© Libro N° 9540. Obras Escogidas. Bécquer, Gustavo Adolfo. Emancipación. Enero 29 de 2022.
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OBRAS ESCOGIDAS
Gustavo Adolfo Bécquer
Obras Escogidas
Gustavo Adolfo Bécquer
Title: Obras escogidas
Author: Gustavo Adolfo
Bécquer
Release Date: November 19,
2016 [eBook #53552]
Language: Spanish
Character set encoding:
UTF-8
***START OF THE PROJECT
GUTENBERG EBOOK OBRAS ESCOGIDAS***
E-text
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OBRAS ESCOGIDAS
DE
GUSTAVO A. BÉCQUER
[p. ii]
Fototipia Lacoste.-Madrid.
Cliché
Dubois.-Sevilla.
(Al fondo se ve la figura del autor dándole los
últimos toques á su obra.)
[p. iii]OBRAS ESCOGIDAS
DE
Gustavo A. Bécquer
EDICIÓN DEL MONUMENTO
con un discurso preliminar
de
SERAFÍN y JOAQUÍN ÁLVAREZ
QUINTERO
2.000
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
15, Puerta del Sol, 15
1912
[p. iv]ES
PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS
Madrid: Imprenta Española,
calle del Olivar, núm. 8
[p. v]
Á MANERA DE PRÓLOGO[*]
iudad de Sevilla:
Venimos siempre á ti, como á madre amorosa, á tomar
luz para nuestro espíritu mirándote á los ojos, y á fortalecer nuestro corazón
con tus recuerdos. Henos hoy aquí una vez más; sólo que esta vez, con la
alegría de volver á verte, traemos también otra: la de haber cumplido el
ofrecimiento que te hicimos ha poco más de un año. Y como si tenemos el pudor
de nuestros dolores, tenemos en cambio la generosidad de nuestra alegría, y la
que sentimos en estos instantes es tan pura y tan honda, deseamos compartirla con
todos.
[*]Merced á la amabilidad de
los señores Álvarez Quintero, á cuya iniciativa se debe esta edición, puedo
complacerme en publicar al frente de ella el discurso en que los dos hermanos
ofrecieron al pueblo de Sevilla la bellísima obra de Coullaut Valera.—El Editor.
Venimos á ofrecerte, Sevilla, el monumento á
Bécquer, erigido por dicha, y para mayor gloria del poeta, en el tiempo
materialmente preciso para tallar el mármol y fundir el bronce. Quiere esto
decir, que nuestra voz, al llamar á todos para glorificarlo, no necesitó
esfuerzo alguno, sino que halló prontamente eco de simpatía en el corazón de
los españoles, y al punto se vió el halda de la Ensoñadora, nuestra
mensajera ideal, llena de flores y monedas derrama[p. vi]das en ella por manos
generosas: desde la augusta y fina mano de la reina de España, hasta la tosca y
dura de quien tuvo que dejar la azada para entregar su ofrenda. Juntas cayeron
en el halda de la Ensoñadora las de los reyes y las del
pueblo: sólo el amor es capaz de conseguir victorias tales, y acaso nada como
la poesía las merezca.
El monumento que luego veréis en nuestro hermoso
Parque, débese, pues, á España entera: España entera ha contribuído á realizar
esta obra de justicia, de cultura y de amor; España entera ha tenido fiestas
para el poeta, y poetas que á su vez lo canten; España entera se ha estremecido
al nombre de Bécquer, como al contacto de mágica varita que hiriera las fibras
más nobles y delicadas del alma. Y nosotros, promotores de la empresa, que á
muchos pudo parecer quijotesca aventura, y de la cual salimos orgullosos y
ufanos, con la profunda y serena alegría de quien hace el bien por el bien
mismo, al verla dichosamente rematada, sin que ningún guijarro de ningún
malandrín acertara siquiera á rozarnos la piel, tenemos el deber de proclamarlo
aquí, para que la misma aura que de corazón en corazón llevó la voz de nuestra
idea, de corazón en corazón lleve también la de su resultado, y con ella la
alentadora confianza en la viva eficacia de todo lo noble y lo bueno.
Erigido, como hemos dicho, el monumento á Bécquer
merced á la cooperación de muchos buenos españoles, hay uno entre todos que
merece primero que ninguno vuestra gratitud y vuestra simpatía más cordial: nos
referimos al escultor Lorenzo Coullaut Valera, sin cuya colaboración espontánea
es casi seguro que no se hubiera efectuado esta empresa, á lo menos tan rápida
y felizmente. No sólo puso al servicio de ella su arte de escultor, sino su
corazón de poeta; y así, con inspiración luminosa y liberal entusiasmo, dió
gallarda cima al monumento, obra tal vez la más bella y cabal que de sus manos
salió nun[p. vii]ca, y no quiso, ni siquiera pensó jamás, recibir por el
primoroso trabajo otra recompensa que la de su propia satisfacción.
Este deseo de consagrarle á Bécquer un perdurable
recuerdo en su patria, fué siempre sueño de los artistas sevillanos. Años ha,
reuniéronse todos ellos al calor de la idea, y realizaron un fervoroso homenaje
al poeta querido, como primera piedra ideal, si cabe expresar esto así, de un
monumento que entonces no llegó á levantarse.
Alma y vida de aquel movimiento fué el glorioso
escultor Antonio Susillo, hermano espiritual de Bécquer, malogrado también como
él, y que como él se llevó á la tierra al morir incalculables tesoros de la
fantasía, flores del más puro genio sevillano. Puede decirse de ellos, que si
hubieran manejado á la inversa el cincel y la pluma, Bécquer sería el autor de
los portentosos relieves del uno, y Susillo habría escrito las doradas leyendas
y las aéreas rimas del otro.
Jóvenes y heridos por el dolor de la vida cayeron
ambos. Con el último suspiro de Bécquer comenzó el resplandor creciente de su
gloria: en la trágica muerte de Susillo pensamos todos que aquella mano,
siempre dócil como esclava sumisa á su pensamiento, sólo una vez debió serle
rebelde.
Pues bien: sevillano como Susillo y discípulo de él
es el autor del monumento á Bécquer que en el Parque se eleva. Junto á Susillo
recibió los primeros estímulos y las primeras inspiraciones en su arte. Y acaso
recibió también del maestro, por misteriosa compenetración de las almas, la
poética herencia de modelar para su patria la noble frente del cantor de las
golondrinas.
Hemos dicho que la gloria de Bécquer nació en su
tumba. En efecto, así fué. No le acariciaron en vida los halagos del «aura de
aplausos» que acompaña siempre á la gloria literaria, ni reflejó sobre su
cabeza la luz de la «nube radiosa» que siempre la si[p. viii]gue. El, sin
embargo, sabía que «algo divino» llevaba en la frente. Estimulada y acrecentada
la admiración de unos cuantos amigos suyos, poetas y pintores, por el dolor de
su temprana muerte, reunieron con cariño sus obras y las publicaron, librándolas
tal vez de una completa oscuridad.
Jamás poeta alguno, al menos en España, tuvo más
rápida y efusiva consagración. De mano en mano corrieron sus libros y de boca
en boca su nombre, y no hubo labios de mujer por donde no pasaran sus rimas,
como aliento suave, como canción de brisa que separa las hojas de una flor. En
el corazón de la Humanidad late oculto un espíritu de justicia, y cuando se
deja morir en el desamparo y el olvido á un hombre como Bécquer, ese espíritu
se siente sacudido por algo que es justicia y remordimiento á la vez, y se quiere
entonces reparar la grave falta cometida, enterrando en rosas las cenizas del
muerto. Siquiera sea tardía, bien venida sea esta póstuma reparación.
Oteando en los esplendorosos horizontes de la
poesía lírica castellana del pasado siglo, en que vivió el poeta, y fijándonos
sólo en aquellos altos luminares cuya luz fué más difundida y más potente,
vemos cómo á los acentos roncos y viriles de Quintana y Gallego, de robusta y
épica vena, que le prestaban á la patria herida vigor y temple en sus flaquezas
y desmayos, sucede el glorioso período romántico, en el cual la musa de
Espronceda, apasionada y tumultuosa, de soberano aliento y fuerte originalidad,
avasalla, inquieta y cautiva á todos; y donde el estro espléndido de Zorrilla,
verbo poético de nuestra habla, canta como hijo de alondra y de ruiseñor la
hermosura de la Naturaleza, y como trovador errante las caballerescas leyendas
del pueblo y las grandezas de los ricos alcázares, llenando los cielos de luz,
los campos de flores, las selvas de pájaros alegres, y el mundo ideal de
colores risueños v de brillantes fantasías. Y[p. ix] después de estos
grandes poetas, todo nervio y pujanza, todo llama, fuerza y galanura, aparece
Bécquer, delicado, amoroso, íntimo, sentimental, doliente, con caminar
misterioso y callado, con voz insinuante y acariciadora, y le da á la poesía
lírica de su siglo una hora de luz de luna, que si en sí misma tiene encanto
magnético, túvolo doble en aquella sazón, en medio de los fulgores de sol que
la precedieron y de los que habían de seguirla.
Luz de luna, sí; luz de luna es toda su poesía,
porque luz de luna llevaba en el alma. Su bondad resignada fué el resplandor
templado y celeste á cuyos rayos escribió sus páginas cautivadoras. Soñó, y
parecieron sus sueños tocados de la quimera y de la fiebre del insomnio, como
hijos de la noche; amó, y fueron sus amores melancólicos y dolorosamente
sumisos; y poníase la mano en el corazón por que sus latidos no sonasen, y le
temía al resplandor de la aurora; lloró mucho, y en su inagotable ternura se confortó
con el consuelo de saber que aún le quedaban lágrimas. Y estos sentimientos,
que tan inefable perfume prestan á su poesía, hallan el molde más dúctil y
apropiado en la suave forma de sus rimas aladas, y el eco más acorde en la
tenue música y en el impreciso y vago ritmo de sus versos.
Hay quien ha pretendido oscurecer la diáfana gloria
de Bécquer, haciendo pasar sobre ella una ligera nube; motejándolo de imitador
de Enrique Heine. Nada más injusto ni más inexacto tampoco. Hace falta padecer
la obsesión de los parentescos literarios, de las afinidades y analogías,
cuando no la manía persecutoria del plagio, que suele trastornar á muchos
adoradores de este ó el otro ídolo, para no ver la esencial diferencia, la
absoluta disparidad que existe entre estos dos espíritus, cualquiera que sea la
medida de su grandeza. Fueron notas características del genio de Heine el
sarcasmo, la burla y la ironía; fuéronlo del de Bécquer la resignación y la
ternura.[p. x] Se ha dicho de la musa de Heine que era un ruiseñor de
Alemania que anidó en la peluca de Voltaire. De la de Bécquer, enamorada,
creyente y piadosa, no podrá decirse en verdad sino que fué una golondrina, que
si á veces rozó la tierra con su alas, pronto voló á los espacios libres y
puros, y formó su nido bajo el balcón de una mujer hermosa ó en la ventana
ojival de un templo cristiano.
La nobleza y generosidad de su corazón y la serena
templanza de su espíritu, lleno siempre de luz ideal, resplandecen y se
transparentan quizás mejor que en ninguna parte de su obra en aquellas Cartas
desde mi celda, que desde el monasterio de Veruela dirigió á sus amigos de
Madrid. En ellas, su sentir y su pensar se explayan libremente, y fantasea
enamorado de las tradiciones misteriosas, y piensa en el respetuoso culto
debido á lo que fué, y pinta con profunda piedad á las muchachas añoneras,
míseras y alegres á un tiempo, y vivifica su fe meditando en el templo vacío; y
en el sencillo cementerio de pueblo, al pie de cuyas tumbas nacen espigas y
amapolas, evoca sus dorados sueños de la muerte, á la que no llama, pero á la
que no teme tampoco, como todas las almas grandes que merecen la vida.
Quien escribió estas páginas admirables, de noble y
sana idealidad; quien trazó con la misma pluma las quiméricas figuras de sus
leyendas, hijas de un corazón todo fantasía, é iluminadas por la claridad de un
alto símbolo poético, y quien dejó á su breve paso por entre los humanos esas
divinas oraciones de amor que se llaman rimas, bien digno es del recuerdo que
le hemos consagrado entre todos.
En nuestro Parque está, cobijado por aquel
gigantesco árbol, bóveda de un templo de la Naturaleza, bajo cuyas ramas
majestuosas y tiernas á la vez, llenas de hojas que parecen lágrimas cuajadas
en verdura, como expresiva representación y símbolo de lo que fué en la vida
perenne estímulo del estro de[p. xi] nuestro gran poeta, se ve nacer el
amor y se le ve morir.
Pero ese monumento, bello conjunto de bronces y de
mármoles, sobre los cuales cantarán los pájaros y brillará el sol; ese
monumento, como todos los que se elevan para perpetuar la gloria de los
hombres, no será sino mole fría y sin alma, esfinge muda, piedra tallada y
bronce fundido sin sentido ni objeto, si de todo ello no fluye, como emanación
natural, el creciente y amoroso culto á quien lo ha merecido. Sí: comprendedlo:
si de hoy más la obra de Bécquer no ha de ir ganando corazones dormidos, hasta
hacerse familiar y preciada entre todos nosotros, y si el surco ideal abierto
en las almas por su espíritu peregrino ha de cegarse alguna vez, en lugar de ir
haciéndose de día en día más hondo y luminoso, entonces ese monumento de que
ahora nos congratulamos vendrá á ser como fuente seca, reducida á exorno del
jardín en que luce, por su singular belleza escultórica, pero triste, porque su
manantial exhausto le niega la risa del agua en cascada de plata, y estéril,
porque no templa la sed de ningún caminante, ni baña y fecundiza la tierra,
haciendo brotar y vivir nuevas flores.
Vosotros, pues, los que amáis y cultiváis la vida
del espíritu; los soñadores, que entre nieblas buscáis la luz celeste; los
poetas, que fundís la idea y el sentimiento en una forma; los filósofos y los
pensadores, alentados por el ansia no saciada nunca del saber de la vida; los
artistas, que palpitáis de ilusión ante el lienzo blanco ó ante el barro
informe; los hombres de ciencia, que investigáis constantemente en el misterio
de la Naturaleza, persiguiendo nuevas verdades; los enamorados de Sevilla, de sus
glorias, de sus tradiciones y costumbres; los que soñáis, en fin, con una
patria más grande, y más noble, y más bella, debéis elegir entre todos los días
del año el que mejor os plazca, para convertirlo en día de fiesta del espíritu;
y en peregrinación fraternal, ir año tras año á llevar[p. xii] unas flores
al monumento á Bécquer; que esas flores, ofrendadas con tan puro amor,
renovarán perpetuamente en el corazón y en la mente de todos el culto á la
poesía, y no se marchitarán en vano.
Y ahora, esto dicho, vamos todos á visitar el
monumento erigido al poeta.
[p. 1]
INTRODUCCIÓN
or los tenebrosos rincones de mi cerebro,
acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía,
esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse
presentar decentes en la escena del mundo.
Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y
parecida á esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi
musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de
creaciones sin número, á las cuales ni mi actividad ni todos los años que me
restan de vida, serían suficientes á dar forma.
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y
barajados en indescriptible confusión, los siento á veces agitarse y vivir con
una vida oscura y extraña, semejante á la de esas miriadas de gérmenes que
hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la
tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir á la superficie y
convertirse al beso del sol en flores y frutos.
Conmigo van, destinados á morir conmigo, sin que de
ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que á la
mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se
subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable, aunque
silencioso tumulto,[p. 2] buscan en tropel por donde salir á la luz de
entre las tinieblas en que viven. Pero ¡ay, que entre el mundo de la idea y el
de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra; y la palabra, tímida
y perezosa, se niega á secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos é impotentes,
después de la inútil lucha vuelven á caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen
inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que
levantó el remolino!
Estas sediciones de los rebeldes hijos de la
imaginación, explican alguna de mis fiebres: ellas son la causa desconocida
para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal,
vengo viviendo hasta aquí, paseando por entre la indiferente multitud esta
silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas
tienen un término, y á éstas hay que ponerles punto.
El insomnio y la fantasía siguen y siguen
procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las
raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia
disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra
estéril. Necesario es abrir paso á las aguas profundas, que acabarán por romper
el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.
¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que
puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables;
os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra
desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa
tejida de frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo, como
en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de
conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume.
Mas es imposible.
No obstante, necesito descansar: necesito, del
mismo modo que se sangra el cuerpo, por cuyas hin[p. 3]chadas venas se
precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente á
contener tantos absurdos.
Quedad, pues, consignados aquí, como la estela
nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos
de un mundo en embrión que aventa por el aire la muerte, antes que su creador
haya podido pronunciar el fiat lux que separa la claridad de
las sombras.
No quiero que en mis noches sin sueño volváis á
pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión, pidiéndome con gestos
y contorsiones que os saque á la vida de la realidad del limbo en que vivís,
semejantes á fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa
vieja y cascada ya, se pierdan, á la vez que el instrumento, las ignoradas
notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo,
una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza.
El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza á flaquear, y las
gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué
cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre
fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica,
revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto ó han pasado, con
los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar
arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.
Si morir es dormir, quiero dormir en
paz en la noche de la muerte, sin que vengáis á ser mi pesadilla, maldiciéndome
por haberos condenado á la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo á
cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en
un alma que pasó por la tierra, sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y
sus luchas.
Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta[p.
4] para el gran viaje. De una hora á otra puede desligarse el espíritu de
la materia para remontarse á regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda,
llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanco, el tesoro de
oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del
cerebro.
Junio de 1868.
[p. 5]
LEYENDAS
[p. 7]
MAESE PÉREZ EL ORGANISTA
n Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y
mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí esta tradición á una
demandadera del convento.
Como era natural, después de oirla, aguardé
impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir á un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano
de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su
organista aquella noche.
Al salir de la Misa, no pude por menos de decirle á
la demandadera con aire de burla:
—¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez
suena ahora tan mal?
—¡Toma!—me contestó la vieja,—en que ese no es el
suyo.
—¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
—Se cayó á pedazos de puro viejo, hace una porción
de años.
—¿Y el alma del organista?
—No ha vuelto á parecer desde que colocaron el que
ahora le sustituye.
Si á alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme
la misma pregunta, después de leer esta historia, ya sabe el por qué no se ha
continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
[p. 8]I
—¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el
fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de
Indias; aquél que baja en este momento de su litera para dar la mano á esa otra
señora, que después de dejar la suya, se adelanta hacia aquí, precedida de
cuatro pajes con hachas? Pues ese es el marqués de Moscoso, galán de la condesa
viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama,
había pedido en matrimonio á la hija de un opulento señor; mas el padre de la
doncella, de quien se murmura, que es un poco avaro... pero, ¡calle! en
hablando del ruín de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Veis aquél que viene por
debajo del arco de San Felipe, á pie, embozado en una capa oscura, y precedido
de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
¿Reparasteis, al desembozarse para saludar á la
imagen, la encomienda que brilla en su pecho?
A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le
creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ese es el padre en
cuestión; mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y le saluda.
Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. Él
solo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor
el rey Don Felipe; y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente á
resistir á la del Gran Turco...
Mirad, mirad ese grupo de señores graves: esos son
los caballeros veinticuatros. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, á
quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz verde,
merced á su influjo con los magnates de Madrid... Este no viene á la iglesia
más que á oir música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano
lágrimas como pu[p. 9]ños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su
almario, sino friéndose en las calderas de Pero Botero... ¡Ay, vecina! Malo...
malo... presumo que vamos á tener jarana; yo me refugio en la iglesia, pues por
lo que veo, aquí van á andar más de sobra los cintarazos que los Pater
nóster. Mirad, mirad; las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de
la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he
columbrado á las del de Medinasidonia... ¿No os lo dije?
Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin
pasar de sus puestos... los grupos se disuelven... los ministriles, á quienes
en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... hasta el señor
asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... y luego dicen que hay
justicia.
Para los pobres...
Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la
oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los
golpes... ¡vecina! ¡vecina! aquí... antes que cierren las puertas. Pero ¡calle!
¿Qué es eso? Aún no han comenzado cuando lo dejan. ¿Qué resplandor es aquél?...
¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor obispo.
La Virgen Santísima del Amparo, á quien invocaba
ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo
que yo debo á esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga las candelillas que le
enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su
birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de
vida para mí. Si no fuera por él, media Sevilla hubiera ya ardido con estas
disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan
ambos á la litera del Prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y le
acompañan, confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que
parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una ca[p. 10]lle
oscura... es decir, ¡ellos... ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes;
buena muestra han dado de sí, peleando en algunas ocasiones contra los enemigos
de Nuestro Señor... Pero es la verdad, que si se buscaran... y si se buscaran
con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez á estas
continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de
firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.
Pero vamos, vecina, vamos á la iglesia, antes que
se ponga de bote en bote... que algunas noches como esta suele llenarse de modo
que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su
organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De
las otras comunidades, puedo decir que le han hecho á maese Pérez proposiciones
magníficas; verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le
ha ofrecido montes de oro por llevarle á la catedral... pero él, nada...
Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis á
maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón;
pobre sí, pero limosnero cual no otro... Sin más parientes que su hija ni más
amigo que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y
componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues
nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una
maravilla... Como que le conoce de tal modo, que á tientas... porque no sé si
os lo he dicho, pero el pobre señor es ciego de nacimiento... Y ¡con qué
paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver,
responde: mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas.—¿Esperanzas
de ver?—Sí, y muy pronto, añade sonriéndose como un ángel; ya cuento setenta y
seis años; por muy larga que sea mi vida, pronto veré á Dios...
¡Pobrecito! Y sí lo verá... porque es humilde
como[p. 11] las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el
mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede
dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada; como que echó
los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él; yo no le
conocí, pero mi señora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba
siempre al órgano consigo para darle á los fuelles. Luego, el muchacho mostró tales
disposiciones que, como era natural, á la muerte de su padre heredó el cargo...
¡Y qué manos tiene! Dios se las bendiga. Merecía que se las llevaran á la calle
de Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre, pero
en semejante noche como esta es un prodigio... Él tiene una gran devoción por
esta ceremonia de la Misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma al
punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor
Jesucristo... las voces de su órgano son voces de ángeles...
En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo que esta
noche oirá? baste el ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo
señor arzobispo, vienen á un humilde convento para escucharle; y no se crea que
sólo la gente sabida y á la que se le alcanza esto de la solfa conocen su
mérito, sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con
teas encendidas entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los
panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar
las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el
órgano... y cuando alzan... cuando alzan no se siente una mosca... de todos los
ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que
no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras
dura la música... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va
á comenzar la Misa; vamos adentro...
[p. 12]Para todo el mundo es esta noche
Noche-Buena, pero para nadie mejor que para nosotros.
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de
cicerone á su vecina, atravesó el atrio del convento de Santa Inés, y codazo en
éste, empujón en aquél, se internó en el templo, perdiéndose entre la
muchedumbre que se agolpaba en la puerta.
II
La iglesia estaba iluminada con una profusión
asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus
ámbitos, chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillándose sobre
los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones
de manos de las dueñas, vinieron á formar un brillante círculo alrededor de la
verja del presbiterio. Junto á aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de
color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas
rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices, la
otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque ó acariciando el pomo del
cincelado puñal, los caballeros veinticuatros, con gran parte de lo mejor de la
nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado á defender á sus hijas y
sus esposas del contacto de la plebe. Esta, que se agitaba en el fondo de las
naves, con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una
aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los
panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al
altar mayor bajo un solio da grana que rodearon sus familiares, echó por tres
veces la bendición al pueblo.
Era la hora de que comenzase la Misa.
Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin[p.
13] que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba á rebullirse,
demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras
á media voz, y el arzobispo mandó á la sacristía uno de sus familiares á
inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.
—Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será
imposible que asista esta noche á la Misa de media noche.
Esta fué la respuesta del familiar.
La noticia cundió instantáneamente entre la
muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo, sería
cosa imposible; baste decir que comenzó á notarse tal bullicio en el templo,
que el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron á imponer silencio,
confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.
En aquel momento, un hombre mal trazado, seco,
huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el
prelado.
—Maese Pérez está enfermo—dijo;—la ceremonia no
puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia; que ni maese
Pérez es el primer organista del mundo, ni á su muerte dejará de usarse este
instrumento por falta de inteligente...
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la
cabeza, y ya algunos de los fieles que conocían á aquel personaje extraño por
un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaban á prorrumpir en
exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido
espantoso.
—¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está
aquí!...
A estas voces de los que estaban apiñados en la
puerta, todo el mundo volvió la cara.
Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba en
efecto en la iglesia, conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor
de llevar en sus hombros.
[p. 14]
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su
hija, nada había sido bastante á detenerle en el lecho.
—No—había dicho;—esta es la última, lo conozco, lo
conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la
Noche-Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos á la iglesia.
Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le
subieron en brazos á la tribuna, y comenzó la Misa.
En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la
catedral.
Pasó el introito y el Evangelio y el ofertorio, y
llegó el instante solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado,
toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza á elevarla.
Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas
azuladas llenó el ámbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido
vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en
un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco á poco, como si una
ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se
elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fué
creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.
Era la voz de los ángeles, que atravesando los
espacios, llegaba al mundo.
Después comenzaron á oirse como unos himnos
distantes que entonaban las jerarquías de serafines; mil himnos á la vez, que
al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, era no más el
acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de
misteriosos ecos, como un girón de niebla sobre las olas del mar.
Luego fueron perdiéndose unos cantos, después[p.
15] otros; la combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces,
cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una
nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclinó la frente, y por
encima de su cabeza cana y como á través de una gasa azul que fingía el humo
del incienso, apareció la Hostia á los ojos de los fieles. En aquel instante la
nota que maese Pérez sostenía trinando, se abrió, se abrió, y una explosión de
armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire
comprimido, y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.
De cada una de las notas que formaban aquel
magnífico acorde, se desarrolló un tema; y unos cerca, otros lejos, éstos
brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y
las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban cada
cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.
La multitud escuchaba atónita y suspendida. En
todos los ojos había una lágrima, en todos los espíritus un profundo
recogimiento.
El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos,
porque Aquél que levantaba en ellas, Aquél á quien saludaban hombres y
arcángeles era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los
cielos y trasfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando; pero sus voces se
apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco, y se aleja y
se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito
desgarrador, agudo, un grito de mujer.
El órgano exhaló un sonido discorde y extraño,
semejante á un sollozo, y quedó mudo.
La multitud se agolpó á la escalera de la tribuna,
hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con
ansiedad todos los fieles.
—¿Qué ha sucedido? ¿qué pasa?—se decían unos á[p.
16] otros, y nadie sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y
crecía la confusión, y el alboroto comenzaba á subir de punto, amenazando
turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
—¿Qué ha sido eso?—preguntaban las damas al
asistente, que, precedido de los ministriles, fué uno de los primeros á subir á
la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al
puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la
causa de aquel desorden.
—¿Qué hay?
—Que maese Pérez acaba de morir.
En efecto, cuando los primeros fieles, después de
atropellarse por la escalera, llegaron á la tribuna, vieron al pobre organista
caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba
sordamente, mientras su hija, arrodillada á sus pies, le llamaba en vano entre
suspiros y sollozos.
III
—Buenas noches, mi señora doña Baltasara; ¿también
usarced viene esta noche á la Misa del Gallo? Por mi parte tenía hecha
intención de irla á oir á la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va
Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que
murió maese Pérez, parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro
en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un santo!... Yo de mí sé decir, que conservo
un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece... pues en Dios y en mi
ánima, que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros
nietos le verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y á idos,
no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... ya me entiende usarced.
¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso:
de nues[p. 17]tra casita á la iglesia, y de la iglesia á nuestra casita, sin
cuidarnos de lo que se dice ó déjase de decir... sólo que yo, así... al
vuelo... una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera,
suelo estar al corriente de algunas novedades... Pues, sí, señor; parece cosa
hecha que el organista de San Román, aquel bisojo, que siempre está echando
pestes de los otros organistas; aquel perdulariote, que más parece jifero de la
puerta de la Carne que maestro de solfa, va á tocar esta Noche-Buena en lugar
de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es
cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse á hacerlo. Ni aun su
hija, que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento
de novicia. Y era natural: acostumbrados á oir aquellas maravillas, cualquiera
otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las
comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que, en honor del
difunto y como muestra de respeto á su memoria, permanecería callado el órgano
en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre, diciendo que él se
atreve á tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la
culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación... pero así va
el mundo... y digo, no es cosa la gente que acude... cualquiera diría que nada
ha cambiado desde un año á otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los
mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la misma
multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto! se volvía á
morir por no oir su órgano tocado por manos semejantes. Lo que tiene que, si es
verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al
intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va á
comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas, que no haya más que
oir... pero ¡calle! ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué
ropilla de colorines,[p. 18] qué gorguera de cañutos, qué aires de
personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo, y va á
comenzar la misa... vamos, que me parece que esta noche va á darnos que contar
para muchos días.
Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen
nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés,
abriéndose, según costumbre, un camino entre la multitud á fuerza de empellones
y codazos.
Ya se había dado principio á la ceremonia.
El templo estaba tan brillante como el año
anterior.
El nuevo organista, después de atravesar por en
medio de los fieles que ocupaban las naves para ir á besar el anillo del
prelado, había subido á la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros
del órgano, con una gravedad tan afectada como ridícula.
Entre la gente menuda que se apiñaba á los pies de
la iglesia, se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la
tempestad comenzaba á fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.
—Es un truhán, que por no hacer nada bien, ni aun
mira á derechas—decían los unos.
—Es un ignorantón, que después de haber puesto el
órgano de su parroquia peor que una carraca, viene á profanar el de maese
Pérez—decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba del capote para
prepararse á darle de firme á su pandero, y aquél apercibía sus sonajas, y
todos se disponían á hacer bulla á más y mejor, sólo alguno que otro se
aventuraba á defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y
pedantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la
afable bondad del difundo maese Pérez.
Al fin llegó el esperado momento, el momento
solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras
santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando
su[p. 19] repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las diáfanas
ondas de incienso, y sonó el órgano.
Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la
iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los
instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces á la vez; pero la
confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos á la vez, como
habían comenzado, enmudecieron de pronto.
El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se
sostenía aún brotando de los tubos de metal del órgano, como una cascada de
armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en
los momentos de éxtasis; cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir
el labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan á intervalos, traídas
en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un
murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan
gorjeando de entre las flores como una saeta despedida á las nubes; estruendo
sin nombre, imponente como los rugidos de una tempestad; coro de serafines sin
ritmos ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende;
himnos alados, que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de
luz y de sonidos... todo lo expresaban las cien voces del órgano, con más
pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían
expresado nunca.
. . . . . . .
Cuando el organista bajó de la tribuna, la
muchedumbre que se agolpó á la escalera fué tanta, y tanto su afán por verle y
admirarle, que el asistente temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre
todos, mandó á algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran
abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.
—Ya veis—le dijo este último cuando le trajeron
á[p. 20] su presencia;—vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos.
¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando
la Noche-Buena en la Misa de la catedral?
—El año que viene—respondió el organista,—prometo
daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería á tocar este órgano.
—¿Y por qué?—interrumpió el prelado.
—Porque...—añadió el organista, procurando dominar
la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro;—porque es viejo y malo,
y no puede expresar todo lo que se quiere.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares.
Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en
las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron,
dispersándose los fieles en distintas direcciones; y ya la demandadera se
disponía á cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún
dos mujeres que, después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo
del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de
las Dueñas.
—¿Que quiere usarced? mi señora doña
Baltasara—decía la una,—yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo
habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre
no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces
en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el señor
cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no
hay más que mirarle al rostro, que según dicen, es el espejo del alma... Yo me
acuerdo, pobrecito, como si le estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese
Pérez, cuando en semejante noche como esta bajaba de la tribuna, después de
haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa,
qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... no que este ha bajado
las[p. 21] escaleras á trompicones, como si le ladrase un perro en la
meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Baltasara,
créame usarced, y créame con todas veras... yo sospecho que aquí hay busilis...
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres
doblaban la esquina del callejón y desaparecían.
Creemos inútil decir á nuestros lectores quién era
una de ellas.
IV
Había transcurrido un año más. La abadesa del
convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja, medio
ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba á voz
herida á los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba
el atrio silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en
la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos
vecinos del barrio esperaban tranquilamente que comenzara la Misa del Gallo.
—Ya lo veis—decía la superiora,—vuestro temor es
sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel á la
catedral esta noche. Tocad vos el órgano y tocadle sin desconfianza de ninguna
clase; estaremos en comunidad... pero... proseguís callando sin que cesen
vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?
—Tengo... miedo—exclamó la joven con un acento
profundamente conmovido.
—¡Miedo! ¿de qué?
—No sé... de una cosa sobrenatural... Anoche,
mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la
Misa, y ufana con esta distinción pensé arreglar sus registros y templarle, á
fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola... abrí la puerta que
conduce á la tribuna... En el reloj de la[p. 22] catedral sonaba en aquel
momento una hora... no sé cuál... Pero las campanadas eran tristísimas y
muchas... muchas... estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada
en el dintel, y aquel tiempo me pareció un siglo.
La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos,
en el fondo, brillaba como una estrella perdida en el cielo de la noche, una
luz moribunda... la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus
reflejos debilísimos, que sólo contribuían á hacer más visible todo el profundo
horror de las sombras, vi... le vi, madre, no lo dudéis, vi un hombre que en
silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba recorría con una
mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra á sus registros... y el
órgano sonaba; pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas
parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire
comprimido en su hueco, y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero
justo.
Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora,
y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su
respiración.
El horror había helado la sangre de mis venas;
sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes fuego... Entonces
quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había
mirado... digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
—¡Bah! hermana, desechad esas fantasías con que el
enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un Pater
nóster y un Ave María al arcángel San Miguel, jefe de
las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad
al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra
las tentaciones, y marchad, marchad á ocupar la tribuna del órgano; la Misa va
á comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles...[p. 23] Vuestro
padre está en el cielo, y desde allí, antes que á daros sustos, bajará á
inspirar á su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial
devoción.
La priora fué á ocupar su sillón en el coro en
medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la
puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la
Misa.
Comenzó la Misa y prosiguió sin que ocurriese nada
de notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y
al mismo tiempo que el órgano un grito de la hija de maese Pérez...
La superiora, las monjas y algunos de los fieles
corrieron á la tribuna.
—¡Miradle, miradle!—decía la joven fijando sus
desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado asombrada para
agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El
órgano estaba solo, y no obstante, el órgano seguía sonando... sonando como
sólo los arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de místico alborozo.
. . . . . . .
—¡No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña
Baltasara, no os lo dije yo!... ¡Aquí hay busilis!... Oidlo; qué, ¿no
estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó.
En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, y
con razón, una furia... Haber dejado de asistir á Santa Inés; no haber podido
presenciar el portento... ¿y para qué? para oir una cencerrada; porque personas
que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la
catedral, no fué otra cosa... Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el
bisojo, mentira... aquí hay busilis, y el busilis, era, en efecto, el alma de
maese Pérez.
[p. 25]
LOS OJOS VERDES
ace mucho tiempo que tenía ganas de escribir
cualquier cosa con este título.
Hoy, que se me ha presentado ocasión lo he puesto
con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado á
capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he
pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no
los podré describir tales cuales ellos eran, luminosos, trasparentes como las
gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de
una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis
lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un
cuadro que pintaré algún día.
I
—Herido va el ciervo... herido va; no hay duda. Se
ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos
lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por donde
otros acaban... en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... ¡Pero
por San Saturio, patrón de Soria! cortadle el paso por esas carrascas, azuzad
los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados,[p. 26] y
hundidle á los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que se
dirige hacia la fuente de los Álamos, y si la salva antes de morir podemos
darle por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el
bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada y las voces de los
pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y
perros se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de
Almenar, señalara como el más á propósito para cortarle el paso á la res.
Pero todo fué inútil. Cuando el más ágil de los
lebreles llegó á las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el
ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose
entre los matorrales de una trocha que conducía á la fuente.
—¡Alto!... ¡Alto todo el mundo!—gritó Iñigo
entonces;—estaba de Dios que había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las
trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista á la voz de los
cazadores.
En aquel momento se reunía á la comitiva el héroe
de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.
—¿Qué haces?—exclamó dirigiéndose á su montero, y
en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus
ojos.—¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que
cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya á morir
en el fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido á matar ciervos para
festines de lobos?
—Señor—murmuró Iñigo entre dientes,—es imposible
pasar de este punto.
—¡Imposible! ¿y por qué?
—Porque esa trocha—prosiguió el montero,—conduce á
la fuente de los Álamos; la fuente de los Álamos,[p. 27] en cuyas aguas
habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su
atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin
atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos
reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa
fuente misteriosa, pieza perdida.
—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de
mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se
me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis
excursiones de cazador... ¿Lo ves?... ¿lo ves?... Aún se distingue á intervalos
desde aquí... las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame... déjame...
suelta esa brida, ó te revuelco en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar
para que llegue á la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus
habitadores. ¡Sus! ¡Relámpago! ¡sus, caballo mío! si lo
alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.
Caballo y jinete partieron como un huracán.
Iñigo los siguió con la vista hasta que se
perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como
él, permanecían inmóviles y consternados.
El montero exclamó al fin:
—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto
á morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi
deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su
ballesta; de aquí adelante, que pruebe á pasar el capellán con su hisopo.
II
—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío;
¿qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que
llegasteis á la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una
mala bruja os ha encanijado con sus hechizos.
[p. 28]
Ya no vais á los montes precedido de la ruidosa
jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Solo con esas
cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para
enderezaros á la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y
cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde
busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas
lejos de los que más os quieren?
Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus
ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de
monte.
Después de un largo silencio, que sólo interrumpía
el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven
exclamó dirigiéndose á su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de
sus palabras:
—Iñigo, tú que eres viejo; tú que conoces todas las
guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo á las fieras, y
en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez á su cumbre,
dime: ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?
—¡Una mujer!—exclamó el montero con asombro y
mirándole de hito en hito.
—Sí—dijo el joven;—es una cosa extraña lo que me
sucede, muy extraña... Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es
ya posible; rebosa en mi corazón y asoma á mi semblante. Voy, pues, á
revelártelo... Tú me ayudarás á desvanecer el misterio que envuelve á esa
criatura, que al parecer sólo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha
visto, ni puede darme razón de ella.
El montero sin desplegar los labios, arrastró su
banquillo hasta colocarle junto al escaño de su señor, del que no apartaba un
punto los espantados ojos. Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:
—Desde el día en que á pesar de tus funestas[p.
29] predicciones llegué á la fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas
recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi
alma del deseo de la soledad.
Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota
escondida en el seno de una peña, y cae resbalándose gota á gota por entre las
verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna.
Aquellas gotas que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las
notas de un instrumento, se reunen entre los céspedes, y susurrando,
susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las
flores, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los
obstáculos que se oponen á su camino, y se repliegan sobre sí mismas y saltan,
y huyen, y corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un
lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres,
cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y
febril sobre el peñasco, á cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa
para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el
viento de la tarde.
Todo es allí grande. La soledad con sus mil rumores
desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable
melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas,
en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la
naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.
Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la
ballesta y dirigirme al monte, no fué nunca para perderme entre sus matorrales
en pos de la caza, no; iba á sentarme al borde de la fuente, á buscar en sus
ondas... no sé qué, ¡una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago,
creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña... muy extraña... los
ojos de una mujer.
[p. 30]
Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo
entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su
seno, y cuyos cálices parecen esmeraldas... no sé: yo creí ver una mirada que
se clavó en la mía; una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo,
irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos.
En su busca fuí un día y otro á aquel sitio.
Por último, una tarde... yo me creí juguete de un
sueño... pero no, es verdad; la he hablado ya muchas veces, como te hablo á ti
ahora... una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que
llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda
ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos
de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había
visto... sí; porque los ojos de aquella mujer, eran los ojos que yo tenía
clavados en la mente; unos ojos de un color imposible; unos ojos...
—¡Verdes!—exclamó Iñigo con un acento de profundo
terror, é incorporándose de un salto en su asiento.
Fernando le miró á su vez como asombrado de que
concluyese lo que iba á decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de
alegría:
—¿La conoces?
—¡Oh, no!—dijo el montero.—¡Líbreme Dios de
conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron
mil veces que el espíritu, trasgo, demonio ó mujer que habita en sus aguas,
tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra,
á no volver á la fuente de los Álamos. Un día ú otro os alcanzará su venganza,
y expiaréis muriendo el delito de haber encenagado sus ondas.
—¡Por lo que más amo!...—murmuró el joven con una
triste sonrisa.
—Sí—prosiguió el anciano;—por vuestros padres, por
vuestros deudos, por las lágrimas de la que el[p. 31] cielo destina para
vuestra esposa, por las de un servidor que os ha visto nacer...
—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú
por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dió la vida, y
todo el cariño que puedan atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una
mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la
lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su
mejilla, mientras exclamó con acento sombrío:—¡Cúmplase la voluntad del cielo!
III
—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde
habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae á
estos lugares, ni á los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el
misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y,
noble ó villana, seré tuyo, tuyo siempre...
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las
sombras bajaban á grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos
de la fuente, y la niebla, elevándose poco á poco de la superficie del lago,
comenzaba á envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía
próxima á desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba
temblando, el primogénito de Almenar, de rodillas á los pies de su misteriosa
amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una
estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose
entre los pliegues del velo,[p. 32] como un rayo de sol que atraviesa las
nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas, como dos
esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se
removieron como para pronunciar algunas palabras; pero sólo exhalaron un
suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una
brisa al morir entre los juncos.
—¡No me respondes!—exclamó Fernando, al ver burlada
su esperanza;—¿querrás que dé crédito á lo que de ti me han dicho? ¡Oh! No...
Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres
una mujer...
—Ó un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió
por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las
de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en
un arrebato de amor:
—Si lo fueses... te amaría... te amaría, como te
amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo
más allá de ella.
—Fernando—dijo la hermosa entonces con una voz
semejante á una música:—yo te amo más aún que tú me amas; yo que desciendo
hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen
en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior á los demás hombres.
Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y
transparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al
que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como á un mortal
superior á las supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender
mi cariño extraño y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la
contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza
desconocida, se aproximaba más[p. 33] y más al borde de la roca. La mujer
de los ojos verdes prosiguió así:
—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas
plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán
un lecho de esmeraldas y corales... y yo... yo te daré una felicidad sin
nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede
ofrecerte nadie... Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un
pabellón de lino... las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el
viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven... ven...
La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna
rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire,
y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren
sobre el haz de las aguas infectas... Ven... ven... estas palabras zumbaban en
los oídos de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa le llamaba
al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso... un
beso...
Fernando dió un paso hacia ella... otro... y sintió
unos brazos delgados y flexibles que se liaban á su cuello, y una sensación
fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve... y vaciló... y perdió pie, y
cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron
sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose
hasta expirar en las orillas.
[p. 35]
EL RAYO DE LUNA
o no sé si esto es una historia que parece
cuento, ó un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo
hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los
últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.
Otro con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo
de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda, que á los que nada vean en
su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.
I
Era noble, había nacido entre el estruendo de las
armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho
levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro
pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.
Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar
en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los
potros, los pajes enseñaban á volar á los halcones, y los soldados se
entretenían los días de reposó en afilar el hierro de su lanza contra una
piedra.
[p. 36]
—¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro
señor?—preguntaba algunas veces su madre.
—No sabemos—respondían sus servidores:—acaso estará
en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba,
prestando oído á ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los
muertos; ó en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por
debajo de sus arcos; ó acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en
contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista, ó contemplar
los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En
cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.
En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de
tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, por que su sombra
no le siguiese á todas partes.
Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda
suelta á la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas
creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta; porque Manrique era
poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar
sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.
Creía que entre las rojas ascuas del hogar
habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro á
lo largo de los troncos encendidos, ó danzaban en una luminosa ronda de chispas
en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un
escabel junto á la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la
lumbre.
Creía que en el fondo de las ondas del río, entre
los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres
misteriosas, hadas, sílfides ú ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, ó
cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio
intentando traducirlo.
[p. 37]En las nubes, en el aire, en el fondo de los
bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas ó escuchar
sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles
que no podía comprender.
¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para
sentirlo. Amaba á todas las mujeres un instante: á ésta porque era rubia, á
aquélla porque tenía los labios rojos, á la otra porque se cimbreaba al andar
como un junco.
Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de
quedarse una noche entera mirando á la luna, que flotaba en el cielo entre un
vapor de plata, ó á las estrellas, que temblaban á lo lejos como los cambiantes
de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio,
exclamaba:—Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible
que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que
rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las
mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré
amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...
Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le
siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular á
solas, que es por donde se empieza.
II
Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas
y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la
ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían á
lo largo de la opuesta margen del río.
En la época á que nos referimos, los caballeros de
la Orden habían ya abandonado sus históricas fortale[p. 38]zas; pero aún
quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían,
como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los
macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios
de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas
hierbas.
En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no
hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación,
abandonada á sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del
hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían
encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de
álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de
césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados
caminos, y en los trozos de fábrica, próximos á desplomarse, el jaramago,
flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y
azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos,
pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.
Era de noche; una noche de verano, templada, llena
de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de
un cielo azul, luminoso y transparente.
Manrique, presa su imaginación de un vértigo de
poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la
negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes
blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas
ruinas de los Templarios.
La media noche tocaba á su punto. La luna, que se
había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al
entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruído claustro á la
margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve, ahogado,[p. 39] mezcla
extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.
En el fondo de la sombría alameda había visto
agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad.
La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se
ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de
quimeras ó imposibles penetraba en los jardines.
—¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!... ¡A
estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco—exclamó Manrique; y se lanzó en
su seguimiento, rápido como una saeta.
III
Llegó al punto en que había visto perderse entre la
espesura de las ramas á la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde?
Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los
árboles como una claridad ó una forma blanca que se movía.
—¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y
huye como una sombra!—dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos
las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos.
Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie
de rellano que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie!—¡Ah! por aquí, por
aquí va—exclamó entonces.—Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido
de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos;—y corría, y
corría como un loco de aquí para allá, y no la veía.—Pero siguen sonando sus
pisadas—murmuró otra vez;—creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El
viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz
baja, me han impedido oir lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha
hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua[p.
40] extranjera... Y tornó á correr en su seguimiento, unas veces creyendo
verla, otras pensando oirla; ya notando que las ramas, por entre las cuales
había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella
de sus breves pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que
aspiraba á intervalos era un aroma perteneciente á aquella mujer que se burlaba
de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán
inútil!
Vagó algunas horas de un lado á otro fuera de sí,
ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre
la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.
Avanzando, avanzando por entre los inmensos
jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre
que se eleva la ermita de San Saturio.—Tal vez, desde esta altura podré
orientarme para seguir mis pesquisas á través de ese confuso laberinto—exclamó
trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.
Llegó á la cima, desde la que se descubre la ciudad
en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce á sus pies,
arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que
lo encarcelan.
Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió
la vista á su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no
pudo contener una blasfemia.
La luz de la luna rielaba chispeando en la estela
que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía á todo remo á la orilla
opuesta.
En aquella barca había creído distinguir una forma
blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los
Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas.
Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arro[p. 41]jó al suelo la
gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose
del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.
Pensaba atravesarlo y llegar á la ciudad antes que
la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y
cubierto de sudor á la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la
parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en
aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus
pardas almenas.
IV
Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar á los
que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe
perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente
esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan,
comenzó á vagar por sus calles á la ventura.
Las calles de Soria eran entonces, y lo son
todavía, estrechas, oscuras y tortuosas, un silencio profundo reinaba en ellas,
silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro, ora el rumor
de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía
sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.
Manrique, con el oído atento á estos rumores de la
noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado
ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes
que hablaban á sus espaldas y que á cada momento esperaba ver á su lado, anduvo
algunas horas corriendo al azar de un sitio á otro.
Por último, se detuvo al pie de un caserón de
pie[p. 42]dra, oscuro y antiquísimo, al detenerse brillaron sus ojos con una
indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de
aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave,
que pasando á través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se
reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.
—No cabe duda; aquí vive mi desconocida—murmuró el
joven en voz baja y sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;—aquí
vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de San Saturio
se viene á este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media
noche aún hay gente en vela... ¿en vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus
nocturnas excursiones, puede estarlo á estas horas?... No hay más; esta es su
casa.
En esta firme persuasión, y revolviendo en su
cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente á la
ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz, ni él separó la
vista un momento.
Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco
que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los
blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido
prolongado y agudo. Un escudero apareció en el dintel con un manojo de llaves
en la mano, restregándose los ojos, y enseñando al bostezar una caja de dientes
capaces de dar envidia á un cocodrilo.
Verle Manrique y lanzarse á la puerta, todo fué
obra de un instante.
—¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella?
¿De dónde es? ¿Á qué ha venido á Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde,
animal.—Esta fué la salutación que sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió
al pobre escudero, el cual después de mirarle un buen espacio de tiempo con
ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:
[p. 43]
—En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso
de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra
contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.
—Pero ¿y su hija?—interrumpió el joven
impaciente;—¿y su hija, ó su hermana, ó su esposa, ó lo que sea?
—No tiene ninguna mujer consigo.
—¡No tiene ninguna!... ¿Pues quién duerme allí en
aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?
—¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que como se
halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.
Un rayo cayendo de improviso á sus pies, no le
hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.
V
—Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la
encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla... ¿En qué?... Eso es lo
que no podré decir... pero he de conocerla. El eco de su pisada ó una sola
palabra suya que vuelva á oir; un extremo de su traje, un solo extremo que
vuelva á ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar
delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche
y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje,
el confuso rumor de sus ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo?
¡Ah! si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aun sin saberlo la
encontraré... la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña
nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que
he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado
más de[p. 44] veinte doblas de oro en hacer charlar á dueñas y escuderos;
que he dado agua bendita en San Nicolás á una vieja, arrebujada con tal arte en
su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata
una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano,
creyendo que el extremo de sus hopalandas era el del traje de mi desconocida;
pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá
seguramente al trabajo de buscarla.
¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules,
azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese
color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules
deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros, y
largos para que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que
su traje, y eran negros... no me engaño, no; eran negros.
¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados
y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, á una mujer alta!...
porque... ella es alta, alta y esbelta, como esos ángeles de las portadas de
nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso
crepúsculo las sombras de sus doseles de granito.
¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave
como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y
majestuoso como las cadencias de una música.
Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de
mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto,
que odia lo que yo odio, que es un espíritu hermano de mi espíritu, que es el
complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha
de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con
todas las facultades de mi alma?
Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y
única vez que la he visto... ¿Quién sabe si, caprichosa[p. 45] como yo,
amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace
en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?
Dos meses habían transcurrido desde que el escudero
de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses, durante
los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad
desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano á
aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced á
sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en
estas ideas el puente que conduce á los Templarios, el enamorado joven se
perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines.
VI
La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba
en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un
rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.
Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su
recinto, y miró á través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba
desierto.
Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura
alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus
labios se escapó un grito de júbilo.
Había visto flotar un instante y desaparecer el
extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la
mujer que ya amaba como un loco.
Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la
ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el
suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus
miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo,[p. 46] y ofrece
los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin en una carcajada,
en una carcajada sonora, estridente, horrible.
Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto
á brillar ante sus ojos; pero había brillado á sus pies un instante, no más que
un instante.
Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba
á intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía
sus ramas.
Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un
sitial junto á la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una
mirada vaga é inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni á las
caricias de su madre, ni á los consuelos de sus servidores.
—Tú eres joven, tú eres hermoso—le decía
aquélla;—¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer á
quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?
—¡El amor!... El amor es un rayo de luna—murmuraba
el joven.
—¿Por qué no os despertáis de ese letargo?—le decía
uno de sus escuderos;—os vestís de hierro de pies á cabeza, mandáis desplegar
al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos á la guerra: en la guerra se
encuentra la gloria.
—¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.
—¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha
compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?
—¡No! ¡no!—exclamó el joven incorporándose colérico
en su sitial;—no quiero nada... es decir, sí quiero... quiero que me dejéis
solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas
vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos á nuestro antojo, y los
amamos y corremos tras ellos, ¿para qué? ¿para qué? para encontrar un rayo de
luna.
Manrique estaba loco; por lo menos, todo el mundo
lo creía así. A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era
recuperar el juicio.
[p. 47]
TRES FECHAS
n una cartera de dibujo que conservo aún llena
de ligeros apuntes, hechos durante algunas de mis excursiones semiartísticas á
la ciudad de Toledo, hay escritas tres fechas.
Los sucesos de que guardan la memoria estos
números, son hasta cierto punto insignificantes. Sin embargo, con su recuerdo
me he entretenido en formar algunas noches de insomnio una novela más ó menos
sentimental ó sombría, según que mi imaginación se hallaba más ó menos exaltada
y propensa á ideas risueñas ó terribles.
Si á la mañana siguiente de uno de estos nocturnos
y extravagantes delirios, hubiera podido escribir los extraños episodios de las
historias imposibles que forjo antes que se cierren del todo mis párpados; esas
historias, cuyo vago desenlace flota, por último, indeciso en ese punto que
separa la vigilia del sueño, seguramente formarían un libro disparatado, pero
original y acaso interesante.
No es eso lo que pretendo hacer ahora. Esas
fantasías ligeras, y por decirlo así, impalpables, son en cierto modo como las
mariposas, que no pueden cogerse en las manos sin que se quede entre los dedos
el polvo de oro de sus alas.
Voy, pues, á limitarme á narrar brevemente los tres
sucesos que suelen servir de epígrafe á los capítulos[p. 48] de mis
soñadas novelas; los tres puntos aislados que yo suelo reunir en mi mente por
medio de una serie de ideas como un hilo de luz; los tres temas, en fin, sobre
que yo hago mil y mil variaciones, las que pudiéramos llamar absurdas sinfonías
de la imaginación.
I
Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura,
que guarda tan fielmente la huella de las cien generaciones que en ella han
habitado; que habla con tanta elocuencia á los ojos del artista, y le revela
tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada
siglo, con la forma y el carácter especial impreso en sus obras más
insignificantes, que yo cerraría sus entradas con una barrera, y pondría sobre
la barrera un tarjetón con este letrero:
«En nombre de los poetas y de los artistas; en
nombre de los que sueñan y de los que estudian, se prohíbe á la civilización
que toque á uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y prosaica.»
Da entrada á esta calle por uno de sus extremos, un
arco macizo, achatado y oscuro, que sostiene un pasadizo cubierto.
En su clave hay un escudo, roto ya y carcomido por
la acción de los años, en el cual crece la hiedra, que, agitada con el aire,
flota sobre el casco que lo corona como un penacho de plumas.
Debajo de la bóveda y enclavado en el muro, se ve
un retablo con su lienzo ennegrecido é imposible de descifrar, su marco dorado
y churrigueresco, su farolillo pendiente de un cordel y sus votos de cera.
Más allá de este arco que baña con su sombra aquel
lugar, dándole un tinte de misterio y tristeza indescriptible, se prolongan á
ambos lados dos hileras de casas oscuras, desiguales y extrañas, cada cual de
su[p. 49] forma, sus dimensiones y su color. Unas están construídas de
piedras toscas y desiguales, sin más adornos que algunos blasones groseramente
esculpidos sobre la portada; otras son de ladrillo, y tienen un arco árabe que
les sirve de ingreso, dos ó tres ajimeces abiertos á capricho en un paredón grieteado,
y un mirador que termina en una alta veleta. Las hay con traza que no pertenece
á ningún orden de arquitectura, y que tienen, sin embargo, un remiendo de
todas; que son un modelo acabado de un género especial y conocido, ó una
muestra curiosa de las extravagancias de un período del arte.
Éstas tienen un balcón de madera con un cobertizo
disparatado; aquéllas una ventana gótica recientemente enlucida y con algunos
tiestos de flores; la de más allá unos pintorreados azulejos en el marco de la
puerta, clavos enormes en los tableros, y dos fustes de columnas, tal vez
procedentes de un alcázar morisco, empotrados en el muro.
El palacio de un magnate convertido en corral de
vecindad; la casa de un alfaquí habitada por un canónigo; una sinagoga judía
transformada en oratorio cristiano; un convento levantado sobre las ruinas de
una mezquita árabe, de la que aún queda en pie la torre; mil extraños y
pintorescos contrastes, mil y mil curiosas muestras de distintas razas,
civilizaciones y épocas compendiadas, por decirlo así, en cien varas de
terreno. He aquí todo lo que se encuentra en esta calle: calle construída en
muchos siglos, calle estrecha, deforme, oscura y con infinidad de revueltas,
donde cada cual al levantar su habitación tomaba una saliente, dejaba un rincón
ó hacía un ángulo con arreglo á su gusto, sin consultar el nivel, la altura ni
la regularidad; calle rica en no calculadas combinaciones de líneas, con un
verdadero lujo de detalles caprichosos, con tantos y tantos accidentes, que
cada vez ofrece algo nuevo al que la estudia.
Cuando por primera vez fuí á Toledo, mientras me[p.
50] ocupé en sacar algunos apuntes de San Juan de los Reyes, tenía
precisión de atravesarla todas las tardes para dirigirme al convento desde la
posada con honores de fonda en que me había hospedado.
Casi siempre la atravesaba de un extremo á otro,
sin encontrar en ella una sola persona, sin que turbase su profundo silencio
otro ruido que el ruido de mis pasos, sin que detrás de las celosías de un
balcón, del cancel de una puerta ó la rejilla de una ventana, viese ni aun por
casualidad el arrugado rostro de una vieja curiosa ó los ojos negros y rasgados
de una muchacha toledana. Algunas veces me parecía cruzar por en medio de una
ciudad desierta, abandonada por sus habitantes desde una época remota.
Una tarde, sin embargo, al pasar frente á un
caserón antiquísimo y oscuro, en cuyos altos paredones se veían tres ó cuatro
ventanas de formas desiguales, repartidas sin orden ni concierto, me fijé
casualmente en una de ellas. La formaba un gran arco ojival, rodeado de un
festón de hojas picadas y agudas. El arco estaba cerrado por un ligero tabique,
recientemente construído y blanco como la nieve, en medio del cual se veía,
como contenida en la primera, una pequeña ventana con un marco y sus hierros
verdes, una maceta de campanillas azules, cuyos tallos subían á enredarse por
entre las labores de granito, y unas vidrieras con sus cristales emplomados y
su cortinilla de una tela blanca, ligera y transparente.
Ya la ventana de por sí era digna de llamar la
atención por su carácter; pero lo que más poderosamente contribuyó á que me
fijase en ella, fué el notar que cuando volví la cabeza para mirarla, las
cortinillas se habían levantado un momento para volver á caer, ocultando á mis
ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante.
Seguí mi camino preocupado con la idea de la
ventana, ó mejor dicho, de la cortinilla, ó más claro todavía, de la mujer que
la había levantado; porque in[p. 51]dudablemente, á aquella ventana tan
poética, tan blanca, tan verde, tan llena de flores, sólo una mujer podía
asomarse, y cuando digo una mujer, entiéndase que se supone joven y bonita.
Pasé otra tarde; pasé con el mismo cuidado; apreté
los tacones, aturdiendo la silenciosa calle con el ruido de mis pasos, que
repetían, respondiéndose, dos ó tres ecos; miré á la ventana, y la cortinilla
se volvió á levantar.
La verdad es que realmente detrás de ella no vi
nada; pero con la imaginación me pareció descubrir un bulto, el bulto de una
mujer, en efecto.
Aquel día me distraje dos ó tres veces dibujando. Y
pasé otros días, y siempre que pasaba, la cortinilla se levantaba de nuevo,
permaneciendo así hasta que se perdía el ruido de mis pasos, y yo desde lejos
volvía á ella por última vez los ojos.
Mis dibujos adelantaban poca cosa. En aquel
claustro de San Juan de los Reyes; en aquel claustro tan misterioso y bañado en
triste melancolía, sentado sobre el roto capitel de una columna, la cartera
sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y la frente entre las manos, al
rumor del agua que corre allí con un murmullo incesante, al ruido de las hojas
del agreste y abandonado jardín, que agitaba la brisa del crepúsculo, ¡cuánto
no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer! Yo la conocía; ya sabía cómo
se llamaba y hasta cuál era el color de sus ojos.
La miraba cruzar por los extensos y solitarios
patios de la antiquísima casa, alegrándolos con su presencia como el rayo del
sol que dora unas ruinas. Otras veces me parecía verla en un jardín con unas
tapias muy altas y muy oscuras, con unos árboles muy corpulentos y añosos, que
debía de haber allá en el fondo de aquella especie de palacio gótico donde
vivía, coger flores y sentarse sola en un banco de piedra, y allí suspirar
mientras las deshojaba pensando en... ¿quién sabe?... Acaso en mí; ¿qué digo acaso?
en mí seguramente.[p. 52] ¡Oh! ¡cuántos sueños, cuántas locuras, cuánta
poesía despertó en mi alma aquella ventana mientras permanecí en Toledo!...
Pero transcurrió el tiempo que había de permanecer
en la ciudad. Un día, pesaroso y cabizbajo, guardé todos mis papeles en la
cartera; me despedí del mundo de las quimeras, y tomé un asiento en el coche
para Madrid.
Antes de que se hubiera perdido en el horizonte la
más alta de las torres de Toledo, saqué la cabeza por la portezuela para verla
otra vez, y me acordé de la calle.
Tenía aún la cartera bajo el brazo, y al volverme á
mi asiento, mientras doblábamos la colina que ocultó de repente la ciudad á mis
ojos, saqué el lápiz y apunté una fecha. Es la primera de las tres, á la que yo
llamo la fecha de la ventana.
