© Libro N° 9504. Tratado Sobre La Tolerancia. Voltaire. Emancipación. Enero 22
de 2022.
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TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA
Voltaire
Tratado Sobre La Tolerancia
Voltaire
Con ocasión de la muerte de Jean Calas (1763)
CAPÍTULO PRIMERO
Historia resumida de la muerte de Jean Calas
El asesinato de Calas, cometido en Toulouse con la espada de la
justicia, el 9 de marzo de 1762, es uno de los acontecimientos más singulares
que merecen la atención de nuestra época y de la posteridad. Se olvida con
facilidad aquella multitud de muertos que perecieron en batallas sin cuento,
no sólo porque es fatalidad inevitable de la guerra, sino porque los que mueren
por la suerte de las armas podían también dar muerte a sus enemigos y no caían
sin defenderse. Allí donde el peligro y la ventaja son iguales, cesa el asombro
e incluso la misma compasión se debilita; pero si un padre de familia inocente
es puesto en manos del error, o de la pasión, o del fanatismo; si el acusado
no tiene más defensa que su virtud; si los árbitros de su vida no corren otro
riesgo al degollarlo que el de equivocarse; si pueden matar impunemente con una
sentencia, entonces se levanta el clamor público, cada uno teme por sí mismo,
se ve que nadie tiene seguridad de su vida ante un tribunal creado para velar
por la vida de los ciudadanos y todas las voces se unen para pedir venganza.
Se trataba, en este extraño caso, de religión, de suicidio, de
parricidio; se trataba de saber si un padre y una madre habían estrangulado a
su hijo para agradar a Dios, si un hermano había estrangulado a su hermano, si
un amigo había estrangulado a su amigo, y si los jueces tenían que reprocharse
haber hecho morir por el suplicio de la rueda a un padre inocente, o haber
perdonado a una madre, a un hermano, o a un amigo culpables.
Jean Calas, de sesenta y ocho años de edad, ejercía la profesión de
comerciante en Toulouse desde hacía más de cuarenta años y era considerado por
todos los que vivieron con él como un buen padre. Era protestante, lo mismo que
su mujer y todos sus hijos, excepto uno, que había abjurado de la herejía y al
que el padre pasaba una pequeña pensión. Parecía tan alejado de ese absurdo
fanatismo que rompe con todos los lazos de la sociedad, que había aprobado la
conversión de su hijo Louis Calas y tenía además desde hacía treinta años en su
casa una sirviente católica ferviente que había criado a todos sus hijos.
Uno de los hijos de Jean Calas, llamado Marc-Antoine, era hombre de
letras: estaba considerado como espíritu inquieto, sombrío y violento. Dicho
joven, al no poder triunfar ni entrar en el negocio, para lo que no estaba
dotado, ni obtener el título de abogado, porque se necesitaban certificados de
catolicidad que no pudo conseguir, decidió poner fin a su vida y dejó entender
que tenía este propósito a uno de sus amigos; se confirmó en esta resolución
por la lectura de todo lo que se ha escrito en el mundo sobre el suicidio.
Finalmente, un día en que había perdido su dinero al juego, lo escogió
para realizar su propósito. Un amigo de su familia y también suyo, llamado
Lavaisse, joven de diecinueve años, conocido por el candor y la dulzura de sus
costumbres, hijo de un abogado célebre de Toulouse, había llegado de Burdeos la
víspera [el 12 de octubre de 1761j: cenó por casualidad en casa de los Calas.
El padre, la madre, Marc-Antoine su hijo mayor, Pierre, el segundo, comieron
juntos. Después de la cena se retiraron a una pequeña sala: Marc-Antoine
desapareció; finalmente, cuando el joven Lavaisse quiso marcharse, bajaron
Pierre Calas y él y encontraron abajo, junto al almacén, a Marc-Antoine en
camisa, colgado de una puerta, y su traje plegado sobre el mostrador; la
camisa no estaba arrugada; tenía el pelo bien peinado; no tenía en el cuerpo
ninguna herida, ninguna magulladura.
Pasamos aquí por alto todos los detalles de que los abogados han dado
cuenta: no describiremos el dolor y la desesperación del padre y la madre: sus
gritos fueron oídos por los vecinos. Lavaisse y Pierre Calas, fuera de sí,
corrieron en busca de los cirujanos y la justicia.
Mientras cumplían con este deber, mientras el padre y la madre
sollozaban y derramaban lágrimas, el pueblo de Toulouse se agolpó ante la casa.
Este pueblo es supersticioso y violento; considera como monstruos a sus
hermanos si no son de su misma religión. Fue en Toulouse donde se dieron
gracias solemnemente a Dios por la muerte de Enrique III y donde se hizo el
juramento de degollar al primero que hablase de reconocer al gran, al buen
Enrique IV. Esta ciudad celebra todavía todos los años, con una procesión y
fuegos artificiales, el día en que dio muerte a cuatro mil ciudadanos
heréticos, hace dos siglos. En vano seis disposiciones del consejo han
prohibido esta odiosa fiesta, los tolosanos la han celebrado siempre, lo mismo
que los juegos florales.
Algún fanático de entre el populacho gritó que Jean Calas había ahorcado
a su propio hijo Marc-Antoine. Este grito, repetido, se hizo unánime en un
momento; otros añadieron que el muerto debía abjurar al día siguiente; que su
familia y el joven Lavaisse le habían estrangulado por odio a la religión
católica: un momento después ya nadie dudó de ello; toda la ciudad estuvo persuadida
de que es un punto de religión entre los protestantes el que un padre y una
madre deban asesinar a su hijo en cuanto éste quiera convertirse.
Una vez caldeados los ánimos, ya no se contuvieron. Se imaginó que los
protestantes del Languedoc se habían reunido la víspera; que habían escogido,
por mayoría de votos, un verdugo de la secta; que la elección había recaído
sobre el joven Lavaisse; que este joven, en veinticuatro horas, había recibido
la noticia de su elección y había llegado de Burdeos para ayudar a Jean Calas,
a su mujer y a su hijo Pierre, a estrangular a un amigo, a un hijo, a un
hermano.
El señor David, magistrado de Toulouse, excitado por estos rumores y
queriendo hacerse valer por la rapidez de la ejecución, empleó un
procedimiento contrario a las reglas y ordenanzas. La familia Calas, la
sirviente católica, Lavaisse, fueron encarcelados.
Se publicó un monitorio no menos vicioso que el procedimiento. Se llegó
más lejos: Marc-Antoine Calas había muerto calvinista y, si había atentado
contra su propia vida, debía ser arrastrado por el lodo; fue inhumado con la
mayor pompa en la iglesia de San Esteban, a pesar del cura, que protestaba
contra esta profanación.
Hay en el Languedoc cuatro cofradías de penitentes, la blanca, la azul,
la gris y la negra. Los cofrades llevan un largo capuchón con un antifaz de
paño con dos agujeros para poder ver: quisieron obligar al señor duque de
Fitz-James, comandante de la provincia, a entrar en su cofradía, pero él se
negó. Los cofrades blancos hicieron a Marc-Antoine Calas un funeral solemne,
como a un mártir. Jamás Iglesia alguna celebró la fiesta de un mártir
verdadero con más pompa; pero aquella pompa fue terrible. Se había colgado
sobre un magnífico catafalco un esqueleto al que se imprimía movimiento y que
representaba a Marc-Antoine Calas llevando en una mano una palma y en la otra
la pluma con que debía firmar la abjuración de la herejía y que escribía, en
realidad, la sentencia de muerte de su padre.
Entonces ya no le faltó al desgraciado que había atentado contra su vida
más que la canonización: todo el pueblo lo miraba como un santo; algunos le
invocaban, otros iban a rezar sobre su tumba, otros le pedían milagros, otros
contaban los que había hecho. Un fraile le arrancó algunos dientes para tener
reliquias duraderas. Una beata, algo sorda, dijo que había oído un repicar de
campanas. Un cura apoplético fue curado después de haber tomado un emético. Se
levantó acta de aquellos prodigios. El que escribe este relato posee una
atestación de que un joven de Toulouse se volvió loco después de haber rezado
varias noches sobre la tumba del nuevo santo sin obtener el milagro que
imploraba.
Algunos magistrados eran de la cofradía de los penitentes blancos. Esta
circunstancia hacía inevitable la muerte de Jean Calas.
Lo que sobre todo preparó su suplicio fue la proximidad de esa fiesta
que los tolosanos celebran todos los años en conmemoración de una matanza de
cuatro mil hugonotes; el año 1762 era el año centenario. Se levantaba en la
ciudad el tinglado para esta solemnidad; aquello inflamaba más aún la imaginación
ya caldeada del pueblo; se decía públicamente que el patíbulo en que Jean
Calas sufriría el suplicio de la rueda constituiría el mayor ornato de la
fiesta; se decía que la Providencia traía ella misma aquellas víctimas para ser
sacrificadas a nuestra santa religión. Veinte personas han oído este discurso y
otros aún más violentos. ¡Y esto en nuestros días! ¡Y en una época en que la
filosofía ha hecho tantos progresos! ¡Y en un momento en que cien academias
escriben para inspirar mansedumbre en las costumbres! Parece que el fanatismo,
indignado desde hace poco por los éxitos de la razón, se debate bajo ella con
más rabia.
Trece jueces se reunieron diariamente para sustanciar el proceso. No se
tenía, no se podía tener prueba alguna contra la familia; pero la religión
engañada hacía veces de prueba. Seis jueces persistieron mucho tiempo en
condenar a Jean Calas, a su hijo y a Lavaisse al suplicio de la rueda, y a la
mujer de Jean Calas a la hoguera. Otros siete más moderados querían que por lo
menos se reflexionase. Uno de los jueces, convencido de la inocencia de los
acusados y de la imposibilidad del crimen, habló vivamente en su favor; opuso
el celo del humanitarismo al celo de la severidad; se convirtió en el abogado
público de los Calas en todos los hogares de Toulouse, donde los gritos continuos
de la religión equivocada reclamaban la sangre de aquellos desgraciados. Otro
juez, conocido por su violencia, hablaba en la ciudad con tanto arrebato contra
los Calas como el primero mostraba entusiasmo en defenderlos. Finalmente el
escándalo fue tan fuerte que uno y otro tuvieron que declararse incompetentes;
se retiraron al campo.
Pero por una extraña desgracia, el juez favorable a los Calas tuvo la
delicadeza de persistir en su recusación, mientras que el otro regresó a la
ciudad para dar su voto contra aquellos que debía juzgar; fue este voto el que
decidió la condena al suplicio de la rueda, ya que sólo hubo ocho votos contra
cinco, después de que uno de los seis jueces opuestos a la sentencia se pasó
finalmente, tras muchas discusiones, al partido más implacable.
Parece que, cuando se trata de un parricidio y de condenar a un padre de
familia al más espantoso suplicio, el juicio debería ser unánime, porque las
pruebas de un crimen tan inaudito deberían ser una evidencia perceptible para
todo el mundo: la menor duda en un caso semejante debe bastar para hacer temblar
la mano de un juez que se dispone a firmar una sentencia de muerte. La
debilidad de nuestra razón y la insuficiencia de nuestras leyes se dejan notar
todos los días, pero, ¿en qué ocasión se descubre mejor su defectuosidad que
cuando la preponderancia de un solo voto hace morir en el suplicio de la rueda
a un ciudadano? En Atenas se necesitaba una mayoría de cincuenta votos para
osar dictar una sentencia de muerte. ¿Qué se deduce de esto? Que sabemos, muy
inútilmente, que los griegos eran más sensatos y más humanos que nosotros.
Parecía imposible que Jean Calas, anciano de sesenta y ocho años, que
tenía desde hacía tiempo las piernas hinchadas y débiles, hubiese estrangulado
y ahorcado él solo a un hijo de veintiocho años, de una fuerza superior a la
corriente; era absolutamente preciso que hubiese sido ayudado en esta
ejecución por su mujer, por su hijo Pierre Calas, por Lavaisse y por la criada.
No se habían separado un solo momento la noche de aquella fatal aventura. Pero
esta suposición era también tan absurda como la otra: porque, ¿cómo una
sirviente que era fervorosa católica habría podido tolerar que unos hugonotes
asesinasen a un joven criado por ella para castigarle de amar la religión de
aquella misma sirviente? ¿Cómo Lavaisse habría venido expresamente de Burdeos
para estrangular a su amigo, de quien ignoraba la pretendida conversión? ¿Cómo
una madre amante habría puesto las manos sobre su hijo? ¿Cómo todos juntos
habrían podido estrangular a un joven tan robusto como todos ellos, sin un
combate largo y violento, sin gritos espantosos que habrían alertado a toda la
vecindad, sin golpes repetidos, sin magulladuras, sin ropas desgarradas?
Era evidente que, si se había podido cometer el parricidio, todos los
acusados eran igualmente culpables, porque no se habían separado ni un momento;
era evidente que no lo eran; era evidente que el padre solo no podía serlo; y,
sin embargo, la sentencia condenó sólo a este padre a expirar en la rueda.
El motivo de la sentencia era tan inconcebible como todo lo demás. Los
jueces que estaban decididos a condenar al suplicio a Jean Calas persuadieron
a los otros de que aquel débil anciano no podría resistir el tormento y que,
bajo los golpes de sus verdugos, confesaría su crimen y el de sus cómplices.
Quedaron confundidos cuando aquel anciano, al morir en la rueda, tomó a Dios
por testigo de su inocencia y le conjuró a que perdonase a sus jueces.
Se vieron obligados a dictar una segunda sentencia, que se contradecía
con la primera, poniendo en libertad a la madre, a su hijo Pierre, al joven
Lavaisse y a la criada; pero al hacerles notar uno de los consejeros que
aquella sentencia desmentía a la otra, que se condenaban ellos mismos, que
habiendo estado siempre juntos todos los acusados en el momento en que se
suponía haberse cometido el parricidio, la liberación de todos los
sobrevivientes demostraba indefectiblemente la inocencia del padre de familia
ejecutado, tomaron entonces el partido de desterrar a Pierre Calas, su hijo.
Este destierro parecía tan inconsecuente, tan absurdo como todo lo demás:
porque Pierre Calas era culpable o inocente del parricidio; si era culpable
había que condenarle a la rueda, como a su padre; si era inocente, no debía ser
desterrado. Pero los jueces, asustados del suplicio del padre y de la
enternecedora piedad con que había muerto, pensaron salvar su honor haciendo
creer que concedían la gracia al hijo, como si el perdonarle no hubiese sido
una nueva prevaricación; y creyeron que el destierro de aquel joven, pobre y
sin apoyo, al carecer de consecuencias, no era una gran injusticia, después de
la que habían tenido la desgracia de cometer.
Se empezó por amenazar a Pierre Calas, en su celda, con tratarle como a
su padre si no abjuraba de su religión. Esto es lo que atestigua este joven
bajo juramento.
Pierre Calas, al salir de la ciudad, encontró a un cura dedicado a
hacer conversiones que le hizo volver a Toulouse; fue encerrado en un convento
de dominicos y allí se le obligó a practicar todos los ritos del catolicismo:
era en parte lo que se quería, era el precio de la sangre de su padre; y la
religión, a la que se había creído vengar, parecía satisfecha.
Le fueron quitadas las hijas a la madre, encerrándolas en un convento.
Esta mujer, casi regada por la sangre de su marido, que había tenido a su hijo
mayor muerto entre los brazos, viendo al otro desterrado, privada de sus
hijas, despojada de todos sus bienes, se encontraba sola en el mundo, sin pan,
sin esperanza, muriendo de los excesos de su desgracia. Algunas personas,
después de un meditado examen de todas las circunstancias de aquella horrible
aventura, quedaron tan impresionados que presionaron a la viuda Calas, retirada
en su soledad, para que osase acudir en demanda de justicia a los pies del
trono. En aquellos momentos aquella mujer no podía tenerse en pie, se
extinguía; y además, habiendo nacido inglesa, trasplantada a una provincia de
Francia desde su juventud, el mero nombre de la ciudad de París le espantaba.
Imaginaba que la capital del reino debía ser aún más bárbara que la del
Languedoc. Finalmente, el deber de vengar la memoria de su marido pudo más que
su debilidad. Llegó a París a punto de expirar. Quedó asombrada al verse
acogida, al encontrar socorros y lágrimas.
En París la razón puede más que el fanatismo, por grande que éste pueda
ser, mientras que en provincias el fanatismo domina siempre a la razón.
El señor de Beaumont, célebre abogado del parlamento de París, tomó
primero su defensa y redactó una consulta que fue firmada por quince abogados.
El señor Loiseau, no menos elocuente, compuso un memorial en favor de la
familia. El señor Mariette, abogado del tribunal, escribió un recurso jurídico
que llevó la convicción a todas las mentes.
Estos tres generosos defensores de las leyes y la inocencia renunciaron
en favor de la viuda al beneficio de las ediciones de sus alegatos. París y
Europa entera se conmovieron y pidieron justicia juntamente con aquella mujer
infortunada. La sentencia fue pronunciada por todo el público mucho antes de
que pudiera ser dictada por el tribunal.
La compasión penetró hasta el ministerio, a pesar del ininterrumpido
torrente de los negocios, que a menudo excluye la piedad y, a pesar de la
costumbre de ver desgraciados, que puede endurecer aún más el corazón. Las
hijas fueron devueltas a la madre. Se vio a las tres, cubiertas de crespón y
bañadas en lágrimas, haciéndolas verter a sus jueces.
Pero esta familia tuvo todavía algunos enemigos, porque se trataba de
religión. Varias personas, que llaman en Francia devotas, dijeron
con altivez que era preferible someter al tormento de la rueda a un viejo
calvinista inocente que exponer a ocho consejeros del Languedoc a reconocer que
se habían equivocado: se utilizó incluso esta expresión: «Hay más magistrados
que Calas»; y se infería de esto que la familia Calas debía ser inmolada en
honor a la magistratura. No se pensaba que el honor de los jueces consiste,
como el de los demás hombres, en reparar sus faltas. No se cree en Francia que
el papa, asistido de sus cardenales, sea infalible: se podría creer igualmente
que ocho jueces de Toulouse tampoco lo son. Todo el resto de la gente sensata y
desinteresada decía que la sentencia de Toulouse sería anulada en toda Europa
aunque consideraciones particulares impedirían la casación en el tribunal.
Éste era el estado de esta asombrosa aventura, cuando ha hecho nacer en
la mente de personas imparciales, pero sensibles, el designio de presentar al
público algunas reflexiones sobre la tolerancia, sobre la indulgencia, sobre la
conmiseración, que el padre Hauteville llama dogma monstruoso, en
su declamación ampulosa y errónea sobre estos hechos, y que la razón
llama atributo de la naturaleza.
O bien los jueces de Toulouse, arrastrados por el fanatismo del
populacho, han hecho morir en la rueda a un padre de familia inocente, lo que
es algo sin ejemplo; o bien este padre de familia y su mujer han estrangulado a
su hijo mayor, ayudados en este parricidio por otro hijo y un amigo, cosa que
no existe en la naturaleza. En uno u otro caso, el abuso de la religión más
santa ha producido un gran crimen. Interesa por lo tanto a la humanidad
examinar si la religión debe ser caritativa o bárbara.
CAPÍTULO II
Consecuencias del suplicio de Jean Calas
Si los penitentes blancos fueron la causa del suplicio de un inocente,
de la ruina de una familia, de su dispersión y del oprobio que sólo debería
recaer sobre la injusticia, pero que recae sobre el suplicio; si esta
precipitación de los penitentes blancos en festejar como a un santo a aquel
que hubiera debido ser arrastrado por el fango, según nuestras bárbaras
costumbres, ha hecho morir en la rueda a un padre de familia virtuoso; esta
desgracia debe indudablemente convertirlos en penitentes para el resto de sus
vidas; ellos y los jueces deben llorar, pero no revestidos de un largo hábito
blanco y con un antifaz en la cara que ocultaría sus lágrimas.
Todas las cofradías merecen respeto: son edificantes; pero por muy
grande que sea el bien que hagan al Estado, ¿iguala a ese mal que han causado?
Parecían instituidas por el celo que anima en el Languedoc a los católicos
contra aquellos a los que llamamos hugonotes. Se diría que
hemos hecho voto de odiar a nuestros hermanos, ya que no somos capaces de amar
y socorrer. ¿Y qué sucedería si estas cofradías estuviesen regidas por
entusiastas, como lo han sido en otros tiempos algunas congregaciones de
artesanos y consejeros del parlamento, entre los cuales se reducía a arte y
sistema la costumbre de tener visiones, como dice uno de nuestros más
elocuentes y sabios magistrados? ¿Qué sería si se estableciesen en las
cofradías aquellas cámaras oscuras llamadas cámaras de
meditación, en las que se hacía pintar diablos provistos de cuernos y
garras, mares de llamas, cruces y puñales, con el santo nombre de Jesús sobre
todo ello? ¡Qué espectáculo para unos ojos ya fascinados y para unas
imaginaciones tan inflamadas y sometidas a sus directores!
Ha habido épocas, de sobra se sabe, en que las cofradías han sido
peligrosas. Los «hermanitos», los flagelantes, han originado disturbios. La
Liga empezó por esas asociaciones. ¿Por qué distinguirse así de los demás
ciudadanos? ¿Se consideraban más perfectos? Eso mismo constituye un insulto al
resto de la nación. ¿Se pretendía que todos los cristianos entrasen en la
cofradía? ¡Qué hermoso espectáculo ofrecería toda Europa con capuchón y antifaz
con dos pequeños agujeros redondos ante los ojos! ¿Se cree de buena fe que Dios
prefiere este indumento a una chupa? Aún hay más: este hábito es un uniforme de
controversistas que advierte a los adversarios que preparen sus armas; puede
provocar una especie de guerra civil en los espíritus, la cual acabaría tal
vez causando funestos excesos si el rey y sus ministros no fuesen tan sensatos
como insensatos son los fanáticos.
De sobra se sabe todo lo que ha costado desde que los cristianos
disputan sobre el dogma: ha corrido la sangre, ya sea en los patíbulos ya en
los campos de batalla, desde el siglo IV hasta nuestros días. Limitémonos aquí
a las guerras y a los horrores que las querellas de la Reforma han provocado y
veamos cuál ha sido su fuente en Francia. Tal vez un cuadro resumido y fiel de
tantas calamidades abrirá los ojos a algunas personas poco instruidas y
conmoverá los corazones rectos.
CAPÍTULO III
Idea de la Reforma del siglo XVI
Cuando con el renacimiento de las letras las mentes empezaron a
instruirse, se produjeron generalmente quejas contra los abusos; todo el mundo
reconoce que esta queja era legítima.
El papa Alejandro VI había comprado públicamente la tiara y sus cinco
bastardos compartían sus beneficios. Su hijo, el cardenal duque de Borgia, hizo
morir, de acuerdo con su padre el papa, a los Vitelli, los Urbino, los Gravina,
los Oliveretto y otros cien señores, para apoderarse de sus posesiones. Julio
II, animado del mismo espíritu, excomulgó a Luis XII, dando su reino al primer
ocupante; y él mismo, casco en cabeza y coraza al torso, arrasó a sangre y
fuego una parte de Italia. León X, para pagar sus placeres, traficó con las
indulgencias lo mismo que se venden géneros en un mercado público. Los que se
alzaron contra tanto bandidaje no tenían por lo menos ninguna falta que
reprocharse en cuanto a moral. Veamos si tenían algo que reprocharnos a
nosotros en política.
Decían que como Jesucristo jamás exigió anatas ni reservas, ni vendió
dispensas para este mundo ni indulgencias para el otro, era posible dispensarse
de pagar el precio de todas aquellas cosas a un príncipe extranjero.
Considerando que las anatas, los procesos ante el tribunal de Roma y las
dispensas que todavía subsisten hoy no nos costasen más que quinientos mil
francos al año, está claro que hemos pagado desde Francisco I, en doscientos
cincuenta años, ciento veinticinco millones; y evaluando los diversos precios
del marco de plata, esta suma equivale a unos doscientos cincuenta millones de
hoy. Se puede, por lo tanto, reconocer sin blasfemia, que los heréticos, al
proceder a la abolición de estos singulares impuestos de que se asombrará la
posteridad, no causaban con ello un gran daño al reino y eran más bien buenos
calculadores que malos súbditos. Añadamos que eran los únicos que sabían la
lengua griega y conocían la antigüedad. No disimulemos tampoco que, a pesar de
sus errores, les debemos el desarrollo del espíritu humano, largo tiempo
enterrado bajo la más densa barbarie.
Pero como negaban el purgatorio, del que no se debe dudar y que además
producía mucho a los frailes; como no veneraban las reliquias que se deben
venerar, pero que producían todavía más; finalmente, como atacaban dogmas muy
respetados, no se les respondió al principio más que haciéndolos quemar. El
rey, que los protegía y pagaba en Alemania, fue en París a la cabeza de una
procesión, al final de la cual fueron ejecutados varios de aquellos
desgraciados; y he aquí en qué consistía aquella ejecución. Se les colgaba al
extremo de una larga viga colocada haciendo báscula en lo alto de un árbol en
pie; se encendía un gran fuego bajo ellos en el que se les metía y sacaba
alternativamente; experimentaban así gradualmente los tormentos de la muerte,
hasta que expiraban en el más largo y horrible suplicio que jamás haya
inventado la barbarie.
Poco tiempo antes de la muerte de Francisco I, algunos miembros del
parlamento de Provenza, animados por ciertos eclesiásticos contra los
habitantes de Merindol y Cabrières, pidieron al rey tropas para apoyar la
ejecución de diecinueve personas de aquella religión condenados por ellos;
hicieron degollar a seis mil, sin perdonar sexo, edad, ni infancia; redujeron a
cenizas treinta pueblos. Aquellos pueblos, hasta entonces desconocidos, eran
culpables, sin duda, de haber nacido valdenses, ésta era su única iniquidad.
