© Libro N° 9554. La Araña Negra. Tomo 7. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © La Araña Negra. Tomo 7/9. Vicente Blasco
Ibáñez
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Original: © La Araña Negra. Tomo 7/9. Vicente Blasco Ibáñez
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LA ARAÑA NEGRA
Tomo 7
Vicente Blasco Ibáñez
La Araña Negra
Tomo 7
Vicente Blasco Ibáñez
Title: La araña negra, t. 7/9
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release Date: May 30, 2014 [EBook #45835]
Language: Spanish
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NEGRA, T. 7/9 ***
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corregidos sigue
el texto.) SEPTIMA PARTE: III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII. |
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
———
NOVELA
SEPTIMO TOMO
EDITORIAL COSMÓPOLIS
APARTADO 3.030 MADRID
Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín de los Heros,
65.—MADRID.
SEPTIMA PARTE
MARUJITA QUIROS
(CONTINUACIÓN)
Alvarez después de la revolución.
Al triunfar la revolución de septiembre de 1868, Alvarez vino a España,
entrando por Cataluña con algunos generales emigrados. En Barcelona se reunió
con Prim, que hacía su viaje insurreccional por las costas del Mediterráneo, y
entró en Madrid formando parte del Estado Mayor del célebre general, que fué
acogido en la capital de España con la ovación más delirante que se recuerda.
Alvarez no olvidó a su asistente, quien a los pocos días entró también
en Madrid, completamente convertido, pues a pesar de su sencillez, no dejaba de
darse alguna importancia en vista de las atenciones recibidas en el camino.
Había desembarcado en Málaga con otros deportados políticos, y desde
allí hasta la corte su viaje había sido una serie de ovaciones tributadas por
el pueblo a los que se habían sacrificado por su libertad. Perico quería seguir
siendo para su amo un fiel asistente, pero para los demás aspiraba a honores de
personaje, y muchas noches, mientras Alvarez estaba
ausente, iba él a alguno de los clubs populares que entonces comenzaban a
formarse y recibía allí de los oradores los elogios destinados a los mártires, conmoviéndose
hasta el punto de derramar lágrimas.
Uno de los más fervientes deseos de Alvarez era encontrar a don Pedro
Corrales, aquel inesperado y extraño protector que le había salvado la vida.
Fué a la calle de San Agustín, y nadie, en aquella vieja casa, pudo contestar a
sus preguntas. El policía y su moza no vivían ya allí; la vieja prestamista aun
ocupaba el primer piso, pero en las conferencias que a través del ventanillo de
su puerta sostuvo con el militar, no le dió noticia alguna.
Don Pedro se había trasladado hacía más de un año, no se sabe dónde. A
esto quedaban reducidas todas las noticias.
Buscó Alvarez por todos lados, ganoso de encontrar a su protector, pero
sus gestiones fueron inútiles. Su cajón de memorialista no existía ya.
El agitado océano de Madrid se había tragado a aquel náufrago social que
con tanta dignidad y santa sencillez sabía mantenerse en su infortunio.
¿Había muerto víctima de la miseria? ¿Había cambiado su fortuna en
aquellos dos años? ¿Había encontrado al fin el valor que le faltaba para
reunirse con su Ramona?
Alvarez no supo nunca nada de aquel hombre, cuyo recuerdo quedó fijo por
siempre en su memoria.
Su encuentro con aquel viejo había sido de esos que ocurren en la vida,
y que, a pesar de pasar fugaces, impresionan más que las amistades eternas.
El memorialista era, para la vida de Alvarez, un elemento necesario. Le
había encontrado en el momento preciso, y después el destino le hizo
desaparecer. Los dos habían sido como los buques que se encuentran en los
desiertos mares; se prestan auxilio, se exponen al peligro el uno por el otro,
y después se alejan con igual indiferencia para no encontrarse jamás.
Alvarez sólo fué ascendido a comandante, mientras que oficiales que
habían permanecido en España, no atreviéndose a desenvainar nunca la espada por
la revolución, saltaban ayudados por el favor, y de un solo golpe, dos o tres
empleos.
Había en el infatigable conspirador, en el héroe del 22 de junio, algo
que le hacía poco simpático a los ojos de aquella brillante pléyade militar que
se reunía en los salones del ministerio de la Guerra, donde Prim daba audiencia
a sus cortesanos de espada.
El comandante Alvarez era republicano, y a tal punto llevaba su fe política entre todos aquellos soldados de
fortuna, que eran partidarios de la revolución porque a la sombra de ésta se
alcanzaban entorchados, que no vacilaba en manifestar su pensamiento ante el
mismo Prim, que tan justa fama tenía de poco sufrido.
Las manifestaciones monárquicas que había hecho el general al
desembarcar en Barcelona, le habían descorazonado. ¡Adiós, ídolo! Prim, que
hasta entonces había sido para él un ser sobrenatural, un patriota sin
precedentes en la historia de España, convertíase ahora, ante sus ojos, en un
político doctrinario incapaz de romper los moldes forjados por sus antecesores,
y ansioso únicamente de ser la espada protectora, el factótum de
una monarquía con ciertos visos de democracia.
Alvarez no vaciló en decir al marqués de los Castillejos la opinión que
le merecía, y de aquí que las recompensas revolucionarias fuesen tan parcas
para él, como exorbitantes para otros.
Prim apreciaba mucho a su antiguo agente; sabía de lo que era capaz y
tenía interés en conservarlo a su lado, por lo que intentó atraerlo a sus
planes políticos favorables a una monarquía democrática. Prometióle el mando de
un regimiento y el fajín para de allí a poco tiempo, si se declaraba adicto a
la monarquía que soñaba fundar, pero todas sus seducciones se estrellaron
contra el austero republicanismo del comandante.
El había trabajado por la revolución y expuesto mil veces su vida en la
creencia de que aquélla era para arrojar por siempre los reyes de España; con
esta idea había militado a las órdenes de Prim, pero ahora que éste se decidía
en favor de la institución monárquica, él le abandonaba, y aunque la disciplina
militar obligábale a ser fiel al gobierno provisional su corazón estaba de
parte de la República federativa, de aquella República que Pi y Margall,
Castelar, Orense, Garrido y otros iban predicando por todas las provincias de
España.
Entre el progresismo triunfante que le ofrecía todos los honores y
grandezas de la victoria, y el evangelio republicano que comenzaba a conquistar
el corazón de las masas humildes y necesitadas, estaba con el último, así como
unos cuantos meses antes estaba por los derechos del pueblo, contra la tiranía
de los Borbones.
Alvarez rompió abiertamente con Prim.
—Ese chico es un loco—decía el general en su tertulia—. Siento que se
aleje, porque es un buen amigo. Veremos qué le dan esos republicanos, a cambio
del sacrificio que hace alejándose de mí.
Alvarez quedó en Madrid, aunque sin incorporarse a Cuerpo alguno.
Libre de aquellas ocupaciones políticas que tanto tiempo le habían
absorbido, dedicóse a cumplir un deseo que hacía tiempo le agitaba.
En la emigración había sabido la muerte de Enriqueta. Leía los
periódicos españoles, y especialmente de Madrid, para estar al tanto de los
acontecimientos políticos ocurridos en su patria, y muchas veces tropezaron sus
ojos con el nombre de la baronesa de Carrillo, eterna presidenta de cuantas
cofradías celebraban fiestas religiosas u organizaban cuestaciones caritativas.
A pesar del odio que profesaba a doña Fernanda, alegrábase cada vez que
encontraba su nombre, pues esto parecíale que le aproximaba a la mujer amada.
Quiso enterarse varias veces de la suerte de Enriqueta y de su viudez,
en la que tanta participación había tenido Perico; y aunque pensó en
escribirle, nunca llegó a atreverse.
Por un periodista que fué a Amberes, donde él se encontraba con Prim,
supo que Enriqueta se hallaba enferma, pero no llegó a persuadirse de la verdad
de esta noticia, pues el que la daba hablábale con el tono vago e indeciso del
que no se entera de cosas que le son indiferentes.
Un día, leyendo en el café de Madrid, en pleno boulevard Montmartre,
un número de La Epoca, encontróse con una esquela mortuoria que le
hizo palidecer. Era la de Enriqueta. En un suelto de regulares dimensiones que
el cronista del mundo elegante dedicaba a la finada, leyó que ésta había
sufrido una larga enfermedad que la tenía privada de conocimiento a
consecuencia de la sorpresa que experimentó el 22 de junio al ver a su querido
esposo muerto a las puertas de su casa. El revistero aristocrático aprovechaba
la ocasión para anatematizar a los feroces revolucionarios y hacer la apología
de la reina y de la nobleza de sangre. A Alvarez le hizo aquello mucho daño.
Ignoraba la verdadera causa de aquella enfermedad de Enriqueta; no sabía que
ésta le creía fusilado, y al leer lo que el revistero decía sobre el inmenso
cariño que la señora de Quirós había profesado a su esposo, pasión que se
acrecentó después de la muerte, experimentó terribles celos y se dijo con
ferocidad de amante ofendido, como si la infeliz viviera:
—¡Fíese usted de las mujeres! ¡Tanto como parecía quererme, y ahora
resulta que muere enamorada del pillete de su marido!...
La imagen de Enriqueta ya no ocupó desde aquel día el lugar preferente en la memoria de Alvarez; pero cuando éste
se vió en Madrid después de triunfar la revolución, uno de sus más vehementes
deseos fué el ver a su hija, a la pequeña María, que sólo había contemplado
furtivamente en aquellas tardes que Enriqueta, esposa ya de Quirós, acudía a
sus inocentes citas.
El comandante volvió a rondar como en otros tiempos el palacio de
Baselga, pero ahora con más aplomo y convencido de su derecho.
No iba en busca de amores; era un padre que quería ver a su hija.
Entonces fué cuando la baronesa de Carrillo le vió un día desde un
balcón, y si la devota señora experimentó gran susto al creerle un aparecido,
no fué menor la alarma que sintió cuando llegó a convencerse de que era un
hombre de carne y hueso, o más bien dicho, que era aquel mismo pillete
republicano que tantos disgustos le había proporcionado y que tan
antipático le resultaba siempre.
La baronesa, con su fino olfato de beata, adivinó inmediatamente lo que
significaban aquellos paseos del militar.
¡Oh! ¡No cabía dudarlo! Alvarez era el verdadero padre de Marujita, y,
sin duda, sentía el deseo de verla y estrecharla entre sus brazos.
¡Y pensar que aquel miserable había mezclado su sangre plebeya con la de
una familia tan aristocrática!
Pero a la baronesa no le duró mucho tiempo la indignación que le
producían tales consideraciones.
Pensó en su situación actual, en la revolución que tanto horror le
causaba, y en que aquel hombre odiado era de los victoriosos y debía disponer
de las masas que aterrorizaban a la baronesa, con su aspecto poco distinguido.
¿Si proyectaría robarle la niña?
Había que ser prudente y no hacer, como en pasadas épocas,
demostraciones de desprecio a aquel ogro que la maldita revolución ponía
nuevamente ante ella.
Un revolucionario y una beata.
En toda la noche no pudo dormir la baronesa, agitada por los
pensamientos que la producía el haber visto a Alvarez la mañana anterior.
A la madrugada, cuando ya sonaba en las calles el campanilleo de las
burras de leche y el cencerro de las vacas, pudo atrapar el sueño, pero no gozó
de tal dicha por muchas horas.
Eran las once cuando entró su lenguaraz doncella a avisarle, con tono de
alarma, que había estado a visitarla un comandante, anunciando que volvería a
la una, pues tenía que hablar con urgencia a la señora.
El modo con que la doncella decía estas palabras, acabó de disipar la
torpeza que invadía a doña Fernanda, bruscamente sacada de su sueño.
Adivinábase que aquella muchacha conocía a Alvarez y no ignoraba la
importancia que tenía la visita.
La baronesa así lo comprendía. ¡Dios sabe de cuántas murmuraciones
habría sido objeto su difunta hermana por parte de la servidumbre, gente
respetuosa e inmóvil que parece no fijarse en nada y, sin embargo, lo ve todo!
Doña Fernanda, herida por la audacia que demostraba Alvarez
presentándose en su casa, saltó inmediatamente del lecho y comenzó a vestirse.
¡Dios mío! ¿Que quería aquel hombre? ¿Cómo se atrevía a poner los pies
en aquella casa? ¿Con qué derecho quería hablar nada menos que a una baronesa
muy católica y no menos ilustre? Que se fuera a sus centros, a sus clubs, a sus
logias horripilantes, donde se pisoteaba a Cristo, se cometían los mayores
sacrilegios y se pronunciaban terribles palabras que mataban a una persona sólo
con oírlas. ¡Mire usted! que era audacia la de aquel demagogo.
Lo único que la consolaba es que ella hablaría con Paco Serrano,
que la estimaba mucho, y sabría meter en vereda al audaz comandante.
Estaba resuelta a no dejarse imponer por el descamisado y dió orden
terminante a la doncella para que no le permitiera la entrada.
Pero no tardó en cambiar de opinión. Parecióle, sin duda, indigno de ella el evadir la presencia de Alvarez, y
bien fuese por imposición de su dignidad, o por no tener un enemigo en un
hombre que figuraba entre los revolucionarios a quienes ella tanto temía, lo
cierto es que dió contraorden a su doncella, la cual fué autorizada para hacer
entrar al comandante en el salón así que se presentara.
Una hora después, Alvarez, vestido de uniforme, entraba en el salón de
la baronesa Esta le hizo aguardar mucho rato, y, por fin, se presentó, vestida
de negro, con rostro austero y todo el aspecto de una reina viuda.
Al ver al comandante, que se puso en pie respetuosamente, hizo doña
Fernanda uno de esos gestos de extrañeza cortés que se reservan para las
personas desconocidas cuyas intenciones son un problema.
Cuando los dos estuvieron sentados, el comandante comenzó a hablar a la
baronesa, que le escuchaba con gesto altivo y casi impertinente.
—Señora: no sé si usted me conocerá.... ¿Que no? No lo extraño. Hace ya
mucho tiempo que no nos hemos visto, y las circunstancias de la vida me han
envejecido bastante. Sin embargo, tal vez haga usted memoria cuando sepa mi
nombre. Yo soy Esteban Alvarez.
Doña Fernanda volvió a hacer con su cabeza signos negativos.
—A pesar de esto, usted me conoce, señora. Nunca nos hemos hablado, pero
tengo la seguridad de que yo no soy para usted un desconocido. Tal vez recuerde
usted mejor cuando yo le diga que fuí novio de su difunta hermana Enriqueta.
Creo que algunas veces he tenido la desgracia de incurrir en la muda
indignación de usted.
Y Alvarez dijo estas palabras sonriendo discretamente.
La baronesa ya no pudo seguir negando y acogió aquellas palabras con la
expresión del que recuerda una cosa que le interesa poco.
—¡Ah, sí, caballero! Me parece recordar que mi hermana tenía un capitán
que parecía algo enamorado de ella.... ¿Era usted mismo, caballero? Vaya, pues
lo celebro mucho. Ya sabrá usted que la pobrecita murió.
Y doña Fernanda reía desdeñosamente, envuelta en su superioridad de raza
y esforzándose en darle a entender con su actitud que el haber tenido
relaciones amorosas con su hermana no autorizaba a ningún plebeyo, y por
añadidura, revolucionario, para inmiscuirse en el
seno de una familia de antigua nobleza.
—Sí, señora. Sé que murió Enriqueta y éste es el mayor infortunio de
cuantos he experimentado. Ha sido mi único amor.
—Veo que es usted constante, caballero—dijo la baronesa con acento
sarcástico—. No podría decir lo mismo mi pobre hermana, si viviese, pues ya
sabrá usted que ella contrajo matrimonio después de sus galanteos con usted. Se
casó con un hombre distinguido y de gran talento, que murió heroicamente
peleando en favor de las doctrinas de sus mayores y de los intereses del orden
y de la familia. Desgraciadamente, hoy no están en moda tales esfuerzos, pues
nos han salido otros héroes de nueva clase.
La baronesa profesaba gran simpatía a su cuñado Quirós, aun después de
muerto, y como si no conociera las circunstancias de su desgraciado fin,
complacíase en forjarse una novela sobre sus últimos instantes y en tenerlo
como un héroe, que, consecuente con los principios que siempre predicaba
habíase batido el 22 de junio como un león, siendo mártir de la monarquía y del
catolicismo. En todas partes hablaba de su cuñado, llamándole héroe y mártir
sublime, y la sociedad que la rodeaba creíala o fingía creerla, pues a todos
interesaba el formarse dentro de su clase un grande hombre.
Por los labios de Alvarez vagó una débil sonrisa al encontrarse
convertido en héroe al despreciable Quirós, pero se abstuvo de todo comentario
sobre esta creencia, así como sobre las últimas palabras de la baronesa, que
eran una sátira contra la revolución, y siguió como si no se hubiera fijado en
tales expresiones.
—Conozco, señora, el matrimonio de su hermana; sé lo que esto
significaba, y de igual modo, hasta qué punto era su esposo ese señor Quirós de
quien usted habla. Sólo conociendo estas cosas, como las conozco, es como yo me
he limitado a callar hasta el presente y no he hecho uso de un derecho que
tengo, si no valedero ante la sociedad, legítimo como el que más a los ojos de
la Naturaleza.
—¡Dios mío, caballero!—dijo con fina sonrisa la aristócrata—. Habla
usted de un moldo tan imponente, que siguiendo por este camino llegará a
aterrorizarme. Además, no sé qué derechos pudiera usted tener sobre mi hermana.
¿Que era novia de usted? Conforme. ¿Que se escribían cartitas y algunas mañanas
se veían en el Retiro? No lo sé cierto, pero algo he oído
decir y no quiero ponerlo en duda. Pero esto, señor mío, no autoriza a nada.
¿Quién no sabe lo que son amoríos a los veinte años? ¿Tienen esta clase de relaciones
alguna importancia para crear esos derechos de que usted habla en tono tan
formal? Si todas las muchachas tuvieran que quedar ligadas eternamente con
aquellos hombres a los que hubiesen dado palabra de fidelidad a los veinte
años, le aseguro a usted que el amor, y hasta la vida, serían imposibles. Crea
usted, caballero, que no entiendo lo que usted dice.
La baronesa fingíase con habilidad completamente ignorante de cuanto
había existido entre Enriqueta y Alvarez, y aunque no se sentía muy tranquila
en presencia de aquel hombre, empujaba hábilmente la conversación hacia un
punto que excitaba su interés y que era lo que principalmente había motivado su
repentina decisión de admitir al revolucionario en su casa.
Deseaba saber la verdad de las relaciones entre su hermana y Alvarez.
Durante la enfermedad de Enriqueta, ésta, con palabras sueltas, la había dado a
entender algo que pudo añadir a lo mucho que ya sabía sobre la aventura de su
hermana y el modo con que Quirós había logrado explotarla, pero le faltaba
conocer la historia con todos sus detalles, y por esto impulsaba hábilmente a
aquel enemigo a que saciase su curiosidad.
Alvarez, al notar el desprecio cortés con que le trataba la baronesa y
la certeza con que le negaba todo derecho sobre Enriqueta, queriendo hacerlo
pasar como a un extraño, indignóse, y aunque con bastante discreción, para no
herir de lleno la honra de su difunta amante, comenzó a relatar todo lo
ocurrido desde el día en que la hija del conde de Baselga huyó de su casa para
ir a buscarle a él en su modesta vivienda.
La baronesa le escuchaba atentamente, a pesar de que fingía incredulidad
conforme avanzaba la relación. En vez de indignarse, al saber la estratagema
villana de que se había valido Quirós para comprometer a Enriqueta, encontró
que tenía mucha gracia la intriga y ratificó interiormente el concepto de
hombre de talento en que tenía a su cuñado. Lo que más estupefacción le produjo
fué la noticia de que Quirós sólo era marido de Enriqueta en apariencia, pues
ésta, fiel siempre al recuerdo del que era padre de su hija, no había concedido
la menor confianza al aventurero que por tan villanos medios consiguió su mano.
A pesar de la impresión que le produjo esta noticia, la baronesa
protestó inmediatamente.
—Caballero; eso que usted me cuenta es abominable. Además, fácilmente se conoce que todo es pura fábula. ¿Cómo
puede usted estar tan enterado de lo que, según afirma, ocurría en esta casa?
¿Cómo conoce usted esa frialdad que supone en las relaciones de los dos
difuntos esposos?
—Señora—contestó el capitán con dignidad—. Yo no miento nunca. Le juro a
usted, por mi honor de soldado, que esto que le digo lo sé por la misma
Enriqueta. Ella me lo dijo al justificar su conducta cuando yo le pregunté
sobre su casamiento.
—¿Y cuándo pudo usted verla?—observó con incredulidad la baronesa—.
Según usted acaba de decirme huyó de Madrid perseguido por las autoridades la
misma noche en que mi hermana, con una ligereza inconcebible, abandonó esta
casa. No creo que usted haya vuelto por España, hasta ahora, estando como
estaba sentenciado a muerte.
—Pues volví, señora: vine aquí para tomar parte en el movimiento del 22
de junio, algunos meses antes.
La baronesa, a pesar de que sabía muy bien que Alvarez había estado en
Madrid después de su primera fuga y que en la calle de Atocha lo había visto su
hermana, próximo a ser fusilado, hizo un gesto de extrañeza y luego preguntó
con marcada incredulidad:
—¿Y cómo hablaba usted entonces con Enriqueta? Le advierto a usted que
mi hermana ha vivido siempre muy unida a mí, y que son pocas las cosas que ha
hecho de las cuales no me haya yo enterado inmediatamente.
—¿Duda usted, señora, que yo hablase con Enriqueta después que volví
ocultamente de mi primera emigración? Pues yo le daré detalles que le probarán
cuanto digo. Hablé por primera vez con Enriqueta en una iglesia, cuyo nombre no
recuerdo en este instante, pero en la cual predicaba entonces un jesuíta
llamado el padre Luis, cuyos sermones causaban verdadero furor. Era una tarde
en que usted estaba enferma y Enriqueta fué sola al templo. Al terminar el acto
hablamos largamente, y sin que yo la obligase a ello me relató la vida que
hacía con su esposo. Desde entonces nos vimos con gran frecuencia, aprovechando
todas las tardes en que usted no acompañaba a su hermana. Le juro a usted que
Enriqueta supo respetar la nueva posición que ante el mundo tenía y no me permitió
nunca la menor libertad en nuestras sucesivas entrevistas. Ya ve usted, señora,
que doy bastantes detalles para ser creído.
La baronesa estaba convencida interiormente de la veracidad de cuanto
decía Alvarez.
Sabía por las palabras que se habían escapado a Enriqueta que su hija lo era de Alvarez, y ahora, recordando la
frialdad con que su hermana había tratado siempre a Quirós, convencíase de que
no era menos cierta aquella separación absoluta que en secreto observaba el
matrimonio.
Pero a pesar de esto, la baronesa no estaba dispuesta a aceptar como
buenas tales explicaciones. Sublevábanse sus preocupaciones de aristocrática
ante la posibilidad de reconocer como pariente a un hombre como Alvarez, y
acogió todas sus palabras con gesto de superioridad desdeñosa.
—Podrá ser verdad cuanto usted afirma; pero, ¡Dios mío!, ¡resulta todo
eso tan extraño!...; parece un capítulo de novela.
El comandante palideció al escuchar estas palabras, que equivalían a un
insulto, pero se contuvo y supo dominar su cólera, limitándose a contestar que
él respetaba a las señoras lo suficiente para no sentirse molestado por sus
expresiones.
—Y en resumen, caballero—continuó doña Fernanda—, ¿qué es lo que usted
desea? No creo que haya venido a esta casa con el solo objeto de desenterrar
moralmente a mi pobre hermana, contándome una historia que, en realidad, me ha
interesado poco.
—Señora, he venido aquí impulsado por unos sentimientos que apreciaría
usted mejor si fuese madre. Vengo a ver a mi hija. No tengo familia en el mundo
ni seres que me amen, y esa niña constituye toda mi ilusión. Quiero ver a
Marujita.
La baronesa, a pesar de que estaba preparada y sabía que el visitante
expondría tal demanda, no pudo evitar un movimiento que mostraba su
intranquilidad.
—¡Oh! No se asuste usted, señora—se apresuró a decir el comandante con
extremada dulzura—. No pretendo arrebatarla a usted esa niña, a la que, según
tengo entendido, cuida usted como una madre. Nunca he tenido tal intención;
además me sería imposible encargarme de ella, pues mi profesión y mi modo de
vivir me imposibilitan de tener niños a mi cuidado. Usted la tendrá siempre,
señora; usted la conservará a su lado; yo únicamente le pido un favor pequeño,
insignificante. Sólo quiero tener libre la entrada aquí, para venir de vez en
cuando a dar un beso a mi hija.
Se detuvo el comandante y después dijo con la indecisión y la timidez
del que solicita una cosa indispensable y teme no se la concedan:
—¿No podía yo verla ahora mismo?
La baronesa creció en orgullo al verse solicitada tan humildemente y
contestó con una mentira:
—No; ahora es imposible. La niña ha salido a pasear, en compañía de su
aya. El médico ha ordenado para ella los paseos matinales.
Alvarez hizo un gesto de resignación: otra vez sería más afortunado.
Reinó un largo silencio que la baronesa empleó en preparar una pregunta
que hacía rato escarabajeaba en su lengua. Desde que ella supo que Alvarez
había tomado parte en la jornada del 22 de junio, con todos los demás sucesos
que Enriqueta, durante su enfermedad, relataba con bastante incoherencia, la
baronesa había adquirido la convicción de que aquel hombre odiado era el autor
de la muerte de Quirós. No tenía más certidumbre que la que proporcionaba su
antipatía, pero para ella era indiscutible que estando Alvarez en aquella
revolución, forzosamente había de ser el matador de su cuñado.
Deseaba afirmarse en su creencia, y por esto buscaba el medio de abordar
a Alvarez, de modo que le sorprendiera, arrancándole la verdad.
Por fin rompió aquel largo y embarazoso silencio, del cual no sabía cómo
salir su interlocutor.
—Diga usted, caballero. Usted debió encontrarse en la barricada que el
22 de junio levantaron ahí, en la cercana plaza. Enriqueta me dijo que lo vió a
usted escapar.
—¡Ah!... ¿Le dijo Enriqueta que me había visto próximo a ser fusilado?
La baronesa comprendió que daba un paso en falso para su orgullo si
revelaba a aquel hombre que el espectáculo de su próxima muerte había sido
causa de la enfermedad de su hermana.
Esto equivalía a darle a entender que Enriqueta le había amado hasta la
muerte.
—¡Bah! Enriqueta nada vió, o, al menos, nada me dijo. La pobrecita
estaba impresionada por la vista del cadáver de su esposo, al que amaba mucho,
aunque usted se empeñe en afirmar lo contrario. Esto fué lo que la produjo su
lenta agonía. Pero conteste usted, caballero: ¿Estaba usted en la barricada de
la plaza de Antón Martín?
El comandante contestó afirmativamente.
—Pues entonces usted sabrá quién mató a mi cuñado. Nadie lo vería mejor
que usted.
La baronesa recalcó mucho estas palabras, y Alvarez, incapaz de
fingimientos, y creyendo que ella conocía la participación que su asistente
Perico había tenido en el suceso, se inmutó hasta
el punto de palidecer y balbucear con visible dificultad una débil excusa.
—No, señora; no vi nada. No sé quién pudo ser el matador.
—¡Oh!—afirmó doña Fernanda con vehemencia varonil—. Lo sabe usted
perfectamente. El rostro le hace traición; está usted turbado y se delata como
asesino del pobre Quirós. Ya estaba yo convencida de que el matador no podía
ser otro que usted.
Alvarez, absorto ante aquella acusación inesperada, sólo supo levantarse
del sillón, exclamando con una extrañeza que acreditaba su inocencia:
—¡Yo, señora! ¡Yo asesino! Usted no me conoce.
—Sí, usted—gritó doña Fernanda con la faz rubicunda por la cólera y
poniéndose en pie—. Salga usted inmediatamente de aquí.
Y serenándose inmediatamente dijo con una ironía cruel:
—A menos que en los presentes tiempos revolucionarios, los hombres como
usted estén autorizados para venir a turbar la paz de una casa honrada y para
insultar con su presencia a una dama respetable.
Alvarez cerró los ojos con nerviosa contracción, como si acabase de
recibir un latigazo en pleno rostro, y apretó convulsivamente sus puños. ¡Ira
de Dios! ¡Por qué aquel marimacho no había de cambiarse en hombre para tener él
el gusto de pulverizarlo a golpes!
La lengua de la baronesa era demasiado expedita y sus insultos
sobradamente crueles para sufrirlos con calma; pero a pesar de esto aún hizo
Alvarez un esfuerzo y se dominó, consolándose con la idea de que se sacrificaba
por su hija.
—Señora, le ruego que se calme, por lo que usted más quiera. Yo no he
sido nunca asesino. Profesaba a Quirós un justo odio, pero para vengarme de él
acudí a medios nobles y leales, como él podría atestiguarlo si viviese.
—¡Salga usted! ¡Salga usted ahora mismo!—repetía con tenacidad la
baronesa, que deseaba aprovechar la ocasión para librarse de su enemigo.
Sabía ya de Alvarez cuanto deseaba, y ahora quería separarse cuanto
antes de un hombre que le era odioso.
—¡Eh, señora! Yo he venido aquí por un asunto que usted seguramente
olvida. Quiero ver a mi hija, necesito darla un beso, después de una larga
separación. Es un consuelo que reclama un padre.
—Pues puede usted prepararse a consolarse por sí mismo—repuso con
insolencia la baronesa—, pues la niña no la verá usted nunca. Salga usted...,
pero con la condición de que ya nunca volverá a entrar aquí.
—¡Me arroja usted de esta casa!
—Sí, señor. Le arrojo, y si tarda usted en salir llamaré a los criados.
—Sería inútil su auxilio si yo me empeñase—dijo Alvarez con convicción
de su superioridad—. No llame usted a nadie para hacerme salir de aquí, pues
les sería difícil despacharme a viva fuerza; pero tranquilícese usted; me voy
por mi propia voluntad.
Y Alvarez, tembloroso por aquel ultraje, buscó el ros que había dejado
en el sofá, casi a tientas, pues el furor le cegaba.
Cuando ya estaba en la puerta del salón volvióse a mirar a la baronesa,
que tras una butaca y apoyando las manos en el respaldo, se erguía
enorgullecida por su triunfo. Aún sabían imponerse las gentes privilegiadas a
la canalla triunfante.
—Hace usted mal, señora, en ultrajarme de tal modo. Soy un hombre
honrado, pero cuando me tratan tan injustamente me siento capaz de todo. Hoy no
estamos en la misma situación que hace algunos meses, y yo no tengo ya por qué
ocultarme. Para algo hemos barrido la inmundicia que ustedes habían arrojado
sobre la nación. Quiero lo que es mío; quiero a mi hija. Allá veremos quién
gana al fin.
La baronesa torció ligeramente la boca con un gesto de desdén.
—¿Amenazas también?... No temo nada, caballero. Tengo amigos en la
presente situación. Hablaré con alguien que meta a usted en cintura.
Aquello dió al traste con la forzada paciencia que se imponía el
capitán. Sintió necesidad de contestar al desdén con el insulto, y sonrió
cínicamente.
—Nos veremos, hija... de Fernando VII.
El origen bastardo que enorgullecía a doña Fernanda lo recibió en esta
ocasión en su verdadero valor como un insulto, e iracunda cual una furia avanzó
algunos pasos, señalando la puerta con su rígido e imperioso brazo.
—¡A la calle!..., ¡descamisado!
¡Oh! Ella también había encontrado el insulto supremo.
Durante algunas horas paladeó con fruición su victoria, pero por la
tarde estaba ya arrepentida de haber excitado la cólera del revolucionario.
La resolución de la baronesa.
La baronesa, cada vez más arrepentida de haber excitado con su altivez
la cólera del comandante Alvarez, buscaba el medio de librarse de los peligros
que sospechaba próximos.
El revolucionario se vengaría de ella; esto era indudable para la
baronesa.
Al principio pensó en avistarse con Serrano, aquel amigo Paco, que era
para ella el ángel de salvación en la tormenta revolucionaria que forzosamente
atravesaba; impetraría su auxilio, pidiéndole que el Gobernador de Madrid
cuidase de vigilar a Alvarez para evitar que robase a la niña.
Pero pronto se convenció de que esto era imposible. A un hombre como
Alvarez, que tantos servicios había prestado a la revolución y que era amigo de
Prim, resultaba imposible hacerle vigilar en aquella situación, y menos aún que
la autoridad intentase contra él una arbitrariedad.
Nada podía hacer su generoso amigo para salvarla de la venganza de
Alvarez. Si éste le arrebataba la niña, entonces todo lo más que la autoridad
podía hacer en su obsequio sería cumplir la ley, saliendo en persecución del
raptor, que, públicamente, no tenía derecho alguno sobre la que realmente era
su hija.
A doña Fernanda no le cabía duda alguna de que el militar procuraría
arrebatarle la niña, aunque fuese a viva fuerza, y al mismo tiempo estaba
convencida de que para nada podían servirle sus valiosas relaciones. ¡Oh! ¡Si
aquello le hubiese sucedido antes de la revolución! ¡Si algunos meses antes,
aquel mismo Alvarez hubiese osado insultarla, amenazándola con su venganza!
Entonces le hubiese bastado una visita al Ministerio, tal vez una simple
tarjeta, para que al momento, y sin alegar motivo alguno, hubiese sido
arrestado el hombre que la estorbaba y conducido después a Chafarinas o
Fernando Póo, en las famosas cuerdas.
¡Qué tiempos tan villanos aquéllos de la revolución! Una persona
distinguida quedaba al nivel de las de más baja estofa y de nada le servían las
relaciones que antes le daban omnipotencia.
Convencida la baronesa de que le era imposible luchar con aquel hombre, que tanto había despreciado, y que
ahora la odiaba por recientes ultrajes, buscó un medio de salir del atolladero.
Ella no se dejaba arrebatar la niña. Antes al contrario, parecía que la
quería más desde que el descamisado pretendía aparecer como su
padre y participar de su cariño.
La baronesa, sola en aquella casa, que tantos recuerdos de familia tenía
para ella, sin otros acompañantes que la servidumbre, alejados sus queridos
consejeros, los padres jesuítas, y separada de su Ricardo, aquel futuro santo
que la enorgullecía como la honra de su familia, sentía imperiosamente la
necesidad de amar. Su carácter, seco y áspero en la juventud, habíase
modificado con la edad, como esas piedras bastas y angulosas que el tiempo va
puliendo hasta darlas una fina tersura, y ahora, teniendo en sus brazos aquella
niña de hermosa cabecita, y escuchando su seductora charla infantil, sentíase
arrastrada por arrebatos desconocidos y por nuevas emociones, que la hacían
presentir los goces de la maternidad.
Pasó una noche terrible, agitándose nerviosamente en su lecho cada vez
que pensaba en la posibilidad de que su Marujita le fuese arrebatada, y a la
mañana siguiente había ya adoptado una resolución.
Saldría aquel mismo día de Madrid y pondría a la niña en un lugar seguro
y a cubierto de cuanto pudiese intentar su padre para apoderarse de ella.
Recordaba que el padre Claudio, en sus últimos años de gobernar la
Compañía, deseoso de abrazar por completo la educación de la juventud
aristocrática, había fundado en varios puntos de España grandes colegios de
niñas, que dirigían religiosas francesas, peritas en esa educación
insustancial, meliflua y pedantesca, que constituye la cultura de las hermosas
elegantes que bailan en los salones.
