© Libro N° 9538. De Sobremesa. Crónicas. Cuarta Parte. Benavente, Jacinto. Emancipación.
Enero 29 de 2022.
Título original: © De Sobremesa. Crónicas. Cuarta Parte. Jacinto Benavente
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DE SOBREMESA
CRÓNICAS
Cuarta Parte
Jacinto Benavente
De Sobremesa
Crónicas
Cuarta Parte
Jacinto Benavente
Title: De Sobremesa;
crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Author: Jacinto Benavente
Release Date: December 17,
2018 [EBook #58484]
Language: Spanish
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De sobremesa
CRÓNICAS
Cuarta serie
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33
1912
ES PROPIEDAD.—DERECHOS
RESERVADOS
Artes Gráficas MATEU.—Paseo
del Prado, 30.—Madrid.
De sobremesa
I
La obra de Gregorio Martínez Sierra Canción
de cuna es una de las más bellas comedias estrenadas en estos últimos
años. Fuí de los primeros en conocerla y en predecir su triunfo. Aunque el
aplauso del público y los justos elogios de la crítica no hubieran sido en esta
ocasión tan unánimes, en nada hubiera rectificado mi juicio. Además...
¡esperaba desde hace tanto tiempo esa comedia! ¿Os acordáis, mi querido
Gregorio, de aquella Redacción del Madrid Cómico, y de aquel
vuestro primer libro, y de vuestra timidez, que es el pudor de las
inteligencias honradas; timidez y pudor[6] que hoy
desconocen tantos jovenzuelos osados que aun no escribieron una línea y ya
creen haber conquistado el mundo?
A cualquiera podrá haberle sorprendido el triunfo
de ahora, el que muchos llaman definitivo, ¡haber llegado! A mí no podía
sorprenderme: no es Gregorio Martínez Sierra de los que se revelan de pronto.
¡Dios nos libre de las revelaciones! Si esta obra es una cifra brillante en su
haber literario, no vino por un golpe de audacia ó de fortuna; es la suma de
muchos sumandos que ya indicaban la riqueza acumulada por un trabajo constante,
progresivo, bien intencionado siempre. Gregorio Martínez Sierra no es de los
que aciertan una vez á sorprender con relámpagos ó fuegos artificiales; la luz
de su entendimiento es calor de hogar permanente, porque es calor de corazón...
Y ahora, mi amigo de siempre, cuando yo sé que
alguna vez juzgasteis tibieza de mi amistad el no haberse representado antes
alguna de vuestras comedias, ¿lo deploráis ahora? ¿No veis cómo todo llega á su
tiempo? ¿No veis cómo todo viene en[7]cadenado en la vida,
y cuando á distancia vemos los años pasados, tan necesarias como las alegrías
son las tristezas para armonizar el destino de nuestra existencia? Hora por
hora procuramos huir del dolor que nos sale al paso y se levanta ante nosotros como
obstáculo entorpecedor; al cabo de los años nos parece que algo hubiera faltado
en nuestra vida si aquel dolor nos hubiera faltado.
Y era cuanto yo quería decir en el día del triunfo,
que yo no llamo definitivo, al autor de Canción de cuna. Y sabed,
mi amigo de siempre, que una buena lágrima que tal vez visteis asomar á mis
ojos al abrazaros después del estreno de vuestra obra, venía de más lejos que
de la emoción causada por la obra misma: venía de muchos recuerdos, de muchas
palabras calladas, de aquel vuestro primer libro, de aquella vuestra timidez de
niño, y, ¿por qué no decirlo?, del orgullo de que, cuando para muchos se
estrenaba en aquella noche Canción de cuna, para mí se había
estrenado hace mucho tiempo.
Persona respetable y bien enterada me asegura que
los restos de D. Manuel Bretón de los Herreros, sepultados en el antiguo
cementerio de San Nicolás, caerán en la fosa común en breve plazo si nadie se
presenta á pagar los gastos de traslación. Creo que bastará con la noticia, sin
lamentaciones ni comentarios, para que la Sociedad de Autores, ó la de
Escritores y Artistas, ó el Ateneo, ó la Academia Española, ó todos juntos, ó
el primer buen español que tenga unas pesetas sobrantes, se apresuren á evitar
esa... pequeña vergüenza. ¡Ojalá pudieran evitarse á tan poca costa otras
mayores! La persecución de mujeres por esas calles, sin ir más lejos. Cualquier
medida que tomen las autoridades para ello, la más arbitraria, la más
draconiana, será bien recibida. Hasta la de obligar á esos hombres valientes,
insultadores de mujeres, á vestir las faldas-pantalones que tanto les indignan.
Si entre las mujeres hubiera verdadera solidaridad, ellas son las que debieran
correr por esas calles á esos varones sin otra apariencia de ello que el traje
masculino. Aunque, bien mirado, hay para compade[9]cerlos.
¿Qué mujeres tendrá ó habrá tenido en su casa el que no sabe que toda mujer es
tan respetable en la calle para todo hombre como si fuera mujer de su propia
familia? Pero, es claro, hay caballero que se echa á la calle, harto de haber
insultado con mil groserías á las de casa. ¿Qué no hará con las extrañas? El
hombre, como el caracol, lleva siempre su casa á cuestas. El que insulta á una
mujer en la calle, es que le sobraron insultos de los que acostumbra á dirigir
á su señora. O que devuelve los que su señora le ha dirigido, y no se atrevió á
contestar, y ¡el pobre hombre no ha de quedarse con ellos!
Las modernas indagaciones de la crítica artística
llevan la alegría por barrios. Cuando un Museo ó un coleccionista están más
ufanos con un Velázquez ó con un Rafael ó con un Greco, sale un señor crítico
de Arte aguándoles la fiesta con decirles que, lo que se creyó original, es
copia, ó alegrándoles el duelo con la afirmación con[10]traria.
Nadie sabe ya lo que tiene. Es para creer en todos los cuadros viejos y para no
creer en ninguno.
El Museo del Louvre se ufanaba de poseer la
verdadera Gioconda; nosotros mirábamos despectivamente la de
nuestro Museo del Prado. Se volvieron las tornas; durante unos cuantos años la
verdadera Gioconda será la nuestra. Aunque bien pudieran serlo
las dos, y aun no serlo ninguna. Esta Monna Lisa, tan traída y
llevada con el enigma de su sonrisa, quiere, por lo visto, ser enigmática en
todo. Leonardo de Vinci era artista minucioso hasta el resobado, y es lo más
probable que las dos Giocondas fueran, en su intención,
estudios y apuntes para una tercera, que acaso parezca el día menos pensado.
Mucha importancia concedía Leonardo al fondo de sus figuras, y hasta procuraba
infundirle algún simbolismo apropiado. Por esta consideración más parece
la Gioconda definitiva la del Louvre. Pero también pudo ser
que, para mayor enigma, le pareciera mejor fondo el fondo indeterminado de
la Gioconda de Madrid. ¡El demonio de la seño[11]ra!
Nada, que se ha propuesto dar que hablar por los siglos de los siglos. Bien
dijo su pintor y presunto enamorado: «Bella forma mortal passa é non d'arte».
Ya sé yo cómo resolvería este pleito uno de nuestros chulos castizos; diciendo
de una vez. «¡Vaya una tía Gioconda!» Sólo que, al pronunciarlo
mal, estaría en lo cierto.
II
La comedia novelada de D. Eugenio Sellés, Icara,
con satisfacer plenamente en la lectura, deja, no obstante, en nuestro espíritu
el sinsabor que deja una vida truncada que nos pareció encaminarse á muy otro
destino. No quiere esto decir que la serenidad del libro convenga menos, para
una obra de serio y noble arte, que el bullicio de los teatros. Obras hay, en
forma dramática, que nada ganarían al afrontar las luces de la batería: muchas
de Byron; los admirables poemas de Browning; algunas comedias, quizás las
mejores, de Musset. Pero Icara, no; se advierte, desde luego, que
nació para el teatro, y todo en ella pide la expresión vigorosa que sólo en la
representación escénica puede lograr la verdadera obra dramática. Icara se
malogra en el libro. Y cuando público, crítica y empresarios se lamentan de que
faltan au[14]tores y obras en consecuencia, ¿qué razones
hay, que la razón no alcanza, para que Icara no haya sido
representada? Descontemos la razón de méritos: tiene la obra muy sobrados,
literarios y teatrales. Interesante asunto, de una importancia social que se
sobrepone á lo que pudiera parecer de efímera actualidad. En cuanto á los
papeles, razón suprema muchas veces para la admisión de una obra, nada dejan
que desear al lucimiento de los actores. ¿Atrevimientos? Es el autor de Icara bien
probado señor de la pluma, para temer groserías de pensamientos y de lenguaje
en obra suya. ¿Por qué, entonces, Icara no ha sido
representada? No ha muchos días nos ofreció una espléndida empresa minuciosa
estadística de las obras representadas por su compañía; todo ello para
blasonar, á más de un trabajo constante, de una amplitud de criterio que sería
laudable si estuviéramos seguros de que era sincera. Lo cierto es que, sin
contar las que han dejado de escribirse, en la seguridad de que no hubieran
sido admitidas por ninguna empresa, acaso las mejores obras dramáticas de[15] estos últimos años impresas andan sin haber
logrado el favor de ese amplio criterio. Díganlo las tragedias bárbaras de
Valle-Inclán Aguila de blasón y Romance de lobos;
dígalo Icara; díganlo, del teatro extranjero, las verdaderas obras
de arte: unas, traducidas para ser publicadas; otras, no traducidas por no
perder el tiempo; mientras las empresas se desviven por traernos cualquier
«comedieta» sin importancia ó cualquier dramón, al que se ha concedido
demasiada. No es que me parezca mal, y cada uno en su casa es muy dueño de
hacer lo que mejor le parezca y más crea que le conviene; pero no se pretenda
darnos plaza de tontos, haciéndonos creer, cuando sólo se atiende á los legítimos
ingresos de la contaduría, que se piensa, sobre todo, en los altos intereses
del Arte.
El batallador obispo de Jaca, él pelea en Madrid y
la diócesis á la puerta, se opone, en nombre de la religión cristiana, á la
cremación de los cadáveres. No sabemos en[16] qué
texto sagrado podrá fundarse. No será, ciertamente, en el bíblico de la
destrucción por el fuego ¡ay, Teresita! de las ciudades nefandas Sodoma y
Gomorra. Si fuere, por dificultarse con la cremación, el prodigio final de la
resurrección de la carne, grave ofensa de la divinidad, nos parece suponer que
ha de serle más difícil resucitarnos de unas pavesas que de un montón de
huesos. El que nos hizo de la nada, aun de la nada volverá á sacarnos, y,
francamente, no valía la pena de molestarse.
No era preciso que el señor obispo de Jaca tronara
desde tan alto contra la cremación. Sin consideraciones religiosas de tanto
peso, ya basta contra ella la natural y humana repugnancia á desaparecer de
modo tan terminante. Queremos aferrarnos á la vida hasta en la muerte; de ahí
esa vanidad de monumentos funerarios, los epitafios rimbombantes, las
esculturas que perpetúen nuestra forma mortal. Los más descreídos en la
imperecedera existencia del alma creen todavía en lo imperecedero de la materia
al través de transformaciones; acaso creen que aun han de renacer,[17] con los jugos de la tierra, en la flor, en la
mariposa; que su «yo», su soberbio «yo», ha de existir por siempre, aunque algo
desperdigado. ¿Cómo es posible que al morir se anule por siempre tanta
grandeza? ¡Perderse así nuestras opiniones políticas, nuestros entusiasmos
artísticos, nuestras preocupaciones sociales! ¡Saber que nuestro juicio
particular sobre los más notables contemporáneos no significará ya nada en la
armonía universal! ¡Que habremos oído el vals de los besos de El conde
de Luxemburgo para no recordarlo en toda una eternidad! ¿Qué
significaría entonces esta vida nuestra? No es cosa de perder, por una medida
de higiene y de estética como la cremación, las posibles transformaciones de
nuestro cuerpo miserable. No defraudemos á los gusanos. ¡Es tan numerosa la
fauna de los sepulcros! Hay libros muy interesantes en que se estudia. Hay
gusanos especialistas de cada parte de nuestro apetitoso individuo: unos, para
el corazón; otros, para roernos los sesos; otros, los más golosos, tienen á su
cargo, como los del romance, «donde más pecado había».[18] Tienen
nombres distintos, nombres científicos, sonoros y expresivos. ¡Oh, es muy
curioso! ¡Animalitos! ¡Hermanos gusanos!—como diría San Francisco.—La cremación
sería una estafa para ellos. Dejemos á la Naturaleza completar su obra; sólo
ella es sabia, sólo ella sabe lo que nos conviene. De este modo, las cenizas de
Alejandro podrían tapar un barril de cerveza, como razona Hamlet en el cementerio.
¡Pobre príncipe! Aunque al morir sólo desea el silencio, como suprema paz para
su espíritu, antes había soñado para sus cenizas la posible utilidad de tapar
barriles. Todo, menos desaparecer del todo y para siempre.
He aquí por qué la cremación tiene tan pocos
partidarios. Entre una sepultura en la tierra y una pequeña urna en poder de
nuestros allegados... La tierra nos ofrece mayor seguridad. La familia puede
que perdiera la urna en una mudanza.
III
El señor obispo de Jaca es de incesante actualidad.
Los cronistas le deben un homenaje de gratitud. Su último grito es un
llamamiento á las plumas ociosas—no confundirlas con las ociosas plumas; de
dormir son éstas, y aquéllas de no dormirse.—El señor obispo tiene por lema: «A
Dios rogando y con la pluma dando». Si en su mano estuviera proponer alguna
inusitada advocación, en todas las iglesias de la cristiandad tendría especial
culto Nuestra Señora de la Rotativa. Es de agradecer este singularísimo aprecio
á las letras periodísticas. Pero ¡ay! en vez de tocar llamada á las plumas, ¿no
fuera más pertinente llamar á los bolsillos? ¿A qué están las plumas? No, no
es: «¡El que sepa escribir, que escriba!», lo que hay que gritar. «¡El que
pueda pagar, que pague!» Ahí está el toque, el verdadero toque de llamada. To[20]dos nos lamentamos de la indiferencia general, nadie se
apasiona por una idea, todas ellas están indefensas: las religiosas, las
antirreligiosas, las políticas y las artísticas. Y es que ¡está todo tan mal
pagado! La literatura, en general; la periodística, en particular, no halla
mejor recompensa que la de ser retirado de ella para ocupar algún puesto
oficial. No hay mejor premio para los que valen; de donde resulta que los
premiados, son baja por ascenso; los que quedan, baja por inútiles, y los
postergados por la soberbia ajena ó la modestia propia, baja por desilusión y
desmayo, por falta de esa interior satisfacción tan necesaria en todo
militante. Si el periodismo fuera por sí mismo un buen fin, y no un medio para
otros fines, nadie cambiaría su puesto de honor en el combate por otros puestos
que han de quedar indefensos al faltar los mejores para defenderlos. Entre los
que van de pasada, con la ambición más alta, y los que á nada pueden aspirar,
ya desesperanzados, las ideas quedan á merced del enemigo, abandonadas como
impedimenta. Menos cargos[21] políticos y mejores
sueldos. Así habrá menos impaciencias y menos desfallecimientos. ¡El que pueda
pagar, que pague! Veremos entonces cómo todo el que sepa escribir, escribe.
Procure, procure el señor obispo de Jaca conmover el bolsillo de los fieles,
funde un periódico, pague á los periodistas con sueldo de obispo y verá leones
defendiendo los obispados. Con 25 ó 30 duros al mes, ¿qué ha de hacer el
redactor del periódico más piadoso sino ayudarse y defenderse escribiendo algún
entremés para el Salón Madrileño, sin licencia del ordinario? Y ¿qué ha de
hacer el redactor del órgano más revolucionario más que escribir los gozos á
unas monjitas, si se los encargasen? ¡Felices los que ignoran lo que pueden
pesar 25 pesetas sobre nuestras convicciones más íntimas y nunca hicieron
traición á una idea por menos de dos ó tres millones!
Las tiples han dado en fugarse. Es el modo más
delicado de participarnos su[22] efectuado enlace,
que no sería bien anunciar más claramente. Hoy todo se anuncia, hasta las
defunciones de la virtud; para las que está más indicado que en ninguna otra
el: «Se suplica el coche».
¡Y hay quien cree que en el teatro todo es
libertad! Ya ven que no es así, cuando las tiples necesitan fugarse para poder
amar libremente. Hay muchas señoritas de buena casa que, para mucho más, no
pasan de la escalera. Verdad es que unas piensan en el contrato matrimonial, al
que nada favorecen los anuncios previos, y las otras en la contrata artística,
á la que favorece cualquier reclamo, aunque sea de codorniz y tan redoblado
como el de las «verdecillas» del sainete. Ya se pagará á las tiples por fugas; siempre
es una garantía de buenas formas y hasta de algún conocimiento musical, á falta
de otros. Con todo esto, los perjudicados son el público y los empresarios; no
porque se fuguen, sino porque vuelven.
Algunos escritores de provincias claman contra
nosotros los de Madrid porque, según ellos, tenemos establecido un trust de
los bombos y nos pasamos la vida en batalla de flores: elogio va, elogio viene;
siempre entre los mismos del corro. Y ¿qué se le va á hacer si el corro es tan
reducido? Pero ¡lo que son las cosas y qué difícil es contentar á todos! Aquí,
aun de los del corro, hay quien se queja si no se le cita á cada paso y se deja
pasar sin referencia la comedia, el libro, la crónica ó el artículo. Claro está
que sería preferible fuera el público quien nos diera á cada cual lo nuestro y
nosotros lo suyo al público; pero con público tan indiferente y distraído, ¿no
será obra meritoria la de bombearnos los unos á los otros? Ya procuramos
destruir el efecto de las caricias públicas con los arañazos y mordiscos
privados. ¡Pues sí que reina la paz entre los príncipes cristianos! Da gusto
discurrir por cualquier Círculo literario.—¿Has leído la imbecilidad que
publica hoy Fulano?—Nunca leo esas latas.—¿Has leído lo que dice de ti el
idiota de Mengano?—Esto[24] cuando se trata de un
elogio, para darle todo su valor.
Y se habla mal de todo lo que se lee, y peor de lo
que no se lee; y todo es tabarra, todo es lata, ¡tan vaporosos estamos que todo
nos pesa! Y nada es original y todo está dicho, ¡tan enterados estamos de todo!
Dejad, dejad que funcione el bombo mutuo; es cuanto
queda de agrado y cortesanía en nuestras relaciones literarias. ¿Será mejor que
nos destrocemos los unos á los otros y los artículos sólo sirvan para alabanza
de los políticos y de los sportsmen, de las marquesas viejas y de
los toreros; las críticas de teatros para celebrar las decoraciones y el rumbo
de los empresarios y la belleza de las espectadoras, y que todos suban,
triunfen y medren sobre nuestras costillas, molidas por nosotros mismos? ¿Para
todos hemos de guardar el secreto y entre nosotros no hemos de guardarlo? ¿Vale
el público más que nosotros, para que le debamos la verdad? La verdad es para
los iguales. El que quiera saberla, que llegue con la inteligencia ó con el[25] corazón. Y si aun hablando bien unos de otros no
engañamos al público sobre nuestro mérito, ya que nos crea malos escritores que
nos crea siquiera buenas personas.
IV
Todos los años nieva en primavera y todos los años
reaparece el invierno por Abril ó por Mayo, con un frío, según frase
consagrada, impropio de la estación. Todo esto no tiene nada de particular; lo
particular es que, sucediendo lo mismo todos los años, todos los años nos
produzca la misma sorpresa, como algo fuera del orden natural.—¿Ha visto usted
qué frío se nos ha echado encima? Aquí todo se nos echa encima: la nieve, como
la revisión del proceso Ferrer, como el problema de Marruecos. Nada se aprende
de un año para otro. En el año próximo volverá á nevar en primavera y volverá á
parecemos que la Naturaleza padece graves trastornos y volveremos á
sorprendernos del frío impropio de la estación.
En las actuales circunstancias, la nieve ha sido
tal vez la más elocuente manifestación de la opinión pública; el verdadero[28] jarro de agua fría sobre el ardor, más ó menos
sincero, de tantos acalorados discursos. La temperatura de la calle no ha
correspondido con la del salón de sesiones. Verdad es que ¡tan pocas veces está
á tono lo que se discute dentro con lo que se opina fuera!
Los que se habrán tranquilizado mucho serán todos
los que se hallan bien avenidos con el orden social, venga de donde venga y lo
imponga quien lo imponga. ¡Si estarán convencidos de la apacible condición de
nuestros revolucionarios! Para una vez que podían disputarse la gloria de haber
intervenido en una revolución, chica ó grande, todos, por el contrario, han
procurado á toda costa convencernos de que ni ellos ni sus amigos pudieron
tener la menor intervención en ella. ¡No faltaba más! Ellos no están conformes
con nada de lo existente, pero en el fondo son gente de orden. Con creyentes
así poco hubiera prosperado el cristianismo. Al primer mártir[29] sacrificado,
en vez de ensalzarle por su fe, hubieran tratado de probar que era tan pagano
como el primero y que su martirio... había sido una lamentable equivocación
imperial; con lo cual el calendario hubiera perdido un santo y mártir y el
emperador se hubiera quedado tan fresco. Yo no sé, pero me parece que siempre
es más lucido ser mártir de las ideas propias que de las ajenas.
Sin eufemismos de contaduría, Ivette Guilbert ha
sido un fracaso ante nuestro público. ¿Por falta de ambiente? No puedo creerlo:
el público que asistía á la presentación de Ivette Guilbert era justamente el
público selecto para quien París y sus artistas no son una novedad ni una
rareza. ¿Es que la artista ha perdido con los años? No, Ivette Guilbert ha
ganado físicamente, y artísticamente, si nada podía ganar, porque en su arte
llegó á la perfección hace mucho tiempo, nada ha perdido tampoco. Su repertorio
es hoy más variado, más extenso; á las canciones canallescas y maca[30]bras, que eran su especialidad, ha unido canciones del
siglo xviii, ingenuas unas, como canciones de niñas al corro; galantemente
picarescas otras. Ivette Guilbert es la Duse de este género, que, por ser muy
de Francia, no es de un particularismo tal que no pueda interesarnos y
justifique el desvío de nuestro público. No hay arte chico ni grande; hay
artistas muy chicos y grandes artistas. Ivette Guilbert sabe hacer de una
canción una comedia ó una tragedia; en su voz, en su gesto, en sus actitudes,
viven, á cada estrofa, almas diversas. ¿No es todo un drama la canción Le
roi fait battre tambour—escrita á la muerte de la famosa Adriana
Lecouvreur?
El público de Madrid ha sido injusto en esta
ocasión. Es ya tarde para reparar la injusticia. Se comprende que haya público
para todo, y hasta me parecería mal que todo el público entendiera de todo,
mientras haya clases; pero, la verdad, que precisamente cuando hay que admirar
verdadero arte sea cuando falte el público, es algo triste.
Gracias á los que se interesan por mi salud ó por
mi estado de ánimo cuando falta una Sobremesa. Váyase por los que
desearían que reventara de indigestión en una de ellas. Gracias también á los
que creen que algunas, por impublicables, van al cesto de los papeles. Basta
con que sepamos que no es así los que debemos saberlo. La verdad es que no ha de
trabajar uno siempre para fuera y quizás escribe uno más cuando menos escribe,
y aun en páginas más duraderas, y no siempre está uno para expansionarse, y más
cuando se va para viejo, y rara vez rompería uno el silencio de oro sin
apremios de plata. Conque ya lo saben todos los molestos ó contrariados con que
uno escriba: no tienen más que organizar una suscripción, á unas pesetitas por
molestia, y yo prometo no volver á tomar la pluma en mi vida, ni aun para
agradecerles la mala voluntad de su buena obra. Con dinero se arregla todo.
V
Yo no sé si se ha escrito—la erudición no es mi
fuerte;—pero de no haberse escrito, debiera escribirse un libro de las
procesiones de Semana Santa en España. Decía un gran actor francés, maestro de
actores, que el verdadero actor debe aprovecharse, en primer lugar, de sus
buenas cualidades, y, en segundo lugar, de las malas. Este buen consejo puede
hacerse extensivo á toda persona, cualquiera que sea su condición social, y á
todos los pueblos, cualquiera que sea su estado de civilización. Cuando no se puede
sobresalir por adelantados, se debe procurar sobresalir por el atraso; el caso
es sobresalir de algún modo. Esto de las procesiones no es precisamente como la
aviación ó la telegrafía sin hilos; pero es mucho más pintoresco y mucho más
castizo y, bien anunciado, pudiera ser de una gran atracción[34] para
los extranjeros, curiosos de algo típico, cada vez más escaso, por culpa de la
civilización, tan niveladora de costumbres como desniveladora de peculios. Sólo
las procesiones de Sevilla han conseguido lo que ahora se dice reputación
mundial. Sin rebajar nada de su bien ganado renombre, hay muchas otras que
merecen ser conocidas. Las de Murcia, con sus imágenes de Salcillo, el Murillo
de la escultura española, y, con él, una de las pocas notas de dulzura en el
Arte español; con aquel ángel de la Oración del Huerto, bello como los de
Rafael, símbolo artístico, al erguirse en su pagana belleza sobre la postración
dolorosa del Nazareno, de todo el Renacimiento, protestante en nombre de la
vida triunfadora y del Arte embellecedor de la vida.
Las procesiones de Cartagena, con pasos de
Montañés, de Salcillo, comparación interesante. Las de Lorca, de primitiva
ingenuidad, con sus escenas bíblicas y evangélicas, representadas por
personajes de carne y hueso; reñidas competidoras en propiedad y en lujo. Y en
poblaciones más humildes, en pueblos ignorados, ¡qué tesoros[35] de
observación para el curioso! Las legiones de armados, los nazarenos, el
pretorio con sus trompetas destempladas... Y sobre la devoción y la austeridad
y las tinieblas en el templo, y las Siete Palabras en el púlpito, y los siete
cuchillos clavados en el corazón de la Dolorosa, y sobre la Cruz redentora y el
Santo Sepulcro, miradas y palabras y silencios de amor y de deseos que van
encendiéndose por la boca y por los ojos de hombres y mujeres... Y la vida
triunfa sobre toda tristeza, como el ángel murciano en la Oración del Huerto.
Las Sociedades de aficionados protestan contra el
aumento en los derechos de representación de las obras teatrales exigido por la
Sociedad de Autores. Todo el que conozca la organización íntima de esas
Sociedades ha de estar conforme con la protesta. No se comprende que pueda
haber animadversión contra ellas por parte de los autores, de los actores ni de
los empresarios. Para estos últimos, las Sociedades de[36] aficionados
son una saneada fuente de ingresos; los actores no deben, sin ingratitud,
mirarlas con malos ojos; casi todos se dieron á conocer en alguna de esas
Sociedades, que vienen á ser las novilladas del arte dramático. En cuanto á los
autores, por ellas ven popularizadas sus obras y por ellas ven representarse
obras de repertorio olvidadas por las empresas. Las Sociedades apenas cubren
gastos; de su desinterés no cabe sospechar. Son un interesante ensayo de
socialismo aplicado al fin de proporcionar honesto recreo á muchas familias que
no pueden pagar el lujo del teatro, si barato en Madrid, comparado con otras
grandes capitales, muy caro en comparación con la riqueza de esas capitales y
la madrileña.
Con la subida de los derechos sólo se conseguirá,
como siempre, que la autoridad se excede, que el favor solicitado con
recomendaciones se sustituya á la justicia, y, como el favor no es nunca
equitativo ni desapasionado, todo parará en intrigas, desigualdades y molestias
para ambas partes beligerantes: Sociedades dramáticas y[37] Sociedad
de Autores. De nada sirve el general acuerdo si, después, unos autores ofrecen
rebaja en sus derechos, y otros, por el contrario, exigen montes y morenas y
anticipos y un número fijo de representaciones, cuando de obras estrenadas con
aplauso se trate. Todo ello sólo sirve para que medren los que están en el
secreto y hagan el tonto de la pantomima los que se atienen á la letra de los
reglamentos. Lo mejor sería dejar á cada uno en libertad de estipular sus
derechos con las empresas y con las Sociedades. Y ya que todo sea comercio,
libertad de comercio y competencia libre. Es el sistema inglés, y hemos
convenido en que Inglaterra es el mejor modelo para todo.
El prefecto de Atenas ¡oh, cuán poco ateniense! ha
dado á rajatabla la orden de que todas las artistas extranjeras que se exhiben
en los teatrillos y salones—cines en griego—sean sometidas—¡oh, manes de Friné!
¿dónde hallar aticismo para ex[38]presar el ultrajante
concepto?—á una inspección facultativa, muy relacionada en verdad con algunos
dioses de la Mitología: la diosa del Amor y el dios del Comercio; pero, hasta
ahora, nada relacionada con Apolo, dios de las Artes, á no ser por parte de hijo,
ó sea Esculapio, dios de la Medicina.
Las ofendidas han puesto el grito en el Olimpo, y
mientras, de allí vienen los rayos, en sus Embajadas y Consulados respectivos.
Sí que hay para una intervención. Por lo pronto, en la primera ojeada han
resultado dos virtudes sin detrimento. No es mal reclamo, con certificación
facultativa y todo. Pero el que luzcan dos virtudes no es razón para deslucir
las de otras señoritas. Siempre se dijo que las comparaciones son odiosas.
Aparte de que es ocasionado á errores localizar la virtud en estos tiempos, y
la ciencia no ve el fondo de los corazones.
Lo malo será que algún prefecto de por acá se
sienta helenista y quiera traducir al ateniense. Cierto que hay escenarios por
esos teatros que más parecen aceras, y[39] aun
arroyos; pero, en fin, aunque en ellos el Arte no sea ni su sombra, todavía
debe amparar con su nombre á las pobres mujeres que en él buscan sagrado. Y, en
todo caso, la inspección no debiera aplicarse sólo á las artistas, sino á los
espectadores, especialmente al cerebro. Puede que no se encontrara uno sin
tacha, como la virtud de esas dos chicas, en Atenas.
VI
Por los que hacen ostentación de lo superfluo
cuando lo más preciso escasea, se dijo: «Gran tocado y chico recado». Nuestra
vanidad de hidalgos ha cambiado los términos, y ahora, con el monumental
evacuatorio de la Puerta del Sol, bien puede decirse de nosotros lo contrario:
«Chico tocado y gran recado», con la significación que la palabra recado tiene
en Andalucía.
Si las preciosas ridiculizadas por
Molière poetizaban, denominando Le superflú de la boisson, á lo que
tiene más bajo nombre, los madrileños hemos puesto una superfluidad al servicio
de esas superfluidades.
El suntuoso evacuatorio vendrá á ser, como el
mondadientes paseado por aquellos hidalgos del siglo xvii: más para
engañar la curiosidad ajena que el estómago propio.
Todo quiere principio, y bueno es empezar por algo,
aunque se empiece por el final; como en este caso se ha procedido, en el orden
de las funciones digestivas.
Lo que no me parece tan bien es el emplazamiento;
pues si Madrid es el centro de España y la Puerta del Sol el centro oficial de
Madrid y de ella ha venido á ser ornamento principal, con perjuicio del
ministerio de la Gobernación, ese precioso evacuatorio, véase lo que viene á
ser el centro de España. Esperemos que no haya confusión en tiempos de
elecciones y cada asunto se despache en su departamento adecuado.
Un periódico de París, en cariñoso saludo de
despedida á Mlle. Sorel, la pronostica un gran triunfo entre nosotros y nos
dice de paso que, gracias á la bella socia de la Comedia
Francesa, podremos aquí admirar esos monumentos de la literatura francesa que
son: Demi-monde, Antony, L'Aventuriere,
etc.
De ayer por la tarde fué cuando D. José Valero
representaba el Antony, de Dumas padre, y también de hoy por la
mañana cuando la Virginia Marini, en italiano, y María Tubau con Emilio Mario y
Sánchez de León, en castellano, nos dieron á conocer el Demi-monde,
de Dumas hijo. En cuanto á L'Aventuriere, representada en el teatro
de la Comedia, de Madrid, por Coquelin, admirable de todo punto en el papel de
D. Aníbal, el rufianesco hermano de doña Clorinda, había sido representada
muchos años antes, en excelente traducción, no recuerdo ahora si de doña
Gertrudis Gómez de Avellaneda ó de doña Carolina Coronado. De modo que si no es
por mademoiselle Sorel, nos quedamos tan ignorantes.