Estaban establecidos desde hacía trescientos años en desiertos y montañas que
habían hecho fértiles con un trabajo increíble. Su vida pastoral y tranquila
restituía la inocencia atribuida a las primeras edades del mundo. Las ciudades
vecinas no eran conocidas por ellos más que por el comercio de los frutos que
iban a venderles, e ignoraban los pleitos y la guerra; no se defendieron:
fueron degollados como animales fugitivos a los que se da muerte en una
empalizada.
Después de la muerte de Francisco I, príncipe más conocido, sin
embargo, por sus galanterías y sus desgracias que por sus crueldades, el
suplicio de mil heréticos, sobre todo el del consejero del parlamento Dubourg
y, finalmente, la matanza de Vassy, sublevaron a los perseguidos, cuya secta se
había multiplicado al resplandor de las hogueras y bajo los hierros de los
verdugos; la rabia sucedió a la paciencia; imitaron las crueldades de sus
enemigos: nueve guerras civiles llenaron a Francia de matanzas; una paz más
funesta que la guerra produjo la noche de San Bartolomé, de la que no existía
ningún ejemplo en los anales de los crímenes.
La Liga asesinó a Enrique III y a Enrique IV, a manos de un dominico y
de un monstruo que había sido monje bernardo. Hay gentes que pretenden que el
humanitarismo, la indulgencia y la libertad de conciencia son cosas horribles;
pero, de buena fe, ¿habrían producido dichas cosas calamidades comparables?
CAPITULO IV
De si la tolerancia es peligrosa y en qué pueblos está permitida
Algunos han dicho que si se tratase con una indulgencia paternal a
nuestros hermanos errados, que rezan a Dios en mal francés, sería como ponerles
las armas en la mano; que veríamos nuevas batallas de Jarnac, de Moncontour, de
Coutras, de Dreux, de Saint-Denis, etc.; es cosa que ignoro porque no soy
profeta; pero me parece que no es razonar de manera consecuente decir: «Esos
hombres se sublevaron cuando se les trataba mal; por lo tanto, se sublevarán
cuando se les trate bien.»
Me atrevería a tomarme la libertad de invitar a los que se encuentran al
frente del gobierno y a aquellos que están destinados a ocupar puestos
elevados a que se dignasen considerar tras meditado examen si se debe temer, en
efecto, que la dulzura produzca las mismas sublevaciones que hace nacer la
crueldad; si aquello que ha sucedido en determinadas circunstancias debe
suceder en otras; si las épocas, la opinión, las costumbres, son siempre las
mismas.
Los hugonotes, sin duda, se han embriagado de fanatismo y se han
manchado de sangre como nosotros; pero la generación presente ¿es tan bárbara
como sus padres? El tiempo, la razón que hace tantos progresos, los buenos
libros, la dulzura de la sociedad ¿no han penetrado en aquellos que dirigen el
espíritu de esos pueblos? ¿Y no nos apercibimos de que casi toda Europa ha
cambiado de cara desde hace unos cincuenta años?
El gobierno se ha fortalecido en todas partes, mientras que las
costumbres se han suavizado. La policía general, apoyada por ejércitos
numerosos y permanentes, no permite además temer el retorno de aquellos tiempos
anárquicos en que unos campesinos calvinistas luchaban contra unos campesinos
católicos, reclutados a toda prisa entre las siembras y las siegas.
A otros tiempos otros cuidados. Sería absurdo diezmar hoy día la Sorbona
porque en otros tiempos presentó un recurso para hacer quemar a la Doncella de
Orléans; porque declaró a Enrique III depuesto del derecho de reinar; porque
lo excomulgó; porque proscribió al gran Enrique IV. No buscaremos, sin duda,
los demás estamentos del reino que cometieron idénticos excesos en aquellos
tiempos frenéticos: eso sería no solamente injusto, sino que supondría una
locura semejante a purgar a todos los habitantes de Marsella porque tuvieron
la peste en 1720.
¿Iremos a saquear Roma, como hicieron las tropas de Carlos V, porque
Sixto V, en 1585, concedió nueve años de indulgencias a todos los franceses
que tomasen las armas contra su soberano? ¿Y no es ya bastante impedir que Roma
vuelva a cometer jamás excesos semejantes?
El furor que inspiran el espíritu dogmático y el abuso de la religión
cristiana mal entendida ha derramado tanta sangre, ha producido tantos
desastres en Alemania, en Inglaterra, e incluso en Holanda, como en Francia:
sin embargo, hoy día, la diferencia de religión no causa ningún disturbio en
aquellos Estados; el judío, el católico, el griego, el luterano, el
calvinista, el anabaptista, el sociniano, el menonita, el moravo, y tantos
otros, viven fraternalmente en aquellos países y contribuyen por igual al
bienestar de la sociedad.
Ya no se teme en Holanda que las disputas de un Gomar sobre la
predestinación motiven la degollación del Gran Pensionario. Ya no se teme en
Londres que las querellas entre presbiterianos y episcopalistas acerca de una
liturgia o una sobrepelliz derramen la sangre de un rey en un patíbulo.
Irlanda, poblada y enriquecida, ya no verá a sus ciudadanos católicos
sacrificar a Dios, durante dos meses, a sus ciudadanos protestantes, enterrarlos
vivos, colgar a las madres de cadalsos, atar a las hijas al cuello de sus
madres para verlas expirar juntas; abrir el vientre a las mujeres encintas,
extraerles a los hijos a medio formar para echárselos a comer a los cerdos y
los perros; poner un puñal en la mano de sus prisioneros atados y guiar su
brazo hacia el seno de sus mujeres, de sus padres, de sus madres, de sus hijos,
imaginando convertirlos en mutuos parricidas y hacer que se condenen al mismo
tiempo que los exterminan a todos. Esto es lo que cuenta Rapin-Thoiras, oficial
en Irlanda, casi nuestro contemporáneo; esto es lo que relatan todos los
anales, todas las historias de Inglaterra y que, sin duda, jamás será imitado.
La filosofía, la sola filosofía, esa hermana de la religión, ha desarmado
manos que la superstición había ensangrentado tanto tiempo; y la mente humana,
al despertar de su ebriedad, se ha asombrado de los excesos a que la había
arrastrado el fanatismo.
También nosotros tenemos en Francia una provincia opulenta en la que el
luteranismo supera al catolicismo. La universidad de Alsacia se halla en manos
de luteranos; ocupan una parte de los cargos municipales: jamás la menor
disputa religiosa ha turbado el reposo de esa provincia desde que pertenece a
nuestros reyes. ¿Por qué? Porque no se persigue en ella a nadie. No tratéis de
forzar los corazones y todos los corazones estarán con vosotros.
Yo no digo que todos aquellos que no siguen la religión del príncipe
deban compartir los puestos y los honores de los que pertenecen a la religión
dominante. En Inglaterra, los católicos, considerados seguidores del partido
del pretendiente, no pueden acceder a los empleos públicos: incluso pagan un
impuesto doble; pero gozan por lo demás de todos los derechos de los
ciudadanos.
De algunos obispos franceses se ha sospechado que creían que ni por su
honor ni por su interés les convenía tener calvinistas en sus diócesis y que
éste es el mayor obstáculo a la tolerancia: no puedo creerlo. El cuerpo de los
obispos, en Francia, está compuesto por gentes de calidad que piensan y obran
con una nobleza digna de su nacimiento; son caritativos y generosos, cosa que
hay que reconocerles en justicia; deben creer ciertamente que sus diocesanos
fugitivos no se convertirán en los países extranjeros y que, cuando vuelvan con
sus pastores, podrán ser instruidos por sus lecciones y conmovidos por sus
ejemplos: su honor ganaría al convertirlos, lo temporal no saldría perdiendo y
cuantos más ciudadanos hubiese más rentarían las tierras de los prelados.
Un obispo de Varnie, en Polonia, tenía un anabaptista de granjero y un
sociniano de recaudador; le propusieron que despidiese y persiguiese al uno
porque no creía en la consustancialidad y al otro porque no bautizaba a su
hijo hasta los quince años: respondió que serían condenados para toda la
eternidad en el otro mundo, pero que en éste le eran muy necesarios.
Salgamos de nuestra pequeña esfera y examinemos el resto de nuestro
globo. El Gran Señor gobierna en paz veinte pueblos de diferentes religiones;
doscientos mil griegos viven en seguridad en Constantinopla; el propio muftí
nombra y presenta al emperador al patriarca griego; se tolera a un patriarca
latino. El sultán nombra obispos latinos para algunas islas de Grecia y he aquí
la fórmula que emplea: «Le mando que vaya a residir como obispo a la isla de
Quío, según su antigua costumbre y sus vanas ceremonias.» Este imperio está
lleno de jacobitas, nestorianos, monotelitas; hay coptos, cristianos de San
Juan, judíos, guebros, banianos. Los anales turcos no hacen mención de ningún
motín provocado por alguna de esas religiones.
Id a la India, a Persia, a Tartaria, veréis en todos esos países la
misma tolerancia y la misma tranquilidad. Pedro el Grande ha favorecido todos
los cultos en su dilatado imperio; el comercio y la agricultura han salido
ganando y el cuerpo político no ha sido perjudicado por ellos.
El gobierno de China no ha adoptado jamás, desde los cuatro mil años
que es conocido, más que el culto de los noaquidas, la adoración simple de un
solo Dios; tolera, sin embargo, las supersticiones de Fo y una multitud de
bonzos que sería peligrosa si la prudencia de los tribunales no los hubiera
mantenido siempre a raya.
Es cierto que el gran emperador Yung-Chêng, el más sabio y el más
magnánimo que tal vez haya tenido China, ha expulsado a los jesuitas; pero esto
no lo hizo por ser intolerante; fue, al contrario, porque lo eran los
jesuitas. Ellos mismos citan, en sus Cartas curiosas, las
palabras que les dijo aquel buen príncipe: «Sé que vuestra religión es
intolerante; sé lo que habéis hecho en Manila y en el Japón; habéis engañado a
mi padre; no esperéis engañarme a mí.» Léanse todos los razonamientos que se
dignó hacerles, se le encontrará el más sabio y el más clemente de los hombres.
¿Podría, en efecto, permitir la permanencia en sus Estados de unos físicos de
Europa que, con el pretexto de mostrar unos termómetros y unas eolipilas a la
corte, habían sublevado ya contra él a uno de los príncipes de la sangre? ¿Y
qué habría dicho ese emperador si hubiese leído nuestras historias, si hubiese
conocido nuestros tiempos de la Liga y de la conspiración de las pólvoras?
Le bastaba con estar informado de las indecentes querellas de los
jesuitas, de los dominicos, de los capuchinos, del clero secular, enviados
desde el fin del mundo a sus Estados: venían a predicar la verdad y se
anatematizaban unos a otros. El emperador no hizo, por tanto, más que expulsar
a unos perturbadores extranjeros: ¡pero con qué bondad los despidió! ¡Qué
cuidados paternales tuvo con ellos para su viaje y para impedir que les
molestasen en el trayecto! Su propio destierro fue un ejemplo de tolerancia y
humanidad.
Los japoneses eran los más tolerantes de todos los hombres: doce
religiones pacíficas estaban establecidas en su imperio; los jesuitas vinieron
a ser la decimotercera, pero pronto, al no querer ellos tolerar ninguna otra,
ya sabemos lo que sucedió: una guerra civil, no menos horrible que la de la
Liga, asoló el país. La religión cristiana fue ahogada en ríos de sangre; los
japoneses cerraron su imperio al resto del mundo y nos consideraron como
bestias feroces, semejantes a aquellas de que los ingleses han limpiado su
isla. En vano el ministro Colbert, comprendiendo la necesidad que tenemos de
los japoneses, que para nada nos necesitan a nosotros, intentó establecer un
comercio con su imperio: los halló inflexibles.
Así pues, nuestro continente entero demuestra que no se debe ni predicar
ni ejercer la intolerancia.
Volved los ojos hacia el otro hemisferio; ved la Carolina, de la que el
prudente Locke fue legislador: bastan siete padres de familia para establecer
un culto público aprobado por la ley; tal libertad no ha hecho surgir ningún
desorden. ¡Dios nos libre de mencionar este ejemplo para incitar a Francia a
imitarlo! Sólo se cita para hacer ver que el mayor exceso a que pueda llegar la
tolerancia no ha sido seguido de la más leve disensión; pero aquello que es muy
útil y bueno en una colonia naciente no es conveniente en un viejo reino.
¿Qué diremos de los primitivos que han sido apodados cuáqueros por burla
y que, con costumbres tal vez ridículas, han sido tan virtuosos y han enseñado
inútilmente la paz al resto de la humanidad? Alcanzan el número de cien mil en
Pensilvania; la discordia, la controversia, son ignoradas en la feliz patria
que ellos se han creado y el mero nombre de su ciudad de Filadelfia, que les
recuerda en todo momento que los hombres son hermanos, es el ejemplo y la
vergüenza de los pueblos que todavía no conocen la tolerancia.
En fin, esta tolerancia no ha provocado jamás una guerra civil; la
intolerancia ha cubierto la tierra de matanzas. ¡Júzguese ahora, entre esas dos
rivales, entre la madre que quiere que se degüelle a su hijo y la que lo
entrega con tal de que viva!
No hablaré aquí más que del interés de las naciones; y respetando, como
debo, la teología, no considero en este artículo más que el bien físico y moral
de la sociedad. Suplico a todo lector imparcial que sopese estas verdades, que
las certifique, que las extienda. Los lectores atentos, que se comunican sus
pensamientos, van siempre más lejos que el autor.
CAPÍTULO V
De cómo la tolerancia puede ser admitida
Me atrevo a suponer que un ministro culto y magnánimo, un prelado
humanitario y sabio, un príncipe que sabe que su interés consiste en el gran
número de sus súbditos y su gloria en la felicidad de éstos, se digna pasar los
ojos por este escrito informe y defectuoso; suple su imperfección con sus
propias luces; se dice a sí mismo: ¿qué arriesgaría con ver la tierra cultivada
y ornada por un mayor número de manos laboriosas, aumentados los tributos, el
Estado más floreciente?
Alemania sería un desierto cubierto por los huesos de los católicos, de
los evangelistas, de los reformados, de los anabaptistas, que se habrían
degollado unos a otros, si la paz de Westfalia no hubiese procurado, por fin,
la libertad de conciencia.
Tenemos judíos en Burdeos, en Metz, en Alsacia; tenemos luteranos,
molinistas, jansenistas: ¿no podemos soportar y aceptar la presencia de
calvinistas poco más o menos en las mismas condiciones en que los católicos son
tolerados en Londres? Cuantas más sectas hay, menos peligrosa es cada una de
ellas; la multiplicidad las debilita, todas son reprimidas por leyes justas que
prohíben las asambleas tumultuosas, las injurias, las sediciones, y que
siempre están en vigor por la fuerza coactiva.
Sabemos que varios cabezas de familia, que han creado grandes fortunas
en los países extranjeros, están dispuestos a regresar a su patria; sólo piden
la protección de la ley natural, la validez de sus matrimonios, la certeza de
la legitimidad de sus hijos, el derecho a heredar de sus padres, la franquicia
de sus personas; no piden templos públicos, ni el derecho a ejercer cargos
municipales, ni a obtener dignidades: los católicos no los tienen en Londres ni
en algunos otros países. Ya no se trata de conceder privilegios inmensos,
plazas de seguridad a una facción, sino de dejar vivir a un pueblo pacífico, de
suavizar edictos tal vez en otros tiempos necesarios, pero que ya no lo son.
No nos corresponde a nosotros indicar al ministerio lo que puede hacer; basta
con implorarle en favor de los infortunados.
¡Cuántos medios de hacerlos útiles, de impedir que jamás lleguen a ser
peligrosos! La prudencia del ministerio y del consejo, apoyada por la fuerza,
encontrará muy fácilmente esos medios, que otras naciones emplean con tanta
fortuna.
Existen todavía fanáticos entre el populacho calvinista; pero es sabido
que hay aún más entre el populacho convulsionario. La hez de los insensatos de
Saint-Médard está considerada como algo sin importancia en la nación, la de
los profetas calvinistas ha sido destruida. El gran medio de disminuir el
número de maniáticos, si quedan, es someter esta enfermedad del espíritu al
régimen de la razón, que lenta, pero infaliblemente, ilumina a los hombres.
Esta razón es dulce, es humana, inspira indulgencia, ahoga la discordia,
fortalece la virtud, hace amable la obediencia o las leyes, mucho más de lo que
la fuerza las impone. ¿Y consideraremos como cosa baladí el ridículo que se
atribuye hoy día al entusiasmo por la mayoría de las gentes honorables? Dicho
ridículo constituye una poderosa barrera contra las extravagancias de todos
los sectarios. Los tiempos pasados son como si nunca hubieran existido. Hay que
partir siempre del punto en que se está y de aquel a que han llegado las
naciones.
Hubo un tiempo en que se creyó obligatorio promulgar decretos contra los
que enseñaban una doctrina contraria a las categorías de Aristóteles, al horror
al vacío, a las quintaesencias y al universal de la parte de la cosa. Tenemos
en Europa más de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería, y sobre la
manera de distinguir los falsos brujos de los verdaderos. La excomunión de los
saltamontes y de los insectos nocivos para las cosechas ha sido empleada
profusamente y todavía subsiste en algunos rituales. La costumbre ha caducado;
se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a los saltamontes. Los ejemplos
de esas graves locuras, en otros tiempos tan importantes, son incontables: se
producen otras de vez en cuando; pero cuando han producido su efecto, cuando
se está harto de ellas, mueren por sí mismas. Si a alguien se le ocurriese hoy
día ser carpocrático, o eutiquiano, o monotelita, o monofisita, o nestoriano,
o maniqueo, etc., ¿qué sucedería? Se reirían de él, como de un hombre vestido a
la antigua, con gola y jubón.
La nación empezaba a entreabrir los ojos cuando los jesuitas Le Tellier
y Doucin fabricaron la bula Unigenitus que enviaron a Roma:
creyeron estar todavía en aquellos tiempos de ignorancia en que los pueblos
aceptaban sin examen las aserciones más absurdas. Se atrevieron a proscribir
esta proposición que es de una verdad universal en todos los casos y en todos
los tiempos: «El temor a una excomunión injusta no debe impedir el
cumplimiento del deber.» Era proscribir la razón, las libertades de la Iglesia
galicana y el fundamento de la moral; era decir a los hombres: Dios os ordena
que no hagáis nunca vuestro deber, si ello os hace temer la injusticia. Jamás
se ha atacado al sentido común más descaradamente. Los consultores de Roma no
se dieron cuenta de ello. Se persuadió a la corte de Roma de que aquella bula
era necesaria y que la nación la deseaba; fue firmada, sellada y enviada:
conocemos las consecuencias; seguramente, si se hubieran previsto, se habría
suavizado la bula. Las disputas han sido vivas; la prudencia y la bondad del
rey las han apaciguado finalmente.
Lo mismo sucede con una gran parte de los puntos que nos dividen de los
protestantes; hay algunos que carecen de importancia; hay otros más graves,
pero sobre los cuales la furia de la disputa se ha amortiguado tanto que los
propios protestantes no predican hoy día la controversia en ninguna de sus
iglesias.
Por lo tanto, estos tiempos de desgana, de saciedad, o más bien de
razón, son los que podemos aprovechar como época y garantía de tranquilidad
pública. La controversia es una enfermedad epidémica que se halla en sus
finales, y esa peste, de la que estamos curados, no pide más que un régimen
suave. Finalmente, el interés del Estado consiste en que los hijos expatriados
vuelvan con modestia a la casa de su padre: el humanitarismo lo pide, la razón
lo aconseja y la política no lo puede temer.
CAPÍTULO VI
De si la intolerancia es de derecho natural y de derecho humano
El derecho natural es el que la naturaleza indica a todos los hombres.
Habéis criado a vuestro hijo, os debe respeto como padre y gratitud como
bienhechor. Tenéis derecho a los productos de la tierra que habéis cultivado
con vuestras manos. Habéis hecho y habéis recibido una promesa, debe ser
cumplida.
El derecho humano no puede estar basado en ningún caso más que sobre
este derecho natural; y el gran principio, el principio universal de uno y
otro es, en toda la tierra: «No hagas lo que no quisieras que te hagan.» No se
comprende, por lo tanto, según tal principio, que un hombre pueda decir a otro:
«Cree lo que yo creo y lo que no puedes creer, o perecerás.» Esto es lo que se
dice en Portugal, en España, en Goa. En otros países se contentan con decir
efectivamente: «Cree o te aborrezco; cree o te haré todo el daño que pueda;
monstruo, no tienes mi religión, por lo tanto no tienes religión: debes
inspirar horror a tus vecinos, a tu ciudad, a tu provincia.»
Si conducirse así fuese de derecho humano, sería preciso que el japonés
detestase al chino, el cual execraría al siamés; éste perseguiría a los
gangaridas que se abatirían sobre los habitantes del Indo; un mogol arrancaría
el corazón al primer malabar que encontrase; el malabar podría degollar al
persa, que podría asesinar al turco; y todos juntos se arrojarían sobre los
cristianos que durante tanto tiempo se han devorado unos a otros.
El derecho de la intolerancia es, por lo tanto, absurdo y bárbaro: es el
derecho de los tigres, y es mucho más horrible, porque los tigres sólo matan
para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos.
CAPÍTULO VII
De si la intolerancia ha sido conocida de los griegos
Los pueblos de los que la historia nos ha dejado algunos débiles
conocimientos han considerado, todos, sus diferentes religiones como nudos que
los unían: era una asociación, tanto entre los dioses como entre los hombres.
Cuando un extranjero llegaba a una ciudad, empezaba por adorar a los dioses del
país. Jamás se dejó de venerar a los dioses, incluso a los de los enemigos.
Los troyanos elevaban sus plegarias a los dioses que luchaban en favor de los
griegos.
Alejandro fue a consultar en los desiertos de Libia al dios Ammon, a
quien los griegos dieron el nombre de Zeus y los latinos
el de Júpiter, aunque tanto unos como otros tuviesen su Júpiter
y su Zeus en sus respectivos países. Cuando se sitiaba una ciudad
se oraba y se hacía un sacrificio a sus dioses para tenerlos propicios. De esta
suerte, aun incluso en la guerra, la religión unía a los hombres y suavizaba a
veces sus furores, aunque otras les ordenase cometer actos inhumanos y
terribles.
Tal vez me equivoque; pero me parece que de todos los antiguos pueblos
civilizados, ninguno ha puesto trabas a la libertad de pensar. Todos tenían una
religión; pero me parece que la usaban con los hombres del mismo modo que con
sus dioses: todos reconocían un dios supremo, pero le asociaban una cantidad
prodigiosa de divinidades inferiores; sólo tenían un culto, pero permitían una
multitud de sistemas particulares.
A los griegos, por ejemplo, por muy religiosos que fuesen, les parecía
bien que los epicúreos negasen la Providencia y la existencia del alma. No
menciono las otras sectas, todas las cuales ofendían las ideas sanas que se
deben tener del Ser Creador y que, todas, eran toleradas.
Sócrates, que fue el que más se aproximó al conocimiento del Creador,
padeció, según se dice, la pena de haber alcanzado este conocimiento y murió
mártir de la Divinidad; es el único hombre al que los griegos hayan hecho morir
por sus opiniones. Si ésta fue, en efecto, la causa de su condena, ello no
hace honor a la intolerancia, puesto que sólo se castigó al único que
glorificaba a Dios y se honró a todos los que daban las más indignas nociones
de la Divinidad. Los enemigos de la tolerancia no deben, en mi opinión,
ampararse en el ejemplo odioso de los jueces de Sócrates.
Es evidente, por otra parte, que fue víctima de un partido furioso
animado contra él. Se había creado enemigos irreconciliables entre los
sofistas, los oradores, los poetas, que enseñaban en las escuelas e incluso
entre los preceptores que tenían a su cargo a los hijos de las familias
distinguidas. Él mismo confiesa en su discurso, que nos ha sido transmitido
por Platón, que iba de casa en casa demostrando a aquellos preceptores que no
eran más que unos ignorantes. Esta conducta no es digna de aquel al que un
oráculo había declarado ser el más sabio de los hombres. Se azuzó contra él a
un sacerdote y a un consejero de los quinientos, que le acusaron; reconozco que
no sé exactamente de qué, sólo veo vaguedades en su Apología; se
le hace decir en general que se le imputaba inspirar a los jóvenes máximas
contra la religión y el gobierno. Así es como proceden siempre los
calumniadores en el mundo; pero en un tribunal se precisan hechos demostrados,
motivos de acusación concretos y detallados: eso es lo que no nos aporta el
proceso de Sócrates; sabemos solamente que hubo primeramente doscientos veinte
votos a su favor. El tribunal de los quinientos contaba, por lo tanto, con
doscientos veinte filósofos: es mucho; dudo que se los encontrara en algún otro
sitio. Finalmente, la mayoría votó por la cicuta; pero pensemos también que los
atenienses, una vez pasado su apasionamiento, sintieron horror hacia los
acusadores y los jueces; que Melito, el principal autor de esta sentencia, fue
condenado a muerte por aquella injusticia; que los demás fueron desterrados y
que se edificó un templo a Sócrates. Jamás la filosofía fue tan bien vengada ni
tan glorificada. El ejemplo de Sócrates es en el fondo el más terrible
argumento que se pueda alegar contra la intolerancia. Los atenienses tenían un
altar dedicado a los dioses extranjeros, a los dioses que no podían conocer.
¿Existe una prueba más fuerte no sólo de indulgencia para con todas las
naciones, sino también de respeto hacia sus cultos?
