡Mamá mía!—gritó el pobre enfermito, con su
voz débil, pero de expresión indefinible.
Y no pudo decir más, pues ahogó su pobre voz aquel
rostro que, derramando lágrimas, se pegó a sus demacradas facciones,
cubriéndolas de besos.
La madre y el hijo parecieron formar una sola masa
que exhalaba tristes gemidos, mientras que el grupo de hombres que estaba en la
puerta permanecía impasible, como gente que al entrar en la asociación
jesuítica había renunciado a los afectos de la familia y no podía conmoverse
ante tales escenas. El padre Tomás miraba con sus ojos fríos de acero a la
madre y al hijo, y mientras pensaba, sin duda, en que pronto iba a verse libre
de aquellos dos estorbos, cruzaba las manos sobre su vientre y hacía juguetear distraídamente
a sus pulgares.
Aquella emoción producida por la llegada de la
madre, aceleró el triste desenlace que el médico del colegio había anunciado
ocurriría fatalmente en aquella misma mañana.
Sólo dos horas vivió el infeliz niño.
Su agonía fué terrible, y el padre Tomás, ayudado
por otros jesuítas, tuvo que arrancar a viva fuerza a la enloquecida madre,
que, con la cabeza de su hijo entre sus manos y su boca pegada a la del
enfermo, parecía aspirar con delicia el hálito de la agonía.
La condesa, dando alaridos de dolor, fué conducida
a las habitaciones de la dirección, cuando ya el niño se agitaba en las últimas
convulsiones, buscando un aire vivificante que se negaba a entrar en su pecho.
El padre Tomás conservó su presencia de ánimo, y
cuando el cuerpo de Paquito era ya un cadáver, comenzó a dictar todas las
disposiciones propias del caso, y ordenó el entierro, que había de ser digno,
por su aparato, de la familia a que pertenecía el finado y del establecimiento
en que había muerto.
No se separó un sólo instante de la cama en que tan
larga agonía había sufrido el infeliz niño, y hubo un momento en que quedó
completamente sólo en la vasta habitación. Dos criados
habían salido buscando el uniforme de Paquito para amortajarle.
El terrible jesuíta, puesto en pie junto al lecho
mortuorio, estuvo contemplando fijamente la deforme cabeza de aquel niño, que
aún parecía más horrible con el tinte violáceo de la muerte.
—Dios te tenga en su santa gloria—murmuró el padre
Tomás—. La verdad es que para ser hijo de un padre tan corrompido, has sabido
resistir bravamente a la muerte. Te ha costado el caer.
Después se separó del lecho, comenzando a pasearse
por la enfermería, con cierto aire de satisfacción.
Llegaban hasta allí, amortiguados por la distancia,
estridentes alaridos de dolor que no parecían salir de una garganta humana.
Era la infeliz madre, que abajo, en el despacho del
director, entregábase a transportes de pena, rodeada de casi toda la
servidumbre del colegio, que la sujetaba temiendo que se causase algún daño en
una de aquellas convulsiones de loco dolor.
El padre Tomás escuchó durante algunos instantes,
sin que en su impasible rostro se notara la menor emoción, y lentamente se
dirigió a la puerta. Pero antes de salir, lanzó una postrera mirada al cadáver
y murmuró con voz casi imperceptible:
—¡Adiós, heredero!... Ya hemos enmendado el único
error que tenía mi plan.
PARTE TERCERA
DONDE ACABA DE CUMPLIRSE EL PLAN DEL PADRE TOMAS
Señora y criado.
Reinaba una calma dulce e inalterable en aquel
lujoso y elegante gabinete, de alfombras mullidas y paredes acolchadas de raso
azul, adornado con todos los objetos supérfluos y hermosos que produce la moda.
Sillones de curvo perfil que parecían convidar al
sueño, sillas doradas con bordados asientos, taburetes de rameado terciopelo
con rapacejos que arrastraban por la alfombra, y almohadones de deslumbrantes
colores, estaban esparcidos con aparente y artístico desorden, por aquella
aristocrática habitación, cuyos ángulos estaban ocupados por vistosas plantas
artificiales en macetas gigantescas de chinesca porcelana, y aparadores de
ébano poblados de todo un mundo de “bibelots”, estatuillas de “biscuit” en las más
graciosas posiciones y jarrones vetustos que demostraban la superioridad de la
antigua cerámica.
En un extremo, ocupando uno de los ángulos del
gabinete, había un lecho sencillo, que entre aquellos esplendores de un lujo
soberbio parecía simbolizar la imagen de la modestia.
Tan elegante estancia producía en los ojos como una
embriaguez de colores escalonados armoniosamente; pero existía algo en la
atmósfera que destruía inmediatamente el efecto del brillante golpe de vista.
Entre tanto esplendor, algo había que olía a enfermo.
No era olor puramente de medicinas lo que allí se
notaba, sino ese ambiente indefinible que parece existir doquiera se encuentra
una persona debilitada por esas enfermedades terribles que son lentas y
mortales.
La tenue claridad de la tarde se filtraba a través
de las cortinas de blonda que dejaban en parte al descubierto los abullonados cortinajes de terciopelo, conservando la
habitación en una agradable penumbra, propia de una persona que, hallándose
enferma, temía la caricia demasiado fuerte del sol de la tarde.
Sentada en un gran sillón de forma antigua y
elevado respaldo, estaba junto a una de las semiveladas ventanas la dueña de
aquel elegante gabinete, la enferma que parecía empapar el ambiente de la
habitación con el hálito de su dolor.
Vuelta de espaldas a la puerta de entrada, el
respaldo del alto sillón sólo dejaba al descubierto el remate de una linda
cofia de encajes que se agitaba de vez en cuando movida por una tosecilla seca
y significativa que hubiera hecho fruncir el ceño al médico menos experto.
Era María, la condesa de Baselga, que pasaba casi
todo el día sentada en aquel sillón, dominada por una inercia que se iba
apoderando rápidamente de su organismo, y sin otra diversión que contemplar con
ojos distraídos, a través de los resquicios que dejaban las corridas cortinas,
los vistosos trenes de lujo y los grupos elegantes que pasaban ante su hotel
por el espacioso paseo de la Castellana.
Desde que murió su hijo, cinco meses antes, que la
salud de la condesa había empeorado visiblemente, tomando un carácter más
alarmante aquella tosecilla seca, cuyos progresos seguía con mirada atenta el
padre Tomás.
El médico de la casa y la misma baronesa de
Carrillo, manifestaban gran confianza acerca de la suerte de la joven. Doña
Fernanda se mostraba optimista en extremo. Ya desaparecería aquel malestar que,
en su concepto, sólo era el resultado del disgusto terrible que había producido
en su sobrina la muerte del niño.
Ordóñez también se mostraba igualmente confiado, y
mientras tanto la enfermedad hacía rápidos progresos, y como si dentro del
delicado cuerpo de la condesa existiese una voraz hoguera que consumía sus
músculos y tejidos, iba demacrándose rápidamente todo su organismo, hasta el
punto de que su rostro, antes tan hermoso, presentase ahora el aspecto de un
cráneo pelado, cubierto por una piel terrosa que se pegaba a todas sus
sinuosidades; y de que por entre las mangas de su peinador de blonda, asomasen
unas manos enjutas y afiladas, que parecían un manojo de látigos al extremo de
un brazo blanco y descarnado como un hueso.
La pobre enferma vivía en el mayor abandono, pues
su tía y su esposo, amparándose siempre en la consabida frase de
que aquello no era nada, seguían entregados a sus gustos y aficiones, sin
preocuparse de la infeliz María ni atender a su curación. La baronesa seguía
dedicada a sus asuntos devotos, que ocupaban todo su tiempo, y en cuanto a
Ordóñez, éste continuaba su vida elegante, con el mismo abandono que si fuese
un soltero, y cuando le preguntaban en los salones por su esposa, entonces se
acordaba de que era casado, y solía responder con expresión indolente:
—No es cosa grave lo que tiene María: la emoción
que le ha producido a la pobre la muerte de nuestro hijo. Así que olvide un
poco el triste suceso, de seguro que se pondra tan sana y robusta como antes.
Y así seguía viviendo la infeliz María, en medio
del mayor abandono y siempre con el pensamiento en su hijo.
La persona que más la visitaba era el padre Tomás,
que intentaba animarla con frases hechas sobre la bondad de Dios y la
posibilidad de que cuanto antes recobrase su salud, si es que el Altísimo así
lo disponía; pero a la enferma gustábanle poco estas visitas, pues con ese
instinto especial de las mujeres, adivinaba algo funesto y terrible en aquel
poderoso jesuíta que tanto había intervenido en su vida.
La fría mirada del padre Tomás tropezaba siempre,
al entrar allí, con los grandes ojos de María, que la enfermedad había hecho
más vivos y brillantes, y que mirándole fijamente parecían interrogarle,
buscando una coyuntura para penetrar en lo más hondo de aquel tétrico
personaje, cuyas intenciones eran un misterio.
De todas cuantas personas rodeaban a María, sólo
una le inspiraba simpatía y confianza, por el franco cariño y los cuidados que
la prodigaba, sin afectación ni deseo de hacerse agradable. Era el criado
Pedro, aquel doméstico callado, atento e inteligente, que parecía adivinar sus
deseos y que acudía inmediatamente a todos sus llamamientos, sin demostrar la
menor contrariedad ante los caprichos y las nerviosidades propias de una
enferma.
Desde que María quedó como abandonada en el fondo
de su lujoso hotel, sin recibir otras visitas que las del padre Tomás por la
mañana y las de Ordóñez y la baronesa antes de acostarse, el fiel criado se
había constituído en su perfecto auxilio, y cuando no estaba dentro de aquel
gabinete-dormitorio, rondaba por cerca de la puerta, para acudir al primer
llamamiento.
Parecía adivinar los menores deseos de su señora, y
ésta muchas veces, al volver rápidamente la cabeza,
sorprendía en él una mirada de intensa ternura.
Era que el antiguo asistente de Alvarez se
reprochaba el haber creído un monstruo de orgullo y altivez a aquella infeliz
joven, víctima de oculta fatalidad, que abandonada villanamente por los suyos,
sabía sostener su desgracia con tanta mansedumbre y dulzura.
Por las tardes nadie visitaba a María, pues ésta,
reconociéndose sin fuerzas para recibir a las numerosas personas de la alta
sociedad, que por pura cortesía y sin afecto alguno entraban en el hotel a
preguntar por su salud, había dado orden de que no estaba visible para nadie, y
las gentes aristocráticas, muy satisfechas de esta disposición, que las libraba
de ver a un enfermo, retirábanse después de dejar sus tarjetas al conserje.
Las horas de la tarde eran, pues, las que pasaba
María en la más absoluta soledad y toda su ocupación consistía en contemplar un
gran retrato de su hijo muerto, que tenía en lugar preferente del gabinete, o
en besar, llorando, un medallón que contenía los cabellos de Paquito.
