© Libro N° 9506. Un Error De Maigret. Simenon, George. Emancipación. Enero
22 de 2022.
Título original: © Un
Error De Maigret. George Simenon
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Original: © Un Error De Maigret. George Simenon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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UN ERROR DE MAIGRET
George Simenon
George Simenon
George
Simenon
(Lieja,
Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
Un error de
Maigret (1937)
(“Une erreur
de Maigret”)
Originalmente
publicado en Paris-Soir-Dimanche
(3 de enero
de 1937);
Les nouvelles
enquêtes de Maigret
(París:
Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)
Hay gentes a las que no se les
puede partir la cara, por temor a que la mano se hunda en ella. Desde hacía
tres o cuatro días, desde que le habían encargado de aquel asunto de la calle
Saint–Denis, Maigret estaba hosco, era el Maigret de los días malos, el Maigret
descorazonado, casi socarrón a fuerza de aburrimiento, a quien nadie, en el
Quai des Orfèvres, se atrevía a dirigir la palabra.
—¡Llámame un taxi! —gritó a
su oficinista.
Y, mientras seguía a su
«cliente» por los pasillos, luego por la escalera, por el patio, por la acera,
verdaderamente tenía el aspecto de tenerlo en la punta de un par de pinzas.
—27 bis calle Saint—Denis…
Trajo hacia sí los bajos de
su abrigo, como queriendo evitar que la tela pudiese tocar al hombre.
Y, sin embargo, éste no era
un perseguido por la justicia. Tenía una ficha limpia. Era comerciante. Era un
buen hombre de alrededor de cuarenta y cinco años, correctamente vestido, sin
afectación. Un traje no muy nuevo, pero bastante bien cortado; un abrigo de
ratina gris que databa del año precedente. Un personaje, en lo físico, como se
encuentran muchos en los barrios comerciales, ya sea para vender aspiradores
eléctricos o para manejar historias de comisiones.
Se llamaba Eugene Labri, un
francés nacido en El Cairo o Port Said.
Era gordo. Tenía los ojos
oscuros y brillantes. Era galante.
—Se lo ruego, pase primero,
señor comisario.
Y Maigret murmuró entre
dientes:
—¡Tipo sucio!
Hubiera preferido tener que
ocuparme de uno de esos muchachitos podridos por el romanticismo del vicio que,
una bella noche, asaltan a una portera o desvalijan a una vendedora. De buen
grado hubiera discutido el golpe con un verdadero ladronzuelo, uno de los que
saben su oficio y que tienen una especie de conciencia profesional…
Pero tenía ante él un
indicador, un «indic», una pequeña crápula cobarde y casi burgués que le hacía
zalamerías.
Tenía ante él al
propietario de la «Librería Especial», calle Saint-Denis, y aquel título era
todo un programa.
* * *
Entre una charcutería y una
peluquería, Labri tuvo que servirse de su llave para abrir una persiana porque
la tienda estaba cerrada. Era una tienda estrecha, en profundidad, casi un
pasillo. El escaparate sólo tenía un metro de ancho, pero aquel metro estaba
empleado magistralmente, porque se encontraba en él toda la colección de libros
de títulos prometedores, de tapas sugestivas a las que se rodea de celofán para
disimular el secreto.
Eran las cinco de la tarde,
la hora en la que, la víspera, había debido tener lugar el drama. La gente
pasaba por la acera, pasaban con paquetitos de vituallas, los taxis pasaban sin
darse cuenta…
Y Maigret cerraba la
puerta, pasaba la cadena, porque había una —¡las gentes de allí son prudentes!—
y empujaba a su hombre delante de él.
—Enséñame tu despacho…
Casi le hubiera gustado más
llamarle de usted. El otro, sin embargo, se mostraba tan solícito como si
recibiese a alguno de sus clientes.
