© Libro N° 9537. De Sobremesa. Crónicas. Tercera Parte. Benavente, Jacinto. Emancipación.
Enero 29 de 2022.
Título original: © De Sobremesa. Crónicas. Tercera Parte. Jacinto Benavente
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Miranda
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DE SOBREMESA
CRÓNICAS
Tercera Parte
Jacinto Benavente
De Sobremesa
Crónicas
Tercera Parte
Jacinto Benavente
Title: De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)
Author: Jacinto Benavente
Release Date: March 18, 2018 [EBook #56770]
Language: Spanish
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SOBREMESA; TERCERA PARTE ***
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Jacinto Benavente
De sobremesa
CRÓNICAS
TERCERA SERIE
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33
1912
ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS
Artes Gráficas MATEU.—Paseo del Prado, 30.—Madrid.
De sobremesa
I
Si la propaganda cunde, pueden regocijarse los padres, los maridos y
todos los paganos de lujos femeninos, cualquiera que sea su grado de
aproximación masculina. Las damas de los Estados Unidos patrocinan, protegen y
alientan una huelga de modistas. Tendría que ver, ¡ya lo creo!, que un exceso
de civilización volviera á las refinadas norteamericanas al primitivo atavío de
la hoja de parra, y que, por evitar la desnudez de las obreras, llegasen sus
distinguidas clientes á la suya propia. No podía perdirse mayor altruísmo. Pero
si[6] contra toda moda, con procurar siempre el mejor
parecer de la mayoría, hay siempre resistencias y rebeldías por parte de las no
agraciadas con ella, ¡figúrense ustedes si vestidura tan difícil para las feas
y las mal formadas, como el natural físico, no ha de encontrar protestas!
De temer es que la huelga, alentada en público por las damas, sea
contrarrestada en privado por ellas mismas, como aquella famosa huelga de Lysistrata,
tan graciosamente dramatizada por Aristófanes. Es también un peligro que esta
huelga modistil traiga otras muchas huelgas de mayor transcendencia. Huelga de
señoras: porque ¿en qué han de ocuparse muchas de ellas si no se ocupan en
andar de modista en modista y de tienda en tienda, eligiendo, revolviendo y
comprando trapos y moños? Huelga de maridos y de amantes: porque ¿parecerán lo
mismo muchas mujeres sin los encantos artificiales de la toilette?
Huelga de autores dramáticos: porque si las actrices dan en vestir con
sencillez, ¿qué defensa tendrán muchas comedias? Sabido es que cuando en el
teatro se llega á la des[7]nudez, sobra toda literatura,
con un poco de baile basta. Cuando hay mucho que ver, el oído no está para nada
y el entendimiento mucho menos. Huelga general, en fin, con cierre y quiebra de
balnearios, hoteles, playas á la moda, teatros, iglesias, etc., etc.: porque si
las señoras no podían lucir trajes en todos estos sitios, sostenidos por ellas,
¿para qué habían de asistir á ninguno de ellos?
Véase cómo una sencilla huelga de modistas, que en su origen puede
parecer cosa de broma, podría ser el principio de una revolución social.
El comienzo de año nos llena siempre de melancolía. ¿Un año más? ¿Un año
menos? Depende del estado de ánimo. De cualquier modo, es otro año; y lo que
nos entristece es que, con ser otro, será lo mismo. Los días nacen unos de
otros, y el nuevo día no amanece nunca. Los que no se resignan á vivir sin
esperanza la ponen más allá del sol, más allá de la vida. Su[8] año
nuevo, no es vida nueva; es otra vida.
¡No pensemos en qué nos traerás, año nuevo; ya nos contentaremos con que
no te lleves algo!
El año pasado nos trajo algunas glorias, ¡bien pagadas con muchas
inquietudes y tristezas! Se despidió con inundaciones, lo mismo que el partido
conservador. Bien puede ser generosidad, para que luzca más el sol del año
nuevo. Hay calamidades fertilizadoras.
Los autores noveles protestan contra la precipitación, reserva y
sorpresa con que se ha declarado cerrado el concurso de sainetes para el teatro
Español. Prueba de ello es el escaso número de obras presentadas, cuando en
cualquier otro concurso, anunciado con la necesaria publicidad, se cuentan por
millares. ¡Díganmelo á mí, que llegué á leerme, en algunos de ellos, «noventa y
cuatro comedias»!
Lo mejor que puede hacerse es ampliar el plazo y no dar ocasión, de
ningún modo,[9] á que nadie pueda sospechar que hubo
mala fe en lo que sólo pudo haber ligereza. Considérese que estos concursos,
con todas sus deficiencias, son la esperanza de muchos autores inéditos y la
mayor probabilidad de verse atendidos y juzgados imparcialmente. Si la atención
y la justicia de los que han de juzgar se bambolean ó se tuercen en ocasiones,
culpa es de los propios concursantes, que suelen mover una de recomendaciones,
influencias y hasta intriguillas á las que sólo con gran energía, y á riesgo de
enemistarse con muchos, puede uno sustraerse. Esto de la recomendación para
todo es achaque muy nacional. El donoso escritor que en peligro de muerte, al
ir uno de sus allegados á pedir los últimos Sacramentos, le recomendaba: «Di
que son para mí; que los traigan buenos», satirizaba esta arraigada costumbre
española de creer que la recomendación alcanza para todo, hasta en lo divino.
¿No es este el país en que más se reza y se pide á una multitud de vírgenes,
santos, abogados y abogadas celestiales, que á Dios, uno y trino; en que se
cree necesario pedir por[10] favor lo que es más de
justicia; en que hasta para comprar en una tienda, por su dinero, se cree uno
en el caso de decir: «Vengo aquí recomendado por don Fulano, que le compra á
usted mucho»; en que hasta para morirse le confortan á uno con lo que se llama
«recomendación del alma»?... Y no digamos, después de muertos, la de
recomendaciones que son precisas para que le entierren á uno en buen sitio y lo
más arreglado posible.
Por todo esto, yo me permito recomendar que se atienda la justa queja de
los autores. En cambio, me comprometo á no recomendar á ninguno en particular.
II
Parece ser que ahora va de veras: Madrid será agrandado y...
¿embellecido? Como en las casas cursis, tendremos sala y gabinete decentemente
amueblados, y lo demás ¿qué importa? Lo demás es para vivir. Gran tocado y
chico recado. Si la nueva Gran Vía y cuanto se mejore y ensanche ha de verse
tan mal barrido, tan mal pavimentado, tan puerco como lo que ahora tenemos, más
valiera dejarlo todo como está. ¿Pasan ustedes alguna vez por la calle del
Barquillo? ¿Y por la de...? ¿Para qué enumerar? ¿Andan ustedes por esas calles?
En las aceras no hay losa en su sitio; el arroyo lo es de polvo y papeles y
todo género de suciedades; ir en coche es ir botando como pelota; ir á pie es
ir votando como ciudadano. El sistema de barrer las calles es para optar á un
premio en cualquier Exposición de higiene. ¡Y[12] qué
admirable orden en la circulación! Carromatos con siete mulas de reata
interceptan el tránsito á cada paso. ¡Pobres traficantes, no es cosa de
molestarles con ordenanzas que fijen horas á propósito para sus acarreos! La
molestia libre en el Estado libre.
Bien está que aplaudamos todas las grandes iniciativas del alcalde y del
Municipio, pero entretanto tuvieran algunas pequeñas iniciativas... Verdad es
que la mayor parte de la gente vive tan á gusto. Las malas casas les han
acostumbrado á las malas calles. ¡Digo! Si las calles fueran agradables... Como
son, hay quien se pasa la vida trotando por ellas, sólo por no estar en su
casa.
No puede creerse en la indignación de Rostand al ver destripado su gallo
por las indiscreciones del Secolo, cuando, por indiscreciones
parciales, muchos sabíamos ya el argumento y aun los chistes y cantables que
tiene la obra. Aparte de esto, poco tiene que perder una obra que todo lo ha[13] perdido con la publicación de su asunto. ¡Pobre de
nuestro Don Juan Tenorio entonces! ¿Quién iría á verlo, si la
novedad de su trama fuera su único atractivo? En el mismo París, tan novelero
en apariencia, sostienen mejor su cartel muchas obras clásicas de Corneille,
Racine y Molière, que algunas flamantes comedias, más viejas al nacer que las
otras antiguas. Chantecler ha logrado ya categoría de obra
clásica, en que el asunto es lo de menos. Muchos que ahora asistirán al
estreno, tal vez como críticos, no habían nacido cuando empezó á hablarse
de Chantecler.
De las actrices y actores que estrenaron anteriores obras de Rostand,
sólo por Sarah inmortal, no han pasado los años. ¡Hagan las Musas que tan
esperada obra interese por tanto tiempo á la posteridad, como á la anterioridad
ha interesado! Después de todo, la gloria anticipada es la más segura, y la
cera que va delante es la que alumbra. Y en este particular de la luz, parece
ser que para el gallo de Rostand amaneció hace mucho tiempo. Tal vez ya no
quedaba más resquicio por donde percibir[14]la que esas
indemnizaciones exigidas á los periódicos indiscretos. De este modo sí que el
gallo no puede ser nunca un albur. Todo va copado. ¡Que al estrenarse no le
cambien una letra! ¡Pobre gallo entonces!
No hay nada más peligroso que un incensario en manos indiscretas.
Representación de algo divino ó humano, los golpes más peligrosos para los
ídolos son los de sus fervorosos adoradores. Cuando todo el mundo dice: «Está
bien», ¿para qué empeñarse en que todos digan: «Está mejor que bien». El deber
cumplido tiene en sí mismo la mejor recompensa, y cuando el deber es tan propio
del cargo y por lo elevado de la posición trae consigo el conocimiento y la
admiración de todos, ¿qué se le añade con una recompensa que, por estar tan al
alcance de la mano de quien ha de obtenerla, pierde todo su valor en este caso?
El reconocimiento oficial nada añade al reconocimiento nacional. Sería, como
dijo Shakespeare: «Pintar al lirio, dorar el oro, endulzar lo dulce.»
III
El periódico de Buenos Aires Caras y Caretas, en circular
dirigida á personas significadas, solicita un pensamiento con motivo del
centenario de la Independencia argentina. La circular viene en francés. Ya
sabemos que por ser el idioma usual en relaciones diplomáticas universales,
puede serlo también en las literarias. Pero en este caso, y tratándose de una
República en que nuestro idioma es y será por mucho tiempo el oficial, el
literario y el vulgar, ¿no hubiera estado mejor en castellano la circular dirigida
á España? Yo, por mí, sé decir que nunca entendí peor un idioma extranjero, y
no sabré contestar á lo que se me pregunta.
No ya consolarnos, enorgullecernos debemos de la independencia de todas
las Repúblicas americanas que fueron colonias españolas, mientras en ellas
impere nuestra[16] lengua, y con ella mucho de
nuestro espíritu. Comunicarnos en lenguaje extraño, más que independencia nos
dice desvío. Nuestras relaciones deben ser más que diplomáticas; y esa circular
en francés tiene toda la frialdad de una nota de Estado. ¿Le agradaría al
simpático semanario porteño que saludáramos en francés la conmemoración de la
Independencia argentina?
Los sucesos culminantes de estos días entran en la clasificación de
podencos, tan respetados por el escarmentado loco de que nos habla Cervantes.
¡Guarda, que es podenco! No entremos ni salgamos en pláticas de familia, aunque
la familia nos sea muy allegada, que siempre llevaremos la de perder, mientras
no caigamos en la cuenta de que, civiles ó militares, todos llevamos el mismo
uniforme: el de ciudadanos españoles, y á todos nos interesa por igual el
respectivo prestigio de unos y otros. Malo es dividirse en castas. Todos hemos
de ser paisanos, en el amplio sentido de[17] compatriotas;
todos hemos de ser soldados, en paz y en guerra, cada uno en su puesto, para
responder siempre al ¿quién vive? de todo ¡alerta!: ¡España!
¡Oh, admirable público nuestro! Se acostumbra á lo malo; tolera
indefinidamente lo mediano, y sólo ante lo bueno se cansa su admiración y hasta
se irrita si alguien se obstina en pretender sostenerla. Este es el caso de
Titta Ruffo en la actual temporada. Nada en la voz ni en el arte del gran
barítono justifica un cambio de actitud en el público. El artista es el mismo,
y eso es lo que parece sentir el público, obligado á seguir admirándole
todavía. ¡Oh, niño caprichoso, á quien hay que retirarle las golosinas antes
del enfado y los juguetes antes del destrozo! ¡Pocos poseen, como el Guerra, el
difícil arte de retirarse á tiempo, único recurso del artista que no quiera
sentir tus rigores!
En ningún público, como en el nuestro, se advierte esa actitud defensiva
contra la[18] admiración; esos gestos malhumorados
al soportarla. En cualquier espectáculo parece como si el público fuera
violentado, por fuerza mayor y no por gusto, á distraerse un rato. El autor es
como un enemigo personal; el artista, como un acreedor molesto. En ninguna
parte puede hablarse con tanta razón de «batallas» al tratarse de arte.
Por mucho que moralistas y sociólogos prediquen contra el suicidio,
mientras el ridículo no se atreva con él, por respetos que siempre impone la
muerte, seguirá siendo poético final de muchas historias vulgares. El solo
basta para dar grandeza trágica en un momento al más chocarrero sainete.
¿Cuántos no habrán reído al ver pasar en vida el idilio amoroso del viejo cojo
y la niña lozana? Y aquella unión, que en vida acaso sólo en el interés tenía
explicación para las gentes, con la muerte es algo inexplicable, con todos los
prestigios del amor y de la muerte; deidades po[19]derosas
á inmortalizar á sus elegidos, como los dioses paganos á sus amadas mortales.
Los vulgares amantes, que en vida tal vez dieron que reir á las gentes, hoy van
en la divina poética teoría inmortal de Hero y Leandro, Píramo y Tisbe, Romeo y
Julieta, Francesca y Paolo, Isabel y Marsilla; sin olvidar á aquellos otros
amantes madrileños que inmortalizaron la frase suprema: ¡Que los entierren
juntos! ¡Hallen todos un Ovidio, un Dante, un Shakespeare! Y á no poder ser
otra cosa, un buen romance de plazuela. Hay que poetizar la muerte por amor
todo lo posible. Es el mejor medio de evitar muchos matrimonios desgraciados.
Los empresarios de music-halls están consternados. Ante
la amenaza de la subida de la carne, algunas artistas han pedido aumento de
sueldo. Lo que dirían ellas, si conocieran la célebre canción de La
camisa, de Hood—pero ¿cómo han de conocerla, si las pobres hasta habrán
olvidado[20] que hay camisas?:—¡Que la carne de vaca
sea tan cara y la carne humana tan barata!
Por fortuna para los empresarios y traficantes en carne humana, la
carestía de la primera trae por la mano la baratura de la segunda.
A poca costa podríamos traer buena carne de América cuando aquí nos
faltara. Preferimos enviar allá carne humana. Dentro de poco sólo quedarán aquí
los que puedan pagar el solomillo. ¡Qué agradable será no ver más que gente
bien alimentada por esas calles! ¡Cómo van á dulcificarse las relaciones
sociales, y sobre todo las políticas!
IV
Para los espíritus abatidos, propensos al decaimiento, como nuestro
espíritu nacional, no importa tanto saber si hay causa para tanta alegría como
saber que el efecto fué el de una alegría verdadera. Cuando hay tales tristezas
sin motivo, ¿por qué no entregarnos sin discusión á una alegría, que, desde
hace mucho tiempo, con ningún pretexto hubiéramos podido justificar? En otros
tiempos, tan ricos éramos en glorias, que, acaso éstas de ahora nos hubieran
parecido mezquinas. Hoy... bien venidas sean, y mejor si sabemos apreciarlas
con serenidad y más que de envanecimiento nos sirven de estímulo para glorias
mayores. De tremenda crisis triunfó el espíritu nacional en los principios de
la campaña. Por el mundo no faltó quien se apresurara á cantar nuestros funerales.
El Ejército español ha sabido extendernos nueva fe de vida[22] ante
el mundo. Tal vez pocas veces fué tan depositario del honor y la vida de España
como en esta ocasión. No quede todo en aclamaciones de entusiasmo. No olvidemos
nuestro deber en la paz, si queremos tener el derecho de exigirle todo su deber
en la guerra. Es triste cosa resignarse á tener mártires cuando se puede tener
héroes. Hoy sustituyamos el grito de ¡Viva España!, que puede parecer un deseo,
con este otro más afirmativo: ¡Vive España!
Por dichosa casualidad, al mismo tiempo que nuestras armas victoriosas,
llega de la República Argentina, en la persona de Belisario Roldán, mucho de
nuestro espíritu triunfante á decirnos cuánto queda en América todavía de
nuestro Verbo glorioso. Siempre leal amigo de España, no puede considerarse ni
ser considerado en ella como extranjero. La fogosa elocuencia de nuestros
grandes oradores, la que fué admiración de todo el mundo español, alienta
vigorosa en el joven orador argentino.
[23]En los oradores de casa, tal vez nos pareciera
demasiado vehemente. ¡Hemos bajado tanto el diapasón para todo! El grito, el
rugido, el apóstrofe nos asustan. Amamos la discreción sobre todas las cosas en
política, en arte, en el trato social, ¡La discreción! Triste cosa es un pueblo
que no tiene mayores glorias que las de sus locuras.
Amable lectora, la que en discretísima carta me consulta sobre el mejor
sistema de educar á los hijos; sin duda sabe que nadie los educa mejor que los
que nunca los hemos tenido. ¿Severidad? ¿Dulzura? ¿Proporcionarles toda la
alegría posible ó prepararles con privaciones á soportar las tristezas futuras?
Hoy... son los padres; pero los padres no viven siempre. Mañana... son los
extraños sin cariño, ó con otro cariño que nada se parece al de los padres...
Pero, ¿no será, por lo mismo, crueldad en los padres anticipar tristeza á la
tristeza? ¿Y si el hijo muriera antes? Ma[24]ñana es la
vida, pero también es la muerte. Los juguetes comprados serán entonces recuerdo
triste; pero los juguetes que el niño deseó y que le negamos serán un
remordimiento constante... ¡Oh, sí; dulzura, dulzura para vuestros hijos, que
la vida es madrastra terrible, como las de los cuentos de hadas; esas
madrastras que encierran en torres á las princesas delicadas ó las envían al
bosque á guardar gansos. Peor la vida, que suele traerlas, no á guardarlos,
sino á casarse con alguno de ellos. Pero, ¿y si acostumbrados al mucho mimo no
hay fuerza en ellos después para conllevar las contrariedades?
La vida es la mejor educadora, y ella sola se basta para enmendar
errores de educación en los padres... Todos, menos la falta de besos, de
caricias, de juguetes en los primeros años... La vida puede ser madrastra,
puede ser maestra, pero no es madre...
En los primeros años del mundo, cuando Adán y Eva, arrojados del
Paraíso, luchaban contra los rigores de la naturaleza primitiva, Eva lloraba
por sus hijos, al verlos[25] muchas veces heridos
por las fieras, desgarradas sus carnes por las asperezas de los troncos y de
las piedras... ¡Mis hijos! ¡Qué horrible vida! Para ellos no ha habido un
Paraíso terrenal, como para nosotros... Ellos no sabrán nunca de sus delicias...
¡Nosotros hemos sido más felices!
—Sí—dijo el primer hombre.—Ellos no han tenido, como yo, un Paraíso;
pero, ¡yo no he tenido una madre, como ellos! Y al verlos acariciados por la
madre, en su amor paternal había algo de envidia. ¡Y era el hombre que había
sido formado por Dios mismo!
V
El mes de Enero suele ser fecundo en calamidades. Para que sepamos á qué
atenernos durante todo el año. Es un modo de anunciarse. Queda la duda, en
estas primeras calamidades del año, de si pertenecen al año entrante ó serán
saldo del anterior, que no quiso marcharse sin soltarlas. Lo cierto es que la
Naturaleza, como una gata cualquiera, anda fuera de sí y desatinada en este
primer mes del año. Tempestades, inundaciones, lluvias torrenciales de gracias,
condecoraciones y entorchados, y el cometa apocalíptico, y Chantecler en
puerta. ¡Vaya un añito!
La inundación de París retrasa una vez más el acontecimiento que sólo
pudiera consolarnos: el estreno de Chantecler, antes retrasado por
la discusión que pudiéramos llamar del huevo de Mme. Simone. Se comprende en
una actriz recién divor[28]ciada y recién vuelta á
casarse el escrúpulo en poner un huevo, sobre cuya pertenencia pudiera haber
dudas.
Por fortuna, el poeta no peleó por el huevo ni por el fuero, y la
postura se supondrá entre bastidores, lugar más conveniente para posturas
difíciles, en la vida como en el teatro.
Luego diremos que aquí no hay libertades y que el clericalismo nos
domina. En Inglaterra, la nación traída siempre á cuento, cuando de libertades
se trata, no pudo representarse, hasta ahora, la ópera de Saint-Saens Sansón
y Dalila porque su asunto bíblico escandalizaba los sentimientos
religiosos. Sobre la Salomé, de Strauss y de Wilde, creo que
todavía pesa la prohibición. Los ingleses sólo han consentido en ver la danza
de Salomé separada del texto y de la partitura. ¡Parecen
tontos! ¿Verdad?
Aquí, donde nos quejamos á todas horas de la presión clerical,
triunfa La corte de[29] Faraón,
opereta del todo bíblica, sin protestas de nadie. Yo he visto en primera fila á
muchos graves señores de los que suelen ser ornato de cofradías y procesiones.
En Inglaterra se enseña ahora á los niños la Historia por medio de
representaciones teatrales. ¿Por qué no ha de enseñarse la Biblia por el mismo
sistema? No hay en La corte de Faraón mayores atrevimientos
que en el Sagrado libro. Los autores han estado muy hábiles en quitar crudezas.
A las artistas nadie les agradecería que ocultaran las suyas. ¡Admiremos al
Señor en sus obras! No será tan difícil hallar un sentido místico á la canción
babilónica, que pronto oiremos en labios de muchos senadores; como al Cantar
de los cantares y á otros pasajes no menos escabrosos.
Lo malo es que la Iglesia católica haya perdido aquel buen humor y aquel
sentido artístico que fueron todo el espíritu del Renacimiento. ¡Ah, el bribón
de Lutero, que la obligó á volver á tomar en serio su divino papel, que ya
empezaba á ser humano!
Ahora llueven imprecaciones y anatemas sobre el Arte y sobre los
artistas. Los tiempos son difíciles. La competencia comercial es muy dura. No
hay bastante público para todos. ¡Y el Teatro y la Iglesia son espectáculos tan
caros! Por fuerza tienen que perjudicarse mutuamente.
Pérez Galdós, el maestro glorioso, consagrado por el monumento inmortal
de toda su obra, y Ricardo León, escritor joven, con razón estimado entre los
buenos, coinciden, no en lo exterior, sí en lo interno, en sus dos últimas
novelas: El caballero encantado y Alcalá de los
Zegríes. Novelas de símbolo, de alegorías, que nos hablan de España, de sus
glorias pasadas y de su futura gloria posible. Quizás ¡señales de los tiempos!
con mayor fe en la del viejo maestro que en la del poeta joven.
Son los dos libros precioso documento para el estudio de nuestra
psicología nacional.
Limítome al acuse de recibo y á mi par[31]ticular
aplauso, sin invadir la sección «Revista literaria», en la que escritor de toda
mi consideración y respeto sabe, con admirable acierto y con respeto á las
personas, que cada vez va siendo más raro, distribuir elogios y censuras.
De la excelente acogida al Teatro para los niños y del interés con que
un público, si no tan numeroso como fuera de desear, todo lo selecto que puede
pedirse, sigue sus representaciones, nada me satisface tanto como el buen éxito
obtenido por las lecturas de poesías. ¡Versos, poesía! Eran una especie de coco
para las empresas teatrales. Hoy ya empieza á creerse en ellos, y todo hace
presumir un glorioso renacimiento de la poesía en el teatro.
¿Por qué en el teatro Español, en el de la Princesa, que cuentan con
admirables intérpretes de los poetas, no inaugurar una serie de veladas
poéticas, que seguramente tendrían su público?
Oímos muchas veces quejarse á unos y[32] á
otros de que el público no está educado; esto sirve de pretexto para rechazar
muchas obras de indudable mérito. Corriente, el público no está educado; pero
¡si nadie se toma el trabajo de educarle! Es mucho más cómodo y provechoso
llevarle el humor y no luchar con él. Pero los que pueden permitirse ese lujo
con menos riesgo están más obligado á ello. A todos nos toca un pedacito del
mundo en que podemos hacer algo útil y provechoso, y no es desde un escenario
donde menos puede hacerse por la cultura y la educación, que es hacer por la
Patria.
VI
Mariano de Cávia me propone un Teatro para los viejos, que vendría á
ser, no contraposición, sino complemento del Teatro para los niños. Los
extremos se tocan, y acaso viniera á suceder, por el humano y natural prurito
de aniñarse en los ancianos y de hombrear en los infantes, que el Teatro
dedicado á los primeros fuera el favorito de los segundos, y viceversa. Pero
¡ay! ¿es tan necesario el teatro para los viejos? ¿Llenaríamos con él algún
vacío, ni siquiera el del teatro mismo? Si el teatro pretendía ser educativo,
ya en el más amplio sentido moral ó en el puramente artístico, ¿qué provechosa
enmienda podría esperarse en nuestros venerables? Ninguna. Ya dice la vulgar
sabiduría que el árbol ha de enderezarse desde pequeñito, y ¿quién es capaz de
enderezar, en todo ó en parte, á los que ya se rinden al peso de[34] los años? Ni La corte de Faraón ni
el «Royal Kursaal», con esas admirables artistas, cuyo mejor anuncio es el de
la pérdida de su equipaje, podrían realizar el milagro.
¿Teatro de puro entretenimiento? Basta asistir á los antes citados y á
otros del mismo género para comprender que nuestros viejos no necesitan de un
teatro especial en donde solazarse. No de los viejos, de los decrépitos,
pudieran llamarse esos teatros en que reverdece el chiste de Instituto y de
café estudiantil, para regocijo de viejos más verdes que los chistes. Y no os
engañen algunas caras juveniles de los espectadores; no está en la cara la
edad, sino en el espíritu, y por esos teatros, como por los meetings clericales
de estos días, no busquéis jóvenes de espíritu; el de aspecto más infantil
lleva por dentro la vetustez de diez siglos.
Grave error es clasificar por edades en jóvenes y viejos. Niños seremos
tú y yo, querido Mariano, aunque muchos niños viejos ya nos echen del corro;
porque siempre será para nosotros la vida un buen campo de recreo en que
saltar, brincar y[35] jugar á todo, por pura
expansión de nuestro espíritu, sin ninguna utilidad práctica. Jugando y
saltando no se llega á parte alguna; si bien puede servirnos de consuelo que
hay partes á las que más conviene no llegar nunca. Para llegar á muchas de ellas,
suprema ambición de todo hombre serio, ya sabemos que, en España, no hay medio
mejor que ser viejo ó aparentar serlo. Con nuestros doctores Faustos, aquí,
Mefistófeles obraría la transformación contraria. Hay quien le vendería el alma
por transformarse en viejo, no en joven. Y en vez de cantar: ¡A mí la juventud,
á mí los delirios del primer amor!, cantaría: ¡A mí las prebendas y á mí los
cargos oficiales; á mí las Academias y la respetabilidad, y... llévese el
demonio mi alma y mi alegría!
Dejemos, pues, á los viejos, que para nada necesitan teatros, cuando
todo el mundo es teatro, de moda y lucimiento para ellos. Pensemos en los
niños, en los verdaderos niños, hijos de padres verdaderos jóvenes, que sólo de
ellos puede esperarse la nueva vida por la nueva escuela.[36] ¿Religiosa?
¿Laica? Allá unos y otros. El Arte es religión neutral. ¿No es en el Vaticano
donde se guardan las más bellas reliquias del Paganismo? ¡Quién sabe si no será
en un templo pagano de Arte donde se guardará lo más bello del Arte cristiano!
Nunca fueron las ideas viejas tan respetuosas con las nuevas, como las nuevas
lo serán siempre de las viejas. Y ¡vive Dios! que hay entre nosotros
vejestorios, en todos los órdenes de la vida, que no son dignos de ningún
respeto.
Fué Balbina Valverde una actriz de la más pura cepa española, y si la
vanidad regional no temiera empequeñecer su castizo arte, diríamos mejor de la
más pura cepa madrileña. A la falsa luz de las candilejas, en el falseado
ambiente de muchas comedias mediocres, nadie supo dar tan artística realidad,
tan humano aire al tipo de la mujer española de nuestra clase media, que viene
á ser el tipo medio de la mujer española, con su sentido práctico, sanchopan[37]cesco, sus vanidades, sus ambiciones, su vulgar sentimentalismo...
Llegó á tanto la verdad en su arte, que llegamos á verlo copiado en la vida.
¡Cuántas veces no habremos dicho: Esta señora es una Balbina Valverde! Para los
yernos, este nombre era como una amenaza joco-seria.
Su dicción era del más puro castellano; inimitable su arte de subrayar;
única en producir efecto cómico con la sola enunciación de una palabra
insignificante, que en su boca adquiría el valor de un chiste. ¿Quién no
recuerda cualquier ¡Mi yerno!, pronunciado por ella? Era el presagio de una
tormenta familiar.
Fué con todo esto de un amor por su arte, de un celo en el cumplimiento
de sus deberes artísticos, que ha de recordársela siempre, no sólo como ejemplo
para las de su profesión, sino como gloria del sexo femenino, al que muchos
suponen incapacitado para toda profesión seria. ¡Si en otras esferas de
actividad hubieran cumplido muchos hombres con sus deberes como Balbina
Valverde cumplió siempre los de su profesión!
[38]Gravemente enferma, durante una temporada en
Bilbao, se hizo llevar una cama al teatro, y en el cuarto del teatro vivía,
levantándose de la cama para salir á representar las comedias.
Casi á la fuerza tuvo que obligarla la empresa á regresar á Madrid.
¡Descanse en paz la inolvidable artista! Madrid pierde con ella una de
las más sanas y castizas notas de su risa.
A este público, que tanto la quiso y al que ella amaba tanto, le ha
hecho llorar por vez primera. ¿No es esto una envidiable gloria?
VII
La carambola no ha sido mala. Esperemos, sin desconfiar de la intención,
que, por los efectos, no venga á ser de retroceso.
Malo es no salir de nuestro paso, pero... ¡tomar carrerilla tan de
pronto! No es que dudemos de las energías y buena voluntad de los corredores,
sino de la firmeza y seguridad del camino. Aun no hace mucho tiempo hubo que
desandarlo, y no sabemos que se haya trabajado en él después lo bastante para
conseguir ahora lo que entonces apenas pudo intentarse.
El mal camino andarlo pronto, pensará acaso alguien interesado en echar
por el atajo, para volver pronto al verdadero camino real. Miren bien, los que
por el atajo andan, de no levantar un pie sin haber afirmado antes el otro; no
avancen un solo paso sin haberle desbrozado cuidadosa, cautelosamente. ¡Cuidado
con los trope[40]zones! Considerad que tal vez se espera
el primero para gritar: ¡Veis cómo ese camino es imposible! ¡Nada de prisas,
nada de impaciencias! Estábamos dispuestos á esperar un quinquenio en el
estanque. ¿No podremos esperar otro tanto en el agua corriente, por suave que
sea su curso?
Sí; Chantecler es todo un símbolo. Es el gallo francés,
el mismísimo gallo de las Galias que, como el protagonista del poema de
Rostand, cree orgulloso al lanzar su ¡quiquiriquí! á cada aurora que el Sol
sale á iluminar al mundo entero, obediente á su evocación. Y no es lo malo que
él lo cree; son muchos los pobres animales que aun juzgan los quiquiriquíes del
gallo francés prestigioso encanto, sin el cual el Sol no alumbraría la Tierra.