El colegio, establecido en Valencia, bajo la advocación de Nuestra
Señora de la Saletta, era el montado más escrupulosamente y el más estimado por
el padre Claudio. La baronesa había conocido a la directora en uno de los
viajes que ésta hizo a Madrid para consultar al superior de la Compañía, y a
dicho colegio se propuso llevar a María.
Allí la educarían y la tendrían a cubierto de una asechanza de Alvarez,
si éste llegaba, a descubrir su paradero.
Además, el clima siempre benigno de Valencia sería de buen efecto para
su enfermiza sobrina, y ella, libre ya de su cuidado absorbente, volvería a ser
dueña de sus acciones, y cuando no le conviniera vivir en aquel Madrid
perturbado por la revolución marcharía a Francia
para confundirse con las personas distinguidas que estaban al lado de la reina
destronada, y volvería a tratarse íntimamente con sus queridos padres jesuítas,
los más principales de los cuales estaban establecidos en Bayona.
A la baronesa le pareció inmejorable su idea, e inmediatamente la puso
en práctica.
A la caída de la tarde, acompañada de su sobrina, y con poco equipaje,
salió de casa en el más modesto de sus coches, y se trasladó a la estación del
Mediodía.
Había tomado con anticipación un reservado de primera clase, y en él se
colocó, extasiándose en la contemplación del asombro que producía en la niña
aquel viaje, que era el primero que realizaba.
Cuando la pequeña María se cansó de mirar a través del cristal de las
ventanillas la obscura masa de los campos agujereados de trecho en trecho por
alguna lejana luz y hubo agotado toda la curiosidad que le producía la tibieza
que se escapaba de los caloríferos del departamento, sentóse en las rodillas de
su tía, que pasaba el tiempo rezando oraciones.
La baronesa pasó su descarnada mano por aquella cabeza ensortijada, y
como si cediese a una necesidad interior comenzó a hablarla de lo que pensaba,
sin fijarse en que se dirigía a una niña de cuatro años.
¿Sabía por qué viajaban las dos así, tan apresuradamente? Pues era por
librarla del coco, de un hombre malo que se llamaba Esteban
Alvarez, y que quería agarrarla a ella para llevársela al infierno.
La niña se estremecía abriendo con espanto sus ojazos, y con esa mezcla
de curiosidad y miedo que sienten los niños por los cuentos fantásticos que les
atemorizan y los deleitan, fué escuchando cuanto decía la baronesa.
Nunca se le olvidó a la niña lo que oyó aquella noche en el interior de
un tren, que, iluminando el espacio con sus bufidos de fuego, iba arrastrándose
por las áridas llanuras de la Mancha.
—No olvidarás nunca su nombre, ¿verdad, cariño mío? Se llama Esteban
Alvarez. Cuídate de ese hombre; es el coco.
Claro que la niña haría esfuerzos por no olvidarse de tal nombre, y
propósitos de librarse de él en todas ocasiones. ¡Flojo bandido sería aquel
sujeto del que su tía hablaba con tanto horror! Aquella revelación fué la
primera impresión fuerte que María recibió en su vida, y en su memoria infantil
quedaron perfectamente grabadas todas las palabras.
Aquel coco era el perseguidor de la familia, algo
semejante a aquellos diablos disfrazados de hombres vulgares que asediaban a
los santos y los martirizaban con los tormentos más crueles. Al difunto
abuelito, el conde de Baselga, le había acarreado la muerte (primer movimiento
de espanto en la niña), al papá lo había muerto de un tiro en medio de la
calle, cuando ella aún casi estaba en la cuna (nuevo terror de María que se
sentía próxima a llorar), y había sido después el verdugo de la mamá Enriqueta,
pues ésta había perecido víctima del terror que la inspiraba aquel ser
infernal.
La niña se abrazaba a su tía furiosamente, como si sintiera a sus
espaldas las manos del monstruo, ansioso de apoderarse de ella, y tanto era su
terror, que ni aun se atrevía a llorar, como si presumiera que sus suspiros
podían atraer al cruel perseguidor.
Pero su miedo aún iba en aumento, escuchando a la tía, que no parecía
cansarse en inculcar en aquella criatura el odio y la repugnancia a Alvarez.
Iba a llevarla a un lugar donde estaría cuidada por unas buenas señoras,
unas santas, y donde tendría por compañeras a muchas niñas elegantes y bien
educadas, que la querrían mucho. Allí viviría muy bien, sería feliz, y su única
preocupación debía ser guardarse mucho de aquel monstruo horrible, que tal vez
fuese a buscarla en el mismo colegio, intentando apoderarse de ella.
María se durmió pensando en aquel colegio donde su vida iba a deslizarse
tan feliz. Pero su sueño fué intranquilo, pues varias veces se agitó convulsa,
con suspiros de terror, creyendo ver a aquel hombre terrible, a quien no
conocía, y que se le imaginaba con la misma horrorosa y repugnante catadura de
los diablos pintados en las estampas de San Antonio.
El mismo día de su llegada a Valencia, la niña entró en el colegio de
Nuestra Señora de la Saletta, y aún permaneció la baronesa más de una semana en
la ciudad, ocupada en arreglar a María el equipaje de colegiala.
Las buenas madres recibieron a la baronesa con grandes muestras de
cariño. Sabían el aprecio en que la tenía la alta dirección de la Orden por sus
servicios, y acosábanla a todas horas, con esa cortesía pegajosa que las gentes
religiosas tributan a los poderosos.
La niña no tenía la edad reglamentaria para ser admitida en el colegio,
pero su ingreso fué asunto indiscutible, en gracia de los méritos de su tía, lo
que llenó a ésta de gran satisfacción.
Doña Fernanda no ocultó a las religiosas el motivo que la obligaba a
llevar su sobrina a aquel retiro, y las fué enterando minuciosamente de la
historia de Alvarez y Enriqueta, hablando con tanta franqueza como si estuviera
confesando con su director espiritual, y no experimentando ningún rubor en
darlas a entender—aunque con términos velados—aquella debilidad de su hermana,
que hubiera ella misma desmentido enérgicamente a oírla en boca de otro. La
fanática señora sentía tal atracción en presencia de toda persona dedicada a la
religión, y en especial si pertenecía a la Compañía de Jesús, que no vacilaba
en revelar los mismos secretos que después la ruborizaban o lastimaban su
orgullo al recordarlos a solas.
Ella les decía todo aquello a las buenas madres para que viviesen
prevenidas y alerta, no dejándose sorprender por el infame Alvarez. No sabían
ellas bien qué clase de hombre era éste. Si llegaba a apercibirse de que la
niña estaba allí, era aquel descamisado muy capaz de pegarle fuego al colegio
para robar a María.
Y la baronesa iba amontonando cuantos detalles horribles la sugería su
imaginación, para hacer el retrato de su enemigo, asustando al mismo tiempo a
aquellas religiosas francesas, que se figuraban al revolucionario como un
monstruo apocalíptico, capaz de engullírselas a todas.
La niña, con todo el valioso y abundante ajuar comprado por la baronesa,
quedó mezclada entre más de cien niñas y encerrada en aquel gran caserón de
bonitas rejas y muros de un gris claro que estaba al extremo de la ciudad en el
barrio más tranquilo y aristocrático, con una de sus fachadas próxima al río, y
la otra, más pequeña y humilde, que servía de entrada, al extremo de un
solitario callejón, que parecía aislar el establecimiento del ruido del mundo.
María, encantada por la animación infantil del colegio, y recordando con
cierto horror la quietud monástica de su casa de Madrid, no mostró, gran pesar
cuando la baronesa se despidió de ella.
Ya estaba libre doña Fernanda, ya no se vería obligada a vivir en Madrid
tragando bilis con la indignación que la producían las manifestaciones del
populacho, ni tendría que sufrir más visitas de aquel audaz militar que la
había insultado en vista de su insolente altivez.
Al prestigio religioso y político de la baronesa no le venía mal
desempeñar, aunque sólo fuera por poco tiempo y de mentirijillas, el papel de
víctima de la grosería revolucionaria, y con este
objeto marchó a París a presentarse en el palacio Basilescki, donde vivía la
desterrada Isabel II. Adhirióse a aquella mezquina corte de agradecidos, que se
disgregaba y empequeñecía conforme se alejaba la posibilidad de una
restauración, y tuvo ocasión de lamentarse, como los otros, de la maldad
triunfante, pintándose poco menos que una María Stuardo, fugitiva, por no
sufrir la venganza de la canalla revolucionaria, que conocía bien su entusiasmo
monárquico y religioso.
Viviendo unas veces en París al lado de la reina destronada y otras en
Bayona, reanimando su trato con los principales jesuítas españoles, pasó doña
Fernanda más de un año. Su hermano Ricardo apenas si la veía, cada vez más
entregado a su vida de aislamiento ascético y de piadosas extravagancias, y el
padre Tomás permanecía en Roma largas temporadas, o entraba en España con todo
el aspecto de un sacerdote pobre y vulgar, para hacer excursiones,
especialmente por Navarra y las Vascongadas. El objeto de estos viajes era un
secreto hasta para los individuos de la Orden; pero la baronesa esperaba muy
buenas cosas de ellos, al ver cómo sonreían maliciosamente los más altos
jesuítas al hablar de su superior ausente.
En cuanto al padre Felipe, su antiguo director espiritual, encontrábalo
la baronesa poco menos que desconocido. El pobre no podía amoldarse a aquella
emigración forzosa que le tenía oscurecido y anulado. El recuerdo de sus buenos
tiempos de Madrid, cuando se lo disputaban las más aristocráticas beatas, y la
indiferencia y frialdad que le rodeaba ahora en Bayona, donde la amistad le era
imposible a causa del irreconciliable odio que se tenían él y la lengua
francesa, habían dado al traste con su buen humor de bruto feliz, y el robusto
padre languidecía y adelgazaba, no quedándole bríos más que para maldecir
aquella cochina revolución que le había abierto la tumba,
obligándole a abandonar el campo de sus glorias.
Doña Fernanda permaneció en Francia hasta el asesinato de Prim y la
entrada de Amadeo de Saboya en España.
Estos sucesos causaron en ella bastante impresión. Muerto Prim y sentado
en el trono de España un rey, aunque no legítimo para ella, parecíale con
sobrada razón a la fanática baronesa que el espíritu revolucionario se había
extinguido en gran parte y que ya podían volver a su patria las personas
decentes a quienes aterraba el despertar del pueblo.
La baronesa volvió a Madrid, y tuvo la satisfacción de ser recibida por
sus amigos y cofrades como un personaje político de gran importancia. Venía de
París, había vivido al lado de la reina, y esto era
suficiente para que la recibiese con el respeto que se tributa al depositado de
importantes secretos toda aquella aristocracia que, por odio a la revolución de
la que se reía ya como de un león con las garras cortadas y los dientes
arrancados, hacía manifestaciones de chulería, que ella creía españolismo, para
amedrentar a la dinastía saboyana, sostenida por los progresistas.
Doña Fernanda, aunque su carácter y aficiones la alejaban de
manifestaciones bulliciosas ideadas por la juventud, tomó parte importantísima
en organizar la protesta pacífica y desdeñosa que la aristocracia hizo en el
paseo de la Castellana, presentándose las damas con la tradicional mantilla
blanca y la manolesca peineta, para echar en cara a la reina Victoria su
condición de extranjera. La baronesa fué también de las manifestantas, pues
rompiendo con sus costumbres devotas, enemigas de mundana ostentación,
presentóse en elegante carruaje, y hecha un mamarracho, con la deslumbrante
mantilla sombreando su rubicundo rostro y acompañada de dos jovencitas, hijas
de un magistrado del Supremo, que por ser viudo y gran amigo de doña Fernanda,
rogaba a ésta muchas veces que se encargara de la dirección de las niñas.
Pero esta clase de manifestaciones políticas que a pesar de su inocencia
preocupaban algo al sencillote gobierno de Amadeo, sólo apartaron por pocos
días a la baronesa de sus favoritas ocupaciones. Las asociaciones piadosas
habían vuelto a ponerse tan en auge como en tiempo de los Borbones; todos los
enemigos de la situación se agrupaban en las cofradías para hacer algo contra
lo existente, aunque sin comprometerse mucho, y la baronesa se sentía feliz al
ser considerada como un personaje importante, como una madama Roland de la
buena causa en aquellas juntas de la sociedad de San Vicente de Paúl, donde se
veían pocas sotanas, a pesar de lo cual respirábase en el ambiente un marcado
olor de jesuitismo.
Nunca tuvo en su vida la baronesa época de más actividad y
satisfacciones que aquélla. Su nombre rodaba incesantemente por los periódicos
afectos al antiguo régimen; toda la aristócrata femenina la consideraba como su
jefe natural e indiscutible; los hombres importantes de la pasada situación,
los generales isabelinos por una parte; y por otra, los diputados carlistas, la
trataban casi como un colega: el padre Tomás, unas veces desde Roma, y otras
oculto en Madrid, en ignorado lugar, la escribía dándole instrucciones y
consejos, y hasta un día, su satisfacción llegó al colmo, recibiendo un
autógrafo de doña Isabel, en el cual daba las
gracias a su “querida Fernandita” por los grandes y valiosos servicios que
estaba prestando a la causa de la restauración.
La baronesa, halagada por el incienso que la tributaban los suyos, y
ebria por el orgullo que le producían tantas distinciones, llegó a ilusionarse
sobre su propio poder y hasta se avergonzó del miedo que en otro tiempo le
habían producido las turbas populares. ¡Valiente tropel de piojosos!
Ahora todo estaba tranquilo aunque sólo fuera en apariencia. Los
republicanos se agitaban sordamente y querían derribar aquel trono ocupado por
un advenedizo, pero los progresistas, convertidos en perfectos gubernamentales,
no les permitían el menor desahogo y la reacción iba levantando la cabeza al no
ver triunfantes y libres aquellas masas que tanto miedo le inspiraban.
Cuando doña Fernanda volvió de Francia aun le inspiraba algún cuidado la
posibilidad de encontrar en Madrid a Esteban Alvarez, aquel monstruo descamisado,
como ella decía, sin duda para no confundirle con los monstruos de la
naturaleza que deben vivir abundantes en punto a ropa interior.
Pasó el tiempo sin que encontrase en parte alguna al odiado perseguidor,
y esto, en vez de tranquilizarla, excitó su curiosidad, por lo que hizo cuanto
pudo para enterarse de la suerte de Alvarez.
No tardó en saber la verdad. Este, cada vez más divorciado con los que
monopolizaban la revolución, y más afecto al partido republicano, había tomado
parte activa en la preparación del alzamiento federal de 1869. Al dirigirse a
una provincia de Castilla la Vieja para sublevarla, había sido detenido, y
estuvo preso algunos meses, hasta que por fin, Prim, pocos días antes de morir,
lo había puesto en libertad volviendo a ingresarlo en el ejército. El célebre
general no podía olvidar los servicios que le había prestado; y aunque hablaba
en público pestes de aquel iluso demagogo, complacíase en
favorecerle secretamente, aunque cuidando de que el interesado no se enterara
de dónde procedía tal protección.
El fué también de los militares que, negándose a jurar fidelidad a
Amadeo, fueron dados de baja en el ejército, y desde entonces, Alvarez, sin
otros medios de vida que su pluma, llevó la vida agitada del periodista y
conspirador.
La baronesa tropezaba a cada paso con su nombre en las columnas de los
periódicos, y leía con complacencia los ataques que le dirigían los órganos de
la situación y los reaccionarios. Juntábase al odio
político, la antipatía que profesaba ella a aquel hombre, el cual parecía en su
concepto inspirado por el diablo según la actividad que desarrollaba al
combatir la monarquía, la Iglesia y todo cuanto representaba el mundo viejo.
Un día leía la reseña de un meeting que Alvarez había
organizado en provincias, para protestar contra lo existente y a la mañana
siguiente tropezaba con la noticia de que la policía había detenido a Alvarez
como sospechoso de conspiración o andaba en su busca.
Algunas veces era en el mismo Madrid, donde brillaba el revolucionario
con su propaganda intransigente, y una tarde, el carruaje de la baronesa hubo
de detenerse en la calle de Alcalá, para dejar pasar a una inmensa masa que
salía de un meeting republicano, y al frente de la cual iba
Alvarez casi llevado en triunfo.
Aterraba a la baronesa el gran poderío que su enemigo parecía poseer
sobre aquellas masas, a las que ella en algunos momentos despreciaba, pero a
las que también temía mucho, y lo único que lograba darle cierto consuelo era
la seguridad de que la República era una utopía, y de que Alvarez no haría
carrera. ¡Bah!... Aquel bandido tenía que parar al fin en ser fusilado.
Además, alegrábase pensando que mientras Alvarez estuviese envuelto en
el torbellino de la agitación revolucionaria, no se le ocurriría ir en busca de
su hija, ni intentaría apoderarse de ella. Ya tenía buen cuidado la baronesa,
cuando aprovechando un descanso en sus ocupaciones marchaba a Valencia a ver a
su sobrina, de preguntar a las buenas madres, si se había presentado en el
colegio el hombre terrible, al cual odiaban ahora por su propia cuenta las
religiosas, a causa de su propaganda anticatólica.
Doña Fernanda indignábase cada vez que pensaba que había sido amante de
su hermana y mezclado su sangre con la de la familia aquel demagogo del que oía
hablar con horror en los salones... ¡Un hombre que predicaba la guerra a la
Iglesia, por ser ésta el eterno obstáculo de la libertad!
Aquel Alvarez era un verdadero castigo que Dios había enviado a la noble
familia de la baronesa. ¡Aun había de verse cómo cualquier día lo fusilarían!
La baronesa se alegró cuando supo la última hazaña de su enemigo. Los
republicanos, como si presintiesen que Amadeo iba a abandonar el trono de
España, y quisieran acelerar su caída, acababan de intentar un pronunciamiento
nacional que, por falta de organización, habíase
reducido al levantamiento de numerosas partidas.
Alvarez mandaba algunas de éstas en los montes de Cataluña, y se hacía
notar como guerrillero audaz y afortunado. La mayor parte de las partidas
habían sido disueltas por las tropas del Gobierno, y él, a pesar de que tenía
en su persecución fuerzas aplastantes por su número, seguía sosteniéndose y aun
encontraba medios de escarmentar de vez en cuando a sus enemigos.
La baronesa estuvo leyendo durante algunos meses en la Prensa noticias
en que se daba cuenta de la tenaz resistencia de aquel demagogo, y, al fin,
supo con dolor que, aunque sus fuerzas habían sido dispersadas, el cabecilla se
había puesto a salvo pasando la frontera. ¡Vaya una suerte la de aquel bandido!
Sin duda tenía empeño en no darle gusto a la baronesa dejándose fusilar.
Por algún tiempo no oyó doña Fernanda mentar el nombre de Alvarez. Sólo
en las reuniones populares se hablaba de él como de un modelo de
revolucionarios, y algunas veces, la Prensa gubernamental dedicaba gacetillas
desdeñosas o burlescas a los manifiestos y artículos que Alvarez enviaba desde
la emigración a los periódicos del partido.
Pero el trueno gordo, el golpe político que parecía imposible y absurdo
a la baronesa y a las gentes de su clase, estalló cuando menos se esperaba.
Amadeo, de la noche a la mañana, en un arranque sorprendente de fastidio
y de impotencia, abandonó el trono, y la República quedó proclamada en la noche
del 11 de febrero.
¡La República en España!... ¡El gobierno de los descamisados en la
nación de San Fernando y de otras reyes más o menos celestiales!... Aquello sí
que era cosa de echar a correr.
Y la baronesa, pensando así, no aguardó mucho para poner pies en
polvorosa con dirección a París, a aquel palacio Basilescki, donde estaba la
legitimidad representada por la reina destronada.
No quería permanecer en Madrid, a merced de Alvarez, que ahora sería
omnipotente. ¡Quién sabe lo que era capaz de hacer contra ella aquel malvado!
Alvarez no tardaría en ser diputado, quizás ministro, y no era racional
permanecer quieta en un punto adonde pudiesen llegar sus iras.
Doña Fernanda, en la emigración dorada y cómoda que sufría, dábase
mayores aires de víctima que nunca, y en las tertulias de
la soberana destronada, hablaba a todas horas de su terrible perseguidor, de
aquel Alvarez, del cual contaba embrolladas historias para justificar el odio
que la tenía.
Para ella, la República con todos sus programas terroríficos para la
clase aristocrática, y las personalidades odiadas de los hombres que iban
ocupando la presidencia del Gobierno, simbolizábanse en la persona de Alvarez,
sobre el cual descargaba todo el caudal de maldiciones que la sugerían su odio
particular y su indignación de monárquica ferviente.
En su concepto, Alvarez era el autor de cuanto malo ocurría en España, y
un día que leyó en la Prensa de Madrid el resumen de un discurso suyo, que
respiraba ateísmo en todas sus expresiones, arrojó el periódico al suelo, lo
pateó, y no quedó contenta hasta que lo hubo llenado de salivazos.
Lo que más extrañeza causaba a doña Fernanda era la encasa
representación oficial de aquel hombre que antes tanto había trabajado por el
advenimiento de la República. Brillaba en las Cortes como diputado fogoso y
director de un grupo de la extrema izquierda, y en uno de los primeros
gabinetes de la República, había desempeñado interinamente y casi por
compromiso, un cargo importante en el ministerio de la Guerra. Pero no pasaba
de ahí, y aunque su nombre era de los más sonados y populares, no adquiría ningún
alto puesto, ni entraba a formar parte de la gobernación de la República.
Pronto tuvo la baronesa la clave del misterio, a causa de la atención
con que seguía en la Prensa la marcha del nuevo Gobierno.
Alvarez no estaba conforme con aquella República. Le resultaba una
especie de interinidad monárquica a causa de su lentitud en las reformas y de
su parsimonia en punto a medidas revolucionarias. Federal, antes que
republicano, veía con malos ojos cómo la República, con timideces
inexplicables, mantenía el régimen unitario y centralizador de la monarquía, y
aunque no era de los levantiscos, que, haciendo caso omiso de las
circunstancias, fomentaban el movimiento cantonal, tampoco estaba con el
Gobierno, al que combatía por su prudencia, hija de la falta de valor.
Aquello hizo llegar a su grado máximo el asombro y la indignación de la
escandalizada baronesa.
¿Tenía ya su República... y aún quería más aquel feroz descamisado?
¡Dios mío!... Parecerle aún conservadora aquella
República de gentes que no creían en Dios!... ¡De qué cosas tan horrendas sería
partidario el antiguo amante de su hermana!
Y doña Fernanda, a pesar de hallarse en lugar seguro, se estremecía de
horror recordando que aquel hombre había estado sentado en su salón y al lado
de ella.
De buena se había librado. Un hombre así, sólo debía hallarse a sus
anchas después de beberse una ración de sangre azul.
El Colegio de Nuestra Señora de la Saletta.
A la semana de encontrarse Marujita Quirós en el colegio de Valencia,
encontraba muy agradable su nueva vida.
Ella, que se pasaba las horas enteras al lado de su aya, en la casa de
Madrid, escuchando con aire estúpido la conversación monótona propia de una
vieja, o que había limitado todos sus juegos a los que le proporcionaba alguna
burda criada, y esto a espaldas de la señora baronesa, que, llevada de sus
preocupaciones, condenábala a eterna inmovilidad, no podía menos de alegrarse
con aquella nueva vida que se deslizaba en perpetua animación, en continuo
bullicio en medio de un centenar de niñas, que, por ser mayores que ella y
notar la gran predilección que le tenían las buenas madres, tratábanla como
el bebé de la casa, asediándola con cuidados y tiernas
atenciones.
María encontraba muy hermosa su vida. Levantábase a las seis en verano y
a las siete en invierno, bajaba a la capilla a oír misa y rezar a coro las
oraciones, tomaba el eterno desayuno de chocolate con migas; entraban después
en las diferentes clases, comían a las doce, jugaban después en el patio de
recreo hasta las dos, volvían otra vez a sus trabajos hasta las seis, hora en
que reaparecía el juego, pasando el restante tiempo hasta las nueve, hora de
acostarse, en cenar y rezar oraciones. En las tardes de los jueves y domingos
las colegialas, formadas en parejas y vigiladas por dos de las maestras más
respetables salían a paseo por los alrededores más tranquilos de la ciudad.
La niña era tan tímida en los primeros días, parecíale el colegio tan
inmenso, que no se atrevía a moverse del punto donde la dejaban sus maestras,
como si creyera perderse en aquellas habitaciones, que le parecían inmensas, y
que apenas si se decidía a recorrer con su paso vacilante, que le valía entre
sus compañeras el inocente apodo de patito
gracioso. Pero poco a poco fué creciendo en audacia hasta convertirse en la
más corretona del colegio. Aquel edificio era para ella un mundo desconocido,
que necesitaba de continua y arriesgada exploración; y la niña, aprovechándose
de la libertad en que la dejaban a causa de su pequeñez, y valiéndosede su
inocencia graciosa que la libraba de castigos, se escapaba de la sala de
estudios o de labores al primer descuido de la buena madre, que la tenía cerca
de ella, acariciándola; y después que la mayor parte del personal del colegio
poníase en movimiento para buscarla, encontrábanla en la terraza del edificio
jugando con las flores de las enredaderas o en las más apartadas habitaciones
del piso bajo que servían de guardamuebles, escondida tras un rollo de esteras,
o alineando cacharros viejos con una fiereza de muchacha terca.
Aquella vida común con niñas de su misma edad había dejado al
descubierto el carácter de María. Era enérgica, voluntariosa y de genio
independiente; sentía animadversión a toda clase de trabas y le gustaba
desobedecer a las buenas madres. Su tía era la única persona a quien temía, y
en ausencia de ella le gustaba hacer por completo su voluntad.
Sus travesuras, sus infantiles rebeliones, en vez de ofender a las
buenas madres, hacían gracia a todo el colegio. María era la niña mimada de
aquella infantil comunidad.
Todas las colegialas le trataban con igual predilección, disputándosela
como un objeto precioso. Las de once o doce años, muchachas altas y pálidas por
un repentino crecimiento, con un metro de piernas y un palmo de cintura, que
movían sus faldas como si éstas vistiesen a un palo, se pasaban a Marujita de
mano en mano en las horas de recreo, meciéndola y arreglando sus ropas cual si
fuese un bebé automático de los que gritan papá y mamá;
las señoritas, las que sólo les faltaba un año para salir del colegio y
aborrecían de muerte el uniforme que las ponía feas, borrando sus nacientes y
seductoras curvas, reíanse con ella al oírla repetir con aplomo imperturbable
las malicias que le decían al oído; y en cuanto a las pequeñas, las de ocho o
nueve años, constituían la eterna corte de aquel monigote adorado, que parecía
llenar todo el colegio. Estas mujercillas en miniatura, mofletudas, con formas
esféricas, que hacían reír, y con la boca todavía arruinada por la caída de los
primeros dientes, quitaban golosinas de la cocina para dárselas, llamábanla
aparte para hacerle regalo de sus tesoros, algunos botones y retales de seda
recogidos en sus casas en los días de salida, o se disputaban por vestirla y
desnudarla en el dormitorio, cuya mejor cama
ocupaba siempre María. Hasta había una de aquellas colegialitas que se
envanecía con la misión de saltar de su cama, en las noches más frías, para
darle el orinal a la maliciosa mocosuela, que correspondía a tantos mimos con
caprichos y rabietas de reina absoluta.
Aquella adoración continua de que era objeto la niña, resultaba hija del
cariño que la tenían; pero entraba también por mucho la consideración de que
con el tiempo sería condesa y brillaría entre La aristocracia de Madrid,
perspectiva que turbaba y envanecía a aquellas niñas, pertenecientes en su
mayor parte a esa burguesía, que constituye la aristocracia del dinero y que a
pesar de sarcasmos y humillaciones, encuentra muy grato rozarse con la misma
nobleza que antes ha criticado. Por más que resulte extraño, las preocupaciones
sociales alcanzan hasta la niñez, y no son esos pequeños seres, tan candorosos
e inocentes en muchas cosas, los que más exentos están de la influencia de la
vanidad.
Fué creciendo la niña, encerrada en aquel colegio, y aumentando su
travesura, que causaba siempre muy buen efecto en las tolerantes religiosas.
Cuando en las tardes de los jueves y domingos, María salía a paseo en la
sección de las pequeñas, como éstas iban formadas por orden de estaturas, ella
marchaba al frente, en el centro de la primera pareja, llamando la atención por
su pequeñez y por aquel aire decidido y gracioso con que miraba a los
transeúntes. Muchas veces tenían que reprenderla por sus travesuras las
religiosas encargadas de la vigilancia; pero una sonrisa de la niña, lograba
desarmar inmediatamente su indignación.
Sólo había un medio para que las buenas madres lograsen aquietar a aquel
diablillo imponiéndole un poco de calma.
Cuando más rebelde se mostraba y con más tenacidad desobedecía a las
maestras, bastaba llamarla y decirla al oído que iban a llamar a Alvarez, para
que inmediatamente se pintara en su rostro una expresión de terror y
permaneciera quieta todo el tiempo que la permitía su afán por agitarse y
molestar a los demás.
Aquello suponía, para la niña, la llegada del coco, y tanto era el miedo
que profesaba al Alvarez desconocido, que muchas veces permanecía quieta, no
atreviéndose a subir a la terraza, ni a bajar a los cuartos solitarios,
temiendo que se le apareciera el monstruo horrible al que tanto temía la
baronesa.
La infeliz crecía odiando cada vez más al que era su padre, y si alguna
vez pensaba en la posibilidad de encontrar en el porvenir
a aquel don Esteban Alvarez, estremecíase de horror como el preso que piensa en
la posibilidad de ser condenado a muerte.
No; ella no encontraría nunca a tal monstruo. Le rogaría al buen Dios de
que le hablaban las religiosas y al Santo Ángel de la Guarda que apartase
siempre de su paso a tan terrible malvado, y su súplica sería atendida.
Esto era lo único que la consolaba, produciéndola gran tranquilidad.
Creció en aquel convento, sin que ocurriera en su vida otro accidente
notable que los quince días que hubo de pasar fuera de Valencia, en un pueblo
de la huerta, a causa del bombardeo que sufría la ciudad levantada en cantón
contra el Gobierno de la República, a semejanza de otros puntos de España.
Las vida campestre, y no exenta de necesidades, que llevaron durante
aquellos días las religiosas y las pocas alumnas a quienes sus familiares no
habían sacado del colegio, divirtió bastante a María, que no creía en una
existencia más allá de los muros del establecimiento de la Saletta.
La vida reglamentaria y monótona del colegio borró en poco tiempo las
aficiones adquiridas en aquel corto período de aire libre y agitación
campestre, y cuando ya tenía cerca de nueve años y comenzaba a considerar al
coco de Alvarez como un ser fantástico inventado por la baronesa y las
religiosas para hacerle miedo, encontróse con aquel hombre terrible en el
despacho de la directora.
La primera época de colegiala.
Ya sabemos de qué modo Esteban Alvarez vió a su hija en el convento de
Nuestra Señora de la Saletta y cómo le recibió la asustada María.
Fugitivo de Madrid, después del golpe de Estado del 3 de enero, detúvose
algunas horas en Valencia, y dejando en su hospedaje a Perico, el fiel
compañero de aventuras políticas, fué al colegio a ver a aquella niña, cuyo
recuerdo no le había abandonado en ninguna circunstancia.
Sabía de mucho tiempo antes el lugar adonde la baronesa había llevado a
su sobrina para evitar que él pudiese verla, y desde
entonces había formado el propósito de ir en busca de María; pero la vida de
continua agitación y no menos zozobra que le hacían llevar las difíciles
circunstancias por que atravesaba la República, impidiéronle cumplir este
deseo, que únicamente pudo realizar cuando, en vez de ser poderoso y respetado,
veíase convertido en un fugitivo sobre el que sus enemigos podían cebarse.
Terribles impresiones había experimentado Alvarez en su vida agitada y
aventurera; muchas veces se había visto a dos pasos de la muerte y sabía cómo
era esa angustia terrible que se experimenta al sentir próximo el fin de la
vida; pero, a pesar de esto, llegó al summum del dolor cuando
contempló a su hija asustada en su presencia, como si estuviera enfrente de un
verdugo y temblando de pies a cabeza.
Terminó aquella violenta escena del modo que ya sabemos, y si
terriblemente emocionado salió del colegio el infeliz padre, no fué menor la
impresión experimentada por la niña en tal entrevista.
A pesar de que para ella pasaban los sucesos como vistas de linterna
mágica, difuminándose y perdiéndose el recuerdo con la misma prontitud que las
fantasmagorías, la huella de aquella escena se conservó fresca y en relieve en
su memoria durante mucho tiempo.
Por fin había visto al monstruo, a aquel hombre terrible que tanto miedo
le causaba a su tía la baronesa.
Cuando recordaba sus ojos llameantes por la indignación, su rostro
congestionado por la ira y las iracundas palabras que con ademán amenazador
arrojaba a la directora y al padre Tomás, la niña se estremecía, comprendiendo
lo justificado del miedo que todos parecían tener a aquel gran diablazo,
enemigo de Dios.
Pero había algo en tal escena que preocupaba a la niña y la hacía dudar,
sobre la maldad de aquel hombre: era el cariño, la ternura que la había
demostrado.
Intentó besarla, estrecharla entre sus brazos con un enternecimiento
visible... pero, ¡bah! Ella, a pesar de su poca malicia, adivinaba lo que tales
manifestaciones podían significar. Quería halagarla con su dulzura, para así
arrebatarla mejor, llevándosela lejos, muy lejos del colegio y de las buenas
madres, a sus antros horribles, donde perpetraba seguramente toda clase de
maldades. Pero... había hecho algo más que ella ya no podía explicarse tan
fácilmente.
Aquellas miradas tristes que Alvarez le dirigió al verse obligado a retirarse; sus palabras, que demostraban
un cariño melancólico y profundo; su sincero dolor al despedirse, sin atreverse
a daría un beso, en vista de su resistencia, eran recuerdos que conmovían a la
niña sumiéndola en dudas interminables.
Además, ¿por qué la había llamado tantas veces hija mía? ¿Por qué le
había dicho que era su padre en presencia de la directora y del sacerdote, que
callaban en aquel instante?
La niña tuvo motivo para entregarse a vastas e interminables
reflexiones.
Después del suceso, las más principales de sus maestras le habían
hablado de aquella escena, procurando excitar en la niña la animadversión al
monstruo, que venía a perseguirla hasta en aquel santo lugar de recogimiento.
María oía y callaba, como poseída todavía del pavor experimentado al
verse frente a aquel hombre; pero en realidad, su silencioso obedecía a la
confusión que en su cerebro infantil producía la gran discordancia por ella
notada entre el exterior simpático de Alvarez, demostrando un dolor sincero al
verse rechazado por la niña, y los horrores que a ella le habían contado de tal
hombre.
Un auxiliar de las religiosas, en la tarea de ennegrecer el recuerdo del
hombre que había pasado por el colegio como una tempestad de ternura y justa
indignación, fué el padre Tomás, aquel sacerdote humilde y siempre sonriente,
que ciertas épocas aparecía ante los ojos de la colegiala para desaparecer
inesperadamente, dejando vacía la sala que ocupaba en el establecimiento,
contigua a las habitaciones de la directora.
La época revolucionaria, el tiempo transcurrido entre la revolución de
septiembre y la caída de la República, fué para el poderoso jesuíta el período
de más agitación en su vida. Nunca había trabajado tanto en favor de los
intereses políticos, a cuya sombra podía volver la Compañía a gozar de su
antigua omnipotencia.