Estos desahogos de fúnebre cariño, que le costaban
raudales de lágrimas, agravaban terriblemente su enfermedad, y aun después de
haberse serenado, su tos era más seca y dolorosa, como si a cada uno de sus
accesos se desgarraran sus pulmones.
Algunas veces, cuando mirando el retrato de su hijo
asaltábanle aquellos pensamientos que la enloquecían, temía entregarse a su
fúnebre dolor, y entonces era cuando llamaba a su criado Pedro, haciéndole
sentar en su presencia y entablando conversación con él, pues parecía que la
presencia y las palabras de aquel hombre a quien la domesticidad no había
quitado cierta altivez franca y simpática, disipaban momentáneamente su dolor y
la hacían olvidar su triste situación.
Esto mismo ocurría en la tarde en que María,
sentada cerca de una ventana, miraba por entre las cortinas la gente que
paseaba ante su hotel.
La vista de algunos niños que sus madres, con
expresión de gozo, llevaban cogidos de la mano, evocó en la condesa el recuerdo
de su hijo, y tan triste se sintió, que hubo de acudir inmediatamente a su
recurso extremo, cual era buscar compañía que la distrajese.
Tocó un timbre que estaba en una mesilla inmediata,
y aun sonaban en el espacio las últimas vibraciones cuando se
presentó en la puerta el criado Pedro, vistiendo el uniforme flamante y de
vivos colores que Ordóñez había puesto a toda su servidumbre masculina.
—¿Manda algo la señora?—dijo el criado cuadrándose
con su antiguo aire de militar.
—Entre usted, Pedro. Me siento muy triste y le
ruego que haga el favor de acompañarme por algún rato. Me distrae mucho su
conversación y le pido por favor que me dispense las molestias que le causo.
Cada vez que la aristocrática señora le hablaba con
tanta dulzura y sencillez, el criado enrojecía de satisfacción y no sabía cómo
contestar a tanta amabilidad.
Avanzó tímidamente entre aquellos muebles
esparcidos por el gabinete y, al fin, se detuvo indeciso ante una silla,
colocada a pocos pasos de la condesa.
—Siéntese usted, Pedro—insistió María—. Deseche
usted esa cortedad: estoy tan sola y me manifiesta usted tanto cariño y
respetuosa solicitud, que no es posible que yo le trate como a un criado
cualquiera. Hablemos como amigos.
Pedro se sentó ruborizado por la satisfacción que
le causaba el oír que la condesa le llamaba amigo, y descansando en el borde de
la silla en actitud respetuosa y pronto a ponerse en pie a la menor orden,
esperó que hablase su señora.
—Vamos a ver, Pedro. Cuénteme usted algo que me
distraiga; es una obra de caridad entretener a los pobres enfermos, para que
olviden sus dolores. Usted debe saber cosas muy interesantes, porque ha corrido
algo el mundo y ha vivido mucho tiempo en Francia. Además, el otro día creo que
usted me dijo que había sido soldado. ¿No es eso?
—Sí, señora condesa—dijo el criado con cierta
satisfacción—. He sido soldado y me he batido en la campaña de Africa.
—¿Y qué motivo le llevó a usted a París, donde
vivió tantos años? Varias veces he pensado en esto, y como no puedo evitar el
ser curiosa con las personas que me interesan, tenía grandes deseos de
preguntárselo.
—Señora, he estado emigrado por cuestiones
políticas.
—¡Ah!—exclamó María con extrañeza—. ¡Se ha mezclado
usted en política! ¿Es que era usted carlista?
—No, señora; estuve emigrado por republicano.
La condesa hizo un mohín de disgusto, por lo que el
criado se apresuró a añadir:
—Yo, señora, aunque odio la tiranía, realmente no
me he metido por mi voluntad en los asuntos
políticos. Como hombre de pocos alcances, no entiendo mucho de estas cosas;
pero servía a un comandante del que había sido asistente, y como éste era un
temible revolucionario, le acompañé a la emigración y a su lado estuve hasta
que murió. Le quería como si fuese mi padre, y no me remuerde la conciencia el
haberle sido infiel en ninguna ocasión.
—¿Y no ha servido usted a otras personas?
—No, señora condesa—dijo Pedro con intencionada
expresión—. En toda mi vida sólo he tenido un amo, y muerto él sólo podía
servir a usted.
—¿A mí?—exclamó con extrañeza la condesa no
comprendiendo aquellas palabras—. ¿Y por qué no a otras personas?
—Es verdad, señora; no he sabido explicarme
bien—contestó el criado comprendiendo que había estado próximo a descubrirse y
queriendo enmendar su descuido—. Quería decir que después de estar acostumbrado
a un amo, a quien servía más por cariño que por obligación, sólo podía prestar
mis servicios a una persona tan digna de ser amada como la señora condesa.
Por el pálido y enjuto rostro de aquella infeliz
enferma vagó una triste sonrisa al escuchar el alarde de cortesía del criado.
Durante algunos minutos el silencio fué absoluto,
hasta que María, deseosa de reanudar la conversación, preguntó:
—¿Y era buena persona ese comandante?
—Un ángel, señora condesa. Muchos hombres he
tratado en esta vida y, sin embargo, no he encontrado uno sólo que pudiera ser
comparado con él. Era muy bueno, noble y valiente, al mismo tiempo que sencillo
y crédulo, y por esto fué muy infeliz en esta vida y murió, sin duda, abrumado
por antiguos disgustos.
Calló Pedro y en su frente contraída adivinábase el
esfuerzo mental que estaba haciendo para encontrar palabras y comparaciones,
que retratasen fielmente lo que en la vida había sido su antiguo amo.
—¿La señora condesa ha leído “Los Tres
Mosqueteros”?
Hay que advertir que la célebre novela de Dumas era
para el antiguo asistente la mejor de las obras conocidas, la producción
maestra de la inteligencia humana, pues experimentaba goces infinitos
enterándose de las intrigas y contando las estocadas y estupendas pendencias de
que se componía el libro.
Por esto, cuando la condesa contestó
afirmativamente a su pregunta, se apresuró a añadir con satisfacción:
—Pues bien, señora condesa; mi amo era una exacta
copia de aquel caballero Athos que aparece en dicho libro. Era valiente, noble
y sabio como él y quería a su asistente con delirio; pues yo, más que un criado
era un respetuoso amigo, un fiel acompañante en toda clase de aventuras. Nos
queríamos mucho, señora condesa; como tal vez nunca en la vida se hayan querido
dos hombres.
Detúvose Pedro, y después de lanzar una rápida
mirada a su señora, añadió bajando los ojos:
—Tengo la seguridad de que si la señora condesa
hubiese llegado a conocerlo también le hubiese concedido su amistad. ¡Qué
hombre aquél!—continuó el criado en un rapto de entusiasmo y animándose su voz
y sus gestos—. ¡Cómo exponía su vida para salvar a un amigo!... ¡Aún recuerdo
como si acabase de suceder, lo que nos ocurrió en Africa!
—¿Y qué fué ello?—preguntó María, que, ansiosa por
distraerse, deseaba que su criado le contase algo que despertara su curiosidad.
—No fué ningún asunto de verdadero interés que
pueda entretener agradablemente a la señora condesa. Nada..., un lance de los
muchos que tiene la guerra. ¿Se empeña la señora condesa en que lo cuente?...
Pues fué que yendo con mi amo, en la compañía de guías que se había formado por
orden del general Prim, una mañana marchamos a la descubierta, delante de la
vanguardia del ejército. Componíase la compañía de gente muy distinguida:
licenciados de presidio, aventureros de mala especie, gente, en fin, de pelo en
pecho, de cuyo mando se había encargado mi amo, ganoso siempre de estar en el
puesto de mayor peligro, donde se conquistara la gloria a fuerza de balazos y
cuchilladas. Como gente valiente, y por tanto confiada, nos adelantamos
demasiado a la vanguardia, el ejército nos perdió de vista, y en esta
disposición, abandonados de todos, sin más auxilio que el de Dios, cincuenta
hombres que éramos, caímos en una emboscada, y de repente resonó una infernal
gritería y nos vimos rodeados por un centenar de moros harapientos, feos como
demonios. No había salvación para nosotros.
La pobre enferma atendía con una expresión propia
del interés poderosamente excitado, y al ver que el criado se detenía como para
coordinar mejor sus recuerdos, preguntó con impaciencia:
—A la primera descarga que hicieron los moros yo
caí al suelo. Una bala perdida, después de chocar contra una piedra, vino a
darme aquí, en la sien, donde todavía tengo una cicatriz, y me derribó, aunque
sin hacerme perder el sentido. Al ver que tenía la cabeza manchada de sangre,
creyéronme muerto, además de que la situación no era la más propia para atender
a los que caían. La compañía, formando un apretado pelotón, comenzó a
retirarse, haciendo un fuego horroroso, que no lograba tener a raya a aquel enjambre
de moros. Yo, como ya he dicho, no había perdido el conocimiento y me daba
cuenta exacta de mi situación. Tendido en el suelo, y con todo el aspecto de un
muerto, pues aquella bala parecía haberme anonadado con su golpe, vi cómo
retrocedían mis compañeros, y al mismo tiempo, cómo algunos moros al avanzar
iban rematando con sus gumías a los que habíamos caído. ¡Aún me horrorizo
cuando recuerdo aquello! Un negrote que parecía un gigante se acercó a mí con
su yatagán desenvainado, para cortarme a cabeza, como ya lo había hecho con
otros, pero en el mismo instante que su cuchilla brillaba sobre mis ojos, le vi
caer exhalando un rugido de muerte, e inmediatamente me sentí cogido por los
sobacos y levantado en alto. Era mi amo, que al verme próximo a perecer, había
abandonado el pelotón que mandaba, y despreciando las balas y riñendo cuerpo a
cuerpo con los más audaces enemigos, había llegado donde yo estaba, matando al
negrazo de un tiro de revolver. Sosteniéndome con uno de sus hercúleos brazos,
mientras con el otro se defendía jugando magistralmente su sable, intentó
llegar donde estaban nuestros compañeros, cada vez más abrumados por la
superioridad del número; pero le fué imposible, pues un grupo de moros nos
cerró el paso. Mi amo apoyó sus espaldas en una roca, y esperó valientemente,
con la desesperación del que va a morir.
—¿Y cómo se salvaron los dos?—interrumpió la
interesada condesa.
—Yo no sé cómo fué aquello; pero apenas mi amo,
echando mano al revolver, disparó contra los que nos cercaban sus dos últimos
tiros y cuando sus espingardas y sus yataganes se dirigían a nuestros pechos,
les vimos huir perseguidos por un tropel de jinetes que pasaron a galope
tendido, con las lanzas en ristre y gritando ¡viva España! Eran dos escuadrones
de lanceros que Prim había enviado para salvarnos.
—¡Ah!... ¡Por fin!—exclamó María con la expresión
del que se libra de un pensamiento angustioso.