Algo hubiera ganado la distinguida actriz con
seguir cultivando nuestra ignorancia y dejarnos la impresión de su elegante
silueta en la favorable y lejana irrealidad de las postales y de las cajas de
cerillas, poetizada por ese encanto en que París envuelve á sus artistas,
siempre hermosas, siempre jóvenes, siempre espirituales, siem[44]pre
vestidas de armiños y de encajes, siempre cubiertas de perlas y diamantes...
¡Oh presencia, presencia, destructora de encantos! Ayer fué la Cleo de Merode,
hoy es la Sorel... Los adolescentes ilusionados que os vieron de cerca, ya no
volverán á extasiarse ante las postales y las cajas de cerillas. ¡Oh princesas
lejanas, como la de Rostand! ¿Por qué os acercasteis nunca para decirnos que no
sois como érais?
Los tripulantes de un barco, en mares de Australia,
han presenciado la más descomunal batalla imaginable. Treinta y seis ballenas
machos luchando por una sola hembra, Elena de esta Iliada entre
cetáceos. Ya no es sólo por las calles de Madrid por donde no puede andar una
señora sola. Cierto que los batalladores cetáceos tenían en su disculpa la
enorme desproporción entre el género masculino y el femenino. ¡Treinta y seis
para una! ¡Pobre ballena, que no encontraría en tal apuro ni á un pez espada
para defenderla!
Este suceso es el que ha determinado, sin duda, la
formación de una Liga contra la pornografía. Todos los días no puede uno
hacerse cargo de todo; así es que cada cuatro ó cinco años nos hacemos cargo de
una cosa. Ahora que va decayendo la pornografía, conseguiremos que vuelva á
tomar incremento con dedicarnos á combatirla.
Parece ser que el medio indicado es el sport.
¿De veras? ¿No será el exceso de sport y el de los ejercicios
físicos lo que haya embotado las inteligencias para goces más espirituales y
más artísticos? Adviértase quiénes son los que gozan en el teatro con las
groserías y las marranadas; no son los que han leído á Ibsen: suelen ser los
que se aburren con la representación de cualquier obra de verdadero arte.
¿Quiénes son los que leen las novelas pornográficas? Los que no leen ninguna
otra, porque nada dice á su inteligencia.
Bueno está fortalecer los músculos; pero no estará
de más fortalecer el cerebro. Un error lamentable de educación tiende á
suprimir todo esfuerzo mental en el estudio, ya nadie quiere calentarse la
cabeza; que[46]remos que todo sea agradable, fácil,
ligero; ya todo el lata para el vaporoso cerebro moderno.
Es preciso que la inteligencia tenga también su
gimnasia; porque si durante todo el día no hemos hecho más que correr, saltar y
darnos de puñetazos, ¿cómo vamos á entender por la noche La vida es
sueño mejor que unas canciones por todo lo bajo y un garrotín por todo
lo alto?
Yo sé que en los tiempos de mi juventud nos
obligaban á estudiar con trabajo, y todo el sport era algún
marro, jugado en algunos sabrosos novillos; pero sé que llegaba un domingo por
la tarde y preferíamos gastarnos los cuartos de nuestro pobre peculio de
estudiantes, en admirar á Elisa Boldún y á Rafael Calvo en alguna obra del
teatro antiguo. Y los mozos de ahora se van al cine á
relinchar como potros, á insultar á las pobres mujeres, y cuando van á un
teatro serio, por moda, no por gusto, creen que es todavía el cine.
Pues estos mozos son los que, por higiene, tienen seis horas de gimnasia,
de sports, de armas, y media hora de estudio ligero, muy ligero, no
se caliente el[47] niño la cabeza. No; más vale que
se le rompa por fuera de un golpe ó de un batacazo, que no se le caldee por
dentro al chocar de dos ideas.
VII
Debe de ser un encanto gobernar un país, como ser
jefe de una familia en que reine de continuo la mayor unanimidad de pareceres.
Si el Gobierno no se ha enterado todavía de la verdadera opinión nacional en
los asuntos de Marruecos... Unos que: «Vamos allá, que para luego es tarde, que
allí está nuestro porvenir». Otros que: «Nada tenemos que hacer allí, que
Marruecos es como los amores y las zarzas, donde, según el refrán, quien en
ellos se metiere entrará cuando guste, mas no saldrá cuando quisiere».
Hay señor, de los expansivos y belicosos, que, como
caballero particular, le basta con un piso muy reducido, con habitaciones de un
metro en cuadro, para todas sus expansiones; pero, como ciudadano español, teme
ahogarse entre las fronteras naturales y le parece que le va á faltar aire si,
por abajo,[50] no llegamos hasta Tetuán y, por
arriba, hasta qué sé yo dónde; como si, por mucho que se dilaten las fronteras,
no vinieran á parar al fin en vecindades más ó menos molestas y peligrosas. El
Imperio universal está muy desacreditado, por aquello de: «Quien mucho abarca,
poco aprieta». Y nadie abarcó ni apretó más que nosotros, y no es cosa lo que
nos ha lucido el pelo.
Otros lo toman por lo agrícola, y como en España ¡á
Dios gracias! ya no queda sitio para plantar una mata de habas, se extasían
considerando las siembras y plantaciones que podemos extender por los
territorios conquistados. Por aquí, tabaco; más allá, pimientos; detrás, unas
coles, y, entre col y col, lechugas. ¡Qué porvenir, qué riqueza!
A todo esto, la verdadera opinión, que, como
siempre, es la que nada dice, y hace mal, como siempre, piensa que: del lobo un
pelo, y de la hermosa Dulcinea de esos andantes caballeros, que no andan, un
retrato, siquiera tamaño como el blanco de una uña; como pedían los mercaderes
á Don Quijote, para proclamar, con algún[51] fundamento,
la soberana beldad de su dama.
Lo cierto es que, de América, con todos los errores
y todas las torpezas, se sacó algún provecho, y aun colea; pero de Africa no
sacamos más que romances; muy heroicos, pero nada prácticos. Las guerras
modernas van por otros caminos. Los ejércitos son hoy avanzadas de los
viajantes de comercio. Pero es muy triste cosa que, cuando un ejército se haya
cubierto de gloria y pueda decirnos: «Aquí está todo este territorio que os
hemos conquistado», haya que responderle: «¿Y qué hago yo con esto?»
¡Dichosos tiempos éstos en que, por cada pierna que
podemos mover, y aun echar por alto, tenemos una liga que nos sujete y nos
impida andar en malos pasos! Hay ligas femeninas, hay ligas masculinas, las hay
de ambos sexos; las hay para todo y contra todo. Esta de ahora, contra la
pornografía, promete ser de las más batalla[52]doras.
¿Será verdad que estamos tan encenagados? ¿Se escriben y se publican más libros
pornográficos que en otros tiempos? ¿El teatro es más inmoral que lo ha sido
nunca? ¿Se escandaliza por esas calles como en ningún otro período histórico?
Yo creo que no; lo que yo creo es que ahora, como
nunca, le ha dado á todo el mundo por enterarse de todo y por hablar de todo,
y... ¡oye uno á señoras y señoritas, niñas y niños, tratar de unos asuntos!
Sucede como en esos países de clima templado en que las casas están mal
acondicionadas para el invierno: cuando quiere uno estar abrigado, hay que
echarse á la calle. Lo mismo es con la pornografía moderna. La calle está á
mejor temperatura que las casas.
Ciertos libros, ciertos teatros, solicitan á un
público especial. ¿Qué culpa tienen ellos de que todo el público los busque?
Los que se indignan con la literatura pornográfica, ¿están seguros de haber
dispensado su protección á la literatura honesta? Los que protestan contra las
obras inmorales en el teatro, ¿están seguros de no ha[53]berse
aburrido en la representación de alguna comedia moralísima?
No me cansaré de decirlo; lo que llamais
pornografía tiene su origen principal en la exagerada ñoñería. Por ñoñería
cultivais la incultura, y ahí tenéis el fruto. Impedís que vuestros hijos y
vuestras hijas afronten cara á cara, como la luz del sol, una verdadera obra de
arte, y, es claro, como algo han de leer, leen á escondidas cualquier
porquería; y como no tienen formado el gusto para saborear cosa mejor, les
parece excelente.
Si no les permitís admirar las obras maestras de la
escultura, ni los desnudos del Tiziano, ¿cómo no han de recrearse, á
hurtadillas, con alguna colección de postales que sólo puede causar asco en
quien más alta y más pura belleza haya contemplado?
Cuidad de vuestros hijos en casa y no os cuidéis
tanto de la calle; que nadie sale á buscar en ella lo que le prohibieron que
buscara, sino lo que le enseñaron á buscar.
VIII
En los Estados Unidos un matrimonio ha realizado,
efectivamente, ese duelo á muerte que es todo matrimonio. La esposa, el
adversario, según Capús, lo ha sido en este caso con todas sus consecuencias.
Con mayor lealtad, al batirse á pistola con su marido, que tantas otras mujeres
en ese duelo continuo á pinchazos, pellizcos y mordisquitos—morales, por
supuesto—que tienen su campo de honor á todas horas, en la mesa, en el
despacho, en el cuarto de costura, en el mismo tálamo, y por testigos, á
parientes, criados, vecinos, visitantes y á la misma prole de los combatientes.
—Contigo no hay quien pueda. No haces más que
tonterías. Ahí tienes á Fulano; ¡si fueras como él! ¿Por qué seremos tan tontas
las mujeres honradas?—¡Oh, la perfecta comunicación de vidas! ¡Oh, mujer
nuestra, nunca nuestra! Si sabemos algu[56]na vez cuál es
tu pensamiento, es porque piensas siempre lo contrario, y aun sabes burlar
nuestras suposiciones, pensando en una distinta contrariedad contraria á cuanto
pensamos. Tú eres la conciencia del hogar cuando, por la Patria ó por la
Humanidad, sacrificamos conveniencias familiares, y eres la conciencia
acusadora, en nombre de la Patria y de la Humanidad, si nos dejamos seducir por
tu voz de sirena doméstica. Nos quieres mezquinos por ti, y nos quisieras
después grandes á pesar tuyo.—Déjate de cuentos; sé como todos—nos dices
antes.—Déjate de cuentos. ¿No ves cómo eres lo mismo que todos?—nos dices
después.
¿De qué es tu cariño, que siempre nos quiere otros?
¡Oh, mujer nuestra; siempre dolorida; malograda siempre, y nunca nuestra!
Al aficionado de sangre—no diremos á la sangre, por
no ofenderle—no le basta con la lucha entre el torero y el toro; necesita[57] que haya lucha también—en este caso se llama
competencia—entre los toreros. Cuanto mayor y más enzarzada es la competencia,
mayor brillantez logra el espectáculo. No hay duda; del toro puede huirse, pero
¿cómo huir del competidor que viene azuzando? En todos los órdenes de la vida
es bueno que haya conservadores y liberales, y hasta revolucionarios á la
expectativa, que son los no contratados, que de todo murmuran. ¡Pues digo si
los que van llegando y los que están al llegar no empujaran á los que han
llegado! ¿Qué sería de nosotros si Maura y Bombita, La Cierva y Machaquito se
vieran dueños y señores del redondel? Por fortuna, las empresas comprenden sus
intereses y avivan la competencia. El que quiera torear que no sea
conservador... de su piel. Y el que quiera gobernarnos que no sea liberal... de
la nuestra.
Como nuestra buena amiga, la de Trafalgar, nos ha
salido algo «cocota», pero de las[58] prácticas,
ahora hemos caído en la cuenta de que mejor nos hubiera estado poner nuestros
amores y nuestra confianza en la señora Germania, que, aunque burguesota y
carillena, es señora formal y de peso.
A buena hora, mangas verdes; para que nos respondan
con el ademán más adecuado á esa parte de la indumentaria. Bien que, para
justificar nuestra conducta, podíamos recordar el cuento de aquella novia á
quien, en vísperas de la boda, el novio apremiaba para la concesión de ciertos
anticipos á cuenta, y como ella se resistiera bravamente, y después de todas
las ceremonias nupciales el novio la dijera: «Anduviste muy discreta; si me
haces el menor anticipo, no me caso contigo»; ella entonces, con la mayor inocencia:
«Sí, ¡que soy yo tonta! Ya me había pasado dos veces».
De donde se deduce que para sacar marido ó aliado
no conviene hacer el menor anticipo, sino estar á las resultas, que es la mejor
proporción y acomodo.
Max Rheinhardt, el primer director escénico de
Alemania, ha obtenido un triunfo de alabanzas, de burlas y de discusiones en la
representación, en la pista de un circo, del Edipo, de Sófocles, y
el Ricardo II, de Shakespeare. La prueba es digna del inteligente
director, y según sus admiradores incondicionales, en los tiempos modernos no
se había logrado tan exacta presentación de la tragedia griega en toda su
grandeza. El coro, verdadero protagonista en ella, recobra así toda su
importancia, invadiendo la pista por diferentes partes, como verdadera masa
popular, interviniendo en la acción á cada paso espectador y actor al mismo
tiempo.
En cuanto al Ricardo II, de
Shakespeare, como todos los dramas históricos del mismo autor, creo que sólo en
un circo pueden hallar su verdadero escenario. Allí pueden evolucionar
guerreros y caballos; allí pueden sucederse los varios episodios, todos
interesantes y todos necesarios. Y, en efecto, las representaciones primitivas
de esas obras, en tiempos de su autor, actor y empresario, más semejanza tenían
con la[60] representación de una pantomima de circo
en nuestros tiempos, que con las representaciones de esas mismas obras en
nuestros modernos teatros. Los actores pasaban á caballo entre el público; como
aun hoy, por tradición teatral, puede verse en Granada, en las representaciones
de la famosa Toma, y como era uso también en nuestros corrales; y actriz hubo,
como la Bárbara Coronel, más celebrada por su arrogancia de amazona que por sus
méritos de comedianta.
Todo vuelve á fuerza de buscar novedades, y el
mayor progreso escenográfico está en volver á la sencillez de los teatros
primitivos. El teatro vive, ante todo, de la imaginación, y á la imaginación, ó
se la engaña con muy poco ó no se la engaña con nada. Hay algo con que se la
engaña siempre: el interés y la emoción. Sófocles y Shakespeare no necesitaban
de los ojos del espectador; con los oídos les bastaba.
IX
Después de leer el libro L'art de bien
tenir sa maison, publicado en París por la biblioteca «Fémina», cae uno en
la cuenta de cómo es preciso renovarse ó morir, según la frase de Gabriel
D'Annunzio. Hay que renovar nuestra educación cada diez años, por lo menos, si
no quiere uno caer en graves faltas de tacto y de buen gusto. Parece que esto
de la urbanidad y del trato social debiera estar sujeto á leyes más
permanentes; nada de eso; lo que ayer era exquisita cortesía, hoy es
ordinariez; lo que ayer acreditaba á cualquiera como hombre de sociedad, hoy le
pondría en el más lastimoso ridículo. La exacta observación de las famosas
máximas del barón de Andilla podrá hacer del más zafio patán el más cumplido
cortesano. ¡Eran tan claras, tan sencillas, tan aplicables! Ya por los tiempos
de su publicación empezaba á desecharse[62] tradicionales
reglas de buena crianza. Dice el barón:
«Hoy, en la mesa principal, es uso
servir trinchado ya: sistema ruso.»
Nadie ignora que allá en los años en que Larra
escribía su Castellano viejo, nada acreditaba tanto á una persona
de finura y cortesanía como su habilidad en el arte cisoria, mostrada al
trinchar un ave entre la admiración y el aplauso de los comensales... Arte y
habilidad perdidos, cuya tradición sólo conservan algunos cirujanos modernos,
tal vez por atavismo, tal vez porque consideren, como el filósofo, que el
hombre es un ave sin plumas.
Lo cierto es que ha de estar uno siempre pendiente
de estos utilísimos Códigos de la buena crianza, que, con los títulos de El
modo de vivir en sociedad, El perfecto caballero, La
verdadera gran dama, El arte de servir la mesa, La
educación y las buenas maneras en sociedad, Las buenas formas en el
cine, y otros por el estilo, más ó menos afrancesados, como á toda fiel
traducción corresponde, nos impiden estar en[63] ridículo
ante las nuevas generaciones. Ya debe uno entrar con los guantes puestos en un
salón, ya debe uno quitárselo; ya debe uno besar la mano á la señora de la
casa, ya no debe besarse nada; ya está bien ofrecer el brazo á las señoras, ya
es una ridiculez de mal tono; ya deben presentarse unas á otras todas las
personas reunidas en un salón, ya no debe presentarse á nadie para no imponer
nuestras relaciones, aunque el sistema de la abstención es muy peligroso.
¡Cualquiera empieza á murmurar de nadie en una reunión donde la mayoría de las
personas nos son desconocidas! A lo mejor suelta usted su murmuración y se hace
un silencio de hielo; mira usted á su alrededor y todo son risitas mordidas
para no soltarlas; sólo ve usted dos caras muy serias: la de la señora de la
casa y la de otra señora. No hay duda: se ha metido la pata. Y si la murmuración
se dificulta, ¿de qué se habla en sociedad? El tema teatral se agota pronto.
¿De toros? No es conversación para señoras y pueden hallar alusiones molestas
en lo más inocente. Yo creo que, no sólo se debía presentar á todo el mundo,[64] sino que todos debiéramos llevar colgado un
pequeño cuadro de nuestra genealogía: profesión, opiniones religiosas y
políticas, asuntos de que se puede hablar en nuestra presencia y asuntos que no
deben mentarse. En toda reunión está siempre pendiente la plancha de Damocles,
pronta á caer sobre la cabeza del primer indiscreto.
¿Y las comidas? Cualquiera se sienta hoy á una mesa
de etiqueta sin llevarse muy aprendido el destino y aplicación del sinnúmero de
utensilios de diferente forma indispensables en toda mesa de buen tono. Pinzas,
garfios, tijeras, cuchillos de mil formas: unos para comer los espárragos con
pulcritud; otros para triturar con gracia los cangrejos; un chisme para cada
cosa, y viceversa. ¡El ideal feminista! Una mesa moderna parece el aparador de
un dentista, con su imponente colección de instrumentos relucientes. Y ya se
estila adornar la mesa; ya es de mal gusto recargarla de adornos; y hoy no es
de buen gusto comer mucho pan; y mañana se debe comer tostado... Hay para
llenar una existencia con el estudio de estas que no pueden considerarse me[65]nudencias, pero que á lo mejor deciden de nuestra suerte
en la vida.
Publicación muy interesante y muy digna de que se
solicite atención para ella es la nueva revista Archivo de
Investigaciones Históricas. Por el contenido de los números publicados
puede apreciarse su importancia. Seguramente su editor no aspirará á
enriquecerse con ella; ya se contentará con no empobrecerse, de dinero y de
ilusiones, que también valen algo. En España no hay gran afición á los estudios
históricos documentales, y mucho menos á enfrascarse en la lectura de
documentos auténticos. Estudiamos la Historia; mejor dicho, nos la dan
estudiada, si estudiar puede llamarse á esto, por grandes síntesis. Las grandes
síntesis son de una gran comodidad. Con decir: «La Historia se divide en tres
edades: antigua, media y moderna»; con atribuir á cada una de ellas un carácter
general, según las opiniones políticas del historiador, ya estamos al cabo de
la calle y de los siglos. Y es lás[66]tima, porque sólo
por el conocimiento de la Historia puede formarse la verdadera conciencia de un
pueblo. Si la verdadera ciencia de gobernar consiste, como la ciencia del
agricultor, en el conocimiento del terreno que ha de cultivarse, sólo el
conocimiento de la Historia puede enseñarnos cómo puede cultivarse el espíritu
de los pueblos para no exponerse á sembrar en terreno estéril ó á malograr
cosechas por no conocer el terreno y lo que en él puede sembrarse con esperanza
de buen fruto. Aquí sembramos á tontas y á locas; allá van leyes y allá van
proyectos; esta ley de Francia; aquélla de Inglaterra; sin cuidarse si en esta
tierra española podrán tener buen arraigo y floración lucida.
Un libro raro también entre los libros
recientemente publicados: Mundo interior, de un escritor joven:
García Martí, que se nos presenta en su libro con esa serenidad espiritual que
sólo la fe religiosa ó la fe en nosotros mismos pueden asentar en nuestro
espíritu. Si esa serenidad fuera literatura,[67] aun
sería estimable el libro; mas tengo razones para creer que llegó al libro
después de luchas muy hondas. Aun llora la resignación en esas páginas; aun se
percibe el fragor del combate. Lo que pudiera parecer inspiración de otros
escritores, es aquí como nueva emoción, acrecida por las palabras de un amigo
que supo acertar con el secreto de nuestra alma. Y así llega también á nosotros
este libro, como un buen amigo que todo lo comprende y lo perdona todo y con la
serenidad de sus palabras viene á poner calma en nuestro corazón atormentado.
Y un saludo para un libro de cuentos: La
Serafina, del veterano escritor Sr. Tusquets, no tan conocido como debiera
serlo; pero sí muy estimado de cuantos le conocen. Escritor que no vivió atento
á veleidades de modas literarias; que emprendió su camino por la novela
naturalista, cuando apenas se hablaba del naturalismo en España. Otros, con
menos merecimientos, lograron más ruidosos aplausos. Olvidamos demasiado
pronto. No es el Sr. Tusquets, el autor de La hembra, de los que
deben ser tan injustamente olvidados.
X
A nadie como á los políticos y á los escritores
conviene, de cuando en cuando, descentralizarse. ¡Unos y otros son tan
inclinados á creer que es todo el mundo el pequeño mundo que les rodea! Y en el
mundo hay más, siempre hay algo más. Sólo alejándonos de nuestro medio, que es
alejarnos en parte de nosotros mismos, podemos apreciar el verdadero valor de
nuestra obra. Nuestra vida, como nuestra obra, sólo á distancia parecen lo que
son en realidad. De aquí la conveniencia de los viajes para políticos y escritores.
Al observar cómo nos juzgan los espectadores lejanos, aprendemos á juzgarnos
mejor nosotros mismos. Tanto más ganará nuestra conciencia cuanto más castigada
quede nuestra vanidad.
Convienen también los viajes para curarnos de
nuestra impertinente superioridad[70] de madrileños.
Hay en provincias más reposado ambiente de intelectualidad; el tacto de codos
no llevó hasta sus Círculos literarios la complicidad de las admiraciones ó de
los odios. Se juzga con menos pasión, porque se sabe más de las obras y menos
de las personas. Justo es que desde Madrid correspondamos con nuestra atención
y nuestra simpatía á los que trabajan en provincias, con mayor desinterés que
en Madrid se trabaja, por un noble ideal de cultura.
Mi saludo al Ateneo de Badajoz que, con sus propios
recursos, bien escasos, organiza Exposiciones de pintura, Certámenes
literarios, Conferencias científicas y artísticas. Mi saludo á los poetas y
escritores premiados en los Juegos florales; sus poesías y sus cuentos en prosa
no eran las acostumbradas vulgaridades que tanto han desacreditado estos
tradicionales concursos. Luis Bardaje, Antonio Teixeira, Montero, Enrique
Segura, son poetas y cuentistas superiores á la flor natural y á los objetos de
arte, obligado premio en estos Certámenes.
No vea nadie en mis elogios obligación[71] del agradecimiento. Es justo pago á la verdad. Mi
corazón no paga con tan poco.
Como casi todo el año, aunque no nos demos cuenta
como ahora, hemos estado viviendo en el aire. Nuestra imaginación, de suyo
perezosa, aunque tenga, por meridional, fama de lo contrario, ha volado por
esta vez siguiendo, y aun adelantándose, al vuelo de los aeroplanos. Como
actores, no es cosa lo que nos lucimos en estas emocionantes luchas por la
conquista del aire; pero ¡como espectadores!, aquí nos las den todas, en un día
de sol, entre buenas mozas y con una buena merienda. Este, éste es nuestro papel:
contemplativos y algo escépticos, hasta que llegue el día en que podamos
aprovecharnos de lo que otros inventaron y trabajaron para nosotros. ¡Sí, que
somos primos! Cuando el invento esté bien perfeccionado y no haya riesgo que
temer ni peligros en que aventurarse, el volar será para nosotros un
divertido sport. Entretanto, bien estamos de espectadores. Nuestro[72] terreno es la Teología y la Mística, según D.
Miguel de Unamuno. Ya es bastante que nos dignemos admirar. ¡Y vaya usted á
saber, si de la admiración se quita la bulla del viaje y las buenas mozas y la
merienda y la juerguecita, lo que quedaría para el valor de los voladores y el
triunfo de sus máquinas! Como decía Cromwell, al ver la multitud agolpada para
aclamarle: «La misma gente habría si me llevaran á ahorcar.» No digo yo la
misma; pero alguna más sí hubiera acudido, si en estas corridas aéreas no
estuviera comprobado que el «hule» suele alcanzar también á los espectadores. Y
que, alguna vez, como en París ahora, los viajeros no son de tercera, como,
según el comentario de un periódico, lo fueron, afortunadamente, todas las
víctimas de un descarrilamiento.
Como algunos críticos le hubieran acusado de
plagiario, lamentábase Bernardo Shaw de la triste idea que dichos críticos
tenían de la mentalidad inglesa, que, apenas da[73]ban
con una obra sobresaliente, ya no podían creer que en cerebro inglés hubiera
sido concebida. Si de los críticos y del público inglés se quejaba Bernardo
Shaw, ¿qué podremos decir en España, donde todo lo de casa está siempre en
entredicho y nadie cree en la capacidad intelectual de nadie, y así andamos
todos de acobardados y desconfiados de nuestras propias fuerzas? ¿Quién piensa
aquí en acometer empresa alguna si, en vez de alientos y esperanzas, sólo ha de
oir el cubrefuego que paraliza su resolución? ¿Qué va á hacer ese hombre? ¿Ha
visto usted qué atrevimiento? Y si alguien da con una idea original, todos se
preguntarán: ¿De dónde la habrá copiado? Y cualquier atrevimiento parece
desvergüenza, y cualquier resolución, osadía y falta de respeto. ¡Admirable
país, en que sólo los holgazanes y los ociosos viven tranquilos y respetados!
Pensaba yo todo esto viendo al actor italiano
Caravaglia representar Hamlet. No es que estuviera mal del todo;
pero yo pensaba qué se hubiera dicho de un actor nuestro si se hubiera atrevido
á una mitad de[74] las cosas raras y de mal gusto á
que el actor extranjero se atreve en la interpretación de la obra de
Shakespeare. Y á la mayoría de los espectadores estaba á punto de parecerles
todo aquello algo maravilloso y de un soberano arte. Risa para todo el año
hubiéramos tenido con uno de casa. ¿No tomamos á broma á Tallaví porque se
atrevió á representar Los espectros, de Ibsen, después de Zacconi?
¿Era tan gran osadía? ¡Ah! ¡Si Tallaví hubiera sido extranjero! Pero nuestros
actores no pueden atreverse á nada; los queremos discretos, muy discretos,
medrositos y respetuosos siempre; les pedimos que ni se molesten ni nos
molesten demasiado; nada de gritos, ni de gestos, ni escenas mudas, ni
desplantes; á decir su papelito, y á salir del paso; aquí nos conocemos todos;
ya sabemos todos de lo que somos capaces. Los extranjeros, ya es otra cosa; ya
pueden atreverse á todo; es otra cosa, sobre que no se entiende lo que dicen si
no hacen algo raro...
Y no es que Caravaglia sea un mal actor; al
contrario, es demasiado actor; no hay modo con él de olvidarse de que estamos
en[75] el teatro. Pero, la verdad, como Hamlet era
algo más que un comediante, y Shakespeare algo más que un autor de teatro...
¡Oh, la Cleopatra, toda humanidad, de Eleonora Duse! ¡Oh, el Hamlet de
ensueño de Sarah! ¡Y cómo el teatro dejaba de ser teatro al encanto de las dos
divinas intérpretes de Shakespeare!
XI
Aunque la supresión del impuesto de Consumos en
nada favoreciera al contribuyente, aunque sólo cambiara la forma del cobro, ya
sería de agradecer y de estimar la supresión. Como hay una Ética, debe haber
una Estética en el arte de gobernar, y el impuesto de Consumos no puede negarse
que era de lo más antiestético. Ese registro del viajero, que tal vez llega
angustiado por tristes preocupaciones, tal vez todo ilusiones y esperanzas, y,
como anticipo de hospitalidad, se le ofrece la mirada hosca del vigilante, á
quien tampoco hay que culpar demasiado, expuesto siempre á desconfiar cuando
menos debiera ó á dejarse engañar cuando mejor le engañan.
Ya se necesita ser conservador para obstinarse en
conservar el lindo impuesto. Ojalá pudiera suprimirse tan fácilmente el re[78]gistro y el pago en las Aduanas. Todo sería caminar
deprisita hacia la civilización. Los dos impuestos, por la forma del cobro,
recuerdan la dulce manera con que los señores de horca y cuchillo ponían á
contribución, en especie ó en dinero, á todo viandante que pasara por sus
dominios. Ya que todo venga á parar en sacarnos el dinero, que se nos saque con
buenas formas, que es como ponen á contribución las mujeres, y á ver si hay
quien se dé mejor arte para sacar dinero.
Mientras lo mejor de nuestras clases directoras
anda preocupado con la supresión de dicho impuesto, y lo más mejor con el
Congreso Eucarístico, cuya perentoria necesidad se dejaba sentir desde los
comienzos del siglo xx, no sale uno á esparcirse un poco por esas calles
que no vea uno, dos, tres... ¿quién puede contarlos? entierros de niños, con
sus cajitas blancas, como de juguete, cubiertas de flores algunas, otras muy
pobres, sin adorno alguno. Detrás, si el entierro no es de niño rico, van dos ó
tres simones; la gente va sin pena. ¡Angelitos al cielo!
La muerte de los niños sólo es tristeza para los
padres, para los más allegados; los demás... ¡pensamos tantas veces lo bien que
nos hubiera sido morir apenas nacimos; mejor, no haber nacido! Todo el
pesimismo y toda la tristeza de nuestra vida caen, como gran consuelo, sobre
esas cajitas blancas, como de juguete; un juguete que nos trajeron por
equivocación, y vuelve á su destino.
Y en esas cajitas blancas, como en esas otras
grandes cajas, que también tienen algo de ataúd, los barcos de emigrantes, tal
vez se va lo mejor de España. No son los fríos del invierno, son las heladas de
primavera las que deshojan la flor que había de ser fruto sazonado. Procuremos
que nada muera prematuramente. No miremos con indiferencia esos barcos grandes
ni esas cajas pequeñas. Miremos en la flor el fruto, y pongamos todos más
solicitud, más cariño en defenderla de esos hielos, que son la miseria y la
ignorancia de muchos entre la indiferencia de casi todos. Y los menos
indiferentes suelen ser de la raza de los poetas, que ni han gobernado nunca el
mundo, ni[80] han conseguido nunca hacerse oir de
los que lo gobiernan.
La representación de El rey Lear ha
renovado la discusión sobre la teatralidad de las obras de Shakespeare; esto
es: si son mejor para leídas que para representadas. Desde muy antiguo, los
admiradores literarios de Shakespeare están contra la representación. Carlos
Lamb, uno de los mayores idólatras del gran autor, se lamentaba del deplorable
efecto que le había producido la representación de este mismo Rey Lear,
representado ahora en Madrid por Garavaglia. «La figura del rey Lear no cabe en
la escena—decía;—sus proporciones son demasiado gigantescas.» Ceguedad de
idólatra; porque yo creo que jamás obras dramáticas fueron tan obras de teatro
como las de Shakespeare. Lo que hay es que pesa demasiada crítica literaria
sobre ellas, y que cualquier auditorio moderno, al juzgarlas, como cualquier
actor de nuestros días, al representarlas, se empeña en buscarles, como[81] suele decirse, tres pies al gato. Las obras de
Shakespeare siguen siendo lo que fueron en su tiempo: obras para un público
popular, un público de emoción. La literatura apenas tiene que ver con ellas.