Entraba el padre Tomás de incógnito en España, afectando el exterior
humilde y encogido de un sacerdote pobre. Se le vió en las provincias del Norte
poco antes del levantamiento carlista; viajaba después por el antiguo reino de
Aragón, teniendo su cuartel general en Valencia, desde donde escribía a los
caudillos de las hordas absolutistas que pululaban por el Centro, y algunas
veces iba a Madrid, aun a riesgo de ser conocido, para fomentar con consejos y
grandes cantidades de dinero las tentativas liberticidas que se preparaban
contra la República, y que fracasaban sin que el jesuíta experimentara gran
contrariedad El fruto, en su opinión, no estaba
maduro todavía, pero no tardaría mucho en caer.
Jugaba con dos barajas el poderoso jesuíta, según su propia expresión; y
al mismo tiempo que favorecía a los carlistas, alentaba a los elementos que
conspiraban contra la República, para restaurar en el trono a la dinastía
caída, en la persona del hijo de Isabel II.
Había apoyado con sus poderosos medios el levantamiento carlista en su
primera época, ganoso de crear obstáculos a la revolución y debilitarla con una
continua lucha; pero al caer la República, después del golpe del 3 de enero, ya
no era de la misma opinión, y empleaba la fuerza de la Compañía en proteger la
restauración alfonsina, pues a su fino olfato jesuítico no se escapaba que por
esta parte avanzaba la fortuna y el éxito.
De aquí que la noticia del golpe de Estado del 3 de enero, al
sorprenderle en Valencia, le proporcionara una inmensa alegría. Ya comenzaban a
marchar bien los negocios de la Orden. Ahora, que triunfase don Carlos o
quedara victoriosa la restauración alfonsina que todos veían próxima, la
Compañía de Jesús resultaría siempre gananciosa, pues podría regresar a España
con la faz descubierta a reanudar sus antiguos negocios.
La presencia de Alvarez en el colegio de la Saletta no logró turbar su
gozo, pero le hizo recordar el importantísimo negocio planteado por su
antecesor, el padre Claudio. Había que terminar su obra, apoderándose de la
mitad de la fortuna de Baselga, de que era poseedora aquella niña.
Ahora que la Compañía, en virtud de los sucesos políticos, iba a entrar
otra vez de lleno en el goce de su antiguo poder, convenía conquistar aquellos
millones, que eran el complemento de la gran cantidad cedida a la Orden por el
fanático padre Ricardo, el tío de María.
El único obstáculo que en el porvenir podía ofrecerse a la realización
de tal plan, era Esteban Alvarez, aquel hombre que conocía el móvil que guiaba
a la Compañía al inmiscuirse de tal modo en los asuntos de la familia Baselga,
y que algún día podía llegar hasta María para convencerla de que era su padre,
y librarla, con sus consejos y su apoyo, de las pérfidas seducciones de los
jesuítas.
Sabía el padre Tomás que Alvarez no podría nunca volver a España, pues
la Orden se encargaría de hacer imposible su regreso, sacando del olvido los
procesos que se le habían formado por ciertos actos de necesaria violencia
cometidos en su época de guerrillero republicano; pero, cauto y previsor
siempre el poderoso jesuíta, por si acaso el
emigrado, en un rasgo de audacia, se presentaba ante su hija, procuró aumentar
en ésta el odio a su padre, y ayudó a las religiosas en la tarea de pintar a
Alvarez como un horrendo monstruo.
María se vió, por algunos días, tratada con gran amabilidad por el padre
Tomás, que hasta entonces sólo había acogido a la colegialita con frías
sonrisas.
La sermoneó, pintándola con negros colores el carácter de aquel hombre
que, arrastrado por una locura criminal decía ser su padre, y la perseguía; y
cuando la niña mostraba más terror, él la tranquilizó, asegurándola que en
todas ocasiones le tendría a él y a su tía la baronesa, para protegerla.
No tardó María en olvidar aquella escena. La dulce monotonía del colegio
era como una esponja que, pasando sobre su memoria, borraba todos los recuerdos
no relacionados con la vida íntima del establecimiento.
La niña creció, marcándose cada vez más en ella un carácter voluntarioso
y enérgico y un afán de movimiento y de bullicio propios de un cuerpo henchido
de vida y por el cual circulaba una sangre rica y fuerte.
Aquel diablillo con faldas, al crecer, había adquirido gustos de
muchacho, y estaba reñida eternamente con la tranquilidad y el recogimiento.
No podía permanecer quieta en la sala de estudios, y apenas la hermana
vigilante dejaba de tener en ella fijos los ojos, cazaba moscas para dejarlas
volar después de colocarlas en la parte posterior trompetillas de papel, o se
escurría bajo los bancos para pellizcarle las pantorrillas a alguna compañera
que gozaba de fama de tonta y paciente. En la sala de labores, al menor
descuido, escondía los trabajos de una o deshacía la bordados de otra, y hasta
un día, en unión de dos amiguitas que constituían con ella la banda de las
traviesas, se atrevió a poner alfileres de punta en el sillón que solía ocupar
la segunda directora cuando vigilaba personalmente los trabajos de las alumnas.
Sus libros eran siempre los más sucios y rotos que se veían en el
colegio; sus manos estaban siempre afeadas por cortes y rasguños que se hacía
introduciéndose en los más obscuros rincones del edificio o intentando subir a
los desvanes; y, a pesar de que la baronesa era en extremo generosa, y con
frecuencia enviaba dinero a la directora para que repusiera el ajuar de su
sobrina, ésta se presentaba siempre rota, polvorienta y como haciendo gala de
su desprecio hacia los trapos que tanto cuidaban las compañeras.
Un vestido le duraba una semana; profesaba un horror sagrado al coser y
demás labores de su sexo; las hermanas vigilantas habían de sostener con ella
diarias batallas para obligarla a que peinase sus hermosos cabellos, siempre
abandonados y flotantes; y muchas veces encontraban que su cama no había sido
removida en una semana, pues mientras sus compañeras, al despertarse,
cumpliendo el reglamento, levantaban sus lechos, ella se entretenía en
empujarlas para hacerlas caer, o las daba baños de impresión con el agua de las
palanganas.
A los once años, aquel diablazo, demasiado alto y robusto para su edad,
era el bandido del colegio, y tenía su cuadrilla de amigas que, obedeciéndola
ciegamente e imitándola por admiración, iban como ella, con la cabeza greñuda,
el vestido rasgado y las botinas rotas, aprovechando todas las ocasiones para
aturdir el colegio con infernal gritería.
Las religiosas ya no podían tratar con su antigua benignidad a la
revoltosa muchacha, y creían intimidarla con severos castigos; pero la niña
tomaba a broma todas las medidas de rigor, y seguía en sus costumbres con la
plácida indiferencia de los cerebros aturdidos.
Si la ponían de rodillas en el centro de la clase encontraba medios de
provocar la risa en todas las compañeras; si la sentaban en el deshonroso banco
de las pigres no demostraba el menor pesar, y aun sabía
burlarse con graciosos gestos a espaldas de la maestra; y una vez que, como
castigo supremo y casi desconocido en el colegio, la encerraron en un cuarto
obscuro del piso bajo, donde guardaban tinajas y vasijas de metal, hubieron de
ponerla en libertad a las pocas horas, a causa del infernal ruido que movía
haciendo rodar sobre el pavimento aquellos objetos.
Las buenas madres hablaban con cierto terror de aquella muchacha, que
parecía tener los demonios en el cuerpo y que revolucionaba al colegio con su
carácter cada vez más revoltoso y maligno.
La directora comprendía ahora la certeza de las afirmaciones de Alvarez.
Aquella niña, forzosamente, había de ser hija suya. Demostraba tener en su
sangre inquieta algo del espíritu diabólico que animaba al terrible
revolucionario.
Pero las religiosas, a pesar de los continuos disgustos que les producía
la niña, respetábanla, pues, en especial la directora y las madres de alguna
importancia, conocían las altas miras que en ella había puesto la Compañía.
Además, María, en medio de todas sus travesuras y
de su espíritu perturbador, se hacía querer por ciertos rasgos. Los días en que
accedía por capricho a ser buena, entusiasmaba a las buenas madres. Su precoz
talento y su facilidad para el estudio asombraba a sus maestras, que la veían,
durante las cortas rachas de laboriosidad y de calma, permanecer horas enteras
sobre sus libros rotos y manchados, aprendiendo en un sólo día lo que durante
muchos meses había despreciado.
Aparte de esto tenía rasgos de nobleza que la hacían ser perdonada por
todas sus anteriores faltas.
En medio de aquella graciosa y seductora tribu de colegialas, ella,
imponiéndose por su carácter turbulento y el prestigio de su nombre,
administraba justicia con toda la bárbara e impetuosa rectitud de un caciquillo
indio.
Odiaba a las muchachas presumidas, pertenecientes a la encopetada y
orgulloso aristocracia del dinero y las perseguía con crueles burlas; mediaba
en todas las desavenencias que surgían a la hora del recreo, imponiéndose con
su descaro y audacia hasta a las señoritas de último curso que estaban ya
próximas a salir del colegio y pretendían abusar de su superioridad: y no había
niña tímida y humilde que, al quejarse de ser martirizada por sus compañeras,
dejase de encontrar en ella decidida y valerosa protección.
Las buenas madres confiaban que la edad modificaría el carácter varonil
de la niña; pero sus deseos no se cumplían, y María, a los doce años, seguía
siendo aún un muchacho con faldas, que lo mismo se reía de los sermones de las
religiosas que de aquellas cartas amenazantes y terroríficas que le enviaba su
tía al tener noticia de sus travesuras.
En cuanto al padre Tomás, hacía ya mucho tiempo que las religiosas no
podían valerse de su auxilio, pues la restauración borbónica, por mediación del
omnipotente Cánovas, había abierto a la Compañía las puertas de España, y el
poderoso jesuíta se hallaba en Madrid sobradamente ocupado en los negocios de
la Orden, para fijarse en las travesuras de María.
Esta, al tener doce años, fué cuando se encontró en la plenitud de aquel
poder absoluto que ejercía sobre todas sus compañeras. Era la reina del
colegio, y nadie osaba protestar contra su despotismo. En las horas de recreo
era cuando podía gozar apreciando por sus propios ojos la grandeza de su
absoluto poder.
Al terminar la hora de la comida, el silencioso patio del colegio, con
uno de sus extremos bañado por el dulce sol de la tarde y el resto envuelto en
la fresca y húmeda sombra que proyectaban los altos y verdosos muros,
conmovíase por el pataleo y los gritos de aquel
rebaño de caras sonrosadas y faldas flotantes que lo invadían.
Los gorriones, que picoteaban en las desiertas baldosas, llamándose con
sus piídos, retirábanse discretamente a lo alto de los muros, apenas oían a lo
lejos el rumor de la invasión, pues conocían, por experiencia, la malignidad
graciosa, mas no por esto menos terrible, de aquellos diablillos, ansiosos de
vengarse con desenfrenados cánticos, furiosos pataleos y convulsas manotadas de
las largas horas de meditación, rezo y ojos bajos, a que obligaban las
costumbres del colegio.
Apenas María, rodeada de su banda de admiradoras obedientes, aparecía en
lo alto de la escalera, el recreo tomaba el aspecto de infantil aquelarre. Ella
era la inventora de las más extrañas diversiones: la introductora de cuantos
juegos violentos veía a los muchachos de las calles los días en que salían a
pasear por la ciudad.
No parecía contenta hasta que ella, con su banda, turbaba los juegos de
las demás niñas, y experimentaba cierto gozo maligno cuando alguna amiga torpe,
queriendo imitarla en sus arriesgados saltos, caía de bruces y se contusionaba
el rostro hasta hacerse sangre.
Ella fué la inventora de la sencilla diversión de dejarse resbalar a
horcajadas por el pasamano de la gran escalera de piedra a una altura de más de
quince metros, temeridad en la que muy pocas la quisieron seguir, y cuando la
segunda directora, sorprendiéndola en tan peligrosa ocupación, la quitó las
ganas de repetir con unos cuantos tirones de orejas, entonces dedicóse a
huronear por los alrededores de la habitación del portero, a quien ponía en
cuidado la picardía del gracioso bandido, pues apenas se alejaba el hermano
José un momento se encontraba al volver rasgadas las estampas con que adornaba
su cuarto, sufriendo con esto un cruel berrinche, pues amaba a aquellas
imágenes como si fueran individuos de su propia familia.
Un día llevó la niña su audacia hasta el punto de al atravesar el viejo
portero el patio a la hora de recreo saltar a su espalda y dejar al descubierto
su pelado y puntiagudo cráneo, arrebatándole el mugriento gorro de terciopelo,
que de mano en mano, como una pelota, fué de un extremo a otro.
A cada una de estas hazañas conmovíase todo el personal del colegio,
bramaba la austera subdirectora, miraban al cielo con aire de escandalizadas
las otras hermanas y la directora llamaba a su despacho a la terrible niña,
consiguiendo con todos sus sermones que se repitiera siempre la misma escena.
María no negaba, pues era incapaz de mentir. Sí, ella había hecho
aquello de que le acusaban. ¿Y por qué? ¿Por qué había cometido tal
monstruosidad? A esta pregunta siempre contestaba lo mismo, con encogimiento de
hombros y sonrisas picarescas. Ella no sabía explicar, aunque quisiera, el
móvil de sus travesuras. Hacía aquello, no porque gozase en hacer mal, sino
porque sentía en su interior un impulso irresistible a moverse y a provocar
ruido, y porque en ella la acción seguía rápida e irreflexivamente al pensamiento.
No lo volvería a hacer: lo prometía formalmente a la directora, y ella,
en su interior, estaba dispuesta a cumplirlo; pero apenas salía del despacho
con los ojos bajos y el exterior compungido, sentíase asaltada por el demonio
del escándalo (como decían las religiosas), y si encontraba al paso un mueble
que volcar con estruendoso ruido o una buena madre a quien clavar en el sayal
un alfiler con una maza de papeles, hacíalo con tanta rapidez como lo había
pensado.
Convenciéronse, por fin, la directora y sus subordinadas de que era
imponible dominar aquella travesura natural, que llegaba hasta el extremo de
atar los orinales a la cola de los gatos y azuzar después a éstos para que
entrasen corriendo en la capilla a la hora del rezo; y se propusieron armarse
de paciencia para sufrir todas las ruidosas bromas de aquella niña.
Justamente entonces fué cuando María experimentó un brusco cambio en su
organismo, que modificó su carácter.
Estaba próxima a los trece años, cuando comenzó a sentir un sordo
malestar, una agitación nerviosa que la turbaba, impidiéndola hacer las locuras
de siempre.
Sus ágiles miembros mostrábanse torpes, como si comenzasen a
experimentar una interna petrificación, y los ejercicios violentos conmovíanla
hasta el punto de hacerla sufrir vahidos y bruscas alternativas de asfixiante
malestar.
Quejábase de violentos dolores en las caderas que la obligaban a
inclinarse como si no pudiera resistir el peso de su cuerpo, y tan visible era
su fiebre, que las buenas madres la llevaron a presencia del médico del colegio
a la hora en que éste hacía su diaria visita.
El médico interrogó con cierta discreción a aquella niña que le miraba
descaradamente con sus hermosos ojazos, y sonrió finalmente al escuchar sus
respuestas, haciendo un guiño singular a la directora, que estaba presente.
¡Oh! Aquello no era nada. Exceso de salud y vida. Lo de siempre:
la crisis que todas forzosamente habían de pasar al llegar a cierta edad.
La fiebre hizo dormir a María durante toda la noche con tranquilo sueño,
y al despertarse a la mañana siguiente, incorporóse en su cama con nerviosa
inquietud, llevando en su pálido rostro y en sus ojos asombrados una expresión
de terror.
Sentía algo extraño bajo el vientre, y todo su organismo estaba dominado
por una languidez que le robaba las fuerzas.
Parecíale que durante el sueño había sido herida por una mano brutal, y
notaba que la parte alta de sus piernas descansaba sobre pegajosa humedad.
Alarmada y con miedo palpó bajo las sábanas, y al sacar su mano manchada
de sangre rojiza y obscura púsose densamente pálida, agitó su cabeza como si el
terror no la dejara aire que respirar y lanzó un grito de angustia que resonó
en todo el dormitorio.
Acudieron las buenas madres, y el miedo de la colegiala trocóse en
sorpresa y estupefacción al ver que las religiosas, al enterarse de lo
ocurrido, permanecían silenciosas, con los ojos bajos y ruborizadas, mientras
que en los labios de algunas de ellas vagaba una débil sonrisa.
Era aquello el despertar de la pubertad, la revelación del sexo, la
dolorosa y molesta iniciación de la niña que pasaba a ser mujer.
María tardó mucho tiempo en convencerse de lo que aquello significaba, y
aun así, sólo adivinó a medias la importancia de la revolución que se había
operado en su organismo, pues las religiosas procuraban conservar a sus
educandas en la más absoluta ignorancia respecto a las funciones de la
naturaleza, llegando a tal extremo su pudibundez que prohibían a las niñas,
bajo las más severas penas, el llamar por su nombre a los objetos de íntimo
uso, y ponían de rodillas a la que, hablando de su camisa, la daba tal nombre,
en vez de llamarla la indispensable.
Las consecuencias que tuvo para María aquel suceso fué abandonar en el
mismo día el dormitorio de las medianas para pasar al de las señoritas mayores
y transformar su vestido, añadiendo algunas pulgadas más de tela a la falda de
su uniforme.
Sinfonía de colores.
Al sentirse María tocada por la mano de la Naturaleza fué cuando cambió
por completo de carácter.
La pubertad parecía haber limpiado obstruídos canales de su organismo
por donde ahora circulaban nuevos torrentes de vital energía, y se despertaban
en ella sensibilidades desconocidas que le hacían percibir cosas hasta entonces
nunca imaginadas. Parecía que su piel se había adelgazado para ser más sensible
a todas las impresiones externas, que sus ojos habían estado empañados hasta
entonces y ahora lo veían todo en un nuevo aspecto y con asombrosa claridad, y
que sus miembros, antes enjutos, ágiles y nerviosos como los tentáculos de un
insecto, al henchirse en el presente con esa fuerza vital que hace estallar el
capullo y esparce en el espacio un tropel de colores y perfumes, adquirían
nueva forma, y lo que perdían en ligereza ganábanlo en solidez, siendo como
raíces que la unían a la vida.
Aquella revelación de la pubertad que tanto alarmó su ignorancia cambió
por completo sus gustos y aficiones.
Huyó de las diversiones ruidosas; en el patio del recreo miró con gesto
desdeñoso los juegos inocentes a que se entregaban sus compañeras menores,
acogió con la irritación del que le proponen una cosa indigna las excitaciones
de su banda para que volviese a reanudar las antiguas diabluras y gustó de
permanecer en las horas de esparcimiento sentada en un rincón del patio, con el
aire enfurruñado del que está descontento de sí mismo y mirando a todas partes
con ojos interrogadores, como si quisiera encontrar el poder que la había
herido en su organismo, produciendo aquel cambio que en ciertos momentos la
irritaba.
A pesar de aquellas fieras melancolías y de los vagos deseos de venganza
sin objeto, su varonil carácter iba cediendo el paso a nuevas aficiones y
desaparecían en ella rápidamente todos los gustos que la hacían semejante a un
muchacho con faldas.
Ella, tan rebelde siempre a toda clase de labores femeniles, se aficionó
de repente a los trabajos delicados, y aunque era visible su torpeza para esta
clase de faenas, pues únicamente tenía facilidad asombrosa para el estudio,
llegó a ser una de las mejores alumnas de la
subdirectora, si no por su habilidad, por su tenaz perseverancia.
En las horas de recreo colocábase en el banco del patio al lado de
algunas señoritas mayores que ella, que llamaban la atención por su exagerada
sensatez, y allí permanecía mucho tiempo entregada de lleno a sus labores de
punto, con los ojos bajos y fijos tenazmente en sus movibles dedos y sin dar
otras señales de vida que las oleadas de sangre comprimida y violentada por tal
quietismo que, subiendo atropelladamente a su cabeza, la inundaban de púrpura
el semblante.
Pero aquel carácter, que a pesar del cambio experimentado se conservaba
movible e inquieto, no podía ceñirse mucho tiempo a una vida de continua
inmovilidad y fijeza.
Su cuerpo no deseaba el movimiento, pero en cambio, el espíritu, que
había permanecido como muerto durante aquella alborotada niñez, reclamaba ahora
su parte de agitación y esparcimiento y se desesperaba aturdido por la
monotonía de las laboriosas distracciones a que se entregaba la joven.
De repente dejó de bajar al patio a las horas de recreo, y cuando las
buenas madres, alarmadas por las desapariciones de aquella niña terrible que
las tenía en perpetua alarma, fueron en su busca, encontráronla siempre en la
azotea del colegio, vasta planicie de ladrillo que, por su altura, permitía
gozar de un magnífico panorama y que estaba cubierta por una celosía de
alambre, a la cual se enroscaban centenares de plantas trepadoras, formando una
hermosa bóveda de verdura.
Como María era siempre sorprendida por las religiosas, inmóvil en la
azotea, mirando con soñolienta vaguedad a lo lejos, y no se notaba el menor
desperfecto en las plantas, las buenas madres prefirieron dejarla allí a que
siguiese bajando al patio, donde un día u otro podían volver a despertarse sus
instintos varoniles y perturbar de nuevo la quietud del colegio.
María se consideró feliz con aquella tolerancia que le permitía
permanecer en la azotea hasta la hora en que la campana del colegio, con sus
repiqueteos, le indicaba que era llegado el momento de volver al trabajo.
El espectáculo que desde allí se gozaba llenaba por completo la
aspiración que sentía su alma por todo lo grande, lo inmenso. Además, en aquel
ambiente de libertad, limitado por el infinito, se respiraba mejor que en el
interior del colegio, entre las obscuras paredes, desnudas y frías, como el
afecto mercenario de las buenas madres.
¡Dios mío! ¡Qué hermoso era aquello! María nunca se cansaba de contemplarlo y el panorama producíale una dulce
somnolencia, en la cual transcurrían las horas con vertiginosa rapidez.
Lo primero con que tropezaban sus ojos al subir era con la imponente
torre del Miguelete, que parecía abrumar el espacio con su pesada masa
octogonal y que remontaba sus ocho caras de piedra tostada, compacta y desnuda
de todo adorno, para coronarse al final con una cabellera incompleta de
floridos adornos góticos, a los que sirve como de sombrero el feo remate
postizo que remedia el defecto de la obra sin terminar.
El coloso de piedra hundía su base en la vieja catedral erizada de
pequeñas cúpulas, entre las que campea la gótica linterna, y a su alrededor,
como las escamas de una inmensa concha de galápago, extendíase un mar de
tejados, rojizos o negruzcos, empavesados por las ristras de blanca y flotante
ropa puesta a secar y contadas a trechos por las moles pesadas e imponentes de
los edificios públicos o por los innumerables campanarios, esbeltos, casi
aéreos, remontándose en el espacio con la graciosa audacia de los minaretes de
las mezquitas.
Y cuando la niña cansábase de mirar a la ciudad, sumida en la modorra
propia de las primeras horas de la tarde bajo un sol siempre ardiente, cuando
se sentía aturdida por el cachazudo y discreto campaneo que llamaba a los
canónigos al coro, o por el zumbido de colmena que salía de las calles ocultas
a su vista, pero marcadas por las desigualdades de los tejados y por los trozos
de fachada que quedaban al descubierto con sus alegres balcones cargados de
plantas y sus cortinas listadas flotantes a la brisa, no tenía más que girar
sobre sus talones para sumergirse en una contemplación de distinto carácter y
sentirse envuelta en esa somnolencia ideal que produce la naturaleza
exuberante, envuelta en esos esplendores que son la desesperación del arte y
que el hombre no llegaría nunca a reproducir.
Delante, casi a sus pies, el río con su gigantesco cauce seco y
pedregoso, veteado aquí y allí por corrientes de agua mansa, que se deslizaban
indecisas y formando grandes curvas como para llegar más tarde al mar que ha de
tragarlas; las lavanderas tendiendo sus montones de ropa entre los altos olmos,
alineados a lo largo de las avenidas; los antiguos puentes de roja piedra,
albergando bajo sus chatos ojos tribus enteras de gitanos con su acompañamiento
de niños sucios, voceadores y en camisa, revueltos con asnos consumidos por el
hambre, mancos, sin narices y picados por las irreverentes pedradas de
innumerables generaciones de muchachos; y junto a los más apartados riachuelos las manadas de toros destinados a la matanza,
paseando su gravedad de raza y su aplomada estampa, y mirando con expresión de
hartura los bullones de hierba fresca arreglados por el pastor.
Más allá del río, el espectáculo se agrandaba, se extendía hasta el
infinito, con interminable variedad de colores y de luces.
El Hospital Militar con sus cuadradas torres; las grandes fábricas con
sus chimeneas humosas; las frondosidades de la Alameda, en las que lucía el
tono verde con todas sus infinitas variedades y sobre las cuales se elevaban
como dos toscos ídolos chinos las torrecillas de los guardias vestidas con
pétreos escudos y cubiertas con caperuzas de barnizadas tejas; todo esto
formaba el marco de la opuesta orilla del río, y tras aquella línea extensa y
profunda de edificios y vegetación esparcíase la huerta, perdiéndose por un
lado en el lejano horizonte y muriendo por otro al pie de las montañas.
Aquel espectáculo causaba a la vista el efecto de un licor fuerte, pues
los ojos se embriagaban y aturdían al abarcar de un golpe el desordenado tropel
de colores.
Era aquello como un mosaico caprichoso, como un schal indio de extraños
y vistosos colores, tendido desde la ciudad al mar.
La nota verde predominaba en aquella grandiosa sinfonía de colores; era
la nota obligada, el eterno tema, sólo que subía y bajaba, se adelgazaba como
un suspiro o se abría como una frase grave, tomando todas las gradaciones y
tonalidades de que es susceptible un color.
El verde obscuro de las arboledas resaltaba sobre el blanquecino de los
campos de hortalizas; el amarillento de los trigos hacía contraste con el
lustroso y barnizado de los naranjos, y los pinares, allá en el último término,
destacaban las negruzcas curvas de sus copas sobre el fondo que formaban las
primeras colinas rojizas, que, acariciadas por el sol, tomaban un tinte
violeta.
Y aparte de los colores, ¡cuán bellos aspectos presentaban vistas desde
aquella altura todas las obras del hombre, todos los signos de vida que se
destacaban sobre aquella naturaleza esplendente!
Como los caprichosos veteados de un inmenso bloque de mármol,
extendíanse tortuosas fajas rojizas y blanquecinas, que eran otros tantos
caminos, formando intrincada red y perdiéndose a lo lejos, matizados por puntos
negros en los que apenas si por el tamaño se adivinaban a hombres y vehículos.
Las innumerables acequias, recuerdo fiel de la civilización sarracena,
confundíanse y se enmarañaban en intrincadas
revueltas, como un montón de plateadas anguilas sobre un lecho de verdes hojas,
y por todas partes donde se dirigía la mirada, confundidos hasta el punto de
parecer que sólo mediaban algunos pasos de unos a otros, veíanse pequeños
pueblecitos, grupos de casas, grandiosas alquerías; manchas, en fin, de
esplendorosa blancura, que bien podían ser comparadas por un poeta con un
tropel de gaviotas descansando sobre un mar de esmeraldas.
La vega tenía sus límites.
A un extremo, cerrando el horizonte y recortando sobre él su dentada
crestería, surgía la audaz cordillera que iba a hundirse en el Mediterráneo en
rápido descenso de cumbres, sustentando en la última de éstas el histórico
castillo de Sagunto, cuyas largas cortinas e innumerables baluartes parecían,
vistos desde Valencia, las revueltas de una sierpecilla cenicienta, encogida y
dormitando al cariño del sol, y a partir de tal punto, el mar, orlando toda la
huerta a lo largo con su recta y azulada faja, llanura inmensa en la que las
blancas velas se movían como triscadores corderillos.
Todo era animación allá donde se fijaban los ojos. La vida se desbordaba
lo mismo en las obras de la Naturaleza que en las del hombre, y como manadas de
obscuros pulgones veíanse esparcidos por los campos centenares de puntos
negros, sobre los cuales, una vista poderosa distinguía el brillo de veloces
relámpagos. Las herramientas agrícolas, volteando sobre la cabeza del
jornalero, caían y arañaban las entrañas de la tierra, removiéndola sin piedad
para acelerar el parto de su producción preciosa. La madre común era forzada
brutalmente a crear para dar el sustento a sus hijos, que no la permitían el
menor descanso.
Pero aquel detalle de fatiga y laboriosidad humana pasaba casi
inadvertido para la soñadora niña y desaparecía absorbido por el imponente
espectáculo que presentaba el conjunto.
María, acostumbrada a ver todos los días y a las mismas horas aquel
paisaje encantador, estaba familiarizada con él, y a pesar de esto nunca se
cansaba de admirarlo ni lo encontraba monótono.
Se sentía feliz allí. Era un atracón de libertad y de espacio infinito
que se daba la púber, al mismo tiempo que sentía correr por sus venas torrentes
de sangre ardiente y atropellada, comparable a las impetuosas corrientes de
savia que animaban aquel mar de verdura; era una borrachera de luz y de color
que animaba a la fogosa niña y la daba fuerzas y resignación para resistir el monótono y frío interior del colegio, con las
austeridades de su educación monjil.
La niña, obsesionada por aquel espectáculo, tenía ideas muy extrañas.
Primero creyó ver en aquel dilatado panorama las más estrambóticas imágenes,
algo semejante a un aquelarre de figuras monstruosas, esbozos grotescos y
formas de embrión. Había obscuros cañares que, moviendo los blancos plumajes de
sus alturas, parecíanle negruzcos dragones tendidos y agitando con nerviosos
estremecimientos su manchado dorso; hablaba y hacía muecas a su chino, que era
una torrecilla lejana cuyas dos ventanas le parecían ojos desmesuradamente
abiertos, bajo la puntiaguda techumbre de tejas que tenía gran semejanza con la
montera de un mandarín del Celeste Imperio, y las lejanas montañas se
presentaban a su vista revistiendo las más extrañas formas animadas: unas eran
cúpulas de catedral, otras sombreros de ridículas formas, y hasta en un pico
lejano, de perfil encorvado, y en las grandes manchas formadas por hondonadas y
barrancos parecía encontrar cierto parecido con el rostro del hermano José, el
portero del colegio, con su picuda nariz y su mirada maliciosa.
Pronto su imaginación soñadora, abismándose en la contemplación diaria
de un panorama al que amaba con creciente cariño, cansóse de buscar en él
extravagantes semejanzas y de adivinar fantásticas formas. Familiarizándose
cada vez más con el paisaje encontraba una sorprendente novedad que al
principio la hizo sonreír.
¡Qué locura! ¿Pues no le parecía que cantaba aquella vasta y
deslumbrante llanura, entonando un himno vago que no producía en sus oídos
conmoción alguna, pero que veía vibrar en el espacio?
Era aquello un terrible despropósito; mas no por esto resultaba menos
cierto que la risueña vega, con sus azuladas montañas de tonos violáceos y su
mar que se confundía con el azul del cielo, entonaba una sinfonía muda, una
música de la que gozaban los ojos en vez de los oídos y en la cual cada color
representaba una nota, un instrumento que interpretaba su parte, con nimia
exactitud, sin desentonar en el armonioso conjunto.
María recordaba las fiestas del colegio, aquellas representaciones
teatrales en honor de la santa patrona del establecimiento; la comedia mística
desempeñada por las más avispadas colegialas y en la que ella, por su
desenvoltura, se encargaba siempre del papel de graciosa; entonces,
durante los entreactos, alegraba con sus risueños sones las desiertas salas del
edificio una orquesta formada por los músicos más
viejos de la ciudad, que asistían a los entierros y a las funciones religiosas.
La joven había oído en tales ocasiones interminables sinfonías de
carácter clásico, y ahora encontraba que era muy semejante aquella maravillosa
sucesión de colores, con el engarce de notas de las grandes piezas musicales.
Dudó al principio, pero al fin se dió por convencida. ¡Oh!...
¡Maravilloso!... ¡Divino!... El campo entonaba su sinfonía ni más ni menos que
como salía de los instrumentos de todos aquellos profesores viejos, la mayor
parte con peluca, que alegraban el colegio en la fiesta anual.
Primero, las notas aisladas e incoherentes de la introducción eran
aquellas manchas verdes y aisladas de los árboles del río, las masas rojizas de
los puentes y edificios, las mil formas que se veían recortadas, separadas e
individuales a causa de su proximidad, y tras esta incoherencia de colores, que
por estar próximos al espectador no podían confundirse y armonizarse, tras esta
breve y fugaz introducción, entraba la sinfonía, brillante, deslumbradora,
atronándolo todo con su grandiosidad de conjunto y sin perder por esto el
gracioso contorno de los detalles.
Los cabrilleos de las temblonas aguas de acequias y riachuelos, heridas
por la luz, eran el trino dulce y tímido de los melancólicos violones,
destacándose sobre la masa de los demás tonos; los campos, de verde apagado,
hacían valer su color como suspiros tiernos de clarinetes, esos instrumentos
que, según Berlioz, “son las mujeres amadas”; los agitados cañares, con sus
amarillentas entonaciones, esparcidos a trechos, parecían formar el
acompañamiento; los trozos de frescas hortalizas, con sus tonos claros y
esplendentes, como charcos de esmeralda líquida, resaltaban sobre el conjunto
cual apasionados quejidos de la viola de amor o románticas frases de
violoncelo, y en el fondo, aquella inmensa faja de mar, con su tono azul
espumado, semejaba la nota prolongada del metal que, a la sordina, lanzaba un
suspiro sin límites.
Sí. María se afirmaba cada vez más en su idea. Era aquello una sinfonía
clásica, en la que el tema fundamental se repetía hasta lo infinito.
El tema era la nota verde, que tan pronto se abría esparciéndose para
tomar un tono blanquecino como se condensaba y obscurecía hasta convertirse en
azul violáceo.
Semejante al pasaje fundamental que salta de un atril a otro, para ser
repetido por los diversos instrumentos en los más diversos tonos, aquel verde
eterno jugueteaba en el paisaje, subía y bajaba
perdiendo o ganando en intensidad, se hundía en las aguas tembloroso y vago
como los quejidos de la cuerda, se tendía sobre los campos desperezándose con
movimientos voluptuosos y dulzones como las melodías de los instrumentos de
madera, se extendía azulándose sobre el mar con prolongación indefinida, como
el soberbio bramido del metal, y para completar más el conjunto, cual el
vibrante ronquido de los timbales matiza los pasajes más interesantes de una
obra, el sol arrojaba brutalmente a puñados sus tesoros de luz sobre aquella
inmensidad, haciendo resaltar con la brillantez del oro unas partes y dejando
envueltas otras en la penumbra del claroscuro.
Y la soñadora niña, con su exaltada fantasía, seguía la marcha de
aquella sinfonía muda, que por partes iba desarrollando ante sus ojos sus
sublimes grandiosidades.
