© Libro N° 9539. De Sobremesa. Crónicas. Quinta Parte. Benavente, Jacinto. Emancipación.
Enero 29 de 2022.
Título original: © De Sobremesa. Crónicas. Quinta Parte. Jacinto Benavente
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DE SOBREMESA
CRÓNICAS
Quinta Parte
Jacinto Benavente
De Sobremesa
Crónicas
Quinta Parte
Jacinto Benavente
Title: De Sobremesa;
crónicas, Quinta Parte (de 5)
Author: Jacinto Benavente
Release Date: December 26,
2018 [EBook #58545]
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Jacinto Benavente
De sobremesa
CRÓNICAS
QUINTA SERIE
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33
1913
ES PROPIEDAD.—DERECHOS
RESERVADOS
Artes Gráficas MATEU.—Paseo
del Prado, 30.—Madrid.
De sobremesa
I
Los ojos y las almas se van tras lo que brilla, y
la botadura del barco España ha sido lo más brillante en esta
semana pasada.
¡Un barco de guerra magnífico! La consideración de
la cantidad pudiera entibiar el entusiasmo por la calidad, si, como dijo
Shakespeare, lo que es hambre para un gigante, no fuera hartazgo para un enano.
Los que no se deslumbran por lo que brilla, acaso
más relumbrón que lucimiento, sin quitarle importancia al flamante acorazado,
estiman en tanto el saber que muy pronto la Transatlántica Española contará[6] con dos nuevos barcos, barcos de paz, con todos los
adelantos y comodidades de los mejores transatlánticos ingleses y alemanes.
Como en España todo se hace cuestión de ideas, por
lo mismo que nos tienen todas sin cuidado, el hablar mal y por sistema de la
Compañía Transatlántica Española es uno de los tópicos anticlericales.
Aquí, hasta del hallazgo de un supuesto retrato de
Cervantes se hace programa de partido y poco menos que dogma católico. D.
Alejandro Pidal ya comprometió á la Divina Providencia en el hallazgo.
Se ha censurado á la Compañía Transatlántica porque
en sus barcos se dice misa y se reza la oración y el rosario. Yo no creo que la
asistencia á estos actos sea obligatoria para los pasajeros. Pero, nótese:
siempre censuran la celebración de estas ceremonias los que, sin creer en
ellas, no se atreven á proclamar su descreimiento y... porque no se diga, se
molestan en presenciarlas. Es cobardía suya y dicen que es intolerancia ajena.
A mí me parece más intolerancia la de los barcos
ingleses, que, al viajar por líneas[7] donde son
muchos los pasajeros católicos, sólo celebran el culto protestante y no llevan
un sacerdote que pueda auxiliar á un moribundo de religión católica.
Pero, en este caso, nadie habla de intolerancias ni
de intransigencias, y lo más gracioso es que los más libres pensadores no
pierden ceremonia del culto protestante por... curiosidad, por pasar el rato. Y
eso que, al final, hay colecta.
También habrá oído usted decir que los camareros de
los barcos españoles, con esa democracia tan nuestra, se permitían andar en
mangas de camisa entre los pasajeros. No he podido comprobarlo; pero sí que, en
barcos ingleses, con esa aristocracia tan suya, andaban... no en mangas de
camisa, en calzoncillos.
En esto, como en todo, así hemos escrito nuestra
historia y así vamos contándola por el mundo.
El saludo al nuevo barco de guerra España no
debe ser cuestión de ideas; tampoco debe serlo el saludo á los barcos de paz de
la Compañía Transatlántica Española.
II
Distinguidos escritores y críticos de Arte han
solicitado, para la próxima Exposición Nacional de Bellas Artes, una
instalación destinada á exponer obras de don Ignacio Pinazo.
Tan de justicia es la demanda que, sin duda, la
inmediata respuesta será la concesión, y aun ha de parecemos tardía, pues
quizás hubiera debido anticiparse á la petición el ofrecimiento en este caso.
En la inquietud algo anarquista de nuestra moderna
pintura, entre oscilaciones de la moda, influencia de fuertes individualidades,
titubeos de los unos y afirmaciones prematuras de los otros, Pinazo ha sido de
esos grandes y seguros artistas que, fieles á la realidad objetiva del Arte,
sobre modas y gustos pasajeros, son como estrellas fijas guiadoras infalibles
del derrotero cierto.
No quiere decir que la moda no sea legí[10]tima en arte y que no tenga sus encantos. La moda es
siempre expresión de una modalidad espiritual en el tiempo, y por ser documento
interesante en la Historia del Espíritu Humano, también puede serlo en la
Filosofía del Arte.
Mas si nada pierde una mujer hermosa con ir vestida
y adornada al gusto del día, y aun lo gracioso del atavío es picante realce de
la hermosura á los ojos vulgares, solicitados por lo llamativo del adorno antes
que por la verdad de la hermosura, no es menos cierto que, si el adorno es
gracia, sólo la desnudez es verdad.
Un figurín es muy poco; una hermosa mujer, bien
vestida, es algo; una mujer desnuda y muy hermosa, es hermosa de veras.
Pues de esta sólida hermosura es la obra de Pinazo.
Por las obras de otros pintores han dejado figurines y modas sus gracias y sus
artificios; en unas, eso fué toda su razón de ser; de otras, quizás por haber
atendido demasiado á lo pasajero no quedó todo lo que debiera haber quedado. En
Arte sólo sobrevive lo que es vida, lo que es Espíritu.
La obra de Pinazo es algo más que un figurín, y la
exposición de sus obras puede ser saludable enseñanza para tantos jóvenes
artistas en camino de perderse desorientados; unos, por andar á la última moda;
otros, por sacar moda nueva, como no se haya visto, si es posible.
Hay obras de arte de contemplación recomendable
contra neurastenias artísticas, como el campo y el mar y sus aires puros contra
la neurastenia física.
Las obras de Pinazo son de estas obras
privilegiadas; obras de salud, de fuerza, de verdad, como las de Velázquez, sus
hermanas mayores.
En París han andado á cachetes un autor y un
crítico por un quítame allá esa obra. El autor es M. Caillavet, fecundo
colaborador de M. Flers, con algunas infidelidades, como es natural en toda
colaboración, ya sea matrimonial, ya literaria; el crítico es M. Mas, del
periódico Comedia; y la obra en cuestión es Primerose,
representada en la Comedia Francesa.
En los Círculos teatrales de París ha sido sabrosa
comidilla el incidente. Unos ponen por Tenorio y otros por Mejía. No estoy
seguro, pero me atrevería á jurar, supuesto el compañerismo entre gente de
letras, que los autores estarán á favor del crítico y los críticos á favor del
autor. Los actores, naturalmente, á favor del autor y del crítico, en presencia
de cada uno de ellos, y en ausencia... deseando que no hubieran quedado ni las
plumas del uno y del otro.
En París, como en todas partes, la crítica teatral
peca de benévola. Su mayor injusticia consiste, quizás, en tratar con igual
benevolencia á todo el mundo. En este caso particular M. Caillavet no ha tenido
razón para incomodarse. M. Mas es un fanático admirador de la Comedia Francesa.
Considera dicho teatro como una preciosa institución nacional y vela celoso por
sus prestigios y por sus excelencias. M. Mas cree que el teatro Francés no
puede ser como otro teatro cualquiera, atento sólo á lo productivo del negocio;
cree que son más elevados sus deberes y sus atenciones. Se lamenta de continuo
porque los actores de la Comedia[13] andan
desperdigados por esos mundos y dificultan con sus continuas ausencias la
esmerada interpretación de las obras. Deplora que las actrices del severo
teatro conviertan la clásica escena en escaparate exhibitorio de atrevidas
creaciones modistiles, y truena contra el predominio de las obras modernas
sobre el repertorio clásico de Corneille, Racine y Molière.
Lo mismo que ahora contra Primerose, la
obra de Flers y Caillavet, ha protestado contra otras muchas obras de Lavedan,
de Donnay, de Bataille, de Hervieu.
Era un sistema, y ya se sabe que contra un sistema
sólo es posible otro sistema. Como las bofetadas no pueden ser un sistema, el
mejor de todos era el seguido por los demás autores y por el administrador de
la Comedia Francesa, M. Claretie, hombre de mundo y de teatro: Dejar decir y...
¡que critiquen!, como decía Pina Domínguez al cerrar con ímpetu la portezuela
de su elegante berlina.
Monsieur Mas sostiene, con razón, que sólo por
tratarse de un teatro subvencionado se permitía protestar contra el excesivo[14] número de representaciones de Primerose.
Monsieur Claretie opina que, no sólo de la
subvención oficial vive su teatro, y con números, vencedores siempre de las
letras, puede demostrar que el público prefiere las obras modernas á las de
Corneille, Racine y Molière.
En un país republicano y democrático el sufragio
universal es la razón suprema.
Y en cuestiones de Arte es en lo único que estará
de acuerdo la aristocracia con la democracia. Votarán siempre por la vulgaridad
y por la tontería.
En un salón se notaría gran diferencia entre una
duquesa y una cocinera. En el teatro, si hay alguna, es en ventaja de la
cocinera.
III
Un curioso impertinente ha descubierto y publicado
la verdadera fecha del natalicio de algunas celebridades.
La gente goza mucho con estas indiscreciones.
Nuestra admiración se trocaría en odio si no
considerásemos á los seres superiores sujetos á estas miserias, patrimonio de
la humanidad.
Necesitamos saber que en algo son nuestros iguales,
y en algo, tal vez, inferiores.
La tristeza de admirar sólo está comparada por la
alegría de compadecer.
Pobre del grande hombre de quien no se haya dicho
alguna vez ¡Pobre hombre!
Por eso la admiración á los grandes hombres es más
espontánea cuando son más viejos. No se les admira por haber sido grandes más
tiempo, sino porque ya les queda menos tiempo de serlo.
Los setenta años de la Patti, los sesenta y pico de
Sarah, despertaron generales simpatías y admiración. Cuando un artista es tan
declaradamente viejo, quisiéramos que, á poder ser, no se muriera nunca. Las
gracias seniles hallan tan propicia nuestra admiración como las gracias
infantiles. Todo lo que sea poder decir: ¿Ha visto usted? ¡A su edad! ¡Es
admirable!
Los perjudicados con estas indiscreciones son los
de la edad ingrata: Caruso y D'Annunzio, con sus cuarenta y tantos años, y las
artistas cincuentonas. Para estas edades no hay compasión. Son los años
crueles, sin amor y sin respeto. Años en que todo es ridículo, en que todo
parece afectado, impropio, equivalentes á las horas de la tarde en el día, las
más difíciles de distraer, las más difíciles en acertar con el traje adecuado.
Cualquiera es elegante por la mañana ó por la noche; pero ¡por la tarde! La tarde
es la verdadera piedra de toque de la elegancia; como la tarde de la vida lo es
del saber vivir. ¡No ser ridículo en esa edad ingrata, de los cuarenta á los
sesenta! ¡Insuperable dificultad!
Y ¡si hombres y mujeres se limitaran en esa edad
terrible al trato y sociedad de sus contemporáneos! Mas, justamente, en esa
edad, como se teme al espejo, se huye de la confrontación con los que pueden
servirnos de espejo.
Las señoras y los señores maduros se rodean de
jovencitos. Es la edad de los amores desproporcionados, trágicos. La edad en
que á nuestro llanto responden las risas; á nuestra fidelidad el engaño; en que
decimos: Tú, y nos dicen: Usted. Besamos en la boca y nos besan en la frente.
También ha sido sabrosa indiscreción la de haber
enterado al público de lo que cobran anualmente los más aplaudidos autores y
compositores.
A estas horas habrá quien crea que no hay profesión
en España como la de compositor ó autor dramático.
Yo me permito advertir á los deslumbrados por esas
cifras, más verdaderas que elocuentes en esta ocasión, cómo esas cantida[18]des apetitosas, cobradas por algunos autores durante
algunos años de su vida teatral, son, en parte, los atrasos de muchos años de
penuria y de lucha, y en parte anticipo de otros que llegarán, de agotamiento y
decadencia.
Si el público quiere saber la verdad que se esconde
detrás de esas cifras, no mire lo que cobran los autores; mire cómo viven
muchos de ellos, y sabrá mejor á qué atenerse.
Y no es que pequen de ahorradores ni de avarientos.
¡Si el público supiera los apuros que pasan á veces, por muy poco dinero,
muchos de esos que cobran tanto!
No hay duda que sobre el dinero del teatro pesa
alguna maldición, sin duda por ser el teatro cosa diabólica. Lo cierto es que
no hay dinero que menos luzca. Ni renta que en menos tiempo consuma el capital.
Todo autor pudiera decir, como la actriz francesa
Mme. Dorval, ante los aplausos del público: Bien pueden aplaudirme; les doy mi
vida.
En fin, si será teatral el dinero del teatro, que
estoy seguro de que, al leer las cantida[19]des cobradas,
los primeros sorprendidos habrán sido los mismos autores. Pero ¿es posible que
yo haya cobrado todo ese dinero?—pensarán algunos.
Y no hay duda; las cifras no mienten, todo eso es
verdad. La de autor dramático debe ser profesión envidiable. ¡Ojalá pudiera
cederse ó traspasarse como un comercio ó establecimiento cualquiera con todos
sus enseres! Y ¡ojalá pudiera anunciarse la cesión ó el traspaso como en
Francia: ¡Après fortune faite!
Entre dos amigos:
—Pero ¡chico! ¿Estás comprando ostras? ¿Quieres
suicidarte?
—No. Yo no soy aprensivo. Además, tengo convidada á
la familia de mi mujer.
IV
Como anticipo al centenario de Shakespeare, y ya
nos contentaríamos para suma total con un anticipo como ese en nuestro
centenario de Cervantes, durante el próximo Mayo ha de inaugurarse en Londres
una curiosa reconstitución de dicha capital en tiempos de Shakespeare, con sus
tortuosas callejas, sus casas de madera. Habrá suntuosas fiestas, en que
tomarán parte más de tres mil personas de la mejor sociedad, vestidas á usanza
de la época en la severa pero fastuosa corte de la reina Isabel, la vestal de Occidente.
Habrá torneos y pasos de armas, con históricas armaduras en caballeros y
palafrenes.
En el teatro del Globo, copia exacta del que fué
dirigido por Shakespeare en unión de Burlage, serán representadas obras de
Shakespeare, de Marlowe, de Ben-Johnson, de Beaumont y Fletcher y de otros
gloriosos[22] autores contemporáneos del que logró
oscurecer la gloria de todos.
Una kermesse revivirá costumbres
populares, las canciones y danzas de la época, pavanas y gallardas.
En la sala de los festines podrá asistirse á una
comida de ceremonia de la reina Isabel, rodeada de sus adoradores y de sus
cortesanos.
Habrá conciertos de música del
siglo xvi y mascaradas á la italiana, tan del gusto de aquella corte,
rara mezcla de rudeza y refinamiento, de energía y de corrupción.
No faltará el recuerdo triste para nosotros; la
reproducción del Revenge, el barco que mandaba lord Ricardo
Granville en el combate contra nuestra Armada Invencible; el mismo, también, en
que nuestro mortal enemigo el Drake dió por primera vez la vuelta al mundo.
Tan magnífico espectáculo ha sido organizado por
una empresa particular y será á modo de heraldo anunciador de las grandiosas
fiestas que dispone Inglaterra para el año diez y seis.
Lo mismito que aquí, ¿no es verdad,[23] amigo
Cávia? Aquí ya hemos convertido la conmemoración de Cervantes en algo
religioso, en declarar dogma católico y conservador la Invención del escondido
retrato; Invención no menos gloriosa que la de la Santa Cruz por Santa Elena.
Ahora van á enviarse fotografías y foto-grabados
del retrato por esos mundos. ¡Quiera Dios que no vuelva maltrecho y vapuleado,
como Don Quijote de sus aventuras y andanzas!
En nuestro espíritu nada se pierde ni se destruye,
aunque mucho se oculte. De continuo allegamos experiencia y conocimiento, y por
una serie de superposiciones, juzgamos tal vez terreno de solidez fundamental
lo que sólo es arena de aluvión movediza. Cuando creemos más perdida alguna
primera cualidad de nuestro espíritu, una emoción, un recuerdo, una sacudida
cualquiera, arrastra todo lo superpuesto y reaparece en nosotros lo que más
enterrado parecía.
Sólo así se comprende cómo sobre una balumba de
ciencias filosóficas y naturales surje y se alza de pronto un libro diminuto:
el Catecismo.
Sólo así se explica cómo después de haber leído á
Mæterlink y á Ibsen, nos interesamos en el teatro con pueril interés, con
emoción plebeya, por el melodrama de burdas complicaciones. Cómo, después de
haber leído á Flaubert y á D'Annunzio, nos divierte el folletín policíaco ó el
cuento de niños.
Por eso hay espectáculos y libros y cuentos que
durarán cuanto dure la Humanidad. Y no porque al renovarse las generaciones
cada generación celebre las novedades, sino porque, como en la Humanidad, con
ser tan vieja, siempre habrá niños y juventud, en el hombre, por muchos años y
mucha experiencia y muchos desengaños que pesen sobre su vida, siempre
existirán el joven y el niño, prontos á mostrarse apenas una emoción de su
mocedad ó de su infancia los solicite. Como la tierra madre, el corazón del
hombre se abre en grietas, simas, para decirnos, una, la historia, de[25] sus edades geológicas; el otro, la de sus edades
espirituales.
He aquí por qué unos cuantos hombres maduros y
muchos viejos estábamos encantados una de estas noches con los juegos de
prestidigitación y de ilusionismo del caballero Watry.
Este es un espectáculo en que se ha progresado muy
poco. Quizá en eso está su mayor encanto. Las innovaciones le perjudican.
Preferimos á los modernos aparatos de electricidad, combinaciones de espejos y
cámaras oscuras, las antiguas suertes de baraja y de escamoteos; las que dieron
inmortal prestigio á Roberto Houdin, á Benita Anguinet, á Herman, al conde
Patricio y demás célebres figuras de un arte siempre antiguo y siempre nuevo,
como todo lo que tiene raíces profundas en lo más profundo de la Humanidad.
¿No es este todo el secreto del Arte? ¿Hay novedad
que valga tanto como acertar con una de vejeces que nunca envejecen; el cuento
de ilusión que al niño maravilla por ser niño y al hombre le ilusiona porque se
cree niño al recordarlo?
V
Bien dice el refrán: «No hay peor cuña que la de la
misma madera». Cuando entre los pintores hay más literatos, deciden los
pintores recusar el juicio de los literatos.
Para la próxima Exposición de Bellas Artes desean
los pintores que nadie, ajeno á la pintura, intervenga en la admisión de
cuadros. Grave pecado de ingratitud me parece. ¿Qué sería de la mayor parte de
los pintores modernos si los literatos no se encargaran de comentar y de
explicar sus cuadros al público?
Sin los literatos, ¿hubiera logrado imponerse el
impresionismo francés? ¿Qué hubiera sido sin Ruskin de los hermanos
prerrafaelistas de Inglaterra? Y ¡de cuántos pintores modernos no puede decirse
lo que el conde Tolstoi decía de Ibsen: «Ibsen es feliz; él escribe lo que le
parece, sin saber lo que escribe, y después los críticos se[28] encargan
de explicárselo». ¡Ah! ¡Si algunos de nuestros pintores modernos tuvieran que
entendérselas directamente y cara á cara con el público! Y también muchos de
los antiguos.
Uno de los experimentos más interesantes es el de
acompañar en su visita al Museo á una persona que no esté tocada de literatura,
á un espíritu virgen y sincero. Yo les aseguro á ustedes que las convicciones
más firmes se tambalean. ¡Ven tan claro y tan limpio estos ojos vulgares! ¿No
veríamos nosotros como ellos, si sólo percibiéramos la objetividad de la
belleza en los cuadros, en vez de ir saturados de subjetivismos de escritores y
críticos? ¡Cuántas obras de arte no deben su gloria á su propia hermosura, sino
á la hermosa página que inspiraron! Cuando contemplamos la Venus de Milo, ¿es
la Venus de Milo la que nos admira, ó tantas famosas páginas literarias
escritas en su honor?
La cultura es la buena educación del entendimiento,
mas por lo mismo que es buena educación, no puede ser siempre sinceridad.
Hay buenas formas, indispensables para frecuentar
el mundo artístico, como para andar en sociedad. ¡Si dijéramos siempre lo que
pensamos y lo que sentimos!
Pero, como dice en la comedia de Pailleron Le
monde oú l'on s'ennuie, en castellano, Las tres jaquecas, el
subprefecto republicano á la duquesa monárquica, que le propone hablar mal del
Gobierno: «¡Ah, duquesa, yo no puedo hablar mal, soy empleado; pero la oiré á
usted con mucho gusto». Cuando no nos atrevemos á ser sinceros ni con nosotros
mismos, ¡cómo agradecemos y cuánto celebramos que alguien se atreva á serlo!
Por esto, los reyes y los grandes señores,
obligados á fingimientos de cortesía, gustaban de traer á su lado bufones y
chocarreros, que, con achaque de burlas, dijeran las verdades. Por esta misma
razón, todavía, en muchas casas aristocráticas gustan de convidar á unas
cuantas personas mal educadas, que puedan, de cuando en cuando, soltar cuatro
frescas á los demás invitados, con gran susto, aparente, de los señores de la
casa; en realidad, con gran rego[30]cijo, porque son las
cuatro frescas que ellos soltarían con mucho gusto, si la buena educación no se
lo estorbara.
Y hay que convenir en que si la sinceridad y la
mala educación á todas horas serían intolerables, son muy convenientes alguna
vez, como ventiladores. Sin ellos no se podría respirar en algunos momentos.
¡Tan cargada de mentiras y de convencionalismos está la atmósfera social!
Hay salidas de tono, ó dígase coces, inapreciables
para determinar una corriente de aire puro.
Ahora, que á las personas de buen talante ni les
gusta acocear ni ser acoceadas. Por eso suelen acompañarse de quien sepa
hacerlo con oportunidad.
Un empresario de mucho entendimiento decía que todo
empresario necesitaba tener dos representantes: uno, honrado, para entenderse
con él, y otro, pillo, para entenderse con el público. Del mismo modo, es muy
conveniente en la vida tener dos amigos de confianza: uno, bien educado, para
tratar con él; otro, mal educado, para que trate á los demás amigos. Y ¡si
fuera posi[31]ble reunir en uno solo al que supiera
decirnos las mentiras agradables á nosotros y las verdades desagradables á los
demás!
Pero esta suerte es patrimonio de los grandes
personajes políticos. Por lo regular, cuando se tiene un amigo mal educado,
somos sus primeras víctimas. Pero, en fin, en gracia de que puede molestar á
todo el mundo, le perdonamos gustosos que nos moleste.
La huelga carbonera de Inglaterra, de interés
mundial, como ahora se dice, nos preocupa muy poco. La actitud de Francia en la
cuestión de Marruecos, de interés tan nacional, nos preocupa lo mismo; menos,
es imposible.
Los temas de conversación preferentes son: la
crisis probable, el nuevo arrendamiento de la Plaza de Toros, la opereta
vienesa, las tres peticiones en la Iglesia de Jesús, la chismografía de
sociedad y de bastidores... Amenidades todo: como en los pueblos felices y en
las casas en donde hay que comer.
Y bien mirado, ¿no es admirable esta
despreocupación nuestra? Los destinos futuros de la Humanidad ¡son tan
inciertos! ¡Todo el poderío, toda la riqueza del Imperio británico á merced de
una huelga proletaria!
¡Oh! ¡El brazo de reyes, emperadores, hombres de
guerra y hombres de Estado, ese brazo extendido, que parece en nuestras
estatuas imperioso, dominador!
Ya son los brazos cruzados del obrero, del
trabajador, del miserable, los que rigen, gobiernan y mandan en el mundo.
Ante esta pasiva acción, ¿qué puede otra acción?
¿Qué puede el pensamiento? Los bárbaros no necesitan esta vez ni avanzar sobre
el Imperio; les basta con cruzarse de brazos, y el Imperio caerá por sí solo.
Mientras el mundo viva preocupado por esta amenaza,
y hasta realizarse, nosotros, que ni aun entonces nos preocuparemos gran cosa,
podemos ser el rincón apetecible del mundo, que sirva como de Sanatorio á los
pensadores europeos que se hayan vuelto locos de tanto preocuparse por lo que
nosotros nos tendrá sin cuidado.
VI
No hay que echar á mala parte nuestra ingratitud
con los grandes hombres. Se ha dicho que la ingratitud es la independencia del
corazón. Entre nosotros no es sino la independencia del cerebro. Nuestra
ingratitud sólo es olvido, y somos olvidadizos por pereza.
Como la soberanía nacional en unos cuantos
políticos de profesión, delegamos gustosos la facultad de discurrir, con tal de
molestarnos lo menos posible.
Cuando admiramos ó cuando dejamos de admirar, no
hay que tomar en serio nuestro entusiasmo ó nuestro desvío. Nada es convicción,
todo es comodidad.
Así, no hay gloria duradera entre nosotros. Y no
por combatida, por ignorada. La crítica, aunque fuera para negar, ya sería
conocimiento, pero ya sería molestia. Es mejor suprimir.
[34]La fama de todo gran escritor, por glorioso que
sea, padece un eclipse peligroso: cuando extirpada la generación de sus
admiradores contemporáneos, se suceden otras nuevas generaciones, solicitadas
por nuevos nombres y nuevas glorias; cuando la obra es vieja y aún no es
antigua; cuando ya no es actualidad y aún no es historia; cuando ya no creemos
en el Revilla que la celebró en su tiempo y aún no llegó para ella el Menéndez
y Pelayo que haya de consagrarla á nuestra admiración definitiva.
La gloria de Campoamor ha podido tener este
eclipse. Los jóvenes dejaron de admirarle porque era el mejor pretexto para no
leerle. Lo mismo ha sido con Víctor Hugo, con Lamartine, con otros muchos.
Apenaba la escasez de estudios biográficos y
críticos de Campoamor y de sus obras. Entristece que el poeta de las mujeres no
tenga una edición de sus obras, elegante, artística, digna de ser ofrecida á
una mujer como regalo. Las mujeres ¡ingratas! dejaron morir al poeta sin
ofrecerle el homenaje de su admiración y de su cariño.
Ahora, patrocinada por leales amigos, se[35] abre una suscripción para erigir un monumento al
poeta. Las hijas de aquellas madres que amó tanto, como él decía, ¿se acordarán
del poeta? «Me besan hoy como se besa á un santo»; exclamaba con ternura de
abuelo, en el noble ocaso de su vida.
Las jóvenes de ahora no besan á los poetas ni los
tienen por santos, y á los santos tampoco los besan, se los comen. Como no ande
en ello batuta eclesiástica, poco puede esperarse de las damas aristocráticas y
de las jóvenes distinguidas.
De este modo, como decía Hamlet, bien puede
asegurarse que la memoria del más ilustre hombre vivirá cuatro días, y eso si
fué fundador de iglesias, que si no, podrá decirse como del caballito de palo
se canta:
¡Ya murió el caballito de palo,
y ya le olvidaron así que murió!
Sería muy triste que sólo contribuyeran los hombres
al monumento que ha de perpetuar las glorias del poeta de las mujeres, del que
poetizó el dolor en femenino con nombre de dolora.
Andrés González Blanco ha redimido[36] culpas
de la juventud literaria de nuestros días con un magistral estudio sobre
Campoamor; libro de crítica seria, sin impresionismos, sin nerviosidades; un
estudio todo serenidad, como corresponde á uno de los pocos poetas españoles
del siglo xix, que ha de hallar, por lo menos cada veinte años, un crítico
de entendimiento que lea sus obras y sepa imponerlas á la admiración de los que
no leen.
En España, este público que no lee nunca es el que
más sostiene el esplendor de las glorias literarias; como la multitud que nunca
piensa, el esplendor de las religiones.
Los deportistas de nuestra Sierra del Guadarrama se
oponen á la construcción de un Sanatorio para tuberculosos.
El deportista ha leído á Nietzche; el deportista no
tiene compasión. Como aquel hombre frío, del que habla Wordsworth en una
poesía, capaz de estudiar botánica sobre la sepultura de su madre, el
deportista considera el mundo como un inmenso[37] campo
de recreo. Si su afición es el automóvil, quisiera que el mundo fuera una
inmensa carretera asfaltada y que hasta los cráneos de los transeuntes fueran
de asfalto para deslizarse con suavidad sobre ellos.
Sobre la Sierra han puesto sus grandes patines
dominadores. Bien está que se expongan por gusto á romperse la cabeza en un
ejercicio tan saludable y tan útil en España; pero ¡exponerse, por sensiblerías
impropias de hombres fuertes, á contagiarse de tuberculosis! Una cosa es tener
valor ante un riesgo seguro, y otra ante un riesgo imaginario. Sí sabe uno cómo
puede matarse, pero ¡cómo puede morir!
En este caso, los higienistas se ven combatidos con
sus propias armas. ¡Se ha exagerado tanto el peligro de los contagios! Ya es
casi heroísmo acercarse á un enfermo.
Lo que debieron considerar esos intratables
deportistas opuestos á la construcción del Sanatorio en el Guadarrama es que,
más vale prevenir y curar á los tuberculosos en un Sanatorio apropiado, que no
vivir de continuo entre ellos sin medios de evitar el[38] contagio.
¿Es el nombre lo que asusta? Pues si en el edificio de la Sierra puede
escribirse: Sanatorio, por todo Madrid puede escribirse: Foco. Véase lo que es
preferible y dónde es mayor el peligro.
VII
Es la Academia Española institución tan
aristocrática y conservadora, que tiene á gala no dejarse guiar en sus acuerdos
y en sus determinaciones por nada que trascienda á dictado de la opinión
pública y democrática. Por esto, tal vez sea contraproducente el movimiento
general de la opinión á favor de la candidatura de la condesa de Pardo Bazán
para ocupar uno de los sillones académicos vacantes.
Aunque tanto blasonan de su mayoría, cuando les
conviene, es axioma de nuestras clases conservadoras que la mayoría no tiene
razón nunca. Pero es, claro está, cuando se trata de la otra mayoría. En
España, tratándose de literatura, la mayoría, por desgracia, es una mayoría
relativa, que solo puede considerarse mayoría como D. Hermógenes consideraba
numerosos los tres ejemplares vendidos de El cerco de[40] Viena, con relación á uno. La opinión
general ¡se interesa tan poco por estos asuntos! Tener cinco mil lectores en
España, ya es ser un escritor popular. Como nuestro poeta más popular hemos
celebrado siempre á Zorrilla, y, aparte Don Juan Tenorio, ¡cuántos
de los que conocen la obra ignoran el nombre de su autor! De sus restantes
obras, ¿qué razón puede dar el pueblo, lo que se llama el pueblo?
La Academia Española debiera, pues, atender de vez
en cuando indicaciones de la opinión, sin temor á verse atropellada por el
vulgo y mucho menos por el populacho. Los que se preocupan en España por la
literatura, aun los más vulgares, ya constituyen una aristocracia.
En el caso de la condesa de Pardo Bazán no podrá
atribuirse la demanda á espíritu sectario de ninguna clase. La condesa de Pardo
Bazán ha sido siempre una gran señora de las Letras, y ya que tan mal parece á
nuestras clases conservadoras el escritor metido en política—cuando esta
política no es la suya, por supuesto, pues á los suyos bien les celebran el
civismo y la literatu[41]ra,—no se dirá en esta ocasión
que la política y el sectarismo y las pícaras ideas desnaturalizan el puro
desinterés artístico de lo solicitado.
¿Qué puede oponerse á la concesión? Fundar la
negativa en el sexo de la ilustre escritora sería notoria injusticia, y ni
siquiera puede alegarse como tradición. Justamente las primeras Academias de
España, aquellas Academias de poesía, famosas en lo antiguo, eran presididas y
congregadas por mujeres y las más nobles y discretas damas concurrían á ellas.