Los asuntos de todas sus obras son como cuentos populares, á los que no es
difícil hallar correspondencia en todos los tiempos y en todos los países. Esta
historia del rey Lear, ¿no es el eterno cuento de las tres hijas de un rey; las
mayores, perversas, y la menor, dechado de perfecciones; la menor, perseguida
por la maldad de sus hermanas, hasta que triunfa, al fin, por el poder de sus
virtudes? Tragedia para los corazones más que para las inteligencias. Tragedia
que lo mismo comprende el rey que haya dividido sus Estados entre sus hijos,
que el pobre labriego que les haya repartido sus tierras y después padezca la
ingratitud y el abandono de sus hijos.
En cuanto á la decantada psicología de los
personajes de Shakespeare, ¿puede haber nada más sencillo, más infantil? Son
los actores los que se empeñan, según frase del mismo Shakespeare, en dorar el
oro, en pintar la azucena y en endulzar lo dulce. Acto[82]res
ingenuos que se limitaran á decir su papel, con la natural emoción en algunos
momentos, obtendrán mayor efecto que estos críticos alambicadores actores
modernos. La Duse era la sencillez misma en Cleopatra, y quien la
recuerde en esta obra ¿no cree recordar á la misma reina de Egipto?
La crítica literaria tampoco se ha fijado en El
rey Lear más que en un solo aspecto del drama: la ingratitud de las
dos hijas mayores del rey. Por eso les parece esta tragedia de un pesimismo
desolador. Pero adviértase que la ingratitud de las dos hijas del rey Lear es
justo castigo de su injusticia al repartir su reino. Como el viejo rey, todos
somos alguna vez injustos en nuestra generosidad y en nuestro cariño. Hallamos
siempre buenas razones para recompensar á quien nos halaga, y la verdad de un
sincero afecto nos parece falta de cariño.
En pocos dramas resplandece la idea de justicia tan
alta como en El rey Lear. Solo que la justicia de Shakespeare no es
la de un autor de melodramas ó de folletines; no es tampoco justicia de
directora de co[83]legio que premia con dulces ó
estampistas, y castiga privando del recreo; es justicia como la de Dios: la
muerte es igual para todos; para todos es igual el dolor. Nuestra conciencia es
la que dice que no es igual morir como Regania y Gonerila que morir como
Cordelia. Y el que diga «¡qué atrocidad! Todos mueren lo mismo: los buenos y
los malos...», ese ni puede comprender á Dios ni puede comprender á
Shakespeare.
XII
A la carta abierta que me dirige Caramanchel sólo
he de contestar que, al referirme á la crítica, tratándose de El rey
Lear, no me refería á la crítica de actualidad, sino al conjunto de
críticas referentes, á las obras de Shakespeare. En todas ellas la excepción,
por ser excepción, confirma la opinión general, se considera al rey Lear como
víctima de sus dos hijas mayores, sin tener para nada en cuenta la
desconsiderada conducta del rey con su hija menor, Cordelia. Regania y Gonerila
son odiosas; pero es mucho cuento que sobre ellas caiga toda la culpa de las
desdichas de su padre. Yo siempre he sentido cierta simpatía por Judas y por
Pilatos cuando, en los sermones de Semana Santa, caen sobre ellos, desde esos
púlpitos, los mayores improperios y los más terribles anatemas. No puedo por
menos de considerar que si[86] todo lo que sucedió
en la Pasión y Muerte de Jesús estaba así ordenado; si Jesús sabía de antemano
que Judas había de venderle y Pilatos entregarle al pueblo judío, Judas y
Pilatos fueron víctimas del papel que les había tocado en suerte, y no hay para
qué insultarlos cuando, sin su intervención, no hubieran podido cumplirse las
Escrituras. Y ahí es nada; siendo Escrituras y cosa del pueblo judío, ¿cómo
habían de dejar de cumplirse? Buenos son los judíos para no hacer cumplir sus
escrituras. Del mismo modo Regania y Gonerila me inspiran compasión en fuerza
de verlas tan maldecidas.
En cuanto á que nada nuevo puede decirse de
Shakespeare y de sus obras, la crítica universal es buena demostración de lo
contrario. Continuamente se publican estudios biográficos y críticos que
aportan nuevos é interesantes datos al copioso caudal de la literatura
shakespiriana.
Lo del carácter infantil y la sencilla psicología
de los personajes de Shakespeare no lo dije como reproche, antes como
excelencia de sus obras. Pero ¿hay nada más[87] sencillo
que la psicología de Otello? ¿Nada más infantil que su credulidad ante las
burdas maquinaciones de Yago? ¿Hay nada más infantil que la conducta de Yago?
Un malvado que nos avisa él mismo de que es un malvado. ¿Hay nada más infantil
que Romeo y Julieta? Ni sería bien que fuera de otro modo. El mismo Hamlet,
considerado como prototipo de la complejidad psicológica, ¿hay nada más
ondulantemente rectilíneo, valga el contrasentido? No soy en nada opuesto,
antes muy partidario, de las polémicas literarias, cuando se entablan sin
animosidad personal y con la cortesía que Caramanchel no
olvida nunca aun en sus críticas más apasionadas.
Respecto á Garavaglia, yo sólo quise hacer constar
que si un actor español hubiera representado el Hamlet tan
desdichadamente como el actor italiano, la rechifla hubiera sido soberana.
Aparte las mutilaciones y alteraciones del texto, no justificadas por
conveniencias escénicas, dígase qué momento de acierto tuvo Garavaglia en toda
la obra. Falsa y en oposición con el texto su llegada á las murallas del
castillo[88] de Elsingor, cuando viene á esperar la
aparición de su padre. Se presenta poseído ya del mayor espanto, y el texto
indica, por lo contrario, que Hamlet, natural ó forzadamente, habla de cosas
triviales como para distraer su pensamiento. Con el modo de entender Garavaglia
la situación, además de tener que mutilar el texto, el momento de la aparición
pierde toda su terrible grandeza.
Además, dado el carácter de Hamlet, que, aun
después de ver y de oir al espectro de su padre, duda de la realidad de la
aparición, debe llegar á las murallas del castillo creyendo que el espectro no
ha de aparecerse; por eso mismo es mayor su espanto al verle aparecer.
Por este orden, pudiera citar caprichosas
interpretaciones en cada situación de la obra. Sin duda Garavaglia estudió esta
obra más cuidadoso de producir un efecto momentáneo de originalidad, de
sugestión sobre el público. Si valiera mi consejo, yo le diría á Garavaglia con
toda lealtad que, por algún tiempo, debiera dejar de representar el Hamlet y
estudiarlo de nuevo,[89] más atento al texto
original que á los efectismos teatrales. Así hizo Talma muchas veces cuando
creyó haberse equivocado en la interpretación de una obra.
Si los tiempos fueran de creer en presagios y en
agüeros, bien podía dar qué pensar á los mejicanos la espantosa sacudida de
terremotos que ha sucedido á la caída de D. Porfirio «Imperator». Quiera Dios,
y quieran también los mejicanos, que esos materiales terremotos no sean anuncio
de otras sacudidas en el orden público, económico y político de la que fué de
nombre gran República y ahora puede serlo de nombre y de hecho. Aun no es
llegado el día en que la fiel balanza de la Historia pueda pesar los méritos y
las culpas de D. Porfirio. Como todos los grandes tiranos, fué la paz á su
hora. Achaque es de todos los tiranos no conocer la hora en que ha de empezar á
ser la justicia. Llegan á la suprema dictadura en momentos de pertur[90]bación de la conciencia pública; impone el orden, más
que su propia fuerza, la misma fuerza del desorden, que ha llegado á ser
intolerable, y no aciertan á darse cuenta como Chantecler, de que ellos sólo
fueron el gallo que cantó á la hora de salir el sol, pero el sol no estaba sujeto
á su quiquiriquí. La eterna historia de todos los tiranos; pero mala maestra
debe ser la Historia cuando ninguno aprovecha sus avisos ni sus enseñanzas.
Alguien dirá que Méjico debía alguna gratitud á D.
Porfirio, y que los mejicanos acaso debieron respetar su ancianidad, dejándole
morir en su sitio. Los mejicanos responderán que también D. Porfirio debió
respetar la mayor edad de Méjico. Es error de padres severos creer que los
hijos son siempre niños. No aprendemos á calcular por nuestra edad la edad de
los que hemos visto nacer. La dictadura había envejecido; el pueblo había
dejado de ser niño. Esperemos que, en pleno uso de su razón, sepa justificar
que puede gobernarse por sí solo.
En cuanto á D. Porfirio, bien pueden quedarle
muchos años de vida para meditar[91] en la realidad
lo que no supo aprender en la Historia.
En una casa del mejor tono se celebra una suntuosa
fiesta. De pronto, uno de los invitados se acerca al señor de la casa, dando
muestras del mayor disgusto.
—Yo no hubiera querido decirle á usted nada; pero
es tan horrible... Usted no puede saber quién es todo el mundo; recibe á tanta
gente... Pero debe usted saberlo: aquel caballero, al parecer, tan
distinguido...
—¿Qué?
—Acaba de quitarme el reloj.
—¿Qué me dice usted? ¿Está usted seguro?
—Sí, señor, sí; lo he visto, no me cabe duda; ha
sido él.
—Descuide usted. Tendrá usted su reloj. Voy yo
mismo...
—De ningún modo. Yo sólo quería advertirle á
usted... pero no le diga usted nada; sería una escena violenta, desagradable.
—Déjeme usted, déjeme usted.
Al poco rato el señor de la casa vuelve y entrega
su reloj al invitado; el invitado se deshace en excusas.
—¡Por Dios! Yo deploro... ¡Cuánto siento!... ¡Qué
disgusto!... ¿Habrá sido una escena horrible?... ¿Qué le ha dicho usted? ¿Qué
ha dicho él?... He debido callarme...
Y el señor de la casa, imperturbable:
—No se preocupe usted. Se lo he quitado sin que se
enterara.
XIII
Las verbenas, excelente pretexto para que los
retrógrados del Arte nos cantaran todos los años las gracias de chisperos y
majas, han perdido todo carácter popular. El pueblo ya no es nada bullanguero;
la misma baja chulería, que nunca debe confundirse con el verdadero pueblo, no
está tampoco por exhibirse gratuitamente en romerías y verbenas. El público de
estas fiestas, actor y espectador á un tiempo, es el de la última sección de
los teatrillos alegres; señoritos todos, que ya es lo único alegre, lo único
chulo y lo único castizo que nos va quedando.
Las clases populares ¿quién lo dijera? se han hecho
cosmopolitas. Estas fiestas tradicionales no les dicen nada. La aristocracia,
como sabe que ya no es querida ni respetada, ni siquiera admirada, por el
pueblo, huye de mezclarse con él. Acabaron[94] las
pintorescas aventuras de duquesas y toreros. El señorito es el único que alegra
estas fiestas tristes, con la artificial alegría de los teatros y de las
novelas; alegría de literatura. ¿Alegría espontánea, verdadera alegría?... Esa
alegría es para los pueblos fuertes y ricos, de los que sabemos burlarnos
también. Esa alegría sólo es posible cuando se ha trabajado mucho y hemos visto
justamente recompensado nuestro trabajo... Pero ¡esta pobre alegría nuestra, es
como borrachera de olvido!... Tirar los cinco duros que sobran porque no llegan
para nada. Ni con ellos se ha de comer mejor, ni se ha de pagar al casero, ni
al sastre... ¿Puede hacerse cosa mejor con ellos que gastarlos en olvidar
alegremente? Por eso parece que hay tanto dinero de sobra en España, precisamente
porque falta para todo. ¿Qué hago yo con un duro? Tomar un décimo de la
lotería. ¿Qué hago yo con dos pesetas? Gastármelas en el teatro... Es lo único
que se puede comprar con poco dinero: un poco de ilusión y un poco de olvido.
Las realidades son muy caras.
Aunque él no lo crea, yo siento una gran admiración
por D. Miguel de Unamuno. Aquí donde cada escritor ha decidido no leerse más
que á sí propio y, salvo el caso de alguna cooperativa de bombos, nos dedicamos
á espantarnos el público los unos á los otros, ya puede significar la atención
á lo que otros escriben, tanto como en otras partes significa la admiración. Ya
es bastante que nos atiendan, aunque sea, como vulgarmente se dice, para
hacernos polvo. Lo triste, lo malo es que, casi siempre, los pulverizadores son
los que no se han tomado la molestia de leernos. Váyase por los que admiran con
el mismo motivo. Entre esos dos viciosos extremos, ha de labrarse penosamente
la reputación del escritor en España. Y, en resumidas cuentas, con ser la
envidia gran defecto nacional, como aun es mayor la pereza, todavía es más
fácil ser admirado que atendido. Conste, de una vez para siempre, que yo
atiendo y admiro á D. Miguel de Unamuno.
Acabo de leer su libro último: Rosario
lírico de sonetos. Bien puede ser que estos sonetos no resistan una lectura
pública, ni[96] los chistosos comentarios de un
grupo de amigos... Son para leídos á solas, en intimidad con lo más intenso de
nosotros mismos. Como fueron pensados y sentidos, como fueron escritos. ¿Han de
ser siempre estimables cualidades de la poesía la dulzura y la suavidad? ¿No ha
de haber también poesía amarga y poesía áspera? Si á lo que más puede aspirar
la poesía es á llegar á lo más hondo de nuestra alma, ¿no se entrarán más
adentro estas asperezas, que las suavidades resbaladizas? Leed el libro: al
principio tal vez sonriáis un poco; ya os iréis poniendo serios. Quizás al
terminar su lectura no quede un solo dulce verso en vuestra memoria, pero sí
más graves pensamientos en vuestra conciencia.
De esta áspera, rocosa calidad, eran los versos de
Wordsworth, tan admirado por Unamuno. También su poesía fué donosamente
comentada por algunos críticos. A sonnet is a moment's monument,
definía Rossetti. El soneto es un monumento elevado á la memoria de un
instante, pudiera traducirse. No diré yo que todos los monumentos elevados en
estos sonetos sean[97] igualmente admirables; pero
sí que todos los instantes del espíritu de D. Miguel de Unamuno tienen un gran
valor. Los más grandes poetas no son los que aciertan á contenerse en la más
perfecta forma, sino los que no caben en ninguna.
Vida interna es otro libro de poesías, de Rafael Torromé,
autor dramático, á quien nunca perdonará el teatro español desvíos ó
desalientos injustificados. Precédele un sabroso prólogo, donde se ponen las
cosas muy en su punto respecto á la frondosidad de nuestra poesía lírica, que
tan poco tiene de lírica, hasta llegar á tiempos muy cercanos y... aún, aún.
Hemos sido siempre muy de exterior, para que la cuerda lírica sonara entre
nosotros. En esta misma Vida interna de Rafael Torromé,
parece, á pesar suyo—y no lo digo como censura,—más el autor dramático que el
poeta lírico... No es un lirismo egoísta el suyo, antes muy objetivo; más de
tristezas y dolores de todos, que de melancolías cultivadas en un espí[98]ritu reconcentrado. Poesía de generosa expansión, poesía
á lo Schiller, que también era autor dramático y por eso tampoco fué lírico del
todo en sus poesías líricas, con ser tal vez demasiado lírico en sus obras
dramáticas. Por fin de cuentas: ¿qué importa esta confusión de géneros? Vida
interna es un libro de un buen poeta y, lo que más importa, de un
poeta bueno.
XIV
La revista Je Sais Tout abrió
concurso para conceder un premio al más elegante ó al más práctico figurín de
traje masculino. El resultado del concurso no ha sido muy brillante. La
inventiva, ninguna. En el capítulo de las elegancias, todo es volver á la moda
del año 30; en el capítulo del trapillo diario, no salimos de los modelos
generalmente adoptados para campo, caza, automóvil, canoa ó aeroplano. De donde
se deduce que la moda, tanto femenina como masculina, no es algo caprichoso que
puede imponerse por dictadura: es producto de elaboración social; á la que
todos contribuímos. Obra de evolución; nunca de revolución. En la moda, más que
en nada, se observa el serpenteo, avance y retroceso alternados; que es el
andar de la humanidad, según la escuela positivista.
La fantasía de un sastre, el humor de un[100] dandy, no cambiarán la tendencia
niveladora del traje masculino en nuestro tiempo. La aspiración social es la
confusión de clases. Va desapareciendo el sombrero de copa, que ha venido á
quedar en algo así como prenda de uniforme honorario, para lucirlo sólo en
determinadas solemnidades. La levita sigue la suerte de su inseparable
aditamento el sombrero de copa. Desaparece también la capa, y el sombrero
flexible, intermedio entre la gorrilla y el hongo, iguala al artesano con el
artista y al obrero con el empleado.
Por desgracia, la nivelación va también por dentro,
y si desnivel hubiere, no está la mayor altura por lo más alto. Es posible que,
si os volvéis en la calle al escuchar alguna palabrota, os encontréis con un
señorito. El alcoholismo disminuye por días entre las clases populares; en
cambio, ¡hay cada manga aristocrática en todas las aristocracias, y en la
intelectual las más holgadas! Si hoy viviera Horacio, tendría que rectificar lo
de: pauperum tabernas.
Mucho preocupa á las clases directoras cualquier
huelga de obreros, al fin pasaje[101]ra... ¡Si fueran á
preocuparse por la constante huelga de señoritos! ¡Y quién sabe cuáles son más
perturbadores de la vida social! ¡Y si holgaran sólo los incapaces, los
verdaderamente inútiles! Al fin esos no pueden rendir mejor tributo al bien
general, que el de consumir lo más pronto posible su hacienda y su vida. Pero
¡cuánta capacidad, cuántos buenos ingenios malogrados en esa huelga de
voluntades pobres con inteligencias ricas! Cierto que el ambiente moral en nada
favorece ni alienta al luchador; que es tierra la nuestra en que todo se le
perdona al ocioso y nada al que trabaja. Pero ese ambiente ¿es causa, ó efecto?
¿No sería un lucido sport, no tan arriesgado como la aviación, el
de sobreponerse á ese ambiente?
El Congreso Eucarístico va á presentarse muy bien.
Esas tramoyas á lo divino requieren mucho gasto. Por fortuna, entre los fieles
católicos figura la gente más adi[102]nerada. Convendría
saber si tienen dinero por haber sido fieles católicos, ó si son fieles
católicos porque tienen dinero. Yo no sé si continuará siendo más fácil que
entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos;
pero un camello cargado de dinero entra por todas partes. Si el reino de los
cielos se gana también por violencia, según textos sagrados, ¿no ha de producir
su efecto amenazador, así en la tierra como en el cielo, ese alarde de número y
de numerario, ese recuento de fuerzas con que nos asombrarán los buenos
católicos? No, no están solitos, como los gallegos del cuento. Aunque el día en
que les faltara el dinero puede que no estuvieran tan acompañados. Acaso
faltarían los figurantes, parte la más lucida del espectáculo. Nos presentarán
sus carrozas de gala, sus automóviles, su servidumbre, hasta sus colonos y sus
guardas jurados y tal vez sus pastores, como en Belén. Hay que movilizar todas
las fuerzas, como en un día de elecciones reñidas.
¡Pobres ilusos! Con estas aparatosas exhibiciones
creen haber puesto el mejor[103] pararrayos sobre
el tinglado social que les cobija. ¡La Fe los salve!
La Exposición de perros y gatos será durante unos
días, y desde el punto de vista de los perros y de los gatos, exposición de
personas distinguidas. Si los perros y los gatos tienen un poco de imaginación,
¿por qué no han de creer que son ellos los espectadores, y señoras y caballeros
los expuestos?—¡Qué amable es toda esta gente!—pensarán tal vez.—Se molestan en
venir para que los veamos.
Para el perro y el gato de lujo la sociedad
elegante es muy conocida. Los perros y los gatos son los que mejor viven en
ella. Los criados lo saben: antes que á los señores hay que tener contentos al
perro ó al gato favoritos.
Pero los perrazos de campo ¿qué pensarán de nuestra
sociedad? ¿Volverán á sus soledades monteses llevando el germen de una
revolución social? En adelante ¿no mirarán con más simpatía al lobo? ¿Y el[104] día en que los perros se unieran á los lobos?...
¡Bah! Todavía quedarían los pastores, que, aunque dejaran de ser perros, no
sabrían ser lobos.
XV
Que el hombre es un animal social, aunque haya
muchos insociables, lo sabíamos desde muy antiguo. Tan social, que no
satisfecho con formar parte de la sociedad civil que, por nacimiento y
consiguiente inscripción en el Registro le corresponde, todavía se desvive por
ingresar en otras muchas Sociedades, Círculos, Corporaciones, Cofradías ó
Logias; que hay designaciones para todos los gustos. Esta natural tendencia del
hombre á la agrupación, parece que debiera facilitar el triunfo del socialismo
en breve plazo. Mas ¡ay! una cosa es la Sociedad grande, donde el individuo se
encuentra disminuído, y otra esas Sociedades pequeñas, donde cada uno se crece
y se refuerza y se envalentona, hasta adquirir un carácter que él mismo no se
conocía.
A mi juicio, esto es lo más interesante que puede
observarse al paso de una proce[106]sión religiosa ó de
una manifestación laica: el aire altivo, enérgico, arrogante, con que se nos
muestran muchos buenos señores y pobres hombres, conocidos por tales en su vida
y costumbres particulares y casi desconocidos en aquella transfiguración procesional.
Hay cofrade que, con su cetro en mano ó su cordón de estandarte, su medalla al
cuello y su levita cívico-religiosa, parece que desafía al mundo entero, una
vez metido en procesión:—¡Eh! ¿Qué tal?—nos va diciendo á cada solemne
paso.—Creo que somos una fuerza.—¡Habrá que verle en casa, zarandeado por la
señora y las niñas, ó en la oficina, burro de carga de todos sus compañeros!
Por eso los Gobiernos no deben temer nunca esas
manifestaciones colectivas. De cuando en cuando hay que contarse; miedosos que
se dan valor unos á otros. El peligro está en los que van solos por el mundo.
Por fortuna, van quedando pocos. ¡Es tan caro andar solo! ¡Es tan conveniente
andar en procesión!
El demonio lo enreda—no hay nadie más enredador que
el demonio.—El primer contragolpe de la supresión de los consumos ha ido á dar
sobre las corridas de toros. ¡Ahora que estábamos en pleno renacimiento de la
afición, tal vez á consecuencia de cómo anda la afición! Nunca es tan fácil
contentar á un público como cuando se contenta con poco. ¡Si Lagartijo y
Frascuelo, y Guerra, después, á quien se le denostaba muchas tardes por faenas
de las que ahora valen orejas y salidas triunfales; si Fuentes y Machaquito y
Bombita, en tiempos más recientes, hubieran gozado de un público tan amable y
tan consecuente, como dicen los chulos! No hay duda, las costumbres se
dulcifican. Ya es hora de que el público se haga cargo de la dificultad y del
riesgo en la lucha con brutos, bravos ó mansos, y no sea tan exigente. Cuatro
mantazos, pegadito el torero al costillar del toro, muy abierto de piernas y
sacudiendo el trapo como unos zorros, es lo que ahora se llama y se aplaude
como verónicas. A que el toro pase por debajo de la muleta, como pasaría por la
Puerta de Alcalá, se[108] llama pase de cabeza á
rabo. A cualquier cosa se le llama quiebro y á cualquier estocada volapié.
Asistimos, en efecto, á un renacimiento de la afición. Como que los únicos que
ya no van á la Plaza son los verdaderos aficionados.
Es que, renacimientos así, son peor que la
irrupción de los bárbaros.
Después de las mudanzas propias, nada hay tan
molesto como las mudanzas de los vecinos. Hasta que nuestros simpáticos cuanto
suspicaces vecinos los portugueses no se hallen instalados á satisfacción en su
nuevo régimen, habrá que conllevar amablemente sus reclamaciones, desconfianzas
y alarmas, ante el temor de que se les entre por la vecindad lo que ellos
mismos serán los primeros en desear algún día. Pero aun es pronto, y el derecho
á la experiencia propia no debe negársele á nadie.
El día en que Portugal comprendiera su verdadero
interés nacional, no miraría con recelo á nuestra frontera; borrada queda[109]ría de tal modo, que no volviera á saberse dónde
empezaba Portugal y dónde acababa España. Cosas son éstas en que el tiempo
trabaja más que los hombres. Ni es justo pedir, aunque para bien de todos sea,
que ellos sólo sean á enmendar errores que fueron nuestros.
En rigor, es fuerte cosa para una empresa, aun á
cambio de positivas ventajas, exigirle el contrato de determinados artistas,
entregándola, así, atada de pies y manos á sus exigencias. Con muy buen
acuerdo, el Ayuntamiento se ha limitado á recomendar, sin imposición, el
contrato de una primera actriz para la compañía del teatro Español.
Bien están las estrellas y los luceros, y aun los
soles; aunque en el cielo teatral es difícil ver una ordenada república de
estrellas, como decían los autores del siglo de oro.
Astros de primera magnitud no faltan en la
compañía. Todos sabemos lo que vale[110] Borrás.
Los que no lo saben aún, se enterarán de lo que vale Codina. Hay otros actores
muy estimados por el público madrileño. Entre las actrices... todas son
estrellitas. Alguna hay de quien yo espero mucho, si le dan ocasión y mimbres.
No he de nombrarla. El público no la conoce en todo su valor. Téngola por una
de las más discretas actrices españolas. ¿Discreta, es poco? ¡Ay, señor; si las
eminencias fueran discretas, ya nos contentaríamos! ¡Ser discreto, según va el
mundo—diremos, parafraseando á Hamlet,—es como ser elegido uno entre mil.
XVI
Bien mirado, había que agradecer á los franceses el
trabajo que se toman por la conquista de Marruecos, como antes se lo tomaron
por la de Argelia. De ellos puede decirse: Sic vos non vobis...
Porque si el verdadero y magno problema de Francia es la disminución constante
y progresiva en el nacimiento de ciudadanos franceses, ¿para qué diablos querrá
aumentar la extensión de sus territorios?
Si se considera también el espíritu poco aventurero
de los franceses, su apego á Francia—dicho sea en honor de ella,—su mal arte
para comerciar fuera de su casa, ¿no les vendrá á suceder, después de darse tan
malos ratos y de indisponerse, sin necesidad, con estos pobres vecinos y,
necesariamente, acaso con otros de más campanillas, que, cuando dueños en
absoluto del Imperio marroquí, puedan exclamar: ¡Al[112] fin,
solos!, tan solos sea que, como en Argelia, la agricultura y los oficios vengan
á ser de los españoles, y el comercio, como en todo el mundo, de los alemanes?
Sin contar con los indígenas, que seguirán reproduciéndose, como si hubieran
leído Fecundidad, de Zola, que no se escribió para ellos,
precisamente. Y, hay que desengañarse, el porvenir será de quien más hijos
tenga; aunque sean muy brutos; tiempo habrá de educarlos.
Lo que no sabemos es si es preferible vivir de
brutos ó morir de civilizados. Hay quien piensa que lo importante es vivir,
aunque se viva mal. Es decir, los brutos no suelen vivir mal; lo desagradable
es que no dejan vivir bien á los inteligentes. Entre el contador de las gentes
civilizadas y el caño libre de las incultas, siempre llevarán las de perder los
civilizados. A mí me asusta pensar que, si á muchas personas de regular
posición, se les dijera: ¿Por qué no tiene usted un perro danés en su casa?, la
mayor parte contestaría: ¡Hombre! Porque un perro de ese tamaño se come lo
menos dos pesetas diarias. Y esos mismos que[113] tasan
la alimentación del perro en lo justo, con la mayor inconsciencia se llenan de
hijos, que, por lo visto, cuestan menos de mantener que los perros.
Entre el exceso de previsión á la francesa y la
imprevisión de otros pueblos y de otras razas, ¿no habría un buen término
medio? La Iglesia católica no sabe de ellos. O aconseja la castidad absoluta ó,
una vez en faena matrimonial, cuantos más cristianitos, mejor. La potestad
civil también está por que se aumente el número de ciudadanos, sea como sea;
todos son buenos, los legítimos y los naturales. Por leyes económicas y por
otras muchas leyes restrictivas del matrimonio, se diría que más favorece el nacimiento
de los naturales. En cuanto á la Naturaleza, ¡tan maestra, tan sabia! ¡Oh! Ella
sabe más que todos.
Recuerdo de una gata que tuvo de una vez siete
gatitos. La más vulgar precaución aconsejaba que se le quitaran tres ó cuatro,
por lo menos. Pero, ¡eran todos tan lindos y traían tantas ganas de vivir! Y
¡era tan cruel sentirse Providencia y decidir entre unos y otros!
Alguien dijo:—¿Por qué no dejarlos todos? Por algo
han nacido. No hay que enmendar á la Naturaleza.
A los ocho días todos los gatitos habían muerto y
la madre también, extenuada. En efecto; no hay que enmendar á la Naturaleza;
ella sola se basta para enmendarse.
¡Oh, mi querida y amable lectora! Al protestar
contra alguna ligera broma que me he permitido alrededor del Congreso
Eucarístico, me dice usted que, hablar mal de la Religión, no es de buen gusto.
No lo crea usted, según como se habla. Además, conozco demasiado esa tecla del
buen gusto, para saber lo que significa tocada por ustedes. Y, si por no
tomarles á ustedes en serio, he de pasar por persona de mal gusto, desde ahora
me declaro cursi y hasta ordinario, como ustedes prefieran. Ya sé yo que esto
del descreimiento no está muy bien visto, ni le coloca á uno en sociedad, como
en otros tiempos, cuando los descreídos se llamaban Voltaire y Federico el[115] Grande, y las más bellas y nobles damas se
prendían graciosamente con un tanto de volterianismo.
Pero nada tema usted; las bromas ligeras de las
cuatro personas de mal gusto que nos las permitimos, poniéndonos á mal con
nuestros intereses, no perturban en lo más mínimo el espíritu de los creyentes.
Al que más y al que menos le va un sueldo ó una
prebenda. ¡Valladar inexpugnable contra la duda!
Pero, ¡son ustedes de tanto cuidado y conviene
tanto no perderles de vista! Ahora mismo, entre el furor de sus preces, ¿no han
deslizado ustedes, mansamente, no sé que proposiciones de leyes, derechamente
torcidas, como todas sus intenciones, contra la libertad de la Prensa y la
libre emisión del pensamiento?
¡Sí que son ustedes para dejarles de la mano!
En los asuntos mismos de Marruecos: ¿no convendría
poner en claro hasta dónde el interés patriótico y dónde empiezan otros
intereses de algunas Ordenes religiosas, que, como Calipso, de la partida de
Ulises,[116] no pueden consolarse de la pérdida de
las Filipinas, y acaso sueñan con que les conquistemos otras para su particular
disfrute? Y eso no, mi querida y amable lectora; sea lo que podamos obtener ó
conquistar en Marruecos, del soldado, del agricultor, del comerciante, del
doctor Maestre, que bien se lo habrá ganado y otros lo gobernarían peor... Pero
nada de frailes, en comunidad ni sueltos. Una cosa es continuar la Historia y
otra repetirla.
XVII
Aquella Theroigne de Mericourt,
intrépida amazona de la Revolución francesa, que, á consecuencia de una
formidable azotina, administrada en público y á lo pajarero, se volvió loca de
remate, bien parece un símbolo de lo que años después y por muy parecidos
motivos había de sucederle á Francia.
¡Lástima de nación! Desde que, para desgracia de
todo el mundo latino, fué derrotada por Alemania, apenas ha vuelto á dar
señales de juicio. Ella, la encantadora, la atractiva, la adorable, se tornó
hosca y atrabiliaria. Nos entristeció la vida con una literatura y un arte, que
en futuras historias literarias se llamará de la derrota. Su delirio
persecutorio tuvo su crisis aguda y terrible en aquel asunto Dreyfus, aun
palpitante con el nombre de cuestión judía. ¿No es una pena ver renovarse, en
la na[118]ción que debía ser faro del mundo civilizado,
cuestiones de la Edad Media, y en la moderna, patrimonio de pueblos atrasados
como Rusia? Con la inquietud y el malestar de su derrota, con el dolor de su
mermado territorio, la nación que fué siempre más generosamente romántica en su
política, á última hora y en plena República democrática se vé atacada de furia
conquistadora y pone en juego artimañas y habilidades políticas, desacreditadas
ya en todo el mundo, hasta en Inglaterra. Por fortuna, ya va siendo verdad
práctica y practicada, que la honradez es la mejor política. Honesty is
the best policy, que han dicho siempre los ingleses, por si los demás
gustaban de practicarlo. Pero en estos últimos tiempos hay que convenir en que
no son los ingleses los que se creen llamados á intervenir para poner orden en
los desórdenes interiores de cualquier pueblo.