—Cuidado con la escalera…
Es bastante empinada…
En el fondo, detrás del
mostrador, aparecía una estrecha escalera como se encuentra en algunas
tabernas, en donde ha sido necesario encontrar sitio en las bodegas para un
rudimentario lavabo.
—Excúseme por pasar
primero… —balbuceaba Labri.
Abajo, había una cortina de
terciopelo rojo, y, detrás de esta cortina, un extraño reducto, una biblioteca,
en vista de los estantes de libros, un gabinete en vista de un diván también
rojo y el gran espejo del fondo.
Al lado de la cortina, en
la sombra, una puerta que los clientes no debían sospechar y que Labri empujó
por costumbre, antes de encender la luz.
—Ya ve que es muy simple…
—se excusó con una de sus sonrisas que Maigret tenía ganas de aplastar de un
puñetazo.
Y era simple, en efecto. Un
escritorio en madera clara, fabricado en serie. Un clasificador de metal
pintado de verde. A la derecha, un pequeño hornillo de gas, una tetera y tazas…
Un perchero y una jofaina para lavarse las manos…
Maigret era demasiado alto,
demasiado ancho para aquel bajo dispuesto como caja de vicios, como trampa de
vinos, en donde su sombrero rozaba con el techo. Tenía la sensación de
ahogarse…
—¿Por dónde mirabas lo que
pasaba al lado?
Como un buen comerciante
enseña sus libros puestos al día, Labri apartó un calendario colgado a la
pared, descubrió una abertura que daba al gabinete contiguo.
—Por aquí… Apague la luz…
La abertura corresponde a un espejo sin azogue…
Y Maigret tenía ganas de
repetir como un leitmotiv:
—¡Un marrano, sí! Pero un
marrano prudente, un marrano armado del Código y poseyendo alguna especie de
alianza con la policía. La «Librería Especial» atraía a la tienda de la calle
Saint—Denis, por medio de una apropiada publicidad, a los amantes de la
literatura erótica.
«La señorita Émilienne en
persona enseñará a los amantes…», prometían los prospectos…
Y, en efecto, la señorita
Émilienne, la vendedora, bajaba a veces a este gabinete con un cliente
importante para enseñarle alguna edición bibliófila de cuatrocientos o
quinientos francos.
… Mientras que Labri,
detrás de la mirilla…
El drama era simple. Dos
días antes, Labri había vendido su negocio que todavía tenía que dirigir
durante ocho días antes de entregárselo a su nuevo dueño.
«… la vendedora permanecerá
evidentemente a la disposición de éste…», preveía el contrato.
Y la víspera, a las once de
la noche, los agentes se habían extrañado al encontrar la tienda iluminada. Un
brigadier ciclista había entrado, no había encontrado a nadie en el piso, había
bajado la escalera como Maigret acababa de hacer y, en el gabinete, había
encontrado a una joven muerta.
Era la señorita Émilienne,
la vendedora, aquella que pasaba a propiedad del sucesor al mismo tiempo que
las existencias.
* * *
Labri, que vivía en un
pequeño apartamento en la calle de Metz, había sido interrogado desde la mañana
por el comisario del barrio y había empezado mintiendo.
—Hacia las cinco —había
declarado— preparé té en el hornillo, como tengo por costumbre. La señorita
Émilienne vino a buscar una laza, que debió beber al lado. Tomé mi té solo.
Luego, como tenía una cita en la ciudad, me marché y encargué a mi vendedora
que cerrase los postigos… Tenía confianza absoluta con la señorita Émilienne,
que llevaba conmigo cuatro años…
Ahora bien, era evidente
que la señorita Émilienne había sido envenenada por la taza de té que había
bebido.
El comisario del barrio,
que había tenido a Labri entre sus garras antes que Maigret, obtenía la
siguiente confesión.
—Es exacto que, hacia las
seis, cuando acababa de trabajar en mi despacho, encontré a mi empleada inerte
en el gabinete… Creí que dormía… Me marché con la idea de volver un poco más
tarde…
Era casi plausible porque
el médico forense atribuía la muerte a la ingestión de una fuerte dosis de
somnífero.