Los Juegos Florales, las Cortes de Amor, origen de las modernas Academias, por
la mujer tuvieron vida y espíritu.
Por lo mismo que las Academias son instituciones
aristocráticas, conservadoras, y está bien que así sea y esa es toda su razón
de ser, yo creo que nada puede aristocratizarlas tanto como el ingreso de las
mujeres distinguidas.
Sin negar ni desconocer el mérito de algunos
escritores, indicados á cada vacante por la opinión pública, no dejo de conocer
que su sitio no está en la Academia; des[42]entonan. La
Academia no debe atender sólo al mérito literario. No es en círculo tan selecto
como una Academia, es en cualquier reunión de café, y hay escritores de gran
talento y de grandes merecimientos á quienes no se les puede tolerar de
contertulios...
Por eso está muy justificada la resistencia de la
Academia Española á ciertos nombramientos.
Ahora, tratándose de la condesa de Pardo Bazán,
ninguna oposición lo estaría.
¿Se teme que, una vez abierta la puerta á las
mujeres, no habría marisabidilla ni literata de las perniciosas que no se
creyera con el mismo derecho á ser académica? Esta objeción lo mismo reza con
los hombres. ¡Pues sí que hay entre los escritores varones alguno que no se
crea academizable!
Nos quejamos á todas horas de la inferior cultura y
capacidad de la mujer, y cuando alguna mujer sobresale entre todas, la negamos
el debido premio á sus merecimientos á pretexto de que es mujer.
Hay, además, una razón patriótica para[43] que la condesa de Pardo Bazán sea nombrada
académica. Muy pronto ha de ir á la República Argentina, quizás á otras
Repúblicas americanas. Son pueblos progresivos, donde la mujer es el alma de la
cultura, donde se tiene muy triste idea de nuestro atraso y de nuestro espíritu
tradicionalista. Conviene, ya que una infanta de España fué nuestra embajadora
política con todos los honores, que nuestra embajadora literaria vaya rodeada
de todos los prestigios y pueda dar testimonio, no sólo de lo que puedan valer
las mujeres entre nosotros, de esto se basta la ilustre escritora para
responder, sino de algo que significa más para nosotros: de cómo sabemos
honrarlas y enaltecerlas. Cuando al saber y al talento se le regatean
satisfacciones en su patria, por donde va, más que grandezas, va atestiguando
mezquindades.
Se anuncia el estreno de una refundición,
reducción, adaptación, ó como quiera llamarse, de El barbero de Sevilla,
de Ros[44]sini, con destino á los teatros de zarzuela
española y de género chico.
Hay quien clama contra esto, que le parece atentado
y profanación contra la ópera de Rossini.
No lo creo así. Si las obras musicales fueran
profanadas en cuanto no se presentan en toda su integridad y en su marco
adecuado, profanadas están todos los días en interpretaciones detestables, en
ejecuciones parciales, en sextetos, pianos, discos fonográficos, etc.
Popularizar y vulgarizar estas obras en condiciones
decorosas me parece obra muy laudable. Sobre que el interés del refundidor y el
de los artistas que han de interpretar estas refundiciones, han de tener en
cuenta con quién y hasta dónde pueden atreverse. Seguramente, á nadie se le
ocurrirá reducir El ocaso de los dioses ni La Walkiria.
Pero la música ligera y alegre de El
barbero, ¿por qué no ha de oirse en nuestros teatros de zarzuela? En Romea
oímos la «Quinta sinfonía», de Beethoven, entre las danzas de la Tórtola de
Valencia.
[45]El teatro Real es teatro caro. Hay muchos que no
pueden ir á la montaña; hay que llevarlos á la montaña—El barbero no
son los Andes—aunque sea en pedacitos.
Créanlo esos críticos celosos del respeto debido á
una obra. No es tan grave falta descender una ópera al género chico como elevar
el género chico á categoría de ópera.
VIII
La obra literaria, el Arte moderno en general, aun
en lo más serio y meditado, adolecen de inconsistencia, con aire de
improvisación, de algo ligero y provisional.
En cada época hay un género literario dominante
que, por decirlo así, da el tono á toda la literatura de una época. Hay un
período literario épico, hay otro dramático, los hay líricos y los hay
novelescos.
En la época actual el género dominante, el que da
el tono á toda la producción artística, es el género periodístico. La
literatura periodística domina sobre todo el Arte moderno.
El poeta lírico, el autor dramático, el novelista,
el orador sagrado, el historiador, pintores y escultores; todos ellos son
periodistas en sus poesías, en sus dramas y comedias, en sus novelas, en sus
sermones,[48] en sus historias, en sus cuadros y en
sus estatuas.
La actualidad periodística con alas de mariposa;
polvillo de sus alas, tinta fresca y pegajosa de imprenta, es la musa del Arte
moderno.
Por eso cuando los mismos edificios, sólidas obras
de arquitectura, los monumentos escultóricos de mármol ó de bronce nos parecen
hojas de volandera actualidad, más nos sorprende hallar la obra de serenidad y
de reposo en la obra periodística juntamente.
Tal es el libro de Azorín «Lecturas
de España», formado con artículos de periódico que tuvieron su día de
actualidad y entran ahora, por derecho propio, en la eterna actualidad de las
obras maestras.
Cuando tantos libros grandes ofrecidos á la
inmortalidad por sus autores, desdeñosos del juicio y del aplauso de sus
contemporáneos, pasaron como pasa el artículo de periódico, este libro de
artículos de periódico sólo ahora parece en su verdadera forma, con su prosa
robusta, sano equilibrio de músculos y nervios, sus juicios cer[49]teros,
su noble continente de hidalgo castellano.
Para mí, tan propenso á nerviosismos y
destemplanzas, nada tan admirable como esta prosa de Azorín, tan
distinta de casi toda nuestra moderna prosa. Entre tanto asomo de chillones
colorines, es la prosa de Azorín como un buen grabado en
acero, como un aguafuerte, donde claros y obscuros dan la exacta equivalencia
de todos los colores y de todos los tonos.
Tiene este libro, además, para los que siempre
hemos admirado á Azorín, aunque alguna vez haya irritado nuestra
sensibilidad, la ventaja, sobre otros libros suyos, de que nada, al leerle, en
nuestro sentimiento protesta contra nuestra admiración.
Azorín, como no podía ser menos, parece curado de su
«maurismo» agudo. Ya no cree, como creen los conservadores, que el mundo es
sólo un medio para que don Antonio Maura y don Juan de la Cierva gobiernen en
España.
Azorín es demasiado inteligente, demasiado artista
para limitar su ideal á los ideales de ninguno de nuestros partidos políticos.[50] Su apasionada ceguedad conservadora fué... natural
reacción de protesta contra los liberales.
Nuestros partidos liberales se dan tal arte que, en
España, parece incompatible el ser liberal y el ser inteligente. Los
conservadores tienen de bueno el no ser liberales; pero el no ser algo es ser
muy poca cosa. Como la única ventaja que tiene un partido español sobre otro es
no ser el otro, lo mejor es echar por la calle de en medio, aunque se exponga
uno á que le miren de mala manera los de una acera y los de la otra, y más si
ven que uno va por su camino sin hacerles maldito el caso.
Se quejan los políticos del desvío de los
escritores, de los artistas. Pero ¿estiman en algo los políticos á los
escritores, á los artistas? Lo que ellos estiman en el escritor no es la
inteligencia, es la sumisión de la inteligencia.
Los políticos, como las mujeres, no se contentan
con dominar en el corazón si no dominan en la cabeza. No se contentan con que
los perdonemos sus faltas por cariño, quieren que no las conozcamos por igno[51]rancia. Los políticos y las mujeres perciben claramente,
aunque la envolvamos en palabras de afecto, la mirada de inteligencia que
parece decirles: «Aunque te quiero... te conozco; á mí no me engañas.»
Las mujeres y los políticos odian á todo el que no
pueden engañar.
Por eso los hombres inteligentes no son nunca
afortunados en amor ni en política.
IX
En la historia del teatro español, durante la
segunda mitad del siglo xix, es de gran importancia el estudio de los
actores italianos que han pasado por nuestros escenarios y de su influencia
sobre nuestro arte dramático y nuestro arte escénico.
Los actores italianos han sido siempre los que
mejor han realizado el ideal de la representación escénica: verdad en la poesía
y poesía en la verdad.
Este era el arte de sus grandes trágicos: la
Ristori, Salvini, Rossi. Este es el arte de sus modernos comediantes.
Lo extraño es que, tierra de admirables actores, no
lo haya sido de grandes autores. Italia no ha tenido un Shakespeare, un
Calderón, ni siquiera un Molière. Sus actores, más que del teatro patrio, han
sido por todo el mundo mensajeros y vulgarizadores del teatro de Shakespeare y
del teatro francés.
[54]La Ristori apenas representaba obras
italianas: Medea, Fedra, María Estuardo, Macbeth eran
las obras de su repertorio. Alguna tragedia de Alfieri, como Mirra,
y la Francesca de Rimini, de Silvio Pellico, eran las únicas obras
italianas de su repertorio.
Salvini y Rossi eran los intérpretes de
Shakespeare.
Virginia Marini, con su excelente compañía, la
mejor compañía italiana que hemos visto en Madrid, en la que figuraban segundas
actrices que luego fueron eminentes y primerísimas, como la Vitaliani, la
Reiter y la Belli-Blanes, y actores como Ceresa, Cola, Vitaliani y Zoppetti,
nos dió á conocer el repertorio, antes modernísimo, de Sardou y Dumas,
hijo: Dora, Fernanda, Rabagás, Demi-monde, Monsieur
Alphonse, La princesa Jorge, etc.
Estas obras parecían la última palabra del realismo
en el teatro. La falsedad esencial se ocultaba bajo la minuciosidad de los
detalles y el verismo de la presentación escénica. Los árboles no dejaban ver
el bosque.
Después de Virginia Marini fueron la Pía Marchi,
Novelli; después la Mariani, Zacconi, la Vitaliani, Tina di Lorenzo, y entre
ellos Emmanuel con la Glech, primero, después con la Reiter, y, sobre todos, la
Duse incomparable: la divina y la humana, dolorosa del Arte, cuerpo de nube
fulgurada por intensa luz espiritual, resplandeciente en relámpagos de pasión ó
ensombrecida de tristezas profundas como la noche sobre el mar.
Todos estos actores han influído con su arte sobre
nuestros actores, sobre nuestros autores y sobre nuestro público. Han sido
educadores de nuestro gusto y vulgarizadores del teatro extranjero. Gracias á
ellos, nuestro público sabe que hay algo mejor, algo lo mismo, y mucho,
también, peor que lo nuestro.
Hoy su influencia no es tan notoria, las novedades
teatrales que pueden ofrecernos son pocas, y el interés por asistir á sus
representaciones se limita al aprecio del mérito personal de los actores.
Lyda Borelli es la actriz italiana de este año.
Llega la última, sin novedades llama[56]tivas en su
repertorio, y lucha con desventaja en el terreno ocasionado de las
comparaciones. Pero su figura, su arte, son tan personales, es tan ella,
que la comparación más inevitable se desvirtúa. Lyda Borelli es la última...
como el último amor, que nos parece el primero.
En esa melo-comedia de Zazá, que es
á La dama de las camelias lo que la República francesa es al
Imperio, en lo social y político, y lo que Zola es á Víctor Hugo, en imperios y
repúblicas literarias, Lyda Borelli consigue, con ser obra de tantos recuerdos,
que no recordemos á ninguna otra actriz; y esto, sin preocuparse de no recordar
á ninguna, sin rebuscar nuevos efectos ni caer en extravagantes originalidades.
La mayor originalidad de Lyda Borelli es ésa: que no pretende ser original.
Y, por eso mismo, lo es, del único modo que se
puede ser original en Arte: por sentimiento propio, íntimo.
Lyda Borelli, sobre todas las excelencias de su
arte, posee la gracia; la gracia, en el sentido artístico de la
palabra, más cerca del teológico que del vulgar significado. Es[57] la
gracia, ese don de esclarecerlo todo, de ver alegría hasta en la tristeza; en
una armonía de la inteligencia y del sentimiento, que siempre es claridad.
Esa gracia que es todo el arte griego y pone la
divina alegría de comprender sobre el humano dolor de sentir; como la serenidad
del mármol, en la escultura, ennoblece el dolor inquietante de la carne.
El arte de Lyda Borelli culmina en Salomé,
de Oscar Wilde.
Ella consigue lo que no pudo conseguir el
desdichado poeta inglés en su obra ni en su vida: con nervios modernos,
actitudes esculturales.
X
La Exposición Beruete, con fervorosa atención
ordenada por el cariño filial y el noble afecto de un insigne artista, Sorolla,
quizás haya sido una revelación para lo que hemos convenido en llamar el gran
público.
Aquí, donde el Arte sólo es cultivado por los
pobretes, nadie suele tomar en serio las aficiones artísticas de un gran señor
que para nada necesita del Arte. El título de buen aficionado es el más alto á
que puede aspirar.
Que don Aureliano Beruete era un admirable
paisajista han de reconocerlo ahora todos al visitar la Exposición de sus
obras, y esta hora de justicia quizá sea para muchos de remordimiento.
Con ser un gran lírico del paisaje, como lo es todo
gran artista, era Beruete, como todos los grandes líricos, un espíritu abier[60]to y receptivo que en todo se transformaba, en vez de
transformarlo todo á la propia comodidad de una manera y de una técnica, como
tantos falsos líricos del Arte. Conviene no confundir el carácter con la
tozudez, y, en el artista, la personalidad con el amaneramiento.
Ha de ser el artista, como la luz del sol, más
admirada en cuanto alumbra al esparcirse que en el sol mismo. Y ¡el sol es un
gran lírico!
Toledo, Guadarrama, Avila, Suiza, nada perdieron de
su objetividad, con ser tan diversa, porque todo fué contemplado sin la
preocupación del procedimiento. No era el paisaje el que se acomodaba á la
técnica; era la técnica la que se acomodaba al paisaje.
No es siempre lo que más se admira lo que más
enamora. Para mis simpatías hay, entre todos, un cuadro; una vista de Madrid,
castiza como un sainete de Ricardo de la Vega: entre solares y tapias de
ladrillo rojo, desmontes areniscos, unas pobres casuchas bajas, y, sobre ellas,
una de esas casas madrileñas, tejado color de puchero,[61] balcones
de colorines, la fachada con sucio revoque amarillento, y el sol de Madrid
alegrándolo todo; el sol, que rosea y dora los sucios revoques descoloridos
como si fueran mármoles y jaspes de palacios señoriales.
Es preciso ser muy madrileño para hallar poesía en
estas cosas. Es preciso ser muy artista para saber decir á los demás: Aquí hay
poesía.
Los países meridionales, tan calumniados por las
personas serias, ejercen una gran atracción sobre los artistas y los escritores
del Norte. Italia, España, su Arte, su Historia, son de continuo estudiados por
ingleses, alemanes, rusos y escandinavos.
Ahora es el dinamarqués Joerguensen, enamorado de
San Francisco de Asís, peregrino fervoroso por los lugares que en su vida
recorrió aquel caballero andante de Cristo, vestido el sayal de la fuerte
humildad por toda armadura.
Es el sueco Bratli, estudioso investigador de la
vida y la obra de Felipe II, con im[62]parcialidad
desacostumbrada en autores extranjeros, y aun nacionales, al tratarse de rey
tan desgraciado con los historiadores como con los novelistas y autores
dramáticos.
De estos últimos, el que le ha presentado con menos
sombríos colores ha sido el más cercano á sus días, el español Enciso, en su
comedia El príncipe Don Carlos.
El escritor sueco, en su monografía, pretende, y no
en vano, esclarecer la sombría figura del monarca español, tan mal estudiada y
comprendida por sus apologistas como por sus detractores.
Se considere la Historia como Ciencia ó como Arte,
sólo cabe poner en ella el calor de una pasión, la pasión por la verdad.
La obra de Bratli debe ser agradecida por los
españoles. Nuestra Historia corre por el mundo en libros extranjeros y en
libros casi siempre inspirados por odios y antipatías. Diríase, al leerlos, que
sólo en España hubo Inquisición; que sólo en España hubo persecuciones
religiosas, cuando fué, en realidad, donde hubo menos; que sólo España
conquistó y colonizó cruelmente, y[63] que sólo la
Ciencia y las Artes españolas padecieron bajo la presión de la Iglesia y del
Poder real. Y no es lo malo que los extranjeros hayan contado así nuestra
Historia; lo peor es que nosotros la hemos aprendido también en sus libros, sin
tomarnos el trabajo de aprender las Historias de otras naciones, para
comprender cómo, calumniados y todo, la nuestra no desmerece nada.
Felipe II era el soberano más noble, más culto y
más humano de su tiempo. Su mayor defecto fué el que tan donosamente le señaló
don Juan Valera: el de ser un tanto engorroso. Y esto fué lo que
alabaron en él de prudencia.
El alcalde de Madrid se ha creído en el caso de
amonestar al concesionario del teatro Español, el sabio doctor Madrazo, por la
baratura del precio en las localidades.
Yo creo que el Ayuntamiento debiera agradecer el
desinterés del señor Madrazo y congratularse de que un teatro municipal sea,
por fin, un teatro popular, por sus pre[64]cios, al
alcance de las clases menos acomodadas.
¿No es deber del Ayuntamiento procurar por todos
los medios el abaratamiento de las subsistencias? ¿Quieren que el teatro
español sea un teatro aristocrático? Entonces debieron empezar por no
concedérselo al doctor Madrazo, tan conocido por sus ideas democráticas y
republicanas.
Entonces, si un millonario generoso se ofreciera
como empresario del teatro Español para obsequiar al público con funciones
gratuitas, ¿no se le concedería el teatro?
Además, ¿cree el Ayuntamiento que es el precio de
las localidades lo que da ó quita al teatro el decoro debido á sus prestigios?
No es al precio, sino á la calidad del espectáculo
á lo que debiera atender el Ayuntamiento.
Bien está á peseta el chocolate de á peseta. El
Ayuntamiento, en este caso, al contrario que en el sabido cuento, lo pide más
caro, sabiendo que peor es imposible.
XI
Dice una antigua canción inglesa, parafraseada por
Dante Gabriel Rossetti: «El mar no tiene más rey que Dios».
Los archimillonarios, reyes del mundo, pasajeros
del Titanic, navegaban sobre el mar con toda confianza, seguros de
haberle vencido. En un palacio, fortaleza flotante, con la garantía de haber
pagado muchos miles de francos por el pasaje. La travesía, alegre: fiestas,
bailes y músicas y amoríos viajeros de esos que no comprometen á nada.
¿Naufragar? ¿Hundirse? ¿Quién pensaba en eso? El barco poderoso, con toda su
fuerza, con todas sus seguridades, era, en medio del mar, como un símbolo de un
Estado social capitalista, defendido por cañones y escuadras pagados á buen
precio, como el pasaje en el transatlántico de lujo.
Algunos de aquellos millonarios, grandes[66] industriales, hombres de negocios, quizás buscaban
en viaje de recreo descanso á sus preocupaciones, al malestar causado por una
huelga obrera en sus fábricas, en sus industrias. Y las olas del mar les
parecían de mansedumbre; no amenazadoras, como las olas proletarias. Era el mar
un reposo y una caricia. ¿Cómo habían de imaginarse que pudiera ser el
vengador?
Vencieron la huelga de los hambrientos y no
contaban con el hambre vengativa del mar.
Ya no se ofrecen víctimas humanas en sacrificios
religiosos. Pero hay una divinidad justiciera para ordenarlos. Y esta
imprevista nivelación ante el dolor y la muerte es tal vez el único destello de
justicia que resplandece sobre la tierra.
Víctimas expiatorias son estos millonarios. Con su
muerte ponen inquietud sobre la soberbia de los poderosos y paz sobre el odio
de los miserables.
¡También los grandes transatlánticos pueden
hundirse en un momento!
Entre ellos y las pobres embarcaciones veleras,
donde van á ganarse la vida pesca[67]dores y marineros de
ventura, ya puede haber algo de simpatía. ¡El mar no tiene más rey que Dios!
Más grande y más fuerte que la tierra, ni siquiera el dinero.
Y el mar no cuenta sus historias con ruinas,
epitafios ni monumentos, como la tierra, vieja comadre, que nos va señalando á
cada paso: «Aquí fué Troya», «Estas son las ruinas de Nínive», «Esta fué la
Acrópolis de Atenas». En la mayor desolación hay siempre rastros visibles sobre
la tierra, efemérides de su historia. En el mar no hay señales ni vestigios de
ruinas ó grandezas. El mar no dice historias, sólo nos dice: ¡Eternidad!
Por eso en él se templan las almas mejor que en la
tierra. Unos pobres músicos, los últimos tripulantes del barco, sin duda, que
tal vez en el incendio de un teatro, en una catástrofe terrestre, hubieran sido
los primeros en huir y en defender su existencia precaria de músicos
jornaleros, ante el mar se agrandaron como héroes de epopeya y[68] fué
su pobre música destemplada un himno al espíritu: el salmo religioso en que
acepta el Dios de misericordia la música de valses y rigodones que animó el
danzar frívolo de los millonarios durante la alegre travesía de recreo.
Monsieur Le Bargy, el ex socio de la Comedia
Francesa, en reciente entrevista con el travieso Duende de la Colegiata,
ha juzgado con despectiva frase á los actores italianos.
Al decirle el inquieto duende que los actores
italianos ensayan las obras con mayor prontitud que los franceses, el celebrado
actor hubo de replicar: ¡Así las hacen!
¿Cree el aplaudido intérprete de El marqués
de Priola que es tanta la diferencia y siempre en favor de los actores
grandes actrices?
Ni por artistas, individualmente considerados, y
por compañías, en su conjunto, mucho menos, creo, y conmigo el público
madrileño, que la desventaja está de parte de los actores italianos.
Entre los actores franceses los hay excelentes
¡quién lo duda! Pero, sea por culpa suya ó de los autores que para ellos
escriben, lo cierto es que su trabajo se limita á una especialidad. Ni Sarah,
ni la Bartet, ni la Réjane han interpretado en toda su carrera artística la
variedad de obras y de personajes distintos que nuestra María Guerrero ó
cualquiera de nuestras actrices.
Ahora mismo, en el último retrato de Sarah,
intérprete de la obra Isabel de Inglaterra, vemos á Sarah, la de
siempre, vestida... como Sarah, no como la reina Isabel; peinada... como
Sarah... La misma Sarah que se presentó rubia en Cleopatra y
ha sido Sarah eternamente; como Guitry es Guitry siempre y Mounet Sully es
Mounet Sully en cuantas obras interpreta.
Actor por actor, ni Sarah es la Duse, ni ninguno de
los actores franceses que nos han visitado es comparable á Zacconi, á Novelli,
á Emmanuel, á Ceresa, á Flavio Andó; ni las compañías francesas, la de Antoine
inclusive, han presentado nunca un conjunto como cualquiera de las compañías
italianas.
En arte escénico no hemos podido aprender nada de
los franceses; de los italianos, sí.
Los actores franceses van demasiado poseídos de su
superioridad por esos mundos. Ya es hora de que se vayan desengañando.
Y conste que soy el primero en admirar á los buenos
actores franceses y, entre ellos, á M. Le Bargy, á quien es lástima que el
público madrileño no haya podido admirar como galán joven cuando, al sustituir
á M. Delonnay en la Comedia Francesa, era excelente intérprete de las comedias
de Musset.
Hoy, como primer actor, grand premier sole,
habría algunos reparos que ponerle. Pero no es cosa de complicar la cuestión de
Marruecos.
XII
El actor M. Le-Bargy me ruega que inserte en esta
sección la siguiente carta. Así lo hago con sumo gusto y fina voluntad.
«Sr. D. Jacinto Benavente.
Muy señor mío: He tenido ocasión de decir á uno de
sus compañeros que la improvisación en cualquier arte no me parecía un buen
mecanismo de perfección en el trabajo y que para la mise en scene de
una obra dramática prefiero, á los bruscos procedimientos de los comediantes
italianos, el sistema de los ensayos lentos y minuciosos que han adoptado los
teatros de París. Con tal motivo, se ha lanzado usted á la guerra como un
conquistador y ha declarado que en la interpretación dramática, París ha sido
eclipsado por Roma.
Las opiniones son libres; mas tengo la costumbre,
respetándolas todas, de no prestar atención sino á aquellas que se apoyan[72] sobre pruebas ó sobre la autoridad de un juicio
informado, prudente, comprensible. Respeto, pues, infinitamente su juicio sobre
los actores franceses; pero excusándome de no poder detenerme en esto, pues se
vislumbra en aquél una idea preconcebida de menosprecio, ó al menos el
desconocimiento absoluto del genio de nuestra raza. Si yo tomase en
consideración lo que ha dicho usted, en particular, de Sarah Bernhardt y de
Mounet Sully, haría, al defender á estos gloriosos artistas, un esfuerzo más
vano sin duda que el que hizo usted al atacarles.
Antes de despedirme os ruego vengáis un día á
París: tendré el honor y el placer de recibirle, enseñarle nuestro arte
dramático en su propio marco y revelarle esos matices que parecen haber pasado
desapercibidos á su fino discernimiento.
Queda su más atento seguro servidor, q. b. s.
m., Ch. Le-Bargy.»
Conste, en primer término, que mis ideas respecto á
los actores franceses podrán ser equivocadas, pero no preconcebidas, como M.
Le-Bargy asegura.
Contra la opinión de la crítica, en gene[73]ral, juzgué en la temporada anterior al artista italiano
Caravaglia como desdichado intérprete de Hamlet. Ya ve M. Le-Bargy
cómo no siempre es Roma la capital del Arte. En Italia, por fortuna, el Arte
está descentralizado y no es Roma, ciertamente, la capital artística de mayor
importancia.
He sido y soy gran admirador de Sarah, sin
desconocer que la Duse es artista de más sinceridad.
En cuanto á Mounet Sully, cuando tanto dió que reir
al público madrileño, fuí de los pocos defensores que tuvo. No me negará M.
Le-Bargy que el arte de Mounet Sully es un arte sui géneris, y en
el mismo París no todos son admiradores del fogoso artista. Monsieur Le-Bargy
procede con nobleza al defenderle, ya que todos sabemos que no ha reinado
siempre la mejor armonía entre el decano de la Comedia Francesa y el propio M.
Le Bargy.
¿No recuerda el excelente artista—han pasado
algunos años,—durante una representación de Enrique III y su Corte,
de Dumas, padre, una desagradable escena, hors d'œvre, ocurrida
entre M. Le-Bargy y Mou[74]net Sully? Parece ser que
Mounet Sully reprendió en tono algo destemplado á M. Le-Bargy por haberse
permitido una alteración en la mise en scene de la obra.
Monsieur Le-Bargy replicó con la misma viveza y dijo, refiriéndose á Mounet
Sully: «Il se permet bien d'autres».
Ya ve M. Le-Bargy que conozco las intimidades
artísticas de los teatros de París tanto como á sus actores, y que mi juicio
podrá ser equivocado, pero no ligero. Es el de todo el público madrileño, y M.
Le-Bargy sabe que empieza á ser el del americano.
Los actores franceses carecen de sinceridad; son
muy especialistas. ¿Puede citarse una actriz francesa que haya interpretado la
variedad de personajes que María Tubau, María Guerrero ó Rosario Pino?
Los actores franceses cuentan por docenas lo que
ellos llaman sus «creaciones»; los actores españoles y los italianos, por
cientos. Esta intensidad en la variedad es tan estimable, por lo menos, como la
intensidad en la unidad. Y para el público, más interesante.
Si alguna vez vuelvo á París, tendré[75] sumo gusto en saludar á M. Le-Bargy y en atender
sus indicaciones; aunque temo no consigan rectificar mis juicios, ya que,
actrices y actores, por dicha suya, serán los mismos que tuve ocasión de
aplaudir, hace treinta años, cuando fuí á París por primera vez, y los mismos
que he vuelto á celebrar cuantas veces he vuelto. Y los actores ¡ay! no son
como el buen vino: con los años y con los viajes no ganan nada.
XIII
Existen industrias por esos mundos de las que no
tenemos aquí la menor idea. Una de ellas es la cría de mariposas. En
Inglaterra, en el condado de Kent, Mr. Newman ha destinado una granja á esta
novísima producción, recompensada con no despreciables rendimientos.
En Inglaterra son muchos los coleccionistas de
mariposas. Son muchos también los Museos que tienen por proveedor á míster
Newman. La moda también ha venido á favorecer su industria. Mesas y veladores
se cubren con una tela de seda y sobre ella mariposas disecadas de varias
especies y múltiples colores. Todo ello se cubre con un cristal y el efecto es
muy vistoso, como de bordado japonés ó chinesco.
Para obtener alguna nueva especie de mariposas es
preciso un procedimiento llamado «azucarar». Para azucarar se emplea[78] una mezcla de azúcar, melaza, ron, cerveza y jugo
de pera. Con esta mezcla se trazan rayas sobre la corteza de los árboles. Las
rayas han de ser verticales, á un metro del suelo, y han de tener 45
centímetros de largo por dos de ancho. Entrada la noche, las mariposas acuden á
golosear. Las mejores noches de caza son las noches tormentosas. Cuanto más
cerrada la noche, más fructuosa recolección.
Para la caza hay que proveerse de una cajita, bien
mullida de algodón en rama, y de una linterna: con la linterna se ilumina la
raya azucarada; el cazador acerca la caja, cuya tapa sostiene abierta con un
dedo; el cazador elige su presa, toca ligeramente en la cabeza á la mariposa,
la mariposa cae en la caja, que se cierra de golpe. Desde allí pasa á las
jaulas de cultivo, cuando no es condenada á inmediata muerte.
Míster Newman posee unas cien mil mariposas.
Algunas de ellas, como la llamada «Rey de la selva» (Purple Emperor), se paga á
cinco y seis francos. Aunque son muchas las pérdidas en tan frágil mercancía,
las ganancias compensan lo suficiente.
[79]Y ¡es una industria tan poética! Aquí no se
concibe. Y eso que el procedimiento de «azucarar» es muy conocido. Es el medio
empleado por los Gobiernos para obtener mayoría en todas las votaciones. Los
caramelos repartidos con profusión en el Parlamento vienen á ser el símbolo
tangible y chupable de otras más apetitosas golosinas. Todo es «azucarar».
Pero ¿quién ha de criar mariposas aquí, donde es
preciso proteger á los pájaros y donde no quedará dentro de poco animalito con
alas, pájaro, mariposa ó poeta?
Lo raro es no ver cazuelas de mariposas fritas como
de pájaros. Entre la substancia de una mariposa y la de un pájaro... ¡Comida de
ilusión! Por eso tan española, tan madrileña sobre todo. El pájaro frito viene
á ser para los madrileños la gallina que Enrique IV de Francia deseaba para
todo ciudadano francés, como garantía de paz y de ventura en sus Estados.
En estos de España no pueden pedir los gobernantes
más de lo que asegura un pájaro frito.
Ahora se trata de proteger á los pájaros[80] con detrimento de la popular alimentación.
El pájaro tiene una leyenda sentimental de
beneficioso para la agricultura.
Yo sé de quien prohibió que se matara ni se
hostigara á un solo pájaro en sus huertas y tierras de labranza, y ¡vaya si
notó el beneficio! De la siembra dieron tan buena cuenta como administrador en
«absentismo» del amo. Y de la fruta... como si se hubieran propuesto anunciar
un remedio contra la obesidad: la dejaron toda en los huesos.