Y ahora, la conducta de Francia con España, ¿puede
justificarse de ningún modo? Eramos buenos para tapadera de codicias; somos un
estorbo á la hora en que se destapan. Mal corresponde, mal ha correspon[119]dido siempre Francia á nuestra debilidad por ella.
Porque lo cierto es que nunca hemos podido odiarla; hemos sido con ella como
esos enamorados de poco carácter, más rendidos á una mujer cuanto más lo
desprecia y más se burla de ellos.
Hasta cuando hemos peleado con ella no hemos dejado
de admirarla, y nuestro odio se personalizaba en los soberanos ó en los
ministros, dejando siempre á salvo nuestra invencible simpatía por la nación
francesa. Durante la guerra de la Independencia, la más nacional de cuantas
sostuvimos contra Francia, el odio popular se fijaba sobre Napoleón y á él sólo
se hacía responsable de la injusta guerra.
Hoy tampoco, aunque no haya un Napoleón en quien
fijarse, no queremos ni podemos suponer que es toda Francia nuestra enemiga.
Preferimos culpar á unos cuantos políticos, á unos cuantos periódicos, á una
parte del organismo, irritada todavía por la funesta derrota, impaciente de
glorias y desquites, vengan por donde vengan y sea como sea. Involuntariamente
fuimos ocasión ó pretexto para el desastre. Quizás[120] no
nos lo han perdonado todavía, aunque parece que lo hayan olvidado muy pronto.
Los más terribles desengaños proceden casi siempre
del desconocimiento de la realidad. En la supresión de los Consumos debimos
limitarnos á considerar su aspecto estético y nada más. Todos los
procedimientos para extraer dinero, como para extraer muelas, son
desagradables, pero aquél lo era sobremanera, y aunque algunos aristocráticos
escritores opinan que sólo habían de padecer sus molestias matuteros y gente de
poco más ó menos, sólo el verlo ya era repugnante; había de salir más caro
cualquier otro impuesto y podía darse por bien empleado. Pero hay quien no se
conforma con este aspecto artístico y aspiraba ¡loca ceguedad! á un
abaratamiento rápido y simultáneo de las subsistencias. ¡Qué desconocimiento
del corazón humano en general y de los proveedores en particular!
En todo lo referente á subsistencias, los
madrileños estaremos destinados de por[121] vida al
papel de víctimas en las aplaudidas obras de repertorio La corte de los
venenos y Robo y envenenamiento.
Sobre todo, el inocente y parvulillo boquerón ha
causado más estragos en estos días que un espantable cetáceo ó aquella
mitológica serpiente de mar, tan socorrida como notición de los veranos del
antiguo régimen. De la leche no hablemos, porque es antigua enemiga nuestra, y
yo creo que la que produce los cólicos es la poca expendida en buenas
condiciones, por la falta de costumbre. Cada madrileño llevamos un Mitrídates
en esto de irnos haciendo día por día á ingerir toda clase de tósigos.
No sé hasta qué punto la pasión de partido podrá
influir en los encomios ó en las censuras á la obra Carlos II y su
corte, cuyo primer tomo acaba de publicar D. Gabriel Maura y Gamazo. Muy
lamentable sería que la pasión interviniera al juzgarla, ocultando al público
el verdadero mérito de la obra, haciendo creer á unos y á otros que[122] se trataba de una obra toda conservadora.
El autor es de los que merecen no pertenecer á ningún partido. En pocos libros
de historia parecerá menos el amigo de Platón antes que de la verdad, sin que
peque tampoco de esa glacial indiferencia que tan mal sienta en todo arte,
aunque este arte sea el de historiar, más cercano á la ciencia.
Bien dice, sobre la noble serenidad del
historiador, la simpática emoción del artista. Buena muestra es la descripción
del bautizo del príncipe Carlos, modelo de narración histórica y poética al
mismo tiempo.
Lo que no comprendemos es, cómo después de leer
cualquier libro de historia, hay quien suspira y vuelve los ojos á cualquier
tiempo pasado. A ese no le daría mayor castigo que decirle: ¿En qué siglo, en
qué época de las pasadas hubiera usted querido vivir? Y cuando hubiera elegido,
poderle decir: ¿Sí? Pues va usted á vivir ocho días en ella, nada más que ocho
días, y luego, vuelva usted á contarme cómo le ha ido.
XVIII
Si ya es difícil en esta brega literaria agradar á
los amigos y complacer á los más halagados en sus ideas ó sentimientos ó
vanidades por lo que uno escribe, ¿qué puede uno esperar de los enemigos y de
los mortificados?
Dije que las Comunidades religiosas acaso buscaban
en Marruecos otras Filipinas, y hay quien muy indignado protesta, diciéndome
que nunca las Comunidades han sido tan respetadas en Filipinas y en toda
América como ahora, desde que allí no tenemos arte ni parte en el material
dominio. No lo dudo, que Ordenes y Comunidades religiosas fueron siempre de
condición de gato; ni yo dije que por ellas se hubiera perdido nada; pero, en
fin, se perdió con ellas y todo. Por eso creo que, llegado el caso de conquistar
nuevos territorios, vale la pena de ensayar si nos iría mejor sin[124] ellas. Porque ellas evangelizarían todo lo
posible, pero españolizar no fué cosa mayor, si hemos de juzgar por los
resultados. Tampoco dudo que bajo la autoridad de los americanos en Filipinas y
de otras Repúblicas en toda América, las Comunidades no presten excelentes
servicios. Es cualidad de religiosos españoles ser candilitos de casa ajena.
Todo lo que tienen de turbulentos y amenazadores con los Gobiernos de casa,
tienen de complacientes y serviciales con los de fuera. Tal vez consista en
ellos; tal vez consista en los Gobiernos. De seguro que ningún presidente de
los Estados Unidos habrá tenido que decir de las Comunidades lo que, según
fama, dijo en cierta ocasión de graves complicaciones don Antonio Cánovas del
Castillo, que no era ningún demagogo, aunque hoy andaría á dos dedos de
parecerlo, según va todo.
En cuanto á lo que asegura un airado articulista,
que gracias á las Comunidades religiosas cobramos los autores dramáticos
españoles pingües derechos de toda América... ¡Ay, mi buen señor! Deseche,
deseche esas ilusiones del dinero americano. ¡Si los[125] autores
españoles no tuviéramos otros rendimientos de los que vienen de América! Y
¡para lo que van á durar! Porque con toda la influencia españolizadora de las
Comunidades, con todo eso de los lazos espirituales y la madre y los hijos y
demás tópicos de Congresos, banquetes y conferencias hispanoamericanas, ¿sabe
usted en qué parará todo ello? Pues en que dentro de algunos años—y quisiera
ser mal profeta—media América será yankee y la otra media italiana, con mucho
de alemana.
Y lo peor para los autores españoles no es que
dejásemos de cobrar lo poco que todavía se cobra de América, sino que tampoco
cobrásemos nada en España, gracias á las Comunidades y Ordenes religiosas que
han educado á unas cuantas generaciones incapaces de admirar otra literatura
que sea tan combatida en sus efectos por los mismos que admiran, sostienen y
fomentan la verdadera causa.
¿Por qué razones psíquico-fisiológicas el sentido
de la vista y el sentido estético mo[126]dernos admiten
en los trajes femeninos colores y combinaciones de colores que por mucho tiempo
habían parecido intolerables al buen gusto y á los ojos? Nada de academicismo en
la moda; la paleta de sus artistas no es la paleta académica, de tonalidades y
mezclas severamente ordenadas. El color de moda es el más peligroso de los
colores: el azul, considerado siempre como divisa arrogante que sólo alguna
soberana belleza blanca y rubia podía atreverse á ostentar, sin dar que reir al
enemigo, en su doble acepción de demonio y de mujer amiga. Vulgarmente solía
decirse: A las morenas, azul en ellas, para que luego el diablo se ría de
ellas. Hoy, morenas y rubias, se atreven con el azul, y no es á las morenas á
las que peor les dice. El gran pintor inglés Gainsborough, como alarde
pictórico, venció en su famoso Niño Azul las dificultades del
temible color. Hoy casi todas las mujeres son niñas azules, y lo
que entonces fué atrevimiento de un artista, hoy sería sujeción á la realidad.
Mis Lily Elsie, muy linda artista
inglesa, en El conde de Luxemburgo, estrenado re[127]cientemente
en Londres—no siempre han de ir los ingleses á la cabeza de la
civilización,—luce un ideal traje del más brillante azul: un azul de cielo
andaluz, un azul de turquesa, adornado con plata y menudas rosas de coral; el
sombrero, una airosa monterilla del mismo color que el vestido, con enhiestas
plumas también azules, y suavizándolo todo un abrigo color malva, un malva de
ocaso otoñal, un malva de lejanía, de confín entre cielo y tierra, entre mar y
nube.
Y años antes, ¿quién nos hubiera dicho, sin
escándalo, que habían de combinarse en elegantes vestidos el morado con el
amarillo, el carmesí con el verde, el negro con el botón de oro, el naranjado
con el azul? Entre los modistos y los escenógrafos rusos están revolucionando
nuestro sentido del color. ¿Se han enterado nuestros pintores y nuestros
directores de escena? Las mujeres sí se han enterado. ¡Oh, si fueran en todo
tan atrevidas y emprendedoras!
Digamos, como el otro, de los catecúmenos en la
iglesia: Por mí, que entren. Bien estarían, ¡oh, mis buenos amigos D. Mariano
de Cávia y D. Antonio Zozaya!, el periodismo sin periodistas y la literatura
sin literatos y el Arte en general sin artistas, si en esta nueva irrupción,
que pudiéramos llamar de los bárbaros, no en el sentido ofensivo de la palabra,
sino en el suyo original de gente extraña, los tales aportaran al periodismo, á
la literatura y al Arte algo que mejor fuera; esto es, vida, espontaneidad,
frescura... Pero, ¡ay!, que nada más literario que un iliterato. Lo sé por
experiencia. De continuo recibo dramas y comedias, pues bien, siempre que el
remitente me anuncia «Sin estudios de ninguna clase, sin conocer el teatro, he
escrito esta obra, inspirada en algo que me sucedió y creo interesante...», se
puede asegurar que la obra es un compendio de toda la mala literatura dramática
y de todas las triquiñuelas teatrales del peor género, exornado de la más
ramplona retórica de folletín. Si todo el que ha pasado por algo supiera
decírnoslo, el mundo estaría lleno de gran[129]des
artistas. Pero si muy difícil es saber ver, aun es más difícil saber contar. Se
refiere el caso de un procesado que, al oir la elocuente oración de su defensor
y cómo enumeraba con patéticas frases las desdichas que le habían traído á tan
triste pasó, exclamó:—¡Hasta ahora no me había yo dado cuenta de lo que he
padecido! Y es que, hasta del propio dolor, es mal intérprete la ignorancia.
Nadie sabe la literatura que hace falta para no
parecer literato, ni lo que hay que saber de dibujo para desdibujar. Para
ocultar todo arte hay que ser un supremo artista.
XIX
El caso de La Croix, periódico de
París, órgano conservador y católico, es curiosísimo. Se pasa la vida
bombeándonos como país católico, poniéndonos de ejemplo á los empecatados
Gobiernos franceses, que han llegado á la separación de la Iglesia y del
Estado, y cuando pudiera creerse que somos el mejor modelo que todos los países
del mundo debieran copiar, llega la cuestión de Marruecos y, ¡adiós mis pavos!,
nos pone de atrasados, de bárbaros y hasta incapaces de Sacramentos, á pesar de
todo nuestro catolicismo, que no tiene Muley Hafid por dónde cogernos. ¡Aten
ustedes esa mosca por el rabo! De suerte, que muy buenos cristianos, pero en lo
demás, cosa perdida; pues sí que es para animarnos á perseverar si son esas las
consecuencias de nuestro fervor religioso.
Como los nuestros de á cuarto, tienen los beatos
franceses cosas de á sou.
[132]Para consuelo nuestro, y en honor del
decantado bon sens de los franceses, no toda la Prensa se ha
despeñado por el precipicio de las tonterías. Espíritus belicosos se complacen
en trasladarnos lo desagradable; justo es consignar que hay quien no ha perdido
los estribos y que la razón y el sentido común no han huído todavía de Francia,
aunque estén pasando muy malos ratos, como en todas partes, cuando los
energúmenos vocean.
El Diario de los Debates, La
Humanidad y algunos otros periódicos hablan como la razón y la cordura
mismas. Bueno es que nuestros energúmenos colonistas, que por aquí también los
tenemos, se den por enterados. En Francia, como en España, es deber patriótico
y de humanidad no contribuir en lo más mínimo á enconar rozamientos. Un choque
entre las dos naciones sería dar que reir á las demás, que no habían de
intervenir en favor de ninguna y muy tranquilamente estarían á las resultas. Lo
urgente es tirar bien la raya, cerca ó lejos; hasta aquí unos, desde aquí
otros. Esas zonas neutrales, esas policías interna[133]cionales,
esas divisiones de mandos, desde la más remota antigüedad vienen dando el mismo
resultado. La diplomacia lo combina todo muy bien, y todo iría perfectamente
si, al decir Francia y España unidas, se tratara, en efecto, de una abstracción
ideal de las dos naciones, ó si fueran los propios diplomáticos con toda su
corrección, exquisitas maneras y excelentes formas los encargados de traer y
llevar por esas zonas neutrales. Pero eso de que las buenas relaciones entre
dos pueblos y su tranquilidad y su honor estén pendientes de que el último
policía internacional, que ni siquiera es francés, ni español en muchos casos,
tuvo unas palabras con otro de la misma categoría y casta, francamente, es
poner en ocasión cosas que mucho valen para fiarlas en tan poco.
El bailarín, así el de rango francés como el
clásico bolero español, el que tuvo su canto del cisne con música de Barbieri:
«Aquí viene un bolero muy afligido...»,[134] había
desaparecido de los teatros. Para el público de nuestros días la presencia de
un bailarín era intolerable. Pero todo tiene su renacimiento. La directora de
baile de la Opera Cómica, de París, la célebre madame Mariquita, ¡oh,
predestinación de los nombres!, ha declarado que se propone restaurar el
bailarín masculino en los bailes encomendados á su dirección:—Es una nota
necesaria—ha dicho;—es preciso el contraste; el «travestí» es antiartístico, el
público empieza á cansarse de las mujeres vestidas de hombre. Claro está que
madame Mariquita se atreve á tanto fiada en el triunfo de Nijinsky, el
extraordinario bailarín ruso que ha sido la coqueluche de
París en las dos últimas temporadas de primavera, que ha inspirado infinidad de
crónicas y de versos, de quien ha dicho un poeta:
C'est un monstre ingénu qui naquit pour la gloire.
Y más adelante, cosas de este calibre:
Il met le cœur en doute et l'instinct en danger.
Pero, ¡ay, que todos los bailarines y danzantes no
serán Nijinskys! En nada se mar[135]ca tanto la
diferencia de clases como en lo que no tiene clasificación posible.
La Banda municipal es objeto de controversia en el
seno mismo del Ayuntamiento. Hay quien la quiere aristocrática; hay quien la
quiere popular. Unos quisieran que no tocara nunca de La Walkyria para
abajo; otros, del «Himno de Riego» para arriba. Popular, sí; debe serlo. Pero
todos sabemos que lo de popular es valor entendido. Cuando decimos teatro
popular, música popular, escritor popular, todos sabemos hasta dónde llega esa
popularidad y dónde termina ese pueblo. Más allá sabemos que ni el teatro, ni
la música, ni el escritor han de ser comprendidos. ¿Que debe aspirarse á que lo
sean? Sí, muy bien. Pero si ha de educarse al pueblo artísticamente ha de ser
presentándole el Arte con cierto respeto, no poniéndolo á sus pies, sino sobre
su cabeza. Que oiga la música, la mejor, cuando de oir música se trate; cuando
se trate de bailotear en una verbe[136]na ó jolgorio de
barrio, con una buena charanga tiene bastante; sobra la Banda municipal, como
sobraría la Orquesta Sinfónica en el palacio más aristocrático si sólo de
bailar rigodones, valses y cotillón era el caso. Cada ocasión pide su lujo
particular; no hay que ser rastaqueres, señores concejales.
XX
Nuestra pobre vida, ahogada entre las cuatro
paredes de la actualidad prosaica, sólo en lo misterioso halla asidero para
lanzarse iluminada hacia donde algo novelesco ó poético se vislumbra. Sabemos
que de nada extraordinario somos capaces; sabemos hasta dónde nos llevan
nuestras pasiones, nuestros vicios, nuestras maldades y nuestras virtudes;
hemos perdido toda ilusión en nosotros mismos, hemos renunciado á ser actores
hasta en la propia comedia de nuestra vida; por lo mismo, somos espectadores
curiosos de la vida de los demás y esperamos de cualquiera de ellos la emoción
que divierta un poco la monotonía de nuestra vida. ¿No hay quien quiera ser
héroe, para que, de espectadores, ascendamos, siquiera por unos días, á ser
coro de la tragedia?
La muerte de Mad. Lantelme, lindo ar[138]tículo de París—ciudad única en la fabricación de esas
muñecas vivientes, imitación perfecta de todo, de la hermosura, de la
elegancia, hasta del talento,—nos defraudaría como espectadores si, en efecto,
hubiera sido causada por un accidente de los que llamamos casuales. Y he aquí
cómo, hasta cuando queremos poetizar, nos asimos de la más vulgar lógica.
La casualidad es un desenlace, pero no es una
explicación. La casualidad es algo que irrumpe por nuestra vida, fuera de todo
cauce; algo que, de puro fatal, parece desviarnos de la fatalidad de nuestro
destino. Son pocos los espíritus que saben percibir en la casualidad algo que
sea lógico y necesario en esa armonía que es toda vida humana.
A nadie le parece buena explicación el accidente
casual. Todas las mujeres que envidiaban á la Lantelme, creyéndola muy dichosa,
caen ahora en la cuenta de que era muy desgraciada. Menos mal que la muerte
pone un poco de moralidad en la vida. Las que más la envidiaban han dejado de
envidiarla ahora: «No, no era feliz; no po[139]día
serlo—se dicen unas á otras.—La felicidad no es sólo el dinero...» Pero, á
estas horas, todas pensarán en el opulento viudo, por si acaso. Todo es poner
barandal más alto á las ventanas del yate.
Todos prefieren creer que la linda muñeca de lujo
se ha suicidado. Esta explicación, que es más lógica, es, por lo mismo, más
vulgar, queriendo ser poética. Hasta en Francia, donde aun florece la tragedia
con toda la pompa de sus alejandrinos, se ha perdido el sentido de lo trágico.
Buscando la tragedia, se cae en el melodrama.
¿Un suicidio? Según eso, las mariposas efímeras
también se suicidan cuando se queman á la luz. No; cumplen su destino: vuelan
hacia la luz y se abrasan. Igual, ese bonito juguete, mariposa-mujer con alas
de encajes y colores de pedrería, volaba en torno de esas luces deslumbradoras
que son el amor, la riqueza, el arte, la gloria... y se abrasó en cualquiera de
ellas, tal vez en la que menos calor daba.
Los que no salen de Madrid por sus ocupaciones ó
por su gusto—por falta de dinero no será; por esa razón sólo podrían veranear
dos docenas de madrileños,—con nada se divierten. En la Ciudad Lineal, unas
luchas greco-romanas, que más transcienden á barraca de feria francesa que á
Grecia y Roma. En los nuevos Jardines del Retiro, en oposición al clasicismo de
la Ciudad Lineal, triunfa el romanticismo con don Jenaro, «el Feo», por mal
nombre. Un bufo de la tierra que, sin saberlo, como M. Jourdain, hablaba en prosa,
ha traducido muy castizamente excentricidades de minstrel inglés.
Con eso, y con el mujerío de verano, un mujerío que se oculta en invierno como
los pájaros se ocultan para morir, según el poeta, no se pasa del todo mal en
Madrid.
Para los que no pueden vivir sin emociones de Arte,
en cualquier tiempo que sea, ahí tienen el Gran Teatro, con una mínima de 40
grados al sol de sus baterías y á la sombra de sus tiples.
Mucho es, aquí, donde todo se copia, que no tenemos
ya, al modo de Francia, tea[141]tros de la Naturaleza,
teatros al aire libre ó teatros de verdura, que de las tres maneras los llaman,
aunque en la última acepción ya podríamos competir ventajosamente con los
franceses. De verdura tenemos aquí muchos teatros que, si el público tuviera mejor
gusto, aun había de justificar más su nombre, sembrando el escenario de
hortalizas.
El teatro de la Naturaleza cunde en Francia que es
una bendición... de los campos. No hay ciudad de alguna importancia, villa de
aguas—traducción literal—villaje,—esto ya es más castizo, aunque no lo
parezca,—donde no se represente alguna obra, con montañas y cielo por telón de
fondo y árboles seculares por bastidores—suprimidas las bambalinas. Por
fortuna, entre los actores franceses, gracias á la frecuente interpretación de
sus insoportables tragedias, los hay de hermosa voz y grandes facultades, que les
permite ser oídos sin el recurso de la máscara bocina de los actores griegos y
romanos.
Lo malo es que, si al principio sólo se
representaba en estos teatros obras adecua[142]das á la
grandiosidad de la escena, hoy, por el consumo excesivo, cualquier obra parece
buena para servirla en plena Naturaleza. Así se ha representado La
estrella de Sevilla, de Lope de Vega, y así se representará el mejor
día La dama de las camelias, que acaso no llegue al quinto acto,
expuesta á los cuatro vientos, ó acaso se reponga antes del cuarto con este
tratamiento al aire libre.
Lo que sí podrá decir cualquiera en Francia, sin
ponderación y sin sacrilegio, cuando quiera recordar que estuvo en un teatro de
estos, es que fué allá, donde Mounet Sully dió las tres voces.
Como decía un abonado del Real á otro que le preguntaba el lugar de la acción
en La Walkyria y era en una representación muy desdichada:
—¿No lo ve usted? Donde Wotan dió los tres gallos.
Los vaticinadores y agoreros de acontecimientos
mundiales, barajan sin cesar el nombre de las grandes naciones. Lo que[143] hará Alemania, lo que piensa Francia, la actitud
de Inglaterra. Parece que son los tiempos en que se nombraba á los reyes por el
nombre del Estado donde eran soberanos. Cuando se decía: Francia se casa;
Inglaterra se muere. Hoy esos nombres, con significar mucho, no lo significan
todo... Lo que hará Alemania, lo que piensa Francia, la actitud de
Inglaterra... Muy bien, sí; pero ¿no convendría más saber lo que harán los
alemanes, lo que piensan los franceses y la actitud de los ingleses?
XXI
No es de extrañar, siendo la noble aspiración del
socialismo la realización de un estado social paradisíaco, que los socialistas
sean á veces de una inocente simplicidad, tan paradisíaca, por lo menos, como
el mundo de sus ideales. Sobre todo, los socialistas españoles más noveles y,
por lo tanto, menos baqueteados por las impurezas de la realidad. De otro modo,
al escuchar el otro día á esos oradores franceses en tornée—y nunca
pudo anunciarse con mayor fundamento—pour l'Espagne et le Maroc, y
oirles amenazar con la huelga general internacional si el Gobierno de Francia ó
cualquiera otro se lanzaba á guerreras aventuras, nuestros buenos socialistas,
en vez de aplaudir, debieron preguntar, desconfiados, á los compañeros
franceses:—¿Qué apostamos á que ustedes no? En el mayor silencio dejaron
ustedes pasar la ocupación de Ca[146]sablanca; sin
ruidosas protestas han consentido ustedes en la ocupación de Fez, llevada á
cabo con todos los pretextos y malas artes usuales en el viejo juego de las
ocupaciones. ¿Por qué en cualquiera de estos dos casos no han ensayado ustedes
esa terrible huelga general con que vienen ustedes á conminarnos á nosotros,
que ninguna deslealtad hemos cometido en Marruecos? ¿Es que han tomado ustedes
á España como una especie de colonia agrícola ó granja de experimentación,
buena para ensayar ese cultivo de la huelga general y la protesta airada?
Internacionalismo, y no por mi casa, ¿verdad? Como si no supiéramos que en
Francia hasta los anarquistas son chauvinistas.
Y no hay que recordar el levantamiento de la Commune,
porque aquello mismo no fué sino exasperación del patriotismo dolorido.
Mientras se creyó fácil llegar á Berlín, no hubo en Francia un solo
internacional que protestara contra la guerra. Y hoy sucedería lo mismo; y sólo
nuestros inocentes socialistas, creyendo hacer el juego del internacionalismo,
no hacen más que[147] enseñar las cartas del suyo á
quienes menos conviene.
De los socialistas alemanes no hablemos; el día en
que el Kaiser desenvainara su imperial espada, ¡boca abajo todo el mundo! ¿A
que nadie hablaba de huelga general en Alemania?
Hablen, trabajen en favor de la paz cuanto quieran
y puedan nuestros socialistas; están en su razón y en su derecho. Pero no fíen
demasiado en los de fuera. Hasta ahora no los hemos visto protestar ni contra
la injustificada ocupación de Fez ni contra las injustas provocaciones á
España. Si hay que ser internacionalistas, bien es que empiecen otros. Aquí
hemos sido siempre algo retrasados en todo; no hay por qué tomar carrerilla en
esto.
En Nueva York se ha inaugurado un Círculo literario
hispano. Discursos, poesías, música... De todo ello, lo más interesante, por
ser más del extranjero, ha sido el breve discurso del Dr. William R. She[148]pherd, vicepresidente del nuevo Círculo, profesor de
Historia de la Universidad de Columbia. Ya que tan pocas veces nos llegan
gratas palabras, bueno es que conozcamos, para agradecerlas, las del ilustre
profesor, que dijo así:
«Aun cuando hiciera uso de mi lengua nativa para
expresar el sentimiento que me conmueve en estos momentos, al pensar en mis
impresiones de España, de la América hispana, del alma española, aquende y
allende los mares, las palabras me faltarían.
¡Cuánto más débiles y pobres no serán, pues, las
breves frases que podré pronunciar en una lengua que, si la amo al par de la
mía, no deja de ser siempre extraña para mí!
Os ruego, por tanto, que seáis indulgentes con mis
faltas de dicción y que miréis tan sólo á la sinceridad y al calor que las
animan.
Quienes no conocen los países hispanos, quienes
nunca han sondeado el corazón de los pueblos de origen español, suelen á veces
referirse á ellos con todo el menosprecio. Los que así hacen, debe notarse son[149] hombres propensos á tomar lo accidental de la
vida como característico; lo temporal, como permanente; lo superficial, como
esencial; la sombra, como si fuera substancia.
¿Me será permitido á mí, un extranjero, un
norteamericano, un yanqui, si así lo queréis, un hispanófilo, sin embargo, de
buena ley, el aventurarse á deciros lo que creo, mejor dicho, lo que me consta
personalmente que significa la frase: España en América? Pues España en América
significa las cualidades de amabilidad y hospitalidad, de cordialidad y
caballerosidad, de afecto y fraternidad que distingue tan marcadamente los
pensamientos y los hechos de España y sus hijos. Las colonias de antaño, las
diez y ocho Repúblicas americanas de hoy, las cualidades, en fin, que
ennoblecen tan gloriosamente su múltiple contribución á la cultura y al
bienestar de la Humanidad entera.
Así es que en la fundación del Círculo literario
hispano abrigamos la esperanza de que podamos hacer todo lo que esté dentro de
nuestro alcance para que las virtudes del[150] alma,
las bellezas de la literatura y la dulzura de la lengua que anhelamos fomentar
sean más y más conocidas, para que vivan, crezcan y florezcan, para que sean en
el porvenir aun más que lo que han sido en el pasado, para que sigan siendo la
luz, la alegría, la verdad, la vida, siempre bondadosa, siempre fiel.»
También pronunciaron elocuentes discursos D. Manuel
González, cónsul de Costa Rica; D. Máximo Iturralde, catedrático de Castellano
en la Universidad de Nueva York; D. Francisco Borda, ministro de Colombia en
Wáshington.
Una verdadera fiesta española que bien merece
aplauso y gratitud.
En Nueva Orleans se anuncia también la publicación
de una Revista española con el título Mercurio, y dirigida por
míster Allen H. Borden, que se propone fomentar nuestra literatura, nuestras
artes y, en general, nuestro progreso en todo orden.
Parafraseando á Voltaire cuando decía: C'est
du nord aujourd'oui qui nous vient la lumière, diremos: Es de los Estados
Unidos de donde hoy nos viene la luz. Aquí tie[151]nen
un buen argumento los partidarios y defensores de la guerra. ¿No será, al
combatir unos contra otros, como los pueblos se comprendan mejor y por
comprenderse lleguen á estimarse?
XXII
Cuando los sucesos tienen por sí solos la
suficiente fuerza de penetración ¿qué puede añadirles el comentario? Las
noticias de Inglaterra se comentan por sí mismas. De un lado, el esplendor de
sus fiestas marítimas, el más insolente lujo ostentado por los poderosos más
poderosos del mundo, señores de la tierra y de los mares. De otro lado, la
huelga sangrienta, el alarido desesperado de los hambrientos, que, por ser
legión, quieren también ser poderosos un día á su manera, que es destruirlo
todo, aunque no estén muy seguros de lo que después ha de edificarse. No hay
colosal ídolo de oro que no tenga los pies de barro. El relato de esas huelgas
de Londres y de Liverpool, cortando bruscamente la admiración envidiosa que
pudiera causarnos la descripción de las fiestas brillantes, viene á ser
consuelo de pobres, ya que no de tontos. En todas partes[154] cuecen
habas; menos mal donde también asan perdices; lo peor es donde sólo cuecen
habas y de la peor calidad. Aquí tenemos huelgas y no tenemos yates ni duques
de Westminster, que siempre es un entretenimiento hasta ver en qué para todo.
Y aun pretenderán los soberbios lores oponerse á la
sabia política de Lloyd George, de quien bien pudiera decirse, como dijo
Calderón de la Cruz redentora, que es «Iris de paz que se puso entre las iras
del Cielo y los pecados del mundo».
Si con política tan previsora de lo que está viendo
venir el más ciego, no se consigue evitar algún tremendo choque, ¿qué sucederá
donde nadie piensa en nada ó se piensa en lo que menos importa?
Los ricos de Inglaterra han recibido en estos días
una buena lección de Economía política. Con todo su dinero se han visto carecer
de muchas cosas. En los muelles se pudrían las frutas, se derretía el hielo, se
estropeaban las golosinas, que por una vez estimaban en todo su valor los que
nunca creyeron que todo eso significaba más que dinero. Por una vez, se han
permitido los[155] hambrientos el lujo que los
hartos se permiten toda la vida: desperdiciar.
Explicaba un señor que había viajado mucho, cómo la
razón de ser España el país más democrático en su trato y costumbres consistía
justamente en ser el más aristocrático. Y esto que parecía implicar
contradicción ó paradoja, lo resolvía él muy en su punto. En otras partes, sólo
las personas que, por su rango ó su elevada posición social, se creen lo
bastante seguras de sí mismas para saber que en nada desmerecen por alternar
con quien mejor les plazca, son las que se permiten esa familiaridad y llaneza,
que aquí nos permitimos todos porque todos llevamos un gran señor dentro y
todos nos creemos autorizados para dispensar nuestra confianza á quien mejor
nos parece; y así, de nuestra misma altivez procede el ser sencillos, y de ser
todos aristócratas el vivir en plena democracia.
Esta española confusión de castas y linajes se
acentúa en el veraneo, donde apenas[156] es posible
distinguir de clases, y tal vez no haya dato más seguro de información que las
diferentes tertulias, formadas, no al calor, sino al fresco de playas ó
montañas.