—Por lo tanto, ¿la señorita
Émilienne no estaba muerta cuando usted se marchó?
—Me hubiese dado cuenta… No
estaba fría…
—¿No se le ocurrió la idea
de llamar a un médico?
—En nuestra profesión, es
mejor evitar los escándalos… Usted sabe tan bien como yo…
Y, apoyándose en estas
palabras, hacía comprender al comisario que a veces él era útil a la policía
procurándole ciertas informaciones.
En resumen, había dejado a
la señorita Émilienne cuando ésta no estaba muerta todavía. Según decía, se
había visto impedido a volver a la calle Saint–Denis y, no acordándose más del
incidente, se había ido a dormir.
Tales eran los hechos que
Maigret, con boca áspera, rumiaba en su voluminosa cabeza, mientras que, en la
calle Saint–Denis, la vida de un barrio popular seguía su curso y que un bajo,
de perfume no muy agradable, Labri tomaba aires de comerciante en paz con las
leyes de su país y con su conciencia.
—Le juro que no tengo nada
que reprocharme… Puede examinar todos los libros que hay aquí… Si las portadas
son prometedoras, no hay nada reprensible en el interior… Por la misma razón,
para venderlos, tenía necesidad de una joven hábil… ¿Comprende?… Cuando los
clientes bajaban con ella, se volvían osados… Ella les ponía en su sitio y les
obligaba a comprar una obra cara…
¡Sonreía! ¡Tenía aspecto de
encontrar aquello bien!
—Si no la hubiese tratado
bien, no se hubiese quedado cuatro años conmigo… Yo mismo le preparaba el té…
Las tardes son largas…
¡Sobre todo en aquel
despacho sin aire, en aquel bajo que parecía tan lejos de la vida!
—Adivino lo que piensa… Se
me acusa de haber querido matar a Émilienne… Pero, en primer lugar, no tenía
ningún interés en ello, porque el contrato de venta especifica que ella formaba
parte de las existencias… Me hubiera arriesgado a tener problemas en los pagos,
porque mi comprador ha firmado un cierto número de letras… ¡Ya ve!
Hablaba con hombría de
bien, guiñando el ojo para tomar a Maigret como testigo de su buena fe.
—Por otra parte, ¿cómo la
hubiese envenenado?… Se me ha dicho esta mañana que, según el médico, se había
tragado ocho comprimidos de somnífero… ¿Los ha tomado?… ¿No?… A mí se me
ocurrió tomar uno… Es tan amargo que sólo se puede hacer tomar uno sin saberlo…
—¡Vaya!…
Y si Maigret decía «vaya»,
era porque aquello tenía una respuesta. La señorita Émilienne, a la que había
visto en el Instituto Médico Legal, era una joven de mal aspecto cuya palidez,
precisamente, debía interesar a los clientes. Ahora bien, Labri, jugando al
buen papá, pocha, bajo pretexto de alguna droga, hacerle tomar el té amargo.
—¡Le aseguro que va por mal
camino, señor comisario! Si yo le hubiese administrado el somnífero, me las
hubiese ingeniado para que el efecto se produjese en otra parte y no en mi
casa, de tal modo que yo no fuese inquietado…
¡Había pensado, el bribón!
Iba por delante de las acusaciones. Tenía aspecto, de alguna manera, de hacer
pequeña contrainvestigación…
—¿Qué interés hubiera
tenido?
Sí, ¿qué interés? Ésa era
también la pregunta que se hacía Maigret, porque conocía lo bastante sobre el
buen hombre para darse cuenta que no hubiera trabajado por nada.
Maigret fumaba su pipa,
registraba los cajones del escritorio, descubría, en un clasificador, cartas
puestas en el sitio de las cartas comerciales y que, sin embargo, eran cartas
de amor.