Por eso digo que lo de beneficiar á la agricultura
debe ser leyenda que han hecho correr los pájaros en combinación con los
naturalistas. Y es que la mayor parte de los naturalistas estudian á los
animales... disecados. Como al pueblo la mayor parte de los sociólogos. Así hay
tantas lamentables equivocaciones al legislar.
Dentro de pocos días tendremos en el teatro de la
Comedia una compañía italiana con el repertorio del Gran Guignol, á imitación
del tan celebrado de París.
[81]Género teatral, á ratos también literario, muy á la
moderna. Rápido, cinematográfico, violento, brutal en ocasiones, se apodera del
espectador por los nervios. ¡La inteligencia y el corazón se defienden tanto!
Los autores dramáticos, atentos á la psicología del público, han comprendido
que el espectador moderno es más atacable por lo fisiológico. Se impone un
teatro rascanervios. Como única emoción, el espanto; como único razonamiento,
la sorpresa; como único sentimiento, la curiosidad.
El autor se entra por los nervios del espectador
como un loco, como un criminal, como un violador. Le considera como á una mujer
histérica, se impone á él como hipnotizador, como alienista, como juez de
instrucción. Es un teatro para estudiar á los espectadores. Obtendrá un
excelente éxito. Sobre todo con las señoras. ¡A las mujeres les gusta tanto
asustarse en público!
Después, y visto el buen éxito, padeceremos las
imitaciones consiguientes. Y aquí sí que puede decirse como de tantas otras
cosas: ¡Bien vengas, Gran Guignol, si vienes solo!
XIV
Un escritor de alto entendimiento y generoso
corazón, el señor Zozaya, ha supuesto que yo era enemigo de los pájaros. De
ningún modo.
Unas cuantas libras de fruta averiada por su
glotonería no es razón para malquistarse con los pájaros. Como unas cuantas
pesetas «sableadas» por un amigo no es razón para reñir con él, si el amigo es
simpático y sablea con gracia; que es el caso de los pájaros al picar en la
fruta.
Nadie como yo les defiende de asechanzas de gentes
y de muchachos. Para sazonarles la acidez de la fruta añado unas migajas de pan
á su merienda.
De no haber sido gato en otra encarnación—en ésta
lo soy por gracia de madrileño—ó ave de rapiña—menos probable, pues no me queda
el menor instinto,—no me remuerde la conciencia por haber perse[84]guido,
maltratado, cazado, ó simplemente devorado, después de cazado por otro, al más
insignificante pajarillo.
A predicarles, como San Francisco de Asís ó San
Antonio de Padua, no he llegado. Pero versos de Rubén Darío, de Gabriel
D'Annunzio y de Guerra Junqueiro sí han podido oirme recitar en mis soledades,
á las horas de siesta canicular, en que todo se amodorra, como en la cantada
por Zorrilla. Todo, menos los pájaros y yo, bien hallados á la sombra de un
huerto, oasis en dorada llanura castellana.
Su piar y los versos por mí recitados son como
escala de armonía infinita, ascendente, que va del abecedario, balbucido por
labios infantiles, al libro todo sabiduría.
Por todo esto amo á los pájaros, sin pararme á
considerar si son útiles para la agricultura.
Mis poetas tampoco le serán de gran utilidad.
Pero yo no quisiera creer que los pájaros cantores
y yo, recitador de poetas, somos como un insulto á los campos de trabajo y de
pena que nos rodean.
Tampoco debemos creer, como algunos pájaros y
muchos poetas, que todo aquello no es más de apropiada decoración para nuestra
escena poética.
Como el piar de los pájaros es preludio balbuciente
de tanta música y tanta poesía, mi recitar de versos en el silencio de los
campos abrasados acaso es también preludio de cosechas futuras. Los poetas no
pueden haber sembrado en vano. Entre tanto, sería injusto preguntarles como á
los pájaros: si son útiles para la agricultura.
Los niños son muchas veces víctimas de la vanidad
de los padres. Los perros, de la vanidad de sus amos.
¿A qué otro sentimiento responde, en el primer
caso, los concursos de belleza infantil, los disfraces de Carnaval, la
exhibición de habilidades en los niños; en el segundo caso, las Exposiciones de
perros? Los pobres animales, encerrados en jaulas mal acondicionadas, rodeados
de personas extrañas, padecen, inocentes, el mal del siglo:[86] el
exhibicionismo. Cuando ya no tenemos más que exhibir, exhibimos al perro.
El perro, animal simbólico de la fidelidad,
atributo de tumbas conyugales en otros tiempos, simboliza en estas Exposiciones
la exhibición íntima de los hogares. Ya sabían ustedes cómo éramos todos en
casa: la señora, las niñas, los criados; ahí va el perro. Que no se quede sin
su fotografía.
El trabajo de los futuros historiadores no será,
ciertamente, el de juntar documentos, sino el de aportarlos. ¡Bien documentada
va la posteridad!
Ni siquiera tienen estas Exposiciones de perros la
justificación de contribuir á la mejora ó propagación de las razas mejores.
Sabido que no hay nadie tan egoísta como un poseedor de ejemplares de precio.
Es más difícil obtener la mano izquierda de uno de
estos perritos de lujo que la derecha de una linajuda y bien dotada heredera.
Ahora que ha vuelto á reconstituirse la Sociedad
Protectora de Animales, bajo la presidencia de una inteligente dama, debiera
oponerse á estas Exposiciones tan opuestas al verdadero amor por los animales.
[87]En algunas partes las Sociedades protectoras han
llegado á oponerse al sostenimiento de las casas de fieras y jardines
zoológicos.
Tratándose de animales feroces y salvajes, sin
cesar perseguidos, yo no sé, ignorante de su concepto y su aprecio de la
libertad, si ellos no pudieran preferir la cómoda y descansada vida de estos
jardines y menageries á la azarosa vida de las selvas y de los
desiertos.
Tratándose de animales domésticos, no hay duda. La
protesta de las Sociedades protectoras estaría más justificada.
El jardín zoológico puede ser civilizador para las
fieras. Todas las razas salvajes se han civilizado en jaulas, más ó menos
holgadas.
El perro está ya bastante civilizado. Volverle á la
jaula es un peligro. Podría volver á sentirse lobo. Tal vez de puro civilizado
participe del sentimiento vanidoso de los hombres y goce con las exhibiciones.
Pero hay que concederle alguna superioridad mental.
Aunque lleva mucho tiempo de ser el me[88]jor amigo del hombre. Mucho más que Muley Hafid de ser
el buen amigo de los franceses. Debe estar contagiado del todo. Muley Hafid
parecía más fiero y hoy está hecho un falderillo. Dentro de poco también estará
en París en su buena jaula y ¡tan contento!
XV
Voces de gesta ha aparecido en las librerías antes de ser
representada en Madrid. Esto indica en cuánto más estima Valle-Inclán el juicio
reposado del lector que la emoción arrancada al público, por sorpresa unas
veces, con habilidades teatrales, que tienen más de lo artificioso que de lo
artístico; otras, con los recursos del arte escénico: brillantez de la
interpretación ó del decorado.
Son muy pocas las obras dramáticas que, como esta
admirable tragedia de Valle-Inclán, pueden permitirse el lujo de su desnudez
artística al presentarse sin engaños teatrales.
Al escribir estas líneas ignoro la opinión del
público de teatro. Importa poco. Obras como Voces de gesta están
sobre el público, y su probable fracaso demostraría, una vez más, que hay un
nivel medio del que no[90] conviene elevarse. Yo
estoy seguro de que el público del estreno, en el teatro de la Princesa,
alcanza ese nivel con holgura. No me atrevería á decir lo mismo del público en
los días de abono aristocrático.
Voces de gesta es obra redentora. Ella sola se basta á
redimir de muchos pecados teatrales. Es obra de esas que sirven para justificar
á un empresario: «No dirán que no se hace Arte.» Y sirve para disculparle
cuando no lo hace: «Pero, ya ven ustedes, el Arte no da dinero.»
Por desgracia, los empresarios tienen razón...
mientras el público se obstine en dársela.
Hay que afrontar la verdad cara á cara. La Prensa
periódica ha procurado, con alto patriotismo, realzar la tristeza de todos por
la muerte de Menéndez y Pelayo.
En este caso, la actitud de tristeza no ha bastado
á determinar el sentimiento, como afirma el psicólogo James.
Cierto que la persona de Menéndez y Pelayo ni su
obra, por su índole misma, po[91]dían ser populares. Lo
triste ha sido que, entre la misma gente culta, antes hemos advertido el
revuelo alrededor de las muchas vacantes dejadas por el muerto glorioso que la
emoción por su prematura pérdida.
En los mismos artículos necrológicos han podido
advertirse más amplificaciones de fórmulas encomiásticas que estudio detenido
de las obras de Menéndez y Pelayo. Sin duda el dolor embargaba las
inteligencias.
Es muy de la tierra lo de contar por cada lector
cien admiradores. Hablen los muchos que se decían admiradores de Costa, sin
haber leído uno solo de sus libros; hablen muchos de los que se decían
admiradores de Menéndez y Pelayo.
La fe y la admiración son muy amables formas de la
pereza. Hay quien no cree y quien no admira por la misma causa.
Por todo esto, sucede que la fe, como la
admiración, como sus contrarios, adolecen entre nosotros de una tibieza
fundamental, por falta de fundamento, que en vano pretende mostrarse calurosa
entre voces enfáticas y gestos exaltados.
Sólo parece al exterior, con luz del alma,[92] lo que ha sido calor del alma interiormente.
Por eso al morir Menéndez y Pelayo hemos oído
clamar su nombre; pero ese clamor sonaba como el eco de vacío aposento: un
aposento que debieran haber llenado las obras del escritor, más admirado que
conocido.
XVI
Los Museos de cuadros antiguos tienen algo de
panteón. Un cuadro sólo parece animado con vida propia como acorde justo en
toda una armonía de ambiente. El retrato del noble caballero ó de la dama
infanzona, en la sala señorial de linajudo palacio, entre sillones y escaños de
roble, mullidos de terciopelos ó damascos desvaídos; entre tapicerías
heráldicas, candelabros de plata ó de hierro forjado, armaduras enmohecidas y
códices miniados. La pintura religiosa de atormentado ascetismo, á la indecisa
claridad de lámpara votiva, en un rincón de alguna antigua iglesia ó convento
pobre. La pintura religiosa risueña, de vírgenes y niños de Dios familiares,
divinizados por gozosa humanidad, en altares acariciados de sol, en iglesias
muy blancas, de algún convento de monjitas más hacendosas que rezadoras; hadas
de santidad con manos mi[94]lagrosas para confituras,
bizcochadas, bordados al realce y randales sutiles como vilanos ó telas de
araña. Las triunfantes alegorías, entre mitológicas y caballerescas, con su
trompetear de oros y púrpuras, en la amplia galería del alcázar, frente á los
ventanales que dominan á la ciudad de leyenda.
Fuera de su lugar son los cuadros vago contorno
espectral sin vida. Siquiera en los Museos dice la tumba, que es cada cuadro,
un nombre glorioso. Y el nombre evoca un recuerdo vivo en nuestra memoria, y no
es todo muerte.
Pero estas Exposiciones de cuadros modernos son aun
más tristes. Si nos ponemos en la realidad, parecen almacén y dicen comercio.
Si poetizamos, son como galería de nichos; pero con nombres que no dicen
glorias; sólo dicen muerte, con la frialdad de una estadística.
Y uno por uno, en adecuado lugar, en propio
ambiente, es posible que todos los cuadros estuvieran bien. Figuraos una
Exposición de niños: al verlos allí solos, ante las miradas curiosas,
indiferentes del público, no pensaríamos en que era alegría[95] de
una casa; pensaríamos en la Inclusa. El Arte necesita un calor que no puede
hallar en las Exposiciones. Todo parece allí muerto ó abandonado, y, con la
multitud de sepulturas, todo va en el recuerdo al hoyo grande.
Cuando la Exposición haya terminado, el Arte
reconocerá á los suyos, como Dios en la matanza de hugonotes.
Los sultanes de Marruecos serán muy brutos, pero no
tienen nada de tontos. Cuando se hallan muy empeñados, en toda la magnitud de
la palabra, corte de cuentas, borrón y... sultán nuevo. Como su dulce hermano,
cuando se vió metido en el callejón sin salida de la Conferencia de Algeciras,
Muley Haffid, acorralado por los franceses, tira por la calle de en medio y les
deja con tres palmos de narices. Esta insolvencia—también en toda la extensión
de la palabra—supone mucho trabajo y mucho dinero perdidos para los franceses.
La diplomacia marroquí es única en el arte de[96] no
pagar al casero. Aunque, en este caso, el casero era el sultán y su arte ha
sido el de quedarse con la fianza y el mes adelantado por un inquilino que está
pagando el alquiler bastante caro.
Con este juego de sultanes compadres todo es tejer
y tejer, para la diplomacia europea, en los asuntos de Marruecos. Lo peor es
que Europa no consigue la civilización de Marruecos; pero Marruecos va á
conseguir la descivilización de Europa.
En Francia, en el propio París, en el corazón de su
corazón, como si dijéramos, ya se ha levantado cruzada contra el extranjero.
¡Si esto no es africanizarse!
La opereta vienesa triunfante no será una fórmula
suprema ni definitiva del Arte para los teatros de género chico. Yo la juzgo
reacción saludable; tal vez extremosa, como todas las reacciones. Hay quien la
juzga inferior á nuestro género chico; hay quien, por el contrario, asegura que
ésto ha matado[97] aquéllo. En mi opinión, mejor
puede decirse: Aquéllo ha traído ésto.
Aquéllo, es decir, nuestro género chico ¡había
caído tan bajo! Hay que convenir en que la gracia española es siempre agresiva,
dura. ¿No ha sido el hambre tema fecundo de chistes en nuestra novela y en
nuestro teatro?
También el error de muchos escritores, al creer que
lo castizo sólo se halla en las clases bajas de la sociedad española, porque es
en ellas más superficial y no cuesta desentrañarlo, como en las clases alta y
media, trajo la fatigosa repetición de cuadros populares, de cada vez más
falseados.
De la calle vinieron admirables cuadros al
teatro: La verbena de la Paloma, El santo de la Isidra;
los hermanos Quintero trajeron las calles andaluzas, con su sana alegría y sus
limpios donaires. Pero después llegaron los imitadores; como ya no quedaba qué
traer de la calle más que el arroyo, se trajeron el arroyo al teatro con toda
su suciedad y su grosería.
Esta opereta vienesa representa, en el género, la
reacción idealista. Su gracia es ino[98]centona, sus
chistes infantiles, su literatura de novela sentimental á la moda del año 30;
pero todo es dulce, amable, de una fantasía sin perversión, como sueño de niña
casadera. Los dúos de amor terminan con besos en tiempo de vals y en el ritmo
del vals se espiritualizan. Los hombres son galantes y las mujeres coquetas.
Nadie se insulta ni salen á relucir las navajas. Las aldeanas visten de raso y
ofrecen flores. Los militares son como príncipes de cromo...
Todo es lindo, lindo. ¿Pondremos á la finura el
reparo de cursi? De ningún modo. Más vale que nuestras cocineras aprendan estas
finuras de las operetas vienesas que no nuestras señoritas aquellas
ordinarieces. Y perdonen los casticistas.
XVII
El conde de Pradére ha tenido un rasgo de verdadero
españolismo al adquirir La Vicaría, de Fortuny. Ya que del conde no
puede decirse nada, se dice del cuadro. Ha pasado de moda; Fortuny ya no se
lleva.
Y ¿qué pintor no ha pasado por estas alternativas y
veleidades de la moda? Tiempo hubo en que Murillo era estimado sobre Velázquez,
el Greco era menospreciado y Goya no era tenido en mucho. Ahora mismo ¿no hemos
desempolvado á Lucas?
La pintura de Fortuny está, sin duda, en ese
período crítico para toda obra de arte: cuando se está viejo y no se ha llegado
á ser antiguo. Hasta muy pocos años ha ¿no eran risibles y ridículos los
retratos de señora con su miriñaque? Hoy ya tienen valor histórico. Actrices
modernas se han atrevido á presentarse con miriñaque en escena al interpretar
obras de aquel tiempo. Y obras dra[100]máticas; á lo que
ninguna actriz se hubiera atrevido antes, segura de comprometer el éxito, ante
el público regocijado.
El polisón no ha logrado todavía estos honores.
Dentro de algunos años tendrá también su valor histórico y las actrices podrán
atreverse con él como ahora con el tontillo y con el miriñaque.
Fortuny, como Meissonier, como tantos otros
pintores, indiscutibles en su tiempo, pasan ahora por el período difícil del
miriñaque y del polisón.
La posteridad inmediata es el más recusable juez
para las obras de arte. Sólo nos interesa lo actual ó lo que ya parece muy
lejano. Lo que pasó, pero aun está cerca, diríase que nos envejece al
considerarlo. Mejor sabemos dar razón de las guerras púnicas que de la guerra
francoprusiana. Más sabemos de Carlos V que de Isabel II.
La Vicaría, de Fortuny, recobrará su puesto de honor en la
historia de la pintura española. Aunque no fuera más que por la numerosa
descendencia que tuvo. Durante medio siglo la pintura española fué procedente
de Fortuny. Los grandes cuadros de[101] historia,
teatrales en sus personajes y en su indumentaria, los cuadros de género,
lindos, acabaditos, como miniaturas: de una España amable, bonita, de
terciopelos, rasos y blondas. Visión de un arte lisonjero que á todos nos tenía
adormecidos hasta el despertar cruel del desastre. ¡Oh! ¡El arte optimista!
Hoy todavía dicen algunos de Zuloaga que nos
calumnia. Zuloaga no hubiera pintado nunca La Vicaría.
La Vicaría era un cuadro de sueño. Los cuadros de
Zuloaga son el despertar. Pero ¡hay quien dormía tan á gusto!
En Barcelona la opinión ilustrada de algunos
médicos se ha creído en el deber de llamar la atención sobre los perjudiciales
efectos causados en la imaginación de los niños por las películas
cinematográficas.
El cinematógrafo, como el teatro, abusa de lo
terrorífico.
Cuando la vida era más ruda y violenta; cuando la
expansión individual alternaba,[102] por lo menos,
grandes heroísmos con grandes crímenes, estos espectáculos de horror no podían
ser tan nocivos. En la vida moderna, tan socialmente disciplinada, en que los
buenos ciudadanos no son capaces de grandes heroísmos ni de grandes virtudes,
por no desentonar, por no descomponer el conjunto, y sólo se manifiesta el
individualismo en los rebeldes y en los criminales, el contraste es más
llamativo. Para una imaginación inquieta, al huir del gris monótono, sólo ve la
intensidad del rojo de sangre. Los criminales son como héroes cuando no vemos
héroes mejores.
Los dramas y las novelas románticas de ahora son
dramas y novelas de ladrones y de asesinos. Sus aventuras son robos y
asesinatos.
Estos son los modernos libros de caballerías,
capaces á crear elementos artificiales inspiradores de siniestros propósitos.
El teatro y el cinematógrafo para los niños es un
problema de higiene, un problema educador en que el Estado debe intervenir con
urgencia.
Nuestras calles y nuestras casas, y el es[103]pectáculo todo de nuestra vida, ya son bastante para
manchar el alma de nuestros niños. Que al asomarse con la imaginación á los
sueños de nuestro Arte, nuestro Arte no sea más sucio, más negro que la misma
vida.
¿Llevaríais á vuestros hijos á pasear por un
estercolero ó junto á una charca pestilente?
Pues aun es más necesario el aire puro á su
imaginación que á sus pulmones.
Al ver cómo se interesaba la opinión por el
nombramiento del nuevo director de la Biblioteca, alguien de buena fe habrá
pensado: ¡Gracias á Dios que nos interesamos por algo que no sea política
menuda ó torería!
¡Ay! Todo es uno y lo mismo. Si la gente se ha
interesado en este caso es por lo que ello ha tenido de política y de torería.
La importancia del cargo era lo de menos. Las personas designadas para
ocuparle, significaba poco. Lo divertido era la lucha, la competencia. Hasta se
han cruzado apuestas.
Como siempre, y muy á la española, los partidarios
del uno negaban al otro todo merecimiento.
La triste satisfacción que pueden tener uno y otro
es la seguridad de que los más fieros disputadores eran los que más ignoraban
el valer de los dos ilustres contrincantes.
En España sería millonario cualquier escritor si le
leyeran todos los que le admiran y la mitad siquiera de los que le odian.
XVIII
Desde Hamburgo me envía persona respetable el
original y la traducción de un artículo publicado en el diario General
Anzeigner, de la ciudad citada.
Extractaré lo más substancioso, según la traducción
de referencia. El artículo se titula «Deshonra de la raza», y dice, entre otras
cosas: «Varios periódicos publican relación de las impúdicas aproximaciones de
algunas señoras y señoritas de raza blanca, á los hombres de la tribu de
beduínos que actualmente se exhibe en el Jardín Zoológico de Hagenbeck, en
Hamburgo.
Los buenos beduínos vinieron á las manos por
cuestión de faldas y fué necesaria la intervención de la Policía y la
repatriación de los más levantiscos.
Aunque la empresa Hagenbeck ha tomado enérgicas
medidas para evitar la repetición de estos incidentes y ha dado á sus emplea[106]dos orden terminante de expulsar del parque á
toda señora que se aproxime á los beduínos en forma
sospechosa, todavía han ocurrido escenas tan lamentables como la que acabamos
de describir.
Triste y lamentable es que la mujer alemana, por lo
general de carácter y costumbres ejemplares, olvide hasta ese punto su decoro.»
Otras muchas consideraciones trae el artículo; pero
no quisiera que, al transcribirlo, nadie creyera que yo me complacía en
publicar debilidades de algunas señoras alemanas; debilidades que, si allí son
excepcionales, aunque numerosas, no son exclusivas de Alemania.
Cuando en París se han exhibido de estas tribus
salvajes, en el Jardín de Aclimatación ó con motivo de Exposiciones universales
ó coloniales, tampoco han faltado curiosas de amores exóticos.
Los mulateros de la calle del Cairo, en la
Exposición de 1889, fueron en aquella temporada, la coqueluche de cés
dames.
Por aquí no menudea ese género de exhibiciones.
Sólo hemos tenido una de aschan[107]tis y otra de
esquimales, en los malogrados Jardines del Buen Retiro. Para prueba no es
mucho. La mujer meridional, contra la vulgar opinión, es mucho menos
acometedora en amor que las mujeres del Norte. Pero, en fin, celebremos que las
exhibiciones no hayan sido muchas y que los aschantis y los esquimales fueran,
unos, demasiado negros, y otros, demasiado descoloridos.
Las inglesas, por su parte, también se han
significado bastante en estas exhibiciones; con más cautela y decoro, claro
está: con pretextos de filantropía ó de evangelización. La raza inglesa ha sido
siempre maestra en hallar buenas razones para hacer lo que le conviene ó lo que
se le antoja. En esto tal vez consiste su superioridad. Los ingleses tienen una
religión ó una filosofía para justificarlo todo. Pero su conducto no es nunca
consecuencia de una religión ó de una filosofía, sino lo contrario; la religión
ó la filosofía, consecuencia de su conducta. La conciencia procede del acto;
como en todos los pueblos y en todos los hombres fuertes.
Las alemanas, por lo visto, á pesar de hallarse en
tierra de filosofías para todos los[108] gustos, no
se andan por las ramas filosóficas y se descaran buenamente en este sistema de
colonización pacífica y casera.
La mujer tiende siempre á restaurar más que á
revolucionar. Esta manifiesta inclinación por los hombres de otras razas es,
quizás, un argumento á favor de la unidad de origen de las diversas razas
humanas. Pero aunque á la unidad volviéramos por estos procedimientos, respecto
á las mujeres, siempre habría dos razas, comunes á todos los pueblos y en todas
las latitudes: las unas y... las otras. Es á saber, para que no haya duda en la
clasificación: las limpias y... las puercas.
De todas las intolerancias, la más intolerable es
la pretensión de un monopolio para ejercitar el bien ó cumplir un deber.
Por esta pretensión se ha planteado un desagradable
conflicto en el benéfico Instituto del doctor Rubio.
La Junta de señoras pretendía sustituir á las
enfermeras laicas por hermanas de la Caridad. Los fieles guardadores de la
volun[109]tad del doctor Rubio se oponían á esta
sustitución. No obstante, con mayor espíritu de tolerancia, no se oponían á que
alternara un número determinado de hermanas de la Caridad con otro determinado
número de enfermeras en la asistencia de los enfermos.
Las señoras intransigentes no admitieron este modus
vivendi. Dimitieron sus cargos muy ofendidas y retiraron su valiosa
protección al benéfico Instituto.
No soy sospechoso; desde muy niño aprendí á
respetar, á admirar á las hermanas de la Caridad. En una de mis obras presento
la figura de una de ellas, de tal modo, que muchos la juzgaron por ideal; pero
yo sé que bien podía ser copia exacta de la realidad. Hay muchas hermanas como
aquella hermana.
Cuando se fundó el hospital del Niño Jesús, el
primitivo, en el barrio de las Peñuelas, era su directora una admirable mujer,
por su talento y por sus virtudes: sor Rosalía. El doctor Tolosa Latour la
conoció seguramente y podrá atestiguarlo. Ella sola podía ser honor de una
institución. Pero también, como aquélla, son muchas otras.
Pero también como éstas y como todas las hermanas
de la Caridad, hay otras mujeres inteligentes y honradas y buenas, capaces de
cumplir con su deber profesional tan santamente como las hermanas de la Caridad
con su deber religioso.
Cuando alguien cumple con su deber, no debe
preguntársele en nombre de qué ideal lo cumple. A buen seguro que si esas
señoras de la Junta se hallaran en peligro de muerte y supieran que sólo un
doctor especialista podía salvarlas, no se andarían preguntando si era buen
católico, protestante ó librepensador.
El personal facultativo del establecimiento se
basta y se sobra para juzgar si las enfermeras atienden con solicitud á los
enfermos y cumplen con su deber. Ellos son los más interesados en que así sea.
Ni el amor al prójimo, ni la más sublime caridad,
ni el sacrificio por la más alta idea del deber, son patrimonio de una creencia
religiosa determinada. ¿Con qué derecho puede negarse á nadie que cumpla con su
deber, porque sus razones no son las mismas que las nuestras?
Además, no hay religión en el mundo que llegue á
imprimir uno solo de sus mandamientos en nuestro corazón, si en nuestro corazón
no estaban ya impresos todos los mandamientos religiosos.
XIX
Doña Sol Rubio, hija del eminente fundador del
Instituto Rubio, me pide en carta abierta rectificación de algunos errores en
que incurrí, por equivocados informes, al relatar los hechos que dieron ocasión
á disidencias en dicho Instituto.
No fué descortesía mi retraso en acusar recibo de
tan atenta carta, sino el deseo de rectificar en esta misma sección.
Lo de menos eran los hechos en mis apreciaciones.
Pero, en fin, conste que los cumplidores de la voluntad del doctor Rubio no
podían admitir la asistencia de hermanas de la Caridad, por oponerse á ello la
voluntad del fundador. Fueron, pues, las damas del Patronato las que
propusieron la asistencia mixta de hermanas y de enfermeras.
Lo importante era consignar que bien[114] estaban unas y otras, como todas cumplieran con
su deber.
Al decir laicas á las enfermeras, sólo quise
significar el no hallarse sujetas á la regla de una Hermandad religiosa, sin
poner en duda su catolicismo. Por más que yo nunca haya creído que la caridad
y, sobre todo, el cumplimiento del deber sean patrimonio de una religión
determinada. Sin desconocer tampoco que en nuestra santa religión católica
resplandecen como en ninguna otra las más altas virtudes.
¿Estamos todos contentos?
La noche del miércoles pasado fué de fiesta mayor
en casa de Joaquín Sorolla. Se obsequiaba á Mr. Huntington, hispanófilo
americano, meritísimo de cuantos honores pueda España ofrecerle.
La casa de Sorolla es un palacio del Arte, tan á la
española trazado, que allí la suntuosidad no es soberbia ostentación, sino
hidalga limpieza. Antes que el palacio os admire os acaricia el hogar, y antes
que las[115] maravillas del Arte absorten vuestros
ojos el amor y la paz familiares ungieron de buenos pensamientos vuestra
frente. Por inquieto y perturbado que esté nuestro espíritu, cuando nos
hallamos entre gentes buenas y dichosas nos sentimos también dichosos y buenos,
como si las alas de nuestros ángeles custodios, los que nos guardaban de niños,
volvieran á traernos nuestra inocencia.
Con vuelo impetuoso más suele el Arte destruir que
labrar nidos. Sus glorias rara vez van unidas á la gloria de amar y ser amado.
Por eso al juntarse en la casa de Joaquín Sorolla, este hogar del Arte, este
palacio del Amor, parece como un templo ideal á una diosa más ideal todavía: la
felicidad.
La casa de Joaquín Sorolla es tan española como el
alma de cuantos la habitan; modelo de la verdadera familia española. ¡La
familia española, la más pura gloria de nuestra raza!
La casa de Joaquín Sorolla debiera ser provechosa
lección de edificaciones españolas enfrente de tantos esperpentos á la[116] francesa, á la inglesa y á la suiza con que la
cursilería europeizante deshonra nuestras tradiciones arquitectónicas.
Sorolla debe ahora recorrer toda España. Estudia
tipos y paisajes para el grandioso friso decorativo del Museo Español de Mr.
Huntington en los Estados Unidos.
¿Podíamos soñar mejor desquite de pasadas
humillaciones? Detrás de una puerta cerrada, en un gran salón, se nos dice que
están los estudios del natural apuntados por Sorolla para su gran obra. La
entrada está prohibida. Míster Huntington no quiere que nadie goce las
primicias de su encargo. ¡El simpático hispanófilo no lo es del todo!
Nada podemos ver, pero es mucho lo que adivinamos.
Adivinamos, con los ojos que tantas admirables obras del gran pintor español
admiraron, la más asombrosa evocación de España, la verdadera España: luz,
color, brío. Se abren ante nosotros páginas del Romancero y del Quijote,
de las novelas picarescas y de las hazañas de Italia y de Nueva España...
Y también tristezas, y también sombras[117] que el pincel de Sorolla, al no mentir, no
lisonjea. Pero de esas sombras y esas tristezas no se alza el pesimismo
espectral, agüero de muerte; es más bien la sensación caótica de algo muy
fuerte y vigoroso que no puede morir porque no ha nacido todavía.
He aquí la obra de un gran pintor, todo realismo,
que, para poner espíritu en su obra, le basta con poner verdad. Y todo es Arte.
Y es que en Arte hay dos grandes estilos: uno, en
que el alma del artista envuelve el alma de las cosas; otro, en que el alma de
las cosas envuelve el alma del artista.
XX
Con la firma de «Un concursante de buena fe» recibo
una carta muy atendible, de la que copio lo más interesante:
«¿Querría usted llamar la atención del Ayuntamiento
respecto á lo que está ocurriendo con el tercer concurso de comedias?
Es el caso que, iniciativa tan plausible, no ha
dado hasta ahora otro resultado práctico que molestar inútilmente á los Jurados
y hacer perder tiempo é ilusiones á los concursantes de buena fe.
Tres concursos van convocados; permítame que en
pocas palabras le recuerde el historial de cada uno.
El primero se convocó el 29 de Noviembre de 1909.
Al expirar el plazo de admisión se habían presentado 153 obras. El Jurado, que
formaban los señores Sellés, Rodríguez Marín, Répide, Gómez de Baquero, Linares
Rivas y Jurado de la Parra,[120] falló el 25 de
Junio. (Es decir, invirtió menos de cuatro meses en examinar los 153
originales), premió la comedia Los jácaros y mencionó con
elogio otras varias.
