© Libro N° 9507. El Enamorado De La Señora Maigret. Simenon, George. Emancipación. Enero
22 de 2022.
Título original: © El Enamorado De La Señora Maigret. George
Simenon
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Original: © El Enamorado De La Señora Maigret. George Simenon
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EL ENAMORADO DE LA SEÑORA MAIGRET
George Simenon
El Enamorado De La Señora Maigret
George Simenon
George
Simenon
(Lieja,
Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Enamorado
De La Señora Maigret (1939)
(“L’amoureux
de Madame Maigret”)
Originalmente
publicado en Police-Roman
(n° 66, 28 de
julio de 1939);
Les nouvelles
enquêtes de Maigret
(París:
Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)
I
En casa de los Maigret, como
en la mayor parte de las familias, había un cierto número de tradiciones que
acababan por tomar tanta importancia como, para otras, los ritos de una
religión.
Así, tras vivir años y años
en la plaza Vosges, el comisario tenía la costumbre, en verano, desde que
empezaba a subir la escalera que daba al patio, de desanudar su oscura corbata,
lo que le daba tiempo de alcanzar el primer piso.
La escalera del inmueble,
que como todos los de la plaza había sido antaño un suntuoso hotel particular,
cesaba, en este instante, de elevarse con majestad a lo largo de una reja de
hierro forjado y de paredes de falso mármol; se hacía estrecha y empinada, y
Maigret, que resoplaba un poco, alcanzaba el segundo piso con el cuello
abierto.
Le quedaba continuar por un
corredor mal iluminado hasta su puerta, la tercera a la izquierda, y, cuando
introducía la llave en la cerradura, con la chaqueta al brazo, lanzaba el
tradicional «¡Soy yo!».
Y resoplaba, adivinaba por
el olor lo que había para comer, entraba en el comedor, cuyo ventanal estaba
abierto al espectáculo deslumbrante de la plaza en donde cantaban cuatro
fuentes.
Era junio. El tiempo era
particularmente cálido y toda la Policía Judicial únicamente se entretenía con
las vacaciones. A veces, en plenos bulevares, se veían personas con la chaqueta
al brazo y la cerveza corría a oleadas en todas las terrazas.
—¿Has visto a tu enamorado?
—preguntaba el comisario, plantado ante la ventana y enjugándose la frente.
Nadie hubiera podido decir
en aquel momento que venía, tras una estancia de horas, de aquella especie de
laboratorio anticriminal que es la Policía judicial, de inclinarse sobre los
aspectos más sombríos y los más descorazonadores del alma humana.
Y fuera del trabajo
cualquier nadería le divertía, sobre todo cuando se trataba de hacer rabiar a
la muy ingenua señora Maigret. Desde hacía quince días, la broma clásica era la
de preguntarle a ésta noticias de su enamorado.
—¿Ha dado sus dos
vueltecitas de circo alrededor de la plaza? ¿Siempre tan misterioso y
distinguido? ¡Cuando pienso que sientes debilidad por los hombres distinguidos
y que te has casado conmigo!
La señora Maigret iba y
venía, ponía la mesa, pues no quería criada y se contentaba con una interina
por las mañanas para el trabajo pesado. Seguía el juego.
—¡Yo no he dicho que sea
distinguido!
—Pero me lo has descrito:
sombrero gris perla, ribete, bigotillo levantado y probablemente teñido, bastón
con empuñadura de marfil esculpido…
—¡Puedes reírte!… Un día u
otro constatarás que tengo razón. Te digo que no es un hombre como los demás y
que en su conducta esconde algo grave.
Desde la ventana, se
seguían maquinalmente las idas y venidas de la plaza, bastante desierta por la
mañana, pero donde, por la tarde, las mamás y las criadas del barrio se
sentaban en los bancos vigilando los juegos de los niños.
Alrededor de la plaza, que
con sus viejas verjas es una de las más clásicas de París, las casas son todas
parecidas, con sus arcadas y sus techos de pizarra en pendiente acusada.
Al principio, la señora
Maigret sólo había prestado una atención fortuita al desconocido que
difícilmente podía pasar inadvertido, porque todo, en su aspecto y en su
actitud se retrasaba veinte o treinta años, puesto que parecía un apuesto
anciano como sólo se encuentran en los dibujos de los tebeos.
Era muy pronto. La hora en
la que están abiertas las ventanas de las casas y en las que se veía, en los
apartamentos, a las criadas afanándose en la limpieza.
—¡Se diría que busca algo!
—Había notado la señora Maigret.
Por la tarde había ido a
casa de su hermana y al día siguiente, exactamente a la misma hora, volvía a
encontrar a su desconocido que, con paso igual, daba la vuelta a la plaza, una
vez, dos veces, y por fin desaparecía en dirección a la République.
—Seguramente un buen hombre
al que le gustan las criadas y que viene a ver cómo sacuden las alfombras
—había dicho Maigret cuando su mujer, hablando de unas cosas y de otras, había
evocado a su apuesto anciano.
Ahora bien, aquella tarde
se había quedado muy sorprendida al verle, desde las tres, sentado en un banco,
justo enfrente de su casa, inmóvil, con las dos manos sobre la empuñadura de su
bastón.
A las cuatro todavía estaba
allí. A las cinco seguía. Sólo hacia las seis invariablemente se levantaba y se
alejaba por la calle Tournelles, sin haber dirigido la palabra a nadie, sin
haber desplegado siquiera el periódico.
—¿No lo encuentras raro,
Maigret?
La señora Maigret siempre
llamaba a su marido por el apellido.
—Ya te lo he dicho:
seguramente tenía a su alrededor bonitas criadas…
Y al día siguiente, la
señora Maigret volvía a la carga:
—Le he observado bien,
porque se ha quedado tres horas en el mismo banco, en el mismo sitio.
—¡Dilo, pues! ¡Tal vez era
para contemplarte! Desde ese banco se debe de ver nuestro apartamento y ese
señor está enamorado de ti…
—¡No digas estupideces!
—En primer lugar, se sirve
de un bastón y a ti siempre te han gustado los hombres que andan con un bastón.
Apostaría a que lleva monóculo.
—¿Por qué?
—¡Porque tienes debilidad
por los hombres que llevan monóculo!
Reñían dulcemente, después
de veinte años de matrimonio, saboreando la paz de su interior.
—Escucha…
»Miré atentamente a su
alrededor. Había una criada, en efecto, justo enfrente, en una silla. Es una
criada en la que ya me fijé en la frutería, en primer lugar porque es muy
bonita y a continuación porque parece distinguida.
—¡Ahí está! —dijo
triunfalmente Maigret—. Tu distinguida criada está sentada frente al señor
anciano. Y te habrás fijado en que a veces las mujeres se sientan sin prestar
demasiada atención a las perspectivas que proporcionan y tu enamorado se ha
pasado la tarde recreándose la vista.
—¡Sólo piensas en eso!
—Tanto que todavía no he
visto a tu hombre-misterio…
—¡Y qué culpa tengo yo si
no viene a las horas que tú estás aquí!
Y Maigret, que estaba
inmerso en tantos dramas, se recreaba con aquellas fáciles chanzas; nunca
olvidaba pedir noticias de aquel que se había convertido, en su lenguaje, en
enamorado de la señora Maigret.
—¡Puedes reírte tanto como
quieras! Lo que no impide que haya algo en él, no sé el qué, que me fascina y
que me da un poco de miedo. No sé cómo decirlo. Cuando se le mira, no se pueden
apartar los ojos de él. Durante horas, es capaz de permanecer en su sitio sin
hacer un movimiento y sus pupilas no se mueven bajo el monóculo.
—¿Has visto sus pupilas
desde aquí?
La señora Maigret casi
enrojeció, como cogida en una falta.
—Fui a verle de más cerca.
Quería saber sobre todo si habías dicho la verdad. Pues bien, la criada rubia,
que va siempre acompañada por dos niños, se comporta muy discretamente y no se
puede decir nada.
—¿También ella permanece
ahí toda la tarde?
—Llega hacia las tres,
generalmente después del hombre. Siempre trae un trabajo de ganchillo. Se
marchan poco más o menos a la vez. Durante horas se aplica a su labor sin
levantar la cabeza, sólo lo hace a veces para llamar a los niños que se alejan.