Un hombre honrado, que no es enemigo ni de la razón ni de la literatura,
ni de la probidad, ni de la patria, al justificar hace poco la matanza de la
noche de San Bartolomé, cita la guerra de los focenses, llamada guerra
sagrada, como si esta guerra hubiese sido encendida en favor del
culto, del dogma, de los argumentos de la teología; se trataba de saber a quién
debía pertenecer un campo: es el motivo de todas las guerras. Unos haces de
trigo no son un símbolo de creencia; jamás ciudad griega alguna luchó por
opiniones. Por otra parte, ¿qué pretende ese hombre modesto y dulce? ¿Quiere
que hagamos una guerra sagrada?
CAPÍTULO VIII
De si los romanos han sido tolerantes
Entre los antiguos romanos, desde Rómulo hasta los tiempos en que los
cristianos se disputaron con los sacerdotes del imperio, no veréis un solo
hombre perseguido por sus sentímientos. Cicerón dudó de todo, Lucrecio lo negó
todo; y no se les hizo el más ligero reproche. La licencia llegó tan lejos que
Plinio el naturalista empieza su libro negando a Dios y diciendo que hay uno,
que es el sol. Cicerón dice, hablando de los infiernos: «Non est anus tam excors quae
credat; no hay ni una vieja imbécil que crea en ellos.» Juvenal
dice: «Nec pueri credunt (sátira II, verso 152);
los niños no creen en tal cosa.» Se cantaba en el teatro de Roma: Post mortem
nihil est, ipsaque mors nihil. «No hay nada
después de la muerte, la misma muerte no es nada.» (Séneca, Tróade; coro
al final del segundo acto.)
Aborrezcamos estas máximas y, todo lo más, perdonémoselas a un pueblo
al que el Evangelio no iluminó; son falsas, son impías; pero saquemos la
conclusión de que los romanos eran muy tolerantes, ya que éstas no provocaron
jamás la menor protesta.
El gran principio del senado y del pueblo romanos era: «Deorum
offensae düs curae; sólo a los dioses corresponde ocuparse
de las ofensas hechas a los dioses.» Aquel pueblo rey sólo pensaba en
conquistar, en gobernar y civilizar al universo. Han sido nuestros legisladores
y nuestros vencedores; y César, que nos dio cadenas, leyes y juegos, jamás
quiso obligarnos a trocar nuestros druidas por él, por muy gran pontífice que
fuese de una nación que nos dominaba.
Los romanos no profesaban todos los cultos, no daban a todos la sanción
pública; pero los permitieron todos. No tuvieron ningún objeto material de
culto bajo el reinado de Numa, ni simulacros, ni estatuas; no tardaron en
erigirlas a los dioses majorum gentium, que les dieron a
conocer los griegos. La ley de las doce tablas, Deos peregrinos ne colunto, se
reducía a no conceder culto público más que a las divinidades superiores
aprobadas por el senado. Isis tuvo un templo en Roma, hasta que Tiberio lo
mandó derribar cuando los sacerdotes del mismo, corrompidos por el dinero de
Mundo, le hicieron acostarse en el templo, bajo el nombre del dios Anubis, con
una mujer llamada Paulina. Bien es verdad que Josefo es el único que relata
esta historia; no era contemporáneo, pero sí crédulo y propenso a la
exageración. Parece poco probable que en una época tan ilustrada como la de
Tiberio, una mujer de la más elevada condición hubiese sido lo bastante estúpida
para creer que recibía los favores del dios Anubis.
Pero sea verdadera o falsa esta anécdota, lo que hay de cierto es que la
superstición egipcia había erigido un templo en Roma con el consentimiento
público. Los judíos comerciaban en ella desde los tiempos de las guerras
púnicas; tenían en la ciudad sinagogas desde los tiempos de Augusto y las
conservaron casi siempre, lo mismo que en la Roma moderna. ¿Existe un mayor
ejemplo de que la tolerancia estaba considerada por los romanos como la ley más
sagrada de todo el derecho de gentes?
Se nos dice que tan pronto como aparecieron los cristianos fueron
perseguidos por aquellos mismos romanos que a nadie perseguían. Me parece
evidente que este hecho es completamente falso; no quiero otra prueba que la
del propio san Pablo. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan
que al ser acusado san Pablo por los judíos de querer destruir la ley mosaica
por Jesucristo, Santiago propuso a san Pablo que se hiciera afeitar la cabeza
y fuera a hacerse purificar en el templo con cuatro judíos «para que todo el
mundo sepa que todo lo que dicen de vosotros es falso y seguís observando la
ley de Moisés».
Pablo, cristiano, fue pues a cumplir todas las ceremonias judaicas
durante siete días; pero aún no habían transcurrido éstos cuando los judíos de
Asia le reconocieron; y, al ver que había entrado en el templo, no sólo con
judíos, sino con gentiles, gritaron que había habido profanación: fue apresado
y conducido ante el gobernador Félix, y más tarde se apeló al tribunal de
Festo. Los judíos en masa pidieron su muerte; Festo les respondió: «No es
costumbre de los romanos condenar a un hombre hasta que el acusado tenga a sus
acusadores delante y se le haya dado la libertad de defenderse» [Hechos,
XXV, 1161.
Estas palabras resultan tanto más notables en aquel magistrado romano
cuanto que parece no haber sentido la menor consideración hacia san Pablo; y
no haber experimentado más que desprecio hacia él: engañado por las falsas
luces de su razón, le tomó por loco; le dijo a él mismo que estaba
demente: Multae te litterae ad insaniam convertunt (las
muchas letras te han trastornado el juicio). Festo, por lo tanto, no escuchó
más que a la equidad de la ley romana al dar su protección a un sospechoso desconocido
al que no podía apreciar.
He aquí que el propio Espíritu Santo declara que los romanos no
perseguían y que eran justos. No fueron los romanos los que se alzaron contra
san Pablo, sino los judíos. Santiago, hermano de Jesús, fue lapidado por orden
de un judío saduceo y no por la de un romano. Sólo los judíos lapidaron a san
Esteban, y cuando san Pablo guardaba las capas de los ejecutores, no obraba
ciertamente como ciudadano romano.
Los primeros cristianos no tenían, sin duda, nada que dirimir con los
romanos; no tenían más enemigos que los judíos, de los que empezaban a
separarse. Sabido es el odio implacable que sienten todos los sectarios hacia
aquellos que abandonan su secta. Hubo indudablemente tumultos en las sinagogas
de Roma. Suetonio dice en la Vida de Claudio (cap. XXV): Judaeos,
impulsare Christo assidue tumultuantes, Roma expulit (Roma
arrojó con frecuencia a los sediciosos hebreos, siendo Cristo el instigador).
Se engañaba al decir que era a instigación de Cristo: no podía conocer los
detalles de un pueblo tan despreciado en Roma como era el pueblo judío; pero no
se equivocaba sobre el motivo de aquellas disputas. Suetonio escribía en
tiempos de Adriano, en el siglo II; los cristianos no se distinguían entonces
de los judíos a los ojos de los romanos. El pasaje de Suetonio hace ver que los
romanos, lejos de oprimir a los primeros cristianos, reprimían entonces a los
judíos que los perseguían. Querían que la sinagoga de Roma tuviese para con
aquellos hermanos separados la misma indulgencia que el Senado tenía para con
ella, y los judíos expulsados no tardaron en volver; alcanzaron incluso
honores, a pesar de las leyes que los excluían de ellos; nos lo cuentan Dion
Casio y Ulpiano. ¿Es posible que después de la ruina de Jerusalén los
emperadores prodigasen dignidades a los judíos y que, en cambio, persiguiesen,
entregasen a los verdugos y arrojasen a las fieras a unos cristianos que estaban
considerados como una secta de los judíos?
Se dice que Nerón los persiguió. Tácito nos cuenta que fueron acusados
del incendio de Roma y abandonados al furor del pueblo. ¿Se trataba de su
creencia en tal acusación? No, sin duda. ¿Diríamos que los chinos, a los que
los holandeses degollaron hace algunos años, en los suburbios de Batavia,
fueron inmolados a la religión? Por mucho que deseemos equivocarnos, es
imposible atribuir a la intolerancia el desastre ocurrido en el reinado de
Nerón a unos cuantos desgraciados semijudíos y semicristianos.
CAPÍTULO IX
Sobre los mártires
Hubo después de ello mártires cristianos. Es difícil saber con exactitud
por qué razones fueron condenados aquellos mártires; pero me atrevo a creer
que ninguno lo fue, bajo los primeros césares, solamente por su religión;
todas eran toleradas: ¿cómo se hubiera podido buscar y perseguir a unos hombres
oscuros, que practicaban un culto particular, en una época en que se permitían
todos los otros?
Los Titos, los Trajanos, los Antoninos, los Decios no eran unos
bárbaros: ¿es posible imaginar que hubiesen privado únicamente a los
cristianos de una libertad de que gozaba la tierra entera? Se les habría
acusado solamente a ellos de celebrar misterios secretos, mientras que los
misterios de Isis, de Mitra, los de la diosa de Siria, todos ellos extraños al
culto romano, eran permitidos sin contradicción? Es preciso que la persecución
haya tenido otras causas y que los odios particulares, apoyados por la razón de
Estado, hayan derramado la sangre de los cristianos.
Por ejemplo, cuando san Lorenzo niega al prefecto de Roma, Cornelio
Seculario, el dinero de los cristianos que tenía en custodia, es natural que el
prefecto y el emperador se irritasen: no sabían que san Lorenzo había
distribuido aquel dinero entre los pobres y que había realizado una obra
caritativa y santa; le consideraron como un refractario y le condenaron a
muerte.
Consideremos el martirio de san Poliuto. ¿Fue condenado solamente por su
religión? Va al templo, en el que se rinden a los dioses acciones de gracias
por la victoria del emperador Decio; insulta en el propio templo a los
sacrificadores, derriba y rompe los altares y las estatuas: ¿en qué país del
mundo se perdonaría semejante atentado? El cristiano que rompió en público el
edicto del emperador Diocleciano y que atrajo hacia sus hermanos la gran
persecución en los dos últimos años del reinado de este príncipe, no realizaba
un acto de celo según la ciencia y tenía la desgracia de ser la causa del
desastre de su partido. Aquel celo desmesurado, que estalló a menudo y que
incluso fue condenado por varios Padres de la Iglesia, ha sido probablemente
el origen de todas las persecuciones.
No comparo, sin duda, a los primeros sacramentarios con los primeros
cristianos: no pongo el error al lado de la verdad; pero Farel, predecesor de
Juan Calvino, hizo en Arles la misma cosa que san Poliuto había hecho en
Armenia. Llevaban en procesión por las calles la estatua de san Antonio el
ermitaño; Farel se arroja con algunos de los suyos sobre los frailes que llevan
en andas a san Antonio, los zurra, los dispersa y arroja el santo al río.
Merecía la muerte, que no recibió por haber tenido tiempo de huir. Si se
hubiese contentado con gritar a aquellos frailes que no creía que un cuervo
hubiese llevado medio pan a san Antonio el ermitaño, ni que san Antonio hubiese
tenido conversaciones con centauros y sátiros, habría merecido una fuerte
reprimenda por perturbar el orden; pero si por la noche, después de la
procesión, hubiese examinado tranquilamente la historia del cuervo, de los
centauros y de los sátiros, nada hubiera habido que reprocharle.
¡Cómo! ¡Los romanos habrían tolerado que el infame Antinoo fuese
colocado en el rango de los dioses secundarios y habrían descuartizado,
arrojado a las fieras a todos aquellos a los que se hubiese reprochado haber
adorado pacíficamente a un justo! ¡Cómo! ¡Los romanos habrían reconocido a un
Dios supremo, a un Dios soberano, señor de todos los dioses secundarios,
atestiguado por esta fórmula: Deus optimus maximus; y habrían
perseguido a los que adoraban a un Dios único!
No es creíble que haya existido jamás una inquisición contra los
cristianos bajo los emperadores, es decir, que se haya ido a buscarles a sus
casas para interrogarles sobre sus creencias. Jamás se molestó sobre este punto
ni a un judío, ni a un sirio, ni a un egipcio, ni a los bardos, ni a los
druidas, ni a los filósofos. Los mártires fueron, por lo tanto, aquellos que se
alzaron contra los falsos dioses. No creer en ellos era cosa muy buena y piadosa;
pero, en fin, si no contentos con adorar a un Dios en espíritu y en verdad, se
sublevaron violentamente contra el culto establecido, por muy absurdo que
pudiese ser, es forzoso confesar que ellos mismos eran intolerantes.
Tertuliano, en su Apologética, confiesa que se miraba a
los cristianos como facciosos: la acusación era injusta, pero demostraba que
no era la sola religión de los cristianos lo que excitaba el celo de los
magistrados. Reconoce que los cristianos se negaban a adornar sus puertas con
ramas de laurel en los regocijos públicos por las victorias de los emperadores:
era fácil tomar esta actitud reprochable por un crimen de lesa majestad.
La primera severidad jurídica ejercida contra los cristianos fue la de
Domiciano: pero se limitó a un destierro que llegó a durar un año: Facile coeptum repressit,
restitutis etiam quos relegaverat (lo conseguido fácilmente se
perdió, siendo restablecidos nuevamente los que habían abandonado), dice
Tertuliano (cap. V). Lactancio, cuyo estilo es tan violento, reconoce que desde
Domiciano hasta Decio la Iglesia vivió tranquila y floreciente. Esta larga
paz, dice, fue interrumpida cuando aquel execrable animal llamado Decio
oprimió a la Iglesia: Exstitit enim post annos plurimos execrabile animal Decius, qui vexaret Ecclesiam
(Apol., cap. IV).
No se pretende discutir aquí la opinión del sabio Dodwell sobre la
pequeña cantidad de mártires; pero si los romanos hubiesen perseguido tanto la
religión cristiana, si el senado hubiese hecho morir a tantos inocentes por
medio de suplicios inusitados, si hubiese metido a los cristianos en aceite
hirviendo, si hubiese arrojado a doncellas desnudas a las fieras en el circo,
¿cómo habrían dejado en paz a todos los obispos de Roma? San Ireneo no cuenta
como mártir entre aquellos obispos más que a Telésforo, en año el 139 de la era
vulgar, y no se tiene ninguna prueba de que el tal Telésforo hubiese sido
condenado a muerte. Ceferino gobernó el rebaño de Roma durante dieciocho años
y murió apaciblemente en el año 219. Es cierto que se incluye a casi todos los
primeros papas en los antiguos martirologios; pero la palabra martirio sólo
era tomada entonces en su verdadero significado: martirio quería
decir testimonio y no suplicio.
Es difícil poner de acuerdo esta furia de persecución con la libertad
que tuvieron los cristianos de convocar cincuenta y seis concilios que los
escritores eclesiásticos cuentan en los tres primeros siglos.
Hubo persecuciones; pero si hubiesen sido tan violentas como se dice, es
de suponer que Tertuliano, que escribió con tanta energía contra el culto
establecido, no habría muerto en la cama. Sabido es que los emperadores no
leyeron su Apologética; que un escrito oscuro, compuesto en
África, no llega a los que tienen a su cargo el gobierno del mundo; pero debía
ser conocido de aquellos que formaban el círculo del procónsul de África:
debía atraer mucho odio hacia su autor; sin embargo, no padeció ningún martirio.
Orígenes enseñó públicamente en Alejandría y tampoco fue ejecutado. El
mismo Orígenes, que hablaba con tanta libertad a los paganos y a los
cristianos, que anunciaba Jesús a los unos, que negaba un Dios en tres personas
a los otros, que reconoce expresamente, en su tercer libro contra Celso, «que
ha habido muy pocos mártires e incluso de tarde en tarde. Sin embargo, dice,
los cristianos no descuidan nada para hacer abrazar su religión a todo el
mundo; corren por las ciudades, los pueblos, las aldeas».
En verdad que estas continuas carreras podían ser fácilmente
denunciadas como sediciosas por los sacerdotes enemigos; y, sin embargo, tales
misiones son toleradas, a pesar del pueblo egipcio, siempre turbulento,
sedicioso y cobarde: pueblo que había descuartizado a un romano por haber
matado a un gato, pueblo en todo tiempo despreciable, digan lo que digan los
admiradores de las pirámides.
¿Quién podía soliviantar más contra él a los sacerdotes y al gobierno
que san Gregorio Taumaturgo, discípulo de Orígenes? Gregorio había visto
durante la noche a un anciano enviado de Dios, acompañado de una mujer
resplandeciente de luz: esta mujer era la Santísima Virgen y aquel anciano san
Juan Evangelista. San Juan le dictó un símbolo que san Gregorio se fue a predicar.
Pasó, al dirigirse a Neocesárea, cerca de un templo en que se emitían oráculos
y en el que la lluvia le obligó a pasar la noche; hizo varios signos de la
cruz. Al día siguiente, el gran sacrificador del templo se quedó asombrado de
que los demonios, que antes le respondían, no quisieran emitir más oráculos;
los llamó: los demonios acudieron para decirle que ya no volverían más: le
explicaron que ya no podían habitar más aquel templo porque Gregorio había
pasado la noche en él y había trazado signos de la cruz.
El sacrificador interrogó a Gregorio, que le respondió: «Puedo arrojar a
los demonios de donde quiera y hacerlos entrar donde me plazca.» «Hazlos, pues,
entrar en mi templo», dijo el sacrificador. Entonces Gregorio arrancó un
pedacito de una hoja del volumen que tenía en la mano y escribió en él estas
palabras: «Gregorio a Satán: te ordeno que entres en este templo.» Se puso el
billete sobre el altar: los demonios obedecieron y emitieron sus oráculos como
de costumbre; después de lo cual dejaron de hacerlo, como es sabido.
Es san Gregorio Niceno quien relata estos hechos en la vida de san
Gregorio Taumaturgo. Los sacerdotes de los ídolos debían sin duda sentir
animadversión hacia Gregorio y, cegados por ella, llevarlo ante los tribunales:
no obstante, su mayor enemigo no sufrió ninguna persecución.
Se dice en la historia de san Cipriano, que fue el primer obispo de
Cartago condenado a muerte. El martirio de san Cipriano data del año 258 de
nuestra era: durante mucho tiempo, por lo tanto, ningún obispo de Cartago fue
inmolado por su religión. La historia no nos dice qué calumnias se elevaron contra
san Cipriano, qué enemigos tenía, por qué el procónsul de África se irritó
contra él. San Cipriano escribe a Cornelio, obispo de Roma: «Se produjo poco
después una manifestación popular en Cartago y se gritó por dos veces que se me
debía arrojar a los leones.» Es muy verosímil que la excitación del pueblo
enfurecido de Cartago fuese finalmente causa de la muerte de Cipriano; y es muy
seguro que no fue el emperador Galo quien le condenó desde tan lejos por su
religión, puesto que dejaba en paz a Cornelio, al que tenía tan cerca.
Tantas causas secretas se mezclan con frecuencia a la causa aparente,
tantos resortes desconocidos contribuyen a la persecución de un hombre, que se
hace imposible discernir en los siglos posteriores el origen oculto de las
desgracias de los hombres más considerables, y con mayor razón el del suplicio
de un particular que sólo podía ser conocido de aquellos que pertenecían a su
partido.
Obsérvese que san Gregorio Taumaturgo y san Dionisio, bispo de
Alejandría, que no sufrieron martirio, vivían en la misma época que san
Cipriano. ¿Por qué, si eran tan conocidos por lo menos como este obispo de
Cartago, pudieron vivir sin ser molestados? ¿Y por qué san Cipriano fue
sometido a suplicio? ¿No existe cierta apariencia de que este último sucumbió
al ataque de enemigos personales y poderosos, a las calumnias, al pretexto de
la razón de Estado, que se junta con tanta frecuencia a la religión, mientras
que los otros dos tuvieron la suerte de librarse de la maldad de los hombres?
No parece muy probable que la sola acusación de cristianismo hiciese
perecer a san Ignacio bajo el clemente y justo Trajano, puesto que se permitió
a los cristianos acompañarle y consolarle cuando era llevado a Roma. Se habían
producido con frecuencia sediciones en Antioquía, ciudad que siempre fue turbulenta,
en la que Ignacio era obispo secreto de los cristianos: tal vez aquellas
sediciones, malignamente imputadas a los cristianos inocentes, excitaron la
atención del gobierno, que fue engañado, como ha sucedido con harta
frecuencia.
San Simeón, por ejemplo, fue acusado ante Sapor de ser espía de los
romanos. La historia de su martirio nos dice que el rey Sapor le propuso que
adorase al sol; pero sabido es que los persas no rendían culto al sol: lo
consideraban como un emblema del buen principio de Ahura Mazda u Ormuz, el
dios creador que ellos reconocían.
Por muy tolerante que se pueda ser, no se puede dejar de sentir cierta
indignación contra esos exaltados que acusan a Diocleciano de haber perseguido
a los cristianos desde su subida al trono; veamos lo que dice Eusebio de
Cesarea: su testimonio no puede ser recusado; el favorito, el panegirista de
Constantino, el enemigo violento de los emperadores precedentes, debe ser creído
cuando los justifica. He aquí sus palabras: «Los emperadores dieron durante
mucho tiempo a los cristianos grandes muestras de benevolencia; les confiaron
provincias; varios cristianos vivieron en palacio; incluso se casaron con
cristianas. Diocleciano tomó por esposa a Prisca, cuya hija fue mujer de
Maximino Galeno, etc.»
Aprendamos por lo tanto de este testimonio decisivo a no calumniar;
júzguese si la persecución excitada por Galeno, después de diecinueve años de
un reinado de clemencia y bondades, debe haber sido originada más bien por
alguna intriga que nosotros desconocemos.
Considérese hasta qué punto la fábula de la legión tebana, asesinada
toda ella, dícese, a causa de la religión, es absurda. Es ridículo que se
hiciese venir a esta legión de Asia a través del Gran San Bernardo; es
imposible que se la llamase de Asia para venir a apaciguar una sedición en las
Galias, un año después de haber sido reprimida; no es menos imposible que se
degollase a seis mil infantes y siete mil soldados de a caballo en un desfiladero
en que doscientos hombres podrían detener a todo un ejército. La relación de
esta pretendida carnicería empieza con una impostura evidente: «Cuando la
tierra gemía bajo la tiranía de Diocleciano, el cielo se poblaba de mártires.»
Pues bien, esta aventura, como se ha dicho, se supone haber sucedido en el año
286, época en que Diocleciano favorecía más a los cristianos y en que el
imperio romano fue más feliz. Finalmente, lo que debiera ahorrarnos estas
discusiones es que jamás existió tal legión tebana: los romanos eran demasiado
orgullosos y demasiado sensatos para formar una legión con aquellos egipcios
que Roma sólo utilizaba como esclavos, Verna Canopi: sería
como si hubiesen tenido una legión judía. Poseemos los nombres de las treinta y
dos legiones que constituían las principales fuerzas del imperio romano; es
indiscutible que la legión tebana no figura entre ellas. Arrinconemos, por lo
tanto, este cuento junto con los versos acrósticos de las sibilas que predecían
los milagros de Jesucristo y con tantas invenciones como un falso celo prodigó
para engañar a los crédulos.
CAPÍTULO X
Del peligro de las falsas leyendas y de la persecución
La mentira ha embaucado demasiadas veces a los hombres; ya es tiempo de
que se conozcan las pocas verdades que se pueden descubrir a través de esas
nubes de fábulas que cubren la historia romana desde Tácito y Suetonio y que
casi siempre han envuelto los anales de las demás naciones de la antigüedad. ¿Cómo
se puede creer, por ejemplo, que los romanos, ese pueblo grave y severo del que
hemos recibido nuestras leyes, condenasen a unas vírgenes cristianas, a unas
hijas de familias de calidad, a la prostitución? Es conocer muy mal la austera
dignidad de nuestros legisladores que tan severamente castigaban las flaquezas
de las vestales. Los Hechos sinceros de Ruinart cuentan esas
ignominias, pero ¿debemos dar el mismo crédito a los Hechos de
Ruinart que a los Hechos de los Apóstoles? Dichos Hechos
sinceros cuentan, según Jean de Bolland, que había en la ciudad de
Ancira siete vírgenes cristianas, de unos setenta años cada una, a las que el
gobernador condenó a pasar por las manos de los jóvenes de la ciudad; pero que
habiendo sido respetadas dichas vírgenes, como es natural, las obligó a servir
desnudas en los misterios de Diana, a los que sin embargo no se asistía nunca
más que con un velo. San Teodoto, que, a decir verdad, era tabernero, pero que
no por eso tenía menos celo, pidió ardientemente a Dios que se dignase hacer
morir a aquellas santas doncellas, temeroso de que pudieran sucumbir a la
tentación. Dios le escuchó; el gobernador las hizo arrojar a un lago con una
piedra al cuello: se le aparecieron poco después a Teodoto y le pidieron que no
consintiese que sus cuerpos fuesen comidos por los peces: tales fueron sus
propias palabras.
El santo tabernero y sus compañeros fueron por la noche a la orilla del
lago, guardada por soldados; una antorcha celeste caminó todo el tiempo delante
de ellos y cuando llegaron al lugar en que estaba la guardia, un jinete
celeste, armado de pies a cabeza, persiguió a los soldados lanza en ristre.
San Teodoto sacó del lago los cuerpos de las vírgenes: fue llevado ante el
gobernador; y el jinete celeste no impidió que se le cortase la cabeza. No cesamos
de repetir que veneramos a los verdaderos mártires, pero que es difícil creer
esta historia de Bolland y Ruinart.