—Sí, no salvamos en tan difícil situación; pero yo,
antes de que llegase nuestra Caballería a sacarnos de tan apurado trance,
cuando la muerte nos acechaba a pocos pasos, pronta a caer sobre nosotros,
experimenté la más grata satisfacción que he sentido en mi vida. Miraba
aquellas armas enemigas prontas a destrozarnos, y, sin embargo, me sentía
feliz.
—¿Cómo pudo ser eso?
—Cuando mi amo se consideró perdido, viendo el
círculo de enemigos que nos estrechaba, dispúsose a morir, pero antes..., ¡ah,
señora condesa!, ¡todavía me conmuevo al recordar tal escena! El capitán me
sostenía con su brazo izquierdo, y antes de defenderse a sablazos de los
ataques de la morisma, me miró con unos ojos que aún parece estoy viendo; me
contemplaba como mi pobre padre, cuando yo era niño, y él, que era todo un
caballero, un grande hombre, un portento de valor y de sabiduría, me dió un
beso en la ensangrentada frente, diciéndome con un acento que me llegó al alma:
“¡Adiós, Perico! ¡Hermano mío! ¡Hasta que nos veamos en la Eternidad!” Yo no
contesté, pues el golpe de la bala me había privado de mis facultades; pero
aquella voz aún parece que la tengo en los oídos.
El criado quedó silencioso y meditabundo un buen
rato, abismado en sus conmovedores recuerdos.
—Ya ve usted, señora condesa—continuó—que actos
como los de mí pobre amo no se olvidan con facilidad.
—Sí que era un hombre notable el señor a quien
usted servía. ¿Y murió en París?
—Sí, señora. Murió allí cansado de la vida,
hastiado del mundo y abrumado por los desengaños y pesadumbres que habían
llovido sobre él sin compasión alguna. Aquí en Madrid había desempeñado muy
altos cargos cuando mandaba la República: en el Ministerio de la Guerra fué el
dueño absoluto durante mucho tiempo, y, sin embargo, murió pobre: y él y yo,
señora condesa, no siento rubor al confesarlo, hemos sufrido mucha hambre en
París.
—¿No tenía familia ese señor?
—La tenía, pero nunca quiso ésta reconocerle. Yo
fuí para él toda su familia y quien se encargó de cerrarle los ojos, después de
ser su fiel compañero durante treinta años.
—¿Y cómo era que los suyos no le reconocían?
—¡Ah, señora condesa! Es una historia muy triste la
de mi pobre amo: una relación que parece propiamente una novela. Ante todo, mi
amo, siendo capitán, y poco después de llegar de Africa, cometió la tontería de
enamorarse locamente de una mujer perteneciente a
una clase muy superior a la suya.
—¿Era noble y rica?
—Era la hija de un conde millonario: una señorita
muy hermosa que parecía corresponder al amor de mi amo; pero que al fin se
portó con él con la mayor ingratitud.
—¿Le abandonó?
—Sí. Mi pobre amo, estando en la emigración por
primera vez, triste y en la miseria, supo que la mujer amada, aquella en la que
él tenía una absoluta confianza, había dado su mano a otro hombre que por sus
antecedentes y por su carácter era indigno de merecer tal honor.
—¿Y qué hizo entonces el amo de usted?
—Mi señor debía haber olvidado a la mujer ingrata;
pero no lo hizo así, porque la amaba mucho, y por algo dicen que el amor es
ciego. Además aquellos amores sostenidos en secreto habían dado su fruto, y mi
señor tenía una hija, una niña encantadora que constituyó en adelante su eterno
pensamiento, su constante ilusión.
—¿Y qué fué de esa hermosa condesa? ¿Vive todavía?
—No, señora. Murió hace ya muchos años.
—¿Y la hija?
—La hija vive y es una de las más elevadas damas de
Madrid.
—¿Y conoció a su padre?—preguntó la condesa, que se
iba interesando rápidamente por aquella historia, en la que adivinaba algo muy
importante.
—Señora condesa—contestó Pedro, que temía decir
demasiado pronto la verdad—; mi amo no sólo fué desgraciado como amante, sino
que como padre sufrió las mayores amarguras. Fué una historia muy triste la de
sus relaciones con su hija, y francamente, como la señora condesa ha sido tan
buena madre, y aún está conmovida por el recuerdo de su hijo, temo
entristecerla con la relación de los sufrimientos de un padre infeliz.
—No, Pedro; hable usted sin cuidado. Me interesa
mucho esa historia.
—Pues bien, señora condesa; mi amo ha muerto antes
de conseguir que su hija le reconociera como a padre. Había nacido cuando su
madre estaba unida a otro hombre y ella creía y sigue aún creyendo de buena fe,
que éste último, de quien lleva el apellido, es su verdadero padre.
—¿Y no consiguió nunca ese pobre señor acercarse a
su hija, revelándole de viva voz el secreto de su nacimiento?
—Sí que lo intentó, pero sus gestiones resultaron
siempre infructuosas. Hay que advertir, señora
condesa, que sobre la familia de aquella otra condesa parecía pesar una
terrible fatalidad. Un jesuíta ambicioso dirigía los asuntos de la familia para
llevar poco a poco a todos sus individuos a la perdición, y éste fué el que
hizo una cruda guerra a mi amo, comprendiendo que podía estorbarle sus planes.
Tenía ciertas miras sobre la niña, una de las cuales era, sin duda, el
arrebatarle su colosal fortuna, y por esto le interesaba que la hija no llegase
nunca a conocer a su padre y que siguiese sola y abandonada, sometida a las
órdenes que él quisiera dar y a la vigilancia de parientes fanáticos.
María se estremeció mirando fijamente el respetuoso
rostro de su criado, para ver si adivinaba en él alguna intención determinada
al decir tales palabras. Llamábale la atención el sorprendente parecido que
comenzaba a encontrar entre aquella historia y la suya propia.
—¿Y murió ese señor sin haber logrado que su hija
le reconociera y sin que en el último instante de su vida recibiera de ella una
frase de consuelo?
—Nada de esto. Mi infeliz amo murió en la más
espantosa soledad, como antes he dicho, y puedo añadir que la ingratitud, que
el desvío de su hija, fueron la principal causa de su muerte. Mi pobre viejo se
imaginaba que el silencio de su hija obedecía al orgullo y al desprecio, y yo
creo ahora que aquel silencio sólo era debido a que la hija desconocía la
existencia de su verdadero padre. El comandante tenía, sobre todo, clavado en
el alma un recuerdo cruel que acibaraba su existencia. Esa gente diabólica que
por su interés tenía moralmente secuestrada a la pobre señorita, no se contentó
con impedir que el padre llegase a ser reconocido por su hija, sino que hizo
crecer a ésta que aquel hombre a quien debía la vida sin que ella lo supiera
era un ser horrible, una especie de bandido monstruoso, que por un odio
tradicional era el perseguidor de la familia, de generación en generación.
—¡Ah!—exclamó la condesa con asombro al encontrar
una circunstancia que aún hacía mayor la identidad entre aquella historia y la
suya propia.
—¿Y qué escena fué esa de que usted
hablaba?—preguntó después la condesa con ansiedad que era ya visible.
El criado calló, mostrando una expresión indecisa,
como si no se atreviera a decir a su señora las últimas palabras, que serían la
solución decisiva del misterio, la revelación de toda la verdad; pero, al fin,
se determinó a hablar con un violento esfuerzo de su voluntad.
—Señora, esa escena fué terrible, según la relataba
mi pobre amo. Al caer la República no quiso marchar
a la emigración sin antes ver a su hija, y se dirigió a Valencia para visitar a
la niña, que estaba en un colegio dirigido por monjas. Aquel hombre, tan dulce
como enérgico, después de algunos años de continua agitación, en que había
expuesto cien veces su vida y derrochado la fuerza de su inteligencia, quería,
antes de sumirse en la calma y la miseria de la emigración, dar un beso a su
hija, oír de sus labios una palabra cariñosa, y con esto se conceptuaba ya con
fuerzas suficientes para arrostrar todas las contrariedades y las tristezas del
proscripto.
—¿Y qué colegio era ese adonde se dirigió su
antiguo amo? ¿Cuál era su título?
—Creo que se llamaba de Nuestra Señora de la
Saletta. El pobre comandante fué allá; preguntó por su hija y no quisieron
reconocerle, y cuando, a fuerza de ruegos y amenazas, consiguió que se la
mostraran, entonces no sé cómo su corazón no se rompió en pedazos. La niña no
sólo no quiso reconocerle, sino que al oír su nombre se estremeció de horror,
pues como antes he dicho, los enemigos que querían monopolizar su suerte le
habían hecho creer que mi amo era un bandido, un perseguidor tenaz y
sanguinario que acosaba a su familia. Yo creo que desde aquel día mi pobre
señor adquirió la enfermedad que le llevó a la tumba.
La condesa, a pesar de que su rostro estaba siempre
pálido por la enfermedad, aún perdió algo de color al oír estas palabras, y se
agitó nerviosamente en su asiento. ¡Gran Dios! No cabía ya la duda: aquella
historia era la suya propia.
—Pero..., ¿qué nombre era el de ese señor?—preguntó
con ansiedad—. ¿Cuál era su nombre?
—Se llamaba don Esteban Alvarez.
María, a pesar de sus años y de su posición, sentía
aún tan latentes los recuerdos de su niñez que no pudo menos de estremecerse de
horror al oír el nombre que tanto miedo le había causado cuando niña.
Pedro la contemplaba con mirada fija, y al ver en
su señora tan marcada expresión de terror, dijo con acento triste:
—Veo que aún duran en el ánimo de la señora condesa
las huellas de las infames calumnias con que la engañaron cuando era niña. La
señora puede odiar todo cuanto quiera el recuerdo de aquel pobre mártir, pero
tenga la seguridad de que no ha existido en el mundo mujer alguna a quien haya
amado su padre con más vehemente cariño.
La condesa estaba asombrada y aturdida ante el tono
sincero con que el criado decía sus palabras.
Reinó un largo silencio, durante el cual la señora
y el criado parecían reflexionar, y, por fin, Pedro continuó:
—¿Quiere la señora condesa que le diga cuáles
fueron las últimas palabras que me dirigió al morir ese monstruo terrible, ese
perseguidor horripilante? Pues bien, ese hombre, a pesar de la ingratitud y
olvidando antiguos pesares, sólo tuvo fuerzas para recomendarme y hacerme jurar
por mi honor que nunca abandonaría a su hija y que buscaría el medio de vivir
junto a ella, velando por su vida, obedeciendo todos sus mandatos y haciendo
por ella cuantos sacrificios fuesen necesarios. La señora condesa—añadió el criado
con sencillez—puede decir si yo he cumplido mi juramento.
Por fin conocía María la verdadera causa del cariño
que le demostraba su criado y de aquellas miradas de paternal afecto que había
sorprendido muchas veces en sus ojos.
—¿De modo, que usted—preguntó María asombrada por
tanta abnegación—ha entrado aquí con el único objeto?...