Bien cantó el gallo francés, no hay duda, y si no llega á su poder á que
el Sol le obedezca, sí llegó muchas veces á despertar á la Humanidad con sus
gloriosos cantos de libertad, de justicia, de arte... No nos tra[41]jo el Sol, pero nos avisó siempre de su salida. Por todo
ello le debemos gratitud y cariño; pero sin olvidar al Sol, que es antes que el
gallo... y sin despreciar á los humildes gallitos de nuestros corrales, que, á
su modo, también saben anunciar la aurora.
¡Qué brutos somos, ¿verdad?, podrán decir, como el personaje del Patinillo,
los millonarios yankis, acostumbrados á que por bárbaros los tenga
la culta y refinada Europa! Es verdad que alguna vez apedrean con
su dinerazo y otras veces insultan; pero... ¡ay! ya quisiéramos por aquí, en
justas proporciones, millonarios de esos que fundan Universidades y Escuelas y
Museos, y como éstos que ahora acaban de construir un magnífico teatro en Nueva
York. ¡Un teatro! ¡Habrá empecatados! ¡Si hubiera sido una iglesia ó un
convento? Pues, sí, señores; un teatro modelo, un verdadero templo, inaugurado
con la representación de una obra de Shakes[42]peare: Antonio
y Cleopatra. ¡Qué brutos son! ¿Verdad?
Aquí, alguna vez, se ha reunido gente de dinero para empresas teatrales,
y el resultado ha sido... un baile de máscaras, un espectáculo de varietés indecentes;
algo por el estilo en fantasía y en Arte. ¿Se figuran ustedes á nuestros
millonarios edificando el Teatro Nacional ó un teatro para la música española?
¿Cómo han de comprender que el Arte puede ser una religión los que han hecho de
la religión un arte?
La empresa del teatro Real está tratando á Wágner, en esta temporada,
poco más ó menos, como por la vecindad están tratando al partido liberal: así
como si quisieran quitársele de delante lo más pronto posible. Todos los
cuidados son para el repertorio antiguo; para él Titta Ruffo, Anselmi... A
Wágner que lo parta un gallo.
Todo se relaciona: naturalmente, la resurrección de Lucía había
de traer por consecuencia una crisis del mismo tiempo y á[43] la
misma usanza. A viejas óperas, divos jóvenes. Todo el arte de
Anselmi no ha bastado á dar apariencias de vida á la momia de Lammermoor.
Veremos si el otro joven divo tiene mejor fortuna en la vieja
ópera de nuestra política, tan necesitada de nuevo repertorio como de nuevos
cantantes. España Brunilda espera á su Sigfredo. Los admiradores de Wágner
también le esperan. No se dé pretexto á que nadie dude de la buena fe de las
respectivas empresas. Puede que no haya para el repertorio moderno; pero el
público no quiere Lucias ni con Anselmi... ¡Qué disparate! ¿No
iba á decir ni con Maura?...
VIII
Es la ópera de Strauss, Salomé, portentosa obra de arte
musical. Ahora, pensemos en todo lo que ha sido necesario para que pueda serlo.
Primeramente, el gran talento de Strauss, no hay duda; después, un público que,
extrañado ó aburrido, tal vez, en las primeras audiciones, prefiere desconfiar
de su propia impresión á echar por el camino fácil de la chacota y el desprecio
y enterrar la obra entre flores de ingenio, sin posible apelación. Después,
empresas decididas á imponer la obra; después, una crítica capaz de hacer
también obra creadora, inventando... lo que acaso el autor no puso en ella;
formando de este modo una conciencia de lo inconsciente, que siempre anima en
toda obra de arte. Después... el Ejército alemán con su formidable poderío.
Ya dijo D. Juan Valera, con su inteligen[46]te,
supremo humorismo, cómo las flotas de la Gran Bretaña habían podido contribuir
á la gloria de Shakespeare. No hay idea de lo que puede influir el Ejército y
la Marina, lo mismo para vender agua de Colonia en el Paraguay, que para
imponer á la admiración de las más recónditas tierras el nombre de un poeta.
He aquí por qué vuestra hija es muda, como dice el falso doctor de El
médico á palos al afligido padre. He aquí por qué nuestros músicos no
cantan por el mundo. ¿Se figura nadie á Salomé nacida entre
nosotros? ¿Cuál hubiera sido su vida? ¿Quién la hubiera impuesto al respeto?
¿Quién la hubiera salvado de morir á chistes?
Pero nos la envían dos grandes potencias: el genio de su autor... y
Alemania. Los que menos la entienden procuran irse enterando; los que más se
aburren, se aburren con respeto. ¡Ah! ¡Si fuera de alguien de casa!
Nuestro indisciplinado individualismo no comprenderá nunca que la obra
de arte es obra de todos, y que su inmortalidad[47] más
depende de todos que de la obra misma.
En España, cada uno quisiéramos ser el único grande hombre de un país de
imbéciles; el único honrado entre una caterva de pillos. ¿Qué buena planta
puede arraigar en terreno donde las moléculas de la tierra se disgregan al
recibirla? Ya dice el Evangelio: «¡Ay de la casa desunida!»
Nunca mejor ocasión de mostrarnos unidos, con solidaridad de la grande,
que en el próximo Centenario de Cervantes. Acabamos de dar lucida fe de vida en
guerra. Nada valen las funciones bélicas, por gloriosas que sean, si no las
consolidan inmediatamente fiestas de paz. En recientes cuchipandas
hispanoamericanas hemos traído y llevado el Verbo y... ¡ay, también el adjetivo
de la raza y de la lengua! ¡Vamos á verlo!, como dicen los taurófilos, mejor
dicho, los torerófilos, sobre todo al llegar la hora llamada de
la verdad. ¿Podrá ser esa hora la del Centenario de Cervantes?
¡Oh, mi gran D. Mariano, tenéis razón!, inútil es dirigirse á los
políticos, porque en tal solicitud, empezada á redactar en lunes, habrá que
raspar cinco nombres antes de llegar á entregarla el sábado. Pero si los
Gobiernos pasan, otras cosas quedan. El Ejército y los artistas españoles deben
bastarse, y por derecho propio, á monopolizar para sí toda la gloria de unas
fiestas nunca igualadas. Es preciso borrar el recuerdo de aquellas lastimosas
del Centenario del Quijote; es preciso... resignarnos á que nos
llamen lateros, hasta conseguir levantar los espíritus. Contad, D.
Mariano, con mi humilde cooperación para organizar funciones teatrales, para lo
que de mi negociado dependa. Tiempo hay sobrado; pero el tiempo español vuela.
Naturalmente: el tiempo nos gobierna y pasa... como nuestros Gobiernos.
El maestro D. José Serrano solicita opiniones en el pleito entablado por
la Sociedad de Autores sobre el libre aprovechamiento de obras extranjeras no
garantiza[49]das por tratados internacionales. Voto con
el maestro Serrano. Por lo mismo que la ley no las ampara, razón de más para
respetarlas. ¿Con qué razón podremos quejarnos de algunos empresarios y
editores americanos, si nosotros justificamos su conducta con nuestro ejemplo?
Bien está preocuparse por los intereses materiales y saber de sumar y
multiplicar, y que letras y números no anden divorciados; pero la Sociedad de
Autores, por honor de su nombre, debe comprender que hay también intereses
morales que también tienen su valor en una suma total. Verdad es que una
Sociedad de Autores en donde el dinero decide de las votaciones... Claro es que
el dinero representa trabajo. ¿Representa siempre arte? Pero hay quien prefiere
ser considerado como artista á la hora de estrenar y como negociante á la hora
de cobrar... ¡Véase, cómo en estos tiempos del sufragio universal y del voto
obligatorio, adónde demonios ha ido á refugiarse el voto restringido y el
triunfo de la plutocracia!
El buen gusto del público de París no se avenía con la presentación
escénica de Chantecler, ridícula y poco artística, digan lo que
quieran los reclamos. El afán de realidad en la presentación de una obra
poética y fantástica ha llevado, como suele suceder, á falsedades que una
fantasía de artista hubiera evitado. ¡Qué diferencia de esta mise en
scene á la de El pájaro azul, de Maeterlink, representado
en Londres! Pero la amable crítica francesa para todo tiene remedio, hasta para
los fracasos menos disimulables. Alguien ha encontrado el medio de idealizar,
mejor dicho, de realizar las falsedades de presentación
en Chantecler y las desproporciones evidentes entre lo
representado y su representación. Mirar al escenario por el revés de los
gemelos. De este modo, empequeñecidos personajes y decoraciones, todo parece la
verdad misma. El gran Guitry parece todo lo más un gallo cochinchino; Simone,
una faisana al natural, y Coquelin hijo, un perrillo de buen tamaño.
Achicándolo todo por este procedimiento, la obra quizás se agrande.
Lo contrario de lo que nos sucede aquí con nuestros políticos: ellos nos
parecen muy grandes, y la obra cada vez más pequeña.
IX
Siempre es peligroso ir contra las corrientes populares. En el programa
del nuevo Gobierno figura, para ser ley muy pronto, el servicio obligatorio.
Indiscutible en teoría, dentro de esa igualdad que las leyes nos reconocen á
todos como ciudadanos, aunque la Naturaleza la desmienta á cada paso; más
atenta que á la igualdad, á la armonía, que no es lo mismo; pues á ella
contribuyen, como en música bien compuesta, tanto como los acordes, las
discordancias; ¿es tan indiscutible en la práctica? Por acercamos al ideal
bruscamente, ¿no tropezaremos con duras realidades, cuyo choque, no sólo
destruye el ideal, sino realidades positivas que debemos alejar de todo peligro
cuidadosamente? No basta mejorar los cuarteles; no son cuerpos mortales
solamente los que han de alojarse en ellos y han de acomodarse á[54] su disciplina; son espíritus también, que no se
disponen tan pronto ni tan fielmente como los materiales: alojamientos y
provisiones. La Religión y la Milicia: «Religión de hombres honrados», que dijo
Calderón de la Barca, no pueden existir sin una fe ciega, cuyo más sólido
fundamento sólo puede hallarse en una humilde ignorancia ó en una superior
filosofía, aparte los casos de predestinada vocación. Pero entre las humildes
inteligencias y los entendimientos superiores capaces de crear objetividades de
su propia subjetividad, existen en gran mayoría esas inteligencias medias que
han dejado de ignorar y no han llegado á saber. Estas serían las dominantes en
el Ejército con el servicio obligatorio; éstas las que llevarían á él todos los
fermentos de una cultura mal reforzada. En ella abunda la moderna generación
intelectual, y de ello se resiente todo el organismo social. ¿Tendría virtud el
servicio obligatorio para disciplinar á esa masa, ó no sería ella la que llegaría
á contaminar el sano organismo del Ejército?
La ejemplar conducta de distinguidos[55] voluntarios
en la última guerra de Melilla ha influído, sin duda, en la opinión y en los
gobernantes para confiar en la virtud del servicio obligatorio. ¡Hermosa es la
fraternidad de todas las clases sociales en defensa de la Patria y en los
peligros de una guerra! Pero no son los tiempos de guerra norma para presumir
las ventajas ó los inconvenientes del servicio obligatorio. Lleva la guerra en
sus peligros y en sus actividades, virtud moralizadora con la que no puede
contarse en tiempos de paz.
No olvidemos tampoco, en el país de las recomendaciones y las
influencias, que la desigualdad, más sensible que palpable de hoy, sería la
desigualdad que salta á la vista á todas horas, y es más irritante.
¿El ejemplo de otras naciones? ¡Ay, si la voz de algunos sabios
sociólogos lograra sobreponerse á la voz, más clamorosa, de los halagadores de
muchedumbres!
Preguntadles á los primeros, preguntad á las estadísticas las ventajas
comerciales, industriales, sociales, en fin, que ha conseguido Francia con el
servicio obligatorio. Enteraos, ¡oh bien intencionados legislado[56]res!, cómo leyes tan democráticas, tan generosas, tan
animadas de nobles propósitos, como la del servicio obligatorio y la de
reglamentación del trabajo de los menores, han desatado sobre París y otras
ciudades de Francia esas bandas de apaches, que no son signo,
ciertamente, de civilización ni de progreso.
No hay nada más peligroso en la realidad que el noble juego de los
ideales.
Bueno es atender á la opinión popular, para satisfacerla en lo justo;
pero sobresalga sobre ella la opinión de los contempladores desinteresados.
Cuando todos crean llegada la hora, ellos sólo sabrán decir: «Aun no es
tiempo».
Admiremos la dificultad vencida por la señora Bellincioni en su danza de
Salomé. Es todo lo que puede danzarse ante nuestro público, cuando ese público
asiste á nuestro Teatro Real. Admirado el arte de la señora Bellincioni,
convengamos en que si Salomé no danzó de otro modo ante el Te[57]trarca,
ó éste era hombre de buen contentar, ó tenía más ganas de perder de vista la
cabeza del Precursor que Salomé de conseguir la del uno y trastornar la del
otro.
Me figuro á Pastora Imperio bailando por instinto lo que la señora
Bellincioni baila por arte. ¿No son nuestro vulgarizado tango y nuestro popular
garrotín, más propia evocación de lo que debió ser la danza de Salomé? ¡Lástima
que haya perdido toda nobleza con el roce plebeyo! Hay que confesar, ¡oh
amplitud de los escenarios populares!, que La Corte de Faraón, con
su garrotín, está más cerca de la verdad bíblica que la Salomé, de
Strauss, con su danza de los siete velos. Y ¡los «entradones» que se ha perdido
la empresa! Salomé, con su buen garrotín hubiera llevado á todo el
público de Eslava, sin perder el del Teatro Real por eso. El pudor de nuestro
público está siempre dispuesto á dejarse violar. Pero, ¡vale la pena tan pocas
veces! Y luego, que uno también tiene su pudor y no tan violable.
X
Francisco de Curel, uno de los pocos autores dramáticos franceses sin
ribetes de negociante, aseguraba, en reciente indagatoria sobre la llamada
«crisis» del teatro, que el teatro, en fuerza de tanto querer ser negocio, va
dejando de serlo, y acabará por arruinar á cuantos empresarios sean ó fueren.
Ya no basta para satisfacer las exigencias del negocio teatral con la
obra razonable, la obra razonablemente aplaudida y celebrada; es preciso la
«gran atracción», como en número de circo; la obra que avive todas las
curiosidades, como crimen misterioso; la obra de «gran público», público que
pueda llenar durante cien representaciones un teatro.
¿Fueron así las tragedias de Esquilo y de Sófloques? ¿Las obras de
Shakespeare? ¿Las de Lope y Calderón, obligados á una[60] fecundidad
sólo disculpable por la efímera vida de cada obra en su tiempo? ¿Es posible
hacer obra de arte sincera, sentida, «nueva», con esa preocupación comercial
del gran número de representaciones, consecuencia de no reparar en los medios
de llamar la atención? Mujer y obra de arte que andan por el mundo á llamar la
atención, ¿no merecen el mismo nombre?
¡Cuánta noble idea de comedia malograda por la consideración: «No será
obra de público, no dará dinero... No será obra simpática!... ¿Adónde voy yo
con esta obra?» ¡Oh, autores noveles! ¡Envidiáis á los que vosotros llamáis
consagrados! Vosotros, por lo mismo que las empresas no confían en vosotros,
podéis atreveros á todo. Si alguna obra os admiten, tened por seguro que la
empresa ensayará otra al mismo tiempo, para sustituir á la vuestra en el caso
probable de un fracaso. No gastará en ponerla, ni las actrices encargarán á
París trajes y sombreros, ni los actores esperarán revelarse en la creación de
sus papeles... Para los autores consagrados, ¡qué enorme responsabilidad la
suya! ¡La obra[61] de las esperanzas, de las
ilusiones, la clave fundamental de una temporada, ó por lo menos de gran parte
de la temporada!... La equivocación de un autor consagrado es la ruina para una
empresa, la desilusión de actrices y actores, el descrédito de un modisto, la
zozobra en muchos humildes hogares de tramoyistas, acomodadores, etcétera.
¡Legión pavorosa de espectros, presente al concebir la obra, al planearla, al
escribirla!... ¿Esa frase?... no; es peligrosa. ¿Ese chiste?... ¡tremendo! ¿Ese
final?... ¡de poco efecto! ¡Eso es atrevido! ¡Eso no está garantizado por el aplauso!
¡Oh, la gloriosa inconsciencia de las primeras obras, las que un empresario
recibía con displicente desconfianza!...—Tenemos ahí una obra de un chico que
empieza... Una cosita; no está mal... Allá veremos... Mientras llega la obra
de...—aquí un gran nombre.—¡La obra de la temporada!
¿Comprendéis el lucido papel que podía hacerse cuando, por azares de la
fortuna, la «cosita» sin importancia pasaba á ser la obra de la temporada?
¿Comprendéis la grave responsabilidad cuando la obra de la[62] temporada
es... una cosa de mucha importancia, que no le importa al público? ¿Sabéis de
la tristeza de las cumbres, cuando se mira á un lado ó al otro y todo es cuesta
abajo?
¡Juventud, divino tesoro!, más divino porque puede ser derrochado
pródigamente, porque es sólo nuestro... En la vejez, nuestro dinero, nuestro
arte, nuestra vida, todo, ya no es sólo nuestro; hay quien puede pedirnos
cuenta de todo ello... ¿Es posible un artista con consejo de administración?
¿Comprendéis que, por no soportarlo, pueda romperse la pluma á lo mejor de la
vida, como dirán muchos de los que, unos por admirar, por envidiar otros, no
supieron nunca compadecer al que vieron en alto?
¡Oh, maestro! Leí vuestra carta, en la que adivino toda vuestra
tristeza. Es la tristeza de Jesús, cuando al aconsejar al joven neófito que
repartiera toda su hacienda entre los pobres, si pretendía seguirle, vió cómo
el joven le volvía la espalda, incapaz[63] del
sacrificio. Así visteis llegar á muchos presuntos discípulos; grandes
admiradores, á los que abrísteis el raudal de vuestro corazón y de vuestra
inteligencia... Y los visteis después alejarse desdeñosos, malcontentos,
murmuradores, porque en vuestra bondad, ellos sólo buscaban un elogio, un
«bombito» en forma de prólogo ó juicio crítico; de vuestro entendimiento, que
se hiciera traición para celebrar sus errores y sus tonterías, y le ayudáseis
al «buen parecer», que basta para andar entre las gentes... Ellos, como Esaú,
vendieron su primogenitura por un plato de lentejas...
¡Cada vez más solo, maestro¡ ¡Es verdad! ¿Quién no ha sentido esa gran
tristeza de ofrecer lo que mucho valía, y ver cómo ellos preferían lo de ningún
valor?
Ofrece uno toda la vida, y ellos sólo piden una recomendación, un
elogio—algo del momento—. Ofrece uno la verdad de su corazón: ellos sólo
querían una mentira.
Próximo el primer aniversario de la muerte del maestro Chapí, no es de
temer[64] que empresarios, artistas, la Sociedad de
Autores, España entera, en fin, necesiten de mejor estímulo que la proximidad
de esa fecha para conmemorarla de un modo digno. La deuda es grande. Suspendida
quedó, por la muerte, la función proyectada en honor del maestro; contratiempos
de todo género impidieron las representaciones en esta temporada de Margarita
la Tornera... Es empeño de honra vencer á tanta fatalidad, á la misma inexorable
de la muerte, que sólo el amor vence... cuando el olvido no es segunda muerte.
Pero ¿habremos olvidado tan pronto? O ¿será la envidia la única que recuerde?
Cosa sería entonces de admirarla como una virtud, si ella sola logra vencer á
la admiración y al cariño de cuantos decían admirar y querer al gran artista,
al hombre honrado, al que, en tierra de bien nacidos, no es posible que hubiera
dejado una sombra de odio ni de envidia.
XI
Pasó Marta Regnier con su compañía y su ligero repertorio, por el
escenario de la Comedia, sin dejarnos honda emoción de arte ni de belleza. Nos
sentimos un poco orgullosos, porque ni actores ni autores españoles podíamos
temer la comparación. Sólo envidiamos lo selecto de la concurrencia y sus
manifestaciones de agrado, no tan fáciles de obtener para los de casa.
Marta Regnier es... un bonito artículo de París; de esos que entre
directores de teatro, autores y críticos suelen fabricar allí para admiración
de provincianos y de extranjeros. Además, en París les parece joven, y lo es,
comparada con Sarah, la Bartet, la Rèjane, la Hayding y demás grandes estrellas
del Teatro francés, admirable museo de antigüedades.
Los actores franceses tienen el defecto general de ser demasiado
actores. Todo es[66] estudio y composición en ellos.
No os sorprenderán nunca con una incorrección, con un desentono. En las
actrices es también defecto empachoso que siempre han de parecer cocottes.
Sólo Mme. Bartet y Mlle. Reichenberg han tenido aires de gran señora y de
señorita en la escena. Algo también la Brandés, y en la extraordinaria Sarah,
el arte supremo lo idealiza todo, dándonos la sensación, como dijo Lemaitre, de
una mujer extranjera en todas partes, una mujer de raro exotismo, que viene
nadie sabe de dónde y vuelve á otra región que ignoramos. Las demás, la cocotte,
la eterna cocotte, creación artificial de una literatura dramática
que necesita para sus combinaciones, figuras femeninas convencionales, como lo
fueron la cortesana del teatro latino y la dama de nuestras comedias del teatro
antiguo.
Al mismo género pertenecen la jeune fille de los
ingenuos descocos, la casadita de los peligrosos flirts, la
divorciada andariega y la viudita joven y experimentada de casi todas las
comedias francesas modernas. Triste idea darían de una sociedad,[67] si no supiéramos que el teatro fué siempre, en
arte, la última y más irreductible trinchera de lo falso y lo convencional. Ni
Francia, ni París mismo, ni su sociedad, ni sus mujeres, ni sus maridos, son
eso ni pudieran serlo.
Consolémonos, con la imagen falseada que sus escritores nos ofrecen, de
la que suelen presentar de nosotros. No es extraño que se equivoquen al hablar
de lo ajeno, los que se equivocan al hablar de lo propio.
Más que nuestros actores y nuestros autores de los extranjeros, tendría
que aprender nuestro público en cuanto á consideración y respeto al espectáculo
y á los espectadores. En una de las últimas representaciones de El oro
del Rhin era materialmente imposible enterarse de la obra, salvo en la
parte visible. ¡Y habrá quien diga que la música de Wágner es estruendosa! Sí,
sí: ¡ya pueden echar los compositores trompas, timbales, bombos y plati[68]llos á competir con la graciosa cháchara de los
abonados! ¡Y se tendrán por muy distinguidos! No saben que lo más distinguido
es... tener educación y que si entre todo el numeroso público hubiera un solo
espectador, uno sólo, que hubiera pagado por oir la ópera y no por contribuir á
la general algazara, ese solo espectador merece el silencio de todo el público;
no hablo ya de los artistas y de la obra. Pero ¡sí!, este es el país de: «Para
eso hemos pagado, para estar como nos convenga.» Váyase la poca educación de
los que charlan, por la exagerada de los que, habiendo pagado para oir la
ópera, no protestan ruidosamente y en cualquier forma de la mala educación de
los charladores. A descortesía, descortesía y media. Nunca estaría más
justificada. En ningún teatro del mundo se toleraría cosa semejante. ¡Y esa es
la gente que viaja por el extranjero! Verdad es que cuando viaja va á los
circos, á los music-halls. ¡Lástima de dinero, que estaría tan bien
empleado en los que no se atreven ni á respirar, allá en el paraíso!
[69]En Juventud de príncipe, traducción de
la comedia alemana Alte Heidelberg, hay algo que desconcierta al
espectador y, sobre todo, á la espectadora, en nuestro público: las relaciones
del príncipe y de Catalina, camarera de una cervecería.
Cuestión de latitud y de razas. Un público latino ¡el latino es pillín!
no comprende ese buen amor que tiene tanto de buena amistad. Aquella muchacha
sencilla quiere y se deja querer sin hablar de matrimonio, ni de honra... ni
siquiera de dinero. ¿Qué especie de mujer es ésta?—se diría más de una
espectadora.—¿Es buena? ¿Es mala? Es tonta, por de contado. Grave defecto en
una mujer. Nuestras mujeres no temen nada tanto como pasar por tontas. ¡Así es
tan raro que las engañe nadie! A buen seguro que un príncipe latino, ¡qué un
príncipe!, cualquier muchacho de regular posición, no encontraría una ganga
como la moza de Heidelberg. Una muchacha joven, bonita, que ni ama demasiado
hasta el punto de destrozar el corazón al príncipe, ni de estorbarle siquiera
en sus estudios, ni le explota hábilmente, hacién[70]dose
señalar una pensión vitalicia. ¡Un buen camarada de bromas y de excursiones!
Mujer... cuando es preciso y nada más... ¡Lo ideal para todo hombre de
ocupaciones! Con mujeres así, no es extraño que los alemanes progresen tanto.
Los pobres latinos, en cuanto tropiezan con una mujer en su camino ¡hombres
perdidos! Por eso Juventud de príncipe fué más celebrada en su
estreno por los espectadores que por las espectadoras.
Por nuestra vida y por nuestras comedias sólo se comprende el amor
causando estragos. Y sólo así convence á nuestras mujeres.
XII
Un distinguido escritor, al patrocinar también el debido homenaje al
maestro Chapí, lleva su escepticismo hasta dudar de la sinceridad de mi
admiración por el insigne músico; todo porque olvidé que en esta temporada se
había representado, por fin, Margarita la Tornera en el Teatro
Real. Cuatro representaciones, después de tantos aplazamientos y suspensiones,
no son muchas, y nada tiene de particular que puedan pasar inadvertidas para
cualquiera, á poco preocupado ó distraído que ande uno con sus particulares
asuntos.
No soy yo tampoco muy amigo de asistir á representaciones de las obras
que admiro. Las representaciones son siempre peligrosas para la admiración, y
si esas representaciones son de óperas españolas y en nuestro teatro Real,
doblemente. Claro es que una obra musical no puede ser admirada[72] en
su integridad, como una obra literaria, sin pasar por la interpretación, más ó
menos edificante. Pero, en este caso, es preferible admirar y creer... por fe,
ó, si la fe nos falta, aceptando como buena la autoridad de los competentes.
Después de todo, por fe ó por autoridad, creemos en muchas cosas de más
importancia: en materias de Religión, de Ciencia, etc., etc.
Yo no me permitiría jamás dudar de la ciencia de un Ramón y Cajal,
aunque nunca haya asistido á sus experimentos. Me basta con que personas de
gran autoridad científica los den por buenos. ¿Estimaríamos muchas cosas en el
mundo si á cada una hubiéramos de aplicar la propia, casi siempre ignorante, y
muchas veces impertinente, investigación? El propio juicio ¡es tan falible! y
¡tan variable! Cualquier alteración en los humores, en la temperatura, en el
bolsillo, basta á trastornarle. ¿De qué viven las grandes instituciones
sociales más que de este abandono del criterio individual al criterio social,
única suma que nunca es resultado de los sumandos?
Si la admiración nacional fuera la suma de admiraciones individuales,
¿habría español que fuera admirado? Si el catolicismo dependiera del número de
verdaderos católicos, ¿sería España el país católico por excelencia? Aunque sea
el país en que haya más excelencias por católicos.
Del criterio y de los gustos artísticos de nuestros empresarios puede
dar idea el que, obras como Aguila de blasón y Romance
de lobos, las admirables tragedias bárbaras de Valle-Inclán, no hayan
encontrado todavía escenario en que puedan ser, no más admiradas, pero sí
admiradas por más, como debieran serlo.
Ahora, á fines de temporada—de lo bueno poco,—se nos ofrece Cuento
de Abril. Gentil ofrecimiento de la gentil actriz Matilde Moreno, que nunca
empleó mejor su estudio y su talento como en esta buena obra de purificar el
ambiente teatral con aires de poesía.
Es Cuento de Abril todo poesía y arte[74] verdaderos,
no de esas sobredoradas imitaciones que andan por ahí desacreditando el género.
Me aseguran que Cuento de Abril pasó por otros teatros,
en donde sólo halló indiferencia ó extrañeza. Extrañeza lo comprendo, por lo
raro del caso. La indiferencia, ya es menos explicable. No hay razón para
lamentarse de la falta de obras y de autores, cuando se deja marchar una obra
como Cuento de Abril y Aguila de blasón y Romance
de lobos, ésta sin representarse.
¡Eterno vaivén de las cosas del mundo! El rompecabezas, el arrinconado
juguete de los tiempos de nuestra infancia, es ahora el juguete á la moda, y no
para niños, sino para mayores, y muy mayores, y en tertulias de gran señorío y
respetabilidad. Verdad es que el juguete viene ahora de Inglaterra con el
nombre de Puzzles.
Yo no sé si será muy divertido, ni de qué otra diversión podrá ser
pretexto;[75] porque yo no me fío de estos juegos de
sociedad, casi siempre de carambola y por tabla. Parece que se divierten con
una cosa y es con otra.
Lo que sí sabré decir es que, este juego del rompecabezas, es de un gran
simbolismo. ¿Es otra la tarea de nuestra vida, que ésta de ir juntando, para
componer algo, los pedazos de nuestro corazón, de nuestra inteligencia?
Los antiguos rompecabezas llevaban el modelo para facilitar la
composición; estos de ahora son imprevistos. Y hasta en eso se ve cómo procuran
simbolizar la vida moderna. Va uno juntando pedazos y pedazos, sin saber si
será una marina ó un paisaje, un apacible cuadro de familia ó una terrible
batalla, lo que al fin resulte. La sorpresa es el mayor encanto. Así vivimos:
juntando pedacitos de nuestra vida, sin saber lo que será el cuadro de nuestra
vida; sin modelo que pueda orientarnos. Rompecabezas es el juguete: si ponemos
en él toda nuestra ilusión, bien pudiera llamarse ¡rompecorazones!
XIII
Somos los españoles como nuestros vinos: ganamos transportados. El que
aquí malgasta lo mejor de sus energías en luchar contra el medio ambiente,
fuera de aquí, aun contra las dificultades que á todo extranjero se oponen en
todas partes, logra vencer y afirmar su personalidad. Por eso fuimos pueblo de
conquistadores, y si perdimos todas nuestras conquistas, no fué por no haber
sabido hacer nuestras las tierras conquistadas, sino tal vez por haberlas hecho
demasiado nuestras. Parece paradoja, pero es lo cierto que América dejó de
pertenecer á España por haberla hecho demasiado española. Somos gente poco de
casa. Cuando no aspiramos á conquistar el mundo, aspiramos á ganar el cielo. De
nosotros pude decirse, como en aquella antigua canción tan nuestra:
«Fuí al mar,
vine del mar...
Mis telitas sin hilar.»
[78]Buen ejemplo de este nuestro espíritu conquistador
y buena compensación de otras conquistas materiales, hoy más difíciles de
emprender, tenemos en Pepe Lasalle, quien salió de España, hará unos diez años,
diciendo: «Seré director de orquesta», y ha realizado su propósito tan
cumplidamente que, al saludarle de nuevo por esta su tierra, á su nombre y su
cargo añadimos, por aclamación, todos los adjetivos que su modestia callaba al
despedirse, pero á los que, sin duda, pretendía en su noble ambición de artista.
Gran director de una gran orquesta. No puede cumplirse mejor el propio
vaticinio. Desde los tiempos del Gran Emperador, no se unieron Alemania y
España en más gloriosa empresa.
Ahora bien, ó, ahora mal, mejor dicho: con el mismo talento, con la
misma energía, con todo lo personal, en fin; si entre nosotros se hubiera
propuesto Pepe Lasalle realizar su propósito, ¿hubiera llegado á conseguirlo?