II
Al cabo de algunos meses volví á encontrar ocasión
de marcharme de la corte por tres ó cuatro días. Limpié el polvo á mi cartera
de dibujo, me la puse bajo el brazo, y provisto de una mano de papel, media
docena de lápices y unos cuantos napoleones, deplorando que aún no estuviese
concluída la línea férrea, me encajoné en un vehículo para recorrer en sentido
inverso los puntos en que tiene lugar la célebre comedia de Tirso Desde
Toledo á Madrid.
Ya instalado en la histórica ciudad, me dediqué á
visitar de nuevo los sitios que más me llamaron la atención en mi primer viaje,
y algunos otros que aún no conocía sino de nombre.
Así dejé transcurrir en largos y solitarios paseos
entre sus barrios más antiguos la mayor parte del tiempo de que podía disponer
para mi pequeña expedición artística, encontrando un verdadero placer en
perderme[p. 53] en aquel confuso laberinto de callejones sin salida,
calles estrechas, pasadizos oscuros y cuestas empinadas é impracticables.
Una tarde, la última que por entonces debía
permanecer en Toledo, después de una de estas largas excursiones á través de lo
desconocido, no sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta una plaza
grande, desierta, olvidada al parecer aun de los mismos moradores de la
población, y como escondida en uno de sus más apartados rincones.
La basura y los escombros arrojados de tiempo
inmemorial en ella, se habían identificado, por decirlo así, con el terreno de
tal modo, que éste ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una Suiza en
miniatura. En las lomas y los barrancos formados por sus ondulaciones, crecían
á su sabor malvas de unas proporciones colosales, cerros de gigantescas
ortigas, matas rastreras de campanillas blancas, prados de esa hierba sin
nombre, menuda, fina y de un verde oscuro, y meciéndose suavemente al leve
soplo del aire, descollando como reyes entre todas las otras plantas parásitas,
los poéticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los yermos y
las ruinas.
Diseminados por el suelo, medio enterrados unos,
casi ocultos por las altas hierbas los otros, veíanse allí una infinidad de
fragmentos de mil y mil cosas distintas, rotas y arrojadas en diferentes épocas
á aquel lugar, donde iban formando capas en las cuales hubiera sido fácil
seguir un curso de geología histórica.
Azulejos moriscos esmaltados de colores, trozos de
columnas de mármol y de jaspe, pedazos de ladrillos de cien clases diversas,
grandes sillares cubiertos de verdín y de musgo, astillas de madera ya casi
hechas polvo, restos de antiguos artesonados, girones de tela, tiras de cuero,
y otros cien y cien objetos sin forma ni nombre, eran los que aparecían á
primera vista á la superficie, llamando asimismo la atención y deslumbrando los
ojos una miriada de chispas de luz derra[p. 54]madas sobre la verdura como un
puñado de diamantes arrojados á granel, y que examinados de cerca, no eran otra
cosa que pequeños fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas, que
reflejando los rayos del sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas
y deslumbrantes.
Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada á
trechos con pequeñas piedrecitas de varios matices formando labores, á trechos
cubierta de grandes losas de pizarra, y en su mayor parte, según dejamos dicho,
semejante á un jardín de plantas parásitas, ó á un prado yermo é inculto.
Los edificios que dibujaban su forma irregular, no
eran tampoco menos extraños y dignos de estudio.
Por un lado la cerraba una hilera de casucas
oscuras y pequeñas, con sus tejados dentellados de chimeneas, veletas y
cobertizos, sus guardacantones de mármol sujetos á las esquinas con una anilla
de hierro, sus balcones achatados ó estrechos, sus ventanillos con tiestos de
flores, y su farol rodeado de una red de alambre que defiende los ahumados
vidrios de las pedradas de los muchachos.
Otro frente lo constituía un paredón negruzco,
lleno de grietas y hendiduras, en donde algunos reptiles asomaban su cabeza de
ojos pequeños y brillantes por entre las hojas de musgo; un paredón altísimo,
formado de gruesos sillares, sembrado de huecos de puertas y balcones, tapiados
con piedra y argamasa, y á uno de cuyos extremos se unía, formando ángulo con
él, una tapia de ladrillos, desconchada y llena de mechinales, manchada á
trechos de tintas rojas, verdes ó amarillentas, y coronada de un bardal de heno
seco, entre el cual corrían algunos tallos de enredaderas.
Esto no era más, por decirlo así, que los
bastidores de la extraña decoración que al penetrar en la plaza se presentó de
improviso á mis ojos, cautivando mi ánimo y suspendiéndolo durante algún
tiempo, pues[p. 55] el verdadero punto culminante del panorama, el
edificio que le daba el tono general, se veía alzarse en el fondo de la plaza,
más caprichoso, más original, infinitamente más bello en su artístico desorden,
que todos los que se levantaban á su alrededor.
—¡He aquí lo que yo deseaba encontrar!—exclamé al
verle; y sentándome en un pedrusco, colocando la cartera sobre mis rodillas y
afilando un lápiz de madera, me apercibí á trazar, aunque ligeramente, sus
formas irregulares y estrambóticas para conservar por siempre su recuerdo.
Si yo pudiera pegar aquí con obleas el ligerísimo y
mal trazado apunte que conservo de aquel sitio, imperfecto y todo como es, me
ahorraría un cúmulo de palabras, dando á mis lectores una idea más aproximada
de él que todas las descripciones imaginables.
Ya que no puede ser así, trataré de pintarlo del
mejor modo posible, á fin de que, leyendo estos renglones, puedan formarse una
idea remota, si no de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de su
conjunto.
Figuraos un palacio árabe, con sus puertas en forma
de herradura; sus muros engalanados con largas hileras de arcos que se cruzan
cien y cien veces entre sí, y corren sobre una franja de azulejos brillantes:
aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos por un grupo de esbeltas
columnas y encuadrado en un marco de labores menudas y caprichosas; allá se
eleva una atalaya con su mirador ligero y airoso, su cubierta de tejas
vidriadas, verdes y amarillas, y su aguda flecha de oro que se pierde en el
vacío; más lejos se divisa la cúpula que cubre un gabinete pintado de oro y
azul, ó las altas galerías cerradas con persianas verdes, que al descorrerse
dejan ver los jardines con calles de arrayán, bosques de laureles y surtidores
altísimos. Todo es original, todo armónico, aunque desordenado; todo deja
entrever el lujo y las maravillas de su interior;[p. 56] todo deja
adivinar el carácter y las costumbres de sus habitadores.
El opulento árabe que poseía este edificio lo
abandona al fin; la acción de los años comienza á desmoronar sus paredes, á
deslustrar los colores y á corroer hasta los mármoles. Un monarca castellano
escoge entonces para su residencia aquel alcázar que se derrumba, y en este
punto rompe un lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con una cenefa de
escudos, por entre los cuales se enrosca una guirnalda de hojas de cardo y de
trébol; en aquél levanta un macizo torreón de sillería con sus saeteras
estrechas y sus almenas puntiagudas; en el de más allá construye un ala de
habitaciones altas y sombrías, en las cuales se ven por una parte trozos de
alicatado reluciente, por otra artesones oscurecidos, ó un ajimez solo, ó un
arco de herradura ligero y puro, que da entrada á un salón gótico, severo é
imponente.
Pero llega el día en que el monarca abandona
también aquel recinto, cediéndole á una comunidad de religiosas, y éstas á su
vez fabrican de nuevo, añadiéndole otros rasgos á la ya extraña fisonomía del
alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías; entre dos arcos árabes
colocan el escudo de su religión esculpido en berroqueña; donde antes crecían
tamarindos y laureles, plantan cipreses melancólicos y oscuros; y aprovechando
unos restos y levantando sobre otros, forman las combinaciones más pintorescas y
extravagantes que pueden concebirse.
Sobre la portada de la iglesia, en donde se ven
como envueltos en el crepúsculo misterioso en que los bañan las sombras de sus
doseles, una andanada de santos, ángeles y vírgenes, á cuyos pies se retuercen,
entre las hojas de acanto, sierpes, vestiglos y endriagos de piedra, se mira
elevarse un minarete esbelto y afiligranado con labores moriscas; junto á las
saeteras del murallón, cuyas almenas están ya rotas, ponen un retablo, y tapian
los grandes huecos con tabi[p. 57]ques cuajados de pequeños agujeritos, y
semejantes á una tabla de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos, y
fabrican, por último, un campanario de espadaña con sus campanas, que tañen
melancólicamente noche y día llamando á la oración, campanas que voltean al
impulso de una mano invisible, campanas cuyos sonidos lejanos arrancan á veces
lágrimas de involuntaria tristeza.
Después pasan los años, y bañan con una veladura de
un medio color oscuro todo el edificio, armonizan sus tintas y hacen brotar la
hiedra en sus hendiduras.
Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta de la
torre; los vencejos en el ala de los tejados; las golondrinas en los doseles de
granito, y el buho y la lechuza escogen para su guarida los altos mechinales,
desde donde en las noches tenebrosas asustan á las viejas crédulas y á los
atemorizados chiquillos, con el resplandor fosfórico de sus ojos redondos y sus
silbos extraños y agudos.
Todas estas revoluciones, todas estas
circunstancias especiales, hubieran podido únicamente dar por resultado un
edificio tan original, tan lleno de contrastes, de poesía y de recuerdos, como
el que aquella tarde se ofreció á mi vista y hoy he ensayado, aunque en vano,
describir con palabras.
Ya lo había trazado en parte en una de las hojas de
mi cartera. El sol doraba apenas las más altas agujas de la ciudad, la brisa
del crepúsculo comenzaba á acariciar mi frente, cuando absorto en las ideas que
de improviso me habían asaltado al contemplar aquellos silenciosos restos de
otras edades, más poéticas que la material en que vivimos y nos ahogamos en
pura prosa, dejé caer de mis manos el lápiz y abandoné el dibujo, recostándome
en la pared que tenía á mis espaldas y entregándome por completo á los sueños
de la imaginación. ¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo. Veía claramente
sucederse las épocas, derrumbarse unos muros y levantarse otros. Veía á unos[p.
58] hombres, ó mejor dicho, veía á unas mujeres dejar lugar á otras
mujeres, y las primeras y las que venían después, convertirse en polvo y volar
deshechas, llevando un soplo del viento la hermosura, hermosura que arrancaba
suspiros secretos, que engendró pasiones y fué manantial de placeres; luego...
qué se yo... todo confuso, veía muchas cosas revueltas, y tocadores de encaje y
de estuco con nubes de aroma y lechos de flores; celdas estrechas y sombrías
con un reclinatorio y un crucifijo; al pie del crucifijo un libro abierto, y
sobre el libro una calavera; salones severos y grandiosos, cubiertos de tapices
y adornados con trofeos de guerra, y muchas mujeres que cruzaban y volvían á
cruzar ante mis ojos; monjas altas, pálidas y delgadas; odaliscas morenas con
labios muy encarnados y ojos muy negros; damas de perfil puro, de continente
altivo y andar majestuoso.
Todas estas cosas veía yo, y muchas más de esas que
después de pensadas no pueden recordarse; de esas tan inmateriales que es
imposible encerrar en el círculo estrecho de la palabra, cuando de pronto di un
salto sobre mi asiento, y pasándome la mano por los ojos para convencerme de
que no seguía soñando, incorporándome como movido de un resorte nervioso, fijé
la mirada en uno de los altos miradores del convento. Había visto, no me puede
caber duda, la había visto perfectamente, una mano blanquísima, que saliendo
por uno de los huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes á tableros
de ajedrez, se había agitado varias veces como saludándome con un signo mudo y
cariñoso. Y me saludaba á mí; no era posible que me equivocase... estaba solo,
completamente solo en la plaza.
En balde esperé la noche, clavado en aquel sitio, y
sin apartar un punto los ojos del mirador; inútilmente volví muchas veces á
ocupar la oscura piedra que me sirvió de asiento la tarde en que vi aparecer
aquella mano misteriosa, objeto ya de mis ensueños[p. 59] de la noche y de
mis delirios del día. No la volví á ver más...
Y llegó al fin la hora en que debía marcharme de
Toledo dejando allí, como una carga inútil y ridícula, todas las ilusiones que
en su seno se habían levantado en mi mente. Torné á guardar los papeles en mi
cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escribí otra fecha, la
segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla, miré un
momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de sonreirme de mi
locura.
III
Desde que tuvo lugar la extraña aventura que he
referido, hasta que volví á Toledo, transcurrió cerca de un año, durante el
cual no dejó de presentárseme á la imaginación su recuerdo, al principio á
todas horas y con todos sus detalles; después con menos frecuencia, y por
último, con tanta vaguedad, que yo mismo llegué á creer algunas veces que había
sido juguete de una ilusión ó de un sueño.
No obstante, apenas llegué á la ciudad, que con
tanta razón llaman algunos la Roma española, me asaltó nuevamente, y llena de
él la memoria salí preocupado á recorrer las calles, sin camino cierto, sin
intención preconcebida de dirigirme á ningún punto fijo.
El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza
á todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era de color de plomo, y á su
reflejo melancólico los edificios parecían más antiguos, más extraños y más
oscuros. El aire gemía á lo largo de las revueltas y angostas calles, trayendo
en sus ráfagas, como notas perdidas de una sinfonía misteriosa, ya palabras
ininteligibles, clamor de campanas ó ecos de golpes profundos y lejanos. La
atmósfera húmeda y fría helaba el alma con su soplo glacial.
[p. 60]Anduve durante algunas horas por los barrios
más apartados y desiertos, absorto en mil confusas imaginaciones, y contra mi
costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio, sin que lograse llamar
mi atención ni un detalle caprichoso de arquitectura, ni un monumento de orden
desconocido, ni una obra de arte maravillosa y oculta, ninguna cosa, en fin, de
aquellas en cuyo examen minucioso me detenía á cada paso, cuando sólo ocupaban
mi mente ideas de arte y recuerdos históricos.
El cielo cerraba de cada vez más oscuro; el aire
soplaba con más fuerza y más ruido, y había comenzado á caer en gotas menudas
una lluvia de nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando sin saber por
dónde, pues ignoraba aún el camino, y como llevado allí por un impulso al que
no podía resistirme, impulso que me arrastraba misteriosamente al punto á que
iban mis pensamientos, me encontré en la solitaria plaza que ya conocen mis
lectores.
Al encontrarme en aquel lugar salí de la especie de
letargo en que me hallaba sumido, como si me hubiesen despertado de un sueño
profundo con una violenta sacudida.
Tendí una mirada á mi alrededor. Todo estaba como
yo lo dejé. Digo mal, estaba más triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la
falta de verdura ó el estado de mi espíritu era la causa de esta tristeza; pero
la verdad es que desde el sentimiento que experimenté al contemplar aquellos
lugares por la vez primera, hasta el que me impresionó entonces, había toda la
distancia que existe desde la melancolía á la amargura.
Contemplé por algunos instantes el sombrío
convento, en aquella ocasión más sombrío que nunca á mis ojos; y ya me disponía
á alejarme, cuando hirió mis oídos el son de una campana, una campana de voz
cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le acompañaba, formando
contraste con ella, una especie de esquiloncillo que comenzó á voltear de
pronto con[p. 61] una rapidez y un tañido tan agudo y continuado, que
parecía como acometido de un vértigo.
Nada más extraño que aquel edificio, cuya negra
silueta se dibujaba sobre el cielo como la de una roca erizada de mil y mil
picos caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las
campanas, que parecían agitarse al impulso de seres invisibles, una como
llorando con sollozos ahogados, la otra como riendo con carcajadas estridentes,
semejantes á la risa de una mujer loca.
A intervalos y confundidas con el atolondrador
ruido de las campanas, creía percibir también notas confusas de un órgano y
palabras de un cántico religioso y solemne.
Varié de idea; y en vez de alejarme de aquel lugar,
llegué á la puerta del templo, y pregunté á uno de los haraposos mendigos que
había sentados en sus escalones de piedra:
—¿Qué hay aquí?
—Una toma de hábito—me contestó el pobre,
interrumpiendo la oración que murmuraba entre dientes, para continuarla
después, aunque no sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su
mano al dirigirle mi pregunta.
Jamás había presenciado esta ceremonia; nunca había
visto tampoco el interior de la iglesia del convento. Ambas consideraciones me
impulsaron á penetrar en su recinto.
La iglesia era alta y oscura: formaban sus naves
dos filas de pilares compuestos de columnas delgadas reunidas en un haz, que
descansaban en una base ancha y octógona, y de cuya rica coronación de
capiteles partían los arranques de las robustas ojivas. El altar mayor estaba
colocado en el fondo, bajo una cúpula de estilo del Renacimiento cuajada de
angelones con escudos, grifos, cuyos remates fingían profusas hojarascas,
cornisas con molduras y florones dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En
torno á las naves se veía una multitud de capillas oscuras, en el fondo[p.
62] de las cuales ardían algunas lámparas, semejantes á estrellas perdidas
en el cielo de una noche oscura. Capillas de una arquitectura árabe, gótica ó
churrigueresca: unas, cerradas con magníficas verjas de hierro, otras, con
humildes barandales de madera; éstas, sumidas en las tinieblas con una antigua
tumba de mármol delante del altar; aquéllas, profusamente alumbradas con una
imagen vestida de relumbrones y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de
cinta de colorines.
Contribuía á dar un carácter más misterioso á toda
la iglesia, completamente armónica en su confusión y su desorden artístico con
el resto del convento, la fantástica claridad que la iluminaba. De las lámparas
de plata y cobre, pendientes de las bóvedas; de las velas de los altares y de
las estrechas ojivas y los ajimeces del muro, partían rayos de luz de mil
colores diversos: blancos, los que penetraban de la calle por algunas pequeñas
claraboyas de la cúpula; rojos, los que se desprendían de los cirios de los
retablos; verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abrían
paso á través de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos reflejos,
insuficientes á inundar con la bastante claridad aquel sagrado recinto,
parecían como que luchaban confundiéndose entre sí en algunos puntos, mientras
que otros los hacían destacar con una mancha luminosa y brillante sobre los
fondos velados y oscuros de las capillas. A pesar de la fiesta religiosa que
allí tenía lugar, los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia había comenzado
hacía bastante tiempo y estaba á punto de concluir. Los sacerdotes que
oficiaban en el altar mayor, bajaban en aquel momento las gradas cubiertas de
alfombra, envueltos en una nube de incienso azulado que se mecía lentamente en
el aire, para dirigirse al coro en donde se oía á las religiosas entonar un
salmo.
Yo también me encaminé hacia aquel sitio con el
objeto de asomarme á las dobles rejas que lo separaban del templo. No sé, me
pareció que había de co[p. 63]nocer en la cara á la mujer de quien sólo había
visto un instante la mano; y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando la
pupila, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clavé en el fondo
del coro. Afán inútil: á través de los cruzados hierros, muy poco ó nada podía
verse. Como unos fantasmas blancos y negros que se movían entre las tinieblas,
contra las que luchaba en vano el escaso resplandor de algunos cirios
encendidos; una prolongada fila de sitiales altos y puntiagudos, coronados de
doseles, bajo los que se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas
formas de las religiosas, vestidas de luengas ropas talares; un crucifijo
alumbrado por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombrío fondo del cuadro,
como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen más palpables las
sombras; he aquí cuanto pude distinguir desde el lugar que ocupaba.
Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales
bordadas de oro, precedidos de unos acólitos que conducían una cruz de plata y
dos ciriales, y seguidos de otros que agitaban los incensarios perfumando el
ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus manos y las
orlas de sus vestiduras, llegaron al fin á la reja del coro.
Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las
otras sombras confusas, cuál era la de la virgen que iba á consagrarse al
Señor.
¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes
del crepúsculo de la noche levantarse de las aguas de un río, del haz de un
pantano, de las olas del mar ó de la profunda sima de una montaña, un girón de
niebla que flota lentamente en el vacío, y alternativamente ya parece una mujer
que se mueve y anda y deja volar su traje al andar, ya un velo blanco prendido
á la cabellera de alguna silfa invisible, ya un fantasma que se eleva en el
aire cubriendo sus huesos amarillos con un sudario, sobre el que se cree ver
dibujadas sus formas angulosas? Pues una alucinación de ese géne[p. 64]ro
experimenté yo al mirar adelantarse hacia la reja, como desasiéndose del fondo
tenebroso del coro, aquella figura blanca, alta y ligerísima.
El rostro no se lo podía ver. Vino á colocarse
perfectamente delante de las velas que alumbraban el crucifijo; y su
resplandor, formando como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacía
resaltar por oscuro bañándola en una dudosa sombra.
Reinó un profundo silencio; todos los ojos se
fijaron en ella, y comenzó la última parte de la ceremonia.
La abadesa, murmurando algunas palabras
ininteligibles, palabras que á su vez repetían los sacerdotes con voz sorda y
profunda, le arrancó de las sienes la corona de flores que las ceñía y la
arrojó lejos de sí... ¡Pobres flores! Eran las últimas que había de ponerse
aquella mujer, hermana de las flores como todas las mujeres.
Después la despojó del velo, y su rubia cabellera
se derramó como una cascada de oro sobre sus espaldas y sus hombros, que sólo
pudo cubrir un instante, porque en seguida comenzó á percibirse en mitad del
profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido metálico y agudo
que crispaba los nervios, y la magnífica cabellera se desprendió de la frente
que sombreaba, y rodaron por su seno y cayeron al suelo después aquellos rizos
que el aire perfumado habría besado tantas veces...
La abadesa tornó á murmurar las ininteligibles
palabras; los sacerdotes las repitieron, y todo quedó de nuevo en silencio en
la iglesia. Sólo de cuando en cuando se oían á lo lejos como unos quejidos
largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellándose en los ángulos de
las almenas y los torreones, y estremecía al pasar los vidrios de color de las
ojivas.
Ella estaba inmóvil, inmóvil y pálida como una
virgen de piedra arrancada del nicho de un claustro gótico.
Y la despojaron de las joyas que le cubrían los
bra[p. 65]zos y la garganta, y la desnudaron, por último, de su traje nupcial,
aquel traje que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con mano
trémula de emoción y cariño...
El esposo místico aguardaba á la esposa. ¿Dónde?
Más allá de la muerte; abriendo sin duda la losa del sepulcro y llamándola á
traspasarlo, como traspasa la esposa tímida el umbral del santuario de los
amores nupciales, porque ella cayó al suelo desplomada como un cadáver. Las
religiosas arrojaron como si fuese tierra sobre su cuerpo puñados de flores,
entonando una salmodia tristísima; se alzó un murmullo de entre la multitud, y
los sacerdotes con sus voces profundas y huecas comenzaron el oficio de difuntos,
acompañados de esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo
temor que inspiran de por sí las terribles palabras que pronuncian.
¡De profundis clamavi ad te! decían las religiosas desde el fondo del coro
con voces plañideras y dolientes.
¡Dies iræ, dies illa! le contestaban los sacerdotes con eco atronador y profundo, y en
tanto las campanas tañían lentamente tocando á muerto, y de campanada á
campanada se oía vibrar el bronce con un zumbido extraño y lúgubre.
Yo estaba conmovido; no, conmovido no, aterrado.
Creía presenciar una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo
preciso para mi vida, y que á mi alrededor se formaba el vacío; pensaba que
acababa de perder algo, como un padre, una madre ó una mujer querida, y sentía
ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa, desconsuelo sin
nombre, que no se puede pintar, y que sólo pueden concebir los que lo han
sentido...
Aún estaba clavado en aquel lugar con los ojos
extraviados, tembloroso y fuera de mí, cuando la nueva religiosa se incorporó
del suelo. La abadesa la vistió el hábito, las monjas tomaron en sus manos
velas encen[p. 66]didas, y formando dos largas hileras, la condujeron como en
procesión hacia el fondo del coro.
Allí, entre las sombras, vi brillar un rayo de luz;
era la puerta claustral que se había abierto. Al poner el pie en su dintel, la
religiosa se volvió por la vez última hacia el altar. El resplandor de todas
las luces la iluminó de pronto, y pude verla el rostro. Al mirarlo, tuve que
ahogar un grito. Yo conocía á aquella mujer; no la había visto nunca, pero la
conocía de haberla contemplado en sueños; era uno de esos seres que adivina el
alma ó los recuerda acaso de otro mundo mejor, del que al descender á éste,
algunos no pierden del todo la memoria.
Di dos pasos adelante; quise llamarla, quise
gritar, no sé, me acometió como un vértigo, pero en aquel instante la puerta
claustral se cerró... para siempre. Se agitaron las campanillas, los sacerdotes
alzaron un ¡Hosanna! subieron por el aire nubes de incienso,
el órgano arrojó un torrente de atronadora armonía por cien bocas de metal, y
las campanas de la torre comenzaron á repicar, volteando con una furia
espantosa.
Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los
cabellos. Volví los ojos á mi alrededor buscando á los padres, á la familia,
huérfanos de aquella mujer. No encontré á nadie.
—Tal vez era sola en el mundo—dije; y no pude
contener una lágrima.
—¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te
ha dado en el mundo!—exclamó al mismo tiempo una vieja que estaba á mi lado, y
sollozaba y gemía agarrada á la reja.
—¿La conoce usted?—le pregunté.
—¡Pobrecita! Sí, la conocía. Y la he visto nacer y
se ha criado en mis brazos.
—¿Y por qué profesa?
—Porque se vió sola en el mundo. Su padre y su
madre murieron en el mismo día del cólera, hace poco más de un año. Al verla
huérfana y desvalida, el se[p. 67]ñor deán la dió el dote para que profesase; y
ya veis... ¿qué había de hacer?
—¿Y quién era ella?
—Hija del administrador del conde de C... al cual
serví yo hasta su muerte.
—¿Dónde vivía?
Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener
una exclamación de sorpresa.
Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende
rápido como la idea y brilla en la oscuridad y la confusión de la mente, y
reune los puntos más distantes; los relaciona entre sí de un modo maravilloso,
ató mis vagos recuerdos, y todo lo comprendí ó creí comprenderlo.
. . . . . . .
Esta fecha que no tiene nombre, no la escribí en
ninguna parte... Digo mal; la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo
la puede leer, y de donde no se borrará nunca.
Algunas veces recordando estos sucesos, hoy mismo
al consignarlos aquí, me he preguntado:
—Algún día en esa hora misteriosa del crepúsculo,
cuando el suspiro de la brisa de primavera, tibio y cargado de aromas, penetra
hasta en el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga
de recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro gótico, la
mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de una ojiva, ¿habrá
exhalado un suspiro alguna mujer al cruzar su imaginación la memoria de estas
fechas?
¡Quién sabe!
¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro?
[p. 69]
LA CORZA BLANCA
I
n un pequeño lugar de Aragón, y allá por los
años de mil trescientos y pico, vivía retirado en su torre señorial un famoso
caballero llamado don Dionís, el cual, después de haber servido á su rey en la
guerra contra infieles, descansaba á la sazón, entregado al alegre ejercicio de
la caza, de las rudas fatigas de los combates.
Aconteció una vez á este caballero, hallándose en
su favorita diversión acompañado de su hija, cuya belleza singular y
extraordinaria blancura le habían granjeado el sobrenombre de la Azucena, que
como se les entrase á más andar el día engolfados en perseguir á una res en el
monte de su feudo, tuvo que acogerse, durante las horas de la siesta, á una
cañada por donde corría un riachuelo, saltando de roca en roca con un ruido
manso y agradable.
Haría cosa de unas dos horas que don Dionís se
encontraba en aquel delicioso lugar, recostado sobre la menuda grama á la
sombra de una chopera, departiendo amigablemente con sus monteros sobre las
peripecias del día, y refiriéndose unos á otros las aventuras más ó menos
curiosas que en su vida de cazadores les habían acontecido, cuando por lo alto
de la más empinada ladera y á través de los alternados murmullos[p.
70] del viento que agitaba las hojas de los árboles, comenzó á percibirse,
cada vez más cerca, el sonido de una esquililla semejante á la del guión de un
rebaño.
En efecto, era así, pues á poco de haberse oído la
esquililla, empezaron á saltar por entre las apiñadas matas de cantueso y
tomillo, y á descender á la orilla opuesta del riachuelo, hasta unos cien
corderos, blancos como la nieve, detrás de los cuales, con su caperuza calada
para libertarse la cabeza de los perpendiculares rayos del sol, y su hatillo al
hombro en la punta de un palo, apareció el zagal que los conducía.
—A propósito de aventuras extraordinarias—exclamó
al verle uno de los monteros de don Dionís, dirigiéndose á su señor:—ahí tenéis
á Esteban el zagal, que de algún tiempo á esta parte anda más tonto que lo que
naturalmente lo hizo Dios, que no es poco, y el cual puede haceros pasar un
rato divertido refiriendo la causa de sus continuos sustos.
—¿Pues qué le acontece á ese pobre diablo?—exclamó
don Dionís con aire de curiosidad picada.
—¡Friolera!—añadió el montero en tono de zumba:—es
el caso, que sin haber nacido en Viernes Santo, ni estar señalado con la cruz,
ni hallarse en relaciones con el demonio, á lo que se puede colegir de sus
hábitos de cristiano viejo, se encuentra sin saber cómo ni por dónde, dotado de
la facultad más maravillosa que ha poseído hombre alguno, á no ser Salomón, de
quien se dice que sabía hasta el lenguaje de los pájaros.
—¿Y á qué se refiere esa facultad maravillosa?
—Se refiere—prosiguió el montero—á que, según él
afirma, y lo jura y perjura por todo lo más sagrado del mundo, los ciervos que
discurren por estos montes se han dado de ojo para no dejarle en paz, siendo lo
más gracioso del caso, que en más de una ocasión les ha sorprendido concertando
entre sí las burlas que han de hacerle, y después que estas burlas se han
llevado á término, ha oído las ruidosas carcajadas con que las celebran.
[p. 71]Mientras esto decía el montero, Constanza,
que así se llamaba la hermosa hija de don Dionís, se había aproximado al grupo
de los cazadores, y como demostrase su curiosidad por conocer la extraordinaria
historia de Esteban, uno de estos se adelantó hasta el sitio en donde el zagal
daba de beber á su ganado, y le condujo á presencia de su señor, que para
disipar la turbación y el visible encogimiento del pobre mozo, se apresuró á
saludarle por su nombre, acompañando el saludo con una bondadosa sonrisa.
Era Esteban un muchacho de diecinueve á veinte
años, fornido, con la cabeza pequeña y hundida entre los hombros, los ojos
pequeños y azules, la mirada incierta y torpe como la de los albinos, la nariz
roma, los labios gruesos y entreabiertos, la frente calzada, la tez blanca pero
ennegrecida por el sol, y el cabello, que le caía parte sobre los ojos y parte
alrededor de la cara, en guedejas ásperas y rojas semejantes á las crines de un
rocín colorado.
Esto, sobre poco más ó menos, era Esteban en cuanto
al físico; respecto á su moral, podía asegurarse sin temor de ser desmentido ni
por él ni por ninguna de las personas que le conocían, que era perfectamente
simple, aunque un tanto suspicaz y malicioso como buen rústico.
Una vez el zagal repuesto de su turbación, le
dirigió de nuevo la palabra don Dionís, y con el tono más serio del mundo, y
fingiendo un extraordinario interés por conocer los detalles del suceso á que
su montero se había referido, le hizo una multitud de preguntas, á las que
Esteban comenzó á contestar de una manera evasiva, como deseando evitar
explicaciones sobre el asunto.
Estrechado, sin embargo, por las interrogaciones de
su señor y por los ruegos de Constanza, que parecía la más curiosa é interesada
en que el pastor refiriese sus estupendas aventuras, decidióse éste á hablar,
mas no sin que antes dirigiese á su alrededor una mirada[p. 72] de
desconfianza, como temiendo ser oído por otras personas que las que allí
estaban presentes, y de rascarse tres ó cuatro veces la cabeza tratando de
reunir sus recuerdos ó hilvanar su discurso, que al fin comenzó de esta manera:
—Es el caso, señor, que según me dijo un preste de
Tarazona, al que acudí no ha mucho para consultar mis dudas, con el diablo no
sirven juegos, sino punto en boca, buenas y muchas oraciones á San Bartolomé,
que es quien le conoce las cosquillas, y dejarle andar; que Dios, que es justo
y está allá arriba, proveerá á todo.
Firme en esta idea, había decidido no volver á
decir palabra sobre el asunto á nadie, ni por nada; pero lo haré hoy por
satisfacer vuestra curiosidad, y á fe á fe que después de todo, si el diablo me
lo toma en cuenta y torna á molestarme en castigo de mi indiscreción, buenos
Evangelios llevo cosidos á la pellica, y con su ayuda creo que, como otras
veces, no me será inútil el garrote.
—Pero, vamos—exclamó don Dionís, impaciente al
escuchar las digresiones del zagal, que amenazaba no concluir nunca;—déjate de
rodeos y ve derecho al asunto.
—A él voy—contestó con calma Esteban, que después
de dar una gran voz acompañada de un silbido para que se agruparan los
corderos, que no perdía de vista y comenzaban á desparramarse por el monte,
tornó á rascarse la cabeza y prosiguió así:
—Por una parte vuestras continuas excursiones, y
por otra el dale que le das de los cazadores furtivos, que ya con trampa ó con
ballesta no dejan res á vida en veinte jornadas al contorno, habían no hace
mucho agotado la caza en estos montes, hasta el extremo de no encontrarse un
venado en ellos ni por un ojo de la cara.
Hablaba yo de esto mismo en el lugar, sentado en el
porche de la iglesia, donde después de acabada la misa del domingo solía
reunirme con algunos peones[p. 73] de los que labran la tierra de Veratón,
cuando algunos de ellos me dijeron:
—Pues, hombre, no sé en qué consista el que tú no
los topes, pues de nosotros podemos asegurarte que no bajamos una vez á las
hazas que no nos encontremos rastro, y hace tres ó cuatro días, sin ir más
lejos, una manada, que á juzgar por las huellas debía de componerse de más de
veinte, le segaron antes de tiempo una pieza de trigo al santero de la Virgen
del Romeral.
—¿Y hacia qué sitio seguía el rastro?—pregunté á
los peones, con ánimo de ver si topaba con la tropa.
—Hacia la cañada de los cantuesos—me contestaron.
No eché en saco roto la advertencia, y aquella
noche misma fuí á apostarme entre los chopos. Durante toda ella estuve oyendo
por acá y por allá, tan pronto lejos como cerca, el bramido de los ciervos que
se llamaban unos á otros, y de vez en cuando sentía moverse el ramaje á mis
espaldas; pero por más que me hice todo ojos, la verdad es que no pude
distinguir á ninguno.
No obstante, al romper el día, cuando llevé los
corderos al agua, á la orilla de este río, como obra de dos tiros de honda del
sitio en que nos hallamos, y en una umbría de chopos, donde ni á la hora de
siesta se desliza un rayo de sol, encontré huellas recientes de los ciervos,
algunas ramas desgajadas, la corriente un poco turbia, y lo que es más
particular, entre el rastro de las reses las breves huellas de unos pies
pequeñitos como la mitad de la palma de mi mano, sin ponderación alguna.
Al decir esto, el mozo, instintivamente y al
parecer buscando un punto de comparación, dirigió la vista hacia el pie de
Constanza, que asomaba por debajo del brial, calzado de un precioso chapín de
tafilete amarillo; pero como al par de Esteban bajasen también los ojos don
Dionís y algunos de los monteros que le[p. 74] rodeaban, la hermosa niña
se apresuró á esconderlo, exclamando con el tono más natural del mundo:
—¡Oh, no! por desgracia no los tengo yo tan
pequeñitos, pues de ese tamaño sólo se encuentran en las hadas, cuya historia
nos refieren los trovadores.
—Pues no paró aquí la cosa—continuó el zagal cuando
Constanza hubo concluído;—sino que otra vez, habiéndome colocado en otro
escondite por donde indudablemente habían de pasar los ciervos para dirigirse á
la cañada, allá al filo de la media noche me rindió un poco el sueño, aunque no
tanto que no abriese los ojos en el mismo punto en que creí percibir que las
ramas se movían á mi alrededor. Abrí los ojos, según dejo dicho; me incorporé
con sumo cuidado, y poniendo atención á aquel confuso murmullo que cada vez
sonaba más próximo, oí en las ráfagas del aire, como gritos y cantares
extraños, carcajadas y tres ó cuatro voces distintas que hablaban entre sí, con
un ruido y algarabía semejante al de las muchachas del lugar, cuando riendo y
bromeando por el camino, vuelven en bandadas de la fuente con sus cántaros en
la cabeza.
Según colegía de la proximidad de las voces y del
cercano chasquido de las ramas que crujían al romperse para dar paso á aquella
turba de locuelas, iban á salir de la espesura á un pequeño rellano que formaba
el monte en el sitio donde yo estaba oculto, cuando enteramente á mis espaldas,
tan cerca ó más que me encuentro de vosotros, oí una nueva voz fresca, delgada
y vibrante, que dijo... creedlo, señores, esto es tan seguro como que me he de
morir... dijo... claro y distintamente estas propias palabras:
¡Por aquí, por aquí, compañeras,
que está ahí el bruto de Esteban!
Al llegar á este punto de la relación del zagal,
los circunstantes no pudieron ya contener por más tiempo la risa, que hacía
largo rato les retozaba en los ojos,[p. 75] y dando rienda á su buen
humor, prorrumpieron en una carcajada estrepitosa. De los primeros en comenzar
á reir y de los últimos en dejarlo, fueron don Dionís, que á pesar de su
fingida circunspección no pudo por menos de tomar parte en el general regocijo,
y su hija Constanza, la cual cada vez que miraba á Esteban todo suspenso y confuso,
tornaba á reirse como una loca hasta el punto de saltarle las lágrimas á los
ojos.
El zagal, por su parte, aunque sin atender al
efecto que su narración había producido, parecía todo turbado é inquieto; y
mientras los señores reían á sabor de sus inocentadas, él tornaba la vista á un
lado y á otro con visibles muestras de temor y como queriendo descubrir algo á
través de los cruzados troncos de los árboles.
—¿Qué es eso, Esteban, qué te sucede?—le preguntó
uno de los monteros notando la creciente inquietud del pobre mozo, que ya
fijaba sus espantadas pupilas en la hija risueña de don Dionís, ya las volvía á
su alrededor con una expresión asombrada y estúpida.
—Me sucede una cosa muy extraña—exclamó
Esteban.—Cuando después de escuchar las palabras que dejo referidas, me
incorporé con prontitud para sorprender á la persona que las había pronunciado,
una corza blanca como la nieve salió de entre las mismas matas en donde yo
estaba oculto, y dando unos saltos enormes por cima de los carrascales y los
lentiscos, se alejó seguida de una tropa de corzas de su color natural, y así
éstas como la blanca que las iba guiando, no arrojaban bramidos al huir, sino
que se reían con unas carcajadas, cuyo eco juraría que aún me está sonando en
los oídos en este momento.
—¡Bah!... ¡bah!... Esteban—exclamó don Dionís con
aire burlón,—sigue los consejos del preste de Tarazona; no hables de tus
encuentros con los corzos amigos de burlas, no sea que haga el diablo que al
fin pierdas el poco juicio que tienes; y pues ya estás[p. 76] provisto de
los Evangelios y sabes las oraciones de San Bartolomé, vuélvete á tus corderos,
que comienzan á desbandarse por la cañada. Si los espíritus malignos tornan á
incomodarte, ya sabes el remedio: Pater nóster y garrotazo.
El zagal, después de guardarse en el zurrón un
medio pan blanco y un trozo de carne de jabalí, y en el estómago un valiente
trago de vino que le dió por orden de su señor uno de los palafreneros,
despidióse de don Dionís y su hija, y apenas anduvo cuatro pasos, comenzó á
voltear la honda para reunir á pedradas los corderos.
Como á esta sazón notase don Dionís que entre unas
y otras las horas del calor eran ya pasadas y el vientecillo de la tarde
comenzaba á mover las hojas de los chopos y á refrescar los campos, dió orden á
su comitiva para que aderezasen las caballerías que andaban paciendo sueltas
por el inmediato soto; y cuando todo estuvo á punto, hizo seña á los unos para
que soltasen las traíllas, y á los otros para que tocasen las trompas, y
saliendo en tropel de la chopera, prosiguió adelante la interrumpida caza.
II
Entre los monteros de don Dionís había uno llamado
Garcés, hijo de un antiguo servidor de la familia, y por tanto el más querido
de sus señores.
Garcés tenía poco más ó menos la edad de Constanza,
y desde muy niño habíase acostumbrado á prevenir el menor de sus deseos, y á
adivinar y satisfacer el más leve de sus antojos.
Por su mano se entretenía en afilar en los ratos de
ocio las agudas saetas de su ballesta de marfil; él domaba los potros que había
de montar su señora; él ejercitaba en los ardides de la caza á sus lebreles
favoritos y amaestraba á sus halcones, á los cuales[p. 77] compraba en las
ferias de Castilla caperuzas rojas bordadas de oro.
Para con los otros monteros, los pajes y la gente
menuda del servicio de don Dionís, la exquisita solicitud de Garcés y el
aprecio con que sus señores le distinguían, habíanle valido una especie de
general animadversión, y al decir de los envidiosos, en todos aquellos cuidados
con que se adelantaba á prevenir los caprichos de su señora revelábase su
carácter adulador y rastrero. No faltaban, sin embargo, algunos que, más
avisados ó maliciosos, creyeron sorprender en la asiduidad del solícito mancebo
algunas señales de mal disimulado amor.
Si en efecto era así, el oculto cariño de Garcés
tenía más que sobrada disculpa en la incomparable hermosura de Constanza.
Hubiérase necesitado un pecho de roca y un corazón de hielo para permanecer
impasible un día y otro al lado de aquella mujer singular por su belleza y sus
raros atractivos.
La Azucena del Moncayo llamábanla
en veinte leguas á la redonda, y bien merecía este sobrenombre, porque era tan
airosa, tan blanca y tan rubia, que como á las azucenas, parecía que Dios la
había hecho de nieve y oro.
Y sin embargo, entre los señores comarcanos
murmurábase que la hermosa castellana de Veratón no era tan limpia de sangre
como bella, y que á pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro, había
tenido por madre una gitana. Lo de cierto que pudiera haber en estas
murmuraciones nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que don Dionís
tuvo una vida bastante azarosa en su juventud, y después de combatir largo
tiempo bajo la conducta del monarca aragonés, del cual recabó entre otras
mercedes el feudo del Moncayo, marchóse á Palestina, en donde anduvo errante
algunos años, para volver por último á encerrarse en su castillo de Veratón,
con una hija pequeña, nacida sin duda en aquellos países remotos.[p.
78] El único que hubiera podido decir algo acerca del misterioso origen de
Constanza, pues acompañó á don Dionís en sus lejanas peregrinaciones, era el
padre de Garcés, y éste había ya muerto hacía bastante tiempo, sin decir una
sola palabra sobre el asunto ni á su propio hijo, que varias veces y con
muestras de grande interés se lo había preguntado.
El carácter, tan pronto retraído y melancólico como
bullicioso y alegre de Constanza, la extraña exaltación de sus ideas, sus
extravagantes caprichos, sus nunca vistas costumbres, hasta la particularidad
de tener los ojos y las cejas negras como la noche, siendo blanca y rubia como
el oro, habían contribuído á dar pábulo á las hablillas de sus convecinos, y
aun el mismo Garcés, que tan íntimamente la trataba, había llegado á
persuadirse que su señora era algo especial y no se parecía á las demás mujeres.
Presente á la relación de Esteban, como los otros
monteros, Garcés fué acaso el único que oyó con verdadera curiosidad los
pormenores de su increíble aventura, y si bien no pudo menos de sonreir cuando
el zagal repitió las palabras de la corza blanca, desde que abandonó el soto en
que habían sesteado comenzó á revolver en su mente las más absurdas
imaginaciones.
—No cabe duda que todo eso del hablar las corzas es
pura aprensión de Esteban, que es un completo mentecato—decía entre sí el joven
montero, mientras que jinete en un poderoso alazán, seguía paso á paso el
palafrén de Constanza, la cual también parecía mostrarse un tanto distraída y
silenciosa, y retirada del tropel de los cazadores, apenas tomaba parte en la
fiesta.—¿Pero quién dice que en lo que refiere ese simple no existirá algo de
verdad?—prosiguió pensando el mancebo.—Cosas más extrañas hemos visto en el
mundo, y una corza blanca bien puede haberla, puesto que si se ha de dar
crédito á las cantigas del país, San Huberto, patrón de los cazadores, tenía
una.[p. 79] ¡Oh, si yo pudiese coger viva una corza blanca para
ofrecérsela á mi señora!
Así pensando y discurriendo pasó Garcés la tarde, y
cuando ya el sol comenzó á esconderse por detrás de las vecinas lomas y don
Dionís mandó volver grupas á su gente para tornar al castillo, separóse sin ser
notado de la comitiva y echó en busca del zagal por lo más espeso é intrincado
del monte.
La noche había cerrado casi por completo cuando don
Dionís llegaba á las puertas de su castillo. Acto continuo dispusiéronle una
frugal colación, y sentóse con su hija á la mesa.
—Y Garcés ¿dónde está?—preguntó Constanza, notando
que su montero no se encontraba allí para servirla como tenía de costumbre.
—No sabemos—se apresuraron á contestar los otros
servidores;—desapareció de entre nosotros cerca de la cañada, y esta es la hora
en que todavía no le hemos visto.
En este punto llegó Garcés todo sofocado, cubierta
aún de sudor la frente, pero con la cara más regocijada y satisfecha que
pudiera imaginarse.
—Perdonadme, señora—exclamó, dirigiéndose á
Constanza;—perdonadme si he faltado un momento á mi obligación; pero allá de
donde vengo á todo el correr de mi caballo, como aquí, sólo me ocupaba en
serviros.
—¿En servirme?—repitió Constanza;—no comprendo lo
que quieres decir.
—Sí, señora; en serviros—repitió el joven,—pues he
averiguado que es verdad que la corza blanca existe. A más de Esteban, lo dan
por seguro otros varios pastores, que juran haberla visto más de una vez, y con
ayuda de los cuales espero en Dios y en mi patrón San Huberto que antes de tres
días, viva ó muerta, os la traeré al castillo.
—¡Bah!... ¡Bah!...—exclamó Constanza con aire de
zumba, mientras hacían coro á sus palabras las risas[p. 80] más ó menos
disimuladas de los circunstantes;—déjate de cacerías nocturnas y de corzas
blancas: mira que el diablo ha dado en la flor de tentar á los simples, y si te
empeñas en andarle á los talones, va á dar que reir contigo como con el pobre
Esteban.
—Señora—interrumpió Garcés con voz entrecortada y
disimulando en lo posible la cólera que le producía el burlón regocijo de sus
compañeros,—yo no me he visto nunca con el diablo, y por consiguiente no sé
todavía cómo las gasta; pero conmigo os juro que todo podrá hacer menos dar que
reir, porque el uso de ese privilegio sólo en vos sé tolerarlo.
Constanza conoció el efecto que su burla había
producido en el enamorado joven; pero deseando apurar su paciencia hasta lo
último, tornó á decir en el mismo tono:
—¿Y si al dispararle te saluda con alguna risa del
género de la que oyó Esteban, ó se te ríe en la nariz, y al escuchar sus
sobrenaturales carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes de
reponerte del susto ya ha desaparecido la corza blanca más ligera que un
relámpago?
—¡Oh!—exclamó Garcés,—en cuanto á eso, estad segura
que como yo la topase á tiro de ballesta, aunque me hiciese más momos que un
juglar, aunque me hablara, no ya en romance, sino en latín como el abad de
Munilla, no se iba sin un arpón en el cuerpo.
En este punto del diálogo, terció don Dionís, y con
una desesperante gravedad á través de la que se adivinaba toda la ironía de sus
palabras, comenzó á darle al ya asendereado mozo los consejos más originales
del mundo, para el caso de que se encontrase de manos á boca con el demonio
convertido en corza blanca. A cada nueva ocurrencia de su padre, Constanza
fijaba sus ojos en el atribulado Garcés y rompía á reir como una loca, en tanto
que los otros servidores esforzaban las burlas con sus miradas de inteligencia
y su mal encubierto gozo.
[p. 81]Mientras duró la colación prolongóse esta
escena, en que la credulidad del joven montero fué, por decirlo así, el tema
obligado del general regocijo; de modo que cuando se levantaron los paños, y
don Dionís y Constanza se retiraron á sus habitaciones, y toda la gente del
castillo se entregó al reposo, Garcés permaneció un largo espacio de tiempo
irresoluto, dudando si á pesar de las burlas de sus señores, proseguiría firme
en su propósito, ó desistiría completamente de la empresa.
—¡Qué diantre!—exclamó saliendo del estado de
incertidumbre en que se encontraba:—mayor mal del que me ha sucedido no puede
sucederme, y si por el contrario es verdad lo que nos ha contado Esteban...
¡oh, entonces, cómo he de saborear mi triunfo!
Esto diciendo, armó su ballesta, no sin haberle
hecho antes la señal de la cruz en la punta de la vira, y colocándosela á la
espalda se dirigió á la poterna del castillo para tomar la vereda del monte.
Cuando Garcés llegó á la cañada y al punto en que,
según las instrucciones de Esteban, debía aguardar la aparición de las corzas,
la luna comenzaba á remontarse con lentitud por detrás de los cercanos montes.
A fuer de buen cazador y práctico en el oficio,
antes de elegir un punto á propósito para colocarse al acecho de las reses,
anduvo un gran rato de acá para allá examinando las trochas y las veredas
vecinas, la disposición de los árboles, los accidentes del terreno, las curvas
del río y la profundidad de sus aguas.
Por último, después de terminar este minucioso
reconocimiento del lugar en que se encontraba, agazapóse en un ribazo junto á
unos chopos de copas elevadas y oscuras, á cuyo pie crecían unas matas de
lentisco, altas lo bastante para ocultar á un hombre echado en tierra.
El río, que desde las musgosas rocas donde tenía[p.
82] su nacimiento venía, siguiendo las sinuosidades del Moncayo, á entrar
en la cañada por una vertiente, deslizábase desde allí bañando el pie de los
sauces que sombreaban su orilla, ó jugueteando con alegre murmullo entre las
piedras rodadas del monte, hasta caer en una hondura próxima al lugar que
servía de escondrijo al montero.
Los álamos, cuyas plateadas hojas movía el aire con
un rumor dulcísimo, los sauces que inclinados sobre la limpia corriente
humedecían en ella las puntas de sus desmayadas ramas, y los apretados
carrascales por cuyos troncos subían y se enredaban las madreselvas y las
campanillas azules, formaban un espeso muro de follaje alrededor del remanso
del río.
El viento, agitando los frondosos pabellones de
verdura que derramaban en torno su flotante sombra, dejaba penetrar á
intervalos un furtivo rayo de luz, que brillaba como un relámpago de plata
sobre la superficie de las aguas inmóviles y profundas.
Oculto tras los matojos, con el oído atento al más
leve rumor y la vista clavada en el punto en donde según sus cálculos debían
aparecer las corzas, Garcés esperó inútilmente un gran espacio de tiempo.
Todo permanecía á su alrededor sumido en una
profunda calma.
Poco á poco, y bien fuese que el peso de la noche,
que ya había pasado de la mitad, comenzara á dejarse sentir, bien que el lejano
murmullo del agua, el penetrante aroma de las flores silvestres y las caricias
del viento comunicasen á sus sentidos el dulce sopor en que parecía estar
impregnada la naturaleza toda, el enamorado mozo que hasta aquel punto había
estado entretenido revolviendo en su mente las más halagüeñas imaginaciones,
comenzó á sentir que sus ideas se elaboraban con más lentitud y sus pensamientos
tomaban formas más leves é indecisas.
Después de mecerse un instante en ese vago espacio
que media entre la vigilia y el sueño, entornó al[p. 83] fin los ojos,
dejó escapar la ballesta de sus manos y se quedó profundamente dormido.
. . . . . . .
Cosa de dos horas ó tres haría ya que el joven
montero roncaba á pierna suelta, disfrutando á todo sabor de uno de los sueños
más apacibles de su vida, cuando de repente entreabrió los ojos sobresaltado, é
incorporóse á medias lleno aún de ese estupor del que se vuelve en sí de
improviso después de un sueño profundo.
En las ráfagas del aire y confundido con los leves
rumores de la noche, creyó percibir un extraño rumor de voces delgadas, dulces
y misteriosas que hablaban entre sí, reían ó cantaban cada cual por su parte y
una cosa diferente, formando una algarabía tan ruidosa y confusa como la de los
pájaros que despiertan al primer rayo del sol entre las frondas de una alameda.
Este extraño rumor sólo se dejó oir un instante, y
después todo volvió á quedar en silencio.
—Sin duda soñaba con las majaderías que nos refirió
el zagal—exclamó Garcés restregándose los ojos con mucha calma, y en la firme
persuasión de que cuanto había creído oir no era más que esa vaga huella del
ensueño que queda, al despertar, en la imaginación, como queda en el oído la
última cadencia de una melodía después que ha expirado temblando la última
nota. Y dominado por la invencible languidez que embargaba sus miembros, iba á
reclinar de nuevo la cabeza sobre el césped, cuando tornó á oir el eco distante
de aquellas misteriosas voces, que acompañándose del rumor del aire, del agua y
de las hojas cantaban así:
CORO
«El arquero que velaba en lo alto de la torre ha
reclinado su pesada cabeza en el muro.
[p. 84]
»Al cazador furtivo que esperaba sorprender la res,
lo ha sorprendido el sueño.
»El pastor que aguarda el día consultando las
estrellas, duerme ahora y dormirá hasta el amanecer.
»Reina de las ondinas, sigue nuestros pasos.
»Ven á mecerte en las ramas de los sauces sobre el
haz del agua.
»Ven á embriagarte con el perfume de las violetas
que se abren entre las sombras.
»Ven á gozar de la noche, que es el día de los
espíritus.»
Mientras flotaban en el aire las suaves notas de
aquella deliciosa música, Garcés se mantuvo inmóvil. Después que se hubo
desvanecido, con mucha precaución apartó un poco las ramas, y no sin
experimentar algún sobresalto vió aparecer las corzas que en tropel y salvando
los matorrales con ligereza increíble unas veces, deteniéndose como á escuchar
otras, jugueteando entre sí, ya escondiéndose entre la espesura, ya saliendo
nuevamente á la senda, bajaban del monte con dirección al remanso del río.
Delante de sus compañeras, más ágil, más linda, más
juguetona y alegre que todas, saltando, corriendo, parándose y tornando á
correr, de modo que parecía no tocar el suelo con los pies, iba la corza
blanca, cuyo extraño color destacaba como una fantástica luz sobre el oscuro
fondo de los árboles.
Aunque el joven se sentía dispuesto á ver en cuanto
le rodeaba algo de sobrenatural y maravilloso, la verdad del caso era, que
prescindiendo de la momentánea alucinación que turbó un instante sus sentidos,
fingiéndole músicas, rumores y palabras, ni en la forma de las corzas ni en sus
movimientos, ni en los cortos bramidos con que parecían llamarse, había nada
con que no debiese estar ya muy familiarizado un ca[p. 85]zador práctico en
esta clase de expediciones nocturnas.
A medida que desechaba la primera impresión, Garcés
comenzó á comprenderlo así, y riéndose interiormente de su incredulidad y su
miedo, desde aquel instante sólo se ocupó en averiguar, teniendo en cuenta la
dirección que seguían, el punto donde se hallaban las corzas.
Hecho el cálculo, cogió la ballesta entre los
dientes, y arrastrándose como una culebra por detrás de los lentiscos, fué á
situarse obra de unos cuarenta pasos más lejos del lugar en que antes se
encontraba. Una vez acomodado en su nuevo escondite, esperó el tiempo
suficiente para que las corzas estuvieran ya dentro del río, á fin de hacer el
tiro más seguro. Apenas empezó á escucharse ese ruido particular que produce el
agua que se bate á golpes ó se agita con violencia, Garcés comenzó á levantarse
poquito á poco y con las mayores precauciones, apoyándose en la tierra primero
sobre la punta de los dedos, y después con una de las rodillas.
Ya de pie, y cerciorándose á tientas de que el arma
estaba preparada, dió un paso hacia adelante, alargó el cuello por cima de los
arbustos para dominar el remanso, y tendió la ballesta; pero en el mismo punto
en que, á par de la ballesta, tendió la vista buscando el objeto que había de
herir, se escapó de sus labios un imperceptible é involuntario grito de
asombro.
La luna, que había ido remontándose con lentitud
por el ancho horizonte, estaba inmóvil y como suspendida en la mitad del cielo.
Su dulce claridad inundaba el soto, abrillantaba la intranquila superficie del
río y hacía ver los objetos como á través de una gasa azul.
Las corzas habían desaparecido.
En su lugar, lleno de estupor y casi de miedo, vió
Garcés un grupo de bellísimas mujeres, de las cuales, unas entraban en el agua
jugueteando, mientras las otras acababan de despojarse de las ligeras
túnicas[p. 86] que aún ocultaban á la codiciosa vista el tesoro de sus
formas.
En esos ligeros y cortados sueños de la mañana,
ricos en imágenes risueñas y voluptuosas, sueños diáfanos y celestes como la
luz que entonces comienza á transparentarse á través de las blancas cortinas
del lecho, no ha habido nunca imaginación de veinte años que bosquejase con los
colores de la fantasía una escena semejante á la que se ofrecía en aquel punto
á los ojos del atónito Garcés.
Despojadas ya de sus túnicas y sus velos de mil
colores, que destacaban sobre el fondo suspendidos de los árboles ó arrojados
con descuido sobre la alfombra del césped, las muchachas discurrían á su placer
por el soto, formando grupos pintorescos, y entraban y salían en el agua,
haciéndola saltar en chispas luminosas sobre las flores de la margen como una
menuda lluvia de rocío.
Aquí una de ellas, blanca como el vellón de un
cordero, sacaba su cabeza rubia entre las verdes y flotantes hojas de una
planta acuática, de la cual parecía una flor á medio abrir, cuyo flexible tallo
más bien se adivinaba que se veía temblar debajo de los infinitos círculos de
luz de las ondas.
Otra allá, con el cabello suelto sobre los hombros,
mecíase suspendida de la rama de un sauce sobre la corriente del río, y sus
pequeños pies color de rosa, hacían una raya de plata al pasar rozando la tersa
superficie. En tanto que éstas permanecían recostadas aún al borde del agua con
los azules ojos adormidos, aspirando con voluptuosidad el perfume de las flores
y estremeciéndose ligeramente al contacto de la fresca brisa, aquéllas danzaban
en vertiginosa ronda, entrelazando caprichosamente sus manos, dejando caer
atrás la cabeza con delicioso abandono, é hiriendo el suelo con el pie en
alternada cadencia.
Era imposible seguirlas en sus ágiles
movimientos,[p. 87] imposible abarcar con una mirada los infinitos
detalles del cuadro que formaban, unas corriendo, jugando y persiguiéndose con
alegres risas por entre el laberinto de los árboles; otras surcando el agua
como un cisne, y rompiendo la corriente con el levantado seno; otras, en fin,
sumergiéndose en el fondo, donde permanecían largo rato para volver á la
superficie, trayendo una de esas flores extrañas que nacen escondidas en el
lecho de las aguas profundas.
La mirada del atónito montero vagaba absorta de un
lado á otro, sin saber dónde fijarse, hasta que sentado bajo un pabellón de
verdura que parecía servirle de dosel, y rodeado de un grupo de mujeres todas á
cual más bellas, que la ayudaban á despojarse de sus ligerísimas vestiduras,
creyó ver el objeto de sus ocultas adoraciones, la hija del noble don Dionís,
la incomparable Constanza.
Marchando de sorpresa en sorpresa, el enamorado
joven no se atrevía ya á dar crédito ni al testimonio de sus sentidos, y
creíase bajo la influencia de un sueño fascinador y engañoso.
No obstante, pugnaba en vano por persuadirse de que
todo cuanto veía era efecto del desarreglo de su imaginación; porque mientras
más la miraba, y más despacio, más se convencía de que aquella mujer era
Constanza.
No podía caber duda, no: suyos eran aquellos ojos
oscuros y sombreados de largas pestañas, que apenas bastaban á amortiguar la
luz de sus pupilas; suya aquella rubia y abundante cabellera, que después de
coronar su frente, se derramaba por su blanco seno y sus redondas espaldas como
una cascada de oro; suyos, en fin, aquel cuello airoso, que sostenía su
lánguida cabeza, ligeramente inclinada como una flor que se rinde al peso de
las gotas de rocío, y aquellas voluptuosas formas que él había soñado tal vez, y
aquellas manos semejantes á manojos de jazmines, y aquellos pies diminutos,
comparables sólo con dos pedazos de[p. 88] nieve que el sol no ha podido
derretir, y que á la mañana blanquean entre la verdura.
En el momento en que Constanza salió del
bosquecillo, sin velo alguno que ocultase á los ojos de su amante los
escondidos tesoros de su hermosura, sus compañeras comenzaron nuevamente á
cantar estas palabras con una melodía dulcísima:
CORO
«Genios del aire, habitadores del luminoso éter,
venid envueltos en un girón de niebla plateada.
»Silfos invisibles, dejad el cáliz de los
entreabiertos lirios, y venid en vuestros carros de nácar á los que vuelan
uncidas las mariposas.
»Larvas de las fuentes, abandonad el lecho de musgo
y caed sobre nosotras en menuda lluvia de perlas.
»Escarabajos de esmeralda, luciérnagas de fuego,
mariposas negras, ¡venid!
»Y venid vosotros todos, espíritus de la noche,
venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y de oro.
»Venid, que ya el astro protector de los misterios
brilla en la plenitud de su hermosura.
»Venid, que ha llegado el momento de las
transformaciones maravillosas.
»Venid, que las que os aman os esperan
impacientes.»
Garcés, que permanecía inmóvil, sintió al oir
aquellos cantares misteriosos que el áspid de los celos le mordía el corazón, y
obedeciendo á un impulso más poderoso que su voluntad, deseando romper de una
vez el encanto que fascinaba sus sentidos, separó con mano trémula y convulsa
el ramaje que le ocultaba, y de un solo salto se puso en la margen del río.