—¿No crees, querida, que
hay en las plazas de París centenares de criadas que hacen ganchillo o media
durante horas vigilando a los niños de sus señores?
—¡Es posible!
—¿Y montones de viejos
rentistas que no tienen otra distracción que calentarse al sol mirando con más
o menos concupiscencia a una persona agradable?
—Éste no es viejo.
—Tú misma me has dicho que
su bigote era teñido y que debía de llevar peluca.
—Sí, pero no es viejo.
—¿La misma edad que yo?
—O un poco más viejo o un
poco más joven.
Y Maigret, fingiendo estar
celoso, gruñía:
—Será preciso que un día de
estos venga a mirar de cerca a tu enamorado.
Tampoco la señora Maigret
pensaba en ello seriamente. De la misma manera se habían interesado durante un
tiempo, por juego, por dos enamorados que se encontraban cada noche bajo las
arcadas, con sus peleas y sus reconciliaciones, hasta el día en que la joven,
que estaba de criada en casa del lechero, se había reunido, en el mismo sitio
exactamente, con otro joven.
—¿Sabes, Maigret?
—¿Qué?
—He reflexionado. Me he
preguntado si ese hombre no está ahí para espiar a alguien.
Los días pasaban y el sol
se hacía cada vez más cálido; por la noche, el gentío era más numeroso en la
plaza, formado por todos los pequeños artesanos de las calles vecinas que iban
a tomar el fresco alrededor de las cuatro fuentes.
—Lo que me parece extraño
es que por la mañana no se siente nunca. ¿Y por qué da la vuelta a la plaza dos
veces como si esperase una señal?
—¿Qué hace tu bonita rubia
en ese momento?
—No puedo verla. Está
situada en una casa de la derecha y desde aquí no se ve nada de lo que allí
ocurre. La encuentro en el mercado, en donde no habla con nadie, sólo para
decir a los vendedores lo que quiere. Nunca discute un precio, aunque se deja
robar por lo menos un veinte por ciento. Tiene el aspecto de pensar siempre en
otra cosa.
—Pues bien, cuando tenga
que llevar a cabo una vigilancia delicada, te la encargaré a ti en lugar de a
mis hombres.
—¡Búrlate! Ya se verá si un
día u otro no…
Eran las ocho. Maigret ya
había cenado, lo que era raro, porque de costumbre se veía retenido hasta
bastante tarde en el Quai des Orfèvres.
* * *
En mangas de camisa, estaba
acodado a la ventana, la pipa entre los dientes, miraba vagamente al cielo
rosado, que el crepúsculo no tardaría en hacer desaparecer, y la plaza Vosges,
llena de una muchedumbre lánguida a causa del prematuro verano.
Detrás, oía los ruidos que
indicaban que la señora Maigret acababa de ordenar su vajilla y que no tardaría
en venir junto a él con una tarea cualquiera.
Tardes como aquélla, sin un
sucio asunto que dilucidar, sin un asesino que descubrir, sin un ladrón que
vigilar, tardes en las que el pensamiento podía vagar por el rosado del cielo,
eran raras y tal vez nunca Maigret había encontrado su pipa tan buena cuando,
de repente, sin volverse, llamó:
—¡Henriette!
—¿Quieres algo?
—Ven a ver…
Con el mango de su pipa le
señalaba un banco, justo enfrente de ellos. Sentado en una esquina del banco,
un anciano de tipo vagabundo echaba un sueñecito. En la otra esquina…
—¡Es él! —declaró la señora
Maigret.
Le parecía casi indecente
que «su» paseante de la tarde hubiera alterado su horario y se encontrase a
semejante hora en el banco.
—Se diría que está dormido
—murmuró Maigret, volviendo a encender su pipa—. Si no tuviese que subir dos
pisos, iría a ver de más cerca a tu enamorado para saber exactamente cómo es…
La señora Maigret volvió a
su cocina. Maigret siguió la pelea de tres muchachos que acabaron rodando por
el polvo, mientras otros daban vueltas a su alrededor montados en patinetes.
Ya había fumado su segunda
pipa y Maigret seguía en su sitio, el desconocido también, mientras el
vagabundo se había puesto pesadamente en marcha hacia los muelles del Sena. La
señora Maigret se sentó con un trabajo de costura sobre las rodillas,
trabajadora incapaz de permanecer una hora sin hacer nada.
—¿Todavía está ahí?
—Sí.
—¿No van a cerrar las
verjas?
—Dentro de algunos minutos.
El guarda empieza a enviar a los paseantes hacia las salidas.
Ahora bien, el guarda no se
fijó en el desconocido. Éste no se movió y tres de las puertas estaban ya
cerradas. El guarda iba a meter la llave en la cerradura de la cuarta cuando
Maigret, sin decir nada, cogió su chaqueta y bajó.
Desde lo alto, la señora
Maigret le vio discutir con el hombre de verde, que se tomaba muy en serio su
oficio de vigilante de la plaza. El hombre, sin embargo, acabó por dejar entrar
al comisario, quien fue directo hacia el desconocido del monóculo.
La señora Maigret se había
levantado. Presentía que había pasado algo y dirigía a su marido un gesto que
significaba: «¿Ya está?».
No hubiera podido precisar
qué, pero desde hacía días y días esperaba un acontecimiento. Maigret afirmaba
con la cabeza, apostaba al guarda de la plaza cerca de la verja y subía a su
casa.
—Mi cuello, mi corbata…
—¿Está muerto?
—¡Muerto y bien muerto!
Desde hace dos horas por lo menos o mientras yo no me fijaba.
—¿Crees que ha tenido un
ataque?
Silencio de Maigret, que
siempre tenía alguna dificultad para anudarse la corbata.
—¿Qué vas a hacer?
—¡Toma! ¡Empezar la
investigación! Avisar al juzgado, al médico forense y a toda la lira…
Una aterciopelada oscuridad
había caído sobre la plaza en la que se había intensificado el canto de las
fuentes, de las cuales, la cuarta, siempre la misma, tenía un sonido más
agreste que las demás.
Algunos instantes más
tarde, Maigret entraba en el estanco de la calle Pas-de-la-Mule, efectuaba una
serie de telefonazos y encontraba a un agente al que apostaba en lugar del
vigilante de la plaza en la puerta de la verja.
La señora Maigret no quería
bajar. Sabía que su marido tenía horror de verla mezclarse en sus asuntos.
También comprendía que, por una vez, estaba tranquilo, porque nadie había
notado la muerte del portador del monóculo, ni las idas y venidas del
comisario. La plaza, además, estaba casi desierta. Únicamente los floristas de
abajo estaban sentados ante su puerta y el vendedor de accesorios para coche,
con larga bata gris, había ido a charlar con ellos.
Se extrañaron al ver a un
primer coche detenerse ante la verja y penetrar en la plaza; acabaron por
aproximarse cuando vieron a un segundo automóvil y a un señor solemne que debía
de pertenecer a la policía. Por fin, cuando llegó la ambulancia, el grupo de
curiosos era de unas cincuenta personas, pero nadie sospechaba la razón de
aquella extraña concentración, porque los arbustos escondían la escena
principal.
La señora Maigret no había
encendido las lámparas: aquello le ocurría a menudo cuando estaba sola. Miraba
a la plaza, veía abrirse las ventanas, pero no distinguía a la criada rubia y
tan bonita. La ambulancia se marchó en primer lugar, en dirección al Instituto
Médico-Legal.
Luego un coche con algunas
personas…
Maigret, en la acera,
charló algunos instantes con unos señores antes de atravesar la calle y entrar
en su casa.
—¿No enciendes? —preguntó
gruñón, intentando ver algo en la oscuridad.
Ella giró el conmutador.
—Cierra la ventana… No hace
calor…
Aquél no era el Maigret
despreocupado de hacía un momento, sino el de la P. J. cuyos accesos de mal
humor hacían temblar a los jóvenes inspectores.
—¡Deja de coser! ¡Eres
enervante! ¿No puedes estar un instante sin tener algo entre manos?