Contesten tantos verdaderos artistas músicos como andan por ahí desperdigados
por cafés y orquestas de teatrillo; responda nuestro público aristocráti[79]co, llenando los palcos del Circo en los días de moda y
dejando poner en la taquilla de billetes para los conciertos: «Sólo quedan
palcos y butacas»; hablen el Cuarteto Francés y el Cuarteto Vela, luchando
contra la indiferencia del público, sólo sostenidos por el aplauso de algunos
inteligentes que ¡ay! son justamente los que van de gorra, y aun hay que
agradecérselo. Por eso, bien esta que aplaudamos con el mayor entusiasmo á los
de fuera, y mucho más cuando los dirige uno tan nuestro y que tan alto pone el
nombre de España en el mundo del Arte; pero estimemos en cuanto merecen á los
de casa, que, sobre las dificultades de su arte, han de vencer las del medio,
hostil ó indiferente. El Arte, que es todo simpatía, sólo en ambiente de
simpatía florece.
¿Quién se atreverá á poner en duda el desinterés de nuestros escritores?
Cada dos ó tres años, el ministerio de Instrucción pública, cuidadoso tutor y
curador de los menores y pródigos, que son nuestros litera[80]tos,
ha de conceder graciosamente ampliación del plazo para inscribir obras en el
Registro de la Propiedad. ¿Es desinterés, ignorancia de estas formalidades
legales ó triste convencimiento de que, para lo poco que ha de producir, no
vale la pena de tomarse molestia alguna? En los dos últimos casos sería muy
triste; en el primero sería muy laudable, si ese desprendimiento no redundara
siempre en beneficio de algún editor vivo, siempre dispuesto á
levantar muertos al amparo de una ley que, por fortuna, no se cumple con
inexorable rigor. Para todos los efectos de responsabilidad, la condición de
escritor debiera equipararse en nuestros Códigos á la de los menores ó
incapacitados. ¿Por qué han de estar tan reñidos números y letras que, hasta
cuando la realidad de los números se impone al escritor, ha de venir en
letras... de cambio, aceptadas por él con la más divina inconsciencia de
números y de fechas?
El descubrimiento del doctor Doyen, prometiéndonos más larga vida, no
dejará de[81] regocijar á cuantos van á gusto en el
machito; para ellos lujoso carruaje ó automóvil. A los de á pie nos es
indiferente. ¡Alargar la vida!
¡Como no sea por la ilusioncilla de ver terminadas las obras de la Gran
Vía; ó por ver si los aeroplanos llegan á establecerse con servicio regular,
como los transatlánticos; ó por saber del estreno de una obra nueva de Rostand;
ó por ver las calles de Madrid sin pordioseros!... Aunque es de temer que la
virtud del descubrimiento del doctor Doyen no alcance á la realización de todas
estas esperanzas. Entonces, para seguir con la misma historia de la vida, «Este
cuento de la vida, dos veces contado», como dijo Shakespeare, ó «contado por un
idiota», que dijo el mismo... El descubrimiento del buen doctor no vale lo que
una botella de buen vino, un poco de morfina, un buen cigarro, una buena música
ó una buena mentira; de esas mentiras dulces, que parecen amor ó gloria... Todo
lo que es olvido de esa implacable verdad, cuyo nombre más cierto es muerte.
XIV
Son las próximas elecciones la mayor preocupación en estos días. No—esto
es lo triste—por el gran interés que inspiren, en cuanto pudieran influir en
los destinos futuros de España, sino por los muchos pequeños intereses que en
ellas se fundan y contra el interés general conspiran.
Líbrenos la diosa Democracia de hablar mal del sufragio universal, ni
del voto obligatorio, preciadas conquistas suyas. Antes era posible que un
Gobierno regalara, lo que se dice regalar, un distrito á cualquiera de sus
patrocinados; pero, por lo mismo que se trataba de un regalo, los Gobiernos
cuidaban, para no dar que murmurar demasiado, que el candidato fuera persona de
merecimiento. Ahora, como todo el apoyo y la protección oficiales no bastan á
librar al protegido de ciertos gastos indispensables, es preciso buscar ante[84] todo gente de dinero ó que sepa sacarlo de donde
lo haya. Antes solía decirse: «A Fulano le apoya el Gobierno», ó «Cuenta con la
protección de éste ó del otro, mayores ó menores caciques.» Ahora, las
protecciones no significan nada. La única probabilidad de triunfo es decir:
«Fulano piensa gastarse tanto en la elección; Menganito se gastará cuanto.»
Las gentes sencillas, tan incapaces de grandes abnegaciones patrióticas
como de ambiciosas vanidades, no hayan compensación en el cargo de diputado á
tan crecidos sacrificios pecuniarios, y con la natural desconfianza que
despiertan siempre las acciones heroicas, cuando su móvil no tiene equivalente,
por lo menos «potencial», en nuestro espíritu, dan á recelar, con esa
suspicacia propia de las gentes sencillas, que en lo de ser diputado ha de
haber algunas ventajillas más que la de sacrificarse por la patria, la de
chupar caramelos, la franquicia postal y la misma inmunidad parlamentaria.
Esa desconfianza hace que, obligadas al voto, las gentes sencillas vayan
á la vota[85]ción con la misma indiferencia con que antes
se quedaban en casa. Al «qué más da votar que no votar» ha sustituido el «qué
más da votar á unos que á otros». La consecuencia en uno y otro caso es la
misma: no triunfa el que triunfa por importarle á muchos, sino por no
importarle á nadie. Así podemos vanagloriarnos de constituir unas Cámaras que
no representan la opinión del país, como en otros países, sino su falta de
opinión.
A consecuencia de una polémica entre autores y críticos, se ha discutido
en París, entre autores, críticos y actores, sobre la eficacia de la crítica,
sobre sus derechos y deberes y hasta sobre la conveniencia de su desaparición.
Los autores y los actores artistas han opinado, como era natural, que la
supresión de la crítica literaria sería tanto como relegar el teatro al terreno
puramente industrial de especulación. Pero ¿es otra cosa el teatro moderno? ¿No
es fantasear á costa de la realidad—fantasía muy[86] cara—considerarle
de otro modo? A no ser en teatros subvencionados con esplendidez, donde los
directores puedan permitirse el lujo de ofrecer verdaderas obras de arte, ¿qué
empresario ni qué autor pueden aceptar la responsabilidad de comprometer intereses
respetables por entregarse á nobles juegos de arte?
Hoy se le da al teatro una importancia comercial que nunca tuvo.
Exigencias del público, de la crítica, de autores y actores—no hablemos de los
propietarios,—han convertido en negocio arriesgadísimo, más propio de
capitalistas que de verdaderos aficionados al arte, la explotación de un
teatro. En estas condiciones, ¿puede depender del criterio artístico, de la
crítica, el éxito de una obra? Dejémonos de vanidades. El teatro moderno tiene
muy poco que ver con el arte. No se interponga ninguna consideración artística
entre el público y la taquilla, como no se interpone entre el comprador y el
comerciante una crítica del escaparate. ¿Que esto será el fin de la literatura
dramática? No, al contrario; quedarán mejor deslindados los campos. A un[87] lado el arte y la literatura; al otro lado el
teatro. Un teatro que sólo aspira al dinero no debe tener más sanción penal que
la falta de dinero. La crítica literaria es demasiado honor para él. La mejor
crítica de muchas obras es haber llenado el teatro durante 200 noches, y que el
autor, para curarse de toda vanidad, llegara á conocer personalmente á los
200.000 espectadores que le han aplaudido, ¡Ay del artista que, cuando más
clamoroso oye el aplauso de todos, no sabe percibir la voz de la propia
censura!
En Berlín se ha fundado una Sociedad, llamada de Calderón, con el objeto
de representar obras de nuestro autor y algunas de otros autores, no menos
admirables, nunca representadas en los teatros ordinarios. En dicha Sociedad
figuran ilustres personajes, y en la primera función, con el concurso de los
mejores actores de los teatros berlineses, se representará La devoción
de la Cruz.
[88]Esto en Berlín, donde todos los años se representa
mayor número de obras de Calderón y de Lope de Vega que en nuestros teatros. En
cambio, nosotros no dejaremos de representar opereta alemana, ni austriaca, en
justa correspondencia. Schiller y Gœthe y el moderno Hauptman bien están en su
casa. Y que se lleven á Calderón y á Lope. ¡Para lo que van á divertirse con
ellos! Mejor sería proponerles, ya que en tan buena disposición se hallan, que
se encargaran de celebrar en Berlín el centenario de Cervantes. ¡Fuera
cuidados! De aquí les mandaríamos una lucida Comisión y todos los toreros que
hicieran falta para una buena corrida de toros.
XV
¡A cualquier hora nos la dan á nosotros de primos! Nos hemos dislocado
de risa con una porción de vaudevilles sin gracia y sin
fantasía; nos hemos extasiado ante unos cuantos melodramas policíacos sin
novedad y sin interés; hemos acogido como armonías celestiales la organillesca
musiquilla de cuantas operetas vienesas han querido ofrecernos... Todo ello por
venir de fuera y venir consagrado. Pero esto no podía continuar. ¿Qué se diría?
¿Qué éramos público para contentarnos con cualquier cosa? Nada, nada de dejarse
sugestionar... A la primera ocasión... Y la primera ocasión ha sido Chantecler.
Diríase que, á falta de mayores solemnidades, habíamos querido conmemorar en él
la fecha próxima del Dos de Mayo. Lo que no consiguieron bombos y reclamos
previos, acabará por conseguirlo la desconsideración[90] de
algunos públicos con una obra de noble y elevado arte: imponerla, por fin, á la
admiración de todos. ¡Ya quisiéramos que gallos como ese nos cantaran todos los
días en nuestros corrales! ¡Para una vez que nos hemos sentido carabineros del
arte... de las pocas veces que no venía contrabando!
La palabra de Dios es el silencio, y, si alguna vez comprendemos en toda
su grandeza esa divina palabra del silencio, es cuando una mujer linda y
graciosa nos dice ó nos canta tonterías desde un escenario. Para admirar una
linda hechura de Dios, ¿qué necesidad hay de molestarnos con idioteces? ¿No
bastaría con una bien compuesta danza para mostrarnos la gracia de las
actitudes? ¿No bastaría con pasar y sonreir? ¿Es preciso más para que una mujer
bella enamore? Y, si algo ha de decirnos, sea en una lengua extraña, sólo
comprensible como una música... No quiebre el ritmo de una bella armonía el
desen[91]tono de las palabras chabacanas. No es la
belleza la que ha de acercarse á nosotros; somos nosotros los que hemos de
acercarnos á ella, alejándonos de la realidad... Y no es el mejor puente la
letra de algún couplet que, sólo se salva de lo canallesco,
para caer en lo insulso.
Hasta ahora estuvo considerado el grajo como una de las aves beneméritas
de la agricultura, por la gran cantidad de insectos y de alimañas,
perjudiciales á los campos, de que se alimentaba. Pero ¡no somos nadie! Ni los
estómagos, ni las conciencias, ni ¡ay! los bolsillos—gran estómago de los
racionales civilizados—resisten á un minucioso examen. Después de registrado el
buche de unos cuantos grajos—los bastantes para dar autoridad á la
estadística,—el implacable análisis viene en exonerar á toda la casta de sus
preeminencias y consideración sociales como protectora de la agricultura. La
cantidad de animalitos dañosos engullidos por el grajo no guarda[92] proporción con la gran cantidad de semillas y de
granos que devora. Por lo tanto, no hay para qué respetarle, y, en adelante,
pasará á la triste categoría de los perseguidos y cazados sin tregua.
Aplicado este mismo análisis estomacal á muchos grandes personajes y
respetables Corporaciones, hasta ahora considerados y respetadas como de
utilidad social, ¿no tendríamos el mismo resultado? Lo que protegen por una
parte, ¿estará compensado por lo que dañan de otra? ¿No tragarán más grano
provechoso que animalillos perjudiciales? ¡Cuánto grajo no estará viviendo por
esos campos, de un respeto mal fundamentado! Se impone la autopsia de unos
cuantos, á la hora plácida de la digestión, para saber á qué atenernos.
Como siempre que se proyectan grandes festejos, de lo proyectado á lo
realizado va... la distancia que hay de las necesidades de Madrid á los
cuidados de su Ayuntamiento. No; aquí ni comemos ni nos re[93]ímos.
Como festejo extraordinario, ya nos contentaríamos con que nos lavaran un poco.
El problema de la mendicidad—grandes problemas son siempre aquellos para
cuya resolución hace falta mucho dinero: el problema de la vida, el problema de
las subsistencias, el problema de la enseñanza, etc...—sigue en estudio. Textos
en que estudiarle no faltan. Dentro de poco, para poder andar tranquilamente
por Madrid, habrá que vestirse de harapos. Será el único modo de que le dejen á
uno tranquilo. Añadan ustedes en estos días, á los mendigos de siempre, los
electorales: ¡El voto, por amor de Dios! ¡Esta candidatura, que no he comido en
todo el año! Ya no sabe uno á quién dice: ¡Perdón, hermano, ó: Estoy
comprometido con los socialistas.
¡Grandes días estos para disponer de un aeroplano! ¡Feliz el conde de
Romanones, único español á quien no le preocupan los asuntos electorales!
XVI
Salvo el género de tropelías, mudanza que los siglos van trayendo, pudo
compararse al difunto rey Eduardo VII con aquel otro rey de Inglaterra, Enrique
V, héroe de la batalla de Argincourt, protagonista en varios dramas historiales
de Shakespeare. Como el alegre y despreocupado amigo de Falstaf y Pistol, supo
ser, como rey en su día, muy otro que como príncipe de Gales.
No podría decirse de él que fué el príncipe que todo lo aprendió en los
libros. Mucho aprendió en la vida, y no fué desaprovechada la enseñanza. Una
buena Prensa le prodiga elogios, que no le regateará la Historia. Estímanse las
virtudes de los grandes, y es justo que así sea, por comparación con sus
iguales; así no es de extrañar que, con las cualidades que apenas librarían á
un señor particular, en la[96] hora de su muerte,
del piadoso comentario de alguna buena amiga: ¡Qué descansada se habrá quedado
la familia!, la Historia se dé por contenta para proclamar: ¡Era un gran rey!
Si en la satisfacción del triunfo cabe siempre una gota de amargura,
¿habrá dejado de saborear su provechosa medicina el gran D. Benito Pérez
Galdós? ¿Cómo puede escapar á su observación lo fácil de una carrera política y
lo difícil de una carrera literaria? La primera serie de sus Episodios
Nacionales y muchas de sus admirables novelas llevaba publicadas don
Benito y no podía contar con el número de lectores con que, sólo en dos años de
republicano, ha podido contar de electores.
De lectores á electores hay una sola letra de diferencia; pero ¡qué gran
diferencia en números!
Y ¿cómo comparar el mérito de la labor literaria de toda una vida con
los merecimientos de dos años de republicano, aun[97]que
contemos como literatura y como republicanismo el sinnúmero de cartas de
adhesión á todas las paellas tricolores, en torno á las cuales se haya reunido
siquiera media docena de republicanos?
¡Cuarenta mil votos! Una duda: de la primera novela que publique,
¿venderá tan fácilmente D. Benito 40.000 ejemplares?
Siempre que un Gobierno sale malparado de unas elecciones, le queda el
consuelo que á las mujeres feas y pobres: atribuir á su honradez toda su
desgracia. ¡Si yo hubiera sido como otras! ¡Esto me pasa á mí por ser honrada!
Ninguna dice: ¡Esto me pasa á mí por ser fea! Que era el caso de la candidatura
monárquica en Madrid. Claro es que ser diputado por Madrid significa poco; aquí
no hay mangoneo ni caciqueo. Las grandes figuras de la política prefieren sus
feudos provincianos. Para Madrid quedan unos cuantos señores de buena voluntad
y mejor fe, dis[98]puestos á gastarse muy buenos cuartos.
Pero ¡ay! Madrid tiene otras teclas que tocar que los distritos rurales. Aquí
se fuma y se bebe todo el año y no se le asusta á nadie con un apremio, ni con
un recibo... ¿Será verdad que los electores monárquicos hayan andado
despegadillos? Como entre ellos hay gente de dinero y muchos tienen automóvil y
el día estaba bueno... Por eso, no será malo, para otra vez, confiar menos en
los electores y algo más en los elegibles.
Muchas personas de viso, de esas que se abstendrían, por comodidad ó por
abandono, de votar la candidatura monárquica, han andado en estos días poco
menos que á media asta con motivo del fallecimiento del rey de Inglaterra.
Bueno está vestir á la inglesa y vivir á la inglesa y pagar á la inglesa, pero
¡entristecerse á la inglesa también! Mucho se había divertido el noble difunto,
pero no hasta el extremo de que tanta y tan buena gente le llore como á un
padre.
[99]Los actores franceses son los que han tenido una
ocasión más de exhibirse. No hay uno que no haya sido gran amigo del rey
Eduardo y no tenga que contarnos alguna chispeante anécdota. A Febvre, ex socio
de la Comedia Francesa, le regaló un bastón; á Réjane, una sortija; Sarah ¡oh,
Sarah! le reprendió una vez severamente porque se acercó á ella sin quitarse el
sombrero. Siempre fué el teatro la mejor escuela de buena crianza. Pero todos
están inconsolables. Le querían mucho.
Menos mal. Ya dijo Hamlet, príncipe muy aficionado al teatro, que más
nos valiera tener un mal epitafio que una mala reputación entre los
comediantes.
XVII
Ya nos ha salido el susto del cuerpo. Es posible que á muchos, sobre
todo á muchas, de las que más se regocijaran en la noche de la temida fin del
mundo, no les haya salido todavía ó les salga de aquí á unos meses, á mayor
gloria y perpetuidad de este pícaro mundo.
Si es cierto lo que asegura Renán en su Abadesa de Juarre,
que, ante la muerte próxima, el amor se envalentona y se deja de miramientos
hasta decir ¡Fuera cuidados!, esperemos que el cometa Halley, en vez de acabar
con el mundo y sus habitantes, nos habrá dado cuerda para mucho tiempo.
La verdad es que, para lo atrasadillos que andamos, según dicen, no
hemos sido de los que más se han puesto en ridículo por esos mundos. ¡Estamos
tan hechos á pronósticos de nuestro fin! Y siempre es[102] preferible
que el mundo se acabe para todos á acabarse uno para el mundo. Mundo tenemos en
general, y ojalá tuviéramos vida en particular hasta la llegada de otro cometa,
y aun es posible que hasta la terminación de la Gran Vía, y, exagerando un poco,
hasta el advenimiento de la República. Las revoluciones, lo mismo en las
celestiales que en las terrenales esferas, nunca las traen cometas andariegos y
revoltosos, por mucha cola que aparenten. Es preciso algún astro de primera
magnitud, y por ahora... todo es vía láctea en las celestiales y en las
terrenales esferas.
Para los que se pagan de nombres—República, Monarquía,—ahí tienen á la
República Argentina y á su Gobierno viéndose obligados, en plena apoteosis de
su engrandecimiento y prosperidad, á declarar el estado de guerra; medida que,
con el interés de los más, acaso baste á conseguir una tregua de fiestas
patrióticas. Pero el problema queda en pie. Y el problema allí es[103] del mundo entero. Digan unos: Patria; otros:
Humanidad, siempre sientan bien estos nombres sonoros y nobles. En realidad,
riqueza de un lado, miseria de otro. Más peligroso es el conflicto en esos
pueblos jóvenes, adonde llegan todos los días miles de conquistadores de todas
las razas y de todos los pueblos. Y conquistadores sin bandera, desarraigados
de su patria, á luchar por sí, á enriquecerse, si es posible, en provecho
propio... ¿Cómo exigir á tanto egoísmo humano el sacrificio por una idea
nacional? No bastan los intereses materiales, opuestos de clase á clase, cuando
no de individuo á individuo, á unir voluntades y sentimientos en ese algo
inexplicable que se llama ideal nacional. Es ley fatal humana que, en las
causas de nuestra grandeza, esté el mayor peligro de nuestra ruina. El talento,
el valor, la riqueza, la hermosura tienen en sí mismos su mayor enemigo. La
República Argentina es inmensamente rica y generosa. Pero si todos quieren ser
inmensamente ricos en ella, ¿bastará toda su generosidad? ¿No tendrá á cada
paso un conflicto entro su in[104]terés nacional y
tantos intereses de tantos, por desligados de su patria, más desligados de una
patria extranjera? He aquí el peligro y he aquí el problema de la República
Argentina. ¿Lo que hoy es un gran pueblo, llegará á ser una gran nación?
¿Llegarán á sumarse tantos intereses egoístas en un solo egoísmo ideal? Gran
cosa es que en un pueblo todos procuren ser ricos, á condición de que todos
también estén dispuestos á morirse de hambre en un día. Con la primera
cualidad, dominante en la República Argentina, y la segunda, dominante en
España... ¡gran nación!
Millones de flores, que representan millones de pesetas, cubrirán la
tumba del rey Eduardo de Inglaterra. Los economistas republicanos, que hallan
sus mejores argumentos contra la Monarquía en publicar lo que cuesta el
sostenimiento diario de unas caballerizas reales, no dejarán de filosofar ante
ese derroche de flores. No pensarán lo mismo las floristas ni los floricul[105]tores. Y siempre que un señor de esos que, por
alardear de modestia, deja dispuesto en su última voluntad que no se deposite
coronas ni flores sobre su cadáver y que se le entierre con la mayor sencillez,
pienso en la oración fúnebre que han de dedicarle los empresarios de pompas
fúnebres y los fabricantes de coronas: ¡Vaya con el hombre, á qué hora ha ido á
acordarse de ser modesto! Yo creo que la mayor modestia es no disponer nada y
dejar á los ricos que hagan su gusto y su voluntad y á los funerarios su
negocio. El que uno se muera no es razón para que no vivan los demás. A mí me
parece muy bien todas esas flores y ese dinero que se gastan los ingleses. Las
flores nunca son caras. Además, los vivos son lo bastante vivos para no dedicar
flores al muerto; las flores son á los que quedan.
Recuerdo que á un gran personaje se le murió un sobrinito, y la casa se
llenó de coronas y de flores y el entierro llevó el más lucido y numeroso
acompañamiento, y decían los familiares de la casa: Si esto es por el sobrino,
¡cuando el señor muera![106] Pero el señor, al
morir, no dejaba familia de importancia, ni, de ella, nadie que pudiera dar
destinos ni dispensar favores, y al entierro... dos peseteros y los precisos
operarios. Señores muertos: nada de consideración con los vivos; admitan ustedes
coronas y flores, y á la familia dejarle encargado el entierro de primera y con
mucho clero: que vivan todos. Siempre hace bien ver caras alegres en un
entierro.
XVIII
Todo Gobierno, al emitir su respectivo discurso de la Corona, bien puede
disculparse, como el aldeano de Molière:—Si digo siempre lo mismo, es porque
siempre es lo mismo; que si no fuera siempre lo mismo, no diría siempre lo
mismo.
Si los anteriores Gobiernos hubieran realizado todas las bellas y
grandes cosas prometidas en sus sendos discursos, nada quedaría por realizar,
ni siquiera por prometer, y holgaría un nuevo discurso de discursos (revista de
revistas).
Si de la vida dijo Shakespeare que era fastidiosa como un cuento oído
dos veces, ¿qué serán estos discursos tantas veces oídos? Así nos hemos
acostumbrado á oírlos con el más consecuente escepticismo, reflejo tal vez del
escepticismo que suele dictarlos.
En fin, como el escepticismo es puerta[108] entornada,
¿por qué no hemos de conceder á estos discursos siquiera la confianza que
ponemos en la lotería? Alguna vez puede tocar. No aspiremos al premio gordo.—El
programa ideal. ¿No es eso?—¡Si tocara una aproximación!
En lo que no cabe por esta vez escepticismo es en lo del «vigoroso
llamamiento al crédito». Esa es la eterna subida del vino: que nunca mejora de
calidad, aunque suba de precio.
Por si no bastaba con un discurso, hemos tenido dos: el de la Corona y
el de la coronilla, á cargo del jefe del partido conservador, muy empeñado en
llevar vela en este entierro, que bien puede serlo si no hay á tiempo un
capirotazo enérgico que apague esas velas y cirios que ya han «deslucido»
bastante.
Entre los dos discursos nos quedamos... con el Mensaje de la Asamblea
agrícola; de menor resonancia, pero de más sólida y aplicable doctrina.
Próximas á terminar las representacio[109]nes de
Novelli en Lara, cerrados muchos teatros de invierno—algunos más propios de
verano por la frescura de obras y artistas,—no queda en Madrid más espectáculo
atractivo que las sesiones del Congreso y alguna cómica, especial, del Senado,
que cuenta para el género con eminentes y acreditados característicos.
Las distinguidas aficionadas al Parlamento, en todas sus
manifestaciones, particulares y públicas, ya tienen dónde pasar la tarde y en
dónde distraerse hasta el veraneo, retrasado, como siempre por los deberes
políticos de los maridos, padres, etc.
El elemento femenino ha de interesarse mucho en la actual legislatura.
Hay que evitar la condenación de más de cuatro amigos arriesgados en alguna
votación peligrosa. ¡Sería una lástima no poder encontrarse con ellos en
celestiales moradas, como ahora en las más elegantes casas, por culpa de un
proyecto de ley! Hay liberales muy simpáticos, y hasta con dinero; el partido
conservador no tiene monopolizadas estas dos bellas cualidades para brillar en
sociedad.
[110]Yo sé que á estas horas hay quien eleva plegarias y
hace ofrecimientos por la salvación de algunos ministeriales. No teman las
distinguidas intercesoras; llegado el caso, todos han de salvarse, más que por
vuestra intercesión, por propia iniciativa, al grito dispersador de: «¡Sálvese
el que pueda!» No roguéis por ellos; rogad por vosotras y por vuestros hijos,
diremos parafraseando palabras de Jesús. Porque si pudierais ver, como El, en
lo venidero, veríais lo que mejor os estaba y les estaba á todos para evitar
mayores males. Verdad es que si vosotras tuvierais inteligencia y cultura para
comprender estas cosas, hace mucho tiempo que estarían resueltos muchos
problemas por sí solos.
El orgullo nacional de los franceses, irreductible, sobre todo
tratándose de su arte, se halla muy resignado con ver su París invadido por
toda clase de espectáculos extranjeros. Opera italiana, comedia belga, baile
ruso; sin contar innumerables artis[111]tas, autores y
músicos de diferentes nacionalidades repartidos por diferentes teatros.
A mal tiempo amable sonrisa, y ellos venden por generosa hospitalidad lo
que á regañadientes soportan. Claro es que los comediantes belgas son una pobre
gente sin pizca de chic, aunque sean más espontáneos y naturales
que los amaneradísimos actores franceses, apestantes á Conservatorio y á
Comedie Française; que Caruso no puede compararse con los admirables tenores de
la Gran Opera, con sus voces de gato pisado... Sólo ante los bailarines rusos
humillan su superioridad, y eso porque, según ellos, todo su arte es de la más
pura tradición francesa.
Como espectáculo propio no han ofrecido, autores y actores franceses, en
estos últimos tiempos, nada más interesante que la pelotera entre Bataille—el
nombre obliga, y él se encarga de justificarlo—y la gran Sarah, sólo comparable
á la guardia napoleónica en lo de dar que hablar hasta sucumbir.
En París, como en todas partes, se perecen por estos chismes teatrales.
Hasta que[112] los Tribunales dieron la razón á
Bataille, todo el mundo estaba de su parte; en cuanto tuvo á la justicia por
suya, consideraron que ya tenía bastante, y todo el mundo se puso de parte de
Sarah. Cuando se atrevió á embargarla sus muebles y los ingresos de su
teatro... ¡no se diga! Los mayores enemigos de la actriz se aprestaron á
defenderla contra el autor. Se llegó á decir que Bataille había insultado á
Francia en la persona de Sarah.
Aquí, por fortuna, no se llevan á punta de embargo estas cosas de
teatro, que no valen la pena. Sólo sabemos de un empresario capaz de embargar á
sus autores; pero con el mayor cariño y sin dejar por eso de representarles sus
obras, para mejor garantía del embargo... Los demás, todos buenas personas. Nos
peleamos, hacemos las paces, nos odiamos, volvemos á querernos; pero todo con
la mayor modestia, sin indemnizaciones y sin reclamos.
XIX
Las mujeres son, por lo general, conservadoras, muy respetuosas con lo
tradicional y establecido; pero cuando una mujer da en revolucionaria... Nada
menos que todo el sistema planetario nos ha trastornado una distinguida dama,
miss Craig, en interesantísima conferencia dada en el Ateneo.
No era la flor que más se había presentado hasta ahora, en el ramo de la
sabiduría femenina, ésta de la astronomía. Bueno es que la mujer se vaya
poniendo en comunicación con el cielo de mejor modo que con importunas
plegarias petitorias. La aparición, mejor dicho, la desaparición, y para
nosotros ¡ay! despedida, sin beneficio, del cometa de Halley, á más de su cola
natural, se ha traído otra muy larga de discusiones entre los astrónomos. A
consecuencia de todas ellas, se inicia el descrédito de algu[114]nas
verdades, que ya habían durado lo bastante, para obtener, sin que nadie pueda
molestarse, su jubilación y pase á la escala de reserva. Todo nuestro respeto
para estas mentiras de hoy, que fueron las verdades de ayer, y aprendamos por
ellas á respetar las mentiras de hoy, que tal vez sean las verdades de mañana.
Los estudios de miss Craig son muy serios y no deben tomarse á broma.
Sin llegar á las atrevidas afirmaciones de la conferenciante, otros astrónomos
de gran renombre han coincidido recientemente en negar las teorías de Newton
sobre las leyes de gravitación y de atracción universales.
Por mi parte, celebraría mucho que se salieran con la suya; porque, con
todo el respeto á Newton, eso de que cuando uno cae, cae por atracción, me
pareció siempre una tontería. Es para escamarse el que á Newton se le ocurriera
viendo caer una manzana; desde los primeros días del mundo la manzana fué
siempre fruta ocasionada á funestas equivocaciones.
En este caso nada se ha perdido; todo es que los pobres muchachos
estudiantes del[115] bachillerato tengan que
aprenderse una nueva teoría... hasta otra. Los licenciados y doctores pueden
seguir sirviéndose de la que estudiaron en sus libros. Más se ha adelantado en
otras materias, de aplicación más inmediata, y hay quien se anda en el Fuero
Juzgo y sus equivalentes.
Entre las afirmaciones de miss Craig, la más alarmante es la de que el
sol nos ha estado engañando miserablemente. La luz que nos alumbra no es cosa
suya. Yo no se cómo no habíamos caído antes en ello, cuando en el Génesis se
habla de la creación del sol y de las estrellas, por una parte, y por otra se
dice que la luz fué hecha. Con la nueva explicación no hay, pues, que temer un
nuevo conflicto entre la Religión y la Ciencia. Más vale así; que bastantes
hemos tenido, sin contar con los que esperan al Gobierno con la Nunciatura.
Quedan, en cambio, inservibles todos los embustes y ponderaciones:—¡Tan verdad
como el sol que nos alumbra!—Inservibles también una porción de odas y de
comparaciones. Pero ya verán ustedes cómo el sol continúa viviendo del crédito
durante[116] mucho tiempo. Hasta en eso va á
parecernos más español: en vivir de las apariencias.
Ríanse ustedes de imperiales cortejos en Roma, triunfos carnavalescos de
los Médicis en Florencia, tramoyas del Buen Retiro y pastorales de Versalles.
Todo es pobretería en parangón con la admirable carrozada que
nos han presentado. Menos mal que sólo estábamos la familia y los amigos, como
en función casera, y apenas había entre los espectadores quien no tuviera en la
cabalgata un pedazo de su corazón ó una prenda de su guardatrapos.