Bajo su firma declararon los señores del Jurado que
el concurso era excelente. ¿Recuerda usted el expresivo artículo que Répide
publicó en El Liberal? Pues si hubiera sido pésimo, no hubiera
fracasado de más completo modo. Ninguna de las obras elogiadas se ha
representado, ni siquiera la premiada, en el Español ni en ningún otro teatro.
Segundo concurso. Se convocó el 5 de Diciembre de
1910; se clausuró el 5 del siguiente Marzo, con 86 originales. El Jurado, que
formaban los señores Villegas, Linares Rivas, Zozaya, Bueno y Martínez Sierra,
tardó en fallar cerca de nueve meses. Por fin, premió la comedia El
bobo y declaró por buenas otras cinco.
¿Resultado práctico? Acaso por la demora del
fallo, El bobo sólo pudo estrenarse, al terminar la temporada
oficial, en deplorables condiciones. Así, mal ensayada, representada para salir
del paso, la obra[121] sólo tuvo las tres
representaciones á que obliga la ley. Las demás comedias elogiadas siguen
inéditas.
Antes de fallar en el segundo concurso—vea otra
anomalía—se convocó para el tercero. Al terminar el plazo de admisión—el 4 del
pasado Febrero—sólo había presentadas 46 obras. Esta progresión descendente
significa mucho también. Estamos á fines de Junio, esto es, han transcurrido
cinco meses, y ni hay fallo, ni se sabe si hay Jurado, aunque en el
Ayuntamiento son pródigos en dar noticias hasta de lo que pasea cada concejal.
¿Considera usted justo hacer una excitación al
Ayuntamiento, encaminada á que se sepa lo que ha sido de esos originales y á
evitar que, una vez más, se esterilice la iniciativa con un fallo en exceso
tardío?»
Queda complacido el comunicante. Muy razonables me
parecen sus quejas; pero ¡ay! ¡si el concursante de buena fe supiera lo que es
ser Jurado, también de buena fe, en uno de estos concursos! Por haberlo sido en
varios, no tengo ninguna fe en sus resultados.
[122]Cierto que los autores desconocidos dirán: Y ¿cómo
hemos de darnos á conocer? Hay que ser algo fatalistas: lo que ha de ser, está
escrito, y cuando está bien escrito... es siempre. ¿Que puede existir algún
talento ignorado? Es posible. ¡Dichoso él, que, al verse desconocido, llegará á
dudar de su talento y podrá creerse tonto... y ser feliz!
El cultísimo escritor Bernardo Cándamo abre
información sobre la conveniencia de establecer la previa censura teatral.
Un exceso de celo del jefe superior de Policía ha
dado ocasión á que se discuta de la moral y del arte.
De todo ello podrá discutirse, como de las ventajas
y desventajas de la previa censura. Lo que está fuera de discusión es que un
jefe de Policía, de no producirse alboroto ó grave escándalo en el teatro, no
es quién para juzgar de moral ni de arte, cuando ni artistas, ni críticos, ni
filósofos han logrado dictaminar de acuerdo en tan ardua materia.
[123]La vulgar opinión entiende por inmoral en arte algo
que muchas veces nada tiene que ver con la moral, en el más alto sentido de la
palabra. Hay quien se escandaliza en el teatro por algo que bien puede
calificarse de «mera porquería», como un ingenio peregrino calificaba en
picarescos versos algo que otro, no menos peregrino, diputaba por pecado
nefando.
En cambio, obras que pueden ser antisociales,
demoledoras ó tal vez peligrosas por inoportunas, no pasan por inmorales ni dan
ocasión á que se alarmen los jefes de Policía.
Estas otras, que tanto alarman á los pudibundos, me
parecen la suprema inocencia, y el público que con ellas se regocija de una
simplicidad infantil. Considérese que toda la gracia del espectáculo consiste
en que nos digan ante centenares de personas lo que estamos aburridos de oir en
reducidos grupos. La novedad no está en lo que oímos, sino en oirlo delante de
mucha gente. Ya sabemos lo que ha de parecemos á nosotros; la picardía está en
averiguar lo que les parecerá á los demás.
[124]Obsérvese al espectador durante la representación
de una de estas obras «inmorales». Más que á la escena, atiende al público. No
dirá nunca: ¡Cómo me he reído!, sino: ¡Cómo se reían!
El efecto cómico de este género es el mismo que se
logra en cátedra ó en el salón de sesiones con un chiste malo que en los
claustros ó en el salón de conferencias no tendría maldita la gracia.
¿Previa censura? Voto en contra. En España estaría
supeditada á todo género de pasioncillas, caprichos y arbitrariedades, sin
contar con la influencia de los cambios políticos.
Y no sería la censura conservadora la más temible.
Sabido es que los liberales son los que aquí se toman mayores confianzas con
las libertades.
Hay una solución productiva. Este género alegre no
es más nocivo que el juego. ¿Por qué no gravarle con un impuesto especial? Es
el mejor partido que puede sacarse de todo lo malo. ¡Ay! ¡Menos de los malos
Gobiernos!
XXI
Las únicas cartas anónimas insultantes que recibo
proceden de furiosos aficionados á toros, cuando me permito atacar la sublime
fiesta. Como el blanco de mis tiros, más que la fiesta misma, ha sido siempre
su público, claro está que esas cartas llenas de improperios vienen á confirmar
lo que pienso respecto á los furibundos aficionados á toros. Escriben como van
á la Plaza. Son ellos, los mismos, los de las almohadillas al redondel y los
insultos á los lidiadores que arriesgan su vida, y sólo por esto, ya merecen el
mayor respeto.
En justa compensación recibo otras muchas cartas
que bastarían á sostenerme en mi empeño, si yo lo tuviera en combatir contra
las corridas de toros. Pero siempre he juzgado ineficaz toda predicación
destructora. En la vida no se destruye nada. Las cosas desaparecen por sí solas
cuando de[126]ben desaparecer. Es decir, cuando se ha
edificado lo que debe sustituirlas. No es la labor negativa de clamar contra
las corridas de toros lo que puede ser provechosa, sino la paciente labor de
promover en las gentes más nobles aficiones.
Entre las cartas agradables recibo una, firmada por
un madrileño, solicitando mi atención sobre un niño, verdadero «fenómeno»; así
dice, con razón, la carta.
Ese niño, fenómeno en España, se halla en el Asilo
de la Paloma, quiere y cuida á los pajarillos y ha llegado á inspirarles á su
vez tal cariño que, cuando sale por los patios y jardines, le siguen en
bandadas, se posan confiados en sus manos y sobre sus hombros y, á su modo, le
saludan y le agasajan.
Esto, que en otras partes del extranjero es cosa
corriente; que en las vidas de santos, como San Francisco de Asís y San Antonio
de Padua, pasa por milagroso; que Murillo juzgó como suprema bondad infantil,
al mostrarnos en su cuadro de La Sagrada Familia, conocida por la
del pajarillo, al niño Jesús en actitud de defender á un pájaro del gozquezuelo
que le espanta con sus la[127]dridos, en un niño español
es más que milagroso por lo inaudito.
Cuántas veces he visto con pena, porque pensaba en
los niños y en los pájaros de España, en paseos y jardines de París á los niños
rodeados de pájaros. Los pájaros eran como los nuestros. ¡Eran los niños los
que no eran iguales! Aquí el niño es el enemigo, el hostigador; allí era el
buen amiguito, el esperado con impaciencia. Y nada excede en poesía á la
realidad cuando compone estos cuadros. Cuando el arte, al imaginarlos, no pudo
inspirarse en ella, nos parece arte falso y sensiblero.
Nuestro arte, si quiere ser realista, por fuerza ha
de ser duro y seco. ¿Dónde están las inspiraciones de dulzura en nuestra
realidad?
Los que no sentimos la poesía de lo violento, ¿no
hemos de agradecer á ese niño su inspiración piadosa?
¿No habrá quien le premie por ella? ¿No ha de
merecer la atención que no le hubiera faltado de ser un precoz criminal?
El nombre de ese niño es Francisco Pancorbo, como
dije, asilado en la Paloma.[128] Los amantes de los
niños, ¿no harán algo en favor de ese niño bueno? No estaría bien que se
anticiparan los protectores de los pájaros á recompensarle.
Cuando la política apesta—y nunca apesta como al
convertir en cuestión política la que debiera ser cuestión nacional,—el único
desinfectante eficativo es volver los ojos á otras manifestaciones de la
actividad: á las corrientes aguas, donde va la vida española por más ancho
cauce.
¡Si atendiéramos sólo al salón de sesiones del
Congreso! ¡Si todo fuera como la política en España! Por fortuna, fuera de
ella, á despecho de ella, casi siempre se trabaja, se camina y se progresa.
Siempre que nos sorprende alguna novedad agradable es algo que no se ha
discutido en las Cortes ó que pasó por ellas en silencio, en un renglón de los
presupuestos; esos presupuestos que nadie discute, cuya enunciación basta para
despejar la Cámara de diputados y de curiosos.
La admirable instalación de telegrafía sin hilos,
en Carabanchel Alto, es una de estas gratas novedades confortadoras.
¿Por qué nuestros modernos poetas, tan desmayados y
luctuosos, por regla general, no cantan estas cosas? ¿Son menos interesantes
que los parterres de Versalles? Hay para dar razón á los futuristas, con todas
sus exageraciones.
Yo os aseguro que la instalación de telegrafía sin
hilos de Carabanchel Alto bien merece una oda.
El invento pertenece á la Humanidad. Admira y
deslumbra á nuestra inteligencia. Pero aquella instalación es nuestra, es de
España; halaga y conforta el corazón. Y españoles, soldados de su ejército, son
los sargentos inteligentes, modestos, que allí prestan servicio y han recibido
ofertas tentadoras de empresas extranjeras de navegación y prefieren servir á
su patria: á esta patria que no suele ser muy espléndida con los que trabajan
por ella; porque los que trabajan no intervienen en los presupuestos, y los que
intervienen... no trabajan.
XXII
Tres muertos ilustres cuenta la crónica en estos
días: Massenet, el general Booth, y, el más grave de todos, Muley Hafid.
El músico francés no ha tenido á su fallecimiento
la Prensa que podía esperarse de su popularidad en vida. No es que la Prensa
francesa y, por reflejo, la europea le haya escatimado las necrologías; pero
los elogios han sido tímidos.
Desde que un aristocratismo intelectual y artístico
ha sentado como criterio fundamental en sus juicios la razón inversa del mérito
con el aplauso público, es preciso blasonar de independiente y despreocupado
para atreverse á celebrar lo que todos celebran. Por donde sucede que, cuando
una obra empieza á ser aplaudida, es cuando empezamos á dudar de que merezca
serlo. ¡Ah! ¡Si las obras de Massenet no hubieran sido tan del gusto público!
¡Si Masse[132]net hubiera muerto obscuro y postergado
como Bizet!
Yo no digo que Massenet fuera uno de esos genios
musicales definitivos en una época; pero supo agradar y agradará por mucho
tiempo á los que aun piensan ó sienten que la música no es una tabla de
logaritmos. Al fin y al cabo, genios, lo que se dice genios musicales, ¿cuántos
han sido? Por los dedos de una mano pueden contarse. Y algunos de ellos muy
discutidos por los grandes inteligentes. Por ejemplo, Bach, de quien yo he oído
decir perrerías á personas de muy buen gusto musical. Yo no entro ni salgo, ni
juzgo de música más que por sentimiento. A mí la música de Bach me suena á
capilla protestante, que es para mí el sonido más antipático que puede tener
música en el mundo. A otro gran músico, César Franck, también se le cedo á
ustedes por una friolera. Me parece un filósofo de esos que pretenden explicar
por razonamientos cosas pertenecientes á la emoción íntima; conciliadores entre
la Ciencia y la Fe, que no concilian nada.
Por todo esto, bien merecía Massenet elo[133]gio más fervoroso de la crítica. ¿Es que sólo puede
haber dioses mayores?
En Madrid sólo hemos oído tres óperas de
Massenet: El rey de Lahore, Manon y Werther.
La primera es de las más endebles. Obra estrenada en la Opera de París,
confiado el éxito al aparato escénico, á la espléndida figura de la Reskée y á
la hermosa voz del barítono Lasalle.
Manon, mutilada con supresiones importantes, no tuvo al estrenarse en Madrid
favorable acogida. Hasta que no fué cantada por Anselmi, y después por Anselmi
y la Storchio, no logró el aprecio del público.
El estreno de Werther también fué
desgraciado. Batistini, primero, luego, Anselmi, consiguieron rehabilitarla.
Massenet lo intentó todo, con desigual desempeño,
pero con laudable propósito siempre. Soñaba con hacer grande, y, como tantos
otros, sólo consiguió triunfar cuando menos se preocupaba por el triunfo.
¡Vanidad del artista! En sus obras siempre prevalece un sentido inconciente que
está sobre los cinco sentidos puestos por el artista en su obra.
[134]En las óperas de Massenet hay variedad de asuntos y
de estilos. Historias de amor en Manon y en Werther;
el cuento de hadas en La Cenicienta; el poema lírico en Don
Quijote; en Esclarmonda la mística leyenda; en Lohengrin hembra,
donde Massenet aspiró á Wagner y fué su aspiración dulce suspiro de enamorado
más que de creyente.
La crítica hostil llamaba á Massenet el músico de
las cocottes. Ya es algo ser el músico de alguien; porque ¿quién no
tiene algo de todo á sus horas? Sólo los espíritus superiores son siempre ellos
mismos, que es ser muy poca cosa. Los demás, á poco que soltemos las riendas,
ya nos interesamos con las peripecias de un melodrama como la Margot de
Musset—«¡vive le mélodrame oú Margot a pleuré!»,—ya relinchamos como sementales
rijosos ante un tablado de tangos y garrotines, ya, como sencillas cocottes,
nos emocionamos con las chulerías Luis XV de Manon y de su caballero, puestas
en música absolutoria por un músico amable y francés.
El general Booth, el admirable fundador del
Ejército de Salvación, sólo hubiera po[135]dido salir
adelante con su obra en Inglaterra. Sólo en Inglaterra podía salvarse el
peligro más terrible de su empresa: el ridículo. ¿Qué hubiéramos hecho en
España con un general Booth? ¿Qué hubieran hecho en Francia? Sólo en Inglaterra
es posible predicar el Evangelio al son de una murga, entre una estrafalaria
mascarada, y sólo allí es posible sobreponer la intención de la obra á los
procedimientos hasta ser considerado por los Poderes públicos y colaborador
suyo en ocasiones difíciles.
Todavía, al contemplar el retrato del difunto
general, publicado en casi todos los periódicos ilustrados del mundo, una
sonrisa de escepticismo se disimula apenas en labios latinos. ¿Era un santo?
¿Era un vividor? ¿Un grande hombre? ¿Un chiflado? ¡Ah! ¡Cuántas buenas obras
como la del general Booth se habrán malogrado en el mundo por temor á que todos
pregunten: ¿Quién es el hombre?
¡Y cuántas veces el hombre no puede dar mejor razón
de sí que sus obras!
¿Nos da Dios, con ser Dios, otra razón de su
existencia?
XXIII
Para la próxima temporada teatral la dirección
artística del teatro Español anuncia obras de casi todos los autores militantes
y otras de autores noveles en el teatro, pero no tan desconocidos que sea
aventurado esperar mucho y bueno de sus obras. Un nombre falta en la lista, un
nombre que está sobre todos, el del propio director artístico: el de don Benito
Pérez Galdós. Por delicadeza, estimada por todos en cuanto significa, pero
inatendible en esta ocasión, don Benito se niega á estrenar obra suya y á que
sean representadas las de su repertorio; y eso no debe ser.
Cuando, por causas de enojosa explicación, las
obras y el nombre de don Benito Pérez Galdós no figuran en teatros de
importancia, y, por dificultades de interpretación, no pueden ser representadas
como ellas merecen en teatros de segundo orden,[138] el
teatro Español es el único que puede ofrecerlas digno escenario. ¿Habrá un solo
autor de los que tienen obras anunciadas que pueda mirar con recelo la
representación de las obras de don Benito? Todo lo contrario; yo creo que todos
se apresurarán á firmar una solicitud pidiéndole que vuelva de su acuerdo. Una
campaña de Arte independiente, popular, como debe ser la que en el teatro
Español se emprenda en esta temporada, con actores de juveniles alientos como
Matilde Moreno y Francisco Fuentes, no sería completa si faltaran las obras del
maestro glorioso de la novela y del teatro contemporáneo. Con palabras de Un
drama nuevo yo, soldado de fila, me atrevo á dirigirme al maestro de
todos para decirle: «Sed nuestro general: conducidnos á la victoria.»
Ni en costumbres, ni en leyes, ni en política, en
nada se muestra Francia tan republicana como en el arte de poner en ridículo á
cuantos reyes y soberanos, en acti[139]vo ó pasivo,
transeuntes ó residentes, caen en ella. No son, por cierto, reyes y príncipes
modernos héroes de tragedia; mas si alguno lo fuera, al llegar á Francia
quedaría convertido en caricatura de opereta. Francia es la Dalila capaz de
tomar la cabellera al más fuerte Sansón. Ved á Muley Hafid, el sultán esperanza
de los creyentes, el que fué proclamado por ellos como restaurador del espíritu
nacional y religioso, contra su hermano, el débil, el descreído, el europeo.
Nada pudo contra los invasores de su Imperio; pero todavía, en el recogimiento
de su palacio, podíamos suponerle, como á Prometeo encadenado, más alto y más
noble en su vencimiento que el vencedor injusto. ¡Estaba escrito! Pero ahora,
al permitir que se traduzca al francés—¡al francés de Montmartre!—lo que el
Destino escribió en árabe, ha perdido hasta el derecho á la compasión. Es un
triste león de feria, amaestrado como un perro. Lastimosas fueron las femeniles
lágrimas del último rey moro de Granada; pero aun han podido hallar piadosa
acogida en la leyenda y en el poema. Para Muley Hafid sólo que[140]da
la musa «bulevardesca» del café-concierto y de las revistas del año.
Olvidado en el último rincón de su Imperio, pudo
ser una figura trágica digna de ser representada en tiempos futuros por algún
Monnet-Sully del porvenir, en París mismo, en la escena del teatro Francés.
Así, no habrá clown que no le remede y ridiculice por circos y tablados. Al
ofrecerle Francia las libertades de su República ha sido más cruel que si le
hubiera encerrado en una jaula del Jardín de Plantas. Su libertad es el
ridículo. Y ¿qué hace en París el sultán caído que no hiciera en su Imperio? Lo
mismo: satisfacer todos sus deseos; pero lo que allí parecían voluntades de un
Dios, aquí parecen caprichos de niño ó de loco.
Nuestro aislamiento de la política internacional no
era, ciertamente, el espléndido aislamiento de que blasonaba Inglaterra al
saberse odiado de todos, pero, al fin, temida, en tiempos no muy lejanos.
Ahora, según noticias, nos disponemos á[141] entrar en alianzas; esas alianzas políticas en
abstracto, que significan muy poco en concreto. ¡Francia, España, Inglaterra,
Rusia! Está muy bien; no puede sonar mejor. Pero... ¿y los franceses, los
españoles, los ingleses y los rusos?
Formidable alianza si fuera siquiera por
conveniencia de todos, ya que de amor no hay para qué hablar en estos
matrimonios internacionales. ¡Cómo se reirá Alemania! Si es que las
abstracciones pueden reirse como pueden aliarse.
La alianza es preciosa; pero ¿qué apostamos á que,
salvo entre Francia y Rusia, hay muy pronto que lamentar algún coup de
canif, como dicen los franceses, en el contrato matrimonial? Pese á quien
pese, Inglaterra y Alemania están llamadas á entenderse; y en cuanto á Francia
y España... Al buen callar llaman Sancho; pero bueno sería que le llamáramos
Don Quijote.
XXIV
Como en todos los veranos, las «capeas» han
originado conflictos por esos pueblos. La autoridad gubernativa las prohibe, la
autoridad de los alcaldes es insuficiente para imponer la prohibición. Los
mozos se amotinan; la intervención de la Guardia civil ocasionaría mayor
conflicto. ¿Qué han de hacer los alcaldes? Dejar que los mozos se salgan con la
suya. ¡Es mucho salvajismo el de los pueblos!, se dice. No es más del que se ha
cultivado en ellos. ¡Si para ellos no hay otra fiesta más que la «capea», y,
suprimida, no les queda otra diversión! Pero, aunque otra cosa crean los que
por comodidad ó desidia declaran al pueblo ineducable, ¡es tan fácil su
educación!
Buen ejemplo es un humilde lugar de la provincia de
Toledo: Aldeaencabo de Escalona. Por la fiesta del Santo Patrón era[144] inevitable la «capea». Verdad es que á la
«capea» quedaba reducido todo el festejo. En este año se acordó organizar una
función teatral, hubo unas cucañas, unas carreras en sacos, unos fuegos
artificiales y nadie echó de menos la «capea» y nadie protestó contra su
prohibición. Para ello ha bastado con muy poco: con la autoridad de un
sacerdote ejemplar, con la influencia educadora de un maestro, con la buena
voluntad de algunos vecinos, y la fiesta se ha celebrado á satisfacción de
todos, modelo de orden y de cultura.
Con muy poco gasto y menor esfuerzo se conseguiría
lo mismo en todos los lugares de España. El paisaje de España es como su
espíritu: hosco, áspero. Pongamos dulzura en los paisajes y en las almas. No
escuchemos la voz egoísta de esos enamorados de lo característico, de lo
pintoresco. Son los que se asoman al campo y pasan de largo, sin dejar á su
paso amor ni bondad. El amor al paisaje por el paisaje es como el amor á los
animales: una forma del egoísmo, de la misantropía. Los paisajes y los animales
no dan disgustos como las perso[145]nas. Estos dilettanti de
lo pintoresco se complacen en la rudeza de los campesinos. ¡Para lo que han de
estar entre ellos! ¿Que se instruyen? ¡Qué lástima! ¿Que pierden carácter? ¡Qué
profanación! Hasta el día de la pedrada ó del garrotazo ó de la coz, que todo
llega...
No hay derecho á mantener, en nombre de lo
pintoresco, la ignorancia, el atraso, que nunca son bondad, aunque puedan
parecer sencillez. Dulcifiquemos, dulcifiquemos, sin temor á que la dulzura
desvirtúe la virilidad. Los pueblos de vida amable serán siempre más ardorosos
defensores de su independencia que los pueblos de vida ingrata, atormentada.
Sólo entre los descontentos nacen los traidores. Es preciso una gran virtud
para amar á una patria en que nada es amable.
El señor Canalejas, que tan gubernamentalmente ha
tronado contra los inadaptados, debiera darse una vueltecita por algunos
lugares de España; y lo que había de admirarle entonces sería... que hubiera
tantos adaptados á lo inadaptable.
[146]Sarah Bernhardt celebra sus bodas de oro teatrales.
¡Cincuenta años de teatro! Y todavía su arte extraordinario, único en la
historia de la escena, logra sobreponerse á los ultrajes del tiempo. Verdad es
que nunca el espíritu se sirvió de medios tan inmateriales de expresión
material como en la divina artista. El cuerpo de Sarah nunca tuvo edad; su voz
no fué nunca de humano timbre. No era la voz que se oye; era la voz con que se
sueña. Era como la luz musical del pensamiento. Y ¡la noble armonía de sus actitudes!
No hubo sensación fugitiva que no se consagrara en ella, como en escultura,
para la inmortalidad.
París, escéptico adorador de sus dioses, ya sonríe
ante los cincuenta años escénicos de la actriz bisabuela; pero sonríe cariñoso
y admirado. Sarah, con muy buen acuerdo, ha ido á celebrar sus cincuenta años
de teatro á Inglaterra. Los ingleses saben admirarla sin escepticismo. La
juventud espiritual de Sarah es para ellos tan respetable como la propia
juventud de la vieja Inglaterra. Un milagro de voluntad, si al decir voluntad
cabe decir milagro. Esa gloriosa[147] vida de arte
supone una tensión constante de espíritu sin un desfallecimiento, sin una
desconfianza en las propias fuerzas. Sarah sólo ha vivido para su arte; el arte
ha correspondido, generoso, á tanta fidelidad.
En las fiestas de Salamanca he podido apreciar los
tristes efectos del absentismo. De las casas grandes, de linajuda
nobleza, cuyas más saneadas rentas de Salamanca proceden, muy contadas han sido
las que contribuyeron al lucimiento de las fiestas. Y digo yo, y decían muchos:
«¿Qué mejor ocasión para un acto de presencia?» Son días en que los humildes,
no sólo miran sin odio el lujo de los señores, sino que lo agradecen y lo
admiran como un esplendor más de la fiesta. Son días de acortar distancias y de
suavizar asperezas.
Las hermosas muchachas premiadas en el Concurso de
belleza, las que vistieron los trajes clásicos de charra, tuvieron que pasear
por la población en deslucidos coches de alquiler. ¿Para cuándo guardan los[148] grandes señores de la provincia sus trenes de
gala?
En la escolta de charros montaraces, que dieron
guardia de honor á los príncipes de Baviera, faltaron los de casas muy
principales. ¡Buen ejemplo para los de abajo!
¡Luego se quejarán del desamor de los humildes!
¡Pues qué!, ¿hacen algo por merecer su amor ó su respeto?
Hay altas posiciones sociales que imponen muy altos
deberes. No es de los más penosos el de dejar, por unos días de fiesta en la
provincia, alguna playa ó balneario del extranjero, donde, sin pensar, se va en
la ruleta del Casino lo mejor de las rentas solariegas.
Los grandes señores han olvidado el arte de
agradar, que, claro está, no es más que el arte de saber aburrirse. Pero ese
arte es un deber de la nobleza y del dinero. Y ¡es un deber que está tan
compensado! Siempre que procuramos agradar acabamos por ser agradables; y...
cuando se es agradable, se está más divertido que nunca.
XXV
Bien pudiera algún predicador haber repetido las
exclamaciones famosas de Bossuet, en los funerales de una princesa de Francia:
«¡Madame se meurt!... ¡Madame est morte!» Las que pusieron espanto en aquel
auditorio de príncipes y grandes señores de la Corte, al considerar cómo, en el
breve espacio de dos exclamaciones, aun no vista llegar, pasó la Muerte. La
Muerte niveladora, y, por serlo, el más cierto resplandor de la ideal Justicia
sobre la tierra; el más seguro anticipo suyo para otra eterna vida. La Muerte,
de quien otro poeta francés dijo: «Et les gardes qui veillent aux barriéres du
Louvre, n'en defendent pas nos rois».
Y triste actualidad recobran también los versos de
Cervantes á la súbita muerte de la reina Isabel de Valois:
Cuando dejaba la guerra
libre ya el hispano suelo,
en un repentino vuelo,
la mejor flor de la tierra
se fué trasplantada al cielo.
Y al cortarla de la rama
el mortífero accidente,
fué tan oculto á la gente,
como el que no ve la llama
hasta después que la siente.
Los poetas de ahora temen ser tildados de
cortesanos, y, sólo cuando se trata de lisonjear las malas pasiones de los de
abajo, no se juzgan aduladores. Así, los poetas no cantarán á la buena memoria
de la infanta María Teresa. Ni es necesario: estas vidas sencillas, de bondad,
de recogimiento, parece como si se profanaran con altisonancias ditirámbicas.
En el abultado libro de la Historia, sobre el trompeteo de las grandes hazañas
bélicas y de las intrincadas empresas políticas, estas vidas han de ser como flor
guardada entre las hojas del libro: una meditación, un silencio entre el
barullo de tantas grandes y de tantas malas acciones, que son la Historia y son
la vida...
Ni aun sientan bien ponderaciones corte[151]sanas por el dolor que su muerte causara á los suyos.
¿Para qué decirnos que las tristezas de los grandes de la tierra son
excepcionales como su grandeza? ¿No estará nuestra mayor simpatía en saber que
son iguales á las nuestras? ¿El dolor de la madre? No digáis á las madres que
es un dolor de reina; decidles que es el dolor de todas las madres, y ¿cómo no
han de comprenderlo? Ved cómo la Religión cristiana, al divinizar el dolor de
Cristo, humanizó el dolor de la Virgen madre; porque divinizado hubiera dejado
de ser dolor, al gloriarse en la gloria del Hijo.
Ni es bien poner distancias ante el dolor que á
todos iguala. Ofrezcan, con grandeza de alma, los grandes de la tierra sus
dolores, como sacrificio aplacador de odios y envidias. Nunca como en la Cruz
comprendió á Dios la Humanidad; porque en la Cruz está más cerca de nosotros.
Cuando se estudia con serenidad algún problema
económico, hay que decir como[152] aquel personaje
de una comedia: «¿A quién se engaña aquí?» Esto es: «¿Quién se lleva aquí el
dinero?» Porque oye usted á los patronos, y no es porque lo digan ellos, les
ajusta usted las cuentas y no puede usted por menos de darles la razón. Ellos no
se llevan el dinero. Oye usted al trabajador, al obrero, y la razón les sobra:
no pueden vivir. Y oye usted á todo el mundo, y el dinero no parece por ninguna
parte. El propietario de fincas, ya rústicas, ya urbanas, obtiene un menguado
interés de su capital, y el arrendatario y el inquilino dicen que ya no pueden
con la renta. El industrial se queja del comerciante, el comerciante del
industrial, y el comprador de todos. Todo el mundo está mal servido y nadie
está contento. Y, no obstante, á esto es á lo que llaman orden social y esto es
lo que, según dicen, hay que sostener á toda costa.
¿No valdría la pena de hacer algún ensayito para
cambiarlo todo? Aunque fuera en seco; esto es, sin guillotina ni tiroteo por
las calles; un ensayo en buena armonía, puesto que nadie está á gusto y todos
se quejan. Y si viniera á resultar, como es de temer,[153] que
el verdadero tenedor del dinero de todos es el Estado, con impuestos
desproporcionados, insoportables para el país, que el Estado se encargue de
todo y con dos suculentos ranchos al día nos alimente á todos. Y no nos
asustemos del socialismo, cuando la actual organización social no es otra cosa:
un socialismo con mala administración.
Caricatura veraniega (sin dibujo y fuera de
Concurso).
En el Casino:
—¿Qué le pasa á Juanito? ¡Tiene una cara!
—Que le han dejado sin una peseta.
—¿Sí? ¿Cuánto ha perdido?
—Pues eso: una peseta.
XXVI
Cuando un madrileño, en cualquier esfera social, ha
llegado á ocupar un puesto, alto ó bajo, ya puede asegurarse que se lo ha
ganado por su propio esfuerzo. Al madrileño no le gusta deber nada á nadie. Por
eso, aun de la clase más humilde, prefiere los oficios independientes, en los
que menos haya que obedecer y ser mandado. Así es muy raro hallar un madrileño
dedicado al servicio doméstico, y si, por razón de sus ocupaciones, depende de
algún patrón, maestro ó jefe, todo se conseguirá del madrileño por la razón
persuasiva ó por el ruego amable; nada por el mandato indiscutible, ni por el
rigor áspero.
El madrileño no tiene cacique á quien pedir
recomendaciones; no trata, ni siquiera conoce, á sus diputados; no tiene
colonia que le proteja ó le obsequie.
Por todas estas consideraciones, yo, que[156] he perdido en absoluto mi afición á los toros,
siento muy viva simpatía por el torero madrileño Vicente Pastor y celebro su
triunfo en la última corrida. Lo celebro con doble satisfacción, porque, aunque
me esté mal el decirlo, entiendo de toros una barbaridad y no soy de los
admiradores del día siguiente. Cuando Vicente Pastor, en sus años de desgracia,
que fueron más de los debidos, y apuntados van á su condición de madrileño,
andaba aperreado por esas Plazas, y en la madrileña sobre todo; favorecido por
los empresarios con todo el ganado de peor lidia, toros cornalones, resabiados,
mansos perdidos, nunca dejé de ver y de apreciar en él lo que más tarde
apreciaron muchos como un descubrimiento: que Vicente Pastor es de los pocos
toreros que saben para lo que sirve la muleta; de los pocos que paran y
castigan.