El[p. 89] encanto se rompió, desvanecióse todo como el humo, y al tender
en torno suyo la vista, no vió ni oyó más que el bullicioso tropel con que las
tímidas corzas, sorprendidas en lo mejor de sus nocturnos juegos, huían
espantadas de su presencia, una por aquí, otra por allá, cuál salvando de un
salto los matorrales, cuál ganando á todo correr la trocha del monte.
—¡Oh! bien dije yo que todas estas cosas no eran
más que fantasmagorías del diablo—exclamó entonces el montero;—pero por fortuna
esta vez ha andado un poco torpe dejándome entre las manos la mejor presa.
Y en efecto, era así: la corza blanca, deseando
escapar por el soto, se había lanzado entre el laberinto de sus árboles, y
enredándose en una red de madreselvas, pugnaba en vano por desasirse. Garcés le
encaró la ballesta; pero en el mismo punto en que iba á herirla, la corza se
volvió hacia el montero, y con voz clara y aguda detuvo su acción con un grito,
diciéndole:—Garcés, ¿qué haces?—El joven vaciló, y después de un instante de
duda, dejó caer al suelo el arma, espantado á la sola idea de haber podido herir
á su amante. Una sonora y estridente carcajada vino á sacarle al fin de su
estupor; la corza blanca había aprovechado aquellos cortos instantes para
acabarse de desenredar y huir ligera como un relámpago, riéndose de la burla
hecha al montero.
—¡Ah! condenado engendro de Satanás—dijo éste con
voz espantosa, recogiendo la ballesta con una rapidez indecible;—pronto has
cantado la victoria, pronto te has creído fuera de mi alcance;—y esto diciendo,
dejó volar la saeta, que partió silbando y fué á perderse en la oscuridad del
soto, en el fondo del cual sonó al mismo tiempo un grito, al que siguieron
después unos gemidos sofocados.
—¡Dios mío!—exclamó Garcés al percibir aquellos
lamentos angustiosos.—¡Dios mío, si será verdad! Y fuera de sí, como loco, sin
darse cuenta apenas de lo que le pasaba, corrió en la dirección en que había
dis[p. 90]parado la saeta, que era la misma en que sonaban los gemidos. Llegó
al fin; pero al llegar, sus cabellos se erizaron de horror, las palabras se
anudaron en su garganta, y tuvo que agarrarse al tronco de un árbol para no
caer á tierra.
Constanza, herida por su mano, expiraba allí á su
vista, revolcándose en su propia sangre, entre las agudas zarzas del monte.
[p. 91]
LA ROSA DE PASIÓN
na tarde de verano, y en un jardín de Toledo,
me refirió esta singular historia una muchacha muy buena y muy bonita.
Mientras me explicaba el misterio de su forma
especial besaba las hojas y los pistilos que iba arrancando uno á uno de la
flor que da su nombre á esta leyenda.
Si yo la pudiera referir con el suave encanto y la
tierna sencillez que tenía en su boca, os conmovería como á mí me conmovió la
historia de la infeliz Sara.
Ya que esto no es posible, ahí va lo que de esa
tradición se me acuerda en este instante.
I
En una de las callejas más oscuras y tortuosas de
la ciudad imperial, empotrada y casi escondida entre la alta torre morisca de
una antigua parroquia muzárabe y los sombríos y blasonados muros de una casa
solariega, tenía hace muchos años su habitación, raquítica, tenebrosa y
miserable como su dueño, un judío llamado Daniel Leví.
Era este judío rencoroso y vengativo como todos los
de su raza, pero más que ninguno engañador é hipócrita.
[p. 92]
Dueño, según los rumores del vulgo, de una inmensa
fortuna, veíasele, no obstante, todo el día acurrucado en el sombrío portal de
su vivienda, componiendo y aderezando cadenillas de metal, cintos viejos ó
guarniciones rotas, con las que traía un gran tráfico entre los truanes del
Zocodover, las revendedoras del Postigo y los escuderos pobres.
Aborrecedor implacable de los cristianos y de
cuanto á ellos pudiera pertenecer, jamás pasó junto á un caballero principal ó
un canónigo de la Primada, sin quitarse una y hasta diez veces el mugriento
bonetillo que cubría su cabeza calva y amarillenta, ni acogió en su tenducho á
uno de sus habituales parroquianos sin agobiarle á fuerza de humildes
salutaciones acompañadas de aduladoras sonrisas.
La sonrisa de Daniel había llegado á hacerse
proverbial en toda Toledo, y su mansedumbre, á prueba de las jugarretas más
pesadas y las burlas y rechiflas de sus vecinos, no conocía límites.
Inútilmente los muchachos, para desesperarle,
tiraban piedras á su tugurio; en vano los pajecillos y hasta los hombres de
armas del próximo palacio pretendían aburrirle con los nombres más injuriosos,
ó las viejas devotas de la feligresía se santiguaban al pasar por el dintel de
su puerta como si viesen al mismo Lucifer en persona. Daniel sonreía
eternamente con una sonrisa extraña é indescriptible. Sus labios delgados y
hundidos se dilataban á la sombra de su nariz desmesurada y corva como el pico
de un aguilucho; y aunque de sus ojos pequeños, verdes, redondos y casi ocultos
entre las espesas cejas, brotaba una chispa de mal reprimida cólera, seguía
impasible golpeando con su martillito de hierro el yunque donde aderezaba las
mil baratijas mohosas y al parecer sin aplicación alguna de que se componía su
tráfico.
Sobre la puerta de la casucha del judío y dentro de
un marco de azulejos de vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de las
antiguas construcciones de[p. 93] los moros toledanos. Alrededor de las
caladas franjas del ajimez, y enredándose por la columnilla de mármol que lo
partía en dos huecos iguales, subía desde el interior de la vivienda una de
esas plantas trepadoras que se mecen verdes y llenas de savia y lozanía sobre
los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos.
En la parte de la casa que recibía una dudosa luz
por los estrechos vanos de aquel ajimez, único abierto en el musgoso y
grieteado paredón de la calleja, habitaba Sara, la hija predilecta de Daniel.
Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante
de la tienda del judío y veían por casualidad á Sara tras de las celosías de su
ajimez morisco y á Daniel acurrucado junto á su yunque, exclamaban en alta voz
admirados de las perfecciones de la hebrea:—¡Parece mentira que tan ruín tronco
haya dado de sí tan hermoso vástago!
Porque, en efecto, Sara era un prodigio de belleza.
Tenía los ojos grandes y rodeados de un sombrío cerco de pestañas negras, en
cuyo fondo brillaba el punto de luz de su ardiente pupila, como una estrella en
el cielo de una noche oscura. Sus labios, encendidos y rojos, parecían
recortados hábilmente de un paño de púrpura por las invisibles manos de una
hada. Su tez era blanca, pálida y transparente como el alabastro de la estatua
de un sepulcro. Contaba apenas diez y seis años, y ya se veía grabada en su rostro
esa dulce tristeza de las inteligencias precoces, y ya hinchaban su seno y se
escapaban de su boca esos suspiros que anuncian el vago despertar del deseo.
Los judíos más poderosos de la ciudad, prendados de
su maravillosa hermosura, la habían solicitado para esposa; pero la hebrea,
insensible á los homenajes de sus adoradores y á los consejos de su padre, que
la instaba para que eligiese un compañero antes de quedar sola en el mundo, se
mantenía encerrada en un profundo silencio, sin dar más razón de su extraña
conducta que el capricho de permanecer libre. Al fin[p. 94] un día,
cansado de sufrir los desdenes de Sara y sospechando que su eterna tristeza era
indicio cierto de que su corazón abrigaba algún secreto importante, uno de sus
adoradores se acercó á Daniel y le dijo:
—¿Sabes, Daniel, que entre nuestros hermanos se
murmura de tu hija?
El judío levantó un instante los ojos de su yunque,
suspendió su continuo martilleo, y sin mostrar la menor emoción, preguntó á su
interpelante:
—¿Y qué dicen de ella?
—Dicen—prosiguió su interlocutor,—dicen... qué sé
yo... muchas cosas... Entre otras, que tu hija está enamorada de un
cristiano... Al llegar á este punto, el desdeñado amante de Sara se detuvo para
ver el efecto que sus palabras hacían en Daniel.
Daniel levantó de nuevo sus ojos, le miró un rato
fijamente sin decir palabra, y bajando otra vez la vista para seguir su
interrumpida tarea, exclamó:
—¿Y quién dice que eso no es una calumnia?
—Quien los ha visto conversar más de una vez en
esta misma calle, mientras tú asistes al oculto sanedrín de nuestros
rabinos—insistió el joven hebreo admirado de que sus sospechas primero y
después sus afirmaciones no hiciesen mella en el ánimo de Daniel.
Éste, sin abandonar su ocupación, fija la mirada en
el yunque, sobre el que después de dejar á un lado el martillo se ocupaba en
bruñir el broche de metal de una guarnición con una pequeña lima, comenzó á
hablar en voz baja y entrecortada, como si maquinalmente fuese repitiendo su
labio las ideas que cruzaban por su mente.
—¡Je! ¡je! ¡je!—decía riéndose de una manera
extraña y diabólica.—¿Conque á mi Sara, al orgullo de la tribu, al báculo en
que se apoya mi vejez, piensa arrebatármela un perro cristiano?... ¿Y vosotros
creéis que lo hará? ¡Je! ¡je!—continuaba siempre hablando para sí y siempre
riéndose, mientras la lima chirriaba[p. 95] cada vez con más fuerza
mordiendo el metal con sus dientes de acero.—¡Je! ¡je! Pobre Daniel, dirán los
míos, ¡ya chochea! ¿Para qué quiere ese viejo moribundo y decrépito esa hija tan
hermosa y tan joven, si no sabe guardarla de los codiciosos ojos de nuestros
enemigos?... ¡Je! ¡je! ¡je! ¿Crees tú por ventura que Daniel duerme? ¿Crees tú
por ventura que si mi hija tiene un amante... que bien puede ser, y ese amante
es cristiano y procura seducirla, y la seduce, que todo es posible, y proyecta
huir con ella, que también es fácil, y huye mañana por ejemplo, lo cual cabe
dentro de lo humano, crees tú que Daniel se dejará así arrebatar su tesoro,
crees tú que no sabrá vengarse?
—Pero—exclamó interrumpiéndole el joven,—¿sabéis
acaso?...
—Sé—dijo Daniel levantándose y dándole un golpecito
en la espalda,—sé más que tú, que nada sabes ni nada sabrías si no hubiese
llegado la hora de decirlo todo... Adiós; avisa á nuestros hermanos para que
cuanto antes se reunan. Esta noche, dentro de una ó dos horas, yo estaré con
ellos. ¡Adiós!
Y esto diciendo, Daniel empujó suavemente á su
interlocutor hacia la calle, recogió sus trebejos muy despacio, y comenzó á
cerrar con dobles cerrojos y aldabas la puerta de la tiendecilla.
El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando
sobre sus premiosos goznes, impidió al que se alejaba oir el rumor de las
celosías del ajimez, que en aquel punto cayeron de golpe, como si la judía
acabara de retirarse de su alféizar.
II
Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de
Toledo, después de haber asistido á las tinieblas en su magnífica catedral,
acababan de entregarse al sueño, ó referían al amor de la lumbre consejas
parecidas á la del Cristo de la Luz, que robado por unos judíos,[p.
96] dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió el crimen, ó la
historia del Santo Niño de la Guarda, en quien los implacables
enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión de Jesús. Reinaba en la ciudad
un silencio profundo, interrumpido á intervalos ya por las lejanas voces de los
guardias nocturnos que en aquella época velaban en derredor del alcázar, ya por
los gemidos del viento que hacía girar las veletas de las torres, ó zumbaba
entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquichuelo
que se mecía amarrado á un poste cerca de los molinos, que parecen como
incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las que se asienta la
ciudad, vió aproximarse á la orilla, bajando trabajosamente por uno de los
estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, á una
persona á quien al parecer aguardaba con impaciencia.
—¡Ella es!—murmuró entre dientes el barquero.—¡No
parece sino que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!...
¿Dónde diantres se tendrán dada cita con Satanás, que todos acuden á mi barca
teniendo tan cerca el puente?... No, no irán á nada bueno, cuando así evitan
toparse de manos á boca con los hombres de armas de San Servando... pero, en
fin, ello es que me dan buenos dineros á ganar, y á su alma su palma, que yo en
nada entro ni salgo.
Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su
barca aparejó los remos, y cuando Sara, que no era otra la persona á quien al
parecer había aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó la
amarra que lo sujetaba y comenzó á bogar en dirección á la orilla opuesta.
—¿Cuántos han pasado esta noche?—preguntó Sara al
barquero apenas se hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose á algo
de que ya habían tratado anteriormente.
—Ni los he podido contar—respondió el interpe[p.
97]lado;—¡un enjambre!... Parece que esta noche será la última que se reunen.
—¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan
la ciudad á estas horas?
—Lo ignoro... pero ello es que aguardan á alguien
que debe de llegar esta noche... Yo no sé para qué le aguardarán, aunque
presumo que para nada bueno.
Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo
algunos instantes sumida en un profundo silencio y como tratando de coordinar
sus ideas.—No hay duda—pensaba entre sí;—mi padre ha sorprendido nuestro amor,
y prepara alguna venganza horrible. Es preciso que yo sepa adónde van, qué
hacen, qué intentan. Un momento de vacilación podría perderle.
Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para
alejar las horribles dudas que la preocupaban se pasó la mano por la frente,
que la angustia había cubierto de un sudor glacial, la barca tocaba á la orilla
opuesta.
—Buen hombre—exclamó la hermosa hebrea arrojando
algunas monedas á su conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que
subía serpenteando por entre las rocas,—¿es ese el camino que siguen?
—Ese es, y cuando llegan á la Cabeza del
Moro, desaparecen por la izquierda. Después el diablo y ellos sabrán adónde
se dirigen—respondió el barquero.
Sara se alejó en la dirección que éste le había
indicado. Durante algunos minutos se la vió aparecer y desaparecer
alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas á
pico; después, y cuando hubo llegado á la cima llamada la Cabeza del
Moro, su negra silueta se dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo,
y por último desapareció entre las sombras de la noche.
[p. 98]III
Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la
pintoresca ermita de la Virgen del Valle, y como á dos tiros de ballesta del
picacho que el vulgo conoce en Toledo por la Cabeza del Moro,
existían aún en aquella época los ruinosos restos de una iglesia bizantina,
anterior á la conquista de los árabes.
En el atrio que dibujaban algunos pedruscos
diseminados por el suelo, crecían zarzales y hierbas parásitas, entre los que
yacían medio ocultos, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar
groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles ó grotescos,
é informes figuras humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros laterales
y algunos arcos rotos y cubiertos de hiedra.
Sara, á quien parecía guiar un sobrenatural
presentimiento, al llegar al punto que le había señalado su conductor, vaciló
algunos instantes, indecisa acerca del camino que debía seguir; pero por
último, se dirigió con paso firme y resuelto hacia las abandonadas ruinas de la
iglesia.
En efecto, su instinto no la había engañado.
Daniel, que ya no sonreía, Daniel, que no era ya el viejo débil y humilde, sino
que antes bien, despidiendo cólera de sus pequeños y redondos ojos parecía
animado del espíritu de la venganza, rodeado de una multitud, como él, ávida de
saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religión, estaba allí y
parecía multiplicarse dando órdenes á los unos, animando en el trabajo á los
otros, disponiendo, en fin, con una horrible solicitud los aprestos necesarios
para la consumación de la espantosa obra que había estado meditando días y días
mientras golpeaba impasible el yunque en su covacha de Toledo.
Sara, que á favor de la oscuridad había logrado[p.
99] llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo
supremo para no arrojar un grito de horror al penetrar en su interior con la
mirada. Al rojizo resplandor de una fogata que proyectaba la forma de aquel
círculo infernal en los muros del templo, había creído ver que algunos hacían
esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz, mientras otros tejían una
corona con las ramas de los zarzales, ó aplastaban sobre una piedra las puntas de
enormes clavos de hierro. Una idea espantosa cruzó por su mente; recordó que á
los de su raza los habían acusado más de una vez de misteriosos crímenes;
recordó vagamente la aterradora historia del Niño Crucificado, que
ella hasta entonces había creído una grosera calumnia, inventada por el vulgo
para apostrofar y zaherir á los hebreos.
Pero ya no le cabía duda alguna: allí, delante de
sus ojos, estaban aquellos horribles instrumentos de martirio, y los feroces
verdugos sólo aguardaban la víctima.
Sara, llena de una santa indignación, rebosando en
generosa ira y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios que su
amante le había revelado, no pudo contenerse á la vista de aquel espectáculo, y
rompiendo por entre la maleza que la ocultaba, presentóse de improviso en el
dintel del templo.
Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de
sorpresa; y Daniel, dando un paso hacia su hija en ademán amenazante, le
preguntó con voz ronca:—¿Qué buscas aquí, desdichada?
—Vengo á arrojar sobre vuestras frentes—dijo Sara
con voz firme y resuelta,—todo el baldón de vuestra infame obra, y vengo á
deciros que en vano esperáis la víctima para el sacrificio, si ya no es que
intentáis cebar en mí vuestra sed de sangre; porque el cristiano á quien
aguardáis no vendrá, porque yo le he prevenido de vuestras asechanzas.
—¡Sara!—exclamó el judío rugiendo de cólera:[p.
100]—Sara, eso no es verdad; tú no puedes habernos hecho traición hasta el
punto de revelar nuestros misteriosos ritos; y si es verdad que los has
revelado, tú no eres mi hija...
—No; ya no lo soy: he encontrado otro padre, un
padre todo amor para los suyos, un padre á quien vosotros enclavasteis en una
afrentosa cruz, y que murió en ella por redimirnos, abriéndonos para una
eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque soy
cristiana y me avergüenzo de mi origen.
Al oir estas palabras, pronunciadas con esa
enérgica entereza que sólo pone el cielo en boca de los mártires, Daniel, ciego
de furor, se arrojó sobre la hermosa hebrea, y derribándola en tierra y
asiéndola por los cabellos, la arrastró como poseído de un espíritu infernal
hasta el pie de la cruz, que parecía abrir sus descarnados brazos para
recibirla, exclamando al dirigirse á los que les rodeaban:
—Ahí os la entrego; haced vosotros justicia de esa
infame, que ha vendido su honra, su religión y á sus hermanos.
IV
Al día siguiente, cuando las campanas de la
catedral atronaban los aires tocando á gloria, y los honrados vecinos de Toledo
se entretenían en tirar ballestazos á los judas de paja, ni más ni menos que
como todavía lo hacen en algunas de nuestras poblaciones, Daniel abrió la
puerta de su tenducho, como tenía de costumbre, y con su eterna sonrisa en los
labios comenzó á saludar á los que pasaban, sin dejar por eso de golpear en el
yunque con su martillito de hierro; pero las celosías del morisco ajimez de Sara
no volvieron á abrirse, ni nadie vió más á la hermosa hebrea recostada en su
alféizar de azulejos de colores.
[p. 101]. . . . . . .
Cuentan que algunos años después un pastor trajo al
Arzobispo una flor hasta entonces nunca vista, en la cual se veían figurados
todos los atributos del martirio del Salvador; flor extraña y misteriosa que
había crecido y enredado sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruída
iglesia.
Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el
origen de aquella maravilla, añaden que se halló el esqueleto de una mujer, y
enterrados con ella otros tantos atributos divinos como la flor tenía.
El cadáver, aunque nunca se pudo averiguar de quién
era, se conservó por largos años con veneración especial en la ermita de San
Pedro el Verde, y la flor, que hoy se ha hecho bastante común, se llama Rosa
de Pasión.
[p. 103]
LA PROMESA
argarita lloraba con el rostro oculto entre
las manos; lloraba sin gemir, pero las lágrimas corrían silenciosas á lo largo
de sus mejillas, deslizándose por entre sus dedos para caer en la tierra hacia
la que había doblado su frente.
Junto á Margarita estaba Pedro, quien levantaba de
cuando en cuando los ojos para mirarla, y viéndola llorar tornaba á bajarlos,
guardando á su vez un silencio profundo.
Y todo callaba alrededor y parecía respetar su
pena. Los rumores del campo se apagaban; el viento de la tarde dormía, y las
sombras comenzaban á envolver los espesos árboles del soto.
Así transcurrieron algunos minutos, durante los
cuales se acabó de borrar el rastro de luz que el sol había dejado al morir en
el horizonte; la luna comenzó á dibujarse vagamente sobre el fondo violado del
cielo del crepúsculo, y unas tras otras fueron apareciendo las mayores
estrellas.
Pedro rompió al fin aquel silencio angustioso,
exclamando con voz sorda y entrecortada y como si hablase consigo mismo:
—¡Es imposible... imposible!
Después, acercándose á la desconsolada niña y to[p.
104]mando una de sus manos, prosiguió con acento más cariñoso y suave:
—Margarita, para ti el amor es todo, y tú no ves
nada más allá del amor. No obstante, hay algo tan respetable como nuestro
cariño, y es mi deber. Nuestro señor el conde de Gómara, parte mañana de su
castillo para reunir su hueste á las del rey Don Fernando, que va á sacar á
Sevilla del poder de los infieles, y yo debo partir con el conde. Huérfano
oscuro, sin nombre y sin familia, á él le debo cuanto soy. Yo le he servido en
el ocio de las paces, he dormido bajo su techo, me he calentado en su hogar y he
comido el pan á su mesa. Si hoy le abandono, mañana sus hombres de armas, al
salir en tropel por las poternas de su castillo, preguntarán maravillados de no
verme:—¿Dónde está el escudero favorito del conde de Gómara? Y mi señor callará
con vergüenza, y sus pajes y sus bufones dirán en son de mofa:—El escudero del
conde no es más que un galán de justas, un lidiador de cortesía.
Al llegar á este punto, Margarita levantó sus ojos
llenos de lágrimas para fijarlos en los de su amante, y removió los labios como
para dirigirle la palabra; pero su voz se ahogó en un sollozo.
Pedro, con acento aún más dulce y persuasivo,
prosiguió así:
—No llores, por Dios, Margarita; no llores, porque
tus lágrimas me hacen daño. Voy á alejarme de ti; mas yo volveré después de
haber conseguido un poco de gloria para mi nombre oscuro...
El cielo nos ayudará en la santa empresa;
conquistaremos á Sevilla, y el rey nos dará feudos en las riberas del
Guadalquivir á los conquistadores. Entonces volveré en tu busca y nos iremos
juntos á habitar en aquel paraíso de los árabes, donde dicen que hasta el cielo
es más limpio y más azul que el de Castilla.
Volveré, te lo juro; volveré á cumplir la palabra
solemnemente empeñada el día en que puse en tus manos ese anillo, símbolo de
una promesa.
[p. 105]—¡Pedro!—exclamó entonces Margarita
dominando su emoción y con voz resuelta y firme:—Vé, vé á mantener tu honra; y
al pronunciar estas palabras, se arrojó por última vez en brazos de su amante.
Después añadió con acento más sordo y conmovido:—Vé á mantener tu honra, pero
vuelve... vuelve á traerme la mía.
Pedro besó la frente de Margarita, desató su
caballo, que estaba sujeto á uno de los árboles del soto, y se alejó al galope
por el fondo de la alameda.
Margarita siguió á Pedro con los ojos hasta que su
sombra se confundió entre la niebla de la noche; y cuando ya no pudo
distinguirle, se volvió lentamente al lugar, donde la aguardaban sus hermanos.
—Ponte tus vestidos de gala—le dijo uno de ellos al
entrar,—que mañana vamos á Gómara con todos los vecinos del pueblo para ver al
conde que se marcha á Andalucía.
—A mí más me entristece que me alegra ver irse á
los que acaso no han de volver—respondió Margarita con un suspiro.
—Sin embargo—insistió el otro hermano,—has de venir
con nosotros y has de venir compuesta y alegre: así no dirán las gentes
murmuradoras que tienes amores en el castillo y que tus amores se van á la
guerra.
II
Apenas rayaba en el cielo la primera luz del alba,
cuando empezó á oirse por todo el campo de Gómara la aguda trompetería de los
soldados del conde, y los campesinos que llegaban en numerosos grupos de los
lugares cercanos vieron desplegarse al viento el pendón señorial en la torre
más alta de la fortaleza.
Unos sentados al borde de los fosos, otros subidos
en las copas de los árboles, éstos vagando por la llanura, aquéllos coronando
las cumbres de las colinas,[p. 106] los de más allá formando un cordón á
lo largo de la calzada, ya haría cerca de una hora que los curiosos esperaban
el espectáculo, no sin que algunos comenzaran á impacientarse, cuando volvió á
sonar de nuevo, el toque de los clarines, rechinaron las cadenas del puente,
que cayó con pausa sobre el foso, y se levantaron los rastrillos, mientras se
abrían de par en par y gimiendo sobre sus goznes las pesadas puertas del arco
que conducía al patio de armas.
La multitud corrió á agolparse en los ribazos del
camino para ver más á su sabor las brillantes armaduras y los lujosos arreos
del séquito del conde de Gómara, célebre en toda la comarca por su esplendidez
y sus riquezas.
Rompieron la marcha los farautes, que deteniéndose
de trecho en trecho, pregonaban en alta voz y á son de caja las cédulas del rey
llamando á sus feudatarios á la guerra de moros, y requiriendo á las villas y
lugares libres para que diesen paso y ayuda á sus huestes.
A los farautes siguieron los heraldos de corte,
ufanos con sus casullas de seda, sus escudos bordados de oro y colores y sus
birretes guarnecidos de plumas vistosas.
Después vino el escudero mayor de la casa, armado
de punta en blanco, caballero sobre un potro morcillo, llevando en sus manos el
pendón de ricohombre con sus motes y sus calderas, y al estribo izquierdo el
ejecutor de las justicias del señorío, vestido de negro y rojo.
Precedían al escudero mayor hasta una veintena de
aquellos famosos trompeteros de la tierra llana, célebres en las crónicas de
nuestros reyes por la increíble fuerza de sus pulmones.
Cuando dejó de herir al viento el agudo clamor de
la formidable trompetería, comenzó á oirse un rumor sordo, compasado y
uniforme. Eran los peones de la mesnada, armados de largas picas y provistos de
sen[p. 107]das adargas de cuero. Tras éstos no tardaron en aparecer los
aparejadores de las máquinas, con sus herramientas y sus torres de palo, las
cuadrillas de escaladores y la gente menuda del servicio de las acémilas.
Luego, envueltos en la nube de polvo que levantaba
el casco de sus caballos, y lanzando chispas de luz de sus petos de hierro,
pasaron los hombres de armas del castillo formados en gruesos pelotones, que
semejaban á lo lejos un bosque de lanzas.
Por último, precedido de los timbaleros que
montaban poderosas mulas con gualdrapas y penachos, rodeado de sus pajes que
vestían ricos trajes de seda y oro y seguido de los escuderos de su casa,
apareció el conde.
Al verle la multitud levantó un clamor inmenso para
saludarle, y entre la confusa vocería se ahogó el grito de una mujer, que en
aquel momento cayó desmayada y como herida de un rayo en los brazos de algunas
personas que acudieron á socorrerla. Era Margarita, Margarita que había
conocido á su misterioso amante en el muy alto y muy temido señor conde de
Gómara, uno de los más nobles y poderosos feudatarios de la corona de Castilla.
III
El ejército de Don Fernando, después de salir de
Córdoba, había venido por sus jornadas hasta Sevilla, no sin haber luchado
antes en Écija, Carmona y Alcalá del Río de Guadaíra, donde una vez expugnado
el famoso castillo, puso los reales á la vista de la ciudad de los infieles.
El conde de Gómara estaba en la tienda sentado en
un escaño de alerce, inmóvil, pálido, terrible, las manos cruzadas sobre la
empuñadura del montante y los ojos fijos en el espacio, con esa vaguedad del
que parece mirar un objeto, y sin embargo no ve nada de cuanto hay á su
alrededor.
[p. 108]A un lado y de pie, le hablaba el más
antiguo de los escuderos de su casa, el único que en aquellas horas de negra
melancolía hubiera osado interrumpirle sin atraer sobre su cabeza la explosión
de su cólera.—¿Qué tenéis, señor?—le decía.—¿Qué mal os aqueja y consume?
Triste vais al combate, y triste volvéis, aun tornando con la victoria. Cuando
todos los guerreros duermen rendidos á la fatiga del día, os oigo suspirar
angustiado; y si corro á vuestro lecho, os miro allí luchar con algo invisible
que os atormenta. Abrís los ojos, y vuestro terror no se desvanece. ¿Qué os
pasa, señor? Decídmelo. Si es un secreto, yo sabré guardarlo en el fondo de mi
memoria como en un sepulcro.
El conde parecía no oir al escudero; no obstante,
después de un largo espacio, y como si las palabras hubiesen tardado todo aquel
tiempo en llegar desde sus oídos á su inteligencia, salió poco á poco de su
inmovilidad, y atrayéndole hacia sí cariñosamente, le dijo con voz grave y
reposada:
—He sufrido mucho en silencio. Creyéndome juguete
de una vana fantasía, hasta ahora he callado por vergüenza; pero no, no es
ilusión lo que me sucede.
Yo debo de hallarme bajo la influencia de alguna
maldición terrible. El cielo ó el infierno deben de querer algo de mí, y lo
avisan con hechos sobrenaturales.
¿Te acuerdas del día de nuestro encuentro con los
moros de Nebrija en el aljarafe de Triana? Éramos pocos; la pelea fué dura, y
yo estuve á punto de perecer. Tú lo viste: en lo más reñido del combate, mi
caballo herido y ciego de furor se precipitó hacia el grueso de la hueste mora.
Yo pugnaba en balde por contenerle; las riendas se habían escapado de mis
manos, y el fogoso animal corría llevándome á una muerte segura.
Ya los moros, cerrando sus escuadrones, apoyaban en
tierra el cuento de sus largas picas para recibirme en ellas; una nube de
saetas silbaba en mis oídos; el[p. 109] caballo estaba á algunos pies de
distancia del muro de hierro en que íbamos á estrellarnos, cuando... créeme, no
fué una ilusión, vi una mano que agarrándole de la brida lo detuvo con una
fuerza sobrenatural, y volviéndole en dirección á las filas de mis soldados, me
salvó milagrosamente.
En vano pregunté á unos y otros por mi salvador;
nadie le conocía, nadie le había visto.
—Cuando volabais á estrellaros en la muralla de
picas—me dijeron,—ibais solo, completamente solo; por eso nos maravillamos al
veros tornar, sabiendo que ya el corcel no obedecía al jinete.
—Aquella noche entré preocupado en mi tienda;
quería en vano arrancarme de la imaginación el recuerdo de la extraña aventura;
mas al dirigirme al lecho, torné á ver la misma mano, una mano hermosa, blanca
hasta la palidez, que descorrió las cortinas, desapareciendo después de
descorrerlas. Desde entonces, á todas horas, en todas partes, estoy viendo esa
mano misteriosa que previene mis deseos y se adelanta á mis acciones. La he
visto, al expugnar el castillo de Triana, coger entre sus dedos y partir en el
aire una saeta que venía á herirme; la he visto, en los banquetes donde
procuraba ahogar mi pena entre la confusión y el tumulto, escanciar el vino en
mi copa, y siempre se halla delante de mis ojos, y por donde voy me sigue: en
la tienda, en el combate, de día, de noche... ahora mismo, mírala, mírala aquí
apoyada suavemente en mis hombros.
Al pronunciar estas últimas palabras, el conde se
puso de pie, y dió algunos pasos como fuera de sí y embargado de un terror
profundo.
El escudero se enjugó una lágrima que corría por
sus mejillas. Creyendo loco á su señor, no insistió, sin embargo, en contrariar
sus ideas, y se limitó á decirle con voz profundamente conmovida:
—Venid... salgamos un momento de la tienda; acaso
la brisa de la tarde refrescará vuestras sienes, calman[p. 110]do ese
incomprensible dolor, para el que yo no hallo palabras de consuelo.
IV
El real de los cristianos se extendía por todo el
campo de Guadaíra, hasta tocar en la margen izquierda del Guadalquivir.
Enfrente del real y destacándose sobre el luminoso horizonte, se alzaban los
muros de Sevilla flanqueados de torres almenadas y fuertes. Por encima de la
corona de almenas rebosaba la verdura de los mil jardines de la morisca ciudad,
y entre las oscuras manchas del follaje lucían los miradores blancos como la
nieve, los minaretes de las mezquitas y la gigantesca atalaya, sobre cuyo aéreo
pretil lanzaban chispas de luz, heridas por el sol, las cuatro grandes bolas de
oro, que desde el campo de los cristianos parecían cuatro llamas.
La empresa de Don Fernando, una de las más heroicas
y atrevidas de aquella época, había traído á su alrededor á los más célebres
guerreros de los diferentes reinos de la Península, no faltando algunos que de
países extraños y distantes vinieran también, llamados por la fama, á unir sus
esfuerzos á los del santo rey.
Tendidas á lo largo de la llanura, mirábanse, pues,
tiendas de campaña de todas formas y colores, sobre el remate de las cuales
ondeaban al viento distintas enseñas con escudos partidos, astros, grifos,
leones, cadenas, barras y calderas, y otras cien y cien figuras ó símbolos
heráldicos que pregonaban el nombre y la calidad de sus dueños. Por entre las
calles de aquella improvisada ciudad circulaban en todas direcciones multitud
de soldados, que hablando dialectos diversos y vestidos cada cual al uso de su
país, y cada cual armado á su guisa, formaban un extraño y pintoresco
contraste.
Aquí descansaban algunos señores de las fatigas[p.
111] del combate sentados en escaños de alerce á la puerta de sus tiendas
y jugando á las tablas, en tanto que sus pajes les escanciaban el vino en copas
de metal; allí algunos peones aprovechaban un momento de ocio para aderezar y
componer sus armas, rotas en la última refriega; más allá cubrían de saetas un
blanco los más expertos ballesteros de la hueste entre las aclamaciones de la
multitud, pasmada de su destreza; y el rumor de los atambores, el clamor de las
trompetas, las voces de los mercaderes ambulantes, el golpear del hierro contra
el hierro, los cánticos de los juglares que entretenían á sus oyentes con la
relación de hazañas portentosas, y los gritos de los farautes que publicaban
las ordenanzas de los maestres del campo, llenando los aires de mil y mil
ruidos discordes, prestaban á aquel cuadro de costumbres guerreras una vida y
una animación imposibles de pintar con palabras.
El conde de Gómara, acompañado de su fiel escudero,
atravesó por entre los animados grupos sin levantar los ojos de la tierra,
silencioso, triste, como si ningún objeto hiriese su vista ni llegase á su oído
el rumor más leve. Andaba maquinalmente, á la manera que un sonámbulo, cuyo
espíritu se agita en el mundo de los sueños, se mueve y marcha sin la
conciencia de sus acciones y como arrastrado por una voluntad ajena á la suya.
Próximo á la tienda del rey y en medio de un corro
de soldados, pajecillos y gente menuda que le escuchaban con la boca abierta,
apresurándose á comprarle algunas de las baratijas que anunciaba á voces y con
hiperbólicos encomios, había un extraño personaje, mitad romero, mitad juglar,
que ora recitando una especie de letanía en latín bárbaro, ora diciendo una
bufonada ó una chocarrería, mezclaba en su interminable relación chistes
capaces de poner colorado á un ballestero con oraciones devotas, historias de
amores picarescos con leyendas de santos. En las inmen[p. 112]sas alforjas que
colgaban de sus hombros se hallaban revueltos y confundidos mil objetos
diferentes: cintas tocadas en el sepulcro de Santiago; cédulas con palabras que
él decía ser hebráicas, las mismas que dijo el rey Salomón cuando fundaba el
templo, y las únicas para libertarse de toda clase de enfermedades contagiosas;
bálsamos maravillosos para pegar á hombres partidos por la mitad; Evangelios
cosidos en bolsitas de brocatel; secretos para hacerse amar de todas las
mujeres; reliquias de los santos patronos de todos los lugares de España;
joyuelas, cadenillas, cinturones, medallas y otras muchas baratijas de
alquimia, de vidrio y de plomo.
Cuando el conde llegó cerca del grupo que formaban
el romero y sus admiradores, comenzaba éste á templar una especie de bandolina
ó guzla árabe con que se acompañaba en la relación de sus romances. Después que
hubo estirado bien las cuerdas unas tras otras y con mucha calma, mientras su
acompañante daba la vuelta al corro sacando los últimos cornados de la flaca
escarcela de los oyentes, el romero empezó á cantar con voz gangosa y con un
aire monótono y plañidero un romance que siempre terminaba con el mismo
estribillo.
El conde se acercó al grupo y prestó atención. Por
una coincidencia, al parecer extraña, el título de aquella historia respondía
en un todo á los lúgubres pensamientos que embargaban su ánimo. Según había
anunciado el cantor antes de comenzar, el romance se titulaba el Romance
de la mano muerta.
Al oir el escudero tan extraño anuncio, pugnó por
arrancar á su señor de aquel sitio; pero el conde, con los ojos fijos en el
juglar, permaneció inmóvil, escuchando esta cantiga:
[p. 113]I
La niña tiene un amante
que escudero se decía;
el escudero le anuncia
que á la guerra se partía.
—Te vas y acaso no tornes.
—Tornaré por vida mía.
Mientras el amante jura,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
II
El conde con la mesnada
de su castillo salía;
ella que le ha conocido
con grande aflicción gemía:
—¡Ay de mí, que se va el conde
y se lleva la honra mía!
Mientras la cuitada llora,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
III
Su hermano, que estaba allí,
estas palabras oía:
—Nos has deshonrado, dice.
—Me juró que tornaría.
—No te encontrará si torna
donde encontrarte solía.
Mientras la infelice muere,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
[p. 114]IV
Muerta la llevan al soto,
la han enterrado en la umbría;
por más tierra que la echaban,
la mano no se cubría:
la mano donde un anillo
que le dió el conde tenía.
De noche sobre la tumba
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
Apenas el cantor había terminado la última estrofa,
cuando rompiendo el muro de curiosos que se apartaban con respeto al
reconocerle, el conde llegó adonde se encontraba el romero, y cogiéndole con
fuerza del brazo, le preguntó en voz baja y convulsa:
—¿De qué tierra eres?
—De tierra de Soria—le respondió éste sin
alterarse.
—¿Y dónde has aprendido ese romance? ¿Á quién se
refiere la historia que cuentas?—volvió á exclamar su interlocutor, cada vez
con muestras de emoción más profunda.
—Señor—dijo el romero clavando sus ojos en los del
conde con una fijeza imperturbable:—esta cantiga la repiten de unos en otros
los aldeanos del campo de Gómara, y se refiere á una desdichada cruelmente
ofendida por un poderoso. Altos juicios de Dios han permitido que al enterrarla
quedase siempre fuera de la sepultura la mano en que su amante le puso un
anillo al hacerle una promesa. Vos sabréis quizá á quién toca cumplirla.
V
En un lugarejo miserable y que se encuentra á un
lado del camino que conduce á Gómara, he visto no[p. 115] hace mucho el
sitio en donde se asegura tuvo lugar la extraña ceremonia del casamiento del
conde.
Después que éste, arrodillado sobre la humilde
fosa, estrechó en la suya la mano de Margarita, y un sacerdote autorizado por
el Papa bendijo la lúgubre unión, es fama que cesó el prodigio, y la
mano muerta se hundió para siempre.
Al pie de unos árboles añosos y corpulentos hay un
pedacito de prado, que al llegar la primavera se cubre espontáneamente de
flores.
La gente del país dice que allí está enterrada
Margarita.
[p. 117]
EL MONTE DE LAS ÁNIMAS
a noche de difuntos me despertó á no sé qué
hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo á las
mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez
aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve
tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí á escribirla, como en efecto
lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he
escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los
cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como
el caballo de copas.
I
—Atad los perros; haced la señal con las trompas
para que se reunan los cazadores, y demos la vuelta á la ciudad. La noche se
acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
—¡Tan pronto!
—Á ser otro día, no dejara yo de concluir con ese
rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras;
pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y
las[p. 118] ánimas de los difuntos comenzarán á tañer su campana en la
capilla del monte.
—¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
—No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en
este país, porque aún no hace un año que has venido á él desde muy lejos.
Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino
te contaré esa historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos
grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos,
y todos juntos siguieron á sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la
comitiva á bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos
términos la prometida historia:
—Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía
á los Templarios, cuyo convento ves allí, á la margen del río. Los Templarios
eran guerreros y religiosos á la vez. Conquistada Soria á los árabes, el rey
los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del
puente, haciendo en ello notable agravio á sus nobles de Castilla, que así
hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y
los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio
profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza
abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir á sus placeres; los
segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, á pesar de las
severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban á
sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fué parte á detener
á los unos en su manía de cazar y á los otros en su empeño de estorbarlo. La
proyectada expedición se llevó á cabo. No se acordaron de ella las fieras;
an[p. 119]tes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos
por sus hijos. Aquello no fué una cacería, fué una batalla espantosa: el monte
quedó sembrado de cadáveres, los lobos á quienes se quiso exterminar tuvieron
un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte,
maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de
los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos
amigos y enemigos, comenzó á arruinarse.
Desde entonces dicen, que cuando llega la noche de
difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los
muertos, envueltas en girones de sus sudarios, corren como en una cacería
fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados,
los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han
visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los
esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido
salir de él antes que cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando
los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso á la ciudad por
aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de
incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras
calles de Soria.
II
Los servidores acababan de levantar los manteles;
la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo
resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la
lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de
las ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas á la conversa[p.
120]ción general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, absorta en un
vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la
hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, á propósito de la noche de
difuntos, cuentos temerosos en que los espectros y los aparecidos representaban
el principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban á lo lejos
con un tañido monótono v triste.
—Hermosa prima—exclamó al fin Alonso rompiendo el
largo silencio en que se encontraban:—pronto vamos á separarnos tal vez para
siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras,
sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar
varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un
carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados
labios.
—Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde
hasta aquí has vivido—se apresuró á añadir el joven.—De un modo ó de otro,
presiento que no tardaré en perderte... al separarnos, quisiera que llevases
una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo á dar gracias á Dios
por haberte devuelto la salud que viniste á buscar á esta tierra? El joyel que
sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría
sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada;
mi padre se lo regaló á la que me dió el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo
quieres?
—No sé en el tuyo—contestó la hermosa,—pero en mi
país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia
debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aun puede ir á Roma sin
volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas[p.
121] palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con
tristeza:
—Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los
Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres
aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios, y
extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron á quedarse en silencio, y
volvióse á oir la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de
trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el
triste y monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo
tornó á anudarse de este modo:
—Y antes que concluya el día de Todos los Santos,
en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad,
dejarme un recuerdo, ¿no lo harás?—dijo él clavando una mirada en la de su
prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
—¿Por qué no?—exclamó ésta llevándose la mano al
hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha
manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de
sentimiento añadió:
—¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy á la
cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa
de tu alma?
—Sí.
—Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba
dejártela como un recuerdo.
—¡Se ha perdido! ¿y dónde?—preguntó Alonso
incorporándose de su asiento, y con una indescriptible expresión de temor y
esperanza.
—No sé... en el monte acaso.
—¡En el Monte de las Ánimas—murmuró palideciendo y
dejándose caer sobre el sitial;—en el Monte de las Ánimas!
[p. 122]Luego prosiguió con voz entrecortada y
sorda:
—Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en
la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún
podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado á
esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el
ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de
fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; yo
he combatido con ellas de día y de noche, á pie y á caballo, solo y en batida,
y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche
volaría por esa banda, y volaría gozoso como á una fiesta; y sin embargo, esta
noche... esta noche, ¿á qué ocultártelo? tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas
doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte
comenzarán ahora á levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que
cubren sus fosas... ¡las ánimas! cuya sola vista puede helar de horror la
sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos ó arrebatarle en el
torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin
que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa
imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluído
exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde
saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
—¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al
monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y
cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo
tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía;
movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como
para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón, y con voz
firme exclamó, dirigiéndose á la[p. 123] hermosa, que estaba aún inclinada
sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
—Adiós, Beatriz, adiós. Hasta... pronto.
—¡Alonso! ¡Alonso!—dijo ésta, volviéndose con
rapidez; pero cuando quiso ó aparentó querer detenerle, el joven había
desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo
que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo
satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído á aquel rumor, que se
debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de
ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de
la ciudad doblaban á lo lejos.
III
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche
estaba á punto de sonar, y Beatriz se retiró á su oratorio. Alonso no volvía,
no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
—¡Habrá tenido miedo!—exclamó la joven cerrando su
libro de oraciones y encaminándose á su lecho, después de haber intentado
inútilmente murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día de
difuntos á los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las
dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero,
nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz
oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y
entreabrió los ojos. Creía haber oído á par de ellas pronunciar su nombre; pero
lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los
vidrios de la ventana.
[p. 124]—Será el viento—dijo; y poniéndose la mano
sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con
más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus
goznes con un chirrido agudo, prolongado y estridente.
Primero unas, y luego las otras más cercanas, todas
las puertas que daban paso á su habitación iban sonando por su orden, éstas con
un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después
silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche,
con un murmullo monótono de agua distante, lejanos ladridos de perros, voces
confusas, palabras ininteligibles, ecos de pasos que van y vienen, crujir de
ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que
casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de
algo que no se ve, y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza
fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se
pasaba la mano por la frente, tornaba á escuchar: nada, silencio.
Veía con esa fosforescencia de la pupila en las
crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando
dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras
impenetrables.
—¡Bah!—exclamó, volviendo á recostar su hermosa
cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho;—¿soy yo tan miedosa como estas
pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oir una
conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir... pero en vano
había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió á incorporarse más
pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de
brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban
sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi
imperceptible,[p. 125] pero continuado, y á su compás se oía crujir una
cosa como madera ó hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el
reclinatorio que estaba á la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo,
y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el
aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de
la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de
los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de
Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los
difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque
la noche aquella pareció eterna á Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de
su temor, entreabrió los ojos á los primeros rayos de la luz. Después de una
noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día!
Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía á reírse de sus temores
pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se
desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio
había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la
banda azul que fué á buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos á
noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que á la mañana había
aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la
encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos á una de las columnas de
ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los
labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!
IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un
cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin[p. 126] poder salir
del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que
viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vió á los esqueletos
de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de
la capilla, levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y
caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como á una fiera á una mujer
hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y
arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.
[p. 127]
EL GNOMO
I
as muchachas del lugar volvían de la fuente
con sus cántaros en la cabeza; volvían cantando y riendo con un ruido y una
algazara que sólo pudieran compararse á la alegre algarabía de una banda de
golondrinas cuando revolotean espesas como el granizo alrededor de la veleta de
un campanario.
En el pórtico de la iglesia, y sentado al pie de un
enebro, estaba el tío Gregorio. El tío Gregorio era el más viejecito del lugar:
tenía cerca de noventa navidades, el pelo blanco, la boca de risa, los ojos
alegres y las manos temblonas. De niño fué pastor, de joven soldado; después
cultivó una pequeña heredad, patrimonio de sus padres, hasta que, por último,
le faltaron las fuerzas y se sentó tranquilo á esperar la muerte, que ni temía
ni deseaba. Nadie contaba un chascarrillo con más gracia que él, ni sabía
historias más estupendas, ni traía á cuento tan oportunamente un refrán, una
sentencia ó un adagio.
Las muchachas, al verle, apresuraron el paso con
ánimo de irle á hablar, y cuando estuvieron en el pórtico, todas comenzaron á
suplicarle que les contase una historia con que entretener el tiempo que aún[p.
128] faltaba para hacerse de noche, que no era mucho, pues el sol poniente
hería de soslayo la tierra, y las sombras de los montes se dilataban por
momentos á lo largo de la llanura.
El tío Gregorio escuchó sonriendo la petición de
las muchachas, las cuales, una vez obtenida la promesa de que les referiría
alguna cosa, dejaron los cántaros en el suelo, y sentándose á su alrededor
formaron un corro, en cuyo centro quedó el viejecito, que comenzó á hablarles
de esta manera:
—No os contaré una historia, porque aunque recuerdo
algunas en este momento, atañen á cosas tan graves, que ni vosotras, que sois
unas locuelas, me prestaríais atención para escucharlas, ni á mí, por lo
avanzado de la tarde, me quedaría espacio para referirlas. Os daré en su lugar
un consejo.
—¡Un consejo!—exclamaron las muchachas con aire
visible de mal humor.—¡Bah! no es para oir consejos para lo que nos hemos
detenido; cuando nos hagan falta ya nos los dará el señor cura.
—Es—prosiguió el anciano con su habitual sonrisa y
su voz cascada y temblona—que el señor cura acaso no sabría dárosle en esta
ocasión tan oportuno como os lo puede dar el tío Gregorio; porque él, ocupado
en sus rezos y letanías, no habrá echado, como yo, de ver que cada día vais por
agua á la fuente más temprano y volvéis más tarde.
Las muchachas se miraron entre sí con una
imperceptible sonrisa de burla, no faltando algunas de las que estaban
colocadas á sus espaldas que se tocasen la frente con el dedo, acompañando su
acción con un gesto significativo.
—¿Y qué mal encontráis en que nos detengamos en la
fuente charlando un rato con las amigas y vecinas?...—dijo una de ellas.—¿Andan
acaso chismes en el lugar, porque los mozos salen al camino á echarnos flores ó
vienen á brindarse para traer nuestros cántaros hasta la entrada del pueblo?
[p. 129]—De todo hay—contestó el viejo á la moza
que le había dirigido la palabra en nombre de sus compañeras.—Las viejas del
lugar murmuran de que hoy vayan las muchachas á loquear y entretenerse á un
sitio, al cual ellas llegaban de prisa y temblando á tomar el agua, pues sólo
de allí puede traerse; y yo encuentro mal que perdáis poco á poco el temor que
á todos inspira el sitio donde se halla la fuente, porque podría acontecer que
alguna vez os sorprendiese en él la noche.
El tío Gregorio pronunció estas últimas palabras
con un tono tan lleno de misterio, que las muchachas abrieron los ojos
espantadas para mirarle, y con mezcla de curiosidad y burla tornaron á
insistir:
—¡La noche! ¿Pues qué pasa de noche en ese sitio,
que tales aspavientos hacéis y con tan temerosas y oscuras palabras nos habláis
de lo que allí podría acontecernos? ¿Se nos comerán acaso los lobos?
—Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos
arrojados de sus guaridas bajan en rebaños por su falda, y más de una vez los
hemos oído aullar en horroroso concierto, no sólo en los alrededores de la
fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los
huéspedes más terribles del Moncayo: en sus profundas simas, en sus cumbres
solitarias y ásperas, en su hueco seno, viven unos espíritus diabólicos que
durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío,
y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas ó
se mecen en las desnudas ramas de los árboles. Ellos son los que aúllan en las
grietas de las peñas; ellos los que forman y empujan esas inmensas bolas de
nieve que bajan rodando desde los altos picos, y arrollan y aplastan cuanto
encuentran á su paso; ellos los que llaman con el granizo á nuestros cristales
en las noches de lluvia, y corren como llamas azules y ligeras sobre el haz de
los pantanos. Entre estos espíritus, que arrojados de las llanuras por las
bendiciones y los[p. 130] exorcismos de la Iglesia, han ido á refugiarse á
las crestas inaccesibles de las montañas, los hay de diferente naturaleza, y
que al parecer á nuestros ojos se revisten de formas variadas. Los más peligrosos,
sin embargo, los que se insinúan con dulces palabras en el corazón de las
jóvenes y las deslumbran con promesas magníficas, son los gnomos. Los gnomos
viven en las entrañas de los montes; conocen sus caminos subterráneos, y,
eternos guardadores de los tesoros que encierran, velan día y noche junto á los
veneros de los metales y las piedras preciosas. ¿Veis?—prosiguió el viejo
señalando con el palo que le servía de apoyo la cumbre del Moncayo, que se
levantaba á su derecha, destacándose oscuro y gigantesco sobre el cielo violado
y brumoso del crepúsculo;—¿veis esa inmensa mole coronada aún de nieve? pues en
su seno tienen sus moradas esos diabólicos espíritus. El palacio que habitan es
horroroso y magnífico á la vez.
Hace muchos años que un pastor, siguiendo á una res
extraviada, penetró por la boca de una de esas cuevas, cuyas entradas cubren
espesos matorrales, y cuyo fin no ha visto ninguno. Cuando volvió al lugar,
estaba pálido como la muerte; había sorprendido el secreto de los gnomos; había
respirado su envenenada atmósfera, y pagó su atrevimiento con la vida; pero
antes de morir refirió cosas estupendas. Andando por aquella caverna adelante,
había encontrado al fin unas galerías subterráneas é inmensas, alumbradas con
un resplandor dudoso y fantástico, producido por la fosforescencia de las
rocas, semejantes allí á grandes pedazos de cristal cuajado en mil formas
caprichosas y extrañas. El suelo, la bóveda y las paredes de aquellos extensos
salones, obra de la naturaleza, parecían jaspeados como los mármoles más ricos;
pero las vetas que los cruzaban eran de oro y plata, y entre aquellas vetas
brillantes se veían, como incrustadas, multitud de piedras preciosas de todos
colores y tamaños. Allí había jacintos y esmeraldas en montón, y diamantes,[p.
131] y rubíes, y zafiros, y qué sé yo, otras muchas piedras desconocidas
que él no supo nombrar; pero tan grandes y tan hermosas, que sus ojos se
deslumbraron al contemplarlas. Ningún ruido exterior llegaba al fondo de la
fantástica caverna; sólo se percibían á intervalos unos gemidos largos y
lastimosos del aire que discurría por aquel laberinto encantado, un rumor
confuso de fuego subterráneo que hervía comprimido, y murmullos de aguas
corrientes que pasaban sin saberse por dónde.
El pastor, solo y perdido en aquella inmensidad,
anduvo no sé cuántas horas sin hallar la salida, hasta que por último tropezó
con el nacimiento del manantial cuyo murmullo había oído. Éste brotaba del
suelo como una fuente maravillosa, con un salto de agua coronado de espuma, que
caía formando una vistosa cascada y produciendo un murmullo sonoro al alejarse
resbalando por entre las quebraduras de las peñas. A su alrededor crecían unas
plantas nunca vistas, con hojas anchas y gruesas las unas, delgadas y largas
como cintas flotantes las otras. Medio escondidos entre aquella húmeda
frondosidad discurrían unos seres extraños, en parte hombres, en parte
reptiles, ó ambas cosas á la vez, pues transformándose continuamente, ora
parecían criaturas humanas, deformes y pequeñuelas, ora salamandras luminosas ó
llamas fugaces que danzaban en círculos sobre la cúspide del surtidor. Allí,
agitándose en todas direcciones, corriendo por el suelo en forma de enanos
repugnantes y contrahechos, encaramándose por las paredes, babeando y
retorciéndose en figura de reptiles, ó bailando con apariencia de fuegos fatuos
sobre el haz del agua, andaban los gnomos, señores de aquellos lugares,
contando y removiendo sus fabulosas riquezas. Ellos saben dónde guardan los
avaros esos tesoros que en vano buscan después los herederos; ellos conocen el
lugar donde los moros, antes de huir, ocultaron sus joyas; y las alhajas que se
pierden, las monedas que se extravían, todo lo que tiene algún[p.
132] valor y desaparece, ellos son los que lo buscan, lo encuentran y lo
roban, para esconderlo en sus guaridas, porque ellos saben andar todo el mundo
por debajo de la tierra y por caminos secretos é ignorados. Allí tenían, pues,
hacinados en montón toda clase de objetos raros y preciosos. Había joyas de un
valor inestimable, collares y gargantillas de perlas y piedras finas; ánforas
de oro, de forma antiquísima, llenas de rubíes; copas cinceladas, armas ricas,
monedas con bustos y leyendas imposibles de conocer ó descifrar; tesoros, en
fin, tan fabulosos é inmensos, que la imaginación apenas puede concebirlos. Y
todo brillaba á la vez lanzando unas chispas de colores y unos reflejos tan
vivos, que parecía como que todo estaba ardiendo y se movía y temblaba. Al
menos, el pastor refirió que así le había parecido. Al llegar aquí el anciano
se detuvo un momento: las muchachas, que comenzaron por oir la relación del tío
Gregorio con una sonrisa de burla, guardaban entonces un profundo silencio,
esperando á que continuase, con los ojos espantados, los labios ligeramente
entreabiertos y la curiosidad y el interés pintados en el rostro, una de ellas
rompió al fin el silencio y exclamó sin poderse contener, entusiasmada al oir
la descripción de las fabulosas riquezas que se habían ofrecido á la vista del
pastor.
—Y qué, ¿no se trajo nada de aquello?
—Nada—contestó el tío Gregorio.
—¡Qué tonto!—exclamaron en coro las muchachas.
—El cielo le ayudó en aquel trance—prosiguió el
anciano,—pues en el momento en que la avaricia, que á todo se sobrepone,
comenzaba á disipar su miedo, y alucinado á la vista de aquellas joyas, de las
cuales una sola bastaría á hacerle poderoso, el pastor iba á apoderarse de
algunas, dice que oyó, ¡maravillaos del suceso! oyó claro y distinto en
aquellas profundidades, y á pesar de las carcajadas y las voces de los gnomos,
del hervidero del fuego subterráneo, del rumor de las aguas corrientes y de los
la[p. 133]mentos del aire, oyó, digo, como si estuviese al pie de la colina en
que se encuentra, el clamor de la campana que hay en la ermita de Nuestra
Señora del Moncayo.
Al oir la campana que tocaba el Ave-María, el
pastor cayó al suelo invocando á la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, y sin
saber cómo ni por dónde se encontró fuera de aquellos lugares, y en el camino
que conduce al pueblo, echado en una senda y presa de un gran estupor, como si
hubiera salido de un sueño.
Desde entonces se explicó todo el mundo por qué la
fuente del lugar trae á veces entre sus aguas como un polvo finísimo de oro; y
cuando llega la noche, en el rumor que produce, se oyen palabras confusas,
palabras engañosas con que los gnomos que la inficionan desde su nacimiento
procuran seducir á los incautos que les prestan oídos, prometiéndoles riquezas
y tesoros que han de ser su condenación.
Cuando el tío Gregorio llegaba á este punto de su
historia, ya la noche había entrado y la campana de la iglesia comenzó á tocar
las oraciones. Las muchachas se persignaron devotamente, murmurando un
Ave-María en voz baja, y después de despedirse del tío Gregorio, que les tornó
á aconsejar que no perdieran el tiempo en la fuente, cada cual tomó su cántaro,
y todas juntas salieron silenciosas y preocupadas del atrio de la iglesia. Ya
lejos del sitio en que se encontraron al viejecito, y cuando estuvieron en la
plaza del lugar donde habían de separarse, exclamó la más resuelta y decidora
de ellas:
—¿Vosotras creéis algo de las tonterías que nos ha
contado el tío Gregorio?
—¡Yo no!—dijo una.
—¡Yo tampoco!—exclamó otra.
—¡Ni yo! ¡ni yo!—repitieron las demás, burlándose
con risas de su credulidad de un momento.
El grupo de las mozuelas se disolvió, alejándose
cada cual hacia uno de los extremos de la plaza. Lue[p. 134]go que doblaron las
esquinas de las diferentes calles que venían á desembocar á aquel sitio, dos
muchachas, las únicas que no habían desplegado aún los labios para protestar
con sus burlas de la veracidad del tío Gregorio, y que, preocupadas con la
maravillosa relación, parecían absortas en sus ideas, se marcharon juntas y con
esa lentitud propia de las personas distraídas, por una calleja sombría, estrecha
y tortuosa.
De aquellas dos muchachas, la mayor, que parecía
tener unos veinte años, se llamaba Marta; y la más pequeña, que aún no había
cumplido los dieciséis, Magdalena.
El tiempo que duró el camino, ambas guardaron un
profundo silencio; pero cuando llegaron á los umbrales de su casa y dejaron los
cántaros en el asiento de piedra del portal, Marta dijo á Magdalena:—¿Y tú
crees en las maravillas del Moncayo y en los espíritus de la
fuente?...—Yo—contestó Magdalena con sencillez,—yo creo en todo. ¿Dudas tú
acaso?—¡Oh, no!—se apresuró á interrumpir Marta;—yo también creo en todo, en
todo... lo que deseo creer.
II
Marta y Magdalena eran hermanas. Huérfanas desde
los primeros años de la niñez, vivían miserablemente á la sombra de una
parienta de su madre que las había recogido por caridad, y que á cada paso les
hacía sentir con sus dicterios y sus humillantes palabras el peso de su
beneficio. Todo parecía contribuir á que se estrechasen los lazos del cariño
entre aquellas dos almas hermanas, no sólo por el vínculo de la sangre sino por
los de la miseria y el sufrimiento; y sin embargo, entre Marta y Magdalena existía
una sorda emulación, una secreta antipatía que sólo pudiera explicar el estudio
de sus caracteres, tan en absoluta contraposición como sus tipos.
[p. 135]Marta era altiva, vehemente en sus
inclinaciones y de una rudeza salvaje en la expresión de sus afectos: no sabía
ni reir ni llorar, y por eso no había llorado ni reído nunca. Magdalena, por el
contrario, era humilde, amante, bondadosa, y en más de una ocasión se la vió
llorar y reir á la vez como los niños.
Marta tenía los ojos más negros que la noche, y de
entre sus oscuras pestañas diríase que á intervalos saltaban chispas de fuego
como de un carbón ardiente.
La pupila azul de Magdalena parecía nadar en un
fluido de luz dentro del cerco de oro de sus pestañas rubias. Y todo era en
ellas armónico con la diversa expresión de sus ojos. Marta, enjuta de carnes,
quebrada de color, de estatura esbelta, movimientos rígidos y cabellos crespos
y oscuros, que sombreaban su frente y caían por sus hombros como un manto de
terciopelo, formaba un singular contraste con Magdalena, blanca, rosada,
pequeña, infantil en su fisonomía y sus formas, y con unas trenzas rubias que
rodeaban sus sienes, semejantes al nimbo dorado de la cabeza de un ángel.