¿Qué mal aficionado á representar comedias no habrá saludado con emoción
aquellas trusas y aquellas pelucas? La intención era buena; pero ya sabemos que
de buenas intenciones está pavimentado el infierno y de peores debe estarlo
Madrid, según el aspecto de sus calles.
Organizar una cabalgata, presentable á plena luz del día, es cosa que
requiere mu[117]cho dinero y mucho arte. Otro hubiera
sido el efecto amparándose de las sombras protectoras de la noche y al
favorable engaño de antorchas y bengalas. Sin contar con que las fiestas
nocturnas son más agradecidas; como que en ellas sí que puede decirse que el
espectáculo está en el espectador, mejor dicho, en la espectadora, y lo que se
ve es lo de menos. Hay función de fuegos artificiales que no se olvida nunca, y
bien sabe Dios que no es por los cohetes. En todo festejo popular hay que
atender á estas emociones reconcentradas, por si fallan las exteriorizables.
Con excepciones muy contadas, es tan general como deplorable la afición
de los buenos actores á representar malas comedias. ¡Lo que ellos gozan
entregándose en cuerpo y alma á la ingrata tarea de levantar muertos! ¡La de
esperpentos dramáticos que gozan honores de obras inmortales gracias á la
interpretación de algún gran comediante!
[118]Buena prueba es el repertorio que se ha traído
Novelli, como para examinar de paciencia á sus muchos admiradores. No hay idea
de lo satisfechos que se quedan algunos actores cuando el público sale del
teatro diciendo:—Todo muy malo, todo; pero ¡él! ¡El solo! ¡Sólo él! El peligro
de este inmoderado afán solitario está en que el público se canse de decir:—¡El
solo! ¡El solo!, y se decida á ponerlo en práctica, dejándole solo en efecto.
No merece otra cosa la vanidad de algunos comediantes que llegan á creerse que
ellos solos son una obra y un teatro.
Para tranquilizar á los cortadores de cupones, los más alarmados al
menor síntoma republicano—¡si habrá confianza en la cuadrilla!,—se apresta D.
Jaime á estrenar un caprichoso uniforme, regalo de sus esperanzados creyentes.
Es de suponer que al regalito acompañe su buen paquete de alcanfor ó su
naftalina. De airearse el uniforme habría que convenir en que se ha[119]bían apolillado otras muchas cosas. Que hay polvareda
es indudable. Confiemos en que el Sr. Canalejas sabrá servirse del plumero
propio y en ningún modo de los zorros que alguien pueda ofrecerle; considere
que la opinión está con la escoba levantada y en alguna parte tal vez la tengan
pajas arriba y detrás de la puerta, como se usa entre supersticiosos para
despedir visitas molestas.
XX
Me preguntan algunos amigos si no diré nada del discurso de D. Alejandro
Pidal, en contestación al discurso de D. Leopoldo Cano, de todas mis simpatías,
como autor y como persona. ¿Para qué decir nada? Toda la elocuente diatriba
contra el teatro moderno, sin demostrar otra cosa que no haberse tomado el
trabajo de conocerlo, ¿no es la misma con que ilustres correligionarios de D.
Alejandro Pidal, y quizás él mismo, anatematizaron el teatro de Echegaray, el
de Sellés y el de Cano? El de este último con mayor ensañamiento. ¿Quién no
recuerda la crítica de La Pasionaria, escrita por el buen D. Manuel
Cañete, cabeza parlante del grupo ultramontano de la Academia Española? ¿Cómo
habían de perdonarle aquello:
«Y muertos en la trinchera,
resucitan en Madrid?»
[122]Y aquello otro (cito de memoria; pero no es muy
mala, á Dios gracias):
«... Son rezadores maestros
que, devotos y contritos,
andan comprando delitos
á cuenta de Padresnuestros.»
Así como así, D. Leopoldo Cano, cuando otros méritos no tuviera, y
téngole en muy alto concepto, fué, y esperamos que siga siéndolo, de los
autores más valientes y más sinceros de la escena española.
Así lo ha reconocido D. Alejandro Pidal, con todas las cualidades que en
otro tiempo parecieran graves defectos. ¡Oh! La Academia no es rencorosa. Basta
con dejar de escribir por algún tiempo para que los atrevimientos parezcan
moralidades, el «verismo», idealidad y la cáscara amarga hueso dulce. ¿No
sabemos todos que á la Academia no llevan las obras que se han escrito, sino
las que se han dejado de escribir?
Con tantas graves y grandes preocupa[123]ciones,
no es de extrañar que á lo mejor pase inadvertida alguna pequeña enormidad,
como la de declarar contrabando un encendedor automático, sin más razón ni
fundamento que el perjuicio á un monopolio del Estado. Ya sabíamos que todo
monopolio, los hay de muchas formas y clases, era siempre un obstáculo á todo
progreso; pero nunca se había declarado tan descaradamente. Según eso, cada vez
que encienda usted su cigarro á una llama que no sea la legal de la cerilla monopolizada
es usted más contrabandista que los de Carmen. Los encendedores
eléctricos de los Casinos y otros Círculos, los mismos aparatos denunciados
que, en otra forma, se usan para encender los cigarros de sobremesa,
contrabando también; cuando pide usted lumbre á un transeunte, aparte la
impertinencia, incurre usted en delito... Con la misma razón pudo declararse
contrabando el gas cuando vino á sustituir al aceite y al petróleo, y la luz
eléctrica después... Y las empresas de ferrocarriles debieran declarar
contrabando el automóvil, porque mucha gente lo prefiere al tren para[124] viajar, con perjuicio de las Compañías... Y, por
este sistema, también pueden tener razón los protestantes, aunque les moleste
el nombre, contra la ley de los signos exteriores, que también ellos venían
disfrutando de un monopolio tan respetable como el de las cerillas.
No sabemos si habrán protestado los fabricantes y expendedores del
aparatito en cuestión; pero no sólo ellos, todo el mundo debiera protestar
contra esa pequeña enormidad, expresiva muestra de otras enormidades cometidas
en nombre de trusts y monopolios...
Nuestro Ayuntamiento, con miras más altas que las aceras y arroyos, se
propone limpiar los rótulos anunciadores de toda incorrección gramatical. Por
lo pronto, ha ido á fijarse en lo de «carnecería», que les parece anticuado.
¿Anticuado? ¿Por qué? El movimiento se demuestra andando, y el mismo uso
constante demuestra que no hay tal antigüedad. Ya sé yo que[125] suena
más fino carnicería, sólo que es otra cosa. Ya basta, para los que venden la
carne en malas condiciones, hacer carnicería en nuestro estómago, sin
anunciarlo por adelantado. Bien está lo de carnecería cuando de vender carne se
trata, y déjese la carnicería para luchas de fieras, campos de batalla,
operaciones quirúrgicas y otros destrozos en carne viva ó muerta. ¿Qué opina
el Chico del Instituto, á cuya autoridad me someto por adelantado?
En cuanto al uso del infinitivo por el imperativo, sí es cosa fea; pero
yo, que siempre prefiero lo ordinario á lo cursi y creo que el vulgo tiene
siempre razón al hablar, estoy por decir que hasta cuando dice «haiga», hallo
el imperativo tan redicho y con un sabor á mandato de rey de teatro: «¡Salid!
¡Llegad! ¡Teneos!», que estoy por preferir el infinitivo, incorrecto y todo. Lo
de «Llevar la izquierda», ya sabemos todos que es un modo abreviado de decir:
«Hay que llevar la izquierda». No es tan grave falta que no llegue á entenderse
lo que se quiere decir. Escritores de muchas letras, y académico alguno, ha
escrito:[126] «No reírse, no asustarse». Y, en
efecto, nadie se ha reído y nadie se ha asustado. Bien están la corrección y
limpieza del idioma por esas calles, mientras llega la limpieza de las calles
mismas; pero no vayamos á ponernos tan finos como aquella damisela que, por no
usar términos vulgares, solía decir: «Mamá, haga usted la vista gruesa».
XXI
Saludemos á dos autores noveles, no desconocidos: los Sres. Godoy y
Alberti, triunfadores en el concurso de obras dramáticas abierto, con excelente
acuerdo, por el Ayuntamiento y por la empresa del teatro Español. El nombre de
los autores, vigoroso poeta el uno, literato de gran cultura el otro, tanto
como el nombre de los jurados, garantiza el acierto. Razón hay para esperar la
más favorable confirmación por parte del público; aunque un público del que han
de formar parte muchos de los concursantes no favorecidos, no es para
deseársele á nadie. El teatro Español, por su carácter oficial, por disfrutar
de una subvención, es el que menos puede excusarse de admitir obras de autores
noveles. Quédese para los empresarios industriales el creer que sólo conviene á
su negocio representar obras de autores consagrados,[128] que,
á veces, en una sola equivocación perjudican más que favorecieron con diez
aciertos. Hay que convenir en que el público, rutinario siempre, es cómplice de
las empresas en esto de no interesarse más que por las obras de un limitado
número de autores. Si el público mostrara mayor interés por conocer obras
nuevas de nuevos autores, yo creo que las empresas procurarían complacerle.
Tanto, pues, como vencer la resistencia de las empresas y de los autores
monopolizadores, importa vencer la desconfianza del público. Esto sólo ha de
lograrse en fuerza de grandes aciertos. Pero es preciso dar facilidades para
que sean posibles. Según las mejores referencias, á la obra premiada hay que
añadir otras muy estimables entre las presentadas al concurso. Las empresas de
los diferentes teatros, en justa proporción, deben admitirlas para su
representación en la temporada próxima. Conveniente sería establecer por
costumbre, ya que sobre ello fuera algo tiránico legislar, que un mismo autor
no pudiera estrenar más de una obra por temporada en el mismo teatro. Nadie[129] iría perdiendo. El público hallaría mayor
novedad, los actores evitarían el amaneramiento que trae, sin darse cuenta, el
representar obras del mismo corte, y los autores más admirados el peligro de
fatigar la admiración, lo más fatigable que existe.
Siempre que asisto que á un banquete, sea de homenaje, sea de
confraternidad, aparte la lubina á la mayonesa, que, por lo inmutable,
representa el elemento filosófico, la figura más interesante para mi atención
es la del camarero. El camarero también es filosófico. ¡Han pasado tantas
lubinas patrióticas, políticas y artísticas por sus manos! El camarero y la
lubina no tienen convicciones. Saben que hay un mismo menu de
homenaje para todos. ¡Qué indiferencia la suya ante las lubinas oratorias, á la
hora del Champagne, que tampoco tiene secretos para él! La cocina y las
atenciones del servicio, como los bastidores del escenario á los tramoyistas,
le han quitado toda ilusión sobre lo que se[130] come
y lo que se representa. Suenan magníficas las grandes frases de los discursos,
y el camarero, mientras pregunta con voz discreta por su jurisdicción: ¿Cognac
ó Chartreuse?, percibe el comentario malicioso de los comensales, que es como
el pizzicato burlón que acompaña en sordina la frase
apasionada en la serenata del Don Juan, de Mozart.—¡Qué gran
batata!—oye el camarero.—¿Decía usted?—¡Ah! Nada... No es á ti... Chartreuse. Y
suena un ¡bravo! y no suenan las risitas, ahogadas en un sorbo del licor
estomacal. Pero el camarero piensa:—¿A quién se engaña aquí?—No; no es á él, ciertamente,
simbólico y significativo en aquel momento; representación de todos los que no
tienen puesto en esos banquetes, en donde la más brillante representación de
las llamadas clases directoras, sin engañarse ellos mismos, creen haber
convencido á los demás.
No hace muchos días indicaba que el ídolo de oro acaso tenía los pies de
barro.
[131]El viajero superficial suele deslumbrarse con las
brillantes apariencias. Dura y tenaz ha de ser la lucha de los Gobiernos en la
República Argentina para vencer al anarquismo; acaso más de una vez peligren en
ella sus instituciones democráticas y su generoso humanitarismo. Días de prueba
aguardan al ilustre hombre que marcha á presidir los destinos de un pueblo
joven, por transfusión de tanta vieja sangre, acaso envejecido antes de tiempo.
Salaverría, en su admirable libro Tierra argentina—tan justo de
observación y tan artísticamente desapasionado,—celebra y admira la fuerte
dignidad del trabajador de allá en los más humildes oficios, tan opuestos á su
servilismo, rastrero en ocasiones, de nuestras viejas tierras. Bien estaría esa
dignidad si no tocara en desabrimiento. Yo no he conocido nada más desagradable
que la gente—mal puede llamarse humilde—de Buenos Aires. Muy impuestos en sus
derechos, eso sí; ni toleran una reprensión destemplada ni agradecen tampoco
una atención cariñosa. Con lo que se les debe les basta. Pero, como dice Bernar[132]do Shaw, ¿qué sería del mundo si todos nos diéramos á
hacer lo justo?
Con esa violenta disposición de espíritu en los de abajo, causa ó efecto
de violenta disposición en los de arriba, las ideas anarquistas prenden con
facilidad y se propagan con rapidez. ¡Cómo andará ello, que muchas familias
distinguidas de Buenos Aires habían decidido quitar casa y hacer vida de hotel
por serles imposible tolerar las exigencias de los criados! Durante los treinta
ó cuarenta días que permanecí en un hotel conocí veinte criados distintos sólo
en en el servicio de mi habitación. En el comedor todos los días veíamos caras
nuevas. Un día hubo huelga general; no quedó un solo criado en el hotel; en
todos sucedía lo mismo. En uno de ellos no se contentaron con abandonar el
servicio, sino que, para causar mayor trastorno, antes de despedirse deshicieron
las camas, desarreglaron las habitaciones y estropearon la comida preparada.
Todo en uso de su perfecto derecho. Las huelgas de los diferentes gremios no
pueden contarse. Ahora empiezan las bombas. A la violencia responde[133]rá la violencia... Ya verán los que murmuran de las
Monarquías lo que hace una República cuando llega el caso. Creo que el
espectáculo y la lección han de ser interesantes, aunque tal vez no sean
provechosos ni aprovechables.
—¿Ha visto usted el sombrero de las mil pesetas?—Aquí no puede decirse
del ala, suponemos que entrará todo en el precio.
—¿Mil pesetas un sombrero? Será una tiara.
Aquí sólo algunas señoras de esas que andan ahora tan ajetreadas y todo
el año tan trajeadas, puede gastarlos parecidos. Los célebres sombreros de la
Maison Virot—hoy dividida en dos razones sociales,—una monada de sombreros, se
han cotizado siempre entre los 300 y 500 francos. De esto sé yo una barbaridad;
si supiera tanto de otras cosas, hubiera llegado á ser algo. Con el tamaño
sobrenatural de los de ahora, no es extraño que suban el precio. Sólo de plumas
hay sombrero que se lleva en el adorno[134] un avestruz
entero. De modo que, para pagarlo, hay que desplumar por lo menos otro ó poner
á contribución toda una manada: á este una pluma, al de más allá otra... Pero
¡si estaremos desquiciados! El otro día, mientras dos señoras iban hablando por
la calle, muy acaloradas, de las cuestiones políticas y religiosas de
actualidad, pasaron dos curas, y ¿de qué creen ustedes que iban tratando? Del
sombrero de Ursula López. ¿Se convencen ustedes, señoras mías, de que no
peligra nada fundamental?
XXII
No es cualidad española el proselitismo. Nos damos tan mala maña al
sostener nuestras ideas y doctrinas, que sólo sabemos exponer lo esquinado con
toda su hiriente dureza, en vez de suavizar las aristas con blandas redondeces.
Más prontos al brusco ataque que á la serena defensa, aún no hemos llamado con
nuestra voz cuando ya hemos espantado con nuestros gritos. Hablamos para los
nuestros, que son los que menos necesitan oírnos. No es á los que piensan como
nosotros á los que importa convencer, sino á los que piensan del modo
contrario.
Tuvo su mayor enemigo el socialismo en la vulgar opinión obstinada en
confundirle con el anarquismo. Empezaba á desvanecerse la confusión; los más
temerosos iban perdiendo el miedo; se presentaba la ocasión para no dejar
sombra de esos infun[136]dados temores. Al socialismo
podrá faltarle en mucho tiempo, para ser realidad posible, la base de bondad
humana que presupone su soñada organización social. Esta es su mayor
equivocación: suponer que una nueva organización social pueda ser causa de una nueva
condición humana, cuando sin duda es todo lo contrario. Sin mejorar al hombre,
¿cómo es posible mejorar la sociedad? Ni las instituciones ni las leyes son
varas mágicas de virtudes. Pero, en fin, cuando los hombres sean mejores, por
selección natural ó por cultura artificial y científica, el socialismo se
impondrá por sí solo, que es el modo mejor de imponerse sin imposición.
Entretanto, y hay tiempo para ello, más conviene que crean en nuestra bondad
que en la bondad de la idea. El guía de los socialistas en España, al sentarse
por primera vez en el Congreso, debió procurar ante todo que el enemigo, el
contrario, esto es, el buen burgués, acabara de perder el miedo,
tranquilizándose, en comunicación directa con el fantasma, que no es cosa del
otro mundo, aunque puede serlo de otro mundo... Porque, si el buen[137] burgués no se convence, ¿qué piensan hacer con
él los socialistas en el día del triunfo? ¿Aniquilarle? ¿Someterle como á
siervo ó esclavo? Siempre vendríamos á parar entonces en que media humanidad
seguiría fastidiada por la otra media; y el ideal socialista es la felicidad
para todos, que lo de ser unos felices y otros desgraciados, y cada uno á
ratos, es ya cosa resuelta desde que se organizó la primera tribu. Al
socialismo hemos de ir todos sin violencia, por inclinación natural; su
doctrina ha de ser de amor, y no de odio; atrayente, y no repulsiva. Bien está
descubrir nuestras humanas debilidades ante los amigos y los convencidos. Para
algo son amigos y están convencidos. Pero ante los contrarios hay que mostrarse
en la más divina apariencia; de otro modo, más vale seguir oculto entre nubes.
El socialismo iba ya pareciendo al medroso burgués cosa distinta del
anarquismo. ¿No ha sido una imprudencia volver á la confusión y al equívoco?
Mal predicador el que sólo consigue hacerse oir de los creyentes; á los
descreídos, á los descreídos es á los que hay que llamar[138] y
convencer. Pero ¡ay!, ya lo dije, el proselitismo no es cualidad española.
Un nuevo libro del doctor Gustavo Le Bon—La Psicología política y la
Defensa social—es libro que todos los políticos debieran leer con
detenimiento. De muy provechosa enseñanza y de más provechosa meditación.
«La psicología política—dice Le Bon—enseña á resolver los problemas
planteados diariamente, á discernir cuándo se debe ceder y cuándo oponerse á
las exigencias populares. Los hombres de estado, por lo general, ceden ó
resisten según su temperamento.» Detestable proceder. Es preciso resistir ó
ceder según las circunstancias. No hay nada más difícil ni de más graves
consecuencias en la psicología política.
Y más adelante: «¿Es más fácil transformar una sociedad que cualquier
otro organismo viviente?» La respuesta afirmativa á esta pregunta ha dirigido
toda nuestra política desde hace un siglo y continúa[139] dirigiéndola.
La posibilidad de rehacer las sociedades por medio de nuevas instituciones fué
siempre evidente para los revolucionarios de todos los tiempos, para los de
nuestra gran revolución sobre todo; lo es también para los socialistas. Todos aspiran
á reconstruir la sociedad según planos trazados por la razón pura. Cuanto más
progresa la ciencia, más contradice esta doctrina. Apoyándose en la biología,
en la psicología y en la historia, nos dice «que nuestros límites de acción
sobre la sociedad son muy restringidos; que ninguna transformación profunda se
realiza jamás sin la acción del tiempo; que las instituciones son la envoltura
exterior de un alma interior, y toda institución, lejos de ser el punto de
partida de una evolución política, es solamente el término. La debilidad de los
pueblos latinos consiste en creer, como dogma, que basta con cambiar las
instituciones para modificar el espíritu de un pueblo».
Todo ello, y mucho más que trae el libro, no será de gran novedad, y de
puro sabido, lo tendrán olvidado nuestros políticos[140] y
gobernantes; pero no vendrá mal un repasillo; el buen doctor Le Bon tiene para
todos, porque la Ciencia no se casa con nadie, y la Verdad nunca fué de una
sola pieza: hoy es monárquica, mañana republicana, puede ser socialista, puede
ser individualista... Por eso los hombres de ciencia, son siempre de cuidado en
un partido político. Ya se convencerá el doctor Salillas, digo, ya le
convencerán sus correligionarios, si no procura ir olvidando en sus futuros
discursos que es hombre de ciencia antes que republicano.
Hay crímenes que, en su misma monstruosidad inexplicable, llevan quizás
la única posible atenuación... No obstante, todos han querido arrojar su piedra
sobre la madre enloquecida que arrojó á su hijo recién nacido por el balcón.
¡Horrible! ¡horrible! Pero todas esas buenas vecinas que, llenas de noble
indignación, hubieran llegado á arrastrarla al salir, después de haber matado á
su hijo, ¿están seguras de[141] no haberla
atormentado con burlas y rechiflas si, unos días después, la hubieran visto
salir con él en brazos? ¿Saben ellas lo que pudo pesar en la infeliz
deshonrada, á la hora del delito, la imagen de esas buenas vecinas, pequeño
mundo, pero ¡un mundo en fin! murmurador y maldiciente.
¡La honra de las mujeres! ¡Pobre honra, que puede olvidarse en el beso
de un amante y no puede olvidarse con el beso de un hijo!
XXIII
Han surgido algunas dificultades para la reedificación del teatro de la
Zarzuela. Por una vez—una vez no hace costumbre—quiere llevarse á punta de
lanza lo ordenado sobre construcción de teatros. Aparte de que en este caso
sólo se trata de reconstruir, reciente está la edificación del teatro Lírico,
hoy Gran Teatro, sin ajustarse á las rigurosas Ordenanzas. No hablemos del sin
fin de teatrillos que, á sombra y entre sombras, de estar destinados á
exhibiciones cinematográficas, donde, entre paréntesis, son mayores los riesgos
de incendio, han venido á parar, por exigencias del negocio, en verdaderos
teatros, sin más condiciones de seguridad que falta de concurrencia.
Como decía un empresario de un teatro provinciano al gobernador, que le
ordenaba toda clase de reformas en el teatro,[144] según
oficio, «para evitar todo peligro ocasionado por las grandes
aglomeraciones...»:—¡Ay, señor gobernador; deme vuecencia primero esas grandes
aglomeraciones, y yo haré las reformas!—En efecto, la marcha de los negocios
teatrales no da para pedir muchas gollerías. Exigir que un teatro presente sus
cuatro fachadas libres de toda vecindad es tanto como prohibir que se edifique
ningún nuevo teatro en sitio céntrico de las grandes poblaciones. Al precio que
están los terrenos, sólo más allá de la Ciudad Lineal puede levantarse un
teatro con ese requisito.
No son los teatros los únicos locales peligrosos, para que con ellos se
extremen las precauciones. Su mayor peligro está en la aglomeración de que
antes hablábamos; peligro, para desgracia de los empresarios, tan poco
frecuente. Y, dados la aglomeración y el peligro, sin la serenidad y cordura
del público todas las seguridades y precauciones son inútiles. Alocado por un
peligro, real ó imaginario, el público, tanto vale una puerta como dos docenas,
si todos quieren escapar por la misma.
[145]Un teatro como la Zarzuela, reedificado con
materiales modernos, puede ofrecer la suficiente seguridad, en lo humano, sin
la condición dificultosa de las cuatro fachadas. Con una buena, y con vistas al
verdadero Arte nacional, podemos contentarnos. Cuatro tiene el teatro Real,
propiedad del Estado, y de ellas, tres dan á Italia, una á Alemania... y la
ópera española en el sotabanco.
Si los trompis entre el boxeador negro y el blanco, con
el triunfo del colosal negrazo por remate, no tuvieran su significación
simbólica, sería para reir ó para indignarse, según temperamentos ó estado de
fondos, la agitación promovida en los Estados Unidos á consecuencia de la
interesante lucha. Pero ¡ay! que esa lucha entre dos campeones de las distintas
razas puede ser mañana sangrienta lucha general de las dos razas. Es natural
que el anticipo triunfal del negrazo les haya sentado tan mal á los blancos.
Malo, si los negros dan en civili[146]zarse; peor, si
dan en dedicarse á brutos. Cultivando la inteligencia, aun podían tardar
algunos años en igualarse con los blancos; pero si sólo cultivan los puños,
pueden adelantarse en muy poco tiempo. Y si continúan pagándoles tan bien los
puñetazos, reunirán muy pronto dos grandes fuerzas: los puños y el dinero.
Confiemos en que algún gran banquero ó negociante de los Estados Unidos se dé
buena maña para estafar al negro vencedor el dineral premio de su hazaña, y podremos
afirmar todavía orgullosos la superioridad de la raza blanca.
En esto de las barbaridades nacionales sucede como con los vicios y las
ridiculeces: las peores son las de los otros. Para el aficionado á toros no hay
nada tan estúpidamente cruel como una riña de gallos, y viceversa; nosotros nos
escandalizamos ante los boxeadores, y por ahí se espantan de nuestras corridas
de toros. De esa diferencia de apreciaciones viven los moralistas, mientras el
mundo vive de la precisa[147] moral que le basta
para no concluirse, que es á lo que se tira, y vamos viviendo. Los artistas han
convenido en que lo más pintoresco y característico de cada pueblo es la roña,
sea material ó espiritual. Extasis ante unas piedras viejas, transporte místico
ante una capa parda, deliquio supremo ante una salvajada con mucho carácter.
Que tienen mucho carácter suele decirse de los que lo tienen malo. En los
pueblos es lo mismo que en las personas. ¿Un pueblo de mucho carácter? Ya saben
ustedes lo que les espera: comer mal, dormir peor y alguna pedrada. ¡Oh! ¡Pero
cómo perdería carácter si la civilización descolorida y niveladora llegara
hasta allí!...
Por fortuna, hay carácter para mucho tiempo en todas partes, y no somos
nosotros de los menos favorecidos.
Esta eterna lucha entre un Arte que prefiere para su inspiración lo
característico tradicional, como si quisiera perpetuarlo, á despecho de la
misma vida, con un Arte,[148] por más atento á
nueva luz quizás mas desorientado, sostiene y sostendrá por mucho tiempo en
interesante actualidad la llamada «cuestión Zuloaga». Sobre ella, como toda
gran obra de Arte, camino de esa eterna actualidad que se llama inmortalidad, está
la obra del pintor insigne, cuya gloria nada puede temer de las discusiones.
Pero entre el Arte que nos dice: «Esto ha sido», y aun el que nos dice: «Esto
es», y el Arte que nos dice, visionario y profético: «Esto será», si los dos
pueden ser igualmente admirables como Arte, como obra social, ¿cuál será
preferible? Sí; aun hay otro más admirable y fecundo: el Arte todo voluntad,
todo acción, de la voz creadora, como voz de Dios, la que sabe y puede decir:
«¡Sea!»
XXIV
Ha sido un brillante torneo oratorio, más cañas que lanzas, la
contestación al Mensaje de la Corona. Como sucede tantas veces en estas
discusiones, los árboles no han dejado ver el bosque y las frondas y floreos
oratorios no han dejado oir la contestación al Mensaje, que, siendo de lo que
debía tratarse, es de lo que menos se ha tratado.
El Gobierno ha podido decir en esta ocasión: «A salvo está el que
repica». Los tiros más certeros han pasado sobre su cabeza para ir á caer sobre
los conservadores. Sólo algún ligero achuchón ha menoscabado su flor de azahar.
Si los obispos, los rifeños y los huelguistas no se alborotan demasiado durante
las vacaciones, tenemos virginidad hasta la reapertura del Parlamento.
[150]Un corresponsal en Madrid del periódico
parisiense Comedia, á propósito de una velada musical celebrada en
el Ateneo, en que, según parece, se aplaudió mucho la música española y no
tanto la francesa, se lamenta de la creciente galofobia de los
españoles. Una distinguida dama francesa me escribe quejándose de lo mismo;
dice que ha ido coleccionando en estos últimos tiempos infinidad de textos de
escritores españoles, patente muestra de nuestra animadversión hacia los
franceses. Tal vez sea muy voluminosa esa colección de recortes galófobos;
pero; ¡vamos! que si algún español se hubiera entretenido en anotar y recortar
textos franceses en que se nos ridiculiza, zahiere y calumnia... sí que hubiera
levantado un buen proceso.
La imaginación de los franceses ve enemigos y espías por todas partes.
No es para tanto nuestra supuesta galofobia. De esos mismos
escritores, citados por mi quejosa dama, podría yo recordar grandes elogios y
ditirambos de admiración por Francia y por los franceses. Yo mismo he defendido
el Chantecler, como[151] verdadera obra
de arte, del injusto desprecio con que fué tratado por el público madrileño. Y
hay que convenir en que las más violentas y despreciativas críticas vinieron de
París. En más de una ocasión he defendido también á la mujer francesa en general,
y á la parisiense en particular, de las calumnias de sus mismos novelistas y
autores dramáticos. ¿Son también galófobos? Sabido es que el
batallador Brieux escribió La francesa para protestar contra
esa falsa atmósfera creada á la mujer por una literatura más literaria que
verdadera.
Cierto es que las censuras del extraño molestan más que las del
compatriota, pero no se dirá que aquí hemos llegado nunca á la intervención
enojosa ni á la invención sin fundamento.
Por mucho que digamos, cronistas y escritores de costumbres, de los
extranjeros, más decimos de nosotros mismos. No podrá acusársenos de
parcialidad ni apasionamiento. Tal vez pequemos de exagerar nuestros defectos y
debilidades, y acaso demos con ello lugar á que el extranjero los agrande y
divulgue, por aquello de:[152] «¡Cuando ellos lo
dicen!...» Por lo demás, censuremos á propios ó á extraños, loca vanidad sería
la del escritor que creyera en la eficacia de sus censuras. Como dice
Regnard—ya ve usted cómo conozco y admiro á sus clásicos:
En vain contre les moeurs la raison vous irrite;
Par quatre mechants vers, peut-etre déja dits,
Croyer vous changer l'homme et redresser Paris?
Y quien dice París, dice el mundo entero.
Todos los años, al terminar el concurso para adjudicación de premios en
el Conservatorio de París, vuelve á plantearse la discusión sobre las reformas
necesarias, tanto en el sistema de enseñanza como en el de concursos. Y de
nuestro Conservatorio, ¿no podía decirse algo? Nada entiendo de música y no
seré tan atrevido para despeñarme por el disparate libre, en cuanto á la
enseñanza musical se refiere. Doctores, licenciados, y aun bachilleres, tiene
la Iglesia que sabrán solfear y armonizar donde hiciere falta.
Pero la enseñanza de la mal llamada—es decir, por desgracia, bien
llamada—declamación, no puede ser más deficiente. A gritos, más ó menos
declamatorios, está pidiendo una reforma. Cualquiera es buena; desde la radical
de la supresión, por inútil, hasta una nueva y completa organización, con
vistas á la utilidad y mejor aprovechamiento del dinero; supongo que poco, pero
hasta ahora mucho, por mal empleado.
Bien sabemos que un Conservatorio, como ningún Centro docente, por sabia
que sea su organización, no es incubadora de genios, si falta la primera
materia en la calidad del huevo. Pero como el genio es ave rara y él solo se
basta para «levantarse, crecer, tocar las nubes», hay que pensar—aparte de que
al genio tampoco le sienta mal un poco de disciplina y artificial cultura—en
los talentos modestos, en las medianías discretas, que de ser bien dirigidas á
no serlo ó á serlo viciosamente, puede ir la diferencia de la absoluta nulidad
á una perfecta imitación del mismo genio, con la ventaja de ser su talento más
reposado y consciente; condiciones de gran importan[154]cia
en un arte de interpretación como el arte escénico.
¡El genio es tan peligroso en el teatro que yo me atrevería decir que es
temible! De los genios me libre Dios, que de los malos cómicos me libraré yo.