¿Hay que relatar aquí el cuento del joven san Romano? Se le arrojó al
fuego, dice Eusebio, y los judíos que se hallaban presentes insultaron a
Jesucristo por permitir que fuese quemado uno de sus confesores, cuando Dios
había sacado del horno ardiente a Sidrach, Misach y Abdenago. Apenas hubieron
hablado los judíos cuando san Romano salió triunfante de la hoguera: el
emperador ordenó que se le perdonase y dijo al juez que no quería tener ninguna
discusión con Dios; ¡extrañas palabras en boca de Diocleciano! El juez, a pesar
de la indulgencia del emperador, ordenó que se le cortase la lengua a san
Romano y, aunque disponía de verdugos, hizo ejecutar la operación por un
médico. El joven Romano, tartamudo de nacimiento, habló con fluidez desde que
le fue cortada la lengua. El médico recibió una reprimenda, y para demostrar
que la operación había sido hecha según las reglas del arte, asió a alguien que
por allí pasaba y le cortó exactamente la misma cantidad de lengua que había
cortado a san Romano, a consecuencia de lo cual aquel individuo murió al
momento: porque, añade sabiamente el autor, la
anatomía nos enseña que un hombre sin lengua no puede vivir. En
verdad, si Eusebio ha escrito tales bobadas, si no han sido añadidas a sus
escritos, ¿qué credulidad se puede prestar a su Historia?
Se nos cuenta el martirio de santa Felicidad y sus siete hijos, enviados
a la muerte, se dice, por el sabio y viejo Antonino, sin nombrar al autor del
relato.
Es muy verosímil que algún autor con más celo que veracidad haya
querido imitar la historia de los Macabeos. El relato empieza de esta suerte:
«Santa Felicidad era romana, vivía bajo el reinado de Antonino»; queda claro,
con estas palabras, que el autor no era contemporáneo de santa Felicidad. Dice
que el pretor los juzgó en su tribunal del Campo de Marte; pero el prefecto
de Roma tenía su tribunal en el Capitolio y no en el Campo de Marte, que,
después de haber servido para celebrar los comicios, se utilizaba entonces
para la revista de los soldados, las carreras y los juegos militares: sólo esto
demuestra la falsedad.
Se dice también que después del juicio el emperador encomendó a varios
jueces la misión de ejecutar la sentencia: lo cual es totalmente contrario a
las formalidades de aquellos tiempos y a las de todas las épocas.
Hay igualmente un san Hipólito al que se supone arrastrado por
caballos, como Hipólito, el hijo de Teseo. Este suplicio no fue conocido jamás
de los antiguos romanos y la mera similitud del nombre ha hecho inventar la
fábula.
Obsérvese también que en los relatos de los mártires, compuestos
únicamente por los mismos cristianos, vemos casi siempre una multitud de
cristianos que acuden con toda libertad a la cárcel del condenado, le acompañan
al suplicio, recogen su sangre, entierran su cuerpo, y hacen milagros con las
reliquias. Si sólo se hubiese perseguido a la religión, ¿no se habría inmolado
a aquellos cristianos que asistían a sus hermanos condenados y a los que se
acusaba de hacer encantamientos con los restos de los cadáveres martirizados?
¿No se les habría tratado como nosotros hemos tratado a los valdenses, a los
albigenses, a los husitas, a las diversas sectas de los protestantes? Los hemos
degollado, quemado en masa, sin distinción de edad ni sexo. ¿Existe, en las relaciones
comprobadas de las antiguas persecuciones, un solo rasgo que se aproxime a la
noche de San Bartolomé y a las matanzas de Irlanda? ¿Existe uno sólo que se
parezca a la fiesta anual que se celebra todavía en Toulouse, fiesta cruel,
fiesta que para siempre debería ser suprimida, en la que todo un pueblo da
gracias a Dios en procesión y se congratula de haber degollado, hace doscientos
años, a cuatro mil de sus conciudadanos?
Lo digo con horror, pero con sinceridad; ¡somos nosotros, cristianos,
los que hemos sido perseguidores, verdugos, asesinos! ¿Y de quién? De nuestros
hermanos. Somos nosotros los que hemos destruido cien ciudades, con el
crucifijo o la Biblia en la mano y que no hemos cesado de
derramar sangre y encender hogueras, desde el reinado de Constantino hasta los
furores de los caníbales que habitaban los Cevennes: furores que, gracias al
Cielo, ya no existen hoy.
Todavía enviamos al cadalso a pobres gentes del Poitou, del Vivarais, de
Valence, de Montauban. Hemos ahorcado, desde 1745, a ocho individuos de esos
que llaman predicantes o ministros del Evangelio, que no
habían cometido más crimen que haber rezado a Dios en dialecto y haber dado un
sorbo de vino y un pedazo de pan con levadura a algunos campesinos pobres de
espíritu. Nada se sabe de esto en París, donde el placer es la única cosa
importante, donde se ignora todo lo que sucede en provincias y en el extranjero.
Estos procesos se juzgan en una hora y con más rapidez que se sentencia a un
desertor. Si el rey estuviera enterado aplicaría su gracia.
No se trata así a los sacerdotes católicos en ningún país protestante.
Hay más de cien sacerdotes católicos en Inglaterra e Irlanda; se les conoce, se
les ha dejado vivir tranquilamente durante la última guerra.
¿Seremos siempre los últimos en adoptar las sanas opiniones de las
demás naciones? Ellas se han corregido, ¿cuándo nos corregiremos nosotros? Se
ha necesitado sesenta años para hacernos adoptar lo que Newton había
demostrado; apenas empezamos a osar salvar la vida de nuestros hijos por la
inoculación; sólo practicamos desde hace poco tiempo los verdaderos
principios de la agricultura: ¿cuándo empezaremos a practicar los verdaderos
principios del humanitarismo? ¿Y con qué cara podemos reprochar a los paganos
haber hecho tantos mártires cuando nosotros hemos sido culpables de la misma
crueldad y en las mismas circunstancias?
Concedamos que los romanos han hecho perecer a una multitud de
cristianos sólo por su religión; en este caso los romanos han sido muy
condenables. ¿Querríamos nosotros cometer la misma injusticia? Y cuando les
reprochamos sus persecuciones, ¿querríamos ser también nosotros perseguidores?
Si existiese alguien lo bastante carente de buena fe o lo bastante
fanático para decir aquí: ¿por qué venir a poner en evidencia nuestros errores
y nuestras faltas? ¿Por qué destruir nuestros falsos milagros y nuestras falsas
leyendas? Son el alimento de la piedad de muchas personas; hay errores
necesarios; no extirpemos del cuerpo una úlcera inveterada que arrastraría con
ella la destrucción del cuerpo, he aquí lo que le contestaría:
Todos esos falsos milagros con los que hacéis tambalearse la fe que se
debe a los verdaderos, todas esas leyendas absurdas que añadís a las verdades
del Evangelio, extinguen la religión en las almas; demasiadas personas que
quieren instruirse y que no tienen tiempo de hacerlo lo suficiente, dicen:
«Los maestros de mi religión me han engañado: no hay por lo tanto religión; es
preferible echarse en brazos de la naturaleza que en los del error; prefiero
depender de la ley natural que de las invenciones de los hombres.» Otros
tienen la desgracia de ir aún más lejos: ven que la impostura les ha puesto un
freno y no quieren ni siquiera el freno de la verdad, inclinándose hacia el
ateísmo; nos volvemos depravados porque otros han sido trapaceros y crueles.
He aquí ciertamente las consecuencias de todos los fraudes piadosos y de
todas las supersticiones. Por lo general, los hombres sólo razonan a medias:
es un argumento muy malo decir: Voragine, el autor de La leyenda
dorada, y el jesuita Ribadeneyra, compilador de Flos Sanctorum, no
han dicho más que tonterías: por lo tanto, no hay Dios; los católicos han
degollado una cierta cantidad de hugonotes y los hugonotes, a su vez, han
asesinado a cierta cantidad de católicos: por lo tanto, no hay Dios; se ha
utilizado la confesión, la comunión y todos los sacramentos para cometer los
crímenes más horribles: por lo tanto, no hay Dios. Yo llegaría a una conclusión
distinta: por lo tanto, hay un Dios que, después de esta vida pasajera, en la
que tanto le hemos desconocido y tantos crímenes hemos cometido en su nombre,
se dignará consolarnos de tan horribles desgracias: porque si consideramos las
guerras de religión, los cuarenta cismas de los papas, que casi todos han sido
sangrientos; las imposturas, que casi todas han sido funestas; los odios
irreconciliables encendidos por las divergencias de opiniones; si vemos todos
los males que ha producido el falso celo, los hombres han tenido mucho tiempo
su infierno en esta vida.
CAPÍTULO XI
Abusos de la intolerancia
¡Pero cómo! ¿Le será permitido a cada ciudadano no creer más que a su
razón y pensar lo que esta razón, acertada o equivocada, le dictará? Es
preciso, con tal de que no perturben el orden: porque no depende del hombre
creer o no creer, pero sí depende de él respetar las costumbres de su patria; y
si dijeseis que es un crimen no creer en la religión dominante, acusaríais por
lo tanto a los primeros cristianos, vuestros padres, y justificaríais a
aquellos que acusáis de haberlos sometido a suplicio.
Me respondéis que la diferencia es grande, que todas las religiones son
obra de los hombres y que sólo la Iglesia católica, apostólica y romana es obra
de Dios. Pero, hablando con sinceridad, porque nuestra religión es divina
¿debe reinar por medio del odio, de la furia, de los destierros, del despojo de
bienes, de las cárceles, de las torturas, de los asesinatos y de las acciones
de gracias dadas a Dios por tales asesinatos? Cuanto más divina es la religión
cristiana, menos le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha hecho, Dios
la sostendrá sin vosotros. Sabéis que la intolerancia sólo produce hipócritas o
rebeldes: ¡qué funesta alternativa! Finalmente, ¿querríais sostener por medio
de verdugos la religión de un Dios al que unos verdugos hicieron perecer y que
sólo predicó dulzura y paciencia?
Mirad, os lo ruego, las espantosas consecuencias del derecho de la
intolerancia. Si estuviese permitido despojar de sus bienes, de arrojar a
mazmorras, de dar muerte a un ciudadano que en tal grado de latitud no
profesase la religión admitida en dicho grado, ¿qué excepción eximiría a los
primeros del Estado de las mismas penas? La religión obliga por igual al
monarca y a los mendigos: por eso más de cincuenta doctores o monjes han hecho
esta afirmación monstruosa de que estaba permitido deponer, matar a los
soberanos que no pensasen como la Iglesia dominante; y los parlamentos del
reino no han cesado de proscribir esas abominables decisiones de unos
abominables teólogos.
Todavía estaba caliente la sangre de Enrique el Grande, cuando el
parlamento de París firmó un decreto que establecía la independencia de la
corona como una ley fundamental. El cardenal Duperron, que debía la púrpura a
Enrique el Grande, se alzó en los estados de 1614 contra el decreto del
parlamento, y lo hizo suprimir. Todos los diarios de la época relatan los términos
de que se sirvió Duperron en sus arengas: «Si un príncipe se hiciese arriano
-dijo-, se estaría en la obligación de deponerlo.»
Seguro que no, señor cardenal. No tenemos inconveniente en adoptar
vuestra quimérica suposición de que uno de nuestros reyes, habiendo leído las
historias de los concilios y de los santos padres, impresionado además por
estas palabras: Mi padre es más grande que yo, tomándolas
demasiado al pie de la letra y dudando entre el concilio de Nicea y el de
Constantinopla, se declarase en favor de Eusebio de Nicomedia: no obedecería
por ello menos a mi rey, y no me creería menos ligado por el juramento que le
he hecho; y si osaseis alzaros contra él y yo fuese uno de vuestros jueces, os
declararía criminal de lesa majestad.
Duperron llevó más lejos la discusión y yo la resumo. Éste no es el
lugar para profundizar esas quimeras indignantes; me limitaré a decir, con
todos los ciudadanos, que no es porque Enrique IV fuese coronado en Chartres
por lo que se le debía obediencia, sino porque el derecho indiscutible del
nacimiento daba la corona a aquel príncipe, que la merecía por su valor y su
bondad.
Sea por lo tanto permitido decir que todo ciudadano debe heredar, por el
mismo derecho, los bienes de su padre, y que no se ve que merezca ser privado
de ellos y ser llevado al cadalso por compartir la opinión de Ratram contra
Pascasio Tarberto y la de Bérenger contra Duns Escoto.
Sabido es que todos nuestros dogmas no han sido siempre claramente
explicados y universalmente aceptados en nuestra Iglesia. Al no habernos dicho
Jesucristo de quién procedía el Espíritu Santo, la Iglesia latina creyó mucho
tiempo con la griega que sólo procedía del Padre: finalmente añadió al símbolo
que procedía también del Hijo. Me pregunto si, al día siguiente de esta
decisión, un ciudadano que se hubiera atenido al símbolo de la víspera habría
sido merecedor de la muerte. ¿La crueldad, la injusticia, serían menos grandes
castigando hoy día al que pensase como se pensaba en otros tiempos? ¿Se era
culpable, en tiempo de Honorio I, por creer que Jesús no tenía más que dos
voluntades?
No hace mucho tiempo que se ha establecido el dogma de la inmaculada
concepción: los dominicos todavía no creen en él. ¿En qué tiempos los dominicos
empezarán a merecer penas en este mundo y en el otro?
Si debemos aprender de alguien a comportarnos en nuestras interminables
disputas, es ciertamente de los apóstoles y de los evangelistas. Había motivos
para provocar un cisma violento entre san Pablo y san Pedro. Pablo dice expresamente
en su Epístola a los Gálatas que resistió frente a Pedro
porque Pedro era reprensible, porque empleaba el disimulo lo mismo que Bernabé,
porque comían con los gentiles antes de la llegada de Santiago y que luego se
retiraron secretamente y se separaron de los gentiles ante el temor de ofender
a los circuncisos. «Vi, añade, que no andaban derechos según el Evangelio: dije
a Cefas: “Si tú, judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿por qué
obligas a los gentiles a judaizar?»
Era éste un tema de violenta disputa. Se trataba de saber si los nuevos
cristianos judaizarían o no. San Pablo llegó incluso en aquel tiempo a ofrecer
sacrificios en el templo de Jerusalén. Es sabido que los quince primeros
obispos de Jerusalén fueron judíos circuncisos, que observaban el sábado y se
abstenían de las carnes prohibidas. Un obispo español o portugués que se
hiciese circuncidar y observase el sábado, ¿sería quemado en auto de fe? Sin
embargo, la paz no fue alterada por este asunto fundamental, ni entre los
apóstoles ni entre los primeros cristianos.
Si los evangelistas se hubiesen parecido a los escritores modernos,
tendrían un campo muy vasto para luchar unos contra otros. San Mateo cuenta
veintiocho generaciones desde David hasta Jesús; san Lucas cuenta cuarenta y
una y dichas generaciones son totalmente distintas. No se observa, sin embargo,
que surja ninguna disensión entre los discípulos por estas contradicciones
aparentes, muy bien conciliadas por varios Padres de la Iglesia. La caridad no
fue ofendida, la paz se conservó. ¡Qué mayor lección para que nos toleremos en
nuestras disputas y nos humillemos en todo aquello que no entendemos!
San Pablo en su Epístola a algunos judíos de Roma
convertidos al cristianismo, emplea todo el final del tercer capítulo en decir
que sólo la fe glorifica y que las obras no justifican a nadie. Santiago, por
el contrario, en su Epístola a las doce tribus dispersas por toda la tierra
(capítulo II), no cesa de decir que no se puede ser salvado sin las obras. He
aquí lo que ha separado a dos grandes comuniones entre nosotros y que en nada
separó a los apóstoles.
Si la persecución contra aquellos con los que disputamos fuese una
acción santa, hay que confesar que aquel que hubiese hecho matar más herejes
sería el mayor santo del paraíso. ¿Qué papel haría en él un hombre que se
hubiese contentado con despojar a sus hermanos y arrojarlos en mazmorras, ante
un individuo lleno de celo que hubiese dado muerte a centenares de ellos la
noche de San Bartolomé? He aquí la prueba.
El sucesor de san Pedro y su consistorio no pueden equivocarse;
aprobaron, celebraron, consagraron la acción de San Bartolomé; por lo tanto,
aquella acción era santa; por lo tanto, de dos asesinos iguales en piedad,
aquel que hubiese despanzurrado a veinticuatro mujeres preñadas hugonotas debe
ser elevado en gloria el doble que aquel que sólo hubiese despanzurrado a doce.
Por la misma razón, los fanáticos de los Cevennes debían creer que serían
elevados en gloria en proporción con el número de sacerdotes, religiosos y
mujeres católicas que hubiesen degollado. Extraños títulos son éstos para
merecer la gloria eterna.
CAPÍTULO XII
De si la intolerancia fue de derecho divino en el judaísmo, y si siempre
fue puesta en práctica
Se llama, creo, derecho divino a los preceptos que Dios
ha dado por sí mismo. Quiso que los judíos comiesen un cordero guisado con
lechugas y que los comensales lo comiesen de pie, con un báculo en la mano, en
conmemoración de la Pascua judía; ordenó que la consagración del Sumo Sacerdote
se hiciese poniendo sangre en su oreja derecha, en su mano derecha y en su pie
derecho, costumbres extraordinarias para nosotros, pero no para la antigüedad;
quiso que se cargase al chivo expiatorio con las iniquidades del pueblo; prohibió
comer peces sin escamas, cerdos, liebres, erizos, búhos, grifos, ixiones, etc.
Instituyó las fiestas, las ceremonias. Todas aquellas cosas que parecían
arbitrarias a las demás naciones y que sometidas al derecho positivo, al uso,
eran condenadas por el mismo Dios, se convertían en un derecho divino para los
judíos, como todo lo que Jesucristo, hijo de María, hijo de Dios, nos ha
ordenado, es de derecho divino para nosotros.
Guardémonos de buscar aquí por qué Dios ha sustituido por una ley nueva
la que había dado a Moisés y por qué ordenó a Moisés más cosas que al patriarca
Abraham, y más a Abraham que a Noé. Parece que se digne adaptarse a los tiempos
y la población del género humano: es una gradación paternal; pero esos abismos
son demasiado profundos para nuestra débil vista. Mantengámonos en los límites
de nuestro tema; veamos en primer lugar en qué consistía la intolerancia entre
los judíos.
Es cierto que en el Éxodo, en los Números, en
el Levítico, en el Deuteronomio hay leyes muy
severas sobre el culto y castigos aún más severos. A varios comentaristas les
ha costado mucho trabajo conciliar los relatos de Moisés con los pasajes de
jeremías y de Amós y con el célebre discurso de san Esteban, transcrito en
los Hechos de los Apóstoles. Amós dice que los judíos adoraron
siempre en el desierto a Moloch, Rempham y Kium. Jeremías dice expresamente que
Dios no pidió ningún sacrificio a sus padres cuando salieron de Egipto [Jeremías,
VII, 221. San Esteban en su discurso a los judíos se expresa así:
«Adoraron al ejército del cielo; no ofrecieron ni sacrificios ni hostias en el
desierto durante cuarenta años; llevaron el tabernáculo del dios Moloch y el
astro de su dios Rempham» [Hechos, VII, 42-43].
Otros críticos infieren del culto a tantos dioses extranjeros que tales
dioses fueron tolerados por Moisés y citan como prueba estas palabras
del Deuteronomio: «Cuando estéis en la tierra de Canaán no
haréis como hacemos hoy en que cada uno hace lo que le parece» [Deuteronomio,
XII, 8].
Apoyan su opinión en el hecho de que no se hable de ningún acto
religioso del pueblo en el desierto: ninguna celebración de Pascua, ninguna de
Pentecostés, ninguna mención de que se haya celebrado la fiesta de los
tabernáculos, ninguna plegaria pública establecida; en fin, la circuncisión,
aquel sello de la alianza de Dios con Abraham, no fue practicada en absoluto.
También se prevalen de la historia de Josué. Aquel conquistador dijo a
los judíos: «Se os da la opción: escoged el partido que os plazca, o adorar a
los dioses a los que habéis servido en la tierra de los amorreos, o a aquellos
que habéis reconocido en Mesopotamia.» El pueblo responde: «No será así,
serviremos a Adonai.» Josué les replicó: «Habéis escogido vosotros mismos;
quitad de entre vosotros a los dioses extranjeros» [Josué, XXIV,
15 y ss.]. Habían pues tenido indiscutiblemente otros dioses en tiempos de
Moisés además de Adonai.
Es completamente inútil refutar aquí a los críticos que creen que
el Pentateuco no fue escrito por Moisés; todo ha sido dicho
desde hace mucho tiempo sobre esta materia; y aunque alguna pequeña parte de
los libros de Moisés hubiese sido escrita en tiempos de los jueces o de los
pontífices, no serían menos inspirados ni menos divinos.
Es suficiente, me parece, que sea demostrado por las Sagradas Escrituras
que, a pesar del castigo extraordinario que atrajo sobre los judíos el culto a
Apis, conservaron durante mucho tiempo una libertad completa e incluso tal vez
la matanza que hizo Moisés de veintitrés mil hombres a causa del becerro
erigido por su hermano le hizo comprender que nada se gana con el rigor y se
vio obligado a cerrar los ojos sobre la inclinación del pueblo hacia los
dioses extranjeros.
Él mismo parece transgredir muy pronto la ley que ha dictado. Ha
prohibido todo simulacro y sin embargo erige una serpiente de bronce. La misma
excepción a la ley se encuentra más tarde en el templo de Salomón: aquel
príncipe hace esculpir doce bueyes que sostienen el gran estanque del templo;
se colocan unos querubines en el arca; tienen una cabeza de águila y una de
becerro; es, probablemente, esta cabeza de becerro mal hecha, encontrada en el
templo por los soldados romanos, lo que hizo creer durante mucho tiempo que los
judíos adoraban a un burro.
En vano se prohibe el culto a los dioses extranjeros; Salomón es
tranquilamente idólatra. Jeroboam, a quien Dios dio diez partes del reino,
manda erigir dos becerros de oro, y reina veintidós años acumulando las
dignidades de monarca y pontífice. El pequeño reino de Judá levanta bajo
Roboam altares extranjeros y estatuas. El santo rey Asa no destruye aquellos
altares. El gran sacerdote Urías erige en el templo, en el lugar del altar de
los holocaustos, un altar al rey de Siria. No se ve, en una palabra, ninguna
obligación respecto a religión. Sé que la mayor parte de los reyes judíos se
exterminaron, se asesinaron unos a otros; pero siempre fue por sus intereses,
no por sus creencias.
Es verdad que entre los profetas hubo algunos que hicieron intervenir
al cielo en su venganza: Elías hizo bajar el fuego celeste para consumir a los
sacerdotes de Baal; Eliseo hizo surgir unos osos para devorar a cuarenta y dos
niños que le habían llamado cabeza calva; pero son milagros
raros y hechos que sería un poco duro pretender imitar.
Se nos objeta también que el pueblo judío fue muy ignorante y muy
bárbaro. Se dice que en la guerra que hizo a los madianitas, Moisés ordenó
matar a todos los niños varones y a todas las madres y repartir el botín. Los
vencedores encontraron en el campo seiscientas setenta y cinco mil ovejas,
setenta y dos mil bueyes, setenta y un mil asnos y treinta y dos mil muchachas;
se repartieron ese botín y mataron el resto. Varios comentaristas pretenden
incluso que treinta y dos muchachas fueron inmoladas al Señor: «Cesserunt
in partem Domini triginta duae animae» [Números, XXXI, 40].
En efecto, los judíos inmolaban hombres a la Divinidad, como lo
demuestra el sacrificio de Jefté y el rey Agag despedazado por el sacerdote
Samuel. El propio Ezequiel les promete, para animarles, que comerán carne
humana. «Comeréis -dice- caballo y caballero; beberéis la sangre de los
príncipes» [Ezequiel, XXXIX, 20,18]. Varios comentaristas
aplican dos versículos de esta profecía a los mismos judíos y los otros a los
animales carniceros. No se encuentra en toda la historia de este pueblo ningún
rasgo de generosidad, de magnanimidad, de bondad; pero siempre, de la nube de
esa barbarie, se escapan destellos de una tolerancia universal.
Jefté, inspirado de Dios y a quien inmoló su hija, dice a los amonitas:
«Aquello que vuestro dios Chamos os ha dado ¿no os pertenece de derecho?
Aceptad por lo tanto que nosotros tomemos la tierra que nuestro Dios nos ha
prometido.» Esta declaración es concreta: puede llevar muy lejos; pero al
menos es una prueba evidente de que Dios toleraba a Chamos. Porque la Sagrada
Escritura no dice: creéis tener derecho sobre las tierras que decís que os
fueron donadas por el dios Chamos; dice efectivamente: «Tenéis derecho, tibi jure
debentur»; que es el verdadero sentido de las palabras hebraicas Otho thirasch
[Jueces, XI, 241.
La historia de Michas y el levita, que se cuenta en los capítulos XVII
y XVIII del libro de los jueces, es también una prueba
indiscutible de la tolerancia y de la libertad más grande, admitida entonces
entre los judíos. La madre de Michas, mujer muy rica de Efraim, había perdido
mil cien monedas de plata; su hijo se las devolvió; ella ofreció aquel dinero
al Señor e hizo hacer con él ídolos; construyó incluso una pequeña capilla. Un
levita se ocupó de aquella capilla por diez monedas de plata, una túnica y un
abrigo anuales y la comida; y Michas exclamó: «Ahora es cuando Dios me
concederá beneficios, puesto que tengo en mi casa un sacerdote de la raza de
Leví» [Jueces, XVII, último versículo].
Pero seiscientos hombres de la tribu de Dan, que pretendían apoderarse
de algún pueblo de la región para establecerse en él, que no tenían ningún
sacerdote levita y lo necesitaban para que Dios favoreciese su empresa, fueron
a la casa de Michas y se apoderaron de su túnica sacerdotal, de sus ídolos y de
su levita a pesar de las protestas de aquel sacerdote y de los gritos de Michas
y su madre. Entonces fueron, confiados, a atacar al pueblo llamado Lais, que
pasaron a sangre y fuego según su costumbre. Dieron a Lais el nombre de Dan, en
conmemoración de su victoria; colocaron el ídolo de Michas en un altar; y, lo
que es más notable, Jonatán, nieto de Moisés, fue el gran sacerdote de aquel
templo en el que se adoraba al Dios de Israel y al ídolo de Michas.