Á pesar de la inexplicable repulsión que sentían la
una por la otra, las dos hermanas habían vivido hasta entonces en una especie
de indiferencia, que hubiera podido confundirse con la paz y el afecto: no
habían tenido caricias que disputarse, ni preferencias que envidiar; iguales en
la desgracia y el dolor, Marta se había encerrado para sufrir en un egoísta y
altivo silencio; y Magdalena, encontrando seco el corazón de su hermana,
lloraba á solas cuando las lágrimas se agolpaban involuntariamente á sus ojos.
Ningún sentimiento era común entre ellas; nunca se
confiaron sus alegrías y pesares, y sin embargo, el único secreto que
procuraban esconder en lo más profundo del corazón, se lo habían adivinado
mutuamente con ese instinto maravilloso de la mujer enamorada y celosa. Marta y
Magdalena tenían efectivamente puestos sus ojos en un mismo hombre.
[p. 136]La pasión de la una era el deseo tenaz,
hijo de un carácter indomable y voluntarioso; en la otra, el cariño se parecía
á esa vaga y espontánea ternura de la adolescencia, que necesitando un objeto
en qué emplearse, ama el primero que se ofrece á su vista. Ambas guardaban el
secreto de su amor, porque el hombre que lo había inspirado, tal vez hubiera
hecho mofa de un cariño que se podía interpretar como ambición absurda en unas
muchachas plebeyas y miserables. Ambas, á pesar de la distancia que las separaba
del objeto de su pasión, alimentaban una esperanza remota de poseerle.
Cerca del lugar, y sobre un alto que dominaba los
contornos, había un antiguo castillo abandonado por sus dueños. Las viejas, en
las noches de velada, referían una historia llena de maravillas acerca de sus
fundadores. Contaban que hallándose el rey de Aragón en guerra con sus
enemigos, agotados ya sus recursos, abandonado de sus parciales y próximo á
perder el trono, se le presentó un día una pastorcita de aquella comarca, y
después de revelarle la existencia de unos subterráneos por donde podía atravesar
el Moncayo sin que lo advirtiesen sus enemigos, le dió un tesoro en perlas
finas, riquísimas piedras preciosas y barras de oro y plata, con las cuales el
rey pagó sus mesnadas, levantó un poderoso ejército, y marchando por debajo de
la tierra durante toda una noche, cayó al otro día sobre sus contrarios y los
desbarató, asegurando la corona en su cabeza.
Después que hubo alcanzado tan señalada victoria,
cuentan que dijo el rey á la pastorcita:—Pídeme lo que quieras, que aun cuando
fuese la mitad de mi reino, juro que te lo he de dar al instante.
—Yo no quiero más que volverme á cuidar de mi
rebaño—respondió la pastorcita.—No cuidarás sino de mis fronteras—replicó el
rey, y le dió el señorío de toda la raya, y le mandó edificar una fortaleza en
el pueblo más fronterizo á Castilla, adonde se trasla[p. 137]dó la pastora,
casada ya con uno de los favoritos del rey, noble, galán, valiente y señor
asimismo de muchas fortalezas y muchos feudos.
La estupenda relación del tío Gregorio acerca de
los gnomos del Moncayo, cuyo secreto estaba en la fuente del lugar, exaltó
nuevamente las locas fantasías de las dos enamoradas hermanas, completando, por
decirlo así, la ignorada historia del tesoro hallado por la pastorcita de la
conseja; tesoro cuyo recuerdo había turbado más de una vez sus noches de
insomnio y de amargura, presentándose á su imaginación como un débil rayo de
esperanza.
La noche siguiente á la tarde del encuentro con el
tío Gregorio, todas las muchachas del lugar hicieron conversación en sus casas
de la estupenda historia que les había referido. Marta y Magdalena guardaron un
profundo silencio, y ni en aquella noche, ni en todo el día que amaneció
después, volvieron á cambiar una sola palabra relativa al asunto, tema de todas
las conversaciones y objeto de los comentarios de sus vecinas.
Cuando llegó la hora de costumbre, Magdalena tomó
su cántaro y le dijo á su hermana:—¿Vamos á la fuente?—Marta no contestó, y
Magdalena volvió á decirle:—¿Vamos á la fuente? Mira que si no nos apresuramos,
se pondrá el sol antes de la vuelta.—Marta exclamó al fin con un acento breve y
áspero:—Yo no quiero ir hoy.—Ni yo tampoco—añadió Magdalena después de un
instante de silencio, durante el cual mantuvo los ojos clavados en los de su
hermana, como si quisiera adivinar en ellos la causa de su resolución.
III
Las muchachas del lugar hacía cerca de una hora que
estaban de vuelta en sus casas. La última luz del crepúsculo se había apagado
en el horizonte, y la[p. 138] noche comenzaba á cerrar de cada vez más
oscura, cuando Marta y Magdalena, esquivándose mutuamente y cada cual por
diverso camino, salieron del pueblo con dirección á la fuente misteriosa. La
fuente brotaba escondida entre unos riscos cubiertos de musgo en el fondo de
una larga alameda. Después que se fueron apagando poco á poco los rumores del
día, y ya no se escuchaba el lejano eco de la voz de los labradores que vuelven
caballeros en sus yuntas cantando al compás del timón del arado que arrastran
por la tierra; después que se dejó de percibir el monótono ruido de las
esquilillas del ganado, y las voces de los pastores, y el ladrido de los perros
que reunen las reses, y sonó en la torre del lugar la postrera campanada del
toque de oraciones, reinó ese doble y augusto silencio de la noche y la
soledad; silencio lleno de murmullos extraños y leves que lo hacen aún más
perceptible.
Marta y Magdalena se deslizaron por entre el
laberinto de los árboles, y protegidas por la oscuridad, llegaron sin verse al
fin de la alameda. Marta no conocía el temor, y sus pasos eran firmes y
seguros. Magdalena temblaba con solo el ruido que producían sus pies al hollar
las hojas secas que tapizaban el suelo. Cuando las dos hermanas estuvieron
junto á la fuente, el viento de la noche comenzó á agitar las copas de los
álamos, y al murmullo de sus soplos desiguales parecía responder el agua del
manantial con un rumor compasado y uniforme.
Marta y Magdalena prestaron atención á aquellos
ruidos que pasaban bajo sus pies como un susurro constante, y sobre sus cabezas
como un lamento que nacía y se apagaba para tornar á crecer y dilatarse por la
espesura. Á medida que transcurrían las horas, aquel sonar eterno del aire y
del agua empezó á producirles una extraña exaltación, una especie de vértigo,
que turbando la vista y zumbando en el oído, parecía trastornarlas por
completo. Entonces, á la ma[p. 139]nera que se oye hablar entre sueños con un eco
lejano y confuso, les pareció percibir entre aquellos rumores sin nombre,
sonidos inarticulados como los de un niño que quiere y no puede llamar á su
madre; luego palabras que se repetían una vez y otra, siempre lo mismo; después
frases inconexas y dislocadas sin orden ni sentido, y por último... por último,
comenzaron á hablar el viento vagando entre los árboles y el agua saltando de
risco en risco.
Y hablaban así:
EL AGUA
¡Mujer!... ¡mujer!... óyeme... óyeme y acércate
para oirme, que yo besaré tus pies mientras tiemblo al copiar tu imagen en el
fondo sombrío de mis ondas. ¡Mujer!... óyeme, que mis murmullos son palabras.
EL VIENTO
¡Niña!... niña gentil, levanta tu cabeza, déjame en
paz besar tu frente, en tanto que agito tus cabellos. Niña gentil, escúchame,
que yo sé hablar también y te murmuraré al oído frases cariñosas.
MARTA
¡Oh! ¡Habla, habla, que yo te comprenderé, porque
mi inteligencia flota en un vértigo, como flotan tus palabras indecisas!
Habla, misteriosa corriente.
MAGDALENA
Tengo miedo. ¡Aire de la noche, aire de perfumes,
refresca mi frente que arde! Dime algo que me infunda valor, porque mi espíritu
vacila.
[p. 140]EL AGUA
Yo he cruzado el tenebroso seno de la tierra, he
sorprendido el secreto de su maravillosa fecundidad, y conozco los fenómenos de
sus entrañas, donde germinan las futuras creaciones.
Mi rumor adormece y despierta: despierta tú, que lo
comprendes.
EL VIENTO
Yo soy el aire que mueven los ángeles con sus alas
inmensas al cruzar el espacio. Yo amontono en el Occidente las nubes que
ofrecen al sol un lecho de púrpura, y traigo al amanecer, con las neblinas que
se deshacen en gotas, una lluvia de perlas sobre las flores. Mis suspiros son
un bálsamo: ábreme tu corazón y le inundaré de felicidad.
MARTA
Cuando yo oí por primera vez el murmullo de una
corriente subterránea, no en balde me inclinaba á la tierra prestándole oído.
Con ella iba un misterio que yo debía comprender al cabo.
MAGDALENA
Suspiros del viento, yo os conozco: vosotros me
acariciabais dormida cuando, fatigada por el llanto, me rendía al sueño en mi
niñez, y vuestro rumor se me figuraban las palabras de una madre que arrulla á
su hija.
El agua enmudeció por algunos instantes, y no
sonaba sino como agua que se rompe entre peñas[p. 141] El viento calló
también, y su ruido no fué otra cosa que ruido de hojas movidas. Así pasó algún
tiempo, y después volvieron á hablar, y hablaron así:
EL AGUA
Después de filtrarme gota á gota á través del filón
de oro de una mina inagotable; después de correr por un lecho de plata y saltar
como sobre guijarros entre un sinnúmero de zafiros y amatistas, arrastrando en
vez de arenas diamantes y rubíes, me he unido en misterioso consorcio á un
genio. Rica con su poder y con las ocultas virtudes de las piedras preciosas y
los metales, de cuyos átomos vengo saturada, puedo ofrecerte cuanto ambicionas.
Yo tengo la fuerza de un conjuro, el poder de un talismán y la virtud de las
siete piedras y los siete colores.
EL VIENTO
Yo vengo de vagar por la llanura, y como la abeja
que vuelve á la colmena con su botín de perfumadas mieles, traigo suspiros de
mujer, plegarias de niños, palabras de casto amor y aromas de nardos y azucenas
silvestres. Yo no he recogido á mi paso más que perfumes y ecos de armonías;
mis tesoros son inmateriales, pero ellos dan la paz del alma y la vaga
felicidad de los sueños venturosos.
Mientras su hermana, atraída como por un encanto,
se inclinaba al borde de la fuente para oir mejor, Magdalena se iba
instintivamente separando de los riscos entre los cuales brotaba el manantial.
Ambas tenían sus ojos fijos, la una en el fondo de
las aguas, la otra en el fondo del cielo.
Y exclamaba Magdalena mirando brillar los luce[p.
142]ros en la altura:—Esos son los nimbos de luz de los ángeles invisibles que
nos custodian.
En tanto decía Marta, viendo temblar en la linfa de
la fuente el reflejo de las estrellas:—Esas son las partículas de oro que
arrastra el agua en su misterioso curso.
El manantial y el viento, que por segunda vez
habían enmudecido un instante, tornaron á hablar, y dijeron:
EL AGUA
Remonta mi corriente, desnúdate del temor como de
una vestidura grosera, y osa traspasar los umbrales de lo desconocido. Yo he
adivinado que tu espíritu es de la esencia de los espíritus superiores. La
envidia te habrá arrojado tal vez del cielo para revolcarte en el lodo de la
miseria. Yo veo, sin embargo, en tu frente sombría un sello de altivez que te
hace digna de nosotros, espíritus fuertes y libres... Ven, yo te voy á enseñar
palabras mágicas de tal virtud, que al pronunciarlas se abrirán las rocas y te
brindarán con los diamantes que están en su seno, como las perlas en las
conchas que sacan del fondo del mar los pescadores. Ven, te daré tesoros para
que vivas feliz; y más tarde, cuando se quiebre la cárcel que te aprisiona, tu
espíritu se asimilará á los nuestros, que son espíritus humanos, y todos
confundidos seremos la fuerza motora, el rayo vital de la creación, que circula
como un fluido por sus arterias subterráneas.
EL VIENTO
El agua lame la tierra y vive en el cieno: yo
discurro por las regiones etéreas y vuelo en el espacio sin límites. Sigue los
movimientos de tu corazón, deja que tu alma suba como la llama y las azules
espirales del humo. ¡Desdichado el que, teniendo alas, desciende á[p.
143] las profundidades para buscar oro, pudiendo remontarse á la altura
para encontrar amor y sentimiento!
Vive oscura como la violeta, que yo te traeré en un
beso fecundo el germen vivificante de otra flor hermana tuya, y rasgaré las
nieblas para que no falte un rayo de sol que ilumine tu alegría. Vive oscura,
vive ignorada, que cuando tu espíritu se desate, yo lo subiré á las regiones de
la luz en una nube roja.
Callaron el viento y el agua, y apareció el gnomo.
El gnomo era como un hombrecillo transparente: una
especie de enano de luz, semejante á un fuego fatuo, que se reía á carcajadas,
sin ruido, y saltaba de peña en peña, y mareaba con su vertiginosa movilidad.
Unas veces se sumergía en el agua y continuaba brillando en el fondo como una
joya de piedras de mil colores; otras salía á la superficie y agitaba los pies
y las manos, y sacudía la cabeza á un lado y á otro con una rapidez que tocaba
en prodigio.
Marta vió al gnomo y le estuvo siguiendo con la
vista extraviada en todas sus extravagantes evoluciones; y cuando el diabólico
espíritu se lanzó al fin por entre las escabrosidades del Moncayo, como una
llama que corre, agitando su cabellera de chispas, sintió una especie de
atracción irresistible y siguió tras él con una carrera frenética.
—¡Magdalena!—decía en tanto el aire que se
alejaba lentamente; y Magdalena, paso á paso y como una sonámbula, guiada en el
sueño por una voz amiga, siguió tras la ráfaga, que iba suspirando por la
llanura.
Después todo quedó otra vez en silencio en la
oscura alameda, y el viento y el agua siguieron resonando con los murmullos y
los rumores de siempre.
[p. 144]IV
Magdalena tornó al lugar pálida y llena de asombro.
A Marta la esperaron en vano toda la noche.
Cuando llegó la tarde del otro día, las muchachas
encontraron un cántaro roto al borde de la fuente de la alameda. Era el cántaro
de Marta, de la cual nunca volvió á saberse. Desde entonces las muchachas del
lugar van por agua tan temprano, que madrugan con el sol. Algunas me han
asegurado que de noche se ha oído en más de una ocasión el llanto de Marta,
cuyo espíritu vive aprisionado en la fuente. Yo no sé qué crédito dar á esta
última parte de la historia, porque la verdad es que desde entonces ninguno se
ha atrevido á penetrar para oirlo en la alameda después del toque del
Ave-María.
[p. 145]
EL MISERERE
ace algunos meses que visitando la célebre
abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada
biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos ó tres cuadernos de música
bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados á roer por los
ratones.
Era un Miserere.
Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición,
que aun sin entenderla, suelo coger á veces la partitura de una ópera, y me
paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más ó
menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de
etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar
maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y
lo primero que me llamó la atención fué que, aunque en la última página había
esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la
verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la
música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.
Esto fué sin duda lo que me llamó la atención
primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó
más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas,
como maestoso, allegro, ritardando, più
vivo, a pia[p. 146]cere, había unos renglones escritos
con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir
cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y
de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; ó esta otra: La
cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena
todo, y no se confunde nada, y todo es la humanidad que solloza y gime; ó
la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último
versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne: lumbre
inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.
—¿Sabéis qué es esto?—pregunté á un viejecito que
me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases
escritas por un loco.
El anciano me contó entonces la leyenda que voy á
referiros.
I
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y
oscura, llegó á la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco
de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre,
y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol
su camino.
Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido
hogar, puso el hermano á quien se hizo esta demanda á disposición del
caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó
acerca del objeto de su romería y del punto á que se encaminaba.
—Yo soy músico—respondió el interpelado,—he nacido
muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud
hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me
arrastraron á un crimen. En mi vejez[p. 147] quiero convertir al bien las
facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude
condenarme.
Como las enigmáticas palabras del desconocido no
pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad
á despertarse, é instigado por ésta continuara en sus preguntas, su
interlocutor prosiguió de este modo:
—Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que
había cometido; mas al intentar pedirle á Dios misericordia, no encontraba
palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron
mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro, y en una de sus
páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David,
el que comienza ¡Miserere mei, Deus! Desde el instante en que
hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fué hallar una forma musical tan
magnífica, tan sublime, que bastase á contener el grandioso himno de dolor del
Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en
mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer
un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro
semejante los nacidos; tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde
los arcángeles, dirán conmigo cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al
Señor: ¡misericordia! y el Señor la tendrá de su pobre
criatura.
El romero, al llegar á este punto de su narración,
calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó á coger el hilo
de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía, y dos ó
tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del
hogar, le escuchaban en un profundo silencio.
—Después—continuó—de recorrer toda Alemania, toda
Italia, y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no
he oído un Miserere[p. 148] en que pueda inspirarme, ni uno,
ni uno, y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.
—¿Todos?—dijo entonces interrumpiéndole uno de los
rabadanes.—¿A que no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?
—¡El Miserere de la Montaña!—exclamó el
músico con aire de extrañeza.—¿Qué Miserere es ése?
—¿No dije?—murmuró el campesino; y luego prosiguió
con una entonación misteriosa:—Ese Miserere, que sólo oyen por
casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y
peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera
como al parecer increíble.
Es el caso, que en lo más fragoso de esas
cordilleras de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del
cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡qué digo muchos años!
muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio que, á lo que parece, edificó á
sus expensas un señor con los bienes que había de legar á su hijo, al cual
desheredó al morir, en pena de sus maldades.
Hasta aquí todo fué bueno; pero es el caso que este
hijo, que por lo que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo,
si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en
poder de los religiosos, y de que su castillo se había transformado en iglesia,
reunió á unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que
emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en
que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban á
comenzar ó habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al
monasterio, saquearon la iglesia, y á éste quiero, á aquél no, se dice que no
dejaron fraile con vida.
Después de esta atrocidad, se marcharon los
bandidos y su instigador con ellos, adonde no se sabe, á los profundos tal vez.
Las llamas redujeron el monasterio á escombros;
de[p. 149] la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón,
de donde nace la cascada, que después de estrellarse de peña en peña, forma el
riachuelo que viene á bañar los muros de esta abadía.
—Pero—interrumpió impaciente el músico,—¿y el Miserere?
—Aguardaos—continuó con gran sorna el rabadán, que
todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:
—Las gentes de los contornos se escandalizaron del
crimen: de padres á hijos y de hijos á nietos se refirió con horror en las
largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria, es que todos
los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces á través de
las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y
unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben á intervalos en las ráfagas
del aire.
Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin
hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda
culpa, vienen aún del purgatorio á impetrar su misericordia cantando el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos á otros con
muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con
la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:
—¿Y decís que ese portento se repite aún?
—Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna,
porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho
en el reloj de la abadía.
—¿Á qué distancia se encuentra el monasterio?
—Á una legua y media escasa... pero, ¿qué hacéis?
¿Adónde vais con una noche como esta? ¡Estáis dejado de la mano de
Dios!—exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y
tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse á la puerta.
[p. 150]
—¿Adónde voy? Á oir esa maravillosa música, á oir
el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de
los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el
pecado.
Y esto diciendo, desapareció de la vista del
espantado lego y de los no menos atónitos pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como
si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en
turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz
de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se
descubría.
Pasado el primer momento de estupor, exclamó el
lego:
—¡Está loco!
—¡Está loco!—repitieron los pastores; y atizaron de
nuevo la lumbre, y se agruparon alrededor del hogar.
II
Después de una ó dos horas de camino, el misterioso
personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del
riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se
levantaban negras é imponentes las ruinas del monasterio.
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en
oscuras bandas, por entre cuyos girones se deslizaba á veces un furtivo rayo de
luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por
los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada
sobrenatural, nada extraño venía á herir la imaginación. Al que había dormido
más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada ó un
castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien
tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.
[p. 151]Las gotas de agua que se filtraban por
entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor
acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del buho, que
graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el
hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la
tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, ó se
arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del
altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento
de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la
soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado
sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que
debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió;
aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras
distintas, pero siempre los mismos.
—¡Si me habrá engañado!—pensó el músico; pero en
aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar,
como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora; ruido de
ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita
sordamente y se dispone á usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una
campanada... dos... tres... hasta once.
En el derruído templo no había campana, ni reloj,
ni torre ya siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco,
la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire,
cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de
mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del
coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los
muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó á[p.
152] iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio ó
una lámpara que derramase aquella insólita claridad.
Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos
amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad
como una luz azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento
galvánico que imprime á la muerte contracciones que parodian la vida,
movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita
con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron á las piedras; el ara,
cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta
como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par
del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las
destrozadas é inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose
caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.
Una vez reedificado el templo, comenzó á oirse un
acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un
conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra é
irse elevando poco á poco, haciéndose cada vez más perceptible.
El osado peregrino comenzaba á tener miedo; pero
con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y
alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del
abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno
incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.
Mal envueltos en los girones de sus hábitos,
caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus
descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos
de sus calaveras, vió los esqueletos de los monjes que fueron[p.
153] arrojados desde el pretil de la iglesia á aquel precipicio, salir del
fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso á
las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con
voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer
versículo del salmo de David:
¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam
tuam!
Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo,
se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él fueron á arrodillarse en el
coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los
versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música
era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba
murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era
el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que
se filtraba, y el grito del buho escondido, y el roce de los reptiles
inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni
apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba
los versículos del gigante himno de contrición del Rey Salmista, con notas y
acordes tan gigantes como sus palabras terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba,
absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región
fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y
fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino á sacarle de aquel
estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron
al impulso de una emoción fuertísima, sus dientes chocaron, agitándose con un
temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de sus huesos.
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas
espantosas palabras del Miserere:
[p. 154]
In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis
concepit me mater mea.
Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos
retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un
grito de dolor arrancado á la humanidad entera por la conciencia de sus
maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de
todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad,
concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron
concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora
semejante á un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo
suceder á un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced á
una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las
osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló
en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y á través de ella se vió el
cielo como un océano de lumbre abierto á la mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las
jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía
entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca
espiral de sonoro incienso:
Auditui meo dabis gaudium et lætitiam: et
exultabunt ossa humiliata.
En este punto la claridad deslumbradora cegó los
ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos, y cayó
sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.
III
Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía
de Fitero, á quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de
la noche anterior, vieron en[p. 155]trar por sus puertas, pálido y como fuera
de sí, al desconocido romero.
—¿Oísteis al cabo el Miserere?—le
preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando á hurtadillas una mirada
de inteligencia á sus superiores.
—Sí—respondió el músico.
—¿Y qué tal os ha parecido?
—Lo voy á escribir. Dadme un asilo en vuestra
casa—prosiguió dirigiéndose al abad;—un asilo y pan por algunos meses, y voy á
dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis
culpas á los ojos de Dios, eternice mi memoria, y eternice con ella la de esta
abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que
accediese á su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió
al fin á ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En
mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su
imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y
exclamaba:—¡Eso es; así, así, no hay duda... así! Y proseguía escribiendo notas
con una rapidez febril, que dió en más de una ocasión que admirar á los que le
observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos, y los siguientes,
y hasta la mitad del Salmo; pero al llegar al último que había oído en la
montaña, le fué imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores:
todo inútil. Su música no se parecía á aquella música ya anotada, y el sueño
huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza,
y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere,
que, como una cosa extraña, guardaron los frailes á su muerte y aún se conserva
hoy en el archivo de la abadía.
[p. 156]
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta
historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo
manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las
mesas.
In peccatis concepit me mater mea.
Estas eran las palabras de la página que tenía ante
mi vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos
ininteligibles para los legos en la música.
Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.
¿Quién sabe si no serán una locura?
[p. 157]
LAS HOJAS SECAS
l sol se había puesto: las nubes, que cruzaban
hechas girones sobre mi cabeza, iban á amontonarse unas sobre otras en el
horizonte lejano. El viento frío de las tardes de otoño arremolinaba las hojas
secas á mis pies.
Yo estaba sentado al borde de un camino, por donde
siempre vuelven menos de los que van.
No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces
en alguna cosa. Mi alma temblaba á punto de lanzarse al espacio, como el pájaro
tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el vuelo.
Hay momentos en que, merced á una serie de
abstracciones, el espíritu se sustrae á cuanto le rodea, y replegándose en sí
mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna
del hombre.
Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su
personalidad y se confunde con los elementos de la naturaleza, se relaciona con
su modo de ser, y traduce su incomprensible lenguaje.
Yo me hallaba en uno de estos últimos momentos,
cuando solo y en medio de la escueta llanura oí hablar cerca de mí.
Eran dos hojas secas las que hablaban, y éste, poco
más ó menos, su extraño diálogo:
[p. 158]—¿De dónde vienes, hermana?
—Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la
nube del polvo y de las hojas secas nuestras compañeras, á lo largo de la
interminable llanura. ¿Y tú?
—Yo he seguido algún tiempo la corriente del río,
hasta que el vendaval me arrancó de entre el légamo y los juncos de la orilla.
—¿Y adónde vas?
—No lo sé: ¿lo sabe acaso el viento que me empuja?
—¡Ay! ¿Quién diría que habíamos de acabar amarillas
y secas arrastrándonos por la tierra, nosotras que vivimos vestidas de color y
de luz meciéndonos en el aire?
—¿Te acuerdas de los hermosos días en que brotamos;
de aquella apacible mañana en que, roto el hinchado botón que nos servía de
cuna, nos desplegamos al templado beso del sol como un abanico de esmeraldas?
—¡Oh! ¡Qué dulce era sentirse balanceada por la
brisa á aquella altura, bebiendo por todos los poros el aire y la luz!
—¡Oh! ¡Qué hermoso era ver correr el agua del río
que lamía las retorcidas raíces del añoso tronco que nos sustentaba, aquel agua
limpia y transparente que copiaba como un espejo el azul del cielo, de modo que
creíamos vivir suspendidas entre dos abismos azules!
—¡Con qué placer nos asomábamos por cima de las
verdes frondas para vernos retratadas en la temblorosa corriente!
—¡Cómo cantábamos juntas imitando el rumor de la
brisa y siguiendo el ritmo de las ondas!
—Los insectos brillantes revoloteaban desplegando
sus alas de gasa á nuestro alrededor.
—Y las mariposas blancas y las libélulas azules,
que giran por el aire en extraños círculos, se paraban un momento en nuestros
dentellados bordes á contarse[p. 159] los secretos de ese misterioso amor
que dura un instante y les consume la vida.
—Cada cual de nosotras era una nota en el concierto
de los bosques.
—Cada cual de nosotras era un tono en la armonía de
su color.
—En las noches de luna, cuando su plateada luz
resbalaba sobre la cima de los montes, ¿te acuerdas cómo charlábamos en voz
baja entre las diáfanas sombras?
—Y referíamos con un blando susurro las historias
de los silfos que se columpian en los hilos de oro que cuelgan las arañas entre
los árboles.
—Hasta que suspendíamos nuestra monótona charla
para oir embebecidas las quejas del ruiseñor, que había escogido nuestro tronco
por escabel.
—Y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos que,
aunque llenas de gozo al oirle, nos amanecía llorando.
—¡Oh! ¡Qué dulces eran aquellas lágrimas que nos
prestaba el rocío de la noche y que resplandecían con todos los colores del
iris á la primera luz de la aurora!
—Después vino la alegre banda de jilgueros á llenar
de vida y de ruidos el bosque con la alborozada y confusa algarabía de sus
cantos.
—Y una enamorada pareja colgó junto á nosotras su
redondo nido de aristas y de plumas.
—Nosotras servíamos de abrigo á los pequeñuelos
contra las molestas gotas de la lluvia en las tempestades de verano.
—Nosotras les servíamos de dosel y los defendíamos
de los importunos rayos del sol.
—Nuestra vida pasaba como un sueño de oro, del que
no sospechábamos que se podría despertar.
—Una hermosa tarde en que todo parecía sonreir á
nuestro alrededor, en que el sol poniente encendía el ocaso y arrebolaba las
nubes, y de la tierra ligeramente húmeda se levantaban efluvios de vida y
per[p. 160]fumes de flores, dos amantes se detuvieron á la orilla del agua y al
pie del tronco que nos sostenía.
—¡Nunca se borrará ese recuerdo de mi memoria! Ella
era joven, casi una niña, hermosa y pálida. Él le decía con ternura:—¿Por qué
lloras?—Perdona este involuntario sentimiento de egoísmo—le respondió ella
enjugándose una lágrima;—lloro por mí. Lloro la vida que me huye: cuando el
cielo se corona de rayos de luz, y la tierra se viste de verdura y de flores, y
el viento trae perfumes y cantos de pájaros y armonías distantes, y se ama y se
siente una amada, ¡la vida es buena!—¿Y por qué no has de vivir?—insistió él
estrechándole las manos conmovido.—Porque es imposible. Cuando caigan secas
esas hojas que murmuran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo moriré también, y
el viento llevará algún día su polvo y el mío ¿quién sabe adónde?
—Yo lo oí y tú lo oiste, y nos estremecimos y
callamos. ¡Debíamos secarnos! ¡Debíamos morir y girar arrastradas por los
remolinos del viento! Mudas y llenas de terror permanecíamos aún cuando llegó
la noche. ¡Oh! ¡Qué noche tan horrible!
—Por la primera vez faltó á su cita el enamorado
ruiseñor que la encantaba con sus quejas.
—Á poco volaron los pájaros, y con ellos sus
pequeñuelos ya vestidos de plumas; y quedó el nido solo, columpiándose
lentamente, y triste como la cuna vacía de un niño muerto.
—Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas
azules, dejando su lugar á los insectos oscuros que venían á roer nuestras
fibras y á depositar en nuestro seno sus asquerosas larvas.
—¡Oh! ¡Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado
contacto de las escarchas de la noche!
—Perdimos el color y la frescura.
—Perdimos la suavidad y la forma, y lo que antes al
tocarnos era como rumor de besos, como murmullo de palabras de enamorados,
luego se con[p. 161]virtió en áspero ruido, seco, desagradable y triste.
—¡Y al fin volamos desprendidas!
—Hollada bajo el pie del indiferente pasajero, sin
cesar arrastrada de un punto á otro entre el polvo y el fango, me he juzgado
dichosa cuando podía reposar un instante en el profundo surco de un camino.
—Yo he dado vueltas sin cesar, arrastrada por la
turbia corriente, y en mi larga peregrinación vi, solo, enlutado y sombrío,
contemplando con una mirada distraída las aguas que pasaban y las hojas secas
que marcaban su movimiento, á uno de los dos amantes cuyas palabras nos
hicieron presentir la muerte.
—¡Ella también se desprendió de la vida y acaso
dormirá en una fosa reciente, sobre la que yo me detuve un momento!
—¡Ay! Ella duerme y reposa al fin; pero nosotras,
¿cuándo acabaremos este largo viaje?...
—¡Nunca!... Ya el viento que nos dejó reposar un
punto vuelve á soplar, y ya me siento estremecida para levantarme de la tierra
y seguir con él. ¡Adiós, hermana!
—¡Adiós!
. . . . . . .
Silbó el aire que había permanecido un momento
callado, y las hojas se levantaron en confuso remolino, perdiéndose á lo lejos
entre las tinieblas de la noche.
Y yo pensé entonces algo que no puedo recordar, y
que, aunque lo recordase, no encontraría palabras para decirlo.
¿Quién sabe si no serán una locura?
[p. 163]
LA VENTA DE LOS GATOS
n Sevilla y en mitad del camino que se dirige
al convento de San Jerónimo desde la puerta de la Macarena, hay, entre otros
ventorrillos célebres, uno que, por el lugar en que está colocado y las
circunstancias especiales que en él concurren, puede decirse que era, si ya no
lo es, el más neto y característico de todos los ventorrillos
andaluces.
Figuraos una casita blanca como el ampo de la
nieve, con su cubierta de tejas rojizas las unas, verdinegras las otras, entre
las cuales crecen un sin fin de jaramagos y matas de reseda. Un cobertizo de
madera baña en sombra el dintel de la puerta, á cuyos lados hay dos poyos de
ladrillos y argamasa. Empotradas en el muro, que rompen varios ventanillos
abiertos á capricho para dar luz al interior, y de los cuales unos son más
bajos y otros más altos, éste en forma cuadrangular, aquél imitando un ajimez ó
una claraboya, se ven de trecho en trecho algunas estacas y anillas de hierro,
que sirven para atar las caballerías. Una parra añosísima que retuerce sus
negruzcos troncos por entre la armazón de maderas que la sostienen,
vistiéndolos de pámpanos y hojas verdes y anchas, cubre como un dosel el
estrado, el cual lo componen tres bancos de pino, media docena de sillas de
anea desvencijadas, y hasta seis ó siete mesas[p. 164] cojas y hechas de
tablas mal unidas. Por uno de los costados de la casa sube una madreselva,
agarrándose á las grietas de las paredes, hasta llegar al tejado, de cuyo alero
penden algunas guías que se mecen con el aire, semejando flotantes pabellones
de verdura. Al pie del otro corre una cerca de cañizo, señalando los límites de
un pequeño jardín que parece una canastilla de juncos rebosando flores. Las
copas de dos corpulentos árboles que se levantan á espaldas del ventorrillo,
forman el fondo oscuro, sobre el cual se destacan sus blancas chimeneas,
completando la decoración los vallados de las huertas llenos de pitas y
zarzamoras, los retamares que crecen á la orilla del agua, y el Guadalquivir,
que se aleja arrastrando con lentitud su torcida corriente por entre aquellas
agrestes márgenes, hasta llegar al pie del antiguo convento de San Jerónimo, el
cual se asoma por cima de los espesos olivares que lo rodean, y dibuja por
oscuro la negra silueta de sus torres sobre un cielo azul transparente.
Imaginaos este paisaje animado por una multitud de
figuras, de hombres, mujeres, chiquillos y animales, formando grupos á cual más
pintoresco y característico: aquí el ventero, rechoncho y coloradote, sentado
al sol en una silleta baja, deshaciendo entre las manos el tabaco para liar un
cigarrillo y con el papel en la boca; allí un regatón de la Macarena, que canta
entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla, mientras otros le
llevan el compás con las palmas, ó golpeando las mesas con los vasos; más allá
una turba de muchachas, con su pañuelo de espumilla de mil colores, y toda una
maceta de claveles en el pelo, que tocan la pandereta, y chillan, y ríen, y
hablan á voces en tanto que impulsan como locas el columpio colgado entre dos
árboles; y los mozos del ventorrillo que van y vienen con bateas de manzanilla
y platos de aceitunas; y las bandas de gentes del pueblo que hormiguean en el
camino; dos[p. 165] borrachos que disputan con un majo que requiebra al
pasar á una buena moza; un gallo que cacarea esponjándose orgulloso sobre las
bardas del corral; un perro que ladra á los chiquillos que le hostigan con
palos y piedras; el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el
pescado; el chasquear de los látigos de los caleseros que llegan levantando una
nube de polvo; ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de
silbidos y de guitarras, y golpes en las mesas y palmadas, y estallidos de
jarros que se rompen, y mil y mil rumores extraños y discordes que forman una
alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto en una tarde
templada y serena, en la tarde de uno de los días más hermosos de Andalucía,
donde tan hermosos son siempre, y tendréis una idea del espectáculo que se
ofreció á mis ojos la primera vez que, guiado por su fama, fuí á visitar aquel
célebre ventorrillo.
De esto hace ya muchos años: diez ó doce lo menos.
Yo estaba allí como fuera de mi centro natural: comenzando por mi traje, y
acabando por la asombrada expresión de mi rostro, todo en mi persona disonaba
en aquel cuadro de franca y bulliciosa alegría. Parecióme que las gentes, al
pasar, volvían la cara á mirarme con el desagrado que se mira á un importuno.
No queriendo llamar la atención ni que mi presencia
se hiciese objeto de burlas más ó menos embozadas, me senté á un lado de la
puerta del ventorrillo, pedí algo de beber, que no bebí, y, cuando todos se
olvidaron de mi extraña aparición, saqué un papel de la cartera de dibujo, que
llevaba conmigo, afilé un lápiz, y comencé á buscar con la vista un tipo
característico para copiarlo y conservarlo como un recuerdo de aquella escena y
de aquel día.
Desde luego mis ojos se fijaron en una de las
muchachas que formaban alegre corro alrededor del columpio. Era alta, delgada,
levemente morena, con[p. 166] unos ojos adormidos, grandes y negros, y un
pelo más negro que los ojos. Mientras yo hacía el dibujo, un grupo de hombres,
entre los cuales había uno que rasgueaba la guitarra con mucho aire, entonaban
á coro cantares alusivos á las prendas personales, los secretillos de amor, las
inclinaciones ó las historias de celos y desdenes de las muchachas que se entretenían
alrededor del columpio, cantares á los que á su vez respondían éstas con otros
no menos graciosos, picantes y ligeros.
La muchacha morena, esbelta y decidora que había
escogido por modelo, llevaba la voz entre las mujeres, y componía las coplas y
las decía, acompañada del ruido de las palmas y las risas de sus compañeras,
mientras el tocador parecía ser el jefe de los mozos y el que entre todos ellos
despuntaba por su gracia y su desenfadado ingenio.
Por mi parte, no necesité mucho tiempo para conocer
que entre ambos existía algún sentimiento de afección que se revelaba en sus
cantares, llenos de alusiones transparentes y frases enamoradas.
Cuando terminé mi obra, comenzaba á hacerse de
noche. Ya en la torre de la catedral se habían encendido los dos faroles del
retablo de las campanas, y sus luces parecían los ojos de fuego de aquel
gigante de argamasa y ladrillo que domina toda la ciudad. Los grupos se iban
disolviendo poco á poco y perdiéndose á lo largo del camino entre la bruma del
crepúsculo, plateada por la luna, que empezaba á dibujarse sobre el fondo
violado y oscuro del cielo. Las muchachas se alejaban juntas y cantando, y sus
voces argentinas se debilitaban gradualmente hasta confundirse con los otros
rumores indistintos y lejanos que temblaban en el aire. Todo acababa á la vez:
el día, el bullicio, la animación y la fiesta; y de todo no quedaba sino un eco
en el oído y en el alma, como una vibración suavísima, como un dulce sopor
parecido al que se experimenta al despertar de un sueño agradable.
[p. 167]
Luego que hubieron desaparecido las últimas
personas, doblé mi dibujo, lo guardé en la cartera, llamé con una palmada al
mozo, pagué el pequeño gasto que había hecho, y ya me disponía á alejarme,
cuando sentí que me detenían suavemente por el brazo. Era el muchacho de la
guitarra que ya noté antes, y que mientras dibujaba me miraba mucho y con
cierto aire de curiosidad. Yo no había reparado que, después de concluída la
broma, se acercó disimuladamente hasta el sitio en que me encontraba, con
objeto de ver qué hacía yo mirando con tanta insistencia á la mujer por quien
él parecía interesarse.
—Señorito—me dijo con un acento que él procuró
suavizar todo lo posible:—voy á pedirle á usted un favor.
—¡Un favor!—exclamé yo, sin comprender cuáles
podrían ser sus pretensiones.—Diga usted, que si está en mi mano, es cosa
hecha.
—¿Me quiere usted dar esa pintura que ha hecho?
Al oir sus últimas palabras, no pude menos de
quedarme un rato perplejo; extrañaba por una parte la petición, que no dejaba
de ser bastante rara, y por otra el tono, que no podía decirse á punto fijo si
era de amenaza ó de súplica. Él hubo de comprender mi duda, y se apresuró en el
momento á añadir:
—Se lo pido á usted por la salud de su madre, por
la mujer que más quiera en este mundo, si quiere á alguna; pídame usted en
cambio todo lo que yo pueda hacer en mi pobreza.
No supe qué contestar para eludir el compromiso.
Casi casi hubiera preferido que viniese en son de quimera, á trueque de
conservar el bosquejo de aquella mujer, que tanto me había impresionado; pero
sea sorpresa del momento, sea que yo á nada sé decir que no, ello es que abrí
mi cartera, saqué el papel y se lo alargué sin decir una palabra.
Referir las frases de agradecimiento del muchacho,
sus exclamaciones al mirar nuevamente el dibujo á la[p. 168] luz del
reverbero de la venta, el cuidado con que lo dobló para guardárselo en la faja,
los ofrecimientos que me hizo y las alabanzas hiperbólicas con que ponderó la
suerte de haber encontrado lo que él llamaba un señorito templao y neto,
sería tarea dificilísima, por no decir imposible. Sólo diré que como entre unas
y otras se había hecho completamente de noche, que quise que no, se empeñó en
acompañarme hasta la puerta de la Macarena; y tanto dió en ello, que por fin me
determiné á que emprendiésemos el camino juntos. El camino es bien corto, pero
mientras duró encontró forma de contarme de pe á pa toda la historia de sus
amores.
La venta donde se había celebrado la función era de
su padre, quien le tenía prometido, para cuando se casase, una huerta que
lindaba con la casa y que también le pertenecía. En cuanto á la muchacha,
objeto de su cariño, que me describió con los más vivos colores y las frases
más pintorescas, me dijo que se llamaba Amparo, que se había criado en su casa
desde muy pequeñita, y se ignoraba quiénes fuesen sus padres. Todo esto y cien
otros detalles de más escaso interés me refirió durante el camino. Cuando llegamos
á las puertas de la ciudad, me dió un fuerte apretón de manos, tornó á
ofrecérseme, y se marchó entonando un cantar cuyos ecos se dilataban á lo lejos
en el silencio de la noche. Yo permanecí un rato viéndolo ir. Su felicidad
parecía contagiosa, y me sentía alegre, con una alegría extraña y sin nombre,
con una alegría, por decirlo así, de reflejo.
Él siguió cantando á más no poder; uno de sus
cantares decía así:
Compañerillo del alma,
mira qué bonita era:
se parecía á la Virgen
de Consolación de Utrera.
[p. 169]Cuando su voz comenzaba á perderse, oí en
las ráfagas de la brisa otra delgada y vibrante que sonaba más lejos aún. Era
ella, ella que lo aguardaba impaciente...
. . . . . . .
Pocos días después abandoné á Sevilla, y pasaron
muchos años sin que volviese á ella, y olvidé muchas cosas que allí me habían
sucedido; pero el recuerdo de tanta y tan ignorada y tranquila felicidad, no se
me borró nunca de la memoria.
II
Como he dicho, transcurrieron muchos años después
que abandoné á Sevilla, sin que olvidase del todo aquella tarde, cuyo recuerdo
pasaba algunas veces por mi imaginación como una brisa bienhechora que refresca
el ardor de la frente.
Cuando el azar me condujo de nuevo á la gran ciudad
que con tanta razón es llamada reina de Andalucía, una de las cosas
que más llamaron mi atención, fué el notable cambio verificado durante mi
ausencia. Edificios, manzanas de casas y barrios enteros habían surgido al
contacto mágico de la industria y el capital: por todas partes fábricas,
jardines, posesiones de recreo, frondosas alamedas; pero, por desgracia, muchas
venerables antiguallas habían desaparecido.
Visité nuevamente muchos soberbios edificios,
llenos de recuerdos históricos y artísticos; torné á vagar y á perderme entre
las mil y mil revueltas del curioso barrio de Santa Cruz; extrañé en el curso
de mis paseos muchas cosas nuevas que se han levantado no sé cómo; eché de
menos muchas cosas viejas que han desaparecido no sé por qué, y por último me
dirigí á la orilla del río. La orilla del río ha sido siempre en Sevilla el
lugar predilecto de mis excursiones.
[p. 170]Después que hube admirado el magnífico
panorama que ofrece en el punto por donde une sus opuestas márgenes el puente
de hierro; después que hube recorrido, con la mirada absorta, los mil detalles,
palacios y blancos caseríos; después que pasé revista á los innumerables buques
surtos en sus aguas, que desplegaban al aire los ligeros gallardetes de mil
colores, y oí el confuso hervidero del muelle, donde todo respira actividad y
movimiento, remontando con la imaginación la corriente del río, me trasladé
hasta San Jerónimo.
Me acordaba de aquel paisaje tranquilo, reposado y
luminoso en que la rica vegetación de Andalucía despliega sin aliño sus galas
naturales. Como si hubiera ido en un bote corriente arriba, vi desfilar otra
vez, con ayuda de la memoria, por un lado la Cartuja con sus arboledas y sus
altas y delgadas torres; por otro el barrio de los Humeros, los antiguos
murallones de la ciudad, mitad árabes, mitad romanos, las huertas con sus
vallados cubiertos de zarzas, y las norias que sombrean algunos árboles aislados
y corpulentos, y por último, San Jerónimo... Al llegar aquí con la imaginación,
se me representaron con más viveza que nunca los recuerdos que aún conservaba
de la famosa venta, y me figuré que asistía de nuevo á aquellas fiestas
populares, y oía cantar á las muchachas, meciéndose en el columpio, y veía los
corrillos de gentes del pueblo vagar por los prados, merendar unos, disputar
los otros, reir éstos, bailar aquéllos, y todos agitarse, rebosando juventud,
animación ó alegría. Allí estaba ella, rodeada de sus hijos, lejos ya del grupo
de las mozuelas, que reían y cantaban, y allí estaba él, tranquilo y satisfecho
de su felicidad, mirando con ternura, reunidas á su alrededor y felices, á
todas las personas que más amaba en el mundo: su mujer, sus hijos, su padre,
que estaba entonces como hacía diez años, sentado á la puerta de su venta,
liando impasible su cigarro de papel, sin[p. 171] más variación que tener
blanca como la nieve la cabeza, que era gris.
Un amigo que me acompañaba en el paseo, notando la
especie de éxtasis en que estuve abstraído con esas ideas durante algunos
minutos, me sacudió al fin del brazo, preguntándome:
—¿En qué piensas?
—Pensaba—le contesté—en la Venta de los
Gatos, y revolvía aquí, dentro de la imaginación, todos los agradables
recuerdos que guardo de una tarde que estuve en San Jerónimo... En este
instante concluía una historia que dejé empezada allí, y la concluía tan á mi
gusto, que creo no puede tener otro final que el que yo le he hecho. Y á
propósito de la Venta de los Gatos—proseguí, dirigiéndome á mi
amigo,—¿cuándo nos vamos allí una tarde á merendar y á tener un rato de jarana?
—¡Un rato de jarana!—exclamó mi interlocutor, con
una expresión de asombro que yo no acertaba á explicarme entonces;—¡un rato de
jarana! Pues digo que el sitio es aparente para el caso.
—¿Y por qué no?—le repliqué admirándome á mi vez de
sus admiraciones.
—La razón es muy sencilla—me dijo por
último;—porque á cien pasos de la venta han hecho el nuevo cementerio.
Entonces fuí yo el que lo miré con ojos asombrados,
y permanecí algunos instantes en silencio antes de añadir una sola palabra.
Volvimos á la ciudad, y pasó aquel día, y pasaron
algunos otros más, sin que yo pudiese desechar del todo la impresión que me
había causado una noticia tan inesperada. Por más vueltas que le daba, mi
historia de la muchacha morena no tenía ya fin, pues el inventado no podía
concebirlo, antojándoseme inverosímil un cuadro de felicidad y alegría con un
cementerio por fondo.
Una tarde, resuelto á salir de dudas, pretexté
una[p. 172] ligera indisposición para no acompañar á mi amigo en nuestros
acostumbrados paseos, y emprendí solo el camino de la venta. Cuando dejé á mis
espaldas la Macarena y su pintoresco arrabal, y comencé á cruzar por un
estrecho sendero aquel laberinto de huertas, ya me parecía advertir algo
extraño en cuanto me rodeaba.
Bien fuese que la tarde estaba un poco encapotada,
bien que la disposición de mi ánimo me inclinaba á las ideas melancólicas, lo
cierto es que sentí frío y tristeza, y noté un silencio que me recordaba la
completa soledad, como el sueño recuerda la muerte.
Anduve un rato sin detenerme, acabé de cruzar las
huertas para abreviar la distancia, y entré en el camino de San Lázaro, desde
donde ya se divisa en lontananza el convento de San Jerónimo.
Tal vez será una ilusión; pero á mí me parece que
por el camino que pasan los muertos, hasta los árboles y las hierbas toman al
cabo un color diferente. Por lo menos allí se me antojó que faltaban tonos
calurosos y armónicos, frescura en la arboleda, ambiente en el espacio y luz en
el terreno. El paisaje era monótono, las figuras negras y aisladas.
Por aquí un carro que marchaba pausadamente
cubierto de luto, sin levantar polvo, sin chasquido de látigo, sin algazara,
sin movimiento casi; más allá un hombre de mala catadura con un azadón en el
hombro, ó un sacerdote con su hábito talar y oscuro, ó un grupo de ancianos mal
vestidos ó de aspecto repugnante, con cirios apagados en las manos, que volvían
silenciosos, con la cabeza baja y los ojos fijos en la tierra. Yo me creía
transportado no sé adónde; pues todo lo que veía me recordaba un paisaje cuyos contornos
eran los mismos de siempre, pero cuyos colores se habían borrado, por decirlo
así, no quedando de ellos sino una media tinta dudosa. La impresión que
experimentaba, sólo puede compararse á la que sen[p. 173]timos en esos sueños
en que por un fenómeno inexplicable, las cosas son y no son á la vez, y los
sitios en que creemos hallarnos se transforman en parte de una manera
estrambótica é imposible.
Por último, llegué al ventorrillo: lo recordé, más
por el rótulo, que aún conservaba escrito con grandes letras en una de sus
paredes, que por nada; pues en cuanto al caserío, se me figuró que hasta había
cambiado de forma y proporciones. Desde luego puedo asegurar que estaba mucho
más ruinoso, abandonado y triste. La sombra del cementerio, que se alzaba en el
fondo, parecía extenderse hacia él, envolviéndolo en una oscura proyección como
en un sudario. El ventero estaba solo, completamente solo. Conocí que era el
mismo de hacía diez años; y lo conocí no sé por qué, pues en este tiempo había
envejecido hasta el punto de aparentar un viejo decrépito y moribundo, mientras
que cuando lo vi no representaba apenas cincuenta años, y rebosaba salud,
satisfacción y vida.
Sentéme en una de las desiertas mesas; pedí algo de
beber, que me sirvió el ventero, y de una en otra palabra suelta vinimos al
cabo á entrar en una conversación tirada acerca de la historia de amores, cuyo
último capítulo ignoraba todavía, á pesar de haber intentado adivinarlo varias
veces.
—Todo—me dijo el pobre viejo,—todo parece que se ha
conjurado contra nosotros desde la época que usted me recuerda. Ya lo sabe
usted: Amparo era la niña de nuestros ojos, se había criado aquí desde que
nació, casi era la alegría de la casa; nunca pudo echar de menos el suyo,
porque yo la quería como un padre; mi hijo se acostumbró también á quererla
desde niño, primero como un hermano, después con un cariño más grande todavía.
Ya estaba en vísperas de casarse; yo les había ofrecido lo mejor de mi poca hacienda,
pues con el producto de mi tráfico me parecía tener más que suficiente para
vivir con desahogo, cuando no sé qué diablo malo tuvo envidia de[p.
174] nuestra felicidad, y la deshizo en un momento. Primero comenzó á
susurrarse que iban á colocar un cementerio por esta parte de San Jerónimo:
unos decían que más acá, otros que más allá; y mientras todos estábamos
inquietos y temerosos, temblando de que se realizase este proyecto, una
desgracia mayor y más cierta cayó sobre nosotros.
Un día llegaron aquí en un carruaje dos señores. Me
hicieron mil y mil preguntas acerca de Amparo, á la cual saqué yo cuando
pequeña de la casa de expósitos; me pidieron los envoltorios con que la
abandonaron y que yo conservaba, resultando al fin que Amparo era hija de un
señor muy rico, el cual trabajó con la justicia para arrancárnosla, y trabajó
tanto, que logró conseguirlo. No quiero recordar siquiera el día que se la
llevaron. Ella lloraba como una Magdalena, mi hijo quería hacer una locura, yo
estaba como atontado sin comprender lo que me sucedía. ¡Se fué! Es decir, no se
fué, porque nos quería mucho para irse; pero se la llevaron, y una maldición
cayó sobre esta casa. Mi hijo, después de un arrebato de desesperación
espantosa, cayó como en un letargo; yo no sé decir qué me pasó; creí que se me
había acabado el mundo.
Mientras esto sucedía, comenzóse á levantar el
cementerio; la gente huyó de estos contornos, se acabaron las fiestas, los
cantares y la música, y se acabó toda la alegría de estos campos, como se había
acabado toda la de nuestras almas.
Y Amparo no era más feliz que nosotros: criada aquí
al aire libre, entre el bullicio y la animación de la venta, educada para ser
dichosa en la pobreza, la sacaron de esta vida, y se secó como se secan las
flores arrancadas de un huerto para llevarlas á un estrado. Mi hijo hizo
esfuerzos increíbles por verla otra vez, por hablarle un momento. Todo fué
inútil: su familia no quería. Al cabo la vió, pero la vió muerta. Por aquí pasó
su entierro. Yo no sabía nada, y no sé por[p. 175] qué me eché á llorar
cuando vi el ataúd. El corazón, que es muy leal, me decía á voces:
—Esa es joven como Amparo; como ella sería también
hermosa; ¿quién sabe si será la misma? Y era: mi hijo siguió el entierro, entró
en el patio, y al abrirse la caja, dió un grito, cayó sin sentido en tierra, y
así me lo trajeron. Después se volvió loco, y loco está.
Cuando el pobre viejo llegaba á este punto de su
narración, entraron en la venta dos enterradores de siniestra figura y aspecto
repugnante. Acabada su tarea, venían á echar un trago «á la salud de los
muertos», como dijo uno de ellos, acompañando el chiste con una estúpida
sonrisa. El ventero se enjugó una lágrima con el dorso de la mano, y fué á
servirles.
La noche comenzaba á cerrar, oscura y tristísima.
El cielo estaba negro y el campo lo mismo. De los brazos de los árboles pendía
aún, medio podrida, la soga del columpio agitada por el aire; me pareció la
cuerda de una horca oscilando todavía después de haber descolgado á un reo.
Sólo llegaban á mis oídos algunos rumores confusos: el ladrido lejano de los
perros de las huertas, el chirrido de una noria, largo, quejumbroso y agudo
como un lamento, las palabras sueltas y horribles de los sepultureros que concertaban
en voz baja un robo sacrílego... No sé; en mi memoria no ha quedado, lo mismo
de esta escena fantástica de desolación, que de la otra escena de alegría, más
que un recuerdo confuso, imposible de reproducir. Lo que me parece escuchar tal
como lo escuché entonces, es este cantar que entonó una voz plañidera, turbando
de repente el silencio de aquellos lugares:
En el carro de los muertos
ha pasado por aquí,
llevaba una mano fuera,
por ella la conocí.
[p. 176]Era el pobre muchacho, que estaba encerrado
en una de las habitaciones de la venta, donde pasaba los días contemplando
inmóvil el retrato de su amante sin pronunciar una palabra, sin comer apenas,
sin llorar, sin que se abriesen sus labios más que para cantar esa copla tan
sencilla y tan tierna, que encierra un poema de dolor que yo aprendí á
descifrar entonces.
[p. 177]
DESDE MI CELDA
CARTAS LITERARIAS
[p. 179]
CARTA PRIMERA
Monasterio de Veruela, 1864.
ueridos amigos: Heme aquí transportado de la
noche á la mañana á mi escondido valle de Veruela; heme aquí instalado de nuevo
en el oscuro rincón del cual salí por un momento para tener el gusto de
estrecharos la mano una vez más, fumar un cigarro juntos, charlar un poco y
recordar las agradables, aunque inquietas horas de mi antigua vida. Cuando se
deja una ciudad por otra, particularmente hoy, que todos los grandes centros de
población se parecen, apenas se percibe el aislamiento en que nos encontramos,
antojándosenos, al ver la identidad de los edificios, los trajes y las
costumbres, que al volver la primera esquina vamos á hallar la casa á que
concurríamos, las personas que estimábamos, las gentes á quienes teníamos
costumbre de ver y hallar de continuo. En el fondo de este valle, cuya
melancólica belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio agrada y
sobrecoge á la vez, diríase, por el contrario, que los montes que lo cierran
como un valladar inaccesible, me separan por completo del mundo. ¡Tan notable
es el contraste de cuanto se ofrece á mis ojos; tan vagos y perdidos quedan al
confundirse entre la multitud de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos de
las cosas más recientes!
[p. 180]Ayer, con vosotros en la tribuna del
Congreso, en la redacción, en el teatro Real, en La Iberia; hoy
sonándome aún en el oído la última frase de una discusión ardiente, la última
palabra de un artículo de fondo, el postrer acorde de un andante, el confuso
rumor de cien conversaciones distintas, sentado á la lumbre de un campestre
hogar donde arde un tronco de carrasca que salta y cruje antes de consumirse,
saboreo en silencio mi taza de café, único exceso que en estas soledades me
permito, sin que turbe la honda calma que me rodea otro ruido que el del viento
que gime á lo largo de las desiertas ruinas y el agua que lame los altos muros
del monasterio ó corre subterránea atravesando sus claustros sombríos y
medrosos. Una muchacha con su zagalejo corto y naranjado, su corpiño oscuro, su
camisa blanca y cerrada, sobre la que brillan dos gruesos hilos de cuentas
rojas, sus medias azules y sus abarcas atadas con un listón negro, que sube
cruzándose caprichosamente hasta la mitad de la pierna, va y viene cantando á
media voz por la cocina, atiza la lumbre del hogar, tapa y destapa los pucheros
donde se condimenta la futura cena, y dispone el agua hirviente, negra y amarga
que me mira beber con asombro. Á estas alturas y mientras dura el frío, la
cocina es el estrado, el gabinete y el estudio.
Cuando sopla el cierzo, cae la nieve ó azota la
lluvia los vidrios del balcón de mi celda, corro á buscar la claridad rojiza y
alegre de la llama, y allí, teniendo á mis pies al perro, que se enrosca junto
á la lumbre, viendo brillar en el oscuro fondo de la cocina las mil chispas de
oro con que se abrillantan las cacerolas y los trastos de la espetera, al
reflejo del fuego, ¡cuántas veces he interrumpido la lectura de una escena
de La Tempestad, de Shakespeare, ó del Caín, de Byron,
para oir el ruido del agua que hierve á borbotones, coronándose de espuma, y
levantando con sus penachos de vapor azul y ligero la tapadera de metal que
golpea los bordes de la vasija! Un mes hace que[p. 181] falto de aquí, y
todo se encuentra lo mismo que antes de marcharme. El temeroso respeto de estos
criados hacia todo lo que me pertenece, no puede menos de traerme á la
imaginación las irreverentes limpiezas, los temibles y frecuentes arreglos de
cuarto de mis patronas de Madrid. Sobre aquella tabla, cubiertos de polvo, pero
con las mismas señales y colocados en el orden que yo los tenía, están aún mis
libros y mis papeles. Más allá cuelga de un clavo la cartera de dibujo; en un
rincón veo la escopeta, compañera inseparable de mis filosóficas excursiones,
con la cual he andado mucho, he pensado bastante y no he matado casi nada.
Después de apurar mi taza de café, y mientras miro danzar las llamas violadas,
rojas y amarillas á través del humo del cigarro que se extiende ante mis ojos
como una gasa azul, he pensado un poco sobre qué escribiría á ustedes
para El Contemporáneo, ya que me he comprometido á contribuir con
una gota de agua, á fin de llenar ese océano sin fondo, ese abismo de
cuartillas que se llama periódico, especie de tonel, que como al de las
Danaidas, siempre se le está echando original y siempre está vacío. Las únicas
ideas que me han quedado como flotando en la memoria, y sueltas de la masa
general que ha oscurecido y embotado el cansancio del viaje, se refieren á los
detalles de éste que carecen en sí de interés, que en otras mil ocasiones he
podido estudiar, pero que nunca, como ahora, se han ofrecido á mi imaginación
en conjunto, y contrastando entre sí de un modo tan extraordinario y patente.
Los diversos medios de locomoción de que he tenido
que servirme para llegar hasta aquí, me han recordado épocas y escenas tan
distintas, que algunos ligeros rasgos de lo que de ellas recuerdo, trazados por
pluma más avezada que la mía á esta clase de estudios, bastarían á bosquejar un
curioso cuadro de costumbres.
Como por todo equipaje no llevaba más que un
pequeño saco de noche, después de haberme despedido[p. 182] de ustedes
llegué á la estación del ferrocarril á punto de montar en el tren. Previo un
ligero saludo de cabeza dirigido á las pocas personas que de antemano se
encontraban en el coche, y que habían de ser mis compañeras de viaje, me
acomodé en un rincón esperando el momento de partir, que no debía de tardar
mucho, á juzgar por la precipitación de los rezagados, el ir y venir de los
guardas de la vía y el incesante golpear de las portezuelas. La locomotora
arrojaba ardientes y ruidosos resoplidos, como un caballo de raza impaciente
hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo detiene en el hipódromo. De cuando
en cuando una pequeña oscilación hacía crujir las coyunturas de acero del
monstruo; por último sonó la campana, el coche hizo un brusco movimiento de
adelante atrás y de atrás adelante, y aquella especie de culebra negra y
monstruosa partió arrastrándose por el suelo á lo largo de los rails y arrojando
silbidos estridentes que resonaban de una manera particular en el silencio de
la noche. La primera sensación que se experimenta al arrancar un tren, es
siempre insoportable. Aquel confuso rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios
estremecidos, aquel fragor de ferretería ambulante, igual, aunque en grado
máximo, al que produce un simón desvencijado al rodar por una calle mal
empedrada, crispa los nervios, marea y aturde. Verdad que en ese mismo
aturdimiento hay algo de la embriaguez de la carrera, algo de lo vertiginoso
que tiene todo lo grande; pero como quiera que, aunque mezclado con algo que
place, hay mucho que incomoda, también es cierto que hasta que pasan algunos
minutos y la continuación de las impresiones embota la sensibilidad, no se
puede decir que se pertenece uno á sí mismo por completo.