Ante todo, se impone la selección física. Por espiritualistas que
seamos, hay que atender á la belleza corporal. Nada de piernas cortas y cabezas
gordas, por mucha luz intelectual que las ilumine. Nada de voces chillonas y
gangosas, por mucho que prometan «hacernos de reir» en grotescas farsas.
Después, cultura general; más que cátedras, conferencias variadas de literatura
nacional y extranjera, de pintura, escultura, elegancia social, etc. Después,
práctica, práctica y práctica. Nada de maestros actores, que sólo enseñan sus
defectos y amaneramientos; un buen director de escena, persona competente, de
buen gusto, y á estudiar y á representar obras. El teatro Español como teatro
de ensayo, donde los alumnos, en funciones populares, de convite ó con rebaja de
precios, representen obras del teatro antiguo y moderno.
Al estudio de nuestro teatro antiguo debe concedérsele la mayor
importancia. Nunca se estudiará bastante. Da grima ver que la mayor parte de
nuestros modernos actores no saben decir un verso con sentido del ritmo; y como
el ritmo es todo, en arte, en verso, en prosa, en lo espiritual y en lo físico,
sólo son capaces de decir chuladas y vulgaridades.
Ya sé que el ministro de Instrucción pública tiene asuntos más
importantes á que atender; pero yo sé que el Arte tiene en él un enamorado. Si
la política le permite algún descanso en este verano... acuérdese de sus
amores.
XXV
De plañideras y de Casandras de pan llevar han motejado conspicuos
conservadores á los espíritus compasivos que se permitieron llorar por los
muertos de la última campaña. Y no habían terminado de fulminar su indignación
contra los compasivos, cuando, á propósito del atentado de que ha sido víctima
su ilustre jefe, ¡ríanse ustedes de Casandra, de Jeremías y de cuantos lloraron
calamidades y profetizaron desdichas! Esto demuestra que todos somos plañideros
á nuestra hora y cuando nos duele, y nada más fácil que hacer de héroe
impasible cuando los almendrazos no son en nuestro barrio.
El Estado sólo tiene un nombre terrible y amenazador para estos pueblos:
el Fisco.[158] Faltan carreteras y caminos
vecinales, faltan escuelas, falta higiene, falta policía; pero el Estado exige
siempre: es la quinta, es la contribución con sus apremios y sus embargos y la
miseria y la ruina...
Llega el Fisco implacable á coronar el trabajo de la penosa recolección.
El que nada dejó, se lo lleva todo. ¿Llamaremos también á estas madres,
llorosas por el pan de sus hijos, Casandras de pan llevar? Por fortuna, aquí no
amenazan... todavía. Pagan, como trabajan y como viven, resignados. Hasta la
fuerza necesaria para cobrar lo debido le es barata al Estado.
Nos asustamos una vez al año de lo que sucede siempre sin que nadie se
asuste ni lo advierta. Los buenos burgueses disfrutan de su veraneo protegidos
por los mausers. Los fusiles protectores y la protesta amenazadora están ahora
á la vista y frente á frente. Pero ¿es nunca otra cosa? Ese el estado natural y
permanente de esta sociedad humana. Por suerte de los buenos burgue[159]ses, la carlanca basta para que unos cuantos lobos
desconozcan á sus semejantes y se crean perros al servicio del amo. ¿Qué piden
los huelguistas? Gollerías, de seguro; puede que hasta quieran veranear.
El Estado permanece neutral, no cruzado de brazos, sino armas al brazo,
que es una neutralidad especial. Su papel no es muy airoso. Me recuerda á un
filosófico sereno que, presenciando á altas horas de la noche una acalorada
disputa entre una Venus y un Marte, por no sé qué tratos y contratos amorosos,
sólo les aconsejaba paternalmente á la luz del farol colgante de su chuzo:
«¡Arreglarsus, chicos, arreglarsus!»
Emilio del Villar, desde las columnas de Nuevo Mundo clama
una vez más—esperemos que no siempre sea en vano—contra lo que pudiéramos
llamar obstáculos tradicionales de nuestra Biblioteca Nacional. Defendida como
fortaleza contra los naturales ataques del ansia de cultura y el deseo de
ilustración, el denodado asaltante es trata[160]do como
enemigo, sin consideración alguna. Hay que terminar de una vez con tanta rutina
y tanta corruptela. ¿Qué significa eso, en pleno siglo xx, de dividir las
obras en obras de estudio y en obras literarias? ¿Y el ocultar los índices,
como nefando secreto, y las malas caras y los peores modales?...
Ahí tiene ancho y fácil campo donde laborar el ministro de Instrucción
pública, con aplauso de todos y sin gravar el presupuesto. Las buenas maneras
van baratas. Y ahora que una Sociedad bienhechora nos abarata la luz, ¿no será
hora de que la Biblioteca esté abierta por la noche? Más se conseguiría con
esto, en bien de la cultura y de las costumbres, que con la creación del Teatro
Nacional, por ejemplo. Pero modernícese esa Biblioteca; sea un verdadero salón
de lectura á la moderna: con periódicos, revistas; todo asequible, todo
fácil...
¿Falta personal y al existente sería injusto pedirle más horas de
trabajo? Yo sé de muchos señoritos, tan intelectuales como desocupados y
aburridos, que con mucho gusto prestarían servicio voluntario, con el[161] mayor gusto y no menor inteligencia. No es menos
glorioso ser soldado de un ejército de paz y de cultura, que serlo en el campo
de batalla.
Son tantos los jóvenes de todas las clases sociales á los que oigo
lamentarse de continuo: «¡Si la Biblioteca estuviera abierta por las noches!»
¿Será más difícil que abrir un nuevo cine?
Estamos de una castidad escandalosa. ¡Si todo fuera virtud y no falta de
dinero! Nada menos que ola hay quien llama á la docena de novelas, algo subidas
de tono, que se publica por término medio un año con otro. No es para tanto, y
hay que confesar que, hasta ahora, la ciénaga es muy vadeable. Como sucede
siempre, los mejores propagandistas del género son los escandalizados, que
vienen á ser los verdaderos escandalizadores. Lo malo es que hay quien no
distingue y confunde las obras esencialmente pornográficas con otras muy
estimables en que la pornografía es sólo un accidente artístico y necesario.
Con la reputación de las novelas modernas es imposible acompañarse de
ellas para lectura de viaje, de playa ó balneario. Y es lástima; porque no hay
nada como un libro para iniciar una conversación, y con una de estas novelas
siempre hay tema indicado.
Las preferencias literarias, cuando son sinceras, y cuando no lo son,
doblemente, nos abren de par en par á nuestro interlocutor ó interlocutora. Con
una viajera que haya leído ciertos libros, se puede hablar de todo. Si ha leído
los de Felipe Trigo... pues no hay más que hablar. Si ha leído á Gabriel
D'Annunzio... más vale callarse; ella se lo dirá todo. Desconfiad de las
señoritas que leen la «Biblioteca Rosa» en público; son las mismas que tienen
empezada una labor desde hace cinco años y sólo dan puntada cuando hay visita
de novio probable.
¡Ah! Cuando regaléis un libro á una joven, que sea un libro que pueda
interesar á su mamá ó á su institutriz.
XXVI
El espíritu público es infantilmente novelero; agradece cuanto le
divierte, le conmueve, le apasiona y hasta le atemoriza por unos días; pero no
conviene pretender usufructuar su atención durante mucho tiempo. Hay que evitar
la frase desdeñosa, muestra inequívoca de su desvío: «¡Ya es una lata!» Todo
esfuerzo para reconquistar después la atención es en vano. Aun los espíritus
que se juzgan más inquietos tienden á la quietud y, más que los accidentes que
alteran la monotonía de su vida, agradecen esa misma monotonía, que justifica
mejor sus lamentaciones, por verse obligados á soportar una vida sin accidentes
y sin inquietudes.
Los huelguistas de Bilbao no han tenido en cuenta, al ejercitar su
propia resistencia, la escasa resistencia de la atención pública. ¿Es que no se
iba á hablar de otra[164] cosa durante el verano?
Es mucha pretensión. Por el pudor de los contrastes, teníamos olvidada á la
mejor sociedad que veranea y luce por esas playas sin otra esperanza de mejor
recompensa que nuestra envidiosa admiración. Dejen, dejen ya los huelguistas su
triste papel de aguafiestas ó acabarán por perder hasta la simpatía de los más
sentimentales. Las bellas y elegantes damas ya no dirán: «¡Pobre gente!», los
gobernantes empezarán á juzgaros como perturbadores, el honrado comercio os
culpará de sus pérdidas, molestaréis á los buenos aficionados á toros. Recordad
la frase de Shakespeare: «¡Qué hermoso es tener las fuerzas de un coloso y no
usar de ellas!» Vosotros diréis que, por ahora, son los patronos los que tienen
esa fuerza y ellos son los que mejor pueden aplicarse la frase.
El verano es la estación de los milagros financieros más sorprendentes,
por venir después de los milagros del invierno, ya[165] bastante
incomprensibles. No es extraño que viaje mucha gente; pero ¡alguna!, ¡tanta!
¿No podrían hacer el favor de comunicarnos el secreto, como esos filántropos
que ofrecen un remedio maravilloso con sólo enviar un sello para la
contestación? ¿De dónde saca el dinero mucha gente? El viajar cuesta cada día
más caro; los multimillonarios americanos, al desperdigarse por este viejo mundo,
han vuelto locos á los hosteleros, alquiladores de coches, sastres, modistas,
joyeros y toda clase de comerciantes en frivolidades. Regiones tranquilas, como
la pastoral Suiza, famosa antes por sus razonables precios, se han puesto, con
la invasión de los dollars, por las cumbres de sus montañas. De
Francia, de Inglaterra, de Bélgica, no hablemos. En los hoteles todo es
extraordinario; en los trenes, lo mismo; en los espectáculos, no se diga; en
cualquier barraca más ó menos decorada con los sonoros títulos de Kursaal, Music-Hall, Luna-Park,
etcétera, cuesta la entrada tanto como costaba en otros tiempos oir á la Patti
ó la Lind; eso la entrada, que, después, entre[166] guardarropa,
programa, propina por aquí y socaliñas por todas partes, con sacar dinero
durante el espectáculo no hay tiempo ni manos para aplaudir, por mucho que nos
complazca. Y donde no han llegado los americanos, los presienten. Han llegado
los automovilistas, que es lo mismo para los efectos de ir soltando dinero con
bocina. ¿Dónde están ya aquellas Arcadias veraniegas que hicieron las delicias
de nuestros abuelos y adonde llegaban los aldeanos, como los pastorcillos de
Belén, á ofrecer al forastero toda clase de caza y pesca, huevos y laticinios,
frutas y hortalizas, por lo que tuvieran voluntad ó algo menos? Verdad es que
entonces sólo veraneaban las gentes en mediana posición. Los ricos se recogían
en sus fincas de campo ó casas solariegas... Pero ahora los que viajan y
corretean por el mundo son los que no tienen mucho dinero y los que no tienen
dos pesetas, que, naturalmente, son los que dan menos importancia al dinero.
Así lo han puesto todo imposible para las personas modestas. Ya es triste
vivir; pero viajar sólo con lo preciso, es verdaderamente ver[167]gonzoso.
¡Eche usted lujo! Menos mal que, si por cada dos familias hay una que se
arruina, por cada tres hay algún miembro dedicado á la usura, que, después, por
combinaciones de herencias ó de matrimonios, vuelve á hacer la felicidad de dos
familias. En el mundo no se pierde nada. Donde se hunde una casa suele
levantarse una manzana. Es toda la amable filosofía de muchos veraneos
incomprensibles.
XXVII
Nunca ha justificado una Exposición su nombre como la de Bruselas. ¡Vaya
si ha sido exposición! Era lo único que necesitaban las Exposiciones para
acabar de desacreditarse. Los que de cualquier suceso casual deducen rotundas
afirmaciones, no dejarán de categorizar toda Exposición entre los grandes
peligros. ¡No más Exposiciones! Siempre nos sucede lo mismo, ahora que andamos
en Madrid preparando una, al cabo de los años. Los mayores progresos son
atrasos cuando llegan á nosotros. ¡Es mucho sino! Implantamos instituciones,
leyes y reformas cuando están desacreditadas por esos mundos. Venimos á ser las
Américas de Europa—en el mal sentido de la palabra Américas.—Verán ustedes;
ahora que hemos dado en irreligiosos, es cuando la religión está más á la moda
en todas partes. En los Estados Uni[170]dos se hace gran
consumo; en algo se ha de conocer el dinero. Con eso y con que el mejor día
empiecen á encargar Comunidades desde el Japón como antes encargaban
acorazados... Y es que no debe desecharse nada; todo debe conservarse, como los
sombreros de copa; las modas vuelven cuando menos se piensa. ¿Creen ustedes que
no volveremos á ver miriñaques?
Algo significativo es que el incendio de Bruselas haya respetado la
instalación de España. El fuego no es rencoroso. ¡Buena ocasión para haberse
vengado de las muchas hogueras por nosotros encendidas en Flandes! Hogueras con
las que pretendimos prolongar el ocaso del sol, que se ocultaba ya para España
en aquellos dominios... En Flandes se ha puesto el sol. ¿No es verdad, amigo
Marquina? Pero antes ¡cómo pusimos nosotros á Flandes!
Ahora ha sido la electricidad el Felipe II. La civilización es también
un gran tirano. Ello es que los buenos flamencos, por no perderlo todo, se
aprestan á reedificar lo destruído; y, si no les fuera posible, ya ponderan
como gran atractivo la[171] contemplación de las
ruinas. Acaso tengan razón. ¡De tantas cosas, lo mejor es las ruinas! Sólo que
las ruinas de los edificios modernos suelen llamarse escombros. Para ser
admirado como ruina hay que haber tenido vida durante mucho tiempo. Esta consideración
es de mucho consuelo para algunas naciones y para muchas señoras.
Entre los chismes teatrales, precursores de toda temporada cómica, el
más sabroso es, sin duda alguna, el referente á la rescisión del contrato del
teatro Español, solicitada por varios concejales y fundada en supuesto
incumplimiento de algunas bases. Muy loable es el celo del Municipio en esta
ocasión, y no me atrevo á calificarlo de excepcional porque supongo le aplicará
con el mismo rigor á todos sus contratistas. Pero en este asunto del teatro
Español no parece que las raspaduras al contrato hayan sido de tanta monta en
la temporada última como en otras de mangas y capirotes, con mensaje final de
gracias y todo, de[172] parte del Ayuntamiento
complacido. ¿Qué puede decirse? ¿Que las obras del teatro antiguo no fueron
presentadas tal y como se escribieron? ¿Tanta prisa corre desacreditarlas? ¿Que
no todas las obras clásicas representadas fueron precedidas de una conferencia,
como se había ofrecido? Y ¿para qué vamos á engañarnos? Eso de las conferencias
es molestar á los vivos sin honrar gran cosa á los muertos. Lo cierto es que la
temporada, contra los pronósticos de muchos, fué provechosa y brillante.
Téngase en cuenta que el teatro fué adjudicado con sólo un mes de anticipación
á su apertura; cualquier falta sería muy disculpable en esas condiciones. Fueron
estrenadas obras muy estimables, decorosamente presentadas; entre ellas, Casandra,
con la que no se hubiera atrevido ninguna otra empresa de las de abono
aristocrático. Bueno fuera que, después del gran servicio prestado á la causa
democrática con las representaciones de dicha obra, pudiera decir la empresa,
con un Ayuntamiento tan republicano y tan socialista, que así paga el diablo á
quien bien le sirve. Fueron también[173] representadas
obras de autores jóvenes, como López Pinillos y los hermanos Cuevas; Borras
obtuvo grandes triunfos en obras de muy distintos géneros. ¿Qué más puede
pedirse? Mi opinión no puede ser más apasionada. Ni allí estrené obras, ni he
de estrenarlas en esta temporada, ni la compañía cuenta con muchas obras mías
en su repertorio. Pero bien está San Pedro en Roma—con Merry y todo,—y bien
están la Cobeña y Oliver en el Español mientras más desapasionada. Ni allí
estrené obras, ni he de estrenarlas esta temporada, ni la empresario dispuesto
á realizar maravillas de arte, dígase con franqueza y rómpase el contrato, sin
buscar más pretexto ni fundamento que la municipalísima gana. Pero si no es
así, y cuando apenas falta un mes para comenzar la temporada, deben moderarse
los impacientes y templarse los rigurosos.
Y aunque en algo se hubiera faltado al contrato, recuerde el Municipio,
al tratar con sus contratistas, las sentidas palabras que pronuncian los reyes
en el indulto del Viernes Santo, y digan parafraseándolos:[174] «¡Los
perdono para que Madrid me perdone!»
El correo nuestro de cada día nos trae ruegos y peticiones—diríase el
conde de Casa Valencia en el Senado.—Diga usted esto, hable usted lo otro,
proponga usted lo de más allá... No, mis amables sugeridores; es muy
desagradable el papel de soplón y «acusica», y no es cosa tampoco de que el
cronista ande hecho siempre un guardia de policía urbana. En España todo se
espera y para todo se confía en el Gobierno y en la Prensa, sin perjuicio de
achacar á uno y otra, según sopla el viento, la culpa de todos los males. Con
el sufragio universal y el voto obligatorio, todos tenemos nuestros diputados y
nuestros ediles á quien dirigir peticiones y quejas. Sin contar con que todos
tenemos en la lengua un rotativo de tirada ilimitada. Esto de servir de libro
de reclamaciones sólo ocasiona disgustos y antipatías. Además, cuando cree uno
haber complacido á la generalidad, ha[175]ciéndose eco
de sus pretensiones, como estamos en época de espíritus originales y hay que
distinguirse á todo trance, saltan en seguida los ofendidos en su originalidad.
Quéjanse unos vecinos de que en su calle hay un charco, foco de infecciones; y
cuando se consigue llamar la atención á quien corresponde para que desaparezca
el charco, no falta un vecino que salga protestando; porque, miren ustedes por
dónde, aquel charco era todo su encanto y, como dice la copla, el espejito en
que él se miraba. Y en todo, por este orden. Ya ven ustedes: ahora resulta que
la Biblioteca Nacional era un modelo de organización y es gana de chinchorrear
el proponer mejoras. Por mi parte todo está bien. Así como así, entre personas,
animales y cosas, harán docena y media las que me interesan particularmente. ¡Y
comparándome con la mayoría de las gentes, me tengo por altruísta!
XXVIII
Es peligroso entregar juguetes á los hombres. Los chicos se contentan
con destrozar el juguete, manifestándose como grandes protectores de la
industria y del comercio. Pero los hombres sólo gozan pensando en lo que podrán
destrozar con el nuevo juguete.—Ahí tenéis un nuevo explosivo—se les dice—para
que voléis montañas que separan á unos pueblos de otros y podáis comunicaros y
relacionaros con ellos más fácilmente... Y para volar edificios y pueblos
enteros—responden y piensan.—Ahí tenéis el automóvil: utilidad, ilustración,
higiene y recreo. Y emocionante peligro y satisfacción de la vanidad y
atropellos, y caiga el que caiga.—Ahí tenéis el aeroplano, el más glorioso
triunfo del hombre sobre la materia. ¡Qué servicios puede prestar á la
civilización y al progreso! ¡Y sobre todo en la guerra! ¡Podremos aniquilar
ejércitos enteros; seremos invencibles!
Si, ante la armoniosa serenidad de la Naturaleza, pensaba el poeta
Wordsworth tristemente en lo que el hombre ha hecho del hombre, con más razón
puede pensarse ante cada una de estas conquistas de su inteligencia, que
debieran significar amor y significan odio. Las aclamaciones de Francia á la
gloria de sus aeronautas no son un saludo á la Humanidad, ofrecimiento de la
buena nueva; son un reto á Alemania. Para satisfacción del orgullo de raza no
les basta con la revancha espiritual; es preciso la material revancha. Nada
vale el aeroplano si no es símbolo del águila imperial, invencible y
amenazadora, sobre los aires. Los alemanes pondrán toda su inteligencia en
lograr nuevas perfecciones en los aeroplanos. El odio también es fecundo. Y,
por el afán de conquistar la tierra, llegaremos á la conquista definitiva del
cielo. ¿No es esta toda la historia de la Humanidad?
Cristóbal de Castro se lamenta y nos culpa porque entre tantos
escritores españoles[179] como hemos visitado la
República Argentina no hallamos logrado obtener lo que monsieur Clemenceau en
una sola visita: un tratado de propiedad literaria con aquella República.
Supone Cristóbal de Castro que hemos sido unos egoístas, más atentos al lucimiento
y al provecho propios que á la general conveniencia. Conste que sólo me creo
aludido por haber estado en Buenos Aires, no por alturas de dramaturgo que el
Sr. Castro compara con las del Himalaya. No; por mi parte, Cerrillo de los
Angeles, y gracias. Nuestra pobre tierra no consiente mayores alturas; y si
alguien pretendiera locamente levantarse hasta ellas, no tardarían en hacerle
polvo; y como, al fin, en eso hemos de parar todos—Pulvis eris,
etcétera,—¿qué más da un poco antes que un poco después?
No tiene en cuenta Cristóbal de Castro que nuestra misma condición de
interesados nos obliga á no parecerlo. Monsieur Clemenceau, que podrá ser
escritor insignificante, pero que tiene gran significación política—y no todo
ha de ser literatura en el mundo,—podía con mayor desinterés[180] particular
entablar esas negociaciones. Además, todos sabemos, aunque nos pese, que un
político goza de mayor prestigio entre los políticos que un escritor, por
grande que sea. Yo de mí sé decir que ni saludé al presidente de la República,
ni traté con ministros, ni lo procuré tampoco. Fuí de viajero, no todo lo
ignorado que yo hubiera querido para volver ignorando menos. Así y todo, vi lo
bastante para no quedar muy ilusionado con las ventajas de un tratado de
propiedad literaria. No es aquello la mina inexplotada que muchos creen. Poco
se lee en España, pero allí se lee menos. Existe, como en todas partes, el
núcleo intelectual al corriente de lo más «nuevo», no siempre lo más
interesante, que se publica. Hay afán—no es lo mismo que amor—por la cultura.
Una cultura sin agrado, por aquello de «hay que saber»; no porque gocemos con
saber. Pero público, lo que se llama público de lectores... En primer lugar,
hay poca gente desocupada, desde las señoras y señoritas que leen novelas
francesas, inglesas: las inglesas para imponerse en el idioma; las francesas
por[181]que... ¡cómo ha de ser! son más entretenidas
para el que lee por distraerse que ningunas otras. De lo español se lee... lo
que debe leerse, ni más ni menos. Hay que convenir en que libros muy
interesantes para nosotros, á pesar de su mérito no pueden interesar allí en
absoluto. No es culpa de los autores; es culpa del ambiente. En cuanto á
ediciones de libros españoles publicados allí, se ha exagerado mucho. Saldrían
más caros. Con decir que la mayor parte de los autores argentinos edita sus
libros en París ó en Madrid... Algo más podía venderse, desde luego, con una
activa propaganda por parte de nuestros editores; pero con tratados ó sin
ellos, sería lo mismo. Por lo que al teatro se refiere... ¡ay! tampoco es la
tierra de promisión. Alguna obra de género chico llega á un crecido número de
representaciones—nunca tanto como en Madrid.—En cuanto á las obras grandes, con
excepción de alguna de autor nacional, como las de Laferrere, con su media
docena de representaciones van muy bien servidas. El Odeón, en donde
representan María Guerrero y Fernando[182] Díaz de
Mendoza, vive del abono aristocrático en los días de moda. En los días
quebrados hay sus medias entradas y sus vacíos, como en cualquier teatro de por
acá. Los demás teatros están á precios reducidos: tres pesos, dos pesos la
butaca. Y como el peso, aunque suene á duro, representa allí lo que nuestra
peseta, resulta que el teatro es allí más barato que en España. Todos conocemos
á los empresarios y actores que se han hecho ricos por aquellas tierras. La
compañía de Serrador representa todas las obras extranjeras, sobre todo
francesas, estrenadas. Es la compañía de más extenso repertorio. Las
traducciones se pagan á tanto alzado, y, naturalmente, no se pagan derechos de
traducción. Con el tratado con Francia... no se representarán tantas obras
francesas, y eso iremos ganando... espiritualmente. Bien estaría el tratado...
por decoro suyo, más que para provecho nuestro. A los políticos corresponde
negociarlo. A los escritores nos sienta muy bien el desprendimiento de los
bienes terrenales.
Del veraneo.—En el Casino:
—Oye: ¿tú sabes quien es esa rubia que va todas las noches con ese
extranjero?
—No sé; pero me la encuentro en todas partes. El año pasado, en Niza,
con un ruso; después, en París, con un americano; luego, en Ostende, con un
turco. En Biarritz con un inglés, y aquí con este que parece alemán... Debe ser
mujer de historia.
—Y de Geografía, por lo visto.
En la sala de recreo.—Entre dos amigos:
—Toda la noche estoy perdiendo. No acierto una. (Galante.) Voy á hacer
el juego de esta señorita, que tiene mucha suerte.
El amigo (aparte).—Se va á enfadar el señor de enfrente.
—¿Por qué?
—Porque el verdadero juego de esta señorita es... «timarse» con él toda
la noche.
XXIX
Si en la mesa y en el juego es donde mejor se conoce, según dicen, la
educación de las personas, en las calamidades es donde mejor se revela la
cultura de un pueblo. Los aldeanos de Rusia y de Italia que, ante la invasión
del cólera, renuevan episodios de las más terribles pestes de la Edad Media,
con sus terrores, sus supersticiones, su desconfianza en la ciencia y su fe en
cualquier brujería, nos dicen claramente que hay en las naciones modernas,
aunque los salven trenes y automóviles, menos kilómetros de distancia de la
civilización á la barbarie que siglos en la historia de la humanidad. Unas
horas de camino valen por muchos libros de historia. Sin andar mucho, no es
difícil encontrarse todavía con el hombre de las cavernas. Cuando el cantor de
la civilización está más ilusionado, creyendo que ya sólo es cuestión de
expulsar[186] á los frailes y, dos ó tres pasitos
más por este orden, para llegar á la reconquista del Paraíso terrenal...
¡cataplum! por donde menos se piensa, un retroceso al salvajismo, que si no
destruye de golpe, deja por lo menos tambaleándose lo mejor de nuestras
ilusiones.
Y es que estas epidemias, como tienen su origen en regiones
incivilizadas, no sólo se traen para acá el microbio de la enfermedad, sino el
de la barbarie, que aun prende más pronto. Aquí bien puede decirse: «Bien
vengas mal si vienes solo.» Mejor será que no venga ni solo ni acompañado;
pero, si como es de temer, aunque no sea más que por molestar al Gobierno, como
epidemia reaccionaria, nos desfavorece con su visita, ¿qué se traerá esta vez
por lo de asiático, á más de lo que se traiga por lo de morbo?
¿Cómo saldremos del examen? Porque algo de examinador tiene el señor
cólera. El llega á un punto, se asoma con cierta respetuosa timidez primero;
pregunta: «¿Cómo están ustedes de higiene, cultura, valor cívico y doméstico,
etc., etc?... ¿Me[187]dianamente? ¡Vaya! Como en mi
última visita; no han adelantado ustedes nada. Habrá que darles otro repasito.
La letra con sangre entra...» La verdad es que lo mejor que tenemos en material
de sanidad á él hay que agradecérselo y á la solicitud de sus visitas. El día
en que, al asomarse por Europa y al enunciar su preguntita, le respondan de
todas partes la cultura, la higiene, la confianza de todos con un: «Vea usted,
amigo, si hemos aprovechado sus lecciones», habrán terminado sus visitas.
Al Emperador de Alemania le ha aprovechado por poco tiempo la última y
sonada reprimenda de su canciller, por irse de la lengua con deplorable
facilidad. Otra vez ha vuelto á ponerse la imperial corona por montera, y
terciadita á lo jaque, para decir á sus asombrados súbditos que á nadie tiene
que agradecerle nada, más que á Dios, que, en sus altos designios, le ciñó la
corona. De suerte que no le vengan con le[188]yes
constitucionales, discusiones parlamentarias, ni oposición á sus proyectos; que
él ha de seguir impertérrito la senda trazada por la Providencia, toda de
cañones y fusiles. Bien está ¡oh, sir!; pero el último de nuestros súbditos
tiene también su montera que ponerse por corona y las mismas razones para creer
en su misión providencial.
¿Es que sólo los emperadores traen misión á este mundo? Como le decía el
labriego del Toboso á Don Quijote, cuando éste le preguntaba por la princesa de
aquel lugar: «Yo no sé de ninguna princesa; señoras sí hay, y muy principales,
que cada una puede ser princesa en su casa». ¿Quién no puede ser emperador en
la suya? Y si cada uno diera en sentirse inspirado por la Providencia para
obrar como le conviniere, ¡malo iba á ser el gobernar con tantas misiones
providenciales! Además, como los teólogos están conformes en admitir que hay
voces del diablo que pueden tomarse por voz de Dios, en la duda bueno es
atenerse á las leyes humanas; que, por mucho que el demonio quiera enredar en
ellas,[189] nunca enredará tanto como en la
voluntad soberana de un emperador, por muy providencial que sea. ¡Dios sobre
todo, pero la Constitución al quite!
Mauricio Maeterlink, en el prólogo de unos Cuentos y leyendas de
su amigo Jorge Maurevert, asegura la bondad del libro por haberlo sometido á la
«prueba del jardín». Esta prueba consiste en leer á pleno sol y en pleno aire;
«á la implacable luz de una espléndida primavera», dice M. Maeterlink. Y añade:
«Esta prueba es siempre decisiva para un libro, y muchas veces más dolorosa y
desconcertadora que las pruebas del agua y del fuego de los antiguos
torturadores. Pocos libros la resisten, y yo no me atrevo á someter á ella más
que los versos ó la prosa que desde las primeras líneas me han inspirado
confianza. ¿Para qué hacer padecer á un pobre libro que, aun con no ser muy
bueno, es siempre una obra de buena voluntad?» ¡Ay, y qué bien dice M.
Maeterlink! La prueba del jardín es te[190]rrible. ¿Ha
probado M. Maeterlink con sus obras? Yo sí: con su Aglavanne y
Selysette. Y el jardín no era un jardín urbanamente cultivado; era un
jardín rústico, rodeado de un campo de trabajo y de pena. La prueba se
agravaba. Como en una Exposición de pinturas basta la proximidad de una planta
cualquiera para destruir el efecto del paisaje mejor pintado, pocas obras
literarias resisten el contacto directo con la Naturaleza. Son obras cerebrales
y necesitan ir de cerebro á cerebro, sin airearse al pasar, como plantas
delicadas de invernadero. Libros que en la ciudad, en aquella vida artificiosa,
parecen la misma vida, en el campo no son más que flores de trapo. ¡La vida es
tan sencilla! Lo que ella pone es lo que no envejece nunca en la obra de
arte... Lo demás... es literatura, como dijo Verlaine. Yo no aconsejaría á M.
Maeterlink que sometiera sus obras á la prueba del jardín, excelente para las
obras de los amigos.
Estamos á primeros de Septiembre y nada se sabe del arrendamiento del
teatro Español. Y siempre lo mismo. La temporada debe dar comienzo en Octubre.