Y ¡vaya si ha bregado Vicente Pastor hasta
colocarse en el lugar que le corresponde! Nadie dirá que lo ha robado.
Los toreros madrileños luchan siempre con grandes
desventajas. Por la mayor baratura y facilidad de conducción, en las no[157]villadas les sueltan, por lo regular, ganado de la
tierra que, si escogido para corridas de toros, es siempre más duro y más
dificultoso que el ganado andaluz, que será en novilladas, donde todo boyancón
es de recibo. Hechos á torear mansos, al tomar la alternativa y encontrarse con
toros ligeros y bravos, los toreros madrileños andan de primeras torpes y
desmañados. Al contrario de lo que suele sucederles á los fenómenos
novilleriles de Andalucía, que, acostumbrados á torear allí toritos fáciles y
ligeros, al primer toro de la tierra que ven asomar por los toriles andan de
cabeza y se acabó el fenómeno.
Con Vicente Pastor hicieron horrores las empresas.
Recuerdo una corrida de novillos, con lucha entre un león y un toro como
amenidad de mayor atractivo, y en ella Vicente Pastor hubo de torear con el
estorbo de una gran jaula en medio del redondel; y por si esto no bastara, como
después de la lucha no hubo medio de sacar al toro de la jaula, el presidente
ordenó la salida del toro de lidia, el cual, naturalmente, tomó la querencia de
su com[158]pañero y semejante, y así hubiera tenido que
torearle y que matarle Vicente Pastor si la protesta unánime del público no
hubiera obligado al presidente á disponer la retirada del toro enjaulado.
Luego se espantan los empresarios si los toreros,
cuando llega la suya, tienen exigencias.
Vicente Pastor no ha llegado por intrigas; no,
ciertamente. Bien puede estar orgulloso de ello; ha llegado, como buen
madrileño, sin deber nada á nadie. Y hoy habrá toreros más vistosos, más
bonitos, más alegres; pero lo único verdad, lo único serio, el único toreo de
buena ley que se ve en las Plazas es el de Vicente Pastor, el madrileño.
El Hotel Palace se levanta soberbio como un gran
transatlántico. Aquel trozo de Madrid, de tan señorial aspecto cuando los tres
linajudos palacios, de Medinaceli, del Infantado y de Vistahermosa, eran todo
un caserío; tan desolado, cuando el inmenso solar del primero de dichos
palacios llena[159]ba de obscuridad y de tristeza
aquella parte de Madrid; hoy, con el gran hotel á la moderna, ha cobrado un
aire cosmopolita, de playa ó de balneario á la moda, con su Casino
resplandeciente de luces, bullicioso de multitud pasajera, con su música
bailable y su ejército de servidores.
Con el hotel Ritz y el Palace ya cuenta Madrid con
dos hoteles europeos. Quizás los precios sean más asiáticos que europeos y, por
este lado, el problema de los alojamientos en Madrid no se haya resuelto con
arreglo á la capacidad española. Es de esperar que los europeos y los
americanos nos sostendrán estos lujos, que para nosotros solos serían
excesivos.
Ya no hay pretexto para no venir á Madrid. Y, en
verdad, ahora que tanto se habla del turismo y tendremos en Madrid un Congreso
para discutir cuanto al turismo se refiere, todo el problema es este: ¿No
acuden los turistas á España por falta de buenos hoteles, ó no hay buenos
hoteles en España por falta de turistas? Problema biológico: ¿Es la función la
que crea el órgano ó el órgano la función?
De cualquier modo, hay mucho que agradecer á los
que así arriesgan su dinero en el órgano, anticipándose á la función.
El viajero de raza no retrocede ante las
incomodidades; pero el viajero de raza es poco productivo; suele viajar á pie y
sin dinero. Al viajero snob, que es el más provechoso, hay que
atraerle con mucho mimo y cultivarle con todo regalo. Una catedral gótica, las
ruinas de un castillo son admirables después de una buena comida en un buen
hotel. Tan admirables, que algún viajero que sólo venía por admirar la catedral
ó las ruinas, deja de visitarlas por el gusto de volver á un hotel donde tan
bien se come. Porque si es verdad que un cuadro de Velázquez compensa de una
mala fonda, también es verdad que una buena fonda compensa de no ver el cuadro.
XXVII
A los que se inquietan por mis obras futuras, á los
que suponen mi entrada en la Academia como una abdicación de mi independencia,
puedo asegurarles que no reniego de una sola de mis obras ni renegaré nunca;
ellas son toda mi vida, y unas mejores, otras peores, todas responden á un
estado espiritual. Ni de las culpas ni de los errores debe renegarse cuando no
se ha perdido en ellos nuestra conciencia, antes nos han servido de provechosa
enseñanza.
Nuestra vida no se gobierna por ideas, sino por
sentimientos. Nadie se asimila las ideas que no apetece, como nadie se alimenta
de lo que no le gusta, salvo en caso de necesidad extrema. Por fortuna, yo no
me he visto precisado á comer de ideas que me repugnaran. Es aventurado jurar
sobre nuestro estómago mucho más que ju[162]rar sobre
nuestra conciencia; pero me creo capaz de haberme dejado morir de hambre. Mas,
si alguna vez me hubiera visto en esa extremidad, como el miserable boticario
de Romeo y Julieta, hubiera dicho: «Mi necesidad es la que
delinque; no mi conciencia.»
De que son las ideas las que se coloran de nuestros
sentimientos, es buena prueba la idea religiosa. Ninguna parece más fija, más
determinada; parece que á todos los creyentes había de unificar en una misma
acción, encaminada al mismo fin; no obstante, unos prefieren la vida
contemplativa; otros, se consagran á obras de caridad con fervor activísimo;
otros, á la propaganda batalladora; todos creen seguir una idea, y lo que
siguen es las naturales inclinaciones de su corazón. Lo mismo en Arte; si por
ideas escribiéramos, diríamos siempre lo mismo y diríamos una misma tontería
siempre. Que nuestro arte sea espontáneo, como juego de niños, expresión de
vida y de fuerza y de natural esparcimiento; después, nuestro arte, como los
juegos también, irá ordenándose con cierto ritmo,[163] y
lo que fué primero actividad será luego belleza y al fin será bondad.
¿No habrá sido así la creación, como una obra de
arte, como un juego de niños; expresión de una fuerza que, por ser fuerza, es
bella y por ser bella es al fin buena? Actividad, Inteligencia,
Bienaventuranza: el «Tamas», «Rajas» y «Gattva» de la Teosofía india, en que
Dios dice al hombre: «Tú eres yo mismo, mi imagen y mi sombra; yo me he
revestido de ti y tú eres mi vehículo, hasta el día ¡sea con nosotros! en que
volverás á ser yo mismo y los demás tú mismo y yo.»
De donde se deduce que en la vida universal, como
en la vida de cada uno de nosotros, todo es armonía y no hay para qué maldecir
de las disonancias.
Sería falsa modestia hacerme el desentendido.
Amigos cariñosos pretenden obsequiarme y, con el mejor deseo, acaso no aciertan
con el obsequio de mi gusto. ¿Queréis saber lo que más pudiera satisfacer[164]me? Nada de banquetes, nada de exhibiciones; podéis
suponer que por grande que fuera mi vanidad personal, estaría ya bien
satisfecha.
Empieza el invierno; hay una obra meritoria que no
consigue prosperar, en lucha con la indiferencia: la obra del Desayuno Escolar.
Yo os agradecería con toda mi alma que ese fuera el obsequio: contribuir á ella
en lo que habíais de contribuir á obsequiarme en otra forma. A todos nos
quedaría mejor recuerdo; la buena obra del Desayuno Escolar, atendida, será el
mejor obsequio para mí y un obsequio más duradero en el corazón de todos los
que nos unamos en el amor á los niños.
Si me creéis capaz de una gran vanidad, permitidme
que me envanezca de este modo; si me estimáis lo bastante para creer que llevo
más alto el corazón que la inteligencia, ya que por amigos os estimo más que
por admiradores, sea el obsequio de corazón á corazón. Así el día que me sienta
vanidoso, podré decir: «¡Gracias á mi talento, he procurado el desayuno á
muchos pobres niños!» Y el día que me sien[165]ta
modesto, por lo menos tendré el consuelo de pensar: «¡Yo no tendré mucho
talento; pero los pobres niños de las escuelas tienen su buen desayuno en las
mañanas del invierno!»
De suerte que ya lo sabéis: con este obsequio no me
obsequiais para un día solo, que sería de vanidad; me obsequiais para muchos
días: unos, de vanidad; otros, de modestia, que allá se van alternados, como
los días tristes y los alegres; pero todos son buenos cuando sobre su variable
temperanza ponemos algo que esté sobre nosotros mismos, sobre nuestras
arrogancias ó nuestros desalientos.
XXVIII
Siento molestar á mis lectores con asunto referente
en parte á mi persona, aunque, por tratarse de una obra buena, tenga ya más
alto interés para todos. Pero debo satisfacción á cuantos han respondido
generosos, y es justo que responda la gratitud en donde mismo se elevó el
ruego.
De todas partes llegan á mí ofrecimientos en favor
del «Desayuno Escolar» y también importantes donativos. Gracias á todos. A
Rosario Pino, la insigne actriz, que ofrece el producto íntegro de la función
inaugural de su temporada en Valladolid. Y, en este caso, yo me atrevo á
solicitar de Rosario Pino que la mitad del ingreso se destine á La Gota de
Leche, institución fundada en Valladolid. Del mismo modo, cuantos beneficios se
den en teatros de provincias deben repartirse entre la institución madrileña y
alguna que, con el mismo fin de pro[168]tección á la
infancia, exista en la provincia.
La empresa del teatro Español y, al frente de ella,
Matilde Moreno, la gran artista de todas las delicadezas, se apresuraba á ceder
el ingreso de otra función que ha sido aplazada á ruegos de la Comisión
organizadora de estos beneficios.
El Círculo de Bellas Artes me anuncia en carta de
su presidente, don Alberto Aguilera, que destina la cantidad de 1.000 pesetas
para el «Desayuno escolar».
El primer actor don Luis Echaide me ha entregado la
cantidad de 500 pesetas, importe total de su sueldo durante los días en que ha
actuado en el teatro Español. Luis Echaide no quería cobrar dichas funciones y
sólo ha aceptado el cobro con la idea de ofrecerme esa cantidad.
En carta que firma «Un admirador» me envían 25
pesetas; don Santiago Aragón, otras 25; el señor Gazul, de Llerena, otras 25;
el señor Sabito, de Infiesto, 7,50. Muchas gracias á todos.
Ahora yo suplico á los que me anuncian el envío de
otros donativos y á los que me preguntan á quién han de enviarlos, espe[169]ren por unos días hasta que pueda organizarse
convenientemente. Yo tengo sobradas ocupaciones para entender en esto.
Muchas son también las solicitudes para que se
atienda á otras instituciones benéficas, todas muy laudables y muy dignas de
ser atendidas; pero como atender á todas es imposible, preferible es atender á
una sola con resultado.
Una hay, sin embargo, que yo creía identificada con
el «Desayuno escolar», y aunque no sea una misma en la organización,
identificada está en el propósito. Es la institución de las Cantinas Escolares.
Como todo hace esperar que la recaudación ha de ser importante, bien puede
repartirse el ingreso entre las dos benéficas instituciones, ya que las dos
realizan la misma buena obra y mal puede haber división ni rivalidad entre
ellas. De todas suertes, como el ofrecimiento primero fué al «Desayuno
escolar», no he de ser yo quien decida; apelo á la generosidad de los señores
organizadores de esta última institución, y creo que no apelaré en vano.
Entre los acuerdos de la Comisión reunida para
festejarme hay uno con el que no puedo estar conforme, y perdone la respetable
Comisión. Todo cuanto redunde en beneficio de los pobres niños me parece de
perlas, aunque sea á costa de mi exhibición personal. Pero la idea de erigirme
un monumento, por sencilla que sea, tendrá siempre mi oposición más decidida.
Soy enemigo de esos homenajes en vida, mucho más si la vida, por desgracia ó
por dicha, aun no toca á su acabamiento. Yo no sé si habré ya escrito mis mejores
obras; pero sé que aun puedo escribir las peores. Esos homenajes esculturales
que, por serlo, tienen algo de funerarios, sólo pueden discernirlos con
serenidad las generaciones futuras. ¿Qué sabemos lo que pensarán los que vengan
de nuestras obras? Pesa mucha literatura sobre la Humanidad y de cada vez se
impondrá una selección más depurada.
Necesitan estos monumentos, además, para su
contemplación gentes desapasionadas; pero mientras vivimos entre amigos y entre
enemigos personales, ¿quién sabrá[171] decirnos
dónde acaba la pasión y dónde empieza el conocimiento?
No, por Dios; nada de monumentos: todo para los
niños pobres.
Y otra vez pido perdón á mis lectores por haberles
hablado de mí; vaya en gracia de la intención.
XXIX
Aquellas guerras de los cien años, de los treinta
años, tan molestas para los estudiantes de Historia Universal, ya no serían
posibles. Las guerras de ahora tienen la ventaja de la brevedad. Mueren en
ellas más hombres que en las antiguas; pero mueren más pronto. Puede ponderarse
su corta duración con las mismas expresivas frases de cierto predicador, al
considerar la rapidez de los deleites carnales: ¿Por qué os condenáis,
hermanos? Si fuera asunto de una hora... ¿Qué digo de una hora? Si fuera asunto
de cinco minutos... Pero, no; ¡zás, zás, zás, y ya estáis en el infierno!
Por fortuna, las guerras modernas son un lujo muy
costoso. Lo único barato en ellas, por eso es lo único que puede derrocharse,
es el factor hombre. Un soldado, con su ración y todo, vale bastante menos que
los cartuchos por él disparados.
[174]Esta baratura del factor hombre es consecuencia del
poco coste de producción.
En esta guerra de los Balkanes se ha dado el mismo
edificante espectáculo que solían dar en otros tiempos algunos príncipes
cristianos aliándose con el Gran Turco por enemistad con otros príncipes
cristianos. Mal disimuladas, por el buen parecer, las simpatías de la culta y
cristiana Europa estaban, en esta guerra, del lado turco. No quiero pensar mal;
pero sospecho que hasta oraciones, en templos muy católicos, se han elevado al
cielo en favor de las armas mahometanas.
Los turcos tenían su deuda muy bien repartida. Los
otros desgraciados, por no tener, no tenían ni acreedores. ¿Qué interés podían
inspirar á nadie?
Todavía, después de las victorias conseguidas, han
de esperar á que las grandes potencias las den por buenas; porque los turcos
habrán perdido muchas batallas, pero ¡pensar que Europa va á perder su dinero!
Como que no hay quien mire por uno como los
acreedores. Por patriotismo, de[175]biera procurar el
Gobierno español, al levantar el anunciado empréstito de 300 millones, que se
cubriera en el extranjero; de ese modo, tal vez en situaciones apuradas
contaríamos con la simpatía y el interés de otras naciones fuertes; interés y
simpatía que nos faltaron en momentos muy críticos, quizás porque no estábamos
bastante entrampados con el extranjero.
Todo el arte de la guerra moderna está en
enzarzarse, no con quien pueda menos que nosotros, sino con quien deba menos.
Tan vulgar tópico era el de la alegría española
que, por extremosa reacción, han sido muchos los escritores á rectificarle con
la contraria afirmación de nuestra tristeza. Yo no sé si seremos alegres; pero
tristes, de ningún modo. El pueblo español no es un pueblo triste; es un pueblo
duro, que no es lo mismo.
De que no somos tristes es buena prueba nuestro
modo de celebrar la conmemoración de los difuntos. ¿Puede darse menos emo[176]ción, menos recogimiento espiritual, menos ternura, en
una palabra?
La gente pasea por los cementerios como por un
jardín; ríe y bromea y comenta con chistes los epitafios. Esto no puede
llamarse alegría, ni siquiera desprecio á la muerte, por fe religiosa ó por
elevado estoicismo filosófico; esto es, sencillamente, dureza; esa dureza
agresiva que está en la entraña de la vida española. En el hogar, en la vida
pública, en el Arte. Por eso hemos sido siempre tan retóricos; por eso tenemos
tantas fórmulas de cortesía y de cumplimientos. ¡Nuestra naturalidad es tan
áspera!
La fiesta de los muertos debiera serlo de gratitud
para los muertos gloriosos, para los buenos muertos... Y el amor acude á las
sepulturas en el primer año, la vanidad hasta cinco; mas la verdadera piedad
del recuerdo no tiene flores para los poetas, ni para los héroes, ni para los
humildes... ¡Allá nos esperen por muchos años!, dicen los que viven á gusto.
¡Están muy ricamente!, dicen los que viven desesperados. Y así, entre el
egoísmo satisfecho de los unos y el egoísmo desesperado de los otros, los[177] vivos van á la muerte, los muertos al olvido, y
la vida española es muy alegre, si alegría es que nada importe, y muy triste,
si tristeza es no amar la vida, en verdad, ni alegre ni triste; dura como el
odio: la única pasión sin risas y sin lágrimas.
Don Juan Tenorio, casi desterrado de Madrid, ha encontrado
espléndido refugio en Barcelona. En quince teatros, lo menos, se ha
representado allí en estos días.
Si no supiéramos que en Barcelona ha triunfado
también durante muchos años, y aun sostiene muy bien su cartel, el señor
Lerroux, que es el Don Juan Tenorio de la política española, por lo seductor,
por lo audaz y por lo de bajar á las cabañas y lo de subir á los
palacios—presidenciales, se entiende,—pudiera creerse que la predilección del
público de Barcelona por héroe tan nacional como Don Juan Tenorio tenía mucho
de ensañamiento despectivo: ¡Vean el personaje que nos mandan esos castellanos!
Pero no; no hay segunda ni pérfida in[178]tención. El público de Barcelona se entusiasma con
nuestro Don Juan, como ya no nos entusiasmamos nosotros. ¡Señales de los
tiempos!
Váyase por el proyecto de mancomunidades, que tiene
en Madrid más decididos partidarios que en Barcelona.
XXX
En la sesión dedicada por el Ateneo de Madrid á la
gloriosa memoria de Menéndez y Pelayo, al oir algunos fragmentos de sus obras,
sabiamente glosados por el señor Bonilla San Martín en su magistral estudio de
las obras y del espíritu del gran don Marcelino; al sentir cómo la prosa
cálida, vibrante, toda emoción, toda elocuencia, del insigne polígrafo conmovía
hondamente al auditorio, pensaba yo cómo se debiera en España, á imitación de
Francia y de Inglaterra, sobre todo, publicar selecciones de las obras maestras;
medio eficacísimo para vulgarizar el conocimiento de muchos escritores que,
como Menéndez y Pelayo, por no haber escrito siempre obras de un interés
general, sólo consiguen ser leídos por los especialistas interesados en
aquellas materias.
Dije en otra ocasión que Menéndez y Pe[180]layo era más admirado que leído. Y no hay que
espantarse por ello. Hay dos clases de lectores: los estudiosos, atentos con
preferencia á las obras que pueden servirles en sus investigaciones especiales,
y los desocupados, atentos sólo á la amenidad de los libros; lectores de
novelas, de poesías, de cuentos.
La obra total de Menéndez y Pelayo, cada una de sus
obras en particular, aunque nadie como él, por ser tan artista y tan poeta y
tan creador, supo dar amenidad y calor de vida á la crítica erudición, todavía
mantiene á respetuosa distancia á los que muy especialmente no se interesan por
la crítica y la historia literarias.
Una esmerada selección de sus obras, á semejanza de
las muchas publicadas en Inglaterra, de Ruskin, de Carlyle, de otros grandes
escritores, facilitaría la lectura de lo bueno á los asustadizos de lo mucho.
En España no sabemos ser oportunistas; siempre por
los extremos: ó todo ó nada.
¿No convendría refundir, aligerar muchas de
nuestras obras clásicas? ¿Es preferible que permanezcan ignoradas del[181] todo? Ya sé que sus admiradores incondicionales,
muchos de los cuales las admiran de oídas, no dejarían de clamar: ¡Profanación!
¡Sacrilegio!
Profanación sería recortar, borrar y repintar una
pintura de Velázquez ó de Goya, pues los cuadros sólo tienen un ejemplar. Pero
una obra literaria no padece detrimento por estas experiencias. Siempre queda
el original para los que quieran admirarla y estudiarla en su integridad.
Quevedo, Gracián, Saavedra Fajardo, otros grandes
escritores, hoy tan poco leídos; La Celestina, Guzmán de
Alfarache, otras muchas excelentes novelas, ¿perderían algo con estas
selecciones?
De Inglaterra nos llegan todos los días libros
pequeños, libros amables, lindos como juguetes, con pensamientos y trozos
escogidos de los grandes poetas y escritores. Para quien de ellos sabe, son un
recuerdo, una flor del jardín, una rama del bosque; para el que nada sabía, son
una iniciación, tal vez la puerta de oro que se abre al jardín encantado.
Pongamos estos libros ligeros en las ma[182]nos perezosas, ante los ojos distraídos de las almas
frívolas, que vayan perdiéndoles el miedo... El libro español trae siempre un
severo ceño de maestro; es preciso alegrarle con la sonrisa del buen amigo.
Por fin, el señor jefe superior de Policía, tan
riguroso cumplidor de la ley de protección á la infancia, cuando de
espectáculos teatrales se trataba, se ha convencido de que lo menos
perjudicial, el trabajo menos penoso para un niño es el de representar un corto
papel en el teatro.
Era ridícula esa severidad en el trabajo de los
niños en el teatro, cuando á todas horas del día y de la noche andan infelices
criaturas tiradas como perros por esas calles; cuando niños de cuatro y de
cinco años vocean periódicos á las altas horas de la madrugada; cuando hay
vendedoras de periódicos y décimos de lotería, menores de edad, que, como los
horteras complacientes, siempre le preguntan al comprador: ¿Desea usted algo
más? No hablemos de[183] los botones y recaderos de
Círculos y hoteles que, por razón de su oficio, muy semejante, en ocasiones, al
que Cervantes tenía por muy necesario en toda república bien ordenada, han de
enterarse y entender de todo.
Y ya que de niños hablamos, á las muchas personas
que á mí se dirigen, interesadas en la buena obra del «Desayuno escolar» y de
las Cantinas, les diré, que, nombrada una Comisión, ella es la que ha de
disponer lo más conveniente.
A mí estas andanzas, por ahora, no me han traído
más que disgustos y molestias. A disposición de la Comisión está lo recaudado
por mí; y en cuanto á la nube de pedigüeños que de continuo me envía
solicitudes y memoriales, ha de saber que el cargo de académico no tiene
asignadas rentas ni sueldos; que agradezco mucho las postales alegóricas, mesas
revueltas, platos pintados y otras chucherías, como toda prueba de admiración,
siempre que sea, por lo menos, gratuita. Sí, por Dios. «¡Basta de aplausos ya,
bravos pecheros!»
XXXI
Un crimen es un caso de una enfermedad social, que
puede ser endémica ó epidémica. Por eso todo crimen debe ser asunto de
meditación, de recogimiento de nuestra conciencia. No caigan todo el horror y
toda la culpa sobre el caso, tan irresponsable como el palúdico que
en su organismo debilitado recogió los miasmas perniciosos, inofensivos para el
fuerte.
¿El anarquista? Si le consideráis como un hombre de
ideas, sus ideas, ya le enaltecéis demasiado y al mismo tiempo
eludís vuestra responsabilidad. El anarquista viene á ser lo que en Teosofía
llamamos una forma de pensamiento, un elemental artificial, producto de esa
misteriosa energía animada por nuestros pensamientos, buenos ó malos, de amor ó
de odio.
¿Sabéis de qué está hecho un anarquista? Del
espectáculo del lujo insolente, de la[186] ociosidad
parasitaria, de la envidia que calumnia y murmura, de la intriga y del favor
encumbrados, del mérito desconocido, de la justicia recomendada, y, sobre todo
esto, de mil ligerezas que consideramos insignificantes: amenidades,
pasatiempos de la vida diaria...
El orador que, por redondear un discurso con una
frase de efecto, preconiza el atentado personal contra el enemigo político á
quien después saluda respetuoso, á quien por sí mismo ó por tercera persona,
pedirá algún favor, á quien estima personalmente, á quien sería incapaz de
ocasionar el menor daño.
El escritor—y entremos todos—malabarista de frases
que desmiente en privado lo que escribió en público, y esas graciosas charlas
que desgranamos en los Círculos, en los cafés, y esas indignaciones que no
llegan á perturbar nuestra digestión... ¡Qué país este! ¡Los políticos! ¡El
chanchullo! ¡El negocio sucio! ¿Sabe usted por qué se ha hecho esto? ¡Todos lo
mismo!...
Y todo ello, un día y otro, va condensándose en una
forma de pensamiento, en ese[187] elemental
artificial, ávido de tomar vida y cuerpo, y, al fin, como espíritu diabólico en
los antiguos posesos, se entra por el cerebro débil del mastoide, ya perturbado
con pobres lecturas, se adueña de él y le deslumbra con la idea fija de ser el
reparador, el justiciero. Una idea fija siempre parece una gran idea, no por
ser grande, sino porque llena todo un cerebro. Y el brazo se arma, y el crimen,
como el rayo, hiere brutalmente, sin elección, sin descernimiento... Un zarpazo
de fiera desgarra una página de la Historia. Los más inconscientes culpan al
criminal, los más cándidos á la Policía, los más solapados aprovechan la
ocasión para culpar al enemigo, para pedir represión violenta, prevenciones
extremadas. Todo se vuelve aspavientos sobre el caso. No es el
caso, es la enfermedad, endémica ó epidémica, lo que importa.
Hagamos escrupuloso examen de conciencia social, y
todos tendremos de qué acusarnos. ¿Quién no ha sembrado un granito de
anarquismo? ¿Quién no ha perturbado con algún pensamiento de odio?
¡Hay que reprimir, hay que escarmentar,[188] hay que suprimir! Ya se sabe: al energúmeno
siempre responde el energúmeno.
No; no es por el campo exterior por donde hay que
dar la batida; intrinquémonos dentro de nosotros mismos, y será más segura caza
y más acertado remedio.
Cuando ocurre un caso de enfermedad contagiosa—y
ninguna tan contagiosa como el crimen,—desinfectar la vivienda es muy
importante, por lo pronto; pero es más importante sanear toda la ciudad, todo
el ambiente.
La sesión del Congreso suspendida en señal de duelo
por la muerte del presidente del Consejo, fué de tan glacial severidad, que no
parecía sino que la mano trágica de la Intrusa atenazaba todos
los corazones. Aquello fué hielito puro. Dícese que los grandes dolores son
mudos y que el verdadero sentimiento nunca es retórico. No lo creo yo así;
antes creo que el dolor, como todo sentimiento verdadero, son los más grandes
retóricos; que no fué la retórica la[189] que dió
reglas al sentimiento, sino el sentimiento á la retórica.
Y la verdad es que un poco de retórica no hubiera
sentado mal en aquellos momentos. Se abomina, sin razón, de la retórica, y tal
vez creyóse dar más solemnidad al acto con aquel laconismo sin arte y sin
artificio.
Pero aquella elegante concisión, aquella noble
sobriedad, no fueron apreciadas en toda su delicadeza ni por los diputados en
el Congreso, ni por el público después.
El alma de la multitud es amplia y, como en los
amplios lugares, se pierden en ella los matices delicados; necesita de frases
sonoras, calurosas, vibrantes. Sin duda los oradores lloraban de verdad en
aquellos momentos; pero el público no pudo apreciar el valor de aquellas
lágrimas sin palabras...
Y es que el Arte será una mentira, pero es
insustituíble para comunicar verdades.
XXXII
El decreto para organización de la Policía ha
promovido discusiones. La Policía es uno de los organismos sociales más
difíciles de acomodar á gusto de todos. Si pretende ser previsora, es casi
imposible que lo sea sin profanar á cada paso las libertades públicas y hasta
el sagrado de la vida privada. Las indagaciones secretas, los informes
privados, las fichas; en una palabra, todo lo que viene á ser higiene en la
Policía es antipático á los ciudadanos. Sin perjuicio de censurarla airadamente
y de pedirle estrecha cuenta de la imprevisión, cuando no ha podido evitar un
delito, por falta, muchas veces, de esa higiene preventiva y molesta.
¿Cómo conciliarlo todo? Llamamos inquisitorial á la
Policía si se excede en sus previsiones, y la censuramos por inepta si no es
capaz de impedir un delito ó, si cometido, no lo descubre y esclarece en todos
sus pormenores.
Sobre la Policía pesa una triste tradición en
nuestro país, desde los alguaciles siniestros de nuestras novelas picarescas y
sus cuadrilleros pavorosos hasta el polizonte del absolutismo y el guindilla de
nuestras jaranas populares. No se dignifica una institución en un día. ¿Qué es
preciso para ello? Que nadie considere vergonzosa la profesión de policía, que
nadie se desdore por ser auxiliar suyo.
Indicado el nombre de un distinguido personaje
político para la Jefatura de Policía, ¿no hemos leído la rectificación
desabrida, como de quien rechaza una injuria? Pues es preciso que la Policía
llegue á ser estimada como profesión noble.
Para ser un buen jefe de Policía son necesarias
condiciones superiores de inteligencia. Hay que ser hombre de mundo, ante todo,
y no de un solo mundo. Hay que ser gran psicólogo, para saber tratar las leyes
como á las mujeres; esto es: lo mismo cuando se las atropella que cuando se las
respeta, parezca siempre que es por amarlas, sobre todo.
En nombre del amor están justificados to[193]dos los atropellos. Un buen jefe de Policía debe
poseer con las leyes el supremo arte en que fué maestro Don Juan Tenorio con
las mujeres: el de violador que enamora; al que, cuando atropella, se le dice:
¡Gracias!
En París se ha conmemorado el trescientos cincuenta
aniversario del natalicio de Lope de Vega. En un teatro de los llamados allí «à
coté» se ha representado, precedido de una interesante conferencia, un acto
de La estrella de Sevilla, otro de El mejor alcalde, el rey,
unas escenas de La Dorotea, no representadas nunca, ni en España,
decía el cartel, y unas escenas de El castigo sin venganza. Todo
ello traducido con cierta libertad, pero muy lindamente.
Aquí se ha representado por estos días El
anzuelo de Fenisa, una de las más primorosas comedias de Lope de Vega. Ya
sabemos que estas obras antiguas, nunca viejas, no pueden despertar hoy la viva
emoción de cualquier obra moderna. El teatro, como la[194] oratoria,
como el periodismo, vive de lo actual y su mayor gracia es lo efímero; como en
la flor, como en la mariposa. Son contados los genios poderosos que en la
oratoria, en el teatro ó en el periodismo lograron «eternizar el instante».
Pero causa tristeza la displicente actitud de
nuestro público ante esas obras. Ello revela una incultura, un alejamiento de
nuestra historia, una incapacidad de ponerse en situación, todo ello á base de
ignorancia, que mal pretende disfrazarse de sabiduría, echándolo á elegante
escepticismo.
Dentro de poco nuestro teatro clásico será letra
muerta. Y lo malo es que no lo habremos sustituído en nuestra admiración con el
teatro de Ibsen ni con el de Mæterlink.
El doctor Moliner anda por Madrid en busca de...
cien millones de pesetas, nada menos. El doctor Moliner no es hombre para
desistir de su propósito. Esos cien millones son su idea fija. Tener en España
una idea fija, constituirse en incansable propa[195]gandista
de ella, sacrificar comodidades, posición social, por esa idea, es sentar plaza
de loco ó, por lo menos, de monomaníaco.