Después de la muerte de Gedeón, los hebreos adoraron a Baal-berit
durante cerca de veinte años y renunciaron al culto a Adonai, sin que ningún
jefe, ningún juez, ningún sacerdote clamase venganza. Su crimen era grande, lo
confieso; pero si incluso aquella idolatría fue tolerada, ¡hasta qué punto
debieron serlo también indudablemente las diferencias dentro del verdadero
culto!
Algunos dan como prueba de intolerancia que el Mismo Señor, después de
permitir que los filisteos se apoderasen de su arca en un combate, no los
castigó más que dándoles una enfermedad secreta parecida a las hemorroides,
derribando la estatua de Dagón y enviando una multitud de ratas a sus campos;
pero cuando los filisteos, para apaciguar su cólera, devolvieron el arca tirada
por dos vacas que amamantaban a sus terneros y ofrecieron a Dios cinco ratas de
oro y cinco asnos de oro, el señor hizo morir a setenta ancianos de Israel y a
cincuenta mil hombres del pueblo por haber mirado el arca. A esto se responde
que el castigo del Señor no recae sobre una creencia, una diferencia en el
culto ni ninguna idolatría.
Si el Señor hubiese querido castigar la idolatría habría hecho perecer a
todos los filisteos que osaron apoderarse de su arca y que adoraban a Dagón;
pero hizo perecer a cincuenta mil setenta hombres de su pueblo por haber mirado
el arca que no debían mirar: a tal punto las leyes, las costumbres de aquel
tiempo, la economía judaica difieren de todo lo que conocemos; a tal punto los
caminos inescrutables de Dios se hallan por encima de los nuestros. «El rigor
ejercido -dice el juicioso dom Calmet- contra esa gran cantidad de hombres no
parece excesivo más que a aquellos que no han comprendido hasta qué punto Dios
quería ser temido y respetado por su pueblo y que sólo juzgan las intenciones
y los designios de Dios siguiendo las débiles luces de su razón.»
Dios por lo tanto no castiga un culto extranjero, sino una profanación
del suyo, una curiosidad indiscreta, una desobediencia, tal vez incluso un
espíritu levantisco. Se comprende perfectamente que tales castigos sólo
corresponden a Dios en la teocracia judaica. No nos cansaremos de repetir que
aquellos tiempos y aquellas costumbres no tienen la menor relación con los nuestros.
En fin, cuando en los siglos posteriores, Naaman el idólatra preguntó a
Elíseo si le estaba permitido seguir a su rey al templo de Remnon, y adorarle
allí con él, aquel mismo Elíseo que había hecho devorar a unos niños
por osos, ¿acaso no le contestó: Ve en paz? [IV,
Reyes, V, 18 y 19].
Aún hay más: el Señor ordenó a Jeremías que se pusiese unas cuerdas en
el cuello, collares, yugos y que se los enviase a los reyezuelos o melchim de
Moab, de Ammon, de Edom, de Tiro, de Sidón; y Jeremías les dice de parte del
Señor: «He dado todas vuestras tierras a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi
servidor» [Jeremías, XXVII, 6]. He aquí un rey idólatra
declarado servidor de Dios y su favorito.
El mismo Jeremías al que el melk o reyezuelo judío Sedecías había hecho
encarcelar, habiendo obtenido el perdón de Sedecías, le aconseja, de parte de
Dios, que se rinda al rey de Babilonia: «Si vas a rendirte a sus oficiales
-dice-, tu alma vivirá.» Dios, por lo tanto, toma finalmente partido a favor
de un rey idólatra; le entrega el arca, cuya mera vista había costado la vida a
cincuenta mil setenta judíos; le entrega el Santo de los Santos y el resto del
templo cuya construcción había costado ciento ocho mil talentos de oro, un
millón diecisiete mil talentos de plata y diez mil dracmas de oro, dejados por
David y sus dignatarios para la construcción de la casa del Señor: lo que, sin
contar los denarios empleados por Salomón, asciende a la suma de diecinueve mil
millares de millones, o algo parecido, en la moneda de nuestros días. Jamás la
idolatría fue más recompensada. Sé que estas cuentas son exageradas, que
existe probablemente error del copista; pero reducid la cantidad a la mitad, a
la cuarta, incluso a la octava parte, aún os asombrará. No se queda uno menos
sorprendido de las riquezas que Herodoto dice haber visto en el templo de
Éfeso. En fin, los tesoros no son nada a los ojos de Dios y el nombre de su
servidor, dado a Nabucodonosor, es el verdadero tesoro inestimable.
Dios no favorece menos al Kir, o Koresh, o Kosroes al
que llamamos Ciro; le llama su cristo, su ungido [Isaías, XLIV-XLV],
aunque jamás fue ungido según el común significado de esta palabra, y profesó
la religión de Zoroastro; le llama su pastor, aunque fue
usurpador ante los ojos de los hombres: no existe en todas las Sagradas
Escrituras una prueba más grande de predilección.
Podemos ver en Malaquías [Malaquías, I, 11] que «desde
levante a poniente el nombre de Dios es grande en las naciones y que en todas
partes se le ofrecen oblaciones puras». Dios cuida de los ninivitas idólatras
lo mismo que de los judíos; los amenaza, los perdona. Melquisedec, que no era
judío, era sacrificador de Dios. Balaam, idólatra, era profeta. Las escrituras
nos enseñan, pues, que no solamente Dios toleraba a todos los otros pueblos,
sino que tenía para ellos cuidados paternales; ¡y osamos ser intolerantes!
CAPÍTULO XIII
De la extrema tolerancia de los judíos
Así pues, bajo Moisés, bajo los jueces, bajo los reyes, vemos siempre
ejemplos de tolerancia. Aún más: Moisés dice varias veces que «Dios castiga a
los padres en los hijos hasta la cuarta generación» [Éxodo, XX,
5]; esta amenaza era necesaria en un pueblo al que Dios no había
revelado ni la inmortalidad del alma, ni las penas, ni las recompensas en la
otra vida. Estas verdades no le fueron anunciadas ni en el Decálogo, ni
en ninguna ley del Levítico ni del Deuteronomio. Eran
dogmas de los persas, de los babilonios, de los egipcios, de los griegos, de
los cretenses; pero no constituían en modo alguno la religión de los judíos.
Moisés no dice: «Honra a tu padre y a tu madre si quieres ir al cielo»; sino:
«Honra a tu padre y a tu madre para que vivas mucho tiempo en la tierra» [Deuteronomio, V, 16].
Sólo los amenaza con males corporales, con la sarna seca, con la sarna
purulenta, con úlceras malignas en las rodillas y en las pantorrillas, con
verse expuestos a la infidelidad de sus mujeres, con tomar prestado con usura a
los extranjeros y no poder prestar con usura; con morir de hambre y verse
obligados a comerse a sus propios hijos; pero en ninguna parte les dice que sus
almas inmortales sufrirán tormentos después de la muerte o gozarán de la
felicidad. Dios, que conducía él mismo a su pueblo, le castigaba o le
recompensaba inmediatamente después de sus buenas o malas acciones. Todo era
temporal y es ésta una verdad de la que abusa Warburton para demostrar que la
ley de los judíos era divina: porque siendo el mismo Dios su rey el que hacía
justicia inmediatamente después de la transgresión o la desobediencia, no
tenía necesidad de revelarles una doctrina que reservaba para los tiempos en
que ya no gobernaría a su pueblo. Aquellos que, por ignorancia, pretenden que
Moisés enseñaba la inmortalidad del alma, quitan al Nuevo
Testamento una de sus mayores ventajas sobre el Antiguo. Consta
que la ley de Moisés sólo anunciaba castigos temporales hasta la cuarta
generación. Sin embargo, a pesar del enunciado exacto de esa ley, a pesar de
esa declaración expresa de Dios de que castigaría hasta la cuarta generación,
Ezequiel anuncia todo lo contrario a los judíos y les dice que el hijo no
llevará la iniquidad de su padre; llega incluso a hacer decir a Dios que les
había dado «preceptos que no eran buenos» [Ezequiel, XX, 25].
El libro de Ezequiel no dejó por ello de ser incluido en el canon de los
autores inspirados por Dios: es cierto que la sinagoga no permitía su lectura
hasta la edad de treinta años, como nos dice san Jerónimo; pero era por temor a
que la juventud abusase de las pinturas demasiado al natural del libertinaje de
las dos hermanas Oolla y Ooliba que se encuentran en los capítulos XVI y
XXIII. En una palabra, su libro fue siempre aceptado, a pesar de su formal
contradicción con Moisés.
Finalmente, cuando la inmortalidad del alma fue un dogma aceptado, lo
que probablemente había empezado en los tiempos de la cautividad en Babilonia,
la secta de los saduceos persistió en creer que no había ni penas ni
recompensas después de la muerte y que la facultad de sentir y de pensar
perecía con nosotros, como la fuerza activa, el poder de andar y digerir.
Negaban la existencia de los ángeles. Diferían mucho más de los demás judíos de
lo que difieren los católicos de los protestantes; no por ello dejaron de
permanecer en la comunión de sus hermanos: incluso hubo sumos sacerdotes de su
secta.
Los fariseos creían en la fatalidad y en la metempsicosis. Los esenios
creían que las almas de los justos iban a las islas afortunadas y las de los
malos a una especie de Tártaro. No hacían sacrificios; se reunían en una
sinagoga particular. En una palabra, si queremos examinar de cerca el judaísmo,
nos asombrará encontrar la mayor tolerancia en medio de los horrores más
bárbaros. Es una contradicción; es cierto; casi todos los pueblos se han
gobernado por medio de contradicciones. ¡Feliz aquella que aporta costumbres
dulces cuando se tienen leyes sangrientas!
CAPÍTULO XIV
De si la intolerancia ha sido enseñada por Jesucristo
Veamos ahora si Jesucristo ha establecido leyes sanguinarias, si ha
ordenado la intolerancia, si hizo construir los calabozos de la Inquisición,
si instituyó los verdugos de los autos de fe.
Sólo hay, si no me equivoco, muy pocos pasajes en los Evangelios de
los que el espíritu de persecución haya podido inferir que la intolerancia, la
coacción, son legítimas. Uno de ellos es la parábola en la que el reino de los
cielos es comparado a un rey que invita a unos comensales a las bodas de su
hijo; dicho monarca les manda decir por sus servidores: «He matado mis bueyes y
mis aves de corral; todo está listo, venid a las bodas» [Mateo, XXII,
4]. Unos, sin preocuparse de la invitación, se van a sus casas de
campo, otros a sus negocios; otros ultrajan a los criados del rey y los matan.
El rey manda sus ejércitos contra aquellos asesinos y destruye su ciudad;
envía a otros servidores a los caminos más transitados para que inviten a todo
el que encuentren: habiéndose sentado uno de ellos a la mesa sin haberse puesto
el traje nupcial es cargado de cadenas y arrojado a las tinieblas exteriores.
Está claro que al no referirse esta alegoría más que al reino de los
cielos, ningún hombre tiene naturalmente el derecho de encadenar o encerrar en
un calabozo al vecino que hubiese venido a cenar a su casa sin llevar un traje
nupcial decente y no conozco en la historia ningún príncipe que haya hecho
ahorcar a un cortesano por semejante cosa; no es tampoco de temer que cuando el
emperador, después de matar a sus aves de corral, envía a sus pajes a los
príncipes del imperio para invitarles a cenar, dichos príncipes maten a los
pajes. La invitación al festín significa la predicación de la salvación; la
matanza de los enviados del príncipe representa la persecución contra aquellos
que predican la cordura y la virtud.
La otra parábola es la de un particular que invita a sus amigos a una
gran cena y cuando está a punto de sentarse a la mesa envía a sus criados a
avisarles. Uno se excusa alegando que ha comprado una tierra y va a visitarla:
esta excusa no parece válida, ya que nadie va de noche a ver sus tierras; otro
dice que ha comprado cinco pares de bueyes y que tiene que probarlos: comete
el mismo error que el otro, no se prueban los bueyes a la hora de cenar; un
tercero contesta que acaba de casarse y sin duda su excusa es muy aceptable. El
padre de familia, furioso, hace que vengan a su festín los ciegos y los cojos y
viendo que todavía quedan plazas libres dice a su criado: «Ve a los caminos y
a la orilla de las cercas y obliga a la gente a entrar» [Lucas, XIV,
23].
Es cierto que no se dice expresamente que esta parábola sea una
figuración del reino de los cielos. Se ha abusado demasiado de esas
palabras: Oblígales a entrar; salta a la vista que un solo
criado no puede obligar por la fuerza a toda la gente que encuentra a venir a
cenar a casa de su amo; y además, unos invitados obligados de esta suerte no
harían que el banquete resultase muy agradable. Oblígales a
entrar sólo quiere decir, según los comentaristas más acreditados:
suplicad, conjurad, insistid, obtener. ¿Qué relación, decidme, hay entre esta
súplica y esta cena con la persecución?
Si se toman las cosas al pie de la letra, ¿habrá que ser ciego, cojo,
ser traído a la fuerza, para estar en el seno de la Iglesia? Jesús dice en la
misma parábola: «No deis de cenar ni a vuestros amigos ni a vuestros parientes
ricos»; ¿se ha inferido jamás de ello que no se puede en efecto cenar con
nuestros parientes y amigos en cuanto éstos tengan alguna fortuna?
Jesucristo, después de la parábola del festín, dice: «Si alguien viene a
mí y no odia a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus hermanas e incluso
a su propia alma, no puede ser mi discípulo, etc. Porque, ¿quién de entre
vosotros es el que, queriendo construir una torre, no calcula antes el gasto?»
¿Hay alguien en el mundo lo bastante desnaturalizado para llegar a la
conclusión de que se debe odiar al padre y a la madre? ¿No se comprende
fácilmente que esas palabras significan: no dudéis entre mí y vuestros seres
más queridos?
Se cita el pasaje de san Mateo: «Aquel que no escucha a la Iglesia será
considerado como un pagano y un recaudador de la aduana» [Mateo, XVIII,
171; esto no quiere decir en modo alguno que se deba perseguir a los
paganos y a los arrendatarios de los derechos del rey: son maldecidos, es
cierto, pero no se les entrega al brazo secular. Lejos de despojar a esos
arrendatarios de ninguna prerrogativa de ciudadano, se les han concedido los
mayores privilegios; es la única profesión condenada en las Escrituras y es la
más favorecida por los gobiernos. ¿Por qué, entonces, no tendríamos para
nuestros hermanos caídos en el error tanta indulgencia como consideración
prodigamos a nuestros hermanos los arrendatarios de la recaudación de
contribuciones?
Otro pasaje de que se ha hecho un uso abusivo y equivocado es el de san
Mateo [XXI, 191 y san Marcos [XI, 131 en el que se dice que
Jesús, al sentir hambre una mañana, se acercó a una higuera en la que no
encontró más que hojas, por no ser época de higos: maldijo a la higuera, que se
secó al momento.
Se dan diversas explicaciones de este milagro; ¿pero hay una sola que
pueda autorizar la persecución? Una higuera no ha podido dar higos a primeros
de marzo y ha sido secada: ¿es ésta una razón para hacer que nuestros hermanos
languidezcan de dolor en todas las estaciones del año? Respetemos en las Escrituras
todo aquello que puede hacer surgir dificultades en nuestras mentes curiosas y
vanas, pero no abusemos de ello para ser duros e implacables.
El espíritu persecutor, que de todo abusa, busca también su
justificación en la expulsion de los mercaderes del templo y en la legión de
demonios enviada del cuerpo de un poseso a los cuerpos de dos mil animales
inmundos. ¿Pero quién no ve que esos dos ejemplos no son otra cosa que la
justicia que Dios se digna aplicar a una infracción de la ley? Era faltar al
respeto a la casa del Señor convertir su atrio en tienda de mercaderes. En vano
el sanedrín y los sacerdotes permitían aquel negocio para la comodidad de los
sacrificios: el Dios a quien se hacían sacrificios podía sin duda, aunque
oculto bajo apariencia humana, destruir aquella profanación; podía de igual
modo castigar a los que introducían en el país rebaños enteros prohibidos por
una ley que él mismo se dignaba observar. Tales ejemplos no tienen la menor
relación con las persecuciones sobre el dogma. Es preciso que el espíritu de
intolerancia se apoye en muy malas razones, ya que busca por todas partes los
más vanos pretextos.
Casi todo el resto de las palabras y los actos de Jesucristo predican
la dulzura, la paciencia, la indulgencia. Es el padre de familia que recibe al
hijo pródigo; es el obrero que llega a última hora y es pagado igual que los
otros; es el samaritano caritativo; él mismo justifica a sus discípulos por no
ayunar; perdona a la pecadora; se contenta con recomendar fidelidad a la mujer
adúltera; se digna incluso tomar parte en el inocente regocijo de los invitados
de Caná, que ya algo alegres por el vino, piden más; se digna hacer un milagro
en su favor cambiando para ellos el agua en vino.
Ni siquiera se indigna contra Judas, que debe traicionarle; ordena a
Pedro que nunca use la espada; regaña a los hijos de Zebedeo que, siguiendo el
ejemplo de Elías, querían que hiciese descender el fuego del cielo sobre una
ciudad que no había querido darle alojamiento.
En fin, muere víctima de la envidia. Si osamos comparar lo sagrado con
lo profano y a un Dios con un hombre, su muerte, humanamente hablando, tiene
mucha relación con la de Sócrates. El filósofo griego murió a causa del odio
de los sofistas, los sacerdotes y los principales del pueblo: el legislador de
los cristianos sucumbió al odio de los escribas, de los fariseos y de los
sacerdotes. Sócrates pudo evitar la muerte y no quiso: Jesucristo se ofreció
voluntariamente. El filósofo griego no sólo perdonó a sus calumniadores y a
sus jueces inicuos, sino que les pidió que tratasen un día a sus propios hijos
como a él mismo, si éstos eran lo bastante afortunados para merecer su odio, como
él: el legislador de los cristianos, infinitamente superior, pidió a su Padre
que perdonase a sus enemigos.
Si Jesucristo pareció temer la muerte, si la angustia que sentía fue tan
extremada que le produjo un sudor mezclado con sangre, lo que constituye el
síntoma más violento y más raro, es porque se dignó rebajarse a todas las
debilidades del cuerpo humano que había revestido. Su cuerpo temblaba y su alma
era inquebrantable; nos enseñaba que la verdadera fuerza, la verdadera
grandeza consisten en soportar unos males bajo los que sucumbe nuestra
naturaleza. Hay un valor extremado en correr hacia la muerte temiéndola.
Sócrates había tratado a los sofistas de ignorantes y los había dejado
convictos de mala fe: Jesús, usando de sus derechos divinos, trató a los
escribas y a los fariseos de hipócritas, de insensatos, de ciegos, de
malvados, de serpientes, de raza de víboras.
Sócrates no fue acusado de querer fundar una secta nueva: no se acusó a
Jesucristo de haber querido introducir una. Está dicho que los príncipes de los
sacerdotes y todo el consejo buscaban un falso testimonio contra Jesús para
hacerle perecer.
Ahora bien, si buscaban un falso testimonio no le reprochaban por lo
tanto haber predicado públicamente contra la ley. En efecto, permaneció sumiso
a la ley de Moisés desde su infancia hasta su muerte. Fue circuncidado el
octavo día, como todos los demás niños. Si más tarde fue bautizado en el
Jordán, se trataba de una ceremonia consagrada entre los judíos, como entre
todos los pueblos de Oriente. Todas las manchas legales se lavaban con el
bautismo; de esta manera se consagraba a los sacerdotes: los fieles se
introducían en el agua en la fiesta de la expiación solemne, se bautizaba a
los prosélitos.
Jesús observó todos los puntos de la ley: festejó todos los sábados; se
abstuvo de comer toda clase de manjares prohibidos: celebró todos las fiestas
e incluso, antes de su muerte, había celebrado la Pascua; no se le acusó de
exponer ninguna opinión nueva, ni de haber observado ningún rito extranjero.
Nacido israelita, vivió constantemente como israelita.
Dos testigos que se presentaron le acusaron de haber dicho «que podrían
destruir el templo y reconstruirlo en tres días» [Mateo, XXVI, 61].
Tal afirmación era incomprensible para los judíos carnales; pero no era una
acusación de querer fundar una nueva secta.
El Sumo Sacerdote le interrogó y le dijo: «Te ordeno por el Dios vivo
que nos digas si eres Cristo hijo de Dios.» No se nos dice lo que el Sumo
Sacerdote entendía por hijo de Dios. Se utilizaba a veces aquella expresión
para designar a un justo, lo mismo que se empleaban las palabras hijo
de Belial para designar a un malvado. Los rudos judíos no tenían la
menor idea del misterio sagrado de un Hijo de Dios, Dios él mismo, bajado a la
tierra.
Jesús le respondió: «Tú lo has dicho, pero os digo que pronto veréis al
Hijo del Hombre sentado a la diestra de la virtud de Dios, descendiendo sobre
las nubes del cielo.»
Esta respuesta fue considerada por el sanedrín irritado como una
blasfemia. El sanedrín ya no gozaba del derecho de la espada; condujeron a
Jesús ante el gobernador romano de la provincia y le acusaron con calumnia de
ser un perturbador de la tranquilidad pública, que afirmaba que no se debía
pagar tributo al César y que además se decía rey de los judíos. Es, pues,
completamente evidente que fue acusado de un crimen contra el Estado.
El gobernador Pilatos, al saber que era galileo, lo envió primero a
Herodes, tetrarca de Galilea. Herodes creyó ser imposible que Jesús pudiese
pretender hacerse jefe de un partido y aspirar a la realeza; le trató con
desprecio y lo devolvió a Pilatos, que cometió la indigna flaqueza de
condenarle para calmar el tumulto que se había producido contra él,
considerando además que ya había tenido que soportar anteriormente una
sublevación de judíos, según nos cuenta Josefo. Pilatos no tuvo la misma
generosidad que tuvo más tarde el gobernador Festos.
Ahora pregunto yo si es la tolerancia o la intolerancia lo que es de
derecho divino. Si queréis pareceros a Jesucristo, sed mártires y no verdugos.
CAPÍTULO XV
Testimonios contra la intolerancia
Es impiedad quitar la libertad a los hombres en materia de religión,
impedir que escojan una divinidad: ningún hombre, ningún dios, querrían un
culto forzado. (Apologética, capítulo XXIV.)
Si se emplease la violencia en defensa de la fe, los obispos se
opondrían a ello. (San Hilario, lib.1.°)
La religión forzada ya no es religión: hay que persuadir y no forzar. La
religión no se ordena. (Lactancio, lib. III.)
Es una herejía execrable querer atraerse por la fuerza, por los golpes,
por los encarcelamientos a aquellos a los que no se ha podido convencer por la
razón. (San Atanasio, lib.1.°)
No hay nada más contrario a la religión que la fuerza. (San Justino,
mártir, lib. V.)
¿Perseguiremos a aquellos a los que Dios tolera?, dice san Agustín antes
de que su disputa con los donatistas le volviese demasiado severo.
Que no se haga ninguna violencia a los judíos. (Cuarto concilio
de Toledo, canon cincuenta y seis.)
Aconsejad, no forcéis. (Carta de san Bernardo.)
No pretendemos destruir los errores por la violencia. (Discurso
del clero de Francia a Luis XIII.)
Siempre hemos desaprobado los procedimientos rigurosos. (Asamblea
del clero, 11 agosto, 1560.)
Sabemos que la fe se persuade y no se ordena. (Fléchier, obispo de
Nimes, carta 19.)
No se deben emplear términos insultantes. (El obispo Du Bellay, en
una Instrucción pastoral.)
Acordaos de que las enfermedades del alma no se curan por la
fuerza y la violencia. (El cardenal Le Camus, Instrucción
pastoral de 1688.)
Conceded a todos la tolerancia civil. (Fénelon, arzobispo de
Cambrai, al duque de Borgoña.)
La imposición forzosa de una religión es prueba evidente de que el
espíritu que la guía es un espíritu enemigo de la verdad. (Dirois, doctor de
la Sorbona, libro VI, cap. IV.)
La violencia puede hacer hipócritas; no se persuade cuando se hacen
resonar amenazas por todas partes. (Tillemont, Historia eclesiástica, t.
VI.)
Nos ha parecido conforme a la equidad y a la recta razón seguir las
huellas de la antigua Iglesia, que nunca empleó la violencia para establecer y
difundir la religión. (Amonestación del parlamento de París a Enrique
II.)
La experiencia nos enseña que la violencia es más capaz de irritar que
de curar un mal que tiene su raíz en el espíritu, etc. (De Thou, Epístola
dedicatoria a Enrique IV.)
La fe no se inspira a cintarazos. (Cerisiers, Sobre los reinados
de Enrique IV y Luis XIII.)
Es un celo bárbaro aquel que pretende implantar la religión en los
corazones, como si la persuasión pudiese ser el efecto de la fuerza.
(Boulainvilliers, Situación de Francia.)
Pasa con la religión como con el amor: el mandato nada puede, la fuerza
aún menos: no hay nada más independiente que amar y creer. (Amelot de La
Houssaie, sobre las Cartas del cardenal de Ossat.)
Si el cielo os ha amado lo bastante para haceros ver la verdad, os ha
hecho una gran gracia; ¿pero corresponde a los hijos que tienen la herencia de
su padre odiar a los que no la han tenido? (El espíritu de las
leyes, lib. XXV.)
Se podría hacer un libro enorme compuesto todo él de pasajes semejantes.