Dime en qué tertulia andas y te diré quién eres;
por lo menos te diré lo que buscas, ya que saber quién sea cada uno es
imposible.
Puestos á considerar las tertulias y sus afinadas
electivas, tenemos: la tertulia de los selectos, alrededor de alguna gran
señora, ya entrada en años; tertulia aburrida, pero de mucho tono. Por lo
regular, aparte los que quieren tomar alternativa, exhibiéndose en ella, los
que para nada la necesitan, saludan y pasan de largo.
Tenemos la tertulia de los despreocupados, en torno
de alguna profesional belleza; como es de rigor, acompañada por una
sobresaliente, vestida con los desechos y en todo atenida á lo mismo; pero no
es la que menos se divierte. Al pasar por esta tertulia hay que hacerse los
desentendidos cuando se va con señoras respetables.
Tenemos la tertulia del prohombre político: un
corro muy ancho, con las sillas muy[157] espaciadas;
al lado del prohombre una silla de respeto, con el bastón y el sombrero y
muchos periódicos. Esta silla sólo la ocupa algún otro prohombre del partido ó
algún enemigo político muy caracterizado. El prohombre sólo deja oir su voz
grave y sentenciosa, hasta cuando quiere parecer familiarmente trivial, cuando
hay repórter nuevo de periódico importante ó persona
significada á quien deslumbrar. De otro modo, queda encargado de amenizar la
tertulia el bufón del partido. En todos los partidos hay bufones de cámara.—El
hacer frases y chistes á costa de los correligionarios ausentes, espiando las
que son bien acogidas por una sonrisa del jefe, mal disimulada entre protestas:—¡Oh!
¡Este Fulano es terrible! ¡No diga usted eso! ¡Son cosas de usted! ¡No vaya á
creer nadie que yo pienso lo mismo!
En esta tertulia hay siempre un proveedor de
cerillas, porque el prohombre, gran fumador, nunca lleva cerillas.
Tenemos la tertulia del torero; muy parecida á la
del político, salvo que es más desinteresada. Con su bufón también, que habla
mal de los rivales en arte y de los revis[158]teros
apasionados por otros diestros, con las mismas sonrisas de agrado y protestas
hipócritas del ídolo.
En esta tertulia, como en la del prohombre, hay
terribles celos y envidias, que no suele haber entre los amigos de la
profesional belleza, con estar allí más justificados. Las preferencias del
ídolo se cotizan muy alto. Se recibe con hostilidad á cualquier amigo nuevo.
Los desairados desahogan su pena unos con otros.
—¿No le dijo á usted que almorzaría hoy con
nosotros?
—Sí; pero llegó ese imbécil...
—Este Manolo es del último que llega...
Los asiduos á esta tertulia, siempre que se
encuentran, antes de saludarse, se preguntan:—¿Ha visto usted al «hombre»?—¿Qué
sabe usted del «hombre»?—¿Ha visto usted cómo ha quedado el «hombre»?
Les digo á ustedes que estas tertulias de veraneo
son un manantial inagotable de amenidades.
Muy de temer es que, á esos graciosos canastillos,
última importación con que el Ayuntamiento prosigue la tarea de europeizarnos,
no les caiga del todo mal la clásica definición de la escupidera: «Un
recipiente alrededor del cual se escupe y se tiran las colillas.»
¿Servirán precisamente los nuevos recipientes para
el uso á que parecen destinados? ¿Será el órgano engendrador de la función? ¿O
cuando tengamos todo lo necesario para ser limpios, nos seguirá faltando la
limpieza, como cuando tengamos todo lo que hace falta para estar educados nos
seguirá faltando la educación?
XXIII
Si alguna traducción se impone por su propia
virtud, es la de esos tribunales que han de juzgar á los niños precoces
delincuentes; institución establecida en varios países de Europa; en París,
desde algunos años, y ahora extensiva á toda Francia.
Discútase por criminalistas y sociólogos si la
Justicia ha de tener cara de perro ó rostro más benigno, cuando de juzgar á los
hombres se trate. Pero, tratándose de niños, ¿no podrá sustituir la severa
balanza por un pesa-bebés, blando como una cuna, y la imponente espada, cuando
menos por aquella caña tradicional en los antiguos maestros de escuela?
Yo no sé si hay niños rematadamente malos; pero sé
que, en niños y en hombres, nada hace tan malos á los malos como el saberse
tenidos por incapaces de toda bondad. Repetid á un niño continuamen[162]te:—¡Qué malo es! ¡Es muy malo!,—y lo será en efecto.
Aunque lo sea, dejadle alguna ilusión sobre su bondad. Cuando queráis conseguir
algo de él y estéis seguros de su desobediencia, no vea que la dais por segura;
al contrario, decidle:—Sí lo hará, porque él es muy bueno.—Para gobernar
pueblos, como para educar niños, hay que hacerles ver que son gobernables y
educables, aunque no se crea.
Yo creo que si el pueblo español es de tan difícil
gobernar ha sido de tanto decirle que lo era.
Es humana tendencia la de sobresalir, la de afirmar
nuestra personalidad destacada. Hay quien, no pudiendo distinguirse de otro
modo, se contenta con presumir de sus achaques:—Como las jaquecas que tengo yo
no las tiene nadie.
Entre las señoras, no digamos; la que ha conseguido
tener el parto más laborioso se considera dichosa cuando lo echa á competir
entre las amigas.
Por esto, la sociedad y los Tribunales de Justicia,
que la representan, ni al juzgar á un criminal, á un delincuente nato é inco[163]rregible, deben darse por entendidos de que se hallan
en presencia de algún monstruo. Esto envanece al criminal, y hay que procurar
que los criminales sean modestos. Hay que persuadirles de que no son tan malos
como ellos se creen. Es el sistema de los confesores sabios y prudentes con los
más empedernidos pecadores, y así consiguen conversiones notables.
En los niños, vanidosillos de suyo, nadie sabe lo
que puede importar esta estudiada indiferencia ante sus precoces delitos.
En Francia, con muy buen acuerdo, se ha evitado
toda publicidad en las vistas y sentencias de estos tribunales para niños. Y
aquí, si llegaran á establecerse, habría que suplicar á la insaciable
información, en sus dos aspectos, literario y fotográfico, un discreto
silencio.
¿Será ilusión, ó falta de memoria? Tengo entendido
que algo se ha legislado en España sobre tribunales para niños. Si así no fuera
ó algo faltara para llegar á la perfección en su funcionamiento, nada más
urgente.
Habiendo de tener estos tribunales mu[164]cho de patronato, debieran constituirse por distritos
y, aparte el juez especial designado, formarse por jurados cuidadosamente
elegidos. Entre ellos figurará siempre un médico, un maestro, y, como ha
indicado muy bien un distinguido escritor, nunca mejor ocasión para que la
mujer entrara en funciones judiciales. Un voto de mujer no puede faltar al
juzgar la culpa de un niño. Un voto que sería una lágrima y un beso.
Un periódico inglés—Daily Mirror—propone lo
que bien pudiera llamarse vacaciones matrimoniales. Esto es, que, en los
matrimonios, debe veranear el marido de una parte y la mujer de otra, sin dejar
de escribirse durante la ausencia largas cartas de amor. Sería—añade Daily
Mirror—el mejor medio de mantener y reanimar la llama de un sentimiento
siempre expuesto á extinguirse by the friction of every day life.
Una tregua anual es muy conveniente, y escribiéndose cartas que recordaran las
adorables cartas de novios, los esposos encon[165]trarían,
al reunirse de nuevo, una frescura de emociones que despertaría en ellos
al boy y á la girl adormecidos por el
matrimonio.
Hasta aquí el periódico inglés.
Yo no sé si en Inglaterra sería una novedad este
descanso conyugal ó vacaciones matrimoniales. En los países latinos no hay nada
más corriente, y, hasta ahora, los resultados no han sido muy satisfactorios.
Más de una separación á cencerros tapados y más de un divorcio á cencerrada
libre han tenido su origen en estos ensayos veraniegos de libertad.
Un soltero pierde su libertad fácilmente, porque,
en la mayoría de los casos, no hay tal libertad. Hay que saber lo que es un
padre de familia á la española y la familia que se agrupa á su alrededor en
consecuencia, para comprender que cualquier medio es bueno para emanciparse. Y
como nuestro terrible padre de familia no comprende que su hijo salga de su
casa más que para casarse... pues se casa y en paz, es decir, en guerra, la
misma guerra que en la casa paterna; pero en la suya siquiera, puede gritar él más
que nadie.
Pero ¡ay! cuando un casado prueba unos días de
libertad... matrimonio perdido. Si es el marido quien veranea y la mujer la que
se queda en casa, la vida de fonda es para él un paraíso. Aunque los que viven
en casa de huéspedes aseguran que se está muy mal en las fondas, crean ustedes
que en cualquier casa de huéspedes se está mejor que en la mayoría de las casas
de la clase media española. En alimentación y comodidades materiales hay poca
diferencia; pero en cuanto á educación y trato y ambiente espiritual, todas las
ventajas están en favor de las casas de huéspedes.
En el caso de ser la esposa la que veranea y el
marido el que se queda en casa, con ó sin criada, no hay idea del orden que
puede reinar en una casa cuando falta quien ponga orden en ella. Este ramo de
la limpieza y del buen orden doméstico, que, con la honradez, son los últimos
baluartes de las mujeres que no tienen otras gracias, están muy desacreditados
desde que se ha caído en la cuenta de que nada hay más en orden ni con más
limpieza que los tres lugares justamente en que para nada intervienen[167] las mujeres: un cuartel, un convento de frailes
y un barco de guerra.
Por todo esto y otras muchas cosas, no conviene
dejar solos á los maridos. En cuanto á las mujeres... ellas vuelven siempre
encantadas al hogar, por bien que lo hayan pasado fuera. ¿A quién podrán decir
con el tono de superioridad despreciativa que al marido:—¡Como éste es así! ¡Si
éste no fuera así!
XXIV
Los que quieran oir, que oigan; los que quieran
entender, que entiendan. En algo habíamos de ser precursores. Nuestro género
chico, que no tuvo nunca mayor enemigo que sus propios cultivadores, va siendo
ya imitado en todas partes. En París son ya muchos los teatros mejor defendidos
con variedad de piezas en un acto, que con la obra grande, de tres ó más actos;
obra que no suele tener de grande más que las dimensiones, y en donde, por dos
ó tres escenas, que vienen á ser en resumidas cuentas toda la substancia de la
obra, hay que soportar todo el ripio y cascote, que no es patrimonio exclusivo
de las obras en verso. En Londres, autores y actores famosos pasan sin
desdorarse del teatro al music-hall, y en bocetos dramáticos ó
cómicos, sketches, ofrecen, ganando en intensidad lo que pierden en
extensión, brillante muestra de[170] su talento.
Graves autores y críticos protestan contra la innovación, que ellos estiman
contra el Arte; pero el público la halla muy de su gusto.
Y hay que abrir los ojos á la evidencia: La
obra grande, en tres ó más actos, es contemporánea de aquellas
novelas en cuatro ó cinco tomos, lectura reposada para todas las largas noches
de un largo invierno. Hoy nadie las escribiría, porque nadie había de leerlas.
En la vida moderna, hasta los desocupados tienen más ocupaciones que los más
activos de otros tiempos. El fracaso de muchas obras muy estimables, la
dificultad de sostenerlas en el cartel mucho tiempo, no puede explicarse por su
mayor ó menor mérito, sino sencillamente porque es preciso tener muy pocas
cosas en qué pensar y ninguna en qué distraerse, para dedicar una velada entera
á escuchar á un autor y á unos actores, por muy lindas cosas que nos digan muy
lindamente dichas. Pesa mucha literatura sobre la Humanidad, y los autores
están en la obligación de decirnos lo más brevemente posible las novedades que
tengan que comunicarnos. ¿No[171] es bastante un
acto? Los autores y los actores ingleses demuestran que aun el acto es mucho;
el sketch les basta para dar al público completa muestra de su
arte. El teatro del porvenir será como estos music-halls ingleses
á la moderna, donde alterna la cupletista con la gran cantante, el excéntrico
con el actor, el baile con la tragedia condensada; donde hay espectáculo y
arte, y falta el arte también para todos los gustos; en donde cada espectador
puede elegir la hora y el número que le conviene, y al que le convenga verlo y
oirlo todo, no fatigará su atención con un mismo tema, y en la diversidad de
impresiones hallará el mayor encanto del espectáculo.
Todo el secreto y el arte de ganar dinero como
empresario de teatros, consiste en ofrecer al público, no lo que le ha gustado
ayer y le gusta hoy, sino lo que le gustará mañana.
En el teatro sólo han podido enriquecerse alguna
vez los previsores, los que han sabido anticiparse al gusto del público. Por
desgracia suya, aun estos previsores, encariñados con su hallazgo, no saben
entender[172] que otro de los secretos del teatro
consiste en abandonar un género precisamente cuando más le está gustando al
público. En todo lo humano, la cumbre ya empieza á ser decadencia.
¿Qué podrá decirse del género grande, que de puro
bajar hasta parece que está empezando á subir? Pero una golondrina no hace
verano, ni una ola temporales. El género grande está muerto. Y no es porque las
obras sean mejores ó peores, tampoco los actores: ha muerto de grande, de los
tres actos y de las tres horas de duración. Y lo sorprendente es que haya
vivido tanto y conserve todavía apariencia de vida. ¿Hay algo en la vida
moderna á lo que dedique nadie tres horas seguidas de atención? Pero el autor que
no es vanidoso, sabe que de esas tres horas, una corresponde á los entreactos,
otra á los espectadores, y una, todo lo más, á la obra, si no es día de abono
aristocrático.
Todos los veranos leemos las mismas consideraciones
sobre el veraneo y sobre la pre[173]dilección de los
veraneantes por los grandes centros de atracción veraniega, traslado en todo,
con un poco más de ventilación, de la vida madrileña.
Y aquí del problema: ¿No se hace vida de campo
porque nuestros campos son inhospitalarios?, ó ¿son nuestros campos
inhospitalarios porque nadie quiere vivir en ellos?
No es razón pedir á los cortesanos que vayan á
pasar molestias, sin la recompensa siquiera de pasar á la Historia como
colonizadores. No es razón tampoco pedir á los campesinos que vayan disponiendo
comodidades y atracciones, sin la seguridad de que los cortesanos han de acudir
á compensar los gastos. El problema es de solución difícil. Alguien ha de
empezar. En otras partes, han sido los viajeros los que han hecho el camino, y
los huéspedes los hoteles. En España, acaso necesitemos lo contrario. Así empezaron
Biarritz y Trouville, en Francia. En España mismo, así empezaron San Sebastián
y Zarauz y Deva; así empezaron, más cercanos á Madrid, Cercedilla y otros
lugares de la Sierra. Los[174] primeros en acudir
pasaron lo suyo; tuvieron, en cambio, el supremo goce de la virginidad.
Y como decía un buen señor, que siempre prolongaba
su estancia en un lugar de estos hasta muy entrado el otoño, cuando ya no
quedaba nadie de la colonia veraniega: «Ahora es cuando se está aquí á gusto.
Si la gente no fuera tonta, ahora es cuando debía venir aquí todo el mundo.»
Una escritora de entendimiento y de corazón propone
que los niños asistentes á las escuelas públicas tengan al entrar ellos, no
sólo alimento espiritual, sino algo también de ese alimento material, tan
necesario para bien disponer el espíritu; que si tripas llevan pies—y andamos
tan malamente,—también llevan cerebro: y si de la panza sale la danza, también
la enseñanza, si ha de ser provechosa.
Plausible idea es la del desayuno escolar, y es
preciso que no quede en idea. Es triste cosa que, por amor propio mal entendido[175] ó por temor á que pueda parecer bombo mutuo ó
tacto de codos, nadie patrocine más ideas que las propias, y así queden
perdidas y malogradas las mejores.
Ese desayuno de los niños pobres debe quedar á
cuenta de los niños ricos, y las madres que enseñan á rezar á sus hijos, deben
hacerles comprender que por algo en el Padrenuestro no se dice: «El pan mío de
cada día», sino «el pan nuestro». ¿Qué menos puede comprender ese plural que el
pan de todos los niños? ¿Qué almas pueden unirse mejor en ese acto de compartir
el pan, que siendo de comunión cristiana, lo es también de solidaridad social?
Lances de veraneo: Un tenorio de playa, locamente
enamorado de una bella compañera de hospedaje, la persigue día y noche
dispuesto á todo. Un día, por fin, acompañándola desde la calle, se entra
decidido hasta el mismo cuarto de la señora, que protesta muy indignada. El,
sin oirla, se entrega á los transportes más apasionados.[176] La
dama le rechaza con toda su fuerza: «¡Está usted loco! ¿Qué hace usted? ¿Quiere
usted que grite? ¡Qué atrevimiento! Y... ¿á que no ha echado usted el
pestillo?»
XXV
Que si Francia, que si Alemania... Cuando aun
saboreamos las delicias del ménage à trois, anglo-franco-español,
concertado en la Conferencia de Algeciras, á la ligera, de pasada y como para
que nadie haga caso, como puede decirse en estas notas por quien no tiene
autoridad, me permití decir que el sentido común más rudimentario aconsejaba la
alianza con Alemania, como más conveniente á los intereses españoles. De modo
que no se dirá que me apasiono por Francia. Ahora, cuando veo que el
apasionamiento por Alemania llega hasta desconocer y negar todo valor positivo
á la cultura francesa, creo que, por lo menos, debemos acordarnos de que lo que
sabemos de Alemania lo sabemos por Francia. Con todos sus defectos y su
influencia más ó menos funesta en nuestra política, en nuestras costumbres, en
nuestro arte—y tal vez el[178] pro contrapesara la
contra,—todavía podíamos imitarla en mucho, que nos sería muy conveniente. Por
ejemplo: en su patriotismo, no limitado al aspecto bélico. Bien haremos al no
confundir en nuestra admiración á un Cousin con un Kant, á Corneille con
Shakespeare; pero, ¿no es altamente plausible y no debiéramos imitar nosotros
ese laudable afán de los franceses por elevar sus glorias y presentarlas
rodeadas de todo respeto á la consideración de los extraños? Cierto que es más
ocasionada al ridículo la exagerada admiración, y nosotros somos un pueblo
serio, que, por salvarnos del ridículo, caemos en la odiosidad de rebajar y
denigrarlo todo.
La compañía de la Opera Cómica, de París, con su
director, M. Carré, y su esposa, la espiritual artista Margarita Carré, han ido
á Buenos Aires á dar unas representaciones de ópera francesa. Los periódicos
hablan del valor, en sus dos acepciones, courage et valeur, de los
artistas expedicionarios, de su abnegación al marchar á lejanas tierras á
predicar la buena nueva del arte musical francés; el público se dispone á[179] recibir en triunfo á la gentil Margarita Carré y
á su esposo... Lo mismo que aquí. María Guerrero, Rosario Pino, han hecho en
América, por nuestro arte y por nuestro buen nombre, más que todos los
embajadores y diplomáticos. A su vuelta nos contentamos con contarles el
dinero; á la ida... no falta quien envíe un extracto ó crónica desacreditándolas.
No digamos si el que viaja es algún escritor: ya nos encargamos de prepararle
desde aquí el terreno, y cuando llega, va precedido de cartas particulares y
artículos de muy buena firma, que vienen á decir en substancia: «Ahí les
mandamos á ustedes ese pendejo, á quien aquí no admira nadie ni nadie toma en
serio; suponemos que ustedes tampoco. ¡Ah! cuidado con los cubiertos». Lo mismo
que enviaron los franceses á Clemenceau y á Anatole France; lo mismo que envían
al más insignificante de sus cómicos ó cantantes. Aquí nos reimos mucho de esas
cosas; pero con esas cosas pueden atreverse á escribir: «La Argentina, hija de
Francia», y con razón se indigna Mariano de Cávia, y con razón no se indigna
sólo con el autor de la fanfarro[180]nada, sino también con
los que desde aquí, por su desidia, la hicieron posible.
Entretanto, que si Francia, que si Alemania. Y
¿nadie se acuerda de Italia, que es la verdadera madre de todos los cerebros
latinos?
Y no sólo de los latinos, sino de toda la cultura
europea.
¿No debemos á Italia lo mejor de nuestro arte?
¿Nuestros poetas, nuestros novelistas, nuestros pintores? ¿No están Velázquez,
Ribera, el Greco, en los pintores venecianos? ¿No está Murillo en Rafael? ¿No
está Cervantes en Bocaccio y el Ariosto? ¿No está Calderón en
Dante? Y ¿no está toda Italia en Lope de Vega?
Allá que la sombra negra del Vaticano se interponga
entre las relaciones oficiales de los dos pueblos más hermanos en carácter, en
glorias y hasta en desdichas: los demás no debemos ser ingratos ni olvidadizos.
Aceptada la clasificación de pueblos latinos, si todos son hermanos, sólo
Italia es madre de todos, y, sobre todos, gloriosa.
La cuestión de las «capeas» ocasiona muchos
disgustos en este año por esos pueblos de nuestros pecados. Mayores disgustos,
pues que, con desigual injusticia, mientras en este pueblo se prohibe la
«capea», se permite en el de al lado, sin duda por disfrutar de mayor
influencia cerca de los gobernadores. Mientras aquí se hace la ley gorda, dos
leguas más allá se hila muy delgado. Sabido es que nada irrita tanto como estas
diferencias y distinciones. Entretanto, llueven multas sobre muchos infelices
alcaldes, á quien se quiere exigir que se impongan á todo un pueblo con tres
números de la Guardia civil; bastantes menos de los que se envía en día de
elecciones, cuando hay que poner miedo en los electores de oposición.
Gobernadores que, cuando presiden una corrida de
toros en su diócesis, pasan por cuanto les pide el público, aun sin razón, en
el natural deseo de evitar conflictos, quieren que estos pobres alcaldes, sin
fuerza material, y con poca autoridad moral, se basten y se sobren para
prohibir las «capeas». No saben los gobernadores que[182] el
conflicto sería mayor para ellos si los alcaldes se obstinaran en prohibirlas á
raja tabla.
Además, donde se paga á los maestros como aquí se
les paga, ¿hay derecho á prohibir «las capeas»? De unas cosas provienen las
otras, y cuando se quiere educar á un pueblo, hay que empezar por el principio.
Otra de las especialidades del veraneo es, al
derramarse por las varias regiones de España, los agricultores, que pudiéramos
llamar de la cátedra; cuerdos en casa ajena que pretenden saber más que el loco
en la propia.—Aquí tienen ustedes una riqueza sin explotar... Si se sirvieran
ustedes de máquinas...
—Como no las despeñáramos por esos cerros—piensa el
labrador socarrón.—Aquí tienen ustedes una riqueza en fruta. ¿Qué hacen ustedes
con ella?—Nos la comemos.—¿Por qué no la exportan ustedes á Inglaterra?—Pues,
¡qué sé yo!
—¡Qué país éste! ¿Ustedes saben lo que pagarían por
esta fruta en Londres?
El agricultor de gabinete, á los pocos días de
regresar á la corte, recibe, muy bien acondicionado, un cajón de aquella
riquísima fruta; la mitad llega para tirarla, y el viaje no ha sido muy largo.
¿No es ésta la mejor contestación á todos estos que quieren saber de la tierra
y de sus productos más que sus cultivadores, que no se chupan el dedo, aunque
otra cosa parezca, y saben muy bien dónde les aprieta el zapato?
Sí, algo hay que hacer por esos campos de España;
pero ni es tanto ni lo que creen muchos que todo lo aprendieron en los libros.
A la mayor parte de los campesinos, cuando van á enseñarles algo, ya están
ellos de vuelta, y el viaje no ha sido muy fructífero. Y lo que dicen ellos: De
consejos, la mitad en dinero.
XXVI
Tan sobresaltados nos han tenido durante todo el
verano con amenazas de conflagraciones europeas, cólera, disturbios interiores;
tanto nos han gritado «¡el lobo, el lobo!», que cuando el lobo ha venido, en
efecto, casi estábamos curados de espanto; y la verdad es que la intranquilidad
de los espíritus no corresponde á lo crítico de las circunstancias. No parece
sino que no fuera nada con nosotros. El ilustre político que consideró á España
incorregible é ingobernable porque había perdido el pulso, hallaría ahora
nuevas razones para reforzar su diagnóstico. No creo yo que hayamos perdido el
pulso; lo que sucede es que no se nos altera por nada. ¡Nos hemos visto con el
agua al cuello tantas veces! Sólo una gran catástrofe nacional, como la cogida
de un torero, es capaz ya de conmovernos y alterar el ritmo normal de nuestras
pulsacio[186]nes. Menos mal; si fuéramos á emocionarnos
por todo lo que vale la pena, estaríamos enfermos del corazón todos los
españoles. Y ¿para qué hay una Providencia allá arriba y un Gobierno aquí
abajo?
Pero los ricos son egoístas; ellos se toman sus
vacaciones del veraneo y se molestan porque los pobres se declaren en huelga,
que es, salvo enfermedad ó paro forzoso, su único modo de tener vacaciones. Con
la diferencia de que no son tan divertidas como las de los ricos; porque las
Cajas de resistencia no dan para tanto como las Cajas de los Bancos y las
rentas de casas y tierras. ¡Ah! Si los pobres tuvieran algún dinero para
jugárselo en algún Casino mientras dura la huelga, nadie tendría que decir nada
de ellos. Sería gente que se divierte; la gente que se divierte, no perturba.
Pero ¿á quién se le ocurre holgar sin dinero? Peor todavía: á costa del dinero
de los demás. ¿No piensan esos obreros que sus días de huelga significan tal
vez el automóvil, la partida de «bac» del señor que veranea tranquilamente?
Pues bueno sería que lo pensaran, que eso de no pensar más que[187] en
sí mismos se queda también para los ricos. Bueno es que ellos no piensen que su
automóvil, y su «bac», y sus «cocottes» significan el pan que falta muchos días
en muchas mesas; porque si lo pensaran no se divertirían tanto, y conviene que
los ricos se diviertan para que los pobres vivan. Cuando se han pagado seis
reales ó dos pesetas por el trabajo de un hombre en todo un día, bien puede uno
jugarse 1.000 pesetas á una carta, con la conciencia tranquila, y pedir energía
á los Gobiernos para reprimir cualquier desorden, y espantarse de que haya
quien hable todavía de problemas y cuestiones sociales.
Una millonaria americana ha celebrado en París el
segundo cumpleaños de un lindo perrillo de su pertenencia con una original y
espléndida fiesta. Invitó á todos los perros y perras de sus amigas, que
acudieron acompañados de sus distinguidas amitas, naturalmente. Hubo verdadera
competencia en el atavío de los perros: collares y pulseras con piedras
preciosas, golas de[188] magníficos encajes, mantas
de fantasía, pañuelitos bordados. El héroe de la fiesta lucía un suntuoso
manto, que era llevado graciosamente del pico por un pato blanco que, según
dicen, cometió mil incorrecciones y acabó por tragarse un anillo de oro y
brillantes que dejó caer una de las más espirituales falderas asistentes á la
reunión. Se sirvió un delicado agasajo, y las revistas no dicen si se bailó ó
se hizo música, ni si las alfombras y cortinajes ó las faldas de las amitas
padecieron graves ultrajes. Tampoco dicen si el flirt se
contuvo en límites decorosos ó hubo que lamentar algunas expansiones de dudoso
gusto. Se supone que, siendo todos los perritos de buena casa y educados por
señoras tan distinguidas, la reunión tendría el mejor tono. De seguro que no se
mordieron unos á otros como sus señoras y dueñas, que saldrían encantadas de la
fiesta. Sería interesante saber lo que pensaron los perros, y más interesante
saber lo que dijeron los criados de la casa. De los maridos y los hijos de las
señoras, no se sabe nada.
No se dirá que nos descuidamos en los preparativos
para solemnizar el centenario de Cervantes. El Salón Nacional, nombre ya de
suyo sonoro y significativo, se llamará teatro de Cervantes, y, al anunciar el
cambio de nombre, se anunció primeramente que actuaría en él una buena compañía
dramática; pero después referencias muy autorizadas dan por seguro que actuará
en él una de esas compañías de varietés tan poco variadas. Era
lo único que le faltaba á Cervantes. Con un guiñol iría mejor servido; siquiera
recordaría aquel retablo de Maravillas ó el famoso de maese Pedro; pero
estas varietés á la moderna no sé qué puedan recordar, como no
sean las desdichas que le persiguieron en vida y no dejaron de perseguirle en
muerte, sin la tregua del centenario, que ya veremos cómo nos lo deparan entre
unos y otros.
Admirable sería que, al engaño del nombre, acudiera
algún extranjero al teatro de Cervantes creyendo hallar el verdadero teatro
nacional, ó poco menos, y se encontrara con su buen garrotín y sus buenas
coplitas en el más puro estilo cervantesco. Triste[190] sería
que, sólo por los artistas y el público, pudiera creerse transportado á lo más
triste de la triste España de Cervantes, y que, viniendo á festejar al autor
del Quijote, sólo pudiera admirar al de Rinconete y
Cortadillo, no tanto por la certera observación de su tiempo como por la
penetrante visión del porvenir.
Los franceses nos pondrán en solfa, y por eso, sin
duda, padecen la obsesión musical de España. De diez ó doce conciertos
anunciados en días pasados, de los que dan en París continuamente las bandas
militares, no había uno solo en que no figurara alguna pieza de inspiración
española. La España, de Chabrier; fantasías de Carmen;
un Vito; fantasía de El Cid, de Massenet; serenata española. Eso
sí, entre tanta música española ni un sólo compositor español. Basta con que la
inspiración sea nuestra; ellos se bastan para instrumentarlo todo. Lo mismo que
en Marruecos, y que en todas partes. Aquí cantamos y baila[191]mos;
ellos instrumentan... y cobran. ¿No ha sido ésta siempre la suprema habilidad
francesa: instrumentar todas las músicas de todo el mundo? Sólo que hay músicas
bravías que se resisten á todo pentagrama y á toda batuta. Napoleón, aquel gran
director de orquesta, lo aprendió á su costa. Pudo con los pueblos entonces más
civilizados y fué á estrellarse en los que él despreciaba más por incultos.
XXVII
Si para todo Gobierno es siempre desagradable la
perturbación del orden público, es natural que lo sea doblemente para un
Gobierno liberal y democrático. Siendo el primer deber de un Gobierno el
sostenimiento del orden, ¿cómo conciliar las ideas liberales con las medidas
necesarias de previsión y de represión? Según frase de un eminente novelista y
lastimoso republicano, en la vida los hechos van dando de puntapiés á las
ideas. Pero no deja de ser triste cosa, cuando de ideas liberales se trata, que
los hechos brutales puedan despedirlas de tan brutal manera.
Convalecientes todavía de un acceso de fiebre, en
que, por fortuna, no todos han perdido la cabeza, aunque bien pudo temerse, no
es ocasión de aquilatar errores y responsabilidades.
Hay en estos accesos agudos el peligro de que, por
atender con premura á lo sintomático, se desatienda la dolencia esencial. Es
indudable que los vínculos de solidaridad social entre unas clases y otras
están muy relajados. Nadie sabe á qué alta claridad han de llegar las
inteligencias para suplir el calor que falta en los corazones. Hemos apagado la
lumbre antes de encender la luz, y todos vamos á tientas por la vida; no es
extraño que nos tropecemos unos á otros á cada paso. Se ha destruído mucho y no
se ha edificado lo bastante. La voluntad moderna es negativa. Sabemos muy bien
lo que no queremos; nadie sabe de cierto lo que quiere.
Sería injusto desconocer, y los más apasionados
enemigos y los más condicionales amigos, que son peores, no podrán negarlo, que
el Gobierno ha salvado con gran cordura, digan otros con gran suerte, las
difíciles circunstancias en que tanto podía pecarse por falta como por exceso.