Apenas hubimos andado algunos kilómetros, y cuando
pude enterarme de lo que había á mi alrededor, empecé á pasar revista á mis
compañeros de coche; ellos, por su parte, creo que hacían algo por el[p.
183] estilo, pues con más ó menos disimulo todos comenzamos á mirarnos
unos á otros de los pies á la cabeza.
Como dije antes, en el coche nos encontrábamos muy
pocas personas. En el asiento que hacía frente al en que yo me había colocado,
y sentada de modo que los pliegues de su amplia y elegante falda de seda me
cubrían casi los pies, iba una joven como de dieciséis á diecisiete años, la
cual, á juzgar por la distinción de su fisonomía y ese no sé qué aristocrático
que se siente y no puede explicarse, debía de pertenecer á una clase elevada.
Acompañábala un aya, pues tal me pareció una señora muy atildada y fruncida que
ocupaba el asiento inmediato, y que de cuando en cuando le dirigía la palabra
en francés para preguntarle cómo se sentía, qué necesitaba, ó advertirle de qué
manera estaría más cómoda. La edad de aquella señora y el interés que se tomaba
por la joven, pudieran hacer creer que era su madre; pero, á pesar de todo, yo
notaba en su solicitud algo de afectado y mercenario, que fué el dato que desde
luego tuve en cuenta para clasificarla.
Haciendo vis-à-vis con el aya
francesa, y medio enterrado entre los almohadones de un rincón, como viajero
avezado á las noches de ferrocarril, estaba un inglés alto y rubio como casi
todos los ingleses, pero más que ninguno grave, afeitado y limpio. Nada más
acabado y completo que su traje de touriste; nada más curioso que
sus mil cachivaches de viaje, todos blancos y relucientes; aquí la manta
escocesa, sujeta con sus hebillas de acero; allá el paraguas y el bastón con su
funda de vaqueta; terciada al hombro la cómoda y elegante bolsa de piel de
Rusia. Cuando volví los ojos para mirarle, el inglés, desde todo lo alto de su
deslumbradora corbata blanca, paseaba una mirada olímpica sobre nosotros, y
luego que su pupila verde, dilatada y redonda, se hubo empapado bien en los
objetos, entornó nuevamente los párpados, de modo que, heridas por la luz que
caía de lo alto, sus pestañas largas y rubias se me antojaban á veces dos[p.
184] hilos de oro que sujetaban por el cabo una remolacha, pues no á otra
cosa podría compararse su nariz. Formando contraste con este seco y
estirado gentleman, que una vez entornados los ojos y bien
acomodado en su rincón, permanecía inmóvil como una esfinge de granito, en el
extremo opuesto del coche, y ya poniéndose de pie, ya agachándose para colocar
una enorme sombrerera debajo del asiento, ó recostándose alternativamente de un
lado y de otro, como el que siente un dolor agudo y de ningún modo se encuentra
bien, bullía sin cesar un señor de unos cuarenta años, saludable, mofletudo y rechoncho,
el cual señor, á lo que pude colegir por sus palabras, vivía en un pueblo de
los inmediatos á Zaragoza, de donde nunca había salido sino á la capital de su
provincia, hasta que con ocasión de ciertos negocios propios del Ayuntamiento
de que formaba parte, había estado últimamente en la corte como cosa de un mes.
Todo esto, y mucho más, se lo dijo él solo sin que
nadie se lo preguntara, porque el bueno del hombre era de lo más expansivo con
que he topado en mi vida, mostrando tal afán por enredar conversación sobre
cualquier cosa, que no perdonaba coyuntura.
Primero suplicó al inglés le hiciese el favor de
colocar un cestito con dos botellas en la bolsa del coche que tenía más
próxima; el inglés entreabrió los ojos, alargó una mano, y lo hizo sin
contestar una sola palabra á las expresivas frases con que le agradeciera el
obsequio. De seguida se dirigió á la joven para preguntarle si la señora que la
acompañaba era su mamá. La joven le contestó que no con una desdeñosa sobriedad
de palabras. Después se encaró conmigo, deseando saber si seguiría hasta Pamplona:
satisfice esta pregunta, y él, tomando pie de mi contestación, dijo que se
quedaba en Tudela; y á propósito de esto, habló de mil cosas diferentes y todas
á cual de menos importancia, sobre todo para los que le escuchábamos. Cansado
de su desesperante monólogo ó agotados los[p. 185] recursos de su
imaginación, nuestro buen hombre, que por lo visto se fastidiaba á más no poder
dentro de aquella atmósfera glacial y afectada, tan de buen tono entre personas
que no se conocen, comenzó á poco, sin duda para distraer su aburrimiento, una
serie de maniobras á cual más inconvenientes y originales. Primero cantó un
rato á media voz alguna de las habaneras que habría oído en Madrid á la criada
de la casa de pupilos; después comenzó á atravesar el coche de un extremo á
otro, dando aquí al inglés con el codo ó pisando allí el extremo del traje de
las señoras para asomarse á las ventanillas de ambos lados; por último, y esta
fué la broma más pesada, dió en la flor de bajar los cristales en cada una de
las estaciones para leer en alta voz el nombre del pueblo, pedir agua ó
preguntar los minutos que se detendría el tren. En unas y en otras, ya nos
encontrábamos cerca de Medinaceli, y la noche se había entrado fría, anubarrada
y desagradable; de modo que cada vez que se abría una de las portezuelas, se
estaba en peligro inminente de coger un catarro. El inglés, que hubo de
comprenderlo así, se envolvió silenciosamente en su magnífica manta escocesa;
la joven, por consejo del aya, que se lo dijo en alta voz, se puso un abrigo; yo,
á falta de otra cosa, me levanté el cuello del gabán y hundí cuanto pude la
cabeza entre los hombros. Nuestro hombre, sin embargo, prosiguió impertérrito
practicando la misma peligrosa operación tantas veces cuantas paraba el tren,
hasta que al cabo, no sé si cansado de este ejercicio ó advertido de la escena
muda de arropamiento general que se repetía tantas veces cuantas él abría la
ventanilla, cerró con aire de visible mal humor los cristales, tornando á
echarse en su rincón, donde á los pocos minutos roncaba como un bendito,
amenazando aplastarme la nariz con la coronilla en uno de aquellos bruscos
vaivenes que de cuando en cuando le hacían salir sobresaltado de su modorra
para restregarse los ojos, mirar[p. 186] el reloj y volverse á dormir de
nuevo. El peso de las altas horas de la noche comenzaba á dejarse sentir. En el
vagón reinaba un silencio profundo, interrumpido sólo por el eterno y férreo
crujir del tren, y algún que otro resoplido de nuestro amodorrado compañero,
que alternaba en esta tarea con la máquina.
El inglés se durmió también; pero se durmió grave y
dignamente, sin mover pie ni mano, como si á pesar del letargo que le embargaba
tuviese la conciencia de su posición. El aya comenzó á cabecear un poco,
acabando por bajar el velo de su capota oscura y dormirse en estilo semiserio.
Quedamos, pues, desvelados, como las vírgenes prudentes de la parábola, tan
sólo la joven y yo. Á decir verdad, yo también me hubiera rendido al peso del
aturdimiento y á las fatigas de la vigilia si hubiese tenido la seguridad de
mantenerme en mi sueño en una actitud, si no tan grave como la del
inmóvil gentleman, al menos no tan grotesca como la del buen
regidor aragonés, que ora dejándose caer la gorra en una cabezada, ora roncando
como un órgano ó balbuceando palabras ininteligibles, ofrecía el espectáculo
más chistoso que imaginarse puede. Para despabilarme un poco resolví dirigir la
palabra á la joven; pero por una parte temía cometer una indiscreción, mientras
por otra, y no era esto lo menos para permanecer callado, no sabía cómo
empezar. Entonces volví los ojos, que había tenido clavados en ella con alguna
insistencia, y me entretuve en ver pasar á través de los cristales, y sobre una
faja de terreno oscuro y monótono, ya las blancas nubes de humo y de chispas
que se quedaban al paso de la locomotora rozando la tierra y como suspendidas é
inmóviles, ya los palos del telégrafo, que parecían perseguirse y querer
alcanzarse unos á otros lanzados á una carrera fantástica. No obstante, la
aproximación de aquella mujer hermosa que yo sentía aún sin mirarla, el roce de
su falda de seda que tocaba á mis pies y crujía á cada uno de sus movimientos,
el sopor[p. 187] vertiginoso del incesante ruido, la languidez del
cansancio, la misteriosa embriaguez de las altas horas de la noche, que pesan
de una manera tan particular sobre el espíritu, comenzaron á influir en mi
imaginación, ya sobreexcitada extrañamente.
Estaba despierto, pero mis ideas iban poco á poco
tomando esa forma extravagante de los ensueños de la mañana, historias sin
principio ni fin, cuyos eslabones de oro se quiebran con un rayo de enojosa
claridad y vuelven á soldarse apenas se corren las cortinas del lecho. La vista
se me fatigaba de ver pasar, eterna, monótona y oscura como un mar de asfalto,
la línea del horizonte, que ya se alzaba, ya se deprimía, imitando el
movimiento de las olas. De cuando en cuando dejaba caer la cabeza sobre el pecho,
rompía el hilo de las historias extraordinarias que iba fingiendo en la mente y
entornaba los ojos; pero apenas los volvía á abrir encontraba siempre delante
de ellos á aquella mujer, y tornaba á mirar por los cristales, y tornaba á
soñar imposibles. Yo he oído decir á muchos, y aun la experiencia me ha
enseñado un poco, que hay horas peligrosas, horas lentas y cargadas de extraños
pensamientos y de una voluptuosa pesadez, contra la que es imposible
defenderse: en esas horas, como cuando nos turban la cabeza los vapores del
vino, los sonidos se debilitan y parece que se oyen muy distantes, los objetos
se ven como velados por una gasa azul, y el deseo presta audacia al espíritu,
que recobra para sí todas las fuerzas que pierde la materia. Las horas de la madrugada,
esas horas que deben de tener más minutos que las demás, esas horas en que
entre el caos de la noche comienza á forjarse el día siguiente, en que el sueño
se despide con su última visión, y la luz se anuncia con ráfagas de claridad
incierta, son sin duda alguna las que en más alto grado reunen semejantes
condiciones. Yo no sé el tiempo que transcurrió mientras á la vez dormía y
velaba, ni tampoco me sería fácil apuntar algunas[p. 188] de las
fantásticas ideas que cruzaron por mi imaginación, porque ahora sólo recuerdo
cosas desasidas y sin sentido, como esas notas sueltas de una música lejana que
trae el viento á intervalos en ráfagas sonoras: lo que sí puedo asegurar es que
gradualmente se fueron embotando mis sentidos, hasta el punto que cuando un gran
estremecimiento, una bocanada de aire frío y la voz del guarda de la vía me
anunciaron que estaba en Tudela, no supe explicarme cómo me encontraba tan
pronto en el término de la primera parte de mi peregrinación.
Era completamente de día, y por la ventanilla del
coche, que había abierto de par en par el señor gordo, entraban á la vez el sol
rojizo y el aire fresco de la mañana. Nuestro regidor aragonés, que por lo que
podía colegirse no veía la hora de dejar tan poco agradable reunión, apenas se
convenció de que estábamos en Tudela, tercióse la capa al hombro, cogió en una
mano su sombrerera monstruo, en la otra el cesto, y saltó al andén con una
agilidad que nadie hubiera sospechado en sus años y en su gordura. Yo tomé
asimismo el pequeño saco que era todo mi equipaje; dirigí una última mirada á
aquella mujer á quien acaso no volvería á ver más, y que había sido la heroína
de mi novela de una noche, y después de saludar á mis compañeros, salí del
vagón buscando á un chico que llevase aquel bulto y me condujese á una fonda
cualquiera.
Tudela es un pueblo grande con ínfulas de ciudad, y
el parador adonde me condujo mi guía, una posada con ribetes de fonda. Sentéme
y almorcé: por fortuna, si el almuerzo no fué gran cosa, la mesa y el servicio
estaban limpios. Hagamos esta justicia á la navarra que se encuentra al frente
del establecimiento. Aún no había tomado los postres, cuando el campanilleo de
las colleras, los chasquidos del látigo y las voces del zagal que enganchaba
las mulas, me anunciaron que el coche de Tarazona iba á salir muy pronto.[p.
189] Acabé de prisa y corriendo de tomar una taza de café bastante malo y
clarito por más señas, y ya se oían los gritos de ¡al coche! ¡al coche! unidos
á las despedidas en alta voz, al ir y venir de los que colocaban los equipajes
en la baca, y las advertencias, mezcladas de interjecciones, del mayoral que
dirigía las maniobras desde el pescante como un piloto desde la popa de su
buque.
La decoración había cambiado por completo, y nuevos
y característicos personajes se encontraban en escena. En primer término, y
unos recostados contra la pared, otros sentados en los marmolillos de las
esquinas ó agrupados en derredor del coche, veíanse hasta quince ó veinte
desocupados del lugar, para quienes el espectáculo de una diligencia que entra
ó sale es todavía un gran acontecimiento. Al pie del estribo algunos muchachos
desarrapados y sucios abrían con gran oficiosidad las portezuelas pidiendo indirectamente
una limosna, y en el interior del ómnibus, pues este era
propiamente el nombre que debiera darse al vehículo que iba á conducirnos á
Tarazona, comenzaban á ocupar sus asientos los viajeros. Yo fuí uno de los
primeros en colocarme en mi sitio al lado de dos mujeres, madre é hija,
naturales de un pueblo cercano, y que venían de Zaragoza, adonde, según me
dijeron, habían ido á cumplir no sé qué voto á la Virgen del Pilar: la muchacha
tenía los ojos retozones, y de la madre se conservaba todo lo que á los
cuarenta y pico de años puede conservarse de una buena moza. Tras mí entró un
estudiante del seminario, á quien no hubo de parecer saco de paja la muchacha,
pues viendo que no podía sentarse junto á ella, porque ya lo había hecho yo, se
compuso de modo que en aquellas estrecheces se tocasen rodilla con rodilla.
Siguieron al estudiante otros dos individuos del sexo feo, de los cuales el
primero parecía militar en situación de reemplazo, y el segundo uno de esos
pobres empleados de poco sueldo, á quienes á cada instante trasiega el mi[p.
190]nisterio de una provincia á otra. Ya estábamos todos, y cada uno en su
lugar correspondiente, y dándonos el parabién porque íbamos á estar un poco
holgados, cuando apareció en la portezuela, y como un retrato dentro de su
moldura, la cabeza de un clérigo entrado en edad, pero guapote y de buen color,
al que acompañaba una ama ó dueña, como por aquí es costumbre llamarles, que en
punto á cecina de mujer era de lo mejor conservado y apetitoso á la vista que
yo he encontrado de algún tiempo á esta parte.
Sintieron unos y se alegraron otros de la llegada
de los nuevos compañeros, siendo de los segundos el escolar, el cual encontró
ocasión de encajarse más estrechamente con su vecina de asiento, mientras hacía
un sitio al ama del cura, sitio pequeño para el volumen que había de ocuparlo,
aunque grande por la buena voluntad con que se le ofrecía. Sentóse el ama,
acomodóse el clérigo, y ya nos disponíamos á partir, cuando, como llovido del
cielo ó salido de los profundos, hete aquí que se nos aparece mi famoso hombre
gordo del ferrocarril, con su imprescindible cesto y su monstruosa sombrerera.
Referir las cuchufletas, las interjecciones, las risas y los murmullos que se
oyeron á su llegada, sería asunto imposible, como tampoco es fácil recordar las
maniobras de cada uno de los viajeros para impedir que se acomodase á su lado.
Pero aquel era el elemento de nuestro hombre gordo: allí donde se reía, se
empujaba, y unos manoteando, otros impasibles todos hablaban á un tiempo, se
encontraba el buen regidor como el pez en el agua ó el pájaro en el aire. A las
cuchufletas respondía con chanzas, á las interjecciones encogiéndose de
hombros, y á los envites de codos con codazos, de manera que á los pocos
minutos ya estaba sentado y en conversación con todos como si los conociese de
antigua fecha. En esto partió el coche, comenzando ese continuo vaivén al
compás del trote de las mulas, las campanillas del caballo delantero, el saltar
de los cristales, el revolo[p. 191]tear de los visillos y los chasquidos del
látigo del mayoral, que constituyen el fondo de armonía de una diligencia en
marcha. Las torres de Tudela desaparecieron detrás de una loma bordada de
viñedos y olivares. Nuestro hombre gordo, apenas se vió engolfado camino
adelante y en compañía tan franca, alegre y de su gusto, desenvainó del cesto
una botella y la merienda correspondiente para echar un trago. Dada la señal
del combate, el fuego se hizo general en toda la línea, y unos de la fiambrera
de hoja de lata, otros de un canastillo ó del número de un periódico, cada cual
sacó su indispensable tortilla de huevos con variedad de tropezones. Primero la
botella, y cuando ésta se hubo apurado, una bota de media azumbre del
seminarista, comenzaron á andar á la ronda por el coche. Las mujeres, aunque se
excusaban tenazmente, tuvieron que humedecerse la boca con el vino; el mayoral,
dejando el cuidado de las mulas al delantero, sentóse de medio ganchete en el
pescante y formó parte del corro, no siendo de los más parcos en el beber; yo,
aunque con nada había contribuído al festín, también tuve que empinar el codo
más de lo que acostumbro.
Á todo esto no cesaba el zarandeo del carruaje; de
modo que con el aturdimiento del vinillo, el continuo vaivén, el tropezón de
codos y rodillas, las risotadas de éstos, el gritar de aquéllos, las palabritas
á media voz de los de más allá, un poco de sol enfilado á los ojos por las
ventanillas, y un bastante de polvo del que levantaban las mulas, las tres
horas de camino que hay desde Tarazona á Tudela pasaron entre gloria y
purgatorio, ni tan largas que me dieran lugar á desesperarme, ni tan breves que
no viera con gusto el término de mi segunda jornada.
En Tarazona nos apeamos del coche entre una doble
fila de curiosos, pobres y chiquillos. Despedímonos cordialmente los unos de
los otros, volví á encargar á un chicuelo de la conducción de mi equipaje, y me
encaminé al azar por aquellas calles estrechas, tor[p. 192]cidas y oscuras,
perdiendo de vista, tal vez para siempre, á mi famoso regidor, que había
empezado por fastidiarme, concluyendo al fin por hacerme feliz con su eterno
buen humor, su incansable charla y su inquietud increíble en una persona de su edad
y su volumen. Tarazona es una ciudad pequeña y antigua; más lejos del
movimiento que Tudela, no se nota en ella el mismo adelanto, pero tiene un
carácter más original y artístico. Cruzando sus calles con arquillos y
retablos, con caserones de piedra llenos de escudos y timbres heráldicos, con
altas rejas de hierro de labor exquisita y extraña, hay momentos en que se cree
uno transportado á Toledo, la ciudad histórica por excelencia.
Al fin, después de haber discurrido un rato por
aquel laberinto de calles, llegamos á la posada, que posada era con todos los
accidentes y el carácter de tal el sitio á que me condujo mi guía. Figúrense
ustedes un medio punto de piedra carcomida y tostada, en cuya clave luce un
escudo con un casco que en vez de plumas tiene en la cimera una pomposa mata de
jaramagos amarillos, nacida entre las hendiduras de los sillares; junto al
blasón de los que fueron un día señores de aquella casa solariega, hay un palo,
con una tabla en la punta á guisa de banderola, en que se lee con grandes
letras de almagre el título del establecimiento; el nudoso y retorcido tronco
de una parra que comienza á retoñar, cubre de hojas verdes, transparentes é
inquietas, un ventanuquillo abierto en el fondo de una antigua ojiva rellena de
argamasa y guijarros de colores; á los lados del portal sirven de asiento
algunos trozos de columnas, sustentados por rimeros de ladrillos ó capiteles
rotos y casi ocultos entre las yerbas que crecen al pie del muro, en el cual,
entre remiendos y parches de diferentes épocas, unos blancos y brillantes aún,
otros con oscuras manchas de ese barniz particular de los años, se ven algunas
estaquillas de madera clavadas en las hendiduras. Tal se ofreció[p. 193] á
mis ojos el exterior de la posada; el interior no parecía menos pintoresco.
A la derecha, y perdiéndose en la media luz que
penetraba de la calle, veíase una multitud de arcos chatos y macizos que se
cruzaban entre sí, dejando espacio en sus huecos á una larga fila de pesebres,
formados de tablas mal unidas al pie de los postes; y diseminados por el suelo,
tropezábase aquí con las enjalmas de una caballería, allá con unos cuantos
pellejos de vino ó gruesas sacas de lana, sobre las que merendaban sentados en
corro y con el jarro en primer lugar, algunos arrieros y trajinantes.
En el fondo, y caracoleando pegada á los muros ó
sujeta con puntales, subía á las habitaciones interiores una escalerilla
empinada y estrecha, en cuyo hueco, y revolviendo un haz de paja, picoteaban
los granos perdidos hasta una media docena de gallinas; la parte de la
izquierda, á la que daba paso un arco apuntado y ruinoso, dejaba ver un rincón
de la cocina iluminado por el resplandor rojizo y alegre del hogar, en donde
formaban un gracioso grupo la posadera, mujer frescota y de buen temple, aunque
entrada en años, una muchacha vivaracha y despierta como de quince á dieciséis,
y cuatro ó cinco chicuelos rubios y tiznados, amén de un enorme gato rucio y
dos ó tres perros que se habían dormido al amor de la lumbre.
Después de dar un vistazo á la posada, hice
presente al posadero el objeto que en su busca me traía, el cual estaba
reducido á que me pusiese en contacto con alguien que me quisiera ceder una
caballería para trasladarme á Veruela, punto al que no se puede llegar de otro
modo.
Hízolo así el posadero, ajusté el viaje con unos
hombres que habían venido á vender carbón de Purujosa y se tornaban de vacío, y
héteme aquí otra vez en marcha y camino del Moncayo, atalajado en una mula como
en los buenos tiempos de la Inquisición y del rey absoluto. Cuando me vi en
mitad del camino,[p. 194] entre aquellas subidas y bajadas tan escabrosas,
rodeado de los carboneros, que marchaban á pie á mi lado cantando una canción
monótona y eterna; delante de mis ojos la senda, que parecía una culebra blancuzca
é interminable que se alejaba enroscándose por entre las rocas, desapareciendo
aquí y tornando á aparecer más allá, y á un lado y otro los horizontes
inmóviles y siempre los mismos, figurábaseme que hacía un año me había
despedido de ustedes, que Madrid se había quedado en el otro cabo del mundo,
que el ferrocarril que vuela, dejando atrás las estaciones y los pueblos,
salvando los ríos y horadando las montañas, era un sueño de la imaginación ó un
presentimiento de lo futuro. Como la verdad es que yo fácilmente me acomodo á
todas las cosas, pronto me encontré bien con mi última manera de caminar, y
dejando ir á la mula á su paso lento y uniforme, eché á volar la fantasía por
los espacios imaginarios, para que se ocupase en la calma y en la frescura
sombría de los sotos de álamos que bordan el camino, en la luminosa serenidad
del cielo, ó saltase, como salta el ligero montañés, de peñasco en peñasco, por
entre las quiebras del terreno, ora envolviéndose como en una gasa de plata en
la nube que viene rastrera, ora mirando con vertiginosa emoción el fondo de los
precipicios por donde va el agua, unas veces ligera, espumosa y brillante, y
otras sin ruido, sombría y profunda.
Como quiera que cuando se viaja así, la imaginación
desasida de la materia tiene espacio y lugar para correr, volar y juguetear
como una loca por donde mejor le parece, el cuerpo, abandonado del espíritu,
que es el que lo percibe todo, sigue impávido su camino hecho un bruto y
atalajado como un pellejo de aceite, sin darse cuenta de sí mismo, ni saber si
se cansa ó no. En esta disposición de ánimo anduvimos no sé cuántas horas,
porque ya no tenía ni conciencia del tiempo, cuando un airecillo agradable, aunque
un poco fuerte, me anunció que habíamos llegado á la más alta de las[p.
195] cumbres que por la parte de Tarazona rodean el valle, término de mis
peregrinaciones. Allí, después de haberme apeado de la caballería para seguir á
pie el poco camino que me faltaba, pude exclamar como los Cruzados á la vista
de la ciudad santa:
Ecco apparir Gerusalem si vede.
En efecto, en el fondo del melancólico y silencioso
valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas
cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de
sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las
vetustas murallas y las puntiagudas torres del monasterio, en donde ya
instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y
campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es
servido de ello, y ayudaros á soportar la pesada carga del periódico en cuanto
la enfermedad y su natural propensión á la vagancia se lo permitan.
[p. 197]
CARTA SEGUNDA
ueridos amigos: Si me vieran ustedes en
algunas ocasiones con la pluma en la mano y el papel delante, buscando un
asunto cualquiera para emborronar catorce ó quince cuartillas, tendrían lástima
de mí. Gracias á Dios que no tengo la perniciosa, cuanto fea costumbre, de
morderme las uñas en caso de esterilidad, pues hasta tal punto me encuentro
apurado é irresoluto en estos trances, que ya sería cosa de haberme comido la
primera falange de los dedos. Y no es precisamente porque se hayan agotado de
tal modo mis ideas, que registrando en el fondo de la imaginación, en donde
andan enmarañadas é indecisas, no pudiese topar con alguna y traerla, á ser
preciso, por la oreja, como dómine de lugar á muchacho travieso. Pero no basta
tener una idea; es necesario despojarla de su extraña manera de ser, vestirla
un poco al uso para que esté presentable, aderezarla y condimentarla, en fin, á
propósito, para el paladar de los lectores de un periódico, político por
añadidura. Y aquí está lo espinoso del caso, aquí la gran dificultad.
Entre los pensamientos que antes ocupaban mi
imaginación y los que aquí han engendrado la soledad y el retiro, se ha trabado
una lucha titánica, hasta que, por último, vencidos los primeros por el número
y la intensidad de sus contrarios, han ido á refugiarse no[p. 198] sé
dónde, porque yo los llamo y no me contestan, los busco y no parecen. Ahora
bien: lo que se siente y se piensa aquí en armonía con la profunda calma y el
melancólico recogimiento de estos lugares, ¿podrá encontrar un eco en los que
viven en ese torbellino de intereses opuestos, de pasiones sobreexcitadas, de
luchas continuas, que se llama la Corte?
Yo juzgo de la impresión que pueden hacer ideas que
nacen y se desarrollan en la austera soledad de estos claustros, por la que á
su vez me producen las que ahí hierven, y de las cuales diariamente me
trae El Contemporáneo como un abrasado soplo. Al periódico que
todas las mañanas encontramos en Madrid sobre la mesa del comedor ó en el
gabinete de estudio, se le recibe como á un amigo de confianza que viene á
charlar un rato, mientras se hace hora de almorzar; con la ventaja de que si
saboreamos un veguero, mientras él nos refiere, comentándola, la historia del
día de ayer, ni siquiera hay necesidad de ofrecerle otro, como al amigo. Y esa
historia de ayer que nos refiere, es hasta cierto punto la historia de nuestros
cálculos, de nuestras simpatías ó de nuestros intereses; de modo que su
lenguaje apasionado, sus frases palpitantes, suelen hablar á un tiempo á
nuestra cabeza, á nuestro corazón y á nuestro bolsillo: en unas ocasiones
repite lo que ya hemos pensado, y nos complace hallarlo acorde con nuestro modo
de ver; otras nos dice la última palabra de algo que comenzábamos á adivinar, ó
nos da el tema en armonía con las vibraciones de nuestra inteligencia para
proseguir pensando. Tan íntimamente está enlazada su vida intelectual con la
nuestra; tan una es la atmósfera en que se agitan nuestras pasiones y las
suyas. Aquí, por el contrario, todo parece conspirar á un fin diverso. El
periódico llega á los muros de este retiro como uno de esos círculos que se
abren en el agua cuando se arroja una piedra, y que poco á poco se van
debilitando á medida que se alejan del punto de donde partieron, hasta[p.
199] que vienen á morir en la orilla con un rumor apenas perceptible. El
estado de nuestra imaginación, la soledad que nos rodea, hasta los accidentes
locales parecen contribuir á que sus palabras suenen de otro modo en el oído.
Juzgad si no por lo que á mí me sucede.
Todas las tardes, y cuando el sol comienza á caer,
salgo al camino que pasa por delante de las puertas del monasterio para
aguardar al conductor de la correspondencia que me trae los periódicos de
Madrid. Frente al arco que da entrada al primer recinto de la abadía, se
extiende una larga alameda de chopos tan altos, que cuando agita las ramas el
viento de la tarde, sus copas se unen y forman una inmensa bóveda de verdura.
Por ambos lados del camino, y saltando y cayendo con un murmullo apacible por
entre las retorcidas raíces de los árboles, corren dos arroyos de agua
cristalina y transparente, fría como la hoja de una espada y delgada como su
filo. El terreno sobre el cual flotan las sombras de los chopos, salpicadas de
manchas inquietas y luminosas, está á trechos cubierto de una yerba alta,
espesa y finísima, entre la que nacen tantas margaritas blancas, que semejan á
primera vista esa lluvia de flores con que alfombran el suelo los árboles
frutales en los templados días de Abril. En los ribazos, y entre los zarzales y
los juncos del arroyo, crecen las violetas silvestres, que, aunque casi ocultas
entre sus rastreras hojas, se anuncian á gran distancia con su intenso perfume;
y por último, también cerca del agua y formando como un segundo término, déjase
ver por entre los huecos que quedan de tronco á tronco una doble fila de
nogales corpulentos con sus copas redondas, compactas y oscuras.
Como á la mitad de esta alameda deliciosa, y en un
punto en que varios olmos dibujan un círculo pequeño, enlazando entre sí sus
espesas ramas, que recuerdan, al tocarse en la altura, la cúpula de un san[p.
200]tuario; sobre una escalinata formada de grandes sillares de granito, por
entre cuyas hendiduras nacen y se enroscan los tallos y las flores trepadoras,
se levanta gentil, artística y alta, casi como los árboles, una cruz de mármol,
que merced á su color, es conocida en estas cercanías por la Cruz negra
de Veruela. Nada más hermosamente sombrío que este lugar. Por un extremo
del camino limita la vista el monasterio con sus arcos ojivales, sus torres
puntiagudas, y sus muros almenados é imponentes; por el otro, las ruinas de una
pequeña ermita se levantan al pie de una eminencia sembrada de tomillos y
romeros en flor. Allí, sentado al pie de la cruz, y teniendo en las manos un
libro que casi nunca leo, y que muchas veces dejo olvidado en las gradas de
piedra, estoy una y dos y á veces hasta cuatro horas aguardando el periódico.
De cuando en cuando veo atravesar á lo lejos una de esas figuras aisladas que
se colocan en un paisaje para hacer sentir mejor la soledad del sitio. Otras
veces, exaltada la imaginación, creo distinguir confusamente, sobre el fondo
oscuro del follaje, á los monjes blancos que van y vienen silenciosos alrededor
de su abadía, ó á una muchacha de la aldea que pasa por ventura al pie de la
cruz con un manojo de flores en el halda, se arrodilla un momento y deja un
lirio azul sobre los peldaños. Luego, un suspiro que se confunde con el rumor
de las hojas; después... ¡qué sé yo!... escenas sueltas de no sé qué historia
que yo he oído ó que inventaré algún día; personajes fantásticos que, unos tras
otros, van pasando ante mi vista, y de los cuales cada uno me dice una palabra
ó me sugiere una idea: ideas y palabras que más tarde germinarán en mi cerebro,
y acaso den fruto en el porvenir.
La aproximación del correo viene siempre á
interrumpir una de estas maravillosas historias. En el profundo silencio que me
rodea, el lejano rumor de los pasos de su caballo que cada vez se percibe más
distinto, lo anuncia á larga distancia; por fin llega adonde[p.
201] estoy, saca el periódico de la bolsa de cuero que trae terciada al
hombro, me lo entrega, y después de cambiar algunas palabras ó un saludo,
desaparece por el extremo opuesto del camino que trajo.
Como lo he visto nacer, como desde que vino al
mundo he vivido con su vida febril y apasionada, El Contemporáneo no
es para mí un papel como otro cualquiera, sino que sus columnas son ustedes
todos, mis amigos, mis compañeros de esperanzas ó desengaños, de reveses ó de
triunfos, de satisfacciones ó de amarguras. La primera impresión que siento,
pues, al recibirle, es siempre una impresión de alegría, como la que se
experimenta al romper la cubierta de una carta en cuyo sobre hemos visto una
letra querida, ó como cuando en un país extranjero se estrecha la mano de un
compatriota y se oye hablar el idioma nativo. Hasta el olor particular del
papel húmedo y la tinta de imprenta, olor especialísimo que por un momento
viene á sustituir al perfume de las flores que aquí se respira por todas
partes, parece que hiere la memoria del olfato, memoria extraña y viva que
indudablemente existe, y me trae un pedazo de mi antigua vida, de aquella
inquietud, de aquella actividad, de aquella fiebre fecunda del periodismo. Recuerdo
el incesante golpear y crujir de la máquina que multiplicaba por miles las
palabras que acabábamos de escribir y que salían aún palpitando de la pluma;
recuerdo el afán de las últimas horas de redacción, cuando la noche va de
vencida y el original escasea; recuerdo, en fin, las veces que nos ha
sorprendido el día corrigiendo un artículo ó escribiendo una noticia última sin
hacer más caso de las poéticas bellezas de la alborada que de la carabina de
Ambrosio. En Madrid, y para nosotros en particular, ni sale ni se pone el sol:
se apaga ó se enciende la luz, y es por la única cosa que lo advertimos.
Al fin rompo la faja del periódico, y comienzo á
pasar la vista por sus renglones hasta que gradual[p. 202]mente me voy
engolfando en su lectura, y ya ni veo ni oigo nada de lo que se agita á mi
alrededor. El viento sigue suspirando entre las copas de los árboles, el agua
sonriendo á mis pies, y las golondrinas, lanzando chillidos agudos, pasan sobre
mi cabeza; pero yo, cada vez más absorto y embebido con las nuevas ideas que
comienzan á despertarse á medida que me hieren las frases del diario, me juzgo
transportado á otros sitios y á otros días. Paréceme asistir de nuevo á la
Cámara, oir los discursos ardientes, atravesar los pasillos del Congreso, donde
entre el animado cuchicheo de los grupos se forman las futuras crisis; y luego
veo las secretarías de los ministerios en donde se hace la política oficial;
las redacciones donde hierven las ideas que han de caer al día siguiente como
la piedra en el lago, y los círculos de la opinión pública que comienzan en el
Casino, siguen en las mesas de los cafés y acaban en los guardacantones de las
calles. Vuelvo á seguir con interés las polémicas acaloradas, vuelvo á reanudar
el roto hilo de las intrigas, y ciertas fibras embotadas aquí, las fibras de
las pasiones violentas, la inquieta ambición, el ansia de algo más perfecto, el
afán de hallar la verdad escondida á los ojos humanos, tornan á vibrar
nuevamente y á encontrar en mi alma un eco profundo. «El Diario Español, El
Pensamiento ó La Iberia, hablan de esto, afirman aquello,
ó niegan lo de más allá», dice El Contemporáneo; y yo, sin saber
apenas donde estoy, tiendo las manos para cogerlos, creyendo que están allí á
mi alcance, como si me encontrara sentado á la mesa de la redacción.
Pero esa tromba de pensamientos tumultuosos, que
pasan por mi cabeza como una nube de tronada, se desvanecen apenas nacidos. Aún
no he acabado de leer las primeras columnas del periódico, cuando el último
reflejo del sol que dobla lentamente la cumbre del Moncayo, desaparece de la
más alta de las torres del monasterio, en cuya cruz de metal llamea un momen[p.
203]to antes de extinguirse. Las sombras de los montes bajan á la carrera y se
extienden por la llanura; la luna comienza á dibujarse en el Oriente como un
círculo de cristal que transparenta el cielo, y la alameda se envuelve en la
indecisa luz del crepúsculo. Ya es imposible continuar leyendo. Aún se ven por
una parte y entre los huecos de las ramas chispazos rojizos del sol poniente, y
por la otra una claridad violada y fría. Poco á poco comienzo á percibir otra
vez, semejante á una armonía confusa, el ruido de las hojas y el murmullo del
agua, fresco, sonoro y continuado, á cuyo compás vago y suave vuelven á
ordenarse las ideas y se van moviendo con más lentitud en una danza cadenciosa,
que languidece al par de la música, hasta que por último se aguzan unas tras
otras como esos puntos de luz apenas perceptibles que de pequeños nos
entreteníamos en ver morir en las pavesas de un papel quemado. La imaginación
entonces, ligera y diáfana, se mece y flota al rumor del agua, que la arrulla
como una madre arrulla á un niño. La campana del monasterio, la única que ha
quedado colgada en su ruinosa torre bizantina, comienza á tocar la oración, y
una cerca, otra lejos, éstas con una vibración metálica y aguda, aquéllas con
un tañido sordo y triste, les responden las otras campanas de los lugares del
Somontano. De estos pequeños lugares, unos están en las puntas de las rocas
colgados como el nido de un águila, y otros medio escondidos en las
ondulaciones del monte ó en lo más profundo de los valles. Parece una armonía
que á la vez baja del cielo y sube de la tierra, y se confunde y flota en el
espacio, mezclándose al último rumor del día que muere el primer suspiro de la
noche que nace.
Ya todo pasó. Madrid, la política, las luchas
ardientes, las miserias humanas, las pasiones, las contrariedades, los deseos,
todo se ha ahogado en aquella música divina. Mi alma está ya tan serena como el
agua inmóvil y profunda. La fe en algo más grande,[p. 204] en un destino
futuro y desconocido, más allá de esta vida, la fe de la eternidad, en fin,
aspiración absorbente, única é inmensa, mata esa fe al por menor que pudiéramos
llamar personal, la fe en el mañana, especie de aguijón que espolea los espíritus
irresolutos, y que tanto se necesita para luchar y vivir y alcanzar cualquier
cosa en la tierra.
Absorto en estos pensamientos, doblo el periódico y
me dirijo á mi habitación. Cruzo la sombría calle de árboles y llego á la
primera cerca del monasterio, cuya dentellada silueta se destaca por oscuro
sobre el cielo en un todo semejante á la de un castillo feudal; atravieso el
patio de armas con sus arcos redondos y timbrados, sus bastiones llenos de
saeteras y coronados de almenas puntiagudas, de las cuales algunas yacen en el
foso, medio ocultas entre los jaramagos y los espinos. Entre dos cubos de muralla,
altos, negros é imponentes, se alza la torre que da paso al interior: una cruz
clavada en la punta indica el carácter religioso de aquel edificio, cuyas
enormes puertas de hierro y muros fortísimos, más parece que deberían guardar
soldados que monjes.
Pero apenas las puertas se abren rechinando sobre
sus goznes enmohecidos, la abadía aparece con todo su carácter. Una larga fila
de olmos, entre los que se elevan algunos cipreses, deja ver en el fondo la
iglesia bizantina con su portada semicircular llena de extrañas esculturas: por
la derecha se extiende la remendada tapia de un huerto, por encima de la cual
asoman las copas de los árboles, y á la izquierda se descubre el palacio
abacial, severo y majestuoso en medio de su sencillez. Desde este primer recinto
se pasa al inmediato por un arco de medio punto, después del cual se encuentra
el sitio donde en otro tiempo estuvo el enterramiento de los monjes. Un
arroyuelo, que luego desaparece y se oye gemir por debajo de tierra, corre al
pie de tres ó cuatro árboles viejos y nudosos: á un lado se descubre el molino
medio agazapado entre[p. 205] unas ruinas, y más allá, oscura como la boca
de una cueva, la portada monumental del claustro con sus pilastras platerescas
llenas de hojarascas, bichos, ángeles, cariátides y dragones de granito que
sostienen emblemas de la Orden, mitras y escudos.
Siempre que atravieso este recinto cuando la noche
se aproxima y comienza á influir en la imaginación con su alto silencio y sus
alucinaciones extrañas, voy pisando quedo y poco á poco las sendas abiertas
entre los zarzales y las yerbas parásitas, como temeroso de que al ruido de mis
pasos despierte en sus fosas y levante la cabeza alguno de los monjes que
duermen allí el sueño de la eternidad. Por último, entro en el claustro, donde
ya reina una oscuridad profunda: la llama del fósforo que enciendo para atravesarlo
vacila agitada por el aire, y los círculos de luz que despide luchan
trabajosamente con las tinieblas. Sin embargo, á su incierto resplandor pueden
distinguirse las largas series de ojivas, festoneadas de hojas de trébol, por
entre las que asoman, con una mueca muda y horrible, esas mil fantásticas y
caprichosas creaciones de la imaginación que el arte misterioso de la Edad
Media dejó grabadas en el granito de sus basílicas: aquí un endriago que se
retuerce por una columna y saca su deforme cabeza por entre la hojarasca del
capitel; allí un ángel que lucha con un demonio y entre los dos soportan la
recaída de un arco que se apunta al muro; más lejos, y sombreadas por el
batiente oscuro del lucillo que las contiene, las urnas de piedra, donde bien
con la mano en el montante ó revestidas de la cogulla, se ven las estatuas de
los guerreros y abades más ilustres que han patrocinado este monasterio ó lo
han enriquecido con sus dones.
Los diferentes y extraordinarios objetos que unos
tras otros van hiriendo la imaginación, la impresionan de una manera tan
particular, que cuando después de haber discurrido por aquellos patios
sombríos, aquellas alamedas misteriosas y aquellos claustros impo[p.
206]nentes, penetro al fin en mi celda y desdoblo otra vez El
Contemporáneo para proseguir su lectura, paréceme que está escrito en
un idioma que no entiendo. Bailes, modas, el estreno de una comedia, un libro
nuevo, un cantante extraordinario, una comida en la embajada de Rusia, la
compañía de Price, la muerte de un personaje, los clowns, los banquetes
políticos, la música, todo revuelto: una obra de caridad con un crimen, un
suicidio con una boda, un entierro con una función de toros extraordinaria.
A esta distancia y en este lugar me parece mentira
que existe aún ese mundo que yo conocía, el mundo del Congreso y las
redacciones, del Casino y de los teatros, del Suizo y de la Fuente Castellana,
y que existe tal como yo lo dejé, rabiando y divirtiéndose, hoy en una broma,
mañana en un funeral, todos de prisa, todos cosechando esperanzas y
decepciones, todos corriendo detrás de una cosa que no alcanzan nunca, hasta
que corriendo den en uno de esos lazos silenciosos que nos va tendiendo la
muerte, y desaparezcan como por escotillón con una gacetilla por epitafio.
Cuando me asaltan estas ideas, en vano hago
esfuerzos por templarme como ustedes y entrar á compás en la danza. No oigo la
música que lleva á todos envueltos como en un torbellino; no veo en esa
agitación continua, en ese ir y venir, más que lo que ve el que mira un baile
desde lejos, una pantomima muda é inexplicable, grotesca unas veces, terrible
otras.
Ustedes, sin embargo, quieren que escriba alguna
cosa, que lleve mi parte en la sinfonía general, aun á riesgo de salir
desafinado. Sea, y sirva esto de introducción y preludio: quiere decir que si
alguno de mis lectores ha sentido otra vez algo de lo que yo siento ahora, mis
palabras le llevarán el recuerdo de más tranquilos días, como el perfume de un
paraíso distante; y los que no, tendrán en cuenta mi especial posición para
tolerar que de cuando en cuando rompa con una nota desacorde la armonía de un
periódico político.
[p. 207]
CARTA TERCERA
ueridos amigos: Hace dos ó tres días, andando
á la casualidad por entre estos montes, y habiéndome alejado más de lo que
acostumbro en mis paseos matinales, acerté á descubrir casi oculto entre las
quiebras del terreno y fuera de todo camino un pueblecillo, cuya situación, por
extremo pintoresca, me agradó tanto que no pude por menos de aproximarme á él
para examinarle á mis anchas. Ni aun pregunté su nombre; y si mañana ó el otro
quisiera buscarle por su situación en el mapa, creo que no lo encontraría: tan
pequeño es y tan olvidado parece entre las ásperas sinuosidades del Moncayo.
Figúrense ustedes en el declive de una montaña inmensa y sobre una roca que
parece servirle de pedestal, un castillo del que sólo quedan en pie la torre
del homenaje y algunos lienzos de muro carcomidos y musgosos: agrupadas
alrededor de este esqueleto de fortaleza, cual si quisiesen todavía dormir
seguras á su sombra como en la edad de hierro en que debió de alzarse, se ven
algunas casas, pequeñas heredades con sus bardales de heno, sus tejados rojizos
y sus chimeneas desiguales y puntiagudas, por cima de las que se eleva el
campanario de la parroquia con su reloj de sol, su esquiloncillo que llama á la
primera misa, y su gallo de hoja de lata que gira en lo alto de la veleta á
merced de los vientos.
[p. 208]Una senda que sigue el curso del arroyo que
cruza el valle serpenteando por entre los cuadros de los trigos, verdes y
tirantes como el paño de una mesa de billar, sube dando vueltas á los
amontonados pedruscos sobre que se asienta el pueblo, hasta el punto en que un
pilarote de ladrillos con una cruz en el remate señala la entrada. Sucede con
estos pueblecitos tan pintorescos, cuando se ven en lontananza tantas líneas
caprichosas, tantas chimeneas arrojando pilares de humo azul, tantos árboles y
peñas y accidentes artísticos, lo que con otras muchas cosas del mundo, en que
todo es cuestión de la distancia á que se miran; y la mayor parte de las veces,
cuando se llega á ellos, la poesía se convierte en prosa. Ya en la cruz de la
entrada, lo que pude descubrir del interior del lugar no me pareció, en efecto,
que respondía ni con mucho á su perspectiva; de modo que, no queriendo
arriesgarme por sus estrechas, sucias y empinadas callejas, comencé á
costearlo, y me dirigí á una reducida llanura que se descubre á su espalda,
dominada sólo por la iglesia y el castillo. Allí, en unos campos de trigo, y
junto á dos ó tres nogales aislados que comenzaban á cubrirse de hojas, está lo
que, por su especial situación y la pobre cruz de palo enclavada sobre la puerta,
colegí que sería el cementerio. Desde muy niño concebí, y todavía conservo, una
instintiva aversión á los camposantos de las grandes poblaciones: aquellas
tapias encaladas y llenas de huecos, como la estantería de una tienda de
géneros de ultramarinos; aquellas calles de árboles raquíticos, simétricas y
enarenadas, como las avenidas de un parque inglés; aquella triste parodia de
jardín con flores sin perfume y verdura sin alegría, me oprimen el corazón y me
crispan los nervios. El afán de embellecer grotesca y artificialmente la
muerte, me trae á la memoria á esos niños de los barrios bajos, á quienes
después de expirar embadurnan la cara con arrebol, de modo que, entre el cerco
violado de los ojos, la[p. 209] intensa palidez de las sienes y el rabioso
carmín de las mejillas, resulta una mueca horrible.
Por el contrario, en más de una aldea he visto un
cementerio chico, abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, y
me ha causado una impresión siempre melancólica, es verdad, pero mucho más
suave, mucho más respetuosa y tierna. En aquellos vastos almacenes de la
muerte, siempre hay algo de esa repugnante actividad del tráfico; la tierra,
constantemente removida, deja ver fosas profundas que parecen aguardar su presa
con hambre. Aquí nichos vacíos, á los que no falta más que un letrero: «Esta casa
se alquila»; allí huesos que se retrasan en el pago de su habitación, y son
arrojados qué sé yo adónde para dejar lugar á otros; y lápidas con filetes de
relumbrones, y décimas y coronas de flores de trapo, y siemprevivas de
comerciantes de objetos fúnebres. En estos escondidos rincones, último albergue
de los ignorados campesinos, hay una profunda calma: nadie turba su santo
recogimiento, y después de envolverse en su ligera capa de tierra, sin tener
siquiera encima el peso de una losa, deben de dormir mejor y más sosegados.
Cuando, no sin tener que forcejear antes un poco,
logré abrir la carcomida y casi deshecha puerta del pequeño cementerio que por
casualidad había encontrado en mi camino, y éste se ofreció á mi vista, no pude
menos de confirmarme nuevamente en mis ideas. Es imposible ni aun concebir un
sitio más agreste, más solitario y más triste, con una agradable tristeza, que
aquél. Nada habla allí de la muerte con ese lenguaje enfático y pomposo de los
epitafios; nada la recuerda de modo que horrorice con el repugnante espectáculo
de sus atavíos y despojos. Cuatro lienzos de tapia humilde, compuestos de arena
amasada con piedrecillas de colores, ladrillos rojos y algunos sillares
cubiertos de musgo en los ángulos, cercan un pedazo de tierra, en el cual la
poderosa vegetación de[p. 210] este país, abandonada á sí misma, despliega
sus silvestres galas con un lujo y una hermosura imponderables. Al pie de las
tapias y por entre sus rendijas, crecen la hiedra y esas campanillas de color
de rosa pálido que suben sosteniéndose en las asperezas del muro hasta trepar á
los bardales de heno, por donde se cruzan y se mecen como una flotante
guirnalda de verdura. La espesa y fina yerba que cubre el terreno y marca con
suave claroscuro todas sus ondulaciones, produce el efecto de un tapiz bordado
de esas mil florecillas cuyos poéticos nombres ignora la ciencia, y sólo
podrían decir las muchachas del lugar que en las tardes de Mayo las cogen en el
halda para engalanar el retablo de la Virgen.
Allí, en medio de algunas espigas, cuya simiente
acaso trajo el aire de las eras cercanas, se columpian las amapolas con sus
cuatro hojas purpúreas y descompuestas: las margaritas blancas y menudas, cuyos
pétalos arrancan uno á uno los amantes, semejan copos de nieve que el calor no
ha podido derretir, contrastando con los dragoncillos corales y esas estrellas
de cinco rayos amarillas é inodoras que llaman de los muertos, las cuales
crecen salpicadas en los camposantos entre las ortigas, las rosas de los espinos,
los cardos silvestres y las alcachoferas puntiagudas y frondosas. Una brisa
pura y agradable mueve las flores, que se balancean con lentitud, y las altas
yerbas, que se inclinan y levantan á su empuje como las pequeñas olas de un mar
verde y agitado. El sol resbala suavemente sobre los objetos, los ilumina ó los
transparenta, aumentando la intensidad y la brillantez de sus tintas, y parece
que los dibuja con un perfil de oro para que destaquen entre sí con más
limpieza. Algunas mariposas revolotean de acá para allá haciendo en el aire
esos giros extraños que fatigan la vista que inútilmente se empeña en seguir su
vuelo tortuoso; y mientras las abejas estrechan sus círculos zumbando alrededor
de los cálices llenos de[p. 211] perfumada miel, y los pardillos picotean
los insectos que pululan por el bardal de la tapia, una lagartija asoma su
cabeza triangular y aplastada y sus ojos pequeños y vivos por entre sus
hendiduras, y huye temerosa á guarecerse en su escondite al menor movimiento.
Después que hube abarcado con una mirada el
conjunto de aquel cuadro, imposible de reproducir con frases siempre
descoloridas y pobres, me senté en un pedrusco, lleno de esa emoción sin ideas
que experimentamos siempre que una cosa cualquiera nos impresiona
profundamente, y parece que nos sobrecoge por su novedad ó su hermosura. En
esos instantes rapidísimos en que la sensación fecunda la inteligencia, y allá
en el fondo del cerebro tiene lugar la misteriosa concepción de los
pensamientos que han de surgir algún día evocados por la memoria, nada se
piensa, nada se razona: los sentidos todos parecen ocupados en recibir y
guardar la impresión que analizarán más tarde.
Sintiendo aún las vibraciones de esta primera
sacudida del alma, que la sumerge en un agradable sopor, estuve, pues, largo
tiempo, hasta que gradualmente comenzaron á extinguirse, y poco á poco fueron
levantándose las ideas relativas. Estas ideas, que ya han cruzado otras veces
por la imaginación y duermen olvidadas en alguno de sus rincones, son siempre
las primeras en acudir cuando se toca su resorte misterioso. No sé si á todos
les habrá pasado igualmente; pero á mí me ha sucedido con bastante frecuencia
preocuparme en ciertos momentos con la idea de la muerte, y pensar largo rato y
concebir deseos y formular votos acerca de la destinación futura, no sólo de mi
espíritu, sino de mis despojos mortales. En cuanto al alma, dicho se está que
siempre he deseado que se encaminase al cielo. Con el destino que darían á mi
cuerpo es con lo que más he batallado, y acerca de lo cual he echado más á
menudo á volar la fanta[p. 212]sía. En aquel punto en que todas aquellas viejas
locuras de mi imaginación salieron en tropel de los desvanes de la cabeza donde
tengo arrinconados, como trastos inútiles, los pensamientos extraños, las
ambiciones absurdas y las historias imposibles de la adolescencia, ilusiones
rosadas que, como los trajes antiguos, se han ajado ya y se han puesto de color
de ala de mosca con los años, fué cuando pude apreciar, sonriendo al
compararlas entre sí, la candidez de mis aspiraciones juveniles.
En Sevilla, y en la margen del Guadalquivir que
conduce al convento de San Jerónimo, hay cerca del agua una especie de remanso
que fertiliza un valle en miniatura formado por el corte natural de la ribera,
que en aquel lugar es bien alta y tiene un rápido declive. Dos ó tres álamos
blancos, corpulentos y frondosos, entretejiendo sus copas, defienden aquel
sitio de los rayos del sol, que rara vez logra deslizarse entre las ramas,
cuyas hojas producen un ruido manso y agradable cuando el viento las agita y las
hace parecer ya plateadas, ya verdes, según del lado que las empuja. Un sauce
baña sus raíces en la corriente del río, hacia el que se inclina como agobiado
de un peso invisible, y á su alrededor crecen multitud de juncos y de esos
lirios amarillos y grandes que nacen espontáneos al borde de los arroyos y las
fuentes.
Cuando yo tenía catorce ó quince años, y mi alma
estaba henchida de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza
sin límites que es la más preciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba
poeta; cuando mi imaginación estaba llena de esas risueñas fábulas del mundo
clásico, y Rioja en sus silvas á las flores, Herrera en sus tiernas elegías y
todos mis cantores sevillanos, dioses penates de mi especial literatura, me
hablaban de continuo del Betis majestuoso, el río de las ninfas, de las náyades
y los poetas, que corre al Océano escapándose de un ánfora de cristal, coronado
de espadañas y laureles[p. 213] ¡cuántos días, absorto en la contemplación
de mis sueños de niño, fuí á sentarme en su ribera, y allí, donde los álamos me
protegían con su sombra, daba rienda suelta á mis pensamientos y forjaba una de
esas historias imposibles, en las que hasta el esqueleto de la muerte se vestía
á mis ojos con galas fascinadoras y espléndidas! Yo soñaba entonces una vida
independiente y dichosa, semejante á la del pájaro, que nace para cantar, y
Dios le procura de comer; soñaba esa vida tranquila del poeta que irradia con
suave luz de una en otra generación; soñaba que la ciudad que me vió nacer se
enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres
hijos; y cuando la muerte pusiera un término á mi existencia, me colocasen para
dormir el sueño de oro de la inmortalidad á la orilla del Betis, al que yo
habría cantado en odas magníficas, y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces
á oir el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi
nombre, serían todo el monumento.
Los álamos blancos, balanceándose día y noche sobre
mi sepultura, parecerían rezar por mi alma con el susurro de sus hojas
plateadas y verdes, entre las que vendrían á refugiarse los pájaros para cantar
al amanecer un himno alegre á la resurrección del espíritu á regiones más
serenas; el sauce, cubriendo aquel lugar de una flotante sombra, le prestaría
su vaga tristeza, inclinándose y derramando en derredor sus ramas desmayadas y
flexibles como para proteger y acariciar mis despojos; y hasta el río, que en las
horas de creciente casi vendría á besar el borde de la losa cercada de juncos,
arrullaría mi sueño con una música agradable. Pasado algún tiempo, y después
que la losa comenzara á cubrirse de manchas de musgo, una mata de campanillas,
de esas campanillas azules con un disco de carmín en el fondo que tanto me
gustaban, crecería á su lado enredándose por entre sus grietas y vistiéndola
con sus hojas anchas y transpa[p. 214]rentes, que no sé por qué misterio tienen
la forma de un corazón; los insectos de oro con alas de luz, cuya zumbido
convida á dormir en la calurosa siesta, vendrían á revolotear en torno de sus
cálices; para leer mi nombre, ya borroso por la acción de la humedad y los
años, sería preciso descorrer un cortinaje de verdura. ¿Pero para qué leer mi
nombre? ¿Quién no sabría que yo descansaba allí? Algún desconocido admirador de
mis versos, plantaría un laurel que, descollando altivo entre los otros
árboles, hablase á todos de mi gloria; y ya una mujer enamorada que halló en
mis cantares un rasgo de esos extraños fenómenos del amor que sólo las mujeres
saben sentir y los poetas descifrar, ya un joven que se sintió inflamado con el
sacro fuego que hervía en mi mente, y á quien mis palabras revelaron nuevos
mundos de la inteligencia, hasta entonces para él ignotos, ó un extranjero que
vino á Sevilla llamado por la fama de su belleza y los recuerdos que en ella
dejaron sus hijos, echaría una flor sobre mi tumba, contemplándola un instante
con tierna emoción, con noble envidia ó respetuosa curiosidad: á la mañana, las
gotas del rocío resbalarían como lágrimas sobre su superficie.
Después de remontado el sol, sus rayos la dorarían,
penetrando tal vez en la tierra y abrigando con su dulce calor mis huesos. En
la tarde y á la hora en que las aguas del Guadalquivir copian temblando el
horizonte de fuego, la árabe torre y los muros romanos de mi hermosa ciudad,
los que siguen la corriente del río en un ligero bote que deja en pos una
inquieta línea de oro, dirían al ver aquel rincón de verdura donde la piedra
blanqueaba al pie de los árboles: «allí duerme el poeta.» Y cuando el gran
Betis dilatase sus riberas hasta los montes; cuando sus alteradas
ondas, cubriendo el pequeño valle, subiesen hasta la mitad del tronco de los
álamos, las ninfas que viven ocultas en el fondo de sus palacios, diáfanos y
transparentes, vendrían á agruparse alrededor de mi tumba: yo sen[p. 215]tiría
la frescura y el rumor del agua agitada por sus juegos; sorprendería el secreto
de sus misteriosos amores; sentiría tal vez la ligera huella de sus pies de
nieve al resbalar sobre el mármol en una danza cadenciosa, oyendo, en fin, como
cuando se duerme ligeramente se oyen las palabras y los sonidos de una manera
confusa, el armonioso coro de sus voces juveniles y las notas de sus liras de
cristal.
Así soñaba yo en aquella época. ¡Á tanto y á tan
poco se limitaban entonces mis deseos! Pasados algunos años, luego que hube
salido de mi ciudad querida; después que mis ideas tomaron poco á poco otro
rumbo, y la imaginación, cansada ya de idilios, de ninfas, de poesías y de
flores, comenzó á remontarse á épocas distantes, complaciéndose en vestir con
sus galas las dramáticas escenas de la historia, fingiendo un marco de oro para
cada uno de sus cuadros y haciendo un pedestal para cada uno de sus personajes,
volví á soñar, y, como en las comedias de magia, nuevas decoraciones de
fantasía sustituyeron á las antiguas, y la vara mágica del deseo hizo posible
en la mente nuevos absurdos.
¡Cuántas veces, después de haber discurrido por las
anchurosas naves de alguna de nuestras inmensas catedrales góticas, ó de
haberme sorprendido la noche en uno de esos imponentes y severos claustros de
nuestras históricas abadías, he vuelto á sentir inflamada mi alma con la idea
de la gloria, pero una gloria más ruidosa y ardiente que la del poeta! Yo
hubiera querido ser un rayo de la guerra, haber influído poderosamente en los
destinos de mi patria, haber dejado en sus leyes y sus costumbres la profunda huella
de mi paso; que mi nombre resonase unido, y como personificándola, á alguna de
sus grandes revoluciones, y luego, satisfecha mi sed de triunfos y de
estrépito, caer en un combate, oyendo como el último rumor del mundo el agudo
clamor de la trompetería de mis valerosas huestes para ser conducido sobre
el[p. 216] pavés, envuelto en los pliegues de mi destrozada bandera,
emblema de cien victorias, á encontrar la paz del sepulcro en el fondo de uno
de esos claustros santos, donde vive el eterno silencio y al que los siglos
prestan su majestad y su color misterioso é indefinible. Una airosa ojiva,
erizada de hojas revueltas y puntiagudas, por entre las cuales se enroscaran,
asomando su deforme cabeza, por aquí un grifo, por allá uno de esos monstruos
alados, engendro de la imaginación del artífice, bañaría en oscura sombra mi
sepulcro: á su alrededor, y debajo de calados doseletes, los santos patriarcas,
los bienaventurados y los mártires con sus miembros de hierro y sus
emblemáticos atributos, parecerían santificarle con su presencia. Dos guerreros
inmóviles y vestidos de su fantástica y blanca armadura velarían día y noche de
hinojos á sus costados; y mientras que mi estatua de alabastro riquísimo y
transparente, con arreos de batallar, la espada sobre el pecho y un león á los
pies, dormiría majestuosa sobre el túmulo, los ángeles que, envueltos en largas
túnicas y con un dedo en los labios, sostuviesen el cojín sobre que descansaba
mi cabeza, parecerían llamar con sus plegarias á las santas visiones de oro que
llenan el desconocido sueño de la muerte de los justos, defendiéndome con sus
alas de los terrores y de las angustias de una pesadilla eterna.