Cesó de coser. Él recorría
el pequeño apartamento, con las manos en la espalda, lanzando a veces a su
mujer una extraña mirada.
—¿Por qué me has dicho que
tan pronto te parecía joven como viejo?
—No lo sé… Es una
impresión… ¿Por qué? ¿Qué edad tiene?
—En todo caso no llega a
los treinta años.
—¿Qué es lo que dices?
—Te digo que tu buen hombre
no es lo que parecía ser… Digo que bajo su peluca se escondían cabellos rubios,
que su bigote era postizo y que llevaba una especie de corsé que le hacía
aparecer encorvado como un apuesto anciano…
—Pero…
—No hay «peros» que valgan.
Todavía me pregunto por qué milagro has llegado a olfatear este asunto…
La hacía casi responsable
de lo que había pasado, de aquella velada ida al traste, del trabajo en
perspectiva.
—Sabes lo que pasa, ¿no?
Pues bien, tu enamorado ha sido asesinado, en ese banco.
—¡Eso no es posible!
¿Delante de todo el mundo?
—Delante de todo el mundo,
sí, y sin duda precisamente en el momento que había más gente.
—¿Crees que esa criada…?
—Acabo de enviar la bala a
un experto que me tiene que telefonear dentro de unos minutos.
—¿Cómo han podido hacer un
disparo y…?
Maigret se encogió de
hombros, esperó la llamada que, en efecto, no se hizo esperar.
—¡Hola!… Sí, también yo lo
pensaba… Pero necesitaba su confirmación.
La señora Maigret estaba
impaciente; pero él se tomaba expresamente todo su tiempo, gruñendo como si
aquello no le importase:
—Carabina de aire
comprimido de un modelo especial, extremadamente raro…
—No comprendo…
—Esto significa que el buen
hombre ha sido asesinado desde lejos, por alguien, por ejemplo, emboscado en
una de las ventanas que dan a la plaza y que ha podido tomarse tiempo para
apuntar. Por otra parte, se trata de un tirador de primera, pues ha alcanzado
exactamente el corazón y provocado la muerte instantánea.
Así, al sol, mientras la
gente…
De repente, la señora
Maigret se echó a llorar de nerviosismo, se excusó torpemente:
—Te pido perdón… Es más
fuerte que yo… Me parece como si yo tuviese la culpa de algo. Es tonto, pero…
—Cuando estés repuesta, te
escucharé como testigo.
—¿Yo? ¿Cómo testigo?
—¡Pardiez! Hasta el
presente eres la única persona que puede darme una información útil, dado que
tu curiosidad te ha impulsado a…
Y Maigret tuvo a bien, pero
siempre como hablando para sí, darle algunas informaciones.
—El hombre no llevaba
ningún papel. Los bolsillos casi vacíos, a excepción de algunos billetes de
cien francos, de un poco de calderilla, de una llave muy pequeña y de una lima
para las uñas. Pese a todo se va a intentar identificarle.
—¡Treinta años! —repitió la
señora Maigret.
¡Era desconcertante! Y
ahora comprendía la impresión casi fascinante que podía despertar aquel hombre
inmerso en las actitudes de un anciano como un personaje de cera.
—¿Estás preparada para
responder?
—¡Te escucho!
—Te ruego que prestes
atención a que te interrogo en el ejercicio de mis funciones y que mañana me
veré obligado a redactar un atestado de este interrogatorio.
La señora Maigret sonrió,
con una sonrisa pálida, porque estaba impresionada.
—¿Te fijaste en ese hombre
hoy?
—Por la mañana no le vi,
porque fui al mercado. Por la tarde, estaba en su sitio.
—¿Y la criada rubia?
—También estaba —respondió
la señora Maigret—, como de costumbre.
—¿Nunca les has sorprendido
dirigiéndose la palabra?
—Hubiesen tenido que hablar
a gritos porque estaban a ocho metros el uno del otro…
—¿Y permanecían así,
inmóviles, toda la tarde?
—Salvo que la mujer hacía
ganchillo…
—¿Siempre ganchillo? ¿Desde
hace quince días?
—Sí…
—¿No viste de qué clase de
ganchillo se trataba?
—No. Si hubiese sido de
otra clase de labor me acordaría, pero…
—¿A qué hora se marchó la
mujer?
—No lo sé. Estaba ocupada
preparando la crema. Probablemente, hacia las cinco, como de costumbre.
—Y, según el forense, la
muerte se remonta hacia las cinco de la tarde, en efecto. Únicamente es una
cuestión de minutos. ¿La mujer se marchó antes de las cinco o después de las
cinco, antes de la muerte o después de la muerte? Me pregunto qué necesidad
tenías tú, precisamente hoy, de hacer crema. ¡Si se espía a la gente, se hace
hasta el final, concienzudamente!
—¿Crees que esa mujer…?
—¡No creo nada de nada!
Sólo sé que no tengo como base de mi investigación más que tus informaciones y
que no son nada del otro mundo. ¿Sabes en qué casa trabaja esa criada rubia?
—Siempre entra en el 17
bis.
—¿Quién vive en el 17 bis?
—Tampoco lo sé. Gente que
tiene un enorme coche americano y un chófer de aspecto extranjero.
—¿Eso es todo lo que sabes?
Pues bien, serías un buen policía, te entrego mi carnet. Un enorme coche
americano y un chófer que…
Aquello no era más que una
comedia que se representaba a sí mismo en los momentos embarazosos, y su cólera
terminaba con una sonrisa bondadosa.
—¿Sabes, mi vieja, que si
no hubieses estado interesada en los manejos de tu enamorado, yo estaría en un
bonito apuro ahora? No digo que la situación sea brillante, ni que la
investigación irá sobre ruedas, pero por lo menos hay una base, por ligera que
sea.
—¿La hermosa rubia?
—¡La hermosa rubia, como tú
dices! Esto me hace pensar…
Se precipitó hacia el
teléfono y avisó a un inspector, al que puso de guardia ante el 17 bis
recomendándole que si salía una joven rubia no la perdiese de vista a ningún
precio.
—Y ahora, a la cama. Ya
habrá tiempo mañana por la mañana…
Se dormía cuando la tímida
voz de su mujer se arriesgó:
—¿No crees que tal vez
sería prudente…?
—¡No, no y no! —gritó
incorporándose a medias en la cama—. ¡Y no porque hayas tenido una inspiración
vas a empezar a darme consejos! En primer lugar, es hora de dormir…
La hora en que la luna
bañaba de plata los techos de pizarra de la plaza Vosges y en la que las cuatro
fuentes continuaban una especie de música de cámara, con la cuarta que siempre
se retrasaba y que estaba como desacompasada.
II
Cuando Maigret, con el
rostro lleno de jabón de afeitar, los tirantes colgando sobre los muslos, se
asomó a la ventana con vistas a la plaza Vosges, vio que había un grupo de
personas alrededor del banco, en el que, la víspera por la noche, se había
descubierto un cadáver.
La florista, mejor
informada que las demás puesto que había asistido desde lejos a la llegada de
la policía, daba explicaciones volubles e, incluso a distancia, se comprendía
por sus categóricas actitudes que estaba segura de sus opiniones.
Todo el barrio se iba
congregando y los transeúntes que, un poco antes, corrían para llegar a la hora
al taller o al despacho, de repente tenían tiempo de detenerse puesto que se
trataba de un crimen.
—¿Conoces a esa mujer?
—preguntó el comisario señalando con la punta de su navaja de afeitar a una
mujer bastante joven a la que un traje de chaqueta inglés muy elegante y muy
claro, adecuado para los paseos por el Bois de Boulogne, distinguía de los
demás.
—No la he visto nunca. Por
lo menos no creo…
Aquello no significaba
nada. Los primeros pisos de las plaza Vosges están habitados por grandes
burgueses y por gentes de mundo. Lo que no impedía que una mujer de la clase
que Maigret examinaba con mal humor se pasease raramente a las ocho de la
mañana, a menos que sea para pasear a su perro.
—¡Ahí está! Esta mañana
harás una compra copiosa. Irás a todas las tiendas. Escucharás lo que se dice e
intentarás informarte sobre tu criada rubia y sus señores.