En tan poco tiempo, ¿cómo puede formarse una compañía aceptable, ni cómo
preparar obras ni organizar un plan de trabajo? ¿Qué razón tendrá después para
quejarse el Ayuntamiento si el contrato no se cumple como es debido? ¿No habrá
llegado la hora ó de cedérselo al Estado para ensayar el Teatro Nacional, ó de
arrendarlo buenamente como un teatro cualquiera, donde la empresa, con pagar
puntualmente su arrendamiento, puede hacer lo que mejor le acomode? Por muchas
vueltas que quieran darle, por lo menos hasta la fundación de un Teatro
Nacional, el verdadero teatro Español será, por ahora, el teatro de la Princesa,
y donde estén María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza estará la cabecera. Del
teatro Español podía hacerse un teatro popular, con una compañía modesta y bien
dirigida, que permitiera baratura en los precios; un teatro de ensayo para
autores y actores jóvenes. Lo que no puede ser[192] es
adjudicarle de prisa y corriendo quince días antes de la apertura y pedir que
sea una Comedia Francesa. En esas condiciones en la temporada pasada se
hicieron milagros, y ya hemos visto cómo han sido agradecidos. Tan agradecidos
por parte del Ayuntamiento como ésta y otras defensas por parte de la empresa.
¡Son tan interesadas, que no hay para qué agradecerlas!
XXX
No sería malo que en los dramas de la vida, como en los del teatro,
pudiera alguno de los actores dirigirse al público, como era uso y costumbre,
para suplicarle que reservara su juicio hasta el final de la obra. Con la
diferencia de que la vida, en sus dramas y en sus novelas, lo primero que nos
ofrece es el desenlace, y, al contrario que en el teatro y en los folletines,
el interés no está en saber cómo acabará aquello, sino en cómo habrá empezado.
La solución es el principio del problema. Los antecedentes es lo que importa.
Pero si el que más y el que menos, uno por uno, somos todo curvas, en cuanto
nos reunimos como espectadores no entendemos más que de rectas. Para bueno ó
para malo, el público sólo comprende los caracteres de una pieza, como suele decirse,
que respondan á una lógica teatral y novelesca. Pero ¡ay![194] que
la lógica de la vida, en su aparente complicación, es mucho más sencilla. Los
locos y los héroes saben solamente de líneas rectas. Los demás vamos
serpenteando por caminos de luz unas veces, de sombra otras; el que parecía más
obscurecido, resplandece de pronto; el que iba como vestido de sol, se pierde
en la sombra. Y todo sin pizca de lógica. Esa lógica que necesitamos para
explicarnos satisfactoriamente las acciones... de los demás. Pero ¡ay tantas
lógicas! Los maridos calderonianos matan, celosos de su honor. Seguros de la
virtud de su esposa, les basta con que alguien pueda poner sospecha en ella,
para condenarla á muerte. A Otelo, más humano, nada le importaría que todos sus
soldados hubieran compartido el lecho de Desdémona, con tal de no saberlo. Es
celoso por amor, y por amor mata. Hoy comprendemos mejor al moro de Venecia que
al médico de su honra. La solidaridad del honor en el matrimonio y en la
familia ha pasado á la historia, si es que alguna vez pasó de la poesía.
En aquella misma época, los escritores[195] satíricos,
más inspirados siempre en la realidad, nos muestran claramente que no todos los
maridos eran médicos de su honra. Hoy nadie pone en duda que se pueda ser un
perfecto caballero aunque se haya tenido la desgracia de casarse con una loca.
Queda sólo la pasión de los celos como justificante de cualquier arrebato
sanguinario. Y en esto el buen público es intransigente: pide unos celos...
de una vez, sin blanduras, sin desfallecimientos, sin vacilaciones.
No sabe comprender que el corazón se subleva en una hora contra lo que toleró
muchos años; que se mata, se perdona, que se insulta y se besa... ¡Pobre
corazón humano, sometido á esa lógica de espectador de teatro!
Ya se sabe que el público sólo juzga por sentimiento. Ni sería el más
noble el de la ociosa curiosidad, si no llevara envuelto, aunque en menor
grado, el de la justicia. Pero á éste, único respetable, sólo la justicia puede
dar satisfacción cumplida. ¿Será mucho pedir al respetable público que suspenda
su fallo hasta que la justicia dé el suyo?
Los supersticiosos no dejarán de apuntarse un tanto á su favor. Tres
lidiadores del mismo nombre han sucumbido en las plazas; dos de ellos en
circunstancias muy parecidas. Extraño es que la gente de coleta, que por más
insignificantes agüeros suele preocuparse, no haya temido la fatalidad de ese
nombre: Pepete. Verdad es que por si solo ya es un cartel. El torero que quiera
llenar las plazas, no tiene más que atreverse nuevamente con el nombre
fatídico. Un Pepete y seis Miuras, y á robar el dinero. Piénsenlo bien los
postergados. Aunque más de uno ya lo habrá pensado á estas horas, recordando la
filosófica sentencia: «Más cornadas da el hambre». Añádase á esto la emoción de
quebrar juego, tan saboreada por los jugadores. Si es verdad que á la tercera
va la vencida, ese nombre puede ser una seguridad. ¡A él, valientes! Ya veis lo
que dicen los buenos aficionados. La corrida de Murcia se recordará siempre
como un acontecimiento. Corridas así son las que sostienen el fuego sagrado de
la afición durante muchos años. Harán bien las señoras católicas en no
protestar con[197]tra ese espectáculo, como contra la
política del actual Gobierno. El clericalismo, los toros, tienen intereses
comunes. Vienen de lo mismo.
Escritores distinguidos lamentan, con sentidas razones, la decadencia de
la literatura en el periodismo. ¿En el periodismo? Y en todas partes. La
literatura está llamada á desaparecer, si Apolo (no el teatro) no lo remedia.
El público tiene sus buenos dientes, y hasta sus colmillos bien retorcidos, y
no necesita para nada de masticadores artificiales, que es lo que venimos á ser
los literatos en resumidas cuentas. Ni siquiera nos consiente como cocineros,
para aliñarle la realidad con un poco de fantasía. El se lo guisa y él se lo
come, como Juan Palomo. Ha aprendido, se lo figura, por lo menos, á pensar por
sí mismo, y no tolera que nadie se le imponga. Así, en el periódico, sólo
quiere hechos, hechos como aquel maestro de Dickens. Informaciones escuetas,
sin comentarios; noticias, tele[198]gramas... Ya lo
comentará todo en el café ó en casa. Aceptemos la realidad, seamos modestos y
agradezcamos todavía que nos consientan ir viviendo. Por mí sé decir que me
avergüenza el dinero que cobro de la literatura. Quisiera ser muy rico algún
día, para descargar mi conciencia devolviéndolo todo religiosamente. Sólo vale
dinero lo que produce, á su vez, algún dinero. Y ¿qué produce la literatura? El
periódico no se vende más por ella. El periódico... es él, es su nombre, sus
informaciones, sus noticias, sus anuncios. ¿Qué supone para su venta y su
ganancia una firma más ó menos? Es la firma la que goza del prestigio del
periódico, no al contrario. Pruebe el escritor que se juzgue más leído á
cambiar de sitio.
Lo mismo en el teatro: el teatro es la noche, el abono, las actrices
bellas y bien vestidas, los actores favoritos del público. ¿Qué significa la
obra? Un poco más ó un poco menos de literatura. Pruebe también el autor que se
crea más estimado por sí propio á cambiar de teatro. En la Princesa, por
ejemplo, todas las obras son lo mis[199]mo. ¿Qué más da
una que otra? Hay que salir un poco de los Círculos literarios, en donde á
fuerza de despellejarnos parece que tenemos alguna importancia, para comprender
lo poco que significamos. No hay vanidad que resista á una de estas enérgicas
curaciones al aire libre. La vida moderna funciona por una poderosa maquinaria
para la que cualquier obrero es bueno. Vamos al socialismo más de prisa de lo
que parece. El mundo será una gran máquina productora de felicidad social.
¡Hermosa máquina!
Andará sola. Los hombres se habrán muerto todos de hambre ó de fastidio.
XXXI
Cuando el doctor Lombroso, en los buenos tiempos de su escuela
antropológica, se propuso demostrar que todo hombre de talento—de genio decía
él—tenía sus buenas puntas y collar de loco, no había detalle insignificante en
la vida de un hombre célebre que no fuera para el buen doctor señal evidente de
chifladura. Yo creo que, aplicado el mismo sistema á cualquier individuo, tan
locos parecerían los tontos como los hombres de talento, salvo el talento.
Del mismo modo es peligroso investigar en preocupaciones de escuela,
cuando de averiguar culpabilidades se trata. ¿Qué vida de santo resistiría la
implacable investigación de algunos infatigables averiguadores, obstinados en
que han de ser tijeretas? Que si los padres, que si su abuelo, que si allá por
el año 58... Y es que á lo mejor, nos creemos asomados á nuestro[202] buen balcón con vistas á Europa, y resulta que
es al corredor de un patio de vecindad. ¡Tenemos tan pocas cosas serias en qué
ocuparnos! Pero ¿quién podrá decir que tiene una vida privada? Como en danza de
la muerte, no hay quien escape de hacer su mudanza al son de la moderna
publicidad, que cual la muerte á todas partes llega y á nadie olvida.
¡Desgraciados de los primos segundos de nuestros cuñados si algún día tenemos
nuestra hora de notoriedad! Desnudados se verán en público para regocijo de las
gentes. Y no hay que culpar demasiado á los que, en apariencia, pudieran
parecer los únicos culpables. No puede una enfermedad tan fácilmente con un
organismo sano. La publicidad tal vez abusa; pero hay que confesar con cuánta
complacencia nos prestamos al abuso...—Por Dios, no diga usted nada de esto...
Y lo decimos todo...—No quiero que me retraten ustedes. Y llevamos estudiada la
postura en que ha de sorprendernos el objetivo. Padecemos todos de
«exhibicionismo», y quizá no andamos descaminados. No hay nada que desarme
tanto la[203] indignación como la curiosidad
satisfecha. Conviene, además, cultivar la amable flor de la tolerancia mutua,
sin la cual no habría vida de relación posible. Hoy me escandalizas tú, mañana
te escandalizaré yo; bueno será que no nos escandalicemos demasiado.
Por todo esto, no opinaré como los graves señores que ahora una vez más
van clamando: «¡Qué indignidad! ¿Han visto ustedes á lo que hemos llegado?» Sí,
señores míos; y la lástima será no ver adónde llegarán los que nos sigan,
porque no todos son malos. Nunca hubo tiempos mejores que los presentes, y es
de presumir que aún han de aventajarlos los futuros. Siempre habrá más
seguridades en estos procesos de plaza pública, á la luz y al aire, que en las
tenebrosas actuaciones inquisitoriales entre negras paredes y bajo obscuras
bóvedas. No haya miedo, aunque entre el clamoreo de las gentes parezca zozobrar
la verdad, que pueda anegarse la justicia. Hay una rectitud en la conciencia de
las multitudes que no le impide rectificar sus juicios. No tiene que velar por
los[204] prestigios de Cuerpo, como otros
Tribunales, que alguna vez también se equivocan, pero no pueden confesar nunca
que se han equivocado.
La lógica de los tablajeros es admirable. Como son muchos y tocan á
poco, han decidido subir el precio de la carne. Es una lógica carnicera. No
vamos á devorarnos unos á otros: es preferible devorar al consumidor.
«¡Quién pudiera también subir los precios!» Así decía una expendedora
del mismo enemigo del alma, aunque en otro ramo, donde también es mucha la
competencia.
Para resolver el conflicto, el Ayuntamiento debe ponerse al habla con
los patronos de Bilbao, y aun con los de otras partes, por si puede aplicarse á
la carne animal el sistema por ellos empleado para abaratar la carne humana.
«¡Oh Dios!—decía Tomás Hood en su Canción de la camisa.—¡Que la carne de vaca
valga tanto y la de hombre tan poco!»
Sólo nos queda el consuelo de los tontos: lo universal del malestar.
¿Quién podrá vivir al precio á que se va poniendo la vida? ¡Admirable modo!
donde, como en la isla encantada de Próspero, con todo lo necesario para la
vida no hay modo de vivir.
De la pintoresca galería de veraneantes, el más digno de nuestra
gratitud es el veraneante Robinsón, el descubridor de rincones ignorados que
tendrán en él propagandista infatigable. ¡Un Paraíso! ¡La Suiza de España!
La última ilusión que perderemos será esta de los paisajes. Es
incalculable el número de Suizas que tenemos en España. Con unos peñascos, dos
docenas de pinos y un chorro de agua, ya está una Suiza. Lo malo es que aquí no
sabemos explotarlas. Nuestra tierra es un Paraíso. Pero ¡somos tan adanes!
Desengáñense los admiradores de nuestras bellezas naturales: no hay paisaje
posible sin una buena fonda.
El viajar no es un apostolado. Bellezas naturales y bellezas artísticas
son un buen pretexto para pasarlo bien en confortables hoteles, entre gentes
adineradas y con toda clase de diversiones, por si los paisajes y las
catedrales fallan. Y no fallan nunca cuando los contemplamos después de bien
comidos y bien dormidos. En cambio, échese usted por malos caminos; llegue
usted á una posada, donde toda incomodidad tiene su asiento y todo asiento su
incomodidad, y tírese usted después su buen repechito para ver salir el sol por
donde acostumbra ó suba usted y baje del coro al campanario, y viceversa, para
extasiarse ante los santos desnarigados de la gótica catedral, y regresará
usted para que no vuelvan á mentarle paisajes ni catedrales, como no sea en
cinematógrafo ó en postales, único modo de admirar bellezas sin fatigas y sin
desilusiones.
El Robinsón dirá que somos criaturas artificiales, que tenemos atrofiado
el sentido de la Naturaleza... No tome usted muy en serio á los robinsones,
que, á lo mejor van á descubrir bellezas naturales muy[207] bien
acompañados de alguna belleza urbana, y..., naturalmente, ¿qué les importa el
duro lecho, ni la mala comida, ni las bellezas naturales tampoco? Pero el que
de buena fe cae en el lazo de la propaganda, volverá renegando y creyendo para
toda su vida que las mejores creaciones de la Naturaleza y del Arte son obra de
los fondistas y hosteleros, y que en España no tendremos paisajes y catedrales
mientras no tengamos buenos hoteles y lujosos casinos y... amables bellezas, en
que se armonicen la Naturaleza y el Arte.
Preguntad á los habituales y acaudalados concurrentes á Niza, Ostende,
Biarritz, San Sebastián mismo, por las bellezas naturales de los respectivos
puntos. «Se pasa muy bien», es lo que sabrán deciros.
XXXII
Para justificar el actual estado de las calles de Madrid, el alcalde ha
exhibido unas fotografías de las principales vías de París para que en nada
tengamos que envidiarles. En efecto; allí, con motivo de las obras del
metropolitano, han padecido, como nosotros, las inevitables molestias que la
civilización trae consigo, y allí, como aquí, levantamientos y excavaciones en
calles y plazas han sido tema inagotable de chistes, caricaturas, escenas de
revistas, coplillas de café-concierto y demás desahogos inofensivos. No tiene
por qué preocuparse el señor alcalde. A todo lo que podemos aspirar en este
bajo mundo es á hacer algo bueno; pero á que parezca bien, es loca aspiración.
Como aquí, por cada uno que hace algo, aunque no sea más que jugar al billar ó
al tresillo, hay cien mirones, en algo han de entretenerse.
Quisiéramos tener una Gran Vía por arte de magia y que la baratura de la
luz eléctrica no costara la más pequeña molestia. Queremos que todo nos lo den
hecho; tan hecho... que no haya que hacerlo antes. Pero, amigo, como no hay
medio de hacer tortillas sin romper huevos, como dicen en Francia, y tampoco
nos gustan los huevos pasados por agua, hay que resignarse con nuestra triste
suerte y dejar que los mismos que en París habrán admirado los trabajos del
metropolitano, como obra de progreso, al regresar ahora de su excursión otoñal
renieguen aquí de todo y por todo. En casa somos de un sibaritismo oriental: no
toleramos ninguna incomodidad. Verdad es que la mayor parte de las viviendas
son inhabitables, unas por culpa de los caseros y otras por culpa de los mismos
vecinos y de sus apreciables familias. ¡Si tampoco podemos vivir en la calle!
Individuos hay para quien levantarles las losas de una acera equivale á un
desahucio del propio domicilio. ¿En dónde despacharán ahora sus asuntos y
recibirán sus visitas? Pueden consolarse admirando[211] los
planos de la futura gran plaza de España. Ellos se encargarán de justificar su
nombre, paseando por ella sus desocupaciones, perturbadas ahora por una falta
de consideración imperdonable. En cambio, un respetable jefe de familia, que
por obsequiar á los suyos con las delicias de un veraneo aristocrático tuvo que
acudir á la bondad de esa noble institución de los prestamistas, decía con gran
filosofía, contemplando el estado de nuestras calles:—Así como así, yo tendré
ahora que andar por los tejados.
Su Santidad ha recomendado encarecidamente á los prelados y sacerdotes
la más activa predicación contra las actuales modas femeninas, por deshonestas
y provocativas á deshonestidad, que es lo peor de todo. No confiamos mucho en
la eficacia de esas predicaciones; que no es tan fácil hallar docilidad y
obediencia en la grey femenil cuando se trata de cosas que le importan
particular y directamente, como[212] cuando se
trata de cosas que en realidad le tienen sin cuidado. No es tan fácil derribar
una moda como un Gobierno liberal. Sin contar con que, en esto de manifestarse
contra los Gobiernos liberales, entra por mucho también la moda. ¿No son las
más á la última trabadas las que más se destraban de pies y de lengua cuando
hay que bullir y danzar en juntas, protestas y manifestaciones? Pero ¡ay! en
cuestión de modas, como ellas se encuentren á su gusto...
Poco conoce á las mujeres el que se las figure dominadas por las
predicaciones del clero. ¡Buenas son ellas para dejarse dominar por nadie!
¡Pobre clero! El sí que, en la mayoría de los casos, es el dominado, el
zarandeado y el molestado por el indiscreto fervor de las devotas. Cuando á
ellas les conviene, lo mismo se entran por el ritual, que por los cánones, que
por la Suma Teológica, atropellándolo todo. ¡Hay cada papisa Juana y cada
antipapa Luna entre ellas!
Yo sé de cierta junta de señoras, reunida en cierto palacio episcopal,
bajo la pre[213]sidencia del señor obispo; y como el
buen prelado, con muy buenas razones, procuraba convencerlas de la
imposibilidad de algo que ellas pretendían, en la ordenación de una festividad
religiosa, una de las más voceadoras no sabía más que repetir: «Pues perdone S.
I., pero siempre se ha hecho así, siempre se ha hecho así.» A lo que el
prelado, bondadoso, replicó todavía: «En efecto, era un abuso tolerado; pero
ahora Su Santidad ha dispuesto que no se permita.» «Pues que me perdone Su
Santidad, pero á mí me parece un disparate»—fué la contestación. El buen obispo
se quedó haciéndose cruces; por fortuna, las cruces de los obispos son de oro y
piedras finas y suelen ser regalo de las mismas señoras que tanto les
desazonan. Claro es que ellas lo pagan, pero como se abonan al teatro, para que
las comedias no las molesten. Sí, ¡qué van ellas á pagar para oir cosas
desagradables!
Por todo esto y otras cosas, verán ustedes cómo por muchos anatemas que
caigan sobre la moda, como ellas se encuentren á su gusto, sobre sus
monumentales sombre[214]ros se pondrán todavía la cúpula
de San Pedro en Roma, por montera.
¡El 606! Parece el número del premio gordo en la Lotería de Navidad. No
se habla de otra cosa. Hasta los niños han dejado sus charlas sobre el
adulterio y otros sucesos de actualidad, para hacer toda clase de preguntas
indiscretas sobre el numerito. Ahora nos enteramos de que hay más gente
interesada en el descubrimiento de la que podía suponerse. El reuma que don
Fulano, los dolorcillos de don Zutano y hasta el fueguecillo de doña Perengana,
todas personas muy respetables. ¡Que el 606 ó el 909, según se lea por arriba ó
por abajo, os sea propicio! Los médicos son el demonio: un castigo menos para
contener á la Humanidad en sus depravaciones. Con el 606 y cualquier otro
numerito por el estilo, esto va á ser el desate.
Admiremos á la clase médica, única en el mundo que trabaja en contra de
sus in[215]tereses, suprimiendo padecimientos. ¡Si
muchas otras clases sociales encontraran su 606, que nos hiciera innecesarios,
ó simplificara, por lo menos, sus servicios!
XXXIII
Esto de las embajadas de moros parece la procesión del niño perdido;
llegan unas detrás de otras, y ni el niño parece ni la madre del cordero, que
este es el toque de la diplomacia morisca: que no parezca nunca nada de lo que
se ha perdido. De modo que es muy posible que haya que ir á buscarlo, y allá
iremos con nuestro duro á recuperar la peseta. Ante el peligro de posibles y
desagradables discrepancias, llegado el caso, se invoca, para «hacer opinión»,
como suele decirse, el patriotismo de cuantos pueden influir sobre ella. Bien
está si ello no puede ser por menos y se quiere que en su día sean muchos á
repartirse las glorias ó las responsabilidades. No es como hacer propaganda de
una Exposición ó de un viaje de recreo, cosa en que á todos se favorece y á
nadie se perjudica.
Pero... pero en esta ocasión el que since[218]ramente
y honradamente no crea en la necesidad ó en la conveniencia de nuevas
demostraciones bélicas, mal haría en pactar con su conciencia por
consideraciones dudosas. ¡Cualquiera sabe dónde está el verdadero patriotismo
en estos tiempos! Eso sí; tampoco vale guardarse la malilla para salir después,
si el asunto se tuerce, con aquello de: «¡Ya lo sabía yo! ¡A mí siempre me
pareció mal; pero cualquiera va contra la opinión general!» Sobre que nunca hay
opinión general y sobre que muchas veces la opinión y los que influyen en ella
se engañan mutuamente por mutuo desconocimiento, y luego tenemos aquello de:
«Yo hablé así porque creí que era la opinión de ustedes» y «Yo creí deber
opinar así porque ustedes lo decían».
Sólo hablando cada uno con arreglo á su conciencia puede formarse la
verdadera conciencia nacional; nacional, sin vistas á humanitarismos «inter» ó
supernacionales. Nosotros no podemos permitirnos aún esos lujos. Eso, como los
dramas de Ibsen, según Ramiro de Maeztu, es para los que ya tienen resuelto el
problema de la mante[219]nencia. Nosotros estamos en el
caso de ir á buscarlo donde lo haya.
El chiste, la humorada, la ironía, la paradoja, la amenidad, todo lo que
indigna á muchos graves varones al encontrarlo en artículos periodísticos,
pueden hallarlo ahora nada menos que en un documento oficial; que como
documento oficial puede considerarse la medalla acuñada para conmemorar el
centenario de las Cortes de Cádiz.
Ustedes verán si no es humorismo el de la medallita. Por una cara
ostenta las consabidas figuras alegóricas en toda su clásica desnudez, un par
de mundos, que de entonces acá han venido á quedar en uno, y alguna otra
friolera decorativa. Por esta cara nada de particular. Pero por la otra... ¿á
quién sino á un gran humorista pudo ocurrírsele esculpir y grabar la dulce
efigie de Fernando VII en un recuerdo de aquellas Cortes y de aquella
Constitución que tuvieron en él su más encarnizado ene[220]migo?
¿Qué puede hacer en esta galería aquel tan deseado antes como después
aborrecido, sino dar que reir al discreto contemplador? Al que ni supo antes
defender su trono ni después agradecerlo; al que volvió á llamar á los
franceses para sacudirse de Constituciones y libertades; á uno de los más
siniestros mamarrachos que han visto los siglos coronado, y abundan en la
serie, ¿qué Shakespeare de la ironía ha sabido clavarle en la picota de esta
medalla conmemorativa? No queremos sospechar en ello la menor sombra de adulación
monárquica. Hay adulaciones ofensivas para la discreción de los que están
demasiado altos, para no estar sobre tan burdas adulaciones. Preferimos
atenernos al humorismo, tan desusado en gubernamentales esferas, donde toda
seriedad y todo empaque tienen asiento. Pero el espíritu de aquel gran socarrón
no habrá dejado de apreciar la ironía de este «trágala» póstumo. «Al que no
quiere caldo, la taza llena». Al que que odió la Constitución, medallitas
conmemorativas. La idea ha sido genial y merece el más sincero aplauso.
Terminó el preciso veraneo de los que no disponen de tiempo ni de fondos
para mayores ausencias. Quede la otoñada para los que de todo disponen en
abundancia y todo es veranear para ellos.
Vuelven tonificados por los baños de mar, de luz... y de ilusiones. El
veraneo nos eleva siempre unos grados sobre nuestra ordinaria condición social.
Las playas, los Casinos, los vestidillos claros y de telas ligeras son
niveladores. Las amistades y los amores son fáciles, aunque ligeros como los
vestidos. No suelen llegar al invierno. En Madrid vuelve cada uno á estar en su
sitio. Ofrecimientos de amistad y juramentos de amor se olvidan apenas
llegamos. ¡Felices los que logran conservar á la marquesa entre sus relaciones
y la que no suelta al empleado con 3.000 pesetas de sueldo, que en San
Sebastián parecían 20.000 de renta! Verdad es que allí también papá parecía un
accionista del Banco. ¡Oh, sueños de una temporada de verano! Nunca muy
costosos, que nunca se paga bastante un poco de ilusión y el hallar á la vuelta
más sabroso el familiar cocido.
El Teatro Nacional va camino adelante. Ya sólo falta teatro, compañía y
suponemos que no faltará dinero en el momento oportuno. Ahora, con toda
seriedad. Dadas las condiciones del teatro en España, ¿conviene hacer del
Teatro Nacional un teatro museo, sólo para la representación de obras
consagradas, ó un teatro de ensayo, un teatro juvenil, para estrenar obras de
autores noveles ó desconocidos? ¿Conviene formar una compañía de eminentes, ó
una modesta, estudiosa compañía de conjunto? ¿Conviene que el teatro sea
aristocrático, literario ó popular? Yo creo que todo es compatible y para todo
hay días y para todo debe haber autores y actores. Ni debe prescindirse de la
aristocracia, ni de la intelectualidad, ni del pueblo. Pongan unos el dinero,
otros la orientación, otros el entusiasmo. Condición primordial: la baratura.
No es solo cuestión de arte, es cuestión de higiene. No es en el terreno
artístico, es en el terreno económico en el que hay que combatir contra la
chabacanería y la suciedad de un teatro que mancha las bocas y las almas de los
niños y de las[223] mujeres. Es preciso que «la
órdiga» y «el pálpala» no sean ingeniosidades de salón y bailar el garrotín una
gracia infantil. Y es preciso que las mismas señoras que en el Español, en la
Princesa ó en la Comedia se asustan por muy poco, no vayan después con sus
hijos á la sección vespertina de cualquier teatrillo con el pretexto de que los
niños se divierten viendo las decoraciones y lo demás... Ellos no lo entienden,
los pobrecitos. ¡Ni á ustedes tampoco hay quien las entienda, señoras mías!
XXXIV
Ante el triunfo de la República en Portugal, yo no pienso en si será el
camino más corto para apresurar la vuelta del dictador Juan Franco, ni en la
suerte del rey joven, víctima del sino fatal de una familia condenada á ser
eterno Tántalo de tronos y coronas. ¡Triste rey! Con las mejores intenciones y
deseos, sin duda; pero al que nunca llegó la luz ni el aire de la calle, como á
tantos reyes, sino al través de aduladores, de ambiciosos y de intrigantes. A
los reyes modernos no les faltan bufones á su alrededor; pero entre sus
cascabeles no suena el cascabel de oro de la verdad, como solía en los antiguos
hombres de placer sonar atrevido sobre los donaires y las chocarrerías. Pero,
ya digo, en nada de esto pienso: sólo pienso en la alegría de un poeta. ¡Qué
feliz será á estas horas Guerra Junqueiro! Altísimo poeta, que has logra[226]do lo que pocos poetas logran: ver realizado en la
vida alguno de sus sueños; ¡que la realidad de esa República se inspire en tu
poesía, oración á la luz, al pan, á los humildes de la tierra, al amor y á la
Humanidad! Pero ¡ay, poeta! ¿No será la realidad el principio de la desilusión?
Los hombres no se juntan para obras de belleza tan dócilmente como las rimas.
Verdad es que cuando las rimas son bellas, es porque obedecen á un gran poeta,
que es un dictador de genio.
Enrique Becque, el autor de La parisienne y de Los
cuervos y de esos Polichinelas tan traídos y tan
llevados en estos días, como Chantecler en los suyos, pasa por
ser uno de los autores más desgraciados en su vida y sus obras. No lo creo yo
así; antes me parece que ha habido pocos tan bien afortunados. Después de
algunas obras insignificantes—un Miguel Pauper, que es un mal
melodrama,—estrena La parisienne, que fué, en su estreno, lo que
allí llaman[227] un four y por acá
un fracaso. Pero había que molestar á Sardou, á Dumas hijo, á los autores por
entonces señores del teatro, y La parisienne fué obra de
lucha, alrededor de la cual se agruparon todos los autores fracasados y todos
los que ni fracasar habían conseguido. No había autor silbado que no se
condoliera diciendo: «¡También fracasó La parisienne!» No había
aspirante á autor que, al serle rechazada una obra, no pensara: «¡Es claro:
como fracasó La parisienne, las empresas no se atreven con una
verdadera obra de arte!» Llegó á imponerse una reaparición de La
parisienne. Los actores que habían estrenado la obra no habían acertado con
el carácter del personaje; ahora es cuando se iba á ver la obra. En efecto; la
representaron la Réjane, después la Després, después ¡qué sé yo! La
parisienne llegó á ser obra de concurso. La crítica ya no la discutía;
daba por sentado que se trataba de una obra maestra, una obra clásica; el
público se aburría siempre y las entradas no eran cosa mayor. En efecto; La
parisienne, cuyo título ya es una calumnia que debiera ofender á[228] las mujeres de París, no pasa de ser un buñuelo
inflado; un asunto y unos personajes de comedianta, tratados con una
prosopopeya y un empaque como quien dice: «Esto es ahondar en el corazón». Y
toda la hondura es que una señora tiene tranquilamente un marido y dos amantes;
para lo cual no hace falta ser la parisienne. En cualquier
villorrio las hay más frescas y todavía dan menos importancia á esas
alternativas.
Con Los cuervos, dos cuartos de lo mismo. Otra obra maestra
para los juramentados y otra tabarra para el público. Los intérpretes siempre
de víctimas, porque siempre consiste en ellos que las pícaras obras no acaben
de entrar y de imponerse á la admiración. ¡Digo, á la admiración! ¡Obras más
admiradas! Dígase ahora si autor que con ese bagaje consigue ser indiscutible,
tener estatua, que todos los años le representen las dos joyas—y ¿qué será el
día en que, hartos los empresarios de probaturas, renuncien á representarlas y
sólo por fe se le admire? ¡Qué Molière, ni que Racine!—puede llamarse
desgraciado.[229] Yo no conozco suerte literaria
como la suya. Para que nada le falte, es casi seguro que, por fin, no se
representa Los polichinelass. Con lo que todos irán ganando: los
empresarios, el público y la gloria del autor.
Apuntando, apuntando, como los de Lumbiaque templaban, á unas
Asociaciones, el Gobierno ha disparado sobre otras. Mientras de una parte todo
son mitins, aplechs, procesiones y rogativas—no sabemos por qué
motivos, pues los más impacientes por determinadas medidas bien pueden decir,
como el personaje de la comedia: «¿Dónde me han besado, que no lo he
sentido?»,—sin ruidos y sin amenazas previas, todo el rigor ha venido á caer
sobre las Asociaciones que pudiéramos llamar pecaminosas. Quedan disueltas las
comunidades femeninas. Desde ahora cada mochuelo á su olivo y un solo mochuelo
en cada olivo. Pero ¿habrá en Madrid bastantes cuartos desalquilados? Si
agrupándose, para mayor facilidad de la existen[230]cia,
ya no eran palacios las ordinarias viviendas de esas cofradías, ¿dónde irán á
refugiarse ahora por sus pecados? Mal está el vicio en planta baja; pero mucho
peor en guardillas y sotabancos. ¡Pobres mujeres! Se pretende librarlas de un
mal y se las entrega, indefensas, á otros peligros.