En los huecos de la urna y entre un sinnúmero de
arcos con caireles y grumos de hojas de trébol, rosetas caladas, haces de
columnillas y esas largas procesiones de plañideras que, envueltas en sus
mantos de piedra, andan, al parecer, en torno del monumento llorando con llanto
sin gemidos, se verían mis escudos triangulares soportados por reyes de armas
con sus birretes y sus blasonadas casullas, y en los cuarteles, realzados con
vivos colores, merced á un hábil iluminador, las bandas de oro, las estrellas, los
veros y los motes heráldicos con una larga inscripción en esa letra gótica,
estrecha y puntiaguda, donde el cu[p. 217]rioso, lleno de hondo respeto, leería
con pena, y casi descifrándolos, mi nombre, mis títulos y mi gloria. Allí,
rodeado de esa atmósfera de majestad que envuelve á todo lo grande, sin que
turbara mi reposo más que el agudo chillido de una de esas aves nocturnas de
ojos redondos y fosfóricos, que acaso viniera á anidar entre los huecos del
arco, viviría todo lo que vive un recuerdo histórico y glorioso unido á una
magnífica obra de arte; y en la noche, cuando un furtivo rayo de luna dibujase
en el pavimento del claustro los severos perfiles de las ojivas; cuando sólo se
oyesen los gemidos del aire extendiéndose de eco en eco por sus inmensas
bóvedas; después de haberse perdido la última vibración de la campana que toca
la queda, mi estatua, en la que habría algo de lo que yo fuí, un poco de ese
soplo que anima el barro encadenado por un fenómeno incomprensible al granito,
¡quién sabe si se levantaría de su lecho de piedra para discurrir por entre
aquellas gigantes arcadas con los otros guerreros que tendrían su sepultura por
allí cerca, con los prelados revestidos de sus capas pluviales y sus mitras, y
esas damas de largo brial y plegados monjiles que, hermosas aun en la muerte,
duermen sobre las urnas de mármol en los más oscuros ángulos de los templos!...
Desde que impresionada la imaginación por la vaga
melancolía ó la imponente hermosura de un lugar cualquiera, se lanzaba á
construir con fantásticos materiales uno de esos poéticos recintos, último
albergue de mis mortales despojos, hasta el punto aquel en que sentado al pie
de la humilde tapia del cementerio de una aldea oscura, parecía como que se
reposaba mi espíritu en su honda calma y se abrían mis ojos á la luz de la
realidad de las cosas ¡qué revolución tan radical y profunda no se ha hecho en
todas mis ideas! ¡Cuántas tempestades silenciosas no han pasado por mi frente;
cuántas ilusiones no se han secado en mi alma; á cuántas historias de poesía no
les he ha[p. 218]llado una repugnante vulgaridad en el último capítulo! Mi
corazón, á semejanza de nuestro globo, era como una masa incandescente y
líquida, que poco á poco se va enfriando y endureciendo. Todavía queda algo que
arde allá en lo más profundo, pero rara vez sale á la superficie. Las palabras
amor, gloria, poesía, no me suenan al oído como me sonaban antes. ¡Vivir!...
Seguramente que deseo vivir, porque la vida, tomándola tal como es, sin
exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir oscuro
y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin ambiciones, con
esa felicidad de la planta que tiene á la mañana su gota de rocío y su rayo de
sol; después un poco de tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen
los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni
oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna yerba que me cubra con su
manto de raíces, y por último, un tapial que sirva para que no aren en aquel
sitio ni revuelvan los huesos.
He aquí hoy por hoy todo lo que ambiciono. Ser un
comparsa en la inmensa comedia de la humanidad; y concluído mi papel de hacer
bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie
se dé cuenta siquiera de mi salida.
No obstante esta profunda indiferencia, se me
resiste el pensar que podrían meterme preso en un ataúd formado con las cuatro
tablas de un cajón de azúcar, en uno de los huecos de la estantería de una
sacramental, para esperar allí la trompeta del juicio como empapelado, detrás
de una lápida con una redondilla elogiando mis virtudes domésticas é indicando
precisamente el día y la hora de mi nacimiento y de mi muerte. Esta profunda é
instintiva preocupación ha sobrevivido, no sin asombro por mi parte, á casi todas
las que he ido abandonando en el curso de los años; pero al paso que voy,
probablemente mañana no existirá tampoco; y entonces me será tan igual que
me[p. 219] coloquen debajo de una pirámide egipcia, como que me aten una
cuerda á los pies y me echen á un barranco como un perro.
Ello es que cada día voy creyendo más, que de lo
que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.
[p. 221]
CARTA CUARTA
ueridos amigos: El tiempo, que hasta aquí se
mantenía revuelto y mudable, ha sufrido últimamente una nueva é inesperada
variación, cosa, á la verdad, poco extraña á estas alturas, donde la proximidad
del Moncayo nos tiene de continuo como á los espectadores de una comedia de
magia, embobados y suspensos con el rápido mudar de las decoraciones y de las
escenas. Á las alternativas de frío y calor, de aires y de bochorno de una
primavera, que en cuanto á desigual y caprichosa nada tiene que envidiar á la
que disfrutan ustedes en la coronada villa, ha sucedido un tiempo constante,
sereno y templado. Merced á estas circunstancias y á encontrarme bastante mejor
de las dolencias que cuando no me imposibilitan del todo, me quitan por lo
menos el gusto para las largas expediciones, he podido dar una gran vuelta por
estos contornos y visitar los pintorescos lugares del Somontano. Fuera del
camino, ya trepando de roca en roca, ya siguiendo el curso de una huella ó las
profundidades de una cañada, he vagado tres ó cuatro días de un punto á otro
por donde me llamaban el atractivo de la novedad, un sitio inexplorado, una
senda quebrada, una punta al parecer inaccesible.
No pueden ustedes figurarse el botín de ideas é
impresiones que, para enriquecer la imaginación, he recogido en esta vuelta por
un país virgen aún y refrac[p. 222]tario á las innovaciones civilizadoras. Al
volver al monasterio, después de haberme detenido aquí para recoger una
tradición oscura de boca de una aldeana, allá para apuntar los fabulosos datos
sobre el origen de un lugar ó la fundación de un castillo, trazar ligeramente
con el lápiz el contorno de una casuca medio árabe, medio bizantina, un recuerdo
de las costumbres, ó un tipo perfecto de los habitantes, no he podido menos de
recordar el antiguo y manoseado símil de las abejas que andan revoloteando de
flor en flor y vuelven á su colmena cargadas de miel. Los escritores y los
artistas debían hacer con frecuencia algo de esto mismo. Sólo así podríamos
recoger la última palabra de una época que se va, de la que sólo quedan hoy
algunos rastros en los más apartados rincones de nuestras provincias, y de la
que apenas restará mañana un recuerdo confuso.
Yo tengo fe en el porvenir: me complazco en asistir
mentalmente á esa inmensa é irresistible invasión de las nuevas ideas que van
transformando poco á poco la faz de la humanidad, que merced á sus
extraordinarias invenciones fomentan el comercio de la inteligencia, estrechan
el vínculo de los países, fortificando el espíritu de las grandes
nacionalidades, y borrando, por decirlo así, las preocupaciones y las
distancias, hacen caer unas tras otras las barreras que separan á los pueblos.
No obstante, sea cuestión de poesía, sea que es inherente á la naturaleza
frágil del hombre simpatizar con lo que perece y volver los ojos con cierta
triste complacencia hacia lo que ya no existe, ello es que en el fondo de mi
alma consagro como una especie de culto, una veneración profunda á todo lo que
pertenece al pasado, y las poéticas tradiciones, las derruídas fortalezas, los
antiguos usos de nuestra vieja España, tienen para mí todo ese indefinible
encanto, esa vaguedad misteriosa de la puesta del sol de un día espléndido,
cuyas horas, llenas de emociones, vuelven á pasar por la memoria[p.
223] vestidas de colores y de luz, antes de sepultarse en las tinieblas en
que se han de perder para siempre.
Cuando no se conocen ciertos períodos de la
historia más que por la incompleta y descarnada relación de los
enciclopedistas, ó por algunos restos diseminados como los huesos de un
cadáver, no pudiendo apreciar ciertas figuras desasidas del verdadero fondo del
cuadro en que estaban colocadas, suele juzgarse de todo lo que fué con un
sentimiento de desdeñosa lástima ó un espíritu de aversión intransigente; pero
si se penetra, merced á un estudio concienzudo, en algunos de sus misterios, si
se ven los resortes de aquella gran máquina que hoy juzgamos absurda al
encontrarla rota, si, merced á un supremo esfuerzo de la fantasía ayudada por
la erudición y el conocimiento de la época, se consigue condensar en la mente
algo de aquella atmósfera de arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe, el
ánimo se siente sobrecogido ante el espectáculo de su múltiple organización, en
que las partes relacionadas entre sí correspondían perfectamente al todo, y en
que los usos, las leyes, las ideas y las aspiraciones se encontraban en una
armonía maravillosa. No es esto decir que yo desee para mí ni para nadie la
vuelta de aquellos tiempos. Lo que ha sido no tiene razón de ser nuevamente, y
no será.
Lo único que yo desearía es un poco de respetuosa
atención para aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente
vinieron preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra
colosal quedará acaso olvidada por nuestra ingratitud é incuria. La misma
certeza que tengo de que nada de lo que desapareció ha de volver, y que en la
lucha de las ideas, las nuevas han herido de muerte á las antiguas, me hace
mirar cuanto con ellas se relaciona con algo de esa piedad que siente hacia el
vencido un vencedor generoso. En este sentimiento hay también un poco de
egoísmo. La vida de una nación, á semejanza de la del hombre, parece como que
se dilata con[p. 224] la memoria de las cosas que fueron, y á medida que
es más viva y más completa su imagen, es más real esa segunda existencia del
espíritu en lo pasado, existencia preferible y más positiva tal vez que la del
punto presente. Ni de lo que está siendo ni de lo que será, puede aprovecharse
la inteligencia para sus altas especulaciones: ¿qué nos resta, pues, de nuestro
dominio absoluto, sino la sombra de lo que ha sido? Por eso, al contemplar los
destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo ó la envidia durante
nuestras últimas guerras; al ver todo lo que en objetos dignos de estimación,
en costumbres peculiares y primitivos recuerdos de otras épocas, se ha
extraviado y puesto en desuso de sesenta años á esta parte; lo que las
exigencias de la nueva manera de ser social trastornan y desencajan; lo que las
necesidades y las aspiraciones crecientes desechan ú olvidan, un sentimiento de
profundo dolor se apodera de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido ó
el desdén de los que á fines del siglo pasado pudieron aún recoger para
transmitírnoslas integras las últimas palabras de la tradición nacional,
estudiando detenidamente nuestra vieja España, cuando aún estaban de pie los
monumentos testigos de sus glorias, cuando aún en las costumbres y en la vida
interna quedaban huellas perceptibles de su carácter.
Pero de esto nada nos queda ya hoy; y sin embargo,
¿quién sabe si nuestros hijos á su vez nos envidiarán á nosotros, doliéndose de
nuestra ignorancia ó nuestra culpable apatía para transmitirles siquiera un
trasunto de lo que fué un tiempo su patria? ¿Quién sabe si cuando con los años
todo haya desaparecido, tendrán las futuras generaciones que contentarse y
satisfacer su ansia de conocer el pasado con las ideas más ó menos aproximadas
de algún nuevo Cuvier de la arqueología, que partiendo de algún mutilado resto
ó una vaga tradición lo reconstruya hipotéticamente? Porque no hay duda: el
prosaico rasero de la civiliza[p. 225]ción va igualándolo todo. Un irresistible
y misterioso impulso tiende á unificar los pueblos con los pueblos, las
provincias con las provincias, las naciones con las naciones, y quién sabe si
las razas con las razas. Á medida que la palabra vuela por los hilos
telegráficos, que el ferrocarril se extiende, la industria se acrecienta, y el
espíritu cosmopolita de la civilización invade nuestro país, van desapareciendo
de él sus rasgos característicos, sus costumbres inmemoriales, sus trajes
pintorescos y sus rancias ideas. Á la inflexible línea recta, sueño dorado de
todas las poblaciones de alguna importancia, se sacrifican las caprichosas
revueltas de nuestros barrios moriscos, tan llenos de carácter, de misterio y
de fresca sombra; de un retablo al que vivía unida una tradición, no queda aquí
más que el nombre escrito en el azulejo de una bocacalle; á un palacio
histórico con sus arcos redondos y sus muros blasonados, sustituye más allá una
manzana de casas á la moderna; las ciudades, no cabiendo ya dentro de su
antiguo perímetro, rompen el cinturón de fortalezas que las ciñe, y unas tras
otras vienen al suelo las murallas fenicias, romanas, godas ó árabes.
¿Dónde están los canceles y las celosías morunas?
¿Dónde los pasillos embovedados, los aleros salientes de maderas labradas, los
balcones con su guardapolvo triangular, las ojivas con estrellas de vidrio, los
muros de los jardines por donde rebosa la verdura, las encrucijadas medrosas,
los carasoles de las tafurerías y los espaciosos atrios de los templos? El
albañil, armado de su implacable piqueta, arrasa los ángulos caprichosos, tira
los puntiagudos tejados ó demuele los moriscos miradores, y mientras el
brochista roba á los muros el artístico color que le han dado los siglos,
embadurnándolos de cal y almagra, el arquitecto los embellece á su modo con
carteles de yeso y cariátides de escayola, dejándolos más vistosos que una caja
de dulces franceses. No busquéis ya los cosos donde justaban los galanes, las
piadosas ermitas albergue de los pere[p. 226]grinos, ó el castillo hospitalario
para el que llamaba de paz á sus puertas. Las almenas caen unas tras otras de
lo alto de los muros y van cegando los fosos; de la picota feudal sólo queda un
trozo de granito informe, y el arado abre un profundo surco en el patio de
armas. El traje característico del labriego comienza á parecer un disfraz fuera
del rincón de su provincia; las fiestas peculiares de cada población comienzan
á encontrarse ridículas ó de mal gusto por los más ilustrados, y los antiguos
usos caen en olvido, la tradición se rompe y todo lo que no es nuevo se
menosprecia.
Estas innovaciones tienen su razón de ser, y por
tanto no seré yo quien las anatematice. Aunque me entristece el espectáculo de
esa progresiva destrucción de cuanto trae á la memoria épocas que, si en efecto
no lo fueron, sólo por no existir ya nos parecen mejores, yo dejaría al tiempo
seguir su curso y completar sus inevitables revoluciones, como dejamos á
nuestras mujeres ó á nuestras hijas que arrinconen en un desván los trastos
viejos de nuestros padres para sustituirlos con muebles modernos y de más buen
tono; pero ya que ha llegado la hora de la gran transformación, ya que la
sociedad animada de un nuevo espíritu se apresura á revestirse de una nueva
forma, debíamos guardar, merced al esfuerzo de nuestros escritores y nuestros
artistas, la imagen de todo eso que va á desaparecer, como se guarda después
que muere el retrato de una persona querida. Mañana, al verlo todo constituído
de una manera diversa, al saber que nada de lo que existe existía hace algunos
siglos, se preguntarán los que vengan detrás de nosotros de qué modo vivían sus
padres, y nadie sabrá responderles; y no conociendo ciertos pormenores de
localidad, ciertas costumbres, el influjo de determinadas ideas en el espíritu
de una generación, que tan perfectamente reflejaran sus adelantos y sus
aspiraciones, leerán la historia sin sabérsela explicar, y verán moverse á
nuestros héroes nacionales con la estupefacción con que los mu[p. 227]chachos
ven moverse á una marioneta sin saber los resortes á que obedece.
Á mí me hace gracia observar cómo se afanan los
sabios, qué grandes cuestiones enredan, y con qué exquisita diligencia se
procuran los datos acerca de las más insignificantes particularidades de la
vida doméstica de los egipcios ó los griegos, en tanto que se ignoran los más
curiosos pormenores de nuestras costumbres propias; cómo se remontan y se
pierden de inducción en inducción, por entre el laberinto de las lenguas
caldaicas, sajonas ó sánscritas, en busca del origen de las palabras, en tanto
que se olvidan de investigar algo más interesante: el origen de las ideas.
En otros países más adelantados que el nuestro, y
donde, por consiguiente, el ansia de las innovaciones lo ha trastornado todo
más profundamente, se deja ya sentir la reacción en sentido favorable á este
género de estudios; y aunque tarde, para que sus trabajos den el fruto que se
debió esperar, la Edad Media y los períodos históricos que más de cerca se
encadenan con el momento actual, comienzan á ser estudiados y comprendidos.
Nosotros esperaremos regularmente á que se haya borrado la última huella para empezar
á buscarla. Los esfuerzos aislados de algún que otro admirador de esas cosas,
poco ó casi nada pueden hacer. Nuestros viajeros son en muy corto número, y por
lo regular no es su país el campo de sus observaciones. Aunque así no fuese,
una excursión por las capitales, hoy que en su gran mayoría están ligadas con
la gran red de vías férreas, escasamente lograría llenar el objeto de los que
desean hacer un estudio de esta índole. Es preciso salir de los caminos
trillados, vagar al acaso de un lugar en otro, dormir medianamente y no comer
mejor; es preciso fe y verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir
á buscar los tipos originales, las costumbres primitivas y los puntos
verdaderamente artísticos á los rincones donde su oscuridad les sirve de
salvaguardia, y de[p. 228] donde poco á poco los van desalojando la
invasora corriente de la novedad y los adelantos de la civilización. Todos los
días vemos á los gobiernos emplear grandes sumas en enviar gentes que no sin
peligros y dificultades recogen en lejanos países bichitos, florecitas y
conchas.
Porque yo no sea un sabio ni mucho menos, no dejo
de conocer la verdadera importancia que tienen las ciencias naturales; pero la
ciencia moral ¿por qué ha de dejarse en un inexplicable abandono? ¿Por qué al
mismo tiempo que se recogen los huesos de un animal antediluviano, no se han de
recoger las ideas de otros siglos traducidas en objetos de arte y usos
extraños, diseminados acá y allá como los fragmentos de un coloso hecho mil
pedazos? Este inmenso botín de impresiones, de pequeños detalles, de joyas extraviadas,
de trajes pintorescos, de costumbres características animadas y revestidas de
esa vida que presta á cuanto toca una pluma inteligente ó un lápiz diestro, ¿no
creen ustedes como yo que sería de grande utilidad para los estudios
particulares y verdaderamente filosóficos de un período cualquiera de la
historia? Verdad que nuestro fuerte no es la historia. Si algo hemos de saber
en este punto, casi siempre se ha de tomar algún extranjero el trabajo de
decírnoslo del modo que á él mejor le parece. Pero ¿por qué no se ha de abrir
este ancho campo á nuestros escritores, facilitándoles el estudio y despertando
y fomentando su afición? Hartos estamos de ver en obras dramáticas, en novelas
que se llaman históricas y cuadros que llenan nuestras exposiciones, asuntos
localizados en este ó el otro período de un siglo cualquiera, y que, cuando
más, tienen de ellos un carácter muy dudoso y susceptible de severa crítica, si
los críticos á su vez no supieran en este punto lo mismo ó menos que los
autores y artistas á quienes han de juzgar.
Las colecciones de trajes y muebles de otros
países, los detalles que acerca de costumbres de remotos[p. 229] tiempos
se hallan en las novelas de otras naciones, ó lo poco ó mucho que nuestros
pensionados aprenden relativo á otros tipos históricos y otras épocas, nunca
son idénticos ni tienen un sello especial; son las únicas fuentes donde bebe su
erudición y forma su conciencia artística la mayoría. Para remediar este mal,
muchos medios podrían proponerse más ó menos eficaces, pero que al fin darían
algún resultado ventajoso. No es mi ánimo, ni he pensado lo suficiente sobre la
materia, el trazar un plan detallado y minucioso que, como la mayor parte de
los que se trazan, no llegue á realizarse nunca. No obstante, en esta ó en la
otra forma, bien pensionándolos, bien adquiriendo sus estudios ó coadyuvando á
que se diesen á luz, el Gobierno debía fomentar la organización periódica de
algunas expediciones artísticas á nuestras provincias. Estas expediciones,
compuestas de grupos de un pintor, un arquitecto y un literato, seguramente
recogerían preciosos materiales para obras de grande entidad. Unos y otros se
ayudarían en sus observaciones mutuamente, ganarían en esa fraternidad
artística, en ese comercio de ideas tan continuamente relacionadas entre sí, y
sus trabajos reunidos serían un verdadero arsenal de datos, ideas y
descripciones útiles para todo género de estudios.
Además de la ventaja inmediata que reportaría esta
especie de inventario artístico é histórico de todos los restos de nuestra
pasada grandeza, ¿qué inmensos frutos no daría más tarde esa semilla de
impresiones, de enseñanza y de poesía, arrojada en el alma de la generación
joven, donde iría germinando para desarrollarse tal vez en lo porvenir? Ya que
el impulso de nuestra civilización, de nuestras costumbres, de nuestras artes y
de nuestra literatura viene del extranjero, ¿por qué no se ha de procurar modificarlo
poco á poco, haciéndolo más propio y más característico con esa levadura
nacional?...
[p. 230]
. . . . . . .
Como introducción al rápido bosquejo de uno de esos
tipos originales de nuestro país, que he podido estudiar en mis últimas
correrías, comencé á apuntar de pasada y á manera de introducción algunas
reflexiones acerca de la utilidad de este género de estudios. Sin saber cómo ni
por dónde, la pluma ha ido corriendo, y me hallo ahora con que para
introducción es esto muy largo, si bien ni por sus dimensiones y su interés,
parece bastante para formar artículo de por sí. De todos modos, allá van estas
cuartillas, valgan por lo que valieren: que si alguien de más conocimientos é
importancia, una vez apuntada la idea, la desarrolla y prepara la opinión para
que fructifique, no serán perdidas del todo. Yo, entre tanto, voy á trazar un
tipo bastante original y que desconfío de poder reproducir. Ya que no de otro
modo, y aunque poco valga, contribuiré al éxito de la predicación con el
ejemplo.
[p. 231]
CARTA QUINTA
ueridos amigos: Entre los muchos sitios
pintorescos y llenos de carácter que se encuentran en la antigua ciudad de
Tarazona, la plaza del Mercado es sin duda alguna el más original y digno de
estudio. Parece que no ha pasado para ella el tiempo que todo lo destruye ó
altera. Al verse en mitad de aquel espacio de forma irregular y cerrado por
lienzos de edificios á cual más caprichoso y vetusto, nadie diría que nos
hallamos en pleno siglo XIX, siglo amante de la novedad por excelencia,
siglo aficionado hasta la exageración á lo flamante, lo limpio y lo uniforme.
Hay cosas que son más para vistas que para trasladadas al lienzo, siquiera el
que lo intente sea un artista consumado, y esta plaza es una de ellas. Adonde
no alcanza, pues, ni la paleta del pintor con sus infinitos recursos, ¿cómo
podrá llegar mi pluma, sin más medios que la palabra, tan pobre, tan
insuficiente para dar idea de lo que es todo un efecto de líneas, de
claroscuro, de combinación de colores, de detalles que se ofrecen juntos á la
vista, de rumores y sonidos que se perciben á la vez, de grupos que se forman y
se deshacen, de movimiento que no cesa, de luz que hiere, de ruido que aturde,
de vida, en fin, con sus múltiples manifestaciones, imposibles de sorprender
con sus infinitos accidentes ni aun merced á la cámara fotográfica? Cuando
se[p. 232] acomete la difícil empresa de descomponer esa extraña armonía
de la forma, el color y el sonido; cuando se intenta dar á conocer sus
pormenores, enumerando unas tras otras las partes del todo, la atención se
fatiga, el discurso se embrolla y se pierde por completo la idea de la íntima
relación que estas cosas tienen entre sí, el valor que mutuamente se prestan al
ofrecerse reunidas á la mirada del espectador, para producir el efecto del
conjunto, que es, á no dudarlo, su mayor atractivo.
Renuncio, pues, á describir el panorama del mercado
con sus extensos soportales, formados de arcos macizos y redondos sobre los que
gravitan esas construcciones voladas tan propias del siglo XVI, llenas de
tragaluces circulares, de rejas de hierro labradas á martillo, de balcones
imposibles de todas formas y tamaños, de aleros puntiagudos y de canes de
madera, ya medio podrida y cubierta de polvo, que deja ver á trechos el costoso
entalle, muestra de su primitivo esplendor.
Los mil y mil accidentes pintorescos que á la vez
cautivan el ánimo y llaman la vista como reclamando la prioridad de la
descripción; las dobles hileras de casuquillas de extraño contorno y
extravagantes proporciones, éstas altas y estrechas como un castillo, aquéllas
chatas y agazapadas entre el ángulo de un templo y los muros de un palacio como
una verruga de argamasa y escombros; los recortados lienzos de edificios con un
remiendo moderno, un trozo de piedra que acusa su antigüedad, un escudo de pizarra
que oculta casi el rótulo de una mercería, un retablillo con una imagen de la
Purísima y su farol ahumado y diminuto, ó el retorcido tronco de una vid que
sale del interior por un agujero practicado en la pared y sube hasta sombrear
con un toldo de verdura el alféizar de un ajimez árabe, confundidos y
entremezclados en mi memoria con el recuerdo de la monumental fachada de la
casa-ayuntamiento, con sus figu[p. 233]ras colosales de granito, sus molduras
de hojarasca, sus frisos por donde se extiende una larga y muda procesión de
guerreros de piedra, precedidos de timbales y clarines, sus torres cónicas, sus
arcos chatos y fuertes, y sus blasones soportados por ángeles y grifos
rampantes, forman en mi cabeza un caos tan difícil de desembrollar en este
momento, que si ustedes con su imaginación no hacen en él la luz y lo ordenan,
y colocan á su gusto todas estas cosas que yo arrojo á granel sobre las
cuartillas, las figuras de mi cuadro se quedarán sin fondo, los actores de mi
comedia se agitarán en un escenario sin decoración ni acompañamiento.
Figúrense ustedes, pues, partiendo de estos datos;
como mejor les plazca, el mercado de Tarazona: figúrense ustedes que ven, por
aquí cajones formados de tablas y esteras, tenduchos levantados de improviso
con estacas y lienzos, mesillas cojas y contrahechas, bancos largos y oscuros,
y por allá cestos de frutas que ruedan hasta el arroyo, montones de hortalizas
frescas y verdes, rimeros de panes blancos y rubios, trozos de carne que
cuelgan de garfios de hierro, tenderetes de ollas, pucheros y platos, guirnaldas
de telas de colorines, pañuelos de tintas rabiosas, zapatos de cordobán y
alpargatas de cáñamo que engalanan los soportales, sujetos con cordeles de
columna á columna, y figúrense ustedes circulando por medio de ese pintoresco
cúmulo de objetos, producto de la atrasada agricultura y la pobre industria de
este rincón de España, una multitud abigarrada de gentes que van y vienen en
todas direcciones, paisanos con sus mantas de rayas, sus pañuelos rojos unidos
á las sienes, su faja morada y su calzón estrecho, mujeres de los lugares
circunvecinos con sayas azules, verdes, encarnadas y amarillas: por este lado
un señor antiguo, de los que ya sólo aquí se encuentran, con su calzón corto,
su media de lana oscura y su sombrero de copa; por aquel un estudiante con sus
manteos y su tricor[p. 234]nio, que recuerdan los buenos tiempos de Salamanca y
chiquillos que corren y vocean, caballerías que cruzan, vendedores que
pregonan, una interjección característica por acá, los desaforados gritos de
los que disputan y riñen, todo envuelto y confundido con ese rumor sin nombre
que se escapa de las reuniones populares, donde todos hablan, se mueven y hacen
ruido á la vez, mientras se codean, avanzan, retroceden, empujan ó resisten,
llevados por el oleaje de la multitud.
La primera vez que tuve ocasión de presenciar este
espectáculo lleno de animación y de vida, perdido entre los numerosos grupos
que llenaban la plaza de un extremo á otro, apenas pude darme cuenta exacta de
lo que sucedía á mi alrededor. La novedad de los tipos, los trajes y las
costumbres; el extraño aspecto de los edificios y las tiendecillas, encajonadas
unas entre dos pilares de mármol, otras bajo un arco severo é imponente, ó
levantadas al aire libre sobre tres ó cuatro palitroques; hasta el pronunciado
y especial acento de los que voceaban pregonando sus mercancías, nuevo
completamente para mí, eran causa más que bastante á producirme ese
aturdimiento que hace imposible la percepción detallada de un objeto
cualquiera. Mis miradas, vagando de un punto á otro sin cesar un momento, no
tenían ni voluntad propia para fijarse en un sitio. Así estuve cerca de una
hora cruzando en todos sentidos la plaza, á la que, por ser día de fiesta y uno
de los más clásicos de mercado, había acudido más gente que de costumbre,
cuando en uno de sus extremos y cerca de una fuente donde unos lavaban las
verduras, otros recogían agua en un cacharro ó daban de beber á sus
caballerías, distinguí un grupo de muchachas que, en su original y airoso
atavío, en sus maneras y hasta en su particular modo de expresarse, conocí que
serían de alguno de los pueblos de las inmediaciones de Tarazona, donde más
puras y primitivas se conservan las antiguas costumbres y ciertos tipos del
alto Aragón. En efecto, aquellas muchachas,[p. 235] cuya fisonomía
especial, cuya desenvoltura varonil, cuyo lenguaje mezclado de las más
enérgicas interjecciones, contrastaba de un modo notable con la expresión de
ingenua sencillez de sus rostros, con su extremada juventud y con la inocencia
que descubren á través del somero barniz de malicia de su alegre dicharacheo,
se distinguían tanto de las otras mujeres de las aldeas y lugares de los
contornos que, como ellas, vienen al mercado de la ciudad, que desde luego se
despertó en mí la idea de hacer un estudio más detenido de sus costumbres,
enterándome del punto de que procedían y el género de tráfico en que se
ocupaban.
So pretexto de ajustar una carga de leña de las
varias que tenían sobre algunos borriquillos pequeños, huesosos y lanudos,
trabé conversación con una de las que me parecieron más juiciosas y formales,
mientras las otras nos aturdían con sus voces, sus risotadas ó sus chistes,
pues es tal la fama de alegres y decidoras que tienen entre las gentes de la
ciudad, que no hay seminarista desocupado ó zumbón que al pasar no les diga
alguna cosa, seguro de que no ha de faltarles una ocurrencia oportuna y picante
para responderles.
Mi conversación, en la que por incidencia toqué dos
ó tres puntos de los que deseaba aclarar, fué por lo tanto todo lo insuficiente
que, dadas las condiciones del sitio y de mis interlocutoras, se podía
presumir. Supe, no obstante, que eran de Añón, pueblecito que dista unas tres
horas de camino de Tarazona, y que en mis paseos alrededor de esta abadía, he
tenido ocasión de ver varias veces muy en lontananza y casi oculto por las
gigantescas ondulaciones del Moncayo, en cuya áspera falda tiene su asiento, y
que su ocupación diaria consistía en ir y venir desde su aldea á la ciudad,
donde traían un pequeño comercio con la leña que en gran abundancia les
suministran los montes, entre los cuales viven. Estas noticias, aunque
vulgares, escasas y unidas á las que después pude adquirir por el dueño del
parador en que estuve los dos ó tres días que per[p. 236]manecí en Tarazona, en
aquella ocasión sólo sirvieron para avivar mi deseo de conocer más á fondo las
costumbres de este tipo particular de mujeres, en las que desde luego llaman la
atención sus rasgos de belleza nada comunes y su aire resuelto y gracioso.
Esto aconteció hará cosa de tres ó cuatro meses, en
el intervalo de los cuales, todas las mañanas, antes de salir el sol, y
confundiéndose con la algarabía de los pájaros, llegaban hasta mi celda,
sacándome á veces de mi sueño, las voces alegres y sonoras, aunque un tanto
desgarradas, de esas mismas muchachas que, mordiendo un tarugo de pan negro,
cantando á grito herido, é interrumpiendo su canción para arrear el borriquillo
en que conducen la carga de leña, atraviesan impávidas con fríos y calores, con
nieves ó tormentas, las tres leguas mortales de precipicios y alturas que hay
desde su lugar á Tarazona. Últimamente, como ya dije á ustedes en mi anterior,
el tiempo y mis dolencias, poniéndose de acuerdo para dar un punto de reposo,
el uno en sus continuas variaciones y las otras en sus diarias incomodidades,
me han permitido satisfacer en parte la curiosidad, visitando los lugares del
Somontano, entre los que se encuentra Añón, sin duda alguna el más original por
sus costumbres y el más pintoresco por sus alrededores y posición topográfica.
En mi corta visita á este lugar, me expliqué perfectamente por qué en el aire y
en la fisonomía de las añoneras hay algo de extraordinario, algo que las
particulariza y distingue de entre todas las mujeres del país. Sus costumbres,
su educación especial y su género de vida, son, en efecto, diversos de los de
aquellos pueblos. Añón, que en otra época perteneció á los caballeros de San
Juan, cuya Orden mantiene aún en él un priorato, está situado sobre una altura
en el punto en que comienza el áspero bosque de carrascas, que cubre como una
sábana de verdura la base del monte.
Cuando lo tenían por sí los caballeros de la
Orden[p. 237] hospitalaria, debió de ser lugar fuerte y cerrado; hoy sólo
quedan como testigos de su pasado esplendor las colosales ruinas de un castillo
de inmensas proporciones, y algunos lienzos de muro que ya se esconden, ya
aparecen por entre los rojizos tejados de las casas que se agrupan en derredor
de estos despojos. Cada uno de los pueblos de estas cercanías tiene una
reducida llanura propia para el cultivo; sólo Añón, encaramado sobre sus rocas,
sin el recurso siquiera del monte, que ya no le pertenece, sin otras tierras
para sembrar que los pequeños remansos que forma una de sus laderas que se
degrada en ásperos escalones, necesita apelar á su ingenio y á un trabajo rudo
y peligroso para sostenerse. Yo no sabré decir á ustedes si esto proviene de
que los hombres se ocupaban de muy antiguo en el servicio de los caballeros,
por lo cual tenían abandonadas sus casas al dominio de las mujeres, ó de otra
causa cualquiera que yo no me he podido explicar; ello es, que en este pueblo
hay algo de lo que nos refieren las fábulas de las amazonas, ó de lo que habrán
ustedes tenido ocasión de ver en la Isla de San Balandrán. No es
esto decir que el sexo feo y fuerte deje de serlo tanto cuanto es necesario
para justificar ampliamente estos apelativos; pero la población femenina se
agita tan en primer término, desempeña un papel tan activo en la vida pública,
trabaja y va y viene de un punto á otro con tal resolución y desenfado, que
puede asegurarse que ella es la que da el carácter al lugar, y la que lo hace
conocido y famoso en veinte leguas á la redonda. En la plaza de Tarazona,
teatro de sus habilidades, en los caminos que atraviesa cantando, en el monte,
adonde va á buscar furtivamente su mercancía, en las fiestas del lugar, en
cualquier parte que se encuentre, si una vez se ha visto á una añonera, es
imposible confundirla con las demás aldeanas.
La escasa comunicación que tienen estos
pueblecillos entre sí, es el origen de las radicales diferencias que se notan á
primera vista entre los habitantes,[p. 238] aun de los más próximos.
Dentro del tipo aragonés, que es el general á todos ellos, hay infinitos
matices que caracterizan á cada región de la provincia, á cada aldea de por sí.
El tipo de las añoneras es uno con muy leves alteraciones; su traje idéntico,
sus costumbres y su índole las mismas siempre.
Más esbeltas que altas, en lo erguido del talle, en
el brío con que caminan, en la elasticidad de sus músculos, en la prontitud de
todos sus movimientos, revelan la fuerza de que están dotadas y la resolución
de su ánimo. Sus facciones, curtidas por el viento y el sol, ofrecen rasgos
perfectamente regulares, mezclándose en ellas con extraña armonía la
volubilidad y ese no sé qué imposible de definir que constituye la gracia, con
esa leve expresión de la osadía que dilata imperceptiblemente la nariz y pliega
el labio en ademán desdeñoso. Nada más pintoresco y sencillo á la vez que su
traje. Un apretador de colores vivos les ciñe la cintura y deja ver la camisa,
blanca como la nieve, que se pliega en derredor del cuello, sobre el que se
levanta erguida, morena y varonil, la cabeza coronada de cabellos oscuros y
abundantes. Una saya corta, airosa y encarnada ó amarilla, les llega justamente
hasta el punto de la pierna en que se atan las abarcas con un listón negro, que
sube serpenteando sobre la media azul hasta bastante más arriba del tobillo.
Acostumbradas casi desde que nacen á saltar de roca
en roca por entre las quebraduras del monte, su pie adquiere esa firmeza
peculiar de todos los habitantes de las montañas, hasta el punto de que algunas
veces da miedo cuando se las mira atravesar un sendero estrecho que bordea un
barranco, emparejadas con el borriquillo que conduce la leña y saltando de una
piedra en otra de las que costean el camino. Así andan las leguas, tal vez en
ayunas, pero siempre riendo, siempre cantando, siempre de humor para cambiar
una cuchufleta con sus compañeros de viaje.[p. 239] Y no hay miedo de que
su cabeza vacile al atravesar un sitio peligroso, ó su ligero paso se acorte al
llegar á lo último de la penosa jornada; su vista tiene algo de la fijeza é
intensidad de la del águila, acaso porque como ella se ha acostumbrado á medir
indiferente los abismos; sus miembros, endurecidos con la costumbre del
trabajo, soportan las fatigas más rudas sin que el cansancio los entorpezca un
instante.
Sólo de este modo les es posible vivir en medio de
la miseria que las agobia. Cuando la noche es más oscura; cuando la nieve borra
hasta las lindes de los senderos; cuando supone que los guardas de los montes
del Estado no se atreverán á aventurarse por aquellas brechas profundas y
aquellos bosques de árboles intrincados y sombríos, entonces la añonera,
desafiando todos los peligros, adivinando las sendas, sufriendo el temporal,
escuchando por uno y otro lado los aullidos de los lobos, sale furtivamente de su
lugar. Más bien que baja, puede decirse que se descuelga de roca en roca hasta
el último valle que lo separa del Moncayo; armada del hacha penetra en el
laberinto de carrascas oscuras, á cuyo pie nacen espinos y zarzas en montón, y
descargando rudos golpes con una fuerza y una agilidad inconcebibles, hace su
acopio de leña, que después oculta para conducirla poco á poco, primero á su
casa y más tarde á Tarazona, donde recibe por su trabajo material, por los
peligros que afronta y las fatigas que sufre, seis ó siete reales á lo sumo.
Francamente hablando, hay en este mundo desigualdades que asustan.
¿Quién puede sospechar que á la misma hora en que
nuestras grandes damas de la corte se agrupan en el peristilo del teatro Real,
envueltas en sus calientes y vistosos albornoces, y esperan el carruaje que ha
de conducirlas sobre blandos almohadones de seda á su palacio, otras mujeres,
hermosas quizás como ellas, como ellas débiles al nacer, sacuden de cuando en
cuando la cabeza de un lado á otro para desparcir la[p. 240] nieve que se
les amontona encima, en tanto que rodeadas de oscuridad profunda, de peligros y
de sobresaltos, hacen resonar el bosque con el crujido de los troncos que caen
derribados á los golpes del hacha?
Grandes, inmensas desigualdades existen, no cabe
duda; pero también es cierto que todas tienen su compensación. Yo he visto
levantarse agitado y dejar escapar un comprimido sollozo á más de un pecho
cubierto de leve gasa y seda; yo he visto más de una altiva frente inclinarse
triste y sin color como agobiada bajo el peso de su espléndida diadema de
pedrería; en cambio, hoy como ayer, sigue despertándome el alegre canto de las
añoneras que pasan por delante de las puertas del monasterio para dirigirse á Tarazona;
mañana como hoy, si salgo al camino ó voy á buscarlas al mercado, las
encontraré riendo y en continua broma, felices con sus seis reales,
satisfechas, porque llevarán un pan negro á su familia, ufanas con la
satisfacción de que á ellas se deben la burda saya que visten y el bocado de
pan que comen.
Dios, aunque invisible, tiene siempre una mano
tendida para levantar por un extremo la carga que abruma al pobre. Si no,
¿quién subiría la áspera cumbre de la vida con el pesado fardo de la miseria al
hombro?
[p. 241]
CARTA SEXTA
ueridos amigos: Hará cosa de dos ó tres años,
tal vez leerían ustedes en los periódicos de Zaragoza la relación de un crimen
que tuvo lugar en uno de los pueblecillos de estos contornos. Tratábase del
asesinato de una pobre vieja á quien sus convecinos acusaban de bruja.
Últimamente, y por una coincidencia extraña, he tenido ocasión de conocer los
detalles y la historia circunstanciada de un hecho que se comprende apenas en
mitad de un siglo tan despreocupado como el nuestro.
Ya estaba para acabar el día. El cielo, que desde
el amanecer se mantuvo cubierto y nebuloso, comenzaba á oscurecerse á medida
que el sol, que antes transparentaba su luz á través de las nieblas, iba
debilitándose, cuando, con la esperanza de ver su famoso castillo como término
y remate de mi artística expedición, dejé á Litago para encaminarme á Trasmoz,
pueblo del que me separaba una distancia de tres cuartos de hora por el camino
más corto. Como de costumbre, y exponiéndome, á trueque de examinar á mi gusto
los parajes más ásperos y accidentados, á las fatigas y la incomodidad de
perder el camino por entre aquellas zarzas y peñascales, tomé el más difícil,
el más dudoso y más largo, y lo perdí en efecto, á pesar de las minuciosas
instrucciones de que me pertreché á la salida del lugar.
[p. 242]Ya enzarzado en lo más espeso y fragoso del
monte, llevando del diestro la caballería por entre sendas casi impracticables,
ora por las cumbres para descubrir la salida del laberinto, ora por las
honduras con la idea de cortar terreno, anduve vagando al azar un buen espacio
de tarde hasta que, por último, en el fondo de una cortadura tropecé con un
pastor, el cual abrevaba su ganado en el riachuelo que, después de deslizarse
sobre un cauce de piedras de mil colores, salta y se retuerce allí con un ruido
particular que se oye á gran distancia, en medio del profundo silencio de la
naturaleza que en aquel punto y á aquella hora parece muda ó dormida.
Pregunté al pastor el camino del pueblo, el cual
según mis cuentas no debía de distar mucho del sitio en que nos encontrábamos,
pues aunque sin senda fija, yo había procurado adelantar siempre en la
dirección que me habían indicado. Satisfizo el buen hombre mi pregunta lo mejor
que pudo, y ya me disponía á proseguir mi azarosa jornada, subiendo con pies y
manos y tirando de la caballería, como Dios me daba á entender, por entre unos
pedruscos erizados de matorrales y puntas, cuando el pastor que me veía subir
desde lejos, me dió una gran voz advirtiéndome que no tomara la senda
de la tía Casca, si quería llegar sano y salvo á la cumbre. La verdad era
que el camino, que equivocadamente había tomado, se hacía cada vez más áspero y
difícil, y que por una parte la sombra que ya arrojaban las altísimas rocas,
que parecían suspendidas sobre mi cabeza, y por otra el ruido vertiginoso del
agua que corría profunda á mis pies, y de la que comenzaba á elevarse una
niebla inquieta y azul, que se extendía por la cortadura borrando los objetos y
los colores, parecían contribuir á turbar la vista y conmover el ánimo con una
sensación de penoso malestar que vulgarmente podría llamarse preludio de miedo.
Volví pies atrás, bajé de nuevo hasta donde se encontraba el pastor, y mientras
se[p. 243]guíamos juntos por una trocha que se dirigía al pueblo, adonde
también iba á pasar la noche mi improvisado guía, no pude menos de preguntarle
con alguna insistencia, por qué, aparte de las dificultades que ofrecía el
ascenso, era tan peligroso subir á la cumbre por la senda que llamó de la tía
Casca.
—Porque antes de terminar la senda—me dijo con el
tono más natural del mundo—tendríais que costear el precipicio á que cayó la
maldita bruja que le da su nombre, y en el cual se cuenta que anda penando el
alma que, después de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido para
suya.
—¡Hola!—exclamé entonces como sorprendido, aunque,
á decir verdad, ya me esperaba una contestación de esta ó parecida clase.—Y ¿en
qué diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos andurriales?
—En acosar y perseguir á los infelices pastores que
se arriesgan por esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si
fuese un lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura, ó acurrucándose
en las quiebras de las rocas que están en el fondo del precipicio, desde donde
llama con su mano amarilla y seca á los que van por el borde, les clava la
mirada de sus ojos de buho, y cuando el vértigo comienza á desvanecer su
cabeza, da un gran salto, se les agarra á los pies y pugna hasta despeñarlos en
la sima... ¡Ah, maldita bruja!—exclamó después de un momento el pastor
tendiendo el puño crispado hacia las rocas, como amenazándola;—¡ah! maldita
bruja, muchas hiciste en vida, y ni aun muerta hemos logrado que nos dejes en
paz; pero, no haya cuidado, que á ti y á tu endiablada raza de hechiceras os
hemos de aplastar una á una, como á víboras.
—Por lo que veo—insistí, después que hubo concluído
su extravagante imprecación,—está usted muy al corriente de las fechorías de
esa mujer. Por ventura, ¿alcanzó usted á conocerla? Porque no me pa[p. 244]rece
de tanta edad como para haber vivido en el tiempo en que las brujas andaban
todavía por el mundo.
Al oir estas palabras el pastor, que caminaba
delante de mí para mostrarme la senda, se detuvo un poco y fijando en los míos
sus asombrados ojos, como para conocer si me burlaba, exclamó con un acento de
buena fe pasmosa:—¡Que no le parezco á usted de edad bastante para haberla
conocido! Pues ¿y si yo le dijera que no hace aún tres años cabales que con
estos mismos ojos que se ha de comer la tierra, la vi caer por lo alto de ese
derrumbadero, dejando en cada uno de los peñascos y de las zarzas un jirón de vestido
ó de carne, hasta que llegó al fondo donde se quedó aplastada como un sapo que
se coge debajo del pie?
—Entonces—respondí asombrado á mi vez de la
credulidad de aquel pobre hombre—daré crédito á lo que usted dice, sin objetar
palabra; aunque á mí se me había figurado—añadí recalcando estas últimas frases
para ver el efecto que le hacían,—que todo eso de las brujas y los hechizos no
eran sino antiguas y absurdas patrañas de las aldeas.
—Eso dicen los señores de la ciudad, porque á ellos
no les molestan; y fundados en que todo es puro cuento, echaron á presidio á
algunos infelices que nos hicieron un bien de caridad á la gente del Somontano,
despeñando á esa mala mujer.
—¿Conque no cayó casualmente ella, sino que la
hicieron rodar que quieras que no? ¡Á ver, á ver! Cuénteme usted cómo pasó eso,
porque debe de ser curioso—añadí, mostrando toda la credulidad y el asombro
suficiente, para que el buen hombre no maliciase que sólo quería distraerme un
rato, oyendo sus sandeces; pues es de advertir que hasta que no me refirió los
pormenores del suceso, no hice memoria de que, en efecto, yo había leído en los
periódicos de provincia una cosa semejante. El pastor, convencido por las
muestras de interés conque me disponía á escuchar su relato, de que yo no era
uno de esos señores de la ciu[p. 245]dad, dispuesto á tratar
de majaderías su historia, levantó la mano en dirección á uno de los picachos
de la cumbre, y comenzó así, señalándome una de las rocas que se destacaba
oscura é imponente sobre el fondo gris del cielo, que el sol, al ponerse tras
las nubes, teñía de algunos cambiantes rojizos.
—¿Ve usted aquel cabezo alto, alto, que parece
cortado á pico, y por entre cuyas peñas crecen las aliagas y los zarzales? Me
parece que sucedió ayer. Yo estaba algunos doscientos pasos camino atrás de
donde nos encontramos en este momento; próximamente sería la misma hora, cuando
creí escuchar unos alaridos distantes, y llantos é imprecaciones que se
entremezclaban con voces varoniles y coléricas que ya se oían por un lado, ya
por otro, como de pastores que persiguen un lobo por entre los zarzales. El sol,
según digo, estaba al ponerse, y por detrás de la altura se descubría un jirón
del cielo, rojo y encendido como la grana, sobre el que vi aparecer alta, seca
y haraposa, semejante á un esqueleto que se escapa de su fosa, envuelto aún en
los jirones del sudario, á una vieja horrible, en la que conocí á la tía
Casca. La tía Casca era famosa en todos estos contornos, y
me bastó distinguir sus greñas blancuzcas que se enredaban alrededor de su
frente como culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus
brazos disformes, que se destacaban angulosos y oscuros sobre el fondo de fuego
del horizonte, para reconocer en ella á la bruja de Trasmoz. Al llegar ésta al
borde del precipicio, se detuvo un instante sin saber qué partido tomar. Las
voces de los que parecían perseguirla sonaban cada vez más cerca, y de cuando
en cuando la veía hacer una contorsión, encogerse ó dar un brinco para evitar
los cantazos que le arrojaban. Sin duda no traía el bote de sus endiablados
untos, porque, á traerlo, seguro que habría atravesado al vuelo la cortadura,
dejando á sus perseguidores burlados y jadeantes como lebreles que pierden la
pista. ¡Dios no lo quiso así, permitiendo que de una[p. 246] vez pagara
todas sus maldades!... Llegaron los mozos que venían en su seguimiento, y la
cumbre se coronó de gentes, éstos con piedras en las manos, aquéllos con
garrotes, los de más allá con cuchillos. Entonces comenzó una cosa horrible. La
vieja, ¡maldita hipocritona! viéndose sin huída, se arrojó al suelo, se
arrastró por la tierra besando los pies de los unos, abrazándose á las rodillas
de los otros, implorando en su ayuda á la Virgen y á los santos, cuyos nombres
sonaban en su condenada boca como una blasfemia. Pero los mozos, así hacían
caso de sus lamentos como yo de la lluvia cuando estoy bajo techado.—Yo soy una
pobre vieja que no he hecho daño á nadie; no tengo hijos ni parientes que me
vengan á amparar; ¡perdonadme, tened compasión de mí!—aullaba la bruja; y uno
de los mozos, que con la una mano la había asido de las greñas, mientras tenía
en la otra la navaja que procuraba abrir con los dientes, le contestaba
rugiendo de cólera:—¡Ah, bruja de Lucifer, ya es tarde para lamentaciones, ya
te conocemos todos!—¡Tú hiciste un mal á mi mulo, que desde entonces no quiso
probar bocado, y murió de hambre dejándome en la miseria!—decía uno.—¡Tú has
hecho mal de ojo á mi hijo, y lo sacas de la cuna y lo azotas por las
noches!—añadía el otro; y cada cual exclamaba por su lado:—¡Tú has echado una
suerte á mi hermana! ¡Tú has ligado á mi novia! ¡Tú has emponzoñado la yerba!
¡Tú has embrujado al pueblo entero!
Yo permanecía inmóvil en el mismo punto en que me
había sorprendido aquel clamoreo infernal, y no acertaba á mover pie ni mano,
pendiente del resultado de aquella lucha.
La voz de la tía Casca, aguda y
estridente, dominaba el tumulto de todas las otras voces que se reunían para
acusarla, dándole en el rostro con sus delitos, y siempre gimiendo, siempre
sollozando, seguía poniendo á Dios y á los santos patronos del lugar por
testigos de su inocencia.
[p. 247]Por último, viendo perdida toda esperanza,
pidió como última merced que la dejasen un instante implorar del cielo, antes
de morir, el perdón de sus culpas, y de rodillas al borde de la cortadura como
estaba, la vieja inclinó la cabeza, juntó las manos y comenzó á murmurar entre
dientes qué sé yo qué imprecaciones ininteligibles: palabras que yo no podía
oir por la distancia que me separaba de ella, pero que ni los mismos que
estaban á su lado lograron entender. Unos aseguran que hablaba en latín, otros
que en una lengua salvaje y desconocida, no faltando quien pudo comprender que
en efecto rezaba, aunque diciendo las oraciones al revés, como es costumbre de
estas malas mujeres.
En este punto se detuvo el pastor un momento,
tendió á su alrededor una mirada, y prosiguió así:
—¿Siente usted este profundo silencio que reina en
todo el monte, que no suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire
está inmóvil y pesa sobre los hombros y parece que aplasta? ¿Ve usted esos
jirones de niebla oscura que se deslizan poco á poco á lo largo de la inmensa
pendiente del Moncayo, como si sus cavidades no bastaran á contenerlos? ¿Los ve
usted cómo se adelantan mudos y con lentitud, como una legión aérea que se
mueve por un impulso invisible? El mismo silencio de muerte había entonces, el
mismo aspecto extraño y temeroso ofrecía la niebla de la tarde, arremolinada en
las lejanas cumbres, todo el tiempo que duró aquella suspensión angustiosa. Yo
lo confieso con toda franqueza: llegué á tener miedo. ¿Quién sabía si la bruja
aprovechaba aquellos instantes para hacer uno de esos terribles conjuros que
sacan á los muertos de sus sepulturas, estremecen el fondo de los abismos y
traen á la superficie de la tierra, obedientes á sus imprecaciones, hasta á los
más rebeldes espíritus infernales? La vieja rezaba, rezaba sin parar; los mozos
permanecían en tanto inmóviles, cual si estuviesen encadenados[p. 248] por
un sortilegio, y las nieblas oscuras seguían avanzando y envolviendo las peñas,
en derredor de las cuales fingían mil figuras extrañas como de monstruos
deformes, cocodrilos rojos y negros, bultos colosales de mujeres envueltas en
paños blancos, y listas largas de vapor que, heridas por la última luz del
crepúsculo, semejaban inmensas serpientes de colores.
Fija la mirada en aquel fantástico ejército de
nubes que parecían correr al asalto de la peña sobre cuyo pico iba á morir la
bruja, yo estaba esperando por instantes cuándo se abrían sus senos para
abortar á la diabólica multitud de espíritus malignos, comenzando una lucha
horrible al borde del derrumbadero, entre los que estaban allí para hacer
justicia en la bruja y los demonios que, en pago de sus muchos servicios,
vinieran á ayudarla en aquel amargo trance.
—Y por fin—exclamé interrumpiendo el animado cuento
de mi interlocutor, é impaciente ya por conocer el desenlace,—¿en qué acabó
todo ello? ¿Mataron á la vieja? Porque yo creo que por muchos conjuros que
recitara la bruja y muchas señales que usted viese en las nubes y en cuanto le
rodeaba, los espíritus malignos se mantendrían quietecitos cada cual en su
agujero, sin mezclarse para nada en las cosas de la tierra. ¿No fué así?
—Así fué, en efecto. Bien porque en su turbación la
bruja no acertara con la fórmula ó, lo que yo más creo, por ser viernes, día en
que murió Nuestro Señor Jesucristo, y no haber acabado aún las vísperas,
durante las que los malos no tienen poder alguno, ello es que, viendo que no
concluía nunca con su endiablada monserga, un mozo le dijo que acabase, y
levantando en alto el cuchillo, se dispuso á herirla. La vieja entonces, tan
humilde, tan hipocritona hasta aquel punto, se puso de pie con un movimiento tan
rápido como el de una culebra enroscada á la que se pisa y despliega sus
anillos irguiéndose llena de cólera.—¡Oh! no; ¡no quiero morir, no quiero
morir!—decía;—¡dejadme ú os mor[p. 249]deré las manos con que me sujetáis!...
Pero aún no había pronunciado estas palabras, abalanzándose á sus
perseguidores, fuera de sí, con las greñas sueltas, los ojos inyectados en
sangre, y la hedionda boca entreabierta y llena de espuma, cuando la oí arrojar
un alarido espantoso, llevarse por dos ó tres veces las manos al costado con
grande precipitación, mirárselas y volvérselas á mirar maquinalmente, y por
último, dando tres ó cuatro pasos vacilantes como si estuviese borracha, la vi
caer al derrumbadero. Uno de los mozos á quien la bruja hechizó á una hermana,
la más hermosa, la más buena del lugar, la había herido de muerte en el momento
en que sintió que le clavaba en el brazo sus dientes negros y puntiagudos.
¿Pero cree usted que acabó ahí la cosa? Nada menos que eso: la vieja de Lucifer
tenía siete vidas como los gatos. Cayó por un derrumbadero donde cualquiera
otro á quien se le resbalase un pie no pararía hasta lo más hondo, y ella, sin
embargo, tal vez porque el diablo le quitó el golpe ó porque los harapos de las
sayas la enredaron en los zarzales, quedó suspendida de uno de los picos que
erizan la cortadura, barajándose y retorciéndose allí como un reptil colgado
por la cola. ¡Dios, cómo blasfemaba! ¡Qué imprecaciones tan horribles salían de
su boca! Se estremecían las carnes y se ponían de punta los cabellos sólo de
oirla... Los mozos seguían desde lo alto todas sus grotescas evoluciones,
esperando el instante en que se desgarraría el último jirón de la saya á que
estaba sujeta, y rodaría dando tumbos, de pico en pico, hasta el fondo del
barranco; pero ella con el ansia de la muerte y sin cesar de proferir, ora
horribles blasfemias, ora palabras santas mezcladas de maldiciones, se
enroscaba en derredor de los matorrales; sus dedos largos, huesosos y
sangrientos, se agarraban como tenazas á las hendiduras de las rocas, de modo
que ayudándose de las rodillas, de los dientes, de los pies y de las manos,
quizás hubiese conseguido subir hasta el borde, si algunos de[p. 250] los
que la contemplaban y que llegaron á temerlo así, no hubiesen levantado en alto
una piedra gruesa, con la que le dieron tal cantazo en el pecho, que piedra y
bruja bajaron á la vez saltando de escalón en escalón por entre aquellas puntas
calcáreas, afiladas como cuchillos, hasta dar, por último, en ese arroyo que se
ve en lo más profundo del valle... Una vez allí, la bruja permaneció un largo
rato inmóvil, con la cara hundida entre el légamo y el fango del arroyo que
corría enrojecido con la sangre; después, poco á poco, comenzó como á volver en
sí y á agitarse convulsivamente. El agua cenagosa y sangrienta saltaba en
derredor batida por sus manos, que de vez en cuando se levantaban en el aire
crispadas y horribles, no sé si implorando piedad, ó amenazando aún en las
últimas ansias... Así estuvo algún tiempo removiéndose y queriendo inútilmente
sacar la cabeza fuera de la corriente buscando un poco de aire, hasta que al
fin se desplomó muerta; muerta del todo, pues los que la habíamos visto caer y
conocíamos de lo que es capaz una hechicera tan astuta como la tía
Casca, no apartamos de ella los ojos hasta que, completamente entrada la
noche, la oscuridad nos impidió distinguirla, y en todo este tiempo no movió
pie ni mano; de modo que si la herida y los golpes no fueron bastantes á
acabarla, es seguro que se ahogó en el riachuelo cuyas aguas tantas veces había
embrujado en vida para hacer morir nuestras reses.—¡Quien en mal anda, en mal
acaba!—exclamamos después de mirar una última vez al fondo oscuro del
despeñadero; y santiguándonos santamente y pidiendo á Dios nos ayudase en todas
las ocasiones, como en aquella, contra el diablo y los suyos, emprendimos con
bastante despacio la vuelta al pueblo, en cuya desvencijada torre las campanas
llamaban á la oración á los vecinos devotos.
Cuando el pastor terminó su relato, llegábamos
precisamente á la cumbre más cercana al pueblo, desde donde se ofreció á mi
vista el castillo oscuro é impo[p. 251]nente con su alta torre del homenaje, de
la que sólo queda en pie un lienzo de muro con dos saeteras, que
transparentaban la luz y parecían los ojos de un fantasma. En aquel castillo,
que tiene por cimiento la pizarra negra de que está formado el monte, y cuyas
vetustas murallas, hechas de pedruscos enormes, parecen obras de titanes, es
fama que las brujas de los contornos tienen sus nocturnos conciliábulos.
La noche había cerrado ya, sombría y nebulosa. La
luna se dejaba ver á intervalos por entre los jirones de las nubes que volaban
en derredor nuestro, rozando casi con la tierra, y las campanas de Trasmoz
dejaban oir lentamente el toque de oraciones, como al final de la horrible
historia que me acababan de referir.
Ahora que estoy en mi celda tranquilo, escribiendo
para ustedes la relación de estas impresiones extrañas, no puedo menos de
maravillarme y dolerme de que las viejas supersticiones tengan todavía tan
hondas raíces entre las gentes de las aldeas, que den lugar á sucesos
semejantes; pero, ¿por qué no he de confesarlo? sonándome aún las últimas
palabras de aquella temerosa relación, teniendo junto á mí á aquel hombre que
tan de buena fe imploraba la protección divina para llevar á cabo crímenes
espantosos, viendo á mis pies el abismo negro y profundo en donde se revolvía
el agua entre las tinieblas, imitando gemidos y lamentos, y en lontananza el
castillo tradicional, coronado de almenas oscuras, que parecían fantasmas
asomadas á los muros, sentí una impresión angustiosa, mis cabellos se erizaron
involuntariamente, y la razón, dominada por la fantasía, á la que todo ayudaba,
el sitio, la hora y el silencio de la noche, vaciló un punto, y casi creí que
las absurdas consejas de las brujerías y los maleficios pudieran ser posibles.
Postdata.—Al terminar esta carta y cuando ya me disponía á escribir el sobre, la
muchacha que me sirve y que ha concluído en este instante de arreglar los
trebejos de la cocina y de apagar la lumbre, armada[p. 252] de un enorme
candil de hierro, se ha colocado junto á mi mesa á esperar, como tiene de
costumbre siempre que me ve escribir de noche, que le entregue la carta que
ella á su vez dará mañana al correo, el cual baja de Añón á Tarazona al romper
el día. Sabiendo que es de un lugar inmediato á Trasmoz y que en este último
pueblo tiene gran parte de su familia, me ha ocurrido preguntarle si conoció á
la tía Casca, y si sabe alguna particularidad de sus hechizos
famosos en todo el Somontano. No pueden ustedes figurarse la cara que ha puesto
al oir el nombre de la bruja, ni la expresión de medrosa inquietud con que ha
vuelto la vista á su alrededor, procurando iluminar con el candil los rincones
oscuros de la celda, antes de responderme. Después de practicada esta
operación, y con voz baja y alterada, sin contestar á mi interpelación, me ha
preguntado á su vez:
—¿Sabe usted en qué día de la semana estamos?
—No, chica—le respondí;—pero ¿á qué conduce saber
el día de la semana?