—Señora—le interrumpió el criado con sencillez, no
exenta de noble altanería—. He servido durante treinta años a un hombre
demasiado grande para que yo pudiera conformarme ahora a recibir las órdenes de
ningún otro. Soy soldado y no criado, y si he llegado a vestir este traje, ha
sido por cumplir el sagrado juramento que le hice a un pobre moribundo, a quien
quería como a mi padre. Puede pensar la señora condesa lo que aquel hombre la
amaría, cuando en la hora de la muerte, su último pensamiento era para ella, y
me obligaba a dedicar toda la existencia al cuidado de su hija. Señora, tal vez
resulte insolente y atrevido, pero en este momento, puesto ya a decirlo todo,
creo que me ahogaría si llegase a callar alguna verdad. Mucho ha querido la
señora condesa a su pobre hijo, pero su amor no puede ser comparado ni
remotamente con el que el pobre don Esteban le profesaba a su hija, a pesar de
que la creía ingrata y orgullosa.
La pobre enferma estaba aturdida y asombrada por
aquella revelación que la sorprendía casi a las puertas de la muerte y que tan
radicalmente venía a trastornar su pasado.
Parecíale extraña y novelesca la historia. Pero al
mismo tiempo abonaba su veracidad el aspecto sencillo y franco del criado y
aquel cariño inexplicable que le había demostrado en todas ocasiones.
Además, ¿qué interés podía tener aquel hombre en
suponerla hija de un pobre señor que ya había muerto?
Aparte de esto, ella recordaba la escena ocurrida
en su niñez allá en el colegio de Valencia y que
siempre le había parecido muy extraña, recordando todavía que don Esteban
Alvarez la había llamado “¡hija mía”! varias veces, con una expresión tan dulce
y melancólica, que a ella le había impresionado a pesar de que le decían que
aquel hombre era un monstruo.
Ahora comenzaba a comprender algo de aquella
expresión misteriosa y solapada, que había creído adivinar en el padre Tomás,
cuyos actos le inspiraban ya mucha desconfianza.
—¡Pero, Dios mío!—dijo al criado que la contemplaba
atentamente para apreciar el efecto que la habían producido sus revelaciones—.
¡Yo pierdo la cabeza al pensar en estas cosas tan extrañas! ¿Qué misterios son
estos? ¿Cómo puede usted explicarme que ese señor me creyera su hija, cuando mi
padre fué don Joaquín Quirós, al que yo no conocí, pues murió siendo yo muy
niña, pero de quien hablaba muchas veces mi tía?
El criado vió llegado el instante de relatar toda
la verdad para acabar de conquistar la confianza de aquella mujer, y volviendo
a sentarse respetuosamente, comenzó la relación de la vida de Alvarez, de sus
amores con Enriqueta, de aquella fuga de la casa paterna que acabó en noche de
bodas, de la emigración forzosa que sobrevino inmediatamente, y terminó
haciendo una pintura exacta del carácter y la moral de Quirós.
El criado guardóse de decir quién era el que había
disparado el tiro desde la barricada de la plaza de Antón Martín, pero tan
hábilmente supo describir al hombre que en apariencia era el padre de María,
que ésta se lo imaginó inmediatamente como un sujeto igual a su marido, y
sintió una profunda compasión por su pobre madre, que había sido tan
desgraciada como ella con Ordóñez.
Pedro contó a la condesa cuanto sabía del que era
su verdadero padre y que tanto había sufrido por ella, y al hablar de su vida
obscura y penosa en París, deslizó hábilmente en la conversación el nombre del
doctor don Juan Zarzoso.
María se incorporó en su asiento con las mejillas
coloreadas por un fugaz rubor.
—¡Ah!—exclamó sorprendida—. ¿También ha conocido
usted a ese señor?
—Vivía con nosotros en París, y el pobre don
Esteban le amaba como un hijo, al saber que era el hombre que poseía el cariño
de su hija.
La condesa mostraba deseos de hacer nuevas
preguntas sobre aquel hombre, cuyo recuerdo
compartía en su memoria en lugar preferente con el del infeliz niño Paquito;
pero el criado deseaba que toda la conversación versara sobre su amo, y por
esto se apresuró a añadir.
—Ya hablaremos después del señor Zarzoso y se
convencerá la señora de que no era tan malo como ella creía en cierta época.
Pero ahora hablemos de mi pobre amo; hablemos del padre de la señora condesa.
Y Pedro continuó la apasionada y conmovedora
descripción de los sufrimientos de aquel pobre padre, que sin más familia ni
seres queridos que su hija, veíase desconocido por ella.
—Aquel hombre fué muy desgraciado. La señora
condesa, que hoy se halla enferma y llora continuamente recordando a su hijo
que murió, es un ser feliz, comparada con aquel desgraciado que no tenía ni aun
un retrato de su hija para contemplarlo.
María hizo un movimiento de extrañeza y asombro al
oír hablar de su felicidad.
—Sí, señora condesa; me afirmo en lo que digo. Si
la señora llora hoy la muerte del señorito, al menos tuvo una época feliz en
que se estremecía de placer al sentir su cabecita apoyada en sus rodillas, y en
que gozaba una satisfacción sin límites convirtiéndose en su enfermera y
pasando las noches en vela a la cabecera de su cama. Podía besar a su hijo, oír
su encantador y balbuciente lenguaje, y esto es siempre una felicidad, un
recuerdo que llena el alma de dulce melancolía, aunque después venga la muerte
a amargar tanta dicha. ¿Pero y mi pobre amo? ¿Y aquel desgraciado don Esteban,
que por ser hombre tenía que avergonzarse del llanto y muchas veces se tragaba
las ardientes lágrimas que le quemaban los ojos? El estaba convencido de que
tenía una hija, y sin embargo, murió abandonado de ella, soñando siempre en una
felicidad que nunca llegaba, y que para él consistía en que una voz pura y
argentina, que yo he oído mil veces, le llamase “¡padre mío”! Esa situación sí
que es horrible; es, como él decía, el suplicio de Tántalo; ¡tener casi a la
vista una hija querida, un ser que hasta en su rostro llevaba algo del que le
dió la vida, y sin embargo no poder acercarse a ella, no poder abrazarla
derramando sobre su frente lágrimas de dulce emoción!
La condesa se había cubierto el rostro con las
manos y lloraba silenciosamente, sin que Pedro pudiese asegurarse de si
aquellas lágrimas procedían del recuerdo de su hijo o de la
emoción que le causaban las penalidades de aquel pobre padre, al que reconocía
por fin.
El criado quiso excitar más aún aquella emoción.
—Hay para espantarse al considerar la desgracia de
aquel padre, sostenida con heroico valor por espacio de más de veinte años. La
señora condesa, que es madre, podrá apreciar mejor que yo hasta dónde llegó el
infortunio del pobre don Esteban. ¿Qué hubiese hecho la señora, que tanto amaba
a su hijo, si éste no la hubiese querido nunca reconocer como madre? ¡Cuán
inmenso dolor hubiese experimentado, si cuando iba a verle al colegio de
Valencia, el señorito, en vez de recibirla con los brazos abiertos, hubiese
huído de su madre como si fuese un monstruo! ¿No es verdad que la señora
hubiese muerto entonces de pena? ¿No se hubiera roto su corazón en mil pedazos?
Pues bien; el pobre don Esteban sufrió todas esas pruebas terribles y sin
embargo aun quedó en pie durante muchos años para vivir agonizando. Juzgue la
señora condesa si la vida de su padre no fué un verdadero infierno.
María seguía llorando, pero sus suspiros eran ya
cada vez más ruidosos, y con acento entrecortado murmuraba cariñosas
exclamaciones.
—¡Oh, padre! ¡Padre mío!
El criado, apenas le pareció oír estas palabras,
dichas con voz casi imperceptible, buscó apresuradamente algo en los bolsillos
de su casaca.
Mientras tanto, María, convencida por sentimiento
de que aquel Alvarez que tanto la había horrorizado era su padre, y recordando
algunas palabras sin sentido que había sorprendido a su tía y al padre Tomás y
que ahora se explicaba perfectamente, lloraba conmovida por el recuerdo de
aquel pobre mártir que tanto la había adorado.
La voz de Pedro le hizo apartar las manos de los
ojos y levantar su cabeza.
—¡Aquí está! ¡Contemple la señora condesa!
Era que el criado le mostraba un sencillo marquito
de latón, a través de cuyo cristal se veía una fotografía iluminada, que
representaba, de medio cuerpo, a don Esteban Alvarez cuando todavía era capitán
y acababa de regresar de Africa.
El fiel asistente, como si aquel recuerdo de su amo
fuese un poderoso talismán, lo llevaba siempre consigo.
María contempló con fruición aquella cabeza
vigorosa, de enérgica hermosura, y en la que se
veía retratada la fiera altivez y la mirada pensadora de un hombre nacido para
la guerra al mismo tiempo que para el estudio. Sustituyendo el poncho del
uniforme por una gola de hierro y un coleto de ante, aquella cabeza podía
confundirse con la de los ínclitos soldados del siglo XVI, que sojuzgaban
Flandes o conquistaban imperios como Méjico o el Perú.
La condesa, con el escuálido rostro animado por el
rubor de la emoción, examinó atentamente aquel retrato, encontrando
inmediatamente su parecido con ella, en la época que aun era hermosa y la
enfermedad no había consumido su organismo.
Todavía en sus ojos quedaba algo de aquella mirada
brillante y avasalladora que en los momentos de indignación llegaba a imponer.
María no dudó más sobre la verdad de cuanto la
había dicho su criado. No raciocinó, pues en tales momentos de emoción, la
razón se anula dejando su puesto al sentimiento.
La condesa se dejó llevar de su instinto; de un
impulso vehementísimo e irresistible que la empujaba, y llevándose el retrato a
sus labios, al mismo tiempo que volvía a derramar lágrimas, murmuró con un
acento que equivalía a un reproche a sí misma por su indiferencia.
—¡Oh, padre! ¡Padre mío! Si me oyes perdóname.
La última advertencia
Cuatro días después de aquella tarde en que Pedro
hizo su revelación a la condesa, en el momento en que los relojes del hotel
daban las ocho de la noche, bajaban la pequeña escalinata del edificio el
elegante Ordóñez y el padre Tomás, conversando amigablemente.
El jesuíta tenía el mismo aspecto de siempre, y en
cuanto al marido de la condesa, un sombrero de “clac” y el gabán abrochado para
ocultar el traje de etiqueta, daban a entender que pensaba pasar la noche en
alguna fiesta del gran mundo.
Los dos hombres siguieron la ancha avenida que,
partiendo el jardín del hotel, conducía a la verja, fuera de la cual esperaban
dos carruajes, y al llegar a un espacio donde no alcanzaban las luces de las
dos farolas que adornaban la puerta del edificio,
el jesuíta se detuvo, cogiendo suavemente a su protegido por un brazo.