La blancura de los caminos eran cortos intervalos de silencio en aquel
gigantesco concierto, el cual, una vez salvados tales obstáculos, seguía
desarrollándose con todas las reglas de la sublimidad artística. El tema crecía
en intensidad y brillantez conforme iba alejándose y adquiriendo un tono
obscuro; en las orillas del mar llegaba al período esplendente, a la cúspide de
la sinfonía, y desde allí comenzaba a descender, buscando el final, las
postreras notas. Corría el colorido del tema sobre el mar, esfumándose en el
horizonte y adquiriendo la suavidad indecisa de las medias tintas; encaramábase
por las lejanas montañas, cuya pálida silueta casi confundía sus contornos con
el espacio, y desde aquellas alturas arrojábase en pleno cielo y marchaba
velozmente hacia el final, como los instrumentos que entran ya en los últimos
compases de la sinfonía. Una vez allí, lo que en el suelo y a corta distancia
era verde brillante, se difuminaba en tonos débilmente azules hasta ser
blanquecinos, como el tema sinfónico que después de ser brillante y
ensordecedor, al ser repetido por última vez adquiere la vaguedad indecisa del
sueño, y, al fin, se confundía en el horizonte, indeterminable, pálido,
extinguido, sin extremo visible, como el último quejido de los violines que se
prolonga mientras queda una pulgada de arco, y que adelgazándose hasta ser un
hilillo tenue, una imperceptible vibración, no puede darse cuenta el que
escucha de en qué instante cesa realmente de sonar.
Podía ser aquello una locura, pero María oía cantar a los campos y al
espacio, y gozaba en la muda sinfonía de la Naturaleza, en aquella obra musical
silenciosa y extraña, que comenzaba con lentas palpitaciones de tintas
campestres, que se iba agrandando hasta el punto de que las diversas
tonalidades de color se sofocasen entre sí, como el
canto de las sirenas, imperioso, enervante y desordenado, sofoca las solemnes
preces de los peregrinos en la obertura del Tanhäuser y que
terminaba, por fin, perdiendo su intensidad, palideciendo, como debilitada por
aquella orgía de tintas y esparciéndose en el infinito espacio cual el fatigado
espíritu que en loca aspiración intenta en vano sorprender el misterio de la
inmensidad.
Todas las tardes, apenas la campana del colegio daba el toque del
recreo, la niña, cada vez más soñadora, se lanzaba a subir a la azotea, con
todo el apresuramiento febril de la joven que se dispone a ir al teatro, donde
sus padres sólo la llevan de tarde en tarde.
Ella llamaba su palco a aquella azotea, y el espectáculo que desde allí
gozaba parecíale de inacabable novedad, pues nunca llegaba a fastidiarse
dejándose absorber por la grandiosa monotonía de la Naturaleza.
Tan atraída se sentía por la azotea del colegio, que muchas tardes, a la
hora en que repasaba sus lecciones de solfeo, pretextaba necesidades
apremiantes o burlaba la vigilancia de la madre inspectora para subir a aquel
punto del edificio, alcázar dorado de sus ensueños, donde hubiera querido vivir
a todas horas.
Las puestas de sol la conmovían, hasta el punto de arrancarla gritos de
admiración y contraer su rostro con un gesto de estupidez contemplativa.
Aquel espectáculo era aún más hermoso que la sinfonía de colores, y cada
día se presentaba bajo una nueva forma, prolongándose sus radicales variedades
hasta lo infinito.
¡Cuán hermosa, resultaba la agonía de la tarde!
En los días tranquilos, el cielo era una inmensa pieza de seda azul, por
la que rodaba lentamente, sin quemarla, el sol, como una bola de fuego, y
cuando en su descenso majestuoso se acercaba al límite del horizonte formábase
tomo un lago de sangre, en el cual se sumergía el astro, tomando un tinte
violáceo.
Otras veces, en las tardes nubladas, la apoteosis final del día
verificábase en medio de un tropel de vapores, y entonces, el espectáculo
adquiría imponente grandiosidad. Parecía el horizonte maravillosa decoración de
melodrama mágico, sometida a rápidas mutaciones. Las nubes, que momentos antes
semejaban gigantescos copos de blanco algodón, heridos ahora por los últimos
rayos de luz, chisporroteaban como un mar de azufre; veíanse allí formas
extrañas, cambiando al menor soplo del viento; lo que parecía una torre
adquiría de pronto el perfil de una roca batida por
olas de fuego; las siluetas de monstruos trocábanse en flotantes vestiduras de
ángel, y muchas veces, el sol, en sus últimos estremecimientos, rompía el
murallón de cárdenas nubes, y a través de la brecha lanzaba horizontalmente sus
postreros rayos como una lluvia de flechas de oro que, cruzando veloces el
espacio, venían a herir la retina del espectador.
Cuando caía el crepúsculo y tenues gasas parecían arrollarse lentamente
a todos los objetos, María, con los ojos todavía deslumbrados y suspirando con
inexplicable melancolía, descendía al interior del edificio, que le parecía más
feo y triste que de costumbre.
Sus ojos, conmovidos aún por aquella borrachera de luz y de color, no
podían habituarse a la negra y desierta sombra que iba apoderándose de aquellas
habitaciones.
En su cerebro iba germinando una idea que se imponía con la fuerza
irresistible del deseo. Salir de allí cuanto antes, vivir envuelta en aquellos
esplendores que la deslumbraban, ser libre, completamente libre, como las
brisas, como los colores que ella veía saltar de un punto a otro, hasta
perderse en el infinito.
La continua contemplación de la Naturaleza, despertaba en ella un anhelo
inexplicable que la conmovía hasta en lo más íntimo.
Deseaba algo que no podía determinar. Ansiaba salir de allí, para vivir
sola y libre como un pajarillo, de los que ella veía saltar en los árboles;
como una de las flores que matizaban la sinfonía de colores; pero... no estaba
muy segura de si esto le bastaría.
Un suceso inesperado revolucionó su existencia y vino a arrancarla de
sus fantásticas contemplaciones.
Se oye un violín.
Una tarde, estaba tendida sobre el vientre y con la barba apoyada en las
manos, soñolienta y amodorrada por los golpes de sol que pasaban a través de la
bóveda de enredaderas.
Había llegado la primavera; el vivificante abril abría los pétalos de la
flor del naranjo, impregnando la atmósfera con el punzante perfume del azahar,
y al respirar, aspirábanse esos efluvios de amor y
de bellos sueños que trae consigo la más hermosa de las estaciones.
María no se abismaba, como de costumbre, en la contemplación del
paisaje. Tenía sus asuntos serios en qué pensar y que por cierto le preocupaban
bastante.
En primer lugar, sólo faltaban dos meses para los exámenes y el reparto
de premios que se verificaban en el colegio al llegar el verano, y aunque ella,
por ser, con el consentimiento general, una de las más desaplicadas estaba
exenta de aspirar a los honores destinados a la laboriosidad, habíasele metido
en la cabeza el conseguir lo que alcanzaban aquellas compañeras remilgadas e
hipócritas. Hasta entonces sólo había alcanzado premios en la clase de
gimnasia, donde brillaba acometiendo las más audaces diabluras; pero aquella
mañana había tenido una pelea con una burguesilla pedante, que hablaba de
gramática y aritmética a las que sólo se ocupaban de vestidos; la sabidilla la
había llamado ignorante, y este insulto había hecho germinar en ella el deseo
de disputarla uno de los premios literarios. En verdad que nada sabía, que sus
libros rotos y manchados a fuerza de arrojarlos al suelo, estaban olvidados en
el fondo del pupitre; pero esto no doblegaba su firme voluntad, ni la hacía
retroceder en el propósito de alcanzar el premio anhelado.
Otro asunto aún más importante ocupaba su pensamiento.
Su tía, la baronesa de Carrillo, no tardaría en sacarla de allí. También
en aquella misma mañana lo había oído de labios de la subdirectora,
sorprendiendo su conversación con otra religiosa.
La baronesa, desde que había sabido que su sobrina no era ya tan
traviesa y que en vez de alborotar el colegio, se mostraba formal como una
mujercita, sentía deseos de tenerla a su lado, y había escrito en este sentido
a la directora, prometiendo que sacaría a María del colegio apenas sus
ocupaciones le permitieran abandonar Madrid pon unos días, lo que ocurriría
indefectiblemente a principios del verano.
La joven, a pesar de sus deseos de libertad, estaba acostumbrada a la
vida del colegio, y tan extraña a su persona le resultaba ahora doña Fernanda,
a la que había visto pocas veces desde que estaba allí, que no sabía si
alegrarse o entristecerse por la nueva existencia que llevaría en Madrid.
Seducíala la perspectiva de brillar en un mundo de elegancia y riqueza,
que sólo de oídas conocía; pero al mismo tiempo, desde que tenía la certeza de
abandonar en breve aquel edificio, escenario de su
niñez, presentábasele con cierto encanto y se sentía como atraída por sus
paredes.
Entregada a estas reflexiones, y sin saber cómo acoger la idea de su
próxima marcha, permaneció María por mucho tiempo tendida sobre el embaldosado
de la azotea, que le comunicaba grata frescura.
De pronto se incorporó, avanzando la cabeza como para oír mejor.
Sobre el ruido que producían los carruajes pasando por las cercanas
calles y por la avenida existente entre el colegio y el pretil del río,
destacábase un sonido agradable y continuo, que por su novedad alarmó a la
niña.
¿De dónde procedía aquello? Era la primera vez que escuchaba aquel
sonido que a ella le parecía dulcísimo, y que cesaba de vez en cuando para
volver a reanudarse con mayor fuerza.
María se levantó, poniendo en el oído toda su voluntad, para que el
ruido de las calles no sofocara tales armonías.
Era el sonido de un violín; pero lo notable consistía en que las
armonías no subían de la calle, sino que parecían salir a través de la pared
que María tenía a su derecha.
Aquel pequeño muro, blanqueado y cubierto de enredaderas, había sido
levantado para aislar la azotea del colegio de una casita pequeña y humilde,
pegada como una modesta verruga al grandioso edificio que ocupaba el resto de
la manzana.
María sintió el impulso de una curiosidad irresistible, y pensando en
qué medio emplearía para ver quién tocaba el violín al otro lado de la pared,
quedó extática, y meditabunda escuchando las melodías del instrumento.
Aquella música le parecía deliciosa a la joven; lo que no impedía que
fuese obra de una mano inexperta y torpe que cometía un desacierto a cada
compás.
El tema de El Carnaval de Venecia, esa cancioncilla
insufrible por lo vulgar, que repiten desde los profesores de café hasta
los clowns en el circo, era lo que tocaba aquel violín, con la
desesperante monotonía del principiante tenaz. El arco, en algunos pasajes,
arrancaba a las cuerdas sonidos bastante limpios y agradables; pero de vez en
cuando, se le iba la mano al ejecutante, y el aire se poblaba de estridentes
chirridos, como si un nido de ratas acabase de caer bajo la zarpa del gato.
Con aquella musiquilla de principiante había suficiente para crispar los
nervios del más pacienzudo; pero a Miaría, influenciada por el ambiente poético
en que se sumía apenas entraba en la azotea, parecíale la cancioncilla una
fantástica serenata que un genio misterioso, oculto
tras aquella pared, daba en su honor.
Ella sentía vehementes deseos de enterarse de aquel misterio, de conocer
al incógnito artista, y se arrancó de su expectación extática para escalar la
pared, a cuyo borde casi llegaba con las puntas de sus dedos.
Amontonó algunos tiestos de flores sobre un fuerte banquillo de madera,
y así logró encaramarse con relativa comodidad, hasta asomar su despeinada
cabeza al borde del muro.
Ansiosa de satisfacer su curiosidad, miró abajo, y vió como a unos tres
metros, un tejado mohoso, antiguo y con la mayor parte de sus tejas rotas, y en
el centro de su declive, una pequeña azotea que tenía a uno de sus extremos una
garita casi derruída, por donde desembocaba la escalera. Además, entre la
azotea y la parte más alta del tejado que daba a la calle, levantábase una
casuchita de yeso y madera, agrietada por sus cuatro caras, que parecía haber
servido de palomar o conejera en otros tiempos.
De allí salían los sonidos del violín. La puerta, construída con maderas
de cajón que aún llevaban la marca de fábrica, estaba abierta, dejando al
descubierto el interior de aquella construcción rara. Algunos libros estaban
esparcidos por el suelo o amontonados sobre una tabla sin cepillar, pendiente
del techo con cordeles. No se veía al que tocaba el violín... pero ¡detalle
horrible! sobre aquella tabla que servía de biblioteca, vió un cráneo, limpio,
lustroso, con ese color amarillento de mármol viejo que el tiempo da a los
huesos humanos.
Aquel cráneo era grotesco hasta lo horrible. Una mano irrespetuosa lo
había cubierto con una gorrita vieja, y en sus cuencas negruzcas y vacías
parecía brillar una imaginaria mirada de terrorífica malicia; así como en su
mandíbula superior, desdentada a trechos, vagaba una sonrisa que daba frío.
María, aterrorizada, estuvo a punto de dejarse caer, y hasta le pareció
que la musiquilla producíala algún fúnebre compañero del sardónico cráneo que
la espantaba con su sonrisa; pero la curiosidad pudo en ella más que el terror
y permaneció inmóvil con la esperanza de conocer al artista.
Permaneció mucho tiempo en su incómoda atalaya, escuchando con algunos
intervalos de silencio y repeticiones hijas de la torpeza, aquellas
interminables variaciones sobre el tema de El Carnaval de Venecia,
que parecían constituir todo el repertorio del artista.
Por fin cesó la musiquilla y entonces María vió asomarse a alguien a
aquella puerta, a la que no miraba ya, por miedo de que sus ojos tropezasen con
la burlona calavera.
Primero asomó una cabeza de muchacho, pálida, con el cabello al rape,
orejas algo salientes y las mejillas sombreadas por esa pelusa de membrillo que
enorgullece a la pubertad como aviso de próxima barba; después fué apareciendo
el resto del cuerpo, delgaducho, pero con cierta gallardía y cubierto con un
traje que resultaba corto y ridículo a causa del rápido crecimiento de su
dueño.
Aquel muchacho parecía tener unos quince años, y en su rostro
descolorido se estaba verificando esa revolución de facciones que se
experimenta al salir de la pubertad y que fija para siempre los rasgos típicos
de cada hombre. Estaba algo feo y ridículo, con su cabeza redonda y rapada, sus
orejas salientes que clareaban al sol como si fuesen de cera y sus pómulos
pronunciados; pero en su rostro quedaban rasgos permanentes que anunciaban una
futura distinción, y además sus ojos tenían una luz dulce y tranquila que
parecía derramar un ambiente simpático sobre toda la cara.
Llevaba en sus manos el violín y el arco, y jugueteando con ellos
mientras descansaba, mostraba intención de entrar pronto en la casilla a
continuar su cencerrada de aprendiz.
Como María estaba tan alta y el muchacho miraba a lo lejos, no pudo
conocer inmediatamente que era espiado; pero por ese desconocido fenómeno que
hace que las personas nerviosas se inquieten y aperciban, así que otra persona
fija en ellas sus ojos, el violinista sintió como el peso de las miradas que
desde lo alto le lanzaba la colegiala, y levantando su cabeza, vió a la bella
curiosa.
Fijóse en la cabeza maliciosilla y hermosa, coronada por una diadema de
desordenados y rizosos cabellos, y por algunos instantes no pudo apartar su
vista de aquellos ojos insolentes que se clavaban en él con una expresión
mezcla de insolencia y afecto.
El muchacho enrojeció como una doncella sorprendida en un baño por la
ardiente mirada de la curiosidad lúbrica; sintió, al par que el rubor, una
impresión de ridículo y de vergüenza, y rápidamente se refugió en el fondo de
su madriguera.
La niña quedó asombrada por esta brusca desaparición.
—¡Pero, Dios mío! ¡Cuán tonto es ese muchacho!
A pesar de toda su tontería, María encontrábalo altamente simpático, y
en medio de su despecho, congratulábase de que el colegio tuviese tales
vecinos.
Deseosa de verlo otra vez, y como retenida por una fuerza superior a su
voluntad, permaneció en su observatorio esperando otra
aparición del violinista. La asquerosa calavera ya no le causaba tanto pavor
desde que conocía a su simpático compañero de habitación.
Varias veces le pareció ver a través de una ancha grieta de la pared, el
brillo de unos ojos fijos en ella; sin duda el tímido muchacho la espiaba,
deseando que ella se ausentase para volver a ensayar en el violín.
María, comprendiéndolo así, se agachó tras el muro y esperó.
A los pocos instantes volvieron a sonar las tan sobadas notas de El
Carnaval, y cuando ya María iba a hacer de nuevo su aparición sobre el
muro, repiqueteó la campana del colegio, indicando que la hora de recreo había
concluído; y la niña, contrariada, tuvo que abandonar su observatorio.
Amor en torno de un violín.
Al día siguiente, apenas sonó la hora del recreo, ya estaba María en la
terraza del colegio, y colocando de nuevo todos aquellos tiestos que le servían
de escalera, se encaramaba sobre el muro.
El descubrimiento del día anterior había causado tal impresión en su
vida monótona de colegiala, que turbó su sueño, y durante toda la noche estuvo
sonando en su oído el chillón violín. Además, varias veces vió en sueños a
aquel muchacho con sus claras orejas, su cabeza pelada, sus ojos hermosos y
dulces y aquel rubor de señorita que le resultaba tan chusco a la traviesa
María.
Cuando ésta se asomó a su atalaya vió la puerta del casucho abierta y el
horripilante cráneo sobre su pedestal-libro. El muchacho debía haber subido ya
a su tugurio, pues ella, por ciertos ruidos que sonaban en su interior,
adivinaba la presencia del violinista.
Temerosa de espantar con su presencia al tímido aficionado, se ocultó en
el mismo instante que el muchacho asomaba su cabeza por la puerta del tugurio.
Bien fuese que hubiera reflexionado sobre su timidez del día anterior y
se sintiera avergonzado, o que le diese ánimos el ver cómo se ocultaba la niña,
lo cierto es que no mostró su acostumbrada cortedad
ni se ruborizó, y agarrando su violín púsose a tocar la eterna canción sin
retirarse al fondo de la casucha.
María le oyó, al principio agachada y oculta tras el muro; pero aquellos
chillidos de las cuerdas que la conmovían profundamente, parecían atraerla con
fuerza irresistible, y poco a poco fué irguiéndose hasta apoyar sus codos en el
borde de la pared, como si fuese el antepecho de un palco.
El muchacho, de pie, en el centro de la puerta, tocaba su violín,
adoptando una actitud artística, y en sus gestos se notaba el convencimiento de
que estaba haciendo una gran cosa y que para él eran prodigios de arte los
discordantes chillidos del instrumento.
Cuando cesó de mover el arco, dejando a la mitad la variación mil y
tantas, María palmoteó, moviendo como una loca su rizada cabecita, y dijo con
entusiasmo:
—¡Bravo, muy bien! Toca usted de un modo admirable.
Y así lo creía ella con toda su alma.
El muchacho parecía muy satisfecho por tales palabras, y se excusó con
la modestia de un gran artista que desfallece bajo el peso de los laureles.
—¡Oh! Es usted muy amable. Toco por afición, y todavía sé poquito.
Con esto se agotó todo su caudal de palabras, y ambos muchachos se
quedaron mirándose fijamente y sin hacer otra cosa que sonreír estúpidamente.
Transcurrió mucho tiempo sin que se atrevieran a romper el silencio.
María en lo alto, con cierto aire de superioridad varonil y con expresión
maligna y sonriente; el muchacho abajo, confuso, aunque muy contento por la
amistad que comenzaba a contraer y haciendo esfuerzos por manifestarse
tranquilo y no ser huraño como el día anterior.
Como María era la que conservaba su serenidad, ella fué la que reanudó
la conversación.
—¿Y no toca usted otras cosas? Vamos, sea usted amable: hágame oír otra
canción. Yo toco el piano, aunque poquito, y tengo gran afición a la música.
Aquel diablillo malicioso sonreía de un modo tan encantador, que el
muchacho se sintió subyugado, y aunque confusamente, conoció que acababa de
encontrar un ser con tal imperio sobre él, que era muy capaz, si quería, de
hacerle cometer las mayores locuras.
El joven obedeció y henchido de satisfacción por tales deferencias, al mismo tiempo que deseoso de demostrar su
superioridad, agotó todo su repertorio; cuatro valsecillos ligeros con una
interpretación de aficionado tan detestable como la de El Carnaval. María
le escuchó encantada, y tan feliz se sintió oyendo la musiquilla y contemplando
de cerca y fijamente la cabeza del artista, que cuando sonó la campana del
colegio parecióle que el tiempo había transcurrido con mágica rapidez.
Pesarosa y con el aspecto de quien acaba de ser despertado en lo mejor
de un hermoso sueño, hizo, con su mano, una señal de despedida al músico, y
desapareció.
La colegiala pasó todo el resto del día como una sonámbula, abstraída
por sus pensamientos y sin poder fijar la atención en sus ocupaciones.
Aquel musiquillo llenaba por completo su imaginación y sentía hacia él
un afecto mayor que el que la habían inspirado sus famosas compañeras que, en
tiempos anteriores, habían constituído la banda alborotadora del colegio.
Después de conocerlo, de hablar con él, sentía una viva ansiedad por
enterarse de su historia, de su familia y de su clase de vida, reprochándole su
descuido al no acordarse de preguntarle cuál era su nombre.
Toda la noche la pasó soñando en el tocador de violín, oyendo vagamente
sus incorrectas armonías y las palabras que la había dirigido, y a la mañana
siguiente levantóse febril e impaciente, deseando que las horas transcurrieran
veloces y que llegase pronto el anhelado momento del recreo para dirigirse a la
azotea.
Cuando María, tras larga crisis de impaciencia, y después de mostrarse
en el comedor, contra su costumbre, completamente inapetente, vió llegado el
momento de subir a la azotea, corrió a ella y se encaramó en su observatorio,
encontrando que el joven la esperaba ya, aunque afectando una profunda
distracción y apoyado en la puerta de su casucha con estudiada postura.
María, al dirigirle la primera ojeada, notó en su indumentaria grandes
cambios. ¡Ah, el grandísimo coquetón! Como tenía la seguridad de que ella
subiría a verlo, se había puesto la ropa de los domingos, un chaqué pelado que
sin duda su mamá había sacado a luz reduciendo una pieza mayor, y además el
nudo de su corbatita azul, con su seductora cuquería, delataba por lo menos
media hora pasada ante el espejo, desechando formas incorrectas y buscando una
nueva que fuese el desiderátum de la sencillez y la elegancia.
Aquellas novedades, que demostraban claramente el deseo de agradar,
enorgullecieron a la maliciosa coquetuela, que ahora comprendía su importancia.
El muchacho, al ver a María, la saludó con una sonrisa ingenua, y a
pesar de que se proponía ser fuerte y mostrarse impasible, no pudo menos de
ruborizarse.
—¡Buenas tardes!—dijo María con su hermosa voz de contralto—. ¿Es que
hoy no está usted por hacer música?
—No, señorita—contestó el muchacho con acento algo temblón—. El violín
lo tengo ahí dentro y yo no me siento con ganas de tocarlo.
Se detuvo algunos instantes y después, haciendo un esfuerzo como para
tragar algo que le obstruía la garganta, añadió con voz que apenas si el
temblor dejaba oír:
—Me gusta más hablar con usted que tocar el violín.
María prorrumpió en alegres carcajadas y batió palmas. Le resultaban muy
graciosas las palabras del muchacho. Ella también gustaba mucho de hablar con
él, y por esto, con acento de ingenuidad, exclamó:
—¡Oh, sí! Tiene usted razón; hablemos. Esto es más divertido.
Y añadió inmediatamente con marcado apresuramiento, como si le quemase
la lengua una pensada pregunta que deseaba arrojar lejos de sí:
—Ante todo, yo me llamo María Quirós de Baselga, y, según dicen las
buenas madres, soy condesa. ¿Cuál es el nombre de usted?
El muchacho quedó como espantado al saber que aquella linda cabecita
erizada de desordenados bucles era de una condesa. Por eso manifestó cierto
reparo en contestar, y fué preciso que María le volviera a repetir con
impaciencia:
—¿Cuál es el nombre de usted?
—Me llamo Juan.
—Me gusta el nombre: Juanito.
Y quedó silenciosa como paladeando aquel nombre que decía gustarle.
—¿Juanito a secas?—añadió con curiosidad creciente.
—Juanito Zarzoso.
—¿Es usted de Valencia?
—Sí, señora. Vivo en esta casa con mi mamá.
—¡Ah! ¡Tiene usted madre!—dijo María con la dolorosa extrañeza del que
carece de una cosa que poseen la generalidad de los que le rodean.
—Sí; tengo mamá. La pobrecita está casi ciega y sólo sale a paseo cuando
yo la acompaño. Papá era magistrado y murió siendo yo muy niño.
Estas palabras conmovían a la niña sin que ella pudiera explicarse la
causa. Aquella señora casi ciega, que salía a paseo apoyada en su hijo, a pesar
de que era para ella un ser desconocido, casi la hacía llorar.
Parecíale más interesante el muchacho desde el momento que había
comenzado a decir quién era.
María, cada vez más animada por la, curiosidad, esforzábase en excitar
la charla del muchacho para de este modo conocer por completo su historia.
Juanito hablaba con ingenua franqueza. El papá, hombre modesto y muy
pobre de espíritu, había encanecido en la judicatura: había sido durante muchos
años una rueda inconsciente y metódica de la administración de justicia, y su
amor a la imparcialidad, así como su repugnancia por la política, sólo le
habían servido para hacer una carrera lenta y penosa y luchar continuamente con
las estrecheces de una posición social en la que los gastos eran tan grandes e
imprescindibles, como exiguos los ingresos.
Hijo de una familia de labriegos y casado con una mujer modesta,
hacendosa y sufrida, descendiente de pobres industriales, el juez se consideró
feliz cuando, ya con su cabeza blanca, consiguió llegar a la magistratura. Pero
este bienestar, que él llamaba felicidad, fué muy breve, pues murió casi al año
de su ascenso, como si el Estado, al concederle la ambicionada toga, le hubiese
regalado la mortaja.
La madre y el hijo habíanse quedado en Valencia; pero abandonaron su
antigua habitación por razones de economía, yendo a habitar aquella casa vieja,
pegada al colegio y cuyo piso bajo ocupaba un carpintero, antiguo dependiente
del abuelo de Juanito y que había conocido desde niña a su madre.
La viuda vivía y educaba a su hijo con la modesta pensión que le daba el
Estado, y cuando no encontraba lo suficiente en sus propios recursos, sólo
tenía que escribir cuatro letras a Madrid para recibir a vuelta de correo la
cantidad necesaria; ventaja preciosa de la que nunca abusó, y que únicamente
hacía valer en circunstancias extremas.
Y aquí entraba la parte risueña: el capítulo de esperanzas e ilusiones
en aquella historia vulgar y triste.
La vida actual de Juanito no era muy hermosa; pero, ¡qué diablo!,
tampoco había para desesperar, pues si el presente estaba negro,
el porvenir era rosado como una alborada de abril.
Su miseria actual no era como esos callejones sucios e infectos que
hacen aún más horribles el no tener salida; él entraba en la vida por una calle
estrecha y sin otro adorno que la fría limpieza y la dignidad de la miseria
resignada, pero en cambio no encontraba obstáculo alguno ante su paso, y
siguiendo tranquilamente y sin impaciencias su camino, estaba seguro de salir
en breve tiempo a campo raso, gozando de los horizontes sin límites de una
posición social digna y elevada. Todo consistía en ser bueno y aplicado.
El se veía ahora obligado a distraerse en la azotea como un gato,
tomando el sol y tocando el violín, mientras sus compapañeros de clase iban a
los cafés y se pasaban las horas jugando al billar; había de contentarse con
los trajes de su padre, arreglados y reducidos casi a tientas por su habilidosa
mamá; no había puesto los pies en el teatro desde que quedó huérfano, y todas
sus diversiones estaban reducidas a los paseos que daba en las tardes de los
domingos por los alrededores más solitarios de la ciudad, llevando a su madre
del brazo; la miseria digna y altiva del probrecillo de levita había anublado
la fresca alegría de su juventud, haciéndole grave y reflexivo como un viejo;
pero a cambio de tantas penalidades, poseía la envidiable felicidad de tener en
el porvenir una confianza sin límites.
Esta confianza simbolizábase en la persona de un hermano de su padre que
vivía en Madrid, y era quien socorría a la viuda, en sus apremiantes
necesidades de dinero.
¡Qué fervor el de Juanito al hablar de su tío, a quien sólo había visto
dos veces! El acento de admiración supersticiosa y de terror con que el
fanático habla de milagrosas imágenes, resultaba pálido al lado de la
veneración con que se expresaba el muchacho al tratar dicho asunto. Su tío
resultaba un personaje dotado de misterioso poder; un semidiós que vivía allá
lejos y parecía envuelto en sagrados velos para no cegar al mundo con el
esplendor de su grandeza.
Y el muchacho, al par que hablaba con cierta conmoción de miedo,
mostraba también legítimo orgullo por ser pariente de aquel hombre que honraba
el apellido de la familia.
María escuchaba con creciente interés las palabras de su simpático amigo
y en su imaginación iba agrandándose la figura del tío de Juanito, tomando los
contornos de un gigante, ¡Dios mío! ¿Quién sería aquel hombre del cual su
sobrino hablaba con tan religiosa admiración?
Por esto su desilusión fué grande cuando, en el curso del relato, el misterioso y colosal personaje quedó
reducido a un médico famoso, a una celebridad en el ramo de enfermedades
mentales y nerviosas, del que hablaban con justa admiración tedas las
publicaciones facultativas.
Sí; el tío de Juanito era don Pedro Zarzoso, el famoso médico alienista,
no menos célebre por sus extremadas y revolucionarias teorías científicas y
religiosas, que levantaba tempestades cada vez que las exponía en la cátedra y
en la prensa.
Aquel sabio solterón y de carácter rudo y arisco, sólo había tenido en
la vida una pasión que trastornase su carácter férreo e impasible de
batallador: el cariño a su hermano. Amaba como a una novia a aquel hermanillo,
fino y delicado cual una señorita; le admiraba sin darse cuenta de ello, tal
vez porque encontraba en él facultades que desconocía, cual eran la imaginación
y el gusto por las artes, que el rudo doctor miraba sin entenderlas,
completamente ciego para todo lo que no fuese raciocinio y experimentalismo
seco. El fué quien, con los primeros ahorros de la profesión, hizo seguir una
carrera a su hermano, el cual, por su delicadeza física, se había ya arrancado
de la vida de los campos, dedicándose desde niño a la existencia oficinesca; y
él también el que, violentando su carácter, con penosas ductilidades, intrigó y
rogó en Madrid en busca del favor oficial para que su niño querido pudiese
entrar en la judicatura a ganarse el pan.
Aquel hermano fué la eterna pasión, el constante pensamiento del doctor
Zarzoso. Nadie, al ver aquel gigantazo de la ciencia, rudo y anguloso como una
montaña, que acompañaba a puñetazos las explicaciones científicas, y apenas
entraba en los hospitales, con un bufido de malhumor ponía en conmoción a todo
el personal, nadie hubiese sospechado que aquel ogro de la Medicina era capaz
de dejarse guiar como un niño y de estarse con aire embobado como esperando
órdenes, en presencia de un juececillo, falto de salud y pobre de espíritu,
que, desconocido y mísero, administraba justicia allá en un rincón de España,
en un apartado distrito de la provincia de Valencia.
Cada vez que el famoso doctor alcanzaba un triunfo, su pensamiento
volaba al punto donde se hallaba su hermano. En vez de producirle sus victorias
un sentimiento de justa satisfacción, apesadumbrábanle, como si al dejar que su
nombre fuese repetido por la publicidad de la fama, cometiese una mala acción
contra su hermano. ¡El, tan célebre, mimado por la fortuna, y en cambio el
pobre juez olvidado en un mísero distrito y arrastrando una existencia estúpida
y monótona! Olvidaba el doctor su talento, sus
largos estudios, aquellas interminables bregas a puñetazo limpio con la
ciencia, para obligarla a que le mostrase sus más recónditos secretos; hacía
caso omiso de lo que valía, y experimentaba remordimientos al contemplarse
rodeado de todas las distinciones que constituyen la felicidad de los hombres y
ver a su hermano tan humillado.
Sublevábale aquella diferencia y parecíale injusta la sociedad al
olvidar a un hermano mientras elevaba a otro.
Al doctor Zarzoso parecíale que el juez tenía más derecho que él a la
celebridad. Bastaba que él lo adorase, considerándolo superior, para que toda
la sociedad tuviese el deber de imitarle en el fraternal culto. Si le hubiesen
preguntado al sabio cuales eran los méritos de su hermano para ser admirado
universalmente, seguramente que no habría sabido responder; pero se le había
encasquetado la idea de que el juez, por el hecho de ser su hermano, era
también un hombre superior, y que ya que de pequeño en la miserable barraca de
sus padres había compartido con él el pan, la cama y hasta el mugriento
abecedario en que aprendieron a leer, debía ahora compartir igualmente la
gloria; y esta desigualdad de suerte exasperaba muchas veces a aquel genio de
todos los diablos que usaba el doctor.
La muerte del magistrado fué como un violento mazazo descargado sobre su
brava cerviz. El, que con sus genialidades hacía temblar a cuantos le rodeaban,
lloró y pateó como un niño al saber la fúnebre noticia, maldiciendo a la
indecente materia, que no sabía vivir unida formando un ser más que por espacio
de algunos años, y que siempre se disgregaba para dejar paso franco a la
muerte.
Fué a Valencia para arreglar los intereses de su hermano, y entonces, a
la vista del pequeño Juanito, sintió renacer en él el cariño que había
profesado a su difunto padre.
Hubiera sido una gran satisfacción para el doctor poder llevarse al niño
a Madrid y gozar de las delicias de una paternidad fingida, dedicándose a su
educación; pero la madre se opuso, dando esto lugar a algunas disputas entre
los dos cuñados.
Ya que la viuda se empeñaba en pasar en Valencia los últimos años de su
vida, él se conformaba; pero para que no creyera nadie que olvidaba a su
hermano al dejar éste de existir, manifestó repetidas veces a la esposa y al
huérfano que no se privasen de nada y que le pidieran cuanto necesitasen, pues
al fin y al cabo él era hombre de pocas necesidades, y aunque no buscaba
utilidad en la ciencia, ésta hacía entrar el oro a raudales por la puerta de su
clínica, tanto que, a pesar de repartir a manos llenas
entre los necesitados, aun le quedaba lo suficiente para considerarse rico.
La viuda, mujer tan tímida y apocada como su esposo, no abusaba de estos
ofrecimientos, y muchas veces había de sufrir las iracundas cartas de su
cuñado, indignado por aquella cortedad que se limitaba a pedir en un gran apuro
veinte duros, cuando él estaba dispuesto a enviar miles de pesetas.
El doctor Zarzoso estaba cada vez más entusiasmado con su sobrino, y
aunque por carácter se mostraba seco y huraño en las cartas que le escribía, es
lo cierto que le proporcionaba una semana de felicidad cada noticia que recibía
sobre la aplicación del chico y los premios que alcanzaba en las asignaturas
del bachillerato.
Siempre decía lo mismo a su cuñada en sus breves cartas. El muchacho no
estaba desamparado; otros querrían llorar con los mismos ojos que él. Que
estudiase y fuese un chico de provecho, que allí tenía a su tío para darle la
mano y guiar sus primeros pasos, que son los más difíciles, por un camino llano
y comodo que a él le había costado muchos esfuerzos el abrir.
Lo que más entusiasmaba al buen doctor era el entusiasmo que su sobrino
manifestaba por la Medicina. Bien fuese que en el muchacho hubiesen causado
impresión las palabras del padre, que desde su niñez le había repetido que
había de ser médico como su tío, o que realmente tuviese afición a esta
ciencia, lo cierto es que Juanito mostraba gran entusiasmo por la carrera que
iba a emprender.
En la actualidad estaba en el último curso del bachillerato, y de todas
las asignaturas, la Fisiología era la que ejercía sobre él una seducción
mágica.