—¡Esta vez no me tratarás
de comadre! —se burló la señora Maigret—. ¿Cuándo piensas volver?
—¿Qué sé yo?
Porque, si él había
dormido, no por eso la investigación se había detenido y esperaba encontrar al
llegar al Quai des Orfèvres bases sólidas para sus investigaciones.
Así, a las once, el doctor
Hébrard, el famoso médico forense, que asistía de frac a una «première» de la
Comedia Francesa, había recibido un mensaje. Se había quedado hasta el último
acto, había ido a felicitar a su camerino a una actriz de la cual era amigo y
un cuarto de hora más tarde, en el Instituto Médico-Legal, que no es otro que
la nueva «morgue», uno de sus ayudantes le pasaba su blusa de trabajo mientras
un ordenanza sacaba de uno de los numerosos armarios que tapizan las paredes el
cuerpo helado del desconocido de la plaza Vosges.
A la misma hora, bajo los
techos del Palacio de Justicia, allá donde los archivos contienen la ficha de
todos los criminales de Francia y la de la mayor parte de los criminales del
mundo, dos hombres con blusa gris comparaban pacientemente huellas digitales.
No lejos de ellos,
separados por una escalera de caracol, los especialistas de guardia en el
laboratorio empezaban su minucioso trabajo sobre un cierto número de objetos:
un traje oscuro, de corte antiguo, zapatos con polainas, un bastón de junco con
empuñadura de marfil esculpida, una peluca, un monóculo y un mechón de cabellos
rubios cortados de la cabeza del muerto.
Cuando Maigret, después de
haber estrechado la mano de sus colegas y haber tenido una corta entrevista con
el jefe, penetró en su despacho, que olía a pipa fría a pesar de la ventana
abierta, le esperaban tres informes, bien alineados sobre su escritorio, en
carpetas de diferentes colores.
El informe del doctor
Hébrard en primer lugar: la víctima había sucumbido casi inmediatamente después
de haber recibido la bala y ésta había sido disparada desde más de veinte
metros, tal vez a cien, con un arma de pequeño calibre, pero dando a los
proyectiles gran fuerza de penetración.
Edad probable: veintiocho
años.
Dada la ausencia de
deformaciones profesionales, era verosímil pensar que el hombre nunca se había
dedicado a un trabajo manual seguido. Por contra, había practicado mucho los
deportes y en particular el remo y el boxeo.
Perfecta salud. Notable
robustez. Una cicatriz en el hombro izquierdo indicaba que el joven había
recibido, alrededor de tres años antes, una bala de revólver que había chocado
con el omoplato.
Por fin, un cierto asiento
en la extremidad de los dedos dejaba suponer que el desconocido debía de hacer
importantes trabajos de dactilografía.
Maigret leía lentamente,
fumando su pipa a pequeñas bocanadas, interrumpiéndose a veces para ver correr
al Sena en el deslumbramiento matinal del sol. Otras veces, escribía una
palabra o dos que él sólo podía comprender en su cuadernillo de notas, el cual
era célebre tanto por su vulgaridad como porque desde hacía años se servía de
él y había anotaciones en todos los sentidos, las unas sobre las otras, y había
que preguntarse cómo podía encontrarlas.
El informe del laboratorio
no era mucho más sensacional.
Las ropas habían sido
llevadas por otras personas antes de pertenecer a su último propietario y todo
indicaba que éste las había conseguido en el Temple o en casa de cualquier
chamarilero.
El mismo origen para el
bastón y los zapatos con polainas.
La peluca, de bastante
buena calidad, era vulgar, de un modelo que se puede encontrar en cualquier
sitio.
Por fin, el examen de los
polvos encontrados en las ropas permitían descubrir bastante cantidad de harina
muy fina, no de harina pura, sino de harina todavía mezclada con deshechos.
Monóculo: de cristal plano,
sin ninguna utilidad para la vista.
¡En los archivos nada!
Ninguna ficha tenía huellas digitales correspondientes a la víctima.
Maigret permaneció algunos
minutos pensativo, acodado en su escritorio, ¿invadido tal vez por cierta
pereza? El asunto no se presentaba ni bien ni mal, más bien mal, sin embargo,
porque el azar, por lo general bastante generoso, no aportaba la más mínima
colaboración.
Por fin, se levantó, se
puso el sombrero, se aproximó al ujier de guardia en el pasillo.
—Si me llaman, volveré
dentro de una hora más o menos.
Estaba demasiado cerca de
la plaza Vosges para tomar un taxi, se dirigió a pie, bordeando el Sena, y
distinguió, en la frutería de la calle Tournelles, a la señora Maigret en
animada conversación con tres o cuatro comadres.
Volvió la cabeza para
esconder una sonrisa y prosiguió su camino…
* * *
En el tiempo en que Maigret
debutaba en la policía, uno de sus jefes, que se había entusiasmado con los
métodos científicos, entonces nuevos, tenía la costumbre de repetirle:
—¡Cuidado, joven! ¡No tanta
imaginación! ¡Uno no se hace policía con ideas, sino con hechos!
Lo que no había impedido
continuar a Maigret y procurarse un triunfo bastante bonito.
Así, ahora que llegaba a la
plaza Vosges, se preocupaba menos de los detalles técnicos contenidos en los
informes de la mañana que de lo que hubiera llamado de buen grado «el ambiente
del crimen». Intentaba imaginar a la víctima, no muerta como la había visto,
sino viva: aquel muchacho de veintiocho años, rubio, fuerte, musculoso,
elegante sin duda, poniéndose cada mañana aquella ropa de anciano, aquella ropa
tal vez comprada en el rastro, bajo la cual no llevaba ni la ropa interior.
Y tras dar dos vueltas a la
plaza se alejó por la calle Turenne.
¿A dónde iba? ¿Qué hacía
hasta las tres de la tarde? ¿Mantenía su aspecto de héroe de comedia de Labiche
o se cambiaba en algún local vecino?
¿Cómo podía permanecer
inmóvil durante tres horas, en un banco, sin abrir la boca, sin hacer un gesto,
fijándose en un punto del espacio?
¿Desde cuándo duraba aquel
manejo?
Por fin, por la noche
¿dónde iba el desconocido? ¿Cuál era su vida privada? ¿A quién veía? ¿A quién
hablaba? ¿A quién confiaba el secreto de su personalidad? ¿Por qué aquella
harina y aquellos restos en sus ropas? Aquello indicaba un molino y no una
panadería. ¿Qué iba a hacer a un molino?
Maigret, olvidando pararse
ante el 17 bis, tenía que volver sobre sus pasos, penetraba en el portal y
preguntaba a la portera. Ésta no parpadeó cuando le enseñó su placa de policía.
—¿Qué es lo que quiere?
—Desearía saber cuál de sus
inquilinos tiene una criada bastante bonita, rubia, elegante…
Ella le interrumpió, ya
segura:
—¿La señorita Rita?
—Tal vez. Cada tarde saca a
pasear a dos niños a la plaza.
—Los niños de sus señores,
el señor y la señora Krofta, que viven en el primer piso desde hace más de
quince años… Incluso están aquí antes que yo… El señor Krofta se ocupa de
importación y exportación. Debe de tener las oficinas en la calle 4 de
septiembre.
—¿Está en casa?
—Acaba de salir, pero la
señora debe estar arriba…
—¿Y Rita?
—No lo sé. No la he visto
esta mañana. Claro que como he estado limpiando la escalera…
Algunos instantes más
tarde, Maigret llamaba al primer piso repetidas veces; aunque oyó ruido dentro
del apartamento, pasó un buen rato sin que le abriesen la puerta. Llamó de
nuevo. Por fin la puerta se entreabrió. Vio a una mujer bastante joven que
intentaba esconder el cuerpo, porque apenas estaba vestida con una bata azul
pálido.
—¿Qué desea?
—Hablar con el señor o la
señora Krofta… Soy comisario de la Policía Judicial.
Se resignó a abrir,
cruzándose la bata, y Maigret penetró en un magnífico apartamento, de estancias
amplias y altas de techo, con muebles de buen gusto y con figuras de valor.