Nuestras historias, nuestros discursos, nuestros sermones, nuestros libros de
moral, nuestros catecismos, todos respiran, todos enseñan hoy ese deber sagrado
de la indulgencia. ¿Por qué fatalidad, por qué inconsecuencia desmentiríamos
en la práctica una teoría que exponemos diariamente? Cuando nuestros actos
desmienten nuestra moral es porque creemos que hay alguna ventaja para nosotros
en hacer lo contrario de lo que enseñamos; pero ciertamente no hay ninguna
ventaja en perseguir a aquellos que no son de nuestra opinión y en hacernos
odiar de ellos. Hay, por lo tanto, repetimos, una absurdidad en la
intolerancia. Pero, se dirá, aquellos que tienen interés en turbar las
conciencias no son absurdos. A ellos se refiere el capítulo siguiente.
CAPÍTULO XVI
Diálogo entre un moribundo y un hombre que goza de buena salud
Un ciudadano se hallaba en la agonía en una ciudad de provincias; un
hombre que gozaba de buena salud fue a provocarle en sus últimos instantes y
le dijo:
¡Miserable!, piensa lo mismo que yo ahora mismo: firma este escrito,
confiesa que hay cinco proposiciones en un libro que ni tú ni yo hemos leído
nunca; comparte ahora mismo la opinión de Lanfranc contra Bérenger, la de santo
Tomás contra san Buenaventura; abraza el segundo concilio de Nicea contra el
concilio de Francfort; explícame al momento cómo estas palabras: «Mi padre es
más grande que yo» significan de manera precisa: «Yo soy tan grande como él.»
Dime de qué modo el Padre comunica todo al Hijo, excepto la paternidad,
o haré arrojar tu cuerpo al arroyo; tus hijos no heredarán nada de ti, tu mujer
será privada de su dote y tu familia mendigará el pan que mis iguales le
negarán.
EL MORIBUNDO
Apenas oigo lo que me decís; las amenazas que me hacéis me llegan
confusamente al oído, turban mi alma, hacen horrible mi muerte. En nombre de
Dios, tened piedad de mí.
EL BÁRBARO
¡Piedad! No puedo tenerla si no eres en todo de mi misma opinión.
EL MORIBUNDO
¡Ay de mí! ¿Os dais cuenta de que en estos últimos momentos todos mis
sentidos están debilitados, se han cerrado todas las puertas de mi
entendimiento, mis ideas se evaporan, mi pensamiento se extingue? ¿Estoy en
estado de discutir?
EL BÁRBARO
Está bien, si no puedes creer en lo que yo quiero, di que lo crees y eso
me basta.
EL MORIBUNDO
¿Cómo puedo perjurar para complaceros? Voy a comparecer dentro de un
momento ante el Dios que castiga el perjurio.
EL BÁRBARO
No importa; tendrás la satisfacción de ser enterrado en un cementerio y
tu mujer, tus hijos, tendrán de qué vivir. Muere como hipócrita; la hipocresía
es una buena cosa; es, como se dice, un homenaje que el vicio hace a la virtud.
¿Un poco de hipocresía, amigo mío, qué es lo que cuesta?
EL MORIBUNDO
¡Ay! Despreciáis a Dios, o no le reconocéis, puesto que me pedís una
mentira en el artículo de la muerte, vos que debéis ser juzgado pronto por Él y
que tendréis que responder de mi mentira.
EL BÁRBARO
¡Cómo, insolente! ¡Que yo no reconozco a Dios!
EL MORIBUNDO
Perdón, hermano, temo que no conozcáis a ningún Dios. El que yo adoro
reanima en este momento mis fuerzas para deciros con voz agonizante que, si
creéis en Dios, debéis usar de caridad para conmigo. Él me ha dado a mi mujer y
a mis hijos, no los hagáis morir de miseria. En cuanto a mi cuerpo, haced de él
lo que queráis: os lo abandono, pero os conjuro a que creáis en Dios.
EL BÁRBARO
Haz, sin razonar, lo que te he dicho; lo quiero, te lo ordeno.
EL MORIBUNDO
¿Y qué interés tenéis en atormentarme tanto?
EL BÁRBARO
¡Cómo! ¿Qué interés? Si obtengo tu firma me valdrá una buena canonjía.
EL MORIBUNDO
¡Ah, hermano mío! Éste es mi último instante; muerto, voy a pedir a Dios
que os toque el corazón y os convierta.
EL BÁRBARO
¡Váyase al diablo el impertinente que no ha firmado!, voy a firmar por
él, imitando su letra.
La carta siguiente es una confirmación de la misma moral.
CAPÍTULO XVII
Carta escrita al jesuita Le Tellier, por un beneficiado, el 6 de mayo de
1714
REVERENDO PADRE,
Obedezco las órdenes que me ha dado Vuestra Reverencia de exponerle los
medios más adecuados de librar a Jesús y su Compañía de sus enemigos. Creo que
no quedan más de quinientos mil hugonotes en el reino, algunos dicen un
millón, otros ciento cincuenta mil; pero cualquiera que sea su número, he aquí
mi opinión, que someto con toda humildad a la vuestra, como es debido.
1.° Es fácil apoderarse en un día de todos los predicadores protestantes
y ahorcarlos a todos a la vez en la misma plaza, no sólo para edificación
pública, sino por la belleza del espectáculo.
2.° Yo haría asesinar en su cama a todos los padres y madres, porque si
se les matase en las calles podría originar algún tumulto; incluso muchos
podrían salvarse, lo que hay que evitar antes que nada. Esta ejecución es un
corolario necesario de nuestros principios: porque, si hay que matar a un
herético, como lo demuestran tantos grandes teólogos, es evidente que hay que
matarlos a todos.
3.° Al día siguiente casaría a todas sus hijas con buenos católicos,
considerando que no hay que despoblar demasiado el Estado después de la última
guerra; pero con respecto a los muchachos de catorce y quince años, ya imbuidos
de malos principios, que no se puede confiar en destruir, mi opinión es que hay
que castrarlos a todos para que esa ralea no se reproduzca más. En cuanto a
los otros chiquillos, serán educados en vuestros colegios y se les darán
zurriagazos hasta que se sepan de memoria las obras de Sánchez y de Molina.
4.° Opino, salvo mejor criterio por vuestra parte, que hay que hacer lo
mismo a todos los luteranos de Alsacia, teniendo en cuenta que, en el año 1704,
vi dos viejas de aquel país que se reían el día de la batalla de Hochstedt.
5.° El artículo de los jansenistas parecerá tal vez un poco más
embarazoso: creo que son seis millones por lo menos; pero una mente como la
vuestra no debe asustarse por ello. Incluyo entre los jansenistas a todos los
parlamentos que apoyan tan indignamente las libertades de la Iglesia galicana.
Corresponde a Vuestra Reverencia sopesar, con su prudencia habitual, los medios
de someter a todos esos espíritus reacios. La conspiración de las Pólvoras no
tuvo el éxito deseado porque uno de los conjurados cometió la indiscreción de
querer salvar la vida a su amigo; pero como vos no tenéis ningún amigo, no es
de temer tal inconveniente; os será excesivamente fácil hacer saltar todos los
parlamentos del reino con esa invención del monje Schwartz que llaman pulvis pyrus (pólvora
de cañón). Calculo que hace falta, uno con otro, treinta y seis barriles de
pólvora para cada parlamento y de esta suerte, multiplicando doce parlamentos
por treinta y seis barriles, sólo se necesitan cuatrocientos treinta y dos
barriles, que, a cien escudos pieza, hacen la suma de ciento veintinueve mil
seiscientas libras: una bagatela para el reverendo padre general.
Una vez volados los parlamentos, daréis sus cargos a vuestros
congregantes, que conocen perfectamente las leyes del reino.
6.° Será cosa fácil envenenar al señor cardenal de Noailles, que es
hombre sencillo que no desconfía de nada.
Vuestra Reverencia empleará los mismos medios de conversión cerca de
algunos obispos recalcitrantes; sus obispados serán puestos en manos de los
jesuitas, mediante un breve del papa: entonces, al ser todos los obispos
partidarios de la buena causa y habiendo sido escogidos hábilmente todos los
curas por los obispos, he aquí lo que aconsejo, salvo el mejor parecer de
Vuestra Reverencia.
7.° Como se dice que los jansenistas comulgan por lo menos en Pascua, no
estaría mal espolvorear las hostias con la droga que se utilizó para hacer
justicia al emperador Enrique VII. Algún crítico me dirá tal vez que se
correría el peligro, con esta operación, de dar también el raticida a los
molinistas: esta objeción es fuerte; pero no existe proyecto que no tenga inconvenientes,
ni sistema que no amenace ruina por algún lado. Si nos detuviéramos por estas
pequeñas dificultades, jamás se llegaría a hacer nada; y además, como se trata
de procurar el mayor bien que sea posible, no debemos escandalizarnos si dicho
gran bien acarrea algunas malas consecuencias, que son de poca consideración.
No tenemos nada que reprocharnos; está demostrado que todos los
pretendidos reformados, todos los jansenistas, están destinados al infierno; de
esta suerte no hacemos más que apresurar el momento en que deben entrar en
posesión de él.
No está menos claro que el paraíso pertenece por derecho propio a los
molinistas: por lo tanto, al hacerlos perecer por inadvertencia y sin ninguna
mala intención, aceleramos su goce: somos en uno y otro caso los ministros de
la Providencia.
En cuanto a aquellos que podrían escandalizarse un poco de la cantidad,
Su Paternidad podrá hacerles observar que desde los días florecientes de la
Iglesia hasta 1707, es decir, desde hace alrededor de mil cuatrocientos años,
la teología ha causado la matanza de más de cincuenta millones de hombres; y
que sólo propongo estrangular, o degollar, o envenenar unos seis millones
quinientos mil.
Se nos objetará también, tal vez, que mi cálculo no es exacto, y que
violo la regla de tres: porque, se dirá, si en mil cuatrocientos años sólo han
perecido cincuenta millones de hombres por distinciones, dilemas y antilemas
teológicos, esto sólo hace por año treinta y cinco mil setecientos catorce
personas, con fracción, y que así yo mato seis millones cuatrocientas sesenta y
cuatro mil doscientas ochenta y cinco personas más, con fracción, en el
presente año.
Pero en verdad este regateo es muy pueril; incluso se puede decir que es
impío; porque, ¿no se ve que con mi procedimiento salvo la vida a todos los
católicos hasta el fin del mundo? Jamás se hubiera hecho nada si se hubiese
querido responder a todas las críticas. Soy, con un profundo respeto, de
Vuestra Paternidad,
muy humilde, muy devoto y muy dulce R…
nacido en Agulema, prefecto de la Congregación.
Este proyecto no pudo ser llevado a cabo porque el padre Le Tellier
encontró algunas dificultades y Su Paternidad fue desterrado el año siguiente.
Pero como conviene examinar el pro y el contra, parece que es bueno buscar en
qué caso se podría seguir legítimamente, en parte, las opiniones del corresponsal
del padre Le Tellier. Parece que sería difícil ejecutar este proyecto en todos
sus puntos; pero conviene ver en qué ocasiones se debe aplicar el tormento de
la rueda, o ahorcar, o condenar a galeras a las personas que no son de nuestra
opinión: constituye esto el objeto del artículo siguiente.
CAPÍTULO XVIII
Únicos casos en que la intolerancia es de derecho humano
Para que un gobierno no tenga derecho a castigar los errores de los
hombres, es necesario que tales errores no sean crímenes: sólo son crímenes
cuando perturban la sociedad: perturban la sociedad si inspiran fanatismo; es
preciso, por lo tanto, que los hombres empiecen por no ser fanáticos para
merecer la tolerancia.
Si algunos jóvenes jesuitas, sabiendo que la Iglesia aborrece a los
réprobos, que los jansenistas están condenados por una bula, que por lo tanto
los jansenistas son réprobos, se van a prender fuego a una casa de los Padres
del Oratorio porque Quesnel, el oratoriano, era jansenista, está claro que no
habrá más remedio que castigar a esos jesuitas.
Del mismo modo, si han difundido máximas culpables, si su instituto es
contrario a las leyes del reino, no hay más remedio que disolver su compañía y
abolir a los jesuitas para convertirlos en ciudadanos; lo cual, en el fondo,
es un mal imaginario y un bien real para ellos, porque ¿dónde está el mal de
llevar chupa en lugar de sotana, de ser libre en lugar de esclavo? Se licencia
en tiempos de paz a regimientos enteros, que no se quejan de ello: ¿por qué los
jesuitas lanzan tales gritos cuando se los disuelve para tener paz? Que los
franciscanos, llevados de un santo celo por la Virgen María, vayan a derribar
la iglesia de los dominicos que creen que María nació con el pecado original,
no habrá más remedio que tratar a los franciscanos poco más o menos como a los
jesuitas.
Se dirá lo mismo de los luteranos y los calvinistas. Será inútil que
afirmen: seguimos los impulsos de nuestra conciencia, es preferible obedecer a
Dios que a los hombres [Hechos, V, 291; nosotros somos
indudablemente el verdadero rebaño, debemos exterminar a los lobos; es
evidente que en tal caso ellos también son lobos.
Uno de los más asombrosos ejemplos de fanatismo lo ha dado una pequeña
secta de Dinamarca, cuyo principio era el mejor del mundo. Aquellas gentes
querían procurar la salvación eterna a sus hermanos; pero las consecuencias de
ese principio eran singulares. Sabían que todos los niños que mueren sin
bautismo se condenan y que los que tienen la suerte de morir inmediatamente
después de haber recibido el bautismo gozan de la gloria eterna: iban
degollando a todos los niños y niñas recién bautizados que podían encontrar;
era indudablemente hacerles el mayor bien que se les podía proporcionar; se les
preservaba a la vez del pecado, de las miserias de esta vida y del infierno; se
les enviaba infaliblemente al cielo. Pero aquellas gentes caritativas no
consideraban que no está permitido hacer un pequeño mal por un gran bien; que
no tenían ningún derecho sobre la vida de aquellos niños; que la mayor parte de
los padres y las madres son lo bastante carnales para preferir tener a su lado
a sus hijos e hijas que verlos degollar para ir al paraíso y que, en una
palabra, el magistrado debe castigar el homicidio, aunque se haga con buena
intención.
Los judíos parecerían tener más derecho que nadie a robarnos y
matarnos: porque aunque haya cien ejemplos de tolerancia en el Antiguo
Testamento, hay sin embargo algunos ejemplos y algunas leyes
rigurosas. Dios les ordenó a veces que matasen a los idólatras, exceptuando
únicamente a las jóvenes núbiles: nos consideran idólatras y, aunque los
toleramos hoy día, podrían muy bien, si ellos fuesen los amos, no dejar en el
mundo más que a nuestras hijas.
Tendrían sobre todo la obligación indispensable de asesinar a todos los
turcos, la cosa no se presta a discusión: porque los turcos poseen el país de
los etheos, de los jebuseos, de los amorreos, de los jersenios, de los
hevenios, de los araceos, de los cineos, de los hamatenios, de los samarios:
sobre todos estos pueblos se lanzó el anatema: su país, que tenía más de veinticinco
leguas de largo, fue dado a los judíos por varios pactos consecutivos; deben
recuperar sus pertenencias; los mahometanos son sus usurpadores desde hace más
de mil años.
Si los judíos razonasen así hoy día, es evidente que no habría otra
respuesta que condenarlos a todos a galeras.
Tales son, poco más o menos, los únicos casos en que la intolerancia
parece razonable.
CAPÍTULO XIX
Relato de una disputa de controversia en China
En los primeros años del reinado del gran emperador Kang-hi, un mandarín
de la ciudad de Cantón oyó en su casa un gran ruido que hacían en la casa
vecina: preguntó si estaban matando a alguien; se le dijo que eran el capellán
de la compañía danesa, un sacerdote de Batavia, y un jesuita que disputaban;
los mandó llamar, hizo que les sirvieran té y confituras, y les preguntó por
qué se peleaban.
El jesuita le respondió que era muy penoso para él, que siempre tenía
razón, tener que habérselas con personas que siempre estaban equivocadas; que
al principio había argumentado con la mayor circunspección, pero que,
finalmente, se le había acabado la paciencia.
El mandarín les hizo observar, con toda la discreción posible, lo
necesaria que es la buena educación en las discusiones, les dijo que en China
jamás se discute y les preguntó de qué se trataba.
El jesuita le respondió: «Monseñor, juzgad vos mismo: estos dos
caballeros se niegan a someterse a las decisiones del concilio de Trento.»
«Eso me extraña», dijo el mandarín. Luego, volviéndose hacia los dos
refractarios: «Me parece -les dijo-, señores, que deberíais respetar las
opiniones de una gran asamblea; no sé lo que es el concilio de Trento; pero
varias personas saben siempre más que una sola. Nadie debe creer que sabe más
que los demás y que la razón sólo habita en su cabeza; esto es lo que enseña
nuestro gran Confucio; y si queréis creerme, haréis muy bien en ateneros al
concilio de Trento.»
El danés tomó entonces la palabra y dijo:
«Monseñor habla con la mayor cordura; nosotros respetamos las grandes
asambleas como es debido; por eso somos completamente de la misma opinión que
varias asambleas que se han celebrado con anterioridad a la de Trento.»
«¡Ah! Si es así -dijo el mandarín-, os pido perdón, bien podríais tener
razón. ¿Así que sois los dos de la misma opinión, ese holandés y vos, contra
ese pobre jesuita?»
«De ningún modo -dijo el holandés-; este hombre tiene opiniones casi tan
extravagantes como las del jesuita que se hace el melifluo con vos; no hay
manera de aguantar esto.»
«No os comprendo -dijo el mandarín-; ¿no sois los tres cristianos? ¿No
venís los tres a enseñar el cristianismo en nuestro imperio? ¿Y no debéis, por
consiguiente, tener los mismos dogmas?»
«Ya lo veis, Monseñor -dijo el jesuita-; estas dos personas son enemigos
mortales entre sí y discuten ambas contra mí: es por lo tanto evidente que los
dos están equivocados y que la razón está de mi lado.»
«La cosa no es tan evidente -dijo el mandarín-; podría ser, a pesar de
todo, que estuvieseis equivocados los tres; tengo curiosidad de oíros a cada
uno por turno.»
El jesuita pronunció entonces un discurso bastante largo, durante el
cual el danés y el holandés se encogían de hombros; el mandarín no comprendió
nada. El danés habló luego; sus dos adversarios le miraron con conmiseración y
el mandarín siguió sin comprender nada. El holandés tuvo la misma suerte. Finalmente
hablaron los tres a la vez y se dijeron grandes insultos. Al buen mandarín le
costó mucho trabajo calmarlos, y les dijo: «Si queréis que se tolere aquí
vuestra doctrina, empezad por no ser vosotros ni intolerantes ni intolerables.»
A la salida de la audiencia el jesuita encontró a un misionero
dominico; le dijo que había ganado su causa, afirmándole que la verdad siempre
triunfa. El dominico le dijo: «Si yo hubiese estado allí, no la habríais
ganado; os habría dejado convicto de mentira e idolatría.» La discusión se
acaloró, el dominico y el jesuita se agarraron de los pelos. El mandarín,
informado del escándalo, mandó a los dos a la cárcel. Un submandarín dijo al
juez: «¿Cuánto tiempo quiere Vuestra Excelencia que permanezcan encerrados?»
«Hasta que se pongan de acuerdo», dijo el juez. «¡Ah!», dijo el submandarín,
«entonces se quedarán en la cárcel toda la vida». «Pues bien», dijo el juez,
«hasta que se perdonen». «No se perdonarán jamás», le replicó el submandarín;
«los conozco bien». «¡Bueno!», dijo el mandarín, «entonces, hasta que finjan
perdonarse».
CAPÍTULO XX
De si es útil mantener al pueblo en la superstición
Es tal la debilidad del género humano, y tal su perversidad, que sin
duda vale más para él ser subyugado por todas las supersticiones posibles, con
tal de que no sean mortíferas, que vivir sin religión. El hombre siempre ha
tenido necesidad de un freno, y aunque fuese ridículo hacer sacrificios a los
faunos, a los silvanos, a las náyades, era mucho más razonable y más útil
adorar esas fantásticas imágenes de la Divinidad que entregarse al ateísmo. Un
ateo que fuese razonador, violento y poderoso, sería un azote tan funesto como
un supersticioso sanguinario.
Cuando los hombres no tienen nociones claras de la Divinidad, las ideas
falsas la suplen, como en los malos tiempos se trafica con moneda devaluada
cuando no se tiene moneda buena. El pagano no osaba cometer un crimen ante el
temor de ser castigado por los falsos dioses; el malabar teme ser castigado
por su pagoda. En todos los sitios en que hay establecida una sociedad es
necesaria una religión; las leyes velan sobre los crímenes conocidos y la
religión sobre los crímenes secretos.
Pero una vez que los hombres han llegado a abrazar una religión pura y
santa, la superstición se vuelve no sólo inútil, sino muy peligrosa. No se debe
tratar de alimentar con bellotas a aquellos a los que Dios se digna alimentar
con pan.
La superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía:
la hija muy loca de una madre muy cuerda. Estas dos hijas han subyugado mucho
tiempo toda la tierra.
Cuando, en nuestros siglos de barbarie, había apenas dos señores
feudales que tuviesen en sus castillos un Nuevo Testamento, podía
ser disculpable ofrecer fábulas al vulgo, es decir a esos señores feudales, a
sus estúpidas mujeres y a los brutos de sus vasallos: se les hacía creer que
san Cristóbal había transportado al Niño Jesús de una a otra orilla de un río;
se les atiborraba de historias de brujas y posesos; imaginaban sin dificultad
que san Genol curaba la gota y santa Clara las enfermedades de la vista. Los
niños creían en los fantasmas y los padres en el cordón de san Francisco. La
cantidad de reliquias era innumerable.
La herrumbre de tantas supersticiones ha subsistido todavía algún
tiempo en los pueblos, incluso después de que la religión se depuró. Sabido es
que cuando el Señor de Noailles, obispo de Chálons, mandó quitar y arrojar al
fuego la pretendida reliquia del santo ombligo de Jesucristo, la ciudad entera
de Châlons le hizo un proceso; pero el obispo tuvo tanto valor como piedad y no
tardó en convencer a los habitantes de la Champaña que se podía adorar a
Jesucristo en espíritu y en verdad sin tener su ombligo en una iglesia.
Los llamados jansenistas contribuyeron no poco a desarraigar
insensiblemente en el alma de la nación la mayor parte de las falsas ideas que
deshonraban a la religión cristiana. Se dejó de creer que bastaba recitar la
oración de los treinta días a la Virgen María para obtener lo que se deseaba y
para pecar impunemente.
Por fin, la burguesía ha empezado a sospechar que no era santa Genoveva
la que daba o hacía cesar la lluvia, sino que era el propio Dios el que
disponía de los elementos. Los frailes se han asombrado de que sus santos ya no
hagan milagros; y si los autores de la Vida de san Francisco
Javier volviesen al mundo, no se atreverían a escribir que este santo
resucitó a nueve muertos, que estuvo al mismo tiempo en la tierra y en el mar y
que, habiendo caído al mar su crucifijo, un cangrejo se lo devolvió.
Lo mismo ha sucedido con las excomuniones. Nuestros historiadores nos
cuentan que cuando el rey Roberto fue excomulgado por el papa Gregorio V por
haberse casado con la princesa Berta, su comadre, sus criados arrojaban por
las ventanas los manjares que se habían servido al rey, y que la reina Berta
dio a luz una oca en castigo de aquel matrimonio incestuoso. Se duda hoy día
que los maestresalas de un rey de Francia excomulgado arrojasen su cena por la
ventana y que la reina trajese al mundo un ansarón en semejante oportunidad.
Si hay algunos convulsionarios en un rincón de un barrio, se trata de
una enfermedad pedicular que sólo ataca al populacho más vil. La razón penetra
día a día en Francia, tanto en las tiendas de los comerciantes como en las
mansiones de los señores. Hay pues que cultivar los frutos de esta razón,
tanto más cuanto que es imposible impedirles que nazcan. No se puede gobernar a
Francia, después de haber recibido las luces de los Pascal, los Nicole, los
Arnaud, los Bossuet, los Descartes, los Gassendi, los Bayle, los Fontenelle,
etc., como se la gobernaba en tiempos de los Garasse y los Menot.
Si los maestros de los errores, quiero decir los grandes maestros, tanto
tiempo pagados y cubiertos de honores por embrutecer al género humano,
ordenasen hoy día creer que el grano debe pudrirse para germinar; que la tierra
está inmóvil en sus cimientos, que no gira alrededor del sol; que las mareas no
son un efecto natural de la gravitación, que el arco iris no está formado por
la refracción y la reflexión de los rayos de la luz, etc., y si se basasen para
ello en pasajes mal comprendidos de las Sagradas Escrituras para justificar
sus órdenes, ¿cómo serían mirados por todos los hombres instruidos? ¿La
palabra bestias sería demasiado fuerte? ¿Y si esos sabios maestros
empleasen la fuerza y la persecución para hacer reinar su insolente ignorancia,
el término de bestias feroces sería inadecuado?
Cuanto más se desprecian las supersticiones de los monjes, más se
respeta a los obispos y más se considera a los sacerdotes; sólo hacen bien y
las supersticiones ultramontanas harían mucho mal. Pero de todas las
supersticiones, la más peligrosa ¿no es la de odiar al prójimo por sus
opiniones? ¿Y no es evidente que sería todavía más razonable adorar el santo
ombligo, el santo prepucio, la leche y el traje de la Virgen María que detestar
y perseguir a nuestro hermano?
CAPÍTULO XXI
Virtud vale más que ciencia
Cuanto menos dogmas, menos disputas; y cuanto menos disputas, menos
desgracias; si esto no es verdad, estoy equivocado.
La religión ha sido instituida para hacernos felices en esta vida y en
la otra. ¿Qué hace falta para ser feliz en la vida futura?: ser justo.
Para ser feliz en ésta, todo lo que permite la miseria de nuestra
naturaleza, ¿qué hace falta?: ser indulgente.