El matonismo, el robo, hasta el asesinato, hallarán ahora más
facilidades para hacer sus víctimas entre esas desventuradas. Se invoca el
ejemplo de otras grandes capitales. Pero en otras grandes capitales esas
mujeres gozan de cierta consideración social. Aquí, gracias que muchas juntas
pudieran defenderse. Aquí, donde no se respeta á las mujeres honradas, ¿qué
será con esas infelices? El chulo, lo mismo que el señorito, tienen por gracia
maltratarlas, burlarse de ellas; la autoridad siempre está en contra suya.
¡Valor necesita aquí la mujer para ser mala! La asociación era para ellas
necesaria. Sin contar con que la virtud, como la inteligencia, á sí mismas se
bastan; pero los malos y los tontos son los que necesitan agruparse. ¡Consuela
tanto ver otros peores y otros más tontos!
XXXV
Todas las huelgas mayores ó menores, tan menudeadas en estos últimos
tiempos por todo el mundo, no son más que ensayos parciales de la huelga
general que tendremos más tarde ó más temprano y quizás cuando menos se piense.
Es difícil saberse poseedores de una fuerza y resistir al deseo de ejercitarla
y de probar hasta dónde alcanza. Unase á esto la infantil curiosidad, poderoso
móvil de tantas acciones humanas; el «¿A ver qué pasa?», capaz por sí solo á
desafiar y arrostrar todos los peligros que puedan amenazarnos y todos los
males que puedan sobrevenirnos.
Los síntomas son de que, tanto los amenazadores como los amenazados,
unos por hacer alarde de su fuerza y otros de su resistencia, están deseando
saber lo que pasa si la huelga general se declara. Tanto harán unos y otros que
por fin se saldrán[232] con la suya, y no
tardaremos en enterarnos. ¡Triste tarea la de los gobernantes modernos,
edificando sobre terreno movedizo, haciendo cuentas sin contar con lo
imprevisto, previsores de guerras exteriores y sorprendidos por la guerra
íntima! Y no hay duda: las huelgas son las guerras modernas, y de ellas deben
preocuparse los Gobiernos más que de las dudosas conflagraciones
internacionales. Las luchas futuras serán de clase, no de naciones. Un obrero
chino será más compatriota de un obrero alemán que de un capitalista ó de un
letrado de su nación. Un hombre de ciencia francés estará más cerca de un sabio
japonés que de cualquier espíritu grosero entre sus compatriotas. Los espíritus
se saludan por afinidades espirituales, no por la proximidad material. Como el
beso de la dolora de Campoamor, injusticias y males repercuten muy lejos y unen
en el mismo sentimiento de agravio y de dolor á los más distantes. Por eso los
que aun crean que hay algo que defender, contra los que creen que todo hay que
destruirlo, deben unirse espiritual y materialmente[233] sobre
naciones y fronteras; porque el enemigo está en todas partes. La idea de patria
es valor que caduca, y pronto será tan anacrónico como el valor de las ideas
religiosas. Razones sentimentales los sostendrán todavía sin virtud y sin
eficacia. ¡Ay de los que no comprendan á tiempo la necesidad de sustituir esos
valores por otros más eficaces para la defensa social! Suponiendo que la
defensa social tenga valor alguno.
De las discusiones, protestas, querellas y disgustos promovidos por la
distribución de premios en la Exposición de Bellas Artes, sólo puede deducirse
una consecuencia: que las obras de arte no son para calificadas y premiadas
como niños de colegio.—Por de contado que los niños tampoco debieran serlo como
los cuadros en las Exposiciones.—¿Hay nada más ridículo? Fulanito, el primero;
Menganito, el segundo de los primeros; después el segundo, el segundo de los
segundos... ¿Hay[234] quien crea que las obras de arte
pueden calificarse tan rotundamente? ¿Se figuran ustedes el Museo del Prado
sometido á una distribución de premios por el estilo? Y no vale argumentar con
que el mérito extraordinario de casi todos los cuadros haría difícil la
calificación; porque si es difícil calificar entre iguales por alto, tan
difícil es calificar entre iguales por bajo. ¡Y no digamos entre medianos!
Se dirá que sin esa formalidad de los premios sería difícil conseguir el
objeto principal de las Exposiciones, que es el de señalar al Estado los
cuadros que debe adquirir, si la protección á los artistas ha de ser efectiva.
Yo creo que con las manifestaciones del público y de la crítica bastarían para
una razonable orientación. En todo caso, sería preferible el sorteo; todo menos
eso de los primeros, los segundos de los primeros y el primero de los segundos.
Ya sé que es muy humano y satisface mucho á los entendimientos mediocres eso de
que nos lo den todo numerado por orden de mérito. Hay quien pregunta: «¿Qué
obra de Shakespeare es la mejor? ¿Cuál es el[235] mejor
cuadro de Velázquez?» Y ¿qué pensarían ustedes del que se atreviera á señalar
una sola obra de Shakespeare, un solo cuadro de Velázquez como superior en
absoluto?
De cualquier modo, y aun aceptando como mal menor ó necesario la
calificación y numeración por un Jurado inteligente, probo y sincero, como lo
son todos los Jurados hasta el día, de la adjudicación de premios, bueno sería
que los jueces se atuvieran al mérito de las obras, dejando fuera de juicio las
tendencias, el procedimiento y los medios de ejecución de las mismas. ¡Bueno
fuera que en un concurso de obras dramáticas, por ejemplo, entre una mala obra
realista y una excelentísima obra romántica ó imitación de nuestro teatro
clásico, se premiara la mala obra por parecer más de nuestro tiempo ó por
antipatía de escuela! Si la emoción y el sentimiento que inspiran al artista
son sinceros, ¿ha de censurársele porque aun pretenda espiritualizar su obra,
desligándola del tiempo y del espacio? ¿Es tan pronto para renegar de una
tendencia artística[236] que es la mitad del arte
moderno? Mæterlink, Ibsen mismo, en la dramática; D'Annunzio y Anatole France,
en la novela; Puvis de Chavannes y los prerrafaelistas ingleses, en la
pintura... ¿Y en música? Debussy va á inspirarse en la música griega, y ya no
hay música bastante antigua que pueda servir de refugio á los que reniegan de
la música moderna.
El Ayuntamiento, como el corazón, según los franceses, tiene razones que
la razón no explica. Entre tres proposiciones para la concesión del teatro
Español, ha votado por la que menos esperaba todo el mundo. El espectáculo ha
sido edificante; solicitado el teatro por el Estado, el Ayuntamiento desestima
su pretensión, le trata de tramposo y declara que no se fía de él para nada.
«Dijo la sartén al cazo...» ¡Qué buen efecto producirán en el país pagano esta
armonía de relaciones y esta confianza mutua entre el Estado y el Ayuntamiento!
Si el Ayuntamiento desconfía del Estado,[237] ¿qué
haremos los demás mortales? El que quiere honra, que la gane. ¿No es eso?
Aparte esta pequeña desconsideración al Estado y á las buenas intenciones del
ministro de Instrucción pública, sabemos que el teatro Español está en buenas
manos. Se trata de una empresa artística con orientaciones modernas, abierta á
la juventud; como debe estarlo el teatro Español, de donde debemos alejarnos
los autores viejos y cansados para dejar paso franco á los que llegan.
XXXVI
Quede á salvo la buena intención del Congreso contra la trata de
blancas. Pero ¿qué podrá una sola institución social para reprimir lo que
tantas otras instituciones sociales son á fomentar? Medicinaremos lo
sintomático y la enfermedad esencial continuará consumiendo el organismo.
Para combatir la llamada trata de blancas hay que afrontar cara á cara
la trata de negras, que es la trata de la mujer en general, por todas las
leyes, instituciones y costumbres sociales. Quizás la trata de blancas sea la
más dulce y favorable de todas ellas. ¿Qué ofrecemos á la mujer que mejor sea?
¿Trabajo? Que emancipe á la mujer de toda esclavitud económica, único medio de
lograr su emancipación moral, sólo hay uno: el trabajo artístico, y para esto
es preciso ¡ahí es nada! un gran talento y una gran voluntad. Aun así, ¿estamos[240] seguros de que nuestro respeto y nuestra
admiración acompañen siempre al triunfo del talento femenino? Sólo las grandes
artistas del teatro consiguen ser admiradas por completo; y ¡cuántas veces la
admiración á la belleza nos hace ser injustos con el talento! ¿No suelen estar
mejor pagadas una cara bonita y unas lindas piernas que una clara inteligencia
y un gran corazón?
En las demás profesiones, en la misma profesión artística, cuando un
poderoso talento no basta á imponerse por sí mismo, ¿qué llega á conseguir la
mujer por sí sola, sin el favor y la protección del hombre, no siempre
generoso, más bien tacaño, al remunerar con una colocación, á costa ajena, lo
que hubiera debido pagar á su propia costa? ¿Cuántas serán las mujeres que
hayan llegado á la independencia de una profesión lucrativa sin haber tenido
que pagar servidumbre al antojo de un hombre?
¿El matrimonio? Pero ¿quién dirá que se trata de un Sacramento de la
Iglesia, instituído por Dios, cuando en sociedades que se dicen cristianas le
vemos per[241]seguido por todos los medios, como un
vicio ó como un delito?
A él se oponen leyes militares, prohibiendo el matrimonio de millares de
hombres en lo mejor de su vida, en nombre de conveniencias sociales; á él se
oponen leyes económicas, que mantienen en pobreza ó en escasez á los jóvenes en
la edad más conveniente para el matrimonio; á él se oponen todos los egoísmos
individuales engendrados por el gran egoísmo colectivo. Y salvadas estas
dificultades, ¿qué es la mujer, con raras excepciones para cuentos y comedias
morales, en el matrimonio? Animal de lujo en las clases altas; animal de cría
en la clase media; animal de cría, de trabajo y de carga en la clase baja.
¿Y quieren ustedes oponerse á la trata de blancas?
¿En nombre de qué? ¿Qué ofrecen ustedes en cambio? La máquina de coser,
la aguja y la plancha.
—Gracias—dirán las favorecidas.
¿El matrimonio con el empleado con 1.500 pesetas ó el jornalero con tres
pesetas?
—Muchísimas gracias—volverán á decir.
Lo mejor que pueden ustedes ofrecerlas es un convento, como Hamlet á
Ofelia.
Y estos pícaros Gobiernos democráticos, con eso del «candado», no se
preocupan más que de cerrar puertas sin abrir otras para dar salida á las
pobres mujeres. Lo que dirá alguna, parodiando la altiva divisa de las Rohan:
«Casada no puedo; trabajar no quiero... «blanca» me quedo.» Pero se están
poniendo las cosas de un modo, que ni ese recurso les va á quedar á las
pobrecillas.
El Ayuntamiento de Valencia ha desairado á los poetas, oponiéndose á la
celebración del Congreso de la Poesía. ¡Gran injusticia! Pues no sabemos que
ese Congreso reuniera menos condiciones de inutilidad que cualquiera otro de
tantos Congresos como se reunen, á todas horas por esos mundos. Y ¿no es la
inutilidad la primera y más estimable condición de estas juntas?
¡Quién sabe si de éste hubiera salido algo[243] práctico,
por andar todo al revés en estos tiempos! ¡Tantos Congresos, de los que se
esperaban grandes resultados prácticos, han venido á diluirse en la más
vaporosa poesía!
Pero bien empleado os está ¡oh, poetas! ¿Quién os manda poneros al habla
con Corporaciones oficiales de ninguna clase? Y ¿qué íbais á hacer en Valencia,
después de los cortesanos? ¿No sabéis que por donde ellos pasan ya no quedan
flores, ni halagos, ni atenciones para los poetas? ¿Sabéis guiar un automóvil?
No; porque ni habéis tenido nunca dinero para comprar uno, ni tenéis amigos que
los posean. La gente adinerada no se trata con los poetas. Entonces... ¿qué
íbais á pintar en Valencia? Ya iréis cuando tengáis más dinero. Para eso,
dejaros por algún tiempo de hacer versos; haced algo más, como los poetas de...
otras partes.
XXXVII
A la mayor parte de nuestras Juntas benéficas, ya sean de damas ó de
caballeros, les sucede lo que al devoto del cuento en sus méritos para con
Dios: lo que ganan por delante lo pierden por detrás. ¿Por qué reglamento
rigorista ha de ser la Inclusa barrera infranqueable entre las madres y los
hijos? ¿No debiera ser más bien lazo de unión, apartado de las miradas del
mundo? No el alejamiento, la proximidad de las madres debiera solicitarse. El
abandono del hijo es alguna vez, por monstruosa sequedad del corazón, cerrado á
un instinto que hasta en los animales parece con delicadezas de sentimiento
espiritual. Pero ¡cuántas veces es miseria, vergüenza, miedo!... Y ¿no debe ser
la sociedad entonces, y las Juntas de damas benéficas sobre todo, las que, en
vez de apartar á la madre como indigna, porque cedió á esas conside[246]raciones sociales, procuren ser piadosos
intermediarios, no como secuestradores, sino como guardianes de los pobres
niños, que no serían entonces abandonados del todo y para siempre por sus madres?
En vez de decirles: «Aquí dejas á tu hijo; no vuelvas á acordarte de él»,
decid: «Aquí tienes á tu hijo; acuérdate siempre; ven cuando quieras; defiende
tu vida como puedas, nosotras defendemos la de tu hijo.» Sea la caridad
nodriza, educadora; pero no pretenda ser madre mientras la verdadera madre no
haya renunciado á serlo por monstruosa perversidad. No digáis á los pobres
niños: «Vuestras madres fueron tan malas mujeres, que no supieron ser madres.»
Decidles: «Vuestras madres eran tan pobres, que no podían teneros á su lado;
compadecedlas mucho, como nosotras las compadecimos.» ¿Creéis que no sería
mayor su gratitud y que no podrán fundarse mayores virtudes si ellos ven que,
no sólo los guardasteis la vida, sino el amor de la madre? Reformad esos
reglamentos, nobles señoras; un reglamento de un asilo benéfico no debe ser
como un Có[247]digo penal, en que siempre se mira al
hombre como un presunto delincuente. No todas las madres que dejan sus hijos en
la Inclusa son malas madres; muchas son madres pobres, y, en la duda, todas son
¡pobres madres! Tan difícil como hacer leyes desde los salones de un ministerio
es difícil hacer reglamentos desde gabinetes perfumados. Sobre todo, leyes y
reglamentos para los pobres y miserables de la tierra, por los que nunca
supieron de pobrezas ni de miserias.
Las obras de la Gran Vía adelantan hasta el punto de permitirnos á los
que nacimos á mediados del siglo pasado la esperanza de verlas terminadas. Pero
he aquí que, al comienzo, surge el primer obstáculo. Entre los derribos
yérguese altiva, desafiadora y elocuente como un símbolo nacional, una pequeña
iglesia: la conocida vulgarmente por el nombre de Niñas de Leganés. No hay
quien pueda con esas niñas. La piqueta derriba casas y casas, y el[248] campanario de la iglesia cada vez más insolente
y fanfarrón. Parece ser que no hay persona apta para tomar el dinero precio de
la expropiación. ¡Por vida del inconveniente! Que se tratara de alguna manda ó
donación, y veríamos si había personas aptas para embolsarse los cuartos. ¿Para
qué están los señores jueces, más que para ser depositarios de los dineros
dudosos? ¿Van á detenerse las obras por ese monumento nacional? A bien que se
queda Madrid sin iglesias. Nuestros ricachones, por no imitar á los
norteamericanos, que suelen dejar cuantiosas herencias á Universidades y
escuelas, no saben cosa mejor que legarnos iglesias. A ninguno se le ocurre
dejar unos cuantos millones para fundar un buen periódico de la buena Prensa,
atendiendo las exhortaciones del señor obispo de Jaca, que sabe muy bien dónde
le aprieta la mitra y que á Dios rogando y con el rotativo dando. Además, el
mayor número de iglesias no contribuye en nada á la conversión de incrédulos;
mientras que un buen periódico que diera buenos sueldos á los redactores,
contribuiría gran[249]demente. Ya sabemos que aquí nadie
tiene sueldo por tener estas ideas ó las otras; pero ¡ideas por tener un
sueldo!...
El arte moderno se desvive por la originalidad; la acusación más
ofensiva para un artista es la de plagiario: Il nous faut du nouveau
n'en fut il plus au monde. Y, sin embargo, las novedades apenas llaman un
día la atención y las obras que se perpetúan son menos que plagios: plagios de
plagios, imitación de imitaciones. La humanidad, como los niños, prefiere el
cuento cien veces oído. Las obras inmortales son aquellas en que sus autores
acertaron á contar del mejor modo las dos docenas de cuentos que interesan á
todos. ¿Es otro secreto de la gloria de Shakespeare? Cuentos sabidos, de una
sencillez de asunto y de una psicología primitivas. Obras que pueden
representarse ante el auditorio más ignorante como ante el más docto.
Y nuestro Don Juan Tenorio, el de Zorrilla, que acertó á
contar el cuento al gus[250]to español y popular, ¿no es
el mejor ejemplo y la mejor lección para los originales y noveleros? Hoy
tememos demasiado á tocar esos asuntos universales vulgarizados, y renunciamos
tal vez á escribir las mejores obras. ¿Quién se atreve á escribir otro Don
Juan, otro Fausto, otro Romeo y Julieta? Verdad es
que la crítica, interponiéndose á cada paso del arte entre el artista y el
público, opone la terrible acusación de plagio ó de osadía. Pero hay que tener
todas las osadías, la del plagio en primer lugar, y la de pasar por encima de
la crítica, para llegar directamente al alma del público. Esta fué la mayor
hazaña de Don Juan Tenorio; por ella le vemos todos los años en
escena triunfar de muchas novedades originales, y, cuando todas ellas hayan
caído en el olvido, Don Juan Tenorio, plagio de plagios, imitación
de imitaciones, sobrevivirá como uno de los pocos cuentos interesantes que un
gran poeta se atrevió á contar nuevamente sin el temor de parecer plagiario.
XXXVIII
Es sabido que, á la entrada de todos los inviernos, las señoras hablan
de los vestidos que han de encargarse; los empresarios de teatros, de las obras
con que cuentan, y los gobernadores de Madrid, de la extinción de la
mendicidad. De todos estos programas, el único que suele cumplirse, y con
creces, es el de la indumentaria femenina, dicho sea en honor de la mayor
constancia del sexo débil en sus propósitos y determinaciones. Los empresarios
estrenan lo que pueden, que no es siempre lo que quisieran; en cuanto á la
extinción de la mendicidad... no pasa de conversación en que luce el ingenio de
unos cuantos arbitristas, verdaderos ángeles de la caridad... con el dinero
ajeno. Y he aquí la primera dificultad en estas andanzas benéficas: que todos
piensan el mejor modo de sacar los cuartos á los demás y nadie quie[252]re sacar un céntimo de su bolsillo. Por lo pronto, el
señor gobernador había pensado en añadir un nuevo impuesto sobre las
localidades de los teatros, por ser cosa de lujo y nada necesaria, en opinión
de dicha autoridad. En efecto, así como indispensables para la vida... Pero si
argumentamos en lo necesario, ¿son tantas las cosas, en verdad, necesarias? Tal
vez no lleguen á la media docena, y tal vez no estén entre ellas los
gobernadores civiles. Considerando el teatro por la parte del público, sí que
es un lujo bien innecesario, como tantas otras industrias, si sólo atendemos á
los que se gastan el dinero en disfrutar de los productos y no á los que se
ganan la vida trabajando para producirlos. De un lado está el lujo; de otro la
necesidad... ¡Habría que ver los apuros del señor gobernador si en un día todos
los empresarios de Madrid acordaran suprimir ese lujo, cerrando todos los
teatros! No serían las damas elegantes ni los caballeros distinguidos,
ciertamente, los que irían en manifestación lujosa á pedirle solución al
conflicto; la gente adinerada es la que mejor[253] puede
pasarse sin teatros. La sorpresa del señor gobernador sería muy grande al ver
miles de hombres y mujeres humildes clamando por el pan de sus hijos. Es
achaque de los grandes hacendistas que nos gobiernan creer que los impuestos
sobre los artículos de lujo los pagan los ricos. «Aquí, que no peco», se
dicen... Los impuestos los paga siempre el que trabaja y produce. No es al que
gasta y emplea su dinero en lujos ó en caprichos al que habéis de castigar con
nuevas contribuciones; que esos, al fin, dan de comer á mucha gente y hacen
circular el dinero, sino á los que guardan y atesoran dinero, improductivo y
cobarde; dinero antisocial y antipatriótico; dinero de vagos, que deben ser tan
perseguidos como los otros vagos de la mendicidad callejera.
La familia y los admiradores de Tolstoi no ganan para sustos. ¡La guerra
que dan estos apóstoles! Tantos disgustos trae á las familias la extremada
virtud de uno de[254] sus miembros, como el vicio
más desordenado. Cierto que es de mucho gusto para los descendientes contar con
un santo de la familia en el calendario; pero los infelices parientes
contemporáneos pasan el sino. Vean ustedes este venerable conde de Tolstoi, que
acaba su vida como la empezó aquel perdulario de Verlaine, escapándose con un
amigo. Claro es que los motivos son muy diferentes; pero el disgusto para la
familia es el mismo. ¡La pobre condesa! Ya le decía ella á cierto escritor
inglés que fué á visitar al conde con intención de escribir un estudio sobre su
persona y sus obras: «¿Quiere usted saber lo que piensa mi marido? Pues ya
tiene usted trabajo, porque cada día piensa una cosa.» Y la posteridad será tan
injusta que acaso cuente en el número de los santos al conde y se olvide de la
pobre condesa.
Ni el triunfo de una obra de cierto género supone el triunfo de todas
las obras del mismo género, ni mucho menos el fracaso[255] de
todas las obras de un género contrario. El Arte es furiosamente individualista,
y en él sí cada palo aguanta su vela. Hoy ríe el público con una obra cómica y
mañana llorará con un drama. Lo de «El público lo que quiere es reir ó lo que
quiere es llorar, ó quiere obras de tesis, ó quiere obras ligeras, ó que no
quiere el verso, etc., etc.», son otras tantas vulgaridades. El público quiere
obras de todas clases, cuando le divierten ó le emocionan. Ni es una novedad
que alternen obras serias con obras regocijadas en los carteles. El teatro de
la Comedia fué siempre de los más eclécticos. Allí se estrenaron los más
caricaturescos vaudevilles franceses y las obras de Dumas y
Sardou, última palabra, en sus tiempos, del teatro «serio». Después hemos
alternado en la mejor armonía autores de las más opuestas tendencias, y el
público nunca tuvo preferencia por géneros ni por autores, sino por obras. Es
de esperar que todo seguirá lo mismo. El público aplaude y ríe con Genio
y figura porque la obra lo merece, y volverá á aplaudir y á reírse
cuantas veces acierten los[256] autores cómicos,
como bostezará ó se estará en casa cuando no acierten á interesarle los autores
serios. Los fracasados son los que creen que cuando su obra ha fracasado ha
fracasado todo un género... Nada de eso; en Arte no hay solidaridad que valga.
Cada uno es cada uno. El público no sabe de nombres genéricos; sólo sabe de
nombres propios. No hay, pues, por qué gritar: «¡Al arma, al arma!», y dejen
los bien intencionados de meter cizaña entre los autores; haga cada cual lo que
sepa y pueda, sin preocuparse de lo que hace el vecino. El verdadero vecino de
enfrente es el público. En la Comedia francesa, el teatro más serio del mundo,
después de una grave tragedia de Corneille, se representa el Monsieur
de Pourcegnag, de Molière, la más grotesca farsa que puede darse, con sus
boticarios jeringa en ristre corriendo por el patio de las butacas, y nadie se
alarma y todo está bien, y ni Corneille ni Molière ni la seriedad de la Comedia
francesa desmerecen por ello.
XXXIX
Discusión digna de los mejores tiempos de Bizancio ha sido la originada
por el aumento del impuesto sobre legados á favor del propio testador; sobre
todo, si son en provecho de su alma; que si algo deja para vanidades
corporales, como embalsamamiento, entierro de lujo, mausoleo ó erección de
cuanto cabe erigírsele á un difunto, allá el demonio ó la Hacienda con ello,
que eso importa poco; al fin, todo será economizar un poco en estas
materialidades póstumas. Pero si se trata de misas, oraciones y preces, ¡qué
terrible responsabilidad la del señor ministro de Hacienda si, por disminuir
con el impuesto la cantidad que debió aplicarse á los sufragios, el alma de
algún difunto se ve privada del descanso eterno! Nadie mejor que el interesado
puede saber el número de misas y de responsos que necesita, y es gran maldad
entrometerse en esta ad[258]ministración que sólo
corresponde á lo eclesiástico; que por algo cuando se deja á un moribundo bien
dispuesto para el último trance, suele decirse que le han administrado. Y ahora
cuántas almas, como la de Garibay famosa, vagarán sin reposo á falta de ese
dinerillo interceptado por el Fisco. ¡Ay del señor ministro de Hacienda si dan
en aparecérsele y en atormentarle tantas almas en pena! Ya, por lo pronto,
anticipándose á los muertos, claman los vivos, precisos intermediarios en estas
operaciones de salvamento de almas. Es triste cosa que todo negociado
espiritual haya de traducirse en algo material y palpable. Por eso el señor
ministro de Hacienda debe tranquilizar su conciencia, pensando que todo es cosa
de almas, y que el alma de España, ese alma tan cantada en discursos y poesías,
también tiene sus necesidades y que su espiritualidad sólo puede mostrarse por
medio de organismos materiales que cuesta mucho dinero sostener. Y ¿de dónde
sacarlo que menos duela que de las almas pecadoras? ¿Qué son unos años más de
purgatorio ante la eternidad? Sobre que en[259] muchos
casos, al cobrar la Hacienda el impuesto de estos muertos piadosos, acaso no
hará más que reparar un olvido de restitución y todo será para bien de las
almas. En cuanto á los intermediarios, si tanto se preocupan por la salvación
del difunto, no tienen más que rebajar los precios; después de todo, las
oraciones no cuestan tanto trabajo. Todo menos que los muertos anden por el
ministerio de Hacienda; porque los hay que, muertos y todo, harían inútiles las
habilidades financieras del señor ministro para sacarles los cuartos.
Una frase poco meditada, de una obra teatral, ha indignado á los
estudiantes de Medicina. La frase mortificante era injusta sobremanera, y los
autores han sido los primeros en declararlo lealmente, apresurándose á
retirarla de la obra en cuestión. Es de esas frases que sólo tienen disculpa en
el natural deseo en todo autor de halagar al auditorio á quien se dirige.
Cierto que más debían meditarse cuando es me[260]nos
ilustrado y menos puede pesar el pro y el contra. Justamente la clase médica es
la más altruísta y desinteresada. En ninguna profesión se prodiga tanto la
asistencia gratuita, y no hay médico, alto ni bajo, que al cabo del año no haya
asistido á mayor número de enfermos, por amor á la humanidad, sin estipendio
alguno, que á ricos clientes, buenos pagadores. Esto sin contar á los médicos
de partido, verdadero apostolado de la Ciencia, indignamente retribuído. De
modo que esos cadáveres destrozados no aprovechan solamente á los ricos, ni
¡qué mejor empleo puede tener un cuerpo muerto que servir al estudio y á los
progresos de la Ciencia! Poco tiempo hace que un ilustre profesor de la
Facultad, con admiración de todos, legó su cuerpo para tan altos fines.
Ahora, que los estudiantes, una vez retirada la frase, no debieron
extremar su protesta. La frase era poco razonada; bastaba protestar contra ella
con razones. No es conveniente sentar precedentes para otras protestas, que
harían imposible toda crítica social en el teatro, en el libro y en el[261] periódico. Ello ha sido que el incidente ha
venido á parar en recordarnos uno de los más graciosos lances de Don Quijote:
los autores arremetían contra los estudiantes, los estudiantes contra la
Policía, y el señor Méndez Alanís contra el Gobierno. Por fortuna, no hemos
llegado á la conflagración europea.
En estos tiempos de mal entendida democracia, en que á duras penas se
tolera que nadie se distinga, ni sobresalga, ni tenga iniciativa propia, y
todos pedimos esa modestia que es el uniforme gris de los que no pueden ir
mejor vestidos, nadie sabe el valor que supone la decisión de los hermanos
Quintero al proponerse por su cuenta, á costa de su trabajo y sin otra
cooperación que la del público, levantar un monumento al poeta de la Juventud y
del Amor; que, por ser el poeta de una edad que es de todas las vidas, ha de
ser un poeta de todas las edades del mundo.
Los que alguna vez hemos proyectado[262] alguna
idea generosa y pronto nos arrepentimos de ella como de una falta, desalentados
ante la hostilidad de los unos, la indiferencia de los otros, el comentario
burlón ó malicioso, que no dejan de suponer miras interesadas ó, por lo menos,
afán de notoriedad—¡gran pecado para los que no pueden significarse á no ser en
clase de mosquitos ó cualquier otro insecto molesto!,—sabemos lo que supone la
ilusión, la valentía de los hermanos Quintero en su noble empresa.
El público ha respondido y responderá generosamente en todas partes.
Alguna lamentable abstención pudiera notarse; esperemos que se enmendará á
tiempo.
Sólo deseo á los aplaudidos autores que esa fe y esas ilusiones de su
juventud no les falten nunca y no lleguen á sentir jamás, ante las ruindades de
tantos tristes del bien ajeno, la tristeza incurable, por ser más noble, que
produce en los espíritus generosos el mal ajeno.
XL
La conferencia de Ramiro de Maeztu, en el Ateneo, ha sido, y será por
muchos días, tema preferente de discusiones. Inequívoca señal de su mérito y de
su importancia. Vibrante síntesis de nuestra vida nacional fué la conferencia;
tal vez con más apasionamiento que serenidad; pero ¡dice tan bien un noble
apasionamiento cuando de algo que mucho nos importa se trata! Quede la plena
serenidad intelectual para cuando hayamos de ser árbitros ó jueces en extraños
asuntos; pero ¿cómo no poner calor del corazón en asunto tan propio?
Fueron las palabras de Maeztu el mejor espoleo para los espíritus
dormidos, tardos ó cobardes: el mejor lazo para unir á los que, despiertos y
fuertes, malogran, no obstante, sus alientos en el soberbio individualismo
solitario. A los españoles, más que á nadie, conviene tener presente aquel[264] apólogo oriental en que un padre muestra á sus
hijos cómo un haz de mimbres apretado no puede romperse y qué fácilmente se
quiebra cada mimbre, separado del haz, uno por uno.
Aunque á ratos pudiera dolernos y aunque algo en el fondo de nuestra
conciencia protestara, bien hizo Ramiro de Maeztu en cargar la mano sobre los
intelectuales, ya que á ellos se dirigía desde la tribuna del Ateneo. Hubiera
sido flaqueza impropia de su espíritu independiente y concesión que no hubiera
admitido su auditorio, incurrir en la fácil complacencia de esos predicadores
que truenan contra los vicios del siglo; pero tienen la dulce oportunidad de
tronar contra los pobres en iglesia de ricos, y al contrario. Ellos no faltan á
la verdad en ningún sitio; pero les falta la verdad del sitio, que es un modo
de faltar á la verdad como si se mintiera.
Los intelectuales oyeron sus verdades, y muy duras verdades. Algo puede
decirse, y alguien lo dirá, en descargo suyo. Ahora, justo es también que los
obreros oigan las suyas, y las mujeres, y la aristocracia, y[265] que
las palabras de verdad no sean perdidas; porque palabras nos vienen de todas
partes, pero ¿de dónde vendrá el ejemplo? ¿Qué serían los Evangelios sin Pasión
y sin Muerte? Oratoria, poesía... bellas palabras.