—Excúseme por recibirle
así, pero estoy sola con los niños. ¿Cómo es que ya está aquí? Hace apenas un
cuarto de hora que se ha marchado mi marido…
Era extranjera, como lo
indicaba su acento y un encanto muy de Europa Central. Maigret ya había
reconocido en ella a la mujer en la que había reparado por la mañana, con traje
de chaqueta claro, escuchando a las comadres en medio de la plaza Vosges.
—¿Me esperaba? —murmuró
intentando disimular su extrañeza.
—A usted o a otro. Pero
confieso que ignoraba que la policía fuese tan rápida. ¿Supongo que mi marido
va a volver?
—Lo ignoro.
—¿No le ha visto?
—No.
—Pero ¿entonces…?
Evidentemente había una
equivocación y Maigret, que con ello no podía más que sacar cualquier
información, no hacía absolutamente nada por disiparla.
La mujer, por su parte, tal
vez para ganar el tiempo necesario para reflexionar, balbuceaba:
—¿Me permite un segundo?
Los niños están en el cuarto de baño y me pregunto… si no hacen tonterías.
Se alejó con paso flexible;
era verdaderamente hermosa, tanto de cuerpo como de rostro, con, además de la
gracia, una cierta majestad.
Se la oía cómo en el cuarto
de baño intercambiaba algunas palabras a media voz con los niños; luego volvió,
con una ligera sonrisa de acogida en los labios.
—Perdóneme si no le he
hecho sentar… Me hubiera gustado que mi marido estuviese aquí porque él conoce
mejor el valor de las joyas, puesto que las compró él.
¿De qué joyas se trataba?
¿Y qué significaba aquella nueva historia y la ligera angustia de la mujer que
esperaba con impaciencia la llegada de su marido?
Se hubiera dicho que tenía
miedo de hablar, que intentaba llevar la conversación sobre un tema nada
comprometedor.
Maigret, que se daba
cuenta, parecía ayudarla y la miraba con un aire lo más neutro posible,
haciendo lo que él llamaba su «cabeza de buen juicio».
—Se leen sin cesar los
relatos de robos en los periódicos, pero, cosa curiosa, no se imagina que puede
ocurrirle a uno. Ayer por la noche, no tenía ninguna sospecha. Sin embargo,
esta mañana…
—¿Cuándo volvió? —insinuó
Maigret.
—¿Cómo sabe que salí?
—Porque la he visto.
—¿Ya estaba en el barrio?
—Estoy en él todo el año,
porque soy uno de sus vecinos.
Ella se turbó. Se preguntó
evidentemente lo que escondían aquellas palabras misteriosas en su simplicidad.
—Salí, en efecto, como me
ocurre a menudo, para tomar el aire antes de ocuparme de arreglar a los niños.
Por eso me encuentra sin vestir. Al entrar, me puse en ropa interior y…
No pudo contener un suspiro
de alivio. Se habían detenido pasos en el descansillo. Una llave giraba en la
cerradura.
—Mi marido… —murmuró.
Y llamó:
—¡Boris! Ven aquí. Hay
alguien que te espera.
A fe que el hombre también
era de buena presencia, de más edad que ella, alrededor de cuarenta y cinco
años, elegante, cuidado, húngaro o checo, pensó Maigret, pero hablando un
francés perfecto, verdaderamente escogido.
—El comisario ha llegado
antes que tú y yo le decía que no tardarías en volver.
Boris Krofta examinaba a
Maigret con una atención pulida que escondía más o menos su desconfianza.
—Le pido perdón… —murmuró—.
Pero… No comprendo el hecho…
—Comisario Maigret, de la
Policía Judicial.
—Es curioso. ¿Es conmigo
con quién quiere hablar?
—Al señor de una tal Rita
que paseaba a dos niños cada tarde por la plaza Vosges.
—Sí… Pero… ¿no me va decir
que ya la ha encontrado, y ha recuperado las joyas? Sé que debo parecerle raro.
La coincidencia es tan curiosa que intento explicármela. Piense que vuelvo en
este instante de la comisaría de policía del barrio a donde he ido a poner una
denuncia contra Rita. Cuando vuelvo, le encuentro aquí y me declara…
Había nerviosismo en sus
gestos. Su mujer no soñaba en dejar a los dos hombres solos y examinaba
curiosamente al comisario.
—¿A santo de qué la ha
denunciado?
—Con respecto a un robo de
joyas. Esta muchacha desapareció ayer, sin avisarnos. Pensé que había huido con
un enamorado y me prometí poner esta mañana un anuncio en el periódico. Ayer
por la noche no salimos. Esta mañana, mientras mi mujer había salido, de
repente tuve la idea de mirar en su joyero. Fue entonces cuando comprendí por
qué había huido Rita, porque el joyero estaba vacío.
—¿Y qué hora era cuando
hizo ese descubrimiento?
—Apenas las nueve de la
mañana. Estaba en pijama. El tiempo de vestirme y me precipité a la comisaría.
—Entretanto, ¿volvió su
mujer?
—Eso es… Mientras me
vestía… Lo que sigo sin comprender es que usted haya venido esta mañana…
—¡Simple coincidencia!
—murmuró Maigret con un tono de buen chico.
—Sin embargo, me gustaría
estar al corriente… ¿Usted sabía, esta mañana, que las joyas habían sido
robadas?
Gesto evasivo de Maigret,
que no significaba nada y que tuvo el don de aumentar el nerviosismo de Boris.
—Por lo menos me hará el
favor de decir el motivo de su visita. No creo que sea una de las costumbres de
la policía francesa entrar en casa de las personas, sentarse y…
—¡Y escuchar lo que se
dice! —acabó Maigret—. Confieso que no estoy aquí por nada. Desde que estoy
aquí, usted me habla del robo de unas joyas, que no me interesa, mientras que
yo he venido por un crimen…
—¿Un crimen? —exclamó la
mujer.
—¿Ignora que ayer se
cometió un crimen en la plaza Vosges?
Vio cómo reflexionaba,
acordarse de que Maigret le había dicho ser vecino y, mientras que hubiera
podido decir que no, murmuró sonriendo:
—He oído hablar vagamente
de algo, esta mañana, al atravesar la plaza… Las comadres estaban reunidas…
—No veo en qué… —intervino
el marido.
—… ¿En qué le interesa este
asunto? Hasta el presente también lo ignoro, pero estoy convencido de que un
día u otro lo sabremos. ¿A qué hora desapareció Rita ayer por la tarde?
—Un poco después de las
cinco —respondió Boris Krofta bajo la sombra de una vacilación—. ¿No es cierto,
Olga?
—Exacto. Volví a las cinco
con los niños. Subí a su habitación y no la oí bajar. Hacia las seis, subí,
porque empezaba a extrañarme que no preparase la cena… y la habitación estaba
vacía…
—¿Quiere usted mostrármela?
—Mi marido le acompañará.
Me es difícil con esta ropa…
Maigret ya conocía la casa,
puesto que era igual que la suya. Tras el segundo piso, la escalera se
estrechaba y oscurecía aún más y se acabó por alcanzar los desvanes. Krofta
abrió el tercero.
—Es aquí… He dejado la
llave en la cerradura…
—¡Su mujer acaba de decirme
que fue ella la que subió!
—Exacto. Pero, a
continuación, yo subí a mi vez…
La puerta abierta dejó ver
una habitación de criada que hubiera sido banal, con su cama de hierro, su
armario y su tocador, sin la vista de la plaza Vosges que se dominaba desde la
lumbrera de la buhardilla.
Al lado del armario había
una maleta de un modelo corriente. En el armario, vestidos y ropa interior…
—¿Su criada se ha marchado
sin sus maletas?
—Supongo que ha preferido
llevarse las joyas, que valen unos doscientos mil francos…
Maigret palpaba con sus
gruesos dedos un sombrerillo verde, luego cogía otro, que tenía una cinta
amarilla.
—¿Puede decirme cuántos
sombreros tenía su criada?
—Lo ignoro… Tal vez pueda
informarle mi mujer, pero lo dudo…
—¿Desde cuándo estaba a su
servicio?
—Seis meses…
—¿La encontró por medio de
un anuncio?