Las ideas son bonitas para exponerlas un día en un
brillante discurso, en un artículo vibrante, en una crónica de actualidad; pero
¡por Dios!, no conviene insistir sobre ellas...
A mí me advirtieron: Ya verá usted; el doctor
Moliner le irá á ver á usted, le hablará á usted de sus cosas, le dará á usted
la lata; no sabe hablar de otra cosa.
Y el doctor Moliner vino á verme y le oí con
admiración, y volví á oírle en la conferencia que dió en el Ateneo sobre lo
mismo; conferencia, por cierto, que no ha merecido una noticia en muchos
periódicos, y el doctor Moliner tendrá en mí otro incansable propagandista de
su locura, de su lata, como quieran llamarla.
Esa locura, esa lata, es pedir al Gobierno cien
millones de pesetas para Sanatorios marítimos, para colonias escolares, para
escuelas higiénicas... Es un presupuesto que pudiéramos llamar de la salud, de
la vida. ¡Ya veis si la cosa es disparatada! Las So[196]ciedades
obreras de Valencia lo piden en respetuoso mensaje, de que es portador el
doctor Moliner.
Las Sociedades obreras de Madrid, la Casa del
Pueblo, no se han dignado tomarlo en consideración.
Manifiesta señal de la funesta orientación
revolucionaria de esas Sociedades.
No quieren tener que agradecer nada para conservar
en toda su plenitud el derecho á la queja; opinan como el sabio, en la comedia
de Calderón, que:
A trueque de quejarse,
habían las desdichas de buscarse.
Ya lo dicen en carta dirigida al doctor Moliner:
«Todo eso no es más que un calmante...»
Lo quieren todo ó nada. ¿Todo? Y ¿qué es todo en la
vida? ¿Qué es todo si no es un poco cada día, un paso en el camino de la
perfección? ¿Serían ellos capaces de revolucionar su mundo interior en un día?
¡Y de lo que no son capaces en su espíritu, se creen capaces con el mundo
entero!
Por lo mismo que así desvarían, hay que[197] darles eso que ellas llaman calmante, á pesar
suyo, contra su voluntad; voluntad que ni siquiera interpreta la voluntad de
todos, como lo muestra ese mensaje de las Sociedades obreras de Valencia.
El Gobierno del señor conde de Romanones puede
hallar el mejor programa de su política en ese «calmante», en ese presupuesto
de salud, de vida.
XXXIII
En el número de El Libro Popular,
correspondiente al 5 de Diciembre, en un artículo titulado «El príncipe de los
dramaturgos», referente al autor francés M. Curel, escribe don Enrique Gómez
Carrillo lo que textualmente copio:
—¡Curel!—os oigo murmurar—¿quién es Curel?... En
castellano nunca hemos visto ninguna de sus obras.
Con su nombre no, efectivamente. Pero hay una
comedia suya que fué traducida por Benavente y que obtiene desde hace diez años
el más grande de los éxitos en España y en América. Me refiero al «Repas du
lion», que en nuestra lengua se titula «La comida de las fieras».
—Pero—vais, sin duda, á decirme con justa
malicia—¿por qué esta pieza figura como original entre las obras de Benavente?
—Sin duda por razones de empresa—os contestaré,
repitiendo una frase del mismo dramaturgo madrileño.
Una comedia que se da como traducida, no tiene
nunca, para las compañías, la misma importancia que una comedia nueva.
En todo caso, si el autor de «Los intereses
creados», que es, ante todo, un hombre de honor, se apropia la paternidad del
«Repas du lion», no por eso deja de entregarle los derechos que le corresponden
al verdadero autor. En las cuentas que la Sociedad de Autores, de Madrid, manda
cada trimestre á la Société des Auteurs, de París, los productos de «La comida
de las fieras» figuran siempre en el haber de Curel. Entre gente del oficio
esto no es un secreto para nadie. El gran Joaquín Dicenta, que tan admirablemente
ha presidido el Sindicato de los comediógrafos madrileños durante algunos años,
da testimonio de que en cuanto los «auteurs» parisinos reclamaron en nombre de
uno de sus asociados la paternidad de la obra castellana, Jacinto Benavente fué
el primero en reconocer que su «Comida de las fieras» no era, en efecto, sino
un arreglo del francés.
Cuando un escritor de seriedad y respetabilidad
como don Enrique Gómez Carrillo asienta con tal aplomo semejantes afirmaciones,
algo debe haber de verdad en ellas. Veamos. ¿Será verdad que La comida
de las fieras no es sino traducción ó arreglo de la obra de
Curel Le repas du lion? Por unas cinco ó seis pesetas que costarán
los ejemplares de las dos obras puede cualquiera salir de dudas. Ni por el
asunto, ni por la idea, ni por los personajes, hay el[201] menor
parecido entre una y otra. Hasta la aparente similitud del título es una gran
diferencia. Le repas du lion—basta haber leído las fábulas—es, como
todos saben, la parte del león. La comida de las fieras es...
el domador, según mi obra, basada, como recuerdan cuantos la han visto ó leído,
en escenas muy madrileñas y de actualidad cuando la obra se estrenó. Pasemos.
¿Será verdad que don Joaquín Dicenta, como
presidente de la Sociedad de Autores Españoles, aseguró á don Enrique Gómez
Carrillo que los derechos de La comida de las fieras eran
enviados á la Sociedad de Autores Franceses?
Don Joaquín Dicenta tiene la palabra; entre tanto,
don Miguel Ramos Carrión, actual presidente de la Sociedad, me escribe la
siguiente carta:
Mi querido amigo: La Sociedad de Autores Españoles
no envía ni ha enviado nunca á la de Autores Franceses parte, grande ni
pequeña, de los derechos de representación correspondientes á las obras de
usted, porque, para hacerlo, no hay ninguna orden.
Claro es que á usted le consta; pero, por
complacerle en lo que desea, así lo declaro oficialmente.
Sirva, pues, para quien, sin fundamento, afirma lo
contrario. Siempre de usted compañero y padrino literario,
Miguel Ramos Carrión
Todo esto aparte, mal podría M. Curel cobrar esos
trimestres, de que el señor don Enrique Gómez Carrillo está tan al tanto,
cuando La comida de las fieras no se ha representado en España
ni en América desde hace once ó doce años. Como se ve, á pesar de mi buen
deseo, no puede hallarse el fondo de verdad que yo deseaba en las afirmaciones
de don Enrique Gómez Carrillo.
¿Ha sido ligereza? Para ligereza, es demasiado. ¿Ha
sido mala intención? Para mala intención, es poco. ¿Ha sido ironía? Para ironía
faltaba el fundamento de que La comida de las fieras fuera, en
efecto, algo parecido á Le repas du lion. ¿Ha sido una broma
literaria? Como broma sí hubiera tenido gracia... allá en la juventud de don
Enrique Gómez Carrillo.
Contra la opinión de muchos, yo creo que sólo ha
habido ligereza por parte de don Enrique Gómez Carrillo, y espero que se
apresurará á rectificarla.
[203]Don Enrique Gómez Carrillo, por su historia
literaria, por su significación, no está en el caso de que se le confunda con
uno de esos jovenzuelos cronistas que sueltan dos ó tres impertinencias, para
llamar la atención, en cualquier periódico de ventura.
Y conste que el menos molestado con «la ligereza»
he sido yo. En esta semana la actualidad era hablar, en pro ó en contra, de la
Prensa. Don Enrique Gómez Carrillo me ha dado asunto para no verme obligado á
opinar; asunto y argumento. Muchas gracias.
XXXIV
A cada año nuevo acude, con todo el valor de una
gran verdad filosófica, la reflexión que, en otras ocasiones, no es más de un
tópico adecuado á tertulias caseras: ¡Cómo pasa el tiempo!
Parece que fué ayer cuando estrenábamos siglo, y ya
nos andamos por su año 13. ¡Pavoroso número para los agoreros!
Por lo pronto, aparte la guerra de los Balkanes,
ineludible legado de su antecesor, para nosotros ha comenzado con su poquito de
perturbación política y, lo que es más grave, con la amenaza de una carestía
general de los comestibles si no sacamos pronto en rogativa á unas cuantas
imágenes de singular devoción.
A este respecto, sería muy de agradecer la buena
intención del ilustre jefe del partido conservador si, al retirarse de la vida
pública, hubiera pensado: «Después de mí,[206] el
diluvio». Hoy por hoy, un diluvio es lo más necesario sobre esta tierra
nuestra, siempre combatida por los extremos: ó sequía hasta perecer, ó
inundaciones y desbordamientos hasta la ruina.
Por una vez, llovería á gusto de todos; conformidad
tan dificultosa de obtener en negocios del cielo y de la tierra.
En la noche primera del año una multitud
alborozada, más que un nuevo año, parecía estrenar una vida nueva. ¡A la flor
de ilusión le basta con tan poco para prender de nuevo en nuestras almas! Una
fecha del calendario es suficiente. A las once y media, nada esperamos de la
vida; al sonar de las doce, lo esperamos todo de un año nuevo. Doce uvas nos
bastan para embriagarnos de ilusiones y de esperanzas.
¿Qué nos traerá el año 13? Hasta ahora no trae,
como cumple á todo recién nacido, su correspondiente pan debajo del brazo.
La multitud gozosa, que le saludaba al nacer, no
pensaba en esto. Ni siquiera pensaba que, con el pan, subirá la carne, y con la
carne el precio de los toros de lidia.
[207]La multitud, como los niños, es irreflexiva en su
alegría.
La moda tiene su significación en Arte. Y tiene su
valor el artista que logra imponer una moda, y más si la moda es natural
expresión de su espíritu y en él fué originalidad y sólo pareció moda al ser
después seguida y copiada por los imitadores. Y gran valor tiene también el
que, con ajustarse á la moda, logra, no obstante, destacarse entre los
uniformes figurines con fisonomía y aire muy personales.
Pero así como en una reunión de la mejor sociedad,
aunque por lo pronto se lleven la atención las mujeres más llamativas en el
vestir y en el adorno, las que ponen la moda, cuando nuestra curiosidad se ha
reposado agradecemos el sencillo atavío de alguna noble dama y en su señorial
sencillez aprendemos dónde está la verdadera distinción, así en Arte, sobre las
gracias y frivolidades llamativas de la moda, acaba[208]mos
por volver los ojos á la noble sencillez, que es de todos los tiempos.
Antes de ahora lo he dicho: creo que en ningún
tiempo hubo en España tantos y tan buenos poetas como ahora. De ellos, los hay
favorecidos por la moda; de ellos, á quien la moda perjudica. De ellos, y
Manuel Sandoval es el primero, de los que no vistieron su poesía con galas á la
última, de los que dejaron pasar figurines, seguros de que la moda volvería á
ellos, y ellos, aunque alguna vez pudieron desesperarse al verse desairados,
nada perdieron con esperar.
De mi cercado es el último libro de versos de Manuel de
Sandoval. En los anteriores, Cancionero y Musa
castellana, había dado clara muestra de su valer. Hay en uno de ellos una
poesía á los primeros pasos de su hija, de las que no se olvidan, de las que
dejan esa emoción perdurable que se suma á las emociones de nuestra propia vida
y es el verdadero valor de una obra de Arte.
De mi cercado es la plenitud del poeta. Léase «Pátina»;
léase «Recompensa».
Como es esta última poesía la musa cas[209]tiza, de noble prosapia castellana de Manuel Sandoval,
bien puede decir á los que á ella se lleguen:
Yo soy para vosotros deidad, sirena y maga;
yo soy pasión sin celos y goce sin hastío;
hoguera que el aliento del huracán no apaga
y fuente que no seca los soles del estío.
Tan sólo al que me ama someto á mi albedrío;
me otorgo como premio, mas no como merced;
exijo, si soy fuego, que me busquéis con frío,
y quiero, si soy agua, que me busquéis con sed.
Irá para tres años, día más, día menos, que empecé
á escribir estas charlas de Sobremesa. Muy agradecido á mis lectores, muy
agradecido á la dirección de este periódico, creo que ha llegado, con el año
nuevo, ocasión de despedirme por algún tiempo, no sin sentimiento por mi parte;
fuera ingratitud, de que soy incapaz.
Renovarse ó morir, ha dicho un excelso poeta. Ya
que uno no pueda renovarse á su voluntad, bueno es que la propia conciencia nos
advierta del peligro que hay en ser siempre el mismo, que es el de fatigar á
los lectores. A mí me conviene descanso, y á vosotros variedad.
XXXV
Desde Algeciras.—Algeciras es una minúscula Cosmópolis. Picaresca,
linda andaluza de todos festejada, á quien nadie pregunta por su abolengo y de
quien nadie indaga el origen de su fortuna. Es bonita, se presenta bien, sabe
comportarse en sociedad, y basta.
Su nombre logró resonancia universal en los días de
la Conferencia; aquella Conferencia en que la diplomacia europea dejó arreglado
todo... lo que ha sido preciso arreglar después punto por punto.
Tiene dos excelentes hoteles muy á la europea,
un kursaal muy concurrido, con recreos honestos;
cinematógrafo, un buen sexteto. Alguien echará de menos otros recreos,
aliciente sabroso de estos lugares. Yo no eché nada de menos. Algunos
murmuradores dirán que allí se juega; yo no he visto jugar.
Las mujeres de Algeciras son muy gua[212]pas y visten con verdadera elegancia. El madrileño
puede guardar para otro lugar y otra ocasión la compasiva sonrisa que tuvo para
otras elegancias provincianas. Aquí no hay por qué sonreir.
Frente á Algeciras se alza el Peñón de Gibraltar
como enorme dreadnought anclado. Un lejano atavismo nos mueve
á indignación y á tristeza. Bien será guardar el sentimiento patriótico en lo
más amplio de nuestra filosofía. De manifestarlo, nos expondríamos á observar
en torno esas actitudes y esas caras que podemos advertir cuando en una visita
cometemos alguna indiscreción de la que no es posible avisarnos en voz alta sin
cometer otra más grave.
Algeciras, La Línea, San Roque, toda la comarca
debe mucho á la vecindad del Peñón. Corren aires de Europa. Tal vez se piensa
si no sería más conveniente que razas y pueblos estuvieran así salpicados,
entremezclados, por pequeñas agrupaciones, sin la gran división de extensos
territorios y señaladas fronteras. Quizás la fraternidad universal sería ya
efectiva.
Desde Ceuta.—Estremece pensar que Ceuta, en manos de nuestros
Gobiernos, haya sido lo que fué hasta muy poco. Por fortuna, gracias á los
conjuros del general Alfau, se desvaneció la pesadilla. Aun dejó el presidio
alguna atmósfera angustiosa: los elementales artificiales de que nos habla la
Teosofía. No subsistirán. Ceuta despierta, Ceuta vive y trabaja con fe y con
entusiasmo.
Las tropas españolas animan y alegran la ciudad de
situación privilegiada, de suave clima, de sanos aires. Soldados y oficialidad
son orgullo de todo buen español. Los que hemos visto en ciudades extranjeras
muy guarnecidas, tumultos, indisciplinas, borracheras, y vemos este orden, esta
disciplina, esta confraternidad de nuestros soldados, nos atrevemos á decir á
nuestros inquietos antimilitaristas: La perfección no es de este mundo; pero,
dentro de nuestro estado social, el Ejército es lo mejor que tenemos en España.
En las canteras de Benzú trabajan españoles y moros
en las obras del puerto. Un moro jovenzuelo, de vivo mirar, fino de cabos, como
una gacela, como un antílope; resplandeciente de señorío sobre el pobre jaique,
con esa nobleza de origen, don celestial en todas las razas hijas del Sol. Su
vestidura es mísera, no teme al sol ni á las lluvias y lleva, como pudiera
llevar un atributo de realeza, un gran paraguas, bien arrollada su tela de
algodón. Los moros más pobres tienen predilección por el paraguas. No es
utilidad, es lujo. Como el sultán bajo su imperial quitasol, ellos van
orgullosos con su paraguas de tres pesetas debajo del brazo. La democracia
busca extraños senderos para llegar á todas partes.
El morito busca trabajo, se conduele—Moro no tiene
trabajo; busca y no encuentra.—Y el morito sonríe ladino. Yo sé que en las
obras del puerto se da trabajo con facilidad. Le digo que no lo buscará con
muchas ganas. De seguro. Será su padre quien le mande. El morito se ríe ya
francamente.—Cuando trabaja, duele cabeza.—Y se tiende sobre unas piedras como
sobre un[215] almohadillado diván; me pide un
cigarro, lo enciende y ni siquiera se divierte en mirar á los que trabajan en
derredor; alza los ojos y mira á lo alto.
Desde Ceuta á Tetuán va pasando ante nuestros ojos
todo el escenario de nuestra guerra de Africa. ¿Cómo sobreponerse á la emoción
del glorioso recuerdo? La guerra de Africa fué el único redoble épico que sonó
á glorias españolas en nuestros días.
Recordamos cuanto oímos referir á nuestros padres,
con el calor de viviente actualidad. La entrada de las tropas victoriosas en
Madrid, después de la toma de Tetuán; el entusiasmo delirante del pueblo
madrileño; las bizarrías de Prim; la serena inteligencia de O'Donnell.
Recordamos el Diario de un testigo de la guerra de Africa, el libro
que prendió en nuestra infancia bélicas llamaradas, resueltas en peleas á
pedradas; juegos de moros y cristianos.
¡El Diario de un testigo, tantas veces
leído en aquella edición de Gaspar y Roig, con[216] sus
ingenuos grabados en madera, con sus terribles morazos, terror de nuestros
sueños infantiles!
Ahora, en la realidad, pasan ante nuestros ojos
Sierra Bullones, Los Castillejos, con su prestigio de épica leyenda. Ya puede
haber caído sobre nuestro espíritu una avalancha arrolladora de escepticismo,
de criticismo y de cuanto puede pesar sobre el corazón como losa sepulcral de
entusiasmos, que la losa saltará á latidos del corazón ante estos lugares y la
oración á la patria se alzará desde muy hondo; más hondo que de nuestro propio
corazón: desde el corazón de nuestra madre; como las oraciones á Dios que ella
nos enseñaba y surgen siempre cuando, sobre todos los engaños de nuestra
inteligencia, la verdad del corazón se estremece al golpear de un verdadero
sentimiento.
Antes de llegar á Tetuán son bosquecillos de
adelfales, frondosos de laurel y floridos de rosa. El mar, muy azul, se
festonea de[217] blancura al caer sobre la playa de
las conchas; blanca también, más blanca que las espumas; de albor calizo sus
arenas.
Después, al fin, Tetuán, más blanco todavía; sus
caseríos, como terrones de azúcar, extendidos aquí, allá apilados. Como
irisación de tanta blancura deslumbradora, los alminares de las mezquitas con
el esmalte de sus mosaicos multicolores.
Un aura de encanto, de misterio sagrado, envuelve á
la ciudad de las cincuenta mezquitas y los innumerables morabitos. Yo tengo que
recordar algunas ciudades españolas para no asustarme.
Al entrar por la Puerta de Ceuta el encanto queda
roto. Parece imposible que toda aquella blancura total pueda descomponerse en
tantas negras suciedades. Nunca con más razón puede decirse que la suma no es
igual á los sumandos.
El «¿Quién vive?» á las puertas de la ciudad le da
un acre olor á tenerías; el olor que os perseguirá siempre, que sentiréis
penetrar hasta los huesos, correr por las venas.
Figuras y grupos interesantes restablecen[218] pronto la atención desilusionada. Un negro
enano, con grandes anillos en las orejas, loquea en la plaza. Es el Garibaldi de
Tetuán. Pasa un aguador, vestido de los más pintorescos harapos que puede
imaginarse. Toca su cabeza con un canastillo de mimbres. Sólo nosotros le
miramos sorprendidos. El ni siquiera se sorprende de nuestra extrañeza.
Visitamos al nuevo bajá, recién llegado á Tetuán.
Es mulato, de arrogante figura y noble porte. Viste como un moro de romance: de
sedas sutiles como gasas, una túnica azul muy pálido, y sobre ella otra blanca,
y sobre todo ello un ropón también blanco y transparente. Nos ofrece el té á la
morisca. Sonríe y se lleva la mano al corazón.
El cónsul me presenta. Tiene una frase amable, que
pudiera envidiar cualquiera de nuestros hombres públicos: Las ciencias y las
artes hacen grandes á las naciones.
Las casas de los moros acomodados presentan
graciosos contrastes. Patios y salas á lo morisco, y, entre todo, lámparas de
comedor, procedentes de cualquier bazar europeo; cómodas dignas de la calle de
los[219] Estudios, espejos de cafetín, floreros y
baratijas de baratillo.
En la casa de un rico moro, sobre una cómoda se
ostentaban dos floreros de altar entre candeleros de la misma especie. Parecía
dispuesto para las Flores de Mayo ó para una devota novena casera. No falta el
álbum de retratos con música y profusión de relojes sin mérito alguno.
En el patio de un moro poeta, un patio todo
recogimiento, todo poesía, junto á una fuente de preciosos azulejos veíase un
armario chinero, y, al través de sus cristales, como preciosidades de vitrina,
un frasco de Odol. ¡Buen reclamo! Otros cachivaches, y... ¡oh, civilización!,
verdadero símbolo de la penetración pacífica, un instrumento... ¿Cómo
nombrarlo? Una soberbia lavativa, en fin, inglesa, de llave.
Este poeta, famoso entre los suyos, escribió en el
álbum de uno de mis acompañantes unos versos en árabe. Traducidos, decían así:
«Cuántas veces amamos á la ciudad, aunque sepamos que no es la mejor, ni su
cielo el más azul, ni buena el agua de sus manantiales... Pero ¡es la Patria!»
Yo no sé si el poeta moro escribiría con intención
y á la nuestra, estos versos. En su fisonomía inteligente la ancianidad sonreía
con maliciosa resignación.
XXXVI[1]
Señoras y señores:
Si yo creyera que habíais tomado en serio el
anuncio de esta, que mal puede llamarse conferencia, ni lección, ni
disertación, y no ha de ser más que una charla veraniega, apropiada al lugar y
al tiempo, no sabría cómo disculparme antes de empezar, ni cómo pediros perdón
al haber terminado sin deciros cosa de provecho. ¡Ahí es nada! ¡El arte de
escribir! Toda una vida de escritor sólo puede mostrarnos las dificultades de
ese arte, que ni se aprende ni se enseña, por lo menos con reglas fijas.
Cuentan de un señorón adinerado, que al recibir en
su casa á un glorioso poeta, con esa osadía que da el dinero, le preguntó:
«Dígame usted: ¿Es muy difícil ser poe[222]ta?» Y el
poeta le contestó sencillamente: «¡Oh, señor! O es muy fácil ó es imposible.»
De todo arte, del arte de escribir, por lo tanto,
puede asegurarse lo mismo. O es muy fácil ó es imposible.
¿Quiere esto decir que el estudio no sirva de nada,
que el arte sea un don ajeno á todo esfuerzo, á toda voluntad; que el verdadero
artista sea inconsciente y en su obra se limite á ser instrumento, poco menos
material que los materiales, y como dice la Escritura: «La voz sea de Jacob;
pero la mano de Esaú»?
Cierto que, sin ser fatalistas, es preciso creer en
una predestinación. Basta leer la vida de los grandes hombres de la Humanidad,
basta con observar nuestra propia vida para comprender cómo hay en toda
criatura una predisposición natural que le inclina, sin forzarle, como dicen
los teólogos, hacia una dirección espiritual determinada, y cómo hasta los
sucesos de nuestra vida que más parecen apartarnos de nuestro camino, al fin
vienen á ser como atajos de ventaja, y sin ellos veríamos que algo falta[223]ba á nuestra vida y no hubiéramos llegado tan seguros
y tan experimentados al derechero camino de nuestro propósito.
Sin esta inclinación natural, sin esta
predestinación, ¿comprenderíamos el ejercicio de algunas profesiones necesarias
á la soberana armonía del mundo? Si por libre elección procediéramos, todos
elegiríamos las profesiones más brillantes.
Ved una orquesta, por ejemplo; todos comprenderéis
que haya quien sea director, hasta violín, lleguemos hasta el clarinete; ¡pero
el bombo y los platillos!, ¿quien comprende que puedan tocarse sin una
predestinación irresistible? Y no obstante, como es preciso que haya bombo y
platillos para el perfecto conjunto instrumental, admiremos la sabiduría
infinita que no inclinó á todos los hombres al violín ó la batuta. ¡Y
desgraciados los pueblos en que todos quieren ser directores de orquesta!
Que sobre la natural predisposición es preciso el
estudio, ¿quién lo duda? No creáis nunca en eso que llaman inspiración. Hay
artistas que prefieren pasar por geniales á pasar por estudiosos. Quieren dar á
sus[224] obras la importancia de lo sobrenatural:
«Yo no he estudiado nada—afirman;—yo no sé cómo escribo, yo no sé cómo
pinto...» No lo creáis; son coqueterías de artista. Alguien dijo que el genio
era una gran paciencia; yo me atrevería á decir que el genio es siempre el
premio de un gran trabajo.
Ahora que, el trabajo del artista, es muchas veces
lo más parecido á la holganza. El artista pasea, el artista está tumbado, el
artista fuma ó saborea una taza de café; el artista, al parecer, no hace nada.
Los que andan como azacanes por la vida en trabajos de actividad material,
pasan por delante de él y sonríen despectivos: ¡Que buena vida! El artista, tal
vez pudoroso, ¿como convencerá al afanado de que aquel su holgar es trabajo
contra la vulgar opinión?—¿No se hace nada?—¡Phs! Ya lo ve usted; nada.—Pero en
esos aparentes ocios fueron engendradas las grandes obras del espíritu; porque
todo es trabajo para el artista, siempre en actividad su conciencia, siempre al
atisbo su percepción, siempre vibrantes sus nervios... tan vibrantes, que
muchas veces saltan y se quiebran y en vez del bien tem[225]plado
acorde y la dulce armonía, es el desgarrado desconcierto de la locura ó es el
silencio pavoroso de la muerte. ¡El arte de escribir! El más perfecto sería el
que llegara á comunicar esa exaltación de nuestro espíritu sin necesidad de
expresarnos con palabras.
Escribir es una limitación, como lo es toda obra,
como lo es todo lo creado. Sí; la creación es una resta del infinito; como toda
obra es una resta del espíritu creador del artista. Por eso, lo mejor de una
obra no es lo que está en ella, sino lo que de ella se escapa para ir á sumarse
al espíritu infinito.
Ved, pues, si es difícil espiritualizar
materializando. Y eso es la obra del escritor y eso es la creación. Somos los
hombres como vasos en que fué recogida un poco de agua de un mar espiritual
infinito. El mar se ignoraba en su infinidad y quiso conocerse, ganar
conciencia así limitado. Nuestra labor espiritual no es otra cosa: reintegrar
una conciencia á lo infinito inconsciente.
A pesar mío, he hablado demasiado en serio. La
ocasión que aquí me trajo á interrumpir por unos instantes el grato esparci[226]miento de esta noche, era para mí seguridad de vuestra
benevolencia.
Yo sí quisiera, en esta noche, poseer absoluto
dominio del arte de escribir para unir todos los corazones españoles en un solo
sentimiento de amor á nuestros hermanos. El nos juntó aquí esta noche, y por la
expresión de este material sentimiento hasta sería ofensa daros las gracias.
Esperemos que esta fiesta de amor sea el precedente
de otras muchas en este verano en San Sebastián, en las playas y balnearios
donde la gente adinerada se esparce y se divierte. Olvidarnos de los que luchan
y mueren por España, sería criminal. Cuando allí se cumplen deberes penosos,
¿olvidaremos nosotros los más fáciles? Ved que para el triunfo glorioso de
España en tan difícil empresa, si mucho importa que nosotros confiemos en los
que allá combaten, importa más que ellos confíen en los que aquí quedamos. Al
¡alerta! de aquellos campamentos en tierra extraña ha de responder el ¡alerta
está! de la tierra española. Sólo así comprenderán nuestros hermanos que donde
ellos están está con ellos toda España.
XXXVII[2]
Si esta fiesta, queridos niños míos, solo
significase una lección aprendida en la escuela, poco significaría en verdad.
No aprendida por vuestra inteligencia, prendida en vuestro corazón la quisiera
yo para siempre; no por razonamientos de necesaria cultura y menos de
provechosa utilidad, sino por sentimiento muy íntimo, muy hondo, por efusión de
simpatía, por amor, en una palabra: aquella misma llamarada de amor en que se
ardía el corazón de San Francisco, el serafín de Asís, cuando cantaba á todas
las criaturas de Dios como á hermanos: Hermano sol, hermana agua, hermano lobo,
hasta la hermana muerte; el mismo amor que se eleva en aquella sublime plegaria
del Buda: ¡Dios mío, evitad el dolor á cuanto existe!
[228]Si esta fiesta solo significa una pública
exhibición, algo como un examen bien preparado de una asignatura, nada valdría,
os digo. No valdría más que esas ruidosas hazañas guerreras de tambores y
trompetería, que con ser mucho en la historia de los pueblos son muy poco en su
vida. Los héroes de la vida son muy otros que los reyes y los guerreros de la
Historia; son los trabajadores del telar, de la aguja, los inventores humildes,
que ni un nombre dejaron.
Si hoy diéseis suelta á estos pajarillos y mañana
en casa atormentárais al gato y al perro, y al otro día en el jardín ó en el
campo, os dedicárais á sorprender nidos y á destrozar árboles y flores, ¿qué
valdría esta fiesta?
No es que yo desconfíe de vosotros, queridos niños;
aunque muy graves sabios aseguran que sois de mala condición por lo general,
esos sabios no os conocen bien, porque sólo os han estudiado como hombres de
ciencia, y á vosotros hay que estudiaros con el corazón. Yo sé que los buenos
sentimientos son naturales en vosotros, que vuestro corazón está siempre
abierto á la generosi[229]dad, que en vuestro espíritu
alienta la más clara idea de justicia; pero sé también que los hombres, cuando
no con palabras y obras, con obras que desmienten á cada paso sus palabras, os
enseñan muy pronto la mentira, la crueldad, la desconfianza. Y no sé yo qué sea
peor, si malas palabras y malas obras de acuerdo, ó buenas palabras en
contradicción con las malas obras; aun es más perturbador, más dañoso este
desacuerdo.
¿Qué importa que digamos al niño: no se debe mentir
nunca, si el niño ve y observa y comprende que nosotros mentimos siempre que
nos conviene y á él mismo le engañamos muchas veces por comodidad nuestra?
¿Qué importa que le digamos: hay que ser afable con
todo el mundo, si él nos ve descompuestos y groseros con los criados, con la
familia, con él mismo, con enojo desproporcionado, más cuando una travesura
suya inocente nos molesta que cuando una verdadera manifestación de peligrosa
maldad no llega á molestarnos?
¿Y creéis que los niños no se percatan[230] muy pronto de todas estas contradicciones
nuestras? ¿Creeis que todo ello no va labrando en su espíritu recelos,
hipocresía y rencores?
Por todo esto me atrevo yo á dudar de la eficacia
de esta fiesta. Si hoy los niños dan suelta á los pájaros y mañana los padres
van á los toros, ¿á qué lección se inclinará su espíritu?
Palabras buenas nos llegan de todas partes; pero
¿de dónde vendrá el ejemplo? Y en la educación sólo el ejemplo es eficaz y sólo
él tiene virtud de imprimir bueno ó malo en las almas.
Ya lo dijo San Juan de la Cruz: más vale predicador
de pocas letras, pero de ejemplares costumbres, que muy sabio en letras humanas
y divinas y de mal arreglada conducta.
No lo que nos dijeron padres y maestros, lo que en
ellos vimos es lo que quedó para siempre grabado en nuestra inteligencia y en
nuestro corazón. Por eso la escuela sin la cooperación del hogar nada valdría:
casa y escuela ha de ser como un solo templo con un solo culto: el alma del
niño.