—Porque si es viernes, no puedo despegar los labios
sobre ese asunto. Los viernes, en memoria de que Nuestro Señor Jesucristo murió
en semejante día, no pueden las brujas hacer mal á nadie; pero en cambio oyen
desde su casa cuanto se dice de ellas, aunque sea al oído y en el último rincón
del mundo.
—Tranquilízate por ese lado, pues á lo que yo puedo
colegir de la proximidad del último domingo, todo lo más, andaremos por el
martes ó el miércoles.
—No es esto decir que yo le tenga miedo á la bruja,
pues de los míos sólo á mi hermana la mayor, al pequeñico y á
mi padre puede hacerles mal.
—¡Calle! ¿y en qué consiste el privilegio?
—En que al echarnos el agua no se equivocó el cura
ni dejó olvidada ninguna palabra del credo.
—¿Y eso se lo has ido tú á preguntar al cura tal
vez?
—¡Quiá! No, señor: el cura no se acordaría. Se lo
hemos preguntado á un cedazo.
[p. 253]—Que es el que debe saberlo... No me parece
mal. ¿Y cómo se entra en conversación con un cedazo? Porque eso debe de ser
curioso.
—Verá usted... después de las doce de la noche,
pues las brujas, que lo quisieran impedir no tienen poder sino desde las ocho
hasta esa hora, se toma el cedazo, se hacen sobre él tres cruces con la mano
izquierda, y suspendiéndole en el aire, cogido por el aro con las puntas de
unas tijeras, se le pregunta. Si se ha olvidado alguna palabra del credo, da
vueltas por sí solo, y si no, se está quietico, quietico, como la
hoja en el árbol cuando no se mueve una paja de aire.
—¿Según eso, tú estás completamente tranquila de
que no han de embrujarte?
—Lo que es por mí, completamente; pero sin embargo,
mirando por los de la casa, cuido siempre de hacer antes de dormirme una cruz
en el hogar con las tenazas para que no entren por la chimenea, y tampoco se me
olvida poner la escoba en la puerta con el palo en el suelo.
—¡Ah! vamos; ¿con que la escoba que encuentro
algunas mañanas á la puerta de mi habitación con las palmas hacia arriba y que
me ha hecho pensar que era uno de tus frecuentes olvidos, no estaba allí sin su
misterio? Pero se me ocurre preguntar una cosa: si ya mataron á la bruja y, una
vez muerta, su alma no puede salir del precipicio donde por permisión divina
anda penando, ¿contra quién tomas esas precauciones?
—¡Toma, toma! Mataron á una; pero como que son una
familia entera y verdadera, que desde hace un siglo ó dos vienen heredando el
unto de unas en otras, se acabó con una tía Casca, pero queda su
hermana, y cuando acaben con ésta, que acabarán también, le sucederá su hija,
que aún es moza, y ya dicen que tiene sus puntos de hechicera.
—¿Según lo que veo, esa es una dinastía secular de
brujas que se vienen sucediendo regular[p. 254]mente por la línea femenina
desde los tiempos más remotos?
—Yo no sé lo que son; pero lo que puedo decirle es
que acerca de estas mujeres se cuenta en el pueblo una historia muy particular,
que yo he oído referir algunas veces en las noches de invierno.
—Pues vaya, deja ese candil en el suelo, acerca una
silla y refiéreme esa historia, que yo me parezco á los niños en mis aficiones.
—Es que esto no es cuento.
—Ó historia, como tú quieras—añadí por último, para
tranquilizarla respecto á la entera fe con que sería acogida la relación por mi
parte.
La muchacha, después de colgar el candil en un
clavo, y de pie á una respetuosa distancia de la mesa, por no querer sentarse,
á pesar de mis instancias, me ha referido la historia de las brujas de Trasmoz,
historia original que yo á mi vez contaré á ustedes otro día, pues ahora voy
acostarme con la cabeza llena de brujas, hechicerías y conjuros, pero
tranquilo, porque, al dirigirme á mi alcoba, he visto el escobón junto á la
puerta haciéndome la guardia, más tieso y formal que un alabardero en día de ceremonia.
[p. 255]
CARTA SÉPTIMA
ueridos amigos: Prometí á ustedes en mi última
carta referirles, tal como me la contaron, la maravillosa historia de las
brujas de Trasmoz. Tomo, pues, la pluma para cumplir lo prometido, y va de
cuento.
Desde tiempo inmemorial, es artículo de fe entre
las gentes del Somontano, que Trasmoz es la corte y punto de cita de las brujas
más importantes de la comarca. Su castillo, como los tradicionales campos de
Barahona y el valle famoso de Zugarramurdi, pertenece á la categoría de
conventículo de primer orden y lugar clásico para las grandes fiestas nocturnas
de las amazonas de escobón, los sapos con collareta y toda la abigarrada
servidumbre del macho cabrío, su ídolo y jefe. Acerca de la fundación de este
castillo, cuyas colosales ruinas, cuyas torres oscuras y dentelladas, patios
sombríos y profundos fosos, parecen, en efecto, digna escena de tan diabólicos
personajes, se refiere una tradición muy antigua. Parece que en tiempo
de los moros, época que para nuestros campesinos corresponde á las edades
mitológicas y fabulosas de la historia, pasó el rey por las cercanías del sitio
en que ahora se halla Trasmoz, y viendo con maravilla un punto como aquél,
donde gracias á la altura, las rápidas pendientes y los cortes á plomo de la
roca, podía el hombre, ayudado de la naturaleza, hacer un lu[p. 256]gar fuerte
é inexpugnable, de grande utilidad por encontrarse próximo á la raya
fronteriza, exclamó volviéndose á los que iban en su seguimiento, y tendiendo
la mano en dirección á la cumbre:
—De buena gana tendría allí un castillo.
Oyóle un pobre viejo, que apoyado en un báculo de
caminante y con unas miserables alforjillas al hombro, pasaba á la sazón por el
mismo sitio, y adelantándose hasta salirle al encuentro y á riesgo de ser
atropellado por la comitiva real, detuvo por la brida el caballo de su señor y
le dijo estas solas palabras:
—Si me le dais en alcaidía perpetua, yo me
comprometo á llevaros mañana á vuestro palacio sus llaves de oro.
Rieron grandemente el rey y los suyos de la
extravagante proposición del mendigo, de modo que arrojándole una pequeña pieza
de plata al suelo, á manera de limosna, contestóle el soberano con aire de
zumba.
—Tomad esa moneda para que compréis unas cebollas y
un pedazo de pan con que desayunaros, señor alcaide de la improvisada fortaleza
de Trasmoz, y dejadnos en paz proseguir nuestro camino.
Y esto diciendo, le apartó suavemente á un lado de
la senda, tocó el ijar de su corcel con el acicate, y se alejó seguido de sus
capitanes, cuyas armaduras, incrustadas de arabescos de oro, resonaban y
resplandecían al compás del galope, mal ocultas por los blancos y flotantes
alquiceles.
—¿Luego me confirmáis en la alcaidía?—añadió el
pobre viejo, en tanto que se bajaba para recoger la moneda, y dirigiéndose en
alta voz hacia los que ya apenas se distinguían entre la nube de polvo que
levantaron los caballos, un punto detenidos, al arrancar de nuevo.
—Seguramente—díjole el rey desde lejos y cuando ya
iba á doblar una de las vueltas del monte;—pero con la condición de que esta
noche levantarás el cas[p. 257]tillo, y mañana irás á Tarazona á entregarme las
llaves.
Satisfecho el pobrete con la contestación del rey,
alzó, como digo, la moneda del suelo, besóla con muestras de humildad, y
después de atarla en un pico del guiñapo blancuzco que le servía de turbante,
se dirigió poco á poco hacia la aldehuela de Trasmoz. Componían entonces este
lugar quince ó veinte casuquillas sucias y miserables, refugio de algunos
pastores que llevaban á pacer sus ganados al Moncayo. Pasito á pasito, aquí
cae, allí tropieza, como el que camina agobiado del doble peso de la edad y de
una larga jornada, llegó al fin nuestro hombre al pueblo, y comprando, según se
lo había dicho el rey, un mendrugo de pan y tres ó cuatro cebollas blancas,
jugosas y relucientes, sentóse á comerlas á la orilla de un arroyo, en el cual
los vecinos tenían costumbre de venir á hacer sus abluciones de la tarde, y en
donde, una vez instalado, comenzó á despachar su pitanza con tanto gusto, y
moviendo sus descarnadas mandíbulas, de las que pendían unas barbillas blancas
y claruchas, con tal priesa, que, en efecto, parecía no haberse desayunado en
todo lo que iba de día, que no era poco, pues el sol comenzaba á trasmontar las
cumbres.
Sentado estaba, pues, nuestro pobre viejo á la
orilla del arroyo dando buena cuenta con gentil apetito de su frugal comida,
cuando llegó hasta el borde del agua uno de los pastores del lugar, hizo sus
acostumbradas zalemas, vuelto hacia el Oriente, y concluída esta operación,
comenzó á lavarse las manos y el rostro murmurando sus rezos de la tarde. Tras
éste vinieron otros cuantos, hasta cinco ó seis, y cuando todos hubieron
concluído de rezar y remojarse el cogote, llamólos el viejo y les dijo:
—Veo con gusto que sois buenos musulmanes, y que ni
las ordinarias ocupaciones, ni las fatigas de vuestros ejercicios os distraen
de las santas ceremonias que á sus fieles dejó encomendadas el Profeta. El
verdadero creyente tarde ó temprano alcanza el[p. 258] premio: unos lo
recogen en la tierra, otros en el paraíso, no faltando á quienes se les da en
ambas partes, y de éstos seréis vosotros.
Los pastores, que durante la arenga no habían
apartado un punto sus ojos del mendigo, pues por tal le juzgaron al ver su mal
pelaje y peor desayuno, se miraban entre sí, después de concluído, como no
comprendiendo adónde iría á parar aquella introducción si no era á pedir una
limosna; pero con grande asombro de los circunstantes, prosiguió de este modo
su discurso:
—He aquí que yo vengo de una tierra lejana á buscar
servidores leales para la guarda y custodia de un famoso castillo. Yo me he
sentado al borde de las fuentes que saltan sobre una taza de pórfido, á la
sombra de las palmeras en las mezquitas de las grandes ciudades, y he visto
unos tras otros venir á muchos hombres á hacer las abluciones con sus aguas,
éstos por mera limpieza, aquéllos por hacer lo mismo que todos, los más por dar
el espectáculo de una piedad de fórmula. Después os he visto en estas soledades,
lejos de las miradas del mundo, atentos sólo al ojo que vela sobre las acciones
de los mortales, cumplir con nuestros ritos, impulsados por la conciencia de un
deber, y he dicho para mí:—He aquí hombres fieles á su religión; igualmente lo
serán á su palabra. De hoy más no vagaréis por los montes con nieves y fríos
para comer un pedazo de pan negro; en la magnífica fortaleza de que os hablo,
tendréis alimento abundante y vida holgada. Tú cuidarás de la atalaya, atento
siempre á las señales de los corredores del campo, y pronto á encender la
hoguera que brilla en las sombras, como el penacho de fuego del casco de un
arcángel. Tú cuidarás del rastrillo y del puente; tú darás vuelta cada tres
horas alrededor de las torres, por entre la barbacana y el muro. Á ti te
encargaré de las caballerizas; bajo la guarda de ése estarán los depósitos de
materiales de guerra, y por último, aquel otro correrá con los almacenes de
víveres.
[p. 259]
Los pastores, de cada vez más asombrados y
suspensos, no sabían qué juicio formar del improvisado protector que la
casualidad les deparaba; y aunque su aspecto miserable no convenía del todo
bien con sus generosas ofertas, no faltó alguno que le preguntase entre dudoso
y crédulo:
—¿Dónde está ese castillo? Si no se halla muy lejos
de estos lugares, entre cuyas peñas estamos acostumbrados á vivir, y á los que
tenemos el amor que todo hombre tiene á la tierra que le vió nacer, yo, por mi
parte, aceptaría con gusto tus ofrecimientos, y creo que como yo todos los que
se encuentran presentes.
—Por eso no temáis, pues está bien cerca de
aquí—respondió el viejo impasible;—cuando el sol se esconde por detrás de las
cumbres del Moncayo, su sombra cae sobre vuestra aldea.
—¿Y cómo puede ser eso—dijo entonces el pastor,—si
por aquí no hay castillo ni fortaleza alguna, y la primera sombra que envuelve
nuestro lugar, es la del cabezo del monte en cuya falda se ha levantado?
—Pues en ese cabezo se halla, porque allí están las
piedras, y donde están las piedras está el castillo, como está la gallina en el
huevo y la espiga en el grano—insistió el extraño personaje, á quien sus
interlocutores, irresolutos hasta aquel punto, no dudaron en calificar de loco
de remate.
—¿Y tú serás, sin duda, el gobernador de esa
fortaleza famosa?—exclamó entre las carcajadas de sus compañeros, otro de los
pastores.—Porque á tal castillo tal alcaide.
—Yo lo soy—tornó á contestar el viejo, siempre con
la misma calma, y mirando á sus risueños oyentes con una sonrisa
particular.—¿No os parezco digno de tan honroso cargo?
—¡Nada menos que eso!—se apresuraron á
responderle.—Pero el sol ha doblado las cumbres, la sombra de vuestro castillo
envuelve ya en sus pliegues nues[p. 260]tras pobres chozas. ¡Poderoso y temido
alcaide de la invisible fortaleza de Trasmoz, si queréis pasar la noche á
cubierto, os podemos ofrecer un poco de paja en el establo de nuestras ovejas;
si preferís quedaros al raso, que Alá os tenga en su santa guarda, el Profeta
os colme de sus beneficios, y los arcángeles de la noche velen á vuestro
alrededor con sus espadas encendidas! Acompañando estas palabras, dichas en
tono de burlesca solemnidad, con profundos y humildes saludos, los pastores
tomaron el camino de su pueblo, riendo á carcajadas de la original aventura.
Nuestro buen hombre no se alteró, sin embargo, por tan poca cosa, sino que
después de acabar con mucho despacio su merienda, tomó en el hueco de la mano
algunos sorbos del agua limpia y transparente del arroyo, limpióse con el revés
la boca, sacudió las migajas de pan de la túnica, y echándose otra vez las
alforjillas al hombro y apoyándose en su nudoso báculo, emprendió de nuevo el
camino adelante, en la misma dirección que sus futuros sirvientes.
La noche comenzaba, en efecto, á entrarse fría y
oscura. De pico á pico de la elevada cresta del Moncayo, se extendían largas
bandas de nubes color de plomo, que, arrolladas hasta aquel momento por la
influencia del sol, parecían haber esperado á que se ocultase para comenzar á
removerse con lentitud, como esos monstruos deformes que produce el mar y que
se arrastran trabajosamente en las playas desiertas. El ancho horizonte que se
descubría desde las alturas, iba poco á poco palideciendo y pasando del rojo al
violado por un punto, mientras por el contrario asomaba la luna, redonda,
encendida, grande, como un escudo de batallar, y por el dilatado espacio del
cielo las estrellas aparecían unas tras otras, amortiguada su luz por la del
astro de la noche.
Nuestro buen viejo, que parecía conocer
perfectamente el país, pues nunca vacilaba al escoger las sendas que más pronto
habían de conducirle al término[p. 261] de su peregrinación, dejó á un
lado la aldea, y siempre subiendo con bastante fatiga por entre los enormes
peñascos y las espesas carrascas, que entonces como ahora cubrían la áspera
pendiente del monte, llegó por último á la cumbre cuando las sombras se habían
apoderado por completo de la tierra, y la luna, que se dejaba ver á intervalos
por entre las oscuras nubes, se había remontado á la primera región del cielo.
Cualquiera otro hombre, impresionado por la soledad del sitio, el profundo
silencio de la naturaleza y el fantástico panorama de las sinuosidades del
Moncayo, cuyas puntas coronadas de nieve parecían las olas de un mar inmóvil y
gigantesco, hubiera temido aventurarse por entre aquellos matorrales, adonde en
mitad del día apenas osaban llegar los pastores; pero el héroe de nuestra
relación, que como ya habrán sospechado ustedes, y si no lo han sospechado, lo
verán claro más adelante, debía de ser un magicazo de tomo y lomo, no
satisfecho con haber trepado á la eminencia, se encaramó en la punta de la más
elevada roca, y desde aquel aéreo asiento comenzó á pasear la vista á su
alrededor, con la misma firmeza que el águila, cuyo nido pende de un peñasco al
borde del abismo, contempla sin temor el fondo.
Después que se hubo reposado un instante de las
fatigas del camino, sacó de las alforjillas un estuche de forma particular y
extraña, un librote muy carcomido y viejo, y un cabo de vela verde, corto y á
medio consumir. Frotó con sus dedos descarnados y huesosos en uno de los
extremos del estuche que parecía de metal, y era á modo de linterna, y á medida
que frotaba, veíase como una lumbre sin claridad, azulada, medrosa é inquieta,
hasta que por último brotó una llama y se hizo luz: con aquella luz encendió el
cabo de vela verde, á cuyo escaso resplandor, y no sin haberse calado antes
unas disformes antiparras redondas, comenzó á hojear el libro que para mayor
comodidad había puesto delante de sí sobre una de las peñas.[p. 262] Según
que el nigromante iba pasando las hojas del libro, llenas de caracteres árabes,
caldeos y siriacos trazados con tinta azul, negra, roja y violada, y de figuras
y signos misteriosos, murmuraba entre dientes frases ininteligibles, y parando
de cierto en cierto tiempo la lectura, repetía un estribillo singular con una
especie de salmodia lúgubre, que acompañaba hiriendo la tierra con el pie y
agitando la mano que le dejaba libre el cuidado de la vela, como si se
dirigiese á alguna persona.
Concluída la primera parte de su mágica letanía, en
la que, unos tras otros, había ido llamando por sus nombres, que yo no podré
repetir, á todos los espíritus del aire y de la tierra, del fuego y de las
aguas, comenzó á percibirse en derredor un ruido extraño, un rumor de alas
invisibles que se agitaban á la vez, y murmullos confusos, como de muchas
gentes que se hablasen al oído. En los días revueltos del otoño, y cuando las
nubes, amontonadas en el horizonte, parecen amenazar con una lluvia copiosa, pasan
las grullas por el cielo, formando un oscuro triángulo, con un ruido semejante.
Mas lo particular del caso, era que allí á nadie se veía, y aun cuando se
percibiese el aleteo cada vez más próximo y el aire agitado moviera en derredor
las hojas de los árboles, y el rumor de las palabras dichas en voz baja se
hiciese gradualmente más distinto, todo semejaba cosa de ilusión ó ensueño.
Paseó el mágico la mirada en todas direcciones para contemplar á los que sólo á
sus ojos parecían visibles, y satisfecho sin duda del resultado de su primera
operación, volvió á la interrumpida lectura. Apenas su voz temblona, cascada y
un poco nasal comenzó á dejarse oir pronunciando las enrevesadas palabras del
libro, se hizo en torno un silencio tan profundo, que no parecía sino que la
tierra, los astros y los genios de la noche estaban pendientes de los labios
del nigromante, que ora hablaba con frases dulces y de suave inflexión, como
quien[p. 263] suplica, ora con acento áspero, enérgico y breve, como quien
manda. Así leyó largo rato, hasta que al concluir la última hoja se produjo un
murmullo en el invisible auditorio, semejante al que forman en los templos las
confusas voces de los fieles cuando acabada una oración, todos contestan amén en
mil diapasones distintos. El viejo, que á medida que rezaba y rezaba aquellos
diabólicos conjuros, había ido exaltándose y cobrando una energía y un vigor
sobrenaturales, cerró el libro con un gran golpe, dió un soplo á la vela verde,
y despojándose de las antiparras redondas, se puso de pie sobre la altísima
peña donde estuvo sentado, y desde donde se dominaban las infinitas
ondulaciones de la falda del Moncayo, con los valles, las rocas y los abismos
que la quiebran. Allí de pie, con la cabeza erguida y los brazos extendidos, el
uno al Oriente y el otro al Occidente, alzó la voz y exclamó dirigiéndose á la
infinita muchedumbre de seres invisibles y misteriosos que, encadenados á su
palabra por la fuerza de los conjuros, esperaban sumisos sus órdenes.
—¡Espíritus de las aguas y de los aires, vosotros,
que sabéis horadar las rocas y abatir los troncos más corpulentos, agitaos y
obedecedme!
Primero suave, como cuando levanta el vuelo una
banda de palomas; después más fuerte, como cuando azota el mástil de un buque
una vela hecha jirones, oyóse el ruido de las alas al plegarse y desplegarse
con una prontitud increíble, y aquel ruido fué creciendo, creciendo, hasta que
llegó á hacerse espantoso como el de un huracán desencadenado. El agua de los
torrentes próximos saltaba y se retorcía en el cauce, espumarajeando é
irguiéndose como una culebra furiosa; el aire, agitado y terrible, zumbaba en
los huecos de las peñas, levantaba remolinos de polvo y de hojas secas, y
sacudía, inclinándolas hasta el suelo, las copas de los árboles. Nada más
extraño y horrible que aquella tempestad circunscrita á un punto, mientras la
luna[p. 264] se remontaba tranquila y silenciosa por el cielo, y las
aéreas y lejanas cumbres de la cordillera parecían bañadas de un sereno y
luminoso vapor. Las rocas crujían como si sus grietas se dilatasen, é
impulsadas de una fuerza oculta é interior, amenazaban volar hechas mil pedazos.
Los troncos más corpulentos arrojaban gemidos y chasqueaban, próximos á
hendirse, como si un súbito desenvolvimiento de sus fibras fuese á rajar la
endurecida corteza. Al cabo, y después de sentirse sacudido el monte por tres
veces, las piedras se desencajaron y los árboles se partieron, y árboles y
piedras comenzaron á saltar por los aires en furioso torbellino, cayendo
semejantes á una lluvia espesa en el lugar que de antemano señaló el nigromante
á sus servidores. Los colosales troncos y los inmensos témpanos de granito y
pizarra oscura, que eran como arrojados al azar, caían, no obstante, unos sobre
otros con admirable orden, é iban formando una cerca altísima á manera de
bastión, que el agua de los torrentes, arrastrando arenas, menudas piedrecillas
y cal de su alvéolo, se encargaba de completar, llenando las hendiduras con una
argamasa indestructible.
—La obra adelanta. ¡Ánimo! ¡ánimo!—murmuró el
viejo;—aprovechemos los instantes, que la noche es corta, y pronto cantará el
gallo, trompeta del día.
Y esto diciendo, se inclinó hacia el borde de una
sima profunda, abierta al impulso de las convulsiones de la montaña, y como
dirigiéndose á otros seres ocultos en su fondo, prosiguió:
—Espíritus de la tierra y del fuego: vosotros que
conocéis los tesoros de metal de sus entrañas y circuláis por sus caminos
subterráneos con los mares de lava encendida y ardiente, agitaos y cumplid mis
órdenes.
Aún no había expirado el eco de la última palabra
del conjuro, cuando se comenzó á oir un rumor sordo y continuo como el de un
trueno lejano, rumor que asimismo fué creciendo, creciendo, hasta que se
hizo[p. 265] semejante al que produce un escuadrón de jinetes que cruza al
galope el puente de una fortaleza, y entonces retumba el golpear del casco de
los caballos, crujen los maderos, rechinan las cadenas, y resuena metálico y
sonoro el choque de las armaduras, de las lanzas y los escudos. Á medida que el
ruido tomaba mayores proporciones, veíase salir por las grietas de las rocas un
resplandor vivo y brillante, como el que despide una fragua ardiendo, y de eco
en eco se repetía por las concavidades del monte el fragor de millares de
martillos que caían con un estrépito espantoso sobre los yunques, en donde los
gnomos trabajan el hierro de las minas, fabricando puertas, rastrillos, armas y
toda la ferretería indispensable para la seguridad y complemento de la futura
fortaleza. Aquello era un tumulto imposible de describir; un desquiciamiento
general y horroroso: por un lado rebramaba el aire arrancando las rocas, que se
hacinaban con estruendo en la cúspide del monte; por otro mugía el torrente,
mezclando sus bramidos con el crujir de los árboles que se tronchaban y el
golpear incesante de los martillos, que caían alternados sobre los yunques,
como llevando el compás en aquella diabólica sinfonía.
Los habitantes de la aldea, despertados de
improviso por tan infernal y asordadora baraúnda, no osaban siquiera asomarse
al tragaluz de sus chozas para descubrir la causa del extraño terremoto, no
faltando algunos que, poseídos de terror, creyeron llegado el instante en que,
próxima la destrucción del mundo, había de bajar la muerte á enseñorearse de su
imperio, envuelta en el jirón de un sudario, sobre un corcel fantástico y
amarillo, tal como en sus revelaciones la pinta el Profeta.
Esto se prolongó hasta momentos antes de amanecer,
en que los gallos de la aldea comenzaron á sacudir las plumas y á saludar el
día próximo con su canto sonoro y estridente. Á esta sazón, el rey, que se
volvía á su corte haciendo pequeñas jornadas, y que ac[p. 266]cidentalmente
había dormido en Tarazona, bien porque de suyo fuese madrugador y despabilado,
bien porque extrañase la habitación, que todo cabe en lo posible, saltaba de la
cama listo como él solo, y después de poner en un pie como las grullas á su
servidumbre, se dirigía á los jardines de palacio. Aún no había pasado una hora
desde que vagaba al azar por el intrincado laberinto de sus alamedas,
departiendo con uno de sus capitanes todo lo amigablemente que puede departir
un rey, moro por añadidura, con uno de sus súbditos, cuando llegó hasta él,
cubierto de sudor y de polvo, el más ágil de los corredores de la frontera, y
le dijo, previas las salutaciones de costumbre:
—Señor, hacia la parte de la raya de Castilla
sucede una cosa extraordinaria. Sobre la cumbre del monte de Trasmoz, y donde
ayer no se encontraban más que rocas y matorrales, hemos descubierto al
amanecer un castillo tan alto, tan grande y tan fuerte como no existe ningún
otro en todos vuestros estados. En un principio dudamos del testimonio de
nuestros ojos, creyendo que tal vez fingía la mole la niebla arremolinada sobre
las alturas; pero después ha salido el sol, la niebla se ha deshecho, y el
castillo subsiste allí oscuro, amenazador y gigante, dominando los contornos
con su altísima atalaya.
Oir el rey este mensaje y recordar su encuentro con
el mendigo de las alforjas, todo fué una cosa misma; y reunir estas dos ideas y
lanzar una mirada amenazadora é interrogante á los que estaban á su lado,
tampoco fué cuestión de más tiempo. Sin duda su alteza árabe sospechaba que
alguno de sus emires, conocedores del diálogo del día anterior, se había
permitido darle una broma, sin precedentes en los anales de la etiqueta
musulmana, pues con acento de mal disimulado enojo, exclamó jugando con el pomo
de su alfanje de una manera particular, como solía hacerlo cuando estaba á
punto de estallar su cólera:
—¡Pronto, mi caballo más ligero, y á Trasmoz;[p.
267] que juro por mis barbas y las del Profeta, que si es cuento el
mensaje de los corredores, donde debiera estar el castillo he de poner una
picota para los que lo han inventado!
Esto dijo el rey, y minutos después, no corría,
volaba camino de Trasmoz seguido de sus capitanes. Antes de llegar á lo que se
llama el Somontano, que es una reunión de valles y alturas que van subiendo
gradualmente hasta llegar al pie de la cordillera que domina el Moncayo,
coronado de nieblas y de nubes como el gigante y colosal monarca de estos
montes, hay, viniendo de Tarazona, una gran eminencia que lo oculta á la vista
hasta que se llega á su cumbre. Tocaba el rey casi á la cúspide de esta altura,
conocida hoy por la Ciezma, cuando, con gran asombro suyo y de los
que le seguían, vió venir á su encuentro al viejecito de las alforjas, con la
misma túnica raída y remendada del día anterior, el mismo turbante, hecho
jirones y sucio, y el propio báculo, tosco y fuerte, en que se apoyaba,
mientras él, en son de burla, después de haber oído su risible propuesta, le
arrojó una moneda para que comprase pan y cebollas. Detúvose el rey delante del
viejo, y éste, postrándose de hinojos y sin dar lugar á que le preguntara cosa
alguna, sacó de las alforjas, envueltas en un paño de púrpura, dos llaves de
oro, de labor admirable y exquisita, diciendo al mismo tiempo que las
presentaba á su soberano:
—Señor, yo he cumplido ya mi palabra; á vos toca
sacar airosa de su empeño la vuestra.
—Pero ¿no es fábula lo del castillo?—preguntó el
rey entre receloso y suspenso, y fijando alternativamente la mirada, ya en las
magníficas llaves, que por su materia y su inconcebible trabajo valían de por
sí un tesoro, ya en el viejecillo, á cuyo aspecto miserable se renovaba en su
ánimo el deseo de socorrerle con una limosna.
—Dad algunos pasos más y lo veréis—respondió[p.
268] el alcaide; pues, una vez cumplida su promesa y siendo la que le
habían empeñado palabra de rey, que al menos en estas historias tiene fama de
inquebrantable, por tal podemos considerarle desde aquel punto. Dió algunos
pasos más el soberano; llegó á lo más alto de la Ciezma, y en
efecto, el castillo de Trasmoz apareció á sus ojos, no tal como hoy se
ofrecería á los de ustedes, si por acaso tuvieran la humorada de venir á verlo,
sino tal como fué en lo antiguo, con sus cinco torres gigantes, su atalaya
esbelta, sus fosos profundos, sus puertas chapeadas de hierro, fortísimas y
enormes, su puente levadizo y sus muros coronados de almenas puntiagudas.
. . . . . . .
Al llegar á este punto de mi carta, advierto que,
sin querer, he faltado á la promesa que hice en la anterior y ratifiqué al
tomar hoy la pluma para escribir á ustedes. Prometí contarles la historia de la
bruja de Trasmoz, y sin saber cómo les he relatado en su lugar la del castillo.
Con estos cuentos sucede lo que con las cerezas: sin pensarlo, salen unas
enredadas en otras. ¿Qué le hemos de hacer? Conseja por conseja, allá va la
primera que se ha enredado en el pico de la pluma: merced á ella, y teniendo presente
su diabólico origen, comprenderán ustedes por qué las brujas, cuya historia
quedo siempre comprometido á contarles, tienen una marcada predilección por las
ruinas de este castillo y se encuentran en él como en su casa.
[p. 269]
CARTA OCTAVA
ueridos amigos: En una de mis cartas
anteriores dije á ustedes en qué ocasión y por quién me fué referida la
estupenda historia de las brujas, que á mi vez he prometido repetirles. La
muchacha que se encuentra á mi servicio, tipo perfecto del país con su
apretador verde, su saya roja y sus medias azules, había colgado el candil en
un ángulo de mi habitación débilmente alumbrada, aun con este aditamento de
luz, por una lamparilla, á cuyo escaso resplandor escribo. Las diez de la noche
acababan de sonar en el antiguo reloj de pared, único resto del mobiliario de
los frailes, y solamente se oían, con breves intervalos de silencio profundo,
esos ruidos apenas perceptibles y propios de un edificio deshabitado é inmenso,
que producen el aire que gime, los techos que crujen, las puertas que rechinan
y los animaluchos de toda calaña que vagan á su placer por los sótanos, las
bóvedas y las galerías del monasterio, cuando después de contarme la leyenda
que corre más válida acerca de la fundación del castillo, y que ya conocen
ustedes, prosiguió su relato, no sin haber hecho antes un momento de pausa para
calcular el efecto que la primera parte de la historia me había producido, y la
cantidad de fe con que podía contar en su oyente para la segunda.
He aquí la historia, poco más ó menos, tal como[p.
270] me la refirió mi criada, aunque sin giros extraños y sin locuciones
pintorescas y características del país, que ni yo puedo recordar, ni caso que
las recordase, ustedes podrían entender.
Ya había pasado el castillo de Trasmoz á poder de
los cristianos, y éstos á su vez, terminadas las continuas guerras de Aragón y
Castilla, habían concluído por abandonarle, cuando es fama que hubo en el lugar
un cura tan exacto en el cumplimiento de sus deberes, tan humilde con sus
inferiores, y tan lleno de ardiente caridad para con los infelices, que su
nombre, al que iba unido una intachable reputación de virtud, llegó á hacerse
conocido y venerado en todos los pueblos de la comarca.
Muchos y muy señalados beneficios debían los
habitantes de Trasmoz á la inagotable bondad del buen cura, que ni para
disfrutar de una canongía con que en repetidas ocasiones le brindó el obispo de
Tarazona, quiso abandonarlos; pero el mayor sin duda fué el libertarlos, merced
á sus santas plegarias y poderosos exorcismos, de la incómoda vecindad de las
brujas, que desde los lugares más remotos del reino venían á reunirse ciertas
noches del año en las ruinas del castillo, que, quizás por deber su fundación á
un nigromante, miraban como cosa propia y lugar el más aparente para sus
nocturnas zambras y diabólicos conjuros. Como quiera que, antes de aquella
época, muchos otros exorcistas habían intentado desalojar de allí á los
espíritus infernales, y sus rezos y sus aspersiones fueron inútiles, la fama
de mosén Gil el limosnero (que por este nombre era conocido
nuestro cura) se hizo tanto más grande cuanto más difícil ó imposible se juzgó
hasta entonces dar cima á la empresa que él había acometido y llevado á cabo
con feliz éxito, gracias á la poderosa intercesión de sus plegarias y al mérito
de sus buenas obras. Su popularidad y el respeto que los campesinos le
profesaban, iban, pues, creciendo á medida que la edad, cor[p. 271]tando, por
decirlo así, los últimos lazos que pudieran ligarle á las cosas terrestres,
acendraba sus virtudes y el generoso desprendimiento con que siempre dió á los
pobres hasta lo que él había de menester para sí; de modo que, cuando el
venerable sacerdote, cargado de años y de achaques, salía á dar una vueltecita
por el porche de su humilde iglesia, era de ver cómo los chicuelos corrían
desde lejos para venir á besarle la mano, los hombres se descubrían
respetuosamente, y las mujeres llegaban á pedirle su bendición, considerándose
dichosa la que podía alcanzar como reliquia y amuleto contra los maleficios un
jirón de su raída sotana. Así vivía en paz y satisfecho con su suerte el bueno
de mosén Gil; mas como no hay felicidad completa en el mundo, y el diablo anda
de continuo buscando ocasión de hacer mal á sus enemigos, éste sin duda dispuso
que por muerte de una hermana menor, viuda y pobre, viniese á parar á casa del
caritativo cura una sobrina que él recibió con los brazos abiertos, y á la cual
consideró desde aquel punto como apoyo providencial deparado por la bondad
divina para consuelo de su vejez.
Dorotea, que así se llamaba la heroína de esta
verídica historia, contaba escasamente dieciocho abriles; parecía educada en un
santo temor de Dios, un poco encogida en sus modales, melosa en el hablar y
humilde en presencia de extraños, como todas las sobrinas de los curas que yo
he conocido hasta ahora; pero tanto como la que más, ó más que ninguna,
preciada del atractivo de sus ojos negros y traidores, y amiga de emperejilarse
y componerse. Esta afición á los trapos, según nosotros los hombres
solemos decir, tan general en las muchachas de todas las clases y de todos los
siglos, y que en Dorotea predominaba exclusivamente sobre las demás aficiones,
era causa continua de domésticos disturbios entre la sobrina y el tío, que
contando con muy pocos recursos en su pobre curato de aldea, y siempre en la
mayor estrechez á causa de[p. 272] su largueza para con los infelices,
según él decía con una ingenuidad admirable, andaba desde que recibió las
primeras órdenes procurando hacerse un manteo nuevo, y aún no había encontrado
ocasión oportuna. De vez en cuando las discusiones á que daban lugar las
peticiones de la sobrina solían agriarse, y ésta le echaba en cara las muchas
necesidades á que estaban sujetos, y la desnudez en que ambos se veían por dar
á los pobres, no sólo lo superfluo, sino hasta lo necesario. Mosén Gil
entonces, echando mano de los más deslumbradores argumentos de su cristiana
oratoria, después de repetir que cuanto á los pobres se da á Dios se presta,
acostumbraba á decirle que no se apurase por una saya de más ó de menos para
los cuatro días que se han de estar en este valle de lágrimas y miserias, pues
mientras más sufrimientos sobrellevase con resignación, y más desnuda anduviese
por amor hacia el prójimo, más pronto iría, no ya á la hoguera que se enciende
los domingos en la plaza del lugar, y emperejilada con una mezquina saya de
paño rojo, franjada de vellorí, sino á gozar del Paraíso eterno, danzando en
torno de la lumbre inextinguible, y vestida de la gracia divina, que es el más
hermoso de todos los vestidos imaginables. Pero váyale usted con estas
evangélicas filosofías á una muchacha de dieciocho años, amiga de parecer bien,
aficionada á perifollos, con sus ribetes de envidiosa y con unas vecinas en la
casa de enfrente, que hoy estrenan un apretador amarillo, mañana un jubón
negro, y el otro una saya azul turquí con unas franjas rojas que deslumbran la
vista y llaman la atención de los mozos á tres cuartos de hora de distancia.
El bueno de mosén Gil podía considerar perdido su
sermón, aunque no predicase en desierto, pues Dorotea, aunque callada y no
convencida, seguía mirando de mal ojo á los pobres que continuamente asediaban
la puerta de su tío, y prefiriendo un buen jubón y unas agujetas azules de las
que miraba suspirando en la[p. 273] calle de Botigas, cuando por
casualidad iba á Tarazona, á todos los adornos y galas que en un futuro, más ó
menos cercano, pudieran prometerle en el Paraíso en cambio de su presente
resignación y desprendimiento.
En este estado las cosas, una tarde, víspera del
día del santo patrono del lugar, y mientras el cura se ocupaba en la iglesia en
tenerlo todo dispuesto para la función que iba á verificarse á la mañana
siguiente, Dorotea se sentó triste y pensativa á la puerta de su casa. Unas
mucho, otras poco, todas las muchachas del pueblo habían traído algo de
Tarazona para lucirse en el Mayo y en el baile de la hoguera, en particular sus
vecinas, que sin duda, con intención de aumentar su despecho, habían tenido el
cuidado de sentarse en el portal á coserse las sayas nuevas y arreglar los
dijes que les habían feriado sus padres. Sólo ella, la más guapa y la más
presumida también, no participaba de esa alegre agitación, esa prisa de
costura, ese animado aturdimiento que preludian entre las jóvenes, así en las
aldeas como en las ciudades, la aproximación de una solemnidad por largo tiempo
esperada. Pero, digo mal, también Dorotea tenía aquella noche su quehacer
extraordinario; mosén Gil le había dicho que amasase para el día siguiente
veinte panes más que los de costumbre, á fin de distribuírselos á los pobres,
después de concluída la misa.
Sentada estaba, pues, á la puerta de su casa la
malhumorada sobrina del cura, barajando en su imaginación mil desagradables
pensamientos, cuando acertó á pasar por la calle una vieja muy llena de jirones
y de andrajos que, agobiada por el peso de la edad, caminaba apoyándose en un
palito.
—Hija mía—exclamó al llegar junto á Dorotea, con un
tono compungido y doliente:—¿me quieres dar una limosnita, que Dios te lo
pagará con usura en su santa gloria?
Estas palabras tan naturales en los que imploran la
caridad pública, que son como una fórmula consa[p. 274]grada por el tiempo y la
costumbre, en aquella ocasión, y pronunciadas por aquella mujer, cuyos ojillos
verdes y pequeños parecían reir con una expresión diabólica, mientras el labio
articulaba su acento más plañidero y lastimoso, sonaron en el oído de Dorotea
como un sarcasmo horrible, trayéndole á la memoria las magníficas promesas para
más allá de la muerte con que mosén Gil solía responder á sus exigencias
continuas. Su primer impulso fué echar enhoramala á la vieja; pero
conteniéndose, por respetos á ser su casa la del cura del lugar, se limitó á
volverle la espalda con un gesto de desagrado y mal humor bastante
significativo. La vieja, á quien antes parecía complacer que no afligir esta
repulsa, aproximóse más á la joven, y procurando dulcificar todo lo posible su
voz de carraca destemplada, prosiguió de este modo, sonriendo siempre con sus
ojillos verdosos, como sonreiría la serpiente que sedujo á Eva en el Paraíso:
—Hermosa niña, si no por el amor de Dios, por el
tuyo propio, dame una limosna. Yo sirvo á un señor que no se limita á
recompensar á los que hacen bien á los suyos en la otra vida, sino que les da
en esta cuanto ambicionan. Primero te pedí por el que tú conoces; ahora torno á
demandarte socorro por el que yo reverencio.
—¡Bah, bah! dejadme en paz, que no estoy de humor
para oir disparates—dijo Dorotea, que juzgó loca ó chocheando á la haraposa
vieja que le hablaba de un modo para ella incomprensible. Y sin volver siquiera
el rostro, al despedirla tan bruscamente, hizo ademán de entrarse en el
interior de la casa; pero su interlocutora, que no parecía dispuesta á ceder
con tanta facilidad en su empeño, asiéndola de la saya la detuvo un instante, y
tornó á decirle:
—Tú me juzgas fuera de mi juicio; pero te
equivocas, porque no sólo sé bien lo que yo hablo, sino lo que tú piensas, como
conozco igualmente la ocasión de tus pesares.
[p. 275]
Y cual si su corazón fuese un libro y éste
estuviera abierto ante sus ojos, repitió á la sobrina del cura, que no acertaba
á volver en sí de su asombro, cuantas ideas habían pasado por su mente, al
comparar su triste situación con la de las otras muchachas del pueblo.
—Mas no te apures—continuó la astuta arpía después
de darle esta prueba de su maravillosa perspicacia;—no te apures: hay un señor
tan poderoso como el de mosén Gil, y en cuyo nombre me he acercado á hablarte
so pretexto de pedir una limosna; un señor que no sólo no exige sacrificios
penosos de los que le sirven, sino que se esmera y complace en secundar todos
sus deseos; alegre como un juglar, rico como todos los judíos de la tierra
juntos, y sabio hasta el extremo de conocer los más ignorados secretos de la
ciencia, en cuyo estudio se afanan los hombres. Las que le adoran viven en una
continua zambra, tienen cuantas joyas y dijes desean, y poseen filtros de una
virtud tal, que con ellos llevan á cabo cosas sobrenaturales, se hacen obedecer
de los espíritus, del sol y de la luna, de los peñascos, de los montes y de las
olas del mar, é infunden el amor ó el aborrecimiento en quien mejor les cuadra.
Si quieres ser de los suyos, si quieres gozar de cuanto ambicionas, á muy poca
costa puedes conseguirlo. Tú eres joven, tú eres hermosa, tú eres audaz, tú no
has nacido para consumirte al lado de un viejo achacoso é impertinente, que al
fin te dejará sola en el mundo y sumida en la miseria, merced á su caridad
extravagante.
Dorotea, que al principio se prestó de mala
voluntad á oir las palabras de la vieja, fué poco á poco interesándose en
aquella halagüeña pintura del brillante porvenir que podía ofrecerle, y aunque
sin desplegar los labios, con una mirada entre crédula y dudosa, pareció
preguntarle en qué consistía lo que debiera hacer para alcanzar aquello que
tanto deseaba. La vieja entonces, sacando una botija verde que traía oculta
entre el harapiento delantal, le dijo:
[p. 276]
—Mosén Gil tiene á la cabecera de su cama una pila
de agua bendita de la que todas las noches, antes de acostarse, arroja algunas
gotas, pronunciando una oración, por la ventana que da frente al castillo. Si
sustituyes aquella agua con esta, y después de apagado el hogar dejas las
tenazas envueltas en las cenizas, yo vendré á verte por la chimenea al toque de
ánimas, y el señor á quien obedezco, y que en muestra de su generosidad te
envía este anillo, te dará cuanto desees.
Esto diciendo le entregó la botija, no sin haberle
puesto antes en el dedo de la misma mano con que la tomara un anillo de oro,
con una piedra hermosa sobre toda ponderación.
La sobrina del cura, que maquinalmente dejaba hacer
á la vieja, permanecía aún irresoluta y más suspensa que convencida de sus
razones; pero tanto le dijo sobre el asunto y con tan vivos colores supo
pintarle el triunfo de su amor propio ajado, cuando al día siguiente, merced á
la obediencia, lograse ir á la hoguera de la plaza vestida con un lujo
desconocido, que al fin cedió á sus sugestiones, prometiendo obedecerla en un
todo.
Pasó la tarde, llegó la noche, llegando con ella la
oscuridad y las horas aparentes para los misterios y los conjuros, y ya mosén
Gil, sin caer en la cuenta de la sustitución del agua con un brebaje maldito,
había hecho sus inútiles aspersiones y dormía con el sueño reposado de los
ángeles, cuando Dorotea, después de apagar la lumbre del hogar y poner, según
fórmula, las tenazas entre las cenizas, se sentó á esperar á la bruja, pues
bruja y no otra cosa podía ser la vieja miserable que disponía de joyas de tanto
valor como el anillo, y visitaba á sus amigos á tales horas y entrando por la
chimenea.
Los habitantes de la aldea de Trasmoz dormían
asimismo como lirones, excepto algunas muchachas que velaban, cosiendo sus
vestidos para el día siguien[p. 277]te. Las campanas de la iglesia dieron al
fin el toque de ánimas, y sus golpes lentos y acompasados se perdieron
dilatándose en las ráfagas del aire para ir á expirar entre las ruinas del
castillo. Dorotea, que hasta aquel momento, y una vez adoptada su resolución,
había conservado la firmeza y sangre fría suficientes para obedecer las órdenes
de la bruja, no pudo menos de turbarse y fijar los ojos con inquietud en el
cañón de la chimenea por donde había de verla aparecer de un modo tan
extraordinario. No se hizo esperar mucho, y apenas se perdió el eco de la
última campanada, cayó de golpe entre la ceniza en forma de gato gris y
haciendo un ruido extraño y particular de estos animalitos, cuando, con la cola
levantada y el cuerpo hecho un arco, van y vienen de un lado á otro
acariciándose contra nuestras piernas. Tras el gato gris cayó otro rubio, y después
otro negro, más otro de los que llaman moriscos, y hasta catorce ó quince de
diferentes dimensiones y color, revueltos con una multitud de sapillos verdes y
tripudos con un cascabel al cuello, y una á manera de casaquilla roja. Una vez
juntos los gatos, comenzaron á ir y venir por la cocina, saltando de un lado á
otro; éstos por los vasares, entre los pucheros y las fuentes, aquéllos por el
ala de la chimenea, los de más allá revolcándose entre la ceniza y levantando
una gran polvareda, mientras que los sapillos, haciendo sonar su cascabel, se
ponían de pie al borde de las marmitas, daban volteretas en el aire ó hacían
equilibrios y dislocaciones pasmosas, como los clowns de nuestros circos
ecuestres. Por último, el gato gris, que parecía el jefe de la banda, y en
cuyos ojillos verdosos y fosforescentes había creído reconocer la sobrina del
cura los de la vieja que le habló por la tarde, levantándose sobre las patas
traseras en la silla en que se encontraba subido, le dirigió la palabra en
estos términos:
—Has cumplido lo que prometiste, y aquí nos tienes
á tus órdenes. Si quieres vernos en nuestra[p. 278] primitiva forma y que
comencemos á ayudarte á fraguar las galas para las fiestas y á amasar los panes
que te ha encargado tu tío, haz tres veces la señal de la cruz con la mano
izquierda invocando á la trinidad de los infiernos, Belcebú, Astarot y Belial.
Dorotea, aunque temblando, hizo punto por punto lo
que se le decía, y los gatos se convirtieron en otras tantas mujeres, de las
cuales, unas comenzaron á cortar y otras á coser telas de mil colores, á cual
más vistoso y llamativo, hilvanando y concluyendo sayas y jubones á toda prisa,
en tanto que los sapillos, diseminados por aquí y por allá, con unas
herramientas diminutas y brillantes, fabricaban pendientes de filigrana de oro
para las orejas, anillos con piedras preciosas para los dedos, ó armados de su
tirapié y su lezna en miniatura, cosían unas zapatillas de tafilete, tan monas
y tan bien acabadas, que merecían calzar el pie de una hada. Todo era animación
y movimiento en derredor de Dorotea; hasta la llama del candil que alumbraba
aquella escena extravagante, parecía danzar alegre en su piquera de hierro,
chisporroteando y plegando y volviendo á desplegar su abanico de luz, que se
proyectaba en los muros en círculos movibles, ora oscuros, ora brillantes. Esto
se prolongó hasta rayar el día, en que el bullicioso repique de las campanas de
la parroquia echadas á vuelo en honor del santo patrono del lugar, y el agudo
canto de los gallos, anunciaron el alba á los habitantes de la aldea. Pasó el
día entre fiestas y regocijos. Mosén Gil, sin sospechar la parte que las brujas
habían tomado en su elaboración, repartió, terminada la misa, sus panes entre
los pobres; las muchachas bailaron en las eras al son de la gaita y el
tamboril, luciendo los dijes y las galas que habían traído de Tarazona y ¡cosa
particular! Dorotea, aunque al parecer fatigada de haber pasado la noche en
claro amasando el pan de la limosna, con no pequeño asombro de su tío, ni se
quejó de su suerte, ni hizo alto en las bandas de mozas y mozos que[p.
279] pasaban emperejilados por sus puertas, mientras ella permanecía
aburrida y sola en su casa.
Al fin llegó la noche, que á la sobrina del cura
pareció tardar más que otras veces. Mosén Gil se metió en su cama al toque de
oraciones, según tenía de costumbre, y la gente joven del lugar encendió la
hoguera en la plaza donde debía continuar el baile. Dorotea, entonces,
aprovechando el sueño de su tío, se adornó apresuradamente con los hermosos
vestidos, presente de las brujas, púsose los pendientes de filigrana de oro,
cuyas piedras blancas y luminosas semejaban sobre sus frescas mejillas gotas de
rocío sobre un melocotón dorado, y con sus zapatillas de tafilete y un anillo
en cada dedo, se dirigió al punto en que los mozos y las mozas bailaban al son
del tamboril y las vihuelas, al resplandor del fuego; cuyas lenguas rojas,
coronadas de chispas de mil colores, se levantaban por cima de los tejados de
las casas, arrojando á lo lejos las prolongadas sombras de las chimeneas y la
torre del lugar. Figúrense ustedes el efecto que su aparición produciría. Sus
rivales en hermosura, que hasta allí la habían superado en lujo, quedaron
oscurecidas y arrinconadas; los hombres se disputaban el honor de alcanzar una
mirada de sus ojos, y las mujeres se mordían los labios de despecho. Como le
habían anunciado las brujas, el triunfo de su vanidad no podía ser más grande.
Pasaron las fiestas del santo, y aunque Dorotea
tuvo buen cuidado de guardar sus joyas y sus vestidos en el fondo del arca,
durante un mes no se habló en el pueblo de otro asunto.
—¡Vaya! ¡Vaya!—decían sus feligreses á mosén
Gil;—tenéis á vuestra sobrina hecha un pimpollo de oro. ¡Qué lujo! ¡Quién había
de creer que, después de dar lo que dais en limosnas, aún os quedaba para esos
rumbos!
Pero mosén Gil, que era la bondad misma y que ni
siquiera podía figurarse la verdad de lo que pasa[p. 280]ba, creyendo que
querían embromarle, aludiendo á la pobreza y la humildad en el vestir de
Dorotea, impropias de la sobrina de un cura, personaje de primer orden en los
pueblos, se limitaba á contestar sonriendo y como para seguir la broma:
—¿Qué queréis? Donde lo hay se luce.
Las galas de Dorotea hacían entre tanto su efecto.
Desde aquella noche en adelante no faltaron
enramadas en sus ventanas, música en sus puertas y rondadores en las esquinas.
Estas rondas, estos cantares y estos ramos tuvieron el fin que era natural, y á
los dos meses la sobrina del cura se casaba con uno de los mozos mejor
acomodados del pueblo; el cual, para que nada faltase á su triunfo, hasta la
famosa noche en que se presentó en la hoguera, había sido novio de una de
aquellas vecinas que tanto la hicieron rabiar en otras ocasiones, sentándose á
coser sus vestidos en el portal de la calle. Sólo el pobre mosén Gil perdió
desde aquella época para siempre el latín de sus exorcismos y el trabajo de sus
aspersiones. Las brujas, con grande asombro suyo y de sus feligreses, tornaron
á aposentarse en el castillo; sobre los ganados cayeron plagas sin cuento; las
jóvenes del lugar se veían atacadas de enfermedades incomprensibles; los niños
eran azotados por las noches en sus cunas, y los sábados, después que la
campana de la iglesia dejaba oir el toque de ánimas, unas sonando panderos,
otras añafiles ó castañuelas, y todas á caballo sobre sus escobas, los
habitantes de Trasmoz veían pasar una banda de viejas, espesa como las grullas,
que iban á celebrar sus endiablados ritos á la sombra de los muros y de la
ruinosa atalaya que corona la cumbre del monte.
[p. 281]
Después de oir esta historia, he tenido ocasión de
conocer á la tía Casca, hermana de la otra Casca famosa,
cuyo trágico fin he referido á ustedes, y vástago de la dinastía de brujas de
Trasmoz que comienza en la sobrina de mosén Gil y acabará no se sabe cuándo ni
dónde. Por más que al decir de los revolucionarios furibundos, ha llegado la
hora final de las dinastías seculares, ésta, á juzgar por el estado en que se
hallan los espíritus en el país, promete prolongarse aún mucho, pues teniendo
en cuenta que la que vive no será para largo en razón á su avanzada edad, ya
comienza á decirse que la hija despunta en el oficio y que una netezuela tiene
indudables disposiciones; tan arraigada está entre estas gentes la creencia de
que de una en otra lo vienen heredando. Verdad es que, como ya creo haber dicho
antes de ahora, hay aquí en todo cuanto á uno le rodea un no sé qué de agreste,
misterioso y grande que impresiona profundamente el ánimo y lo predispone á
creer en lo sobrenatural.
De mí puedo asegurarles que no he podido ver á la
actual bruja sin sentir un estremecimiento involuntario, como si, en efecto, la
colérica mirada que me lanzó observando la curiosidad impertinente con que
expiaba sus acciones, hubiera podido hacerme daño. La vi hace pocos días, ya
muy avanzada la tarde, y por una especie de tragaluz, al que se alcanza desde
un pedrusco enorme de los que sirven de cimiento y apoyo á las casas de
Trasmoz. Es alta, seca, arrugada, y no lo querrán ustedes creer, pero hasta tiene
sus barbillas blancuzcas y su nariz corva, de rigor en las brujas de todas las
consejas.
Estaba encogida y acurrucada junto al hogar entre
un sinnúmero de trastos viejos, pucherillos, cántaros, marmitas y cacerolas de
cobre, en las que la luz de la llama parecía centuplicarse con sus brillantes y
fantásticos reflejos. Al calor de la lumbre hervía yo no sé qué en un cacharro,
que de tiempo en tiempo removía la vieja con una cuchara. Tal vez sería un
guiso de[p. 282] patatas para la cena; pero impresionado á su vista, y
presente aún la relación que me habían hecho de sus antecesoras, no pude menos
de recordar, oyendo el continuo hervidero del guiso, aquel pisto infernal,
aquella horrible cosa sin nombre de las brujas del Macbeth de
Shakespeare.
[p. 283]
CARTA NOVENA
Á la señorita doña M. L. A.
preciable amiga: Al enviarle una copia exacta,
quizás la única que de ella se ha sacado hasta hoy, prometí á usted referirle
la peregrina historia de la imagen, en honor de la cual un príncipe poderoso
levantó el monasterio, desde una de cuyas celdas he escrito mis cartas
anteriores.
Es una historia que, aunque transmitida hasta
nosotros por documentos de aquel siglo y testificada aún por la presencia de un
monumento material, prodigio del arte, elevado en su conmemoración, no quisiera
entregarla al frío y severo análisis de la crítica filosófica, piedra de toque
á cuya prueba se someten hoy día todas las verdades.
Á esa terrible crítica, que alentada con algunos
ruidosos triunfos, comenzó negando las tradiciones gloriosas y los héroes
nacionales, y ha acabado por negar hasta el carácter divino de Jesús, ¿qué
concepto le podría merecer esta, que desde luego calificaría de conseja de
niños?
Yo escribo y dejo poner estas desaliñadas líneas en
letras de molde, porque la mía es mala, y sólo así le será posible entenderme;
por lo demás, yo las escribo para usted, para usted exclusivamente, porque sé
que las delicadas flores de la tradición sólo puede to[p. 284]carlas la mano de
la piedad, y sólo á ésta le es dado aspirar su religioso perfume sin marchitar
sus hojas.
En el valle de Veruela, y como á una media hora de
distancia de su famoso monasterio, hay al fin de una larga alameda de chopos
que se extiende por la falda del monte, un grueso pilar de argamasa y ladrillo.
En la mitad más alta de este pilar, cubierto ya de musgo, merced á la
continuada acción de las lluvias, y al que los años han prestado su color
oscuro é indefinible, se ve una especie de nicho que en su tiempo debió de
contener una imagen, y sobre el cónico capitel que lo remata, el asta de hierro
de una cruz cuyos brazos han desaparecido. Al pie crecen y exhalan un
penetrante y campesino perfume, entre una alfombra de menudas yerbas, las
aliagas espinosas y amarillas, los altos romeros de flores azules, y otra gran
porción de plantas olorosas y saludables. Un arroyo de agua cristalina corre
allí con un ruido apacible, medio oculto entre el espeso festón de juncos y
lirios blancos que dibuja sus orillas, y, en el verano, las ramas de los
chopos, agitadas por el aire que continuamente sopla de la parte del Moncayo,
dan á la vez música y sombra. Llaman á este sitio La Aparecida,
porque en él aconteció, hará próximamente unos siete siglos, el suceso que dió
origen á la fundación del célebre monasterio de la Orden del Cister, conocido
con el nombre de Santa María de Veruela.
Refiere un antiguo códice, y es tradición constante
en el país, que, después de haber renunciado á la corona que le ofrecieron los
aragoneses, á poco de ocurrida la muerte de Don Alonso en la desgraciada
empresa de Fraga, Don Pedro Atares, uno de los más poderosos magnates de
aquella época, se retiró al castillo de Borja, del que era señor, y donde en
compañía de algunos de sus leales servidores, y como des[p. 285]canso de las
continuas inquietudes, de las luchas palaciegas y del batallar de los campos,
decidió pasar el resto de sus días entregado al ejercicio de la caza; ocupación
favorita de aquellos rudos y valientes caballeros, que sólo hallaban gusto
durante la paz en lo que tan propiamente se ha llamado simulacro é imagen de la
guerra.
El valle en que está situado el monasterio, que
dista tres leguas escasas de la ciudad de Borja, y la falda del Moncayo, que
pertenece á Aragón, eran entonces parte de su dilatado señorío; y como quiera
que de los pueblecillos que ahora se ven salpicados aquí y allá por entre las
quiebras del terreno no existían más que las atalayas y algunas miserables
casucas, abrigo de pastores, que las tierras no se habían roturado, ni las
crecientes necesidades de la población habían hecho caer al golpe del hacha los
añosísimos árboles que lo cubrían, el valle de Veruela, con sus bosques de
encinas y carrascas seculares, y sus intrincados laberintos de vegetación
virgen y lozana, ofrecía seguro abrigo á los ciervos y jabalíes, que vagaban
por aquellas soledades en número prodigioso.
Aconteció una vez que, habiendo salido el señor de
Borja, rodeado de sus más hábiles ballesteros, sus pajes y sus ojeadores, á
recorrer esta parte de sus dominios, en busca de la caza en que era tan
abundante, sobrevino la tarde sin que, cosa verdaderamente extraordinaria,
dadas las condiciones del sitio, encontrasen una sola pieza que llevar á la
vuelta de la jornada como trofeo de la expedición.
Dábase á todos los diablos Don Pedro Atares, y á
pesar de su natural prudencia, juraba y perjuraba que había de colgar de una
encina á los cazadores furtivos, causa, sin duda, de la incomprensible escasez
de reses que por vez primera notaba en sus cotos; los perros gruñían cansados
de permanecer tantas horas ociosos atados á la traílla; los ojeadores, roncos
de vocear en balde, volvían á reunirse á los mohinos ballesteros, y[p.
286] todos se disponían á tomar la vuelta del castillo para salir de lo
más espeso del carrascal, antes que la noche cerrase tan oscura y tormentosa
como lo auguraban las nubes suspendidas sobre la cumbre del vecino Moncayo,
cuando de repente una cierva, que parecía haber estado oyendo la conversación
de los cazadores, oculta por el follaje, salió de entre las matas más cercanas,
y, como burlándose de ellos, desapareció á su vista para ir á perderse entre el
laberinto del monte. No era aquella seguramente la hora más á propósito para
darle caza, pues la oscuridad del crepúsculo, aumentada por la sombra de las
nubes que poco á poco iban entoldando el cielo, se hacía cada vez más densa;
pero el señor de Borja, á quien desesperaba la idea de volverse con las manos
vacías de tan lejana excursión, sin hacer alto en las observaciones de los más
experimentados, dió apresuradamente la orden de arrancar en su seguimiento, y
mandando á los ojeadores por un lado y á los ballesteros por otro, salió á
brida suelta y seguido de sus pajes, á quienes pronto dejó rezagados en la
furia de su carrera, tras la imprudente res que de aquel modo parecía haber
venido á burlársele en sus barbas.
Como era de suponer, la cierva se perdió en lo más
intrincado del monte, y á la media hora de correr en busca suya cada cual en
una dirección diferente, así Don Pedro Atares, que se había quedado
completamente solo, como los menos conocedores del terreno de su comitiva, se
encontraron perdidos en la espesura. En este intervalo cerró la noche, y la
tormenta, que durante toda la tarde se estuvo amasando en la cumbre del
Moncayo, comenzó á descender lentamente por su falda y á tronar y á
relampaguear, cruzando las llanuras como en un majestuoso paseo. Los que las
han presenciado pueden sólo figurarse toda la terrible majestad de las
repentinas tempestades que estallan á aquella altura, donde los truenos,
repercutidos por las concavidades de las peñas, las ardien[p. 287]tes
exhalaciones, atraídas por la frondosidad de los árboles, y el espeso turbión
de granizo congelado por las corrientes de aire frío é impetuoso, sobrecogen el
ánimo hasta el punto de hacernos creer que los montes se desquician, que la
tierra va á abrirse debajo de los pies, ó que el cielo, que cada vez parece
estar más bajo y más pesado, nos oprime como con una capa de plomo. Don Pedro
Atares, solo y perdido en aquellas inmensas soledades, conoció tarde su
imprudencia y en vano se esforzaba para reunir en torno suyo á su dispersa
comitiva; el ruido de la tempestad, que cada vez se hacía mayor, ahogaba sus
voces.