«Granville, 6 de agosto
»Querido:
»Hace tres días que vivo
sin ti y me parece imposible, mi amante, seguir más tiempo sin tu presencia,
sin…».
Había dos páginas. Firma:
«Tu amante para toda la vida,
»Émilienne».
Maigret miraba a su
interlocutor regordete, fumaba, tascaba el freno.
—¿Drama de amor?
—preguntaba con una ironía feroz.
Y el otro, presumido:
—¿Por qué no?
Se estaba tan lejos del
mundo real, de gentes sanas de cuerpo y de espíritu que andaban, allá arriba,
por la acera, en el frescor del invierno, más allá del tragaluz que hacía las
veces de ventana.
Maigret miraba la mirilla
que permitía vigilar el gabinete continuo, luego observaba a su inmundo hombre
y a duras penas lograba contener sus gruesos puños.
—¿Ahora no vas a pretender
que se ha suicidado?
—Yo no tenía ningún interés
en matarla y crearme problemas, sobre todo en el momento en que iba a retirarme
a los alrededores de Niza en doñee he comprado una villa…
Labri se defendía paso a
paso, o más bien, viscoso, se deslizaba por la mano de Maigret, que cada vez
estaba más rabioso. Podía en caso de necesidad ponerse en el sitio, para
reconstruir su psicología, de un muchachito que acaba de hacer una mala pasada.
Conocía los menores secretos de los vendedores de carne de Montmartre y de los
vendedores de sueño de Montparnasse.
Conocía su París, por
decirlo así, calle por calle, pero nunca, ahora se arrepentía, había bajado a
uno de aquellos bajos, ni había pegado el ojo a la mirilla de un Labri.
—Cuando más reflexione,
tanto más se dará cuenta de que soy inocente y que toda esta historia me
perjudica…
¡Decía palabras como
aquélla! ¡Hablaba de su asunto como de un comercio regular! ¡Por poco no sacó
sus libros de contabilidad!
—Cuando más reflexiono —no
pudo por menos que murmurar para sí Maigret—, más ganas tengo de romperte la
boca.
Y no podía verla, aquella
boca, a la vez hermosa y fea, porque los ojos de Labri languidecían y corregían
la debilidad de la boca y del mentón…
Era el clásico tipo innoble
en toda la aceptación del término, aquel del cual un cierto encanto disimula el
resto.
Maigret, ante él, sentía
una rabia que era casi una rabia de padre, como si hubiese querido vengar a su
propia hija.
De repente, yendo hacia él,
le puso su mano cerrada ante el rostro.
—¡Confiesa! —rugió.
El temor cínico del otro,
traicionando su cobardía, no era más que un acicate.
—¡Confiesa, crápula!… Ya
sé, pardiez, que has tomado precauciones…
Y Labri retrocedía, se
pegaba contra la pared, temblando.
—Émilienne era tu amante…
Conocía todas las sucias historias que tú has mangoneado aquí… Por eso sentiste
la necesidad de suprimirla antes de ir a vivir de tus rentas a la villa de
Niza…
—Señor comisario…
¡Confiesa, te digo!…
Confiesa que, con la excusa de hacerle tomar cualquier medicamento, la
envenenaste… Luego, como tardaba en morir, te marchaste como un sucio cobardica
que eres…
—Señor comisario…
Y Maigret llegaba a olvidar
también la brisa del este que, fuera, hacía levantar el cuello de los abrigos y
barría los miasmas de la ciudad. Volvía a ver a la joven de largo rostro, con
los ojos muertos, labios delicados, que nunca había tenido salud y a la que el
buen hombre había encerrado en aquel bajo para vender falso vicio a los
ancianos.
—Confiesa, crápula…
—Le juro, señor co…
—¡No jures! ¡Confiesa!
—Lamentará todo lo que hace
en este momento…
Era un mal argumento, el
que podía acabar de poner a Maigret fuera de sí.
—¿Qué es lo que dices?