El pueblo de Madrid, tan desconocido, tan
calumniado á veces, ha dado una vez más pruebas de su ánimo sereno y bien[195] templado. Nadie se ha intimidado. El comercio
abrió sus tiendas confiadamente; nadie dejó sus habituales ocupaciones y
esparcimientos. La clase media, sobre todo, la que bien tendría motivos
justificados para ir á la huelga y á la protesta violenta, puede decirse que ha
sido en este caso el muro de contención contra posibles desbordamientos del
motín amenazador, por una parte, de la represión excesiva, por otra. No olviden
la Monarquía ni sus Gobiernos dónde está su más firme apoyo. ¿Los de abajo? Aun
sin razones sentimentales. ¡Hay tantas razones de conciencia para perdonar sus
errores y sus extravíos! La grey es buena... ¿Los pastores? ¡Pobre pueblo! ¡La
vida es tan dura para él! ¿Cómo culparle si, para soñar y esperanzarse,
prefiere todavía la blandura y dulzor de las mentiras lisonjeras al áspero y
sano amargor de las verdades? ¡Si sólo se le acercan los que tienen
aspiraciones de ídolos y ninguno que tenga vocación de mártir! ¿Cómo ha de
escuchar nunca palabras de verdad? Hasta la entrada en Jerusalén, entre
aclamaciones y palmas, hay[196] muchos Cristos;
hasta la Cruz, sólo hubo uno: El que era todo amor.
Bien merecen una especial recompensa los
reservistas y licenciados temporalmente que se han presentado espontáneamente
en sus respectivos Cuerpos, anticipándose á la orden de incorporarse á ellos.
Merecedores son también del mayor encomio los
aristócratas veraneantes, los próceres ilustres, políticos y financieros, lo
más saneado de nuestras clases conservadoras, que se han apresurado á dejar las
comodidades y el descanso de sus residencias veraniegas para mostrar á la
Monarquía y al Gobierno su lealtad acrisolada. Imponente fué la manifestación
de todos ellos realizada en Madrid, pareciendo en los sitios de mayor peligro,
ofreciéndose con sus servidores y empleados á defender y sostener el orden. No
podían hacer menos por la Monarquía los que tanto hicieron por la Religión en
los días del Congreso Eucarístico. Sólo los impedidos y achacosos se han[197] limitado á enviar sus adhesiones por escrito. Y,
aun á éstos, habría que oirles en la terraza del Casino de Biarritz y en otros
puntos del extranjero abominar de los viles afrancesados, que se aprovechan de
los momentos difíciles para perturbar el orden y traer graves complicaciones
sobre España.
Admirable ha sido su conducta, y razón es que,
después de tan significativo acto de presencia, vuelvan á reanudar sus
vacaciones, interrumpidas hasta que llegue el invierno y, con él, ocasiones en
que lucir más tranquilamente Toisones, bandas y cruces, que tan bien saben
ostentarse en los momentos de peligro como en las ceremonias pacíficas.
La Monarquía y los Gobiernos deben tener muy en
cuenta la actitud de estas clases privilegiadas, que aun no han hallado por
aquí su Lloyd George como en Inglaterra.
Y nada más. De todo ello el Gobierno del Sr.
Canalejas ha salido incólume, cuando[198] sus
mejores enemigos y sus peores amigos esperaban que saldría muy quebrantado.
Algo que importa más ha salido también incólume: la vitalidad de esta España
nuestra, más resistente con su apariencia de debilidad que muchos organismos de
robustez engañosa.
Y á este nuestro Madrid bien puede perdonársele su
femenina debilidad por algún torero, en gracia de su masculina serenidad ante
un espectáculo en que la mayor prueba de cordura era permanecer impasibles como
espectadores; único medio de que no se hicieran locuras en el redondel, que,
por fortuna, en esta ocasión ha sido todo olivo, considerado como símbolo de la
Paz, para los bien intencionados. En su sentido taurino; para los que gritando
¡al toro, al toro!, no se contentan con quedarse entre barreras, sino que se
suben al palco de la presidencia apenas suenan los clarines y, de paso que se
ponen en seguro, le piden algún favorcillo al presidente, mientras los incautos
lidiadores, jaleados por estos capitanes Araña, se juegan la vida en el ruedo.
XXVIII
Gran revuelo en París. Cuestión de faldas: faldas
de bailarina. Osados reformadores tratan de suprimir en el cuerpo de baile de
la Gran Opera, el «tutú» ó sea la tradicional faldilla de las bailarinas. Dicen
que es inverosímil—¡miren ustedes dónde demonios van á buscar la
verosimilitud!—que en un baile de campesinos, ó de griegos, ó de romanos, se
presenten las danzarinas con ese traje, sin época y sin estilo, que es sólo de
bailarina, por unos de esos convencionalismos teatrales que, si bien se mira, ¡ay!,
son todo el teatro. Hay quien, dejando á un lado la propiedad escénica, que
nada importa cuando se trata de admirar bellezas femeninas, protesta contra el
«tutú», en nombre de la Estética. Dicen que el «tutú» destruye la armonía de
líneas. ¡Picarones!
En seguida han levantado partido, de[200] una parte, los tradicionalistas; de otra, los
innovadores. Entre las mismas interesadas, las hay que están por las faldillas;
las hay que están por las líneas. Las madres, corporación respetabilísima en el
cuerpo de baile, inmortalizadas por Halevy en su Madame Cardinal,
con su experiencia de madres, están por la falda: saben cuánto importa reservar
alguna sorpresa para los momentos definitivos. La juventud, con sus
impaciencias á la moderna, está por la línea. Saben que, como en Geometría la
línea recta, en Amor la curva es la distancia más corta entre el escenario y el
hotelito de sus sueños.
Hay también un partido intermedio: el partido
templado de un transigente eclecticismo. Adóptese la innovación para las óperas
y bailes modernos, y respétese la tradición para los del antiguo régimen. Hay
tal vez abonados viejos, «fetichistas» de amor, para quien el «tutú» es toda la
bailarina. Sería una crueldad privarles de la prenda sugestiva y evocadora.
Hay también un partido revolucionario y avanzado
que, no sólo pide la supresión[201] de los tules y
gasas, sino la supresión de las mallas, que, si no destruyen, ocultan las
líneas. Dicen que siendo el baile exhibición de la belleza corporal femenina,
ritmo plástico de formas y actitudes, tapar las formas de una bailarina es como
tapar la boca á un cantante. Estos señores quieren que les canten á toda voz, y
que les bailen... aquí no puede decirse á todo trapo; al contrario: ¡fuera
trapitos!
Para comprender lo que esta cuestión interesa en
París, es preciso saber lo que significa el cuerpo de baile de la Gran Opera,
que es toda una institución nacional. Wágner tuvo que sucumbir ante su tiranía,
amenizando Tannhauser con un bailecito, pues de otro modo no
se hubiera representado nunca. Verdi, en todo el esplendor de su gloria, tuvo
que intercalar también unas danzas en su Otelo cuando fué
representado en la Gran Opera. Hasta el Don Juan, de Mozart, se
ameniza con un añadido bailable, para el cual se aplica uno de los minués del
mismo divino maestro, y la marcha turca, que cae en el Don Juan como
el calañé en la cabeza de Dulcinea—[202]véase la ópera
de Massenet Don Quichote, cuya representación en Madrid demandan
algunos cervantófilos.—Buena obra para inaugurar el nuevo teatro de Cervantes,
para que al «Inri» no le falte letra... ni música.
Ahora que se agita la idea—en España se agitan
mucho las ideas, por eso llegan las pobres tan cansadas cuando hay que ponerlas
en práctica—de fomentar el turismo por los medios más adecuados, no sería malo
convocar una Asamblea de veraneantes ó abrir una información pública para que
expusieran sus observaciones, sus agrados y sus quejas. De este modo, podría
trazarse algo así como un mapa hospitalario de España, que podría ser muy útil
para los turistas.
¡Hay que oir á muchos de los que regresan! Claro es
que muchas veces el espectáculo está en el espectador y el viaje en el viajero.
Los que buscan pueblecillos ignorados y tranquilos para su descanso, vuel[203]ven encantados. ¡Qué amabilidad y dulzura en el trato
de los campesinos! ¡Qué sencillez! ¡Qué arte para adulterar los alimentos y
encarecer los precios, para que el veraneante no eche de menos las comodidades
de Madrid! ¡Qué modo de amenizar la vida al forastero! Eso sí; el paisaje y el
aire sano del campo compensan de todo. Salvo que el paisaje está todo acotado,
para consuelo de los que no quieren terrenos baldíos, y no hay por dónde pasear
ni por dónde asomarse al campo; salvo que el aire huele á paja quemada ó á
carroña de animales muertos que se pudren al aire libre; salvo que los niños,
que fueron de Madrid tan sanos, atrapan la tos ferina ó el sarampión, ó unas
calenturas, gracias á la higiene de esos admirables lugares, reino eterno de
Herodes.
¡Oh, el campo, los pueblecitos! ¡Qué bien se vive
en ellos con una casa á estilo de Madrid, con criados de Madrid, haciéndose
llevar los alimentos de Madrid, con periódicos de Madrid, amigos de Madrid y
mucha agua de Colonia... de cualquier parte!
Los más exaltados africanistas debieran[204] emprender frecuentes exploraciones por muchos de
estos lugares. Tal vez á la vuelta se hubiera enturbiado su fervor de
civilizadores y conquistadores de tierras extrañas. ¡Pues no hay poco que
civilizar y que conquistar sin salir de casa! Y no vale decir que para eso
siempre hay tiempo, y para eso los tenemos cerca. Precisamente porque están
cerca es posible que, si no los conquistamos pronto, nos conquisten ellos. Y
que, á los bárbaros de fuera, se les ve venir; pero los de casa, no han avisado
y ya están encima. Todo será que el hambre apriete un día demasiado. Así como
así, con los remedios que proponen algunos economistas, dignos de los mejores
tiempos de la Edad Media... Proteccionismo y cierre de puertas. Es el mejor
remedio. Bien decía D. Juan Valera que la Humanidad estaba empezando á vivir.
XXIX
El malestar ocasionado por la carestía de la vida
es universal. Las gentes andan mal humoradas, y el mal humor se traduce en
motines, huelgas y disturbios, con cualquier pretexto, que, no pareciendo
suficiente á los que no quieren enterarse de la verdadera causa, les hace
pensar en el oro extranjero, en traidores y agitadores extraños. Aquí pensamos
en el afrancesado, como en tiempos de la invasión napoleónica.—Todo esto es
como pensar en polvos misteriosos que envenenan las aguas, en tiempo de
mortífera epidemia.
Claro es que, muchas veces, los mismos que
protestan y se enfurecen, no se dan cuenta de la verdadera causa de sus
furores. ¡Pesan sobre el dinero y sobre las necesidades materiales tantos
anatemas poéticos y románticos, que á todos nos da cier[206]ta
vergüenza confesar, cuando andamos tristes y cariacontecidos, que la causa
primordial es la falta de metales preciosos y precisos! ¡Hay tanta pasión de
ánimo y tanta neurastenia que se curaría con unos cuantos billetes de mil
pesetas! Y ¡hay tanto socialismo, tanto republicanismo y tanto idealismo que se
curaría del mismo modo!
Los médicos y los gobernantes, para acertar en sus
diagnósticos, han de ser algo materialistas. El estado financiero del paciente,
individuo ó pueblo, es de gran importancia para diagnosticar y recetar con
acierto. Hay tristezas que parecen, y así lo asegura el enfermo, de lo más
espiritual del mundo; y con buena alimentación, diversiones y algún dinero,
desaparecen en cuatro días, sin dejar señales. No hay más que comparar lo que
dura un duelo en una casa donde la familia queda muy bien, con lo que dura donde,
como suele decirse, el difunto se llevó la llave de la despensa.
Yo estimo en mucho á esas buenas señoras,
serviciales y conocedoras del corazón humano, que, en las grandes catástrofes
familiares, se dedican á ofrecer y servir ta[207]zas de
caldo, vasos de leche y yemas de huevo.
Este sistema, aplicado al gobierno de los pueblos,
produciría los mejores efectos. ¿Que los pueblos se agitan y se inquietan por
alguna idea política? Leyes económicas, de lo más grosero y materialista: la
taza de caldo, el vasito de leche y las yemitas de huevos.—Llore usted lo que
quiera, pero hay que tener fuerzas.—Así dicen esas señoras solícitas que, por
haber asistido á muchos duelos de familia, saben el modo de curar desmayos y
síncopes de viudas y huérfanas. ¡Al estómago, al estómago! No hay que tomar el
corazón muy en serio, ni en los pueblos ni en los individuos.
Hasta ahora, el público del teatro de Apolo era el
que ofrecía mayor resistencia á dejarse emocionar por la pura emoción
artística. Los mejores éxitos literarios obtenidos por algunas obras en aquel
teatro fueron logrados á punta de chiste. Presentarse allí á cuerpo limpio era
empresa arriesgada.[208] Sinesio Delgado es testigo
de mayor excepción. El éxito de Lirio entre espinas ¿será sólo
un acierto de una obra y de un autor?, ó ¿será también un acierto del público?
Mucho habría que celebrar lo primero; lo segundo, doblemente.
Una de las grandes ventajas de los teatrillos y
salones en que se cultiva el género llamado varietés, es haber sido
un derivativo para que cierto público no busque en teatros donde debe
cultivarse otro género, lo que en esos salones puede encontrar en abundancia.
Bueno es que se deslinde el campo. A un lado, el
teatro; á otro, el escaparate. Que cada cual sepa dónde debe ir y dónde no, á
satisfacer sus gustos y sus aficiones.
Hasta ahora, el arte y la literatura habían sido
para esos teatros lirio entre espinas.
Esperemos que, en adelante, aunque no todo sean
lirios, todas sean flores.
Con los comienzos de la temporada teatral anuncia
su alegre entrada en Madrid el invierno de los dichosos.
Como en las procesiones españolas, Dios grande y
Dios chico, hay siempre dos estaciones en cada estación del año. Una, para los
que tienen sus diversiones distintas en cada una; otra, para los que pasan los
mismos apuros en todas ellas.
En unas casas se piensa ahora en el abono á los
teatros, en bailes y fiestas, en las nuevas noches de invierno, en alfombras y
pieles. En otras se piensa en la falta de trabajo, en la pobre ropa empeñada.
El invierno acusa, como ninguna otra estación, lo
terrible de las desigualdades sociales.
El hielo que endurece la tierra y dificulta al
pobre labrador sus labores, sirve para que los ricos patinen sobre él, bien
aforrados en pieles. Por si el hielo natural falta para su diversión, tienen
patinaderos de hielo artificial.
La industria de los hombres no se ha cuidado tanto
de aliviar males al pobre como de aumentar goces al rico. Verdad es que los
pobres pagan mal y agradecen peor.
Por eso nadie trabaja para ellos; ni ellos mismos.
Todas las comodidades, todo el[210] lujo, todo lo
que embellece y alegra la vida, pasa por sus manos sin dejar rastro de
bienestar, de belleza ni de alegría. En sus manos todo es trabajo, pena y
miseria.
XXX
¡Buenas reprimendas se está ganando Italia, de la
parte de las señoras mayores, por querer ella jugar también á la señora mayor y
hacer de gran potencia! ¡Como si fuéramos todos unos, frailes y tamborileros!
¡Tendría que ver! Cuando las grandes andan con mil
remilgos y miramientos por no tropezarse ni ofenderse, que una loquilla viniera
á enredarlas á todas.
Están Francia y Alemania, muy señoras y muy
reverendas, nota va, nota viene, hasta aquí cedo y de aquí no paso, por si
pueden evitarse el venir á las manos, que las dos tienen muy ocupadas, y se le
ocurre á la señorita sin juicio de las tarantelas echarse de conquista y de
bulla por esos mares.
Las grandes señoras, acostumbradas á ponerse el
mundo por montera, dicen, escandalizadas ante la empresa de Trípoli, que[212] esas no son formas entre naciones decentes y que
de quién las habrá aprendido Italia.
—Ella no tiene posición para eso—como decía una
aristócrata, censurando á una burguesa que se permitía tener amantes.
El que tiene posición puede permitírselo todo en
este mundo. Pero el que no la tiene ¿cómo llega á tenerla? ¿Cómo van á llegar
los pequeños á grandes, si los grandes tienen monopolizados todos los medios de
engrandecerse?: el atraco, el despojo, la estafa; los medios más usuales entre
naciones decentes y civilizadas.
Peligroso, peligrosísimo juego, que no
aconsejaríamos á ningún Gobierno, es el de ilusionar y desilusionar de un día á
otro.
Contra su certero instinto de gato escaldado, el
pueblo español está como quien quiere creer, si no cree; en las mejores
disposiciones para terminar en creyente. No pide milagros, pero... ¡si se los
cuentan! Casi, casi, se dará por contento con volver de la aventura, como el
gitano tuerto, por[213] lo menos con el ojo que le
quedaba sano. No pretendamos ponerle vendas en los ojos, que la verdadera fe no
se falsifica con nada; y no hagamos que, por querer infundírsela con
milagrerías, acabe por no creer ni en los milagreros ni en los verdaderos
apóstoles. Hasta ahora sólo cree en los mártires.
La Biblioteca Nacional era una institución
intangible é inviolable. Un distinguido escritor se lamentaba días pasados de
que nadie sostuviera una campaña contra esa plaza fuerte. Sólo algunos
artículos en broma y algunas quejas tenues.
Las bromas no sientan mal, y, por desgracia, es más
fácil llamar la atención sobre un asunto echándolo á broma que tomándolo en
serio. Las quejas... ¡Caramba! ¡Cualquiera se atreve á insistir! Apenas se
atreve uno á protestar contra una deficiencia, un descuido, salen como
energúmenos unos cuantos señores, clamando que todo ello es ganas de molestar,
que la Bi[214]blioteca es una perfección y no hay nada
que mejorar ni que corregir en ella ni en sus servicios. ¡Admirable institución
que ha llegado á ese punto en que ya nada puede mejorarse!
Cuidado que en esas quejas nada iba contra el
respetable Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios; al contrario; más se
procuraba que se les aliviara en trabajo y se les aumentara el sueldo. Pero
nada, ni aun así agradecen las quejas.
En cuanto á los señores de la casa, los eruditos y
bibliófilos del santo y seña, esos ya es sabido que son como los devotos
beatones: parroquianos fieles de una iglesia, les molesta cualquier extraño que
venga á turbarles en sus oraciones. Dicen que para cuatro golfos que van á la
Biblioteca á destrozar los libros... Yo tengo la seguridad de que peligra más
un libro en manos de un bibliófilo, rata de biblioteca, que en manos de un
golfo. La verdad, no veo á un golfo arrancando hojas de un libro, para ahorrarse
el trabajo de copiarlas ó para evitar que otro las copie. Además, cuanto mayor
sea el número de golfos que acuda á la Biblio[215]teca,
menor será el peligro de que manchen ó estropeen los libros. Cuantos más sean
los que pueden verse unos á otros, más cuidado tendrán de que alguno pudiera
delatarlos en su vandálica tarea. Sabido es que en París estaba más seguro el
Museo del Louvre cuando, por ser gratuita la entrada, acudían numerosos golfos,
que cuando, por costar dinero, apenas si acudían más que los extranjeros y
provincianos. En los tiempos de la entrada libre y popular no hubo ningún robo.
Acaso hubiera sido imposible el de La Gioconda con el sistema
de la puerta franca. Del mismo modo, facilitando la asistencia de numeroso
público á las bibliotecas, serán más difíciles esos actos de destrucción y de
mala crianza. El público es el mejor vigilante del público. Y aunque se
destrocen algunos volúmenes... Todos hemos aprendido á leer ensuciando y
rompiendo libros; si por eso no hubieran vuelto á poner un libro en nuestras
manos, ni hubiéramos aprendido á leer... y ¡pobre libro el que hubiera caído
después en poder nuestro! Siempre hubiera sido el enemigo odioso.
La Biblioteca popular puede servir para todo esto:
para que se desahogue el odio al libro, rompiendo y ensuciando unos cuantos; y
después... para que se le vaya perdiendo el miedo, y, por fin, para que se le
vaya tomando cariño.
XXXI
La buena obra del desayuno escolar, de las cantinas
escolares, está en buenas manos, y es seguro que se salvará del infructuoso
destino de ir á estrellar el cielo.—¿Por qué ha de decirse empedrar el
infierno, cuando de buenas intenciones se trate?—Ninguna buena intención se
pierde, aunque no pase de la intención. Toda simiente espiritual fructifica,
más tarde ó más temprano, en la realidad práctica.
Si fueran graves y sesudos varones los encargados
de llevar á cabo el buen propósito, no habría que fiar mucho en su realización.
Todo se perdería en discusiones, Memorias y nombramiento de cargos. Las señoras
son más expeditivas en todas sus resoluciones, discuten andando; sus
discusiones no son por discursos en severas sesiones, sino por réplicas
animadas y vivas en charla amistosa. Las señoras son únicas[218] también
en el manejo y dominio de las cifras. Mientras los hombres necesitan servirse
de la tabla de logaritmos para averiguar el precio de las patatas, con todo
rigor científico, las señoras, por los dedos muchas veces, calculan y resuelven
los problemas más dificultosos mejor que Inaudi.
No quisiera yo actuar solamente de jaleador y
tocador de palmas en empresa tan loable. Desde ahora me ofrezco á las
distinguidas señoras para cuanto crean que pueda serles mi cooperación de
alguna eficacia.
Muy explotado está el teatro y cuanto con él se
relaciona, para pensar en recargarle con un nuevo tributo. Algo queda todavía
sin explotar, que bien pudiera explotarse en beneficio de tan buena obra. Los
gorrones y los pelmazos. ¿Por qué no ha de cobrarse un impuesto de
caridad sobre los vales? El que asiste gratuitamente á un espectáculo, con
mayor razón debe pagar ese impuesto. Son muchos también los aficionados á
curiosear en lecturas, ensayos, sobre todo en los generales. ¿No estaría muy en
razón también que pagaran con algo las primicias y el fisgoneo? En todo lo de
este[219] mundo—¿no es verdad, viejos verdes?—las
primicias es lo que más se paga. Sólo en el teatro son gratuitas.
Por mi parte, y desde ahora, fuera de los precisos
operarios, como dice el cartel de las corridas de toros, á todo curioso,
fisgón, pelmazo ó buen amigo que asista al ensayo de una obra
mía, le sablearé sin consideración alguna y pondré á disposición de las damas
lo recaudado. ¿Que entonces no habrá curiosos? Por lo pronto, eso iremos
ganando.
De cualquier modo, bueno sería que las empresas y
los autores se pusieran de acuerdo para explotar á todo pelmazo.—Entiéndase
lo de pelmazo en el mejor sentido de la palabra.—Cada cual
puede aplicar este ingreso, que al cabo del año sería importante, á la obra
meritoria más de su agrado y de su simpatía.
También pueden rendir un tributo los ejemplares
regalados, las tarjetas postales firmadas y demás molestias hasta ahora
gratuitas y, por lo regular, poco agradecidas.
Los tiempos son prácticos, pero como los escritores
y artistas hemos convenido que[220] no está bien
serlo en provecho propio, sigamos siendo desprendidos y generosos; pero ya que
hemos de padecer tanta lata por amor al Arte, que nos sirva á
lo menos de satisfacción padecerla en provecho de alguna obra de caridad.
En los salones de variedades se inicia un
renacimiento nacional. Hasta ahora las canciones eran imitación ó traslado
de couplets extranjeros. Hoy se cantan canciones españolas,
antiguas y modernas; las artistas se tocan con la mantilla blanca, gran peineta
y claveles—también se tocan de otras mil maneras; pero quédese esto de jugar
del vocablo para sus intencionadas canciones.—Renace también el baile clásico
español: fandango, bolero y panaderos; hay trajes del siglo xviii y
bailarinas de la misma época. ¡Ese siglo xviii, el más afrancesado, que
muchos tienen por el prototipo de lo castizo! ¿No hay quien tiene á Goya por el
más español de nuestros pintores? A Goya, que unas veces pintó como los
ingleses, otra[221] como los franceses, y cuando
pintó á su manera pintó de muy mala manera.
Verdad es que yo he leído en papeles de la época
cómo se censuraban los sainetes de D. Ramón de la Cruz, como género á la
francesa.
También creo que en este españolismo de bailarinas
y cantadoras hay más de afrancesamiento que de españolismo. La prueba es que
cuando vienen más españolas es cuando vienen de París. Y es que, ante la
niveladora civilización, lo castizo va emigrando de unos pueblos á otros, como
curiosidad de exportación. Dentro de poco será lo más difícil, para los
curiosos de costumbres pintorescas y características, saber dónde han de hallar
las de cada pueblo, porque lo más italiano estará en la Argentina, lo más americano
en París, lo más francés en Nueva York, lo español, en Rusia, y lo ruso, en
China. En Arte sucederá lo mismo: el del Norte habrá pasado al Mediodía, y
viceversa. Los europeos pintarán como los japoneses, y los japoneses como los
europeos. Habrá corridas de toros en Londres y boxeo en Sevilla. En Alemania no
gustarán[222] más óperas que las italianas, y en
Italia, las de Wágner y Strauss. En Madrid se representarán operetas vienesas,
y en Viena, zarzuelas españolas. Los pueblos juegan á las cuatro esquinas, y
cuando alguien pide un poco de casticismo, en todas partes le dicen:—Por allí
rebulle.—El cosmopolitismo es ya castizo en todas partes; lo castizo se ha
hecho cosmopolita.
XXXII
Muy doloroso es ver renovarse á cada paso de
nuestra historia la negra leyenda de las torturas inquisitoriales. Pero hay que
confesar, por muy triste que sea, que no hay leyenda ni calumnia sin
fundamento. Cuando se ha pecado mucho, son necesarias muchas y muy seguras
pruebas de virtud, hasta llegar á convencer á las gentes de que en verdad hemos
mejorado nuestra vida y costumbres.
En realidad, sólo nos alarmamos cuando los de fuera
nos llaman la atención sobre estos supuestos actos de crueldad. Pero, en
familia, entre nosotros, todos los días celebramos y alentamos estos
procedimientos, más frecuentes de lo que parece, en actuaciones procesales, en
cárceles, en Juzgados y hasta en Delegaciones. ¿Vale hacernos los ignorantes,
si todo ello es á ciencia y aquiescencia de todos? ¿Quién no ha oído[224] celebrar, hasta por personas muy cultas, la
oportunidad del empleo de estos procedimientos, sobre todo si de descubrir y
castigar un delito que personalmente le perjudicaba era el caso?
Lo que no está bien es que se pretenda culpar á
ningún Gobierno, sea conservador ó liberal, ni hacer cuestión política lo que
es cuestión de educación nacional. No cabe en cabeza humana que ningún Gobierno
español, sobrado advertido ya, ordene, autorice ó consienta semejantes
procedimientos; todo lo contrario.
Esa negra leyenda está fundamentada en nuestro
carácter. Tan es así, que, siendo España, seguramente, digan lo que quieran
historiadores parciales, el pueblo en que menos se ha perseguido y atormentado
por ideas políticas y religiosas, es, no obstante, el pueblo en que más se
destaca y perdura la triste fama de estas persecuciones y fanatismos.
Y es que, en otros pueblos, eran los altos poderes
los que imponían la intolerancia y las crueldades, contra la conciencia de los
gobernados. En España, fueron siempre los[225] gobernados
los que impusieron á los gobernantes la crueldad y la intolerancia. Por eso en
otras partes, aunque más terribles en sus efectos, fueron menos permanentes en
sus causas.
La verdad es que el espíritu de cada español está
como amurallado, y todo lo que está fuera de su recinto, juzgado como extraño é
incomprensible. No simpatizan unos espíritus con otros, porque no se
comprenden, y no se comprenden porque se ignoran. En cada uno de nosotros hay
un pequeño inquisidor por el poder, grande por la intención.
¿No oímos decir á cada paso, no habremos dicho
todos alguna vez:—Yo, al que hace esto, al que hace esto otro, al que piensa de
este modo, al que no piensa de esta manera, le mataría?—Mataríamos por todo. La
justicia no nos satisface por completo si no tiene algo de venganza. Aplaudimos
al que venga una injuria por su mano, tenemos por cobarde al que pide
reparación de una ofensa por justicia.
Con las mujeres, pecamos de afectada retórica
galantería en el trato superficial y,[226] digámoslo
así, poético y literario. En el trato ordinario ¡y tan ordinario! de la vida,
somos groseros, brutales, duros. Para los niños no hay pueblo de menos
delicadeza. Para los animales, no se diga. Y á todas horas, en la vida
familiar, en la vida política, en el teatro, en las plazas de toros, puede
observarse esta dureza de nuestro carácter, esta carencia del sentido de la
simpatía y de la comprensión.
Ahora mismo, al protestar indignados contra los que
vuelven á propalar la leyenda negra, tal vez decimos:—¡Es para matarlos!
Aceptemos en penitencia de nuestros pecados esa
leyenda, que ya estaría destruida, si no fuera tan verosímil. Procuremos
hacerla imposible, y, para ello, antes de protestar y de indignarnos, hagamos
un buen examen de conciencia.
El Porvenir Postal dedica todo un número á los carteros y
peatones, elevando sentida y razonada exposición á los Poderes públi[227]cos, para que no tarden en mejorar la triste situación
de tan humildes y desatendidos funcionarios.
Debiera ser obligatorio para todo gobernante un
certificado cierto de haber vivido durante algunos años en algún pueblecillo,
de esos abandonados de Dios y de los hombres. «Quien ve un pueblo, ve un
reino», dícese en Castilla. Y más enseña la observación directa de uno de esos
lugares, que todos los libros de Ciencias sociales y políticas.
¡El cartero rural, el peatón! ¿Quién piensa en las
grandes capitales lo que sus servicios significan? Con nada están bien pagados.
Cuando se aprecia de cerca su penoso servicio, ¿cómo no llamar la atención á
gritos contra la injusticia, iniquidad en muchos casos, con que se desatiende á
esos modestos héroes?
Pensando en esto y en muchas cosas más, es cuando
se aprecian en todo su valor las brillantes campañas parlamentarias de
republicanos y socialistas. Pequeñeces son éstas que no merecen fijar su
atención. Es más importante demostrar que Maura es[228] reaccionario
y Canalejas poco liberal. Ser el eterno obstáculo y, como el alcalde famoso de
Valdemorillo, que entraba por el Ayuntamiento diciendo desde la puerta:—¿De qué
se trata? Que yo me opongo,—oponerse á todo y no oponerse á nada.
Próxima la discusión de nuevos presupuestos, ¿no
habrá quien se acuerde de los carteros y peatones?
La fecunda imaginación de nuestros hacendistas,
cuando de arbitrar nuevos recursos se trata, ya se sabe: al teatro por ellos.
Como en ninguna otra industria ó negocio es tan fácil la investigación y
comprobación de los ingresos, aquí que no peco ni me caliento la cabeza. Verdad
es que los empresarios, actores y autores son pacientísimos corderos y, por
verse unos á otros perjudicados, se conforman, muy satisfechos, con el
perjuicio propio. El precio de las localidades aumenta, el público se queda en
casa ó se va á la sesión continua del cine, y todos tan contentos.
Entretanto, los grandes caciques y terratenientes
seguirán defraudando á la Hacienda y serán los primeros en decir que el teatro
está muy caro y hay que organizar loterías caseras para esparcimiento de los
niños y de los amiguitos. Porque ya se sabe que, cuando todo está caro, los
únicos que pueden hacer economías son los ricos.
XXXIII
Lamentable es la conducta de los partidos
revolucionarios no reparando, por servir á su causa, en propalar y sostener
especies que más desacreditan á la nación española que á un Gobierno y á
determinado régimen.
Pero tan lamentable como la conducta de estos
partidos, es candorosa la actitud de aquellos monárquicos que piden lealtad al
enemigo en sus procedimientos de combate. Lo malo en nuestros enemigos es que
nos ataquen de buena manera. El enemigo sólo empieza á ser temible cuando
empieza á tener razón. Si los partidos revolucionarios tuvieran un programa
económico bien estudiado y bien definido; si tuvieran para los problemas
nacionales más soluciones constructoras que destructoras; si trabajaran por
España más que por el triunfo de sus ideas, venga por donde venga y salga como[232] salga, entonces es cuando serían temibles. Como
son, la Monarquía no puede desear mejores enemigos; ni de encargo. ¡Si parece
que trabajan por la causa enemiga más que por su propia causa! Más han hecho en
estos últimos años por la Monarquía los partidos republicanos y revolucionarios
que los Gobiernos y los amigos del régimen. No es para que éstos estén
orgullosos, porque es muy triste que nuestros aciertos sólo consistan en los
desaciertos ajenos. Más eres tú es una razón que tiene su fuerza por el
momento; pero, en definitiva, el país viene á caer en la cuenta de que, unas
veces unos, otras veces otros, todos tienen sus más y sus menos.