Con palabras y con ejemplos es preciso educar la
sensibilidad del niño, despertar su simpatía por cuanto existe y vive á su
alrededor. Los españoles carecemos de ese precioso don de la simpatía, que es
comprenderlo y amarlo todo. Si en lo geográfico somos una península, en lo
espiritual somos un archipiélago. Separados unos de otros como islas
espirituales. Somos hoscos y duros, y toda la vida española adolece de esta
sequedad de nuestro espíritu.
Somos pobres y nuestra vida es dura; como la vida
es cruel con nosotros, nosotros somos también duros y crueles. Y es que cuando
somos crueles con los demás, es que alguien fué antes cruel con nosotros. Sólo
muy altos y nobles espíritus saben volver el dolor en bondad y en dulzura.
La historia nos lo dice: los reyes que dejaron
nombres de sanguinarios y de crueles, fueron los que antes de reinar tuvieron
que soportar penurias y afrentas: tal fué el caso de Nerón en Roma, de Don
Pedro llamado el Cruel en España. En cambio, los que se criaron entre halagos y
blanduras, sin que nadie les afrentara ni persiguiera,[232] fueron
de condición apacible y magnánima: tales San Luis de Francia y San Fernando de
España, educados por aquellas dos nobles reinas de Castilla, Doña Blanca y Doña
Berenguela, de eterno ejemplo como madres y reinas.
Yo sé que muchos son en España los que en nombre de
un mal entendido casticismo preconizan esta dureza nuestra como una preciosa
virtud. Juzgan que si fuéramos blandos de condición, acaso perderíamos en
virilidad. Nunca fueron á mi entender muy varoniles virtudes la crueldad y la
destemplanza. Mejor sienta al varón fuerte la noble continencia y la apacible
gravedad. Ni la dulzura de costumbres debilita á los pueblos, antes por ser más
amable la vida será en ellos también más firme el amor patrio.
De los descontentos y los mal hallados salen los
traidores y los malos patriotas, y en verdad que gran virtud es preciso para
amar lo que no es amable.
Una patria en que todos fueran dichosos, ¿cómo no
había de defenderse con mayor entusiasmo que una patria en que nadie se hallara
á gusto?
Meditad sobre la significación de esta fiesta. Al
llegar á un pueblo no hay que conocer á sus sabios, ni á sus artistas, ni su
riqueza, ni su poderío para apreciar su grado de educación y de bienestar;
basta con muy poco. Pueblo en que veáis que los pájaros no huyen espantados al
acercarse un niño; pueblo en que veáis que los gatos, esos mansos gatos que se
tienden al sol en las puertas de calle, no huyen como escaldados y
escarmentados cuando niños y mozalbetes se les acercan; pueblo en que sobre las
más pobres tapias se alza la frescura frondosa de unos árboles y en las
ventanas sonríen como saludo de paz las macetas floridas, bien cuidadas, como á
caricias de manos de mujer, bien puede asegurarse que es un pueblo culto, de
dulces costumbres, un pueblo dichoso.
Queridos niños, vosotros sois el sol de mañana: que
ese sol brille más glorioso en nuestro cielo que aquel otro de nuestras
grandezas, cuando el sol no se ocultaba nunca en los dominios de España.
XXXVIII[3]
Para mostrarnos cómo no puede haber paz en el alma
de los malvados, como aun al verlos triunfantes y en apariencia dichosos, no
por eso debemos desconfiar de la eterna justicia, dice un Santo Padre de la
Iglesia: «En la conciencia del malvado hay siempre algo que tiembla». Sí, es
verdad...; pero también para los buenos, para los justos hay algo que tiembla
siempre. Ved; es un día feliz en la familia, tal vez se celebra un santo, una
fecha venturosa, más unidos que nunca los corazones, padres, hijos, allegados...
todos respiran esa confianza mutua, ese enlace de unas almas con otras,
probadas en alegrías y dolores compartidos á todas horas... el corazón de cada
uno engrana en el corazón de los otros, como una piedra en sólido edificio...
el edificio familiar; ¡la[236] familia! Nuestro
pequeño mundo, en que nunca pesa sobre nosotros la angustia de sentirnos
abandonados, como Robinsón en su isla, ni la tristeza de sentirnos perdidos,
dispersos en la multitud del mundo grande, indiferente, hostil, acaso... Es la hora
de la comida; la familia modesta, parte de su pan de comunión, bendito por el
trabajo honrado. En el silencio hay más efusiva cordialidad que en las
palabras. Los pequeños ríen alborozados.
Los padres sin mirarse se miran en sus hijos... De
pronto la mirada del padre se nubla de tristeza, un pensamiento triste ha
pasado por su frente, ha estrujado su corazón. Sí, también en el alma de los
buenos hay algo que tiembla, como en el alma de los malvados. El amor de los
suyos. Si yo me muero, ha pensado el padre, ¿qué será de estos hijos? ¿Quién
podrá darles esta alegría de ahora? Y en la desolación de su alma, los ve con
hambre, con frío, como esas criaturas de la calle que estremecieron tantas veces
su corazón de padre, tanto de compasión por ellos como de egoísmo por los
suyos... las criaturas que piden limosna,[237] que
venden periódicos, la mozuela desvergonzada, víctima de hombres soeces... el
ladronzuelo conducido entre guardias á empellones... Todo eso puede ser de sus
hijos, de aquellas criaturas que ahora son tan felices con tan poco, con la
alegría de estar juntos, de compartir con amor aquella comida de bendición...
alegrada por alguna golosina de extraordinario... Y el padre tiembla y palidece,
y cuanto más ríen los hijos más le cuesta contener el llanto que desborda en su
corazón.
—¿Qué te pasa?—le pregunta la esposa, que advirtió
pronto la cerrazón de su alma.
—Nada, mujer. ¿Qué quieres que me pase?
Pero ella lo sabe, porque también ha pensado lo
mismo muchas veces... sólo que la mujer, cuando piensa en la muerte, piensa en
Dios antes, y ella está segura, porque así se lo ha pedido á Dios muchas
veces... de que el padre no les faltará nunca, porque ella le pide á Dios todos
los días que de morirse alguno sea ella... ¡Yo no les hago tanta falta! Sólo
las madres saben ofrecer así su vida en el recogimiento de sus rezos, sólo[238] ella, por amor á sus hijos, llega á creer que no
les hacen tanta falta en el mundo como los padres...
¡Bendita institución esta, que para socorro de
viudas y huérfanos de médicos algún consuelo será en la vida de los que apenas
logran con su trabajo la seguridad del día de hoy, siempre angustiada por la
incertidumbre del mañana!
Penosa profesión es siempre la medicina, aun para
los que logran cumplida recompensa. No se comprende sin vocación tan decidida
como la del sacerdocio. Consagrarse al dolor... luchar contra la muerte...
enemigo que cuando huye parece que no hubo mérito en vencerle, y cuando se
vence siempre deja lugar á la sospecha de que faltó el acierto en combatirle.
Juzga la vulgar opinión que los médicos, en fuerza
de frecuentar el dolor, tienen embotada la sensibilidad... A pocos médicos han
conocido en la intimidad los que así juzgan. Yo sé de médicos que han llorado
por muchos niños las lágrimas que no lloraba alguna madre indigna de serlo; yo
sé de algunos médicos que han salvado con[239] abnegación
á muchos enfermos del abandono de familias despreocupadas, yo sé de muchos
médicos que han muerto sin enfermedad, sin saber de qué... del corazón,
certificaba otro médico, más bien por convencimiento íntimo que por diagnóstico
seguro... Lo que sucede es que el médico, cuando nadie ve llegar á la muerte,
cuando todos sonríen á su alrededor confiados, es el único que no puede llorar
todavía, y cuando todos lloran porque la ven llegar implacable, es el único que
ha de sonreir hasta el supremo instante... interponiéndose con fingida calma
entre los ojos espantados del moribundo y la negrura insondable de la muerte.
Pues estos hombres que pasan sonrientes como la
esperanza, entre todos los dolores y males de la tierra no pensaron apenas en
el dolor de los suyos. Ellos que saben como nadie, que esa crueldad del
sentimiento egoísta, cuando al llorar la pérdida de un ser querido hace pensar
con animal instinto:
¡En qué situación hemos quedado! Ellos que saben la
brutalidad de la frase: El muerto se lleva la llave de la despensa. Realidad
más descarnada que la misma muerte,[240] consideración
brutal que parece como si rebajara el sentimiento del alma al grito de la
animalidad; ellos no habían pensado nunca en los suyos para evitarles este
dolor vergonzoso...
Pues es preciso que, unidos todos, los predilectos
de la ciencia y de la fortuna con los humildes sea desde hoy tranquilidad de
todos y honra de la clase el que vuestras esposas, vuestros hijos, no tengan
que añadir á un dolor del alma el dolor del hambre. Que el padre trabajador y
honrado no se lleve al morir la llave de la despensa. Que esas palabras
crueles, sólo justificadas por la crueldad de la vida, no vuelvan á oirse en
duelos familiares.
Es mala disculpa de nuestra indiferencia ante los
males exclamar resignados: ¡La vida es así! ¡Cosas de la vida!
Hay un espíritu en nosotros que nada valdría si no
fuera capaz de sobreponerse á los males del mundo.
Tened en cuenta que la mayor seguridad de que hay
una Justicia y una Bondad infinitas está en que nuestro espíritu las comprenda
y las desea, y que en nosotros hay[241] poder para
realizarlas, poder que Dios bendice desde el cielo, cuando cantan sus ángeles:
«Paz en la tierra á los hombres de buena voluntad».
XXXIX[4]
Señoras y señores:
Fuera descortesía solicitar vuestra benevolencia.
Al haberme designado para ocupar este puesto de honor, ya os anticipasteis á
ofrecerme algo más: un cariño, al que sabré corresponder con toda la gratitud
de mi alma, y una admiración, á la que ya no puedo aseguraros si sabré
corresponder del mismo modo. Y, no por vanidad propia, creedme, para contento
vuestro, hoy más que nunca quisiera corresponder á ella. Mas si en algo habíais
de ser defraudados, antes prefiero que lo seáis por mi entendimiento que por mi
corazón. Si el verdadero cariño es el que más perdona, y el más verdadero el
que ni aun se cree en el caso de perdonar, porque ni advierte si hubo falta, ma[244]yor será mi agradecimiento cuanto más crea yo en
conciencia que mucho habéis tenido que perdonarme; como perdona el noble, por
natural nobleza, sin darme á entender siquiera cuanto habéis tenido que
perdonar. En ocasiones como esta, os sentisteis entusiasmados y conmovidos por
la palabra de elocuentes oradores; la palabra vibrante, con todo el calor del
sentimiento, con toda la gracia de la espontaneidad. Hoy la palabra escrita
llegará á vosotros apagada y descolorida. Hay de la elocuencia del orador,
corriente de agua saltadora y libre, á estas mansas aguas aprisionadas, de la
palabra escrita, la diferencia que hay, entre enamorados, de la declaración de
amor trémula, que va de la boca al oído, mejor diré, de boca á boca, á la carta
en que el amor se declara, con palabras muy comedidas, muy respetuosas, porque
no están delante, al escribirlas, los ojos que niegan ó conceden licencia para
mayor atrevimiento. Y, menos mal, si aunque cortés y fría, aun indica, por su
misma timidez, la verdad del sentimiento, peor, si con frialdades retóricas,
que quieren parecer apasionadas, dice bien claro[245] que
fué copiada de alguna novela ó más vulgarmente del secretario de los amantes.
Yo no soy orador, ni soy elocuente. Aquí me tenéis con mi carta de enamorado
tímido. Las hermosas jóvenes que me escuchan comprenderán mejor que nadie la
verdad de esta comparación entre oradores y escritores. Habéis tenido novios
orales y escritos. Porque habréis tenido más de un novio. No temáis que
descubra aquí vuestro secreto. Las mamás no escuchan. Las mamás no escuchan
nunca; sólo miran. ¿No lo habéis observado? Al despedirse algún rendido galán
de ingeniosa charla, cuando las jóvenes encantadas dicen: ¡Es muy simpático!,
cómo las mamás solo advierten: lleva muy rozados los puños ó tuerce los
tacones. Es que las jóvenes escuchan hasta con los ojos; las mamás no escuchan,
miran siempre, hasta cuando parece que leen un periódico ó que duermen. Y ¡qué
bien hacen en mirar mientras escucháis vosotras! Porque su triste experiencia
ve más lejos, porque el matrimonio de mañana y la vida de todos los días,
tienen más relación con los puños rozados y los tacones torcidos que con las pa[246]labras seductoras, eterna letra sin sentido, de esa
divina música del amor, con que la vida se burla eternamente, sin vencerlos
nunca, del eterno dolor y de la eterna muerte. Pensaréis: ya pareció el escéptico,
el ironista. Mal sientan ironías y escepticismo en fiesta de amor y poesía.
Pero el escepticismo no es negación absoluta, es duda y nadie duda de una
verdad aparente, si no lleva en lo más profundo de su alma el sentimiento
íntimo, la limpia imagen de la verdad verdadera y con ella de lo que es bueno,
y es bello, y es justo, y es noble, y es grande. El escepticismo es comparación
y, naturalmente, todos los que quieren engañarnos quisieran que no hubiera
comparaciones, que no fuéramos escépticos. Ya lo creo... ¡Qué ganga para los
falsificadores de moneda si no hubiera moneda legítima para confrontarla...!
Nunca veréis que el verdadero creyente se escandalice porque haya quien no crea
santidad la hipocresía de muchos devotos por conveniencia. Nunca veréis que la
verdadera caridad se alarme porque no tomemos en serio esas funciones y esas
rifas benéficas organizadas por alguna Junta de[247] señoras
aristocráticas; esa caridad que no cuesta mayor sacrificio que enviar unas
circulares á los amigos, lucir un lindo traje y leer después la revista de
algún cronista de salones—acaso éste sea el mayor sacrificio—donde á vuelta de
adjetivarlas á todas muy primorosamente, el propio cronista, con guante blanco
y llave de aluminio, les abre de par en par las puertas del cielo. Pues á no
creer en cosas como éstas se llama escepticismo. En cuanto á la ironía ¿qué es
la ironía sino la bondad en la indignación? Vamos á indignarnos y nos
entristecemos tanto que acabamos por compadecer y ni queremos entristecer
compadecidos. Y así es la ironía... una tristeza que no quiere llorar... y
sonríe... porque compadece y perdona. El escepticismo y la ironía son alas
también del ideal, que, si no sirven para elevarnos á grandes alturas, como la
fe y el entusiasmo, sirven para no tocar demasiado bajo en la tierra cuando á
la realidad hemos de acercarnos. Pero, ¡no creer en nada! Eso sólo es posible
cuando hemos dejado de creer en nosotros mismos. Cuando nada bueno hallamos en
nosotros, es cuando pode[248]mos decir: todo es malo;
porque es nuestra alma como nuestros ojos, que al asomarse á otros ojos lo
primero que en ellos vemos es nuestra propia imagen... Pero el bien existe
mientras el sentimiento del bien esté en nosotros, aunque no seamos capaces de
realizarlo por imperfección de nuestra voluntad. El amor existe mientras seamos
capaces de amar, aunque nadie nos ame. La verdad es, mientras nuestra razón no
llegue á persuadirse de que son verdades, todas las mentiras con que nuestros
intereses y nuestras pasiones y nuestras cobardías procuran engañar á nuestra
conciencia. En nosotros está nuestra vida y está nuestra muerte y está lo que
más importa, nuestra eternidad, siempre que nuestra conciencia esté sobre todo.
No hay que pedir fuera de nosotros mismos esa satisfacción del premio y del
castigo, buena para desenlazar melodramas y folletines. Ved, en las grandes
tragedias de Shakespeare, la más amplia concepción de la humanidad que produjo
el arte. En ellas, como en la vida, el dolor, que pudiera parecer castigo, cae
por igual sobre los buenos y los malos, con más[249] ciega
fatalidad que en la tragedia griega. El poeta mismo, tal vez espantado de no
percibir en la tierra un resplandor de justicia divina, llega á exclamar: Como
las moscas para los chicuelos traviesos, somos los hombres para los dioses; nos
matan por divertirse... Pero él sabe que sobre el terrible juego de los dioses,
si eso fuera, está siempre la idea de justicia en nuestra conciencia, más alta
que los mismos dioses. Cuando envueltos en la misma trama de maldades mueren
con muerte violenta el infame Yago, el apasionado Otelo, Desdémona sin culpa;
aunque la fatalidad del destino sea para los tres dolor y muerte, ¿no es verdad
que nuestra conciencia basta para decirnos, aunque el poeta no lo diga, que es
infierno y condenación la muerte para Yago, el que solo vivió para su egoísmo,
y es muerte animal, muerte de fiera, la de Otelo, el que amaba mucho pero no
amaba bien, porque sólo amó por instinto, y es gloriosa la muerte de Desdémona,
la inocente, la que culpada no supo hallar más que sencillas disculpas porque
las razones de la virtud son sencillas siempre? Y de los[250] tres,
aunque solo Yago, por crueldad del poeta, hubiera sobrevivido y triunfado de
todos... ¿Quién quisiera ser Yago? No hay víctima inocente que quiera cambiarse
al sucumbir por su verdugo triunfante. El que hace bien ni sabe decir por qué
lo hace; el que hace mal, ved cómo busca explicación á su conducta; más que
convencernos necesita convencerse á sí mismo de que hizo bien, tan cierto está
de que hizo mal. Y es que toda la maldad de los malos quizás llegara á suprimir
el bien sobre la tierra, pero no la justicia. Cuando todos los buenos fueran
desdichados, no habría un solo malvado que fuera dichoso. El mundo moral está
regido por rigurosas leyes mercantiles; todo valor recibido representa el mismo
valor abonado. Tal vez recibimos mal por bien, bien por mal de quien no lo
esperábamos. Es que el bien y el mal que hicimos son créditos transferibles;
cobramos ó pagamos unos por otros, pero al cabo de cierto tiempo todo está
satisfecho. Vuelve el mal al mal, el bien al bien; la moneda tal vez es
distinta, el valor es el mismo. El malvado parece hombre dichoso, está
alegre...[251] No os engañéis. Impunes todos sus
delitos que escaparon á las leyes humanas, absuelto por todas
las indulgencias, ó descreído de la justicia de los hombres como de la justicia
de Dios, sin temor á nada ni á nadie, hay siempre en el fondo algo que
tiembla... En la mayor tristeza del justo, abrumado de todos los males, sobre
todas las negruras que pudieran obscurecer su conciencia, hay siempre una
serenidad de cielo, que ya sería el cielo aunque otro cielo no existiera... Es
tan mezquina nuestra idea de la eternidad, que no podemos concebirla sin que de
ella forme parte lo que más nuestro nos parece, por sentirlo más cerca de
nosotros. Esto es, nosotros mismos; esta mezquindad, esta limitación que es
nuestra persona, un nombre propio, una percepción reducida en una reducción del
tiempo y del espacio. Esperamos que la otra vida sea... casi como esta vida,
otra vez nuestra vida; un lugar de reunión en que hemos de saludar á la familia
y á los amigos por sus nombres y aun hemos de continuar murmurando de sus
asuntos y preocupándonos por nuestros negocios. ¿Qué eternidad sería esta?[252] Eternidad es no saber de nosotros mismos; porque
la eternidad no es material ganancia. La riqueza de nuestra vida no será lo que
hayamos atesorado, sino lo que hayamos repartido. Vivirá de nosotros lo que de
nosotros hayamos dado; más se encontrará de nosotros cuanto más hayamos
perdido. Y ¿cómo hemos de entregarnos, cómo hemos de perdernos? ¿Dónde
hallaremos nuestra eternidad, que por serlo del todo, ni podremos decir que es
nuestra? En el amor y solo por el amor. Religión, Ciencia y Poesía; los tres
más claros luminares de nuestro espíritu, nos esclarecen el camino del Bien, de
la Verdad, de la Belleza, que es el camino de la eternidad del espíritu. Amar
inmensamente, amar infinitamente: ascender por escala de amor desde el instinto
á la inteligencia, de la inteligencia á la divinidad. Hablemos sólo de la
poesía... Sabio es el lema tradicional de su torneo: Fe, Patria, Amor. Amor
todo. Amor, primero instinto; forma ya menos egoísta del instinto de
conservación, del miedo á la muerte, de su instintivo horror en toda
criatura... Siente el hombre que ha de mo[253]rir y
siente la necesidad de prolongar su existencia en la prole, carne de su carne,
vida de su vida. El amor es todavía instinto... Después, siente que la
conservación de la prole le impone sacrificios, ha de defender á sus hijos, ha
de cuidarlos... Empieza el deber. Este deber se limita á la familia, todo lo
más á la tribu... los otros hombres son... el enemigo, el extraño... Pero el
estado de lucha no puede ser constante... Se pacta con la tribu vecina, tal vez
para combatir contra otra tribu más fuerte, tal vez porque la paz permita el
trabajo del campo, la quietud doméstica. Empieza la amistad. El hombre, por su
propio interés, se desinteresa ya en algo de sí propio y de los suyos. Y al
acercarse al extraño, que fué su enemigo, tal vez se encuentra en él, porque el
extraño también tiene hijos, también los cuida y los defiende. Y empieza la
simpatía, y tras la simpatía, que es amor, la inteligencia. Sí; tan una es la
inteligencia con el corazón que no podremos nunca entender lo que no hemos
sentido. Una vida de estudios y de meditaciones no dará tanta luz á nuestra
inteligencia como una hora de[254] amor. Cuántas
veces nos sucede sentir por alguien una antipatía invencible. Fulano es un ser
odioso, insoportable; le oímos hablar y sentimos la necesidad de llevarle la
contraria, por poco le mataríamos. Y aquel hombre odioso, antipático, llega un
día á nosotros con cara triste; habla de sus penas, tal vez perdió á su madre,
tal vez á su hijo, tal vez fué víctima de una crueldad, de una injusticia de
los hombres. Ya le escuchamos conmovidos; aquel hombre es un hombre como
nosotros, aquella pena ha sido nuestra alguna vez, puede volver á serlo, no es
una pena extraña, es una pena de nuestro prójimo. Ya no parece aquel hombre tan
odioso ni tan antipático, ya es nuestro odio lo que nos parece injustificado. Y
así todo se entiende cuando la simpatía nos acerca... La virtud y sus más altos
heroísmos, como el vicio y el crimen. Hay en todo ello algo humano que puede ser
también nuestro. Para el amor no hay nada extraño ni nada incomprensible. Yo he
oído á una desdichada mujer, amante de un verdadero monstruo, un criminal
rematado de presidio: Me dicen todos por qué quiero á este hombre tan[255] malo; pues porque para mí no lo es, y si es malo
para todos y para mí no, señal de que á mí me quiere más que á nadie en el
mundo. Y era verdad, solo que ella equivocaba la razón de su cariño; porque
aquel hombre también era malo para ella, pero era ella quien le quería más que
nadie en el mundo, y aquel amor de mujer era bastante para vestir de luz el
alma del criminal, como de luz resplandecían las llagas de los leprosos al
posarse en ellas las manos de azucena de la Santa Reina Isabel de Hungría.
Milagros del amor, acaricie leprosos ó criminales; milagros del amor, sobre
todas las miserias del alma. Nunca tuvo más hermoso gesto el Cid Castellano,
que al tender la mano sin guantelete al lazarino hundido en el fangal. Como esa
mano entonces y tantas manos de mujeres divinas y de santos gloriosos, fueron
las que vistieron en la Edad Media las armaduras de sayales, los sayales de
armaduras, en aquella empresa de bárbara grandeza, que fueron las cruzadas y el
incesante guerrear de los cristianos contra los infieles. Y ved también cómo lo
que empezó en odio y en guerra, fué origen[256] de
civilización y de tolerancia, que si el Occidente y el Oriente guerrearon,
también se conocieron y también llegaron á amarse y los poetas cristianos
cantaron gentilezas y amores y bizarrías de los infieles, y los poetas
orientales hazañas milagrosas, noblezas de corazón de los cristianos. Y sobre
el sentimiento de Patria y el de Religión, surgió el de Humanidad... Y
prendiendo sus alas de luz en el espaldar de las corazas, el espíritu
alboreaba... Aun alborea. No hay que desesperar porque tarde en brillar el día.
¿Qué importa la tardanza de siglos en las auroras del Espíritu si amanece para
la Eternidad? El amor á la Patria es primero instinto también, es el amor á la
tierra, al campo que el hombre labra con su trabajo; la Patria es la parte de
tierra necesaria á la subsistencia del hombre y de la prole, es el terreno en
que ha de afirmarse la perpetuidad de la raza. Después van despertándose
emociones; recuerdos de horas felices, recuerdos de días gloriosos. El espíritu
de la Patria surge; van quedando más hondas las raíces y elevándose más aéreo
el ramaje, y en la rama hay flor, y en la flor aroma. La[257] Patria
va teniendo conciencia y se constituye como Estado, que es ya la Patria
inteligente. La raza aspira á realizar el bien, la justicia. A la venganza se
sobrepone la ley y á la ley el perdón, que es tal vez la más segura justicia.
Por el amor á la Patria comprende el hombre como debe respetarse la Patria de
otros hombres; como por el amor á sus hijos comprendió cómo era respetable el
amor de otros hombres á los suyos. También en otras Patrias hay campos labrados
con pena, y hay hogares de amor, y en torno abuelos y nietecitos, y recuerdos
de días felices y gloriosos, y tierra que cubre los restos de muertos llorados.
Y la simpatía va de unas Patrias á otras, y contra el combate injusto la
conciencia universal protesta como contra una lucha fratricida. No es decir que
toda guerra sea injusta. Hay guerras inevitables; cuando una nación, un Estado
constituído, olvida, egoísta, las relaciones de amor y de justicia con otros
Estados; cuando un pueblo bárbaro, todavía de instinto, opone tenaz resistencia
al avance de la civilización, precisa es la guerra, como es preciso limpiar de
salteadores los caminos. Si por[258] ambición
personal de un tirano, como Napoleón; si por codicias de una oligarquía; si por
intereses egoístas de un pueblo entero el camino de la civilización se
dificulta, deber es de las naciones inteligentes, de las que no descendieron de
su elevación espiritual, combatir contra los merodeadores. La guerra entonces
es justa y es legítima, como lo fué nuestra guerra de la Independencia, hoy
conmemorada entre vosotros en una de sus más gloriosas y decisivas batallas, en
que la conciencia de tres nobles pueblos se unió contra el instinto de un gran
ambicioso, de quién apenas desaparecido, ya preguntaba el poeta: «Fu vera
gloria, Ai posteri l'ardua sentenza». La posteridad ha sentenciado. Todos los
arcos triunfales, todas las columnas, todos los monumentos alzados en su honor
por el pueblo cuyo nombre usurpó para imponer sus ambiciones personales como
aspiración nacional, no hablan tan alto de justicia como cualquiera de esos
humildes campos aldeanos, cuyos terruños, nutridos con la sangre de sus labriegos,
que supieron morir gloriosos sobre la misma tierra que cultivaron humildes,
levantan las[259] espigas de sus mieses, como si
protestaran de haber sido pisoteados por el extranjero. Extranjero de espíritu,
que extranjeros eran también por la Patria y no lo fueron al pelear con
nosotros en nombre de la justicia y del Derecho atropellados, los nobles
ejércitos de Inglaterra y de Portugal que en España y por España combatieron.
Si necesaria es en ocasiones semejantes la solidaridad de naciones alejadas por
la distancia, unidas sólo por el sentimiento, ¿qué debemos pensar de esas
demencias separatistas que pretenden la desunión en un Estado inteligente para
volver á la Patria primitiva del instinto? ¿Empequeñecer la Patria que antes
debe tener por aspiración constante destruir fronteras por el amor, que
levantarlas por el odio? Si una Patria se perdiera y hasta el recuerdo de todas
sus tradiciones y todas sus glorias, por realizar mejor la justicia al fundirse
con otras naciones, para constituir un Estado más perfecto, más apto para
realizar la justicia... bien perdida estaría; nunca había realizado mejor el
destino de su eternidad. ¿Y qué decir de esos que en nombre de la Patria son
constantes perturbado[260]res del Estado? ¿Qué les
impide aportar su concurso inteligente á mejorar lo que sólo por solicitud
amorosa de todos llegará á ser perfecto? ¡Ah, no están conformes con la forma
de gobierno! ¿La forma? ¿No les dice bastante esta palabra? ¿Hay alguna forma
de Gobierno en los pueblos modernos civilizados que se oponga á la realización
de los más altos ideales de justicia? Todo será saber imponerlos y por el odio
nada se impone. ¡Ah, cuantas de esas brillantes inteligencias servirían mejor á
la Patria trabajando más por ideales de fondo que por ideales de forma! ¿Qué
importa el metro en que se versifica si la poesía es buena? Cuánto mejor fuera
que muchos de esos halagadores de instintos despertaran inteligencias dormidas,
y mejor que á prometer bienaventuranzas que ellos son los primeros en saber que
no consisten en cambiar de régimen, en vez de decir al pueblo mentiras de la
República fueran á los palacios á decir á los Reyes, cara á cara, sin grosería
pero con entereza, verdades de la Monarquía... ¡Ah, ese amor á la Patria que lo
pide todo de los demás y nada ofrece por cuenta pro[261]pia!
El que no lee, pide que se estudie; el holgazán, que se trabaje; el
falsificador, que no se engañe. El padre que no supo educar á sus hijos, se
lamenta de la falta de escuelas. No: en la escuela, en la Universidad, ilustran
los maestros, los libros. Educar sólo educan los padres. Y no con palabras que
se contradicen después en las acciones, sino con ejemplos. Por eso son tantos
los padres que dicen: Que vayan al colegio estos chicos, hay que educarlos.
Saben que ellos no los educarían nunca. Y cuando no se educa á la Patria en
nuestros hijos, cuando nada hacemos por ella en nuestra propia casa, queremos
que los gobiernos trabajen por los que no trabajan, estudien por los que no
estudian, piensen por los que nunca pensaron, tengan una conciencia que nadie
tiene. Nadie barre la puerta de su casa y nos quejamos de que la calle esté
sucia. Pedimos gobiernos inteligentes. ¡Felices los pueblos que pueden ser
gobernados por tontos! Y ahora, ved otra grave falta de educación. Si preguntáis
al pueblo para qué sirve el Ejército, os dirá: para hacer la guerra. Así lo
aprendió, así se lo dijeron. No fuera[262] mejor
decirle: el Ejército sirve para mantener la paz. El Ejército es la fuerza, sí,
pero es la fuerza á la orden de la razón y de la justicia. No es amenaza, es
seguridad. Si le juzgáis improductivo en su acción, no veis que es todo
vigilancia y la vigilancia no es nunca ociosa aunque parezca improductiva. La
espada del Ejército, como la espada de la justicia, vela sobre vuestros campos,
sobre vuestros talleres, sobre vuestros amores y vuestros ideales; sobre las
codicias de fuera y las traiciones de dentro. Desconfiad de los que dicen:
¿para qué tanta fuerza, para qué tantas precauciones? El que nada intenta
contra la seguridad de un domicilio, no se ofende si al llamar á la puerta
observa que le miran por el ventanillo. Sólo á la gente maleante le parece que
sobra la policía. Hasta del cielo cristiano, mansión de amor, donde la fe del
creyente ó la imaginación del poeta asientan todos los ideales de perfección,
se dice que hay milicias celestiales. Hasta la justicia y el amor divino
afirman el santo temor de Dios entre espadas flamígeras de arcángeles. Aun no
ha llegado el día en que la inteligencia sea tan natural en[263] los
hombres como el instinto, cuando todo instinto animal se haya espiritualizado
en la conciencia de nuestra eternidad. La fe religiosa del hombre es también
instinto al despertar. Es anhelo angustioso de no morir para siempre. El hombre
mira dentro de sí y halla una vida interior que es algo que no palpan sus
manos, ni ven sus ojos: es el pensamiento que vive en todo él y no está en
parte alguna de su cuerpo. No es el latir de su corazón, ni es el golpear de su
cerebro, es algo sutil, algo impalpable. Cierra los ojos, y le parece que ha
muerto al cerrarlos á la visión de cuanto le rodea y su pensamiento vive
todavía, dormido sueña... No hay duda, el pensamiento es la parte inmortal de
su ser. Morirá, pero seguirá pensando siempre. Y su pensamiento sueña con una
eternidad de vida. Vivirá eternamente, pero ¿dónde vivirá? Y sus ojos entonces
se vuelven adonde el horizonte es limitado, al misterio insondable de los
cielos donde todo habla eternidad. Y allí va su esperanza y allí pone su fe.