—Mira, Paco—le dijo con entonación de consejero
bondadoso—; harías muy bien en no salir esta noche de casa o al menos en volver
cuanto antes. No sé por qué, me parece que esta noche va a ocurrir lo que tanto
tememos y que tu esposa no verá el sol de mañana. Ya ves que, al menos por el
buen parecer y para que no murmure la gente, conviene que tú permanezcas esta
noche al lado de María cumpliendo tu deber de buen esposo.
—Pero, padre, ¡si María no morirá esta noche! Hace
usted mal en alarmarse tanto. Los enfermos de tisis son como esas luces que se
apagan lentamente, y cuando uno cree que ya están extinguidas, vuelve a surgir
la llama y aún alumbra trémula y vacilante por mucho rato.
—¿Qué ha dicho el médico esta tarde?
—La verdad es que la ha dado ya por muerta y ha
dicho que de un momento a otro sobrevendrá el fin.
—¿Ves como debes quedarte?
—Sí, pero tengo la confianza de que María ha de
llegar a mañana, aunque sólo sea para desmentir al médico. La tisis tiene sus
bromas.
—Pues ten la seguridad de que esas bromas las
reserva para ti, que tan convencido pareces de que tu esposa llegará a mañana.
Créeme, Paco: quédate esta noche en casa, o si es que tienes verdadera
precisión de salir, regresa pronto, para que la gente murmuradora no pueda
decir nada contra ti.
—Volveré a las dos de la mañana; antes me es
imposible. Tengo precisión de asistir esta noche al baile de la Embajada
francesa.
—¡Desgraciado! ¿Teniendo a tu esposa tan grave te
atreves a ir a un baile? ¿No comprendes que la sociedad murmurará con sobrada
razón y que tú perderás con ello el escaso prestigio que te queda?
—¡Bah! La gente está ya acostumbrada a verme en
todas partes teniendo a mi mujer enferma y no se fijará esta noche en mí, pues
todos ignoran que María se halle tan grave. En las enfermedades lentas la gente
se cansa de preguntar y acaba por olvidarse del paciente. Además, reverendo
padre, es un compromiso de honor el que yo acuda esta noche a ese baile.
—Lo sé, desgraciado; lo sé todo. No creas que
ignoro que en la actualidad haces el amor a la esposa de uno de los empleados de la Embajada; una francesa que te
sorberá el poco seso que te queda.
Ordóñez, a pesar de su ligereza fría y
aristocrática, que se cifraba especialmente en no asombrarse de nada, no pudo
evitar un gesto de extrañeza al oír tales palabras.
—¿Cómo sabe usted eso, padre Tomás?
—¡Bah! No te creía capaz de asombrarte por tan
poco. Yo sé todo lo que hacen mis amigos. Ya sabes que mi despacho es como un
fonógrafo, que me repite todas las palabras y hasta los actos de cuantos amigos
tengo esparcidos por el mundo. Hay pocas cosas que yo no sepa.
Los dos hombres quedaron silenciosos y avanzaron
algunos pasos con dirección a la verja.
Ordóñez se detuvo al ver que el jesuíta se plantaba
mirándole con sus ojos fríos e interrogadores que parecían llegar al alma.
—Mira, muchacho—dijo con severa superioridad—. No
sólo conozco a fondo la vida de mis amigos, sino que leo en su pensamiento y
adivino todo cuanto se proponen hacer en contra mía. Ha llegado el momento de
que hablemos claro: ninguna ocasión mejor que esta.
—Diga usted, reverendo padre—murmuró Ordóñez, algo
alarmado al notar el giro que tomaba la conversación.
—Pues bien, te hablaré claro. Tu esposa va a morir
y ha llegado el momento de que se cumpla el pacto que hicimos antes de que te
casases.
—¡El pacto!... ¿Qué pacto es ése, padre Tomás?—dijo
Ordóñez con expresión distraída, como si fuese en busca de un recuerdo que se
le escapaba.
—Eso es; hazte el olvidadizo. ¿No te acuerdas ya,
angelito?—contestó el jesuíta con sarcástica ironía—. Veo que eres muy
desmemoriado; pero, afortunadamente, yo, como te decía, leo en el pensamiento
de los amigos y te ayudaré a recordar, diciéndote que a la hora en que me dé la
gana, a pesar de tu lujo, de tus brillantes relaciones y de tu fama de hombre
elegante y calavera, puedo enviarte a presidio. ¿Te acuerdas ahora?
—Vuestra paternidad tiene un modo terrible de
recordar las cosas.
—Es porque tu memoria resulta como uno de esos
caballos maliciosos que remolonamente se niegan a andar. Conviene darle algún
latigazo para que se avive.
—Bien, padre Tomás; me acuerdo del pacto; ¿qué
quiere usted de mí?
—Sabes que con arreglo al último Código civil, tus
derechos de marido te hacen heredero en usufructo de la mitad de la fortuna de
tu mujer.
—Ya sé, reverendo padre; ¿qué es lo que usted
quiere advertirme?
—Conforme al trato que hicimos los dos, antes de
que tú te casases con María, debías limitarte a gastar sus rentas, y te quedaba
prohibido inducir a tu esposa a que enajenase la más mínima parte de su
capital.
—Así lo he hecho, reverendo padre. No tendrá usted
queja de mí en este punto y creo estará satisfecho.
—No del todo, pues en ciertas ocasiones has gastado
algo más que las rentas, embrollando con esto la administración de tu casa;
pero no me quejo de estos pequeños excesos. Al fin, así y todo, te has portado
con bastante prudencia si se tienen en cuenta tus antecedentes de hombre
desordenado.
—¿Y qué es lo que quiere usted ahora?
—Que se cumpla lo convenido en nuestro pacto,
renunciando tú a la parte que te corresponde en la herencia de tu mujer.
Ordóñez se atusó el erizado bigotillo con marcado
aire de indignación.
—Padre Tomás, eso es muy duro. No resulta razonable
tal exigencia.
—Pues así ha de ser.
—Fíjese vuestra reverencia en que sólo se trata de
un usufructo. El día menos prensado me ataca una pulmonía o me dan una estocada
en un desafío, y entonces esa parte de la fortuna de mi mujer irá a parar, sana
y sin detrimento alguno, a manos de quien corresponda.
—La baronesa de Carrillo es vieja, y, además, no
está para esperar a que tú mueras.
—¡Ah! ¿Conque es doña Fernanda la que ha de heredar
toda la fortuna de mi mujer?—preguntó el elegante, con una expresión de
incredulidad que no procuró disimular.
—Sí, la baronesa heredará a su sobrina, y ya que
pareces dudar de mis palabras, para que no creas que aquí se encierra algún
misterio o alguna negociación censurable, te diré toda la verdad. La virtud no
necesita recatarse de nadie. La baronesa herederá a tu mujer e inmediatamente
traspasará la fortuna a manos de nuestra santa Compañía, para que ésta la
emplee en obras de caridad y en hacer propaganda para “la mayor gloria de
Dios”. Es una promesa que doña Fernanda ha hecho al
Altísimo. Ya comprenderás que en un asunto tan sagrado y que directamente
interesa a Dios, tu, pobre criatura humana, no debes oponer tu mezquina
voluntad.
Ordóñez, a pesar de que hacía esfuerzos por
conservar su exterior indiferente y desdeñoso de hombre elegante y
despreocupado, que tantos triunfos le valía en la alta sociedad, sentía hervir
en su anterior el fuego de la ira.
—Pero eso es robarme mis derechos de marido—dijo,
no pudiendo contenerse.
—¿Robar?—contestó el padre Tomás con su
imperturbable frialdad—. Dura es la palabreja, pero ya que la has dicho, la
acepto y contesto que antes has robado tú a otros con escrituras falsas y
firmas falsificadas. Por esto mismo puedo enviarte a presidio a la hora que
quiera, y esta hora llegará inmediatamente, si te niegas a obedecer mis
órdenes.
Ordóñez conocía perfectamente a su protector, y
sabía que era imposible que éste retrocediese así que adoptaba una resolución.
Además, el elegante, viviendo con lo que le proporcionaban las rentas de su
esposa, había perdido su ductilidad de aventurero y no era capaz de humillarse
pidiendo misericordia a aquel hombre terrible, que se mostraba sordo a los
ruegos que le contrariaban.
El aristócrata resistió su desgracia con dignidad,
y únicamente se dignó hablar de su porvenir.
—Y si yo renuncio a mis derechos, ¿qué sería de mí,
padre Tomás?
—Permanece tranquilo, que renunciando a la herencia
sirves a la Compañía y ésta jamás olvida a los que le son fieles. Aquí estoy
para protegerte. No vivirás con el mismo esplendor que ahora, pero te sostendré
en una posición que corresponda a tu rango, y ¿quién sabe si encontraré para ti
otra mujer con algunos millones de dote?
Estas palabras no parecían tranquilizar mucho a
Ordóñez, y por esto el jesuíta se apresuró a añadir:
—No puedes quejarte de mi protección. Antes de
casarte vivías entrampado, sin tranquilidad alguna y próximo a caer en la
deshonra. Te tendí la mano, te libré del precipicio, has vivido algunos años
derrochando como un potentado, y ahora, al morir tu mujer quedarás en la misma
situación de antes, aunque con la ventaja de no tener deudas y de contar con mi
protección, que será más eficaz y segura. ¿De qué te quejas, pues?, ¿has hecho
acaso un mal negocio?... Cree que me irrita tu ingratitud.
El jesuíta dijo estas últimas palabras con
expresión de disgusto, y durante largo rato permanecieron silenciosos el
protector y el protegido.
—Vamos a ver—dijo el padre Tomás, cansado por aquel
silencio—. Decidámonos pronto. ¿Renuncias a la herencia? ¿Cumples la palabra
que me diste?
Ordóñez hizo un gesto de desesperación en la
sombra. ¡Siempre cogido!, ¡siempre a merced de aquel hombre, a pesar de la fama
de listo que a él le concedían en la alta sociedad!
Había que conformarse forzosamente, y Ordóñez
tendió su mano al jesuíta en muestra de aprobación, y murmuró:
—De usted es toda la fortuna de María.
—Conforme. Quedo agradecido a tu desprendimiento, y
te prometo no abandonarte nunca. Ahora vámonos, pues se hace tarde y los dos
tenemos ocupaciones apremiantes. Procura volver pronto a casa, pues esta noche
ocurrirá el suceso que esperamos.
Los dos hombres atravesaron la verja, y después de
estrecharse la mano, subieron a sus respectivos carruajes, el uno para dar un
vistazo al Casino, antes de ir al baile, y el otro para volver a trabajar en
aquel despacho, que era como el centro del horrible embudo formado por la
telaraña jesuítica que envolvía a toda la península.
Ninguno de los dos miserables que con tanta
frialdad habían estado hablando sobre la próxima muerte de María volvió la
cabeza para lanzar una mirada de compasión a aquella ventana, que sobre la
oscura fachada del hotel destacábase débilmente, bañada en una luz pálida,
velada e indecisa. Los millones de la agonizante era lo único que ocupaba su
pensamiento.