Se había procurado aquel cráneo que tanto horror inspiraba a María, y lo
había colocado en el lugar preferente de su casuchita, a la que él llamaba
pomposamente su cuarto de estudio, pareciéndole que tal adorno daba a la
desmantelada pieza el carácter de un gabinete de sabio. Además, su ardor
científico era tan intenso, que había esparcido el terror en todos los gatos,
ratones y sabandijas de la vecindad, pues no caía bicho de aquellos tejados en
sus manos sin que al momento le abriese las entrañas con un mal cortaplumas,
con el intento de ir iniciándose en los misterios de la vivisección.
Aquel muchacho, como aprendiz de médico, era tan terrible cual como
aficionado al violín.
Se sentía dominado por el afán de ser un médico célebre, tanto por no
dar un disgusto a su tío, del cual, a pesar de su franca y vehemente
bondad, recordaba el terrible ceño y los puños de gigante, como por el deseo de
sucederle un día sin visible decadencia en el servicio de su distinguida
clientela y en el cuidado de los manicomios puestos bajo su dirección.
María oía como encantada lo dicho por el muchacho.
Gustábale aquella historia, y además sentía crecer el interés que le
inspiraba su nuevo amigo Juanito.
Entonces se enteraba de que al otro extremo de la ciudad había un
colegio grande, muy grande, que llamaban el Instituto, al cual acudían
centenares de muchachos; y con maligna curiosidad hacía preguntas para saber si
entre la bulliciosa tropa masculina había gentecilla revoltosa y levantisca que
diese disgustos a los profesores, como ella se los daba a las buenas madres.
Cada vez más ansiosa de penetrar en la interesante vida íntima del
muchacho, molíalo a preguntas, indiscretas unas, inocentes otras, que Juanito
recibía con sonrisa de ingenuidad.
—¡Y cuándo estudia usted?
¡Oh! El estudiaba bastante. Todas las tardes, después de tocar un rato
el violín, entregábase al estudio, y además, por las noches, abajo, en su
habitación, y cerca de la alcoba de su madre, pasaba las horas agarrado a los
libros del actual curso y repasando el texto de las asignaturas anteriores,
pues de allí a dos meses, en junio, después de aprobar las últimas asignaturas,
iba a hacer los ejercicios del bachillerato, y si no los ganaba con premio, le
daría a su tío un serio disgusto. Todo antes que eso... El gozaba estudiando,
pero el caso era... Al llegar aquí el muchacho se ruborizaba; pero ¡adelante,
qué diablo!; el caso era que desde que la había visto se sentía falto de aquel
ardor que le permitía pasarse las horas enteras inclinado sobre los libros, y
así que ella, al oír la campana del colegio desaparecía, él quedaba muy triste,
esperando con ansiedad el día siguiente.
María acogía con sus locas carcajadas estas palabras. ¡Ay, qué chusco
era aquello! ¡Qué gracia tenía! Pero, a pesar de su ingenuidad salvaje, se
guardaba decir que la gracia para ella consistía en que también experimentaba
idéntica ansiedad, y esperaba con igual impaciencia la llegada de la tarde
siguiente, con una nueva entrevista.
Los dos jóvenes se sentían atraídos por una espontánea y dulce simpatía.
A la media hora de conversación, hablábanse ya sin rubores ni reservas,
como si toda la vida se hubiesen conocido.
Por esto mismo su tristeza fué grande cuando sonó la campana del
colegio. Aquel repiqueteo les pareció un toque lúgubre, y
los dos se quedaron inmóviles a mitad de la conversación, y sintiendo que aun
les quedaban muchas cosas por decir.
—Adiós, Juanito. Me voy antes que vengan a buscarme. Mañana a la misma
hora nos veremos y hablaremos más.
Juanito bajó la cabeza como un personaje melodramático que cede a la
fatalidad irresistible; pero un débil ruido que le alarmó hízole levantar
prontamente los ojos para ruborizarse nuevamente como un imbécil. María,
llevándose una mano a la boca, le enviaba un beso con las puntas de los dedos.
Después, al notar el rubor de señorita que invadía el rostro de aquel
grandullón, lanzó al viento su carcajada de alegre locuela y desapareció,
saludándole.
—¡Ay, qué majadero!...
Dúo de amor en el tejado.
Desde entonces ni una sola tarde dejaron de verse los dos jóvenes.
A la hora en que la ciudad parecía dormir la siesta al arrullo del
ardiente sol, y en que los calientes tonos de luz hacían resaltar los colores
del bello paisaje, los dos muchachos subían al tejado para venir a encontrarse
en aquella pared que separaba sus respectivas viviendas, María, en lo alto,
como una dama feudal asomada al borde del robusto torreón, y Juanito al pie,
con su actitud de trovador enamorado, lanzando a su dama platónicos floreos.
Faltaba la dorada guzla y las vestiduras brillantes y caprichosas para que
aquello fuese igual a uno de aquellos paisajes de abanico que tanto gustaban a
la niña.
En los dos, aquellas diarias entrevistas eran ya una necesidad, y
sufrían un disgusto sin límites, un desaliento mortal, cuando en las tardes
lluviosas la colegiala no subía a la azotea, por miedo a excitar las sospechas
de las buenas madres.
Poco a poco su amistad se iba estrechando tan íntimamente, que aquel
muchacho, antes tan ruboroso y reservado, se abandonaba ahora a la confianza y
le hacía confidencias cariñosas sobre su porvenir y sus propósitos.
María se sentía feliz escuchándole, y únicamente experimentaba cierto
malestar cuando su amigo interrumpíase a lo mejor de una conversación y se
ruborizaba, como arrepentido de algún mal
pensamiento que repentinamente había surgido en su cerebro.
¡Pero qué tímido era aquel muchacho! Su indecisión irritaba a María,
tanto más cuanto que ésta adivinaba desde mucho tiempo antes lo que su amigo
quería decirle y que siempre se le atragantaba, produciéndole palideces de
miedo y nerviosos temblores.
Todo cuanto les rodeaba en las vespertinas confidencias, parecía animar
a Juanito; y, sin embargo, el gran pazguato permanecía indeciso y dominado por
la timidez hereditaria, agitado por el deseo de hablar, y sin atreverse nunca a
soltar la lengua.
Los cercanos campos, henchidos de la lujuriosa savia de primavera,
enviábanles bocanadas de excitantes y voluptuosos perfumes; las blancas
campanillas de la azotea del colegio, formando un regio dosel sobre la cabecita
de María, balanceábanse en brazos del libertino airecillo con amorosos
estremecimientos; los palomos de un palomar vecino, venían a arrullarse a pocos
pasos de ellos, sobre el borde del tejado, conmoviéndoles con el susurro de un
diálogo monótono, eterno y excitante; y a pesar de que lo mismo los campos, que
las flores y las aves, entonaban el aleluya del amor, aquel marmolillo
permanecía inmóvil y frío como un copo de nieve, sin que pareciera darse cuenta
de que en su interior sentía el fuego de la pasión.
Lo que más indignaba a María era que transcurrían los días sin que su
amigo dijese lo que ella esperaba, y que se exponía a que las conferencias
fuesen interrumpidas por la vigilancia de las buenas madres, pues ya la
subdirectora había subido varias veces a la azotea, muy intrigada por aquella
afición a la soledad que manifestaba la colegiala, aunque ésta había tenido
siempre la buena suerte de retirarse a tiempo de su atalaya.
Por el momento nadie sospechaba en el colegio la amistad de María con un
vecino; pero la niña se desesperaba, pensando en la posibilidad de que la
subdirectora sorprendiera, a lo mejor, sus conferencias.
Y en vano empleaba ella todos los recursos para animar al tímido
muchacho. Cuando él, colorado como un pavo, se detenía en el momento mismo que
iba a lanzar la anhelada palabra, María intentaba darle nueva fuerza con una
benévola sonrisa, y tenía especial cuidado en guiar la conversación de modo que
fuese a parar siempre al mismo tema. ¡Oh! Debía ser muy hermoso el convertirse
en marido y mujercita como las personas mayores... a ella le hubiese gustado
mucho transformarse en una paloma, como cualquiera de las que revoloteaban por
allí cerca, y pasarse la vida en perpetuo arrullo
al borde de un tejado... Se encontraba muy mal en el interior del colegio,
rodeada de niñas que la querían poco y de monjas que tenían gusto en
castigarla; necesitaba de alguien que la quisiera, pero... ¡ira de Dios! aquel
muchacho era un poste; la escuchaba con la mayor complacencia, conmovíase al
saber que ella tenía necesidad de amar, pero no se lanzaba nunca a decir esta
boca es mía.
Esto desesperaba a María; pero al mismo tiempo producíale cierta
complacencia. Le resultaba graciosa la cortedad de aquel muchacho, pues al
notar su femenil timidez, ella se engreía con aquel carácter varonil de que tan
orgullosa estaba. Aquel trueque de papeles, le recordaba las aleluyas de El
Mundo al Revés, uno de los clásicos ilustrados que con entusiasmo leían las
colegialas en las horas de recreo.
Por fin, un día se lanzó el muchacho, y su resolución
resultó tan ridícula como todas las que toman los caracteres tímidos después de
innumerables vacilaciones.
Fué a la mitad de una conversación interesante, sobre el importantísimo
tema de que en verano hace más calor que en invierno, conversación que María
seguía con cierta sorna y no menos despecho, cuando Juanito, comprendiendo que
la timidez le hacía decir innumerables necedades, se detuvo en seco, y después,
cerrando los ojos como un desesperado que se arroja a un precipicio, dijo con
acento imperioso:
—Yo tengo que decir a usted una cosa.
María sonrió picarescamente. ¡Oh, por fin!
—Hable usted. Diga cuanto quiera, Juanito.
Y este Juanito fué pronunciado con una ondulante suavidad de terciopelo.
Era como una promesa cierta de que la demanda sería fallada favorablemente.
—Es que... francamente; es que no me atrevo a decirlo de palabra.
María comenzó a impacientarse. Ya surgía de nuevo aquella maldita
timidez que aguaba todas sus alegrías.
—Pero criatura, ¿cómo va usted a decirme esa cosa si no quiere hablar?
—Yo traigo aquí una cartita, que quiero lea usted después que se marche.
Aquel chico no tenía apaño: tarde y mal; pero en fin, más valía la carta
que un absoluto silencio.
—A ver; venga ese memorial—dijo la traviesa niña riéndose de aquel modo
de declararse, que buscaba los procedimientos más tortuosos, teniendo expeditos
los más fáciles.
Juanito sacó de su bolsillo una pequeña carta, obra maestra de su
ingenio, para la cual había hecho veinte borradores distintos y roto una docena
de pliegos satinados por descuidos caligráficos más o menos importantes.
Tuvo un verdadero disgusto a ver agarrada horriblemente una de las
puntas del sobre, pero aún aumentó su pesar, al tropezar con los inconvenientes
que se oponían a la transmisión de la carta.
¿Ella no tenía un hilo? Pues él tampoco. Y el desgraciado muchacho,
después de algunos cabildeos, se resignó a meter dentro del sobre dos yesones
de la pared, y probó a tirarla arriba con tal lastre.
Las tentativas fueron otros tantos fracasos, y María pataleaba de
impaciencia, comprendiendo que aquello era ridículo.
—Mire usted, Juanito; guárdese la carta. Es inútil cuanto hace.
—¡Cómo!... ¡Qué!—exclamó con terror el pobrecillo, como si oyera su
sentencia de muerte—. ¿No quiere usted mi carta?
—No. ¿Para qué? Adivino perfectamente cuanto en ella se dice. ¿Por qué
no repite usted lo mismo de palabra? ¿Le doy yo miedo?
El muchacho quedó avergonzado y permaneció algunos minutos con la cabeza
baja, pero por fin la levantó con repentina resolución. ¿A qué tanto miedo?
¡Adelante!
—Y si usted conoce lo que la carta dice, ¿qué es lo que contesta?
El rostro de María se animó con un rubor ligerísimo, y desde su altura
lanzóle una mirada de indefinible seducción.
—¿Yo?... Pues que sí.
—¿Que sí?... ¿Qué es a lo que usted dice que sí?
María se indignó ante tal torpeza.
—¡Hombre, no sea usted majadero! Digo que sí le amo, y que quiero que
los dos, ya que somos amigos, seamos también iguales a esas palomas que se
buscan, se quieren y se arrullan como unos angelitos. Usted será en adelante mi
maridito, y yo su mujercita.
En este ideal inocente encerraba la niña todo el concepto que tenía
formado del amor.
Juanito vió el cielo abierto, y miró ya aquella linda cabecita como cosa
propia, tanto, que cuando sonó la campana del colegio y la niña hubo de
retirarse, el muchacho sintió celos como si María le abandonase para acudir al
llamamiento de un rival, y de buena gana, a tenerlo al alcance de las manos, la
hubiese emprendido a puñetazos con aquel
impertinente artefacto de cascado bronce.
Desde la famosa tarde de la declaración comenzó a desarrollarse entre
los dos jóvenes la pasión que había de constituir su primera novela amorosa.
María, puntualmente subía a la azotea a hablar con su maridito, y el
inocente matrimonio, para estar más en contacto, había establecido un sistema
de comunicación que consistía en un largo bramante a cuyo extremo iba atada una
diminuta cesta. María, al retirarse, escondía tras los tiestos de flores esta
prueba de delito con la que hacía subir las flores, las lindas estampas y todos
los objetos que la regalaba su apasionado adorador.
¡Cuán veloces transcurrían entonces las horas en que podían verse los
pequeños amantes!
Sus conversaciones eran triviales, inocentes, sosas; María, más viva y
despierta en materias de amor, reconocía en su novio una candidez que la hacía
reír, pero a pesar de esto tenían gran encanto aquellas pláticas cuyo continuo
tema era la promesa de amarse eternamente sin dejar nunca que el olvido o la
frialdad se introdujeran en sus relaciones.
—¡Oh! Sí, Marujita mía; te amaré siempre, te seré fiel hasta la muerte,
como lo son esas palomas que todas las tardes vienen a arrullarse en este
tejado.
—¿Que si te quiero? Más que a mi vida. Ahora tengo más ganas que nunca
de ser hombre para hacerme rico y célebre y llegar a ser tu maridito de verdad.
Y estas apasionadas expresiones y juramentos de amor, acompañados con
otras cursilerías por el estilo, eran el eterno tema de sus conversaciones.
Aquel par de muchachos no se daban nunca por vencidos en punto a decirse
ternezas interminables; siempre, al separarse, se encontraban con que no lo
habían dicho todo, pero sí que se cansaban de estar siempre separados por aquel
muro y además les parecía que era muy breve el tiempo de la entrevista.
Verse de cerca, estrecharse las manos, hablarse con las bocas casi
juntas y mirar su propia imagen en los ojos del otro era un deseo que les roía
la imaginación a los dos.
A María fué a quien primero se le ocurrió aquella idea, y aunque
arriesgada le pareció muy natural.
Cuando después se le ocurrió a Juanito desechóla inmediatamente,
juzgándola como un deseo extravagante.
Pero como si aquellos dos pensamientos iguales se
atrajesen por su misma identidad, el asunto no tardó en surgir en la
conversación.
Juanito hablaba de verse de noche en aquel mismo sitio, con la misma
vaguedad y aire de duda que un visionario habla de un viaje al Sol; pero su
mujercita seguía encontrando muy natural el proyecto y esto fué suficiente para
que el muchacho lo diese por realizable, temiendo atraerse, con una vacilación,
las burlas de la chiquilla varonil y audaz.
Con el misterio y la alarma, de los conspiradores que fraguan su plan,
los dos fueron acordando todos los detalles de aquella entrevista arriesgada.
Ella, a las once en punto, hora en que todo el colegio estaba abismado
en el primer sueño, abandonaría el dormitorio de las mayores, que estaba en el
último piso, cerca de la escalera de la azotea, y se deslizaría hasta el lugar
de la cita. Esto tenía la ventaja de no hacer ya necesarias aquellas subidas en
plena tarde que habían alarmado el fino olfato de la subdirectora. María había
de luchar con el terrible inconveniente que ofrecía los chirridos de los
cerrojos de la puerta de la azotea al descorrerse, pero ella contaba con el
auxilio del aceite y más aún con su maña.
En cuanto a Juanito se comprometió a tener para la noche siguiente una
cuerda con garfio de hierro, que María se encargaría de sujetar a las
columnillas de hierro que sostenían la bóveda de enredaderas. La mamá se
acostaba invariablemente a las nueve todas las noches; tenía el sueño pesado y
además no era fácil que extrañase su ausencia, pues él, con la cafetera al lado
se pasaba las horas estudiando, muchas veces hasta la madrugada. La cuerda
necesaria se la proporcionaría un trapecio que tenía abajo en su cuarto para
desempalagarse con algunas volteretas, cuando el continuado estudio venía a
fijarle en la frente un clavo de dolor.
Con absoluto misterio fueron forjando su plan los dos muchachos.
A la noche siguiente sería la nocturna cita, y esta proximidad los
llenaba a los dos de zozobra e intranquilidad al par que de alegría. ¡Si
aquello llegaba a descubrirse!
Además sentían ambos un remordimiento comprendiendo que la nueva clase
de entrevistas vendrían a trastornarles más, impidiéndoles el cumplimiento de
su deber.
Ella consideraba ya como de imposible realización sus propósitos de
disputar el premio mayor del colegio a aquella marisabidilla a quien odiaba; él
pensaba con verdadero dolor que el mes de mayo
tocaba ya a su fin, que dentro de pocos días tendría que sufrir el terrible
examen y que aún le quedaban algunas lecciones importantes por estudiar.
Pero aquello sólo fué un débil relámpago del deber, un fugaz
remordimiento que pasó sin dejar huella ni aminorar con su roce el deseo
vehemente de estar en el silencio de la noche, juntos, hablándose quedo, con
ese dulce abandono que proporciona la seguridad de no ser sorprendidos.
Hacía ya más de un mes que eran novios, y, ¡qué diablos!, ya era hora de
verse próximos y no pasar el tiempo en violenta posición, con la cabeza
inclinada y siempre de pie.
Se buscaban, querían aproximarse arrastrados, por el ciego impulso del
amor; pero al mismo tiempo, aunque de ello no se daban cuenta, eran impulsados
por el egoísmo de la comodidad.
Mecidos por la brisa.
La grave campana de la Catedral dió las once de la noche con tan calmosa
prosopopeya que parecía que allá, en lo alto, sobre un púlpito de piedra de
cincuenta metros, un panzudo canónigo de bronca voz comenzaba a predicar su
sermón.
María se incorporó cuidadosamente en su lecho; oyó cómo por espacio de
algunos minutos se iban pasando la hora todos los grandes relojes de la ciudad,
poblando con fuertes campanadas el desierto y obscuro espacio, y cuando se
restableció en el dormitorio aquel silencio, únicamente turbado por las
tranquilas y acompasadas respiraciones de las compañeras que dormían, la
colegiala entreabrió las cortinas de su cama y se deslizó sin hacer ruido.
Habíase metido su falda antes de bajar del lecho y el cuerpo lo llevaba
encerrado en una chambra que dejaba al descubierto el nacimiento de su cuello
virginal, que comenzaba a dibujarse con la seductora y voluptuosa curva de la
mujer hermosa.
Cogió sus botas, que estaban al pie de la cama, y agachada en actitud
expectante permaneció algunos minutos para convencerse de que nadie iba a
apercibirse de su salida.
Nada; la calma más absoluta reinaba en toda la pieza. La velada luz que
la alumbraba en sus continuas palpitaciones hacía bailotear un sin fin de
sombras sobre las colgaduras de los alineados
lechos y en aquella pared de enfrente, desnuda y blanqueada, rota a trechos por
la línea de cerradas ventanas, entre las cuales estaban los lavabos de las
colegialas con sus toallas, limpias y rígidas por el planchado, que vistas en
la movediza penumbra parecían mortajas de virgen, colgadas como ex votos.
Del interior de aquellos lechos, circuídos de blancas cortinas rosadas
por la luz, salían las acompasadas respiraciones del sueño. Nadie la vería
marchar. Sólo tres camas la separaban de la puerta de salida, y en la última
dormía la hermana inspectora, encargada de la vigilancia de la pieza.
Lo más importante era pasar ante su lecho sin que se apercibiera la
vieja religiosa, que por cierto era enemiga feroz de María, por lo mucho que
ésta la había molestado en otro tiempo con sus travesuras.
Apenas avanzó algunos pasos con la silenciosa cautela de un gato en
acecho, la joven se tranquilizó oyendo un sordo y estridente ronquido que
recorría toda la escala del fagot. En aquel dormitorio de lindas y espirituales
señoritas sólo la hermana Circuncisión podía roncar así.
Dormía...; pues ¡adelante! Y María, con los pies descalzos y las botas
en la mano, salió ligeramente de la habitación, hundiéndose en la densa sombra
del vecino corredor.
Conocía palmo a palmo todas las revueltas del edificio, así es que,
aunque cautelosamente y evitando hacer ruido, avanzaba con gran seguridad.
Varias veces se detuvo asustada al escuchar esos pequeños ruidos propios
de la noche y que el silencio agranda considerablemente. El débil crujido de
una madera, el chasquido de un granito de polvo bajo el peso de sus pies
desnudos y el lejano rumor que producía la respiración de tantos seres
encerrados en aquel edificio y entregados al sueño, asustábanla, hacían afluir
apresuradamente toda su sangre al corazón y la obligaban a permanecer inmóvil,
alarmada y temblorosa durante mucho tiempo.
Nunca había recorrido ella de noche aquel edificio, teatro de sus
diabluras, y la novedad de la correría, la obscuridad absoluta y el misterioso
silencio, la impresionaban hasta el punto de mostrarse algo arrepentida de su
temeridad al arreglar la cita.
Avanzaba lentamente, a tientas, extendiendo sus manos para no tropezar,
y la pícara imaginación se divertía con ella, agrandando las más horribles
visiones, conforme María sentía decaer su valor.
La memoria le jugó una mala partida, recordando la horrible calavera que Juanito tenía sobre sus libros y que a
ella tanto horror le había causado.
Parecíale que en el denso velo que ante sus ojos se extendía iba
marcándose como una mancha blancuzca que al momento tomaba el contorno del
cráneo horrible, y hasta creía distinguir la mirada indefinible de sus vacías
cuencas y la sonrisa espeluznante de las desdentadas mandíbulas.
Toda la virilidad de carácter que demostraba en pleno día cuando se
hallaba rodeada por sus compañeras, aquel arrojo que la hacía ir a trompis con
todas como si fuese un muchacho, había desaparecido en tal situación y su
imaginación, excitada por la sombra y el misterio, apoderábase cada vez más de
ella y la arrastraba por donde quería, como un caballo desbocado que no siente
ya el freno y desprecia al jinete.
Ahora avanzaba las manos con temor, pues le parecía que de un momento a
otro sus dedos iban a tropezar con la superficie pelada y brillante del
horroroso cráneo.
El miedo la hacía temblar; teniendo sus desnudos pies sobre el frío
suelo, su frente era surcada por gotas de sudor, y al tropezar con una escoba
que había dejado olvidada en la escalera de la azotea, le faltó muy poco para
huir despavorida con dirección a su dormitorio pidiendo socorro; pero, por
fortuna para ella, pudo dominarse y llegó a la puerta del tejado, poniendo sus
manos en el gran cerrojo.
Aquella tarde había tomado ella sus precauciones para que el cerrojo
corriese sin ninguna dificultad ni delatores chirridos, y así ocurrió,
felizmente.
Al encontrarse María en el centro de la azotea, aquel lugar que tan
familiar y querido le era, un suspiro de satisfacción ensanchó su oprimido
pecho.
Por fin ya estaba a gusto, como en su propia casa; ya no sólo
experimentaba esta tranquilidad, sino que había recobrado su valor, y ahora le
parecía una soberana ridiculez el miedo experimentado momentos antes.
La noche era obscura; el cielo, aunque despejado, tenía un triste azul
negruzco que no lograban aclarar los luminosos parpadeos de las vigilantes
estrellas; pero María, habituada a la densa sombra de abajo, encontraba
excesiva luz y veía claramente cuanto la rodeaba.
Allí estaban sus queridas plantas; aquel tupido follaje que le servía de
dosel en las horas de sol, y hasta distinguía las blancas y gentiles
campanillas que se desperezaban entre las hojas y
reanimadas por el fresco de la noche abrían sus boquitas de fino raso
enviándola su aliento de perfumes.
La luz de las estrellas sólo sacaba muy débilmente de la obscuridad los
contornos de aquel paisaje conocido, y María, por la fuerza de la costumbre,
lanzó una hojeada al horizonte en el que apenas si se marcaba el perfil de los
edificios y las arboledas.
Buscó tras los tiestos de flores el bramante y la pequeña cesta que le
servía para subir los regalos de Juanito, y una vez que los encontró, con el
corazón palpitante de emoción, subióse a su observatorio.
Por fin iba a saber lo que era el amor de cerca; iba a ser igual a una
de aquellas señoritas pintadas en los abanicos que, apoyadas en una almena,
reciben con los brazos abiertos al mancebo que sube por la consabida escala de
seda.
Apenas se asomó al borde del muro vió rebullirse a una sombra en la
obscuridad de abajo.
—¿Estás ahí, Juanito?
—Sí, vida mía. Echame el cestillo y subirás la cuerda.
María arrojó el bramante y poco después lo recogía, llevando agarrada a
su extremo una cuerda gruesa con un garfio de hierro.
Ya tenía la niña la cuerda en la mano y se disponía a agarrar el garfio
de una columnilla de hierro, cuando se detuvo para hacer otra cosa. Sus pies
descalzos se lastimaban sobre aquellos ásperos tiestos.
Un ligero siseo la hizo asomar de nuevo la cabeza.
—¿Pero qué haces? ¿Es que no encuentras dónde fijar la cuerda?
—Espérate; no seas impaciente, que ahora mismo subirás. Me estoy
poniendo las botinas.
Poco después, el muchacho tiraba del extremo de la cuerda al oír: “Ya
está”, y encontrándola firme comenzó a ascender por ella con ágil rapidez.
Para él resultaba un juego aquella ascensión, y con unas cuantas
contracciones llegó a la azotea, dentro de la cual saltó con sobrada
brusquedad.
—¡Chits!..., ¡demonio! No andes de ese modo, que el dormitorio está
abajo y nos pueden oír.
Juanito quedó inmóvil y como embobado ante esta repulsa de su mujercita.
María experimentaba cierta decepción. Ella esperaba otra cosa como
principio de la entrevista. Los trovadores como aquél, al
subir hasta donde estaba su dama, debían arrodillarse y besarle la mano, o
cuando no, algo parecido que ella no sabía explicarse, y aquel gran pazguato,
en vez de hacer esto entraba en la azotea como un salvaje, moviendo gran ruido
con su pesado salto y exponiéndose a que las monjas se apercibieran de que
alguien andaba pon el tejado.
Era la primera vez que el muchacho entraba en la azotea, de la cual sólo
veía desde abajo el follaje; así es que lanzó una mirada de curiosidad a su
alrededor y cuyo significado comprendió María.
—Eh, ¿qué te parece? Es bonito esto, ¿no es verdad? Mira qué plantas tan
hermosas, que campanillas tan perfumadas.
Y la colegialita, con el aire de una persona mayor que hace los honores
de la casa y llevando agarrado a su novio de un brazo, fué enseñándole todas
las preciosidades de la azotea: las guirnaldas de verduras, que como serpientes
de hojas subían enroscándose a las columnas de hierro, y los grupos de flores
que se erguían sobre las filas de escalonados tiestos.
Juanito encontraba aquello muy hermoso, pero pronto dejó de mirar las
flores para fijar sus ojos en su novia, de la cual se veía cerca por primera
vez.
Hubiese querido el joven hacer salir el sol en plena noche, un sol que
sólo alumbrase aquel rincón de la azotea, para ver de cerca a María y
contemplar su cabecita vivaracha, que tanto le impresionaba los otros días
asomándose al borde de la tapia. Sus ojos se acercaban a ella haciendo
esfuerzos por atravesar la semiobscuridad que los rodeaba y se entregaba a un
dulce éxtasis, contemplando aquellas facciones que vagamente marcaban sus
hermosos perfiles en la sombra y la mirada brillante con una luz que a él le
parecía superior al latido de las estrellas que parpadeaban sobre sus cabezas.
No supieron ellos cómo fué aquello, pero de pronto se encontraron
sentados en una fila de tiestos, sin compasión a las flores que aplastaban, y
mirándose fijamente, mientras sus cerebros parecían sumidos en lánguido sopor.
Un lúgubre campaneo fué lo que les sacó de aquella contemplación tan
estúpida como dulce. Sonaban las doce; ya había transcurrido una hora,
¡Demonio! ¡Y cómo pasaba el tiempo!
Los dos novios permanecían inmóviles, como absorbiéndose el alma con sus
miradas, y sólo de vez en cuando cruzaban algunas palabras vagas, incoherentes
como las frases de un sueño o las exclamaciones de un ebrio.
En verdad que para aquello no valía la pena de haberse desollado las manos subiendo por una cuerda y exponiéndose a
caer; esto podía pensarlo un espíritu escéptico, pero aquellas dos almas puras
e inocentes de niños grandes gozaban una felicidad sin límites, dejando
transcurrir el tiempo inmóviles, juntitos, con marcada inconsciencia de sus
actos y embriagándose en ese ambiente seductor y fantástico que siempre nos
parece percibir en torno de la persona amada.
Ni la más leve sombra de impureza venía a turbar el pensamiento de los
dos jóvenes, que se sentían satisfechos, dichosos y como ahitos de felicidad,
con sólo hablarse de cerca, al oído, sintiendo el contacto de sus ropas y
confundiendo sus alientos.
María recordaba, con la vaguedad de un sueño, un atrevimiento único de
su amante. Al sentarse en aquellos tiestos había sentido en sus labios el
contacto de los de Juanito que la daban un beso; pero aquel beso era de
castidad apasionada, beso desmayado de felicidad, sin el chasquido ruidoso de
la caricia voluptuosa ni el fuego de la voracidad apasionada, y que iba
dirigido más al alma que a la carne. Era aquel beso del tímido muchacho como
una toma de posesión de su amada, a la que por primera vez tenía al alcance de
sus labios; pero con él no buscaba apoderarse de la carne, ciego instrumento de
pasión; no pretendía despertar a la sensualidad dormida, sino que se hacía
dueño de la seductora mirada, de la dulce y graciosa sonrisa, de la boca que le
enloquecía con sus palabras de amor, de todo cuanto tenía María de espiritual y
etéreo.
Y no era que en los dos jóvenes no existiesen esas violentas pasiones,
esos irresistibles impulsos que obscurecen el cerebro, anulan toda percepción y
convierten al ser humano en bestia insaciable de los lúbricos estremecimientos
de la carne que hacen vibrar la red nerviosa como las cuerdas de un arpa
eólica.
En ellos el sexo se había revelado hacía poco tiempo, pero se
encontraban como el que despierta atolondrado de un profundo sueño, y aunque ve
perfectamente las cosas que le rodean, no comprende para lo que sirven ni se da
cuenta exacta de su importancia.
Tal vez al repetirse tales entrevistas en la sombra y en aquel ambiente
silencioso y perfumado que excitaba los nervios, el demonio de la lubricidad,
soplando sobre los muchachos su aliento de carnales deseos, empañara la
tranquila inocencia, la dulce castidad de aquella primera cita; pero en aquella
noche, la novedad de verse tan de cerca, la dulce timidez que aun les
embargaba, cierto miedo que les causaba su audacia
de verse allí, impedíales caer en los malos pensamientos.
Eran dos niños que juegan a maridito y mujer; aún no habían llegado a
convertirse en novios apasionados y anhelantes que no sacian nunca su sed de
amor y que de beso en beso van recorriendo toda la escala de sucesivos
atrevimientos e involuntarias concesiones, hasta caer de lleno en la impureza.
Aun su inocencia estaba incólume; la novedad de la entrevista era en
aquella noche el mejor guardián de su castidad.
El se consideraba ya satisfecho sólo con tenerla cerca, apoyada en un
hombro, aspirando su aliento, sintiendo el roce de un pico de su falda sobre la
rodilla y acariciando su dedo meñique cuando no pasaba su mano por su
ensortijada cabellera. Hubo un momento en el que el muchacho, oyendo el
rumorcillo que producía una flor caída, al ser volteada por la brisa sobre el
suelo, bajó su mano sin darse cuenta de adónde la dirigía, y tropezó con una
cosa satinada, dura como el vigor muscular y con ligero espeluznamiento
producido por el contacto. Era la pantorrilla de su novia, que la desordenada
falda dejaba algo al descubierto; las medias habían quedado abajo en el
dormitorio y sus desnudos pies hundíanse en las botas, que no había tenido
tiempo de abrochar.
Juanito, estremeciéndose como el creyente que contra su voluntad va a
cometer un sacrilegio, retiró en seguida la mano, y por algunos minutos
permaneció avergonzado, pensando con terror en la posibilidad de que María
tuviese aquel acto por intencionado.
En cuanto a ella estaba como anonadada por la vaga felicidad que sentía.
Su carácter malicioso, burlón y algo dominante se había evaporado al tibio
contacto de aquel muchacho que la contemplaba con el mismo aire de embobada y
fanática adoración con que un rústico mira al patrono de su lugar.
El ambiente masculino del joven la embriagaba, turbando su cerebro y
desvaneciendo su virilidad de carácter. Apoyábase con abandono en el hombro de
Juanito, y en su inmovilidad desmayada, en su rostro animado por una soñolienta
dulzura, leíase la resolución de entregarse sin resistencia, de dejarse
arrastrar por donde ordenase la voluntad del hombre amado. La embriaguez de
amor no había dejado en ella el más leve resto de firmeza; en manos de otro
hombre, aquella noche lo hubiera sido de deshonor para María.
De vez en cuando estremecíase como si despertase, y lanzaba extrañas
miradas a su novio, tan embriagado como ella por el dulce
contacto. Notábase algo de alarma y de ansiedad que desaparecía ante la actitud
tranquila de Juanito. ¿Adivinaba algo de lo que podía suceder así que se
desvaneciera la novedad de la primera entrevista? ¿Es que, a pesar de todas las
precauciones de las monjas, sabía ella lo que el hombre significaba y presentía
la natural y última tendencia del amor? Seguramente ella sabía lo que sus
compañeras, las colegialas mayores; algo que se susurra misteriosamente al
oído, algo que se colige de palabras sueltas sorprendidas al vuelo, en las
visitas o en la calle; pero imposible determinar hasta qué punto llegaba su
conocimiento del misterio del amor, pues toda mujer, aun la más desgraciada a
quien el vicio lleva hasta el último límite de la degradación, guarda como un
recuerdo sagrado e inviolable el concepto que en su pubertad tenía del hombre y
cómo se imaginaba la vivificante confusión de los sexos. Tal vez callan las
mujeres y guardan tal fondo, como avergonzadas de que su imaginación de púber
concibiera esas cosas bajo formas ideales y divinas que después han destruído
las sucias brutalidades de la realidad.
Cuando los dos novios salían de su mutua contemplación era para
estrecharse con mayor fuerza y dirigirse una de esas frases vulgares hasta la
imbecilidad, que son de ritual en toda conversación amorosa, frase que ya los
amantes prehistóricos debieron decirlas en las primeras épocas del mundo, allá
en el fondo de horribles cavernas, pero que, sin embargo, suenan como música
original y armoniosa cuando salen de unos labios que no pueden mirarse sin
besarlos.
—¿Me quieres?
—Con toda mi alma.
Y los relojes de la ciudad, como envidiosos de tanta dicha, parecían
acelerar exageradamente el movimiento de sus ruedas para triturar entre ellas
más rápidamente el tiempo.