—Por una oficina de
empleos, que nos habían recomendado mucho… Su servicio, por otra parte, era
impecable…
—¿No tiene más criadas?
—Mi mujer se preocupa ella
misma del cuidado de los niños, lo que explica que con una criada sea
suficiente… Además, vivimos gran parte del año en la Costa Azul, en donde
tenemos un jardinero y su mujer que se cuidan de las tareas de la casa…
Maigret experimentó la
necesidad de sonarse, a pesar de la estación, luego dejó caer su pañuelo y lo
recogió.
—Es curioso… —farfulló
incorporándose.
Luego, mirando a su
interlocutor de pies a cabeza, abrió la boca y la volvió a cerrar.
—¿Quería decir algo?
—Quería hacerle otra
pregunta. Pero es tan indiscreta que la juzgará fuera de lugar…
—¡Se lo ruego!
—¿Insiste? Pues bien,
quería preguntarle por si acaso si, siendo su criada muy bonita, no había
tenido con ella otras relaciones que las de señor y criada… Pregunta
completamente maquinal, como ve, y a la cual le permito no responder…
Cosa curiosa, Krofta
reflexionaba, de repente mucho más preocupado que antes. Se tomaba su tiempo
para responder, lanzaba una lenta mirada circular a su alrededor y suspiraba
por fin:
—¿Mi respuesta debe ser
oficial?
—Existen todas las
probabilidades de que nunca sea pregunta.
—En ese caso prefiero
confesarle que me sucedió, en efecto…
—¿En el apartamento del
primero?
—No… Es difícil a causa de
los niños…
—¿Tenía citas fuera?
—¡Nunca!… Yo subía aquí de
tanto en tanto y…
—¡Comprendo el resto! —dijo
Maigret sonriendo—. Y estoy muy contento de su respuesta. En efecto, ya había
notado que le faltaba un botón de la manga de su chaqueta. Este botón acabo de
encontrarlo en el suelo, al pie de la cama. Es evidente que, para arrancarlo,
ha sido necesario un ejercicio bastante violento y…
Tendió el botón a su
interlocutor, que lo cogió con una asombrosa avidez.
—¿Cuándo ocurrió la última
vez? —preguntó Maigret desde la comisura de los labios, dirigiéndose hacia la
puerta.
—Hace tres o cuatro días…
¡Espere!… Cuatro días, sí…
—¿Y Rita era dócil?
—Yo creo…
—¿Estaba enamorada?
—Por lo menos me lo daba a
entender.
—¿No conocía usted a ningún
rival?
—¡Oh, señor comisario!… No
era ésa la cuestión y, si Rita hubiese tenido un amante, no le hubiese
considerado como un rival… Yo adoro a mi mujer y también a mis hijos, e incluso
no sé cómo…
Y Maigret, bajando la
escalera, suspiraba para sí mismo:
«¡Tengo la impresión, buen
hombre, de que no has dejado de mentir ni un solo instante!».
Se detuvo en la portería,
se sentó frente a la mujer que pelaba guisantes.
—Entonces, ¿les vio? Están
bien enfadados a causa de ese asunto de las joyas…
—¿Usted estaba en su sitio,
ayer, a las cinco?
—Claro que estaba… Incluso
estaba mi hijo, en donde está usted sentado, haciendo sus deberes…
—¿Vio entrar a Rita y a los
niños?
—¡Como le veo a usted!
—¿Y la vio bajar algunos
minutos más tarde?
—Es lo que el señor Krofta
ha venido a preguntarme hace un rato. Le he respondido que no había visto nada.
Pretende que eso no es posible, que tuve que abandonar mi sitio o que no
prestaba atención. Después de todo, ¡pasa tanta gente! Sin embargo, me parece
que me hubiese fijado porque no acostumbra a volver a salir…
—¿Se encontró alguna vez
con el señor Krofta en la escalera del tercer piso?
—¿Qué habría ido a hacer
allí? ¡Ah! Comprendo… ¿Tal vez piensa que era para encontrarse con su criada?
Se ve que no conoce a la señorita Rita… Pretenden ahora que es una ladrona…
¡Posible!… Pero, por lo que respecta a correr o dejar hacer a su señor…
Maigret, resignado,
encendió su pipa y se alejó.
III
—¿Entonces… señora comisario
Maigret?… —bromeó afectuosamente plantándose delante de la ventana en la que,
al sol, las mangas de su camisa formaban dos manchas deslumbradoras.
—Entonces, esta mañana,
tendrás que contentarte con carne asada y una alcachofa. Además, lo he comprado
todo cocido para ir más rápido. Para escuchar esos chismes…
—¿Qué es lo que se dice?
¡Vamos! Dame los resultados de tu investigación…
—En primer lugar, la
señorita Rita no era una criada…
—¿Cómo lo sabes?
—Todos los comerciantes se
han fijado en que no sabía contar céntimos, lo que indica que jamás fue al
mercado. El día en que el carnicero por primera vez quiso darle un céntimo de
franco, ella le miró con asombro y, si aceptó a continuación, estoy segura de
que fue para no hacerse notar…
—¡Bien! Por lo tanto, una
joven de buena familia que juega a criada en casa de los Krofta…
—Yo creo más bien que es
una estudiante. En las tiendas del barrio se habla un poco todas las lenguas,
italiano, húngaro, polaco… Y parecía que ella tenía siempre el aspecto de
comprender y que, cuando se decía una broma delante de ella, sonreía…
—¿Y sobre tu enamorado no
se cuenta nada?
—Hay gente que se había
fijado en él, pero no tanto como yo… ¡Ah! Todavía hay algo… La criada de
Gastambide, que va a menudo por la tarde a sentarse a la plaza, pretende que
Rita no sabía hacer ganchillo y que nunca se hubiera podido servir de su
trabajo, sino como trapo de cocina…
Los ojillos de Maigret
reían ante la aplicación de su mujer por reunir sus recuerdos y expresarlos con
orden y método.
—¡Eso no es todo! Antes que
a ella, los Krofta tenían a una muchacha de su país y a la que despidieron
porque estaba en cinta.
—¿De Krofta?
—¡Oh! ¡No! Está demasiado
enamorado de su mujer. Parece que es tan celoso que no reciben casi a nadie…
Así, todos aquellos
chismes, aquellas afirmaciones verdaderas o falsas, sinceras o no, venían a
cambiar a cada instante la fisonomía de los personajes y a veces a completarla.
—Puesto que has trabajado
bien —murmuró Maigret encendiendo una nueva pipa—, a mi vez te voy a hacer una
confidencia. El disparo que ha matado a nuestro desconocido personaje de la
peluca y el monóculo, ha sido disparado desde la lumbrera de la buhardilla de
Rita, lo cual no será difícil de probar en el momento de la reconstrucción. He
verificado el ángulo de tiro que concuerda absolutamente con la posición del
cuerpo y la trayectoria de la bala…
—Crees que es ella la…
—No sé nada… ¡Busco!…
Y, suspirando, se puso el
cuello y la corbata; ella le ayudó a ponerse la chaqueta. Media hora más tarde,
se dejaba caer en su sillón de la Policía Judicial y se enjugaba el rostro,
porque todavía hacía más calor que la víspera y había tormenta en el aire.…
* * *
Una hora más tarde, las
tres pipas de Maigret estaban calientes, el cenicero lleno de ceniza y la
carpeta llena de notas, de principios de frases que se enredaban en todos los
sentidos. En cuanto al comisario, bostezaba, visiblemente adormilado, fijándose
con ojos abiertos en todo lo que acababa de escribir en el transcurso de su
meditación.
Suponiendo que Krofta
hubiese hecho desaparecer a Rita, el robo estaba bien pensado para alejar de sí
las sospechas.
Era muy bonito, pero eso no
probaba nada y la criada podía haber huido con las joyas de su señora.
Krofta había vacilado al
decir que era el amante de su criada.
Aquello podía significar
que era cierto y que estaba avergonzado; aquello podía significar también que
no era cierto, sino que había sorprendido el gesto de Maigret recogiendo el
botón o que sospechaba que la pregunta del comisario ocultaba una trampa de
aquel género.
El botón habría permanecido
cuatro días en el suelo, mientras que éste parecía barrido recientemente.