Los dos carruajes se alejaron en distintas
direcciones, separando a aquellos dos compadres de crimen que se aborrecían
mutuamente.
—¡Vive Dios!—decía Ordóñez en voz alta y rugiente,
que tal vez era oída por sus cocheros—. Ese tío es un ladrón que me tiene
cogido por las orejas. Si algún día se me presenta ocasión, le había de meter
un palmo de acero en el vientre.
Mientras tanto el padre Tomás murmuraba en el
interior de su berlina, con acento de hipócrita escandalizado:
—Abandona a su mujer para ir a hacerle la corte a
otra, y tal vez la pobre condesa haya entrado ya en el período de agonía.
Siempre le he tenido por un canalla; pero no me imaginaba que su cinismo fuese
tanto.
La muerte de María.
La condesa moría lentamente en aquel gabinete
elegante, donde había pasado toda su enfermedad.
Se veía casi abandonada de los suyos, mas no por
esto se consideraba sola, pues la rodeaban hermosos recuerdos que parecían
endulzar sus últimos instantes.
Las sombras de su hijo, de don Esteban Alvarez y
del infortunado Zarzoso, aquellos tres seres queridos a los que pensaba
encontrar más allá de los umbrales de la muerte, parecían rodear su lecho y
animarla con invisibles sonrisas en tan supremo trance.
María sabía ya toda la verdad sobre su pasado.
El fiel Pedro, no sólo había relatado la historia
de su padre, sino que justificó a Zarzoso, haciéndola saber la repugnante
maquinación que contra él se había urdido allá en París, para lograr que María
le aborreciese por su infidelidad manifiesta, que era más obra de las
circunstancias y de pérfidas intrigas que de su propia voluntad.
La condesa, gracias a las revelaciones de su
criado, conocía ya la terrible participación que los jesuítas, y en especial el
padre Tomás, habían tomado en los asuntos de su familia, y por esto miraba con
franco horror al reverendo padre y no ocultó la repugnancia que sentía cuando
éste se aproximaba a su lecho.
La pobre joven, extenuada por la terrible
enfermedad, cansada de un mundo que sólo le había proporcionado dolores y
tristezas, y deseosa de sumirse cuanto antes en la sombra eterna, con esperanza
de encontrar allí a su padre y a su antiguo adorador, con los cuales había sido
injusta aunque sin voluntad para ello, caía impasible y sumisa, sin el menor
intento de rebelión y limitándose a compadecer a aquellos hombres negros, que
tanto daño la habían causado.
—¡Les perdono!—murmuraba la pobre mártir—. Perdono
a todos, a pesar de mis desgracias. Ellos también han de morir; ellos también
se verán en el mismo trance que yo, y entonces de
seguro que no experimentarán esta santa tranquilidad que ahora siento.
Y la infeliz perdonaba también mentalmente a aquel
esposo ligero e infame, que era el autor de su infortunio, que había envenenado
su sangre pura con los gérmenes de una terrible enfermedad adquirida en el
vicio, y que en el momento supremo, no se cuidaba ni aun de fingir un dolor
propio de las circunstancias y la abandonaba para ir a una fiesta donde
indudablemente haría, el amor a otra mujer.
Sí, ella perdonaba a Ordóñez, a pesar de todas sus
infamias, y no le causaba impresión alguna la cínica serenidad de aquel hombre
sin conciencia, pues su pensamiento, su corazón estaba puesto en aquellos tres
seres queridos, cuyas sombras parecíale ver vagar en torno de su lecho, para
ayudarla a bien morir, y escoltar después su espíritu por las infinitas
regiones de lo desconocido.
La condesa perdonaba también a su tía, aquella
mujer irascible, fanática e hipócrita, que la había martirizado cuando niña, y
que después, obedeciendo automaticamente órdenes superiores, la había entregado
en brazos de un hombre corrompido, cuyos besos resultaban contagiosos y
mortales.
Aquella misma baronesa, que estaba muy lejos de
recelar lo que pensaba su sobrina, se hallaba en tales momentos cerca de su
cama, sentada junto a una mesa sobre la que se erguía un hermoso crucifijo
entre un par de cirios.
Doña Fernanda, arrastrada por sus preocupaciones
devotas, no había tenido inconveniente alguno en amargar los últimos momentos
de la enferma, aterrándola con todo el imponente aparato que el fanatismo
guarda para tales casos.
María, que al fin había conocido quiénes eran los
sacerdotes que la habían rodeado desde la niñez, aunque sin abandonar por esto
las creencias religiosas en que la habían educado, se negó en absoluto a
confesarse con el padre Tomás, desobedeciendo con ello las recomendaciones de
la baronesa.
Esta se hallaba escandalizada por la tenaz negativa
de su sobrina, y deseosa de que la próxima conquista de la muerte no careciese
del refrendo de la religión, había montado un altar sobre una de las mesitas
del gabinete, y sentada al lado de él, leía en voz baja un grueso libro de
oraciones, mirando de vez en cuando a la enferma, que inmóvil y respirando
penosamente, fijaba sus ojos en el techo como absorta en sus pensamientos.
A pesar de que, con esa falsa esperanza que nunca
abandona a los tísicos, María aún creía que su fin estaba lejano, no quería
mirar todo aquel aparato religioso montado por su tía, pues la horrorizaba, al
par que le producía cierto despecho, la falta de consideración que mostraba la
baronesa.
El silencio era absoluto en aquella habitación: una
lámpara velada y las llamas de los dos cirios alumbraban el gabinete, formando
en su centro un círculo de luz, más allá del cual todo quedaba en una densa
penumbra.
Junto a la puerta, erguido e inmóvil cual una
estatua, estaba el fiel Pedro esperando órdenes. La oscuridad que le envolvía
no permitía a la baronesa el ver el gesto extraño, mezcla de compasión y de
ira, que contraía el rostro del criado al contemplar a la pobre enferma.
Pedro se sentía con deseos de estrangular a aquella
vieja bruja, como él llamaba a la baronesa, la cual, después de desatender a su
sobrina en la época en que su enfermedad todavía era susceptible de curación,
permanecía ahora a su lado para amargar sus últimos instantes con terroríficas
muestras de devoción, impidiendo al paso que pudiera acercarse a la enferma,
él, que era el único ser de aquella casa que sentía por la desgraciada algún
interés.
La condesa pareció salir de su profunda meditación
cuando uno de los relojes de la casa dió las diez.
—¡Pedro!—dijo la enferma con voz débil.
Y al acercarse el criado, dióle a entender con un
gesto lo que deseaba.
Aquél le trajo una rica capa forrada de pieles y la
puso sobre los hombros de la condesa, que se había incorporado.
Después la enferma, mostrando sus extremidades
devoradas por la consunción y que parecían los huesos de un esqueleto, bajó de
la cama ayudada por los robustos brazos del criado, y apoyándose en él, llegó
penosamente hasta un gran sillón que estaba colocado de espaldas al Cristo y a
las dos luces de la baronesa.
María experimentaba la necesidad, que todos los
tísicos sienten, de morir erguidos y fuera de la cama, que parece causarles
horror.
Pedro, sin abandonar su actitud respetuosa, miraba
fijamente a su ama y no podía ocultar la impresión de desconsuelo que le
producía aquel rostro terroso, enjuto y consumido por la enfermedad. Veíanse en
él los signos de una próxima muerte y sobre sus facciones parecía extenderse un
denso velo que las ennegrecía.
Pedro recordaba lo que aquella tarde había dicho el
médico sobre el próximo fin de la enferma y se afirmaba en la creencia de que
la condesa moriría aquella misma noche. Extinguíase la vida en el interior de
aquel organismo anonadado, y ya no quedaba en él más que un débil soplo vital
que la permitía hablar, aunque con voz tan tenue que sólo podía oírse en aquel
absoluto silencio.
—Pero tía—dijo débilmente dirigiéndose a la
baronesa que estaba a sus espaldas—, ¿es que tiene usted deseos de que yo muera
pronto y por eso me aturde con esas oraciones que murmura?
Este reproche, dicho de un modo dulce, hizo que la
baronesa levantase su cabeza, en la que se marcaba un gesto de indignación.
—Mira, María—contestó con una severidad impropia de
las circunstancias—. No quiero que una persona de mi familia vaya al infierno,
y como tú te niegas a ponerte bien con Dios, yo me encargo de subsanar esta
falta y le ruego al Señor que te reciba en su santa gloria, si no por tus
méritos, al menos por los de otras personas de tu familia.
La enferma estuvo callada durante algunos minutos y
después dijo con dulzura:
—Yo no necesito confesarme. He sido muy desgraciada
en este mundo y no recuerdo haber hecho daño a nadie. He obedecido siempre a
las personas que me han rodeado, creyendo firmemente cuanto me decían.
Calló la enferma breves instantes y añadió después
con marcada intención, volviendo la cabeza y buscando con la mirada a su tía:
—¡Ojalá no hubiese sido tan crédula y obediente! No
hubiese sido tan desgraciada, y tal vez ahora me vería en diferente situación.
La baronesa no contestó, pues adivinaba un gran
cambio en el carácter y las ideas de su sobrina, y no quería exponerse a que
ésta, con la franqueza del que va a abandonar la vida, le dijese algunas
verdades que forzosamente habían de resultarle amargas.
Volvió doña Fernanda a abismarse en la lectura de
sus oraciones, afirmando los lentes de oro sobre su picuda nariz, y mientras
tanto, la enferma, después de lanzar una mirada de gratitud a aquel criado,
modelo de fidelidad y de abnegación, que parecía consternado al contemplar a su
señora, volvió sus ojos al rincón más oscuro de su gabinete, y así permaneció
impasible e inmóvil.
Transcurría el tiempo en aquella inercia
silenciosa, que sólo turbaba el murmullo de los rezos de la baronesa y las
llamas crepitantes de los cirios.
Los relojes del hotel daban sus campanadas para
marcar el paso del tiempo, y a aquellas tres personas les parecía cosa de
milagro la rapidez con que se sucedían las horas, pues absortas en sus
pensamientos, creían que las horas se confundían unas con otras, según la
frecuencia con que las escuchaban.
Pasaba el tiempo velozmente, y era ya más de media
noche cuando la enferma pareció volver en sí de sus tristes reflexiones, y
dirigió la palabra a su fiel criado, que seguía de pie, sin que la fatiga
consiguiera rendirle.
En el rostro de la condesa veíase una expresión más
animada que parecía presagiar el principió de un restablecimiento. Su cutis,
antes tan pálido, estaba ligeramente coloreado, y su voz había adquirido nueva
potencia.
La baronesa miraba a su sobrina con cierto asombro,
no pudiendo explicarse cómo aquel cuerpo tan débil todavía tenía fuerzas para
resistir la enfermedad; pero el criado se entristeció al notar aquella mejoría.
Sabía bien lo que significaba. El médico le había
dicho que momentos antes de morir los que estaban enfermos de la misma dolencia
que la condesa, experimentaban una rápida y fugaz mejoría.