Ya su ánimo, siempre esforzado y valeroso,
comenzaba á desfallecer ante la perspectiva de una noche eterna, perdido en
aquellas soledades y expuesto al furor de los desencadenados elementos; ya su
noble cabalgadura, aterrorizada y medrosa, se negaba á proseguir adelante,
inmóvil y como clavada en la tierra, cuando, dirigiendo sus ojos al cielo, dejó
escapar involuntariamente de sus labios una piadosa oración á la Virgen, á
quien el cristiano caballero tenía costumbre de invocar en los más duros
trances de la guerra, y que en más de una ocasión le había dado la victoria.
La Madre de Dios oyó sus palabras, y descendió á la
tierra para protegerle. Yo quisiera tener la fuerza de imaginación bastante
para poderme figurar cómo fué aquello. Yo he visto pintadas por nuestros más
grandes artistas algunas de esas místicas escenas; yo he visto, y usted habrá
visto también á la misteriosa luz de la gótica catedral de Sevilla, uno de esos
colosales lienzos en que Murillo, el pintor de las santas visiones, ha
intentado fijar para pasmo de los hombres un rayo de esa diáfana atmósfera en que
nadan los ángeles como en un océano de luminoso vapor; pero allí es necesaria
la intensidad de las sombras en un punto del cuadro para dar mayor realce á
aquel en que se entreabren las nubes como con una explosión[p. 288] de
claridad; allí, pasada la primera impresión del momento, se ve el arte luchando
con sus limitados recursos para dar idea de lo imposible.
Yo me figuro algo más, algo que no se puede decir
con palabras ni traducir con sonidos ó con colores. Me figuro un esplendor
vivísimo que todo lo rodea, todo lo abrillanta, que por decirlo así, se
compenetra en todos los objetos y los hace aparecer como de cristal, y en su
foco ardiente lo que pudiéramos llamar la luz dentro de la luz. Me figuro cómo
se iría descomponiendo el temeroso fragor de la tormenta en notas largas y
suavísimas, en acordes distintos, en rumor de alas, en armonías extrañas de
cítaras y salterios; me figuro ramas inmóviles, el viento suspendido, y la
tierra, estremecida de gozo con un temblor ligerísimo al sentirse hollada otra
vez por la divina planta de la Madre de su Hacedor, absorta, atónita y muda,
sostenerla por un instante sobre sus hombros. Me figuro, en fin, todos los
esplendores del cielo y de la tierra reunidos en un solo esplendor, todas las
armonías en una sola armonía, y en mitad de aquel foco de luz y de sonidos, la
celestial Señora, resplandeciendo como una llama más viva que las otras
resplandece entre las llamas de una hoguera, como dentro de nuestro sol
brillaría otro sol más brillante.
Tal debió de aparecer la Madre de Dios á los ojos
del piadoso caballero, que, bajando de su cabalgadura y postrándose hasta tocar
el suelo con la frente, no osó levantarlos mientras la celeste visión le
hablaba, ordenándole que en aquel lugar erigiese un templo en honra y gloria
suya.
El divino éxtasis duró cortos instantes; la luz se
comenzó á debilitar como la de un astro que se eclipsa; la armonía se apagó,
temblando sus notas en el aire, como el último eco de una música lejana, y Don
Pedro Atares, lleno de un estupor indecible, corrió á tocar con sus labios el
punto en que había puesto sus pies la Virgen. Pero ¡cuál no sería su asombro al
en[p. 289]contrar en él una milagrosa imagen, testimonio real de aquel
prodigio, prenda sagrada que, para eterna memoria de tan señalado favor, le dejaba
al desaparecer la celestial Señora!
Á esta sazón, aquellos de sus servidores que habían
logrado reunirse, y que después de haber encendido algunas teas, recorrían el
monte en todas direcciones, haciendo señales con las trompas de ojeo á fin de
encontrar á su señor por entre aquellas intrincadas revueltas, donde era de
temer le hubiera acontecido una desgracia, llegaron al sitio en que acababa de
tener lugar la maravillosa aparición. Reunida, pues, la comitiva y conocedores
todos del suceso, improvisáronse unas andas con las ramas de los árboles, y en
piadosa procesión, conduciendo los caballos del diestro é iluminándola con el
rojizo resplandor de las teas, llevaron consigo la milagrosa imagen hasta
Borja, en cuyo histórico castillo entraron al mediar la noche.
Como puede presumirse, Don Pedro Atares no dejó
pasar mucho tiempo sin realizar el deseo que había manifestado la Virgen.
Merced á sus fabulosas riquezas, se allanaron todas las dificultades que
parecían oponerse á su erección, y el suntuoso monasterio con su magnífica
iglesia, semejante á una catedral, sus claustros imponentes y sus almenados
muros, levantóse como por encanto en medio de aquellas soledades.
San Bernardo en persona vino á establecer en él la
comunidad de su Regla, y á asistir á la traslación de la milagrosa imagen desde
el castillo de Borja, donde había estado custodiada, hasta su magnífico templo
de Veruela, á cuya solemne consagración asistieron seis prelados y estuvieron
presentes muchos magnates y príncipes poderosos, amigos y deudos de su ilustre
fundador Don Pedro Atares, el cual para eterna memoria del señalado favor que
había obtenido de la Virgen, mandó colocar una cruz y la copia de su divina
imagen en el mismo lugar en que la había visto descender del cielo. Este lugar
es el mismo de que[p. 290] he hablado á usted al principio de esta carta,
y que todavía se conoce con el nombre de La Aparecida.
Yo oí por primera vez referir la historia que á mi
vez he contado, al pie del humilde pilar que la recuerda, y antes de haber
visto el monasterio que ocultaban aún á mis ojos las altas alamedas de árboles,
entre cuyas copas se esconden sus puntiagudas torres.
Puede usted, pues, figurarse con qué mezcla de
curiosidad y veneración traspasaría luego los umbrales de aquel imponente
recinto, maravilla del arte cristiano, que guarda aún en su seno la misteriosa
escultura, objeto de ardiente devoción por tantos siglos, y á la que nuestros
antepasados, de una generación en otra, han tributado sucesivamente las honras
más señaladas y grandes. Allí, día y noche, y hasta hace poco, ardían delante
del altar en que se encontraba la imagen, sobre un escabel de oro, doce lámparas
de plata que brillaban, meciéndose lentamente, entre las sombras del templo,
como una constelación de estrellas; allí los piadosos monjes, vestidos de sus
blancos hábitos, entonaban á todas horas sus alabanzas en un canto grave y
solemne, que se confundía con los amplios acordes del órgano; allí los hombres
de armas del monasterio, mitad templo, mitad fortaleza, los pajes del poderoso
abad y sus innumerables servidores la saludaban con ruidosas aclamaciones de
júbilo, como á la hermosa castellana de aquel castillo, cuando, en los días
clásicos, la sacaban un momento por sus patios, coronados de almenas, bajo un
palio de tisú y pedrería.
Al penetrar en aquel anchuroso recinto, ahora mudo
y solitario, al ver las almenas de sus altas torres caídas por el suelo, la
hiedra serpenteando por las hendiduras de sus muros, y las ortigas y los
jaramagos que crecen en montón por todas partes, se apodera del alma una
profunda sensación de involuntaria tristeza. Las enormes puertas de hierro de
la torre se abren rechinando sobre sus enmohecidos goznes con[p. 291] un
lamento agudo, siempre que un curioso viene á turbar aquel alto silencio, y dejan
ver el interior de la abadía con sus calles de cipreses, su iglesia bizantina
en el fondo y el severo palacio de los abades. Pero aquella otra gran puerta
del templo, tan llena de símbolos incomprensibles y de esculturas extrañas, en
cuyos sillares han dejado impresos artífices de la Edad Media los signos
misteriosos de su masónica hermandad; aquella gran puerta que se colgaba un
tiempo de tapices y se abría de par en par en las grandes solemnidades, no
volverá á abrirse, ni volverá á entrar por ella la multitud de los fieles,
convocados al son de las campanas que volteaban alegres y ruidosas en la
elevada torre. Para penetrar hoy en el templo es preciso cruzar nuevos patios,
tan extensos, tan ruinosos y tan tristes como el primero, internarse en el
claustro procesional, sombrío y húmedo como un sótano, y, dejando á un lado las
tumbas en que descansan los hijos del fundador, llegar hasta un pequeño arco
que apenas si en mitad del día se distingue entre las sombras eternas de
aquellos medrosos pasadizos, y donde una losa negra, sin inscripción y con una
espada groseramente esculpida, señala el humilde lugar en que el famoso Don
Pedro Atares quiso que reposasen sus huesos.
Figúrese usted una iglesia tan grande y tan
imponente como la más imponente y más grande de nuestras catedrales. En un
rincón, sobre un magnífico pedestal labrado de figuras caprichosas y formando
el más extraño contraste, una pequeña jofaina de loza de la más basta de
Valencia hace las veces de pila para el agua bendita; de las robustas bóvedas
cuelgan aún las cadenas de metal que sostuvieron las lámparas, que ya han
desaparecido; en los pilares se ven las estacas y las anillas de hierro de que
pendían las colgaduras de terciopelo franjado de oro, de las que sólo queda la
memoria; entre dos arcos existe todavía el hueco que ocupaba el órgano; no hay
vidrios en las[p. 292] ojivas que dan paso á la luz; no hay altares en las
capillas; el coro está hecho pedazos; el aire, que penetra sin dificultad por
todas partes, gime por los ángulos del templo, y los pasos resuenan de un modo
tan particular que parece que se anda por el interior de una inmensa tumba.
Allí, sobre un mezquino altar, hecho de los
despedazados restos de otros altares, recogidos por alguna mano piadosa, y
alumbrado por una lamparilla de cristal con más agua que aceite, cuya luz
chisporrotea próxima á extinguirse, se descubre la santa imagen, objeto de
tanta veneración en otras edades, á la sombra de cuyo altar duermen el sueño de
la muerte tantos próceres ilustres, á la puerta de cuyo monasterio dejó su
espada como en señal de vasallaje un monarca español, que, atraído por la fama
de sus milagros, vino á rendirle, en época no muy remota, el tributo de sus
oraciones. De tanto esplendor, de tanta grandeza, de tantos días de exaltación
y de gloria, sólo queda ya un recuerdo en las antiguas crónicas del país, y una
piadosa tradición entre los campesinos que de cuando en cuando atraviesan con
temor los medrosos claustros del monasterio para ir á arrodillarse ante Nuestra
Señora de Veruela, que para ellos, así en la época de su grandeza como en la de
su abandono, es la santa protectora de su escondido valle.
En cuanto á mí, puedo asegurar á usted que en aquel
templo, abandonado y desnudo, rodeado de tumbas silenciosas, donde descansan
ilustres próceres, sin descubrir, al pie del ara que la sostiene, más que las
mudas é inmóviles figuras de los abades muertos, esculpidas groseramente sobre
las losas sepulcrales del pavimento de la capilla, la milagrosa imagen, cuya
historia conocía de antemano, me infundió más hondo respeto, me pareció más
hermosa, más rodeada de una atmósfera de solemnidad y grandeza indefinibles que
otras muchas que había visto antes en retablos churriguerescos, muy cargadas de
joyas ridícu[p. 293]las, muy alumbradas de luces en forma de pirámides y de
estrellas, muy engalanadas con profusión de flores de papel y de trapo.
Á usted, y á todo el que sienta en su alma la
verdadera poesía de la Religión, creo que le sucedería lo mismo.
[p. 295]
RIMAS
[p. 297]
I
Yo sé un himno gigante y extraño
Que anuncia en la noche del alma una aurora,
Y estas páginas son de ese himno
Cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirlo, del hombre
Domando el rebelde, mezquino idïoma,
Con palabras que fuesen á un tiempo
Suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar; que no hay cifra
Capaz de encerrarlo, y apenas ¡oh hermosa!
Si, teniendo en mis manos las tuyas,
Pudiera, al oído, cantártelo á solas.
II
Saeta que voladora
Cruza, arrojada al azar,
Sin adivinarse dónde
Temblando se clavará;
[p. 298]Hoja que del árbol seca
Arrebata el vendaval,
Sin que nadie acierte el surco
Donde á caer volverá;
Gigante ola que el viento
Riza y empuja en el mar,
Y rueda y pasa, y no sabe
Qué playa buscando va;
Luz que en cercos temblorosos
Brilla, próxima á expirar,
Ignorándose cuál de ellos
El último brillará;
Eso soy yo, que al acaso
Cruzo el mundo, sin pensar
De dónde vengo, ni adónde
Mis pasos me llevarán.
III
Sacudimiento extraño
Que agita las ideas,
Como huracán que empuja
Las olas en tropel;
Murmullo que en el alma
Se eleva y va creciendo,
Como volcán que sordo
Anuncia que va á arder;
Deformes siluetas
De seres imposibles;
Paisajes que aparecen
Como á través de un tul;
[p. 299]Colores que fundiéndose
Remedan en el aire
Los átomos del Iris,
Que nadan en la luz;
Ideas sin palabras,
Palabras sin sentido;
Cadencias que no tienen
Ni ritmo ni compás;
Memorias y deseos
De cosas que no existen;
Accesos de alegría,
Impulsos de llorar;
Actividad nerviosa
Que no halla en qué emplearse;
Sin rienda que lo guíe
Caballo volador;
Locura que el espíritu
Exalta y enardece;
Embriaguez divina
Del genio creador...
¡Tal es la inspiración!
Gigante voz que el caos
Ordena en el cerebro,
Y entre las sombras hace
La luz aparecer;
Brillante rienda de oro
Que poderosa enfrena
De la exaltada mente
El volador corcel;
[p. 300]Hilo de luz que en haces
Los pensamientos ata;
Sol que las nubes rompe
Y toca en el zenit;
Inteligente mano
Que en un collar de perlas
Consigue las indóciles
Palabras reunir;
Armonioso ritmo
Que con cadencia y número
Las fugitivas notas
Encierra en el compás;
Cincel que el bloque muerde
La estatua modelando,
Y la belleza plástica
Añade á la ideal;
Atmósfera en que giran
Con orden las ideas,
Cual átomos que agrupa
Recóndita atracción;
Raudal en cuyas ondas
Su sed la fiebre apaga;
Oasis que al espíritu
Devuelve su vigor...
¡Tal es nuestra razón!
Con ambas siempre en lucha
Y de ambas vencedor,
Tan sólo el genio puede
A un yugo atar las dos.
[p. 301]IV
No digáis que agotado su tesoro
De asuntos falta, enmudeció la lira:
Podrá no haber poetas; pero siempre
Habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
Palpiten encendidas;
Mientras el sol las desgarradas nubes
De fuego y oro vista;
Mientras el aire en su regazo lleve
Perfumes y armonías;
Mientras haya en el mundo primavera,
¡Habrá poesía!
Mientras la ciencia á descubrir no alcance
Las fuentes de la vida,
Y en el mar ó en el cielo haya un abismo
Que al cálculo resista;
Mientras la humanidad siempre avanzando
No sepa á do camina;
Mientras haya un misterio para el hombre,
¡Habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma,
Sin que los labios rían;
Mientras se llore sin que el llanto acuda
A nublar la pupila;
Mientras el corazón y la cabeza
Batallando prosigan;
[p. 302]Mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡Habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
Los ojos que los miran;
Mientras responda el labio suspirando
Al labio que suspira;
Mientras sentirse puedan en un beso
Dos almas confundidas;
Mientras exista una mujer hermosa,
¡Habrá poesía!
V
Espíritu sin nombre,
Indefinible esencia,
Yo vivo con la vida
Sin formas de la idea.
Yo nado en el vacío,
Del sol tiemblo en la hoguera,
Palpito entre las sombras
Y floto con las nieblas.
Yo soy el fleco de oro
De la lejana estrella;
Yo soy de la alta luna
La luz tibia y serena.
Yo soy la ardiente nube
Que en el ocaso ondea;
Yo soy del astro errante
La luminosa estela.
[p. 303]Yo soy nieve en las cumbres,
Soy fuego en las arenas,
Azul onda en los mares,
Y espuma en las riberas.
En el laúd soy nota,
Perfume en la violeta,
Fugaz llama en las tumbas,
Y en las ruinas hiedra.
Yo atrueno en el torrente,
Y silbo en la centella,
Y ciego en el relámpago,
Y rujo en la tormenta.
Yo río en los alcores,
Susurro en la alta yerba,
Suspiro en la onda pura,
Y lloro en la hoja seca.
Yo ondulo con los átomos
Del humo que se eleva,
Y al cielo lento sube
En espiral inmensa.
Yo, en los dorados hilos
Que los insectos cuelgan,
Me mezco entre los árboles
En la ardorosa siesta.
Yo corro tras las ninfas
Que en la corriente fresca
Del cristalino arroyo
Desnudas juguetean.
[p. 304]Yo, en bosques de corales,
Que alfombran blancas perlas,
Persigo en el Océano
Las náyades ligeras.
Yo, en las cavernas cóncavas,
Do el sol nunca penetra,
Mezclándome á los gnomos,
Contemplo sus riquezas.
Yo busco de los siglos
Las ya borradas huellas,
Y sé de esos imperios
De que ni el nombre queda.
Yo sigo en raudo vértigo
Los mundos que voltean,
Y mi pupila abarca
La creación entera.
Yo sé de esas regiones
Á do un rumor no llega,
Y donde informes astros
De vida un soplo esperan.
Yo soy sobre el abismo
El puente que atraviesa;
Yo soy la ignota escala
Que el cielo une á la tierra.
Yo soy el invisible
Anillo que sujeta
El mundo de la forma
Al mundo de la idea.
[p. 305]Yo, en fin, soy ese espíritu,
Desconocida esencia,
Perfume misterioso,
De que es vaso el poeta.
VI
Como la brisa que la sangre orea
Sobre el oscuro campo de batalla,
Cargada de perfumes y armonías
En el silencio de la noche vaga;
Símbolo del dolor y la ternura,
Del bardo inglés en el horrible drama,
La dulce Ofelia, la razón perdida,
Cogiendo flores y cantando pasa.
VII
Del salón en el ángulo oscuro,
De su dueño tal vez olvidada,
Silenciosa y cubierta de polvo
Veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
Como el pájaro duerme en las ramas,
Esperando la mano de nieve
Que sabe arrancarlas!
¡Ay!—pensé—¡cuántas veces el genio
Así duerme en el fondo del alma,
Y una voz, como Lázaro, espera
Que le diga: «Levántate y anda!»
[p. 306]VIII
Cuando miro el azul horizonte
Perderse á lo lejos,
Al través de una gasa de polvo
Dorado é inquieto,
Me parece posible arrancarme
Del mísero suelo,
Y flotar con la niebla dorada
En átomos leves
Cual ella deshecho.
Cuando miro de noche en el fondo
Oscuro del cielo
Las estrellas temblar, como ardientes
Pupilas de fuego,
Me parece posible á do brillan
Subir en un vuelo,
Y anegarme en su luz, y con ellas
En lumbre encendido
Fundirme en un beso.
En el mar de la duda en que bogo
Ni aun sé lo que creo;
¡Sin embargo, estas ansias me dicen
Que yo llevo algo
Divino aquí dentro!...
IX
Besa el aura que gime blandamente
Las leves ondas que jugando riza;
El sol besa á la nube en Occidente
Y de púrpura y oro la matiza;
[p. 307]La llama en derredor del tronco ardiente
Por besar á otra llama se desliza,
Y hasta el sauce, inclinándose á su peso,
Al río que le besa, vuelve un beso.
X
Los invisibles átomos del aire
En derredor palpitan y se inflaman;
El cielo se deshace en rayos de oro;
La tierra se estremece alborozada;
Oigo flotando en olas de armonía
Rumor de besos y batir de alas;
Mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?
—¡Es el amor que pasa!
XI
—Yo soy ardiente, yo soy morena,
Yo soy el símbolo de la pasión;
De ansia de goces mi alma está llena
¿Á mí me buscas?—No es á ti; no.
—Mi frente es pálida; mis trenzas de oro:
Puedo brindarte dichas sin fin;
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿Á mí me llamas?—No; no es á ti.
—Yo soy un sueño, un imposible,
Vano fantasma de niebla y luz;
Soy incorpórea, soy intangible;
No puedo amarte.—¡Oh, ven; ven tú!
[p. 308]XII
Porque son, niña, tus ojos
Verdes como el mar, te quejas;
Verdes los tienen las náyades,
Verdes los tuvo Minerva,
Y verdes son las pupilas
De las hurís del profeta.
El verde es gala y ornato
Del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
Brillante el Iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
Verde el color del que espera,
Y las ondas del Océano,
Y el laurel de los poetas.
Es tu mejilla temprana
Rosa de escarcha cubierta,
En que el carmín de los pétalos
Se ve al través de las perlas.
Y sin embargo,
Sé que te quejas,
Porque tus ojos
Crees que la afean:
Pues no lo creas;
Que parecen tus pupilas,
Húmedas, verdes é inquietas,
Tempranas hojas de almendro,
Que al soplo del aire tiemblan.
Es tu boca de rubíes
Purpúrea granada abierta,
[p. 309]Que en el estío convida
Á apagar la sed en ella.
Y sin embargo,
Sé que te quejas,
Porque tus ojos
Crees que la afean:
Pues no lo creas;
Que parecen, si enojada
Tus pupilas centellean,
Las olas del mar que rompen
En las cantábricas peñas.
Es tu frente que corona
Crespo el oro en ancha trenza,
Nevada cumbre en que el día
Su postrera luz refleja.
Y sin embargo,
Sé que te quejas,
Porque tus ojos
Crees que la afean:
Pues no lo creas;
Que, entre las rubias pestañas,
Junto á las sienes, semejan
Broches de esmeralda y oro,
Que un blanco armiño sujetan.
XIII
Tu pupila es azul, y cuando ríes,
Su claridad suave me recuerda
El trémulo fulgor de la mañana
Que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul, y cuando lloras,
Las transparentes lágrimas en ella
Se me figuran gotas de rocío
Sobre una violeta.
[p. 310]Tu pupila es azul, y si en su fondo
Como un punto de luz radia una idea,
Me parece en el cielo de la tarde
¡Una perdida estrella!
XIV
Te vi un punto, y, flotando ante mis ojos,
La imagen de tus ojos se quedó,
Como la mancha oscura, orlada en fuego,
Que flota y ciega, si se mira al sol.
Adonde quiera que la vista fijo,
Torno á ver sus pupilas llamear;
Mas no te encuentro á ti; que es tu mirada:
Unos ojos, los tuyos, nada más.
De mi alcoba en el ángulo los miro
Desasidos fantásticos lucir:
Cuando duermo los siento que se ciernen
De par en par abiertos sobre mí.
Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche
Llevan al caminante á perecer:
Yo me siento arrastrado por tus ojos,
Pero adónde me arrastran, no lo sé.
XV
Cendal flotante de leve bruma,
Rizada cinta de blanca espuma,
Rumor sonoro
De arpa de oro,
Beso del aura, onda de luz,
Eso eres tú.
[p. 311]Tú, sombra aérea, que cuantas veces
Voy á tocarte, te desvaneces
Como la llama, como el sonido,
Como la niebla, como el gemido
Del lago azul.
En mar sin playas onda sonante,
En el vacío cometa errante,
Largo lamento
Del ronco viento,
Ansia perpetua de algo mejor,
Eso soy yo.
¡Yo, que á tus ojos en mi agonía
Los ojos vuelvo de noche y día;
Yo, que incansable corro y demente
Tras una sombra, tras la hija ardiente
De una visión!
XVI
Si al mecer las azules campanillas
De tu balcón,
Crees que suspirando pasa el viento
Murmurador,
Sabe que, oculto entre las verdes hojas,
Suspiro yo.
Si al resonar confuso á tus espaldas
Vago rumor,
Crees que por tu nombre te ha llamado
Lejana voz,
Sabe que, entre las sombras que te cercan,
Te llamo yo.
[p. 312]Si se turba medroso en la alta noche
Tu corazón,
Al sentir en tus labios un aliento
Abrasador,
Sabe que, aunque invisible, al lado tuyo
Respiro yo.
XVII
Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
Hoy llega al fondo de mi alma el sol;
Hoy la he visto... la he visto y me ha mirado...
¡Hoy creo en Dios!
XVIII
Fatigada del baile,
Encendido el color, breve el aliento,
Apoyada en mi brazo,
Del salón se detuvo en un extremo.
Entre la leve gasa
Que levantaba el palpitante seno,
Una flor se mecía
En compasado y dulce movimiento.
Como en cuna de nácar
Que empuja el mar y que acaricia el céfiro,
Tal vez allí dormía
Al soplo de sus labios entreabiertos.
—¡Oh! ¿Quién así—pensaba—
Dejar pudiera deslizarse el tiempo?
¡Oh, si las flores duermen,
Qué dulcísimo sueño!
[p. 313]XIX
Cuando sobre el pecho inclinas
La melancólica frente,
Una azucena tronchada
Me pareces.
Porque al darte la pureza
De que es símbolo celeste,
Como á ella te hizo Dios
De oro y nieve.
XX
Sabe, si alguna vez tus labios rojos
Quema invisible atmósfera abrasada,
Que el alma que hablar puede con los ojos,
También puede besar con la mirada.
XXI
—¿Qué es poesía?—dices mientras clavas
En mi pupila tu pupila azul;—
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
XXII
¿Cómo vive esa rosa que has prendido
Junto á tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en la tierra
Sobre el volcán la flor.
[p. 314]XXIII
Por una mirada, un mundo;
Por una sonrisa, un cielo;
Por un beso... ¡yo no sé
Qué te diera por un beso!
XXIV
Dos rojas lenguas de fuego
Que á un mismo tronco enlazadas,
Se aproximan, y al besarse
Forman una sola llama;
Dos notas que del laúd
Á un tiempo la mano arranca,
Y en el espacio se encuentran
Y armoniosas se abrazan;
Dos olas que vienen juntas
Á morir sobre una playa,
Y que al romper se coronan
Con un penacho de plata;
Dos jirones de vapor
Que del lago se levantan,
Y al juntarse allí en el cielo
Forman una nube blanca;
Dos ideas que al par brotan,
Dos besos que á un tiempo estallan,
Dos ecos que se confunden...
Eso son nuestras dos almas.
[p. 315]XXV
Cuando en la noche te envuelven
Las alas de tul del sueño,
Y tus tendidas pestañas
Semejan arcos de ébano;
Por escuchar los latidos
De tu corazón inquieto,
Y reclinar tu dormida
Cabeza sobre mi pecho,
Diera, alma mía,
Cuanto poseo:
¡La luz, el aire
Y el pensamiento!
Cuando se clavan tus ojos
En un invisible objeto,
Y tus labios ilumina
De una sonrisa el reflejo;
Por leer sobre tu frente
El callado pensamiento
Que pasa como la nube
Del mar sobre el ancho espejo,
Diera, alma mía,
Cuanto deseo:
¡La fama, el oro,
La gloria, el genio!
Cuando enmudece tu lengua,
Y se apresura tu aliento,
Y tus mejillas se encienden,
Y entornas tus ojos negros;
Por ver entre sus pestañas
Brillar con húmedo fuego
[p. 316]La ardiente chispa que brota
Del volcán de los deseos,
Diera, alma mía,
Por cuanto espero,
¡La fe, el espíritu,
La tierra, el cielo!
XXVI
Voy contra mi interés al confesarlo;
Pero yo, amada mía,
Pienso, cual tú, que una oda sólo es buena
De un billete del Banco al dorso escrita.
No faltará algún necio que al oirlo
Se haga cruces y diga:
«Mujer al fin del siglo diez y nueve,
Material y prosaica...» ¡Bobería!
¡Voces que hacen correr cuatro poetas
Que en invierno se embozan con la lira!
¡Ladridos de los perros á la luna!
Tú sabes y yo sé que en esta vida,
Con genio, es muy contado quien la escribe;
Y con oro, cualquiera hace poesía.
XXVII
Despierta, tiemblo al mirarte;
Dormida, me atrevo á verte;
Por eso, alma de mi alma,
Yo velo mientras tú duermes.
Despierta, ríes, y al reir, tus labios
Inquietos me parecen
Relámpagos de grana que serpean
Sobre un cielo de nieve
[p. 317]Dormida, los extremos de tu boca
Pliega sonrisa leve,
Suave como el rastro luminoso
Que deja un sol que muere...
—¡Duerme!
Despierta, miras, y al mirar, tus ojos
Húmedos resplandecen
Como la onda azul, en cuya cresta
Chispeando el sol hiere.
Al través de tus párpados, dormida,
Tranquilo fulgor viertes,
Cual derrama de luz templado rayo
Lámpara transparente...
—¡Duerme!
Despierta, hablas, y al hablar, vibrantes
Tus palabras parecen
Lluvia de perlas que en dorada copa
Se derrama á torrentes.
Dormida, en el murmullo de tu aliento
Acompasado y tenue,
Escucho yo un poema, que mi alma
Enamorada entiende...
—¡Duerme!
Sobre el corazón la mano
Me he puesto, por que no suene
Su latido, y de la noche
Turbe la calma solemne.
De tu balcón las persianas
Cerré ya, por que no entre
El resplandor enojoso
De la aurora, y te despierte...
—¡Duerme!
[p. 318]XXVIII
Cuando entre la sombra oscura
Perdida una voz murmura
Turbando su triste calma,
Si en el fondo de mi alma
La oigo dulce resonar;
Dime: ¿es que el viento en sus giros
Se queja, ó que tus suspiros
Me hablan de amor al pasar?
Cuando el sol en mi ventana
Rojo brilla á la mañana,
Y mi amor tu sombra evoca,
Si en mi boca de otra boca
Sentir creo la impresión;
Dime: ¿es que ciego deliro,
Ó que un beso en un suspiro
Me envía tu corazón?
Si en el luminoso día
Y en la alta noche sombría;
Si en todo cuanto rodea
Al alma que te desea
Te creo sentir y ver;
Dime: ¿es que toco y respiro
Soñando, ó que en un suspiro
Me das tu aliento á beber?
[p. 319]XXIX
Sobre la falda tenía
El libro abierto;
En mi mejilla tocaban
Sus rizos negros;
No veíamos las letras
Ninguno, creo;
Mas guardábamos entrambos
Hondo silencio.
¿Cuánto duró? Ni aún entonces
Pude saberlo;
Sólo sé que no se oía
Más que el aliento,
Que apresurado escapaba
Del labio seco.
Sólo sé que nos volvimos
Los dos á un tiempo,
Y nuestros ojos se hallaron,
Y sonó un beso.
. . . . . . .
. . . . . . .
Creación de Dante era el libro.
Era su Infierno.
Cuando á él bajamos los ojos,
Yo dije trémulo:
—¿Comprendes ya que un poema
Cabe en un verso?
Y ella respondió encendida:
—¡Ya lo comprendo!
[p. 320]XXX
Asomaba á sus ojos una lágrima
Y á mi labio una frase de perdón;
Habló el orgullo y se enjugó su llanto,
Y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
Pero al pensar en nuestro mutuo amor,
Yo digo aún: «¿Por qué callé aquel día?»
Y ella dirá: «¿Por qué no lloré yo?»
XXXI
Nuestra pasión fué un trágico sainete,
En cuya absurda fábula
Lo cómico y lo grave confundidos
Risas y llanto arrancan.
Pero fué lo peor de aquella historia,
Que al fin de la jornada,
A ella tocaron lágrimas y risas,
¡Y á mí sólo las lágrimas!
XXXII
Pasaba arrolladora en su hermosura,
Y el paso le dejé;
Ni aun á mirarla me volví, y no obstante
Algo á mi oído murmuró: «esa es.»
[p. 321]¿Quién reunió la tarde á la mañana?
Lo ignoro: sólo sé
Que en una breve noche de verano
Se unieron los crepúsculos, y... «fué.»
XXXIII
Es cuestión de palabras, y no obstante,
Ni tú ni yo jamás,
Después de lo pasado, convendremos
En quién la culpa está.
¡Lástima que el amor un diccionario
No tenga donde hallar
Cuándo el orgullo es simplemente orgullo,
Y cuándo es dignidad!
XXXIV
Cruza callada, y son sus movimientos
Silenciosa armonía;
Suenan sus pasos, y al sonar, recuerdan
Del himno alado la cadencia rítmica.
Los ojos entreabre, aquellos ojos
Tan claros como el día;
Y la tierra y el cielo, cuanto abarcan,
Arden con nueva luz en sus pupilas.
Ríe, y su carcajada tiene notas
Del agua fugitiva;
Llora, y es cada lágrima un poema
De ternura infinita.
[p. 322]Ella tiene la luz, tiene el perfume,
El color y la línea,
La forma, engendradora de deseos,
La expresión, fuente eterna de poesía.
¿Que es estúpida?... ¡Bah! mientras, callando,
Guarde oscuro el enigma,
Siempre valdrá, á mi ver, lo que ella calla
Más que lo que cualquiera otra me diga.
XXXV
¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día
Me admiró tu cariño mucho más;
Porque lo que hay en mí que vale algo,
Eso... ¡ni lo pudiste sospechar!
XXXVI
Si de nuestros agravios en un libro
Se escribiese la historia,
Y se borrase en nuestras almas cuanto
Se borrase en sus hojas;
Te quiero tanto aún, dejó en mi pecho
Tu amor huellas tan hondas,
Que sólo con que tú borrases una,
¡Las borraba yo todas!
XXXVII
Antes que tú me moriré: escondido
En las entrañas ya
El hierro llevo con que abrió tu mano
La ancha herida mortal.
[p. 323]Antes que tú me moriré: y mi espíritu,
En su empeño tenaz,
Sentándose á las puertas de la muerte,
Allí te esperará.
Con las horas los días, con los días
Los años volarán,
Y á aquella puerta llamarás al cabo...
¿Quién deja de llamar?
Entonces, que tu culpa y tus despojos
La tierra guardará,
Lavándote en las ondas de la muerte
Como en otro Jordán;
Allí, donde el murmullo de la vida
Temblando á morir va,
Como la ola que á la playa viene
Silenciosa á expirar;
Allí, donde el sepulcro que se cierra
Abre una eternidad...
¡Todo cuanto los dos hemos callado
Lo tenemos que hablar!
XXXVIII
Los suspiros son aire, y van al aire.
Las lágrimas son agua, y van al mar.
Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿Sabes tú adónde va?
[p. 324]XXXIX
¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,
Es altanera y vana y caprichosa;
Antes que el sentimiento de su alma,
Brotará el agua de la estéril roca.
Sé que en su corazón, nido de sierpes,
No hay una fibra que al amor responda;
Que es una estatua inanimada... pero...
¡Es tan hermosa!
XL
Su mano entre mis manos,
Sus ojos en mis ojos,
La amorosa cabeza
Apoyada en mi hombro,
¡Dios sabe cuántas veces
Con paso perezoso,
Hemos vagado juntos
Bajo los altos olmos
Que de su casa prestan
Misterio y sombra al pórtico!
Y ayer... un año apenas
Pasado como un soplo,
Con qué exquisita gracia,
Con qué admirable aplomo,
Me dijo al presentarnos
Un amigo oficioso:
—Creo que en alguna parte
He visto á usted.—¡Ah! bobos,
Que sois de los salones
Comadres de buen tono,
[p. 325]Y andáis por allí á caza
De galantes embrollos:
¡Qué historia habéis perdido!
¡Qué manjar tan sabroso
Para ser devorado
Sotto voce en un corro,
Detrás del abanico
De plumas y de oro!
. . . . . . .
¡Discreta y casta luna,
Copudos y altos olmos,
Paredes de su casa,
Umbrales de su pórtico,
Callad, y que el secreto
No salga de vosotros!
Callad; que por mi parte
Lo he olvidado todo:
Y ella... ella... ¡no hay máscara
Semejante á su rostro!
XLI
Tú eras el huracán, y yo la alta
Torre que desafía su poder:
¡Tenías que estrellarte ó abatirme!...
¡No pudo ser!
Tú eras el Océano y yo la enhiesta
Roca que firme aguarda su vaivén:
¡Tenías que romperte ó que arrancarme!...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
Uno á arrollar, el otro á no ceder;
La senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!
[p. 326]XLII
Cuando me lo contaron sentí el frío
De una hoja de acero en las entrañas;
Me apoyé contra el muro, y un instante
La conciencia perdí de donde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche;
En ira y en piedad se anegó el alma...
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
Y entonces comprendí por qué se mata!
Pasó la nube de dolor... con pena
Logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dió la noticia?... Un fiel amigo...
¡Me hacía un gran favor!... Le di las gracias.
XLIII
Dejé la luz á un lado, y en el borde
De la revuelta cama me senté,
Mudo, sombrío, la pupila inmóvil
Clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme
La embriaguez horrible del dolor,
Expiraba la luz, y en mis balcones
Reía el sol.
Ni sé tampoco en tan terribles horas
En qué pensaba ó qué pasó por mí;
Sólo recuerdo que lloré y maldije,
Y que en aquella noche envejecí.
[p. 327]XLIV
Como en un libro abierto
Leo de tus pupilas en el fondo;
¿Á qué fingir el labio
Risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
De confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre... ¡y también lloro!
XLV
En la clave del arco mal seguro,
Cuyas piedras el tiempo enrojeció,
Obra de cincel rudo, campeaba
El gótico blasón.
Penacho de su yelmo de granito.
La hiedra que colgaba en derredor
Daba sombra al escudo, en que una mano
Tenía un corazón.
Á contemplarlo en la desierta plaza
Nos paramos los dos:
Y «ése—me dijo—es el cabal emblema
De mi constante amor.»
¡Ay! es verdad lo que me dijo entonces:
Verdad que el corazón
Lo llevará en la mano... en cualquier parte...
Pero en el pecho, no.
[p. 328]XLVI
Me ha herido recatándose en las sombras,
Sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello, y por la espalda
Partióme á sangre fría el corazón.
Y ella prosigue alegre su camino,
Feliz, risueña, impávida; ¿y por qué?
Porque no brota sangre de la herida...
¡Porque el muerto está en pie!
XLVII
Yo me he asomado á las profundas simas
De la tierra y del cielo,
Y les he visto el fin ó con los ojos
Ó con el pensamiento.
Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo,
Y me incliné por verlo,
Y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡Tan hondo era y tan negro!
XLVIII
Como se arranca el hierro de una herida
Su amor de las entrañas me arranqué,
Aunque sentí al hacerlo que la vida
Me arrancaba con él.
[p. 329]Del altar que le alcé en el alma mía
La voluntad su imagen arrojó,
y la luz de la fe que en ella ardía
Ante el ara desierta se apagó.
Aún para combatir mi firme empeño
Tiene á mi mente su visión tenaz...
¡Cuándo podré dormir con ese sueño
En que acaba el soñar!
XLIX
Alguna vez la encuentro por el mundo
Y pasa junto á mí;
Y pasa sonriéndose, y yo digo:
—¿Cómo puede reir?
Luego asoma á mi labio otra sonrisa,
Máscara del dolor,
Y entonces pienso:—¡Acaso ella se ríe
Como me río yo!
L
Lo que el salvaje que con torpe mano
Hace de un tronco á su capricho un dios,
Y luego ante su obra se arrodilla,
Eso hicimos tú y yo.
Dimos formas reales á un fantasma,
De la mente ridícula invención,
Y hecho el ídolo ya, sacrificamos
En su altar nuestro amor.
[p. 330]LI
De lo poco de vida que me resta
Diera con gusto los mejores años,
Por saber lo que á otros
De mí has hablado.
Y esta vida mortal... y de la eterna
Lo que me toque, si me toca algo,
Por saber lo que á solas
De mí has pensado.
LII
Olas gigantes, que os rompéis bramando
En las playas desiertas y remotas,
Envuelto entre la sábana de espumas,
¡Llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán, que arrebatáis
Del alto bosque las marchitas hojas,
Arrastrado en el ciego torbellino,
¡Llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad, que rompe el rayo
Y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
Arrebatado entre la niebla oscura,
¡Llevadme con vosotras!
Llevadme, por piedad, adonde el vértigo
Con la razón me arranque la memoria...
¡Por piedad!... ¡Tengo miedo de quedarme
Con mi dolor á solas!
[p. 331]LIII
Volverán las oscuras golondrinas
En tu balcón sus nidos á colgar,
Y otra vez con el ala á sus cristales
Jugando llamarán;
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
Tu hermosura y mi dicha al contemplar,
Aquellas que aprendieron nuestros nombres...
Ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias á escalar,
Y otra vez á la tarde, aún más hermosas,
Sus flores se abrirán;
Pero aquellas cuajadas de rocío,
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer, como lágrimas del día...
Ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
Las palabras ardientes á sonar;
Tu corazón de su profundo sueño
Tal vez despertará;
Pero mudo y absorto y de rodillas,
Como se adora á Dios ante su altar,
Como yo te he querido... desengáñate,
¡Así no te querrán!
[p. 332]LIV
Cuando volvemos las fugaces horas
Del pasado á evocar,
Temblando brilla en sus pestañas negras
Una lágrima pronta á resbalar.
Y al fin resbala, y cae como gota
De rocío, al pensar
Que, cual hoy por ayer, por hoy mañana,
Volveremos los dos á suspirar.
LV
Entre el discorde estruendo de la orgía
Acarició mi oído,
Como nota de música lejana,
El eco de un suspiro.
El eco de un suspiro que conozco,
Formado de un aliento que he bebido,
Perfume de una flor, que oculta crece
En un claustro sombrío.
Mi adorada de un día, cariñosa,
—¿En qué piensas?—me dijo.
—En nada...—¿En nada, y lloras?—Es que tengo
Alegre la tristeza y triste el vino.
[p. 333]LVI
Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡Y siempre igual!
un cielo gris, un horizonte eterno,
¡Y andar... andar!
Moviéndose á compás, como una estúpida
Máquina, el corazón;
La torpe inteligencia, del cerebro
Dormida en un rincón.
El alma, que ambiciona un paraíso,
Buscándolo sin fe;
Fatiga sin objeto, ola que rueda
Ignorando por qué.
Voz que incesante con el mismo tono
Canta el mismo cantar;
Gota de agua monótona que cae,
Y cae sin cesar.
Así van deslizándose los días
Unos de otros en pos,
Hoy lo mismo que ayer... y todos ellos
Sin goce ni dolor.
¡Ay! á veces me acuerdo suspirando
Del antiguo sufrir...
Amargo es el dolor; pero siquiera
¡Padecer es vivir!
[p. 334]LVII
Este armazón de huesos y pellejo,
De pasear una cabeza loca
Cansado se halla al fin, y no lo extraño;
Pues, aunque es la verdad que no soy viejo,
De la parte de vida que me toca
En la vida del mundo, por mi daño
He hecho un uso tal, que juraría
Que he condensado un siglo en cada día.
Así, aunque ahora muriera,
No podría decir que no he vivido;
Que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
Conozco que por dentro ha envejecido.
Ha envejecido, sí; ¡pese á mi estrella!
Harto lo dice ya mi afán doliente;
Que hay dolor que al pasar, su horrible huella
Graba en el corazón, si no en la frente.
LVIII
¿Quieres que de ese néctar delicioso
No te amargue la hez?
Pues aspírale, acércale á tus labios,
Y déjale después.
¿Quieres que conservemos una dulce
Memoria de este amor?
Pues amémonos hoy mucho, y mañana
Digámonos ¡adiós!
[p. 335]LIX
Yo sé cuál el objeto
De tus suspiros es;
Yo conozco la causa de tu dulce
Secreta languidez.
¿Te ríes?... Algún día
Sabrás, niña, por qué:
Tú acaso lo sospechas,
Y yo lo sé.
Yo sé lo que tú sueñas,
Y lo que en sueños ves;
Como en un libro puedo lo que callas
En tu frente leer.
¿Te ríes?... Algún día
Sabrás, niña, por qué:
Tú acaso lo sospechas,
Y yo lo sé.
Yo sé por qué sonríes
Y lloras á la vez;
Yo penetro en los senos misteriosos
De tu alma de mujer.
¿Te ríes?... Algún día
Sabrás, niña, por qué:
Mientras tú sientes mucho y nada sabes,
Yo, que no siento ya, todo lo sé.
LX
Mi vida es un erial:
Flor que toco se deshoja;
Que en mi camino fatal,
Alguien va sembrando el mal
Para que yo lo recoja.
[p. 336]LXI
Al ver mis horas de fiebre
É insomnio lentas pasar,
Á la orilla de mi lecho,
¿Quién se sentará?
Cuando la trémula mano
Tienda, próximo á expirar,
Buscando una mano amiga,
¿Quién la estrechará?
Cuando la muerte vidríe
De mis ojos el cristal,
Mis párpados aún abiertos,
¿Quién los cerrará?
Cuando la campana suene
(Si suena en mi funeral),
Una oración al oirla,
¿Quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos
Oprima la tierra ya,
Sobre la olvidada fosa,
¿Quién vendrá á llorar?
¿Quién, en fin, al otro día,
Cuando el sol vuelva á brillar,
De que pasé por el mundo,
Quién se acordará?
[p. 337]LXII
Primero es un albor trémulo y vago,
Raya de inquieta luz que corta el mar;
Luego chispea y crece y se dilata
En ardiente explosión de claridad.
La brilladora luz es la alegría;
La temerosa sombra es el pesar:
¡Ay! en la oscura noche de mi alma,
¿Cuándo amanecerá?
LXIII
Como enjambre de abejas irritadas,
De un oscuro rincón de la memoria
Salen á perseguirme los recuerdos
De las pasadas horas.
Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo inútil!
Me rodean, me acosan,
Y unos tras otros á clavarme vienen
El agudo aguijón que el alma encona.
LXIV
Como guarda el avaro su tesoro,
Guardaba mi dolor;
Yo quería probar que hay algo eterno
A la que eterno me juró su amor.
[p. 338]Mas hoy le llamo en vano, y oigo al tiempo
Que le agotó, decir:
—¡Ah, barro miserable, eternamente
No podrás ni aun sufrir!
LXV
Llegó la noche y no encontré un asilo;
¡Y tuve sed!... Mis lágrimas bebí;
¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
Cerré para morir!
¡Estaba en un desierto! Aunque á mi oído
De las turbas llegaba el ronco hervir,
Yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba
Desierto... para mí!
LXVI
¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero
De los senderos busca:
Las huellas de unos pies ensangrentados
Sobre la roca dura;
Los despojos de un alma hecha jirones
En las zarzas agudas,
Te dirán el camino
Que conduce á mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste
De los páramos cruza;
Valle de eternas nieves y de eternas
Melancólicas brumas.
[p. 339]En donde esté una piedra solitaria
Sin inscripción alguna,
Donde habite el olvido,
Allí estará mi tumba.
LXVII
¡Qué hermoso es ver el día
Coronado de fuego levantarse,
Y á su beso de lumbre
Brillar las olas y encenderse el aire!
¡Qué hermoso es tras la lluvia
Del triste otoño en la azulada tarde,
De las húmedas flores
El perfume aspirar hasta saciarse!
¡Qué hermoso es cuando en copos
La blanca nieve silenciosa cae,
De las inquietas llamas
Ver las rojizas lenguas agitarse!
¡Qué hermoso es cuando hay sueño
Dormir bien... y roncar como un sochantre...
Y comer... y engordar!... ¡y qué desgracia
Que esto sólo no baste!
LXVIII
No sé lo que he soñado
En la noche pasada;
Triste, muy triste debió ser el sueño,
Pues despierto la angustia me duraba.
[p. 340]Noté, al incorporarme,
Húmeda la almohada,
Y por primera vez sentí, al notarlo,
De un amargo placer henchirse el alma.
Triste cosa es el sueño
Que llanto nos arranca;
Mas tengo en mi tristeza una alegría...
¡Sé que aún me quedan lágrimas!
LXIX
Al brillar un relámpago nacemos,
Y aún dura su fulgor cuando morimos:
¡Tan corto es el vivir!
La gloria y el amor tras que corremos,
Sombras de un sueño son que perseguimos:
¡Despertar es morir!
LXX
¡Cuántas veces al pie de las musgosas
Paredes que la guardan,
Oí la esquila que al mediar la noche
A los maitines llama!
¡Cuántas veces trazó mi triste sombra
La luna plateada,
Junto á la del ciprés, que de su huerto
Se asoma por las tapias!
[p. 341]Cuando en sombras la iglesia se envolvía,
De su ojiva calada,
¡Cuántas veces temblar sobre los vidrios
Vi el fulgor de la lámpara!
Aunque el viento en los ángulos oscuros
De la torre silbara,
Del coro entre las voces percibía
Su voz vibrante y clara.
En las noches de invierno, si un medroso
Por la desierta plaza
Se atrevía á cruzar, al divisarme
El paso aceleraba.
Y no faltó una vieja que en el torno
Dijese á la mañana,
Que de algún sacristán muerto en pecado
Acaso era yo el alma.
A oscuras conocía los rincones
Del atrio y la portada;
De mis pies las ortigas que allí crecen
Las huellas tal vez guardan.
Los buhos que espantados me seguían
Con sus ojos de llamas,
Llegaron á mirarme con el tiempo
Como á un buen camarada.
A mi lado sin miedo los reptiles
Se movían á rastras;
¡Hasta los mudos santos de granito
Vi que me saludaban!
[p. 342]LXXI
No dormía; vagaba en ese limbo
En que cambian de forma los objetos,
Misteriosos espacios que separan
La vigilia del sueño.
Las ideas, que en ronda silenciosa
Daban vueltas en torno á mi cerebro,
Poco á poco en su danza se movían
Con un compás más lento.
De la luz que entra al alma por los ojos,
Los párpados velaban el reflejo;
Mas otra luz el mundo de visiones
Alumbraba por dentro.
En este punto resonó en mi oído
Un rumor semejante al que en el templo
Vaga confuso, al terminar los fieles
Con un amén sus rezos.
Y oí como una voz delgada y triste
Que por mi nombre me llamó á lo lejos,
Y sentí olor de cirios apagados,
De humedad y de incienso.
. . . . . . . . .
. . . . . . . . .
Entró la noche, y del olvido en brazos
Caí, cual piedra, en su profundo seno:
Dormí, y al despertar exclamé: «¡Alguno
Que yo quería ha muerto!»
[p. 343]LXXII
PRIMERA VOZ
—Las ondas tienen vaga armonía,
Las vïoletas suave olor,
Brumas de plata la noche fría,
Luz y oro el día,
Yo algo mejor:
¡Yo tengo Amor!
SEGUNDA VOZ
—Aura de aplausos, nube radiosa,
Ola de envidia que besa el pie,
Isla de sueños donde reposa
El alma ansiosa,
¡Dulce embriaguez
La Gloria es!
TERCERA VOZ
—Ascua encendida es el tesoro,
Sombra que huye la vanidad.
Todo es mentira: la gloria, el oro.
Lo que yo adoro
Sólo es verdad:
¡La Libertad!
. . . . . . . .
Así los barqueros pasaban cantando
La eterna canción,
Y al golpe del remo saltaba la espuma
Y heríala el sol.
[p. 344]—¿Te embarcas?—gritaban;—y yo sonriendo
Les dije al pasar:
—Ha tiempo lo hice; por cierto que aún tengo
La ropa en la playa tendida á secar.
LXXIII
Cerraron sus ojos
Que aún tenía abiertos;
Taparon su cara
Con un blanco lienzo;
Y unos sollozando,
Otros en silencio,
De la triste alcoba
Todos se salieron.
La luz, que en un vaso
Ardía en el suelo,
Al muro arrojaba
La sombra del lecho;
Y entre aquella sombra
Veíase á intervalos,
Dibujarse rígida
La forma del cuerpo.
Despertaba el día,
Y á su albor primero,
Con sus mil ruidos
Despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
De vida y misterios,
De luz y tinieblas,
Medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
[p. 345]De la casa en hombros
Lleváronla al templo,
Y en una capilla
Dejaron el féretro.
Allí rodearon
Sus pálidos restos
De amarillas velas
Y de paños negros.
Al dar de las ánimas
El toque postrero,
Acabó una vieja
Sus últimos rezos;
Cruzó la ancha nave,
Las puertas gimieron,
Y el santo recinto
Quedóse desierto.
De un reloj se oía
Compasado el péndulo,
Y de algunos cirios
El chisporroteo.
Tan medroso y triste,
Tan oscuro y yerto
Todo se encontraba...
Que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
De la alta campana
La lengua de hierro,
Le dió volteando
Su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
Amigos y deudos
Cruzaron en fila,
Formando el cortejo.
[p. 346]Del último asilo,
Oscuro y estrecho,
Abrió la piqueta
El nicho á un extremo.
Allí la acostaron,
Tapiáronle luego,
Y con un saludo
Despidióse el duelo.
La piqueta al hombro,
El sepulturero
Cantando entre dientes
Se perdió á lo lejos.
La noche se entraba,
Reinaba el silencio;
Perdido en las sombras.
Medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
En las largas noches
Del helado invierno,
Cuando las maderas
Crujir hace el viento
Y azota los vidrios
El fuerte aguacero,
De la pobre niña
A solas me acuerdo.
Allí cae la lluvia
Con un son eterno;
Allí la combate
El soplo del cierzo.
Del húmedo muro
Tendida en el hueco,
¡Acaso de frío
Se hielan sus huesos!...
. . . . . . .
[p. 347]¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
Podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
Que explicar no puedo,
Que al par nos infunde
Repugnancia y duelo,
Al dejar tan tristes,
Tan solos los muertos!
LXXIV
Las ropas desceñidas,
Desnudas las espadas,
En el dintel de oro de la puerta,
Dos ángeles velaban.
Me aproximé á los hierros
Que defienden la entrada,
Y de las dobles rejas en el fondo
La vi confusa y blanca.
La vi como la imagen
Que en leve ensueño pasa,
Como rayo de luz tenue y difuso,
Que entre tinieblas nada.
Me sentí de un ardiente
Deseo llena el alma:
¡Como atrae un abismo, aquel misterio
Hacia sí me arrastraba!
Mas ¡ay! que de los ángeles
Parecían decirme las miradas:
—¡El umbral de esta puerta
Sólo Dios lo traspasa!
[p. 348]LXXV
¿Será verdad que cuando toca el sueño
Con sus dedos de rosa nuestros ojos,
De la cárcel que habita huye el espíritu
En vuelo presuroso?
¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
De la brisa nocturna al tenue soplo,
Alado sube á la región vacía
Á encontrarse con otros?
¿Y allí, desnudo de la humana forma,
Allí, los lazos terrenales rotos,
Breves horas habita de la idea
El mundo silencioso?
¿Y ríe y llora, y aborrece y ama,
Y guarda un rastro del dolor y el gozo,
Semejante al que deja cuando cruza
El cielo un meteoro?
¡Yo no sé si ese mundo de visiones
Vive fuera ó va dentro de nosotros;
Pero sé que conozco á muchas gentes
A quienes no conozco!
[p. 349]LXXVI
En la imponente nave
Del templo bizantino,
Vi la gótica tumba, á la indecisa
Luz que temblaba en los pintados vidrios.
Las manos sobre el pecho,
Y en las manos un libro,
Una mujer hermosa reposaba
Sobre la urna, del cincel prodigio.
Del cuerpo abandonado
Al dulce peso hundido,
Cual si de blanda pluma y raso fuera,
Se plegaba su lecho de granito.
De la postrer sonrisa,
El resplandor divino
Guardaba el rostro, como el cielo guarda
Del sol que muere el rayo fugitivo.
Del cabezal de piedra
Sentados en el filo,
Dos ángeles, el dedo sobre el labio,
Imponían silencio en el recinto.
No parecía muerta;
De los arcos macizos
Parecía dormir en la penumbra,
Y que en sueños veía el paraíso.
[p. 350]
Me acerqué de la nave
Al ángulo sombrío,
Como quien llega con callada planta
Junto á la cuna donde duerme un niño.
La contemplé un momento,
Y aquel resplandor tibio,
Aquel lecho de piedra que ofrecía
Próximo al muro otro lugar vacío,
En el alma avivaron
La sed de lo infinito,
El ansia de esa vida de la muerte,
Para la que un instante son los siglos...
. . . . . . . . .
. . . . . . . . .
Cansado del combate
En que luchando vivo,
Alguna vez recuerdo con envidia
Aquel rincón oscuro y escondido.
De aquella muda y pálida
Mujer, me acuerdo y digo:
¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!
¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!
FIN
[p. 351]
ÍNDICE
|
Páginas |
||
|
LEYENDAS |
||
|
DESDE MI CELDA.—CARTAS LITERARIAS |
||
|
[p. 352]RIMAS |
||
|
I. |
Yo sé un himno gigante y extraño. |
|
|
II. |
Saeta que voladora. |
|
|
III. |
Sacudimiento extraño. |
|
|
IV. |
No digáis que agotado su tesoro. |
|
|
V. |
Espíritu sin nombre. |
|
|
VI. |
Como la brisa que la sangre orea. |
|
|
VII. |
Del salón en el ángulo oscuro. |
|
|
VIII. |
Cuando miro el azul horizonte. |
|
|
IX. |
Besa el aura que gime blandamente. |
|
|
X. |
Los invisibles átomos del aire. |
|
|
XI. |
Yo soy ardiente, yo soy morena. |
|
|
XII. |
Porque son, niña, tus ojos. |
|
|
XIII. |
Tu pupila es azul, y cuando ríes. |
|
|
XIV. |
Te vi un punto, y, flotando ante mis ojos. |
|
|
XV. |
Cendal flotante de leve bruma. |
|
|
XVI. |
Si al mecer las azules campanillas. |
|
|
XVII. |
Hoy la tierra y los cielos me sonríen. |
|
|
Fatigada del baile. |
||
|
XIX. |
Cuando sobre el pecho inclinas. |
|
|
XX. |
Sabe, si alguna vez tus labios rojos. |
|
|
XXI. |
¿Qué es poesía?—dices mientras clavas. |
|
|
XXII. |
¿Cómo vive esa rosa que has prendido? |
|
|
Por una mirada, un mundo. |
||
|
XXIV. |
Dos rojas lenguas de fuego. |
|
|
XXV. |
Cuando en la noche te envuelven. |
|
|
XXVI. |
Voy contra mi interés al confesarlo. |
|
|
Despierta, tiemblo al mirarte. |
||
|
Cuando entre la sombra oscura. |
||
|
XXIX. |
Sobre la falda tenía. |
|
|
XXX. |
Asomaba á sus ojos una lágrima. |
|
|
XXXI. |
Nuestra pasión fué un trágico sainete. |
|
|
Pasaba arrolladora en su hermosura. |
||
|
Es cuestión de palabras, y no obstante. |
||
|
Cruza callada, y son sus movimientos. |
||
|
XXXV. |
¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día. |
|
|
Si de nuestros agravios en un libro. |
||
|
Antes que tú me moriré: escondido. |
||
|
Los suspiros son aire, y van al aire. |
||
|
¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable. |
||
|
XL. |
Su mano entre mis manos. |
|
|
XLI. |
Tú eras el huracán, y yo la alta. |
|
|
XLII. |
Cuando me lo contaron sentí el frío. |
|
|
Dejé la luz á un lado, y en el borde. |
||
|
XLIV. |
Como en un libro abierto. |
|
|
XLV. |
En la clave del arco mal seguro. |
|
|
XLVI. |
Me ha herido recatándose en las sombras. |
|
|
Yo me he asomado á las profundas simas. |
||
|
Como se arranca el hierro de una herida. |
||
|
XLIX. |
Alguna vez la encuentro por el mundo. |
|
|
L. |
Lo que el salvaje que con torpe mano. |
|
|
LI. |
De lo poco de vida que me resta. |
|
|
LII. |
Olas gigantes, que os rompéis bramando. |
|
|
LIII. |
Volverán las oscuras golondrinas. |
|
|
LIV. |
Cuando volvemos las fugaces horas. |
|
|
LV. |
Entre el discorde estruendo de la orgía. |
|
|
LVI. |
Hoy como ayer, mañana como hoy. |
|
|
LVII. |
Este armazón de huesos y pellejo. |
|
|
¿Quieres que de ese néctar delicioso? |
||
|
LIX. |
Yo sé cuál el objeto. |
|
|
LX. |
Mi vida es un erial. |
|
|
LXI. |
Al ver mis horas de fiebre. |
|
|
LXII. |
Primero es un albor trémulo y vago. |
|
|
Como enjambre de abejas irritadas. |
||
|
LXIV. |
Como guarda el avaro su tesoro. |
|
|
LXV. |
Llegó la noche y no encontré un asilo. |
|
|
LXVI. |
¿De dónde vengo?... El más horrible y
áspero. |
|
|
¡Qué hermoso es ver el día! |
||
|
No sé lo que he soñado. |
||
|
LXIX. |
Al brillar un relámpago nacemos. |
|
|
LXX. |
¡Cuántas veces al pie de las musgosas! |
|
|
LXXI. |
No dormía; vagaba en ese limbo. |
|
|
Las ondas tienen vaga armonía. |
||
|
Cerraron sus ojos. |
||
|
Las ropas desceñidas. |
||
|
LXXV. |
¿Será verdad que cuando toca el sueño? |
|
|
En la imponente nave. |
||
Nota de transcripción
· Se ha respetado la ortografía original, que difiere
de la utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han
normalizado a la grafía de mayor frecuencia.
· Los errores obvios de imprenta han sido corregidos
sin avisar.
· Las páginas en blanco han sido eliminadas.
· Se han añadido ilustraciones de adorno al final de
los capítulos que, en el original impreso, carecen de ellas.
· El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta
y la sitúa en el dominio público.
***END OF THE PROJECT
GUTENBERG EBOOK OBRAS ESCOGIDAS***


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