¿Y por qué la señora Krofta
se había paseado aquella mañana tan temprano? ¿Por qué había vacilado tan
ostensiblemente al confesar que había oído hablar del crimen, mientras que
Maigret la había visto quedarse largo tiempo cerca de las comadres?
¿Por qué Krofta le había
preguntado a la portera si había visto salir a Rita?
¿Investigación personal?
¿No era más bien porque sabía que la policía haría la misma pregunta y que
hablando de ello tenía probabilidades de sugestionar a la mujer?
De repente, Maigret se
levantó. Todo aquel conjunto de hechos menudos y de notas acababa no solamente
por irritarle, sino por crear en él una sorda angustia, porque era imposible no
llegar a la pregunta:
—¿Dónde está Rita?
¿Había matado y robado,
huyendo? Pero si no había matado ni robado, entonces…
Un instante después, estaba
en el despacho del jefe, y jugando a los duros, pronunciaba:
—¿Podría conseguirme una
orden de registro en blanco?
—¿No marcha eso? —se
chanceó el director de la Policía Judicial que conocía mejor que nadie el humor
de Maigret—. Se intentará. Pero habrá que ser prudente, ¿eh?
Como por casualidad,
mientras el jefe se ocupaba de la orden de registro, llamaron a Maigret al
teléfono. Era su mujer, que tenía una voz angustiada:
—Acabo de pensar algo… No
sé si es conveniente decírtelo por teléfono…
—¡Dímelo!
—Suponiendo que no sea la
que tú crees que ha disparado…
—Comprendo. Continúa…
—Suponiendo, por ejemplo,
que sea su señor… ¿Me sigues?… ¿Me pregunto si, por casualidad, no estará ella
todavía en la casa?… ¿Ya muerta tal vez?… ¿O tal vez la retengan prisionera?…
Era enternecedor ver a la
señora Maigret lanzada así tras una pista por primera vez en su vida.
Pero lo que el comisario no
confesaba es que, en suma, ella llegaba poco más o menos al mismo punto que él.
—¿Eso es todo? —ironizó sin
embargo.
—¿Te burlas de mí?… No
crees que…
—En suma, te imaginas que
registrando el 17 bis desde la bodega al granero…
—Piensa que si todavía está
viva…
—¡Ya se verá eso!
Entretanto, intenta que la cena sea un poco más consistente que la comida.
Colgó. Encontró en el
despacho de su jefe la orden que había pedido.
—¿Esto no tiene todo el
aspecto de un asunto de espionaje, Maigret?
Pero el comisario, en estos
casos, tenía horror a comprometerse y se contentó con encogerse de hombros.
Luego, ya en el pasillo,
volvió sobre sus pasos diciendo:
—Le contestaré esta noche.
La señora Lécuyer, la
portera del 17 bis, ciertamente era una buena mujer, que hacía siempre lo
posible para educar convenientemente a sus hijos, pero tenía el terrible
defecto de aturdirse fácilmente.
—¿Comprende? —confesaba—.
Con toda la gente que me pregunta desde la mañana, no sé dónde tengo la cabeza…
—Cálmese, señora Lécuyer
—articulaba Maigret, instalado cerca de la ventana no lejos del muchacho que
como la víspera hacía sus deberes.
—Nunca he hecho mal a nadie
y…
—No se le acusa de haber
hecho mal a alguien… Se le pide solamente que intente acordarse… ¿Cuántos
inquilinos hay?
—Veintidós, porque es
preciso que le diga que en el segundo y en el tercero hay apartamentos
pequeños, de una y dos habitaciones, lo que hace que haya mucha gente…
—¿Ninguno de esos
inquilinos tenía relaciones con los Krofta?
—¿Y cómo quiere que las
tengan? Los Krofta son ricos, tienen su coche y su chófer…
—De hecho, ¿sabe usted
dónde guardan el coche?
—Al lado del bulevar Henri
IV… El chófer no viene casi nunca aquí, porque come fuera…
—¿Vino ayer por la tarde?
—No lo sé… Creo que sí…
—¿Con el coche?
—¡No! El coche no se
estacionó ayer, ni esta mañana… Es cierto que los señores por así decirlo no
salieron…
—¡Veamos! ¿El chófer estaba
en la casa ayer hacia las cinco de la tarde?
—¡No! Se marchó a las
cuatro y media… Me acuerdo porque mi chiquillo acababa de volver del colegio…
—¡Es cierto! —aprobó el
muchacho levantando la cabeza.
—Ahora, otra pregunta:
¿salieron fardos grandes desde ayer a las cinco?… Por ejemplo, ¿un camión de
mudanzas no se estacionó en los alrededores?
—¡Seguro que no!
—¿No sacó nadie muebles,
cajas o paquetes embarazosos?
—¿Qué quiere que le diga?
—gimió—. ¿Es que yo sé lo que es un paquete embarazoso?
—Un paquete susceptible,
por ejemplo, de contener un cuerpo humano.
—¡Jesús, María! ¿Eso es lo
que piensa? ¿Se figura usted que han matado a alguien en el inmueble?
—Repase sus recuerdos hora
por hora…
—¡No! No he visto nada
parecido…
—¿Ningún camión, ninguna
carretilla entró en el patio?
—¡Puesto que yo se lo digo!
—¿Y no hay ningún
apartamento vacío en la casa? ¿Todos los locales están ocupados?
—¡Todos sin excepción! Sólo
queda una habitación en el tercero y está alquilada desde hace dos meses.
En aquel momento, el
muchacho levantó la cabeza y, con la pluma entre los dientes, articuló:
—¿Y el piano, mamá?
—¿Qué relación quieres que
haya? Eso no es un fardo que sale, sino un fardo que entra… incluso lo pasaron
bastante mal en la escalera…
—¿Trajeron un piano?
—Ayer a las seis y media.
—¿A qué piso?
—No lo sé… No había ningún
nombre escrito en el camión… Éste no entró en el patio… Había una caja grande y
tres hombres trabajaron durante una hora larga…
—¿Y se llevaron la caja?
—No… El señor Lucien bajó
con los obreros para invitarles a beber en una taberna de la esquina.
—¿Quién es el señor Lucien?
—El inquilino de la pequeña
habitación de la que le hablaba… Hace dos meses que está allá arriba… Es muy
tranquilo, muy comedido… Parece que es un compositor…
—¿Conoce a los Krofta?
—Apostaría a que no les ha
visto nunca…
—¿Estaba en su casa ayer a
las cinco?
—Entró a eso de las cuatro
y media… Poco más o menos cuando el chófer se iba…
—¿Y entonces le comunicó
que iba a recibir un piano?
—No… Solamente me preguntó
si había correo…
—¿Recibe mucho?
—Muy poco.
—Se lo agradezco, señora
Lécuyer… Continúe tranquila… No vale la pena que se haga mala sangre…
Maigret salió, dio
instrucciones a dos inspectores que recorrían la plaza Vosges, luego entró de
nuevo en el inmueble, pero pasó rápidamente por delante de la portería a fin de
que la portera no pudiese hacerle preguntas de nuevo y hacerle partícipe de su
aturdimiento.
En el primer piso, Maigret
no se detuvo ni un segundo. En el tercero, inclinándose, notó las rozaduras que
había hecho el piano, arrastrado por los hombres. Creyó notar que las rozaduras
se detenían en la cuarta puerta y llamó, oyó pasos apagados, como los de una
anciana en zapatillas, luego una voz prudente que murmuraba:
—¿Quién está ahí?
—El señor Lucien, ¿por
favor?
—Es al lado…
Pero, en el mismo momento,
otra voz balbuceaba algunas palabras y se entreabría la puerta, una gruesa
anciana intentaba distinguir el rostro de Maigret en la semioscuridad.
—El señor Lucien no está en
este momento… ¿Quiere que le dé algún recado?…
Maquinalmente, Maigret se
inclinó para ver a la segunda persona que se encontraba en la estancia.
Apenas se veía nada. La
habitación estaba atestada de muebles viejos, de horribles figuras y reinaba en
él el particular olor de las casas de los ancianos.