Se preguntaba en una ocasión á Filipo de Macedonia
cómo se vengaría de alguien que le había calumniado. «Mejorando mis
costumbres»—respondió el rey magnánimo.—De este modo, con su lealtad al
servicio de la Patria, es como deben responder los monárquicos á deslealtades
del enemigo. No hay mejor protesta. Pedir que el enemigo emplee mejores armas
es candidez sin ejemplo. Dejadle, dejadle que siga con ese viejo[233] armamento de mala ley, que suele dispararse por
la culata y hacer explosión en manos de quien lo maneja torpemente. En la
opinión nacional tal vez pudiera caer la mancha sobre un Gobierno y sobre el
régimen; en la opinión extranjera esas manchas caen sobre España entera; y esas
manchas no se quitan con bencina republicana ni revolucionaria.
Joaquín Dicenta ha presentado al Ayuntamiento de
Madrid una razonada Memoria: Proyecto para construcción de edificios escolares.
Esta obra que, llevada á la realidad, debiera ser
la mejor obra de quien tantas obras admirables ha escrito, porque es como el
resumen de todas ellas, no ha sido admitida, á lo que parece, por la empresa á
quien estaba destinada. Los hombres de carne y hueso, aunque tengan también
corazón y cerebro, no son tan fáciles de manejar como los personajes teatrales,
creación de nuestra fantasía, aunque materiales de la realidad[234] los
informen. Pero es una realidad sumisa á nuestro esfuerzo creador. Por lo pronto,
los personajes dramáticos viven con muy poco. Esta otra ilusión de Joaquín
Dicenta, que aspiraba á ser realidad en la práctica, es mucho más costosa. Pero
es de esas obras que el público debe imponer á una empresa, porque el público
tiene derecho á ello. Esa obra no puede ser un fracaso. Y, en todo caso, nunca
sería un fracaso del autor, sino de la empresa que no ha querido admitirla.
Está visto que hay que ponerse machacón para que
algunas gentes entiendan lo que uno quiere decir. Algo que dije referente á
Goya ha indignado á muchos. Muchos también me han expresado su conformidad.
Váyase lo uno por lo otro. No seré yo quien estime la calidad de los votos.
Para mí todos son respetables. A los indignados debo decir: que soy el primero
en admirar á Goya; en lo que no estoy conforme es en que se le considere como
genuino producto de la tierra, representación la más pura del[235] casticismo.
Que hay retratos de Goya que pudiera firmarlos Reynolds, basta con verlos. ¿Que
siempre hay en él un elemento de raza y mucho de personal? ¿Quién lo duda? Como
en todo artista, por servil imitador que sea.
Lo que yo quise decir es que eso del casticismo á
todo trapo no es una gracia para celebrada; que en todo tiempo los pueblos han
influído unos sobre otros, y que no hay gran artista en quien, sobre la raza y
la personalidad, no predomine la influencia de una cultura superior á su tiempo
y á su nación. Bueno es ser de la tierra; pero no como la patata. Arraigue muy
hondo nuestro arte; pero tienda á lo alto, al sol y al cielo, que es de toda la
tierra y de todos los hombres.
Por lo demás, claro está que yo no entiendo una
palabra de pintura; juzgo por sentimiento nada más. Y decir lo que siento podrá
ser osadía, ignorancia, todo lo que se quiera; todo menos «desaprensión», como
dice uno de los indignados. Poca aprensión será decir lo contrario de lo que se
siente, sobre todo si es por alguna consideración in[236]teresada.
Y por Goya, pueden ustedes creerme, no tengo antipatía personal ninguna; todo
lo contrario, su persona, su vida, sus obras me son igualmente simpáticas. Le
admiro hasta cuando pintó la alegoría Salutación al rey José, que
esa sí que no me negarán los más admiradores del castizo pintor que está
pintada, como sentida, á la francesa.
XXXIV
Nunca he rebatido censuras á mis obras, en lo que á
ellas y á mi persona particularmente se ha referido. Más veces he sido tentado
de rebatir elogios excesivos. Pero cuando se trata de algo que puede ser de
interés general para el público y para otros autores, creo que bien se puede
discutir sin acritud y sin soberbia.
De La losa de los sueños se ha
dicho que era una obra pesimista. ¿Pesimista? ¿Por qué? Cierto que su desenlace
no es de esa alegría toda exterior que suele ser la más apetecida. Pero es de
fortaleza y temple espiritual, es de triunfo sobre el instinto, que, por una
satisfacción pasajera, nos hace olvidarnos de nuestra responsabilidad y de las
consecuencias de nuestra ligereza. ¿Pesimista una obra en que la mujer que pecó
por amor y por confianza, tal vez porque no se creyera que su desconfianza era
cálculo[238] interesado, acepta las consecuencias
de su falta y consagra toda su vida al amor de su hijo? ¿Pesimista una obra en
que el hombre que amaba á esa mujer perdona la falta, ofrece al hijo y á la
madre nombre y cariño, y si no llega á hacerla su esposa es porque no está
seguro de poder librarla de la miseria y del dolor? Si esto no es idealismo, si
esto no es optimismo, confieso que he perdido la noción de lo que sean. ¡Ah!
¡Los pesimismos con amarguras! ¡Qué distinto hubiera sido el cuadro y el
desenlace de la obra sin falsificar para nada la realidad! Para todas las
amarguras y las tristezas de la obra he tenido modelos vivos; sólo para la
bondad y la grandeza de alma he tenido que poetizar. He respetado la figura de
la madre que no se ensaña en la hija perdida. Un buen amigo me lo decía antes
del estreno: «Con la madre no se ha quedado usted corto». Y, en efecto. ¡He
conocido algunas en ese caso!...
En cuanto á la tendencia moral de la obra, sólo un
periódico, considerado por la voz pública como inspiración de determinada
institución religiosa, ha puesto graves[239] reparos
á su moralidad. Mi sorpresa ha sido grande, porque he de confesar que, por
primera vez en mi vida, atento á los intereses de la empresa, y deseoso de no
tropezar con esos reparos, antes del estreno sometí la obra al examen de un
docto padre de dicha institución, cuyo nombre no he de revelar, quien no sólo
no halló en ella nada contra la Religión y las buenas costumbres, sino que la
conceptuó como obra de elevada moralidad y de saludable advertencia y ejemplo.
Por lo visto, no reina la mayor uniformidad de pareceres en la religiosa
institución de referencia.
Deseoso también de no molestar á nadie, ni con la
inmoralidad, mi conciencia estaba tranquila con el visto bueno de tan docto
religioso; pero vi el ambiente tristón de la obra é indiqué á la empresa del
teatro de Lara la conveniencia de que no se representara en los días de abono
aristocrático. Así se dispuso, y sólo á ruego de los mismos abonados se
representó ante el abono, sin la menor protesta. Esto indica que el censor
estaba en lo cierto. Nadie más enemigo que yo de escandalizar con obras ni[240] con acciones. Nunca defenderé mis obras como
obras literarias, pero sí como obras de moralidad intachable. Si en alguna hay
algo que, en apariencia, puede parecer pecaminoso, no soy yo quien habla: es
algún personaje, de cuya moralidad no soy responsable. Tengo por costumbre
dejar expresarse á los personajes de mis obras según su carácter y
temperamento. Por desgracia, estos malos personajes son los que hablan más
verdad siempre. ¡Sólo Dios y mi conciencia artística saben lo que hay que
mentir cuando se quiere moralizar!
La ignorancia de un daño puede ser muy cómoda y muy
optimista—aquí del optimismo;—pero nunca es provechosa. Tal vez retarde el
remedio y no lo haya cuando nos demos cuenta de la magnitud del mal. Por
cartas, por referencias particulares, sabemos que en Méjico se manifiesta de
modo ostensible el odio á España y á los españoles. ¡Oh, Congresos
hispano-americanos! ¡Oh, amables tópicos de maternidad y fra[241]ternidad
en discursos y brindis elocuentes! Diariamente aparecen en las calles rótulos
insultantes y despectivos: «¡Muerte á los gachupines! ¿Quién quiere carne de
gachupín muy barata?» Y otros por este orden y de este elegante aticismo.
Sabemos que para los españoles se ha hecho la vida
intolerable. Hasta en las revistas de toros transciende esta animosidad
injustificada. Los toreros españoles tienen que atarse muy bien la taleguilla
para no verse expuestos á ser insultados. En una corrida tuvieron la desgracia
de ser cogidos algunos de ellos, y un periódico proponía nada menos que la
expulsión de las plazas y del territorio de los toreros que se dejaban coger
por torpes.
No puede creerse que estas y otras manifestaciones
menos visibles de hostilidad expresen el general sentir del pueblo mejicano,
sobre todo de las personas sensatas y cultas; pero ¡ay! como éstas son la
minoría en todas partes, bueno será que no desatienda el Gobierno español y su
representación diplomática en Méjico lo que todo esto significa, sus causas y
sus remedios. Si[242] fuesen circunstanciales y
políticas, no será difícil dar en la causa y atender al remedio. Si fueran más
fundamentales deber es de todos estudiar lealmente dónde está la culpa y dónde
ha de estar la enmienda.
Son muchos los intereses materiales y morales de
España en Méjico para no preocuparnos de este estado de opinión actual, y es de
esperar que pasajero.
Cierto que del amor de la América española por
España vivimos en plena ilusión. Pero de la ilusión á la simpleza, hay todavía
una buena distancia, que conviene salvar con algún conocimiento de la verdad.
XXXV
A tiempo está España de satisfacer una deuda de
honor. Nadie, entre los escritores españoles, merece el premio Nobel como D.
Benito Pérez Galdós. Pero el premio de este año ya está concedido al belga
Maeterlink. Hagan el Gobierno español y cuantos puedan, cuanto esté en su mano
para que el premio del año próximo sea para Pérez Galdós. Sea el premio Nobel
la coronación del homenaje nacional, que debe anticiparse, porque no estaría
bien que confiáramos al extranjero el pago de una deuda nacional. Y sea el homenaje
todo lo práctico que pueda ser, sin que dejemos de poner en él toda nuestra
alma.
Yo deploro, aunque lo haya agradecido, que un
distinguido escritor, á quien ni siquiera conozco personalmente—y hago esta
salvedad porque hay gente capaz de creerlo todo,—se haya acordado de mi nombre[244] como candidato al premio Nobel. Tengo conciencia
de mi significación para alejar de mí esas pretensiones. No quisiera, por eso,
que alguien juzgara mis palabras forzada cortesía. Cuantos me conocen, cuantos
me hayan oído, saben cuánta es mi admiración por el que he proclamado siempre
como maestro. En sus novelas aprendí á escribir comedias, antes que en modelos
extranjeros, por los que se me ha juzgado influído.
Yo he leído las novelas de Galdós antes que las de
Julio Verne, antes que las de Dumas, antes que Robinsón y
antes que los cuentos de hadas, lecturas obligadas en la niñez y en la mocedad.
Mi padre, gran admirador del novelista, puso en mis manos sus libros cuando yo
era muy niño. ¡Cómo no ha de ser el primero en mi admiración! ¡Cuántas veces me
habré peleado, yo que no me tengo por patriotero, con algunos que lo eran en
cosas sin importancia y no podían tolerar que yo estimara á nuestro gran
novelista como superior á Dickens, á Balzac, á Daudet y á Zola! ¡Cuántas veces
habré sostenido que, con ser nuestro mejor[245] novelista,
era también nuestro mejor autor dramático!
De haber nacido en cualquier otro país del mundo,
el estudio crítico de sus obras, de los personajes que figuran en ellas, de los
lugares que en ellas se describen, completísimo mapa moral de España, formarían
una copiosa biblioteca, como los libros dedicados á Shakespeare y á Dickens, en
Inglaterra. Habría ediciones á todo lujo de sus obras, y ediciones populares
que podría adquirir todo el mundo.
¡Dichosos los pueblos grandes y fuertes que
agrandan con su poderío la gloria de sus hijos! ¿Comprendéis la diferencia que
hay entre decir: Shakespeare es inglés, á decir: España es la patria de
Cervantes?
Y Pérez Galdós no es rico. Y dirán muchos hombres
prácticos: ¿Cómo es eso? Sus obras deben haber producido un dineral. Sin duda.
Un dineral para mucha gente que no ha necesitado perder su tiempo en
escribirlas. Porque el escribir pide mucho[246] tiempo,
y el tiempo es dinero, como dicen los ingleses. ¡Ah! ¡El dinero de la
literatura! El público empieza á contarlo desde la hora de la celebridad. ¿Y
los primeros libros? ¿Y los años en que hay que luchar con la indiferencia del
público, el desvío de los editores y la cuquería de los que saben mostrarse
generosos, cuando todo se agradece ante la general indiferencia? Dinero que
tarde llega, pronto pasa, como suele decirse. Y así es el dinero de la
literatura.
Pues bien; es preciso que el dinero, por una vez
siquiera, se haga romántico, idealista, expresión palpable de la gloria. Los
españoles hemos estado cobrando crecidos intereses, en páginas gloriosas que
nos han hecho pensar y sentir hondamente, de una deuda que no hemos pagado. Es
empeño de honor nacional satisfacerla.
La empresa del teatro Real, de acuerdo con la
naciente Sociedad Wagneriana, ha dispuesto que los miércoles sean dedicados á
la representación de óperas de Wágner.[247] Son
noches de alivio para la empresa y de luto riguroso para Wágner y para los
wagneristas, si continúan como han empezado. Una descolorida interpretación
de El oro del Rhin y una lastimosa representación de La
Walkyria, han sido, hasta ahora, el homenaje al músico inmortal.
Yo no sé en qué teatro de drama, ó de comedia, ó de
opereta, ó de género chico, hubiera tolerado el público tan pacientemente una
cosa tan desdichada como la representación de La Walkyria. ¡Y aun
dicen que el público de nuestro teatro Real es de los más severos del mundo! No
hay Jurado de crimen pasional que sea más benévolo. ¡Qué dioses y qué diosas!
¡Qué walkyrias! Aquello era un tejado por foso. La orquesta, dirigida por ese
admirable metrónomo que es el maestro Rabl, tan fría y tan desapasionada como
la batuta ordenaba. Los cantantes desafinaban en frío, que es el modo más
triste de desafinar; pero la orquesta, ni en frío ni en caliente. No hay
cuidado. Las walkyrias cabalgaron al paso; todo lo más, á trote cochinero.
Si ese es todo el homenaje á Wágner y[248] eso es todo lo que la empresa del Real ofrece
como obsequio á la Sociedad Wagneriana, habrá que decir, como el corregidor al
padre de la bolera que daba satisfacción al público por ciertos ademanes
descompuestos de su hija, y al explicarlos, soltó una palabra más inconveniente
que los ademanes de la niña: ¡Basta! ¡Que no dé más satisfacciones!
XXXVI
Algunas señoritas estudiantes se quejaron de que
sus compañeros masculinos las habían tratado con cierta desconsideración, que
no era por ningún modo en menosprecio del sexo, como suele apreciarse en
veredictos judiciales, más bien todo lo contrario. Algunos escritores, y en
particular una vehemente escritora, afearon, en artículos llenos de
indignación, la conducta de los estudiantes. Estos, por su parte, protestaron
contra las quejas de sus compañeras, por juzgarlas infundadas, y doblemente
contra la indignación de los escritores, que de tanto extremar su agradecido
papel de paladines de damas, venían á parar en ponerlas de vuelta y media en la
parte más noble y elevada de la feminidad: en la de madres. De suerte que, al
arremeter contra el sexo fuerte, era el débil el que venía á pagar de rechazo.
Esto me recuerda á un amigo mío que, refiriéndole en cierta ocasión cómo un[250] sujeto había insultado á su propia madre de muy
mala manera, exclamaba indignado:—¿Qué me dice usted? ¡Que ha insultado á su
madre, ese hijo de!...—Y aquí ponía un calificativo con el que quedaba la pobre
señora peor parada que con todo cuanto su hijo hubiera podido decirla.
Yo no sé si, en efecto, algún estudiante se habrá
propasado algún día con alguna de sus compañeras; es muy difícil apreciar lo
que se entiende por propasarse, concepto puramente subjetivo, como la poesía
lírica. Vaya porque alguna expansión masculina haya podido alarmar el pudor
femenino. Las horas de estudio no son horas de galanteos, dicen los
estudiantes. ¡Ay! Este es el error. En contacto hombres y mujeres, no es
posible otra cosa. Este será el eterno obstáculo de la coeducación. O las
compañeras estudiantes serán desgraciadillas, y en ese caso, ¿cuánto va á que
no agradecen la indiferencia de sus compañeros?; ó si algo valen, no hay
remedio, con mejores ó peores formas, han de sentir á su alrededor el resoplido
del deseo excitado á su paso.
Habrá quien diga que esto es sólo entre los
meridionales; que en los países del Norte esto de la coeducación y de la
comunicación frecuente entre los dos sexos se lleva mucho sin riesgo y sin
ofensa de nadie. Convengo en ello. En los países del Norte parece otra cosa,
porque es de otra manera. La manera es todo.
Me hallaba yo una vez en Tánger y llegó al hotel
una lucida compañía de jóvenes ingleses, muchachos y muchachas, amigos todos,
que viajaban en sociedad, sin padres ni madres las jóvenes, sólo autorizadas
por dos ó tres señoras de compañía. ¡Qué inglés es esto!—me decía yo.—En España
no podría hacerse. ¡Cualquiera echaba por esos mundos á sus hijas, acompañadas
de tantos muchachos jóvenes y bien parecidos, sin más vigilancia que la de unas
ayas aburridas!
En efecto, pronto me convencí de que hombres y
mujeres son lo mismo en todos los climas y latitudes. Lo que cambia es la
manera, el procedimiento. Los meridionales tenemos la endiablada costumbre de
unir la acción á la palabra. Nos gusta que nos ex[252]pliquen
y explicar todo lo que se hace. Así, en el teatro, sale una guapa mujer y no
nos contentamos con que se presente, más ó menos vestida, á recitarnos alguna
fábula candorosa ó á cantarnos alguna canción delicada y poética, todo lo cual
nos permitiría recrearnos en sus encantos físicos con el pretexto de que
asistimos á un espectáculo moral y hasta instructivo. Espectáculo de Arte, como
dicen por ahí á los cuadros plásticos. Reproducción de cuadros y estatuas de
los grandes Museos del mundo. Ya ven ustedes si todo esto se presta á muy
agradables vistas, como quien no hace nada de particular.
Pues, no señor; los meridionales no nos contentamos
con recrear la vista; es preciso que al exhibirse la señora, vestida ó desnuda,
explique su argumento en alguna relación muy expresiva, ó en canciones de doble
sentido ó de un solo sentido. Así no es posible engañar á nadie. Los pueblos
del Norte ven mucho más que nosotros, pero no oyen nada de particular.
Aquellas inglesitas y aquellos inglesitos del hotel
de Tánger, con el pretexto de jue[253]gos infantiles de
la mayor inocencia, se daban cada sobo por aquellas galerías del hotel y por
todos los rincones y divanes, que ¡ríanse ustedes de nosotros, pobres
meridionales! Pero allí no se oía nada que tuviera la menor relación con lo que
se hacía. Aquí no puede ser; al achuchón precede siempre el comentario, al
pellizco sigue el chillido, que no deje lugar á dudas sobre la intención y el
lugar.
Allí, hasta los besos ¡y granizaba! parecían la
pura inocencia. Aquí, hasta las miradas parecen mordiscos. La manera es todo.
¿Para qué se ha inventado tanto gracioso sport en los países
del Norte? Para exhibir pantorrillas y biceps, para correr unos detrás de
otros, y tropezar, y caer, y revolcarse por el suelo; pero sin más comentarios
que los pertinentes al juego. En cuanto se oyera un suspiro anheloso ó un «¡Sí
que está usted bueno!», se deshizo el encanto.
Por estas y otras razones, la coeducación no será
nunca posible en los países meri[254]dionales. Aquí todo
es cantar juego, y el toque está en que el juego vaya por un lado y la canción
por otro.
Si las muchachas y los muchachos españoles fueran
capaces de retozar con la corrección que aquellos jóvenes ingleses, no habría
ningún inconveniente en que viajaran juntos y solos y se coeducaran á todas
horas.
Estoy seguro de que ninguna de aquellas lindas
inglesitas tendría que lamentar un percance. ¡Oh! Se advertía de sobra que la
coeducación no tenía secretos para ellas.
XXXVII
Con motivo del concurso abierto por un empresario
de Buenos Aires, para premiar varias zarzuelas en uno ó dos actos, han vuelto á
protestar los noveles por haber sido excluídos del concurso. La protesta, en
este caso, es muy natural, aunque no puede tener mucha fuerza, por tratarse de
una empresa particular que, en uso de su perfecto derecho, convoca al concurso
á quien mejor le parece. Otra cosa sería si de un concurso oficial se tratara,
ó de teatros subvencionados por algún Gobierno.
Esta cuestión de los noveles será siempre difícil
de resolver á gusto de todos. Sucede con los noveles lo mismo que con los
liberales. No pueden serlo más que en la oposición. En cuanto pasan á ser
gobierno dejan de ser liberales. Es principal deber de un Gobierno el de
sostener el orden so[256]cial; por muchas que sean las
libertades concedidas y las reformas implantadas, todavía habrá gentes más
avanzadas, más radicales, á quienes todas ellas parezcan insignificantes.
Reducida la legalidad á la mínima expresión de fuerza restrictiva, siempre
habrá rebeldes y descontentos mal hallados en esa estricta restricción.
Del mismo modo, en cuanto un novel logra estrenar
una obra, ya deja de ser considerado como novel por sus mismos compañeros de la
víspera, ya empieza á ser combatido como un consagrado. Cuando todos los
noveles dignos de ser conocidos llegaran á serlo, siempre quedarán los que se
creen tan dignos de serlo como los otros. Siempre habrá descontentos y mal
avenidos. Todo ello, sin duda, es necesario para la mejor armonía del mundo,
formada, en apariencia, de discordancias, como gran parte de la música moderna.
Tal vez todo no sea más que música en el mundo, hasta llegar á la suprema
armonía del silencio infinito.
Cuando el espíritu en hora de serenidad ha llegado
á penetrarse de ese gran silen[257]cio, ladridos y
vocinglerías suenan á cánticos celestiales.
No hay duda que, sin los rebeldes, el mundo no
hubiera progresado gran cosa. Todo el que ha hecho algo de provecho en el mundo
se ha visto precisado á perturbar la tranquilidad de su familia, tal vez la de
su patria, tal vez á toda la humanidad.
Los mismos santos perturban la vida familiar á la
misma Iglesia en ocasiones. Recuérdese los graves disgustos que San Francisco
de Asís ocasionó á su padre. El mismo Jesús tuvo en continuo sobresalto á su
amantísima Madre, desde que, muy niño aún, se perdió y fué encontrado en el
templo, entre los doctores, hasta el trance doloroso del Calvario.
La rebeldía tiene precedentes gloriosos; no es
extraño que se vea con simpatía.
En España han sido muchos los príncipes rebeldes, y
todos ellos perduran en la historia con resplandores de leyenda. Hermenegildo,
santificado; Sancho el Bravo,[258] el príncipe de
Viana, el príncipe D. Carlos, tan esclarecido por historiadores, poetas y
autores dramáticos, que entre él y D. Juan de Austria se han llevado toda la
claridad del reinado de Felipe II, y para este rey sólo ha quedado la sombra
más tenebrosa. Hasta Fernando VII, cuando era príncipe de Asturias, tuvo su
hora de poesía como rebelde.
Entre príncipes extranjeros abundan también los
poéticos ejemplos, desde la antigüedad hasta nuestros días.
En estos últimos tiempos, feministas por
excelencia, las princesas se han llevado la palma en la historia, que no es
todavía más que crónica escandalosa, de las rebeldías.
Han sido muchas y muy ilustres las princesas que
han lanzado su diadema por encima de los molinos.
Los periodistas republicanos, los caricaturistas,
los autores de cancioncillas y de revistas de París, ya se relamían de gusto
con la esperanza de haber hallado un tema con que remozar sus inspiraciones.
Por fortuna, pocas veces fué la actualidad tan
efímera.
En lo que tiene de actualidad el asunto, los
comentarios serían ya irrespetuosos. Contra lo que creen los avanzados en ideas
políticas, una mujer no es menos respetable por ser princesa.
Y en nadie son tan disculpables los errores como en
los príncipes. Nadie les dice la verdad. Los amigos celebran sus equivocaciones
por adulación; los enemigos por conveniencia.
Pero hay un modo seguro de acertar para los
príncipes, y quizá para todos: hacer siempre lo contrario de lo que sería
nuestro gusto. Al principio molesta, después acaba por agradar, y entonces es
ocasión de volver á contrariarnos; porque hasta la virtud, cuando empieza á
agradarnos, está en camino de no ser virtud. Es doctrina de nuestros místicos,
tan provechosa, por lo menos, como la filosofía de Kant, aunque adorne menos.
En menos de un año han dado cima los hermanos
Quintero á su noble y generosa[260] empresa de
levantar en Sevilla un monumento á Bécquer.
Yo no sé si esta obra de los aplaudidos autores
será también discutida. Todo es de esperar en los tiempos de confraternidad que
corren.
Ya sé que algunos escritores de provincias suponen
que aquí tenemos establecida una Sociedad de bombos mutuos. No será una, sino
varias, y en oposición constante; porque yo no sé que seamos más de tres ó
cuatro los escritores que nos profesamos franca y leal amistad, y no somos
ciertamente los que más andamos elogiándonos unos á otros.
Pero á tal extremo hemos llegado que, no ya de
bombos mutuos, de justa y legítima defensa, habrá que formar Sociedades.
En esta ocasión, no es que nadie haya censurado á
los hermanos Quintero. ¡No faltaba otra cosa! Pero hay silencios tan malignos
como las censuras. Callar del bien es mil veces peor intencionado que decir del
mal.
XXXVIII
Que el concepto de la moralidad varía con las
latitudes y los tiempos, ya lo sabíamos. Sobre todo, siempre que por moralidad
se entienda algo que no pasa de ser conveniencias sociales, y justamente por lo
que tienen de conveniencias, la sociedad ha querido elevarlas á
preceptos morales. La verdadera moral está sobre estas conveniencias.
Lo que nos desconcierta un poco es que el concepto
de la moralidad varíe de un distrito á otro, sin más imperativo categórico que
el criterio de un delegado ó inspector. Y esto es lo que sucede con los salones
de variedades y teatros del género chico.
En unos se prohibe lo que en otros se consiente.
Aquí se escandaliza la autoridad por todo y más allá no se escandaliza por
nada. Los empresarios, los directores y los artistas no saben á qué moral
quedarse.
El autor de la parodia de Lirio entre es[262]pinas—Chumbo entre jazmines—ha tenido la mala
suerte de estrenar su obra en uno de los distritos comprendidos en la zona
moral más rigurosa. Su obra ha padecido persecuciones sin cuento y, por fin, ha
desaparecido de los carteles.
El autor apela á mi testimonio en defensa de su
obra. Como para mí no hay nada más injusto que la justicia desigual, digo y
declaro que nada vi ni oí en dicha parodia que justifique ese rigor
excepcional.
Pero es posible que yo esté equivocado. En un
periódico de los que celebraron siempre cualquier obra en que frailes ó curas
salieran malparados, he leído la más enérgica protesta contra la obra. En
cambio, un periódico de los más conservadores y respetuosos con la clerecía, se
limitaba á celebrar la gracia de la parodia sin la menor protesta. Es para
perder los papeles de la moralidad, y no es extraño que los delegados no logren
ponerse de acuerdo en punto en que discrepan los filósofos.
Desde ahora habrá una moralidad en el Centro, otra
en la Latina, y así en cada distrito y aun en cada calle.
Un empresario dirá á una cupletista:—¡Mucho cuidado
con lo que se canta, que aquí no está usted en el Hospicio!—Y otro dirá:—Aquí
cante usted lo que quiera, que estamos en la Inclusa.
¿Dónde hallar el definidor que nos unifique el
concepto de la moralidad?
Mal ha de ser mientras sean los delegados y no el
público los que hayan de definirla.
Pues no es tan triste que la moralidad vaya por
distritos, como que la piedad, fundamento de la moral, según Schopenhauer, vaya
por partidos políticos.
Y parece ser, como la libertad se hizo en tiempos
conservadora, que la piedad se ha hecho ahora revolucionaria.
Aunque lo que se ha hecho más que nada, en esta
ocasión, es inoportuno. Verdad es que tan inoportunos como los compasivos han
estado los crueles, y ni éstos han debido azuzar á la justicia para que fuera
inexorable en su fallo, ni aquéllos conmo[264]ver su
serenidad con llamamientos que, en ciertos casos, pueden parecer amenazas. Todo
ello es perturbar el ejercicio de las leyes. Unos y otros han debido callar
mientras la justicia sentenciaba. La compasión y la crueldad, disfrazadas con
sed de justicia, han sido por igual indiscretas. Ante todo, ha debido
respetarse á los jueces.
Después, era llegada la hora de unirnos todos en la
compasión, que debe alzarse siempre majestuosa: por algo es el más alto
atributo de los reyes sobre la justicia de los hombres.
No hay delito, por horrible que sea, en que no
tengamos todos una parte de responsabilidad; volvamos algo de esa justicia
inexorable sobre nosotros mismos, para corregir en lo que podamos nuestra vida,
y vaya toda nuestra compasión al delincuente; pero como sentimiento de
humanidad, no como idea política. Que al decir al que delinquió: «Te perdono»,
vea en nosotros al hermano, no al correligionario.
Que las manos que se tienden implorantes no parezca
que se alzan amenazadoras, porque, ante la amenaza, hasta el per[265]dón pudiera parecer cobardía, y bien está que la
justicia ceda á la compasión, pero no al miedo.
La empresa del teatro de Romea ha dignificado por
unas horas el género de variedades. Una sesión entera sin groserías. Tórtola
Valencia con sus danzas, graciosas evocaciones de arte. Música selecta, vistas
cinematográficas agradables, público... público que lo llevó todo con
paciencia, menos la Quinta sinfonía de Beethoven. No se puede cargar la dosis
en la primera toma. Pero todo se andará. El género ínfimo puede y debe
dignificarse. Sobre todo ahora que los teatros de género chico van perdiendo
todo su atractivo: el de ser baratos y el de que sus obras fueran chicas.
Profundo error del que volverán pronto las empresas. Como volverán pronto del
abuso de obscuridad. Es mucha obscuridad. Esta noche que Wágner impuso en su
teatro, y que el snobismo universal ha aceptado como condición
indispensable para admirar, empie[266]za á ser ridícula
y sigue siendo perjudicial para la vista. No sé por qué ha de escucharse á
Wágner á obscuras—¿será un símbolo?—cuando á Beethoven y á Bach se les escucha
á toda luz en los conciertos. Y pase con Wágner, aunque ya es pasar toda una
ópera atormentando la vista para brujulear lo que pasa en la escena; pero como
hasta los gatos quieren zapatos, ya no hay piececilla ni esperpento que no
pretenda fijar la atención del espectador con este recurso.
Los oculistas y los ópticos deben de estar en
grande con los espectáculos modernos.
XXXIX
Las tiendas de juguetes son en vísperas de Reyes el
verdadero paraíso de los niños. Todos se aprestan para recibir la visita de los
Reyes Magos, los reyes de leyenda y de ensueño, que vienen de tierras lejanas
con su cabalgada de dromedarios cargados de juguetes y golosinas por tesoro.
De todas las leyendas piadosas ninguna tan
arraigada en nuestro espíritu. Los padres más racionalistas y librepensadores
la respetan en sus hijos, y al poner los regalos de misterio en la ventana, tal
vez los padres estén más ilusionados que á la mañana los niños al descubrirlos.