Sería el colmo de la locura pretender hacer que todos los hombres
piensen de una manera uniforme sobre la metafísica. Se podría mucho más
fácilmente someter el universo entero por las armas que subyugar todas las
mentes de una sola ciudad.
Euclides consiguió fácilmente persuadir a todos los hombres de las
verdades de la geometría: ¿por qué? Porque no hay uno que no sea un corolario
evidente de este pequeño axioma: dos y dos son cuatro. No
sucede exactamente lo mismo en la mezcla de la filosofía y la teología.
Cuando el obispo Alejandro y el sacerdote Arrio, o Arius, empezaron
a disputar sobre la manera de cómo el Logos era una emanación
del Padre, el emperador Constantino les escribió primero estas palabras
tomadas de Eusebio y Sócrates: «Sois unos grandes locos por disputar sobre
cosas que no podéis entender.»
Si ambos partidos hubiesen sido lo bastante cuerdos para reconocer que
el emperador tenía razón, el mundo cristiano no habría sido ensangrentado
durante trescientos años.
¿Qué cosa hay en efecto más loca y más horrible que decir a los hombres:
«Amigos míos, no es suficiente ser fieles súbditos, hijos sumisos, padres
cariñosos, vecinos equitativos, practicar todas las virtudes, cultivar la
amistad, rehuir la ingratitud, adorar en paz a Jesucristo: es preciso también
que sepáis cómo se es engendrado desde la eternidad; y si no sabéis distinguir
el omousion en la hipóstasis, os anunciamos que seréis
quemados eternamente; y, mientras tanto, empezaremos por degollaros»?
Si se hubiese sometido tal decisión a un Arquímedes, a un Posidonio, a
un Varrón, a un Catón, a un Cicerón, ¿qué habrían contestado?
Constantino no perseveró en su resolución de imponer silencio a los dos
partidos: podía hacer venir a los jefes del ergotismo a su palacio; podía
preguntarles con qué autoridad perturbaban el mundo: «¿Tenéis los títulos de
la familia divina? ¿Qué os importa que el Logos sea hecho o
engendrado con tal de que se le sea fiel, con tal de que se predique una buena
moral y que se la practique si se puede? He cometido muchas faltas en mi vida,
y vosotros también; vosotros sois ambiciosos, y yo también; el imperio me ha
costado trapacerías y crueldades; he asesinado a casi todos mis parientes; me
arrepiento de ello: quiero expiar mis crímenes dando tranquilidad al imperio
romano, no me impidáis que haga el único bien que puede hacer olvidar mis
antiguas barbaries; ayudadme a terminar mis días en paz.» Tal vez no habría
obtenido nada de los contrincantes; tal vez le halagó presidir un concilio con
un largo traje talar rojo y la cabeza cargada de pedrería.
He aquí, sin embargo, lo que abrió la puerta a todos esos azotes que,
procedentes de Asia, inundaron Occidente. Salió de cada versículo discutido una
furia armada de un sofisma y un puñal que volvió insensatos y crueles a todos
los hombres. Los hunos, los hérulos, los godos y los vándalos que llegaron inmediatamente
después, hicieron infinitamente menos mal, y el más grande que hicieron fue el
de prestarse finalmente ellos mismos a esas fatales disputas.
CAPÍTULO XXII
De la tolerancia universal
No se necesita mucho arte, ni una elocuencia muy rebuscada para
demostrar que los cristianos deben tolerarse unos a otros. Voy más lejos: os
digo que hay que mirar a todos los hombres como hermanos nuestros. ¡Cómo! ¿El
turco hermano mío? ¿El chino mi hermano? ¿El judío? ¿El siamés? Sí, sin duda;
¿no somos todos hijos del mismo Padre, criaturas del mismo Dios?
¡Pero esos pueblos nos desprecian; nos tratan de idólatras! ¡Pues bien!
Les diré que hacen mal. Me parece que podría hacer vacilar por lo menos la
orgullosa testarudez de un imán o de un sacerdote budista si les hablase poco
más o menos así:
«Este pequeño globo, que no lo es, rueda en el espacio, lo mismo que
tantos otros globos; estamos perdidos en esa inmensidad. El hombre, de una
estatura aproximada de cinco pies, es seguramente poca cosa en la creación. Uno
de esos seres imperceptibles dice a algunos de sus vecinos, en Arabia o en
Cafrería: “Escuchadme, porque el Dios de todos esos mundos me ha iluminado:
hay novecientos millones de pequeñas hormigas como nosotros en la tierra, pero
sólo mi hormiguero es grato a Dios; todos los otros le son odiosos desde la
eternidad; únicamente mi hormiguero será feliz, todos los demás serán
eternamente desgraciados.”»
Entonces me interrumpirían y me preguntarían quién es el loco que ha
dicho semejante tontería. Me vería obligado a responderles: «Vosotros mismos.»
Luego trataría de aplacarlos; pero sería muy difícil.
Hablaría ahora a los cristianos y osaría decir, por ejemplo, a un
dominico inquisidor de la fe: «Hermano mío, sabéis que cada provincia de Italia
tiene su propio dialecto y que no se habla en Venecia o en Bérgamo como en
Florencia. La Academia de la Crusca ha fijado la lengua; su diccionario es una
regla de la que no hay que apartarse y la Gramática de
Buonmattei es un guía infalible que hay que seguir; ¿pero creéis que el cónsul
de la Academia, y en su ausencia Buonmattei, habrían podido en conciencia hacer
cortar la lengua a todos los venecianos y a todos los bergamascos que hubiesen
persistido en hablar su jerga?»
El inquisidor me responde: «Hay mucha diferencia; se trata aquí de la
salvación de vuestra alma; es por vuestro bien por lo que el directorio de la
Inquisición ordena que se os detenga por la declaración de una sola persona,
aunque sea infame y reincidente de la justicia; que no tengáis abogado que os
defienda; que el nombre de vuestro acusador ni siquiera os sea conocido; que
el inquisidor os prometa gracia y luego os condene; que os aplique cinco
torturas diferentes y que luego seáis azotado, condenado a galeras o quemado
solemnemente. El padre Ivonet, el doctor Cuchalon, Zanchinus, Campegius, Roias,
Felynus, Gomarus, Diabarus, Gemelinus son terminantes y esta piadosa práctica
no tolera contradicción.»
Yo me tomaría la libertad de contestarle: «Hermano mío, tal vez tengáis
razón; estoy convencido del bien que queréis hacerme; ¿pero no podría ser
salvado sin todo esto?»
Es cierto que esos absurdos horrores no manchan todos los días la faz de
la tierra; pero han sido frecuentes y se formaría fácilmente con ellos un
volumen mucho más grueso que los Evangelios que los reprueban. No sólo es muy
cruel perseguir en esta corta vida a aquellos que no piensan como nosotros,
pero no sé si es muy osado declarar tajantemente su condenación por toda la
eternidad. Me parece que no corresponde en absoluto a unos átomos de un
momento, como nosotros, anticiparnos a los juicios del Creador. Lejos de mí la
idea de contradecir esta sentencia: «Fuera de la Iglesia no hay salvación»; la
respeto, lo mismo que todo lo que enseña, pero, en verdad, ¿conocemos todos los
caminos de Dios y toda la extensión de su misericordia? ¿No está permitido
esperar en Él tanto como temerle? ¿No es suficiente ser fieles a la Iglesia?
¿Será preciso que cada individuo usurpe los derechos de la Divinidad y decida
antes que ella sobre la suerte eterna de los hombres?
Cuando llevamos luto por un rey de Suecia, o de Dinamarca, o de
Inglaterra, o de Prusia, ¿decimos que llevamos luto por un réprobo que arde
eternamente en el infierno? Hay en Europa cuarenta millones de habitantes que
no pertenecen a la Iglesia de Roma. ¿Diremos a cada uno de ellos: «Señor,
considerando que estáis infaliblemente condenado, no quiero comer, ni
contratar, ni conversar con vos»?
¿Quién es el embajador de Francia que, al ser presentado en audiencia al
Gran Señor, se dirá en el fondo de su corazón: Su Alteza será infaliblemente
quemada por toda la eternidad, por haberse sometido a la circuncisión? Si
creyese realmente que el Gran Señor es el enemigo mortal de Dios y el objeto de
su venganza, ¿podría hablarle? ¿Debería ser enviado a él? ¿Con qué hombre se
podría comerciar, qué deber de la vida civil se podría cumplir nunca, si en
efecto estuviésemos convencidos de la idea de que conversamos con réprobos?
¡Oh sectarios de un Dios clemente! Si tuviésemos un corazón cruel; si
al adorar a Aquel cuya única ley consistía en estas palabras: «Amad a Dios y a
vuestro prójimo» hubieseis recargado esta ley pura y santa con sofismas y
disputas incomprensibles; si hubieseis encendido la discordia, unas veces por
una palabra nueva, otras por una sola letra del alfabeto; si hubieseis
atribuido penas eternas a la omisión de algunas palabras, de algunas ceremonias
que otros pueblos no podrían conocer, os diría, derramando lágrimas sobre el
género humano: «Transportaos conmigo al día en que todos los hombres serán
juzgados y en que Dios dará a cada cual según sus obras.»
«Veo a todos los muertos de los siglos pasados y del nuestro comparecer
ante su presencia. ¿Estáis seguros de que nuestro Creador y nuestro Padre dirá
al sabio y virtuoso Confucio, al legislador Solón, a Pitágoras, a Zaleuco, a
Sócrates, a Platón, a los divinos Antoninos, al buen Trajano, a Tito, las
delicias del género humano, a Epicteto, a tantos otros hombres, modelos de los
hombres: ¡id, monstruos, id a sufrir unos castigos infinitos en intensidad y
duración; que vuestro suplicio sea eterno como yo! Y vosotros, mis bien amados
Jean Chátel, Ravaillac, Damiens, Cartouche, etc., que habéis muerto dentro de
las fórmulas prescritas, compartid para siempre a mi derecha mi imperio y mi
felicidad?»
Retrocedéis horrorizados ante estas palabras; y, después de habérseme
escapado, no tengo nada más que deciros.
CAPÍTULO XXIII
Oración a Dios
Ya no es por lo tanto a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios
de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está
permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles
al resto del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos
decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores
inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean causantes de
nuestras calamidades. Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y
manos para que nos degollemos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el
fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los
vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas
insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas nuestras
leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas
nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan semejantes
ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos llamados hombres no
sean señales de odio y persecución; que los que encienden cirios en pleno día
para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que
aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte
no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra; que dé
lo mismo adorarte en una jerga formada de una antigua lengua o en una jerga más
moderna; que aquellos cuyas vestiduras están teñidas de rojo o violeta, que
mandan en una pequeña parcela de un pequeño montón de barro de este mundo y que
poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo
que llaman grandeza y riqueza y que los demás los
miren sin envidia: porque Tú sabes que no hay en estas vanidades ni nada que
envidiar ni nada de que enorgullecerse.
¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son hermanos! ¡Que odien la
tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la
fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la
guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el
seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por
igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha
concedido ese instante.
CAPÍTULO XXIV
Post scriptum
Mientras trabajábamos en esta obra con el único objeto de hacer a los
hombres más compasivos y más dulces, otro hombre escribía con un objeto
contrario: porque cada cual tiene su opinión. Ese hombre hacía imprimir un
pequeño código de persecución, titulado Acuerdo de la religión y de la
humanidad (es una falta del impresor: léase de la inhumanidad).
El autor del santo libelo se apoya en san Agustín, quien, después de
haber predicado la dulzura, predicó finalmente la persecución, habida cuenta
que era entonces el más fuerte y que cambiaba a menudo de opinión. Cita también
al obispo de Meaux, Bossuet, que persiguió al célebre Fénelon, arzobispo de
Cambrai, culpable de haber impreso que Dios vale bien la pena de que se le ame
por sí mismo.
Bossuet era elocuente, lo confieso; el obispo de Hipona, a veces
inconsecuente, era más diserto de lo que lo son los demás africanos, también lo
reconozco; pero me tomaré la libertad de decir al autor de ese santo libelo,
con Armande, en Las mujeres sabias: Quand sur
une personne on pretend se régler, / C’est par
les beaux cotés qu’il faut ressembler (acto
I, escena I) (Cuando a una persona pretendemos imitar, / es a sus facetas
buenas a las que debemos parecernos).
Yo diría al obispo de Hipona: Monseñor, habéis cambiado de opinión,
permitid que me atenga a vuestra primera opinión; en verdad la creo mejor.
Diría al obispo de Meaux: Monseñor, sois un gran hombre: os encuentro
tan sabio, por lo menos, como san Agustín, y mucho más elocuente; pero ¿por qué
atormentar tanto a vuestro colega, que era tan elocuente como vos en otro
género, y que era más amable?
El autor del santo libelo sobre la inhumanidad no es un Bossuet ni un
Agustín; me parece muy propio para hacer un excelente inquisidor; quisiera que
estuviese en Goa al frente de ese hermoso tribunal. Es, además, hombre de
Estado y expone grandes principios de política. «Si hay en vuestro país, dice,
muchos heterodoxos, respetadlos, persuadidlos; si sólo hay un pequeño número,
utilizad el patíbulo y las galeras y os irá muy bien»; esto es lo que aconseja
en las páginas 89 y 90.
A Dios gracias, soy buen católico, no tengo por qué temer lo que los
hugonotes llaman el martirio; pero si ese hombre llega alguna
vez a ser primer ministro, de lo que parece presumir en su libelo, le advierto
que salgo para Inglaterra el día que obtenga su cédula de nombramiento.
Mientras tanto no puedo por menos que dar las gracias a la Providencia
por permitir que las personas de su especie sean siempre malos razonadores.
Llega al extremo de citar a Bayle entre los partidarios de la intolerancia: la
cosa es sabia y hábil; y del hecho de que Bayle reconozca que hay que castigar
a los facciosos y a los pillos, nuestro hombre saca la consecuencia de que hay
que perseguir a sangre y fuego a las gentes de buena fe que son pacíficas.
Casi todo su libro es una imitación de la Apología de la jornada
de San Bartolomé. Es este apologista o su eco. En uno u otro caso hay
que esperar que ni el maestro ni el discípulo lleguen a gobernar el Estado.
Pero si sucede que sean los amos, les presento desde lejos esta demanda,
referente a dos líneas de la página 93 del santo libelo:
«¿Hay que sacrificar a la felicidad de la vigésima parte de la nación la
felicidad de la nación entera?»
Suponiendo que, en efecto, haya veinte católicos romanos en Francia
contra un hugonote, no pretendo que el hugonote se coma a los veinte católicos;
pero también ¿por qué esos veinte católicos se comerían a aquel hugonote, y por
qué impedir casarse al mismo? ¿No hay obispos, curas, frailes, que poseen
tierras en el Delfinado, hacia Agde, en el Gevaudan, por Carcasona? Esos
obispos, esos curas, esos monjes ¿no tienen granjeros que tienen la desgracia
de no creer en la transustanciación? ¿No interesa a los obispos, a los curas, a
los monjes y al público que esos granjeros tengan una abundante familia? ¿Sólo
a aquellos que comulguen en una sola especie les será permitido engendrar
hijos? En verdad tal cosa no es ni justa ni honrada.
«La revocación del edicto de Nantes no ha producido tantos
inconvenientes como se le atribuyen», dice el autor.
Si, en efecto, se le atribuyen más de los que ha producido, se exagera y
lo malo de todos los historiadores es la exageración; pero es también el
inconveniente de todos los controversistas reducir a nada el mal que se les
reprocha. No creamos ni a los doctores de París ni a los predicadores de
Amsterdam.
Tomemos por juez al señor conde de Avaux, embajador en Holanda desde
1685 a 1688. Dice en la página 181 del tomo V, que un solo hombre había
ofrecido descubrir más de veinte millones que los perseguidos hacían salir de
Francia. Luis XIV responde al señor de Avaux: «Las noticias que recibo todos
los días de una infinita cantidad de conversiones ya no me permiten dudar de
que los más reacios seguirán el ejemplo de los otros.»
Vemos, por esta carta de Luis XIV, que era de muy buena fe sobre la
extensión de su poder. Le decían todas las mañanas: «Sire, sois el rey más
grande del universo; todo el universo se gloriará de pensar como vos tan pronto
como hayáis hablado.» Pellisson, que se había enriquecido en el puesto de
secretario de Hacienda; Pellisson, que había estado tres años en la Bastilla
como cómplice de Fouquet; Pellisson, que de calvinista se había hecho diácono y
beneficiado, que hacía imprimir oraciones para la misa y ramilletes a Iris, que
había obtenido el puesto de los economatos y el de convertidor de almas;
Pellisson, digo, llevaba cada tres meses una gran lista de abjuraciones a
siete u ocho escudos pieza y hacía creer a su rey que, cuando él quisiera, convertiría
a todos los turcos al mismo precio. Todos se turnaban para engañarle; ¿podía
resistir al engaño?
Sin embargo, el mismo señor de Avaux hace saber al rey que un tal
Vincent protege a más de quinientos obreros cerca de Angulema y que su salida
originará perjuicios: tomo V, página 192.
El mismo señor de Avaux habla de dos regimientos que el príncipe de
Orange está reclutando por los oficiales franceses refugiados; habla de
marineros que desertarán de tres buques para servir en los del príncipe de
Orange. Además de esos regimientos, el príncipe de Orange reúne también una
compañía de cadetes refugiados, mandados por dos capitanes, página 240. Este
embajador escribe además, el 9 de mayo de 1686, al señor de Seignelai, «que no
puede ocultarle la pena que tiene de ver establecerse las manufacturas de
Francia en Holanda, de donde no saldrán más».
Unid a esos testimonios los de todos los intendentes del reino en 1699 y
juzgad si la revocación del edicto de Nantes ha producido más mal que bien, a
pesar de la opinión del respetable autor de Acuerdo de la religión y
la inhumanidad.
Un mariscal de Francia, conocido por su inteligencia superior, decía
hace algunos años: «No sé si la dragonada ha sido necesaria, pero es necesario
no volverla a hacer.»
Confieso que he creído ir un poco lejos cuando he hecho pública la carta
del corresponsal del padre Le Tellier, en la que ese congreganista propone
barriles de pólvora. Me decía para mis adentros: no me creerán, considerarán
esta carta como una falsificación. Mis escrúpulos, afortunadamente, se han
disipado cuando he leído en el Acuerdo de la religión y la
inhumanidad, página 149, estas dulces palabras:
«La extinción total de los protestantes en Francia no debilitará más a
Francia de lo que una sangría debilita a un enfermo bien constituido.»
Ese cristiano que ha dicho ahora mismo que los protestantes constituyen
la vigésima parte de la nación, quiere pues que se derrame la sangre de esa
vigésima parte, y considera esa operación como una sangría de una sangradera.
¡Dios nos libre con él de las tres vigésimas partes!
Si por lo tanto este hombre honorable propone matar a la vigésima parte
de la nación, ¿por qué el amigo del padre Le Tellier no habría de proponer
hacer saltar por el aire, degollar y envenenar a la tercera parte? Es por lo
tanto muy verosímil que la carta al padre Le Tellier haya sido realmente
escrita.
El santo autor termina finalmente concluyendo que la intolerancia es
una cosa excelente, «porque no ha sido -dice- condenada expresamente por
Jesucristo». Pero Jesucristo tampoco ha condenado a los que prendiesen fuego a
París por los cuatro costados; ¿es ésta una razón para canonizar a los
incendiarios?
Así pues, cuando la naturaleza deja oír por un lado su voz dulce y
bienhechora, el fanatismo, ese enemigo de la naturaleza, pone el grito en el
cielo; y cuando la paz se presenta a los hombres, la intolerancia forja sus
armas. ¡Oh vos, árbitro de las naciones, que habéis dado la paz a Europa,
decidid entre el espíritu pacífico y el espíritu homicida!
CAPITULO XXV
Continuación y conclusión
Nos enteramos de que el 7 de marzo de 1763, reunido todo el consejo de
Estado en Versalles, con asistencia de los ministros de Estado, y bajo la
presidencia del canciller, el relator señor de
Crosne dio lectura a su informe sobre el caso Calas con la imparcialidad
de un juez, la exactitud de un hombre perfectamente enterado, la elocuencia
sencilla y verdadera de un orador hombre de Estado, la única que conviene ante
semejante asamblea. Una prodigiosa multitud de personas de todo rango esperaba
en la galería del palacio la decisión del consejo. Pronto se informó al rey de
que todos los votos, sin exceptuar ninguno, habían dispuesto que el parlamento
de Toulouse enviase al consejo las piezas del proceso y los motivos de su
sentencia que había hecho expirar a Jean Calas en la rueda. Su Majestad aprobó
el fallo del consejo.
Hay por lo tanto humanidad y justicia en los hombres, y principalmente
en el consejo de un rey amado y digno de serlo. El caso de una desgraciada
familia de ciudadanos oscuros ha ocupado a Su Majestad, a sus ministros, al
canciller y a todo el consejo y ha sido discutido con un examen tan meditado
como pueden serlo los más grandes temas de la guerra y de la paz. El amor a la
equidad, el interés del género humano han guiado a todos los jueces. ¡Demos
gracias a ese Dios de clemencia, el único que inspira la equidad y todas las
virtudes!
Atestiguamos que jamás hemos conocido ni a ese infortunado Calas a
quien los ocho jueces de Toulouse hicieron morir a causa de los más débiles
indicios, en contra de las ordenanzas de nuestros reyes y en contra de las
Leyes de todas las naciones; ni a su hijo Marc-Antoine, cuya extraña muerte
indujo a error a esos jueces; ni a la madre, tan respetable como desgraciada;
ni a sus inocentes hijas, que recorrieron con ella doscientas leguas para poner
su desastre y su virtud a los pies del trono.
Ese Dios sabe que solamente nos ha animado un espíritu de justicia, de
verdad y de paz cuando hemos escrito lo que pensamos de la tolerancia, con
motivo de Jean Calas, a quien el espíritu de intolerancia ha hecho morir.
No hemos creído ofender a los ocho jueces de Toulouse al decir que se
han equivocado, como ha supuesto todo el consejo: al contrario, les hemos
abierto el camino para justificarse ante Europa entera. Este camino consiste en
confesar que unos indicios equívocos y los gritos de una multitud insensata han
sorprendido su justicia; pedir perdón a la viuda y reparar, en lo que esté a su
alcance, la ruina entera de una familia inocente, uniéndose a los que la
socorren en su aflicción. Han hecho morir al padre injustamente: les
corresponde hacer las veces de padre para con sus hijos, suponiendo que esos
huérfanos quieran recibir de ellos una débil muestra de un justo arrepentimiento.
Será hermoso para los jueces ofrecerla y para la familia rechazarla.
Corresponde sobre todo al llamado David, capitoul de
Toulouse, si ha sido el primer persecutor de la inocencia, dar ejemplo de
remordimiento. Insulta a un padre de familia que agoniza en el patíbulo.
Semejante crueldad es algo inaudito; pero puesto que Dios perdona, también los
hombres deben perdonar a quien repara sus injusticias.
Me han escrito del Languedoc esta carta del 20 de febrero de 1763:
[…j
«Vuestra obra sobre la tolerancia me parece llena de humanidad y
verdad, pero temo que haga más daño que bien a la familia de los Calas. Puede
ulcerar a los ocho jueces que votaron por el suplicio de la rueda; pedirán al
parlamento que sea quemado vuestro libro, y los fanáticos (porque siempre los
hay) contestarán con gritos de furia a la voz de la razón, etc.»
He aquí mi respuesta:
«Los ocho jueces de Toulouse pueden hacer quemar mi libro, si es bueno;
no hay nada más fácil: también se quemaron las Cartas
provinciales, que valían sin duda mucho más: todo el mundo puede
quemar en su casa los libros y papeles que no le gustan.
»Mi obra no puede hacer ni bien ni mal a los Calas, a los que no
conozco. El consejo del rey, imparcial y firme, juzga según las leyes, según la
equidad, de acuerdo con las pruebas, de acuerdo con los autos, y no basándose
en un escrito que no es jurídico, y cuyo fondo no tiene nada que ver en el
fondo con el caso que juzga.
»De nada serviría imprimir varios volúmenes en pro o en contra de los
ocho jueces de Toulouse y en pro o en contra de la tolerancia; ni el consejo,
ni ningún tribunal consideraría esos libros como piezas del proceso.
»Este escrito sobre la tolerancia es una súplica que la humanidad
presenta humildemente al poder y a la prudencia. Siembra un grano que podrá un
día dar una cosecha. Esperémoslo todo del tiempo, de la bondad del rey, de la
sabiduría de sus ministros y del espíritu de razón que empieza a difundir su
luz por todas partes.
»La naturaleza dice a todos los hombres: os he hecho nacer a todos
débiles e ignorantes, para vegetar unos minutos sobre la tierra y abonarla con
vuestros cadáveres. Puesto que sois débiles, socorreos mutuamente; puesto que
sois ignorantes, ilustraos y ayudaos mutuamente. Aunque fueseis todos de la
misma opinión, lo que seguramente jamás sucederá, aunque no hubiese más que un
solo hombre de distinta opinión, deberíais perdonarle: porque soy yo la que le
hace pensar como piensa. Os he dado brazos para cultivar la tierra y un pequeño
resplandor de razón para guiaros; he puesto en vuestros corazones un germen de
compasión para que os ayudéis los unos a los otros a soportar la vida. No
ahoguéis ese germen, no lo corrompáis, sabed que es divino, y no sustituyáis la
voz de la naturaleza por los miserables furores de escuela.
»Soy yo sola la que os une a pesar vuestro por vuestras mutuas
necesidades, incluso en medio de vuestras crueles guerras con tanta ligereza
emprendidas, eterno teatro de los errores, de los azares y de las desgracias.