Cerca de la máquina de
coser estaba sentada una mujer, erguida como una persona de visita y el
comisario se quedó asombrado, como nunca lo había estado en su vida, al
reconocer a su propia mujer.
IV
—He sabido que la señorita
Augustine se encargaba de pequeños trabajos de costura —se apresuró a decir la
señora Maigret—. He venido a verla a ese respecto. Hemos charlado. Ocupa
precisamente la habitación vecina a la de esa criada que ha robado…
Maigret se encogió de
hombros, preguntándose a dónde quería llegar su mujer.
—Lo más curioso, es que
ayer entregaron un piano en casa del otro vecino, una enorme caja, que debe
seguir allí todavía…
Esta vez, Maigret puso mala
cara, furioso porque su mujer hubiese llegado, Dios sabe cómo, a los mismos
resultados que él.
—Puesto que el señor Lucien
no está aquí, no es necesaria mi presencia —anunció.
Y no perdió un minuto. Los
dos inspectores que había dejado en la plaza Vosges, delante de la casa, fueron
apostados en la escalera, no lejos de la puerta de los Krofta. Fue llamado un
cerrajero, así como el comisario de policía del barrio.
Y un poco más tarde, la
puerta de la habitación del señor Lucien era forzada. En la estancia, sólo
había un piano bastante ordinario, una cama, una silla, un armario y contra la
pared, la caja en la cual habían traído el instrumento musical.
—Que se abra esa caja…
—ordenó Maigret, que jugaba una partida fuerte y que tenía un pánico intenso.
No quería tocarla él mismo,
por temor a encontrarla vacía. Fingía cargar su pipa con calma, como fingió no
temblar cuando le gritaron:
—¡Comisario!… ¡Una mujer!…
—¡Lo sé!
—¡Vive!
Y él repitió:
—¡Lo sé!
¡Naturalmente! Desde el
momento que había una mujer en la caja, era la famosa Rita y estaba casi seguro
de que estaba viva, trabada y amordazada fuertemente.
—Intentad hacerla volver en
sí… Llamad a un médico…
Y pasó por delante de su
mujer que estaba en el pasillo con la señorita Augustine y que le dirigía una
sonrisa única en los anales del oficio, una sonrisa capaz de hacer creer que la
señora Maigret iba a olvidar su papel de esposa dócil por el de detective.
Cuando el comisario llegaba
al primer piso, se abría la puerta del apartamento de los Krofta. Krofta en
persona estaba allí, sobreexcitado, pero, sin embargo, dueño de sí.
—¿El señor Maigret no está
aquí? —preguntó a los dos inspectores que montaban guardia.
—Heme aquí, señor Krofta.
—Le llaman al teléfono… Del
Ministerio del Interior…
No era del todo exacto. Era
el jefe de la Policía Judicial que telefoneaba a su subordinado.
—¿Es usted, Maigret?… He
pensado que ahí le podría encontrar… Mientras usted hacía Dios sabe qué en la
casa, el tipo a casa del cual le telefoneo ha avisado a su embajada… Ésta ha
avisado a Asuntos Exteriores… Asuntos Exteriores…
—¡Comprendo! —gruñó
Maigret.
—¡Ya se lo había dicho!
¡Asunto de espionaje! La consigna es nada de ruido, evitar toda declaración a
la prensa… Krofta es el agente oficioso de su país en Francia; es él quien
centraliza los informes de los agentes secretos…
Aquel Krofta se mantenía en
un rincón de la estancia, pálido, pero sonriente.
—¿Puedo ofrecerle algo,
señor comisario?
—¡Gracias!
—¿Parece que ha encontrado
a mi criada?
Y el comisario respondió
mordiendo las sílabas:
—¡Sí, la he encontrado a
tiempo, señor Krofta! ¡Le saludo!
* * *
—Yo —decía la señora
Maigret acabando su crema de chocolate—, cuando me afirmaron que esa muchacha
no sabía hacer ganchillo…
—¡Pardiez! —aprobó su
marido.
—¿Verdaderamente pudieron
comunicarse cosas interesantes por ese sistema, durante horas, cada día? En
suma, si he entendido bien, esta muchacha, esta Rita que había entrado al
servicio de los Krofta como criada, ¿pasaba en realidad el tiempo espiando a
sus señores?
A Maigret nunca le gustaba
explicar un caso, pero en el presente hubiese sido demasiado cruel dejar a la
señora Maigret con la duda.
—¡Espiaba a espías! —gruñó.
Y, malhumorado, encogiéndose de hombros—: He aquí por qué, en el momento en que
por fin puedo echar el guante a la banda, se me ordena: «¡Pase por alto!
¡Silencio y discreción!».
—Es cierto que no es muy
agradable —suspiró ella como si así perdonase todos los malos ratos pasados por
Maigret.
—Un bonito asunto, sin
embargo, salpicado de retazos de genio. Comprende la situación. Los Krofta por
una parte, todas las informaciones que pasan por sus manos, que transmiten a su
gobierno…
»Por otra parte, una mujer,
una criada, y un hombre, Rita y el anciano del banco, tu extraño enamorado.
¿Para quién trabajaban? Ahora eso no me importa. Es asunto del Deuxième Bureau.
Verosímilmente son agentes de otra potencia, tal vez también de una facción
adversa, porque la política interior y exterior de algunos países se
entremezcla curiosamente.
»Como sea, son gentes que
necesitan las informaciones que Krofta centraliza cada día y Rita se apodera
sin demasiado trabajo de estas informaciones. Pero ¿cómo comunicarlas afuera?
Los espías son desconfiados. La menor sospecha la perdería.
»¡De dónde esta idea del
viejo y del banco! También la idea del ganchillo que, manejado por manos más
expertas de lo que parecían en realidad, a sacudidas emite largos mensajes en
alfabeto morse.
»Frente a Rita, su cómplice
registra todo en su memoria. Es un ejemplo más de la increíble paciencia de
algunos agentes, porque lo que acaba de aprender, deberá retenerlo palabra por
palabra durante horas, hasta el momento en que en su alojamiento de Corbeil,
cerca de los Moulins [Molinos] pasará la noche dactilografiando.
»Me pregunto cómo este
manejo tan astuto fue descubierto por los Krofta. ¿Sin duda por el chófer que,
hacia las cuatro, trajo la noticia?
La señora Maigret escuchaba
sin atreverse a manifestar el menor sentimiento, tanto temía ver detenerse a
Maigret.
—Ahora, sabes tanto como
yo. Se trata, para los Krofta, de suprimir al hombre en primer lugar, a
continuación «cocinar» a Rita, saber por cuenta de quién trabaja y qué
servicios ha podido realizar.
»Desde hace largo tiempo
Krofta ha instalado en su propia casa a un guardaespaldas, el señor Lucien, que
es un tirador de primera clase. Le telefonea. El señor Lucien llega, no pierde
un minuto y, desde la habitación de la muchacha, abate, con la ayuda de una
carabina de aire comprimido, al adversario que le han señalado.
»Nadie ha visto nada, nadie
ha oído nada, salvo Rita, que, sin embargo, tiene que llevarse a los niños, que
debe fingir bajo pena de ser abatida a su vez.
»Sabe lo que le espera. Se
esfuerzan en arrancarle su secreto. Ella resiste bien. La amenazan de muerte y
hacen llevar a casa del señor Lucien el piano cuya caja podrá servir para hacer
salir el cadáver. Por otra parte, ¿quién iría a buscarla a la habitación del
músico?
»Ya Krofta prepara su
defensa, denuncia, anuncia la desaparición de su criada, inventa el robo de las
joyas y…
Un silencio. La noche caía.
El cielo se azulaba y las fuentes acompasaban su argentino susurro al plateado
brillo de la luna.
—¡Y tú te has ocupado!
—dijo de repente la señora Maigret con admiración.
La miraba sin estar
plenamente convencido. Ella continúa:
—No hay derecho a que en un
buen momento te impidan llegar hasta el final…
Entonces él, con un falso
arrebato:
—¿Sabes qué es todavía
peor? ¡El haberte encontrado en casa de esa señorita Augustine! Porque, en
suma, estabas en los sitios que yo… ¡Cierto que se trataba de tu enamorado!


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