¡La una!... ¡La una y media!...
Los dos novios, a pesar de su embriaguez de amor, experimentaban gran
extrañeza al oír las campanas de los relojes. ¿Pero es que estaban locos? ¿O es
que la noche, ebria como ellos por los punzantes perfumes de la primavera,
corría desbocada, furiosa, como una bacante en delirio?
Reservábales aquella noche fugitiva un espectáculo sublime, que venía a
ser como una escena de apoteosis para su amor.
—Mira, Marujita mía; mira allá abajo... ¡Qué hermoso!
En el horizonte, sobre el límite del mar, marcábase una nubecilla de luz
tenue, una mancha de color lechoso que iba agrandándose rápidamente,
tomando reflejos rosados hasta convertirse en roja claridad de incendio.
Algo asomaba entre aquellas nubes de fuego que parecían reflejar un
subterráneo incendio.
Primero fué como una cúpula fantástica de hierro candente, como una
media naranja de vivo fuego que parecía flotar sobre el mar, invadiendo las
aguas con fosforescentes resplandores, y poco a poco, como si el horizonte
sufriera un parto laborioso, fué saliendo toda la esfera deslumbrante de la
luna, que comenzó a remontarse lentamente como “la hostia santa” a que la
compara Núñez de Arce.
Como si el azulado éter que surcaba la limpiase de las sangres e
impurezas que habían cubierto al astro al salir del vientre del infinito, la
luna, conforme ascendía, iba perdiendo su rojizo color y recobraba su poética
palidez, esa blancura deslumbrante y luminosa que acaricia los ojos como una
sonrisa de amor.
Todo se conmovía; todo cambió de color y forma con la aparición del
astro, eterna musa de los poetas soñadores. El espacio fué invadido por un
polvillo luminoso, ante el cual parecía palidecer el brillo de las titilantes
estrellas; la silenciosa vega, antes hundida en el misterio de la obscuridad,
cobró nueva vida, surgiendo sus mil contornos de la sombra y animándose con el
fantástico vigor del dormido esqueleto que resalta de la tumba para dar
cabriolas en la danza macabra; brillaron como hojas de espada perdidas en la
hierba las acequias y remansos de las dilatadas llanuras; las lejanas montañas
parecieron sacudir sus vetustas cabezas y erguirlas en aquel espacio que
acababa de alumbrarse, y el mar reflejó con incesante centelleo la lechosa
claridad del melancólico astro, como un inmenso mostrador de joyería sobre el
cual se hubieran arrojado las joyas a puñados, o como si en sus aguas nadase
una numerosa banda de peces de plata, que, rebullentes e inquietos, marchaban
formando un triángulo, cuyo vértice estaba en el límite del horizonte y cuya
interminable base venía a morir en el límite de la playa, donde las ligeras
ondas se desplomaban desmayadas.
Todo parecía animarse a la tibia mirada de la luna. Las charcas del
vecino río, que por la mañana eran deshonradas con los picantes espumarajos del
jabón de las lavanderas, vestíanse ahora de deslumbrante plata; brillaban las
hojas de los árboles, sacudiendo a impulsos de la brisa el sucio polvo que
obscurecía su fino barniz, y el vientecillo de la noche parecía hacerse más
fresco y susurrador desde que por entre él flotaba aquella gigantesca vejiga de luz, escoltada por tenues nubecillas que a
su fulgor irisado tomaban todos los resplandores del nácar.
—¡Qué bonito!... ¡Pero qué bonito es esto!
Y los dos jóvenes, admirando aquella nueva decoración de la vasta escena
de la Naturaleza, se acercaban cada vez más, se oprimían para comunicarse
mutuamente el calor y defenderse de la brisa, que era agradable pero con cierta
picante frialdad.
Ahora sí que se hallaban bien. Gustábales más el espacio alumbrado por
la luna que la misteriosa obscuridad de antes; ya no tenían rubores ni
timideces que ocultar en la sombra, y a aquella luz vaga y misteriosa, luz
fabricada de encargo por la Naturaleza para las inocentes entrevistas de amor,
los dos jóvenes podían contemplarse a su gusto y mirarse fijamente en los ojos
para sentir estremecimientos de pasión indefinible.
Aquella tibia claridad que bruscamente lo había invadido todo aunque
acrecentaba el encanto de la entrevista, había reanimado sus lánguidos nervios
disipando la absorbente embriaguez.
Ahora hablaban más, aunque sin dejar por esto de mirarse y de permanecer
estrechamente agarrados por la cintura.
Su conversación se basaba sobre ilusiones, resultaba inocente, pueril;
pero sus balbuceantes palabras tenían el poder de abrir nuevos horizontes a las
imaginaciones excitadas por el amor.
Cuando fueran mayores y casaditos de verdad, harían esto y aquello; y
aquí enjaretaban todos sus deseos inocentes, todas sus aspiraciones, propias de
almas puras, que hubiesen hecho lanzar a un escéptico una carcajada digna de
Mefistófeles.
Los dos arreglaban su porvenir de un modo hermoso; y con ese egoísmo
propio de los enamorados, no vacilaban en desearle la muerte a medio género
humano con tal de arreglar su felicidad. Ya vería Juanito cómo los dos serían
muy dichosos. El llegaría dentro de pocos años a ser en Madrid un médico
famoso; moriría su tío, legándole la clientela y la celebridad, y entonces se
casarían y vivirían juntitos con la mamá, aquella pobre señora ciega a la que
amaba la colegiala sin conocerla. En cuanto a su tía la baronesa, también se
moriría, como el doctor Zarzoso, y de este modo, in mente, los dos muchachos
iban matando a todos los seres importunos que con su presencia podían turbar su
dicha.
Y mientras se entregaban a esta destructora tarea, los relojes iban que
volaban, hasta el punto de que a los dos les parecía que entre las horas y los
cuartos sólo mediaba un silencio de algunos segundos. El tiempo es enemigo del
hombre y se goza en contrariar sus deseos; pasa
veloz, como una bocanada de aire, en la primera cita de amor, y transcurre con
la desesperante lentitud de la tortuga, en los momentos de cruel pesar, de
dolorosa incertidumbre.
Los dos jóvenes ya no atendían a los relojes. Se hallaban allí muy bien,
y mientras fuese de noche no tenían prisa. Las otras entrevistas serían más
breves, pero en ésta, en la primera, había que apurar la novedad, el placer de
verse de cerca, de hablarse con las bocas casi pegadas, de estremecerse con
rápidos contactos hasta que el alma, ahita de efluvios amorosos, gritase:
¡basta!
No sabían ellos que este instante de fastidio nunca llegaría en aquella
noche.
Sus palabras eran cada vez más lentas, más vagorosas; parecían nacidas
de un sonambulismo amoroso, y en su tono débil adivinábase que no tardarían en
extinguirse. Los nervios, puestos en excitante tensión durante muchas horas,
languidecían ahora buscando el descanso.
María, sin notarlo, fué reclinando la cabeza sobre el hombro de su
novio; su voz se fué extinguiendo lentamente y al fin su respiración, queda y
regular, indicó que acababa de dormirse.
Juanito seguía dominado por aquella dulce embriaguez que le producía el
perfume de la joven. Su brazo, arrollado al hermoso busto de María, percibía la
vibración de su pecho al respirar y hasta el débil tictac de su corazón que se
agitaba como un pajarillo en la jaula.
¡Cuán bella la encontraba entregándose confiadamente a él, durmiendo
sobre su hombro con el abandono de un niño en el regazo de su madre!
—¡Oh, Marujita! ¡Vida mía!... Te amo.
Y conmovido por la pasión inclinó su rostro sobre la cabeza de María,
hundiendo su nariz en aquellos ensortijados cabellos que tanto le gustaba
acariciar.
Apretándola cada vez más entre sus brazos, dulcemente acariciado por el
tibio calor de su cuerpo, sintiendo en su nuca el frío beso de la brisa y
mareado por el perfume de aquella cabellera, el muchacho sintió cómo su cuerpo
era invadido por una creciente languidez.
Iba a dormirse y ni por un instante se le ocurrió que era peligroso
permanecer en aquel sitio. El punzante olor de las campanillas que impregnaba
el suave ambiente, parecía anonadarle empujándolo al sueño.
No supo él darse cuenta exacta de si levantó la cabeza; pero así como en sueños, le pareció ver que la luna
palidecía, que allá en el horizonte se extendía una ancha faja de blanquecina
claridad, que el espacio comenzaba a impregnarse de una luz azulada, y hasta en
sus oídos, como ecos lejanos, sonaron el rumor de los carros al ir al mercado,
las canciones de los huertanos y las sonoras campanadas del toque del alba.
Era el hermoso momento en que Romeo y Julieta, en el famoso drama,
discuten sobre el canto de la alondra y el ruiseñor.
Era la alondra; era la mañana.
Sintió frío, mucho frío; le pareció que la brisa del amanecer le mordía
con sus helados besos: y como si fuera víctima de imantada atracción, volvió a
pegar su rostro a la cabellera de María y el sueño se apoderó de él por
completo.
Una carta.
Jesús María y José.
Señora baronesa: Con el corazón profundamente apenado tomo la pluma para
escribir a usted. Bien quisiera evitarla este disgusto, pero mis ideas
religiosas y mis deberes como directora de este colegio me obligan a dar un
paso del que me conduelo, más que todo, considerando el dolor que causarán mis
palabras en una persona tan respetable y querida como usted lo es para mí.
Ya conoce usted las travesuras de María, que tanto han alborotado este
colegio, con gran disgusto mío y de las demás hermanas que prestan sus
servicios en este establecimiento. Teníamos a la niña por traviesa e
incorregible, como dominada por el espíritu diabólico que nunca deja en paz a
ciertas almas; pero jamás creíamos que en su afán de escándalo llegase tan
adelante.
Esta mañana...—¡oh, dulce Corazón de Jesús!, me aterro al intentar
escribir lo sucedido—. Hace muy pocas horas, las hermanas encargadas de la
limpieza del establecimiento han encontrado a su señora sobrina en la azotea
del colegio, ¡oh, Dios! ¿me atreveré a decirlo?... durmiendo con las ropas en
desorden y estrechamente abrazada a un hombre desconocido que dormía también
sobre su seno.
Señora, desde aquí veo la dolorosa sorpresa que causará en
usted esta revelación, y creo oír los mismos sollozos que arrancará a su pecho
la perversa conducta de su sobrina.
Figúrese usted lo que habrá sucedido en esa azotea, en la obscuridad,
tratándose de una niña que no manifiesta el más leve temor a Dios y de un
hombre desconocido.
La hermana que hizo el descubrimiento bajó a darme cuenta del terrible
suceso inmediatamente, y cuando yo subí, encontré a María sola. El seductor
había huído; pero por una cuerda encontrada en la azotea y por otros indicios,
he venido en conocimiento de que el tal sujeto es un estudiantillo que vive al
lado del colegio.
No pienso intentar por mi parte nada contra ese muchacho. Hacer
intervenir en el asunto a la autoridad sería dar un escándalo que redundaría en
desprestigio de este santo establecimiento. Lo tengo bien pensado y no
intentaré nada contra ese pecador que, inspirado por el demonio, ha violado el
sagrado de esta casa.
Señora baronesa, bien sabe usted el respetuoso afecto que le profeso. La
admiro y reverencio por los grandes servicios que presta a la buena causa de
Dios; conozco el justo aprecio en que la tienen los buenos padres de la
Compañía, y aunque poco valgo a los ojos del Señor, tengo siempre especial
cuidado en encomendarla al Altísimo en mis oraciones.
Por esto siento más aún el paso que me veo obligada a dar. Señora
baronesa, aunque con gran dolor de mi alma, le pido que saque cuanto antes a su
sobrina de esta santa casa. Por el honor de su noble familia y por el prestigio
del colegio, he procurado rodear el asunto del más absoluto secreto; pero si la
niña permanece aquí, la más leve indiscreción puede hacer que renazca la
verdad, y entonces el escándalo haría que ninguna madre quisiera enviar sus
hijas a una casa en la cual una educanda ha cometido tales horrores.
Ruégole, pues, en nombre del dulce Jesús y de su Santísima Madre, a los
que usted tanto ama, que apenas reciba la presente me comunique sus órdenes
para la salida de María de esta santa casa.
Si usted no puede venir, la niña será entregada a la persona que usted
designe.
Señora baronesa, repito a usted mi sentimiento por tener que comunicarle
tan fatales noticias, e inútil es que le manifieste una vez más que me tiene
siempre a sus pies, como admiradora, sierva y humilde hermana en Cristo.
Sor Luisa de Loreto
Directora del Colegio de Nuestra Señora
de la Saletta.
OCTAVA PARTE
JUVENTUD A LA SOMBRA DE LA VEJEZ
La viuda de López.
A las ocho de la mañana estaba ya vestida, encorsetada y tomando su
chocolate, junto al velo y los negros guantes colocados sobre la mesa del
comedor, indicando una próxima partida, la señora doña Esperanza Mora, “viuda
de López, ministro del Tribunal de Cuentas”, según rezaban sus tarjetas de
visita, de las cuales raro era no encontrar un ejemplar en todas las antesalas
de la aristocracia rancia y linajuda, aferrada al pasado y refractaria a todas
las locuras de la elegancia moderna.
Era doña Esperanza una buena moza, a pesar de hallarse próxima a los
cincuenta, y aunque, según confesión propia, se había dejado caer y no
observaba con su persona otro cuidado que el de apretarse el talle, sin duda
para que resaltase más la curva de su prominente seno, todavía sus hermosos
cabellos rubios, en los que las canas se disimulaban, sus ojos lánguidos que la
edad no empañaba, y su perfil arrogante, le daban cierto aire bizarro de diosa
destronada que en sus ratos de melancolía aún podía paladear muy dulces
recuerdos.
Mientras tomaba el chocolate, ajustaba cuentas con la criada,
que acababa de llegar del mercado, y daba sus disposiciones como dueña de casa
hacendosa y económica. Vendría a comer a las seis; ya sabía, pues, a qué hora
debía poner el puchero al fuego. ¡Ah! Se le olvidaba advertirla que tuviese más
cuidado al limpiar el salón. Acababa de notar que la urna de San Ignacio estaba
muy sucia de moscas y esto era una vergüenza en casa de una señora como ella,
que en la época en que vivía su marido gozaba justa fama por su curiosidad.
¡La curiosidad! Esta era la eterna manía de doña Esperanza, la palabra
que pendía eternamente de sus labios, y a pesar de esto, su casa era la imagen
del desorden a causa de que era para ella como un mesón, como un punto de
parada, en el que sólo se la podía encontrar a las horas de dormir, pues aun en
las de comer muchas veces estaba ausente, ya que nunca rehusaba las
invitaciones de sus amigas y protectoras, en cuyas mesas aparecía algo mejor
que el clásico y empalagoso puchero.
La vida que llevaba desde que enviudó, sus aficiones predilectas, su
afán de servir a todas sus numerosas amigas, y su prestigio como hábil agente
en todas cuantas obras de carácter religioso emprendía la aristocracia de
Madrid, le absorbían todo su tiempo y convertían su existencia en un perpetuo
movimiento, del que ella jamás se fatigaba; antes bien, mostrábase muy gustosa
y satisfecha de ser como la indispensable para todas aquellas encopetadas
señoras.
Desde la mañana hasta la noche estaba agobiada por ocupaciones tan
insignificantes como precisas, y resultaba en Madrid un tipo muy conocido, pues
se la veía en las calles a todas horas, con su velo de viuda y sus andares de
buena moza; tan pronto en un coche de punto atestado de compras que le
encargaban sus amigas, como en las sacristías, hablando confidencialmente con
los sacerdotes más conocidos, y con la misma familiaridad entraba en un
establecimiento de ropas a hacer compras de lienzo barato en representación de
cualquiera de las Sociedades benéficas de que era secretaria, como en una
agencia de domésticas para encargar una doncella de confianza con destino a
alguna de sus aristocráticas amigas.
Ninguna de éstas había oído jamás a la viuda de López la palabra “no”, y
la elogiaban y querían por lo mismo que las resultaba como una sirvienta, bien
educada, inteligente y cariñosa, que estaba por completo a sus órdenes. No había comisión, por molesta que fuese, que no
aceptase ni gestión humillante que se negara a desempeñar, con tal que se le
pidiera sonriendo y como haciendo justicia a sus merecimientos.
De este modo la viuda, que de ser hombre hubiese resultado un “réporter”
inimitable, pues tenía el afán de la noticia y del chisme para divulgarlos
inmediatamente esparciéndolos a todos los vientos, iba adquiriendo gran
importancia en la alta sociedad devota, y no perdía con esto nada; pues a lo
que le daba el Estado en concepto de viudedad, podía añadir las migajas que le
arrojaba la amistad benévola protectora, que no eran pocas.
Nadie recordaba cómo aquella mujer de la clase media, casada con un
político de última fila, que a fuerza de humillaciones en los despachos
ministeriales alcanzó la entrada en el Tribunal de Cuentas, había logrado
introducirse en el alto y privilegiado círculo de una aristocracia meticulosa
que no admitía a otros plebeyos que los que vestían sotana.
Tal vez fué la protección oculta de algún sacerdote poderoso, o el
afecto que supo captarse de los padres jesuítas, lo que le abrió el camino; o
también pudieron ser sus propios méritos, reconocidos por alguna persona
inteligente; pero lo cierto era que se encontraba entre la clase encopetada
como en su elemento natural y que por momentos iba aumentando en prestigio y
utilidades.
Aquella mañana tenía doña Esperanza muchas ocupaciones, según costumbre.
Acabó de tomarse el chocolate, su criadita le ayudó a ponerse el velo,
calzóse los guantes y fuése a la calle, pensando en escalonar sabiamente los
diversos quehaceres que tenía y cuidando de no olvidar ninguno.
Ante todo debía ir a San José a oír la misa de nueve, que decía
invariablemente el padre Bernardo, un sacerdote íntimo amigo suyo, que por su
pobreza y humildad le era muy simpático y al que ella protegía dándole todas
las misas en sufragio de almas que la encargaban sus amigas.
Después de santificar de este modo su día y rogar a Dios que le saliera
todo bien, iría desempeñando todas sus comisiones. Lo primero que había de
hacer era pasarse por la Librería Católica a ajustar cuentas.
Doña Esperanza era publicista, aunque publicista en pequeño, como ella
decía modestamente y procurando ruborizarse; lo que
no impedía que cuando alguna revistilla devota la dedicaba “un bombo”,
preguntase a sus amigas, con aire escandalizado, qué les parecía “aquello” y
que por la noche leyese el laudatorio suelto a su criadita para que así la
respetase más y se convenciera de que tenía el honor de servir a una persona
notable.
La viuda de López tenía una gran facilidad de asimilación. Sin darse
cuenta de ello, imitaba perfectamente todas las exterioridades de estilo de lo
último que acababa de leer, y además era notable por su facilidad de palabra y
su desparpajo, lo que la hacía pasar por indiscutible oradora en las Juntas
Benéficas de señoras, donde con ademán olímpico dejaba caer su voz sobre unas
cuantas docenas de cabezas rellenas de “crepé” por fuera y tal vez por dentro.
Doña Esperanza tenía su ambición, que consistía en brillar como una
eminencia sin rival en un género de literatura extravagante, fundado en un
simbolismo tan loco como ridículo, y que tenía por objeto la salvación de las
almas por medio de una predicación estrambótica.
Ella era la autora de unas hojitas tamañas como la mano, que se vendían
a gruesas en las librerías religiosas a las personas que deseaban propagar la
santa verdad, repartiendo tales esperpentos literarios. Algunas de aquellas
diminutas obras habían alcanzado gran fama en los conventos y asilos y se la
llamaba ya por antonomasia en los periódicos del gremio “la ilustre autora de
la ‘Receta para confitar almas’”, hojita notabilísima en la cual se marcaba el
medio de llegar al cielo con procedimientos de confitería.
Aquello de decir que se cogiera una calderita de “purísima conciencia”,
y si estaba empañada se le echase un poco de vinagre y sal de “propio
conocimiento”, y con un estropajito de “diligente examen” se limpiase con la
“gracia sacramental”, resultaba para las monjas y beatas que leían la colección
de “Hojas Místicas”, publicadas por doña Esperanza, sublimes rasgos de ingenio,
inspiraciones casi divinas para la salvación de los humanos; y la admiración
del crédulo público aún iba en aumento cuando leía el resto de la obra, o sea
todos los elementos que entraban en la célebre receta para confitar almas. En
ella figuraban, artísticamente combinados, el azúcar de la “confianza en la
bondad de Dios”; la “mansedumbre” que podía ser
comprada en abundancia en la droguería de “Vita Christi”; el agua de “doloroso
llanto”, las parrillas de “prudente disimulo”, el fuego del “amor de Dios”, la
ceniza de “verdadera humildad” para envolver las brasas, la cucharadita de
“virtuosos afectos”, la espumilla moteada de la “presunción”, el lienzo de
“rectísima intención”; las cuñitas de madera de “negación del propio juicio” y
de “negación de la propia voluntad”; y así, en espantoso galimatías, la autora
de la “Receta” iba amontonando imbecilidades, hasta que, al final, decía textualmente,
hablando del alma que quería someterse a las prescripciones de tal confitado:
“Todo esto hecho, póngase sobre la calderita una cobertera de oportuno
“silencio”, y déjese que vaya hirviendo al fuego de las “tribulaciones” de esta
presente vida, y que poco a poco se vaya apaciguando, dulcificando y
confitando, hasta que tenga un punto de perfección tal que agrade al Dueño que
la ha de comer.”
Y esta obra maestra de la inteligente viuda de López, habíale valido a
su autora, que modestamente se ocultaba tras el incógnito, los más apasionados
elogios de parte de la Prensa católica y de los padres jesuítas, y sus
ejemplares, comprados a miles por las damas benéficas, eran repartidos como
cédulas de salvación en las escuelas y colegios, y en las viviendas de los
pobres, a quienes se daban bonos de pan a cambio de cumplir escrupulosamente
las exterioridades del catolicismo.
Pero doña Esperanza no era un talento de esos que sólo por una vez
inflama la inspiración. La “Receta” no era su única obra maestra. Habíanle
rogado encarecidamente sus encopetadas amigas y los sabios padres jesuítas que
no dejase dormir la brillante pluma, destinada a hacer en las clases ignorantes
una propaganda salvadora, y ella había vuelto inmediatamente a la tarea,
animada por la sobrehumana fe de aquellos santos padres, a quienes el mismo
Espíritu Santo en persona les ordenaba que escribiesen.
Su segunda obra maestra fué, ¡quién lo pensara!, una tarifa de
ferrocarriles; sólo que esta tarifa no era de aplicación a ninguna de las vías
férreas de España. Su título era: “Ferrocarriles de Ultra-Tumba. Líneas del
Paraíso y del Infierno en combinación con las de la Muerte y del Juicio.
Indicaciones para los viajeros de ambas líneas”. Y a continuación, con una
seriedad sublime iba marcando los precios del
pasaje en las líneas del Paraíso y del Infierno, haciendo distinción entre
primera, segunda y tercera clase.
¡Oh! ¡Sublime! ¡Hermosísimo! Toda aquella tarifa, con sus numerosas
advertencias, tanto en una línea como en otra, resultaba muy ingeniosa y hacía
sonreír de gusto lo mismo a las monjas, que la leían en el fondo de sus celdas,
que a los sacristanes, que la comentaban, encontrándola muy chusca. Sólo un
ligero defecto tenía la obra: un pequeño descuido, que pasó inadvertido para la
inspirada autora, y que le hizo notar la inocente malicia de un acólito. El
precio del ferrocarril del Infierno, en primera clase, era la “impiedad”, y en
tercera, el “indiferentismo”; y, según afirmaba el inocente comentador,
convenía más ser impío que indiferente, pues de este modo, en el viaje al lugar
del eterno tormento, se iba en clase más distinguida y se gozaban mayores comodidades.
Pero las tales “Hojas Místicas”, a pesar de las sangrientas burlas con
que las acogían los periódicos avanzados, propagandistas de doctrinas
infernales, proporcionaron a su autora, si no grandes ganancias, a causa de lo
insignificante de su precio, inmensa consideración entre aquella gente ilustre
que la protegía, y el desempeño de ciertos cargos, en los cuales, según ella
decía, a la par que iba poniendo piedrecitas al camino que la conducía al
cielo, sacaba también para los garbanzos.
Únicamente por el prestigio que la daban sus obras, había conseguido ser
secretaria de casi todas aquellas Sociedades piadosas y benéficas, de las
cuales era presidenta perpetua la baronesa de Carrillo, y figurar como elemento
indispensable en las colectas y fiestas de beneficencia, cuyos productos, al
pasar por sus manos, siempre dejaban escurrir algún ochavo es su bolsillo.
¡Ay, si su pobre marido, aquel señor enfatuado y pedante que la miraba a
ella como un ser inferior, incapaz de comprenderle, levantase ahora la cabeza!
De seguro que quedaría asombrado al ver que su Esperanza servía para algo más
que para ir a los ministerios, como en su juventud, a alcanzar los ascensos del
marido con graciosas sonrisas y lánguidas miradas de promesa. Desde que era
viuda y podía agitarse libremente y por su cuenta, se sentía grande, ilustre y
en camino de llegar a inmensa altura. Bien era verdad que las amigas
aristocráticas la hacían pagar su protección con humillantes servicios y la
mandaban como a una criada bien vestida, sin
consideración a sus glorias de publicista; pero estaba en su carácter
entrometido y servicial aquello de hacer servicios siempre que se le pedían
como favores, y además le consolaba en esta degradación el pensar que los más
eminentes escritores del siglo de oro habían tenido a mucha honra el llamarse
en las dedicatorias de sus libros criados de tal o cual grande, que eran sus
Mecenas.
Además, su instinto servicial y su facilidad para adaptarse a todo, le
valía el agradecimiento pródigo de aquellas ilustres gentes criadas en la
abundancia; y ella, que, a pesar de su visible carácter generoso e ideal, era
en el fondo terriblemente avara, sabía explotar a sus amigas, y en su afán de
pedigüeña, cuando no sacaba dinero, les arrancaba con graciosas sonrisas los
vestidos pasados de moda, los abanicos ligeramente ajados y otras prendas de
más valor, que, después, como conocedora de esas industrias ocultas que,
alimentadas por el espíritu de imitación y de falsa opulencia, existen en el
seno de la sociedad, lograba revender hábilmente.
De este modo, según ella murmuraba, iba preparándose una vejez digna y
tranquila.
Todavía encontraban sus cabellos rubicanos y su perfil de diosa, ojos
que la mirasen con marcada codicia; aún la seguía alguno por las calles, como
en sus buenos tiempos, admirando aquel talle sólido y airoso, y aquellas
caderas movidas por antigua costumbre con airoso contoneo; era “una jamona que
estaba muy fresca”, según decían sus propias amigas; pero a pesar de estos
homenajes tributados a su belleza en decadencia, fuertemente excitante, y con
un esplendor sobradamente vivo, como los últimos rayos del sol que muere, doña
Esperanza se mostraba sorda a todos los requiebros y las proposiciones que al
paso le salían.
Su corazón era cruel para cuantos pantalones intentaban cerrarla la
marcha en los salones y en las calles. Sabía ella demasiado para comprometer su
porvenir y su prestigio con una tontería, como la más inexperta de las pollas.
Aborrecía los pantalones, y sin duda por esto sólo se mostraba alegre y
comunicativa con los amigos que tenía en el clero, y que eran casi todos los
sacerdotes de Madrid.
De ella eran estas palabras:
—¡Oh! ¡Los hombres! Hay que temer su lengua más que la de las mujeres.
Los triunfos de amor les amargan si no pueden publicarlos, y una mujer que se
estime, no puede ser amable sin temor a
comprometerse. Si tomaran ejemplo de los curas, que callan por propia
conveniencia, entonces yo sería más generosa.
Su esquivez inquebrantable con los pantalones, y de la cual no sabemos
si se libraban las sotanas, valíale el aprecio de todas sus protectoras, que la
tenían en elevado concepto de virtud. Esto hacía que la viuda, a pesar de sus
genialidades de publicista y de su carácter risueño y decidor, fuese recibida
con entera confianza aun en el seno de aquellas familias rancias y vetustas
como sus pergaminos, y que en su horror al siglo sólo abrían las puertas de sus
casas a contadísimas personas.
Doña Esperanza, al par que la agente de todos los negocios de dichas
familias, era la depositaria de todos sus secretos, la que daba el consejo
decisivo en las situaciones apuradas, y la que mejor se captaba el afecto de
las hijas de la casa (si es que las había), seduciéndolas con su graciosa
charla y halagando sus pasioncillas.
De aquí que tanta atención, tanto encargo, tan abrumadoras y continuas
muestras de confianza, la trajesen muy atareada, absorbiéndola todas las horas
del día sin dejarla un momento de descanso.
Aquella mañana no era su tarea más sencilla que en los otros días.
Después de oír misa en San José y de arreglarle las cuentas al librero
católico, se hundió de lleno en la confusa red de una interminable serie de
visitas y de correteos por las calles de Madrid, yendo muchas veces de un
extremo a otro de la capital para cumplir un pequeño encargo. Subía en los
tranvías con una ligereza extraña en sus años y en sus carnes; tomaba un coche
de punto cuando la carrera por lo larga bien merecía el gasto de una peseta, y
en cuantos vehículos ocupaba hacía siempre la misma operación. Del gran
limosnero de cuero negro que llevaba pendiente del puño, sacaba disimuladamente
algunas hojitas de papel impreso y las dejaba sobre los bancos del tranvía o
los raídos almohadones del “simón”. Eran ejemplares de “Ferrocarriles de
Ultra-Tumba”. Ella aprovechaba todas las ocasiones favorables para repartir su
obra, tanto por el afán de hacerla popular, como para lograr por tales medios
la salvación de las almas y el arrepentimiento de los pecadores.
Tenía ya completado su plan para aquella mañana. Cuando terminase sus
encargos, o sea allá a la una, iría a visitar a su
gran protectora la baronesa de Carrillo, en cuya casa entraba casi con tanta
franqueza como en la suya propia.
La eterna presidenta apreciaba mucho a la perpetua secretaria, que no
perdía ocasión de adularla del modo más rastrero. Doña Esperanza, a cambio de
esta humildad, tenía al palacio de la calle de Atocha como su casa propia, y
comía allí cuando le parecía, encontrando siempre abierta la bolsa de doña
Fernanda.
Junto a esta diosa de la beatería, que daba el tono a toda la
aristocracia piadosa, la viuda de López desempeñaba el papel de favorita, y no
acudía la baronesa a fiesta o reunión de cofradía sin que llevase al lado a su
inseparable doña Esperanza.
Ahora era más necesaria que nunca la presencia de la secretaria al lado
de la presidenta, que estaba desconsoladísima.
Dos días antes había recibido la baronesa la noticia de que su hermano,
el padre Ricardo, de la Compañía de Jesús, joven sacerdote que prometía ser la
honra de la familia, había muerto de un modo tan horrible como sublime.
¡Pobre padre Ricardo! El tierno corazón de doña Esperanza quedaba
oprimido, y las lágrimas asomaban a sus ojos, cuando recordaba lo mucho que en
aquellos días hablaban los periódicos sobre el triste fin del joven sacerdote,
víctima de sus santos deberes.
Desde que se había ordenado, sus superiores esforzáronse en reprimir y
contener aquella santa vocación que le impulsaba al martirio.
Pero no había para esto medios humanos. Dios le llamaba, sentíase con
vocación de santo y su afán era corresponder a la predilección del Altísimo,
haciendo en su honor el sacrificio de la vida.
¡Con qué entusiasmo relataban los periodistas católicos la vida de aquel
santo joven, que reproducía en pleno siglo XIX, siglo de descreimiento e
impiedad, la firmeza heroica de los primeros cristianos! ¿Y aún decían los
impíos que la Compañía de Jesús no servía para nada? ¿Aún negaban que de ella
podían salir héroes sublimes, los cuales, yendo a difundir la verdad y la
civilización por países apartados, alcanzasen la palma del martirio?
Todos los hechos del padre Ricardo Baselga eran repetidos por cuantos
periódicos católicos existían en la tierra, y los creyentes de todos los países
estaban ya tan enterados de su vida como la misma
baronesa. Triste era su muerte, pero ¡oh, qué honor para la familia! De aquella
fama, a figurar en los altares, sólo había un paso que la Compañía ya se
encargaría de salvar, por el egoísmo de añadir un nombre más a la lista de sus
santos.
De niño, en el colegio del Noviciado, había hecho milagros; después, en
un rasgo de sublime humildad, regaló su enorme fortuna a los pobres (aquí los
periódicos callaban que el único pobre que participó de tal largueza había sido
la Compañía), y, por fin, al ordenarse de sacerdote y faltando muchas veces por
su exagerado celo religioso a la obediencia prescrita en la Orden, pedía a sus
superiores, con lágrimas en los ojos, que lo enviasen, como al heroico Javier,
a los países infieles, a predicar la verdad evangélica entre los indígenas y a
ofrecer su sangre en prueba de la verdad de la doctrina. Por fin, los
superiores cedieron, y el padre Ricardo Baselga fué al Japón, a aquel país
terrible, donde otros misioneros, tan entusiastas como él, habían encontrado la
muerte.
Los apologistas del reciente mártir no decían que aquellos superiores,
al dar su bendición al joven catequista, sabían perfectamente que iba como una
res al degolladero; e igualmente callaban, tal vez por no saberlo, que esos
mismos superiores eran los que por medios torcidos e indirectos habían hecho
germinar en su inteligencia la idea de ser misionero, deseando convertir en un
mártir sublime a un fanático que para nada les servía y proponiéndose por este
medio aumentar el prestigio de la Sociedad de Jesús.
Desembarcó el joven padre en el Japón y a los dos meses escasos los
fanáticos del país lo hacían trizas con sus sables a las puertas del templo de
uno de sus más queridos ídolos. La santa audacia de aquel iluminado era la
principal causa de su muerte.
Los que cantaban las glorias del joven mártir, indignábanse y arrojaban
las más terribles maldiciones sobre aquellos diabólicos japoneses que tan
bárbaramente trataban a los enviados de Dios; pero al hablar así no pensaban
que no lo pasaría muy bien un brahaman indio que entrando en una aldeílla
vascongada derribase al suelo y patease el santo patrono del lugar. El
fanatismo es lógico en todas partes; y lo que harían los fanáticos españoles
con cualquier sacerdote de una religión extraña, que viniera a turbar su culto,
lo hicieron los fanáticos japoneses con el joven jesuíta que
entró en un santuario a insultar y golpear su ídolo, para demostrarles con el
ejemplo que aquel monigote carecía de todo poder sobrenatural.
Doña Fernanda estaba, inconsolable por la pérdida trágica del hermano,
que era el único ser de su familia al que había profesado verdadero cariño.
Sentía un vehemente y franco dolor; pero al mismo tiempo, por un extraño
fenómeno propio del humano carácter, a su pesar se asociaba, cierta
satisfacción íntima y profunda, por el prestigio que daba a la familia el haber
producido un mártir y futuro santo.
Pero a los ojos de la sociedad, doña Fernanda estaba inconsolable, y por
esto la viuda de López tenía verdadera prisa de llegar a casa de su presidenta,
para animarla un poco con aquella elocuencia sentimental que todos le
reconocían.
Además no tenía en el estómago otra cosa que el chocolate de la mañana e
iba pensando en que, llegando a la hora del almuerzo, no le faltaría un asiento
en aquella mesa bien servida, propia de una solterona vieja, a la que no le era
lícito entro placer que el de la gula.