Soy yo sola la que, en una nación, detiene las consecuencias funestas de la
división interminable entre la nobleza y la magistratura, entre esos dos estamentos
y el clero, incluso entre los burgueses y los campesinos. Ignoran todos los
límites de sus derechos; pero todos escuchan a pesar suyo, a la larga, mi voz
que habla a su corazón. Yo sola conservo la equidad en los tribunales, en donde
todo sería entregado sin mí a la indecisión y al capricho, en medio de un
montón confuso de leyes hechas a menudo al azar y para unas necesidades pasajeras,
diferentes entre ellas de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, y casi
siempre contradictorias entre sí en el mismo lugar. Yo sola puedo inspirar la
justicia, mientras que las leyes sólo inspiran los embrollos. El que me escucha
juzga siempre bien; y el que sólo busca conciliar opiniones que se contradicen
es el que se extravía.
»Hay un edificio inmenso cuyos cimientos he puesto con mis manos: era
sólido y sencillo, todos los hombres podían entrar en él con seguridad; han
querido añadirle los ornamentos más extraños, más toscos, más inútiles; el
edificio cae en ruinas por los cuatro costados; los hombres recogen las piedras
y se las tiran a la cabeza; les grito: Deteneos, apartad esos escombros
funestos que son obra vuestra y habitad conmigo en paz en mi edificio
inconmovible.»
Artículo nuevamente añadido, en el que se da cuenta de la última
sentencia pronunciada en favor de la familia Calas
Después del 7 de marzo de 1763 y hasta el juicio definitivo todavía
transcurrieron dos años: a tal punto es fácil al fanatismo arrancar la vida a
la inocencia y difícil a la razón obligarle a hacer justicia. Hubo que soportar
demoras inevitables, necesariamente inherentes a las formalidades. Cuanto menos
habían sido observadas dichas formalidades en la condena de Calas tanto más
debían serlo rigurosamente por el consejo de Estado. No bastó un año entero
para forzar al parlamento de Toulouse a hacer llegar al consejo todo el
sumario, para examinarlo, para informar sobre él. El señor de Crosne se vio
nuevamente agobiado por un penoso trabajo. Una asamblea de cerca de ochenta
jueces casó la sentencia de Toulouse y ordenó la total revisión del proceso.
Otros casos importantes ocupaban entonces a casi todos los tribunales
del reino. Se expulsaba a los jesuitas; se abolía su sociedad en Francia:
habían sido intolerantes y persecutores: fueron perseguidos a su vez.
La extravagancia de los billetes de confesión de los que se les creyó
autores secretos y de los que se habían declarado partidarios públicamente,
había reanimado ya contra ellos el odio de la nación. Una inmensa bancarrota de
uno de sus misioneros, bancarrota que se creyó en parte fraudulenta, acabó de
perderlos. Las meras palabras de misioneros y quebrados, tan
poco hechas para verse reunidas, llevaron a todas las mentes la decisión de su
condena. Finalmente, las ruinas de Port-Royal y las osamentas de tantos hombres
célebres denigrados en sus sepulturas, y exhumados a principios de siglo por
órdenes que sólo los jesuitas habían dictado, se alzaron contra su crédito
agonizante. Se puede ver la historia de su proscripción en el excelente libro
titulado Sobre la destrucción de los jesuitas en Francia, obra
imparcial por ser de un filósofo, escrita con la finura y elocuencia de
Pascal, y sobre todo con una superioridad de luces que no está ofuscada, como
en Pascal, por los prejuicios que algunas veces han seducido a los grandes
hombres.
Este gran proceso, en el cual algunos partidarios de los jesuitas decían
que la religión era ultrajada, y en el que la mayoría la creía vengada, hizo
durante muchos meses perder de vista al público el caso de los Calas; pero
habiendo asignado el rey al tribunal que llaman de casación el juicio
definitivo, el mismo público, que gusta pasar de una escena a otra, se olvidó
de los jesuitas y los Calas retuvieron toda su atención.
La cámara de casación es un tribunal soberano compuesto de relatores
para juzgar los procesos entre los oficiales de la corte y las causas que el
rey les envía, procedentes de otros tribunales. No se podía escoger un
tribunal más instruido del caso: eran precisamente los mismos magistrados que
habían juzgado dos veces los preliminares de la revisión y que estaban perfectamente
informados del fondo y de la forma. La viuda de Jean Calas, su hijo y el
llamado Lavaisse volvieron a la cárcel: se hizo venir del fondo del Languedoc a
aquella vieja criada católica que no se había separado jamás de sus amos ni de
su ama durante el tiempo que se suponía, contra toda verosimilitud, que
estrangulaban a su hijo y hermano. Se deliberó finalmente sobre las mismas
piezas que habían servido para condenar a Jean Calas al suplicio de la rueda y
a su hijo Pierre al destierro.
Fue entonces cuando apareció una nueva memoria debida a la elocuencia
del señor de Beaumont y otra redactada por el joven Lavaisse, tan injustamente
implicado en este procedimiento criminal por los jueces de Toulouse, quienes,
para colmo de contradicción, no le habían declarado absuelto. Dicho joven
escribió una declaración de hechos que fue considerada por todo el mundo como
digna de figurar al lado de la del señor de Beaumont. Tenía la doble ventaja de
hablar en nombre propio y en el de una familia con la que había compartido las
cadenas. Únicamente habría dependido de él romper las suyas y salir de los
calabozos de Toulouse si hubiese querido decir tan sólo que se había separado
un momento de los Calas durante el tiempo en que se pretendía que el padre y la
madre habían asesinado a su hijo. Se le había amenazado con el suplicio; la
tortura y la muerte habían sido presentadas ante sus ojos; una palabra habría
podido darle la libertad: prefirió exponerse al suplicio que pronunciar aquella
palabra que habría sido una mentira. Expuso todos estos detalles en su
declaración con una franqueza tan noble, tan sencilla, tan alejada de toda
ostentación, que conmovió a todos aquellos a los que sólo pretendía convencer y
se hizo admirar sin aspirar a la admiración.
Su padre, famoso abogado, no tuvo la menor participación en esta obra:
se vio súbitamente igualado por su hijo, que jamás había estudiado derecho.
Mientras tanto, personas de la mayor importancia iban en masa a la
cárcel de la señora Calas, donde sus hijas se habían encerrado con ella. La
humanidad, la generosidad les prodigaban socorros. Lo que se llama caridad no
les daba ninguno. La caridad, que además es tan a menudo mezquina e insultante,
es el lote de los beatos y los beatos todavía estaban contra los Calas. Llegó
el día (9 de marzo de 1765) en que triunfó completamente la inocencia. Cuando
el señor de Bacquencourt hubo dado conocimiento de todo el sumario e instruido
el caso hasta en sus menores circunstancias, todos los jueces, por unanimidad,
declararon inocente a la familia inicua y abusivamente juzgada por el
parlamento de Toulouse. Rehabilitaron la memoria del padre. Permitieron que la
familia recurriese ante quien procediera para constituirse en parte contra sus
jueces y obtener los gastos, daños y perjuicios que los magistrados tolosanos
debieron ofrecer por sí mismos.
Hubo en París una desbordante alegría: la gente se agolpaba en las
plazas, en los paseos; corría a ver a aquella familia tan desgraciada y tan
bien defendida; se aplaudía al ver pasar a sus jueces y se les colmaba de
bendiciones. Lo que hizo aún más emocionante el espectáculo fue que aquel día,
noveno de marzo, era el mismo en que Calas había perecido bajo el suplicio más
cruel (tres años antes).
Los señores relatores habían hecho justicia completa a la familia Calas,
con lo que se habían limitado a cumplir con su deber. Existe otro deber, el de
la beneficencia, más raramente cumplido por los tribunales, que parecen creer
que han sido hechos para no ser más que equitativos. Los relatores resolvieron
escribir corporativamente a Su Majestad suplicándole que reparase con sus dones
la ruina de aquella familia. Se escribió la carta. El rey la contestó ordenando
entregar treinta y seis mil libras a la madre y a los hijos; y de aquellas
treinta y seis mil libras se destinaron tres mil a la sirviente virtuosa que
había defendido constantemente la verdad al defender a sus amos.
El rey mereció por esta generosidad, como por tantos otros actos, el
sobrenombre que el amor de la nación le ha dado. ¡Ojalá este ejemplo pueda
servir para inspirar a los hombres la tolerancia, sin la que el fanatismo
desolaría la tierra o, por lo menos, la entristecería para siempre! Sabemos que
no se trata aquí más que de una familia y que la rabia de las sectas ha hecho
morir a millares de ellas; pero hoy, cuando una sombra de paz deja reposar a
todas las sociedades cristianas después de siglos de matanzas, es en este
tiempo de tranquilidad cuando la desgracia de los Calas debe causar una mayor
impresión, poco más o menos como el trueno que estalla en la serenidad de un
hermoso día. Tales casos son raros, pero suceden, y son el efecto de esa
sombría superstición que inclina a las almas débiles a imputar crímenes a todo
el que no piensa como ellas.
Juicio crítico
La vigencia de las tesis del texto
¿Qué pueden importarnos ahora los hechos que relata Voltaire aquí?
¿Conservan algún sentido sus reflexiones para nosotros actualmente? Ojalá,
pudiera responderse que nada o, al menos, que muy poco. Pero, por desgracia, no
es así. Su vigencia no ha caducado en absoluto y los problemas que se plantean
en esta obra siguen ahí, resurgiendo con mayor virulencia de vez en cuando, al
igual que Fénix (esa ave fabulosa y legendaria que los griegos incluyeron en su
mitología) renacía cíclicamente a partir de sus propias cenizas.
Desafortunadamente, los acontecimientos que tanto indignaron a Voltaire
y le motivaron a escribir este pequeño gran opúsculo no son algo propio del
pasado, sino que también están presentes hoy en día. Claro es que los
protagonistas han cambiado y tienen otros nombres, pero todos ellos muestran
un único rostro: el de la intolerancia.
En efecto, ya no son los católicos quienes masacran a los protestantes y
luego celebran sus hazañas mediante procesiones religiosas. La polémica entre
los jansenistas y sus adversarios acerca de la predestinación ha sido barrida
del escenario histórico. Sin embargo, no faltan los pretendientes a recibir
esa herencia y enarbolar el estandarte de la violencia para hacer triunfar su
idiosincrásico sectarismo desde una vertiente religiosa o dentro del ámbito de
la política, deseosos de hacer comulgar con sus ideas a todo el mundo y a
cualquier precio.
Pensemos, por ejemplo, en ese integrismo islámico que pretende imponer
sus convicciones religiosas a sangre y fuego, decapitando a cualquiera que
discrepe con ellos, como sucede ahora mismo en Argelia. El fanatismo sigue
inmolando por doquier vidas humanas en aras del respeto a una determinada
tradición o pauta cultural, a unos convencionalismos que muy probablemente han
perdido buena parte de su sentido, puesto que, de lo contrario, no habría que
recurrir al temor y a la coacción para hacerlos prevalecer. ¿Acaso cabe una
mayor subversión de los valores? ¿Cómo puede supeditarse la vida del otro (ese
bien supremo e irremplazable del que depende todo lo demás) a la conquista de
un determinado interés?
Varias obras de Voltaire fueron quemadas en la hoguera, porque fueron
consideradas peligrosas para las opiniones hegemónicas del momento. Sin
embargo, con ser ésta una práctica escandalosa, es evidente que no ha caído en
desuso después de tantos años. Pues hace tan sólo unas décadas que los nazis
hitlerianos también quemaron libros, y en los rescoldos de aquellas cenizas
librescas prendió una nueva e implacable versión del oscurantismo, cuajada de
absurdos prejuicios que no podían conducir sino a la barbarie característica
del totalitarismo.
De ahí el empeño de Voltaire por airear el relativismo cultural, algo
que viene a estar cada vez más en boga bajo el rótulo de «multiculturalismo».
Con su Ensayo sobre las costumbres quiso probar que los
valores tradicionales nunca deben ser sacralizados, aunque merezcan un lógico
respeto por parte de todos. Kant habrá de recoger ese testigo e insistir en que
sólo el cosmopolitismo (esto es, el sentirse ciudadano del mundo antes que ninguna
otra cosa) podría llegar alguna vez a erradicar toda clase de conflicto bélico,
tanto las guerras civiles como la contienda entre naciones.
Voltaire y la misión de los intelectuales
Como cuenta muy bien Fernando Savater en su propio Diccionario
filosófico (1995), la obra maestra de Voltaire no fue realmente ningún
libro, poema, tragedia o ensayo de los muchos que llegó a escribir, sino la
invención del «intelectual», tal como lo entendemos todavía. Por encima de los
millares de páginas publicadas y que ocupan muchos volúmenes, al englobar sus
poesías, dramas, cartas, libelos, memorias, ensayos, diccionarios, novelas o
cuentos, está el personaje que quiso representar él mismo a lo largo de su
propia vida, encarnando el prototipo del intelectual, esto es, de la persona
más o menos culta e informada que decide incidir en la opinión pública mediante
sus escritos para pronunciarse sobre las cosas y cuestiones del momento,
denunciando cuantos desmanes e injusticias vayan compareciendo ante sus ojos,
a fin de movilizar las conciencias para reparar los atropellos cometidos contra
la moral y el derecho.
«Desde Tales a los profesores de nuestras universidades y hasta los más
quiméricos razonadores e incluso plagiarios, ningún filósofo ha influido ni
siquiera en las costumbres de la calle donde vivía. ¿Por qué? Pues porque los
hombres rigen su conducta por la costumbre y no por la metafísica. Un solo
hombre que sea elocuente, hábil y ponderado podrá mucho sobre los
hombres; cien filósofos nada podrán si no son más que filósofos». Estas
líneas están entresacadas de El filósofo ignorante (1776), una
de las últimas obras escritas por Voltaire, quien supo aplicarse a sí mismo
esta reflexión y se aprestó a oficiar como un intelectual comprometido con
ciertas causas, además de ser un buen filósofo. Ésa es la razón de que sus
herramientas no sean las más habituales entre quienes han solido cultivar la
filosofía.
Temeroso de aburrir al público, aburriéndose de paso él mismo, Voltaire
no escribe sesudos tratados como Kant, porque sabe muy bien que un epigrama,
esto es, un pensamiento expresado con suma brevedad y agudeza, puede calar
mucho más hondo y resultar bastante más eficaz que libros enteros carentes de
amenidad. Un decidido partidario del aforismo, como lo era él, había de
recurrir, por consiguiente, a las narraciones cortas, como es el caso de su
delicioso Cándido, un cuento destinado a socavar de un plumazo
los cimientos del majestuoso edificio metafísico erigido pacientemente por
Leibniz, al demostrar con grandes dosis de causticidad que la tesis leibniziana
del optimismo era una vana quimera.
Como ya se apuntó en la introducción, una de las principales virtudes
del Tratado sobre la tolerancia estriba en combinar diversos
géneros literarios que nuestro polifacético Voltaire conocía perfectamente. Y
es que todas las armas eran pocas para llevar a cabo esta denuncia, cuya
finalidad era forzar la revisión de un dictamen judicial tan estrepitosamente
injusto, como fue la precipitada resolución del «caso Calas»; una sentencia
que había sido inducida por un clima de crispación social, al darse por supuesto
que cualquier protestante debía preferir asesinar a su hijo, antes que
permitirle convertirse al catolicismo. Bajo muy otras manifestaciones, este
fenómeno aún perdura, pues el verdugo siempre suele proyectar en la víctima
las fantasías de su propio envilecimiento, buscando justificarse ante sí
mismo.
Ironía y tolerancia: la senda volteriana de la Ilustración
Además de la misión más específica del intelectual, Voltaire acuñó
también algo tan moderno como es un eslogan. Su pluma hizo célebre una divisa
que recorrió toda Europa: «¡No dejes de pisotear al ‘Infame’!» («Écrasez l’Infame!»); o sea, no
toleres jamás la intolerancia.
A esa tarea dedicó Voltaire buena parte de sus escritos, utilizando el
sarcasmo para denunciar los disparates originados por la superstición,
sirviéndose de la mordacidad para combatir los prejuicios del dogmatismo y la
cruel violencia de los fanáticos. La ironía como método dialéctico
y la tolerancia como meta programática configuran los dos
rasgos esenciales del pensamiento de Voltaire, la senda volteriana de aquella
Ilustración que se propuso invitarnos a pensar por nosotros mismos y enjuiciar
críticamente los convencionalismos.
Una perspectiva contemporánea del mismo problema: el imperativo de
la disidencia
En opinión de Voltaire, todos los hombres albergan dentro de su fuero
interno una clara noción sobre lo justo y lo injusto, al margen de lo dictado
por las normas o la religión. Un filósofo español actual, Javier Muguerza, es
del mismo parecer. A su modo de ver, no hay tribunal más alto que la propia
conciencia moral para determinar nuestro deber ético, el cual puede chocar en
un momento dado con ciertas pautas jurídicas que consideremos injustas. Éste
sería, por ejemplo, el caso del «objetor de conciencia», es decir, de aquel a
quien su conciencia le impide cumplir con un servicio militar obligatorio.
Hay dos formas de luchar por los propios ideales. Una escoge la senda
del fanatismo y pretende hacer valer sus criterios recurriendo a la violencia.
La otra es la del disidente cuya conciencia no le permite acatar una
determinada norma y decide incumplirla con la esperanza de que se modifique
alguna vez, apechando entretanto con las consecuencias que su disenso pueda
comportarle. Cualquier clase de totalitarismo fascista se inclinará por la
primera vía, mientras el disidente del que habla Javier Muguerza lo hará por la
segunda, puesto que no pretende imponer su voluntad a nadie y se contenta con
rehusar a hacer suya la voluntad ajena cuando ésta contradice los dictados de
su conciencia. Una cosa es que uno se declare insumiso para no violentar su
propia conciencia y otra muy distinta someter la voluntad ajena recurriendo a
métodos violentos e intimidatorios.
Gandhi logró que la India se independizara del imperio británico sin
recurrir a las armas, limitándose a liderar una resistencia pasiva que rehuía
el uso de toda violencia. Es una pena que su ejemplo haya cundido tan poco, a
pesar del éxito demostrado. Quien pretende cambiar el orden establecido
mediante un disenso pacífico infunde respeto. En cambio, aquel que se propone
imponer sus criterios por medio de la coacción sólo inspira desprecio. Y, como
dijo Voltaire, nunca podemos mostrarnos tolerantes con la intolerancia, pues
está en juego nuestra dignidad. Lo malo es que la ironía por sí sola no
extermina las consecuencias del fanatismo, aun cuando ayude a combatirlo.
Glosario
anabaptistas Quienes creen que no se debe bautizar a los
niños antes de ser adolescentes y poder ser conscientes de lo que significa
ese rito. Esta idea fue propugnada por Thomas Münzer, cuyas tesis en pro de abolir
la propiedad privada propiciaron una revolución campesina en Alemania (1525).
calvinismo Este movimiento religioso debe su nombre al
teólogo francés Jean Chauvin (1509-1564), que fue llamado el Papa de
Ginebra y es mucho más conocido por Calvino. Secunda el reformismo de
Lutero y su doctrina se caracteriza por admitir una predestinación absoluta,
así como por negar la presencia simbólica de Cristo en la eucaristía.
católicos Aquellos cristianos que se mantienen
escrupulosamente fieles a las enseñanzas de la Iglesia Romana. En griego este
vocablo significa «universal», pero la ortodoxia le concedió las notas de
verdadero e infalible.
cuáqueros Pertenecientes a la secta religiosa creada
por William Fox en la Inglaterra del siglo XVII y asentada poco después en
Pennsylvania, donde fundan una ciudad a la que llaman amigos de los
hermanos (Filadelfia). Enemigos del bautismo y la comunión, además
de cualquier jerarquía eclesiástica o culto externo, se distinguen asimismo
por su radical repudio a la violencia. Véase la nota 16.
dogmatismo Presunción de quienes tienen sus doctrinas
por ciertas e irrefutables, hasta el extremo de considerar que no pueden ser
examinadas críticamente o puestas en tela de juicio. Sus adeptos creen estar en
posesión de una verdad sobre la que no cabe dudar.
evangélica Doctrina formada por la fusión del culto
luterano y el calvinista.
fanatismo En su Diccionario filosófico Voltaire
lo define así: «Fanatismo es el efecto de una conciencia falsa, que sujeta la
religión (o la política) a los caprichos de la fantasía y el desconcierto de
las pasiones; es a la superstición lo que el delirio a la fiebre, lo que la
rabia es a la cólera. El único remedio que hay para curar esta contagiosa
enfermedad es el espíritu filosófico.»
fatalidad Teoría según la cual todo cuanto sucede
ocurre por una ineludible determinación del destino sin el concurso de un
libre arbitrio, ya que ni siquiera los dioses podrían zafarse de sus dictados.
Las diferencias entre sus partidarios vendrían dadas por el hecho de
identificar al destino con un azar ciego e indiferente, o bien con una especie
de providencia que planea las cosas persiguiendo alguna finalidad. En la nota
39 se recogen las opiniones de Voltaire a este respecto.
herejía Su acepción más común es la de sentencia
errónea sobre los fundamentos en que descansa una doctrina. En el Diccionario
filosófico de Voltaire leemos: «herejía es una palabra griega que
significa creencia, opinión escogida. Honra muy poco a la
razón humana el que los hombres den en perseguirse y asesinarse por profesar
opiniones distintas.»
hugonotes Así eran llamados aquellos que seguían en
Francia la doctrina protestante de Calvino. En el año 1572 (el 24 de agosto) se
intentó exterminarlos en una matanza que ha pasado a la historia como «la noche
de San Bartolomé». El Edicto de Nantes promulgado por Enrique IV les concedió
ciertos derechos que Luis XIV revocaría en 1685.
ironía Es el estilo propio de los escritos volterianos,
caracterizados por un tono burlesco plagado de sutilezas y significaciones polisémicas.
La ironía es el arma dialéctica preferida por Voltaire para combatir los
prejuicios y la superstición que conducen al fanatismo. Es el medio que se
instrumentaliza para conseguir un fin como la tolerancia.
jansenistas Prosélitos de Jansenio, teólogo holandés del
siglo XVII, cuya doctrina exagera las ideas de San Agustín relativas a la
gracia divina y mengua en contrapartida la libertad humana. Voltaire, cuyo
hermano mayor era un fanático jansenista, suele recurrir al peyorativo epíteto
de convulsionistas para referirse a ellos; la razón queda
explicada en la nota 20. Pascal escribió sus Cartas provinciales en
defensa del jansenismo en su polémica contra los jesuitas.
jesuitas Miembros de la Compañía de Jesús, fundada en
1534 por San Ignacio de Loyola. Voltaire había estudiado con ellos y estimaba
mucho a su antiguo profesor de retórica, pero no sentía ninguna simpatía hacia
la Orden en su conjunto. La entrada que les dedica en su Diccionario
filosófico lleva el significativo título de «Jesuitas u orgullo»,
donde cabe leer cosas como éstas: «Una de sus principales vanidades consistía
en saber introducirse en casa de los grandes, cuando estaban a punto de morir,
presentándose como embajadores de Dios que podían franquearles las puertas del
cielo sin pasar por el purgatorio.»
luteranos Adeptos a Martín Lutero (14831546), el
iniciador de la Reforma protestante ante la ostensible decadencia
religiosa del momento (véase la nota 8). Combatió el comercio de las
indulgencias, la infalibilidad papal, el celibato y el dogma de la transustanciación,
entre otras muchas cosas.
metempsicosis Esta teoría nos es hoy mucho más familiar
bajo el nombre de «reencarnación». La opinión de Voltaire al respecto queda
recogida en la nota 40; véase igualmente la nota 54.
molinistas Partidarios de Luis Molina en su controversia
con los jansenistas acerca de la predestinación y la gracia, sosteniendo la
libertad del arbitrio humano.
predestinación Creencia teológica que gira en torno a cómo y
en qué medida la gracia divina puede anular nuestra libertad. Sus defensores
más extremos defendían que Dios ya había decretado quién debía salvarse al margen
del merecimiento de sus obras.
prejuicio No consiste sino en admitir una opinión
antes de haberla juzgado, suponiendo así una especie de antesala para la
superstición y el fanatismo.
protestantes Nombre genérico en donde quedan englobados
todos los partidarios de la Reforma. Las principales ramas del protestantismo
serían tres: luteranismo, calvinismo y anglicanismo. La iglesia episcopal o
anglicana se desgajó de Roma cuando el rey Enrique VIII no consiguió una
dispensa para volver a contraer matrimonio y en 1539 se autoproclamó máximo
pontífice religioso de Inglaterra para desligarse del papa.
sectarismo «Toda secta, de cualquier clase que sea, es
la reunión de los individuos derrotados por la duda y por el error.
Escotistas, tomistas, calvinistas, molinistas, jansenistas, no son más que
nombres de guerra. No hay ninguna secta en geometría; cuando la verdad es
evidente, es imposible que nazcan partidos ni fracciones. Nadie contradirá
nunca que al mediodía brillará el sol.» (Diccionario filosófico.)
superstición «La superstición es a la religión lo que la
astrología a la astronomía; la hija muy loca de una madre muy cuerda.» Así
define Voltaire a la superstición en su tratado sobre la tolerancia. Su mayor
problema es que abona el terreno al fanatismo y, por lo tanto, a la
intolerancia y sus crueldades; «cuando merma el número de supersticiones hay
menos fanatismo y, cuando hay menos fanatismo, se dan muchas menos desgracias».
tolerancia «¿Qué es la tolerancia? -se pregunta el
Voltaire del Diccionario filosófico-. Es nada menos que la
panacea de la humanidad -responde-. Todos los hombres estamos llenos de
flaquezas y errores, razón por la cual debemos aprender a perdonarnos
recíprocamente, como dicta la primera ley de la naturaleza. La discordia es la
gran calamidad que padece todo el género humano y la tolerancia supone su único
remedio.»


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