Pedro, pues, veía próxima la muerte de su señora:
muerte dulce y casi insensible, como la de todos los tísicos, y cual convenía a
aquella pobre mártir que tanto había sufrido en vida.
Acababa de dar el reloj del gabinete la una de la
madrugada cuando María se incorporó sobre los almohadones que Pedro había
colocado en su sillón, y tendió sus brazos al fiel criado, agarrándose a sus
hombros con la intención de levantarse y respirar mejor puesta en pie.
La capa se deslizó a lo largo del escuálido cuerpo
y la enferma quedó en ropas menores, mostrando sus brazos enjutos y consumidos,
capaces de inspirar lástima al más indiferente.
La condesa sosteníase agarrada a su criado, sin dar
ninguna orden ni atreverse a andar. Su cuerpo se agitaba con un débil
estremecimiento, y sus ojos, desmesuradamente abiertos y con expresión de
angustia, miraban a aquel rincón oscuro, como si en él viera impalpables
imágenes que en aquellos instantes atraían toda su atención.
—¡Ah! ¿Estáis ahí?—murmuró con voz tan queda y
débil como un suspiro—. ¡Hijo mío! ¡Juanito! ¡Papá! Allá voy.
Y sus manos soltaron los hombros del criado,
mientras su cuerpo caía inerte en el sillón.
La baronesa se levantó de un salto, y el criado,
tosca pero cariñosamente, agarró entre sus manos aquella cabeza que caía inerte
sobre uno de los enflaquecidos y angulosos hombros.
No era posible dudar: la condesa había muerto.
Pedro contempló aquellos ojos desmesuradamente
abiertos, vidriosos y empañados, que miraban todavía al oscuro rincón: la
nariz, que adquiría un tinte negruzco, y aquella boca entreabierta y todavía
contraída por una sonrisa sobrehumana, como si hubiese sido provocada por una
visión hermosa, por la vista de la felicidad existente más allá de la tumba.
El aspecto horrible de aquel cadáver, miserable
manojo de huesos y de piel, al que faltaba ya la misteriosa esencia que le
hacía atractivo y aquel calor vital que rápidamente se iba desvaneciendo
dejando al cuerpo cada vez más frío, trajeron a la realidad al pobre criado,
que rugiendo de dolor, para desahogar su oprimido pecho, se arrojó a los pies
del sillón y comenzó a besar con la furia de un loco una de las manos
amarillentas y descarnadas.
—¡Señorita!... ¡señorita!—gritaba el pobre hombre,
conmovido por aquel suceso, a pesar de que lo esperaba hacía ya mucho tiempo; y
trastornado por su desesperación, echábase en cara el no haber salvado a la
infeliz hija de su antiguo amo, el no haber velado por su vida tal como lo
prometió en París, cual si el desdichado tuviera poder para combatir a la más
terrible de las enfermedades.
Permaneció así postrado el infeliz Pedro, mientras
tuvo fuerzas para llorar, y por fin, extenuado, debilitado y recordando que su
deber le exigía algo más que entregarse al llanto, se levantó, abandonando
aquella fría mano que cayó inerte sobre el brazo del sillón.
Cuando Pedro, puesto en pie, miró con extrañeza a
su alrededor, vió agrupados en la puerta a la baronesa y a Ordóñez, mirando con
espanto casi supersticioso aquel cadáver hundido en el sillón, que parecía aún
más repugnante por las desnudeces descarnadas y angulosas que dejaba al
descubierto.
El marido de la condesa conservaba todavía su traje
de etiqueta, pues acababa de llegar del baile.
Había vuelto una hora antes de lo que había
prometido. No se diría que era un esposo incorrecto y desatento con su mujer.
Aún había llegado a tiempo para ver el cadáver de su esposa.... ¡Dios mío!,
¡cuán fea era la muerta! Ver aquellos hombros que con sus rígidas puntas
parecían romper la piel, cuando aún los ojos guardaban el recuerdo de los
hermosos escotes contemplados en el baile, resultaba un contraste extraño, una
visión dolorosa que él sufría como buen marido, aunque convencido de que nadie
le agradecería tan terrible sacrificio.
En cuanto a la baronesa, estaba también conmovida
por la fealdad de la muerte. Era ya vieja, su fin estaba próximo, y aunque por
sus aficiones devotas estaba en relación amistosa con Dios y los
bienaventurados, contando como seguro su ingreso en la corte celestial, no por
esto dejaba de producirle una impresión anonadadora el espectáculo de la
muerte.
Además, sus gustos y sus delicadezas de persona
distinguida sublevábanse a la vista de un cadáver, y comenzaba a encontrar que
en aquel gabinete existía un olor especial que hería e irritaba su
aristocrático olfato.
El rudo y fiel criado a quien la reciente desgracia
había hecho olvidar lo que era y representaba en aquella casa, lanzó una mirada
altiva e interrogadora a la baronesa y a Ordóñez, esperando que éstos se
acercasen al cadáver; pero al ver que permanecían inmóviles, levantó los
hombros con expresión desdeñosa y de desprecio, y agarró el inanimado cuerpo
para conducirlo a la cama.
Anduvo algunos pasos cargado con aquel cadáver que
pesaba menos que un niño, oprimiéndolo contra su pecho con expresión cariñosa y
paternal y procurando que la inanimada cabeza descansase sobre su hombro. Los
caídos brazos golpeaban suavemente sus rodillas, como si la muerta acariciase
cariñosamente al único ser que había hermoseado los últimos días de su
existencia con un poco de amor y abnegación.
Al llegar cerca de la cama, el criado volvió la
cabeza, con instintivo impulso, y al ver a los que estaban en la puerta no pudo
ahogar una exclamación de sorpresa.
La baronesa de Carrillo aspiraba con codicia el
contenido de un bote de perfume, mientras que en honor a las circunstancias
hacía esfuerzos porque asomasen algunas lágrimas a
sus ojos; y el lindo Ordóñez se tapaba la cara con las manos para llorar, pero
lo que agitaba su cuello no era el estertor del llanto, sino el escalofrío de
la repugnancia y de la náusea.
El honrado Pedro sintió que en su interior
despertaba una indignación feroz y que, a no tener sus brazos ocupados en el
cadáver, le hubiese arrastrado al homicidio. Pensó en el pasado, en que aquella
vieja aristocrática y aquel aventurero distinguido eran los principales
causantes de la muerte de María, de aquella joven infortunada nacida bajo el
peso de una fatalidad y que había atravesado la vida pagando cada minuto feliz
con interminables años de dolor; y olvidando su condición de criado, pensando
únicamente en que en tal momento representaba al pobre padre muerto allá en
París y a todos los Baselgas caídos, uno tras otro, en la inmensa red de la
negra araña jesuítica, fijó sus ojos centelleantes en la tía y el sobrino, y
con voz ruda, atronadora, como si saliese de la boca de un dios vengador, les
apostrofó diciendo:
—¡Canallas! ¡Tienen asco!
Eran las cinco de la tarde y la calle de Alcalá
presentaba el brillante aspecto propio de la principal arteria de una gran
ciudad, a la hora en que la aristocracia comienza su día y tumbada en el fondo
de sus carruajes se deja conducir con el suave balanceo de los muelles al
paseo, donde se saludan y se dirigen sonrisas las gentes que se ven diariamente
en todos los puntos de diversión y esparcimiento.
La tarde era espléndida. El sol de la primavera
campeaba en un cielo azul matizado por jirones de blancos vapores, y la
hermosura de la tarde parecía comunicarse al alma de las gentes que discurrían
por las aceras con cierta expresión satisfecha mirando los carruajes que
pasaban veloces por el centro de la calle.
Era el primer día que el antiguo asistente de don
Esteban Alvarez se sentía un tanto alegre después de la muerte de la condesa de
Baselga, ocurrida ocho meses antes.
Esta desgracia le había sumido en una melancolía
horrible, y cuando volvió del cementerio, después que el féretro fué sepultado
en el panteón de los Baselgas, aquel pobre hombre
se juzgó ya solo en el mundo y sin un ser que le conociese.
El cuidado de la infeliz enferma fué su última
ocupación grata; después de esto, su corazón quedaba muerto, y cayendo en una
espantosa misantropía, el infeliz se creyó en un desierto, donde era imposible
que encontrase más seres que excitasen su cariño y que no correspondieran a su
afecto con una terrible indiferencia.
La indignación que había mostrado junto al cadáver
todavía caliente de María, y las sordas amenazas que profirió contra la
baronesa y Ordóñez, hicieron que el mismo día del entierro fuese despedido de
la casa.
El pobre Pedro vivió miserablemente con sus escasos
ahorros durante un par de meses, y al fin pudo encontrar una colocación
modesta, que apenas si le daba para comer.
Aquel hombre sencillo y leal, al considerarse tan
completamente solo en el mundo, acogía la vida como una carga pesada que había
de sobrellevar forzosamente.
No podía acostumbrarse a vivir en tan completa
soledad, pues hacía ya muchos años que su existencia se deslizaba siempre al
lado de un ser querido. Primero tenía a don Esteban Alvarez, que era el objeto
de todas sus atenciones; después le habían ocupado los cuidados que debía
dedicar a aquella infeliz joven, cuyo organismo estaba minado por la tisis; y
ahora, al contemplarse sólo, sin otra ocupación que la de ganarse el pan, y
arrojado en el seno de una sociedad indiferente, el desgraciado Pedro, a pesar
de que gozaba de absoluta libertad, se creía aún en la época de su juventud, en
que, por salvar a su amo, fué herido, hecho prisionero y conducido a Ceuta,
donde se vió en absoluto aislamiento.
El antiguo asistente tuvo noticia de cuanto ocurrió
en la familia a quien servía después de la muerte de la condesa.
La baronesa de Carrillo, que heredó toda la fortuna
de su sobrina, habíala cedido a los padres jesuítas, quienes se apresuraron a
vender el hotel del paseo de la Castellana y los demás inmuebles de que
constaba la herencia, y a realizar los títulos que representaban el resto de
aquel respetable capital.
Doña Fernanda, limitada a la pequeña fortuna que
había heredado de su madre, la intrigante Pepita Carrillo, y que era suficiente
para sus modestas necesidades, dedicábase ahora con
más entusiasmo que nunca a su propaganda devota, y pasaba la mayor parte del
año fuera de Madrid, visitando conventos y organizando en provincias cofradías
de damas aristocráticas.
En cuanto a Ordóñez, sin otro auxilio ya que la
protección del padre Tomás, hacía su vida de soltero y ocupaba un lindo
entresuelo, gastando con la prodigalidad de siempre el producto de lo que había
podido sustraer a la voracidad de los jesuítas, así como lo que le
proporcionaba su antiguo crédito, pues no había perdido la costumbre de
contraer deudas.
Pensando en la rapidez con que se había deshecho
tan grande fortuna entre las manos de los jesuítas, subía Pedro la calle de
Alcalá, con paso lento, pues aún le quedaba tiempo para acudir a su cita.