El Manzanares es digno río de la capital de España. Como la vida
española, no tiene término medio: ó no se le siente vivir, ó da fe de vida
turbulenta. Los Gobiernos pueden aprender en los ríos el mejor modo de gobernar
á los pueblos. Canalizar es la mejor política. En lo espiritual y en lo
material, tan dañosa es la sequía, por infecunda, como la inundación, por
destructora. La inundación siquiera, como las revoluciones, si destruye al
pronto, tal vez fecundiza para más tarde. Pero ¡pobres tierras las que todo lo
esperan de la inundación ó de las revoluciones! ¡Dichosas las que ven regar sus
campos regularmente por encauzadas y tranquilas aguas!
Me parece muy bien que algunos críticos, fervientes devotos de la amable
bagatela, dediquen columnas de encomiástica prosa á la tiple de sus simpatías y
al garrotín de sus aspiraciones. Pero no me parecería mal, porque no creyéramos
tan pronto que el instinto del pudor había desaparecido aunque haya venido muy
á menos, que á la representación de La vida es sueño, en el teatro
Español, se le concediera un poco de atención entretanto.
Se protesta, con la boca chica, contra la invasión de la ola verde y la
ola que pasa de castaño oscuro, y de si aquí no se hace arte como se debe, y de
si acá se debe porque se hizo arte; y, para una vez que se presenta ocasión de
celebrar una noble tentativa artística, silencio ó discreción con sordina
parecida al silencio.
La vida es sueño, no representada en el teatro Español con
frecuencia desde los tiempos de Rafael Calvo, ha sido ahora muy decorosamente
presentada, revelando una cuidadosa dirección escénica. Ricardo Calvo es el
mejor Segismundo que hemos visto, después del inolvidable Rafael Cal[267]vo, el actor de nuestra juventud y de nuestros
entusiasmos. Los demás actores componen un excelente y armónico conjunto. La
obra... no es para morirse de risa; pero puede oirse todavía. Algunas de antes
de ayer están más viejas. En fin, que por mucho menos, pero muchísimo menos,
hemos leído sartas de elogios que siempre quisiéramos ver más justificados que
la parquedad de ellos en esta ocasión.
Nos extrañaba que las calles de Madrid estuvieran tan sucias. Ahora nos
extrañará verlas alguna vez medio limpias. Nos hemos enterado de que, para
poner remedio á la suciedad, cuenta el Ayuntamiento con 80 barrenderos... para
todo Madrid. ¡Eso es lujo! ¡Vaya, que si no se puede comer sopas en esas
calles!... ¿Para cuándo esa subvención á la capital? ¿Cuándo se convencerán los
Gobiernos de que con calles limpias y carreteras bien cuidadas y bonitos
paseos, estaríamos tan á gusto, aunque nos suprimieran las garantías constitu[268]cionales, que no son de uso tan constante y necesario?
¡Estas calles de Madrid!... Créalo el Gobierno: hoy por hoy, es la única
oposición seria con que cuenta. Una vez arregladas y limpias ¡ríase el Sr.
Canalejas de los quinquenios conservadores!
XLI
Cuenta Gracián en su Criticón—perdone Azorín que
me entre por sus dominios—que, cuando españoles, portugueses, ingleses y
holandeses descubrían y se posesionaban de vastos territorios en el Nuevo
Mundo, acudió Francia en queja al supremo tribunal de la justicia divina,
lamentándose de haber sido olvidada en el reparto. Y el alto tribunal contestó
á la querella: «¿Y qué necesidad tienes, ¡oh, Francia! de unas Indias? ¿No
tienes ya bastantes Indias con España? Toda su riqueza y la de sus Indias
viene, al fin, á ser tuya; que los españoles te la ofrecen gustosos, á cambio
de tus baratijas.»
Aparte de que Francia no se halla hoy tan desprovista de territorios
coloniales, nuestra situación tributaria no ha cambiado mucho, y aun somos unas
ricas Indias para nuestra buena vecina y no tan buena[270] aliada.
Hasta el premio «gordo» de Navidad aprendió el camino, y este año se pasó á los
franceses. ¡Hay para armar otro Dos de Mayo! Tal vez más justificado que el
otro, que, al fin, entre unos buenos millones y unos infantes simples no hay
comparación posible. ¡De salud sirvan! ¡Bon profit, messieurs! Y
á ver si alguna de nuestras Oteros de exportación es la alcaldesa de Mostóles
de esos milloncejos, y algún maquereau de casa, que también
los exportamos excelentes, se encarga de reintegrarnos, en todo ó en parte, de
ese renegado premio. Pero ya verán ustedes como lo único que nos llega, en
compensación, es algún artículo de costumbres españolas poniéndonos de vuelta y
media por la inmoralidad de nuestra lotería.
Nadie más obligado que los tradicionalistas á celebrar las fiestas
tradicionales, y así la minoría parlamentaria, representante de las viejas
ideas, no ha querido que se suspendieran las sesiones de Cortes sin ha[271]cer la Pascua y sin dar su inocentada. La sesión
permanente ha tenido de una cosa y de otra. Por fortuna, los señores diputados
son gente de buen humor y se han divertido en la sesión nocturna más que un
hortera en baile de máscaras. Chirigotas, cuchipanda, amiguitas en la tribuna;
no han faltado más que las serpentinas. Y los de la obstrucción, ¡Jesús, qué
graciosos! De público, muy bien: todo el de las últimas secciones de los cines.
Con sesiones nocturnas tan divertidas se acababa con la inmoralidad de esos
espectáculos, corruptores de la ancianidad y que tantas falsas alarmas pueden
producir en algunos apacibles tálamos. Los de fuera, que en este caso es el
público que paga, pensando, aunque la ley del «candado» sea muy conveniente,
que tal vez no fuera malo una ampliación aplicable á ciertas agrupaciones y á
algunos oradores.
A propósito de inmoralidad y de candados. Distinguidas señoras pretenden
que los[272] Poderes públicos intervengan en la
moralización del teatro. ¡Ay, señoras mías! Y ¿quién tiene la culpa de eso que
ustedes llaman licencia y escándalo? Pues la educación que dan ustedes á sus
hijos. ¡Cómo!—exclamarán ustedes, indignadas.—¡Una educación cristiana, en
colegio de Padres religiosos! ¿A eso llama usted mala educación? ¿Esa puede ser
la causa de que una señora decente no pueda siquiera leer los anuncios de la
sección de espectáculos? Sí, señoras mías, nobles y honestas damas: la Iglesia,
que en otro tiempo tuvo manga muy ancha con el Arte y era maestra y depositaria
de buena literatura, hoy más que nunca, asustadiza de la funesta manía de
pensar, no educa el gusto ni el sentimiento artístico de los jóvenes
encomendados á sus enseñanzas; anatematiza todo arte, toda literatura que no
sea de propaganda en favor de sus ideas, cada vez menos amplias, más
intransigentes. En sus clases de literatura se habla más del Padre Coloma que
de Cervantes; no se inspira afición y respeto, sino horror y desconfianza á los
nombres más ilustres y gloriosos. Mientras la sujeción y[273] la
tutela de los maestros dura... menos mal: no leen á Pérez Galdós; pero tampoco
van á recrearse con una de esas empecatadas obrillas de título equívoco y de
inequívoco mal gusto. Pero al verse libres, ¿qué tendrá mayor atracción para
ellos? ¿Una obra de verdadero arte, que no sabrán apreciar porque no les
educaron el gusto para ello, ó el espectáculo grosero, el de los chistes á su
alcance, del que nadie les apartó con energía porque una blanda absolución les
tranquilizó antes por este pecadillo que por la lectura de una obra enemiga?
¿Qué importa que la carne se turbe si no se turba el pensamiento? Lo que los
buenos Padres quieren son almas y pensamientos... lo demás ¿qué importa? Lo
demás se lava y se plancha y queda como nuevo para un matrimonio ventajoso,
para un alto cargo y, sobre todo, para un ejemplar testamento con especiales
mandas y legados piadosos.
Hay una juventud incapaz de sentir emociones de arte, porque no la
educaron en el sentimiento de sus delicadezas. No os quejéis á los Poderes
públicos, señoras[274] mías: tenéis los hijos que
os merecéis, y vuestros hijos tienen los espectáculos que se merecen. El Arte
en general, el teatro en particular, no son causa de nada; son el efecto
natural de muchas causas.
¡Ah! El año pasado tuve, con el concurso de otros autores, el costoso
capricho de iniciar un teatro para niños. No solicitamos licencia del
ordinario, ni pedimos el visto bueno de ninguna cofradía, porque no hay
conciencia, por enlodada que estuviera al roce de las miserias humanas, que no
sepa por sí misma, bien claramente, el respeto que se debe al alma de un niño.
Acudieron madres y niños de la clase media y de las clases populares... A la
sociedad elegante no tuve el gusto de verla por allí. Sus automóviles y sus
coches lujosos estaban á la puerta de otros teatros de garrotín y desvergüenza.
Se comprende que acudan á que la autoridad les moralice el teatro los que no
saben contenerse en su curiosidad por las inmoralidades.
XLII
Si por bohemia se entiende independencia de nuestro espíritu, amplitud
de nuestra vida, nunca subordinada á un solo medio social; personalidad tan
enérgica que pueda comprender mil distintas personalidades, sin que nuestra
propia personalidad se pierda hasta desaparecer entre todas ellas; simpatía por
cuanto existe, sin resignación á que todo siga existiendo lo mismo, si la
bohemia es lucha y rebeldía y fuerza y vida... cierto es su encanto. Pero si la
bohemia es sólo necesidad hecha vicio, que nunca de la necesidad se pudo hacer
virtud; si es limitación de nuestra vida á un solo medio miserable,
desordenadamente ordenado en la monotonía de vagar por los mismos lugares,
entre las mismas gentes; si es flojedad y desmayo y sumisión y abdicaciones y
miseria, en fin, espiritual y física, no habrá quien nos persuada de sus[276] encantos, ni en prosa, ni en verso, ni con
música.
Si la realidad es pobreza y fealdad, no es de alma artista someterse á
ella. Los artistas están obligados á la lucha, á influir sobre la realidad
hasta transformarla, infundiendo en ella el espíritu de sus ideales. Deber es
del artista conquistar la riqueza. La vida sólo será lo que debe ser cuando la
riqueza sea de los poetas. La poesía será entonces acción y vida y entonará sus
estrofas en ciudades de arte, limpias, sanas, alegres, risueñas; en jardines de
encanto, en monumentos de gloria, con bellas criaturas de selección espiritual
y física. No despreciéis la riqueza ¡oh, artistas!, que harto tiempo ha sido de
los bárbaros, muy satisfechos con que vosotros ponderéis los encantos de la
bohemia mientras ellos gozan de todo, sin compartir sus goces más que con unos
cuantos artistas domesticados, que se complacen en enseñar á sus amigos para
darse tono de protectores del Arte. Y mientras vosotros no tengáis palacios, ni
deis fiestas en ellos, ¿cómo vais á convencer á nadie de que no son ellos los[277] que no quieren recibiros á vosotros, sino
vosotros los que no os dignáis recibirlos á ellos?
No recuerdo si lo soñé ó me lo contaron. Fué un escritor, muy discutido
en sus comienzos, que, por lo mismo, tuvo muchos admiradores: unos, jóvenes
animosos como él; otros... esos que hallan en lo infructuoso de una labor
combatida el mejor pretexto para no hacer ellos nada; otros, los muchos
fracasados, que pretenden justificar con el fracaso de una obra ajena el
fracaso de toda su obra. Todos estos admiradores admiraban más al escritor
cuanto más combatido era. Cuando, por su trabajo y su constancia, llegó á tener
verdadero público, los admiradores se desilusionaron: ¡Cómo! ¿Es posible? ¿Le
gusta al público? ¡Qué indignidad! Es que ha caído en la bajeza de hacerle
concesiones; ya no es el mismo. Y los admiradores le increparon por haberles
hecho traición. Si era para todos, ya no podían ellos presumir de su[278]periores al admirarlo. Ya no tuvo admiradores fieles
más que en sus fracasos; cuando no hacía concesiones al público. Si alguna vez,
por descanso ó por capricho ó por necesidad, escribía una obra, sin más
pretensiones que la de ganar algún dinero, aunque en ella no ofendiera
gravemente su sentimiento del arte, los fieles admiradores no podían
consentirlo y eran los primeros en protestar iracundos: ¡Qué indignidad! ¡Viene
á buscar dinero! Y ellos, con sus protestas, eran los primeros en impedir que
tan natural propósito, y por tan inocente medio, se lograra. Así, tuvo que
resignarse á no tener dinero en su vida, para satisfacción de sus admiradores.
¿Buscarlo por otros medios? Menos aún; sus admiradores no lo consentirían: su
deber era hacer Arte, Arte puro... Cuando murió... los admiradores acordaron
costearle un monumento; se reunió poco dinero, y los admiradores acordaron que
aquello era una indignidad. Para hacer mal las cosas, más valía no hacerlas. El
monumento había de ser magnífico, ó no sería... Y no fué, en efecto. Los
admirado[279]res velaban fielmente su gloria póstuma
como la velaron en vida.
No sé si lo soñé ó me lo contaron; pero siempre que recibo alguna carta
firmada por «Un admirador», me echo á temblar recordando la historia de aquella
víctima de sus admiradores. Todas las cartas así firmadas son de alguien que
pretende administrarnos la hacienda, la moral, el buen humor, lo que ellos
llaman nuestros prestigios, nuestra vida pública y nuestra vida privada... No
¡por Dios!, señores; yo no quiero ser admirado á todas horas ni en todos los
actos de mi vida; que descanse vuestra admiración y que me deje descansar. No
me escriban ustedes cartas; porque desde ahora no leeré ninguna que traiga por
firma el consabido «Un admirador» como no incluya un billete de 1.000 pesetas;
única prueba de verdadera admiración que me ofrece alguna garantía y justa
compensación del dinero que me habrán ustedes impedido ganar por admirarme
demasiado.
Cuando creemos haber hecho todo lo posible por remediar las mayores
miserias, siempre nos queda el desconsuelo de no haber remediado una: la
ingratitud. Los bienhechores deben contar con ella y compadecer doblemente al
ingrato. ¡Qué horrible debe ser la pobreza, cuando así llega á entumecer el
corazón!
XLIII
La regia munificencia ha dado una oportuna lección á la Real Academia
Española. Arbitro, administradora y dispensadora de premios, padece la ilustre
Corporación, como vieja tacaña, la manía de hacer comiditas con las cantidades
confiadas por gentes respetuosas de los prestigios oficiales, á los buenos
oficios y mejor voluntad, de la sabia y la docta del esplendor, el brillo y la
fijeza.
¡Dos mil pesetas para un solo escritor!—habrá pensado la vieja
rica.—¿Para qué necesita tanto dinero un hombre solo? Y ¡literato y poeta! Para
que se acostumbre mal ó lo eche en vicios, como adquisición de libros, viajes ó
cualquier otra perturbación de la inteligencia. Nada, nada; con 1.000 pesetitas
á cada uno, podemos hacer á dos felices. Y mucho es que no han repartido la
cantidad en bonos de á peseta para dar[282] un día
feliz á toda la bohemia literaria. Bien está que, entre los académicos, haya
quien disfrute, por diferentes conceptos y prebendas, pingües beneficios, sin
pensar en repartir de ellos; pero esos otros escritores de la calle... ¿para
qué quieren el dinero? El dinero embota el entendimiento; lo saben bien muchos
académicos. La necesidad sirve de espuela al ingenio; el dinero, tal vez sólo
de albarda.
Recuerda Parmeno en el Heraldo que los
académicos están encargados también de conceder algunos premios á las mejores
obras dramáticas escritas ó publicadas cada año, y que este premio no se ha
concedido desde muy larga fecha. ¿Por qué? La suspicacia de Parmeno señala
los motivos probables. Fuera ridículo no recoger la alusión á mi persona, por
la modestia de no aceptar un adjetivo laudatorio. Pero yo creo que Parmeno está
equivocado. Para optar á esos premios es condición precisa que el autor, por sí
mismo ó por otra persona, la presente y someta al juicio de la Academia. Ni por
mí, ni por persona autorizada por mí, he presentado yo nunca una obra mía[283] á ese concurso. Primero, porque no tuve nunca la
presunción de que una obra mía fuera la mejor de las representadas en temporada
alguna. Después, porque al día siguiente de obtener el premio, la obra valdría
lo mismo. Ya sabemos que los premios oficiales, con muy buen acuerdo, han de
atender sobre todo á la ortodoxia de la obra. Esos premios han de ser siempre
para los poetas—como dijo Heine,—que no tienen de poetas más que el ser
virtuosos. Claro es que se puede ser virtuoso y ser buen poeta; pero también se
puede lo contrario; porque yo creo que la virtud del poeta es... ser poeta. De
otro modo, borraríamos de la lista á Cervantes, á Lope, á Shakespeare, á Byron,
á Shelley—dejo á otros, y no de los peores,—todos gente poco disciplinada en su
vida y en sus opiniones, difíciles de encasillar en partidos políticos, que
pueden hacer gloria de su fama.
El artista que campa por sus respetos no espera nunca protección
oficial. Con ese no pueden atarse dos cuartos de cominos—piensa el dispensador
de mercedes.—Los cintajos y las distinciones son para el so[284]metido.
¿Fulano?—dicen.—Sí, gran talento. ¡Si sentara la cabeza! Fulano tal vez sienta
la cabeza, y aquel día quizás deja de tener talento, que el talento no es para
sentado.
Cuenta Plutarco, de no sé qué general griego ó romano, quien, viendo
combatir con furioso denuedo á uno de sus soldados, acercósele al terminar de
la batalla y, admirado de su valor, quiso informarse de quién era. Supo
entonces que aquel valiente era el hombre más desgraciado del mundo, por
carecer de todo, y, que tan desesperada era su vida, que sólo buscaba la
muerte. Concedióle el general riqueza y galardones, dióle mando y honores; y en
otra batalla, á pocos días, vió cómo, en cobarde fuga, arrojaba las armas y
corría á esconderse en lugar seguro. Acudió el general á reprenderle por su
cobardía, y él entonces: ¿Qué te admira?—le dijo.—Ayer estaba desesperado; nada
tenía que perder, nada me importaba la vida... Hoy soy feliz, soy rico... La
muerte me asusta.
Y es que todo combatiente, soldado ó poeta, bien está sin premio. El
valor y la[285] inteligencia han de ser indomables,
y las golosinas son grandes domesticadoras.
A despecho de los verdaderos aficionados á la buena música, el
intérprete se sobrepondrá siempre á la obra, y S. M. el Divo se alzará sobre
Wagner en alas de Pussini. Mejor dicho, Puccini se alzará sobre Wagner en alas
del divo. Ni estos falsos dioses tendrán nunca su ocaso, mientras vayan unidos,
ni el Ocaso hallará nunca sus dioses mientras divas y divos prefieran la gloria
personal á la pura gloria de someterse á no brillar como astros teatrales.
¿Por qué esa afición de los grandes actores y de los grandes cantantes á
las malas comedias y á las malas óperas? ¿Es que su vanidad queda más
satisfecha no consintiendo que la obra se sobreponga al intérprete? ¿No será
posible hallar un gran artista que se resigne á interpretar verdadero arte?
Mientras Wagner padece su ocaso, el tenor Anselmi impone á la admi[286]ración la Tosca y Romeo y
Julieta. Las abonadas sueñan con Mario Cavaradossi, con Romeo, con Des
Grieux. Algunas sueñan con que Anselmi cante el dúo de los besos de El
conde de Luxemburgo. Pueden pedirle que lo cante en la noche de su
beneficio. El beneficio del tenor, naturalmente.
Una historieta que refiere un periódico francés. Un padre acaudalado
satisfacía con esplendidez todos los gastos de su primogénito; pero
sorprendíale que, sobre la cantidad entregada mensualmente, el mozo le pidiera
siempre un importante suplemento.
—¿No lo tienes todo pagado? ¿Qué significa esto?
—Esto significa, papá, que hay gastos... gastos, en fin, cuya
justificación no debo detallarte, aunque tú debes comprenderla.
—Sí, lo comprendo; pero mira, para saber á qué atenerme, me pides lo que
necesitas y, para justificarlo, me dices: «Gas[287]tos
de caza, tanto», y no hay más que hablar.
—Convenido.
La partida quedó desde luego asentada en esta forma mensualmente. El
respeto quedaba á salvo.
Con gran sorpresa observó el padre que la partida dejó de figurar en
cuenta durante dos ó tres meses.
—Vaya—pensó.—¿Dónde cazará ahora mi hijo, que no me cuesta nada?
Pero cuál no sería su desencanto al leer, al cabo de cierto tiempo, esta
nota de gastos suplementarios: «Al armero, 2.000 pesetas».
XLIV
Un niño, por travesura ó por desgracia, cae en la fuente de una plaza
pública y muere ahogado, bajo muy poca agua, en presencia de numerosos curiosos
y de dos agentes de la autoridad, representación, no por modesta menos
respetable, del Estado tutelar y protector. Sobre los dos infelices guardas han
caído todo el rigor de los superiores y todas las recriminaciones de la
opinión. El señor presidente del Consejo dijo muy bien que no debieran ser sólo
los guardias los castigados. Pero aunque para el Código penal sean delitos las
omisiones tanto como las acciones, ¿qué medio hay en la ley para hacer efectiva
la responsabilidad de una multitud indiferente? Y si miramos á nuestra
conciencia, ¿no hallaremos en la impune omisión de los curiosos, lo mismo que
en la punible de los guardias, síntomas de un esta[290]do
de conciencia social del que todos participamos? ¡Era tan poca el agua! El
niño, sin duda, podría levantarse y salir por sí solo. Tal vez si alguien se
hubiera precipitado á socorrerle los curiosos se hubieran reído al verle
chapotear en el agua; el regocijo hubiera subido de punto si era uno de los
guardias. ¡Qué escena de película cinematográfica! ¡Estamos tan hechos á reímos
de los agentes de la autoridad en sainetes y revistas llenas de gracia! Como el
salvamento se hubiera logrado á poca costa, ¡cuánto nos hubiéramos burlado del
salvador, si hubiera pretendido hacer valer su pobre hazaña! ¡Salvamento de
náufragos en el pilón de una fuente! Chistes, caricaturas, ingenio... Las
tragedias son así: necesitan un final trágico para que parezcan tragedias.
Cuando se empieza á morir, hay que morirse; de otro modo, ¿quién cree que era
tanto el peligro? No culpemos demasiado á los espectadores y á los guardias,
más temerosos del ridículo que de un remojón insignificante, ¡Los pantalones de
la autoridad enfangados! ¡El uniforme prestigioso cho[291]rreando!
¿No tendremos todos en nuestra vida alguna culpable omisión de que acusarnos?
¿No habremos dejado también que alguna criatura, tal vez indiferente, tal vez
querida, se haya ahogado ante nosotros, en muy poca agua, sin que nuestra mano
se tendiera protectora, sin que diéramos el paso que corre á sostener, sin que
de nuestros labios saliera la palabra precisa de compasión ó de esperanza? Agua
ó llanto ¡parecían tan poco! Cuando el agua ó el llanto ahogaron, ya era tarde.
El heroísmo pide grandes empresas: mares embravecidos, batallas, dolores
trágicos. Ante el peligro de la fuente, ¿no es ridículo el gesto heroico? ¡El
agua era tan poca! ¡Las fuerzas del niño eran menos! ¿Cuántas almas de niño no
habremos dejado así ahogar, en muy poca agua, por no afrontar el heroísmo del
ridículo? ¡Si diéramos siempre el paso que debemos dar! ¡Si dijéramos siempre
la palabra que debemos decir!
La Academia de la Poesía se dispone á festejar el centenario de
Cervantes, sin ol[292]vidar el de Shakespeare; pues
tampoco los ingleses, según noticias, se olvidarán de nuestro manco, que no lo
era para poder muy bien andar de mano con su contemporáneo glorioso. Aquí no
puede decirse que baza mayor quita menor, y nunca estuvo tan en su punto lo de
«región de los iguales».
Si atendemos al calendario parecerá que se toma con tiempo y que, del
1911 al 16, hay días sobrados. Pero el tiempo español, entre lo perdido y lo
matado, y lo que se echa á perder y á morir, entre discusiones y discurseos,
pasa sin enterarnos. La Academia cuenta con el apoyo de los Gobiernos. Digo de
los Gobiernos, porque de aquí al 1916—perdone el Sr. Canalejas la desconfianza,
que no es por él precisamente—¡sabe Dios cuántos Gobiernos se habrán sucedido!
Es de esperar, no obstante, que todos se muestren por igual bien dispuestos á
celebrar con todo esplendor y esplendidez tan señalada fecha. No es cosa de que
se haga cuestión política, ni de que unos pretendan ensalzar á Cervantes por
reaccionario y otros por liberal, y unos miren[293] á
Shakespeare como católico romano y otros le consideren como protestante. Nos
gobiernen para entonces el Sr. Maura ó el Sr. Canalejas, creemos que, honras
fúnebres más ó menos, con sermón del Padre Calpena ó del obispo de Sión ó del
Padre Maestre ó del doctor Zacarías, lo demás todo será como esté proyectado,
sin que haya un Sr. Rodríguez Sampedro que procure escatimar gasto alguno.
Desde luego ha de procurarse que el festejo sea de todos y para todos.
Bien están los actos académicos, las ceremonias oficiales; pero sol, aire y
plaza pública, sobre todo. Cabalgatas espléndidas, en que tomen parte nobleza,
Ejército, artistas, sin temor al pícaro ridículo del disfraz ni de la
exhibición. Representaciones callejeras de algunos entremeses de Cervantes,
representación entre las frondas de la Moncloa ó de Aranjuez de alguna comedia
de Shakespeare: El sueño de una noche de verano ó Como
gustéis. ¡Tanto puede hacerse con buen gusto y con arte! Debe pensarse que,
cuanto mejor sea todo ello, será más productivo. En estas cosas la tacañe[294]ría es lo más ruinoso. ¡A fantasear, poetas! Y sea la
primera fantasía ver cómo se saca el dinero á los que lo tienen. No os
detengáis ante ningún ditirambo adulador. Cervantes y Shakespeare eran los que
eran y, ¡ay!, también adularon á los poderosos.
XLV
Los primeros pantalones femeninos, en su aspecto callejero y visible,
han tenido un ruidoso fracaso; pero los modistos y modistas franceses, como si
obedecieran á un alto mandato de la Divinidad, insisten en que nada podrá
oponerse al triunfo definitivo de los calzones. Peores principios tuvieron
otras modas, al fin universalmente aceptadas. Los primeros miriñaques, los
primeros sombreros de copa, no lograron mejor éxito en sus comienzos. No podrá
decirse que esta moda es señal de los tiempos modernos, ni uso impuesto por la
vida en los pueblos civilizados; pues más que un avance hacia lo porvenir, trae
á nuestra imaginación el recuerdo de Turquía y de Marruecos, y, ya más cerca de
nosotros, la evocación teatral de La conquista de Madrid y El
tributo de las cien doncellas, memorias de los buenos tiempos zarzueleros,[296] que no son ¡ay! para rejuvenecer á nadie.
Todo será que la vista se acostumbre. La caricatura y el teatro,
pretendiendo ridiculizar la nueva moda, serán sus mejores propagandistas.
Después las pastorales de algunos obispos y las predicaciones anatematizadoras,
acabarán por decidir el éxito. En cuanto las mujeres crean que la moda es
invención del demonio, no dudarán en aceptarla, seguras de que el demonio es
muy inteligente en tentaciones.
En realidad, la moda nada tiene de impúdica. El aire y la lluvia pierden
su imperio sobre ella; acabaron los graciosos efectos de falda recogida. Es una
moda que, por su nombre, pantalones, promete más que cumple. Es más; que ha de
dejar muchas promesas incumplidas, por dificultades de tiempo y de ocasión. A
no ser, por lo que tiene de ley la moda, que pueda también decirse de ella:
«Hecha la ley, hecha la trampa». Pero, hasta ahora, la trampa no parece por
ninguna parte. Los modelos lucidos hasta hoy son de tanta seguridad como una
caja de caudales. Quizás sea ésta la más clara señal de su moderni[297]dad. O acaso estén próximos los días, pronosticados
por San Pablo, en que los hombres se subirán á los árboles por huir de las
mujeres; y si ellas dan en trepar para perseguirlos, claro está que el pantalón
es necesario.
Los sastres también pretenden, por su parte, dar algún golpe de efecto
en la indumentaria masculina. Unos vuelven los ojos al año 30, otros reniegan
de toda tradición y abren concursos entre dibujantes para hallar algo nuevo.
Pero lo nuevo no parece; es casi seguro que volveremos á las modas del año 30;
por lo menos, en los trajes de sociedad. Para los trajines de la vida diaria,
el automóvil, la caza, el aeroplano, impondrán la moda con sus necesidades.
Seremos de un siglo por el día y de otro por la noche. ¿No es así toda la vida
moderna? ¿En quién de nosotros no vive, no piensa, no se agita la vida de cien
generaciones futuras, que nos dice sin cesar: «¡Adelante, adelante!»? ¿Sobre
quién no pesa la muerte de otras tantas generaciones pasadas, que nos dicen:
«¿Por qué luchar, por qué inquietarse?» Por fortu[298]na,
la acción contradice á cada paso á nuestro pensamiento y nuestro pensamiento es
constante contradicción de nuestras acciones.
El doctor Decref ha informado, con gran conocimiento de causa, en la
Sociedad de Higiene, sobre la higiene en el teatro. Si grandes deficiencias
puede advertirse en los teatros mejor acondicionados, en la parte destinada al
público, que, al fin, es el que paga y puede gritar, aunque no grite lo que
debiera, ¿qué no será en la parte destinada á los artistas y dependencias, que
nada pagan y si gritaran no cobrarían? De éstos principalmente se ha cuidado el
doctor Decref en su información, y bien pueden estarle agradecidos los
interesados.
Ahora que, si la intención es buena, nunca la mala práctica puede
oponerse con mayor razón á la generosa teoría. Los teatros por dentro son
lugares en que toda infección debe tener su natural microbio; pero sin duda los
que, por necesidad ó por gusto,[299] pasamos lo
mejor de nuestra vida en ellos, hemos logrado, por el mismo procedimiento, la
inmunidad que logró Mitridates contra los venenos.
Casos de longevidad extraordinaria, muy frecuentes entre los actores
dramáticos, son un verdadero escarnio contra todos los preceptos higiénicos. Y
en cuanto á conservación y buen parecer, ¿en qué otra profesión puede llegarse
á nada parecido? No ya entre mujeres del pueblo, envejecidas á los treinta
años, aun entre damas de la aristocracia, muy cuidadas y muy bien prendidas, no
se observa lo que es natural y corriente entre las actrices: una apariencia de
juventud que llega á confundirse con la juventud misma. Hay actrices que le
hacen á uno dudar de su fe de bautismo. Y ¡cómo se complacen y se recrean en
humillarnos, con su invencible naturaleza y un poco de colorete por cómplices!
Cuantos más años vienen sobre ellas, más los desafían invulnerables. Con un
vestido blanco de lo más vaporoso y una pamelita de paja ornada de capullos de
rosa, triscando por la escena, con la boquita frunci[300]da
y los ojos entornados, ¡cómo saben conmovernos llorando sus amores
contrariados! ¡Papá! ¡Mamá! ¡Primito! ¡Tiíta!
¿Y los galanes? ¿No es también admirable su estado de conservación?
Sólo en el teatro y en la política se es joven á los cincuenta años. Lo
que prueba que nada significa el aire que se respira y el ambiente en que se
vive. Acaso unos teatros muy higienizados y una atmósfera política muy
purificada no permitieran esas perpetuas juventudes que son gala de tantos
escenarios y de tantos Gobiernos.
FIN
End of the
Project Gutenberg EBook of De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte
(de 5), by
Jacinto Benavente
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DE
SOBREMESA; TERCERA PARTE ***


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