El sobrino en la calle y el tío en la casa.
Cuando el carruaje de alquiler que conducía a doña Esperanza llegó a la
calle de Atocha, tuvo que detenerse antes de llegar a la puerta de casa de doña
Fernanda, pues una elegante berlina con ruedas amarillas la cerraba el paso.
La viuda, al bajar de su carruaje, vióse envuelta por un tropel de
estudiantes de Medicina que salían de las clases y subían calle arriba, con la
algazara propia del que se ha librado, por el resto del día, de una esclavitud
enojosa.
Aguantando miradas de insolente fijeza y oyendo con frialdad los floreos
que la dirigía aquella juventud bulliciosa que pasaba por su lado, doña
Esperanza ajustó su cuenta con el cochero y como propina le entregó algunos
papelillos de los que almacenaba su limosnero. El auriga quedóse cómicamente
sorprendido y con las hojas místicas en la mano, y al enterarse de lo que eran,
él, que esperaba por lo menos un real de propina,
correspondió al regalo, con unos cuantos juramentos que hicieron apresurar el
paso a la viuda de López. Buen modo de hacer propaganda.
Rompiendo con trabajo la contraria corriente de estudiantes, fué
avanzando doña Esperanza, y al llegar a la gran puerta de la casa de la
baronesa se detuvo para enlazar una mirada de curiosidad a la berlina detenida
a pocos pasos.
La conocía bien: era del doctor. Sin duda doña Fernanda había vuelto a
experimentar sus terribles ataques de nervios.
Entrábase ya la viuda por el portal cuando llamó su atención un joven,
parado en la acera de enfrente y que medio escondido tras el tronco de un
árbol, cambiaba señas con alguien que estaba en el interior de casa de la
baronesa.
Era un muchacho bien vestido que parecía ser estudiante, y llevaba en la
mano un grueso cuaderno de notas.
Doña Esperanza le miró fijamente, intentando en vano conocerle, y
después levantó sus ojos a la fachada para ver quién era la persona que
correspondía a las señas del estudiante.
No vió nada, pues todos los balcones tenían cerradas las vidrieras, y
sin duda la persona a quien dirigía el joven sus señas estaba medio oculta tras
algún cortinaje.
Subió doña Esperanza la ancha escalera de mármol; en la antecámara vió
pendiente del perchero la chistera del doctor, y entró en un gabinete, el mismo
donde la difunta Enriqueta había pasado la noche anterior al 22 de junio.
Estaba ya sentada en una otomana, esperando que volviese la doncella
encargada de noticiar su llegada a la baronesa, cuando se apercibió de que no
estaba sola en aquella habitación.
Vió moverse uno de los ricos cortinajes de la ventana y adivinó la
presencia de una persona que, oculta por aquéllos, miraba a la calle. A los
pocos momentos asomó una linda cabeza que exclamó con hermosa voz de soprano:
—¡Ah! ¿Es usted, doña Esperanza?
Y la sobrina de la baronesa, la pollita de la casa, como llamaba la
viuda a María Quirós, avanzó al centro del gabinete procurando ocultar su
turbación.
Doña Esperanza sonrió con la maternal benevolencia que tan simpática la
hacía a los ojos de todas las jóvenes cuyas casas frecuentaba.
Ya había aclarado el misterio y esto la llenaba de gozo, pues lo que más le placía era poseer secretos ajenos.
María tenía amoríos con un estudiante de la inmediata escuela de Medicina.
Esto, a primera vista, carecía de importancia; relaciones inocentes, galanteos
de balcón a la calle, homenajes, en fin, insubstanciales que desean todas las
jóvenes y que son muy pocas las que dejan de conseguirlos; pero tratándose de
una sobrina de doña Fernanda de Carrillo la cosa variaba de aspecto y aumentaba
en importancia, pues la devota señora era capaz de indignarse de un modo
terrible al saber que María andaba en amoríos con un estudiante.
La viuda de López se fijó con insistencia en la hermosa muchacha que
tenía delante.
¡Mire usted que no haberse fijado hasta entonces en aquella belleza
picaresca y graciosa, que forzosamente había de trastornar a los hombres! ¿Qué
de extraño tenía que a una joven con un palmito así la hiciesen el amor, a
pesar de que la mayor parte de los días los pasaba en la iglesia o encerrada en
casa? Por algo decían que el buen paño hasta en el arca se vende, y lo que es
la muchacha había que confesar que era paño amoroso, del mejor y más fino,
capaz de secar las lágrimas del mayor desesperado del mundo.
Ningún día la encontró doña Esperanza tan bonita como entonces, y
mirando aquel cuerpo hermoso en el cual dieciocho primaveras habían aglomerado
todas sus suavidades, sus perfumes y sus colores delicados, y aquella cabeza de
un perfil correcto y gracioso como un camafeo griego, animada por dos ojazos de
mirada atrevida y terminada por un moñete lindo, en el que todos los peines no
lograban domar la subversiva protesta de un rizado natural, encontraba que nada
tenía de extraño que se enamorasen de una joven así y hasta que llegasen a
hacer por ella verdaderas locuras.
Doña Esperanza se ratificaba ahora en sus anteriores predicciones. ¡Oh!
Aquella muchacha, lista, algo insurgente, que tenía su alma en su armario y
cuando le parecía contestaba a los sesudos consejos con alguna fina
impertinencia, daría mucho que hacer a la santurrona de su tía, que hubo un
tiempo en que pensó hacerla monja.
¡Vaya una monjita! Bien se acordaba doña Esperanza de aquello del
colegio..., de aquello de la azotea con el vecinito de al lado; y no quería
decirse más a sí propia, pues no le gustaba murmurar de nadie ni aun
interiormente.
Lo que ella aseguraba era que la tal niña se casaría, o de
lo contrario, daría muchos disgustos a la baronesa.
Tenía la publicista católica una razón de peso para creerlo así.
—Es de mala sangre—se decía interiormente—. Forzosamente ha de parecerse
a su padre, aquel revolucionario infernal cuya historia tantas veces me ha
contado la baronesa. Hará muchas cosas sólo para justificar que lleva la sangre
de su padre.
Ella, como depositaria de los secretos de su presidenta, estaba al tanto
del origen de María, y tenía el convencimiento de que ésta, aunque muy linda,
había de dar poco de sí en punto a fervor religioso.
—¡Vaya, polla! ¿Qué hacíamos en la ventana?
María había recobrado su serenidad, y al ver la sonrisa maliciosa de
doña Fernanda, la contestó con aquel gestecillo impertinente que sabía usar
cuando la hacían preguntas inoportunas.
—Nada. Me divertía mirando la calle.
—Yo también he mirado bien antes de subir aquí. Sobre todo, a la acera
de enfrente.
—¡Sí! ¿Eh? Pues me alegro mucho.
—Vamos, picaruela; no te hagas la desentendida con ese gesto de
inocencia, que parece que en la vida has roto un plato.
—Doña Esperanza; no la entiendo a usted.
—Vamos, no tengas reparo en hablarme. Lo sé todo.
—¿Sí? ¿Y qué sabe usted?
—Lo que he visto. Que un joven que parece estudiante de San Carlos te
hace el amor desde la acera de enfrente.
—¡Oh! ¡Hay tantos que me hacen el amor...!
Y la joven dijo estas palabras con tan graciosa petulancia, que la viuda
no pudo menos que acogerlas con una sonrisa.
—¡Qué pícara eres, Maruja! No extraño que desde aquí, encerradita en
casa y burlando la vigilancia de tu tía, vuelvas locos a los hombres. Además,
cada día te encuentro más guapa.
—Muchas gracias, doña Esperanza. Pero usted también es guapa.
—¿Quién? ¿Yo?... Lo era, hija mía; lo fuí en otros tiempos, pero ahora
sólo quedan los restos. ¡Ay, quién tuviera tu edad!
Y la viuda lanzó un suspiro de jamona sensible que llora los pasados tiempos y en la frialdad de su situación
todavía se conmueve viendo los ardores de la juventud.
—Vamos, niña; cuéntame todo. Me gusta ayudar a la juventud en sus
asuntos, y gozo viendo cosas que me recuerdan mis tiempos de polla. No tengas
cuidado; habla.
—¡Quiá! Buena consejera está usted. Es amiga íntima de mi tía, y, por lo
tanto, de las que creen que la felicidad de las chicas es meterlas monjas.
—Eso es; ¡buena monja estarías tú! Nunca he creído que llegaras a serlo,
y en cambio tengo la firme esperanza de comer los dulces de tu boda. Vamos,
dime, ¿quién es ese muchacho que te hace señas?
—Un hombre.
—¡Ah, picarilla! Te pregunto por su nombre, por su posición.
María quedó por algunos instantes como perpleja, y por fin dijo con
repentina resolución:
—Mire usted, doña Esperanza. Se lo diría a usted todo, pero como es tan
amiga de mi tía, temo que llegue a oídos de ésta, y la verdad, me asusta
solamente el pensar que ella puede saber algún día mis secretillos.
—¿Por quién me tomas, mujer? ¿Crees tú que voy yo a delatarte?
Y la viuda se deshizo en excusas, para demostrarla que ella no revelaría
el secreto de la joven. La quería mucho y deseaba servirla, porque ella les
tenía mucha ley a las muchachas y sentía un gran placer en ayudarlas, sin duda
porque esto le recordaba sus buenos tiempos.
María llegó a tranquilizarse con estas muestras de adhesión, y por fin
se decidió a espontanearse.
—Pues bien, doña Esperanza; ese muchacho es un estudiante de Medicina y
se llama Juan Zarzoso.
—¿Es pariente acaso del célebre doctor que visita a tu tía?
—Sobrino carnal.
—¡Tiene esto gracia! De modo que mientras el tío está aquí dentro, el
sobrino hace el amor desde la calle. ¿Sabe algo el doctor de estas relaciones?
—Nada. El buen señor, según cuentan, tiene el genio algo rudo y no
consiente a su sobrino la menor distracción en los estudios. Juanito teme al
doctor tanto como yo a mi tía.
—¿Y está muy adelantado en su carrera ese joven?
—Termina en el año próximo. Tiene un brillante porvenir, pues sucederá a su tío en el ejercicio de la
profesión. Será un sabio como el doctor Zarzoso.
—¡Vaya, hija mía! Da ganas de reír ese tonillo de mujercita juiciosa con
que hablas. ¿Qué sabes tú lo que significa un brillante porvenir? Distráete
dejando que ese muchacho te haga el amor, pero no adoptes el aspecto de mujer
enamorada, pues algún día tendrás forzosamente que olvidarle.
—¡Olvidarle..., imposible! He de ser su esposa.
—¿Quién, tú? Vamos, niña; estás loca. ¿Te parece que una sobrina de la
baronesa de Carrillo, la bella condesita de Baselga, millonaria y perteneciente
a la más distinguida nobleza puede ser la esposa de un médico, por más célebre
que sea? Tú no conoces lo que es la sociedad ni te has parado a pensar en la
desigualdad de clases. De modo que a pesar de ser tú condesa y millonaria,
bastaría que cualquiera, yo misma, por ejemplo, me sintiera algo enferma, para
arrebatarte inmediatamente al esposo que tendrías a tu lado. Piensa bien en lo
extraño que esto resulta.
Y María, efectivamente, se abismaba en profunda reflexión, como si por
primera vez tropezase con inconvenientes que hasta entonces no había visto.
—Sí, es verdad—dijo por fin a la viuda—; pero todos estos inconvenientes
están resueltos sencillamente con que Juanito no ejerza su profesión y se
dedique a ser sabio y a escribir libros de ciencia. De este modo podré casarme
con él.
—¡Bah, hija mía! Tú estás reservada para algo más que para ser la esposa
de un rebuscador de librotes. Cuando tu tía se convenza de que eres una joven
como las demás, para lo cual falta poco, y de que deseas casarte, ya te buscará
un marido que esté en consonancia con tus merecimientos y tu alcurnia.
—Pero yo quiero casarme con Juanito—dijo María con sonsonete de niño
mimado.
—Pues no lo lograrás, hija mía. Procura no forjarte esas ilusiones.
¡Buena se pondría tu tía si llegara a conocer tus amoríos con el sobrino de don
Pedro!
Iba María a contestar, pero un ruido le llamó la atención y dijo a doña
Esperanza:
—Es el doctor, que se marcha.
E inmediatamente se dirigió a la antesala, seguida de la locuaz viuda.
El doctor Zarzoso era para ella una persona muy simpática, sencillamente
por ser tío de su novio. El afecto que profesaba a Juanito venía a reflejarse
en aquel hombre rudo, que se esforzaba en ser
amable con aquella joven que le trataba con cariño que él no sabía a qué
atribuir.
En la antesala fué donde encontraron al doctor Zarzoso, tomando del
perchero su chistera y el bastón.
La edad no había conseguido debilitar aquel corpachón de combatiente, y
únicamente como para dejar recuerdo de su paso, el tiempo arañó su rostro,
haciendo más profundas las arrugas del entrecejo, que delataban una
característica terquedad.
María, al acercarse a él, le preguntó cómo encontraba a su tía.
—No está grave. Le dura la agitación nerviosa producida por la noticia
de la muerte de su hermano. La cosa es natural, pues también cuesta
disgustillos una honra tan grande como es tener santos mártires en la familia.
Y don Pedro decía estas palabras sin el menor acento de zumba, pero
miraba a doña Esperanza, la beata intrigante a quien él conocía bastante, como
mujer que se mezclaba en todo.
La viuda de López adivinaba la ironía en aquellas palabras. ¡Ah, maldito
ateo! ¡Y pensar que siendo tan pecador era tan sabio que hasta las personas más
creyentes no podían prescindir de él en caso de enfermedad!
El doctor enumeró a María todas las precauciones que se debían tomar con
la baronesa para combatir y evitar los ataques de nervios que en tan espantoso
estado la ponían.
Doña Fernanda, mientras tanto, estaba en el fondo de su gabinete, donde
se pasaba las horas envuelta en un grueso “chal”, no valiendo más que para ir
al comedor cuando el ataque no la retenía en la habitación.
El doctor se despidió, dando antes su mano a María con una afabilidad
extraña en él y que hubiese asombrado a los practicantes de San Carlos.
A doña Esperanza sólo la saludó con una ceremoniosa inclinación de
cabeza. Decididamente le cargaba aquella jamona, explotadora de la piedad, e
intriganta y aduladora de un modo que al doctor le causaba náuseas.
—Dime—exclamó la viuda cuando don Pedro estaba ya en la escalera—. Ahora
va a encontrarse en la calle con su sobrino, y es capaz, si adivina lo que hay,
de dar un escándalo y hasta de pegarle con el bastón. ¡Oh! Conozco mucho a ese
tío.
—No le encontrará. Se iba ya Juanito cuando notó que usted se hallaba en
el gabinete.
—Bueno, querida: vamos a ver a tu tía, que estará solita. Ella no saldrá
hoy al comedor, ¿verdad? Pues me quedo a almorzar contigo: no quiero que estés
sola y fastidiada, pichoncita mía.
Y la gorrona viuda se entró salas adentro, con la misma confianza que si
fuese la dueña de la casa.
Lo que fué de María al salir del colegio.
Fácil es imaginar el recibimiento que la baronesa de Carrillo haría a su
sobrina, cuando ésta, recién salida del colegio, llegó a Madrid.
Doña Fernanda no quiso ir a por ella. La carta de Sor Luisa de Loreto la
produjo una impresión terrible. Después de furiosos transportes de indignación,
sintióse avergonzada como si ella misma fuese la sorprendida en la azotea del
colegio en brazos de un muchacho, y no se decidió a ir ella misma en persona a
buscar a su sobrina, como si temiese que las monjas fuesen a echarla una
reprimenda por ser la tía de María.
Fué a por ésta un viejo criado de la baronesa, especie de administrador
con aspecto de sacristán que los padres jesuítas le habían recomendado como
hombre en quien podía depositar toda su confianza.
María, a pesar de todos sus bríos de muchacho con faldas, entró
temblando en la casa de la calle de Atocha, que le pareció más lóbrega aún y
fatídica que el colegio de Nuestra Señora de la Saletta.
Contra todo lo que ella esperaba, la cólera de la baronesa no se
desbordó como terrible tempestad. Limitóse a dirigirla unos cuantos insultos, y
después, con aire de verdugo, afirmó que no tardaría ella en arrepentirse de
aquella ligereza que había deshonrado a la familia.
La vida que desde entonces hubo de hacer María fué horripilante para un
carácter como el suyo, siempre dispuesto al bullicio y a la agitación.
Ya no pudo, como en el colegio, corretear por todas las
habitaciones de la casa; allí no había una azotea donde entregarse a
melancólica contemplación, dejando pasar rápidas las horas, y se veía obligada
a permanecer durante todo el día como pegada a las faldas de su tía.
Por las mañanas, vestida con una modestia que casi rayaba en tacañería,
iba con la baronesa, unas veces a pie y otras en el más pobre carruaje de la
casa, a oír misa en la iglesia donde oficiaban los padres jesuítas, y allí
permanecía en su asiento, aburrida por la monotonía del espectáculo, más de dos
horas, hasta que, por fin, la tía se decidía a volver a casa. Inmediatamente
había de agarrar las labores en que tan torpe se mostraba, y hasta la hora del
almuerzo permanecer al lado de la baronesa, con las manos en continuo
movimiento, la vista baja, el aspecto encogido, siempre dispuesta a ser
advertida en la menor distracción con un tirón de oreja de su enojada tía, que
se había propuesto martirizarla, contrariando todos los naturales impulsos de
su carácter, incompatible con la inercia.
Por la tarde comenzaban las visitas, si es que doña Fernanda no tenía
que asistir a alguna junta de cofradía.
La tertulia de la baronesa no había variado. Eran los mismos visitantes
que en tiempos de Enriqueta, aunque todos más maltratados por la edad; como
aquel gran salón que en conjunto era también el mismo de antes, aunque bastante
ajado por el polvo de los años que, despertado y barrido por los diligentes
plumeros de los criados, volaba a refugiarse en las cornisas y molduras del
techo, formando una espesa pátina sobre los grupos mitológicos que el conde de
Baselga hizo pintar cuando estaba en la luna de miel.
Al principio, aquellas tertulias de la tarde distrajeron algo a María.
No era muy agradable la conversación, pero al menos veía gente y se animaba
algo la soledad monástica en que parecía envuelta aquella casa.
Variaba poco el personal. Regularmente y con ciertas intermitencias en
la asiduidad de los visitantes, la tertulia se reducía a una media docena de
condesas y marquesas que habían sido amigas de doña Fernanda cuando jóvenes, y
ahora estaban tan arrugadas y malhumoradas como ésta; y a otros tantos
caballeros pertenecientes a la más rancia nobleza y que usaban los trajes
cortados a la moda de veinte años atrás, con ricos chalecos de vivos colores e
irguiendo el cuello apergaminado y tendonoso, sobre grandes corbatas con
alfiler de perlas. La intriganta y aduladora viuda de López
no faltaba nunca a la tertulia, pues por muy ocupada que estuviese, siempre
tenía tiempo para asomarse y echar un vistazo, muy oronda y satisfecha por
tratarse con aquellas momias que olían a agua bendita y que eran la
quintaesencia, el extracto de la alta sociedad creyente y partidaria de la
buena causa. Algunas veces aparecía también en el salón el padre Tomás; pero
sus visitas eran muy raras, a pesar del inmenso agasajo con que se le recibía,
de las deferencias de que era objeto y de la revolución que producía con su
presencia.
A María, maliciosilla y burlona, le divertían tales fachas cuyo exterior
anacrónico no se escapaba a su buen sentido. No; aquellas gentes de seguro que
no eran como las demás; parecía como que olían a muerto, eran nadadores
testarudos que se empeñaban en ir contra la corriente social y, agarrados al
peñasco de la intransigencia, resistían el oleaje continuo, protestando y
quejándose a cada onda que batía sus cuerpos e intentaba arrastrarles.
Reinaba en el salón de la baronesa de Carrillo una intransigencia
política y religiosa que llegaba hasta la ferocidad: a esto iba unido una
educación y una pulcritud de las que parecían enamorados los mismos actores,
pero que seguramente habría hecho reír al primer transeúnte que se hubiese
colado de rondón en aquel santuario de las venerandas tradiciones, donde nunca
se apagaba, como fuego sagrado, el amor al tiempo que pasó.
Cristalizados en un momento de su vida, o sea en el de la juventud,
cuando aún eran respetadas e imperaban las ideas que consideraban santas, para
aquellas personas no había transcurrido el tiempo, y se trataban del mismo modo
que si aún tuvieran veinte años.
María hacía esfuerzos para no reirse cada vez que a la hora de tomar el
tradicional chocolate, costumbre que se conservaba en la casa, como todas las
antiguas, veía cambiarse dengues y monadas entre las viejas marquesas y los
pollos del año treinta y tantos. Un día la baronesa púsose roja de indignación
al ver que su sobrina contenía una carcajada, porque uno de aquellos
respetables señores la llamaba Fernandita, como en sus buenos tiempos.
Para aquella tertulia de reaccionarios biliosos, cuyo bello ideal
hubiese sido parar todos los relojes, volviendo las manecillas hacia atrás, el
progreso no existía ni aun dentro de su clase, y con el furor de la imbecilidad
pretenciosa que no consiente a su alrededor nada
que la sobrepuje, odiaban a todos los que, participando de sus ideas,
transigiesen con el espíritu del siglo.
Trataban con el mayor desprecio en aquella tertulia a sus parientes y
amigos que pertenecían a la aristocracia en activo; a ésa que brilla, se
divierte, es religiosa sólo porque esto resulta de buen tono, y aturde al mundo
con sus ruidosas fiestas.
Todo se acababa; hasta la fe y la dignidad de clase. ¡Qué gente, Señor!
¡Qué tiempos! Y la tradicionalista tertulia hablaba con horror de los grandes
de España que hacían política y figuraban en partidos llamados liberales,
aunque con el aditamento de conservadores; de las familias que no tenían otra
religión que la moda y ponían en práctica todas las extravagancias llegadas de
París, sin temor al escándalo, no asistiendo a los templos más que en las
grandes solemnidades, cuando se hacía buena música, o había un predicador que
llamaba la atención; y no trataba con mayores consideraciones a los
descendientes de los héroes de la Reconquista que, después de vender a los
anticuarios los espadones y las armaduras de sus gloriosos antepasados, para
pagar sus deudas con la ruleta del Casino o ir de juergas flamencas con los
toreros, se casaban con la hija de un bolsista enriquecido a fuerza de
pilladas, o con la viuda de un contratista del Estado, dando sus inmaculados
pergaminos a cambio de algunos millones adquiridos Dios sabe cómo.
¡Qué tiempos, Señor; qué tiempos! Había para morir de pesar. Si de tal
modo se envilecía la aristocracia, ¿qué iba a quedar después? Y aquellas
momias, que en el semioscuro salón se movían como esfinges que encerraban todas
las putrefactas grandezas del pasado, envolvían en las maldiciones que
arrojaban resignadamente al progreso y a la civilización, a sus mismos
parientes, a sus familias, que transigían e iban mezclando su sangre con clases
más inferiores, a las cuales la revolución había elevado, recibiendo sus
desprecios como única recompensa.
Aquel sanhedrín odiaba la fama y el prestigio que proporciona la
inteligencia, como algo que oliese a demagogia. Ser célebre, era para tales
personas igualarse a los oradores revolucionarios, a los generales de
pronunciamiento, a los “rojos” de Club. Hablar de una persona los periódicos
que no eran de la comunión de los fieles, equivalía para la tertulia de la baronesa a un certificado de impiedad y
progresismo.
Despreciaban a cuantos se distinguían en algo y “metían ruido”, y de
aquí que mirasen con desvío u olvidasen por completo a los mismos que más se
habían esforzado en defender los ideales a que la tertulia rendía ferviente
adoración.
Aparisi y Guijarro era, para aquellas gentes, casi un revolucionario
que, por el hecho de haber discutido en las Cortes con los liberales, se había
infeccionado forzosamente con su virus de impiedad; el canónigo Manterola
inspiraba poca confianza, pues, en su concepto, debía haber permanecido en su
cabildo sin meterse a vociferar en un Congreso revolucionario; y en cuanto a
Donoso Cortés, sólo lo conocía y se acordaba de él uno de aquellos señores que
tenía sus puntos y ribetes de literato.
Nada encontraban bien; todo se había maleado, en su concepto, al
contacto del siglo; hasta la Monarquía. ¿Ir a Palacio ellos, que eran fieles
representantes de un pasado tan lleno de grandezas como de ceremonias?
¡Imposible! La aristocracia que “sabía respetarse” no podía asistir a las
fiestas de un Palacio contaminado por los vientos revolucionarios, hasta el
punto de que los reyes, salidos de la Restauración de Sagunto, habían abolido
la moruna costumbre de tutear a todos sus súbditos, y hablaban con más amabilidad
a un Cánovas o a Martínez Campos, plebeyos elevados por la fortuna, que a un
Grande de España, cuyos blasones se perdían en las tinieblas del pasado.
¡Aquéllos tiempos de Isabel II! Cuando en Palacio se trabajaba por
revestir la vida del mismo aparato que en el anterior siglo, y cuando la Reina
trataba a todos con tan despótica familiaridad, como si fuesen lacayos. Aquello
ensanchaba el alma y daba claras muestras de que la Monarquía vivía por sus
propias fuerzas, y no por las concesiones del espíritu revolucionario.
Al principio de la Restauración, a aquella tertulia de ultrarrealistas
les quedaba alguna esperanza, simbolizada en la persona del pretendiente D.
Carlos; pero poco a poco fueron desvaneciéndose sus ilusiones. También el
representante de la buena causa, del sano y respetable pasado, se contaminaba
del espíritu moderno, y daba al traste con la tiesura tradicional de la
majestad. A sus oídos llegaban noticias sobre la vida del pretendiente en París
y sus calaveradas, hijas de un espíritu ligero que
sólo a la fuerza se amolda a las ceremonias de su rango.
Y luego aquellas aventuras escandalosas; los derroches de dinero, las
fiestas de húngaras; cosas eran todas éstas sobradamente importantes para
horripilar a tanta persona grave, que aunque en su juventud no habían hecho
vida muy santa, por esto mismo la vejez les había blindado con la más austera
virtud y la más asustadiza hipocresía.
En fin: que aquella tertulia era una verdadera reunión de demagogos
blancos que, en nombre del pasado, pedían la completa destrucción de lo
existente, que nada encontraban bueno y que, como astros muertos, vagaban por
el espacio social de su época, repelidos de todas partes, y sin sentir la menor
atracción de simpatía.
Eran revolucionarios a su manera, y de seguro que, a tener en sus manos
un poder irresistible, hubiesen destruído toda la obra del siglo. Por aquello
de que los extremos se tocan, miraban con lástima y horror a los hombres de
ideas avanzadas, pero no pasaban de ahí; y, en cambio, guardaban todo su odio,
su desprecio sin límites, para los llamados monárquicos liberales que,
transigiendo eternamente, y escépticos en el fondo, pretendían amalgamar el
pasado con el porvenir.
Aquella tertulia era invariable e indestructible. Eran muy pocos los
neófitos que lograban introducirse en ella, y menos aún los que desertaban.
Permanecía inmóvil, con la inercia de una momia, que tenía fijos sus muertos
ojos en el pasado.
Al entrar en el salón y contemplar los rostros apergaminados, contraídos
ligeramente por una sonrisa de aristocrático desdén, podía decirse, como
Hamlet:
“Algo hay aquí que huele a muerto.”
Era aquella una charca inmóvil, en cuyo fondo dormían todos los
putrefactos ídolos del pasado.
Tan firmemente estaba convencida la tertulia de la baronesa de sus
creencias, tan intransigente era con su época, tan alejada se hallaba de lo
existente, que la sorprendía de un modo terrible alguna palabra del padre
Tomás, de su ídolo; palabra que, como piedra veloz, caía en el pantano
ultrarrealista, produciendo ondulaciones de asombro que duraban muchos días.
La sorpresa conmovía a las momias hasta el punto de que a sus
deslustrados ojos casi asomaban las lágrimas.
¡Oh, Dios! Hasta la Compañía de Jesús comenzaba a abandonar la buena
causa, para transigir con el siglo. El padre Tomás, aquel hombre que en casa de
la baronesa resultaba una divinidad, sólo aparecía de tarde en tarde en la
majestuosa tertulia, y, en cambio, visitaba a la aristocracia, a la moda, a las
familias que, renegando de su pasado, se mezclaban en el movimiento de la
época. ¡Qué más!... Hasta recomendaba la tolerancia con lo existente, y el
afecto a la nueva situación política, diciendo que era necesario transigir para
salvar los intereses de la religión.
Esta conducta asombraba a los ultrarrealistas; pero, acostumbrados a
acoger con la mansedumbre del esclavo todas las palabras del padre Tomás, no
osaban en su presencia hacer la menor objeción, limitándose a lamentarse en su
interior de aquella presunta defección que les hería en sus sentimientos.
Rodeada de este ambiente que olía a tumba, era como María pasaba todas
las tardes del año.
Sentada al lado de su tía, tiesa como una vieja con alto corsé, y con
los ojos fijos en el suelo, que sólo se atrevía a levantar muy contadas veces,
había de permanecer unas cuantas horas aburrida por una charla ceremoniosa y
lenta, cuyas lamentaciones no entendía.
Este quietismo después de la bulliciosa movilidad del convento,
atormentábale de un modo horrible y sentía impulsos de levantarse de su asiento
y cometer alguna diablura; pero las frías miradas de su tía la tenían como
clavada en la silla.
Algunas veces, aquel señor que hablaba de Donoso Cortés, en un rapto de
genialidad, se atrevía a hablar de las “cosas” de la Corte de Fernando VII,
cuando estaba en Aranjuez, y, aunque comenzaba por vía de exordio, con palabras
confusas y guiños que sustituían a las palabras, no tardaba en oirse la voz de
la baronesa diciendo con acento imperioso:
—Niña; vete fuera.
Y María salía del salón sin sentir curiosidad alguna. ¡Valiente cosa le
importaban las anécdotas de aquel señor!
Siempre relataba las mismas, y ella las había oído la primera vez que
fué despedida de la tertulia, quedándose escondida tras los cortinones de la
puerta.
Pero esta indiferencia ante los chistes del viejo y aristocrático
narrador, no impedía que ella se alegrara mucho así que comenzaba a iniciar sus
trasnochadas relaciones. De este modo se veía libre de la engorrosa tertulia y
podía pasar las horas que transcurrían hasta el final de la tertulia charlando
con la doncella de su tía, o mirando a la calle y buscando en esto distracción,
como ya en otro tiempo lo había hecho su madre.
Aquella casa, construída por el conde de Baselga para nido de sus
amores, era la cárcel en que había languidecido la juventud de su hija y la de
su nieta, bajo la austera y rabiosa vigilancia de la baronesa de Carrillo.
Por las noches, María rezaba con su tía un rosario interminable, pues a
él se unían oraciones y jaculatorias para casi todos los santos del almanaque,
y a las diez ya estaba en la cama, martirizándola el sordo ruido que producían
los coches en el pavimento de la calle, y que, por un salto propio de su
imaginación viva, evocaban ante los ojos de su espíritu un tropel de hermosas
jóvenes vestidas de brillantes colores, y saliendo del fondo de confortables
berlinas para entrar en el teatro, pasando por entre los grupos de elegantes
que les enviaban saludos y frases galantes.
La cruel realidad que había sucedido a sus ilusiones de colegiala,
producíale un furor, propio de su carácter varonil, cuando se encontraba a
solas en su cuarto.
Para ser un adorno mudo de las vetustas tertulias de su tía, para
convertirse en un monigote que sólo podía hablar cuando su tía le concediera
permiso, bien estaba allá en el colegio, donde al menos tenía una relativa
libertad. Ahora no podía menos de reirse amargamente de las ilusiones que en el
colegio se había hecho acerca de la vida que llevaría en Madrid.
Así transcurrieron los dos primeros años de su estancia al lado de la
baronesa.
Por fortuna, pasado este tiempo comenzó a notar en su tía alguna
variación. Se había amortiguado en la baronesa el recuerdo de la aventura que
había ocasionado la salida de su sobrina del colegio y conforme se desvanecía
la memoria de un suceso que a ella le resultaba horripilante, María gozaba de
mayor libertad y su tía la trataba con más consideración.
Conocíase en doña Fernanda el propósito de hacerse agradable
a su sobrina y de captarse su voluntad y hacerse obedecer más por la simpatía
que por el terror.
Adivinábase que en su pensamiento germinaba una idea que iba a exponer
de un momento a otro y que sólo era una preparación hábil aquella amabilidad
realmente extraña en un ser bilioso y atrabiliario como doña Fernanda.
Pronto se despejó la incógnita. La baronesa no renunciaba a la idea de
tener una monja en su familia. Ya que ésta contaba con un futuro santo como
Ricardo, no era justo que la línea femenina se excluyera de la sublime misión
de dar al cielo bienaventurados.
Asunto era éste del que hablaba con el padre Tomás siempre que podía
encontrarlo, pues el poderoso italiano, aunque seguía interesándose bastante
por la familia Baselga, se sentía atraído a otros círculos sociales por la
necesidad de las circunstancias.
Además, el astuto jesuíta no se mostraba tan seguro como doña Fernanda
de la facilidad con que la joven abrazaría el estado monástico.
En sus visitas a la baronesa había tenido ocasión para estudiar con ojo
certero el carácter de María, y, además, sus hazañas de la niñez, de las que
estaba enterado por las religiosas del convento de Valencia, le daban a
entender cuál era el verdadero temperamento moral de la joven; pero resultaba
en doña Fernanda una preocupación tradicional el creer que bastaba que a ella
se le ocurriera una cosa, para que inmediatamente pensasen lo mismo los
individuos de su familia.
Ella deseaba que María fuese monja y no había ya más que hablar; María
lo sería.
Pronto experimentó una decepción. María tenía en sus venas la sangre del
belicoso Alvarez y su carácter varonil no se doblegaba con momentáneas
concesiones como el de la infortunada Enriqueta.
La baronesa creíase segura con aquellos dos años de reclusión y
obediencia automática a que había castigado a su sobrina.
—No dude usted, padre Tomás—decía siempre al italiano—, que María me
obedecerá. Es toda una jaquita brava; más bien dicho, lo era, pues antes
resultaba idéntico al bandido de su verdadero padre; pero ahora, desde que yo
la he sometido al régimen del silencio y de la obediencia, es mansa como una
cordera y hará cuanto yo le diga.
Y la baronesa así lo creía, viendo aquella niña tímida en apariencia,
que acogía todas sus palabras con los ojos bajos y el aspecto encogido.
Por esto su asombro fué inmenso cuando, a las primeras indicaciones que
la hizo acerca de las bondades de la vida monástica, María, como el que
abandona un disfraz, se despojó de aquel exterior de mansedumbre y dijo con
resolución:
—No, tía. Está usted muy engañada. Yo no seré nunca monja, y si usted
cree que va a hacer conmigo lo que con mi pobre madre, está usted en un error
muy grande. ¡No, no y siempre no!
Y dijo estas palabras con una energía, cuya fuerza ya se notaba en sus
ojos brillantes y fijos en los de su tía, con insolencia de reto.
Sin duda, en sus conversaciones con la lenguaraz y antigua doncella de
la baronesa, había llegado a conocer algo de la historia de su madre y de las
desavenencias entre ésta y su hermanastra, cuando doña Fernanda se empeñaba
también en meterla en un convento.