Dos días antes había experimentado una inmensa
alegría, que rompió la abrumante soledad que le rodeaba, demostrándole que aún
quedaban en el mundo seres que le reconocían y que le daban el título de amigo.
A la puerta de un café le detuvo un caballero joven, echándole los brazos al
cuello y celebrando con ruidosas carcajadas el inesperado encuentro.
Era Agramunt, el revolucionario Agramunt, que había
regresado a España en virtud de una ley de amnistía que acababa de dar el
Gobierno, y que antes de volver a Barcelona deteníase en Madrid algunos días
para cumplir ciertos encargos políticos.
Aquellos antiguos amigos, que tantas cosas tenían
que contarse, pasaron horas muy felices recordando el pasado, y apenas
terminaban sus ocupaciones iban a buscarse inmediatamente para pasar la noche
juntos, hablando de Zarzoso, de Alvarez, de su desgraciada hija, y de todas
cuantas personas conocían, aunque sólo fuera de oídas, por haber intervenido
ellas en tan triste historia.
Como Agramunt tenía dinero, convidaba generosamente
a su antiguo amigo, y aquella tarde Pedro iba en su busca para dar un paseo
juntos, antes de ir a comer a Fornos.
En la esquina del Suizo se encontraron los dos
amigos, y cogiéndose familiarmente del brazo, emprendieron la marcha hacia el
Retiro.
A los pocos pasos llamóles la atención un hombre de
aspecto elegante, que pasó galopando sobre un hermoso caballo
inglés, y mirando a todas partes con expresión de superioridad insolente y
desdeñosa.
—Mire usted, Agramunt—dijo Pedro tocando con el
codo a su amigo—. ¿No quería usted conocer a Ordóñez? Pues, ése es.
—¡Ah, bandido!—exclamó el joven escritor con
amargura—. Ahí va orgulloso como un rey, saludando a las gentes, que se
apresuran a contestarle, y, sin embargo, muchos asesinos mueren en el patíbulo
con menos causa que él. ¡Qué sociedad ésta!
Los dos amigos, al llegar frente a la iglesia de
San José, se detuvieron, pues Pedro, que tenía muy buena vista, señalaba con un
gesto a una señora vestida de negro, que, bajando de una modesta berlina, se
disponía a entrar en el templo.
—Aquélla es la baronesa. Es tan mala como ese
Ordóñez; pero, al menos, por pudor, sabe fingir y aún lleva luto por la muerte
de su sobrina. No es como el botarate del marido, que un mes después de
fallecer la condesa, ya se presentaba en público, divirtiéndose sin escrúpulo
alguno y haciendo el amor a cuantas mujeres le gustaban. A pesar de esto, si me
diesen a escoger entre la baronesa y el sobrino...
—No te quedarías con ninguno—interrumpió Agramunt—;
y comprendo que tal hicieras, pues la vieja debe ser más terrible que el
botarate de Ordóñez, porque, según tengo entendido, ella es la mejor agente que
tienen los jesuítas.
Los dos amigos estaban de espaldas a la acera, y al
volverse rápidamente, tropezaron con un anciano que, con el sombrero de copa
hundido hasta las cejas, la cabeza baja, moviendo el bastón de un modo
extravagante y murmurando incoherentes palabras, marchaba con lento paso.
El viejo contestó con un gruñido feroz y una mirada
irritada al empujón de aquellos dos hombres, y siguió su camino lentamente,
mientras que Pedro se estremecía diciendo al oído de su amigo con voz ansiosa:
—Mírele usted bien. ¿Le conoce?, ¿le conoce?
—¿Quién es?—contestó con extrañeza Agramunt.
—El viejo doctor Zarzoso; el tío de nuestro
desgraciado amigo don Juan.
—Hablémosle. Tal vez se alegre ese pobre viejo de
conocer a quien fué tan amigo de su sobrino.
—No—contestó Pedro con acento triste—. Tal vez nos
arrepentiríamos de revivir en el anciano penosos recuerdos. El pobre doctor,
desde aquella mañana en que le llevaron a su casa el cuerpo de su sobrino
asesinado por Ordóñez, perdió casi por completo la razón, y si en la actualidad
no le tienen encerrado en el mismo manicomio que él fundó, es porque su locura
es pacífica y no da a nadie el menor motivo de queja. Va por todas partes lo
mismo que usted lo ve ahora, y si alguien le habla, él contesta incoherentemente;
su manía es que las leyes deben reformarse y que es un absurdo que la sociedad,
mientras castiga al hombre de blusa que ebrio y rabioso mata a la puerta de una
taberna, tiende su mano protectora sobre el hombre distinguido que ante cuatro
amigos atraviesa de una estocada a un semejante.
—Pues no discurre mal el viejo doctor—dijo
Agramunt—. Me parece que él es cuerdo, y que los locos son los que se burlan de
sus palabras.
—Ha perdido por completo la memoria—continuó
Pedro—. Cuando le hablan de su sobrino escucha con gran extrañeza, y en vez de
contestar ríe de un modo que causa miedo. ¡Ay, amigo Agramunt! ¡Si usted viera
qué pena causa en todos los que tratan al doctor ese estado de imbecilidad en
que ha caído, un hombre tan sabio e ilustre!...
Los dos amigos permanecieron inmóviles durante
mucho rato, siguiendo con la vista al pobre loco que se alejaba lentamente, y
cuando éste se confundió con los demás transeúntes, ellos volvieron a emprender
la marcha, cabizbajos y visiblemente emocionados por aquel doloroso encuentro.
Agramunt pensaba en las crueldades de la fatalidad
que ocasiona a los humanos tan terribles tristezas.
Estaban ya frente al ministerio de la Guerra y
junto al palacio del Banco de España, todavía en construcción, cuando les hizo
detener el paso un grupo de curiosos, en el centro del cual se movían los kepis
de los guardias de Orden público.
—¿Qué es eso?—preguntó Agramunt a su compañero, que
se había adelantado para enterarse de lo que ocurría.
—Poca cosa. Han prendido a un ladrón que intentaba
robarle el reloj a un caballero; ahora lo están atando... ¡Ya se lo llevan!
Y abriéndose el curioso grupo, apareció un hombre
mal vestido, pálido, con el pelo pegado a la frente por el sudor, y con todas las señales de haberse resistido
fieramente antes de entregarse en manos de la Policía. Llevaba los brazos
atados por detrás, y los guardias, enfurecidos sin duda por la anterior
resistencia, le empujaban rudamente.
Aquella escena vino a aumentar aun la triste
impresión que experimentaban los dos amigos, y doblando la esquina entraron en
el Prado, al mismo tiempo que, viniendo en dirección contraria, se cruzaban con
ellos dos sacerdotes: uno joven y de rostro insignificante que miraba
humildemente al suelo, y otro que iba a su derecha, viejo, erguido y fijando en
todos los transeúntes sus ojos curiosos e investigadores.
—¡Vive Dios!—exclamó Pedro—. Esta tarde abundan los
encuentros. Ahí tiene usted al padre Tomás Ferrari.
Agramunt contempló con curiosidad no exenta de ira
al viejo jesuíta, que se alejaba majestuosamente, convencido de su inmenso
poder, y contestando con sonrisas protectoras a los saludos respetuosos que le
dirigían algunos transeúntes.
Agramunt sonreía con amargura, avanzando con su
amigo por el centro del Prado.
—Ahí tienes lo que es el mundo, amigo Pedro. La
sociedad acosa como a una fiera al ladrón que roba un reloj, tal vez por
hambre, y en cambio saluda y presta homenaje a otro ladrón, que ha estado
preparando un robo de millones durante muchos años, y que para realizar su plan
no ha vacilado en premeditar asesinatos y en realizarlos con irritante
alevosía.
El joven dió algunos pasos, sumido en el silencio
propio de un hombre que reflexiona, y añadió después:
—Verdaderamente resultan admirables, por lo
grandes, esos bandidos negros. ¡Qué sublimidad para el mal tiene el jesuitismo!
Para los obreros de la sagrada Compañía la palabra imposible carece de sentido.
El desaliento es cosa desconocida entre ellos, y con tal de realizar sus planes
a la sordina y sin escándalo, disponen de los años y de los siglos con la misma
indiferencia que nosotros disponemos de los minutos. Su fuerza es siempre
igual, y si cae uno en sus filas, no tarda en ocupar otro su puesto. El mundo
está en peligro: la libertad y el progreso serán palabras vanas que
representarán cosas inestable mientras siga en pie esa sombría institución que
dispone de los primeros tesoros del mundo, aumentándolos cada vez más, y de
hombres sumisos e inconscientes que se mueven como máquinas y marchan rectamente a su fin, seguros de que a la corta o la
larga han de lograr su objeto. La tiranía imperante los protege; no contentos
con disponer de las clases privilegiadas, intentan hoy seducir al pueblo, y si
esto continúa por algunos años, llegará el momento en que la libertad caerá
anonadada, y cual otro Juliano “el Apóstata”, dirá con desaliento al hombre que
en la historia simboliza la reacción: “¡Venciste, Loyola!”
Calló el escritor, y agarrando de un brazo a su
amigo, detúvose sin darse cuenta exacta de lo que hacía.
Sus ojos, con cierta expresión propia de un
inspirado, miraron al horizonte cubierto de vapores, que adquirían un tinto
rojo, bañados por los últimos rayos del sol.
Aquel resplandor de incendio de que parecía
empapado el horizonte, entusiasmó al revolucionario.
—Mira, Pedro, mira bien. Ese incendio del cielo es
la imagen del porvenir. El fuego todo lo purifica, y en la actualidad resulta
el único remedio. Sé muy bien que Torquemada sentía estas ideas y las aplicaba
en favor de la reacción. Pues bien, el mundo necesita hoy un Torquemada en
sentido inverso, que queme al presente, no en nombre del pasado, sino en el del
porvenir. Mira bien, ¡qué alegre resplandor! Un fuego que todo lo devore, una
inquisición que respete a las personas, pero que convierta en cenizas todas las
instituciones del presente... ¡he ahí el más bello porvenir para la Humanidad!
Y el joven revolucionario, como si le asaltase la
idea de que aún estaba lejos aquella solución anhelada y esto despertase su
ira, cerró los puños convulsivamente y miró otra vez al cielo, murmurando con
voz anhelante, como si hablase con un ser invisible:
—Pero ¿cuándo te decidirás a barrer tanta
podredumbre? ¿Cuándo darás el gran escobazo?
FIN DE “LA ARAÑA NEGRA”
|
geso=> gesto {pg 79} |
|
su labios=> sus labios {pg 19} |
|
lujuría=> lujuria {pg 40} |
|
discución=> discusión {pg 60} |
|
si su repeto=> ni su repeto {pg 79} |
|
obligabála=> obligábala {pg 89} |
|
produllo=> produjo {pg 92} |
|
tánto=> tanto {pg 101} |
|
píaba=> piaba {pg 102} |
End of Project Gutenberg's La araña negra, t. 9/9,
by Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAÑA
NEGRA, T. 9/9 ***


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