—Digo que lo lamentará… Se
equivoca… Abusa de su fuerza…
—¿Qué es lo que dices?…
—Abusa…
—¿Te atreves a decir esto
después de las cartas de esa muchacha?… Te atreves a pretender que no eras su…
A fe que iba a golpear. Su
puño estaba en el aire cuando rezumbó el timbre del teléfono.
—¡Hola!… ¿Es usted,
comisario?… Hemos recibido en este instante las conclusiones del forense tras
la autopsia… ¡Hola!…
Labri, pegado contra la
pared, seguía sin moverse. Maigret, exacerbado, gritaba por el aparato:
—¡Escucho!
Se contenía de golpear.
—¿Eh?… ¿Qué es lo que…?
Y la voz del brigadier
Lucas, al otro lado del hilo:
—Sí… Tal como se lo digo…
Ella es… en fin, y parecía una verdadera joven…
Maigret colgó, como un
autómata. Bruscamente, acababa de comprender. Había podido equivocarse, pero no
le hacía falta mucho tiempo para darse cuenta.
—Me alegro de ver que está
más tranquilo… —Tuvo la desgracia de pronunciar Labri.
—¿Dices?
—Nada… Yo…
Y Maigret cerró los puños
con todas sus fuerzas, porque ahora sabía que era peor de lo que había pensado.
Miraba con aire casi indiferente a aquella crápula contra la que no podía nada.
Suspiraba:
—Es cierto… Tú no la has
matado…
¡Porque, ante la ley de los
hombres, Labri no era responsable!
Tú no la has matado…
¡No con sus manos! ¡No con
veneno! La había matado con su bajo injertado, como una enfermedad vergonzosa,
en una calle en la que hervía la vida.
¿Qué joven ignorante, un
día, había respondido a su anuncio pidiendo una vendedora bonita? Había llegado
de su provincia y, de París, sólo había visto aquella plaza de señores viejos a
los que estaba encargada de mantener en vilo…
En cuanto a hombres, sólo
había frecuentado a Labri…
Labri, de rostro graso,
pero de ojos de terciopelo que, como comerciante prudente, la había dejado
creer que tal vez amantes sin…
¡Porque él tenía razón! ¡No
la había tocado! Era demasiado astuto para eso. No quería, por una corta
satisfacción, matar a la gallina de los huevos de oro. Y ella, desde Granville
en donde estaba de vacaciones, le escribía: «Mi amante…» sin saber que para ser
amantes…
¡Sí, todo se explicaba!
¡Maigret se había equivocado! ¡Émilienne no sabía! Émilienne, cuando vendía sus
libros, del otro lado de la mirilla, tenía necesidad de toda su inocencia para…
¡para jugar a los inocentes! ¡Para que el comercio fuese bien! ¡Para ser más
verdadera que lo que era! ¡Más tonta de lo que era! Para ser aquélla a la que
los viejos señalaban cuchicheando:
—¡Es verdaderamente
ignorante!
Empleaban otra palabra que
caracterizaba mejor el estadio físico de Émilienne…
De Émilienne hasta el día
que supo que formaba parte del material, que pasaba a los compradores de las
existencias, que Labri iba a marcharse sin ella, Labri, al que ella creía su
amante…
¡Y Émilienne, trastornada,
había preferido suicidarse! Labri, asustado, la había abandonado en el bajo,
dejando a otros el cuidado de descubrir el cadáver.
—¿Qué le decía yo? —murmuró
Labri con una especie de sonrisa mirando a Maigret confundido.
Entonces el comisario se
aseguró, de una ojeada, de que estaban en una bodega, lejos de la vida y de sus
leyes.
—Me he equivocado —gruñó—.
¡Le ocurre a todo el mundo!
Luego, como era hasta todo
punto necesario, envió su puño contra el rostro del hombre, suspiró,
tranquilizado, y articuló al ver a Labri palparse un diente que se balanceaba:
—¡Siempre podrás decir que
te has caído por la escalera! ¡Es tan empinada!…


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