Después, aquel cielo ignorado va poblándose de imágenes ideales. Primero, para
el hombre de instinto, hay un[264] Dios de
venganza; después es un Dios de justicia, después un Dios de misericordia, un
Dios que por amor se hace hombre y siendo todo sabiduría y todo poder, no
quiere juzgar á los hombres sin haber padecido todo el dolor de la humanidad. Y
padece como si no supiera. El, que todo lo sabe, que es un Dios quien padece y
puede sobreponerse al dolor. ¡Hermosa verdad para el creyente! ¡Hermoso símbolo
de la verdad para los descreídos! Al expirar en la cruz, al gemir como una
pobre criatura humana, ¡Padre mío! ¿por qué me has abandonado? Habrá quien dude
de que Dios pudiera nunca hacerse hombre; no habrá quien dude de que en aquel
instante, crucificado por amor á todos los dolores de la carne y á todas las
tristezas del alma, el hombre se hizo Dios. Y nunca alboreó la aurora del
espíritu como al morir un Dios crucificado, señalando á los hombres el camino
de nuestra redención y nuestra eternidad. Poetas, reina, damas gentiles, señores
todos: vuestro corazón sea conmigo, el mío es con vosotros. Nada más.
XL[5]
Mi vida de autor dramático no podrá recordarse sin
recordar á Rosario Pino, la intérprete ideal de tantas comedias mías cuando mis
comedias no le gustaban á nadie más que á mí, al contrario de lo que ahora
sucede, que á muchos les gustan y á mí no me gustan nada. Y yo estoy más triste
ahora, que no puedo estar conforme con el aplauso, que entonces cuando no sabía
estar conforme con las censuras.
Sé que al despedirse Rosario Pino muchas obras mías
se despiden también; pero no seré yo, por eso, quien entristezca esta
despedida. ¡Despedirnos, caminar, alejarnos... morir... olvidar al fin, que es
verdadera muerte...! Todo es lo mismo, todo es la vida... y hay que afrontarlo
cara á cara...
Si fuímos siquiera, ya que no luz de astro
esplendoroso, amable luz de lámpara familiar; si por algún alma pasamos como
una[266] caricia; si supimos avivar á nuestro paso
la simpatía de otros corazones, capaces de sentir como propios toda alegría y
toda tristeza humanas... al alejarnos—despedida ó muerte—y sustituir la
presencia con el recuerdo, será como purificarnos, será como
desmaterializarnos, será un resplandor sin llamarada, será como una diafanidad
de gloria... Lo mejor de nuestra vida está en el corazón de los que nos aman.
Para el artista el amor es la admiración, que, como dijo Shelley, la gloria es
amor disfrazado... Por eso sólo puede decirse que se van ó que mueren los que
no supieron hacerse amar.
La dulce voz será silencio. Pero ¿qué música valdrá
lo que el recuerdo de esa voz en nuestras almas? No seré yo quien le salga á
usted al paso para decirle: No nos deje, que el callar de su voz es como si
algo también enmudeciera en nosotros... No; que aquí, en nuestro corazón, queda
para siempre y bastará poner atento el oído al corazón para escucharla, como al
acercar un caracol nos parece oir como recogidos en sus repligues de nácar el
oleaje del mar lejano...
[267]No seamos egoístas en nuestra admiración... De una
insigne actriz francesa se cuenta que en triunfo de teatro exclamaba: ¡Bien me
pueden aplaudir; les doy mi vida! Usted nos ha dado lo mejor de su vida; justo
es que nuestra admiración le consienta á usted descanso.
El público no ve, no sabe que cuando á él llega una
ráfaga de arte puro, esa ráfaga... presupone una tempestad en el alma del
artista, como el aire apacible que refresca un día ardoroso nos llega tal vez
de un vendaval remoto que fué desolación y espanto...
Para el artista son las lágrimas crueles, para el
espectador las dulces lágrimas. Amor y gratitud para el artista que da por bien
pagadas sus tristezas más hondas con vuestro aplauso.
Rosario Pino no podrá olvidar nunca los aplausos de
este público suyo: su recuerdo será quizás toda su alegría en el descanso
buscado... No olvidéis vosotros pronto á la que supo haceros olvidar tantas
veces las emociones penosas de la vida con la elevada emoción de su arte.
XLI
CAMPOAMOR
Siempre he temido volver á los lugares que dejaran
en mí gratos recuerdos. Siempre he temido volver á leer los libros que fueron
el encanto de mi niñez ó de mi juventud. El lugar será el mismo, el libro
también. Pero ¿estaba en ellos el encanto ó el encanto era el de nuestras
almas, sorprendidas y admiradas de todo, como ojos de ciego abiertos por
milagro á la luz... y sólo de ver ya gozosos, porque ya el ver es una
hermosura, aunque no sea hermoso todo lo visto...?
Pero, entonces, ¿es que las cosas no son nada por
sí? ¿No hay valor alguno objetivo? Sí; las cosas son algo, son ellas, las
mismas siempre; pero la luz que las alegra ó las entristece, auroras ó
crepúsculos, pleno sol estival ó luz de luna, nubarrones[270] tormentosos
con relámpagos de luz ó relámpagos de sombra, frecuentes en el cielo de las
almas, todo eso es nuestro, y todo eso es el espíritu de las cosas... y también
nuestro espíritu. Nos vemos en los ojos que nos miran y vivimos en las almas
que nos atienden...
Nosotros mismos no sabemos de nosotros más de lo
que saben decirnos los demás. Nuestra propia conciencia, lo más nuestro, se
esconde ante la conciencia ajena para que ella no pueda decirnos la verdad de
nuestra conciencia. Y este ocultarnos unos á otros la verdad para creernos
mejores de lo que somos, si es hipocresía cuando nos damos tan mal arte á
vestir el disfraz que todos advierten que es disfraz, bien pudiera ser toda
nuestra verdad cuando sabemos disfrazarnos de tal suerte que el disfraz llega á
ser más que el vestido, algo tan propio y tan adaptado á nuestro espíritu como
nuestra corporal hechura. El que logra hacerse una cara con la más agradable de
las caretas ha dejado de ser hipócrita para ser virtuoso. Y no digáis: ¡Buena
virtud de mascarada será esa!, si consideramos que ya es virtud llevar[271] de ese modo una careta, y que estas caretas
espirituales, si han de parecer como nuestra propia cara, han de amoldarse de
dentro á fuera, y han de ir muy prendidas en nuestro corazón.
Pues si difícil es saber la verdad de nosotros
mismos, ¡cuánto más difícil será saber la verdad de las cosas! Y si al volver á
ellas ya no somos los mismos, ¿qué habrá sido de ellas?
Como decía Ronssard, el poeta que dió sus mejores
canciones á la gloria efímera, ¿dónde están las nieves de antaño...? Nuestro
corazón es caminante que aunque dos veces pase por un camino siempre le parece
camino nuevo.
Un amigo mío acababa de reñir con su novia, á la
que había jurado amar eternamente, y á los pocos días me daba á leer una carta
de otra novia. Y con otra carta en sus manos de la novia antigua, me decía como
loco: «Esta sí que me quiere. Lee esa carta y compara, compara con esa carta».
Yo leí las dos cartas, y comparé: las dos decían lo mismo. Y cuando él, al
verme reir, se dió cuenta de ello, sin darse á partido, me decía: «Sí, sí,[272] dicen lo mismo; pero esta es verdad y aquella
era mentira».
Después de esto no extrañaréis que aun no os haya
dicho nada de nuestro poeta. Si veis que la apariencia de las cosas, no me
atrevo á decir su verdad, está en nosotros más que en ellas, estas emociones
suscitadas por el poeta, ¿no os dirán más lo que del poeta siento que si de él
os hablara?
¡Campoamor! Yo le conocí. Era yo un niño y su
fisonomía me era ya familiar. Sólo una vez hablé con él en los postreros años
de su vida; yo comenzaba á literatear, literatura de señorito.
Un ferviente admirador del gran poeta, gran amigo
mío, me presentó á él. Era á la puerta de la librería de Fe. Don Ramón, antiguo
tertuliante de la librería, por aquellos últimos años de su vida, llegaba en
coche ante la puerta, y desde allí saludaba á los amigos; todos salían un
momento de la tienda, rodeaban el coche y conversaban con el anciano poeta, de
rostro rubicundo, de ojos azules, muy claros, unos ojos que sonreían á todo,
con tal gracia, que con no sonreir sus labios nunca, pues la boca era de[273] severa expresión, la gracia de sus ojos bastaba
á mostrarle sonriente, como abuelo bondadoso que con la voz reprende al
nietezuelo y con los ojos ríe la travesura.
Un amigo le dijo al presentarme: «Maestro, le
presento á usted á Jacinto Benavente, escritor; tiene mucho talento». Y el
maestro, el abuelo, me miró muy despacio y dijo: «¿Mucho, mucho talento? Porque
si no tiene mucho talento, vale más que sea bueno». Y yo no he olvidado nunca
aquellas palabras ni la mirada de bondad. Y como no he estado nunca muy seguro
de tener mucho talento, mucho talento, he procurado siquiera, ya que en talento
no fuese aventajado, aventajar en bondad. Porque aquellas palabras del poeta y
otras del obispo, que al confirmarme me dijo: «Hijito, seas santo», no he
dejado de repetirlas un solo día desde que las oyera, y han sido acaso mis
oraciones más fervorosas, para que ellas me guarden de toda vanidad.
Ahora, de la vida de Campoamor, ¿que sabré deciros?
La vida de los poetas está en sus poesías. La poesía de Campoamor es toda
inquietud espiritual; pero una inquie[274]tud que
pudiera decirse sosegada. Hay hombres de vida azarosa, perdida en vanas
agitaciones, que al parecer responden á desasosiego interior, á inquietud
espiritual, y si vamos á ver, toda aquella turbulencia es epidérmica, de gestos
y pasos.
Otras vidas hay de tranquila apariencia, sin
sacudidas aparentes, y toda aquella serenidad y placidez es muro de piedra en
palacio señorial, que parece al exterior alegre mansión de riqueza y es por
dentro mansión de dolor.
Nuestro poeta hubiera podido escribir como Goethe:
«Tengo bien señalada la demarcación entre mi vida política y social y mi vida
moral y poética. Demarcación puramente exterior, se entiende; pero me va muy
bien así». Goethe llamaba á Beethoven ser indomesticable, y él se decía á sí
mismo un ser social.
Campoamor era, como Goethe, un ser social. Y como
el hombre era tan amable de cerca, su poesía era también amable. Y el poeta de
las ironías y de los sarcasmos, el menos ortodoxo de los poetas españoles, oía
celebrados y repetidos sus versos en labios[275] de
las damas y de las jóvenes más distinguidas de la mejor sociedad.
Fué el poeta preferido de las mujeres. Era el poeta
que mejor las comprendía; las perdonaba todo. Las mujeres ¡pobres mujeres!
creían por eso que las amaba mucho... No comprendían que aquel su amable
perdón, aquella su indulgencia para todas las faltas y errores que pueden
cometer las mujeres, tenía más de profundo conocimiento de que no podían ser de
otra manera, de que no se las debía pedir lo que no pueden dar...
Las mujeres que saben de amor saben que el hombre
que de verdad las ama es el que peor habla de ellas y más abomina de sus
engaños y más se atormenta por sus traiciones... Lo otro no es amar, es
comprender y perdonar. Ahora, que la mujer, cuando sólo de poesía se trata, no
sabe distinguir al amigo del amante. El poeta amigo de las mujeres, comprende y
perdona. El poeta amante, maldice y castiga.
En la realidad, ya saben ellas distinguirlos. Al
buen amigo es al que las mujeres le cuentan las perrerías que les hace el ver[276]dadero amante, y suelen decirle: ¿Por qué no será como
usted? Usted sí que me quiere, usted sí que es bueno para mí. No hay que
creerlas mucho, porque si lo creyeran así, con dejar al amante y tomar al
amigo... Y ya se sabe que las mujeres conceden rara vez ese ascenso.
El amor y la muerte fueron las dos grandes
inquietudes que animaron en la poesía de Campoamor. ¿Y qué pensaba Campoamor
del amor y de la muerte?
Del amor, tal vez como el filósofo pesimista. Es el
lazo que la Naturaleza nos tiende para perpetuar la especie.
¿Nada más? No, que de este lazo tendido por la
Naturaleza, de este instinto en que el hombre puede ser inferior al bruto,
cuando el hombre solo atienda al placer que engendra dolor, el espíritu puede
elevarse en sacrificio que, con ser dolor, será más alto goce, si nuestro
espíritu sabe elevarse al aceptarlo. Así, del placer instintivo, por su
conciencia de dolor, podemos elevarnos al amor espiritual. Cerrado queda así el
círculo de nuestra evolución. Completa será cuando en sentido inverso, aceptado
el de[277]ber, ya todo será espiritualidad en nuestros
amores, y del deber como instinto proceda el goce espiritual, en vez de
proceder del goce instintivo el deber doloroso.
Y de la muerte... La región ignorada, de cuyos
límites ningún caminante torna, como dice Hamlet, ¿qué pensó Campoamor?
Campoamor no sabía si había un Dios; creía que
debía haberlo. Y esta creencia ya era una realidad. Si encerrados en un
aposento obscuro, por donde entre las maderas entornadas llega un rayo de sol á
nuestra frente, no supiéramos que el sol estaba allí detrás; si ese rayo
viniera del cielo azul sin astro visible á nuestros ojos, ¿no pudiéramos creer
que ese rayo de luz lo mismo pudiera llegar del cielo á nuestra frente que de
nuestra frente perderse en el cielo? ¿Y dejaría su luz de ser luz por eso? ¡Dios!
¡Dios! ¿Dónde está? ¿Qué es? ¿Qué importa? Si el sol fuese invisible á nuestros
ojos pero su luz no nos faltara... ¿qué importaría? Creyéramos que el rayo de
sol en el aposento obscuro era luz de nuestra frente ó luz de lo alto, su
resplandor siempre sería divino.
XLII[6]
Señoras y señores:
La Sección de Literatura sabe muy bien á lo que se
expone con este florilegio de poetas cuya lectura hoy comenzamos. Se expone á
vuestro aburrimiento. Y á conciencia de aburriros nos arriesgamos en esta
empresa. Sí, señores. En España es preciso que nos acostumbremos al
aburrimiento. Los españoles somos tristes por ser demasiado divertidos. Parece
paradoja, ¿verdad? Pues así es... Todo nos aburre y todo nos fastidia, porque
pretendemos divertirnos con todo. De la palabra lata hemos hecho una pavorosa
divinidad. Todo es lata. Lata es un discurso de presupuestos; los diputados y
senadores huyen apenas se inicia la discusión, se refugian en[280] el
salón de conferencias, en los pasillos y allí se bromea á costa de los oradores
serios y se prefiere la amenidad, la diversión de la comidilla política
diaria...
Después nos sorprende algún impuesto oneroso, algún
despilfarro que ha de pesar sobre el contribuyente harto castigado.
Pero ¿qué importa? Nos hemos librado de una lata.
La Ciencia nos engorra, el Arte en serio nos
fastidia. Faltos de ambiente, son muy contados los que trabajan por la Ciencia
y el Arte... ¡Asusta tanto que nos llamen lateros!
Un día las naciones de Europa llaman á concurso, se
buscan nombres, obras, no hay nombres ni obras que ofrecer á los extranjeros.
La vanidad nacional se siente herida... No tenemos Ciencia, no tenemos Arte.
Está bien. Pero tampoco hemos tenido que soportar latas, ¿y lo que nos hemos
divertido entre tanto?
Yo confieso que me encanta y me enamora este modo
de ser nuestro y prefiero para vivir las ciudades á lo morisco, en que las
gentes se tienden al sol y van reposa[281]das por las
calles en amables y ociosas charlas á las ciudades á la europea, á la
americana, por donde se camina á empujones, á codazos, sin un saludo cordial,
sin un piropo chirigotero...
Lo malo es que la humanidad ha llegado á su
madurez, y estos pueblos infantiles, que sólo quieren diversión y juego como
los niños, están muy expuestos á ser traídos á la razón de mala manera. Porque
en la casa donde se trabaja, á la hora de trabajar molestan los niños.
Por eso conviene que los españoles empecemos á
saber aburrirnos. La cultura no es otra cosa. Sólo son grandes y cultos los
pueblos que han logrado por fin no aburrirse con todo lo aburrido. Cuando se ha
llegado á sublimar el aburrimiento hasta el éxtasis, como en la música de
Wagner, se ha llegado á esa civilización suprema.
Por fortuna, este aburrimiento disciplinado
concluye por ser más segura diversión que la otra, la diversión alocada de un
día y otro. Porque la vida, aunque parece que es eso, un día y otro y una hora
y otra hora es algo más. Es el día de la suma,[282] la
hora de las cuentas, en que todo se paga.
Hay una parte de nuestro ser perezosa, casi inerte,
su aspiración es el reposo y todo lo más un dulce columpiarnos, una diversión
del espíritu; avanzar un poco para retroceder al mismo punto. Hay otra parte
más alta y más noble que aspira á desprendernos de todo esto que sujeta y
detiene, de esto que llamamos la vida y con decir «la vida es así» lo disculpa
todo. Pero esta parte, única evolutiva, creadora, única que puede libertarnos
al fin de la vida y de nosotros mismos, es la que hemos de cultivar con dolor y
con aburrimiento hasta vencerlos, hasta sobreponerse á ellos.
Decir ¡Qué lata! Es decir pereza mental, indigencia
de nuestro entendimiento, sequedad de nuestro corazón.
Decimos ¡Qué lata! Y cerramos el libro y apartamos
al amigo y por no aburrirnos un día nos quedamos en soledad para muchos días,
para toda la vida.
Y esa soledad, que es desolación porque nada queda
donde nada hubo y por habernos divertido unas horas nos aburrimos para siempre.
He dicho, y como pocas veces he dicho lo que
sentía, porque ¡deja uno tantas veces de decir lo que siente por temor á
parecer latero...!
XLIII[7]
Señoras y señores:
Por esta vez ¡Loado sea Dios! la Sección de
Literatura no celebra funerales literarios. Hoy podemos regocijarnos sin asomos
de tristeza, más ó menos espontánea. En otras ocasiones, al honrar la memoria
de algún difunto, veníamos á ser como la viuda rica, según dice el refrán: «La
viuda rica con un ojo llora y con el otro repica». Hoy por fortuna podemos
repicar y tocar á gloria de todo corazón.
Vivo y entre nosotros está el poeta festejado, vivo
y en plenitud de su númen poético; así es que tampoco tiene esta fiesta ese
dejo amargo de las despedidas, como otras semejantes en que parece decirse al
festejado, al declinar de su vida y de su entendimiento: «Con esto cumplimos;[286] ahora á casita y no se moleste usted más por
nosotros». Estos homenajes á lo Carlos V vienen á ser algo así como el tercer
aviso ó como la salida de tono de aquel ingenioso cuanto iracundo escritor, al
increpar á un portero agonizante: Usted á morirse pronto, que es su obligación.
La Sección de Literatura bien quisiera no ser
siempre una especie de funeraria. Y si no prodiga con los vivos estos homenajes
es... porque entre los vivos los hay tan vivos que se organizarían ellos mismos
el obsequio y habría que declararse en sesión permanente. Los muertos no suelen
valerse de recomendación ni son tan intrigantes. Aun así, yo no sé, ahora que
hemos dado en practicar el espiritismo, si no acudirá alguno del otro mundo á
solicitar su homenaje.
Pero, en verdad, estos honores, sólo son en verdad
honores cuando más honra á quien los ofrece que á quien los acepta. Y nadie
dudará que hoy es el caso para esta Sección de Literatura.
Fuera también de toda utilidad y de toda
consideración extraña al Arte, ni siquiera[287] pensamos
al realizar este acto en estrechar los consabidos lazos hispano-americanos...
esos lazos tan traídos y llevados en congresiles discursos y brindis de
banquetes.
¿Qué discurso valdrá lo que un solo verso de Rubén
Darío escrito en noble lengua castellana?
¿Qué brindis, como la inspirada elevación de su
poesía al alzar el poeta, como el sacerdote en el más sublime misterio de
nuestra religión, en cáliz de oro la propia sangre que no es otro el misterio
de la poesía?
No hay poeta cuyo corazón no sangre siempre. La
sangre del poeta es chorro de luz, pero esa luz que es resplandor para todos,
es en el corazón del poeta herida dolorosa. Cuando cantáis á nuestra gloria
cantáis á vuestro dolor. ¿No es cierto, poeta? Que vuestras rosas suavicen por
un instante las espinas de vuestra corona. Las mejores que os ofrecemos son de
vuestros floridos rosales.
Nos las ofrecísteis para gloria de todos. Su aroma
fué una música espiritual de oraciones que saturó nuestras almas de poe[288]sía. Al prenderlas sobre nuestro corazón aprenderán la
más dulce palabra de gloria. ¡Amor! ¡Amor al poeta! canta hoy en nuestros
corazones esa canción que es armonía de risa y llanto y pone en las palabras
más vulgares acentos de una verdad resplandeciente, y es como temblar de aguas
vivas, y es la caricia de lo sublime, y es el pasar de Dios por nuestras almas.
He dicho.
XLIV
JUAN DE LEPES
Nació este santo poeta en Ontiveros, provincia de
Salamanca; el menor de tres hijos que tuvieran de su matrimonio Gonzalo de
Lepes, tejedor de oficio, y Catalina Alvarez. Nació en el año de 1542.
Viuda á muy poco su madre, y en extrema pobreza,
pasó con sus hijos á la villa de Arévalo y después á Medina del Campo. Allí
halló Juan un noble protector en don Alonso Alvarez de Toledo, administrador de
un Hospital de la villa. En este Hospital cuidaba Juan de los enfermos y era en
edad de doce años grave y pensativo.
A los veintiuno entró como novicio en el Monasterio
de Santa Ana, de los PP. Carmelitas, en Medina, y en este mismo Monasterio
profesó á su tiempo, con el nombre de Fray Juan de Santa María.
[290]Enviáronle sus superiores á estudiar teología en
Salamanca, y aconsejado por Santa Teresa, ingresó en la Orden expresada de
Carmelitas descalzos. Discordias entre los calzados y los descalzos, fueron
causa de persecuciones para Fray Juan de la Cruz, que así se llamó al cambiar
de Orden. Fué trasladado á Toledo y allí encerrado en el convento de
observantes sujeto á duras penitencias.
Por inspiración divina, nunca nos falta en
semejante caso, recibió la orden de fugarse y así lo ejecutó, descolgándose por
una ventana. Refugióse en un convento de monjas y huyó después á Almodóvar. De
allí pasó á Granada y fué nombrado, primero, definidor de la Orden, y después,
vicario de la casa de Segovia.
Mal hallado su natural humilde en estos cargos, se
retiró al desierto de la Penila, en Sierra Morena, y allí, caballero andante á
lo divino, como Don Quijote, hizo penitencia, aunque por más alta Dulcinea.
Quebrantada su salud, hubo de recogerse en el
convento de Ubeda, y allí murió á 14 de Diciembre de 1591.
[291]Fué canonizado en 1674. Su cuerpo está en Segovia
en el convento de la Orden.
Fué San Juan de la Cruz el místico por excelencia.
La vulgar acepción considera místicos á muchos escritores, que en rigor sólo
pueden ser llamados devotos y cuando más, ascéticos. De los españoles, sólo
Santa Teresa, en «Las moradas», el beato Juan de Avila, algunas veces, pueden
ser considerados como místicos en el verdadero sentido del misticismo.
El misticismo, ha dicho Matter, se eleva sobre la
ciencia positiva y la especulación racional y aspira al elevarse, á la
intuición en lo metafísico, en lo moral á la perfección.
El misticismo llega al conocimiento por el amor
como la filosofía y la teología pretenden llegar por el entendimiento.
El misticismo no es luz que alumbra la razón, es
llamarada que abrasa sentidos y potencias y sublima el espíritu hasta
confundirse con el objeto de su amor. Amada en el amado confundido. Y para él
la ver[292]dad sólo tiene un nombre. Amor. ¡Amor! Unica
verdad que no admite contradicción ni razonamiento.
Cuando se dice: Creo, tal vez se dice: Dudo. La
duda condescendiente siempre se expresa así: Yo creo que... Cuando se dice:
Amo, se dice: Creo, creo con toda el alma.
De todos nuestros místicos ninguno tan desunido del
mundo exterior, de su propio mundo interior como San Juan de la Cruz. Su
espíritu no era siquiera mariposa que se abrasa á la llama del amor divino, era
la propia llama ardiente como el Espíritu divino en los zarzales de Moisés, en
el tabor de Cristo.
Voy á leeros la canción entre el alma y el Esposo,
paráfrasis del Cantar de los Cantares. San Juan de la Cruz escribió sobre estas
canciones: «El Cántico Espiritual», glosa y declaración de cada una de sus
estrofas.
Y según palabras del Santo. Por cuanto estas
canciones parecen ser escritas con algún fervor por el amor de Dios, no quiero
yo decir toda la anchura y copia que el espíritu fecundo del amor en ellos
lleva. Porque—añade después:—¿Quién podrá escri[293]bir
lo que á las almas amorosas donde él mora, hace entender?
Esta es la causa porque con figuras, comparaciones
y semejanzas antes rebosan algo de lo que sienten.
Las cuales semejanzas no leídas con la sencillez
del espíritu de amor é inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates
que dichos puestos en razón.
Por haberse, pues, estas canciones compuesto en
amor de abundante inteligencia mística, no se podrá declarar al justo, ni mi
intento es tal, sino dar alguna luz en general, y esto tengo por mejor, porque
los dichos de amor es mejor dejarlos á su anchura.
Sabia advertencia para los que pretenden razonar de
lo que está sobre toda razón.
Dejemos el amor á su anchura y ensanche el amor
nuestras almas.
XLV
El proyecto de erigir una estatua á Lagartijo ha
escandalizado á muchos. No hay razón para ello.
Nunca tan bien empleado el arte de la escultura
como al reproducir en bronce ó mármol la humana belleza en su más apreciable
manifestación: la belleza del cuerpo.
Sabido es que, hasta la representación simbólica de
abstracciones por medio de la escultura, no tiene otra forma de expresión que
la más bella forma del cuerpo humano.
¿Es preciso buscar antecedentes, razón suprema de
muchas sinrazones nacionales? En Grecia tuvieron más estatuas los atletas y
corredores de sus juegos olímpicos, que los hombres de Estado, los filósofos y
los poetas. No se diga en Roma y en Bizancio.
Un sabio, un escritor, cualquier intelec[296]tual, en suma, va mejor servido con la reproducción y
estudio de sus obras, y si de perpetuar su memoria en efigie se trata, con un
busto es suficiente. ¿A qué afligirnos con la contemplación antiestética de su
abdomen, doblemente si se nos presenta enfundado en una levita?
Por mucho arte y mucha habilidad del escultor, no
podrá evitarse que la estatua de un caballero moderno más nos recuerde las
figuras de cera del Museo Grevin que las esculturas del Museo del Vaticano.
La prueba es, que los escultores modernos procuran
desquitarse en grupos ó figuras alegóricas, del inconveniente buen señor, que
viene, de este modo, á ser accesorio del monumento elevado á su gloria.
Lo que sí puede discutirse es si la figura del
torero en general, y la de Lagartijo, en particular, se prestan á
la representación escultórica.
El toreo es una habilidad. Sus apasionados y sus
cultivadores aseguran que es un arte. Vaya por el arte. De toda suerte—y aquí
bien puede decirse y en todas las suertes, es un arte cuya gracia
está en el movimiento.—[297]Fijad cualquiera actitud de
un lidiador, como cualquiera actitud de una bailarina y habrá perdido toda su
gracia en la inmovilidad. No hay más que ver las fotografías instantáneas
obtenidas durante la ejecución de las más graciosas suertes del toreo.
Sin el ritmo y el garbo en la sucesión de
movimientos, ni el lidiador ni la bailarina tienen valor artístico alguno. Es
difícil, casi imposible, plantar en una sola actitud la gracia, resultado de
varias armónicas actitudes. The moments monuments. La
eternidad de un instante, que según Rossetti es el soneto, no puede serlo el
arte de torear.
Particularmente en Lagartijo, el ritmo
era su mayor encanto. Aquella dejadez señorial de sus pasos y de sus actitudes.
Este arte, de gracia dinámica, digámoslo así, tiene
su mejor expresión en la música. Por eso vemos que el toreo, con ser cosa tan
española, no ha inspirado grandes obras á los pintores ó los escultores
españoles. En cambio, es mucha y excelente la música torera de nuestros más
famosos compositores.
Y nótese, cómo un pasodoble brillante es más
evocador de majezas taurinas, que pue[298]de serlo una
página literaria, un cuadro ó una escultura.
Con ser figuras tan famosas y características, la
pintura española no ha legado á la posteridad un buen retrato de Lagartijo,
ni de Frascuelo, ni de Guerrita, ni del Espartero,
ni de Reverte.
Los mejores cuadros inspirados por nuestra fiesta
nacional, son los de Zuloaga. Y no son por cierto un himno á sus gallardías y
sus proezas. Hay en ellos una sonrisa de amargura, más patriótica que las
fanfarrias coloristas de los aduladores de multitudes incultas.
Hay más luz interior en los cuadros de Zuloaga que
en todos los cuadros de esos pintores de la luz tan celebrados. Hay luz que
debiera iluminar la conciencia española. Por eso ofende, irrita á muchos.
—¡Es una España de fantasía!—dicen.—No; la de
fantasía es la otra.
Por eso me parece muy bien el proyecto de erigir
una estatua á Lagartijo, y celebraría con toda el alma que se
llegara á su realización.
Esa estatua pudiera, al levantarse, ser[299] una forma visible del remordimiento, como
la sombra de Banguo en el festín de Macbeth.
Hay conciencias tan dormidas que no necesitan menos
para despertarse.
Ante la estatua de Lagartijo se
caería en la cuenta: ó de las muchas que faltan, ó de que sobran todas.
NOTAS:
[1]Discurso leído en la fiesta que dió el Mundo
Gráfico á beneficio de los soldados heridos en campaña.
[2]Leído en la ciudad de Valladolid en una fiesta de
los pájaros.
[3]Leído en una función á beneficio del Montepío para
médicos.
[4]Discurso de D. Jacinto Benavente. 11 de Mayo de
1911. En los Juegos Florales de Badajoz.
[5]Leído en la función de despedida de Rosario Pino.
[6]Leído en la inauguración del Florilegio de poetas
castellanos.
[7]Leído en la sesión en honor de Rubén Darío.
End of the Project Gutenberg EBook of De Sobremesa;
crónicas, Quinta Parte
(de 5), by Jacinto Benavente
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SOBREMESA; CRONICAS ***


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