Y ¿quién no espera toda la vida y cada día la
llegada de los Reyes Magos?
El prosaico cartero es el mago de Oriente. A cada
carta de letra desconocida, pensamos al abrirla, trémulos de ilusión y de es[268]peranza: ¿Será el amor? ¿Será la riqueza? ¿Será
nuestra felicidad?
Nuestro corazón está siempre en la torre, como la
hermana Ana en el cuento de Barba Azul, y sin cesar le preguntamos:—¿Qué ves?
¿Quién llega por el camino? Y hasta la hora de morir esperamos, y cuando llega
la muerte, acaso esperamos todavía que sea la felicidad.
Entre los libros de estrena—esta palabra,
traducción exacta de los êtrennes franceses, fué muy usada por nuestros
clásicos Lope de Rueda, Mateo Alemán y otros,—se destacan por su elegante y
graciosa presentación los libros ingleses. Maestros en las artes tipográficas,
grandes artistas ilustrados, todos los años nos presentan nuevas ediciones de
sus autores clásicos y de sus poetas, los primeros del mundo.
En libros para niños ofrecen maravillas de buen
gusto, libros educadores, aunque sólo fuera por su artística presentación.
Las ilustraciones de Rackam en El
sueño[269] en noche estival, de
Shakespeare; la trilogía de Wágner, los cuentos de Grimm y Peter Pan, son
admirables obras de arte.
De inspiración japonesa, unen á la más graciosa
espontaneidad, la ejecución minuciosa. Parecen acotaciones ligeras, apuntadas,
como por juego, al hojear el libro, y nos muestran, como profundo estudio
crítico, el espíritu de la obra ilustrada. Ilustrar de ese modo, bien puede
llamarse ilustrar.
En España son raras las ediciones de libros
ilustrados. ¿No hay editores de ellos por falta de ilustradores, ó no hay
ilustradores por falta de editores? Este es uno de tantos problemas nacionales
en que es difícil precisar cuál sea la causa, cuál sea el efecto. ¿No hay
oferta porque no hay demanda ó no hay demanda porque no hay oferta?
España, tierra de grandes pintores, no lo ha sido
de grandes dibujantes. Nuestros artistas consideran el arte de la ilustración
como un arte inferior; sólo obligados por la necesidad consienten en rebajarse
hasta él, y siempre con cierta displicencia, que no[270] es
la mejor disposición de espíritu para producir obras de arte.
Mucho bueno creemos que puede hacerse en la Escuela
del Hogar, proyecto y realización muy laudables del ministro de Instrucción
pública, hombre muy de su tiempo.
Podrá decirse que la mejor escuela del hogar
debiera ser el hogar mismo, pero como lo cierto es que la mayoría de los
hogares no pueden ser escuelas, preciso es que haya escuelas que parezcan
hogares.
Mas, como no sólo en el hogar vive el hombre, no
como protesta, ni en oposición, todo lo contrario, como complemento, algo así
como las clases de adorno en los colegios, yo sé que algunos señores de buen
humor se proponen fundar otra escuela que pudiera llamarse... el nombre es
difícil; vamos, algo así... lo que no es hogar... Ya me entienden ustedes.
Aunque con la buena enseñanza de la escuela oficial
es seguro que disminuirá el número de solterones, todavía quedarán algu[271]nos recalcitrantes que tienen derecho á la vida, sin
contar con los muchos casados de alternativa y algunos eclesiásticos.
En todos ellos han pensado los fundadores de la
escuela, que pudiéramos llamar libre, para prevenirles una existencia
placentera en que, sin el calor un poco atufante del hogar doméstico, no les
falte nunca una agradable calefacción.
También han pensado en las innumerables jóvenes
distinguidas, sin vocación de vestales de hogares, que ven malogradas sus
aptitudes por falta de una esmerada enseñanza, que no siempre pueden dar las
madres, aunque haya casos excepcionales.
Se organizarán cursos teóricos y prácticos de
asignaturas muy interesantes. Las alumnas podrán ser matriculadas ó libres,
aunque siempre serán preferidas las segundas á las primeras.
Las faltas de asistencia serán dispensadas, siempre
que la alumna las justifique con haber repasado en su casa la asignatura ó
haber salido de prácticas.
En el claustro de profesores y de profesoras
figurarán personas muy poco respeta[272]bles, verdaderas
autoridades en las asignaturas cuya explicación les ha sido confiada.
Algunas distinguidas escritoras fluctúan entre
ocupar una cátedra en la Escuela del Hogar ó en esta nueva escuela. Hay algunas
que estarán con un pie en cada una y su actitud parecerá naturalísima á todo el
mundo. No hay la menor incompatibilidad. Ni en la comida casera dice mal algún
plato de fonda, ni en la comida de fonda algún plato casero.
A las señoras de su casa les convendrá matricularse
en alguna clase de adorno, aunque sólo apliquen las enseñanzas á las
necesidades domésticas; como á las otras les convendrán algunas asignaturas de
la Escuela del Hogar, porque el mundo da muchas vueltas, y hay hombres tan de
hogar que, cuando dejan uno, es para buscar otro, y son los que compran á pares
los pares de zapatillas alfombradas, y quieren encontrar en todas partes las
mismas cosas en el mismo sitio. No varían, continúan. Son fieles hasta en las
infidelidades.
XL
Si en torno á los reos de Cullera sólo hubieran
disputado bandos políticos contrarios por la vida ó la muerte de los condenados
á la última pena, tal vez, en este caso, no fueran los compasivos los que
tuvieran razón.
Mas pasada la turbia que estas revueltas aguas de
la actualidad traen de origen consigo, los espíritus desinteresados, los que no
pierden nunca la noble serenidad inteligente, comprenderán, aunque por algo del
momento se apasionaran unos y otros, que algo sobre la actualidad, con
aspiración á lo definitivo, se eleva sobre las discusiones apasionadas.
Nada sería el perdón de hoy si no significara la
abolición de la pena de muerte en España. Esa pena, que es vergüenza en toda
sociedad civilizada, y si la civilización se enorgullece con el nombre de
cristiana, no es ya sólo vergüenza, es crimen y es pecado.
La pena de muerte es la negación de la Justicia: es
la pena bárbara del Talión, es la venganza que el propio ofendido se tomaría
por su mano, sin necesidad de que unos jueces togados se interpusieran para
dilatar fríamente la ejecución, cuando quizás los propios ofendidos han
perdonado.
Pena que nada remedia y nada evita. Cuando más se
aplicaba, más numerosos eran los crímenes. Hasta en delitos de imaginación,
como en los brujos y posesos, puede comprobarse: cuanto más arreciaba el rigor
en los suplicios, más se recrudecía el contagio, y eran en mayor número los que
á sí mismos se acusaban de practicar diabólicas artes.
¿Ejemplaridad? No debe ser mucha la de una pena que
todos los modernos legisladores creen más conveniente rodear en su ejecución de
misterio y hasta se ha consignado, al término de largas discusiones en
Congresos penitenciarios, la conveniencia de que la Prensa periódica se
abstenga de publicar detallados relatos de toda ejecución capital. ¿Por qué
todo esto, si de tan provechoso aviso y ejemplo fuera la pena[275] de
muerte? ¿No es todo esto palmaria confesión de que tan contagioso es el crimen
como la pena, cuando se iguala al crimen en el procedimiento?
Ya es sobrada concesión que los hombres podamos
juzgarnos unos á otros, pero nunca de un modo irreparable. Porque andamos
individualmente sueltos por el mundo, nos creemos desligados unos de otros, y
hay un espiritual cordón umbilical que á todos nos une como á un solo organismo
humano.
En toda gloria de la humanidad tenemos todos
nuestra parte de gloria, y en todo crimen, nuestra parte de culpa.
¿Por qué ante las hazañas de nuestros soldados,
ante los triunfos de nuestros grandes artistas, algún buen hombre, ajeno á todo
valor y á todo arte, exclama con orgullo: «¡Somos muy valientes! ¡Somos muy
artistas!» Hay quien ante las gallardías de un torero se ufana de ellas, como
si fueran propias, y dice muy orgulloso: «¿Han visto ustedes cómo hemos quedado
en Méjico?» ¿Por qué no se considera del mismo modo solidario de crímenes y
errores?
¿Quién sabe de dónde cayó la piedra propulsora de
las ondas sociales? ¿Quién sabe de qué baja bestialidad llegó la inspiración al
artista? ¿Quién sabe de qué alta inteligencia luminosa llegó la negrura del
crimen á un alma de tinieblas?
Los pueblos tienen sus héroes y sus artistas y sus
grandes hombres, como tienen sus criminales. En todos hay algo de todos.
No lo olvidemos al juzgarlos. Por todo esto, ya
veis si un Gobierno español tiene siempre razón para perdonar, y todos para
agradecerle que perdone. Es como si nos perdonaran á todos y todos nos
perdonáramos unos á otros.
Persona, al parecer eclesiástica, me escribe muy
indignada porque yo he dicho que los santos en vida no fueron muy bien mirados
por la Iglesia. ¿Habré de recordar á persona tan docta los muchos santos que
anduvieron en opinión de herejes y padecieron persecuciones y entredicho?
¿Bastará con recordar á San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz y Santa
Teresa de Je[277]sús? ¿No tiene el primero que pasar los
imposibles hasta ver aprobados los Estatutos de su Orden? ¿No padecieron los de
casa persecuciones de la Inquisición y de sus superiores? ¿No llamó el Nuncio
de Roma fémina inquieta y andariega á Santa Teresa?
No es que á mí me parezca mal; todo ello es
naturalísimo. Los espíritus superiores, en cualquier esfera de actividad, son
una perturbación.
Parafraseando un refrán algo brutal, bien puede
decirse: «El grande hombre muerto, y el apio en el huerto».
Digan ustedes á cualquier familia de un grande
hombre: «¡Qué orgullosos estarán ustedes!» Y por vergüenza no se atreverán á
decirlo; pero, ¡vaya si lo piensan!: «Lo que estamos es... que no le podemos
aguantar.»
Los santos y los genios no tienen vista más que á
muchos siglos de distancia, cuando ya no les queda ni descendencia; porque hay
descendientes que, sin ser santos ni genios, abusan del nombre del antecesor
ilustre para seguir molestando.
XLI
En literatura destinada á los niños hemos sido, por
mucho tiempo, importadores de libros extranjeros. El Juanito de
nuestra niñez, el admirable Corazón, de Amicis; los cuentos de
Grimm, de Andersen, no tienen en España equivalentes. Las mismas fábulas de
Samaniego, la más castiza lectura en nuestros tiempos de colegiales, al través
de Esopo y de Fedro, llegan á España por el francés La Fontaine, tan odioso á
Lamartine como educador. En efecto, la moral de las fábulas es algo
sanchopancesca, rastrera, y el gran poeta tenía sobrada razón para abominar de
ellas como libro iniciador de poesía en el espíritu del niño.
Los cuentos de Perrault, por su asunto, serán
eternamente encanto de los niños, aunque su erudito autor, al contarlos, puso
en ellos cierta socarronería, como para las damas y cortesanos de colmillo
retorcido, en[280] quienes pensaba al escribirlos
más que en los ingenuos lectores infantiles.
Las Mil y una noches, por mucho que se
expurgen, no son de lectura muy conveniente para niños. Trascienden á
sensualidad oriental y perturban la imaginación.
Nuestro Don Quijote, fuerza es
confesarlo, es de incomprensible y aburridísima lectura para chicos. Es libro
para leerlo después de los treinta años. Por eso hay tan pocas mujeres que lo
hayan leído.
En publicaciones periódicas para la infancia
tampoco hemos sido muy fecundos. La mejor, sin duda, fué Los Niños,
periódico fundado y dirigido por D. Carlos Frontaura, de grata memoria, y sus
artículos y cuentos más amenos traducciones eran también casi siempre.
En colaboración con D. Teodoro Guerrero publicó el
mismo D. Carlos Frontaura unas cuantas comedias para niños, de moral un tanto
sensiblera, pero muy bien intencionadas; y una entre todas, titulada Una
lección de historia, muy bien compuesta para grabar en la imaginación de
los niños gloriosas páginas de la Historia de España.
Otro distinguido escritor, Segovia Rocaberti,
publicó también una colección de obritas teatrales infantiles. Hoy día publica
también una el Sr. Espasa, en Barcelona. De Buenos Aires recibí, poco tiempo
ha, otra numerosa colección.
De Fernán-Caballero tenemos una Mitología,
explicada á los niños, verdadera obra maestra de discreción y de buen gusto.
Para niños de librepensadores y racionalistas es
obra muy apreciable Ponos ó La Comedia Humana, de D. Melitón
Martín, obra injustamente olvidada, á mi entender; tal vez famosa en todo el
mundo si no fuera española.
Como nuestra enseñanza, cuando no es de una
estrechez de miras clerical, es de una pedantería filosófica aún más estrecha,
la obra de D. Melitón Martín ha padecido bajo el natural desvío de los unos,
que no quieren que nadie sepa de nada, y de los otros, que se lo saben todo.
Entre la infinita ignorancia y la infinita
sabiduría, extremos, sin término medio, de la mentalidad española, ó no nos
enteramos de nada, ó sólo de Kant para arriba. O en[282] el
zaguán ó en el quinto cielo. Y en el quinto cielo de un salto, sin tomarnos el
trabajo de subir por las escaleras.
Género muy difícil de literatura es un género en
que ha de olvidarse el escritor de toda literatura; cosa muy difícil para el
verdadero literato y cosa imposible al que no lo es: que se acuerde de toda la
mala literatura á la hora de escribir.
Para escribir un buen cuento de niños hay que tener
alma de madre. Lo que es lo mismo, ser un gran artista, verdadero artista. El
alma del Arte es alma de madre, como el alma de la Naturaleza.
Género de arte en que debieran triunfar las
mujeres, si no fuera que la mayoría de las mujeres escritoras tienen muy poco
de femenino.
Cuando la mujer es mujer antes que escritora y
mucho antes que literata, escribe, cuenta, mejor dicho, deliciosos cuentos de
niños, todos de ingenua imaginación y candoroso sentimiento. Cuentos que pueden
interesar á los niños de todos los tiempos y de todos los países; porque el
alma del niño es siempre universalmente primitiva.
En cada niño nace la Humanidad. En cada nación,
desde las capitales civilizadas, emporio de cultura, hasta las aldehuelas
pastoriles, más que unidas, apartadas por senderos riscosos de las ciudades,
puede estudiarse, mejor que en los libros, la historia de las razas y los
pueblos en su más remota ascendencia. No son códices y monumentos, cronicones y
sepulcros los que mejor nos hablan de edades pasadas; son seres vivos, hombres
y mujeres, que viven hoy en el alma de otras edades, las más remotas, hasta la
misma edad de piedra.
Los grandes escritores, cuya gloria perdura sobre
los pueblos y los siglos, son los que acertaron á contar mejor esos eternos
cuentos que interesa siempre al espíritu infantil de la Humanidad.
Todas las grandes obras de la literatura, si bien
se advierte, son cuentos de niños. Obras que conmoverán eternamente lo que hay
de niño en el alma de todos los hombres y de todos los pueblos.
Cuentos de niños, La Iliada y La
Odisea; cuentos de niños, La Divina Comedia, y nuestro Romancero,
y La Canción, de Rol[284]dán, y los Fabliaux franceses,
y los cuentos de Chaucer, y las tragedias de Shakespeare, y los dramas
legendarios de nuestro teatro...
Hoy, entre el espíritu del escritor y el espíritu
del pueblo, el eterno niño, media una distancia que no basta á salvar una
artificiosa sencillez toda de habilidades literarias. La sencillez no se imita
con nada; con la bobería, mucho menos. Ni con místicos ó castizos vocablos.
Sin afectación, alegre, claro, limpio, llega un
libro de cuentos para niños, Cuentos de hechos, de Gertrudis
Segovia, libro de mujer, como yo quisiera todos los libros escritos por
mujeres; libro que añade á nuestra pobre literatura infantil unas flores, más
valiosas que joyas. Hay en él cuentos comparables en interés al delicioso
del Pájaro Azul, de Mme. D'Aulnoy, y á La Bella y la Bestia,
de Mme. de Beaumont. Son verdaderos cuentos para niños. Y doy fe de ello,
porque sé de varios niños que los han leído con entusiasmo y sé de una señorita
distinguida que se ha aburrido mucho. Una señorita distinguida es lo menos
infan[285]til que se conoce. Una señorita distinguida,
si la dicen que puede tener hijos, suele exclamar: ¡Por Dios! Chiquillos, no.
¡Qué lata!
A señoritas de estas de ¡Qué lata! no hay que
ofrecerles cuentos para niños. Con la conversación de algún joven, tan
distinguido como ellas, tienen bastante pasto intelectual.
XLII
El príncipe de Mónaco es un príncipe dichoso. Su
minúsculo Estado, el más pacífico del mundo. No agobian á sus súbditos
contribuciones ni cargas. Su ejército es un elegante Cuerpo de Policía; sus
barcos no son de guerra, son de paz, y su insignia, la más alta y más noble
expresión de paz, la Ciencia.
En el Princesa Alicia no van, con
el noble príncipe de Mónaco, ni el conquistador, ni el colonizador, ni el
aventurero, ni el viajante de comercio, ni el deportista; va el sabio
explorador de tierras y mares, sin otro interés que el estudio mismo.
Al contrario de otros príncipes, para este
afortunado, el gobernar es un descanso. Por eso puede hacer del estudio su
deporte.
Contra siete vicios hay siete virtudes en este
mundo. Pero en los felices dominios de[288] este
príncipe, contra innumerables virtudes hay un solo vicio.
Él es fuente de prosperidad y bienandanza, él
costea las exploraciones científicas, él permite en Exposiciones universales,
al minúsculo Estado, tan lucido papel como á muchas grandes potencias. El amor
á la Ciencia de un príncipe sabio contrapesa, muy justamente, grandeza y
poderío de otras naciones.
Con todo esto, ¿no pudiera escribirse algo muy
interesante sobre la moral de lo inmoral?
Como toda la moralidad de un Estado no puede ser,
en resumidas cuentas, más que hipocresía, en los Estados moralistas son los
trabajadores y los honrados los que vienen á pagar y á sostener vicios y
holganza.
El Principado de Mónaco, sin hipocresía, logra algo
más justo: el vicio tributario y el trabajo exento.
No hay persecución capaz de exterminar un vicio,
como el vicio sea de los arraigados en la naturaleza humana. La persecución
infructuosa sólo conseguirá añadir al vicio del vicioso el delito del
encubridor: más[289] repugnante todavía, cuando
tras de encubrir, delata.
En cuanto á que no hay nada tan elástico como la
moralidad, ¿es preciso insistir? Yo confío mucho en la discreción de nuestras
autoridades. Pero, ¿se imaginan ustedes el contraste, si en estos días se le
ocurriera á un delegado sorprender alguna partidita de juego?
El Gobierno, que honra, agasaja, condecora y recibe
como se merece al noble príncipe, soberano dichoso del más dichoso Estado, no
podría consentir esa inconveniencia.
¡Envidiable suerte la de este príncipe! ¡Ay! Tanto
como él la Ciencia, amaría yo el Arte, si se me permitiera explotar siquiera
una ruletita con un par de ceros.
A los partidarios de la pena de muerte les ha
parecido crisis de sentimentalismo y aun de histerismo el movimiento
abolicionista determinado con ocasión de recientes indultos.
Si á histerismo fuéramos, también pudie[290]ra haberlo sanguinario, y siempre sería más expuesto
que el filantrópico y sentimental. Pero, ¿á qué agraviarnos mutuamente? Siempre
habrá dos conceptos fundamentales de la vida: conservador y liberal. En el más
amplio sentido de estas palabras.
El sentido conservador considera la vida con
escepticismo oportunista. La humanidad es mala de suyo y las sociedades
constituídas por los hombres adolecen de sus mismas imperfecciones. Siempre ha
sido lo mismo y lo mismo será mientras el mundo exista. Es inútil aspirar á
mejoría ó perfección.
Contra los perturbadores del orden social no hay
más defensa que... defenderse. Contra los malos, el castigo. ¿La enmienda?
¡Ilusión, utopía progresista!
Este sentido es muy respetable, y más lo sería
llevado al extremo. Supresión radical de cuanto hay de inútil, perjudicial y
parasitario. A defenderse del criminal como del apestado, del inútil como del
vago, del loco como del imbécil.
¿Quién sabe si esta despiadada selección no sería
el medio más eficaz de cultura?
Pero hay quien considera, tal vez ilusionado, que
el espíritu humano es perfectible y perfectible la vida, y perfectibles las
sociedades. La historia conocida de la humanidad es de muy poco tiempo y son
días los siglos de que podemos tener noticias, y aun esos bastan para decirnos
que es hacia el bien el lento caminar y hacia la perfección todo el camino.
Poco á poco y despacio, eso sí. El efectivo avance apenas responde al aliento
espiritual.
El poeta del premio Nobel, en este año, Maeterlink,
lo dice: «Para realizar siquiera un bien pequeño en nuestras acciones, hay que
soñar con las más altas y generosas empresas de bondad.»
En cuanto á la parte de responsabilidad social, de
solidaridad, mejor, en virtudes y en crímenes, ¿no habéis leído Resurrección,
de Tolstoi?
Antes de juzgar debemos juzgarnos. Será la mejor
lección de todo delito.
Consideremos el caso de Cullera. Ya parece lejano,
como un suceso histórico. No puede haber ofensa para la memoria del juez
cruelmente asesinado. Doy por supuesto que[292] era
el juez más íntegro, más justo, más digno. Lo era. Pero, ¿es siempre así? El
que haya vivido algún tiempo en un pueblo, ¿sabe de las injusticias, de las
iniquidades, de las tropelías de la justicia al servicio de los caciques?
Los pueblos sufren años y años, y en un día, por
fin, se cobran, con aparente injusticia, quizás cuando menos debieran y en
quien menos mal hizo, todas las injusticias padecidas... Hicieron mal, no hay
duda. Pero, ¿dónde empezó el mal?
Eranse dos amigos, de los cuales el uno en cuanto
ponía mano prosperaba y juntó un cuantioso capital en poco tiempo. El otro era
tan desdichado, que el negocio más seguro acababa para él en un desastre. Por
si su mala suerte consistía en ser más honrado en sus tratos que el amigo, se
dejó de escrúpulos y quiso imitarle, por ver si se desquitaba. Todo le salía
mal del mismo modo.
Un día jugaban al tute los dos amigos, mano á mano,
y el infeliz no lograba baza, mientras el otro no dejaba de acusarle las
cuarenta, más veinte, y vuelta á lo mismo, y así toda la partida.
El perdidoso bramaba y para sus adentros iba
repasando su historia y la de su amigo, la sinrazón de sus malos negocios y los
buenos del otro, las pillerías que al amigo le habían enriquecido y á él sólo
le habían traído pleitos y disgustos. Y al fin, cuando una vez más le acusaba
el amigo las cuarenta, se levantó, rojo de cólera, tiró cartas, mesa, sillas y
luces y la emprendió á golpes con el ganancioso, gritándole:—¡Ladrón! ¡Pillo!
¡Granuja! ¡Si toda tu vida has sido lo mismo!
Nadie podía explicarse aquel arrebato; todos se lo
afearon mucho. ¡Ponerse así porque le acusaban las cuarenta!
Pero, lo que él decía:—¡Señor! ¿Si creerán que ha
sido por estas cuarenta de hoy? ¡Si es que toda su vida me las ha estado
acusando y... ya no podía más, ea, ya no podía más!
Hay muchas cosas, inexplicables en un momento, que
tienen su explicación en toda una vida.
XLIII
El Municipio de la opulenta Bilbao, al discutir sus
presupuestos, acordó grandes economías en las subvenciones á las cantinas y á
las colonias escolares.
Cuando en todos los países civilizados se concede
la mayor protección, moral y espiritual, á estas instituciones, en el
Ayuntamiento de Bilbao se alzan destempladas voces para protestar contra ellas.
Un edil dice que las colonias escolares no pasan de
ser un recreo, una diversión para los niños. ¡Gran argumento! Y si no fueran
más que eso, si no fueran salud y vida, ¿estaría tan mal empleado el dinero?
Otro dice que no hay para qué contribuir á la
regeneración de los hijos de los borrachos. ¡Admirable argumento también! Y,
¡admirable espíritu de caridad cristiana!
Para ellos hacen y para sus hijos, al no[296] hacer por los hijos de los demás, por borrachos
que fueran.
A un hombre muy inteligente le oí yo decir muchas
veces que, para tratar en cualquier negocio, si había de ser un pillo, le diera
Dios pillos muy pillos, que éstos, al fin, por interés propio, atinaban siempre
con el interés ajeno. No como el pillo bruto—mezcla detonante,—que por quererlo
todo para sí, malogra las mejores empresas.
Del mismo modo, ya que sea el egoísmo primer móvil
de las acciones humanas, seamos de veras egoístas, y, por verdadero egoísmo,
comprenderemos la conveniencia del bien ajeno. Por nuestra salud, nos
cuidaremos de la salud de los otros; por nuestra seguridad, de su honradez; por
nuestra inteligencia, de su cultura; por nuestra riqueza, de su bienestar. No
es lo malo que seamos egoístas, sino que lo somos malamente. Los grandes
bienhechores de la humanidad han sido los grandes egoístas. Querían un mundo mejor
para vivir mejor ellos.
A los que no son egoístas, cualquier cosa les está
bien y viven tan á gusto en una po[297]cilga. Esos no
moverán pie ni mano por mejor cosa propia ni ajena.
Nada más gracioso y artístico que las danzas de
Loie Fuller y sus discípulas. Loie Fuller, inventora de la famosa danza
serpentina tan copiada y tan imitada después, ha comprendido toda la verdad de
la máxima de D'Annunzio: Renovarse ó perecer. Y si es cierto que en la parte
física no ha podido contrarrestar el irreparable ultraje de los años, como dijo
el trágico, en la parte artística, ya que no renovado del todo, ha rejuvenecido
su arte con artísticas variaciones sobre el antiguo tema: «Bella forma mortal
passa, é non d'arte», que dijo Leonardo, y adoptó después por lema el mismo
Gabriel D'Annunzio.
Loie Fuller, con sus vaporosos contornos de nube,
de llamarada, de viviente flor, de mariposa, con sus combinaciones de luces y
colores, ha sido una gran innovadora en arte. Con especialidad, en el arte
decorativo llamado modernista. La moda femenina[298] también
ha encontrado en ella atrevidas inspiraciones coloristas.
En el arte de la danza, su influencia ha sido
decisiva. Loie Fuller, según ella misma refiere, halló en la India la
inspiración de sus bailes. Hoy todo el moderno arte del baile busca en la
antigüedad ritmos de líneas y colores. Y son Isadora Duncan, Maud Allens,
Regina Budet, Ida Rubenstein, la Truhanowa, Tórtola de Valencia, toda una
pléyade de bailarinas, evocadoras de las antiguas danzas de Grecia y de la
India, danzas religiosas, sacerdotales, de iniciación y de misterio.
Unas por instinto, otras por arte. La mujer es
siempre vaso de elección, propicio al hervor del fuego sagrado.
El baile moderno ha dejado de ser acrobatismo. Hoy
pueden danzar las bailarinas con los pies desnudos; las bailarinas más famosas
de antes no hubieran podido mostrar sus pies, atormentados por el horrible
ejercicio al bailar sobre las puntas de los dedos; pies que habían perdido su
forma, ensangrentados muchas veces al cabo de horas y horas de ensayos mil
veces repeti[299]dos para lograr fuerza y agilidad. ¡Las
vueltas de cintura de la Pinchiara, los punteados de Rosita Mauri! Todo ello
pasó para no volver, hasta que de puro viejo sea antiguo, que la antigüedad es
la juventud de las cosas viejas.
Pero una de nuestras autoridades se ha propuesto
cumplir con la ley de protección á la infancia y ha prohibido la presentación
de las discípulas de Loie Fuller en el teatro.
De todos los trabajos que puede hacer un niño,
ninguno menos penoso que el de estas danzas. Nada más parecido á un juego
infantil. Nada en ellas da idea de pena ó de esfuerzo.
La directora ha protestado contra esa medida de la
autoridad. Es que está mal acostumbrada. Viene de otros países donde no se
concede la menor importancia á los niños. Aquí no habrá podido ver niños
abandonados por las calles, ni vendedores de periódicos menores de trece años
expuestos[300] al frío en estas noches de invierno
y alternando con golfos y golfas de la peor especie. Y si recorriera esos
pueblos de Dios, no vería niños y niñas, al sol de Agosto, en las faenas del
campo.
Como nada de esto ha podido ver, comprenderá lo
justo de la determinación al prohibir ese espectáculo de unas niñas sanas y
alegres que, seguramente, no lo habrán pasado mejor en su vida.
Pero nuestras autoridades no se enteran más que de
lo que pasa en los teatros. Verdad es que, cuando no se encuentre á una
autoridad por esas calles, ya se sabe dónde hay que buscarlas, en los teatros
del distrito.
XLIV
Como los encendedores mecánicos han obtenido tan
general aceptación, y es de suponer que lo mejor de su clientela se halle entre
las personas más liberales, por lo que tienen de novedad y adelanto, ó entre
gentes inquietas y viciosas, por lo que tienen de azaroso, la caja de cerillas,
orgullo de la fabricación española, ha quedado relegada á los fieles espíritus
tradicionalistas, donde toda virtud y toda moralidad se asientan.
Reducido el consumo de las cerillas retrógadas á
esta noble y severa parroquia, no es extraño que los fabricantes de cerillas
cuiden la honestidad de los envases, como empresa de teatro aristocrático la
honestidad de las comedias.
¿No han reparado ustedes? En las fotografías de
célebres y lindas artistas, ornamento de las cajas de fósforos, de algún[302] tiempo á esta parte no se descubre descote ni
desnudez pecaminosa. Hábiles retocadores lo han tapado todo. Ya con un chal, ya
con una pañoleta, ya con un remiendo de la misma tela del vestido. No ha
faltado más que poner un antifaz á los rostros, mientras se sustituye la
emisión de retratos femeninos por una de santos varones de la cristiandad, ó de
políticos conservadores, ó de coristas masculinos del teatro Real, ó cualquiera
otra tan incombustible como éstas.
Entretanto se agotan las existencias de caras
bonitas con las precauciones indicadas, no hay peligro de inflamación en las
cerillas ni en el consumidor. Todo es economizar fósforo, y en esta parte hay
que alabar el desprendimiento de los expendedores.
Según tengo entendido, la venta de cerillas corre
ahora por cuenta del Estado, y vean ustedes cómo en tiempos de Gobierno liberal
y democrático se moraliza y se honestiza. ¡Para que digan y murmuren luego
cuatro viejas beatonas!
¡Oh, aquel empecatado Molière! Al presentarnos á su
Tartuffe en escena, con pin[303]celada maestra, le vemos
encararse con la traviesa Dorina y decirle:
—Ah! mon Dieu! je vous prie
Avant que de parler, prenez-moi ce mouchoir.
... Couvrez ce sein que je ne saurais voir.
Par de pareils objets les âmes sont blessées,
et cela fait venir de coupables pensées.
Como Tartuffe y como estos moralistas fosforeros de
ahora, conocí yo un señor que, apenas veía uno de estos descotes de caja de
cerillas, pedía tintero y pluma y lo emborronaba con presteza. Alguien le dijo
un día:—¡Pues si fuera usted al teatro Real y viera usted á muchas señoras!
¿Qué haría usted?—A esas, ¡todo el tintero, hijo mío, todo el tintero!
Ahora, ¡alerta, diosas de Ticiano y de Rubens, maja
desnuda de Goya! Estos moralistas de ahora pueden trataros un día como á
fotografías de caja de fósforos, ya que la luz gloriosa del Arte vale para
ellos tanto como una cerilla y menos que un pitillo.
Es gente que sólo ve la Belleza por donde, como se
dice vulgarmente, ven los gigantones de Burgos. Y se figuran que todos la ven
como ellos.
End of the Project Gutenberg EBook of De Sobremesa;
crónicas, Cuarta Parte
(de 5), by Jacinto Benavente
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DE
SOBREMESA; CRONICAS, CUARTA PARTE ***


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