La enérgica resolución de la joven despertó las crueldades de carácter
de la baronesa, y las escenas violentas de otros tiempos volvieron a ocurrir en
el palacio de Baselga. Pero esta vez doña Fernanda tenía que habérselas con un
carácter de hierro, que no mostraba el menor temor ante sus violencias y que a
los golpes y a los insultos, contestaba con el estoicismo propio de un carácter
vigoroso o con miradas de ira, que algunas veces lograban detener el brazo de
la baronesa.
Duró esta situación violenta cerca de un año. Empleó la tía cuantos
medios se le ocurrieron para domar la enérgica resistencia de María; pero todo
fué en vano, pues la joven oponía siempre su varonil protesta. Esta situación
de continua violencia había hecho perder también bastante terreno a la tía;
pues desde el momento en que la joven, para resistir y protestar, había tenido
que despojarse de su actitud sumisa y su aspecto gazmoño, ya no quiso recobrar
la máscara hipócrita y se tomaba libertades dentro de la casa sin que le
intimidasen en lo más mínimo las furibundas miradas de la baronesa.
La represión de ésta y sus violencias estaban en razón directa de las
insolencias de María, que se hacía más atrevida conforme
su tía se indignaba y apelaba cada vez con más tenacidad a los procedimientos
enérgicos.
Doña Fernanda casi se confesaba vencida en presencia de sus íntimos.
—Pero esa niña es el mismo diablo, padre Tomás. ¡Cómo se conoce de quién
es hija! De tal palo, tal astilla. Es imposible hacer de ella nada bueno como
Dios no obre un milagro.
—Calma, señora baronesa—contestaba siempre el italiano—. No hay
realmente prisa en decidir sobre el porvenir de la niña. Si ella no quiere ser
monja, ya buscaremos el medio de que se salve su alma sin violentar su voluntad
ni obligarla a entrar en un convento.
Y era que el padre Tomás, menos dispuesto que su antecesor el padre
Claudio a acudir a medidas decisivas ni a violentar la marcha de los
acontecimientos, buscaba ya en su astucia, y creía haberlo encontrado, un medio
que asegurase el ingreso en la caja de la Orden de los millones que restaban de
la herencia de Avellaneda.
En cuanto a la viuda de López, siempre que era consultada por doña
Fernanda sobre el porvenir de María, contestaba de idéntico modo:
—Señora baronesa; no logrará usted su deseo. Me basta mirar a una
persona para conocerla; me precio de ello, y le aseguro que a esa niña lo que
le atrae es el matrimonio y no las tocas monjiles. Además, sus antecedentes no
son los más propios para que se sienta inclinada a la vida del claustro;
acuérdese usted de “aquello del colegio” que varias veces me ha relatado.
Y al decir esto, callaban las dos viejas, dejando que en su imaginación
se amontonase un cúmulo de maliciosas suposiciones.
Todas las perversidades de la pasión las admitían antes que la verdad de
lo ocurrido.
Su malicia de beatas no podía conformarse con la ingenua inocencia de
aquella velada en la azotea del colegio.
Reanúdanse los amores.
Algunos meses antes de recibirse la noticia del martirio del padre
Ricardo, experimentó María una gran sorpresa.
Por las mañanas, aprovechando los descuidos de su tía o sus salidas de
casa por asuntos de devoción, una de sus más predilectas distracciones era
mirar a la calle en las horas que los estudiantes de Medicina entraban o salían
en el inmediato hospital de San Carlos.
Así vió un día a Juanito Zarzoso, del cual, aunque se acordaba algunas
veces, no guardaba ya más que un recuerdo lejano y borroso, como amortiguado
por el tiempo y por aquel régimen austero a que la sometía su tía y que parecía
influir en su parte moral.
Cuando ella vió a un joven vestido de luto, parado en la acera y mirando
con insistencia al balcón, sin hacer caso de las pullas de los compañeros que
seguían adelante, sintióse molestada por la curiosidad de aquel importuno y
casi estuvo tentada a retirarse; pero de repente encontró en aquella figura
algo que parecía serle conocido y que atraía sus ojos, y entregándose entonces
a un fijo examen, no tardó en reconocer a su tímido novio de la época de
colegiala.
Estaba tan desfigurado el estudiante, que era difícil conocerlo. Había
crecido mucho, aunque perdiendo bastante de su primitiva robustez; sus
facciones habíanse fijado definitivamente, formando un rostro inteligente y
simpático, y una barba corrida y fuerte daba aspecto varonil a aquella cara de
niño. Sus ojos, cuya luz parecía amortiguada por el estudio, brillaban tras
unas gafas de oro.
María permaneció inmóvil, como asustada por la aparición, y, en su
aturdimiento, únicamente supo contestar con sonrisas ingenuas, que demostraban
su placer, a los saludos que la dirigía el estudiante.
Desde entonces, todas las mañanas los dos jóvenes, aprovechando el uno
los intervalos entre dos clases, y valiéndose la otra de los descuidos y
ocupaciones de la tía, se veían de lejos, cambiaban saludos y se sonreían con
esa plácida estupidez de las personas que se consideran felices únicamente con
contemplarse.
Pronto no les bastó con esto y ambos experimentaron la necesidad de una
comunicación más expresiva y amplia que las miradas que se lanzaban de lejos,
bien a través de los vidrios del balcón, o en las calles cuando María salía en
compañía de la baronesa.
La intrigante doncella de ésta fué la que, por puro amor al arte de
chismear y por el placer de jugar una treta a su señora, a la que odiaba en el
fondo, a pesar de muchos años de servicio, se encargó de poner en comunicación
a los dos antiguos novios.
Ella fué la que entregó a María la primera carta de Juanito, y así supo
la joven que la madre de su novio, aquella infeliz señora casi ciega, a la que,
sin conocer, amaba con respetuosa simpatía, había muerto algunos meses antes, y
que al ocurrir esta desgracia el doctor Zarzoso había ido a Valencia para
llevarse a su sobrino a Madrid, trasladando su matrícula a la escuela de San
Carlos.
Juanito manifestaba además, con una satisfacción casi infantil, sus
notables progresos en la carrera, los premios que había alcanzado y lo contento
que estaba su tío al ver que iba a tener un sucesor digno de su fama.
Desde entonces se entabló una correspondencia continua y apasionada
entre los dos novios, volviendo a renacer aquel amor que, aunque veloz como una
ráfaga, les había unido durante algunos días, allá en los tejados de Valencia.
María pasaba las angustias de un ladrón que intenta hacer invisible el
fruto de sus rapiñas, para ocultar las plumas y el papel que le servían para
escribir a Juanito, y no contentos los dos con cambiar una carta diaria,
todavía aprovechaban cuantas ocasiones se presentaban para comunicarse, con
señas, de balcón a calle, todas las mañanas.
Nadie notaba las relaciones amorosas sostenidas por los dos jóvenes.
La baronesa, a pesar de su astucia, no llegaba a recelar de la conducta
de su sobrina, y en cuanto al doctor Zarzoso, aunque notaba que Juanito no
estudiaba tanto como los primeros meses de su estancia en Madrid, y que salía
con más frecuencia de casa, atribuía esto a la atracción que produce una ciudad
desconocida y a las necesidades de la juventud.
El coloso sonreía con malicia. Ya sabía él lo que aquello significaba:
algún amorcillo. Y al decirse esto guiñaba el ojo, afectando conocer muy bien
tales deslices, como si olvidase la salvaje
virginidad de su juventud, ignorante para todo aquello que no fuese la lucha
con la ciencia.
Los amoríos que suponía el doctor Zarzoso eran pasioncillas de un día,
correrías a ciegas en busca de unas faldas para acallar los hambrientos
bostezos de la carne; y de seguro que si al ser llamado a casa de la baronesa
de Carrillo, para curar a ésta sus ataques de nervios, hubiese sabido que en
tal vivienda estaba la mujer amada, y que ésta era aquella sobrinilla
aristocrática, no hubiese manifestado tanta bondad.
El endiablado sabio, plebeyote hasta la medula de los huesos y orgulloso
de su origen, estremecíase de horror ante la posibilidad de unirse por lazo
alguno con cualquiera de aquellas familias elevadas, corroídas por dolencias
extrañas y hereditarias, a las que él visitaba, y su indignación inmensa sólo
podía compararse a la que experimentaría una princesa de las que figuraban en
el almanaque de Gotha, al proponerle que diera su mano a un barrendero.
Profesaba a sus distinguidos clientes el horror que siente una persona
sana, robusta y egoísta ante los apestados que pueden contaminarle.
Su frase favorita era: “La aristocracia es un pudridero”; y hablaba con
gran elocuencia del inmenso caudal de enfermedades y gérmenes de locuras que el
aislamiento de clase y el horror a cruzarse con gentes más humildes y
vigorosas, había ido amontonando en aquellas familias desde los tiempos de las
extravagancias feudales y de la barbarie guerrera divinizada.
—Por algo dicen esas gentes que tienen la sangre azul. Es pura porquería
lo que circula por sus venas; virus que infecciona de una a otra generación y
que en nada se parece a la sangre de los demás seres. Si yo tuviera un hijo
(sólo al hablar de esto pensaba el doctor en los hijos), juro que primero lo
ahorcaba que le permitía el casarse con una mujer de cuyo vientre forzosamente
habían de salir generaciones de escrofulosos o de locos.
Afortunadamente, el doctor Zarzoso, para el cual su sobrino era un
verdadero hijo, ignoraba qué clase de amorcillos eran los que turbaban la
tranquilidad del joven estudiante.
Cuando al recibir la noticia de la muerte trágica del padre Ricardo, la
baronesa sufrió una espantosa crisis nerviosa, el doctor Zarzoso fué llamado
para su curación. Este suceso produjo en el estudiante gran alegría. Sería
ridícula la idea, pero a él le producía cierto
placer el que su tío entrase en aquella casa, frente a la cual tantas veces
paseaba él, y hasta le parecía que en torno de la ruda figura del doctor
quedaba adherido algo del ambiente que creemos percibir rodeando a la mujer
amada.
El suceso no causó menos impresión en María. Al saber que su tío había
muerto como un mártir, a manos de los fanáticos japonesas, lloró cuanto pudo
para no resultar una nota disonante en el concierto de dolor que estalló en la
casa; pero, a pesar de esto, su desconsuelo fué más aparente y ceremonioso que
real. No tenía grandes motivos para llorar la muerte del tío jesuíta. No lo
había visto jamás, y juzgando por los apasionados elogios de la baronesa y sus
amigos, imaginábaselo como un hombre huraño, misterioso, desligado por completo
de todo vínculo terrestre, y propio para inspirar más miedo que amor.
La enfermedad de su tía sirvióle para poder decidirse con más libertad a
hacer “telégrafos” a Juanito con sus vivaces manos, tras los vidrios del
balcón.
Además, en tal circunstancia conoció personalmente al tío de su novio,
aquel personaje terrible, del cual se había hablado con expresión de miedo en
las tertulias de su tía, y que a ella, a pesar de tales prejuicios, le
resultaba un buen señor.
El famoso sabio, con toda su ciencia y aquel conocimiento del mundo y de
las personas que afectaba su fingida malicia, no podía explicarse las causas de
la exagerada amabilidad con que le trataba la niña de la casa. Era un secreto
para él el por qué de las sonrisas graciosas y la expresión de alegría con que
le recibía la sobrina de la baronesa; pero, ¡ah, cándido doctor!, si no hubiese
siempre marchado con la cabeza baja y preocupado por sus ideotas luminosas, de
seguro que al salir de la casa se lo hubiese explicado todo, al ver a su
sobrino alejarse rápidamente, o esconderse en algún portal, al notar la
presencia del tío.
María era la única de aquellas señoritas aristocráticas a la que no
miraba con expresión de lástima y asco; no era un gatito desollado, como él
llamaba a las otras.
Conocía bien la historia de la familia. Bastante le había dado que hacer
la muerte del conde de Baselga en el manicomio que él dirigió en otros tiempos,
y aunque estaba convencido de su locura, no dejó de preocuparle el tiro de
pistola que el infeliz demente se disparó en su celda. Aquella arma
fatal hacía presentir al doctor la existencia de una diabólica intención, que
había intervenido en el arreglo de la tragedia. Y como era en él característico
atribuir todos los males a la “gente de sotana”, no vacilaba en tener por
culpable de cuanto había ocurrido a aquel padre Claudio, de quien ya casi nadie
se acordaba en Madrid.
Además, conocía algo de la historia de María, y esto amenguaba un tanto
la extrañeza que le producía notar en ella un vigor y una energía serena,
impropia de la familia. El recordaba haber escuchado ciertas murmuraciones, de
las cuales no salía muy bien librada la virtud de la madre ni la dignidad del
padre; murmuraciones en las que danzaba el nombre de cierto célebre
revolucionario.
Pero todas estas ideas sólo podían preocupar por poco tiempo a un hombre
como el doctor, obsesionado por los obscuros problemas de la ciencia; y así es
que, apenas hubo dejado de visitar a doña Fernanda, repuesta ya de sus ataques
nerviosos, olvidó por completo a la tía y a la sobrina.
Los amores del estudiante y María seguían, entretanto, su curso,
fortalecidos ahora por la protección de la viuda de López.
La explicación surgida entre doña Esperanza y la sobrina de la baronesa
había servido para que la viuda, arrastrada por su afición a los enredos y por
el afán de hacer favores, se pusiera a las órdenes de los novios.
Ya se sobrentendía que ella hacía esto únicamente porque la niña se
divirtiera; porque, al fin, había que dar a la juventud lo que era suyo y dejar
que gozara cuando le llegaba su tiempo; mas no por esto creía ella que tales
amoríos podían terminar en un casamiento.
Unos amores inocentes, y nada más. Cosas de muchachos. ¿Qué pecado se
cometía dejando que María tuviera un novio, como todas las de su edad? Más
adelante, ya entraría en la reflexión, y cuando su tía se convenciera de que la
muchacha nunca llegaría a ser monja, ya le arreglaría un matrimonio digno de su
posición y de su nombre.
Apoyándose en tales reflexiones, con el objeto de afrontar mentalmente
el peligro que suponía para ella el ser infiel a su presidenta, la viuda de
López protegía a los dos jóvenes, mostrándose muy contenta en ser su mediadora
bondadosa, y dándose ciertos aires de maternidad.
Hablaba, en la calle con Juanito, al que encontraba muy simpático,
a pesar de la repugnancia que en las primeras entrevistas sentía, al pensar que
era el sobrino de un empedernido ateo, y que tal vez participase de sus
doctrinas. Cada vez que el estudiante solicitaba de ella un favor, la viuda no
podía menos de sentirse satisfecha, pues aquel muchacho sabía rogar de un modo
que llegaba al alma, y ante el más pequeño servicio manifestaba un
agradecimiento conmovedor.
Doña Fernanda, como si se hallara quebrantada por su reciente
enfermedad, y la muerte de su santo hermano hubiese cercenado su antigua
energía y movediza actividad, mostrábase reacia a salir de su casa, y muchas
veces, por no moverse de su asiento, ahogaba su curiosidad y no iba en
seguimiento de María para averiguar la causa de que ésta permaneciese tanto
tiempo atisbando a través de los balcones.
Este estado de doña Fernanda ocasionaba también un aumento de
atribuciones y libertades en la intriganta viuda de López, del cual se
aprovechaban los dos novios.
Doña Esperanza, con su bondad sin límites, era la que se encargaba de
sacar a paseo a la niña y de acompañarla a las funciones religiosas cuando la
tía no se sentía con ánimo para salir de casa.
De estas circunstancias se aprovechaba Juanito para hablar con María,
siempre bajo la vigilancia de doña Esperanza, que se mezclaba en la
conversación apenas ésta tomaba un carácter marcadamente amoroso.
La viuda de López estaba lejos de imaginarse que aquel estudiante era el
mismo muchacho con quien habían sorprendido a María en la azotea del colegio.
Los dos novios guardaban instintivamente su secreto ante la indiscreta
curiosidad de la viuda.
Procuraban las dos mujeres salir a pie, pues de este modo podía unirse a
ellas el enamorado estudiante. Doña Esperanza adoptaba un aire de mamá
complaciente, que va acompañando a su hija y al novio, y así iban los tres a la
iglesia o a alguna solitaria alameda del Retiro.
Transcurrieron de este modo muchos meses, sin que nunca llegase a oídos
de la baronesa la menor noticia de la traición que le hacía su secretaria.
Juanito, como si calmasen su sed amorosa aquellas conversaciones que
sostenía con María, coreadas por la complaciente viuda,
había recobrado su tranquilidad y volvía a dedicarse al estudio con el mismo
ardor que antes.
Estaba próximo ya el término de su carrera, y veía cercano el día en que
alcanzaría su título de doctor en brillante oposición, dando fin de este modo a
sus estudios, que le acreditaban en San Carlos como el alumno más aprovechado y
que con mayor rapidez había seguido sus cursos.
La proximidad de aquel suceso, tantas veces soñado por el estudiante,
llenaba de alegría a los novios. ¡Oh, qué dicha! Apenas tuviera su título de
doctor, era preciso buscar ya una fórmula para hacer públicas sus relaciones y
decidir al doctor Zarzoso a que pidiese a la baronesa la mano de María.
Todo les parecía muy fácil a los dos jóvenes, y encontrándose cada vez
más fuera de la realidad, juzgaban como pequeños inconvenientes el carácter
iracundo de la baronesa con sus preocupaciones religiosas y la terquedad ruda
del doctor.
A doña Esperanza comenzaban a asustarle aquellos amores. Comprendía,
aunque demasiado tarde, que había estado jugando con fuego y que aquellos
galanteos no eran relaciones ligeras para divertirse, que fácilmente podían ser
rotas, pues tenían ya todo el carácter de una pasión firme e indestructible.
Conocía bien a María y estaba convencida de que opondría una resistencia
terrible cuando la despertasen del dulce ensueño de amor satisfecho en que
estaba sumida.
¿Qué diría doña Fernanda cuando supiera que su fiel secretaria había
sido la mediadora en tales amores?
Doña Esperanza, tan confiada y satisfecha por costumbre, mostrábase
ahora temerosa y asustada al pensar en la posibilidad de que la baronesa
llegase a saberlo todo. Y lo que más le desconcertaba era que tal
descubrimiento un día u otro había de ocurrir, pues nunca faltan gentes
chismosas y noticieras; o cuando no, aquellos dos jóvenes, engañados por sus
ilusiones, eran capaces de cometer una barrabasada declarando a sus tíos que se
amaban hacía ya mucho tiempo y que deseaban casarse.
Alguna tranquilidad le proporcionaba el saber, por declaración del
estudiante, que así que terminase su carrera el doctor Zarzoso pensaba enviarle
por una regular temporada a París a perfeccionar sus estudios, como ayudante de
los más célebres profesores.
Si esto llegase a ocurrir, confiaba doña Esperanza en una larga ausencia como remedio contra una pasión
sobradamente viva. Pero a pesar de esta confianza, no lograba tranquilizarse.
Conocía que voluntariamente, e impulsada por su eterna manía de servir a
todo el mundo, se había metido en un atolladero y buscaba un auxilio para salir
de él.
El padre Tomás fué la primera persona que se le ocurrió para el caso.
En el despacho del padre Tomás.
El poderoso jesuíta había recibido a doña Esperanza con una forzada
sonrisa de resignación.
Aquella lagartona, con sus confidencias, sus intrigas y sus hojitas
piadosas, que sometía a su examen antes de darlas a la imprenta, le tenía
fastidiado, a pesar de lo convencido que estaba de la utilidad que prestaba a
la Orden.
El padre Tomás había indicado al mandadero que le servía de ayuda de
cámara que no dejase entrar a doña Esperanza en el despacho, pues temía la
conversación interminable de la locuaz jamona que venía a turbar sus
ocupaciones: pero en aquel día, la viuda de López manifestó tal urgencia y
tantas veces pidió que la dejasen pasar, que al fin el lego, con el permiso de
su superior, permitióle la entrada.
Tan largo fué el preámbulo que la locuaz señora puso a las revelaciones
que pensaba hacer, que el jesuíta comenzó a arquear las cejas y a mover los
dedos en señal de impaciencia, convenciéndose de que doña Esperanza, en aquella
ocasión, como en las otras, iba sólo a estorbarle.
Pero pronto cambió de posición al notar que la viuda, atolondrada por
tales muestras de impaciencia, entraba en lo más interesante de su consulta.
Nada calló la buena doña Esperanza, y procurando excusar su ligereza en
aquel buen deseo que le animaba y le hacía servir a todos, fué relatando cómo
había tenido conocimiento de los amoríos de María y cómo también se había
prestado ella a desempeñar el papel de mediadora.
El jesuíta escuchaba inmóvil y silencioso, sin que en su rostro de
marmórea fijeza se notase la menor expresión que delatase
sus internas impresiones, y sólo cuando la viuda se detenía como indecisa y
temerosa del efecto que sus palabras podían causar en el padre Tomás, éste
salía de su mutismo para murmurar:
—¡Adelante! ¿Y qué más pasó?
Doña Esperanza no se detenía e iba relatando cuanto había llegado a
saber y algo más que inventaba por propia cuenta.
En resumen; que los chicos se amaban mucho, que la cosa era más seria de
lo que ella en el primer momento había podido imaginarse, y que temblaba
solamente al pensar que la baronesa podía saber algún día la participación que
su secretaria tenía en tales relaciones. Por esto acudía en demanda de auxilio
y le rogaba al padre Tomás que no la abandonase en situación tan apurada, y que
hiciese lo posible por remediar su ligereza. Bien sabía ella el noble interés
que la Orden sentía por la familia Baselga, que tan ligada estaba por su piedad
a la Compañía de Jesús, y por esto acudía al padre Tomás en demanda de
saludable consejo.
El jesuíta quedó silencioso y reflexionando largo rato. Conocíase, a
pesar de su frialdad exterior, que le había impresionado bastante la noticia.
Tenía sobre María formado un concepto muy distinto del de la baronesa;
pero no esperaba encontrar a la joven comprometida por una pasión vehemente.
Por fin rompió el silencio para asegurarse de la formalidad de tales
relaciones.
—¿Y dice usted, doña Esperanza, que son serios esos amores?
—¡Oh, reverendo padre! Esos muchachos se quieren de un modo que a mí me
causa miedo. Es empresa difícil el separarlos, y crea usted que la baronesa
tendrá que bregar mucho si quiere combatir esa pasión. Parece, al verlos tan
dominados por el amor, que se conocen desde la niñez y que sólo la muerte podrá
separarlos. ¡Ah, reverendo padre! ¡Si usted encontrase en su sabiduría un medio
para desbaratar esa pasión que yo misma he fomentado con mi ligereza!
El padre Tomás preguntó, tras un largo silencio y con la expresión del
que resuelve un problema:
—¿Sabe ese joven que María fué expulsada del colegio de Valencia por
cierta aventurilla que usted creo ya conoce?
—No, reverendo padre; seguramente no tiene noticia de aquello.
Y la viuda afirmaba sus palabras con movimientos de cabeza, muy convencida de la certeza de cuanto decía. Ella
estaba muy lejos de imaginarse que el protagonista de aquella aventura en los
tejados, a la cual daba su malicia una importancia que no tenía, era el mismo
Juanito Zarzoso, al que creía ignorante por completo de tal suceso.
El jesuíta, al oír las afirmaciones de la viuda, sonrió triunfalmente.
Ahí estaba la solución; el medio de enfriar aquel amor que asustaba a
doña Esperanza, después de haberlo fomentado.
Ella sería la encargada de revelar al novio la aventura de María en el
colegio de la Saletta, y el jesuíta tenía la certeza de que por este medio
surgirían los celos y sobrevendría el rompimiento.
—Así lo haré, reverendo padre. Tan pronto como vea a ese pollo, le diré
cuanto recuerde de aquella travesura de María, y no he de cejar hasta que logre
que la desprecie.
El jesuíta se mostraba pensativo.
—Lo importante—murmuró—es que baste esto para que abandone a la niña.
—¡Oh! Bastará, reverendo padre. Es un joven que parece muy pundonoroso,
y no le creo capaz de seguir amando a una mujer después de convencerse de que
en su niñez andaba por los tejados y la encontraban dormida en brazos de un
muchachuelo.
—¿Conoce usted bien el carácter de ese joven?
—Creo que sí. He hablado con él muchas veces; se expresa con franqueza,
y le aseguro que a mí me parece mentira que sea sobrino de un impío como el
doctor Zarzoso.
—Seguramente tendrá las mismas ideas que su tío.
—Me parece que sí; aunque en mi presencia procura contenerse y no
enseñar el rabo del diabólico librepensamiento. ¡Buena soy yo para sufrir
impiedades!
—¿Y no le cree usted capaz, al saber la aventurilla de María de seguir,
por interés, haciéndola el amor?
—No entiendo a usted, reverendo padre—dijo la viuda con perplejidad.
—Quiero suponer que ese joven, después de convencerse del pasado de
María, podía seguir fingiendo que la amaba, tan sólo por atrapar sus millones.
Ya sabe usted que la sobrina de la baronesa es muy rica; tanto, que casi toda
la fortuna de que hoy goza doña Fernanda le pertenece a ella.
—En ese punto defiendo yo al sobrino del doctor Zarzoso. Podrá ser un impío, un ateo; pero, gracias a Dios,
las infernales doctrinas no han llegado a corromper del todo su alma, y aun
queda en él un gran caudal de buenos sentimientos. No; él no ama a María por
sus millones, y si llega a aborrecerla la abandonaría sin pensar en la riqueza.
—Le defiende usted con gran calor, doña Esperanza. ¿En qué se funda
usted para tener tal seguridad?
—En lo que mil veces le he oído decir cuando hablaba con María. A ese
muchachuelo republicano y librepensador le estorba que su novia sea noble,
tenga un título ilustre y posea una gran fortuna. Yo misma le he oído decir,
pero de un modo que no daba lugar a duda, que sería más feliz si María se
convirtiera en una pobre modistilla, pues así nadie podría atribuirle en tal
amor la menor sombra de egoísmo ni de ambición. Y ¡qué más!... Hasta la misma
María está contaminada por tales ideas, y muchas veces he reído escuchando cómo
la heredera de muchos millones hablaba con gran seriedad de los adelantos
científicos de su novio y cifraba su felicidad en que éste fuese por el tiempo
un médico afamado que tuviese como clientela a la gente más selecta de Madrid.
Tan enamorados están esos muchachos, que han perdido ya toda noción sobre el
significado de un título nobiliario y de una gran fortuna, y para ellos no hay
más dinero que el que uno mismo pueda ganarse. No, reverendo padre; no es
posible que ese joven ame a María con el único objeto de hacerse dueño de sus
millones. En este punto le defiendo; no es de tal clase de hombres.
—Mucho mejor—dijo el jesuíta, que había escuchado atentamente a la
viuda—. Es más favorable para nosotros que en tales relaciones sólo haya amor
sin sombra de mezquino interés. Así romperemos más fácilmente los vínculos que
los unen: basta con que introduzcamos entre ellos la desconfianza.
—Lo que yo deseo, reverendo padre, es que terminen estos amoríos antes
que la baronesa pueda apercibirse de ellos.
El jesuíta reflexionaba.
—¡La baronesa!—murmuró—. Esa señora cree conocer muy bien a las personas
y empieza por no formarse concepto exacto de los seres que la rodean, de los
individuos de su propia familia. Quiere hacer monjas a todas las mujeres de su
raza, sin llegar a convencerse nunca de que han nacido para casarse, como seres
vulgares, y que aun ella misma no serviría para vivir en un convento.
—Tiene un genio en extremo dominante.
—Eso le pierde, amiga mía; y lo peor es que cree que basta que ella
quiera una cosa, para que ésta sea inmediatamente. Se empeñó en que su hermana
fuese monja, y ya sabe usted lo que ocurrió poco después de haberse suicidado
el conde de Baselga; ahora quiere meter en un convento a su sobrina, y ya acaba
usted de decirme el camino que ella sigue, y que no puede ser más distinto del
que le señala su tía.
—Efectivamente; doña Fernanda es tan ciega como tiránica.
Dijo la viuda estas palabras con la expresión de gozo del inferior que
al fin encuentra ocasión para hablar mal del mismo a quien adula y sirve; pero
este tono, que no pasó desapercibido para el padre Tomás, le volvió a la
realidad.
Era imprudente hablar de tal modo, en presencia de mujer tan chismosa e
intrigante como doña Esperanza, de la baronesa de Carrillo, que, al fin, había
sido uno de los principales apoyos de la Compañía en Madrid, y en quien basaba
el jesuíta grandes esperanzas para el porvenir. Por eso se apresuró a hablar
con el propósito de deshacer el efecto de sus anteriores palabras.
—Hay que reconocer que el deseo de la baronesa no puede ser más santo y
sublime. ¿Qué mejor destino puede ambicionar para su sobrina que hacerla esposa
del Señor? Lo difícil en este asunto es que la niña no se ajusta a las
exigencias de su tía, y por carácter huye de la vida tranquila y santa del
convento.
—Eso es, reverendo padre. María no será monja aunque la martirice su
tía. Hace ya mucho tiempo que estoy convencida de ello.
—Y yo también. Esa joven quiere casarse, siente la necesidad de amar; y
si nosotros logramos que rompa sus relaciones con el doctor Zarzoso, así que se
desvanezca el pesar que esto le cause, no tardará en fijar sus ojos en otro
hombre. ¿No lo cree usted así, amiga mía?
—Así lo creo; hace un instante que pensaba en lo mismo.
—Hay, pues, que ser cautos en este asunto; y ya que la niña va por el
camino del matrimonio, procurar que no se extravíe en él, como su madre. La
baronesa, empeñándose en hacer de María una monja y cerrando los ojos para todo
la que no sea esto, corre el peligro de que su sobrina caiga en manos de un
hombre que en modo alguno convenga a la familia, y
que sea enemigo de esa religiosidad respetable que siempre ha residido en la
casa de Baselga. Ya que ella, en su desmedido amor a la religión, es ciega en
este asunto, nosotros seremos cautos y procuraremos salvar a María del peligro
que la amenaza.
—Según eso, reverendo padre, ¿cree usted que María debe casarse?
—Así lo he creído siempre, amiga mía.
—Haría usted, pues, un gran favor a la pobre niña disuadiendo a su tía
de los planes que abriga acerca de su porvenir y demostrándola que la felicidad
de su sobrina no consiste en que entre en un convento.
—Así pienso hacerlo, y tenga usted la seguridad de que María se casará.
Aquí lo que importa es que no venga a caer en manos de un impío como ese
Zarzoso, que seguramente la apartaría del camino de la religión. Ya nos
encargaremos, cuando sea tiempo oportuno, de buscarle un marido que le
convenga.
—Y mientras llega esa oportunidad, ¿qué hago yo, reverendo padre?
—Procurar que se desunan los dos amantes, valiéndose de la revelación
que antes hemos acordado.
—¿Y si este recurso no produjera efecto?
—¡Oh! Seguramente lo producirá. No conozco a ese muchacho; pero por la
descripción que usted me ha hecho de su carácter, adivino que forzosamente ha
de producir en él un efecto terrible el saber esa aventura de María.
—¿Y si tanto le cegase el amor que, sobreponiéndose a los celos y al
despecho, siguiese adorándola?
—Entonces todavía nos quedaría un medio seguro.
—¿Cuál, reverendo padre?
—¿No dice usted que el doctor Zarzoso muestra empeño en enviar a su
sobrino a París? ¿Tardará mucho en verificarse este viaje?
—Antes de tres meses. Juanito terminará su carrera dentro de pocos días,
y el doctor no tardará en enviarlo a París.
—Pues bien; la ausencia es el medio más favorable para combatir el amor.
Ensaye usted el efecto de esa revelación que hemos acordado, y si el novio
resiste, ya aprovecharemos su ausencia para convencer a María de que debe
olvidar tales amores. La joven es altiva y tiene un amor propio excesivo e
irritable; como logremos herirla en este punto vulnerable, seguramente que hará
cuanto la digamos.
—Perfectamente. Sé ya cuál es mi obligación. Primero, abrir los ojos a
este joven con la aventurilla de Valencia, y si esto no resulta, esperar a que
se vaya a París, dejando entonces a vuestra paternidad que obre como lo crea
más conveniente.
—Otra cosa ha de hacer usted. Yo creo que no me costará mucho convencer
a la baronesa de que debe resignarse al casamiento de su sobrina. En tal caso
buscaré entre los jóvenes que conozco y que aman a la Compañía como una santa
institución, uno que, por su nacimiento, su educación y su religiosidad, sea
digno de alcanzar la mano de María.
—Eso es lo que yo había pensado muchas veces, reverendo padre. A María
le conviene un esposo así, y nadie como usted puede proporcionárselo.
—Lo introduciré en casa de la baronesa sin darle otro carácter que el de
amigo. Conviene que así que le vea usted en aquel salón trabaje en su favor; es
decir, que le apoye en todos sus avances, haciendo de él grandes elogios y
procurando inclinar del lado suyo el ánimo de María.
La viuda de López así lo prometió; y segura ya, en vista del giro que
tomaba el asunto, comenzó a charlar alegremente de todos los negocios devotos
por ella emprendidos con la cooperación más o menos directa de la Orden.
Acababa de librarse de aquel gran peso que gravitaba sobre su ánimo. Ya
no temía a aquella baronesa, en el caso de que se descubriera la participación
que ella había tomado en los amoríos de la sobrina. El padre Tomás era ahora su
consejero, obraría por su mandato y podía escudarse bajo su inmenso poder, si
se desataba contra ella la furia de doña Fernanda.
Cansóse pronto el jesuíta de la charla de doña Esperanza, que ya no le
interesaba, y con muestras de marcada impaciencia, la dió a entender que era
llegado el momento de retirarse.
Cuando la viuda salió del despacho, el padre Tomás frotóse alegremente
las manos. Estaba solo, pues el padre Antonio, su antiguo secretario y
cómplice, había muerto en Francia durante el período de emigración, y el astuto
y desconfiado italiano comprendía las desventajas de tener siempre presente un
compañero que, aunque adicto, podía llegar algún día a la infidelidad.
Recordaba mucho la caída espantosa que él hizo sufrir al padre Claudio para que
pudiese llegar a fiarse de autómatas que, al fin y
al cabo, eran hombres.
Como estaba solo, no creyó ya preciso el disimulo, y sonriendo
picarescamente, murmuró:
—Ya es hora de que volvamos a ocuparnos de la familia Baselga. Los
millones esperan que vayamos a por ellos. Lo que el padre Claudio comenzó, yo
lo acabaré más hábilmente. Nada de violencias... ¿Quiere casarse la niña? Pues
bien, la casaremos; y por este medio, lo mismo que si entrase en un convento,
su fortuna vendrá a nuestras manos.
Púsose grave el rostro del jesuíta, y tras una profunda meditación,
murmuró:
—Somos invencibles; cada vez me convenzo más de ello. Donde uno de
nosotros cae, se levanta al punto un nuevo hermano con mayores fuerzas, y
siempre avanzamos impertérritos, sin vacilar un instante, hasta que conseguimos
lo que nos proponemos.
FIN DEL TOMO SEPTIMO
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dispueta=> dispuesta {pg 13} |
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la niña esta allí=> la niña estaba allí {pg 21} |
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Basileseki=> Basilescki {pg 22} |
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la producían=> le producían {pg 24} |
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la inspiraban=> le inspiraban {pg 24} |
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imágentes=> imágenes {pg 38} |
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Después, el notar=> Después, al notar {pg 65} |
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el secerto=> el secreto {pg 98} |
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despajó=> despejó {pg 109} |
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agradecimietno=> agradecimiento {pg 117} |
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nosotos=> nosotos {pg 126} |
End of Project Gutenberg's La araña negra, t. 7/9, by Vicente Blasco
Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAÑA NEGRA, T. 7/9 ***


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